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Una momia en el salón. El artículo estudia los museos anatómicos organizados por el doctor Pedro González Velasco en dos de sus domicilios particulares en el Madrid decimonónico. Se revisan las circunstancias que hacen posible su creación, vinculadas tanto con el estudio y la docencia de la anatomía como con los proyectos políticos de regeneración y modernización de la Medicina española que trata de poner en marcha su propietario. Se comentan sus singulares colecciones (de anatomía, teratología, zoología, etnografía y curiosidades diversas) y se analiza la proyección docente y sociopolítica de ambos centros, sin cuya existencia no hubiera sido posible que Velasco construyera poco después su gran Museo Antropológico, sede del actual Museo Nacional de Antropología en Madrid. El médico y cirujano segoviano Pedro González Velasco (1815-1882) es un personaje citado de forma habitual en los estudios sobre historia de la medicina y la antropología en España. Su figura se asocia a tres circunstancias singulares: a un tardío, poco predecible y finalmente vertiginoso éxito profesional; a una personalidad excéntrica y morbosa; y, por último, a la creación en Madrid del Museo Antropológico, sede del actual Museo Nacional de Antropología. Si el acercamiento se hace con algo más de detalle, no dejarán de advertirse otras iniciativas, como la creación de sociedades médicas y antropológicas o la fundación de relevantes publicaciones periódicas de carácter científico. Por el contrario, si el interesado es alguien ajeno a la historia de la ciencia, su atención se focalizará casi exclusivamente en dos temas: el «Gigante extremeño» y la momia de la hija del doctor, ambos ciertamente relevantes en su biografía pero en modo alguno definidores de sus ambiciosos proyectos médicos y antropológicos. En las páginas que siguen estudiaremos un ámbito muy poco conocido de esa ingente actividad: los museos anatómicos que Velasco instala en sus domicilios particulares de la madrileña calle de Atocha entre 1854 y 1874, previos a la construcción del gran Museo Antropológico cuyo edificio aún contemplamos. LAS COLECCIONES ANATÓMICAS (CIENCIA, EDUCACIÓN Y NEGOCIO) Los afanes coleccionistas de nuestro protagonista echan a andar en fecha temprana1. En sus apuntes autobiográficos, González Velasco (1864, p. 7) asegura que ya antes de comenzar sus estudios de Medicina, en el segundo año de los correspondientes a «cirujano de tercera clase» (en 1841-42), dispone de preparaciones y vaciados que usa tanto para su propio estudio como para los «repasos» que comienza a impartir a otros estudiantes. Los ingresos que obtiene con estas clases y el (escaso) sueldo que gana desde agosto de 1845, cuando es ascendido al cargo de «aparatista» en el Hospital Militar de Madrid, son suficientes para que comience a poner en práctica la idea de «conservar y reproducir las preparaciones y disecciones anatómicas para formar un museo» (González Velasco, 1864, p. En mayo de 1854, con 38 años, Velasco obtiene por fin el doctorado en Medicina, aunque para entonces es ya un reconocido cirujano que disfruta de un nivel de vida envidiable. De hecho, durante los meses de julio y agosto de ese mismo año puede permitirse el lujo de realizar su primer viaje científico por Europa (González Velasco, 1854)2. Es durante esta época de éxito profesional, y tras superar no pocas tribulaciones, cuando su prestigio como cirujano y ciertas influencias hacen posible que alcance su primer y casi único triunfo académico, vinculado además de forma directa con sus proyectos museográfico-docentes: en marzo de 1857 el nuevo ministro de Fomento, el progresista Claudio Moyano, le nombra director de los «Museos Anatómicos» de la Facultad de Medicina de la Universidad Central3 (veáse figura 1). Velasco asume con entusiasmo esta nueva responsabilidad, que ciertamente resulta muy positiva para la institución. Su interés se centra no tanto en los vaciados como en las «desecaciones» que él mismo prepara, que considera mucho más útiles para la docencia. Gracias a estas colecciones, profesores y estudiantes disponen de unos recursos esenciales para el desarrollo de las prácticas, con los que en buena medida se evitan los problemas asociados a la disponibilidad de cadáveres y a su conservación. No obstante, pese a la intensa actividad que desarrolla (o quizás precisamente por ello), durante los años que permanece al frente del centro los enfrentamientos con autoridades políticas y académicas son recurrentes, y de ello da buena cuenta, con abundantes protestas, lamentos y documentos de descargo, en la memoria de 18644. Lo más llamativo del caso es que en este inestable escenario se entremezclan sin pudor intereses públicos y privados: de un lado, la dirección del museo y la enseñanza de la Medicina; de otro, los proyectos empresariales —preparaciones y vaciados— del propio Velasco, que por una u otra razón acaban siendo frustrados (González Velasco, 1864, pp. 38-39). Ante tal cúmulo de contratiempos y dificultades, en mayo de 1864 (cuando está fechada su memoria)5 renuncia a la dirección del centro, «porque ya he cumplido mi misión en mi país, que tan mal ha comprendido e interpretado mis trabajos y mis esfuerzos en el trascendental ramo de la anatomía, base de la ciencia médica» (González Velasco, 1864, p. Gabinete (museo) Anatómico de la Facultad de Medicina de Madrid (La Ilustración, 21 de julio de 1849). Las figuras de las vitrinas exentas (y muchas de las restantes piezas) se conservan hoy en el Museo de Anatomía "Javier Puerta", en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense Como el afán coleccionista de Velasco se incrementa según aumentan sus recursos económicos, tres años antes de acceder a la dirección del museo universitario puede hacer realidad la «primera edición» de sus planes museográficos particulares. Nos referimos a la formación de su primer «Museo Anatómico», inaugurado el 9 de noviembre de 1854 en la que por entonces es su residencia familiar en Madrid, en el «cuarto entresuelo de la derecha» del número 135 de la calle de Atocha6 (González Velasco, 1854, p. A diferencia de lo que ocurre con su segundo museo, el de Atocha 90, de este proyecto inicial no existe documento gráfico alguno. Sin embargo, sí disponemos de una descripción que el propio doctor adjunta a la primera y más extensa de sus memorias de viaje por Europa, la que edita en 1854. Con la mezcla de pragmatismo y ampulosidad que le caracteriza, asegura haber «aprendido muchas verdades» en su reciente viaje y ser consciente de las tremendas limitaciones que tiene —y parece que seguirá teniendo— el estudio de la Medicina y la Anatomía en España. Por ello, para mostrar «hasta qué punto podemos llegar por nuestra actividad propia» y para «ilustrar [a] la juventud que puebla las aulas médicas», decide «poner a disposición del público» su Museo Anatómico (González Velasco, 1854, p. ¿Qué se muestra en esta primera creación museística velasqueña? En primer lugar, es obvio que el uso del término «museo» responde en parte a intereses propagandistas, a la intención de generar una imagen académica e institucional del centro ante la opinión pública; en realidad, ni su tamaño, ni su estructura, ni su funcionamiento se adecúan a lo que ya a mediados del XIX se considera un verdadero museo. Es cierto, no obstante, que el concepto se usa entonces —como ahora— de forma harto despreocupada, y que sirve para nombrar tanto a instituciones especializadas de gran relevancia histórica y patrimonial como a cualquier colección o conjunto de objetos que se presenta de forma más o menos ordenada para su contemplación. Poco más, y hasta menos, que esto eran muchos museos anatómicos universitarios, sobre todo los españoles, a los que ciertamente supera ya —me refiero a los nacionales— esta primera creación de Velasco. El museo reúne «una sorprendente colección de huesos humanos, comprendiendo desde los primeros rudimentos de la osificación, hasta el completo desarrollo»; le sigue otra con ejemplos reales y modelos de «deformidades, lesiones anatómicas [...], y los vicios generales reumático, sifilítico y escrofuloso»; una «completísima y numerosa reunión de cráneos, entre los que se encuentran varios de criminales, idiotas y monomaniacos»; «fetos de todas edades» y «maniquíes para vendajes y colocación de los mismos» (González Velasco, 1854, pp. 94-95). También incluye materiales que hoy pueden parecer incongruentes pero que a mediados del XIX forman parte de cualquier museo anatómico: la sección de «anatomía comparada», con esqueletos, vísceras y animales disecados. Finalmente, completan la colección otras «muchas curiosidades», cuyo detalle no se especifica. El carácter científico-docente de todo este despliegue se refuerza con «un excelente microscopio», instrumentos quirúrgicos antiguos y modernos, un laboratorio y un «gabinete de lecturas médicas», en el que se pueden consultar los «atlas anatómicos y quirúrgicos de más nota, diccionarios, obras clásicas y periódicos científicos de todas las naciones». Pese a que Velasco establece unas cuotas para hacer uso (profesional) de su museo, las visitas no parecen ser una fuente de ingresos significativa7. Sí lo son sus «repasos», cuyo éxito depende en parte de la singular colección anatómica que ofrece a los estudiantes para el desarrollo de las prácticas. De hecho, la propaganda que hace de su docencia privada destaca la relevancia del instrumental, de la bibliografía médica y, muy especialmente, de los materiales museográficos de que dispone: Mis colecciones de embriología, también hoy sin rival, recogidas a costa de sacrificios y desvelos en el transcurso de 20 años, como las magníficas de osteología, figuras artificiales y demás objetos que constituyen mi museo, todo a vuestra disposición [énfasis de Velasco], os facilitará el camino de vuestra carrera [...] y os hará entrar con elementos sólidos en la práctica del profesorado8. Obviamente, este primer museo doméstico consolida el prestigio de su propietario. Gracias a un completo despliegue de colecciones anatómicas y anatomopatológicas, Velasco se presenta ante el conjunto de la sociedad —y muy especialmente ante los colegas médicos, los estudiantes y la potencial clientela— no sólo como un extraordinario cirujano, sino como un estudioso de primerísimo nivel, capaz de elevarse muy por encima del acto médico cotidiano y adentrarse en el reservado mundo de la investigación y la sistematización de los conocimientos científicos. También es verdad que la singularidad de sus colecciones, su carácter para algunos macabro, le otorgan un aura de misterio y necrofilia que no hará sino incrementarse con el transcurso de los años9. Por unas u otras razones, y a pesar de sus reducidas dimensiones y al hecho de localizarse en un domicilio privado —lo que, por otra parte, genera más morbo— la existencia del museo es bien conocida por la gente de la calle, aunque pocos lo hayan visitado. La prensa —tanto la médica como la generalista— se encarga de dar noticia puntual de su evolución, del incremento de las colecciones y de la visita de personajes ilustres. Entre estas últimas, sabemos de la realizada por tres «embajadores marroquíes» en septiembre de 1860, que al parecer también habían visitado la Facultad de Medicina10. En el museo de Velasco se «maravillan» ante todo lo que allí se exhibe. Por el artículo sabemos que en el centro del salón una vitrina muestra «curiosos y variados objetos [...] de los tres reinos de la naturaleza», muy probablemente rocas, fósiles, algún pequeño animal disecado y quizás incluso alguna curiosidad histórica o arqueológica. También se introducen los visitantes en el despacho del doctor, donde quedan fuertemente impresionados por una «momia embalsamada [...] vestida de blanco», que hace guardia junto al sillón de trabajo de su propietario11. La visita de los ciudadanos marroquíes es tan exótica como exitosa. Sin embargo, mucho más llamativa y en buena medida desconcertante es la que realiza tres años después, el 26 de mayo de 1863, un personaje de especialísimas características: el cardenal arzobispo de Toledo y primado de España, el franciscano P. Cirilo de Alameda Brea12. El suelto del católico y ultraconservador diario La España, que informa de tan extraordinario acontecimiento, anota que «Su eminencia se estuvo enterando con suma minuciosidad de cuantos objetos llamaban su atención y dirigió las más halagüeñas alabanzas al entendido profesor que tanto amor manifiesta a los progresos de la ciencia». ¿Cómo fue posible semejante visita? ¿Pretendía el cardenal escenificar un acercamiento entre ciencia y fe? Aunque no se ofrece ninguna información al respecto, podemos presumir que el cardenal acude al doctor como paciente, para ser atendido por uno de los más eminentes cirujanos del momento; por aquellos años, el más famoso de Madrid y probablemente de toda España. El hecho de que Velasco sea públicamente reconocido como progresista, republicano y hasta cierto punto anticlerical —o, quizás mejor, «antifrailuno»— no es obstáculo para que la jerarquía eclesiástica recurra a sus servicios y para que aquél se los proporcione a un precio seguramente acorde a su prestigio. Como decíamos, también informa la prensa sobre la entrada de nuevas piezas. La mayoría de las incorporaciones procede de la práctica médica del doctor; casi todas son moldes o preparaciones anatómicas de patologías, pero también hay órganos con algún tipo de alteración y numerosos fetos, bien sean sus esqueletos o preservados íntegramente en alcohol. Raro era que Velasco atendiese un parto teratológico, o tuviera noticia del mismo, y que no se hiciera con el feto. Cuando no puede disponer del cadáver, se apresta a elaborar un molde de la patología o del cuerpo completo. El ritmo de entrada de nuevos materiales casi se podría calificar de frenético durante estos primeros años de la década de 1860. Buena prueba de ello —y del tipo de piezas que interesan al doctor— la tenemos en el resumen que hace El Genio quirúrgico14 de las incorporaciones registradas durante 1861: «[...] modelos de elefantiasis15, cánceres de todas clases, espinas ventosas enormes16, afecciones sifilíticas curiosísimas [...], quistes de todas clases, modelos de hidroceles17 y aneurismas confundidos indebidamente con hernias, monstruosidades de fetos y de niños, lo más raro y extraordinario que presentan los anales de la obstetricia, con otra multitud de objetos de historia natural, que para bien de la ciencia y gloria nacional han aumentado la riqueza de este museo». Como el museo es también un extraordinario escaparate para exhibir los éxitos de su propietario, éste modela en determinados casos la patología que presenta el paciente y el (feliz) resultado de su intervención. Es lo que ocurre, por ejemplo, tras extirpar un enorme «tumor encefaloideo del ojo» en octubre de 186218. En otras ocasiones (aunque más en los dos museos posteriores que en este), se hace referencia al ingreso de piezas anatómicas artificiales con las que sus entusiastas creadores pretenden resolver la carencia o pérdida de las originales. Una de las más llamativas es una «cabeza con nariz postiza de plata, tan bien ejecutada y aplicada, tan esbelta en su forma, que cualquiera duda si es artificial o verdadera»19. Y, ¿qué ocurre con las colecciones etnográficas? Realmente, apenas sabemos nada sobre la existencia de este tipo de materiales en las vitrinas de Atocha 135, lo que no significa que no los hubiere. La única información precisa sobre la entrada de una singular pieza exótica es la que documenta la prensa, en septiembre de 1862, relativa al ingreso de «la cabeza de un indio antropófago [...] de un jefe de tribu salvaje»20. Se trata de la cabeza reducida de un jíbaro (shuar), una tzantza, que el artículo de prensa describe de forma correcta, anotando también de manera sumaria en qué consiste el proceso de reducción y cuál es el significado simbólico de tan singular pieza. Al margen de las visitas y de la incorporación de objetos que anota la prensa, disponemos de escasa información sobre el funcionamiento cotidiano del museo. No obstante, sí podemos confirmar que el doctor recurre a algunos de sus más fieles discípulos y colaboradores para desarrollar alguna tarea singularizada en el centro. Así, en octubre de 1861 se cita en la prensa a un «interno del museo anatómico-patológico» encargado (seguramente entre otras tareas) de inscribir a los alumnos en sus célebres repasos y cursos de anatomía21. Justo un año después se pone nombre al responsable de esa tarea: se trata de Teodoro Muñoz Sedeño, a quien Velasco cataloga como «jefe de mi museo y clínica particular», personaje sobre el que más adelante volveremos22. Por cierto, que en el detallado texto que informa sobre los cursos se indica que éstos tendrán lugar no ya en Atocha 135, sino en el nuevo domicilio (y sede del museo) del doctor: en el número 100 (hoy el 102) de esa misma calle madrileña. Esta nueva vivienda no se cita en los textos autobiográficos de Velasco ni en ninguna otra bibliografía. Sin embargo, el cambio de residencia y la nueva instalación de su museo se mencionan de forma expresa en otros dos sueltos de prensa: en La Correspondencia de España (20 de septiembre de 1862) y en El Genio quirúrgico (30 de septiembre de 1862). Lo extraño del caso es que justo un año más tarde, el 7 de octubre de 1863, el mismo periódico médico informa de la nueva apertura de los cursos y ahora dice que tendrán lugar en el domicilio y museo del doctor, «calle de Atocha, número 135». Quizás se trate en este último caso de un lapsus, pero no podemos confirmarlo. Es posible, por tanto, que al menos durante un año (antes del traslado a la nueva casa de Atocha 90) el domicilio-museo del doctor Velasco se situara en el número 100 de su muy amada calle de Atocha, nunca a más de cinco minutos a pie de la Facultad de Medicina. Ya a comienzos de la década de 1860 el imparable incremento de las colecciones conduce a una situación agobiante en el domicilio de Atocha 135. Como su boyante situación económica se lo permite, Velasco soluciona el problema de forma radical: en 1863 adquiere un viejo edificio en la acera de enfrente, menos de treinta metros calle arriba, en el número 90 de Atocha (hoy el 92), lo derriba y allí levanta su nueva vivienda23 (véase figura 3). Desconocemos cuándo se produce el cambio efectivo de la residencia y el traslado del museo, pero sí sabemos que es en el nuevo domicilio donde fallece su hija María de la Concepción, y esto ocurre el 12 de mayo de 1864. Imagen actual del edificio construido por Velasco en Atocha 90 (hoy 92), que acogió su segundo museo Es indudable que la muerte de Concha, de sólo 15 años, le resulta traumática; más aún porque se considera culpable del fatal desenlace. Ya anotamos que muy probablemente su inicial renuncia a la dirección del Museo Anatómico de la Facultad de Medicina está condicionada por tan dramático suceso. Es más, por la ausencia de noticias en la prensa (al menos no las hemos localizado), da la impresión de que durante varios meses el doctor se aísla del mundo, deja de ser el extraordinario personaje público que hasta entonces había sido. Pero el retiro no podía durar mucho. Antes de que los años revolucionarios lo instalen (de forma temporal) en lo más alto del escalafón universitario, Velasco retoma y da nuevo impulso a sus proyectos científico-profesionales. La ampliación y mejora de su museo se convierte en un objetivo prioritario, más aún que en etapas anteriores. A ello se suma el fomento de nuevas iniciativas con las que parece querer expandir su ámbito de intereses, dando paso a proyectos más ambiciosos, en los que la medicina y la anatomía se alían con las nuevas «ciencias antropológicas». La más importante es la creación de la Sociedad Antropológica Española (SAE) que, pese a sufrir notables altibajos (y alguna refundación) hasta su disolución en 1883 (tras la muerte del doctor), ocupa un destacado lugar en la historia de la antropología y la etnografía españolas24. Aunque la inauguración oficial de la SAE tiene lugar el 5 de junio de 1865, el acto de constitución formal se celebra unos días antes, el 14 de mayo. Su anfitrión es el doctor Velasco y la reunión se organiza precisamente en el museo de Atocha 90. La reseña que hace un diario progresista de tan destacado acontecimiento nos permite conocer, aunque sea de forma sumaria, las características del nuevo centro25. La exposición ocupa el entresuelo de la finca y, según la actual ficha catastral, tendría una superficie útil de unos 152 metros cuadrados. El articulista lo explica con detalle: El salón es muy capaz, recibiendo la luz por la parte superior, y sólido, gracias a varias columnas de hierro pintadas de blanco, con adornos dorados. A uno y otro lado se encuentran las paredes cubiertas por una elegante estantería, en la que campean ejemplares de anatomía patológica, monstruosidades, etc., ocultas por vidrieras con cortinillas. En medio de la habitación, y dentro de una caja de cristal, hay un esqueleto. A la derecha y sobre atriles de terciopelo, están colocados colosales atlas de anatomía, y entre atril y atril magníficos y costosos microscopios que descansan sobre ménsulas, tapizadas también de terciopelo. En el testero del salón y en la parte superior se lee: nosce te ipsum: a las ciencias antropológicas: libre examen. Debajo, y a los lados sobre dos pedestales, se alzan los bustos del doctor González Velasco y su malograda niña. A la derecha y sobre las columnas, en una línea dice: A los hombres ilustres de Tebas, Alejandría, Areópago de Atenas, Salerno, Montecasino, Guadalupe, Zaragoza, Valladolid y Madrid, y más adelante: A las glorias de la patria. La cornisa del testero de la derecha sostiene los bustos de Hipócrates, Aristóteles, Herófilo, Erasístrato, Galeno, [José Miguel] Guardia [Bagur (?)], [Juan] Drumen [Millet] y otros hombres notables en ciencias médicas. Llama la atención la teatralidad del espacio: las columnas blancas con dorados, los atriles cubiertos de terciopelo, los bustos, las inscripciones y las cortinillas de algunos armarios, que impiden que personas sensibles o no preparadas contemplen aquello que nunca deberían contemplar. Aparece ya el famoso Nosce te ipsum, que años después campea sobre el friso de su gran Museo Antropológico, y también se hace mención a las «ciencias antropológicas», aunque en realidad los personajes y lugares históricos que se evocan en bustos y escritos pertenecen exclusivamente a la historia de la Medicina. La inscripción «Libre examen» reivindica la libertad de cátedra y sintetiza la ideología política progresista de nuestro protagonista. Si al museo de Atocha 135 se habían acercado unos destacados ciudadanos marroquíes y el arzobispo de Toledo, el nuevo «Museo Anatómico-Patológico»26 (véase figura 4) atrae a visitantes mucho más ilustres. En primer lugar, al príncipe heredero de Mónaco, el futuro Alberto I. Cuando Albert Honoré Charles Grimaldi se acerca al domicilio del doctor Velasco, en mayo de 1866, aún no ha cumplido los 18 años. ¿Qué hace en Madrid tan principesco personaje? Pues se encuentra en España porque se ha incorporado, o va a hacerlo de forma inmediata, a la Academia Naval, sirviendo luego en la Marina Española durante cuatro años, hasta alcanzar el rango de capitán de navío. Es bien conocida la pasión del príncipe por la navegación, la oceanografía y las exploraciones, pero también su interés por la prehistoria y la paleontología, que le lleva a fundar y sufragar algunas destacadas instituciones de investigación en Mónaco y Francia. La visita de 1866 prueba que esa atracción del futuro Alberto I por las ciencias antropológicas se remonta a su juventud. Desgraciadamente, lo único que sabemos de aquella jornada, un 3 de mayo, es que hizo de guía el oftalmólogo Francisco José Delgado Jugo, amigo de Velasco, y que el príncipe «observó con mucha atención todos los objetos de que se compone dicho museo, parándose muy particularmente en la sección de craneología»27. Carta manuscrita de Velasco con membrete del Museo Anatómico-Patológico de Atocha 90 (Biblioteca Nacional, mss. 12945/32) La egregia visita de 1866 es una buena propaganda para el doctor y su museo, pero Velasco es ambicioso y quiere más. Al año siguiente se le ofrece la oportunidad de mostrar a Europa, y al mundo, al menos una parte del rico entramado científico y museístico que ha levantado: la Exposición Universal de París de 1867. Participa con algunas piezas, e incluso es recompensado con una «mención honorífica» (González Velasco, 1869, p. 10), pero el asunto no va más allá. Mucho mejor se le presentan las cosas un año más tarde y en su propio país. El triunfo revolucionario de septiembre de 1868 y el destronamiento de Isabel II abren paso a un nuevo e intenso periodo en la historia de España; una época en la que muchos de los ideales políticos de Velasco se hacen realidad. También es un momento convulso, que afecta de forma intensa a la Universidad y a la propia Facultad de Medicina. En cualquier caso, la renovada coyuntura política beneficia de forma inmediata al doctor que, sin tener que superar oposición alguna (algo que él siempre había criticado), en diciembre de ese mismo año es nombrado catedrático de «anatomía quirúrgica, operaciones, apósitos y vendajes»28. Durante algo más de cinco años Velasco vive lo más parecido a un sueño hecho realidad: sigue en la cúspide de la cirugía práctica, dispone de un museo que no para de crecer y es, ¡por fin!, catedrático de Anatomía en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid. El sueño termina bruscamente unos meses después del golpe militar de Pavía: tras finalizar el curso en 1874, es cesado como catedrático29; no habrá ya ninguna otra vinculación oficial con la universidad. Pero antes de que se produzca tan amarga derrota, Velasco sabe sacar partido del momento que vive. Como había ocurrido años atrás, pero ahora con mayor intensidad, el museo no es solo un recurso que prestigia a su propietario: también puede y debe ser utilizado en clave política e ideológica. En realidad, su mera existencia y el hecho de tratarse de un centro privado que supera con creces a los públicos equivalentes lo sitúa ya como referente simbólico de lo que se debería hacer y fomentar –pero ni se hace ni se fomenta– desde las administraciones públicas, ni siquiera durante el periodo revolucionario. Pero Velasco va aún más allá, utilizando de forma explícita su museo como herramienta política de propaganda a favor del progreso científico y social. Aunque es en el posterior museo del paseo de Atocha donde tienen lugar los acontecimientos políticos más relevantes de la vida del doctor, ya en el local que nos ocupa se documentan sendos llamativos encuentros entre ciencia y política: el primero esencialmente ideológico y personal; el segundo, de muchísimo mayor calado político y profesional, aunque al final no conduzca a (casi) nada. Hablaremos en primer lugar de la visita que realiza, el 18 de mayo de 1871, un nutrido grupo de ciudadanos portugueses (entre ellos médicos, periodistas, profesores, ingenieros, militares y algún «rico propietario»), que forman parte de una extensa comitiva recibida unos días antes en la capital del Reino. Han llegado en tren, a través de la línea directa Madrid-Lisboa que había sido inaugurada sólo cinco años atrás, en octubre de 1866, y lo han hecho gracias a la singular iniciativa de un destacado político español, progresista y ferviente defensor de postulados iberistas: Ángel Fernández de los Ríos. Aunque la estancia es de sólo una semana, la actividad que despliegan es muy intensa, e incluye una ofrenda en la tumba del gran héroe progresista e iberista asesinado solo unos meses antes en Madrid: el general Prim. Ese mismo día visitan el Museo Anatómico, acto que se recoge de forma entusiasta en La Iberia30: El señor Velasco enseñó a los visitantes la numerosa colección de cráneos que posee, ya normales, ya patológicos, así como el vaciado en yeso del famoso por lo cruel y despiadado conde de España31, y el natural del inmortal Vallés, llamado el divino32. Entre los esqueletos hizo notar a los lusitanos el de un criminal que a los veintiocho años de edad había cometido catorce asesinatos [...], y el de un negro cuya desproporción en los radios de los miembros torácicos manifiesta la distancia que separa a la raza caucásica de la africana33. Pieza por pieza y objeto por objeto, el señor Velasco hizo notar a sus huéspedes las inmensas riquezas científicas que posee [...]. El recorrido continúa con la contemplación de las piezas de anatomía patológica, los «poderosos microscopios» y el «arsenal de instrumentos quirúrgicos»; finalmente, los invitados conocen la cátedra (aula) y el laboratorio, «donde reputados artistas, bajo la dirección del señor Velasco, construyen en cera, cartón-piedra o escayola los ejemplares que enriquecen el museo». Sólo unos días después de tan exitosa y significativa jornada, el 1 de junio, visita el museo de Atocha 90 el personaje más relevante que podría haberlo hecho nunca: nada menos que el rey Amadeo I. Curiosamente, sólo en dos medios se informa del acontecimiento: en un brevísimo suelto de El Imparcial y en un detallado y entusiasta artículo de La Iberia, el diario republicano e iberista que dirige precisamente Fernández de los Ríos. La prensa conservadora, y otra que en teoría no lo es tanto, no parece interesada en destacar tan notable éxito personal de Velasco. Pese al boicot informativo, el acontecimiento debe ser interpretado como un rotundo respaldo del nuevo y constitucional monarca al empeño científico de nuestro protagonista. Así lo hace La Iberia, donde se afirma que «El Rey, al honrar la casa de nuestro amigo, hombre del pueblo, y cuyo amor a la humanidad y a la ciencia raya en lo imposible, ha dado una prueba más de la ilustración que le distingue y de lo digno que es de ocupar el solio español»34. Como el museo de Atocha 90 no deja de recibir nuevos materiales, a finales de 1872 se puede dar por colapsado. El éxito de las dos visitas reseñadas, el renovado ambiente político que vive el país y el extraordinario reconocimiento social de que disfruta hacen que el siempre enérgico Velasco proyecte planes de futuro para su museo que permitan resolver de forma drástica, y por mucho tiempo, los problemas de espacio. Su objetivo es extremadamente ambicioso: ya no se plantea comprar o hacerse construir una casa más grande en la que instalar su nuevo museo; ahora pretende levantar un palacio-museo e instalar en él su propia casa. Aunque disfruta de una desahogada posición económica, la inversión económica que requiere el proyecto parece quedar fuera de sus posibilidades. En esta coyuntura, la combinación de ingenuidad y grandilocuencia de que hace gala Velasco en no pocas ocasiones le llevan al extremo de proponer al rey Amadeo I algo muy poco sensato: «construir en esta corte un museo anatómico humano comparado y de historia natural, que será de su propiedad, y cuyo coste de un millón de reales será sufragado por el Estado, comprometiéndose el mismo Sr. Velasco a pagar al Estado 4.000 duros anuales»35. Como era de esperar, el apoyo moral recibido por parte del rey en junio del año anterior no sirve de nada: el Ministerio de Fomento rechaza la solicitud. Al igual que en otras ocasiones, el contundente traspié no arredra al doctor, más bien produce el efecto contrario: si el Estado no financia su museo, tendrá que asumir personalmente los gastos de su construcción. Y no lo duda: a primeros de marzo de 1873 comienzan las obras de explanación de su nuevo y «grandioso museo» al final del entonces paseo de Atocha; el 16 de abril (onomástica de su esposa) se coloca la primera piedra. Ese mismo año echa a andar otro proyecto largamente anhelado por Velasco: la edición de su propia revista de estudios médicos y anatómicos, El Anfiteatro Anatómico Español36 (véase figura 5). Al margen de cualquier otra consideración sobre sus contenidos, lo que nos interesa es que gracias a esta publicación disponemos de más y mejor información sobre las actividades desarrolladas en los dos últimos museos de Velasco, con datos precisos sobre la incorporación de nuevos materiales. Cabecera de El Anfiteatro Anatómico Español (enero de 1873) Como en épocas previas, las piezas que se incorporan al museo de Atocha 90 durante estos años siguen teniendo su origen en actos médicos protagonizados o conocidos por Velasco. El doctor mantiene vivo su interés por coleccionar modelos, preparaciones y ejemplares reales de llamativas patologías y de casos teratológicos. Puede tratarse de un enorme «tumor canceroso», de algún adenoma gigantesco (véase figura 6), del vaciado de la cabeza de «un idiota toledano», de un alargadísimo cráneo dolicocéfalo (con presuntos indicios de que «el individuo se masturbaba») o de fetos humanos monstruosos (véase figura 7), alguno de los cuales se consigue tras «sacrificar algún dinero y trabajar mucho hasta persuadir a un sepulturero de la utilidad científica que resultaba en examinar dicho caso» 37. Modelo de busto con "adenomas con degeneración cancerosa", perteneciente al Museo Anatómico-Patológico de Atocha 90 (El Anfiteatro Anatómico Español, no 4, 15 de marzo de 1873, p. "Feto monstruoso", conservado en el museo de Atocha 90 (El Anfiteatro Anatómico Español, no 22, 15 de diciembre de 1873, p. En numerosas ocasiones el interés de las piezas que ingresan se circunscribe al ámbito de la casuística teratológica, lacra de la que Velasco es sólo una víctima más durante aquellos años. También se menciona en El Anfiteatro la entrada de objetos no vinculados con la práctica médica, unos adquiridos por el doctor y otros procedentes de donaciones. Como en el caso de la tzantza que mencionábamos en otro lugar, algunos materiales combinan un presunto interés anatómico-antropológico con el etnográfico. Así pudo ocurrir con un pretendido «cráneo australiano de una cabeza momificada». Sin embargo, será a partir de 1875, ya en el nuevo museo, cuando la donación de «curiosidades» de todo tipo y condición se incremente de manera exponencial. A pesar de lo que acabamos de anotar, quizás el regalo más singular hecho nunca al doctor Velasco sea el que se documenta en un suelto de prensa en marzo de 1873: «Se ha autorizado a D. Manuel Taín para trasladar al museo anatómico patológico del doctor González de Velasco el cadáver momificado de la hija de aquél, que falleció ha seis años a los 13 de edad»38. El apellido correcto de tan peculiar individuo es Tarín, y la fallecida, su hija Carmen. Y bien, ¿qué interés tiene tan escabroso asunto? Pues un interés grande, aunque relacionado exclusivamente con la leyenda del doctor Velasco y su hija difunta: como ha demostrado hace poco una detallada y completa investigación (Dorado et al., 2010), la momia en cuestión es la que durante décadas se ha conservado (y se conserva) en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense con una cartela (errónea) que dice «534 Momia de la hija del Dr. Velasco» (véase figura 8), y se correspondería con aquella que según la leyenda era visitada todas las noches por su presunto novio, el ya citado Teodoro Muñoz Sedeño, ayudante del propio doctor39. Presunta momia de la hija del doctor Velasco, conservada inicialmente en el museo de Atocha 90 y luego trasladada a la Facultad de Medicina de Madrid. En realidad, se trata de la momia de la hija del médico Manuel Tarín, donada a Velasco en 1873 (Crónica, 7 de julio de 1935) Durante 1873 las obras del nuevo museo avanzan, aunque no sin contratiempos, por lo que el propósito de inaugurarlo en la primavera de 1874 resulta una quimera. Como contrapartida, la actividad que se despliega durante todo ese año en la sede de Atocha 90 es ciertamente intensa, sobre todo tras la refundación de la Sociedad Antropológica Española, pues allí siguen teniendo lugar, hasta la inauguración del nuevo edificio, sus reuniones y conferencias, algunas de las cuales se publican luego en el órgano de expresión de la Sociedad, la Revista de Antropología, cuyo primero número sale a la luz a finales de enero de 1874. En octubre de este año Velasco traslada ya su famosa y concurrida «visita de pobres» al nuevo edificio. Unos meses después, probablemente entre enero y marzo de 1875, las colecciones de Atocha 90 se instalan en los salones del impresionante Museo Antropológico. Gracias a una interesantísima litografía que se publica en El Anfiteatro40, a modo de homenaje de despedida al que se califica como «primitivo museo», podemos conocer hasta dónde había llegado el segundo proyecto museográfico doméstico de Velasco (véase figura 9). Casi todo lo que se describe en el artículo de La Soberanía Nacional, de 15 de mayo de 1865, se puede contemplar en esta imagen de 1874: el gran lucernario41, las columnas de hierro forjado, el esqueleto en la vitrina, las dos filas de armarios, los atriles que guardan los atlas de anatomía, los bustos de personajes de la Antigüedad, los del doctor y su hija (al fondo de la sala) y las inscripciones de los muros, aunque de éstas últimas sólo se distingue la que se sitúa sobre la mesa que parece ocupar el doctor Velasco, que dice «a las ciencias antropológicas». No se ven los microscopios, que debían de guardarse en otra dependencia, pero sí aparecen otros muchos elementos que no se citan en el artículo y que, al menos en parte, se incorporan al museo en fechas posteriores. Llaman la atención los animales disecados y el maniquí con lanza, sombrero y abalorios, que habrá de ocupar un destacado lugar en el salón grande del nuevo museo. En un plano posterior se sitúa una llamativa momia vendada, seguramente la que ya está presente en el domicilio de Atocha 135 y que había preparado (¿cómo imitación de las egipcias?) el propio Velasco. Detrás se observa un maniquí anatómico a tamaño natural, con el brazo izquierdo levantado, que también se exhibe poco después en el gran Museo Antropológico. Los armarios se muestran repletos de piezas anatómicas y teratológicas, aunque en una de las vitrinas (la que hace pendant a la del esqueleto) parecen guardarse también aves y reptiles. Entre estas dos vitrinas se puede ver (sobre una mesa baja) una máquina eléctrica de Ramdsen, utilizada habitualmente para hacer demostraciones del fenómeno de la electricidad y entonces sin ninguna aplicación práctica en el ámbito médico, un ejemplo más del extenso abanico de intereses del doctor42. La sugerente litografía que comentamos demuestra que el salón de Atocha 90 no da para más. La creación de un nuevo museo responde pues a una necesidad objetiva de espacio; cuestión diferente es que la empresa se considerase razonable por cualquier otro mortal que no fuera Velasco. Fuera sensato o no, el tozudo segoviano al final lo consigue: el 29 de abril de 1875 el joven rey Alfonso XII inaugura el nuevo y grandioso Museo Antropológico, el templo-museo que un médico heterodoxo y republicano consagra a una hija fallecida (y momificada) y a un país moribundo (y anquilosado)43. Tras la sumaria revisión que hemos realizado, ¿qué conclusiones podemos extraer sobre el significado y la relevancia de estos dos museos anatómicos domésticos? En primer lugar, es obvio que sin su formación, sin el empeño puesto por Velasco en disponer de colecciones médico-anatómicas en su propio domicilio, el futuro proyecto del Museo Antropológico no hubiera podido materializarse. También es evidente que, en comparación con este último, las dimensiones de aquellos son muy modestas, lo cual no es obstáculo para asumir que debieron de cumplir sobradamente el doble objetivo para el que habían sido diseñados: mejorar y prestigiar la docencia médica privada impartida por su propietario y prestigiar al propio doctor como profesional de la cirugía, al mostrarse capaz de trascender (en clave científica y académica) la mera proyección empírica de sus habilidades con el bisturí. Aunque sería necesario analizar la cuestión con mayor detalle, lo que sabemos de ambos museos nos permite afirmar que su orientación y contenidos no difieren de lo que se documenta en centros similares europeos44. Nos referimos a colecciones formadas por médicos, con fines científico-docentes, instaladas mayoritariamente en sus domicilios. Su base es médico-anatómica, pero es habitual que incluyan parcelas dedicadas a la antropología (física), la etnografía, la zoología y hasta la mineralogía, sin dejar de acoger siempre muy variadas «curiosidades». También hemos de anotar que los materiales de todos estos centros no son muy diferentes de los que exhiben los «museos anatómico-antropológicos» comerciales, tanto estables como itinerantes, habituales en Europa a partir de la década de 1840. No obstante, es evidente que los comerciales optan por escenificaciones más llamativas y espectaculares y que su objetivo esencial no es la docencia, sino la obtención de beneficios económicos; aunque precisamente el factor educativo está siempre presente en sus reclamos propagandísticos. Para terminar, debemos llamar la atención sobre una circunstancia especialmente significativa: el doctor Velasco es de uno de los poquísimos propietarios de colecciones anatómicas académicas que consigue reconvertirlas en un verdadero museo; y bien podría ser el único que, en la Europa del siglo XIX, es capaz de alojar su creación en un nuevo y suntuoso edificio concebido expresamente con ese objetivo. Otros muchos acaban donándolas o transfiriéndolas a instituciones públicas, que (si lo consideran oportuno) son las encargadas de instalarlas en la debida forma. Desgraciadamente, muchos de estos museos son pronto desmantelados, ya desde finales del XIX: se consideran obsoletos para la docencia y tampoco se valoran desde una perspectiva patrimonial, y ello a pesar de la relevancia histórico-cultural de muchas de sus colecciones. Éste es también el destino que sufre el gran Museo Antropológico de Velasco, que pese a sus singularidades y limitaciones fue y continúa siendo (ya solo en el recuerdo) el más relevante museo médico-anatómico-antropológico construido nunca en España.
El 'Mundus Subterraneus' de Juan Ignacio Molina o el geólogo como economista* En general, la obra del ex jesuita chileno Juan Ignacio Molina (1740-1829) no ha sido estudiada con profundidad a la luz de la historia de la geología. Este artículo reconstruye el origen y la morfología de parte de las ideas que el naturalista chileno elaboró sobre la estructura interna de la Tierra. Se verá cómo las ideas geológicas desarrolladas por Molina fueron más allá de la simple reflexión científica. El desarrollo de una disciplina particular y novedosa como la economía política, también influyó en el tipo de reflexiones que Juan Ignacio Molina desarrolló sobre la organización interior de la Tierra, los procesos geológicos y las descripciones sobre la naturaleza del Reino de Chile a fines del siglo XVIII. Poco se ha escrito sobre las ideas geológicas que el ex jesuita chileno Juan Ignacio Molina (1740-1829) desarrolló en sus obras sobre la historia natural de Chile (Charrier y Hervé, 2011). La actual historia de la ciencia casi no ha tenido presencia importante en el estudio de la obra del naturalista chileno que luego de la expulsión de la Compañía de Jesús del Nuevo Mundo en 1767, se trasladase definitivamente, tras su paso por Ímola, a la docta ciudad de Bolonia en 1774. Este vacío historiográfico adquiere mayor relevancia si consideramos que en su mayoría la tradición historiográfica chilena ha considerado la figura del naturalista como «el primer científico chileno» (Briones, 1968; Jiménez Berguecio, 1974; Hanisch, 1999; Ronan, 2002; Saldivia, 2004). El artículo que aquí presentamos es un trabajo sobre ideas. Pero no sobre cualquier tipo de ideas. Ideas científicas, y aunque individuales, son ideas que nos llevan, casi subterráneamente, a problemas mayores. Ideas que a la vez son particulares, pues sólo cubren una parte de la obra del naturalista chileno. Frente a este planteamiento, surgen también preguntas particulares ¿es posible identificar la morfología de esas ideas? ¿las ideas sólo son el reflejo de sus propios argumentos? El caso del abate Molina, representa un tema interesante de estudio para la historia de la ciencia, pues, curiosamente se cae en la constante de abordar la obra del ex jesuita en torno a dos aspectos bastante generales. En primer lugar, el análisis de la obra de Juan Ignacio Molina se ha asociado al estudio de las agrias controversias sobre el Nuevo Mundo en el siglo XVIII que enfrentó a ilustrados europeos y los jesuitas exiliados en los territorios pontificios como el mexicano Francisco Xavier Clavijero (1731-1787) y el quiteño Juan de Velasco (1727-1792). La Storia Antica del Messico de Clavijero publicada en tres volúmenes (1780-1781), el Saggio sulla storia naturale del Cile (1782)1 escrito por Molina y la Historia del Reyno de Quito en la América meridional (1789) escrita por Velasco, fueron proyectos historiográficos con sendas respuestas a las descalificaciones que los filósofos ilustrados de la Europa del norte realizaron de la naturaleza y de las sociedades del Nuevo Mundo (Navia Méndez-Bonito, 2005; Gerbi, 1960). Por tanto, para ex jesuitas como Molina, tal como lo han sugerido algunos autores recientemente, la anatomía literaria de sus historias naturales se convirtió en el espacio adecuado para elaborar una reflexión patriótica sobre los territorios americanos (Chiaramonti, 2010; Cañizares-Esguerra, 2007, pp. 405-441). En segundo lugar, las aproximaciones históricas que han abordado el estudio de los argumentos que podríamos establecer como científicos en la obra del abate Molina, tienden a ubicar su aporte en el conocimiento sobre la originalidad de especies animales y plantas con las que el Reino de Chile habría sido «bendecido» por Dios y la naturaleza. Sin embargo, de acuerdo a este tipo de planteamientos, pareciera ser que la preocupación y los intereses de Molina sobre la naturaleza sólo corresponderían mayoritariamente a seres vivos. Quizás una explicación a esta inclinación, sea el resultado de la adopción que hizo el naturalista chileno, aunque sin un convencimiento real, de los principios botánicos de la taxonomía binominal desarrollados por el sueco Carlos Linneo en su Systema Naturae de 1735 (Mollano, 2008, pp. 127-130). Pero también, a nuestro entender, esta reducción es resultado de la torpe reivindicación que se ha hecho de la obra de Juan Ignacio Molina como parte fundante de cierta arqueología del evolucionismo biológico e incluso de su paternidad sobre la figura y obra de Charles Darwin (Espinoza, 1946; Jaramillo, 1965). Como si hablar de Molina fuese lo mismo que hablar del reino vegetal y animal. Nada más lejos de la realidad. Por tanto, este es un trabajo sobre las ideas que el naturalista chileno elaboró sobre un problema casi inexplorado en su obra: la estructura de la Tierra y el reino mineral. De tal forma, no fijaremos nuestra inquietud histórica en el noble espacio celestial siempre tan estimado por los historiadores de la ciencia. Sumergiremos nuestra mirada, a través de la obra del ex jesuita chileno, en ese mundo oscuro y muchas veces imperceptible que está bajo plantas, animales y humanos. EL «MUNDO SUBTERRÁNEO» DE JUAN IGNACIO MOLINA El siglo XVIII se abría con intensos debates sobre diversas materias que involucraban reflexiones sobre la morfología de la Tierra. La ubicación del Paraíso Terrenal, la geografía prediluviana y la presencia de conchas u objetos en diferentes lugares de la Tierra, fueron problemas que despertaron el interés científico de naturalistas, filósofos, teólogos, académicos y eruditos. A pesar que los naturalistas aceptaban la idea moral y religiosa que la Tierra era una creación de Dios, también es cierto que sus reflexiones sobre su conformación, sus rasgos formales y los procesos de cambio de su corteza eran cada vez más cuestionados por nuevas evidencias. Aunque no fueron los iniciadores, los naturalistas, filósofos y teólogos que dieron forma a esa comunidad cósmica conocida como «República de las letras», siempre interesados por los minerales y todo tipo de antigüedades, realizaron un importante aporte en la consolidación de una disciplina cargada de historia como la geología. No vamos aquí a realizar una revisión de los hombres que dieron forma a esta disciplina, cosa que está fuera de nuestros acotados objetivos, además de ser una tarea ociosa, debido a que ya ha sido asumida por otros autores con mucha más profundidad y elegancia de lo que aquí podríamos hacer (Hallam, 1983; Rudwick, 1987; Pelayo, 1996; Rudwick, 2005). Sin embargo, hablar de la descripción geológica que Molina realiza de Chile, es hablar de algunos planteamientos sobre los procesos geológicos importantes que se desarrollaron en el mundo católico europeo durante el siglo XVII y que, sostenemos, fueron relevantes para que el naturalista chileno desarrollara sus descripciones sobre la naturaleza chilena. En las últimas décadas del siglo XVIII, la historia natural se encontraba en un estado de redefinición y de cambios importantes, debido a la incapacidad de su modelo narrativo para contener la presión del más poderoso recurso utilizado por la cultura ilustrada para llevar a cabo su proyecto científico: la evidencia. Los ilustrados elevaron a los altares la recolección de pruebas como requisito de cualquier conocimiento legitimo (Daston, 1994). Y el único almacén capaz de contener todo ese nuevo arsenal de datos razonables era el tiempo. Hacia 1780, década en la que Juan Ignacio Molina publicará su historia natural sobre el Reino de Chile, los filósofos y científicos intentaban dejar atrás el pensamiento estático que dominaba hasta ese momento la historia natural para convertirla en una disciplina con historia, pero con una historia cuya discusión ahora estaba cargada de tiempo, es decir, de un pasado lleno de testimonios y vestigios (Lepenies, 1991, pp. 55-91). Para algunos naturalistas ilustrados, como el conde de Buffon (1707-1788), y aunque luego se le obligase a retractarse, la Tierra ya no parecía tener los 6000 mil años que los relatos bíblicos habían entregado como explicación plausible. El problema que se presentaba a los naturalistas era mayor, pues para poder descifrar un pasado desconocido, una historia no escrita, había que encontrar los métodos para poder elaborar dicha historia. Eso obligaba a quitar la mirada de las estrellas para sumergirse entre las rocas. Esa parte de la historia de la naturaleza vendría desde abajo, desde las profundidades ígneas. Mirar hacia las profundidades ígneas, en el caso de un ex jesuita con intereses científicos amplios como el abate Molina, significaba mirar a una figura perteneciente a su propia matriz intelectual como la del jesuita alemán Athanasius Kircher (1602-1680). Como es bien sabido, Kircher fue una figura rutilante en el desarrollo del conocimiento sobre la Tierra en la Europa católica del siglo XVII teniendo un rápido impacto en el mundo científico hispano (Capel, 1980). Lo relevante de esta situación para comprender la descripción geológica de Molina, fue el intenso interés científico que Kircher mostró por el Nuevo Mundo. Al igual que Juan Ignacio Molina, Kircher nunca realizó grandes viajes para poder elaborar sus teorías científicas contando en el Nuevo Mundo con importantes apoyos de jesuitas que le escribían y enviaban antigüedades indígenas y objetos naturales desde México, Brasil y Perú. La actividad misionera de los jesuitas permitió recopilar gran cantidad de información sobre la naturaleza de los territorios dónde la Compañía tenía presencia religiosa cuyo destino final generalmente fue uno: Roma (Giard, 2005; Romano, 1999; Romano, 2007; Chinchilla y Romano, 2008). De tal forma, el impacto intelectual de las obras de Kircher en el Nuevo Mundo fue casi inmediato. En el Virreinato de Nueva España intelectuales de la talla de Carlos Sigüenza y Góngora y Sor Juana Inés de la Cruz mostraron gran interés por las obras del jesuita alemán (Millones, 2005, p. Pero el interés de Athanasius Kircher en los "asuntos de Indias", no sólo lo llevó a mantener contacto con los grandes centros políticos y culturales del Nuevo Mundo. Kircher quiso conocer en detalle cada rincón de la naturaleza americana. Resultado de esta obsesión pudo conocer rasgos de la naturaleza del Reino de Chile. Esto fue gracias a la estrecha relación que mantuvo con el jesuita italiano Nicolás Mascardi (1625-1673), quien fuera alumno suyo en Roma, y que llegó a Chile en 1651. Mascardi, que fundó la misión de Nahuel Huapi y cuya labor evangelizadora le valió el martirio y la muerte en 1673, fue un misionero con una extraordinaria curiosidad por el conocimiento de la naturaleza. El largo viaje que lo llevó desde Panamá hasta el sur de Chile y la Patagonia argentina, le permitió realizar observaciones astronómicas, reconocer las montañas andinas y sus volcanes, describir la fauna, conocer a los Poyas en la parte oriental de la Cordillera de los Andes, además de estudiar las altas mareas de la isla de Chiloé. Mascardi escribió a Kircher en 1671 enviándole descripciones e información sobre la naturaleza americana. Lo interesante es el relato que Mascardi realiza de la zona austral y en especial del Reino de Chile: En la zona tórrida[...]se ve una infinita variedad de plantas, y frutas totalmente diferentes a las de Europa, y éstas plantadas en aquel terreno, pronto degeneran, cambiándose en una nueva especie de plantas nunca vistas. Pero en nuestra templada zona austral florece toda suerte de plantas frutales y árboles propios de Europa que, o sembrados, o trasplantados, fácilmente se acomodan al terreno conveniente a este clima y producen los frutos debidos a esta zona. Hay además un hecho verdaderamente digno de admiración, y es que en el Reino de Chile, en la parte occidental de los Andes en la costa del mar pacífico, no se encuentra víbora, ni serpiente, ni ninguno otro animal, ni se sienten nunca rayos, ni truenos, al contrario de lo que pasa en la parte oriental de la que van hasta el Paraguay, serpientes y otros innumerables animales venenosos y no faltan estrépitos de truenos y rayos y otros fenómenos, y los cambios meteorológicos son frecuentísimos. Cuál sea la causa de ellos queda reservado a V.R. investigarla (Furlong, 1963, p. La cita anterior muestra dos cosas: por una parte, Mascardi describe positivamente la naturaleza chilena, pero por otra, le entrega la responsabilidad a Kircher de explicar las razones de esta condición. De tal forma, el jesuita alemán no sólo representó una fuente de conocimiento sobre el Nuevo Mundo para naturalistas del siglo XVIII como el abate Molina. El jesuita alemán también se convirtió en un autor que podía explicar el desarrollo de los fenómenos naturales de América. Debido a este tipo de intervenciones, la figura de Kircher no sólo sobresalió entre los jesuitas sino también entre muchos eruditos europeos. No es extraño entonces que fuera nombrado como director del Museo del Colegio Romano fundado en 1651 del que fuera profesor de física y matemáticas (Sequeiros, 2010, p. Desde Roma, Kircher deseaba y aspiraba a conocer todos los secretos de la naturaleza convirtiéndose en una figura con intereses científicos globales (Findlen, 2004). El universo de Kircher era un mundo donde todas las cosas, las vivas y las no vivas, estaban relacionadas en completa armonía y organicidad. Todo podía existir en el «teatro del mundo». Para Kircher, la naturaleza era capaz de vincular todas las cosas, pues él entendía que la búsqueda de las «leyes matemáticas» de la naturaleza no era más que limitar la infinita obra de Dios (Ziller Camenietzki, 2005, p. El tamaño de la obra del jesuita alemán fue inabarcable. Junto con los trabajos de Nicolás Steno, la obra más importante referida a la estructura interna de la Tierra en Europa fue el Mundus Subterraneus de Kircher publicado en Amsterdam en 1665. En términos generales, la genialidad del jesuita alemán en esta obra fue su capacidad para congeniar una visión orgánica del mundo con una teoría sobre la estructura interna de la Tierra que incluía el paradigma bíblico a la que denominó geocosmos (Sequeiros, 2001, p. Durante el período moderno, especialmente en el siglo XVII, los jesuitas fueron los grandes valedores de una física sagrada que reflejaba los límites de la razón. Para ellos, estudiar el «Libro de la naturaleza» era como estudiar el «Libro de la obra de Dios» (Capel, 1985). Ahora bien, centrándonos en la figura del naturalista chileno, surge la ineludible pregunta: ¿tuvo acceso a los planteamientos kircherianos? ¿el abate Molina tuvo la posibilidad de leer la obra de Athanasius Kircher? No es una pregunta con una respuesta fácil, ni mucho menos evidente. En una primera instancia, con la extraordinaria influencia que tuvo la obra de Kircher en los ambientes científicos jesuitas europeos y los cercanos a la Compañía, incluso en los que no lo eran tanto, resulta llamativo que Juan Ignacio Molina en ningún momento dentro de su historia natural utilice al jesuita alemán como parte de las (escasas) fuentes a las que hace referencia en su descripción sobre la estructura subterránea del territorio chileno. Aquí debemos detenernos y realizar un ejercicio arqueológico. Si bien es cierto que el organicismo clásico de tradición platónica no vivía sus mejores momentos promediando el siglo XVIII, las ideas de raíz kircherianas sobre la morfología y organización interna de la Tierra seguían presentes en el mundo ibérico durante este período. Así se aprecia en el trabajo desarrollado por el movimiento novator y la obra de Diego de Torres y Villarroel titulada Tratados Físícos y Médícos de los Temblores y otros movímientos de la Tierra, llamados vulgarmente Terremotos, de sus causas, señales, auxilios, pronósticos e historias publicado en 1748. Para autores como Horacio Capel, incluso el gran terremoto de Lisboa de 1755 fue motivo para «desempolvar» las posturas aristotélico-kircherianas de autores como fray Miguel Cabrera cuando redacta su obra Explicación Physico-Mechánica de las causas del temblor de tierra, como constan de la doctrina del príncipe de los Filósofos, Aristóteles (Capel, 1980). También podemos observar la pervivencia de ideas kircherianas en el mundo católico hispano del siglo XVIII si analizamos directamente los planteamientos del exjesuita chileno. Esto se puede comprobar, no sólo porque el abate Molina tuvo acceso a una importante literatura científica cuando se trasladó a la ilustrada Bolonia al comenzar rápidamente a frecuentar la biblioteca de la Universidad. También sostenemos que el naturalista chileno tuvo la oportunidad de conocer parte de las obras de Kircher y planteamientos de raíz kircherianos antes de partir de Chile. Desde que inició sus estudios humanísticos al ingresar a la Compañía de Jesús en 1755, Juan Ignacio Molina fue un estudiante destacado. En su estadía en el Colegio de Bucalemu entre 1758 y 1760, donde los estudiantes se formaban en retórica y practicaban con rigor la lengua latina, el naturalista chileno sobresalió entre sus compañeros por ser autor de poesías latinas (Hanisch, 1974, p. Luego de su paso por Bucalemu, Molina se dirigió al Colegio Máximo de San Miguel en Santiago, la capital del reino, para completar el estudio del programa de filosofía definido por la Ratio Studiorum (Orrego, 2011, p. Este paso por Santiago, nos parece fue un hecho importantísimo para la formación intelectual del naturalista chileno, pues, y aunque aún espera un buen estudio de las bibliotecas jesuitas en Chile, la biblioteca del Colegio Máximo fue una de las más importantes de todo el territorio. Al momento de producirse la expulsión en 1767, la biblioteca del Colegio Máximo contaba con aproximadamente 6.200 volúmenes (Hanisch, 1974, p. La revisión del inventario de la biblioteca del Colegio Máximo San Miguel ha permitido ver que obras de autores como Athanasius Kircher, de su seguidor hispano Juan Eusebio Nieremberg (1595-1658), o de otro jesuita como José de Zaragoza (1627-1679), estuvieron presentes en los anaqueles de las bibliotecas jesuitas en Chile2. Por otra parte, el acceso a este tipo de autores, tampoco significó muchos obstáculos para los novicios, pues durante el siglo XVIII llegó a Chile un grupo de jesuitas alemanes que traían consigo libros de Europa de todo tipo de géneros literarios que interesaban a la Compañía. Por ejemplo, el jesuita Carlos Haymhausen viajó a Chile en 1748 trayendo con él 62 cajones de libros adquiridos en las ciudades de Lisboa y Augusta, 43 cajones traídos de Barcelona y, por último, 6 libros traídos de Munich (Hanisch, 1974, p. De tal forma, el abate Molina pareció no estar ajeno a la tradición organicista y de ideas kircherianas incluso antes de la expulsión de los jesuitas de Chile. Para Kircher el interior de la Tierra estaba formado por un gran fuego interno y por una diversidad de conductos subterráneos, característico de la tradición clásica, por los que circulaban el fuego, el agua y el aire (Sequeiros, 2010, pp. 114-120; Pelayo, 1996, p. Al igual que el jesuita alemán, Juan Ignacio Molina estaba completamente persuadido que el centro de la Tierra estaba dominada por fuegos subterráneos (Molina, 2000, tomo I, p. Athanasius Kircher también creía que el centro de la Tierra estaba parcialmente hueco, pues en él habían cavernas y canales dominadas por la acción de este fuego interno (Sequeiros, 2001, p. Bien es cierto, y es importante puntualizarlo, que la idea de la presencia de un fuego interior no era restrictiva ni a Kircher ni al resto de jesuitas. Filósofos naturales como Descartes, Hooke, Steno, Woodward, e incluso un plutonista como James Hutton a fines del siglo XVIII, mantenían la convicción de la existencia de este fuego interior (Rappaport, 1997, pp. 180-189). En el mundo hispano, como resultado de la influencia de Kircher, hubo autores religiosos que defendieron la idea de la presencia de un fuego interno. Por ejemplo, el español José de Zaragoza en su obra Esphera en común celeste y terráquea, impresa en Madrid en 1675, dedicó un último capítulo a la descripción del «mundo subterráneo» planteando la existencia de un «fuego subterráneo» al interior de la Tierra recogiendo ideas de Barba, Kircher y Agrícola (Pelayo, 1996, p. Cuando el abate Molina describe el subsuelo de Chile, recurre a la misma idea de una estructura interna dividida en diversos «conductos subterráneos» (Molina, 2000, tomo I, p. Este sistema, en la visión del naturalista chileno, es alimentado por la «prodigiosa fuerza del agua» que se introduce al interior de estas cámaras internas. La actividad de estas «aguas subterráneas», cuyo origen es el mar, también viene acompañada de la presencia de un «ayre interno» (Molina, 2000, tomo I, p. En su descripción de los terrenos de Copiapó y Coquimbo el abate Molina observa lo siguiente: «Dicese que el terreno de aquellas provincias está interiormente cruzado de grandes cavernas, sobre cuya superficie se oye á veces una especie de rumor subterráneo como si corriesen por debaxo de tierra torrentes de agua ó vientos impetuosos» (Molina, 2000, tomo I, pp. 31-32). Este aire interno es producido por la evaporación de estas aguas como resultado de la acción de «los fuegos subterráneos» (Molina, 2000, tomo I, p. Por otra parte, estos fuegos subterráneos eran los encargados de activar las «materias inflamables», que según Juan Ignacio Molina, componían la base del terreno chileno (Molina, 2000, tomo I, p. Ahora bien, las referencias a «materias inflamables» fueron mucho más que una expresión o un recurso retórico propio del clasicismo jesuita. La explicación bíblica no era suficiente para poder hacer reaccionar las materias inflamables. Sólo un elemento tan neoplatónico como el fuego podía cumplir esa función. Lo interesante del análisis de Molina, y teniendo en consideración que el naturalista chileno no entrega una información clara y detallada de cuáles son los autores en los que sustenta sus planteamientos, la idea del «fuego interno» y de los «canales subterráneos» pareciera haberla obtenido del jesuita alemán más que de sus seguidores hispanos. En 1767, al momento de partir al puerto de Santa María, Juan Ignacio Molina tenía casi concluido el texto de su historia natural. Nuevamente la revisión del inventario de la biblioteca del Colegio Máximo, lugar donde según Rodolfo Jaramillo el abate Molina realizó gran parte de su investigación teórica sobre historia natural (Molina, 1987, p. XXXIII), muestra que la obra disponible de José de Zaragoza fue la Aritmetica universal publicada en Valencia en 1669 y no la Esphera celeste que mencionamos anteriormente3. La persistencia de Molina en la idea del fuego interno fue muy recurrente en su historia natural considerándolo como el elemento fundamental de los procesos geológicos. Para el naturalista chileno, el calor subterráneo era capaz de transformar los objetos inanimados, incluso crearlos. Con esto, en la visión del exjesuita, el fuego interno se convierte en una fuente de fertilidad que alimentaba los diferentes estados de la vida. Por ejemplo, el calor central de la Tierra, «formando un perpetuo círculo», daba origen a los diversos tipos de minerales (Molina, 1987, p. Con estos planteamientos sobre la organización interna de la Tierra, el abate Molina tácitamente sugiere algún tipo de explicación geológica sobre el origen de algunas formas de vida en la naturaleza: «Si ha dicho calor natural se une aquel que proviene de la efervescencia de las materias combustibles internas, siempre que no se opongan otras causas, la fertilidad se acrecienta en razón de su abundancia» (Molina, 1987, p. DEL «RUMOR SUBTERRÁNEO» A LA NATURALEZA DE LOS TERREMOTOS En la historia natural de 1782, Juan Ignacio Molina señalaba que Chile poseía un «único azote á que está sujeto aquel hermoso país» (Molina, 2000, tomo I, p. Se refería a los terremotos. La comprensión orgánica que el exjesuita tenía del subsuelo chileno requería necesariamente, aunque fuera de una manera vana, una reflexión sobre una de las catástrofes más dramáticas, con unas implicancias culturales profundas, que tuvo que enfrentar la sociedad del Antiguo Régimen. Hasta fines del siglo XVIII, los terremotos fueron un problema que iba más allá de la mera curiosidad por descubrir qué había al interior de la Tierra. Durante el período moderno, las catástrofes naturales como los terremotos, fueron considerados como parte de los castigos de Dios a una sociedad atormentada por sus pecados (Valenzuela, 2007; Onetto, 2007). Ahora bien, un evento que para muchos tenía una naturaleza prodigiosa, no quedó fuera de las preocupaciones científicas de los jesuitas. Por tanto, el interés del abate Molina por conocer la historia telúrica del Reino de Chile no representó una inquietud intelectual fuera de lo común, por el contrario, era casi una exigencia para un jesuita fascinado por la historia natural como él. Antes de la expulsión de Chile, los jesuitas describieron los grandes terremotos que se percibieron en el territorio con bastante detalle. Así lo reflejan, por ejemplo, las relaciones jesuitas que han quedado del terremoto producido el 8 de julio de 1730 que destruyó gran parte de la ciudad de Santiago, «q[ue] tendrá eterno lugar en la memoria de los moradores», y que provocó la inundación de la ciudad de Concepción al sur del reino5. Sin entrar en grandes detalles, Juan Ignacio Molina termina realizando descripciones que revisten a los terremotos de una naturaleza prodigiosa: Los grandes sacudimientos principiaron cerca de la media noche, y duraron quatro o cinco minutos; mas la tierra tembló casi continuamente hasta el rayar del dia. Antes de romper el terremoto estaba despejado el cielo por todas partes: pero inmediatamente se cubrió de espantosas nubes que acarrearon una lluvia continua por espacio de ocho días, al cabo que volvieron los terremotos ligeros, que continuaron por tiempo de un mes con el corto intervalo de quince ó veinte minutos (Molina, 2000, tomo I, p. La última referencia sobre la existencia de «terremotos ligeros» no es una mera insinuación por parte de Molina, sino el resultado de la organización interna de la Tierra. El ex jesuita chileno identifica que los «rumores o bramidos subterráneos», que anuncian la venida de los movimientos de la tierra, son el resultado de la presencia del «ayre variamente agitado» presente en las cavernas subterráneas (Molina, 2000, tomo I, p. A nuestra manera ver, y aunque este problema no lo trataremos aquí, pero la precisión es necesaria para una comprensión histórica del problema geológico al que nos remite, la reflexión del abate Molina es sumamente atractiva, pues pone en evidencia con claridad su visión orgánica del mundo natural. Por una parte, Juan Ignacio Molina relacionó el comportamiento de la naturaleza con el comportamiento social. Y por otra, vinculó el fenómeno de los terremotos con la actividad de los volcanes. El interés que el naturalista chileno tiene por reivindicar la naturaleza del Reino de Chile, explica que los terremotos chilenos no son en extremo dañinos ni destructivos, pues los movimientos de tierra van precedidos por estrépitos sensibles (Molina, 2000, tomo I, p. Molina explica que el ruido previo al movimiento, como resultado del aire presente en las cavidades internas, advierte con tiempo a la población de la llegada de los terremotos dando «lugar á sus habitantes para salir de sus casas y salvarse del riesgo» (Molina, 2000, tomo I, p. Incluso, Molina va más allá en la relación entre fenómenos naturales y orden social cuando describe que los habitantes han tomado «sabias precauciones» construyendo y adecuando sus ciudades para hacer frente a los estragos que puedan causar. las calles —hablando de las ciudades— son tan anchas, que los edificios que la forman, no se pueden juntar por grandes que sean los vaivenes, y dexan en medio un sitio capaz donde se refugian las gentes: en las casas hay asimismo grandes jardines y patios, en donde se recogen los habitantes, y en los quales tienen las personas acomodadas barracas de muy buen aseo, donde pasan las noches siempre que se creen amenazados de algun terremoto considerable (Molina, 2000, tomo I, p. El abate Molina también señala que la presencia de los volcanes explicaría que los terremotos en Chile no se produzcan de improviso y sus sacudidas sean menos violentas que los terremotos que se producen en otros territorios que sufren la misma fatalidad. Los volcanes representan así, en la visión de Molina, una paradoja. Éstos son el resultado de los terremotos, pero a la vez se convierten en el «contraveneno de la propia causa» (Molina, 2000, tomo I, p. Era un problema de pronóstico. Si bien Molina no polemizaba con quienes eran partidarios de que los terremotos podrían pronosticarse realizando observaciones astronómicas, incluso sin restarle la posibilidad de ser cierto, no era una explicación que lo convenciera. Estas ideas gozaban de buena salud en el siglo XVIII en el Nuevo Mundo6, y como hombre ilustrado que confiaba en la experiencia y en la observación como método de conocimiento, señala que: (...) habiendo ocupado toda mi atencion en combinar los varios aspectos que presenta aquella atmósfera siempre que tiembla la tierra, jamas pude deducir un indicio análogo que no fuese faláz en las circunstancias. En suma, puedo asegurar que como he nacido y me he criado en el Reyno de Chile, he visto temblar la tierra en todas las estaciones del año, tanto en tiempo llovioso, como en tiempo sereno; ya soplando con fuerza los vientos, y ya reynando la tranquilidad y la calma (Molina, 2000, tomo I, pp. 35-36). La explicación parecía mucho más terrenal: ésta se encontraba en el interior de la Tierra y en sus cicatrices externas. Ya hemos dicho que para Juan Ignacio Molina todo el suelo chileno encerraba en sus entrañas materias inflamables o combustibles que reaccionaban con el fuego interno (especialmente espiritas sulfúreas, betuminosas y nitrosas). Esta explicación refleja su concepción organicista y sostenemos que fue el resultado del interés del ex jesuita en la historia telúrica de Chile. Hasta fines del siglo XVIII, Chile había vivido cinco devastadores terremotos que Molina se encargó de destacar en su historia natural7. Por tanto, no sólo interesaba saber sus causas, sino también como se desarrollaban los movimientos de la tierra y como podían aminorarse sus espantosos efectos. Frente a esa infausta historia de movimientos de tierra, el naturalista chileno estableció que los volcanes eran los encargados de aminorar los efectos dañinos y la violencia de los grandes terremotos. Molina advierte que debido a la gran presencia de volcanes «ignívomos» en Chile se puede pensar que el movimiento de la tierra es explosivo, de corta duración y violento tal como observó en los temblores en la ciudad de Bolonia. Sin embargo, su conjetura era contraria y era resultado de una asociación lógica. En la visión orgánica que el abate Molina fue construyendo de la naturaleza, los volcanes cumplían una función específica. Eran los encargados de disminuir la fuerte actividad interna de las materias combustibles de la tierra, pues actúan como una vía de evacuación que evita la excesiva presión de los aires internos. Como dijimos, el interés del ex jesuita era reivindicar la naturaleza de Chile, y para ello se debía disminuir lo más posible, especialmente en su explicación científica, cualquier tipo de noticia que elevara a los terremotos a la categoría de una catástrofe horrorosa y apocalíptica. Si bien la ciencia moderna era el resultado de una nueva forma de trabajo, expresado fundamentalmente en la importancia de la experimentación, y aunque no es un argumento que podamos desarrollar aquí, bien es cierto que la ciencia y sus producciones tampoco han dejado de ser un problema escrito y retórico durante este período (Grafton, 1991). Nos parece que, debido a su importante formación clásica (Berguecio, 1974; Nordenflycht, 2009), Juan Ignacio Molina no sólo entendió la historia natural como parte del trabajo científico, sino también como parte de un complejo espacio literario y una estrategia de persuasión científica8. Consideración que, por ejemplo, lo llevó a contestar de forma directa a las ofensivas aseveraciones formuladas por Cornelio de Paw sobre la naturaleza del Nuevo Mundo: Los lectores á cuya noticia hayan llegado las Investigaciones filosóficas sobre los Americanos, escritas por Mr. Paw, se maravillarán de ver describir un país de la América muy distintamente de como este autor quiere hacer creer que sean todas las partes de aquel gran continente (...) Paw no solo no ha visto nada de lo que escribe y divulga, pero ni aun ha querido verlo en los autores que dice haber leído para formar su obra (...) Ni tampoco da mucho honor a sus luces y a sus talentos la lógica con que pretende probar sus decisivas aserciones, pues basta que haya en el inmenso continente de toda la America un islote ó un cantón con algún defecto, para que participe de él todas sus provincias (Molina, 2000, tomo I, pp. XX). LA NOBLE EXHIBICIÓN ECONÓMICA DE LAS «HUELLAS» GEOLÓGICAS Ahora bien, el abate Molina no sólo fue un naturalista, también fue un ilustrado. Esta condición tuvo interesantes implicancias en las ideas que el ex jesuita chileno elaboró sobre los procesos geológicos y la estructura interna de la Tierra. La preocupación por los fenómenos naturales no podía ser una reflexión aislada. La sociedad también formaba parte de su visión del mundo, pues ésta era parte de la obra de Dios. La promesa ilustrada era la felicidad del pueblo. Felicidad que sólo podía llegar, por ejemplo, por medio del progreso económico de las sociedades. Publicado en 1776, el trabajo sobre la riqueza de las naciones de Adam Smith, uno de los autores que influyó en la obra del naturalista chileno, sugería que el interés de los ilustrados no podía ser solamente una reflexión teórica. Las fuerzas subterráneas de la sociedad, así lo demandaba Rousseau en 1755, venían gravitando cada vez más en el hacer de los naturalistas ilustrados. Juan Ignacio Molina desarrolló una idea de la historia que, como todo ilustrado dieciochesco que se preciara de tal, estaba en un constante movimiento. Para nadie es un misterio el maridaje que se produce durante el siglo XVIII entre la ciencia y una disciplina nueva como la economía política. Disciplina particular y novedosa que no pasó inadvertida para el naturalista chileno. Esto, pues la economía política se encontraba plenamente difundida en la Italia del norte en la segunda mitad del siglo XVIII. Destacó con fuerza la actividad de la escuela milanesa integrada por figuras tan señeras como Pietro Verri con obras como Elementi del comercio (1760) y Meditazioni sull'economia (1771) (Schumpeter, 1971, pp. 219-220). Bajo esta perspectiva, el mundo subterráneo y sus elementos, es decir, los minerales (que Molina casi no distinguía de los fósiles orgánicos), no podían ser más que un instrumento para el progreso. Eran los fuegos internos que dominaban el interior de la Tierra los encargados de realizar la prodigiosa operación que sublimaba las diversas materias alojadas en el subsuelo que, por medio de una «fermentación natural», eran capaces de producir compuestos metálicos extraordinarios (Molina, 2000, tomo I, p. En esta visión ilustrada del conocimiento, la mineralogía pasaba a ser un elemento más del pensamiento económico. El Libro de la Naturaleza no era sólo el Libro de la obra de Dios, también era el Libro de unos seres y objetos capaces de satisfacer algo más que la simple curiosidad de naturalistas y filósofos. Resulta evidente, al poco de leer algunas páginas de los Saggios de historia natural de Juan Ignacio Molina, su preocupación, casi obsesiva, por describir los usos prácticos de los minerales. Debido al interés que el ex jesuita mostró por los autores económicos y médicos del siglo XVIII, el abate Molina entendía que el ser humano debía «avanzar hacia la perfección de la vida civil», pero también reconocía «cierta especie de inercia propia de la condición humana» que lo llevaba al estancamiento. Frente a esta condición natural, la única forma de llevar a las sociedades a un estado de perfección civil, que se producía gradualmente y por etapas, era a través de la actividad comercial (Rojas Mix, 2001, pp. 108-115). Se daba así, en el caso del abate Molina, una coincidencia entre el orden geológico, mineralogía y pensamiento económico. Esta coincidencia científico-económica tenía una explicación basada en uno de los planteamientos fundamentales de la economía política ilustrada: Molina entendía el comercio como el padre de la población (Molina, 2000, tomo I, p. La mayoría de los economistas del siglo XVIII estaban persuadidos que una población numerosa era sinónimo de riqueza. Incluso, aunque con matices geográficos, para los pensadores económicos la población era la riqueza misma y representaba el recurso más valioso de una nación (Schumpeter, 1971, p. Desde su pragmatismo organicista, el ex jesuita chileno criticó a los habitantes chilenos porque sólo mostraban interés por metales nobles como el oro y la plata. La mina de plata de Upsallata, descubierta en 1638, a pesar de mostrar una extraordinaria riqueza desde su descubrimiento, según Juan Ignacio Molina, había sido muy mal aprovechada por los pobladores. Aunque los chilenos mostraban «poco ó ningun caso de los demás [metales]», Molina reconocía con algo de esperanza, que «vendrá tiempo en que las varias especies de tierra, las piedras, las sales, los semimetales y los metales llamados imperfectos (...) les acarrerán notable utilidad y ventaja» (Molina, 2000, tomo I, pp. 63-64). Lo anterior tiene una extraordinaria trascendencia que iba más allá de la actividad económica del Reino de Chile. No debemos perder de vista, como ya hemos hecho notar, que Juan Ignacio Molina escribió su historia natural para refutar las descalificaciones que los filósofos y naturalistas europeos realizaron del Nuevo Mundo. Molina utilizó todo su arsenal argumentativo para combatir en esta batalla intelectual y para ello no dudó en recurrir, por ejemplo, a los minerales como una elocuente artillería. En esta disputa, hablando siempre de los minerales, Molina debía probar dos cosas. Por una parte, la gran cantidad de metales con los que contaba el Reino de Chile para así lograr el progreso económico deseado por la teoría económica ilustrada. Por otra, y quizás más relevante que lo anterior, comprobar la incorruptibilidad de ellos. Bajo estos criterios, y dada la importancia que los metales tuvieron para las doctrinas mercantilistas europeas, éstos se convirtieron en una atractiva arma de respuesta en el plano retórico. De tal forma, en la visión del naturalista chileno, la discusión sobre la composición química de los metales también formaba parte de una cuestión propia de la política y de la defensa del honor nacional. Por ejemplo, en la mina de Uspallata, tras cavar más 300 pies de profundidad en 1766, señalaba Molina, se habían encontrado minerales que «no daban indicio alguno de degeneración» (Molina, 2000, tomo I, p. Los ensayos hechos en Lima del mineral extraído de Uspallata, «con los ensayadores más peritos de Potosí», habían demostrado que el mineral encontrado en una de la veta central (de las cinco que componían el territorio) rendía más de doscientos marcos de plata pura por cajón (Molina, 2000, tomo I, p. Por tanto, el interés por describir un territorio prodigiosamente beneficiado por la naturaleza no se justificaba solamente por las ganancias económicas que se podrían extraer de él al conocerlo mejor. La mineralogía también era una cuestión de orgullo patriótico y parte de un orden social. El abate Molina defendía la idea que el mineral que más abundaba en el Reino de Chile era el oro. En esta estrategia, el oro, que según la teoría embriológica antigua era el fin último de la naturaleza (Salazar-Soler, 2005, p. 164), fue el encargado de engrandecer la dignidad geológica y económica del territorio chileno. El interés manifiesto del naturalista chileno por la economía política, lo llevó a definir un orden social particular que era resultado de la actividad minera y que él denominó como orden metalúrgico (Molina, 2000, tomo I, p. Una de las promesas implícitas de la Ilustración era el acceso que todos los individuos tendrían a la riqueza. Bajo esta idea, podemos entender que Molina se interesase por describir la instalación de casas y ferias permanentes en torno al desarrollo de la actividad minera. El ex jesuita identificó en este orden metalúrgico integrado por cavadores, fundidores y apiros9 la presencia de una psicología particular. Juan Ignacio Molina consideró a estas gentes como emprendedoras y aventuradas debido a lo impredecible de la actividad. Incluso, como resultado de la abundancia de metales con la que Dios había bendecido el subsuelo chileno, estas gentes no le tenían ningún tipo de apego a las piedras y metales preciosos. Tanto era el desprecio a la posesión de los metales, advierte el ex jesuita chileno, que si «hay alguno en su cuerpo que intenta ahorrar alguna cantidad de dinero portandose con sobriedad, ponen por obra quantos medios alcanzan para engañarlo y hacerle gastar, con la mira de que se desnude y despoje, como ellos dicen, de un vicio tan vilipendioso á la noble profesion metalúrgica, qual es la avaricia» (Molina, 2000, tomo I, p. En este artículo hemos intentado, y así queremos precisarlo, interrogar a Juan Ignacio Molina sobre sus ideas geológicas. Hablar sobre el conocimiento científico no resulta una tarea sencilla, y menos si ese conocimiento proviene del siempre polisémico pensamiento jesuita. Por tanto, a través de este breve recorrido resulta imposible poder abarcar como quisiéramos el pensamiento que desarrolló el naturalista chileno sobre los procesos geológicos, la morfología de la Tierra y el rol político y económico que tuvieron para él. Por ejemplo, cosa que aquí no pudimos tratar, la pervivencia del relato bíblico sobre la inundación universal, e incluso la posterior aceptación de las teorías neptunistas, fue el resultado de una ecléctica física sagrada desarrollada por el naturalista chileno. Al abate Molina nunca le interesó entrar en el debate sobre la hipótesis diluviana que aceptaba sin rodeos. En este sentido, el ex jesuita, como muchos autores religiosos, intentaba armonizar el relato bíblico con las explicaciones sobre los cambios físicos de la corteza terrestre. Hasta el final de su vida defendió argumentos providencialistas. Cuando el naturalista chileno describe la morfología, casi portentosa, de la Cordillera de los Andes señalaba que en ella «el Creador ha manifestado especialmente su Omnipotencia» (Molina, 2000, tomo I, p. De igual forma, tras el exilio jesuita, el abate Molina tuvo la oportunidad de conocer nueva literatura sobre estos problemas siendo gran admirador de autores franceses como el abate Pluche (1688-1761). La lectura de los planteamientos defendidos por un autor como Pluche, bien conocido en el mundo intelectual hispano del siglo XVIII, permitió a autores como el naturalista chileno, realizar una síntesis y plantear la posibilidad de la existencia física de un diluvio universal (Pelayo, 1996, p. Molina reconoce que la presencia de piedras redondas y lisas en los montes chilenos no se podría explicar «como no recurramos á los efectos del diluvio universal, á no ser que haya quien pretenda que los Indios antiguos se divirtiesen en arrojar aquellas piedras en la arcilla quando ésta se hallase tan muelle tan blanda como requería» (Molina, 2000, tomo I, p. Pero la indeterminación, sin duda, es la fortaleza del pensamiento de los jesuitas. Esta condición es justamente el atractivo que invita a los historiadores a desenterrar, casi en una actividad arqueológica, las ideas que no son tan evidentes. Vimos como en el siglo XVIII, los planteamientos organicistas siguieron estando presentes en el mundo ibérico a ambos lados del atlántico. Aunque en parte de Europa las ideas de raíz kircherianas estaban siendo abandonadas, en España estas ideas seguían estando presente entre los científicos en los primeros decenios del siglo XVIII (Pelayo, 1996, pp. 53-54). Tal como vimos, los planteamientos de raíz kircherianos estuvieron muy presentes en la obra del naturalista chileno hasta 1810 cuando publica en Bolonia la segunda edición de su Saggio sobre historia natural de Chile. El ex jesuita logró elaborar una visión orgánica de la estructura interna de la Tierra a través su descripción geológica de Chile. Ahora bien, Juan Ignacio Molina fue un ilustrado, y por tanto, aspiraba a un conocimiento total. No sólo había que describir la Tierra, también había que diseccionarla. El interés y preocupación que Molina mostró sobre ella iban más allá que el mero estudio de su estructura interna. La promesa ilustrada de la felicidad del pueblo requería mucho más para ser alcanzada. Así lo evidenció la influencia del pensamiento económico ilustrado en la obra de Molina. Los minerales no eran solamente fósiles. Su papel, como huellas de una larga historia de la Tierra, era mucho más actual. La sociedad debía progresar y los minerales eran parte vital de esa ambición. Además, es importante señalar, al menos de manera breve, que estas ideas científicas y económicas eran el resultado de una dependencia histórica. Vimos como Molina respondió a las descalificaciones hacia el Nuevo Mundo. Siempre fue crítico con los «naturalistas y filósofos de cafetín» que no observaban, que no experimentan, que no obtenían su información de la propia naturaleza y que sólo confiaban en sus libros. La crítica anterior no deja de llamar la atención, pues el abate Molina nunca recorrió Chile al estilo de viajeros como Lord Anson, Alessandro Malaspina o Alexander von Humboldt. Aunque no fue un problema que aquí pudiésemos desarrollar, el conocimiento de la naturaleza chilena adquirido por Molina fue, en gran parte, resultado del estudio de una de las fuentes utilizadas por la historia natural durante el siglo XVIII: los diarios e informes elaborados por los grandes viajeros ilustrados. El naturalista chileno realizaba viajes literarios. Por tanto, el camino posible era configurar una narración literaria que pudiera ayudar en la tarea impuesta por la idea de progreso. Aunque es un problema que debe estudiarse con profundidad, el ex jesuita fue capaz de extraer información de esta literatura de viajes que le permitió alimentar, confirmar y sintetizar sus ideas y convicciones científicas sobre la composición y organización interna de la Tierra. Así lo demuestran sus repetidas referencias a viajeros como Antonio de Ulloa, Louis Feuillée, Amadée Frezier, Antoine Pernety, James Cook, Joseph Banks o el Conde de La Pérouse, entre otros. Con todo, este ha sido un artículo que buscó ser propositivo cuyo interés fue describir la morfología de unas ideas científicas. Quisimos reconstruir unos argumentos algo enterrados en el subsuelo literario de la obra de Molina. Hemos procurado, aunque nunca es suficiente, reflejar parte del origen de esas ideas y el valor y función que el ex jesuita les entregó. Un valor que no sólo fue científico, sino también social y económico. El interés por conocer el origen y funcionamiento de los procesos geológicos no sólo fue resultado del interés científico que cualquier ilustrado del siglo XVIII podía tener por estos temas. Esto también fue resultado del pasado telúrico y de una memoria infausta del Reino de Chile. Así queda expresado cuando comienza su exposición sobre los terremotos en la edición del Saggio de 1810: Hasta aquí hemos expuesto las principales virtudes con que la naturaleza se ha complacido en honrar al clima chileno. Sin embargo, dichas virtudes, no están totalmente exentas de defectos; nada hay del todo perfecto en este globo sublunar / Chile, en medio de su envidiable prosperidad, es golpeado funestamente, cada cierto tiempo, por los terremotos (Molina, 1987, p. En suma, la obra del naturalista chileno nos lleva por la problemática trayectoria de una disciplina como la geología, que tendrá que esperar hasta alrededor de 1830 para consolidarse como saber autónomo luego de la aparición de figuras tan prominentes como George Cuvier y Charles Lyell. Sin embargo, como toda investigación histórica es una exploración que siempre está por concluir, y a nuestro parecer, las ideas eclécticas que Juan Ignacio Molina elaboró sobre las entrañas de la Tierra y sus implicancias económicas, representaron ese carácter inacabado que caracterizó a la Ilustración europea.
De Lacroix a Cauchy: La Fundamentación del cálculo infinitesimal en José Mariano Vallejo (1807-1832) Este artículo estudia los aspectos relativos a la fundamentación del cálculo infinitesimal en la obra de José Mariano Vallejo (1779-1846), el matemático de mayor difusión en lengua española de la primera mitad del siglo XIX. Para ello, se consideran los fundamentos analíticos de su Memoria sobre la curvatura de las líneas en sus diferentes puntos, sobre el radio de curvatura y sobre las evolutas (1807) y de las dos ediciones (1813 y 1832) del volumen de su Tratado Elemental de Matemáticas dedicado al cálculo infinitesimal. El estudio muestra la dinámica evolutiva del pensamiento de Vallejo al ritmo de las referencias europeas —especialmente francesas– que encabezan el desarrollo del análisis matemático en su época y cómo conjuga la influencia sucesiva de Lagrange, Lacroix y Cauchy atendiendo a criterios de adecuación didáctica y de rigor matemático. En particular, se determinan las influencias y discrepancias en cuanto al cálculo infinitesimal entre el Tratado de Vallejo (1813) y el Traité élémentaire de calcul différentiel et de calcul intégral de Lacroix (1802), así como el alcance de la introducción de las ideas de Cauchy, expuestas por primera vez en España en la segunda edición del cálculo infinitesimal del Tratado de Vallejo (1832). José Mariano Vallejo (1779-1846) es un autor de reconocida relevancia en la historia de las matemáticas en España fundamentalmente en virtud de su Tratado Elemental de Matemáticas (Vallejo, 1812-1817). Se trata de una obra escrita en el contexto del desarrollo de las constituciones de 28 de julio de 1799 del Real Seminario de Nobles de Madrid —institución de la que Vallejo era catedrático de Matemáticas, Ataque, Fortificación y Defensa desde 18021— que evolucionó al compás del equilibrio inestable que su autor sostuvo entre su actividad matemática y su compromiso político liberal2. Redactada entre 1804 y 1807, la Guerra de la Independencia retrasó el inicio de su publicación hasta 1812, lo que permitió a Vallejo actualizar sus contenidos, una práctica que se convirtió en hábito en las sucesivas ediciones del Tratado, jalonadas de notas y ampliaciones novedosas atendiendo a los desarrollos de los principales autores europeos del momento. Aunque el análisis detallado de una obra matemática de la magnitud y modernidad de Vallejo está todavía pendiente3, sí se ha abordado el estudio del cálculo infinitesimal (Medrano, 1998), disciplina matemática que concentró los mayores esfuerzos de la comunidad matemática internacional desde su formulación en versión newtoniana o leibniciana a finales del siglo XVII hasta quedar rigurosa y sólidamente fundamentada en el primer tercio del siglo XIX sobre la base del concepto de límite de Cauchy. En este ámbito, el Tratado de Vallejo desplazó a los de su maestro Benito Bails (1731-1797), con los que se había formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de la mano de Antonio Varas. Como quiera que los datos disponibles permiten establecer una genealogía en el proceso de consolidación del cálculo infinitesimal en España desde Jorge Juan hasta José Chaix (1765-1809) y Vallejo pasando por Bails y Varas, en la que cada protagonista se reconoce expresamente como discípulo de su antecesor (Ausejo y Medrano, 2015), cabe destacar que el hecho de que en sólo un par de décadas las obras de cálculo infinitesimal de Chaix (Chaix, 1801) y Vallejo superaran a las de Bails muestra el dinamismo, la permeabilidad y la capacidad de innovación adquirida por la pequeña comunidad matemática española. Que el uso del Tratado de Vallejo se prolongara hasta 1860 indica, sin perjuicio de su validez científica y didáctica, que este dinamismo no halló continuidad a lo largo del siglo XIX, lo que sitúa a Vallejo como el matemático de mayor difusión en lengua española hasta mediados del siglo XIX. Antes de elaborar su Tratado, Vallejo ensayó sus habilidades metodológicas y didácticas con la publicación de tres obras, entre las que se encuentra la Memoria sobre la curvatura de las líneas en sus diferentes puntos, sobre el radio de curvatura y sobre las evolutas (Vallejo, 1807), de fuerte contenido científico y aspectos interesantes en cuanto al uso de elementos de cálculo diferencial, que son analizados en este artículo4. Al cálculo infinitesimal dedicó Vallejo el cuarto volumen del Tratado Elemental de Matemáticas (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte). Impreso en 1813, constituye un hito en la historia de esta disciplina en España al adoptar un enfoque de matriz euleriana, seguir a D'Alembert en la definición del cálculo mediante el concepto de límite y reducir el cálculo infinitesimal a álgebra al estilo de Lagrange (Medrano, 1998, pp. 958-961). Este artículo profundiza en el estudio de esta obra analizando cómo el cálculo infinitesimal de Vallejo introduce a Sylvestre-François Lacroix (1765-1843) en España5, siguiendo —aunque con discrepancias importantes— su Traité élémentaire de calcul différentiel et de calcul intégral (Lacroix, 1802; 1806), probablemente el libro de texto de cálculo infinitesimal mas difundido y traducido del siglo XIX. La segunda edición del cuarto volumen del Tratado Elemental de Matemáticas (Vallejo, 1832) —corregido y aumentado, pasando de 252 a 503 páginas— fue resultado directo de la intensa actividad formativa de Vallejo durante su exilio parisino (1825-1829), donde tuvo la oportunidad de actualizar sus conocimientos matemáticos asistiendo a los cursos de Lacroix, Laplace, Cauchy y Gay-Lussac —con quienes pudo establecer relación personal— (Hernanz y Medrano, 1990, pp. 435-437). En este artículo se analiza la incorporación al Tratado de los nuevos conocimientos adquiridos en el exilio en el terreno del cálculo infinitesimal, especialmente la influencia de las ideas de Cauchy, que fueron expuestas por primera vez en España6. MEMORIA SOBRE LA CURVATURA DE LAS LÍNEAS EN SUS DIFERENTES PUNTOS, SOBRE EL RADIO DE CURVATURA Y SOBRE LAS EVOLUTAS (1807) En esta Memoria Vallejo se plantea el estudio de evolutas y radios osculadores al objeto de preparar el Tratado que le había sido encargado por el director del Real Seminario de Nobles, una obra de amplia envergadura cuya mayor dificultad consistía, en opinión Vallejo, en el hecho de que los principios de las matemáticas aún no se hallaban en estado de «poderse exponer completamente» en una obra elemental (Vallejo, 1807, p. Ciertamente, en un periodo de ampliación del campo numérico, de discusión en torno a los fundamentos del cálculo infinitesimal y de desarrollo de su interacción con el álgebra y la geometría, que discurría paralelamente al proceso de establecimiento del alcance social y los contenidos doctrinales de la enseñanza primaria, secundaria y superior, no había referentes sólidos y seguros7 sobre los que Vallejo pudiera adecuar la amplitud y la complejidad de los contenidos matemáticos a sus estudiantes: «jóvenes de trece á catorce años, que es la edad media á que principian á estudiar estas ciencias los caballeros Seminaristas» (Vallejo, 1807, p. Los primeros frutos del trabajo de Vallejo fueron las Adiciones a la Geometría de D. Benito Bails (1806) y la Aritmética para niños escrita para uso de las escuelas del Reyno (1806), obras de preparación del Tratado que estaba desarrollando (Vallejo, 1807, pp. 6-7). En este proceso observó que el tema de evolutas y radios osculadores estaba «bastante inconexo» (Vallejo, 1807, p. 7), lo que le llevó a prepararlo y desarrollarlo de manera completa y «siendo esto ya mas de lo que debía contenerse en una obra elemental» (Vallejo, 1807, p. 8), decidió desgajarlo del Tratado y publicarlo en forma de Memoria. Tras un amplio desarrollo histórico del problema, que abarca todo el abanico temporal desde Huygens hasta culminar con Euler, Monge, Lagrange Laplace, Chaix y Lacroix (Garma, 1994, pp. 230-231), Vallejo pasa a trazar el plan de su obra, en la que destacan algunos puntos interesantes sobre el uso de elementos de cálculo diferencial. Comienza su exposición definiendo curvatura de una línea curva para, una vez establecida la definición que le parece más exacta y fácil de manejar, pasar a encontrar la fórmula matemática para calcular su valor. Considera «la línea como originada del movimiento de un punto, la superficie del movimiento de una línea y el volumen, ó el cuerpo geométrico del movimiento de una superficie» (Vallejo, 1807, p. Estas concepciones presentan un espíritu newtoniano en el manejo de curvas en cuyo planteamiento aparecen componentes mecánicas que posteriormente rechazará en su Tratado, al criticar el planteamiento de Newton por hacerlo «valiéndose de las ideas de movimiento que son extrañas en la análisis (sic)» (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte, p. Su uso puede entenderse como lícito en una obra que pretende resolver el problema de las evolutas usando cualquier argumentación válida y no restringida a procedimientos analíticos —en cualquier sentido de la palabra—, dado que en este momento histórico todos los autores tienen una idea dinámica de una curva, en la que algo se mueve, en relación al tiempo o a una sucesión de valores de la variable. Esta concepción no sólo contamina la idea de curva sino también la de función, con expresiones sencillas pero equívocas, como «la variable recorre una sucesión de valores». Más adelante definirá polígono como la línea originada por un punto que cada cierto tiempo varía de dirección y, como le interesan las líneas curvas, afirmará: «si pasamos ahora á los límites, esto es, si consideramos que el punto A varía á cada instante de dirección, entonces en vez de trazar un polígono ABCDE, trazará una curva AFH» (Vallejo, 1807, p. Subyace aquí la idea de que una curva es en realidad un polígono de infinitos lados infinitesimales, idea entonces debatida sobre la que no existía consenso8. Seguidamente, para hallar la fórmula de la curvatura de un arco calculada en un punto de la curva, hace un estudio local de la curva y trabaja con consideraciones infinitesimales. Hasta este momento ha usado el concepto de curva como la trayectoria de un punto en movimiento, pero ahora cambia radicalmente su planteamiento e introduce todo el aparato analítico necesario con sus correspondientes presupuestos teóricos: las curvas son tratadas como funciones z = f, x; u = f, t (Vallejo, 1807, pp. 33, 44, 89)9, lo que permite usar las herramientas del análisis —coeficiente diferencial, teorema de Taylor, etc.— Como quiera que en toda esta parte Vallejo utiliza como referencia las Instituciones de Chaix (1801) —que cita varias veces—, sus exposiciones están basadas en derivadas (coeficientes diferenciales), no en diferenciales10. Así, basará el estudio de los contactos entre dos curvas en sus respectivos desarrollos de Taylor, aun siendo consciente de que existen ocasiones en los que este desarrollo no sirve: «la análisis (sic) manifiesta que cuando algún valor de x hace infinitos los coeficientes diferenciales dz/dx, d2z/dx2, & c. el desarrollo de z' = f(x + k) contiene otras potencias que k, k2, & c. y en este caso no tiene lugar el método que acabamos de explicar» (Vallejo, 1807, p. A diferencia de otros autores, no considera este caso como una deficiencia de la fórmula de Taylor, simplemente admite que no posee la generalidad que parecen defender otros autores. Esta posición la anticipa ya en el prólogo, cuando afirma que hay valores en los que usa otro método «no teniendo lugar el teorema de Taylor» (Vallejo, 1807, p. Mantendrá también esta posición en su Tratado, con lo que parece plantear una búsqueda de restricciones a las fórmulas o teoremas hasta entonces considerados válidos sin ninguna limitación. Con ello, Vallejo se encuadra ya en la tendencia al rigor que caracteriza al siglo XIX, cuyo máximo exponente en el primer tercio del siglo será Cauchy —por ejemplo con sus planteamientos sobre el uso de las series no convergentes. Para el caso en que no se pueda aplicar el teorema de Taylor, afirma, siguiendo a Euler, que una función en ese punto siempre se podrá escribir de la forma f(x + k) = f(x) + Akλ + Bkλ+μ + Ckλ+μ+υ con λ, μ, ν >0. Es destacable que Vallejo maneje coeficientes diferenciales de forma generalizada y sólo utilice diferenciales en algunos pasos concretos, por ejemplo, cuando dada la ecuación de una circunferencia (α – t)2 + (ζ + u)2 = γ2 halla el valor de du/dt diferenciando la expresión anterior, con lo que obtiene –2(α – t)dt + 2(ζ + u)du = 0 y finalmente du/dt = (α – t) / (ζ + u) (Vallejo, 1807, p. No obstante, pese a que la utilización de las diferenciales estaba muy arraigada en los usos de los matemáticos del momento, los presupuestos geométricos relacionados con la diferencial están totalmente ausentes de esta Memoria. Vallejo maneja funciones en los cálculos analíticos, incluso cuando está trabajando con conceptos geométricos como curva, curvatura o círculo osculador, donde la diferencial podría haber sido usada con el cómodo concepto de elemento infinitamente pequeño de arco. Esto se manifiesta claramente, por ejemplo cuando, tras hallar la expresión del radio γ y centro (α,β) del círculo osculador, asegura: «los valores α, β, γ que hemos obtenido están expresados por coeficientes diferenciales que son funciones de las coordenadas de la curva» (Vallejo, 1807, p. En esta frase expresa claramente su idea, acorde con Lagrange, de que los coeficientes diferenciales11 son funciones, lo que encuadra su posición en la corriente de algebrización del análisis, donde la función es el centro del estudio. El cálculo diferencial trata sobre funciones y no sobre conceptos geométricos como curvas o términos ambiguos como cantidades. No obstante, la Memoria muestra también las lagunas matemáticas de Vallejo que, en un ejercicio de juvenil osadía intelectual, se atrevió a proponer para la indeterminación 00 una demostración del resultado 00=1 (Garma, 1994, p. 234) —aplicando reiteradamente la hoy conocida como regla de L ́Hôpital— que constituye todo un ejemplo de las dificultades planteadas y de la laxitud metodológica en la praxis matemática del momento: mezcla casos generales y particulares, usa elementos relacionados con límites de manera soterrada y hace prevalecer la forma de las expresiones y fórmulas sobre sus propias limitaciones (Vallejo, 1807, pp. 74n y ss.). Vallejo debió advertir su error más pronto que tarde, porque omitió la cuestión en la primera edición de su Tratado y la trató adecuadamente en la segunda (Vallejo, 1832, pp. 323-325)12. LA INFLUENCIA DE LACROIX EN EL CÁLCULO INFINITESIMAL DE VALLEJO (1813) Con anterioridad a la publicación del cálculo infinitesimal de Vallejo (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte), Lacroix había publicado dos obras sustancialmente distintas sobre cálculo infinitesimal, en primer lugar un enciclopédico Traité du Calcul différentiel et du Calcul intégral en tres volúmenes (Lacroix, 1797-1800) y posteriormente una exitosa versión abreviada del mismo que, pese a estar diseñada para los primeros cursos de enseñanza superior (Caramalho Domingues, 2008, pp. 283-285), añadía al título del primer tratado el adjetivo «elemental» (Lacroix, 1802)13. La diferencia entre ambas obras no es sólo de extensión, sino también de fundamentación: mientras en el Tratado elemental hace uso de los límites, en el Tratado mayor utiliza la teoría de Lagrange —aun reconociendo la validez de la teoría de los límites14. Pues, bien, por lo que respecta a las fuentes del cálculo de Vallejo, puede constatarse que la principal es el Tratado elemental de Lacroix, del que toma literalmente todos los ejemplos que desarrolla en la parte dedicada al cálculo diferencial e incluso aquéllos que propone al lector, sin ni siquiera cambiar las letras con las que denomina a las constantes o el orden de los ejemplos (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte, pp. 120-123; Lacroix, 1806, pp. 17ss.; Lacroix, 1810, pp. 152ss.). Si bien estos ejemplos pueden encontrarse en ambos tratados de Lacroix, el hecho de que Vallejo se decante por los límites sí apunta claramente al Tratado elemental de Lacroix como principal fuente de Vallejo. Las razones de Lacroix para inclinarse por el método de los límites para introducir la derivada —el coeficiente diferencial— en su Tratado elemental fueron esencialmente didácticas, concretamente de brevedad expositiva. Por el contrario, en su Tratado mayor se había alineado con Lagrange en el sentido de considerar los coeficientes diferenciales como el coeficiente del incremento en el desarrollo de una función en serie de potencias, una posición que Lagrange defendía para evitar el uso de límites y otros conceptos poco claros desde su punto de vista. En el caso de Vallejo las razones pudieron ser más complejas. Vallejo pertenecía a una escuela que —desde Bails (Ausejo y Medrano, 2015) hasta Chaix (Medrano, 1998, pp. 956-958) pasando por Ciscar (Ausejo y Medrano, 2012)— había ido encauzándose paulatinamente por la senda de los límites frente a las diferenciales, que Vallejo trataba de evitar pese a que Lacroix las utilizaba profusamente. Vallejo era langrangiano en cuanto que practicaba la reducción del cálculo infinitesimal al álgebra y creía —erróneamente, como Lagrange— en la existencia del desarrollo en serie de potencias de cualquier función, pero se resistía a adoptar la exposición de su Théorie de fonctions analytiques en toda su generalidad en virtud de algunos inconvenientes prácticos que nunca terminó de precisar (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte, p. En este contexto, la solución más natural pudo ser adoptar como guía el Tratado elemental de Lacroix, un texto moderno cuya fundamentación compartía y que, además, había sido expresamente concebido para el propósito docente que Vallejo tenía encomendado. La cuestión de las diferenciales, a las que Lacroix da en su Tratado elemental carta de naturaleza fundamental en su desarrollo —calculando de forma directa las diferenciales de las funciones y equiparando la diferencial con el incremento—, hace que en el cálculo infinitesimal de Vallejo se combinen partes tomadas —traducidas— literalmente de Lacroix con otras en las que se aleja de éste. Así, en la parte dedicada a las diferenciales de orden superior, tras introducir la cuestión con un párrafo traducido de Lacroix, adopta en el desarrollo la notación lagrangiana de los apostrofes: f, f ́, f'',..., que Lacroix rechaza explícitamente (Lacroix, 1806, p. La asunción de la notación y de sus funciones primeras implica también que se refuerzan las ideas de que los coeficientes diferenciales de orden superior f ́, f'',... son funciones definidas de manera unívoca por la función primitiva f y de que el coeficiente diferencial no es un cociente de nada. Las diferenciales no existen y son, de hecho, cero. No usa la expresión función derivada, pero habla de que la función A, que representa el primer coeficiente diferencial, «se deriva por una ley constante de f.(x)» (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte, p. Y después vuelve a la vía expuesta por Euler y seguida por Lacroix, de manejar los coeficientes diferenciales, como dz/dx = A. Aplica estas relaciones para desarrollar en serie una función que ejemplifica en el caso del binomio de Newton, (x+k)n, que obtiene calculando las derivadas sucesivas y haciendo x=0 —sin mencionar el caso del exponente irracional16— y continúa con la demostración del teorema de Taylor siguiendo el Tratado elemental de Lacroix casi al pie de la letra (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte, p. Pero seguidamente copia una digresión de Lacroix sobre la forma en que queda la diferencia de una función a la que se le da un incremento aunque, mientras Lacroix trabaja utilizando diferenciales (dx), Vallejo usa ∆z=z'–z y ∆x. De este modo deja el resultado en función de los coeficientes diferenciales, como indicando nuevamente su rechazo al manejo de diferenciales. La idea de manejar sólo coeficientes diferenciales, es decir, derivadas frente a diferenciales, se repite con insistencia a lo largo de la obra de Vallejo, que recoge así la influencia de Lagrange al seguir claramente la vía establecida por Chaix (Medrano, 1998, pp. 957-958). Otro tanto ocurre en la deducción de la fórmula de la diferencial de la función exponencial z=ax, donde Vallejo sigue esencialmente los pasos de Lacroix (1806, pp. 26-27) aunque recurriendo al incremento ∆x de la variable x para evitar en todo momento el manejo de las diferenciales, que sólo aparecen en el resultado final: dax = kax dx (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte, p. Es destacable la coherencia que Vallejo mantiene en este aspecto, que abarca toda su obra: su definición de la diferencial es posterior a la del coeficiente diferencial (derivada)17 —el único concepto que considera riguroso— y nunca parte de las diferenciales en una demostración; las operaciones se realizan con el coeficiente diferencial (derivada) y sólo una vez deducida una propiedad para los coeficientes diferenciales se traducen a diferenciales. La diferencia, aunque sutil, refleja un posicionamiento distinto frente a los fundamentos del cálculo y muestra la presencia de la idea de derivada, ya apuntada por L ́Huilier, como elemento fundamental, frente al de diferencial —que aparece en muchas obras del momento. La cuestión no afecta a los resultados: prácticamente todos los autores, salvo Lagrange, admiten la diferencial como herramienta útil, pero muchos de ellos se sitúan claramente en la corriente que pretende erradicar la diferencial de la base del cálculo, entre ellos Chaix y Vallejo. Por otra parte, cabe advertir que la estructura del tratado de Vallejo difiere de Lacroix. Vallejo lo dispone en la forma planteada por Euler, en el sentido de que las diferencias finitas preceden al estudio del cálculo diferencial —aunque las usa poco en el desarrollo posterior—, mientras que Lacroix las considera en un apéndice final, indicando que es una forma de presentación menos simple para las mismas ideas de fondo (Lacroix, 1806, p. También se observa en Vallejo un apartado sobre la Teoría de los límites que preludia el rumbo que pronto va a tomar la fundamentación del cálculo infinitesimal. A modo de resumen se puede concluir diciendo que: El desarrollo de Vallejo es similar al de Chaix, adoptando sus presupuestos más importantes, con el concepto de límite como elemento fundamental. La fuente fundamental es el Tratado elemental de Lacroix, del que toma, en ocasiones de manera literal, buena parte de su desarrollo. A pesar de tener como referente la obra de Lacroix, existen discrepancias importantes, sobre todo en el manejo de las diferenciales, que Vallejo evita mientras que las utiliza de manera abundante. También discrepa de Lacroix en el esquema general, en el que las diferencias finitas preceden al cálculo diferencial, lo que indica cierta influencia de las posiciones eulerianas. Hace uso de la notación y alguna demostración de Lagrange, aunque no asume su desarrollo expositivo. LA INFLUENCIA DE CAUCHY EN LA SEGUNDA EDICIÓN DEL CÁLCULO INFINITESIMAL DE VALLEJO (1832) La segunda edición del cálculo infinitesimal de Vallejo (Vallejo, 1832) no varió la estructura de la primera (Vallejo, 1812-1817, tomo II, 2a parte), pero duplicó el número de páginas. Las 250 páginas de aumento se concentraron en las partes dedicadas al método de los límites (27 pp.), cálculo diferencial (140 pp.) —especialmente aplicaciones a la determinación de máximos y mínimos (80 pp.) y teoría de líneas curvas (26 pp.)— y cálculo integral (52 pp.) —especialmente integración de funciones racionales (34 pp.). Junto a adiciones puntuales, como la definición de la diferenciación como una operación —no explicitada en la primera edición— o la digresión sobre la exactitud de la extensión de la fórmula de derivación de xn a exponentes no racionales18, se incorporaba una modificación de gran calado en la presentación del cálculo diferencial: en la primera edición, aunque basada en la teoría de los límites, se necesitaba conocer el desarrollo en serie de potencias como paso previo (Medrano, 1998, pp. 959-960), mientras que en la segunda edición el cálculo diferencial permite calcular las derivadas sin necesidad de conocer previamente el desarrollo en serie, que se obtiene también mediante el cálculo diferencial: [El Cálculo] tiene procedimientos directos y sencillos, para, dada una función, encontrar desde luego el límite de la relación del incremento de la función con el de la variable, sin necesidad de hallar anticipadamente ni el incremento de la función, ni la relación de este incremento con el de la variable; y lo que todavía es mas portentoso, es que el mismo Cálculo diferencial suministra medios mas expeditos que los explicados hasta aquí, para hallar la diferencia ó incremento de la función, su relación con la diferencia ó incremento de la variable, y desenvolver en series las funciones independientemente de la teoría de las series (Vallejo, 1832, p. Este es el mensaje planteado por Cauchy20, el autor que aparece con más fuerza en esta segunda edición del cálculo infinitesimal del Tratado, como cabía esperar tras la tercera edición del segundo volumen del Tratado Elemental de Matemáticas de Vallejo, publicada en 1825, en el que aparecía la llamada al rigor frente a las razones sacadas de «la generalidad del Álgebra» hecha por Cauchy en su Curso de Análisis (Cauchy, 1821): Mr. A.L. Cauchy, á quien tengo el honor de conocer personalmente, y con quien he tenido la satisfacción de conferenciar en París sobre varios puntos de las Matemáticas coincide tanto con mis ideas, que no puedo menos de poner aquí algunas de sus aserciones, aunque precisamente no sean todas ellas relativas á la Geometría (Vallejo, 1825, p. A mayor abundamiento, Vallejo tomaba de Cauchy la frase «los principios del cálculo diferencial y sus más importantes aplicaciones, se pueden exponer muy fácilmente sin la intervención de las series»21 para asegurar que: como yo explico todo el cálculo diferencial sin fundar sus principios en el desarrollo de las series, resulta que me he anticipado mucho en este asunto; y si se tiene en consideración qué Mr. Cauchy supone ya conocida la fórmula del binomio de Newton, y que yo explico los principios de dicho cálculo, tanto en este tratado, como en mi compendio de Matemáticas, sin suponer demostrada la expresada fórmula, no se extrañará el que yo haya asegurado haber llevado algo mas adelante las ideas de Mr. Cauchy (Vallejo, 1825, p. A partir de esta fecha Vallejo hizo sucesivas referencias a un total de cinco obras distintas de Cauchy, lo que parece indicar que estaba al tanto de sus publicaciones y que consideraba su obra digna de estudio. Como se verá en adelante, ello no significa que siempre asumiera sus propuestas, pero sí que supo reconocer cuál era el camino más fructífero. Adiciones en las que se cita a Cauchy Cauchy es el autor más citado en la segunda edición corregida y aumentada del volumen del Tratado Elemental de Matemáticas de Vallejo dedicado al cálculo infinitesimal, con 15 citas en diferentes temas22. Ya al principio del volumen Vallejo advierte sobre las limitaciones impuestas por Cauchy para el manejo de las series, recomendando su obra para ampliar el estudio de este tema: algunas veces se ha querido dar á entender que una serie, aunque divergente, podía ser empleada en cálculos analíticos, en lugar de la función de que provenía; y como los resultados que se obtienen por el intermedio de las series divergentes son siempre inciertos y el mayor número de veces inexactos, al menos en todas aquellas propiedades, que dependen de la sumación de sus términos, varios geómetras de mérito, entre los cuales ocupan el primer lugar Mr. Poisson, y Mr. Cauchy, se han esforzado para desvanecer este error; y aun se ha creído necesario restringir mas la idea de convergencia, para que una función se pueda sustituir por su desarrollo; y así, recomendamos sobre este particular la lectura del capítulo 6o del curso de análisis de Mr. Cauchy, donde establece varios teoremas para conocer la convergencia ó divergencia de las series (Vallejo, 1832, 38n). La cita concreta del texto de Cauchy indica un conocimiento bastante preciso de su obra y no deja lugar a dudas sobre su lectura y asimilación. De nuevo es citado Cauchy como texto de consulta para ampliar todo lo relativo a las series imaginarias, convergentes y divergentes (Vallejo, 1832, 81)27. El conocimiento de la obra de Cauchy por parte de Vallejo es además extenso: las citas aparecen en diferentes momentos a lo largo de todo el volumen y las referencias atañen a cinco obras. La mayor parte proceden del Curso de Análisis (Cauchy, 1821) —con o sin referencia explícita a la obra—, pero también aparece una referencia a las Leçons sur le Calcul différentiel a propósito de la denominación del teorema de MacLaurin, que se atribuyó a este autor en la novena lección de la obra de «Mr. Cauchy impresa en este mismo año de 1829» (Vallejo, 1832, p. El hecho de que se cite esta obra, entonces recién publicada, no sólo indica que Vallejo estaba muy bien informado de los trabajos de Cauchy, sino que sirve para acotar la fecha de esta segunda edición del cálculo infinitesimal, que habría sido elaborada, al menos parcialmente, en dicho año. Otra cita especialmente interesante es la que se refiere a la teoría del cálculo de residuos (Vallejo, 1832, p. Vallejo menciona esta teoría al estudiar las formas indeterminadas 00, ∞0,..., donde se hace alusión a la descomposición de una fracción racional en fracciones simples. El hecho de que la referencia se encuentre al margen de toda relación con la integración de funciones complejas, circunscrita a una única aplicación de la teoría del cálculo de residuos —la descomposición de una fracción algebraica en fracciones simples— muestra que Vallejo sigue la obra de Cauchy con el suficiente detalle como para referirse a una aplicación específica de la teoría de los residuos. Vallejo cita también a Cauchy cuando refiere el contraejemplo dado por el matemático francés para demostrar que no siempre es posible intercambiar el orden de integración de las integrales dobles: dedica la mayor parte del §667 a exponer casos en los que la permutabilidad es permitida —y algún otro en el que no—, expone las limitaciones impuestas por Cauchy (Vallejo, 1832, p. Por último, Vallejo ofrece la definición de integral singular dada por Cauchy en la lección 25 de su Résumé des leçons données à l'École Polytechnique sur le calcul infinitésimal (Cauchy, 1823, p. El concepto de continuidad El edificio matemático levantado por Cauchy está cimentado en dos conceptos clave que le servirán para romper con toda una tradición algebraica representada en su vertiente más radical por Lagrange y su intento de reducir el análisis al álgebra a través del desarrollo de Taylor de las funciones. Cauchy pulveriza estas ilusiones dando estatus separado al análisis mediante los conceptos de continuidad y convergencia, al demostrar que estos conceptos no pueden ser tratados por procedimientos únicamente algebraicos. La importancia del concepto de continuidad en Cauchy se constata en la cantidad de veces que utiliza la condición de continuidad en sus obras. No es un concepto más de su trabajo, sino el elemento aglutinador de su teoría (Cauchy, 1994, p. Por tanto, no cabe sino abordar inexcusablemente si Vallejo comprendió el cambio que estaba planteando el autor francés o continuó manejando la idea intuitiva de continuidad entonces tan extendida, que presuponía un comportamiento «bueno» de las funciones (continuidad, derivabilidad,...) en virtud de una cierta «ley de continuidad». Desde luego conocía las definiciones de Cauchy, que aparecen copiadas del Curso de Análisis (Cauchy, 1821) —sin cita expresa y con alguna matización interesante— en la parte dedicada al cálculo de las diferencias de funciones. Así, cuando define el concepto de función continua, que toma de Cauchy, asegura: cuando en una función f.(x), que tiene una valor único y finito para todos los valores de x comprendidos entre dos límites dados, la diferencia f(x + k) – f(x) es siempre, entre éstos límites, una cantidad muy pequeña, se dice que f(x) es función continua de la variable x entre los límites30 de que se trata (Vallejo, 1832, p. Cabe observar que no hace mención alguna del papel que representa k, de manera que su definición carece de sentido al omitir la relación entre los incrementos de la variable y los de la función. No ocurre lo mismo en Cauchy, cuya definición es clara y menciona dos veces la idea de que un incremento pequeño de la variable produce un incremento pequeño de la función (Cauchy, 1821, pp. 34-35). Puede deberse a una errata o a un error de redacción, ya que poco más adelante, al estudiar la continuidad de la función f(x) = 1/(5–x) entre los límites 0 y 4, Vallejo toma el ejemplo de x=2 y k=0,1 y, tras obtener f(x + k) – f(x) = 1/87, afirma: «y mientras más pequeño supongamos el valor de k, menor será el de f(x + k) – f(x)» (Vallejo, 1832, p. 154), idea correcta que es la expresada por Cauchy en su definición. Después de dar esta primera definición de Cauchy traduce dos párrafos en los que introduce el concepto de función continua en un entorno32 de un valor y el de función discontinua o que tiene solución de continuidad. El concepto de función discontinua ya lo ha usado Vallejo con anterioridad al trabajar con los valores aislados de las funciones. Según él, las funciones en las que hay valores reales separados de valores imaginarios se llaman funciones discontinuas y «hay solución de continuidad33, en las funciones, siempre que, para valores sucesivos de la variable, resulten interrupciones de valores reales, y de valores imaginarios en los de la función» (Vallejo, 1832, p. Seguidamente explica el caso en que para algún valor de la variable la función se hace infinita, en el que también afirma que hay «solución de continuidad». Este estudio de los puntos aislados y de valores infinitos le lleva a asegurar cuando estudia la continuidad que estos son los dos únicos casos posibles de discontinuidad (Vallejo, 1832, p. Aquí termina la parte dedicada a la continuidad tomada de la obra de Cauchy. No hace, sin embargo, ningún estudio completo de las funciones elementales como Cauchy, que da una relación de qué funciones son continuas y entre qué límites. Así, detecta la importancia del concepto de continuidad al añadirlo en la segunda edición, pero sin repercusiones importantes en el desarrollo posterior de la obra: el papel de la continuidad como concepto por el que pasan los resultados más importantes del análisis de Cauchy está ausente de la obra de Vallejo. Esta ausencia no desmerece la capacidad de Vallejo para vislumbrar los conceptos esenciales que a la postre abrirían nuevas vías de trabajo altamente fructíferas si se considera debidamente contextualizada en los tiempos de edición y en las características del Tratado de Vallejo, que es elemental en el título pero de nivel medio en sus contenidos —con algunos temas que resultan tremendamente difíciles para los no iniciados—; a esta obra incorpora Vallejo en su segunda edición conceptos y resultados obtenidos en la década inmediatamente anterior sin alterar consecuentemente la estructura del volumen, básicamente porque el encaje docente de los nuevos fundamentos del análisis no podía hacerse sin un proceso previo de asimilación. De hecho, Vallejo fue el único autor hispano de la primera mitad del siglo XIX que incluyó estas novedades, que tampoco fueron consideradas por autores franceses de amplia difusión docente, como Lacroix, Boucharlat o Francoeur. CONCLUSIONES: LACROIX Y CAUCHY EN EL CÁLCULO INFINITESIMAL DE VALLEJO, ENTRE LA DIDÁCTICA Y EL RIGOR MATEMÁTICO La figura de Cauchy no fue excesivamente bien vista por sus coetáneos: su carácter difícil y sus ideas político-religiosas34 le hicieron permanecer aislado35, sin discípulos directos que pudieran profundizar en su obra. Así, sus planteamientos tardaron más de dos décadas en ser aceptados de manera unánime. La obra de Cauchy, de gran complejidad, requería tiempo de reflexión y cierto sosiego para su asimilación, elementos de los que sin duda Vallejo nunca anduvo sobrado. La trascendencia de la obra del matemático francés, en la que se plantean nuevas vías de trabajo bajo nuevas perspectivas, necesitaba un análisis que, por su azarosa vida, Vallejo no pudo realizar. Como se ha visto, los planteamientos que Vallejo usó para el desarrollo del cálculo diferencial en la segunda edición del cuarto volumen de su Tratado Elemental de Matemáticas (Vallejo, 1832) no permiten caracterizarla como obra explicada a partir de los planteamientos de Cauchy, pero esto no significa que no conociera su obra, pues las citas y referencias son abundantes, aunque selectivas. No obstante, la preponderancia que Vallejo otorga a los aspectos didácticos frente a los científicos posterga el desarrollo de Cauchy en favor de otros más fáciles de explicar y entender. A este respecto, conviene recordar que la biografía de Vallejo muestra la vocación docente de su obra desde su acceso en 1802 a la cátedra del Seminario de Nobles de Madrid (Hernanz y Medrano, 1990, pp. 429-432). En este contexto debe entenderse el planteamiento de Vallejo ante las propuestas, no sólo de Cauchy, sino de cualquier avance en otra rama de las matemáticas. Así, Vallejo, como Lacroix, evitó —por razones esencialmente didácticas— modificar sustancialmente los aspectos fundamentales de su cálculo infinitesimal, aunque sin renunciar a incorporar gran cantidad de notas muy actualizadas —que en ocasiones ocupan más espacio que el tema que está tratando. Probablemente este no fuera el mejor método para realizar esta segunda edición, que en ocasiones resulta difícil de seguir debido precisamente al gran número de notas a pie de página, pero dejó marcado el camino por el que el análisis matemático iba a discurrir. Por otra parte, conviene destacar que Vallejo, a pesar de tener clara la finalidad docente de su texto, no renunció al rigor matemático y expositivo ni por motivos didácticos ni en aras de la apertura de nuevas vías de investigación, lo que le sitúa inequívocamente en la línea de desarrollo matemático del siglo XIX, durante el cual se produjo una vuelta generalizada al rigor. A este respecto cabe recordar que el proceso de pérdida de interés por el rigor que se había producido en las matemáticas del siglo XVIII, justificado en aras de una mayor facilidad de divulgación o de apertura de nuevas vías de investigación, había comenzado ya en el siglo XVII: las ataduras a la búsqueda de nuevas soluciones que imponían los presupuestos griegos había provocado un paulatino abandono del rigor en virtud de las expectativas generadas por los nuevos métodos y resultados. Los métodos de la matemática griega, especialmente admirada por su alto grado de rigor, «no eran heurísticos; no se adaptaban bien a sugerir ideas sobre cómo atacar un problema nuevo» (Andersen, 1984, p. Pero en el siglo XIX se produce una reacción, en sentido contrario, de revisión de conceptos e ideas anteriormente considerados evidentes: todo debe ser demostrado, nada debe quedar a expensas de la intuición; se demuestran los teoremas de valor medio —evidentes a la vista de los matemáticos del siglo XVIII—, se rechaza toda alusión a la velocidad o el movimiento —donde están implícitas ideas relacionadas con la continuidad sin ser explicitadas ni demostradas. En cuanto a la fundamentación del análisis matemático, esta tendencia ha sido definida como una retirada de la frontera de lo «obvio» (Grabiner, 1990, p. Vallejo, que practicó una presentación detallada de las deducciones que facilitara el paso de un eslabón a otro de la cadena de razonamiento y evitó plantear proposiciones como axiomas o dar por evidente lo que no lo era, manifestó repetidamente su total sintonía con esta tendencia, singularmente en una crítica a muchos libros franceses escritos durante el periodo revolucionario: Donde había un barranco que saltar, un obstáculo que vencer, un defecto de la ciencia, porque no se hallase suficientemente adelantada, ó porque el autor no estuviese en disposición de explicarla como correspondía, echaba mano de un es claro, es evidente, se viene á los ojos, es fácil de conocer, ó de otras expresiones equivalentes, con las cuales deslumbraban al lector: y á veces les decían que eran claras y evidentes, no solo cosas que están muy lejos de serlo, sino también proposiciones dudosas y aun proposiciones falsas (Vallejo, 1821, pp. IV-V). En cualquier caso, las sensibilidades compartidas de Vallejo entre la didáctica y el rigor muestran su capacidad para asimilar las dos preocupaciones principales de las matemáticas del siglo XIX en cuanto a docencia e investigación, en un personalísimo proceso dinámico de actualización de conocimientos que, en cuanto al desarrollo del análisis matemático, no quedó significativamente arraigado en España, en buena parte debido a la falta de condiciones institucionales y profesionales que permitieran ejercer el oficio de matemático en el sentido moderno de la palabra (Ausejo, 1998, pp. 215-224).
Construyendo al futuro ser social: Intervenciones médicas y pedagógicas en la infancia anormal. El presente trabajo busca estudiar la relación entre el Estado y la anormalidad en Santiago de Chile a través de una categoría específica como fue la infancia anormal, que tanto en el plano discursivo como institucional, tomó mayor definición y organización desde inicios de la década de 1920 hasta mediados de los años 40. Más allá de los cambios en los criterios estatales que tomaron lugar, se puede apreciar la pervivencia de lógicas preventivas y de control junto a otras protectoras y asistenciales visibles en la legislación y las instituciones creadas. Se destaca el papel de la medicina y la pedagogía en este ámbito, y en particular el papel de la última en la generación de una ciudadanía asimilable a los proyectos industriales y de nación de la época INTRODUCCION: ESTADO Y ANORMALIDAD La primera mitad del siglo XX chileno se encuentra atravesada por múltiples problemáticas que superan los aspectos políticos y sociales generalmente estudiados (Correa et. al., 2001. No se trata sólo de especificar una modificación en el régimen de gobierno (de Parlamentario a Presidencial) o la aparición de una nueva Constitución en 1925, sino también de establecer la existencia de dos modelos de Estado entrelazados que poco a poco irán presentando mutaciones y redefiniciones. Uno de ellos, basado en la prevención, la vigilancia y el control (Defensa Social) y el otro, en la protección y la intervención social (Asistencialista), criterios que no serán contradictorios, sino más bien complementarios, pues en particular, desde la década de 1930 en adelante, los conceptos aquí anotados se vincularán en más de una ocasión para definir políticas públicas y tomar medidas legislativas e institucionales destinadas a concretar el bienestar futuro de la población. Tal proceso, no significó un cambio automático ni lineal, por lo cual abordarlo debidamente no sólo demuestra su complejidad, sino asimismo, la necesidad de entender que una época histórica debe ser estudiada a través de diversas variables y no tan sólo desde una perspectiva. Una categoría que muestra tanto la complejidad y el entrelazamiento de los conceptos aludidos es la anormalidad, la cual no era nueva dentro del período en estudio, pues encontraba sus orígenes en teorías deterministas y degenerativas vigentes desde el siglo XIX (Álvarez Uría, 1991 y 1996. Huertas, 1998 y 2005), pero que volvían a tomar fuerza en un contexto que propiciaba un nuevo papel del Estado como garante de la educación, la seguridad y la inclusión social (León, 2003-2004). En tal perspectiva, lo normal era vinculado a la ciencia, la racionalidad y el orden, que aparecían como vías legitimadoras de determinadas formas de poder; mientras que su contracara, lo anormal, era expuesta como una muestra de barbarie, irracionalidad y monstruosidad; pues connotaba carencias (deficiencias) físicas, mentales y morales que podían atentar contra el orden establecido (Del Cura y Martínez, 2009. Ciencia y deficiencia, por ende, continuaron en el siglo XX como un binomio vigente. Además, las citadas carencias fueron atribuidas directamente a los sectores populares, vinculando así este problema a una cuestión social que se derivaba también desde el siglo anterior. En los discursos de diversas autoridades políticas, sanitarias e intelectuales, al igual que en las prácticas institucionales, la anormalidad continuó siendo asociada a la peligrosidad (De los Ríos y Rodríguez, 2007. Zapiola, 2010), requiriéndose para enfrentar dicho problema los aportes, perspectivas y opiniones de múltiples disciplinas, tales como la Medicina, la Psiquiatría, la Pedagogía y el Derecho. ¿Cuál fue la relación establecida entre el Estado chileno y la anormalidad? A grandes rasgos, evidenciamos una primera preocupación, más episódica y esporádica, que data del siglo XIX y que está referida en concreto hacia los sordo-mudos (Caiceo, 2010, p. Pero, en el período aquí abordado, puede apreciarse tanto una relación fundada en la lógica de la prevención y control de conductas futuras, como en una acción dirigida a través de instituciones concretas y con proyección en el tiempo. Tal lógica implicará, a la larga, por parte de las autoridades estatales, la aceptación de una sociedad diversa y masiva cuyas necesidades requerirán una nueva organización y definición del ámbito educativo (Ponce de León, Rengifo y Serrano, 2012). No obstante, dicha inclusión en ningún caso eliminará las diferencias que igual se encargará de reproducir la denominada educación para anormales, categoría que desde la década de 1920 cobrará más fuerza y sentido en el plano discursivo e institucional, y que mantendrá su sentido hasta 1943, cuando se vuelva menos visible en las fuentes y se reoriente una de las instituciones claves en dicha materia: la Escuela Especial de Desarrollo. Siguiendo este razonamiento, la idea central que guía esta investigación busca comprobar que dicha educación para anormales no correspondería sólo a una lógica de intervención o protección social propia de un Estado Asistencialista, sino asimismo a la pervivencia de criterios preventivos y de control, más representativos de principios del siglo, que buscarían asegurar un orden social futuro, expresándose aún ideas propias de un modelo de Defensa Social. Por ello, no debe extrañar el énfasis en la infancia, ya que tal decisión obedecería a una razón práctica: estandarizar conductas y apariencias desde temprano para evitar peligros e inseguridades en el mañana. He ahí el papel preventivo y protector hacia los menores, pero también he ahí la construcción de un futuro ser social. Las fuentes aquí utilizadas corresponden a escritos de época (artículos de revistas, documentación de archivo) provenientes tanto desde el ámbito médico, pedagógico y en menor medida legal. Si bien en ellos se combinan opiniones, diagnósticos, informaciones y referencias institucionales; en su totalidad permiten reconstruir un discurso común que enfatiza el cuidado terapéutico y educativo de los menores, aunque este mismo material muestra que cuando dichas ideas son llevadas al plano legislativo e institucional, se hace menos explícita la presencia de la medicina. He ahí un aspecto que, creemos, distingue a este proceso en Chile y que requiere, por supuesto, un desarrollo más amplio del que esbozaremos en las siguientes líneas. ¿CUESTIÓN BIOLÓGICA O CUESTIÓN SOCIAL? Desde las últimas décadas del siglo anterior, los vínculos entre medicina y sociedad habían quedado configurados, ya fuese a través de la medicalización en tiempos de epidemias, como también por medio de la higiene social, cuya pretensión normalizadora y moralizadora terminó permeando clases, instituciones y espacios. La anormalidad representó a aquello que escapaba de la aceptación general de una sociedad y su cultura, vinculándose con las ideas de degeneración racial, física y mental que las elites y autoridades seguían restringiendo a una determinada clase social: los pobres. Diversas publicaciones a lo largo del período aquí abordado, siguieron reproduciendo e insistiendo en estas ideas, aunque no con la misma fuerza de antaño (León, 2003-2004), pero igualmente les dieron cabida en no pocas ocasiones con un respaldo «científico» que era avalado por algunos cuerpos editoriales. Los factores ambientales (geográficos, sociales, familiares) si bien eran puestos en relieve, no eran los únicos esgrimidos al momento de buscar explicaciones al aumento de la delincuencia o de la sensación de inseguridad que la prensa hacía notar como omnipresente en varias ciudades del país, ya que igualmente reaparecían las explicaciones deterministas que buscaban en la biología al «germen del mal» y en la medicina a la disciplina que podía encontrar una cura a esta enfermedad social que era el crimen. Para 1933, el doctor Luis Cubillos representará estas ideas cuando indique que: las desviaciones físicas y psíquicas, grandes o pequeñas, [...] hacen del ser normal, empíricamente hablando, un ente antisocial, peligroso para la armonía colectiva, base única de bienestar y progreso. El estudio biológico de este hombre, que por sus antecedentes hereditarios, constitucionales, enfermedades y ambiente social es una entidad anormal, es el que realmente nos interesa (Cubillos, 1993, p. Tales diagnósticos no serán los únicos, pues aparte del citado galeno, otros contemporáneos arribarán a conclusiones similares (Brucher, 1944; Drapkin, 1943; Gajardo, 1944; Ramírez, 1935), después de examinar y clasificar a numerosos delincuentes. Incluso se llegará a afirmar que los que cometían delitos sexuales eran un «producto del instinto, o sea, del psiquismo elemental, siendo difícil que un sujeto inteligente caiga en este género de delitos» (Brucher, 1944, p. La relación entre anormalidad, pobreza y criminalidad seguía vigente, pues eran todas muestras de lo patológico en su versión biológica, social y moral (Bilbao, 2011; Canguilhem, 1971; Foucault, 2006), exigiéndose al Estado, o a sus representantes, una mayor participación en la creación de políticas públicas e instituciones que resolvieran el problema, ya fuese con medidas represivas o preventivas. El objetivo, aunque no siempre explícito, apuntaba a vincular el bienestar de la nación con la salud física y moral del cuerpo social (Vallejo y Miranda, 2007, p. En esta perspectiva, se entiende que tomase sentido la preocupación estatal, primero de modo general, por la infancia y luego, de manera más específica, por la infancia anormal. La historiografía que ha estudiado el tema de la infancia en Chile, y que sigue de cerca los avances extranjeros sobre la materia, ha demostrado ampliamente que ya desde fines del siglo XIX la infancia no sólo se entendía como una etapa específica (entre el nacimiento y los 14 años), sino además había comenzado a recibir las miradas de la intelectualidad, las elites y las autoridades (Farías, 2003; Rojas, 2010). Aunque los principales avances legislativos e instituciones se hicieron más visibles desde la ley de instrucción primaria obligatoria (1920), todavía cobraban sentido en la discusión general algunas ideas elaboradas décadas antes. Una de ellas era la supuesta degeneración de la raza, motivo por el cual se atribuía a esta etapa formativa un rol fundamental en el futuro del individuo, ya que este era el momento para evitar anomalías e irregularidades que pudiesen causar daños al cuerpo social. De ahí que la biología se vinculara con la moral, pues se indicaba además que en la infancia se concentraban las inclinaciones positivas y negativas del ser humano, las cuales se conservaban aún en estado latente en la mente de los niños sin una clara delimitación (Foucault, 2007; Vandewalle, 2010). La categoría infancia anormal, cuya presencia más sólida y clara puede datarse desde la década de 1890 en el viejo continente (Del Cura, 2011; Huertas, 2005; Muel, 1991), o desde principios del siglo XX, en el caso de algunos países latinoamericanos (Padilla, 2012; Rossi, 2009; Vianna, 2007; De los Ríos y Rodríguez, 2007), terminó incluyendo dentro de sí a un heterogéneo conjunto de niños desvalidos, abandonados, vagos, delincuentes, deficientes mentales y deformes (Rossi, 2009). Frente a dicha diversidad, las respuestas buscaron más bien ser homogéneas, ya que se veía a todos ellos como un producto del mismo problema: la anormalidad. Ella era consecuencia del vicio (como el alcoholismo) y las costumbres depravadas (falta de moral y de higiene), pues los diagnósticos de médicos, juristas, jueces, publicistas e intelectuales terminaban vinculándola con la miseria, el hacinamiento, la ignorancia y el abandono familiar, entre otros males. Como este era el sustrato común de la anormalidad entre los menores, bastaba hacer referencia a él para catalogar a un niño de anormal, dejando inmediatamente así establecido su origen de clase. En función de la proyección de muchas de estas ideas, es que puede comprenderse que dentro del proyecto de construcción de nación, por parte de los representantes del Estado Asistencialista, la infancia se considerase una etapa decisiva que requería intervención. Ya en la década de 1930 los diagnósticos y opiniones al respecto eran más explícitos. Cuando se hablaba de la vagancia infantil, se indicaba con total franqueza que el asunto «reviste una trascendencia social tal, [por lo] que su prevención debe ser una seria preocupación. Combatirla en todas sus formas, constituiría un gran paso hacia el mejoramiento físico y moral del hombre de mañana» (Mack E., 1930, p. Otro balance posterior reiteraba ideas similares, indicándose que el niño «es un ser en formación. Sus actos no traducen una personalidad definitiva. Si su conducta es irregular, hay esperanza de modificarla mediante la formación de nuevos hábitos, y así, es su porvenir lo que más interesa a la sociedad» (Gajardo, 1935, p. Pero dicha intervención-protección no debía desvincularse de la prevención ni del control, pues, aunque niños, se les veía como seres potencialmente peligrosos que requerían de una tutela o una «pedagogía» que permitiera: normalizar sus conductas y comportamientos; regenerarlos -de ser posible-; utilizarlos e incorporarlos a la vida productiva; reafirmar sus sentimientos patrióticos y, en fin, corregirlos para la defensa y seguridad del cuerpo social. Valentín Letelier, un intelectual chileno preocupado por estas materias, en su obra Filosofía de la Educación (1927), lo dejaba bastante claro: «la pedagogía, que en el fondo es una higiene física, moral e intelectual respecto de los normales, se ha ennoblecido convirtiéndose en una ciencia médica y filantrópica a favor de los anormales» (Letelier, 1927, p. Pero intervenir la anormalidad implicaba legislar y crear instituciones encargadas de velar por el cumplimiento de estas ideas, con el fin de evitar un «mal que se adivina» (Vianna, 2007), cruzada en la cual los saberes médicos, pedagógicos y judiciales debían estar unidos, para transformar la sociedad actual y asegurar la futura en aras de un mismo fin: regenerar la anormalidad hasta donde fuese posible o aminorar sus posibles efectos negativos. Lograrlo, era parte de la construcción de una sociedad más segura. TRES CARAS DE UNA MISMA MONEDA: INFANCIA DESVALIDA, DELINCUENTE Y DEFICIENTE Los espacios escolares que se gestaron dentro del período, e incluso antes (Serrano, Ponce de León y Rengifo, 2012), respondían a la atención que ameritaban grupos específicos de la población, en particular los menores anormales. Quienes tenían determinados rasgos físicos, sociales y morales, eran visualizados como seres especiales hacia los cuales debía existir una orientación igualmente especial (Caiceo, 2010). Como vimos, se partía del supuesto de que los estilos y formas de vida de estos niños, propios de los grupos populares, se manifestarían en inclinaciones viciosas que terminarían afectando el orden establecido. La prensa respaldaba estos prejuicios: «Sucios, haraposos, pedigüeños, soeces en el hablar, [que] sugieren ideas bien poco halagadoras acerca de la sociedad a cuyo margen viven pero a la cual pertenecen en realidad» (La Nación, Santiago, 1928; Citado en Rojas, 2007, p. Llama la atención la omisión a cualquier referencia sobre niños anormales de otra condición social. Las fuentes aquí revisadas, desde la prensa hasta los comentarios de los «especialistas» en esta materia, reproducen dicho silencio, lo cual no sólo hoy, sino también para el período analizado, terminaba por reafirmar para los contemporáneos la vinculación ya establecida entre pobreza y anormalidad. Más que buscar respuestas o explicaciones en las desigualdades que se generaban en los modelos políticos, sociales y económicos; se pensaba que el abandono, el delito o las causas físicas y biológicas estaban detrás del problema (Villalón, 1913; Flores, 1931; Sandoval, 1945). En este sentido la educación, y las escuelas que se crearan, debían apartar a los menores de la calle y evitar la reproducción de un mundo marcado por el desorden social y la desorganización familiar. Había, por ende, que establecer, parafraseando a Jacques Donzelot, un «complejo tutelar» que ayudara a condenar un modo de vida y a imponer otro, gracias al apoyo mutuo entre la medicina, la justicia y la pedagogía (Donzelot, 2008). La educación pensada para los niños anormales, al menos tal como aparece perfilada en algunas publicaciones como la Revista de Educación, terminaba igualmente relacionándose con el resto de la educación primaria, al enfatizar el desarrollo de las destrezas técnicas y manuales entre los menores para así generar conductas productivas, a la vez de sentimientos patrióticos y de obediencia a la autoridad. Por otra parte, lo que diferenciaba a esta educación, eran precisamente sus alumnos, los cuales requerían mayor atención y preocupación. Era preciso entender que necesitaban una enseñanza especial (específica) y especializada (que requería la conjunción de diferentes disciplinas y expertos para abordarla). En función de ello, se entiende que los diagnósticos relativos a su presencia dentro de la sociedad chilena, o más bien santiaguina en particular, terminaran entendiendo su necesidad, más aún cuando ya a fines de la década de 1920 estaba claro que dicha tarea debía estar en manos del Estado y sus representantes. ¿Cuáles fueron los centros de atención sobre esta materia? Básicamente tres: la infancia desvalida, la delincuente y la deficiente; desprendidas de las caracterizaciones y diagnósticos de los contemporáneos a la época en estudio. Respecto de la infancia desvalida, la preocupación por los menores abandonados y proclives a caer en los vicios de la calle, por su condición vulnerable, estuvo presente desde el siglo XIX, pero concentrada en los particulares y algunos miembros de la Iglesia Católica. La percepción del aumento de estos menores en las ciudades, como asimismo un mayor interés en la infancia como etapa vital clave para conductas futuras, llevaron a que se definiera progresivamente una mayor preocupación estatal, la que con vacíos y ciertas ambigüedades (Letelier, 1918) se tradujo en un primer Congreso de Protección a la Infancia desvalida (1912) y en una ley sobre la materia (1912), que fue corregida y complementada por una Ley de Menores en 1928. Los estudios sobre el particular (Farías, 2003; Rojas, 2007 y 2010), han hecho notar que detrás de estas medidas no había una real «consistencia teórica» y que no hubo gran «debate sobre la necesidad de satisfacer ciertas necesidades materiales y afectivas» (Rojas, 2007, p. Lo que no debe extrañar, pues el discurso de protección a la infancia estuvo atravesado con frecuencia por el de la defensa social, dando en ocasiones resultados paradójicos, contradictorios o complementarios con los criterios asistencialistas. Los trabajos que han investigado esta idea de la «salvación de los niños» (Platt, 1982), han expuesto cómo detrás de la legislación y la institucionalidad existía el criterio de que el menor sólo tomaba decisiones erradas, requiriendo por ello de una permanente tutela. Gran parte de los comentarios de la época sobre el tema, terminaron combinando en sus juicios y acciones criterios de protección y vigilancia que más que contradictorios se volvían complementarios. Por ello, es comprensible que en esta lógica el menor fuese concebido como un sujeto de deberes y no de derechos (Farías, 2003), a pesar de que existiera una retórica que hablaba de los «derechos del niño», como bien lo hicieran los escritos del juez de Santiago Samuel Gajardo durante la década de 1940 (Rojas, 2007, p. En la infancia delincuente, o peligrosa, persistía la ambigüedad del discurso, dado que se buscaba prevenir y controlar conductas futuras mediante la formación de una ética del trabajo industrial, una disciplina militarizada y diversas rutinas que enfatizaban el control del cuerpo (educación física), la mente (instrucción de primeras letras y de moral cívica) y el espíritu (enseñanza religiosa). La institución que encarnó dichos ideales fue la Escuela Correccional de Menores (León, 2003), creada en Santiago en 1896 y que encontró réplicas en otras ciudades de Chile, aunque con diferente proyección en el tiempo: Talcahuano (1896), Valparaíso (1900), Concepción (1906). Detrás de dicho proyecto estaba el cuestionamiento al ambiente familiar y social, pues como proyección del siglo XIX se pensaba que la familia debía ser el «espacio educativo que iniciara a los nuevos ciudadanos en las virtudes públicas del bien común como en las privadas del orden y el trabajo» (Ponce de León, Rengifo, Serrano, 2006, pp. 43-44). Para nuestro período, ya estaba claro que este rol debía ser competencia del Estado y no de los particulares. En función de un cambio en algunos criterios, la Escuela correccional en 1913 pasó a llamarse Escuela de Reforma de Santiago, mientras que los cambios más significativos tuvieron lugar desde 1924 como veremos. Dichos cambios buscaban darle al establecimiento un carácter más pedagógico y menos carcelario, pero pese a los cambios de nombres y a reformas puntuales, dicha institucionalidad estaba transitando a un modelo más proteccionista y asistencial, aunque sin olvidar las funciones preventivas y de vigilancia (Ricci, 1930; Roccuart, 1932). La infancia deficiente, se concentraba en menores con retardo mental, y había tomado visibilidad en algunas publicaciones educacionales desde mediados del siglo XIX, aunque no de forma continua (León, 2014). Se entendía como un ámbito que debía ser intervenido, corregido, fiscalizado y prevenido. Aunque en el discurso oficial se asumía la diversidad, ello no se traducía necesariamente en una inclusión, pues se establecía de antemano, al igual que en las correccionales, el sentido práctico o utilitario que debía tener dicha educación (Schweitzer, 1938), descartándose cualquier otro tipo de enseñanza a priori. Ese fue el espíritu que dio forma y fondo a la Escuela Especial de Desarrollo a partir de 1929, que combinaba la educación, la asistencia, la prevención y el control de los menores allí internos. Lo que se buscaba resolver era el problema de una infancia destutelada, fuera de las tutelas familiares, paternales, religiosas, sociales y de la ciencia. Por ende, la educación pensada no sólo para deficientes, sino también para delincuentes y desvalidos, buscaba restablecer dichas tutelas, para sanar los posibles males sociales que pudiesen surgir (Sandoval, 1937). En suma, la categoría infancia anormal hasta aquí revisada, y que hemos visualizado sumariamente en las caracterizaciones abordadas, no sólo supone considerar las relaciones sociales que hacen posible la aparición de la infancia moderna a través de redes institucionales como la familia y la escuela, sino también ayuda a comprender cómo el campo de la infancia se transforma en un objeto de conocimiento y de intervención social. Las tres infancias aquí explicadas componen y definen una anormalidad construida a partir de criterios preventivos, asistenciales y de control, respaldados por saberes médicos y pedagógicos que no sólo enfatizan las ideas de prevención y tratamiento, sino además exigen la identificación previa de estos niños y su reclusión en establecimientos. El objetivo, como hemos apuntado, era evitar que estos menores se convirtieran en seres inútiles, desadaptados e improductivos, en ciudadanos extrasociales (vagabundos, mendigos) o asociales (criminales peligrosos) (Del Cura, 2011; Fernández, 2012). TRANSFORMACIONES EN LA LEGISLACIÓN Y LA INSTITUCIONALIDAD Para mediados de la década de 1920 se comienzan a evidenciar cambios en los criterios para abordar el tema de la infancia anormal. Ya en 1924 el entonces ministro de Instrucción, Luis Salas Romo, solicitaba al Director de Instrucción Primaria que estudiase la formación de internados-talleres para acoger a los menores desvalidos con un fin claro, que se transformaran en «factores de utilidad social para sacarlos de una vida miserable que los dejaría como seres degenerados o inadaptados» (El Diario Ilustrado, Santiago, 30 de julio de 1924). La fecha es significativa, dado que ese mismo año se propuso la reorganización de la Escuela de Reforma de Santiago, que se transformó en la Escuela de Educación Preventiva, ahora bajo la dependencia del Ministerio de Previsión Social. El ideal preventivo que afectaba al nombre del establecimiento buscaba dar a entender un nuevo sentido de asilo para los niños «en situación de delinquir, previniendo que se transformasen en pequeños criminales» (El Diario Ilustrado, Santiago, 30 de octubre de 1924). Tal criterio también se extendió a otras instituciones, lo que quedó claro al año siguiente al crearse, con fines más amplios que atender a la infancia desvalida y delincuente, la Sección especial de establecimientos penales y preventivos contra la delincuencia (Decreto Ley 491, en Diario Oficial, Santiago, 26 de agosto de 1925). La ley de menores de 1928 dispuso una nueva estructura institucional, que junto con proteger y reforzar los derechos de los menores, incluyó ideas propias de la defensa social. De hecho, ya en el proyecto de ley presentado al Ejecutivo un año antes (4 de agosto de 1927), se indicaba al hablar de los delitos en los niños, que debe «aplicárseles un tratamiento médico y pedagógico, tratando de transformarlo en un elemento útil, y a la vez defender a la sociedad de él, conforme a su grado de temibilidad» (Citado por Rojas, 2010, p. Esta ley igualmente se encargó de crear instituciones como la Dirección General de Protección de Menores, a cargo del Ministerio de Justicia, entre cuyos fines estaba el «atender al cuidado personal, educación moral, intelectual y profesional de los menores abandonados, delincuentes o en peligro moral o material» (Diario Oficial, Santiago, 9 de enero de 1929). Recogiendo algunas de estas ideas, en 1934 se planteó la organización de un Consejo de Defensa del Niño Abandonado, que encontró finalmente respaldo gubernamental, como bien lo indicaba la prensa cuando se decía que: «Chile requiere para su desarrollo, que comienza ahora a tomar tanta importancia por el fortalecimiento de sus industrias propias, de una población moralmente firme y físicamente resistente» (La Nación, Santiago, 9 de junio de 1934). El presidente Arturo Alessandri, respaldando dichas ideas y el Consejo, señalaba que no era posible «abandonar al niño desvalido, que será parte integrante de la patria de mañana» (El Mercurio, Santiago, 9 de junio de 1934). Si bien la ley de menores buscó mantener criterios de cuidado sanitario general para los menores, el papel de los médicos en esta legislación no quedó claramente establecido, pues en la práctica las organizaciones de protección aquí mencionadas dependieron administrativamente del Ministerio de Justicia. Sólo en 1942 se introdujeron cambios drásticos quedando todas estas organizaciones bajo el Ministerio de Salubridad (Ley 7200 en Diario Oficial, Santiago, 18 de julio de 1942). Por un decreto del 7 de octubre de ese año, se refundieron asimismo varias instituciones en la Dirección General de Protección a la Infancia y Adolescencia (DGPIA), en cuya reglamentación se empleó por primera vez un concepto que desplazaba a los ya conocidos: «Se entenderá que un menor se encuentra en situación irregular, cuando su adaptación social sufriere alteraciones, se encuentre moral o materialmente abandonado o en peligro de estarlo, o hubiere delinquido, cualquiera sea su estado civil» (Reproducido en Diario Oficial, Santiago, 31 de octubre de 1942). Desde esta fecha en adelante, constatamos un menor uso en la documentación de la categoría anormalidad. La nueva Dirección no abandonó su carácter preventivo, pues si bien dependió del M. de Salubridad, sus funciones requirieron la coordinación con otras instituciones públicas como el Ministerio de Educación, del Trabajo, del Interior (a través de la Dirección General de Auxilio Social y la Dirección General de Informaciones y Acción Cultural) y las cajas de previsión social, definiendo así un panorama que duraría hasta 1952 cuando desaparezca la DGPIA. Durante la década de 1930 se hicieron evidentes, por parte de la prensa y del discurso político, una serie de temores derivados de la crisis de 1929. Se vio en el Estado a un garante del orden social, pero también a un ente preventivo que debía velar por alejar los temores, reales o imaginarios, de la población. En dicha línea se sustentó una búsqueda proyectiva de seguridad, haciéndose necesario para ello la intervención de la pobreza, la infancia popular y, dentro de ella, la anormalidad. Enfrentar este último aspecto implicaba ayudar a superar, por ejemplo, las impredecibles conductas que se atribuían a los pobres y más aún a quienes tenían un retardo mental. Una política preventiva y de control hacia los menores, concebidos como los futuros ciudadanos, no sólo tranquilizaba en lo inmediato, sino asimismo permitía planificar y modelar las actitudes del mañana. Institucionalmente, como se adelantó, se crearon en Santiago una Casa de Menores y una Escuela Especial de Desarrollo (Boletín de Escuelas Experimentales, no 1, 1929-1930.) orientadas a dar forma y contenido a las ideas aquí expuestas: El fin primordial en la enseñanza de los subnormales (término que aparece utilizado por primera vez en lo que hasta el momento hemos investigado), es producir individuos respetuosos de la ley, sociales y capaces de levantar su propio peso en la sociedad donde viven. De aquí se deduce la labor fundamental del profesor que es la educación del carácter por la inculcación de hábitos precisos de buena conducta y de buen ciudadano (Flores, 1931, p. En dichos espacios se buscó complementar lo biológico y lo social, la medicina y la pedagogía, la cual en dicho escenario podía tomar un papel regenerador, interviniendo una naturaleza defectuosa para encauzarla hacia «hábitos deseables» (Latorre, 1944, p. Ambas disciplinas debían ayudar a definir, delimitar y clasificar a los menores anormales (niños y niñas) en aras de ir desentrañando las complejidades de este nuevo saber (la anormalidad) y de entregar criterios para una también nueva práctica pedagógica (la educación de anormales), que considerase tanto las denominadas clases diferenciales como la tutela permanente a través de secciones de internado o transformando a las escuelas en internados. Es aquí donde cobra un papel relevante el desarrollo y perfeccionamiento de los test, de mediciones de coeficiente intelectual y de diagnósticos que permitieran realizar una nosología (clasificación de anormales), indicadora de los grados de anormalidad, de la posible reinserción social y de la institución específica que debía educar o reeducar al menor. Por supuesto, de ser negativas estas pruebas, el niño era catalogado como anormal, concentrándose la preocupación ya no en incrementar su intelecto, sino en evitar su desadaptación social. Ello, porque dichos anormales eran presentados como incapaces, improductivos e imposibilitados para cualquier trabajo intelectual. Así se entiende la minuciosidad de trabajos como el del doctor Hugo Lea-Plaza en la sección de observación de la Casa de Menores, realizando «una individualización dactiloscópica, un informe social, un diagnóstico psicológico y exámenes pedagógicos, médicos y antropológicos» (Lea-Plaza, 1929, p. También se comprende la implementación en las escuelas primarias de métodos de diagnóstico temprano, como los de Ovide Decroly y María Montessori, elaborándose fichas con antecedentes familiares, mediciones del coeficiente intelectual y exámenes de nutrición; que ayudaban a evaluar las condiciones de incorporación de estos niños a las escuelas (Torres, 1933, p. En el caso de los alumnos con mayor retraso mental, como los idiotas e idiotas profundos -unas de las tantas clasificaciones usadas entonces-, se decía que los exámenes aplicados a ellos, a nivel sensorial y motriz, podían tardar meses, incluso años en dar resultados, pues por lo general estos menores no mostraban avances y, en el peor de los casos, no respondían a los estímulos (Flores, 1931). Mejorar la expresión lingüística, la coordinación motora, la ubicación espacial y las habilidades motrices y sensoriales; fueron las metas de los maestros para llevar adelante un proceso pedagógico y terapéutico. Las escuelas especiales se pensaron para aquellos casos de anormalidad cuya complejidad ameritara tratamiento psiquiátrico, médico y farmacológico de carácter constante para incentivar el aprendizaje, así se evitaban daños a los niños normales y el retroceso en los aprendizajes y socialización de los anormales. Ese fue el sentido de la Escuela Especial de Desarrollo como su nombre bien lo indica. Aquí la segregación fue vista como una medida preventiva, pues de registrarse avances en un niño anormal, se buscaba su reinserción en una escuela normal. Esto obedecía a que se pensaba que los niveles de presión e instrucción de la educación formal, podían ser tolerados sólo por niños medianamente inteligentes (Flores, 1931; Latorre, 1943; Salas, 1931). Había voces que explicitaban la complicada labor de educar a estos niños en el mismo espacio que a otros menores normales, no debiendo confundirse ni conceptos ni criterios. Enriqueta Laferriere, a comienzos de los años treinta, criticaba las propuestas de instruir con rapidez a los niños anormales e insertarlos en los estudios primarios, pues, en su opinión, las denominadas clases diferenciales: «se adecuaban para que los atrasados pedagógicos no perdieran contacto con el resto de sus compañeros y no salieran de la escuela, adaptándose aulas dentro de los colegios para tales fines y dejando a los recreos y a las clases de educación física como las instancias de reinserción y socialización». Pero otra cosa muy distinta era la anormalidad, que visualizaba a través de tres categorías, la de los débiles mentales (quienes podían ganarse la vida, pero eran incapaces de gobernarse a sí mismo y competir con normales), los imbéciles (por defecto de nacimiento o de la primera infancia, incapaces de ganarse la vida, pero podían guardarse a sí mismos), y los idiotas (incapaces de protegerse a sí mismos). Por conclusión las clases diferenciales no debían recibir «a ninguno de estos niños, los que necesitan escuelas especiales y el cuidado de médicos especialistas. Las clases diferenciales son para los retardados pedagógicos o falsos anormales» (Laferriere, 1933, p. Otro punto que requería la intervención pedagógica era el del ausentismo escolar, pues la anormalidad era vista como un determinante en la incapacidad para lograr avances en los menores. Si bien tal problema no se presentaba sólo en estos niños, pues desde el siglo XIX era una reflexión recurrente (Monsalve, 1998), aquí se agregaba el hecho de que a nivel familiar dicha anormalidad era visualizada como una carga involuntaria en la que niños y adolescentes pasaban a ser dependientes y un costo extra para la economía familiar. El profesor Claudio Salas, desde las columnas de la Revista de Educación, indicaba que a pesar de que las autoridades educacionales buscaban obligar a los padres a mandar a sus hijos a las escuelas, mediante la aplicación de sanciones, multas e intervención policial inclusive; era preciso atender a la raíz del problema y que era: La herencia sifilítica, alcohólica, neuropática, tuberculosa, explica etiológicamente la producción de perturbaciones nerviosas del carácter mental de que están atacados los niños indisciplinados y de frecuentación irregular [...] Los niños que están atacados presentan una psicología anormal, de la que la no-frecuencia escolar constituye su primera manifestación de la indisciplina y de acción anti social. Ellos resbalan, además, más o menos, rápidamente hacia el vicio y la delincuencia (Salas, 1931, p. No obstante el protagonismo que se le asignó a la medicina en el tema, en el plano legislativo como institucional aparece con menor presencia, o al menos así lo registran las fuentes hasta aquí revisadas. De hecho, si bien no puede negarse la presencia de médicos en los establecimientos, las publicaciones de la época muestran una escasa presencia de doctores escribiendo u opinando sobre el particular. Abundan los balances pedagógicos en la Revista de Educación, pero las voces de los galenos, y de los psiquiatras específicamente, no son explícitas al respecto, con la excepción del doctor Gustavo Vila quien en 1935, al evaluar el papel del pedagogo en estos temas, hacía notar su incapacidad para asistir a un deficiente mental al carecer de preparación suficiente en el ámbito de la psicología. No era posible, a su entender, cumplir los roles de médico y maestro a la vez al desconocerse las psico-patologías y la psiquiatría infantil (Vila, 1935, p. Para médicos y psiquiatras era difícil concebir la rehabilitación de un anormal, entendiendo a la educación como una mera instrucción de modales, pues sólo se podía reacondicionar al individuo para obedecer lecciones en aras de mantener el orden social. Para los pedagogos, en cambio, era posible la rehabilitación basada en un aprendizaje integral. Así cobraba sentido una Escuela Especial de Desarrollo que, con carácter mixto, fue concebida gracias a la asesoría del estadounidense Lloyd Yepsen, para quien «El niño tardo [debía ser] colocado en una clase especial a fin de que no vaya demasiado ligero [...] el propósito ideal sería que cada niño al ingresar por primera vez a la escuela pública, fuera sometido a un estudio completo que comprendiera, no sólo el examen psicológico y mental, la manera cómo reacciona, el sistema emocional, etc. sino también el examen de un médico y de otros especialistas agregados al servicio escolar» (El Mercurio, Santiago, 8 de julio de 1929). A los pocos años de funcionamiento, en un predio rural de La Cisterna, se hizo evidente la necesidad de anexar una sección de internado, lo cual se concretó en 1933 (Decreto 4259, Santiago, 31 de octubre de 1933, en ARNAD. «Proyecto de fundación de un internado anexo a la Escuela Especial de Desarrollo, Santiago, 1933, en ARNAD. Tal iniciativa deseaba responder a un interés concreto: «atender [...] mediante un criterio psicopedagógico y médico a estos seres de escaso nivel intelectual, a fin de contrarrestar, hasta donde se pueda, el efecto terrible de sus taras, salvaguardando así los actuales y futuros intereses económicos, sociales y morales de la nación» (Claudio Salas. «Solicita aprobación proyecto Internado Anexo a la Escuela Especial de Desarrollo, Santiago, 18 de agosto de 1933, en ARNAD. Sólo para 1943 se produciría otro gran cambio, pues de acuerdo con una reseña escrita sobre el establecimiento: «La Escuela sintió la imperiosa necesidad de ser Internado, como único medio de posibilitar la acción integral del niño retardado mental y de capacitarlo, sin la mediación de estímulos perturbadores, para aquella eficiencia social compatible con sus disposiciones mentales» (Revista de Educación, no 26, Santiago, 1944, p. Para entonces su director, Gonzalo Latorre, plantearía lo que debían ser las líneas a seguir en la materia, dada: la enorme legión de los insuficientes psíquicos que día a día incrementan el ya enorme ejército de los tarados sociales, ejército de los incapaces de gobernarse a sí mismo, de los sugestionables y de los casi anormales, plantea a nuestra nacionalidad un grave problema social, cuya solución tiene sólo dos caminos: a) el asistencial y b) el educativo. El primer camino no elimina las causas que originan el mal y cuesta permanentemente considerables sumas de dinero; el segundo lo impone el sentido de solidaridad social del presente y la esencia de los postulados democráticos que señalan a cada individuo un lugar en su servicio a la comunidad social (Latorre, 1943, p. Si bien nuestro interés no ha sido reconstruir institucionalmente la trayectoria de esta Escuela-Internado, las expresiones de sus directivos nos ayudan a reforzar no sólo el discurso preventivo y controlador hacia la infancia anormal que aquí se hace explícito, sino asimismo a vincularlo con búsquedas más globales del período como el mejoramiento de la raza y, en concreto, con las políticas eugenésicas que terminaron reforzando la relación establecida entre salud y educación (Cabrera, 2014. Se aprecia asimismo una mayor vinculación entre anormalidad y deficiencia mental que a comienzos del siglo XX, o al menos así se desprende del material revisado, lo que muestra la historicidad de la categoría anormalidad, aunque todavía no se evidencia su extensión a otros grupos sociales. Esa, quizás, será la característica del período siguiente. A lo largo del período revisado en esta investigación, es posible apreciar cómo la relación entre el Estado y la anormalidad presentó cambios respecto de comienzos del siglo. Con más claridad desde la década de 1920, las autoridades políticas, en conjunto con los saberes médicos y pedagógicos, buscaron incluir a la excluida anormalidad infantil dentro de un proyecto de desarrollo nacional, industrial y de formación de ciudadanos. A pesar de esta nueva lógica, la segregación como tal no desapareció, pues persistieron criterios que subsumían las diferencias de género, que vinculaban dicha anormalidad a una sola clase (los pobres) y que se concentraban sólo en las deficiencias físicas y mentales más evidentes y que pudiesen provocar una futura peligrosidad; no diciéndose nada de ciegos, sordos y mudos. En tal lógica, junto a la protección y asistencia hacia los menores, coexistía un ánimo de prevención, vigilancia y control. De ahí que en el proyecto estatal chileno se priorizara, a diferencia de lo que concluyen estudios sobre esta materia en otras realidades históricas y geográficas, a la pedagogía antes que a la medicina al momento de tomar decisiones sobre la práctica o funcionamiento de las instituciones reformadas o surgidas después de la ley de menores de 1928. Tal situación no es extraña si se piensa que los diagnósticos de la primera prometían regenerar, o reeducar de ser posible, a estos menores, a diferencia de la segunda, que tendían a ser más deterministas y poco esperanzadores en sus balances. Por ello, se comprende que con el respaldo de la pedagogía, el Estado orientara la anormalidad infantil hacia un fin productivo. Así se aseguraba el mañana y se redefinía una relación que hasta entonces no había sido concebida bajo estos parámetros. Desde que la ley de instrucción primaria obligatoria (1920) buscó como ideal una educación tripartita: física, moral e intelectual; los esfuerzos se concentraron en ir perfeccionando aquellas áreas educativas y de protección al menor que el Estado Asistencialista perfiló y consolidó. La anormalidad infantil no sólo se definió, clasificó y buscó ser intervenida y regenerada a través de una nueva legislación e institucionalidad, sino también comenzó a ser comprendida desde una renovada terminología; apareciendo por primera vez la expresión «menores en situación irregular» (1942); y desde una reformulada institución que entendió la necesidad de una tutela permanente: la Escuela Especial de Desarrollo y su transformación en Internado. A pesar de no contar con mayores visiones críticas ni internas de dicha institucionalidad, pues las fuentes se muestran más esquivas a este respecto, es posible desprender de los discursos que legitimaban este panorama, como aún se seguía proyectando a los grupos populares la probabilidad de un eventual desorden futuro y que la anormalidad física y mental reproducía la de carácter moral. Tales ideas fueron más bien propias de un modelo estatal de defensa social que no desapareció por completo, sino que se mantuvo de la mano con una tendencia benefactora, industrialista y de mejoramiento de la raza, que también cobró protagonismo durante las décadas de 1930 y 1940.
ELENA HERNÁNDEZ SANDOICA, Tendencias historiográficas actuales. «Escribir historia hoy», como reza el título del nuevo libro que sobre historiografía publica Elena Hernández Sandoica (debe recordarse su anterior contribución, Los caminos de la historia, Madrid, Síntesis, 1995) es un reto complejo, probablemente más de lo que lo era en los años 1970, en que el paradigma estructural y cuantitativista propugnado por la escuela de Annales era indiscutido. Y es que hoy, la historia, en contacto permanente con otras ciencias sociales aunque ya no aspirando a coronarlas o a liderarlas, pasa por momentos de gran ebullición y -porque no decirlo también-, de gran incertidumbre, derivada en buena medida de influjos teóricos muy poderosos en que la subjetividad, el afán deconstructor que preside, por ejemplo, los Cultural Studies o la historia de género, tan en relación con ellos, la boga de los enfoques micro, que polarizan la atención sobre lo individual, lo marginal, lo biográfico, el deslizamiento de lo cuantitativo a lo cualitativo, de lo económico-social a lo cultural, de lo mensurable a lo interpretable, hacen que el oficio de historiador se encuentre desde hace algún tiempo sujeto a grandes desafíos teóricos y metodológicos y corra el riesgo además de una cierta fragmentación, lo que ayuda en parte a entender ese retorno al historicismo que la autora percibe como uno de los rasgos del estado actual del conocimiento histórico. Justifica también que la exposición de E. Hernández Sandoica, rehuya cualquier adhesión o devoción a alguna escuela o tendencia concreta, y que esté traspasada por un medido relativismo, que proviene del hecho de que la historia es hoy «un saber de orientación teórica plural y de naturaleza epistemológica combinada e inestable, compleja y por lo tanto, complicada». Lo que es claro es que hoy (hace años, en realidad), y no solo en la historia, sino también en otras ciencias sociales, no es tiempo ya de certezas inquebrantables ni de métodos seguros e infalibles. Y ese, sin duda, es un dato positivo, aunque deje desprotegido al historiador y le obligue a una revisión y a una interrogación permanentes sobre su quehacer o el modo en que su subjetividad o su pertenencia a un género inciden sobre su producción intelectual. Pues bien, asumiendo esa compleja y lábil situación de la disciplina, y pretendiendo dar cuenta cumplida de ella, la autora se propone orientar al lector, presumiblemente un historiador, aunque el libro puede ser de gran utilidad para los practicantes de otras ciencias sociales, por los usos de la historia (hoy se pone en cuestión su tradicional uso público, político); a través también, en el segundo capítulo, por las grandes transformaciones que ha experimentado la disciplina a lo largo del siglo XX, en relación con los contactos y desencuentros con otras ciencias sociales, que, a su vez, han experimentado una innegable historización. Una relación rica y conflictiva, que es expuesta, tanto desde el campo histórico, como desde el de esas otras ciencias cuya afinidad o, por el contrario extrañeza con la historia, de orden epistemológico, aborda la autora con una innegable solvencia. Ello se ha reflejado en la toma en préstamo de conceptos y, sobre todo, de métodos con los que abordar novedosos campos de estudio diferenciados o alternativos a la clásica historia política que propugnaba el historicismo positivista o la historia de las ideas del idealismo diltheyano, si bien E. Hernández Sandoica percibe (se alinea ella misma, incluso, con esa tendencia), el alza de un historicismo renovado (New Historicism), que no renuncia a la pluralidad de caminos ensayados por la historia precedente, si bien se halla cercano mayormente a la antropología no objetivista y a la hermenéutica, y prima la comprensión sobre la explicación, lo particular sobre lo general, lo micro sobre lo macro. Un conjunto de transformaciones que en buena medida informan la Historia de la historiografía o la Historia de la historia en el siglo XX. La profesora Hernández Sandoica discurre también, entrando ya en el tercer capítulo, por los campos de especialización o historias sectoriales que, de forma sucesiva o complementaria se han disputado la centralidad del quehacer historiográfico o, incluso, la ocupación de todo este vasto territorio intelectual a partir, sobre todo de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. La exploración de estos nuevos territorios, particularmente, de la historia social ha comportado la toma en préstamo de conceptos y, sobre todo, métodos de otras disciplinas cercanas a la historia, como la sociología, o la economía, pero también la antropología y la psicología social, así como el recurso a una fundamentación filosófica (el estructuralismo, el marxismo) que contribuyó a reforzar las pretensiones de cientificidad de esta manera de entender la historia social y a una clara preferencia por lo general y lo cuantitativo. Es indiscutible en este contexto el protagonismo de la escuela de Annales, sobre todo desde que tomó el mando Fernand Braudel, pero también su oportunidad histórica y su enorme fecundidad, desde el punto de vista, por ejemplo, de la enorme ampliación de las fuentes y de los objetos de investigación o de la aparición de subespecialidades (muy destacadamente, la demografía histórica), respecto de la historiografía tradicional. Es cierto que ese enfoque predominantemente francés no agotaba las maneras de enfocar la historia social, y a ese respecto, debería mencionarse, entre otras, la vertiente desarrollada en Inglaterra, inspirada por un marxismo muy poco dogmático y que al primar conceptos como la experiencia, la identidad, se ha mostrado mucho más ágil para enlazar con el giro sociocultural que comenzó en los años setenta; y habría que señalar asimismo, el interés de la Sozialgeschichte, vinculada a la universidad de Bielefeld. Además, la cliometría, que constituye quizá la más clara seña de identidad de la escuela annalista no llegaría, a pesar de sus pretensiones globalizantes, de su aspiración a una historia total, a abarcar toda la complejidad y la variedad de la realidad social. Todo ello, sumado a las crecientes dudas sobre la pertinencia de mantener este proyecto de cientifización general del conocimiento histórico y a la creciente influencia de nuevos paradigmas, especialmente antro-pológicos explicarían no la desaparición, pero sí el panorama fragmentado y contradictorio de la historia social en la actualidad. La historia económica, la de las mentalidades, la sociología histórica, el estrecho vínculo de ciertas corrientes historiográficas con el Marxismo, las relaciones con la antropología, constituyen otros tantos recorridos disciplinares que la autora aborda también en esta segunda parte de la obra. Se trata de una serie de desarrollos que en buena parte han tenido bastante que ver con esa historia social ya evocada, precisamente por su vocación totalizante y su predilección por lo serial y cuantitativo. Sería el caso de la historia económica, si bien desde los años 1970 y, en especial, en los países anglosajones, tendió a constituirse en una disciplina segregada del resto de las ciencias sociales y, por supuesto, de la historia generalista: se trataría de la New Economic History, caracterizada por su énfasis en la teoría y en el refinamiento de las técnicas utilizadas. El Marxismo, por su parte, tan influyente en la historiografía (como ha ocurrido con la española en las décadas de 1970 y 1980), es otro de esos desarrollos que si bien ha contribuido a reforzar las posiciones antihistoricistas de corrientes como la de Annales, o de la Sozialgeschichte, y a privilegiar el análisis de lo social, suscitando problemáticas específicas como la de las revoluciones o las transiciones entre modos de producción, se ha mostrado lo suficientemente flexible como para admitir corrientes como el Neomarxismo británico (y, también, la historia desde abajo, from below), con sus diferentes corrientes, ya sea estructuralista o, sociocultural, que han preparado algunas de las transformaciones de la historia de los últimos treinta años. Se ocupa, asimismo, de la sociología histórica, que ha promovido sobre todo el comparatismo, que ha mostrado su preferencia por temáticas como el conflicto, la protesta, las revoluciones sociales (en definitiva, por variadas formas de acción colectiva). la modernización y la democratización, y cuyo surgimiento denota, según la autora, la historización del análisis social. Es interesante el recorrido que propone sobre la historia de las mentalidades que, de ser un apartado -es verdad que con pretensiones hegemónicas, en la idea de Marc Bloch y Lucien Febvre, algunos de cuyos libros más penetrantes y vigentes se inscriben en esa línea-dentro de la historia total de la escuela francesa, suscribiendo su mismo sentido estructural (consistiría en la historia de las resistencias mentales, «de las prisiones de larga duración») e idéntico basamento sociocientífico, ha terminado aparentemente erosionando dicho basamento, si bien E. Hernández Sandoica no cree, y se detiene especialmente en el ejemplo de Roger Chartier, que tal cosa se haya producido en realidad, aunque ello no supone negar un cambio en las influencias teóricas que pesan sobre esta especialidad y un desplazamiento significativo en algunos de sus conceptos básicos (el paso, por ejemplo, de las estructuras a las redes o de las normas colectivas a las estrategias individuales). No puede negarse, empero, la riqueza de las aportaciones de la historia de las mentalidades al conocimiento histórico. Finalmente, el último de los recorridos propuestos es el que dedica a la relación entre historia y antropología, sin lugar a dudas, la ciencia social más influyente en estos momentos sobre la primera (no hay más que tener en cuenta la importancia que se otorga a lo simbólico en el discurso historiográfico reciente), y que ha proporcionado en buena medida la sustentación teórica del llamado giro cultural, tópico repetido en los manuales vigentes de historiografía, por lo que quizá la autora, inteligentemente, ha optado por no dedicarle un apartado específico (no obstante, anuncia una monografía sobre el tema, de próxima aparición). Destaca, entre otros aspectos, que la antropología se ha ido transformando en «una empresa de crítica cultural y de lectura intertextual extraordinariamente sofisticada, fértil en su tarea de construcción y deconstrucción de textos e imágenes», si bien en su evolución posmoderna, se correría el riesgo de confundir el mundo real con el mundo textual, un riesgo que debería tener en cuenta la historia cultural. La autora, que lleva a cabo una selección de aquellos tópicos historiográficos que pueden ser de más interés para los historiadores españoles dedica los dos últimos capítulos a examinar, en primer lugar, las vicisitudes de ciertas formas particularizadas de historiografía, como la historia oral, de la que destaca su carácter fuertemente innovador, su sentido democrático, o el hecho de que ha obligado a reconsiderar a fondo las relaciones entre el sujeto y el objeto de la historiografía así como el papel del propio historiador; atiende, asimismo, a la distinción entre historia de las ideas o historia intelectual, muy entroncada con el historicismo y muy del gusto de la historiografía anglosajona (y, antes, de la alemana), e historia cultural, quizás el campo donde, al contacto con la antropología, se están registrando propuestas más interesantes y más ambiciosas ya que en cierta manera esta renovada historia cultural busca ocupar el espacio de la historia social. Ambas remiten a un mismo objeto, la cultura, si bien entendida de modos sustancialmente distintos, el modo ilustrado en que, tomando como hilo conductor la noción de progreso, la cultura comprendería las aportaciones más elevadas del pensamiento humano, especialmente del occidental, y el modo diríamos, antropológico, contrario a todo etnocentrismo y que sin desdeñar los objetos de estudio de la historia intelectual, como ocurre en EE. UU, atiende sobre todo a las formas simbólicas por medio de las cuales distintos colectivos elaboran su identidad y dan sentido a sus acciones y orientan sus prácticas culturales. Ello lleva a prestar una especial atención al lenguaje (el análisis textual es un instrumento capital en esta corriente historiográfica), a las imágenes, a los rituales. La biografía, como observa la autora, vive en los últimos tiempos una etapa de éxito y popularidad, que se relaciona muy directamente con el retorno de la narrativa y del sujeto individual o con el auge de lo concreto y particular, pero también con el interés teórico por la experiencia y con la expansión de las teorías de la acción. Es verdad que el género, de centrarse en personajes de excepción (a lo Carlyle), o en las vidas ejemplares, portadoras de enseñanzas morales, se ha democratizado y se ha acercado al presente. Se trata de un género que reviste formas muy diversas y donde cabe encontrar junto a enfoques muy tradicionales, otros que hallan su sentido en algunas de las corrientes más novedosas en el campo historiográfico, como la historia oral, de género, microhistoria, etc. Este recorrido lo completa E. Hernández con unas consideraciones en torno a la historia y la política, ya que, también dentro del cuadro de novedades / retornos que forma parte del paisaje historiográfico reciente, un rasgo muy llamativo lo constituye la vuelta de lo político, de la historia política, que en sus formas convencionales había sido devaluada como un saber no científico. Estos modos convencionales han perdurado, como se percibe en la historia de las relaciones internacionales pero no obstante, la nueva historia política, muy influenciada sobre todo por autores franceses ha renovado considerablemente el arsenal teórico y metodológico de la disciplina, concediendo una atención preferente a temas como la cultura política, los nacionalismos, la memoria histórica (en rela-ción, en buena medida con el énfasis puesto en la historia del presente y con los métodos de la historia oral) y ha tendido a reclamar la autonomía del hecho político. La última parte del libro, sobre la que pasaremos más rápidamente, la dedica a examinar el estado de cinco tendencias recientes en la historiografía, escogidas por su actualidad e interés desde la perspectiva española. Presta así, una considerable atención a la historia de las mujeres y de las relaciones de género, de la que ofrece una visión muy completa y que no rehuye compromisos; la historia ecológica o ambiental, muy influyente en la historia agraria o de los movimientos campesinos; la microhistoria y la historia local, donde se están produciendo algunos de los planteamientos historiográficos más renovadores; y, por último, la historia de la vida cotidiana, muy ligada al concepto de experiencia y donde se destaca sobre todo el interés, no exento de polémica, de la Alltagsgeschichte; y la historia del presente, muy relacionada con la anterior y en la que el concepto de memoria, constituye un supuesto central. Un extenso apéndice bibliográfico sobre historiografía española completa este denso y sugestivo libro, que sin duda requiere una lectura aplicada pero que vale la pena por cuanto supone una aportación realmente notable, desde una perspectiva española, al campo de la historia de la historiografía.
Reseña del libro "El llibre de la pesta" Coral Cuadrada, profesora de Historia Medieval en la Universidad "Rovira i Virgili" de Tarragona, ofrece una gran obra con unos análisis minuciosos y ampliamente enriquecidos con documentación, sobre uno de los fenómenos más estudiados y que más estragos causaron a la sociedad occidental, la peste negra, y gracias a ésta facilita al lector no experto el entendimiento de las causas y las consecuencias de la enfermedad que golpeó demográficamente Europa. El trabajo tiene un estilo ameno y ágil, de estructura clara, tiene una gran riqueza y variedad de contenido de ámbito interdisciplinar. El libro está redactado con un lenguaje claro, a pesar de los términos científicos y médicos que requiere el tema, y tiene como propósito –como la misma autora reconoce- ser un libro para todo el mundo, no reservado solamente para el ámbito académico. El libro consta de 8 capítulos. El capítulo inicial «D 'antuvi» analiza la situación social y económica en que se gestó la peste como introducción al libro. Los capítulos siguientes desgranan todos los aspectos de la Peste; «Vida i malaltia » repasa las enfermedades más frecuentes en aquella época y la esperanza de vida según los grupos de edad ocupándose minuciosamente de los aspectos demográficos y epidemiológicos; «La medicina» da las claves para entender la evolución y comportamiento de la epidemia, detallando los recursos, las terapias, la formación y la cultura médica del momento, así como el papel de las universidades y de las creencias populares haciendo un compendio de las prácticas sanitarias de las enfermedades infecciosas; «La mort negra» estudia a fondo el nacimiento, causas y difusión de la enfermedad, así como sus rasgos clínicos como, la sintomatología, el contagio, la erradicación y las terapias, con un apartado sobre cronología y casos particulares, como fue la peste en el Camp de Tarragona; «Les reaccions de la gent» expone el alcance social, psicológico, intelectual y espiritual de la peste, de forma que permite entender la aparición de la persecución de la brujería o el antisemitismo, es decir las reacciones sociales de todo tipo; «La intervenció pública» detalla algunos aspectos ya mencionados, como es el papel de los hospitales y de los médicos, del tipo de controles sanitarios, y de las condiciones de higiene doméstica así como el suministro de agua aunando los aspectos de las respuestas de las autoridades políticas y sanitarias. «Món vell, món nou» recorre el alcance y consecuencias de la epidemia a nivel geográfico, científico e intelectual resumiendo el impacto de la enfermedad en el imaginario colectivo reflejado en el arte y literatura; por último, «I tanmateix... » Como epílogo al libro por una parte expone que la peste acabó formando parte del paisaje común y de la otra muestra su pervivencia en pleno siglo XX (como es el caso de la peste de Orán), así como la de otras plagas que afectan a nuestra sociedad, mostrando el estudio de esta enfermedad como reflexiones sobre varias y dispares cuestiones que reflejan la actualidad del tema. La autora denuncia que hasta ahora la enfermedad había sido estudiada desde perspectivas demasiado economicistas o estadísticas, y plantea que la peste negra fue un elemento importante en las transformaciones de las estructuras sociales. En este sentido, lo primero que remarca es que la enfermedad no afectó a todo el mundo de la misma forma: hubo muchos más muertos entre los pobres que entre los ricos. Entre los oficios más afectados, obviamente, los médicos por contacto con los enfermos, los trabajadores de los puertos y todos aquellos que trabajaban con ropa ya que al manipular los objetos empestados se contagiaban. Los efectos de la enfermedad se agravaban al coincidir con episodios bélicos, como la Guerra de los Cien Años, no tanto por los muertos en el campo de batalla si no porque dificultaban el comercio y destruían las cosechas que provocaban hambruna en la población. Además de las repercusiones económicas y políticas, la entrada en escena de la peste negra comportó cambios más profundos dentro de la sociedad, como el miedo colectivo delante de acontecimientos naturales (relámpagos, incendios, plagas), la consolidación del movimiento de los flagelantes o la creencia popular por parte de la sociedad en la magia y la brujería. El trabajo cuenta con una bibliografía internacional amplísima y siguiendo el objetivo de facilitar la lectura, el texto no está apoyado con notas al pie de página, pero sí que cuenta con un rico índice analítico para facilitar las búsquedas a los lectores, un índice analítico de nombres y de lugares, de gran utilidad para la consulta, acompañado de abundantes citas textuales procedentes de un arsenal de fuentes históricas, principalmente medievales italianas y catalano-aragonesas. Para llevar a cabo la presente investigación, la autora ha hecho uso de los ricos fondos documentales medievales que se conservan en tierras catalanas, trabajando por ejemplo, en el "Archivo de la Corona de Aragón" o en el "Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona", mientras que en tierras italianas ha visitado, entre otros el "Archivio di Stato di Firenze" o el "Archivio di Stato di Genova". Este trabajo archivístico ha sido complementado con la consulta de fuentes publicadas y de un control notorio de la bibliografía especializada sobre la epidemia de la peste negra. La conclusión de la autora és que a pesar del panorama negativo descrito hasta aquí, no podemos considerar el siglo XIV como un siglo de retroceso sinó de progresos, donde se producirán una serie de cambios sociales, económicos y religiosos que nos permiten hablar de una «modernidad» presente en esos tiempos. El eje económico se modifica, como lo demuestra que determinadas zonas de Europa (Lombardia, Bohemia, zonas castellanas, etc.) superaran rápidamente los efectos de la peste y vivieran una etapa de prosperidad económica. El nivel de vida aumentó, ayudado por el descenso demográfico, divulgando ciertas costumbres reservadas a la aristocracia como beber vino o leer libros; habla de la vulgarización de la cultura en obras como la Divina Comedia; el arte se libera de su vinculación de lo sagrado y comienza a preocuparse por mostrar la vida cuotidiana; la idea de una vida corta hizo que el comportamiento de la sociedad cambiara en ámbitos como el sexo, el comer o el consumismo. El libro nos hace recordar que la enfermedad es un hecho biológico, pero se expande dentro de la sociedad, así, cada época ha tenido sus enfermedades características (pero no únicas): la lepra en los primeros siglos después del año 1000; la peste desde el siglo XIV, la tuberculosis en el momento de la Revolución Industrial, el cólera en la segunda mitad del siglo XIX, y en nuestro tiempo las enfermedades degenerativas (cardiovasculares, tumores) y funcionales (neurosis, enfermedades psicosomáticas) o el sida. En definitiva creemos que el presente trabajo cumple ampliamente el objetivo de explicar la peste negra desde otra visión, ilustrando como era el día a día de esa gente, como se enfrentaron a una nueva realidad y como cambiaron las prácticas y las costumbres de la sociedad europea. Profesor Historia de la Medicina. Facultad de Medicina, Universidad "Rovira i Virgili"
Reseña del libro "Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro" Bolaños, María (Dirección científica) Tiempos de melancolía. Creación y desengaño en la España del Siglo de Oro. En muchos lugares –Francia, Italia, en la vieja Europa- se han celebrado exposiciones sobre la melancolía, no era pensable que el país en que todos éramos melancólicos –como recordó Felice Gambin- no la tuviera. Y, desde luego, el Museo Nacional de Escultura era el lugar adecuado. Distinguido por el impulso de Ricardo de Orueta, a quien ese mismo Museo ha recordado recientemente, la larga noche del franquismo contribuyó a aumentar la tristeza que sus doloridas imágenes siempre producen en el visitante. Ahora tras la remodelación que de forma magistral ha presentado lúcidos espacios que se pueden considerar nuevos, es el momento adecuado para presentar la brillante belleza que de esa tristeza pudo brotar. Hibrida en dolor la melancolía entre el mundo clásico y el moderno, el pagano y el cristiano, tal como brama Laocoonte –retornado hace poco al Museo del Prado en dos ocasiones. Son imbricados en sus gestos y formas de tristeza líquidos humorales y culpas pecaminosas -recordemos Enfermedad y pecado de P. Laín Entralgo-, estilos antiguos y nuevos, glorias y triunfos, junto a condenas y expiaciones. Compleja mezcla que se pudo admirar en las imágenes fotográficas que expuso Joaquín Bérchez en el Centro del Carmen valenciano, mostrando clásicas arquitecturas con barrocas emociones en la obra del Greco, que preludian el deslumbrante mestizaje del arte de América. Así renacen hoy al ser expuestos, en brillante eclosión de felicidad y sufrimiento, de bella y doliente creatividad, san Pedro y san Pablo, con su furia o su tristeza, los llantos de la divina madre y la pecadora Magdalena, en fin san Jerónimo vestido con ricos ropajes de sabiduría y poderío, o desnudo con tristes carnes marchitas y castigadas. Sin duda ese dolor posee una gran belleza, que nos aquieta la melancolía, o el furor. Pero es notable que encontremos placer en esos miembros heridos y desgarrados. Puede deberse a nuestra educación escolar, religiosa o artística, sobre todo en el franquismo, así con el impresionante manual de Diego Angulo o los no menos impresionantes ejercicios espirituales; sin embargo, gustó también ese arte en la National Gallery de Londres y la National Gallery of Art de Washington, en inteligente exposición que el Museo Nacional de Escultura continuó. Sin duda, es nuestra cultura, en la que logramos un evidente distanciamiento, que no se consigue con el arte actual, sean esas performances tan sanguinarias que han estado de moda, sea la obra de Darío Villalba. Pero este creador nos da –en reciente e inteligente entrevista- algunas claves para la intelección de un arte cruel y divino. Usaba él –nos dice- formas del arte pop pero sin eliminar las emociones, "yo buscaba al hombre y a sus pasiones, un diálogo entre lo estético y lo religioso. Lo místico, en la tradición de San Juan de la Cruz o Teresa de Jesús." Añadiendo, ante las dudas del entrevistador: "Que el catolicismo sea reaccionario responde a las equivocaciones de ciertas lecturas históricas. Ser católico debería ir unido a las emociones. A mí me interesan las emociones que encuentro en el día a día: la calle, la gente, la humanidad doliente y gozante, los sin techo, los chaperos. Cuando se pasea por el maravilloso Museo Arqueológico de Atenas, llaman enseguida nuestra atención los hermosos monumentos funerarios. La tristeza por la pérdida se muestra de inmediato en esas mejillas reposando en una mano, en actitud que los siglos perpetuarán para expresar dolor y, además, reflexión sobre personas, mundos o el más allá. Es difícil saber la primacía de esa expresión dolida y elegante sobre los escritos aristotélicos –tal vez de Teofrasto- que señalaban que todas las personas distinguidas eran melancólicas. O bien de la visita de Hipócrates a Demócrito mostrando que sus extravagancias –tachadas de locura- eran muestras de inteligencia. Luego, los mismos hipocráticos hicieron residir la constitución y el temperamento, la salud y la enfermedad en los humores, señalando la bilis negra como causa de tristeza y melancolía, otras veces como agresividad, es decir manía, o furor. Así el mismo Hércules, que enferma o sana, visita cielos e infiernos, vestido de fiera o de mujer. Poetas y músicos necesitaban de esa tristeza para escribir sus mejores versos, o entonar sus más bellos cánticos. En la Florencia renacentista, el sabio y erudito Marsilio Ficino se consagró al estudio de los clásicos médicos y filosóficos, dedicando a Lorenzo el Magnífico sus recomendaciones para una mejor vida. Ellos –artistas, escritores y héroes- enfermaban por esos deprimentes humores y por sus excesos embriagantes. Las demasías de los reyes se compararán con las de poetas y artistas, como señaló con brillante acierto Aurora Egido en Gracián al ingresar en la Real Academia Española. Pero antes, esas ideas habían reposado en las leídas páginas del Examen de ingenios de Juan Huarte de San Juan, médico de dudosa estirpe judía, que había ido a ejercer en tierras de inquisidores, que combatieron a alumbrados, místicos y santos, y también al brillante y pequeño libro mencionado. Las ideas que señaló Mauricio Iriarte en ese texto médico se subrayan y amplían en la renovadora obra de Felice Gambin, quien las recogió a lo largo y lo ancho del Siglo de Oro, renovando sus aportaciones en estas páginas del catálogo que comento ahora. La brillantez con que nos llega el mensaje melancólico es cima y compendio de toda la herencia mediterránea, sea clásica, medieval o moderna, sea medicina, arte o piedad. La Contrarreforma se apropia también de ella, si bien algunas de sus doctrinas, o algunos de sus personajes asustaban. Se temen las pretendidas portentosas propiedades de los melancólicos, como señaló Vicente Peset. Podía ser que escribieran, pintaran o compusiesen sentidos acordes, incluso que adquirieran lenguas o saberes, pero no se admitía que profetizaran, que adivinaran, que se comunicasen con dios o el diablo. Las sibilas ya solo se admitían en las pinturas. Sin duda, el ejemplo del paje convertido en inteligente amo que nos proporciona Huarte, y sobre todo las críticas que provoca, muestran esos miedos. Si bien un melancólico adusto como san Pablo podía significar el triunfo sobre esos humores, pues podía hablar y orar santamente. Pero suponía un enorme dolor, pues siempre su alma feliz de origen divino luchaba terriblemente con su amargo cuerpo de origen inmundo. Pero podía reunir inteligencia e imaginación, santidad y pecado, pues tan solo Cristo (y tal vez Adán, antes de caer) poseían la perfección. Descartes temería todavía la conexión de las dos naturalezas. La oración paulina, el trabajo teresiano, la prudencia ignaciana eran los remedios que la fe proporcionaba contra estas diabólicas enseñanzas. Siempre el sacrificio, el esfuerzo, la mortificación, el dolor y el martirio compensaban estas tristezas prometiendo la felicidad eterna. A su vez las ideas higiénicas que, llegadas de la Antigüedad se renuevan en el mundo moderno, regulaban la vida controlando comida y bebida, trabajo y descanso, sexualidad y pasiones del alma. Sin embargo, personas distintas, anómalas, destacadas, eran arrastradas por sus pasiones, relacionadas con pecados o transgresiones, glorias o tronos, también Eros y Baco. Algunas veces el ascenso hacia Dios – en Juan de la Cruz o Teresa de Ávila- era aceptado. Pero ese atrevimiento debía ser castigado con la tristeza, en dioses clásicos, en héroes y santos, Prometeo, Jerónimo, don Quijote, o Amadís. Incluso en el Cristo de la oración en el huerto. Pintores, escultores, escritores, músicos... en telas, maderas, papeles o notas evidencian de forma hermosa la melancolía de la vieja España, tal vez justificada por las injusticias, las miserias, el eterno declinar. Es rememorada aquí la relación con la música por Ramón Andrés, la pintura por Javier Portús y la religión por Palma Martínez-Burgos García. Con un brillante primer capítulo de María Bolaños –Comisaria de la Exposición y Directora del Museo-, se completa en este catálogo un rico panorama cultural de la tristeza y sus proteicas transformaciones. Fernando Colina, maestro en el conocimiento de la melancolía, ha dedicado mucha atención a esta, pues sin duda su experiencia es grande y nos puede hablar de la que se encuentra en los pacientes, también la que se ve en los libros médicos y manicomios. Si está inscrita en la historia como transformaciones de la subjetividad, nos dice, fue Sigmund Freud quien proporcionó la primera explicación adecuada a esta tristeza; basada en el mecanismo del duelo, se señala la pérdida y la importancia del deseo. Pero el psicoanálisis ha ido más allá, estableciendo su papel en el nacimiento de la identidad personal, en la estructura de la personalidad. Judith Butler -en The Psychic Life of Power- al obligar a Freud a reconocer que la pérdida puede referirse tanto a un objeto concreto, como a un ideal de carácter general, se refiere también a esa universalidad de la melancolía, que hace a Colina preguntarse: ¿Todos melancólicos? En sus páginas, analiza este el origen de esas explicaciones psicogénicas, que eliminan el humor y el pecado como causantes de esta enfermedad. Cita a Diderot para afirmar que es el sentimiento habitual de nuestra imperfección. Colina y Mauricio Jalón han sido esenciales en la magnífica serie que teniendo la melancolía como motivo principal ha publicado la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Se trata de una de las mejores colecciones que sobre este tema hay en el mundo y es desde luego fundamental en el área de la lengua castellana. Magníficas traducciones y estudios y anotaciones de extraordinario valor constituyen un ejemplo único de trabajo tanto para la Asociación, como para quienes colaboraron en llevarla adelante. Fueron esenciales los tomos dedicados a la traducción entre 1997 y 2002 de Anatomía de la melancolía de Robert Burton, realizada por Ana Sáez Hidalgo, Julián Mateo Ballorca, Raquel Álvarez Peláez, Cristina Corredor, Miguel Ángel González Manjarrés..., con revisión de Ramón Esteban Arnáiz y prólogo de Jean Starobinski. Sin duda, es una enciclopedia universal de la melancolía, necesaria para quienes no leyeron las aventuras de Alonso Quijano, quizá único eficaz remedio contra la tristeza, tal como su autor nos propuso.
Reseña del libro "La République naturaliste. Pierre-Yves Lacour, historiador de las ciencias y "maître de conférences" de la Universidad Paul-Valéry (Laboratorio CRISES, Montpellier) inicia este gran libro reflexionando sobre la cesura entre la ciencia y la política, entre la naturaleza y la sociedad, situándola -"geográficamente"- en la cultura occidental e, históricamente, en la época moderna. La revolución francesa, lejos de suprimir esos dos polos, al mismo tiempo que politizó la naturaleza, soñó con naturalizar la sociedad (p.7-8). El Muséum Nacional de Historia Natural de París, sus colecciones, sus profesores y sus espacios – el tema de este libro- encarnan, por un lado, la ilusión sensualista de las teorías de Condillac – para la cual el contacto directo con la Naturaleza llevaría a la regeneración nacional y al perfeccionamiento moral de sus ciudadanos; por otro, el papel otorgado a la historia natural: doblegar el mundo a la voluntad de los hombres. "La República naturalista", en ese sentido, analiza los años revolucionarios del Muséum y de las colecciones de historia natural como "un observatorio" para analizar las mutaciones del país: es decir, allí están la emergencia de nuevos saberes, el ascenso de nuevos personajes, sí, pero también la historia de los especímenes que se desplazan siguiendo las rutas surgidas de las nacionalizaciones de las colecciones particulares (clero, aristocracia) y la privatización de las colecciones públicas, o los especímenes estudiados entre las tensiones surgidas de la democratización del acceso al saber y la formación de una elite representada por los profesores del museo, entre la pertenencia de estos a una nación y la afirmación de la República de las ciencias, entre la pedagogía del contacto directo con los objetos y las mediaciones necesarias de las guías y la palabra de los especialistas. La confiscación y la redistribución de los especímenes acaparados en nombre de la República son las protagonistas indudables de este libro que se aleja de todos los lugares comunes para proponer itinerarios complejos y reveladores. "La República naturalista", como veremos más abajo, cuestiona varios de los tópicos consagrados por la historiografía. Para ello, Lacour trabajó con todos los registros posibles: las definiciones normativas y canónicas, el análisis de la clasificación de las bibliotecas y de los periódicos enciclopédicos, el análisis de la estructura en secciones de la Academia de Ciencias, las guías para viajeros, las imágenes, los inventarios, los objetos. El libro, profusa y bellamente ilustrado, está organizado en tres grandes temas principales y dos contrapuntos: "Confisquer l 'Europe naturaliste" (seguido del primer contrapunto "La place des autres"); "Paris, projet pour une capitale universelle de l 'histoire naturelle" (acompañado del segundo contrapunto: "le goût des choses"); y "La province naturaliste au miroir de Paris". Al Epílogo y las conclusiones le siguen una bibliografía exhaustiva y la mención cuidadosa de las fuentes utilizadas. El buen uso de los mapas y de los cuadros sinópticos refuerzan la importancia de estos dispositivos para argumentar a través de la visualización y condensación gráfica de los datos e ideas. En la historia de los museos franceses, el período comprendido entre 1792 y 1797 fue particularmente significativo. Por entonces, como resultado de las confiscaciones francesas y extranjeras, se da un flujo inédito de objetos hacia los museos a la vez que se crean o reformulan las grandes colecciones especializadas. En ese marco, en 1793, se reformula la constitución del Muséum Nacional de Historia Natural, de una forma que podría denominarse "democrática". La reforma pasa por el establecimiento del estamento del professeur-administrateur (Profesor-administrador) y por la supresión del intendente, reemplazado por un director, despojado de autoridad. Los professeurs-administrateurs, en condiciones igualitarias y de manera colectiva, decidirían el rumbo de la institución. Se trataba, en resumidas cuentas, de un reaseguro de la autonomía institucional frente al poder político y, por otro lado, de una medida que propendía a repartir la autoridad, evitando su concentración en la figura de una sola persona. A Study in Ideas and Consequences", en Transactions of the American Philosophical Society, [1959] 2007: 120) había definido el decreto por el cual, en 1793, el Jardín del Rey se transformaba en Museo nacional como una "Révolution en microcosme botanique." Sin embargo, el pasaje del Antiguo Régimen a la Revolución se interpretó de manera contradictoria. Algunos insistieron en las continuidades que habría con aquel Jardín del Rey a cargo, por mucho tiempo, del conde de Buffon y donde sobrevivirían los hombres, la lógica dinástica, el proyecto enciclopédico y el programa de aclimatación, que continuarán dominando más allá de los cambios políticos y de 1793. Pero, con más frecuencia, se ha insistido en el efecto opuesto: la ruptura revolucionaria, expresada en el cambio de nombre, en la reunión bajo la figura del Muséum de tres establecimientos reales, el jardín, el gabinete y la ménagerie. Lacour, frente a ambas visiones, se pregunta sobre el significado concreto para el Gabinete nacional de historia natural del llamado "acontecimiento monstruoso" –es decir, de la Revolución: partiendo de los especimenes de la colección, de su adquisición y ordenamiento, pasando por el proyecto enciclopédico que sostenía su existencia, examina el público, las reglas que regularon su acceso, las impresiones de los visitantes extranjeros y las expectativas de los curiosos frente al Muséum nacional de Historia Natural de París. Como es sabido, a la caída de la Monarquía, el 10 de agosto de 1792 la violencia se propagó contra los símbolos de la realeza y del feudalismo. La Asamblea, considerando que los principios sagrados de la Libertad y la Igualdad ya no permitían que el pueblo francés se confrontase con los monumentos erigidos al orgullo y a la tiranía, cuyo bronce, convertido en cañones, sería útil a la Patria, decretó que todas las estatuas y bajo-relieves de este material levantados en las plazas públicas, fueran retirados por los representantes de las comunas, los cuales, por su parte, debían velar por su conservación provisoria. Un año más tarde, el comité de salud pública decidió la destrucción de los mausoleos de la Abadía de Saint-Denis, necrópolis de los reyes de Francia, con el pretexto de recuperar el plomo de los ataúdes. Para estos sucesos, el Abad Grégoire inventó el nombre de "vandalismo". Paralelamente, la Revolución, como se desarrolla en los trabajos de Dominique Poulot y Bénédicte Savoy, instrumentó una serie de medidas para la confiscación de los objetos del arte y de la ciencia en poder de los enemigos del nuevo régimen, iniciativas que seguirían luego encarnadas en los sueños de Napoleón, tal como poseer en París un archivo imperial y un muestrario de todas las artes del mundo (cf. Sylvain Laveissière y Thierry Lentz, Napoléon et le Louvre. Collection "Trésors du Louvre", Fayard, París, 2004). Los archiveros historiadores, los expertos comisionados saldrían en peregrinación para recopilar documentos y obras por Europa, avanzando aún donde se interpusieran los guardianes de los repositorios de los países conquistados. Soldados, caballos, carros marchaban ordenados hacia París con papeles, libros, piezas de artes pero también con colecciones de conchillas, animales embalsamados, esqueletos y cueros disecados. Esta historia, hasta ahora poco conocida, es la que nos cuenta Lacour en su República Naturalista. Desde 1793, el Muséum se transforma de facto en el depósito central de los Naturalia que llegan a París. El incremento de las colecciones puede agruparse en dos fases. La primera abarca el período 1796-1798, la fase política y militar, con episodios de confiscación en Francia y luego, en Europa. En la segunda, en cambio, el incremento resulta, primariamente, de las compras y donaciones y de la recolección en el campo. Contrariamente a lo que podría indicar la propaganda, las formas "pacíficas" son preponderantes en la constitución de las colecciones zoológicas del Muséum revolucionario: 42% de los especimenes provienen de donaciones, intercambios y compra; 29% del trabajo de recolección en el campo, expediciones o viajes. Solamente el 21% procede de las confiscaciones: la del Estatúder de las Provincias Unidas de los Países Bajos en 1795 y la del gabinete de Ajuda en la época del Imperio. Solo un quinto se vincula a las apropiaciones revolucionarias. En otro orden de cosas, el Muséum surge de un programa enciclopédico que reunía todas las especies naturales en una forma espacial, un lugar donde se reúnen los objetos y un espacio donde estos se distribuyen. Por eso, las confiscaciones se proponían, en un principio, completar las series de las colecciones nacionales. Singularmente, mientras las naciones expoliadas por Napoleóm reclamaron, por ejemplo, los documentos de sus archivos, surge la pregunta acerca de si alguien intentó recuperar algún mamífero confiscado a Portugal o a los Países Bajos. La política de la naturaleza, aparentemente, no llegó a ese punto. Cada colección del gabinete y su ordenamiento son responsabilidad de los professeurs-administrateurs. Pero habrá que esperar hasta 1801-1802 para que las colecciones sean, por fin, clasificadas y aparezcan las primeras guías del Muséum, a las que sigue, a partir de 1803, la publicación de los primeros catálogos resultantes de la combinación de los métodos de clasificación y de las prácticas de inventario. Quizás uno de los puntos más interesantes de la obra de Lacour –y en esto va un gusto personal, porque, a decir verdad, es difícil encontrar algún tema que no lo sea- resida precisamente allí, en la relación entre inventario, maneras de ordenar y métodos de clasificación. La distribución general de los especimenes sigue muy meticulosamente los diferentes métodos que los profesores explican también en sus obras: el Traité de minéralogie de Haüy (1801); el Système des animaux sans vertèbres de Lamarck (1801); el Tableau des sous-classes, divisons, ordres et genres des oiseaux de Lacepède (1800-1801); el Tableau des divisions, sous-divisions, ordres et genres des mammifères también de este último (1800-1801). Las colecciones se distribuyen espacialmente "como" y no "según" los tratados sistemáticos. Sin embargo –destaca Lacour- no hay una regla sobre qué viene primero: Lamarck redacta su Système siguiendo el orden que le da a las colecciones; Haüy ordena la sección mineralógica siguiendo su Traité, publicado poco antes de su nominación como profesor. Entre los tratados y la colección, se observan idas y vueltas permanentes y el reacomodamiento de la colección actúa como insumo de actualización del sistema en papel impreso. Por otra parte, la Revolución no aporta ninguna modificación significativa en lo que respecta a la "democratización" del acceso. Los horarios de apertura tampoco aumentan. La entrada en el gabinete, durante los días que permanece cerrado al público, es un privilegio acordado por los profesores con bastante liberalidad. Los historiadores han considerado al Muséum como un espacio de enfrentamiento permanente, aspecto simbolizado de manera paradigmática por el debate entre Lamarck y Cuvier. Sin embargo, ante cualquier amenaza que se insinuara contra la institución, o frente a toda decisión que intentara imponerse desde el exterior o a la hora de acudir a los poderes administrativos para solicitar nuevos subsidios, los profesores olvidaban sus diferencias y reaccionaban como bloque. Este espíritu de cuerpo, que se despierta ante el más mínimo riesgo de pérdida de la autonomía, convive con las divisiones y las rivalidades que, sin dudas, también reinan, pero en otro orden de cosas: la imposición de una teoría, el debilitamiento de las prerrogativas disciplinarias de los colegas o, meramente, la posibilidad de sobresalir en detrimento de los contrincantes. Así, analizando distintos aspectos de las prácticas, actores y objetos albergados en el Muséum, el libro va mostrando cómo se configura el museo republicano, resultado de este trabajo febril para recopilar y clasificar. Mientras en 1789, el gabinete real no era otra cosa que un gabinete muy grande pero, a pesar de eso, comparable a otras colecciones aristocráticas de importancia equivalente, como la del Estatúder holandés, en 1804, hacia el fin de la Revolución, el Muséum se ha transformado en "le plus célèbre Musée du monde", un "abrégé du monde terrestre" o "l 'unique endroit où il est possible d' étudier l'ensemble de la Nature." De hecho, por el crecimiento sin precedentes de sus colecciones y la desaparición de sus principales rivales europeos –en parte gracias a su propia obra- el Muséum nacional, parece ahora de una riqueza extraordinaria. El proyecto enciclopedista de reunir espacios y especies se había realzado. Y si el Muséum se abrió al público como un abrégé del mundo, Lacour, con su "República naturalista consiguió "un abrégé" muy bien logrado del Muséum y de sus colecciones. Como nota adicional: quienes estén interesados en leer la obra de Lacour en castellano, pueden consultar P.-Y. Lacour, "El gran depósito de la naturaleza. El Muséum Nacional de Historia Natural de Paris hacia 1800", en Miruna Achim e I. Podgorny (eds.), Museos al detalle. Archivo Histórico del Museo de La Plata- UNLP
Reseña del libro "Enfermedad, epidemias, higiene y control social. Nuevas miradas desde América Latina y México" Cuenya Mateos, Miguel Ángel y Estrada Urroz, Rosalinda. Enfermedad, epidemias, higiene y control social. Nuevas miradas desde América Latina y México. En las últimas décadas la historiografía latinoamericana sobre la salud y la enfermedad revela un evidente crecimiento que se traduce en nuevos estudios y en la diversificación de fuentes a las que recurren los especialistas para reflexionar sobre las variables sociales, políticas y económicas que rodean la temática. En este sentido, hace algunos años Diego Armus examinaba con agudeza las proyecciones y dimensiones de esta historiografía que, en palabras del autor, representaba "la heterogeneidad de la región" y confirmaba que América Latina era "parte de las muchas, en plural, modernidades de occidente" (Armus, 2002:60). La tendencia, aunque en forma desigual, continúa en todo el continente, donde la realización de congresos, talleres y la conformación de redes universitarias en la que participan investigadores de diversos países fortalecen la historia social y cultural de la salud y la enfermedad en la región (Cueto, 2005: 49-57). Un reflejo de esta modalidad de trabajo lo constituye el libro Enfermedad, epidemias, higiene y control social. Nuevas miradas desde América Latina y México que editan Miguel Ángel Cuenya Mateos y Rosalinda Estrada Urroz. Sin pretensiones de realizar un resumen de cada capítulo, a continuación, ofrecemos un detalle de la riqueza y variedad de las líneas de investigación que integran las diferentes secciones del libro. El volumen compendia los resultados de las "Segundas Jornadas Interinstitucionales Ciudad, Salud y Enfermedad en México y América Latina" realizadas en 2011 y organizadas por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades "Alfonso Vélez Pliego". En la presentación de la obra, los editores reflexionan sobre el impacto de las pandemias y epidemias a lo largo de la historia e incorporan las medidas de control social para establecer normas y propiciar la vigilancia sanitaria en las diferentes sociedades afectadas. La obra se organiza en cuatro secciones: Enfermedad, Epidemias, Higiene y Control Social; en las dos primeras y, desde diversas perspectivas teórico-metodológicas, los artículos examinan las experiencias sobre enfermedad y epidemias desde Argentina, Colombia y México. Los siguientes apartados presentan un enfoque referido a las iniciativas higiénicas en México desde el siglo XVI al XX, articulando la temática del control social como un entramado inseparable de las políticas públicas y de las agendas de los profesionales de la salud. La sección denominada Enfermedades comienza con el estudio de María Silvia Di Liscia sobre la reacción de las agencias estatales, privadas y de las corporaciones ante la detección de los primeros casos de tracoma, enfermedad ocular infecciosa y crónica, cuya dispersión se vinculaba con el incremento de los inmigrantes que arribaron a la República Argentina a principios de siglo XX. La selección de fuentes documentales posibilita comprender los inicios de una especialidad médica y su vinculación con la enfermedad. En Agendas profesionales y enfermedades: sobre oftalmología y tracoma en Argentina se advierten los vínculos entre la enfermedad y el desarrollo de una "subprofesión médica" como la oftalmología para encauzar el diagnóstico y profilaxis de esta afección en todo el país. Como colofón, el artículo elucida el protagonismo que asume un grupo de especialistas para legitimar y jerarquizar su posición dentro del Estado y de las corporaciones médicas. En el caso de La enfermedad que "devoraba" a los paciente: el cáncer en el siglo XIX en México de Ana María Carrillo, se analizan las controversias, acuerdos e iniciativas que protagonizaron los médicos mexicanos del siglo XX en relación a la etiología del cáncer. A medida que nos sumergimos en su lectura reconocemos las diferentes caracterizaciones y clasificaciones que utilizaron los galenos para referirse a un mal que valoraban como incurable y asociaban al padecimiento y la muerte. Durante el siglo XIX los profesionales de la medicina en México emplearon su experiencia y conocimientos para descifrar la terapéutica efectiva y las causas de una afección que mantenía en zozobra a la sociedad y a la propia corporación médica. La autora reconoce que, en los primeros años del siglo XX, se ensayaron variadas prácticas médicas para los cuerpos enfermos como los tratamientos paliativos que se prescribieron durante las distintas fases de la enfermedad. A medida que avanzaba el siglo, los diagnósticos y los medios para aliviar la enfermedad contaron con una mayor intervención del Estado y la afección se considerará un problema de salud colectiva. Las consecuencias sociales del tifo exantemático en Puebla entre los siglos XIX y XX fueron trabajadas en el capítulo La ruta de la pestilencia. Miasmas y tifo en Puebla de Enrique Cano Galindo. La propuesta trata las denuncias en la prensa poblana sobre las condiciones de higiene y salubridad en la ciudad, además de las peticiones de la población a las autoridades municipales para contener su avance. Estos sectores trataron de cercar y fulminar una enfermedad que aislaba a quien la padecía, estigmatizaba el ambiente donde se detectaba y propagaba el miedo al contagio. La obra de María Elena Stefanón López, complementa el anterior artículo e incorpora algunas características de la mortalidad, específicamente, la incidencia de algunas enfermedades y las formas "inéditas" de muerte. A partir del registro documental del Cementerio Municipal de Puebla entre 1881 y 1891, se revelan los rasgos de una incipiente modernidad y los vestigios de una ciudad insalubre y hacinada que convertía a niños y adultos en víctimas de los endebles métodos de prevención y control médico. Desde una perspectiva distinta, Gretel Ramos Bautista conecta la enfermedad de fiebre amarilla con la producción gráfica, específicamente, con la caricatura y los textos satíricos que circulaban en México durante el porfiriato. El artículo La visualización de la fiebre amarilla en el Hijo del Ahuizote: el caso de Monterrey y Veracruz, 1889-1882 expone el tratamiento de la enfermedad según la orientación ideológica o sesgo político de los semanarios analizados. La sección Enfermedades cierra con la contribución de Reyna Cruz Valdéz, Notas para reconstruir el cuadro patológico en la primera mitad del siglo XIX en Puebla, que efectúa una reconstrucción del ingreso de pacientes en el Hospital San Juan de Dios de la ciudad poblana de Atlixco en el siglo XIX para identificar la desaparición y convivencia de enfermedades y los cambios en la conceptualización de algunos padecimientos, en definitiva, la hipótesis de Cruz Valdéz indica que se trataría de un "proceso de transición de las corrientes médicas y su evolución hacia una nueva interpretación de la enfermedad" (p.126). La sección Epidemias reanuda la perspectiva latinoamericana que anunciaron los editores en las primeras páginas del libro. Los estudios se caracterizan por la disparidad en el uso de fuentes documentales y en el manejo del andamiaje teórico para indagar el impacto social y económico que provocó la propagación de las epidemias de influenza y tifo en México, Argentina, Colombia. Miguel Ángel Cuenya en Reflexiones en torno a una pandemia olvidada. La influenza de 1890 en la ciudad de Puebla, estudia los efectos de esta enfermedad y sus secuelas en un contexto urbano que, como sostiene el autor, se debatía "entre la modernidad y el atraso" (p.136). Las defunciones por afecciones asociadas a la influenza son analizadas a la luz de los documentos del Panteón Municipal de Puebla y sus datos fueron desagregados según las semanas y meses en que se producían las muertes. Finalmente, añade la reacción de las agencias estatales, en especial, el accionar de la Comisión Extraordinaria de Salud Pública integrada por médicos poblanos encargados de formular medidas sanitarias al Consejo Superior de Salubridad del Estado. El artículo de Adrián Carbonetti, Ofrecimientos de productos en épocas de epidemia. La publicidad en momentos de la pandemia de "gripe española" en Argentina, 1918-1919, enfoca su atención a las estrategias "de marketing" de los comerciantes y fabricantes de paliativos recomendados para contener la epidemia argentina de gripe. El investigador analiza la oferta de estos bienes en la prensa porteña, en revistas de circulación nacional y en periódicos de la provincia de Córdoba, ello le permite dar cuenta de las diferencias a la luz de la presencia de la enfermedad y los datos de mortalidad en el interior de la Argentina. Para el caso colombiano, el origen histórico y contexto socio-demográfico de la epidemia de influenza se presenta a partir de las fuentes parroquiales de defunción del departamento de Boyacá en las primeras décadas del siglo XX. El minucioso estudio de los datos de mortalidad recogidos por los curas parroquiales permite a Abel Martínez Martín identificar las regiones que fueron asoladas por la pandemia de gripa en Colombia entre 1918 y 1919. El trabajo recurre a diversas variables para confrontar las tasas de mortalidad y concluir que la enfermedad arremetió significativamente los cuerpos de menores de 5 años y mayores de 60. Asimismo, constató que el Departamento de Boyacá fue más afectado en comparación a otras regiones de Colombia. La propuesta de América Molina del Villar apunta al tratamiento de la epidemia de influenza del año 1918 en México, puntualiza en las diferencias regionales y en la incidencia de otras enfermedades como el tifo, la fiebre amarilla y la viruela. El aporte de la investigadora invita a emprender estudios locales y comparativos que permitan reconstruir el panorama regional de la epidemia y matizar el protagonismo de las grandes urbes en la historiografía de la salud y enfermedad. Por último, cierra esta sección un ensayo que rastrea la presencia de "las fiebres misteriosas" para determinar si efectivamente se trataba del tifo exantemático en Nueva España durante los primeros años del siglo XIX. Fernando Sesma Villalpando en Guerra y epidemia en la Puebla de principios del siglo XIX explica el papel de las tropas peninsulares y de rebeldes, que el autor denomina "agentes transmisores", como portadores-difusores de la epidemia. Además, incorpora variables sanitarias, demográficas, políticas y económicas de las poblaciones novohispanas para evaluar el impacto de la epidemia, especialmente, en la ciudad de Puebla. Las secciones finales del libro están organizadas en dos apartados: Higiene y Control Social. El ensayo de Guy Rozat Dupeyron, está inscrito en la primera mitad del siglo XIX y reflexiona sobre los vaivenes del proceso de instalación de una política general de salud pública en el ayuntamiento de Xalapa. Por un lado, enfoca su atención, en las medidas para contener epidemias y en el desarrollo de un sistema de vigilancia para su detección y control; por otro lado, detecta la oposición y las críticas que acometieron diversos actores y sectores frente a las propuestas reformistas destinadas a promover el mejoramiento de la salud pública. Lilián Illades Aguiar desplaza su interés teórico y metodológico hacia las atribuciones del cabildo de Puebla para emprender la organización social y planificación urbana según las condiciones y características ambientales del espacio. El crecimiento de la población generaba la preocupación de las autoridades por la proliferación de actividades incompatibles con la salubridad y seguridad de los habitantes de la ciudad virreinal. En La precaria intervención en materia de salud pública del Cabildo de Puebla durante los Austria, la autora evalúa la precariedad de las iniciativas del cabildo en relación a la salud pública desde la fundación a la consolidación de la ciudad novohispana. A partir una perspectiva metodológica diferente, Ana María Huerta Jaramillo, ofrece una continuidad en el estudio del desarrollo de medidas higiénicas y de la efectividad de los servicios sanitarios en Puebla durante el Porfiriato. Específicamente, revela la utilización de técnicas de asepsia como la incorporación del jabón y la puja entre los fabricantes y especialistas que recomendaban la extensión y uso cotidiano de este producto. El estudio de Carlos Contreras Cruz, Hacinamiento y mortalidad en la ciudad de Puebla, 1906-1909, regresa a las definiciones de los higienistas sobre las condiciones de hacinamiento e insalubridad que padecían los poblanos a principios de siglo XX. De esta forma, se complejizan las variables de análisis que determinan la influencia de la infraestructura en la aparición de brotes epidémicos y en los índices de mortalidad. A partir de los registros mensuales del Boletín Municipal reconstruye la presencia de las enfermedades según la edad y sexo de los afectados para detectar la escasa variación en los índices de mortalidad durante el porfiriato en relación a las estadísticas que se difundieron a mitad del siglo XIX. Por su parte, Esmeralda Foncerrada Cosio, examina el período presidencial de Porfirio Díaz desde el desarrollo de instituciones públicas y privadas encargadas de implementar medidas higienistas en Guadalajara. En los argumentos de los especialistas, se identifica el papel central que, en el caso tapatío, asume la mujer en la difusión y adopción de los ideales higiénicos. El público femenino consumía los manuales de comportamiento y hábitos saludables que, en gran número, circularon en este período. Foncerrada Cosio reflexiona sobre este tipo de literatura y sostiene que los manuales contribuyeron a construir un imaginario donde la civilización, la moral y la limpieza confrontaron a los sectores medios con los identificados como trabajadores y parias. La investigación que presenta Claudia Agostoni, Los viajes de higiene: el servicio médico social en el México rural durante los años treinta del siglo XX, avanza en la cronología que propone la sección Higiene y se asienta en los escenarios rurales mexicanos de los años ́30. La obra explica el incremento de programas preventivos, de educación y el papel de los médicos diplomados, especialistas y técnicos en la "transformación higiénica y sanitaria del campo". La nueva realidad de la medicina estatal visibilizó las diferencias entre la situación profesional en la ciudad y en el campo, tanto en la presencia de recursos, infraestructura y técnicas como en la permanencia y consolidación del servicio médico rural. Los cuatro artículos que estructuran la sección denominada Control Social se vinculan al mundo del crimen y de la medicina legal en México. El estudio de Rosalinda Estrada Urroz, El trauma ausente en el cuerpo femenino. Autopsia y muerte violenta en la ciudad de Puebla en el cambio de siglo, se asienta en la perspectiva de género para desgranar los procedimientos y políticas públicas que implementó el Estado poblano ante la muerte, especialmente, la muerte anónima y violenta. El eje referido a los estudios de género, se completa con los siguientes dos trabajos, el primero de ellos pertenece a Nydia Cruz Barrera que en La divulgación de la medicina en Puebla a mediados del siglo XX. La Revista de la mujer y El Hogar. La Revista de las familias reflexiona en las características de las noticias sobre los cuidados de la salud destinadas a las mujeres que publicaron dos revistas mexicanas a mediados de siglo XX. A partir de la "educación informal sobre asuntos médicos y de salud" (p.361), el estudio permite advertir el papel que desempeñó la ciencia y la divulgación de conceptos médicos y tratamientos en el surgimiento de nuevos patrones de comportamiento social, privado y de consumo de las editoriales de orientadas a un público femenino. Como adelantamos, el cuerpo de la mujer, las medidas para el control de las enfermedades venéreas son tratados en La difícil batalla contra la sífilis. El control de las enfermedades venéreas en la segunda mitad del siglo XIX de Fernanda Núñez. Los diversos proyectos de higiene pública procuraron derrotar el miedo a la sífilis y su proliferación en la sociedad mexicana, además, la implementación de castigos para las "mujeres públicas" que eludieron las reglamentaciones y controles periódicos abonaba el terreno para el prejuicio sobre la raza, la clase y el género. Cierra el conjunto de trabajos sobre Control Social un estudio de caso que valora, desde el análisis del discurso, las concepciones médicas, políticas y sociales sobre la locura en Nueva España durante el siglo XVIII. Para ello, Karla Jiménez García Cano recurre al proceso iniciado por el Santo Oficio al teniente Germade y Bahamonde para advertir el surgimiento de un discurso médico que descansaba en la ciencia para diluir la impronta de lo religioso y del derecho en la decisión del castigo. En definitiva, la compilación realizada por Miguel Ángel Cuenya Mateos y Rosalinda Estrada Urroz, nos plantea temas de investigación, hipótesis, discusiones historiográficas y recursos metodológicos que explican la enfermedad, las epidemias y las medidas de control social en distintos escenarios latinoamericanos durante un recorrido temporal que se extiende desde el siglo XVI al XX. Este tipo de obra colectiva constituye un desafío para los editores que deben seleccionar minuciosamente los artículos que integrarán los apartados del libro. En el caso de Enfermedad, epidemias, higiene y control social. Nuevas miradas desde América Latina y México, el reto es aún más complejo por la participación de un importante número de trabajos donde es inevitable la disparidad en el abordaje teórico y metodológico. Cabe destacar que esta característica no merma la riqueza argumental del enfoque propuesto que, a partir de ejes temáticos y no cronológicos, otorgaron coherencia a los apartados en que se estructuró el libro. Sin lugar a dudas, un recorrido por los diferentes capítulos refleja la continuidad en el estudio y la sofisticación en las hipótesis que plantea la historia social y cultural de la salud y la enfermedad en América Latina. La orientación explicativa del libro permite iluminar las complejas relaciones que se forjaron entre viejas y nuevas prácticas médicas, las condiciones insalubres y el miedo al contagio que enfrentaron los pobladores en el ámbito urbano y rural, el carácter de la intervención del Estado, de los sistemas médicos y de los profesionales idóneos para controlar las epidemias y el papel de la mujer en la difusión y uso de medidas higiénicas en las distintas sociedades latinoamericanas en diferentes períodos históricos, entre otros tópicos. Asimismo, es preciso indicar que las cuatro secciones poseen un marcado acento mexicano antes que latinoamericano, sin embargo, en ningún caso disminuyen la complejidad del enfoque propuesto debido a las referencias que las distintas investigaciones incluyen sobre el contexto general, especialmente, en cuanto a la adopción de políticas sanitarias, circulación de ideas e infraestructura, difusión de prácticas de control social e impacto político-económico de las epidemias en el continente. En suma, es una obra que contribuye al entendimiento de los problemas de la enfermedad, higiene y control social, especialmente, en México desde los siglos XVI al XX e incorpora los casos de Argentina y Colombia como contrapunto para el análisis de los temas referidos a las enfermedades y epidemias. Armus, Diego (2002) "La enfermedad en la historiografía de América latina moderna", Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, LIV (2), pp. 41-60, p.60. Cueto, Marcos (2005) "Instituciones sanitarias y poder en América Latina", Dynamis. Instituto de Estudios Sociohistóricos (IESH)-Universidad Nacional de La Pampa, Argentina Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina (CONICET)
Reseña del libro "Aulas Modernas. Nuevas perspectivas sobre las reformas de la enseñanza secundaria en la época de la JAE (1907-1939)" Nuevas perspectivas sobre las reformas de la enseñanza secundaria en la época de la JAE (1907-1939). La mitificada Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), organismo heredero de los principios de la Institución Libre de Enseñanza que dio impulso y cobertura institucional a las inquietudes renovadoras de numerosos intelectuales españoles de las primeras décadas del siglo XX, suele presentarse como un oasis en el desierto de las contribuciones a la investigación y la renovación pedagógica de la España de la época. A esto podemos añadir que la formación de sus integrantes estaba lejos de representar la de un ciudadano español medio si tenemos en cuenta que en la década de su fundación la situación cultural y educativa en nuestro país era desoladora: en 1900, entre la población censada mayor de diez años había un 56,2% de analfabetos; en 1908 faltaban, según las estadísticas oficiales, 9.536 escuelas, además de resultar insuficientes los maestros, su preparación, su sueldo y su consideración social; y, en 1901, frente a un total de 32.297 alumnos inscritos en el Bachillerato, solo 44 eran mujeres. En este contexto de atraso e insolvencia cultural, que diría Ortega, y teniendo en cuenta que uno de los principales objetivos de la Junta era regenerar el país a través de una reforma de la enseñanza asociada a una mejor formación de los docentes, la cuestión inmediata que se nos plantea es: ¿cuál fue el alcance real de los esfuerzos de la JAE más allá de sus propias instituciones? Aunque se han publicado destacados trabajos que indagan en las aportaciones de esta institución a la renovación pedagógica, aún faltan estudios alejados de la visión triunfalista que analicen en profundidad temas como los efectos en el conjunto del sistema educativo de este impulso reformista. Este vacío historiográfico es una de las razones de ser del trabajo que presentamos, centrado en el primer tercio del siglo XX, en el que se plantean desde nuevas perspectivas, con diferente orientación y alcance, y aportando abundante información y elementos de análisis, cuestiones como los nuevos enfoques, recursos y metodologías surgidos en diversas disciplinas del bachillerato; las prácticas concretas de docentes que, compaginando tareas educativas y de investigación destacaron en su actividad profesional; y las modificaciones introducidas en el sistema educativo como consecuencia de cambios sociales, como las que buscaban favorecer la adaptación del individuo a un entorno cada vez más tecnificado, las resultantes de un avance en el proceso secularizador del Estado o las que facilitaron la incorporación de la mujer a la educación. Otro de los aspectos que enriquece esta obra es su atención al papel desempeñado por el material científico y didáctico, cuya presencia suele asociarse con una renovación pedagógica. Este tema, que se inserta en una tradición asociada en países anglosajones a iniciativas como la fundación en 1983 de la Scientific Instrument Society, y cuyo estudio en nuestro país se remonta, con excepciones puntuales, a trabajos iniciados a mediados de los 90 por grupos de investigación de la UNED, del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología y de otras instituciones mencionadas en este libro, es abordado ampliamente por su editor en la extensa introducción y en varios de los capítulos de la obra, como el del propio Leoncio López-Ocón o el de Víctor Guijarro. López-Ocón nos presenta la obra a través de referencias que componen una imagen de los esfuerzos de modernización emprendidos en la época, asociados no solo a las iniciativas de la JAE, sino también al uso de nuevos recursos y métodos de enseñanza y a un nuevo tipo de docente en cuyas manos estaba una parte importante de la investigación que se realizaba. Más adelante, en el segundo capítulo, este mismo autor analiza la contribución realizada en la primera década del siglo XX por diversos profesores de instituto a la renovación de la didáctica de la geografía. Describe las iniciativas emprendidas por cuatro de estos docentes y defiende la influencia de las novedades que introdujeron (uso de mapas, atlas escolares, manuales actualizados y otro material didáctico y científico) en la emergencia de una pequeña comunidad de geógrafos en la España de la década de 1920. Sigue a este trabajo el de Víctor Guijarro, quien estudia el proceso mediante el cual tecnociencias como la psicotecnia y las ciencias del trabajo sirvieron de modelo para mejorar tanto la organización educativa como la orientación escolar, con objeto de facilitar una integración eficaz del estudiante en un mundo cada vez más tecnificado. Analiza los diversos escenarios de este proceso, las pensiones concedidas por la JAE para el estudio de estos temas, y el papel desempeñado en la difusión de estas ideas por el escéptico profesor Eloy Luis André y por los instrumentos que, además de determinar el ajuste del individuo al entorno laboral, otorgaron autoridad a la nueva disciplina. A continuación nos encontramos con el capítulo de Mario Pedrazuela, quien, al igual que hará más adelante Juana María González, se centra en la enseñanza de la lengua y la literatura. El primero de los autores nos ofrece una visión contextualizada de esta materia a lo largo del siglo XIX y un análisis, desde la perspectiva de los planteamientos institucionistas, del papel desempeñado por el Centro de Estudios Históricos en la modernización de la enseñanza de estas disciplinas. En su trabajo nos acerca a la labor pedagógica de Ramón Menéndez Pidal en el Instituto-Escuela y a su participación en la creación de la Biblioteca Literaria del Estudiante. Por su parte, Juana González, en el penúltimo capítulo, también nos informa sobre la figura de un profesor de lengua y literatura, en este caso del escritor y académico Guillermo Díaz-Plaja. Con objeto de profundizar en su figura, presta atención a las innovaciones que introdujo en la enseñanza de esta disciplina durante el tiempo que impartió docencia en los Insitutos-Escuela del Parc de la Ciutadella y Pi i Margall de Barcelona, de los que recoge algunos rasgos característicos. Centradas en el estudio de colectivos se nos ofrecen tres contribuciones: las de Natividad Araque y Rebeca Herrero, por un lado, que analizan la presencia femenina en las aulas de secundaria, y la de Vicente Fernández, por el otro, atendiendo a los institutos republicanos madrileños y a sus profesores. Natividad Araque describe cómo, tras el surgimiento a finales del siglo XIX de un movimiento a favor de la igualdad de la mujer, se llevaron a cabo diversas iniciativas que condujeron a incrementar su presencia en los centros universitarios y de segunda enseñanza. En su contribución se centra en la etapa de la dictadura de Primo de Rivera y recoge información sobre la trayectoria profesional de las mujeres que en esa época se incorporaron como catedráticas a diversos institutos del país, así como datos biográficos de una decena de ellas. Con este tema continúa Rebeca Herrero, quien nos ofrece una panorámica del papel de la Segunda República en la evolución del alumnado presente en las aulas de secundaria, especialmente del femenino, acompañada de abundantes tablas, gráficos y datos estadísticos. La complementa con el estudio de un caso concreto, el del Instituto Nacional de Segunda Enseñanza Quevedo de Madrid, creado en 1934 en el contexto de sustitución de la enseñanza religiosa, así como con datos biográficos de las mujeres que pasaron por sus aulas como docentes o alumnas. Una visión más amplia del contexto en que tiene lugar la creación de este centro la ofrece la siguiente contribución, firmada por Vicente Fernández. En ella se estudian las repercusiones para los centros de segunda enseñanza de la ley de confesiones y congregaciones religiosas promulgada durante la Segunda República, que llevó asociado el cierre de las instituciones educativas de carácter religioso, y las dificultades inherentes al proceso de transformación de esta ley en una realidad. También se analiza, aportando argumentos para la discusión, el devenir de estos centros y de los catedráticos que los ocuparon, recogiéndose referencias a su vinculación con la JAE, a veces frustrada por la quizá cuestionable denegación de solicitudes de pensión. Terminamos esta reseña haciendo referencia a las dos contribuciones que abren y cierran respectivamente el libro que nos ocupa, dedicadas ambas a profesores de ciencias. La primera, firmada por Santiago Aragón, se centra en la etapa más temprana de las abarcadas por la obra. En ella su autor describe la trayectoria profesional de Emilio Ribera, comprometido profesor de enseñanza secundaria que desempeñó el cargo de conservador y jefe de administración en el Museo de Ciencias Naturales y que patrocinó de forma privada, con un legado póstumo, premios encaminados a financiar la tesis doctoral de jóvenes licenciados que no podían costear sus estudios. La segunda, elaborada por Santos Casado, cierra el libro con unas páginas dedicadas a Vicente Sos, del que se destaca su dedicación tanto a la docencia como a la investigación en el Museo de Ciencias Naturales y su formación asociada a los entornos de la JAE. El autor utiliza un enfoque más directo, resultante de utilizar el género antropológico de la historia de vida, que, a través de las entrevistas que realizó a Sos entre 1991 y 1992, le permite aproximarse a una dimensión más personal de su trayectoria profesional. En definitiva, nos encontramos ante una interesante y recomendable obra de variado contenido que abre nuevas perspectivas y aporta novedosos datos sobre diversos aspectos de la "diseminación y asimilación de conocimientos" de una época marcada por los esfuerzos de modernización educativa y científica. Sus páginas nos invitan a la revisión de mitos y posturas sobreentendidas y a profundizar en temas como el grado de extensión a otros entornos de las propuestas surgidas en el entorno de la JAE, la relevancia e impacto de los instrumentos en la renovación pedagógica, la objetividad de los criterios de concesión de pensiones, o los diversos elementos socioculturales que condicionaron la presencia de las mujeres en los institutos. Leonor González de la Lastra
Reseña del libro "Libro del desasosiego" Desde que en el círculo aristotélico se escribiera el enigmático texto Problemata, héroes, sabios y poetas quedaron estigmatizados. Eran enfermos, personajes desgraciados, sobre todo eran diferentes. La distinción, con sus connotaciones positivas y negativas, procedía tanto de su temperamento psicológico, como de su constitución biológica: eran melancólicos. Hércules, Áyax o bien Sócrates tenían una estructura de personalidad, diríamos hoy, diferente. "Y la mayoría de los que se dedican a la poesía" (Aristóteles, Problemas, int., trad. y notas Ester Sánchez Millán, Editorial Gredos, Madrid, 2004, pp. 382-392, cita en 384). Los médicos lo explicarían, pues para Hipócrates, y luego para Galeno, la materia estaba formada por los elementos de Empédocles, que estaban dotados de propiedades (o cualidades) y se reunían formando los humores y estos los componentes del ser humano. Entre los fluidos humorales, el melancólico era el que marcaba a esos seres diferentes. Renacieron estas ideas en el círculo mediceo de Florencia por obra de Marsilio Ficino, buen conocedor de Hipócrates y Galeno, pero también de Platón y los neoplatónicos. Se recogen luego en el Examen de ingenios de Juan Huarte de San Juan, que influye en Cervantes, como mostró Mauricio Iriarte. También quizá en Robert Burton y su Anatomy of Melancholy a través de traducciones o adaptaciones como la inglesa de Carey y la latina del obispo jesuita Antonio Zara, Anatomia ingeniorum et scientiarum, quien también señala en el título con la misma palabra anatomía la importancia de la ciencia y la medicina en estos escritos. En el siglo XIX se complican estas ideas con Morel y Magnan y las teorías de la degeneración, luego con Maudsley y la epilepsia. Para aquellos la herencia y el medio ambiente –o bien, el pecado y la culpa- tenderían a degradar a la población, sobre todo entre las clases bajas (J. L. Peset, R. Huertas, "Del "angel caido" al enfermo mental: sobre el concepto de degeneración en la obra de Morel y Magnan", Asclepio, 38, 1986, 215-242). La epilepsia era también propia –aparte de los violentos criminales- de insignes hombres como Alejandro, César, o bien Napoleón. Si Hércules había oscilado entre la furia y la tristeza, dominando el imaginario griego, los tres grandes generales de la historia universal habían controlado el mundo en su época conocido. Aquel había descendido a los infiernos o bien había realizado trabajos femeninos con Ónfale, perdiendo su clava viril. Estos habían alcanzado el poder absoluto, para morir jóvenes o en forma desgraciada. En el ochocientos están de moda estas teorías, tal como muestra el éxito alcanzado por los libros de Cesare Lombroso en el sur y de John Ferguson Nisbet en el norte. Fueron muy leídos, pues muchos autores, como por ejemplo Émile Zola, se documentaban con cuidado en todo tipo de libros, incluidos los científicos. Y, si bien Freud indagará en el alma de los seres distinguidos, como Miguel Ángel o Leonardo da Vinci, todavía en Kraepelin se hablará de la melancolía, conviviendo ya con diagnósticos modernos, como demencia precoz y síndrome circular, o sea esquizofrenia y síndrome bipolar. Los libros de Kretschmer y Jaspers sobre la naturaleza de los genios mostrarán que hasta hoy llegan estas ideas. Lo mismo se puede decir del rastreo que María Bolaños hizo de la presencia de la melancolía en las modernas vanguardias. Hoy en día, de nuevo, el tema de la depresión triunfa por todas partes, en el arte y en la teoría, en el individuo y en la sociedad. Desde luego, en los divanes psicoanalíticos y en las consultas clínicas. Sin duda, en el siglo XIX e inicios del XX hay dos mitos o grandes ideas sobre la evolución de la sociedad humana. Una corresponde más a los países del norte, es más burguesa y protestante; la otra a los del sur, siendo nobiliaria y católica. La primera piensa que desde una situación de baja condición –están detrás Darwin y los etnólogos anglosajones- se va ascendiendo gracias al esfuerzo hacia la mejora y el progreso. El abandono de la voluntad lleva a la degeneración, que se debe combatir con la eugenesia. La segunda idea se basa en que desde un paraíso, olimpo o arcadia original se ha decaído, se ha degenerado. En aquella se hace más hincapié en el esfuerzo, en esta en el fracaso y el pecado. Hay detrás temas clásicos griegos y romanos y también bíblicos. Desde luego científicos, como Galton, Morel o Magnan (J. L. Peset, Genio y desorden, Valladolid, Cuatro ediciones, 1999). Y, desde luego, Nisbet y Lombroso. De todos modos, como me sugirió en grato diálogo el profesor Luís Fernando de Sá Fardinha, más bien se trataría de las intenciones, del esfuerzo en un caso hacia la mejora, en contra del empeoramiento en el segundo. Tal vez sea esperanza o pesimismo. Esas dos obras de calidad semejante que leyó Pessoa son buenas representantes de estas ideas, una venida del norte –y que el poeta prefería- la de John Ferguson Nisbet llamada The Insanity of Genius y otra llegada del sur –que injustamente considera más divulgativa- la de Cesare Lombroso titulada Genio e follia. Eran libros de éxito en que se ponía toda esta tradición al servicio del consumo público, marcando para siempre a poetas, artistas y sabios, distinguidos con el apelativo de genios. Tanto es así, que el artista acepta esa consideración de diferente, incluso tomándola como distinción, como una medalla que premia sus esfuerzos y sus sufrimientos. Ahí encontramos la aceptación por el decadentismo. No solo se trata de Baudelaire, también de los escritores portugueses. Se ha traducido hace poco la novela de Mário de Sá Carneiro Locura... (1910) –un buen ejemplo- en la que un artista sufre esta personalidad patológica y sus consecuencias (Traducción y notas Marco Porras, Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2010). Se mata al fin el personaje con vitriolo, se nos dice que no es un asesino: era un loco, los locos según el código son irresponsables. Sin duda el autor –amigo de Pessoa- sintió todos esos dolores en su alma. En primer lugar porque son libros de moda, incluso amenos, así Lombroso o Nisbet en esa época eran lo que hoy es Freud: un autor agradable y popular. Servían además para entender -como también hoy Freud nos es útil- la cultura y, no menos, el propio yo, es decir para la autointerpretación. Por tanto, una segunda intención de lectura es entenderse a uno mismo, no es extraño pues que en Génio e Loucura pueda hablar Pessoa de neurastenia o neurosis, de ciclo bipolar (Il libro del genio e della follia, ed. Jerónimo Pizarro y Giulia Lanciani, Mondadori Editore, Milán, 2012). Goethe afirma que la poesía es enfermedad, se repite en estas páginas, convencimiento que en expresión diversa se puede encontrar también en Platón o en nuestro Siglo de Oro. O bien se escribe allí sobre la diversa adaptación a la sociedad, sea el amor a la humanidad, o el nietzscheano hombre de acción, o superhombre. En este sentido hace Pessoa una división curiosa acerca del comportamiento de los artistas, entre unos que siguen a su nación, otros a su tiempo, o bien los que quieren cambiar las cosas. Es posible, en tercer lugar, que la creación de autores ficticios, la aparición de heterónimos, tenga algo que ver con estas lecturas. (María Xesus García, Tiburcio Angosto, "Los heterónimos de Fernando Pessoa y la búsqueda de la estabilidad", Rev. Antonio Diéguez señala la tradición del yo siempre dividido e incompleto, presente en Freud, Jung y Lacan. "En Pessoa, la creación heteronímica no es sino la búsqueda desde el imaginario, condenada de antemano al fracaso en su aspiración de completud, de todos los yoes posibles, fuentes inacabables de identificaciones que nunca cristalizan en identidad" (A. Diéguez, "Conocimiento e identidad en Fernando Pessoa", Frenia, 7(1), 2007, 109-126, cita en última). Aparecen en Libro del desasosiego dos personajes Vicente Guedes y el ayudante contable Bernardo Soares, con quien parece identificarse por su inadaptación y gusto por la pintura y la música, por el estilo también. No domina este los sentimientos –se nos dice- y cuando piensa lo hace sintiendo (LD, pp. 478-481). En fin, en cuarto, está un claro intento de interpretación de la creación literaria. Se inserta en esa larga tradición a la que me refería, que busca pensar qué es el creador, el artista, el escritor, incluso el hombre de acción. Se entienden así muchas afirmaciones de Fernando Pessoa, por ejemplo el afirmar que toda arte es degeneración, decadencia por tanto. Recuerda al Thomas Mann de los Buddenbrooks cuando presenta al pretendido artista Hanno como fin de estirpe, como antagonista de políticos y comerciantes. O bien nos dice el portugués en Génio e Loucura que el hombre genial es evolutivo. Están acá las dos concepciones a las que me refería, la posibilidad de insistir en la caída del paraíso o en la lucha por retornar a él, o bien crearlo. Algunos artistas se encuentran a gusto en esa degeneración, de ahí los artistas del mal, como Baudelaire, o los decadentistas como Huysmans, o bien Oscar Wilde. Pero para Pessoa el genio es resistencia, es una barrera contra el mal, contra el diablo en el mundo. Es por tanto Prometeo, Cristo, o bien el Ecce homo de Friedrich Nietzsche. En todas las autobiografías está ese sentimiento de culpabilidad, de autojustificación, de castigo y penitencia. Y ese mismo papel prometeico lo representa el hechicero Fausto, un personaje melancólico, melancólico y guerrero. Desde el primitivo germánico, cae el sabio en tristezas, porque fracasa en conocer el mundo, no puede gozar del placer, debe aceptar el pacto mefistofélico y la muerte como castigo. Son las tristezas de Cristo, las tentaciones de Satanás, el castigo de Prometeo. Es el pesar de la sexualidad, de la homosexualidad, del diablo y la serpiente. 149) Y también, sobre todo en la segunda parte del escrito por Goethe, es Fausto un guerrero que lucha apoyado por el demonio a favor del emperador. Además, está siempre presente ese libro en las guerras, que sus escritos sobrevuelan: los primeros del siglo XVI en las de religión y nacimiento de fuertes naciones con poderosos monarcas, el de Goethe en las napoleónicas y del fin del antiguo imperio, los de la familia Mann –Klaus con Mephisto y Thomas con Doktor Faustus- en la segunda mundial. Pero faltaba la gran guerra, durante la que se publica La metamorfosis de Franz Kafka. Poco antes se imprime una bella y apreciada edición de Faust, la de Jena. Pero además, a caballo sobre la guerra están los escritos de Pessoa. Ludwig Scheidl en su libro sobre Fausto na literatura Portuguesa y Alemã (Instituto Nacional de Investigación Científica, Coímbra, 1987) mostró la adaptación de este personaje a la cultura lusa, así a través de A. Garret y T. Braga, pero ha sido Teresa Sobral Cunha la que ha fijado el texto pessoano, que se pudo luego ver en las tablas en Lisboa (Fausto. Fragmentos, Teatro Nacional D. Maria II, versión teatral Ricardo Pais y António S. Ribeiro, texto T. Sobral Cunha, Tipografia Minerva do Comércio, 4 enero 1989). Fue un privilegio para nosotros asistir a este espectáculo, muy difícil sin duda por el conceptual lenguaje de Pessoa. Ahí quedan en sus versos todos los restos de la tradición fáustica, así las estaciones a través del fracaso ante el misterio del mundo, el horror del conocimiento, la duda y el error, la quema de libros; el desengaño en el placer amoroso, el temor al amor y al otro y el miedo a la muerte. En fin, la magia y el pacto con el diablo, quien representa el inevitable mal en la Tierra (LD, pp. 40-41 y 46 sobre muerte, sobre ocultismo 148). Y no menos encontramos, como en Génio e Loucura, la enfermedad del poeta, el sufrimiento mental y, junto al necesario lamento, la rebeldía, la desesperación y el inconsciente, los sueños –en quien leyó a Freud-, con su papel necesario en la ciencia, en la poesía, en la búsqueda de los cielos. Es el decadentismo, el nihilismo, el neorromanticismo, el arte por el arte. Sus luchas entre romanticismo y clasicismo, entre naturaleza y progreso, campo y ciudad (LD, pp. 55-56 y 261). La crisis del hombre de fin de siglo y de la I guerra mundial que se traduce en la angustia del poeta, ese dolor que el lector cree verdadero. Pero Pessoa es luchador, el genio debe ser barrera ante el mal, nos dice. Es el Ecce homo de Nietzsche, Cristo en fin. También es Prometeo, quien acaba con el Olimpo clásico según el alemán. Como señalaba José Adriano de Freitas Carvalho es el camino de los intelectuales hacia la preocupación y su intervención pública. Sin duda todas esas lecturas, esas ideas que con cuidado anota como un buen lector, un buen estudiante en Génio e Loucura, junto con la pasión de Fausto (del Fausto Cristo) son reconocibles en las páginas de El libro del desasosiego. Este pretendido texto ha conocido muchas ediciones; como el prologuista aquí reconoce, hay tantos libros como editores. Autobiográfica, como toda obra poética (o de un poeta), nos afirma ese disgusto existencial pessoniano, melancólico estrictamente. Pretende que él mismo no se interesa, nos va a hablar de él, afirma, pero no interesa. Envidia a quienes pueden escribir una autobiografía (tal vez como Rousseau), pero él escribe sin hechos, sin vida. "Son mis Confesiones, y si nada digo en ellas, es que no tengo nada que decir". Y añade: "¿Qué debe alguien confesar que valga o sirva? Lo que nos ha pasado, le ha pasado a todo el mundo o solo a nosotros; en un caso no es novedad, y en el otro no es comprensible. Si escribo lo que siento es porque así reduzco la fiebre de sentir. Lo que confieso no tiene importancia, porque nada tiene importancia. Hago paisajes con lo que siento. Me tomo vacaciones de las sensaciones." Tras esas rotundas frases, en que une naturaleza y sentir, juega ahora el poeta con labores y juegos, entretenimientos de mujeres, de niños también. "Entiendo perfectamente a las bordadoras por la amargura y a las que hacen punto porque hay vida. Mi tía vieja hacía solitarios durante las sobremesas infinitas. Estas confesiones de sentir son mis solitarios. No los interpreto, como quien usa cartas para saber su destino. No los ausculto, porque en los solitarios las cartas no tienen exactamente valor. Me desenrollo como una madeja multicolor, o hago conmigo mismo figuras de cordel, como las que se tejen con las manos quietas y se pasan de unos niños a otros. Solo intento que el pulgar no estropee el lazo que le corresponde. Después le doy la vuelta a la mano y la imagen es diferente. Y vuelvo a empezar" (LD, p. Escribe como afirmaba Robert Burton sobre melancolía para evitar la melancolía. Me parece este un texto de enorme interés, que en otras ediciones se coloca antes –así por Leyla Perrone-Moisés-, pues es una declaración de intenciones. Si se desprecia el mundo y al prójimo, incluso a sí mismo, lo único que interesa es el dolor. "No me quejo del horror de la vida. Me quejo del horror de la mía. El único hecho importante para mí es el hecho de existir y de sufrir y de no poder ni siquiera soñarme totalmente fuera de sentirme sufriendo." Sería pues el desasosiego una queja, una expresión del malestar para el poeta. El bardo es por este sufrimiento un ser superior, el Cristo o el Prometeo. "Porque dar valor al propio sufrimiento lo cubre con el oro de un sol de orgullo. Sufrir mucho puede producir la ilusión de ser el Elegido del Dolor" (LD, p. Pero ni ahí se detiene en su desprecio. "Y cuando nos provoque angustia, detengámonos, para que el sufrimiento no nos dignifique o nos proporcione perversamente placer..." Esos juegos y esas labores en solitario nos adentran en la soledad del poeta Pessoa, encerrado en la contemplación, en el sueño: "El arte es un aislamiento" (LD, p. Acepta taxativamente la soledad sin amor, así quiere abstenerse de la acción, evitar colaborar en la existencia del mundo exterior. "Ver y oír son las dos únicas cosas nobles que tiene la vida" (LD, p. El acercamiento al otro le da sueño, es un estímulo negativo, una angustia que lleva al bloqueo de pensamiento, a la pesadilla. "Estoy solo en el mundo. Ver claro es pararse. Analizar es ser extranjero. Todo el mundo pasa sin rozarme. No amar, no tocar la vida, estar sentado a la mesa de un café. Y así el soñar es terapéutico: "He soñado mucho. Estoy cansado de haber soñado, pero no cansado de soñar. (...) En sueños lo he conseguido todo. También me he despertado, ¿pero qué importa? ¡Cuántos Césares he sido!" El sueño –como también se lee en el Fausto de Pessoa- es poesía, es refugio, curación además. "Haré de soñarte el ser poeta, y mi prosa, cuando esculpa tu Belleza, tendrá melodías de poema, curvas de estrofas, el esplendor repentino de los versos inmortales" (LD, p. Es una religión, que el gesto, el esfuerzo mata. "Vivir del sueño y para el sueño, deshaciendo y recomponiendo el Universo distraídamente, como prefiera el momento en que soñamos. Hacerlo consciente, muy conscientemente, de la inutilidad (...) de hacerlo" (LD, p. El poeta avanza por grados desde la lectura de libros, hasta la creación de personajes. "El grado más alto del sueño es cuando, creado un cuadro con personajes, vivimos todos ellos al mismo tiempo, somos todas esas almas conjunta e interactivamente." Y añade: "Es increíble el grado de despersonalización y de pulverización del espíritu al que conduce todo esto, y es difícil, lo confieso, huir de un cansancio general de todo el ser al hacerlo... ¡Pero el triunfo es tan grande!" Parece poco –el sueño y la poesía- pero es lo único y por tanto debe ser protegido. "He fundido en un único color de felicidad la belleza del sueño y la realidad de la vida. (...) Matar el sueño es matarnos. Es mutilar nuestra alma. El sueño es lo que tenemos realmente de nosotros, impenetrable e inexpugnablemente de nosotros" (LD, pp. 45-46). Porque esa infecunda vivencia en el sueño, no es acción ni gesto, no contamina ni hiere, pero es la más valiosa poesía. "Los compradores de cosas inútiles son siempre más sabios de lo que se creen: compran pequeños sueños. Poseen todos los pequeños objetos inútiles, que les hacen señas para que los compren cuando saben que tienen dinero, con la actitud feliz de un niño que recoge conchas en la playa: una imagen que refleja mejor que ninguna toda la felicidad pueril. ¡Recoge conchas en la playa! Para el niño nunca hay dos iguales. Se duerme con las dos más bonitas en la mano, y cuando se pierden o se las tiran -¡qué crimen!, ¡robarle un pedazo exterior del alma! ¡arrancarle un trozo de sueño!-, llora como un Dios al que le robasen un universo recién creado" (LD, p. El poeta soñador, el funcionario que bebe y camina viendo y escuchando se plantea la idea muy distante del genio al que coloca junto a los reyes, emperadores, "jefes del pueblo", santos, prostitutas, profetas y gentes ricas... del otro lado están ellos: la humanidad, mozos de carga, aprendices de cajeros y barberos, "el chapucero dramaturgo William Shakespeare", "el maestro de escuela John Milton", "el vagabundo Dante Alighieri, los que la muerte olvida o consagra, y de los que la vida se ha olvidado de consagrar." No cree en la distinción entre burgueses y pueblo (como afirman los revolucionarios), gobernantes y gobernados. Se distingue entre adaptados e inadaptados, el resto es literatura, mala literatura. Se consuela en su oficina con estos compañeros, entre quienes incluye a Cristo, pero no al consejero Goethe, tampoco al senador Víctor Hugo, ni a los jefes Lenin y Mussolini (LD, p. Se asombra ante un gran hombre con aire de comerciante, cara de fatiga, por pensar demasiado, o bien vivir sin higiene, con gestos normales, mirada viva (pues no es miope), voz confusa quizá principio de parálisis general. Estas afirmaciones nos remiten a la antigua tradición a la que me he estado refiriendo, que surgida en el círculo aristotélico llegaba a él a través de Ficino, y más tarde Tissot, o los más cercanos Lombroso y Nisbet. Era un legado que se basaba en las llamadas sex res non naturales que comenzadas en Hipócrates se canonizan en Galeno y que, siglos después, se transmutarán en la higiene privada, es decir las normas adecuadas de vida. Los hombres distintos, superiores, saltarán esas leyes (como el criminal o la prostituta para Lombroso, el superhombre para Nietzsche) con o sin sentimiento de culpa. Esas alusiones a pensar demasiado, o a vivir sin higiene, están sin duda justificadas por esta herencia. Vigilias y demasiada lectura, nutrición difícil o inconveniente, poco ejercicio o inadecuada sexualidad, malos sueños y pasiones amargan la vida de estos personajes. Pero otras afirmaciones son también de interés, así cuando se refiere a la posible parálisis general. Se podría tratar de una referencia a las consecuencias, a las últimas fases de la sífilis. Se sugiere por los editores que el texto podría ser de 1931 y, poco después, en Doktor Faustus el germano Thomas Mann hablará de un artista que busca esa enfermedad –diabólica como Mefistófeles, que ofrece el amor- y a su través la posibilidad de la creación musical. También Gregorio Marañón en su biografía del conde duque de Olivares señalará una posible enfermedad sifilítica como base de algunos grandes hombres, llamándola en brillante frase colaboradora de las musas de la gran historia. Si bien, no olvidemos que discutirá los problemas oftálmicos del Greco. La enfermedad –como asimismo Kretschmer y Jaspers señalaron- podría estar en la base del arte y del saber, al menos está en la vida de todo artista y sabio. También la muerte hace poco del matemático John Nash puede movernos en ese sentido. Pero Fernando Pessoa es consciente de que si bien la enfermedad es compañía –e incluso cambia (empeora o mejora) su pensamiento, sentimiento y conducta- de hombres distinguidos –y de todos los hombres y mujeres-, el divino soplo creador no radica esencialmente allí. "Sé bien que de los grandes hombres no hay que hacerse esa idea heroica que se forman las almas sencillas; que un gran poeta ha de ser Apolo en el cuerpo y un Napoleón en la expresión; o, con menos exigencias, un hombre distinguido y con un rostro expresivo." El poeta aislado, consciente de su valor, se consuela con gentes corrientes, pero también con genios dolientes. Se cuenta con la inspiración, pues sabe que están "investidos misteriosamente de algo interior que les es exterior, y que no hablan, sino que se habla en ellos, y la voz dice lo que sería mentira si lo dijesen ellos" (LD, pp. 402-403). La voz del poeta es y será un misterio, que siempre al fin nos llega, no se sabe el porqué.
Reseña del libro "Gendered Drugs and Medicine. Ortiz-Gómez, Teresa y Santesmases, María Jesús. La importancia que para la comprensión de la cultura contemporánea han tenido y tienen los estudios sobre investigación, producción y consumo de fármacos, es algo que ya habían mostrado trabajos desde la historia sociocultural de la ciencia y de la medicina. Pero en estos trabajos no estaba presente la perspectiva de género. Historical and Socio-Cultural Perspectives hace precisamente eso: incorpora a las mujeres como agentes del proceso y amplía de forma sugerente el conocimiento que hasta ahora teníamos de la prescripción, uso, consumo y distribución de fármacos. Los trabajos aquí reunidos dibujan un nuevo mapa que visibiliza espacios hasta ahora no presentes en la cartografía: los fármacos estudiados sugieren cambios importantes en los discursos que hasta ahora habían conformado nuestra cultura. En la introducción al volumen las editoras hacen un excelente estudio historiográfico que aporta las herramientas necesarias para su lectura: desvela desde donde nos hablan –la suma de los estudios sociales y culturales de la ciencia y los estudios de género- y nos adelanta que su lectura no va a dejarnos indiferentes. Los ensayos incluidos en el libro se nutren por un lado de la trayectoria marcada por trabajos que, desde la historia de la medicina y de la ciencia, han mostrado los cambios que la aparición de los fármacos ha ocasionado tanto en las prácticas culturales, sociales y profesionales como en la aparición de nuevos espacios físicos de relación –laboratorios, fábricas e industrias-. Y por otro se nutren también de los estudios de género que, soportados en parte en el activismo y los movimientos sociales y en los trabajos que sobre estos movimientos se han hecho desde la academia, han visibilizado a mujeres activas productoras, consumidoras y usuarias en laboratorios, hospitales y espacios domésticos. El libro se ordena en torno a tres grandes espacios: el de la investigación, el de las usuarias y prescriptoras, y el del uso y abuso del medicamento y aporta un interesante y desconocido panorama sobre las prácticas científicas, médicas y comerciales y su incidencia en la sociedad. Prácticas todas ellas que no pueden ser entendidas al margen de políticas e ideologías que dieron lugar a estereotipos, discursos e imágenes algunas todavía hoy muy presentes, y que, como nos muestra este libro, tenían y tienen poco que ver con la realidad. Los estrógenos, la 'viagra' femenina, la penicilina, los anticonceptivos, la morfina son algunos de los nodos de una tupida y amplia red de la que participan muchos actores y que evoca la compleja realidad en cada uno de los capítulos del libro. El uso de la palabra drugs con una acepción más amplia que medicamento al incluir drogas de adicción, no es en absoluto casual. A esa misma complejidad responden la diversidad de fuentes utilizadas. La incorporación junto a documentos científicos y médicos de fuentes sociales -periódicos, anuncios, entrevistas, revistas de mujeres, documentos policiales- y transcripciones de conversaciones entre médicos y pacientes, sugieren esos otros agentes que formaron parte activa de los procesos y exhiben otras realidades. Estas fuentes a caballo entre el espacio clínico y el social y raramente accesibles evocan valores, reglas, normas, formas de comunicación, conductas y pautas de comportamiento; muestran además organizaciones y colectivos hasta ahora no presentes en los discursos y transcienden los laboratorios como espacios de experimentación. En el primero de los estudios Heikko Stoff muestra que los debates sociales que tuvieron lugar en la Alemania de los años cuarenta del siglo pasado en torno al colorante de la mantequilla, Butter Yellow, y sus posibles consecuencias cancerígenas, se articularon fundamentalmente en torno a organizaciones de mujeres. Por el contrario no ocurrió lo mismo con el debate sobre el uso de estrógenos que no trascendió los espacios médicos y de la industria farmacéutica. Marta I. González muestra como en el origen del fracaso de la viagra femenina -pink viagra que en agosto de 2015 se ha anunciado su comercialización-, estuvo la utilización por parte de la industria farmacéutica del modelo de funcionamiento de la viagra masculina, modelo al que se resistieron los cuerpos de las mujeres, agentes activos en los procesos de producción de fármacos. Las imágenes de la Compañía Española de Penicilinas y Antibióticos (CEPA), una de las primeras fábricas de producción industrial en España, publicadas en los periódicos ABC y La Vanguardia, y entrevistas a algunas de las mujeres que trabajaron para esta empresa, sirven a María Jesús Santesmases para reflexionar sobre el uso que se hizo de las imágenes de estas mujeres para transmitir los beneficios de este fármaco. Se las mostraba activas en los procesos de producción industrial aunque esta participación nunca fue correspondida con los espacios de trabajo que ocuparon, fuertemente divididos y jerarquizados por sexos. La segunda parte del libro se ocupa del descubrimiento, uso, prescripción y popularización de los anticonceptivos. Son cuatro ensayos realmente interesantes que sitúan el cuerpo de la mujer como objeto y sujeto de políticas y de prácticas médicas y sociales. Ilana Löwy nos sorprende con un estudio de los anticonceptivos –espermicidas y espumas- antes de la llegada de la píldora y su intento de rescate posterior en el contexto de las enfermedades de transmisión sexual. Carrie Eisert muestra cómo la idea de la mujer inmadura y poco estable emocionalmente articuló el diseño del envase de la píldora en Estados Unidos y su publicidad. Los dos últimos trabajos muestran la llegada de la píldora a España (Agatha Ignaciuk, Teresa Ortiz-Gómez y Esteban Rodríguez-Ocaña) y a la República Federal Alemana (Ulrike Thoms). El diálogo que se establece entre ambos es interesante pues aunque los dos muestran a mujeres que demandan y abren espacios de decisión, la situación sociopolítica española y alemana en la década de los sesenta y comienzos de los setenta, los tiempos importan, distan mucho de coincidir. Mientras en Alemania los grupos feministas mantuvieron una postura crítica frente al uso de la píldora y a las farmacéuticas, en España esta reacción no se dio: la píldora estuvo presente, con adeptos y detractores, en revistas médicas y femeninas desde los años sesenta aunque su venta no se autorizó hasta 1978. En Alemania las protestas feministas se dejaron sentir en el descenso del consumo y la industria tuvo que amoldar la comercialización a las demandas de las distintas usuarias. La última parte del libro la componen tres trabajos dedicados a la adicción, al uso y abuso de los fármacos. Los sugestivos estudios sobre la adicción a la morfina en Francia, Alemania y Dinamarca que la revelan más extendida en hombres que en mujeres (Jesper Vaczy Krag), y la importante presencia de los estereotipos de género en la construcción de las políticas de regulación y control cuando en Francia comenzó a tratarse la drogadicción como un problema de salud pública y social (Alexander Marchant), cuestionan las narrativas políticas y sociales que han unido drogadicción con 'vicio femenino'. El último de los capítulos (Nuria Ramos-Avilés, Carmen Meneses-Falcón y Eugenia Gil) recoge un interesante análisis de patrones de consumo por sexo entre adolescentes españoles y muestra la importancia y utilidad de incorporar la variable género para llegar a comprender esa realidad. Historical and Socio-Cultural Perspectives muestra que la investigación científica, las prácticas médicas y comerciales y los convencionalismos y creencias sociales no pueden ser entendidos en toda su complejidad sin el análisis de género. Todos y cada uno de los comprometidos estudios (políticos) de este libro nos regalan lecturas novedosas y sugerentes, que modifican nuestra mirada y enriquecen la comprensión de la cultura contemporánea. Instituto de Filosofía, CSIC
Ciencia en el Barroco español: nuevas fuentes documentales de Jerónimo de Ayanz En la vida de Jerónimo de Ayanz hay un lapso de tiempo, desde noviembre de 1611 hasta su muerte, en marzo de 1613, del que no disponíamos de ninguna fuente documental. Recientemente, un impreso adquirido por la Biblioteca Nacional de España, y que hemos fechado en 1612, revela que el técnico estuvo activo hasta sus últimos días y nos muestra una nueva faceta suya: la experimentación científica. Este documento incluye una carta impresa dirigida al príncipe Emanuel Filiberto de Saboya. En la misiva, Ayanz presenta al príncipe un capítulo de un libro científico desconocido que estaba escribiendo en el que, a través de la experimentación, trata asuntos como la compulsión de los elementos, la existencia del vacío, el movimiento perpetuo, la esfera ígnea o la caída de los cuerpos. Nuestro objetivo es presentar este valioso documento y exponer los experimentos e innovadoras teorías científicas que Ayanz plantea. En octubre de 2013, la Biblioteca Nacional ha adquirido un impreso desconocido del inventor navarro Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613) procedente de un particular1. Este texto de principios del siglo XVII va dirigido a Emanuel Filiberto de Saboya (1568-1624) e incluye un capítulo completo de un libro científico desconocido que Ayanz estaba redactando. El documento consta de 8 hojas impresas en formato folio, tamaño 28,5 x 20 cm, con siete dibujos del autor y encuadernadas en pergamino moderno (figuras 1-9). Ayanz, el autor del impreso, encarna al hombre universal del Renacimiento, pues destaca en la música, en la pintura, en la milicia y en otras disciplinas. Sin embargo, sus mejores trabajos los realiza dentro del campo de la técnica. El privilegio de invención de Ayanz2, otorgado por el monarca Felipe III en 1606, es el más importante de todos los conocidos (García Tapia, 2001, pp. 181). Este documento incluye algunos de los proyectos que Ayanz ejecuta mientras desempeña el cargo de Administrador General de Minas de España (García Tapia, 2001, pp. 124), siendo los más destacados aquéllos que funcionan con vapor de agua. Así, proyecta un eyector para extraer el aire contaminado de las minas, la primera máquina de aire acondicionado conocida y un sistema para desaguar las minas con un funcionamiento similar al que desarrollará Thomas Savery casi un siglo después (García Tapia, 2001, pp. 213-225). El documento de patente incluye también inventos tan variados como una balanza capaz de pesar «la pierna de una mosca», hornos de fundición, instrumentos para destilar el agua del mar, un sistema para medir el rendimiento de las máquinas, presas de arco y de bóveda, bombas de husillo y de achique para barcos y molinos de sangre, de rodillos y de viento (García Tapia, 2001, pp. 182-205). Además, en el mismo privilegio de invención, Ayanz perfecciona las campanas de bucear existentes, diseña el primer precedente de un submarino e idea múltiples sistemas para que un hombre pueda estar sumergido en el agua sin poner en peligro su vida (García Tapia, 2001, pp. 159-178). En total, Ayanz es autor de más de cincuenta invenciones, patentadas en 1606 adelantándose a las que serían corrientes en la época de la Revolución Industrial dos siglos después (García Tapia, 1992, pp. 184). La contribución de Ayanz al campo de la técnica es asombrosa, quedando sus teorías científicas en un segundo plano. Sin embargo, el impreso descubierto da una nueva dimensión a esta faceta y enriquece el elenco de documentos científicos de Ayanz. Entre dichos documentos encontramos el Informe sobre las agujas de marear3, en el que el técnico navarro demuestra poseer una avanzada explicación teórica del magnetismo y el único impreso conocido hasta la reciente aparición de la carta, la Respuesta de D. Gerónimo de Ayanz, Comendador de Ballesteros, de la Orden de Calatrava a lo que el Reyno le preguntó acerca de las minas de estos Reynos, y del metal Negrillo de Potosí4. A éstos podemos añadir el Discurso para uso de los baxeles (García Tapia, 2001, pp. 242), que aún no ha sido localizado, pero del que conocemos parte de su contenido por referencias en el Informe sobre las agujas de marear. La importancia del documento dirigido a Emanuel Filiberto de Saboya se debe a que en él están tratados muchos de los asuntos que inquietan a los científicos de su época, como la compulsión de los elementos, la esfera ígnea, las tesis del horror vacui o el movimiento perpetuo. Además, hace referencia a algunos de los temas tratados en otros capítulos, lo que sugiere que el libro del que formaría parte sería un documento científico de la máxima relevancia. El impreso de Ayanz que presentamos, dedicado al príncipe Emanuel Filiberto de Saboya cuando ya era «Generalísimo del Mar», constituye un capítulo de un libro desconocido del técnico navarro. La toma de posesión de Emanuel Filiberto de Saboya como Capitán General del Mar tuvo lugar el 4 de diciembre de 1612 (Fernández Duro, 1885, pp. 209), pero el nombramiento fue en enero del mismo año5. Así, el texto fue realizado en los últimos años de su vida, que fue el periodo dedicado a discusiones científicas, como el de la aguja magnética presentado en noviembre de 1611, dos meses después de haber dejado de explotar las minas de su compañía. Este impreso está fechado en una etapa de la vida de Ayanz de la que no disponíamos de ningún documento y nos muestra que estuvo activo hasta los últimos días de su vida, confirmándose la suposición de García Tapia (2001, pp. 264): Desde septiembre de 1611, en que aparece el último documento que hemos encontrado relacionado con la explotación de las minas, hasta marzo de 1613 en que Ayanz hizo su testamento, no existen indicios documentales sobre iniciativas suyas de ningún tipo, lo que es raro en una persona tan inquieta como el comendador. Es el resultado de una discusión científica, propia de la época, ante personajes influyentes (caso del príncipe Emanuel Filiberto de Saboya) y eruditos (como el «Doctor Fioqueto6»). Esto indica que Ayanz estaba en contacto con los medios científicos de la época pero, como veremos, su discusión no era superficial, sino comprobada con instrumentos científicos que el autor había ideado y construido. Apenas conocemos las vicisitudes posteriores del impreso, pero en los márgenes del mismo aparecen anotaciones que nos aportan algunos indicios. En la primera hoja del impreso (figura 1), en el margen izquierdo hay un signo de la Compañía de Jesús invertido, posiblemente al aplicar un secante. Los Jesuitas eran los gestores de la enseñanza en muchas disciplinas (Navarro, 1996, pp. 16), por lo que no es de extrañar que se interesasen por un documento como el del técnico navarro. En el margen derecho, está marcado un sello casi imperceptible e, inmediatamente debajo, encontramos una glosa poco legible y aparentemente dedicada al autor: «Pero métete allá dentro [...] El lector, posiblemente un jesuita, discrepaba, al parecer indignado, de unas ideas que, como veremos, desmontaban algunos principios de origen aristotélico fuertemente arraigados en determinados medios, sobre todo eclesiásticos. En el margen superior, aparecen sílabas y letras sueltas que transcriben algunos fragmentos del texto, lo que invita a pensar que el documento pudo haber sido utilizado para instruir en la escritura. En los siguientes folios, algunos de ellos deteriorados por el tiempo, no aparece ninguna anotación, hasta que en la cuarta hoja (figura 4) volvemos a encontrar letras manuscritas y, de nuevo, la palabra «Pícaro». En el margen izquierdo de la séptima hoja (figura 7) aparece una ingenua ilustración de un hombre con la indumentaria militar del siglo XVII y en la última hoja (figura 9), el lector, posiblemente escandalizado, termina con una oración, como si no quisiera «caer» en la «tentación» del «mal» que había leído: «Señor nuestro ruega por nosotros, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal. El impreso pudo haber pertenecido a la antigua Biblioteca Mugartegui en Marquina procedente posiblemente de la Biblioteca-Archivo de D. Javier María de Munibe, conde de Peñaflorida, fundador de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País. En la hoja de guarda anterior aparece grabado un ex libris de José Mañas Martínez. «Como no se puede hazer movimiento perpetuo» La búsqueda del móvil perpetuo era un afán recurrente en los círculos científicos de la época. Al respecto y en España, son especialmente ingeniosos dos artificios proyectados en la segunda mitad del siglo XVI por un técnico de Medina del Campo, Francisco Lobato, que los denomina «Máquina gravísima y delicada» (García-Diego y García Tapia, 1990, pp. 47-48) y «Canal de agua que vuelve» (García-Diego y García Tapia, 1990, pp. 87-90). Ayanz, por su parte, niega que sea posible alcanzar este objetivo y atribuye el intento de hacer movimiento perpetuo a la «soberbia de los hombres» y a su «ignorancia», situándolo en la línea de querer hacer oro y plata, asegurando que es engañoso «como atrás queda tocado». Así pues, tiene otro capítulo dedicado a esto. El inventor navarro sólo encuentra tres movimientos perpetuos que Dios hizo: el ciclo del agua, el movimiento celeste y el devenir del alma. Ayanz enuncia correctamente los fundamentos del ciclo hidrológico: «levantan vapores de la tierra, y se condensan en agua, y vuelven a caer en ella, y causa una continua circulación», pero busca su origen en los «planetas e influjos celestes» en lugar de en la energía solar. No comparte la opinión «que otros tienen» de que es igual que la circulación sanguínea. Ve imposible que lo reproduzca el hombre «porque nos falta hacer agentes, como los planetas y la mar, y tierra que haga tal efecto». Ayanz no es el primer español que se preocupa por el ciclo del agua, pues unos años antes, Lastanosa, al que el técnico navarro pudo conocer en la corte7, da una explicación similar a este fenómeno en Los veintiún Libros de los Ingenios y de las Máquinas: «No cabe duda (de que el agua) se engendra de exhalaciones (vapores); la cual exhalación llevada encima de los canales de la tierra, y ahí congelada del frío, se convierte en agua, y por causa de su gravedad desciende abajo8». El movimiento celeste, sobre el que afirma que los hombres «ni lo alcanzamos, ni entendemos como se mueven los cielos, ni que materia sean, y cuando la tuviéramos nos faltara lugar». El «tercero movimiento que será para siempre es el alma, que tenemos hecha a semejanza de Dios». Se trata de una interesante asociación de ideas religiosas y técnicas, propia de una mente analítica preclara. En cuanto a movimientos perpetuos humanos, Ayanz afirma que ya lo ha tratado previamente en el capítulo sobre «pesar y medir la fuerza de las máquinas», donde hace referencia a la balanza de una barra y una pesa acoplada a una máquina para medir el rendimiento, al que denomina «fatiga» (García Tapia, 2001, pp. 193). Su idea de las causas del movimiento de las máquinas es muy actual. Influyen lo que llama «peso, número y medida», ahora correspondientes con fuerza, valor y unidad de medida. Para negar la posibilidad de encontrar un móvil perpetuo afirma que no pueden ser continuos los movimientos pues siempre se equilibra el «agente» con el «resistente»; suben, o bajan hasta alcanzar el equilibrio y se necesita una fuerza externa para volver a ponerla en movimiento. Newton, en 1687, enuncia las leyes del movimiento10, entre ellas el Principio de acción y reacción que Ayanz parece intuir en el momento en el que cita a un «agente» y a un «resistente». Ayanz, mediante la prueba, trata de desmontar algunos principios científicos fuertemente asentados. El primero, aquél que afirma «que de una parte de tierra se hacen diez de agua, y de una de agua diez de aire, y de una de aire diez de fuego». Pesando antes la tierra húmeda, secándola y volviéndola a pesar se demuestra que no es así. Así dice: «pesando la tierra, y echándola en el fuego, y después que haya consumido la humedad, tornarla a pesar, y ver lo que menguó». Relaciona este asunto con la generación de minerales por el agua en cuevas, estalactitas y estalagmitas actuales, a las que denomina «torres» y pone el ejemplo de una cueva en Cuenca llamada «de la India». La parte de generación de minerales, ahora cristalización, en minas no puede completarse al faltar una parte en el impreso original. Para demostrar la parte de «aire» (vapor) que realmente puede generarse del agua, utiliza el aparato dibujado en la figura 3, basado en su máquina de vapor patentada para elevar agua (García Tapia, 1990, pp. 77-90), ahora convertida en un instrumento científico, para conocer cuánta parte de vapor puede salir del agua por medio del calor («fuego»). En este caso, primero ha sido la técnica utilitaria (1606) y luego la experimentación científica (1612). Se hace un experimento con un cuero que se hincha al recibir el vapor y luego se encoge al condensarse. Tras el ensayo, el autor, Ayanz, parece negar la posibilidad de vacío total, aunque no está claro por faltar parte del impreso original. «Prosíguese otro modelo sobre la conversión de ayre en fuego» «El aire no se convierte en fuego», puesto que «la llama no es fuego sino materia encendida». Es un antecedente de la teoría actual de la combustión, desconocida en la época, en que comúnmente se confundía el fuego con la llama. Se apoya en ejemplos de la naturaleza y hay uno curioso sobre los rayos generados por las nubes en las tormentas que se confundían con fuego y llamas, pero Ayanz dice que no tienen materia. Naturalmente no se conocía su naturaleza eléctrica, pues aún falta más de un siglo para que Franklin11 aclare este fenómeno. Si cambiamos el término «fuerza» por «energía», y «fuego» por «calor», como Ayanz identifica «fuerza» con «fuego» que no tiene materia, resultaría que el «calor» es «energía», descubrimiento revolucionario, si se tiene en cuenta que, aún en el siglo XIX, se hablaba del «calórico12». También Lastanosa en Los Veintiún libros... trata el tema, aunque de forma más somera: «Mas es al fuego mismo al cual pertenece el calentar en grande manera las cosas13». A su vez, Gómez Pereira en su obra Antoniana Margarita afirma: «El fuego ínfimo al que denominamos llama [...] se le ha de admitir la acción de calentar» (Barreiro, 2000, pp. 118). Para Ayanz, la naturaleza de la combustión se demuestra en los volcanes y la lava generada: «el fuego se ha visto salir de algunas bocas de los cóncavos de la tierra, como fue en Sicilia, y en las Indias, que se vio correr por encima de la tierra como un río». Del mismo modo, Gómez Pereira se fija en estos fenómenos geológicos cuando estudia la naturaleza del fuego: El fuego [...] ocupa su propia región, equiparable a un lugar que no se ve en ningún sitio, salvo en algunas rendijas de la tierra que expulsan llamas (Barreiro, 2000, pp. 118). El técnico navarro considera que el fuego puede producir vacío que, al no poder ser total, tiende a ser llenado con otra materia y pone el ejemplo de las ventosas, remedio curativo que producía un vacío que hinchaba la carne sobre la que se aplicaba: «como se ve encendiendo una poquita de estopa en una ventosa, y pegándola a la carne, como no puede haber cosa vacía, todo lo que aquel fuego consume de aire, lo va hinchando la carne». Ayanz hace un experimento utilizando un vaso de plata o de cobre de muy poco espesor que, dando calor a la caldera a la que se conecta, produce aire (vapor) que al expandirse puede reventar y al condensarse produce vacío y se abolla hacia adentro. No saca conclusiones sobre la presión atmosférica, concepto aún desconocido15, pero el experimento va bien encaminado. Desgraciadamente el dibujo (figura 4) está cortado por arriba en el impreso, falta el vaso de plata o de cobre, por lo que el estudio de la experiencia no puede ser completo. «Lo segundo que ay Esfera de fuego, la qual está sobre el ayre» En este apartado el autor trata de desmontar la creencia de la época de la existencia de una «esfera de fuego» por encima de la Luna, basada en buena medida en los pensamientos de Ptolomeo y Aristóteles (Guillaumin, 2005, pp. 151), así como antes Ayanz trató de desmentir la creencia en otras regiones donde se desarrollarían los fenómenos meteorológicos, como el rayo. Por ejemplo, en la segunda parte del Quijote, en la aventura del caballo Clavileño, escrita unos pocos años después por Cervantes (1615), se dice lo siguiente y en boca de Don Quijote: Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo y las nieves; los relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo como templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos16. A pesar del tono irónico de la novela, era cierta la creencia en esta esfera de fuego que seguía representándose en los mapas astronómicos. Ayanz recurre, como siempre, a la experiencia para desmentir la teoría de la esfera de fuego: pesar y medir cada elemento. Para pesar el aire utiliza una especie de balanza hidrostática y llega a dos conclusiones: «[...] hallé, que las pesas que eran de bronce, metidas en el agua pesan menos que fuera de ella más de dos onzas por libra». Aquí ratifica el principio de Arquímedes y comprueba que el peso de un cuerpo sumergido en un fluido (peso aparente) es inferior. «[...] hace más fuerza o peso el aire, metido debajo del agua hacia su esfera, o centro, que el agua hacia el suyo». Considera que los elementos tienden a desplazarse a su «centro» y entiende que el peso del aire es mayor que el del agua porque el aire hace más fuerza. El agua por gran viento que haya caerá a tierra, y el aire por más furia que haga una corriente de agua subirá sobre ella, ¿pues porque el fuego ha de ser de menos fuerza, si hubiera esfera donde apeteciera subir? Concluye que no hay esfera de fuego. Se ve por los cometas que nunca llegan a ella y porque la luz de la esfera de fuego, si existiese, reflejaría en los astros y daría sombras, como el Sol, y no hay tales cosas. Pero, para poder afirmarlo, recurre de nuevo a una balanza para demostrar que el fuego no pesa, es decir no «apetece» a su centro porque no lo tiene, ni tiene materia. Es solo «calor», es decir «energía», empleando el término actual. «Prosíguese sobre lo mismo de la esfera de fuego» Ayanz insiste en el tema siguiendo su idea, comenzando con una contundente frase que revela su admirable mentalidad científica, surgida de su experiencia como inventor: «Ninguna filosofía hay más cierta que la prueba, porque ella es la que nos satisface y convence a nuestras opiniones». Con esta sentencia, Ayanz suscribe las palabras de Leonardo, quien afirma: No saben que mis materiales tienen más valor porque derivan de la experiencia antes que de las palabras de otros, y la experiencia es la maestra de quienes han escrito con acierto17. Estos pensamientos, junto a otros similares, van sentando las bases de las corrientes empíricas surgidas en la Edad Moderna. Siguiendo este principio, recurre a dos de sus instrumentos científicos favoritos: la balanza y la caja cerrada (figura 7) a donde se hace llegar el fuego y el aire (vapor). De esta forma confirma, una vez más, la falta de peso del fuego y vuelve a aseverar que «no hay esfera de fuego». Las diferentes temperaturas entre zonas y entre el invierno y la época estival eran explicadas por la presencia de una esfera de fuego. En relación a esto, Gómez Pereira explica que: [El fuego] manifiesta su potencia y dominio más extenso y más próximo a nosotros, en las épocas de calor estival por la influencia del sol y de otras estrellas que favorecen su calor y sequedad [...]; en la época invernal se retira a un lugar estrecho por el influjo de otras estrellas contrarias que favorecen la frialdad (Barreiro, 2000, pp. 117). Ayanz atribuye las diferencias térmicas a la variación en la inclinación de los rayos del Sol, lo cual, sabemos ahora, es cierto. Así, el técnico navarro concluye: Y se ve claro, que esta destemplanza de calor, o frío lo hace el Sol, el estar más desviado, y dilatarse más el día o la noche. Tras negar la existencia de la esfera ígnea, al técnico navarro le sobreviene otra duda, ¿de dónde viene el fuego? Ayanz lo sitúa en el centro de la tierra, de donde vienen los volcanes. Explica que para crearlo se necesita una materia combustible, porque el fuego no es materia, ni tiene peso, ni ocupa lugar, es sólo «fuerza» (energía). Es más, completando su teoría sobre las piedras imantadas18 deduce que el fuego es de la misma naturaleza que el imán que extiende su «virtud» (magnetismo) a otras piedras imantadas. Ahora diríamos que el «calor» (fuego) y el «magnetismo» son formas de la «energía», que se transmite de unas materias a otras. Aquí Ayanz demuestra su capacidad de precursor una vez más, aunque comete errores, como cuando afirma que el Sol es solo «fuego», sin cuerpo ni peso. Finalmente, concluye con otra muestra de su racionalidad científica: Los que dicen que está [la esfera de fuego] se fundan en lo que oyeran decir, sin ninguna prueba ni demostración. «La tercera opinión, que los elementos compelen unos a otros» El término «compeler» equivale a «desplazar» y aquí desmiente otra opinión de la época, según la cual los elementos obligaban por sí mismos a desplazarse unos a otros. Para Ayanz esto es falso y es una fuerza exterior la que los desplaza. En la naturaleza pone el ejemplo de los terremotos en los que la tierra se desplaza por una fuerza, la del aire a presión en las oquedades de la Tierra. Así, dice: «el aire encerrado en los cóncavos de la tierra, que va creciendo, y por no caber donde está, la hace temblar, hasta que la revienta y sale». Para Aristóteles, la velocidad de caída de los cuerpos depende de su peso y de la resistencia del medio (Romo, 1985, pp. 25), motivo por el cual los cuerpos pesados caen más rápido que los ligeros (Mason, 2012, pp. 230). En un experimento atribuido erróneamente a Galileo (Mason, 2012, pp. 230) explica: Tomemos [...] dos balas de plomo, una de ellas diez veces mayor de peso que la otra, que dejaremos caer juntas de la altura de treinta pies [...], y se verá que la más ligera no emplea diez veces más tiempo para caer que la más pesada, sino que caen con tanta igualdad sobre la plancha que ambos ruidos parecen una única sensación de sonido19. Previamente, en España, Lastanosa propone sus teorías de la caída de los graves, siendo estas similares a las de Stevin. Así dice: «Cuanto de más alto bajan los pesos, tanta más velocidad y presteza traen consigo20», y añade: [De] dos pesos que descienden [que] sean de la misma materia y de una misma forma y de un mismo peso, hace mayor golpe el que cae de más alto21. Ayanz da también su explicación de la caída de los graves: [La razón de ello] no procede sino de su mismo peso que, como apetece su centro, que cuanto más alto cae, va tomando más fuerza hasta que cae a su centro. Para el inventor navarro tampoco es el aire el que impulsa al cuerpo que cae, sino al contrario, hace resistencia. Ilustra su explicación con el ejemplo de un águila que abre las alas y el aire frena su caída. Para demostrarlo, de nuevo a través de la experimentación, mide con una balanza al aire libre el peso de un cuerpo que cae y luego lo hace con el mismo cuerpo en un cántaro donde el aire está confinado, comprobando que en el primer caso hay mayor resistencia del aire y, por tanto, el peso es menor. Esta opinión la sustancia con varios ejemplos para demostrar que nunca hay «compulsión de elementos». Finalmente utiliza esto para unir la negación del movimiento perpetuo, con la de la compulsión de elementos. Para ello fabrica una bomba de rosario de cajas (figura 9) que van dentro de un cilindro. Si hubiese compulsión de elementos (agua y aire) funcionaría como una máquina de movimiento perpetuo, pero, en la práctica, hace falta un agente exterior (una persona que mueva la manivela de la bomba). Aunque es cierto que se trata de una bomba de mayor rendimiento, nunca podrá ser de movimiento continuo. Ayanz escribe esto en una época (principios del siglo XVII) y en un ambiente en que España se aleja de la revolución científica que se iniciaría en Italia con Galileo. Pero este capítulo, junto con las invenciones españolas, demuestra que en España había círculos técnicos y científicos que trataban de desarrollar estas disciplinas. Ciertamente, se trataba de casos aislados, fuera de las universidades y de los círculos de poder políticos y eclesiásticos. El ejemplo de las notas al margen del impreso, escritas posiblemente por un jesuita, demuestra el rechazo que producía todo lo que no siguiese una línea de pensamiento rígidamente establecida. En este caso Ayanz desmonta una serie de tópicos como el movimiento perpetuo, la naturaleza del fuego como elemento, la caída de los graves, la existencia de la esfera de fuego o la compulsión de elementos. Además lo hace sólidamente, apoyando sus afirmaciones o, más bien, sus negaciones, no solo en observaciones de la naturaleza, sino en experiencias de laboratorio, con instrumentos basados en máquinas que él había inventado y patentado. En este aspecto, los resultados son verdaderamente innovadores. Aunque Ayanz trata de sortear los tópicos más sensibles a la prohibición eclesiástica, no por ello deja de desmontar creencias que podrían molestar, como así parece que fue, a los poderes religiosos de la época ¿Fue por eso el libro prohibido, o simplemente no tuvo tiempo de imprimirlo completo al llegarle la enfermedad y la muerte? Por desgracia, al menos en este capítulo que conocemos, no llegan a formularse teorías claras que sustituyan a las creencias desmontadas. Se desmiente la existencia de la esfera de fuego, pero no se llega a formular un sistema planetario, se limita a decir que «no lo entendemos», quizá por el riesgo de atentar a la autoridad religiosa que, Ayanz, hombre creyente, respetaba. Se desmiente la naturaleza material del fuego como elemento, pero, aunque se inicia, no se establece de forma clara una teoría de la combustión. Se desmonta la idea de la «compulsión» de elementos como explicación de la caída de un grave, pero no se formula una ley clara de la gravedad. Finalmente, aunque hay más cosas, se demuestra rotundamente la imposibilidad del movimiento perpetuo, pero se admiten algunos «creados por Dios», y no se explican con claridad, aunque se intuyen las causas del rozamiento que lo impiden. Ciertamente, todo ello es un gran avance respecto a la ciencia de la época, pero lejos aún de las formulaciones de su contemporáneo Galileo. El fuerte de Ayanz sigue siendo la tecnología, profusamente demostrado en sus asombrosas invenciones. Esta experiencia técnica le lleva a la demostración de sus afirmaciones a través de los instrumentos técnicos que él había fabricado. Por ejemplo, se intuye que el fuego es energía, como había comprobado en su máquina de vapor. Falta, en cambio, el cálculo matemático y se echa de menos la fórmula, aunque sea simple, que cuantifique los resultados de su experiencia. Sin embargo, Ayanz había tenido en su juventud, como paje del rey, una formación en la Escuela de Matemáticas para pajes ¿Estarán en otros capítulos que desconocemos? Como vemos, estas conclusiones abren varios interrogantes que dejamos para otros investigadores. Lo que hemos pretendido es presentar una nueva faceta que Ayanz desarrolló en los últimos años de su vida: la de científico que completa la compleja personalidad de un personaje que cultivó la milicia, la política, la gestión empresarial y administrativa, las artes, la técnica, la invención y cuya carrera culmina con la investigación experimental científica.
Relaciones ocultas a fines del siglo XVIII: La Specimen Florae Americae Meridionalis (1780) del Real Jardim Botânico da Ajuda y los diseños científicos de la Real Expedición Botánica al Virreinato Peruano Este artículo muestra que en las décadas finales del siglo XVIII, más allá de las relaciones diplomáticas y los conflictos militares entre Portugal y España, existieron importantes conexiones científicas, que han sido poco estudiadas. Teniendo como punto de partida la casi desconocida Specimen Florae Americae Meridionalis (1780), una obra botánica compuesta de cuatro volúmenes, producida en el Real Museu da Ajuda (Lisboa), exploraremos el interés que suscitó en los círculos de estudiosos y aficionados a la botánica en Lisboa la llegada de más de doscientos dibujos de plantas procedentes de la Real Expedición Botánica al Virreinato del Perú (1777-1788). Considerando las personalidades portuguesas, españolas e inglesas que estuvieron implicadas en la presencia de estos diseños en Portugal, recuperaremos algunas de las prácticas que posibilitaban en este período la circulación de conocimientos científicos y el adelanto de la botánica. En este sentido, este estudio pretende realizar una aportación novedosa a la Historia de la Botánica en Portugal y España y apuntar caminos para futuras investigaciones. I. LA SPECIMEN FLORAE AMERICAE MERIDIONALIS (1780) Y LA REAL EXPEDICIÓN BOTÁNICA AL VIRREINATO PERUANO En el año 2013, comenzamos a trabajar en torno a una obra —la Specimen Florae Americae Meridionalis (1780)1—, sobre cuya existencia ya habían llamado la atención Miguel Faria y Ermelinda Moutinho Pataca, desde el campo de la historia del arte y de la ciencia respectivamente (Faria & Pataca, 2005, pp. 79-83). Se trata de una obra que por sus características debe ser estudiada desde varias disciplinas: la historia de la ciencia, la historia del arte y la botánica, para obtener una comprensión global de su valor científico y artístico, y de su significado en la época en que fue elaborada. Esta Flora, de dimensiones 34x48cm, está compuesta de cuatro tomos de trabajos botánicos, encuadernada con filetes dorados con cinco frontispicios y cinco portadas, y un total de 288 dibujos de plantas. Los tres primeros tomos contienen 238 acuarelas a color que, con una enorme calidad, reproducen especies vegetales en su periodo de floración y fructificación (Figura 1), y 50 dibujos en tinta china de esquemas florales y de frutos (Figura 2). Las imágenes se adornan con un marco y, en cada una de ellas, con excepción de un dibujo, está identificado en el lado inferior izquierdo el nombre del dibujante (Figura 1 y Figura 2). Erythrina corallodendrum (actualmente Erythrina corallodendron) dibujo de Ãngelo Donati (AHMUHNAC, RES.2, vol. 3, Tab. Rapatea palodosa dibujo autoría de Joaquim José Codina (AHMUHNAC, RES.2, vol. 1, Tab. El cuarto volumen ofrece una descripción botánica de las plantas, siguiendo el sistema de clasificación botánico de Linneo, con las 24 clases ordenadas de acuerdo a la configuración de los órganos reproductores. Acompañan a las descripciones y dibujos, cinco frontispicios realizados por los mismos diseñadores. En ellos, ambientados siempre en «paisajes utópicos prerrománticos» 2, están representados animales y vegetales, algunos procedentes de territorios ultramarinos africanos y americanos y otros, muy pocos, imaginarios; así como la actividad de los naturalistas y dibujantes a la hora de recolectar especímenes, identificarlos, clasificarlos y dibujarlos (Figura 3). Frontispicio del primer volumen, obra de Ângelo Donati (AHMUHNAC, RES.2, vol. 1). La historia de la Specimen Florae Americae Meridionalis se remonta a los inicios de la Casa do Risco del Real Jardim Botánico da Ajuda, que tuvo entre sus primeras tareas la copia de los dibujos de los artistas españoles José Brunete (1742-1794) e Isidro Gálvez (1764-1829), enviados en 1779, desde el virreinato peruano, por los botánicos españoles Hipólito Ruiz López (1754-1816) y José Antonio Pavón y Jiménez-Villanueva (1754-1840), en el navío el Buen Consejo3. La ocasión la brindaron unos corsarios británicos que apresaron la embarcación en su trayecto hacia Cádiz y la condujeron hasta Lisboa: Miguel Faria, basándose en este texto escrito en 1795 por el naturalista italiano Domingos Vandelli (1730-1816), fue el primero en relacionar el inicio de la actividad de la Casa do Risco del Real Jardim Botánico da Ajuda y las remesas de la expedición botánica al Perú y Chile (Faria, 1992, p.34, 47). Años después, localizada la Specimen Florae Americae Meridionalis, y junto a Ermelinda Pataca, este mismo historiador formulaba la hipótesis que asociaba los dibujos españoles a los cuatro volúmenes portugueses (Faria & Pataca, 2005, p. Para confirmar la propuesta de Faria y Pataca, cotejamos los 2385 dibujos y nombres científicos de plantas, incluidos en la obra elaborada en Lisboa, con el material que compone el «Fondo Expedición Botánica al Virreinato del Perú. Ruiz y Pavón" del Real Jardín Botánico de Madrid y que conserva 241 dibujos originales enviados por Ruiz y Pavón6, con la relación de las remesas enviadas desde Lima en 17797 y con las listas de plantas incluidas en los cuatro volúmenes que componen la Flora Peruviana, et Chilensis (1798-1802). Cualquier duda que pudiese existir sobre la relación entre ambos trabajos botánicos desaparece tras la comparación visual de todos los dibujos de este compendio con el acervo iconográfico de esta expedición. Comprobamos que de los 238 dibujos a color presentes en la Specimen Florae Americae Meridionalis, los 2378 son copias muy precisas de los realizados en el Perú por el equipo de dibujantes compuesto por José Brunete e Isidro Gálvez (un ejemplo en la Figura 4). Dibujo de Amarillis aurea (actualmente Pyrolirion arvense) realizado por José Brunete (izquierda), Archivo del Real Jardín Botánico (AJB), AJB04 - 0542. La copia (derecha) es obra de José Joaquim da Silva, (AHMUHNAC, RES.2, vol. 2, Tab. A pesar de las llamadas de atención realizadas por los historiadores mencionados, la Specimen Florae Americae Meridionalis continúa siendo hoy en día una obra prácticamente desconocida, olvidada durante más de dos siglos y a la que no se ha hecho referencia en los trabajos que se ocupan de la historia de la ciencia y de la botánica del siglo XVIII en España y Portugal, ni mencionado en la vasta bibliografía dedicada al viaje de Hipólito Ruiz, José Pavón y Joseph Dombey (1742-1794) al virreinato peruano9. Los estudios, cada vez más numerosos, dedicados a las representaciones visuales en los viajes científicos patrocinados por las coronas ibéricas parecen desconocer también la existencia de esta obra y el contexto histórico en el que fue elaborada. Con el objetivo de recuperar este contexto exploraremos tanto las relaciones que se dieron entre las dos coronas ibéricas, en el terreno de la botánica, como el impacto de los diseños procedentes de la expedición al Perú en los círculos ilustrados portugueses. En un artículo anterior (Rodríguez García & Costa, en prensa), ya analizamos parte de la documentación que generó la llegada del Buen Consejo a Lisboa10. No obstante, necesitamos tener presentes algunos hechos. Estando en 1779 Inglaterra y España en guerra, tras haber apoyado esta última la independencia de las colonias americanas, la presencia de corsarios británicos en el Atlántico obligó al navío Buen Consejo, en su camino hacia Cádiz, a refugiarse en la Isla Terceira, en las Azores. Una vez allí, se descargaron las mercancías propiedad de la corona real, quedando en el barco las de los particulares, entre ellas, una importante cantidad de quina, cobre y cacao. Por algún motivo, quizás un descuido en el momento de la descarga, quedaron a bordo del Buen Consejo dos de los cajones enviados por los botánicos desde Perú, uno de ellos precisamente el que contenía los dibujos de la flora peruana y, sin duda, la lista de los diseños que permitió a los naturalistas portugueses identificar, en Ajuda, cada uno de los especímenes dibujados11. Unos días más tarde, echado el navío de nuevo a la mar para evitar el embate de una tempestad que arreciaba contra la costa, volvió a sufrir la persecución de la fragata corsaria Hussar, logrando su objetivo en esta ocasión los acosadores, que condujeron al Buen Consejo hasta el puerto de Lisboa. Cumpliendo con la legislación, las mercancías que transportaba fueron puestas a la venta en pública subasta y los dibujos, creemos que en secreto, conducidos hasta el Real Jardim Botânico da Ajuda, donde fueron inmediatamente copiados en la Casa do Risco. Cómo llegaron los diseños hasta allí es una parte fundamental de esta historia que más adelante desvelaremos. Pero antes es importante caracterizar el ambiente científico que, en el terreno de la botánica, se vivía entonces en España y Portugal y las relaciones institucionales y personales que existían entre los directores de los reales jardines botánicos de una y otra monarquía. CONEXIONES CIENTÍFICAS ENTRE PORTUGAL Y ESPAÑA, A FINALES DEL SIGLO XVIII A lo largo del siglo XVIII, el conocimiento científico botánico había adquirido en Europa un acentuado carácter transnacional, como resultado del aumento de las instituciones científicas dedicadas al estudio de la botánica, del establecimiento de redes internacionales de comunicación entre naturalistas y de los intercambios de informaciones y productos exóticos, provenientes de territorios ultramarinos lejanos y desconocidos. En este contexto internacionalizado se asentaron las relaciones científicas entre Portugal y España, aun insuficientemente exploradas, que nosotras, focalizando nuestra atención en la botánica, abordaremos a partir de la Specimen Florae Americae Meridionalis y considerando como marco temporal las décadas de 1770 y 1780. Como punto de partida, conviene recordar que la conexión con las luces italianas fue un elemento importante para la historia de la botánica en ambas naciones ibéricas. Fue un italiano el principal responsable de la divulgación de Linneo en Portugal: Domingos Vandelli, un naturalista paduano llamado en 1764 a colaborar con la corona portuguesa, en el contexto de las políticas de reforma universitaria impulsadas por Sebastião José de Carvalho e Melo (1699-1782), Marqués de Pombal (Araújo, 2000). Desde Lisboa, Vandelli mantuvo correspondencia con uno de los naturalistas boloñeses más reputados, Ferdinando Bassi (1710-1774), un «linneano» convencido (Cristofolini & Biagio, 2007; Puerto Sarmiento, 1992, p. También con el propio Linneo intercambió cartas Vandelli, y de ambos recibió consejos sobre su carrera12. Portugal aparecía ante los ojos de los dos naturalistas como un territorio privilegiado para el adelanto de la Botánica. Y ello, no sólo por el poco desarrollo que, según ellos, había tenido allí esta ciencia, sino también por lo que significaba de puerta abierta a las riquezas naturales del Brasil13. En 1771, Vandelli publicó un catálogo del Real Jardim Botânico da Ajuda, en el que se describían, de acuerdo al sistema de Linneo, las plantas no conocidas del real jardín, distinguiendo aquellas que procedían de los territorios ultramarinos de la corona y especialmente las procedentes del Brasil. La reforma de la Universidad de Coimbra en 1772, con la creación de dos nuevas Facultades, la de Matemática y la de Filosofía Natural, permitieron a Vandelli, a cargo de las cátedras de Historia Natural y Química, formar a un grupo de discípulos en los preceptos del naturalista sueco, consolidando la institucionalización del sistema de clasificación sexual en Portugal14. A finales de la década de 1770, justo en el momento en que llegaron los diseños «peruanos» a Lisboa, el italiano y sus discípulos trabajaban en el Real Jardim Botânico de Ajuda en la preparación de una serie de viajes científicos a los territorios ultramarinos del imperio portugués (Simon, 1983); entre ellos estuvo la expedición dirigida entre 1783 y 1792 por el naturalista Alexandre Rodrigues Ferreira (1755-1815), en algunos territorios del Brasil, conocida entonces como «Expedição Philosophica do Pará, Rio Negro, Mato Grosso, e Cuyabá» (Costa et al., 2014; Domingues, 1991; Faria, 2001; Ferrão, 2002-2008). Aunque el sistema de clasificación ideado por el naturalista sueco facilitaba la identificación y clasificación de los recursos naturales, Vandelli, en relación al viaje que lideraría Alexandre Rodrigues Ferreira en las capitanías amazónicas, se quejaba de la falta de obras disponibles de historia natural americana, con las que apoyar el trabajo de los naturalistas en Brasil: 197), los naturalistas se veían obligados a utilizar un método experimental, aplicando a la naturaleza de los trópicos los conocimientos teóricos sobre las especies florales que habían tenido la oportunidad de aprender en las obras de Linneo, que se empleaban en el curso de Historia Natural16, y en las herborizaciones y clases impartidas en el jardín botánico de la Universidad. Así, los primeros dibujos elaborados por la expedición de Ruiz y Pavón a partir de la flora peruana, llegaban en el momento oportuno, justo cuando los naturalistas portugueses se disponían enfrentar, en territorios alejados, cientos de especies vegetales desconocidas. Bolonia, la patria de Ferdinando Bassi, nos remite también al nexo que mantuvieron los botánicos españoles con Italia. Durante la primera mitad del siglo, las campañas militares que se desarrollan para recuperar las posesiones cedidas en el Tratado de Utrecht (1713-1715) llevaron a varios cirujanos y médicos españoles a los territorios italianos (Galera Goméz, 2003; Puerto Sarmiento, 1988, p. 32), tejiendo unas redes científicas que se mantendrían a lo largo del siglo. Las diferentes personalidades científicas con las que se relacionó Ortega durante estos años, el propio Ferdinando Bassi y Caetano Lorenzo Monti (1712-1797), entre otros, resultaron determinantes para la aceptación del sistema de Linneo en la cultura científica española (Puerto Sarmiento, 1992, pp. 34-35)17. El hecho de que este grupo de naturalistas españoles que forjaron las redes italianas estuviera compuesto por cirujanos, farmacéuticos y médicos tendría otra consecuencia: durante varias décadas, al menos hasta 1801, año en que Antonio José de Cavanilles (1745-1804) fue nombrado director del jardín botánico madrileño, las expediciones científicas españolas, y la botánica en general, estuvo muy orientada hacia la búsqueda de plantas con propiedades medicinales (Puerto Sarmiento, 1988). Domingos Vandelli y Casimiro Gómez Ortega tenían una idea diferente de los objetivos que debía perseguir el estudio de la botánica. Mientras el español, médico y farmacéutico, desde el jardín botánico de Madrid priorizó la vertiente sanitaria del estudio de las plantas, muy presente en la expedición al Virreinato peruano y Chile, dirigida por Ortega; Vandelli, sin descartar la búsqueda de remedios medicinales, se interesó de una manera más clara y sistemática por la aplicación de esta ciencia a varios ramos de utilidad económica. El italiano tuvo siempre una preocupación especial por el adelanto de la agricultura (Serrão, 1994) y otorgó un sesgo experimental mayor a las instituciones a las que estuvo vinculado —Real Jardim Botânico da Ajuda y Universidade de Coimbra—, cultivando lo que hoy llamaríamos botánica económica. Apenas ha llegado hasta nosotros correspondencia entre ambos botánicos, figuras centrales en la historia de la ciencia de la península ibérica durante la segunda mitad del siglo XVIII. En una de las cartas, ambos lamentaron el poco contacto e intercambio que mantenían, habiendo compartido sin embargo una experiencia de juventud en Italia que recordaban con nostalgia: Para intentar aclarar el porqué de esta falta de comunicación, podemos preguntarnos cuáles fueron las redes que por el contrario privilegiaron. Desde mediados de la década de 1770, la correspondencia europea de Vandelli mantuvo las conexiones a Italia, pero se amplió a otros puntos, como refiere Simon (1983, p. 114): España, Francia, Inglaterra, Alemania, Escandinavia y las capitanías de la América portuguesa. Lo que no parece que haya sucedido de manera tan intensa en el caso español, que «durante algunos años tuvo como único interlocutor a Italia» (Brigola, 2003, p. El intercambio de productos naturales, y en particular de simientes, fue el tema que más espacio ocupó en la correspondencia del italiano, preocupado por conseguir para el jardín botánico da Ajuda una muestra representativa de la flora universal (Brigola, 2003, pp. 115-138). Es muy probable que hayan pesado en esta opción por privilegiar corresponsales del norte de Europa, los mayores réditos que en el circuito internacional podían proporcionarle el intercambio con afamados naturalistas e importantes jardines botánicos, aprovechando el interés de estos por acceder a las especies que el benigno clima portugués permitía cultivar y, sobre todo, a las más raras procedentes de los territorios ultramarino. Pero podemos considerar también que Vandelli, mucho más interesado que Gómez Ortega por las posibilidades que la botánica ofrecía para la mejora de la agricultura o la creación de manufacturas, y en bastante menor medida por la obtención de nuevos remedios, probablemente buscaría una red epistolar que, además de prestigio, le proporcionara informaciones y semillas útiles para sus proyectos. Francia o Inglaterra eran en ambos casos mucho más apropiados para sus propósitos. En último lugar, aunque no en importancia, hay que tomar en cuenta que siendo España un país con el que Portugal venía manteniendo durante toda la centuria un conflicto fronterizo en América, y con el que en consecuencia competía por el control de sus recursos naturales, la rivalidad existente probablemente habrá frenado el espíritu de colaboración e intercambio y mantenido, al contrario, la tradicional política de secretos científicos sostenidas por las coronas ibéricas desde el siglo XV. Aunque en una carta de 1777, anterior a la llegada de los dibujos a Lisboa, el propio Ortega prometía enviar a Vandelli una muestra de semillas cuando llegaran las primeras remesas de la expedición al Perú19, lo cierto es que este intercambio no llegó a producirse en los años siguientes, o al menos no nos ha dejado constancia documental20. Más bien parece que, más allá de la información que todas las naciones europeas compartían sobre las diferentes expediciones enviadas a ultramar, Vandelli habrá conocido la potencialidad de los recursos naturales de los territorios de la América hispánica a través de las informaciones y muestras que se enviaban desde las capitanías portuguesas que hacían frontera con los territorios españoles o de informaciones procedentes de terceros países. Las redes internacionales cumplían también esta función. Hasta aquí nos hemos movido en el contexto más amplio de las relaciones científicas entre Portugal y España. Ahora tenemos que prestar atención a un contexto mucho más local, el de las relaciones científicas y personales de la Lisboa del siglo XVIII que posibilitaron el viaje realizado por los dibujos de Brunete y Gálvez desde el puerto de Lisboa hasta la Casa do Risco, en el Real Museu da Ajuda. Sin duda un trayecto mucho más corto que el que desde el Perú habían recorrido, pero muy rico en significado para la historia de la botánica en Portugal, en este período. Ya adelantamos que al llegar el Buen Consejo a Lisboa, las mercancías que transportaba fueron subastadas, pagando los correspondientes derechos a la corona portuguesa en la Casa da India (Rodríguez García & Costa, en prensa). La documentación relacionada con esta venta no proporciona demasiada información sobre la forma en que los cajones con los trabajos botánicos llegaron hasta el jardín botánico da Ajuda, pero la entrada en esta historia de un negociante inglés nos permite lanzar algunas hipótesis y propuestas de interpretación. A principios de Agosto de 1780, el comerciante británico Thomas Mayne (1734-1795), como representante de Mr. Elliot Salter, capitán de la fragata corsaria Hussar —la que apresara al Buen Consejo el año anterior—, se dirigía al embajador español, conde Fernán Núñez (1742-1795), con un generoso ofrecimiento21. Según su versión de los hechos, a la llegada del Buen Consejo a Lisboa y antes de que su carga fuera subastada, actuando él como apoderado de los británicos pudo comprobar que entre las mercancías se encontraban dos cajones con plantas secas, semillas y dibujos. Considerando que tales cajones carecían de valor comercial, pero poseían otra importancia, lo puso en conocimiento del capitán corsario. Mayne afirmó haber comprobado que los cajones, con un número considerable de dibujos en su interior, iban dirigidos al Secretario de Estado del Despacho Universal de Indias español, José de Gálvez. Siempre de acuerdo a su relato, como de acuerdo a las leyes que regulaban la subasta de las presas no podía excluirse ninguna mercancía de la venta, el capitán Salter le ordenó que se recompraran al precio que fuera necesario para poder hacer llegar los cajones a su legítimo destinatario. Fernán Núñez agradeció en otra carta la gentileza del capitán, así como la del emisario, y el buen servicio realizado a la corona española: No hemos podido localizar hasta el momento ningún documento que, registrando la venta en subasta del contenido del Buen Consejo, pueda confirmar las palabras de Mayne. Sobre la subasta existe alguna documentación, pero se trata de papeles que sólo hacen referencia a los productos económicamente más valiosos. Recogen las protestas de Thomas Mayne al considerar que estos habían salido a subasta a precio muy inferior a su valor «alegão no seu requerimento o diminuto preço que obteverão pela quina...»23. Sabemos, eso sí, que se realizó a principios de marzo de 1780 porque su celebración generó también protestas por parte del embajador, el cónsul español y las compañías comerciales afectadas por la venta de las mercancías24. Sus demandas concluyeron en un litigio en el Desembargo do Paço que, como mencionamos, dio la razón a los británicos en 178525. A tenor de estos documentos, consideramos que los dibujos y la lista de las plantas pudieron pasar a la Casa do Risco en marzo26 y permanecer allí, probablemente, hasta el mes de agosto. En aquel mes Thomas Mayne se dirigía a Fernán Nuñez para ofrecerle el envío de los cajones: No existen dudas sobre que los dibujos a los que se refiere Mayne son los enviados por Ruiz y Pavón, y por tanto los que se copiaron en la Casa do Risco de Ajuda. Las letras y números que en la carta de Mayne identifican los dos cajones hallados en el Buen Consejo (E1 y E6) se corresponden con las cajones E1, con plantas disecadas, y E6, con semillas y 241 dibujos, de la referida lista de remesas enviadas por los expedicionarios a Cádiz en 177928. Las pistas localizadas en diferentes archivos sugieren una hipótesis, sobre la forma en que los dibujos llegaron hasta Ajuda, que nos adentra en los circuitos científicos, profesionales y amateurs de la Lisboa del momento. La venta en subasta de la carga del Buen Consejo generó bastante documentación, en buena parte correspondencia diplomática, pero también una serie de pareceres de ministros y servidores de la corona portuguesa sobre la legalidad y conveniencia de proceder a la venta en pública subasta de su carga como reclamaban los españoles29. Uno de los personajes que asistieron a la junta, un importante miembro de la nobleza y la política portuguesa del momento, Pedro José de Noronha Camões de Albuquerque Moniz e Sousa, III Marqués de Angeja (1716-1788), resalta en el grupo por su conocida afición a la historia natural y el papel desempeñado en la creación del jardín de Ajuda (Brigola, 2003, pp. 370-380). En dos documentos de la época encontramos asociados los nombres de Thomas Mayne y el de este naturalista amateur. Uno de ellos tiene un especial interés porque en él, precisamente en Febrero de 1780, Mayne solicitaba del Marqués de Angeja la extensión de la franquicia para proceder a la venta del contenido de otra presa británica30. Es sólo un ejemplo del tipo de servicios que un comerciante como el que nos ocupa podía requerir del marqués. El Marqués de Angeja, presidente del Real Erário en aquel momento, desempeñaba un papel importante sobre los derechos que se cobraban en la venta en subasta de las cargas apresadas por los corsarios. Mayne fue apoderado de al menos tres corsarios, durante estos años31, lo que nos lleva a considerar que en este período se fue creando una relación personal más estrecha entre Angeja y Mayne. Consideremos un dato más. Por estas fechas Mayne recibió por orden del presidente del Real Erario, el Marques de Angeja, el nombramiento como procurador de Carlos Augusto de Oeynhausen (1739-1793)32, ministro plenipotenciario de Portugal en Viena. Por decreto de 25 de Marzo de 1780, es decir en el mes en el que consideramos que los dibujos llegaron hasta Ajuda, Mayne, recibía en su nombre varias cantidades como «ajuda de custo» y el salario adelantado de 4 meses. Oeynhausen, por su parte, estaba casado con Leonor de Almeida Portugal, Marquesa de Alorna (1750-1839), representante de la sociabilidad ilustrada de la Lisboa de aquellos años33. Ciertamente estamos hablando de círculos en los que diferentes personajes compartían espacios, encuentros, tertulias, negocios y para quienes no era ningún secreto el gusto, tan de la época, por el coleccionismo naturalista. Las cartas enviadas por el librero Jorge Rey a Frey Manuel do Cenáculo (1724-1814) entre 1779 y 178134, ponen de relieve las diferentes formas que adoptó el mercado de especies naturales en Lisboa: ventas realizadas por comerciantes extranjeros que aprovechaban la demanda de curiosidades naturales creciente en todas las capitales europeas, leilões de difuntos o provenientes, como en este caso, de presas de barcos, iban constituyendo junto a otros mecanismos un mercado que aunque cada vez estaba más especializado, transcurría por cauces bastante informales. Y por ello no es inverosímil que personajes muy variados aprovecharan este carácter «informal» para hacer llegar curiosidades a los aficionados como Angeja, bien con un objetivo mercantil, bien con el de obtener algún otro tipo de favores. Naturalistas, «profesionales» y amateurs, que dedicaban su vida y fortuna a la historia natural, en su cultivo de las ciencias naturales, compartían algunos espacios en los que intercambiaban informaciones y especímenes. El Convento de Jesús, por ejemplo, que albergaba bajo el cuidado de Frey José Mayne (1723-1792) una importante colección de historia natural, sirvió también como establecimiento de venta de especímenes para los naturalistas amateurs, quienes, a su vez, podían enviar a personajes bien informados sobre novedades científicas, como el librero Jorge Rey, para emitir su opinión sobre los artículos en venta35. Mayne conocía sin duda a otro importante mercader británico residente en la capital portuguesa, Gerard de Vismé (1725-1789). Este también era conocido por sus intereses naturalistas y su jardín botánico en Benfica. El Diario de William Hickey (1809), un viajero inglés que visitó Lisboa durante estos años, menciona haber llevado cartas de recomendación para De Vismé y para Mayne36. De Vismé colaboró también de manera informal con Vandelli. Ambos recibían las plantas exóticas que se enviaban desde ultramar, y hasta en alguna ocasión repartieron cajones de plantas y semillas americanas, enviadas desde la capitanía de Mato Grosso por su gobernador (Brigola, 2003, p. Brigola sostiene, además, que De Vismé puso al servicio de las relaciones internacionales su afición a la botánica y nos ofrece el ejemplo de una carta enviada a Casimiro Gómez Ortega, precisamente por el embajador español Fernán Núñez, muy activo en el conflicto generado por la venta de las mercancías del Buen Consejo: Me de Vismé negociante inglés en esta corte muy inteligente en la botánica, y que tiene en su Jardín una colección numerosa de varios géneros de árboles y plantas raras, me ha dado las adjuntas semillas de que cree puedan faltar algunas en ese Jardín botánico, y tendré particular satisfacción en que sean en él de alguna utilidad, a cuyo fin las dirijo por la Secretaría de Estado37. Otras cartas de Fernán Núñez atestiguan el papel que el embajador desempeñó como mediador en el envío de diferentes productos y curiosidades naturales, o instrumentos científicos, hasta la corte de Madrid38. Consideramos que Mayne conocía el valor simbólico de las colecciones naturalistas, y el interés que despertaban entre una cierta elite ilustrada portuguesa y española. Aunque hasta el momento no hemos encontrado un documento que nos permita confirmar nuestra hipótesis sobre la relación Mayne-Angeja-Vandelli y la forma en que ésta facilitó la entrega (muy probablemente) secreta de las acuarelas originales de Brunete y Gálvez, para que pudieran copiarse en la Casa do Risco, esta idea cobra fuerza en base a la documentación que acabamos de presentar y las relaciones institucionales (y tal vez personales) que Angeja y Vandelli tuvieron, como representantes del Real Erario y del Jardín Botánico de Ajuda, respectivamente. Así, en nuestra opinión, varios aspectos facilitaron la llegada de los dibujos hasta Ajuda. En primer lugar la importancia que la botánica, y de manera general la historia natural, había alcanzado en la sociabilidad del siglo XVIII, permitiendo que personajes como Thomas Mayne fueran conscientes del valor de este tipo de colecciones. Durante las décadas finales del siglo XVIII en Portugal, libreros como Jorge Rey recibían la visita a su colecciones de naturalistas más «profesionales» como Vandelli39 o el botánico Abad José Francisco Correia da Serra40 (1750-1823), y amateurs como Angeja emitían su opinión sobre lo que sucedía en las cátedras de historia natural de Coimbra y podían llegar a ser los primeros en recibir las novedades botánicas de los territorios ultramarinos, incluso aquellas más «teóricas» 41. No existía entonces una separación entre el círculo de personas dedicado a las colecciones de especímenes naturales, quienes mediaban en su comercio y quienes pertenecían a los círculos más institucionales de renovación científica. Esta sólo se produciría de manera paulatina a medida que la botánica fuera alcanzando un estatus autónomo como ciencia en la segunda mitad del siglo XIX (Drayton, 2000, pp. 170-220). A tenor de todo lo dicho, nos parece que la importancia de la Specimen Florae Americae Meridionalis debe entenderse en varios contextos. Esta obra es el primer tratado botánico, ilustrado con flora, producido en Portugal, que compiló diferentes fuentes científicas y artísticas, predominando las copias de los dibujos provenientes del imperio español, en el virreinato de Perú. Su elaboración es reflejo de la ciencia Ilustrada portuguesa y española de la época, fundamentada en el «naturalismo económico» (Cardoso, 2003, pp. 1-25). La llegada de cajones con las remesas botánicas procedentes de la expedición enviada por los españoles a Madrid, sin duda debió provocar el interés de los naturalistas portugueses. Tal vez esperaron encontrar alguna información interesante para la corona portuguesa sobre los recursos naturales que los españoles iban localizando en el Virreinato peruano. ¿Quedarían desilusionados al abrir los cajones? Los dibujos y pliegos secos enviados en 1779 correspondían a herborizaciones realizadas en la provincia de Lima y no en la más prometedora, al menos para la corona española, provincia de Huánuco, donde se dirigirían en Abril de 1780 para examinar la calidad de sus quinas (Ruiz, 2007, p. Claro que las plantas localizadas cerca de la Ciudad de los Reyes, las que fueron dibujadas y enviadas en el Buen Consejo, eran ricas en propiedades medicinales y susceptibles algunas de servir para la economía, como atestigua el diario de Hipólito Ruiz, muy rico en ese tipo de informaciones suministradas en su mayoría por las poblaciones locales. Desprovistos de esta información, los herbarios y dibujos cumplirían el papel de servir como material científico y artístico para los discípulos de Vandelli; todos ellos convencidos por su maestro de las bondades del sistema de Linneo y obligados a emplearlo en los viajes que en breve irían a realizar a territorios ultramarinos. Sin duda la copia de los dibujos sirvió para entrenar al equipo de naturalistas y dibujantes que se trasladaría tres años después a territorios ultramarinos. Sin embargo, consideramos que no fue este el único objetivo que acompañó la elaboración de la Specimen Florae Americae Meridionalis, tema que nos proponemos abordar con mayor profundidad en futuros trabajos. Por otra parte, la forma en que las remesas españolas llegaron hasta Ajuda ilustra de manera muy clara el reconocido valor que habían adquirido las producciones naturales en el siglo XVIII, no sólo para los naturalistas, profesionales y amateurs, sino para otro tipo de personajes como Thomas Mayne. Ajenos en principio a los círculos políticos, pero conocedores por sus actividades de los gustos y aficiones que los miembros más ilustrados de esos círculos tenían por la historia natural, entendieron a la perfección el valor de cambio que podía tener este tipo de materiales. Esto último ha sido muy bien ilustrado en el caso del imperio portugués por Ronald Raminelli. Este historiador ha demostrado (Raminelli, 2008, pp. 134-210) que en territorios alejados de la corte, el envío de especímenes para el gabinete de historia natural del rey, fue una forma de procurar establecer redes de patronazgo. Pero el caso de Mayne es particular por el carácter casual del descubrimiento y, sin que al momento hayamos encontrado ningún documento que indique lo contrario, el carácter sigiloso de las copias. La hipótesis que hemos lanzado, la participación de Angeja en este episodio, nos parece que confirmaría la importancia y el papel que desempeñaban en la ciencia del momento este tipo de naturalistas «no profesionales». A nuestro modo de ver, y retornando a las relaciones científicas entre las dos monarquías ibéricas, la historia que rodea a la Specimen Florae Americae Meridionalis revela tanto la existencia de un lenguaje botánico común entre los directores de los jardines de Madrid y Lisboa, como la distancia que existía entre ambas instituciones y los naturalistas que colaboraban en ella. También la forma en que la botánica reflejaba, en cierta forma, los gustos contemporáneos (Simon, 1983, p. La Specimen Florae Americae Meridionalis es hoy un espejo que refleja el conocimiento botánico ibérico de la época sobre las plantas de América del Sur y la importancia que alcanzaron entonces las remesas enviadas por Ruiz y Pavón en el circuito científico lisboeta y sus redes de contactos.
En la primera se nos dice que se quiere huir de las categorías del presente, haciendo hincapié en la organización del conocimiento científico. Se insiste en el mundo clásico griego, pasando por encima del romano, llegando al mundo árabe y a la escuela de traducción de Toledo. En fin, en las aulas universitarias que acogen un renovado Aristóteles, se enseñan las ciencias que anuncian el mundo moderno. Tal como le gustaba enseñar a Pedro Laín en esas últimas ciencias escolásticas se puede encontrar el germen del saber futuro. Para la revolución científica se propone un enfoque ecléctico, no centrado en factores tan solo 'internos' o 'externos'. Las novedades renacentistas se encuentran en las técnicas, geográficas y culturales, pero también en las sociales y políticas. Las instituciones y los instrumentos de Harvey o Galileo configuran el Barroco, las ciencias renovadas llevan al maravilloso edificio newtoniano. El comercio y la revolución industrial a la Ilustración, pues la física y las matemáticas, el estudio del calor y el vapor renuevan el saber, que se completa con el estudio de la naturaleza por geólogos, botánicos y zoólogos. Darwin y Mendel son figuras esenciales en el mundo contemporáneo con sus brillantes revelaciones sobre la transmisión de la vida, en la evolución y la herencia. La histología de Santiago Ramón y Cajal y los descubrimientos sobre la infección y su lucha llevarían a los estudios más nuevos de la bioquímica o la genética. La última química, el electromagnetismo y la astrofísica se presentan de forma amena. La matemática no euclidiana y el mundo de los ordenadores, se unirán a la mecánica cuántica y la relatividad de Einstein. Se abre así el siglo XXI hacia una nueva concepción del cosmos y de los procesos submoleculares de la vida. El segundo libro profundiza en el concepto de ciencia, un elaborado producto cultural. «A lo largo de los siglos, el esfuerzo por comprender y controlar el mundo, que por comodidad llamamos ciencia, ha cambiado radicalmente de carácter como actividad humana y como institución social. Ha modificado asimismo sus relaciones con otros elementos de la cultura, con las instituciones de la política, la religión, la tecnología, la economía, el arte o la filosofía». En las primeras páginas recuerdan los autores las figuras de Alexandre Koyré y Thomas Samuel Kuhn, así como las aproximaciones más sociales, como los marxismos o la labor de sociólogos como Max Weber y Robert King Merton. «Una de las ideas que ha presidido la escritura de este libro ha sido la de mostrar que la concepción misma de la ciencia, y no solo sus teorías, tiene una historia». En este panorama, se elige prestar especial atención a las teorías científicas, sobre todo las correspondientes a las ciencias de la naturaleza y matemáticas, ya que era preciso valorar el peso relativo de cada disciplina y centrarse en ciertos desarrollos a expensas de otros. En cualquier caso, basta ojear las páginas dedicadas al mundo preclásico a al de la revolución industrial para apreciar el cuidado y esfuerzo con que han contextualizado las novedades científicas. Es necesario valorar el interés que los autores han tenido por llegar al momento presente, en que la ciencia presenta día a día mayores complejidades. También la aportación de materiales que completan y facilitan la lectura. Desde luego, hay que señalar la bibliografía seleccionada tras cada capítulo, así como los cuadros con conceptos, experimentos, objetos, libros o instituciones. También algunos llevan importantes textos, o bien representaciones gráficas, mostrando desde esquemas hasta símbolos como la maza, los escudos o el protector rey de la Royal Society. No podían faltar las tablillas y papiros preclásicos, el cuadrante mural de Tycho Brahe, o el experimento de Michelson y Morley. «Estos cuadros pretenden ser ventanas que rompan el discurso cerrado del texto principal... », nos dicen en su Presentación. Se trata, pues, de dos libros imprescindibles para quienes se interesen por la ciencia y su pasado, escritos de forma elegante y eficaz por algunos de los mejores historiadores y filósofos de la ciencia de nuestro panorama intelectual. Sean bien venidos, como apoyo necesario al avance y difusión de nuestras disciplinas. La audaz y en consecuencia novedosa recuperación de la obra íntegra de Aristóteles por parte de Gredos (incluyendo la de textos de dudosa autoría), no ha quedado sin el remate -generoso y utilísimo-, de los Fragmentos. Álvaro Vallejo Campos ha hecho la cuidada edición, incluida la versión castellana, que reseñamos. Ha tenido en cuenta las ediciones canónicas, las de Rose de 1886 (que rechazaba muchos fragmentos, hoy reconsiderados), la de Ross, de 1955, muy completa, y la extensí-sima de Gigon, de 1987; pero dada las condiciones de esta publicación, ha seguido la segunda opción básicamente, aun teniendo en cuenta las apreciaciones de los especialistas hasta finales de siglo XX. La obra, que se inicia con treinta páginas de testimonios de muchos siglos y se cierra con unos pocos versos atribuidos al Estagirita, abarca, en segundo lugar, todo lo que queda de dieciocho de sus diálogos (la parte, con mucho, más extensa); en tercer lugar, nos ofrece unas cuantas referencias a sus obras lógicas, y, en cuarto lugar, incluye cien páginas de obra filosófica, referentes a la moral, a las ideas, así como a Demócrito y a los pitagóricos. Al menos del Protéptico, su famosa exhortación al filosofar (tan valorada por el Aristóteles de Jaeger), tenemos ochenta páginas, y es una excepción de la parte de los diálogos; aunque se reduzca, en realidad, a una colección de teselas demasiado distintas. Sin embargo, pese a la limitaciones que tienen todos estos fragmentos, en este caso post-socráticos, la viveza de determinada imagen compensa la frustración que supone la parquedad de los textos en numerosas ocasiones. Véase lo que dijo Quintiliano del autor, aquí recogido: «dudo si debo considerarlo más brillante por su conocimiento de las cosas, la abundancia de sus escritos, el vigor y elegancia de su estilo, la agudeza de su inventiva o por la variedad de sus obras». Mauricio Jalón PLINIO EL VIEJO, Historia natural (libros VII-XI), Madrid, Gredos, 2003, 647 pp. La editorial Gredos publica en su excelente colección Biblioteca Clásica el volumen tercero de los dedicados a la Historia Natural escrita por el romano Plinio el Viejo durante la primera centuria de la era cristiana; los precedentes volúmenes corresponden a los libros I-II y III-VI, respectivamente (también al reino animal pertenecen los posteriores libros XXVIII a XXXII). Son seis cientos de páginas dedicadas al estudio de los seres vivos conjugados en un horizonte antropocéntrico. Primero conocemos al hombre, dudando si para él la naturaleza ha sido «la mejor madre o la más funesta madrastra», luego a los otros animales: acuáticos, aéreos y terrestres. Resultado, el compendio de formas y noticias aludido por Italo Calvino en su ensayo El cielo, el hombre, el elefante, contrapunto de la aristotélica y precedente Historia de los animales, rescrita ahora más crédulamente. Licántropos, dragones, basiliscos, esfinges, caballos alados, el ave fénix, comparten cartel con los mundanos camellos, hipopótamos, leones, cocodrilos, ranas, jirafas, ballenas, abejas, águilas, arañas. Las historias de centenares de especies discurren por este imaginario zoológico donde la observación, la tradición y la fábula se mezclan conformando una naturaleza sensitiva y analógica que pretende ser universal. «Sólo yo entre los romanos he descrito completamente la Naturaleza», se regodea Plinio en el libro XXXVII, el último. En cierto modo tenía razón. Su Historia recoge lo que ha visto, oído, leído, e imaginado. Verdades, mentiras, sueños, fantasías, componen una memoria colectiva deficiente y completa puesto que lo desconocido existe pero es invisible, permanece oculto hasta que alguien lo ve, o se lo imagina, y comparte la información, sólo entonces el objeto ocupa su lugar en los anaqueles de la historia natural. Fantasía y realidad son los mimbres de una historia también literaria, donde la magia ensombrece el rostro de la vida iluminando el alma. Transcurrirán algunos siglos hasta que los científicos describan al ser vivo sin ambages, desnudo frente al observador, aireando las vergüenzas del pasado. Errores que no son óbice para deleitarse con la erudición y el raciocinio, con ése saber contar, sin miramientos, las cosas que otros dicen, del que hace gala Plinio en su relato. Su historia merece ser leída. Por qué leer la Historia natural de Plinio. Alguna razón encontramos en el libro de Italo Calvino Por qué leer los clásicos. Porque quien lo ha leído, y lo relee, como quien lo disfruta por vez primera, se embarca en una lectura de descubrimiento sin fin, en una historia que nunca termina de decir lo que tiene que decir invitándonos a reiniciar sus páginas indefinidamente; porque siendo un libro muy conocido, de oídas, tanto más nueva, inesperada, e inédita resulta su lectura; porque es un tesoro multicultural que lleva impresa la huella del tiempo que nos precede y las que ha dejado en las culturas que atravesó. Además, porque, como afirma Diderot en sus Pensées sur l'interprétation de la nature, nunca es tiempo perdido el que dedicamos a conocerla, incluso recurriendo al pasado. Y porque, como escribe Emilio Lledó en Elogio de la infelicidad, «La vida intelectual es una forma más de las múltiples que dan sentido a la aventura del vivir», y la historia narrada por Plinio es una excelente oportunidad de comprobarlo. Un herbario ilustrado sin texto. González Manjarrés y M.C. Herrero Ingelmo. Dentro de las publicaciones raras y de gran formato-que han proliferado en estas décadas, si bien sólo algunas pocas son en verdad prestigiosas-, destaca sobremanera esta edición de cierto original conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana. Se trata de un códice del medievo tardío, al parecer de 1400, que ofrecía un bello herbario sin más comentarios. Era pues un testimonio sólo de naturaleza visual, como era propio de determinada tipología de textos abundante en ese período. Por consiguiente, a la valoración artística (limitada en este caso, pero nada desdeñable) ha de unirse el análisis médico-botánico y filológico, que se ha añadido en esta publicación tan meticulosa y que le da un gran relieve inusual. Pero el libro, por añadidura viene ejemplarmente arropado (pp. 9-78). La introducción de Miguel Á. González Manjarrés se mueve por un triple camino. De antemano, el especialista nos ofrece una sinopsis rigurosa de la farmacología antigua y medieval, aclaradora de esa inveterada actividad humana, en este caso occidental. Da cuenta, a continuación, de la amplia tradición del Tractatus de herbis (tradición que incluye ilustraciones de los simples medicinales, y que arranca a finales del siglo XIII); en ella se insertaría este códice, aunque solo parcialmente, pues ha de unirse a herbarios de otro tipo, los del 'ciclo alquímico', que fueron ilustrados vivazmente a menudo con figuras propias de la imaginación popular; como se nos indica ahí, fueron desarrolladas en los siglos XIV y XV. Y finalmente el introductor describe técnicamente este códice, que fue llamado el Dioscoride latino por algún autor. Dado el descuido del manuscrito por los estudiosos en general, hasta hoy, el introductor emplea todo su saber para dar cuenta de su valor y sus características en este extensísimo escrito preliminar. Pues bien, la edición que sigue convierte en realidad el libro en Un herbario ilustrado con texto, ya que lámina a lámina se nos da una explicación del nombre de la planta representada, así como de los sinónimos que aparecen en el códice, tan imprescindibles en la botánica y en la medicina de esas fechas (así como en los primeros siglos de la modernidad). Se identifica la planta y se exponen sus valores, especialmente los terapéuticos, que eran resaltados en la tradición. En numerosas ocasiones además se emplea la referencia a Dioscórides, de la mano de Mattioli y de Laguna (Manjarrés es experto en el médico segoviano y parisino); y por último a veces se hace una valoración actual de las virtudes anteriormente citadas. El trabajo ha sido ingente; las informaciones que nos proporciona de cada ilustración son hermosas, detalladas, ricas. El libro, así, se convierte no sólo en una obra 'legible', sino que además de servir para adentrarnos en unas imágenes como poco interesantes (a menudo dotadas de curiosa fuerza expresiva), nos permite tener una guía inicial para leer y seguir con curiosidad y pasión obras de botánica de la Edad Media tardía y asimismo del Renacimiento. Es una obra que toda biblioteca universitaria o pública debería adquirir; más todavía las bibliotecas dedicadas a la investigación en la cultura, científica o no, de los siglos antes citados. NICOLÁS STENO, «Pródromo a una Disertación sobre un cuerpo sólido contenido de forma natural en otro cuerpo sólido», Enseñanza de las Ciencias de la Tierra, vol. 10, no 3, Madrid, Asociación Española para la Enseñanza de las Ciencias de la Tierra, 2002, pp. 213-283. Traducción del latín y edición de L. Sequeiros. A Niels Steensen, a quien solemos llamar Nicolás Steno -Stènon para los francófonos-lo recordamos sobre todo por su aportación geológica más elemental: el conocido principio de superposición, que establece que, en una serie de estratos no deformados, los más profundos son también los más antiguos. Desde esta aparente e inofensiva obviedad, el principio de Steno ha logrado convertir el suelo que pisamos en un tesoro documental, un archivo locuaz que los paleontólogos han aprendido a leer poco a poco en la laboriosidad polvorienta de las excavaciones. Gracias a Steno, cada estrato, para quien conoce el lenguaje primigenio de los fósiles, se convierte en una página de la historia de la Tierra que puede ser leída, interpretada, rescatada del silencio opaco de las rocas y convertida en una crónica realmente apasionante. Médico en la corte del gran Duque de Toscana, los saberes de Steno se extendieron también por los espacios geométricos de la cristalografía, y por los secretos terrenos de la fisiología animal y la anatomía comparada. Y hasta hoy, en los manuales de anatomía más modernos, el ductus parotideus, el conducto salival de la glándula parótida lleva todavía el nombre de conducto de Stenon, como testimonio de sus minuciosos trabajos anatómicos. Fue precisamente esta práctica habitual de la disección la que permitió a Steno constatar la fuerte similitud entre los dientes de los actuales tiburones y esas extrañas «piedras en forma de lengua» (glossopetrae, tongue stones o lingue di serpi) que solían encontrarse en gran número en los terrenos de la isla de Malta, donde se vendían como curiosidades naturales o como amuletos protectores a los que se atribuían incluso estimables virtudes de antídoto. Hasta tal punto eran morfológicamente similares dientes y piedras que Steno pudo concluir que las glossopetrae no podían ser meros caprichos de la naturaleza, sino justamente eso: dientes petrificados de grandes tiburones que habrían vivido en otro tiempo. Fue un feliz destello de intuición que permitió a la Geología pasar de ser una mera ciencia descriptiva y plana, a tener esta nueva coordenada de profundidad histórica. De este modo, y gracias a Steno, la ciencia geológica pudo encontrar los medios para establecer los fundamentos de una geocronología científica, basada en el registro fósil y no en las confusas cábalas y elucubraciones que algunos hacían a partir de los textos bíblicos. Elucubraciones que habían llevado, por ejemplo, a James Ussher, obispo de Armagh (Irlanda) a concluir en 1654, tras arduas cavilaciones, que la Tierra tendría que haber sido creada el 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo y, para ser precisos, exactamente a las nueve de la noche. En este número monográfico de la revista Enseñanza de las Ciencias de la Tierra (AEPECT) se publica, por primera vez en español, con traducción y notas del profesor Leandro Sequeiros, la obra más relevante de Nicolás Steno y probablemente también de la historia de la Geología: De Solido intra Solidum naturaliter contento Dissertationis Prodromus, es decir, Preludio (o Pródromo) de una disertación acerca de los cuerpos sólidos encerrados de forma natural en otros cuerpos sólidos, título francamente sugestivo que por sí solo constituye desde luego una invitación a la lectura. Se trata, en efecto, sólo de un Prodromus, de un anticipo, pues la Dissertatio anunciada por el autor en esta obrita nunca llegó a ver la amable luz de las calles de Florencia. Y es que pocos años después, Steno se ordenó sacerdote y abandonó por completo sus investigaciones científicas. Desde entonces su producción literaria, que sigue siendo abundante, se limita exclusivamente a cuestiones teológicas y espirituales. Siempre nos quedará la duda de qué nuevas revelaciones nos tendría reservadas el doctor Steensen, al igual que nos quedará la incógnita sobre las causas de una crisis personal resuelta de modo tan radical. Leibniz, que conoció a Steno cuando éste era ya obispo y vicario apostólico en Hannover, lamentó vivamente en su Theodicea el modo en que finalmente «un gran físico se había convertido en un teólogo mediocre». El Pródromo, publicado en 1669 a instancias del Duque de Toscana, contiene (o bien reitera) algunos de los hallazgos trascendentales de Nicolás Steno, como el mencionado principio estratigráfico de la superposición, la ley de la constancia de los ángulos diedros, el esclarecimiento del origen orgánico de las glossopetrae y el uso, por primera vez en la historia, de un perfil estratigráfico para explicar la evolución geológica de la Toscana. Aportaciones todas ellas revolucionarias en el contexto científico de su época. A modo de generalización, hemos dicho siempre que Hipócrates es el padre de la Medicina o que Mendel es el padre de la Genética moderna. Siguiendo esta misma tónica, se ha reivindicado también para Nicolás Steno la paternidad de la Geología como disciplina científica. Al hacerlo, seguro que somos muy conscientes de que este tipo de atribuciones de paternidad primigenia son sólo admisibles en tono de licencia pedagógica. Sabemos que la ciencia, cualquier ciencia, es siempre fruto de un esfuerzo colectivo y transgeneracional y, por muy netos que sean los méritos de un personaje, casi siempre encontraremos una inquietud heredada, o una mentalidad propicia, iniciada ya por los antecesores. Así, para el caso de Steno, Conradus Gesner (1558) o Fabio Colonna (1616) habían apuntado ya la semejanza entre las glossopetrae y los dientes de tiburón, si bien la idea no encontró entonces el medio apropiado o el impulso necesario para ofrecer un nuevo paradigma interpretativo. Ya se sabe que si la paternidad biológica es detectable hoy gracias a las pruebas genéticas, la paternidad intelectual de una idea o de una disciplina es siempre un fruto híbrido de difícil asignación. En cualquier caso, y frente al abrumante protagonismo que los anglosajones han tenido siempre en los manuales de Geología, es justo reconocer los méritos innegables de este médico y anatomista danés, Niels Steensen o Nicolás Steno, una de esas personas que han sido capaces de abrir nuevas puertas y ventanas en la opacidad de los viejos muros del saber geológico. Esta primera traducción al español, a cargo del profesor Sequeiros, toma como referencia tanto la primera edición del Prodrumus (Florencia, 1669) como la que Scherz llevara a cabo trescientos años después (Copenhague, 1969). Desde luego, es mucho más que una simple versión al español. Primero porque va acompañada de un amplio estudio introductorio que aborda los aspectos biográficos del autor, analiza la relevancia del paradigma geológico diluvista y ofrece, en fin, las coordenadas histórico-culturales necesarias para entender esta obra en el contexto de aquel siglo XVII que la vio nacer, un pintoresco paisaje donde se conjugaron los esfuerzos de racionalidad con la necesidad de sortear sin trauma la verdad incuestionable que ofrecían las Escrituras. En segundo lugar porque el texto, aun conservando sabor de época, se nos vuelve más diáfano y más cercano y, gracias a una cuidada traducción, queda libre de un exceso de adornos sintácticos que hubiera hecho bastante incómoda su lectura. En tercer lugar porque se han incluido nuevos epígrafes que permiten dividir el texto en bloques temáticos y poner así al descubierto de modo más eficaz el esqueleto argumental de la obra. Y por último, porque está acompañado de una colección de recursos y orientaciones didácticas, lo que permite su utilización con fines docentes tanto en la enseñanza secundaria como en los niveles universitarios. El recurso a la Historia de la Ciencia como elemento dinamizador del aprendizaje científico lo apuntaba Bachelard a finales de los años 30 y, en la didáctica de la Geología en España, Pedrinaci y Sequeiros lo han sabido promover ya en anteriores propuestas. Retrotraer y situar al alumno ante los mismos retos conceptuales, experimentales y metodológicos que caracterizan una época histórica no sólo es un recurso para la motivación y una oportunidad para la transversalidad curricular, sino también un modo original de detectar concepciones previas pseudocientíficas de fuerte arraigo muy similares a las que se dieron entonces. La experiencia docente demuestra que los alumnos (y todos lo somos) suelen estar sujetos en sus elaboraciones conceptuales exactamente a los mismos prejuicios y obstáculos que se han dado históricamente en la evolución de los paradigmas científicos. Ser conscientes de esto nos proporciona, además, una suerte de solidaridad intemporal en el esfuerzo por conocer, que hace del trabajo científico una actividad profundamente humana y humanizante. No podemos menos que agradecer al profesor Sequeiros el que podamos disfrutar hoy en español del verbo entusiasta y del afilado rigor de este insigne «padre de la Geología». Leandro Sequeiros, catedrático de Paleontología y, por tanto, buen conocedor él mismo de las mudas locuacidades de la Tierra, ha venido cultivando también una faceta muy fértil como historiador de la ciencia, de la que esta obra es sólo una muestra entre muchas. Quienes se hayan acercado a través de sus trabajos a la personalidad enigmática de Athanasius Kircher, a la labor minuciosa de Cavanilles o a la compleja obra científica y filosófica de Teilhard de Chardin, conocerán ya el rigor y la amenidad de su tarea. Respecto al Prodromus sólo nos queda confiar en que, una vez cumplida la difusión en esta publicación periódica, podamos contar en breve con una edición de consulta en un formato más acorde con el peso y la relevancia histórica de esta deliciosa obrita. El clérigo inglés John Turberville Needham fue un avezado microscopista que durante el siglo XVIII se ocupó y preocupó por resolver un problema clásico de las ciencias naturales: el origen de los seres vivos. Sin duda, polémico es el adjetivo que le conviene en pasado y presente, ante sus contemporáneos y frente a la historia. Marta Stefani es hoy una prestigiosa investigadora en el campo de la historia de la ciencia. Atrapada en el setecientos, dirige sus pasos hacia la microscopía siendo Needham uno de sus objetos de estudio. El libro Corrupción y generación recoge la investigación realizada al elaborar su tesis doctoral, La metafisica di un microscopista: l'ipotesi sulla generazione di John Turberville Needham (1713-1781), presentada el año 1999. Resultado, una monografía excelente por dos motivos epistemológicos fundamentales: el primero de índole conceptual, relativo al planteamiento crítico que el tema merece frente al cliché establecido por una anacrónica historiografía sustentada en el dogmatismo de los nombres, sintonizando, por ejemplo, con la línea revisionista formulada por Renato Mazzolini y Shirley Roe en Science against the Unbelievers: the Correspondence of Bonnet and Needham 1760-1780(Oxford, Voltaire Foundation, 1986); el segundo, de naturaleza metodológica, corresponde al uso de las fuentes primarias como motor documental de la investigación. El origen de la vida es un problema complejo inherente al estudio de la naturaleza y como tal emerge durante la centuria ilustrada sometido al dictamen del revolucionario microscopio. Una pléyade de naturalistas contemplan la vida aumentada; observan, describen y teorizan, y viceversa; compiten por explicar una realidad imaginada en un alto porcentaje, misión imposible porque, como explicaba el naturalista francés Réaumur, «a nosotros no nos ha sido concedido llegar a tanto». La ciencia tiene sus límites. La polémica fue dura, puso en cuestión el rigor de un modelo experimental carente del conocimiento y el desarrollo tecnológico necesarios; así, el uso del microscopio aumentó la incerteza de la vida añadiendo información pero defectuosa o imposible de asimilar. En el nombre de Needham, Stefani revisa la historia; analiza con agudeza el ideario reconstruyéndolo desde la integral de su obra para ofrecer una nueva clave interpretativa del problema y del personaje; expone los valores cognitivos del debate -epigénesis, preformación, animaculismo, ovismo, generación espontánea, regeneración-, y los personales, incluida las martingalas empleadas por los sabios para arrimar el ascua a su sardina ideológica. En este panorama, el microscopista inglés emerge renovado, desaparece del sequito de perdedores donde el maniqueísmo histórico le había colocado. El relato es polifónico. Buffon, Réaumur, Bonnet, Spallanzani, Fontana, Della Torre, Hill, Trembley, Haller, Da Costa, y más, participan en esta partida de póquer celebrada en el ilustrado casino de la ciencia a beneficio del ser vivo; unos utilizan cartas marcadas, otros van de farol, los demás ni siquiera tienen juego. JOSÉ PARDO TOMÁS, El médico en la palestra. La Junta de Castilla y León, a través de su Consejería de Cultura y Turismo edita una magnífica serie titulada «Estudios de historia de la ciencia y de la técnica». Se añade ahora otro importante libro de José Pardo Tomás sobre el interesante médico Diego Mateo Zapata. Un libro bien trabajado y bien escrito merece, sin duda, una atención cuidada. El formato que el autor nos propone es, además, original y así lo plantea. Nos habla desde la historia de las biografías, biografías muchas veces dolientes, sobre las que nos ilustró en una reciente reunión de la S.E.H.M. celebrada en Jaca y editada en esta misma revista. Nos habla también de su propia biografía, así del interés (conversaciones, seminarios y colaboraciones) que con Álvar Martínez han tenido por el grupo de los novatores, siguiendo la estela de su maestro José María López Piñero. También de los consejos de Francisco Tomás y Valiente, que tanto le han influido. Nos podemos detener así en las primeras páginas del libro, una presente, la dedicatoria a este maestro, que todos recordamos con afecto; otra que falta, la introducción o prólogo. Sin duda, es una entrada original, que nos recuerda algunos incunables que carecen de portadilla. También nos sugiere que se quiere llamar la atención pronto del lector hacia el dolor del biografiado, un personaje judío, científico y moderno, malas condiciones para vivir en el Antiguo Régimen, e incluso en el Nuevo. No es extraño que pronto plasme ante el lector los gritos de dolor del reo inquisitorial, tal como hizo Tomás y Valiente en su estudio sobre la tortura. Tampoco es extraño que éste recomendase una forma biográfica, pues en sus estudios sobre muy diferentes personajes, validos y reos, siempre apunta el interés biográfico, el interés por las personas vivas, que quedaron sin embargo en su formación de historiador del derecho en el marco de las leyes e instituciones. La portada podía haber sido la muy conocida del teatro anatómico de Martín Martínez, que se incluye más tarde. En ella también se muestra el dolor, enmarcado entre la ciencia, la institución (universitaria, colegial o hospitalaria) y la nobleza. También ese grabado de Francisco de Goya, relacionado con Voltaire, que nos muestra quizá a Zapata con traje de clérigo, sabio o judío. Nos presenta tres capítulos, marrano, polemista y médico, en que divide al personaje, quizá haciendo peligrar la unidad personal que la vida humana es, o al menos la unidad que los personajes y/o sus biógrafos quieren construir. Sin duda esta disección añade claridad, pero preocupa al autor que siempre se obsesiona por la unidad del personaje. Quizá la vida nunca sea unidad, tan solo respuesta a una época, pero también carácter, acción o destino. Tal vez esta triple división responde a las fuentes, que son muy diversas, las inquisitoriales de Cuenca, con sus únicos manuscritos de defensa, los folletos de polémica o los escritos médicos. Al final se presentan las fuentes y la bibliografía, pues el libro carece de notas, privándonos a los tristes y obsesivos eruditos de mucho alimento. Sin duda, lo que más llama la atención de esta vida es que un médico famoso, rico, relacionado con la nobleza sea procesado, atormentado y condenado por la Inquisición. De todas formas, Galileo siempre nos refresca la memoria, y otros muchos más. Con orígenes portugueses, su padre es escribano y secretario de millones, los dos padres fueron destrozados por la Inquisición. Algunos familiares quieren escapar a Amsterdan, como siempre hicieron los judíos portugueses, para permitirse la libertad filosófica y científica de Spinoza. Se nos proporciona una cuidadosa presentación del proceso, con los testimonios anónimos; la defensa apoyada en descalificar a los testigos, en la religión católica y en las relaciones con la nobleza. Su fama como médico le permite sobrevivir, tener buenos contactos, pero también sería un peligroso cebo para la Inquisición. Hay una larga tradición de médicos procedentes de las minorías -estudiada por Luis García Ballester para la Edad Media-que atienden a la corona, al clero y la nobleza. Nos informa el proceso con detalle de excelentes escenas de atenciones médicas, consultas y juntas, como estudiaron Alvar Martínez y él mismo. También es muy rico para conocer la vida madrileña de la primera mitad del setecientos, con el deslumbrante quinto Felipe, quien con su nueva esposa italiana y su corte desata y consiente las iras de la Inquisición, tal como señaló Teófanes Egido. Y no menos la vida de la minoría judía, si bien ridiculizada a través de los testimonios sobre sus ideas religiosas, costumbres y circuncisión. Sin embargo la pulsión obsesiva de los verdugos inquisitoriales lleva a aportar interesantes páginas, dignas de las noveladas por Carme Riera en En el último azul sobre los perseguidos en las Baleares. Tras abjurar y pagar la condena, se le quitan los libros prohibidos o peligrosos, que José Pardo estudió con rigor en su libro sobre censura. Por sus apoyos de poderosos consigue volver pronto a Madrid, ganando de nuevo dinero, asociando prestigio con terribles críticas. El famoso y rico médico que invirtió en propiedades, libros, metales preciosos, cuadros y alhajas, siendo incluso inversor y prestamista, es decir un hombre moderno, se dedica a recubrir de escayola su parroquia bautismal San Nicolás de Murcia, en que se ha interesado Juan Bautista Vilar. Un curato, una sepultura, san Vicente Ferrer y santa Teresa, san Mateo y san Diego de Alcalá, cobijarían sus restos, incluso adornados con medallones de Salcillo. El Protomedicato no lo perdona y consigue que el rey en 1726 insista en impedir el ejercicio de las minorías, exigiendo limpieza de sangre, como se recoge para siempre en la recopilación legal para esta institución de Muñoz. Tras una introducción sobre la necesidad de una moderna lectura de textos, también sobre la pretendida peculiaridad del atraso español, nos centra en el personaje. Se tiene en cuenta su formación en Murcia, Valencia y Alcalá, sus maestros y lecturas. Su dificultad para conseguir grados en universidades y reválida en el Protomedicato. Llega a Madrid y entra en el hospital general de la mano del también perseguido Francisco de la Cruz. Conoce las modernas tertulias en las que se discutía de filosofía moderna, así de Descartes y Maignan. Los impresos -y los manuscritos de polémica-sirven para llegar al gran público, como también esos curiosos retos que siempre busca en juntas o lugares públicos ante personajes, tal como el torero se expone en las plazas. Se consigue así fama, desde luego dinero, espacios nuevos, es el camino a la libre profesión. También sirven muchos de esos folletos como precedentes a la prensa médica y a la de noticias. Se entra así en nuevas propuestas y formas, en renovados y nuevos temas, consiguiendo tanto la legitimación pública, como nuevas bases epistemológicas. Desde el galenismo se enfrenta en un primer momento con personajes destacados, como Juanini, Gámez o Cabriada, también a Gazola. De éste -junto a la astrología-rechaza el escepticismo, el mecanicismo que le llevará a Newton, el entender la medicina como régimen sanitario. De los demás la química, la circulación de la sangre, la ciencia moderna. En las peleas con el clérigo Angeleres, que defiende elixires químicos y una necesaria academia y tiene cierto apoyo de los renovadores, sigue siendo tradicionalista. Pero fracasa en congraciarse con el Protomedicato por la exigencia de la limpieza de sangre y se cruzan los procesos. Sugiere el autor que en el primero el perseguido es un Zapata tradicionalista y sobre todo galenista. El papel de la Inquisición no sería aquí tanto perseguir la ciencia moderna, sino apoyar a la corona en regular religión, minorías y autoridades menores y locales. Es una buena matización, pero la persecución de minorías está siempre presente en esta institución. Aparece entonces el Zapata fundador, con el también perseguido Juan Muñoz y Peralta, de la Regia Sociedad Sevillana. Es su portavoz y Presidente, también quien consigue la real aprobación. A partir de aquí será moderno buscando apoyo en la nueva corona, como otros muchos renovadores tales como Macanaz. Surgen polémicas de enorme interés, como la que se produce entre graduados y revalidados por la prelación; también las más interesantes polémicas sobre la quina, el antimonio, reflejo de Francia, el atomismo y la cesárea de la que tuvo experiencia en el hospital general. Critica a la universidad, defiende por el contrario las tertulias y academias tal como hizo Feijoo. Se apoya la renovación en la nueva dinastía, así en la sociedad sevillana admiradora de la inglesa, se acentúa el parecido con la academia de ciencias de Luis XIV. Se defiende la práctica y la razón, la libertad y el eclecticismo, el progreso y la modernidad, pero también la religión y la corona. La terrible guerra y la nueva dinastía son elementos importantes en que se apoyan los cambios. Se defiende la circulación de la sangre, la química, el mecanismo, el atomismo, a los citados Descartes y Maignan. La química moderna se introduce por Zapata y Félix Palacios al traducir a Lémery. También se retoma la tradición hispana con Gómez Pereira y Tosca. Hay duras peleas contra el aristotelismo de las formas sustanciales o por el galenismo con Juan Martín de Lesaca. Los jesuitas apoyan a la corona, a las ciencias, a las instituciones nuevas, así como también a Zapata. Se insiste en su formación académica, en su carrera de médico, de practicante en el hospital. En su interés por la anatomía a través de su maestro Porras, recordando que en la cárcel solicita las obras de Jean-Jacques Manget. Es muy interesante el análisis de su biblioteca, lecturas y préstamos, y de las citas y empleo que hace de fuentes originales o secundarias. Poseían sus estante unos 600 libros, con medicina, filosofía natural y ciencias a la cabeza, menos de religión y clásicos. Proceden unos dos tercios de fuera, en especial de Francia e Italia y menos de Alemania. En fin, se muestran sus clientes nobles, desde el cardenal Portocarrero al duque de Medinaceli, un buen número también de caballeros, burócratas, frailes y marranos, así como la relación con colegas. Es próspera su situación económica, señalando el pago en especies, los regalos, préstamos y negocios. Incluso se sospechó que fuese dueño de la botica de Félix Palacios y de que quisiera enriquecerse con las publicaciones de la sociedad sevillana. La nueva ciencia, el dinero, la religión y la profesión se mezclan en esta apasionante y excelente biografía que nos ofrece José Pardo. ANDRÉS GALERA, Ciencia a la sombra del Vesubio. Ensayo sobre el conocimiento de la naturaleza, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2003, 250 pp. El cambio de dinastía en la España del siglo XVIII fue importante en la consideración de la ciencia. También lo fue la relación con los países vecinos, en especial Francia e Italia. Ya lo estudió Andrés Galera en su libro La Ilustración española y el conocimiento del Nuevo Mundo (Madrid, CSIC, 1988), acerca de los trabajos científicos de la expedición Malaspina, en especial en historia natural. Se tenía en cuenta la relación de la ciencia española con los territorios coloniales, así como con los italianos. En el estudio de nuestras relaciones internacionales siempre se acentúan las verticales, descuidando las horizontales. Tal como intenté escribir en Eidon tenemos en cuenta las relaciones con Inglaterra, Alemania o Francia, pero olvidamos el importante influjo de Portugal o Italia en nuestra cultura. El libro que ahora comento nos proporciona una importante y rica vista sobre la cultura y la ciencia del Nápoles borbónico. Se nos habla de la separación de la ciencia moderna del control de la iglesia y de los monarcas de las casas españolas. También de la independencia de la ciencia como saber con entidad propia, que se separa de la medicina. Immanuel Kant en La disputa de las facultades señala que la corona y la mitra no se pueden imponer a la ciencia y la razón. En este intento, los científicos fueron con frecuencia víctimas de sus dueños y verdugos. El papel que las instituciones representan en estas luchas fue importante, así el de academias, jardines, museos, colecciones, hospitales, aulas... La expulsión de los jesuitas facilita la reforma con sus instalaciones y bibliotecas. También es notable el papel de algunos personajes como Fabio Colonna, Marco Aurelio Severino, o bien Leonardo di Capua. Empiezan el estudio de los fósiles Ferrante Imperato y Fabio Colonna, prosiguiendo Agostino Scilla, pintor y naturalista aficionado. Son notables las reformas del monje matemático Celestino Galiani, buscando un saber útil y valioso, con mejoras en las aulas y en el profesorado. La ciencia moderna se une al derecho natural y de gentes, el hebreo y el estudio del clasicismo. Antonio Genovesi defiende junto a la ciencia moderna la nueva economía. Los sabios napolitanos enseñarán la ciencia nueva de forma laica, popular y útil. El italiano empieza a ser vehículo de la ciencia como ocurre con los idiomas nacionales en toda Europa. Las reformas del borbón Carlos y de sus ministros fueron de gran importancia. Las facultades de ciencias, el jardín botánico, la academia real y el observatorio astronómico son pilares de los cambios ilustrados. Se destaca el magisterio de Domenico Cirillo y Felice Sabatelli en botánica y astronomía. Giovanni Maria della Torre, microscopista y guardián de las colecciones reales, moderniza la historia natural. También Saverio Macri inicia la moderna zoología napolitana, futuro de los estudios biológicos. Se trata de un excelente libro, fruto de muchos años de esfuerzo. Bien escrito, es necesario para entender la modernización de la historia natural en la Europa ilustrada y, desde luego, en la España moderna. D'Alembert ha sido un autor un tanto olvidado. Y en nuestro país es especialmente poco conocida su obra, con excepción del notable «Discurso preliminar» de la Enciclopedia. También sucedía así hasta hace unos años por otras partes, aunque en otra medida. En líneas generales, pocas veces se había reparado en su figura con la intensidad suficiente, ni siquiera en la entidad de su nombre, si excluimos su trabajo enciclopedista y esa memoria indirecta que pervive en la denominación de algunos métodos matemáticos suyos. Para conocer sus escritos más accesibles había que acudir a la recopilación, totalmente unilateral, de 1821; aunque se cuente eso sí con la correspondiente reedición facsimilar de Slatkine (1967), que recogía sus antiguas OEuvres philosophiques, historiques et littéraires (París, 1805, 18 vols.;1821, 5 vols). Esta publicación tan añeja sólo se completaba en parte por la edición de C. Henry, realizada a finales del siglo pasado (OEuvres et correspondences inédites, París, 1887). Para el estudio del resto de la obra dalembertiana, la relativa a las ciencias puras o mixtas, según el lenguaje de su tiempo, había que seguir acudiendo -quizá por su evidente sequedad o por el carácter técnico de muchos de sus trabajos-, a las publicaciones iniciales de su obra científica, del siglo XVIII, o a la recopilación de opúsculos matemáticos que se interrumpió con la muerte del autor. Sin embargo, está en curso la edición de OEuvres complètes, con una bibliografía exhaustiva de Anne-Marie Chouillet, sin duda excelente como han sido siempre sus trabajos; esta edición dará ocasión a muchos estudios y comentarios. Otro tanto sucedía con los estudios sobre el geómetra. De antemano, se disponía desde luego de dos trabajos de fuste: la biografía de Ronald Grimsley, Jean D'Alembert (1717-1783), Oxford, 1963; y la monografía del estudioso de las Luces científicas, Thomas Hankins, D'Alembert. A ellos pueden sumarse, por la notable información sugerida directamente por el mayor discípulo de D'Alembert, el excelente libro de Keith M. Baker (Condorcet, Chicago, 1975; París, Hermann, 1988). No deja de llamar la atención que, aparte de que sean estudios del tercer cuarto de siglo, los tres hayan sido redactados en inglés. En torno al bicentenario de la Revolución, en cambio, ya en su lengua y de mano de otro tipo de autores apareció a la luz en una obra colectiva: En realidad, el trabajo más importante en esta tarea recuperadora sigue otra línea muy insistente: es el ofrecido de entrada por la revista Dix-huitième siècle, 16, 1984 («D 'Alembert», pp. 7-200), número dirigido por Sylvain Auroux y Anne-Marie Chouillet; se trataba de una referencia histórica, pues se acababa de cumplir el bicentenario de la muerte del matemático. Dado el giro que fue produciéndose en pos de la mejor Ilustración, no deja de ser significativo que la otra publicación complementaria, fundada sólo en 1986, dedicara casi todo un número Recherches sur Diderot et sur l'Encyclopédie, 21, 1996 sobre «D 'Alembert et l' Encyclopédie», pp. 69-178; y lo es más que estas mismas Recherches prosigan ahora -en 2005-ese complicado trabajo, con un número que se centra en los años iniciales del matemático. Los artículos de De Gandt, Passeron, Crèpel, Compère, Latour, Maire, Ben Messaoud, revisan aspectos muy dispares de la educación del enciclopedista entre 1730 y 1738; los escritos de Pfeiffer, Lubet o De Gandt (una vez más) analizan aspectos formativos científicos capitales, que se suman finalmente a los filosóficos de Le Ru y Firode. Estas son las nuevas coordenadas del estudio dalembertiano en el presente. Y es que la reflexión desde los años ochenta hasta hoy en torno a las figuras ilustradas no ha dejado de fructificar en buenas revistas, como son las dos indicadas. Mauricio Jalón DIDEROT (ed.), Mente y cuerpo en la Enciclopedia, Madrid, AEN, 2005, 220 pp. En nuestro país, los textos teóricos de Diderot aparecieron sólo desde 1975 (incluso El sobrino de Rameau fue publicado como un panfleto sólo en 1968). Algunos Escritos filosóficos suyos datan de 1983, y dos grandes libros científicos, que han generado importante bibliografía, se conocen únicamente en castellano desde 1992: El sueño de D'Alembert y La interpretación de la naturaleza (traducido como este bello y novedoso Mente y cuerpo en la Enciclopedia por Julián Mateo). Las recopilaciones de textos de la Enciclopedia, obra maestra de las Luces que Diderot dirigió con muchas dificultades son, por lo demás, escasas y muy breves. Así que hay dar la bienvenida a este recopilación de artículos, inédita como tal no sólo en España sino también en Francia y Europa. Algunos de ellos, por añadidura, son de la mano de Diderot. Además, esta edición va enriquecida por una valiosísima introducción de historiadora de las ciencias de la vida como Roselyn Rey, discípula de J. Roger: «La pathologie mentale dans l' Encyclopédie: définitions et distribution nosologique», de 1989. Sin embargo, el libro no sólo rescata los trabajos esperables en esta patología mental, todavía mal definida («Melancolía», «Pesar», «Hipocondríaco», «Manía», «Locura», «Demencia», «Delirio», «Vértigo, «Histérico, «Vapores» y «Parálisis» son sus títulos), sino que además recoge una serie de temas somáticos («Animal», «Bestia», «Cuerpo», «Humor», «Fibra»), hasta llegar a la polémica idea de «Alma». Finalmente, la obra ofrece una valiosa y rara secuencia de escritos que van desde lo social («Celibato», «Castidad», «Polución», «Matrimonio»), hasta ciertas ideas que se discuten en esos años con pasión, como «Efectos de la música» (¿no fue la centuria de Rousseau y Diderot una centuria musical?), o como el genial artículo «Genio» del propio editor, el único texto bastante difundido y en diversos ámbitos del saber. Distintos son los colaboradores, alguno bastante recurrente, como el vitalista, médico de Montpellier, Jean-Jacques Ménuret de Chambaud, que es de gran calidad. Pero siempre destaca la implicación personal del editor, quien logra las más sabrosas contribuciones; pues Diderot apostó por renovar los conocimientos con su propia vida, anteponiendo la noción misma de experiencia vital o de entusiasmo, un resorte interno capaz de arrebatar la razón. Y posiblemente para cierta tradición dominante a mediados del siglo XX, un Diderot tan escritor como científico, un aficionado a las ciencias y a su desarrollo, en parte a través de la literatura, no era considerado miembro del pensamiento «serio». En cambio, en estos años se ha afirmado incluso que el pensamiento no se ve agotado por la filosofía, que la filosofía es sólo un modo de pensamiento, y puede incluso ser de especial interés ver cómo éste pensamiento excede a la filosofía. Así sucede con la obra, literaria o no, de Diderot, con toda su experiencia escrita, con todo su empuje editorial de los que no puede deslindarse la Enciclopedia. Estos artículos, que hay que leer tan despacio como lo merecen, no defraudarán hoy ni al filósofo ni al científico ni al historiador. Augustin-Pyramus de Candolle fue un excelso y prolijo científico, un prócer de la botánica atrapado entre dos siglos y por sendos modos de interpretar la naturaleza: historia natural y biología. De esta sinergia surge un espíritu renovador particularmente significativo en el campo de la taxonomía, buscando la anhelada clasificación natural de las plantas; pero también nace su reticencia a aceptar la teoría de la evolución como explicación vital. El mundo no es una obra al azar necesita una primera causa ordenadora, escribía en la edición del año diecinueve de su Théorie élémentaire de la botanique. Alumno y colaborador de Lamarck no participó de su ideología, posiblemente, porque, como tantos otros, antepuso el presente botánico al pasado y al futuro de la evolución. Michel Adanson lo había expuesto claramente en su Famillas des plantes: «antes de predecir lo que será, es necesario constatar bien lo que es». De Candolle era de tal parecer y puso en práctica la consigna. Evocando a Linneo, inventariar el reino vegetal, describir y clasificar, también fue su propósito. Propiamente, la tarea comienza en 1802 cuando, empujado por su economía, acuerda con Lamarck hacerse cargo de la reedición de su Flore française -la edición de 1805 transformó los tres volúmenes originales en cinco, cuatro dedicados a la descripción de plantas-, y finaliza a su muerte, el 9 de septiembre de 1841, habiendo pasado las últimas décadas de su vida concentrado en la elaboración del Prodromus sistematis naturalis regni vegetabilis, que al fallecimiento comprendía siete volúmenes (su hijo Alphonse de Candolle terminó la obra alcanzando los diecisiete). Pero también se ocupó de organografía y fisiología vegetal, de la geografía de las plantas, de enseñar botánica en la universidad de Montpellier, de fundar el jardín botánico de Ginebra, y no le falto tiempo para la causa política y más, superando los trescientos trabajos publicados; todo en un puñado de años. Tuvo una vida intensa que relata con detalle y gusto literario en unas memorias cuyo trasfondo argumental es el estatus social de la ciencia recreado en primera persona: infancia y adolescencia, juventud, edad viril, edad madura, vejez; memorias que retratan la actividad botánica de su época y aquellos personajes, numerosos, con quienes compartió mesa y mantel. Los acontecimientos se entrelazan, la imagen de la ciencia es el resultado de quienes la practican, de sus proyectos, ambiciones, triunfos y fracasos, encarnando la naturaleza humana de donde procede, a la que pertenece y sirve. Mémoires et souvenirs ha sido editado por Jean-Daniel Candaux y Jean-Marc Drouin en la colección Bibliothéque d'histoire des sciences reproduciendo íntegramente el manuscrito. Anteriormente, el año 1862, Alphonse de Candolle realizó una edición corrigiendo interesadamente el contenido. Los pasajes suprimidos se han recuperado junto a la totalidad de un texto caracterizado por su valor histórico y el olvidado. Drouin ha escrito la introducción con la claridad, la medida y el dominio propios de quien conoce el tema en profundidad, situando al personaje en el tiempo, la forma y el lugar adecuados. Es el punto de partida idóneo a una autobiografía que reivindicamos como indispensable para la historia de la ciencia. Andrés Galera RICARDO CAMPOS MARÍN, Monlau Rubio Giné, curar y gobernar. Medicina y liberalismo en la España del siglo XIX, Tres Cantos (Madrid), Nivola, 2003, 158 pp. Ricardo Campos, consolidado cultivador de la historia social de la medicina e historia de las ideas con temáticas englobadas principalmente dentro de la historia de la psiquiatría e historia de la salud pública, nos ofrece en esta ocasión una aproximación al género biográfico con una obra realizada en el marco del Programa Ramón y Cajal del Ministerio de Ciencia y Tecnología. Esta aportación que aquí se presenta, debe encuadrarse en el resurgimiento y auge experimentado por este género literario en las dos últimas décadas dentro de la historia de la ciencia y, en menor medida y más recientemente, dentro de la historia de la medicina y de la salud pública como se puso de manifiesto en el XIII Simposio de la Sociedad Española de Historia de la Medicina de 2004 1. También Thomas Söderqvist lo había señalado en la Conferencia de la EAHMH de 2003 2. Como se expuso en ambas reuniones, la actitud antibiográfica mostrada por la historia de la medicina y de la salud pública había estado motivada por el fuerte impacto de la historia social en ellas desde los años setenta de la pasada centuria y, en consonancia con ello, por el lugar secundario asignado a los aspectos individuales. Sin embargo, en opinión de Söderqvist y de algunos de los participantes en el simposio español de 2004 y como Ricardo Campos ha logrado poner de relieve con este sugestivo volumen, las biografías médicas, en la forma en que son entendidas actualmente como un microcosmos de la historia, pueden ser un instrumento apropiado para la incorporación de esa individualidad postergada, de la «experiencia vivida» e, integrándola dentro de su marco político, social y cultural contemporáneo, poder hacer una historia de la medicina en la línea de la denominada «historia total». En el caso que nos ocupa, el autor ha sabido utilizar con acierto las biografías de los tres médicos estudiados -todos ellos firmes partidarios del liberalismo (aunque con ciertos matices diferenciadores) y de la modernización de la medicina española de la época, que supieron conjugar sus vidas científicas y políticas en aras de esos ideales-, para poner de relieve las principales características de la España decimonónica, su relación con el mundo de la medicina y el proceso de transformación experimentado por nuestro país a lo largo de dicha centuria que, entre otras cosas, posibilitaría dar los primeros pasos hacia esa anhelada modernización médico-sanitaria española que se haría realidad en los años treinta del siglo XX. Combinando muy adecuadamente el trabajo personal y los datos proporcionados por algunos estudios anteriores, Ricardo Campos ilustra bien en la parte de la obra dedicada a Monlau su amplia formación -que no se limitaba al ámbito médico, sino que abarcaba otros muchos varios y diversos-, su evolución ideológica desde posiciones revolucionarias hacia posturas más moderadas, la labor desarrollada como publicista e higienista en Barcelona y su posterior incorporación como experto sanitario a la Corte de Isabel II, en la que desempeñaría un papel relevante en la construcción de la sanidad liberal llevada a cabo por los moderados. El protagonismo social alcanzado y su alta preparación en campos diversos le posibilitarían incluso llegar a ser el primer director del Museo Arqueológico Nacional en 1867 3. Sin embargo, no logró ejercer plenamente como catedrático de Higiene de la Universidad Central, a pesar de que, como bien indica Ricardo Campos, Monlau obtuvo dos veces ----1 El resultado de la reflexión llevada a cabo durante dicha reunión forma parte del monográfico del volumen 1 de 2005 de Asclepio. MARCOS POUS, A. (1993), «Orígenes y desarrollo del Museo Arqueológico Nacional». Tres siglos de Historia, Madrid, Museo Arqueológico Nacional, 21-100, p. 42. dicho cargo y contaba con méritos más que suficientes para ello, siendo como fue el introductor de la Higiene Pública en nuestro país. En este sentido, como se nos muestra acertadamente en el texto, mérito de Monlau fue poner al corriente a la sociedad española del valor e importancia de la higiene y sintetizar sus principales principios en manuales. Sin embargo, no fue capaz de incorporar en ellos las tendencias higiénicas más novedosas, esa higiene pública experimental que se estaba desarrollando en el marco germánico, siendo su obra más próxima al primer higienismo británico y a las orientaciones francesas. De ahí que, junto al enfoque ambientalista, estén presentes en su obra las reflexiones de carácter político y moralizante. Un reflejo de ello sería su concepción de «bienestar» en relación con las condiciones de vida y trabajo, y sobre todo con la «economía», la «previsión», y «la buena conducta así en el taller como en el hogar doméstico». De hecho, en su Higiene industrial (1858), acabaría distinguiendo un «bienestar físico» relacionado con la salud y las condiciones de trabajo e higiene y un «bienestar moral», ligado al elemento moral. En el caso de Federico Rubio, el autor ha sabido huir de la visión autocomplaciente y hagiográfica presente en buena parte de los escritos y biografías existentes para ofrecernos una visión más compensada de este médico polifacético. Así, nos da cuenta del crudo panorama familiar y personal, marcado por la persecución política del padre, la falta de recursos económicos y las dificultades para alcanzar Rubio una formación universitaria, que por las circunstancias históricas y personales concurridas acabaría siendo en medicina, pese a su falta de motivación hacia dichos estudios. Se nos muestra también muy adecuadamente cómo en los veinte años siguientes a la finalización de la carrera se entremezclaron en la vida de Rubio política (primero, desde las filas del Partido Demócrata y más tarde como republicano) y medicina. Uno de los exponentes de esta etapa sería su protagonismo inicial en la creación y puesta en marcha de la Escuela de Medicina y Cirugía de Sevilla en octubre de 1868, al hilo del decreto de libertad de enseñanza; si bien, no pudo desempeñar en ella la cátedra de clínica quirúrgica que se había reservado, al ser elegido diputado por el Partido Republicano el 11 de febrero de 1869. Ricardo Campos ha identificado muy bien, en la obra que estamos comentando, el nuevo período que se iniciaría en la vida de Rubio con el advenimiento de la Restauración en nuestro país, y que estaría marcado por la búsqueda de un puesto en la Corte desde su condición de cirujano prestigioso. A este período pertenecieron iniciativas con escasos resultados como su incorporación a la recién creada Escuela Práctica de Medicina y Cirugía de su amigo Pedro González de Velasco, y su hazaña más exitosa, aunque controvertida, la creación del Instituto de Terapéutica Operatoria en el Hospital de la Princesa y su posterior establecimiento como Instituto Rubio -centro totalmente autónomo y con edificio propio-, del que como bien señala Ricardo Campos falta aún un estudio más completo que cubra todo el período de su existencia y que permita evaluar más adecuadamente cuál fue el papel que desempeñó dicho instituto en el desarrollo e instauración de las especialidades médicas en nuestro país. Me parece destacable el hecho de que el contenido de esta obra nos acerque también al pensamiento social de Rubio. Con ello se nos coloca en mejores condiciones de situar más adecuadamente al citado médico y de poder rechazar esa imagen de «santo laico» que, como bien denuncia Ricardo Campos, se ofreció sobre Rubio. Coincido con el autor en que, a pesar de la reciente iniciativa impulsada y dirigida por Juan Luis Carrillo, de rescatar la figura de Rubio, está por hacer una completa biografía de Rubio, pero creo también que Ricardo Campos, con su esfuerzo personal, el uso de trabajos serios como los de Laín y Hernández Sandoica, y el recurso a algunas de las aportaciones efectuadas en el Congreso sobre Federico Rubio celebrado en El Puerto de Santa María en 20024, ha sabido construir una biografía bastante más ajustada de Rubio. Por lo que se refiere a Giné y Partagàs, me interesa resaltar cómo, ante un personaje con una biografía poco conocida y que nunca tuvo una militancia política tan relevante como la de Monlau o la de Rubio, Ricardo Campos ha sabido rastrear algunas constantes del pensamiento social y político en los volúmenes de Giné dedicados a la higiene pública y a la higiene industrial. Por otro lado, ha logrado igualmente ilustrar muy adecuadamente las preocupaciones e iniciativas de Giné referentes a la modernización de la enseñanza médica en nuestro país. Ello nos permite ver cómo, al igual que ocurrió con otras iniciativas reformadoras de los estudios médicos que se intentaron acometer bajo el palio de la enseñanza libre -como fue el caso de la mencionada Escuela Práctica de Medicina y Cirugía de González de Velasco-, la emprendida por el Instituto Médico de Barcelona se mostró igualmente inoperante al introducirse limitaciones a las reformas emprendidas en ese marco del decreto de libertad de enseñanza. El otro aspecto de Giné que ha sido muy bien reflejado en esta obra es el importante papel desempeñado por este médico en el proceso de desarrollo e institucionalización de la psiquiatría española en el último tercio del siglo XIX, preparando el camino a las importantes novedades y realizaciones acaecidas en los primeros años del XX. En suma, creo que el autor ha sabido construir con las tres biografías comentadas una obra capaz de ilustrar bien una buena parte de la historia del siglo XIX, que resulta además interesante, atractiva y de utilidad para una amplia audiencia integrada tanto para profesionales de la historia e historia de la ciencia como por profesionales de la medicina, de la salud pública y de la psiquiatría. Aprovecho estas páginas para solicitar nuevas incursiones de calidad en este género biográfico. Cuando se cumplen los 60 años del lanzamiento de dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas, es más que oportuna la publicación de este escrito impresionante de Hachiya, que era en 1945 el director del Hospital de Comunicaciones de Hiroshima. Hachiya fue testigo directo del impacto así como de los instantes siguientes a una explosión que asesinaría a cien mil personas. A la vez que iba recuperándose, en circunstancias dificilísimas, Hachiya logró recomponer una mínima estructura curativa, con otros trabajadores de ese hospital de Hiroshima, de modo que logró paliar la agonía de cientos de personas, así como salvar la vida de un buen puñado de ellas. El libro -cuyo copyright, de 1945 es de la North Carolina Press-, viene enriquecido por un escrito capital de Elias Canetti, de 1971, sobre el doctor Hachiya (aparecido en La consciencia de las palabras), donde nos dice que la literatura indispensable en la actualidad es precisamente ésta, el relato de la destrucción que nos ofreció el médico japonés. Es la suya una escritura, a modo de diario (seguramente retrospectivo), que nos cuenta primero las primeras impresiones fantasmagóricas de una víctima de la bomba atómica, y poco a poco el intento por entender lo que había ocurri-do y cuál era su significado, a lo largo de 58 días siempre llenos de variaciones inesperadas y de hallazgos de todo tipo. Por supuesto que narra hechos individuales y colectivos de mucho peso; pero asimismo, desde el punto de vista de la medicina, vemos cómo un mero «ansiado microscopio» puede ser capital para hacer el recuento de glóbulos blancos, y para ir dando sentido a una serie de síntomas letales en su mayoría, de acuerdo con la distancia al posible lugar de caída de la bomba. La precariedad de la situación tiene su equivalente en una ciencia muy precaria, pero urgente, que se reconstruye sobre las ruinas peligrosas de su ciudad. El libro, de alta calidad expresiva («precisión, ternura y responsabilidad son sus rasgos esenciales», dice Canetti), es por ende un microcosmos de la sociedad japonesa; y expresa Hachiya lo mejor de la calidad autocrítica de esta cultura. Su capacidad analítica es propia de los mejores documentos que jamás se hayan escrito. Hoy sigue siendo un texto riguroso, intenso, humilde; y nos recuerda en ocasiones la concisión de uno de los grandes nombres de la literatura japonesa, Kenzaburo Oé. Resulta en este punto oportuno recordar que Oé viajó muy joven a Hiroshima, en 1963, para hacer un reportaje contra las armas nucleares, y publicó dos años después unas importantes Notas sobre esa ciudad de la memoria (Hiroshima nôto), que sólo se tradujeron tardíamente al inglés y al francés, tras recibir el Nobel en 1994. Finalmente, con respecto al Diario de Hiroshima, percibimos de inmediato a una población del todo desamparada por parte de quienes podrían haber ayudado pronto médicamente a los supervivientes (aspecto que sugiere, en algún momento, Hachiya); pues Japón ya había capitulado y los norteamericanos sabían, sólo ellos bien, cuál era la naturaleza científica de su nueva arma; lo cual nos hace sospechar de un comportamiento racista, nada inhabitual claro está, en ese modo de abandonarles a su suerte. Por lo demás, el propio Canetti, avanzadas sus memorias (El juego de ojos), recoge lo que le susurró el doctor Sonne durante nuestra guerra civil sobre lo que se avecinaba en el mundo: «Tiemblo por nuestras ciudades». De hecho, cabría evocar aquí las poblaciones centroeuropeas arrasadas monstruosamente en 1945; aunque antes están, al menos en el tiempo, la destrucción de Almería y de Guernica, la devastación también masiva de Varsovia. Cabe en cambio recordar, para no dejarlo en el pasado, la destrucción angloamericana de Bagdad y de otras ciudades iraquíes en 2003; pero que el número de muertes iguale al que produjo la primera bomba atómica en los días iniciales no es motivo de comparación: el sacrificio japonés tiene -sin duda alguna-, otra dimensión y por ende otra medida, y no sólo para la ética científica. Y precisamente por su singularidad, tampoco debe hermanarse con el gran crimen alemán del siglo XX, como pretendía en 1965 Oé. Nunca hay invariantes históricas; y por ello hay que lamentar que nuestro recuerdo de «Hiroshima» -al menos dada la ausencia de libros y discusiones sobre semejante atentado-, sea tan reducido. AA., «Represión franquista», Orientaciones, revista de homosexualidades, no 7, primer semestre de 2004. Durante el primer semestre del año 2004, ha aparecido un número de la revista Orientaciones conteniendo un monográfico sobre la represión franquista de la homosexualidad. Es, creo, importante que se vaya recuperando la memoria de lo que sucedió en ese período en los diversos sectores de la sociedad. Esto permitirá percibir con claridad lo terrible que fue la represión de entonces; aunque para muchos aparezca, todavía, como una época de orden y tranquilidad. Hay que saber que esos años posteriores al fin de la guerra constituyeron un tiempo de persecución, control y represión que debe estudiarse acercándose al núcleo de cada problema, en este caso de la homosexualidad. El monográfico que comentamos consta de seis trabajos y una sección titulada Anexo Documental, que contiene documentos de diverso tipo, en este caso un expediente de peligrosidad por homosexualidad y un Manifiesto de una asociación; otra sección, Estudios y Ensayos, recoge trabajos sobre el tema de las homosexualidades; aparecen al final unas Notas de lecturas, con comentarios sobre libros. La presentación nos expone los aspectos en los que han centrado los artículos de este número de Orientaciones: por un lado, las instituciones y leyes relacionadas con el tema; y, por otro, su incursión en la vida de los homosexuales. El primer trabajo, titulado «Entre el pecado y la enfermedad» pertenece a Javier Ugarte Pérez. El autor plantea que la ideología justificatoria era la de la Iglesia Católica, y no era nueva -hoy podemos comprobar que es eterna-aportada por Acción Católica y toda su grey a la que se añadían la del liberalismo conservador, tradicionalista, reaccionario, junto con Ramiro de Maeztu y su Hispanidad, y para completar el panorama, se añadían las ideas de los «nuevos» reaccionarios, la Falange. Con respecto a la sexualidad, la lucha estaba entablada desde siempre, y en España en forma ya explícita en los años veinte y treinta. El apartado sobre «Medicalización de los pecadores» no parece demostrar mucho conocimiento sobre el tema, y menos aún los párrafos dedicados al evolucionismo. Diré sólo al respecto que el autor no parece tener claro que el mecanismo evolutivo no es perfeccionista, es adaptativo a un medio. La idea de 'perfección' es humana, no de la naturaleza. Las especies no se ven obligadas a nada, no son un ente pensante que se enfrenta a una circunstancia. Suceden cosas porque hay unas ciertas circunstancias que las desencadenan. Y señalar que la eugenesia, como pensamiento seleccionista, de exclusión, como lógica de la utilidad y como movimiento más o menos organizado tuvo arraigo prácticamente en todas partes del globo. Hay ya muchos trabajos publicados en España, sobre España y sobre América Latina. En fin, en general nos parece que al autor le sería útil una revisión de la literatura sobre estos temas, sobre degeneracionismo, Marañón, su concepto de «intersexualidad» y su valoración de los homosexuales que tanto influyó en el pensamiento de los años veinte, treinta y también en los cuarenta. Es importante para esa valoración que maneja de la homosexualidad como enfermedad, posiblemente enfermedad hormonal, endocrina. Creo que es un escrito que podría mejorarse con la lectura de la abundante bibliografía existente. Los siguientes artículos, sin embargo, son muy interesantes, están bien documentados y hacen un excelente análisis del tema que proponen. Así sucede con el firmado por Gema Pérez-Sánchez, «El franquismo ¿Un régimen homosexual?», que estudia el fascismo y el juego de los papeles masculino/femenino, heterosexual/homosexual. Señala la autora la fascinación fascista por los hombres jóvenes, la importancia de la camaradería masculina y, al mismo tiempo, el miedo a la desviación de la camaradería. Aquí cabría la respuesta de convertir al que se teme, a lo que se teme en uno mismo, en un temor que se proyecta, convirtiendo al homosexual en «asocial», o incluso en «degenerado». Y se pregunta, la autora, por un lado, cómo codificó el Estado franquista la homosexualidad y, por otro, por el mecanismo que empleó para mantener una matriz estrictamente heterosexista. A esto responde haciendo un análisis sobre la debilidad del Estado español y viendo la situación de la mujer, así como considerando la legislación y medidas -¿contra o para?-la «regeneración» de los homosexuales a partir de 1950. Buen trabajo, claro y bien analizado. Aporta interesante bibliografía para un novato en el tema de la sexualidad. El texto de Antoni Adam Donat y Àlvar Martinez Vidal, «Consideraciones sobre tan repugnante tendencia sexual: la homosexualidad en la psiquiatría del franquismo», sí demuestra un buen conocimiento de la bibliografía actual y de los textos y posiciones de los médicos de la época, como Antonio Vallejo Nágera, Marañón y Juan José López Ibor, tres figuras especialmente influyentes, analizando cuales eran, en el fondo, sus ideas con respecto a la homosexualidad. Es un excelente texto, centrado, bien escrito, con buena bibliografía. Debemos de considerar que en una revista deben publicarse trabajos de divulgación, pero ésta significa sencillez en la expresión y corrección y justeza en las ideas que se transmiten. En cierta media, hay que ser aún más estricto en la corrección de los conceptos que se quieren transmitir en un trabajo de este tipo que en uno más profesional, porque es más fácil ser mal entendido y transmitir ideas erróneas. También es un muy buen trabajo el presentado por Jordi Terrasa Mateu, «Estudio jurídico de la legislación represiva franquista», un estudio muy completo que realiza un preciso análisis de la legislación, y que aporta una información muy útil. Arturo Arnalte, autor de un libro publicado recientemente (Redada de violetas. La represión de los homosexuales durante el franquismo, 2003), hace aquí un repaso de las instituciones en las que se ingresaba a los homosexuales y a las características de su vida allí. Su aportación, muy interesante, se titula «Galería de invertidos. Vida cotidiana de los homosexuales en las cárceles de Franco». Según señala el autor, esas cárceles, específicas o no, eran verdaderos campos de concentración y las condenas eran indefinidas, de tal manera que podían variar, hasta un límite máximo de tres años, de forma arbitraria. Pensemos que la Colonia agrícola Penitenciaria de Tefía, Fuerteventura, para vagos y maleantes, cerró en 1966, ya en plena «apertura» de la España franquista. Es un trabajo que aporta mucha e interesante información, que nos permite hacernos una idea del absurdo y el horror en que estaba inmersa la sociedad, y pensar en los importante que es no volver a caer en manos de quienes quieren volver a las ideas que condujeron a esa situación. Después de los artículos comentados, el monográfico presenta una conversación entre Antoni Mora y Fernando Sánchez Amillategui sobre dos libros recientes, uno ya citado, de Arturo Arnalte, y otro de Armand de Fluvià, también de 2003, El moviment gai a la clandestinitat del franquisme (1970)(1971)(1972)(1973)(1974)(1975), señalando que son los dos primeros libros que aparecen sobre el asunto desde la muerte de Franco, casi treinta años después de la transición. Son una serie de comentarios informales sobre ambas obras, que muestran que existen todavía dificultades para una análisis más completo y también más distante y profesional de la materia. Como dijimos más arriba, dos anexos documentales completan este número: «La aplicación práctica de la LPRS a través del estudio de un expediente de peligrosidad por homosexualidad» y el «Manifiesto de la Asociación de Ex Presos Sociales de España». Creo que es un monográfico de excelente nivel, que continúa el importante trabajo de recuperación de la memoria, en este caso en el terreno de la homosexualidad, y que merece la pena su lectura. Por otra parte la revista está muy bien impresa e ilustrada, tiene una muy atractiva organización o maquetación, y se lee con gusto. MICHEL FOUCAULT, Sécurité, territoire, population y Naissance de la biopolitique, París, Gallimard / Seuil, 2004, 436 pp. y 356 pp., respectivamente. Nunca vino Foucault a defender una «historia irracional», sino más bien todo lo contrario. Pese a las complicaciones de su historiografía, quiso hacer una historia más real e inteligible, analizando una serie de hechos y de modelos de comportamiento que, pese a las apariencias, eran racionales, y trató de identificarlas de un modo muy preciso. Ya decía, por otra parte, su admirado Max Weber que la razón no era necesariamente la partera de la libertad, sino que se veía «remodelada, en la sociedad burocrática, hasta convertirla en racionalidad instrumental», compatible con muchos tipos de organización, productiva, estatal, institucional, partidista. Todo ello se percibe bien en estos dos gruesos nuevos tomos donde se prosigue la importante fijación de los trece cursos que el pensador francés dio en el Collège de France entre 1971 y 1984, cuya dirección general, desde 1997, corresponde a F. Ewald y A. Fontana. En este caso tanto Seguridad, territorio y población, de 1978, como Nacimiento de la biopolítica, de 1979, han sido cuidados al milímetro por Michel Senellart, estudioso del maquiavelismo y de las artes de gobernar occidentales. Son además dos series de lecciones inéditas, pues sólo algunos fragmentos se habían publicado en vida del filósofo e historiador; incluso, con alguna variante, fueron recogidos en el tomo III de los Dits et écrits, París, Gallimard, 1994. Por lo demás, en este mismo tercer tomo de sus escritos dispersos aparecen intervenciones y entrevistas en Japón, por esas fechas, que son complementarios de lo que entonces exponía Foucault en París, ahora recuperado. Los cursos precedentes llevaban sucesivamente rótulos muy expresivos de cómo realizaba su disección de la cultura moderna: La voluntad de saber, Teoría e instituciones penales y La sociedad punitiva, todavía no impresos; así como El poder psiquiátrico, Los anormales y «Hay que defender la sociedad», terceto ya dados a las librerías y muy bien anotado. Pues bien, estos dos nuevos seminarios, del todo encadenados entre sí, los llevó a cabo Foucault tras su año sabático, de 1976-1977, y tras haber publicado Vigilar y castigar, en 1975, y La voluntad de saber, en 1976. Un compás de espera, pues, se había dado desde su producción más «historicista», en la que la vía del análisis del poder era casi su firma, pero que asimismo era su posible traba. Por supuesto que estos, a menudo impresionantes, seminarios todavía prolongan la sociología de la dominación foucaultiana, es decir, su análisis del trasfondo domesticador de nuestra modernidad. En particular trata de proseguir su estudio de la biopolítica occidental que había iniciado en «Il faut défendre la société». Dos años antes pues, en 1976, propuso Foucault ya hacer cierto análisis del «poder sobre la vida» desarrollado en la Europa moderna, pero su trayecto -que arrancaba de la modificación moderna de la idea y la forma de «soberanía»-seguía otro rumbo: estudiaba la nueva organización y «justificación» de la guerra, los orígenes y el afincamiento de la historia, las nuevas ideas de revolución, nación y Estado contemporáneos, con sus instituciones militares y sus secuelas racistas (pues aparece la idea de «pureza de raza», y el mismo Estado la promueve en el siglo XIX). Además, para Foucault, el historicismo decimonónico se fundaría sobre la disolución paulatina de una conciencia temporal de «tipo romano», basada en la soberanía (la aceptación de los reyes y su poder), y el surgimiento de otra nueva en la que primaría cierta promesa de liberación. Ahora -en Sécurité, territoire, population-va a comprobar de qué modo, en el desarrollo de una productividad más planificada y de la normalización científica y cultural ciertas instituciones fueron abriendo mercados y modulando sus mecanismos de control, sobre todo a partir del siglo XVII. Sigue estudiando aquí Foucault determinadas relaciones de sujeción o de coacción, en los procesos de normalización social que provienen del expansivo territorialmente siglo XVI, y que fueron capaces de «fabricar sujetos» en determinadas poblaciones; eso sí, no sin revueltas por parte de determinados sectores de ellas. Pero ahora esta biopolítica europea, que define el autor en las primeras páginas de este libro, toma como referencias la ciudad, la escasez y la epidemia -o bien, la callemercado, el grano y el contagio-como puntos cruciales para mostrar el trasfondo que un gran número de publicaciones e intervenciones propias de la modernidad. A partir el problema de la seguridad, del riesgo, de las crisis, del peligro, pasa a mostrar cómo aparece una intervención decisiva en la política de población muy compleja, en parte inédita y definitoria de la expansión europea. Y que afecta además a la transformación de nuestros conocimientos en con-junto, pues las disciplinas virarán del análisis de las riquezas a la economía, de la historia natural a la biología, tal y como había mostrado formalmente diez años antes, al recurrir a la epistemología de las ciencias en Las palabras y las cosas. Por otro lado, su análisis del gobierno, de la mentalidad gobernadora correspondiente a este giro en la actuación pública -pues estudia las relaciones entre fuerzas diversas en el pasado y en el presente-, la lleva a cabo con una extensión gigantesca en Sécurité, territoire,. Pues aunque hace un viaje de ida y vuelta al Quinientos en esas páginas, ahonda enormemente, mediante interesantísimos tanteos, en el sustrato cristiano. Así, pone en evidencia, por un lado, la oposición correspondiente entre Maquiavelo y La Perrière en el siglo XVI, donde este último sería quien plantee un arte de gobernar las cosas concretas más que el de saber controlar con habilidad los territorios del príncipe. Pero, por otro lado -y de acuerdo con lo que es un curso en el Collège de France-indaga mediante oleadas sucesivas en la idea cristiana de pastoral un modelo de gobierno que haría de sustrato sobre el que pivotaría la revuelta subjetivo-religiosa del Quinientos; y de hecho lo rastrea en sus remotos orígenes (hipótesis arriesgada, que tratará él de matizar hasta su muerte), y que se ve revitalizado por el nuevo gobierno de los hombres llevado a cabo entre 1580 y 1660, una vez dividida la cristiandad y reforzadas en los campos católico y protestante sus correspondientes inquisiciones. Todo ello le permite, al finalizar el primer tomo de esta doble entrega, hacer un balance tanto de la razón de Estado, como de la idea general de Policía; lo que supone hablar de cinco controles ahora fundamentales: el número de ciudadanos, las necesidades de la vida, la salud, los oficios y la circulación de los hombres; son los controles propios del Setecientos, que es la centuria a la que se dirige. En efecto, en Naissance de la biopolitique, una vez especificado este campo de discusión, dedica un tercio del curso a plantear el liberalismo como nuevo arte de gobernar en el siglo XVIII (y que se cierra en su célebre discusión sobre el panóptico de Bentham), como política basada en los mismos hombres que se hallan en sociedad, piezas poco conocidas y finalmente «peligrosas». Fue llevado a cabo ese arte, dice Foucault, como una razón de Estado «dulcificada», limitadora en sus movimientos, y cada vez más científicamente definida y modelada. Esa es una de las señas de la racionalidad jurídicoeconómica, que además se afirma en el marco de las ciencias nuevas como apoyo consistente de su estrategia. Gracias a ella se trazaron, en consecuencia, nuevas ordenaciones espaciales y sociales, que asimismo tuvieron resonancias subjetivas además de científicas. En su horizonte temporal inmediato, el siglo XIX, se produce lo que su historia del cuerpo interrumpida, La voluntad de saber, expuso ya: es el momento en el que el hombre occidental toma el pulso de su proceso vital, aprende poco a poco ahora «qué significa ser una especie viva en un mundo vivo, qué supone tener un cuerpo, ciertas condiciones de existencia, unas probabilidades de vida, una salud individual y colectiva, unas fuerzas que pueden modificarse y un espacio en el que repartirlas de manera óptima». Por primera vez en la historia -afirma-, lo biológico se refleja en la política: el hecho de vivir se ve atravesado por el campo del control del saber y por la intervención del poder; estaríamos ante lo que él va a denominaba biopolítica o biopoder, analizable mediante una biohistoria. Pero, en los dos tercios restantes de Naissance de la biopolitique, se produce un quiebro brusco en su exposición, que anuncia el giro que se producirá a continuación en su obra. De pronto Foucault da un gran salto en el tiempo, y se centra en el problema económico sustantivo de nuestra actualidad y que arrancaría lejanamente de la Ilustración (de hecho, sólo hay alguna referencia final el siglo XVIII). Analiza, con ayuda de importante bibliografía -como siempre excelentemente señalada por el editor-el liberalismo alemán de la segunda posguerra (que se opone a la trayectoria germánica contemporánea, incluyendo el pseudoestatalismo nazi), y estudia más rápidamente el liberalismo americano (que era en cambio una manera de pensar y de ser muy asentada). Por tanto, desmenuza los motivos del nuevo homo oeconomicus, sólo adivinado en las Luces, y las posibilidades de respuesta ante esta idea dominante en el mundo hoy, incluyendo la discusión acerca de los límites de actuación que tenía la socialdemocracia por esos años (Helmut Schmidt era canciller desde 1974), y desgranando los resortes de una derecha francesa todavía no relevada del poder. El tono de estas páginas es vacilante, y de hecho no tendrá esta nueva temática suya continuidad en su obra. Pero con todo ello se capta mejor el momento de transición que se abría en Europa, en los debates ideológicos a finales de los setenta, con un Bloque soviético en severa crisis: las «razones» del neoliberalismo, por tanto, en su forma de anarco-capitalismo, impuesto a fuego tras su muerte en 1984, aparecían crudamente señoreando ya sus análisis. Proféticamente, Foucault vio también en sus apreciaciones el uso futuro de una «genética política», anunció una próxima oleada inmigratoria que se prolongaría en el siglo XXI, y además, describió, impresionado por su nueva fuerza, la revolución iraní de ese año, tan fundamental en las décadas siguientes: estaban recogidos en el tomo citado de Dits et écrits y ahora, con excelentes comentarios, en J. Afary y K.B. Anderson, Foucault and the Iranian Revolution, Chicago, University of Chicago, 2005. Estos dos nuevos cursos -sobre todo por la manifiesta atención del segundo a la política del siglo XX-, van más allá de su modo más divulgado de pensar, y suponen una despedida estratégica de cierto, posible, amaneramiento conceptual de sus repetidores, de cierta repetición de consignas «foucaultianas», que él se ocupa de rebatir a veces en estas páginas apasionadas. El torbellino de interpretaciones que pone ante nuestros ojos es una verdadera experiencia, intransferible, de lectura, que remueve muchas de las ideas solidificadas acerca de lo que produjo Foucault en los setenta. Y vemos mejor, por último, el cambio de perspectivas que afectó profundamente desde ese momento al propio Foucault, hasta el punto de abandonar el plan de trabajo que explicitó en La voluntad de saber. Los seminarios inmediatamente siguientes mostrarán ya -desde 1980, pues su curso El gobierno de los vivos se centra en los siglos II-IV de nuestra era-, que su objeto de estudio había mudado definitivamente: Subjetividad y verdad, La hermenéutica del sujeto (el único, de este tramo final de su vida, que ha sido publicado), y los dos que llevan como rótulo El gobierno de uno mismo y de los otros, serán muestras de ello. Aunque se capten bien las melodías principales y los temas menores foucaultianos de los setenta, siguen otras líneas de indagación en la Antigüedad greco-romana: buscan con hondura formas de subjetividad que aun siendo ajenas nos son constitutivas y pueden, por ende, redescubrirse. Su radicalidad ante la pregunta de ¿qué cabe esperar en el mundo presente? significa, en cierta medida, dibujar la arqueología «mental» de quienes habían buscado un cambio de raíz en la sociedad y en la ciencia de los sesenta y setenta, esto es a su generación y a la siguiente. Pero acaso -dados sus análisis ahora recuperados de la biopolítica liberal-, estas últimas exploraciones en nuestra modernidad podrían ser muy fructíferas para las dos generaciones que les han sucedido, una de las cuales en realidad ha llegado ya al poder hoy. RAFAEL HUERTAS, El siglo de la clínica. Se plantea Rafael Huertas en su «Introducción» la relación entre historiadores y psiquiatras. Quiere ir más allá de una historia de las ideas médicas, incluso de la práctica médica. Quiere involucrar a los psiquiatras en la investigación de la historia de su saber y de su profesión, a la vez que a los historiadores en la conformación de una teoría de la práctica psiquiátrica. Nos proporciona el autor un magnífico panorama de la historia de la psiquiatría francesa entre fines del siglo XVIII y principios del XX. Aborda en un primer capítulo «La medicalización de la locura», tarea en la que los nuevos profesionales de la psiquiatría luchan por considerar la enfermedad mental como una más. Tal como propusieron los primeros médicos griegos, la enfermedad del alma no es posesión diabólica, ni crimen responsable contra la sociedad, sino una alteración de la naturaleza humana. Abandonada la explicación humoral, la basada en las pasiones adquiere gran fuerza. Pero en el capítulo «La somatización del alma» muestra cómo las causas de la enfermedad se van encontrando en alteraciones somáticas, que se van concretando en neurológicas. Se acompaña este proceso con una recaída en el nihilismo terapéutico, dudando de viejos y nuevos tratamientos. Se van añadiendo posibles etiologías, que se buscan en el medio ambiente, en las costumbres o en la herencia. En fin, era necesaria una explicación fisiológica de la enfermedad, que pasa por dudar si la enfermedad mental es un solo padecer con diversas manifestaciones progresivas, o bien se trata de variados cuadros morbosos. En ambos casos también se duda de la solidez de estas manifestaciones y de la posibilidad de encuadrarlas en nosotaxias. Las clasificaciones de la enfermedad mental, como ya mostraron J. Ma. López Piñero y J. Ma. Morales Meseguer en Neurosis y psicoterapia (1970), son un fundamental tema de investigación a partir del sencillo cuadro propuesto por Pinel. El capítulo «Bordeando la ortodoxia alienista» concluye esta parte preocupada por la teoría psiquiátrica. La liberación de los enfermos mentales que Pinel ejemplifica, supuso una revisión del tratamiento. En el capítulo «Dilemas terapéuticos» se expone la nueva situación. Por un lado enfrentada con la dureza de la medicina anterior, por otro abierta a nuevos descubrimientos. Es cierto que el nuevo psiquiatra ve con escepticismo las posibilidades terapéuticas, pero aplica con cuidado un manejo más benévolo del enfermo y suaves drogas. También está surgiendo la curación directa del alma por parte de las escuelas de Viena y de Nancy. Son novedades que cierran este magnífico libro, bien ilustrado y con excelente bibliografía, indispensable para quienes se interesan por la psiquiatría y/o por su pretérito. Gracias al empeño y al entusiasmo de este distinguido grupo de investigadores sale al fin a la luz un variado y extenso trabajo recopilador de escritos sobre nuestro cimiento cultural, a la vez cercano y remoto. Sus correspondientes autores, que sobrepasan el medio centenar, pertenecen a muy diversas universidades y centros superiores de investigación; y entre ellos se cuentan, además, cuatro extranjeros, que envían sus trabajos desde Lisboa, México, Buenos Aires y Leiden. La obra, como expresa ya en su portada, va revisando paso a paso el legado clásico, pero desde su misma formación hasta el comienzo de la época contemporánea. Parte pues de su complicado origen en Grecia, y analiza en la Sección II su curiosa 'invasión' de Roma, ya que no hubo una civilización autónoma romana propiamente dicha -véanse Finley, Marrou, Veyne-sino una adaptación sistemática de la educación helenística en la cuenca mediterránea: la originalidad del Imperio romano radicó en su bilingüismo, y Roma en realidad tomó para sí otra cultura, la rehizo a su modo y se sometió a sus pautas también. Y estas son nuestras fuentes, mezcladas pero dobles. El tramo III se refiere a las confluencias entre la piedad antigua y la piedad cristiana; el siguiente analiza ampliamente el mundo tardoantiguo, que tantos frutos ha dado en estos últimos años y que este libro recoge novedosamente. Apartados extensos se centran en la Alta y Baja Edad Media (unas cien páginas). Pero asimismo roza esta extensión el capítulo VII, dedicado al Renacimiento, por ser sin duda capital; a su estudio además se dedican muchos de los editores de este Antiquae lectiones, que hacen un homenaje en su título a la miscelánea de Celio Rodigino, de 1516. Las dos últimas secciones corresponden al Barroco y a la Ilustración. Como todas las que las han precedido, están desmenuzadas en una serie de síntesis de las distintas disciplinas o de diferentes problemáticas de las citadas épocas, y se completan cada una con algún texto breve y revelador. Por lo que atañe a los planos científico-técnicos, destacan los siguientes aspectos: la ciencia y técnica, unida a la filosofía, en Grecia; la ciencia y técnica sin más en Roma; el quadrivium tardoantiguo; el nuevo helenismo abbasí en ciencia y filosofía; las ciencias en Al-Andalus, el enciclopedismo y la ciencia medievales. Por lo que respecta a la modernidad: el humanismo médico así como las ciencias y técnicas -unidos en parte a cambios filosóficos-, en el Renacimiento; la Revolución Científica ante los clásicos; la ciencia y las ideas del siglo XVIII, así como, por añadidura, la medicina ilustrada. Pero no sólo es la ciencia sino las humanidades en general -los distintos saberes y sus transformaciones-las que se ven problematizadas en este denso y riguroso trabajo. Esperamos que suponga un impulso más para seguir recuperando el legado griego y latino, esto es, para hacer reverdecer tanto estas lenguas, tan vivas, como las obras escritas en ese más que instrumento verbal. Pues afortunadamente -en un cuarto de siglo-hemos podido leer, en ediciones cuidadas de distintas editoriales, miles de páginas del legado clásico originario, que estaban vedadas para el lector en castellano, y que son indispensables para analizar su pervivencia en la cultura moderna: en la cultura contemporánea. Concebí esta reseña tras la lectura del libro y no antes; quiero decir -y pido disculpas por empezar hablando del reseñador en lugar de la autora y de su libro-que fue la lectura de esta obra lo que me indujo a proponer su reseña en una revista como Asclepio, convencido de que su actual responsable de reseñas es persona culta y sensible y que lo que hoy se conoce como cultural studies es un género cada día más frecuentado por los historiadores de la medicina y de la ciencia hispanohablantes. Por lo tanto, podía ser de alguna ayuda presentar en Asclepio una corriente de estudios sobre el Renacimiento italiano de la que Valeria Finucci es, sin duda, una de sus representantes más excelentes. Una de esas casualidades que uno se resiste a dejar de considerar sintomáticas hizo que, apenas iniciada la redacción de estas líneas, el suplemento literario del diario español que más opinión 'dicta' en el mundillo académico apareciera esa semana lleno de jocosas -pero no por eso menos feroces y absolutas-descalificaciones de los cultural studies (citados siempre así para dejar clara la responsabilidad anglosajona del 'invento') provenientes de dos o tres colaboradores que reían las gracias contenidas en las respuestas de Harold Bloom a una entrevista promocional de su último libro en defensa del canon clásico. Tanta animadversión procedente de gente tan respetable y en un medio de comunicación tan importante me llenaron de dudas sobre mi casi siempre problemático sentido de la orientación; no sé si los lectores de esta reseña podrán salir de dudas, pero les aseguro que si se convierten en lectores de Valeria Finucci dispondrán de serios argumentos para hacer frente a estas o parecidas descalificaciones. Finucci es profesora de lengua, literatura y cultura italianas en la Duke University, de Carolina del Norte, y autora de una serie de obras centradas en su mayor parte en analizar -esencialmente a través de las obras literarias-aspectos de la cultura renacentista italiana que, sin duda, hace algunas décadas -hagamos el propósito de creer que hoy no tanto-, hubieran resultado sorprendentes en el índice de proyectos de un clásico departamento europeo de literatura: hombres menstruantes, mujeres mentirosas, eunucos y castrati; representaciones del deseo sexual, la reproducción y la maternidad; debates en torno a la generación y la degeneración, etc. 1 Provoque o no extrañeza en un departamento de estudios literarios, lo que es evidente, creo, es que ninguno de estos temas resulta ajeno a la historia de la medicina y de la ciencia. Así pues, la decisión de reseñar aquí este libro radica en la convicción del reseñador acerca del interés intrínseco de este tipo de acercamiento ----1 No es este el lugar para ofrecer la relación de las numerosas publicaciones de Valeria Finucci que tratan estos y otros temas; puede resultar conveniente, sin embargo, citar tres volúmenes que ayudan a entender la gestación del que ahora reseñamos: Finucci & Schwarts (eds.), Desire in the Renaissance (Princeton, 1994); Finucci (ed.), Renaissance Transactions: Ariosto and Tasso (Durham, 1999); Finucci & Brownlee (eds.) y Generation and Degeneration. para una historia cultural de la medicina, no en la vana pretensión de contradecir el canon clásico que tanto entusiasmo levanta en otros reseñadores menos desorientados. Para contextualizar adecuadamente su empeño en abordar la cuestión de la masculinidad y la paternidad en la literatura renacentista italiana (entendiendo por ello la que va desde finales del siglo XV hasta mediados del siglo XVII), Finucci se muestra convencida -y convincente-acerca de la necesidad de poner en estrecha relación los textos literarios con las fuentes médicas, teológicas y jurídicas coetáneas; para ello despliega un extenso y concienzudo conocimiento de estos textos, con lo que consigue, a mi entender, la parte más sugerente de su obra para lectores disciplinarmente adscritos a la historia de la ciencia. Pero si alguno de estos lectores está, además, convencido de que para practicar el tan ensalzado diálogo pluridisciplinar debiera comenzar por tratar de familiarizarse con tradiciones culturales de raíz artística, literaria y antropológica, éste y otros trabajos de Valeria Finucci no le defraudarán. Dicho de otro modo: el libro resulta ideal para quien piense que interpretar la obra de Falloppio, Cardano o Della Porta, requiere conocer también las de Tasso, Ariosto o Maquiavelo, o al menos saber qué dicen sobre ellas sus estudiosos actuales. En el primer capítulo, Finucci aborda las ideas acerca de la concepción y la gestación masculinas, incluida la de la generación espontánea de seres 'masculinos', que circulaban en algunos de los textos paradigmáticos de la literatura italiana, principalmente novelle, pero también textos teatrales y novelas de caballería, a la luz de los discursos médicos y filosoficonaturales coetáneos. Aquí me permito señalar que entre las fuentes no literarias Finucci maneja textos dirigidos en principio a distintas audiencias y quizá no insiste lo suficiente en que, si bien el fondo del discurso puede ser el mismo, las intenciones de los autores y las audiencias potenciales de los textos no son las mismas. Por otro lado, los términos learned people y popular audience resultan problemáticos, sobre todo a la hora de atender a las vías de recepción y apropiación de las ideas contenidas en los textos de los que, respectivamente, les están dirigidos, empezando por la posibilidad de que los consumidores de ambos tipos de textos no fueran grupos mutuamente excluyentes. Los cuatro capítulos centrales del libro -del segundo al quinto-están basados en el análisis de cuatro de los textos más difundidos de la literatura italiana de la época: las comedias La mandragola, de Maquiavelo, y La calandria, de Bernardo Bibbiena; y los extensos poemas épicos del Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, y la Gerusalemme liberata, de Torquato Tasso (como se ve, un defensor del canon no tendría mucho de qué quejarse ante la elección). El segundo capítulo está dedicado al análisis de lo que la autora denomina la «mascarada de la paternidad», a través del análisis de la citada obra de Maquiavelo. El tercer capítulo se centra, en cambio, en la obra de Tasso para abordar diversas cuestiones relacionadas con la cuestión de los nacimientos monstruosos, las explicaciones médicas y filosóficas circulantes y su representación cultural en el poema así como en otras producciones artísticas italianas coetáneas. El cuarto capítulo toma como argumento principal la «erotomanía» del Orlando furioso y la poderosa y eficaz configuración del ideal de la masculinidad que ésta transpira. Y en el quinto capítulo le toca el turno a la otra comedia citada, La calandria, para ilustrar a través de ella otro de los temas estrechamente relacionados con la construcción de la masculinidad: la figura del hermafrodita, la insistente representación del ser andrógino. Por último, el sexto capítulo aborda de nuevo un amplio catálogo de obras literarias para tratar de otra de las representaciones de la masculinidad en clave paradójica: la del castrato. Es en este capítulo, me da la impresión, donde Finucci se muestra más crítica con respecto a la historiografía sobre estos temas y donde aporta contundentes testimonios para romper el confinamiento de la realidad histórica de los castrati en un reducido ámbito cronológico, espacial y social, extendiendo dicha realidad en diversas direcciones y mostrando la necesidad de encuadrarla en el conjunto de las cuestiones abordadas en el libro, ya que de otro modo se corre el riesgo de quedar reducida a una mera curiosidad estrambótica de una moda pasajera. Especialmente destacable es, desde el punto de vista que aquí nos ocupa, la inteligente presentación de la intervención del cirujano y de su práctica experta en la «manufactura» del castrado, así como el despliegue de unos discursos médicos coetáneos que están lejos de ser monocordes. En este sentido, se echa de menos una mayor atención a los discursos emitidos desde la teología, sea desde la tratadística o desde el púlpito; naturalmente, la autora se muestra consciente en diversas ocasiones del peso de la religión en muchos de los asuntos sometidos a su análisis, pero da la impresión de no encontrarse cómoda cuando dirige su mirada hacia las intervenciones de teólogos y moralistas. En conclusión, una lectura estimulante, una densidad intelectual encomiable, un diálogo fecundo entre disciplinas y un paseo por la cultura del Renacimiento italiano alejado de los tópicos al uso. No se puede pedir más, aunque la generosidad de la autora incluye también una expresión clara y no exenta de humor, así como un marco referencial amplio y plural, siempre abierto a la discusión.
El Instituto Español de Entomología (CSIC) y la multitud molesta1 En 1941 se creó el Instituto Español de Entomología (IEE), heredero directo de la antigua Sección de Entomología del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Entre las labores encomendadas al nuevo establecimiento estaba la de aportar «a los Centros de aplicación los datos resultantes de los trabajos que en él se efectúen con los insectos, de interés económico y sanitario». Gonzalo Ceballos fue nombrado Director y sus propuestas, junto al trabajo de las instituciones encargadas de la gestión forestal, hicieron del IEE uno de los centros motores de muchas iniciativas en este campo. Su dirección supuso, además, una excelente oportunidad para cumplir los objetivos con los que fue concebido el Instituto. En este artículo se distinguen tres formas de participación respecto al estudio, gestión y control de plagas forestales. Por un lado, la implicación del IEE en la resolución de consultas de particulares, empresas e instituciones; en segundo lugar, el desarrollo de proyectos subvencionados por el Patronato Juan de la Cierva y, finalmente, las colaboraciones con diferentes cuerpos dependientes del Ministerio de Agricultura. Se constata que la falta de personal especializado en plagas adscrito al IEE supuso un grave inconveniente para que las iniciativas de Ceballos se desarrollaran más allá de su gestión. "...decimos una plaga indicando familiarmente una multitud molesta..." El Instituto Español de Entomología (IEE) fue fundado tras el desmembramiento del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) al término de la guerra civil española, integrando en el nuevo centro las colecciones, biblioteca y personal que antes había sido la Sección de Entomología del Museo. Esta Sección que durante tantos años protagonizó los estudios entomológicos españoles, se quedó sin muchos de los investigadores que la formaban, como Ignacio y Cándido Bolívar, Dionisio Peláez o Juan Gil Collado (Gomis, 2014) y el nuevo gobierno, tras la puesta en marcha del que iba a abanderar la investigación científica en España, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), creo en 1941 el IEE2 que en «el marco de la investigación pura, pueda favorecer eficazmente la labor encomendada a los servicios que en distintos sectores, sanitario, agrícola, forestal, pecuario, luchas contra los daños producidos por los insectos». Nació así un Instituto con vocación en la investigación de tipo aplicado, «justificado científica y económicamente por la magnitud e interés excepcionales de este grupo de seres naturales [los insectos], que sustraen anualmente a nuestra riqueza cientos de millones de pesetas» y constituido «en tres Secciones: Sección de Entomología general, Sección de Entomología agrícola y Sección de Entomología forestal»3. En este trabajo se examinan las actividades que bajo esta última línea de investigación, la Entomología Forestal, se desarrollaron en el IEE en la etapa de su primer director, Gonzalo Ceballos (1895-1967), ingeniero de montes al que siempre le atrajeron los insectos como organismos interesantes por sí mismos y no solo como criaturas susceptibles de causar daños en masas forestales. Ceballos estuvo desde joven vinculado al MNCN, relacionándose con Ignacio Bolívar y su equipo de entomólogos (Cándido Bolívar, José María Dusmet, Manuel Martínez de la Escalera). Ganó por oposición la Cátedra de Zoología y Entomología de la Escuela Especial de Ingenieros de Montes de Madrid en 1934, donde fue profesor hasta su jubilación. Su primera veintena de trabajos publicados corrobora su más que afición a la Entomología básica, todos ellos dirigidos al estudio taxonómico de un grupo especialmente complicado como son los himenópteros ichneumónidos, del que no había ningún especialista en España; son trabajos que publicó desde 1920 a 1941. En este último año apareció el primero dedicado a tratar un aspecto aplicado, Idea general de la plaga producida por insectos (Ceballos, 1941) donde el autor resume su idea de plaga «decimos una plaga indicando familiarmente una multitud molesta». Es también en 1941 cuando le nombran Director del recién creado IEE, centro que se pretendía fuese «...un primer brote especializado con proyección de la "labor científica sobre problemas de interés social y económico"...»4. Los objetivos de este nuevo centro aspiraban hacia los mismos fines que el organismo que lo sostenía: [Los fundadores del CSIC] También quieren que ese nuevo organismo activamente promueva y renueve centros e inicie líneas de investigación en disciplinas sin tradición o presencia activa en el Estado, empezando de cero si es necesario, o eliminando lo que estorbe. El nuevo organismo ha de ocuparse, muy especialmente, de fomentar la tecnología y las ciencias aplicadas (Malet, 2008). No era nueva la idea de que los científicos que se ocupaban de la Entomología de tipo general se involucraran en su vertiente de tipo aplicado. Ya en 1922, el Ministerio de Fomento publicaba un Real Decreto5 en el que solicitaba para el Laboratorio de la Fauna Forestal Española la colaboración de «otros elementos útiles de investigación, de notoria autoridad en sistemática, que cual el Museo Nacional de Ciencias Naturales pueden contribuir por sus especialistas a un mayor rendimiento de trabajo». Ignacio Bolívar, Director del MNCN, aceptó con interés el requerimiento, resultando elegidos para esa colaboración Ricardo García Mercet y Cándido Bolívar6 (Otero Carvajal & López Sánchez, 2012). Abundando en este sentido, indicaremos que en 1929 y 1930, Ignacio Bolívar solicitó a la Dirección General de Montes, Pesca y Caza, la incorporación de Gonzalo Ceballos en el MNCN como colaborador pues vendría a iniciar en nuestro país la estrecha colaboración entre los técnicos que estudian la Entomología aplicada y los que laboran en ella como Ciencia pura, colaboración que existe en otros países, como los Estados Unidos, donde muchos de los técnicos del Bureau of Entomology están permanentemente agregados a la Sección de Entomología del U.S. National Museum, por haberse percatado oportunamente la dirección del Bureau of Entomology de las ventajas que una colaboración de esta índole tiene forzosamente que proporcionar7 (Otero Carvajal & López Sánchez, 2012). Esta petición de colaboración ya fue formulada en 1928 en la revista España Forestal (Anónimo, 1928). Gonzalo Ceballos, como Director del nuevo centro, aunó los propósitos con los que nació éste y sus propios intereses investigadores. Era por tanto, un perfil muy adecuado para la gestión del nuevo Instituto. El mandato de Gonzalo Ceballos en el IEE se extendió durante los 26 primeros años de vida del Instituto y las actividades que realizaron en el área de la entomología aplicada fueron muchas y de índole muy diversa, algunas de gran interés por ser las primeras de su tipo que fueron ejecutadas en España. Además, como se verá más adelante, hubo una elevada implicación del IEE, a través de su Director, en la estructuración de las instituciones que se ocuparían de la gestión de plagas forestales en España. PRIMEROS PASOS DEL IEE EN ENTOMOLOGÍA APLICADA En los primeros años de vida del IEE las labores en el área de la Entomología aplicada se limitaron a dar respuesta a consultas puntuales de particulares, empresas e instituciones oficiales. Al IEE llegaban solicitudes requiriendo la identificación de insectos y desde el Instituto se responde con informes donde no sólo se identificaba la plaga sino que se aconsejaba sobre cómo erradicarla y prevenir nuevos casos. La primera consulta que nos encontramos es la que realizó en diciembre de 1941 el Ingeniero Jefe del Servicio Agronómico de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea, quien envía desde Santa Isabel, Fernando Poo (Guinea Española)8, una muestra de parásitos del café. Tras esta remesa encontramos a Luis Báguena, médico y entomólogo, quien ya se relacionaba con Ceballos en el periodo en que ambos colaboraban con la Sección de Entomología del MNCN. Báguena trabajaba entonces como entomólogo para el Servicio Agronómico de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea y desde allí se realizan, al menos hasta 1946, varios envíos al IEE con muestras de insectos para identificar: Por el presente correo me permito remitirle al Instituto de Entomología, un nuevo pequeño lote de parásitos, por si ahí pueden determinarlos. Se trata de un hemíptero que daña las hojas del café, de un Syrphidae? con su pupario, que es parásito de la larva de un cerambycido que barrena los troncos del árbol de la Kola, y de otro díptero que parasita a su vez al parásito de la palmera del aceite9. Otras corporaciones que consultaron al IEE son, por ejemplo, los Distritos Forestales de Barcelona, Córdoba, Gerona y Madrid; la División Hidrológica Forestal de Madrid; la Hermandad de Labradores de la ciudad de Toro (Valladolid) o el Instituto Español de Medicina Colonial. Pero no son solo instituciones dedicadas a la producción agrícola o forestal sino que también fueron otras las que acudieron al IEE en busca de identificación y asesoramiento para la eliminación de insectos dañinos; así, les consultó el Arquitecto Conservador de la Alhambra por un problema de Galerucella en los olmos del recinto10; el Ayuntamiento de Burgos, que también tenía un problema de infestación de sus olmos por ese mismo coleóptero crisomélido, la Galerucella luteola11 o el Ayuntamiento de Orihuela del Tremedal, Teruel. En 1947 fue el Capitán General de Madrid, Agustín Muñoz Grandes, a quien se le remitió un informe sobre plaga de insectos en el campamento de Carabanchel (plaga en chopos por Aegeria apiformis L., Melanophila picta Pall. y Anoxia villosa F.). Como en otras ocasiones, también se aportaban datos biológicos de las especies implicadas y posibilidades para combatirlas. Además, se les indicó que: se está dispuesto, si así interesa, a realizar ensayos de terapéutica combinada intensiva, siempre que se le faciliten medios de locomoción y mano de obra auxiliar, proporcionando los productos necesarios y material correspondiente12. Un aspecto que creemos interesante resaltar es que el IEE no sólo determinó las muestras sino que en sus informes solía aportar numerosos datos acerca de la especie a la que se refería, su biología, distribución, potencial como plaga, posible infestación, daños, enemigos naturales, medios de lucha, etc. Es decir, se intentaba colaborar en lo posible a la solución del problema. EL IEE Y EL PATRONATO JUAN DE LA CIERVA Las actuaciones del IEE, en cuanto a plagas forestales se refiere, tomaron impulso en 1946, año en el que comenzó una fructífera relación con el Patronato Juan de la Cierva. Mientras que anteriormente las ayudas a particulares e instituciones eran de carácter puntual, es decir, sin que existiese un proyecto general bajo cuya cobertura se trabajase, en 1946 se planteó un programa específico que fue subvencionado por el Patronato Juan de la Cierva, Patronato que había sido creado con la misión de «organizar y dirigir la investigación hacia objetivos utilitarios, de carácter militar e industrial» (López García, 1997). Ceballos consiguió así un apoyo pecuniario siguiendo las líneas que el CSIC deseaba favorecer,...el CSIC promovió la investigación aplicada y tecnológica. Para ello, no sólo consiguió del INI cuantiosos recursos para el Patronato Juan de la Cierva, sino que desequilibró los presupuestos de sus institutos de ciencias en detrimento de la investigación pura y en favor de la aplicada (Malet, 2008). El proyecto en el que se centró el IEE, con su director y secretario al frente, Gonzalo Ceballos y Eduardo Zarco13 respectivamente, fue el de la investigación y control de plagas de insectos en viveros forestales, un proyecto íntimamente relacionado con el Plan General de Repoblación Forestal de España (1939). Luis Ceballos, hermano menor de Gonzalo, y Joaquín Ximénez Embún fueron los que elaboraron este proyecto en el que se proponía la reforestación de España con los objetivos de: 1.- Elevar la productividad de los montes que nos quedan; 2.- Repoblar todos los rasos de los montes hoy catalogados como de utilidad pública; 3.- Crear todos los montes que además de los existentes son indispensables para conseguir un buen régimen hidráulico; 4.- Crear los que todavía puedan ser precisos para satisfacer las necesidades nacionales de consumo de productos forestales, y 5.- Crear todavía aquellos otros, que con sus productos, viniesen a sustituir con ventaja, el servicio que hoy prestan a la agricultura y a la ganadería. Una medida que pudo ayudar para alcanzar el propósito del Plan General de Repoblación Forestal de España, en el que se planteó la repoblación de 6 millones de Ha en 100 años, fueron los sistemas de cultivo de las plantas en viveros, ya que podían garantizar la obtención de ejemplares arbóreos de calidad y en poco tiempo. En un informe al Patronato Juan de la Cierva de septiembre de 1946, Ceballos aportó datos de las cuantiosas pérdidas que las plagas de insectos originaban en los viveros a lo largo de todo el territorio español. En concreto advertía acerca de las pérdidas del Distrito Forestal de Córdoba, Logroño o Santander y de la División Hidrológica de Zaragoza y de Sevilla, entre otros. Y continuaba notificando que «ha emprendido una serie de estudios y ensayos encaminados a la posible solución del mismo» 14. Fue este un proyecto que combinaba tratamientos terapéuticos, tanto combativos como preventivos y en el que se hacían ensayos controlados en laboratorio esperando encontrar pautas que pudieran más tarde dar buenos resultados en la masa forestal del país. Con la primera subvención que el Patronato Juan de la Cierva concedió al IEE, se realizaron en Córdoba y Santander (viveros de Alcolea y Villapreste): ensayos que tendían a determinar, al mismo tiempo que el poder tóxico efectivo del insecticida sobre la larva del insecto, las dosis tolerables del mismo por parte de la planta15. Así comenzaron una serie de programas periódicos desde 1946 a 1948 en los que el IEE obtuvo subvenciones de 80.000 ptas. anuales con el objetivo de conseguir la erradicación de las plagas de insectos en viveros forestales. Para la consecución de este trabajo se pusieron en contacto con 34 viveros repartidos por una gran parte de España. Gonzalo Ceballos y Eduardo Zarco fueron los únicos responsables del proyecto. Fueron ellos los que escribieron a los viveros solicitando muestras, controlaron los envíos que se realizaban al IEE para la identificación de los insectos, elaboraron informes, etc., efectuando un completo seguimiento del proceso16. También fueron ellos los que, a lo largo de estos años, sugirieron la forma de combatir las plagas detectadas en los viveros, cultivos controlados de plantas donde crecían alrededor de veinticinco especies vegetales (acacias, álamos, arces, castaños, chopos, cipreses, encinas, olmos, palmitos, pinos, robles, tilos). Se complementó el proyecto, como se ha indicado anteriormente, con la realización, en pequeñas parcelas, de ensayos para determinar el potencial tóxico del producto insecticida sobre los insectos y las dosis de éste que la planta podía aceptar. Además de los proyectos dedicados al control de plagas de insectos en viveros, colaboraron en la erradicación de la lagarta (Lymantria monacha L.) en pinares de Pinus silvestris L., cuando el Distrito Forestal de Teruel pidió ayuda en 194817. Se recogieron millares de huevos en diversas zonas de España y se criaron en la Estación de Ensayos de El Ventorrillo con objeto de ver qué parásitos emergían de ellos y estudiar si podrían ser utilizados como control biológico de la plaga. Esta Estación, que venía siendo gestionada por el IEE desde 1944, fue creada por Ignacio Bolívar en 1910 como Estación Alpina de Biología, y se encontraba localizada en la Sierra del Guadarrama, cerca del Puerto de Navacerrada, donde hoy sigue. También en el Insectario18 del IEE, una pequeña casita que aún hoy se conserva en los jardines del MNCN, se criaron diversas especies de insectos de interés forestal. Al ser la lagarta una plaga de muchos pinares del territorio español, resolvieron emplear un recurso que ya entonces se utilizaba en Alemania y Norteamérica, el uso de aviones para fumigar grandes extensiones de masas forestales. La experiencia se realizó en Pinar Grande (Soria) en colaboración con la Dirección General de Montes del Ministerio del Aire y el instituto de Técnica Aeronáutica19 y se trató de la primera de este tipo ejecutada en el país (Rupérez, 1958). En 1950 se ejecutaron las primeras fumigaciones aéreas con un aparato «Miles Aerovan», sobre el que se montó un dispositivo encargado de la distribución del insecticida, módulo que había sido ideado por personal del IEE20. En 1953 las fumigaciones se hicieron con un trimotor «Junkers», con el que se sobrevolaron los pinares de Guadarrama; a esta exhibición acudió el Jefe del Estado Francisco Franco (Figura 1), como se recoge en el Boletín Informativo del Instituto de Ingenieros Civiles de España (Anónimo, 1953). Hubo otras tentativas para erradicar esta plaga como la de intentar obtener un aparato que producía «nieblas» de insecticidas desde tierra, ensayos para su fabricación21 y la construcción de un motor-compresor. Francisco Franco y Gonzalo Ceballos en una exhibición de fumigaciones aéreas contra la plaga de la lagarta en Pinar Gordo (Soria). Imágenes publicadas en el Boletín Informativo del Instituto de Ingenieros Civiles de España (1953) Otro de los insectos del que se ocuparon fue el himenóptero Diprion pini (L.), localizado al examinar la plaga de Lymantris monacha L. en los pinares de Teruel. Advirtieron que estaba atacando los bosques y aprovecharon las distintas experiencias en su combate para realizar un «film documental» 22 donde plasmar los aspectos biológicos de la plaga. El Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, cuya sede se encontraba en el mismo edificio que el IEE, el Palacio de la Industria y las Artes, actual sede del MNCN, colaboró en la realización de un reportaje sobre este insecto. El film, dirigido por Eduardo Zarco: constituye un primer ensayo en el campo de la cinematografía científica, muy aleccionador, [...] ya que su difusión entre el personal encargado de su vigilancia y conservación de nuestros bosques [...] permita en el futuro salvar grandes cantidades de árboles de la voracidad de los insectos, como Ceballos deja reflejado en la Memoria de 1949 para el Patronato Juan de la Cierva (Ceballos, 1950). Aprovechando las imágenes que Luis Esteban Matamala, dibujante del IEE, realizó para el documental, también editaron una publicación ilustrada (Ceballos & Zarco, 1952) donde relataban tanto la biología y desarrollo de estos insectos, como sus parásitos, la manera en que se operó para su erradicación y los diversos ensayos que se hicieron para su eliminación. A partir de 1955 se detectó un cambio en la orientación de los proyectos de investigación del IEE sobre plagas forestales; el giro se tradujo en una mayor atención a temas de biología básica, dejando un tanto apartada su implicación práctica en objetivos de tipo aplicado. Aun así, Ceballos insistió en que se trataba de investigaciones sobre «insectos de indudable interés forestal» 23. Se sucedieron los estudios de especies implicadas en daños a masas forestales. Gonzalo Ceballos y Eduardo Zarco, junto a Domingo Cadahía Cicuéndez, Juan Miguel Gómez-Menor Guerrero, Luis Esteban Matamala, Manuel Sánchez y Margarita Vogel profundizaron en el conocimiento de la fauna asociada al chopo (Zarco & Ceballos, 1956) en España, incluidos sus parásitos y depredadores24. Se estudiaron especies de lepidópteros como Sesia apiformis y Paranthrene tabaniformis (Rott.) (Cadahia, 1958), homópteros como Pemphigus spirothecae Pass. (Gómez-Menor Guerrero, 1957a) y tisanópteros como Ecacanthothrips nodicornis (Reut.) Los resultados de estas investigaciones se publicaron en muchos casos en la revista Graellsia25, uno de los órganos de difusión del IEE. También en publicaciones del Patronato Juan de la Cierva, como la obra «Ensayo de lucha biológica contra una plaga de Diprion pini (L.)» (Ceballos & Zarco, 1952) o «Insectos perjudiciales al chopo en España» (Zarco & Ceballos, 1956). Otros estudios tuvieron como protagonistas a los lepidópteros Ocnerostoma piniariella Z., y sus parásitos, plaga observada en masas de Pinus silvestris; y a una nueva especie del género Cossus que afectaba a los chopos. El último año que el IEE percibe subvenciones del Patronato Juan de la Cierva es 1958. En esta ocasión Juan Gómez-Menor Ortega estudió la fauna cocidológica de los encinares españoles y la variabilidad de algunas especies de homópteros; Ramón Agenjo y Domingo Cadahía, centraron su labor en los lepidópteros que atacaban encinas, sobre todo las especies del género Catocala (Noctuidae); Luis Báguena realizó aportaciones en el grupo de los coleópteros; Eugenio Morales Agacino recopiló información sobre diversos problemas entomológicos26,27; Juan Miguel Gómez-Menor Guerrero se formó en la recolección y preparación de materiales para estudios sobre lucha biológica y Antonio Varea Cortés dio apoyo como preparador. Estos trabajos dieron como resultado la publicación de cuatro originales que conformaron una monografía, Trabajos de Entomología Forestal28 (VVAA, 1957). EL IEE Y EL MINISTERIO DE AGRICULTURA En 1952 el Ministerio de Agricultura, dirigido por el ingeniero agrícola Rafael Cavestany de Anduaga, fundó una sección dedicada a las plagas que afectaban a las masas forestales, el Servicio Especial de Plagas Forestales, dependiente de la Dirección General de Montes, Caza y Pesca Fluvial. Esta nueva sección se implantó «bajo el estímulo de Gonzalo Ceballos y tras la realización de un exhaustivo informe sobre el estado fitosanitario de nuestros bosques» y debía encargarse de: la detección de plagas, la identificación de insectos y hongos forestales, el estudio de las poblaciones de plagas y de sus enemigos naturales y los experimentos con plaguicidas y sus efectos secundarios (Pajares Alonso, 2009). Gonzalo Ceballos deseaba que su Instituto formara parte de esta nueva iniciativa y en 1955 remitió al Patronato Juan de la Cierva un informe titulado «Proyecto de organización de laboratorios y trabajos sobre entomología aplicada a realizar por el "Instituto Español de Entomología" durante el año 1955»29. En el se recogen sus ideas acerca de cómo el IEE debiera estar organizado para ser un centro enfocado claramente a la realización de proyectos e investigaciones de tipo aplicado. En la propuesta, que incluyó el presupuesto de lo que costaría la restructuración, Ceballos recomendaba la creación de hasta cinco laboratorios: Laboratorio de biología y ensayos en la Sierra de Guadarrama, con capacidad para almacenar materiales para los estudios; Laboratorio de Química, con la construcción de un nuevo pabellón anexo al Insectario y donde «se llevaría a cabo el análisis y control de los productos comerciales y se procedería al estudio de nuevos productos o mezclas»; Laboratorio biológico de comprobación, localizado también en el anterior futuro nuevo pabellón y que sería utilizado para «la cría de insectos perjudiciales y la comprobación en el laboratorio de los efectos letales de los insecticidas»); Laboratorio de lucha biológica y enfermedades infeccionas, para la «catalogación, estudio y cría de parásitos de insectos perjudiciales [...] junto con el estudio de bacterias y virus» de los mismos); Laboratorio de Sistemática, localizado en el propio edificio del IEE con el objetivo de «poder llegar a un conocimiento lo más perfecto posible de la fauna entomológica perjudicial y sus parásitos»). La participación del IEE que Ceballos perseguía se resolvió con la firma de un Convenio de Colaboración entre el Consejo Superior de Investigaciones y el Servicio de Plagas Forestales30. En la carta del 11 de diciembre de 1957 que el Director del Servicio Especial de Plagas Forestales envía al Presidente del CSIC, José Ibáñez Martín, el Servicio justificaba la necesidad que tenía del apoyo del IEE «Algunas dificultades que el citado Servicio viene encontrando [...] son consecuencia en la mayoría de los casos, de falta de conocimiento exacto de las biologías de dichos agentes» y solicita que El mencionado Instituto [IEE] pondría estos terrenos y edificios a disposición del personal técnico del servicio de Plagas Forestales, con dedicación concreta, y bien delimitada, garantizaría el mejor aprovechamiento de su trabajo y llegaría a proporcionarle una adecuada especialización quedando bien patente que por parte del Instituto sólo se trata de una prestación temporal, mientras que «El servicio de Plagas Forestales atendería a todos los gastos dimanantes de los citados trabajos experimentales». El 16 de enero de 1958, el Vicesecretario del CSIC, José Royo, comunicó a Ceballos que la Comisión Permanente había acordado autorizar la propuesta de que el Servicio Especial de Plagas Forestales utilizara terrenos y edificios del IEE «a fin de poder seguir las evoluciones por las que pasan los insectos» 31. La relación del IEE con éste siempre fue muy estrecha; se contó por ejemplo, con la ayuda del Instituto para la formación de técnicos en 1956, cuando envían personal al Instituto para «practicarse en los trabajos de preparación, conservación y cultivos de carácter entomológico...»32. La reestructuración del IEE que Ceballos demandaba nunca se llevó a cabo pues solo el Laboratorio de lucha biológica y enfermedades infecciosas se puso en marcha bajo la codirección del mismo Instituto y del recién creado Servicio Especial de Plagas Forestales. El fallecimiento de Eduardo Zarco en 1957 muy probablemente supuso un grave contratiempo en los planes de Gonzalo Ceballos pues era su más estrecho colaborador y seguramente también se sumó a esta pérdida la disminución de presupuestos que el CSIC experimentó en los años del Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959 (Malet, 2008). La gestión de este «Laboratorio de Patología de Insectos y Biocenosis» fue encomendada al ingeniero de montes Adolfo Rupérez Cuéllar, que entonces trabajaba como entomólogo en la Sección de Estudios del Servicio, quien pasó a encargarse de «la organización y desarrollo de la lucha biológica33. Un repaso de lo que se realizaba en este Laboratorio lo encontramos relatado por el propio Rupérez en el número 3 del Boletín del Servicio de Plagas Forestales (Rupérez Cuellar, 1959), mirada que deja constancia del protagonismo del IEE en el combate que se mantiene en el ámbito de las plagas forestales:... el Instituto Español de Entomología, de una parte, consideró de interés el funcionamiento en nuestro país de un laboratorio que se ocupara de dicha labor [valoración de patogeneidad y seguridad sanitaria] de prospección y experimentación, y a tal efecto se ha establecido un trabajo en colaboración entre dicho Instituto y el Servicio de Plagas Forestales, este último interesado, por otra parte, en el tratamiento por medios biológicos de las plagas de los montes. Esta modalidad de trabajo constituye un notable éxito económico, al reducir los gastos de investigación que podrían haberse producido de trabajar independientemente cada organismo citado (Rupérez Cuellar, 1959). En el Laboratorio se estudiaban microorganismos que pueden producir enfermedades en los insectos, por ejemplo en la procesionaria (Thaumetopoea pityocampa Schiff.), plaga forestal que ya se había tratada en el IEE con anterioridad. La colaboración con el Servicio Especial de Plagas Forestales trae consigo la ampliación y modernización del espacio que ocupan en el Insectario34. En la reestructuración del IEE solicitada también se proyectaba la publicación de una nueva revista sobre plagas «que lleve por nombre: REVISTA DE ENTOMOLOGÍA APLICADA» y un Boletín trimestral donde se reuniría información y bibliografía extranjera sobre Entomología Aplicada35. Curiosamente, el IEE ya disponía de una revista, Graellsia, serie que en el momento de su planificación se sugirió fuese creada para dar visibilidad a los trabajos de tipo aplicado; entonces no se hizo y tampoco fue propuesta su reorientación en el proyecto de Ceballos. El Servicio Especial de Plagas Forestales fue quien editó una revista que acogía obras de su interés, el Boletín del Servicio de Plagas Forestales, cuyo no 1 apareció en 1958. Bajo la dirección de Gonzalo Ceballos se realizaron en paralelo estudios tanto de investigación aplicada como básica, justificando este maridaje en las Memorias anuales que remite al CSIC, «Dada la complejidad de los problemas entomológicos es sumamente difícil trazar una línea que separe taxativamente los aspectos de investigación pura de la aplicada» 36. En estas Memorias se hace patente la colaboración con el «Laboratorio de Patología de Insectos», instalación que, recordemos, ocupaba el que antes fuera edificio del Insectario. En ellas se enumeran los estudios y trabajos del personal del Servicio: trabajos y estudios fuera de España realizados por los Colaboradores del Servicio Especial de Plagas Forestales, D. Pedro Ceballos Jiménez y D. Adolfo Rupérez Cuellar, en el Museo de Historia Natural de Ginebra y en los Laboratorios de Lucha Biológica de la Minière, Antibes y Alés, respectivamente37. Queda también recogido cuando el propio Director del Servicio Especial de Plagas Forestales pidió a Ceballos que Ramón Agenjo, entomólogo del IEE, fuera al Museo de Ciencias Naturales de París a estudiar Sesiidae para «resolver las arduas cuestiones taxonómicas» 38 del grupo o cuando Ceballos solicitó autorización al Presidente del Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas para que Adolfo Rupérez, del Servicio de Plagas, utilizara el microscopio electrónico39. Ceballos dejó constancia de la importancia de la colaboración con el Servicio Especial de Plagas Forestales al subrayar que la patología de insectos era una «especialidad que no ha sido objeto de atención en España hasta ahora» 40. Las labores que el IEE resumió en sus Memorias desde 1960 a 196541 fueron la participación, junto al Servicio Especial de Plagas Forestales, en proyectos sobre agentes patógenos con el fin de proteger a «insectos útiles como el gusano de seda y la abeja, y también para utilizar estos microorganismos contra los insectos perjudiciales de los cultivos y bosques»; el aislamiento de hongos patógenos y estudio de bacterias; el descubrimiento de «un virus poliédrico en orugas de Catocala nymphaea Esp. Noctuidae), nuevo para la Ciencia y que permite estudiar la posibilidad de un control biológico contra este perjudicial lepidóptero de los encinares»; el uso de Bacillus thuringiensis (bacterias), Smithiavirus pityocampae (virus) y Borrelina reprimens (virus) que había servido para «llevar a la práctica diversos tratamientos en los montes con suspensiones patógenas contra insectos perjudiciales, tales como la procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa Schiff.) y lagarta peluda (Lymantria dispar L.)»; la colaboración en «una campaña de prospección en el Pirineo de las especies de Formica del grupo rufa, con el fin de localizar dichas especies de hormigas que, estudiadas in situ y en el laboratorio, dejaran ver sus posibilidades de utilización como predatores de las orugas de "procesionarias"». El IEE también cooperó con la Sección de Bioquímica del Instituto de Investigaciones Agronómicas sobre el biomio insectos-levaduras y la acción esterilizante de las radiaciones gamma sobre insectos. La idea de que la colaboración entre entomólogos especialistas en investigación básica y técnicos en entomología aplicada enriquecería las actuaciones de ambos sectores fue ya sugerida por Ignacio Bolívar, años antes de ser creado el Instituto Español de Entomología. De hecho, sirvió de justificación para solicitar la colaboración oficial de Gonzalo Ceballos con la Sección de Entomología del MNCN en el año 1928. No cabe duda de que la elección de Ceballos como director del IEE supuso para este Instituto una excelente oportunidad de ser un centro que participara, junto a las instituciones encargadas de la gestión forestal, en la lucha contra las plagas forestales; además, esta orientación hacia temas aplicados fomentaría el cumplimiento de los objetivos con los que el IEE fue concebido. Las actuaciones de Ceballos, una vez elegido Director del IEE, siguieron las propuestas de su maestro Ignacio Bolívar, considerando de gran interés, tanto para la Ciencia pura como para la aplicada, la estrecha colaboración entre ambas vertientes. A lo largo de los años de dirección de Ceballos hemos identificado tres formas de participación en el estudio, gestión y control de plagas forestales. En primer lugar el servicio que realizó el IEE resolviendo consultas de instituciones, empresas y particulares con la identificación de insectos que pueden causar daños. Son dictámenes puntuales que incluyen la determinación taxonómica de los ejemplares, informe de su biología, distribución, potencialidad como plaga y su erradicación y control preventivo. Se realizaron en los primeros años del IEE y los especialistas que resolvieron estas consultas fueron Gonzalo Ceballos, Eduardo Zarco, Ramón Agenjo y José del Cañizo. En un segundo grupo de actividades reunimos los proyectos que llevaron a cabo directamente Ceballos y Zarco, gracias a las subvenciones del Patronato Juan de la Cierva, como son el dirigido al estudio de las Plagas de insectos en los viveros forestales, el control en pinares de la lagarta (especies del género Lymantria) y del himenóptero Diprion pini (L.), con fumigaciones de áreas afectadas, el desarrollo de dispositivos para la dispersión de insecticidas, etc. Es destacable también la elaboración de materiales divulgativos dirigidos a la formación de diferentes colectivos, tanto de agricultores como de técnicos. En tercer lugar encontramos la implicación de Gonzalo Ceballos impulsando la restructuración de las instituciones del Ministerio de Agricultura para acometer el estudio y control de las plagas forestales. El interés de Ceballos por la investigación y tratamiento de estas plagas se tradujo en la promoción de un Servicio que únicamente se dedicase a ello, el Servicio Especial de Plagas Forestales. Los cambios que Ceballos pretendió se realizasen en el IEE indican su interés por potenciar las investigaciones de tipo aplicado en éste, queriendo poner a disposición del recién creado Servicio, unos laboratorios que serían controlados desde el Instituto. Ceballos continuó la colaboración con la cesión de instalaciones, como son la Estación de Ensayos Biológicos de El Ventorrillo o el Insectario, parcialmente ocupado por el Laboratorio de Patología de Insectos del Servicio Especial de Plagas Forestales. El personal que en esa época trabajaba en el IEE no participaba directamente en las labores relacionadas con las plagas, aunque sus investigaciones girasen en torno a especies de insectos que podían originar daños como plagas. Su aportación en este sentido puede ser cuantificada valorando que en el Boletín de Plagas Forestales, hasta 1967, se publicaron 188 artículos, de los cuales casi el 20% son atribuibles a personal del IEE, en concreto a Gonzalo Ceballos, Ramón Agenjo y Francisco Español. En resumen, muy probablemente la falta de personal especializado en plagas realmente adscrito al IEE supuso un grave inconveniente para que las diferentes iniciativas de Ceballos tuvieran continuidad a lo largo del tiempo. En los primeros años se esforzaron en incorporar estudios de entomología aplicada a las líneas de investigación del instituto, impulso que decayó tras la muerte en 1958 del colaborador más estrecho de Ceballos, Eduardo Zarco. A partir de entonces, aunque desde el centro se siguiera insistiendo en su vinculación con las investigaciones de tipo aplicado, mencionado por ejemplo estudios de insectos con interés forestal, el hecho es que los trabajos volvieron a estar dirigidos fundamentalmente hacia temas básicos como la taxonomía, sistemática, ciclos biológicos y corología. El Servicio Especial de Plagas Forestales que en 1964 era el «único organismo dedicado con exclusividad a las plagas forestales» y en el cual «recae toda la investigación encaminada a la defensa de los montes contra las plagas y enfermedades» (Torrente & Romanyk, 1964) quedó desde entonces como principal encargado del tema. En 1967 a Ceballos sucedió como Director el entomólogo Ramón Agenjo. Ese mismo año se produjo una restructuración de las secciones y personal del IEE, asumiendo éste una gran parte de los investigadores del Departamento de Zoología del Suelo del Instituto de Edafología y Biología Vegetal del CSIC42. La entomología forestal quedó entonces olvidada y los insectos productores de plagas, esa «multitud molesta» como la denominaba Ceballos, dejó de ser objeto de estudio en el Instituto Español de Entomología, quedando éste como un centro dedicado casi en exclusiva a la investigación entomológica pura.
Se analiza un texto inédito de Miquel Crusafont Pairó, correspondiente a comunicación que llevó a cabo en la Fundació Bosch i Cardellach, sobre la necrológica de Lucien Cuénot publicada por Richard Goldschmidt. La comunicación es un fuerte ataque a Goldschmidt por sus críticas a la deriva teleológica de Cuénot en los últimos años de su vida. Lucien Cuénot (1866-1951), profesor de Zoología en la Universidad de Nancy, ha sido considerado como uno de los primeros mendelianos franceses. En efecto, sus investigaciones demostraron la herencia mendeliana de la pigmentación en los ratones (Cuénot, 1902-1906). Su actividad en ese ámbito quedó interrumpida por la Primera Guerra Mundial, que le obligó a evacuar su laboratorio de Nancy, con la consiguiente pérdida de las cepas con las que había llevado a cabo los experimentos (Gayon y Burian, 2000, p. Por otro lado, fue el creador del concepto y del término «preadaptación» (Cuénot, 1914), tal y como es remarcado por diversos autores (Mayr, 1976, p. Ese mismo año Richard Goldschmidt1 publicó dos notas en referencia al citado zoólogo (Goldschmidt, 1951a, 1951b), una necrológica, que vio la luz en el mes de marzo, y una recensión de la obra póstuma de Cuénot, L'Évolution Biologique. Les Incertitudes, publicada en setiembre. El 28 de abril de 1951, el paleontólogo Miquel Crusafont Pairó leyó una comunicación en el pleno de la Fundació Bosch i Cardellach2 de Sabadell. Parece ser que dicha comunicación se ha mantenido inédita, si bien el manuscrito se encuentra depositado en la Biblioteca Miquel Carreras, de la misma ciudad de Sabadell. El objeto del presente trabajo es describir y analizar el mencionado manuscrito de Crusafont Pairó, en el contexto de sus ideas finalistas, tradicionalmente vinculadas al teilhardismo, y de sus relaciones con otros científicos, no afines a su planteamiento ideológico. Ahora bien, dado que está basado en la necrológica de Cuénot hecha por Goldschmidt, el análisis también de ésta es indispensable. NECROLÓGICA DE LUCIEN CUÉNOT POR RICHARD GOLDSCHMIDT La nota necrológica (Goldschmidt, 1951a) comienza, con una referencia a los orígenes más bien humildes de Cuénot, sus estudios en la Sorbona, su especialización en zoología, a pesar de una temprana inclinación hacia la paleontología. A despecho de las oportunidades que habría tenido para trasladarse a París, desde 1890 desarrolló toda su carrera académica en la Universidad de Nancy, de la que sería emérito a partir de 1937. Por supuesto que Goldschmidt destaca la gran aportación de Cuénot a la genética mendeliana, en un estadio muy temprano de dicha rama de la biología, que supuso sus estudios sobre el control genético de la coloración de los ratones. Dichos estudios le valieron una fuerte polémica con T. H. Morgan3, quien dudaba de los resultados de Cuénot. Su último trabajo sobre el tema lo publicaría en 1911. De la citada investigación sobre la coloración pasó a interesarse por el factor hereditario del cáncer, también en los ratones. Los acontecimientos bélicos de 1914 supusieron la interrupción definitiva de esa línea, como se ha apuntado más arriba. Goldschmidt rescata también otras aportaciones del zoólogo francés, como sus numerosos estudios sobre los invertebrados, pero sobre todo la introducción y desarrollo del concepto de «preadaptación», que es de una gran vigencia, a pesar de ciertos recientes olvidos, cuando se contrasta con el concepto de «exaptación» de Gould y Vrba (1982)4. Goldschmidt dedica las últimas líneas de la necrológica a destacar la deriva filosófica de Cuénot en sus últimos años hacia el finalismo teleológico (Tétry, 1996, p. 742) cómo justificación de la complejidad de las «invenciones» de la naturaleza. El genético de Berkeley se lamenta de la deriva de Cuénot hacia la advocación de poderes místicos. Pero al mismo tiempo lleva el agua a su molino, en su condición de crítico de la teoría de la síntesis (véase Gould, 1981, para una análisis en profundidad), aduciendo que la actitud de Cuénot era el resultado de apercibirse de las limitaciones del neodarwinismo más allá de los confines de la microevolución. A remarcar el uso del término «doctrine» en lugar de «theory», que sería lo esperable. Debe añadirse que Goldschmidt era un profundo conocedor de la obra de Cuénot. 233, 360) cita profusamente diversos trabajos del zoólogo francés sobre la herencia mendeliana de la pigmentación de los ratones. También lo cita diversas veces en su más conocido y polémico libro, The material basis of evolution, ya desde la introducción, en la que menciona dos libros del zoólogo de Nancy, La genèse des espèces animales (1911) y L'Adaptation (1925), entre los textos de teoría evolutiva importantes publicados previamente a su obra (Goldschmidt, 1982[1940], p. Les Incertitudes (Goldschmidt, 1951b), se trata de un texto muy breve, de apenas 50 líneas, en formato de dos columnas, dedicadas en su mayor parte a citar las materias que cubre el libro. Solo en las últimas líneas el autor resalta la confesión cautelosa de Cuénot sobre su insatisfacción con las ideas evolucionistas modernas, resaltando que el zoólogo francés remarca la posibilidad de la herencia de caracteres adquiridos. LA COMUNICACIÓN DE MIQUEL CRUSAFONT PAIRÓ El manuscrito, comienza repitiendo los datos biográficos aportados por Goldschmidt, en su necrológica. El eje principal de la argumentación de Crusafont es la crítica a la reprobación que hacia aquel a las posiciones finalistas de Cuénot. De entrada, y de una manera un tanto forzada, sino casi maniquea, Crusafont confronta el pensamiento de Cuénot: Como buen representante de la escuela francesa, Cuénot es un finalista, más o menos vagamente teísta (Crusafont, 1951a, p. al de Goldschmidt:...el gran líder evolucionista norteamericano inspirado en las doctrinas tan materialistas de la escuela inglesa (Crusafont, 1951a, p. De hecho invierte la crítica de Goldschmidt a las posiciones filosóficas de Cuénot, que aquel consideraba «defeatist», en la medida que dichas posiciones le aparecen como insuficientes:...considerando que Cuénot se ha refugiado en teorías filosóficas «defectistas» o «derrotistas» (traduzco la palabra «defeatist»). Ello apesar (sic) de la tibieza o ambigüedad de las ideas del gran biólogo francés... A continuación traduce una cita de Cuénot sobre la cuestión del antiazar: Incluso no nos es prohibido detenernos en el agnosticismo, que admite sin más, la finalidad orgánica y que aplaza para el porvenir una explicación plausible del antiazar. calificando sus palabras como:...pobrísimo resto al fin y al cabo de un fermento de formación europea, ya dudosamente cristiana (Crusafont, 1951a, p. La crítica de Crusafont a la, a su vez, crítica de Goldschmidt la acaba estableciendo un símil que, en aquel momento histórico, era bastante vejatorio. Ni más ni menos que evoca indirectamente a Lysenko escribiendo: El ataque de Goldschmidt contra la fortaleza de papel (siempre en el plano filosófico) de Cuénot, nos recuerda en otro grado lo que a su vez esgrimen los michurinistas soviéticos atacando con furibundez las teorías neodarwinistas inglesas y americana (Crusafont, 1951a, p. La comparación es tanto más ofensiva cuanto Goldschmidt se limita a llevar a cabo una crítica legítima, independientemente de que pudiera o no ser correcta. La comunicación acaba con un párrafo confuso, que no resulta fácil analizar. Después de un alegato a favor de la obra divina y de su comprensión por parte del hombre de ciencia, advierte contra el peligro de que el científico traspase los límites de su disciplina para inmiscuirse en la filosofía:...comprender por si (ortografía original; nota del autor) mismo cuanta maravilla nos ha sembrado para nuestro regalo espiritual, pero no debe pasar más allá de los setos que limitan su propio campo. Cuando no existen miras políticas o interesadas el científico debe tener las manos libres para trabajar científicamente, sin pretender entrar con derechos infundados, en el campo filosófico. Siempre se ha demostrado que el hombre de laboratorio, el experimentalista, resulta ser generalmente un malhadado científico (Crusafont, 1951a, p. (El subrayado es del propio Crusafont). Sorprende estas afirmaciones en contra de mezclar ciencia y filosofía, en el que sería con el tiempo uno de los máximos adalides de la difusión de la obra filosófica de Teilhard de Chardin. Finalmente reprueba a Goldschmidt una vez más: No resulta, para una mente equilibrada y creyente, un hecho verdaderamente aciago este de la diatriba de las doctrinas defectistas con que Goldschmidt inquieta en su tumba a nuestro gran biólogo que ya en vida tuvo la desgracia, filosóficamente hablando, de caminar sobre la cuerda floja del confusionismo ideológico? Diversos autores se han referido al conflicto que generaba en Crusafont Pairó su acendrado catolicismo, y los equilibrios que realizaba para hacerlo compatible con su aceptación de la evolución. Véase, por ejemplo, Acosta Rizo (2013) y Català Gorgues (2013) para una revisión reciente de la cuestión. No parece arriesgado asumir que la visión finalista del paleontólogo de Sabadell estaba causada por sus sentimientos religiosos, independientemente de su vinculación a las ideas de Teilhard de Chardin. Crusafont Pairó (1951b), una revisión del tema de la evolución en España, acaba con un «Colofón» en el que hay frases que traslucen claramente el trasfondo ideológico de su evolucionismo, como: En resumen: El Universo es finito, la materia creada es finita. Sólo Dios es infinito. (...) El hombre de ciencia puede sólo decir que es posible que el Producat terra sea ya una causa segunda derivada de la causa primera de la creación del Universo (Crusafont Pairó, 1951b, p. Cronológicamente hablando, la comunicación que aquí se analiza apunta a que la interpretación ortogenética de Crusafont es anterior a dichas vinculaciones con los núcleos theilardistas. 16) por los años en que está datada esta comunicación, Crusafont tenía un conocimiento muy precario de Teilhard. Previamente, su visión de la evolución estaba muy influenciada por un neolamarckismo vitalista próximo del de Cope o incluso Bergson. Y la mayor influencia contemporánea que había recibido era la del paleontólogo italiano Alberto Carlo Blanc7. Cabe pues pensar, por cuestión cronológica, que en las teorías del jesuita francés Crusafont halló más bien una justificación o una cimentación a posteriori a su postura finalista. Por otro lado, la hipótesis de la vinculación unívoca entre creencias religiosas y finalismo falla por su base, cuando se piensa en otros científicos de su generación y de su entorno, quienes a pesar de su probado catolicismo, nunca fueron finalistas, sino opuestos al finalismo. El ejemplo quizá más conspicuo sería el de Ramon Margalef. Podría incluso darse un ejemplo en cierto sentido opuesto, por lo que hace a la relación finalismo-catolicismo. 331) cita entre los amigos franceses de concepciones ortogenéticas a Jean-Pierre Lehman. Está adscripción de Lehman debe matizarse. Quien escribe considera que su posición era más bien la de admitir los argumentos ortogenéticos como inductores a reflexionar en torno a que el neodarwinismo no lo explicaba todo, posición que no era extraña entre los paleontólogos, sobre todo franceses, de su generación8. De la misma manera que consideraba interesantes los argumentos lamarckistas, aunque taxativamente afirmaba que él no creía en la herencia de los caracteres adquiridos (Lehman, 1962, p. Por esa razón es algo osada la afirmación complementaria de Acosta Rizo (2013, p. 331) de no considerar a Lehman como darwinista. Lehman se permite incluso una boutade, teniendo en cuenta que él era conocido por ser una persona políticamente progresista9: 50-51) cita la reacción que produjo en George Gaylord Simpson la afirmación de Lehman a propósito de los trabajos de Crusafont y Truyols sobre masterometría de carnívoros (Simpson, 1965). Para el paleontólogo francés los resultados eran una evidencia en contra de la teoría sintética; en ningún caso ponía el acento sobre la supuesta ortogénesis latente en las conclusiones, como hacían otros autores. Pero en el caso de que hubiera existido, la visión ortogenética de Jean-Pierre Lehman no tendría un trasfondo religioso, ya que dicho paleontólogo era un ateo convencido (Sigogneau-Russell, 2011). Es más, rechazaba totalmente por metafísica la idea de que la vida tendía y culminaba en la hominización (Lehman, 1962, p. 395), quien, sin que parezca haber por en medio ninguna razón trascendente, en su obra más conocida asocia ortogénesis a macroevolución, a propósito de la preadaptación y citando a Schindewolf (1936). A propósito de Goldschmidt en el texto de Crusafont destacan dos cosas, en cierta manera contradictorias. Por un lado su admiración y elogios hacia el genetista germano-estadounidense. Por el otro la agresividad de los ataques a su «materialismo» y al de sus pares anglosajones. Incluso Cuénot no sale tampoco indemne, ya que viene a decir que bastante pena tuvo aquel con profesar sus descarriadas ideas para que se le someta a críticas por sus vagas ideas de trascendentalidad. Por lo que hace a la citada admiración hacia Richard Goldschmidt, vale la pena contextualizarla en lugar y tiempo. Goldschmidt no era precisamente un autor apreciado en la sección (luego facultad) de Biología de la Universidad de Barcelona, un lugar en el que el neodarwinismo llegó muy tempranamente, de la mano principalmente de Antoni Prevosti y Ramon Margalef, convirtiendo aquel centro en un baluarte. 52) con un cuestionamiento global de las hipótesis más o menos macroevolucionistas o, incluso, del cladismo. En efecto, en el método de Hennig veía Margalef una resurrección de las ideas de Daniele Rosa que, por supuesto, desaprobaba10. Curiosamente esa asociación entre Hennig y Rosa era defendida también por Léon Croizat, afín al cladismo (Croizat, 1978, p. 110), aunque con una valoración diferente, ya que veía plagio. Por supuesto que las diferencias no se limitaban a la valoración de Goldschmidt. La visión evolucionista de Crusafont estaba a años luz de la dominante entre sus colegas biólogos de la Universidad de Barcelona. Entre ellos podía surgir de vez en cuando algún comentario en el sentido de reflejar saturación, respecto a la insistencia de Crusafont en sus ideas «filosóficas» 11. Todo eso no era óbice para que Ramon Margalef, por ejemplo, sintiera un profundo respeto por su colega paleontólogo, no ya solo a nivel personal, sino también por su teilhardismo militante12. Es en el marco de esa «coexistencia» entre neodarwinismo y finalismo, que incluye al propio Crusafont, quien no parece que fuera sectario en el círculo de colegas con los que mantenía una relación más o menos estrecha, círculo que incluía tanto a científicos ideológicamente afines a él (Joannes Hürzeler, Jean Piveteau)13, como otros que no lo eran (por ejemplo, los ya mencionados Georges G. Simpson y Jean-Pierre Lehman)14, que sorprende la argumentación y el tono que Crusafont utiliza en la comunicación objeto de este artículo. En efecto, ambos se podrían calificar de duros, incluso de hirientes e intolerantes. Cabe preguntarse si Crusafont hubiera utilizado tal tipo de estilo si en lugar tratarse de una comunicación oral, el texto hubiera ido destinado a su publicación. Entre otras cosas porque quizá el editor de la posible revista le hubiera pedido moderarse.
La economía política de los hospitales locales en la Cataluña moderna1 Los hospitales, en Cataluña, se inscribieron desde la Baja Edad Media hasta nuestros días dentro un modelo de gobierno específico que dio lugar a la creación y mantenimiento de una densa red de instituciones asistenciales en prácticamente todos los municipios, incluso en los más pequeños, cuyo marco legal fue el derecho privado o civil. Dicho modelo tiene sus fundamentos, en primer lugar, en la constatación de cómo los individuos legaban al hospital no sólo por la filantropía o caridad, sino también por la necesidad de aportar algo a la comunidad después de su muerte, en una suerte de consigna con el fin de devolver parte de los activos que los testadores habían acumulado durante su vida como instrumento para asegurar la reproducción social de la comunidad. En segundo lugar, se observa que las pequeñas instituciones privadas locales se fusionaron con los hospitales municipales, no así sus activos que continuaron gestionandose por separado de los de la ciudad. En tercer lugar, además de la función de cuidado, el hospital era también un agente económico que operaba de manera similar a los "Monte dei Paschi" italianos. Por consiguiente, el significado de la institución resultó ser más complejo que la simple prestación de servicios asistenciales. Adquirió un valor específico en la identidad de la comunidad, se convirtió en uno de los centros de debate en la vida pública y adquirió un significado económico y financiero que contribuyó a fortalecer la construcción de la identidad colectiva de los ciudadanos. Hace más de un cuarto de siglo, Agustín Rubio Vela (1984) analizó la economía de los hospitales valencianos y puso de relieve como su patrimonio jugó un papel importante en la financiación de la ciudad de Valencia mediante la compra de censales, entre otros productos financieros. El censal —esto es, la adquisición de una renta tal y como se detallará más adelante— fue una de las principales figuras para la inversión de capitales procedentes de legados, donaciones u otros. La aplicación del resultado de los trabajos citados al caso del Hospital de Valls en Cataluña (Comelles et al., 1991a)2, sugirió la hegemonía de la financiación censalista en los hospitales locales del Principado (Comelles et al., 1991b), algo que va siendo ratificado por estudios posteriores, demostrando que dicha preponderancia incluso se perpetuó más allá del final del Antiguo Régimen3. El uso del censal conduce a preguntarse por las razones de su uso masivo y a relacionarlo no solo con el significado económico del hospital sino también con su significado social y cultural en la Cataluña medieval y moderna4. Para ello compararemos la documentación de Valls, Sant Feliu de Guíxols, Tarragona, la Santa Creu de Barcelona5 junto a otros hospitales locales, con el objeto de desarrollar las bases de un modelo hegemónico de economía política del sistema hospitalario catalán del Antiguo Régimen y su articulación posterior con la economía capitalista. ORÍGENES Y CONTINUIDAD DE LA GOBERNANZA HOSPITALARIA EN CATALUÑA La red de hospitales locales en Cataluña es muy densa desde la Baja Edad media. El inventario de la Generalitat republicana durante la gestación de la Llei de Bases de la Sanitat Catalana, en 19346, demuestra que tres desamortizaciones (Godoy, Mendizábal y Madoz) no solo no liquidaron el dispositivo asistencial, sino que las instituciones provinciales, derivadas de la Ley de Beneficencia de 1849 y del Reglamento de 1852, eran marginales en comparación con las locales7. Que éstas pudieran esquivar las desamortizaciones plantea interrogantes no del todo resueltos que remiten a aspectos específicos de las relaciones entre los hospitales, los poderes locales y el Estado antes y después del Decreto de Nueva Planta y de la codificación legislativa del siglo XIX. A nuestro juicio dicha particularidad se enmarca probablemente en la continuidad de la cultura pactista, en la capacidad política de los municipios y en la condición de fundaciones de derecho privado de esos hospitales locales8, amparada por la continuidad de usos del Derecho Civil de Cataluña9, y que les permitió orillar los intentos de desamortización argumentando su condición de instituciones «privadas». Tanto es así que en un pergamino recuperado en 2014 y datado a finales del siglo XII, el entonces gobernador del hospital de Tarragona Ponç de Barberà legó un trozo de tierra yerma, propiedad del Hospital de la Seo, en favor de Guillem Maçó y su mujer para que pudiesen trabajarlo y, tras cuatro años, pagasen anualmente la novena parte del pan, vino u otros frutos obtenidos al hospital10. Se trata probablemente de un contrato enfitéutico, y es uno de los primeros documentos conservados que desvela el primitivo funcionamiento económico de los hospitales, un siglo antes de la constitución del propio municipio tarraconense, a finales del siglo XIII. Esto es, la financiación del hospital ya se basaba en una red de intereses destinados a asegurar su mantenimiento. Así pues, entre el siglo XII y el XIX, una amplísima documentación pone de relieve un conjunto de prácticas y una cultura financiera que fue hegemónica en la trama urbana de Cataluña. Tendría como objetivo preservar secularmente los dispositivos asistenciales locales incorporados, como piezas indispensables, en la vida cotidiana y en la reproducción del entramado jurídico, económico, político y cultural del comú11. Sus fundamentos legales proceden de la continuidad del Derecho romano durante la Alta Edad media12, el cual se incorporó como un rasgo cultural e identitario que permitió la confianza en los mediadores jurídicos —jueces, notarios, jurisconsultos— gracias a su auctoritas13 basada en el conocimiento jurisprudencial y en la legitimación de sus actos en la resolución de conflictos a lo largo del tiempo. Esta cultura jurídica explicaría su adaptabilidad a los cambios, entre otros tras la peste de 1348, destinados a resolver la crisis financiera de las instituciones mediante «reducciones», esto es, creando nuevas instituciones y uniendo los patrimonios de las precedentes. En Barcelona, Valencia y Zaragoza (Fernández, 1987) dieron lugar a los tres mayores hospitales de la Corona de Aragón, pero sucede lo mismo en Valls, Sant Feliu de Guíxols o Tarragona, entre otras ciudades de menor tamaño. El instrumento jurídico fue siempre la fundación, por tanto la persona jurídica, amparada por el Derecho privado. Fundadores, donantes y las Universitats eran conscientes de la necesidad de separar la economía de las fundaciones asistenciales respecto de los presupuestos municipales, aunque los concejales, en situaciones de crisis, consintiesen la aportación de fondos municipales para evitar bancarrotas. La separación de bienes garantizaba que los legados a los hospitales no se desviasen de la intención de los testadores, ni quedasen sometidos al albur de las luchas políticas locales o de la corrupción14. Para combatirlas, los administradores de las instituciones, concejales o miembros de los cabildos, solían ser elegidos por insaculación15. La mayoría procedían de la gentry local16, bastantes tenían formación jurídica puesto que tenían que administrar legados e intereses de sus pares (Comelles, 2006, pp. 44-52). Frente al poder civil, el papel de los administradores religiosos debe contemplarse por su condición de albaceas de los legados de las comunidades eclesiales, pero también por la de mediadores desde las direcciones espirituales y los púlpitos, cruciales para alentar limosnas, donaciones y legados de las clases más adineradas. Se confunden el compromiso religioso y el civil (Comelles, 2006, pp. 35-37), puesto que el relato sobre el significado de las fundaciones se vincula a la identidad local. Frente a las interpretaciones genéricas basadas en la caridad y la religión para explicar las fundaciones, la documentación de los hospitales citados pone de relieve que su objetivo era mantener a toda costa un dispositivo de asistencia indispensable para la vida ciudadana. Un buen ejemplo es el de Tarragona (Barceló, 2015). En efecto, desde la Baja Edad Media el dispositivo de atención a la enfermedad o al desvalimiento se inscribió en un modelo de gobernanza —la res publica, en términos de Eiximenis (1927[1385])— bajo la hegemonía del poder civil. Se tradujo en la creación y el mantenimiento de instituciones, obras asistenciales y la generalización de la conductio —les conductes del comú—17 en muchos municipios desde el siglo XIV, con médicos escolásticos, para garantizar su presencia ininterrumpida hasta la creación de los cuerpos de médicos titulares en el XIX. El Hospital de la Seo tarraconense se fundó en 1171, con un legado de cien maravedíes en el testamento del arzobispo Hug de Cervelló (Villanueva, 1821, p. 265), y el Hospital Nou de Tarragona, de titularidad municipal, pudo ser una realidad en parte gracias a otro de Francisco Gualtriu en 1441 (Miquel & Sánchez, 1959, p. Su conversión en activos financieros fue clave para financiar la acción social a largo plazo y asegurar que las instituciones pasasen a ser rasgos de identidad local (Comelles, 2013b, p. Fue así hasta que el 15 de diciembre de 1464 el Arzobispo tarraconense, Pedro de Urrea, fusionó ambos hospitales en el acta fundacional del nuevo hospital: el de Santa Tecla18. Este es un buen ejemplo que deja entrever que el control sobre el establecimiento era imprescindible para perpetuar la estabilidad local de un modelo político paccionado y a la vez muy frágil. Con el paso del tiempo, esta forma de gobernar y gestionar la cosa pública fue asumida por la población y, el hospital, garante del sistema, se convirtió en rasgo de identidad local. Las razones que motivaron esa reducción hospitalaria en Tarragona no difieren de las de otras ciudades19 y, en parte, tuvo que ver con el mal estado y los deficientes servicios de los dos hospitales fusionados20. Pretendía optimizar los recursos existentes y reducir gastos mediante la economía de escala de un único hospital. Pero también confluían la guerra civil catalana y la necesidad de la ciudad de acordar con sus acreedores una serie de medidas para evitar la incautación de la hacienda local21. Durante el siglo XV fueron frecuentes estas maniobras para evitar embargos por impagos de la deuda censal (Morelló, 2008). Tarragona, como otras ciudades de la Corona, había hecho lo imposible para reducir su deuda, ponerla bajo control y evitar que se decomisaran las arcas municipales. La espiral de endeudamiento se inició en el siglo XIV y el déficit económico crecía cada año. Los cònsols22 intuían que, tarde o temprano, las arcas municipales harían bancarrota y los acreedores, la mayoría foráneos, embargarían los bienes públicos de la ciudad. La incautación suponía, en la práctica, que los ingresos fiscales del municipio se emplearan en pagar las deudas en lugar de invertirlos en las necesidades de la ciudad. Éste hecho afectaría, de lleno, a los derechos y patrimonio que el municipio tenía sobre el hospital de la misma titularidad, así como con los del hospital de la Seo, puesto que tanto el Arzobispo como el Cabildo estaban también bajo la lupa de sus acreedores. Se optó por blindar el dispositivo de protección social y semanas antes de la quiebra, que se produjo a mediados de 1465, el Arzobispo, con la anuencia de los cònsols, decidió efectuar la fusión para evitar el embargo de los bienes de los dos hospitales, el municipal y el capitular. En resumen, el embargo de las haciendas y de cuanto fuese de titularidad pública o eclesial, suponía una amenaza seria de pérdida del control sobre la gestión y administración del dispositivo hospitalario. Esto era inadmisible para los poderes locales. El dispositivo hospitalario era, para ellos, una fuente de legitimación y el símbolo más notable de un modelo de acumulación patrimonial muy arraigado en la sociedad catalana, fruto de la regularidad y la constancia en todos los testamentos otorgados de donaciones y legados destinados al dispositivo. Los ciudadanos asumían, implícitamente, una suerte de legítima destinada a las obras asistenciales. Para los gobernantes tarraconenses, civiles y eclesiásticos, la mayor capacidad financiera e institucional de los hospitales unificados permitiría, en el futuro, su mejor articulación con la política y la economía locales. El hospital unificado, controlado indirectamente por las autoridades, cobijaba a ciudadanos en dificultades, atendía a vagabundos, extranjeros y enfermos, hacía frente a las crisis sanitarias cíclicas y actuaba como institución de crédito (Comelles et al., 1991a, p. En Tarragona, la amenaza del embargo significaba perder el control del patrimonio del hospital, además de la legitimidad ante los ciudadanos, poque destruía la voluntad expresada por los antepasados, en sus testamentos, de aportar legados para el bien y disfrute de la comunidad doliente. De no garantizarse su inviolabilidad, se torpedeaba la línea de flotación del sistema local de protección social. Había, pues, que garantizar que esos legados continuarían usándose con las finalidades expresadas en las últimas voluntades de los testadores, por muy crítica y angustiosa que fuese la situación económica del municipio. Sólo así, blindando a la institución de aleatoriedades políticas y económicas, podría continuar solicitándose a la ciudadanía, y especialmente a sus elites, una contribución a la acción social. El instrumento jurídico de la fundación permitía responder a retos coyunturales, garantizaba el blindaje de las intenciones de los testadores e impedía injerencias externas. Los administradores seguían estando habilitados para pedir limosnas o donaciones, incluso obligar a los ciudadanos tarraconenses a testar en favor del hospital con cantidades proporcionales a su patrimonio, según fuesen eclesiásticos, homes de paratge23 o ciudadanos de diversa fortuna24. Tal modelo de gestión, basado en el derecho privado para administrar patrimonios públicos, exigía sistemas rigurosos y profesionalizados de registros contables, de administración y control (López Terrada, 1999), complejos en los grandes hospitales25 y más simples en los locales, dónde un administrador delegado estaba a su cargo y pagaba al hospitaler26 y a los proveedores. Los médicos eran contratados mediante conductes del comú, que reflejan un precoz proceso de medicalización en las ciudades. EL REGIMENT DE LA COSA PÚBLICA Y LA ECONOMÍA DE LOS HOSPITALES La estructura económica de los hospitales catalanes fue muy estable desde las fusiones medievales hasta más allá de las desamortizaciones y los cambios legislativos del XIX. Su financiación se basaba en la capitalización de donaciones en vida, en limosnas y legados testamentarios de bienes muebles e inmuebles, y en su permanente inversión en tres tipos de productos. Para los legados o donaciones de fincas rústicas o urbanas se utilizaron la enfiteusis (censos)27, los censales y más raramente los alquileres. La enfiteusis (cuyas rentas se llamaban censos) y los censales28 eran formas de préstamo legal durante un periodo ilimitado otorgadas bajo escritura notarial y que comprometían a pagar anualmente un interés29. La enfiteusis se aplicaba solo a fincas rústicas, los censales solían gravar fincas urbanas. En caso de cantidades menores, el capital solía retornarse en un plazo de cincuenta a doscientos años (Ferrer Alòs, 1979, p. 39), pues había de ajustarse a lo que el censalista podía pagar sin ir a la ruina30. En Cataluña este modelo de financiación lo utilizaron las instituciones asistenciales y los hospitales con el fin de rentabilizar sus legados, limosnas y donaciones. Aunque se trataba de un préstamo, para evitar la interdicción eclesial de la usura, los contratos simulaban una venta, por la cual el que prestaba «compraba» una renta casi vitalicia. Las diferencias entre enfiteusis, censales y los préstamos hipotecarios o bancarios actuales, son notables: aquellos eran rentas fijas muy a largo plazo que aseguraban ingresos regulares prácticamente vitalicios a quién las había «comprado». Era un producto propio de un contexto caracterizado por una baja inflación y la escasez de alternativas (Tello, 1986, p. La expansión de la enfiteusis y de los censales en la Cataluña moderna hizo posible la existencia de una amplia gentry que dependía de esas rentas junto con los alquileres o los servicios profesionales, puesto que parte de ella eran juristas o médicos. Esta gentry fue una relativamente amplia ruling class compuesta por ciutadans honrats, una parte de cargos eclesiales seculares —los beneficiats—, profesionales, mercaderes y artesanos. Sus excedentes los desplazaban hacia ese mercado financiero por su seguridad a largo plazo y el escaso riesgo de la inversión, garantizado por un paraguas legal y una cultura jurídica que aceptaba la mediación profesional de los conflictos. La financiación regular de las fundaciones asistenciales se basó hasta el siglo XIX en esas rentas a las que se añadían ocasionalmente subsidios reales o ayudas de los municipios. A veces, la monarquía o el ayuntamiento les concedían el monopolio de loterías, rifas u otros privilegios como los teatros. Como los hospitales debían acoger sin límites a los demandantes de ayuda, se esperaba de sus familias, especialmente las de los locos internados, hacer aportaciones económicas para su mantenimiento si disponían de recursos. A finales del siglo XVIII, el Ejército y la Armada empezaron a pagar por día de estancia de soldados y marineros a los hospitales. En Tarragona los primeros pagos por estancia fueron consecuencia de la R.O. del Marqués de la Ensenada de 13 de noviembre de 1748 (Adserà, 1994, p. Con dicha pragmática la Monarquía instauró una nueva manera de financiar la prestación de servicios asistenciales que compensaría en el futuro el aumento del gasto corriente fruto de la implantación de la economía capitalista. Esta estructura jurídica y económica desarrollada en el Principado no varió, sino que se adaptó, a los cambios legislativos posteriores al Decreto de Nueva Planta y a la centralización de códigos legales (Vilar, 1964-68; Lluch, 1974). En una España, ideológicamente centralista, esto es un particularismo histórico que se puede explicar por las complejas relaciones paccionadas entre las clases dirigentes y el poder municipal en Cataluña y el Estado (Torras Ribé, 2003; Comelles, 2006). Para explicarlo utilizaremos los casos de tres hospitales locales en ciudades pequeñas como Valls, Sant Feliu de Guíxols y Tarragona, en contraste con el hospital de la Santa Creu de Barcelona. La mayor parte del patrimonio rural estaba invertido en enfiteusis, censales o alquileres. Los ocho censos enfitéuticos, rendían un promedio anual de 19'37 sous —casi una libra catalana— mientras que los 58 censales menos de 2'65 sous. Un 50,61% de todos los ingresos del hospital procedían de los ocho censos y es fácil comprender que la institución prefiriese invertir en ellos los legados en metálico. En Sant Feliu de Guíxols, provincia de Gerona, la situación era más exagerada. 16), una ratio muy elevada si se la compara con hospitales fuera de Cataluña donde solía estar por debajo del 10% (Carasa, 1988). A finales del XVIII, con los intereses al 3%, aún representaban el 80% de sus ingresos regulares (Borrell, 2015, p. Aún en la primera mitad del siglo XIX, en la Cataluña capitalista, esas rentas en seis hospitales catalanes suponían más de la mitad de sus ingresos ordinarios33. Fuentes de ingresos de cuatro hospitales catalanes a mediados del siglo XIX El empecinamiento de los administradores de los hospitales catalanes en este tipo de rentas, solo puede explicarse por la combinación de confianza y seguridad económica y jurídica a largo plazo que ofrecían para asegurar el gasto ordinario de las instituciones, incluso con la reducción de sus intereses. Las limosnas ocasionales juegan un papel secundario. Los hospitales grandes34, en cambio, podían comprar el censal de la ciudad cuando ésta necesitaba financiación35, nunca los pequeños. Estos podían comprar censales a particulares que necesitaban capital para financiar gastos, deudas o urgencias derivadas de las crisis de subsistencias más que de necesidades de producción.36 Estas necesidades solían ser ocasionales como atender gastos funerarios, pagar el testamento o una dote o adquirir casas, corrales o tierras. Otras eran cíclicas y explican los déficits crónicos y estructurales que convertían a los sectores populares en deudores permanentes de esas instituciones (Ferrer Alòs, 1987, p. Quizás por ello los notarios, en las escrituras de censales, no solían registrar las razones de las demandas relacionadas con la pobreza, la incapacidad de consumo y los problemas de subsistencia. Censales creados a favor del Plato de los Pobres Vergonzantes y del Hospital de Valls según las profesiones agrupadas por censatarios (1442-1629) A pesar de competir en el mismo mercado, el Hospital de Valls colocaba más censales que los beneficios eclesiásticos próximos pero con rentas más bajas que las de éstos. 24) la demanda de tierras por parte de los artesanos en Cataluña era constante, puesto que les permitía presentarse ante sus vecinos como propietarios (Amelang, 1986, p. 208), y podían financiarlas con censales. La amplitud y la diseminación del mercado de censos y censales colocó a los hospitales en una posición estratégica dentro del sistema crediticio y su embodiment37 entre la población fue total. Tanto es así que aquellos que habían tomado créditos del hospital también hacían donaciones en forma de consigna38 de tierra o de censales39. A pesar de las apariencias, la economía censalista catalana no era estática, sino una telaraña de transacciones e intereses que se supo adaptar a los cambios económicos. Su estabilidad derivaba de sus garantías jurídicas y de la conciencia por parte de los administradores de que si no se respetaba de modo perenne el objetivo de las donaciones y legados, muchas veces establecidos en las últimas voluntades del testador, sus descendientes no dejarían de reclamar su retrocesión. La red de la economía censalista se basaba, en buena parte, en mediadores locales, sobre todo notarios, en arenas sociales locales, entre ciudadanos que compartían un conocimiento profundo de los usos y costumbres jurídicos locales. Nada parecido al anonimato del crédito capitalista bancario. Desde el punto de vista local hay diferencias sustanciales entre el censalista privado, el beneficiado eclesiástico y el hospital. El primero podía aparecer como un escanyapobres40, al segundo le legitimaba su condición religiosa y de mediador espiritual, mientras que los hospitales prestaban pero también acogían físicamente a las clases populares en situaciones de crisis. Por eso nos cuesta aceptar la idea del censal como forma de extorsión y preferimos la del censal como forma de redistribución y aseguramiento. Si la donación o el testamento permitían la capitalización del hospital, la economía censalista permitía mantenerlo y asegurar sus prestaciones en una sociedad ajena al aseguramiento capitalista o mutualista posterior. Tanto es así, que la telaraña censalista desbordaba los límites del término municipal en donde se ubican los hospitales, poniendo de relieve, en los hospitales locales, un hinterland41 comarcal de intereses compartidos, muy visibles en Valls, Sant Feliu o Tarragona; y que en la Santa Creu de Barcelona —un hospital de referencia—, desbordaba los límites del Principado, hecho que explica la complejidad de sus ingresos. Presupuesto del Hospital de la Santa Creu de Barcelona en el año 1847 La concentración de patrimonio en torno a los hospitales era una estrategia económica, política y social de la cual no conocemos todavía el cuadro completo. Intuimos un papel en la regulación del mercado inmobiliario, puesto que, aunque había legados inalienables, la documentación pone de relieve que el saber jurídico de las administraciones les permitía tomar censales o censos, efectuar permutas y otras prácticas de compra y venta documentadas por la fe pública, en los límites de las cláusulas de los legados mediante una interpretación flexible del Derecho (Comelles, 2006, pp. 40-158). A su vez, la telaraña censalista y de intereses financieros de los hospitales ponía también de relieve su papel en la vertebración de la res pública local en la medida que, junto al mecenazgo de la gentry, los protocolos notariales conservan miles de testamentos de las clases populares con recursos modestos a las instituciones. Tanto es así que los notarios catalanes consideraban esos legados «de algo» para el hospital, una clàusula d'estil42. «Algo» podían ser unos sous o simplemente un colchón. «Algo» es la forma como se expresa la participación del conjunto de la ciudadanía en el regiment de la cosa pública cuando se tiene asumida e interiorizada una cultura jurídica y política que permite confiar en el buen destino de su legado y que expresa la conciencia de una responsabilidad colectiva en relación al comú y, especialmente, a los colectivos más vulnerables. Esta conciencia local del valor del dispositivo asistencial catalán explica, desde finales del XVIII, la resistencia de los municipios a las desamortizaciones o a los intentos de desmontar los dispositivos hospitalarios locales para transferirlos a hospitales del corregimiento o provinciales. Las resistencias expresan la negativa a perder un servicio de proximidad frente a una institución lejana, y la consciencia de que el patrimonio asistencial es el fruto de un compromiso secular de la ciudadanía. DE LA ECONOMÍA CENSALISTA AL CAPITALISMO Cuando los Borbones redujeron los intereses de censos y censales al 3%, los ingresos ordinarios de muchos hospitales locales sufrieron mermas de hasta un 40%. Los Borbones querían castigar a los rentistas menos afectos a la dinastía, pero la medida afectó sobre todo a los hospitales locales. Les supuso refinanciar inversiones lo que se tradujo, básicamente, en la luición de censales y la obligación de diversificar sus inversiones (Ferrer Alòs, 1987, p. En la segunda mitad del XVIII, la especialización de los hospitales locales y la necesidad de nuevos reglamentos que se adaptaran a las medidas técnicas, supusieron un incremento del gasto corriente de farmacia y médicos y, también, del aumento de la demanda de internamiento. Esta transición desbordaba la rigidez del modelo de financiación precedente. Aunque a finales del XVIII los gremios de algunas ciudades catalanas desarrollaron formas incipientes de seguros médicos para sus afiliados (Zarzoso, 2006) estos no pudieron generalizarse hasta finales del XIX. Sin embargo, en los hospitales medianos como Tarragona, o en los grandes como Barcelona, el pago por estancia, aunque contradictorio con la política de puertas abiertas de los hospitales, se fue implantando a medida que los administradores reclamaban a ciertos colectivos ese tipo de retribución a sus servicios. En 1796, Godoy, decretó una desamortización de los bienes de las instituciones asistenciales. Pretendía vender el patrimonio a particulares y crear un fondo de compensación que rendiría un 3% sobre el capital aportado. Pretendía financiar la Guerra Gran (1794-96) y copió la política de la Convención francesa, cuando esta ya se había visto obligada a revertirla ante el fiasco económico y asistencial de las instituciones43. Godoy ignoró el fracaso francés y desmontó las bases financieras de la acción social aunque, por razones nunca del todo explicadas, no se aplicó a los bienes de los hospitales catalanes44, quizás porque su condición de fundaciones reguladas por el derecho privado catalán las dejaba al margen45. Hasta la Desamortización de Madoz, en 1854, los hospitales catalanes vivieron en una suerte de limbo jurídico que permitió su subsistencia, a cambio de una crisis de recursos en un contexto muy complejo. En ese medio siglo, los hospitales catalanes mantuvieron su autonomía financiera gracias a la práctica del regiment de la cosa pública, y a la responsabilidad municipal en relación a la tutela y asistencia a los desvalidos, pero todo ello a costa de asumir un creciente gasto corriente. Esto obligó a los municipios, ante la crisis de rentas regulares, a destinar partidas, subvenciones o servicios para cubrir déficits, especialmente, en hospitales pequeños. Como la Ley de Beneficencia en 1822 nunca llegó a aplicarse, no fue hasta la de 1849, con su Reglamento de 1852 y la desamortización de Madoz que no cambió la situación de los patrimonios hospitalarios. Con todo, la nueva reglamentación no propició, al contrario de lo que sucedió en Castilla, la creación de manicomios u hospitales provinciales. Esta Desamortización liquidaba los patrimonios de las instituciones locales incluidos la redención (lluïment) de censos y censales a muy bajo costo. A cambio el Tesoro Público ofrecía a las instituciones unas rentas equivalentes en forma de bonos del Estado. Sus efectos fueron demoledores como demuestra el caso de Valls cuyo hospital se financiaba hasta entonces de modo autónomo. Los administradores de Valls pidieron al Gobierno de España que las declarase exentas de impuestos y tasas porque «la cancelación de los censales [por la Desamortización] les condujo a una reducción de ingresos tal que impedía pagarlas»47. Aunque el Tesoro había pagado 2.926 reales y 20 céntimos por los activos y censales48, estas cantidades eran muy inferiores a los ingresos que recibía antes el Hospital por los censales que había tomado y que en 1847 ascendían a 8.491 reales. Por esa razón el Hospital «no podía responder a sus necesidades» 50. Como la amortización de los bonos del Estado fue siempre problemática por su debilidad financiera (Rovira, 1990: 233-243), las instituciones se vieron obligadas a buscar recursos en otros lugares. La legislación centralizadora jamás se compensó con compromisos financieros del Estado y dejó el dispositivo asistencial local catalán en una situación crítica. Sobrevivieron por la diversificación de sus recursos a partir de subvenciones o concesiones. En Valls fundaron una fábrica de harina51 y un teatro52, y obtuvieron la concesión de las aguas53. En Sant Feliu de Guíxols y en Tarragona tenían concedidos además los cementerios, y en la Santa Creu de Barcelona y en Santa Tecla de Tarragona desarrollaban el pago por estancia en dementes, militares e incluso pacientes privados, además de la explotación del teatro y otros privilegios. Con el paso del tiempo, Sant Feliu y la Santa Creu optaron por reforzar aún más su carácter privado para evitar las desamortizaciones (Comelles, 2006, pp. 78-82) y otras políticas descapitalizadoras, aunque esto dificultaba el traspaso a los municipios de partidas presupuestarias. Si un viajero se acerca hoy a Cataluña y visita su red de hospitales comarcales, podrá comprobar que en Puigcerdà, Vilafranca, Valls, Reus, Tarragona, Manresa, Vic, Girona, Lleida y muchas otras pequeñas ciudades, las fundaciones medievales representan más de la mitad de la red hospitalaria. Han sobrevivido a tres desamortizaciones, a nueve cambios constitucionales mayores, tras la abolición de las constituciones catalanas, a dos guerras internacionales, a dos invasiones y a cuatro guerras civiles. Pese a los esfuerzos centralizadores del estado, desde 1716, las fundaciones catalanas continúan su tarea de provisión de servicios vinculadas a los municipios y lo que es más importante, conservando, con las adaptaciones necesarias, su significado en la identidad cultural local. Bien es cierto que algunos hospitales, como la Santa Creu, malversaron parte del patrimonio heredado y algunos aún redimen censales para convertirse en proveedores puros de servicios basados en el pago por estancia. El argumento que hemos mantenido y tratado de mostrar es que la continuidad de los hospitales locales catalanes se explica por la persistencia de una cultura económica-política y comunitaria, el regiment de la cosa pública, definida en la Baja Edad Media y que ha vertebrado la vida de la comunidad y ha permitido asegurar su existencia, adaptándose a las coyunturas económicas, políticas o sociales e incluso a los cambios en la función asistencial del hospital, desde la tutela medieval al hospital público de servicios actual (Comelles, 2014). Significa que los hospitales nacieron de la comunidad para la comunidad y ha sido la comunidad la que, de modos distintos, con aportaciones distintas afianzó su significado y aseguró su futuro, a partir de la defensa de su autonomía y de una construcción legal y jurídica que ha garantizado su continuidad54. Permitió alcanzar este objetivo, una práctica económica y política basada en una «cultura», construida sobre la garantía que tradicionalmente ofrece el Derecho y sus mediadores: juristas, notarios y jueces sensibles a los usos y costumbres locales. En un libro reciente, Louis Assier-Andrieu compara la common law anglosajona y los sistemas de derecho continentales napoleónicos modernos. Para explicar la persistencia de la primera hoy, dicho autor parte del valor que la common law atribuye a la autoridad del pasado lo que se traduce en formas culturales que son en sí mismas dinámicas. En la cultura jurídica y política local catalana, heredera del Derecho Romano, la «autoridad del pasado» entendida como jurisprudencia o como fuente de ideas para la resolución caso a caso de situaciones locales, a menudo nuevas, creemos que ha sido fundamental para explicar la persistencia en el tiempo de las fundaciones hospitalarias. El respeto inalienable a la voluntad de los legatarios, la confianza en el papel de mediación de la fe pública y la confianza en el derecho permiten resolver problemas y encontrar remedios, si conviene, forzando los límites jurídicos o asumiendo que la experiencia del pasado puede contribuir a imaginar soluciones jurídicas para resolver situaciones singulares y culturalmente aceptables. Esa jurisprudencia pasada ha servido para imaginar respuestas a la incertidumbre que significaba la transición del antiguo régimen al capitalismo, a los intentos centralizadores del estado o a la transición del hospital rentista y de beneficencia a la empresa de servicios que es hoy. Todo ello no ha significado jamás una privatización de lo público en términos actuales, puesto que las instituciones asistenciales han sido siempre públicas aunque bajo la tutela del Derecho privado. Esto fue y en buena medida continúa siendo necesario para mantenerlas al margen, en la medida de lo posible, de los avatares políticos. El concepto de fundación que las sostiene hace que no sean de nadie y que sean de todos, de los que las fundaron, de los que legaron, de los que tomaron censales para asegurar su mantenimiento, y de los que en tiempos recientes exigieron su mantenimiento local, por ejemplo en Valls, porque querían que sus hijos naciesen y sus deudos fuesen acogidos en sus crisis o en sus horas finales en una institución que consideraban prolongación de sus casas.
Reforma sanitaria, salud pública y bienestar biológico durante la industrialización española: el caso de Alcoy, 1840-1915 En este artículo analizamos los efectos que la reforma sanitaria tuvo sobre el bienestar biológico y la salud de las poblaciones españolas durante el proceso de industrialización. Examinamos el caso de Alcoy, una de las ciudades pioneras de la industrialización española. Los presupuestos municipales en salud pública y los datos de estatura de los reemplazos militares constituyen las principales fuentes para su estudio. Los resultados muestran que los comienzos de la reforma sanitaria, a finales del siglo XIX, supusieron una mejora no sólo de las condiciones ambientales y de salubridad de la ciudad, sino también del estado de salud de su población residente. Los datos sugieren una relación positiva entre políticas activas de salud pública y bienestar biológico. Con excepciones puntuales, la historia antropométrica ha mostrado que durante los primeros estadios de la industrialización la talla de las poblaciones urbanas fueron más cortas que la de las poblaciones rurales hasta comienzos del siglo XX (Komlos, 1998). Las ciudades eran, por tanto, lugares menos saludables para vivir. No obstante, existieron algunas excepciones a esta penalización, destacando los casos de las ciudades de Munich (Baten, 2001), de la provincia de Lieja en Bélgica (Alter, Neven y Oris, 2004) y Lisboa (Reis, 2009). Desde finales del siglo XIX, y a lo largo del siglo XX, la situación se revirtió. Como resultado de la puesta en marcha de las reformas sanitarias, traducido en un aumento del gasto en políticas de salud pública desde finales del ochocientos, las poblaciones urbanas comenzaron a disfrutar de mejores servicios médicos-asistenciales e infraestructuras urbanas, condiciones que contribuyeron a que los habitantes de las ciudades comenzaran a tener unas tallas medias más elevadas que las de las poblaciones rurales. En la primera mitad del siglo XX los avances de la salud pública en las ciudades y zonas urbanas se reflejaron en la dinámica de una acelerada reducción de la morbi-mortalidad, fundamentalmente infantil. Esto último discurrió paralelo al avance de los procesos de transición epidemiológica (caída de la importancia de las enfermedades ambientales e infecciosas transmitidas por el agua y los alimentos), sanitaria y nutricional (Szreter, 1988; Bernabeu y Barona, 2011; Martínez-Carrión, 2012; Hatton, 2013; Barona, 2014). Este artículo analiza el impacto que la reforma sanitaria tuvo sobre el bienestar biológico y la salud de las poblaciones españolas durante la primera industrialización. Examina para ello el caso de Alcoy, una de las ciudades pioneras de la industrialización española en el siglo XIX, y cuyo crecimiento industrial se fundamentó en la doble especialidad en la producción de tejidos de lana y la manufactura papelera (Aracil y García-Bonafé, 1974; Calatayud, 2001; Martínez Galarraga, 2009). Aunque en los últimos años el caso de Alcoy ha sido objeto de varios estudios para analizar los efectos que su proceso de industrialización tuvo sobre las condiciones de vida y salud de su población (Beneito, 2003; Puche, 2009; García-Gómez, 2013, 2015), este artículo supone un salto cualitativo que cubre un vacío historiográfico ante la escasez de trabajos nacionales sobre las consecuencias que las reformas sanitarias tuvieron sobre el bienestar biológico de las poblaciones urbanas. Por ello, y en consonancia con lo observado en la literatura especializada (Szreter, 1988, 1997), planteamos la hipótesis que los comienzos de la reforma sanitaria en Alcoy, a finales del siglo XIX, supusieron una mejora no sólo de las condiciones ambientales y de salubridad de la ciudad, sino también del estado de salud de su población residente. El artículo se estructura en cinco apartados. Además de esta introducción, el apartado dos describe las fuentes de estudio, los datos y la metodología utilizada. En el siguiente, en el apartado tres, se sitúa y analiza la reforma sanitaria de Alcoy en el contexto internacional de la primera industrialización. Esta sección servirá de introducción a aquellos que por primera vez se acercan al tema. Posteriormente, en el apartado cuatro, se analiza el impacto que la reforma sanitaria tuvo en los niveles de vida biológicos de la población de Alcoy a partir de la evolución de la estatura media de los mozos nacidos en la ciudad entre 1856 y 1915 y la morbi-mortalidad. El estudio finaliza con las conclusiones, sintetizadas en el apartado cinco. FUENTES, DATOS Y METODOLOGÍA Los gastos municipales realizados por el Ayuntamiento de Alcoy en materia de salud pública, los datos de estatura y de alegaciones físicas formulados por los mozos de los reemplazos militares y las tasas de morbi-mortalidad infantil constituyen las fuentes principales de este estudio. La evolución de las haciendas locales durante la etapa liberal apenas ha llamado la atención hasta la fecha de historiadores y economistas, a pesar de que el análisis desagregado de los presupuestos municipales y de otros instrumentos fiscales de las políticas públicas son esenciales para desvelar los objetivos y, sobre todo, las realizaciones prácticas que llevaron a cabo los políticos liberales. Con datos de los presupuestos elaborados y aprobados por el Ayuntamiento de Alcoy y las liquidaciones finalmente ejecutadas en materia de salud pública, hemos construido la evolución que siguió el gasto público en reforma sanitaria durante gran parte de la etapa liberal, entre 1836-1840 y 1911-19142. Sobre este punto, no obstante, varias observaciones deben ser realizadas: primera, hasta el ejercicio presupuestario de 1855 la fuente no distinguía entre presupuestos y liquidaciones, por lo que entre 1836 y 1854 sólo se puede hablar de contabilidad, pudiéndose únicamente hacer una estimación aproximada sobre la asignación de recursos en materia de salud pública; segunda, a partir de 1855 y hasta 1903 encontramos ya diferenciados presupuestos y liquidaciones, con las únicas excepciones de los ejercicios de 1858 y 1873; tercera, entre la década de 1880 y 1903, además del presupuesto ordinario, fue habitual e inevitable elaborar uno adicional y, en muchos ejercicios, otro extraordinario. La razón principal estriba en que con el ordinario no se cubrían los gastos de cada ejercicio. A partir de 1904 desaparecieron los presupuestos adicionales y los extraordinarios; y cuarta, desde 1878 el Ayuntamiento de Alcoy presentó los presupuestos y las liquidaciones de los ensanches de la ciudad. Debido a la importancia que tuvo esta partida en la reforma sanitaria, hemos sumado los presupuestos y las liquidaciones de los gastos de los ensanches a los correspondientes de cada ejercicio desde ese año (García-Gómez, 2013). Para analizar el impacto que, en el contexto de la primera industrialización, tuvo la reforma sanitaria sobre el bienestar biológico de la población en Alcoy, utilizamos dos tipos de datos: los registros de estatura de los mozos alcoyanos que fueron llamados a filas provenientes de los reemplazos militares (Puche, 2009); y los datos de las alegaciones físicas que fueron presentadas por algunos quintos para eludir legalmente, de acuerdo con el cuadro de exenciones físicas establecido por el Ejército español, el servicio militar, y que fueron excluidos finalmente por dicha alegación. La estatura, junto a otros indicadores ya conocidos, como la mortalidad infantil y la esperanza de vida, es un excelente indicador del nivel de salud de las poblaciones. Aunque la genética condiciona en un 80% la estatura de una persona, la talla es muy sensible al consumo de necesidades básicas (alimentación y asistencia sanitaria) y al impacto de la morbilidad (Silventoinen, 2003; Steckel, 2008; Martínez-Carrión, 2012; Hatton, 2013). Entre ambos periodos, aunque más concretamente desde finales del siglo XIX, se sitúa la reforma sanitaria de Alcoy que nos permite examinar las relaciones entre el gasto municipal en salud pública, como indicador de la reforma sanitaria, y durante el proceso de industrialización. Representa el 86,4% del total de mozos alistados. El 13,6% restante no se presentó al proceso de reclutamiento por diferentes causas (fallecimiento, enfermedad, emigración, prófugo...). Como la ciudad de Alcoy experimentó un intenso proceso industrializador desde la década de 1830, ello provocó a su vez un gran aumento de su población gracias a la inmigración, que procedió sobre todo de las poblaciones rurales de su entorno. La fuente de quintas nos informa sobre las migraciones. Se detalla el lugar de nacimiento del mozo inmigrante pero no la edad de llegada al municipio de destino. En consecuencia, no podemos conocer en qué entornos (mundo rural o mundo urbano) crecieron y cómo pudieron influir las distintas condiciones ambientales en las principales etapas del crecimiento (infancia y estirón adolescente). Para eludir este obstáculo, y probado que la talla de los mozos inmigrantes tuvo una influencia sobre la tendencia secular de la estatura en Alcoy en algunos periodos (Puche, 2009), en este artículo vamos utilizar únicamente los promedios de talla de los mozos nacidos en Alcoy. De esta manera, podremos analizar con mayor exactitud qué consecuencias tuvo la puesta en marcha de la reforma sanitaria en las condiciones de salud y nutrición de las sucesivas cohortes de reclutas nacidos en la ciudad. Por este motivo y no otro, la serie de estatura de Alcoy comienza con el reemplazo de 1876, ya que es el primer año en que la fuente de quintas comenzó a informar del origen de procedencia del mozo. Además de la estatura, este artículo analiza también la distribución y la evolución porcentual de las alegaciones físicas que fueron presentadas por algunos mozos para eludir legalmente el servicio militar. Se trata de una variable muy interesante pero apenas utilizada en los estudios españoles de historia antropométrica, ya que refleja las condiciones sanitarias y el estado de salud durante los años del crecimiento de las sucesivas cohortes. Para evitar las situaciones de fraude, en este trabajo solo hemos considerado a aquellos mozos que fueron declarados excluidos del servicio militar por impedimento físico y que presentaron alegaciones físicas. De este modo, se ha llevado a cabo un análisis de las enfermedades alegadas en función de su etiología, utilizando los estudios realizados por Thomas Mckeown a través de su propuesta de clasificación de las enfermedades, que distingue, básicamente, entre enfermedades infecciosas y no infecciosas (Mckeown, 1978). Así, se ha elaborado una clasificación de enfermedades, basada en su propuesta, que nos permitirá analizar no solo los procesos morbosos, sino también el cambio en el patrón epidemiológico y la influencia que tuvo la reforma sanitaria durante los procesos de industrialización y transición demográfica. Para finalizar, debemos señalar que los datos de estatura media no han sido estandarizados a la edad de 21 años. Como ha sido ya apuntado en varios estudios, desde la década de 1850 los reemplazos militares en España fueron sorteados a edades homogéneas que cambiaron según las necesidades del ejército3. Al ser este trabajo un estudio de caso, con menores observaciones de talla que otros basados en macro-muestras regionales (Martínez-Carrión y Moreno-Lázaro, 2007; Puche, 2011; Ramón-Muñoz, 2011; Ayuda y Puche, 2014), presentamos los datos sin estandarizar considerando que los cambios producidos en la edad de reclutamiento influyeron por igual en todos los mozos alistados. Por ello, las estaturas se presentan respetando los periodos en los que el reclutamiento se produjo a distintas edades: 19, 20 y 21 años. LA REFORMA SANITARIA DE ALCOY EN EL CONTEXTO DE LA PRIMERA INDUSTRIALIZACIÓN Los estudios históricos-sociales y de la medicina, así como los de antropometría y demografía histórica, han mostrado que a mediados del siglo XIX, en plena era industrial, las zonas urbanas eran lugares más insalubres para vivir, especialmente las ciudades industriales (Harris, 1994; Bourdelais, 1997; Floud, Fogel, Harris y Hong, 2011, 2014). La presión demográfica, el hacinamiento y las pésimas condiciones de las viviendas, los efectos contaminantes de las fábricas, las duras condiciones de trabajo infantil, la existencia de talleres y minas mal protegidas, junto con las desventajas del abastecimiento precario de proteínas y nutrientes básicos, como carne, huevos y leche, provocaron efectos devastadores sobre la salud infantil y de los trabajadores adolescentes en el medio urbano (William y Mooney, 1994; Voth, 2004; Martínez-Carrión, Puche y Cañabate, 2013). En países industrializados, como Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania, los datos de altura y mortalidad revelan el fuerte deterioro que experimentó el nivel de vida biológico en las zonas urbanas frente a un medio rural más saludable en términos relativos en las décadas centrales del ochocientos (Huck, 1995; Komlos, 1998; Haines, 2004; Voth, 2004; Cinirella, 2008). La existencia de una posible penalización urbana, sin embargo, variaba según el tamaño y las condiciones ambientales de las ciudades y la extensión de las actividades industriales y manufactureras (Foster, Chinn y Rona, 1983; Humphries y Leuning, 2009; Martínez-Carrión, Pérez-Castroviejo, Puche y Ramon-Muñoz, 2014). Desde finales del siglo XIX, y una vez superadas las secuelas más negativas del industrial-urban penalty, las poblaciones de las zonas urbanas comenzaron a disfrutar de mayor bienestar biológico que las poblaciones rurales. La disminución de la contaminación industrial, la presencia de mejores servicios médicos-asistenciales, la mejora de las infraestructuras urbanas y del suministro de alimentos frescos (particularmente leche), así como la reducción de la adulteración de los alimentos procesados, fueron factores que ayudaron a reducir la elevada morbi-mortalidad y que posibilitaron que la desventaja urbana desapareciera sobre la rural en los albores del siglo XX. El descubrimiento de la refrigeración mecánica y la reducción de los costes de transportes a finales del siglo XIX, por ejemplo, facilitaron la manipulación higiénica, el almacenamiento y el consumo de productos perecederos de alto valor nutritivo, como la leche. La oferta de leche digestible fue muy importante en los mercados urbanos, especialmente en las ciudades más populosas4. Con todo, las mejoras más importantes procedieron de las condiciones sanitarias y de vivienda (Millward y Baten, 2010). Diversos estudios han evidenciado que las reformas sanitarias tuvieron efectos muy positivos, contribuyendo a reducir las elevadas tasas de mortalidad, particularmente de mortalidad infantil a finales del siglo XIX y comienzos del XX, momento en que la mejora de las infraestructuras urbanas y los servicios médicos favorecieron los progresos de las poblaciones del mundo urbano (Floud, Fogel, Harris y Hong, 2011). En el contexto europeo, el caso de Alcoy proporciona otro ejemplo de cómo las incipientes políticas de salud pública puestas en marcha ayudaron a mejorar las condiciones de vida y salud de sus habitantes desde comienzos del siglo XX. Alcoy, ciudad grande e industrializada, sufrió a mediados del siglo XIX las consecuencias de la industrial-urban penalty por los efectos de la transición de las actividades protoindustriales al sistema de fábrica y el impacto medioambiental provocado por el rápido proceso de urbanización. Ambos procesos tuvieron un impacto muy negativo sobre el bienestar biológico y la salud de la población alcoyana (Puche, 2009). En el tránsito del siglo XIX al XX, la situación comenzó a mejorar paulatinamente como resultado de la reducción de la mortalidad por la menor incidencia de las enfermedades infecciosas y las epidemias, la disminución del trabajo infantil y, en general, por los progresos alcanzados en las condiciones de salubridad junto al desarrollo de las infraestructuras urbanas higiénico-sanitarias. Este avance de las condiciones de vida y salud discurrió paralelo al aumento del gasto municipal en políticas de salud pública. El Estado puede contribuir al crecimiento económico y a la salud mediante el empleo de recursos para la provisión de bienes públicos, como educación, sanidad e infraestructuras. Si éstos contribuyen a esos objetivos y los agentes privados no están en condiciones de proveerlos, será necesario que el Estado gaste más. Las investigaciones de García-Gómez (2013, 2015) y García-Gómez y Salort (2014, pp. 103-108) nos permite disponer, a nivel local, de información relevante sobre la evolución del gasto público llevado a cabo por el Ayuntamiento de Alcoy en materia de reforma sanitaria entre mediados del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX (Tabla 1). Para evitar el efecto distorsionador de la inflación, los datos han sido deflactados utilizando el índice de precios al consumo estimado por Maluquer (2006, pp. 333-382), obteniendo seis series. En la segunda columna se observa la evolución que tuvo el presupuesto total del municipio durante el periodo de estudio, mientras que en la tercera tenemos el presupuesto finalmente liquidado en cada uno de los quinquenios considerados. En la cuarta columna tenemos las cifras del gasto presupuestado para la reforma sanitaria. El dato es relevante porque aporta información relativa sobre la predisposición que los políticos liberales tuvieron en avanzar en dicha reforma. La quinta columna, por su parte, muestra el porcentaje que representaba el presupuesto total en reforma sanitaria respecto al presupuesto total. En la sexta y séptima columna, respectivamente, se ofrecen las cantidades y los porcentajes que finalmente fueron liquidadas en esta materia y, por tanto, el gasto público realmente realizado por la Administración liberal. Finalmente, la octava columna muestra el porcentaje de gasto per cápita en la reforma sanitaria. Para su cálculo hemos estimado la población de hecho de Alcoy de cada año basándonos en los datos de los censos de población del Instituto Nacional de Estadística (INE) y, a su vez, en la tasa media anual de crecimiento acumulativo entre los años para los que disponíamos de cifras de población. Analizaremos en primer lugar el gasto municipal liquidado en reforma sanitaria (columna 6). Observamos que durante las décadas de 1840 y principios de la de 1850, el gasto público realizado en materia de reforma sanitaria es significativo, en torno al 35 por ciento del presupuesto total liquidado, si bien los niveles de gasto público eran bajos. Hay excepciones, como la del quinquenio de 1836-40, pero está vinculada al control presupuestario que hizo el Ayuntamiento liberal. Habrá que esperar al decenio de 1890 y primer quinquenio del siglo XX, aproximadamente, para detectar un cambio de tendencia, ahora alcista (18 por ciento), y que se intensifica fuertemente desde 1906 hasta 1914 (30 por ciento de media). Este cambio de tendencia está relacionado con las primeras etapas del reformismo político del régimen de la Restauración, bajo los gobiernos regeneracionistas de Maura y Canalejas (diputado nacional por la circunscripción de Alcoy), y con la presión del movimiento obrero. Prueba de este incremento del gasto público es que desde la década de 1890 se produjo un acercamiento progresivo de los gastos liquidados en reforma sanitaria a los gastos inicialmente presupuestados, de forma que incluso en el periodo de los quinquenios 1906-10 y 1911-14 los primeros excedieron a los segundos, generando un déficit presupuestario que no se había producido en toda la segunda mitad del siglo XIX. Si consideramos ahora la evolución del gasto per cápita en la reforma sanitaria, podemos detectar la casi absoluta falta de implicación de los políticos liberales alcoyanos en asuntos de salud pública hasta entrada la década de 1890 (columna 8). Es cierto que hay unos primeros esfuerzos en los albores del Estado liberal, pero muy tímidos. El gasto per cápita en reforma sanitaria aumentará a partir de 1891 y explotará, esencialmente, desde 1906. Como en el caso del gasto liquidado, con el cambio de siglo, el regeneracionismo y el despliegue del movimiento obrero forzaron a la Administración local a aumentar el gasto en salud pública e infraestructuras higiénicos-sanitarias. La tendencia inaugurada con el siglo se mantendrá, al menos, durante la década de 1910, que recibirá un buen espaldarazo. En suma, la provisión pública del Ayuntamiento de Alcoy en el ámbito de la reforma sanitaria no siguió una tendencia clara entre mediados del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX. Fuera ya por motivos económicos o ideológicos, como la insuficiencia crónica de recursos de la Hacienda local liberal o los cánones liberales de la época, se ha detectado que el desinterés de los políticos liberales en Alcoy por la sanidad se prolongó hasta finales del siglo XIX, teniendo efectos muy negativos sobre las condiciones de vida y salud de la mayoría de la población. Sería con la llegada del nuevo siglo, y con él el reformismo de la segunda etapa de la Restauración y las reivindicaciones de la clase trabajadora, cuando el gasto público en salud pública e infraestructuras urbanas comenzó a incrementarse. Proseguirá durante los años de la I Guerra Mundial. Reforma sanitaria y estatura En este apartado se relaciona el bienestar biológico con la reforma sanitaria en Alcoy durante el proceso de industrialización. Con ello, se desea analizar las relaciones que se establecen entre el gasto público en sanidad e infraestructuras higiénicos-sanitarias y uno de los principales indicadores del nivel de vida biológico, la estatura. Los mayores logros de la estatura, sin embargo, se alcanzaron durante las generaciones nacidas en el primer cuarto del siglo XX. La tendencia secular del crecimiento de la talla no fue lineal, ya que se vio interrumpida por un ciclo de deterioro que afectó fundamentalmente a las cohortes nacidas entre 1866-70 y 1876-80 según los resultados de la serie analizada. Durante este periodo la altura promedio de los quintos experimentó una caída de un centímetro, coincidiendo con la industrialización del textil alcoyano, la intensificación de la urbanización y el adelanto de la edad legal de reclutamiento de 20 a 19 años, factor este último que pudo influir también en el descenso de la estatura media (Puche, 2009). Desde la década de 1820 en Alcoy se fue consolidando el sistema fabril y la mecanización en las primeras fases del proceso productivo, cardado e hilado. El proceso de mecanización, aunque incompleto, supuso una notable disminución de los costes y de los precios de venta. Los precios más bajos estimularon una mayor demanda en el mercado agrario interior, por definición pobre e inestable, aunque también se vio beneficiada por la protección arancelaria. Así, el aumento de la demanda favoreció el de la producción lanera. En este contexto de efervescencia industrial, y en contra de lo que cabría esperar, la estatura disminuyó, señal inequívoca de un empeoramiento de las condiciones de vida y salud de la población. Así se desprende del contraste realizado entre el número de husos mecánicos inscritos en la matrícula industrial y la evolución de la talla en Alcoy (Gráfico 1). Aunque este ejercicio es arriesgado por el carácter restringido de la muestra de estaturas utilizado (cohortes masculinas), el análisis presenta resultados interesantes. De la figura se deduce que mientras el número de husos mecánicos creció desde las décadas de 1850-1860, reflejo del avance de la mecanización en la hilatura y la industrialización, la estatura bajó, síntoma de la caída del bienestar biológico. Para los que vivieron la coyuntura 1865-80, se puede decir que experimentaron mejoras económicas asociadas a la expansión industrial, pero percibieron en sus cuerpos las secuelas de la malnutrición y la infección como consecuencia de la intensidad del trabajo manufacturero a edades tempranas y las pésimas condiciones de trabajo. Aparte de los efectos negativos iniciales causados por la industrialización, otros factores que explicarían la caída de la estatura alcoyana en la etapa 1866-80 apuntarían al impacto medioambiental provocado por el fuerte crecimiento demográfico y la rápida urbanización. En las décadas centrales del siglo XIX, y como resultado de la elevada inmigración rural que llegó de la comarca, la población de Alcoy pasó de 20.924 habitantes en 1835 a 32.497 en 1877, cifras que suponen un aumento superior al 50% y un incremento anual del 1,31%, que podemos calificar de elevado5. Estos movimientos migratorios comportaron la intensificación de la urbanización y revelaron los graves problemas urbanísticos que presentaba la ciudad6. La urbe creció al borde de la saturación y recibió a miles de emigrantes sin las infraestructuras necesarias para acogerlos. El hacinamiento y la proliferación de barrios mal equipados y con viviendas precarias caracterizaron el urbanismo de aquellos años. Como analizaremos en el próximo apartado, esta conjunción de factores contribuyó a aumentar la morbi-mortalidad, la cual, a su vez, afectó a la estatura de las sucesivas cohortes. La congruencia con los datos de gasto público y gasto per cápita liquidado en reforma sanitaria es muy elevada. La comparación realizada entre ambas series sugiere que la tendencia de la estatura en Alcoy fue muy sensible a la evolución del gasto municipal en políticas de salud pública durante el proceso de industrialización. El Gráfico 2 muestra que hubo una alta correlación entre la inversión pública en reforma sanitaria y las condiciones de salud y nutrición de los mozos alcoyanos. Esto último ocurrió a partir de las cohortes de la década de 1890, donde se observa que el aumento de la estatura corrió pareja al aumento del gasto público en sanidad e infraestructuras urbanas. Esta asociación entre lo que se invirtió y los resultados en estatura es también evidente en el caso del gasto per cápita en reforma sanitaria, según se desprende del Gráfico 3. A más gasto por habitante, la estatura media fue mayor. Según el dictamen que elaboró la Junta Local de Sanidad en 1868 para mejorar las condiciones higiénicas de la ciudad, los mayores inconvenientes que presentaba Alcoy eran los problemas urbanísticos, el hacinamiento y el abocado de las aguas inmundas en pozos ciegos. Como consecuencia del intenso proceso industrializador, a mediados del siglo XIX la construcción de edificios fue por detrás de la creciente demanda de viviendas. Esta situación provocó que los barrios más populosos soportaran una alta densidad de población, llegando a ser en algunos casos superior a los 2.500 habitantes per ha. Esta cifra, escandalosa, revelaba que el hacinamiento era la norma y que el peligro de enfermar estaba casi asegurado. La carencia de infraestructuras higiénicos-sanitarias agravaba aún más las condiciones de insalubridad en que vivía la mayoría de la población, especialmente las clases trabajadoras. El caso del servicio de alcantarillado lo ejemplifica. Hacia 1820 la red de alcantarillado era prácticamente inexistente en Alcoy. En esa década el Ayuntamiento propuso un proyecto para su construcción que, sin embargo, años después no había sido ejecutado por la falta de financiación. A finales de los años cuarenta, la Alcaldía sacaba a subasta su construcción, cuya red inicial partiría del Ayuntamiento y recorrería las calles del Mercado Vell y de la Barbacana, cobrando un canon a todos aquellos vecinos que quisieran conectar sus aguas residuales y pozos ciegos a la red general. Esta medida, no obstante, no resolvió el problema sanitario: por un lado, porque la mayoría de la población, residente en los barrios obreros, quedaba desatendida; y por otro, porque muchos habitantes, al ver el precio elevado que había que pagar por el servicio, no se acogieron a la mejora. De esto modo, hacia 1850 solamente había 64 solicitudes de conexión a la red; de ellas 22 correspondían a la zona donde vivía la población más acomodada de la ciudad. Dado que el objetivo principal era luchar contra la costumbre vecinal de tirar los residuos fecales, así como los excrementos de las caballerías en las calles en cualquier hora del día, en 1850 el Ayuntamiento publicó un bando que restringía la extracción de los primeros desde la madrugada hasta el mediodía. Pero esta medida fue criticada por el gremio de labradores que manifestaba su total oposición: Sin abono no hay cosechas y sin cosechas no pueden pagarse los arriendos de las tierras (...). Desde inmemorial es costumbre sacar las materias fecales en todo tiempo del año hasta el mediodía y a todas horas el estiércol de las cuadras (Beneito, 2003, p. El edicto municipal subrayaba las pésimas condiciones de vida y de salubridad que existían en la ciudad. Consciente de esta situación y de que los presupuestos municipales eran insuficientes para cubrir los gastos de este servicio público, en 1860, el Ayuntamiento de Alcoy decidió que fuera la iniciativa privada la que emprendiera las obras. Poco a poco, a lo largo de las décadas finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la ciudad fue dotándose de un servicio de alcantarillado7. Este caso demuestra que en Alcoy la provisión pública de infraestructuras higiénicas-sanitarias fue bastante deficiente al comienzo del proceso de industrialización y de la rápida urbanización. Eso no significa, sin embargo, que hubiera desinterés por parte de las autoridades locales. En 1883, la Junta Local de Sanidad mostró una especial preocupación por mejorar la higiene pública, denunciando repetidamente la existencia de estercoleros en las casas. Las medidas de salubridad adoptadas, no obstante, chocaban con una resistencia generalizada: en primer lugar, con el propio Ayuntamiento, que no disponía de los recursos económicos suficientes para emprender mejoras urbanísticas; en segundo lugar, con el gremio de labradores, que veía en peligro el estiércol que había de servir como abono natural para mejorar la productividad de sus tierras en cultivo; en tercer lugar, con la mayoría de los habitantes que no quería o no podía pagar el canon del servicio de alcantarillado; y en cuarto y último lugar, con un número significativo de pequeños industriales y artesanos que capturaban las aguas residuales y los líquidos sobrantes de las fuentes para mover las ruedas de los molinos o para enjuagar las pieles enderezadas, actividades que provocaban no pocas filtraciones, humedades y malos olores, además de un número elevado de enfermedades infecciosas, principalmente respiratorias. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el Ayuntamiento de Alcoy, al igual que aconteciera con otros municipios de su entorno geográfico más próximo (Salort, 2008; Pascual Artiaga y Trescastro, 2013), comenzó a promulgar una serie de reglamentos y ordenanzas municipales dirigidos a mejorar las condiciones higiénicas y sanitarias de la ciudad. Unos iban orientados a controlar el comercio de la carne y la calidad de los alimentos que se vendía en los mercados, otros a regular los servicios sanitarios y asistenciales, otros a mejorar la edificación de las viviendas, otros a reglamentar el suministro y la red de aguas públicas, etc. Pero la aprobación de esas normativas no fue suficiente para mejorar las condiciones ambientales y de salubridad de la urbe. Faltaba lo más importante, que se cumplieran, y en la mayoría de los casos no fue así. A veces porque no había suficiente personal para hacer cumplir las disposiciones aprobadas; en otras porque la aplicación de la normativa no interesaba a ciertos colectivos por motivos particulares en cada caso, algunos apuntados ya, —arrendatarios y arrendadores, labradores, vaqueros, vendedores, etc.—; y finalmente, y quizás sobre todo, porque el Ayuntamiento carecía del presupuesto para poder aplicar las mejoras proyectadas. Este factor, hasta los años finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, impidió que la alcaldía se implicase más en el fomento de las infraestructuras urbanas y la higiene pública para afrontar el drama de la elevada morbi-mortalidad. Este apartado ha mostrado que la caída progresiva del gasto municipal en salud pública entre las décadas de 1860 y 1880 tuvo también su réplica en el descenso de la estatura de los mozos alcoyanos, reflejo del empeoramiento que experimentaron las condiciones de vida y salud de la población en ese periodo. La situación comenzó a cambiar a partir de la década de 1890. Las causas son multifactoriales: disminución del trabajo infantil, mejoras en las condiciones de trabajo y vivienda, mejor dieta alimentaria y reducción de la morbi-mortalidad. Esto último, sin duda, fue debido al aumento del gasto público destinado a mejorar los servicios de limpieza y alcantarillado, el control de la potabilidad del agua, la higiene de los alimentos, etc. Reforma sanitaria y morbi-mortalidad La literatura especializada ha revelado que el aumento del gasto en políticas de salud pública estuvo directamente relacionado con la caída de la mortalidad y el aumento de la esperanza de vida durante los siglos XIX y XX, entre otros factores (Szreter, 1988; Bell y Millward, 1998; Cutler y Miller, 2005)8. El objetivo de esta sección es explorar las relaciones entre la reforma sanitaria y las condiciones de vida y salud de la población de Alcoy, a través de la morbi-mortalidad. Aunque no disponemos de series anuales de morbilidad y mortalidad infantil en Alcoy, los datos disponibles muestran una relación estrecha con la evolución del gasto público en reforma sanitaria y la estatura durante el proceso de industrialización (García-Gómez, 2013, 2015; García-Gómez y Salort, 2014). Para suplir la falta de información sobre morbilidad, hemos utilizado los datos de las alegaciones físicas que fueron presentadas por algunos mozos para intentar eludir legalmente el servicio militar de acuerdo con el cuadro de exenciones físicas establecido. Es una variable valiosa por cuanto nos informa del estado de salud de los jóvenes alistados y de las condiciones medioambientales. Considerando que muchos mozos intentaron evitar con engaño el servicio militar manifestando problemas físicos simulados, hemos computado únicamente a aquellos quintos que fueron declarados excluidos totales por las alegaciones físicas presentadas9, considerando dos grandes periodos: los reemplazos militares de 1860-99 y 1901-36. La Tabla 2 muestra el número de casos analizados y el porcentaje que representaba cada grupo de enfermedad, así como su evolución. ¿Qué grupos de enfermedades sobresalieron? ¿Estuvieron influidas por los efectos de la industrialización y la rápida urbanización? ¿Qué papel jugó la reforma sanitaria? En general, los datos de la Tabla 2 conducirían a una visión pesimista, ya que los porcentajes de todos los grupos de enfermedades fueron más elevados en la segunda mitad del siglo XIX que en el primer tercio del siglo XX. Y lo mismo se observa con la tasa de mortalidad infantil (Tabla 3). Ambas evidencias sugerirían que los comienzos de la industrialización y la intensificación de la urbanización, a mediados del siglo XIX, tuvieron efectos negativos iniciales sobre la salud de los niños y jóvenes adolescentes alcoyanos. Durante ese periodo y hasta finales de la centuria, las dolencias musculares-óseas y oculares concentraban casi el 45% de las alegaciones físicas presentadas por los mozos excluidos. Le seguían, por este orden, las enfermedades carenciales, las relacionadas con el sistema fonador-auditivo, las enfermedades de la piel y las que afectaban al sistema respiratorio, representando un 28%. La mayoría de ellas, como veremos a continuación, estuvieron muy influidas por las deterioradas condiciones laborales que los trabajadores, muchos de ellos niños, soportaron en la industria textil, papelera y metalúrgica. Así se desprende de la información oral que Miguel Gisbert trasladó al Ayuntamiento de la ciudad en virtud de la Real Orden de 5 diciembre de 1883, al lamentarse de: la falta de higiene que en general tienen nuestras fábricas, entre las que, a su parecer, se debe poner de relieve el hacinamiento en que se tiene al obrero por la estrechez de espacio (Beneito, 2003, p. Años después, en 1894, las actas de la Junta Local de Sanidad se expresaban en los mismos términos denunciando: las condiciones especiales que reúnen los edificios industriales, como son, calor, humedad, hacinamiento en los obreros, escasa condición atmosférica, ventilación defectuosa... La falta de espacio hacía que muchas máquinas no guardarán la distancia prudencial aconsejada, circunstancia ésta que provocaba que muchos operarios sufrieran cantidad de luxaciones y hernias10. En las fábricas de papel, por ejemplo, los niños solían ocuparse del martinete, mazo de gran peso destinado para picar y satinar las hojas de papel. La actividad era monótona pero muy peligrosa, ya que la mínima distracción pasaba a ser fatal para las manos de los niños y adolescentes que manipulaban esos martillos grandes. Muchos de ellos quedaban lisiados para toda la vida, situación que les impedía regresar al trabajo para ganarse el sustento y que les condenaba a ocupar los lugares peor pagados o, peor aún, a engrosar la larga lista de los mendicantes (Beneito, 2003, pp. 59-60). Pero las dolencias musculares-óseas no fueron las únicas enfermedades profesionales. Destacaron también las alegaciones oculares, respiratorias y cutáneas. Como el núcleo de la actividad industrial de la ciudad eran las empresas textiles y papeleras, en ambas el agua, tratada en calderas, tenía un claro protagonismo en las fases de lavado y tintado de la lana y el papel. Sin embargo, muchas de estas instalaciones no fueron capaces de vaporizar el agua adecuadamente, lo que debió favorecer la proliferación de patologías de carácter bronquial, respiratorio y ocular (Tabla 4)11. Las calderas expulsaban cantidad de vapor y los obreros trabajaban en talleres donde el calor y la concentración de polvos de lana y gases tóxicos eran muy elevados, afectando a los bronquios y a la vista de los operarios. Asimismo, el uso de productos químicos que se empleaba para la fabricación de papel y cerillas producían a menudo afecciones cutáneas, como eccemas, que daban lugar a costras y escamas, y tumores de piel (Beneito, 2003, pp. 57-58). Además de las dolencias ya apuntadas, la Tabla 2 revela también que durante el periodo 1860-1899 algunos mozos alegaron problemas de desarrollo físico y que hemos agrupado en el grupo de enfermedades carenciales. Representa el 8,4% del total de las alegaciones físicas presentadas. Este porcentaje habría sido mayor si hubiéramos computado a los mozos excluidos directamente por su cortedad de talla. El dato, con todo, es significativo, ya que pone de manifiesto que la alimentación de una parte de los mozos alcoyanos era pobre en las primeras fases de la industrialización. La sobreexplotación de la mano de obra —cristalizado en largas jornadas de trabajo y bajos jornales—, el gravamen de los impuestos de consumos y los elevados precios de los artículos de primera necesidad, lo explicarían (Egea, 1984, pp. 139-140). Como consecuencia del fuerte crecimiento demográfico que experimentó la ciudad, la demanda de alimentos básicos aumentó exponencialmente, desencadenándose un incremento de los precios relativos a los mismos12. Si a esta situación añadimos que los impuestos de consumo gravaban y encarecían el precio final de un buen número de artículos de primera necesidad, es fácil pensar que muchos habitantes de Alcoy experimentaran una disminución del consumo alimenticio, o al menos una disminución de la calidad de los nutrientes ingeridos (Beneito, 2003, p. Este empeoramiento del estado nutricional tuvo su correlato en la caída de la estatura de los mozos llamados a filas (Puche, 2009). Habrá que esperar al comienzo de siglo y al aumento del poder adquisitivo de los obreros para detectar cambios relativos en la dieta de los alcoyanos. Entre 1905 y 1915 el nivel de vida aumentó y algunos productos como la leche, los huevos, el azúcar o los embutidos comenzaron a hacerse más asequibles en la cesta de la compra de las familias trabajadoras. También se incrementó el uso del carbón para calentar las viviendas, circunstancia que a buen seguro aminoró el impacto del frio en las casas y las humedades, y se generalizó el consumo de jabón, avances que permitieron reducir la incidencia de la morbilidad (Beneito, 2003, p. Los datos de la Tabla 2 lo constatan. Entre 1901 y 1936 el número y porcentaje de alegaciones físicas presentadas por los mozos alcoyanos excluidos por esta casuística cayeron en picado —a excepción de las dolencias musculares-óseas que se incrementaron13—. La correlación con el aumento del gasto público en reforma sanitaria, el incremento de la estatura y la caída de la mortalidad infantil y las enfermedades infecciosas es muy elevada (Gráficos 2 y 3 y Tablas 3 y 4). A partir del ejemplo de la ciudad industrial de Alcoy en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX, este artículo ha analizado la relación entre las inversiones en salud pública y el bienestar biológico durante el proceso de industrialización. Para ello el estudio ha tenido en cuenta tres indicadores: los presupuestos y las inversiones realizadas por el Ayuntamiento de Alcoy en la salud pública, los datos de estatura de los mozos alistados y, finalmente, las enfermedades y problemas físicos expuestas por los quintos excluidos del servicio militar y las tasas de mortalidad infantil. Los resultados alcanzados son relevantes, mostrando que, al menos, desde mediados del siglo XIX el gasto público en reforma sanitaria tuvo un peso determinante en el nivel de vida biológico de los habitantes de la ciudad, junto a las condiciones de alimentación y morbilidad. Se ha observado que entre las décadas de 1860 y 1880 la caída del gasto municipal en salud pública tuvo su réplica en un aumento de la morbi-mortalidad y un deterioro de la estatura media de los mozos nacidos en Alcoy. El proceso de mecanización y modernización de la industria textil dejó sin trabajo a muchos campesinos de las poblaciones agrarias de la comarca, que vieron en la emigración a la ciudad la posibilidad de obtener unos ingresos que no podían conseguir en sus lugares de origen. Ello dio lugar, durante las décadas centrales del siglo XIX, a un intenso movimiento migratorio, provocando a su vez un gran aumento de la población residente. Aunque los políticos locales eran sabedores de los problemas higiénico-sanitarios de los que adolecía la ciudad, el Ayuntamiento no disponía de los medios económicos para afrontarlos, por lo cual la provisión pública de infraestructuras necesarias para acogerlos fue deficiente. La existencia de viviendas pequeñas e insalubres, barrios masificados y los efectos de la industrialización trajo consigo un empeoramiento general de las condiciones de vida para la población alcoyana, especialmente la de menores ingresos. Estas duras condiciones, además, contribuyeron a que Alcoy sufriese numerosas epidemias y una alta incidencia de enfermedades infecciosas, destacando los altos porcentajes de fallecimiento por bronquitis y neumonías. Esta prevalencia está asociada no solo al hacinamiento y las pobres condiciones sanitarias que soportaba la ciudad, sino también a las pésimas condiciones de trabajo y nutrición que sufría la clase trabajadora. La incidencia del trabajo infantil, la intensidad del trabajo manufacturero, los bajos salarios y una alimentación pobre e insuficiente hicieron que muchos niños y adolescentes, operarios en los malolientes talleres textiles y papeleros, fueran presa fácil de las epidemias e infecciones, dejando secuelas en el tamaño de sus cuerpos. A partir de la década de 1890 la situación comenzó a mejorar paulatinamente. Se constata que el incremento de las inversiones y la normativa higiénica-sanitaria efectuadas por el Ayuntamiento de Alcoy tuvieron una influencia importante en las condiciones de vida de la población. Ambas acciones contribuyeron tanto al descenso de la morbi-mortalidad infantil como al aumento de la estatura media de los mozos en el corto y medio plazo. Así ocurrió desde 1895 hasta 1915, cuando las tasas de morbilidad y mortalidad infantil y las alegaciones físicas presentadas por los quintos empezaron a descender mientras los desembolsos en materia de salud pública e infraestructuras urbanas eran cada vez más cuantiosas. Esto último, sin duda, tuvo también un efecto positivo en las mejoras que experimentaron las condiciones de vivienda y de saneamiento, junto a la disminución del trabajo infantil y las mejoras relativas en la dieta alimentaria y los niveles de vida en general. En suma, con este estudio se ha demostrado no solo la relación positiva entre gasto sanitario y bienestar biológico, sino también la importancia que tienen las políticas de salud pública para procurar unas mejores condiciones de vida y salud a las poblaciones.
Este artículo presenta los primeros resultados de un proyecto de investigación sobre la salud de los soldados del Ejército español, en época de paz, entre 1860 y 1936, con especial atención a la mortalidad y la morbilidad y a la tipología de las enfermedades con mayor incidencia en este colectivo. Aquí se abordan dos objetivos de naturaleza metodológica: en primer lugar, una introducción a las posibilidades y limitaciones de las fuentes históricas sanitarias militares para el estudio de la salud del colectivo militar; y, en segundo lugar, un análisis de la evolución de los efectivos y las características del colectivo masculino en edad de recluta y su grado de representatividad respecto a toda la población masculina del mismo grupo de edad. Así mismo, se avanzan unos primeros resultados provisionales sobre algunos indicadores de mortalidad y morbilidad de los soldados y de la población civil que pueden estimarse a partir de las fuentes sanitarias militares. El estudio de la salud de los soldados en los ejércitos en época de paz ofrece particular interés, puesto que se centra en un colectivo humano bien delimitado en cuanto a sexo y edad, y que requiere la consideración de múltiples variables: el sistema de selección y reclutamiento y su relación con la salud de los reclutas antes de entrar en filas; las condiciones de alojamiento e higiene colectiva en que vivirán durante el servicio activo y la incidencia de enfermedades infecciosas; la alimentación y su relación con la salud; el papel de los servicios sanitarios militares; la entidad de los recursos presupuestarios que determinaban las condiciones de vida durante la duración del servicio, etc. En el presente trabajo abordaremos algunos aspectos específicos que forman parte de una investigación más amplia sobre la salud de los soldados del ejército español a lo largo del periodo 1860-1936. INTRODUCCIÓN A LAS FUENTES SANITARIAS MILITARES Las estadísticas militares de naturaleza sanitaria, pueden proporcionar información sobre la evolución de la salud de la población; una información distinta y, en ocasiones, más completa que la que se encuentra en las estadísticas de mortalidad y morbilidad del conjunto de la población. Su principal limitación es que la información afecta sólo a un grupo en particular de este colectivo masculino, el de edad de reclutamiento (alrededor de los 21 años para el período estudiado), si bien permite conocer con notable precisión las cifras de mortalidad y de morbilidad del grupo, así como el papel de determinadas enfermedades y su evolución a lo largo del tiempo. La estadística militar fue pionera en España en la elaboración de series estadísticas de naturaleza sanitaria, yendo por delante de la estadística civil durante buena parte del siglo XIX. Aunque no hemos podido establecer con total precisión el inicio de la publicación de series regulares de estadísticas sanitarias del Ejército o de la Marina, las primeras que hemos podido consultar datan de la segunda mitad de la década de 1860 y estaban incluidas en los dos Anuarios Estadísticos de España publicados en esos años;2 entonces se centraban en cuantificar el movimiento de enfermos en los hospitales militares y cívico-militares, si bien la clasificación por enfermedades era muy genérica y poco depurada. Estos primeros datos estadísticos abarcaban a todo el personal atendido en hospitales militares o dependientes del Ministerio de la Guerra, lo que incluía no sólo al Ejército sino a otros cuerpos armados como la Guardia Civil y los Carabineros, además de agregar en los cómputos a civiles, sin que la presentación de los datos permita diferenciar entre unas u otras procedencias.3 Es a partir de 1886 cuando se inicia la publicación regular de series sanitarias anuales dotadas de un contenido más homogéneo: son las denominadas Memorias-Resúmenes o Resúmenes de la Estadística Sanitaria del Ejército. Hemos podido localizar análisis comentados de las mismas en la Revista de Sanidad Militar desde dicho año de 1886 y desde 1896 hemos podido utilizar las publicaciones originales. También se encuentran estadísticas sanitarias militares en los Anuarios Estadísticos de España publicados en el primer tercio del siglo XX, entre 1914 y 1935, cuyo contenido procedía de las series militares, pero en ocasiones es incompleto y no siempre homogéneo, de forma que lo mejor es consultar y contrastar ambas fuentes a fin de cubrir las lagunas temporales o de complementar los datos de una o de otra.4 Aunque los esfuerzos por elaborar una estadística sanitaria en el Ejército español obedecieron a necesidades propias, no cabe duda que el impulso proporcionado por la Comisión Internacional para la Unificación de la Estadística Sanitaria de los Ejércitos a través de congresos periódicos, fue decisivo. En la conferencia de Budapest de 1894 se acordó por primera vez la adopción de un formulario común a todos los ejércitos de los estados participantes. Las variables cuantificadas en estas publicaciones se expresaban tanto en valores absolutos como proporcionales (‰) y hacían referencia a la mortalidad y a la morbilidad: total de ingresados y muertos por las calificadas como "enfermedades principales", los días totales de estancia de todos los ingresados de cada enfermedad y la duración media de los días de hospitalización por enfermo ingresado. La mortalidad hacía referencia a los fallecimientos que habían tenido lugar en hospitales y enfermerías militares, excluyéndose del cómputo los suicidios, los accidentes y los muertos o heridos en combate. Por morbilidad (morbosidad en las fuentes del siglo XIX), se contabilizaban los enfermos ingresados en hospitales militares, excluyendo a los ingresados en las enfermerías de los acuartelamientos; tampoco se incluían a los accidentados o heridos en combate. En cuanto al área geográfica que cubrían las estadísticas sanitarias militares, hasta finales del siglo XIX diferenciaban entre Península e Islas Adyacentes, por un lado y Ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), por otro; con la pérdida de las colonias el marco geográfico será el de la Península e Islas Adyacentes y desde 1909 se individualizarán las guarniciones africanas. En este último periodo, de 1909 a 1936, las memorias-resumen no permiten diferenciar entre las cifras peninsulares y las del Protectorado. Si bien es cierto que la lectura de diversos artículos de la Revista de Sanidad Militar hace posible la identificación de las enfermedades que tenían una mayor incidencia entre las tropas destinadas en África, como sucedía con el paludismo por ejemplo, no podemos saber la incidencia en cada uno de ambos escenarios geográficos. La relación de las enfermedades registradas en las series estadísticas castrenses experimentó variaciones a lo largo del tiempo, dirigidas hacia una mayor precisión en su identificación. En los años de 1860 la ordenación era muy simple, vertebrada en dos bloques: enfermedades de cirugía y enfermedades de medicina; registrándose en el primer grupo una decena de "afecciones" y una veintena en el segundo. La clasificación de las enfermedades de cirugía era muy genérica: "tumores", "hérnicas" y "úlceras"; las lesiones fruto de accidentes ("heridas", "fracturas" y "dislocaciones") eran registradas como si se tratase de enfermedades. La tipología en el caso de la medicina era más extensa pero poco precisa: sirva de ejemplo el caso de las "calenturas", subdivididas en inflamatorias, gastro-biliosas, exantemáticas, catarrales, tifoideas, intermitentes simples e intermitentes malignas.5 En la década de 1880 se altera el catálogo de enfermedades, que se agruparán en once categorías: las de medicina y cirugía, que ya no se detallan, y viruela, sarampión, tuberculosis, oftalmológicas, venéreo, sarna, dermatosis, entre otras (Anónimo, 1888, pp. 372-373). De forma progresiva a lo largo de la segunda mitad de la década de 1890 se adoptará la nomenclatura acordada en los sucesivos congresos internacionales de sanidad militar, culminado con la de 1903 que con puntuales modificaciones se mantendrá en vigencia hasta 19366. Se trataba de un listado de 38 enfermedades, desde las que estaban mejor definidas en esa época (tuberculosis pulmonar, sífilis, gonorrea, escarlatina, tifus abdominal, viruela, disentería, meningitis, etc.), hasta dolencias muy variadas y poco precisas (enfermedades mentales, oculares, dermatológicas, urinarias, auditivas, etc.)7. De todas formas, pese a esta clase de limitaciones es posible hacer un seguimiento de la incidencia de algunas enfermedades en términos de mortalidad y de morbilidad, incluyendo los días totales de hospitalización que provocaron cada una de ellas. Aunque no es el objeto específico de este artículo, hemos recopilado información sobre la incidencia de enfermedades respiratorios especialmente virulentas (tuberculosis pulmonar, bronquitis aguda, gripe, neumonía y pleuritis), y también sobre la fiebre tifoidea (llamado en las fuentes como tifus abdominal)8, la viruela, el paludismo y la meningitis. Pero junto a los datos de mortalidad y de morbilidad que hemos visto, las estadísticas sanitarias militares también proporcionan información sobre los jóvenes declarados inútiles por motivos de enfermedad o por defectos físicos, excluyendo los clasificados como cortos de talla, de los que no nos ocuparemos. El seguimiento de esta información no está exento de complicaciones, puesto que las sucesivas leyes de reclutamiento y reemplazo fueron introduciendo modificaciones en los cuadros de causas de exención por inutilidad física, por lo que es necesario enmarcar siempre las cifras en el contexto de esos cambios. Pero una vez tenida en cuenta dicha prevención son una fuente destacada sobre el estado de salud de la población masculina en edad militar antes de ingresar en el ejército. Además de las estadísticas sanitarias militares, una fuente imprescindible para el estudio de la morbilidad y la mortalidad en el ejército español es la constituida por las revistas especializadas en sanidad militar. Esta clase de publicaciones proporcionan abundante información, en su mayor parte de naturaleza cualitativa pero también ofrecen datos cuantitativos que pueden complementar los obtenidos en las estadísticas o cubrir lagunas de dichas series. La información que definimos como cualitativa es de alcance desigual, pero con frecuencia muy útil para contextualizar y matizar los datos estadísticos y permitir una interpretación más precisa de la evolución de los indicadores demográficos militares. En la década de 1860 surgieron las primeras revistas, aunque todas fueron de corta vida, y a partir de 1875 hay una casi total continuidad en las sucesivas publicaciones que se prolongará hasta 1936. La revista más antigua es la Revista de Sanidad Militar Española y Extranjera, que inició su andadura en 1864 y desapareció a finales de 1865. Fue seguida por la Revista de Sanidad Militar y General de Ciencias Médicas, que sólo se publicó a lo largo del año 1866. Al año siguiente y también con una duración limitada a un año, apareció la Revista General de Ciencias Médicas y de Sanidad Militar. No será hasta entrada la década de 1870 cuando se reemprenda la edición de una revista especializada con la Gaceta de Sanidad Militar, que se publicará quincenalmente hasta noviembre de 1885. Después de un año sin ninguna revista, en Enero de 1887 verá la luz la Revista de Sanidad Militar, que se mantuvo hasta 1906 y fue reemplazada por la Revista de Sanidad Militar y la Medicina Militar Española, que permanecerá hasta 1910, siendo a su vez substituida por la segunda época de la Revista de Sanidad Militar, la de más larga vida de toda esta clase de publicaciones, pues se editó sin interrupciones desde Enero de 1911 hasta el estallido de la Guerra Civil en 19369. No hemos entrado en una explotación sistemática de estas fuentes bibliográficas contemporáneas, ya que la gran variedad de temas abordados las hacen de gran interés para muy distintas líneas de investigación, por ejemplo, para la historia de la medicina (tratamientos de heridas de armas de fuego o de fracturas, técnicas quirúrgicas, profilaxis, equipamiento hospitalario, instrumental quirúrgico, etc.), pero sí lo hemos hecho con los artículos más directamente relacionados con la mortalidad y morbilidad generales o con alguna de las enfermedades más extendidas entre la tropa, como la viruela o la tuberculosis. La opinión de los médicos militares es muy relevante para aproximarse a la problemática sanitaria que rodeaba la vida de los soldados durante la prestación del servicio, y con frecuencia, expresa una mirada muy crítica con las condiciones higiénico-sanitarias que envolvían la vida de los soldados españoles: las deficiencias higiénicas de muchos acuartelamientos que estaban en directa relación con la amplia difusión de las fiebres tifoideas entre las tropas (Sánchez Fernández, 1907, pp. 42-50); la baja extracción social de la mayoría de los reclutas como una variable destacada para explicar los estragos ocasionados por muchas enfermedades a finales del siglo XIX (Deleito, 1902, pp. 109-114); la mortalidad provocada por la viruela era escandalosamente alta en comparación con otros ejércitos europeos (Martínez Pacheco, 1890, pp. 3-24), eran temas abordados en estas revistas, con una claridad y contundencia que sorprende en publicaciones militares oficiales y de difusión pública. CARACTERÍSTICAS Y REPRESENTATIVIDAD DEL COLECTIVO El propósito es examinar la representatividad de la población sobre la que se establecieron anualmente las estadísticas sanitarias militares. Para ello vamos a partir de la serie anual de los nacimientos que disponemos en España desde 1858 y que permite conocer los efectivos iniciales de las sucesivas generaciones masculinas. A partir de estos efectivos iniciales vamos a estimar que proporción de los varones alcanzaba la edad de reclutamiento y que proporción de ellos era finalmente observada y sus datos recogidos por las estadísticas militares. A partir de dicho año se inició un fuerte descenso que se prolongó hasta fines de siglo. Las fluctuaciones de la natalidad dejan una huella más duradera en las series porque repercuten en el número de jóvenes adultos y potenciales padres alrededor de treinta años más tarde. La primera caída de los nacimientos, que se produce a lo largo de la década de 1910 y que se agudizó con la epidemia de gripe de 1918, explica sin embargo solo una parte de la caída de los nacimientos después de la guerra. Las generaciones de la década de 1910, mas vacías, padecieron especialmente la mortalidad durante la Guerra Civil, lo que repercutió sin duda en la caída de los nacimientos después de la guerra, pero a este factor se sumó también otro muy importante que fue el descenso muy significativo de la fecundidad durante los años cuarenta y hasta finales de los años cincuenta, en que se inició un pequeño baby boom. Fuente: a partir de las Estadísticas del Movimiento Natural (EMN). Los varones no eran objeto de interés militar hasta que cumplían una determinada edad que para la mayor parte de las generaciones del siglo XX fue los 21 años. Evidentemente, la proporción de nacidos que alcanzaron aquella edad varió de forma muy significativa en el transcurso del tiempo debido al descenso y a las fluctuaciones de la mortalidad. Las estadísticas del movimiento natural nos han permitido estimar para todas las generaciones del siglo XX y solo para algunas de la segunda mitad del XIX —las de 1858-70 y 1878-82 y representadas todas en el gráfico 2— sus respectivos niveles de la mortalidad antes de los 2 años de edad y estimar así la proporción de sobrevivientes sobre 1000 nacidos que alcanzaron aquella edad y que sobrevivieron por tanto al segundo aniversario. La tesis doctoral de A. Blanes (2007), que ha reconstruido las tablas de mortalidad de las generaciones nacidas a partir de 1911, y a quien agradecemos que nos haya permitido hacer uso de sus resultados antes de ser publicados, amplía y enriquece de forma muy importante el conocimiento que teníamos hasta ahora de la evolución de la mortalidad española. Sus tablas de mortalidad nos permiten conocer la proporción de sobrevivientes a los 2 años, pero también a los 21 años de las generaciones masculinas nacidas entre 1911 y 1984. A partir de la relación observada entre los sobrevivientes a los 2 y los 21 años de las generaciones 1911-1984, hemos ajustado una función con un coeficiente de determinación muy elevado (R2= 0,995) que indica que el ajuste es bueno, lo que no es de extrañar porque la mortalidad antes de los 2 años es un componente importante de la mortalidad antes de los 21 años y porque está muy relacionada también con la mortalidad de 2 a 21 años. El gráfico 3 muestra la evolución de estos dos indicadores de la mortalidad de las generaciones. Fuente: elaboración propia a partir de las tablas de mortalidad de las generaciones. Fuente: Sobrevivientes a los 2 años: elaboración propia a partir de las EMN. Sobrevivientes a los 21 años para las generaciones posteriores a 1910: Blanes 2007 y para las generaciones de 1910 y anteriores: estimación propia a partir de la función ajustada con los datos de Blanes y expresada en la nota 4. La serie de sobrevivientes a los 2 años se refiere a la población de ambos sexos e incluye una estimación de los muertos del primer día para el periodo anterior a 1919. Los datos disponibles para las generaciones de 1858-70 y 1878-82 no muestran un descenso de la mortalidad y, por tanto, un aumento de la proporción de sobrevivientes. La interrupción de los datos de 1883 a 1899 no permite valorar el bajo nivel observado para la generación de 1900, distinguiendo si es un valor representativo también de algunas de las generaciones que la precedieron o si por el contrario fue el resultado de un aumento coyuntural de la mortalidad de la generación de 1900. Dos razones para decantarse por la segunda posibilidad son que los indicadores de la mortalidad por ahora disponibles para aquel periodo y en particular la tasa bruta de mortalidad muestra un descenso a partir de finales de la década de 1880 o principios de la década de 1890 y la segunda razón, es que las series continuas de otros países próximos, como por ejemplo Italia, muestran un aumento coyuntural de la mortalidad de 0 a 2 años para la generación de 1900 (Pérez-Moreda, 2015)10. En cualquier caso, para bastantes generaciones de la segunda mitad del XIX, la mortalidad antes de los 2 años alcanzaba a 300‰ nacidos y antes de los 21 años había eliminado a la mitad de sus efectivos. Hay dos grupos de generaciones en el siglo XX que no registran una mejora en sus proporciones de sobrevivientes a los 2 años de edad y algunas de ellas un significativo descenso: el primer grupo es el de las generaciones de 1913 a 1921 y el segundo, las generaciones de 1936 a 1941. El aumento de la mortalidad infecciosa en la segunda década del siglo XX y durante la Guerra Civil e inmediata posguerra explica en gran medida aquellos retrocesos. La sobremortalidad de aquellos dos periodos, y en el segundo no solo por enfermedades infecciosas, afectaron también a los mayores de 2 años de manera que todas las generaciones nacidas entre 1900 y 1942 padecieron en algún momento antes de los 21 años, una u otra de aquellas dos crisis de mortalidad o ambas crisis. La serie de sobrevivientes a los 21 refleja como veremos a continuación el fuerte impacto de aquellas dos crisis. Las dos series del grafico 3 muestran, como era de esperar, las mismas fluctuaciones, reflejando el elevado peso de la mortalidad en los primeros dos años de vida y su importancia relativa sobre la mortalidad antes de los 21 años. No obstante, la distancia entre ambas series se reduce progresivamente, sobre todo a partir de la generación de 1941. Este proceso de convergencia refleja que las generaciones nacidas después de 1941 vivieron en condiciones de salud relativamente mejores a medida que avanzaba su edad. Dicha experiencia no la vivieron siempre las generaciones anteriores del siglo XX porque tuvieron que hacer frente antes de los 21 años a una o dos crisis de mortalidad. La generación de 1900, por ejemplo, padeció una elevada mortalidad en su primera infancia y también en su adolescencia, disminuyendo la proporción de efectivos de aquella generación a 700‰ y a 530‰ respectivamente a los 2 y 21 años de edad. Las generaciones de 1916 a 1921 padecieron el aumento de la mortalidad infecciosa en su primera infancia e infecciosa y también traumática durante la Guerra Civil y sus proporciones de sobrevivientes a los 2 y 21 años bajaron hasta 750‰ y 625‰, respectivamente. Las generaciones nacidas a partir de 1942, a diferencia de las anteriores, sí que pudieron conocer mejores condiciones de salud a medida que avanza su edad y por esto la proporción de sobrevivientes a los 21 años de estas generaciones aumentó más rápido que la proporción de sobrevivientes a los 2 años y ambas cifras tendieron a converger. Con la serie de nacimientos y la serie de la proporción de sobrevivientes a los 21 años de edad, hemos estimado los efectivos absolutos que alcanzaron aquella edad de las generaciones masculinas nacidas desde 1858. Esta serie junto con la de los nacimientos están representadas en el gráfico 4. Los espacios vacíos en el siglo XIX se deben a la falta de datos de nacimientos (en muy pocos años) y de las defunciones clasificadas por edades (en un mayor número de años). Fuente: elaboración propia a partir de las series de datos de los gráficos 1 y 3. La serie de efectivos sobrevivientes a los 21 años muestra, como era de esperar, las fluctuaciones de la natalidad que ya hemos comentado antes. Nuestro propósito ahora es contrastar esta serie establecida a partir de los datos de las estadísticas del movimiento natural con las series anuales de jóvenes alistados, reclutados y que formaban el contingente del ejército. De estas tres series de datos del ejército, la más próxima a la nuestra de sobrevivientes a los 21 años es la de los efectivos en el momento del alistamiento y a partir de la cual el ejército establecía las otras dos. En febrero de cada año los órganos de reclutamiento, ayuntamientos y oficinas consulares, establecían una lista nominal de los mozos que a lo largo del año cumplían la edad requerida para el alistamiento. Para las generaciones posteriores, de 1967 a 1980, esta edad se avanzó hasta los 19 años, pero entonces la mortalidad era ya muy reducida y las diferencias en los números de efectivos sobrevivientes a los 19 o 21 años eran muy pequeñas. Pero la serie de alistados que hemos reconstruido a partir de los anuarios estadísticos militares y de los anuarios estadísticos del INE, empieza en la generación de 1879 y hemos preferido no modificar la edad de referencia de 21 años de la serie de sobrevivientes, hasta disponer de más datos demográficos de las generaciones más antiguas y determinar mejor otros factores que pudieran afectar la cobertura del alistamiento11. El gráfico 5 compara la serie de efectivos sobrevivientes a los 21 años (del gráfico 4) con la serie de efectivos alistados y como esta última empieza más tarde para completarla hemos añadido al gráfico una tercera serie más larga: la de los efectivos al reemplazo, referida como las otras dos al año de nacimiento de cada generación. Esta tercera serie comprende a los alistados de cada generación pero comprende una parte variable de los alistados de años anteriores. Esta parte era relativamente pequeña excepto en algunos años, por ejemplo en años de guerra o expectativas de conflicto cuando se extendía el reclutamiento mediante el recurso de incorporar a efectivos de alistamientos anteriores. Las diferencias entre efectivos del reemplazo y del alistamiento son máximas por ejemplo, en las generaciones nacidas a finales de los años 1870, que fueron movilizadas en 1898. La concordancia entre las series de sobrevivientes y la de alistados, que empieza con la generación de 1878, es bastante significativa, lo que indica que el alistamiento era también bastante universal entonces. Efectivos sobrevivientes a los 21 años, al alistamiento y al reemplazo de las generaciones masculinas españolas, 1837-1954 Para el siglo XIX, son más largas las series de estadísticas militares que las de sobrevivientes establecidas a partir de las estadísticas más tardías e interrumpidas del movimiento natural de la población. En cambio en el siglo XX, mientras se dispone de estas últimas de forma regular, existe un vacío importante en la publicación de las estadísticas militares, que se alarga de 1936 a 1953 y corresponde a las generaciones de 1915 a 1932. En los años que se pueden cubrir con ambas series, las concordancias en los niveles y las fluctuaciones anuales de ambas son muy significativas, lo que demuestra que la cobertura del alistamiento era muy satisfactoria. El hecho de que el número de alistados sobrepase de manera significativa a los sobrevivientes de algunas generaciones —las nacidas alrededor de 1910 y de 1950— podría deberse a que los alistamientos registraban hijos de españoles que habían nacido en el extranjero, y sobre todo en los años que se produjeron más retornos de emigrantes debido a las crisis económicas de las décadas de 1930 y 1970, que correspondían a alistados de las generaciones nacidas en torno a 1910 y 1950 respectivamente. Sin embargo la discrepancia en este último periodo de la serie también se debe a que se avanzó entonces la edad de alistamiento y se distribuyeron los efectivos de una generación entre varios reemplazos. En este caso este factor de discrepancia podrá corregirse cuando dispongamos de más datos. Es significativo que la serie de alistamiento de las dos últimas décadas del siglo XIX ajuste bastante bien con las estimaciones de sobrevivientes de las generaciones nacidas hacia 1880, de forma que la serie de alistamiento de 1880 a 1900 sea muy interesante para reconstruir la evolución de la mortalidad de niños y jóvenes durante aquellos años. Así mismo, cabe destacar que el servicio militar no fue efectivamente obligatorio para las generaciones anteriores a 1891, alistadas antes de 1912, por lo que se suponía que la cobertura del alistamiento pudiera ser para las generaciones anteriores muy incompleta. Ciertamente las generaciones anteriores a 1891 podían evitar el servicio militar mediante la redención en metálico o la contratación de un substituto y escoger esta opción antes del alistamiento. La cobertura del alistamiento para las generaciones nacidas alrededor de 1880 nos parece comparada con las estimaciones de sobrevivientes muy buena, lo que indicaría que los que se aprovechaban de esta posibilidad de evitar el servicio militar lo hacían generalmente después del alistamiento y probablemente después de saber si iban a formar parte o no del reemplazo y con posterioridad a conocer su destino. Desde la generación de 1891 el alistamiento era obligatorio y universal y los mozos que disponían de recursos suficientes y otras características, como un determinado nivel de educación, vieron sus ventajas limitadas a la posibilidad de reducir su tiempo de servicio. Una vez realizado el alistamiento, los mozos alistados debían presentarse para ser examinados y clasificados en las cuatro grandes categorías siguientes: útiles; excluidos de forma definitiva o temporal por motivos de salud o insuficiente desarrollo físico; exceptuados por determinadas situaciones familiares y por ejercer determinadas actividades; y finalmente, los que no se presentaban para ser examinados y eran declarados prófugos. Al primer grupo de mozos útiles, se añadía un número generalmente pequeño de alistados de años anteriores y la suma de ambos constituía el contingente anual de mozos que se incorporaban al servicio militar. El contingente más los excluidos, los exceptuados y los prófugos sumaban el total de los efectivos del reemplazo. El gráfico 6, muestra la evolución de las proporciones que representaron estos cuatro grupos sobre los reemplazos del periodo 1895-1933. Distribución (en %) de los efectivos de los reemplazos de 1895 a 1933 en tres categorías: contingente, excluidos y exceptuados y prófugos Fuente: a partir de las fuentes del gráfico 5. La proporción de excluidos por motivos de salud y desarrollo físico cambió a veces de forma brusca debido a alteraciones en los criterios de clasificación: en 1912 por ejemplo, se aplicaron criterios más restrictivos para identificar a los mozos útiles en función de su desarrollo físico y estado de salud y en 1914 y 1924 estos criterios se relajaron. No es extraño por tanto que a partir de aquellos años se observen primero un aumento y después dos descensos respectivamente en la proporción de mozos excluidos por razones de salud. La proporción de prófugos por el contrario siguió una evolución más regular. La elevada emigración exterior de finales del siglo XIX y principios del XX facilitó el incremento de la proporción de prófugos, de la misma forma que la fuerte reducción del saldo migratorio exterior en los años 1920 y primeros 1930 contribuyó entonces a su disminución. MORBILIDAD Y MORTALIDAD EN LAS ESTADÍSTICAS SANITARIAS MILITARES Estimar la morbilidad de las generaciones del pasado es mucho más difícil que estimar su mortalidad. Las fuentes antropométricas, que informan por ejemplo de la estatura, pueden proporcionar indicadores indirectos del impacto de la enfermedad en el crecimiento de los niños y de los adolescentes12. Otras fuentes que han utilizado los historiadores para evaluar la morbilidad son las estadísticas de las compañías de seguros, de sociedades de ayuda mutua, etc. Dos de las principales limitaciones de estas fuentes son su representatividad y la ausencia muchas veces de datos sobre la edad de los afiliados lo que no permite estimar la morbilidad en función de la edad. Este segundo problema no lo presentan las estadísticas de morbilidad de los soldados —un colectivo de edad uniforme— y el primer problema es mucho menor en este caso ya que éstas cubren un colectivo de la población, aunque solo la masculina, muy amplio aunque como veremos a continuación no la totalidad de los jóvenes en edad militar. Las observaciones de mortalidad y morbilidad que hemos reunido se establecieron sobre los efectivos del contingente, y la proporción que éstos representaban sobre el total de efectivos del reemplazo, osciló entre el 50% y el 70% a lo largo del periodo analizado. Las variaciones en la proporción de exceptuados sólo son importantes entre 1895 y 1897 y no podemos precisar qué efectos pudieron tener sobre los indicadores de salud del contingente. Los cambios en la proporción de excluidos por razones de desarrollo físico y salud es previsible que afectaran aquellos indicadores. De la misma forma que el incremento de las proporciones de excluidos en 1912 pudo contribuir a mejorar las condiciones de salud del contingente, su reducción a partir de entonces y sobre todo a partir de 1924 pudo por el contrario tener un impacto negativo. No se puede sin embargo olvidar que la paulatina reducción de la proporción de excluidos refleja también una mejora de las condiciones generales de salud de la población masculina. Finalmente, las variaciones en la proporción de prófugos creemos que pueden producir un sesgo en nuestros indicadores de salud por el motivo que argumentamos a continuación. No presentarse al examen y clasificación después del alistamiento era un comportamiento perseguido y penalizado y por esto cabe suponer que la gran mayoría de los mozos que no se presentaron es porque tenían elevadas probabilidades de no pertenecer a ninguna de las categorías que les hubieran permitido ser excluidos o exceptuados del servicio militar. Por esta razón creemos que la elevada proporción de prófugos, que se registró entre el 15% y el 22% en los reemplazos de 1912 a 1929, sesgó, en un sentido negativo, las observaciones sobre el estado de salud de los alistados que establecieron los militares, lo que puede explicar, junto con el cambio de criterio de clasificación al que hemos aludido antes, el aumento de la proporción de excluidos a partir de 1912 y una parte también del aumento de la morbilidad y mortalidad de los efectivos que cumplieron el servicio militar en los años siguientes que examinaremos a continuación. La estadística sanitaria del ejército, como se ha explicado al principio del artículo, proporciona datos de los soldados en filas muertos y hospitalizados desde mediados del siglo XIX. Para estimar la mortalidad y morbilidad de este colectivo, los datos de muertos y hospitalizados se refirieron a partir de la década de 1880 al promedio anual del efectivo de soldados en filas. En el Apéndice 1 se presenta una tabla con los datos disponibles de morbilidad, mortalidad y días de hospitalización por enfermo para los años comprendidos entre 1880 y 1933. La construcción de la serie se ha realizado, en primer lugar, a partir del seguimiento de las series estadísticas sanitarias militares disponibles13 y de los anuarios estadísticos de España14, y después a través de la contrastación y complementación, cuando ha sido necesario, con los proporcionados por diversos artículos aparecidos en las revistas de sanidad militar publicadas durante esos años15. El gráfico 7 muestra la evolución del promedio anual de soldados que cumplían el servicio militar en la península e islas adyacentes de 1886 a 1933. Junto a esta serie se ha representado la serie anual de los efectivos del contingente, que hemos podido reconstruir solo a partir de 1895. Para facilitar la comparación, la serie de los efectivos del contingente la hemos desplazado un año, ya que el contingente de 1895 cumple el primer año completo de servicio militar en 1896. Las diferencias entre ambas series se explican porque no todos los efectivos del contingente se incorporaban a filas y porque la duración media del servicio militar no era igual a un año. La principal discrepancia entre ambas series que se produce a partir de 1912 se debe fundamentalmente al aumento primero, y a la posterior reducción después de la duración media del servicio militar. La estimación realizada por el ejército de los efectivos en filas es imprescindible para estimar la mortalidad y la morbilidad de aquel colectivo. Fuente: a partir de la fuentes del gráfico 5. El gráfico 8 muestra la evolución de la tasa de mortalidad de los soldados en filas causada por todas las enfermedades, excepto las calificadas como externas (traumatismos, homicidios y suicidios), que normalmente eran más elevadas entre los soldados que entre los civiles. Esta tasa de mortalidad de los soldados puede compararse para los mismos años con la tasa bruta de mortalidad de la población española y, a partir de 1911, con la tasa específica de mortalidad por todas las causas de los hombres españoles de 20-24 años, calculada anualmente por Blanes en su tesis doctoral. Aunque la selección de los soldados se establecía en gran medida en función de su estado de salud y nuestro indicador no comprende las muertes por causas externas, la mortalidad de los soldados no fue, en muchos de los años contemplados, significativamente inferior a la mortalidad del conjunto de la población masculina de 20-24 años. Además, otra diferencia que se observa entre ambos colectivos es la mayor fluctuación de las tasas de mortalidad de los soldados en filas, que sugiere que el peso relativo de las enfermedades infecciosas en este colectivo era mayor debido probablemente a sus particulares condiciones de vida y concretamente, a su mayor densidad habitacional y hacinamiento con respecto al resto de la población16. Gracias de nuevo a la tesis de Blanes, disponemos de la tasa de mortalidad por enfermedades infecciosas de la población masculina de 20-24 años, que muestra la misma tendencia que la tasa de mortalidad general pero el aumento del peso relativo de la mortalidad infecciosa en 1918. En este año la tasa de mortalidad de los soldados fue inferior y no olvidemos que esta tasa contiene las enfermedades infecciosas y no infecciosas, lo que podría deberse al efecto de selección por el criterio de mejor salud de los soldados, y que durante aquel año se rechazará la incorporación a filas de los infectados por gripe. No podemos descartar, por ahora, otras razones como una mayor capacidad de los servicios sanitarios del ejército para hacer frente a la epidemia de gripe o un ocultamiento de los efectos de ésta sobre el contingente. No obstante, antes y después de 1918 son muy frecuentes y acusadas las fluctuaciones de la mortalidad lo que nos conduce a pensar que se debieron a causas infecciosas que afectaban en mayor medida a la población hacinada en los cuarteles. Las exploraciones que hemos hecho sobre las enfermedades que explicarían aquellos picos de la sobremortalidad de los soldados señalan que la tuberculosis tuvo el mayor protagonismo durante todo el periodo, si bien empezó a disminuir paulatinamente desde el cambio de siglo, aunque con puntas ocasionales; la viruela mantuvo una incidencia destacada hasta finales de la década de 1880; la fiebre tifoidea, el paludismo y varias enfermedades respiratorias (bronquitis y neumonías) seguirían en importancia. Tasa de mortalidad por enfermedades no externas de los soldados en filas, comparada con las tasas indicadas de la población española, 1886-1933 Dadas las características de la vida en los cuarteles, las estadísticas hospitalarias militares tienen una cobertura de los efectivos enfermos, sus causas y la duración de sus dolencias que no disponemos para la población civil. Para la misma población de soldados en filas la estadística del ejército proporciona el número anual de soldados hospitalizados y la duración media de su estancia en el hospital, haciendo factible calcular, gracias a que conocemos el efectivo de soldados, el número medio de días al año que pasaba hospitalizado un soldado. El gráfico 9 muestra para el periodo 1886-1933 la evolución de este indicador y de la tasa de mortalidad representada en el gráfico anterior. Las fluctuaciones anuales de ambos indicadores coinciden significativamente, pero mientras el número anual de días de hospitalización por soldado se redujo de 12 a 9 días entre 1886 y 1912, la frecuencia de defunciones se redujo mucho más, de 13 a 3 muertos al año (sobre 1000 soldados) en el mismo periodo. En los años siguientes, entre 1912 y 1927, se produjo un aumento de la morbilidad que alcanzó niveles muy parecidos a los de los peores años del siglo XIX. La mortalidad también aumento en estos años pero no alcanzo sin embargo, incluso en 1918, los niveles de los años más críticos del siglo XIX. En definitiva, lo que señalan estas series es que la morbilidad no siguió una evolución paralela a la de la mortalidad, y que por lo tanto no debiera utilizarse el indicador de una de estas variables en substitución del otro o inferir la evolución de una de las dos variables a partir de la otra. Evolución de la prevalencia de la morbilidad y la mortalidad de los soldados en filas, 1886-1933 Existen bastantes evidencias de otras poblaciones y países que muestran que la morbilidad y la mortalidad no siguen evoluciones paralelas, y que muestran que la morbilidad aumentó durante el descenso o transición de la mortalidad (ver por ejemplo Riley, 1990 y 1989). La explicación de este hecho es compleja y controvertida (ver por ejemplo Johansson, 1991; Harris, 1999 y Floud y otros, 2011) y una de las razones es porque la definición y delimitación de la enfermedad es mucho más imprecisa y variable que la de la mortalidad lo que dificulta su estimación y finalmente su interpretación. Una explicación por ejemplo que se ha dado del aumento de la prevalencia de la morbilidad, es el aumento de la proporción de los efectivos de la población más vulnerables y con afecciones crónicas que se habría producido con el descenso de la mortalidad y la ampliación de las probabilidades de sobrevivencia. Otra explicación, muy plausible también, es que el descenso de la mortalidad y los factores que lo producen aumentan la percepción de la enfermedad y la atención a los enfermos, lo que en definitiva elevaría también la prevalencia de la morbilidad. Estas dos argumentaciones no son excluyentes pero el aumento de la morbilidad es interpretado de forma mucho más optimista en la segunda explicación que en la primera. En la segunda, el aumento sostenido de los indicadores de morbilidad reflejaría una mayor prevención sanitaria y atención a los enfermos, mientras que en la primera explicación aquel aumento reflejaría una mayor carga de la enfermedad entre la población y en definitiva que una parte significativa de los años ganados de vida o del aumento de la esperanza de vida se sacrifican con una mayor prevalencia de la enfermedad. Esperamos poder prolongar las series que hemos reconstruido en este trabajo, para unos años anteriores del siglo XIX y varias décadas del siglo XX, para responder a las preguntas de la presentación. Creemos que una perspectiva temporal más larga nos permitiría distinguir si el aumento de la morbilidad que hemos observado durante la segunda y tercera décadas del siglo XX fue un hecho excepcional y acotado en el tiempo, o una constante del proceso de la transición y descenso de la mortalidad. Las evidencias de otros países, como hemos visto, coinciden y señalan la segunda posibilidad: que la prevalencia de la morbilidad aumentó durante el descenso secular de la mortalidad. Independientemente de cual sea la respuesta a la pregunta anterior, las series que hemos presentado en este trabajo señalan dos factores a considerar también en el aumento de la morbilidad de los soldados españoles durante los años siguientes a la implantación del servicio militar obligatorio en 1912: el incremento del promedio anual de los efectivos en filas, de 120.000 en 1912 a más de 250.000 en 1922; y, la reducción entre los mismos años de la proporción de excluidos por motivos de salud (ver gráficos 7 y 8). Los responsables de la sanidad militar aludieron frecuentemente al segundo factor, al que atribuyeron aquel aumento en la morbilidad, no consideraron sin embargo el primer factor —el fuerte incremento del número de soldados— y sus posibles consecuencias en las condiciones sanitarias de los cuarteles y en la difusión y prevalencia de la morbilidad infecciosa. La preocupación y perspectiva de análisis de los responsables de la sanidad militar española estuvo muy focalizada en las variaciones de la morbilidad y la mortalidad en el muy corto plazo y una prueba de ello es que entre sus publicaciones no hemos encontrado ningún trabajo que reconstruya las series temporales de los indicadores de aquellas variables y que realice un análisis comparativo de su evolución. Uno de los motivos que, en nuestra opinión y durante el periodo analizado en esta comunicación, justificaría esta falta de perspectiva en sus análisis, es la importancia relativa que tenían las enfermedades infecciosas entre la tropa, que causaban importantes fluctuaciones en su mortalidad y que ocultaban demasiado a menudo la tendencia de fondo y el descenso de la mortalidad que se estaba produciendo desde las últimas décadas del siglo XIX. Las series de los indicadores de mortalidad de los soldados y de la población española que hemos reunido en los gráficos 3 y 8 muestran que la transición de la mortalidad se interrumpió durante una secuencia de varios años, anteriores y posteriores a la epidemia de gripe de 1918, por lo que la explicación del aumento de la morbilidad y la mortalidad de los soldados en aquel periodo debe enmarcarse también en la evolución de las condiciones de salud del conjunto de la población española. Creemos en definitiva que para conocer mejor las relaciones entre la morbilidad y la mortalidad es necesario disponer de una perspectiva temporal larga y a la vez mantener en la medida de lo posible, como hemos intentado hacer en este trabajo, una perspectiva comparativa que muestra las particularidades y similitudes de la evolución de la salud de los soldados y del resto de la población. Ambas cosas no pudieron hacerlas los responsables de elaborar las estadísticas de sanidad militar pero lo que sí hicieron y creemos que bastante bien es recoger la información necesaria para realizar aquella tarea. La realización de este trabajo nos ha convencido de que existe aún una importante riqueza por explotar en las estadísticas sanitarias del ejército español. Estas estadísticas pueden contrastarse con las procedentes de otras fuentes, como las estadísticas del movimiento natural, los censos y las sanitarias. Y cuando estas últimas fuentes no existen como sucede en gran parte del siglo XIX o son muy incompletas, como en el caso de las estadísticas de morbilidad de la población, las fuentes militares ofrecen al menos observaciones regulares de un sector concreto de la población. Un sector limitado, claro está, del sexo masculino y de un grupo específico de edad, pero que fue observado de forma sistemática, a lo largo de un lapso de tiempo muy prolongado.
El objetivo de este trabajo es analizar la mortalidad expósita y sus causas en una cohorte de niños abandonados en la inclusa toledana, aquellos que nacieron en la Maternidad aneja, como grupo homogéneo que partía de unas condiciones de alumbramiento similares y fueron institucionalizados al nacer. Ello permite comparar esta mortalidad expósita con la de otras inclusas españolas y con la mortalidad poblacional, a la vez que explica los distintos factores que pudieron condicionarla. Acercarse a la realidad de cualquier inclusa española desde el siglo XVI supone dar con unas cifras de mortalidad tan elevadas que resulta casi inverosímil el objetivo de amparo y protección de los niños abandonados que estas instituciones decían cumplir. Parece, más bien, que se quisiese posponer el momento de una muerte casi segura que sucedería igual si se dejaba al recién nacido abandonado a la intemperie o en el torno de uno de los centros de acogida. La sociedad prefirió la última modalidad porque al menos se intentaba hacer algo por salvar a esos hijos fruto de la miseria, de las relaciones ilegítimas1 o de ambas cosas a la vez; y que, rechazados por sus progenitores, quedaban al cuidado de instituciones en donde rara vez se les podría proporcionar un futuro digno. Numerosos estudios de historia social y demográfica analizan este fenómeno, centrados mayormente en los siglos XVIII y XIX2, pero no tanto en el XX, cuyas primeras décadas analizaremos en las siguientes páginas. Resulta complicado atribuir esas muertes a una única causa y más bien debemos pensar en la confluencia de diversos factores: gestaciones complejas por la situación personal de las madres, deficiente situación higiénico-sanitaria de las inclusas y riesgos asociados a una alimentación inadecuada, debida la escasez de amas y a la propensión de cruzar infecciones al compartirlas. También habría que considerar el tiempo de permanencia en la institución, las condiciones de vida de la familia de acogida o la combinación de esta actividad lactante con otras faenas, como las agrarias que, sin duda, interferirían en el cuidado del pequeño. La lactancia materna fue considerada la única forma segura de alimentar a los recién nacidos hasta, al menos, el primer tercio del siglo XX, pues aunque se conocía y usaba la alimentación artificial desde la segunda mitad del XIX, solo empezó a considerarse una opción recomendable para los pequeños décadas más tarde, dada su alta mortalidad vinculada3. Esto obligaba a las inclusas a la contratación de amas internas y externas para procurar alimentar a los recién nacidos abandonados con leche materna, aunque no todos los centros lo lograban de forma exclusiva4. El nodrizaje fue muy cuestionado por higienistas, puericultores y pensadores contemporáneos del fenómeno, pues consideraban que las nodrizas rurales tenían pocos conocimientos sobre cuidar a los pequeños y utilizaban todo tipo de artimañas para obtener un rendimiento económico de esta actividad5. En general, las investigaciones nacionales e internacionales6 sobre lactancia asalariada le confieren un papel determinante en las altas tasas de mortalidad entre los niños criados con este sistema, porque entienden que el cuidado prestado a los pequeños era insuficiente y, simplemente, devenían en un instrumento para mejorar la economía familiar. Así queda reflejado en varios estudios sobre inclusas españolas, como el de la granadina (de La Fuente, 2000), en la que «el niño de la Casa-Cuna es para el ama un instrumento con el que puede ganar dinero, un negocio, aunque sea mísero... La muerte del expósito afecta muy poco —mejor nada— al ama [...]». Fernández Ugarte apunta en una dirección similar para el caso de la inclusa salmantina a comienzos del siglo XVIII, pero atribuye parte de la responsabilidad del fracaso del modelo de crianza a los bajos salarios que recibían estas mujeres y a la falta de afecto con el niño que amamantaban y al que, a fin de cuentas, consideraban un medio para ganar algo de dinero (Fernández, 1988). ¿Podría afirmase que el sistema de alimentación y crianza en las inclusas españolas conducía a la muerte temprana de los expósitos en vez de a su supervivencia? Algo de cierto puede haber en ello, pero es necesario matizar conclusiones de ese calado, puesto que resulta difícil calibrar el grado de responsabilidad de las amas en la mortalidad de los pequeños, cuyas trayectorias vitales estaban determinadas por múltiples eventos adversos que, relacionados, quizás procuren una explicación más precisa de los fallecimientos. De hecho, algunas investigaciones sugieren una visión holística del nodrizaje. Es el caso del estudio sobre las amas de cría en el reino de Murcia —siglos XVII y XVII— en el que se analizan varios de los factores que debieron influir en la alta mortalidad: el transporte desde la localidad de origen hasta la inclusa, la escasez de amas internas, el tiempo de permanencia en la casa-cuna hasta que salían con un ama externa y, finalmente, también el origen del ama de cría, que determinaría en buena medida las condiciones de vida que le esperaban al recién nacido7 (Chacón, Elgarrista y Fresneda, 1987). El objetivo de nuestra investigación es estudiar la mortalidad de los niños expósitos en la inclusa de Toledo, nacidos en la Maternidad aneja porque sus madres habían pasado allí algún tiempo previo a dar a luz para ocultar su embarazo ilegítimo, con la finalidad de abandonarlos al nacer. Hemos vinculado la mortalidad de los pequeños al ámbito en el que fueron lactados, presentando tasas generales de mortalidad y otras específicas como mortalidad por grupos de edad y causas. Con ello pretendemos obtener una visión global de los distintos factores externos que pudieron condicionar esa mortalidad temprana. El estudio se basa en los libros de lactancias y destetes de los Establecimientos Reunidos de San Pedro Mártir (centro benéfico integrado por la Casa de Maternidad, la Casa-Cuna, el Asilo de Huérfanos y el de Ancianos Pobres) entre los años 1900 y 1930. En ellos se recogen de forma individualizada los registros de cada uno de los niños nacidos en la Maternidad hasta cumplir los cinco años de vida y cesar su cuidado remunerado. El seguimiento (fecha de nacimiento, fallecimiento, lugar y causa) es posible porque cada niño quedaba inscrito en el citado libro con un número de registro que se mantenía invariable durante los cinco años mencionados. En total, 924 expósitos durante los treinta años de análisis. Tanto los libros, como otra documentación relativa al régimen interno y funcionamiento del centro asistencial, se conservan en el Archivo de la Diputación Provincial de Toledo, sección Beneficencia, en donde los hemos consultado. EL NODRIZAJE O DE CÓMO ALIMENTAR A LOS NIÑOS La mayor parte de las inclusas europeas y americanas usaban la lactancia materna para alimentar a los recién nacidos abandonados en ellas hasta que su edad les permitía tolerar otros alimentos. Este sistema suponía la contratación de nodrizas, mujeres con leche materna suficiente que alimentaban a los residentes a cambio de una retribución mensual previamente pactada. Unas pocas amas residían en la propia institución y eran las encargadas de lactar a los pequeños desde el momento del abandono hasta que se les alojaba en el hogar de una nodriza externa en alguna localidad, a veces muy alejada de la inclusa. Cuando las nodrizas escaseaban, recurrían a otras formas de alimentación entre las que destacaba el uso de leche de vaca o cabra y las papillas de harina y agua, aunque raramente resultaron exitosas y, más bien, eran las responsables de la mortalidad prematura de niños cuyo organismo no estaba adaptado para digerir este tipo de sustancias. En efecto, era el modelo seguido en la inclusa de Toledo, según consta en un informe emitido a petición de la Diputación de Zaragoza y en el que se justifica el uso de lactancia artificial —parece que con malos resultados en el pasado— solo en casos extremos de acúmulo de niños o falta de amas8. El mercado de nodrizas externas se nutría de mujeres campesinas, residentes en zonas rurales y cuya pobreza les abocaba a aceptar los exiguos salarios que les ofrecía la institución. Los riesgos eran muchos, incluso la posibilidad de contraer enfermedades como la sífilis, pero la necesidad era mayor y ese salario podía constituir un aporte fundamental para las menguadas economías familiares9. En torno a la lactancia asalariada se fue gestando una cierta preocupación política al responsabilizarla, en parte, de las altas tasas de mortalidad infantil que asolaban la infancia. Dicha percepción quedó plasmada en la Ley del 12 de agosto de 190410, cuyo artículo tercero estableció un Consejo Superior de Protección a la Infancia, con funciones como las siguientes: Vigilar periódicamente a los niños sometidos a lactancia mercenaria, procedieran de inclusas o de sus propios hogares, Controlar a las nodrizas a través de documentos, Promover la salud de éstas y los pagos por su trabajo, Recompensar a aquellas nodrizas que lo mereciesen, Observar las disposiciones sanitarias y el orden interior de los establecimientos dedicados a la recogida de niños11. REGULACIÓN DE LA LACTANCIA EN LA INCLUSA DE TOLEDO A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX La realidad de la inclusa toledana es similar a la de otras casas cuna de la geografía española, aunque se observa a comienzos del siglo XX un endurecimiento de la normativa respecto a los requisitos exigidos a quienes solicitaban ser nodrizas. Con ello no solo se perseguía evitar los probables abusos de años precedentes, mas también reforzar el control social al restringir deliberadamente el acceso a la remuneración económica por lactancia a las mujeres más estigmatizadas socialmente como madres solteras, prostitutas y viudas con hijos de relaciones ilegítimas12. Una herramienta de poder cultural, pues, muy potente. Cualquier niño que llegaba a la inclusa, independientemente de la modalidad utilizada para su abandono (torno, Casa de Maternidad o abandono callejero), era registrado y si era menor de dieciocho meses quedaba consignado a la sección de lactancia, donde, en principio, era amamantado por las amas de cría del establecimiento13. Según el propio reglamento contemplaba, su número no podía ser menor al necesario, basándose esta necesidad en la media de ingresos del quinquenio anterior. También se reconocía el compromiso de la Diputación a la hora de garantizarles su estipendio y alimentación, a cambio, claro está, del correcto desempeño de su tarea14. Antes de su ingreso, las nodrizas del establecimiento toledano eran reconocidas por el director médico, quien volvía a verificar su estado de salud cada quince días. Quedaban al cuidado de una religiosa, hermana de la Caridad, encargada de distribuir a los lactantes de forma equitativa, así como de vigilar el desempeño correcto de su trabajo y hacer cumplir las estrictas normas de conducta que regían el establecimiento15. La frecuente carencia de nodrizas internas hacía necesario buscar fuera de la institución alternativas para los recién nacidos, a quienes se procuraba integrar, de este modo, en un medio familiar encargado de su alimentación y cuidado general16. La Diputación de Toledo, en el artículo 28 del Reglamento de los Establecimientos Reunidos, establecía los requisitos exigidos a las mujeres que quisiesen llevarse un niño de la inclusa para amamantarlo17: «Las mujeres que soliciten la entrega de algún expósito para la lactancia, acudirán con solicitud al director, en la cual se haga constar la licencia de su marido, informada por el alcalde, cura párroco, juez municipal y médico titular, respecto a la edad, conducta moral y religiosa de los cónyuges, si padecen o han padecido alguna enfermedad de carácter crónico o infeccioso, nombres y apellidos, profesión y señas del domicilio del marido. Acreditar que la leche no tiene más tiempo que el de seis meses. Que el niño que estaba criando la solicitante ha fallecido»18. El artículo 29 recoge que: «La dirección podrá solicitar informes públicos o reservados, y con vista de todo y del reconocimiento facultativo sobre la calidad y cantidad de la leche, entregará o no al expósito»19. Con el artículo 30 se evitaba que las solicitantes eligieran el expósito que se llevaban y que este procediera de su mismo lugar de residencia. Finalmente, también podemos subrayar que el artículo 31 prohibía «Entregar ningún niño expósito, tanto de lactancia como de destete, a mujeres solteras, aunque renuncien el estipendio»20. Como puede verse, se deduce por la normativa la preocupación que los gestores tenían por minimizar los posibles abusos que se daban en torno al nodrizaje y reforzaron, en esta dirección, las exigencias requeridas para ser ama externa21. También se pedía que el niño de la solicitante hubiese fallecido, en un intento por evitar que el negocio de la lactancia fuese un estímulo para el abandono de los hijos legítimos. Sin embargo, había criterios que se obviaban ante la carencia de amas. Sabemos de madres que ya habían lactado a vecinos suyos antes de acudir a la institución o bien a sus propios hijos, aunque el Reglamento indicaba que la leche no debía tener más de seis meses. El reconocimiento médico a la nodriza trataba de impedir la propagación de enfermedades infecciosas como la sífilis, aunque raramente eran rechazadas por la calidad de su secreción. MORTALIDAD DE LOS EXPÓSITOS AMAMANTADOS POR NODRIZAS El análisis de la mortalidad expósita ha sido objeto historiográfico en el campo de la infancia abandonada, puesto que se mantuvieron tasas muy elevadas de fallecimientos entre los alojados en este tipo de instituciones, independientemente del lugar y la época de estudio. En nuestro caso el interés deriva de poder analizar una cohorte de niños que nacieron en la inclusa toledana bajo circunstancias homogéneas y, por ello, teóricamente resguardados de las peores condiciones que se daban en los nacimientos clandestinos y posteriores traslados a la inclusa. Con ese grupo podemos calcular tasas fiables sobre diversos perfiles de su mortalidad: diferencias entre las defunciones producidas en los niños que salían a lactar con nodrizas externas y los que quedaban en la inclusa, tasas de mortalidad por grupos de edad en ambos entornos, etiología de los óbitos, comparación con lo que ocurría con otras inclusas españolas y con la mortalidad general de la población infantil. A partir de estos detalles podremos mostrar un panorama global de la mortalidad expósita en el centro benéfico de Toledo y compararlo con otros casos de la geografía nacional ya conocidos. Para estimar la tasa de mortalidad general en este grupo concreto de niños se ha utilizado el cociente entre las defunciones en el período de estudio y el total de niños nacidos en la Maternidad abandonados en la institución. Se han excluido deliberadamente del cómputo las muertes perinatales (las producidas al nacer o en las primeras veinticuatro horas de vida), porque muchos de ellos no se pueden contabilizar como nacidos vivos al ser abortos o fetos muertos y porque en el resto, la influencia de los cuidados prestados o del funcionamiento institucional era escasa, pues en gran medida el deceso estaba causado por problemas asociados al embarazo o al parto. De los 857 niños nacidos que cumplieron las 24 horas de vida, fallecieron 471 durante los primeros cinco años, período de vida del expósito en el que se conoce con certeza lo que le sucedió (desde esa edad cesaba el cuidado remunerado y la institución no registraba de una manera sistematizada las defunciones). Las cifras están en consonancia con las que presentaban otras inclusas españolas en los primeros años del siglo XX, pero la tasa es inferior a la que calcula B. Revuelta en la inclusa de Madrid22. Para ser más precisos en el estudio de la mortalidad utilizamos la tasa de mortalidad infantil, es decir, el cociente entre los fallecimientos producidos durante el primer año de vida (excluidas las muertes perinatales) y el número de nacidos en la Maternidad expuestos a morir en el período analizado. En la cohorte estudiada es un indicador que aporta información muy precisa, ya que la mayor parte de las muertes se producían durante ese primer año, al ser un período vital de máxima vulnerabilidad. Las tasas generales de mortalidad por grupo de edad se han hallado como el cociente del número de fallecidos en ese grupo de edad entre el total de expuestos a morir en ese mismo grupo, es decir, se han excluido las defunciones y los niños que fueron recuperados en el tramo anterior de edad, para no subestimar la mortalidad al poner en el denominador sujetos que no estaban en riesgo de morir en la inclusa (gráfico 1). Se ha desglosado el número de fallecimientos de la cohorte por tramos de edad, estableciendo varias categorías frecuentemente usadas en los análisis sobre mortalidad infantil: Neonatal: número de niños fallecidos durante los primeros veintisiete días de vida extrauterina, excluyendo los que murieron en las primeras 24 horas. Aunque no se pueden descartar que algunas estén causadas por enfermedades congénitas o por problemas asociados al embarazo y al parto, en ellas tiene influencia los cuidados sanitarios que se prestan al nacer y la disponibilidad de alimentos. Posneonatal: número de niños fallecidos entre los 28 y 365 días de vida extrauterina. En este periodo, las muertes están muy relacionadas con causas ambientales y socioeconómicas, como la falta de salubridad e higiene, la alimentación deficiente, el hacinamiento... En el caso que se estudia, tendrían una relación directa con los cuidados que recibía el menor en la institución o en las familias de acogida y estaría estrechamente vinculado a la alimentación, pues es la fase en la que la lactancia materna era el alimento básico que recibían estos niños. Juvenil: entre el primer y el quinto aniversario. Este intervalo se considera un indicador de las condiciones de vida de las poblaciones, ya que los niños habían abandonado la lactancia materna y estaban sujetos a los condicionantes socioeconómicos del ambiente en el que se criaban, por lo que es muy sensible a las variaciones producidas en ellas. Tasas de mortalidad por grupos de edad. Las tasas de mortalidad se han hallado poniendo en el numerador las defunciones en cada grupo de edad y en el denominador la población expuesta a morir en ese grupo. La distribución de la mortalidad por edades muestra que la más elevada se daba en el período posneonatal, antes de cumplir el año de vida. La probabilidad de morir disminuía ligeramente a medida que aumentaba la edad del expósito, aunque la tasa de mortalidad juvenil se mantenía muy elevada. En este primer tercio del siglo XX, los valores de la mortalidad juvenil eran inferiores a los de la mortalidad infantil, lo que parece indicar que España estaba en un proceso de transición demográfica equiparable al de los países del norte de Europa, que seguían esta pauta desde finales del siglo XIX. En la institución que analizamos se da la misma relación entre mortalidad infantil y juvenil que en la población general, puesto que la juvenil se mantiene en niveles inferiores y es similar a lo que ocurrió en otras inclusas españolas en el período de estudio26. Debemos mantener cautela en la explicación de estas tasas, puesto que una elevada mortalidad juvenil se puede atribuir a unas deficientes condiciones de alimentación, salubridad y cuidado de las familias de acogida, explicación plausible si tenemos en cuenta que los padres nutrices eran jornaleros pobres que acogían al expósito para completar sus ganancias mensuales y, posiblemente, no tenían acceso a una alimentación adecuada ni contaban en sus hogares con unas condiciones higiénico-sanitarias mínimas. Pero tampoco debemos olvidar que cada expósito tenía una experiencia previa, dentro y fuera de la institución, y esta podía condicionar su supervivencia futura27. Otros autores atribuyen un efecto scarring, de debilitamiento o daño permanente, a la estancia de los pequeños en el ambiente insalubre de la inclusa, que condicionaría su salud futura (Revuelta, 2011, p. De cualquier modo, el acogido estaba expuesto a todas las condiciones ambientales y económicas desfavorables que pudieran afectar a su familia nutriz, pero eso no es indicativo de que se le tratase negligentemente de manera intencionada. Para tener una panorámica de las diferencias que había en la mortalidad entre los niños que nunca abandonaron la Maternidad y los que salieron a lactar con nodrizas externas, es necesario recurrir al análisis de mortalidad por grupos de edad y lugar de lactancia. Esta aproximación tiene serias limitaciones, puesto que no eran dos grupos homogéneos y un sesgo de selección determinaba qué expósitos salían a lactar y cuáles se quedaban en la institución. Los nacidos con patologías congénitas o con bajo peso eran amamantados por nodrizas internas y morían en pocos días. Aquellos que superaban el mes de vida y permanecían en el centro benéfico sufrían el ambiente patológico de la inclusa, con nodrizas compartidas por varios niños, convirtiéndose en vector de transmisión de enfermedades y expuestos al hacinamiento ocasionado por los nuevos ingresos que se sumaban a los retrasos en la incorporación a las familias de acogida28. Por su parte, la mayoría de supervivientes que no salieron de la institución fueron reconocidos por sus familias biológicas en los primeros días o meses de vida, lo que les permitió sobrevivir. Para realizar este análisis se han considerado dos grupos de niños: los que no salieron nunca a lactar fuera de la institución y aquellos que fueron acogidos por nodrizas externas al centro benéfico. Hemos excluido del análisis a 71 niños que salieron a lactar, pero finalmente fueron devueltos a la institución y fallecieron en ella, debido a que no disponemos de información con la que determinar el tiempo de permanencia en el centro benéfico antes de fallecer, ni podemos precisar si las causas del fallecimiento estaban relacionadas con la experiencia en la familia de acogida, con condicionamientos intrínsecos o con la influencia del periodo de institucionalización. Además, también descartamos los 6 casos de los que no se han conservado datos. Hechas las precisiones metodológicas, podemos afirmar que la tasa de mortalidad bruta de los niños que no salieron a lactar fue del 647,05 ‰ y la de los que sí salieron del 458,62 ‰. Estas diferencias posiblemente se deban al sesgo de selección anteriormente descrito, que indudablemente aumentaba la mortalidad en la inclusa. Es difícil calibrar qué influencia tuvo el trabajo de las nodrizas internas en estas tasas de mortalidad tan elevadas, pues resulta imposible desagregar la contribución de otras causas relevantes como patología presente al nacer, bajo peso o debilidad congénita. Aun suponiendo que amamantasen adecuadamente a los niños, hay factores que podían influir negativamente en la lactancia, como un estado de salud deficiente o la calidad de la leche. Incluso, no podemos dejar de insistir en el número insuficiente de nodrizas que la institución tuvo constantemente. Las tasas por grupo de edad y lugar de lactancia se han hallado poniendo en el numerador los niños fallecidos en ese grupo de edad en un lugar determinado y en el denominador los susceptibles de morir en ese lugar y grupo de edad (gráfico 2). Tasas de mortalidad por grupos de edad y lugar de lactancia. Las tasas de mortalidad se han hallado poniendo en el numerador las defunciones en cada grupo de edad y lugar de lactancia y en el denominador la población expuesta a morir en ese grupo y lugar. Observamos que la mortalidad neonatal ocurre en la casa-cuna, debido a que los niños que nacían debilitados o con patologías congénitas no salían a lactar y morían los primeros días de vida. La mortalidad posneonatal era más elevada en la inclusa que en las familias de acogida, porque los niños con problemas de salud tampoco salían a lactar y si no se lograba alojarlos con nodrizas externas en un corto periodo de tiempo, el propio ambiente patológico de la institución —en el que los lactantes compartían las amas y espacios— propiciaba la transmisión de enfermedades. La mortalidad juvenil ocurría exclusivamente con las familias de acogida, porque de los 204 niños que no abandonaron la inclusa, tan solo 9 tenían entre 1 y 4 años, y fueron reconocidos en ese tramo de edad. Esta tasa se mantiene muy elevada, pero es algo inferior a la de mortalidad posneonatal para los acogidos por familias, probablemente porque los niños que habían sobrevivido eran los más fuertes y ya no necesitaban exclusivamente la lactancia materna para su alimentación, por lo que no dependían de que la nodriza tuviese una cantidad y calidad adecuada de secreción láctea, aun cuando siguieran expuestos a las condiciones materiales e higiénico-sanitarias que les rodeaban. Podemos completar el análisis refiriéndonos a los diagnósticos sobre la causalidad de la muerte que permitirían la comparación con el conjunto de la población española en esos tramos de edad. Es una tarea compleja en la medida que está influida por factores de muy difícil control como la aplicación de criterios diagnósticos distintos (médicos o populares), los cambios en la nomenclatura y clasificación de muerte del momento, o la ocultación de enfermedades por estigmatización social29. En este sentido, algunos autores han señalado la problemática del diagnóstico retrospectivo y han formulado nuevas tablas de expresiones diagnósticas que aglutinen las que se utilizaban y permitan la comparabilidad de los resultados (Bernabeu, Ramiro, Sanz y Robles, 2003). En nuestro caso, hemos procedido a una clasificación reducida de esta propuesta que nos permita la comparabilidad de resultados (Tabla 1). Clasificación de diagnósticos simplificada Fuente: simplificación de la clasificación propuesta por Bernabeu et al. (2003). "El análisis histórico de la mortalidad por causas. A nivel general, es posible relacionar los tramos de edad de los fallecimientos con las patologías consignadas como causas de las defunciones, para comprobar en qué medida a cada grupo de edad le afectaban unas enfermedades asociadas a la herencia y al desarrollo del embarazo u otras, más ligadas a los contextos socioeconómicos en los que se desarrollaba la crianza de los expósitos30 (gráfico 3). Tasas de mortalidad por causas según grupos de edad. Las tasas de mortalidad por causas se han hallado poniendo en el numerador las defunciones por cada causa en cada grupo de edad y en el denominador la población expuesta a morir en ese grupo de edad. Un 15,5% de las defunciones no consignaba la causa de muerte. Las tasas de mortalidad por causas y grupos de edad se han hallado poniendo en el numerador las defunciones por esa causa en ese grupo de edad y en el denominador los niños expuestos a morir en ese grupo. En la mortalidad neonatal vemos que la patología que prevalece sobre las demás es el raquitismo (a veces denominada falta de desarrollo físico), seguida de la atrepsia y la eclampsia, cuyo origen es congénito si está diagnosticada con precisión. Se evidencia, pues, que hasta el día 28 de vida seguían teniendo mucha influencia las dolencias hereditarias o las asociadas a complicaciones gestacionales, es decir, aquellas con un fuerte componente endógeno31. El raquitismo se asociaba a partos prematuros o a niños que nacían con bajo peso, lo que resultaba un factor determinante para su grado de supervivencia. Aparecen en menor medida las infecciones y otras de etiología no infecciosa, lo que evidencia que el entorno no tenía aún una influencia determinante en la explicación de parte de la mortalidad que afectaba a este grupo de edad. En el periodo posneonatal destacan las infecciones como causa principal de la mortalidad, seguida de la atrepsia, que a veces enmascaraba trastornos digestivos relacionados con procesos infecciosos32. La patología denominada raquitismo o falta de desarrollo físico permanece estable respecto al grupo de edad anterior, lo que indicaría que hasta el año de vida la lactancia tenía un papel determinante en la supervivencia de los pequeños, muy sensibles a la escasez de amas, a la calidad y calidad de la leche suministrada y a la ratio niños/nodriza por inclusa. En el grupo de 1-4 años la mayor parte de la mortalidad es atribuible a patologías infecciosas, algo indicativo de las deficientes condiciones higiénicos-sanitarias del entorno en el que se criaban los expósitos; en este caso, todos ellos con familias rurales. Disminuyen considerablemente las muertes atribuidas al raquitismo o a una alimentación deficiente. Es decir, se alimentaba mejor a los expósitos, pero quedaban expuestos a otros riesgos ambientales igualmente letales como la contaminación de alimentos perecederos por el calor, la carencia de agua potable y de una red de alcantarillado, el hacinamiento o la convivencia con animales domésticos; factores todos ellos que propiciaban la diseminación de enfermedades infecciosas. Para tener una visión más completa de lo que sucedió con los niños fallecidos en la institución, dependientes de los cuidados de las nodrizas internas, y aquellos que lo hicieron con amas externas, hemos analizado la mortalidad y sus causas atendiendo a la pertenencia a uno u otro grupo. En este sentido nos hemos fijado en la mortalidad por causas en el período posneonatal, ya que en esta etapa se producía la mayor parte de los fallecimientos, el número de decesos es similar y, además, se trata del período infantil en el que la alimentación materna y los cuidados recibidos por el lactante son determinantes para su supervivencia (gráfico 4). La tasa representada en el gráfico resulta del cociente entre el número de defunciones por una causa determinada en ese lugar, en el período posneonatal, y los niños en riesgo de morir en ese mismo período y lugar. Tasas de mortalidad por causas según lugar de lactancia. Las tasas de mortalidad por causas según lugar de lactancia se han hallado poniendo en el numerador las defunciones por cada causa en el periodo posneonatal en ese lugar de lactancia y en el denominador la población expuesta a morir en ese determinado lugar y grupo de edad. Entre los fallecidos en la institución, las causas de muerte que más aparecen son la atrepsia, el raquitismo y las infecciones digestivas. El raquitismo podía deberse a problemas congénitos como el bajo peso, a veces originado por embarazos poco saludables, en los que las cargas de trabajo, la escasa alimentación y la falta de cuidados apropiados originaban partos prematuros o niños nacidos con un peso insuficiente. En otros casos, sería posible relacionarlo con la deficiente alimentación que recibían los pequeños en la inclusa y que les conducía a unas situaciones de desnutrición tan severa como para provocarles la muerte. La atrepsia es una enfermedad propia de los recién nacidos y niños de corta edad que se caracteriza por la desnutrición lenta y progresiva a consecuencia de la imposibilidad de digerir los alimentos (Sanz y Ramiro, 2002). Puede deberse a múltiples causas como una alimentación insuficiente, procesos digestivos agudos o crónicos, infecciones, defectos o anomalías del aparato digestivo... Es una patología que presenta en las fuentes manejadas un fuerte componente estacional, concentrándose en los meses de más calor, entre mayo y agosto un 56,4 % de los casos etiquetados como tal. Ello sugiere que posiblemente la expresión enmascarase infecciones digestivas diversas, que cursaban con una sintomatología similar, confundiendo ambos diagnósticos, ya que es improbable que la estacionalidad afecte a una patología congénita33. Habitualmente se desplaza esta mortalidad a las infecciones digestivas, pues era frecuente intercambiar el diagnóstico de enteritis con el de atrepsia34. Si tenemos en cuenta esta suposición, en los niños que no salieron de la inclusa, la tasa de mortalidad relacionada con procesos digestivos, de origen infeccioso o no, estaría en torno al 40 %, lo que apuntaría, más que a la deficiente alimentación, a la precaria higiene del establecimiento como responsable determinante en la explicación de la mortalidad. En ese escenario caben fómites infectados, utensilios en general manipulados incorrectamente y nodrizas compartidas sin asepsia35. En total, aproximadamente un 50 % del grupo de niños que permaneció en la inclusa moría de patología infecciosa en el período de estudio, cifra bastante coincidente con la que aporta B. Revuelta para la inclusa de Madrid en el mismo grupo de edad y periodo (Revuelta, 2011). En el caso de los expósitos criados por amas externas, la atrepsia y el raquitismo tienen una representación limitada, mientras que a las infecciones digestivas, respiratorias y otras sin definir se les atribuyen la mayor parte de los fallecimientos. Si volcamos los datos de la atrepsia en el capítulo de enfermedades infecciosas digestivas —pues al igual que en el caso anterior el 40 % de los diagnósticos de atrepsia ocurrían en los meses de más calor— tendríamos que el 12 % de los niños que salieron a lactar con nodrizas externas, murieron por esta causa. En estos niños, la etiología principal por la que fallecían tenía un origen infeccioso en el 19% de los acogidos, frente a un 3 % debida a etiología no infecciosa. Esto puede ser indicativo de que la lactancia se realizaba generalmente de modo correcto, aunque existían importantes deficiencias en materia de sanidad e higiene públicas y en los cuidados referidos a la alimentación infantil, pues se desconocían las normas de manipulación de alimentos que hoy consideramos elementales y las prácticas higiénicas eran, por lo general, bastante precarias en aquel entonces. Es interesante comparar estas tasas con lo que ocurría con la población infantil española en ese grupo de edad. Sanz Gimeno estima en 1906 una tasa de mortalidad por enfermedades digestivas del 54,2 ‰, por enfermedades respiratorias del 35,5 ‰ y, finalmente, por enfermedades congénitas del 26,6 ‰. En los niños lactados con familias de acogida estas tasas alcanzaron para la patología digestiva el 88,5 ‰ (118 ‰ si incluimos la atrepsia), la respiratoria llega al 40 ‰ y la congénita se queda en el 15 ‰36. Son índices ligeramente superiores a los de la población general, pero mantienen la proporcionalidad en cuanto a la representación etiológica. Este paralelismo se explica porque los niños lactados vivían en entornos similares a los del resto de población rural y estaban, pues, afectados por los mismos factores. Quizás la elevación de tasas se deba a que las familias que criaban expósitos procedían de los grupos más empobrecidos, en los que el cabeza de familia era jornalero o pastor, y, por lo tanto, sus condiciones económicas de supervivencia eran inferiores a la media poblacional. Para comprobar con mayor precisión esta asimilación entre las causas de mortalidad de la población expósita que lactaba en zonas rurales y las de la población infantil general en la fecha de estudio, hemos estimado la contribución porcentual de las patologías más relevantes respecto al total de fallecimientos en niños de 0-5 años criados por familias nutrices. El resultado obtenido es que las infecciones digestivas causaban el 16,8 % de los fallecimientos, la atrepsia el 4 % y las infecciones respiratorias el 6,6 %. Si además unimos la atrepsia a la patología digestiva nos encontramos con un 20,8 % de los fallecimientos. Comparados los datos con los porcentajes que ofrece Sanz Gimeno para la provincia de Toledo en la población infantil general, observamos coincidencias: las enfermedades del aparato digestivo en 1906 representaban entre el 24 y el 33 % del total de causas de muerte y entre el 34 y el 42 % en 1932. Esta comparación refuerza la tesis de que los expósitos lactados en zonas rurales tenían causas de mortalidad semejantes al resto de la población infantil, ya que eran las condiciones de vida de las clases populares las que las determinaban en gran medida y no el cuidado negligente de las familias que los cuidaban. El estudio de los niños abandonados y nacidos en la Casa de Maternidad de Toledo pone de manifiesto que sus altas tasas de mortalidad no tenían una explicación unívoca, sino que se debían a varios factores imbricados. En el caso de los fallecimientos durante las primeras horas o días de vida se deben relacionar con la gestación y si hablamos de una muerte más tardía, habrá que rastrear al expósito desde la inclusa hasta la lactancia externa en zonas rurales. Allí quedaba expuesto a las condiciones de su familia nutriz, generalmente pobre y que recurría a la lactancia asalariada para completar sus ingresos básicos. Como hemos visto, las tasas de mortalidad de los expósitos criados con nodrizas externas eran superiores a las de la población rural general, posiblemente por la influencia del efecto scarring institucional y por la dura experiencia vital acumulada. Si existen diferencias en las tasas de ambos grupos, las causas de la mortalidad son similares; es decir, el papel fundamental en el mantenimiento de una mortalidad elevada corresponde a las penosas condiciones de vida, tanto de la población infantil expósita como de la que no lo era. Aun cuando carezcamos de información sobre el modo en el que las amas externas desarrollaban su trabajo, difícilmente podríamos sostener la imagen de un nodrizaje negligente cuando más de la mitad de los lactantes (el 54 %) conseguía sobrevivir.
La implantación de las Gotas de Leche en España (1902-1935): un estudio a partir de la prensa histórica Las Gotas de Leche eran instituciones sanitarias que intervinieron en la reducción de la mortalidad infantil en España promoviendo la mejora en la higiene alimentaria de los recién nacidos. Este artículo reconstruye la trayectoria de su implantación hasta la Guerra Civil. Dada la limitada información estadística disponible, se ha empleado como base documental las hemerotecas históricas digitalizadas. El análisis de la misma y de otros estudios permite estimar que el despliegue de esta institución entre 1902 y 1935 involucró, al menos, a 79 localidades. Se establecieron mayoritariamente en capitales de provincia, en todas las regiones, incluido el protectorado español en Marruecos. Antes de 1936 tuvo lugar una secuencia completa de expansión y estabilización en la apertura de estos centros. La creación de Gotas de Leche parece que respondió más a la influencia de las instituciones médicas y benéficas existentes en una localidad que a los niveles de mortalidad infantil. El examen de las noticias de prensa muestra como la creación de una Gota de Leche no acostumbró a ser fruto de un proceso de decisión ágil ejecutado rápidamente. La gestión tampoco estuvo exenta de dificultades. Una parte relevante de las mismas eran de origen financiero o derivadas de una mayor demanda de sus servicios. En las sociedades europeas más avanzadas de finales del Ochocientos existía una preocupación por los altos niveles de mortalidad infantil. Esta percepción se fundamentaba en las estimaciones publicadas regularmente por organismos estadísticos nacionales, o locales, desde la segunda mitad del siglo XIX (Dûpaquier, 1985, pp. 342-348). En este escenario debe situarse la formación de movimiento internacional, con una notable presencia en Europa, dirigido a la mejora del bienestar de la población infantil (Cunningham, 2005, p. Al amparo de tal movimiento no solo se elaboraron políticas públicas, por ejemplo, regulando la edad de acceso al trabajo y los horarios laborales sino que también se constituyeron asociaciones privadas o comunidades locales movilizadas para mejorar las condiciones de vida de dicho sector de la población (Porter, 1999, pp. 173-182). Este mismo contexto contribuyó a la denominada "medicalización de la infancia» con la puesta en práctica de intervenciones sanitarias encaminadas a mejorar el desarrollo infantil desde el nacimiento, a través de la supervisión del comportamiento de las madres (Cunningham, 2005, p.155). Desde una perspectiva institucional una de estas intervención es fue la creación de las Gotas de Leche. Su propósito principal era incrementar la sobrevivencia de los recién nacidos mediante la mejora de los hábitos alimentarios, particularmente entre las clases sociales urbanas más empobrecidas. Esta atención puesta en la higiene alimentaria infantil era uno de los rasgos distintivos de la mencionada medicalización de la población infantil (Apple, 1987, pp. 72-96). Las raíces de esta institución partían de las dificultades experimentadas desde el siglo XVIII por asilos u orfanatos en la alimentación de los niños abandonados. En concreto, la repetida constatación que el recurso a las nodrizas no los libraba de unos elevados riesgos de morir. Suelen considerarse pioneras las Gotas de Leche establecidas en Francia a partir del último decenio del siglo XIX, bajo la iniciativa de médicos como Pierre Budin, Gaston Variot y Léon Dufour (Rollet, 1990, pp. 355-389). Estos centros se expandieron por Europa y llegaron también a América (del Norte y del Sur). La modalidad francesa de organización de las Gotas de Leche fue muy influyente, si bien no resultó la única. Los países anglosajones organizaron la asistencia inicialmente de forma algo distinta. Esta característica era fruto del diferente papel de las enfermeras en el seguimiento de madres y recién nacidos, si bien a lo largo del primer tercio del siglo XX tales prácticas tendieron a asemejarse entre los países (McCleary, 1904, pp. 329-337; Marland, 1992, p.79). Que tal movimiento tenía alcance internacional, lo atestiguaron los Congresos de las Gotas de Leche celebrados los años 1905 (Paris), 1907 (Bruselas) y 1911 (Berlín) con la participación, en el último, de representantes de 34 países de todos los continentes, si bien la mayor parte de ellos europeos (Rollet 2001). La España contemporánea de aquellas naciones europeas participó de igual preocupación por los altos niveles de mortalidad infantil (Rodríguez Ocaña, 1996, pp. 149-153; Barona, 2007) y aunque con cierto retraso respecto las estadísticas de mortalidad europeas también empezó a producir, en los primeros año del siglo XX, los datos y a publicar los estudios que certificaban el alcance de tal fenómeno (Rodríguez Ocaña, 1985b, p. De igual modo desarrolló una legislación de protección de la infancia y desplegó desde inicios del siglo XX, principalmente bajo iniciativa privada, instituciones como las Gotas de Leche. Como sus homólogas europeas, fueron establecimientos urbanos en una etapa inicial para después, particularmente durante la Segunda República, promocionar su mayor difusión en las zonas rurales (Rodríguez Ocaña, 1985b, pp. 455-58). En definitiva, España no quedó tampoco al margen de ese movimiento internacional. Una prueba de ello fue la presencia continuada de representantes españoles en los tres encuentros internacionales mencionados1. Ahora bien, aunque estamos ante una institución sanitaria relevante en la lucha contra la mortalidad infantil en España, no se dispone todavía de una visión de conjunto sobre su organización y evolución histórica. No ayuda a esta tarea el hecho que las Gotas de Leche tuvieron una existencia básicamente local y la Administración española no llegó a reunir, publicar y analizar regularmente información sobre su actividad. Dado este contexto, no puede extrañar que gran parte de la investigación se haya orientado hacia la elaboración de monografías locales2. Desde una perspectiva más general, la historiografía ha subrayado tres características de este fenómeno en España (Rodríguez Ocaña, et al., 1985a): a) El escaso número de localidades que las implantaron, si se comparan con las abiertas en Francia o Alemania. b) Su influencia en el desarrollo de un mercado para nuevos productos alimentarios para los niños. c) Su efecto positivo en la difusión de nuevas prácticas de higiene relacionadas con la alimentación de la lactancia materna y del niño en general. Más allá de este primer balance y de los detalles de su vida institucional, revelados por aquellos estudios monográficos, debe reconocerse que falta por reconstruir un aspecto básico como es el relativo a la secuencia cronológica y territorial del despliegue de la institución. En otras palabras, el proceso mismo de implantación de las Gotas de Leche en España. El objetivo de este artículo es ofrecer una primera visión de conjunto de su difusión hasta antes de la Guerra Civil. Se acota así al período en el que tuvo lugar el mismo fenómeno en otras naciones europeas. Además, tras finalizar la guerra española, las Gotas de Leche pierden su estatus como consecuencia de la promulgación de la ley de Sanidad Infantil y Maternal en 1941 y de la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad de 1942 (De Arana y Zafra Anta, 2014, p.33). Este estudio se aborda en dos etapas, en la primera, mediante el recuento del número y distribución de estos centros a lo largo de la geografía española y, en la segunda, con el análisis de los aspectos relacionados con las modalidades de su establecimiento y localización. Esta más allá de la extensión reservada a un artículo tratar otros aspectos que serían igualmente relevantes para la historia de las Gotas de Leche. Aquí pueden mencionarse, por ejemplo, los relativos al funcionamiento y los recursos humanos utilizados o al impacto de su apertura sobre los niveles la mortalidad infantil de las respectivas localidades3. Este escrito se estructurará en tres apartados. El primero, destinado a la presentación de las fuentes y la metodología. El segundo, a la reconstrucción de las tendencias cronológicas y territoriales en la difusión de las Gotas de Leche. El tercero, dedicado a ilustrar, a través de algunos casos, aspectos relativos a los procesos de creación y organización de los centros. Una conclusión resumirá los resultados principales e intentará situarlos en el contexto de la salud pública de la España del primer tercio del siglo XX. Suele considerarse como precedente las Gotas de Leche establecidas en España el consultorio abierto por el doctor Francisco Vidal Solares en el Hospital de Niños Pobres de Barcelona el año 1890. Sin embargo, se trataba de una consulta destinada más a seguir y asesorar a las madres sobre la alimentación infantil que a proveer de leche esterilizada a los recién nacidos con dificultades para acceder a la lactancia natural4. En este sentido, estaría más próxima al denominado "Consultorio de Niños de Pecho». Este tipo de centros también se establecieron en distintos lugares de la geografía española en las primeras décadas del siglo XX, como el año 1904 en Tortosa y Valencia, creados por los doctores Manuel Vila y Joaquín Aguilar respectivamente o en 1905 en Pamplona, por la Sociedad Católica del Trabajo (Ulecia, 1912). Un establecimiento con las características propias de una Gota de Leche se inauguró en Barcelona el año 1903, impulsado por el Ayuntamiento y precedente de la Casa de Lactancia abierta en 1913 (Rodríguez Ocaña, 1999, p. En 1903, bajo el auspicio de las Cajas de Ahorro Provincial y Municipal se creó una Gota de Leche en San Sebastián (Urkia Etxabe, 1999, p.162). El mismo año en Bilbao se fundó una para el uso exclusivo de los niños de la inclusa (Ulecia, 1912) (Gondra, 2003). En Madrid, en 1904, el Dr. Rafael Ulecia abría su consulta, con el patrocinio de los marqueses de Casa-Torre (Maján, 1990, p.351), y, el mismo año, lo hacía la Gota de Leche de la ciudad de Logroño (Cerrillo, Iruzubieta y Fandino, 2008, pp. 76-77). Estos serían los primeros pasos de esta institución en España. A partir de entonces y hasta 1912 se cifra en torno a una treintena el total de Gotas de Leche activas en el país (Rodríguez Ocaña et al., 1985, p. De hecho, tanto el número, o el listado nominal, de estos centros que han publicado los historiadores suele corresponder al elaborado por los médicos de la época, como el mencionado Dr. Rafael Ulecia. El mismo fue un activo difusor de las Gotas de Leche y representante oficial de España en los congresos internacionales sobre la materia como el mencionado celebrado en Berlín el año 1911. Allí presentó su informe «Consultation für Brustkinder und Gouttes de Lait» ofreciendo un elenco, tanto de los Consultorios de Niños de Pecho como de las Gotas de Leche existentes entonces en España (Ulecia, 1912). Pero, aparte de estas informaciones de carácter general, como ya se observó anteriormente, las características de la expansión cronológica y territorial de estos centros en España son todavía poco conocidas. No parece haber existido ningún registro sistemático de su número y evolución. Las dos únicas fuentes estadísticas disponibles para obtener una visión global de esta institución serían «Los Nuevos apuntes para el estudio y la organización de las instituciones de beneficencia y de la Previsión», publicados por el Ministerio de Gobernación (Ministerio Gobernación, 1912-1918, p. Al listado de las localidades y establecimientos reproducido allí habría que añadir el mencionado informe del Dr. Rafael Ulecia en la conferencia internacional de Berlín. La primera fuente citada contiene un inventario de Gotas de Leche, junto a otras instituciones benéficas encargadas del cuidado de los niños durante la lactancia. Los datos probablemente fueron recogidos hasta principios de 1910 (el año más tardío mencionado con inauguraciones de centros) y, al menos, se habrían reunido desde 1906, cuando una circular del Inspector General de Sanidad Exterior, publicada en los Boletines Oficiales Provinciales, solicitaba este tipo de información ante la convocatoria del que sería el congreso internacional de Bruselas del año 19076. La lista de Gotas de Leche comprendía un total de 26 centros repartidos en 22 localidades, si bien el número de estas últimas llegaría a las 31 si se contabilizan otras 9 en las que en la misma publicación se hace constar tan sólo la distribución de litros de leche. La segunda fuente, los anuarios estadísticos, ofrece información sobre niños atendidos y litros de leche consumidos en Gotas de Leche en capitales de provincia, publicadas regularmente entre 1916 y 1923. Este listado incluye para todos estos años 37 localidades, en las que se encuentran todas las capitales mencionadas en «Los Nuevos apuntes...», con excepción de Zamora, que no consta en aquellos y si en los anuarios y León, en la situación opuesta. Como es lógico, dado que la cobertura cronológica de los anuarios es superior a la del otro documento, el número de nuevas localidades que se establecen a partir de 1918 incrementa la cifra hasta las 37 mencionadas. La lista de establecimientos presentada por el doctor R.Ulecia en su intervención en el congreso de Berlín reúne 31 centros, contabilizando tanto los Consultorios de Niños de Pecho (6), como las Gotas de Leche (25 restantes). Estos se distribuyen en 23 localidades, entre las cuales, solamente dos, Santa Cruz de Tenerife o Tortosa no aparecen en ninguno de los recuentos anteriores7. Circunstancia esta explicable porque en el caso de la primera, la Gota de Leche, al parecer, sólo estuvo abierta unos pocos meses y, en el de la segunda, porque se trataba de un Consultorio de Niños de Pecho y, por tanto, no dispensaba los servicios propios del otro tipo de establecimiento. Si nos atenemos al horizonte temporal de toda esta documentación hasta ahora citada, resulta obvio que no permite una reconstrucción cronológica que alcance hasta los prolegómenos de la Guerra Civil. A esta limitación siempre habría que sumar la derivada de las posibles faltas de exhaustividad o de exactitud en el recuento de Gotas de Leche en activo por esas fuentes. A la vista, pues, de estos inconvenientes la estrategia adoptada se ha dirigido a rastrear la información sobre estos centros publicada en la prensa diaria española del primer tercio del siglo XX. Esta tarea habría resultado ingente en otra época. Hoy en día, en cambio, la combinación, por una parte, de la digitalización de colecciones de la prensa histórica con, por la otra, la existencia de robots o sistemas de lectura automática, permite llevar a cabo un cribado sistemático de las noticias publicadas relativas a la existencia y actividad de estos centros. Es necesario, pues, detallar las fuentes consultadas y el procedimiento de búsqueda adoptado. Con objeto de obtener información a escala provincial y regional se ha utilizado principalmente la «Biblioteca Virtual de la Prensa Histórica Española» (BVPH)8. Constatada en esta biblioteca la falta de prensa correspondiente a la Región de Murcia, se ha consultado el «Archivo Digital de Murcia» (ADM)9. Para acceder a la prensa con cobertura en todo el territorio español se han utilizado las Hemerotecas digitales de «La Vanguardia» y el diario «ABC». En todos los casos, pues, se trata principalmente de lo que se denominaría prensa diaria, si bien, entre los fondos digitalizados y accesibles a la lectura automática, también se han encontrado publicaciones periódicas como semanarios, revistas médicas o boletines oficiales de la provincia. Una última actualización, básicamente dirigida a comprobar las ampliaciones producidas en el elenco de publicaciones accesibles a los robots de lectura, se produjo entre el 20/06 y el 28/06 del 2014. En todos los casos la búsqueda de noticias se asoció al término «Gota de Leche», otros como «Consultorio de niños de pecho», «Casas de Lactancia» o «Auxilios de Leche» se descartaron una vez verificado que proporcionaban substancialmente un menor número de noticias. Además, estos términos denotaban, como se ha observado antes, formas de organizar la atención a la alimentación de los recién nacidos de naturaleza muy distinta de la propia de una Gota de Leche. En la Tabla 1 se ofrece el inventario de la frecuencia de noticias y el número de cabeceras rastreadas, por períodos quinquenales, entre 1900 y 1934, obtenidos a partir de la BVPH y el ADM. La Tabla 2, repite el mismo tipo de información recopilada ahora a partir de las Hemerotecas históricas de «La Vanguardia» y el «ABC». En relación a esta documentación, cobertura geográfica y temporal y su tratamiento posterior es necesario hacer las siguientes observaciones: No todas las cabeceras catalogadas en la BVPH tienen habilitado el procedimiento de búsqueda automática. La consecuencia más visible de esta observación se aprecia en la Tabla 1. Puede constatarse en ella que existen territorios prácticamente sin referencia alguna. Así, con menos de 20, se encontrarían la Región de Murcia, seguida de Asturias y, con menos de 100, Galicia y Navarra. Además, se aprecian también las discontinuidades cronológicas de las referencias, fruto combinado de la vida temporal de cada publicación con el número de cabeceras digitalizadas disponibles para la búsqueda automática. Dado que el carácter parcial o fragmentario de la base de datos de la prensa histórica utilizada podría suponer algún tipo de sesgo respecto la provisión de noticias, se decidió explorar sistemáticamente las hemerotecas de «La Vanguardia» y «ABC» (edición de Madrid y de Sevilla). Con esta búsqueda se ha intentado complementar la exploración en la BVPH en dos aspectos esenciales para el propósito de este trabajo, la cobertura cronológica y territorial. Este último resulta de particular interés porque así se garantiza la recepción de noticias del conjunto del territorio español, esto es, un alcance mayor que el de la prensa local, fuertemente representada en la base digital de la prensa histórica. Como se puede comprobar en la Figura 1 y la Figura 2, la distribución de frecuencias absolutas de referencias de ambos bloques informativos es muy próxima, lo que invitaría a concluir el carácter complementario de ambas búsquedas. Como es lógico, esta complementariedad entre fuentes periodísticas permite, además, contrastar las noticias existentes para un mismo lugar y acontecimiento. La base de referencias generada en las dos operaciones de búsqueda descritas vendría a ser el equivalente a una base «bruta». Debe tenerse en cuenta que, bajo la voz «Gota de Leche», los programas de lectura automática detectan tanto la mención al establecimiento sanitario como, por ejemplo, la publicidad de cualquier producto o servicio en la que aparece igual término. De este modo, una parte de la tarea de esta investigación ha consistido en depurar o filtrar entre todas las noticias seleccionadas, las relativas a las Gotas de Leche como institución propiamente dicha. La base documental de este trabajo consiste, pues, en la combinación de las escasas estadísticas contemporáneas y la explotación de las fuentes periodísticas como base para intentar una reconstrucción de la expansión de esta institución sanitaria en la España anterior a la Guerra Civil10. Series cronológicas con referencias a "Gota de Leche" en publicaciones periódicas españolas (*) Archivo Digital de Murcia. Fuente: Biblioteca Digital de la Prensa Histórica Española y Archivo Digital de Murcia. Serie cronológica de referencia a "Gotas de Leche" publicadas en La Vanguardia y ABC Fuente: Hemerotecas digitales de La Vanguardia y ABC. Distribución de noticias sobre "Gota de Leche" en la prensa regional Distribución de noticias sobre "Gota de Leche" en La Vanguardia y ABC Una estrategia metodológica de esta naturaleza presenta sus correspondientes limitaciones. En este punto conviene atender a las siguientes: a) La falta de cobertura sistemática de todas las cabeceras por el robot de búsqueda puede dar paso a sesgos territoriales o cronológicos en la información de la vida de estos centros. b) La existencia de vacíos documentales esporádicos en la continuidad cronológica de las colecciones de las cabeceras. El control exhaustivo de los mismos hubiera alargado substancialmente la tarea de recogida de datos. c) Noticias relacionadas de forma relevante con una Gota de Leche en particular pero en las que la redacción de la misma no incluyó este término y, por lo tanto, no han sido detectadas a través de la lectura automática11. A todos estos factores anteriores habría que añadir dos más, que no por menos obvios deben ser olvidados. Uno es, el relativo a la calidad y exhaustividad de la información publicada. En algunos casos, las noticias no dejan claro la situación real de la Gota de Leche. Así, por ejemplo, cuando se mencionan actividades benéficas «pro Gota de Leche». La existencia de información previa sobre su inauguración permite una interpretación distinta a si esta circunstancia no se está confirmada; en este caso y sin datos adiciones, no parece que pueda ser empleada fiablemente como indicio de presencia de una Gota de Leche en una localidad determinada. El otro factor tendría que ver con el hecho que la actividad de este tipo de establecimiento, simplemente no hubiera llamado la atención para su reseña en una publicación periódica12. Por último es necesario hacer algunas observaciones en relación a la naturaleza de las noticias periodísticas reunidas en este trabajo. Es importante remarcar que proporcionan tres niveles distintos de información. El primero, relativo a la apertura del establecimiento, con sus antecedentes y consecuencias, si es el caso. El segundo correspondería a una referencia de la existencia de la Gota de Leche, sin contar con más información sobre el momento de su implantación. El tercero comprendería todas aquellas otras noticias sobre la actividad de la institución. Esto último abarcaría desde la apertura de segundos o terceros establecimientos, al traslado hacia otros edificios, pasando por las obras de mejora, las renovaciones de material o cualquier otro acto de contenido relacionado con los anteriores. Este conjunto de informaciones publicadas permite aplicar dos aproximaciones al estudio de la implantación de las Gotas de Leche. Una, ajustada a la implantación o apertura del establecimiento y la correspondiente puesta en marcha de sus servicios y la otra, atendiendo al grado de dinamismo posterior. De este modo, mientras la primera ayudaría a reconstruir lo que vendría a ser estrictamente la difusión de la institución, la segunda captaría la intensidad de su actividad. Obviamente, todas las Gotas de Leche compartirían un acto inaugural, o asimilado, como inicio de sus tareas, en cambio, la intensidad de sus actividades posteriores variaría entre ellas. Como se comentará más adelante, sólo de forma excepcional alguna apertura de una Gota de Leche terminó con el cierre del establecimiento, al menos durante el período estudiado aquí. GOTAS DE LECHE EN ESPAÑA: LISTADO Y EXPANSIÓN CRONOLÓGICA Y TERRITORIAL A partir de las fuentes referidas en el apartado anterior se han confeccionado el listado de localidades con Gotas de Leche reunidos en los anexos 1 y 2 de este artículo. Es importante advertir que los listados se refieren a localidades y no a los establecimientos. Debe recordarse que en algunas ciudades se abrieron más de una Gota de Leche. De acuerdo a las informaciones publicadas en «Los Nuevos apuntes...» y las reunidas por algunos autores (Rodríguez Ocaña et al., 1985a, p.1068) en Barcelona, Madrid, en Bilbao, Jaén, Valencia, Sevilla y Zaragoza se llegaron a abrir hasta dos o tres de estos centros. Sin embargo, evidencia de esta multiplicación de establecimientos en el seno de una misma localidad no se ha observado claramente en las noticias recogidas a lo largo de esta investigación, con excepción de las ciudades de Madrid y Barcelona. Por tanto, en este trabajo será más el recuento del número de localidades que el de centros el que orienta la reconstrucción de la implantación de las Gotas de Leche en España hasta la Guerra Civil. El Anexo 1 reúne las localidades de las que se tiene noticia contrastada sobre el año de inauguración de un establecimiento o puede establecerse con cierta garantía. En este último caso se trata de lugares para los que consta, tanto información sobre preparativos previos como sobre actividad asistencial posterior a su inauguración, siempre que los años que medien entre ambas sean próximos. De este modo, este anexo comprende mayoritariamente primeras inauguraciones, aunque también se menciona información relativa a traslados o ampliaciones de edificios. El conjunto de referencias cubre 63 localidades. Se trata de un número inferior al compilado en el Anexo 2, con un listado en orden alfabético, de 86 ciudades. En él aparecen, además de las enumeradas en el Anexo 1, aquellas para las que se ha encontrado alguna noticia de actividad, aunque se desconozca la fecha de su inauguración. También se han incorporado las propuestas hechas en su momento para la implantación de estos centros en lugares en los que no se ha confirmado funcionamiento posterior. Además, se reproducen algunas informaciones relevantes para el seguimiento de la actividad de aquellas Gotas de Leche con fechas de inauguración conocidas. De no mediar, pues, otros datos no capturados en el proceso de lectura automática el Anexo 2 ofrecería el listado completo de localidades con Gotas de Leche en España anteriores a 1936 identificadas en el curso de esta investigación. En base a los mismos pueden establecerse las coordenadas espaciales y temporales de su implantación, que constituyen el propósito de las Tablas 3 y 4 y las Figuras 3, 4 y 5. La Figura 3 representa la distribución cronológica de las localidades con alguna Gota de Leche según las fechas de inauguración (Anexo 1). La secuencia que resulta permite apreciar con claridad la sucesión de una etapa de expansión y otra de reducción en la apertura de estos establecimientos. La Tabla 3 distingue entre las Gotas de Leche establecidas en capitales de provincia o en otras ciudades. A partir de la observación de la misma y de la figura mencionada se desprende que de aquellas dos grandes etapas, la primera, hasta 1920, concentraría más de la mitad de todas las inauguraciones con fecha conocida, con una notable presencia de las capitales de provincia (32 de 40). La segunda, claramente visible a partir de 1920, se advierte no sólo una progresiva caída en el ritmo de apertura de nuevos establecimientos, sino, además, una relativa mayor presencia de localidades que no ostentaban aquella condición. Frecuencia de Gotas de Leche inauguradas (Total y en capitales de provincia) Cronología de localidades con Gotas de Leche inauguradas Los datos relativos a las capitales de provincia de la Tabla 3 se deben complementar con las referencias reunidas en el Anexo 2. De este modo se constata como, a las puertas del conflicto civil, la actividad de estos centros se habría extendido a casi la totalidad de las mismas. Las únicas para las que no ha sido posible constatar la presencia de Gotas de Leche han sido Ávila, Lugo y Pontevedra. En estos tres lugares, después de estas noticias reseñadas, no se ha encontrado confirmación posterior de la apertura de un establecimiento. En definitiva, en seis de las cincuenta capitales de provincia no se ha podido documentar una presencia activa de esta institución. La cronología en la implantación de las Gotas de Leche esbozada más arriba, se matizaría a la vista de los datos reunidos en la Tabla 4 y la Figura 4. En esta última se representan el conjunto de localidades del Anexo 2, esto es, aquellas con año de inauguración conocido más las que se ha encontrado alguna noticia de su existencia, sin tener documentado el inicio de sus actividades, eliminando de ese listado a las localidades sin evidencia de Gotas de Leche en funcionamiento13. Si suponemos que la diferencia temporal entre esa noticia de su existencia y la apertura del establecimiento no supera los cinco años, la distribución de frecuencias de la Figura 4 reconstruiría la cronología de la implantación de las Gotas de Leche en España hasta 1936. Estos resultados vendrían a sugerir una reducción menos marcada en la difusión de estos centros a partir de la década de los años 20 que la observada previamente en la Figura 3. La Tabla 4 confiere a este despliegue una perspectiva territorial (representada además en la Figura 5). Aquí puede apreciarse una cierta secuencia regional en el mismo. En los primeros quince años del siglo XX, las Gotas de Leche se implantan preferentemente en el norte peninsular, acompañado de los territorios del interior (ambas Castillas y León). A partir de 1920, los nuevos centros parecen haberse expandido más en la zona Mediterránea, Norte de África (territorios del protectorado en Marruecos14) y el sur (Extremadura y Andalucía). Como deja entrever la lectura numérica de esta trayectoria en la última columna de la Tabla 4, la tasa de crecimiento de la frecuencia acumulada de establecimientos activos se comportaría con una clara tendencia descendente, rasgo básico observable en procesos de de difusión social e institucional. En cualquier caso, 79 localidades no equivalen al total de centros que llegarían a abrirse en España hasta 1936. Parece que, al menos, esta cifra se debería aproximar a los 90, si sumamos los mencionados en las fuentes y la historiografía para ciudades como Barcelona (3), Bilbao (3), Jaén (2), Madrid (3), Valencia (2), Sevilla (2) y Zaragoza (2)15. Cronología Gotas de Leche Activas Frecuencia y distribución geográficas Gotas de Leche Activas Cronología de actividad de Gotas de Leche por grandes Regiones Expresado lo anterior en términos más históricos, estos datos estarían mostrando como antes de la Guerra Civil la expansión de las Gotas de Leche en España podría haber perdido intensidad. Esta última afirmación, no obstante, requiere de matización habida cuenta de los cambios que la propia organización asistencial de la medicina de la infancia a lo largo del primer tercio del siglo XX indujeron sobre la atención a los recién nacidos. Se introdujo en el apartado anterior la distinción entre la reconstrucción de la difusión de la institución y el seguimiento de la intensidad de su actividad. La Figura 6 reproduce la distribución cronológica de esta segunda dimensión. Esto es, al recuento de las Gotas de Leches activas expuesto en la Figura 4 se han sumado aquellas otras actividades que en las localidades con estos centros además se han registrado noticias de nuevos actos de expansión, traslado o mejora de sus instalaciones. Existe pues, de acuerdo, a este criterio, un doble cómputo para algunos lugares16. De nuevo han quedado excluidas las localidades del Anexo 2 que contaron con propuestas de instalación, pero para las que no ha sido posible verificar alguna actividad posterior. Esta reconstrucción de la intensidad en la actividad en lo esencial replica la cronología de las Figuras 3 y 4, pero introduce una variación de interés, cono es el repunte de actividad observable en el quinquenio 1925-29. Situado en lo que parecería ser una fase cronológica de reducción en la apertura de nuevos establecimientos según se muestra en la Figura 3, podría interpretarse como manifestación de una etapa de consolidación y mejora de la calidad del servicio. En cualquier caso, se trataría de una primera hipótesis que investigaciones posteriores deberán contrastar. Cronologia de la intensidad en la actividad de las Gotas de Leche La mayoría de los establecimientos de los que tenemos noticia se abrieron en ciudades, principalmente, capitales de provincia. Según los datos recogidos, hacia 1915, de las 32 instituciones de esta clase existentes en España, 23 correspondían a localidades con esta condición17. Así, podría ser útil, a fin de entender el patrón inicial de difusión de esta institución en España, comparar algunas características de las ciudades que contaban con estos centros respecto aquellas que no disponían de los mismos antes de 1915. La Tabla 5 recoge algunos indicadores que tratan de evaluar la relación entre la fundación de Gotas de Leche con factores de localización relevantes. Estarían relacionados con aspectos que de manera más directa podrían contribuir a la apertura de un centro como el nivel de urbanización, las condiciones de mortalidad infantil, las de la fecundidad, la organización sanitaria o la existencia de corporaciones beneficencia. Indicadores de localización de las Gotas de Leche en capitales de provincia circa 1915 CV= Coeficiente de Variación. (Coeficiente de Urbanizacion-Municipio) Proporcion localidades > 5000 habitantes en la provincia (Luna Rodrigo, 1984). Capitales Provincia.Censo de Población de 1910.( % Capital (21-35)/Provincia(21-35) Casadas): Porcentaje mujeres casadas entre 21 y 35 años en la capital en el mismo grupo de edad y estado civil de la provincia. (Casadas Capital/ Total casadas capital España). Porcentaje mujeres casadas en la capital de provincia en el total de mujeres casadas residentes en capitales de provincia en España en 1910. (Médicos por mil habitantes (en las capitales de provincia)). Estadísticas de profesiones Censo de Población de 1910. (Indice de Fecundidad General). (Tasa Mortalidad por Diarrea y Enteritis (< 2 años)) Calculada a partir Movimiento Natural de la Población 1913-15. (Proporcion Mujeres Alfabetizadas) Capital de provincia. A partir del Censo de Población de 1910 (Ratio Fundaciones Beneficencia Activas/Inactivas) y (Fundaciones por 10.000 habitantes). Todos ellos se representa a través de 11 variables en la mencionada tabla donde para cada una se presentan los valores medios, el máximo y el mínimo y el coeficiente de variación. Además, en la última columna, se evalúa estadísticamente la diferencia de medias entre ambos bloques de capitales. Este criterio estadístico puede ayudar a discriminar la relevancia de los distintos factores de localización propuestos. De acuerdo a los resultados, se constata como las variables ligadas al peso proporcional de las mujeres casadas, el mayor tamaño de las localidades en el total de la provincia, el nivel de alfabetización y, finalmente, un mayor grado de actividad en las organizaciones benéficas, parecerían estar más asociadas con la apertura de estos establecimientos antes de 1915. En cambio, no tendrían igual relevancia, los niveles de mortalidad infantil, ni las condiciones demográficas de la población femenina (fecundidad y peso de las mujeres en edad fértil casadas), ni la disponibilidad de recursos sanitarios. Conviene observar que 13 de las 23 capitales de provincia con Gotas de Leche activas antes de 1915 contaban con más de cincuenta mil habitantes y 7 de las 13 más de cien mil. Esto explica la apreciable diferencia en las medias de población de ambos conjuntos de localidades estimadas en la Tabla 5. Así, sí estas instituciones fueron creadas bajo el impulso de iniciativas locales, parece que aquellas ciudades con un mayor tamaño podían movilizar recursos sanitarios más fácilmente que el resto. Sin que una mayor frecuencia de médicos por mil habitantes resultara necesariamente un buen indicador al respecto. Más que el número, sería la capacidad de la profesión médica local para generar un estado de opinión que juzgara como insostenibles los niveles de mortalidad infantil, lo que habría supuesto una diferencia significativa en aquellas primeras décadas del siglo. Como bien muestran los estadísticos sobre la mortalidad infantil en la Tabla 5, las ciudades que implantan las Gotas de Leche antes de 1915, con un coeficiente de variación semejante a las que no lo hicieron, tenían en promedio menor mortalidad. Cabe recordar aquí que las grandes urbes como Barcelona, Bilbao, Madrid, Sevilla y Valencia habían impulsado cambios en sus organizaciones sanitarias desde el decenio de 1880, por ejemplo, construyendo edificios para laboratorios municipales o nuevos hospitales, algunos específicamente destinados a la población infantil. Sin olvidar la presencia de Facultades de Medicina en la mayor parte de ellas. Estas ciudades de mayor tamaño habrían actuado como centros de difusión de nuevas metodologías sanitarias en la lucha contra la mortalidad infantil. Se trataba de una tarea promocionada tanto por instituciones pública, privadas o por personalidades médicas. De acuerdo a la información detectada en la prensa, la profesión médica jugó un papel destacado en los inicios de la implantación de las Gotas de Leche en España. El doctor Rafael Ulecia podría considerarse como el ejemplo paradigmático de la difusión de las Gotas de Leche a través del contacto personal y la ejemplaridad profesional. Su influencia fue abiertamente reconocida por los contemporáneos. La prensa de la época ofrece múltiples testimonios. Por ejemplo, en Pamplona, donde en una visita suya el año 1905 al consultorio creado por la organización benéfica «La Conciliación» declara al «El Eco de Navarra» (15 Octubre) que «no le falta más que el complemento de la Gota de Leche». En Talavera de la Reina, la Gota de Leche se abrió en 1906, promovida por su alcalde, médico de profesión, que en una visita anterior a Madrid había invitado al doctor Ulecia a su inauguración («El Criterio», 2 Junio 1906). Ese mismo año, en el número del 8 de septiembre de la revista semanal «Flores y Abejas», se informa que el doctor tiene el propósito de establecer un consultorio en Guadalajara «a la que se propone venir todos los domingos». Años más tarde, en 1911, firmará una carta en apoyo del acuerdo del Ayuntamiento de fundar «Consultorio de Niños de Pecho y Gota de Leche» en esa ciudad. Además, en los casos de Segovia (1909), Oviedo (1911) o Murcia (1913) sus promotores reconocen públicamente la inspiración o influencia de su obra médica e institucional. Otro ejemplo de influencia profesional en la apertura de estos centros lo representó el Dr. Martínez Vargas, catedrático de Pediatría en la Universidad de Barcelona. El mismo, habría desempeñado un papel en la apertura de la Gota de Leche de Palma de Mallorca. El Dr. José Mir, ex alumno suyo, fue uno de sus promotores el año 1916 y visitó Barcelona y los servicios municipales de lactancia acompañado de quien había sido su profesor (Montilla y Sureda, 2008, pp. 172-196). De igual modo estaría relacionado con el establecimiento de la Gota de Leche de Lérida, donde ya había impulsado las «Pólizas de protección infantil» de 1902 (Samper, 2004, p. 355) y en la que pronuncia la conferencia inaugural («La Medicina de los Niños», Julio 1919). El pediatra aragonés fue el promotor de la apertura del Instituto Nipiológico de Barbastro (1916), la localidad de la que era originario (Loste, 1933). El papel de los médicos en la creación de las Gotas de Leche puede ilustrarse con otros ejemplos, recogidos en la prensa. En Segovia donde, según el «Diario de Avisos» del 16 de Marzo 1909, un médico, sin especificar nombre alguno, la impulsa. Málaga, implantada como consecuencia de una conferencia del Dr. Huertas Lozano («ABC», Noviembre 1906). En Alicante, creada a propuesta del Dr. Carlos Manero Pineda («El Luchador», 2 Octubre 1925); Granada, impulsada por el Dr. García Duarte (Rodríguez Ocaña y García-Duarte Ros, 1984); Guadalajara, establecida y sostenida, al parecer, personalmente por el Dr. Enrique Ballesteros («Flores y Abejas», 24 Noviembre 1911); Gijón, por iniciativa del Dr. Avelino González (Fernández Menéndez, 2014); Santander, donde el Dr. Pablo Pereda Elordi la pondrá en marcha en 1905 en la Casa de la Caridad después que el Ayuntamiento le negara un solar para construir un edificio «por suscripción popular» (Fernández Teijeiro, 2014, p.30); Orense, bajo la iniciativa del médico Lino Porto Porto, «fundado por su cuenta»(«El Noroeste», 10 Junio 1911) y Sevilla, resultado de la iniciativa del médico Ciriaco Esteban García, («ABC» Sevilla, 4 Diciembre de 1934). Otra de las vías de difusión de esta institución consistió en lo que vendría a ser el «efecto de demostración» que la apertura de una Gota de Leche podía suponer sobre las localidades cercanas. Un ejemplo ilustrativo sería la serie de inauguraciones en ciudades del País Vasco y territorios aledaños. La creación de una Gota de Leche en San Sebastián el año 1903 parece influir en la de Logroño de 1904, ésta, a su vez, en la de Vitoria según se relata en el «Heraldo Alavés» del 30 de Enero de 1912. Allí, rememorando los orígenes de la institución, se escribe: «tomamos la idea de la Gota de Leche de una moción presentada por un alavés al municipio de Logroño». El alcalde y el secretario de Tolosa visitan en 1904 la de San Sebastián («Eco de Navarra», 8 Noviembre 1904). Un año antes, han realizado una visita informativa a la capital donostiarra un médico y un concejal de Pamplona («Heraldo Alavés», 16 Noviembre 1903). También lo hacen el mismo año «comisionados» de Bilbao, Santander «y otros puntos de España» según indica el «Eco de Navarra» del 21 de octubre de 1903. GOTAS DE LECHE: CREACIÓN Y ORGANIZACIÓN La creación de estos centros debe situarse en el contexto de la formación de la moderna administración sanitaria en España. Esta administración fue desarrollada por leyes aprobadas en la segunda mitad del siglo XIX que diseñaron una organización jerárquica en tres niveles: el central, el provincial y el local (Muñoz Machado, 1975, pp. 99-125; Rodríguez Ocaña y Martínez Navarro 2010, pp. 44-47, 60-66). Lógicamente, la Ley de Infancia de 1904 las adoptó y así en el posterior desarrollo reglamentario de 1908, distinguió entre el Consejo Superior de Protección de la Infancia (presidido por el Ministro de Gobernación), las Juntas Provinciales y las Locales (Ministerio de Gobernación 1908). Estructurado el mencionado Consejo en secciones una atendía específicamente a los problemas de la alimentación infantil (Puericultura y primera infancia) aunque básicamente orientado a la vigilancia de la lactancia mercenaria. En cualquier caso, el establecimiento de Gotas de Leche no quedó contemplado específicamente en ninguna de estas normas. Parece que es necesario esperar hasta la segunda mitad de la década de 1920, con la publicación de distintos tipos de normativa sanitaria y administrativa a escala local (Perdiguero 1997), para que se mencione explícitamente la creación de Gotas de Leche como una de las secciones de los Institutos de Puericultura a establecer en cada capital18. Por tanto, durante gran parte del período aquí estudiado la administración sanitaria española no promovió, al menos formalmente, un plan general para implantar estos centros. En este contexto, la apertura de Gotas de Leche resultó de una combinación de iniciativas diversas. Estas involucraron a las instancias administrativas creadas por la legislación sanitaria vigente pero también a instituciones benéficas diversas e, incluso, a ciudadanos a título personal. De este modo, no puede llamar la atención que todo el proceso de decisión que conducía a su apertura pudiera resultar azaroso. Tres fases lo caracterizarían, a saber: 1a La iniciativa y movilización a favor de la institución 2a. La localización y organización del servicio 3a La asignación de recursos materiales y financieros para su puesta en marcha. Tanto la documentación periodística consultada, como los estudios monográficos publicados, permiten apreciar las circunstancias y complicaciones diversas involucradas en todo este proceso de toma de decisiones. Una de las manifestaciones objetivas de aquellas dificultades sería el lapso de tiempo transcurrido hasta la apertura de una Gota de Leche. Datos precisos sobre esta secuencia temporal sólo se han podido reunir para 22 localidades. En la Tabla 6 se distingue entre dos periodos, uno, el transcurrido desde la presentación de una primera propuesta, el otro, desde el acuerdo oficial de su establecimiento. Aunque el número de observaciones es escaso y, por tanto, los rasgos de variación de las duraciones notables algunas características pueden señalarse. Así, para el cómputo a partir de la propuesta inicial, donde en 6 de 12 casos, supera los cuatro años, alcanzando incluso en una de las localidades como Tortosa casi los veintisiete años. Como cabía esperar, cuando se trata del tiempo invertido desde el acuerdo, el plazo resultó menor. Aquí, en 11 de 15 casos, fue igual o menor a dos años. Pero en Badajoz, la dilación fue extrema, al sucederse acuerdos y revocaciones, necesitando de casi 20 años hasta la inauguración. La obvia implicación de esta disparidad en los ritmos de apertura es que no todas las decisiones debían culminar necesariamente en la puesta en marcha de una nueva Gota de Leche. Las secuencias más plausibles en las que un acuerdo inicial favorable no llegaba a prosperar habrían sido dos. Una, en la que la decisión simplemente se revocaba más tarde y, la otra, en la que se ponían de manifiesto dudas o reparos que culminaban en el abandono final del proyecto. Además, la consulta de las fuentes periodísticas revela casos en los que estos centros habrían cerrado definitivamente o interrumpido su actividad por un largo tiempo. Veamos a continuación algunos ejemplos. En Santa Cruz de Tenerife, menciona un artículo publicado en 1915, se estableció una Gota de Leche «hace unos años», pero a los pocos meses, «la abandonaron sus patrocinadores y la volvió también la espalda el público» («La Prensa», 12 Octubre 1915). Al parecer, de acuerdo al recuento de R.Ulecia (1912) en 1907 estaba abierta pero no en el momento de redactar su informe, probablemente hacía 1910. En 1917, la Junta Provincial de Protección de la Infancia y la Mendicidad estudia un acuerdo, pero en 1920 continúa la presentación de propuestas. No se ha encontrado ninguna información sobre la recuperación de este centro, si bien un artículo publicado en 1932 deja constancia de la aprobación de una partida municipal «para leche a los niños pobres» («La Prensa», 27 Noviembre 1932). En Guadalajara, el movimiento de apoyo y petición iniciado el 1906 parece culminar en 1911 con una serie de acuerdos para la apertura del establecimiento. Así, en Junio de aquel año se informa («La Región», 9 Junio 1911) de la aprobación por el Gobierno civil del reglamento del «Consultorio del Niño de Pecho y Gota de Leche». Pero a finales del mismo año, la prensa hace público el fracaso en la constitución de la Junta de Damas del consultorio («Flores y Abejas»,24 Noviembre 1911) y en una carta al director, el mismo Dr. Ballesteros da a entender que él asume en solitario la apertura del centro. Así «La Región» informa el 15 de diciembre de 1911 que los domingos este facultativo vacuna gratuitamente a los niños en el local de la Gota de Leche. Probablemente esta actividad continuó, pero no se han encontrado noticias en la prensa local al respecto. Tiempo transcurrido en la inauguración de Gotas de Leche en España Fuente: BVPH, excepto para San Sebastián(Junta Administradora Gota de Leche (1953)), Huelva ( Segovia Azcárate, 1995) y Gijón (Fernández Menendez, 2014). De hecho, la revista «Flores y Abejas» publica el 4 de Abril de 1920 el titular «Se acabó la Gota de Leche», donde se mencionan dificultades financieras que no permiten sostenerla. Será en 1926, cuando bajo iniciativa directa del Gobierno Civil, se establezca en la planta baja del Ayuntamiento («Flores y Abejas», 21 Marzo 1926). Una peripecia semejante acontece en el caso de la Gota de Leche de Badajoz. Desde la publicación de un artículo a favor de este centro, publicado en 1906 («Noticiero extremeño», 17 Julio 1936), hasta la entrega del edificio en 1925 y la puesta en servicio el año siguiente, se suceden en 1906, 1910 y 1914 pronunciamientos favorables, para constatarse, según la prensa de la época, que en 1916, todavía sigue sin inaugurarse, no contando, al parecer, ni siquiera con apoyo municipal («La Región Extremeña»,8 Marzo 1916). En otras ocasiones, las propuestas iniciales a favor parece que no culminaron como sería el caso de Soria. Pero este recuento de procesos incompletos o frustrados no debe llevar a inferir que aquellos que si culminaron estuvieron exentos de tensiones19. Está más allá del espacio reservado a este artículo explotar exhaustivamente una información para la que las fuentes de la prensa diaria local pueden considerarse muy apropiadas. Sirva como ejemplo el caso de la Gota de Leche de Vitoria, inaugurada en abril de 1906. Estuvo precedida de un dictamen favorable del consistorio en 1904 («Heraldo Alavés», 23 Junio de 1904) en base a una memoria redactada por el jefe del laboratorio municipal. Pero, a partir de entonces se originó una discusión entre las fuerzas políticas, «la oposición no ve necesidad de hacer un edificio «ad hoc» («Heraldo Alavés», 12 Diciembre 1904). De este modo, acabó instalándose en la planta baja del Casino Artista. La búsqueda de una nueva ubicación y el financiamiento se convirtieron en un tema recurrente en la prensa a lo largo de las dos décadas siguientes. Así se entienden las mociones municipales del año 1920 («La Libertad»,13 Noviembre 1920), con precedentes en los años 1910, destinadas a establecer una vaquería al servicio de la Gota de Leche, o el comentario publicado en «La Libertad» el 29 de Marzo de 1919, en el que el proyecto del gobernador civil de abrir un Dispensario Antituberculoso fundado por la Cruz Roja en un nuevo edificio en el sentido de que «si se inaugura [aquel local] la Gota de Leche se fusionará con él». En 1922 el diario «La Libertad» del 22 de Marzo se hace eco de distintos traslados de dependencias municipales y de reubicación de establecimientos escolares, sugiriendo el periodista la conveniencia de hacer lo mismo con de la Gota de leche, «se hará un gran favor al Casino del Artista y no hay necesidad de estar como de prestado». Será necesario esperar hasta 1927 para la mudanza a una dependencia del Hospital de Santiago de la ciudad (noticia publicada en el «Heraldo Alavés» el 16 julio de 1927). Dadas, pues, la variedad de dinámicas implicadas en la implantación de estos centros no puede extrañar que los perfiles institucionales de los mismos resultaran, así mismos, variados. En la Tabla 7 se ilustra este punto. Los datos reunidos corresponden a 61 establecimientos de los que se cuenta información sobre este aspecto. En este conjunto de localidades, un 55 por ciento de las Gotas de Leche habrían sido creadas y eran controladas por la Administración, sea a través de los propios ayuntamientos o de las correspondientes Juntas de Protección a la Infancia. Un 28 por ciento responderían a las iniciativas de particulares (como se mencionó en el apartado anterior, con una presencia activa de médicos) y/o de organizaciones de caridad. Finalmente, una menor proporción —el 18 por ciento— sería de naturaleza «mixta», esto es resultado de la participación de iniciativa privada y soporte público. Es importante observar en este punto que este conjunto de situaciones describen las condiciones al inicio de las trayectorias de estos centros, no los cambios que en relación a las mismas pueden haber tenido lugar más tarde. Fuente: BVPH, ADM y monografias citadas en nota 2. El peso de las condiciones locales en la organización de los establecimientos acabaría reflejándose en distintos aspectos. La Tabla 8 reúne para seis localidades algunos indicadores que permiten ilustrar con más detalle este punto20. Pretenden reflejar cierta tipología de las formas de organización, que investigaciones posteriores deberían confirmar en qué medida podría considerarse representativa. Así, en primer lugar, como ya se había visto antes, desde el punto de vista institucional se distinguirían dos tipos de Gotas de Leche, las públicas y las privadas. Las primeras habrían sido financiadas por los municipios. Estos proporcionaban personal médico y otros recursos materiales, particularmente, los edificios. Esta situación parecería ser la propia de grandes zonas urbanas, como el caso de Madrid y Barcelona. Las segundas, eran fruto de iniciativas apoyadas por instituciones de beneficencia y promovidas por alguna personalidad médica. El centro impulsado por el Dr. Ulecia en Madrid sería un ejemplo al respecto. Una variante de la anterior habría sido la Gota de Leche que, a partir de una iniciativa privada, recibió el apoyo de otros grupos sociales y/o de la administración pública, que se incorporaba más tarde, a través de una ayuda financiera parcial. Así habría ocurrido en Mahón, Reus y Zamora. Ahora bien, la observación de la tabla también permite apreciar como no parece existir una necesaria correspondencia entre la titularidad o naturaleza jurídica del establecimiento y su financiamiento. Con excepción de los centros municipales de Madrid y Barcelona que al parecer pudieron contar con un soporte presupuestario pleno de sus ayuntamientos, la información disponible sugiere que otros combinaron, tanto a los presupuestos públicos como a las aportaciones privadas, para mantener saneadas sus cuentas. Noticias de tensiones presupuestarias se publicaban en la prensa. Ejemplos de estas dificultades podrían citarse para las Gotas de Leche de Reus y de Alicante. En la primera, donde el Ayuntamiento cuenta desde un principio como «socio numerario», aunque la impulsora sea una asociación benéfica, se necesitó ayuda de un donante privado para poder abrir las puertas (Arnavat et al., 1995, p. En el caso de Alicante, impulsada por el municipio, entre 1926 y 1935, el 46 por ciento del presupuesto procedió de las recaudaciones de bailes benéficos, repetidamente anunciados en la prensa local21. Indicadores de organización y recursos de Gotas de Leche Fuente: Datos sobre Fundador, Naturaleza, Gobierno, Recursos e Ingresos año véase nota 18. Nacimientos de las capitales de provincia del "Movimiento Natural de la Población" en torno año de la inauguración. Tasa de mortalidad infantil de las capitales de provincia publicadas en Arbelo (1962). Tasa mortalidad infantil de Reus, calculada a partir información publicada en Arnavat et alt. En este contexto, el caso de Zamora reflejaría una situación particular, puesto que, de acuerdo a las informaciones publicadas, parecería ser de los pocos establecimientos sostenidos únicamente por los fondos aportados por la asociación promotora («El Heraldo de Zamora», 31 Enero 1919). Entre las fuentes de ingresos también se encontraban las aportaciones de usuarios. De nuevo, estas tuvieron lugar con independencia de la naturaleza institucional del centro. Así mismo, se constata como solía tenerse en cuenta su capacidad adquisitiva. Las Gotas de Leche dieron atención prioritaria a las familias pobres, proporcionándoles leche esterilizada y asistencia médica gratuita. Este tipo de atención parece haber sido una característica de los centros de origen municipal, como en los casos de Madrid y Barcelona. Sin embargo, también se planearon los mismos servicios para familias ricas o de otros grupos sociales, que pagaban por ellos. Esta distinción entre las clases sociales de los niños que asisten a la institución se aplicó en Mahón, Reus, Zamora y la clínica del Dr. Ulecia en Madrid. En este último centro las familias ricas y pobres eran visitadas por los médicos en diferentes días de la semana. Por último, debe observarse que todas estas formas de organización y provisión de recursos tienen lugar en contextos de mortalidad y de cobertura de los nacimientos de signo muy diverso, como atestiguan las dos últimas columnas de la tabla. Este artículo ha presentado una primera aproximación a la reconstrucción de la trayectoria de implantación de las Gotas de Leche en España antes de la Guerra Civil. Con tal fin ha empleado una base documental como las hemerotecas históricas digitalizadas para suplir los límites en la información estadística existente. Aunque las noticias recopiladas, por la naturaleza misma de la fuente, no sean completamente exhaustivas, sí han permitido constatar el despliegue de esta institución, entre 1902 y 1935, en 78 localidades, más otras 8 en las que se presentaron propuestas sin que, al parecer, finalmente prosperaran. En términos de centros, y aunque aquí la contabilidad es más difícil de llevar, la magnitud se aproximaría a las 90 Gotas de Leche. Este primer resultado confirmaría la observación hecha por la historiografía, y por los mismos contemporáneos, respecto a que, la implantación de estos centros en España durante el primer tercio del siglo XX, habría sido más lenta y más limitada en su despliegue que la practicada en las naciones europeas más avanzadas de entonces. Si bien todas estas magnitudes a fines comparativos deben situarse en el contexto de las cifras de nacimientos de cada país, la diferencia respecto la implantación española continuaría siendo notable. Hacia 1933, año en que se alcanzaría el máximo de Gotas de Leche en Francia, se contabilizarían 61 centros por diez mil nacimientos, mientras en la España de 1935, asumiendo como correcta aquella cifra de 90 establecimientos, tal indicador supondría un exiguo 1,20 centros por cada diez mil nacidos22. Al resultado anterior, y siempre tomando en cuenta las precauciones señaladas respecto la base de datos y la metodología empleada, cabría añadir otros tres como aportaciones principales de esta investigación. a) Geografía y cronología de su difusión. Las Gotas de Leche se establecen no sólo en una gran mayoría de las capitales de provincia, sino en otras localidades, principalmente con más de 10.000 habitantes. En cualquier caso, parece que no alcanza a cubrir todo el territorio urbano. En seis capitales de provincia no se ha podido constatar una presencia activa de las mismas. Desde un punto de vista cronológico, se ha observado la sucesión de una secuencia completa de expansión y estabilización de aperturas y actividad de estos centros antes de la Guerra Civil. Por otra parte, bajo la influencia de cambios de orientación en la salud pública, las formas iniciales de organización de las Gotas de Leche se habrían ido modificando a favor de nuevas pautas de administración sanitaria, por ejemplo, representadas por los Institutos de Puericultura. b) Localización de las Gotas de Leche. La apertura de estos centros parecería estar ligada a la influencia de instituciones médicas y benéficas previamente existentes. De este modo, la Gota de Leche sería una suerte de continuidad respecto a hospitales, laboratorios, asilos o Casas de Caridad activas en una localidad. Las ciudades de mayor tamaño contaban con una ventaja al respecto. La relevancia de estos factores institucionales sanitarios locales contrastaría con lo que parece ser el escaso peso de las condiciones objetivas de mortalidad infantil. No fueron siempre las localidades con las menores expectativas de sobrevivencia entre los recién nacidos, aquellas que primero impulsaban la apertura de una Gotas de Leche. Más bien, parecen ser las que pudieron construir una percepción social de las consecuencias de la alta mortalidad experimentada, las que con mayor determinación actuaron para mitigarlos. c) Iniciativa y toma de decisiones sobre la apertura de los centros. La implantación de una Gota de Leche en una localidad distó de ser fruto de acuerdos fáciles de alcanzar y de ejecución ágil. En algunas ocasiones se produjeron dilaciones notables, cuando no simplemente, la propuesta inicial no se ejecutó. Excepcionalmente, una vez abierta la Gota de Leche, en algunas pocas localidades acabó por cerrarse unos años después. Tampoco la gestión estuvo exenta de dificultades. Imposibles de tratar de forma exhaustiva en estas páginas, la mera inspección de las noticias periodísticas y de otras fuentes ha dejado entrever tensiones entre grupos locales o con las autoridades gubernativas, con probables conexiones con las circunstancias políticas del momento. Las dificultades en la financiación o, paradójicamente, las consecuencias de una mayor demanda de los servicios de la Gota de Leche fueron fuentes relevantes de tales tensiones. Estos tres conjuntos de resultados describen el funcionamiento de una institución que encajaría en las características de la organización de la sanidad pública en España en el primer tercio del siglo XX (Rodríguez Ocaña y Martínez Navarro, 2010, pp. 52-80). En primer lugar, por el peso de las condiciones locales tanto en lo relativo a los factores de localización como al proceso de toma de decisiones y de organización de las Gotas de Leche. En segundo, por la relevancia de la interacción entre los intereses corporativos médicos y las organizaciones caritativas o filantrópicas, además de la propia administración sanitaria. Con una posición dominante derivada de su función en la «construcción de los riesgos» (Nathanson, 1996, pp. 614-615), las relaciones entre la profesión médica y determinadas elites locales habría resultado decisiva en la apertura de algunas Gotas de Leche, como se ha visto, con independencia de los niveles vigentes de mortalidad. En tercero y último, la débil iniciativa pública, especialmente de la administración, en la promoción y organización de estos establecimientos. No sólo los problemas de una limitada financiación de la sanidad pública, sino de la organización burocrática (Molero Mesa y Jiménez Wana, 2000) habrían dejado a la administración a remolque de los acontecimientos. La mención de la creación de las Gotas de Leche como secciones de los Institutos de Puericultura, promovida por el Reglamento de Sanidad Provincial de 1925 y otras normativas de organización municipal y provincial, sería el ejemplo de cómo se acababa institucionalizando lo que las iniciativas locales hacía tiempo venían realizando. Los resultados hasta aquí reseñados deben entenderse como primeras evidencias de las posibilidades que ofrecen unas fuentes documentales como las empleadas en este trabajo. Un estudio más intenso de las mismas y el complemento de otro tipo de registros y documentación histórica permitirían calibrar el papel desempeñado por las Gotas de Leche en la mejora de la salud infantil en la España contemporánea.
La socialización de los practicantes a través de los manuales del Dr. Felipe Sáenz de Cenzano 1907-1942 Desde la creación en España del título de practicante en 1857, su enseñanza fue regulada por varios planes de estudio hasta la unificación en 1953 de las tres titulaciones auxiliares de la medicina (practicante, matrona y enfermera), en la de Ayudante Técnico Sanitario (ATS). Este trabajo analiza la socialización de los practicantes a través de las distintas ediciones de El Manual del Practicante (1907, 1922, 1934 y 1942), elaborado por el médico encargado de su enseñanza oficial en Zaragoza, Felipe Sáenz de Cenzano. Tras el análisis de su estructura y su contenido, en especial los fundamentos de su saber y las competencias técnicas o de cuidados al enfermo, resaltamos las diferencias que se observan en los manuales y las legalmente establecidas, que fueron siempre más restrictivas. En conjunto se perfila la configuración de dos escenarios laborales distintos para el practicante, la ciudad y la zona rural, que proyectaron dos imágenes profesionales distintas. El practicante: fundamentos legales de la titulación Desde final del siglo XVIII y principios del XIX, las revoluciones burguesas en Europa precipitaron cambios muy importantes en las profesiones sanitarias. El ejemplo paradigmático de estos cambios que rompieron con el modelo anterior fue Francia. Las profundas transformaciones de su Revolución alcanzaron a las titulaciones sanitarias destruyendo todas sus formas de organización gremial y abriendo las puertas del ejercicio médico a cualquier persona sin ningún tipo de control. Posteriormente la Ley Ventôse de 1803, reorganizó la enseñanza y práctica de la medicina terminando con la separación entre médicos y cirujanos, cuyo origen se retraía a tiempos de la Baja Edad Media cuando se reglamentó por primera vez, la enseñanza de la medicina dentro de la universidad (Gelfand, 1993). Una unificación que se produjo por la revalorización de los cirujanos durante el siglo XVIII gracias a la buena fama de los hospitales militares como buenos centros de enseñanza y a la necesidad de disponer de personal sanitario formado para las diferentes guerras europeas (García Ballester, 1995). La unión de las dos titulaciones no solo se produjo en Francia sino que durante el siglo XIX se materializó en la mayor parte de los países bajo el título de licenciado en Medicina y Cirugía. Este proceso propició la aparición en las zonas rurales de un hueco asistencial que durante los siglos anteriores, habían ocupado los cirujanos por la escasez de médicos en Europa. Por ello, para dar respuesta al problema asistencial médico del medio rural europeo, se crearon una serie de profesionales médicos de segunda clase como fueron los officier en Francia, los landwundartz en Austria o los landartz de Baviera (Fernández Doctor, 1999). El médico alcanzó un gran estatus dentro de la sociedad post-revolucionaria como estandarte del prototipo profesional y los valores liberales promovidos por la Revolución Francesa (Guillaume, 1996). Su perfil técnico favoreció el comienzo de la medicalización de las sociedades desarrolladas de la Europa decimonónica y la transformación del hospital en una institución secularizada y medicalizada1. Dentro de esta organización, el papel del médico se configuró como el eje central, con presencia permanente en el centro, y se puso de manifiesto la necesidad de que contara con ayudantes que supieran ejecutar sus órdenes de un modo fiable (Havelange, 1990). En España la situación de las titulaciones sanitarias durante el siglo XIX, se encuentra claramente definida por el término «vorágine» utilizado por Agustín Albarracín Teulón. El país contaba con una multitud de titulaciones sanitarias a consecuencia de otros tantos planes de estudios puestos en marcha por los distintos gobiernos del siglo decimonónico, que crearon nuevas titulaciones sin suprimir las existentes. En las inmediaciones de la segunda mitad de este siglo, se produjeron las reformas más importantes con el objeto de conseguir su ordenación. Entre ellas cabe destacar la reforma de la enseñanza de la Medicina que sobre el Plan de 1843, tuvo lugar en 1845. El Plan Pidal amplió las Facultades de Medicina a Cádiz, Santiago y Valencia, y dio un paso importante hacia la centralización, uniformismo y nivelación facultativa con la puesta en marcha de la titulación de médico-cirujano. Además suprimió los colegios de prácticos y adelantó en su artículo 27, la publicación de un futuro reglamento que regularía el ejercicio de la cirugía menor para los que desempeñaban o hubiesen desempeñado el cargo de practicantes en un hospital. Por ello al año siguiente, se publicó la R.O. del 29/6/1846 que creó y reguló la titulación de ministrante. En 1857 la Ley Moyano fijó la estructura básica de la enseñanza universitaria y la de la Medicina en los grados de bachiller, licenciado y doctor en las Facultades de Madrid, Barcelona, Cádiz, Valencia, Valladolid, Granada y Santiago. Se mantuvo la unificación de las titulaciones de médico y cirujano pero se creó la de «médico-cirujano habilitado» tras alcanzar el grado de bachiller. Un sanitario con legitimidad para poder ejercer en poblaciones con menos de 5.000 habitantes que vio como su existencia resultaba efímera, ya que al año siguiente se suprimiría por decreto (Albarracín Teulón, 1973). También, se eliminaron las titulaciones de ministrante y facultativo de segunda clase, y se creó la de practicante2. Tras la creación de la titulación de este sanitario subalterno, en 1860 se recogieron con carácter provisional, los estudios prácticos que se exigirían a los aspirantes mientras se formaba su reglamento específico3. Definitivamente, el Reglamento de 1861 estableció la enseñanza de los practicantes en cuatro semestres en aquellos hospitales públicos que no bajasen de 60 camas habitualmente ocupadas por más de 40 enfermos. Las materias de estos estudios teórico-prácticos fueron nociones de la anatomía exterior del cuerpo humano, especialmente, la de las extremidades y de las mandíbulas; el arte de los vendajes y apósitos más sencillos y comunes en las operaciones menores, medios de contener los flujos de sangre y precaver los accidentes que en éstas pudieran ocurrir; las curas mediante la aplicación de sustancias blandas, líquidas y gaseosas; el modo de aplicar al cutis tópicos irritantes, exutorios y cauterios; vacunación, perforación de las orejas, escarificaciones, ventosas y manera de sajarlas; sangrías generales y locales; y el arte del dentista y del callista. Los futuros practicantes debían superar el examen de los semestres y el final de la reválida en las Facultades de Medicina para conseguir el título que les autorizaba solamente para ejercer la parte meramente mecánica y subalterna de la cirugía4. La consolidación de los estudios y su ejercicio profesional presentó serias dificultades. En 1866, la titulación de practicante fue suprimida por el plan del ministro Orovio5. Tan solo dos años después, en el contexto del levantamiento revolucionario español que supuso el destronamiento de la reina Isabel II y el inicio del Sexenio Democrático, se recuperó la titulación y enseñanza del practicante de acuerdo al Reglamento de 1861, puntualizando que sus alumnos disfrutarían de las ventajas que les concedía la recién estrenada libertad de enseñanza en cuanto al modo de hacer los estudios6. En 1874 la creación de la titulación de cirujano-dentista y la publicación de varios textos legislativos que fueron conformando su plena autonomía, supusieron la restricción de competencias para los practicantes que hasta ese momento habían desempeñado el arte del dentista. Definitivamente en 1877, se inhabilitó para su ejercicio a todos los futuros titulados de practicante7. Desde la recuperación de la titulación en 1868, las reivindicaciones de los practicantes giraron en torno a la necesidad de una reglamentación clara de sus estudios que evitara el intrusismo. Por ello en 1888 se publicó un nuevo Reglamento para la enseñanza de los practicantes que la declaró libre y actualizó la Ley de 1857 y el anterior Reglamento de 1861. Se mantuvieron las mismas materias básicas respecto al anterior, sin incluir el arte del dentista, y la habilitación del título de Practicante para el ejercicio de las pequeñas operaciones comprendidas bajo el nombre de cirugía menor, tras la orden de un licenciado o doctor. También podrían servir de ayudantes en las grandes operaciones que ejecutasen aquellos profesores, en las curas de los operados, y en el uso y aplicación de los remedios que dispusieran para los enfermos que dejasen a su cuidado en el tiempo intermedio de sus visitas, pero en ningún caso desempeñar las funciones propias de los doctores o licenciados8. Los cambios más sustanciales para la titulación se produjeron en el siglo XX con la incorporación de contenidos obstétricos en su currículum, la autorización para la asistencia a los partos normales en poblaciones de menos de 10.000 habitantes (1901-1902)9, y la efectiva institucionalización universitaria de los estudios al adscribirse, por primera vez su docencia, a un profesor de la Facultad de Medicina hasta entonces en manos de un médico de la Beneficencia (1904)10. Sin embargo con respecto a la primera de estas novedades, en 1921 el Estado no recogió entre las materias mínimas que se debían impartir a los practicantes la Obstetricia y sí las relativas a Anatomía y Fisiología Elemental, la antisepsia y asepsia, los apósitos y vendajes, y la cirugía menor11. Este cambio, según Carmen González Canalejo, fue fruto de las protestas que desde 1902 llevaron a cabo las matronas y que finalmente, canalizadas a través de la Federación «La Unión Matronal», fueron reconocidas por el gobierno de la Restauración. A pesar de ello, esta disposición no se cumplió ya que en las Facultades de Medicina, al amparo de la autonomía universitaria, se exigió este tipo de conocimientos en los exámenes de los practicantes (González Canalejo, 2006, pp. 38-39), se siguieron recogiendo en los manuales que se publicaban para su enseñanza y manteniendo en las propuestas de planes de estudios de los médicos encargados de su docencia12. A partir de esta fecha no se produjeron modificaciones sustanciales en el contenido de los planes de formación de los practicantes hasta su unificación con las enfermeras y matronas en 1953, en la titulación de ayudante técnico sanitario (A.T.S.). El estudio de los manuales de los practicantes en España En general para los historiadores e historiadoras de la profesión enfermera, el estudio de la construcción de la profesión del practicante ha tenido un interés relativo. La historiografía sobre el practicante revela, sin duda, que los manuales y las revistas han sido las fuentes más utilizadas por los investigadores del practicante y su antecesor, el ministrante. Los estudios sobre los textos de enseñanza de los ministrantes y practicantes convergen en que existió una gran similitud entre sus planes de estudio, contenidos y funciones asistenciales, con la salvedad del arte del dentista suprimido desde 1877. De hecho tras la puesta en marcha de la titulación de practicante, no fue difícil encontrar que alguno de los publicados para los ministrantes, se reeditaran para este sanitario. Estas investigaciones han centrado su interés en la descripción estructural y del contenido de las materias que comprendían los manuales, fundamentalmente del siglo XIX, con el objetivo de mostrar el territorio del saber adjudicado a los practicantes recogiendo aspectos transversales y constantes de la imagen historiográfica de los textos de enseñanza de este sanitario. Aunque tradicionalmente el análisis de los manuales de otras profesiones como la Medicina se ha centrado en la determinación de las fundamentaciones teóricas y científicas sobre los que se asentaban, sabemos que este tipo de fuente posee también, un especial interés para explorar la socialización de los miembros de una profesión por su función social y cultural, por su aprendizaje dogmático y fijación de esquemas. Por tanto, los manuales para la enseñanza de los practicantes nos aportan una información científico-profesional esencial para la elaboración del retrato académico y laboral de este sanitario. No ha sido habitual que los trabajos sobre los manuales para la formación de los practicantes abarcase un periodo considerable a través del estudio de varias ediciones de un mismo manual. En este sentido, creemos justificado realizar el análisis de la obra completa de un autor o lo que es lo mismo de varias ediciones de un mismo texto, que permita observar la evolución de este proceso en relación con los paradigmas científico-médicos vigentes en cada momento, su monopolio ocupacional (Weber, 1985)14 e identidad profesional otorgada por parte de los médicos. También consideramos preciso seguir trabajando sobre esta producción historiográfica tanto para cubrir aspectos hasta ahora poco estudiados como el contenido científico de los manuales, como para profundizar en otros que habiendo sido tratados, requieren de un análisis más exhaustivo o incluso una nueva interpretación desde los fundamentos historiográficos aportados por la sociología de las profesiones, los estudios culturales y de género15. El objetivo del presente trabajo es determinar las discordancias entre la norma legal, la práctica profesional y los valores, conocimientos y técnicas en los que se socializaban los practicantes. En otras palabras, realizar una aproximación crítica que ponga de manifiesto las discrepancias existentes entre la imagen profesional del practicante a través de este tipo de fuente y la que institucionalmente se proyectaba16. Para ello, realizaremos el análisis estructural (canónico) y de contenido, en especial de los fundamentos de su saber y las competencias técnicas o de cuidados al enfermo, de las cuatro ediciones del El Manual del Practicante (1907, 1922, 1934 y 1942)17, escritas por el Dr. Felipe Sáenz de Cenzano, profesor encargado de la enseñanza oficial de practicantes en Zaragoza desde 190418. Las cuatro ediciones que conforman un total de 14 tomos, lo convierten en uno de los manuales de mayor vigencia entre los publicados para la enseñanza y ejercicio de practicantes, e incluso de las matronas y enfermeras19. El procedimiento de análisis y orden que ha permitido obtener una serie de datos y características estructurales, funcionales y específicas importantes de este manual ha sido el siguiente: análisis de las áreas científicas y prácticas en las que fueron clasificadas cada una de las partes en que las que se dividieron los manuales; selección y análisis de las partes más extensas de los manuales considerando que su extensión es un indicador objetivo de la importancia otorgada al área de conocimientos; análisis de contenido comparado entre las distintas ediciones atendiendo a la incorporación de nuevos territorios —nuevos términos de conocimiento entre las ediciones, técnicas, enfermedades y procesos que incorporan novedades al marco organizativo de la asistencia del practicante—; campos desaparecidos y no modificados, y problemas re-conceptualizados, si los hubiere. Características generales del manual: autor, redacción, estructura y funciones Tres años después de tomar las riendas de la enseñanza oficial de practicantes en la Facultad de Medicina de Zaragoza, el Dr. Felipe Sáenz de Cenzano20 publicó la primera de las que serían las cuatro ediciones del Manual del Practicante. Sin embargo, su vinculación con este tipo de docencia comenzó antes ya que el mismo año que se incorporó al Claustro de profesores de la Facultad, se le autorizó para su enseñanza privada (1902)21. Todas las ediciones fueron de su única autoría a excepción de la última en la que colaboró como revisor su hijo Ladislao, profesor auxiliar al menos desde 1942 de la Facultad de Medicina y Subdelegado de Medicina del Dispensario Oficial Antivenéreo de Zaragoza22. Su texto fue alabado por ilustres colegas como Ricardo Lozano Monzón, Catedrático de Patología Quirúrgica de la Facultad de Medicina de Zaragoza, y Ricardo Royo Villanova, Catedrático de Patología Médica desde 1894 y Rector de la Universidad de Zaragoza entre 1913-1924 (Fernández Clemente, 1980-1987, tomo XI, pp. 2.936-2.937), que como prologuistas de su obra, no escatimaron en elogios al autor y su obra. Las distintas ediciones fueron impresas en Zaragoza, todas ellas con el mismo título a excepción de la tercera que lo hizo bajo el de El Manual del Auxiliar de Medicina y Cirugía. Una nueva denominación que se ajustaba, como deseaban los propios practicantes, a los cambios sufridos en su ejercicio profesional y que resolvía el problema de su identificación con titulaciones previas.La primera edición que comprende 1.128 páginas y 429 figuras, fue la más corta con dos tomos de poco más de un tamaño de cuarta. La segunda edición de 1.847 páginas y 572 figuras fue ampliada a cuatro tomos, tres con contenido didáctico y el último como apéndice al manual donde se recogieron los programas que se pedían en las distintas oposiciones de practicantes y enfermeras. (Los contenidos de las distintas ediciones se detallan en la Tabla 1). Contenido de las distintas ediciones de El Manual del Practicante. El objetivo de la obra fue proporcionar a los practicantes un manual no solo de formación de acuerdo al programa oficial de la carrera de 1902, sino también una guía para el ejercicio profesional y para la preparación de las oposiciones a los diferentes cuerpos e instituciones municipales, provinciales y nacionales. Como el propio título de la obra indica, los manuales se dedicaron principalmente a los practicantes pero desde la edición de 1922, se incluyó la figura de la enfermera que desde la creación de su título oficial en 1915, emergía y se consolidaba como la auxiliar femenina del médico23. Para conseguir con el objeto propuesto, el autor se sirvió de un lenguaje científico sencillo utilizando como método didáctico el analítico-sintético complementado solo en la edición de 1907, con un esquema-resumen al final de cada lección. Por tanto, no trataba de ser una obra erudita si no un tratado general para la formación y consulta esporádica y actualizada para el ejercicio profesional de los practicantes. Los contenidos eran claros, concisos y ordenados, evitando la repetición de la información y utilizando un notable número de figuras para facilitar la comprensión de las materias. Las fuentes para la elaboración de los manuales fueron los trabajos de los médicos y científicos contemporáneos más relevantes en el descubrimiento y evolución de los métodos y técnicas de tratamiento y diagnóstico. Aun cuando apenas hizo referencia explícita a obras concretas, proporcionó a sus alumnos conocimientos historiográficos de la ciencia médica y una cultura médica elemental24. El recibimiento y valoración de la obra fue realmente excelente en el ámbito de la Medicina. La Real Academia de Medicina de Madrid resaltó la actualización de los conocimientos recogidos en todo lo concerniente a la cirugía menor y Obstetricia, y la brillantez de la obra que superaba los fines propuestos por el autor. Para su prologuista Ricardo Lozano, el autor encontró el punto justo, el equilibrio, en los conocimientos que debían darse a los practicantes y les suministraba un libro de consulta apropiado para ellos, lejos de los de Medicina que les llevaba a la confusión. Unos sanitarios a los que no podía enseñarse las mismas cosas que a un médico o un cirujano ya que en sus palabras «el practicante carece de preparación suficiente para comprender ciertos problemas médicos y en ocasiones no posee ni aun esa prenoción vulgar que es requisito indispensable para enterarse de lo que se lee o escucha» 25. Evolución del contenido de las distintas ediciones del manual: el punto de inflexión de 1922 Las materias con mayor peso específico dentro de las cuatro ediciones de los manuales fueron, en este orden, las relacionadas con la Obstetricia, cirugía menor y Anatomía (y Fisiología). La primera de ellas, territorio tradicional de las matronas, conformó una parte esencial de la formación de los practicantes desde su autorización para la asistencia a los partos normales, ya que en su plan de estudios estos conocimientos representaron más de un tercio de su enseñanza. La significativa extensión de las otras dos restantes era esperable, la cirugía menor como nicho tradicional de los cirujanos de menor categoría, y la Anatomía como materia de conocimientos teóricos básicos para la formación de un sanitario eminentemente técnico y quirúrgico. En general si comparamos los conocimientos anatómicos, obstétricos y los prácticos de la cirugía menor junto con los relativos a la aplicación de apósitos, vendajes y la medicación tópica, apreciamos que difirieron muy poco en las distintas ediciones del manual. Centrándonos en el nicho clásico del practicante, la cirugía menor, en todas sus técnicas se solían exponer sistemáticamente los recursos y procedimientos tradicionales, avisar de sus inconvenientes, posibles complicaciones y recomendar el uso de los más novedosos, informándoles, principalmente, de su fundamento en la ciencia física (Ilustración 1). Esto sugiere que la línea aportada por Isabel Callejas y Consuelo Miqueo sobre la doble tradición masculina de la profesión de practicante de fines del siglo XIX, la empírica del cirujano y la médica docta de los cirujanos franceses, se siga percibiendo en los conocimientos que a este respecto se recogieron en este manual (Callejas y Miqueo, 2014). Posiciones del bisturí quirúrgico Fuente: Sáenz de Cenzano, Felipe (1922), Manual..., tomo II, p. Para la realización de estas técnicas de cirugía y de las curas, el practicante debía proveerse de sus instrumentos principales de trabajo. El contenido de su «bolsa quirúrgica», habitualmente de cuero, no se modificaría con el paso de los años, de instrumentos cortantes como bisturís, escalpelos, tijeras rectas y curvas, y cucharillas; instrumentos punzantes como agujas de sutura con mango y sin mango, agujas de ligadura, alfileres, lancetas de sangría, y trócares; instrumentos de presión como pinzas de disección, curación, hemostáticas, de garfios..., y tenáculos; instrumentos de reconocimiento como sondas, estiletes rectos, de espiral, de Nelaton y sonda acanalada; instrumentos para cumplir con las prescripciones médicas como ventosas, cauterios, jeringa de curación, de Pravat, de Roux..., e instrumentos auxiliares como portacaústicos, portalechinos, portaagujas, espátulas, separadores y navaja de rasurar (Ilustración 2). Para la asistencia a domicilio de los partos, el autor les recomendó portar siempre una bolsa distinta, la «obstétrica» que contuviera un tubo de pastillas de un gramo de sublimado y ergotina Ivon, un gramo de cornezuelo, una pastilla de jabón de sublimado, tubos de vaselina boricada al 3%, tubo de seda esterilizada, gasas antisépticas, tijeras rectas y curvas, jeringuilla de Pravaz, dos pinzas de forcipresión, una sonda de mujer, dos agujas de sutura, un cepillo de uñas, un limpiauñas y un termómetro26. La bolsa quirúrgica del practicante Fuente: Sáenz de Cenzano, Felipe (1907), El Manual del practicante, tomo II, pp. 5-30, y siguientes eds. En el conjunto de la obra de Sáenz de Cenzano, los cambios más significativos se presentaron entre la primera y la segunda edición. La edición de 1907 se ajustó fundamentalmente al contenido del plan de enseñanza de los practicantes de 1902 de perfil eminentemente técnico y la de 1922 destacó por incorporar importantes novedades que la dotaron de un perfil más clínico. La edición posterior de 1934, se amplió esencialmente en lo referente al diagnóstico y tratamiento de enfermedades en que el auxiliar intervenía de manera frecuente, y la de 1942 resultó ser un «calco» prácticamente idéntico a su predecesora. Las modificaciones de la edición de 1922 supusieron un punto de inflexión en la enseñanza de los practicantes en Zaragoza gracias a la incorporación fundamental de temas relacionados con la Patología General, Médica y Quirúrgica, y la Terapéutica. Unas materias que no se encontraban entre las legalmente establecidas en el plan de estudios de los practicantes y que intentaron acercarse a la realidad de su práctica asistencial que comprendía más territorios que el meramente quirúrgico, difundido a finales del XIX por El Practicante, producto intermedio entre manual y revista científica (Callejas y Miqueo, 2014). Estas enseñanzas que se asemejaban abreviadas a las establecidas para los cuatro años de los prácticos27, actualizaron el programa de enseñanza de los practicantes calificado por más de uno, como deficiente de acuerdo a las situaciones que debían abordar en su práctica profesional que superaban su formación fundamentalmente técnica. En nuestra revisión de los índices de los textos publicados para la enseñanza de los practicantes en España entre 1915 y 193028, tan solo hemos encontrado uno que hiciera incorporaciones similares en lo relativo a este tipo de conocimientos clínicos29. El Manual del Practicante y de Partos del Dr. Emilio Alonso García-Sierra en su tercera edición de 1915 incluyó conocimientos relativos a la Patología General y Quirúrgica, y en su ampliación de 1923, recogió unos conocimientos muy similares a los expuestos en los de Sáenz de Cenzano30. Por eso, la evolución de los conocimientos eminentemente técnicos en los que se socializaban los practicantes hacia otros más teóricos y clínicos, fue una necesidad a la que parece que sólo fueron sensibles dos profesores de la época, y que legislativamente tampoco se llegó a reflejar en un cambio significativo en su programa de docencia. Dentro del contexto internacional, consideramos que la figura europea más similar al practicante fue el officier de santé. Sin embargo, a pesar de la influencia que Francia tuvo en el modelo de organización sanitaria y universitaria en España, particularmente de la enseñanza de la Medicina, y ser aquella titulación de segunda clase a la cual se asemejaron las puestas en marcha en nuestro país, que finalizaron en la definitiva del practicante, una comparación de los manuales franceses con el que nos ocupa no resulta posible. Desde mediados del siglo XIX, el número de estos médecins de deuxième disminuyó y prácticamente desapareció tras la Ley del 30/11/1892 que unificó a todos los médicos y suprimió la titulación de officier y doctor en Cirugía (Neville Bonner, 1995, pp. 283-289). En el manual del profesor de Zaragoza, el aprendizaje sobre las enfermedades se basó en la conceptualización de salud, etiología y las diferencias entre síntoma y signo. Se les instruyó en las partes del acto médico y sus medios exploratorios a través del interrogatorio, inspección, mensuración, palpación, percusión y auscultación, y de determinados aparatos y técnicas como el termómetro o el microscopio explicando las diferencias entre lo normal y lo patológico (Ilustración 3). Para facilitar la comprensión de los diferentes síntomas o enfermedades diagnosticadas por el médico, en la edición de 1934 se les familiarizó con la construcción organopática de sus denominaciones con dos partículas: el órgano afectado más la suma de distintos prefijos y sufijos (itis, -algia o hidro-, hiper-...)31. Auscultación y sonidos pulmonares en el Manual del Practicante Para cada medio exploratorio el autor glosó la historia de su descubridor, sus técnicas y los significados de algunas de sus modificaciones más importantes como anormalidades patológicas de diferente orden y afectación orgánica. Para el termómetro se les enseñaba su utilidad, los tipos existentes (centígrado, Reaumur, Fahrenheit), los valores compatibles con la vida, los movimientos fisiológicos de la temperatura según las horas del día, la conversión de unas unidades a otras según el termómetro utilizado, las zonas y horas dónde tomarlas y sus diferencias, y el modo de proceder en su registro. Para servir como ayudante del médico, se les formó en la técnica y funcionamiento del aparato de RX y del microscopio mediante una descripción detallada. Para este último se les explicaba sus partes, lentes, objetivos..., ligeramente la técnica de enfoque y con mayor detenimiento, los colorantes más usados (violeta de genciana, azul de metileno...) y la buena y correcta limpieza del aparato32. El auge en nuestro país de la medicina de laboratorio y la progresiva institucionalización de la Higiene Pública que se materializó en la creación de la Brigada Central en 1920, y en posteriores instituciones como Institutos Provinciales de Higiene o Laboratorios Bacteriológicos (Barona Vilar, 2006, pp. 95-120), propicio la incorporación de nuevos espacios de trabajo para el practicante. Este nuevo paradigma de la interpretación del proceso de enfermar que modificaba la profilaxis y terapéutica de determinadas enfermedades, aumentó la necesidad de auxiliares doctos en la recogida de los diferentes tipos de muestras y fómites, el manejo básico del microscopio y su mantenimiento, así como en el uso y manejo de la técnica de la desinfección como medida preventiva contra la propagación de enfermedades infecciosas (estufas, cubas de inmersión, estaciones de desratización y despiojamiento...). Para ello desde 1922, la instrucción del practicante se complementó con nociones generales sobre este tipo de enfermedades, que aun siendo de tratamiento médico, era necesario que conociera los cuidados y precauciones generales que debía adoptar (aislamiento, dietas,...)33. La importancia de la prevención de las enfermedades con hábitos higiénicos individuales y familiares, produjo la incorporación en esta segunda edición de algunos conocimientos relativos a la rama de la Higiene de la Medicina. Se sintetizaron hábitos higiénicos para la prevención de las enfermedades y conservación de la salud siguiendo el patrón utilizado por la generalidad de los autores del momento que atendía a los agentes externos al organismo o circunfusa (atmósfera-habitaciones), aplicata (vestido), ingesta (alimentos y bebidas), excreta, y los sentidos (percepta)34. En las ediciones de 1934 y 1942, estos conocimientos fueron ampliados ligeramente incorporando medidas higiénicas para los hospitales y los cementerios35. La novedad de incorporar en 1922 conocimientos relativos a la Patología Médica y Quirúrgica tuvo el objetivo fundamental, sin duda, de que el practicante dispusiera de una guía con nociones nosográficas y semiológicas básicas para el diagnóstico y tratamiento, solo o mientras el médico llegase, de enfermedades de poca importancia o infecciosas de escasa contagiosidad, así como para la asistencia de procesos urgentes como cólicos intestinales, laringitis catarral aguda, asma, cistitis, panadizos, quistes, forúnculos o anginas de pecho, delirios y catalepsias. En este sentido, se le instruyó en un cierto número de técnicas exploratorias que se concretaron por aparatos y enfermedades específicas (examen de las heces, recto, de los reflejos, del jugo gástrico, o el examen ocular de los esputos). De esta manera en las localidades donde no hubiera médico y se presentaran enfermedades de escasa importancia, contagiosidad o que requiriesen de un tratamiento urgente, el practicante estaría capacitado o dispondría de los conocimientos necesarios, para actuar sin avisarle o mientras llegaba. Sin embargo cuando se complicaran o sus procesos se escaparan a los conocimientos y habilidades de los practicantes, debían pasar a manos de los médicos36. Evidentemente estos conocimientos sobre Patología Médica distaron tremendamente de los exigidos a los alumnos de Medicina en los tres cursos del programa de Patología y Clínica Médicas, que el Catedrático Ricardo Royo Villanova impartía en 1924 en la Facultad de Medicina de Zaragoza. El programa médico constaba de 274 lecciones de las que tomaremos como muestra las dedicadas a las enfermedades del sistema nervioso para significar las diferencias entre los conocimientos recogidos en él y los dados a los practicantes. Para estos últimos, la patología referente a estas enfermedades comprendía un total de 21 procesos cuyo desarrollo comprendía fundamentalmente la descripción y signos y síntomas de cada enfermedad con una extensión media de una a dos páginas (total, 25 páginas). Para los estudiantes de Medicina, estas enfermedades representaban la totalidad de su tercer curso de Patología con 81 lecciones que abarcaban las afecciones cerebrales, del istmo del encéfalo, del cerebelo, bulbo, médula espinal, sistema simpático, nervios periféricos, y neuropatías globales neuromiopatías y neurosteofibroartropatías37. En El Manual del Practicante, los conocimientos en torno a la Patología Médica y Quirúrgica se complementaron con los referentes a su terapéutica. Las enseñanzas se basaron en el conocimiento básico de los medios que los practicantes (y enfermeras) podían poner en práctica para la atención de casos urgentes, aliviar al enfermo mientras llegase el médico y para aquéllos que no precisasen de su presencia38. Las primeras páginas de la parte de la Terapéutica se dedicaron a la explicación de nociones relativas a la farmacoterapia como las partes de una receta, formas medicamentosas, posología, pesas y medidas. Aunque el practicante no estaba autorizado para formular, el autor puntualizó que debía poseer estos conocimientos porque en los casos excepcionales de enfermedad o ausencia del farmacéutico, tendría que hacerse cargo del despacho de la farmacia. Los practicantes debían aprender la determinación de la posología o dosis normal de un medicamento mediante la utilización de la tabla de Gaubins o las fórmulas de Troitzky o Bolognini, que atienden a la edad del enfermo.39 Desde la edición de 1934, incluso se amplió de manera importante la parte dedicada a las formas medicamentosas y los ingredientes, técnicas y métodos para la preparación de algunas fórmulas magistrales40. Otra de las incorporaciones más novedosas fue la de la medicación farmacológica con efectos generales y de administración por vía oral. Los practicantes recibieron conocimientos sobre los medicamentos de uso más frecuente para que conocieran sus efectos ya bien porque ellos mismos los administrasen o para observarlos si la prescripción del fármaco había sido realizada por el médico. Se les explicaban las indicaciones de medicamentos como diuréticos, calmantes, hipnóticos o purgantes, sus efectos, dosis habituales, modo de administración, y efectos colaterales, si es que los había41. En la edición de 1934, se amplió el arsenal terapéutico del practicante (y la enfermera) con vasodilatadores, fármacos que actuaban sobre la nutrición y el aparato genital, antitérmicos, antisépticos, medicación opoterápica y quimioterápicos42. Tal vez, una de las aportaciones más prácticas y útiles para el manejo del manual como guía para el ejercicio profesional del practicante fue la de un formulario que recogía las consideradas mejores «recetas» para el tratamiento de un buen número de las enfermedades y procesos tratados en la patología médica, infecciosa, atención urgente a los accidentados, a las embarazadas y al recién nacido43. Una relación por orden alfabético al estilo de la realizada en el Compendio Médico de 1867 para los facultativos de segunda clase44, que nos permite dibujar con mayor nitidez cuáles fueron los casos que con más frecuencia los practicantes (y las enfermeras) debían atender estando solos, o mientras se personaba el médico. Este anexo al manual puede indicar que el practicante llegara a recetar en esos procesos y en los urgentes, al menos en las ocasiones en las que se encontrara solo para la asistencia sanitaria en un pueblo. Además en las páginas de la revista El Practicante Aragonés, se recogieron las reivindicaciones que los practicantes rurales de Aragón manifestaron por conseguir la legalización de una práctica que desempeñaban en la periferia legal. Sus solicitudes sobre la ampliación de sus atribuciones se circunscribieron a la facultad de aplicar fórmulas de medicina y cirugía menor en casos banales, ya que además en los pueblos donde no había medico, tenía que encargarse de la asistencia al enfermo fuera cual fuese su enfermedad (interna-externa) y se veían obligados a recetar «por caridad» 45. El gobierno de la enseñanza y la autoría de los manuales por parte de los médicos eran esperables en una ocupación con un rol de apoyo, auxiliar y de cumplimiento técnico de las prescripciones médicas. Por ello, los conocimientos y técnicas en los que se socializaron los practicantes fueron deudores de los avances de la disciplina médica de la época46. El monopolio tecnológico del practicante se estructuró fundamentalmente sobre las actividades o prácticas sanitarias que se derivaban de su formación en cirugía menor, apósitos, vendajes, y posteriormente de la Obstetricia y la asepsia/antisepsia (técnicas de laboratorio y desinfección). Este último fue un campo de conocimientos que legitimó al practicante desde 1921 para el desempeño de su rol como auxiliar de laboratorio y del Inspector médico municipal. El territorio de la Obstetricia presentó variaciones a lo largo del tiempo, existieron periodos en los que se les formó oficialmente quedando su ejercicio laboral restringido a localidades concretas, y periodos en los que esta formación no se recogió entre las mínimas que debía recibir el practicante. A pesar de ello, su enseñanza continuó por iniciativa de profesores como Sáenz de Cenzano al igual que ocurrió con el arte del dentista, a pesar de ser una titulación independiente del practicante desde 1877. Tras la revisión de los textos del profesor de Zaragoza y siguiendo los supuestos de la perspectiva interaccionista de la sociología que teorizan que los marcos concretos de trabajo determinan las prácticas de sus individuos, estas divergencias se ponen de manifiesto configurando dos imágenes distintas del practicante según el ámbito de su asistencia urbana y rural. De tal manera que podemos hablar de una profesión y dos escenarios laborales distintos, la ciudad y el pueblo. En la ciudad, en el medio hospitalario y ambulatorio organizado alrededor de la figura del médico, su rol se puede sintetizar en el de ser el «brazo ejecutor» de las prescripciones facultativas y en el tradicional de un cirujano menor, en cuanto a ayudante para las curas y operaciones de mayor envergadura. Con el avance de las técnicas de diagnóstico y tratamiento, sus competencias se fueron ampliando a las de ayudante de laboratorio y perito en la administración de nuevas terapias. En el ámbito rural, la difícil situación económica de muchos municipios condicionó que pequeñas localidades se proveyeran solo de un practicante. Este sanitario aunque bajo la dirección del médico del partido debía asistir, en solitario, un amplio abanico de procesos y enfermedades internas más o menos banales, además de las quirúrgicas y auxiliares propias. Por tanto, nuestra hipótesis es que el papel del practicante se asemejó al desempeñado por los cirujanos del siglo XVIII y posteriormente, por los médicos de segunda clase en la Europa decimonónica. En España, como apuntaba Agustín Albarracín Teulón, la aparición del título de Cirujano-Sangrador en 1827 y el posterior en 1843 de Práctico en el arte de curar, fueron los primeros remedios que al estilo francés se intentaron poner en marcha para cubrir las necesidades de medicalización de los pueblos y de las clases pobres de la sociedad (Albarracín Teulón, 1985). En comparación con ellos, la titulación definitiva del practicante parece ser una síntesis de ambos roles profesionales en el desiderátum del profesor Sáenz de Cenzano. Un rol que en este ámbito pudo estar ejerciendo desde su creación ya que la falta de médicos-cirujanos habilitados o cirujanos puros, favoreció que en medio rural desempeñaran todo «género de medicina y cirugía». En general, los conocimientos, valores y técnicas en los que se socializaban los practicantes presentaron divergencias entre las competencias que les atribuían y las legalmente establecidas, que fueron siempre más restrictivas. Desde edición de 1922 el Manual del Practicante de Sáenz de Cenzano, amplió «extra-oficialmente» los conocimientos recogidos en el programa de enseñanza de los practicantes de 1902 y el R. D. de 1921, con el objeto de acercarse a la realidad de la práctica asistencial de estos sanitarios que comprendía más territorios que el meramente quirúrgico. De manera particular, se significan estas divergencias en el ejercicio del practicante en el medio rural, al presentarse dos marcos bien distintos, el «autónomo» y el auxiliar del médico, cuestionando la normativa legal. El practicante tuvo que «moverse» con cautela entre el cumplimiento moral de la asistencia al enfermo y la virtud de no sobrepasar unos límites que a través de manuales como el Dr. Sáenz de Cenzano, establecía el propio médico basados en el respeto, la prudencia y la precaución.
Medicina fisiológica, herbolaria local y régimen moral Este artículo analiza los pilares que sostuvieron la práctica terapéutica en Yucatán para tratar a los enfermos de cólera durante los brotes registrados antes del descubrimiento de su etiología bacteriana, uno en 1833 y otro en 1853. Debido en parte a una importante evolución del pensamiento médico-científico y a la divulgación de los principios del positivismo, en esta época se vivió un profundo proceso de transformación que significó, entre otras cosas, nuevas percepciones sobre la enfermedad y esquemas distintos a los coloniales para afrontar las emergencias y procurar la salud pública. Sin embargo, ante la falta de consensos en cuanto al origen del cólera y sus medios de propagación, el gobierno estatal promovió la difusión de diferentes técnicas terapéuticas empleadas en Europa o Estados Unidos, que se sumaron al conocimiento local respecto al empleo medicinal de la herbolaria, retomando también antiguas ideas sobre la incidencia de las conductas morales individuales en la propensión al contagio y eventualmente a la muerte. El 16 de julio de 1833, Nicolás Uc, cacique del poblado maya de Nohcacab, escribió al gobernador del estado de Yucatán, México, que desde hacía diez días sufrían «el temible mal devorador nominado cólera» y que a pesar de haber tomado todas las medidas para impedir su voracidad y marcha, contaban ya varios contagiados y muertos. El alcalde del pueblo de Baca aseguró que en tan sólo tres días habían fallecido 29 personas por el mismo mal, observando que algunos «con sólo asistir a la agonía del atacado caen muertos sin esperanza de remedio». Las autoridades de Hunucmá afirmaron que a las haciendas de su jurisdicción el mal se había extendido «con toda su fuerza desoladora» sin poder saber el número exacto de muertos, porque «los mayordomos que tenían la orden de mandar diariamente las listas de los que han enterrado en sus respectivas haciendas, han sido casi los primeros que han fallecido»1. En efecto, de su origen asiático el cólera morbus llegó a Yucatán en 1833. Inauguró una nueva ruta de entrada a México en cuanto a microbios se refiere pues no llegó directamente desde Europa ni desembarcó en Veracruz, sino que procedente de Nueva Orleans descendió en el puerto de Campeche, también entrando al país a pie, por la frontera norte2. Se trataba de una nueva patología en México. Los habitantes de Yucatán, como los de América y Europa, tenían breves noticias sobre sus efectos, desarrollo y desenlace. Tras la experiencia vivida en 1833, en 1853 la región enfrentó un nuevo azote de la misma enfermedad, ahora esparcida por tropas federalistas disidentes e indígenas sublevados de la Guerra de Castas3 El contexto político y social en el que se vivieron estas dos epidemias fue particularmente convulso para Yucatán. Tras la declaración de Independencia, durante toda la primera mitad del siglo XIX, el estado vivió conflictos sucesivos entre federalistas y centralistas, experimentó varios sistemas de gobierno, revisó sus relaciones con la República, renovó su marco institucional, promulgó tres textos constitucionales (1825, 1841, 1850), sin solventar los problemas sociales que estallaron con la sublevación indígena de 1847 que duró varias décadas. Por otro lado, también hubo una paulatina secularización de distintos ámbitos de la sociedad, dejando atrás el dominio de la Iglesia sobre muchos aspectos sociales, económicos y políticos, entre ellos las explicaciones sobre las enfermedades y el manejo de las emergencias epidémicas. Quizá por el vínculo inestable con la federación y el continuo enfrentamiento político entre facciones referido líneas antes, los inicios de la profesionalización de la medicina en Yucatán, con la fundación de la Escuela de Medicina el 10 de junio de 1833, no se hicieron eco de la reforma en la educación emprendida por el vicepresidente Valentín Gómez Frías que llevó a la fundación del Establecimiento de Ciencias Médicas en octubre de 1833 (Rodríguez de Romo, 2000, p. En la educación médica, se rompió con moldes tradicionales tomando como referencia a la Escuela de Medicina de París, cuyo modelo biológico lesional planteaba a la enfermedad como una alteración funcional de los órganos del cuerpo humano. En consecuencia, en el nuevo plan de estudios la anatomía y fisiología cobraron gran relevancia, y la cirugía se unió con la medicina para formar las «ciencias médicas» (Rodríguez de Romo, 2000, pp. 217-217; Rodriguez, 2001, p. Sin embargo, Yucatán no tuvo que «romper» con antiguos modelos en la educación médica, porque no había tal antes de 1833, y los médicos que ejercían su profesión desde finales del siglo XVIII habían sido formados precisamente en la Escuela de París. El primer programa de estudios en Yucatán incluyó anatomía, fisiología, patología y medicina operatoria, entre otras cátedras, replicando las ideas médicas vigentes en Francia, pero conservando las cátedras de Prima y Vísperas que en otras partes se habían suprimido (Erosa Barbachano, 1997, p. Tras su apertura, la Escuela de Medicina en el estado continuó con el mismo plan de estudios en medio de dos epidemias de cólera (1833 y 1853), continuos enfrentamientos entre facciones políticas y el estallido del conflicto armado conocido como la Guerra de Castas en 1847. No fue hasta 1869 que en Yucatán se promulgó la ley de Instrucción Pública del Estado y con ello se creó la Escuela Especial de Medicina, Cirugía y Farmacia, más acorde con la reforma emprendida décadas antes a nivel nacional (Erosa, 1997, p. Este artículo analiza los pilares que sostuvieron la práctica terapéutica en Yucatán para tratar a los enfermos de cólera durante las epidemias registradas antes del descubrimiento de su etiología bacteriana4. Se presiguen tres objetivos: 1) mostrar la compleja interrelación entre ideas y prácticas médicas a partir del estudio de la terapéutica; 2) considerar la base lógica de los tratamientos, y distinguir el papel de conocimiento y especies locales en el tratamiento de enfermedades; 3) revelar en qué medida las ideas científicas y médicas europeas incidieron en el proceso salud/enfermedad/atención, en una provincia de México con una fuerte tradición en medicina indígena. Se parte de una perspectiva de Historia Social que permite, a través de un enfoque relacional, comprender la imbricación, adaptación y transformación de distintos sectores de la sociedad, con sus propias prácticas e ideas relativas a la salud, pero vinculados coyunturalmente a través de las epidemias de cólera. De la antropología médica se retoma la noción del proceso salud/enfermedad/atención como un constructo histórico que se desarrolla y transforma en un espacio-tiempo determinado, profundamente vinculado con la vida de un colectivo, sus prácticas culturales y formas de percibir el mundo (Menéndez, 1981, pp. 12-13; Rosen, 2005, p. En este proceso, los colectivos sociales acuden a diferentes «modelos, saberes y formas de atención y prevención de los padecimientos» con distintas técnicas diagnósticas y variados tipos de tratamiento y estrategias de curación (Menéndez, 2009, p.25) Pero esta coexistencia es dinámica, pues al entrar en contacto y relacionarse se modifican constantemente mediante la síntesis de concepciones y prácticas derivadas de diferentes saberes (Menéndez, 1994, pp. 72, 74; Campos-Navarro, 1997, p. Para desarrollar los objetivos propuestos, se acudió a fuentes primarias como literatura médica de la época, folletería, hemerografía y manuscritos en archivos locales. Se privilegió un tipo de selección y lectura que no se restringiera a Yucatán sino que permitiera ubicar al estado en contextos nacional e internacional, reconociendo distintos modelos y saberes, su difusión y concreción a nivel local. LA MEDICINA FISIOLÓGICA COMO ESQUELETO DE LA TERAPÉUTICA Desde la temprana época colonial, a Yucatán llegaron de Europa virus y bacterias lo mismo que ideas sobre el origen de las patologías, explicaciones sobre el funcionamiento de los órganos del cuerpo y prácticas médicas para conservar la salud y combatir la enfermedad. Las muy antiguas teorías humorales llegaron a América con los colonizadores españoles, y su aparente correspondencia con prácticas médicas de tradición indígena ha sido ampliamente discutida por distintos autores (Foster, 1987; Pérez-Tamayo, 1988, t. Cuando el cólera apareció por primera vez en Europa, era tan ininteligible como lo fue la peste cinco siglos antes, y los recursos teóricos y prácticos de los médicos eran los mismos que los de sus predecesores medievales (Rosenberg, 1962, p. Pero si bien el saber epidemiológico cambió poco desde tiempos hipocráticos, a partir del Renacimiento —y más en la primera mitad del siglo XIX— los médicos adoptaron nuevas actitudes: pusieron mayor atención en saber en qué consiste el hecho de la enfermedad epidémica y buscaron combatir y prevenir el morbo con recursos nuevos (Laín Entralgo, 1978, p. Desde su primera aparición en Europa en 1832 y hasta antes del descubrimiento de su etiología bacteriana, prevaleció la noción de que el origen del cólera (como de otras enfermedades epidémicas) se encontraba en un veneno o fermento transmitido por contacto directo con personas u objetos infectados, o a través de la atmósfera6. Los primeros en formular el concepto de «miasmas» como portadores de enfermedades epidémicas fueron Hipócrates y Galeno, idea relacionada con una constitución epidémica de la atmósfera corrompida por el clima u otras influencias atmosféricas o astronómicas (Baldwin, 2004, p. Este paradigma constituyó el eje del conocimiento epidemiológico hasta ya entrado el siglo XIX. Los miasmas se definían como «las partículas pútridas surgidas del fondo de la tierra que entran en contacto con el aire», o un «efluvio maligno que exhalan algunos cuerpos enfermos y generalmente las aguas corrompidas o estancadas» (Diario General, 1832, p. Se pensaba que al entrar en contacto con mucosas, poros o piel, o por ingestión directa o indirecta, los miasmas podían provocar un desbalance interno de humores y afectar a los órganos del cuerpo humano. Estas ideas se sostenían a partir de aprensiones empíricas sobre el vínculo entre sitios fétidos y epidemias; especialmente frente al cólera que evidenciaba su asociación con aguas contaminadas, basura y excretas humanas (Rivals, 1834, p. En la prensa yucateca se tomó como ejemplo grandes urbes europeas como París, donde calles enteras como la contaminada Rue de la Mortellerie se habían contagiado de cólera en poco tiempo. Según el semanario El Baluarte, la suciedad de aquellas calles no era comparable con la que había en algunos rincones de la ciudad de Mérida, como en la calle Tiburcio que arrojaba incesantemente «miasmas mortíferos», de suerte que popularmente se le conocía como la calle «Tiburcio cloaca» 7. También se pensaba que los cuerpos enfermos o muertos eran igualmente metíficos; los primeros por sus desechos y emanaciones (eructos, borborigmos, ventosidades, vómitos, diarreas, etc.), y los últimos por su olorosa descomposición orgánica (Corbin, 1987, pp. 10, 28). El clima también era considerado como otra fuente de emanación de miasmas, especialmente donde había calor, humedad, pantanos, orillas de ciénagas o lagos8. Para la prevención, estas ideas fueron particularmente importantes porque a fin de evitar la extensión y voracidad de la epidemia, se buscó eliminar los focos de emanación de miasmas mediante la higiene, y evitar su transmisión a través del aislamiento o la purificación del aire (Rosenberg, 1962, pp. 72-73; Cipolla, 1993, pp. 18-19)9. Con este marco de ideas las autoridades enfrentaron en buena parte del siglo XIX epidemias como viruela, fiebre amarilla y cólera10. La teoría miasmática convivió muchos siglos con la teoría humoral, pues la primera buscaba explicar la manera en que una enfermedad se transmitía entre la población, convirtiéndose en epidémica, y la segunda en el daño que causaba en el cuerpo el desequilibrio de humores. La teoría humoral sobrevivió por más de catorce siglos revestida bajo diferentes disfraces pero conservando su estructura lógica. Constó de dos postulados básicos: a) el cuerpo humano está formado por un número variable pero finito de líquidos o humores diferentes; b) la salud es el equilibrio de los humores, y la enfermedad es el predominio de algunos de ellos. Los principales humores eran sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra: cuando cierto humor disminuye su concentración, los síntomas corresponden a la ausencia de algo como sensación de vacío, mareo, pérdida de peso, etc.; el exceso o acumulación de cualquiera de los humores provocaba dolor, congestión o irritación. Esta teoría, además, postuló la existencia de un calor interno localizado en el ventrículo izquierdo del corazón, necesario al cuerpo para derivar los cuatro humores de los alimentos, mantenerlos en movimiento y conservar el equilibrio entre ellos (Pérez-Tamayo, 1988, t. El término con el que se designó al cólera tenía implícita la idea de la constitución humoral del cuerpo humano, compuesto por la locución latina morbus que significaba enfermedad y la voz griega chole que refería bilis. La teoría humoral convivió con el desarrollo de la fisiología, entendida a partir del siglo XVIII como «el estudio científico de los movimientos y las funciones de los seres vivientes». El organismo se concebía como una composición de formas que integraban un «sistema móvil», y el movimiento de cada una de sus partes como un desplazamiento local. Por ello, la anatomía era una disciplina previa y distinta a la fisiología; era el estudio de las formas del organismo. La forma configuraba la función, y la función era el desplazamiento de la forma en el espacio; la fisiología se explicaba como una suerte de «anatomía impulsada» (Laín Entralgo, 1978, pp. 275-276). En este marco de ideas, la enfermedad se entendía como un «desorden morboso del mecanismo que parece ser el cuerpo humano»; desorden de movimientos. Esa fue la definición de la patología llamada «iatromecánica»; para la cual la enfermedad era una disposición anómala de las fibras del organismo y de las relaciones mecánicas de éstas con los fluidos orgánicos. Así, el método anatomoclínico adquirió relevancia, ya que la lesión anatómica se convirtió en la clave para un diagnóstico y el fundamento de toda la patología (Laín Entralgo, 1978, pp. 286, 320-322). 334) postula que mientras la iatromecánica fue un fenómeno de mayor difusión en los países católicos de Europa, la iatroquímica se desarrolló en los países protestantes. Sin embargo, para la primera mitad del siglo XIX la fisiología a nivel general registró una síntesis de ambos paradigmas, mezclada con importantes novedades empíricas de la anatomopatología (Laín Entralgo, 1978, pp. 325, 337). La iatroquímica surgió a partir de la introducción en la medicina de nociones químico cualitativas. Los primeros iatroquímicos fueron anatomistas y anatomopatólogos defensores de la circulación sanguínea. Sus nociones sobre la estructura y dinámica de la materia viva se urdieron con las ideas de Paracelso sobre la fermentación y lo volátil. La fisiología iatroquímica tomó la fermentatio como una interpretación química de los procesos digestivos y la circulación de la sangre, conviertiéndola en un concepto clave para entender las formas biológicas sustanciales. De esta manera, se explicó que la digestión es una actividad fisiológica fermentativa y, por tanto, química, teniendo como agentes principales a la saliva, la bilis y el jugo pancreático (Laín Entralgo, 1978, p. En el siglo XIX la fisiología alcanzó su «mayoría de edad», convirtiéndose en la segunda «ciencia básica» de la medicina, precedida sólo por la anatomía. Entre 1800 y 1850 la fisiología francesa fue vitalista; es decir, estableció la diferencia entre lo viviente y lo no viviente sobre la hipótesis de la existencia de un principio vital, entendido como una fuerza específica (química o mecánica) activa en los seres vivos y superior a las fuerzas de la naturaleza. Se postuló que esta fuerza vital era común a todos los seres vivos, y así la patología vitalista francesa explicaba que el movimiento del cuerpo y sus partes –regido por una fuerza interna— se veía amenazado por fuerzas externas (como miasmas). En este marco, el médico francés Joseph Victor Broussais propuso una «medicina fisiológica» basada en el concepto de «irritación». A partir de la afirmación anatomopatológica de que en casi todos los cadáveres era posible hallar lesiones de gastroenteritis, planteó la existencia de una irritación anormal del tubo digestivo provocada por causas externas (agua, frío, calor, fuego, etc.), causando una abundancia extraordinaria de sangre (hiperemia), gastroenteritis primaria y un consecuente daño generalizado por simpatía en otras partes del organismo. Desde esta perspectiva, la patología no era extraña al funcionamiento del ser vivo, pues los síntomas eran «el grito de dolor de los órganos sufrientes» (Arquiola, 1992, pp. 203-206). Al reducir todas las enfermedades a un proceso de irritación, particularmente de la mucosa gastrointestinal, Broussais propuso una práctica terapéutica contundente para casi todos los padecimientos, incluyendo al cólera (Broussais, 1832). Su tratamiento se basaba en un régimen antiflogístico a partir de debilitantes, principalmente la flebotomía (Rolleston, 1939, p. Algunos historiadores consideran que, en toda la historia de la terapéutica, no existe un capítulo más grotesco que el del tratamiento del cólera: al vómito persistente se administraban vomitivos, se exacerbaba la diarrea con purgantes y se practicaban sangrías a pacientes debilitados que necesitaban sangre (Howard-Jones, 1972, p. 467); pero también se difundió por América entre 1820 y 1840, y su impacto fue sustancial en las terapéuticas empleadas para tratar a los enfermos de cólera durante casi todo el siglo XIX (Miqueo, 1987, p. Las hipótesis y prácticas médicas desarrolladas en Francia llegaron a Yucatán por medio de médicos que se formaron ahí y llegaron a ejercer en el estado desde los primeros años del siglo XIX, formando nuevas generaciones de facultativos e influyendo de formas decisivas en las nuevas políticas de salud pública gestadas al amparo de los gobiernos liberales. Destaca el Dr. Alejo Dancourt, originario de Francia y titulado en Medicina por la Escuela de París, que llegó a Mérida en 1802; dos años después fue designado «conservador» de la vacuna antivariolosa de la recién fundada Junta Provincial de Vacunación y más tarde fungió como rector de la Universidad (Erosa, 1997, pp. 22-23). En 1832 fue nombrado, junto con otros médicos, miembro de la Comisión Permanente de la Junta de Sanidad del Estado, que un año después sería la entidad responsable por dirigir la política de salud pública para enfrentar la pandemia del cólera11. Sobresale también el Dr. Ignacio Vado Lugo, originario de Guatemala, quien después de haberse graduado también en París llegó a Yucatán en 1833 donde pronto se involucró en las tareas de prevención contra el cólera y luego en la atención a enfermos; paralelamente participó como director de la recién fundada escuela de medicina12. En 1853, después de haber redactado un método curativo contra el cólera morbus, falleció de esta enfermedad (Osorio y Carvajal, 1977, p. En efecto, cuando se vivió la primera epidemia de cólera en el estado, muchos de los facultativos que tenían permiso oficial para ejercer la profesión médica se habían formado en Europa, cuando más auge tenía la propuesta de la Medicina Fisiológica del Dr. F.J.V. Broussais. Consecuentemente, los médicos en Yucatán siguieron dos tipos generales de tratamiento: revulsivos y antiflogísticos. Ambos buscaban reestablecer la proporción de los humores y revertir los efectos dañinos de este supuesto desequilibrio en órganos específicos, como la irritación. Dentro de los tratamientos revulsivos, se cuentan vomitivos, lavativas y purgantes; en teoría estos procedimientos tenían la cualidad de eliminar los humores que se encontraban en exceso13. Las terapias antiflogísticas buscaban disminuir la irritación patológica. Su principal técnica era la flebotomía, basándose en la idea de que la circulación normal de la sangre mantenía la digestión activa y las evacuaciones normales, en tanto que una variación (provocada por una alteración de los humores) tenía el efecto de irritar el estómago, provocando espasmos y dañando al resto de los órganos internos (Pérez-Tamayo, 1988, t.2, p. El de barberos/sangradores o flebotomistas era un oficio característico de la práctica empírica de la medicina desde siglos anteriores, y trabajaban como artesanos que entre otras cosas sacaban muelas, ponían ventosas y realizaban sangrías (Amezcua, 1997, pp. 31-36; Ortiz, 2004, pp. 35-38; Expósito, 2011, pp. 32-38). Durante las dos epidemias de cólera, en 1833 y 1853, el gobierno yucateco a través de la Junta General de Sanidad contrató «sangradores» o «barberos inteligentes» que se encargaran de aplicar ventosas y sangrar a los enfermos. Esta Junta tenía una nómina vigente de flebotómanos, de donde se eligieron los que se consideraban «más diestros» para realizar curaciones14. El 14 de julio de 1833, el cabildo de Mérida convino el reclutamiento sangradores de los cuales nombró uno para el servicio de cada hospital provisional (cuatro en total) y otros tantos que atendieran el centro, turnándose semanalmente por grupos de cuatro. Se les autorizó un pago mensual de 10 pesos y su principal obligación era aplicar sangrías a los enfermos de cólera15. En caso de que tuvieran que salir durante su turno, debían fijar carteles en las puertas de sus casas, a fin de que se les ubicara en todo momento16. La manera específica en que debían realizar las curaciones era indicada por los facultativos autorizados por la Junta General de Sanidad; para la epidemia de 1853, por ejemplo, el Dr. Ignacio Vado indicó sangrías de 12 onzas para cuerpos robustos (Vado, 1853). En el siglo XIX la flebotomía se hacía empleando básicamente tres técnicas: incisiones en venas o arterias, aplicación de sanguijuelas y ventosas. Las sangrías realizadas quirúrgicamente, hacían incisiones en dos venas: la yugular derecha para enfermedades consideradas «internas», y la izquierda para las «externas». Dependiendo del órgano que se quisiera curar, los cortes se realizaban en cabeza, cara y cuello; extremidades superiores y vientre; o extremidades inferiores (Fernández, 1794, pp. 141-143). Específicamente para el cólera, los cortes eran en el brazo17. Las ventosas se consideraban un método menos agresivo que las escarificaciones en venas. A su favor se afirmaba que «no son peligrosas y su efecto es prontísimo», por lo que se practicaban cuando las sangrías se contraindicaban por la debilidad extrema del paciente. Se sostenía que su efecto curativo se debía a que «extraen una parte de la superabundante sangre y la atraen a la parte que se desea». El procedimiento finalizaba con una pequeña incisión para extraer el humor acumulado. Se podía aplicar en cualquier parte del cuerpo, dependiendo del sitio que se quisiera sanar (Fernández, 1794, pp. 148-155). Otra forma de extraer sangre del cuerpo era mediante la aplicación de sanguijuelas18. Este hectoparásito, como huésped, se alimenta de la sangre de otro animal al que se adhiere mediante una ventosa y, mientras succiona su sangre, segrega anticoagulantes, vasodilatadores y anestésicos (Vera, Blu y Torres, 2005). Las sanguijuelas de uso medicinal debían reunir ciertas características para evitar aquellas ponzoñosas, como que se hubieran criado en agua dulce y corriente; que fueran delgadas y largas, de cabeza pequeña, color del dorso verde con rayas amarillas y el vientre encarnado; de esas se seleccionaban las más pequeñas. No obstante, se entendía que «aún estas tienen siempre algo de veneno», por lo que debían tenerse en un frasco de vidrio desde dos o tres meses antes de ser aplicadas, cambiándoles constantemente el agua para que de esa forma quedaran «purificadas». Unas horas antes de usarse se sacaban del agua para que, hambrientas, se adhirieran al cuerpo con más fuerza (Fernández, 1794, pp. 162-163). El empleo de sanguijuelas fue muy extendido en la medicina pre-pasteuriana, especialmente en la primera mitad del siglo XIX con el auge de la «medicina fisiológica». En consecuencia, las poblaciones naturales de sanguijuelas se vieron fuertemente mermadas, particularmente en Inglaterra y Francia. Para satisfacer la demanda creciente, se exportaron grandes cantidades de sanguijuelas de un país a otro, tanto que en 1823 Inglaterra dictó normas para controlar su tráfico; Rusia, por su parte, estableció temporadas de colectas para evitar su extinción (Buzzi, 1968, p. En México las sanguijuelas también fueron muy utilizadas en el siglo XIX19. En los escritos médicos mexicanos de esta época se registran especies procedentes del Valle de México, Querétaro, Tehuacán y del pueblo de Ixmiquilpan (Jiménez, 1856, pp. 483-485). Para su recolección, los indios se introducían semidesnudos hasta los muslos en acequias y canales e iban recogiendo todas las que se les pegaban al cuerpo, y se transportaban en recipientes de barro cubiertos con lodo y yerbas (Ramos de Viesca, et al., 2002, p. Su uso en caso de cólera fue muy recomendado en el país, según los diversos métodos curativos de distintos lugares como Ciudad de México, Michoacán, Tlaxcala, San Luis Potosí y Yucatán (Febles, 1833, p. Se entendía que estos gusanos, al extraer sangre, tenían efectos desinflamatorios en el estómago, pero también se empleaban en las sienes para disminuir el dolor de cabeza que acompañaba al cólera y evitar una posible «congestión cerebral» (Canú, 1848, p. Existen referencias de que, en efecto, la aplicación de sanguijuelas fue especialmente recurrida para la epidemia de cólera de 1850 en el Valle Central (Jiménez, 1856, p. MÉTODOS CURATIVOS Y PRÁCTICA MÉDICA La terapéutica para el cólera incluyó diversas sustancias químicas, minerales o botánicas que se administraban en formas variables según las fases identificadas de la enfermedad. Cada facultativo recomendaba o seguía alguna receta o método en particular, pero todos buscaban los mismos efectos: purgar al cuerpo del exceso de humores, restablecer la circulación regular de la sangre, tranquilizar al sistema nervioso cerebral, excitar a sistema nervioso ganglionario, disminuir la irritación de los órganos internos y rehabilitar su buen funcionamiento. Las diferencias entre métodos estribaban en la manera y cantidades para mezclar sustancias parecidas, orgánicas y/o inorgánicas. Los procedimientos terapéuticos indicados en todos los métodos curativos impresos (Tabla 1) que circularon en el estado incluyeron la administración de sustancias de la mano de otras técnicas como sangrías, masajes y «friegas» o «frotaciones», baños de vapor, etc. Desde 1832 el gobierno de Yucatán decretó la «libertad» de adoptar el método que se creyera más conveniente20. En los pueblos los religiosos asistían a los enfermos administrándoles remedios terapéuticos, lo mismo que auxilios espirituales. Con seguridad localmente se acudía también a lo que hoy se conoce como «médicos tradicionales», pero al actuar independientemente de la estructura (más o menos) formal de sanidad, sus procedimientos no quedaron registrados en papel21. En contraste, subsisten en el Archivo General del Estado de Yucatán informes de párrocos detallando cómo en 1833 atendieron a los enfermos de cólera en sus respectivas jurisdicciones (Tabla 2). Por disposición oficial, las juntas de sanidad locales quedaron obligadas de enviar al gobierno esta información y otros asuntos relacionados con la epidemia, como números de contagiados y muertos y medidas de prevención implementadas. Remedios utilizados contra el cólera por distintos curas de pueblos de Yucatán (1833) La Junta de Sanidad del pueblo de Xul, por ejemplo, dirigió un escrito a la Junta General de Sanidad, incluyendo cifras de enfermos y óbitos así como «el método curativo con el que el párroco administra a los enfermos con medicinas, alimentos y cuanto necesitan para el socorro de sus enfermedades». En esta localidad, como en muchas otras, era el cura quien aplicaba «los remedios tanto de yerbas conocidas como medicinales como los de botica» 22. Por ello, a las cabeceras parroquiales (residencia de los religiosos) acudía gente de pueblos anexos y haciendas en busca de ayuda. Así fue que en Tizimín se socorrió a personas de Kikil, Espita y la Hacienda Culucmul, las cuales recibieron del párroco local «instrucciones» sobre cómo asistir a sus enfermos23. A falta de párrocos, en algunos pueblos se nombraron «comisionados practicantes» que debían visitar localidades para instruir a sus habitantes sobre métodos curativos. No en todos los lugares fueron bien recibidos: las autoridades locales de Teabo informaron que en Chumayel se registraron algunos «desórdenes» entre los indígenas, como negarse a dar la dieta recomendada por los comisionados practicantes, rechazar la aplicación de cualquier medicina e, incluso, «en las más de las casas de estos [indígenas] les agarraban a garrotes [a los comisionados] para corretearlos»24. En la información proporcionada por los curas, destaca el uso medicinal de especies locales que todavía hoy son empleadas en padecimientos estomacales, como hojas de naranja agria, kantunbub (o sanguinaria), pozol (o agua de maíz), epazote, chile habanero y hierbabuena. La publicación de métodos profilácticos y curativos constituyó una forma de prevención contra la amenaza que representaba la epidemia. Desde 1833, el gobierno de Yucatán dispuso que se publicaran en la prensa local algunos de los métodos curativos cuya «efectividad» fuera conocida. Si bien entre 1832 y 1833 fueron gran cantidad los que se difundieron en Europa y Estados Unidos, algunos en México, la única información sobre la terapéutica contra el cólera que se empleó en Yucatán durante la primera epidemia de cólera procede de la correspondencia oficial entre los ayuntamientos y el gobierno del estado. Una década después comenzaron a circular en la prensa local traducciones de métodos curativos originalmente escritos en otros idiomas. A un año de haberse declarado en Yucatán la hoy llamada Guerra de Castas, el intelectual e impresor yucateco Joaquín Castillo Peraza tradujo al español y publicó en su imprenta el método contra el cólera del Dr. Canú (Tabla 3). Se temía que el conflicto trajera consigo una nueva epidemia de aquella «enfermedad aterradora y temible». Esta difusión de iniciativa privada buscaba contribuir a que, en caso de emergencia, los enfermos fuesen atendidos de manera inmediata salvando la gran carencia de facultativos. El método del Dr. Canú circuló originalmente en la prensa de Londres y luego fue traducido y replicado en otros lugares como España y Estados Unidos25. Remedios preservativos y curativos contra el cólera morbus del Dr. Canú (1847) Fuente: Canú, Remedios preservativos y curativos, 1849 Un año después el periódico liberal campechano El Fénix publicó en uno de sus números una nota titulada Disminución de los estragos del cólera morbus en la que se incluyen consejos terapéuticos, además de explicaciones sobre el cólera, su marcha mundial y métodos preventivos (Tabla 4). El autor reconoce haber tomado información de varios periódicos de Londres, San Petesburgo, Hamburgo, Ámsterdam y París. Remedios indicados en Disminución de los estragos del cólera morbo (1848) Fuente: "Disminución de los estragos del cólera morbus", en: El Fénix, Periódico político y mercantil, Campeche, viernes 15 de diciembre de 1848, no. 10 En 1849 la amenaza de una nueva epidemia en Yucatán cobraba más fuerza; mientras que en el estado se vivía un serio conflicto bélico, corrían infaustas noticias del asolador paso del cólera por La Habana y Nueva York. En ese contexto, en la prensa campechana se publicó la traducción de un texto del Dr. Foy sobre el cólera morbus, originalmente redactado para el periódico liberal de México El Siglo XIX (Foy, 1849). Este texto contiene «consejos» dirigidos a la «gente común» para que, sin un facultativo especializado (Tabla 5), se enfrentara al cólera en caso de una nueva epidemia. El Dr. Foy era un prominente físico de Varsovia que atestiguó en dos ocasiones los estragos de la epidemia: Adoptó una postura fervientemente anticontagionista; fue incluso de aquellos que para rebatir la posibilidad de que la epidemia fuera contagiosa, se inyectó sangre de personas infectadas (Bourdelais, 2006, p. Remedios indicados en El cólera-morbus del Dr. Foy (1849) Fuente: Foy, "El cólera-morbus", en: El Fénix, Periódico mercantil y político, Campeche, 5 de septiembre de 1849, No. 62 al 66. El único método curativo escrito en Yucatán fue el del Dr. Ignacio Vado Lugo, quien –como ya se dijo— estuvo involucrado en las tareas de prevención y atención a los enfermos de cólera desde la primera epidemia de 1833. Recién llegado a Yucatán fue el facultativo responsable del hospital provisional del cuartel de Santa Ana y meses después fue nombrado director de la nueva Escuela de Medicina de la Universidad de Yucatán26. En 1832 fue testigo presencial de la invasión del cólera en París, donde se encontraba terminando sus estudios de medicina. Después de redactar en 1850 su Higiene y moral razonadas, y frente a la inminencia de una nueva epidemia de cólera, la Junta Suprema de Sanidad del Estado le encargó un breve ensayo que orientara «al público» respecto a la manera de atender a los enfermos sin la necesidad de especialistas. Su escrito, titulado Método curativo contra el cólera morbo, sin necesidad de médicos ni botica se divide en dos partes: en la primera se abordan estrategias de prevención y en la segunda procedimientos terapéuticos. En cuanto a la prevención, las recomendaciones del Dr. Vado están a tono con las concepciones de la época sobre el cuerpo, la salud individual y colectiva, y la enfermedad: aseo individual y de espacios colectivos y/o públicos, cuidado del comportamiento y moral personales, alimentación y vestidos adecuados. Si bien no niega el papel de los miasmas en la transmisión del cólera, destaca su opinión de que la mejor protección era el total aislamiento. Detalla los síntomas característicos de la enfermedad para que la gente la identificara y actuara de manera inmediata, pues se consideraba que de ello dependía la vida de los atacados. Para la preparación de este método, el Dr. Vado se valió de lo que observó en Francia durante la epidemia de cólera en 1832, así como también de los resultados obtenidos con la terapéutica que él mismo aplicó durante la epidemia de 1833 en Yucatán. Esta experiencia, sumada a su formación como médico en Europa, le permitió conjuntar en su escrito concepciones propias de la medicina humoral, métodos fisiológicos y condiciones regionales específicas a tomar en cuenta para la recuperación. Cuando aborda la alimentación, por ejemplo, previene sobre ciertas «frutas indigestas» como aguacate, mango o chico zapote, todas especies locales. Cuando en los métodos escritos para el viejo continente se insiste en la importancia de conservar a los enfermos bien abrigados, el Dr. Vado indica que «en nuestro clima ardiente» la vestimenta debía ser ligera. En este mismo sentido expresa sus dudas sobre el uso de una franela en el vientre por temor a que «sea más perjudicial que provechoso en nuestro clima» (Vado, 1853). LA HERBOLARIA Y LA QUÍMICA AL SERVICIO DE LA MEDICINA En los métodos escritos y/o circulados en Yucatán se consigna que para combatir al cólera se emplearon diversas sustancias químicas, minerales o hierbas. Se aplicaban casi siempre en combinación con otras, diluidas en agua o alcohol, preparadas como medicamentos o en infusiones a base de distintos extractos. De hecho, en el siglo XIX la terapéutica estuvo estrechamente relacionada con los avances alcanzados en el ramo de la química que, desde el siglo anterior, estrechó sus conexiones con la medicina y la farmacéutica (Alegre y Gil, 1992, pp. 46-48). La carrera de medicina en Yucatán incluyó como una de sus materias básicas la química, enfocada en parte a la terapéutica (Tabla 6). Sobre el abastecimiento de productos farmacoquímicos en Yucatán sabemos muy poco, pero es posible que muchos llegaran de Europa donde había laboratorios con científicos que trabajaban aislando sustancias activas (Alegre y Gil, 1992, p. Otros, como el azufre, llegaron desde Florida, donde se descubrió el primer yacimiento en América y pronto comenzó a ser explotado con tecnología novedosa, tras decaer los yacimientos de Sicilia, principal proveedor hasta el siglo XVIII. Hoy sabemos que muchas de estas sustancias tienen propiedades toxicológicas y/o narcóticas, y los efectos que producen bien podrían haberse confundido con los del cólera, como cólicos, vómito y diarrea (Bartomeu y Nieto, 2006, p. Entre los narcóticos destaca la estricnina, sustancia altamente tóxica que en dosis cercanas a los 15 mg. puede provocar la muerte tan solo media hora después de haberla ingerido. Como alcaloide, servía para tratar el dolor y los fuertes calambres que se manifiestan con el cólera. Sus propiedades venenosas fueron reconocidas desde su descubrimiento a principios del siglo XIX, junto con otros alcaloides como brucina, morfina, emetina o keratina (Sánchez y Nieto, 2006, p. La quinina era otro alcaloide empleado para combatir el cólera (Rivals, 1834, p. Esta sustancia se obtiene de la corteza de la quina, árbol nativo de los bosques andinos que por cerca de tres siglos fue el único remedio con el que se trataba la malaria. En el siglo XVIII circulaban entre América y Europa extractos y tinturas de corteza de quina, pero no fue hasta 1820 que la quinina fue aislada como principio activo y posteriormente comercializada como medicamento industrializado (Alegre y Gil, 1992, p. Contra el cólera, se aconsejaba administrarse en la fase más crítica del desarrollo de la enfermedad27. Dentro del rubro de alcaloides se encuentran los derivados del opio, sustancia narcótica muy empleada entonces por sus propiedades revulsivas y tranquilizantes. Si bien su principio más activo es la morfina, también incluye cantidades menores de codeína y narcotina. Desde el siglo XVIII se expendían en boticas distintas preparaciones con opio con las denominaciones de láudano o tintura tebáica. La fórmula más difundida de láudano en el siglo XIX era la del doctor ingles Sydenham (siglo XVII), que consistía en una tintura alcohólica de opio compuesta por vino blanco, azafrán, clavo, canela y otras sustancias, además de opio. Para tratar los cólicos característicos del cólera, el Dr. Ignacio Vado indicó 10 gotas de láudano diluidas en agua de arroz con un poco de almidón; el empleo de esta sustancia era tan común, que de acuerdo con este facultativo «este tratamiento es el que ha tenido mejores resultados» y se podía administrar sin la presencia de un profesional experto en la «administración de drogas» (Vado, 1853). Otros métodos que también circularon en Yucatán prescribieron esta sustancia para el tratamiento de cólicos en bebidas «ligeramente opiadas», con dos cucharadas de extracto de menta o aguardiente y cinco o seis gotas de láudano. De esta sustancia se dice que formaba parte de los medicamentos que «regularmente se utilizan para toda enfermedad de las entrañas cuando se advierten los primeros síntomas» 28. La tintura tebáica también era un medicamento preparado a base de opio. A diferencia del láudano, la tintura tebáica es prácticamente la única preparación referida por los curas de los pueblos de Yucatán durante la epidemia de 1833. Asimismo, en las terapias revulsivas se sugería el uso de ciertas sustancias «de tanto uso en la higiene de los ingleses»: «sales de Glauber» compuestas por sulfato de sodio, sustancia conocida por sus propiedades astringentes y aceleradoras del tránsito intestinal; «sales de Epsom» y «polvos de Sedlitz», ambos sulfato de magnesio, con efectos laxantes, relajantes de los músculos intestinales y desinflamatorios29. Además de las sustancias referidas, para el tratamiento del cólera se usaban también varias hierbas locales y foráneas que se administraban generalmente en infusiones, pero también mezcladas con harinas para cataplasmas y otras más como enemas (Tabla 7). Algunas de estas especies botánicas se emplearon buscando efectos acordes con la misma lógica de la medicina humoral: revulsivos para purgar al cuerpo del exceso de humores, antiflogísticos para reducir la irritación, antiespasmódicos para relajar los músculos contraídos y estimulantes para devolver al cuerpo la vitalidad perdida. Otras más sirvieron como base para ser combinadas con otras sustancias químicas y/o narcóticas, como opio o cloroformo. Dentro de las que se usaban como revulsivas o catárticas destacan ruibarbo, ipecuana, mostaza, pimienta y aceite de palma. Ninguna es una especie local, sino que provenían de Asia, África o Sudamérica y habían sido incorporadas a la farmacopea desde tiempo atrás. El ruibarbo, por ejemplo, es un poderoso purgante y estimulante de las funciones del estómago e hígado. Al igual que el clavo y la canela, se importaba desde China (Reyna, 2009), y en Yucatán era expendido en polvo por boticarios, empleándose como catártico para tratar diversas enfermedades (Osorio y Carvajal, 1977, p. Originaria de Brasil, la ipecuana se utilizaba también como vomitivo. Fue introducida en la farmacopea europea desde el siglo XVII, y en el XIX México recibía este producto de La Habana. Las especies que se administraban como antiflogísticos eran hierbas aromáticas como menta, manzanilla, toronjil, hojas de naranjo, sábila y tila. El cólera tenía como uno de sus síntomas principales espasmos y cólicos; se creía que los cólicos eran señal de un espasmo intestinal severo que conducía a una extinción súbita de la vitalidad (Valdez, 1835, p. La consecuencia terapéutica de este esquema es lógica: incluir sustancias antiespasmódicas y calmantes a los procesos curativos. En la prensa local en Yucatán circulaba en 1833 la aseveración de que a pesar de ser el cólera un «mal temible», en todas partes se había comprobado que: aplicados los remedios antiespasmódicos [...] se ha conseguido salvar un considerable número de individuos que hubieran sido víctimas en el caso contrario30. Todas las sustancias con efectos narcóticos, como opio, cloruro de mercurio, quinina o estricnina se empleaban como coadyuvantes antiespasmódicos al «tranquilizar» el sistema nerviosos cerebral, al igual que el cocimiento de la raíz de jengibre, extracto de lechuga y jugo de hojas y tallo del guaco. Este último es un bejuco originario de América del Sur, principalmente del actual Colombia. El conocimiento sobre sus propiedades se atribuye a la población de negros esclavos que «transmitían de unos a otros, acompañándole con rezos, ceremonias y actos supersticiosos». En la Colonia se empleaba como contraveneno en casos de mordedura de serpiente, aunque en el siglo XVIII se extendió su uso por Puerto Príncipe, Cuba y Veracruz para tratar diarreas crónicas y disentería. Su empleo en Yucatán a finales de la Colonia quedó registrado en el Libro de medicinas muy seguro... de 1751 (Gubler, 2010). En el siglo XIX se producía en los campos de Veracruz, Tampico y Nueva Orleans. Se distribuía en boticas, ya fueran directamente tallos y hojas, o extractos embotellados hechos con alcanfor, aguardiente o éter. Las especies empleadas en los pueblos de Yucatán en 1833, según reportes de curas, eran plantas disponibles localmente, algunas de tradición indígena y otras procedentes de Europa pero que ya crecían en suelo yucateco: hierbabuena, granada, naranja agria, sanguinaria, epazote y chile habanero. Todas se empleaban desde la Colonia para curar diferentes dolencias, especialmente relacionadas con el estómago y la digestión. Es posible que de la herbolaria regional se emplearan más especies para tratar el cólera que las que aquí se refieren, pues las sustancias tan recomendadas en los distintos métodos curativos habrían sido de difícil acceso; al ser elementos químicos o plantas procedentes de Europa, Asia, África, u otras partes de México y América, sólo se expendían en las boticas existentes en la ciudad de Mérida o Campeche. Por otro lado, las fuentes de la herbolaria yucateca del siglo XVIII revelan una amplia, rica y variada gama de hierbas, plantas y otras sustancias (como arcilla, excremento de distintos animales o piedras bezares) utilizadas para tratar distintas patologías y padecimientos (cfr. El estudio del proceso salud/enfermedad/atención en el Yucatán del siglo XIX a partir de las dos primeras epidemias de cólera, muestra una coyuntura importante en la que las ideas en torno a las enfermedades, su tratamiento y la administración y gestión de la salud pública se encontraban en proceso de secularización, sentándose las bases para la profesionalización y la práctica médica. La terapéutica y la base lógica de los tratamientos es el terreno que nos permitió analizar la interrelación entre ideas y prácticas médicas, así como la imbricación y adaptación de hipótesis de la época y su expresión en el tratamiento de enfermedades. A grandes rasgos, encontramos que los pilares que sostuvieron la terapéutica para atender a los enfermos de cólera en Yucatán, se construyeron con las ideas entonces vigentes en Europa en torno a la salud y la enfermedad, particularmente en Francia. Estas ideas llegaron con los médicos que ejercieron en el estado y fueron formados en la Escuela de París, pero también se difundieron gracias a la prensa liberal que localmente hacia circular escritos dirigidos a público no especializado, retomando ideas publicadas originalmente en Europa o Estados Unidos. Como en Europa, en Yucatán la teoría de los miasmas sirvió para explicar cómo una misma enfermedad atacaba a muchas personas, fortaleciendo las aprensiones empíricas respecto al vínculo entre basura, contaminación y enfermedad, tan patente en el cólera. A través de distintos mecanismos (respiración, ingestión, contacto directo, etc.), se pensaba que los miasmas provocaban un desbalance interno de humores, dañando órganos del cuerpo humano por irritación o inflamación. Si bien es cierto que la teoría humoral era entonces bastante antigua, en el siglo XIX la fisiología permitió a los médicos explicar el daño específico de los órganos y sus consecuencias en el funcionamiento general del mecanismo entero del cuerpo humano. Se pensaba que el desbalance de humores provocado por el cólera, como veneno o fermento, generaba una irritación patológica en el estómago, y ello dañaba al resto de los organos del cuerpo y los hacía perder su vitalidad. La consecuencia terapéutica de este esquema de ideas fue el uso de técnicas revulsivas para volver a nivelar los humores, antiflogísticas para disminuir la irritación patológica y vitalistas (masajes, «friegas») para devolver a los órganos la vitalidad vulnerada. Para coadyuvar en estas terapias se utilizaban sustancias minerales y/o químicas expendidas en boticas locales, pero también de la herbolaria local a las que se podía acceder en prácticamente cualquier parte. La terapéutica para tratar el cólera en Yucatán, registra asimismo un esfuerzo de los médicos para adaptar las técnicas recomendadas en Europa a las condiciones particulares del estado, como el clima o la alimentación, además de la adpoción de especies locales y la necesidad de que los enfermos fueran atendidos prontamente sin la necesidad de facultativos, tan escasos entonces.
Una educación integral para los médicos de la Universidad de Buenos Aires: las propuestas de José Ramos Mejía y Bernardo Houssay entre 1870 y 1940 Hacia fines del siglo XIX, algunos médicos argentinos que enseñaban en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires entendían que los estudiantes y futuros médicos debían ser formados en un saber integral, que superara las materias clínicas. De este modo, intentaron inculcarles el conocimiento de las letras y el arte, pero también promovieron las ventajas del desarrollo físico, forjado en las prácticas deportivas, necesario para fortalecer a los alumnos ante una carrera de tal magnitud y para acrecentar los sentimientos de confraternidad y camaradería. Hacia la década de 1920, Bernardo Houssay, célebre médico argentino y ganador del premio Nobel (en 1947), volvía a insistir sobre la necesidad de una educación integral del estudiante de medicina y proponía, para su materialización, el proyecto de una ciudad universitaria en Buenos Aires. Este texto analiza, entonces, el modo en que se buscó formar a los alumnos en diversas prácticas y conocimientos, más allá de los estrictamente médicos, e indaga los distintos proyectos (políticos, sociales) vinculados a tales propósitos que tuvieron lugar durante estas décadas en la Argentina. En la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, desde su fundación como Departamento independiente en 1821, han estudiado distintas figuras que se destacaron en el desarrollo de las ciencias clínicas en la Argentina, pero también en materia de sociología, política, educación e incluso literatura. Algunos de estos médicos, como Eduardo Wilde, José María Ramos Mejía, José Ingenieros, Héctor Taborda o Bernardo Houssay, que además se desempeñaron como profesores o jefes de cátedra, intentaron proyectar desde sus discursos académicos (lecciones, artículos, conferencias, discursos inaugurales de cátedra) un alumnado formado en una educación integral, cuyos conocimientos se ampliaran desde las materias clínicas a otro tipo de saberes, como podrían ser los de las letras, el arte y los idiomas. Se trataba, además, de una formación en la que confluyeran los beneficios físicos y sociales de los deportes y de las actividades físicas. Sin conformarse como un proyecto homogéneo o estructurado, estas propuestas pueden rastrearse en distintos momentos desde la reincorporación de la Facultad de Medicina a la Universidad de Buenos Aires (en 1871) hasta las décadas de 1930 y 1940, momento de expansión discursiva de Bernardo Houssay, médico paradigmático de la investigación en fisiología en la Argentina y ganador del Premio Nobel en Medicina (en 1947). Nos proponemos, entonces, indagar el modo en que algunas voces médicas fundacionales de la ciencia y de la cultura argentina buscaron instruir a los estudiantes y futuros médicos de Buenos Aires y reflexionar sobre las distintas justificaciones e intencionalidades de sociabilidad médica y política subyacentes a tales procesos de educación. NOTAS SOBRE EL DESARROLLO DE LA MEDICINA EN BUENOS AIRES Las pioneras instituciones dedicadas a la instrucción clínica en Buenos Aires datan del año 1780, momento en que se crea el Protomedicato, ocupado de controlar la salud pública para también de enseñar la medicina (Buchbinder, 2005, p. En tanto, la primera Escuela de Medicina y Cirugía en Buenos Aires fue inaugurada oficialmente en 1801 bajo un plan de seis años de duración. Luego, con la creación de la Universidad de Buenos Aires en 1821, se fundaba un Departamento de Medicina. El programa de los estudios médicos se establecía en este espacio a través de cinco cátedras: instituciones médicas, instituciones quirúrgicas, clínica médica, clínica quirúrgica y farmacia (Pérgola y Fustinoni, 1969, p. No obstante, en las décadas siguientes, el desarrollo de los estudios académicos atravesaría una etapa de oscuridad devenida de la reducida inversión intelectual y presupuestaria entre los años 1835 y 1852, bajo el gobierno federal de Juan Manuel de Rosas1. En este período se forzó tanto la renuncia de consagrados profesores, como el abandono voluntario de otros y el uso obligatorio del emblema rosista (la divisa punzó) entre los catedráticos, asimismo, se incrementaron los aranceles al tiempo que los libros de texto comenzaron a escasear. Resulta fundamental señalar que, por entonces, la Argentina enfrentaba una gran dificultad: la población del país había experimentado un crecimiento casi vegetativo. En este sentido, el aumento demográfico se presentaba como el motor económico y social para un país que necesitaba superar una forma política anacrónica y feudal, y que buscaba una organización democrática y una economía moderna. Este propósito adquiría categoría institucional a partir del artículo 25 de la Constitución de 1853 con el que se fomentaba la inmigración de los europeos2, en particular de aquellos que tuvieran por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir las ciencias y las artes. Un año después empezaron a llegar las primeras familias europeas y se iniciaba así el proceso de inmigración masiva. Culminado el período rosista, el entonces gobernador de Buenos Aires, Vicente López y Planes, determinó que hasta no contar con una organización definitiva de la Universidad, la Facultad de Medicina funcionaría al margen de aquella (Pérgola y Fustinoni, 1969, pp. 43-44). Así pues, su funcionamiento independiente se prolongó desde 1852 y por un período de poco más de veinte años. La pequeña elite médico-catedrática de entonces se ocupó de controlar exhaustivamente el acceso a la comunidad profesional de los egresados y nuevos médicos. Al tiempo que la Facultad se mantenía separada de la Universidad, su comunidad médica también se dividía entre la vieja dirigencia que ejercía el control sobre la orientación y los mecanismos de promoción institucionales, por un lado; y los jóvenes médicos y estudiantes, que cuestionaban esa dirigencia, por otro. Este grupo exigía reformas en los planes de estudio, en los reglamentos internos, en los sistemas de exámenes y en el monopolio de las asignaturas (Buchbinder, 2005, pp. 51-53; González Leandri, 1997, p. En 1871, bajo el detonante del suicidio de un compañero de estudios «injustamente reprobado» se produjo la denominada revuelta estudiantil del 13 de diciembre (De Veyga, 1939, p. Como portavoz de este movimiento juvenil en ascenso, José M. Ramos Mejía (1842-1914), por entonces estudiante del primer año de la carrera, protagonizó la empresa y cuestionó la imagen autocomplaciente de los catedráticos de la Facultad. Las publicaciones periódicas parecieron ser el medio para difundir sus denuncias, específicamente La Prensa editó sus artículos en los que plasmó las exigencias de los estudiantes. Como espacio de representación de la revuelta, un grupo de alumnos y jóvenes egresados crearon el Círculo Médico Argentino en 1873. Mediante este organismo, dirigido por Ramos Mejía, se ejerció una fuerte presión para que la Facultad fuera reincorporada a la Universidad de Buenos Aires. A través de la Revista Médico Quirúrgica (1864-1888), y luego de su propia publicación3, el Círculo Médico se ocupó de criticar el sistema de salud, basado en un criterio hospitalario y manejado por manos ajenas a la corporación médica (González Leandri, 1997, pp. 37-43; Buchbinder, 2005, pp. 52-53). Si bien las luchas políticas internas continuarían dentro de la Facultad de Medicina, se recuperaba finalmente la conexión con la Universidad. El problema fue, justamente, el defasaje entre el desmedido aumento demográfico y el limitado desarrollo estructural en una ciudad como Buenos Aires, que crecía caóticamente. Así pues, la inmigración masiva, la urbanización acelerada, los primeros y modestos desarrollos industriales dieron lugar a la problemática de la higiene y de la enfermedad en la ciudad, especialmente luego de las epidemias de cólera (1867-1868) y de fiebre amarilla (1871)5. El problema higiénico se profundizó posteriormente a partir del arribo y el avance de otros brotes infecciosos (fiebre tifoidea, peste bubónica, viruela, sarampión, difteria, tuberculosis) y de los «males sociales» urbanos a ellos vinculados: el alcoholismo, la mala alimentación, la habitación insalubre, los excesos laborales y la prostitución. En consecuencia, los médicos higienistas adquirieron un protagonismo inusitado: colaboraban y aconsejaban en el trazado de espacios verdes en la ciudad, en la educación física de los niños y jóvenes, y en las recomendaciones sanitarias hacia los miembros de la comunidad. Insoslayable fue, en esta coyuntura, la iniciativa de la pionera Revista Médico-Quirúrgica, que además de luchar contra el ejercicio ilegal de la medicina, debatía sobre tópicos como su enseñanza, la asistencia hospitalaria, el estado sanitario de la población, y las decisiones en torno a epidemias, vacunación, limpieza de las calles, reglamentación de la prostitución, ética médica, movimientos demográficos. Esta publicación colaboró tanto para que la esfera médica encontrara una dimensión fundamental de identidad, exaltación y reconocimiento, como para exponer la afirmación combativa de los ideales positivistas frente a las tradiciones religiosas que persistían en las instituciones de la salud (Vezzetti, 1985, pp. 29, 32). Hacia los albores del siglo XX, más allá de la defensa del cuerpo físico de las personas amenazadas por microbios y bacterias se empezaba a hacer necesaria también la defensa social de un cuerpo demográfico amenazado por la «insalubridad» criminal, el otro mal moderno e invisible que también era necesario filtrar. Jorge Salessi (1995, pp. 23, 115) señala el momento en que los inmigrantes empezaron a organizarse en asociaciones del movimiento obrero y a la huelga general de 1902, como las instancias en que los higienistas, hasta entonces preocupados por la amenaza de las enfermedades exóticas viajeras, comenzaron a inquietarse por la criminalidad, concebida como una enfermedad «psico-moral» que amenazaba la salud social. El efecto de continuidad entre ambas prácticas se sustentaba en similitudes metodológicas de los modelos de análisis y de la retórica de los médicos higienistas (de fines del siglo XIX) y las propias de los especialistas criminólogos (de principios del siglo XX), que colaboraron activamente en la imaginación y creación de nuevas obras de «higiene social», ahora destinadas a controlar el mal criminal. Asimismo, en este período proliferaron una serie de instituciones psiquiátricas y criminológicas: la Oficina Antropométrica (1889) y el Servicio de Observación de Enfermos Mentales (1899) pertenecientes a la Policía Federal, la morgue dependiente del Instituto de Medicina Legal (1896), la Oficina Médico Legal dentro del Hogar Correccional de Menores (1905) y el Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional (1907). Todo este proceso fundacional fue acompañado por las grandes publicaciones en el área como los Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, creados y dirigidos por José Ingenieros desde 1902 o la centenaria Semana Médica (1894-1994). Estudios sobre la locura en la Argentina: entre los casos clínicos y el Don Quijote Los pasos iniciales del higienismo en el país se desarrollaron de la mano del célebre médico argentino Eduardo Wilde (1844-1913). Wilde fue el primer presidente del Departamento Nacional de Higiene, creado en 1871. También se desempeñó, desde 1875, como profesor titular de las cátedras de Higiene (fundada dos años antes) y de Medicina Legal y Toxicología. En su tesis, titulada Disertación sobre el hipo (1870), Wilde ya anticipaba que «un conocimiento médico arraigado supone un saber profundo y una erudición suma (......) para ser médico se necesita recorrer los datos de la ciencias todas» (Wilde, [1870] 1923, p. Veinte años después, un Ramos Mejía ya médico, también renombrado higienista y profesor en la Cátedra de Enfermedades Nerviosas desde 1888, inspirado en la búsqueda de esta «una erudición suma», denuncia la difusión de una infundada creencia que por entonces circulaba en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Se trataba de la errónea opinión que sostenía que el médico perfecto debía «ignorar por completo las más rudimentales nociones de la educación literaria» (Ramos Mejía, 1893, p. En su discurso ante el Círculo Médico Argentino, Ramos Mejía advierte sobre esta creencia instaurada por los viejos maestros de la carrera de medicina que creían que «el saber expresar con buenas formas sus ideas establece incompatibilidades con la clínica» (Ramos Mejía, 1893, p. Al contrario, él enfatiza que la lectura es el vehículo ideal del médico para conseguir una expresión (escrita y oral) clara, así como para evitar «el desorden, la obscuridad, la incorrección» en sus explicaciones (Ramos Mejía, 1893, p. Para culminar su argumento, Ramos Mejía apela a una serie de ejemplos por autoridad: los grandes maestros son grandes escritores, como Bernard, Charcot, Trousseau, Duchenne (......) eminentes artífices del lenguaje encerrando dentro de su estilo grande, sólido y elegante, su pensamiento fuerte (Ramos Mejía, 1893, p. Los referentes franceses de las distintas especialidades de la medicina moderna son entonces recuperados como prototipos de esta exitosa imbricación entre el saber clínico y el saber oratorio y letrado. Ahora bien, tanto Ramos Mejía como otros médicos del periodo, no sólo se refirieron a los beneficios expresivos que las prácticas de la educación literaria podrían otorgar a los alumnos, sino que ellos mismos articularon sus conocimientos letrados en el marco de sus explicaciones médicas. Así pues, en las Lecciones de Enfermedades Nerviosas y Mentales de Ramos Mejía son frecuentes las alusiones «a los tristes círculos del infierno del Dante» de La Divina Comedia, para sancionar moralmente a los alcohólicos delirantes en la «Lección VI: Los toxicómanos o bebedores de veneno» (Ramos Mejía, 1893, p. 176), o la indicación sobre el «amor neurasténico y desequilibrado de Madame Bovary» es considerada en la «Lección V: Los epilépticos bromiómanos» (Ramos Mejía, 1893, p 154). De este modo, referencias y ejemplos del saber letrado son incorporados en el marco de una lección académica. Sin embargo, será José Ingenieros (1877-1925), alumno de Ramos Mejía y luego profesor en distintas especialidades del área (Enfermedades Nerviosas, Medicina Legal, Psicología), quien recuperará de manera contundente el archivo literario en el desarrollo de sus explicaciones médico-psiquiátricas y criminológicas6. Ingenieros escribe su tesis en medicina sobre «La simulación de la locura» en 1900 y un año después redacta un ensayo introductorio para tal obra, titulado «La simulación en la lucha por la vida». En este escrito, alude a múltiples ejemplos de la literatura occidental para ilustrar al arquetipo del simulador de enfermedades y del prototipo fraudulento propio de las grandes ciudades: «el Shylock, de Shakespeare; el Robert Macaire, de Lemaitre; el Mercadet, de Balzac; el Saccard, de Zola» (Ingenieros, [1901] 1954, p. Plantea también que los mejores trabajos científicos no podrían mejorar las descripciones de modelos psicológicos tales como Macbeth, Stockmann, Saccard, Segismundo, Raskolnikoff, Sancho, es decir, las creaciones ficcionales de Shakespeare, Ibsen, Zola, Calderón, Dostoievsky o Cervantes, respectivamente (Ingenieros, [1901] 1954, p. Sobre este último autor en particular se detiene Ingenieros durante los capítulos de su tesis. En una de las secciones, titulada «Una página del Quijote», el médico explica a partir de la descripción del protagonista de la novela cómo el alienado real (a diferencia de un simulador de la locura) es irresponsable de sus acciones para la justicia. Ingenieros retoma el episodio en que el hidalgo hiere a los herreros que alteran su ceremonia de veneración de armas en la venta y recibe un posterior ataque por parte de aquellos. Ante esta situación, el ventero, «conocedor de la locura del Quijote» y de que «la locura es una causa eximente de pena» (Ingenieros, [1900] 1918, p. 119), lo defiende y ordena el cese del ataque ante los herreros7. Ahora bien, es importante destacar que la articulación de los documentos literarios en el desarrollo de un estudio científico no fue una propuesta originada entre los médicos argentinos, sino que se inscribe en una tradición europea que también había recurrido a este tipo de materiales para desarrollar distintas investigaciones, por ejemplo, en las áreas de la psiquiatría y de la medicina legal. En este orden, una sinopsis del informe sobre «Los degenerados y criminales en la obra de Zola» (1902) del criminólogo italiano Enrique Ferri fue publicada en los Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines (desde ahora, Archivos). Ingenieros, que escribe la introducción del artículo, plantea que Ferri pudo ver en la figura del escritor naturalista francés Émile Zola al sociólogo detrás del novelista a partir del modo en que éste efectuó en su obra «una disecación de la sociedad» y «una profecía sobre los vicios y las miserias de la presente organización» (Ingenieros, 1902, p. En la misma revista se publica una investigación sobre «La locura de Don Quijote» (1906) de Antonio Rodríguez-Morini, psiquiatra español y Director de la Revista Frenopática Española. Rodríguez-Morini reconoce que Cervantes ha creado «el tipo más admirable de vesánico que pudiera apetecer como caso clínico el alienista más exigente» (Rodríguez-Morini, 1906, p. 763) y considera que así como la lectura del Quijote ha suscitado inagotables y magníficas reflexiones provenientes de disciplinas como la Gramática, la Historia, la Crítica y la Retórica, un papel similar debe ocurrir con las intervenciones proyectadas desde la Medicina Psicológica. La elaboración de Rodríguez-Morini dialoga de manera continua con el estudio «Primores del Don Quijote en el concepto médico-psicológico» (1886) del reconocido médico psiquiatra español Emilio Pi y Molist (1824-1892), también publicado en los Archivos (1912). Pi y Molist afirmaba que la enfermedad del personaje estaba de acuerdo con los conceptos de la monomanía admitidos por la medicina mental de entonces (Pi y Molist, 1912, pp. 611). En este sentido, la aceptación general que ofrecía este recurso interdisciplinar como aval para la reflexión científico-cultural no resultaba desconocida para los médicos argentinos que leían y publicaban en los Archivos. Este tipo de ejemplos, entonces, en los que el saber letrado invadía las explicaciones médicas, operaba también como punto de apoyo para afianzar los consejos concernientes a las ventajas otorgadas por la lectura, destinadas a los estudiantes. De hecho, contar con este tipo de saberes por parte de los alumnos facilitaba sus posibilidades de contextualizar las ejemplificaciones y, con ello, comprender las exposiciones. Médicos intelectuales y políglotas Más allá de las referencias de Ramos Mejía y de Ingenieros, la Revista del Centro de Estudiantes de Medicina (desde ahora RCEM) también se hizo eco de la preocupación por un saber más exhaustivo entre los futuros médicos. La RCEM se publicó desde septiembre de 1901, un año después de la fundación del renovado Centro de Estudiantes, hasta junio de 1909. Sobre todo en sus últimos números, y bajo la dirección del estudiante Héctor Taborda —que asumió el puesto de responsable principal con el número 83 en 19088—, el interés por la difusión de la literatura se constituyó en uno de los ejes primordiales de la RCEM. En distintas correspondencias dirigidas a los lectores, Taborda señala que la revista debe ser «la expresión de diversas modalidades intelectuales» y que sus columnas deben salirse del campo puramente científico para fomentar entre los estudiantes «la cultura de la letras», dado que «el caso clínico y los apuntes de las asignaturas ya no son, o no deberían ser, suficientes»; cada uno de los lectores además de ser estudiante de medicina «debería seguir el camino de otras aficiones intelectuales particulares» (Taborda, 1908, pp. 1-2). En este sentido, Taborda imagina la RCEM como un compendio que debe sumar: «el trabajo experimental o clínico», «el trabajo de abstracción», «la nota psicológica o sociológica» y «la contribución artística o jocosa» (Taborda, 1908, p. En efecto, así fue y durante ese año la RCEM publicó poesías, cuentos y reflexiones literarias9. De este modo, Taborda recupera el mensaje de Ramos Mejía y de Wilde que convocaban a la necesidad de ampliar los conocimientos del alumnado, así como el concepto sobre un beneficioso desarrollo intelectual como resultado de una instrucción integral de saberes. Como señalábamos, en junio de 1909 la RCEM dejó de publicarse como tal en tanto se produjo la asociación del Centro de Estudiantes con el Círculo Médico Argentino. De esta unión surgiría un nuevo órgano de difusión: la Revista del Círculo Médico y del Centro de Estudiantes de Medicina. Más de una década después, en 1922, Bernardo Houssay (1887-1971), por entonces profesor en la Cátedra de Fisiología, escribe en esta misma publicación un artículo sobre «La función de la Universidad». Houssay advierte sobre la carencia, en la Facultad de Medicina de Buenos Aires, de una atmósfera moral de camaradería, cortesía, lealtad y cariño, propia de las universidades inglesas y norteamericanas. Para ello, sugiere la necesidad de que los jóvenes «se interesen cada vez más por los deportes, los problemas filosóficos, el arte» (Houssay, [1922] 1989, p. 231); así como señala el imperativo de mantener «un gran respeto y afecto por las actividades intelectuales y artísticas» (Houssay, [1922] 1989, p. Cuatro años después, en una conferencia sobre «La carrera de Medicina» ofrecida en el Colegio Nacional de Buenos Aires, Houssay invita a los estudiantes de la escuela secundaria a incursionar en los estudios médicos. Entre las aptitudes y ventajas que reivindica para abordar la carrera, señala el hecho de «dominar varios idiomas, pues abren nuevos campos de cultura; por lo menos traducir bien el francés y además, si es posible, el inglés o el alemán; en estos idiomas se aprende a traducir pronto y luego se dominan poco a poco con el ejercicio» (Houssay, [1926a] 1989, p. En ese mismo año, en su discurso inaugural del curso de fisiología, «La fisiología y la medicina», Houssay plasma con referencias tal importancia, al citar en lengua original a Claude Bernard (uno de los médicos que algunos años antes Ramos Mejía refería como autoridad en el área): «Il faut prendre garde que les connaissances qui doivent armer l 'intelligence ne l' accablent pas par leur poids» (Houssay, [1926b] 1989, p. 119), con el fin de enfatizar que el rol del profesor es el de orientar el aprendizaje de los alumnos, pero siempre respetando la independencia intelectual de cada uno10. Además de citas como estas no fueron poco frecuentes las referencias en latín o en alemán11, así como la articulación de términos en inglés («search and research», «full-time», «leader», «research professor», «research fellows») a lo largo de sus discursos. Aún más, en su conferencia titulada «La investigación científica», Houssay justifica la necesidad de implementar el término «research» que, sin tener su equivalente exacto en español, «literalmente significa una búsqueda incesantemente repetida o sea buscar y volver a buscar para aclarar cada vez mejor» (Houssay, [1943] 1989, p. Si bien Houssay apoyó el conocimiento y el manejo de idiomas por parte de los estudiantes y egresados con el propósito de abrir «nuevos campos de cultura», también lo hizo con el objetivo de facilitar el establecimiento de nexos con investigadores e instituciones extranjeras. Puede leerse en su obra, no sólo la atención puesta al desarrollo de la medicina y de su enseñanza en universidades inglesas, alemanas o norteamericanas (y la comparación entre estas y la de Buenos Aires), sino que además resulta recurrente la promoción del otorgamiento de becas para que los alumnos se formasen en distintas estadías en el exterior, así como el intercambio y la residencia temporal de profesores extranjeros. DEPORTE Y BUENA SALUD: LAS BASES DEL MÉDICO Desde los albores del siglo XX, la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires ha intentado promover el desarrollo de las actividades físicas entre los estudiantes y futuros médicos. Las primeras motivaciones sobre tales prácticas se remontan, no obstante, hacia fines del siglo XIX, cuando una serie de conflictos limítrofes con Chile dispuso importantes preparativos bélicos preventivos: la convocatoria a la Guardia Nacional en 1892, la reorganización del Ejército Nacional dos años después y la refundación efectiva del Tiro Federal Argentino en 1895 (Bertoni, 1996, pp. 40-41). En efecto, los grupos militaristas pertenecientes al Ejército intervenían de manera firme en la programación tanto de la educación física como de las prácticas de gimnasia en las escuelas argentinas, entre las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Particularmente en aquellas escuelas coordinadas por el Consejo Nacional de Educación (que desde 1908 presidiría el mismo Ramos Mejía), los niños y los adolescentes recibían variados saberes, conductas disciplinarias y hábitos cotidianos concernientes a la tonificación de los cuerpos, a la prevención de las enfermedades y, sobre todo, al fortalecimiento físico a través de los regímenes de gimnasia militar y metodizada (Armus, 2007, p. A partir del nuevo siglo, también la Facultad de Medicina se inscribió en el propósito de inculcar, en un alumnado no tan disciplinado como el escolar, los beneficios de ciertas actividades físicas vinculadas ya no a las prácticas de gimnasia pero sí a los deportes y el tiro. Así pues, en 1902 la RCEM publica los primeros avisos en torno a los concursos universitarios organizados por el Tiro Federal Argentino, y el Centro de Estudiantes efectúa variados certámenes previos para elegir a los mejores tiradores que representen a Medicina en el campeonato13. Vale aclarar que en esta década el Centro de Estudiantes de Medicina estrechó fuerte vínculos con la Liga Patriótica Argentina14. Así como la Liga apoyaba al Centro de Estudiantes en sus luchas y debates en torno a sus proyectos reformistas15, la RCEM, se ocupaba de difundir, entre otras actividades de la asociación, la convocatoria a los estudiantes universitarios a las peregrinaciones patrióticas por lugares históricos del país, cuya concurrencia implicaba el otorgamiento de diez mil pesos a cada universidad participante por parte del gobierno nacional. Luego de los torneos de tiro, se conformó la Asociación Atlética de Medicina que durante la Temporada Sportiva de 1906 participó en la Regata y en el Torneo Universitario. Este último, celebrado en el Club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, constaba de Martillo, Bala, Cinchada, Carrera de 100, 200, 400 y 800 metros, Carrera de Vallas, Carrera de Postas, Salto en Alto, Salto en Largo, Football y Rugby. No obstante, la RCEM, aun antes de informar los resultados, mostró sus reparos frente a la escasa participación de los estudiantes: [...] el número de representantes por Medicina fue muy reducido, pocos elementos nuevos, pues en su mayoría eran todos viejos conocidos de las lides sportivas universitarias. Esta indiferencia por los recomendables ejercicios al aire libre, es por demás lamentable. Su utilidad debe ser comprendida más que por nadie por los estudiantes de Medicina, que podrían obtener de ellos los mayores beneficios al conocer las reglas de la higiene moderna16. Alejados ya del fomento de las actividades de tiro que buscaban despertar el sentimiento patriótico de los futuros médicos, en este momento los redactores de la RCEM articulan su recomendación de participación deportiva con el mensaje de la buena salud. Son los médicos y los estudiantes de medicina los que deben difundir, entre los habitantes de una sociedad jaqueada por las crisis higiénicas y epidémicas, sus saberes sobre las bondades que las actividades físicas ofrecen a una equilibrada salud. Dichos saberes se ligan al auge de las disciplinas higienistas que se establecieron en Buenos Aires a partir de las décadas de 1880 y 1890, como consecuencia de las nuevas problemáticas ligadas al hacinamiento en la ciudad y a los espacios laborales insalubres. Enunciados como «las bondades del verde urbano», «la respiración del aire puro», «el perjuicio de la palidez del encierro» y «la tonificación de los cuerpos» circulaban como los slogans más consensuados entre los médicos higienistas. Es en este sentido que la RCEM se inserta en la red de revistas que se ocupó de reflejar y propagar la inquietud sanitaria en los diferentes sectores de la sociedad, red de la que participaban publicaciones como La Argentina Médica, la Revista de la Liga contra la tuberculosis, los Anales de Sanidad Militar, el Eco Social de Barracas al Sud y Semana Médica17. En tanto, la limitada respuesta de los futuros médicos por la práctica del fútbol —en la que Medicina «no había logrado reunir un núcleo de jugadores que la representaran» 18 — pareció ampliamente compensada a partir de un repentino interés por el rugby, deporte que, en esta coyuntura, condensaba mayores virtudes que el balompié. De hecho, el desarrollo del fútbol, ya a nivel escolar, había despertado cierto malestar entre las filas de los médicos higienistas. En el mismo año del Torneo Universitario (1906), la revista La Higiene Escolar convocaba un concurso para que se premiara una nueva clase de ejercicios al aire libre que fuera capaz de sustituir al anacrónico y malsano fútbol, vehículo de corrupción moral, violencia corporal y cuestionables valores propios del mundo de la calle (Armus, 2007, p. El rugby, en cambio, representaba otros valores y la RCEM consideraba que cualquier hombre que lo practicara se daría cuenta de su superioridad frente al fútbol19, no sólo porque «una vez posesionado de las reglas del juego, en poco tiempo se puede llegar a ser un jugador discretamente bueno», sino también por «ser más viril» 20. Ahora bien, el propósito de alentar la práctica de estas actividades deportivas no iba a permanecer ajeno al interés de otras revistas médicas del período, ni tampoco se manifestaría como una inquietud meramente local. En su sexto ciclo, los Archivos publican el artículo «La educación física en las universidades» del médico fisiólogo italiano Angelo Mosso (1846-1910). El texto de Mosso da cuenta de las diferencias entre la vida deportiva de los estudiantes de medicina en Inglaterra y Estados Unidos, frente a los alumnos de universidades italianas, francesas e incluso alemanas. En los primeros casos, la actividad física se presenta como intensiva en la rutina de los estudiantes, quienes al momento de inscribirse son vistos «primeramente por el médico y el maestro de gimnasia, los cuales les indican y aconsejan la clase de vida y los ejercicios que deben hacer, y al cabo de un año se anotan los resultados obtenidos» (Mosso, 1905, p. Mosso entiende que es tal la estima por la educación física en estas culturas que aún los rectores y profesores secundan la propaganda a favor de los juegos. En cambio, en las escuelas de medicina de las Universidades de Berlín, París o Roma la educación física se describe como «descuidada» y los alumnos resultan no sólo «más débiles y afeminados» que sus colegas angloparlantes, sino que también son «más propicios al vicio» (Mosso, 1905, pp. 368-369). En un sentido similar a la RCEM, el artículo de los Archivos remite a la representación de una vinculación entre actividad física y masculinidad y remarca el modo en que los deportes hacían de los estudiantes hombres más «disciplinados» y «valerosos» (Mosso, 1905, p. 372), pero además enfatiza la relación consecutiva entre la salud física y la habilidad intelectual, en tanto explica cómo el ejercicio de los músculos procuraba «una condición esencial para el desenvolvimiento de los órganos de la inteligencia» así como «las funciones del cerebro se desarrollaban mejor gracias al equilibrio físico» (Mosso, 1905, p. Como habíamos señalado, en «La función de la Universidad» Houssay también se refiere a la importancia de que los jóvenes de la Facultad de Medicina participen en las prácticas deportivas, además de estudiar cuestiones filosóficas y artísticas, más allá del espectro de conocimientos médicos. En su caso, el elemento que justificó la necesidad de una actividad física entre los estudiantes se alejó de la exaltación de un sentimiento patriótico nacional. Sí fueron recuperadas, en cambio, las máximas que vinculaban el deporte con la buena salud y su necesidad para fortalecer a aquellos que se dispusieran a afrontar estudios tan arduos como la medicina supone, por un lado, pero también para afianzar el sentimiento de confraternidad que estas actividades tienden a generar entre los compañeros. En la conferencia sobre «La carrera de Medicina», Houssay advierte que «una buena salud física es casi indispensable en una carrera fatigosa al que se está expuesto a contagios. Los jóvenes débiles o de salud ya afectada no conviene que estudien medicina» (Houssay, [1926a] 1989, p. Vale aclarar en este punto que Houssay estaba en una cruzada por la limitación de cupos para los alumnos de medicina en Buenos Aires. Durante la década de 1920 se registraba en la Argentina un crecimiento en la matrícula de las distintas casas de estudios superiores. Como Consejero de la Facultad, Houssay promovió una Ordenanza al Consejo Directivo de Medicina, a fines de 1926, que se proponía limitar cuantitativamente el ingreso de estudiantes a la Facultad (Cibotti, 1996, p. En distintos discursos de Houssay puede leerse el modo en que alentaba a realizar estos estudios a los jóvenes comprometidos, voluntariosos, responsables, saludables y altruistas, y paralelamente desalentaba a aquellos que no respondieran a tales características. En este sentido, las recomendaciones por la práctica de actividades físicas como motivadoras de la buena salud, en un momento iniciático para los alumnos, son recuperadas para estimular conductas saludables entre los jóvenes, pero también serán re-direccionadas para discriminar entre candidatos «aptos» y candidatos «débiles» al inicio de la carrera. DE LA FACULTAD DE MEDICINA A LA CIUDAD UNIVERSITARIA Para 1940, Houssay presenta una ponencia en el Congreso del Profesorado Argentino (Buenos Aires), luego publicada en la Revista Médica de Córdoba, sobre la «Función social de la Universidad». Interesado en una problemática más general sobre los saberes que circulan en las universidades, y ya no sólo sobre aquellos propios de la Facultad de Medicina, Houssay postula que las escuelas fundamentales de toda Universidad deben ser: Filosofía, Ciencias y Letras (Houssay, [1940] 1989, p. Entiende que en una institución como la Academia, donde se debe cultivar la universalidad de los conocimientos humanos, son fundamentales las disciplinas desinteresadas y básicas que buscan el amor a la verdad y la educación de la inteligencia. En este marco, y teniendo como ejemplos instituciones extranjeras, Houssay confía en el ideal de una ciudad universitaria, o de un campus, para Buenos Aires. La ciudad universitaria, lejana de una mera continuidad de edificios, suponía para el médico beneficios como «el comercio intelectual frecuente», «la convivencia con hombres selectos y de conocimientos variados, unidos por ideales comunes, en un ambiente elevado donde florecen capacidades creadoras de los estudiosos» (Houssay, [1940] 1989, p. Las ciudades universitarias fomentan la cooperación y el clima de ideas, y se constituyen de este modo en el ámbito ejemplar donde Houssay concibe los estudios: un espacio donde los alumnos se instruyan en una atmósfera de cultura general y tengan la posibilidad de realizar cursos de otras Facultades y enriquecer, de esta manera, sus capitales intelectuales. En fin, «las ciudades universitarias permiten que en un ambiente social, cultural y moral elevado, se desarrollen y eduquen en forma integral las aptitudes del hombre: intelectuales, estéticas, morales y físicas» (Houssay, [1940] 1989, p. 242); las imaginaba Houssay como «ciudades universitarias que tendremos alguna vez como todos los pueblos más adelantados, y que ya ha planeado el Brasil en Sud América» (Houssay, [1940] 1989, p. Lo cierto es que recién en 1962 comenzaría la construcción del Primer Pabellón de la Ciudad Universitaria en el barrio de Núñez, al extremo norte de la Ciudad de Buenos Aires. En este edificio tuvieron lugar los departamentos de Física, Matemática y Meteorología de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales. Para 1971 ya se habían edificados los Pabellones II y III que albergaban (y aún hoy lo hacen) a los Departamentos de Química, Biología y Geología de Ciencias Exactas y Naturales, y a la Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Si bien existían los planos para construir, al menos, dos pabellones más, las obras quedaron inconclusas y jamás se concretaron. La Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, como otras casas de estudio de esta institución, nunca llegó a ser parte de la Ciudad Universitaria. El concepto de campus modélico, como aquella agrupación de institutos, facultades, bibliotecas, habitaciones y sitios pensados para el sano esparcimiento que debían facilitar la convivencia y el intercambio frecuente de ideas entre los alumnos que cultivan las distintas ramas del saber, no se vería entonces concretado para la formación integral (intelectual, ética, física, estética y social) del estudiante de medicina. En fin, este recorrido por algunas voces y discursos de la medicina argentina intentó mostrar ciertas inquietudes acerca de la formación de los estudiantes entre 1870 y 1940. Discursos, tal vez menos cuantitativamente numerosos que cualitativamente representativos —dada la impronta de sus voceros en los avances de la ciencia y la cultura nacional—, que buscaron proponer un perfil de médico que fuera capaz de combinar sus conocimientos específicos con otros de la cultura letrada, pero también con los hábitos de una buena condición física, implicados ambos (de una u otra manera) en beneficio de su carrera. El interés por tal condición física fue promovido, por un lado, a partir de distintas instancias de motivación: el deporte como signo de salud, el compromiso patriótico del alumnado, la promoción de la actividad al aire libre como medio de difusión del mensaje higienista, el ensayo de estas prácticas para consolidar la camaradería y la virilidad, o el apto estado físico tanto para alcanzar un desarrollo intelectual acorde, como para encarar un estudio de las magnitudes que supone la carrera de medicina. Como fuese, lo cierto es que el mensaje circuló durante estas décadas y, hasta donde sabemos, no fue recibido ni asimilado por los destinatarios con el mismo énfasis con el que fue propuesto por sus emisores. Por otro lado, en tanto todo médico debía saber expresarse con claridad, fluidez y sabiduría, la cultura de las letras también fue buscada entre los estudiantes y se apoyaba, en este caso, en otros valores y virtudes: las ventajas retóricas y oratorias para mejorar las explicaciones científicas, el conocimiento de idiomas para fomentar el vínculo con el extranjero y la recepción de fuentes internacionales, pero también la lectura de las obras literarias fue estimulada para aprender a partir de la riqueza descriptiva de los más célebres cuadros patológicos de los personajes de ficción. Si bien muchas de estas propuestas han quedado relegadas o perimidas entre los proyectos de las asignaturas que conforman en la actualidad la carrera de medicina en la Universidad de Buenos Aires, consideramos pertinente su recuperación y su relectura, casi un siglo después en algunos casos, con el fin de reflexionar acerca de los saberes o habilidades que fueron demandadas a los futuros médicos en distintos momentos de la historia de esta institución en la Argentina.
DOSSIER: La vacunación antivariólica en España durante el s. XIX LA VACUNACIÓN ANTIVARIÓLICA EN ESPAÑA DURANTE EL SIGLO XIX Ricardo Campos Marín (Coordinador) La vacunación contra la viruela constituye uno de los hitos de la medicina y por extensión un elemento modelador del mito del progreso. El descubrimiento de E. Jenner en 1796 tuvo una magnífica acogida en la mayoría de los paises europeos durante los años inmediatos a su conocimiento. España participó de este temprano entusiasmo cuya máxima expresión fue la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que capitaneada por Balmis y financiada por la monarquía apostó por la difusión de la vacuna en los territorios ultramarinos de la Corona. Sin embargo, el impulso inicial no se tradujo en una continuidad a lo largo del siglo XIX. La vacunación pareció entrar a partir de 1806 en un largo eclipse del que no saldría hasta finales del siglo XIX. En concordancia con este hecho, el grueso de los trabajos históricos sobre la vacuna en España se ha concentrado en el estrecho período cronólogico comprendido entre 1799-1806, durante el que se produjo su introducción y difusión en los dominios de la Corona. Como no podía ser de otra manera por el carácter heroico y filantrópico que tuvo, la Expedición de la Vacuna ha concentrado la mayoría de dichos estudios. Sin embargo, la relativa atención prestada a este periodo contrasta con la exigüa, cuando no inexistente, historiografía dedicada a la vacuna durante el resto del siglo XIX. Laguna historiográfica que se torna especialmente llamativa por la persistencia de las epidemias de viruela en numerosas poblaciones españolas a lo largo del XIX, y que denotan precisamente la precariedad de la vacunación en nuestro país. El desconocimiento de lo acontecido en la im-plantación y organización de la vacunación antivariólica en la España decimonónica es importante, máxime cuando no existió una estructura institucional pública dedicada a coordinar y organizar la difusión de la vacuna hasta 1871, en que se fundó el Instituto Nacional de Vacuna. Por el contrario, todo parece apuntar a la carencia de un modelo centralizado y a la dispersión de esfuerzos, favorecida por la tibieza legislativa, que se limitó a recomendar su difusión, sin tomar partido claro por la obligatoriedad de la vacunación. La única iniciativa de cierto relieve en este terreno fue de carácter privado y la emprendió el Instituto Médico Valenciano, que el 2 de julio de 1851 creó la Comisión Central de Vacunación con el doble objetivo de propagar la vacuna entre las diferentes clases sociales y de estudiar científicamente la evolución de los vacunados y la conservación de la vacuna para poder establecer una norma fija de actuación. Su actividad trascendió el marco local y se extendió a numerosas poblaciones de España, llegando a proveer de linfa vacunal a la Casa Real y a numerosos gobiernos civiles. Pero al margen de esta iniciativa, el Estado no tomó cartas en el asunto hasta 1871. A juzgar por los escasos datos conocidos, y que los trabajos del presente dossier vienen a aumentar y ratificar, la vacunación en España parece haberse desarrollado principalmente a partir del interés mostrado por cada Municipio, Junta de Sanidad Provincial, Subdelegados de Medicina, etc. En definitiva por el voluntarismo de las diferentes instituciones locales y provinciales, que tenían encomendada por ley la vacunación de la población. Por otra parte, un importante elemento difusor de la vacuna fueron los institutos privados de vacunación, que proliferaron desde la década de 1870 en diversas poblaciones y que merecen un detenido estudio, que confronte su labor filantrópica con sus objetivos comerciales y lucrativos. Esta dispersión organizativa y debilidad administrativa para crear una red institucional mínimamente coordinada, así como la existencia de un sector privado hacen necesario el impulso de los estudios locales sobre la implantación y difusión de la vacuna, si se pretende tener una visión de conjunto que permita elaborar un modelo de la vacunación antivariólica en España. Ahora bien, este tipo de trabajos no deberían limitarse a la, por otra parte necesaria, descripción de la labor desempeñada por las instituciones preocupadas por la difusión de la vacunación. Sería interesante introducir determinadas cuestiones que obligaran a problematizar y explicar dicho proceso, superando así el relato meramente factual. Elementos como los intentos de crear una disciplina médica especializada en la vacunación, la profesionalización de dichos médicos vacunadores, el mercado vacunífero y la competencia mercantilista por el mismo, las pugnas entre los médicos e instituciones, la aceptación o rechazo por parte de la población, etc, deberían ser tenidos en cuenta pues introducen contradicciones y conflictos que marcan el proceso de la organización y difusión de la vacuna, y que enriquecen las posibles interpretaciones sobre el mismo. Sin embargo, para llegar a ese punto, todavía es necesario recorrer un largo y, en ocasiones, tedioso recorrido de búsqueda de fuentes archivísticas, bibliográficas, hemerográficas y legislativas que nos permitan tener una sólida base empírica desde dónde construir modelos e interpretaciones. El presente dossier nace con la idea de dibujar un panorama general de lo acaecido con la vacunación durante el siglo XIX. No pretende ser exhaustivo pero si señalar las líneas generales del proceso. Es muy significativo que recién concluido el año 2003 se haya celebrado el merecido bicentenario de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna con diversos actos conmemorativos y apenas hayamos recordado que tambíen se cumplía el centenario del Real Decreto de 15 de enero de 1903 que establecía la vacunación obligatoria. Por ello este dossier arranca con la introducción de la vacunación en España y concluye con la promulgación de dicho Decreto y sus consecuencias.
Los primeros pasos en la organización de la lucha contra el cáncer en la Argentina: el papel del Instituto de Medicina Experimental, 1922-1947 El artículo analiza iniciativas para organizar la lucha contra el cáncer en la Argentina entre comienzos de la década de 1920 y mediados de la década de 1940. En particular, hace eje en las acciones del Instituto de Medicina Experimental, un hospital-instituto de investigación dependiente de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires que tuvo un papel central en este proceso. Se presta atención a la organización de la atención médica en el establecimiento, a las campañas de difusión de conocimiento a la población, a los intentos por incorporar esta cuestión a la formación profesional, a la articulación de las actividades con organismos estatales para dar mayor alcance territorial a la lucha contra el cáncer y a las investigaciones científicas que apuntaron a vincular el desarrollo del cáncer con estilos de vida. El 7 de noviembre de 1922 fue inaugurado en la ciudad de Buenos Aires el Instituto de Medicina Experimental (IME), un centro destinado al estudio y el tratamiento del cáncer que dependía de la Facultad de Ciencias Médicas (FCM) de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Desde entonces, hasta mediados de la década de 1940 aproximadamente —período que coincide con el desempeño del médico Ángel Roffo (1882-1947) en el cargo de director—, el IME se convirtió en el establecimiento de mayor relevancia en la organización de la lucha contra el cáncer en la Argentina, con tareas que pivotaron entre la investigación científica, la atención médica y la asistencia social; término este último bajo el que agrupo a un conjunto amplio de actividades, como la difusión de conocimiento y la articulación de una red de dispensarios ubicados en diferentes puntos del país, entre otras. En un trabajo previo he analizado el proceso por el cual el cáncer se fue conformando como un objeto científico y como un problema de salud pública en el país durante las primeras dos décadas del siglo XX (Buschini, 2014). Allí se puede apreciar el modo en que esta enfermedad ingresó en la órbita de médicos porteños y funcionarios estatales, el marco en el que se realizaron las primeras investigaciones experimentales sobre el tema y las características que asumió la formulación en el año 1912 del proyecto de creación del IME y su posterior concreción. Este trabajo retoma ese análisis pero hace foco en una etapa posterior, la que se abre con la inauguración del IME en el año 1922 y concluye a mediados de la década de 1940. El cierre del período obedece a una serie de acontecimientos y procesos que operaron a niveles distintos pero confluyeron en modificaciones importantes en las actividades del IME y en el lugar que este establecimiento había ocupado hasta entonces en la organización de la lucha contra el cáncer en el país. En primer término, el desplazamiento de Roffo de su rol como director en el año 1946 y su posterior muerte al año siguiente. En segundo lugar, los intentos por parte de funcionarios del Estado nacional —sin abrir juicio sobre sus logros— por obtener mayor injerencia en las actividades relacionadas con esta enfermedad en detrimento de la autonomía de que había gozado hasta ese momento la profesión médica, algo claramente expresado en la situación del IME. Por último, la proliferación de centros públicos y privados que contaban con personal y equipamiento adecuados para la atención del cáncer. En cuanto al funcionamiento del IME, en particular, estos cambios significaron resignar espacios en relación con las tareas más amplias de organización de la lucha contra el cáncer en el país que había buscado monopolizar y una creciente diferenciación de las áreas destinadas a las funciones de investigación y de atención médica, hasta entonces centralizadas por la figura omnipresente de Roffo. Desde la perspectiva que brinda la historia de la salud y la enfermedad en el país, el período bajo estudio es el de una transición. Como resultado de ciertos éxitos de las instituciones sanitarias estatales y de la profesión médica, la centralidad de las enfermedades infectocontagiosas comenzó en esos años a ceder lugar ante el interés creciente por las afecciones «modernas» (como las cardiovasculares y el propio cáncer) y tanto miembros de la profesión médica como autoridades sanitarias de un aparato estatal fragmentario e incipiente llevaron adelante las primeras discusiones e iniciativas para responder a estas enfermedades. Sin embargo, aunque esta cuestión ha sido señalada (Armus y Belmartino, 2001), no se ha estudiado en detalle el modo específico en que estas enfermedades fueron ganando en importancia en el período de entreguerras, preparando el terreno para su coronación en la segunda mitad del siglo XX. En relación con el caso particular del cáncer, las actividades del IME en sus primeros veinticinco años de funcionamiento no recibieron mayor atención pese a que este establecimiento tuvo en este sentido una importancia decisiva1. El trabajo, por lo tanto, centra su mirada en el papel del IME durante sus primeros veinticinco años de funcionamiento en el proceso de consolidación del cáncer como un problema de salud pública relevante en la Argentina y en las primeras respuestas que dieron el Estado y la sociedad civil a esta enfermedad. Además de ofrecer una caracterización del modo en que se organizaron las actividades en este establecimiento y las iniciativas de Roffo y sus colaboradores para monopolizar la organización de la lucha contra el cáncer en el país, el análisis hace foco en ciertas cuestiones especialmente significativas a propósito de cómo los miembros del IME contribuyeron para que esta enfermedad adquiera visibilidad pública. En particular, interesa la insistencia en la importancia de educar a la población y a los profesionales para lograr diagnósticos tempranos, y el papel atribuido a ciertas conductas individuales en el desarrollo del cáncer (alcoholismo, exposición al sol, tabaquismo, dieta), cuestión asociada a tópicos emergentes como el de los «estilos de vida» y el de los «males de civilización». LA CONSTRUCCIÓN DE UNA PLATAFORMA INSTITUCIONAL PARA LA ORGANIZACIÓN DE LA LUCHA CONTRA EL CÁNCER El proyecto de creación del IME, formulado en el seno de la Academia de la Facultad de Ciencias Médicas en el año 1912, enlazó una serie de procesos muy significativos de cara a su organización posterior. Además de los conflictos internos de la élite médica que gravitaba en torno de las incipientes instituciones sanitarias estatales y de la FCM de la UBA, resultaron decisivos la difusión que hicieron algunos médicos porteños de los avances realizados en Europa en cuanto al conocimiento del cáncer y la organización de los primeros laboratorios experimentales en la FCM. La combinación de estos elementos constituye una clave para comprender la forma que adquirió el proyecto para la creación de un establecimiento que incluiría las funciones de investigación científica y de atención médica, algo que entonces no era obvio sino más bien excepcional entre los hospitales e institutos de investigación que, lentamente, comenzaban a erigirse alrededor del mundo para combatir a esta enfermedad. La trayectoria durante la década de 1910 de quien sería su director, Ángel Roffo, profundizó en esta dirección y le agregó nuevas aristas o ciertas especificidades, como la creación de una asociación civil para contribuir a la organización de la lucha contra el cáncer (Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer, LALCEC) o la decisión de implementar diagnósticos y tratamientos basados en la tecnología radiológica, cuestiones que en ambos casos surgieron a partir del viaje que Roffo y su mujer Helena Larroque realizaron por Europa en los años 1919 y 1920 (Buschini, 2014). De esta forma, una vez habilitado el IME comenzó a funcionar sobre los pilares proyectados de investigación científica y atención médica, a lo que se agregó la asistencia social. Para ello, contó inicialmente con dos pabellones, uno destinado a la atención médica y otro a la investigación científica (que se terminó de construir en el año 1923)2, y un bioterio en el que se obtenían y mantenían los animales utilizados para la realización de experimentos. Poco tiempo más tarde, debido a que la afluencia de pacientes superó la capacidad de que disponía el establecimiento, se decidió utilizar fondos puestos a disposición por LALCEC para edificar un pabellón destinado exclusivamente a la atención de mujeres3. El IME contó en sus inicios con una planta aproximada de setenta personas, treinta de las cuales cumplían tareas de investigación científica y atención médica4. En su dimensión hospitalaria, pertenecía al incipiente entramado de establecimientos públicos de atención médica, en particular al de los hospitales universitarios. Como tal, ofrecía sus servicios de manera gratuita a la población de menores recursos. Junto a esto, hay que destacar algunas iniciativas adicionales mediante las que Roffo organizó las actividades del IME. La primera de ellas guarda relación con el personal de enfermería, que en su conformación inicial ascendía a doce mujeres. Aun cuando las fuentes documentales disponibles sobre el desempeño de las enfermeras en los primeros meses del instituto son escasas, algunas declaraciones de Roffo permiten imaginar la existencia de una situación relativamente dispar en la que se combinaba la presencia de enfermeras con un entrenamiento adecuado con otras que no poseían un nivel de preparación suficiente (Roffo, 1925). Frente a este estado de cosas, Roffo consiguió la aprobación de la FCM para crear una escuela de enfermeras en el IME, que comenzó a funcionar en el año 1924. Las alumnas de esta escuela recibían dos años de formación impartida por los médicos que revistaban en el establecimiento e incluía las asignaturas de Anatomía, Fisiología, Higiene, Cirugía y Terapéutica. Ocasionalmente, este ciclo inicial podía ser complementado con cursos de especialización que habilitaban para cubrir cargos de asistencia en los servicios de cirugía, roentgenterapia y radiumterapia. En segundo lugar, algunas iniciativas se vincularon con la circulación y discusión de los conocimientos científicos y clínicos relacionados con el cáncer. Por un lado, se dotó al IME de una biblioteca que recibía libros y revistas científicas de diferentes regiones del mundo. Por otro lado, en los últimos meses de 1924 apareció el primer número del Boletín del Instituto de Medicina Experimental para el estudio y el tratamiento del cáncer, una publicación regular en la que se daba cuenta de las diferentes actividades del instituto (movimiento de pacientes, desarrollo de la escuela de enfermeras, actividades de asistencia social de Roffo, entre otras), se presentaba la nómina de libros y revistas científicas recibidos por la institución (algunos de ellos eran fichados, medio por el cual se cubría la actualización bibliográfica) y, principalmente, se comunicaban trabajos realizados en el instituto. La mayoría de ellos provenía de la sección experimental y se presentaban también casos clínicos o resultados obtenidos mediante algún tratamiento novedoso. El Boletín... era de igual modo un medio para obtener materiales bibliográficos dado que se lo empleaba para el canje. Por último, la creación de la Asociación Argentina para el Estudio del Cáncer. Esta asociación fue fundada en el mes de julio de 1924 con el objetivo de dar un carácter más amplio a las reuniones que el personal del IME llevaba a cabo de manera mensual para presentar y discutir trabajos científicos y casos clínicos. Así, indicaba en sus estatutos que la membresía estaba abierta a todos los médicos y personas que, con o sin título universitario, se dedicasen al estudio del cáncer, medicina experimental y temas afines (Astraldi, 1924). No obstante, a pesar de las intenciones declaradas, su desarrollo posterior brinda pistas sobre los límites que encontró Roffo en sus aspiraciones para centralizar la organización de la lucha contra el cáncer en el país: la nómina de socios y los trabajos presentados en las reuniones muestran a lo largo de los años una presencia casi exclusiva de los miembros del IME. Esta asociación permitió también darle carácter formal a algunos de los vínculos que Roffo estableció en el extranjero; tanto en América Latina, a partir a partir de la creación —impulsada por el propio Roffo— en el año 1929 de la Confederación latinoamericana para el estudio del cáncer5, como en Europa, mediante la vinculación de la asociación argentina con entidades como la Association française pour l'etude du cancer y la Unión Internacional contra el Cáncer, ésta última creada en 1934. Estos recursos institucionales fueron un pilar fundamental para los intentos de Roffo de constituir al IME y a sí mismo como el eje central en la organización de la lucha contra el cáncer en la Argentina. A estos recursos deben añadirse las credenciales simbólicas y los vínculos con autoridades universitarias y funcionarios estatales que Roffo venía acumulando desde sus años como estudiante, construyendo un perfil de investigador científico y experto en materia de cáncer en un momento en que, como indica González Leandri (2012), la vieja política de notables que había caracterizado a la élite médica argentina se encontraba en transición hacia la conformación de un ideal profesional signado por la importancia otorgada al juicio de pares como requisito de intervención (Buschini, 2012; Buschini y Zabala, 2015). LA ORGANIZACIÓN DE LOS SERVICIOS MÉDICOS EN EL IME Y LAS ESTRATEGIAS PARA COMBATIR SUS LÍMITES INICIALES La organización de los servicios de atención médica en el IME era crucial de cara a la confianza que había sido otorgada a Roffo por parte de los poderes públicos, las autoridades universitarias y la sociedad civil. Para ello, este médico diseñó un sistema fuertemente centralizado que articulaba el empleo de técnicas que a nivel internacional se encontraban estandarizadas (o en vías de hacerlo) con otras elaboradas en base a investigaciones desarrolladas en el IME. Estas últimas tenían un carácter situado y estaban sujetas a revisiones en función de logros y fracasos. La incorporación o la exclusión de determinadas técnicas de diagnóstico y tratamiento así como la especificación de los casos en que debían ser empleadas suponía decisiones polémicas vinculadas con las diferentes culturas profesionales que comenzaban a gravitar en torno del cáncer (cirujanos, radiólogos, anatomopatólogos, clínicos, entre otros) y tenían intereses y concepciones que en ocasiones colisionaban, algo de lo que queda registro en las primeras reuniones de la Asociación Argentina para el Estudio del Cáncer —allí aparecen discusiones entre cirujanos y radiólogos a propósito de la utilidad de los rayos X y entre cirujanos y anatomopatólogos sobre los beneficios e inconvenientes de la biopsia— o en conferencias sobre diagnóstico radiológico en las que se puede inferir el escepticismo que encontraban los radiólogos entre los clínicos y sus esfuerzos por demostrar que detrás de esta tecnología subyacía la mirada clínica (del Giudice, 1934; Landaburu, 1926; Astraldi, 1924). La autoridad de que disponía Roffo al interior del IME, en este sentido, le permitió colocarse por encima de esos intereses e integrar métodos de diagnóstico y tratamiento que no siempre convivían de manera pacífica en otros establecimientos6. De igual modo, sus propios compromisos profesionales y su autoridad excluyeron la incorporación de otras técnicas y esto ocasionalmente le valió críticas. Al respecto, Eraso (2014) ha argumentado recientemente que la exclusión de la técnica diagnóstica de la colposcopía se convirtió en los primeros años de la década de 1930 en objeto de cuestionamiento por parte de algunos ginecólogos ajenos al establecimiento que desde entonces comenzaron a disputar las ambiciones hegemónicas de Roffo en la organización de la lucha contra el cáncer en el país. Según el sistema diseñado, la persona que arribaba al IME, poseyera o no un diagnóstico previo, accedía a una primera entrevista en el consultorio médico —en la que se elaboraba una ficha con una descripción cualitativa del caso que incluía información acerca de cómo había decidido acercarse, cuándo había notado la lesión y cómo ésta se había producido, sumado a cuestiones estandarizadas que servían para la sistematización estadística— y, eventualmente, era derivada al consultorio de la especialidad correspondiente. En esa instancia se le realizaba un diagnóstico clínico y luego, según el caso, se le efectuaba una biopsia (en tumores de superficie) o una radiografía (en tumores internos). Por último, se utilizaba también la reacción de rojo neutro o reacción Roffo, una técnica diagnóstica de tipo biológico desarrollada en la sección experimental del IME que consistía en un preparado que se comportaba de manera diferente ante la presencia de sueros normales y neoplásicos: mientras que en el primer caso mantenía un color amarillento ante el suero canceroso viraba rápidamente hacia un color rosado. A pesar de los esfuerzos realizados por Roffo y sus colaboradores —quienes establecieron un índice colorimétrico y otro fotoespectrométrico para interpretar la reacción y diseñaron guías para su correcta utilización (Roffo y Correa Urquiza, 1928; Roffo y Correa Urquiza, 1930; Roffo, 1933a)—, esta técnica no fue adoptada de manera rutinaria en otros establecimientos del país y, si bien fue discutida a nivel internacional, sus niveles de especificidad y sensibilidad fueron cuestionados (Buschini, 2010, pp. 85-91). Una vez realizado el diagnóstico, las personas afectadas por un cáncer eran clasificadas en dos grupos: operables e inoperables. Los primeros recibían tratamiento quirúrgico y, en algunas ocasiones, esto era complementado con el uso de rayos X o radio7. Los del segundo grupo sólo eran tratados con rayos X o radio y, ante casos desesperados en los que ya no quedaba otra opción, Roffo apeló al uso de tratamientos experimentales que, como en el caso de la reacción de rojo neutro, eran el resultado de investigaciones experimentales llevadas adelante en el IME, como la organoterapia y la quimioterapia, con productos químicos de autolisados e hidrolizados, compuestos seleniados, de cobre, de rubidio, de plomo coloidal, entre otros (Ramos, 1929)8. EL PROBLEMA DE LOS INOPERABLES Y LA IMPORTANCIA DEL «DIAGNÓSTICO TEMPRANO»: LA DIFUSIÓN DE CONOCIMIENTOS Y LA FORMACIÓN PROFESIONAL El sistema de diagnóstico y tratamiento que Roffo buscó implementar en el IME presentó inicialmente considerables dificultades debido a que los pacientes arribaban con un grado de la enfermedad muy avanzado ante el cual era muy poco lo que se podía hacer. La estadística producida en los primeros meses en que funcionó el servicio clínico, en 1923, demostraba que sólo el 7,57 % de las personas que asistieron al establecimiento había dejado pasar de uno a tres meses desde que notaron sus primeros síntomas. Por el contrario, el 74,12 % había demorado más de seis meses desde ese momento, instancia en la que el desarrollo del cáncer se volvía irreversible en la mayoría de los casos (Roffo, 1925). Según declaraba Roffo, esta situación dificultaba el curso de las actividades en el instituto debido a que no se podían ofrecer respuestas eficaces y esto implicaba el empleo inútil de recursos que podían ser aprovechados por otros pacientes. Asimismo, sostenía que esto se convertía en una fuente de publicidad negativa. Estos datos, y las medidas que se tomaron en consecuencia, marcan un aspecto central del modo en que, desde los primeros años de funcionamiento del IME, se concibió que era posible tener algún grado de eficacia en las acciones contra el cáncer: la convicción de que era fundamental obtener un diagnóstico precoz, algo que por cierto no era una peculiaridad de este establecimiento sino que comenzó en esos años a ser moneda corriente entre los médicos, funcionarios estatales y asociaciones civiles involucrados en la lucha contra el cáncer en diferentes puntos del mundo (Gaudillière, 2009; Pinell, 2002). Un diagnóstico precoz, aseguraba Roffo, cuando el tumor se encuentra localizado y encerrado dentro de las barreras de su membrana, ofrece la oportunidad de extirparlo. De igual modo, aun en la etapa siguiente, cuando el tumor rompe la barrera de la membrana e infiltra los tejidos que la rodean —algo que marca la cancerización inicial—, es posible extirparlo con éxito (Roffo, 1943). Las consideraciones sobre la importancia del diagnóstico temprano estuvieron en la base de distintas acciones que se encararon desde el IME, algunas de las cuales involucraron hacer énfasis en la difusión de conocimientos entre la población y la profesión médica (Basso, 1934). En ambos casos, se asociaban a estas acciones intentos por consolidar y expandir la posición de privilegio de la que gozaba el establecimiento en materia de organización de la lucha contra el cáncer en el país. En lo que concierne a la población, estas campañas se realizaban frente al desconocimiento y el temor popular así como contra la competencia que suponían curanderos y farmacias de barrio. Ya en 1924 se inició desde el IME una campaña de divulgación de conocimientos sobre la enfermedad que tuvo continuidad durante el período de Roffo como director. Con el auxilio de LALCEC, fueron distribuidos entre la población (en lugares como escuelas, comisarías y estaciones de ferrocarril, entre otros) unos folletos con el título de «Lo que usted debe saber sobre el cáncer», en los que se enseñaba a identificar los síntomas ante los que se debía realizar una consulta y se ofrecían los servicios gratuitos del IME. Con el tiempo, la distribución de estos folletos fue acompañada por la filmación y exhibición de una película llamada «El cáncer» y por el establecimiento formalizado de un ciclo de conferencias (denominado «La hora del cáncer») que eran dictadas por Roffo en el IME y a las que concurrían con regularidad maestros y alumnos de escuela así como miembros de asociaciones profesionales, sociedades de fomento y otras asociaciones civiles. En la década de 1930, cuando en la Argentina se popularizó la radiofonía, se llegó a realizar un ciclo de programas llamado «Semana del cáncer» en el que los médicos del IME abordaron, entre otros, temas como «Cuando la mujer debe preocuparse por un probable cáncer en la matriz», «Lesiones de la piel que pueden considerarse sospechosas en la lucha contra el cáncer» y «Cuando debe preocuparse la mujer por lesiones que observa en sus senos» (Ramos, 1937). La difusión de conocimientos con el afán de incrementar el diagnóstico precoz, como fue señalado, no se limitó a la población sino que abarcó a los miembros de la profesión médica, sus auxiliares y otros trabajadores de la salud. Con esto, no sólo se apuntaba a mejorar la formación profesional sino también establecer la figura del especialista en cancerología y fortalecer su posición en los temas que le competían. Esto formaba parte de un proceso más amplio de creación de especialidades médicas y disputas por sus incumbencias, cuestión que se volvió álgida en las décadas de 1920 y 1930 en el marco de una crisis profunda al interior de la profesión, tal como muestra Belmartino (2005, 2011). Entre los distintos registros que quedan de esa situación, resulta especialmente ilustrativa una conferencia dictada por Juan Luis Basso, médico de sala del IME y colaborador cercano de Roffo, quien daba cuenta del problema que constituía la falta de formación específica entre médicos prácticos, odontólogos y obstétricas. Según Basso, estos profesionales carecían de conocimientos específicos sobre el cáncer y ello redundaba en la aplicación de tratamientos de prueba con anterioridad a la obtención de un diagnóstico adecuado como el que podía proveer la realización de una biopsia. Esto, decía Basso, ocasionaba demoras perjudiciales de cara a la evolución de la enfermedad (Basso, 1934). Como parte de este llamado a médicos y auxiliares para que se formen en la materia, Basso cuestionaba a la FCM de la UBA, cuyos planes de estudio no contemplaban la inclusión del cáncer como asignatura diferenciada y obligatoria. Se hacía eco así de las iniciativas que Roffo, no con el éxito esperado, desplegó en esta dirección desde mediados de la década de 1920. Desde entonces, junto a las clases que impartía en su carácter de Profesor Suplente de la materia de Anatomía y Fisiología Patológicas —cargo que ejerció hasta 1931 cuando renunció a la posibilidad de presentarse al concurso para ocupar el cargo de Profesor Titular en esa materia—, estableció sucesivos convenios con esa casa de estudios a partir de los que se le permitía ofertar cursos sobre cancerología para graduados. Las clases eran impartidas en el IME por Roffo y sus colaboradores y abordaban diferentes cuestiones teóricas y prácticas ligadas a la cancerología clínica y experimental. En el año 1939, esta situación adquirió un nuevo carácter, cuando fue aprobado un proyecto de creación de una cátedra libre de cancerología que comenzó a funcionar un año más tarde9. Tras el éxito de ese primer curso en términos de la cantidad de inscriptos, Roffo intentó que la cátedra adquiera un carácter obligatorio. En una carta enviada al decano de la FCM, Nicanor Palacios Costa, luego de señalar el éxito obtenido con el curso libre —que inclusive había implicado el arribo de médicos del interior del país y de países limítrofes como Brasil, Paraguay y Bolivia— postulaba «la necesidad de que su acción sea más efectiva y amplia, incorporando esta enseñanza a las disciplinas oficiales que debían cumplir los adscriptos»10. Su propuesta, sin embargo, no fue aceptada y Roffo continuó ofertando los cursos libres hasta el momento en que fue separado de su cargo como Director del IME, en 1946, y se le solicitó que también abandonara la cátedra de cancerología debido a que ésta se encontraba anexada al IME11. LA ARTICULACIÓN CON LOS ORGANISMOS ESTATALES Y LA CONSTRUCCIÓN DE UNA RED DE DISPENSARIOS A NIVEL NACIONAL Las complicaciones que experimentó el IME en los primeros años por el arribo de pacientes con un desarrollo muy avanzado de la enfermedad se agravaban debido a que muchos de ellos provenían de provincias lejanas. Como una forma de enfrentar esta situación, Roffo articuló las actividades del establecimiento con el Departamento Nacional de Higiene dependiente del Ministerio del Interior —en ese momento bajo la dirección del médico Gregorio Aráoz Alfaro, un destacado higienista argentino con una trayectoria que incluía cargos en el Estado y en la FCM, en este último caso tanto docentes como directivos—, uno de los incipientes organismos sanitarios que en esos años buscaban expandir la influencia del Estado argentino sobre el territorio nacional. Así, en el año 1926 estableció un convenio para que el DNH contribuyera a mejorar al diagnóstico precoz del cáncer y su tratamiento en diferentes puntos del país. Mediante esta acción conjunta se establecieron cuatro regiones de referencia (norte, cuyo, litoral y sur) en las que existían dependencias del DNH, las cuales quedaron desde entonces encargadas de una doble tarea. Por un lado, facilitar a los médicos y al público los materiales de información y divulgación de conocimientos que producía el IME sumado a los elementos necesarios para la realización de los análisis. Por otro lado, remitir al IME las muestras de pacientes de quienes se sospechaba que pudieran estar afectados por algún tipo de cáncer (Roffo, 1926a). Si bien no se cuenta con documentos que permitan establecer los fundamentos de este curso de acción o las razones que llevaron a instrumentarlo en vinculación con el Departamento Nacional de Higiene, es posible señalar algunas cuestiones a modo de conjeturas o interrogantes que resultan relevantes de cara al interés por conocer en detalle el proceso de difícil afirmación de un entramado sanitario estatal unificado, su relación con los organismos provinciales y la formulación de políticas públicas para atender a determinados problemas sanitarios. En primer lugar, en cuanto a la forma que adquirió el proyecto, es posible imaginar —por la cercanía que tenía con sus protagonistas— que Roffo conocía de cerca el proceso de creación y el funcionamiento de los centros anticancerosos distribuidos a lo largo del territorio francés, cuya organización estudia Pinell (2002). La pregunta que cabe, en este sentido, es hasta qué punto esto resultó una influencia para la formulación del proyecto que articulaba las acciones del IME con las del DNH, y, dadas las diferencias de forma —en Francia se creaban centros que tenían capacidades propias para realizar diagnóstico y tratamiento— saber si estas obedecieron a recursos limitados (tanto financieros como de personas capacitadas para asumir estas tareas) o a razones técnicas que tuvieran que ver con concepciones sanitarias enfrentadas a propósito del modo de organizar la lucha contra el cáncer. Al respecto, la situación en ese momento del incipiente entramado sanitario nacional lleva intuitivamente a inclinarse por la primera opción. En segundo lugar, es pertinente preguntarse por qué Roffo estableció este convenio con el DNH y no con la Comisión Nacional de Asilos y Hospitales Regionales, una oficina estatal dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto que rivalizaba con el DNH en los intentos de expandir la influencia del Estado nacional en materia sanitaria en todo el territorio argentino y que, para ello, creaba centros asistenciales. Sobre este punto, la hipótesis más sólida que puede establecerse radica en que las relaciones entre Roffo y el director de la Comisión Nacional de Asilos y Hospitales Regionales, Domingo Cabred, habían quedado resentidas tras un fuerte enfrentamiento alrededor de la dependencia institucional del IME que tuvo lugar al momento de su inauguración (Buschini, 2015)12. Otra cuestión sobre la que no se dispone de registros documentales refiere a cómo fue la implementación efectiva de estas colaboraciones y cuál fue su eficacia real. No obstante, sí puede afirmarse que, al menos en un plano formal, se sostuvieron en el tiempo. Ya en la segunda mitad de la década de 1930, inclusive, se profundizaron, mediante la creación de dispensarios regionales destinados exclusivamente al tratamiento del cáncer (en las ciudades de Rosario, Bahía Blanca, San Juan y Tucumán) que estaban en conexión permanente con el IME y eran presentados como filiales regionales del establecimiento. A comienzos de la década de 1940, como parte del éxito creciente en materia de la centralización de las funciones estatales nacionales en el sector sanitario, el nuevo director del DNH, Juan Jacobo Spangenberg, dispuso la creación de una Sección Neoplasias que tendría alcance nacional. En la justificación de esta creación, elevada al Ministro del Interior Miguel Culaciati, Spangenberg señalaba que era necesario ocuparse del cáncer y de las enfermedades cardiovasculares debido a que eran la causa de una elevada mortalidad en la población adulta, algo que marca el lugar que comenzaron a ocupar entonces las enfermedades no transmisibles en la mirada de la profesión médica y de los poderes públicos. Aun cuando no cabe, ante estas declaraciones, abrir juicio sobre la veracidad de los datos o sobre los modos en que fue construida la estadística13, resulta relevante que se utilizaran desde la más alta esfera de las instituciones sanitarias estatales para hablar en favor de la importancia creciente de esta enfermedad y del lugar que estaba destinada a ocupar, ya no como promesa —tal como habían argumentado a principios de siglo quienes estuvieron involucrados en ese momento en la construcción del IME (Buschini, 2014)— sino como realidad. Los objetivos diseñados por Spangenberg para la Sección Neoplasias pueden ser interpretados como un intento de dar mayor amplitud a tareas que hasta entonces venía realizando el IME, como la divulgación de conocimientos sobre la enfermedad para lograr un diagnóstico precoz, la creación de centros anticancerosos, alertar sobre las sustancias con una acción cancerígena reconocida, realizar estadísticas sobre morbi-mortalidad por cáncer y contribuir a la especialización de los médicos, entre otras. También, como una forma de modificar el balance entre Estado y profesión en este terreno, en tanto se buscaba quitar atribuciones a este establecimiento y apartarlo del sitio privilegiado que había ocupado hasta entonces en la organización de la lucha contra el cáncer en el país. Así, si en 1926 era Roffo quien impulsaba un acuerdo con el DNH para organizar la lucha nacional contra el cáncer, ahora eran las autoridades estatales quienes se proponían organizar esta lucha y ubicaban al IME en un lugar específico. No obstante, hasta donde puede inferirse con las fuentes disponibles, el nuevo estado de cosas no se planteó como un corte abrupto sino que, al parecer, implicó una transición negociada. De esta manera, Roffo seguía vinculado a las actividades estatales en el nuevo escenario. Además de ser nombrado como miembro asesor honorario, logró que se incluyera como requisito obligatorio para el personal que revistara en los Centros Anticancerosos locales asistir al curso de cancerología libre que dictaba en la FCM14. Con ello, no sólo quedaba en la órbita de la nueva política estatal sino que también se garantizaba una matrícula numerosa en el marco de las disputas que, como pudo verse, sostenía al interior de la FCM para lograr que se le otorgue carácter obligatorio a su curso de cancerología. LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA EN EL INSTITUTO DE MEDICINA EXPERIMENTAL Y LAS CAMPAÑAS CONTRA LOS «MALES DE CIVILIZACIÓN» Uno de los aspectos salientes del IME, desde la perspectiva que ofrece la historia de la profesión médica y su relación con la institución universitaria en la Argentina, es la incorporación de la investigación experimental entre sus funciones. El IME, en efecto, fue parte de una serie de creaciones institucionales (otros casos destacados aunque no únicos fueron el Instituto de Fisiología dirigido por Bernardo Houssay y la Misión de Estudios de Patología Regional dirigida por Salvador Mazza) que en la década de 1920 coronaron un proceso iniciado al menos treinta años antes por el cual se iniciaron investigaciones de laboratorio en la FCM de la UBA (Buch, 2006; Buschini, 2012; Buschini y Zabala, 2015; Prego, 1998, 2001). Roffo, bajo esta prisma, encontró en el IME un ámbito desde el que encauzar una carrera científica que venía desarrollando desde sus años como estudiante, aprovechando las oportunidades laborales incipientes asociadas a las actividades experimentales que se abrían en la propia FCM y en dependencias estatales (Buschini, 2012; Buschini y Zabala, 2015). Desde sus primeros años de funcionamiento se conformaron en el área de investigación del IME las secciones que perdurarían en el período de Roffo como Director, entre las que se incluían las de Química-Biológica, Patología Experimental, Anatomía-Patológica, Microbiología, Físico-Química y Cultivo de Tejidos. En cuanto al contenido de las investigaciones, un rasgo distintivo es la existencia de un estilo caracterizado por la extensión antes que por la especialización. Así, Roffo y sus colaboradores se involucraban en diferentes dominios de investigación relacionados con el cáncer y buscaban contribuir a líneas de indagación que se realizaban en establecimientos abocados al estudio del cáncer distribuidos por el mundo. Dentro de esta diversidad de tópicos, una primera gran división se dio entre investigaciones orientadas a la obtención y estandarización de nuevos métodos de diagnóstico y de tratamiento, y otras centradas en explicar los mecanismos involucrados en la génesis del cáncer. Las primeras, como se vio, se articulaban con las actividades clínicas del establecimiento e incluían cuestiones como el desarrollo de técnicas de diagnóstico biológico, la prueba de compuestos químicos y orgánicos con potencial terapéutico y el análisis de las condiciones en que los rayos X tenían mayor efectividad. Las segundas, en las que centraré la atención, tuvieron dos ejes. Por un lado, el estudio de las propiedades físico-químicas y bioquímicas del tejido canceroso. Por otro lado, la búsqueda de compuestos físicos y químicos involucrados en el proceso de cancerización. A lo largo de su carrera, en algunos casos desde muy temprano, Roffo sostuvo algunas concepciones coherentes con los experimentos que diseñó. En términos de la etiología del cáncer, mantuvo desde sus primeros trabajos una postura «antiparasitaria» —en el sentido de descartar las teorías que postulaban la existencia de un microbio como agente causal del cáncer— y se inclinó por las explicaciones que le daban primacía a un desorden de tipo celular. Hacia mediados de la década de 1920 ofrecía una definición según la cual la fórmula de la etiología del cáncer era «irritación + terreno = cáncer» (Roffo, 1926b, 1934). Por irritación entendía algún tipo de estímulo químico o físico y por el terreno, término más impreciso de la fórmula en tanto era sobre el que menos conocimiento se poseía, alteraciones bioquímicas y físico-químicas en la propia célula. Sus primeras indagaciones orientadas a entender el proceso por el cual se desarrolla el cáncer hicieron foco en el primero de los términos que componían esta fórmula, el terreno canceroso, y buscaron establecer qué tipo de alteraciones aparecían allí y si estas eran una causa o una consecuencia. Con ello, participaba de las investigaciones que en el período de entreguerras buscaron desentrañar las diferencias funcionales y estructurales entre las células normales y malignas (Löwy, 1997, pp. 464-467). En ese marco, realizó estudios con el objetivo de confirmar resultados sobre cuestiones como el desequilibrio en la relación entre el nivel de calcio y potasio en el tejido canceroso, la desigual conductibilidad eléctrica de los tejidos normales y neoplásicos, y las diferencias que presentaban ambos tipos de tejidos en el metabolismo de los hidratos de carbono y en las oxidaciones. También en este contexto llevó adelante indagaciones con cierta continuidad a propósito del metabolismo de los lipoides que partían por constatar la existencia de un contenido mayor de lipoides en los tejidos neoplásicos que en los normales, especialmente del colesterol, y se preguntaban si esto era una causa o una consecuencia del desarrollo del cáncer (Roffo, 1929, 1933b, Sadi Fonso, 1944)15. Junto a esto, con el tiempo Roffo comenzó a argumentar que la importancia creciente del cáncer en los índices de morbilidad y mortalidad estaba asociada a estilos de vida que se difundieron con la modernidad. [...] es un mal de la civilización, ya que los cuerpos químicos que actúan como agentes cancerígenos se encuentran en todos aquellos productos que el hombre ha ido incorporando a su vida, intoxicándose, complicando su metabolismo y alejándose cada día más de la naturaleza (...) Se es civilizado, si se está al día en las costumbres y a la moda, cuando se toma muchos copetines dinamiteros, cuando se fuma y se echa humo como una usina, cuando se comen comidas rebuscadas y grasientas (...); y por último, se es civilizado cuando se vive apretujado en las ciudades respirando un ambiente maloliente, cargado de hidrocarburos producidos por la combustión de petróleo, que esta mal llamada civilización incorpora a la atmósfera, para mal del hombre, por la calefacción y la cocina en el hogar, y por el tráfico motorizado en la calle; haciendo que el hombre viva en medio de una nebulosa compacta de humo que encierra productos de un peligro social enorme (Roffo, 1943, p. Esta vinculación entre ciertos estilos de vida y el cáncer era el resultado de un programa de investigaciones que Roffo llevó adelante entre fines de la década de 1920 y fines de la década de 1930 desplazando su interés inicial por el terreno canceroso hacia los agentes físicos y químicos involucrados en la irritación. También, condujo experimentos aislados para observar la presencia de hidrocarburos en el aire de la ciudad por la proliferación de automóviles (Roffo, 1939a) o la posible existencia de sustancias cancerígenas en infusiones como el café, el té y la yerba mate (Roffo, 1943). El inicio, desarrollo y uso de los resultados de estas indagaciones seguía un patrón similar que puede ser interpretado a la luz de su particular trayectoria profesional, que hacía de él a la vez un hombre involucrado en la clínica, un científico y un sanitarista. En todos los casos, señalaba en primer lugar la existencia de antecedentes en la literatura que, a partir de la observación clínica en centros hospitalarios, indicaban alguna conexión entre determinadas actividades y ciertos tipos de cáncer. Junto a esto, en el inicio de estas indagaciones era clave el contacto con pacientes en el servicio clínico del IME, algo que confirmaba en la práctica los antecedentes referidos. Estas observaciones generales eran sistematizadas mediante el análisis estadístico, estableciendo nexos entre diferentes tipos de cáncer y rasgos singulares de la población afectada que incluían cuestiones como el sexo o la ocupación. Así, mostraba por ejemplo que el cáncer en el labio y en los órganos respiratorios era más frecuentes entre hombres que entre mujeres (con valores en todos los casos por encima del 88 % y en la mayoría de ellos superando ese porcentual) y atribuía esta diferencia a que el hábito de fumar estaba poco extendido entre la población femenina (y sostenía que las mujeres que habían desarrollado algún cáncer en esas localizaciones eran grandes fumadoras, algo que se aprecia en las fichas clínicas que mostraba en sus trabajos) (Roffo, 1936); o que el cáncer cutáneo era también más frecuente entre hombres (con valores de 70 % aproximadamente) y entre estos en aquellos que debían estar expuestos al sol con mayor frecuencia por su ocupación, como estancieros, agricultores, albañiles, barrenderos de la ciudad, peones de campo y marinos (Roffo, 1932, p. Hasta aquí, no existían grandes diferencias entre las conexiones que establecían Roffo y los antecedentes disponibles en los trabajos que citaba. La especificidad del programa que comenzó a delinear vino dada por la experimentación en animales, sumándose de esa manera a una de las líneas de investigación sobre el cáncer que más difusión tuvo a nivel internacional durante las décadas de 1920 y 1930: la inducción de tumores mediante el estímulo con agentes físicos y químicos, trabajos que se iniciaron a partir de que los investigadores japoneses Katsusaburo Yamigawa y Koichi Ichigawa obtuvieron tumores en conejos mediante la aplicación de alquitrán en la cara interna de sus orejas empleando una varilla de vidrio o un pincel. Roffo comenzó de esta manera a diseñar experimentos que le permitieran inducir el cáncer en animales mediante la aplicación sistemática de diferentes sustancias. A pesar de algunos fracasos iniciales (por ejemplo, intentar inducir el cáncer en conejos pincelando las orejas con nicotina pura sin combustión o exponer a ratas a la acción de lámparas de Hanau en verano y que fallezcan rápidamente debido a las altas temperaturas), logró eventualmente sistemas experimentales con los que indujo el cáncer en animales a partir de la irritación continua con pinceladas de compuestos químicos de tabaco, humo de tabaco, irradiaciones con rayos ultravioleta, exposición directa a rayos solares y dietas con alto contenido de grasas. Como paso siguiente, nuevas indagaciones ahondaron en la comprensión de estos fenómenos para observar por ejemplo qué sustancias específicas del tabaco eran las que estaban involucradas en el desarrollo del cáncer —la conclusión era que las sustancias activas pertenecían «al grupo complejo que forma el producto conocido como alquitrán de destilación horizontal» (Roffo, 1936, p. 299)— o cuál era la longitud de onda de los rayos solares que tenían un valor cancerígeno, estableciendo que se trataba de los rayos ultravioleta (Roffo, 1934, pp. 372-373). Los resultados que obtuvo por estos trabajos, publicados en Argentina y también en revistas especializadas alemanas y francesas —países en los que obtuvo un reconocimiento importante17—, fueron utilizados para iniciar acciones preventivas entre la población en el marco de las campañas de divulgación de conocimiento que, como se vio, tenían un lugar destacado en el IME. Así, por ejemplo, incorporó estas cuestiones en las conferencias dictadas en «la hora del cáncer» y en «la semana del cáncer», elaboró folletos (mostraba mediante y publicó libros al respecto, como el de su hijo Ángel Eduardo advirtiendo sobre los recaudos que debían tomarse para exponerse al sol (1945) o las consideraciones que él mismo realizaba en su libro Mal de civilización. Junto a esto, buscó una vez más articular la actividad del IME con los poderes públicos, en este caso con el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, que aprobó una propuesta para incorporar en la educación de nivel primario y medio contenidos educativos concernientes al cáncer y a su vinculación con el consumo de tabaco (Ramos, 1941). No obstante estos esfuerzos, el propio Roffo —quien a partir de sus resultados hablaba sin ambigüedades de humo cancerígeno para referirse al tabaco (Roffo, 1943)— parece haber avizorado temprano las dificultades asociadas a librar una batalla contra una industria como la tabacalera y al apoyo que podía conseguir en esta materia por parte del Estado. Escribía, en su libro Mal de civilización: ¿es posible luchar con eficacia contra el tabaquismo? La educación personal podrá hacer mucho en favor del individuo, sobre todo aplicando el método activo educando la voluntad. Esta es una empresa dificultosa, en la que está el individuo por un lado y por el otro los grandes intereses industriales. Pero ¿cómo luchar con resultado positivo contra un producto, que si científicamente es un veneno, tenemos que el más interesado es el mismo Estado, por la cuantiosa entrada que representan los impuestos de este producto que se lo considera una riqueza. Y sino, veamos algunas cifras. Es difícil luchar en bien de la salud pública cuando se tiene un competidor que se beneficia tan largamente, pero los Estados deberán comprender que la mayor parte de esos ingresos, vuelven a invertirse para mantener los asilos, hospitales, hospicios, donde deberán atenderse a los enfermos del corazón, arterias, bronquios, los toxicómanos, los cancerosos, etc. (Roffo, 1943: 94). Entre comienzos de la década de 1920 y mediados de la década de 1940 el cáncer se fue consolidando como una enfermedad relevante en la Argentina y esto se manifestó en múltiples dimensiones, como la organización de servicios médicos para su atención, la difusión de conocimiento a la población, la realización de investigaciones científicas y la formación profesional, entre otras. En este marco, se pudo ver que las acciones emprendidas por el médico Ángel Roffo y sus colaboradores desde el Instituto de Medicina Experimental tuvieron un papel destacado. De manera estilizada, se pueden recuperar dos elementos que ayudan a comprender esta centralidad. En primer lugar, los múltiples y heterogéneos recursos con que contó el IME desde los primeros años de la década de 1920, un momento en que el cáncer recién comenzaba a ser objeto de acciones específicas por parte de la profesión médica y el Estado. Entre estos recursos se incluía la disponibilidad de costosos equipos de rayos X, acceso al también costoso radio, financiamiento por parte del Estado y de la sociedad civil y contactos con figuras médicas y científicas internacionales que validaban las actividades realizadas en el establecimiento. Junto a esto, Roffo gozaba de un amplio reconocimiento como experto en materia del cáncer y tenía vínculos estrechos con autoridades universitarias y funcionarios estatales. En segundo lugar, las características que presentaba entonces la organización sanitaria estatal, que hacen a Belmartino (2005) hablar de un «protosistema de salud» fragmentario y heterogéneo marcado por la existencia de distintas oficinas sanitarias estatales que competían entre sí con recursos escasos. En este marco, una enfermedad como el cáncer, que no estaba todavía en el centro de la preocupación pública, constituía una oportunidad para que las iniciativas tendientes a darle un lugar y a organizar los modos de combatirla partieran de la propia profesión médica y se articularan con estas oficinas.
Los pacientes del Manicomio La Castañeda y sus diagnósticos. El objetivo de este artículo es presentar un panorama general de la población que ingresó a esta institución y los diagnósticos que recibieron los internos, análisis realizado a partir de una base de datos construida con una muestra de 20% de la población total. El artículo se divide en tres partes: en la primera, proponemos tres etapas para comprender la historia de La Castañeda cuya periodización es definida por cambios demográficos que coinciden con reformas administrativas; en la segunda, exponemos las características generales de la población psiquiátrica de La Castañeda; y finalmente, describimos los principales cambios demográficos, los cuales obedecieron a factores socio-políticos, innovaciones tecnológicas y transformaciones en la clínica. Como características principales de la población de La Castañeda tenemos la brevedad del encierro (18 meses en promedio) y la reducida mortalidad (23.8%) en comparación con otras instituciones del mismo tipo. En dicha circulación poblacional encontramos que las familias desempeñaron un papel determinante al asumir el cuidado de sus parientes locos. Así, el encierro prolongado de pacientes crónicos no fue un problema que aquejara al Manicomio General de forma tan severa como se ha creído. En 1910 abrió sus puertas el Manicomio General La Castañeda, institución que durante 58 años se ocupó del cuidado y tratamiento de los enfermos mentales en México. Con ello, reemplazó a los hospitales para dementes que habían sido fundados en la Ciudad de México en los tempranos años de la época colonial. De esta manera, el Manicomio formó parte del programa de modernización urbana impulsado por el gobierno de Porfirio Díaz desde fines del siglo XIX en el terreno de la salud. Dicha reforma sanitaria condujo a la construcción de hospitales, campañas de prevención y vacunación, creación de una policía sanitaria, la aprobación del primer código sanitario, por mencionar sólo algunas acciones (Agostoni, 2003; Carrillo, 2010). La construcción de la nueva institución psiquiátrica inició en 1908, cubría una extensión de 141.662 m2 en los terrenos de la antigua Hacienda La Castañeda, y fue planeada para albergar 1300 pacientes. El nuevo Manicomio fue considerado por las élites como un incuestionable signo de modernización en materia de atención psiquiátrica, que garantizaba un lugar para México a la «altura de los países avanzados» (Ríos, 2009a). Además de haber atendido a 61.480 pacientes, fue un espacio central para la formación de psiquiatras, neurólogos, enfermeras, psicólogos, psicómetras y trabajadoras sociales. Sin embargo, pasado el tiempo resultó insuficiente: a fines de los años cuarenta llegó a albergar hasta 3.800 pacientes y las condiciones de insalubridad y el hacinamiento se hicieron más evidentes, por lo que se creó una leyenda negra que se agudizaba con artículos periodísticos donde se exhibía a esta institución en decadencia total. Finalmente, el Manicomio La Castañeda fue clausurado en 1968 tras casi seis décadas de existencia (Vicencio, 2014). Sin embargo, la historiografía sobre La Castañeda carece de una mirada global sobre los pacientes, ya que la mayoría de los estudios realizados se han concentrado en casos particulares y en los primeros años de funcionamiento de la institución. Por consiguiente, la propuesta de este artículo es presentar un panorama general de la población que ingresó en La Castañeda y los diagnósticos que recibieron a lo largo de cincuenta y ocho años a partir de la metodología de la historia cuantitativa. Para abordar la mencionada población psiquiátrica hemos construido una base de datos a partir de una muestra aleatoria de 20% del total de la población, es decir, 12.296 registros. De casi todos ellos se recuperó la información correspondiente a once variables que a lo largo de toda la historia del Manicomio se asentaron en los libros de registro: sexo, edad, lugar de nacimiento, lugar de residencia, ocupación, estado civil, instancia remitente, enfermedad diagnosticada, tiempo de estancia, condición de salida (muerto, curación/remisión/apto para vivir en familia, fuga o por solicitud de la familia) y número de reingresos. Para efectos de clasificación, de la base de datos excluimos 257 registros sin diagnóstico, 1,361 casos que recibieron más de un diagnóstico al momento del ingreso, y 42 casos con enfermedades no psiquiátricas. Por consiguiente, en este artículo trabajamos con los restantes 10.641 registros que recibieron un solo diagnóstico al momento del ingreso, es decir, 86.5% de la muestra. Una vez construida la base de datos tomamos la variable «diagnóstico», asentada en los libros de registro, para determinar si era posible descubrir algún sistema clasificatorio utilizado en el Manicomio. La base arrojó un total de 2.150 maneras diferentes de nombrar la enfermedad mental, confirmando lo indicado por Rafael Huertas: Cuanto mayor sea el número de historias estudiadas, mayor será la variedad terminológica utilizada, pudiendo llegar a constituir un amplísimo abanico de posibilidades diagnósticas —y terapéutica— que es preciso jerarquizar (Huertas, 2012, p. ¿Cómo clasificar y hacer manejables estas 2.150 posibilidades que teníamos ante nosotros? Este mismo problema lo enfrentó Ana Conseglieri quien analizó los diagnósticos de los pacientes que ingresaron al Hospital de Leganés en España durante la posguerra, en cuyos libros de registro encontró 140 diagnósticos para tan solo 615 pacientes; diagnósticos que fueron clasificados según el modelo de Kraepelin, el cual fue ampliamente utilizado, tal y como refieren diversas fuentes consultadas (Conseglieri, 2014, p. En nuestro caso, no encontramos cuadros, tablas o algún tipo de formato estadístico para clasificar los diagnósticos, ni documento alguno que nos permitiera intuir alguna forma de estandarizar los criterios diagnósticos usados en La Castañeda; tópico también ausente en los artículos publicados o las tesis presentadas en la época. De manera excepcional contamos con dos documentos que nos permiten ver intentos por clasificar a los pacientes, pero que no obedecieron a políticas ni a criterios institucionales: el primero es un estudio del médico Enrique Aragón hecho en 1925 en La Castañeda, donde los criterios son confusos2; y el segundo es la Primera Investigación Nacional de Enfermos Neurológicos y Psiquiátricos3, censo levantado a partir de una encuesta nacional aplicada a médicos e instituciones en 1960 y publicada en 1964, siguiendo los criterios del CIE. En un principio esta ausencia nos llevó a pensar que no hubo un sistema compartido por los psiquiatras del Manicomio General para clasificar a sus pacientes. Sin embargo, una cita encontrada en el expediente clínico de un paciente esquizofrénico que ingresó en 1911 nos llevó a replantear nuestra postura: En efecto, es sabido que se considera como predominante en el cuadro de dicha afectividad [la esquizofrenia] la disminución afectiva y Kraepelin dice que es una afección ante todo emocional [...] Entre las especies de demencia precoz [la del paciente] no cabe en la forma paranoide, por no ser el delirio predominante ni sistematizado; ni en la catatónica por no ser culminantes los movimientos estereotipados, sino hebefrénica, desarrollada previamente en la juventud y llevando rápidamente a la demencia [...] en algunos casos hay remisiones, en las cuales los enfermos, conservando algo de su capacidad intelectual, pueden dedicarse al trabajo, aunque en menor escala; así el artista se vuelve artesano, el jurista notable ayudante de abogado, el mecánico en operario; pero en el 75% de los casos, la terminación es la demencia completa4. Es clara la influencia de Kraepelin en la definición de esquizofrenia, en las características de los tres tipos (hebefrénica, catatónica y paranoide) y en la convicción de la demencia como inevitable destino. Siguiendo esta idea, poco a poco se hizo evidente que el modelo de Kraepelin había sido utilizado en La Castañeda para la clasificación de los pacientes en la práctica clínica. Por consiguiente, al igual que en la mencionada investigación sobre el Hospital de Leganés, encontramos coherentes los diagnósticos del Manicomio General con los catorce grupos propuestos por Kraepelin en la sexta edición de su Tratado publicado en 1899, como se observa en la tabla anexa al final de este artículo. Una vez clasificados los diagnósticos definimos, en primer lugar, las características de la población global de La Castañeda y, en segundo lugar, las particularidades según los grupos de diagnósticos. Dicha revisión nos señaló que los cambios en la población obedecieron a fenómenos tanto externos como internos al campo psiquiátrico. Debido a la cantidad de información recogida en la base de datos, en este artículo desarrollaremos, a partir de cinco ejemplos muy concretos que involucran al 70.9% de la población de La Castañeda, la forma en que los contextos socio-político, tecnológico y clínico fueron determinantes en los aumentos y disminuciones de las afecciones más diagnosticadas. Por ejemplo, la influencia de fenómenos político-sociales se hizo evidente en los pacientes con alcoholismo, cuya reducción a partir de 1929 coincidió con la Campaña Nacional Antialcohólica impulsada por diferentes instancias del gobierno con propaganda masiva, eventos populares, desfiles, programas radiales, etc. A su vez, el aumento de ingresos por toxicomanía coincidió con la aparición, en 1931, del Reglamento contra las Toxicomanías, a través del cual se patologizaba el consumo de drogas y se estipulaba que las autoridades estaban en la obligación de llevar a estos «enfermos» al Manicomio General; tal crecimiento se acentuó en 1933 con la creación del Hospital Federal de Toxicómanos. Así, estas medidas de control social aplicadas por las instancias de poder aparecen como determinantes en la dinámica de la población diagnosticada con alcoholismo y toxicomanía. En cuanto a los cambios tecnológicos, la incorporación del electroencefalógrafo en 1934 trajo consigo un aumento en la población diagnosticada con epilepsia, ya que el nuevo aparato podía detectar un foco epiléptico que permitía relacionar un cuadro clínico con una lesión cerebral. En el mismo tenor de los cambios generados por la tecnología, el uso de la penicilina a mediados de siglo XX trajo consigo una reducción sustancial en la cantidad de pacientes diagnosticados con parálisis general progresiva. Finalmente, encontramos cambios que tuvieron lugar en el terreno de la clínica: la recepción de Kraepelin en La Castañeda se evidencia en el uso de las categorías propuestas por este reconocido psiquiatra en el diagnóstico de las llamadas «oligofrenias» y las «psicosis endógenas», particularmente la demencia precoz y la psicosis maniaco-depresiva. La primera, que para la década de 1920 sería remplazada por el término esquizofrenia, fue la enfermedad más diagnosticada en el Manicomio General, 19.9% de la totalidad de pacientes de la muestra recibió dicho diagnóstico. Este uso revela un progresivo abandono de los criterios clasificatorios franceses que habían sido utilizados desde finales del siglo XIX; proceso posibilitado por la aparición de la primera generación de psiquiatras jóvenes que le dieron la bienvenida a Kraepelin en mayo de 1925 cuando visitó el Manicomio La Castañeda5. Antes de describir cada uno de los cambios mencionados, expondremos las características principales del Manicomio a lo largo de sus cincuenta y ocho años de vida y la dinámica general de su población. EL MANICOMIO GENERAL LA CASTAÑEDA: TRES MOMENTOS Para el abordaje histórico de esta institución proponemos una periodización que obedece a los cambios observados en el número de ingresos anuales (gráfica 1), y que además, coincide con la propuesta de Cristina Sacristán a partir de fuentes administrativas: un primer momento en que decrece la población psiquiátrica, el cual concuerda con la Revolución mexicana (1910-1919); un segundo periodo conocido como la posrevolución (1920-1944) en el cual aumentó la cantidad de ingresos por año pasando de 684 en 1920 a 1.663 en 1944; y un tercer momento (1944-1968) donde se estabilizó el número de ingresos e inició un proceso de descentralización, posibilitado por la apertura de nuevas instituciones psiquiátricas destinadas a pacientes remitidos desde La Castañeda en aras de atacar el sobrecupo que venía padeciendo tiempo atrás, lo que finalmente contribuyó a su clausura. Veamos cada uno de estos momentos. Inaugurado el Manicomio en 1910, estalló la Revolución y llegó, de manera paralela, la inestabilidad política, económica y administrativa. Si bien no encontramos reportes de una notable crisis o desabasto distinta al resto de las que habría después (Ríos, 2009), durante los diez años de la etapa armada de la Revolución hubo doce directores titulares y tres interinos, así como una alta movilidad entre los médicos, ya que de los 98 contratados en los primeros diez años, 82 ya no laboraban en 1921 (Sacristán, 2010a). Lo más llamativo, sin embargo, es la reducción en la cantidad de ingresos por año que se puede apreciar en la gráfica 1. Dichos ingresos disminuyeron hasta alcanzar un punto realmente bajo en 1915, justamente cuando la guerra civil estaba en su momento más álgido debido a la cantidad de epidemias, falta de agua y de comida que, con razón, hicieron que aquel año fuera conocido como el «año del hambre» (Rodríguez, 2010). Como suele ocurrir en contextos de guerra, los parámetros para definir lo normal y lo anormal se diluyeron, repercutiendo en un menor número de internos en los manicomios (Vázquez, 2013). Al iniciar la década de 1920 aparecieron informes sobre el mal estado de las instalaciones del Manicomio, ya que durante la Revolución el mantenimiento fue precario: ausencia de colchones y sábanas, ventanas con los vidrios rotos, plagas de ratas y una farmacia raquítica. En esos años las instalaciones se descompusieron, los enseres se dañaron y no hubo recursos suficientes para cambiarlos (Sacristán, 2010a). En esta década inició el aumento de la población psiquiátrica que se detuvo en 1944, año donde se registra la mayor cantidad de ingresos: 1.663 pacientes. El crecimiento en el número de internos lo podemos comprender desde varias perspectivas, entre ellas, el aumento de la población nacional que pasó de 14.2 millones en 1920 a 35 millones en 1960 (Mendoza, 2010; Mier y Terán, 1991), y las campañas contra la mendicidad con las consecuentes razias impulsadas por el gobierno capitalino. Los camiones de la Beneficencia Pública recogían en las calles a todos los que no pudieran demostrar un domicilio fijo. Una vez en las oficinas, éstos eran remitidos a las diferentes instituciones asistenciales, entre ellas, La Castañeda. Sin embargo, solían ser indigentes con altos grados de desnutrición, deshidratación y alcoholismo, quienes al cabo de unos cuantos meses eran dados de alta (Ríos, 2010). Es probable que la presencia de pacientes sin claros síntomas psiquiátricos haya alentado el otorgamiento de permisos de salida, pues llama la atención que entre 1930 y 1950 una cantidad notable de pacientes no retornaron tras el permiso que se les otorgó (gráfica 2). Este crecimiento de la población psiquiátrica también estuvo aparejado a la profesionalización de la psiquiatría. A diferencia de los años revolucionarios donde imperó la inestabilidad institucional, a partir de 1929 el Manicomio comenzó a ser dirigido por una nueva generación de psiquiatras que profesionalizó la psiquiatría en México; entre ellos destacan Alfonso Millán, Edmundo Buentello, Samuel Ramírez Moreno, Manuel Guevara Oropesa y Mathilde Rodríguez Cabo. fueron ellos quienes iniciaron la asistencia propiamente médica de los enfermos mentales en los escasos centros asistenciales públicos y privados dedicados a su cuidado, y establecieron la enseñanza formal de la neurología y la psiquiatría (Pérez-Rincón, 1995, p. Dichos psiquiatras fueron los que regularizaron los procesos de ingreso, promovieron una Ley General de Alienados «que respaldara la acción de la psiquiatría frente a otros poderes y protegiera al enfermo de múltiples abusos», e impulsaron la reorganización del Manicomio. Como parte de esta reorganización se abrió un consultorio y un laboratorio para análisis clínicos, se creó un pabellón de toxicómanos, uno de psiquiatría infantil, una escuela de niños anormales, se renovaron espacios que requerían mantenimiento y se implementaron nuevas prácticas terapéuticas como las actividades deportivas. Finalmente, y como muestra de la profesionalización que tenía lugar, comenzaron a circular dos revistas especializadas: Revista Mexicana de Psiquiatría, Neurología y Medicina Legal (1934) y Archivos de Neurología y Psiquiatría de México (1937) (Sacristán, 2010a). A partir de 1944 comenzó el proceso de descentralización de la atención psiquiátrica y La Castañeda dejó de ser la institución que inexorablemente recibía pacientes de todo el país. La Operación Castañeda fue una estrategia para crear una red de hospitales psiquiátricos en diferentes estados de la república, para poco a poco reducir la población del Manicomio General y finalmente clausurarlo en 1968. Después de numerosas solicitudes por parte de los directivos, donde señalaban la cantidad de problemas que generaba la saturación de pacientes, en 1945 fue inaugurada la primera granja para enfermos mentales localizada en San Pedro del Monte (Guanajuato) en una extensión de 92 hectáreas con capacidad para 400 enfermos. Esta propuesta buscaba desahogar el Manicomio mediante el traslado de los pacientes crónicos considerados incurables, y permitir que los agudos recibieran los beneficios de la ciencia (Sacristán, 2013). Esta granja fue la primera de doce instituciones erigidas para remplazar a La Castañeda: seis hospitales-granja, tres hospitales campestres, un albergue y dos hospitales psiquiátricos para agudos (Vicencio, 2014). Además, en 1964 se inauguró el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía y diversas instituciones psiquiátricas en Jalisco, Monterrey y Yucatán. La creación de estas instituciones nos permite comprender el estancamiento en el crecimiento de la población de La Castañeda, el cual se mantuvo en un promedio de 1,500 ingresos por año entre 1944 y 1968. CARACTERÍSTICAS DE LA POBLACIÓN PSIQUIÁTRICA DE LA CASTAÑEDA Por una parte, el crecimiento demográfico que tuvo lugar entre 1919 y 1940 fue congruente con el aumento de la población nacional. Debido a que carecemos de información sobre las instituciones psiquiátricas privadas y sobre pabellones psiquiátricos construidos en diferentes hospitales de la república, no es posible tener información global que nos permita comparar la cobertura ofrecida por La Castañeda frente a otras instituciones. Población numerosa si la comparamos con el Hospital Leganés en España o las instituciones británicas a fines del siglo XIX, las cuales no alcanzaban los 600 internos (Renvoize y Beveridge, 1989). Sin embargo, tampoco consiguió las proporciones colosales de la Salpêtrière en los tiempos de Charcot, ni del Hospicio Oliva en Córdoba (Argentina) que en la década de 1930 albergó 4 mil pacientes (Ablard, 2008, p. Así, pese al aumento de la población tanto nacional como capitalina, el aumento en la cantidad de internamientos no fue proporcional debido a la creación de nuevas instituciones que fueron desplazando a La Castañeda como el único espacio psiquiátrico del país. Veamos las principales características de los habitantes de La Castañeda. La edad promedio de los pacientes de la institución fue de 33.6 años. La población más joven la encontramos en el grupo diagnosticado con retraso mental, con 20.2 años en promedio, mientras que los de mayor edad fueron diagnosticados como seniles o pre-seniles con 64.2 años. Cabe mencionar que otra enfermedad que supera la tendencia general es la parálisis general progresiva cuya población tenía una edad promedio de 39.6 años. Con relación al estado civil tenemos la siguiente distribución: solteros, 54.6%; casados, 29.6%; viudos, 5.9%; en unión libre o amancebados, 1.2%; divorciados, 0.5%; y sin información, 8.3%. Esta distribución fue constante en los diferentes grupos de diagnósticos, con excepción de los pacientes con parálisis general progresiva, pues 53.2% de dicha población eran casados que generalmente salían del Manicomio por solicitud de la familia y muchas veces gracias a la gestión hecha por la misma esposa. En cuanto a la diferencia por sexo, siempre hubo más hombres (64.2%) que mujeres (35.8%). ¿Cómo explicar esta diferencia constante en un país con una población con más mujeres que hombres? En este punto en particular nos limitamos a formular hipótesis que podrán ponerse a prueba con el análisis de los expedientes clínicos posteriormente. Por una parte, podríamos entender esta superioridad numérica por el importante número de internos que fueron remitidos por instituciones de control social, como los cuerpos de seguridad, estableciéndose una clara relación entre trasgresión del orden público y enfermedad mental en los hombres (véase tabla 1). Pero por otro lado, también podemos suponer que en una sociedad donde las redes de parentesco han desempeñado un papel fundamental en la estructuración de las relaciones sociales, la mujer estuvo controlada por la familia ya que desempeñaba un papel social propio de ama de casa orientado a las labores domésticas. En consecuencia, era muy probable que las familias se encargaran del cuidado de una enferma mental al mantenerla en el espacio propio para la mujer según los criterios culturales de la época: el doméstico. El único grupo de diagnósticos donde se invirtió la proporción entre sexos fue en los diagnósticos de psicosis maniaco-depresiva (23% hombres y 77% mujeres) y la diferencia más notable la encontramos en los pacientes con histeria (13% y 87%), quienes pasaron poco tiempo en el encierro psiquiátrico (8 meses). Si cruzamos las variables tiempo de estancia y condición de salida encontramos lo siguiente: los pacientes pasaron un promedio de 18.1 meses encerrados, 24.2% falleció en el encierro y 29.4% fueron dados de alta por solicitud de la familia (tabla 2). La tendencia a permanecer internos menos de dos años, aunado a una baja cantidad de muertes en La Castañeda y una alta proporción de salidas por intervención de la familia, nos hace pensar en una institución con una alta circulación poblacional donde, si bien hubo pacientes crónicos que pasaron ahí toda su vida, éstos constituyeron una minoría frente a la multitud de personas que entraban y salían. Por esta razón es necesario pensar a La Castañeda, no sólo cómo un espacio de reclusión perpetua sino como un sitio de paso donde la cronicidad no debió ser el problema más serio de la institución (Ríos, 2009c). Si observamos la condición de salida en una perspectiva histórica (gráfica 2), veremos que en los primeros años de La Castañeda hubo un alto porcentaje de pacientes que fallecieron, particularmente en 1915, cantidad que se fue reduciendo hasta llegar a la mitad después de 1944. Además, entre 1930 y 1951 hubo un alto porcentaje de pacientes con ciertos signos de recuperación que recibieron un pase de salida por unos cuantos días después de los cuales «no regresaron de permiso». Desconocemos si lo anterior se relacione con una estrategia deliberada de autorizar la salida temporal para que los pacientes se reincorporaran a la vida social y los familiares se hicieran responsables de ofrecerles los cuidados necesarios. Por otra parte, entre 1952 y 1968 hubo un notable descenso en la mortalidad y un incremento en el número de fugas, lo cual permite suponer una reducción en los mecanismos del control de los internos, máxime considerando que la arquitectura de La Castañeda era poco apropiada para proporcionar una custodia tipo carcelaria. Aunado a lo anterior, hubo un notable incremento en la cantidad de pacientes que salieron «mejorados», «curados» o «en remisión», lo cual nos permite sugerir un aumento en la eficacia terapéutica de la institución ya que fue a partir de dichos años cuando se comenzaron a utilizar tratamientos farmacológicos (antipsicóticos y anticonvulsivos). No obstante, calibrar la eficacia terapéutica de La Castañeda, va más allá de los límites de este artículo. En cuanto al lugar de origen de los internos, 32.3% de la población nació en el Distrito Federal, lugar donde se encontraba el Manicomio; 30.6% procedía de los estados próximos a éste (Guanajuato, Hidalgo, Michoacán, Morelos, Puebla, Querétaro y Tlaxcala), 35% provenían de estados más alejados (Coahuila, Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Chiapas, Oaxaca, Campeche, Yucatán, entre otros), 2.1% lo comprendían extranjeros, cuyas dos terceras partes habían nacido en España, Estados Unidos, China, Alemania, Cuba e Italia, a los que se sumaban los provenientes de 18 países más de América, Europa y Asia. Por consiguiente, encontramos que 65.6% de la población de La Castañeda eran migrantes llegados a la capital mexicana. Con relación a la inserción de estos migrantes en la vida laboral, encontramos que 6.7% tenían como oficio el de «campesino» o «agricultor», 32% no registra oficio alguno, y el restante 61.3% tenían trabajos propios de la vida urbana: una larga lista de 708 oficios y profesiones que iba desde abogados, agentes de seguros, ingenieros, filarmónicos, políticos o militares, hasta voceadores, electricistas, estudiantes, choferes, mecánicos, para mencionar sólo unos cuantos, lo que confirma la estrecha relación entre el fenómeno urbano y las instituciones psiquiátricas. Así, nos encontramos con una alta población migrante que formó parte de la vida laboral propia de la capital mexicana. Las instancias remitentes que más pacientes enviaron fueron las instituciones de asistencia, entre las que destacan la Beneficencia Pública y la Secretaría de Asistencia, que en 1944 se convirtió en Secretaría de Salubridad y Asistencia, además de asilos, hospicios y casas de ancianos. La cantidad de pacientes remitidos por dichas instancias obedece a que el reglamento estipulaba que quien llegara a las puertas del Manicomio sólo podía ser ingresado si presentaba dos certificados médicos donde se mencionara la perentoriedad del encierro. Cuando las familias no tenían recursos para pagar un médico particular, éstas acudían a la Beneficencia o a la Asistencia para que se les emitieran los certificados de manera gratuita, por lo cual es probable que el porcentaje de pacientes remitidos por la familia sea superior a 9.2% (tabla 1). Por otra parte, queremos resaltar la cantidad de pacientes que fueron enviados por las instancias de seguridad (13.5%), principalmente la policía y las cárceles, las escuelas correccionales y el Tribunal para Menores Infractores. Esto quiere decir que La Castañeda, además, fue un espacio asociado al control social. A manera de síntesis, encontramos como una de las características principales de la población psiquiátrica de La Castañeda las bajas cifras de mortalidad: sólo 24.2% falleció en el encierro; porcentaje bajo si lo comparamos con el Hospital de Leganés, donde 71% de los pacientes fallecieron en el encierro durante la Guerra Civil en España (Vázquez, 2013, p. Una segunda característica tiene que ver con la brevedad del periodo de internamiento, 18 meses, si lo comparamos con la mencionada institución española (6.25 años durante la Guerra Civil y 7.78 durante la posguerra) o con las instituciones de la costa este de Estados Unidos donde se alcanzaba hasta 5 años en el encierro (Grob, 1994, pp. 119-123). En tercer lugar, si bien hubo internos remitidos por instancias como la policía o correccionales, la mayoría de los pacientes de La Castañeda era dada de alta ya fuera por remisión, por solicitud de la familia o por fuga, hecho que nos lleva a cuestionar la idea generalizada de encierro perpetuo, y comenzar a verla como un sitio de tránsito en el que estaban internados durante año y medio en promedio, y donde la familia jugó un papel determinante al momento de solicitar el alta y optar por hacerse cargo de sus locos en lugar de dejarlos en el abandono. EL CONTROL ESTATAL DEL ALCOHOLISMO Y LAS TOXICOMANÍAS Tras la inauguración de La Castañeda, el incremento en los ingresos por alcoholismo fue muy notorio, al punto de representar 45% de la totalidad de los internamientos en 1912, manteniéndose constante hasta 1929 cuando inició un descenso en la cantidad de ingresos (gráfica 3). Esta reducción llegó al punto más bajo en 1933, cuando comenzó lentamente a aumentar hasta alcanzar en 1957 la misma cantidad de ingresos que en 1928. El mencionado decrecimiento en la población de alcohólicos puede estar relacionado con las campañas antialcohólicas que tuvieron lugar en el país y particularmente en la Ciudad de México en 1929, año en el que se organizó el Comité Nacional de Lucha contra el Alcoholismo. Bajo la lógica de la «dictadura sanitaria» impulsada desde la Constitución de 1917, el alcohólico fue considerado como un «degenerado» que amenazaba el proyecto de nación, razón por la cual intensas campañas mediáticas fueron consideradas como herramientas para eliminar este hábito. Así, el despliegue de recursos y personas en una labor pedagógica mediante conferencias, teatro guiñol, cine, folletos impresos y uso de la televisión, pudo ser efectivo si consideramos la reducción de ingresos a La Castañeda a partir de la campaña de 1929 (Gudiño, 2009, pp. 162-181; Gudiño, 2008). Ingresos por año de pacientes con alcoholismo y toxicomanía al Manicomio General, La Castañeda, 1910-1968 Con alguna variedad de alcoholismo fue diagnosticado el 19.3% del total de internos, quienes alcanzaron una estancia promedio de 8.3 meses, lapso bastante breve en comparación con el promedio general. En relación con el sexo, los datos son muy relevantes: mientras que la población general de la muestra está compuesta por 64.2% de hombres y 38.8% de mujeres, la población de alcohólicos es eminentemente masculina: 87.8% de hombres y 12.2% de mujeres. En relación con la instancia remitente, la policía envió al Manicomio a 16% de los alcohólicos, la Asistencia Pública a 6.8%, la Beneficencia Pública a 13.1%, por orden de algún gobernador 6.9%, pero por solicitud de los familiares ingresó 24.4%. Este último dato es relevante ya que el promedio general de pacientes remitidos por la familia para toda la base de datos es de 9.2%. Ello significa que sobre los alcohólicos hubo un control doméstico significativo traducido en el encierro psiquiátrico, con un matiz de acción disciplinaria. Otro hábito que fue patologizado y combatido por el Estado fue la toxicomanía. Entre 1933 y 1948 funcionó dentro de los terrenos de La Castañeda, pero operando de manera autónoma, el Hospital Federal de Toxicómanos, creado en el marco del Reglamento Federal de Toxicomanía promulgado el 27 de octubre de 1931. En dicho reglamento se establecieron «los procedimientos curativos a que quedarían sujetos los Toxicómanos», término utilizado para referirse a los consumidores de heroína, marihuana, cocaína y morfina6. Según el Reglamento, todas las instancias de Estado tenían la obligación de enviar al Hospital a los consumidores de marihuana, heroína, opio y cocaína, considerados bajo la doble calificación de transgresores y enfermos. El 3.9% de los pacientes que ingresaron al Manicomio fueron diagnosticados con alguna forma de toxicomanía, es decir, una cantidad estimada de 2.397; mientras que al Hospital Federal de Toxicómanos fueron remitidos 1.625 entre 1933 y 1948, cuando fue clausurado. En 1937 se encuentra el punto más alto de ingresos de toxicómanos (gráfica 3), y resulta interesante que 62.3% de los internados fueron remitidos por la Campaña contra el Alcoholismo y otras Toxicomanías. Esta información nos lleva a ampliar la mirada sobre la mencionada Campaña ya que en la historiografía ha sido expuesta la dimensión propagandística y pedagógica de ésta; sin embargo, estas fuentes nos hacen evidente la dimensión coercitiva de la misma. A las oficinas de la Campaña eran remitidos los toxicómanos quienes, a su vez, eran llevados al Hospital para ser «curados» en el marco de un proceso jurídico, ya que habían violado el Reglamento. Por su parte, en 1949 repuntó nuevamente la cantidad de ingresos de toxicómanos, y la característica principal de los que entraron en dicho año es que 63.3% fueron remitidos por instituciones de seguridad o reclusión, como la Penitenciaria y la Procuraduría General de la República, además, el promedio de estancia fue inferior a un mes. Las estancias de los pacientes consumidores de alguna de las mencionadas sustancias prohibidas eran bastante breves: 3.6 meses para quienes estaban en el Manicomio y 1.5 meses para los internos del Hospital de Toxicómanos. Menos tiempo de estancia y más reingresos son dos indicadores que caracterizan a esta población, donde la internación, al igual que en el caso del alcoholismo, tuvo una dimensión disciplinaria. Según lo anterior, la reducción en el número de ingresos de los alcohólicos a partir de 1929 y el aumento en la cantidad de toxicómanos desde 1934 fueron procesos vinculados a las medidas tomadas por el Estado, por una parte con respecto a la acción pedagógica para reducir el consumo de bebidas alcohólicas, y por otra, a la penalización del consumo de las llamadas drogas «heroicas». DOS NOVEDADES: EL ELECTROENCEFALOGRAMA Y LA PENICILINA En cuanto a la epilepsia encontramos que, a partir de 1934, comenzó un incremento en la cantidad de pacientes con esta enfermedad. Un aspecto a destacar es que si comparamos el motivo de alta por muerte antes y después de 1934, encontramos que en el segundo periodo se redujo considerablemente la mortalidad 18.86%, frente a 39.1% de 1910 a 1933, hecho que se podría atribuir a las nuevas terapias «eléctricas», intensificación de regímenes alimenticios e introducción de nuevos fármacos anticonvulsivos. Sin embargo, otros datos nos llevan a cuestionar la supuesta eficacia, ya que, aunque se redujo la mortalidad, el tiempo de estancia iba en aumento. Tan solo en la década de 1930 los pacientes epilépticos llegaron a permanecer en la institución cuatro años en promedio (48.73 meses), mientras que en las décadas anteriores permanecieron poco más de 2 años y medio (31.1 meses). El aumento de diagnósticos con epilepsia aunado al incremento del tiempo de estancia generó problemas de sobrecupo y falta de camas en los pabellones correspondientes.7 Ahora bien, ¿qué razones institucionales explican este incremento de la población psiquiátrica general y con epilepsia en particular? Ingresos por año de pacientes con Epilepsia y Parálisis General Progresiva al Manicomio La Castañeda, 1910-1968 Los diagnósticos de epilepsia se concentraron en cuatro grupos: epilepsias esenciales, constitucionales, jacksoniana y focales (tabla en Anexo). Entre 1910 y 1932, la epilepsia esencial o idiopática establecida por Jean Étienne Esquirol en 1838, fue la más diagnosticada debido a su fácil reconocimiento. Podía deberse a causas externas (contusiones), internas (una lesión cerebral) y morales (por ejemplo, el miedo intenso). A partir de 1933, se observa que la epilepsia esencial fue paulatinamente desplazada por los diagnósticos de epilepsias orgánicas y constitucionales, caracterizadas por una lesión específica o focal en los centros nerviosos causantes de las crisis convulsivas. Ahora bien, este desplazamiento conceptual respondió a dos factores de importancia diagnóstica y clínica: la introducción del electroencefalograma en los inicios de 1940 y la influencia directa de la escuela neurológica de Boston, encabezada por Gibbs, Davis y Lennox, que dieron gran impulso al EEG para el estudio clínico de la epilepsia (Postel y Quétel, 1987). En este sentido, podemos afirmar que el incremento de la población con diagnóstico de epilepsia durante este periodo también respondió a la introducción de nuevos instrumentos de detección y a la asimilación teórica de un conjunto de conocimientos específicos acerca del funcionamiento cerebral. Lo anterior nos remite a una relación entre la implementación tecnológica y el diagnóstico de la epilepsia. A partir del electroencefalógrafo comenzó a «verse» dicha patología, permitiendo que pacientes que en otro momento habrían recibido un diagnóstico diferente (como dementes o retrasados mentales, por ejemplo), fueran ahora considerados epilépticos. Otra afección, cuyo diagnóstico se redujo como resultado de una innovación tecnológica, fue la parálisis general progresiva (PGP), o sífilis terciaria. Esta afección preocupó a los médicos de La Castañeda por tratarse de un serio problema de salud pública con un tratamiento muy incierto8. Si bien en 1927 inició en el país la más importante «batalla» para contener la sífilis mediante la Campaña Nacional Antivenérea (Gudiño, 2009, pp. 133-161; Bliss, 1999) los ingresos de pacientes con dicha afección en La Castañeda permanecieron relativamente estables hasta 1934, cuando se alcanzó el mayor número. Una posible hipótesis nos llevaría a la etiología de la enfermedad, ya que sólo en el estado terciario de su evolución se presentan los cuadros de demencia, momento en que el treponema sifilítico invade el cerebro del infectado. Como esto ocurre 10 o 15 años después de contraer la enfermedad, podemos suponer que gran parte de los pacientes se infectaron en México durante la contienda bélica en el marco de la Revolución (1910-1920), años donde se perdieron los controles de la autoridad sanitaria sobre prostitutas y militares, la población más diagnosticada en el Manicomio con esta afección. Por el contrario, a partir de 1950 observamos un decrecimiento constante en los ingresos de pacientes con parálisis general progresiva, posiblemente por la introducción de la penicilina en los dispensarios antivenéreos. El antibiótico controlaba la afección antes de que llegase al cerebro, impactando en la reducción de ingresos. En relación con el uso del antibiótico en La Castañeda, el 19 de diciembre de 1944 fue aprobado por la Junta del Consejo Psiquiátrico dirigida por Edmundo Buentello, el tratamiento a los pacientes neuroluéticos que reunieran ciertos requisitos por medio de la penicilina, particularmente entre aquellos que la malarioterapia o la electropirexia no había resultado útil9. Además, se estipuló que quienes estaban en calidad de «indigentes» recibirían las inyecciones de manera gratuita, a diferencia de los «pensionistas», quienes debían pagar por el servicio. Un año después, y gracias a la gestión del entonces director, Leopoldo Salazar Viniegra, la penicilina quedó integrada al cuadro básico de medicamentos de La Castañeda10. Así, tanto en el Manicomio como en los dispensarios antivenéreos se suministró penicilina, de manera tal que hubo una reducción en la cantidad de pacientes que ingresaron con parálisis general progresiva después de 1950. LA RECEPCIÓN DE KRAEPELIN Y LA CLÍNICA PSIQUIÁTRICA La esquizofrenia ha sido considerada la enfermedad mental por excelencia del siglo XX, lo cual le ha conferido un espacio privilegiado en la historiografía. En diversas instituciones psiquiátricas este diagnóstico fue el más numeroso (Garrabé, 1996; Novella y Huertas, 2010; Golcman, 2015), hecho que ocurre también en La Castañeda donde fue la enfermedad mental más diagnosticada: 19.9% de la población total presentó algún tipo de esquizofrenia. Es más, en la gráfica 5 se puede observar que entre 1954 y 1964 casi se duplicó el porcentaje de esquizofrénicos. Ahora bien, ¿cómo explicar este aumento cuando la población total del Manicomio estaba estancada en su crecimiento? Debido a las limitaciones propias de nuestra base de datos no es posible determinar si hubo algún cambio contextual que generó un aumento en la cantidad de pacientes que fueron diagnosticados como esquizofrénicos. Ingresos por año de pacientes con Psicosis Maniaco Depresiva, Paranoia y Esquizofrenia, 1910-1968 Así, estamos frente a un incremento en la cantidad de pacientes diagnosticados con esquizofrenia, y una simultánea reducción en el tiempo de internamiento; rasgo paradójico ya que en otras instituciones psiquiátricas del siglo XX tanto en Europa como en las Américas, la población psicótica tendía a estancias prolongadas y fallecía después de muchos años de encierro. Los mencionados cortes cronológicos tienen un correlato: coinciden con dos cambios que tuvieron lugar en el campo de la clínica de la psicosis, más exactamente, con la recepción de Kraepelin y con la introducción de terapias farmacológicas11. Desde finales del siglo XIX y hasta inicios de la década de 1920, los médicos mexicanos presentaron una clara preferencia por la medicina francesa, y el terreno psiquiátrico no fue la excepción ya que los pocos textos que se publicaron evidencian un conocimiento de autores como Phillipe Pinel y Jean Étienne Esquirol, pasando por Jules Falret, François Baillarger, August Morel, hasta Emmanuel Regis, Jean Marie Charcot, Ernest Dupré, Pierre Janet, entre otros (Morales, 2008). Dos manifestaciones tardías de esta preferencia por los autores franceses son las tesis Breves apuntes sobre las alucinaciones (1917), la cual se fundamenta en Janet y en Tanzi, y Estudios sobre la confusión mental (1920) donde se toma como referente a Chaslin, Seglas y Regis12. La adopción del modelo de Kraepelin a partir de 1925 provocó un crecimiento en la población diagnosticada con esquizofrenia y de manera simultánea, se presentaron tesis en la Escuela de Medicina que dan cuenta de la recepción de este psiquiatra: Estudio clínico de la esquizofrenia y de sus diferentes formas, presentada por Guillermo Dávila en 192513 y Psicosis maniaco-depresiva (Kraepelin) presentada por Roberto Portilla Velázquez en 192714. La primera generación de psiquiatras mexicanos nació con el cambio de siglo, en la década de 1920 fueron estudiantes y en la siguiente década formaron parte del personal de La Castañeda. Entre los que se interesaron en la clínica de la psicosis se encuentran Samuel Ramírez Moreno, Edmundo Buentello, Leopoldo Salazar Viniegra y Manuel Guevara Oropesa (Ríos, 2016). Los tres primeros publicaron artículos donde daban muestra de la adherencia a las propuestas de Kraepelin, mientras que Guevara Oropesa pese a no publicar trabajos al respecto, se dedicó a la enseñanza de la clínica en La Castañeda.15 La recepción del modelo kraepeliniano se puede observar también en los pacientes con retraso mental, pues los términos clásicos franceses (idiocia, imbecilidad y debilidad mental) fueron sustituidos por el diagnóstico de «oligofrenia». Dicha clasificación, que seguía el paradigma degeneracionista, entendía el retraso como una «anormalidad» o un signo de degeneración que se evidenciaba por las malformaciones físicas y la diferencia entre la edad mental y la edad física. Sin embargo, en 1931, cuando Manuel Guevara Oropesa inició un proyecto de reorganización de los pabellones de La Castañeda, se adoptó el término oligofrenia y, en consecuencia, se inauguró el Pabellón de Oligofrénicos17 de hombres y mujeres destinado a los pacientes con retraso mental. A partir de esta fecha el diagnóstico de oligofrenia creció hasta el punto de que en 1942 el 100% de los pacientes ingresados por retraso fueron etiquetados con este diagnóstico y en 1953 el 90%. Este aumento en el porcentaje de oligofrénicos implicó, además, que el retraso mental fuera concebido por los psiquiatras como un daño neurológico que afectaba a todos los órganos y que detenía el desarrollo psíquico del afectado. Para ello se establecieron nuevos parámetros de diagnóstico que iban acordes al modelo kraepeliniano: los diagnósticos debían iniciar con la palabra «oligofrenia», seguida por los factores causales (traumas, infecciones, entre otras) y, finalmente, por el signo o consecuencia orgánica del daño (malformaciones, estigmas degenerativos o grado de retraso psíquico)18. ¿En qué consistió la propuesta tan aceptada de Kraepelin para la comprensión de las psicosis endógenas? Como es bien sabido, desde la medicina hipocrática se reflexionó sobre la etiología y sintomatología de las diferentes formas de locura. Sin embargo, a fines del siglo XIX hubo una radical transformación en el discurso psiquiátrico, hecho que tuvo una repercusión directa en la forma de concebir y clasificar las enfermedades mentales a lo largo del siglo XX. Los historiadores que han analizado este cambio de paradigma han señalado que fue el final de la tradición del «alienismo» francés como vanguardia, y el inicio del modelo de «las enfermedades mentales», donde Kraepelin se convertía en el principal exponente de una clínica psiquiátrica moderna (Huertas, 2005; Lantéri-Laura, 2000; Álvarez, 2008). Dicho cambio tuvo tres características. En primer lugar, se eliminó la idea de locura como entidad única con diferentes manifestaciones clínicas: manía, melancolía, demencia, idiotismo. En su lugar, el nuevo modelo impuso la idea de la existencia de diversas enfermedades mentales, cada una con sus especificidades tanto en la etiología, como en los síntomas y en la evolución. En segundo lugar, para comprender cada una de las enfermedades mentales, se introdujo la dimensión diacrónica, es decir, era obligatorio conocer los antecedentes, los primeros síntomas (según los acompañantes del paciente), los que se presentaban al ingresar a la institución psiquiátrica y la evolución de los mismos. Ello impedía diagnosticar a partir de la observación de la situación del paciente en un momento particular, ya que era necesario reconstruir la historia de vida, la evolución de los síntomas y sólo así determinar el diagnóstico. Es decir, incluyó la variable diacrónica ya que sólo al incorporar la perspectiva histórica en la clínica, era posible emitir un diagnóstico certero (Hoff, 2012, p. A partir de allí emergía la gran diferencia: los que se recuperaban y los crónicos sin remedio. Y la tercera característica fue la articulación de los síntomas motrices con los cognitivos. En la conceptualización de la psicosis a fines del siglo XIX fueron fundamentales los trabajos de Karl Kahlbaum, Alois Alzheimer, Eugen Bleuler, Ewald Hecker y Emil Kraepelin. De manera particular, la amplísima difusión del Tratado de Kraepelin, reeditado 12 veces entre 1895 y 1915 permitió que sus propuestas tuvieran un gran impacto. Kraepelin, en la sexta edición de su Tratado, planteó la dicotomía de las psicosis endógenas, al diferenciar primero la demencia precoz, marcada por la cronicidad, y la psicosis maniaco-depresiva con un buen o mejor pronóstico. lo que me convenció de la superioridad del método clínico de diagnóstico (adoptado en este caso) sobre el método tradicional, fue la seguridad con la que se podía predecir (en conjunción con nuestro nuevo concepto de enfermedad) el curso que tomarían los sucesos (Hoff, 2012, p. Para Kraepelin, la demencia precoz se definía por un debilitamiento de las actividades emocionales que constituyen el motor de la volición, y una pérdida de la unidad interna, ya que las emociones no corresponden con las ideas. La definió como «una serie de estados, cuya característica común es la destrucción peculiar de las conexiones internas de la personalidad psíquica» (Kraepelin, 2008, p. Por consiguiente, la demencia precoz no estaría definida por un conjunto de síntomas sino por «conexiones internas» entre los mismos. Gracias a Eugene Bleuler, el término demencia precoz fue remplazado por esquizofrenia, fenómeno que tuvo lugar en La Castañeda entre 1926 y 1930, años que coinciden con el ya mencionado cambio generacional19. Según German Berrios, la esquizofrenia se convirtió en una entidad de tal amplitud que le otorgó nombre a entidades que otrora eran denominadas de diferentes formas. Es como una especie de meta-concepto bajo el cual se agruparon diversos diagnósticos definidos desde la tradición psiquiátrica francesa. Así, el aumento de los diagnósticos de esquizofrenia puede ser considerado como una especie de colonización de un concepto en el lenguaje y en la práctica clínica (Berrios, et al., 2003). Por lo anterior, el progresivo aumento de la esquizofrenia puede ser entendido como un cambio en la mirada clínica que en un principio recurría a la psiquiatría francesa pero fue progresivamente desplazada por el modelo kraepeliniano. Por otra parte, la notable reducción en el periodo de internación de los esquizofrénicos podría explicarse a partir del uso masivo de los antipsicóticos, particularmente de la clorpromazina (largactil) y la perfelacina (trilafón) desde 195220. El problema radica en que no hubo un aumento en la cantidad de pacientes que salieron en remisión, es decir, que pese a las novedades terapéuticas, la mayoría de los esquizofrénicos, como el resto de la población de La Castañeda, era dada de alta por solicitud de la familia. Por consiguiente, otra hipótesis es que la reducción en el periodo de encierro puede ser el resultado de la labor realizada por la Sección de Trabajo Social en La Castañeda, espacio desde el cual se buscaba vincular a las familias en el cuidado de los pacientes psiquiátricos21. Las trabajadoras sociales tenían la tarea de visitar a las familias de los pacientes, explicarles la necesidad de que se hicieran cargo de sus parientes locos, y enseñarles a suministrar medicamentos y ofrecerles una buena calidad de vida. No obstante, sólo investigaciones posteriores a partir de los expedientes clínicos nos permitirán calibrar la eficacia tanto de los tratamientos farmacológicos como de la Sección de Trabajo Social de La Castañeda. Este texto ha sido un primer intento por abordar de manera global las características principales de los pacientes de La Castañeda. Como rasgo general encontramos que el paciente promedio tenía 33.6 años de edad y pasó encerrado 18.1 meses antes de que fuese dado de alta por solicitud de la familia o por no haber regresado de permiso. Además, la alta proporción de pacientes que fueron dados de alta por solicitud de la familia nos pone de manifiesto el determinante papel de las redes parentales a la hora de asumir el cuidado de los pacientes, lo cual significa que, desde la perspectiva cuantitativa, el encierro prolongado de sujetos en estado de cronicidad no fue un problema que aquejara al Manicomio General. En segundo lugar, el análisis según los diferentes diagnósticos pone de relieve que la población psiquiátrica de La Castañeda, lejos de ser homogénea, fue diversa y plural, razón por la cual no es posible definir una periodización que de cuenta de los cambios ocurridos en todos los pacientes. Por el contrario, la reducción en la cantidad de alcohólicos y el aumento de toxicómanos obedeció a factores externos, a saber, políticas públicas encaminadas al control de estas «patologías sociales», hábitos asumidos por el Estado como una amenaza para el proyecto de nación. Por su parte, el aumento en el diagnóstico de la epilepsia en 1934 y la reducción en la cantidad de pacientes ingresados con parálisis general progresiva después de 1950 se explica a partir de importantes avances tecnológicos: el electroencefalograma y la penicilina. El primero permitió ubicar lesiones cerebrales en pacientes que sin tal aparato probablemente hubieran sido diagnosticados de diferentes formas, mientras que el uso masivo del antibiótico en los dispensarios antivenéreos redujo notablemente la cantidad de pacientes con sífilis terciaria. Finalmente, los diagnósticos nos permiten ver la temprana recepción de Emil Kraepelin en La Castañeda: la esquizofrenia en sus tres formas (simple, hebefrénica y paranoide) y la psicosis maniaco-depresiva son muestra de ello; además, las publicaciones sobre dichas afecciones nos permiten corroborar la influencia de este psiquiatra en el ejercicio de la clínica. Sin embargo, pese a la cronicidad y las prolongadas estancias que se esperan de los pacientes con esquizofrenia, estas últimas fueron breves y concluyeron, en su mayoría, con el alta solicitada por la familia o por no regresar del permiso. Este hecho nos regresa a un tema que ha sido central en la historiografía de la psiquiatría: el lugar que ocupa la familia como instancia en interacción constante con el manicomio; en el caso mexicano, en lugar de abandonar a sus parientes en manos de una institución estatal, hubo una notable tendencia en las familias a solicitar el alta y hacerse cargo de sus propios locos.
Reseña del libro "Arte y ciencia en el scriptorium de Alfonso X el Sabio" Arte y ciencia en el scriptorium de Alfonso X el Sabio. Universidad de Sevilla y Cátedra Alfonso X el Sabio, El Puerto de Santa María, 2013, 429 páginas. El libro que presento aquí constituye una obra de consulta de primera importancia para todos los interesados en la obra astronómica, astrológica y mágica generada por los intereses del rey Alfonso X. Este monarca es, según parece, el primer caso conocido de rey promotor y mecenas de una labor de transmisión e investigación en el campo de la ciencia, algo que, hasta su tiempo, sólo parece haber tenido el apoyo de las autoridades eclesiásticas. El trabajo de Laura Fernández no constituye sólo en un estudio minucioso de la obra científica alfonsí a través de los manuscritos conservados procedentes del scriptorium regio, sino que incluye un análisis de todas las copias de los originales. De cada uno de los manuscritos encontramos un estudio codicológico, una descripción detallada de los materiales iconográficos, y una historia de los avatares del códice desde sus orígenes hasta su llegada a su ubicación actual. Todo ello ha requerido de su autora una larga peregrinación por las bibliotecas europeas que conservan los manuscritos alfonsíes o sus copias y una acumulación de informaciones del máximo interés para un erudito, como el que firma estas líneas, que se ha pasado buena parte de su vida intentando recabar información partiendo de la edición de Rico y Sinobas de los Libros del saber de astronomía – citados aquí, con razón, como Libro del saber de astrología (cf. pág. 215) – o de la edición de Gerold Hilty del Libro conplido en los iudizios de las estrellas. Uno de los resultados sorprendentes de todo este estudio ha sido la identificación del manuscrito, escrito de puño y letra de Manuel Rico y Sinobas, de los Libros del saber, en tres volúmenes conservados en la Biblioteca Lázaro Galdiano de Madrid (págs. 275-279). La lectura del libro de Laura Fernández me ha sorprendido muy agradablemente por la riqueza de la bibliografía que maneja (cf. págs. 387-429) que incluye, de manera sorprendente, las publicaciones de los historiadores de la astronomía medieval aparecidas en monografías, revistas y volúmenes colectivos que, muchas veces, no son de acceso fácil ni forman parte de las lecturas habituales de una historiadora del arte como la autora. Al leerlo he encontrado poquísimos fallos que detallaré en esta recensión. De hecho, lo importante para mí de este libro es que contiene una enorme cantidad de información que yo desconocía, a pesar de mi interés por la obra astronómica alfonsí. El libro comienza con un análisis de "Taller científico alfonsí" (págs. 25-72) en el que se estudia el interés del monarca por la astronomía y la astrología así como por la magia talismánica. Aquí hay que subrayar que Alfonso X era partidario de la astrología propiamente dicha, que tiene un claro componente científico ya que requiere el uso de conocimientos matemáticos y astronómicos para ciertas técnicas como la división de las casas del horóscopo, el atacyr o progresión (tasyīr) y la proyección de rayos, así como para el cálculo de las posiciones de los planetas en longitud. En cambio, el rey rechaza otras formas de predicción del futuro en las que no hay ninguna componente científica (págs. 29-30). Lo mismo sucede con la magia talismánica que exige asimismo un cierto conocimiento, menos preciso, de las posiciones planetarias para elaborar un talismán que permita no sólo conocer sino también alterar el futuro. El estudio de los prólogos de las obras alfonsíes le lleva a un análisis pormenorizado de las intitulaciones como rey de Castilla..., rey de España (cf. también págs. 279, 291, 322), romanorum rex (págs. 46-50) que enlazan bien con los datos conocidos de la cronología de las obras alfonsíes (págs. 40-42). La síntesis de los datos conocidos acerca de los colaboradores científicos del monarca (págs. 59-72) es impecable y sirve para descartar definitivamente algunas informaciones fantásticas, derivadas de la Historia eclesiástica de la imperial ciudad de Toledo del P. Román de la Higuera (p. 35), que aún se repetían en publicaciones de la segunda mitad del siglo XX. Las fuentes básicas traducidas o utilizadas por el equipo alfonsí son árabes y sabemos que en el scriptorium (o bien en Toledo durante el reinado de Alfonso) se seguían copiando manuscritos árabes (págs. 52-53). Por otra parte existen indicios de una traducción del hebreo en el Liber Razielis (sólo conservado en la retraducción latina), sorprendentemente debida a Juan d'Aspa (págs. 319-321) y tenemos el problema del uso de fuentes "caldeas" que Laura Fernández interpreta como "arameas", algo que no tengo del todo claro. El resto del libro es, como he adelantado, un estudio detallado de los manuscritos conservados de la obra alfonsí, ordenados de acuerdo con la cronología de las copias originales: Libro de las cruzes, Libro conplido en los iudizios de las estrellas, Lapidario, Libro del saber de astrología, Libro de las formas et las ymágenes, Libro de astromagia y manuscrito tabular 8322 de la Biblioteca del Arsenal de París. El análisis de la iconografía presente en estos manuscritos está acompañado de un número reducido de láminas en color (págs. 349-364), que resulta algo insuficiente para el lector interesado, aunque esto se ve compensado, afortunadamente, con una lista de sitios on-line de los centros vinculados con los manuscritos en cuestión, en los que pueden obtenerse buenas reproducciones de los mismos (págs. 347-348). El libro termina con un apéndice de "Esquemas para el estudio codicológico: pautado y estructura" (págs. 365-384). Presentado el libro de esta manera, permítaseme una digresión sobre un problema difícil que me ha interesado particularmente, sobre el cual el libro de Laura Fernández aporta nuevas evidencias. Aquí hay que empezar por señalar que, con este título, se conocen dos series de tablas distintas y, en buena parte, incompatibles entre sí: Los cánones castellanos, conservados en el ms. 3306 de la BNE y editados por Chabás y Goldstein. Estos cánones describen unas tablas que parecen perdidas y con las cuales se calculaban las posiciones sidéreas de los planetas. Las mencionadas tablas serían aplicables al cálculo de posiciones planetarias de los horóscopos, dado que. en la tradición andalusí y magribí, predomina la astrología sidérea. En este sentido, estas tablas se encontrarían en el marco de las tablas de Azarquiel, mencionadas en el preámbulo. Estas tablas parece que deban identificarse con las Tablas de Toledo, editadas por Fritz Pedersen (The Toledan Tables. 4 vols.) y, desde luego, no con el almanaque perpetuo del mismo Azarquiel, cuya traducción castellana se conserva en el manuscrito de la Biblioteca del Arsenal tal como sugiere Laura Fernández (págs. 40, 327). Unas tablas astronómicas (como las Alfonsíes) calculan las longitudes planetarias utilizando, fundamentalmente, unas tablas de movimientos medios y otras tablas de ecuaciones y calcular la longitud verdadera de un solo planeta requiere una media hora de trabajo para un calculador experto. En cambio, un almanaque perpetuo, como el de Azarquiel, da, directamente, las posiciones verdaderas para un ciclo, específico para cada planeta, de un número determinado de años. Esto tiene poco que ver con las Tablas Alfonsíes. Estas tablas calculan posiciones trópicas y corresponden, por tanto, a una tradición diferente de la de los cánones castellanos, pero que está emparentada directamente con las tablas de al-Battānī, cuya traducción castellana se conserva en el manuscrito de la Biblioteca del Arsenal. No se conocen cánones alfonsíes que expliquen cómo utilizar estas tablas, que se difundieron por toda Europa acompañadas por los cánones, redactados en París, por Juan de Sajonia, Juan de Murs y Juan de Lignères. Tenemos, por consiguiente, unos cánones castellanos sin tablas y unas tablas latinas sin cánones. Hace ya tiempo que sugerí, como hipótesis desesperada, que las tablas sidéreas no llegaron nunca a elaborarse, ya que predominó la influencia de las tablas de al-Battānī que dieron lugar a las tablas latinas. A todo esto, Laura Fernández añade nuevas evidencias interesantísimas. En un inventario de libros que pertenecieron a Gonzalo Argote de Molina (1548-1596) aparece una entrada que reza lo siguiente: "Las Tablas Alfonsíes originales que mando escreuir el Rey don Alfonso el sabio escriptas en pergamino yluminadas" (pág. 334). Por otra parte (págs. 341-344) también ha descubierto que un inventario de la biblioteca de Carlos V de Francia, fechado en 1373, registra una traducción francesa de las Tablas Alfonsíes conservada en un manuscrito iluminado. Está claro, por tanto, que existieron unas Tablas Alfonsíes redactadas en castellano y que debían incluir cánones y tablas numéricas. Ahora bien: ¿de qué tablas se trata?. ¿Son las tablas sidéreas descritas en los cánones castellanos conservados? o ¿se trata de las tablas trópicas de las versiones latinas?. En este último caso, habrían existido unos cánones castellanos distintos de los editados por Chabás y Goldstein. Finalmente haré algunas observaciones sobre cuestiones de detalle en los que no estoy de acuerdo o añado bibliografía no citada por la autora. Todo esto no tiene la menor importancia dada la evidente categoría del libro: tal como he señalado al principio, no me escandaliza la bibliografía que omite sino que me asombra la que ha incluido. En la página 213 y en otros lugares la autora considera que el Libro del saber de astrología tiene una unidad temática: "disponer de las herramientas imprescindibles para la observación y el estudio de los astros...". Con la única excepción del Libro de las armellas (esfera armilar), que es un instrumento híbrido del astrolabon y el meteoroscopio ptolemaicos, y es el único que puede ser utilizado en observaciones astronómicas, el resto de los instrumentos descritos (esfera celeste, astrolabios esférico y llano, lámina universal y azafea, ecuatorios) son computadores analógicos o relojes (reloj de sol, Palacio de las horas, clepsidra, reloj de mercurio). El cuadrante para rectificar es otro reloj y la producción alfonsí sólo contiene una referencia a otro instrumento de observación en el cuadrante sennero del manuscrito de la Biblioteca del Arsenal. 615) convendría tener en cuenta el trabajo de B.R. Goldstein, "The blasphemy of Alfonso X: history or myth?" en Peter Barker y Roger Ariew, Revolution and continuity. En la página 224, al ocuparse de las ruedas de cada constelación en los libros de la Ochaua espera señala que "se incorpora la información de la longitud y latitud de la constelación siguiendo los datos del Almagesto". Esto es parcialmente cierto: las latitudes de las estrellas son ptolemaicas pero las longitudes están incrementadas en 17o 8' debido a la precesión. Sobre el posible origen de esta constante cf. Julio Samsó y Francisco Castelló, "An Hypothesis on the epoch of Ptolemy 's star catalogue according to the authors of the Alfonsine Tables" en Journal for the history of astronomy 19 (1988), 115-120. Sobre el Libro de la alcora (págs. 225-227) puede verse Samsó, "Qusṭā ibn Lūqā and Alfonso X on the Celestial Globe". Sobre el Libro de las armellas debe tenerse en cuenta el trabajo póstumo de Mercè Comes, "Alfonso X 's Armillary Sphere" en Comes, Coordenadas del Cielo y de la Tierra. Homenaje a Mercè Comes. El libro del Palacio de las horas (pág. 234) ha sido editado y estudiado por Juan David Morales en "El libro del Relogio del Palacio de las Horas de los Libros del saber de Astronomía de Alfonso X. Edición del texto y descripción de su función astronómica". Sobre el reloj de mercurio cf. A.A. Mills, "The Mercury Clock of the Libros del Saber". Sobre la cronología de la Gāyat al-ḥakīm/ Picatrix (pág. 289), la hipótesis planteada por Maribel Fierro, quien identifica al autor del original árabe con Maslama b. Qāsim, un autor de mediados del siglo X, parece tener hoy una aceptación general tal como señalé en mi libro Las ciencias de los antiguos en al-Andalus. Sobre los conocimientos trigonométricos de que hace gala el autor del tratado sobre el cuadrante sennero (págs 327-328) debe tenerse en cuenta Elena Ausejo, "Trigonometría y astronomía en el Tratado del cuadrante sennero (c. En la pág. 336, y en relación con las observaciones astronómicas alfonsíes, Laura Fernández sugiere la existencia de un observatorio. Esto me parece difícil de aceptar y no creo que exista evidencia alguna. Un observatorio implica una instalación permanente, con instrumentos fijos, y esto no está documentado en España durante toda la Edad Media. La existencia de observaciones no implica la de un observatorio.
Reseña del libro "Las máquinas del imperio y el reino de Dios: reflexiones sobre ciencia, tecnología y religión en el mundo atlántico del siglo XVI" Las máquinas del imperio y el reino de Dios: reflexiones sobre ciencia, tecnología y religión en el mundo atlántico del siglo XVI. Ningún estudio histórico que se precie merecerá el más mínimo respeto por parte de la comunidad académica si no remite explícitamente a fuentes y archivos. Esta afirmación, lejos de ser obvia, se convierte en el pan de cada día para los investigadores que se someten sin descanso a la pregunta: Pero... entonces... ¿cuáles son sus fuentes?, especialmente aquellos filósofos convertidos en historiadores. En última instancia, esta pregunta interroga por la legitimidad del trabajo histórico. Pues bien, las fuentes son imprescindibles, sin fuentes no hay historia, pero lo cierto es que no lo son todo. En el caso de los estudios sobre lo que se ha llamado 'ciencia ibérica' el problema se hace evidente. La pregunta por las fuentes nos exporta inexorablemente hacia otra cuestión, a la pregunta por la forma o el modo de contar la historia, y este no es un tema menor. En este sentido, parece que la historia de la ciencia moderna del mundo ibérico ha sufrido en lo que va de siglo importantes metamorfosis. En España y Portugal los estudios sobre ciencia moderna han sido, con algunas excepciones, profundamente descriptivos, lo cual lejos de ser una crítica no les resta todo su valor. Se trata tan solo de una forma de historia. Estos estudios han abierto infinidad de caminos antes inexplorados. Por su parte, el mundo anglosajón, especialmente norteamericano – con autores de origen hispano afincados en prestigiosas universidades de Estados Unidos – dio hace aproximadamente un par de lustros un nuevo paso para explotar un campo con enorme potencial y aportó una nueva narrativa, aguda y elegante a la vez. Se trata de otro modo de contar la misma historia, y el modo sí que importa. Desde la península se afirma con desdén nada nuevo bajo el Sol... aquí llevamos décadas escribiendo lo mismo... solo que ahora se escribe en inglés, pero no es cierto. Mientras tanto, la historiografía italiana, francesa y alemana sigue a lo suyo, con estudios concienzudos que responden más a trabajos aislados de alta erudición que a un programa colectivo. Esto tampoco es una crítica. Pero la verdad es que ante el riesgo de morir de forma prematura la ciencia ibérica estaba pidiendo a gritos algo más, algo así como un análisis teórico de las fuentes y de los problemas que su inagotable manantial de novedad depositó en el mundo moderno, un análisis – cabe mencionar - de carácter más sociológico que intelectual, pues este último siempre ha considerado el mundo ibérico como un hijo bastardo de la Europa civilizada. Los componentes históricos de esta historia así lo requieren. El historiador no puede perder esa oportunidad, pues se antoja un nuevo Potosí tanto para el historiador español y portugués como para el nortemaricano o latinoamericano. No hablamos simplemente de aprovechar una moda pasajera, pues todas lo son, sino de responder a una deuda histórica y a un vacío historiográfico si no inexplicable al menos sí injustificado. Y esto es algo que Mauricio Nieto sabe muy bien. Las máquinas del imperio representa una notable respuesta a esta situación. Si bien los trabajos precedentes de autores como Antonio Barrera o Maria Portuondo han destacado los procesos de acumulación de conocimiento empírico y las prácticas asociadas a ellas bajo los imperios ibéricos, Mauricio Nieto ha intentado dar un nuevo paso interpretativo, a nuestro juicio no definitivo, pero sí exitoso. Al contrario de lo que indica su subtítulo, este trabajo va más allá de una mera reflexión sobre ciencia, tecnología y religión en el mundo atlántico del siglo XVI. El libro de Nieto es también una aproximación a las relaciones entre conocimiento e imperio – clave en la historia de la ciencia occidental -, y sobre todo, un estudio sobre las bases del Renacimiento y los orígenes de la modernidad que gira en torno a un importante hiato historiográfico, esto es, "la consolidación de un imperio cristiano de pretensiones globales y la conformación de un nuevo orden mundial centrado en la Europa occidental" (p. He aquí una de las novedades de este libro, el eurocentrismo como unidad de medida. Por su parte, el adjetivo cristiano ocupa un lugar especial en el discurso de Nieto, pues los agentes divinos se suman a la tríada de agentes sociales, técnicos y naturales. Este es otro de los aspectos más originales y atrevidos de la obra, que muchos considerarían un tanto expresionista e, incluso, exagerado, aunque los textos del siglo XVI dicten lo contrario. Que juzgue el lector! A nosotros, nos basta con un ejemplo. Más allá de pensar la conquista del Atlántico como una misión de expansión de la fe cristiana y de la autoridad de la Iglesia, especulemos por un instante con el mundo de la navegación, desde la enérgica motivación religiosa de la exploración marítima hasta la fe ciega de los hombres de mar pasando por la consideración de la vida que transcurre en un barco como 'afirmación de vivencias religiosas'. 179) resumiría Fernández de Oviedo. Los asuntos burocráticos, comerciales, jurídicos, náuticos, cartográficos o los de historia moral y natural fueron en la España expansionista una y la misma cosa. Todos conforman una ciencia global. En otras palabras, "el Estado imperial católico fue una organización técnica y científica, y la ciencia y la tecnología, un asunto de gobierno al servicio tanto del rey como de Dios" (p. Su autor no elude ni las grandes preguntas ni las antiguas paradojas que han rodeado a la ciencia ibérica. Vuelve sobre la difícil relación entre modernidad y pasado ibérico, y se suma así a la denuncia, iniciada por Jorge Cañizares-Esguerra, sobre el lugar marginal que la exploración ibérica del Atlántico ha ocupado siempre en la historiografía de la ciencia. En palabras de Nieto, "la producción de un mapa del mundo fue una labor de poderosas instituciones que permitieron sistematizar bajo un marco de referencia común la experiencia de muchos. Esta es precisamente una de las características esenciales de la idea de ciencia moderna y, por lo mismo, se trata de un episodio que debe ser incorporado en cualquier narración que pretenda dar cuenta del nacimiento de esta última" (p. 209); por no mencionar los paralelismos – también sugeridos por Nieto - que el proyecto español comparte con el programa baconiano cuando hablamos de ciencia al servicio del imperio. Nieto lleva a cabo varias apuestas metodológicas. Por un lado y tomando como inspiración los trabajos del sociólogo de la ciencia John Law sobre los métodos de control de la larga distancia empleados por el imperio portugués, reanaliza la conquista española de las Indias Occidentales desde el enfoque sociológico de la Teoría del Actor-Red (Actor-Netwotk Theory) – que considera los artefactos humanos y no humanos como parte de los sistemas de control a distancia y no como medios para un fin. Por otro lado, lejos de referirse a la conquista en términos de 'descubrimiento','encuentro' o 'invención', Nieto reconstruye dicha conquista en términos de 'comprensión del Nuevo Mundo', a saber, explicar cómo determinadas prácticas científicas convirtieron lo extraño en cotidiano. Para ello nos advierte de un importante error histórico: separar el relato de la historia de las ciencias de aquel otro que narra la historia política de la Europa moderna. Releamos a los naturalistas españoles del siglo XVI. "La construcción de un imperio demanda la existencia de una actividad científica que haga posible ordenar la naturaleza y la sociedad bajo códigos comunes. Por lo tanto, la cosmografía, la náutica y la cartografía, así como la historia natural y la política, deben ser consideradas expresiones de un mismo propósito de control y dominio [...] La mayoría de quienes escribieron por primera vez sobre el Nuevo Mundo, como Oviedo o Acosta, entendían la descripción de la naturaleza y de la cultura, de la historia natural y de la historia moral, de Dios, de las acciones humanas, y del mundo natural en general, como parte indisoluble de una misma historia" (p.245). De acuerdo con Nieto, las prácticas tecnológicas eran partes constitutivas del poder imperial y no simples herramientas. Sólo así deben ser entendidas las máquinas del imperio, a saber, como artefactos que desarrollaron sus funciones en el reino híbrido de Dios. Este es un libro sobre la creación de marcos de referencia comunes, el establecimiento de normas para la organización de información, formas de normalización de la experiencia, la implantación de códigos estables de observación, la estandarización de datos y medidas, sobre las instituciones imperiales del siglo XVI, pero también sobre pilotos, cartógrafos, cosmógrafos, naturalistas, viajeros, comerciantes y príncipes; y decididamente sobre reglamentos, velas, barcos, mapas, tratados de navegación, astrolabios, plantas, animales y un largo y heterogéneo etcétera. Se trata de un trabajo heterogéneo, como su propio enfoque. Es también un libro sobre la puesta en cuestión de los antiguos, sobre la articulación de complejas redes de circulación de información, sobre las estrategias ibéricas de domesticación del mundo natural americano y sobre los procesos de comprensión del Nuevo Mundo, no sólo entendidos como mecanismos de apropiación de la naturaleza, sino sobre todo como dispositivos de traducción y apropiación de saberes nativos. Contiene ingredientes sumamente atípicos, como la consideración – aunque insuficiente - de Portugal en la configuración de esta historia; la rica aportación de los tratados de navegación; el nivel de detalle y reflexión sobre las embarcaciones; la aportación de interesantes reflexiones sobre instrumentos náuticos, caso de la carta náutica y el Padrón Real; el papel de las tradiciones indígenas; una descripción minuciosa acerca de la tripulación que conformaba un viaje a las Indias; y sobre todo, una atractiva explicación sobre la vida a bordo que supone un deleite para la historia cultural de la ciencia. Entretanto, todos estos ingredientes son sazonados con una prosa ácida que apunta hacia la autocomplaciente narrativa tradicional y que desmitifica la heroicidad que rodea a la expansión ibérica, aquella que no solo se olvida del problema del eurocentrismo, sino que nunca reconocería que ser dueños y señores del Atlántico supone también 'condiciones naturales favorables' (p. Por momentos, Nieto lo deja todo en manos de Dios y la naturaleza. Esta es una de sus virtudes. De cara a ofrecer un abordaje inusual, también lo es el lugar geopolítico desde donde escribe – que la narrativa occidental llamaría ultraperiférico -, pues como todos sabemos el lugar determina la visión. En síntesis, el lector encontrará en las Las máquinas del imperio y el reino de Dios un libro nuevo sobre ciencia ibérica, un libro ensayístico sobre el lugar que ésta última ocupó en la historia de la ciencia occidental. Volviendo sobre las primeras líneas de esta reseña, lo cierto es que las fuentes de Nieto no son nuevas y tampoco los son sus herramientas metodológicas. Nueva es, no obstante, su mirada sobre el problema. Y esto es de agradecer.
Reseña del libro "Augusto González de Linares. Augusto González de Linares. Edición y Estudio Preliminar de Carlos Nieto Blanco. La compilación de obras completas de autores científicos españoles no es una tarea muy habitual entre nuestros historiadores de la ciencia. Por fortuna nos encontramos ahora con una excepción notable, la de la publicación de la Obra Completa del naturalista Augusto González de Linares, editada y anotada por Carlos Nieto Blanco en una edición de la Universidad de Cantabria, que cumple satisfactoriamente en la recuperación de la obra de uno sus científicos relevantes. La obra de González de Linares hay que enmarcarla en la órbita de la filosofía krausista, esta extraña corriente de pensamiento alemana que anidó en el mundo hispánico tras la adaptación en España de Julián Sanz del Río, como ya estudiaron López Morillas, Diego Núñez y otros autores, haciendo este último hincapié en la deriva krausopositivista y ahora nos recuerda Carlos Nieto en las primeras páginas de su estudio. Como ya indiqué en otro lugar, el krausismo que se acercaba al positivismo y al evolucionismo, incluido el haeckeliano, se había hecho presente en las páginas del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, el órgano de expresión de la Institución Libre de Enseñanza que lideraba Francisco Giner de los Ríos y que acogió en gran medida al nuevo krausopositivismo. Uno de los autores que más difundió indirectamente las teorías de Darwin y Haeckel en el seno de la Institución Libre de Enseñanza fue precisamente Augusto González de Linares, antiguo catedrático de Historia Natural en la Universidad de Santiago, separado por su activa participación en la llamada Cuestión Universitaria y ya conocido por su exposición del darwinismo en la misma Universidad, lo que había desatado una fuerte polémica en torno al asunto de la evolución en la sociedad gallega, como en su día nos relató Julio Caro Baroja en un excelente artículo sobre el "miedo al mono" de la sociedad española. Xosé Fraga nos había descrito también cómo fue en esta época cuando Augusto González de Linares, bajo la dirección directa de Francisco Giner, intentó desarrollar un plan de Historia Natural que aceptaba un cierto evolucionismo dentro del monismo metafísico, sobre todo en su obra Ensayo de una introducción al estudio de la Historia Natural, publicada en 1873. Como indica Carlos Nieto Blanco en su quinto apartado de la introducción, el institucionismo fue esencial en la vida y la obra de este naturalista cántabro, y fue en su casa santanderina en 1875 donde se gestaron las bases de la Institución Libre de Enseñanza con el visto bueno de Azcárate, Giner y Ruiz de Quevedo. También hay que recordar y esta edición lo hace, cómo en 1877, el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE) –que anunciaba los nombramientos de Darwin y Haeckel como profesores honorarios de la Institución- resumía las conferencias de González de Linares sobre La Morfología de Haeckel: antecedentes y crítica. González de Linares había comentado la importancia general de Haeckel en la Filosofía y la Historia Natural, en tanto que destacaba a Lamarck y Darwin para la evolución orgánica o a otros como Burmeister o Jaeger en la extensión a los organismos del principio de las relaciones de simetría, establecida con anterioridad en la morfología de los cristales. González de Linares había explicado también la idea de unificación del mundo natural hasta llegar al monismo filosófico de Haeckel, para quien materia, forma y fuerza eran esencialmente iguales en organismos y seres inorgánicos, una afirmación que González de Linares consideraba plenamente fundada y que para él constituía una de las partes más notables de su teoría. La importancia de González de Linares en el debate del evolucionismo fue esencial en la sociedad española y en los medios científicos, por lo que sus publicaciones recogidas en este volumen adquieren una notable importancia. En relación a Haeckel, con el que como hemos visto coincidía en algunos aspectos, fue también crítica en algunos aspectos como el relativo a una posible generación espontánea en la explicación del origen de la vida. Según esta hipótesis los primeros organismos brotaron de combinaciones complejas, cuyos elementos procedían de la materia inorgánica, dando lugar a organismos homogéneos llamados móneras, que después se diferenciaron hasta convertirse en células y organismos pluricelulares. Esta teoría fue criticada por González de Linares, quien afirmaba que todo individuo natural suponía otro preexistente o lo que era lo mismo, la vida se transmitía y no había autogonía, aunque parece que González de Linares consideraba positivamente la determinación haeckeliana de las diversas categorías de la individualidad morfológica empezando por el plastidio, cuyas características fueron explicadas también en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, como recoge esta edición. González de Linares criticaba también la idea de Haeckel, al que en algunos aspectos describe como más darwiniano que el propio Darwin, de que la materia subsistía independientemente del ser, lo que evidentemente iba en contra del idealismo monista de la filosofía krausista, y afirmaba que ésta era inherente al ser, como podía verse en la Naturaleza al considerar además que los astros podían ser considerados como "organismos". Del propio Augusto González de Linares publicaba en 1878 la Revista de España un artículo titulado La vida de los astros, que al parecer correspondía a una de las conferencias pronunciadas en la Institución Libre de Enseñanza. La edición que ahora nos presenta Carlos Nieto Blanco, quien analiza muy bien las contribuciones científicas de la obra de González de Linares en otro de los apartados de la introducción, recoge de forma ordenada la bibliografía del naturalista. Tiene además la virtud de incluir dos textos manuscritos prácticamente desconocidos, que nos ayudan a comprender mejor la órbita teórica del fundador de la Estación Marítima de Zoología y Botánica experimentales de Santander (1886), más tarde conocida como Estación de Biología marítima. El primer texto inédito a resaltar es la propia tesis doctoral de Augusto González de Linares, realizada en 1871, sobre El concepto y relaciones de la Historia Natural, localizada en el Archivo Histórico Nacional. Es interesante ver cómo el naturalista cántabro busca la definición disciplinar de la Historia Natural como primera exigencia para la sistematización de conocimientos sobre el mundo natural, para después indagar sobre las posibles divisiones o partes que la componen. Como buen krausista busca además en su tesis doctoral la unión entre la parte experimental de la Historia Natural con la filosófica que le pueda dar sentido, en contra de los que abogaban por una ciencia natural puramente empírica y experimentalista. Se busca el estudio del cuadro de la Naturaleza en su estadio actual y en sus posibles transformaciones a lo largo de la historia, algo que da la perspectiva evolucionista en la ideología de González de Linares, que además cita a autores como Kant, Lamarck, Geoffroy Saint Hilaire o Darwin. El segundo texto inédito que aparece en esta edición es el dedicado a La aparición de la vida en el organismo telúrico, un artículo sin fecha depositado en la Real Academia de la Historia, dedicado a las leyes que rigieron la aparición de la vida teniendo en cuenta las faunas y y floras fósiles. El resto de la obra de Augusto González de Linares son textos publicados, desde su trabajo sobre Goethe publicado en La Enseñanza en 1866, sus reseñas en el Boletín Revista de la Universidad de Madrid en los años setenta, sus incursiones en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza retomando sus reflexiones sobre la Historia Natural, divulgación científica, bibliografía geológica, morfología terrestre, biología marina y sus críticas a Haeckel, los artículos en la Revista de España sobre geometría y morfología de la Naturaleza, evolución, geología, geografía y la vida de los astros, algunos escritos sobre su querida Estación Marítima de Santander, sus colaboraciones con la Sociedad Española de Historia Natural o con el diario El Globo y La Voz del Pueblo, en definitiva una colección magnífica para el estudio del pensamiento de González de Linares y su naturalismo krauso-evolucionista. Instituto de Historia, CSIC
Reseña del libro "Ciudad y hospital en el Occidente Europeo. Huguet-Termes, Teresa; Verdés-Pijoan, Pere; Arrizabalaga, Jon; Sánchez-Martínez, Manuel (comps.). Ciudad y hospital en el Occidente Europeo. LAS INSTITUCIONES ASISTENCIALES COMO OBJETO DE ESTUDIO En 1915 el Flexner Report (Flexner 1972) provocó cambios revolucionarios en la organización, gestión y administración de los nuevos hospitales (Chapman 1924), impulsó el uso de la etnografía como herramienta de evaluación, dio lugar a la sociología de las organizaciones y a buena parte de la sociología médica (Bachmeyer & Hartman 1944; Freidson 1963) y convirtió al hospital moderno en objeto de estudio. Hasta finales de los cincuenta buena parte de la investigación – en manos de sociólogos y etnógrafos de campo – se centró en diagnósticos de la situación y evaluaciones de los cambios que se ponían en práctica especialmente en su administración y gestión. Una parte de esas aportaciones fueron publicadas en revistas de ciencia social aplicada (Herzlich 1970) y posteriormente Starr (1982) y Risse (1999), entre otros, han analizado su dimensión histórica. En un momento de madurez de los estudios etnográficos y sociológicos sobre hospitales, Freidson (1963) compiló un amplio estado de la cuestión que reúne buena parte de los expertos sobre el tema e incluyó un primer capítulo a cargo de George Rosen (1963), una aproximación a la sociología histórica de hospitales de naturaleza programática: "Una sociología histórica del hospital requiere establecer sus condicionamientos políticos y económicos, su estructura social, su sistema de valores, su cultura organizativa, y sus cambios sociales en relación con las condiciones de salud y necesidades de la población en distintos momentos históricos"(Rosen 1963: 2). Su agenda, en la que se advierte la influencia de Max Weber, tardaría aun un par de décadas en desarrollarse plenamente. Los hospitales, en 1963, no estaban aun en la agenda de la historiografía general. Incluso en Europa se estaba produciendo la transición desde el viejo hospital pre-flexneriano al nuevo modelo tras la implantación masiva de los seguros sociales públicos. Sin embargo, la publicación en 1961 por Foucault de su Folie et déraison (Foucault 1961), -traducida al inglés en 1964 -, y al que seguirían numerosas obras sobre las instituciones asistenciales y su significado (Foucault 2001; 1979; 1990) no cabe duda que situó al hospital en el centro de un debate, no tanto historiográfico, sino mucho más presentista sobre su significado actual en manos de los profesionales. Aunque Foucault – siempre parco en citas -, cita de pasada a Rosen en algún lugar, el impacto global de Foucault – y los debates que suscitan algunas de sus propuestas como el Grand Renfermement producto de un "francorepublicanocentrismo" que comparte con Robert Castel(1976) -, no cabe duda que han sido un revulsivo global para situar al hospital en un primer plano de la escena de la investigación historiográfica. En la medida en que puedo contemplar este panorama con una perspectiva de cuatro décadas, si bien es cierto que la agenda de Rosen hoy puede considerarse un hecho consolidado, dudo que sin el impacto de Foucault ese desarrollo hubiese sido posible a este nivel. No deja de ser significativo que buena parte de la historiografía anglosajona posterior de hospitales – y de manicomios que por razones prácticas pongo aquí en el mismo cajón - incorporase con relativa rapidez el proyecto sociológico y etnográfico subyacente en Rosen, así como los desarrollos de la teoría antropológica. Monografías como la pionera de Rothman (1971) sobre la economía política de las instituciones asistenciales norteamericanas en la época jacksoniana, o la de Rosenberg (1987) y su concepto de hospital doméstico, abrían las puertas a una posible etnohistoria de los hospitales pre-flexnerianos (Salmón et al. 1990; Martín et al. 1993), que se iba distanciado en el análisis de los significados de las tesis más radicales de Foucault (ver también Bueltzingsloewen, 1997). En buena medida, la historiografía hospitalaria más crítica ha asumido la condición del hospital como small community y en ella se refleja un estilo narrativo mucho mayor con influencias de la etnografía hospitalaria, como es el caso de los snapshots sobre las distintas etapas de la evolución de los hospitales propuesta por Gunther Risse (1999) y que significa una inflexión bastante radical en la tradicional escritura historiográfica, por su voluntad de construir una narrativa menos condicionada por la escritura administrativa y la documentación de escribanía. HOSPITALES Y ASISTENCIA EN ESPAÑA Ciudad y Hospital en el Occidente Europeo (1300-1700) (Huguet-Termes et al. 2014) es con toda seguridad la más importante incursión colectiva y en castellano en el proceso de normalización internacional de la historiografía hospitalaria en España, esto es, una historiografía cuyos límites con los estudios culturales y las ciencias sociales devienen más porosos. Debe contemplarse junto a la reciente compilación realizada por Bonfield et al. (2013) y Ciudad y Hospital complementarias ambas, tanto por la presencia de Teresa Huguet Termes como editora común como porque el bloque de aportaciones de ambos libros permite la visualización de un proyecto que pasa de suma de individuos a colectivo articulado. Ambos libros superan la frontera entre historia general y historia de la medicina, puesto que el colectivo resultante incluye especialistas de ambos campos así como historiadores del arte y del patrimonio, urbanistas y antropólogos. No quiere esto decir que no haya una historiografía de hospitales en ese sentido en España, de la cual participo y que justifica la invitación realizada para esta reseña-ensayo, pero sí que las aportaciones singulares anteriores eran hechos relativamente aislados, a menudo publicados en ediciones institucionales de mala difusión y con escasa conciencia por los autores de la existencia de una red, de un colectivo que estaba apostando por desarrollar un campo de estudio coherente. Hasta hace más o menos cuarto de siglo, en España, la historiografía de las instituciones asistenciales había girado en torno a dos grandes líneas programáticas. La más antigua, de naturaleza conmemorativa y nacionalista, en un Estado en el que apenas se iniciaba el despliegue del Seguro Obligatorio de Enfermedad falangista, trataba de presentar a España como un ámbito en el que la idea de la acción social no había tenido límites. Obras como la de Rumeu de Armas (1941), Jiménez Salas (1958) y algo menos Fuster (1960) entre otras eran inventarios que reivindicaban la primacía de la España católica en casi todos los ámbitos de la acción social pero sin articularlo con debates intelectuales que ponían de relieve el fracaso de las propuestas teóricas (Maravall 1972). Si tras el franquismo autárquico (1939-1959) esa tendencia se desvaneció rápidamente, bastantes de las monografías sobre hospitales publicadas hasta la fecha obedecían principalmente a encargos realizados como consecuencia de conmemoraciones seculares, muchas veces con criterios puramente positivistas o derivaban de tesis de doctorado siguiendo la estela trazada, entre otros por Josep Danon Bretos (1967) sobre la Santa Cruz de Barcelona y también rígidamente encuadradas en una historiografía positivista ajena a la agenda propuesta por Rosen. Ambas líneas constituyen la base del centenar largo de monografías publicados sobre hospitales en España con resultados desiguales, a menudo por ser sus autores eruditos locales, escasamente conectados con el mundo académico y publicaciones locales con escasa distribución y escritas en las distintas lenguas del Estado. Se trata en su mayoría de monografías descriptivas sin amagos de interpretación de los significados más allá de lo que el hospital significa como rasgo de la identidad patrimonial local. La mayor parte de esa producción anterior a 1985-90 se produjo al margen de las propuestas de Rosen, Freidson o Foucault así como de los debates entre la historiografía y las ciencias sociales, especialmente la antropología y la sociología, pero también de la línea de investigación que ponía en relación los estudios hospitalarios con el Derecho (Imbert 1947; 1966) y con la problemática jurídico política relativa a la gestión de la pobreza (Imbert & Mollat 1982) en donde se argumentaba el papel del derecho canónico y social (Ourliac 1989) en la génesis de los hospitales y en las condiciones de asistibilidad, como en la monografía de Patlagean (1977) sobre la pobreza, hospitalidad y asistencia en el mundo bizantino, paralelas a las aportaciones de Constantelos (1968; 1992), que en el contexto de la organización del Digesto ponían de relieve los fundamentos de la economía política de los hospitales y de la hospitalidad en la Antigüedad tardía y que nos parecen fundamentales en la revisión de los mismos durante la baja Edad Media en el Occidente latino. LA CIUDAD Y EL HOSPITAL Ciudad y hospital en el Occidente Europeo se compone de cinco bloques con diecinueve capítulos, once de los cuales corresponden a la Corona de Aragón. Si el rango temporal del libro de Bonfield et al. (2013) cubre de la Alta Edad Media a 1960, Ciudad y Hospital se limita al periodo que va de la Baja Edad Media a la Early modernity lo cual explica la ausencia del sector de estudios hospitalarios que abarca periodos posteriores. Discrepo, en relación a los estudios hospitalarios, de la idea de "trocear" cronológicamente su historia. Defiendo desde hace décadas (Comelles et al. 1991; 2013) que cualquier genealogía hospitalaria no puede construirse sin una lógica de longue durée. La razón principal es la continuidad de los significados de las instituciones a nivel local y el modo como la población los incorpora (embody). La evolución de ese significado no corresponde a los periodos históricos convencionales, sino a las transiciones en el proceso de medicalización de las mismas y que tienen su cronología propia. La institución pública de asistencia tiene un papel estructural en la ciudad desde la Alta Edad Media al s.XXI, puesto que es una pieza clave en la reproducción de la propia idea de ciudad (Comelles, 2013). Por eso el análisis de su significado no puede reducirse a su articulación con las estructuras estatales modernas, puesto que en la mayoría de estados actuales las instituciones han seguido en manos de las administraciones locales en cuyo seno se fundaron. Por eso es fundamental la posibilidad de entender las tensiones seculares entre lo local y lo estatal, sin cortapisas temporales puesto que determinadas dialécticas históricas no pueden trocearse aunque bien muchas investigaciones deban necesariamente acotarse en periodos muy breves –como por ejemplo en el libro el texto de Manuel Sánchez sobre un libro de cuentas del XV. Esas aportaciones son fundamentales, sin embargo, como piezas de un inmenso puzzle que entre todos estamos escribiendo. Como libro colectivo, las distintas aportaciones tienen un carácter relativamente diverso, aunque la muy trabajada introducción a cargo de Teresa Huguet, y el capítulo de Jon Arrizabalaga que discuten el primero la metodología y las distintas corrientes de la historia hospitalaria, mientras el segundo traza el entorno "moral" (de moeurs), intelectual y cultural que da lugar al debate sobre la fundación de los hospitales y su relación con el hecho ciudadano, establecen unos puntos de anclaje de un contexto que en la mayor parte de Europa occidental fue básicamente local (municipal) y que hasta las leyes de Beneficencia del XIX no construyó una dialéctica con el Estado moderno. De nuevo, la introducción de Reinharz et al. (2013) resulta indispensable para complementar las dimensiones teóricas y metodológicas de ambos libros. El marco ideológico analizado por Arrizabalaga que puede documentarse tanto en la Europa católica como en la no-católica – con matices distintos- hasta los debates sobre la ciudadanía del constitucionalismo moderno, ya en el XIX resulta fundamental para establecer una genealogía sobre los discursos orgánicos sobre la asistencia y la asistibilidad de los ciudadanos que derivará en conceptos como la Beneficencia liberal, el estado del Bienestar o incluso la responsabilidad corporativa de las empresas. Reis Fontanals y Salvatore Marino discuten los problema heurísticos de las fuentes de los archivos hospitalarios y sus límites a partir de dos casos documentalmente riquísimos, la Santa Creu de Barcelona y la Annunziata de Nápoles con el problema sobreañadido de la importancia de riquísimos archivos municipales de las ciudades en que se ubican. Destacan los problemas de catalogación de las fuentes en archivos distintos – notariales, municipales, o religiosos en el caso de Barcelona, que a menudo obliga a recorridos complejos y no permite una comprensión adecuada de la articulación entre las instituciones. El bloque, Poder urbano y hospitales es una puerta abierta a la comparación internacional. Rawcliffe se ocupa del problema de las leproserías y la ciudad con las tensiones que supuso su acercamiento o su alejamiento de las mismas en muchos casos en Europa, Albini muestra las relaciones entre las ciudades italianas y sus instituciones algo que ofrece perspectivas interesantes en relación con el dispositivo hospitalario coetáneo de la Corona de Aragón, por la existencia de referentes a veces comunes pero también de diferencias sustanciales y finalmente Hyacinte y Valenzuela discuten los proyectos de reducciones y de estatización de los hospitales en la Early Modernity, una cuestión de considerable importancia si se tiene en cuenta que va a tener traducción también en la América virreinal y que nos obliga a pensar en un análisis comparativo, a estas alturas indispensable entre las fundaciones medievales en Europa y las fundaciones en la América virreinal por parte de las órdenes mendicantes o del papel de Estado que juega la casa de Misericordia de Lisboa en la América lusa. El tercer bloque se centra en la economía de los hospitales en la Corona de Aragón. Son tres capítulos sobre financiación hospitalaria. Manuel Sánchez y Morelló analiza de la Santa Creu de Barcelona las cuentas y la economía censalista respectivamente y López Terrada las del General de Valencia. De los tres estudios se desprende el enorme peso de la economía censalista en el Corona de Aragón y su dimensión, hasta cierto punto idiosincrásica, como estrategia de financiación de las instituciones. Las tres aportaciones avalan, mediante un análisis en el primer caso micro histórico de las hipótesis abiertas por el trabajo de Rubio Vela (1984) y el papel de los censales en la economía financiera del Antiguo régimen en la Corona de Aragón (Comelles 1991), tema objeto de una amplia revisión para el periodo bajomedieval (Conejo da Pena 2010) y hasta la actualidad en la tesis de doctorado sobre el Hospital de Santa Tecla de Tarragona por Josep Barcelo (2014). El cuarto bloque reúne materiales de Stevens-Cranshaw, sobre el papel que juegan determinadas políticas comunicativas y prácticas sociales para asegurar la compasión – y por lo tanto los flujos financieros – hacia las instituciones, mientras que Carmen Ferragud y Carles Vela Aulesia se ocupan de los profesiones – practicantes y boticarios – en los hospitales, colectivos a menudo dejados de lado por determinadas aproximaciones muy médico-céntricas que no se correspondían con la realidad. De nuevo en este caso el texto de Stevens hubiese tenido más sentido en el bloque tercero puesto que la movilización de los capitales es un tema crucial para el sostenimiento de las instituciones y que va más allá incluso del siglo XX, puesto que se sitúa en las bases tanto del mecenazgo e incluso de lo que hoy denominamos responsabilidad social corporativa. Enlaza la aportación de Jane Stevens con la de Miguel Raufat en el quinto bloque – hasta cierto punto el más misceláneo -, puesto que la compasión y la caridad las describe este a partir de una estructura comunicativa basada en la ritualización y teatralización en la línea de lo que Tropé (1994) hiciera con su estudio de los rituales relacionados con los locos en la Valencia tardomedieval. Las aportaciones de Stevens-Cranshaw y Raufat ponen de relieve el valor de los estudios culturales y de la teoría cultural para reconstruir e inferir significados, especialmente en torno a las forma como se movilizaba la captación de recursos y se ubicaba al hospital en el imaginario local. El resto del bloque lo componen aportaciones relacionadas con las fábricas arquitectónicas y el equipamiento (Rubio Vela y Español), el significado de las instituciones y sus edificios en el contexto de la búsqueda de un ornamento urbano que actué como signo de identidad en el caso de Conejo da Pena y por fin como ese patrimonio se inserta hoy en las industrias culturales del siglo XXI a partir del caso de la reconstrucción virtual del hospital de Norwich que hace Bonfield. Esta parte debe vincularse y se vincula no solo a la agenda clásica de la historiografía de la arquitectura o del arte sino al debate actual sobre la significación de los edificios en el contexto del urbanismo actual de las ciudades históricas y a su ubicación en proyectos de revalorización urbana, de desarrollos museográficos o de visibilización. Ciudad y Hospital va, en su conjunto, mucho más allá de su condición de producto erudito y académico centrado en un periodo amplio pero limitado de la historia Europea y de la Corona de Aragón. He destacado como trocear cronológicamente es problemático en historia hospitalaria, eso significa que este libro es fundamental desde la perspectiva de la historiografía posterior. Baste señalar que el modelo censalista descrito en el XIV sigue vigente parcialmente en algunos hospitales actuales en Catalunya (la Santa Creu i Sant Pau, por ejemplo), que muchas de las fábricas no han desaparecido hoy en el centro de las ciudades y villas, que el debate sobre las relaciones entre el poder local y el Estado en el contexto de la propiedad y gestión de las instituciones hospitalarias es un hecho en toda Europa con escasas excepciones. Los casos bajomedievales y de la early modernity no son pues arqueología, sino los puntos de partida de genealogías que sin solución de continuidad llegan hasta nuestros días y nos permiten comprender procesos y lógicas culturales, económicas y políticas subyacentes.
Reseña del libro "La conquista de la salud. Mortalidad y modernización en la España contemporánea" Pérez Moreda, Vicente; Reher, David-Sven; Sanz Gimeno, Alberto con la colaboración de Diego Ramiro Fariñas. La conquista de la salud. Mortalidad y modernización en la España contemporánea. Sin duda, estas palabras serán ingenuas dentro de cien años, si alguien las lee. Pero hemos sido testigos de un gigantesco paso de la humanidad, en pocas décadas la esperanza de vida se ha duplicado. A mediados del siglo XIX era de unos 30 años, hoy de más de 80 y pensamos que seguirá aumentando. Al menos, hay que reconocerlo, esto sucede aquí, en las partes favorecidas del mundo. Y de esto, los demógrafos han sido testigos privilegiados. La historia de la demografía goza hoy de muy buena salud, acompañando a la de la población, en España y en países desarrollados. Los excelentes y poblados congresos internacionales que sobre esta especialidad se celebran así lo demuestran. De ello he podido ser testigo desde el Comité Internacional de Ciencias Históricas, a cuyas reuniones generosamente acuden con extraordinarias sesiones. Nos proporcionan magníficas informaciones sobre el desarrollo de la población, la natalidad y la mortalidad. En fin, sobre la hercúlea lucha contra la enfermedad y la muerte en que ha proseguido el ser humano a lo largo de muchos siglos. Por eso, los historiadores de la medicina –y de la ciencia, también sin duda- comparten en general con los dedicados a la demografía histórica su creencia en el progreso. Juntos remamos a contracorriente en el mar que engulle el mundo de la historiografía en este momento, el océano de la postmodernidad. La razón es desde luego que somos hijos del siglo XVIII, hijos de la Ilustración. Esa época en la que las matemáticas –la estadística y el cálculo de probabilidades- comienzan a preocuparse de los problemas sociales. Es el momento de Condorcet y su Esquisse, desde luego, pero también de Maupertuis y su Lettre sur le progrès des sciences, o de Vicq d'Azyr y la fundación de la Société Royale de Médécine. No se puede olvidar a políticos como Ensenada y Floridablanca con sus recuentos. Pero tampoco que es el momento en que se mejoran los hospitales, la enseñanza de las profesiones sanitarias, el cuidado materno del lactante y del niño. Un buen ejemplo he encontrado en mis lecturas actuales. Un autor como Pierre Ambroise Choderlos de Laclos –militar y sabio- no solo escribió Les liaisons dangereuses, supuesta novela libertina, en que nos narra las maldades de la marquesa de Merteuil, corruptora de inocentes jóvenes. También escribe sobre la educación de la mujer, subrayando el papel de la mujer roussoniana y la adecuada protección, el cuidado y la alimentación del niño. Era desde luego el momento en que las ideas de progreso, de utilidad, felicidad y bienestar social, de servicio a la sociedad se ponen en primer lugar. Ocurrió así que en el siglo de las luces, descubiertas la inoculación y la vacunación, se empieza el triunfo sobre la enfermedad y la muerte. Una carrera que llevaría a la erradicación de la viruela y casi de la poliomielitis, pero que todavía fracasa con la tosferina, el Ebola o los mosquitos que se multiplican en el Mediterráneo. Sin duda los médicos y los historiadores de la enfermedad, junto a los demógrafos, somos unos enamorados de esta, pues la vida es la resistencia a la muerte, como afirmaba Bichat, y es por tanto la resistencia del ser vivo ante la enfermedad. Los padres de nuestra disciplina -la historia de la medicina-, Henry Sigerist y Owsei Temkin, señalaban que en nuestra tarea debemos considerar tanto los aspectos médicos como los sociales. Influyó el primero con sus diálogos en el inteligente Hans Zinsser, estudioso de bacterias, parásitos y la inmunidad frente a ellos. Surgió así a mitad de los años treinta del siglo pasado el libro Rats, Lice and History. Allí el investigador nos invitaba a tratar la enfermedad, su historia y avatares, como una biografía. Sin duda, en un proceso morboso hay seres vivos en pelea, ganando en el juego de la naturaleza unos u otros, a veces quedando en tablas. La enfermedad aguda o crónica, la salud y la curación dependen muchas veces de esos seres vivos que siempre nos acompañan. Es así apasionante la historia de la enfermedad y estas opiniones todavía la enriquecen aun más. Sin duda, esos diminutos seres que tanto daño nos han hecho –y tanto beneficio proporcionado- son difíciles de perseguir en el pasado. Tan difícil es que hay que volver una y otra vez sobre su historia, incluso en padeceres de gran importancia por su malignidad, o por su frecuencia. Así todavía tenemos enormes dudas sobre la gripe, la malaria, la sífilis, incluso sobre la que se constituyó como modelo de enfermedades epidémicas, la peste bubónica. En estas investigaciones, los datos de archivos e impresos, son ahora completados por los datos biológicos, así los restos que puedan quedar en momias o en huesos. Además hoy con los estudios del material genético, se añade una valiosa tecnología que permite conocer mejor los peligros de la patología, pasados, presentes y futuros. Así lo podemos ver en las polémicas sobre el origen y expansión de la malaria, desde el corazón de África, en las que interviene Francisco Ayala. Tal vez los análisis genómicos puedan determinar con mayor precisión cuándo pasa el germen al ser humano y cuándo se dispersa hacia Eurasia. Muy antiguas son las disputas sobre el origen de la sífilis, azote renacentista que se atribuyó al descubrimiento de América. Afirmaba así Nicolás Monardes que Dios proporcionó el remedio en el mismo lugar en que se encontró la enfermedad, refiriéndose al guayaco americano. Más recientes son las dudas sobre las epidemias de peste negra, en las que se duda en reconocer a la enfermedad causada por el vibrión colérico. Evidence from Historical Populations, Cambridge University Press, 2001) Si las pestes del siglo XIX –en que se descubre el germen productor- fueron las que establecieron el patrón epidemiológico, serían quizá también las únicas auténticas. En fin, ¿qué decir del origen de la gripe española? ¿O del inicio y el camino del SIDA? Comento con entusiasmo el nuevo libro de Marcial Pons Historia, sobre La conquista de la salud en la España contemporánea. Se plantean los autores en sus páginas la evolución de la mortalidad, sus posibles fuentes de estudio y sus variables, según sexo y edad (infancia y mayores), por sus causas (ahondando en suicidio, parto, debilidad congénita y senil) y las diferencias entre campo y ciudad. Luego analizan con gran cuidado los factores de su descenso, tales como la economía, la nutrición y la higiene, la medicina y la educación. No se olvidan de las características geoclimáticas, o bien de señalar el aumento de la estatura en la población. Sin duda, el papel de la medicina y de los profesionales sanitarios fue muy importante, más incluso de lo que se señala en este libro. Y desde luego, el nacimiento de la sanidad pública. La lucha contra la enfermedad fue primero un combate contra la patología epidémica, a la que se enfrentaron –aparte de los individuos, las familias y los gremios, la iglesia y los poderosos- los ayuntamientos –luego además las diputaciones-, coincidiendo con el desarrollo de las ciudades. Con el tiempo, las monarquías y los gobiernos tomaron cartas en el asunto, organizando la sanidad. Los ejércitos siempre tuvieron un papel importante, por ejemplo aislando la ciudad de Marsella en la última peste del Occidente europeo, o bien gracias a campañas de vacunación. La salud pública se convirtió en época contemporánea en cuestión de estado y, más tarde, en internacional, con conferencias, acuerdos e instituciones. Se puede señalar en España el papel de los gobiernos de Alfonso XIII –recordemos el Instituto de Reformas Sociales y el Instituto de Higiene Alfonso XIII- incluida la dictadura de Primo de Rivera, el de los gobiernos de la República, los del dictador Franco y, en fin, el mandato del ministro socialista Ernest Lluch. La presencia internacional fue importante, desde la Fundación Rockefeller, hasta la Sociedad de Naciones o la OMS. Señalan los autores en el camino hacia la transición demográfica, la importancia de la modernización institucional, económica y social, así el crecimiento económico, la eficacia del estado y los cambios a nivel social. Se traducirían en los logros en educación, sistema sanitario y salud pública y privada, en las mejoras del personal y de las instituciones sanitarias, de los hospitales, escuelas y facultades. Se mejoró la atención materno-infantil, y para grupos marginales, con los asilos e inclusas, y la dedicada a pobres, ancianos e inmigrantes. Hay grandes avances en los sistemas sanitarios, señaladamente la aparición de la seguridad social, asimismo en la aparición de nuevos medicamentos y tecnologías de prevención, diagnóstico y tratamiento, como las vacunas, la detección por imagen o en el laboratorio, la radioterapia, los antibióticos, o el tratamiento hormonal. Los cambios a nivel social se advierten en el tejido y las estructuras sociales, los recursos y alimentos, y además en los cambios culturales, en los valores y en la familia. Veremos a qué conclusiones se llega, cuando dentro de algunos años se analice el proceso actual de privatización de la sanidad y de restricciones en la calidad de vida. Al señalar las etapas de descenso de la mortalidad, curiosamente donde más cae esta es en el segundo tercio del siglo XX, tan conflictivo, pues confluyen la política sanitaria republicana y la poblacionista franquista con el fin de algunas enfermedades, la expansión de la vacunación y el uso de los antibióticos, también con la modernización, la educación sanitaria y la ayuda norteamericana. Es algo que también sucede en otros países del entorno, lo que favorece a la sanidad española. La evolución de la tuberculosis, a partir de la aparición de los antibióticos, muestra bien los cambios. Se extendió el uso del DDT contra los mosquitos, culpables de la transmisión de muchas enfermedades, como el terrible paludismo mediterráneo. Se venció a muchos de los microorganismos que señalaran Pasteur y Koch, por medio de vacunas y sueros, sulfamidas y antibióticos. (Antonio González Bueno, Alfredo Baratas Díaz (eds.), La tutela imperfecta. Biología y Farmacia en la España del primer franquismo, Madrid, CSIC, 2013) Se pudo controlar así la malaria y enfermedades como la tuberculosis, el tifus o la neumonía, siendo muy eficaces la penicilina, la estreptomicina y la cloromicetina. Un reciente y atractivo libro sobre cartelismo sanitario muestra esta persistencia de la lucha contra la enfermedad y en la defensa de la vida, si bien en cada época con trasfondos sociales y éticos bien distintos. (Las imágenes de la salud: cartelismo sanitario en España (1910-1950), coord. por Ramón Castejón Bolea, Enrique Perdiguero Gil, José Luis Piqueras Fernández, Alicante, Madrid, Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, CSIC, 2012) Se implantó también el Seguro Obligatorio de Enfermedad por el régimen franquista, que dio lugar con el tiempo a novedades hospitalarias, asistenciales y clínicas de muy alta relevancia. La transición demográfica conllevó, junto al descenso de la mortalidad -así la infantil-, la consecuente limitación en la fecundidad. Se prestó a los recién nacidos mayor atención por los padres, en especial por parte de la madre. Se contaba con posibilidades mayores, desde las Gotas de Leche y la Sección Femenina hasta los hospitales y las maternidades, suponiendo más alimento y mejores cuidados, con aumento de la supervivencia y de la estatura. Influyen sobremanera los médicos y los medicamentos, las enfermeras y las comadronas, también las Escuelas Nacionales de Puericultura y Sanidad. Sin duda, los historiadores de la medicina apostamos por el papel que tuvieron las instituciones y los profesionales de la sanidad y los múltiples recursos terapéuticos, quirúrgicos e higiénicos que se fueron descubriendo e incluyendo en el arsenal de la lucha contra la enfermedad. En los capítulos dedicados a la comparación entre la mortalidad entre ciudades grandes y pequeñas, medio urbano y medio rural, recuerdan la ciudad –esa herida en la naturaleza- como un medio peligroso en los siglos pasados. Sin embargo, con el tiempo fueron pioneras en el adelanto científico y sanitario, convirtiéndose en punteras del cambio en la mortalidad. Sin duda los fenómenos de aparición y crecimiento de las ciudades son esenciales en el mundo moderno. Este fenómeno se estudiaba muy bien en las antiguas Topografías médicas, que respondían al interés de la heredada medicina hipocrática por conocer la habitación humana. Este género médico que tiene su origen en el escrito hipocrático Sobre aires, aguas y lugares, se hizo importante en los momentos de crisis, de grandes cambios, como pudieron ser la expansión del mundo clásico, la colonización europea o la terrible revolución industrial. No es extraño que pueda considerarse un segundo origen en el escrito de Diego Cisneros, un autor con estudios alcalaínos, con su libro Sitio, Naturaleza y Propiedades de la Ciudad de México de 1618. Luego en el XVIII francés se ponen de moda –recordemos otra vez la Société mencionada (J.-P. Desaive et al, Médecins, climat et épidémies à la fin du XVIIIe siècle, París, Editions de l'EHESS, 1972)- y en España son muy frecuentes, cada vez más orientadas hacia las ciudades. Estas se estudian en forma cuidada, tanto sus barrios como sus edificios, calle y plazas, clima, aire, aguas, la alimentación y la cultura, la moral y las costumbres de los habitantes, las medidas pluviométricas o las instalaciones benéficas y sanitarias. Se señalan las diferencias sociales, si bien con ingenuidad rousseauniana piensa el autor de la Topografía de Valencia y su zona (1878) en la feliz pobreza (y en el campo feliz). Tampoco se pueden olvidar los estudios de Philip Hauser sobre algunas de nuestras grandes urbes. Esas ciudades que en su megalómano aumento se han convertido otra vez en lugares peligrosos, con grandes diferencias y riesgos. Esas heridas en la naturaleza, igual que siglos atrás, hoy con frecuencia supuran, en grandes ciudades africanas o asiáticas. Si esto es evidente, también en las grandes ciudades de nuestro continente, así Madrid, París o Londres pueden señalarse notables diferencias de calidad y esperanza de vida. La mortalidad por enfermedades infecciosas fue cediendo hacia otras, fueran crónicas o degenerativas, vasculares o tumorales, accidentes y violencia... siempre son muchas, tanto nuevas como antiguas. Si al mediar el siglo XX desciende mucho la registrada en adultos, yendo en paralelo con el aumento de los gastos, en la mejora de la prevención y los servicios sanitarios, tras 1980 se enlentece esta disminución y la infantil es residual debido a la mejora del estatus nutritivo, de la economía y de la salud del niño. (Rosa Gómez Redondo, La mortalidad infantil española en el siglo XX, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, Siglo XXI de España Editores, 1992) Recordando a Thomas McKeown pueden señalar los autores la reducción de la mortalidad de las enfermedades infecciosas digestivas por la prevención (agua y alimentos, y su higiene) y los cuidados que disminuyen su letalidad, así los maternos (como la rehidratación oral); en las enfermedades de transmisión aérea, solo estos cuidados son útiles. La nutrición (que mejora la resistencia del niño) es ayuda básica en las enfermedades transmitidas por el aire, mientras su papel es compartido con la prevención en las digestivas. Se subraya la importancia de sulfamidas y antibióticos (y las campañas de vacunación), también la de las madres en las transiciones del niño en sus primeros años, períodos muy importantes para su salud y desarrollo, si bien no hay que olvidar a los profesionales sanitarios. Desde luego, insisten en que la importancia de las madres (y sus conocimientos y cuidados) aumenta con el tiempo, sobre todo en las dolencias infecciosas por agua y alimentos. Además, sin duda, en las mejoras en salud al bajar la mortalidad en el parto. Se termina así el debate entre el papel de la nutrición y la salud pública, pues ambas se complementan. Al plantearse los autores, cortando el nudo gordiano, la discusión sobre la dicotomía entre el papel del progreso de la economía y de la salud pública, responden presentando tres importantes sinergias que actuaron: en primer término la transición demográfica, con mortalidad y fecundidad menores, con implicaciones en el número real de hijos y su salud. En segundo, los logros en la prevención con mejora del estatus nutritivo, consiguiendo mayor resistencia a la enfermedad y por tanto menor letalidad. En tercero, la evidencia de que las madres saben criar mejor, tras un largo y fructuoso proceso sanitario de difusión. Se consiguió un círculo virtuoso que combina salud pública, economía, estado y familia. Luego el descenso es más lento, siendo conseguido gracias a la mejora de la medicina asistencial, la tecnología y los gastos sanitarios. Intervienen siempre con eficacia las vacunas y los antibióticos, el personal sanitario, los hospitales y la implantación del sistema de salud universal. No hay que olvidar tampoco los cuidados prenatales y la costumbre de los partos en hospitales en la segunda mitad del siglo XX. Una importante enseñanza de este libro es la necesidad del mantenimiento de la sanidad en cualquier contexto, así se aprende que si son importantísimos los antibióticos y el establecimiento de la seguridad social, no lo son menos los pequeños y persistentes cambios que se producen a lo largo de estas décadas. En el momento actual, el descuido ante enfermedades infecciosas que se consideran lejanas –como los nuevos virus- ha conducido a peligrosas situaciones. El cambio climático, la globalización, las desigualdades sociales, las emigraciones y el turismo están creando hoy un mundo distinto. En el camino hacia la segunda transición demográfica mejoran también sin duda las pautas de vida y la realización personal. Ha surgido una gran preocupación por la salud, una difundida medicalización con el control de hábitos de vida invade hoy el día a día del ciudadano, recordando aquellos griegos clásicos que cuidaban en exceso su salud. Vestían de forma absurda con gorritos y siempre tenían a su lado al médico, tal como Platón ridiculizaba. (Pedro Laín Entralgo, La medicina hipocrática, Madrid, Revista de Occidente, 1970) Se aprecia ahora mayor reducción en la fertilidad, con más libertad y trabajo de la mujer, y el aumento del valor y la educación de los hijos. Los costes sanitarios se incrementan, junto a los familiares. Desde luego mejora mucho la nutrición y la salud y estatura de los hijos y los adultos, quienes tienen una vida laboral larga. Se desprende de la mayor riqueza y el crecimiento económico, con mejor tecnología y más recursos. Se conoce una mayor esperanza de vida y surgen óptimas posibilidades económicas, sociales, culturales..., con los consecuentes cambios en las estrategias de vida. Así en el matrimonio, el embarazo y los divorcios, en los estudios, el trabajo, la jubilación, en esa larga vejez... Esperemos que así en el futuro seamos todos más ricos, comamos mejor e incluso luzcamos con mejor talla.
En este libro Marcos Cueto y Steven Palmer realizan un riguroso y exhaustivo análisis de las polifacéticas y complejas historias de la salud pública y de la medicina en América Latina y el Caribe durante el transcurso de los siglos XVI a XXI. Se trata del primer estudio que presenta una historia de la medicina y de la salud pública en la región durante una amplísima temporalidad, un libro cuya notable claridad expositiva y cuidadoso análisis de la producción historiográfica más reciente le convertirá en una obra de lectura obligada para un público amplio y para uno especializado. En gran medida, el presente estudio es la culminación de una ardua labor de reflexión acerca de la escritura de la historia de la salud pública en América Latina y el Caribe por parte de Cueto y Palmer, una reflexión que se ha traducido en varios títulos fundamentales que han sido los responsables del enriquecimiento y del renovado interés por la historia de la medicina y de la salud pública en diferentes épocas en la región durante las últimas décadas.1 En la presente obra, Cueto y Palmer tienen por objetivo examinar las interacciones locales, regionales e internacionales por las que transitaron y transitan los ámbitos de la salud pública y de la medicina; subrayar la centralidad del pluralismo médico como un rasgo definitorio de América Latina al margen de las instituciones y de las prácticas de la biomedicina predominantes, y proponer que la institucionalización de la salud pública se caracterizó por el desarrollo de intervenciones oficiales ante todo parciales, limitadas y temporales. Particularmente importante es la propuesta que hacen de dos sugerentes conceptos: "salud en la adversidad" y "cultura de la sobrevivencia", los que cobran una muy particular relevancia en la coyuntura actual marcada por la desigualdad, la inequidad y la imposibilidad de millones de personas de acceder a servicios y atención médica oportuna y de calidad. El libro está organizado en cinco capítulos que siguen un orden cronológico y en los que se discuten una multiplicidad de temas, actores, instituciones, problemas y programas de salud. El capítulo primero: "Medicina indígena, salud oficial y pluralismo médico", que inicia en el siglo XVI y concluye a mediados del siglo XIX, presta atención a las prácticas médicas indígenas previas a la conquista europea, subraya las transformaciones, interacciones y coexistencias de la medicina europea, africana y americana durante el transcurso del periodo colonial, y analiza las maneras en las que esas interacciones implantaron en la región un sistema mixto o ecléctico de enfrentar los procesos de salud-enfermedad–atención. De igual forma, el capítulo expone las transformaciones impulsadas durante el Siglo de las Luces, discute cómo durante los procesos de independencia al iniciar el siglo XIX se registró cierto grado regresión en el ámbito de la medicina y de la salud púbica, y anuncia el ímpetu que la salud pública y la medicina adquirirían a partir de la segunda mitad del siglo XIX. El capítulo segundo: "Medicinas nacionales y estados sanitarios", circunscrito a los años de 1850 a 1910 aproximadamente, se detiene en el estudio de los arduos procesos de consolidación de los estados-nacionales, en el desarrollo y afianzamiento de las instituciones de salud y en la creciente autoridad de los profesionales de la medicina, o "médicos políticos" e higienistas. El capítulo también presta atención a las medidas para contener la propagación de diferentes enfermedades epidémicas (cólera, fiebre amarilla, influenza); analiza los procesos que posibilitaron el surgimiento de las primeras geografías médicas nacionales y examina la consolidación de la medicina de laboratorio y la reconfiguración de la medicina tropical. Particularmente notable es la manera en la que Cueto y Palmer documentan y analizan la persistencia del pluralismo médico y la imposibilidad de los estados nacionales y de la medicina oficial para imponerse sobre una pluralidad de actores, prácticas e ideas. Por lo anterior, apuntan que en América Latina la "hegemonía médica y la disonancia de la medicina popular coexistieron con cierta facilidad" (p. En el capítulo tercero: "Haciendo salud internacional y nacional" los autores postulan que América Latina ocupó un lugar central en la conformación del sistema de salud internacional que se gestó entre 1910 y 1950. Sostienen que a diferencia de otras regiones del mundo, marcadas por las lógicas del colonialismo, los estados nacionales latinoamericanos interactuaron, participaron y se enfrentaron de manera imaginativa e innovadora a las complejas instituciones y organizaciones internacionales de salud y a la creciente influencia de los Estados Unidos en la región. De igual forma, señalan que es improcedente reiterar que los Estados Unidos impusieron un modelo biomédico o de salud pública en América Latina como parte de un proyecto imperial, y destacan que múltiples fueron los actores estatales y no estatales que contribuyeron a validar la medicina occidental moderna durante el transcurso del siglo pasado (p. Una aportación particularmente importante del capítulo tercero es la manera en la que prestan atención a la verticalidad y al autoritarismo que caracterizó a diferentes campañas de salud pública en la región, las que tuvieron como meta la erradicación y lo que posibilitó la imposición de un patrón sanitario hegemónico a partir de la década de 1950. Sumado a lo anterior, Cueto y Palmer examinan los límites del modelo de la erradicación, un modelo que se alimentó del contexto político de la Guerra Fría y que privilegió la tecnología médica, alentó la fragmentación de los sistemas de salud y favoreció la discontinuidad de las políticas sanitarias. Entre los legados de esas intervenciones verticales, observan los autores, sobresalieron las expectativas a corto plazo en la salud pública oficial, se reforzaron los estereotipos de salud y se profundizó la distancia entre el trabajo sanitario y las reformas sociales más amplias, entre éstas, el desarrollo rural. En el cuarto capítulo: "Innovación médica en el siglo veinte", Cueto y Palmer se detienen en el examen de las múltiples innovaciones registradas en América Latina durante el transcurso del siglo pasado en la fisiología, la cardiología, la oncología, la psiquiatría y la nutrición. Destacan las aportaciones de la región en lo referente a la medicina social y la salud rural; examinan el impacto y la recepción de la eugenesia y la preponderancia que comenzaron a tener los programas encaminados al control de la natalidad, y prestan cuidadosa atención a las acciones, propuestas y legados continentales e internacionales de los médicos-políticos Ernesto "Che" Guevara y Salvador Allende, entre otros aspectos. En el último capítulo: "Atención primaria en salud, respuesta neoliberal y salud global en América Latina", Cueto y Palmer se detienen en el examen de dos de los procesos que más han incidido en la salud y en la medicina durante los últimos cuarenta años. Por una parte, analizan los variados e imaginativos programas que buscaron privilegiar una orientación eminentemente preventiva en los servicios de salud para la población en su conjunto: los programas y las propuestas de atención primaria de salud. Por otra parte, prestan rigurosa atención a los legados de los programas que favorecieron intervenciones verticales, excluyentes y paliativas de salud pública impulsados por un consenso neoliberal internacional. Además, es precisamente en el capítulo final en el que se aprecian con particular vigor las sugerentes propuestas centrales de los autores: "salud en la adversidad" y "cultura de la sobrevivencia". De acuerdo con Cueto y Palmer la mayor parte de las intervenciones estatales en salud de la región se han caracterizado por la discontinuidad, la fragmentación y por la búsqueda de "balas mágicas", lo que ha dado lugar a la conformación de una asistencia limitada, paliativa y temporal, lo que denominan una "cultura de la sobrevivencia". Pero también, y es aquí donde radica una de las más importantes aportaciones del libro, los autores documentan de manera magistral las múltiples y variadas respuestas y propuestas a través de las que se ha procurado privilegiar la atención primaria de salud en la región, lo que denominan "salud en la adversidad". Para ello, por ejemplo, se detienen en el análisis del sistema de salud implementado en Cuba a partir del triunfo de la Revolución Cubana y estudian la influencia de la experiencia cubana en la región, analizan las propuestas a partir de las que se buscó favorecer la atención primaria de salud o "salud en la adversidad" en Brasil y Nicaragua, y destacan la importancia que reviste impulsar profundas transformaciones sociales y económicas para integrar sistemas y programas de salud integrales con una fuerte participación comunitaria. De igual forma, es particularmente notable la manera en la que plasman los principales rasgos de la reformulación neoliberal de la que fue objeto la atención primaria de salud, por lo que examinan la multiplicación de servicios médicos y asistenciales paliativos y fragmentados. Otros temas que se abordan en el capítulo final son los retos que implicó la irrupción de enfermedades nuevas (VIH-SIDA) y el regreso de enfermedades viejas (cólera, dengue, influenza) durante la década de 1980, así como la creciente marginalización y pobreza entre los habitantes de la región, cuya imposibilidad de acceder y beneficiarse de los servicios estatales de salud, cada día más fragmentados y privatizados, ha llevado a que en América Latina se profundice y agudice la desigualdad. Medicine and Public Health in Latin America: A History es el estudio más completo del que disponemos en la actualidad para analizar la historia de la salud pública y la medicina en América Latina y el Caribe. A lo largo de este libro Cueto y Palmer presentan un original y sugerente panorama de la historia social de la medicina, de la salud púbica y de la formación médica; documentan que la historia de la medicina y de la salud pública se ha convertido en un ámbito central del trabajo de numerosos historiadores, y alientan a proseguir examinando los múltiples esfuerzos, la amplia gama de actores y los divergentes programas de salud en diferentes países de la región. Es pertinente agregar que la riqueza del libro es apreciable en la introducción y en la conclusión, y que la cuidadosa sugerencia de lecturas contiene una excelente selección de la historiografía más reciente en torno a la historia de la salud pública y la medicina en América Latina y el Caribe. Aguardamos con mucho interés la traducción de este libro indispensable al portugués y al castellano. Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM. Ciudad de México, México
Reseña del libro "Políticas sociales. Biernat, Carolina y Ramacciotti, Karina (ed.). El libro organizado por Carolina Biernat y Karina Ramacciotti se ocupa de hacer la historia de diversos sectores de política social en Argentina, entre 1930 y 1970. Pero más allá de "hacer historia", el libro aporta a comprender el papel que le cabe a las intervenciones sociales del Estado en el proceso histórico de configuración de las tramas de relaciones sociales, no porque del Estado emane un poder ajeno a la voluntad, sino porque las políticas (esas intervenciones) son las formas de institucionalización de lo que las autoras que organizan el libro definen ya en las primeras páginas. Esto es, institucionalización de las concepciones y disputas expresadas y actuadas por agentes diversos; agentes, a su vez, interesados y con intereses en hacer frente, de algún modo, a las consecuencias que se derivan de la mera organización de la vida social por el mercado. Como ellas recuerdan, el poder político mismo depende de cuan eficaces sean estos recursos, en la definición, determinación y delimitación de "problemas sociales" y, eventualmente, en su solución. En ese sentido, coincidimos en que lo que las políticas sociales hacen por la legitimidad del poder, depende principalmente de lo primero, (es decir, de la definición, determinación y delimitación de los problemas), pues eso incluye el ámbito de responsabilidad de la "solución" y atención de los mismos: los hogares y las familias; las sociedades benéficas y demás organizaciones civiles, religiosas, sindicales; o las agencias estatales. Como bien dicen Biernat y Ramacciotti, en las políticas sociales se juegan las demandas y presiones de grupos diversos (y debe agregarse, además, sus intereses y resistencias), por medio de las proposiciones, los diagnósticos, las problematizaciones que producen también los cuerpos de profesionales implicados en las cuestiones que serán objeto de intervenciones del Estado (economistas, sociólogos, trabajadores sociales y, cada vez más, todos ellos "especialistas en políticas sociales"). Estas disputas por las que se configuran "políticas" (y se hace la sociedad; es decir, relaciones y sujetos en relación) son tratadas en cada uno de los capítulos del libro, que tienen en común partir de problemas o cuestiones contemporáneas o que cobran actualidad, para escarbar en el pasado (en un tramo de su hacer), interrogándose por el modo como se manifestaba, trataba o emergía el problema en ese entonces. Es decir, desde la década que antecedió a la conformación del movimiento político liderado por Juan Perón, pero cuando ya se vislumbraban transformaciones en la sociedad -entre otras cuestiones, las migraciones internas volvían a modificar la composición social y cultural de las principales ciudades-; se expresan problematizaciones –como los reiterados señalamientos acerca de la limitada capacidad e ineficiencia de las sociedades benéficas en la gestión y prestaciones de asistencias varias-; y, en consecuencia, presiones e intentos de mayor control e intervención por parte de agencias del Estado. Cuestiones todas que luego serán politizadas o resueltas en la forma del Estado peronista, que en lo que tiene que ver con las instituciones de política social y la centralidad del sujeto trabajador, se prolongarán bajo los gobiernos de orientación desarrollista y hasta los primeros 70 (aunque entonces no serán iguales los fundamentos discursivos que sostenían las apuestas a la integración). Las y los autores de los capítulos del libro abordan las políticas sociales desde la historia, como ya fue dicho. Sin embargo, sus preocupaciones se acercan bastante a las que nos planteamos los "no historiadores", que gracias a lo que ellos/as hacen podemos comprender lo que llamamos el carácter precario o siempre inacabado de las instituciones, advertir cuáles son las novedades (si es que las hay) que traen los debates y las propuestas contemporáneas y, sobre todo, en qué configuraciones ideológicas ya normalizadas se sostienen estas propuestas. Este abordaje de diversas políticas desarrolladas en distintos momentos de la historia del Estado argentino es particularmente atrayente de las investigaciones del equipo que dirigen las coordinadoras y que se manifiesta en el libro, aunque difiera la profundidad que cada autor logra sobre esta dimensión del análisis. Así, en el capítulo "Juventud, género y educación en la mira del primer peronismo" escrito por Adrian Camarotta, se puede advertir el paulatino desarrollo de un nuevo "sujeto" (la juventud) dotado de ciertos atributos y "cultura" propia, que se va configurando como sujeto de políticas específicas durante el peronismo de mediados del siglo XX. Probablemente también, aunque el autor no lo dice directamente, como sujeto-actor político del peronismo en "la resistencia" (luego del golpe militar de 1955 y durante el exilio de su líder en España), "juventud maravillosa" que buscaba su regreso y sujeto de la revolución, en los 70. Dice Camarotta que el proyecto pedagógico de aquel peronismo continuaba la línea de los valores de la nacionalidad y la moral cristiana, y que la escuela media (y la Unión de Estudiantes Secundarios), fueron el medio disciplinador de la nueva juventud, formada en la doctrina que respecto de la nación, la moral y la hombría, inspiraba o dictaba Perón. Quizás allí haya que buscar las fuentes del lugar y el papel de "la juventud" en la historia posterior del peronismo (y del país). Una duda deja este capítulo, respecto de la hipótesis que afirma que "el peronismo habría tardado en reconocer a la juventud como sujeto político", en comparación con los procesos de posguerra en los países desarrollados. Si es cierto que inicialmente "los únicos privilegiados eran los niños", también la formación de la UES es contemporánea de la emergencia de "la juventud" en el mundo triunfante de la posguerra. En el mismo sentido indicado hasta acá –el de la construcción de categorías sociales– Claudia Daniel, en el capítulo sobre "Las estadísticas en la construcción del Estado nacional (1930-1943)", muestra el lugar que le cabe a este campo de conocimiento en ese proceso, aunque "parece" dedicarse a organizar y recolectar datos sobre los sujetos y sus condiciones, sin otra conexión con la política que la de ofrecer información fidedigna. Como no podía ser de otra manera, el problema disparador del capítulo es la controversia desatada en los últimos años en torno al Instituto Nacional de Estadísticas y Censos y a la credibilidad de sus datos. Pero lo que principalmente se muestra en este texto –contrariamente a aquel parecer– es el modo como el lenguaje de la estadística va constituyéndose en lenguaje de la política, así como sus datos y procedimientos metodológicos, se van convirtiendo en las armas del conflicto de intereses capital / trabajo, para la normalización y delimitación de la cuestión social. Las estadísticas ofrecerán el lenguaje en el que esta cuestión se expresa, siendo el "costo de vista" el meollo de la misma durante el período que estudia Daniel. Y si la incorporación de los obreros a ese lenguaje y al modo de representación estatal de la cuestión social era relevante para su gobierno, puede agregarse también, parafraseando a E. P. Thompson cuando se refiere a la medición del tiempo1, que los representantes obreros, las organizaciones sindicales y los trabajadores en general, "aprendieron" a luchar con la medición de sus condiciones de vida. Y así como las estadísticas sociales se constituyeron en el fundamento sobre el que se va proponer y justificar la política social (las decisiones en la materia, los planes y sus alcances), también ellas serán el fundamento de las reivindicaciones planteadas por los trabajadores y sus organizaciones. La relevancia de este capítulo radica en que permite ampliar así la perspectiva acerca de la lucha social, sus actores y herramientas. Y también porque pone en escena el papel de los especialistas: las controversias metodológicas son, indefectiblemente, controversias políticas, lo que no le resta validez teórica y metodológica a las mediciones técnicas que se impongan o acuerden en cada campo de especialidad (dando por descontado la veracidad de los datos que se construyan). Este tipo de abordaje caracteriza una parte del libro. En tanto que otros capítulos traen otra cuestión interesante: contra la tendencia a generalizar a partir del Estado nacional, se ocupan de mirar políticas sociales desde y en algunas provincias. De Córdoba, lo hace María José Ortiz Bergia, haciendo foco en la "Asistencia benéfica y gobiernos peronistas en Córdoba", en la coyuntura de los años 40. Y lo que muestra, es la paulatina configuración de la nueva política social en la que lo propiamente asistencial será el espacio de acción recortado para estas organizaciones, en tanto que la intervención en campos que adquirían una mayor envergadura por sus alcances y también por la profesionalización y dominio de un saber –como es la cuestión de la salud y su definición y control por los médicos– se van a convertir en ámbitos de gestión directa del Estado. En este caso, cuando los hospitales pasan a su órbita. Asistencia social y voluntariado serán en adelante, ámbitos subordinados de la política social, aún cuando emergen entonces nuevos actores de la sociedad civil (las unidades básicas peronistas, las mujeres militantes de la Unión Cívica Radical, las esposas de gobernadores y presidentes en su función de "primeras damas"), que también contribuyeron a limitar el poder de la beneficencia clásica. En cuanto a la Fundación Eva Perón, que fue expresión y el verdadero órgano de la política social del peronismo de entonces, tenía alcance nacional y también, por lo tanto, actividad en las provincias. También es posible reconocer en este capítulo, el modo como se metamorfosea el lenguaje, al unísono del sujeto que se nombra y los atributos que se le asignan. Así, paulatinamente desaparecen "los mendigos" y los "pobres vergonzantes" como sujetos de políticas; y sus "asilos" devienen "hogares" (de ancianos, de niños), etc. Estos hallazgos, que corresponden a lo ocurrido en el estado cordobés, deberían permitir una hipótesis de mayor alcance acerca de cambios que se imbrican en procesos de transformación cultural. Otro Estado provincial puesto en foco es Jujuy, en este caso por Marcelo Jerez, que en el capítulo sobre "Política de vivienda en Jujuy durante el primer peronismo", se ocupa de la reiterada insuficiencia habitacional en la provincia, problema que eclosiona en una toma de tierras del ingenio azucarero Ledesma y posterior represión policial, en 2011. Por cierto, este acontecimiento es un analizador que cruza el poder económico y político en la región: sin considerar la presencia del Ingenio Ledesma no puede comprenderse realmente a los Estados de las provincias del noroeste argentino, de modo que la elección de ese hecho es ya destacable en este capítulo. Trae, además, información interesante sobre la generalización de ciertos estilos y concepciones de la vivienda en los años 50, que se manifiesta en las ciudades jardín que construyó el peronismo, como Ciudad Evita, en el Partido de la Matanza, en las cercanías de la ciudad de Buenos Aires. Por su parte, otros dos capítulos se caracterizan por centrarse en el desarrollo de algunas políticas sociales puntuales. Daniela Testa, en "¡SOS vacunas" Tensiones entre Estado y sociedad civil (1957-1971)", se ocupa de los avatares de las campañas de vacunación antipoliomielíticas, desde la primera campaña nacional masiva, en 1957, hasta el operativo de 1971, pasando por el de 1963. Lo que dejan en claro estos avatares, es que en esta materia de prevención de la salud, la intervención del Estado fue, ante todo, como "reacción". Es decir, estos operativos se suceden a epidemias, con secuelas de un importante número de población afectada que sufrirá parálisis. Particularmente, la última y a partir de la cual efectivamente se reducirán los casos de esta enfermedad, se sucede a un escándalo, en la provincia de Tucumán, que deja en claro la ineficiente actuación de los agentes de salud, con consecuencias para las poblaciones más pobres. Muestra, asimismo, una constante: la atribución de la responsabilidad a las familias. Finalmente, el capítulo (que no es el último) que escribe Jeremías Silva, sobre "Formación de los agentes penitenciarios durante el peronismo", advierte acerca de un ámbito de acción estatal (la aplicación del castigo) que parece fuertemente resistente a su humanización: si el autor no especificara el período de estudio, los problemas que se planteaban en los años de 1940 (falta de capacitación de estos agentes, superpoblación de las cárceles, deshumanización de los presos), no tienen términos muy diferentes a los diagnósticos actuales, a pesar de la reforma penal que él estudia y la creación de la Escuela penitenciaria, dos medidas tomadas durante ese período. También los términos en los que Roberto Petinato, Director General de Institutos Penales de la Nación e impulsor de las mismas, denunciaba esas condiciones y fundamentaba sus propuestas. En ese sentido, Petinato podría inscribirse hoy en las filas de los letrados "garantistas". La duda que deja planteada este capítulo es conceptual, al tratar "dentro de las políticas sociales" a las de "control social". No porque la relación que puede establecerse entre sentidos y efectos que adquieren algunas medidas en cada campo no sean pertinentes de ser problematizadas, sino porque cierta línea de estudio de las políticas sociales las trata llanamente como políticas de control social, ignorando la complejidad de los procesos históricos, la naturaleza de las instituciones y el problema del orden y la acción política y social en los Estados capitalistas modernos. Como puede advertirse, el libro reúne la producción de un equipo que conjuga el interés por reconstruir la historia de las políticas sociales, reconstruyendo "historias" de ámbitos o de eventos particulares. Hay distintos modos de abordar esos objetos. La manera como se presenta esta reseña no corresponde al orden en que las organizadoras dispusieron los capítulos, sino a una lectura también analítica del libro, cruzado por abordajes y, en algún sentido, también diferencias en la construcción del objeto. No obstante, una lectura transversal permite, en síntesis, destacar los aportes más sustantivos de estas investigaciones acerca de (1) lo que las políticas (y la producción de las políticas y problemas) aportan a la configuración de la sociedad y, de manera correspondiente, a la constitución de sujetos sociales; (2) respecto de la estrecha relación entre la producción de categorías de análisis y las políticas (por lo tanto, de la producción de los campos de especialistas y el campo político); (3) asimismo, a la problematización de la relación entre espacios distintos de la acción estatal; y (4) a la particularidad de las tramas de relaciones locales que redefinen las políticas sociales nacionales.
INTRODUCCIÓN: UNA MODÉLICA ENFERMEDAD-DIANA La incorporación de las doctrinas y procedimientos del laboratorio físicoquímico al acervo médico conllevó efectos perdurables en todos los ámbitos ----de la praxis biomédica. Uno de los más importantes, sin duda, resultó ser el establecimiento de una concepción de las enfermedades desde el punto de vista de una causa material o biológica de procedencia externa a los cuerpos humanos, que resultó del desarrollo de la toxicología, la parasitología y la bacteriología 1. Esta visión produjo, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, una reordenación de los saberes clínicos en torno a dichas causas universales, en detrimento de la característica multiplicidad ligada a las condiciones particulares de los enfermos con que se habían descrito e identificado similares grupos de signos y síntomas con anterioridad 2. De esta forma, distintos tipos de anemia, caracterizados como «clorosis egipcia», «anemia tropical», «anemia de Georgia», «anemia de los túneles» o «anemia de los mineros», entre otras, se fundieron en una entidad unitaria denominada anquilostomiasis o uncinariasis, fundada en torno a la existencia de parásitos de alguna de las especies de anquilostoma susceptibles de afectar a los seres humanos, Anchylostoma duodenale (identificado en Italia por Angelo Dubini en 1838, endémica en Europa) o Necator americanus (detectada en Estados Unidos por Charles Stiles en 1902 y localizada endémicamente también en Asia y África) 3. A partir de 1880 en Europa, en particular en distritos mineros, y 1900-1901 en Puerto Rico y Estados Unidos, fundamentalmente en zonas agrícolas, se comenzó a levantar un mapa de prevalencia de la anquilostomiasis que generó una gran preocupación social 4. 3 Más tardíamente se descubrió en Oceanía que alguna otra especie, que afecta principalmente a perros, puede también causar la enfermedad humana. DOCK, G. internacional en torno a 1910 desveló la gravedad de la afectación de las zonas tropicales, un cinturón de 30o a cada lado del Ecuador, habitado por unos mil millones de personas. Establecido desde 1880 también el reservorio humano de la infección y su transmisión asociada a las migraciones, la anquilostomiasis se convirtió en bandera y diana de un modelo de intervención sanitaria que por agencia de la Fundación Rockefeller se convirtió en internacional. En el establecimiento del consenso científico en torno a este padecimiento hubo dos momentos cruciales. Entre 1880-1883 se establecieron los elementos fundamentales de la vida del parásito, su transmisión a partir de los huevos depositados en las heces de los afectados (se pensaba que por vía oral, hasta 1903-05 no quedó asumido que la puerta de entrada era básicamente la piel), su diagnóstico mediante examen microscópico de heces y un tratamiento eficaz, con vermífugos como el extracto de éter de helecho macho o el aceite de timol (que, ocasionalmente, producía complicaciones destacables). Todo esto hacía posible descubrirla, evitarla mediante saneamiento de los terrenos y prácticas higiénicas y combatirla en los enfermos. Hacia 1915 comenzó a extenderse un nuevo producto terapéutico, el tetracloruro de carbono, que se había empezado a usar en 1900, y diez años después el tetracloroetileno. Esto hizo que a finales de la tercera década del siglo veinte se pensara que no existía otra enfermedad humana tan perfectamente conocida y controlable 5. Por tal motivo, se convirtió en una enfermedad social ejemplar a efectos de conseguir visibilidad y legitimidad social para la tarea de la salud pública. De hecho, a partir de sendas reuniones internacionales celebradas en 1903, el Congreso internacional minero y el de Higiene y Demografía de Bruselas, y en 1904, el Congreso socialista en Ámsterdam, se consolidó el impulso social de lucha contra dicha afección, que siguió siendo estimulada en sendas sesiones monográficas en los primeros Congresos internacionales de Enfermedades Profesionales (Roma, 1907, y Bruselas, 1910) 6. Desde finales del siglo XIX, se sucedieron las campañas de intervención en diversos países: en Bélgica, de ámbito regional a partir de 1899 y con ex-----5 CHANDLER (1929), p. 6 CODINA CASTELLVÍ, J. (1912), La anquilostomiasis o anemia de los mineros como enfermedad social, especialmente en España, Madrid, Eduardo Arias, pp. 37-41. José Úbeda publicó un amplio extracto del congreso bruselense, donde se presentaron al menos quince comunicaciones sobre este problema: ÚBEDA CORREAL, J. (1914), El II Congreso internacional de enfermedades profesionales (Bruselas, 1910), Madrid, Suc. En un contexto distinto, eminentemente campesino, se desarrollaron campañas en Puerto Rico, a partir de 1904, y en el sur de Estados Unidos, gracias a la intervención de la Comisión sanitaria creada en 1909 por la Fundación Rockefeller, la cual, transformada en Junta de sanidad internacional (International Health Board -en adelante, IHB-) a partir de 1915, articuló numerosos estudios y proyectos de lucha en diversos países del mundo 7. Los éxitos rápidamente alcanzados en las zonas templadas y más industrializadas del mundo contribuyeron a fijar una imagen de la anquilostomiasis como enfermedad de los países tropicales, hasta el punto de estimarse que, después del paludismo, esta sería la afección «causante de la mayor infelicidad e ineficiencia, así como, indirectamente, de un número no despreciable de muertes» 8. Su característica insidiosidad, falta de episodios de afectación aguda con grave riesgo para la salud, la haría un enemigo aún más peligroso en la consideración de los sanitarios que defendieron la realización de grandes campañas de intervención contra ella, como expresó el informe anual de la IHB en 1917, donde se la hacía responsable del retraso de los pueblos afectados: «This one disease, where the infection is practically universal, may go far towards explaining the retardation of backward peoples» 9. Es importante advertir que, en nuestra opinión, los problemas inherentes al combate y prevención contra la anquilostomiasis resultaron diferentes según los contextos sociolaborales, de manera que aquí no entramos a considerar la dimensión tropical / colonial de los mismos. Sin embargo, recientemente se ha advertido que la divisoria más importante en los modos de afrontar la enfermedad vendría definida por el objetivo último que presidiera la intervención, «d 'éradiquer l' infestation, ou, alternativement, d 'atténuer ses effets sur les populations infectées», lo que permitiría establecer paralelismos mayores entre la lucha antianquilostomiásica en Alemania y en la colonia de la Guayana británica que entre la primera y la campaña minera en Francia 10. Desde nuestro punto de vista, es un artificio ---- enfrentar, como alternativos, ambos objetivos, que se dieron históricamente unidos. Será el contexto concreto de cada caso (tipo de dispositivos concretos diseñados, relaciones sociales entre los agentes expertos y las poblaciones, etc.) el que permita apreciar el carácter de la representación de la enfermedad que resulta operativo en ese particular momento y lugar. La prueba más decisiva en que podemos fundarnos estriba en la diferente historia de la lucha antipalúdica española, entre la metrópoli y las colonias africanas de España, e incluso entre estas mismas 11. Este trabajo pretende analizar el lugar de la participación española en estos procesos, tanto en la perspectiva de lo que la experiencia española pudo contribuir al desarrollo internacional cuanto de los efectos de la misma para la salud pública hispana, durante el periodo de constitución y hegemonía de la medicina social. Para ello seguimos la pista de las noticias médicas y sanitarias sobre la presencia y extensión de dicha enfermedad, así como sobre las principales intervenciones realizadas, teniendo en cuenta que la anquilostomiasis fue objeto singular del acuerdo con la IHB de la Fundación Rockefeller, sobre cuyo significado ya hemos reflexionado en trabajos anteriores. LA APARICIÓN DE LA ANQUILOSTOMIASIS EN ESPAÑA España permaneció ajena a la secuencia de observaciones y experiencias que iniciaron la instauración de la alarma sobre esta enfermedad parasitaria. No hay pruebas de que se reconociera su existencia por médicos españoles en el ámbito colonial, cuando por ejemplo en Puerto Rico, a partir de 1899 se detectó por médicos norteamericanos una enorme prevalencia (del 90% entre los campesinos de la isla, se dijo en una sesión de la Academia de Medicina de Madrid, «con pena para España») 12. Es más, la tesis de Demetrio Castellana Moreno, leída en Madrid en 1895, sobre la anemia de los países cálidos [...] que se padece en Filipinas, descartó taxativamente dicha etiología a fa----cartographies de l 'ankylostomiase», Hist. 11 RODRÍGUEZ OCAÑA, E.; BALLESTER, R.; PERDIGUERO, E.; MEDINA, R.; MOLERO, J. (2003), La acción médico-social contra el paludismo en la España metropolitana y colonial del siglo XX, Madrid, CSIC. 12 Bailey K. Ashford, un teniente médico del Ejército de los Estados Unidos, comenzó a diagnosticar anquilostomiasis en Puerto Rico en 1899, lo que dio lugar a una enérgica campaña a partir de 1904. Sobre los cambios sufridos en la explicación de la anemia tropical y su significado social, véase TRIGO, B. (1999), «Anemia and Vampires: Figures to Govern the vor de una explicación de tipo climático, en espera de que se descubriera un «fitoparásito (bacteria) especial»13. Sin embargo, en el verano de 1882, Rodríguez Méndez dio cuenta de que los trabajos de Perroncito en Francia, con posterioridad a su intervención en el Gotardo, permitían identificar esta parasitosis como la causa de la anemia minera, a la vez que sugería que se tuviera en cuenta en España14. La falta de identificación de la parasitosis hasta 15 años después hablaría de su tardanza en alcanzar nuestro país, a diferencia de la rápida extensión del contagio por otros europeos, singularmente Hungría o Bélgica, o de lo moderado de su padecimiento, como también ocurrió inicialmente en Inglaterra. Era notoria la ausencia de inmigración obrera extranjera en las cuencas mineras españolas, mientras que algunos de los primeros autores en tratar este problema en suelo hispánico señalaron la posible importación colonial, tras la derrota de 1898; pero esta hipótesis no fue confirmada por los diagnósticos parasitarios. Tampoco hay que descartar el retraso en incorporar las técnicas microscópicas necesarias para su correcto diagnóstico en el ámbito de la medicina minera, desempeñada por los médicos titulares de los pueblos cercanos en muchas ocasiones. En España, los indicios de que disponemos señalan que la familiaridad con los análisis hematológicos más simples sólo se consiguió a partir de la extensión de la lucha antipalúdica, a mediados de la década de 1920, si bien había comenzado su difusión en torno a 1910-12. Esto atestiguaba un médico murciano en 1927: «en los últimos quince años ha variado mucho el desempeño de nuestras funciones de exploración [...] los exámenes de sangre que antes eran la excepción son hoy la regla general [...]»15. En abril de 1897, la revista Industria minera, metalúrgica y mercantil, notificaba los primeros casos en suelo hispano, a través del médico Enrique de Lara, afincado en Linares 16. El primer fallecido conocido por causa de anquilostomiasis fue el ingeniero Gabriel Molina, muerto el 11 de febrero -en realidad, hubo tres afectados simultáneos, dos ingenieros, uno de ellos de ----nacionalidad francesa, y un capataz-y cuya historia clínica, publicada el mismo mes de abril, da cuenta de la participación en su tratamiento de Bonifacio de la Cuadra, a cuenta de su «modesto gabinete microbiológico» 17. Por esas fechas se conoció que el Hospital de Úbeda atendía casos procedentes de las minas linarenses18. Pero tales noticias no generaron demasiada alarma, pues la Cartilla sanitaria publicada en 1901 por otro médico de Linares, Manuel Corral, empleado en la compañía de ferrocarriles MZA, no hacía mención alguna a este parasitismo. Si bien recomendaba el empleo de retretes portátiles en minas y talleres, dicha medida no es sino una más de las recomendaciones generales de higiene que ofrece. Al regreso del Congreso Internacional de Higiene y Demografía de 1903, uno de los enviados oficiales españoles, Ángel de Larra y Cerezo, llamó la atención desde las páginas de Diario Universal (Madrid, 19 de octubre) sobre la necesidad de investigar la posible existencia en los cotos mineros hispanos de la parasitosis que tanto revuelo levantaba en Europa. Le contestó José Codina Castellví (1864-1934), jefe de sala del Hospital General de Madrid desde principios del mismo mes, informando sobre dos enfermos, procedentes de Linares y Ciudad Real, respectivamente, de los que poseía diagnóstico microscópico y cultivo de heces. El 28 de mayo siguiente, la Real Academia de Medicina de Madrid discutió la presentación por Codina de este problema, inaugurando un ciclo que continuó durante 1905 y 1906. En septiembre de 1904, el jefe del servicio médico de las Minas del Horcajo (Ciudad Real), Marciano González, dio cuenta en El Siglo Médico de nueva casuística propia, unos 30 casos que aseguraba haber tratado desde primeros de ese año, alertado por la lectura de prensa belga; es interesante conocer que se dirigió a la sección de bacteriología del Instituto Alfonso XIII, en particular a Antonio Mendoza, para conseguir asesoría en las técnicas microscópicas 19. El mismo autor firma con el farmacéutico de su empresa, Juan González, un trabajo más amplio que recibió el premio de la Revista Iberoamericana de Ciencias Médi-----cas en diciembre de 1904, si bien se publicó como folleto al año siguiente, constituyendo la primera monografía española sobre este asunto 20. Su estructura se convirtió en la norma para otros estudios posteriores: historia de la enfermedad; historia natural del parásito; modos de contagio; profilaxis; clínica y diagnóstico; tratamiento. Ahora bien, la lógica que guiaba tanto la descripción como las propuestas era la propia de un profesional médico de empresa: prioridad a la recuperación de los enfermos, antes de que sufra su productividad e intervención médica a demanda, puramente individual: « [...] acudiendo antes de que haya perdido sus fuerzas, [el minero] puede seguir trabajando al mismo tiempo que atiende a su curación» 21. La conocida tesis de Eladio León Castro sobre higiene y patología mineras (Madrid, 1904; Almadén, 1907) hace referencia a la parasitosis siguiendo lo explicado por el ingeniero belga Paul Habets en una comunicación al Congreso internacional de Minería y Metalurgia de París (1900). Como quiera que esta propuesta sugería la realización universal de pruebas micrográficas durante tres meses entre los trabajadores de lugares sospechosos y León Castro no muestra experiencia propia alguna, podemos colegir que su trabajo profesional en el coto hullero de «El Porvenir de la Industria», en Fuente Ovejuna, posteriormente integrado en la poderosa Sociedad Minera y Metalúrgica de Peñarroya, no había seguido dichas recomendaciones 22. La zona minera jiennense fue objeto central de atención en las discusiones mantenidas en la Academia de Medicina madrileña. En la sesión del 8 de abril de 1905, el secretario de la misma, Manuel Iglesias, informó sobre una memoria remitida por Bonifacio de la Cuadra Martínez, del Hospital de Úbeda, que daba cuenta de que entre finales de 1896 y 1905 había conocido 62 enfermos de anquilostomiasis procedentes de las minas de Linares (Coto de la Luz, San Miguel, Arrayanes), siendo el primero un ingeniero, con siete fallecidos 23. Este manuscrito contiene por vez primera un plan de profilaxis a gran escala, comprendiendo el reconocimiento obligatorio de los obreros, a fin de ----20 GONZÁLEZ, M.; GONZÁLEZ, J. (1905), La anquilostomiasis o anemia de los mineros, Madrid, Est. 22 LEÓN Y CASTRO, E. (1904), Un poco de higiene y patología mineras, Madrid, Bailly-Baillière. 23 «Intervención del Secretario, Dr. Iglesias, leyendo un informe de la sección de Medicina (ponente, Manuel Iglesias) sobre la Memoria remitida a través del Dr. Alonso Sañudo, por D. Bonifacio de la Cuadra Martínez, residente en Úbeda, sobre Anquilostomiasis en mineros procedentes de Linares. excluir del trabajo a los parasitados, la atención sanitaria de estos a cargo de los poderes públicos, el saneamiento de las minas afectadas, la instalación de letrinas y el reparto de una cartilla sanitaria. La intervención de Codina en la misma sesión académica, tras la lectura anterior, se inició con una puntualización muy pertinente, pues distinguió entre la enfermedad como problema de salud individual, que reclamaba curación, y su entidad como padecimiento colectivo, que exigía coartar su propagación con los medios de la higiene y, por tanto, la organización de una campaña o lucha sanitaria 24. Es conveniente recordar la confluencia de ésta con propuestas similares acerca de la tuberculosis, las enfermedades venéreas o la mortalidad infantil, concebidas como tales problemas colectivos, o enfermedades sociales, en la España del momento 25. El conjunto de intervenciones de Codina ante la Academia durante 1905 se recogieron también en un folleto 26. En esas páginas se plasmaba la experiencia del autor en el tratamiento de 50 casos, así como diversas consideraciones sobre el contagio, la profilaxis y la patogenia de la enfermedad, además de su perspectiva médico-social que exigía del gobierno la organización de una intervención a gran escala. Resulta característica la poca atención desde el mundo de la empresa por este problema, si observamos que la prime-----ra noticia publicada por la Revista minera sobre esta enfermedad afirmaba que la ausencia de «atención especial por los médicos» indicaba la improbabilidad de la existencia de «grandes focos» de anquilostomiasis en las minas españolas27. Sólo daba cuenta de dos diagnósticos confirmados, los comunicados por Codina en su primera salida pública, además de recordar a los ingenieros fallecidos en Linares hacía años, por lo que es obvio que el anónimo redactor había manejado fuentes de información que ya estaban anticuadas. La extensión de la preocupación por la anquilostomiasis en Europa actuaba, pues, de acicate para orientar la curiosidad de los médicos españoles hacia dicho padecimiento, a través de los congresos internacionales y de las publicaciones, como se observa en los trabajos que llevamos referidos. A ellas se sumó la procedente de Estados Unidos, que es pertinente comentar por separado por su singularidad. Durante la última década del siglo diecinueve, la riquísima familia Rockefeller, propietaria de grandes negocios petrolíferos y mineros, imbuida de espíritu empresarial, se alejó de los actos caritativos para modelar su filantropía como una empresa encaminada a producir bienestar para la humanidad (empezando por la más cercana, la que habitaba los Estados Unidos de América). Sus primeras grandes manifestaciones fueron el General Board of Education y el Medical Research Institute (Nueva York), este último fundado en 1901. El principal consejero del patriarca John Rockefeller en esta tarea, Frederick T. Gates (1853-1929), atrajo la atención de su patrono sobre los asuntos médicos y de la salud, pues «si la ciencia y la enseñanza son el cerebro y los nervios de la civilización, la salud es su corazón» 28. Para afrontar problemas básicos que obstaculizaban el progreso educativo en los estados sureños, y al mismo tiempo que se comenzaba la organización formal de una Fundación, los Rockefeller crearon una Comisión Sanitaria para Erradicar la Anquilostomiasis en 1909, cuyo principal ejecutivo fue un filósofo, experto en educación, Wickliffe Rose (1862-1931). Hasta 1913 Rose diseñó una notable campaña, que empezaba por un estudio epidemiológico (distribución, incidencia y prevalencia) y seguía por una campaña publicitaria para convencer de la existencia de la enfermedad, explicar los recursos que se le podían oponer y ganar el apoyo de la opinión pública y profesional. Una vez alcanzados ----estos objetivos, se actuaba a través de dispensarios volantes, expertos en microscopía e inspectores de saneamiento 29. Además, incluyó la realización de una encuesta internacional a través de la cual estableció la dimensión global de la amenaza parasitaria. Hecho esto, Rose planteó que era ilusoria la defensa de un determinado país mientras existieran otros afectados, por la movilidad de las poblaciones y las relaciones internacionales. Al mismo tiempo, el éxito local de la intervención motivó la petición de auxilio desde otros países, lo que movió a crear una International Health Commission (en adelante, IHC) bajo el mandato de Rose, que en 1916 cambió su nombre a International Health Board (IHB) y, entre 1927 y 1951, al definitivo de International Health Division (IHD) 30. Como subraya Farley, todo en la dimensión transnacional de la Fundación Rockefeller comenzó por la anquilostomiasis -«hookworm was where it all started». Con motivo de la encuesta internacional lanzada por la Comisión Sanitaria, se produjo una primera muestra de interés por España desde la Fundación. Su cuestionario llegó a Madrid en 1911 y le fue remitido a José Codina a través de la Academia de Medicina. Por propia confesión, sabemos que ese fue el estímulo que necesitó para realizar diversas pesquisas epidemiológicas con las que completó una monografía, significativamente titulada La anquilostomiasis ó anemia de los mineros como enfermedad social, especialmente en España (1912), que en 1914 envió a la IHC 31. Al agradecerle su libro, Rose le ofreció actuar como corresponsal sobre el devenir de la anquilostomiasis en España, lo que Codina aceptó, si bien subrayando su voluntad de no enviar ----mas que datos oficiales32. En realidad dejó sin responder una pregunta directa del norteamericano, quien se interesó por los resultados de la legislación de 1912, de la que hablaremos enseguida, y la corresponsalía no tuvo más consecuencias. Con esta aportación monográfica de Codina podemos cerrar la primera época hispánica de la uncinariasis. Con ella se dispuso de una exposición actualizada de los conocimientos existentes sobre la biología del parásito, así como sobre el diagnóstico, clínica y tratamiento de la parasitosis y de los esfuerzos que se realizaban en el mundo frente a ella. A la vez, ofrece la primera aproximación sistemática a su distribución por España, conseguida a través de encuestas e inspección personal de la zona más preocupante a tenor de lo conocido hasta entonces, los cotos mineros de la provincia de Jaén. La contribución de Codina ha de entenderse como un deseo de movilización de la opinión pública [en el sentido elitista con que el autor se dirigía a «las clases directoras» y «profesionales»] en torno a uno de los riesgos nuevos que, conjuntamente, la extensión de la industria extractiva y el desarrollo de la noción etiológica de los gérmenes vivos generaba en la sociedad española del siglo XX. El riesgo se configuraba como auténtico «peligro de hecatombe», desde las palabras iniciales de la monografía, como «azote de ciertas profesiones mecánicas [y] calamidad patológica de extensas regiones y de países enteros», al punto que merecía la consideración de enfermedad social. Y para que quedara claro la comparó con la tuberculosis, nada menos33. La parte original de este estudio consiste en una investigación epidemiológica rudimentaria, compuesta por entrevistas con unos 60 mineros ingresados en su hospital, procedentes de la cuenca jiennense, una encuesta circulada a médicos de minas de Asturias y Vizcaya, así como una visita personal del autor a la zona minera jiennense. El protocolo de entrevista incluía preguntas referidas a la historia personal y laboral de cada minero así como a las condiciones higiénico-sanitarias de su trabajo. La encuesta buscaba conseguir datos globales de empresas, trabajadores y afectados, tipo de mineral y medidas de higiene empleadas. Las contestaciones mostraban un gran espectro de situaciones, sobre la base de una implicación laboral desde edades muy tempranas; hallaba minas infectadas en Jaén, Ciudad Real, Córdoba, Murcia y Asturias, con porcentajes estimados de entre el 2 y el 25% de su población trabajadora. ----En ningún caso existían retretes en el interior de las explotaciones, ni lavabos, ni se retiraban los excrementos en vasos herméticos. Finalmente, Codina planteaba la necesidad de articular una campaña específica, empezando por la realización de un mapa completo del padecimiento, a partir de la implantación obligatoria del examen de heces para todos los solicitantes de trabajo y todos los mineros sospechosos de padecer la parasitosis, instalando un laboratorio en cada cuenca. Las restantes medidas son similares a las ya imaginadas por De la Cuadra en 1905 -que no eran sino las habituales en los países cercanos, conocidas a través de las publicaciones foráneas y las reuniones internacionales-y que completaba con dos sugerencias, establecer un carnet sanitario personal, para certificar la ausencia de huevos de anquilostoma tras exámenes microscópicos realizados en tres días consecutivos, e incluir la anquilostomiasis entre los accidentes del trabajo, como vía de protección social para los afectados. Esta tesis ya la había expuesto el autor ante la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación en junio de 1905, al calor de un discurso anterior de Canalejas, en cuyo gobierno confiaba entonces para que colocara «la higiene social como base para la reconstrucción del estado» 34 -confianza que había quedado defraudada tras el efectivo ejercicio de la Presidencia de Gobierno por aquél. LA INSPECCIÓN DE SANIDAD DEL CAMPO. PRIMEROS PASOS EN LA LUCHA CONTRA LA ANQUILOSTOMIASIS EN ESPAÑA Una de las medidas abordadas desde una óptica reformista en el cambio de siglo, en la estela racional de esa higiene social que acuciaba a los espíritus preocupados por el bienestar de la nación, fue la creación, en 1910, de una Inspección de Sanidad del Campo. Pertenecía al organigrama de la Dirección General de Agricultura, Minas y Montes y mantuvo su actividad hasta octubre de 1918, bajo la jefatura de Antonio Muñoz (médico del Hospital de la Princesa). Nuestro conocido Bonifacio de la Cuadra ocupó uno de los once puestos de inspectores regionales con que se dotó este organismo. Que su fundamento era claro y tenía conexión con problemas reales de la vida rural hispana es algo que se desprende del enunciado de sus objetivos primeros, tal como los expuso la R.O. del Ministerio de Fomento de 14 de julio de 1911: estudio del paludismo, aguas potables y enfermedades que se relacionan con la contaminación hídrica, alimentación de los obreros del campo y enferme-----dades derivadas de su alteración, fiebre de malta y anquilostomiasis (además de que prometía abordar en el futuro los problemas de la vivienda y de otras actividades laborales y culturales). Para afrontar dicho programa de trabajo se prepararon cuestionarios relativos a cada uno de los aspectos a estudiar, cuya respuesta habían de recabar los inspectores regionales a través de los médicos titulares o los de minas, en su caso. Sin embargo su actividad práctica apenas sobrepasó, aparte de lo que aquí se cuenta, la recogida de la información sobre aguas y paludismo 35. El libro de Codina incluyó la respuesta al cuestionario sobre anquilostomiasis relativa al distrito de Linares, único realizado durante la primera ronda inspectora, celebrada entre octubre y noviembre de 1911, así como un artículo de Bonifacio de la Cuadra sobre dicha visita publicado en el Boletín de Agricultura de noviembre de 1911 36. El informe sobre la zona minera en cuestión señalaba que los médicos de la zona sólo estudiaban los aspectos clínicos de la anquilostomiasis, por falta de laboratorios micrográficos, así como que no se ponían en práctica medidas de profilaxis, ni individual (limpieza corporal, calzado) ni colectivas (detección de portadores y análisis periódico de los mineros, retretes en el interior, etc.). Familiarizado Muñoz con la enfermedad, gracias a su práctica hospitalaria, los resultados de esta inspección le llevaron a sustentar la hipótesis de una prevalencia elevada de la anquilostomiasis y la necesidad consiguiente de una intervención gubernativa sobre las empresas mineras para controlarla, mientras que se procedía a verificar aquella. Convencido el ministerio, a comienzos de 1912 se dictó una nueva R.O. de Fomento (3 de enero de 1912; Gaceta del 22), como primera disposición legal sobre profilaxis de tal condición. Las medidas seguían las líneas que ya conocemos; ordenaba que no se admitiera ningún obrero nuevo sin previo reconocimiento de heces; que no se permitiera trabajar en el interior a los parasitados; prohibía, bajo despido, defecar en túneles y galerías; y obligaba a instalar retretes en el interior y lugares de aseo en el exterior de las explotaciones. Así mismo dispuso de nuevo que por los inspectores de Sanidad del Campo se practicaran visitas de reconocimiento a las zonas mineras sospechosas. El reglamento general de la entidad sanitaria -característicamente dictado con casi un lustro de retraso desde la constitución de la misma-estableció ---- medidas concretas para realizar la estadística de la anquilostomiasis (R.D. de 8 de agosto de 1916, Gaceta del 11). En el mismo número del Diario oficial, una nueva R.O. del Ministerio de Fomento (9 de agosto) reiteraba lo dispuesto en 1912, añadiendo dos aspectos interesantes: la obligación de las empresas de atender a sus obreros enfermos y la habilitación de un laboratorio en cada distrito minero, a disposición de los inspectores de Sanidad del Campo y el auxilio de los médicos de minas, en el que efectuar los diagnósticos y los tratamientos, además de realizar tareas de educación sanitaria. Esto se concretaba en el establecimiento de sanatorios, costeados por las empresas y regidos por la inspección sanitaria indicada. La reiteración de una disposición ya indica la falta de cumplimiento. La orden de 1912 abrió un nuevo frente de confrontación en el complicado mundo de la minería, entre obreros, empresarios y autoridades locales. Si la visita del inspector de la Cuadra a las minas de Linares-La Carolina en el otoño de 1911 estimó la existencia de un 10% de infectados entre los obreros destinados a trabajos de interior, los médicos de las empresas entregaron al año siguiente a otro Inspector de Minas, el ingeniero Sierra en este caso, un escrito firmado negando la existencia de caso alguno entre sus obreros 37. Por aquellas fechas, recordó algunos años después otro práctico, el desgaste del trabajo minero era terrible, produciendo la muerte en sujetos que rara vez alcanzaban los 40 años, «en estado lamentabilísimo de agotamiento» 38. Y aunque fuera cierta (aunque improbable) la ausencia de parasitados en un momento determinado, la gran movilidad de la población minera, la escasez de recursos higiénicos y la falta de controles sanitarios hacían inevitable la propagación de los parásitos. Una nueva visita de Bonifacio de la Cuadra, en agosto de 1916, motivó que la Junta local del Instituto de Reformas Sociales (IRS) solicitara la intervención de la Sección segunda, misión realizada por José Úbeda Correal en febrero de 1917. El Dictamen que presentó este último mostraba la aguda contradicción entre la prohibición de trabajar a ciertas personas, por un diagnóstico médico, y ----37 ÚBEDA CORREAL, J. (1917), Dictamen referente á una información acerca de la anquilostomiasis efectuada... en La Carolina (Jaén), Madrid, Instituto de Reformas Sociales, pp.7-8. 38 TORRES FRAGUAS, J. (1928), La anquilostomiasis como enfermedad profesional: comunicación presentada al V Congreso Internacional para Accidentes del Trabajo, Madrid, Publicaciones de «Anales de la Beneficencia Municipal» imp. Juan Pérez Torres, p. 4: «nosotros recordamos que en las minas de Hiendelaencina raro era el obrero que trabajaba en el interior que llegaba a los 40 años, muriendo la mayoría entre los 30 y los 35 años en estado lamentabilísimo de agotamiento». el éxito de cualquier campaña de erradicación. Por un lado, los afectados dentro de las plantillas mineras dejaban de percibir una parte considerable de sus emolumentos, pues el salario se sustituía por un subsidio de cuantía variable, pero siempre escasa, cuya entidad exigían los obreros que fuera idéntica a la recibida en caso de accidente laboral. Por otra, las empresas presionaban para la más pronta reincorporación al trabajo de los subsidiados, frente a la norma de no darles ocupación en el interior mientras existieran análisis positivos de heces y la realidad de unos tratamientos largos y de éxito muchas veces problemático. Por último, estaba el pavoroso problema de los enfermos no empleados, a quien nadie ayudaba expresamente y que veían frustradas sus oportunidades de colocación en el medio minero, por lo que buscaban por cualquier medio burlar las barreras diagnósticas, algo factible en momentos de apremio productivo como fueron estos años coincidentes con la Guerra Mundial. El grado de cumplimiento de las disposiciones higiénicas, además, era distinto según las empresas, en función de argumentos de tipo económico; y no hay que descartar el empleo disciplinario de algunas de las normas sanitarias: por ejemplo, en la mina Los Guindos, dos días antes de realizarse la visita de Úbeda, se había producido el despido de un relevo completo (varias decenas de trabajadores, puede que más de un centenar, pues la empresa tenía una plantilla superior a 800 hombres) supuestamente por infringir la norma de no defecar en el interior. En el agitado contexto minero de los años de la Guerra Mundial, con un incremento notable de la producción y de las ganancias en primera instancia, momento seguido por otro de crisis notable, esta irregularidad de la aplicación de la normativa sanitaria que mostraban los datos anteriores no podía sino extenderse. Tres compañías de la zona de La Carolina (Los Guindos, Sociedad de Peñarroya y Centenillo) emprendieron la aplicación de las disposiciones oficiales entre 1916 y 1919, si bien sólo El Centenillo (en realidad, la empresa, inglesa, se llamaba New-Centenillo Silver Lead Mines Co. Ltd.) la mantuvo en fechas posteriores, a cargo del médico Guillermo Sánchez Martín 39. MARTÍNEZ ORTIZ, J. J.; TARIFA FERNÁNDEZ, A. (1999), Medicina social, demografía y enfermedad en la minería giennense contemporánea. El Centenillo: 1925-1964, Jaén, Diputación Provincial de Jaén. solicitantes de trabajo, más el tratamiento de los empleados afectados y la desinfección del interior de las minas mediante soluciones salinas concentradas, comenzó detectando cifras cercanas al 60% de parasitados, que para 1920 se habían reducido a un 20%, para volver a acercarse al 50% en junio de 1921, lo que el mencionado médico lamentó como una oportunidad fallida por parte de unos poderes públicos que no supieron aprovechar el tirón de ese esfuerzo empresarial. Otras fuentes hablaron de repuntes de hasta el 78% de afectados en algunas explotaciones, a consecuencia del abandono del tratamiento pagado que había existido durante los años de guerra 40. Sánchez Martín subrayó la movilidad de dicha población, como advertencia para sus colegas de las cuencas asturianas, afirmando que muchos de los que marcharon a trabajar en ellas en 1916 eran «portadores del gusano». Este concepto cobra importancia sólo en un contexto de profilaxis tendente a la erradicación, como ha mostrado el trabajo ya comentado de Ilana Löwy, y está ligado exclusivamente al dominio de la práctica de laboratorio, puesto que en ningún momento se nos aclara el estado clínico de los sujetos así etiquetados 41. En las Minas del Centenillo, la vigilancia continuada había sido capaz de producir la erradicación temporal de la anquilostomiasis, a costa del rechazo de cientos de aspirantes a empleo y de la aplicación de un tratamiento resolutivo, o «medicación completa del Centenillo» con el que se conseguía la curación de los afectados en el plazo más corto, según la experiencia del hospitaldispensario de aquella mina (sólo 11,23 días de media, menos de la mitad de la duración más habitual). Es una experiencia relevante, de acuerdo con la interpretación que el médico hacía de este padecimiento como «nosohemia parasitaria que, al empobrecer orgánicamente a la masa obrera que laborea las minas, reduce su coeficiente de capacidad productora» 42. Bien es cierto que en coyunturas con escasez de mano de obra, hubo que relajar las medidas de selección de trabajadores y admitir cifras importantes de mineros infectados. Así lo refleja una comunicación de los responsables locales de la explotación a los directivos de Londres fechada en septiembre de 1919, en la que se estimaba en un 90% el porcentaje de afectados en el distrito, excepción hecha de sus propios obreros. En cualquier caso, sólo se admitían individuos con bajo nivel de afectación y que acreditaran ser first class miners (importante matización del concepto de «portador») siendo despedidos a la primera oportunidad en caso contrario. Este argumento, junto a la alusión al elevado nivel de cumplimiento de ---- las normas de interior y a la eficaz labor curativa de los servicios médicos, parecía destinado a disipar los recelos expresados desde Londres 43. El sustituto de Sánchez Martín como médico de El Centenillo, González Comino, reconocía la importancia de los tratamientos resolutivos, puesto que la duración del mismo estaba limitada por la presión empresarial, que no gustaba de ver como «se eternizaban» sus obreros en la enfermería. Sin embargo, reveló un no pequeño problema de la llamada «medicación completa»: si su aplicación era más corta, también era más fastidiosa, hasta el punto que generaba una tremenda resistencia a repetirlo en los afectados que presentaban un parasitismo de mediana intensidad, que requería dos o más tandas de tratamiento seguidas 44. La razón principal a la que Sánchez Martín achacaba la falta de una intervención médica más eficaz era el pequeño tamaño de las explotaciones mineras, que impedía la dotación de médicos; de hecho, para cumplir la legislación de accidentes, sólo se contrataba la curación de los heridos con el médico del pueblo más próximo 45. Este argumento se tendrá en cuenta, como veremos, en la etapa siguiente. un primer momento se enviaría un sanitario cualificado para acometer un estudio sobre la extensión de la anquilostomiasis en España y proponer medidas para su erradicación; la segunda fase, facultativa en función de la marcha de la primera, consistiría en una actuación piloto de Salud Pública integral en una zona a determinar 47. Se preveía también la dotación de becas para profesionales españoles. Si bien para los altos responsables sanitarios la anquilostomiasis aparecía como un problema menor, de entre los tres (tuberculosis, anquilostomiasis y paludismo) señalados por Castillejo en la carta que solicitaba expresamente la ayuda de la Fundación Rockefeller, era el que a esta resultaba más fácil de abordar 48. Recordemos que, en 1921, la IHB estaba presente como asesora en campañas contra la anquilostomiasis en 41 países, y se calculaba que había practicado cuatro millones de exámenes fecales y tratado dos millones de casos 49. La condición de objetivo táctico que revestía esta lucha no resultó ajena al personal español activo en salud pública, que coincidió con aquélla en su visión preventiva-educativa como medio de adquirir completa legitimidad social. Así lo expresó de forma rotunda en escritos y conferencias de 1927-28 Emilio Luengo, una de las personas del entorno de Pittaluga, que ocupó distintos puestos en el Instituto Nacional de Higiene y en la campaña antipalúdica que comenzó en 1921. Según él, la IHB eligió la anquilostomiasis, no por su gravedad ni prevalencia, sino porque «se diagnostica con certeza absoluta fácilmente por medio del laboratorio; puede curarse también con facilidad [...] y [...] puede evitarse, con garantía completa de éxito [mediante] el establecimiento de retretes adecuados y su uso» 50. Este éxito producirá «la aparición de un sentimiento popular a favor del establecimiento de servicios permanentes encargados de la labor higiénico-sanitaria general de una comunidad» 51. ----Bajo tal sobrentendido inició sus trabajos en España un enviado de la IHB, curtido en misiones anteriores en América Central, Charles A. Bailey (nac. De inmediato se dedicó a visitar a las autoridades y personas relevantes, a fin de preparar su investigación en las comarcas mineras después que pasaran las fiestas navideñas. Mientras esperaba la llegada del material que le había sido remitido desde Nueva York, se dedicó a recorrer las zonas mineras y entrar en contacto con autoridades, médicos y empresarios. Visitadas Jaén, Córdoba y Sevilla, advirtió que no existía conciencia alguna de alarma sobre este problema, ni a nivel popular ni empresarial ni entre los médicos; algo más adelante se percató de que Murillo, el Director General de Sanidad, tampoco tenía el más mínimo interés por el tema, hasta el punto de que ni siquiera le agradecía el que periódicamente le diera cuenta de la marcha de sus trabajos 53. Esta impresión fue confirmada por el parasitólogo francés E. Brumpt, que visitó España entre agosto y septiembre de 1925 con la Comisión internacional de Paludismo 54. La Dirección General de Sanidad asignó para colaborar con Bailey al jefe de la Brigada Sanitaria Central, Antonio Ortiz de Landázuri (junto a Julio de Prada y Donato Fuejo García, becado en Estados Unidos por la Fundación entre 1923 y 1924), además de a Diego Hernández Pacheco, médico recién licenciado, y el estudiante de último curso Francisco Oquiñena, ambos del grupo vinculado al laboratorio de Parasitología de la Universidad madrileña (y que ya había participado en la campaña antipalúdica oficial). La colaboración discurrió de forma algo tormentosa. En junio, el jefe de la oficina europea de la IHB manifestó que Ortiz no cumplía bien en el trabajo de laboratorio (su desempeño era far from satisfactory) y que quería abandonar 55. A mediados de agosto, Bailey cuenta que él mismo había tenido que realizar 9 de cada 10 recuentos de huevos en heces, de un total de más de 6.800 análisis, así como la mayor parte de la preparación de muestras de tierra, pues resultaba que este tipo de manipulaciones no eran agradables para los españoles 56. ----Que esto no era una percepción exagerada lo demuestra la experiencia posterior del médico director del Hospital minero de Triano, que se topó con el mismo problema con motivo de una investigación llevada a cabo en minas de Vizcaya y Santander en 1932, hasta el punto que su personal amenazó con ponerse en huelga 57. Además, parece que a Antonio Ortiz salir de Madrid para estar más de una o dos semanas en el campo le resultaba difícil de soportar 58. A partir de abril de 1925, dicho grupo visitó 27 minas de las provincias de Jaén, Sevilla, Córdoba, Huelva, Ciudad Real, Murcia, Vizcaya, Santander y Baleares. En diciembre redactó Bailey su informe, que envió a la IHB y a la Dirección General de Sanidad, para su publicación en sus respectivas revistas 59. De los 9.149 mineros examinados resultaron positivos 2.427, con un grado de infección medio o bajo, pues el 65% albergaban menos de 25 gusanos (estimados a partir del recuento de huevos en heces). La infección se concentraba en las minas de plomo y de carbón (alrededor de un 40% de afectados), siendo inexistente en las minerías del cobre y del hierro. La coincidencia de hallarse en todas las minas obreros con grados altos de infección, la inexistencia de retretes de interior y la gran trashumancia poblacional llevaba a calcular la existencia en todo el país de alrededor de 10.000 mineros afectados, cuya productividad se vería reducida en una cuarta parte. Las recomendaciones profilácticas eran simples y reiteraban las ya expuestas desde 1905, pero con la concreción que procedía de la experiencia de su principal autor, a saber: evitar la contaminación del suelo con excretas humanas; examen y tratamiento de cada minero hasta su curación completa; y ----57 FIDALGO TATO, V. (1933), Investigación de los anquilostomas en las minas de Vizcaya, Bilbao, impr. Zoila Ascasíbar: «No resulta grata la inspección natural de la materia objeto de examen...», da cuenta de la producción de trastornos físicos al personal del laboratorio, amenaza de plante y necesidad de rotación del personal, pp. 41-45. «La anquilostomiasis en las minas de España». Boletín técnico de la DGS, no 1. Fue reproducido o extractado, total o parcialmente, en varias otras publicaciones, como: «La anquilostomiasis en las minas de España. Relación de los trabajos realizados bajo la dirección técnica del Dr. Charles A. Bailey, director en España de la International Health Board, en colaboración con el Dr. Ortiz de Landázuri, jefe de la Brigada sanitaria central de la Dirección general de Sanidad» (1926), Revista Minera, Metalúrgica y de Ingeniería, 77 (1 de abril, no 3018), 181-184; 197-200. «Primer informe sobre la anquilostomiasis en las minas de Linares (Jaén), por el comisionado del Instituto Rockefeller Dr. Bailey» (1927), Medicina Ibera, 21/2 (16 de junio, no 506), LI-LIII. examen preventivo micrográfico para todos los solicitantes de trabajo. Para garantizar el cumplimiento de estas disposiciones, y otras que tenían como fin evitar el transporte de parásitos al mundo exterior (instalación de lavabosvestuarios, información a la población obrera), el Informe sugería establecer un plan de lucha, incluyendo la designación de un Inspector sanitario que vigilara su puesta en práctica. En efecto, el Real Decreto Ley de 12 de mayo de 1926 (Gaceta del 13 de mayo) aceptó las recomendaciones expertas. Dispuso la obligación de realizar análisis de heces a toda la población minera, repetidos anualmente, así como a los solicitantes de trabajo, obligaba a instalar laboratorios para núcleos de al menos 1.000 obreros, aportados por una o varias empresas, que debían correr con el coste de los tratamientos y los jornales completos mientras durasen aquellos y estipuló también la obligatoriedad de establecer medios higiénicos para disponer de las heces, efectuar el drenaje de las galerías y evitar la contaminación (dotación de salas de comer y de aseo). Se precisaba que los médicos encargados de realizar estos reconocimientos debían contar con una formación específica, obtenida mediante la asistencia a un curso oficial. Y disponía la creación de un inspector especial, de Sanidad minera, para vigilar el cumplimiento de las normas en colaboración con los provinciales de Sanidad, cargo para el que se nombró a Diego Hernández Pacheco. La IHB ofreció suplementar el sueldo del Inspector y hacerse cargo de sus gastos de transporte, abonando mensualmente 333,33 ptas para sueldo y hasta 500 para viajes a cambio de que el gobierno le pagara no menos de 500 ptas al mes. Este acuerdo tenía otras dos condiciones, el puesto oficial tendría dedicación exclusiva y el gobierno español se haría cargo del total de gastos a partir de 1928 60. Una vez promulgado el decreto, existieron contactos entre ingenieros y representantes de compañías mineras con las autoridades sanitarias. El trabajo inicial del Inspector consistió básicamente en pactar con las empresas los medios de cumplir el decreto de lucha, que se formalizaron en un Reglamento de aplicación de esta ley (Gaceta de 9 de diciembre de 1926) 61. Para empezar, ---- se diferenciaba entre minas exentas e infectadas, con lo que las primeras quedaban eximidas de muchas de las obligaciones sanitarias: sólo tenían que tratar a los obreros que entraran infectados, pero por cuenta de la empresa de la que procedieran si habían transcurrido menos de 3 meses de su llegada. Se entiende que esta categoría englobaría a aquellas cuyo medio físico resultaba hostil a la supervivencia de las larvas (caso de la minería del cobre o del hierro), si bien otras podían alcanzarla gracias a una campaña sanitaria mantenida. Una vez dentro de ese grupo, estas minas eran las únicas que tendrían la potestad de negar empleo a solicitantes parasitados. El grupo de las minas infectadas era el que debía aplicar todo el conjunto de disposiciones profilácticas, además de procurar la instalación de centros de reconocimiento micrográfico, que eventualmente podrían formar laboratorios regionales, a cargo de médicos especialistas, distintos de los de accidentes (salvo en el caso de una ubicación aislada de la explotación). Se permitió descontar un 25% de los sueldos para pagar los tratamientos, mientras que se estipulaba que el tiempo de aseo, práctica que se convertía en obligatoria para los trabajadores al abandonar el tajo, no computaba como jornada laboral. Los obreros parasitados que rehusaran tratamiento serían despedidos sin indemnización; a cambio, un diagnóstico previo de anquilostomiasis no podía ser motivo de inadmisión. Las faltas contra la legislación protectora se convertían en atentados contra la salud pública, castigadas con multas de entre 50 y 500 pesetas, según el reglamento de Sanidad municipal de 1915. También se extendió la competencia de la inspección a aquellas obras públicas y privadas, industrias y labores agrícolas susceptibles de contribuir a esta parasitosis. A mediados de noviembre de 1926, Bailey era abiertamente optimista sobre la buena marcha de la campaña 62. Se mantenían las actuaciones en las minas públicas de Arrayanes, bajo la supervisión directa de Hernández Pacheco, donde se había habilitado un laboratorio, instalado un pabellón para lavado y cambio de ropa (con seis duchas, dos bañeras y armarios ropero) así como 80 letrinas portátiles en el interior, con un personal fijo de mantenimiento. El tratamiento de los afectados se llevaba a cabo en el Hospital municipal de Linares, ya que el internamiento era necesario para evitar que bebieran alcohol -porque interfería con los fármacos suministrados-; la empresa pagaba 4 ptas/día al hospital por cada minero tratado y estos conservaban el 75% de su paga esos días. También en Linares-La Carolina se había producido una reunión entre 10 ó 12 minas privadas para ponerse de acuerdo en crear ----un laboratorio centralizado (con un médico, un practicante, dos celadores y un administrador a tiempo parcial) del que correrían con los gastos a escote, según el número de mineros examinados y tratados. Este anunciado laboratorio regional abrió en febrero de 1927, y en sus primeros ocho meses de vida había examinado a 2.719 mineros y tratado a 220. El informe anual de la New-Centenillo Silver Lead Mines correspondiente a 1927 reflejaba el éxito de las medidas adoptadas desde comienzos de la década. En los exámenes practicados a sus trabajadores a comienzos de dicho año sólo se detectaron seis casos leves que respondieron bien al tratamiento. En consecuencia, las Minas del Centenillo fueron declaradas oficialmente exentas de enfermedad, categoría que según el informe sólo alcanzó esta explotación 63. Durante 1927 comenzaron los cursos de formación, organizados de acuerdo con los respectivos Institutos provinciales de Higiene y dirigidos por el Inspector de sanidad minera, en Linares, Córdoba, Sevilla, Huelva (aquí no intervino el inspector) y Puertollano, con una asistencia total de 56 médicos, cuatro farmacéuticos y dos veterinarios. Las visitas a las zonas mineras incluían la organización de exámenes generales de la población minera (se realizaron más de 28.500 análisis de heces en ese año) y la instalación de letrinas en los sitios que indicaba el inspector. La medida menos seguida era la de instalar servicios de aseo, pues, como indicaba el propio Hernández Pacheco, las empresas eran muy reacias a gastar en cosas no directamente vinculadas con el trabajo extractivo 64. Pese a la previsión inicial, en 1928 el gobierno español se hizo cargo solamente del 50% de los gastos ocasionados por la campaña, porcentaje que aumentó ligeramente en 1929, de manera que el Inspector vio incrementado su sueldo en 2.000 ptas y se previó la contratación de un nuevo inspector de ----63 «A general examination of the workmen carried out early in the year [1927] under official auspices showed only six cases of slight infection and these were promptly cured by treatment. ARCHIVO HISTÓ-RICO PROVINCIAL DE JAÉN, Sección Minas del Centenillo, Libros copiadores de cartas, leg. En dicho «reconocimiento general», llevado a cabo por González Comino a lo largo del mes de febrero de 1927, se practicaron 580 análisis de heces procedentes de otros tantos trabajadores de interior. La marcha regular de los trabajos de inspección y, en particular, la actividad del laboratorio regional de la crítica zona de Linares, sufrió un sobresalto importante de la mano de la crisis de la minería del plomo. La mancomunidad de empresas, en el contexto de la baja de los precios del mineral, decidió recortar gastos y suspender el abono de los sueldos del personal encargado del laboratorio, en un momento en que el Inspector Pacheco se marchaba becado al extranjero (junio de 1929). Bailey solicitó de la IHB que se modificaran los términos del presupuesto anual aprobado, a fin de poder financiar la continuidad del director del laboratorio regional durante siete meses, y de un ayudante por seis meses 66. La campaña se mantuvo en los años siguientes, si bien no hemos encontrado más testimonios que los procedentes de la necesaria contribución de la IHB. Hemos de suponer que sus resultados fueron satisfactorios, aun cuando la colaboración de ninguno de los actores de la salud industrial fuera perfecta, incluso detectándose importantes resistencias. Esta es la conclusión del médico que dirigió una intervención en las minas de Puertollano en los veranos de 1931 y 1932, una zona en la que las actuaciones derivadas de la legislación profiláctica habían sido parcas por la resistencia encontrada a todos los niveles: «Las empresas estimaban la lucha contra la anquilostomiasis como una intromisión abusiva en sus trabajos; en el mejor de los casos no prestaban interés ninguno, porque en su incomprensión sólo veían el perjuicio inmediato de la subida de coste de sus productos, o una molestia innecesaria. Los obreros, por su incultura, y los trastornos inherentes al tratamiento, hacíanse indisciplinados y rebeldes a los avisos. Y los médicos, empleados a sueldo de las Compañías y atacados de una especie de indolencia colectiva, dejaban pasar, cruzados de brazos, los acontecimientos, limitándose a cubrir el expediente en el sentido burocrático con cifras y datos, muchas veces de dudosa exactitud» 68. ---- Con la llegada de la República se afrontó esta situación. En 1932, Puertollano albergaba 4.500 mineros repartidos entre nueve explotaciones, cinco de las cuales pertenecían a la Sociedad de Peñarroya. El médico de la lucha antipalúdica Manuel Martínez González llevó a cabo una intervención en la zona, desde mediados de julio de 1931 a finales de 1932, con alrededor de 1.300 análisis cada año, encontrando un porcentaje decreciente de sujetos positivos, 7 y 2,65%, respectivamente. Las investigaciones familiares y de las huertas y corrales inmediatos no mostraron indicios de contaminación, salvo en mineros retirados, portadores de gusanos más que auténticos enfermos. Por su parte, los responsables locales de las Minas del Centenillo consideraron erradicada la enfermedad en 1935, al no haberse registrado caso alguno entre los trabajadores de interior en los tres años anteriores 69. Prueba indirecta del éxito de la intervención contra la anquilostomiasis de las minas es la fusión de la inspección sanitaria propia con la Comisión antipalúdica, a finales de 1930, de la que se convirtió en secretario Hernández Pacheco. Se retomaba, en cierta forma, el esquema de la vieja «Sanidad del Campo». Con esta fusión cobra relevancia la actividad profiláctica en otros espacios fuera del entorno minero, en particular determinadas zonas agrícolas. LA EXTENSIÓN CAMPESINA DE LA INFECCIÓN Y DE LA INTERVENCIÓN La existencia de casos de anquilostomiasis entre obreros agrícolas en zonas huertanas de Valencia y Murcia se había comenzado a difundir a raíz de las primeras intervenciones antipalúdicas oficiales (Emilio Luengo, con Aznar y Oquiñena, diagnosticó cinco casos en el poblado de El Mareny, comarca de Sueca, en el verano de 1923) y del viaje de la comisión Bailey, recogiendo noticias de facultativos locales, por ejemplo de la provincia de Murcia, Valencia y Castellón 70. En Talavera de la Reina se detectó un caso, en un individuo venido de América, pero el gusano infectante era el europeo 71. ---- Bailey solicitó realizar una investigación sistemática en las provincias donde era conocida la existencia de anquilostomiasis entre los obreros del campo 72. Finalmente, se acordó participar en un proyecto de lucha contra la anquilostomiasis en la Huerta de Murcia que organizaba el Ayuntamiento de la ciudad, por un periodo de cinco años, a partir de 1928 73. El argumento base de toda la intervención partía de constatar un «serio problema que afecta a la economía de la vega del Segura»; así pues, la enfermedad individual se transformaba en social por sus efectos sobre la productividad y riqueza agrícolas 74. El Instituto Provincial de Higiene, por circular del 29 de julio de 1926, ordenó levantar un padrón sanitario, la construcción de retretes y prohibir el empleo de excrementos como abono. Más adelante, entre mayo y julio de 1927, el Ayuntamiento de la capital lanzó una campaña de divulgación en los centros escolares de la zona huertana (al estilo de lo que había realizado la Comisión Sanitaria de la Fundación Rockefeller en el Sur de los Estados Unidos). El equipo autor de la campaña estuvo formado por el inspector municipal de Sanidad de Murcia, Antonio Guillamón, los médicos Sardina y Abril y dos subalternos, Martínez y Esteve. Se impartía una conferencia explicativa, se daban consejos profilácticos y se tomaban muestras fecales para examen en el laboratorio municipal o en el del Instituto Provincial de Higiene, encontrándose parasitados un 13% de los escolares 75. Las conferencias se acompañaban de la exposición de carteles murales de distinto contenido (sobre normas higiénicas, sobre evolución del parásito, sobre anomalías de la sangre). Se repartieron 7.000 juegos de cinco láminas que reproducían los carteles e incluían al dorso un resumen de lo explicado, así como un millar de cartillas y carteles para que sirvieran de objeto de estudio a los escolares durante el tiempo dedicado a la explicación de la higiene y la fisiología. En 1928 comenzó el apoyo de la Fundación Rockefeller a través de la IHD, dentro del esquema económico que muestra la Tabla 1. El dinero se empleó en suplementar los sueldos de los médicos participantes, en construcción de letrinas y en los gastos de instalación y viaje 76. ---- La campaña consistió en una mezcla de información, diagnóstico masivo y educación sanitaria sobre el manejo de heces, con la instalación de retretes para coartar la infección superficial de los suelos agrícolas y urbanos. La dirección de la campaña se encomendó a Hernández Pacheco, y se desarrolló a satisfacción de los norteamericanos 77. Como en el caso de la sanidad minera, esta intervención preparaba otra de mayor alcance, pues desde el principio se pensó que este servicio sirviera de ancla para la creación de un centro de salud comarcal 78. Por propia iniciativa y financiación españolas, se había incrementado la tarea de los dispensarios de anquilostomiasis con trabajo antipalúdico y vacunación BCG, a través de la lucha oficial antipalúdica 79. Ésta había comenzado en julio de 1927 y en 1928 corría a cargo de Fernando Oquiñena, de probada familiaridad con el seguimiento de la anquilostomiasis. La sinergia entre ambos objetivos antiparasitarios permitió la creación de una oficina sanitaria polivalente, a partir de 1929, que abarcaba el estudio de las enfermedades transmisibles (con especial atención al tracoma, anquilostomiasis y paludismo), la inspección médica de la infancia, la educación sanitaria y el pequeño saneamiento, incluyendo la construcción de retretes con cargo al presupuesto sanitario 80. A finales de 1930 se produjo la fusión organizativa de la lucha antipalú----- 80 HERNÁNDEZ-PACHECO, D.; ABRIL CÁNOVAS, M. (1932), «Ensayo de higiene rural en la huerta de Murcia. Resumen de los trabajos realizados durante el primer semestre de 1931» dica y la sanidad minera, lo que reforzó esta colaboración tanto en las zonas mineras de la provincia de Jaén como en la Huerta de Murcia. En mayo de 1931 se produjo la retirada del apoyo municipal murciano, lo que supuso la finalización abrupta del proyecto y, pese a los intentos del nuevo Inspector provincial de Sanidad, Laureano Albadalejo, el fin de la implicación de la IHD en la sanidad murciana. Ya un año antes, un visitante norteamericano había abandonado la antigua opinión optimista sobre el futuro de la colaboración con Murcia, debido, entre otras razones, a que la puesta en práctica de un servicio de personal médico con dedicación exclusiva era «the principle most difficult to establish in Spain» 81. Esto no impidió la continuación de las actuaciones sanitarias, si bien bajo la exclusiva dependencia de la Dirección General de Sanidad e Instituto Provincial de Higiene. Apoyado en la organización allí formada, el laboratorio de Parasitología de la Facultad de Medicina de Madrid desarrolló el estudio más extenso sobre la relación entre el crecimiento y las parasitosis de la población infantil en la comarca huertana, de todo el tiempo de la República 82. ¿Por qué no hubo preocupación por la anquilostomiasis en las zonas agrícolas hasta fechas tan tardías? El reducido número de enfermos graves que se encontraba en la Huerta murciana, mientras que era elevado el de portadores (personas infectadas con menos de 25 gusanos), indicaba que los terrenos presentaban una baja densidad de gusanos; lo cual permite suponer que soportaban el suministro de huevos de anquilosotoma desde hacía relativamente poco tiempo. Antonio Guillamón encontró que la crisis minera de la zona de la Unión, a partir de 1915, podía dar razón tanto de la cronología como de la procedencia primitiva de los parásitos, tanto por el flujo migratorio generado desde aquellas zonas mineras, como por el empleo agrícola como abono de heces humanas procedentes de los campamentos mineros, transportadas en los mismos carros donde se acarreaban las hortalizas frescas a tales lugares 83. Otro aspecto a tener en cuenta era el de la escasa familiaridad de los médicos rurales con esta parasitosis, que podría haberse visto enmascarada por otros diagnósticos, si bien el recurso al hemograma se había extendido desde los años de la década de 1910, según el testimonio antes citado de Guillamón. ---y «Estudio sanitario de un partido rural en la huerta de Murcia», Rev. En conclusión, podemos observar que la fundamentación prestada por el laboratorio (en este caso, parasitológico) justificó una campaña sanitaria y la dotó de una ambición erradicadora, a la vez que estimuló el ejercicio de la educación sanitaria. A primeros del siglo, hemos visto que el hallazgo azaroso, si bien continuo, de casos de anquilostomiasis se acompañó de una retórica de hecatombe de corte productivista. Su visibilización como enfermedad social se produjo gracias a su percepción como un problema de salud pública controlable a través de la identificación de los enfermos y los portadores mediante pruebas de laboratorio, la disponibilidad de un tratamiento eficaz y la posibilidad de intervención con medidas de higiene general y ambiental. Tras el reglamento de policía minera de 1897 y la ley de accidentes de 1900, la legislación sobre anquilostomiasis en las minas de 1912 y 1926 fue la única intervención estatal encaminada a la protección de la salud de los trabajadores. Como la primera de las citadas, se dirigía tanto a las empresas como a los obreros, si bien las obligaciones de estos últimos resultaron más fácilmente exigidas (a través de la pérdida del trabajo, en los supuestos de contratados portadores de gusanos en minas exentas, o de la retención de parte del salario para tratamiento). La puesta en práctica de la legislación contra la anquilostomiasis tuvo un seguimiento muy desigual por parte de las compañías mineras, ligado al tamaño de las explotaciones y a la disponibilidad de mano de obra. En el caso de las Minas del Centenillo en la comarca de Linares-La Carolina, una de las zonas con mayores niveles de afectación, la combinación de la intervención ambiental, las técnicas de laboratorio y las medidas coercitivas sobre los trabajadores mostró su efectividad. El estudio de la distribución del anquilostoma duodenal desempeñó un lugar central en la estrategia de la IHB/IHD de la Fundación Rockefeller en España. El apoyo de esta organización resultó decisivo para consentir el desarrollo del andamiaje legislativo y profesional con que se hizo frente a este problema parasitario. Y su concreción en el medio rural coadyuvó a extender el modelo de centros de higiene que adoptaría posteriormente la República.
En este trabajo se reconstruyen las primeras fases del proceso de introducción de la vacuna de Edward Jenner en España. Los límites cronológicos del mismo -1799 y 1805-se corresponden con la fecha de la primera edición de una obra provacunista en nuestro país, y con el edicto de creación de las salas de vacunación en los hospitales peninsulares. Las Academias de Medicina de Madrid y Barcelona, médicos, cirujanos, burgueses y sacerdotes, tuvieron un papel relevante en esta difusión. El Estado, sin embargo, no actúo de forma decidida hasta fechas más tardías. También se estudia la aparición de algunos pícaros que intentaron aprovecharse ante la posibilidad de una falta de pus vacunal. PALABRAS CLAVE: introducción y difusión de la vacuna jenneriana en España, siglos XVIII y XIX, Apenas dos años después de las primeras experiencias, la vacuna era aplicada con cierta regularidad y mayor entusiasmo en la mayoría de los países europeos. España fue una de las naciones que más tempranamente recurrió a esta medida preventiva. Médicos, burgueses, y en menor medida, clérigos y aristócratas, se convirtieron en los principales difusores de este invento. Las razones por las que tan amplio espectro social se hizo valedor del hallazgo de Jenner son varias. Los médicos, además de por razones técnicas y humanitarias, como una forma de reforzar su status profesional frente a otras profesiones con las que entraban en competencia, como los cirujanos. Los burgueses, mayormente comerciantes, además de por razones filantrópicas como forma de reafirmar su pertenencia a una clase social emergente y de ganarse el respeto de la población. Los cirujanos, obviamente, porque entendían que la vacunación era competencia de su calificación profesional. En fin, los clérigos porque siendo como eran una pieza clave en sus relaciones con el resto de la sociedad, cumplían de esta manera con el principio evangélico de prestar socorro al desvalido y necesitado. La rápida difusión de las práctica vacunal en nuestro país no estuvo exenta de choques de intereses. A pesar de su espectacular expansión no deja de ser significativo que hasta la expedición filantrópica de Balmis -cuestión que es abordada en otro artículo de este número monográfico-el Estado fue incapaz de tomar iniciativas que garantizaran desde el poder un control más efectivo y menos espontáneo de la práctica vacunal. Una de las pocas medidas puestas en marcha, la creación en los centros hospitalarios de salas de vacunación, apenas tuvo incidencia sobre la expansión de la vacuna antivariólica1. Incluso, algunos intentos semejantes llevados a cabo en las colonias americanas en el curso de la expedición de Balmis, como en la península de Yucatán, también fueron frustrados, en este caso por conflictos de competencias entre la Península y los regidores coloniales2. El Tribunal del Protomedicato, en franca decadencia en las fechas en que la vacuna de Jenner apareció, fue incapaz, pos su parte, de asumir un papel ----determinante en su proceso difusor. Ignacio María Ruiz de Luzuriaga (1763-1822), secretario de la Academia de Medicina de Madrid y comisionado por el Tribunal del Protomedicato para informar sobre la vacunación, no pudo influir para que el Tribunal actuara con más protagonismo y eficacia. El informe que concluyó Ruiz de Luzuriaga sobre la vacuna nunca se publicó y permaneció inédito en la Academia. Como ya hemos insistido en anteriores trabajos 3 el propio Protomedicato, entre cuyas atribuciones se contemplaba la creación de alguna institución que difundiera y velara por el buen funcionamiento de la vacunación, fue incapaz de hacerlo a pesar de las indicaciones en este sentido de algunos médicos, como el mismo Ruiz de Luzuriaga. En su informe el médico vasco concluía con la necesidad de crear en la corte un comité de vacunación centralizador similar a los creados en París y Londres en 1799, lo que no se llevó a cabo. Los motivos de esta desorganización provacunal están directamente relacionados con los problemas organizativos de las profesiones sanitarias (especialmente la medicina y la cirugía) por aquellos años. La reforma interminable de los planes de estudio de las facultades de medicina, la rivalidad de éstas con los Reales Colegios de Cirugía y, en definitiva, la falta de un organismo fuerte y con capacidad efectiva en materia de sanidad en el reino (las juntas de sanidad locales y provinciales estaban escasamente desarrolladas 4 y el Protomedicato en continuo reajuste) fueron, a nuestro modo de ver, las principales razones de la no puesta en funcionamiento de un organismo regulador de las campañas provacunistas. Tanto la prensa como los propios protagonistas (a través de las cartillas) se encargaron de difundir los beneficios de la vacuna y dar cuenta de los progresos de la misma, sin ningún tipo de amparo oficial, salvo las recomendaciones de las Academias de Medicina. Fueron las Academias médicas de Madrid y Barcelona, pues, como no podía ser de otro modo, las instituciones que llevaron a cabo el papel de segui-----3 OLAGÜE DE ROS, G.; ASTRAIN GALLART, M. (1994). «Propaganda y filantropismo: los primeros textos sobre la vacuna jenneriana en España (1799-1801)», Medicina e Historia (Barcelona), n. «Organización sanitaria española en el siglo XVIII: Las Juntas de Sanidad». En: FERNÁNDEZ PÉREZ, J.; GONZÁLEZ TASCÓN, I. (Eds). Ciencia, Técnica y Estado en la España Ilustrada. Madrid, Ministerio de Educación y Ciencia, Sociedad Española de Historia de las Ciencias, pp. 399-411. miento de las vacunaciones en los territorios del Reino. De hecho, ambas instituciones habían jugado un papel destacado en todas aquellas cuestiones que afectaban a la salud de la población, tanto a nivel informativo como práctico. En Barcelona, fueron especialmente activos Francisco Piguillem y Verdaguer (1771-1826) y Vicente Mitjavila y Fisonell (1759-1805), quién publicó en los Diarios de Barcelona los beneficios de la vacuna antes de que fueran publicados en la Gazeta de Madrid. Por su parte, en Madrid jugo un papel determinante el ya citado Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, que se convirtió en el principal proveedor de pus vacunal a una buena parte de la península. En un informe elaborado en diciembre de 1803 a instancias de la Academia médica madrileña, Ruiz de Luzuriaga apuntaba ya los obstáculos de todo índole con que se encontraban los defensores de la propagación de la vacuna jenneriana en España 5. Los temores de la población que, todo lo más, prefería la inoculación al nuevo invento de Jenner, y el poco cuidado que ponían los vacunadores en la conservación del fluido, lo que en algunos lugares ocasionaba una carestía de materia prima, eran para Ruiz de Luzuriaga las dos razones fundamentales. Además del poco interés de los padres de niños vacunados para que sus hijos sirvieran de reservorio para nuevas pruebas, lo que impidió contar regularmente con un abundante caudal de pus varioloso 6. ----5 Real Academia Nacional de Medicina (Madrid) [en adelante RANMM], Carpeta 11, doc. 698 (carta de Ruiz de Luzuriaga a la Junta de la Academia de Medicina de Madrid, 21 diciembre 1803). A raíz de un brote epidémico de viruelas en La Coruña (abril de 1804), Antonio Robaines, médico de esa ciudad, ya denunciaba la resistencia de los padres a vacunar a sus hijos y el recurso a «la coacción si no hay voluntarios». Orencio de Santolaria, corregidor de Alcalá la Real (León), informaba a Pedro Ceballos (10 de julio de 1804) que había tomado la determinación «de desterrar de las aldeas las preocupaciones contra una operación tan acreditada» [Archivo Histórico Nacional (Madrid) (en adelante AHN), Estado, Leg. 6 Manuel María González Recomo, comisionado por Orden de 11 de junio de 1806 para propagar la vacuna en Asturias, le señalaba en carta a Ruiz de Luzuriaga (19 de julio) que los asturianos, como los vizcaínos, son poco propensos a desprenderse de sus tradiciones y costumbres, por lo que la vacunación estaba encontrando graves problemas en esos lugares (RANMM, Carpeta 22, doc. 1344). Como ya hemos adelantado, el médico vasco propuso la fundación de juntas provacunistas semejantes a las existentes en el extranjero. Lógicamente, el país a imitar era Inglaterra, que «el 2 de diciembre de 1799 fundó en Londres un establecimiento para fomentar y propagar la vacunación». Para Juan Peñalver, otro socio de la Academia matritense preocupado por la cuestión, era imprescindible contar con un ejército de decididos partidarios de la vacuna, formado por párrocos, médicos, cirujanos de villas y aldeas, e incluso por los sangradores, a los que les bastaría observar «una breve instrucción que a este fin y para evitar todo error» redactaría esa Comisión Central de Vacunación 7. Sin embargo, frente a la mayoría de los países europeos España no contó con instituciones, públicas o privadas, dedicadas exclusivamente a velar por la expansión de la vacuna. En Londres, por ejemplo, además del organismo mencionado por Ruiz de Luzuriaga -el London Smallpox Hospitalen 1803 se fundó la Royal Jennerian Society, que presidida por el propio Jenner estuvo al tanto de la extensión de la vacuna por Inglaterra. Un informe totalmente favorable a la vacuna, elaborado por el Colegio de Medicina de Berlín, fue determinante para una intervención estatal de corte proteccionista de esta medida preventiva. Parecidas acciones se ejecutaron en otros países europeos, como Suecia, Austria y Dinamarca, entre otros 9. Aun-----7 RANMM, Carpeta 11, doc. 698 (Carta de Ruiz de Luzuriaga a la Junta de la Academia de Medicina de Madrid, 21 de diciembre de 1803); Ibid., doc. 700 (Carta de Juan Peñalver a la Junta de la Academia de Medicina de Madrid,s.d.,ca. 14 que, como ha señalado Tucci, se dieron algunos problemas entre vacunadores y autoridades locales por problemas de competencia en la materia, la presencia de estas instituciones permitió una difusión rigurosa y creciente de la nueva técnica preventiva 10. En España la única medida de alcance fue la promulgación en 1805 de una Real Cédula por la que se obligaba a la apertura de una sala de vacunación en todos los hospitales11. Con dichas salas se pretendía garantizar la permanente presencia de fluido activo en aquellos lugares dotados de nosocomio, y cuantificar estadísticamente los progresos de la vacuna. Pero su cumplimiento fue bastante irregular. Baste a titulo de ejemplo el escaso éxito de la instalada en el Hospital del Amor de Dios de Sevilla que se debió, en parte, a las resistencias de la población, y que ha sido estudiado prolijamente por Encarnación Santamaría. Pero los conflictos entre médicos y cirujanos, por problemas de competencia profesional en el control de las vacunaciones, también debieron de influir en este fracaso12. Por todo ello, en 1815, ante la queja de la Academia de Medicina de Murcia por el desuso de la práctica vacunal, el Consejo Real promulgaba una Real Orden que obligaba al cumplimiento de la mencionada Cédula de 1805 13. A nuestro entender, la ausencia de medidas administrativas de mayor entidad que hubieran garantizado tempranamente un riguroso seguimiento de la práctica vacunal, respondió a la peculiar situación por la que atravesaron durante estos años las profesiones sanitarias, tanto desde el punto de vista educativo como en lo tocante al ejercicio. Inmersas en un complejo proceso de reorganización, y con manifiestos síntomas de inestabilidad operativa, fueron incapaces de prestar una atención corporativa, pero necesaria, a la difusión de la vacunación jenneriana en nuestro país. En efecto, la incapacidad de las Facultades de medicina por llevar a cabo una reforma en profundidad de sus ----planes de estudio, las cuales estaban además en permanente rivalidad con los Colegios de cirujanos; los continuos vaivenes del Protomedicato, el organismo central encargado del control del ejercicio profesional, suprimido por dos veces -en 1799 y 1804-y sustituido por Juntas Gubernativas; la poca entidad de las Juntas Provinciales y Municipales de Sanidad, en las que estuvieron parcamente representados los profesionales sanitarios; y la corta vida del poderoso Real Colegio de Medicina de Madrid (1795Madrid ( -1799)), preocupado más bien por cuestiones relacionadas con el intrusismo de los cirujanos de la Corte14, entre otras muchas razones, nos dan razón de esta cortedad legislativa, de la ausencia de organismos sanitarios, centrales y locales, que hubieran promovido con garantías la expansión vacunal, y de tomas de postura colegiadas en el mismo sentido. Por todo ello, la difusión de la vacuna jenneriana en España dependió, con todas sus ventajas e inconvenientes, del entusiasmo personal de los provacunistas 15. Tanto la Academia de Medicina de Madrid como la de Barcelona comprendieron precozmente que podían jugar un papel alternativo en materia educativa y sanitaria. Francisco Salvá y Campillo (1751-1828), socio de la de Barcelona, propuso la total supresión de los Colegios de Cirugía como la única medida para frenar su prepotencia ante los médicos. El ya citado Mitjavila, por su parte, en base a un estudio realizado por Salvá acerca de la formación médica en Francia, defendió la idea de suprimir las Facultades y los Colegios y convertir las academias médicas de Madrid y Barcelona en centros docentes, según el modelo francés de las Écoles de Santé16. ----Por otro lado, desde el punto de vista sanitario ambas Academias tenían una amplia experiencia. Por petición del Protomedicato, Ruiz de Luzuriaga redactó en torno a estos años varios informes técnicos, además del ya mencionado sobre la vacuna de Jenner: sobre el llamado Cólico de Madrid (1797), un estudio sobre el papel nocivo del plomo y del óxido de cobre para la salud humana; y acerca de las condiciones higiénico-sanitarias de las cárceles de la capital (1803). La academia matritense, además, tenía la competencia de la censura previa de toda obra médica que se fuera a imprimir en el Reino. Esta función permitió a sus socios conocer de primera mano los textos más notables de la medicina e historia natural de su tiempo. Por lo que se refiere a la academia barcelonesa conviene recordar que en agosto de 1796 se le agregó el cargo de Inspector de Epidemias en Cataluña 17. Socios de la misma realizaron también notables estudios de carácter médico social. Pero a pesar de que Piguillem y más adelante otros miembros de la Academia Médico-Práctica de Barcelona -como los ya citados Salvá o Vicente Mitjavila-fueron los primeros en recurrir al método preventivo de Jenner en Barcelona, las relaciones de este médico con la Academia -a la cual pertenecía como socio corresponsal desde noviembre de 1790-nunca fueron muy cordiales en relación con este asunto. Así, en noviembre de 1802, en un informe sobre las actividades vacunadoras de Piguillem solicitado por el Capitán General de Cataluña, un triunvirato de socios, Prats, Salvá y Sanponts, le acusaba de mantener un comportamiento un tanto alegre en este tema, pues había confiado excesivamente en un «médico joven, principiante, y apenas salido de las escuelas de París, François Colon», para iniciar sus vacunaciones, sin querer esperar a que organismos extranjeros con más experiencia en la vacunación, como la comisión francesa de la Société de Médecine, emitieran un informe definitivo sobre la bondad y efectividad del invento. Incluso, otro corresponsal que estaba accidentalmente en Francia, Antonio Martí i Franqués (1750-1832), ya había advertido sobre la conveniencia de mantener una gran cautela antes de que la Academia adoptara una decisión institucional sobre los efectos positivos del nuevo hallazgo. Además, la propia Academia llegó a acusar directamente a Piguillem de obstruccionista, pues había impedido la aparición de la traducción castellana de un texto escrito por un antivacunista reconocido, Alfonso Leroy, efectuada por Tomás Rocondor. Este escrito ----Academia de Medicina de Barcelona» des d 'en Pere Güell a N' Agustí Pedro i Pons. Barcelona, Real Academia de Medicina, pp. 21-22. 17 Carta de Salva á Ruiz de Luzuriaga, Barcelona, 1 de julio de 1801 (RANMM, Varios Papeles de Estudios Médicos (1801), 11-6a Molina 12). había sido informado favorablemente por la misma institución. No obstante el reconocimiento que le otorgaba en su calidad de precursor de la vacuna, la Academia concluía que era precipitado adoptar una actitud totalmente favorable al hallazgo de Jenner 18. Esta reserva de la Academia sobrepasaba los límites de una lógica y necesaria cautela. Si la junta estimaba determinante el informe de los médicos de la comisión parisina para definirse en relación con el nuevo hallazgo, desde el 6 de junio de 1801 se disponía ya de ese informe oficial, que incluso llegó a traducirse al castellano ese mismo año. Es más, la Academia debía tener ya conocimiento de la actitud favorable de la delegación parisina desde enero de 1801 19. El citado naturalista Martí i Franqués, socio corresponsal del liceo barcelonés, sirvió de informante a la corporación barcelonesa sobre el devenir de la vacunación en Londres y París en el curso de un viaje de estudios que realizó a lo largo del año 1800 y prácticamente todo 1801, por varias capitales europeas. De regreso a Tarragona se mostró abiertamente partidario de la nueva técnica 20. La indecisión de la Academia catalana se mantuvo, siendo así que en enero de 1802 en una sesión plenaria de la misma se acordó no tomar abierto partido por la vacunación, actitud que mantuvo institucionalmente hasta 1818 21. En consecuencia, la Academia madrileña, especialmente a través de su Secretario Ruiz de Luzuriaga, intentó desde el primer momento que se le reconociese un papel determinante en el control y difusión de la vacuna jenneriana en España. Antes de la aprobación de la Real Cédula de 1805, la corporación madrileña solicitó del Rey en octubre de 1801 autorización para dedicar una sala de sus dependencias para efectuar vacunaciones gratuitas, «evitándose por este medio el que se haga esta operación por imperitos y charlatanes, llevados principalmente de la codicia; pues sin duda estos abusos han obli-----18 El documento, fechado el 10 de diciembre de 1802, se conserva en AHN, Estado, Leg. El problema de les inoculacions. Antonio de Martí i Franqués. SMITH, J. ( 1801), Progresos de las vaccina en Tarragona, o instrucciones y reflexiones sucintas sobre la inoculación de la Vacuna, dirigidas a los padres de familia, y a los sugetos que sin ser facultativos se quieran dedicar al fomento y propagación de este admirable descubrimiento en beneficio de la humanidad.... Tarragona, Imprenta de Maria Canals, Viuda, administada por Miguel Puigrubi, pp. 33-34. gado ya al rey de Prusia a expedir un decreto con fecha 16 de agosto próximo pasado, prohibiendo que nadie se atreva a Vacunar sin estar aprobado; y que los Cirujanos que hayan obtenido este permiso no puedan usar de él sin el dictamen del Médico» 22. El proyecto más ambicioso tuvo lugar en diciembre de 1803. En él, Ruiz de Luzuriaga proponía la creación en Madrid de una Junta Central de Vacunación -que residiría en la Corte-y de Juntas Locales, «al frente de la cuales deberían de estar los Capitanes Generales, Arzobispos, Obispos, Médicos y Cirujanos». Tales Juntas se encargarían del minucioso seguimiento de los casos y de impedir situaciones de desabastecimiento. También solicitaba «que en la Fábrica de Cristales se monte un taller para aprovechar todos los cristales rotos en que se remitiese el fluido vacuno, cierta franquicia en los Correos, quando se remitiese este fluido sellado con el sello de la Comisión. Y un poco de protección de parte del Gobierno». Para garantizar la presencia permanente de fluido, el Secretario de la Academia recomendaba «establecer en la Corte, y en las capitales del Reino, una vacunación metódica y económica en las inclusas, casas de desamparo, hospicios &c., Y donde no hubiese semejantes establecimientos vacunando con las mismas reglas, y en periodos determinados, cierto número de criaturas de los particulares, conservando este fluido con el esmero que se merece el conservador de la población» 23. Pero, por desgracia, el plan de Ruiz de Luzuriaga no llegó a aprobarse. Quizás porque las Academias de Medicina quisieron ser una tercera vía alternativa a la medicina universitaria y a la poderosa cirugía, sus frecuentes choques con la administración del Estado les impidió convertirse en los organismos catalizadores de la expansión vacunal en nuestro país. Salvo la Real Cédula de 1805, ninguna otra medida legislativa arropó el curso del invento de Jenner. ----22 «Minuta dirigida al Rey por la Real Academia proponiéndole medidas para difundir la vacunación en Madrid» (s.d., pero octubre de 1801) (Biblioteca de la Real Academia Nacional de Medicina (Madrid), Catálogo, Carpeta 60). DIFUSIÓN TÉMPORO-ESPACIAL Y LABOR PROPAGANDÍSTICA EDITORIAL DE LA VACUNACIÓN ANTIVARIÓLICA Tal como mostramos en los Mapas 1 y 2, fueron tres, básicamente, los focos iniciales de vacunación en la España del periodo que cubre nuestro trabajo. En primer lugar Cataluña, el más temprano. En efecto, a partir del 3 de diciembre de 1800, el médico catalán Francisco Piguillem (1770-1826) procedía a las primeras vacunaciones en Puigcerdá con una muestra remitida desde París por François Colon. La fluida comunicación de la medicina catalana con la francesa, especialmente con la montepesulana, y la larga tradición inoculadora del Principado explicarían, junto con la decidida voluntad de su iniciador, esta precocidad. En Tarragona la personalidad más notable fue Juan Smith y Sinnot (1756-1809), ingeniero del puerto de Tarragona de origen irlandés, que con linfa de Piguillem difundió la vacuna jenneriana por esa provincia y varios puntos de la geografía hispana a partir del 3 de mayo de 1801. Aunque Aranjuez y Madrid, el segundo núcleo, dependieron en un principio del foco catalán, una serie de fracasos en los primeros ensayos hizo que tan sólo tras la llegada de vacuna fresca procedente de París se iniciara con éxito tal medida preventiva en la capital y en sus alrededores. Con dicho fluido, el médico de la Real Familia Ignacio de Jáuregui y el cirujano Tomás Bueno emprendieron el 22 de abril de 1801 las primeras escarificaciones en Aranjuez. Según Ruiz de Luzuriaga, Luis de Onís, un funcionario de la Secretaría de Estado, le facilitó una muestra procedente de su propia hija, a la que había vacunado Jáuregui; de esta forma pudo iniciar el Secretario de la Academia de medicina matritense el 20 de mayo una serie ininterrumpida de pruebas en Madrid y remitir preparaciones frescas de fluido activo a un amplio grupo de corresponsales, próximos y más alejados, como Juan Manuel de Aréjula (1755-1830) en Andalucía. El tercer núcleo está constituido por el País vasco-navarro, más disperso geográficamente, y del que sus exponentes más significados fueron Lope García de Mazarredo (1769-1820) en Bilbao, los cirujanos Salvador Bonor, José Antonio de Irizar y Vicente Lubet en San Sebastián, y Diego de Bances y Vicente Martínez en Navarra. A fines de septiembre la vacunación ya era una práctica bastante común en dicha ciudad, a decir de Lope García de Mazarredo. En Pamplona, y a partir de septiembre de 1801, Vicente Martínez ponía en marcha un plan de vacunación con «dos cristales de fluido vacuno» remitidos por el ci-tado Ruiz de Luzuriaga 24. Finalmente, se dio un foco notable en Andalucía, evidente en el Mapa 2, puesto en evidencia por Ruiz de Luzuriaga, probablemente por sus contactos con vacunadores de esta Comunidad, a los que facilitó repetidamente pus vacunal. En cuanto a la labor editorial diremos que los canales habitualmente utilizados para comunicar la expansión de la práctica vacunal fueron, por un lado, los impresos (libros, folletos, en buena parte bajo la forma de «cartillas» provacunistas, y artículos periodísticos) y por otro los epistolarios e informes oficiales de las instituciones sanitarias consultadas por los poderes políticos. De tal forma que en el septenio que abarca nuestro estudio se establecieron dos redes de información, una invisible -a través de las correspondencias e informes periciales-y otra visible, constituida por los textos editados y las noticias de la prensa diaria. Conviene adelantar que una y otra se solaparon en contenidos e intencionalidad, pues el objetivo último que perseguían todos los partícipes en este proceso era demostrar la bondad y ventajas de la nueva técnica e, indirectamente, convencer a los responsables políticos de la necesidad de adoptar medidas tendentes a garantizar en España la correcta expansión de la vacunación jenneriana. Desde un punto de vista prosopográfico existe también una clara diferencia entre los distintos soportes informativos. Los autores de los impresos, médicos y cirujanos, formaban parte de la élite profesional sanitaria; mientras que se dio una mayor diversificación ocupacional entre los remitentes de las noticias a la publicación periódica que hemos utilizado como modelo, la Gazeta de Madrid. En efecto, en la Gazeta los sanitarios son mayoritariamente cirujanos, en menor medida médicos, unos y otros residentes especialmente en el medio rural, además de clérigos, corregidores y «vecinos» de dichos lugares. Como ejemplo de información epistolar recurriremos con frecuencia a la rica correspondencia mantenida entre julio y octubre de 1801 con diversos personajes por Ignacio María Ruiz de Luzuriaga. Entre 1799 y 1805 se publicaron un total de 48 obras, ya sean ediciones o reediciones, en su gran mayoría folletos de corta extensión (media: 39,5 páginas, salvo la traducción el tratado de Moreau de la Sarthe). En el quinquenio comprendido entre 1801 y 1805 la frecuencia de aparición fue de casi un texto al mes, salvo 1803, en cuyo año sólo vieron la luz cinco obras. El escrito más temprano es un Compendio de la vaccina (Barcelona, 1799) -una traducción anónima de diversas fuentes francesas-que, como ya hemos comentado en otra ocasión, se muestra partidario tanto de la vacuna como de la inoculación 25. Por lugares de edición destaca Madrid, con 16 textos, seguida de Hispanoamérica (once), Cataluña (diez), Zaragoza (tres) y otros puntos de la geografías peninsular (8 obras). Los textos aragoneses, los tres de 1802, son debidos al cirujano Francisco Cano y Atrosillo (fl. 1802), si bien de dos de ellos no hemos podido encontrar ejemplar en los catálogos ni en las bibliotecas que hemos consultado 26. Nuestra total dependencia informativa del mundo francés es otro aspecto digno de mención. De las 48 obras fueron traducciones 17, todas ellas de originales en ese idioma; como cabe de esperar, su presencia fue más notoria en los primeros años (1799, 1801 y 1802) y decreció ostensiblemente a partir de 1803, hasta el punto que en el último trienio se reeditaron monografías galas aparecidas ya en años previos. Por profesiones de los editores, traductores o autores de textos originales, conviene destacar la mayoritaria presencia de los médicos (veinticinco), seguidos de los eclesiásticos (4, todos ellos hispanoamericanos), dos cirujanos, un médico-cirujano y tres burgueses ilustrados provacunistas, el bilbaíno Lope García de Mazarredo (1769-1820), traductor de Henri Marie Husson (1772-1853), el madrileño Manuel María de Ascargorta y Ramírez (n. 1769), autor de la edición castellana del Primer informe dirigido a la Sociedad de Medicina de París, por la Comisión Médica establecida en aquella capital, en el Louvre... (Madrid, 1801) y de la Breve instrucción sobre la inoculación de la vacuna redactada por el secretario de la misma, Emonot (Ibidem), y el funcionario de la administración Juan de Rivera y Céspedes (fl. De cinco de ellos no hemos podido determinar ocupación principal. La edad media de los autores de los libros franceses es de 37,5 años; la de sus traductores españoles 39,5 y la de los responsables de los originales españoles 46 años. Un núcleo importante de médicos catalanes, cinco concretamente, se formó en Cervera y tres tuvieron una vinculación notable con la Universidad francesa de Montpellier. ---- Finalmente, y en lo tocante al tipo de soporte, diremos que las cartillas provacunistas y los textos en los que se exhortaba a la población a someterse a la práctica de la vacuna fueron mayoritarios y constantes a lo largo del septenio (veintiuno), seguidos de las monografías (veinte). Las normativas legales, como ya dijimos, fueron consecuencia de la expedición de Balmis; de ahí que su presencia se diera a partir de 1805. Un seguimiento minucioso de las citas a autores y obras mencionadas en estos escritos nos permite concluir que, implícitamente, todos sus autores mantuvieron entre sí estrechos lazos informativos, bien sea por medio de la lectura de sus respectivos textos, o bien por la existencia de epistolarios. De tal forma que, en estos años, los provacunistas españoles crearon una red comunicativa propia, a través de la cual se intercambiaron noticias sobre sus progresos en la extensión de la práctica jenneriana y, por ende, se hicieron propaganda mutua acerca de sus éxitos vacunales. Significativamente, los vacunados apenas jugaron un papel relevante en los escritos; todo lo más, fueron utilizados por los vacunistas para destacar su «heroicidad», o para magnificar el componente didáctico y ejemplificador de algunos casos notables, habitualmente de miembros de la nobleza, que fueron reiteradamente citados para vencer las resistencias de una población incrédula y temerosa. Es en este contexto de medicalización en el que se entienden mejor ciertas actitudes de algunos provacunistas, como por ejemplo, el enojo del médico Ignacio de Jáuregui (fl. 1801), colaborador habitual de Ruiz de Luzuriaga, por el hecho de que el médico Pedro Hernández (fl. 1801) silenciara, en su Origen y descubrimiento de la Vaccina (1801), su intensa actividad propagandista en Aranjuez27. En general, el periodismo de la época aportó también abundantes noticias sobre el curso evolutivo de la vacunación en España, a partir de crónicas remitidas por los interesados en su difusión. Es ampliamente conocido que la primera noticia española sobre el descubrimiento de Jenner se insertó en una revista, el Semanario de Agricultura y Artes (1799) 28. La Gazeta de Madrid, aun no tratándose de una publicación científica, mantuvo una línea informativa provacunista muy intensa a lo largo del tiempo que cubre nuestro estudio. Se trata de una carta fechada en Barcelona el 16 de diciembre del año anterior, en la que se da cuenta de las experiencias realizadas por Francisco Piguillem en Puigcerdá. A diferencia de los impresos, la gran mayoría de los autores de las noticias son sanitarios ejercientes masivamente en el medio rural (51 cirujanos, 30 médicos y 3 médicos-cirujanos), eclesiásticos (ocho), y no facultativos, es decir, comerciantes, corregidores y ----«vecinos» de las distintas villas, entre otros (catorce). Se mencionan también dos militares destinados en Extremadura como propagadores de la vacuna. Pero la Gazeta de Madrid también insertó sucintas notas acerca de la edición de obras projennerianas. Concretamente mencionó a diez entre 1801 y 1804, en buena parte textos elaborados por comisiones provacunistas francesas, además de algunos originales de los españoles Piguillem, Bances, y Canet y Pons. Por su condición de Secretario de la Academia de Medicina de Madrid, Ruiz de Luzuriaga mantuvo una intensa correspondencia sobre el curso de la vacuna con diversos personajes de toda España. El médico vasco actuó como propagador de las ventajas de la vacuna y remitió muestras vacunales a individuos de significación social muy clara, en su mayoría médicos, aristócratas y burgueses ilustrados, que compartieron con él los supuestos fisiocráticos y poblacionistas del momento. La peculiar relación de Ruiz de Luzuriaga con el andaluz Juan Manuel de Aréjula, el único cirujano de sus corresponsales, hay que entenderla desde la oposición de éste último a los intentos de acaparamiento del virus vacunal llevados a cabo por los responsables del Colegio de Barcelona 29. Apenas transcurrido un año de las primeras pruebas el número de vacunados era ya muy elevado. Solamente en Cataluña superaba los siete mil, mientras que en el resto de España las cifras variaban sensiblemente según el recopilador de los datos. Para Ruiz de Luzuriaga, hasta casi finales de 1801 se habían vacunado por él mismo o por su directa intervención 1126 personas, de ellas 861 en Madrid y Aranjuez 30. En otro testimonio inédito del médico vasco, quizás de fecha un poco posterior, los vacunados fuera de la capital ya eran 1480 31. En el Mapa 2 ofrecemos una distribución espacial de los corresponsales a los que Ruiz de Luzuriaga remitió muestras de pus vacunal en el segundo semestre de 1801. Como puede observarse, se aprecia una mayor concentración de núcleos en el ----29 La correspondencia de Ruiz de Luzuriaga se conserva en la Academia de Medicina de Madrid. Sobre su particular relación con Juan Manuel de Aréjula, vid.: Cartas de Juan Manuel de Aréjula (Cádiz) a Ruiz de Luzuriaga, de 4 y 25 de agosto de 1801 [RANMM, Papeles sobre la vacuna, 17-2a S. Gobierno 18]. 30 Vid.: Informe Imparcial sobre el preservativo de las viruelas...(RANMM, Papeles sobre la vacuna 1802, 23-4a Biblioteca, fols. 31 Carta de Ruiz de Luzuriaga a un «Amigo y Señor D. Luis» (s. d.) Un análisis de esta epístola en nuestro trabajo: OLA-GÜE DE ROS, G.; ASTRAIN GALLART, M. (1994). norte peninsular y una ausencia prácticamente total en Valencia y en el antiguo reino de León. Quizás una de las fuentes impresas más ricas para conocer el curso de la vacunación en España en este momento sea la Gazeta de Madrid. El ya citado Juan de Rivera y Céspedes incluyó los datos de la Gazeta en un capítulo de su traducción del tratado de Fodéré, que dedicó a la expansión de esta medida preventiva en España. Para Rivera, el número de vacunados ascendía en la península a más de seis mil seiscientas personas, en su mayoría residentes en el medio rural, a parte los casos de Cataluña. Una texto mucho más tardío, publicado en 1820 por Manuel Gil y Alvéniz, modificaba escasamente los núcleos que hemos señalado hasta ahora como más significativos. En efecto, para este médico titular de Cascante, seguían siendo preminentes Navarra y Castilla la Vieja, aunque ya se hacía evidente una expansión hacia Galicia, Extremadura y Andalucía. En total, Gil y Alvéniz menciona 72 lugares y 82 vacunadores, de ellos un buen número de clérigos y funcionarios estatales, aunque los médicos (doce) y los cirujanos (quince) seguían siendo mayoritarios 32. TRES PROPUESTAS DE LA INVENTIVA HISPANA ANTE LOS TEMORES POR UN PROBABLE DESABASTECIMIENTO DEL FLUIDO VACUNO Desde muy temprano, los difusores de la vacuna se mostraron francamente preocupados ante la posibilidad de que se diera una posible falta del fluido vacunal, pues el pus antivariólico era exclusivo de las vacas inglesas en las que Jenner había encontrado el remedio para el mal. Incluso los médicos más favorecidos por sus buenas relaciones con sus colegas franceses, fueron francamente conscientes de que, de forma accidental, podía romperse la cadena vacunal ante la no deseada interrupción del pus, como Ruiz de Luzuriaga. Bien es cierto que las sucesivas vacunaciones eran viveros de nuevo fluido, pero ese temor, aun remoto, fue una constante en estos primeros años de difu-----32 GIL Y ALVÉNIZ, M. (1820). Colección de Memorias Médicas. Madrid, Ibarra, Impresor de Cámara de S.M., 235 pp. Fue reseñada muy elogiosamente ese mismo año por F.J.L. (Francisco Javier Laso de la Vega) en el Periódico de la Sociedad Médico Quirúrgica de Cádiz (Cádiz), 1, 376-383 (1820). sión de la vacuna en España. No es extraño, pues, que en este clima de preocupación algunos sujetos, llevados de la codicia o del afán de notoriedad, intentaran suplir esas posibles carencias con la milagrosa existencia de un pus autóctono, procedente de especies animales propias de la cabaña nacional. Juan José Heydeck -entre 1803 y 1806-, Manuel Hortet y Pauló -a partir de 1804-y las noticias de Quintana en plena campaña expedicionaria de Balmis sobre unas vacas gallegas con vacuna, son tres buenas muestras de picaresca hispana en relación con la cuestión. Juan José Heydeck, o Moshe Levy, que también era su nombre, era un judío de origen alemán que, tras estudiar en Praga y Oxford, fue nombrado rabino de la Sinagoga de Wesel. Tras un periplo por varios países europeos llegó a Madrid, y por su buen conocimiento de varios idiomas fue contratado por la Inquisición como traductor; además se le encargó de la biblioteca en el Real Estudio de San Isidro 33. El acercamiento de Heydeck a la vacunación antivariólica conoció dos momentos álgidos. El primero de ellos, en febrero de 1803, respondió a las primeras noticias que el propio Heydeck transmitió al ministro de Estado Pedro Ceballos sobre el hallazgo azaroso de pústulas variolosas en cabras que, inoculadas, preservaban de la viruela con la misma eficacia que las de las vacas, y que tuvo como respuesta el nombramiento en marzo de ese mismo año de una comisión por parte del Protomedicato, de las que formaron parte los socios de la Academia de Medicina matritense Ruiz de Luzuriaga y Pedro Hernández, a los que se sumó en fechas mas tardías Díaz Canedo, cirujano y yerno de Pedro Hernández, quien redactaría posteriormente un interesante informe sobre estas experiencias que, convenientemente manipulado, sería utilizado por Heydeck cuando, en un segundo momento, buscó un respaldo ----internacional a su hallazgo 34. Tras diversas pruebas y controles, los comisionados concluyeron que el pus de Heydeck no era un preservativo eficaz contra la viruela, a pesar de la opinión de su descubridor 35. El 30 de julio el rey nombraba a su ministro Benito Méndez y a los médicos Ruiz de Luzuriaga y Hernández para que efectuaran vacunaciones controladas en los niños acogidos en la Casa de Amparo madrileña, al objeto de terminar con tan enojosa cuestión. No conocemos documento alguno que narre las peripecias de estas pruebas, aunque en una nota reservada dirigida a la Academia de Medicina, Ruiz de Luzuriaga descalificaba totalmente el hallazgo de Heydeck. Como en España -dice Ruiz de Luzuriaga-no hay vacas que produzcan el fluido vacuno, habrá que recurrir a Berkeley en Gloucester, «ú otros lugares donde se producen las vacas, ó á qualquiera país, donde lo hubiesen conservado con las vacunaciones practicadas con economía y discrección». El segundo episodio protagonizado por Heydeck tuvo lugar tres años después, a raíz del conocimiento por nuestros políticos de una noticia sobre el descubrimiento del alemán que había publicado en 1803 una prestigiosa revista médica británica, el Medical and Physical Journal de Londres, que editaban T. A. Bradley y A. F. M. Willich 36. El firmante de esta nota era William Andrew, un médico inglés de paso por Madrid, que se la dirigió a Richard Dunning, una de las figuras centrales del instituto de Londres que presidía el propio Jenner. El revuelo que se organizó con motivo de esta noticia era expresivo, obviamente, de la sensibilidad de nuestros dirigentes políticos a cualquier aviso que, publicado fuera de España, tuviera que ver con el curso de la vacuna en nuestro país. Con toda probabilidad fuera el propio Heydeck el que le tradujo al inglés a Andrew todos aquellos documentos demostrativos de su descubrimiento. De todos los escritos aparecidos, los dos más significativos eran la propia carta de Andrew a Dunning y una versión deformada y tendenciosa del informe de ---- 36 Medical and Physical Journal (London), n. Díaz Canedo, que en la revista aparecía como resultado de la peritación oficial de un «Real Colegio de Médicos» madrileño. Cuando Ceballos, preocupado por lo que decía el periódico británico, consultó en 1805 y, de nuevo, un año después, a Ruiz de Luzuriaga sobre la veracidad de la información, su contundente respuesta despejó cualquier duda37. El 22 de febrero de 1804, el médico catalán Marcelo Hortet y Pauló descubrió, según él, azarosamente «el virus vacuno legítimo y original en los pezones de los pechos de una vacas del labrador Pedro Surroca del lugar de Tosas, del corregimiento de Manresa, partido de Berga». Vacunó con un poco de ese pus, «en presencia de numerosos testigos», a una niña y, días después, con una muestra procedente de dicha niña, inició una tanda de vacunaciones «con tanta satisfacción y suceso que después de muchos ensayos se han experimentado la misma serie de efectos preservativos de las viruelas naturales que del virus vacuno bueno del extranjero» 38. Considerando que su hallazgo era de gran trascendencia se lo comunicó a Pedro Ceballos, al que además solicitó por tan notable observación un nombramiento efectivo de Director de la Vacunación en Cataluña, con derecho a pensión. Pero Ceballos, no muy conforme con los resultados, le exigió que buscara otras vacas posibles portadoras del virus y que repitiera los experimentos. Una muestra de su pus, envuelta apropiadamente en vidrios, fue remetida a la Academia Médico Práctica de Barcelona y, a través del Capitán General de Cataluña, al propio Ceballos, el cual envió en el mes de julio toda la documentación y los cristales al Secretario de la Academia de Medicina de Madrid. A petición de Ruiz de Luzuriaga, Ceballos dio orden ese mismo mes a la Casa de ----los Desamparados para que Ruiz de Luzuriaga, José Martínez de San Martín y Juan de Azaola, Cirujano de los Reales Hospitales General y Pasión, que habían sido nombrados comisionados en este asunto, pudieran realizar las pruebas pertinentes. Algunos ensayos realizados con dicho fluido concluyeron con un estrepitoso fracaso, por lo que la Academia de Madrid terminaba su informe apuntando la escasa utilidad del hallazgo del médico catalán. Las conclusiones de los expertos madrileños llegaron a manos de Hortet, que las criticó injustamente, en opinión de Ruiz de Luzuriaga, ante la Junta Superior Gubernativa de Medicina. Desoyendo los consejos de los académicos de la Corte, Hortet siguió con sus ensayos en Cataluña, con escasa fortuna y creciente peligro, ya que uno de los niños vacunados falleció por esta causa. Deseoso de difundir con amplitud el resultado de sus pruebas, Hortet envió una breve noticia al Diario de Valencia, que la publicó los días 6 y 7 de noviembre. El mismo texto lo editó ese mismo año, de forma anónima, en Vich como un folleto, aunque firmado con sus iniciales. En él daba por sentado que «las vacas españolas están sujetas al cow-pox una vez en la vida, siendo nodrizas o lecheras y por consiguiente no se necesita ahora ya hacer venir el virus vacuno a España de otra nación extranjera» 39. Más tarde, y en el Diario de Barcelona de 21 y 22 de enero de 1805, daba a luz nuevas noticias que, igualmente, aparecieron de forma independiente como un opúsculo, más extenso que el primero, pero no muy diferente desde el punto de vista doctrinal 40. En noviembre de 1805, Ceballos enviaba a Ruiz Luzuriaga los resultados de las pruebas hechas por la Academia Médico Práctica de Barcelona. Según Ceballos ninguno de los socios enviados a Ribas ----39 Relación del descubrimiento del cow-pox en las vacas de los apriscos del valle de Ribas y baronía de Tosas, en el Principado de Cataluña. 40 Carta escrita por Don... Médico del Valle de Ribas y de los Exércitos de S.R.M. a ciertos sujetos de la ciudad de Valencia, comunicándoles algunos elementos de la vacuna reducidos a setenta y tres preguntas. No hemos localizado ejemplar de una tercera obra de Hortet, aparecida en 1804, que referencian prácticamente todos los repertorios bio-bibliográficos consultados por nosotros: Reflexiones sobre la vacunación, y descubrimiento de la vacuna en los valles de Ribas y Tosas, en Cataluña. Licenciado en Medicina, Médico de número de los reales Exércitos de S.M.C. y Capitán de Migueletes del tercio de Vich en el Principado de Cataluña. Vich, en la oficina de Juan Dorca. «halló en todo aquel país a nadie que hubiese visto que las vacas padeciesen aquella enfermedad; ni los pastores más viejos la habían observado. Los Médicos de aquellas poblaciones tampoco la han visto, y se cree que Hortet invacunó alguna vaca, pues se le oyó decir, algunas veces, dentro de tantos días tendré vacas con vacuna». En los dos años siguientes, las autoridades políticas solicitaron a las más diversas instancias un seguimiento cuidadoso de las experiencias de Hortet, con resultado negativo en todos los casos. Por su parte, los concejales de Planolas definían a Hortet como un individuo «falaz e intrépido, capaz de haber hecho trampas en sus investigaciones» 41. Ante tanta evidencia sobre la falsedad del portentoso descubrimiento de Marcelo Hortet, el Rey se vio obligado a intervenir personalmente en tan enojosa cuestión. En efecto, una carta de Palacio al Capitán General de Cataluña en noviembre de 1806 ordenaba a Hortet que «no importune en adelante al Gobierno, imponiéndole perpetuo silencio sobre el asunto». Del tercer episodio carecemos de más información que la que nos proporciona el Archivo Histórico Nacional. El 27 de julio de 1803 Rafael Costa de Quintana, segun él mismo experimentado vacunador, había observado que las vacas de los valles de Oro y Cadramón, en el Obispado de Orense dan «un fluido semejante al que dan las de los condados de Holstein y Glocester». También ha podido constatar que los que ordeñan las vacas de esos valles no padecen la enfermedad. Ante tan importante noticia, solicita que se comisione un Profesor instruido para verificar si el fluido de las vacas de esos valles de Orense es igual que el del extranjero. Y como si se tratara de un cuento de la lechera, propone llevar a América algunas de las vacas de dichos valles, con lo que se garantizaría una constante provisión de fluido en las colonias. Pero razones de demarcación eclesiástica -esos valles orensanos pertenecían a la diócesis de Mondoñedo, que no a la de Orense-impidió verificar la noticia de Costa de Quintana. Pero poca credibilidad debía de tener, pues no se hicieron mayores esfuerzos en tal sentido. Como el mismo Costa señala en alguno de los escritos, buscaba una compensación por sus esfuerzos, es decir, ser el comisionado que haría el estudio in situ. Pero la cosa no fue a más, como acabamos de indicar. No debemos olvidar, tampoco, que la expedición de Balmis estaba en plena efervescencia por las fechas del informe de Costa y ----41 Un extracto de su informe, Reflexiones sobre el cow-pox que el doctor Hortet dijo haber descubierto en las vacas del valle de Rivas, en CHINCHILLA, A. (1846). Anales históricos de la Medicina en general, y biográfico-bibliográfico de la española en particular. IV, Valencia, Imprenta de José Mateu Cervera, p. Quintana, por lo que no es descabellado pensar que Costa estaba buscándose un lugar de privilegio entre los expedicionarios 42. Como acabamos de mostrar, la introducción de la vacunación jenneriana en España fue temprana -pocos meses después de su presencia en Franciaeficaz y con un relativo grado de conflicto entre las partes interesadas en su expansión. Además de la vacunación, se contó con unos medios propagandísticos notables, tanto a nivel de libros, folletos como por noticias en la prensa diaria. Médicos, cirujanos -mayoritariamente-y profesionales de la más diversa condición participaron con entusiasmo en su difusión. Hasta el punto que se dio cabida a la presencia de algunos personajes necesitados de fama y con un sentido comercial de dudosa moralidad. Sin embargo, este panorama feliz debe matizarse con los necesarios estudios locales que no den cuenta de la realidad en las diferentes ciudades y zonas españolas por las que se difundió la vacuna. Ya hemos indicado los conflictos del hospital sevillano del Amor de Dios, estudiados por Santamaría. Por su parte, Lola Valverde analizó en 1986 las tensiones en el seno del Hospital General de Pamplona en relación con la vacuna, y las rivalidades por este asunto entre los médicos de este centro y los militares 43. Probablemente, fueron esas y otras fricciones las que impidieron hasta fechas tardías la intervención del Estado en este asunto. Pero hasta que no se produzcan nuevos acercamientos puntuales, las dificultades y recelos quedarán enmascarados por los éxitos iniciales aquí expuestos. «La polémica sobre la inoculación de la vacuna antivariólica en el Hospital General de Pamplona en 1802». En: Actas del I Congreso de Historia de Navarra en los siglos XVIII, XIX y XX. Pamplona, Instituto Jerónimo de Ustaiz,
Este artículo examina el estado en que se encontraba la inoculación a fines del siglo XVIII en la Capitanía General de Chile, a través de una epidemia de viruela que afectó a Concepción y sus alrededores entre 1789 y 1791. Buscamos también determinar la importancia que tuvo la variolización en la configuración y aceptación de la noción de inmunización en la sociedad del periodo, pues más allá del número de personas que se sometieron a la práctica, su implementación se tradujo en la discusión temprana de nociones como prevención y universalidad. Dichas nociones fueron fundamentales en el desarrollo de las posteriores medidas que se utilizaron para enfrentar la viruela en la sociedad chilena. El estudio de la inoculación o variolización en los territorios hispanoamericanos representa un ámbito de investigación en gran medida inexplorado, pues a pesar de que los primeros registros de esta práctica datan de 1760, poco sabemos respecto a su impacto en la lucha contra la viruela y sobre su real alcance en la población del periodo. La escasez de fuentes, posiblemente sea la mayor dificultad para trabajar estos temas, pues no contamos con datos estadísticos ni informes continuos respecto a los progresos de la inoculación. Este trabajo busca ser un aporte en este sentido, analizando el caso la Capitanía General de Chile y específicamente la epidemia que afectó a Concepción y sus alrededores entre 1789 y 1791. Esto nos permitirá examinar una situación concreta en la cual la variolización se puso en práctica y fue recomendada por las autoridades. Del mismo modo, nos interesa determinar si la implementación de la inoculación en la Capitanía General de Chile dio origen a aplicaciones permanentes o esporádicas y cómo éstas pudieron influir en el desarrollo y aceptación de la noción de inmunización en la sociedad del periodo, pues más allá del número de personas que se sometieron a la práctica, su implementación se tradujo en la discusión temprana de nociones como prevención y universalidad. REFERENTES EN LA INOCULACIÓN DE LA VIRUELA: MIEDOS, CONTROVERSIAS Y MASIFICACIÓN El siglo XVIII no solo marcó cambios a raíz del interés de las autoridades en la salud de la población, sino también por la masificación de nuevas técnicas que permitieron combatir la viruela 2. Una de ellas fue la variolización, que bajo el principio de la inmunización consiguió precaver de viruela a quienes se sometieron a dicho tratamiento. En palabras del médico peruano Cosme Bueno, el fin de la inoculación era provocar en el paciente «unas viruelas benignas, de cuyas consecuencias no se sigan los peligros y accidentes, que suelen experimentarse en las viruelas naturales, eligiendo para ello las circunstancias del tiempo, y otras, que son más al propósito para su buen éxito» 3 (Cosme Bueno, 1777, p.7). Esta técnica era practicada en China e India desde el año 2550 A.C. y hacia 1721 se introdujo en Europa cuando la esposa del embajador inglés en Constantinopla, Lady Mary Worthley Montague, la llevó a Inglaterra después de haber hecho inocular a su hijo por una mujer turca (Piedrola, 1977, p.354). Los médicos Emmanuel Timoni y Hans Sloane vieron sus beneficios y la difundieron en dicho lugar. Casi de modo paralelo, hay registros de ella en América del Norte, específicamente en la ciudad de Boston, cuando el reverendo Cotton Marther puso en práctica la inoculación para combatir una epidemia que había sido introducida por un barco de esclavos africanos. De acuerdo al estudio realizado por Sheldon Watts, Cotton aprendió la técnica alrededor de quince años antes, cuando adquirió un esclavo africano que «temeroso de que éste estuviera enfermo, le preguntó si alguna vez había tenido viruelas. El esclavo le respondió que sí y que no, que como todos los de su edad, lo habían inoculado cuando niño y había tenido entonces un brote benigno que le dio inmunidad vitalicia» 4 (Watts, 1977, p. Opinión distinta tienen Pilar León y Dolores Barretino, quienes señalan que Cotton Marther y el médico Zabdiel Boyslton «tenían noticias de la práctica por la lectura de publicaciones inglesas que trataban sobre las experiencias de Timoni y de otros médicos» (León, 2007, p.212). Otras fuentes del periodo, como por ejemplo los escritos de Charles Marie de la Condamine, también dieron cuenta de que los médicos de Boston habían conocido la variolización antes o de modo paralelo que Inglaterra, de tal manera que es posible aceptar la tesis también planteada por Peter Skold respecto a que «la inoculación había sido practicada en muchas partes fuera de Europa» (Skold, 1996, p. Estos antecedentes cuestionan la noción tradicional respecto a que la inoculación fue difundida desde Inglaterra al resto del mundo occidental, poniendo en duda la idea de una transferencia unidireccional del conocimiento médico. Tanto los contactos comerciales como las conexiones sociales y culturales que había en aquel periodo, permiten pensar que la masificación de la variolización no se explica por la idea de un descubrimiento. Más bien, se trató probablemente de focos simultáneos, que no siguieron un recorrido único, y que se explican por las interconexiones que existieron durante el siglo XVIII, que se tradujeron en un mayor dinamismo en la adquisición y práctica de ésta. Hasta la masificación de la vacuna a partir de 1796, tanto la inoculación como todos los otros tratamientos contra la viruela, funcionaron de modo paralelo 5. Sin embargo, la variolización abrió un debate práctico y teórico sobre los límites del saber y la práctica médica. De acuerdo al médico español Francisco Gil, inocular se trataba de «comunicar la materia variolosa de unos en otros» (Gil, 1784, p.30), de modo que preguntas como si acaso era legítimo prevenir la viruela introduciendo la misma enfermedad en el ser humano predominaron en el debate. Esta idea, que hoy conocemos bajo la noción de «inmunización», no fue aceptada con facilidad por la sociedad del periodo. De acuerdo a Emma Spary, el principal problema es que al fundamentarse la variolización en dicho principio, se contrapuso al modelo humoral que explicaba la salud y la enfermedad en función del restablecimiento del equilibrio de los humores (Spary, 2011, p.93). La inoculación, entonces, representó una nueva forma de pensar la enfermedad y también de cómo enfrentarse a ella, pues ya no se trataba de curar a quien padecía viruela, sino de evitar que la población se infectara. Si bien la medida generó interés dado que era el único medio que aseguraba proteger al ser humano de la viruela, su uso no fue aceptado por todos dados los riesgos que implicaba variolizar. En España, por ejemplo, las controversias respecto a esta técnica se expresaron en la publicación de una serie de tratados médicos a favor y en contra de la inoculación. Quienes se oponían a ella argumentaron que la técnica no garantizaba el no padecer viruela y que, por el contrario, la persona padecería una viruela de carácter suave, que si bien le permitiría conseguir la inmunización, podía dejar secuelas que la acompañarían de por vida. Asimismo, la inoculación no evitaba el contagio, dado que la persona inoculada podía propagar en otros la enfermedad, al igual que ocurría con la viruela natural. También hubo cuestionamientos de índole religioso, como por ejemplo, si era lícito o no introducir viruela de manera artificial 6. Fue el científico francés Charles Marie de la Condamine quien mejor argumentó en su favor, señalando que de acuerdo a la teología cristiana, la vida se consideraba como un depósito de conservación del cual estábamos obligados a cuidar, por tanto, «si ese depósito corre riesgo de sernos quitado, es nuestro deber, por todos los medios que la prudencia puede sugerir, ponerlo al abrigo de la invasión» (De La Condamine, 1783, p. Bajo este razonamiento, la inoculación no contravenía la ley de Dios, lo que permitió a médicos como Cosme Bueno defender su utilización en el marco de la monarquía hispana. DIFUSIÓN, TEMOR Y RESISTENCIA. LA INOCULACIÓN EN LA CAPITANÍA GENERAL DE CHILE En Hispanoamérica la inoculación fue también practicada y aceptada por los médicos en la segunda mitad del siglo XVIII. Cosme Bueno señaló que la primera variolización se realizó en Popayán hacia 1738, mientras que Paula De Demerson ha mostrado que ésta se puso en uso desde al menos 1746. Al respecto, señala además que «en una carta dirigida al Semanario de Agricultura y Artes José Celestino Mutis, residente en Santa Fe de Bogotá, confirma que tan importantísima práctica se ha hecho general en el nuevo Reino de Granada» (De Demerson, 1993, p.30). En Caracas la inoculación contra la viruela fue introducida por el doctor Juan Perdomo en 1765 (Amodio, 1997, p. 115), mientras que en el Río de la Plata la primera referencia a la inoculación es de 1796 cuando Miguel Gorman comenzó a practicarla. Para el caso de la Capitanía General de Chile su uso se inició en 1765 por Fray Pedro Manuel Chaparro de la Orden San Juan de Dios, mientras que en el Virreinato del Perú, fue Fray Domingo de Soria, también de la Orden San Juan de Dios, el primero en practicar la variolización en Lima en 1766 7. Tanto la bibliografía como los documentos del periodo estudiado muestran que las primeras inoculaciones que se realizaron en Chile datan de 1765 y que fue Pedro Manuel Chaparro quien las llevó a cabo. El cronista Carvallo Goyeneche señaló que fue este sacerdote quien «comenzó la inoculación con tanto acierto que fue el iris que serenó aquella horrible tempestad. Excedieron el número de cinco mil las personas inoculadas y ninguna pereció» (Carvallo y Goyeneche, 1875, p. Además de estas informaciones, en una exposición que Chaparro realizó para que se le nombrara protomédico, argumentó su idoneidad para el cargo aludiendo que había sido él quien introdujo la inoculación 8. No sabemos con certeza cómo Chaparro aprendió la técnica. Su figura se ha asociado a la de un autodidacta que pudo haber adquirido la técnica en base a sus lecturas, lo cual lo vincula con la circulación por Hispanoamérica de diversos escritos que pudieron estar a su alcance (Gutiérrez, 2008, p.29). Esto mismo lo recordó Chaparro años después en una comunicación a la Universidad de San Felipe fechada en 1776, donde enfatizó que «inquiriendo mi desvelo y estudio algún modo fácil y de más acertado éxito para la curación de viruelas puse por obra el experimento de la inoculación (...) cuyos éxitos y resultados puede decir el público» (Gutiérrez, 2008, p.30). Sobre las cifras de inoculados que comúnmente se mencionan en la bibliografía, es difícil saber qué tan confiables son, pues solo disponemos de unos pocos documentos que se refieren directamente al número de personas que se sometieron a la variolización. Una fuente importante al respecto es un oficio de la Real Audiencia, donde se expresó la confianza en la técnica. Se afirmó, también, que durante siete años Chaparro inoculó a cerca de diez mil personas, de las cuales solo habían muerto cuatro y, casi con certeza, por motivos ajenos a la inoculación 9. Todo ello muestra que a pesar de que la variolización no contó con un registro detallado ni fue parte de una iniciativa coordinada por la autoridad central, se practicó en la Capitanía General de Chile y dependió de la voluntad de quienes quisiesen someterse al tratamiento preventivo. Gracias a algunos testimonios disponibles, podemos comprender el alcance que ésta tuvo en la Capitanía General de Chile. En 1796, Manuel de Salas se refirió a las ventajas de Chile en un escrito dirigido al Ministro Diego Gardoqui, caracterizando al territorio como un lugar «en que jamás truena ni graniza, con unas estaciones regladas que rarísima vez se alteran, sembrado de minas de todos los metales conocidos, con salinas abundantes, regados de muchos arroyos, manantiales y ríos, que a cortas distancias desciendes de la cordillera...» Salas presentó a Chile como un país ideal, donde incluso planteó que «se han olvidado los estragos de la viruela por medio de la inoculación» (De Salas, 1910, p. 45), pues había disminuido la mortalidad causada por esta enfermedad. Sobre esto último, no podemos estar tan seguros de que así haya sido, dado que precisamente dos años después de estas palabras una epidemia en Concepción cobró más de mil vidas. Por otra parte, no tenemos evidencias que demuestren que en Chile la inoculación abarcó a un gran número de personas ni que se hubiese puesto en práctica algún programa de inoculación masiva. Al respecto, Diego Barros Arana ha planteado que si bien fue una medida preventiva útil, fue aceptada con muchas resistencias y que se difundió mayormente entre las clases acomodadas de las ciudades con mayor cantidad de habitantes. La situación era distinta tanto en los campos como en los pueblos más pequeños, pues en aquellos lugares era difícil aplicar la inoculación ya fuese por falta de medios o de personas que supieran hacerlo. Además, «las gentes se resistían tenazmente a someterse a ella, persuadidas de su ineficacia, o de que era a veces origen de gravísimas enfermedades» (Barros Arana, 2002, p. Esta resistencia estuvo estrechamente vinculada a la incertidumbre que generaban los nuevos tratamientos, así como al desconocimiento de los efectos de inocular y al temor al contagio, lo cual quedó de manifiesto en otras ocasiones. Por ejemplo, en una sesión del cabildo de octubre de 1789, se solicitó a Am-brosio O'Higgins que publicara un bando por el que se prohibiera inocular durante las fiestas reales que se realizarían en honor a Carlos IV, destacando que no era conveniente que se llevara a cabo esta práctica, pues muchas personas vendrían a la capital «entre las cuales serán raras las personas que hayan tenido las viruelas, recelándose justamente que de continuarse la inoculación se propague dicha enfermedad con peligro de las personas que no la han experimentado» 10. Esta petición del cabildo muestra que se temía que por medio de la inoculación la viruela se propagara, de modo que O'Higgins emitió el decreto solicitado, prohibiendo la inoculación de viruelas durante las fiestas reales, «siendo de la obligación del protomédico el cumplimiento de esta orden» 11. El temor al contagio fue un factor determinante en la resistencia que generó variolizar, pues, como veremos en el caso de la epidemia de 1789, no fueron argumentos religiosos o de valor, como generalmente se piensa, los que se esgrimieron para rechazarla, sino que aquéllos vinculados a los riesgos propios de esta práctica. UNA PRERROGATIVA DE LOS MÉDICOS. LA INOCULA-CIÓN DURANTE LA EPIDEMIA DE 1789 EN CONCEPCIÓN Durante la epidemia que azotó a Concepción en 1789, la inoculación fue un medio recomendado para enfrentarla, tanto por el gobernador Ambrosio O'Higgins como por el Protomedicato, pues ambos asumieron que era el medio más efectivo de prevenir el contagio. O'Higgins autorizó la inoculación, dado que al recibir las noticias de Francisco de la Mata Linares tomó la decisión de enviar al inoculador Juan José Morales a la zona afectada. Morales no era médico sino un práctico de medicina, que en palabras de O'Higgins, «en esta capital ejercita con acierto la inoculación y curación de las viruelas» 12. Morales tenía experiencia en la lucha contra la viruela, pues durante la epidemia de 1787 que afectó a Santiago, fue encargado de atender a los enfermos del hospital provisional instalado en la casa de huérfanos. Si bien en los documentos no se especificó quienes debían ser inoculados, es posible deducir que todos quienes la quisieran podían obtenerla, ya que no se estipularon costos ni condiciones especiales para el inoculado, salvo las vinculadas al procedimiento» 13. La puesta en práctica de la inoculación en la epidemia de 1789 requiere estudiarse con atención, dado que no se trató de un programa obligatorio de inoculación, si no de poner a disposición la medida para quienes quisieran utilizarla. No obstante, Ambrosio O'Higgins reconoció que había médicos que se opo-nían a ella, de modo que señaló que su ejecución «se premedite con la seriedad que exigen el caso, y sus incidencias, a presencia del ánimo de los mismos pacientes, y de todas las demás circunstancias que observara» 14. Igualmente, cuando el Protomedicato recomendó la variolización para enfrentar dicha epidemia, lo hizo bajo las mismas directrices planteadas por Francisco Gil. De este modo, la primera indicación que dieron los protomédicos fue la de instalar dos hospitales provisionales en función de la dirección del viento. Por ello, el hospital de preparación debía situarse a barlovento de la ciudad de modo que «los individuos que se dispongan a la operación, no se contagien en esta estación por las exhalaciones de la ciudad», mientras que el otro, donde las personas se inoculaban, debía situarse a sotavento, «para que los inoculados, no añadan miasmas al pueblo» 15. Los hospitales de inoculación tuvieron por objeto reducir la posibilidad que el inoculado contagiara a otros la enfermedad, así como no continuar infectando el aire de la ciudad. Es por ello que el Protomedicato recomendó instalar estos hospitales en la Isla de la Quiriquina, lugar que tanto en 1759 como en 1760 fue usado para que la fragata Soplo de Lero y el navío Begonia, respectivamente, realizaran la cuarentena por arribar a puerto con enfermos de viruela. Una vez establecidos estos hospitales, los protomédicos precisaron la importancia de que tanto los inoculados como los infectados por viruela natural estuvieran bajo el «cuidado de un médico de profesión, porque una y otra mal manejadas sacrificarán muchas vidas» 16. La importancia de que los médicos estuvieran a cargo tanto de los inoculados como de los enfermos de viruela natural ya había sido expresada en un acuerdo del Cabildo de Santiago del 9 de octubre de 1789, en el que se advirtió que el procedimiento de inocular debía hacerse «por personas peritas que siguieran las «observancias prevenidas para ellas y generalmente practicadas en la Europa, disminuyéndose con ellas los estragos padecidos antes de haberse puesto en práctica la referida inoculación» 17. La precisión respecto de que solo las personas peritas podían llevar a cabo la inoculación formó parte del esfuerzo por regular el ejercicio de la medicina propio del siglo XVIII. En el caso de dicha práctica, se estableció, por ejemplo, que solo la podían realizar médicos o prácticos de medicina que supieran aplicar la técnica, como Juan José Morales y Pedro Manuel Chaparro. El primero de ellos, si bien no era médico, había recibido licencia del cabildo para curar enfermos, mientras que el segundo obtuvo el grado de doctor en la Universidad de San Felipe en 1772. Esta disposición fue importante, pues fue la primera vez, al menos durante esta epidemia, que se estableció que el cuidado de los enfermos debía quedar a cargo de un médico. Esto no es extraño si pensamos que precisamente entre las funciones del Protomedicato estuvo el interés por disciplinar el ejercicio de la medicina y la inoculación era, además, parte de los tratamientos médicos usados contra la viruela. Se practicaba en Chile hace veinticuatro años y al parecer había adquirido cierta popularidad, pues, a pesar de los riesgos, hubo personas que inocularon y otras que se sometieron a dicho tratamiento. Por otro lado, las tensiones frente a la inoculación salieron también a la luz a raíz de esta epidemia, ya que aunque O'Higgins y el Protomedicato recomendaron la medida, el Fiscal de la Real Audiencia, Joaquín Pérez de Uriondo se opuso enérgicamente al uso de ella en Concepción 18. Los argumentos que empleó plantearon que inocular podía agravar la situación de la ciudad por la posibilidad de contagio que implicaba. De este modo y haciendo referencia a la epidemia que había afectado a Santiago en 1787, explicó que en dicha oportunidad la viruela había llegado a Santiago desde la ciudad de Mendoza por dos peones de arriero que exhibían unas pústulas de viruela de buena calidad. Frente a ello, muchos vecinos usaron el remedio precautorio de la inoculación, y por este medio lo que al principio era una pequeña chispa que en su origen pudo muy bien sofocarse del todo, se hizo rápidamente un incendio tan grande que en pocos meses se comunicó a innumerables vivientes 19. Esta situación de alerta que expuso el fiscal, enfatizó los riesgos de la inoculación en tanto puso en evidencia la dificultad de los inoculadores para identificar las pústulas de viruela benigna y extraer de allí el pus para inocular. De acuerdo a su testimonio, el gran riesgo se encontraba en dicha operación, pues si se escogía el pus incorrecto se corría el riesgo de infectar a un gran número de personas de viruela maligna. Si bien el fiscal reconoció que la técnica cumplía con el objetivo de inmunizar contra la viruela, pues «libra ciertamente del riesgo de padecer de nuevo viruelas, y que es contingencia sumamente rara el que alguno muera de las artificiales o ingestadas» 20, manifestó que la situación en la que se encontraba Concepción no era la más adecuada para implementarla, pues la ciudad se encontraba en medio de un brote epidémico «en la cual han muerto muchos de los mismos que procuraban precaverlas con la inoculación, y han contagiado a infinitos, que tal vez no las hubieran padecido sino se hubiese dado lugar a la propagación difundida violen-tamente con la inoculación 21. Así, más que rechazar la inoculación en tanto remedio preventivo, el fiscal destacó que la situación particular de Concepción no era la apropiada para aplicarlo. Con la experiencia conocida, el fiscal recomendó no poner en práctica la variolización ante la epidemia de Concepción, pues señaló que «... de lo que ha enseñado al fiscal la experiencia en esta ciudad, nunca será de opinión que en aquella se usase el remedio precautorio de la inoculación porque juzga que ese no es el modo de extinguir la epidemia» 22. El temor de que la inoculación aumentara el contagio fue un factor relevante en la puesta en marcha de la inoculación. Finalmente, sin embargo, bajo recomendación del Protomedicato y a pesar de dichas objeciones, la variolización se practicó en Concepción a partir de octubre de 1789, cuando aún la epidemia se encontraba en su fase inicial. Las razones que permitieron que esta técnica se impusiera y venciera los temores que el propio fiscal de la Real Audiencia manifestaba, podemos encontrarlas en las palabras del Intendente y en las discusiones de las sesiones del cabildo realizadas en la ciudad, dado que hacia octubre de 1789 aun había una gran cantidad de casos de viruela benigna en Concepción. Es difícil saber a ciencia cierta si la inoculación influyó o no en el agravamiento de la epidemia y si existió una correlación entre el aumento de los contagiados y la inoculación. Sin embargo, los documentos muestran que la variolización se practicó siguiendo las instrucciones de Francisco Gil, lo que se tradujo en el establecimiento de hospitales fuera de la ciudad. Según un informe del cabildo de octubre de 1789, la inoculación hacía «felices progresos, sin que se deba entender esta exposición en ningún modo, influyente o directiva a los ánimos, sino especialmente voluntaria» 23. A la luz de los antecedentes, es poco probable que la inoculación haya tenido una repercusión directa en el aumento de los contagiados, dado que no fue una práctica masiva y es probable que el contagio natural haya bastado para agravar la epidemia. Por otra parte, aunque la actitud de la población frente a la inoculación es difícil de rastrear, sabemos que algunos accedieron a ella cuando la posibilidad de contagio era inminente, mientras que otros se resistieron. Francisco de la Mata Linares dio cuenta de esta situación señalando que, aunque la inoculación era voluntaria «y su importancia muy grande para cada particular, de aquí nace, que casi todos los que se han inoculado, han dilatado la operación hasta verse rodeados de los peligrosos estragos de la viruela natural» 24. Otro factor importante fue el efecto generado cuan-do circulaba la noticia de que algún habitante de la ciudad con cierta notoriedad social era inoculado, lo que llevaba a otros a imitar su comportamiento: Doña Isabel de Santa María, y su familia, fueron los primeros que se inocularon, y viendo con la facilidad que se curaron todos empezaron varios a ejecutar lo mismo: creo que a esta señora le es la Concepción y su Obispado, deudores de este beneficio, pues seguramente se han libertado muchos de ser víctimas de la peste, como lo confiesan no con poco dolor algunas familias quienes no padecerían las indigencias a que han quedado expuestas por no haber admitido aquel arbitrio 25. Los progresos de la inoculación en Concepción también fueron parte del informe que Juan José Morales envió a O'Higgins, el que si bien no incorporó el número de variolizados, sí expresó los términos en que se puso en marcha. Este informe fue escrito un mes después de que esta práctica llegara a la ciudad y señaló que si bien «no faltó parecer en contra, con todo la mayor parte convino en que se inoculase quien quisiese» 26. Además, dio cuenta de que su labor no solo consistió en inocular sino también en que «instruyese yo aquí a los facultativos en el método de inocular para que habido este conocimiento pasase con la mitad de los medicamentos a socorrer la ciudad de Chillán 27. De acuerdo a los documentos revisados, la ciudad de Chillán enfrentó una viruela más mortal que la de Concepción, pues en cuarenta días entre julio y agosto habían muerto ciento seis personas 28. Esto explica que el envío de Morales a la zona tuviera por objeto conformar una red de inoculadores que cubrieran los distintos lugares afectados. De este modo, Morales partió a Chillán con una asignación de treinta pesos mensuales, gratificación que fue entregada por la ciudad de Concepción, por lo que el Intendente señaló que, «aunque corta en realidad para él, podrá ser bastante fuerte para la ciudad, si su existencia en ella fuese larga, como es presumible, ya sea considerando el paso natural de la epidemia o ya el de la inoculación» 29. Este plan no fue del todo exitoso, pues Francisco de la Mata Linares indicó que a pesar de encontrarse en Chillán, Morales no había podido introducirla «porque no ha encontrado viruela bastante benigna para ello». Así, el Intendente recomendó a Morales volver a la ciudad de Concepción para que «después de instruir a las personas que allí asistan a los enfermos, se venga a enseñar y practicar aquí la inoculación mientras todavía se mantenga buena la viruela...» 30. Morales siguió esta recomendación y continuó inoculando en la ciudad así como llevando a cabo los otros tratamientos que el Protomedicato había recomendado. En mayo de 1790, Juan Ubera, capellán del cuerpo de dragones y que a la vez era médico y cirujano, puso nuevamente en debate el tema de la inoculación. Específicamente, se preguntaba si se debía proceder o no a inocular las nuevas zonas amenazadas por la viruela. En el caso del partido de Rere, se mostró proclive a inocular lo antes posible, considerando que más que los resultados negativos fue el temor de la población hacia esta técnica nueva lo que frenó su avance 31. Ubera se mostró a favor de la inoculación argumentando los buenos resultados que había tenido en Concepción y destacando que a pesar de que «dirán que es temeridad introducir una enfermedad donde no la hay», precisaba que había visto «con bastante dolor, los funestos destrozos que acaba de hacer en la Concepción la viruela natural, por no haber querido sus habitantes tomar el consejo de la inoculación» 32. Su confianza en la variolización se complementó con las recomendaciones de Francisco Gil, pues al igual que la indicación que el Protomedicato envió a Concepción, mostró su preocupación respecto a que la técnica se aplicara con cautela y en los lugares habilitados para ello. En este sentido, señaló que «no es señor mi pensamiento que proceda a la inoculación en la Isla de la Laja, y plazas de la frontera indistintamente, sino que se pongan hospitales en parajes oportunos como llevo dicho para el efecto Yumbel donde hay cuarteles a propósito de ir bien preparados para la inoculación» 33. La aplicación de la inoculación implicó un nuevo debate y un nuevo pronunciamiento del Protomedicato, que si bien había aceptado su uso en Concepción, en esta oportunidad no era de igual parecer. En esta oportunidad se planteó que la amenaza de epidemia para la zona mencionada apareció en junio, y se debía esperar hasta la primavera para inocular, ya que el invierno no era la estación adecuada para hacerlo 34. Los protomédicos, a pesar de que confiaban en que la inoculación era el mejor remedio para precaverse de la viruela, recalcaron que «debe hacerse (como todas las cosas), en un tiempo, modo y proporción debida, porque de lo contrario se sacrificarán a los mismos que se procura libertar. El tiempo presente, señor que es el del invierno, es el más contrario a esta operación...» 35. Los reparos del Protomedicato no eran sobre la utilidad de la inoculación, si no sobre el momento apropiado en que se debía aplicar; sin embargo, dado el avance de la enfermedad y ante «el deseo de los jefes del reino por el bien del Estado» tanto Ubera como los protomédicos, «han resuelto proponer el método de la inoculación» 36. En esta oportunidad se convocó a una asamblea pública de los jueces, oficiales militares y vecinos de la Plaza de Los Ángeles y de la Isla de Laja que eran las zonas amenazadas por la epidemia, con el objetivo de que acordaran y dieran su parecer «con la libertad y fundamentos sobre el uso de la inoculación» 37. Esta consulta se explica porque poner en práctica la inoculación tenía sus riesgos y aunque algunos decidieran no utilizarla, el contagio podía aumentar. Además, el éxito y seguridad de la práctica dependía del seguimiento estricto del procedimiento. Precisamente, esta fue la razón por la cual la asamblea que se reunió el 4 de julio decidió no poner en práctica la inoculación, pues se puso en duda que quienes acudiesen a inocularse cumpliesen la cuarentena en los hospitales establecidos. La asamblea señaló que si el hospital se pusiera en Yumbel, «haría muy pocos o ningunos, y aun cuando fuesen muchos, no podrían lograrse el fin en dilatado tiempo, y sucedería sin duda que los inoculados incapaces de subsistir el de la cuarentena de la otra banda de la laja se volverían a sus casas, aventurándose al río» 38. La otra alternativa consistía en instalar hospitales en la Isla de la Laja, la que tampoco fue bien acogida, ya que sería sin duda más prontamente infestada por las dificultades de mantener en la preciosa cuarentena a los inoculados, quienes al momento de verse libres del accidente se mudarían a sus casas por más guardias y precauciones que se tomasen, tanto por su barbarie como por las escaseces que allí tendrían en los cuarenta o cincuenta días de su permanencia, y de este modo, vendría a contagiarse el país y mucho más si se permitía que se inoculasen a discreción en sus estancias, pues en este caso para salvar la Isla de la frontera y extendida población de campaña sería menester muchísimos facultativos llenos de celo y robuste, para correr su dilatada extensión 39. Durante 1791 la viruela se mantuvo en la zona de la frontera afectando a la población del lugar. En el estudio realizado por Fernando Casanueva sobre esta fase de la epidemia, no hay referencias a que la inoculación hubiese sido aplicada. Si bien se refiere al testimonio de Ambrosio O'Higgins que mandó tener «preparado cuanto sea posible para ocurrir a tiempo con el remedio de la inoculación precavida en el evento de suceder aquella desgracia que me será muy sensible» 40, no hay evidencias que muestren que efectivamente se haya inoculado en aquella zona. Por una parte, como señala Casanueva, porque los indígenas siempre estaban «recelosos de todo de lo que proviniera de sus enemigos»; por otra, por el lento avance de la enfermedad que no llegó a encender las alertas ni el temor frente al contagio. En este sentido, como informaron los capitanes de amigos en diciembre de 1791, el avance de la viruela era muy lento en esa zona, causando pocos estragos por lo dispersa que se encontraba la población. Al respecto, señalaban que «los indios no le tienen miedo (...) cada día están más distantes de servirse de nuestras medicinas, ni de los religiosos misioneros a quienes miran más como médicos que como pastores espirituales 41. INMUNIZAR, ERRADICAR Y UNIVERSALIZAR. LA MI-RADA DE LUIS MUÑOZ DE GUZMÁN SOBRE LA INO-CULACIÓN A INICIOS DEL SIGLO XIX Esta forma de entender la inoculación dio un giro importante a inicios del siglo XIX, momento en que el gobernador Luis Muñoz de Guzmán destacó la importancia de difundir la inoculación. En 1803, siete años después de la difusión de la vacuna en Europa y dos años antes de que ésta llegara a Chile, Muñoz de Guzmán envió un reglamento al intendente de Concepción, donde entregó detalles sobre el modo de curar la viruela. Allí dio especial importancia a la inoculación y, por primera vez, lo hizo con un claro énfasis en que más que servir para atacar la epidemia su objeto era prevenir que ésta se desarrollase. Muñoz de Guzmán demostró tener una clara noción respecto a que era posible prevenir el contagio de viruela, de modo que si bien reconoció que «la peste de las viruelas es el azote cruel que despuebla, y desgracia la propagación de sus moradores», «tiene con todo eso la buena cualidad de poder precaver de ante mano casi enteramente el peligro de ella con la inoculación» 42. En esta instrucción curativa la forma de practicar la inoculación fue distinta a lo que se planteó en la epidemia de 1789, pues Muñoz de Guzmán entendió que la efectividad de la técnica estaba estrechamente vinculada a la masificación de la misma. El primer cambio respecto a cómo se había aplicado anteriormente fue que llamó a que «todos los vecinos y hacendados dispongan que en sus casas y posesiones no haya muchacho de seis años de edad en adelante que no esté inocula-do...» 43. Entender esta práctica en un sentido universal implicó un segundo cambio respecto a las disposiciones anteriores, pues ya no solo los médicos podían administrarla. A su juicio, la inoculación «no es obra que necesita de médicos, pueden y deben ejecutarla las madres con sus hijos». De todos modos, ponía el acento en que el inoculado debía estar en una buena condición de salud, por lo que «las madres y las amas que crían a los niños, deben observar estos y para asegurar mejor le darán cuando vayan a intentar a inoculación un purgatorio suave que los limpie» 44. La intención de ampliar la cobertura de la inoculación estuvo acompañada de un tercer cambio vinculado a una simplificación del procedimiento, pues el objeto era hacerlo asequible a todos quienes quisieran ponerlo en práctica. A diferencia de lo que años antes planteó el Protomedicato, Muñoz de Guzmán, ya no creyó indispensables los hospitales provisionales de inoculación, sino que enfatizó que el éxito de la operación estaba en la buena conducta del inoculado, en la medida que se procurase «que se mantenga fresco con el vientre corriente a fin de que la calentura no exceda de un grado moderado y que no sea demasiado abundante la erupción» 45. De esta manera, al igual que en los casos anteriores, destacó la importancia «que la viruela que ha de tomar para su operación debe ser de la discreta y de mejor calidad» 46. Este cambio tan evidente de la autoridad puede explicarse porque entre fines del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX, se produjo la masificación de la vacuna y con ello se reforzó la idea de que era posible inmunizar al ser humano. Además, se habían desarrollado ideas respecto a que era deber de las autoridades velar por la salud de la población, de modo que siguiendo las directrices de la Corona, se puso de manifiesto una actitud activa frente a la viruela, considerando la variolización un remedio efectivo para prevenirla. De este modo, Muñoz de Guzmán esperaba que la instrucción para curar la viruela que estaba publicando «se propague, la tengan si posible fuere todos los vecinos, la usen en todas partes, se propague por todos los gobiernos, y ranchos...» 47. Los marcos de referencia utilizados también habían cambiado, pues si bien frente a la epidemia de 1789 fue el tratado de Francisco Gil el que sirvió de modelo para los tratamientos contra la viruela y la puesta en práctica de la inoculación, en el caso de Luis Muñoz de Guzmán lo fue el Tratado de Medicina Doméstica del doctor Guillermo Buchan 48. En dicho tratado apareció con claridad la idea de la prevención y la eliminación definitiva de la viruela, lo cual fue un cambio importante, porque ya no solo se trató de curar la viruela o frenar una epidemia, sino de erradicar definitivamente la enfermedad. La variolización era así un tratamiento preventivo en el sentido de que las personas debían inocularse antes de que comenzara a desarrollarse una epidemia, pues solo así sería posible eliminar dicha enfermedad. Si bien la práctica de inocular se ejercía desde larga data, durante la segunda mitad del siglo XVIII registró un impulso que estuvo dado por su aceptación y difusión en el mundo occidental. El proceso de medicalización que vivían dichas sociedades se tradujo en que la inoculación se introdujo como un tratamiento médico, siendo practicaba por médicos o personas designadas que habían aprendido la técnica. Los documentos que aluden a la inoculación, nos permiten tener certeza de su implementación en la Capitanía General de Chile así como de las discusiones que se suscitaron en torno a ella. Del mismo modo, los oficios sobre la peste de viruela que afectó a Concepción y sus alrededores entre 1789 y 1791, muestran que en Chile también hubo controversias por su aplicación y que al igual que en otros territorios de la América Hispana se debió a la posibilidad de que el inoculado propagara el contagio o bien muriera producto de la variolización. Para el caso de los territorios hispanoamericanos, es difícil precisar el impacto real de la inoculación, pues tanto en la Capitanía General de Chile, como en Nueva Granada, Nueva España y el Virreinato del Perú lo que vemos son aplicaciones esporádicas vinculadas a la amenaza de epidemia, de modo que la inoculación no fue un remedio preventivo en el sentido que se usara para evitar una epidemia, pues si bien inocular prevenía el contagio, en la práctica se usó como un ele-mento más de las medicinas curativas disponibles en aquel momento. En el caso de la Capitanía General de Chile, hemos podido seguir el rastro de la inoculación y de ese modo corroborar que no hubo una organización central que llamara explícitamente a la población a inocularse ni se diseñó una estructura médica que permitiera ponerla en práctica, por lo que no podemos asumir que haya sido una práctica permanente, pero si usada en más de alguna oportunidad. En este sentido, creemos que la relativa aceptación se debió a que la experiencia había demostrado que la técnica era efectiva y los riesgos muy bajos, lo que permitió incorporar la variolización como uno más de los tratamientos destinados a combatir la viruela. La Instrucción difundida por el gobernador Luís Muñoz de Guzmán representó un cambio de mirada importante, en la medida que manifestó claramente la necesidad de universalizar la inoculación con el fin de aumentar el número de inmunizados. Los bajos riesgos que la experiencia mostró que tenía la variolización, fueron fundamentales en que se promoviera la aplicación de la técnica por quienes quisieran hacerlo. Este tipo de discusiones muestran que a raíz de la variolización se comenzaron a discutir conceptos como prevención y universalidad, enfrentando a las sociedades al tema de la inmunización, nociones centrales en el desarrollo de las medidas posteriores usadas para enfrentar la viruela. Este artículo está basado en un capítulo de mi tesis doctoral titulada "Viruela y Vacuna. Difusión y circulación de una práctica médica. Dirigida por el Dr. Rafael Sagredo Baeza y el Dr. Matthew Brown. Autores como Emma Spary, han descrito al siglo XVIII como un periodo de aumento en la medicalización de las sociedades occidentales, lo cual se explica tanto por el mayor poder de los médicos sobre la población, como por un incremento en el compromiso de ésta con la medicina. Michel Foucault, ha definido el proceso de medicalización como "el desarrollo del sistema médico y el modelo seguido por el 'despegue' médico y sanitario de Occidente a partir del siglo XVIII" (Foucault, 1977). A fines del siglo XVIII convivieron dos formas de combatir la viruela, la terapia cálida y la terapia fría. La primera de ellas consistía en someter al enfermo a procedimientos como transpiración, restricción en la circulación del aire en la pieza en que se encontraba, y la casi total privación de líquido. La segunda, proponía permitir al enfermo hidratarse y alimentarse de modo de no perder la vitalidad. También fueron recomendadas las medidas de aislamiento, sangrías y fumigaciones para purificar el aire.
reflexión y ejemplo del uso del saber geográfico para la reivindicación de soberanías territoriales. Con los presupuestos de la historia social de la ciencia y de la historia cultural, se muestran los condicionamientos que influyeron en los argumentos de las partes, como en la resolución política de una querella territorial que hace más de cien años, como en la actualidad, obligó a Chile a recurrir a instancias internacionales para determinar sus límites y asegurar derechos. Una situación que primero implicó resolver sobre el conocimiento geográfico de la naturaleza disputada, tarea que sin embargo no garantizó asegurar la pretensión nacional pues, en definitiva, el árbitro llamado a decidir no falló basándose solo en el conocimiento adquirido. La conclusión del reconocido geógrafo Thomas H. Holdich, asentada en el texto que escribió luego de su participación como árbitro en la disputa limítrofe que enfrentó a Argentina y Chile a fines del siglo XIX, resulta una elocuente expresión del problema que abordaremos. En su obra The Countries of the King`s Award, publicada en 1904 y traducida en 1958 como ¿Territorio en disputa?, se lee: «Difícilmente un término geográfico que define una configuración de la naturaleza presenta bajo todas las condiciones una sola e inalterable interpretación» (Holdich, 1958, p. La constatación del inglés, cuya experiencia como geógrafo y perito de límites está acreditada tanto por sus numerosos escritos, libros y comisiones, como por los honores que recibió, entre ellos presidente de la Royal Geographical Society, refleja de manera muy elocuente la situación y dificultades que enfrentaron Argentina y Chile luego de 1881, cuando emprendieron la demarcación de una frontera que el Tratado de límites del año 1881 había establecido en la cordillera de los Andes con la siguiente redacción: «La línea fronteriza correrá por las cumbres más elevadas de dicha Cordillera que dividan las aguas y pasará por entre las vertientes que se desprenden a un lado y otro». Con el referido acuerdo, Chile y Argentina pretendieron resolver de una vez las querellas territoriales que los enfrentaban desde la década de 1840, recurriendo no solo a un principio del derecho internacional entonces aceptado por la comunidad de las naciones, sobre todo, a un fenómeno natural que también se apreciaba como una barrera entre las dos repúblicas; una realidad geográfica imposible de manipular, inconmovible, obvia, evidente, identificable por cualquiera; símbolo de la solidez y muy fácil de reconocer por los encargados de trazar sobre su superficie la demarcación que separaría los respectivos espacios nacionales. Sin embargo, la tarea de los peritos de límites experimentó numerosas dificultades derivadas de las diferencias respecto de lo que argentinos y chilenos entendían por cordillera de los Andes, y con ellas, de los espacios que cada uno reivindicaba como propios. En rigor, fue imposible delimitar la línea fronteriza debido a los desacuerdos entre los científicos y políticos al servicio de uno y otro Estado, hecho que los llevó a recurrir a un tercero, el árbitro inglés, que fue quien en definitiva resolvió el curso de la frontera luego de estudiar el caso, atender a los argumentos de las partes y visitar la principal región objeto de la controversia, los Andes Patagónicos, en el extremo sur de América del Sur. Una zona, a partir aproximadamente del paralelo 47o de latitud sur, en que las imponentes y monolíticas formas de los Andes se fragmentan por efecto de la erosión, la acción de los hielos y los movimientos de la corteza terrestre, dando lugar a múltiples formas del relieve, algunas inundadas por el agua, donde, si hay algo seguro, es que las más altas cumbres no dividen las aguas. Realidad natural que Holdich también constató y transformó en máxima cuando escribió: «Ni siquiera un río, una montaña, una línea de la costa, o aquella un tanto ilusoria forma geográfica que es el divortium aquarum son siempre y en todas partes inequívocamente reconocibles» (Holdich, 1958, p. Proyectando así una de las particularidades de los Andes como principio geográfico; pasando de la naturaleza, de la geografía material que apreció, a los preceptos geográficos, a lo abstracto. Todo el proceso de discusión y fijación de la frontera entre Argentina y Chile, iniciado ya en 1847 con el reclamo argentino por el establecimiento del chileno Fuerte Bulnes en una de las orillas del estrecho de Magallanes, y culminado en lo que a nuestro trabajo se refiere con el fallo del árbitro en 1902, dio lugar a una muy abundante y heterogénea documentación compuesta por los más diversos tipos de escritos, textos, cartografía, imágenes, ilustraciones y fotografías, entre otros muchos testimonios de los estudios, exploraciones, argumentos, contra argumentos, antecedentes, viajes, opiniones, palabras y conceptos relacionados con el objeto principal de la disputa, esto es, la orografía de la cordillera de los Andes, cuya determinación definiría soberanías. Todos vestigios, testimonios, fuentes, expresiones, representaciones de un hecho, suceso histórico concreto, la delimitación fronteriza entre Chile y Argentina; pero también de una realidad política y científica, incluso epistemológica, que trasciende épocas y contextos particulares, y que dice relación con las condiciones y condicionamientos de generación del conocimiento pretendidamente científico, y por tanto universal, que, como el ejemplo que ofrecemos, y como todo saber, depende estrechamente del contexto, en este caso representado por los intereses nacionales de los estados en conflicto; situación que limita, cuando no condiciona, su pretensión de «objetividad» y, por lo tanto, uno de los atributos que lo hace científico. En el contexto de la historia cultural y de la historia social de la ciencia lo señalado no resulta novedoso. Hace rato que los estudiosos saben que prácticamente todo conocimiento es una construcción cultural; una mediación, una interpretación, una verdadera traducción cultural, condicionada por el medio, el contexto del que forman parte los sujetos. Pero otra cosa es que apliquemos estas nociones para explicar y comprender la realidad histórica latinoamericana en general o, en particular, a uno de los ámbitos en que las necesidades del Estado y la nación más han contribuido a naturalizar, a transformar en verdad absoluta, dogma, hito indispensable de la formación nacional, como lo es todo lo relacionado con la soberanía territorial. Nuestro ejercicio, se produce en tiempos en que las polémicas entre estados sobre reclamos soberanos se materializan en numerosas demandas ante la Corte Internacional de La Haya para reivindicar territorios, en las que los argumentos, políticos, jurídicos, históricos, geográficos y científicos se suceden y esgrimen como «verdades» definitivas. Naturalmente fruto de investigaciones serias, con la aspiración, como expresó recientemente el coordinador histórico de la defensa de Chile en La Haya ante la demanda de Bolivia, «que cuando Chile use el argumento histórico, no lo use en términos apologéticos, de un chovinismo radical, sino maduros, que se puedan sostener entre historiadores profesionales» 3. Una intención loable que la experiencia histórica, a propósito de las controversias limítrofes chilenoargentinas, muestra prácticamente imposible, en este caso por las polisémicas formas que presentan y se atribuyeron a los Andes; aunque también porque los intereses políticos nacionales modifican la «realidad», sea esta histórica, geográfica o jurídica, adaptándola a sus necesidades, disputando no solo un territorio, sino que en definitiva un saber, pues, en este caso, lo que se entendiera por «Andes», sería lo que definiría más o menos espacios soberanos 4. Constatación imprescindible de atender para identificar y comprender las alternativas y la prolongación de las querellas limítrofes chileno-argentinas, pero también como requisito epistemológico básico de una práctica analítica de la Historia de la Ciencia. Tal vez una perspectiva como la señalada explique que en la actualidad, 2016, todavía existan espacios no delimitados en los Andes Patagónicos. Así ocurre en los llamados Campos de Hielo Sur o hielo continental patagónico, según si lo nombran Chile o Argentina, donde todavía hay 60 kilómetros aproximadamente en que la frontera chileno-argentina permanece indefinida 5. Reflejo de una región que por sus características naturales, desde tiempos inmemoriales, se resiste a ser reducida solo a unos trazos en un mapa o a unas líneas en un tratado, dando lugar por el contrario a una larga disputa por el territorio y por el saber que lo determina como tal y lo caracteriza. ANDES AMBIGUOS Y POLISÉMICOS Cuando el Tratado de Límites firmado entre Chile y Argentina el 23 de julio de 1881 asienta que el «límite entre Chile y la República Argentina es, de Norte a Sur, hasta el paralelo cincuenta y dos de latitud, la Cordillera de los Andes»; y que «la línea fronteriza correrá en esa extensión por las cumbres más elevadas de dicha Cordillera que dividan las aguas y pasará por entre las vertientes que se desprenden a un lado y otro», no sólo esta dando origen a una fuente de controversias que se mantiene hasta la actualidad; también está recogiendo una historia de exploraciones y reconocimientos geográficos terrestres y marítimos que tuvieron como preocupación principal el macizo cordillerano. Sólo así se explica que el documento concebido para establecer una frontera unívoca, en realidad nombre cuatro posibles límites: la cordillera de los Andes, una línea que puede correr por las más altas cumbres, por la divisoria de las aguas, o por la formada por las vertientes que se desprenden a un lado y otro. Aunque los protagonistas de las polémicas fronterizas en el cambio de siglo entre el XIX y el XX justificaron sus diferencias en las disímiles interpretaciones sobre cuál era la verdadera línea fronteriza, el curso u orientación real de los llamados Andes, o la ignorancia geográfica respecto de la zona controvertida, todo lo cual efectivamente fue discutido, lo cierto es que para los naturalistas y aventureros que exploraron los Andes a lo largo del siglo XIX era evidente que los Andes no sólo tenían múltiples formas, también que sus más altas cumbres no siempre dividían las aguas, y así lo asentaron en las descripciones, informes, estudios e ilustraciones en que dieron cuenta de sus experiencias y observaciones. Las palabras y términos utilizados para aludir al multiforme fenómeno natural que exploraron son elocuentes: «cordillera», «Andes», «cordillera de los Andes», «cumbres más elevadas», «divisoria de las aguas», «vertientes que se desprenden a los lados», «cordilleras horizontales», «cordillera continua», «hileras de cordilleras», «montañas inferiores», «terrenos elevados», «cordillera exterior», «cordilleras distantes», «cordillera principal», «cordillera central», «gran línea central», «espina dorsal de América», «contrafuertes de la cordillera», «desfiladeros», «macizo monolítico», «eje central dominante», «masa central», «encadenamiento principal», «divisoria principal», «estribaciones de las montañas», «ramificaciones», «estructura de la cordillera», «encadenamiento principal orogénico», «confusión de rocas», «sistemas de cordilleras», «eslabones occidentales», «línea central de solevantamiento» y «lomo de los Andes» 6. Y todavía podría seguir citando términos utilizados en el siglo XIX para aludir al fenómeno natural y caracterizarlo, pasando de la orografía a la geología a medida que la controversia sobre el fenómeno natural obligó a los contradictores a extremar y profundizar en los recursos y argumentos para fundar sus posiciones. Antes, cuando lo que terminaría siendo una álgida discusión todavía no se vislumbraba, aunque se tenía conciencia de la importancia del tema, los testimonios de quienes alcanzaron hasta las cumbre de los Andes, por ejemplo el reconocido naturalista Ignacio Domeyko, reflejan el saber que la exploración de la cordillera permitía ir acumulando. Domeyko, quien no sólo desarrolló su trayectoria como científico estudiando Chile y publicando sobre su naturaleza y minerales, además fue un valorado e influyente integrante de las elites nacionales, ascendió el volcán Antuco en 1845, con la «intención de averiguar aquí la verdadera frontera de Chile y llegar al otro lado de los Andes». El registro de su experiencia no da lugar a interpretaciones: «En el lugar llamado La Cueva se unen dos arroyos; uno viene del Sur, de Sierra Velluda, y el otro desciende desde la línea divisoria de aguas en la cresta de los Andes, los que, según veo, están bastante lejos al este de Antuco». Una constatación importante, como lo refleja el párrafo con que continuó su relación, ahora conclusión: «Esta cresta y la línea de división de las aguas, es decir la frontera oriental de la república chilena con la vecina de Argentina, no pasan, como se cree comúnmente por las más elevadas cumbres andinas como Antuco, Sierra Velluda o Chillán, sino que están situadas bastante lejos de éstas, hacia el este» (Domeyko, 1978, pp. 757-758) 7. Lo comprobado empíricamente por Domeyko a mediados del siglo XIX se transformó en conocimiento adquirido. Incluso por científicos de otras latitudes, como J.M. Gilliss, el teniente que encabezó la expedición astronómica naval estadounidense al hemisferio sur entre 1849 y 1852, quien en Chile no sólo apreció los Andes como una «frontera natural»; también, y propósito de otra cumbre andina, El Descabezado en el centro del país, escribió: «Aquí, así como en muchos otros puntos de los Andes, los cerros que separan las aguas son invariablemente menos elevados que la línea que conectaría los grandes conos o picos» (Gilliss, 1855, p.23). Más todavía, aludiendo y corrigiendo a uno de sus antecesores, pudo asegurar que algunas de las más altas cumbres de las que Darwin consideró «cadena principal» de los Andes, «se encontraban al oeste de lo que exámenes más recientes demuestran que son sólo un espolón de la real línea divisoria de las aguas» (Gilliss, 1855, p. PROYECCIÓN CIENTÍFICA DE UNA CONTROVERSIA LIMÍTROFE La ambigüedad y polisemia de los Andes que a lo largo del siglo XIX quedó asentada fue la base sobre la cual obraron los legisladores chilenos y argentinos para redactar el texto del Tratado de Límites de 1881. Tanto la incertidumbre que la orografía de los Andes proyectaba, como el desconocimiento geográfico de algunas de sus secciones, como los Andes Patagónicos, explican una enunciación con tantas posibilidades de interpretación como la que ofreció el artículo 1o del acuerdo limítrofe. Desde entonces, los estados no sólo disputaron kilómetros cuadrados más al oeste o más al este de la cordillera, según si seguían la tesis argentina de las más altas cumbres, o la chilena de la divisoria de la aguas; primero tuvieron que definir el «verdadero curso» de la cadena montañosa, para lo cual precisaron conocer y determinar su orografía en base a lo que observaron en terreno, y cuando eso no bastó, recurrir a la geología, a la composición y estructura interna del macizo, en una disputa científica, por el saber, que sin embargo no saldó la ciencia sino que la política a través de un árbitro, un geógrafo inglés. Los políticos en 1881 tuvieron clara conciencia de las consecuencias que tendría la redacción del Tratado, por eso es que en el texto del acuerdo, en el artículo primero, también asentaron: «Las dificultades que pudieran suscitarse por la existencia de ciertos valles formados por la bifurcación de la Cordillera y en que no sea clara la línea divisoria de las aguas, serán resueltas amistosamente por dos peritos nombrados uno de cada parte». Confiando de este modo las superficies reivindicadas al quehacer de los expertos, los peritos; a un sabio, experimentado y hábil, a un sujeto práctico en una ciencia o arte, capaz de informar y juzgar sobre puntos litigiosos; en definitiva a un científico. Previendo, tal vez porque estaban conscientes de las múltiples «formas» cordilleranas existentes, como del desconocimiento sobre algunas secciones de los Andes, añadieron que «en caso de no arribar éstos a un acuerdo, será llamado a decidirlas un tercer perito designado por ambos gobiernos», señalando incluso el procedimiento: «de las operaciones que practiquen se levantará un acta en doble ejemplar, firmada por los dos peritos, en los puntos en que hubieren estado de acuerdo y además por el tercer perito en los puntos resueltos por éste». Todo, sostenemos, demostración de que el poder político anticipó que la controversia pasaría de la disputa territorial a una discusión sobre el conocimiento que, conscientes que la ciencia tiene nacionalidad, sólo podría ser resuelta por un científico ajeno a las partes. Así, el Tratado de 1881, junto con delimitar Chile y Argentina en la cordillera de los Andes, asignando territorios hasta entonces disputados como la Patagonia, estableció el mecanismo de resolución de las controversias, que siendo fronteriza y por lo tanto atribuyendo soberanías territoriales, también sería científica. La confianza en el saber, en los expertos, se expresa en que el tratado también estipuló que «esta acta -la de los peritos-producirá pleno efecto desde que estuviere suscrita por ellos y se considerará firme y valedera sin necesidad de otras formalidades o trámites. Un ejemplar del acta será elevado a cada uno de los gobiernos». Desde otra perspectiva que también resalta la consideración que los estadistas en 1881 parecieron mostrar hacia el saber, no hay que olvidar que habían sido principios del derecho internacional, establecidos a partir de la experiencia concreta dada a conocer por exploradores y naturalistas y transformada en conocimiento, los que también ilustraron a los políticos chilenos y argentinos. Ellos determinaron el límite entre ambas repúblicas teniendo en consideración la «teoría de las cuencas hidrográficas», un concepto ampliamente sustentado desde el siglo XVIII en adelante por el geógrafo francés Phillippe Bauche, según la cual las divisorias continentales de las aguas siempre estaban ligadas a las cumbres más elevadas, en una suerte de columna vertebral de las cadenas montañosas que circundan la tierra. El problema es que en los Andes, y en particular en los Andes Patagónicos, la divisoria continental de las aguas no coincide con la línea de las cumbres más altas; resultando que el sistema natural local no calzó con la teoría científica vigente entonces y que los estadistas aplicaron en tanto conocimiento aceptado. Creando una situación que provocada por la «ignorancia/conocimiento» de la realidad geográfica de los Andes en la Patagonia, dio origen a los problemas para fijar la frontera común en ese sistema natural, pero que también proyectó el problema en términos académicos como caso de estudio para los especialistas. Hecho interesante pues significó devolver al plano teórico, jurídico y político, la realidad natural, geográfica y material que era objeto de una de las controversias: los Andes Patagónicos. De este modo se completó un periplo circular que se planteó cuando la ciencia fue aplicada a la realidad geográfica al utilizarse en la delimitación de la frontera entre ambos países la «teoría de las cuencas hidrográficas». Esta fundamental cuestión en términos de la circulación y aplicación del conocimiento, muy propia por lo demás de las perspectivas que hace suya la historia cultural de la ciencia, puede estudiarse a partir, por ejemplo, de los textos, fuentes para nosotros, publicados en The Geographical Journal y en el Bulletin of the American Geographical Society of New York a comienzos del siglo XX. Ahí están los artículos del perito inglés Thomas H. Holdich y del geólogo estadounidense Israel C. Russell en los cuales se deduce cómo la exploración de la Patagonia a raíz de la controversia limítrofe terminó cambiando, no solo el conocimiento científico sobre la zona, sino también principios del derecho internacional, pues el caso demostró lo inconveniente que era que los estados firmaran tratados de límites ignorando la geografía. Así, la definición de las fronteras chileno-argentina pasó a ser también un asunto de interés geográfico central, dejando de ser sólo un problema político y jurídico entre estados periféricos. Otro reflejo de la forma en que se constituye el conocimiento a escala mundial. Otro ángulo del problema es el relacionado con la situación, condición o estatus, del conocimiento científico que en esta tarea de fijar el límite se resume en el problema de si primó más la ciencia o la nacionalidad de los peritos en la posición que adoptaron ante las cuestiones en litigio. Asuntos que hasta antes de la polémica fronteriza resultaban evidentes, como el qué era una cordillera o qué se entendía por valle, río o divisoria de las aguas, pasaron a ser controvertibles. Y se puede concluir que la nacionalidad de los peritos sí subordinó sus posturas e «impresiones» como las llamó uno. Expresión elocuente de los condicionamientos sociales, culturales, económicos y políticos en los que se desenvuelve la ciencia, y que en este caso, además, transformaron en fundamental la opinión del árbitro inglés convocado por las partes, no ya sólo para efectos de definir la soberanía de los territorios, sino también como una opinión especializada sobre un determinado fenómeno natural. El recurso al fallo de una potencia amiga o arbitraje para toda cuestión suscitada por la aplicación del tratado de 1881 por la que optaron Chile y Argentina debe comprenderse también en un contexto internacional que para estos estados resultaba una referencia permanente. A lo largo del siglo XIX se había tomado conciencia en Europa que «la guerra resultaba inefi-ciente y demasiado costosa para la resolución de las disputas», lo que explica el cada vez más frecuente uso del arbitraje como mecanismo de resolución de los conflictos nacionales (MacMillan, 2014, p. Situación que con el tiempo, y los enfrentamientos, daría origen a un conjunto de normas e instituciones de carácter internacional, hoy materializadas en la Corte Internacional de La Haya, frente a la cual Chile ha sido convocado a litigar por cuestiones de límites por Perú y Bolivia en el siglo XXI. A fines del siglo XIX Su Majestad Británica fue la designada por los estados para arbitrar sus querellas, y a ella se recurrió en 1898 cuando los gobiernos constataron que los peritos encargados de delimitar y demarcar la frontera común no se ponían de acuerdo. En el tribunal constituido por la reina Victoria, formado por un jurista, un militar y un geógrafo, correspondería a este último, Tomas H. Holdich, la participación más activa, no sólo por las materias objeto de la controversia, sobre todo porque visitó la zona disputada y escribió sobre sus experiencias como árbitro. Geógrafo de nota, prolífico, documentado y versátil autor, era una autoridad en su materia y en su época. Citado, ponderado, comentado y objeto de honores, Holdich era un geógrafo con una dilatada experiencia al momento de ser convocado para arbitrar la polémica chileno-argentina. Conocedor de numerosos países, pueblos y problemas, fue encargado de temas limítrofes en la India, integró varias comisiones en Asia central, conoció el sistema de los Himalayas, escribió libros, artículos, reseñas e informes sobre Asia, problemas limítrofes y fronteras. Experto en la India, supo valorar otras culturas y apreciar las diferencias entre ellas, como sus textos lo muestran, aunque siempre estuvo atento a los intereses del Imperio Británico. Merecedor de la Medalla de Oro de la Royal Geographical Society y Doctor Honoris Causa en Cambridge, fue una personalidad de su época que firmaba sus libros como Col. Sir y Vicepresidente de la Royal Geographical Society, pero también con títulos o condiciones como K.C.I.E. (Knight Commander of the Indian Empire). Fruto de su experiencia en el caso que lo llevó a visitar el Cono Sur sudamericano, en su libro The Countries of the King`s Award publicado dos años después del fallo arbitral, Holdich ofreció la visión que se formó del asunto sometido a su consideración, su idea sobre las posturas de los contendientes, su apreciación de la geografía que exploró, su ponderación de los argumentos de las partes y de los actores involucrados, y su caracterización de las sociedades chilena y argentina pues, si algo distingue sus textos es que siempre consideró las culturas y las realidades político sociales de los estados involucrados en los casos que tuvo la oportunidad de conocer. En sus remembranzas de 1929 con la descripción del conflicto entre Chile y Argentina por la demarcación de los límites entre ambos países en la Patagonia, aparecido originalmente en alemán y reeditado en 2015 como Problemas limítrofes y viajes de exploración en la Patagonia. Recuerdos de la época del conflicto fronterizo entre Chile y Argentina, Hans Steffen, el geógrafo alemán desde 1892 al servicio de Chile como perito y «asesor científico», ofreció la posición de ambos países y las determinaciones del árbitro, pero sobre todo una representación de las posturas enfrentadas que muestra gráfica y eficientemente las querellas por lo que en esencia consideró «un conflicto por la divisoria continental de las aguas en la cordillera patagónica» (Steffen, 2015, pp. 16 y 18) 9. Es decir un problema geográfico cuya resolución definiría una disputa política por territorios. Antes de sus memorias Steffen había publicado Viajes de exploración y estudio en la Patagonia Occidental en 1909-1910, un compendio con el resultado de sus comisiones para el Estado chileno en la Patagonia como encargado de estudiar el sistema andino y allegar argumentos para defender la posición chilena en la controversia con Argentina. Hecho que condicionó sus trabajos y resultados, a pesar de la pretensión de empirismo que lo animó. En su Patagonia Occidental. Las cordilleras patagónicas y sus regiones circundantes, aparecido en 1919, profundiza en sus exploraciones y ofrece referencias, antecedentes, reflexiones, notas y conclusiones respecto de la región estudiada, mostrando su profundo conocimiento sobre el área geográfica disputada. Además de sus libros, Steffen entregó numerosos trabajos a revistas científicas sobre las regiones que exploró y sobre la posición chilena en el litigio. Un ejemplo es «La cuestión de límites chileno-argentina con especial consideración de la Patagonia», artículo publicado en 1897 en el volumen 32 del Boletín de la Sociedad de Geografía de Berlín, y que mereció un «examen crítico» a cargo de Enrique S. Delachaux, Director de la Sección Cartográfica del Museo de la Plata en la Revista de aquella institución en 1898 con el reivindicativo título de «Límites occidentales de la República Argentina. El artículo del Dr. Juan Steffen. Entre otras razones, y demostra-ción que la polémica que ilustramos era fronteriza pero también científica, por la opinión pública y, ante la posibilidad de un arbitraje, para «neutralizar los efectos de una propaganda», «llevar la discusión científica en el mismo terreno lejano elegido por el adversario» y hacer oír la voz de la Argentina «allá donde hasta ahora se ha acostumbrado a escuchar razones y explicaciones chilenas que, poco a poco, iban transformándose en verdades geográficas» (Delachaux, 1898, pp. 3-4). Con la perspectiva del tiempo, radicado en Suiza, siete años antes de su fallecimiento y con la pretensión de tratar el tema con «altura de miras y cierta distancia», Steffen evocó en sus recuerdos el conflicto que se desató luego de la firma del Tratado de 1881 al agravarse las diferencias de conceptos sobre los principios básicos de la fijación de los límites ya mencionados. Ejemplo básico de las diferencias es lo ocurrido a propósito de la fijación de un hito en la cordillera a la altura de los 34o 53' de latitud sur en el paso de las Damas en marzo de 1894. Mientras el perito chileno propuso indicar en el protocolo que el lugar se consideraba como «un punto de la línea divisoria de las aguas», el argentino «exigió reemplazarlo como un punto del encadenamiento principal de los Andes», debiendo adoptarse la siguiente fórmula: que «el hito había sido erigido en el encadenamiento principal de los Andes que divide la aguas» (Steffen, 2015, p. Así, y con mayor razón en una zona como la Patagonia donde los Andes no tienen una «estructura regular» y por lo tanto la línea tangible de las cumbres más altas no coincide con la divisoria continental de las aguas, las diferencias se hicieron permanentes. Las cuestiones en debate fueron sobre el principio que cada parte consideraba debía aplicarse para la demarcación de límites, y que para Steffen y Chile era el de la divisoria de las aguas, contra la pretensión de Argentina del encadenamiento principal de la cordillera; y la existencia o no de una condición orográfica, el llamado «encadenamiento principal» por donde, sostenía el perito argentino Francisco Moreno, debía correr la línea demarcatoria. A partir de ellas, y de los significados que las partes les atribuyeron a estos fenómenos se desencadenaron una sucesión de problemas para trazar una línea limítrofe desde los 26° 53' hasta los 52o Sur. Todo con el añadido de que a partir de los 40o Sur aproximadamente, el conocimiento de los Andes era escaso, prácticamente inexistente, tanto respecto de las formas principales de su relieve, como respecto de su topografía y estructura geológica. Hans Steffen a lo largo de sus memorias ofrece numerosos ejemplos de desacuerdos entre Chile y Argentina por el trazado limítrofe en diferentes zonas de los Andes Patagónicos, los llama «problemas»: en el Tronador, en los ríos Palena, Puelo, Manso, Aysén, Frías, Baker, Chico; en las cordilleras del Puelo, Manso, Futaleufú y Palena; en el lago Cochrane-Pueyrredón; en fin, en la cordillera Norpatagónica y en la Patagonia Occidental. Los que expuso en sucesivos capítulos cuyos títulos, a través de las palabras, muestran también las posiciones enfrentadas y la acción mediadora del árbitro. Así, y según el caso que evocó, habló de «trazado», «fijación», «problemas geográficos», «estudios geomorfológicos» o «la frontera política». Toda la evidencia expuesta llevó al árbitro Holdich a recordar que «la base fundamental de casi todas las disputas por límites en la Historia ha sido la ignorancia geográfica», que los políticos que suscribieron el Tratado de 1881 no sabían nada de geografía y no habían examinado sus países, que había «unos 1.000 kilómetros de montaña inexplorada» y que a pesar de que los Andes variaban mucho en su conformación, en particular en el extremo sur de América, se había trazado toda la frontera a lo largo de la «cadena principal de los Andes» en la línea que divide los ríos de la Argentina de los de Chile, la que por supuesto no existía, dando motivo para la querella que debió resolver 11. La Patagonia, una región desconocida e inexplorada, donde la geografía según Holdich se «basaba en suposiciones», ofreció un escenario propicio para los desencuentros por su «serie de configuraciones», las que «estudiadas con diligencia y habilidad por geógrafos eminentes de ambos bandos», concluyó, «solo probaron hasta qué extremo era posible interpretar las estipulaciones del Tratado en sentidos absolutamente divergentes y con muy distintos resultados». Ya en su segundo viaje a la cordillera Norpatagónica a la altura de los 41o Sur, realizado en el verano de 1893 entre los lagos Todos los Santos en Chile y Nahuelhuapi en Argentina, Steffen asentó que «la divisoria interoceánica de las aguas cuyo curso estábamos sondeando, no se conecta a ninguna de las cumbres que pudimos vislumbrar» (Steffen, 2015, p. Concluyendo, después de explorar la zona, incluido el macizo del Tronador, que «la línea divisoria de las aguas debía correr en una amplia curva hacia el oriente partiendo desde el portezuelo Barros Arana; muy al contrario de la opinión generalizada de los geógrafos y en especial de los chilenos, que presumía la coincidencia de la línea de las cumbres más elevadas con la línea de la divisoria continental de las aguas» (Steffen, 2015, p. Reflejo de sus trabajos en la región, que como advirtió corregía el saber geográfico precedente, fue su «Esquicio de la cordillera del Tronador», el que junto con representar la divisoria principal de las aguas, ofrece también el límite fijado por el árbitro Holdich en la zona, y por eso también las diferencias territoriales que la adopción de la postura argentina, de la chilena o la del árbitro implicaban. Ilustrando las consecuencias que la disputa por el territorio y el saber tenían en el terreno. La pertenencia de algunos valles en el borde oriental de la cordillera entre los 43o y 44o sur, en particular en la zona del río Palena, explicó Steffen en sus memorias, implicó resolver cuestiones previas difíciles de abordar por el desconocimiento de la región. Sobre todo el rumbo de la divisoria principal de la aguas. Valles precordilleranos, como el 16 de Octubre y el Corinto, cuyo río no se sabía a cual sistema fluvial pertenecía, aunque se creía que a uno de la zona costera chilena, eran temas de discusión a la vez que síntomas Constatación, sobre todo en lo relativo a la situación del divortium aquarum, que fue cuestionada por Francisco P. Moreno, según Steffen a causa de las deficientes descripciones y representaciones cartográficas en que se expusieron y representaron los hallazgos chilenos. El perito argentino, sin embargo, en sus Apuntes preliminares sobre una excursión a los territorios de Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz, editados por El Museo de la Plata en octubre de 1896, y en los que describió su «reconocimiento de la región andina de la República Argentina» entre los 36o y 46o 30' de latitud sur, al oeste del 70o 30`de longitud oeste, concluyó que con ellos «modificaba casi completamente las ideas emitidas por los señores Serrano, Montaner, Steffen, Fischer y Stange, en sus diversas publicaciones respecto a la topografía de esas regiones» (Moreno, 1999, p. El llamado problema del río Frías refleja que la cartografía elaborada por uno y otro Estado jugó también un papel fundamental para sostener sus posiciones, sobre todo si en ella se representaban zonas desconocidas, parcialmente exploradas o respecto de las cuales no existían mapas que sirvieran de referencia. Sin perjuicio del uso y abuso de los argumentos geográficos y topográficos que entonces también fueron una estrategia para las reivindicaciones soberanas. Según Steffen este «problema hidrográfico» se relacionaba con un río mayor que formando parte del sistema fluvial del río Palena, correría en dirección occidente. Explorado por los argentinos aproximadamente a los 44 1⁄2o de latitud sur, en 1895 se lo nombra «río Félix Frías, se sustrae de la zona del Palena y se insinúa su vinculación con el complejo lacustre de lagunas de Elizalde, dibujándolo, sobre la base de meras suposiciones, como que desagua en el río Aysén» (Steffen, 2015, p. Para el perito chileno la representación de Moreno, que incluyó el lago La Plata, no solo creó confusión en la topografía de la cordillera entre los 44 1⁄2o y los 45o de latitud sur, sobre todo implicó «el traslado de la divisoria de las aguas hacia un cordón cordillerano cercano a la costa». Un hecho alarmante para Chile pues recordó, explicando las consecuencias, «si las indicaciones de Francisco Moreno se confirmaban, se estaba ante un acercamiento extremo de una región que estaba innegablemente bajo soberanía argentina hacia la costa del Pacífico, lo que sin lugar a dudas tendría que llevar a negociaciones complicadas para preservar la soberanía de Chile sobre la costa del Pacífico, como había sido garantizado en el protocolo de 1893» (Steffen, 2015, pp. 130-133). Las descripciones y representaciones argentinas provocaron, relató Steffen, que ante la «escasa información que en Chile existía sobre la orogenia de la cordillera y la hidrografía del interior de la zona de los fiordos entre Palena y Aysén», se organizara una expedición para «determinar la ubicación del río Frías y buscar una solución a los problemas suscitados en relación con la divisoria principal de las aguas al oeste del lago La Plata», confirmando que la controversia territorial estaba acompañada de una disputa por el saber sobre los Andes Patagónicos entre Chile y Argentina (Steffen, 2015, pp. 133-134). Fragmento del mapa de Francisco P. Moreno, La Plata, 1897. Escala 0 -50 km La comisión estatal que encabezó Hans Steffen el verano de 1897/1898 tuvo dos objetivos, recordó el científico, reflejando de paso los esfuerzos oficiales por adelantar en los reconocimientos geográficos para fundar las reivindicaciones soberanas. Primero, determinar el curso que tomaba la línea diviso-ria de las aguas entre los lagos La Plata y Fontana, como las respectivas zonas fluviales contiguas de la costa del Pacífico; segundo, resolver el tema de la pertenencia hidrográfica del río Frías, asunto que entonces permanecía confuso a pesar de la expediciones argentinas. El mapa elaborado por Steffen resume las conclusiones de su exploración. Comprobó que el río Frías no era parte de la cuenca hidrográfica del Aysen y aclaró la estructura hidrográfica de la zona cordillerana entre las latitudes 441⁄2o y 45o sur, refutando las representaciones de Francisco Moreno. Sin perjuicio de demostrar que la ciencia en el conflicto de límites chileno-argentino sí tuvo nacionalidad, el caso de la delimitación del área adyacente al grado que va entre los 44 y 45 de latitud sur en la Patagonia ofrece también la oportunidad de explicar la forma en que el árbitro Thomas Holdich evaluó el conocimiento geográfico sobre la región producido por las comisiones de peritos de Argentina y Chile, y terminar ofreciendo una «frontera política» que no coincidía exactamente con el «principio geográfico de demarcación», ya sea que este fuera el propuesto por Argentina, altas cumbres, o el chileno, divisoria de las aguas». UN ÁRBITRO ENTRE TERRITORIOS Y SABERES Como Steffen reconoció, había sido la incompatibilidad de ambas propuestas lo que llevó a recurrir al tribunal inglés, el que, como asentó Holdich, siempre estuvo consciente de que la controversia de límites tuvo en los necesarios reconocimientos geográficos de las zonas en disputa un factor determinante. Es decir la soberanía condicionada al saber sobre la territorialidad reivindicada. Para la zona del río Frías hacia el sur, entre los 44o 2' y los 46o S, el geógrafo de la Royal Geographical Society reconoció que «la división continental que rodea su nacimiento se aleja de los picachos andinos, no obstante que la división de la aguas sigue siendo clara», reconociendo en su fallo las pretensiones chilenas con una mínima excepción. Justificando su determinación escribió: «La línea propuesta por Argentina atrave-saba los afluentes unidos del Aysén a poca distancia de la costa del Pacífico y seguía cordones cordilleranos, cuya conformación era más o menos incierta. Sin duda, aunque la divisoria continental de las aguas sea imprecisa para que sea considerada como base para un buen límite desde el aspecto topográfico en este tramo, empero es en efecto esta la mejor línea limítrofe ofrecida por la naturaleza y por cierto la única línea aplicable y natural, que no se acerca en demasía al litoral del Pacífico» (Holdich, 1958, p. Las palabras del árbitro reflejan muy bien la declaración general que precedió al fallo, donde, en la fundamentación se asentó: «En presencia de estas contenciones divergentes, después de la más cuidadosa consideración, hemos llegado a la conclusión de que la cuestión que nos está sometida no es simplemente la de decidir cuál de las dos líneas alternativas es correcta o errónea, sino más bien la de determinar -dentro de los límites definidos por las pretensiones extremas de ambas partes-la línea fronteriza precisa que, en nuestra opinión, interprete mejor la intención de los documentos diplomáticos sometidos a nuestra consideración (Steffen, 2015, p. Declaración reafirmada por Holdich en el libro que publicó en 1904 con su experiencia como árbitro en la disputa chileno-argentina, donde escribió que luego de su visita a los Andes Patagónicos, el conocimiento práctico le hizo ver «la futilidad de contemplar la infinita variedad de manifestaciones de la naturaleza como base geográfica de un acuerdo político»; concluyendo entonces que el trabajo del tribunal consistió en «pronunciar una decisión arbitral basada más bien en el espíritu del Tratado chileno-argentino que en el texto mismo» (Holdich, 1904, pp. 43 y 67). H. Steffen: Fijación de límites al norte y sur del 45o S Para el tramo entre Steinfeld y Koslowsky, el árbitro consideró que «ninguna otra parte de la divisoria de las aguas es más difícil de determinar, pero era precisamente aquí en donde el interior del terreno en cuestión era de suyo inapropiado para un límite cordillerano» (Holdich, 1958, p. La controversia chileno-argentina no quedó para Holdich sólo circunscrita a estos países, fue un caso que después el geógrafo utilizó para ilustrar problemas relativos a las fronteras y también establecer principios generales. Por ejemplo en su libro Political Frontiers and Boundary Making, en el que afirmó que en la muy escasa literatura existente sobre fronteras internacionales, no ha podido encontrar una opinión autorizada basada en experiencia práctica; agregando que el primero y gran objetivo de una frontera nacional es asegurar la paz y la buena voluntad entre los pueblos vecinos. Por eso es que en el capítulo sobre las fronteras naturales, alude a los Andes para ejemplificar el que llama efectivo uso de importantes cadenas montañosas como frontera en el mundo civilizado. Concluyendo que además de la ignorancia sobre las condiciones geográficas de la zona fronteriza, quizás lo peor sea una geografía imprecisa, y que indudablemente, en la historia reciente, el ejemplo más notable de esta forma errónea de delimitación, alentada por un antagonismo peligroso, es el que afloró entre dos grandes repúblicas sudamericanas, Argentina y Chile a propósito de la partición de la Patagonia (Holdich, 1916, pp. 148-150 y 186-190). El artículo primero del tratado chileno-argentino de 1881 ofrece un potencial ilimitado para la práctica de la historia cultural de la ciencia, aquella que además se ocupa del contexto social en el que se practica, produce y aplica el conocimiento; pero también de la geografía histórica pues, en definitiva, todo lo obrado por los peritos y las comisiones que constituyeron, significó abordar y resolver un problema geográfico, intelectual, que tuvo repercusiones en la sociedad y terminó siendo objeto de representaciones cartográficas que evolucionaron en el tiempo, cambiando así el espacio. En este caso de una y otra república. Si en una primera instancia se puede creer que una montaña resulta ser el símbolo mismo de lo cierto, lo definitivo e inamovible, pues una cordillera es una cordillera y no admite discusión sobre sus características y contornos, menos en una época como el siglo XIX en la que el positivismo descriptivo dominaba la ciencia geográfica con sus definiciones contundentes y ajenas a todas especulación crítica, la realidad es que para el caso de los Andes los firmantes del tratado pensaron, creyeron o supusieron otra cosa, tal vez por el desconocimiento existente entonces sobre las características del macizo andino. De otra manera no se entendería que, inmediatamente a continuación de señalar la cordillera como frontera, un «límite inconmovible» y a «perpetuidad», como se lee en el artículo sexto del convenio, se asentase que «las dificultades que pudieran suscitarse», precisamente por establecer la montaña como lindero, «serán resueltas amistosamente por dos peritos». Apareciendo así la figura del perito al que el poder político le entregó el trabajo de establecer/proponer los espacios nacionales. Es la ciencia concebida al servicio de la soberanía territorial y por lo tanto del poder y su afán por conocer y dominar. La prevención realmente anticipatoria de las controversias que vendrían y que se prolongan hasta hoy, se origina en que el tratado estipuló que «la línea fronteriza correrá por las cumbres más elevadas de dicha cordillera que dividan las aguas y pasará por entre las vertientes que se desprenden a un lado y otro». Una breve frase de dos líneas que no sólo reconocía diversos fenómenos naturales para establecer el lindero, sino que dio pie a posibles interpretaciones sobre lo que se entendería por «la línea fronteriza», que sólo el conocimiento, la ciencia, los peritos, podrían determinar. Aunque finalmente serían los políticos quienes decidirían. Que ya entonces las posibles formas de establecer el límite chileno-argentino se conciben incompatibles y sólo capaces de resolver gracias a la práctica científica, lo demuestra el hecho que en el Tratado de 1881 se identifique con claridad las dificultades que surgirán de la aplicación de la convención por «la existencia de ciertos valles formados por la bifurcación de la cordillera y en que no sea clara la línea divisoria de las aguas». Así queda en evidencia que los representantes de los gobiernos al menos preveían las complejas características de los Andes por el conocimiento acumulado sobre la cordillera. En una redacción que resulta esencial para justificar nuestro texto, el artículo primero del convenio chileno-argentino alude a «las operaciones que practiquen» los peritos encargados de dirimir las controversias. Una labor que no estuvo ajena a las controversias, y no ya sólo limítrofes, sino que también científicas pues, en definitiva, tras cada una de las posturas hubo concepciones sobre los fenómenos naturales, modos de practicar la ciencia, métodos y medios, así como experiencias nacionales en relación con el conocimiento, que determinaron el resultado final de la tarea prevista en el tratado. La que a su vez sólo pudo ser concluida, o adelantada, gracias a la participación de un tercero, el árbitro, que introdujo otra tradición cultural, política y científica, la inglesa que, en este caso, debió mediar en lo que para Holdich era «el aspecto más interesante del problema limítrofe en estos tiempos, esto es, la conexión inseparable que existe entre los convenios fronterizos y el conocimiento geográfico práctico» (Holdich, 1904, p. Es decir, la relación entre ciencia y política, entre territorio y saber en disputa, que la zigzagueante frontera trazada por el árbitro entre Chile y Argentina en los Andes Patagónicos refleja elocuentemente. Citamos de la traducción del libro de Holdich, publicada como ¿Territorio en disputa? Entrevista a Joaquín Fermandois, en El Mercurio, "Reportajes", Santiago, 25 de octubre de 2015, p. A propósito de las querellas por derechos de soberanías territoriales de los estados, la mayor parte de las cuales se fundan en el principio "como poseías, seguirás poseyendo", elocuente resulta la conclusión de Marta Lorente en la frase final de su agudo texto "Uti possidetis, ita dominis eritis. Derecho internacional e historiografía sobre el territorio", donde asienta que cada vez que se invoca el uti possidetis, "este no remite a la historia del territorio para solucionar las disputas, sino que, por el contrario, la crea". En junio de 2016 Chile demandó a Bolivia ante la Corte Internacional de La Haya buscando que esta reconozca que el Silala es un río de curso internacional y que por lo tanto Chile tiene derechos sobre ese curso de aguas que, naciendo en Bolivia, se desplaza hacia el oeste, corriendo por territorio chileno. Se adelantó así a una demanda boliviana ante la misma Corte para que esta reconociera que es un manantial que fue desviado artificialmente hacia Chile. Ahora Bolivia presentará una contrademanda con su reivindicación. En este caso, como en el que tratamos, la discusión por el derecho al uso del agua del Silala, un tema de soberanía, estará supeditada a una cuestión geográfica y geológica: ¿el Silala es río o manantial? 5. El área sin demarcación de límites está ubicada entre los paralelos 49° 10' 00" y 49° 47' 30" de latitud sur y los meridianos 73° 38' 00" y 72° 59' 00" de longitud oeste, es un territorio rectangular que va desde pocos kilómetros al norte de la cumbre del monte Fitz-Roy hasta el cerro Murallón. Por eso están entre comillas. Los utilizados están identificados en la bibliografía.
expedición militar y política de corte panhispanista. Fruto de aquel viaje el artista produjo una veintena de fotografías, dibujos y varias cartas que se publicarían en la revista El Museo Universal. Fotografías y crónicas del viaje conforman un corpus de excepcional valor que permite reconstruir el proyecto y su fabricación de una nueva imagen de América tras la independencia de las antiguas colonias y la irrupción de los Estados Unidos como potencia emergente. Este trabajo analiza este discurso y cómo se articuló con relación a este recién incorporado territorio de los Estados Unidos. A lo largo del estudio se revelarán varios fenómenos interesantes, como la ruptura ocasional del discurso, la circulación de las fotografías más allá del contexto de la Expedición o las conexiones de este viaje de exploración con el fenómeno del turismo. Tras varios meses de travesía por América del Sur, en octubre de 1863 varios de los componentes de la Comisión Científica del Pacífico llegaron a California. La Comisión formaba parte de la Expedición del Pacífico (Barreiro, 1926; Miller, 1968; Puig-Samper, 1988), una ambiciosa embajada del gobierno de la Unión Liberal liderada por Leopoldo O'Donnell creada en el marco de una política exterior intervencionista, bien dirigida a obtener un prestigio perdido, como ha querido ver la historiografía tradicional, bien con claros objetivos económicos (Martínez Gallego, 2001, pp. 156-164; Inarejos, 2007, pp. 9, 103-104). En cualquier caso, bajo la ideología del panhispanismo (Van Aken, 1959; Puig-Samper y López-Ocón, 1987; Puig-Samper, 1991) la empresa tendría por objetivo la negociación de la deuda peruana, y la «protección a los españoles [y la] fraternización con todos los hispano-americanos» 1 aunque concluiría con la Guerra del Pacífico, lo que quizá ilustra una actitud vacilante en lo que respecta a la aceptación de las independencias como hecho irreversible (Pérez Viejo, 2012a, p. El Ministerio de Fomento organizó con cierta premura una comisión científica que habría de acompañar a la Expedición (Puig-Samper, 1988, p. El proyecto tenía como objetivo reanudar la tradición científica ilustrada en la que se inspiraba (Puig-Samper, 1988, p. La decisión de contar para dicha organización con Mariano de la Paz y Graells, director del Museo Nacional de Ciencias Naturales (Puig-Samper, 1988, p. 15), que años antes había participado en la presentación del daguerrotipo en Madrid (Fontanella, 1981, pp. 39-42), debió influir en la incorporación de un fotógrafo al proyecto, lo que contribuía al prestigio de la Expedición (Badia-Villaseca, López-Ocón, Pérez-Montes, 2000, p. Las expediciones científicas oficiales continuaban utilizando artistas viajeros, principalmente dibujantes. La Comisión también contaba, bajo la dirección del marino retirado y coleccionista Patricio María Paz y Membiela, con los naturalistas Marcos Jiménez de la Espada, Francisco de Paula Martínez y Sáez, Fernando Amor y Mayor, Juan Isern Batlló, el antropólogo Manuel Almagro y el médico auxiliar disecador Bartolomé Puig y Galup. La Comisión, que en varias ocasiones se dividiría con el objetivo de maximizar su rendimiento, tendría la oportunidad de viajar por Brasil, Uruguay, Argentina, Islas Malvinas, Chile, Perú, Ecuador, Panamá y California. California aparecía entre los puertos a visitar desde los inicios del proyecto, según las instrucciones recibidas por Hernández Pinzón, y también allí la escuadra debía actuar como una embajada de buena voluntad que contribuyera al buen nombre de España tras la indepen-dencia (Miller, 1968, p. Rafael Castro, de regreso a Madrid, visitó también Nueva York, de la que dejó un interesante testimonio. Con todo, la Expedición del Pacífico tuvo lugar en un momento de intensa crisis política (Burdiel, 2011, pp. 692-786) que con los años desembocaría en el destronamiento de Isabel II y que sin duda debió afectar los destinos del proyecto. Rafael Castro realizó en California cerca de una veintena de negativos al colodión húmedo centrándose en el bosque de secuoyas gigantes de Calaveras, las minas de oro de Murphy's, y los emigrantes chinos de San Francisco así como, de manera muy fragmentada, algunos rincones de esta ciudad (Puig-Samper, 1992). Como en otros puntos del periplo, se adquirió además un pequeño conjunto de fotografías con el que se completó la colección de vistas urbanas. El fotógrafo ejercía también como cronista en El Museo Universal (Puig-Samper, 1988, p. 69), donde publicó el más extenso repertorio de literatura de viaje de esta popular revista ilustrada (Chozas, 2014, p. La revista reproducía sus fotografías (y algunos de sus dibujos) (Páez Ríos, 1952, pp. 43-45) en forma de grabados en madera intercalados en los textos. RAFAEL CASTRO, ARTISTA DE LA EXPEDICIÓN CIENTÍ-FICA DEL PACÍFICO Desde el siglo XVIII los artistas eran considerados «el alma del viaje, pues representarán en vivo aquellas cosas que en vano aún la pluma más diestra se esforzaría de describir» 2. Si bien es cierto que algunas de las imágenes de Castro fueron claramente concebidas como documentos científicos 3, la mayoría de sus fotografías estaba posiblemente dirigida a documentar los lugares visitados conforme se hacía en las narrativas de las expediciones que se publicaban desde los tiempos de Cook, «... so that we might go out with every help that could serve to make the result of our voyage entertaining to the generality of readers, as well as instructive to the sailor and scholar...» 4. Durante el siglo XIX el destino de las imágenes continuó siendo la narrativa, documentar los lugares visitados y los acontecimientos más señalados de los viajes, aunque en ocasiones tuvieron vocación científica. Pero, nunca inocentes, las imágenes suelen presentar una lectura ideológica. Podría argumentarse que estas fotografías no ilustraron la narrativa de Manuel Almagro 5, posiblemente debido a motivos económicos 6. Pero la correspondencia que se conserva nos permite comprender la función que originalmente se les destinaba. Mientras para el director del Museo de Ciencias Naturales las fotografías estaban destinadas a circular entre «las corporaciones, altos funcionarios, literatos y hombres científicos» siendo posible «vender a los particulares que gusten adquirirlas» 7, para el ministro Vega de Armijo su función debía ser «ilustrar la historia del viaje» 8. Finalmente el destino de estas fotografías fue la formación de veinte álbumes 9 cuya existencia ha sido imposible corroborar, lo que se procuró a lo largo de varios años en medio de grandes dificultades 10. Todo apunta a que las imágenes fueron celosamente custodiadas por el Ministerio, donde se pierde su rastro: en 1879 la Asociación Española de Historia Natural le reclamaba las colecciones completas de fotografías con «vistas, vegetación, cráneos, e indígenas» con destino a las bibliotecas del Jardín Botánico y del Museo de Ciencias Naturales para así satisfacer los gustos de sus lectores 11. Junto con algunos dibujos 12, un número reducido de fotografías 13 formó parte de la exposición que se celebró en el Jardín Botánico en 1866 que, según la prensa de la época, fue todo un éxito (Puig-Samper, 1988, p. Además, las cartas y grabados publicados por El Museo Universal prestaron extraoficialmente al proyecto una visibilidad extraordinaria. Y la circulación de las imágenes habría sido aún más amplia de no haberse privado al fotógrafo de sus derechos de propiedad a su regreso a Madrid 14. Es necesario observar que si bien no se ha encontrado ningún acuerdo contractual que confirme los derechos defendidos por el fotógrafo, es posible que Castro se amparara en la ley de 1847 por la que un autor/artista (y sus descendientes por un plazo de tiempo) ostentaba poder total de disponer de su producción (Sánchez García, 2002, pp. 1000, 1002). Sin embargo, los derechos con relación a las fotografías eran un asunto controvertido y sin legislar por aquellos años. Del mismo modo, aunque se trata sólo de una hipótesis, esta ley podría explicar qué fue de los dibujos que también realizó. Por otra parte, es necesario recordar que las imágenes de las expediciones tradicionalmente pertenecían a sus organizadores aunque se producen entonces reivindicaciones similares, como la de la familia de Joseph Selleny, artista de la expedición de la fragata Novara, a la Marina austríaca (Donko, 2011, p. Imágenes y palabras se complementan ofreciendo un corpus fotográfico contextualizado de enorme valor histórico que articula un complejo discurso con gran proyección en la sociedad española de la época. La colección destaca además por su cronología, ámbito geográfico, dimensiones o temática así como por su relación con una expedición militar y científica y con un periodismo gráfico incipiente. Permite reconstruir un complejo discurso que, procedente de un ámbito científico y oficial, debió ser considerado digno de todo crédito y tener una importante proyección en la sociedad española. Por un lado, imágenes y palabras permitieron re-conocer unas tierras americanas que, aunque ya no pertenecían a la corona, eran todavía consideradas importantes, particularmente desde la óptica del panhispanismo. La apasionada personalidad de este artista, que acabaría pegándose un tiro en el corazón en diciembre de 1865, produjo fracturas en este discurso. Como embajador de la expedición, Castro ponía en valor el trabajo realizado por los comisionados y auguraba el éxito del proyecto, al tiempo que veía y enseñaba a ver a través de los ojos del panhispanismo que no sólo animaba la empresa expedicionaria sino los intereses de la prensa para la que también trabajaba. Sin embargo, su agitada personalidad le conduciría en numerosas ocasiones a exponer sus propias ideas. Rafael Eduardo Casto Castro y Ordóñez (Madrid, 1834-1865) 15 fue elegido comisionado pocos días antes de la partida de la Expedición tras la renuncia de su primer candidato (Puig-Samper, 1988, p. Hijo del pintor Antonio Castro y Gistau 16, se había formado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y disfrutó de una pensión que le permitió completar su formación con Léon Coignet (Ossorio y Bernard, 1868, p. 151), afamado pintor y prestigioso maestro, en París. Éste posiblemente le inculcara su interés por la fotografía dada su relación con Société Héliographique, centrada en explorar las capacidades del nuevo medio como expresión artística. Posiblemente debido al prestigio de la mención honorífica obtenida en la última (Pantorba, 1980, pp. 75-76) obtuvo el encargo oficial de un retrato de la serie cronológica de los Reyes de España (Ossorio y Bernard, p.151) en la que participaron figuras de renombre. Su carrera resulta característica de la época pues refleja cómo «el pintor español del siglo XIX pinta... por y para el Estado» (Pérez Viejo, 2012b, p. Además de ejercer como pintor en Madrid, tal y como se dedujo por primera vez a partir de un retrato de la familia de Isern, tenía también un estudio especializado en retratos fotográficos en formato carte de visite (Blanco, Rodríguez y Rodríguez, 2006, p. De hecho, muchos pintores de la época, acuciados por la necesidad de obtener ingresos regulares, optaron por adoptar la fotografía como profesión. Quizá lo más interesante de esta faceta sea su Galería de los Contemporáneos (imprenta E. Aguado: Madrid, 1862), una serie de retratos de hombres ilustres acompañadas de reseñas biográficas de J. de la Viña 17. La serie, que se adquiría en forma de entregas y por suscripción 18, gozaba de cierta circulación conforme al reverso de una carte de visite de Emilio Castelar de la Fundación Lázaro Galdiano por la que sabemos que también se vendía en la Librería de A. Duran (Yeves, 2011, p. Es interesante observar que la serie presenta grandes similitudes con Galerie des contemporains de A. A. E. Disdéri, creador del formato carte de visite y uno de los fotógrafos comerciales más importantes de la época. Así, aunque como fotógrafo demuestra una clara vocación comercial, ambición e iniciativa, su interés por este producto también demuestra cierto prestigio y familiaridad con los más importantes personajes de la época que, sin duda, debieron granjearle el camino a la Expedición. Más aún, la concepción del arte como discurso ideológico propia de los artistas de aquellos años (Pérez Viejo, 2012b, p. 46) se ve reflejada en toda su trayectoria y explica su papel en el contexto expedicionario. Aunque con sólidos conocimientos, el fotógrafo británico Charles Clifford, cuya obra constituye un hito en la Historia de la Fotografía en España (Fontanella, 1981, p. 61), recibió el encargo oficial de adquirir y probar parte de su equipo, instruyéndole también en vistas (Puig-Samper, 1988, p. Sin duda el interés de Rafael Castro por la Expedición constituye un reflejo más de su sintonía con los intereses del Estado y, a juzgar por el éxito de la fotografía de viaje en aquella época 19, de sus esperanzas de añadir un producto comercial más a su negocio. Una serie de trágicos acontecimientos conferiría a este viaje un carácter de tragedia romántica (Puig-Samper, 2011, p. En Chile, el fotógrafo ya había relegado su cámara a un segundo plano y parecía absorto en su labor para El Museo Universal, aflorando en sus textos impresiones personales que sugieren un estado de ánimo alterado. A su llegada a California parece experimentar angustia 20, agotamiento psíquico 21, desilusión ante la evolución del proyecto 22 y un fuerte impacto emocional por la muerte de varios militares 23 y de Fernando Amor. Castro, que junto a otros compañeros le había velado y acompañado, le rinde homenaje como «mártir de la ciencia» con una fotografía del hospital donde murió que sería publicada por El Museo Universal (imagen 1) 24. El viaje refleja su estado de ánimo y constituye una experiencia privilegiada para hallar la verdad sobre los lugares que visita pero también sobre su propio país. Afirma en una de sus crónicas: «... Largo fuera de enumerar tantos adelantos (...) necesitamos convencer-nos de que si fuimos, hoy no somos nada...» 25. A partir de aquí utiliza su descripción del progreso de California para ilustrar el declive de España aunque, en varias ocasiones, su discurso sirve para sugerir mejoras con vistas a una posible «regeneración» 26. Estos «niños grandes maleducados» que son los Estados Unidos, «pueblo que no ha tenido infancia» aparecerán en sus crónicas como modelo para la formación de compañías de bomberos, modernización de mercados 27 o de la vida doméstica 28, modelo en fin de civilización y progreso. Aunque en España no se siente progreso, algunos individuos habían visto el mal y buscaban una fórmula que arrastrara a todo el pueblo al ritmo de los países europeos, movimiento en el que jugará un importante papel Emilio Castelar (Boneu Farre, 1962, pp. 106-107), a quien Rafael Castro incluyó en la pri-mera entrega de su Galería, lo que sugiere quizá cierta admiración. Los viajes románticos españoles permiten a sus autores fijar la mirada en la modernidad y la civilización de otros países más desarrollados. Y en esta búsqueda existe una inspiración para la regeneración de España (Díaz Larios, 2002, p.95). La próspera civilización norteamericana, descrita como un lugar donde «... se ha dado cita el industrialismo inglés con el gran espíritu moral y civilizador de la Francia...», es relacionada por el fotógrafo con su colonización, lo que le sirve para criticar el modelo hispano 29. Sin duda, un discurso excepcional en el contexto español que no debió de ser del gusto de los editores de El Museo Universal, con una marcada línea nacionalista (Chozas, 2014, p.109), ni con los propósitos del gobierno, de los que nos da idea la prensa de la época:... Todo indica ya el no lejano establecimiento de una vasta confederación hispano-americana bajo el protectorado de la España, libre y espontáneamente aceptada (...) Esta gran verdad encierra en sí el germen de la salvación y de la prosperidad para las repúblicas hispanoamericanas. La expedición naval se encamina ya a la realización de esa grande obra moral y política... Casi desde la independencia de los Estados Unidos, que España había apoyado, se observa un marcado antiamericanismo basado en la desconfianza hacia el nuevo modelo socio-político y en el ascenso de un poderoso rival, que habría de fraguarse a lo largo del siglo XIX en torno al discurso panhispanista (Fernández de Miguel, 2012, p. SECUOYAS Y MINAS DE ORO A pesar de la gravedad de su compañero Fernando Amor, Castro y Martínez y Sáez se dirigieron al interior del estado de California, según el fotógrafo con el principal objetivo de visitar el bosque de Secuoya gigantea 31. Tal y como ocurre a lo largo de toda la Expedición, el trabajo de los comisionados dependía en gran medida de la ayuda de diplomáticos, residentes españoles, coleccionistas y hombres de ciencia. En esta ocasión este colaborador fue Edward Vischer, hombre de negocios alemán afincado en aquellas tierras que, alcanzada la madurez, se había interesado en la creación y edición de libros ilustrados sobre California (Puig-Samper, 2011, p. Vischer contaba con amplios conocimientos sobre la zona a la que había dedicado un volumen 32. El reportaje sobre el bosque de secuoyas fluctúa entre la fotografía de interés botánico y la reproducción de una experiencia turística pre fabricada lo que, en parte, viene provocado por la probable lectura de la obra de Vischer. No existen diferencias entre estas fotografías y otras láminas botánicas del siglo XIX, y como tal funciona ACN000/008/122 (imagen 2), sin acreditar, en Vischer's Views of California (San Francisco, después de 1863) 35. La imagen ACN000/008/128, también utilizada por Vischer (imagen 3), responde al interés por las dimensiones colosales de estos árboles, particularmente evidente gracias a la figura humana que les sirve de escala. Los numerosos anillos entre los que son visibles algunos marcadores históricos sugieren la antigüedad de estos especímenes. Pero estas imágenes también describen una atracción turística. El pabellón visible en ACN000/008/128 cubría la parte inferior del árbol y servía como pista de baile en las fiestas que allí se celebraban. Ésta y ACN000/008/125 comparten la presencia de una escalera, un importante hito de la visita según se deprende de las numerosas imágenes con turistas que se conservan. La imagen permite ver además los grafiti que múltiples turistas habían dejado en el tronco del árbol como testigo de su paso. Las imágenes apuntan por igual a un interés científico y a la recepción y reproducción de una experien-cia pre fabricada, fenómeno similar al del Grand Tour (Sweet, 2012, p. La visita a este árbol talado, junto al hotel para turistas, aparece reflejada poco tiempo después en las cartas de William H. Brewer, miembro de la California Geological Survey 37. Esto vendría a demostrar el interés de la exhibición de este ejemplar talado y diseccionado para el conocimiento de estos especímenes botánicos y el de estos destinos turísticos para la sociedad de la época. Parte de una tradición, la experiencia de la visita con sus distintos hitos aparece ya fijada en las primeras guías a estos parajes. Una atenta mirada a las ilustraciones de Views of California: The Mammoth Tree Grove, Calaveras County, California, and its Avenues (San Francisco, 1862) de Vischer, revela los mismos motivos y puntos de vista, que serían utilizados por Castro en sus fotografías (imagen 4). ). La comprensión del bosque como un lugar para el descanso de la sociedad local tampoco difiere de la perspectiva de Vischer. Y, de la misma manera, se repiten incluso las sensaciones entre los diferentes visitantes 38. Con todo el fotógrafo, siempre interesado en dar credibilidad a su discurso, expresa su admiración pero se aleja de cualquier alusión a lo sublime 39 para describir estos maravillosos árboles a través de un lenguaje objetivo 40. La publicación de Vischer de 1862 esconde otro secreto, un hecho inadvertido para Peter E. Palmquist raleza y nación permitía a los parques naturales servir como símbolos, auténticos lugares de culto para el pueblo americano. Así, estos árboles milenarios, eslabones con el pasado más lejano 42, sin duda fueron rápidamente asociados a la idea de «monumentos naturales» con los que competir con los de civilizaciones más antiguas, y quizá por ello recibieron con el tiempo nombres de personajes emblemáticos de la cultura americana que debían perpetuarse (Hutchinson, 2004, pp. 54, 57). Por tanto, tales lugares fueron esencialmente considerados instituciones museológicas, no sólo en sus contenidos sino en sus técnicas de exposición (Patin, 1999, p. 41), tal y como parece demostrar el diseccionado Original Big Tree. Más allá del simple destino turístico, constituían un medio para definir los Estados Unidos (Sears, 1989, p. Los comisionados omitieron cualquier comentario con relación a la tala, mutilación y explotación de los árboles. Como ocurriera con el Original Big Tree, muchos árboles fueron descortezados o talados y, reducidos así a «monstruos de feria», fueron exhibidos por todo el mundo. «... Diez años después la prensa española se hacía eco del riesgo de desaparición de estos árboles 44. Y, de hecho, el bosque de secuoyas de Mariposa Grove consiguió, junto a Yosemite, protección legal a partir de 1864 aunque no así los Calaveras Big Trees que visitaron los comisionados, que continuaron siendo un destino turístico (Sears, 1989, p. Teniendo en cuenta la sensibilidad de la sociedad decimonónica ante la posible desaparición de etnias, monumentos o tradiciones debido a la irrupción del progreso, el silencio de los expedicionarios resulta llamativo. El reiterativo motivo de los árboles talados en el arte norteamericano, que ha recibido atención por parte de los historiadores del arte, ha sido identificado con la conquista de la naturaleza salvaje y el avance del progreso de la civilización estadounidense (Novak, 1980, pp. 157-202 y Cikovski, 1979, pp. 611-626). Así, árboles talados y diseccionados, incluso reducidos a atracciones de feria, parecen expresar en las fotografías de Castro una aceptación de la domesticación de la naturaleza inherente al imparable avance del progreso norteamericano. Un progreso que sería celebrado por los propios norteamericanos pocos años después a través de imágenes de leñadores, árboles mutilados y turistas (Vermaas, 2003, pp. 116, 164). De la misma manera, las imágenes de las minas de oro de la vecina localidad de Murphy's permiten al fotógrafo expresar una vez más la imparable fuerza del progreso. Evidentemente, la mineralogía y la explotación minera eran temas de interés para la Expedición. Sin embargo, la narrativa del viaje escrita por Manuel Almagro descubre en estas minas un tema de trascendencia histórica. La extraordinaria riqueza minera del estado, comenta, no fue explotada por España o por México sino por Estados Unidos al adueñarse de aquel territorio 45. Las minas, que eran uno de los principales motores del progreso norteamericano, recordaban a los españoles su aparente incapacidad a la hora de explotar sus antiguos dominios o, en palabras de Vischer, que el nuevo elemento anglosajón era el causante de «... the new stir of life and activity infused into hitherto torpid and dormant arteries...» 46. Murphy's había surgido en las proximidades de los placeres descubiertos por los hermanos Daniel y John Murphy, pioneros asentados en California en 1844 que realizarían prospecciones durante la Fiebre del Oro con enorme éxito. El fotógrafo de la Comisión, con el tiempo contado, realizó a primera hora de la mañana y en compañía de su compañero Martínez y Sáez y su colaborador Francisco Laso de la Vega dos fotografías de las minas, correspondientes a los negativos ACN000/008/127 y ACN000/008/126 (imagen 5). Las imágenes se centran en los ingenios utilizados y en la gestión del agua, aspectos importantes de la explotación que llamaron la atención de ambos comisionados. Estas imágenes, una vista panorámica y otra más centrada en una noria de agua, fueron enormemente populares, tal y como demuestra su presencia en todas las colecciones, su publicación en forma de grabado 47 y su múltiple aparición en el mundo editorial norteamericano a lo largo de varios años 48. La insistencia sobre el motivo de la rueda, que ocupa un lugar central en ambas composiciones, merece cierta atención. La rueda surge en medio de una tierra quebrantada y abierta que evoca una imagen de destrucción. Entre otros significados, la rueda es conocida como símbolo de progreso, idea que parece utilizar el propio Castro cuando afirma:... esto es un gran país, lleno de vida, de movimiento. ¡Y todavía había hombre en esa que creía que sólo íbamos a encontrar indios en estos pueblos! ¡Pobres majaderos que niegan que el mundo marcha como su símbolo, que son el vapor y la electricidad! Que no se paren, que marchen, si no la rueda los destrozará... Vischer había utilizado las minas de Murphy's para destacar la belleza y sublimidad del vecino bosque de secuoyas. En otras palabras, para el alemán las minas eran lugares de destrucción que simbolizaban el materialismo y la avaricia. El fotógrafo también alude al progreso de California con relación al materialismo, y afirma: «... Este crecimiento, esta abundancia y este movimiento industrial y comercial (...) un tal desarrollo es debido en parte a la ambición y codicia de nuestra pobre humanidad...» 51. Una vez más las obras de Vischer y Castro muestran cierta afinidad. El progreso entrañaba una ocupación del espacio, una explotación de los recursos naturales y una destrucción que, en este caso, el fotógrafo parece presentar a través de una cierta visión apocalíptica y quizá moralizante. LAS «OTRAS VIDAS» DE LAS IMÁGENES Estas imágenes demuestran el impacto del trabajo de los expedicionarios españoles en la periferia (López-Ocón, Badia-Villaseca, 2003, p. Las fotografías realizadas por Castro durante su periplo por el interior de California circularon a través de las publicaciones de Vischer, en cuya obra a su vez el fotógrafo español claramente se inspiró. Y, a su vez, las publicaciones de Vischer contribuyeron a la popularización de las obras del fotógrafo de la Comisión del Pacífico en los Estados Unidos. Así, una de sus fotografías de las minas de oro de Murphy's pasó a ilustrar la edición de cartas de William H. Brewer, miembro de la California Geological Survey. Rafael Castro y Ordóñez, [Placeres, minas de oro]. 1863, copia en papel albuminado a partir de negativo al colodión húmedo, 20,0 x 27,0 cm. ©CSIC, CCHS, Biblioteca Tomás Navarro Tomás, Madrid. ABGH000/117/351. lización de las imágenes destinadas a documentar los lugares visitados parece un fenómeno que se repite, al menos con relación a la Expedición Malaspina. Peter E. Palmquist identificó las fotografías de Castro en dos publicaciones de Vischer: [The Forest Trees of California:] Sequoia Gigantea, Calaveras Mammoth Tree Grove (San Francisco, 1864) y Pictorial of California (San Francisco, 1870) (Palmquist, 1982, pp. 15-19). Se ha observado que se reprodujo al menos otra imagen, aunque sin acreditar, en Vischer's Views of California, the Mammoth Tree Grove, Calaveras County, California and its Avenues (San Francisco, después de 1863) (ejemplar de la Honnold Mudd Library). No se pueden descartar otros posibles préstamos debido a la enorme disparidad en las ediciones del alemán. Las imágenes de Castro que fueron publicadas por Vischer en Estados Unidos posiblemente no estaban protegidas por los derechos de copyright, que en aquellos años se negaba a las obras de origen europeo (Khan, 2008, pp. 26-27), pero en su mayoría aparecen debidamente acreditadas al fotógrafo y a la Comisión. No se trata de un hecho excepcional pues Vischer se relacionaba con artistas, como el fotógrafo Carleton E. Watkins o el paisajista de origen británico Thomas Hill, a los que pedía imágenes para reproducir en sus publicaciones y acreditaba su trabajo (Vermaas, 2003, p. A su vez, Castro no sólo se inspiró en la obra de Vischer, particularmente Views of California (San Francisco, 1862), sino que se basó en dos de sus dibujos para uno de sus proyectos de El Museo Universal. No se trata de un fenómeno aislado ya que las colecciones del Pacífico conservan múltiples imágenes de fotógrafos locales observándose la formación de un corpus de imágenes americanas paralelo que complementa el trabajo del fotógrafo de la Comisión. Como en el caso de los dibujos de Vischer, algunas de las imágenes de este corpus fue publicado por El Museo Universal sin la debida acreditación. La ley de 1847 establecía que el derecho de reproducción de la obra plástica se asignaba no a su autor sino al adquiriente del original de la misma (Marco Molina, 1995, p. Aunque la ley no se refería a la fotografía quizá sentaba un precedente que permitía usar libremente y sin acreditar los negativos adquiridos a terceros. La colaboración parece animada por un «hambre de imágenes». El silencio documental no permite establecer hipótesis sobre estos préstamos, simétricos y bidireccionales, que los hace excepcionales en el contexto de la Expedición hasta donde sabemos. Pero sugiere, por ejemplo, que el fotógrafo conser-vaba, en efecto, sus derechos sobre las imágenes, lo que a su vez ayudaría a explicar su intensa colaboración con El Museo Universal. Por parte de Vischer, preocupado por los derechos de publicación como puede observarse en sus imágenes (registradas), el uso de los créditos no sólo expresa una colaboración honesta sino una búsqueda de autoridad y de prestigio para sus publicaciones. Existen antecedentes en lo que se refiere a la reutilización de las imágenes producidas por las expediciones. Como indica Brian Bockelman, las vistas de Buenos Aires realizadas por Fernando Brambila en la Expedición Malaspina fueron utilizadas por José María Cardano para recrear la frustrada invasión británica de la ciudad americana y más tarde para formar parte del atlas de Voyage dans l'Amerique Meridionale, de Félix de Azara (París, Dentu, 1809). La difusión de la imagen por parte de Azara tuvo a su vez como consecuencia un nuevo préstamo y alteración del dibujo original de la Expedición. En el caso de la Expedición del Pacífico, la publicación por Vischer de una de las fotografías de las minas de Murphy's en Pictorial of California (San Francisco, 1870) facilitó su circulación en los Estados Unidos; la imagen sería nuevamente utilizada por el ecologista Francis P. Farquhar en su edición de las cartas de William H. Brewer, un claro homenaje a este naturalista y a la exploración norteamericana 52. Si bien la fotografía de Castro pasa a ilustrar la narrativa de otra expedición contribuyendo así al homenaje que la más importante organización ecologista de California y el ámbito académico le ofrecieron a este científico norteamericano, sus créditos perpetuaron la memoria de la Expedición del Pacífico contribuyendo a lo largo del tiempo al prestigio ansiado por el gobierno español. LOS CHINOS DE CALIFORNIA Si bien las colecciones del Pacífico incluyen fotografías de tipos humanos (Puig-Samper, 1992), se sabe que el fotógrafo sentía un interés especial por otras culturas que, en general, describe con una sensibilidad ajena a las teorías racistas imperantes. Perdidas las identidades de los modelos que pasan a representar a los chinos de California, los retratos se convierten en fotografías de tipos humanos. Como tales, estas imágenes difieren enormemente de otras fotografías concebidas como tipos (figuras de pie contra fondo neutro o en diferentes actitudes y con objetos emblemáticos de su etnia y ocupación), representación cuya tradición es bien visible en obras del siglo anterior (Badia-Villaseca, 2007, pp. 60-61, Badia-Villaseca, 2008, pp. 100-101) y cuyos orígenes posiblemente se remontan hasta los primeros «trachtenbuch». Con todo, los retratos de chinos coinciden en su formulación con otras imágenes, concretamente las de la familia del cacique Huaramán de Emilio Chaigneau adquiridas por la Comisión en Valparaíso, lo que viene a demostrar que la fotografía de interés antropológico en la década de 1860 abarcaba un amplio espectro de estilos. Al margen del espectáculo de ópera china, en su crónica Castro llama también la atención sobre las dificultades que encontró a la hora de fotografiar a sus modelos, lo que demuestra a su vez el enorme interés que sintió por realizar estos retratos 53. Esta dificultad no difiere de la descrita en los contactos con la tecnología occidental de otros pueblos, posiblemente explotada por los agentes del imperialismo con fines propagandísticos dado que fue una reacción generalizada durante los primeros años de la fotografía. Sin embargo, la reutilización de retratos como fotografías de tipos humanos ha sido considerada un fenómeno frecuente en la fo-Imagen 6. Rafael Castro y Ordóñez, [Retrato de Chinos]. 1863, negativo al colodión húmedo sobre placa de vidrio, 22,0 x 17,0 cm. ©CSIC, Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid. 102), y podría explicar en parte estas dificultades. Sin embargo, no cabe duda de que existe una clara relación entre estas fotografías y el retrato ancestral chino, que sirvió de inspiración a los primeros retratos fotográficos en China hasta que estos finalmente los sustituyeron. Diferentes testimonios de la época parecen apuntar a un «miedo al doble» 54 que derivaría del género del retrato ancestral chino 55, cuya función era la de representar a los difuntos en el tradicional culto a los antepasados. Estos retratos, auténticos vehículos de contacto con los fallecidos, se inspiraban en las representaciones de las divinidades, y mostraban a los individuos inexpresivos, sedentes y en posición frontal. La mesa tradicional o de atrezo que acompaña a los modelos fotográficos podría proceder de ciertos tipos de retratos conmemorativos pero, especialmente, de la estética de los primeros daguerrotipos. Otras adaptaciones del retrato fotográfico a la estética pictórica china incluyen el rechazo de la perspectiva 56, la omisión de la sombra y la representación completa de los objetos 57. La imagen ACN000/008/134, próxima a la «conversation piece», demuestra mayor control por parte del artista pero, en general, el conjunto ilustra la difícil negociación entre fotógrafo y modelos y sugiere un control parcial por parte de estos sobre su propia representación. Las fotografías no aparecen representadas en todas las colecciones madrileñas, ni fueron publicadas por El Museo Universal, particularmente sensible a este tipo de imágenes. Más importante aún, los motivos que animaron al fotógrafo a tomar estas imágenes fueron posiblemente el exotismo de los personajes, a los que denomina «diablitos de coleta» 59, pero también el hecho de que además permitían ilustrar el éxito del sistema norteamericano. Los chinos de California, si bien no eran bien considerados por sus conciudadanos, eran parte de una comunidad que el fotógrafo describe de la siguiente forma: «... Todas las nacionalidades tienen aquí cabida (...) todos se entienden... todos progresan y viven en armonía perfecta. Esa creencia de que pueblos constituidos bajo este sistema son el desorden cae por su base...» 60. Un gran elogio al proyecto nacional norteamericano. Como producto de la Expedición del Pacífico, esta re-presentación fotográfica de América tras la independencia ante la sociedad española debe entenderse fundamentalmente como expresión de la ideología panhispanista que anima el proyecto. Sin embargo, el carácter apasionado de su autor, Rafael Castro y Ordóñez, permite observar múltiples aportaciones personales a lo largo del proyecto. Con todo, esta nueva iconografía americana debió gozar de crédito por su naturaleza tecnológica y por su relación con una comisión científica y militar, lo que la permitió circular ampliamente y tener una importante proyección. Posiblemente influido por la mala marcha del proyecto y el fallecimiento de varios de sus componentes, el fotógrafo aportó una imagen personal de California. Esta ruptura del discurso oficial, que no debió de ser del agrado del gobierno ni de El Museo Universal, habla de un progreso americano imparable que le permite reflexionar sobre el declive de España. Como otros conocidos intelectuales y viajeros de la época, Castro utiliza su viaje para profundizar sobre la realidad española con vistas a una posible «regeneración». Con todo, su uso de los Estados Unidos como modelo parece excepcional en el contexto español. Fotografías y crónicas del interior de California definen este Estado como un lugar en pleno proceso de desarrollo. La percepción del circuito de Calaveras en el bosque de secuoyas gigantes oscila entre la exhibición museística del espécimen botánico y la de la naturaleza domesticada y explotada con fines turísticos, expresión del imparable progreso norteamericano. Sorprendentemente no se observa por parte de los comisionados ninguna preocupación con relación a la supervivencia de estos árboles amenazados, de la que era consciente la opinión pública. En cuanto a las fotografías de las minas de la vecina localidad de Murphy's, también oscilan entre la imagen documental, de enorme éxito a juzgar por su amplia circulación, y quizá una cierta vocación moralizante. Los préstamos visibles en la obra del comisionado y su colaborador local Edward Vischer sugieren una estrecha cooperación bidireccional y simétrica y parecen apoyar la tesis de que Castro conservaba entonces los derechos sobre sus placas. La utilización como base de partida y posterior perpetuación de la tradición creada en torno a este lugar turístico repleto de significado para la cultura norteamericana nos permite hablar de la participación del fotógrafo en una experiencia estandarizada muy similar a la del Grand Tour. todo, la repetición de imágenes procedentes de expediciones científicas, incluso a partir de su reproducción en otras obras, es un fenómeno visible en proyectos oficiales anteriores. En todos los casos se trata de «hambre de imágenes», que sin duda explica también el uso de las fotografías de Castro en suelo norteamericano. La autoridad que se les otorga a través de sus créditos contribuye a hacer de ellas fuentes fiables que merece la pena «citar». La fotografía de la mina de oro de Murphy's, reproducida con sus créditos en una edición de las cartas de uno de los miembros de la California Geological Survey, contribuyó no sólo a generar las imágenes que esta expedición requería sino a rendir homenaje al ilustre hombre de ciencia autor de esta narrativa. Pero la circulación de estas fotografías generó también algo de ese ansiado prestigio buscado por la Expedición del Pacífico. En cuanto al uso de imágenes de Vischer por parte del fotógrafo de la Comisión, no resulta excepcional en el contexto de la Expedición, que consta de un archivo paralelo de imágenes de origen local que en ocasiones fueron publicadas sin acreditación. Sin duda, un tema que merece un estudio más detallado. Ajenas a los cánones de la representación de tipos, los retratos de chinos de California realizados por Cas-NOTAS tro, con una clara influencia de la estética china, no cosecharon el éxito esperado por el fotógrafo, quien manifestó un gran interés por obtenerlos. Las imágenes, cuya función cambia del retrato al tipo humano, vienen a confirmar el carácter vacilante de las fotografías de interés antropológico en las primeros años de 1860. Por otra parte, la ruptura en el discurso demuestra no sólo cierto control por parte de los modelos sobre su representación, sino que confirma la existencia de este tipo de «retrato fotográfico chino» con relación a sus clientelas. Las imágenes de los chinos de California, quizá la población más exótica a ojos del fotógrafo, constituye además otro signo del éxito del sistema norteamericano. Las imágenes de Rafael Castro son pioneras en la representación de estas tierras, entonces aún mal conocidas, y posiblemente debido a ello circularon en los Estados Unidos a través de los años proporcionando el prestigio ansiado por la Expedición. Por el contrario, una visión tan personal de los Estados Unidos, posiblemente contraria a los intereses de sus mecenas, quizá comprometió la carrera de Rafael Castro a su regreso a España y contribuyó a su suicidio, expresión romántica del artista incomprendido.
En este artículo se estudiará cómo José Casares utilizó sus libros de texto y su reconocimiento como experto para consolidar el análisis químico como disciplina en las universidades españolas. En primer lugar se mostrará el papel activo de Casares en la configuración de sus libros de texto. Gracias a sus publicaciones, algunos autores de libros de ciencias se convirtieron en voces autorizadas en su disciplina y las promocionaban en sus contextos locales. El estudio del tratado publicado por Casares muestra también los recursos utilizados por su autor para afirmar su disciplina ante públicos diversos. En segundo lugar se describe el origen y la evolución de su tratado, así como sus principales elementos configurativos. Finalmente, se examinan las estrategias utilizadas por Casares para construir una identidad disciplinar en torno a la química analítica en España. INTRODUCCIÓN: LIBROS DE TEXTO, EXPERTOS Y DISCIPLINAS A lo largo de los siglos XIX y XX, la enseñanza de las ciencias sufrió grandes transformaciones que favorecieron la consolidación de un género de literatura científica particularmente diseñado para las aulas y para un nuevo tipo de enseñanza: los libros de texto y los manuales académicos. Hasta hace unas décadas y a pesar de su importancia indudable, los libros de texto raramente habían sido considerados como objetos de estudio con valor propio. Por regla general, han sido utilizados como meras fuentes documentales o escaparates del conocimiento científico establecido y acumulado, dentro de modelos más o menos difusionistas de la circulación del conocimiento. Al igual que ha ocurrido en otros aspectos de la ciencia, este orden jerárquico entre investigación y enseñanza, con sus respectivos roles preestablecidos, ha sido fuertemente cuestionado (Vicedo, 2012; Kaiser, 2005). Esta renovada aproximación histórica hacia los manuales ha permitido reconsiderar las relaciones existentes entre los integrantes del «circuito del libro», que incluye tanto a autores y públicos destinatarios como a editores especializados, libreros, regulaciones estatales y mercados editoriales (Darnton, 2007). Los autores y los traductores tienen un papel activo en la elaboración de un libro de texto debido a sus decisiones sobre la organización del texto, la selección de los públicos destinatarios, la elección y cooperación con la editorial, y la consideración y adaptación a las regulaciones legales existentes 1. Por ello, la publicación de libros de texto, tratados y manuales permitió que los científicos definieran los límites disciplinares de las materias en las que trabajaban y fueran identificados como expertos por públicos diversos. Además, la confluencia de estudios procedentes de la historia de la educación y de la historia de la ciencia -muchos de ellos inspirados en los trabajos de Michel Foucault (1926-1984)-han puesto de manifiesto la estrecha relación entre los manuales y la formación de disciplinas académicas. Los libros de texto son un elemento crucial en la definición de los límites de una disciplina y sus conexiones con otras áreas académicas y, además, proporcionan numerosos detalles para conocer la estructura interna de la disciplina y las normas, valores y actitudes éticas que regulan una comunidad académica (Bertomeu, García, Lundgren y Pationitis, 2006). En este trabajo se estudia el manual de análisis químico publicado por José Casares Gil (1866-1961), que circuló ampliamente en las facultades de química y farmacia, con la intención de mostrar su contribución a la creación de una identidad disciplinar de la química analítica en las universidades españolas de la primera mitad del siglo XX 2. La química analítica y el análisis químico han sido consideradas como una de las áreas de la química con más larga tradición. En el libro History of Analytical Chemistry, que publicó el químico e historiador Ferenc Szabadváry (1923Szabadváry ( -2006)), se afirmaba rotundamente que «la química analítica era la madre de la química moderna» (Szabadvary, 1966). Esta obra, también dedicaba un apartado a los primeros libros de química analítica e indicaba que los científicos alemanes fueron quienes lideraron «indudablemente» este área disciplinar hasta la segunda guerra mundial 3. En el ámbito académico español existían dos tradiciones vinculadas a los análisis químicos distinguiéndose entre los «químicos de farmacia» y los «químicos de ciencias» según procedieran de facultades de farmacia o de ciencias (González, 2005). Sin embargo, además de los químicos y los farmacéuticos -dedicados a los análisis químicos de aguas minerales, alimentos, medicamentos o muestras forenses-también existían otros grupos profesionales dedicados a los análisis químicos, como los médicos, los geólogos o los ingenieros así como los ensayadores de metales que se dedicaban al estudio de rocas, minerales y aleaciones. Desde mediados del siglo XIX, la pedagogía de la química se esforzó en defender los trabajos experimentales y fomentó la mejora de las enseñanzas prácticas. El desarrollo de este tipo de enseñanza implicó que aparecieran nuevos libros de texto para servir de apoyo a las nuevas prácticas docentes (Bertomeu y García, 2002). En España este esfuerzo modernizador se vio complementado por el impulso renovador de algunos profesores vinculados, principalmente, a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), creada en 1907 y presidida por Santiago Ramón y Cajal. Las principales iniciativas de la JAE consistieron en el impulso de los viajes científicos, la mejora de las enseñanzas prácticas de futuros maestros, profesores y catedráticos, el impulso de las prácticas experimentales y la promoción de las actividades divulgadoras de la ciencia (Barona, 2007). José Casares fue miembro de la JAE desde su fundación y participó de las actividades institucionales relacionadas con la educación en el exterior con las que se pretendía regenerar la ciencia española. Numerosos historiadores españoles han señalado que «la auténtica importancia de José Casares se centra en su labor pedagógica» ya que «su labor como publicista fue muy copiosa y de importancia» (Portela, 1983; Roldán, 1975). Portadas de diferentes ediciones del libro de análisis químico publicado por José Casares. Casares ejerció como catedrático de análisis químico entre 1888 y 1936 en las facultades de farmacia de Barcelona y Madrid, en las que también llegó a ser decano. Casares fue autor de numerosos manuales y tratados, algunos de los cuales circularon ampliamente por las aulas españolas, como por ejemplo el Tratado de análisis químico (publicado entre 1897 y 1978) estudiado en este trabajo o el Tratado de técnica física (que gracias a sus cuatro ediciones publicadas entre 1908 y 1932, contribuyó a renovar las prácticas experimentales de la química española en el primer tercio del siglo XX). Además, Casares fue director del laboratorio central de aduanas y gozó de un relevante peso institucional tanto durante la monarquía, como durante el periodo republicano y el franquista, ya que fue nombrado senador, miembro de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), procurador en cortes y director de las Reales Academias de Farmacia y de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (Suay-Matallana, 2014a). Es decir, José Casares fue considerado tanto un reconocido profesor y autor de manuales científicos como un destacado experto químico con gran peso en la esfera pública de su época. Por ello, es muy relevante el estudio de su papel en la creación de la identidad disciplinar de una nueva especialidad emergente como era la química analítica. En los apartados siguientes se estudiará el Tratado de análisis químico, el texto más reconocido de Casares y que, a lo largo de sus trece ediciones publicadas entre 1897 y 1978 contribuyó, decisivamente a la consolidación de la química analítica en las aulas españolas (figura 1). A continuación se examinarán algunos de los rasgos más característicos de las múltiples ediciones que tuvo su Tratado de análisis químico, así como la evolución de la obra y los esfuerzos del autor para organizar y adaptar las sucesivas ediciones. Finalmente, se analizará el modo en el que este tratado contribuyó a expandir la química analítica en la sociedad española de principios del siglo XX, al tiempo que ayudó a que José Casares fuera considerado como el principal experto en esta materia. ORIGEN, EVOLUCIÓN Y ORGANIZACIÓN DE UN TRATADO ESPECIALIZADO Los libros de texto están, en numerosas ocasiones, estrechamente vinculados a los viajes de estudio al extranjero y el interés de los profesores por adaptar las experiencias allí aprendidas a sus clases (García y Bertomeu, 2001). En el caso de Casares, uno de los resultados de su primer viaje a Alemania fue la publicación de una obra titulada Elementos de análisis químico cualitativo mineral, editado en 1897 por la editorial Espasa pocos meses después de su regreso. Tanto su estancia en Alemania como la publicación del libro contribuyeron a reforzar el prestigio del autor. Por ejemplo, en un discurso en el que se daba la bienvenida a Casares como nuevo miembro de la Real Academia de Medicina de Barcelona en 1898 se enfatizó la relación entre ambas cuestiones, y se afirmó que el tratado de Casares permitiría propagar «las fructíferas y provechosas enseñanzas que había podido recibir de los sabios maestros de Múnich y Wiesbaden» y daría a conocer «los secretos de tecnicismo que había sabido arrancar a los más expertos y afamados químicos analíticos del mundo» (Codina, 1898). Más comedida fue la reseña publicada en la revista científica La Farmacia Española por el cate-drático de análisis químico de la facultad de ciencias de Barcelona Eugenio Mascareñas Hernández (1853-1934). Mascareñas destacó que Casares no se había limitado a recopilar y resumir obras extensas sino que le había dado su «sello propio y original» fruto del trabajo de laboratorio 4. El propio prólogo del tratado de Casares también resaltaba esta cuestión al afirmar que todas las reacciones y todos los métodos habían sido «objeto de numerosos ensayos» previos (Casares, 1897). Además, Casares utilizó su prólogo para indicar que los públicos destinatarios del libro eran los alumnos de análisis químico de la facultad de farmacia a quienes recomendaba que lo utilizaran como «guía», así como para la «preparación de exámenes», pero también señaló que esperaba que su libro sirviera para despertar su «afición a los trabajos de laboratorio» (Casares, 1897). Es decir, el público destinatario de la obra incluía tanto a sus estudiantes de farmacia como a todos aquellos interesados en un compendio general de análisis químico. La publicación de los Elementos de análisis químico de José Casares tuvo muy buena acogida entre los catedráticos y profesores españoles, que hasta entonces utilizaban, principalmente, traducciones de tratados alemanes. El éxito del libro de José Casares animó a la casa editorial a preparar una versión reducida que pudiera llegar a públicos más amplios. En 1905 y 1918, las casas editoriales Espasa y Calpe publicaron dos versiones más cortas (de unas 180 páginas) del Tratado de análisis químico de Casares, dentro de sus colecciones popularizadoras Soler y Gallach (Casares, 1905; Casares, 1918). Este tipo de obras, son un reflejo del surgimiento de nuevas audiencias para la química en la periferia europea, animadas por el interés de nuevos públicos como estudiantes de escuelas profesionales y una clase media cada vez más instruida. La elección de conocidos autores como Casares, no sólo muestra el interés de las editoriales por contar con algunos de los nombres más conocidos de la ciencia y la cultura española, sino que también refleja otra de las características de la periferia europea consistente en que las figuras más representativas debían esforzarse por justificar sus actividades científicas y buscar el apoyo de la sociedad (Nieto-Galán, 2004). Obras como estas, con precios asequibles y dirigidas a un público amplio, suponían una magnífica oportunidad para mostrar los beneficios que suponía la disciplina en la que trabajaban los científicos. En las primeras páginas del manual Soler, Casares afirmaba que el análisis químico no sólo era un «excelente método pedagógico» sino que también era el medio utilizado por los químicos para descubrir elementos, reconocer los minerales, buscar el arsénico en las vísceras de un cadáver, determinar la cantidad de alcohol de un vino y muchas otras aplicaciones interesantes o útiles. Es decir, publicaciones popularizadoras como la de José Casares, contribuyeron a definir al análisis químico como objeto de estudio y a identificar a su autor ante una audiencia muy amplia como un experto en esa materia. El éxito de sus libros anteriores, la realización de nuevos viajes a Alemania en 1899 y 1905, así como su traslado como catedrático a la facultad de farmacia de Madrid (también en 1905), le impulsó a reformar y reeditar su obra. En 1911 realizó numerosas adiciones en su libro reorganizándolo, ampliándolo intensamente y cambiándole el título para denominarlo Tratado de análisis químico cualitativo mineral. Este libro supuso la confirmación definitiva de José Casares como autor de manuales de esta materia en España durante varias décadas, y la obra tuvo tan buena acogida que fue publicada nuevamente en diez ocasiones. Como se puede observar en la tabla 1, las primeras cuatro ediciones de este tratado académico (publicadas entre 1911 y 1935) corresponden a su etapa como catedrático en Madrid. Posteriormente, estando ya jubilado, aparecieron las ediciones quinta, sexta y séptima (en 1948, 1954 y 1956), que presentaban a José Casares como autor pero añadían que la obra estaba «continuada» por Román Casares López (1908-1990), su sobrino-nieto y sucesor en la cátedra de análisis químicos. Estas ediciones supusieron un importante cambio en la obra que implicó su organización en tres volúmenes con nuevos contenidos en bromatología. La incorporación de ayudantes y colaboradores en la cátedra de Madrid consolidó una nueva línea de trabajo centrada en los análisis de alimentos y reforzada en 1954 con la inauguración de la Escuela de Bromatología de la universidad de Madrid. A partir de entonces se mantuvo un volumen dedicado al análisis cualitativo mineral, otro al análisis cuantitativo general y, un tercero a los análisis químicos aplicados a los alimentos las aguas y los tóxicos. Después del fallecimiento de José Casares, el libro continuó publicándose, figurando únicamente el nombre de Román Casares como autor de las ediciones de 1966 y 1969 (octava y novena edición). Por último, la décima edición publicada entre 1975 y 1978, mostraba a Román Casares como autor principal y se añadió que la obra contaba «con la colaboración de los profesores» León Villanúa Fungairiño y Pedro García Puertas (1925Puertas ( -1998)), ambos doctores en farmacia y profesores de la facultad de farmacia de Madrid (Suay-Matallana, 2014b). La incorporación de nuevos capítulos vinculados a sus líneas de investigación más recientes Tabla 1. Evolución de las distintas ediciones del Tratado de análisis químico de José Casares implicó también que la extensión de la obra creciera considerablemente con el tiempo. Así las sucesivas ediciones aumentaron progresivamente desde las 151 páginas de la edición de 1897 hasta estabilizarse en torno a 1600 páginas a partir de la tercera edición de 1923, como puede comprobarse en la tabla 1. Las nuevas ediciones también introdujeron otras mejoras como el incremento del número de índices, tablas y cuadros sinópticos. Estos elementos no sólo evitaban complejas descripciones y organizaban y secuenciaban los procedimientos sino que también aportaban detalles difíciles de expresar por escrito, como líneas espectrales, colores, precipitados, etc., que facilitaban el trabajo experimental (Tomic, 2005). La obra de Casares fue incorporando también nuevos grabados e ilustraciones que ofrecían una gran riqueza de detalles de mucha utilidad, e incluso añadió un apéndice dedicado a la legislación aplicable a las materias discutidas en el libro, lo cual es un ejemplo de su adaptación a los posibles usos de sus lectores así como del interés del autor por relacionarlo con su contexto local. Estos elementos reflejaban un culto por el detalle que resultaba fundamental en las obras dedicadas a la química analítica en la que se requería información muy detallada, tanto para guiar a los estudiantes como para describir los materiales e instrumentos y para tratar de evitar o prevenir los errores experimentales. En el apartado siguiente se estudiarán las estrategias que siguió José Casares en su Tratado de análisis químico con la intención de institucionalizar la química analítica como disciplina en España. EL TRATADO DE ANÁLISIS QUÍMICO Y LA CONSTRUC-CIÓN DE UNA IDENTIDAD DISCIPLINAR Los libros de texto son un elemento crucial en el proceso de consolidación de una disciplina académica. La existencia de una disciplina académica no sólo comporta la existencia de una tradición pedagógica y de obras educativas, sino que suele implicar también un conjunto de problemas y valores compartidos, métodos y prácticas comunes para resolverlos, una literatura académica, un espacio institucional, cierto grado de reconocimiento externo y una genealogía de personajes y momentos fundadores (Golinski, 1998). Otros elementos que contribuyen a la consolidación de una disciplina académica son el incremento del número de plazas académicas bien remuneradas en instituciones públicas y privadas; el aumento de programas específicos como el doctorado; la expansión de prácticas en laboratorios que permitan a los estudiantes adquirir destrezas avanzadas; el aumento de publicaciones es-pecializadas y estudios monográficos; el crecimiento de instituciones científicas asociadas con el cultivo de la disciplina; la creación de un sistema más o menos autónomo de recompensa para científicos en las propias instituciones; y la progresiva diferenciación entre especialistas profesionales y amateurs (lo que también puede implicar la exclusión de determinados grupos de científicos) (Jo Nye, 1996). Sin embargo, el esquema de Jo Nye -utilizado preferente para analizar un momento histórico concreto-puede ser enriquecido por otros trabajos más extensos que tengan en cuenta como diferentes generaciones de científicos de un área utilizan distintos elementos para definir o limitar sus fronteras disciplinares (Gavroglu y Simões, 2012). Además, otros autores también discuten las relaciones existentes entre disciplinas, comunidades científicas y profesionalización de la ciencia, y han definido las disciplinas como un sistema autónomo con vínculos particulares con el mundo extra-científico (técnica, industria, política, enseñanza, etc.), que permitían a sus integrantes obtener recursos e interesar así al público (Stichweh, 1994). Desde la historia de la educación también se ha subrayado la constante presión que los profesores, alumnos, gobiernos e instituciones ejercen sobre las disciplinas escolares (Chervel, 1988; Viñao, 2006). En este sentido, también se ha discutido como el desarrollo de disciplinas científicas está estrechamente relacionado con la combinación de prácticas docentes y de investigación (Simon, 2011). A continuación se discutirá el papel de Casares y su tratado en la creación de una identidad disciplinar para la química en España haciendo uso del esquema propuesto por la historiadora de la ciencia estadounidense Mary Jo Nye que identificó los siguientes seis elementos fundamentales: una genealogía definida, una literatura básica, un conjunto de prácticas y rituales, un espacio propio, reconocimiento externo y valores compartidos (Jo Nye, 1993). El primer rasgo constitutivo señalado por Jo Nye (1993) implica la definición de una «genealogía» que establezca una memoria compartida de la disciplina: con sus héroes fundadores, sus momentos cruciales y sus grandes descubrimientos. Al igual que también apuntó en su día Thomas S. Kuhn (1922Kuhn ( -1996)), estos recursos históricos ayudan a dar una imagen de continuidad de teorías y prácticas químicas, oscureciendo las posibles revoluciones del pasado, contribuyendo así a la construcción de la autoridad disciplinar. Casares hizo uso de estos elementos históricos al incluir en su Tratado de análisis químico múltiples referencias a personajes y pasajes heroicos de la química, algunos de ellos de forma muy explícita. En otro apartado, en el que introdujeron recomendaciones experimentales, Casares incluyó varios párrafos del Dictionnaire de Chymie -publicado en 1766 por el químico francés Pierre J. Macquer (1718-1784)-y afirmó que «pese al tiempo transcurrido resumía admirablemente las reglas que el analista debe tener presentes en su trabajo» (Casares, 1911). De esta forma, Casares mostraba no sólo un amplio dominio de la literatura química internacional (fundamentalmente alemana) sino que contribuía a dotar a la química analítica de un pasado identitario. El segundo elemento señalado por Jo Nye (1993) es la existencia de una literatura propia y características, que incluye obras de referencia básicas que identifican la disciplina y definen su lenguaje. En el caso del tratado estudiado, Casares reconoció el valor de esta literatura al afirmar en su prólogo que «la conocida obra de Fresenius» había sido su guía principal (Casares, 1911). En otra publicación de Casares dedicada a los análisis de aguas el reconocimiento a ese autor fue incluso mayor y llegó a afirmar que los trabajos analíticos de Fresenius eran una «obra clásica que sirve de guía» y que «con pocas modificaciones, sirve todavía de base en la mayor parte de las investigaciones de este género» (Casares, 1909). Sin dura Carl Remigius Fressenius (1818-1897) fue un personaje crucial en la historia de la química analítica y él mismo formó parte de una saga familiar dedicada a esta disciplina que incluso editó durante varias generaciones la prestigiosa revista Zeitschrift für Analytische Chemie (denominada desde 1990 Analytical and Bioanalytical Chemistry). Sin embargo, son necesarios más trabajos comparados para conocer si las genealogías familiares juegan un mismo papel en una disciplina o en una especialidad, considerada esta última como parte de un cuerpo disciplinar más amplio 5. La existencia de prácticas y rituales codificados son el tercer rasgo identificador de disciplinas científicas señalado por Jo Nye (1993). Estos elementos incluyen tanto las prácticas relacionadas con el trabajo de laboratorio -un espacio de aprendizaje experimental y de adquisición de conocimiento tácito-como las prácticas docentes, académicas y conmemorativas 6. Los primeros capítulos del Tratado de análisis químico de José Casares, son un ejemplo del esfuerzo del autor para lograr que los lectores se «familiarizasen con los procedimientos descritos» por lo que dedicó las primeras setenta páginas del libro a explicar cuestiones prácticas como la organización de un laboratorio, la descripción de los sistemas de alumbrado y calefacción, la explicación de cómo trabajar el vidrio de laboratorio o cómo realizar numerosas operaciones químicas, así como la descripción de la mejor forma de realizar ensayos y de preparar y seleccionar los reactivos más apropiados. Por otra parte, las actividades conmemorativas y la asistencia a seminarios, congresos e incluso homenajes y conmemoraciones también han sido consideradas como «rituales» que ayudaban a recrear tradiciones y legitimar la disciplina. Casares reivindicó la importancia del análisis químico en los diferentes congresos a los que asistió, como los organizados por la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias -de la que formó parte y en el que se encargó del discurso inaugural de la sección de físico-química en 1911-o bien en el IX Congreso de la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada celebrado en 1934 en Madrid, en el que fue nombrado vocal y que significó un importante impulso internacional para los químicos analistas y farmacéuticos españoles. Bastantes años después, con motivo de la celebración de un congreso sobre espectrometría celebrado en Madrid en 1969, los organizadores recordaron el nombre de Casares para subrayar que la ciencia española tenía una «ejecutoria muy destacada» en el manejo de esta técnica química 7. El cuarto rasgo indispensable en la creación de identidades disciplinares señalado por Jo Nye (1993) hace referencia a la existencia de espacios propios, academias y sociedades científicas. Casares comenzó su tratado con un capítulo dedicado precisamente a los espacios en el que ofrecía sus recomendaciones personales para configurar un laboratorio sencillo en el que la mesa de trabajo era uno de los elementos fundamentales y también recomendaba los materiales necesarios para los análisis más básicos. Sus viajes al extranjero así como la dirección del laboratorio de su facultad y el laboratorio de aduanas (cuya reorganización dirigió en la década de 1920) le proporcionaron una notable experiencia en la gestión de estos espacios. Por otra parte, Casares participó activamente en las actividades organizadas por diversas sociedades científicas creadas en España a principios del siglo XX. Esta última convirtió su revista Anales de Física y Química, en un prestigioso medio de comunicación para los científicos españoles y que varias décadas después se convertiría en una de las diez revistas mundiales más importantes en el campo de la química analítica (Boig y Howerton, 1952). El quinto elemento considerado por Mary Jo Nye (1993) implica la existencia de reconocimiento externo tanto por los miembros de la propia disciplina como por otros grupos. En este sentido, la contribución de José Casares fue muy relevante debido, en parte, a su proyección política y a su participación como miembro de otras instituciones y comisiones institucionales, a su nombramiento como director del laboratorio de aduanas, a los encargos privados que recibió para analizar diversas aguas minerales y a la recepción de numerosos homenajes y premios, por ejemplo, los doctorados honoris causa por la universidad de Múnich y de Oporto o el premio de química de la fundación Juan March otorgado como reconocimiento a sus mediaciones internacionales y su trayectoria académica 8. En 1947, Fernando Burriel Martí (1905-1978), que era catedrático de análisis químico de la facultad de ciencias de Madrid, mostró su reconocimiento hacia José Casares afirmando que podía ser considerado «nuestro padre de la química analítica en España» (Burriel, 1947) 9. Otros testimonios similares, publicados en diccionarios históricos de la ciencia también destacan la importancia pedagógica del tratado de Casares y su contribución para la «formación en análisis químico de la mayoría de químicos españoles» contemporáneos (Bermejo y Fandiño, 2003). Es decir, los testimonios anteriores vinculan el impacto del libro y el prestigio del autor con su reconocimiento como destacado protagonista de la consolidación de esta disciplina en las aulas españolas. Finalmente, el último rasgo señalado por Jo Nye (1993) para analizar la cohesión y la identidad de una disciplina implica el reconocimiento de valores compartidos y problemas aún no resueltos por la comunidad académica. Como se ha mostrado anteriormente, las colecciones popularizadoras editadas por Soler y Gallach son un ejemplo del interés de Casares por ampliar los públicos interesados en los análisis químicos convenciéndoles de la utilidad de la analítica y de sus variadas aplicaciones. En este sentido, Casares compendió que podía reforzar la publicidad de su disciplina si era capaz de relacionarla con las necesidades locales y la adaptaba a los intereses de sus nuevos lectores. Por ello, Casares recordó en el prólogo de sus Elementos de análisis químico que el análisis no sólo tenía «la mayor importancia en química» sino que constituía «el método de investigación y es la mejor escuela para adquirir la sagacidad, la paciencia y la constancia necesarias en las ciencias experimentales» enfatizando además que tenía la «ventaja de no exigir el empleo de aparatos costosos ni complicados» (Casares, 1897). José Casares utilizó su libro y su autoridad científica como experto analista para mitificar, establecer patrones de aprendizaje, reglas y costumbres, así como para institucionalizar espacios y crear sociedades que identificaran los ideales y valores disciplinares compartidos. Posiblemente el esquema propuesto por Jo Nye podría enriquecerse con las aportaciones propuestas por otros autores -como Simon, Gavroglu y Simões -para definir con más detalle las identidades y los límites entre especialidades y disciplinas científicas (Simon, Gavroglu y Simões, 2012). En todo caso, los elementos discutidos muestran como las actividades de José Casares junto con su Tratado de análisis químico publicado por Casares contribuyó a consolidar la química analítica en España en el primer tercio del siglo XX. Los apartados anteriores se han centrado en analizar cómo las múltiples ediciones Tratado de análisis químico publicado por José Casares contribuyeron a construir una identidad disciplinar en esa materia. Los libros de texto son herramientas didácticas que se configuran como resultado de un proceso complejo en el que participaron un gran número de protagonistas. Además, los libros de texto fueron importantes fuentes de legitimidad para sus autores y les permitieron convertirse en voces autorizadas para abordar diversos temas relacionados con la química, el análisis químico y sus aplicaciones. En el caso de José Casares, su tratado no sólo reforzó su autoridad científica y su consideración como experto sino que tuvo además un papel crucial en la consolidación e institucionalización del análisis químico como disciplina en las universidades españolas a principios del siglo XX. José Casares realizó un esfuerzo por consolidar una especialidad académica nueva (la química analítica) apropiando y adaptando en sus numerosos textos las enseñanzas recibidas durante sus viajes. La buena recepción de su tratado se vio favorecida por el nuevo clima renovador de la enseñanza experimental y científica, y recibió una cálida acogida por parte de otros profesores y colegas de la universidad. A pesar de que era consciente de las limitaciones del sistema científico español, José Casares trató de modernizar las prácticas experimentales. El éxito de los Elementos de análisis químico, entre los estudiantes universitarios, se vio reforzado por la publicación de unas pequeñas obras de popularización que le permitieron acceder a nuevos sectores de la población interesados por cuestiones científicas. Con las ediciones popularizadoras José Casares se dirigía a unos públicos destinatarios más amplios -no limitados a las aulas universitarias-fomentando los usos de su libro más allá de las universidades y reforzando así su papel como experto y promocionando la química analítica en diversas esferas. Las versiones previas del tratado publicado por Casares le sirvieron como ejemplo para la redacción de las ediciones posteriores. Algunos de los cambios realizados en el tratado muestran los esfuerzos del autor por ajustarse a los cambios legislativos, y por incluir una gran riqueza de detalles (como tablas, cuadros o apéndices) para organizar la materia y secuenciar los conocimientos. El Tratado de análisis químico contribuyó a consolidar la química analítica en España a través de la creación de rasgos característicos de una identidad disciplinar: la identificación de personajes heroicos, la formulación de instrumentos y espacios icónicos o la formulación de problemas analíticos según un modo pautado y definido. De este modo, este tratado sirvió para que José Casares fuera reivindicado por la generación de químicos que le sucedió como uno de los padres fundadores de la química analítica en España y una autoridad académica de referencia en dicha disciplina. El sintético esquema propuesto por Jo Nye desarrollado en este artículo puede dar lugar a trabajos más extensos en los que se estudien los procesos de consolidación de una disciplina considerando diferentes generaciones de científicos. En el caso español, un estudio cronológicamente más amplio podría ofrecer nuevos detalles sobre la evolución disciplinar de la química analítica desde los análisis minerales, vegetales, de aguas o los ensayos de metales (docimasia) realizados en el siglo XIX, con la renovación de la química y la farmacia durante el primer tercio del siglo XX o los trabajos por la generación de científicos posterior a la guerra civil. Las reseñas de compañeros de Casares, como Codina y Mascareñas, destacaron el esfuerzo realizado por Casares para adaptar esta disciplina a su contexto local y ayudaron a afianzar el éxito del libro y el prestigio de su autor, mientras que los comentarios elogiosos de químicos posteriores a Casares, como Buriel y Bermejo, reivindicaron su figura para crear una conciencia histórica local en torno a la química analítica. En todo caso, el esquema de discusión propuesto por Jo Nye ha permitido evaluar la contribución de José Casares a la institucionalización y al refuerzo de la identidad disciplinar del análisis químico en España. Por todo ello, el Tratado de análisis químico así como la autoridad académica y el poder institucional adquirido por José Casares contribuyeron a que esa materia se consolidara y cohesionara como disciplina en las universidades españolas durante la primera mitad del siglo XX.
gesta científica y sanitaria más importante de época colonial. Su desarrollo tuvo lugar en un momento político convulso y los resultados estuvieron condicionados por las sociedades donde la Esta vuelta al mundo que propaga la salud se enmarca dentro del conjunto de las expediciones ilustradas realizadas por España en los territorios americanos a lo largo del siglo XVIII. Mi estudio va a centrarse en el legado dejado a modo de sementera en favor de la sanidad pública. GÉNESIS DE UNA EXPEDICIÓN Desde que se estableció en España en 1700, la monarquía borbónica había padecido reiteradamente el azote de las viruelas. Las epidemias no tenían en cuenta rango, posición, sexo, estado.... Afectaban tanto a los territorios metropolitanos como ultramarinos. Durante las epidemias de viruelas en los siglos XVI y XVII, las poblaciones americanas quedaban diezmadas de un 20 a un 50% dependiendo de la composición étnica de los asentamientos. La mortalidad era mayor en los poblados indígenas que en las ciudades que tenían una mayoría hispana. En junio de 1802, se desencadenó en el Virreinato de Nueva Granada una epidemia de grandes proporciones. El miedo se adueñó de los pobladores. Las súplicas de los gobernadores locales llegaron a los oídos del monarca en la Navidad de 1802. La situación que describen los documentos es aterradora 2. El Rey decide pasar una consulta a su Consejo en enero de 1803. Se actúa con rapidez. En marzo de 1803, se declara que es conveniente la difusión de la vacuna contra la viruela para frenar la epidemia ----REZ MARTÍN, S. (2002), La salud del Imperio. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, Ed. Doce Calles, Madrid; TUELLS, J. y RAMÍREZ, S. (2003), Balmis et Variola, Consejería de Sanitat de la Generalitat Valenciana, Valencia. 2 Las noticias sobre la gran epidemia de viruelas, «con la imposibilidad de aislar a los virolentos en el único hospital que existía en la Capital del Virreinato de Nueva Granada», llegan a la Península en un Informe del Virrey en el que comunica las medidas de urgencia tomadas ante la tragedia. Informe del Virrey de Nueva Granada, fechado en Caracas el 12 de junio de 1802. Archivo General de Indias [AGI] Indiferente General [IG] 1558-A. en el territorio neogranadino para evitar que la epidemia se propague por América Meridional. El Consejo de Indias propone la expedición como modo de propagar la vacuna en los territorios ultramarinos. En la primavera de 1803 todos los preparativos para una posible expedición están vistos y analizados por la vía de urgencia. El dramatismo de las noticias exige reacciones y respuestas rápidas. La velocidad de tramitación de la burocracia estatal fue inusual. Esta inmediatez manifiesta la urgencia del proyecto sanitario. Una vez decidida la actividad, el problema radica en la financiación y en la legislación que permita desarrollar el proyecto expedicionario. Todos los gastos de la navegación y transporte de los expedicionarios corrían a cargo de la Real Hacienda. De este modo el poder público hispano controlaba la principal hazaña sanitaria del mundo ilustrado. Una vez llegados los expedicionarios a territorio americano, pasaban a depender de las autoridades ultramarinas, que podían financiar los gastos de los expedicionarios desde el Ramo de Tributos de los Indios, los Censos de Indios, el Ramo de Propios o los Diezmos Eclesiásticos. Saliese de donde fuese el dinero para sostener la Expedición, los documentos matizan: «baxo condiciones equitativas y ventajosas para la hacienda» 3. Por otro lado, la expedición no se dejó al arbitrio de la fortuna. Desde el inicio, el director de la expedición demanda y la Corona emite legislación que normalice toda la actuación de la Real Expedición. La legislación establece unos protocolos de actuación de cada uno de los miembros y del grupo que garantizarán el éxito. El proyecto profiláctico estaba perfectamente definido en la teoría. Los documentos creaban una idea que había que llevar a la práctica. Gente que se comprometa con el proyecto y que lo consiga con éxito. Como director: Francisco Xavier Balmis y Berenguer. Como ayudantes: José Salvany y Lleopart (que durante la expedición sería nombrado subdirector), Manuel Julián Grajales y Antonio Gutiérrez Robredo. Como practicantes: Francisco Pastor Balmis y Rafael Lozano Pérez. Como enfermeros: Basilio Bolaños, Pedro Ortega y Antonio Pastor. Como cuidadora de los niños, Balmis elige a la Rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña: Isabel Sendales y Gómez. Como transmisores de salud, un grupo incalculable de niños que sirvieron ----para transportar la vacuna por todo el mundo, y que permitieron que la cadena profiláctica de brazo a brazo no se rompiera. Los cargos de los expedicionarios estaban perfectamente diferenciados. Cada miembro tenía unas funciones, obligaciones y responsabilidades propias, con el fin de no solapar esfuerzos ni dejar vacíos 4. El director era el plenipotenciario de la Expedición. Ya desde 1801 había sido uno de los mayores defensores de la vacunación. Estudia sobre el tema. En sus estudios percibe la dificultad que tienen los médicos de habla exclusivamente hispana para entrar en contacto con las fuentes que describen el nuevo método preventivo contra las viruelas. Esta inquietud de acercar los nuevos conocimientos científicos a la mayoría de los sanitarios, le obliga a traducir la obra de Moreau de la Sarthe 5. Junto con la valía profesional nos encontramos la valía personal. Hombre metódico, minucioso, delicado, responsable, astuto, abnegado... Estas cualidades, innatas y cultivadas, le permitieron junto con su madurez personal dirigir y conseguir con éxito la Real Expedición. Balmis es un ejemplo de burócrata ilustrado al servicio de la sanidad. Y era consciente de que su labor profiláctica supondría la primera hazaña preventiva en la historia de la vacunología. El director solo no hubiera podido realizar esta Expedición de dimensiones mundiales. Necesitaba un grupo de sanitarios (ayudantes, enfermeros y practicantes) que trabajasen sin descanso, que se dejaran la vida en la consecución del objetivo, que no escatimasen esfuerzos para lograr los fines y que fueran personalidades íntegras, comprometidas, trabajadoras y vocacionadas por la salud pública. Además el grupo estaba formado por una mujer, que es considerada la primera enfermera de la historia de la medicina hispana. Esta mujer cuidaba, acompañaba, entretenía, serenaba... a los niños en las largas travesías marítimas. Primero en el Atlántico y después en el Pacífico. Balmis valoró su trabajo con estas palabras: «La miserable Rectora que con el excesivo trabajo y rigor de los diferentes climas que hemos recorrido, perdió enteramente su salud, infatigable noche y día ha derramado todas las ternuras de la más sensible Madre sobre los 26 angelitos que tiene a su cuidado, del mismo ----4 Las obligaciones específicas de cada cargo están reflejadas en el Expediente 1. 5 MOREAU DE LA SARTHE, J.L. (1803): Tratado histórico y práctico de la vacuna (que contiene en compendio el origen y los resultados de las observaciones y experimentos sobre la vacuna, con un examen imparcial de sus ventajas, y de las objeciones que se le han puesto, con todo lo demás que concierne a la práctica del nuevo modo de inocular). Traducido y Prologado por Francisco Xavier de Balmis, Imp. Real, Madrid. modo que lo hizo desde La Coruña y en todos los viajes y los ha asistido enteramente en sus continuadas enfermedades»6. La colecta de los niños que sirvieron de reservorios humanos era difícil. Las familias perfectamente estructuradas no querían dejar a sus hijos para una aventura de la que no se sabían las consecuencias. Esta realidad obligó a conseguir los niños en las inclusas y en familias desestructuradas social y/o económicamente. Madres solteras o abandonadas o matrimonios con escasos recursos fueron los que dejaron a sus hijos para realizar esta campaña al servicio de la salud, aunque siempre se preferían niños que no tuviesen lazos familiares conocidos. A cambio, a estos niños se les hospedará y cuidará a cargo del Erario Público, «serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición»7. Aunque las promesas de la Corona eran tentadoras, la incertidumbre de lo desconocido envolvía a las familias. Las madres eran reacias a dejar a sus criaturas. Por ese motivo la organización centró sus preferencias en niños que no tuvieran padres conocidos. No todos los niños servían para transportar la vacuna. Debían ser unos niños sanos, que no hubieran pasado las viruelas naturales y de menos de diez años. La elección de la calidad y la cantidad de los niños recaía directamente en Balmis. LA EXPEDICIÓN PARA PROPAGAR LA VACUNA La ruta propuesta no fue única. A medida que avanzaban los preparativos de la Expedición, se conocían mejor las necesidades y se cambiaba el derrotero. Se propusieron al menos tres rutas diferentes 8: la del Dr. Francisco Requena 9, la del ----Dr. José Flores10 y la del Dr. Francisco Xavier Balmis11. Con todas estas propuestas, el Consejo de Indias, el 26 de mayo de 1803, dictaminó una ruta para la Expedición12. La realidad es que ninguno de los derroteros propuestos es seguido por Balmis. Las modificaciones que se hacen sobre la marcha están motivadas por la necesidad de propagar con rapidez la vacuna con el fin de frenar las epidemias que se desencadenan en el territorio americano. La Expedición no puede ser estudiada como una sucesión lineal de acontecimientos. El punto de inflexión que impide este estudio es la división que sufre al salir de la Capitanía General de Venezuela. Este hecho hace que en el mismo tiempo se dé una superposición de personas y de espacios. Para evitar esta dificultad en el estudio, prefiero asumir la división tradicional que sigue la obra de Gonzalo Díaz de Yraola13. Este autor divide la Expedición en tres tramos: Expedición Conjunta, Expedición de Balmis y Expedición de Salvany. Dos semanas más tarde, el 21 de septiembre ya están establecidos en La Coruña. En este puerto peninsular, Balmis prepara la travesía marítima del Atlántico. En los meses de octubre y noviembre se contrata el barco y se colectan en Galicia los niños que iban a transportar la vacuna en sus brazos. Después de más de dos meses de preparativos, la Expedición zarpa del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, a bordo de la corbeta «María Pita», con dirección al archipiélago canario. El 9 de diciembre, a las 8 de la noche, la Real Expedición arriba al ----puerto de Santa Cruz de Tenerife después de 10 días de navegación 14. Los expedicionarios estuvieron en esta isla canaria escasamente un mes. Durante este tiempo realizaron tres vacunaciones generales en las que se trasmitía la vacuna a toda persona que lo demandaba. Cuando Balmis pensó que su labor había concluido, se dispuso la salida para no demorar la llegada a América. Después de una penosa travesía por el Atlántico, la Expedición llega sin novedad a la isla de Puerto Rico el día 9 de febrero del mismo año. El gobernador portoriqueño Ramón de Castro permaneció al margen y no se implicó en el devenir de la Expedición. Inicialmente, la fecha calculada para la salida de la isla fue el día 2 de marzo, pero «la falta de vientos favorables» originaron un retraso de más de 10 días 16. Esto incrementó el problema de los niños necesarios para el mantenimiento del fluido fresco. Finalmente, los expedicionarios, a bordo de la María Pita, abandonan la isla portorriqueña con dirección a La Guayra el día 13 de marzo de 1804. Las dificultades de la travesía y el desconocimiento de la marinería de esta costa provocaron que el barco arribase con urgencia en la ciudad de Puerto Cabello, el día 20 de marzo de 1804. Esta población caribeña estaba muy distante de donde les esperaban. Tardaron en llegar a Caracas más de 10 días. El Gobernador y Capitán General Manuel Guevara y Vasconcelos fue un gran defensor y propagador de la vacuna en los territorios de su gobierno. Una vez establecida la vacuna en Caracas, se envió a otros territorios de la Capitanía caraqueña: Coro, Puerto Cabello, Ortiz, Santa María de Iripe, Tocuyo, Maracaibo, Cumaná e isla Margarita. En este territorio, con el visto bueno del Capitán General de Caracas, Balmis creó la primera Junta de Vacuna del continente americano el día 23 de abril de 1804. La presión de la epidemia de viruela que se había generalizado en Nueva Granada aumenta el entusiasmo y obliga a Balmis a dividir la Expedición en dos para diversificar los esfuerzos y dar mayor rapidez a la propagación 17. 16 Carta firmada por Salvany, Vice-director por indisposición del Director, dirigida al Capitán General de la isla de Puerto Rico, Ramón de Castro, fechada a bordo de la corbeta «María Pita», el 6 de marzo de 1804. 17 Carta de Balmis dirigida al Marqués de Someruelos, Capitán General de la isla de Cuba, en la que expone los motivos de la tardanza y de la división de la Expedición, fechada en La Habana el 26 de mayo de 1804. AGI: Cuba, 1691. parte, dirigida por Balmis, puso rumbo a la América Septentrional, y otra, dirigida por Salvany, a la América Meridional. Esta decisión retardó el abandono del territorio caraqueño, que se verificó el día 8 de mayo de 1804. La Expedición dirigida por Balmis toma rumbo a la América Septentrional. Cronológicamente la Expedición abarca desde el 8 de mayo de 1804, día de la separación de la Expedición en dos partes, hasta el 7 de septiembre de 1806, fecha de la llegada de Balmis a Madrid. Esta rama de la Expedición estaba compuesta por 6 personas: el director, Balmis; un ayudante, Antonio Gutiérrez Robredo; un practicante, Francisco Pastor; dos enfermeros, Pedro Ortega y Antonio Pastor; y la rectora, Isabel Sendales y Gómez. Además se les unían todos los niños que procedían de Galicia. A bordo de la María Pita, la navegación por el Caribe fue difícil y alteró tanto la salud de los niños como la de los expedicionarios. Finalmente, la corbeta fondeó en el puerto de La Habana el 26 de mayo de 1804. A su llegada, Balmis descubre que la vacuna estaba perfectamente establecida por el médico Tomás Romay18. Ante la estupenda labor realizada por Romay, Balmis piensa que quedarse más en la isla sería una pérdida de tiempo e impediría llegar a otras regiones en las que no se conociera el fluido vacuno. El 29 de mayo, solicita que «se le proporcionen quatro niños que sirvan para trasmitir la preciosa vacuna» 19. La solicitud no fue atendida. El día 14 de junio, después de tres semanas de ruegos, peticiones y solicitudes formales, comunica al Capitán General de la Isla, el Marqués de Someruelos, que no necesita los niños. Había convencido a un joven «tamborcito» del regimiento de Cuba y había comprado tres esclavas negras para que llevasen la vacuna a Nueva España. El viaje no se demora más. Una vez solventado el problema del transporte de la vacuna, la Expedición zarpa del puerto de La Habana cuatro días más tarde, el 18 de julio de 1804, con dirección a la península de Yucatán. Cuatro días más tarde, los expedicionarios llegaron a la ciudad de Mérida. Ese mismo día comenzaron las vacunaciones en la ciudad con el apoyo de las autoridades locales. Ante este entusiasmo, Balmis decide propagar la vacuna por Centroamérica. Para realizar esta campaña, el director comisiona a su sobrino, Francisco Pastor20. ----El resto de los expedicionarios parten del puerto de Sisal con rumbo a Veracruz el día 19 de julio de 1804. La Expedición llegó al puerto veracruzano cuatro días mas tarde. En esta ciudad la vacuna estaba perfectamente establecida, gracias a la vacunación previa realizada por el Dr. Arboleya21. Esto disgustó muchísimo a Balmis, porque no encontró gente que se quisiese vacunar, y para mantener el fluido fresco hubo de recurrir a la tropa. Alejado del centro de poder novohispano, Balmis había notado el desinterés del virrey por el tema de la vacuna. Le había mandado cartas solicitando órdenes de actuación para propagar la vacuna en su virreinato y no había recibido respuesta alguna. La indignación de Balmis era tan grande que remitió un artículo a la Gazeta de México «para que supiese que ya estaba introducida allí la vacuna» 22. Ante tanta desidia, Balmis abandonó la ciudad-puerto de Veracruz el día 1 de agosto de 1804 con rumbo a la capital novohispana. Tenía prisa por llegar a la ciudad de México para «entregar los 22 niños que había sacado de la Coruña, quedando así desembarazado para acudir a donde se tuviere por conveniente» 23. La Expedición llega a la ciudad de México a las 10 de la noche del día 9 de agosto de 1804. La llegada a la capital no mejoró las relaciones del virrey Iturriagaray y Balmis, sino que se enconaron aún más. El enfrentamiento fue directo y no epistolar como hasta entonces. Para suavizar la situación, Balmis abandona la capital novohispana. Los expedicionarios tomaron rumbo al norte. Comenzaron las vacunaciones sistemáticas en Puebla de los Ángeles, Guadalajara de Indias, Zacatecas, Valladolid, San Luis Potosí, y las Provincias Internas. Durante este periplo se colectan los niños que van a llevar la vacuna por el Pacífico sin el control directo del virrey. Consiguieron 26 niños mexicanos para esta misión. Terminada la labor y después de 53 días de ausencia de la capital novohispana, el 30 de diciembre de 1804, la Expedición vuelve a la ciudad de Méxi-----co. La segunda estancia en la capital de la Nueva España fue corta porque inmediatamente comenzaron los preparativos para emprender el viaje que permitiese propagar la vacuna en el archipiélago filipino. En los primeros días del año 1805, Balmis inicia las negociaciones para saltar a Filipinas. Balmis no cuenta con el apoyo del virrey. Después de un montón de impedimentos, la Expedición zarpa rumbo a las Filipinas el día 7 de febrero de 1805 a bordo del navío Magallanes. El viaje por el océano Pacífico no fue mejor que el viaje por el Atlántico. Mientras que para cruzar el Atlántico se había fletado un barco a propósito para la Expedición, para la travesía por el Pacífico la Expedición se tuvo que adaptar a una nave de línea regular: el Galeón de Manila o la Nao de Acapulco. Las condiciones de la navegación en nada se parecen a las pactadas en Acapulco. Balmis se queja por dos causas. Una, el mal trato dado a los niños, en los que residía el éxito o el fracaso de la Expedición. «Estuvieron mui mal colocados en un parage de la Santa Bárbara lleno de inmundicias y de grandes ratas que los atemoriza-ban, tirados en el suelo rodando y golpeándose unos a otros con vayvenes» 24. Otra, el alto coste de los pasajes 25. Las vacunaciones comenzaron al día siguiente. El método seguido para propagar la vacuna en el archipiélago fue radial y progresivo: «se dió principio a la trasmision de la Vacuna, en todos mis hijos y continuo esta operacion en toda la capital, pueblos extramuros, y sucesivamente en las Provincias inmediatas; despues se acudió a las mas distantes, y en la estacion oportuna salieron para las provincias ultramarinas el Practicante D. Francisco Pastor y el Enfermero D. Pedro Ortega, llavando consigo el competente numero de jovenes para conservar la vacuna durante la navegacion» 26. Balmis, persona de edad y aquejada de una gastroenteritis, casi desde el inicio de la Expedición, ve peligrar su vida. Como consecuencia de los enfrentamientos con el virrey Iturriagaray decide regresar «solo» a la Metrópoli por vía portuguesa desde Macao. A partir de este momento, la dirección de la Expedición por territorio filipino se transfiere a Gutiérrez Robredo. Los enfermeros Antonio Pastor y Pedro Ortega son comisionados por Balmis para llevar la vacuna a las islas de Misami, Zambuanga, Zebú y Mindanao 27, mientras que el ayudante Gutiérrez Robredo permanece en Manila 28. El grupo de expedicionarios que quedan en Filipinas tienen como misión la propagación del fluido por el archipiélago. «Luego que mis compañeros concluyan sus viajes deben regresar en la Nao de Acapulco y devolver a sus padres los 26 Niños mexicanos» 29. El viaje que trae de regreso al director de la Expedición a la península Ibérica comienza cuando parte de Manila el 3 de septiembre de 1805. 26 Informe del Gobernador de Filipinas, Rafael García de Aguilar, dirigido a José Antonio Caballero, fechado en Manila el 24 de diciembre de 1805. 27 Informe del Gobernador de Filipinas, D. Rafael García de Aguilar, dirigido a José Antonio Caballero, fechado en Manila el 24 de diciembre de 1805. 29 Informe de Francisco Xavier Balmis dirigido a José Antonio Caballero, fechado en Macao el 30 de enero de 1806. gación por esta zona no era fácil. Asolaban la zona constantes huracanes y ataques de piratas chinos. Balmis llega a Macao a bordo de la fragata Diligencia el 16 de septiembre. El recibimiento de la vacuna en Macao fue extraordinario, contó con el apoyo de las autoridades locales. Una vez establecida la vacuna en esta factoría, Balmis se dirige hacia la población de Cantón, el día 5 de octubre de 1805. En el mes de febrero de 1806, Balmis abandona Asia, a bordo del navío portugués Buen Jesús di Alem, que hace la ruta Macao -Lisboa. Este barco no realiza una ruta directa, sino que tiene una escala técnica en la isla británica de Santa Elena. Después de seis meses de navegación, Balmis llega al puerto de Lisboa en la tarde del día 14 de agosto de 1806. El director de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna besó la mano del rey Carlos IV en Madrid el día 7 de septiembre de 1806. Por este hecho, algunos historiadores de la ciencia, dan por terminada la Expedición. Pero la realidad no era esa. El resto de los expedicionarios de esta ruta no llegarán a Acapulco hasta el 14 de agosto de 1809. Ninguno de ellos consiguió volver a la Península, y las próximas guerras (Independencia española e Independencia americana) les obligaron a establecerse en Ultramar30. La Expedición dirigida por Salvany se encamina a América Meridional. Cronológicamente abarca desde la separación de la Expedición, el día 8 de mayo de 1804, hasta el día de la muerte de Salvany, el 21 de julio de 1810. Esta rama de la Expedición estaba compuesta por 4 personas: el subdirector, que a partir de ese momento tendría cargo de director, José Salvany; un ayudante, Manuel Julián Grajales; un practicante, Rafael Lozano Pérez; y un enfermero, Basilio Bolaños. Y cuatro niños que se encargarán de transportar la vacuna en sus brazos. La división era «fácil» en teoría, pero la práctica generó problemas. Para trasladar a los expedicionarios desde La Guayra a Cartagena, se contrató al bergantín «San Luis». Pero no se podía empezar peor. El día 13 de mayo de 1804, a los cinco días de comenzar su periplo, el barco encalló en las bocas del río Magdalena cerca de la ciudad de Barranquilla. Todos los expedicionarios se vieron afectados. Viendo el riesgo que corrían, «desembarcaron precipitadamente en una playa desierta á barlovento de Cartagena» 31. Su vida estuvo en peligro. No fallecieron porque contaron con la ayuda de los naturales y de un navío de corso, La Nancy, al mando del teniente de navío Vicente Varela, que viajaba por ese tramo del río 32. El incidente les había alejado del ----rela, que viajaba por ese tramo del río 32. El incidente les había alejado del derrotero establecido por Balmis. Para retomar la ruta prevista tuvieron que atravesar «por el desierto a la Cienagas de Santa Marta y desde allí a Cartagena» 33. La Expedición no sufrió pérdidas humanas pero tuvo muchas pérdidas materiales, sobre todo los instrumentos de vacunación. La llegada de la Expedición a Cartagena estuvo enmarcada entre la necesidad, amenazaba una epidemia de viruelas naturales, y el entusiasmo de sobrevivir al naufragio. En esta ciudad, los expedicionarios contaron con el apoyo político de las autoridades locales, pero también con el económico del potente Consulado cartagenero, que financió todos sus gastos 34. La Expedición contó en Cartagena con el apoyo de su Gobernador, Cejudo, que, incondicionalmente, facilitó su labor vacunadora por el territorio de su mando. Rápidamente, Cartagena se erigió en un centro difusor de la vacuna. Desde esta población se irrigó el fluido siguiendo dos caminos. Uno, hacia Panamá por Portobello, a cargo de un religioso bethlemita acompañado de cuatro niños. Otro, hacia Buenos Aires por Riohacha, que llevaba la vacuna entre cristales. Cuando Salvany consideró que ya estaba establecida la vacuna en esos territorios, preparó el viaje para continuar su campaña de salud pública rumbo a Santa Fe de Bogotá. Salieron de Cartagena el día 24 de julio de 1804, y, les acompañaban diez niños, que conservarían el fluido fresco en sus brazos, y las comunicaciones oportunas que ordenaban «a las justicias de los pueblos por donde transitasen para que le auxiliasen en quanto se le ofreciese» 35. La navegación por el Magdalena era tranquila, aunque larga y penosa. Se realizó en pequeños barcos muy ligeros que se llamaban «campanes». Durante la travesía, Salvany se dio cuenta de la envergadura de la Expedición. Era mucho territorio para sólo cuatro hombres. Para no dispersar esfuerzos, y siguiendo el criterio que había ideado Balmis, se dividen las fuerzas para abarcar mayor porción de territorio. Se crearon dos grupos, cada uno de ellos formado por dos facultativos. Los grupos variarán a lo largo del recorrido en función a las necesidades de la propagación de la vacuna. Antes de lle-----32 Carta de Miguel Antonio de Yrigoyen dirigida a Domingo Gandallana, fechada en Cartagena el 26 de junio de 1804. Archivo General de la Armada Álvaro de Bazán, Viso del Marqués, Expediciones a Indias, Leg. 33 Informe sobre los servicios distinguidos prestados. Archivo General Militar de Segovia. 34 Carta del Gobernador de Cartagena, Cejudo, dirigida a José Antonio Caballero, fechada el 18 de agosto de 1804. AGI: IG, 1558-A. gar a Santa Fe, la Expedición pasó por las poblaciones de Tenerife, Mompox, Ocaña, el valle del Cucutá, Pamplona, San Gil, Socorro, Velez, Nares, Honda 36. En esta ciudad Salvany tuvo que descansar porque se encontraba aquejado de sus males, que se habían agravado en el ascenso de los Andes. Enterado de la enfermedad de Salvany, el virrey Amar se alarmó. Con temor de que la vacuna no llegase a la capital del Virreinato, por la posible muerte de Salvany, dispuso la salida de Santa Fe de «un facultativo y niños, con los demas socorros necesarios tanto para su curación como para que dicho facultativo se hiciese cargo de la conservación del fluido si llegaba á morir Salvany» 37. Salvany superó la enfermedad y llegó a la capital neogranadina el 17 de diciembre de 1804. Los desastres de la viruela en esta capital habían creado una opinión pública favorable a la vacuna. Las vacunaciones comenzaron al día siguiente, el 18 de diciembre de 1804. El apoyo del virrey neogranadino fue esencial. Hizo conocer la llegada de la Expedición por bando. Publicó en la Imprenta Real santaferina un «Reglamento para la conservación de la Vacuna en el Virreinato de Santa Fe» 38. Facilitó una sala del hospital que estaba al cargo de los religiosos de San Juan de Dios, aunque Salvany rechazó la propuesta, para que no se relacionase la vacuna con la idea de enfermedad y muerte 39. La Expedición también contó con el apoyo de las autoridades eclesiásticas. Los párrocos desde los púlpitos recomendaron el uso de la vacuna y exaltaron la personalidad de Salvany y sus colaboradores. La estancia en Santa Fe sirvió para reponer fuerzas, tanto físicas como psíquicas. Resultaba gratificante parar, detener la agitada marcha, poder reposar de las difíciles y peligrosas andaduras por valles y quebradas. No menos agradables fueron el júbilo y el aplauso con que los recibieron 40. 38 MARTÍNEZ ZULAICA, A. (1972), La medicina del siglo XVIII en el Nuevo Reino de Granada, de Europa a América a través del filtro español. Una gesta y un drama, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. 39 «Los aires nocivos que se respiran en los hospitales podían atrasar y desacreditar la vacuna, que tan rápida como felizmente se había propagado hasta entonces». La magnitud de la cifra hace pensar en la intensidad de la labor profiláctica desarrollada. A la salida de Santa Fe, la Expedición se divide en dos. Una, al mando de Grajales, a quien acompaña el enfermero Bolaños, atravesando las montañas del Quindío, se dirige a la ciudad de Neiva y La Plata hasta Popayán. Y la otra, al mando de Salvany, a quien acompaña el practicante Lozano, se dirige también con rumbo a Popayán pasando por las ciudades de Ybagué, Cartago, Truxillo, Llano Grande, Provincia de Choco y Real de Minas de Quilichas. El grupo Grajales-Bolaños llegó a Popayán en abril 41 y el grupo Salvany-Lozano en mayo 42. En Popayán, lo primero que tuvo que hacer la Expedición fue «reponerse de las fatigas de su viaje y del quebranto que advertía nuevamente en su salud con la misma enfermedad de ojos y efusión de sangre por la boca que había padecido en Santa Fe» 43. Salvany retarda la salida, pero no puede parar la propagación de la vacuna, sobre todo cuando recibe la noticia de que la Real Audiencia de Quito sufre una epidemia de viruelas naturales. Este es el detonante del abandono de Popayán. Hay que llegar al territorio quiteño cuanto antes. Salvany divide nuevamente la Expedición. Grajales y Bolaños desde Popayán toman rumbo a la ciudad de Barbacoas para que desde allí, costeando Tumaco, La Tola y Jipijapa, lleguen a la ciudadpuerto de Guayaquil. Con el envío de la vacuna a Guayaquil, Salvany pretende que esta ciudad, además de ser un centro comercial, sea un centro difusor de la vacuna. Encomienda a Grajales que desde este puerto envíe la vacuna entre cristales en cualquier barco que se dirija al territorio panameño. Mientras tanto, Salvany y Lozano se desplazarían desde Popayán a Quito por la sierra. Pasarán por las poblaciones de Pasto, Tulcan, Ybarra, Otavalo y Cayambe. Las previsiones pensadas para propagar la vacuna por la costa no se pudieron llevar a cabo, por la constante presencia de ingleses en la Isla de la Gorgona, en la bahía de Atacames, en el cabo de San Francisco y en la punta de la isla de Santa Elena 44. Grajales y Bolaños llegan a Quito siguiendo el dificultoso camino de Malbucho. ----41 Informe sobre los servicios distinguidos prestados. Archivo General Militar, Segovia. Extracto de la Vacuna en Ultramar, fechado en Cádiz el 12 de marzo de 1813. 44 Comunicación del comisionado para la Vacuna D. Manuel Julián Grajales, informando al Presidente de la Audiencia las razones que tuvo para no llegar al Puerto de Guayaquil, El grupo encabezado por Salvany llega a Quito el 16 de julio de 1805. Contó con el apoyo tanto de las autoridades civiles como eclesiásticas. La estancia en la ciudad quiteña no es del todo perfecta. Poco antes del abandono de esta ciudad, al subdirector de la Expedición Vacunal le sustraen «100 pesos fuertes y parte de su equipaje» 45. Después de este lamentable acontecimiento, el lunes 13 de septiembre de 1805, la Expedición partió de Quito con dirección a Cuenca, pasando por las poblaciones de Latacunga, Ambato y Riobamba. Al día siguiente se celebró una misa con Te Deum de acción de gracias en la Catedral y al terminar se realizaron 700 vacunaciones. En la ciudad de Cuenca, las manifestaciones de acción de gracias fueron fastuosas y muy concurridas por la población 46. En Cuenca los expedicionarios estuvieron durante dos meses. La Expedición salió de Cuenca el 16 de noviembre de 1805 con dirección a la ciudad de Loja. Pasó por los pueblos de Cumbe, Nabón y Oña. Salvany enfermó de nuevo y necesitó el apoyo de un religioso bethlemita 47. El camino a Loja se realizó rápidamente. En el trayecto los expedicionarios vacunaron a 900 personas y en la ciudad a 1500 personas más. El tiempo que gastaron fue poco, porque la Real Expedición salió de Loja el 10 de diciembre de 1805 con dirección al territorio peruano. Nuevamente llegan a oídos de los expedicionarios las noticias de las epidemias de viruelas en Lima. Aunque las condiciones del camino son malísimas, en la Expedición se impone la rapidez. El virrey Avilés reconoce la labor de Salvany en una situación pésima, cuando dice: 45 Oficio de Manuel Calixto Muñoz escribano público y del Cabildo dirigido al Barón de Carondelet, Sr. Alcalde de primer voto de esta capital, fechado en Quito el 7 de septiembre de 1805. 47 «Consiguió que el padre bethlemita Fray Lorenzo Justiniano de los Desamparados le acompañase para cuidarlos como lo hizo, tratandoles con cariño y esmero, incluso ayudó a Salvany a practicar algunas vacunaciones». «Entró Salvany en el Virreynato del Perú viajando con la presteza que permitía la Cordillera de los Andes en la estación más rigurosa de lluvias y nieves, falta de caminos, y la necesidad de cortar el contagio de viruelas en los más de los pueblos» 48. Después pasaron por Lambayeque, Cajamarca y Trujillo 49. Por el camino tacharon a Salvany de «Anticristo» 50 y unos arrieros abandonaron a los expedicionarios cerca del Mineral de Chota. Cuando Salvany llega a Lima, se comerciaba con la vacuna. Se compraba y se vendía como el aguardiente o la sal. La vacuna no estaba controlada por facultativos, sino por comerciantes, que veían en este fluido un modo rápido y seguro de enriquecerse. Ante este hecho generalizado y mantenido por la población limeña, Salvany no puede actuar. Se siente incapaz de transformar esta realidad. Desilusionado, abandona las vacunaciones en masa, más o menos generalizadas. No lucha contra la realidad vacunal establecida, sino que intenta transformarla. Salvany dedica todas sus maltrechas fuerzas a la elaboración de un reglamento, que organice todas las campañas, métodos, planes... de vacunación y sea común para todo el Virreinato peruano. La estancia de la Expedición en Lima fue larga y Salvany descansa del agotador viaje. Deja las vacunaciones en manos de facultativos experimentados. Tiene mucho tiempo libre. Se vincula a la elite intelectual de la Universidad de San Marcos y a las tertulias ilustradas, que, a imagen de la metrópoli, se celebraban en las casas de las elites criollas. Antes de salir de Lima, Salvany encomienda a Grajales dos expediciones regionales. Una con dirección al Cuzco y otra con rumbo a la Capitanía General de Chile 51. Salvany continúa el camino con dirección a Buenos Aires. El viaje desde la costa (Lima) a la sierra (Arequipa) agravará de nuevo la dañada salud de Salvany. La altura y los fríos de la sierra afectan a la enfermedad ----pulmonar que padece. En este trayecto tarda casi dos meses. Todavía impresiona leer los síntomas que describen quienes lo vieron. El certificado médico dice: «Se confundia con la Apoplegia por la intermitencia de su pulso, y por la respiración estertorosa precedida de movimientos convulsivos; y el síncope en su cesación, nos presentaba un espectáculo de horror» 53. Salvany pasa la Navidad de 1807 y recibe al año nuevo en esta ciudad. La estancia en Arequipa es reconstituyente. Pero la Expedición debe continuar propagando la vacuna y no puede demorarse eternamente en un lugar. Sale de Arequipa con dirección a la población situada a la mayor altitud de toda la cordillera andina, La Paz. El trayecto no es largo, pero está deshabitado. Las escasas poblaciones que existen por el camino carecían de facultativo y de remedios para mejorar la enfermedad que padecía el Subdirector. Con el tiempo, la salud de Salvany no mejora y su enfermedad se agrava. El día 1 de abril de 1809, por fin llega a la ciudad de La Paz, primera ciudad de la Real Audiencia de Charcas, que pertenece al Virreinato de Buenos Aires. Después de dos semanas de total tranquilidad, en reposo absoluto, su salud no se restituye. la salud. Salvany mantiene el entusiasmo para propagar la vacuna, pero no le acompañan las fuerzas. El día 21 de mayo de 1810, desde la ciudad de Cochabamba, solicita el permiso al presidente de la Real Audiencia de Charcas para internarse y propagar la vacuna en las provincias de Mojos y Chiquitos55. Dos meses más tarde, el día 21 de julio de 1810, Salvany muere en Cochabamba sin terminar la campaña de propagación de la vacuna por el territorio sudamericano. EL LEGADO DE LA EXPEDICIÓN La expedición dirigida por Balmis y Salvany es la primera campaña vacunadora con dimensiones mundiales. No sólo duró desde 1803 a 1810, sino que el espíritu que la había originado se mantuvo en el tiempo en las sociedades a las que llegó. Esta onda sanitaria del establecimiento de la vacuna requería, además de unas lógicas exigencias sanitarias, unas implicaciones políticas y sociales comprometidas. Políticamente, la llegada de la Expedición suscitó en muchos territorios enfrentamientos entre los poderes locales y el poder metropolitano. Las autoridades políticas ultramarinas experimentan una lucha entre los intereses de sus súbditos y el interés general del Estado. No se tienen claras las dimensiones de la identidad hispana y comienzan a despuntar los regionalismos en América. Las epidemias de viruela afectaban por igual la choza de un indígena y el palacio del virrey o del arzobispo. La viruela afecta a toda la población. No es ilógico que desde que llegan a Ultramar las primeras noticias del descubrimiento de la vacuna, las autoridades locales americanas hicieran esfuerzos por que el recién descubierto preservativo contra las viruelas arribara a sus territorios. Desde los virreyes hasta los comerciantes se empeñaron en conseguir que la vacuna llagara a la mayoría de los territorios de Ultramar. La regionalización de América dificultará los movimientos geográficos de los expedicionarios. El ejemplo más dramático lo experimentarán en el paso del Virreinato de Nueva Granada al Virreinato del Perú. La importancia geopolítica de los territorios está motivada primariamente por la potencia económica y comercial de los mismos. Esta realidad determinará y condicionará la propagación y el mantenimiento de la vacuna en los territorios a los que llega. ----Socialmente, la Expedición de la Vacuna no afecta por igual a la realidad americana, sino que cada territorio se empeña de diferente manera en el proyecto vacunal. La sociedad americana, desde la conquista, era compleja y mestiza, que se manifestaba con desigual intensidad frente a lo que acaecía. Ante un mismo acontecimiento, como las epidemias de viruela, la actitud de los grupos era diferente. No era lo mismo la actitud de los indígenas que la de los hispanos. El terror, el pánico y el miedo hacia la enfermedad sembraban la idea de desesperanza y muerte. Los indígenas eran los más desfavorecidos ante los brotes epidémicos. Como no tenían su sistema inmunológico preparado, los contagios eran masivos y más virulentos. Este modelo de respuesta social se manifiesta también con la llegada de la vacuna. Indígenas y criollos, militares y eclesiásticos, americanos y peninsulares se enfrentan al recién descubierto fluido de modo muy diverso 56. La opinión pública se ocupa y preocupa de las epidemias. Y el periodismo se encargará de difundir el nuevo descubrimiento y los experimentos vacunales tanto en la Península como en América. Estas noticias médicas saltarán a las Gacetas peninsulares y ultramarinas. A partir de 1801, en América se encuentran noticias sobre la vacuna y la vacunación en periódicos como Almanaque Peruano, Mercurio Peruano, Mercurio Volante, Gazeta de México, Gazeta de Guatemala, y Papel periódico de la Havana. Las noticias que recogen en sus páginas abordan diferentes temas. Por un lado, relatan y describen los efectos de las epidemias variolosas. Por otro lado, informan sobre las diferentes gestiones para introducir el fluido vacuno que se usa con éxito en Europa. Pero el aspecto que más prolijamente aparece en la prensa son los censos de vacunados y las crónicas de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Además de llevar la vacuna a Ultramar, hay que propagarla y perpetuarla. Para verificar estas dos acciones se crean las Juntas de Vacuna. Son instituciones locales establecidas en cada una de las principales poblaciones. Estas Juntas están reglamentadas por el mismo Balmis. Creó la Junta de Caracas y a imagen de esta se crearon todas las demás en América. Están jerarquizadas en función a la cantidad de población y a la importancia política de la ciudad en la que se establecen. Así encontramos dos tipos de Juntas de Vacuna: Centra-----les y Subalternas. La relación entre ellas era dependiente y dentrítica: de la Junta Central dependían las Juntas Subalternas. Este proyecto sirvió para institucionalizar la sanidad en América, que hasta ese momento recaía en las Órdenes sanitarias (judeandinos y bethlemitas), que con mayor o menor acierto ejercían la medicina en América a principios del siglo XIX. Estas Órdenes religiosas estaban establecidas en los territorios en función de las necesidades de la población y de la política en el momento de su fundación. Los centros sanitarios eran conventos-hospitales y el ejercicio de la medicina era eminentemente práctico. Los estudios médicos de estos monjes no salían de la lectura de su reducida biblioteca. La Expedición de la Vacuna se apoyó en la urdimbre hospitalaria y en los sanitarios locales para propagar la vacuna con mayor difusión. Ejemplo significativo es el área andina y la alianza de los bethlemitas con el proyecto vacunal. Las Juntas de Vacuna también tienen una proyección docente. Los médicos locales son necesarios para mantener la vacuna después de que los expedicionarios abandonaban sus territorios. Por eso hay que formar a los sanitarios locales en el ejercicio de la vacunación y crear monografías que expliquen el método y la práctica de la vacuna. Esta dimensión educativa recaía en la Juntas Centrales, que compilaban todo el saber acerca de la vacuna y los métodos de vacunación. A su regreso a la península, Balmis reflexiona sobre el papel que juegan las Juntas de Vacuna en la perpetuación de la vacuna en los territorios a los que ha arribado la Expedición. Consecuencia de estos pensamientos, elabora dos escritos fechados el mismo día, el 12 de febrero de 1807. Uno, titulado «Reglamento para perpetuar en las Indias la Vacuna, del establecimiento de una Junta Central y Casa de Vacunación pública». Y otro, titulado «Reglamento para que se propague y perpetúe en España el precioso descubrimiento de la Vacuna». En estos escritos aparece perfectamente estructurada la institución que servirá para difundir y mantener el preservativo frente a las viruelas tanto en la Península como en Ultramar. En esencia los dos reglamentos son iguales, aunque se tiene en cuenta la diversidad geográfica. Ya desde el comienzo de la gesta de la Expedición de la Vacuna, el objetivo de los expedicionarios era buscar los cauces para la propagación de la vacuna con mayor rapidez y amplitud. Para la consecución de estos objetivos se emiten reglamentos para la formación de las Juntas de Vacuna que tienen como encomienda la conservación y el cuidado del fluido vacuno. La Circular del 1 de septiembre de 1803 establece lo siguiente: «que en todas las Capitales, y en los pueblos principales del tránsito residirán los comisionados los días precisos para comunicar a los naturales y habitantes el fluido vacuno gratuitamente, enseñar la práctica de la operación a los Facultativos y demás personas, que quieran aprovecharse de esta oportunidad» 57. En consecuencia, el responsable de la creación de las Juntas de Vacuna era el director de la Expedición. Pero no sólo se encargó el director de la Expedición de la creación de todas las Juntas de Vacuna. Salvany, como subdirector, también creó la Juntas Centrales en la América Meridional. Y también tenía potestad para fundar las Juntas cualquier miembro de la Real Expedición comisionado para este fin. Por ejemplo, el ayudante Pastor fue comisionado por Balmis a Guatemala desde La Habana para establecer en la capital de la Capitanía una Junta de Vacuna con un reglamento parecido al de Caracas 58. Aunque el modelo de creación y establecimiento de Juntas de Vacuna seguido por Balmis en América fue la Junta de Vacuna de Caracas, el primer ----57 Circular para la propagación de la Vacuna, fechada en San Ildefonso el 1 de septiembre de 1803. proyecto de Junta de Vacuna y Reglamento de Vacunación se ensayó en Canarias. La primera Junta de Vacuna se estableció en Tenerife en una casa particular y tenía como objetivo la conservación perpetua y la comunicación del fluido a los naturales del archipiélago canario. Los facultativos de la Expedición dejaron formado un reglamento de gobierno de la Junta de Vacuna que fue complementado por el Comandante General de las Islas. Finalmente el documento fue sometido a la aprobación real. Este Reglamento creado por Balmis para Canarias contó con el informe favorable y el visto bueno para su impresión en la Imprenta Real 59. Un mes más tarde, el 25 de mayo de 1804, la Junta Superior de Medicina determina que el reglamento canario debería generalizarse a todas las Capitales. El 17 de junio de 1804, una vez aprobado el reglamento, la Junta Superior de Medicina lo remite al Consejo de Castilla para «que lo impriman, circule y encargue su execución con intervención de ella, y que en casos de duda, y de anomalías la consulte para resolverlas» 60. Con el paso del tiempo, este matiz provocará enfrentamientos entre la Junta Superior de Cirugía y la Junta Superior de Medicina por no estar bien delimitadas sus competencias en los asuntos de vacuna. El último paso llegó con la Real Orden fechada en San Lorenzo el 1 de octubre de 1804 en la que se dice: «A ejemplo de lo que se ha hecho en Canarias al arribo de la expedición marítima destinada a propagar en sus Dominios de Indias el admirable descubrimiento de las vacunas. El Rey resuelve que en todos los hospitales se destine una sala para conservarlo y comunicarlo a cuantos concurran a disfrutar de este beneficio, y gratuitamente a los pobres, practicando hoy las operaciones por tandas periodicamente y en corto numero de personas proporcionado al de los que nazcan de ordinario en cada capital» 61. El contenido del Reglamento de la Junta de Vacuna de Canarias está inserto en un Informe de la Junta Superior de Medicina, fechado el 26 de mayo de 1804 62. Éste constaba de dos partes: una económica y otra facultativa. La económica determinaba que la casa debía estar abierta todo el año, habitada y aseada por una rectora y un portero que debían ser matrimonio. Carta del Rey a Pedro Cevallos, en la que informa de la aprobación del reglamento de Canarias y el visto bueno para su impresión en la Imprenta Real, fechada en Aranjuez el 20 de abril de 1804. Debía estar provista de cuatro camas donde pudiesen «morar los días precisos las personas que vayan a vacunarse de todas las Islas». También debía estar dotada de los utensilios necesarios para practicar las vacunaciones. La tesorería de la casa estaría a cargo del Cura Beneficiado de Santiago de Tenerife. Este prelado estaría encargado de «llevar razón de cuantas inoculaciones se hagan, y de dar cuentas al comandante general y al Ayuntamiento». La parte facultativa se encargaría de que «las vacunaciones sean periódicas, y en sólo tres o cuatro personas a la vez». Como la maduración del pus vacuno se estimaba en nueve días, resulta que «en cada mes se executaran unicamente tres vacunaciones en 9 o 12 personas». Los destinatarios de estas vacunaciones deberían ser los niños recién nacidos, pero si escaseaban se podía vacunar a niños y personas de más edad. El fluido se comunicaría de brazo a brazo, además de conservarlo en vidrios. Junto a este control, los facultativos llevarían un diario con las novedades y posibles anomalías de cada individuo inoculado con el fin de establecer precauciones para el futuro. El objetivo de la erección de las Juntas de Vacuna era «para no crear una mala opinión pública frente a la vacunación». Estas Juntas se suelen establecer en una casa destinada a este fin. El edificio «deberá tener sobre la puerta un letrero brillante, que diga, Casa de Vacunación Pública, no conviniendo de manera alguna el que á los principios se haga depósito de este precioso preservativo de los Hospitales, Hospicios, y Casas de Expósitos». La casa destinada a la vacunación y a albergar la Junta de Vacuna debe «estar situada en el centro de la Ciudad, y ser muy cómoda y decente, para que el público concurra sin el menor tedio a recivir el veneficio que se les dispensará gratuitamente» 63. Con esta localización, se intenta separar el concepto de enfermedad del de vacunación para evitar el rechazo de la población hacia la medida profiláctica. Por ello, en muchas ocasiones las Juntas de Vacunación se vinculan a las parroquias, ya que allí es donde están los únicos libros de registro de nacimientos que hay hasta 1869, que son los Libros de Bautismos. Las Juntas de Vacunación se establecen en función a tres criterios que condicionan la organización de las mismas y el desarrollo de sus competencias. Primero, determinan el modo de distribución de la vacuna y los medios humanos y económicos que se emplearán para distribuirla por los diferentes territorios. Segundo, realizan las vacunaciones, y eligen y forman a los vacunadores. Y, tercero, se establecen en los puntos geográficos que poseen el fluido vacuno y lo distribuyen a los que carecen de él. ----63 Artículos de la Instrucción para el establecimiento de la Casa de Vacunación Pública en la ciudad de México. Elaborados por el Conde de la Cadena, fechados en Puebla de los Ángeles el 27 de octubre de 1804. La organización de las Juntas de Vacuna conformaba una red interrelacionada y compleja. En la Corte tenía su sede la Junta Suprema de Sanidad. De ella dependían las Juntas Centrales, que residían en las capitales de provincia en España y en las capitales de la Real Audiencia en América. De las Juntas Centrales dependían las llamadas Juntas Subalternas que se establecían en las ciudades más pobladas de los territorios. «Estas Reales Juntas Filantrópicas españolas de vacunación, no serán otra cosa que unas corporaciones compuestas de las primeras autoridades militares, civiles y eclesiásticas, en unión de los vecinos que voluntariamente quieran subscribirse, con la precisa obligación de ser individuos natos de ellas, los señores curas párrocos y los profesores de Medicina y Cirugía» 64. Esta institución fue erigida para establecer relaciones con los territorios americanos. Si tomamos como referencia el «Reglamento para perpetuar en las Indias la Vacuna, del establecimiento de una Junta Central y Casa de Vacunación pública», podemos afirmar lo siguiente. La Junta de Vacuna estaba compuesta por dos «Protectores», uno secular, que coincidía con el Gobernador o Capitán General, y otro eclesiástico, que correspondía con el Obispo «en donde lo hubiere». A estos protectores hay que añadir ocho «Socios», «tanto eclesiasticos como seculares que mas muestras hayan dado de su zelo patriótico, y serán individuos natos de ella» (artículo 1o). Se recomienda que formen parte de este grupo el Alcalde y el Síndico Procurador General. De la totalidad de los socios se elegirá «el mas idoneo para las funciones de secretario de ella por lo tocante á lo gubernativo y correspondencia con los pueblos de la Provincia» (artículo 2o). De los asuntos médicos se ocuparán dos facultativos; de ellos uno se elegirá con funciones de secretario para que se encargue de los asuntos científicos. Ambos facultativos darán parte de las variaciones y las evoluciones que ocurran en los vacunados y levantarán acta de las sesiones que celebre la Junta Central 65. Las Juntas dependían del poder civil y eclesiástico y estaban integradas por autoridades que hubiesen mostrado un interés especial por el bienestar público. De este grupo debían salir el presidente, que era un cargo honorífico, y el secretario, que debía controlar el correo con las distintas provincias, y se ----64 GONZÁLEZ, F. (1814), Discurso médico-político sobre el Estado de abandono en que se halla la práctica de la vacuna, y los medios que pudiéramos emplear en España para hacerla permanente, hasta la extinción del contagio de la viruela, Imp. de Sancha, Madrid, p. recomendaba que un facultativo controlase la calidad de las vacunaciones. Había que revisar a los vacunados una semana después para aprovechar su linfa para nuevas vacunaciones, ofreciendo en ocasiones a los más pobres una pequeña gratificación económica por ello. Los miembros de las Juntas de Vacuna no tenían salario asignado, puesto que se consideraba que estaban colaborando en una tarea filantrópica y humanitaria (artículo 3o). Esta era la causa por la que se recomendaba que se renovase cada año la mitad de los miembros para que no se perdiese el entusiasmo, no se agotasen los ánimos y no se quemasen las inquietudes. Pero la realidad es que recibieron sueldo algunos miembros que eran considerados esenciales en el organigrama de la Junta de Vacuna, como los médicos (artículo 3o). Las Juntas Subalternas de Vacuna son creadas «con el fin de evitar que por algun descuido ú omisión llegue á perderse [el fluido] en la Capital» (artículo 8o). El motivo generador de estas Juntas es la generalización de la vacuna a todos los territorios dentro de una región geográfica. Estas Juntas se establecerán en todas las «cabezas de partido» (artículo 8o), siempre bajo la protección y el control de la Junta Central y «el distrito de cada Junta abrazará los pueblos mayores y menores, que según la división civil se hayan agregado al Ayuntamiento respectivo». Estarán compuestas por «el Cura Párroco, el Subdelegado» (era al mismo tiempo teniente Justicia Mayor) «el Administrador de Rentas» (era miembro de la Real Hacienda), «el Profesor de Medicina ó Cirugía que hubiere, y los vecinos mas distinguidos, con el Gobernador de Yndios» (artículo 8o). La autoridad máxima de las Juntas Subalternas no es otra que la de los Justicias Mayores que las presiden. Estos «no ejerceran ninguna autoridad directa ni indirecta sobre los tenientazgos anexos, ciñéndose en sus correspondencias al tono de aviso, advertencia u amonestación, y limitando sus funciones a la conservación del fluido vacuno a su distribución, a poner en noticia de este cuerpo cuanto consideren conveniente sobre ambos objetos, y a ser únicamente el conducto por donde se trasmitan las disposiciones de la Junta Central, y por donde pasen a ella las listas o estados periódicos» 66. A esta directiva de las Juntas Subalternas se añadirán cuatro o seis vocales que se nombrarán «de los primeros sujetos del vecindario, prerfiriendo a los que se distingan no solo por su esfera, sino por su patriotismo y conocimientos». Estos vocales servirán de fermento para la propagación entre sus conciudadanos. Serán los difusores de la vacuna entre sus iguales. Además de los vocales, la Junta tendrá un Secretario «para extender los acuerdos con un cuaderno foliado, autorizarlos y llevar el despacho; pero donde no hubiere persona que pueda o quiera encargarse de tan delicada misión, lo hará por sí mismo el teniente Justicia Mayor» 67. Todos los miembros de la Junta deberán influir para favorecer la propagación de la vacuna, y a ejemplo de la Junta Central deberán guardar en sus deliberaciones el concierto y unanimidad, sin los cuales las mejores Instituciones se hacen viciosas, y la distribución de los bienes que interesan a la sociedad se obstruye y paraliza. Estas Juntas deben ser un fiel reflejo de las Juntas Centrales y a éstas rendirán cuentas (artículo 8o). Las sesiones de las Juntas se celebrarán «una vez a ----66 No 2, Artículo 3o del Reglamento que puede servir a la creación, forma y primeras funciones de la Junta Subalterna de Vacuna, fechado en Caracas el 12 de diciembre de 1807. la semana en la casa del teniente Justicia Mayor, o en la que de común acuerdo se tenga a bien»68. El primer objetivo y responsabilidad de la Junta Subalterna es proporcionar en las poblaciones de su control la presencia del fluido, a cuyo fin tratará de que se forme una expedición con el menor costo posible para transportarle del paraje más cercano, y esta manera de propagar la vacuna es en forma dendrítica. A las Juntas Subalternas llegará el fluido vacuno siempre que se necesite: «se efectuará por medio de un niño vacunado, que embiaran al efecto á la Capital, acompañado del Facultativo del pueblo, si pudiese ser, a fin de que presenciando la vacunación publica de la Capital, se instruya de algunos por menores de esta nueva practica» (artículo 10o), «cuyo conocimiento le franquearán los vacunadores comisionados, para evitar el riesgo de las falsas vacunas (artículo 9o). Este hecho funda la esperanza de que estos establecimientos sean los más utiles á la felicidad del estado y salud pública (artículo 10o). Estas expediciones regionales se financiarán por medio de una «suscripción ----del vecindario o mediante otros arbitrios que la Junta considera preferibles, y que anticipadamente pondrán en noticia de la Central» 69. La Junta Subalterna tendrá como misión preocuparse por dos importantes aspectos. Uno, meditar de antemano los medios de conservar el fluido vacuno bajo su custodia y responsabilidad, aunque lo que se recomienda es que se practiquen «vacunaciones públicas de nueve en nueve días, por un operario que reuna los conocimientos y destrezas posibles» 70. Y otro, proveer los medios «para conseguir que ocurran a vacunarse todas las personas que lo necesiten, para poder establecer una oportuna y activa circulación del fluido en los pueblos circunvecinos, teniendo a la mira su población y sus recursos» 71. El objetivo es que haya una proporción entre el número de nacidos y el de vacunados. La única condición que se pone a las Juntas Subalternas es que todas las medidas que se tomen para realizar la misión cuenten con la consulta previa a la Junta Central 72.
En Europa tambien se han celebrado varias conferencias sanitárias desgraciadamente sin que hayamos sido invitados a ellas. En estos congresos, se ha tenido en cuenta solo dos enfermedades, el cólera i la peste, esta última unicamente en la última conocida con el nombre de Conferencia de Venecia, em 1896. Como en general ha querido verse erroneamente en lo sancionado por estas reuniones, el código sanitário general del mundo entero, conviene que nos detenhamos um instante para hacer ressaltar aunque sea someramente las diferencias primordiales que existen entre la Europa i nosotros respecto de estos puntos [sic.] 8 9. De este hecho diferencial tan importante, se desprende la necesidad de tomar resoluciones que no respondan unicamente á los adelantos y dictados de la ciencia pura, hermosa en sus concepciones generales, pero dificiles de ser llevadas á la práctica dadas las condiciones y recursos del terreno en que van á ser aplicados 15 [sic.]. O Brasil comprava todo o estoque de carne de charque da argentina, por exemplo 23. Os dois modelos explicativos teriam sido adotados no Brasil como estratégias complementares. Estas diferenças teriam gerado importantes controvérsias científicas entre estes países cada vez que tentavam estabelecer medidas internacionais de prevenção (Caponi, 2002a, p.
A fines del siglo XIX y principios del XX las enfermedades venéreas despertaron especial atención en los discursos médicos, periodísticos y políticos. Las normativas municipales en torno a la cuestión de la prostitución y a un conjunto de problemas propios de ciudades, que como Rosario sufrieron un proceso de modernización brusca, daban cuenta de lo mencionado. La prostitución era percibida como el principal foco de difusión de éstas. En este trabajos analizamos discursos sobre las enfermedades venéreas, "secretas", como también se las conocía por entonces, los miedos que despertaban y algunas prácticas profilácticas desplegadas a los efectos de proteger los cuerpos individuales y el cuerpo social de la ciudad en el período de vigencia del sistema de prostitución reglamentada en Rosario (1874Rosario ( -1932)). Entre fines del siglo XIX y principios del XX, tanto el cuerpo social como el individual gozaron de especial interés en los discursos médicos, periodísticos y políticos. La población pasó a ser considerada un problema «científico» y objeto de análisis, observaciones, intervenciones, estadísticas y de políticas de control social. Nuevos términos como multitud, muchedumbre, fueron corrientes y al mismo tiempo trasudaban miedos y fantasías disímiles. La población como asunto político puso de manifiesto nuevas preocupaciones derivadas de este enunciado demasiado homogeneizador, Foucault lo marcaba muy bien: natalidad, mortalidad, fecundidad, procesos de salud/enfermedad, modos de habitar, sexualidad, etc... Esa atención en el cuerpo-especie se tradujo en intervenciones, diseños, puestas en práctica de políticas de control no siempre necesariamente exitosas. La sexualidad se transformó en uno de esos temas puestos en la mira del poder político y, al mismo tiempo, fue matriz de las disciplinas y principio de las regulaciones, organizándose a su alrededor una suerte de policía del sexo, no en el sentido represivo o de prohibición, sino en el que se le daba por entonces, esto era de mejoría ordenada de las fuerzas colectivas e individuales, en cuanto a esa necesidad de reglamentar la sexualidad mediante discursos «útiles» y públicos. Incitación política, económica y técnica para hablar y hacer hablar acerca de la sexualidad, a través no de una teoría general, sino más bien de estadísticas, discursos, sistemas de clasificación y registro, de investigaciones. Estos nuevos discursos que se diseminaban sobre la sexualidad, no se pronunciaban exclusivamente desde la moralidad sino desde esas nuevas disciplinas, que se ocupaban de ella, como la medicina, la estadística, la sociología, el periodismo, entre otras. Ese interés por la sexualidad estuvo presente en ciertos procedimientos de gestión o de intervención urbana y de éste nacieron múltiples reglamentaciones y en ese sentido, la prostitución, la homosexualidad, la masturbación, las perversiones o lo que así se llamaba por entonces, entre otros, se constituyeron en objeto de atención. La sexualidad como concepto actual apareció en Europa a fines del siglo XIX y algunas obras como la de Richard Krafft-Ebing Psychopathia Sexualis publicada en 1886; La cuestión sexual de Auguste Forel, de 1905, los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad de 1905 de Sigmund Freud y los volúmenes de Havelock Ellis, publicados entre 1897 y 1928 jugaron con las de otros autores un papel fundamental en el desarrollo de una «ciencia sexual», que indagó acerca del com-portamiento sexual, clasificando sus patologías y perversiones. (Trochon, 2003, p.66) Sin embargo este tipo de reflexiones no se impuso sin resistencias. Foucault señalaba que ya desde fines del siglo XVI «la puesta en discurso» de la sexualidad lejos de sufrir restricciones estuvo sometida a un mecanismo de incitación creciente y «que la voluntad de saber no se ha detenido ante un tabú intocable sino que se ha encarnizado -a través, sin duda, de numerosos errores-en constituir una ciencia de la sexualidad» (1985, p.20). Precisamente el asunto de la prostitución fue uno de esos temas que generó enorme interés público y fue objeto de fuertes intervenciones a través de normativas y tecnologías sanitarias múltiples y diversas, por lo menos desde el siglo XIX y principios del XX en Argentina, aunque en Europa hubo reglamentaciones sobre el asunto ya en la Edad Media. El sistema conocido como prostitución reglamentada era una suerte de dispositivo que combinaba aspectos político-administrativos, sanitarios y policiales aplicables exclusivamente a prostitutas y casas de tolerancia. Si bien el meretricio como práctica es anterior a la existencia de normativas, adquirió en ese período una dimensión, sin duda, novedosa. Fue considerado un mal social necesario, peligroso aunque erradicable y un oficio que el Estado municipal pasó a regular. La prostitución era percibida como el principal foco de difusión de éstas, de allí el papel que desde el Estado Municipal se le otorgó a las normativas, reglamentándose su ejercicio, a los efectos de que funcionaran como barreras para la salud, la moral y la «decencia». Las permanentes referencias a los «jóvenes escuálidos» «en lamentables condiciones de salud física», que llevaban en sí las marcas de la «degeneración», aparecían, en muchas notas periodísticas relacionadas con los excesos, el consumo de alcohol, una vida de «orgías» y el noctambulismo. La prensa visualizaba mencionándolo en términos alarmantes el crecimiento de las «enfermedades contagiosas e inconfesables», entre los jóvenes menores de edad en su mayoría «contraídas en horas de irreflexión», de verdadera «inconsciencia». Consultorios médicos invadidos por jóvenes de caras demacradas, de espaldas encorvadas, cual seres caducos. Casos de degradación física y moral de la juventud. «Males vergonzantes que minan a toda la juventud del Rosario preparando generaciones decré-pitas, organismos mercurializados y cerebros débiles o insanos» decía el diario más antiguo de la Argentina La Capital de Rosario el 22/4/1906. La prensa denunciaba la difusión de los "males secretos" en nombre de la raza, la familia, el humanitarismo y el derecho. Acá analizaremos discursos sobre las enfermedades venéreas, «secretas», como también se las conocía por entonces, los fantasmas que despertaban y algunas prácticas profilácticas desplegadas a los efectos de proteger los cuerpos individuales y el cuerpo social de la ciudad en el período de vigencia del sistema de prostitución reglamentada en Rosario (1874Rosario ( -1932)). «ENFERMEDADES SECRETAS» Y PROSTITUCIÓN Entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, Argentina fue un país reglamentarista en lo que a prostitución se refería. Sin embargo conviene recordar que ésta por entonces era catalogada como un asunto de higiene pública, equiparable a otros como las epidemias, los festejos públicos, la basura, el aire, los desechos, el agua, las cloacas, las letrinas, los cementerios, la vacunación, los problemas profilácticos, las casas de inquilinatos, conventillos, teatros, calles, etc.. Un asunto de higiene, que al mismo tiempo fue ganando en especificidad: la profusión de normativas, de discursos, instituciones, tecnologías y prácticas daba cuenta de ello y de la importancia que fue alcanzando por entonces. No se trataba de cualquier cuestión, tampoco era un problema que carecía de visibilidad o del que no se hablaba, por el contrario, se hablaba y cotidianamente sobre ella, transformándose en fundamental a la hora de discutirse la agenda de problemas citadinos. Era, por lo demás, una cuestión de estricta incumbencia municipal, y sí era difícil pensarlo por entonces en términos nacionales, porque las reglamentaciones eran locales. Este estilo local y fragmentado de normativas y prácticas, no era exclusivo de la Argentina, sino más bien estaba inspirado en las reglamentaciones francesas y en su modo de aplicación en la materia, situación que se modificará con la adopción de políticas abolicionistas en relación con la prostitución primero en Rosario y luego replicará a nivel nacional desde 1937, con la puesta en práctica de la Ley 12.331 votada en diciembre de 1936, por la que se prohibió el ejercicio de la prostitución regulada en el territorio argentino y que, por cierto, significará una transformación desde el punto de vista de la profilaxis y el control sanitario de los cuerpos 1. Justamente esa inexistencia de normativas «nacionales» fue uno de los argumentos esgrimidos por el médico higienista rosarino Manuel Pignetto en la comunicación que presentó al Segundo Congreso Nacional de Medicina al analizar el asunto de la profilaxis pública de la avariosis en el país hacia 1922, para él directamente asociado con la prostitución. Indicaba que era necesario encarar la protección del cuerpo social e individual «como un problema nacional de no fácil resolución por su complejidad para la lucha». Desde su perspectiva la falta de unidad de acción o «de comando» en cuanto a la organización de la política sanitaria, había «robustecido» al «enemigo invisible» impidiendo realizar una eficaz acción sanitaria contra semejante estrago. Obsérvese el uso de metáforas militares al mencionar la enfermedad y los modos de enfrentarla. Según él bastaría que los Consejos de Higiene provinciales dependiesen de una organización central, (como el Departamento Nacional de Higiene o Salud Pública), con lo que se sellaría una suerte de «unidad nacional» y se favorecería la «acción tutelar del Estado, pues todo el poder de la nación se desplegaría en el territorio o en aquella comarca del país donde se requiriese». Mencionaba que la lucha contra ciertas «endemias y plagas sociales», entre las que se hallaba la sífilis y las venéreas quedaba reducida a esfuerzos aislados, oficiales o privados, «desproporcionados» en relación «con los sacrificios impuestos» (1922, p.4). Aclararemos que, en ese período los Consejos de Higiene dependían del poder político provincial (no nacional) y no se ocupaban del asunto de la prostitución reglamentada, por lo menos en Rosario o en Buenos Aires, como bien lo sabía el propio Pignetto, que además de Intendente, fue Director de la Asistencia Pública de la ciudad, sino el municipio a través de organismos que configuraban una especie de policía sanitaria y de policía de las costumbres. La función de policía sanitaria era confiada al órgano técnico en materia de higiene y asistencia pública y estaba en manos de la Administración Sanitaria y Asistencia Pública; en tanto que la policía de costumbres o moralidad pública que incluía la vigilancia de la prostitución, juegos, espectáculos públicos, etc. a cargo de la Inspección General (Múgica, 2014, pp.329-383). En Rosario entre 1874 y 1932 se pusieron en funcionamiento ordenanzas que reglamentaban el ejercicio de la prostitución transformándose así, en el primer lugar de la Argentina en el que se aplicó el reglamentarismo y el primero también en el que se desinstaló, imponiéndose el abolicionismo. El tema de las venéreas, fue el argumento desplegado sobre el que se sostuvo el sistema regulativo y, la prostitución se veía como el «origen de todas las contaminaciones venéreas» se debiera o no al contacto sexual accidental, indicaba Pignetto citando a Neisser, pero la suya no era en absoluto una voz aislada, ya que todo el sistema estaba basado en ese principio. Pignetto indicaba que «el meretrizmo» que era el «principal vector del peligro venéreo debe estar sometido a la vigilancia médica y bacteriológica, obligatoria, gratuita debiendo desaparecer la segregación (...)» (1922, p.10 y 13).Veintiún años antes el mismo Pignetto atribuía a la prostitución clandestina la mayor responsabilidad en la difusión de la sífilis (1901). La prostitución era un asunto relativo no solo a la higiene pública, sino también a la moralidad de los habitantes de la ciudad, y como dijimos, de estricta incumbencia municipal, del cual el Estado se hizo cargo ejerciendo su poder de policía y de control y era registrado como un problema público en tanto afectaba o podía afectar a otros. El Estado Municipal incluía la higiene y la moralidad dentro de sus atribuciones y se reservaba el derecho a intervenir a través de sus organismos y funcionarios especializados cuando así lo creía conveniente, sin que mediara ningún prurito de avasallamiento de las libertades individuales, pues cuestiones como la salud eran enunciados como superiores a los intereses privados, ley suprema como se decía por entonces. La higiene era, quizás, la última palabra en el campo de la medicina social y procuraba dar cuenta de manera pormenorizada de preocupaciones que tenían que ver con la habitabilidad de la población, como el agua, las cloacas, el aire, las inmundicias (entre las que se incluía a la prostitución 2 ). Pasó a ser concebida como un verdadero bien político, ideal del gobierno de la ciudad, bien público, social, de todos. Así lo indicaba Charles Omnés -médico higienista francés discípulo de Pasteur residente en la ciudad-era necesario someterse a los decretos de la Higiene. Ella era como un gran juez que tenía la capacidad de velar por todos los habitantes, de señalar los distintos focos infecciosos, de inspeccionar en los lugares más recónditos y de contar con el conocimiento científico adecuado como para evitar la propagación de enfermedades contagiosas. Según Omnés la higiene en tanto ciencia biológica tenía como finalidad lograr la adaptación del hombre a los medios en los cuales estaba llamado a vivir y debía mejorar el "modus vivendi" de las comunidades constituyéndose en uno de los elementos esenciales de la lucha por la vida (1904, pp. 6 y 3-4). El asunto de la prostitución aparecía directamente vinculado en los discursos y representaciones de época (imagen 1), con una cuestión clave y era la del gran fantasma que representaban las enfermedades venéreas, en particular, la sífilis y la blenorragia (1904, p.11). Médicos como Omnés, Pignetto, Camilo Muniagurria (pediatra, también fue Director de la Asistencia Pública), incluían a la tuberculosis y a la sífilis dentro de los «grandes problemas sociales» de entonces y a la última, dentro de las «enfermedades evitables» (Pignetto, 1922, p. Diego Armus menciona el valor que fue ganando en este período el discurso focalizado en el hombre y la cultura higiénica, que respondía a las nuevas urgencias producto de la urbanización y la incipiente industrialización. La higiene aparecía como un valor universal -supremo, agregaríamos-, y en tanto ciencia se hallaba por encima de las diferencias sociales y asociada a una labor instrumental de generadora de cambio social, jugaba un papel disciplinador, estimulaba la integración y el reconocimiento social. Esa cultura del hombre higiénico empezó a emerger a fines del siglo XIX, al calor de las preocupaciones por la mortalidad y la morbilidad producidas por las enfermedades infecciosas primero y, más tarde, por los llamados males sociales, la tuberculosis, la sífilis y el alcoholismo y en el entresiglo Imagen N°1. Tapa del libro del médico anarquista Dr. Juan Lazarte, Sociedad y prostitución, Rosario, Ed Argos, 1935. Dibujo hecho en tinta china. Muestra ciertas representaciones sociales que condensaban simbólicamente sífilis, prostitución y muerte. no fueran factores de contagio. Vale advertir que en las normativas decimonónicas, sí lo estaban. Las enfermedades venéreas eran calificadas también como «enfermedades vergonzantes» o «secretas» (imagen 2), en función del modo de contracción, ya que en general, tenían un origen sexual y por las prácticas de ocultamiento de los mismos afectados. Para el ya citado Pignetto la caracterización de «enfermedad vergonzante», producto del «libertinaje» del individuo fue lo que coadyuvó -en el país y en el extranjero-a la difusión del contagio (1922, p.3). El Dr. Camilo Muniagurria en su folleto «Como se evita y cómo se cura la sífilis» señalaba que no era una enfermedad vergonzante y ninguna debía ser considerada en esos términos. Decía: «La sífilis se propaga, precisamente, protegida por el silencio y el misterio de que la rodea este error social». El falso pudor a veces impedía que se encarara un tratamiento con la energía, rapidez y la constancia necesaria para lograr la «completa curación» o bien la atenuación de las consecuencias del mal (s/f, pp. 5-7). También podían encontrarse opiniones similares en la prensa como La Acción que el 25/5/1927 señalaba que ocultar el mal venéreo no hacía sino contribuir a su propagación. Al aparecía como higiene social un corpus de discursos y prácticas que cruzaban la medicina, las ciencias sociales y la política (2000, pp. 544-545). Las venéreas monopolizaron -la sífilis en particular-ciertas ansiedades biológicas difundidas por entonces. El temor a la herencia mórbida se plasmó en la imagen de la heredosífilis, cuyos tormentos y durabilidad parecía no tener fin. El placer se tiñó de tragedia y el fantasma de la degeneración expandiéndose a través de las distintas generaciones alcanzó dimensiones inusitadas. La sífilis acechaba los cuerpos y podía despertarse en cualquier momento, a veces al final de la vida de los sujetos 3. La angustia que despertaban la degeneración y las venéreas se puso de manifiesto en los controles a que eran sometidas las prostitutas, cuerpos que simbolizaban el terror, el placer y la posible tragedia, de allí, la atención puesta en las medidas profilácticas a que las obligaban, como la inscripción en la Asistencia Pública, los exámenes sanitarios semanales, las cartillas que debían portar, etc., medidas que exclusivamente estaban focalizadas en los cuerpos de las prostitutas excluyendo a los clientes como si éstos Imagen N° 2 Enfermedades Secretas-Cápsulas Santalino Gayoso-Caras y Caretas. Semanario festivo, literario, artístico y de actualidades, Año III, No 69, Bs As, 27/1/1900-Bs As mismo tiempo una venérea era vista como emblema de masculinidad. Muniagurria indicaba que se visualizaba a la sífilis como símbolo de virilidad «y como la virilidad enorgullece, la sífilis no es un estigma sino un galardón.' Ya soy hombre, tengo una sífilis'...». Para el médico era «una enfermedad que produce la ruina de los organismos mejor dotados», y no suponía ninguna distinción contraerla, tampoco era una «cicatriz gloriosa que proclama el valor desplegado en las batallas, sino de la invalidez más o menos definitiva e inutilizante»(s/f, p. Esta misma aureola que fluctuaba entre la vergüenza, la masculinidad y la adultez también complicaba el asunto de las estadísticas sobre las venéreas, instrumental sumamente apreciado por entonces a los efectos de poder «atacar» los diferentes males sociales y por lo demás tan caro a los objetivos de ese Estado y de una ciudad como Rosario, tan nueva y «tan moderna» al mismo tiempo. Podría resultar sorprendente la exigüidad numérica respecto de los afectados por alguna venérea al contraponer las cifras con los discursos alarmistas de la prensa o de los médicos, pero en realidad las estadísticas ligadas a la prostitución y las casas de tolerancia patentadas iban en el mismo sentido. Mientras Rosario podía ser calificada por el periodismo como «la ciudad de los burdeles» 5, presentada casi como una ciudad «tomada» por las prostitutas, la existencia más o menos estable de unas veintinueve casas patentadas podía ponerlo perfectamente en entredicho. (Múgica, 2014) Los relatos de la prensa aludían a las «desenvueltas damas de las noches báquicas» que con desenfado «propio Posteriormente el Anuario Estadístico de 1928 y 1929 consignó, no ya los muertos por sífilis o blenorragia, sino la movilidad del Consultorio de piel, sífilis y venéreas de la Administración Sanitaria y Asistencia Pública: 25.343 en 1928 (s/p) y en 1929 el movimiento fue de 22.367 (s/p). de todos modos son necesarias ciertas precauciones a la hora de interpretar las cifras, puesto que en modo alguno hay que entenderlas como iguales a 22.367 afectados, sino hay que suponer más de una visita, ya que, como se sabe, los tratamientos eran largos, bastante sucios y muy dolorosos. El médico Nicolás Greco mencionaba que el 30 % de la población estaba «sifilizada» e indicaba 2251 defunciones por sífilis en la Argentina entre 1911 a 1914, principalmente por heredosífilis precoz o tardía. Esta cifra era muy baja en relación con la mortalidad que se había registrado en esos años y creía que estaba relacionada con cómo se anotaban los diagnósticos (1922, pp. 116, 117 y 6). En general, fruto del contacto sexual, las enfermedades venéreas ponían en evidencia aspectos culturales de una época reacia a hablar directamente de sexualidad, aunque, la proliferación de discursos al respecto era significativa 7. La prostitución patentada y en especial, la clandestina, eran vistas como focos que irradiaban enfermedad y contaminaban la raza y hablaban también de prácticas, de cuidados profilácticos de los que se conoce algo a través de los médicos o de la prensa. Porque el temor a las enfermedades, su profilaxis y las prácticas de la sexualidad remite no exclusivamente a cuestiones técnicas, tales como bacilos o microbios, sino más bien, a la vida íntima y a la vida social o colectiva, apela a ciertas ideas, metáforas, miedos o misterios ante lo desconocido que cobraban significado en la sociedad y en la época a que nos estamos refiriendo y, a los desarrollos de la ciencia en una coyuntura en que era compleja la eliminación de algunos de esos «azotes». La sífilis decía Muniagurria era un nombre que se pronunciaba no sin titubear, no sin cierta «vacilación púdica en presencia de personas a quienes se respeta por su sexo, edad o condición», de allí que se habían aceptado otros menos apropiados, como si las palabras estuvieran cargadas de «inmoralidad», se la llamó «mal francés, gálico, mal napolitano, lues, avariosis » (1922, pp. 5-7). Fournier calificaba a la sífilis de «lepra o peste moderna», «azote de la humanidad» y Greco decía que había que llamar al mal por su nombre, pues en asuntos de salud no había que engañarse (Greco, 1922, pp. V y XIII y Fournier, s/f, pp. 11 y 17). Susan Sontag analizando metáforas sobre la sífilis señalaba como rasgo común con la peste, la extranjería, la necesidad que fuera de otra parte, y sus múltiples nominaciones apuntaban a la alteridad, a lo que era extraño, así para los ingleses era el «morbo gálico», para los parisinos el «morbus germanicus», la enfermedad napolitana para los florentinos y el mal chino para los japoneses (2012, pp. 154-155). Representaciones nada extrañas en una ciudad moderna, cosmopolita como Rosario, que sufrió un brusco proceso de crecimiento fruto de su estratégica ubicación geográfica dentro del modelo agroexportador (era el segundo puerto de la Argentina) y que llegó a registrar tasas de masculinidad superiores al 51%, fruto de la inmigración y del movimiento portuario. Una significativa cantidad de hombres circulaba por la ciudad -solteros, casados, sin familias-situación que en consonancia con ciertos códigos epocales sobre la sexualidad imperantes los visibilizaba como verdaderos focos de libido, de deseos sexuales, lascivia y lujuria contenidos que debían tratar de encauzarse sin que se «desparramaran» las enfermedades de origen sexual sobre el cuerpo social, de allí también el papel que desempeñaron las distintas formas de regulaciones político-administrativas, sanitarias y policiales para las mujeres que se inscribían en los registros de prostitución. A partir del siglo XIX hubo un conocimiento más importante en el campo de la medicina en relación con las enfermedades venéreas: ya se distinguía perfectamente entre sífilis y blenorragia, conociéndose que la primera no podía inducir a la otra. También fue fundamental el descubrimiento del bacilo microscópico que hizo Neisser en 1879 y llamó gonococo, transmisor de la blenorragia; en 1905, los alemanes Fritz R.Schaudinn y Erich Hoffman descubrieron que el agente específico de la sífilis era un microbio conocido como spirochaeta pallida y al año siguiente, en 1906, la reacción de Wasserman, permitió detectar el microbio en la sangre, a través de un simple análisis. Metchnikoff junto con Roux logró en 1903 inocular la sífilis en monos antropoides y avanzando en el terreno experimental desarrolló una pomada mercurial a base de calomel de aplicación post-coito, a fin de prevenir la infección sifilítica por vía genital (Costler y Willy, 1954, pp. 387-403; Costa, 1977; Trochon, 2003, pp. 239-240). El interés por las enfermedades venéreas se acrecentó en particular en la década del 20 y en la prensa puede verse mayor profusión de notas y artículos mé-dicos dedicadas a estos temas; interés similar al que se dio alrededor de la coyuntura de 1909/1910 (imagen 3), en que se descubrió y dio a conocer el Salvarsán (606), más allá que las referencias a las venéreas estuvieron constantemente presentes como elemento sustancial para justificar el sistema reglamentarista aplicado a la prostitución. Desde la propia Administración Sanitaria y Asistencia Pública que dirigía en 1923 el Dr. Pignetto impulsó el dictado de conferencias como medidas de profilaxis que se matizaban con películas alusivas como «Y los hijos pagan». En una de ellas volvió a señalar -como en su tesis-que las tres enfermedades que exterminaban a la población eran: la sífilis, la tuberculosis y el alcoholismo, siendo la primera -si no se tomaban medidas-, la piedra basal en la que se erigiría «el monumento simbolizante de nuestra raza degenerada». Sostenía que en el siglo XIX se habían denunciado las «miserias» que traían aparejadas las dos últimas enfermedades pero no así las propias de la sífilis quizás porque ésta parecía denunciar «el libertinaje del individuo». Para Pignetto era, a veces, la consecuencia de una vida desorbitada, que podía afectar a víctimas inocentes, de ambos sexos y de todas las clases sociales. Por eso, eran necesarias medidas de profilaxis individual y pública, porque la herencia de la sífilis podía transmitirse hasta la 4a generación y aconsejaba la higiene antes y después de todo contacto. Mencionaba cifras alarmantes: la sífilis era responsable del 60 % de los que poblaban los manicomios argentinos, el 33 % era por alcoholismo. Tampoco le parecían aventurados los datos aportados por el Dr. Ángel Giménez 8 en el Congreso de Sifilografía reunido en 1921 en Montevideo que indicó que en Argentina morían por año 30.000 personas por sí-Imagen N° 3 Propaganda acerca del 606-Caras y Caretas. Semanario festivo, literario, artístico y de actualidades, Año XIII, No 638, Bs As, 24/12/1910-Bs As filis, el doble que por la tuberculosis. Le parecían muy preocupantes las cifras que se daban entre los conscriptos, porque en caso de «defender la integridad nacional», ésa iba a ser una tarea para los viejos porque los muchachos de 20 años, edad de mayor capacidad y virilidad eran «los inútiles, los parásitos de la sociedad» que solo servían para «ostentar el sibaritismo de nuestro mundo social corroído por enfermedad venérea». Responsabilizaba por un lado, al hombre como principal transmisor ya fuere por «imprudencia o ignorancia» y fundamentalmente, a la prostitución clandestina 9. El fantasma de la herencia mórbida y del peligro venéreo se transformó en una obsesión porque representaba no solo una amenaza al cuerpo individual sino especialmente al cuerpo social. El énfasis puesto en la sífilis congénita o herederosífilis como se la conocía por entonces, tenía que ver con atravesaba impiadosamente los cuerpos, las clases sociales y hasta las generaciones pudiendo «despertarse», en el momento menos esperado, a veces, al final de la vida del individuo. La sífilis podía propagarse hasta tres o cuatro generaciones y en algunos casos se llegó a sostener, hasta siete generaciones. Contraída, tal vez, en un momento de «locura juvenil», azotaba a una familia, la imprudencia de un joven castigaba a tantos «inocentes», degenerando, asimismo, la raza. Era, además una infección «que siempre progresa», «por regularidad y no por insuficiencia del tratamiento». Pignetto en una conferencia señalaba «Mediten sobre lo dicho: la sífilis adquirida a los 20 años se epiloga 10, 15 o 20 años después con lesiones irreparables como el drama que habéis visto desarrollado en la pantalla cinematográfica [era «Y los hijos pagan»] donde la perversión, la ignorancia, la herencia, la poca educación del pueblo y la falta de leyes protectoras para la mujer determina el destino de la personalidad humana». 10 Según Muniagurria no era una enfermedad individual que afectaba solo al que la contraía, sino se transformaba en «un mal para la propia familia del enfermo», la esposa, contagiada y los hijos la recibían como herencia, transformándose en «hombres degenerados, sin aptitudes para la vida, cuyo destino prematuro es el cementerio o el asilo». Las fotos que ilustraban el escrito retrataban al heredosifilítico: deformación de los huesos, tibias en forma de sable, «estigmas distróficos», recién nacidos envejecidos, con aspecto simiesco, flacos, prematuros, grisáceos, piel terrosa, miembros atrofiados, dientes raros, entre otros, plasmaban el mal, que se derramaba en la larga duración y casi impune atravesaba las distintas generaciones. Estas perspectivas angustiantes estaban focalizadas en los temores que generaba la transmisión biológica y la herencia mórbida, que obligaba a «defender la salud y el vigor de la propia familia» y «la de su propia raza», pues «Dar hijos sanos y fuertes a la patria es amarla y sentir el patriotismo en la forma más inteligente y elevada posible» (Muniagurria, 1922, pp. 35-36). Fournier había pintado el retrato del heredosifilítico e incitado acerca del peligro venéreo y agregaba a los síntomas descriptos: abortos, muerte al nacer o en las primeras semanas de vida, degeneraciones físicas y psíquicas de distinto tipo: jorobas, raquitismo, enanismo, pie equino, malformación craneal o de algún miembro, sordomudez, infantilismo testicular y registraba «hasta monstruos» que constituían el «colmo de la degeneración» (Fournier,s/f,. Unos años antes, en 1921, el Dr. Alfredo Fernández Verano en la conferencia inaugural de la Liga Argentina de Profilaxis Social, comparaba a la sífilis con un «verdadero castigo bíblico» que pesaba sobre la humanidad, por ser la responsable de la persecución y el exterminio de los hijos hasta la 4ta generación, por eso algunos la llamaban «azote humano», aunque la blenorragia no se quedaba atrás, si se transformaba en crónica podía producir desde esterilidad, ceguera, hasta la muerte (1935, pp. 6-8) 11. Sifilipsiquismo era la denominación que el médico Greco daba a distintos signos neuropsíquicos que mostraban la acción de la sífilis en el organismo plasmando «estados de conciencia» de la personalidad o de la «anormalidad» como: genialidad, virtudes, vicios, atrasos, degeneración, delincuencia, anormalidad y así la sífilis hereditaria, por su transmisión sucesiva, imprimía en el individuo los caracteres que lo marcaban. La sífilis forjaba cualidades y defectos y Greco trazaba un cuadro tan amplio acerca de los síntomas a observar que bien valdría la caracterización de sifilización de la sociedad y de peligrosidad latente en cada individuo que podía despertarse en cualquier momento. Algunos síndromes sifilipsíquicos puros eran: la ambición, la avaricia, el coraje, la crueldad, el desorden, la prodigalidad, la pusilanimidad, el despotismo, la tiranía, la traición, la deslealtad, la rapiña, el egoísmo, la fuerza, la infidelidad, la injuria, la hipocresía, la intolerancia, la irritabilidad, el lujo, la perversidad, la mentira, la amenaza, la burla, el desprecio, la ofensa, el orgullo, el miedo, el ocio, el pesimismo, la haraganería, el abuso, la apatía, el suicidio, la concupiscencia, la adulación, la afectación, la aflicción, la enemistad, el reproche, el vituperio, el odio, la pena, los celos, la inconstancia, la presunción, la indiferencia, el error, el engaño, la inexperiencia, el escepticismo, la incredulidad, la astucia, el abuso, la disimulación, la timidez, la pereza, el aburrimiento, la obstinación, el altruismo, la generosidad, el amor, la amistad, la lealtad, el trabajo y la lista sigue. Según él muchas de estas ideas movían a los dirigentes políticos y se preguntaba cuán responsable era la sífilis de estimular la voluntad, la inteligencia o los sentimientos de esos hombres (1922, pp. 33-36, 91-92 y 125-126). Como puede verse la sintomatología aludida era vastísima y difícil sin duda de encuadrar debido a la vaguedad e indeterminación en el uso de conceptos tales como la indiferencia, el altruismo, la pereza, la perversidad, etc., categorías que por cierto solo podían pensarse en términos completamente subjetivo/valorativos con lo que ello implicaba, puesto que su aplicación dependía de la maleabilidad o de la labilidad de criterios morales, científicos, etc. desde los que pensaban los médicos y la sociedad de entonces. Al mismo tiempo instalaba la sospecha en particular aunque no exclusivamente sobre aquellos sujetos que a través de sus conductas, ex-abruptos, sus languideces, etc. no hacían otra cosa que revelar la latencia o la manifestación de la enfermedad. Esta lógica paranoica, si se quiere, exigía al mismo tiempo un ejercicio decodificador que estaba basado en presupuestos o creencias que rayaban en general en la estigmatización de la diferencia. Muchos de los síntomas mencionados eran por lo pronto difíciles de diagnosticar por ello apuntaba Greco a la pedagogía y al Consejo Nacional de Educación, para que las escuelas fueran no solo espacios destinados a la educación y a la instrucción sino también al tratamiento físico y medicamentoso, generándose desde allí campañas y tratamientos antisifilíticos que iban a actuar a modo de ortopedias sobre aquellos díscolos, insumisos a los que calificaba de «anormales». Hemos señalado que era frecuente la articulación clandestinismo igual a difusión de enfermedades venéreas a la que la prensa sumó otro elemento: las transgresiones a las reglamentaciones en vigencia para los burdeles patentados, pivote fundamental sobre el cual se asentó la crítica abolicionista. 12 Como indicador de la significación social que alcanzaron las venéreas, vale mencionar que el diario América empezó a sacar en 1929, en su primera página, una serie de notas tituladas «¡El hombre enfermo!» (imagen 4), que sintetizaba algunas de las dimensiones que, a través de los subtítulos, se Imagen N° 4 Serie: «El hombre enfermo»-Blenorragia, América, Rosario, 13/09/1929 ponían en juego. Así aparecían entre otros: la sífilis, la blenorragia y sus consecuencias, el matrimonio, la cocaína y los alcaloides, el examen médico prenupcial, la «herencia morbosa», la cura y los «falsos» tratamientos, la educación sexual de los jóvenes. Eran pequeñísimos artículo, casi suerte de avisos como los publicitarios, firmados por un tal Dr. Delaville, probablemente un nombre de fantasía. Procuraban a través del ejercicio de la síntesis conmover al lector, hacerlo «tomar conciencia» de lo que podía acarrear una venérea, el «olor a carne en descomposición», los sujetos «amarillentos, esqueléticos, repulsivos», eran «los que no han curado a tiempo sus males venéreos», junto a la tipografía en mayúsculas, con letras grandes que iba en el mismo sentido 13. Así el mayor castigo para un hombre era tener «ante sí el producto de su imprevisión: el hijo, con su marca patológica» 14. «UNA NOCHE CON VENUS Y UNA VIDA CON MERCURIO» En cuanto a las formas de contagio tanto Pignetto, como el propio Muniagurria disparaban sus dardos, especialmente, contra el beso (a las criaturas, a las imágenes religiosas, etc.), las nodrizas y los niños y viceversa, la bombilla del mate (responsable de «verdaderas epidemias familiares de sífilis»), los vasos, tenedores, cubiertos, hisopos de jabón, instrumentos no bien desinfectados por dentistas, peluqueros, parteras, médicos, las cornetas del tranways eran importantes vehículos de contaminación, aunque el contacto sexual era el que producía mayor porcentaje de enfermos. Habitualmente los discursos apuntaban a la profilaxis y la responsabilidad individual más que a la profilaxis pública que parecía salvarse con el impulso de campañas de educación sexual, insistiendo en el cumplimiento de las reglamentaciones sobre la prostitución regulada, especialmente en lo referido a los dos exámenes sanitarios semanales que debían efectuar las prostitutas inscriptas, creando Dispensarios específicos y obligando a la hospitalización de la afectada. Las fuentes municipales -dado que no existen relatos de clientes o prostitutas-prácticamente no aludían al asunto, ni a los cuidados que debían desplegar tanto las prostitutas como los clientes. Salvo las pocas referencias a determinadas «revisaciones» que les practicaban las prostitutas a los clientes en el siglo XIX pudiendo negarse a tener relaciones sexuales con alguno que estuviera afectado, mención por cierto muy escueta que aparecía en los Digestos de esa época. Sin embargo, los cuidados exigidos por el Estado municipal recién aparecieron estipulados, muy tardíamente en el Compendio de Digesto de 1931. Éste señalaba obligatoria la presencia en cada una de las habitaciones de las prostitutas de un aparato distribuidor de dosis individuales de pomada profiláctica contra la sífilis y la blenorragia, del tipo de la conocida como Metchtnikoff y un cuadro de instrucciones acerca de cómo usarlo provisto por la Administración Sanitaria. 15 Si bien podría resultar paradójico que se fijaran estas obligaciones cuando el reglamentarismo estaba más que impugnado o resquebrajado (de hecho al año siguiente se eliminó el sistema en la ciudad), quizás, se pueda explicar siguiéndolo a Kuhn, que las reglas solo se fijan cuando el paradigma peligra o está por desaparecer (2013, pp. 161-172), sin embargo el uso de pomadas, lavajes, etc., más allá de la no inclusión retórica en las fuentes estaba difundido en el mundo prostibulario, como prácticas previas y posteriores al acto sexual, tanto para evitar contraer una venérea, como probablemente, prácticas contraconcepcionales o, tal vez, abortivas. Las fuentes policiales y la prensa frecuentemente daban cuenta de la extensión de sus usos, de hecho se alude, en más de una oportunidad y muy escuetamente, a tentativas de suicidio con pastillas de bicloruro de mercurio y ciertas mezclas de agua con permanganato de potasio, que formaban parte del universo de las prácticas sexuales del mundo prostibulario, por lo menos, desde 1909 16. Distintas drogas fueron utilizadas en los tratamientos de combate a la sífilis, una de ellas fue el mercurio, que se administraba en general a través de inyecciones, también en forma de polvos, píldoras, bebidas, elixires, pociones, baños a vapor, por medio de fricciones o bien de supositorios, de modo casi vitalicio, intensivamente al principio -los seis primeros años-y en forma más espaciada luego. Se suministraba a través de píldoras que podían afectar el aparato digestivo, de una pomada gris que generaba, a veces, dermatitis, método muy sucio o inyecciones de calomel, productos que se alternaban con la toma oral de yoduros. El mercurio era un metal utilizado -antes de aplicarlo al tratamiento de la sífilis-, contra la sarna, tiña, impétigo, etc... Desde el siglo XVI se empezó a emplear en la avariosis a través de fricciones, aunque algunos adoptaban los procedimientos que se conocían para curar la lepra u otros procesos cutáneos. Generaba reacciones encontradas entre los propios galenos, desde decididos antimercurialistas que enfatizaban que implicaba largos tratamientos, inseguros, «los preparados mercuriales nunca eliminan (...) los productos morbosos de la enfermedad» 17, muy dolorosos y tóxicos, en algunos pacientes generaba dolores óseos o caída del pelo, hasta los defensores que veían al mercurio como un purificador de la sangre alterada por la sífilis y a veces se lo responsabilizaba de trastornos que producía la misma enfermedad. Se eliminaba por los riñones, podía provocar diarrea, irritación de las mucosas, evitables con la dosis adecuada, debiendo utilizarse otra droga cuando no se toleraba (Costler y Willy, 1954, pp. 400-401). Se usaba también el arsénico en sus diferentes versiones dos de ellas fueron el 606 o «la bala mágica» y el 914. El Salvarsán (606) fue muy empleado como elemento de cura, dado a conocer por Paul Ehrlich, su base fue el arsénico 18, reemplazando los tratamientos en base al mercurio, de acción más rápida y, a posteriori, se utilizó el Neosalvarsán, que reducía las reacciones secundarias. También hubo voces críticas mostrando que las opiniones no eran uniformes ni homogéneas en cuanto a la «bala mágica». Mencionaban que mataba al treponema pálido pero también al enfermo y reaparecían las manifestaciones sifilíticas después de su aplicación, provocaba accidentes y en algunos casos su efecto era nulo, el 914 era todavía más peligroso sin ser más eficaz 19. Además del mercurio y el arsénico (imagen 5), se utilizaba el yodo y el bismuto (desde 1921) 20 y la plata. Las terapias consistían en series de inyecciones que implicaban muchos años de aplicaciones, a veces hasta toda la vida y la prensa solía ser muy crítica contra ciertos «específicos» porque los afectados quedaban arruinados económicamente por la enfermedad ya que los tratamientos eran interminables. 21 Hasta el descubrimiento de la penicilina como terapéutica para la sífilis, los médicos utilizaban los señalados o bien los combinaban; estrategia que aparecía como más efectiva. Imagen N° 5 Compuesto arsenical para el tratamiento de la sífilis-Caras y Caretas. La abundancia de avisos publicitarios sobre «enfermedades secretas» o «vergonzantes» daba cuenta no solo de la importancia social de estas enfermedades, sino de la profusión de tratamientos alternativos. Los médicos solían alertar sobre los «charlatanes» (imagen 6 y 7), que ofrecían curas o soluciones mágicas que iban desde pastillas, específicos hasta sesiones de espiritismo. Los avisos publicitarios prometían curas radicales y en pocos días para la sífilis o la blenorragia (imagen 8). Este tipo de prácticas eran formas de impugnación de la alopática. Entre las prácticas y creencias extendidas que se utilizaban para evitar posibles contagios, algunas eran más eficaces que otras y a veces solo hacían desaparecer algunos síntomas. En el caso de la blenorragia los lavajes con ciertos «específicos» detenían algunos «derrames», en cuanto a la sífilis, ciertos polvos y ungüentos frenaban las erupciones, suspendiendo su curso normal. Se aconsejaban los lavajes de agua y jabón antes y después del acto sexual y la micción luego del coito, el uso de ungüentos (de calomel, sin sebo según el método de Meissners o grasa según el de Metchnikoff), untarse el pene con éste antes y después del acto sexual o el uso del condón que no era muy popular por entonces. A las mujeres sugerían además de los la-vajes con agua y jabón y la micción antes y después del coito, otros con permanganato de potasio, supositorios antisépticos, untarse con ungüentos de calomel, el uso del preservativo y la desinfección de la uretra después del acto sexual, con jeringa y solución de plata o bien manteca cacao (Costler y Willy, 1954, pp. 404-410). El Dr. Muniagurria recomendaba además de los aseos con agua y jabón o con agua ligeramente alcoholizada con agua de colonia, brevedad en el coito, lavaje «prolijo» y lo más próximo a la finalización del encuentro sexual, los «protectores de cauchout», la micción luego del coito y el lavado con compresión «intermitente del glande» y el uso de pomadas tipo la de Metchnikoff. Proponía el empleo de una pomada que contenía calomel, aceite de vaselina, lanolina, agua, agua de rosas, extracto de mil flores y proteinato de plata. Una porción de esa pomada debía ser introducida en la uretra y en el miembro masculino donde debía permanecer un buen número de horas durante las noches y retirada en el primer baño. Señalaba precauciones para el sifilítico que deseaba casarse: esperar por lo menos cinco años, tres años consecutivos de tratamiento y siempre que no aparecieran nuevas manifestaciones debiendo recomenzar el tratamiento. Pignetto al uso de inyección de permanganato de potasio, fricciones con pomada de calomel le agregaba un lavado con bicloruro de mercurio (1922, p. Costler y Willy recomendaban para los afectados de una blenorragia acompañar los tratamientos con «una vida regular», una «dieta ligera», beber jugo de frutas frescas, agua mineral, entre dos litros y medio a tres por día, evitar los platos condimentados, las especias y los alimentos ácidos y el alcohol, esos elementos no la curaban pero contribuían al restablecimiento (1954, p. Otra práctica preventiva y contraconcepcional indicaba utilizar preservativos o «cauchout» aunque al mismo tiempo resulta difícil conocer el nivel de difusión o aceptación que gozaban. Corbin señala que en el siglo XIX hasta la primera guerra mundial se esperaba, entre otras cosas de las prostitutas que difundieran el uso del preservativo, que en Francia había seguido siendo limitado y del pesario, sin olvidar la enseñanza de la higiene íntima (2005, p.176) 22. Probablemente, como cuidado profiláctico público, en Rosario se diera ese mismo fenómeno, el de un uso no demasiado extendido. De hecho, el 7 de agosto de 1927, Ismael Peralta y Alejandro Beltramino, solicitaron una concesión para explotar «la venta de preservativos de goma» a través de máquinas automáticas a instalarse en la vía pública en el barrio de las casas de tolerancia y en los lugares que indicara el municipio. Aducían que esos aparatos iban a desempeñar un importante papel en la profilaxis social de la ciudad, pues abarataban el precio de los preservativos y contribuirían «enormemente a generalizar su uso entre la juventud», la que por los «imperiosos mandatos de la naturaleza» se veía obligada a concurrir «a esos lugares» en los que los «acecha [ba]n» constantemente. Consideraban que si se lograba propagar -lo que ponía en evidencia que no lo estaba-el uso del preservativo de goma, la juventud no iba a estar tan maltrecha ni llenos los hospitales «de míseros seres que vienen al mundo macerados y deformes», «triste herencia» de las enfermedades de los progenitores, por esas «imprevisiones de ayer» y que recogerían las generaciones venideras por las «imprevisiones de hoy». Señalaban que el uso obligatorio del preservativo era el «medio más eficaz» para combatir y extirpar las enfermedades venéreas, aunque no se podía imponer, si se podía «inducir» a los jóvenes por ese medio. El aparato era atrayente y novedoso y los «buzones» a la vista de los concurrentes les recordarían «los grandes peligros de esas uniones con prostitutas» invitándolos a tomar precauciones, al mismo tiempo que la facilidad y comodidad para adquirirlos aumentaría el uso. Apelaban a la «suprema razón de la salud pública». El aparato automático, previa introducción de 0,20 centavos m/n expulsaba un preservativo. Indicaban que se podían reglamentar las horas de funcionamiento de los aparatos evitando así toda duda sobre los resultados prácticos del servicio 23. Esta propuesta fue desestimada por el Concejo Deliberante de la ciudad por considerar que se podían adquirir en farmacias, droguerías o negocios de goma, dejando, una vez más librado el control y la prevención profiláctica casi exclusivamente en manos de las prostitutas o de los artículos que hubiera en los burdeles. Algunos medios de prensa publicitaban por entonces las «gomas higiénicas Dacapo» o las «Cabeza de Negro» 24, aunque resulta por lo menos escueta la información como para poder medir el consumo o la Imagen N° 8. Cachets Antiblenorrágicos Collazo-Caras y Caretas. Estos temas apuntan a la necesidad de construir historias del o de los pudores, de los gustos sexuales, que está lejos de ser estudiada, por lo menos en la Argentina. La sífilis y las venéreas eran vistas como «flagelos», «lacras» que estigmatizaban a la familia, destruían el hogar y degeneraban a la raza. Dado el potencial destructivo que portaban necesitaban de «paladines» que las combatieran, «hombres de voluntad» que detuvieran sus avances, gobiernos que apoyaran o fundaran instituciones con el mismo objeto, ya que constituían «peligros» que acechaban a la juventud. Los tratamientos de la sífilis eran muy largos, bastante desalentadores, muy caros, con reapariciones después de años, motivos por los cuales los pacientes tendían a abandonarlos, a tomar medidas por cuenta propia, a fin de abaratar costos cayendo, a veces, en manos de «charlatanes» (imagen 9). Advirtamos que no se conocían por entonces curas definitivas de la enfermedad, situación que se lograría con la penicilina, descubierta por Alexander Fleming en 1928. Aunque será recién a fines de 1939 que un equipo de la escuela de Oxford, integrado por Ernest Chain, Howard Florey y N. Heatley, procuró producir penicilina a gran escala y en 1943 Mahoney comprobó su eficacia en el tratamiento de la sífilis. En Argentina, en 1947 la penicilina no estaba disponible en forma masiva, ni se producía localmente y durante la guerra las remesas habían sido limitadas. Las enfermedades venéreas despertaban entre fines del siglo XIX y principios del XX fuertes temores sociales. Eran vistas como «males sociales» que podían afectar al cuerpo social e individual, de allí la atención puesta en las prostitutas a las que se veía como las principales diseminadoras de las afecciones venéreas. Precisamente el tema del control y freno de las venéreas fue el argumento más importante que sostenía el sistema reglamentarista que en la ciudad de Rosario se impuso entre 1874 y 1932 y consistía en exámenes sanitarios y otras obligaciones para las mujeres que decidían inscribirse como prostitutas. Normativas regulacionistas sobre cuerpos vistos como díscolos y sobre todo como responsables de la difusión de las venéreas sobre el cuerpo social. Si bien la prensa y los médicos de entonces solían criticar y responsabilizar casi exclusivamente a aquellas que no estaban matriculadas, o que transgredían las normas y eran apresadas por la policía como «clandestinas», vale indicar que la condición de inscripta o clandestina era muy lábil, también era cierto que los cuerpos de los clientes no eran objeto de ningún tipo de control exigido por el Estado municipal, como si éstos no fueran agentes de contagio. Datos estadísticos municipales habían dado a conocer cifras rotundas entre 1930 y 1931: sobre 100 pupilas inscriptas tomadas al azar, 100% de blenorrágicas y 75 % sifilíticas según la reacción de Wasserman «sencillamente pavoroso» indicaba un concejal cuando se discutió la abolición del reglamentarismo, también con explicaciones sanitarias en el recinto municipal el 29 de abril de 1932 (Múgica, 2004, p.220). Conviene señalar siguiendo a Trochon que se obtenían con ésta muchos falsos positivos y que recién a posteriori de Imagen N° 9 «Charlatanes»-Curandero-División Investigaciones Policía de Rosario Moralidad Pública Prontuario N°1295, Profesor O ́Donnell «curandero», Bartolomé C. o Pedro A. de la Santísima Trinidad. El informe policial decía que había sido discípulo del curandero Ildefonso Echeverría (a) «Oromí» de quién obtuvo unas fórmulas de medicina naturalista que era las que pregonaba por entonces. Recorte de un diario de la ciudad de Mendoza remitido por esa policía a la de Rosario resguardado en el prontuario. la Segunda Guerra Mundial surgieron nuevos test que permitieron detectar específicamente el treponema en la sangre, superándose los errores cometidos durante varias décadas (Trochon, 2003, pp. 239 y 282). Para los abolicionistas el sistema reglamentarista había fracasado en sus objetivos sanitarios porque estrecho de miras apuntaba sus dardos solo sobre una de las partes que configuraba la relación sexual: la prostituta. Además era injusto porque desconocía la figura del cliente como agente de contagio e instalaba un sistema que daba «falsas seguridades» a los hombres, quiénes no tomaban las precauciones debidas. Cuestionaban entre otras la validez y la «seguridad» que podían otorgar los exámenes sanitarios que les practicaban a las prostitutas en el Dispensario, pero esos asuntos no forman parte de este texto. Las venéreas, la sífilis en particular, condensaban simbólicamente miedos y representaciones diversas propias de una época en la que no se conocían curas definitivas, por lo menos para la última. Los diferentes tratamientos eran largos, caros, casi vitalicios, de allí que en muchos casos los afectados eran víctimas de los que ofrecían soluciones casi milagrosas. Los discursos médicos apuntaban a la profilaxis y responsabilidad individual más que a la profilaxis pública que parecía resolverse con charlas o conferencias sobre educación sexual y casi exclusivamente insistiendo en los controles sobre los cuerpos de las NOTAS 1. Alguna bibliografía se ocupó de pensar cómo se fue organizando una estructura administrativa nacional que coordinaría la profilaxis de las venéreas, centralizada a través del Departamento Nacional de Higiene, esfuerzo que se implementó desde la Ley nacional 12.331 (llamada de Profilaxis de las Enfermedades Venéreas). A partir de ésta se eliminó el sistema de prostitución reglamentada con casas toleradas y controladas por los estados municipales o la incitación a ésta, se impuso el certificado médico pre-nupcial gratuito y obligatorio para los varones que estuvieran por contraer matrimonio impidiendo la unión en caso de estar afectado, el tratamiento de las enfermedades por correspondencia o cualquier anuncio sobre supuestos métodos curativos, castigándose a la prensa que insertaba anuncios de especialistas que usaban "medios secretos o métodos rechazados por la ciencia" y se desplazó así la atención y las políticas de control higiénico de los cuerpos de las prostitutas inscriptas hacia el de los varones a punto de contraer matrimonio. Éste y otro conjunto de cuestiones y problemas corresponden a períodos posteriores al que analizamos aquí, por ejemplo Carolina Biernat, "Médicos, especialistas, políticos y funcionarios en la organización centralizada de la profilaxis de las enfermedades venéreas en la Argentina (1930Argentina ( -1954)) prostitutas inscriptas en el registro público. La sífilis era vista como un fantasma acechante, que modelaba no solo comportamientos presentes, sino que podía impune derraparse por las generaciones venideras. Fuertemente unida al concepto de degeneración muy presente en la prensa y la sociedad de entonces, de enorme circulación y perdurabilidad, derivaba de la psiquiatría francesa y fueron Benoît-Augustin Morel y Valentin Magnam los que inauguraron precisamente la escuela «degeneracionista». Para ellos, la humanidad presa de la herencia y de las leyes la vida, tendía hacia la degeneración. Las lesiones orgánicas especialmente del sistema nervioso eran las que se perpetuaban por medio de la herencia y se agravaban por el ambiente, el alcoholismo y la sífilis. (Peset, 1983, pp. 188-189) Foucault mencionaba que «la degeneración es la gran pieza teórica de la medicalización del anormal». La degeneración daba cuenta de un estado de anomalía y el personaje del degenerado se entendía a partir del árbol de la herencia. Estas teorías gozaron de mucho interés en el campo de la psiquiatría y también de la medicina legal. La fatalidad de la degeneración se derramaría sobre generaciones futuras produciéndoles efectos nocivos y presuponía una fuerte articulación entre lo moral y lo físico a punto tal que ciertos hechos morales o físicos podían producir variados padecimientos que repercutirían necesariamente en la descendencia 25. Datos oficiales locales anotados entre 1904 y 1911 Años Defunciones por sífilis Niños fallecidos por sífilis Muertos por blenorragia Total de muertos
RESUMEN: La Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral fue fundada en 1908 con el propósito de luchar contra las enfermedades venéreas. A diferencia de iniciativas anteriores de prevención que se centraban en el control sanitario de la prostitución, la Sociedad promovió la creación de dispensarios para la atención médica de los enfermos, así como la difusión de conocimientos por medio de conferencias y de propaganda impresa. Este artículo analiza las ideas que dieron lugar a la fundación de la Sociedad, los principales mensajes que buscaba difundir, los obstáculos y las críticas que enfrentó, y las causas que la llevaron a su disolución en 1923. El artículo muestra que la ciencia y la moral fueron dos elementos centrales que la Sociedad buscó promover, pues sus integrantes asumieron que las enfermedades venéreas eran un problema sanitario y moral, que debía prevenirse con el control de la voluntad y las pasiones, y llegado el caso, tratarse con la ayuda de médicos calificados. A partir de mediados del siglo xIx las enfermedades venéreas llamaron cada vez más la atención de médicos alrededor del mundo 1. La sífilis y la gonorrea provocaron miedos y angustias debido a que fueron asociadas con la degeneración de la raza. Aun cuando no había estadísticas precisas, la percepción de numerosos médicos era que estas enfermedades iban en aumento. Desde mediados del siglo xIx la reglamentación de la prostitución había sido del principal medio por el que se buscó prevenir la propagación de las enfermedades venéreas. Con el cambio de siglo llegaron a México ideas novedosas sobre los medios de prevención. La educación de la población en general y la propaganda antivenérea se incorporaron al repertorio médico preventivo mexicano. Los esfuerzos por difundir conocimientos útiles para la prevención de las enfermedades venéreas entre la población mexicana iniciaron en los primeros años del siglo xx. Entonces, el «inteligente y laborioso» médico Andrés Benavides daba conferencias y publicaba el periódico La Espirila en la ciudad de Toluca (Landa, 1925, p.29) 2. Aunque Benavides contó con el apoyo de las autoridades estatales, la iniciativa al parecer fue más personal que producto de un proyecto institucional. Algunos años después, comenzaron las labores de propaganda de la Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral en la ciudad de México. Esta se propuso llevar conocimientos útiles que, basados en la ciencia y la moral, impidieran la propagación de las enfermedades venéreas. LA FuNDACIÓN DE LA SOCIEDAD MEXICANA DE PROFILAXIS La Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral de las Enfermedades venéreas fue inaugurada el 25 de julio de 1908 por iniciativa de Jesús González Urueña, un médico dermatólogo que hacía parte de la Academia nacional de Medicina (AnM). En él mostró estadísticas del Consultorio Central de la Beneficencia Pública desde febrero de 1905 hasta noviembre de 1907. Los resultados eran preocupantes: de un total de 7, 272 enfermos de la piel, 1,408 presentaron manifestaciones sifilíticas. Esto es, casi el 20% de los pacientes del Consultorio tenía sífilis. Las estadísticas del Consultorio difícilmente podrían generalizarse, pues consideraban sólo a los pacientes del Consultorio, y entre ellos, sólo a los enfermos de la piel. Aun así, las enfermedades venéreas parecían amenazantes. A decir de González Urueña, los sifilíticos se convertían «por su ignorancia y por su descuido, en vectores de un mal, que es verdadera plaga social». A ellos se sumaba una «inmensa legión de los ignorados», que no figuraban en las estadísticas, pero que «todos los presentimos, todos los suponemos, y son tan reales como los otros» (González, 1908, p. Por ello, el valor de estos datos no radicaba tanto en lo que mostraban, sino en lo que sugerían, es decir, la presencia de enfermos venéreos no diagnosticados y sin tratamiento que propagaban el mal con facilidad. A fin de evitar que la «plaga social» continuara extendiéndose, González Urueña sugirió la fundación de una sociedad de profilaxis sanitaria y moral, dependiente de la AnM. Aunque el Consejo Superior de Salubridad (CSS) era la institución encargada de la «administración del servicio sanitario» (Código Sanitario, 1903) era, según González Urueña, la AnM la que debía tomar la iniciativa en las acciones para prevenir las enfermedades venéreas, pues «nadie podrá patrocinarlas con mayores seguridades de buen éxito que la Academia» (González, 1908, p. El CSS tenía jurisdicción en el Distrito y Territorios federales, en puertos y en fronteras (art. 5, Código Sanitario, 1903), y había llevado a cabo importantes campañas para prevenir enfermedades como la fiebre amarilla, la peste, el cólera, o la viruela. En cuanto a las enfermedades venéreas, el CSS había participado en la reglamentación y el control sanitario de la prostitución, pero no desarrollaba actividades de propaganda como las que proponía llevar a cabo la Sociedad Mexicana de Profilaxis. Aun si la AnM no era la rectora de las políticas sanitarias, tuvo el reconocimiento y el apoyo del gobierno mexicano. Entre sus integrantes estuvieron reconocidos médicos de distintas partes del país y algunos de ellos formaron parte también de la administración sanitaria. Por ello, González Urueña no dudó en afirmar que la AnM debía dirigir acciones para la prevención de enfermedades venéreas. La AnM designó una comisión encargada de estudiar la mejor manera de llevar a cabo la lucha antivenérea en México. La comisión quedó integrada por Jesús González Urueña, francisco Bulman y Aristeo Calderón, quienes entregaron su dictamen el 11 de marzo 1908. Uno de los objetivos de dicha comisión era saber si en «las naciones más cultas» se consideraba o no inmoral la lucha antivenérea. Por ello, hicieron un repaso de las acciones realizadas en Alemania, Austria, Bélgica, Estados Unidos, francia, Grecia, Inglaterra, Italia, Suecia y Uruguay. La comisión encontró que en algunos lugares como Alemania (1902( ), nueva York (1905)), Austria (1907) y francia (1901) se fundaron sociedades para la prevención de las enfermedades venéreas. Además, en otras partes del mundo también se llevaban a cabo acciones para impedir la propagación de dichos males y combatir la prostitución: en España se formó una asociación contra la trata de blancas, en Uruguay se reglamentó la prostitución y se difundió propaganda antivenérea, en Atenas se aprobaron leyes de enfermedades contagiosas, entre ellas las venéreas, y en Suecia se discutió un proyecto para combatir las enfermedades venéreas. También hubo propaganda en Londres y Roma («Dictamen», 1908, p. Como pudo constatar la comisión designada, la propagación de las enfermedades venéreas era una preocupación presente alrededor del mundo. Esto quedó de manifiesto en 1899 con la Conferencia Internacional de Enfermedades venéreas celebrada en Bruselas, que dio por resultado la formación de la Sociedad Internacional de Profilaxis Sanitaria y Moral (Corbin, 1990, p. Una Segunda Conferencia tuvo lugar en la misma ciudad en 1902, y a ella asistió el sifilógrafo Ricardo Cicero en representación de México (Cicero, 1925, p. En América Latina también hubo iniciativas nacionales e internacionales para la prevención de las enfermedades venéreas, que fueron conocidas en la AnM. En Brasil (1901) y Argentina (1907) fueron creadas sociedades de profilaxis sanitaria y moral, sólo que esta última se desintegró apenas unos tres o cuatro meses después de haberse constituido debido a la «falta de apoyo» (Coni, 1922, p. 13). otro gran esfuerzo en la lucha antivenérea en el continente fue la Liga Latinoamericana contra la Avariosis. Esta fue creada en 1907 en el marco del Tercer Congreso Médico Latinoamericano celebrado en Montevideo y tuvo en su dirección a un par de médicos destacados: el argentino Emilio Coni como presidente, y José Brito foresti de Uruguay como secretario (verano, 1922, p. Coni renunció a la presidencia de la Liga Latinoamericana en 1913, la cual desapareció «prematura-mente» (veronelli, 2004, p. A partir de las fuentes consultadas, no es clara cuál fue la participación de los médicos mexicanos en esta Liga, lo cierto es que estuvieron al tanto de sus labores. La comisión de la AnM encargada de estudiar cómo llevar a cabo la lucha antivenérea concluyó que había un «inmenso vacío» en México y que era pertinente que se fundara una sociedad de profilaxis sanitaria y moral, como las que se habían fundado en otros países («Dictamen», 1908, p. La Sociedad francesa de Profilaxis Sanitaria y Moral fue una influencia notable. El nombre mismo ya da cuenta de ello. La Sociedad francesa tenía como objetivo «estudiar los medios -y los medios de todo orden-a llevar a cabo para disminuir en la medida de lo posible la frecuencia de las afecciones venéreas y de la sífilis en particular». Además, buscaba «enseñar al público por publicaciones, folletos, conferencias lo que es necesario saber acerca de peligros y medios de contagio venéreos y no venéreos» («But et espérances », 1901, pp. 6-8). La Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral fue formada «a fin de luchar contra la propagación de las enfermedades venéreas, especialmente la sífilis y la blenorragia, y contra los males sociales e individuales de que son causa o efecto» («Reglamento », 1909, p. En su lucha, la Sociedad promovería conocimientos y prácticas sugeridas desde la moral y la medicina para combatir aquellas «inmoralidades», que dañaban tanto el cuerpo como el alma («La Cruz Blanca se presenta», 1908, p. Después de todo, la Sociedad era la «hija del consorcio de la radiante ciencia y la beneficiosa moral» (Terrés, 1911, p. La medicina «científica», plantearía «la obviedad del conocimiento para prevención»; en tanto que la moral, aun con sus «diferentes criterios», tendería a «la perfectibilidad humana» (Cicero, 1908, p. El carácter «científico» de la medicina era asumido por los médicos de la Sociedad, quienes, desde una perspectiva positivista, asumían que estos conocimientos eran objetivos y verificables, y a diferencia de moral, no daban cabida a la subjetividad de «diferentes criterios». La «cientificidad» de la medicina, en teoría, haría «obvios» los conocimientos para la prevención. Sin embargo, la distinción entre las consideraciones médicas y las morales no siempre fue clara, y esto llevó a discrepancias entre algunos de los miembros de la Sociedad, por ejemplo, en cuanto a la castidad ¿hasta qué punto era saludable y hasta qué punto un asunto moral? Las recomendaciones médi-cas, después de todo, no parecían ser tan obvias y objetivas como los miembros de la Sociedad pretendían, como se verá más adelante. La Sociedad buscó integrar a representantes de diversas profesiones, corporaciones científicas, hospitales, prensa y gobierno (Carrillo, 2010, pp. 75-76). En las primeras reuniones de la Sociedad Mexicana estuvieron «delegados de las sociedades de Medicina Interna, del Hospital General,'Pedro Escobedo', de Estudios Sociales, del Colegio Militar, de los hospitales 'Juárez', Militar y 'Morelos', y de los periódicos El Diario y El Imparcial». Además, hubo delegados de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, y el canónigo vicente de P. Andrade contestó favorablemente la invitación. La Sociedad contó con médicos, abogados, profesores, periodistas, militares e ingenieros. El doctor José Terrés fue su presidente y el experto en sifilografía, Ricardo Cicero, su vicepresidente. A un año de haberse constituido, la Sociedad tenía 57 miembros activos («La Sociedad», 1908, p. LA CRUZ BLANCA Y EL AMIGO DE LA JUVENTUD A fin de cumplir su cometido, la Sociedad Mexicana de Profilaxis procuró la difusión de conocimientos, fundamentalmente a través de su periódico mensual La Cruz Blanca. El nombre del periódico La Cruz Blanca, de acuerdo con sus redactores, «revela su objeto, al par que los procedimientos que se propone emplear para realizarlo». Su objetivo era «combatir las inmoralidades, que dañan el alma tanto como el cuerpo» y para ello «nada hay tan eficaz como llevar a todos los espíritus las conclusiones clarísimas de la ciencia, que, comprobando la fatalidad de los resultados nocivos de determinados actos, nos obliguen a rechazar el mal por los peligros con que amenaza y a amar el bien y defenderlo por la utilidad que ofrece» («La Cruz Blanca se presenta», 1908, p. La Cruz Blanca formaba parte de lo que González Urueña llamaba y asumía como «la misión apostólica» de la Sociedad (González, 1909, p. Esta idea de «evangelizar», «predicar» y «redimir» mediante el discurso higiénico y «científico» no era extraña para los médicos de la época, y seguramente los demás miembros de la Sociedad también entendieron así su labor 3. De esta manera, el nombre del periódico alu-día a un símbolo de la evangelización y a un color que fácilmente puede relacionarse con la pureza. Después de todo, la moral era una de las preocupaciones centrales de la Sociedad, y lejos de que los miembros de la Sociedad la vieran como opuesta al conocimiento médico, consideraban que la moral podía coadyuvar a la prevención de las enfermedades venéreas. La Cruz Blanca tenía de cuatro a seis páginas impresas en tres columnas y sin imágenes (Imagen 1).En ellas se publicaban documentos de la Sociedad como dictámenes, discursos o trabajos presentados en las sesiones. Además, formaban parte de este periódico artículos de temas relacionados con la prevención de enfermedades venéreas como la educación sexual, la moral, los peligros de la charlatanería, la legislación sanitaria del matrimonio, el contagio nutricio, entre otros. La mayoría de estos textos fueron de la autoría de los miembros de la Sociedad, pero La Cruz Blanca también tradujo y publicó algunos artículos de la prensa extranjera. Este periódico buscaba llevar más allá de las sesiones de la Sociedad los debates que a nivel mundial se tenían sobre la lucha antivenérea. Portada del periódico La Cruz Blanca, noviembre de 1908 En las páginas de La Cruz Blanca quedaron plasmadas diversas formas de entender la sexualidad y lo que ésta debía ser, de acuerdo con criterios considerados saludables, tanto desde la «ciencia» como desde la moral 4. En el periódico de la Sociedad quedó de manifiesto que las opiniones de sus miembros no siempre fueron unánimes. Aun si alegaban tener fundamentos objetivos y «científicos», la distinción entre moral y medicina «científica» no era del todo clara en los argumentos esgrimidos para definir lo que era saludable. Un ejemplo de ello es la polémica sobre el problema de la prostitución que sostuvieron el periodista y criminólogo Carlos Roumagnac y el médico Eduardo Lavalle Carvajal (Benavides, 1912, p. Este último estaba a favor de la reglamentación de la prostitución, pues consideraba que era una «mala necesidad» que debía regularse para satisfacer el instinto sexual masculino y favorecer el orden social. Roumagnac, en cambio, fue crítico de esta visión y partidario de la prohibición de prostitución (Estrada, 2005, p. Las perspectivas de ambos tenían que ver con la forma en que entendieron la sexualidad y la castidad: según Lavalle, la anatomía «externa» de los genitales masculinos hacía que estuvieran expuestos a la excitación, haciendo que el instinto fuera incontenible, a diferencia de los genitales femeninos, que eran «internos»; para Roumagnac, la sexualidad masculina podía controlarse y la castidad podía ser saludable tanto para mujeres como para hombres (Estrada, 2005, 125-133). otros médicos de la Sociedad defendieron la idea de que la castidad masculina no sólo no afectaba las funciones fisiológicas y genésicas de los varones, sino que era quizá la forma más efectiva de prevenir las enfermedades venéreas. En opinión de algunos, la «represión de las pasiones» acabaría por «dar muerte al dragón» (García, 1909, p. Por ello, no faltaron los llamados a «educar en castidad» (Carrillo, 2010, p. 75), a fin de enseñar a la juventud que «mientras no llegue al tálamo nupcial hay enormes ventajas, tanto físicas como morales en conservarse casto, o al menos excesivamente continente» (Cicero, 1908, p. La instrucción de los jóvenes acerca de la prevención de las enfermedades venéreas fue un tema central en las publicaciones de La Cruz Blanca. Las opiniones al respecto tampoco fueron unánimes, pues mientras algunos abogaban por la utilidad de la educación sexual en las escuelas, otros expresaron que tal información resultaría contraproducente (Carrillo, 2010, pp. 75-76). El profesor Manuel velázquez Andrade fue un entusiasta partidario que publicó artícu-los no sólo de su autoría, sino también traducciones de la Asociación Americana de Higiene Social y la Asociación Alemana para el Mejoramiento de las Madres, que apoyaban la educación sexual en las escuelas. velázquez consideraba que era mejor instruir a los jóvenes en las aulas, pues de todas formas no se librarían de ser «iniciados» por «medios inconducentes». Para ello era necesario que los maestros tuvieran una preparación adecuada, en la que podía colaborar la Sociedad Mexicana de Profilaxis. Los temas que debían enseñarse eran: higiene personal (continencia sexual y cuidados del cuerpo), moral social (peligros para la colectividad, la sociedad y la raza), e historia natural (botánica y zoología) (velázquez, 1911, p. La Cruz Blanca también publicó un artículo del doctor Lavalle Carvajal que cuestionaba la «educación sexual precoz» con la que los niños «genitalmente prematuros» llegaban a ser «artificialmente madurados». Consideraba que las enseñanzas sobre la reproducción en plantas y animales serían inútiles, pues las «imaginaciones infantiles» jamás llegarían a «la rebuscada asociación de ideas». Los padres ignorantes, y los maestros no mejor preparados, no serían aptos para tratar estos temas. Por ello, se congratulaba de que en México, por entonces, no había siquiera intentos de llevar a cabo esa educación. Proponía en cambio, enseñanzas «indirectas», «presexuales», más relacionadas con el «entrenamiento de la voluntad infantil» y el «dominio sobre el yo» (Lavalle, 1912, pp. 1-3). La Cruz Blanca se repartía de manera gratuita a fin de que su difusión fuera lo más amplia posible. Las fuentes consultadas no nos aportan información acerca de dónde era repartida, tampoco de su tiraje ni de sus lectores; sin embargo, en el mismo periódico hubo expresiones de optimismo acerca de la aceptación de esta publicación. once meses después del primer número de La Cruz Blanca, González Urueña escribió que «los primitivos temores» sobre «la misión apostólica» de la Sociedad estaban desapareciendo. Por ello, consideraba que «esta primera etapa de la existencia de nuestra publicación, la señalamos gustosos como una nota de triunfo y nos servirá de aliento para proseguir adelante» (González, 1909, p. La publicación continuó y en marzo de 1910, José Terrés afirmó: «... el periódico de la Sociedad es recibido en todas partes sin recelo, y algunos números han circulado entre señoritas» (Terrés, 1910, p. Tanto los comentarios de Terrés y González Urueña como el hecho de que la Sociedad siguió con su periódico hasta 1923 sugieren que esta publicación contó con un grupo de lectores que hacían viable su continuidad. Es difícil conocer a estos lectores, pero seguramente entre ellos estaban los mismos miembros de la Sociedad y algunos profesionales interesados en el tema. También podría deducirse de la afirmación de Terrés que La Cruz Blanca tenía un público fundamentalmente masculino y que la circulación del periódico entre las señoritas era más bien excepcional. no obstante, La Cruz Blanca presentaba contenidos destinados a las mujeres, y a ellas dedicó el número 6, publicado en 1909. Dicho número tenía el propósito de «circular... de preferencia entre las damas, con el objeto de darles una idea de la agrupación y solicitar su valioso concurso en la obra de regeneración que ha emprendido [la Sociedad]» (Márquez, 1909, p.1). Se pedía a las mujeres que, como madres, recomendaran a sus hijos varones que se acercaran a la Sociedad y siguieran sus enseñanzas (Márquez, 1909, p. 1). otro de los artículos de este número fue escrito por una mujer, la doctora Soledad de Régules, quien trató el tema de «los peligros del beso». En él instaba a sus lectoras a no besar en el saludo, pues así se podían transmitir microbios y enfermedades infecciosas como la gripa o la tuberculosis (De Régules, 1909, pp. 1-2). Sin embargo, no menciona las enfermedades venéreas, ni la posibilidad de que una persona presentara lesiones sifilíticas en la boca. Esta omisión, así como el restringido papel atribuido a las mujeres en la lucha antivenérea por este número de La Cruz Blanca, seguramente tuvieron que ver con un gran interés por «no herir [la] delicadeza, aun en los temperamentos más escrupulosos» (Márquez, 1909, p.1). Es factible, además, que los autores de estos textos asumieran que los varones, ya fuera por cuestiones «anatómicas» o morales, fuesen más propensos al acto sexual y a contraer enfermedades venéreas, y que por tanto, era a ellos a quienes había que brindar información más detallada y específica sobre tales males. La forma entender el papel de las mujeres en la prevención de las enfermedades venéreas tampoco fue unánime entre los miembros de la Sociedad. La Cruz Blanca publicó un artículo «para las señoras y las jóvenes» que advertía sobre los peligros de las relaciones sexuales «ilícitas», en particular las enfermedades venéreas y el embarazo. Explicaba los síntomas de la sífilis y la gonorrea en las mujeres y afirmaba que «las jóvenes que se entregan al amor libre enferman casi sin excepción». Aconsejaba no hacer caso a celestinas, ser precavidas con el consumo de bebidas embriagantes y, en caso de «entregarse» a un hombre, estar atentas a posibles síntomas y bus-car un médico a la menor sospecha de de enfermedad («Para las señoras y las jóvenes », 1911, pp. 3-4). otro de sus artículos estaba dirigido a las cocineras, a quienes su autor explicaba la posible transmisión de las enfermedades venéreas por la saliva y recomendaba desinfectar hirviendo en agua los utensilios de cocina (Benavides, 1911, p. La publicación de La Cruz Blanca se vio afectada por la lucha armada de la Revolución mexicana. Aunque hubo esfuerzos importantes de los miembros de la Sociedad para continuar con la edición de todos los números, La Cruz Blanca tuvo que suspender algunos meses. En medio de las hostilidades de la guerra, en abril de 1911 un grupo de estudiantes de medicina y enfermería crearon una asociación llamada «La Cruz Blanca neutral» que se encargaría de atender a heridos, independientemente de su ideología (Carrillo, 2002, p. Para evitar cualquier confusión entre el periódico de la Sociedad de Profilaxis Sanitaria y Moral y esta nueva asociación, en abril de 1913 tal publicación cambió su nombre por El Amigo de la Juventud (Amigo de la Juventud, n. El título no fue el único cambio que tuvo el periódico de la Sociedad. La redacción y la presentación de El Amigo de la Juventud también fueron modificadas. Estos cambios se vieron influenciados por las tendencias en la forma de hacer propaganda desarrolladas en las primeras décadas del siglo xx. La publicidad comercial y la propaganda política difundida durante la Primera Guerra Mundial plantearon ideas novedosas acerca de cómo dirigir la opinión y el actuar de la población (Thomson, 1996, pp. 253-272). Las campañas sanitarias en diversas partes del mundo se nutrieron de estas experiencias y no dudaron en incorporar nuevas técnicas y en hacer uso de todos los medios de comunicación disponibles. En el caso de la prevención de las enfermedades venéreas, la atención se centró primero en los ejércitos, pues la guerra evidenció que entre los jóvenes había una «porción inmensa, inútil para acudir al llamado de la patria», porque los cuerpos de los «aparentes Hércules» estaban «invadidos por la peste roja (la sífilis)» (Castillo, 1925, p. Un ejemplo de ello fue la campaña promovida en el ejército norteamericano por la Commission of Trainning Camp Activities, que fue ampliamente conocida en México (Brandt, 1985). El Amigo de la Juventud solicitó para su publicación «artículos literarios o poesías que contribuyan a darle amenidad, dando preferencia a los que sus lectores tengan la bondad de remitirle». Para acercarse a su público, el periódico incluyó también una sección de consultas. Esta sección permitió que mujeres y varones, de manera anónima, buscaran respuesta a diversas inquietudes relacionadas, por lo general, con temas sexuales o con las actividades de la Sociedad. En ocasiones se publicaron las cartas, en otras, sólo las respuestas. El Amigo de la Juventud respondió a «Estudiante», quien preguntó por las sesiones de la Sociedad; agradeció a Darío n., quien les aconsejaba «influir» en los legisladores para facilitar la prevención; y reiteró la preocupación de la Sociedad por el problema de la prostitución, ante los reproches del señor B. S por «no ocuparse» de la supresión de la Inspección de Sanidad. otros temas más personales fueron expuestos («Sección de Consultas», 1913, 5, p. La señora M. de H. escribió intranquila porque las «perturbaciones de salud» de sus hijos estuvieran relacionadas con la abstinencia sexual, como lo había afirmado un médico, que El Amigo de la Juventud no dudó en llamar «charlatán» («Sección de Consultas», 1913, 3, p. «Preocupada», una señorita de 28 años, temía que sus malestares físicos que la ponían «fea» se debieran a que no estaba casada ni deseaba hacerlo. Aunque según El Amigo de la Juventud la «vida de la mujer casada (suponiéndola higiénica) favorece la salud», era posible que estando soltera conservara la salud, pues «la que suprime todas las causas de excitación, no tiene por qué temer malas consecuencias de su abstinencia» («Sección de Consultas», 1913, 5, p. También escribieron personas angustiadas por la posibilidad de contagio de sífilis, como el señor D. G, que temía que las llagas en la boca de su hijo, que asociaba al uso de un pito en una «posada», fueran sifilíticas, o «enamorado», quien temía que la viuda con quien iba a casarse estuviera enferma, porque la causa de muerte del esposo había sido sífilis. El Amigo de la Juventud recomendó en estos casos acudir a un médico («Sección de Consultas», 1914, 11, p. El Amigo de la Juventud aumentó su tiraje «por lo menos a cinco mil» (Amigo de la Juventud, n. Con este incremento, se dio la posibilidad de ofrecer suscripciones en toda la República, que costaban un peso por año o cinco centavos por número (Amigo de la Juventud, n. Además, aceptó anuncios que no contradijeran sus contenidos, por ejemplo, de talco o consultorios médicos (Imágenes 2 y 3). Con el paso de los años, El Amigo de la Juventud (Imagen 4) incluyó temas generales de higiene que no necesariamente estaban relacionados con las enfermedades venéreas, por ejemplo, los peligros del polvo, las moscas y el chupón para los bebés, entre otros (imagen 4). También incorporó textos breves, frases cortas, fábulas e imágenes. El periódico podría decirse que era precisamente, más «amigable». Aunque El Amigo de la Juventud se preocupó por presentar la información de una forma más amena que La Cruz Blanca y publicó una mayor variedad de temas, continuó expresando que las enfermedades venéreas eran un problema tanto sanitario como moral. El Amigo de la Juventud recomendaba acudir a un médico calificado en caso de enfermedad, y algunos artículos pusieron énfasis en la castidad y el control de la voluntad como medios eficaces de prevención. De acuerdo con uno de los textos publicados, era común ver a muchachas «pintarrajeadas... con el cabello mordiscado, con vestidos escandalosos, que se consagran sólo al coqueteo, más o menos embozado». Y los varones, en no mejores condiciones, solían estar bajo el «yugo de tontos prejuicios», convencidos de que «el hombre debe dar satisfacción a todos sus sentidos». Por ello, para evitar que «la juventud siga aniquilándose y prostituyéndose», recomendaba la enseñanza teórica y práctica de la religión y la moral (González, 1923, p. Cuando comenzó a publicarse El Amigo de la Juventud, la Sociedad tuvo la ventaja de contar con los recursos económicos donados por la Sociedad Mexicana de Medicina Interna, que entonces se extinguió. Sin embargo, esta buena nueva llegó a la Sociedad en un momento de conflictos políticos y militares provocados por el derrocamiento del presidente francisco I. Madero en febrero de 1913, durante la llamada Decena Trágica. A pesar de ello, la Sociedad no desistió en su labor. «Si es cierto que un tremendo espasmo político nos ha conducido a una condición muy semejante al caos social, no por eso la Sociedad de Profilaxis ha paralizado su obra que es de aquellas que son necesarias mientras viva la unidad humana, el individuo, a quien equilibrar, moralizar y robustecer» (Durán, 1914, p. OTRAS FORMAS DE PROPAGANDA Además de su periódico, la Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral publicó varios folletos. Uno fue la traducción de un texto del prestigioso sifilógrafo francés Alfred fournier titulado «Para nuestros hijos cuando tengan 18 años» (1909) y otro folleto, que no pude consultar, «Sobre la educación sexual de las adolescentes» que estaba dirigido a las madres de familia y a las maestras (1913) (Durán, 1914, p. La traducción del texto de fournier estuvo a cargo del doctor Everardo Landa. El tiraje de 500 ejemplares se agotó y la Secretaría de Guerra y Marina se encargó de imprimir más (González, 1909, p. Esta versión del texto también fue difundida en venezuela con la anuencia de la Sociedad Mexicana de Profilaxis. De acuerdo con su autor, «Para nuestros hijos cuando tengan 18 años» contenía información acerca de las enfermedades venéreas: síntomas, complicaciones, pronóstico, importancia del tratamiento, consecuencias individuales y familiares, y estadísticas. Aunque de acuerdo con fournier el folleto tenía «sólo consideraciones médicas», también advertía sobre la «provocación femenina» y los peligros de las prostitutas, sobre todo de las clandestinas. Asimismo, planteaba que si el temor a la sífilis podía constituir un «principio de sabiduría», también lo serían la moral, la religión y el respeto a sí mismos, a la mujer y a los futuros hijos. finalmente, si la «atracción de los sentidos» ganaba y llevaba a «la fatalidad», aconsejaba buscar ayuda de la familia. El doctor Landa, convencido de la utilidad de esta información, consideró la posibilidad de cambiar el título del folleto y dedicarlo a jóvenes de 15 años y no de 18, pero decidió respetar el texto original (fournier, 1912). La Sociedad también procuró la divulgación de conocimientos a través de conferencias que algunos de sus miembros daban en escuelas de la ciudad de México, como la nacional de Jurisprudencia, la de Ingenieros, la nocturna para obreros y la Industrial «José María Chávez». Entre los temas tratados en las conferencias estaban los peligros de las enfermedades venéreas y las formas de evitarlos. La Sociedad solicitó que los médicos inspectores de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes dieran conferencias de higiene sexual, por lo que se acordó que estos hablarían de «tan importante asunto» en algunos de los Imagen 3. También se convino que los médicos inspectores hablarían de la manera de proteger a las nodrizas del contagio, en aquellas escuelas que juzgaran oportuno (Terrés, 1911, p. Además de sus publicaciones y de las conferencias, la Sociedad promovió la creación de dispensarios para la atención gratuita de los enfermos venéreos. Un año después de la fundación de la Sociedad, la Junta Española de Beneficencia ya contaba con un dispensario y los médicos del Hospital de Jesús y Béistegui se manifestaban dispuestos a seguir el ejemplo de la Junta Española (González, 1909, p. Los dispensarios serían útiles no sólo para la curación, sino como «centros de acción y efectiva propaganda» (Sánchez, 1908, p.1). El valor de los dispensarios como parte de la lucha antivenérea estaba fuera de dudas, pero hubo discrepancias en la opinión de los miembros de la Sociedad respecto de la participación del gobierno en su establecimiento. Para los doctores vicente Sánchez Gavito, francisco Bulman y Samuel García la participación del gobierno era necesaria, pero no faltaron quienes dentro de la misma Sociedad criticaban la inactividad de ésta por «esperar que todo lo resolviera el gobierno» (García, 1909, p. Pero aun quienes consideraban que el gobierno debía formar parte de la lucha antivenérea emprendida por la Sociedad, manifestaban que el «poder público» debía ser sólo un apoyo. Así, Samuel García opinaba que el gobierno: debe ser, no la única o la principal palanca con que mover tan pesado carro, pero sí un socio protector, el primero, por ser, por su naturaleza, el fiel guardián de todos los intereses sociales. Y todo este trabajo es preciso que lo hagamos todos con arreglo a nuestras fuerzas, sin pretender que una parte sola haya de reportar el mayor peso (García, 1909, p. A pesar de los esfuerzos, la Sociedad enfrentó diversos obstáculos. Uno de ellos fue que el presupuesto fue casi siempre limitado pues, salvo algún caso excepcional, los ingresos provenían de las cuotas pagadas por sus miembros y de los donativos. Por otra parte, hubo desde el principio fuertes críticas a la labor de la Sociedad, que no asombraron ni desanimaron a sus integrantes. «Lo que sí ha debido sorprender en sumo grado, son los lugares en donde han surgido ciertos enemigos y las armas esgrimidas en contra de la Sociedad, y especialmente de algunos de sus miembros, por creer, falsamente, que ellos eran los únicos que trataban de mejorar los acontecimientos». Entre los miembros de la Sociedad hubo críticos que no tardaron en desertar (Terrés, 1911, p. Aunque la Sociedad daba cabida a distintas opiniones, incluso contradictorias, es posible que se presentaran diferencias ideológicas que llevaran a algunos miembros a apartarse de ella. También es factible que las desavenencias se debieran a la inconformidad por las formas de organización de la Sociedad. Como se verá más adelante, hubo en años posteriores médicos que cuestionaron el protagonismo de Terrés en la Sociedad («Por la Sociedad», 1922, p. Aunque la Sociedad contó con el apoyo de diversas instituciones y logró reunir a personas de distintas profesiones, no faltó el escepticismo de quienes pensaban que sus acciones podían traer más perjuicios que beneficios. Así, la Sociedad, «nacida entre la desconfianza y las zozobras tuvo por vaticinio un anatema de muerte, tachándose de inmoral y corruptora su labor» (González, 1909, p. 2). no obstante las críticas, la Sociedad no desistió en su lucha antivenérea y un año después de haber sido fundada, sus miembros se congratulaban de sus labores: Loor a la falange distinguida, sin anhelar ni vítores, ni palmas, por amor a la ciencia y a la vida, busca curar la vergonzosa herida, ese mal de los cuerpos y las almas; vuestra noble misión es salvadora, es en alivio del dolor humano; después de la contienda bienhechora veréis, en un futuro no lejano, a la familia humana redimida de su carga de oprobio y desventura; hoy, al mirar la ignominiosa llaga, la humanidad vuestros esfuerzos paga bendiciendo la mano que la cura. Mientras vencéis, falange distinguida, mientras ceñís el lauro a vuestras sienes, yo os mando mis sinceros parabienes, en nombre de la Ciencia y de la vida (nájera, 1909, p. El optimismo de algunos contrastaba con visones más mesuradas sobre el alcance de las actividades de la Sociedad. El profesor David G. Berlanga, quien realizaba estudios sobre psicología y educación en Leipzig, lamentaba que «el problema sexual» en México no tomara el «desenvolvimiento extraordinario y expansivo» que sí tenían los asuntos políticos. A pesar de la importancia y la pertinencia de los trabajos discutidos en la Sociedad, Berlanga consideraba que éstos «no han sido debidamente atendidos por los círculos extraños ni por la prensa». «Parece así, que desgraciadamente los trabajos científicos pasan para nosotros desapercibidos». El problema no sólo era el poco interés mostrado fuera de la Sociedad, sino que las discusiones «no siguen el debido camino para llegar al fin propuesto, de resultados más prácticos e inmediatos». Entre las medidas propuestas por Berlanga estaba la vigilancia de la prensa, del teatro, del cine y de los libros, para que no denigraran «sentimientos elevados». Además, sugería evitar las «relaciones ilegales» y fomentar el «sentimiento de pudor». Para ello, se haría necesaria la participación de autoridades, científicos y prensa (Berlanga, 1909, pp. 1-2). En el informe de los trabajos realizados en 1921, la Sociedad reconoció que «no son escasas, por desgracia, las personas que dudan del provecho que de nuestra agrupación reciben las clases sociales, no falta quien asegura la esterilidad de nuestros trabajos, calificándoles de poco 'prácticos'». A pesar de ello, la Sociedad se expresaba «triunfante» en su décimo cuarto año de existencia («Informe», 1922, p. EL FINAL DE LA SOCIEDAD MEXICANA DE PROFILAXIS Las labores de la Sociedad Mexicana de Profilaxis continuaron, pero con el tiempo el entusiasmo de algunos de sus integrantes fue menguando. Esto se vio reflejado en la cantidad de trabajos presentados durante sus sesiones, que para 1922 apenas llegaron a tres, a diferencia del año anterior en que hubo once. «Diversos factores contribuyeron a la disminución de los trabajos científicos, y a la escasa concurrencia que hubo en las sesiones; ya, penoso es decirlo, nuestra apatía» («Informe», 1922, p. Para agosto de 1922 la directiva de la Sociedad planeaba una reunión extraordinaria «con el fin de ver cómo se inyecta nueva savia a nuestra Sociedad, que desgraciadamente como toda obra buena, está condenada a desaparecer, si los asociados y la sociedad en general, no le presta toda la ayuda necesaria» («Por la Sociedad», 1922, p. La Sociedad Mexicana Sanitaria y Moral se extinguía. ¿A qué se debía la creciente apatía en su seno? Algunos de sus miembros la atribuyeron a la frecuencia de las sesiones (una mensual), otros a la falta de propaganda y anuncios de sus reuniones, y otros más a que el lugar de reunión no era adecuado. Para entonces, la Sociedad se congregaba en la casa del doctor José Terrés (5a de Donceles 115), lo que: no acomoda al núcleo numeroso de médicos; que juzgan que la Sociedad está sirviendo sólo de pedestal para encumbrar al maestro; que no acomoda y que intimida a los no médicos, que antes asistían a nuestras reuniones, y que ahora no se atreven a penetrar a la casa del Dr. Terrés, temerosos de su seriedad, de su carácter seco, y desconociendo su afabilidad y amabilidad en el trato íntimo («Por la Sociedad», 1922, p. A pesar de estos señalamientos, por acuerdo de la mayoría de sus integrantes, la Sociedad decidió continuar con las reuniones mensuales en la casa del doctor Terrés («Por la Sociedad», 1922, p. Los problemas económicos que enfrentaba la Sociedad seguramente fueron un factor importante en la decisión. La misma AnM tenía dificultades y en la década de 1920 sufrió algunos desalojos y cambió varias veces su domicilio, estableciéndose en diferentes lugares, entre ellos en locales de la Escuela de Medicina y de la Asociación Médica Mexicana (fajardo, 2014, pp. 119-20). A los problemas económicos y las divisiones internas en la Sociedad se sumó el hecho de que algunos de los médicos más entusiastas de esta Sociedad tuvieron que alejarse parcial o totalmente de ella. Jesús González Urueña, gran promotor de la Sociedad, se consagró a estudiar la lepra y fue designado director del Instituto de Higiene en 1925. Everardo Landa, uno de los redactores del periódico de la Sociedad, pasó a formar parte del Departamento de Salubridad Pública. La Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral llegó a su fin y El Amigo de la Juventud publicó su último número en agosto de 1923 5. Sin embargo, el interés por «el problema sexual» no murió con ella, sino que fue adquiriendo mayor relevancia entre médicos y autoridades sanitarias. El Departamento de Salubridad Pública, que había sido creado en 1917, asumió la lucha antivenérea y la propaganda sanitaria como parte de ella. Las enfermedades venéreas fueron percibidas como una amenaza para la sociedad y el futuro de la nación. Aunque no había estadísticas confiables que dieran cuenta de la cantidad de enfermos, los médicos mexicanos asumieron a inicios del siglo xx que la sífilis estaba muy difundida y que había personas no diagnosticadas que silenciosamente contribuían a la propagación de la enfermedad. Ante esta situación, los médicos de la Academia nacional de Medicina plantearon que la mejor forma de enfrentar los males venéreos era por medio del estudio y la difusión de conocimientos acerca de los peligros y las formas de prevenir tales patologías, como se había hecho en varios países. La Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral fue la encargada de llevar a cabo las actividades preventivas. Los medios más importantes fueron la publicación de su periódico, de folletos, las conferencias y la atención médica en dispensarios. Los integrantes de la Sociedad pensaron las enfermedades venéreas en términos de la ciencia médica y la moral. Consideraron que estas no sólo no eran contradictorias, sino que se complementaban. En teoría, la medicina aportaría conocimientos científicos y «objetivos» para la prevención de las enfermedades, y la moral daría diferentes criterios para actuar bien y alcanzar la «perfección». Sin embargo, la distinción entre los argumentos médicos y morales no siempre fue clara y hubo polémicas acerca de lo que podía considerarse saludable. La conveniencia de la castidad, el control sanitario de la prostitución o la educación sexual fueron discutidas sin que los miembros de la Sociedad tuvieran una opinión unánime. La conjunción de «ciencia» y moral para la prevención de enfermedades venéreas no siempre fue explícita y en ocasiones, quizá, tampoco consciente. no era raro que argumentos que pretendían ser estrictamente médicos y «científicos» tuvieran consideraciones acerca del «deber ser» femenino y masculino. La medicina, aún con sus pretensiones de cientificidad y objetividad, estaba atravesada por ideas, creencias y costumbres de la sociedad en la que se practicaba. Después de todo, la enfermedad no sólo tiene que ver microorganismos, células, tejidos y órganos, sino que involucra toda la complejidad del ser humano. Las labores de la Sociedad Mexicana de Profilaxis fueron valoradas de distintas maneras. Algunos vieron con optimismo sus actividades, en tanto que otros fueron críticos y señalaron la poca o nula utilidad de las iniciativas de la Sociedad para disminuir la incidencia de las enfermedades venéreas. Más allá de las dificultades y las críticas, los trabajos de la Sociedad no podrían considerarse «estériles», pues contribuyeron a la difundir la idea de que las enfermedades venéreas eran un asunto público que debía enfrentarse más allá de la reglamentación de la prostitución, pues finalmente la sífilis y la gonorrea no estaban confinadas a los burdeles. La administración sanitaria tomaría el protagonismo de la lucha antivenérea a partir de la década de 1920 y en ella participaron médicos que en su momento fueron miembros de la Sociedad Mexicana de Profilaxis Sanitaria y Moral.
RESUMEN: Debido a su condición geoestratégica durante la Guerra Civil española, Valencia se convirtió en una de las ciudades republicanas que acogieron mayor número de refugiados, entre ellos muchos niños. En este escenario de crisis demográfica y sanitaria, la ciudad tuvo que reestructurar la red de asistencia con el fin de acoger miles de niños desplazados que, a menudo, tenían a sus familiares en lugares muy lejanos. El artículo analiza la readaptación progresiva que acometió la Inclusa del Hospital Provincial de Valencia. Esta sufrió profundos cambios tanto en su funcionamiento como en su demografía sanitaria, sobre todo como consecuencia del traslado a Valencia de la Inclusa de Madrid. El consiguiente hacinamiento favoreció la degradación de la asistencia sanitaria que allí se dispensaba y la propagación de enfermedades infecciosas entre los niños acogidos. En tiempos de guerra, la infancia constituye uno de los colectivos más vulnerables. La crisis sanitaria y social provocada por las penurias que la población civil padece en la retaguardia, principalmente debido a la desprotección y a la carestía de alimentos, resulta devastadora entre los niños. Las enfermedades endémicas de la infancia suelen alcanzar entonces proporciones epidémicas, a la par que se manifiestan con crudeza enfermedades carenciales que en tiempos de paz son poco habituales o están del todo ausentes. En el caso de la Guerra Civil española, a los sufrimientos padecidos por la población civil, se sumó el bombardeo aéreo y naval de las ciudades republicanas. En esta situación, se planteó la evacuación masiva de niños hacia zonas alejadas de los frentes de batalla, lo que a menudo suponía la dispersión del núcleo familiar y, en paralelo, la necesidad de dar acogida institucional a la infancia refugiada. Alicia Alted ha propuesto la clasificación de esta infancia en tres grupos: los niños trasladados al extranjero en expediciones oficiales durante la contienda; los que partieron al exilio con miembros de sus familias tras la caída del frente catalán a finales de enero de 1939; y los hijos de los vencidos que no fueron evacuados durante la guerra ni partieron después al exilio: los denominados «niños del interior» (Alted, 2003, p. El estudio de este grupo se ha visto favorecido gracias al conocimiento del número y de las vicisitudes de los niños que pasaron al exilio. Sin embargo, la historia de los «niños del interior», es decir, de aquellos niños trasladados por sus familiares y las autoridades a las ciudades republicanas de retaguardia durante la guerra, es menos conocida. El motivo de esta laguna historiográfica bien podría ser la dificultad en determinar el número -y sus respectivas trayectorias-de los niños que sufrieron el exilio interior, ya que el recuento de los mismos es extremadamente difícil a causa de la propia guerra y de la gran cantidad de movimientos en diferentes direcciones de algunos refugiados (Ortega y Silvestre, 2006, p. La historiografía sobre los «niños del interior» ha tendido a consolidarse durante los últimos años, aunque desde el prisma del destino de los niños tras la guerra bajo un régimen hostil con los «hijos de los rojos» (Vinyes, 2002). La medicina desempeñó un papel fundamental en este proceso, especialmente en el marco de las campañas sanitarias. De hecho, en todos los países industrializados, el origen de la pediatría como especialidad médica estuvo muy vinculado a actividades de carácter educativo, como las campañas higiénicas de carácter preventivo, en especial la lucha contra la mortalidad infantil (Rodríguez Ocaña, 2003, p. Asimismo, este movimiento de protección de la infancia debe enmarcarse en otro de carácter general que ha sido denominado «transición demográfico-sanitaria». En el ámbito valenciano estas cuestiones han sido estudiadas por Carmen Barona y Joan Lloret. Así, Barona, sin franquear la barrera de 1936, ha abordado iniciativas desarrolladas en el ámbito de la protección a la infancia en Valencia, como la Escuela Provincial de Puericultura (Barona, 2002, pp. 349-370); por su parte, Lloret ha analizado la Inclusa de Valencia durante el primer tercio del siglo XX, aunque sin incluir tampoco el período bélico (Lloret, 2015, pp. 155-174). Esta atención no parece ajena a que a mediados del siglo XIX decenas de miles de niños eran abandonados anualmente en las inclusas europeas (Pérez Moreda, 2005, p. Seguramente este afán sea debido al intenso movimiento de la Inclusa de la capital, ya que acogió a unos 340.000 expósitos desde el siglo XVI hasta finales del XX (Pérez Moreda, 2005, p. Por lo que se refiere a la Guerra Civil y a la inmediata posguerra, hay que destacar los estudios acerca del problema del hambre en Madrid (del Cura y Huertas, 2007) y de la ayuda institucional en la zona franquista prestada por la organización falangista Auxilio Social, sobre todo la distribución de alimentos en cantinas a mujeres y a niños (Perdiguero y Castejón, 2009). Sin embargo, la asistencia socio-sanitaria a la infancia refugiada en la zona republicana estaría pendiente de un abordaje en profundidad. El objetivo de este artículo es determinar el impacto que la Guerra Civil española tuvo en la Inclusa del Hospital Provincial de Valencia, una institución que, emplazada junto a la Facultad de Medicina y los servicios de pediatría (policlínica y sala de niños) del hospital, canalizaba la asistencia a la infancia abandonada en Valencia y su provincia. Somos conscientes de que la Inclusa fue solo una parte -quizá no la más importante-de la compleja red de asistencia sanitaria infantil que se articuló en Valencia durante la contienda. Así, sabemos que en la ciudad funcionaron durante la guerra un total de siete «hogares de la infancia». Básicamente, se trataba de los antiguos asilos infantiles gestionados por la Iglesia que habían sido incautados, sufriendo el preceptivo cambio de nombre. Fueron paradigmáticos por su capacidad los institutos de Asistencia Social «Gabriela Mistral» y «Maestro Ripoll» (antiguas casas de Beneficencia y Misericordia). Como excepción, el Socorro Rojo Internacional fundó y gestionó uno de estos refugios en el incautado convento de San José de la Montaña. Además, se crearon varias guarderías infantiles y un sinfín de refugios que acabarían perdiendo su función inicial para convertirse en infraviviendas donde se hacinaban familias enteras con niños. Asimismo, se habilitaron dos hospitales infantiles, uno destinado a la lucha contra el tracoma y otro de carácter dermatológico. El resto de la red sanitaria infantil estaba integrado por instituciones que ya existían antes de la guerra y que tuvieron que readaptarse a la misma. Debemos incluir aquí el Sanatorio Marítimo de la Malva-rosa, que pasó a llamarse Pablo Iglesias y que en marzo de 1937 recibió a los niños evacuados del Sanatorio de San Rafael de Madrid 2; el hospital infantil San Juan de Dios, incautado por el PCE y transformado en Hospital Popular de la Malva-rosa 3; y el Hospital infantil de Santa Ana, que pasó a denominarse Hospital Neurológico (Selfa, 1953, pp. 32-34). Nuestra hipótesis de partida es que la gran cantidad de población infantil refugiada que recibió Valencia durante la Guerra Civil condicionó en gran parte la dinámica de funcionamiento de la Inclusa. Para contrastar esta hipótesis y alcanzar así el objetivo propuesto hemos utilizado diversas fuentes primarias localizadas en el Archivo de la Diputación Provincial de Valencia (libros de registro de la Inclusa, filiación de huérfanos, correspondencia, reglamentos, etc.). Así pues, con este trabajo deseamos realizar una primera aproximación a los «niños del interior» durante la contienda española, analizando la vertiente socio-sanitaria desde una perspectiva local. Conviene recordar que algunas de las aportaciones bibliográficas más enriquecedoras en los estudios de la Guerra Civil proceden de la historia local debido a la desintegración del Estado republicano y la dispersión del poder en la España leal (Sagués, 2001, p. El caso de Valencia resulta de especial importancia debido a la situación geoestratégica de la ciudad, situación que se describe posteriormente con cierto detalle. EL DESPLAZAMIENTO FORZOSO DE LA POBLACIÓN INFANTIL EN LA ZONA REPUBLICANA: VALENCIA, CIUDAD DE ACOGIDA El desplazamiento forzoso de población no combatiente es una característica común de las guerras contemporáneas. Sin embargo, la problemática de los refugiados en la guerra de España adquirió una gran proporción debido a la evolución militar y política de la contienda. Efectivamente, con cada victoria franquista el territorio de la República iba reduciéndose y, paradójicamente, iba recibiendo mayor número de refugiados. Además, la dispersión del poder en la España republicana provocó la aparición de numerosos focos de autoridad (comités, sindicatos, partidos políticos, etc.), que tuvieron un efecto negativo en la atención a la población evacuada (multiplicidad de competencias, dispersión de recursos, falta de coordinación). La creación del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social en noviembre de 1936 tendió a hacer más eficiente la atención al refugiado; sin embargo, las sucesivas derrotas sufridas por el ejército republicano hicieron que el Gobierno se viera desbordado por el problema de las evacuaciones, por lo que numerosos organismos políticos, sindicales y de ayuda humanitaria -españoles e internacionales-tomaron la iniciativa con el fin de suplir las insuficiencias de todo orden que tenían los organismos oficiales (Alted, 2003, p. Por tanto, pese a que en ambas zonas en conflicto el niño fue el gran afectado, las características de la contienda hicieron que fuera la República la que tuviera que acometer un abordaje en profundidad del complejo tema de los refugiados, especialmente la población infantil (Fernández, 1987, p. Efectivamente, a medida que la guerra fue extendiéndose por España, el Gobierno republicano optó por trasladar a los refugiados a ciudades de retaguardia, como Valencia o Barcelona, siendo el contingente de niños el más numeroso (Rapport sur la mission sanitaire en Espagne, 1937). En las colonias escolares o los hogares de acogida de la España republicana, miles de niños esquivaron los horrores de una guerra que les era completamente ajena (Alted, 1996; Alted, 2003; Escrivà y Maestre, 2011; Morell, 2011; Casademont, 2014). Por ejemplo, en noviembre de 1937 el número de colonias situadas en la provincia de Valencia -solo las sostenidas por el Ministerio de Instrucción Pública-ascendía a 37, siendo 2.294 el número de niños que allí se alojaban (Fernández, 1987, p. Se estima que a finales de 1936 en el conjunto del territorio de la República el número de refugiados superaba el millón de personas (Rapport sur la mission sanitaire en Espagne, 1937), mientras que en agosto de 1938 la cifra ascendía a dos millones (Ortega y Silvestre, 2006, pp. 90-93) y a finales de ese año rondaba los tres (Clavijo, 2003, p. Consciente de la dimensión que podía alcanzar este problema, el Gobierno de la República legisló al respecto desde bien pronto. Así, el 5 de octubre de 1936, Largo Caballero dispuso la creación en Madrid del Comité Nacional de Refugiados, un organismo que se ramificaba en distintos comités provinciales encargados de realizar un recuento de refugiados y de proporcionarles, además de un lugar de acogida, trabajo y asistencia médica. El Comité Nacional de Refugiados cambió de nombre varias veces a lo largo de la guerra, hasta que en marzo de 1939 fue disuelto. Entre la población refugiada en Valencia los niños constituían el contingente más numeroso (Barona, 2002, p. El flujo de población civil que huyó de Madrid a partir de noviembre de 1936 estaba formado sobre todo por maestros y niños (Ortega y Silvestre, 2006, p. En la provincia de Valencia la República habilitó 81 colonias escolares que albergaban cerca de 6.500 niños evacuados de Madrid y otras ciudades castellanas que estaban siendo bombardeadas (Crego Navarro, 1989, pp. 209-328). Las zonas de la España republicana receptoras de la población infantil refugiada tuvieron que readaptar la red de asistencia socio-sanitaria. El caso de Cataluña resulta paradigmático por varios motivos: la cercanía de la frontera, que facilitaba una posible huida a Francia; la autonomía de la región, que favoreció el desarrollo de numerosas iniciativas en el ámbito de la asistencia infantil; y la relativa tranquilidad durante gran parte de la guerra, lo que en la práctica posibilitó la implantación de mecanismos de protección a la infancia. Así, en octubre de 1936 se constituyó el Comitè Central d'Ajut als Refugiats de Catalunya, que en febrero de 1937 tenía bajo su control a diez mil niños. Fue la Generalitat de Catalunya a través de varios organismos oficiales quien asumió la mayor parte de la responsabilidad en el ámbito de la protección de la población infantil evacuada y autóctona (Fernández, 1987, p. Solamente en la ciudad de Barcelona, a finales de marzo de 1937, funcionaban al menos diez instituciones dependientes de la Conselleria de Sanitat i Assistència Social, que acogían un total de 2.328 niños refugiados (Clavijo, 2003, pp. 372-373). Otros organismos oficiales que tomaron parte en la atención a la infancia evacuada fueron Assistència Infantil, Ajut Infantil de Reraguarda y Segell Pro Infància (Fernández, 1987, pp. 93-95), sin olvidar las diversas organizaciones humanitarias internacionales que operaban en la zona (Casademont, 2014, pp. 25-28) 4. Además de cubrir las necesidades sanitarias y nutritivas de los niños evacuados, Cataluña fue también escenario de numerosas colonias infantiles, donde se dio respuesta a las necesidades educativas de esta población (Fernández, 1987, pp. 96-128; Casademont, 2014, pp. 31-46). Todos estos esfuerzos no pudieron evitar la aparición de malnutrición y enfermedades carenciales, debido al elevado contingente de población infantil refugiada, tanto autóctona como evacuada. La dieta de los niños era deficiente en proteínas, grasas, vitaminas y minerales, lo que provocó la aparición de anemias, raquitismo, marasmo y edemas por desnutrición. Así, el déficit de vitamina D era casi universal en Cataluña en niños menores de tres años (Food in republican Spain, 1939, pp. 278-279). El caso de Madrid resulta especialmente importante por el contingente tan elevado de niños que fueron evacuados, una dramática medida que estaba más que justificada por motivos de seguridad ante el incremento de los bombardeos sobre la ciudad. En el informe que Federica Montseny, ministra de Sanidad y Asistencia Social, leyó en Ginebra ante la Liga de Naciones se apuntaba que a raíz de una incursión aérea enemiga «en el Dispensario de la Gota de Leche, los miembros de los niños han quedado incrustados en la pared». En 1927 la antigua Inclusa había sido trasladada desde la calle Embajadores a la calle O'Donnell, donde además se construyó un colegio y una maternidad. En 1930 todas estas instalaciones quedaron englobadas en el nuevo Instituto Provincial de Puericultura. La prensa madrileña de la época republicana dedicó numerosos elogios a la nueva Inclusa: «Hemos evitado el hacinamiento (...). Hemos desdibujado la estampa de hospital o de asilo que tenía la antigua inclusa. Sin embargo, tras los primeros bombardeos de Madrid en agosto de 1936, la situación se hizo progresivamente insostenible: falta de personal, higiene deficiente, hacinamiento de los niños y falta de medicamentos. Todos estos problemas se tradujeron en una elevada tasa de mortalidad entre los niños a causa de la desnutrición, la disentería y el sarampión. Por estos motivos, el director de la Inclusa de Madrid, Enrique Jaso, organizó la evacuación, que tuvo lugar principalmente entre octubre y noviembre de 1936 (Zafra y Arana, 2015, pp. 8-16). Por tren evacuaron a Valencia a unos mil niños, que fueron acogidos en distintos centros sanitarios y sociales de la ciudad (García Sánchez, 1999; Espina, 2005, pp. 511-514). Pese a todo, conviene destacar que otras organizaciones (como la cenetista Pro Infancia Obrera) también tuvieron un papel destacado en la evacuación de niños madrileños, especialmente durante los primeros meses de la contienda (Clavijo, 2003, p. Además de las particularidades compartidas con el resto del territorio republicano, en el caso de Valencia hay que añadir una peculiaridad local que condicionó todavía más la política de asistencia a los refugiados: la situación geoestratégica de la ciudad. Próxima a Teruel y, por tanto, cercana a uno de los frentes de guerra más activos del conflicto, Valencia se mantuvo en la retaguardia republicana durante toda la Guerra Civil española. La combinación de estos factores la convirtió en un destino preferente para la población civil evacuada, así como también para los heridos de guerra que llegaban desde los frentes de batalla en oleadas más o menos intermitentes. Así, la población de la ciudad se multiplicó, lo que tuvo consecuencias devastadoras sobre el sistema sanitario (García Ferrandis, 2015). Aunque las características geoestratégicas de Valencia se dieron en otras ciudades republicanas (como Almería o Murcia), la movilidad migratoria interior durante la guerra se concentró en las provincias más pobladas, Madrid y Barcelona y, de una forma creciente, en Valencia (Ortega y Silvestre, 2006, pp. 90-93). En esta ciudad se estableció un servicio de recepción de refugiados en la Estación del Norte, dado que muchos llegaban en tren (Barona, 2002, p. Este servicio constaba de comedor, duchas y, como puede apreciarse en la imagen 1, de asistencia médica básica. Ubicada en el recinto del Hospital Provincial, en 1873 la Inclusa de Valencia disponía de una entrada independiente y contaba con dos dormitorios separados por sexos con 40 camas cada uno, y con una sala de mayor tamaño que albergaba unas 130 cunas. Asimismo, las instalaciones contaban con «dos saloncitos que hacían de enfermerías para cada uno de los sexos» (Barona, 2002, pp. 390-391). El fin primordial de la Inclusa de Valencia era la crianza de los expósitos de la ciudad y su provincia. Tras ingresar, se registraban los datos de filiación y se instalaba al niño en la sala denominada de «prevención» con el fin de someterlo a un reconocimiento médico antes de su traslado a la sección respectiva según su edad y su estado de salud (Barona, 2002, pp. 390-391, 394-395). La alimentación de estos niños, hasta los 20 meses de edad, se realizaba por medio de lactancia, que tenía lugar dentro y fuera de la Inclusa por medio de nodrizas internas y externas. Cuando el niño alcanzaba esta edad, la nodriza externa podía adoptarlo o devolverlo a la Inclusa. Hasta los siete años los niños podían permanecer en la Inclusa; a partir de esa edad eran trasladados a la Casa de Misericordia. Durante el siglo XIX las posibilidades de sobrevivir para los expósitos que permanecían en la Inclusa eran muy bajas, en un momento en que la mortalidad infantil era en sí misma un grave problema de salud pública en la sociedad valenciana. Por este motivo, la política impulsada por los responsables de la Inclusa fue favorecer la salida de los niños para ser criados por nodrizas externas. Con este tipo de crianza el expósito tenía más posibilidades de sobrevivir, ya que era criado en un ambiente familiar y frecuentemente acababa siendo adoptado (Barona, 2002, pp. 421-424). En 1920 se habilitaron en el Hospital Provincial tres nuevas policlínicas, una de ellas dedicada a la asistencia médica de los niños. Su titular era Ramón Gómez Ferrer (1862Ferrer ( -1924)), el primer catedrático de pediatría de la Facultad de Medicina de Valencia. Durante la Segunda República los servicios del Hospital Provincial sufrieron una reestructuración para adaptarse a las nuevas especialidades médicas. Todo parece indicar, pues, que la proximidad del hospital -sede de la Facultad de Medicina-y la presencia creciente de personal sanitario, así como los cambios demográficos y sanitarios ocurridos desde las últimas décadas del siglo XIX, habrían favorecido la medicalización de la Inclusa. Como es sabido, en Valencia el desorden derivado del fracaso del golpe de Estado desembocó en la creación del Comité Ejecutivo Popular, un organismo revolucionario integrado por los partidos del Frente Popular y los sindicatos UGT y CNT. Este comité lideró de forma independiente toda la vida política en Valencia y su provincia desde julio de 1936 hasta principios de 1937. Estaba formado por varias delegaciones que asumieron todas las competencias (Propaganda, Guerra, Hacienda, etc.). Para nuestra investigación nos interesan especialmente dos de esas delegaciones: la Delegación de Asistencia Social y la Delegación de Sanidad, también conocida como Comité Sanitario Popular. La reestructuración política iniciada en noviembre de 1936 por el gobierno de Largo Caballero supuso el arrinconamiento progresivo del Comité Ejecutivo Popular de Valencia y sus delegaciones. Las competencias fueron asumidas por el Consejo Provincial de Valencia a través de varias consejerías, entre las cuales cabe resaltar la de Sanidad y la de Asistencia Social (García Ferrandis, 2015, pp. 61-124). En junio de 1938, la Consejería de Sanidad redactaría un protocolo de actuación ante posibles epidemias entre los niños refugiados en Valencia; asimismo, estableció una serie de recomendaciones para su prevención: aseo corporal, baños con jabón e higiene del cabello 5. El Comité Nacional de Refugiados, que se hallaba instalado en la calle Salvador Seguí (actual calle Conde de Salvatierra) mientras Valencia ostentaba la capitalidad de la República, consciente de que el problema de los refugiados iba en aumento, se dirigió el 6 de diciembre de 1936 al delegado de Asistencia Social del Comité Ejecutivo Popular en estos términos: El gran contingente de evacuados que procedente de Madrid llegan a las provincias de Levante, aconseja a este Comité Nacional que se adopten resoluciones rápidas. Esa provincia [Valencia] debe de admitir por ahora un número de refugiados equivalente al 6% de su población de derecho 6. Entre la documentación existente en el Archivo de la Diputación Provincial de Valencia hemos localizado diversas evidencias del movimiento de población infantil hacia Valencia. Así, el 8 de diciembre de 1936, la Delegación de Asistencia Social organizó el traslado a Girona, desde Valencia, de «mil niños de los evacuados del Campo de operaciones» 7. Por la fecha inferimos que se trataba de niños de la provincia de Teruel, ya que durante diciembre de 1936 las tropas republicanas comenzaron las operaciones para la toma de la ciudad aragonesa 8. El día de Navidad la Delegación de Asistencia Social del Comité Ejecutivo Popular autori-zaba el traslado de «personal indigente evacuado de Madrid entre el que se encuentran numerosos niños» a una colonia instalada en Bétera (Valencia) 9. Ante esta avalancha, las autoridades valencianas llevaron a cabo diferentes iniciativas para trasladar a niños refugiados fuera de la ciudad de Valencia. La situación empeoró a principios de enero de 1937, cuando la Junta de Defensa de Madrid decretó la evacuación forzosa de la población civil: «van a ser numerosísimas las expediciones de evacuados que se van a formar, algunas de las cuales con destino a esa Capital [Valencia]» 10. Por ejemplo, el 19 de enero de 1937 la Consejería de Sanidad advertía al alcalde de Buñol (Valencia) de la «llegada de ochenta niños más de los procedentes de la evacuación de Madrid a la colonia escolar Juan Marco» 11. Esta colonia era la número 10 en el registro del Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad (Escrivà y Maestre, 2011, p. Por otra parte, a principios de agosto de 1936 el Comité Sanitario Popular solicitó un informe a los jefes de servicio del Hospital Provincial sobre el estado de los departamentos que dirigían. Esta fuente, en su conjunto, revela que el hospital sufría severas deficiencias, especialmente falta de medicamentos, utillaje y personal sanitario. También era evidente la ausencia de una sala de aislamiento para enfermos infecciosos. Por lo que se refiere a la atención pediátrica, el encargado de informar fue el jefe del Servicio de «Enfermedades de la infancia», Jorge Comín Vilar. Médico de la beneficencia provincial, ocupó provisionalmente la plaza de catedrático en 1924, al morir Gómez Ferrer de quien era discípulo, y desde 1931 dirigía la consulta de pediatría del Hospital Provincial. En su informe, Comín señala que en 1936 la Inclusa tenía capacidad para albergar a 30 niños y que durante el primer semestre de ese año el promedio diario de niños había sido de 20. Estas cifras contrastan, a la baja, con las que tenía este establecimiento en 1873, una reducción que se englobaría dentro de la transición demográfica y sanitaria, antes mencionada. Según Jorge Comín, el personal que atendía la Inclusa valenciana estaba formado por dos médicos y tres enfermeras puericultoras. Tras el examen facultativo, cada ingreso debía ser autorizado por la Dirección del Hospital, quedando a la espera de una pronta adopción. Comín insistía en que los niños albergados en la Inclusa debían ser trasladados fuera tan pronto como su estado lo permitiera, y recordaba que ningún expósito podía ser adoptado antes del cuarto mes de vida, una disposición que como veremos más adelante tendría grandes repercusiones durante la contienda. También advertía de la falta de personal en la Inclusa, reclamando al Comité Sanitario Popular dos médicos y tres enfermeras más para este servicio 12. Desde el asedio de Madrid, tal y como hemos señalado anteriormente, gran parte del contingente de población infantil evacuada tenía Valencia como destino. En el Hospital Provincial existía en abril de 1937 un departamento especial denominado «Inclusa de Madrid» 13; de hecho, el hospicio madrileño fue trasladado en su totalidad a Valencia. Los niños madrileños enfermos eran ingresados y, tras su recuperación, eran enviados a una colonia escolar que la Diputación de Madrid había habilitado, tras su confiscación, en un conjunto de residencias de verano de gente adinerada situadas en Navajas 14, una localidad cercana a Segorbe situada a unos 60 kilómetros de Valencia. Todo parece indicar, por tanto, que la Inclusa de Madrid, una vez trasladada a Valencia, dispuso de un «servicio interno» en el Hospital Provincial y de un «servicio externo» en Navajas. Por otro lado, hay que añadir que durante las primeras semanas de la contienda el Comité Sanitario Popular había incautado un internado al Patronato de la Juventud Obrera, que fue habilitado precipitadamente como hospital infantil antitracomatoso. Pese a sus escasos recursos y capacidad, este centro acogió muy pronto a unos 300 niños afectados en su mayoría por esta dolencia oftálmica, pero también por tuberculosis, raquitismo, sarna y otras enfermedades ligadas a las malas condiciones higiénico-sanitarias. Entre los menores ingresados, predominaban los refugiados procedentes de otros lugares de la España republicana (García Ferrandis, 2015, pp. 159-164). Teniendo en cuenta esta crisis, que era a la vez sanitaria y social, se comprende mejor la dramática situación, próxima al colapso, por la que atravesó la Inclusa valenciana ante la llegada masiva e inesperada de la Inclusa de Madrid. Veamos, pues, el impacto de dicho traslado en la demografía de la Inclusa de Valencia, objeto de este estudio. El colapso de la Inclusa del Hospital Provincial de Valencia era una realidad ya en diciembre de 1936 debido al gran contingente de población infantil madrileña acogida durante esas fechas. De hecho, el día de Navidad de 1936, el director del hospital se dirigió al Comité Sanitario Popular para solicitar «el envío de 200 juguetes, que no sean de guerra, para los niños de esta Inclusa» 19. Si recordamos que la capacidad de la Inclusa era de 30 camas, aun aceptando que cada niño pudiera recibir más de un regalo, parece evidente que se había superado ampliamente su capacidad de acogida. Este colapso se tradujo en una degradación de las condiciones higiénicas, que el consejero de Sanidad valenciano denunció afirmando: «he observado que en la Inclusa tal vez por no preocuparse lo suficiente de la ventilación de los locales, se nota un fuerte olor a orines» 20. El hacinamiento también originó la irrupción de enfermedades estacionales infantiles. Así, en el invierno de 1937, los padres de un niño de 18 meses de Alicante decidieron no ingresar a su hijo en la Inclusa por tener noticia de haberse declarado una epidemia de sarampión 21. Por su parte, Comín en el mes de junio aseguraba que «la época estival y las aglomeraciones de niños por las evacuaciones han determinado este año un aumento de los trastornos digestivos» 22. Conviene contextualizar tal declaración por parte de Comín. Efectivamente, al menos desde finales de 1936 se venían registrando, en el Hospital Provincial La llegada de niños madrileños al Hospital Provincial planteó varios problemas. En primer lugar, la saturación de la dependencias dedicadas a la infancia en el recinto hospitalario valenciano. Así, el 30 de abril de 1937, Jorge Comín denunció ante la Consejería de Sanidad que debido al ingreso de niños madrileños en la Inclusa «quedan actualmente ocupadas las camas destinadas a los destetes procedentes de la Inclusa de Valencia» 15. Pocos días después, el 5 de mayo, tras una nueva denuncia de Comín, la Consejería valenciana de Sanidad se dirigió a la «Inclusa de Madrid en Navajas» en los siguientes términos: Existen en la Inclusa del Hospital Provincial los niños que proceden de la Inclusa de Madrid y que curados de su enfermedad, no deben permanecer allí, por lo que os ruego dispongáis su traslado ya que su permanencia allí es un peligro y un trastorno para la buena marcha del Establecimiento 16. Y, además, no pocos niños evacuados desde Madrid sufrían enfermedades infecciosas altamente contagiosas, lo que alarmaba a las autoridades sanitarias valencianas hasta el punto de exigir al Ministerio de Sanidad una rápida solución a lo que consideraban una amenaza para la salud pública: «Entre los niños de la última expedición de la Inclusa de Madrid hay muchos afectos de conjuntivitis diftérica (...) exigimos resolváis rápidamente para hacer frente a esta epidemia que pudiera acarrear un serio disgusto a la población» 17. Los temores de la Consejería valenciana de Sanidad no eran infundados en modo alguno. De hecho, a partir de 1937 los casos de difteria se incrementaron notablemente en la ciudad entre la población infantil. El citado Jorge Comín firmó a lo largo de un año al menos 52 oficios certificando ingresos de niños de Valencia, fallecimientos de niños procedentes de la Inclusa de Madrid: solo en diciembre de ese año habían muerto 29 niños madrileños por enfermedades infecciosas, principalmente por difteria y procesos bronconeumónicos, en la sala de Pediatría 23. La situación de la Inclusa y de esta sala tras un año de guerra debe enmarcarse en un contexto de saturación de todo el Hospital Provincial como consecuencia de la llegada masiva a Valencia de refugiados y heridos de guerra (García Ferrandis, 2011, pp. 364-381). A continuación veamos el balance de ingresos y salidas en la Inclusa del Hospital Provincial durante la Guerra Civil española. Se ha ampliado el período de estudio para conocer ambos datos antes y después de la guerra con el objetivo de determinar la influencia de la contienda en los mismos. Llama la atención el marcado descenso del número de ingresos en la Inclusa valenciana a partir de 1936, que se redujeron a un total de 52 niños entre agosto de 1936 y marzo de 1939. Este descenso no parece corresponderse con lo que se ha señalado anteriormente, que describía una instalación colapsada. De hecho, entre la documentación consultada hemos localizado cuatro cartas fechadas entre abril y octubre de 1937 de familias interesadas en adoptar niños de entre cinco y siete años de la Inclusa. La respuesta de los responsables de la institución es siempre la misma: «Siento tener que manifestarle que no es posible complacerles pues desde hace muchos meses en esta Inclusa [de Valencia] no hay niños y mucho menos de la edad que se precisa» 24. ¿Es compatible el escenario de una inclusa con signos evidentes de hacinamiento y colapso con una inclusa oficialmente sin niños? Nuestra hipótesis es que las instalaciones de la Inclusa del Hospital Provincial estaban abarrotadas por los niños procedentes de la Inclusa de Madrid. Se fundamenta en dos hechos. En primer lugar, en el exiguo, en apariencia, movimiento de niños, que no quedaban anotados en el libro de registro de la Inclusa valenciana y que con toda seguridad contabilizaban en la madrileña. En este contexto encuadramos la siguiente comunicación del director del Hospital a los responsables de Asistencia Social fechada el 25 de octubre de 1937: «Con frecuencia se reciben comunicaciones de ese Departamento interesando ingresos en la Inclusa de menores cuyos antecedentes de filiación se ignoran» 25. A nuestro entender, se trataría de niños de procedencia desconocida cuya presencia no se reflejaba en la documentación oficial, al menos en la de la Inclusa valenciana. También podemos situar en este contexto la queja de Jorge Comín de «que en la Inclusa de Madrid (Departamento especial de este Hospital para dicha Institución) ha ingresado sin mi consentimiento el niño...» 26. El Consejo Nacional de Tutela de Menores del Ministerio de Justicia (situado en la calle Sorní de la Valencia capitalina) estuvo con frecuencia en el centro de esta controversia al ordenar el ingreso de niños sin contar con el personal de la Inclusa 27. Asimismo, conviene recordar que, sobrepasado el Gobierno por el problema de las evacuaciones, numerosos organismos políticos, sindicales y de ayuda humanitaria organizaron por su cuenta el socorro a los niños refugiados (Alted, 2003, p. Ingresos en la Inclusa de Valencia (1934Valencia ( -1941) ) Fuente: elaboración propia a partir de datos de los Libros de Registro de la Inclusa. A.D.P.V. evacuaba por segunda vez, y la niña entró en la Inclusa de Valencia el 7 de junio de 1938, unos pocos días antes de la entrada de las tropas franquistas en Castellón. Los combates en esa provincia fueron, sin duda, el motivo que llevó a la malograda madre a iniciar su evacuación a Valencia. El 7 de julio de 1938 esta niña fue reclamada por su padre, soldado del XXI Cuerpo de Ejército republicano 29. Otro caso parecido lo encontramos en una niña de 11 meses que ingresó en la Inclusa en febrero de 1937: el padre había muerto en el frente de Madrid y la madre había ingresado en el Hospital de Refugiados de Valencia. Estaríamos ante dos posibles evidencias de la persistencia de vínculos entre el niño y su familia biológica. La documentación consultada apunta hacia la idea de que en la Inclusa del Hospital Provincial durante la Guerra Civil el número de niños autóctonos debió ser escaso, porque se priorizaba el ingreso de los niños evacuados de Madrid y de los hijos de milicianos (locales o forasteros), de militares de paso por Valencia y de refugiados cuyo paradero se desconocía, es decir, niños que en cualquier momento podían ser reclamados por sus padres. La documentación custodiada en el Archivo de la Diputación de Madrid apunta también en esa dirección, ya que revela que numerosos niños evacuados a Valencia a finales de 1936 fueron reclamados por sus padres en los años 1937, 1938 y 1939 30. dad de funciones e iniciativas no debió facilitar en absoluto el correcto funcionamiento administrativo de la Inclusa valenciana, cuya capacidad de acogida, más allá de sus límites, se hallaba claramente desbordada. Nuestra hipótesis se fundamenta en un segundo hecho: la procedencia de los escasos 52 huérfanos que fueron admitidos en la Inclusa entre agosto de 1936 y marzo de 1939 28. Eran todos ellos de muy corta edad: el menor tenía un día y el mayor, 18 meses. El 64% de la serie analizada era menor de cuatro meses, la edad mínima reglamentaria para ser entregado en adopción. En la gráfica 2 se observa el origen de estos huérfanos. Como se aprecia, más del 75% del origen de los ingresos en la Inclusa valenciana durante la guerra estuvo relacionado directamente con el conflicto: hijos de refugiados (33%), sumados a los niños (36%) cuyo origen no consta en la documentación consultada por falta de toda referencia. Se trataría de niños de muy corta edad nacidos ocasionalmente en Valencia, fruto de la inestabilidad de la guerra, es decir, hijos de refugiados, a menudo transeúntes y en paradero desconocido. También conviene destacar los hijos de militares (6%). Entre los numerosos ejemplos localizados resulta paradigmático el caso de una niña, hija de una refugiada procedente de Badajoz, que vivía con su madre en un pueblo de Castellón. La madre murió como consecuencia del vuelco del camión que la Gráfica 2. Origen de los huérfanos ingresados en la Inclusa de Valencia (1936Valencia ( -1939) ) Fuente: elaboración propia a partir del libro Filiación de los huérfanos. En la gráfica 2 también destaca el bajo porcentaje de niños procedentes de la maternidad del propio Hospital Provincial (6%). Este contraste puede deberse a que durante la Guerra Civil los ingresos en la Inclusa de niños procedentes de la maternidad estaban muy controlados y debían estar plenamente justificados. Es lo que parecen indicar varios casos de niños cuyo ingreso en la Inclusa fueron aprobados porque «son hijos de una trabajadora del propio Hospital», o el caso de un «niño que ingresó en la Inclusa porque la madre aprovechando un momento en que no la observaban lo abandonó en la misma» 34. Finalmente, en la gráfica 3 hemos reflejado el organismo que ordenó el ingreso del niño en la Inclusa. Resulta llamativo que las órdenes de ingreso procedentes de la Dirección del Hospital constituyan un porcentaje discreto (19%), sobre todo si tenemos en cuenta que éste era el mecanismo legal de ingreso más frecuente Este supuesto escenario de una inclusa saturada y con las adopciones restringidas también es plausible si tenemos en cuenta la legislación de la época. Durante los años treinta del siglo pasado se consolidaron tendencias reformistas y favorecedoras de la adopción que consideraban que el hijo adoptivo debía ser totalmente equiparado al hijo legítimo nacido en el seno del matrimonio. De ahí que para su adopción tenía que producirse la ruptura de vínculos entre el niño y su familia biológica. En este contexto, el Gobierno republicano trató de favorecer la adopción con el Decreto de 10 de abril de 1937, que pretendía, entre otros objetivos, flexibilizar las disposiciones del Código Civil en esta materia suprimiendo requisitos «para la adopción de quienes hubieran quedado huérfanos o desamparados a consecuencia de la guerra civil» 31. Sin embargo, los expertos han señalado que el decreto no consiguió sus objetivos, sobre todo la supresión de los vínculos entre el adoptado y su familia biológica (Calzadilla, 2003, pp. 28-29; Rodríguez Ennes, 2009, p. Lo acontecido en la Inclusa de Valencia puede enmarcarse dentro del fracaso del Decreto de 10 de abril de 1937; es decir, la negativa de los responsables a entregar en adopción a niños que podían mantener vínculos con sus familias biológicas, acaso animados por una pronta resolución del conflicto bélico que favorecería la reagrupación familiar. La documentación consultada en el A.D.P.V. Gráfica 3. Institución que ordenó el ingreso en la Inclusa (1936Inclusa ( -1939) ) Fuente: elaboración propia a partir de datos consultados en Filiación de los huérfanos. A.D.P.V. antes de la guerra; sin embargo, durante el conflicto las órdenes de ingreso en la Inclusa emanaron en un 62% de los casos del juzgado, del Consejo Provincial de Valencia, del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social y del Consejo Nacional de Tutela de menores del Ministerio de Justicia. Se trataba en definitiva de presiones procedentes de diferentes organismos locales y estatales para el ingreso de niños en la inclusa. La documentación consultada, así pues, parece indicar que la Guerra Civil española alteró los criterios de ingreso en la Inclusa del Hospital Provincial de Valencia, prevaleciendo los de índole político-judicial sobre las decisiones técnicas. El lugar geoestratégico que ocupó la ciudad de Valencia durante la Guerra de España alteró profundamente el funcionamiento y la demografía sanitaria de la Inclusa del Hospital Provincial. Así, se establecieron criterios restrictivos de ingreso para la población infantil autóctona al objeto de proteger a la infancia que había quedado desamparada como consecuencia directa de la guerra. El primer colectivo perteneciente a esta infancia desvalida fue el de los niños refugiados, cuyo paradigma fueron los niños de la Inclusa de Madrid, que ocuparon la mayor parte de las instalaciones; el segundo fue el de los hijos de los militares que operaban en el frente de Levante, en cuyo caso la Inclusa se convirtió en un centro de acogida provisional mientras el padre combatía y la madre luchaba por sobrevivir. Un tercer colectivo lo constituyeron los hijos de refugiados cuyo paradero era desconocido. Por tanto, todo parece indicar que la Inclusa del Hospital Provincial de Valencia durante la Guerra Civil perdió su función original y actuó como un auténtico refugio para estos tres colectivos de población infantil. El equilibrio de ingresos y de salidas de menores en la Inclusa valenciana se alteró drásticamente con motivo de la guerra. El cobijo ofrecido a los niños refugiados, junto con las dificultades legales para la adopción en aquellas circunstancias, se tradujo en un hacinamiento de la Inclusa valenciana y, a su vez, en una degradación progresiva de la asistencia sanitaria que allí se dispensaba. Lo que ocurrió una vez acabada la guerra podría ser reflejo del cambio drástico que experimentó la Inclusa de Madrid bajo las autoridades del nuevo Régimen (Jiménez López, 2013, pp. 369-386). En definitiva, el caso de la Inclusa de Valencia resulta paradigmático de las limitaciones de la asistencia médica y social dispensada a la infancia refugiada por las instituciones valencianas, que se vieron absolutamente desbordadas por las dimensiones de la tragedia.
Resulta incuestionable que la Guerra Civil (1936-1939) alteró el devenir ordinario de la historia de España y condicionó de manera drástica su futuro. De ahí que los estudios históricos dedicados a la misma, se hayan efectuado y se sigan realizando desde las más diversas perspectivas. Uno de los aspectos que ha despertado mayor interés en los últimos años es el estudio del papel que tuvieron las mujeres en el conflicto. Este trabajo quiere ser una contribución al conocimiento de un colectivo exclusivamente femenino durante la Guerra Civil y la postguerra, para recuperar a las mujeres que formaron parte del mismo como sujetos históricos (Scott, 1990). A los autores del presente trabajo les interesó profundizar en el conocimiento de las repercusiones que tuvo la guerra en la actividad profesional del colectivo sanitario de las matronas, exclusivamente femenino en aquellos momentos, así como la repercusión particular que la contienda tuvo sobre muchas de ellas, análisis al que se han dedicado con bastante intensidad durante los últimos años y resultado del cual se han publicado una serie de trabajos. El primero de ellos, titulado «La depuración de las matronas de Madrid tras la guerra civil» (Ruiz-Berdún y Gomis, 2012a), puso de manifiesto cómo la depuración de estas profesionales sanitarias se llevó a cabo por diferentes instancias, entre ellas, la que asumió el mayor número de expedientes de depuración fue el Colegio de Médicos de Madrid. En el segundo, se dejó constancia de veinticinco matronas que, finalizada la contienda, marcharon al exilio (Ruiz-Berdún y Gomis, 2012b). Si bien resultó difícil determinar el número total de ellas que fueron acogidas por cada uno de los países donde encontró acomodo «el exilio republicano», de lo que no hay duda es que México fue el país que acogió al mayor número de matronas. Profesionales que, en no pocas ocasiones, no volvieron a ejercer su profesión. El presente y último de los trabajos, que completa el estudio de las consecuencias de la Guerra Civil sobre las matronas, se centra en aquellas profesionales que corrieron peor suerte. Se trata de las que fueron privadas de libertad, pasando hacinadas un tiempo más o menos prolongado en las cárceles franquistas, y aquellas a las que, incluso, se las privó de la vida, ya fuese durante la contienda o en la postguerra. La realización de este trabajo se ha prolongado en el tiempo más de lo proyectado inicialmente. Esto se debe a la abundancia de documentación localizada y a su dispersión. Además de la revisión exhaustiva de la amplia bibliografía que se ha publicado en los últimos años sobre la represión franquista 1, se han consultado algunas bases de datos 2 y estudios biográficos que se han publicado y que incluyen datos de algunas de las protagonistas de este estudio (Huellas, 2004; Martí Boscà, 2009). Pero el núcleo fundamental para la elaboración de este trabajo está formado por los documentos localizados en diversos archivos: El Archivo de la Real Chancillería de Valladolid (en adelante ARCHV), el Archivo General e Histórico de Defensa (AGHD), el Centro Documental de la Memoria Histórica (CDMH), el Archivo General de la Administración (AGA) y el Archivo General Militar de Guadalajara (AGMG), cuyos fondos se han podido contrastar con una base de datos, que actualmente cuenta con más de tres mil registros de matronas españolas de todos los tiempos. LOS ESTUDIOS SOBRE LAS MUJERES DURANTE LA GUERRA CIVIL Y LA REPRESIÓN DE LA POSTGUERRA Es cierto que usando una escala cuantitativa, las víctimas de la Guerra Civil española fueron mayoritariamente masculinas. En las obras generales que tratan de la represión durante el conflicto y en la postguerra, la presencia femenina queda diluida en la avalancha de nombres masculinos, de mayor o menor relevancia, que nos hacen darnos cuenta de la magnitud que alcanzó el horror en este periodo, más largo de lo que en principio pudiera parecer, de la historia de España. Las mujeres que vivieron y sufrieron en sus cuerpos y en sus mentes las consecuencias de la Guerra Civil se han visto sometidas a un doble anonimato: el anonimato que caracterizó al propio conflicto y que produjo miles de muertos enterrados en fosas comunes, a los que todavía hoy se intenta poner nombre y apellidos, y el anonimato que secularmente han sufrido las mujeres en la historia de la mayoría de las sociedades occidentales en general, y en la historia de España en particular. La Segunda República supuso la apertura de una nueva etapa para la historia de las mujeres en España (Nash, 2009, p. 16), si bien su corta duración impidió que un número significativo de ellas alcanzase niveles de relevancia política o social. Esto supone la imposibilidad de un reconocimiento inmediato entre las listas de personas fusiladas o encarceladas en las prisiones franquistas. De hecho, hasta hace poco, casi todos los estudios realizados sobre la represión durante la Guerra Civil y la postguerra situaban a las mujeres en una posición de víctimas pasivas del conflicto. Se afirma que la mayoría de ellas fueron represaliadas por los lazos de parentesco que les unían a la parte masculina de su familia, potencialmente más peligrosa para el bando enemigo 3. Es aquí donde adquieren mayor relevancia los estudios específicos centrados en la represión contra las mujeres que han contribuido, en los últimos años, a sacar del anonimato a algunas de sus protagonistas femeninas, así como las organizaciones de las que formaron parte 4. Otro de los problemas a la hora de realizar estudios que, como este, analizan la represión sobre un grupo profesional, es la concepción que el bando franquista tenía sobre el papel de la mujer en la sociedad. El ideal de domesticidad característico del franquismo pudo motivar que en algunas ocasiones no se tuviera en cuenta la actividad profesional femenina, al igual que tampoco se hacía distinción entre las presas políticas y comunes. 261), la profesión consignada para todas las mujeres fusiladas en las cárceles de la provincia de Toledo fue «sus labores». Durante la presente investigación, al contrastar documentos pertenecientes a una misma encausada, en algunas de ellos aparece como profesión matrona y en otros «sus labores» 5. De ahí la importancia que tiene, en estudios como el presente, la necesidad de contrastar el mayor número de fuentes posible. LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA SOBRE LAS MATRONAS Las guerras cambian a las personas. Incluso, las personas más pacíficas se ven involucradas en situaciones violentas que nunca hubieran imaginado en épocas de paz. Muchas personas sin ningún tipo de interés político se ven abocadas a tomar partido por uno de los bandos contendientes, si no quieren terminar siendo sospechosas de traición. Así, miles de españoles, de ambos bandos, murieron en los primeros meses del conflicto bélico víctimas de los denominados «paseos» y «sacas». La violencia provocada tanto por la guerra, como por la radicalización de la sociedad española en la última etapa de la República, desencadenó una oleada de asesinatos cuyo fin último era destruir al enemigo, tanto física como moralmente. Algunos investigadores dividen el terror de la guerra en dos etapas diferenciadas: la denominada de terror «caliente» donde fueron asesinadas el mayor número de personas y que se corresponde con los primeros meses de la Guerra Civil, y la etapa de violencia «legal», que se inició a principios de 1937(Santos Juliá, 1999, pp. 159-163). Efectivamente los datos de esta investigación concuerdan, ya que se han localizado un mayor número de matronas asesinadas durante la primera etapa que durante la segunda. Con respecto al bando que las asesinó, al menos seis lo fueron por el ejército sublevado y una por el ejército republicano. Prácticamente todos los libros que hablan sobre la represión durante la guerra y la postguerra señalan que hubo muchas menos víctimas fallecidas de sexo femenino que masculino 6. Por ello es significativo el dato de que, en algunas listas de asesinados, la única mujer que aparezca sea una matrona. Ese es el caso de Constantina Alcoceba Chicharro. Constantina era matrona municipal en Soria y, aunque no se conoce la fecha exacta de su muerte, se piensa que esta sucedió antes del 5 de agosto de 1936. Es la única mujer de un conjunto de 53 personas asesinadas de la ciudad de Soria durante los primeros meses de la guerra. Constantina era una activa militante de la Federación Comarcal de la CNT y colaboraba en las sesiones literarias del Ateneo de Divulgación Social (Fernández de Mendiola, 2007, p. Considerada como buena oradora, había participado en diversos actos de propaganda anarcosindicalista en la provincia de Soria durante la primavera y verano del fatídico año de 1936(Martí Boscà, 2009, pp. 459-460). Con posterioridad a su fallecimiento, las autoridades sorianas, actuando como si ignorasen su triste final, procedieron a destituirla y separarla definitivamente de su puesto, quedando este vacante 7. En la provincia de Córdoba fueron asesinadas al menos dos matronas por el ejército sublevado: María Vázquez Molina y Concepción Cáceres Jurado. Según Francisco Moreno, María Vázquez Molina 8, de 41 años y natural de Huelva, era tesorera del Colegio de Matronas de la provincia de Córdoba y fue fusilada el 28 de agosto de 1936 en la prisión provincial de Córdoba (Moreno Gómez, 1985, p.769). Sin embargo, en esta investigación, no se han encontrado evidencias sobre su cargo dentro del Colegio de Matronas de Córdoba. De hecho no aparece en la relación de cargos de dicha Junta que tuvo lugar poco antes del estallido de la guerra 9. Concepción Cáceres Jurado, una matrona apodada «la princesa» según unos, o «la pasionaria de Puente Genil» según otros, es el ejemplo de la simplificación que, en ocasiones, se ha hecho del papel de víctimas pasivas de las mujeres en la Guerra Civil. Como en otros muchos casos, las informaciones sobre su fallecimiento no están claras, pero se cree que, tras ser arrestada en su propia casa, fue asesinada en agosto de 1936 en Puente Genil (Córdoba). Según los datos que ciertos estudios han recogido sobre ella, hubo dos motivos que influyeron en su muerte. Uno fue el de estar casada en segundas nupcias con Marcos Deza Montero, un hombre once años más joven que ella y concejal de la villa durante la República. El otro motivo, su significación izquierdista, únicamente se ha documentado por hacerla responsable de bordar la bandera con la que desfilaba el Gremio de Albañiles el día del Trabajo, y un famoso suceso que protagonizó ella misma, cuando salió a desfilar por todo el pueblo vestida únicamente con una bandera republicana para celebrar el advenimiento de la II República (Huellas, 2004). Sin embargo, en el transcurso de esta investigación se han encontrado otros datos que ayudan a comprender mejor el perfil de esta mujer. En 1930 había sido expedientada por el alcalde de Puente Genil, Antonio Romero Jiménez. Entre ambos debía existir algún tipo de animadversión según parece desprenderse de los diarios de la época. En lugar de permanecer pasiva ante tal situación denunció el hecho ante el Colegio de Matronas de Córdoba 10, en el que estaba colegiada y que tomó cartas en el asunto 11. En 1933 fue acusada de ser la cabecilla de un grupo de mujeres izquierdistas que apedrearon a otras dos mujeres miembros de la agrupación «Acción femenina». La noticia fue reflejada en el diario católico El Defensor de Córdoba 12, fuertemente conservador, que se oponía frontalmente al Gobierno Republicano (Checa Godoy, 2011, p. La noticia añadía, con un espíritu nada conciliador, que dichas señoras hubieran sido linchadas por Concepción y sus secuaces de no haber intervenido unos jóvenes que las defendieron. Probablemente fue su propia significación izquierdista y antiguas rencillas personales las que la pusieron en el punto de mira de sus asesinos, y no solo el hecho de haber estado casada con un dirigente socialista. En Extremadura el ejército sublevado acabó con la vida de al menos tres matronas mientras que el ejército republicano asesinó al menos a una de estas profesionales. En agosto de 1936 murió a manos del ejército sublevado la matrona Manuela Anselma Hernández Flores. Se trata de una de las diez mujeres de un total de 90 personas fusiladas en el pueblo de los Santos de Maimona (Badajoz) en los primeros meses de la guerra (Chaves Palacios, 2009). Como otras muchas matronas, además de contribuir con su trabajo a disminuir las cifras de mortalidad neonatal del pueblo, se comprometió, como socialista militante, en una lucha por la reforma de las estructuras sociales y políticas. Su capacidad de liderazgo sobre mujeres y hombres fue el motivo que provocó su fusilamiento (Murillo Tovar, 2012). Los datos sobre el fallecimiento de la matrona Carmen Orellana Alcarazo, alias «La Pasionaria» son algo confusos. Otra de las fuentes señala que Carmen se suicidó cortándose las venas. El suceso tuvo lugar cuando iba a ser detenida por un grupo de falangistas en su domicilio de la calle 2 de mayo del barrio de San Roque de Badajoz. Según versión de los sublevados, pidió permiso para cambiarse y aprovechó esos momentos de soledad para quitarse la vida (Pilo Ortiz, 2010, p. La tercera matrona asesinada en Extremadura por los sublevados fue Polonia Mateos Díaz, «La Partera». Estaba casada con Ramón Díaz Agudo, máximo dirigente del PSOE del pueblo de Arroyo de Luz (Cáceres). Ingresó en la prisión provincial de Cáceres el 13 de noviembre de 1937 y fue fusilada un día después de haber pasado por consejo de guerra sumarísimo (García Carrero, 2007). Por su parte el ejército republicano estuvo implicado en la muerte de la matrona Juana Ortiz Dávila, que ejercía en la ciudad de Don Benito. Según las declaraciones recogidas por Moisés Domínguez (Domínguez Núñez, 2011), Juana formó parte de un grupo de personas, votantes de derechas, que sirvieron de escudo humano a los republicanos que huían de la provincia de Badajoz ante el acoso del ejército sublevado. Parece que el lugar donde la asesinaron fue cerca de una finca llamada «El Espolón», a seis kilómetros del pueblo de Campanario. Al igual que prácticamente la mayoría de la población, las matronas que no fueron perseguidas o asesinadas, vieron alterada su vida personal y laboral durante la guerra. Muchas matronas tenían la doble titulación universitaria de matrona y practicanta y, en ocasiones, el título de enfermera 13. Algunas de ellas tuvieron que dejar de atender partos durante la guerra y pasar a desempeñar el trabajo de practicanta. En esta circunstancia influyó, por un lado, la necesidad de personal en los numerosos hospitales de sangre que proliferaron al iniciarse el enfrentamiento bélico. Otro de los motivos residía en la dificultad y el peligro que suponía acudir a las casas de las parturientas para atender los partos, especialmente cuando estos se desarrollaban por la noche o en aquellas poblaciones que sufrieron con más crudeza la guerra, como Madrid. En la causa que se siguió contra Eufemia Llorente, una de las matronas militarizadas durante el conflicto por el gobierno republicano, se señala que: (...) salió del hospital al cerrarse y por su calidad de matrona efectuó diversos particulares hasta que casi en la imposibilidad de prestarlos toda vez que le era muy difícil el acceso durante la noche por la vía pública, volvió a prestar sus servicios como practicante siéndolo ahora en el hospital de sangre del Pacífico (...) 14. LA REPRESIÓN TRAS LA GUERRA A pesar de que los bombardeos finalizaron en 1939, la guerra no había terminado. Entre 1936 y 1943 los tribunales militares que dependían del Ejército de Franco establecieron en la jurisprudencia que, todos aquellos que se hubieran opuesto al «Alzamiento» con las armas, eran culpables del delito de Rebelión Militar y los que, habiéndose opuesto, no las hubieran empleado, de los delitos de Adhesión a la Rebelión, Auxilio a la Rebelión, Inducción a la Rebelión, o Apología de la Rebelión. Resulta evidente que la mayoría de la ciudadanía de la España Republicana podía estar incursa en algunos de estos delitos 15. Las matronas no fueron una excepción y entre los miles de personas acusadas y juzgadas por los delitos señalados anteriormente se pueden encontrar un buen número de ellas 16. Cualquier persona, con afán revanchista, podía presentar una denuncia contra otra que condujese a su detención como «elemento sospechoso» del régimen. Por ejemplo, Pelayo Rubio González, practicante del Ayuntamiento de Chamartín de la Rosa, fue una pieza clave en las denuncias contra varias matronas madrileñas como Josefa Martínez López 17 y Ángeles Mateos López 18, denunciando a la primera de ellas y declarando en contra de la segunda. Por su parte, la también matrona Pilar Montes Villanueva presentó una denuncia el 28 de noviembre de 1939 contra dos de sus compañeras de profesión: Lutgarda Sánchez Hermosa y Celestina López Sevilla 19. A Pilar Montes no le debió de gustar demasiado que un grupo de matronas, entre las que se encontraban Lutgarda y Celestina, acompañadas del abogado Jerónimo Mayo, se incautasen del Colegio Oficial de Matronas de Madrid en el mes de julio de 1936 20, expulsándola a ella de la presidencia. Pero el hecho de que sólo fuesen acusadas dos de las matronas que intervinieron en la incautación indica que existía algún tipo de rivalidad personal entre ellas 21. A pesar de que en su denuncia Pilar Montes hizo acusaciones muy graves relacionadas con su propia seguridad personal, y que era delegada de la Falange, la condena fue de tan solo de tres años y un día para cada una de sus rivales 22. Otra de las matronas que se incautaron del Colegio Oficial de Matronas de Madrid, pero que sin embargo fue encausada por motivos más graves, fue Dolores Márquez Méndez. Estaba afiliada a la CNT desde 1927 y antes de la guerra había conseguido el puesto de matrona en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid. Soltera y sin hijos, no dudó en enrolarse en el batallón «Águilas de la Libertad» según consta en su causa 23. Fue apresada cuando regresó de Francia, país al que había huido. En este caso, la declaración de Pilar Montes, incluida en el expediente, fue bastante favorable, a pesar de afirmar que era izquierdista de ideas exaltadas. Fue condenada a doce años de prisión. Sin embargo no se ha localizado su ficha penitenciaria en el AGA ni el expediente de la Comisión Central de Examen de Penas, aunque gracias a un familiar informante (Carmen García Redondo) que nos aportó su certificado de defunción, sabemos que falleció de un cáncer gástrico en Madrid el 24 de diciembre de 1968. Las actas de acusación no se centraban en un solo argumento que demostrase la culpabilidad de las personas encausadas, sino que a través del mayor número de testimonios e investigaciones intentaban acumular todos los «crímenes» posibles que se les pudiesen imputar. Incluso actos caritativos, como ofrecerse profesora voluntaria en los campamentos republicanos que se organizaron para alejar a la infancia de los bombardeos fue considerado un delito 24. Algunos de los argumentos utilizados en las actas de acusación en contra de las matronas estaban relacionados directamente con las peculiaridades de su puesto de trabajo. Al tener acceso al domicilio de las parturientas que iban a atender, eran testigos de ciertos hechos que, de ser denunciados ante la autoridad republicana, podían traer consecuencias negativas para los residentes en dicho domicilio. En una de las dos causas que se instruyeron contra la matrona almeriense Isabel Hernández Aguilar, el delito imputado fue, además del de estar casada con el «célebre comisario de policía rojo Lorenzano del Águila», provocar la detención de algunos clientes de ideologías derechistas por «escuchar las Radios Nacionales» en sus casas. A pesar de que no se pudo determinar en el juicio si hubo una intención manifiesta de denunciar o tan solo una simple imprudencia al comentarlo en su casa, fue condenada a seis años y un día de prisión mayor, pena que no le fue conmutada cuando se revisó su condena en 1943 25. Seis años y un día de prisión mayor también fue la condena que recayó sobre la matrona catalana Federación Martínez Nadal. En este caso la acusación estaba relacionada con la denuncia presentada por ella en la comisaria sobre el escondite de un sobrino de un militar del ejército rebelde, que posteriormente fue asesinado. La comisión de examen de penas también decidió en este caso mantener la condena original 26. Al menos dos matronas fueron condenadas a muerte en los respectivos juicios que se celebraron contra ellas. Una de ellas, la matrona y practicanta madrileña Ángeles Mateos Díaz, fue condenada a la pena capital por haber cometido un supuesto delito de «Auxilio a la rebelión». Según la acusación, cuando acudía a atender un parto se encontró a un herido víctima de «un paseo» y en lugar de auxiliarle fue a buscar a unos milicianos pertenecientes a la checa instalada en la plaza de toros de Tetuán para que le rematasen. La acusación provino de dos de sus compañeros de trabajo en la casa de socorro de Chamartín de la Rosa: la también matrona Enriqueta García Fernández y el practicante Pelayo Rubio González 27. Probablemente se tuvo en cuenta como agravante el que Ángeles se jactase ante los compañeros de que, de haber llevado consigo la pistola que solía usar, ella misma hubiera rematado al herido. Tras más de tres meses de estar «en capilla», la pena de muerte le fue conmutada por la inmediatamente inferior 30 años de reclusión mayor, sin conseguir la conmutación solicitada en 1943, dada la gravedad de los hechos que se le imputaban. Tras cumplir 7 años de condena, salió de la prisión de Valladolid el 21 de julio de 1946 en libertad condicional pero con la imposición de pena de destierro 28. Aunque intentó que le fuese levantado el destierro para poder volver a Madrid, ya que aducía no tener medios de subsistencia, se le denegó su solicitud. El 2 de diciembre de 1947, tomo posesión de una plaza de practicante interino en la localidad de Tordesillas y en 1950, finalmente, volvió a ejercer como matrona cuando consiguió una plaza de dicha categoría en la villa de Arévalo 29. La otra matrona condenada a muerte fue Soledad Ruiz Hernando 30, que ingresó en la prisión de Amorebieta, procedente de la de Las Ventas, el 28 de septiembre de 1939. Sus cargos fueron pertenecer a la UGT desde 1934 y a la entidad «Salud y cultura» de la Casa del Pueblo de Madrid desde mayo de 1936. Pero lo que más agravó su sentencia fue el hecho de estar afiliada al partido Comunista de la que fue secretaria del sector oeste, cargo en virtud del cual habría solicitado a un portero la filiación política de todos los vecinos de la casa. Todos estos factores, unidos a la intensa propaganda marxista que supuestamente realizaba, la convertían en una «mujer peligrosa» 31. Al igual que Ángeles Mateos, la pena capital le fue conmutada inicialmente por la de prisión perpetua, establecida en treinta años y un día. La comisión Central de Examen de Penas dictaminó el 29 de diciembre de 1943 que su condena pasase de treinta a veinte años de reclusión menor. Fue puesta en libertad condicional el 18 de marzo de 1944 32, pero no tardó en ser nuevamente detenida por su actividad política en la postguerra. Josefa Martínez López fue una matrona madrileña que tuvo peor suerte que las compañeras mencionadas antes y condenadas a muerte. Sin haberse iniciado el juicio contra ella, murió en la prisión de Ventas en 1940. Su detención fue motivada por la denuncia presentada por el médico Jesús Castro Fernández en la dirección General de Seguridad el 22 de junio de 1939. La denuncia iba dirigida contra 16 trabajadores de la Sociedad de Asistencia Médica «La Equitativa», entre los que se encontraban tres matronas, siete practicantes, cuatro médicos y dos empleados de la oficina. Según se recoge en la denuncia 33, todos ellos formaron parte del comité de incautación y expulsión de personal constituido en 1936. Las matronas que pertenecían a dicho comité eran la propia Josefa Martínez López y otras dos compañeras llamadas Consuelo Pastor Ferrer y Rosario Giménez Muñoz. Josefa no negó en su declaración haber pertenecido al comité, aunque si expuso que lo hizo obligada por la presidenta del Colegio de Matronas, Celestina López Sevilla, y que como ninguna matrona fue expulsada de la sociedad por su orientación política, no tuvo que intervenir. En su acta de defunción consta que la causa de su muerte fue una hemorragia cerebral, eufemismo utilizado habitualmente en los certificados de defunción de las personas fusiladas o fallecidas a causa de los violentos interrogatorios que tenían lugar en las cárceles (Vinyes, 2004, pp. 84-85). Otro detalle significativo es que en su certificado no aparece como ingresada en prisión, sino como domiciliada en la calle Marqués de Mondéjar número seis, que era donde estaba ubicada la cárcel, puntualizando dicho certificado que murió en dicho domicilio. Fue enterrada en el cementerio de la Almudena en una fosa común situada en cuartel no 97, manzana 35, letra A y su cuerpo era el número 7. El más que probable asesinato de Josefa Martínez López es una demostración de la arbitrariedad que existía en las cárceles y en la administración de justicia de la postguerra. Mientras ella pagó con su vida, otra matrona acusada de los mismos cargos, Consuelo Pastor Ferrer, recibió una condena de tan sólo tres años de prisión menor y las accesorias correspondientes 34. Tras la pena capital, la condena a prisión perpetua, treinta años de reclusión, era la siguiente en dureza. Purificación de la Aldea y Ruiz de Castañeda, Carmen Navarro Sánchez y Trinidad Gallego Prieto fueron tres matronas condenadas a prisión perpetua en los res-pectivos juicios que se siguieron contra ellas. Varios eran los delitos que se le imputaban a Purificación de la Aldea y Ruiz de Castañeda: Haber sido funcionaria en la prisión de Ventas 35 y nombrada jefe de los servicios de la prisión «durante la dominación roja», siendo muy dura con la presas que estaban a su cargo; estar afiliada al Partido Comunista; pertenecer a «los amigos de la Unión Soviética» y usar pistola, que era una de las acusaciones más graves 36. Tras serle rebajada la condena a veinte años un día con las accesorias de interdicción civil e inhabilitación total 37, fue puesta en libertad condicional el 11 de julio de 1944 38. Aunque en su ficha penitenciaria no aparecen más datos sobre nuevos ingresos en prisión, parece ser que fue nuevamente detenida en 1958 por su trabajo en la resistencia clandestina contra la dictadura (Cuevas Gutiérrez, 2004, p. En 1969, Purificación de la Aldea recibió la siguiente carta escrita por Dolores Ibárruri, entregada por mediación de Tomasa Cuevas y que fue reproducida en uno de sus libros (Cuevas Gutiérrez, 2004, p. Hace ya varios años que supe de Ud. Y las noticias recibidas me emocionaron profundamente. Yo no la he olvidado, como tampoco a algunas de las amigas que yo conocí y cuyo recuerdo, grato o desagradable, vive en mi memoria de manera imborrable. No sabe que yo la busqué cuando conocí la muerte de su Max, y no pude hallar su domicilio. Discúlpeme Pura, si quizás, no hice todo lo posible, por encontrarme con Ud., en aquel periodo tan doloroso para todos nosotros. Con nuestra común amiga le envío un pequeño recuerdo deseando que un día, quizás no lejano, pueda darle un abrazo y mostrarle mi afecto y mi respeto. El obsequio era un broche que, a decir de Tomasa Cuevas, Pura de la Aldea besó como si besase a Dolores mientras lloraba de emoción y de alegría. Un grupo especial de matronas fue sin duda el de aquellas que fueron juzgadas por el Tribunal de Represión contra la Masonería y el Comunismo. A pesar de que las logias masónicas habían sido tradicionalmente vedadas a las mujeres, algunas matronas constan entre las escasísimas mujeres que consiguieron ser aceptadas en alguna de estas organizaciones 48. Este dato es fundamental a la hora de comprender que, a pesar de estar dedicadas a una de las profesiones que tradicionalmente se consideraban «aptas para el bello sexo», no se trataba de mujeres convencionales que asumían el rol que el patriarcado les había asignado. Entre ellas se encontraba Amparo Valor Hernández, que tras superar numerosos obstáculos consiguió ser miembro de las logias «Democracia» y «Ruiz Zorrilla», ambas situadas en Barcelona, donde llegó a alcanzar el grado segundo y el cargo de «Oradora». Fue conde-nada de un delito consumado de masonería ante el Tribunal para la represión de la Masonería y el Comunismo el 14 de octubre de 1941. La sentencia fue de 12 años y un día de reclusión menor y las accesorias de inhabilitación absoluta perpetua 49. Junto a los ideales izquierdistas, con la consecuente afiliación o no a un partido o un sindicato, los motivos que se esgrimían en las actas de acusación eran variados. Los delitos contra la religión eran considerados especialmente graves. La matrona Consuelo Acosta Nogales fue condenada a veinte años de reclusión menor e inhabilitación a perpetuidad acusada de haber formado parte de la turba que asaltó el convento de Villaverde, destrozando objetos sagrados. En varias ocasiones las acusaciones se basaban en supuestas declaraciones en contra de la religión: Luisa Planas Vendrell fue acusada de haber aplaudido la destrucción de los confesionarios, lo que evitaría, según ella, que se siguieran cometiendo «disparates en aquellos aparatos» 51 y Carmen Navarro Sánchez, además de asaltar lugares de culto y apropiarse de objetos religiosos fue acusada de haber asegurado atender a varias monjas en sus partos 52. Estos ataques contra el clero eran inadmisibles, teniendo en cuenta de que constituían una pieza esencial para la dictadura franquista, en su afán de reinstaurar en la postguerra la moralidad supuestamente perdida durante la República. Por su parte, a Rosario Acosta se la acusaba de hacer propaganda en contra del «Glorioso Movimiento Nacional» en los recitales de poesía a los que acudía y de ser la autora de una poesía titulada «Los criminales de la Sublevación Fascista» publicado en el diario Lucha. Su habilidad literaria le costó una pena de doce años y un día, que no le fue conmutada cuando solicitó su revisión ante la Comisión Provincial de Examen de Penas de Almería 53. El caso de Elvira Martínez Muñoz es el ejemplo de lo que el régimen franquista podía considerar una «mala mujer». Una de las acusaciones fue que «profetizó los asesinatos de D. José Lluesa Plasencia y de D. Abelardo Fernándiz Alonso», como si se tratase de una bruja moderna sometida al poder inquisitorial del régimen franquista. En su domicilio, supuestamente, se habían decidido las muertes de varios de los vecinos más de la localidad de Silla, Valencia. También se recogían en las declaraciones de los testigos los «rumores públicos» sobre ella: «Es rumor público tuvo relaciones ilícitas con el vecino de ésta llamado Germán Sanchís y es fama que referida Elvira dispuso la muerte de éste para vengar el abandono de que había sido objeto por parte de aquel» 54. En la otra causa que se abrió contra ella se añadía: «El rumor público la acusa de dedicarse a hacer abortar a las jóvenes» 55. Aunque no se aportaban pruebas al respecto, la intención de los acusadores era evidente. Se trataba de ofrecer una imagen de depravación moral de la rea que endureciese su condena. Elvira Martínez intentó defenderse explicando que, precisamente, el haber estado en posesión durante años de un oscuro secreto profesional relativo a Concha Catalá, que era quien la había denunciado, era el motivo de que hubiese «inducido a la Catalá a suscitar contra mí tamañas insidias». Elvira Martínez fue condenada a 12 años y 1 día de reclusión menor. Las matronas más afortunadas de entre todas las procesadas fueron aquellas que obtuvieron el sobreseimiento de su causa. A Enriqueta Pujol Domingo se le instruyó un sumario en el Tribunal de Represión Contra la Masonería y el Comunismo acusada de ser masona. Sin embargo, al no encontrarse suficientes pruebas que avalaran el dato, su causa fue sobreseída (Ortiz Albear, 2007, p. Otras matronas declaradas sin responsabilidad tras las diligencias previas fueron: Ramona Rodríguez Toraño 56, Rosa Rivas Solano 57 y Eufemia Llorente de Domingo 58. No obstante, hasta conseguir ser puestas en libertad la mayoría de ellas tuvieron que pasar una larga temporada en prisión preventiva. A pesar de haber obtenido la sentencia absolutoria, las condiciones de hacinamiento, falta de higiene y penalidades que debieron sufrir y que han sido documentadas ampliamente en diversos trabajos (Hernández Holgado, 2003; Vinyes, 2002; Rodríguez Teijeiro, 2011) debieron dejarles una profunda huella. Es difícil establecer cuáles eran las circunstancias diferenciales que conducían a una sentencia condenatoria o a una absolución. Entre las absueltas aparecen varias matronas que durante la guerra fueron asimiladas por el ejército republicano a los grados de alférez o teniente. Está claro que muchas matronas fueron presas políticas, lo cual, en nuestra opinión, contradice algunas generalizaciones anteriores como que una matrona presa en las cárceles franquistas «lo más probable es que no esté encarcelada por delitos políticos, sino por algún delito relacionado con prácticas abortivas» (Aragües Estragués, 2011). EL TRABAJO EN LA CÁRCEL Como ya se ha señalado, muchas matronas tenían además otras titulaciones, como la de practicanta o enfermera. En la mayoría de los trabajos que hacen re-ferencia a la formación o profesión de las reclusas, las matronas están incluidas dentro del grupo genérico de «enfermeras» 59. Esta generalización no es más que una demostración del tratamiento histórico que se ha dado, y en algunos casos se sigue dando hoy en día, a la figura de la mujer y a sus peculiaridades, una variante de su secular invisibilización. De hecho, el trabajo de enfermeras y matronas era, y sigue siendo hoy en día, muy diferente 60. Mientras las enfermeras conviven cada día con la enfermedad y la muerte, la materia prima del trabajo de una matrona es la promesa de vida que supone cada nacimiento. Esta distinción es importante a la hora de entender el reajuste que debieron sufrir estas profesionales, que durante su condena prestaron sus servicios en las enfermerías del sistema penitenciario de la postguerra. No solo debieron de ser testigos de la mayoría de las atrocidades que se cometían contra las reclusas 61. Incluso la alegría que la mayoría de los nacimientos lleva implícita en otras circunstancias, se transformaba en dolor dentro de los muros de la prisión. La mayoría de los bebés que nacían en las cárceles morían al poco tiempo debido a enfermedades contagiosas (Cuevas Gutiérrez, 2006, p. La malnutrición que caracterizó a la población reclusa también debió afectar a la producción y calidad de leche materna de las madres y sus consecuencias se hicieron sentir en la población infantil según se recoge en algunos estudios (Ugarte Lopetegui, 2011, pp. 267-280). En el testimonio que tomó Tomasa Cuevas a Trinidad Gallego Prieto, y que aparece en dos de sus libros (Cuevas Gutiérrez, 2006, pp. 179-184; Cuevas Gutiérrez, 2004, pp. 757-762), hay diversas referencias al trabajo que desarrollaban las matronas en la cárcel: «La prisión de Madres Lactantes», también denominada «La maternal de San Isidro» fue inaugurada el 17 de octubre de 1940 en un pequeño hotel situado en la Carrera de San Isidro (Yagüe Olmos, 2007, p. Se trataba de dar una solución a la masificación de Ventas, trasladando a aquella prisión a todas las reclusas con menores a su cargo. La solución hubiera sido idónea de no ser porque de su dirección se encargó María Topete, que aplicó una férrea disciplina que incluía la separación de madres e hijos durante la mayor parte del día. Este hecho, junto a la escasez y mala calidad de los alimentos, hacía insoportable la vida en este pequeño centro 63. Afortunadamente, la prisión de San Isidro no permaneció muchos años abierta, siendo clausurada el 3 de septiembre de 1945 (Yagüe Olmos, 2007, p. Ese mismo año, para sustituirla, se creó un departamento especial en Ventas que llegó a denominarse «Prisión Central de Madres Lactantes». Otra de las cárceles donde se habilitó un módulo maternal fue en la prisión de Saturrarán. En las fichas penitenciarias conservadas en el AGA aparece, en algunos casos, parte del recorrido penitenciario de las reclusas que incluían estas prisiones maternales. Trinidad Gallego aparece como trasladada a San Isidro el 23 de diciembre de 1942, Ángeles Mateos ingresó en Saturrarán el 25 de noviembre de 1940, muchas otras pasaron por la prisión de Ventas. A pesar de que la mayoría de trabajos que tratan sobre la represión femenina abordan la redención de penas por el trabajo, hay pocos datos sobre dicha redención de presas con titulación sanitaria. LA REVISIÓN DE LAS PENAS Lo desorbitado de las condenas, que en la mayoría de los casos no establecían correspondencia entre los supuestos delitos cometidos y las penas impuestas con arreglo al Código de Justicia Militar, hicieron que las cárceles estuvieran abarrotadas al poco tiempo de finalizar la Guerra Civil. Ante esta situación, las autoridades franquistas, temiendo situaciones de descontrol, amotinamientos o epidemias, fueron creando sistemas de descongestión de los centros penitenciarios (Moya Alcáñiz, 2009, p. Se promulga, entonces, la Orden de 25 de enero de 1940 constituyendo en cada provincia una Comisión que se denominará de «Examen de penas» (BOE, 26-I-1940). La Orden obligaba a la constitución en la capital de cada provincia, y en un plazo de ocho días, de una Comisión que se denominaría de «Examen de penas» que se encargaría del examen de oficio de los fallos dictados por los Tribunales Militares en los sumarios que se hallasen archivados en la provincia respectiva. Cada una de estas Comisiones debía estar formada por un Jefe del Ejército, un funcionario jurídico militar con categoría no inferior a capitán y un funcionario ju-dicial. Sus propuestas debían ser elevadas a las Autoridades judiciales militares, quienes, a su vez, elevarían las propuestas de conmutación al Ministerio de quien dependiera la causa examinada. El hecho de que la mayoría de penas fuesen conmutadas, por otras menores, o incluso por la exención, sería un indicio de la arbitrariedad con que se llevaron a cabo los consejos de guerra, imponiendo penas desorbitadas para el delito supuestamente cometido (Egido León, 2009, p. Sin embargo, en el caso de las matronas, muchas de las condenas originales fueron mantenidas. Cada comisión provincial de examen de penas podía proponer una reducción de la condena, o ratificar la pena primitiva. Así, la Comisión Provincial de Examen de Penas de Almería decidió ratificar la condena de Rosario Acosta Núñez, de doce años y un día de reclusión temporal y pena accesoria de inhabilitación absoluta, al estimar que no había ningún artículo que se le pudiera aplicar para rebajarla 64. En algunos casos, tras concederse una reducción de pena por dichas comisiones provinciales, la Comisión Central de Examen de Penas denegaba la conmutación, por considerar que los delitos eran lo suficientemente graves para mantener la condena inicial. Eso fue lo que pasó a varias matronas como Luisa Planas Vendrell 65 o Consuelo Acosta Nogales 66. La redacción del decreto estuvo propiciada tanto por cuestiones de reorganización económica y administrativa de la dictadura como por la finalización de la guerra mundial, unos meses antes, con la consiguiente caída del fascismo en Europa, lo cual ponía a España en una posición delicada respecto al bando vencedor (Vinyes, 2002, p. Para poder disfrutar de los beneficios del indulto, era condición indispensable que en las condenas no concurriesen hechos relacionados con actos de crueldad, muertes, violaciones, profanaciones, latrocinios o cualquier otro hecho que pudiera ser considerado como «repugnante». Gracias a este decreto pudo salir en libertad la matrona Rosario Acosta Núñez, a la que previamente le había sido denegada la conmutación de su pena por la comisión provincial de penas de Almería. Sin embargo, el hecho de que no le fuera indultada la pena accesoria, que consistía en la inhabilitación absoluta durante el tiempo que durase la condena principal, probablemente impidió que la matrona se reincorporase a su actividad laboral al sa-lir de prisión, con las correspondientes dificultades económicas que ello debía implicar para aquellas personas que intentaban rehacer su vida después del horror vivido durante su estancia en prisión 68. En la tabla anexa se recogen las condenas que recayeron sobre un buen número de matronas tras la conclusión de la Guerra Civil. Además de señalarse el lugar donde ejercían la profesión, se apuntan las conmutaciones que se aplicaron a las mismas, si es que las hubo, así como las principales acusaciones que se vertieron sobre cada una de ellas. Muchas mujeres fueron juzgadas y condenadas tras la guerra civil por ser familiares o amigas de «elementos sospechosos» para el nuevo régimen político. Sin embargo, en el caso de las matronas, la represión se ejerció, en la mayoría de los casos, porque ellas tomaron parte activa en el conflicto. De hecho en muchas de las acusaciones aparece que el acto de que las culpaba había sucedido en el transcurso de su actividad laboral. La pertenencia a partidos o sindicatos de izquierdas fue otra de las razones que convirtió a algunas matronas en víctimas de la represión de la postguerra. El interés por estudiar a la figura de la matrona durante la guerra y la represión franquista ha estado motivado por sus características singulares dentro de los grupos femeninos de la sociedad española. Se trataba del único colectivo, exclusivamente femenino, que tenía mayores niveles de estudio que la población general a finales de los años 30 del siglo XX. Al igual que maestras y maestros fueron personas consideradas especialmente peligrosas para la dictadura franquista por su posible influencia sobre las mentes infantiles, las matronas también podían encuadrarse dentro de este grupo de personas dañinas para la dictadura. Al ocuparse de la salud reproductiva femenina, su influencia sobre las mujeres era muy importante y podía constituir un riesgo para la moralidad de la población. Por otro lado, las matronas no eran el ejemplo de mujer sumisa que constituía el ideal del patriarcado. Al tener un trabajo independiente que les proporcionaba ingresos, muchas podían permitirse no estar sometidas al yugo conyugal. Algunas de las matronas que aparecen en esta investigación estaban solteras o divorciadas. Otras, debido a la posibilidad de estar involucradas en casos de abortos provocados y técnicas de control de natalidad, eran consideradas aún más dañinas para la regeneración española buscada por el nuevo régimen que se instauró en España tras la guerra. Así, por ejemplo se refiere de manera sistemática, en la mayoría de los libros dedicados a la represión, el asesinato de Amparo Barayón, compañera de Ramón J. Sender (Juliá, 1999, p. Otro ejemplo sería el asesinato de la mujer y la hija del concejal socialista de Teruel, Ángel Sánchez Batea (Juliá, 1999, p. Para realizar estudios sobre la represión femenina durante la Guerra Civil, poco a poco va aumentando el número de obras que nos esclarecen cuál fue el verdadero papel de las mujeres durante el conflicto así como las consecuencias que tuvo sobre ellas, entre los que se encuentran: Nash (2006); Egido de León (2009); Hernández Holgado (2005) y Vinyes (2002). Por ejemplo, en la ficha penitenciaria de Rosario Acosta Nogales (AGA_TP_1,1_01126R), la profesión consignada es "sus labores", mientras que en su expediente de examen de pena (AGMG, CCEP, caja 326, exp. Santos Juliá destaca cómo a muchas de las víctimas de la Guerra Civil nunca se las registró, mientras que otras muchas aparecían como hombre o mujer sin identificar. Da como ejemplo la ciudad de Zaragoza, donde de este modo constan 581 varones y 26 mujeres (Santos Juliá, 1999, p. Uno de los ideales falangistas asumidos por el franquismo era devolver a la mujer al claustrofóbico mundo del hogar y la iglesia, obligándola a asumir la imagen arquetípica de "ángel del hogar". La Sección Femenina de la Falange se encargó de transmitir esa imagen arquetípica de mujer (Domingo, 2007), (Richmond, 2004), que no se adaptaba, en muchas ocasiones, a la imagen de la matrona (Ruiz-Berdún, 2013b 59. Esta generalización se puede observar en la obra de Jacinta Gil. Hace referencia a una matrona que trabaja como enfermera en prisión y que le cuenta haber estado condenada a muerte e incluso delante del paredón (Gil Roncalés, 2007, pp. 69-70). La similitud la podemos encontrar en el uniforme. Incluso en la cárcel matronas y enfermeras llevaban bata blanca e incluso a veces eran confundidas con funcionarias (Cuevas Gutiérrez, 2006, p. Muchas prisioneras fueron violadas e incluso marcadas como si de reses se tratase por sus carceleros (Preston, 2011, p.
En el contexto de la denominada «opción» entre el Tercer Reich alemán y la Italia fascista, pacientes procedentes de diferentes centros psiquiátricos del Tirol del Sur, el Trentino y otras provincias italianas colindantes fueron trasladados a partir de 1939 a Alemania (entre ellos, algunos de forma no voluntaria), pasando ocasionalmente por el centro psiquiátrico de Hall, en el Tirol septentrional (Austria). Hall funcionó así como una especie de nudo logístico para el posterior envío de estos pacientes a los centros psiquiátricos de Zwiefalten y Schussenried, y desde este último a su vez a Ravensburg-Weissenau (los tres situados en Württemberg, Alemania). Los pacientes que llegaron entre 1940 y 1943 a Württemberg en el marco del Acuerdo para la Opción no fueron -al menos según el estado actual de nuestras investigaciones-víctimas de la eutanasia centralizada (la realizada dentro de la Aktion T4, el programa nazi para el asesinato sistemático de enfermos psíquicos o discapacitados). Pero otros enfermos del psiquiátrico de Hall sí habrían sido trasladados directamente a Hartheim (cerca de Linz, Austria), uno de los centros de exterminio de la eutanasia centralizada, y asesinados allí. No obstante, la suerte corrida por los pacientes deportados a Württemberg dentro de la «opción» tampoco fue mucho mejor. Indagar, por tanto, el destino de estos pacientes no es sólo un motivo de investigación histórico-médica, también es un imperativo moral dirigido a honrar su memoria. Junto a los informes anuales de las instituciones psiquiátricas aludidas, utilizaremos como fuentes principales en nuestro estudio las historias clínicas de estos pacientes y también, ocasionalmente, la correspondencia con sus familiares así como diversa documentación italiana. LAS NEGOCIACIONES POLÍTICAS ENTRE LA ALEMA-NIA NAZI Y LA ITALIA FASCISTA El traslado de surtiroleses a Württemberg tuvo como telón de fondo las acciones de reubicación que el Tercer Reich inició en toda Europa en 1939. En mayo de ese año, el comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, presentó un memorándum para la solución definitiva de la cuestión del Tirol del Sur. En él, y de acuerdo con los deseos de Adolf Hitler, el Reich renunciaba a este territorio y exigía la reubicación en territorio alemán de todos los alemanes étnicos (Volksdeutsche) allí residentes. El memorándum supuso un duro golpe para los surtiroleses de lengua alemana o germanófilos que habían contado con una anexión del Tirol del Sur al Reich alemán. El 23 de junio de 1939 este memorándum adquirió carácter oficial con el Acuerdo de Berlín (Berliner Vereinbarung), cuyo objetivo era conseguir una «solución étnica radical para la cuestión del Alto Adigio». Según dicho acuerdo, todos los alemanes ciudadanos del Reich (Reichsdeutsche) residentes en Tirol del Sur debían emigrar al Reich alemán. A los alemanes étnicos que poseían la ciudadanía italiana se les concedía el derecho de «opción»: debían decidirse bien por la ciudadanía italiana o bien por la alemana. Esta decisión, supuestamente libre y no sujeta a presiones, se vio a menudo desvirtuada y convertida en un plebiscito en favor o en contra de Alemania, tanto por las autoridades alemanas como por una agrupación local denominada Círculo de Lucha Étnico Surtirolés (Völkischer Kampfring Südtirol, VKS) (Stuhlpfarrer, 1985, pp. 177-205). En un principio, este Círculo se pronunció incluso en contra de la «opción» (y a favor de una anexión directa del Tirol del Sur al Reich alemán), aunque luego viró hacia las posiciones dictadas por el régimen nacionalsocialista. Aquellos que optaron por su reubicación en Alemania fueron denominados optantes (Optanten) y los que decidieron permanecer en Italia (cuyo porvenir no se auguraba muy boyante en un estado progresivamente italianizado), fueron denominados permanecientes (Dableiber). En septiembre de 1940, antes incluso de la publicación de las directrices relativas a la reubicación de la población, se instauró en Bolzano el Amtliche Deutsche Ein-und Rückwandererstelle (ADERSt) u Organismo Oficial para Inmigrantes y Repatriados Alemanes, que debía organizar in situ la reubicación con el apoyo del Arbeitsgemeinschaft der Optanten für Deutschland (AdO) o Grupo de Trabajo de los Optantes por Alemania. Derecho a la «opción» tenían, según el acuerdo, todos los alemanes étnicos, así como los cimbrios, una minoría lingüística bávara del Véneto y del Trentino-Tirol del Sur cuya lengua había prohibido Benito Mussolini en 1922, tanto en su utilización pública como privada, y que residían en las provincias de Bolzano, Trento, Belluno, Vicenza, Verona y Udine. Por exigencia expresa italiana se incluyó también entre los optantes a los ladinos: los provenientes de las comarcas de habla romanche, como Val Gardena, Val Badia, Cortina d'Ampezzo, Livinalolongo o Colle Santa Lucia, aunque no de Val di Fassa. La única condición que debía cumplir el optante era considerase a sí mismo perteneciente al pueblo alemán. Para los alemanes étnicos menores de edad, la decisión correspondía a los padres. Pero en las directrices de la reubicación no se concretaba claramente la potestad de los familiares sobre la opción de los considerados jurídicamente incapacitados y, en especial, de los internos de las clínicas y sanatorios del Tirol del Sur. En un pasaje de dichas directrices se refiere que a los «ancianos y enfermos alemanes ciudadanos del Reich» les era permitida la permanencia en Tirol del Sur. Pero Himmler ya había dado a entender durante las negociaciones previas que Alemania estaba dispuesta a acoger a los alemanes étnicos tanto «mental y físicamente inferiores» como a los reclusos de las prisiones (Fiebrandt, 2014, pp. 562-568). La acción de traslado -a la que se calificó de «éxodo»-estaba planeada en principio para finalizarse el 31 de diciembre de 1942, pero el periodo de ejecución se acortó posteriormente, adelantándose la fecha límite a la Nochevieja de 1939, lo que resultó ser un objetivo poco realista. La «opción» se saldó con una clara mayoría a favor del Reich: en las provincias de Bolzano y Udine, por ejemplo, más del 80% de los surtiroleses con derecho de opción se decantaron por la reubicación en el Reich. En total fueron unas 200.000 personas en todas las provincias italianas implicadas las que manifestaron su intención de emigrar. Según el plan previsto, los emigrantes debían abandonar el Tirol del Sur en tandas sucesivas: primero los alemanes ciudadanos del Reich, a continuación la población no ligada a la tierra (nicht bodengebunden) y, finalmente, la población ligada a la tierra (bodengebunden) (por «ligada a la tierra» hay que entender fundamentalmente a la población agricultora) (Fiebrandt, 2014, pp. 135-149). Hasta la anexión por parte de Alemania de los territorios pre-alpinos del norte de Italia en septiembre de 1943 -es decir, hasta el fin de la alianza armada entre Italia y Alemania-sólo emigraron en realidad 75.000 tiroleses del sur, cimbrios y ladinos de un total de entre 200.000 a 250.000 optantes por Alemania. El objetivo primordial, y a la vez el problema fundamental que impidió que el número de emigrantes fuera mayor, fue el asentamiento en bloque de los surtiroleses. Y es que, a pesar de que los diversos planes de asentamiento ofrecían supuestas zonas libres para dicho asentamiento (áreas de Galitzia, granjas en el Warthegau, incluso áreas en la Borgoña francesa en donde se planeaba el establecimiento de granjas modélicas de las SS, o incluso la península de Crimea), tales zonas no estaban aún disponibles de facto (Wedekind, 2009). La parte alemana intentó retrasar el transporte de los surtiroleses ligados a la tierra hasta que fuese posible su reasentamiento en zonas adecuadas. Y, dado que el Reich se había comprometido a mantener una cuota migratoria de 200 personas diarias, se reubicó en primer lugar los tiroleses del sur no ligados a la tierra, una fuerza de trabajo que podía emplearse en la economía, en la administración o en las fuerzas armadas (Helmut, 1993). Por otro lado, a la parte italiana le interesaba que emigraran las personas que, política o financieramente, suponían una carga para el estado italiano, lo que implicaba el traslado al Reich de los enfermos psíquicos y de los ancianos alojados respectivamente en los psiquiátricos y asilos del Tirol del Sur (Fiebrandt; Rüdenburg y Müller, 2012a. Ante las crecientes dificultades para cumplir con las cuotas migratorias previstas, dicha propuesta acabó aceptándose por las autoridades alemanas responsables de la reubicación, y además se hizo extensiva también a las prostitutas (Fiebrandt, 2014, p. La reubicación de los enfermos psíquicos se realizó inicialmente con un tren directo con casi 300 personas, el cual partió del sanatorio surtirolés de Pergine 1, cerca de Trento, con destino al sanatorio de Zwiefalten, junto a Riedlingen, en Württemberg, en mayo de 1940. Estos transportes menores se llevaron a cabo pasando por el sanatorio tirolés de Hall, objeto de investigación en la actualidad 2, y que acabó convirtiéndose en una especie de estación de recogida para los enfermos psíquicos procedentes del norte de Italia. Schussenried fue incluido en los planes porque, tras la llegada del primer transporte, la capacidad de Zwiefalten -incluso con la rebaja de los estándares de los tiempos de guerra-se consideró totalmente agotada. Cuando la ocupación de Schussenried alcanzó también un límite máximo, algunos pacientes allí internados fueron trasladados de nuevo, esta vez al antiguo centro de Weissenau, junto a Ravensburg. PACIENTES PSIQUIÁTRICOS SURTIROLESES PROCE-DENTES DE PERGINE E INGRESADOS EN ZWIEFALTEN Nos ocuparemos ahora con mayor detalle del traslado de estos 299 pacientes de Pergine a Zwiefalten. El punto de partida de las negociaciones sobre el traslado de pacientes de centros psiquiátricos del Tirol del Sur al Reich alemán fue presumiblemente una conversación mantenida en abril de 1940 en Bolzano. En ella el prefecto de dicha ciudad propuso al jefe de la oficina principal del RKF un primer transporte de sólo 40 enfermos mentales, si bien era un total de unos 600 los que habrían de ser trasladados desde su prefectura (Fiebrandt; Rüdenburg y Müller, 2012a, p. Poco tiempo después, el prefecto solicitó información en el ADERSt de Bolzano acerca de si se habían recibido instrucciones de Berlín sobre el destino del transporte 3. Esto indica, de un lado, que en ese momento era la parte italiana la más interesada en una rápida deportación de los enfermos; y de otro, que por parte alemana quedaban todavía aspectos organizativos pendientes de clarificación, que sólo quedarían solucionados en mayo de 1940. Los paralelismos con respecto al modo de proceder en la reubicación de los alemanes del Báltico (Baltendeutsche) son evidentes (Fiebrandt, 2014, pp. 123-136 y 557-613), pues ya en diciembre de 1939 y en enero de 1940 dos grandes transportes con alemanes del Báltico afectos de enfermedades psíquicas habían abandonado Letonia en dirección al Reich. Pero volvamos a nuestro contexto. En Bolzano se acordó además trasladar a todos los pacientes primero al psiquiátrico de Pergine, al objeto de transferirlos desde allí en bloque a Württemberg. El éxodo debía efectuarse por medio de un pasaporte colectivo. Además, el director del sanatorio de Zwiefalten asumiría provisionalmente la tutela de todos los pacientes, cuya opción voluntaria a favor de Alemania debería haber sido un requisito necesario para su reubicación, aunque en realidad ésta sólo constaba en un escaso número de casos. El informe sobre el transporte hace únicamente la siguiente observación sobre la incapacidad jurídica y, con ello, sobre la aceptación de la opción de estos surtiroleses: «Naturalmente, los enfermos no estaban en condiciones de emitir por sí mismos su voto a favor de Alemania; con algunos de ellos, la decisión fue tomada por sus parientes; en el resto de casos, la pertenencia al pueblo alemán pudo probarse por el lugar de nacimiento y el apellido» 4. Tras este paso, sus pasaportes italianos dejaron de tener validez. De iure, tal procedimiento sumario no era admisible ni siquiera con la legislación entonces vigente. A esto se sumaba que, según el derecho italiano de la época, la admisión en un centro psiquiátrico conllevaba la pérdida de los derechos civiles, incluido el derecho a voto, por lo que los pacientes deberían haber quedado excluidos, incluso pro forma, de la opción 5. Pero como no se presentaron objeciones por ninguna de las partes, en mayo de 1940 comenzaron los preparativos para los transportes. En Pergine tuvieron lugar, en presencia del director del centro, el doctor Alberto Rezza, las conversaciones finales. Junto al prefecto de Bolzano, una participación determinante en la organización y ejecución del transporte tuvieron también el doctor Walther Simek, encargado del Departamento de Exteriores de la Reichsärztekammer (RÄK) o Cámara Médica del Reich y los doctores Reinhold Wetjen y Hermann Pedoth, empleados del ADERSt de Bolzano. El personal de acompañamiento a los enfermos lo componían enfermeras y enfermeros del centro de Pergine. El DUS de Innsbruck no desempeñó papel alguno en la preparación y ejecución del transporte, por lo que es posible que en ningún momento se tuviera intención de naturalizar a los pacientes surtiroleses. El traslado se produjo finalmente el 26 de mayo de 1940, sólo dos días después de que hubieran llegado a Pergine los últimos pacientes procedentes de los centros psiquiátricos de Stadlhof, Gemona, Nomi y Udine. El convoy especial para los finalmente 299 pacientes de Pergine fue dispuesto por parte italiana. A su llegada a Zwiefaltendorf, en Württemberg, el convoy fue recibido por el director del centro de Zwiefalten, el doctor Alfons Stegmann, y por -literalmente-el «número necesario de guardianes y guardianas de enfermos». El «desalojo de los vagones» de los pacientes, transcurrió no obstante con muchos problemas. Según el informe de Stegmann, «la descarga y el transporte de los enfermos presentó notables dificultades, ya que la mayoría de ellos está débil y algunos en un estado de agitación excesiva». Además, continuaba el informe, los sujetos presentaban casi «sin excepción una carencia total de disciplina e higiene» 6. Según otro informe, éste del consejero médico Alois Bischoff, quien en 1940 dirigió un cierto tiempo el sanatorio de Weissenau, al cual fueron trasladados 75 pacientes de los llegados a Schussenried (la distancia entre ambos centros es de unos 30 kilómetros), la totalidad de estos 75 enfermos se encontraba en mal estado de salud 7. A todo ello se sumó que el entendimiento con los enfermos resultó complicado, pues no todos los pacientes surtiroleses dominaban la lengua alemana. Además las historias clínicas, así como sus extractos, llegaron exclusivamente en lengua italiana. Debido a lo cual, relata Stegmann, las semanas siguientes hubieron de emplearse principalmente en traducirlas al alemán con ayuda de un paciente que hablaba ambos idiomas 8. Todo parece indicar que lo más importante para ambas partes era que el traslado de los pacientes, completado también desde el punto de vista administrativo con la expedición del certificado de expatriación, se hubiese llevado a cabo, y no tanto la suerte de los afectados. Esta percepción parece confirmarse por el hecho de que, acabado el transporte, se organizase un viaje turístico a Stuttgart y Múnich para el personal médico acompañante, como colofón a esta cooperación germano-italiana. Consecuentemente, en su informe final sobre esta acción, Stegmann destacó especialmente que el personal italiano había sido extremadamente solícito y que había dejado «grandes cantidades de frutos meridionales, chocolate y otros comestibles para su posterior utilización». Asimismo, los colegas italianos habrían expresado «su reconocimiento expreso por la calidad del centro y su limpieza» 9. Una impresión totalmente distinta de la situación y del lugar tuvo sin embargo la doctora Helene Volk, quien trabajó a finales de la década de 1930 como médica voluntaria en Zwiefalten, y que en verano de 1940 hizo una visita casual a su anterior lugar de trabajo. En su declaración en el «Proceso Grafeneck» (Kinzig y Stöckle, 2011; y también Müller; Kinzig y Stöckle, 2010), en donde los responsables de la Aktion T4 rindieron cuentas en cierta medida acabada la guerra, hizo constar en acta lo siguiente: «El largo pasillo del otrora monasterio estaba repleto de pacientes. Yacían en el suelo, en sillas, en sacos de paja, sobre las mesas, totalmente revueltos, mayores y jóvenes, personas informes, deformes, totalmente rapadas, a las que se les había escrito con tinta azul un número en la frente y en el antebrazo. También las salas de enfermos estaban repletas de estos desgraciados 'números'. [...] Nunca me he vuelto a enfrentar con una acumulación tal de miseria humana» 10. A diferencia de los responsables de Zwiefalten, la dirección del sanatorio vecino de Schussenried no se mostró tan satisfecha con el desarrollo de la reubicación. En una carta del 5 de noviembre de 1940 dirigida al Ministerio del Interior de Württemberg se lamentaba «que los enfermos incapacitados para caminar debieron ser transportados uno a uno durante un buen trecho hasta llegar a los distintos departamentos, a la vez que la oscuridad total y la lluvia persistente dificultaron sumamente el trabajo». El personal acompañante italiano no aportó ayuda alguna, pues se mostró «reiteradamente pasivo» 11. Además, los pacientes habían «llegado en un estado de gran abandono, sucios y llenos de piojos, tanto de la cabeza como del cuerpo». También provocaron disgusto los pacientes calificados como «enfermizos», ya que eran muy «exigentes con los cuidados» y reclamaban «a menudo medicamentos innecesarios, sobre todo tranquilizantes». Los enfermos habrían rechazado colaborar en los trabajos del centro alegando que «no estaban obligados a ello», aunque «algunos habrían estado ciertamente en condiciones de hacerlo». A los médicos nacionalsocialistas les pareció que «los pacientes estaban un poco mimados» 12. crónico», «esquizofrenia paranoide» y «lúes». Que a finales de julio de 1940 hubieran muerto ya 14 procedentes del Tirol del Sur lo explicaba por la elevada edad de los «pacientes enfermizos» así como por la extensión de la tuberculosis 15. Aunque no tanto como en Zwiefalten, en Schussenried y en Weissenau la tasa de mortalidad entre los pacientes surtiroleses fue también elevada 16. Esta alta mortalidad podría haberse debido a diferentes causas, no sólo al estado de salud de los pacientes, sino también a la progresiva necesidad, impuesta por la guerra, de dedicar dependencias del centro a otros fines, como fue el caso del hospital militar dispuesto en Weissenau con aproximadamente 300 camas. Weissenau se convirtió además durante la guerra en lugar de alojamiento para los trabajadores forzados en la industria de la cercana Friedrichshafen, capital para la guerra. Todo ello motivó que los pacientes psiquiátricos quedaran cada vez más hacinados en el reducido espacio restante del centro (Kretschmer, 1983). Es de suponer que contribuyera también a la elevada mortalidad el deficiente suministro de medicamentos y alimentos, el cual -como puso de manifiesto para los centros de Baden Heinz Faulstich, fallecido en 2014 (Faulstich, 1998, pp. 301-305 y 351-355)-no sólo fue consecuencia de la escasez general debida a la guerra, sino que respondió también a objetivos de corte utilitarista social (Süß, 2003). El traslado de surtiroleses con enfermedades psíquicas y discapacidades mentales desde Hall, en el Tirol austríaco, hasta Schussenried se produjo, por otro lado, en circunstancias distintas a las del traslado de los pacientes de Pergine. A Schussenried llegaron mayoritariamente sujetos que vivían con sus familiares, cuyas enfermedades no se hicieron constar en expedientes ni se consideró que precisaran terapia hasta que la reubicación ya estaba en curso, momento en el que se procedió a su psiquiatrización. Algunos pocos habían estado ya ingresados ciertamente de forma breve en algún sanatorio, pero después habían sido enviados a casa. «EUTANASIA» CENTRALIZADA O DESCENTRALIZADA. EL DESTINO DE LOS PACIENTES ITALIANOS EN ALEMANIA Hasta donde hoy sabemos, los casi 500 surtiroleses trasladados a Zwiefalten, Schussenried y Weissenau no fueron víctimas de la denominada eutanasia centralizada, es decir, de la Aktion T4. En Schussenried esta circunstancia se debió tan sólo a que el último transporte de la Aktion T4 a Grafeneck se realizó el 1 de noviembre de 1940, el mismo día en que los surtiroleses llegaron allí. Pero tampoco los tiroleses del sur alojados en Zwiefalten -llegados el mismo año en que desde este centro se deportaron cientos de pacientes al centro de exterminio de Grafeneck-fueron incluidos, como habría cabido en principio esperar, en la Aktion T4. A pesar de su exclusión de la Aktion T4, los pacientes psiquiátricos surtiroleses no dejaron de tener una tasa de mortalidad llamativamente elevada durante el periodo bélico. En mayo de 1945 habían fallecido aproximadamente la mitad de las 299 personas trasladadas de Pergine a Zwiefalten. Esta altísima mortalidad afectó también a los pacientes «alemanes» allí residentes. ¿Por qué la mortalidad en Zwiefalten fue claramente superior a la de los centros similares de Württemberg, como Schussenried y Weissenau? Esto se debió presumiblemente a la administración intencionada de dosis excesivas de tranquilizantes (Rüdenburg, 1996, pp. 44-46) 17, proceder que, dependiendo de la forma de aplicación, puede inducir la muerte de forma lenta o rápida. Esta suposición, basada en las actuaciones de determinadas personas con responsabilidad médica, como las de la directora del centro psiquiátrico de Zwiefalten, la doctora Martha Fauser, ha podido demostrarse en algunos casos, entre otros en uno de los procesos celebrados durante la posguerra en Tübingen en 1948/49. Un problema en este sentido para nuestro trabajo es que las anotaciones de las historias clínicas disponibles sobre pacientes procedentes del Tirol del Sur o de Italia casi nunca permiten distinguir entre causas reales y falseadas de la muerte de estos pacientes, algo que sí ha podido determinarse en las historias clínicas de algunos de los asesinados dentro de la eutanasia centralizada. De este modo, puede presuponerse que los tiroleses del sur fueron incluidos en la eutanasia con medicamentos o eutanasia descentralizada, pero sin embargo no es algo -más allá de lo que ocurriera con algunos pacientes determinados-que pueda probarse todavía como algo sistemático 18. Por el contrario, la malnutrición sí que fue un motivo muy evidente de ese aumento de la mortalidad. Según los registros, el peso de no pocos pacientes se redujo drásticamente desde su llegada, llegando incluso algunos a perder la mitad, hasta no sobrepasar los 32 o 33 kilos en el momento de su muerte (Kanis-Seyfried, 2014, p. Las noticias sobre las precarias condiciones de vida del centro llegaron también a Italia, como se deduce de una carta de octubre de 1940 en la que una madre solicita, muy preocupada, información sobre el estado de su hijo, «ya que [se decía que en Zwiefalten] se han producido varias defunciones» 19. Y llegados a este punto, quizás convenga ahondar en la discusión en torno a la existencia o no de la eutanasia descentralizada, es decir, la eutanasia practicada por el personal sanitario sin que fuese ordenada por los ministerios ni por la central berlinesa responsable de la Aktion T4, a través de los ejemplos de algunos pacientes. TRASLADADOS EN «CAMISA DE FUERZA LIGERA»: ALGUNOS CASOS DE LAS «OPCIONES» La historia clínica de Emilia V., en la que consta un sello con la mención «reubicada surtirolesa», se encontraba en el archivo del antiguo sanatorio de Schussenried, en Württemberg 20. La paciente pertenecía a los surtiroleses trasladados de Hall a Schussenried el 1 de noviembre de 1940. Pocos meses después de su llegada a Schussenried, el 21 de febrero de 1941, se le cumplimentó un formulario de registro en el programa de la T4 ( la "eutanasia centralizada"), que todavía se encuentra en la carpeta de su historia. Este hallazgo es esencial, ya que, por una parte, supone un indicio de la existencia de traslados previos a Grafeneck y, por otra, pone en entredicho las investigaciones de los años ochenta y noventa, en las que se negaba que los surtiroleses hubieran corrido peligro de ser víctimas de la eutanasia centralizada. En la historia clínica de Emilia V. consta que era sordomuda y que estaba diagnosticada de esquizofrenia 21. En la profesión de la paciente figura «empleada de hogar». Resulta obvio que Emilia V. había caído en el radio de acción de la Aktion T4, lo que la destinaba al asesinato en un centro de exterminio. Sin embargo, el centro de exterminio de Grafeneck ya había sido clausurado en ese momento. Aunque tras el cierre de Grafeneck continuaron produciéndose traslados también desde la región estudiada aquí hacia otros centros de exterminio, como por ejemplo de Weissenau a Hadamar, en Hesse, este no fue el caso de Emilia ni tampoco el de ningún otro de los pacientes de Schussenried. Emilia V. continuó en Schussenried. Sus familiares se informaban sobre su estado con regularidad y la doctora que la trataba les respondía. En uno de estos escritos, informaba que la paciente no entendía «nada de alemán», lo cual dificultaba el tratamiento y la vida en la Unidad. Todo esto, a su vez, hace sospechar de la supuesta «opción» voluntaria de la paciente por el Reich 22. En lo que respecta a su naturalización alemana, el que en 1941 fuera declarada médicamente como «incapacitada mental» pudo haber tenido consecuencias negativas. Aunque, por otro lado, en la correspondencia entre el jefe de la circunscripción territorial y el DUS del 20 de junio de 1941 aparece anotado: «No hay ningún motivo para no tratar [a la paciente] del mismo modo que al resto de surtiroleses» 23. Sea como fuere, la naturalización no se produjo. Sobre su evolución médica la historia clínica nos proporciona la siguiente información: la paciente cayó enferma de un «proceso pulmonar agudo». En «su estado de debilidad y desnutrición, si no se produce pronto un cambio, [cabría] contar con un rápido fallecimiento» 24. En esta carpeta apenas hay datos posteriores del tratamiento médico y de la evolución de la enfermedad. Finalmente, en un escrito del 29 de junio de 1943 dirigido al DUS, junto a la noticia y la fecha de su fallecimiento, se informa también de su entierro en Schussenried, previsto para el 2 de julio de 1943 a las 13:00 horas. La cita del sepelio se puso también en conocimiento del padre de la paciente 25. A la vista del apunte que consta en su expediente, similar al que se encuentra -prácticamente estandarizado-en varios expedientes de víctimas de la eutanasia descentralizada en Zwiefalten, así como ante la causa de la muerte, crece la sospecha de que nos encontramos también aquí ante una muerte inducida. En otras historias clínicas encontramos también indicios de estas muertes inducidas. Por ejemplo, el conductor de teleféricos Franz L., nacido en Bolzano, era -según la documentación conservada-un hombre gravemente enfermo que ya durante el transporte a Württemberg había estado sujeto con una «camisa de fuerza ligera». Murió pocos días después de su llegada a Zwiefalten. Su familia, que había ejercido en su nombre el derecho de «opción», decidió volver a Italia en 1952. Otra paciente, Katharina K., nacida en la Val Pusteria, fue calificada en su historia clínica de peligrosa, y estuvo atada durante la totalidad del viaje en tren a Alemania. Falleció en junio de 1940, también poco tiempo después de su llegada. La autopsia menciona una embolia de las arterias pulmonares. En agosto de ese mismo año todavía llegaron cartas cariñosas de su madre a Zwiefalten. A Maria C., de la provincia de Belluno, se la describe en la historia clínica italiana de Pergine como «tranquila, hábil [...] maleable» y «no peligrosa». Pero, según la historia clínica de Zwiefalten, habría sido todo lo contrario, a saber: «muy ruidosa» y «agresiva». Padecía epilepsia y murió en junio de 1940 por una insuficiencia cardiaca y cardiovascular. En septiembre de ese año sus familiares, que también habían «optado» por Alemania, contaban con que Maria C. todavía vivía, como muestra la misiva que enviaron entonces tras instalarse en su nueva patria. La médica encargada les transmitió en su respuesta el fallecimiento de la paciente. Los informes de Zwiefalten también recogen algún caso de suicidio entre los pacientes: «Un enfermo que había llegado aquí el 26 de mayo de 1940 procedente del Tirol del Sur (esquizofrenia) fue encontrado ahorcado a las 4 de la mañana en su dormitorio, que compartía con otros 5 enfermos. Se había colgado de un tubo de conducción de vapor con una tira de tela arrancada de una sábana. Los intentos por reanimarlo fueron infructuosos. El cadáver fue levantado al día siguiente por el tribunal. No hubo constancia de ningún comportamiento punible por parte del personal sanitario, toda vez que el personal no conocía que el enfermo tenía «tendencias suicidas» 26. El informe médico anual del centro de Zwiefalten informa objetiva y sobriamente del suicidio de este paciente. Pero nada se dice sobre la identidad de este hombre suicidado justo cuando acababa de retornar al Reich, supuestamente «a su casa». UN CAMINO DE VUELTA: LA HISTORIA DE LA POSGUERRA La salida de los surtiroleses de los psiquiátricos de Württemberg fue algo complicado. En enero de 1941, cuatro pacientes psiquiátricos surtiroleses, por deseos de sus familiares, fueron trasladados de vuelta de Württemberg a Pergine por orden del DUS. Pero dicho traslado fue excepcional. Sabemos que sólo 38 pacientes surtiroleses del conjunto de los tres centros de Württemberg fueron egresados antes de 1945 y enviados con sus familiares asentados en el Reich 27. Ya acabada la guerra, otra paciente, Hilde P., consiguió también salir de Zwiefalten, aunque no sin dificultades 28. Nacida en 1915, esta mujer soltera trabajaba como «muchacha doméstica». Llegó a Zwiefalten con una esquizofrenia en un estadio avanzado. A partir de 1947, con la mejora de su estado, pidió repetidamente ser dada de alta. Al realizarse, en 1948, un recuento de los surtiroleses susceptibles para un posible retorno, se manifestó a favor de permanecer en Alemania. Pero un año más tarde cambió de opinión y contactó con su hermano y con una tía para volver a su patria. Ambos le dieron una respuesta negativa. El hermano escribió a la dirección del centro: «No conozco otro lugar en el que estuviera mejor atendida que con ustedes». Finalmente, Hilde P. respondió a una oferta de trabajo publicada en la prensa como «sirvienta o ayudante de cocina» en la Clínica Neurológica Universitaria de Tübingen. Al no ser aceptada, solicitó, esta vez con éxito, un puesto de trabajo en la casa de un panadero con tres niños en Cannstatt. El 6 de agosto de 1949 llegó una carta a la dirección de la clínica comunicando que Hilde P. había aparecido sorprendentemente en casa de su tía en Innsbruck. El 7 de octubre de 1949 Hilde P. se disculpó por escrito con su antigua empleadora por haberse marchado sin permiso: «Deseaba a toda costa recuperar totalmente mi libertad», dijo justificando su huida. Hasta 1945 sólo abandonaron Zwiefalten 16 pacientes en total; la mayor parte de ellos fueron recogidos por sus familiares o egresados a consecuencia de su insistencia. Cuando a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta se abrió por razones políticas la posibilidad de repatriar a los pacientes procedentes de Italia, los internados en los psiquiátricos de Württemberg no pudieron acogerse a ella. Según el contrato de «opción» ya no eran ciudadanos italianos y, como tampoco habían obtenido la ciudadanía alemana, fueron tratados como apátridas y quedó vetado su regreso (Kanis-Seyfried, 2014, p. Sólo a partir de 1982 pudieron ser devueltos a sus familias ocho pacientes y otros dos obtuvieron un permiso de estancia permanente en residencias de ancianos del Tirol del Sur. Esta modesta repatriación se debió a un original proyecto de finales del verano de 1974 en el psiquiátrico de Schussenried. Para hacer posible que los 37 surtiroleses todavía supervivientes hiciesen al menos una visita a su patria, se les ofreció la posibilidad de realizar un viaje vacacional de varios días, asistidos por personal sanitario y por un médico, al Tirol del Sur. Como la mayoría, de edad avanzada, no tenían ya ningún contacto familiar, se intentó previamente por el centro localizar posibles familiares. Estos viajes tuvieron una excelente acogida hasta que fueron suspendidos en 1988 por la avanzada edad de los surtiroleses supervivientes, ya que en repetidas ocasiones se consiguió contactar con familiares y hacer posible un reencuentro 29. Josef D. fue el último paciente surtirolés en regresar a casa en el año 2002. Cuando murió, en septiembre de 1998, fue inhumado en Zwiefalten. Su deseo de recibir sepultura en Sankt Ulrich, su lugar natal en Val Gardena, fracasó en un principio por trabas burocráticas, pero finalmente fue enterrado allí cuatro años después (Müller y Kanis-Seyfried, 2013, pp. 37-43; Kanis-Seyfried, 2014, p. EL CAMBIO DE FUNCIÓN DE LOS ESPACIOS PSIQUIÁ-TRICOS: REFLEXIÓN Y BALANCE Los relatos aquí presentados ofrecen una imagen muy dispar de las funciones de las instituciones psiquiátricas. El psiquiátrico de Zwiefalten sirvió desde 1940 como centro de paso para pacientes posteriormente asesinados en Grafeneck dentro de la eutanasia centralizada. Zwiefalten tuvo también casos de eutanasia descentralizada confirmados por sentencia judicial, entre ellos los efectuados bajo la responsabilidad de la doctora Martha Fauser, posteriores a la finalización allí de la eutanasia centralizada. Se calcula que en esta institución perdieron la vida más de 1.000 pacientes por estos procedimientos atentatorios de la dignidad humana. Tras el final de la guerra, las dependencias de Zwiefalten sirvieron de clínica de restablecimiento para niños, tanto de la propia ciudad como reubicados. El sanatorio de Weissenau vio transformados en hospital militar una importante parte de sus edificios debido a los planes de guerra. Igual sucedió con el psiquiátrico de Reichenau, situado al suroeste de Weissenau, junto a Constanza. Parte de los edificios de Weissenau sirvieron también para alojar a los extranjeros forzados a trabajar en industria armamentística de la vecina Friedrichshafen. Weissenau alojó también a los enfermos psíquicos que había entre ellos. De estas dos instituciones, Weissenau y Reichenau, unas 700 personas de cada una fueron deportadas a Grafeneck y asesinadas allí. El centro de Schussenried no se vio afectado por las planificaciones militares. La tasa de mortalidad fue elevada también en esta institución después del fin de la eutanasia centralizada, si bien nunca alcanzó los niveles de Zwiefalten. La lista de estos cambios forzosos en la finalidad de los centros podría seguir ampliándose, pero en esta contribución nos limitaremos a mencionar otros dos casos especialmente interesantes y estrechamente vinculados al tratado de «opción» suscrito entre Alemania e Italia 30. El primero corresponde al sanatorio de Illenau, en Baden, junto a Achern, en donde, según parece, ya en 1939 su director médico, Hans Römer, recibió la orden de desalojo y del consiguiente traslado de pacientes. No está claro en qué medida los promotores de la orden tenían constancia de la campaña occidental (el ataque a Francia) planeada por la Wehrmacht. Römer parece que no dio el consentimiento para el desmantelamiento de su hospital (de hecho planeaba la creación de una «Clínica Neurológica de Baden Central» de mayores dimensiones), ni tampoco para el traslado de pacientes, hasta la primavera de 1940. Römer intentó así, presumiblemente, retrasar dicho proceso. Sin embargo, hoy sabemos que las primeras 75 personas deportadas desde Illenau el 18 de junio de 1940 encontraron la muerte en Grafeneck dentro de la eutanasia centralizada. Por iniciativa de Römer, parte de los pacientes de Illenau fueron dados de alta y parte trasladados al centro de Emmendingen. Pero las restantes personas encontraron la muerte en Grafeneck. El centro existió como sanatorio psiquiátrico sólo hasta el 19 de diciembre de 1940. A partir de 1941, y de forma similar a lo que ocurrió con Reichenau, Illenau fue reconvertido en un Centro de Educación Político Nacional (Nationalpolitische Erziehungsanstalt) o, en sus siglas oficiales, NPEA, si bien coloquialmente se usó más la abreviatura NAPOLA, por Nationalpolitische Lehranstalt, (es decir, Centro de Enseñanza Político Nacional). Concebidas en un primer momento como escuelas para la formación de élites nacionalsocialistas, estas instituciones estuvieron sometidas desde 1936 a las SS. Hasta el final de la guerra se fundaron 43 NAPOLAs en el Reich, tres de ellas femeninas. Otra función que se dio a las edificios de Illenau -y la de más interés aquí-fue la de Escuela del Reich para Alemanes Étnicos (Reichschule für Volksdeutsche). Aquí vivieron durante más de cuatro años entre cuatrocientas y quinientas chicas surtirolesas llegadas a Baden por el Acuerdo para la Opción. Como en la Italia fascista la enseñanza en lengua alemana estaba prohibida bajo multas severas, para aprender a escribir correctamente en su lengua materna alemana estas muchachas tuvieron que asistir a escuelas muy apartadas de sus domicilios familiares 31. La nueva función asignada a Illenau como Centro de Enseñanza Político Nacional inicialmente sólo femenino fue modificada en 1943/44. Desde entonces, se llevó a cabo allí también para muchachos la formación ideológica y la «germanización» cultural. Posiblemente esto se debió el desmantelamiento del centro alsaciano de Rufach, en el que previamente habían sido acuartelados entre 600 y 650 varones menores de edad procedentes del Tirol del Sur cuyos padres habían votado a favor del Reich. En Rufach, al sur de Colmar, la Wehrmacht había expulsado, tras la ocupación de estos territorios franceses, a los pacientes del sanatorio, así como a sus médicos y demás personal sanitario, al menos a los que no habían huido al interior de Francia nada más empezar las hostilidades. A continuación se había establecido allí una NAPOLA para muchachos alemanes étnicos, así como una escuela con enseñanza primaria, media y superior. Los chicos alojados primero en Rufach y las chicas acomodadas en Illenau sumaron un total de más de mil menores cuya inmigración a Baden y a la Alsacia ocupada desde Tirol del Sur fue voluntaria. Las personas oriundas del Tirol del Sur y de los territorios colindantes habían recibido la promesa de que podrían asentarse o bien en el denominado Altreich (Antiguo Reich) o bien en los territorios rápidamente conquistados, y que allí encontrarían una nueva patria y un pasaporte alemán en vez de italiano. Estas oleadas de inmigración en consonancia con la denominada biopolítica del nacionalsocialismo deben ser claramente diferenciadas, por el hecho de que fueron voluntarias (es decir, deseadas por los sujetos), del traslado arriba descrito de personas enfermas y ancianas desde Italia hacia Württemberg. La reubicación de la población sana del Tirol del Sur en Baden y en Alsacia correspondió a una acogida política bajo el lema, entonces muy extendido y que suscitaba simpa-NOTAS tía, de «Heim ins Reich!» (algo así como «¡De vuelta a casa, de vuelta al Reich!»). Los traslados que afectaron a las personas enfermas sucedieron, como se ha descrito, contra la voluntad de parte de los transferidos, y a veces incluso sin el conocimiento de sus familiares. Algunas de estas personas eran solamente ancianos sin contacto previo alguno con la terapia psiquiátrica. Es decir, que habían sido «psiquiatrizadas» a mala fe (para favorecer su traslado) por personal médico italiano 32. En el Reich alemán, y a diferencia de los surtiroleses sanos y aptos para el trabajo, estos no fueron naturalizados. A partir de este hecho puede deducirse el escaso «valor vital» (Lebenswert) que los responsables nacionalsocialistas atribuyeron a estas personas. Sobre los pacientes de instituciones psiquiátricas del Tirol del Sur, pueden consultarse entre otros: Pantozzi, 1989; Hinterhuber, 1995; y May, 1996. Hay que mencionar aquí las investigaciones en curso de la Universidad de Innsbruck, del Südtiroler Landesarchiv y del Hospital Psiquiátrico de Hall i. T. Durante unas obras se halló en el terreno del actual hospital una fosa común. La identificación de los cuerpos allí enterrados ha sido en un primer momento dudosa.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS La tristeza es un estado normal y frecuente en todos los seres humanos, incluso también en animales. Tristeza que alterna con alegrías, siendo formas de sentir y actuar ante el exterior, motivadas por causas internas (alma y cuerpo) y del medio en que nos movemos, físico, biológico o social. Es además un sistema de adaptación -respuesta y actuación-ante lo que nos rodea. La moda actual neorromántica que se preocupa por las emociones, se ha interesado mucho por estos sentimientos, desde puntos de vista científicos, humanistas, culturales... Pero la melancolía se ha convertido -como en la obsesión continua de Robert Burton-en un prisma que nos permite ver y colorear muy diversos campos culturales, filosofía, historia, antropología, psicología, etc. También en el pretérito la teología y sus vertientes filosóficas. Es tema común en religión, por el dolor y el pecado, muchas veces ocasionados por el atrevimiento del ser humano de acceder al conocimiento, tal como señala el Eclesiastés. Prometeo sigue estando encadenado. Pero sin duda, el uso de la reflexión melancólica en la esfera cultural suponía un esfuerzo por la modernización y la secularización del saber. Si como señala Mauricio Jalón en el mundo tardorenacentista están presentes el concilio de Trento y la Inquisición, las guerras, las enfermedades, las crisis y las migraciones, también está Erasmo y la interpretación moderna de los clásicos y en El elogio de la locura, la broma y las insanias como facilitadoras de la comunicación. También la vía paulina y agustiniana de llegar a la divinidad y el poder a través de la emoción y el sentimiento. Estos tres autores ahora traducidos y recopilados, sabían de medicina, también del mun-do y el alma, la cosmología, las ciencias naturales, la dietética y la moral. Si la física antigua podía pensarse armónica con la moral, la historia natural con el buen comportamiento personal, se vivía ahora en la moderna Europa las roturas de naciones y de religiones, también de los saberes. Así se muestra en los textos, notas y biografías de esta muy cuidada edición, como siempre, de Mauricio Jalón. En esa modernidad entraban nuevas formas de escritura, si bien algunas eran reelaboraciones de estilos clásicos. Y se producía el paso del latín a las lenguas modernas. Señala Jalón los diálogos, las cartas, la autobiografía (relacionada con la picaresca entre nosotros), el ensayo, los compendios, etc. También están los extremos, los no lugares (las Utopías de Moro a Lando), y las cuidadas relaciones, como las que estudiaron Raquel Álvarez y Francisco Solano para América. A las certezas en la teología, suceden las dudas en el pensamiento, la filosofía, la ciencia y la medicina. Esos nuevos estilos permiten terminar con la globalidad heredada, en beneficio del individuo, de lo particular, y con ello el surgir de las emociones, los sentimientos, las dudas y las equivocaciones, los miedos y las alegrías. Tenemos así las paradojas de Ortensio Lando, en que se mezclan la ironía, la irrisión, la parodia, alternando los estilos elevado y llano. Es este un truco que empleará con cuidado Cervantes con Alonso y Sancho, como ha mostrado Juan Gutiérrez Cuadrado. También es frecuente el uso de animales dotados de cualidades buenas y malas para enseñanza de los humanos, antigua y valiosa tradición. Abundan en su texto los variados sentidos, la reinterpretación de los clásicos, la inversión del parecer común, en fin las paradojas. No solo está presente Erasmo, también Cicerón, o bien Petrarca. El escritor y su obra cambian en relación con el mundo, así la ética tanto como las creencias. En su paradoja inicial, pelea entre pobreza y fortuna, nos dice que los virtuosos son pobres. Anacreonte renunció a la riqueza, prefirió vivir en la naturaleza. También en la pobreza se han fundado la iglesia, las ciudades y las artes, el imperio romano. No tiene miedo a la muerte el pobre, pues en la penuria nada hay que perder, y se consigue amistad, amor, sabiduría, humildad, castidad...; no permite la pereza, la prodigalidad ni la lujuria, la envidia, el orgullo ni el engaño, ni el mal de gota, pues poco se come. No hay que desear ni oro ni dinero, tampoco según Séneca la plata. Si se consiguen caballos son malos; las piedras preciosas gustan a los ricos y comerciantes malos, cambia su valor y su estima, el carbunclo del rey Juan no evitó su prisión y muerte (tampoco a Cardano sus tretas para escapar de los hados); las telas y los tapices son destrozados por animales o robados. Los vinos son considerados por Platón engañoso regalo de los dioses para vengarse de los hombres, pues estando ebrios son criminales. Sin duda el fruto de la uva tiene que ver con el humor melancólico. Fue un gran pecado en Alejandro, estaba mal considerado en pueblos fuertes, en los cartagineses y los espartanos. Al parecer, los romanos prohibían la bebida a las mujeres dignas, era muy mal considerada 1. Los animales preciados atraen a lobos, zorros y rapaces, o también robos. Las tórtolas facilitan la concupiscencia 2 y tienen mal canto, asimismo son molestos los pavos y palomas. Recordemos a palomas y tórtolas en las tradiciones clásica, hebrea y árabe. La música puede aliviar la aflicción y el agotamiento (como Mercado mostrará), pero según Atanasio (autor recomendado por san Jerónimo) debilita los ánimos, y procura placeres vanos, la lascivia en primer término. Cita variados testimonios, desde los egipcios, hasta Aristóteles y Aurelio Agustín, también las críticas de Filipo contra Alejandro. La caza es crueldad, un ejercicio de desesperados, frenéticos y locos. Era practicada por Caín y no por los santos o patriarcas, algún viejo concilio sin éxito la prohíbe a los sacerdotes. Acteón es convertido en ciervo, los maridos lo son en cornudos, afirma aunando clasicismo y comedia de costumbres, estilo alto y bajo bien diversos. Es el amor un veneno mortal, un verdugo por los celos que origina: "nos hace ausentarnos cuando estamos presentes, y estar ausentes cuando estamos presentes". (p. 26) Recurre a relatos bíblicos o clásicos para lamentar los resultados del amor, que incluso llegan al bestialismo. Igual peligro encierran los plácidos jardines, que disponen al ocio y la lascivia. Las riquezas son rechazadas por los clásicos, Plinio, Zenón, Crates, Platón, Posidonio, el mismo Séneca una vez más. Recuerda a Jesús y su ejemplo de la soga de nave que no pasa por el ojo de una aguja, como tampoco los ricos por la puerta celeste. Sin embargo, en la Ilustración Nipho reprenderá a Crates, por el desvarío de arrojar al mar su rico patrimonio 3. En fin, el astuto Júpiter en oro se convirtió para poseer a Dánae. Girolamo Cardano es un personaje con gran atractivo, bien conocido por Mauricio Jalón. Un espíritu libre, que combina el estudio de la medicina y las matemáticas, con un exhibicionismo soberbio de la esfera privada. Dotado de gran escepticismo, cultivó la crítica, la libertad de pensamiento, admitiendo visiones neoplatónicas y pitagóricas. El Yo siempre presente en Mi Vida, muestra constantemente sus escrúpulos y aprensiones, las discordancias entre cabeza y corazón. Recuerda en cierto sentido al matemático y astrólogo Torres Villaroel, quien también pretendía prodigios. No es extraño que Lombroso lo incluyera entre sus genios enfermos 4. En su diálogo con el progenitor muerto no teme castigos por delitos no cometidos, ni al poder, ni a los enemigos, pero sí la incomprensión ante el fantasma del padre, el desvarío de su razón. En ese diálogo nos dice que se encuentra solo, con prohibición de cargos y de trabajo, incluso de publicar, está con mala salud, pobre y abandonado, va a Roma perseguido por demonios. Su padre, su mejor amigo, le explica la dificultad del conocimiento, y tranquiliza al hijo ante presagios o avisos, sus enigmáticos sueños. Cardano se lamenta: "nunca he podido descubrir una causa verosímil de aquellos prodigios ni nunca ha habido nadie capaz de interpretármelos". (p. 117) Llega el consuelo del padre, nada hay estable, seguro, permanente, que no consuma el tiempo, ni las riquezas, se dice en crítica semejante a Lando. Llegan la vejez, las guerras y muerte (sic transit gloria mundi). Ha vivido mucho, prosigue el padre, los sabios viven menos, al fin se llega a la vejez y la miseria. Muchos reyes, muchos hombres y mujeres ha habido desgraciados; los seres humanos no son buenos, solo es posible la bondad por la divina gracia. Tal como señalan los cirenaicos se siente el placer en el cuerpo y la aflicción en el alma. Recuerda el padre cuantas cosas buenas tiene conseguidas, la sabiduría, el amor y la piedad, el patrimonio (ha de procurar que sus hijos sepan ganarlo), los cargos (que suponen fama y ganancia) y los libros (una vez más la gloria). "Lo pasado está en lugar seguro, lo que se espera en desesperanza ni existe ni puede existir". (p. 120) Desvía y alivia la interpretación de las señales y sueños de prisión, suicidio, muerte, o juicio amenazantes, siempre está el consuelo en el pasado y en los libros. Como Hamlet -también buen lector y estudioso-es tranquilizado, pero con recomendaciones bien distintas. Así se dirigió su vida hacia la interpretación de los sueños, buscando mediadores, con preocupación por conseguir dinero, educar -y salvar-a sus descendientes, mejorar sus obras. Siempre preocupado por la protección de su salud y vida, fue esta sin embargo cruel, por las muertes de la mujer y el hijo, la persecución de la inquisición, la prohibición de escribir o ejercer. Si Felice Gambin señala en Furió Ceriol la condena del melancólico, que por su posible cercanía con el diablo, es apartado como si fuese un apestado, es muy diferente la posición de Pedro de Mercado 5. Es muy moderno, pues busca la razón de la melancolía en el pensamiento (y su fracaso como razón), en la facultad imaginativa y también en el sentimiento de culpa. Sigue a Aristóteles encontrando en los melancólicos hombres agudos, capaces de esmerarse en una tarea, sirviendo de forma adecuada y honesta, por tanto en la política, o bien siendo artistas, filósofos o escritores. Ante el dolor, hay consuelo y hay sabiduría que pueden aliviar. Con Aristóteles acerca la tristeza a la embriaguez, con Marsilio Ficino nos habla de astros que nos influyen. Pero también nos habla el médico recordando los dos remedios principales de los hipocráticos, es decir el régimen o dieta y las drogas o medicamentos. Y no menos el remedio del alma, pues siglos después Philippe Pinel nos dirá que siglos antes los egipcios trataban los trastornos de la mente en lugares apacibles, con bellas visiones y músicas encantadoras. Y como Pedro Laín señala en los griegos clásicos y Vicente Peset en el divino Valles, siempre está la palabra, pues conversaciones y libros sabios y piadosos pueden colaborar en la curación. El clínico Pinel hará leer a sus enfermos a los estoicos, al menos a los distinguidos. Sin duda, si los prados pastoriles se mantienen, como remedio hipocrático en la naturaleza, también aparece el raciocinio con el alma, el de esos filósofos griegos de los que Laín hablaba. Pero el médico sigue viendo los delirios que venían de lejos, creerse cosas o personas distintas, o bien persecuciones por el demonio. Felice Gambin en su magnífico libro mostró el diálogo entre la religión y los saberes médicos que se encuentra en los Diálogos de Mercado, sin duda queriendo fortalecer la medicina. De todas formas, las tradiciones de la iglesia continúan, la confesión dará lugar al análisis del alma según Michel Foucault, y Teresa de Ávila sigue escuchando a sus monjas, hablando y escribiendo en contra del maligno. El humanista habla entre el alma y la naturaleza, la divinidad y el ángel perdido 6. Los conflictos del mundo moderno estaban servidos. Instituto de Historia, CSIC
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Fruto de un audaz trabajo interdisciplinar -su autor es un hispanista de reconocida trayectoria-, La musa refractada constituye una de las aportaciones a la historia de la ciencia moderna española más sugerentes entre las publicadas en el año 2015. Centrado en el terreno de la cultura literaria, el libro explora el impacto que tuvieron en la España del Seiscientos algunas novedades provenientes del ámbito científico, novedades asociadas principalmente con la obra de Galileo Galilei. El motivo central del libro es el telescopio, el "anteojo de mejor vista", que en manos de García Santo-Tomás se convierte en un eficaz recurso para analizar cómo los autores españoles del siglo XVII se hicieron eco de tales descubrimientos, apropiándoselos y dando cuenta de ellos en sus textos. El libro, acertadamente, presta especial atención a la sátira, pues a través de ella se capta el interés y los recelos de los escritores (y sus lectores) con respecto a la dialéctica entre lo nuevo y lo viejo suscitada por estos nuevos hallazgos. El repertorio de casos que ofrece el libro es muy rico, comenzando por el topos literario de los occhiali politici o "anteojos políticos", testimonio de la influencia en España de obras italianas como La piazza universale di tutte le professioni del mondo (1585), de Tomaso Garzoni, o Ragguagli di Parnaso (1612) de Trajano Boccalini. Se incluye también un buen número de ejemplos de lo que el autor denomina "una suerte de 'ciencia ficción' en las letras áureas" (p. 216), esto es, relatos sobre encuentros, viajes o sueños imaginarios, como el protagonizado por los personajes de El diablo cojuelo (1641) de Luis Vélez de Guevara, una de las obras a las que más atención se depara en el libro. Asimismo se detalla la creciente preocupación por la visión y lo visual en ámbitos como el teatro, un cambio propiciado, en gran medida, por los avances en técnicas escenográficas, cada vez más propensas a incorporar los juegos visuales y el ilusionismo. En todos estos casos el motivo del anteojo da pie a reflexiones sobre temas muy queridos por los autores del Barroco: la tensión entre apariencia y realidad, la (des)confianza en los sentidos, los trampantojos de variado signo. Es más, aparte de la referencia, explícita o velada, a temas científicos o autores concretos -el propio Galileo y sus disquisiciones sobre la superficie irregular de la luna o las manchas solares-el denominador común en estas historias es la relevancia que adquiere la mirada de los protagonistas y los instrumentos de que se sirven, empezando por el propio material, el cristal, pasando por la lente, hasta llegar al anteojo mismo, con frecuencia caracterizado como antojo, en un sutil juego de palabras, como muestra García Santo-Tomás. Todo ello inserto en un contexto marcadamente urbano, pues es en la ciudad donde la crítica mordaz de la sátira que impregna estos textos desplegará todo su poderío. Desde el punto de vista metodológico, La musa refractada supone una apuesta decidida por el enfoque interdisciplinar que en los últimos años ha marcado la historia de la ciencia moderna, con resultados, creemos, muy reseñables. Su premisa principal -fundamento, también, de otros trabajos que recientemente se han dedicado a explorar la relación entre ciencia moderna y cultura del Barroco-es el reconocimiento de que las culturas literaria y científica del Seiscientos, al igual que la cultura artística o la religiosa, por mencionar otras, no constituyeron realidades aisladas e inconmensurables, sino más bien aspectos interco-nectados de un mismo elenco de ideales, teorías y prácticas. El resultado es un libro que busca, y consigue, llamar la atención sobre puntos que de alguna manera habían pasado desapercibidos bien desde la perspectiva de la crítica literaria o desde los estudios de ciencia. Así, uno de sus logros más destacables es haber recuperado para el lector un corpus significativo de textos donde, a través del motivo del anteojo, quedan patentes los diferentes modos en que los autores del Seiscientos español respondieron al fenómeno que supuso el desarrollo contemporáneo de disciplinas como la óptica o la astronomía: desde la apropiación del telescopio y su potencial simbólico en el discurso político, como en el caso de las Empresas políticas (1640) de Diego de Saavedra Fajardo, o el capítulo "Los holandeses en Chile" perteneciente a La Hora de todos (1650) de Francisco de Quevedo, al uso del anteojo como instrumento de despiadada diatriba social en obras de autores menos citados como Francisco Santos, Miguel Barrios o Andrés Dávila y Heredia, entre otros. En relación con esto, otro de los notables aciertos de La musa refractada es el modo en que nos recuerda la importancia de "saber leer entre líneas" (p. 191) a la hora de analizar la presencia, o la ausencia, en estos textos de referencias explícitas a temas que en la época habrían resultado controvertidos o directamente censurables. El libro supone, pues, una invitación a la re-lectura y a la re-visión de la producción literaria del Barroco desde una nueva clave, una clave atenta a la multiplicidad de registros que el análisis interdisciplinar de estas fuentes desvela. Como señalábamos antes, la nómina de autores, obras y personajes es muy generosa, e incluye casos tan interesantes como el del coleccionista madrileño Juan de Espina, que aquí es tratado como un ejemplo de virtuoso dedicado al cultivo del saber, y epítome, al mismo tiempo, de las complejas asociaciones que la figura del científico suscitó en la sociedad del siglo XVII. Abundan los detalles de fina y divertida erudición, como la referencia a Galileo en un poema del militar y diplomático Bernardino de Rebolledo y Villamizar recogida en su obra Ocios (1650), donde al tratar del movimiento de la Tierra se dice que [Galileo] "acabó de cenar o navegaba / cuando le pareció que se movía" (p. 279); o la alusión al más conocido juego de palabras de Sancho Panza -"puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo"-a partir de la expresión "cómputo de Ptolomeo" que emplea Don Quijote en el episodio del barco encantado, en la segunda parte de la novela (p. Por cierto que, a propósito de esto último, en este año de celebraciones cervantinas no parece estar de más recordar, como señala García Santo-Tomás, que "el alumbramiento del Sidereus Nuncius de Galileo coincide con la plena efervescencia de la musa cervantina, a medio camino entre la Primera y la Segunda parte del Quijote" (p. Para concluir, cabe señalar que el aparato bibliográfico que complementa al texto es, igualmente, una verdadera mina de referencias para adentrarse en el estudio de la presencia de algunos motivos científicos y tecnológicos en la literatura europea del siglo XVII. La musa refractada merece, pues, considerarse como un importante referente en el panorama actual de la historia de la ciencia moderna española, al tiempo que constituye una sugestiva invitación a repensar y ampliar los límites de este mismo campo de estudio.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS En lo que se refiere al desarrollo de la ciencia en España y su semblanza historiográfica, el siglo XVII nunca ha gozado de gran fortuna. A su descripción como un periodo de tránsito (las décadas que median entre los grandes proyectos científicos de Felipe II y el despertar de los Novatores), ha ido siempre unida cierta idea de que el Seiscientos español representa un mundo de saber en decadencia y que, por tanto, en él se encuentra el verdadero campo de batalla a la hora de juzgar el lugar la ciencia española a la historia de la modernidad. Cualquiera que esté familiarizado con la bibliografía sobre el tema conoce bien este discurso: a diferencia del siglo XVI, donde, por ejemplo, el comercio americano o el primer desarrollo de una ciencia imperial se han acomodado fácilmente a la imagen cambiante de la revolución científica -a su apertura hacia nuevos objetos, agentes y contextos-, el siglo XVII ha permanecido anclado a su imagen de declive, extrañamente incapaz de exorcizar sus propios mitos historiográficos o de formalizar una nueva mirada. Por supuesto, desde al menos los años noventa, generaciones de historiadores se han preguntado por los fundamentos de esta decadencia y por las herramientas necesarias para encararla de forma crítica. Pero ha sido sólo en los últimos años, con el deterioro de la revolución científica como marco interpretativo y la apertura definitiva de la historia de la ciencia a una historia cultural, que la vieja anti-modernidad enquistada de Seiscientos español ha cobrado un nuevo sentido: si el panorama que ofrece el mundo hispánico -nos plantean ahora ciertos investigadores-no se deja acomodar a nuestras representaciones del saber científico del momento, ¿puede ser que también ofrezca otras formas de revisar nuestros discursos? ¿Es posible elaborar una historia de la ciencia que no sólo no se deje arrastrar por el relato de la modernidad y su hacer genealógico -que no sólo no se estructure en torno a lo que la ciencia española aporta-sino que atienda, además, a las formas particulares de saber desarrolladas en la España de la época? ¿Pero de qué tipos de conocimiento estaríamos hablando, de qué exactamente sería historia esta historia de la ciencia? Arte y ciencia en el barroco español es la original respuesta de José Ramón Marcaida a estas preguntas. Basado en la tesis doctoral del autor, realizada en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, y ganador del IV Premio Internacional Alfonso E. Pérez Sánchez, el libro es un ambicioso proyecto que explora la relación entre coleccionismo, historia natural y producción artística en las primeras décadas del siglo XVII, aunque en realidad esto es sólo el trasfondo de una reflexión más amplia sobre la posibilidad de hablar de una "ciencia del barroco" y sobre los desafíos que supone constituirla en objeto de estudio. La premisa de la que el autor parte es sencilla: si aceptamos que todo saber científico participa de la cultura en la que se gesta, entonces es necesario admitir que algunas de las actitudes y modos de estudiar la naturaleza surgidos en la España de Felipe IV sólo cobran sentido, incluso sólo pueden reconocerse como tales, cuando se miran bajo el prisma cultural del Barroco. Este enfoque explica el interés del libro en revisar la relación entre arte y ciencia: la historia que aquí se cuenta no es exactamente la de cómo ciertas imágenes barrocas contribuyen a adquirir, producir o visualizar conocimiento; aunque este es uno de los elementos que interesan a Marcaida, el relato se centra más bien en el conjunto dispar de prácticas y hábitos de pensamiento, compartidos por artistas, patronos e intelectuales, sobre los que reposa el conocimiento del mundo natural. La diferencia es sutil pero importante. La ciencia del momento, nos dice Marcaida, se difumina bajo el umbral de nuestra mirada si no entendemos que conocer entrañaba un espectro amplísimo e inesperado de formas de hacer y formas de pensar, entre las que la producción y recepción de imágenes habría de ser central. Pinturas de gabinete, pájaros disecados, vanitas o colecciones semificticias se dan encuentro en las páginas del libro y contribuyen a hilar su argumento. Según Marcaida, es la actitud pesimista y escéptica hacia la realidad propia del Barroco hispano la que permite valorar de forma nueva el papel que el ilusionismo, la imitación o el coleccionismo pictórico van a adquirir en este momento en la comprensión de la naturaleza y, por tanto, en la producción de ciencia. Es posible que muchos lectores encuentren este enfoque doblemente anacrónico. Al fin y al cabo, ni ciencia ni barroco se usaban en la época con el sentido que el autor les da. Lo que le interesa a Marcaida, no obstante, es la "reorientación metodológica" que surge del encuentro crítico entre ciencia moderna y lo que él llama "cultura del barroco." Como para Ofer Gal y Raz Chen-Morris, 1 que también se han interesado por esta idea, para Marcaida, que el barroco (como invención historiográfica) nunca haya formado parte de la historia de la ciencia pone de relieve hasta qué punto hemos construido las realidades que cada uno de estos conceptos representa como opuestos incompatibles, el uno marcado por su apego a la razón y la sistematización, el otro entregado al exceso ilusionista y la extravagancia arbitraria. Dejando que uno y otro se iluminen mutuamente, su proyecto pretende invertir los términos de una historiografía que ha puesto un peso excesivo en la formación de grandes teorías y la acción coordinada de esfuerzos, para recuperar así "algo del carácter contingente, azaroso y circunstancial del gran proyecto de la ciencia moderna" (p. Esto no significa que este giro hacia el barroco aspire a una simple recontextualización o, aún peor, que sea una forma retórica de aludir a los cambios recientes en nuestros modos de entender el saber científico de los siglos XVI y XVII, cada vez más atentos a la dimensión material, visual y socio-cultural de la producción de conocimiento. El barroco, por el contrario, adquiere aquí una función táctica en el sentido que de Certeau diera a esta palabra. Marcaida bebe en este punto de un conjunto de ideas que han ido tomando cuerpo en los últimos años a la luz de una doble reflexión sobre el barroco. De un lado está aquella que rescata el valor que le dieran Benjamin y Deleuze como territorio en el que vislumbrar modernidades alternativas o modernidades a contrapelo. Del otro, está cierto interés por revisar las tesis de J. A. Maravall sobre el barroco como el marco que mejor define la cultura española del momento. En efecto, no es difícil encontrar afinidades entre Arte y ciencia en el barroco español y trabajos como los de Monika Kaup, Luis Vives-Ferrándiz o Fernando R. De la Flor. 2 En ellos, como en el más reciente y monumental Lexikon of the Hispanic Baroque, hay un intento deliberado por reinventar lo que podríamos llamar la irreverencia crítica del término, su capacidad, como dijera Roland Greene, para funcionar como un "antiprograma de resistencias". 3 Aun con distintos matices, todos estos autores parecen coincidir en que, en su adscripción al exceso, lo recargado y lo irracional -en definitiva, lo Otro-, el barroco permite reinscribir prácticas históricas, muchas veces olvidadas, en la riqueza (geográficamente) heterogénea de sus contextos, de Madrid a Goa y de México a Roma, formalizando una nueva mirada sobre una época marcada, por supuesto, por la contra-reforma, la génesis del absolutismo y la revolución científica, pero marcada también por la formación de imperios, la expansión de redes de comercio o el poder transformador de las periferias. En el caso de Marcaida, que sigue especialmente de cerca los planteamientos de Rodríguez de la Flor, esto se traduce en un barroco hispano enraizado en el problema de la distinción epistemológica entre apariencia y realidad, es decir, un barroco fundamentalmente caracterizado por su actitud escéptica hacia ciertas formas de racionalización. Desengaño, desilusión, "desautorización de lo real"; éstos son los mimbres que dan forma a la ciencia del barroco de la que habla el libro. En el primer capítulo, "Acumulación", Marcaida revisa y expande la famosa tesis de Jonathan Brown sobre el triunfo de la pintura, ofreciendo una nueva mirada sobre un fenómeno histórico bien conocido: el progresivo desplazamiento del coleccionismo de objetos raros y exóticos, propio de los gabinetes de curiosidades, por las colecciones de pintura. Donde Brown (y otros autores antes que él) habían reconocido el valor del gesto diplomático, así como la creación de un nuevo expertizaje que transforma el cuadro pintado en un objeto de interés político y representativo, Marcaida percibe la fuerza del co-leccionismo americanista. Ya a finales del siglo XVI, el interés europeo por lo exótico había hecho de la imagen un vehículo particularmente adecuado para la apropiación de realidades y objetos ausentes, y es en esta otra genealogía del triunfo de la pintura donde, según Marcaida, se articula mejor su devenir barroco. La creciente fascinación por lo pictórico -que no sólo diseña nuevas jerarquías estéticas, inventado su propio canon de antiguos maestros, sino que activamente promueve la inclusión de géneros como la naturaleza muerta-da lugar a un nuevo tipo de posesión de la naturaleza: la posesión de su "ficcionalización". En ella puede apreciarse una nueva actitud hacia el mundo natural en la que éste es definido abiertamente como mundo de apariencias, reavivando así la dimensión epistemológica del gusto por lo ficticio, en sintonía con su dimensión estética. Tanto el conjunto de pinturas que atesoraba Felipe IV en el cuarto bajo de verano como la enigmática colección de Juan de Espina muestran que lo que cuenta ahora no es tanto la capacidad de la imagen para actuar como substituto de objetos existentes pero inasibles, cuanto su disposición para proveer ilusiones coextensivas al carácter ficticio de la propia realidad. Obviamente, no es posible separar este interés por lo fingido e ilusorio de los modos de representación que lo alimentan, y es en el segundo capítulo donde se explora esta relación. Marcaida aborda aquí el carácter fundamentalmente mediatorio de las imágenes. Presta para ello especial atención a la Historia Naturae del jesuita Juan Eusebio Nieremberg, la obra que dio origen a la investigación de Arte y ciencia en el barroco español. Las escasas ilustraciones de este erudito tratado de historia natural dan cuenta de cómo la imagen científica se convierte progresivamente, no en un repositorio de experiencia o en un registro de la observación empírica, sino en un dispositivo de acumulación de información que la representación misma permite seleccionar, intercambiar o redefinir. Es el tipo de imagen perfecto para el tipo de naturaleza que muestra: en los años treinta del siglo XVII la naturaleza que estudia Nieremberg no es sólo una forma de teología encarnada, es también una masa inabarcable de elementos curiosos y significados ocultos cuyo conocimiento exige descifrar, ya sea emblemas, símbolos, simpatías o correspondencias. El argumento de Marcaida apunta a que esta forma de conocer es paradigmática de cierta hermenéutica barroca en la que lo que cuenta es la extracción de un significado situado detrás o más allá de lo visible. El libro se cierra con una reflexión en torno a la preservación que conecta el problema material de la transitoriedad -por ejemplo, en la conservación de especímenes-con su dimensión filosófica, tal como se articula en los cuadros de vanitas. La paradoja que interesa a Marcaida no es sólo la de unas imágenes que para hablar de la brevedad de la vida hacen permanentes las cosas que representan; es la de un discurso sobre la vanidad del saber que termina apoyándose en los propios resortes de la ciencia: la capacidad de la imagen para generar conocimiento. Marcaida salta de la fascinación europea por el ave del paraíso a la literatura sobre el buen morir con una agilidad admirable, poniendo de manifiesto uno de los principales aciertos del libro, a saber, su capacidad para conectar temas y objetos aparentemente ajenos y para moverse con soltura entre disciplinas. Es notable el esfuerzo del autor por dar coherencia a una variedad amplísima de materiales históricos, aunque también es cierto que, en ocasiones, la necesidad de construir esta coherencia como índice de un sesgo propiamente barroco hace que el libro peque de cierta homogeneización cultural. En Arte y ciencia en el barroco español hay una superposición casi perfecta entre modos de ver, modos de representar y modos de pensar que deja poco margen para la polémica, la duda o la resistencia, sobre todo por parte de los artistas (la única excepción son quizás las teorías sobre el arte naturalista de Carducho y Pacheco, aunque éstas no llegan a discutirse abiertamente desde este punto de vista). Gracias a los trabajos de Jeremy Robbins, entre otros, hoy sabemos que la "mentalidad epistemológica del barroco español" dista mucho de ser unívoca y que, de hecho, en cuanto parte de una historia más amplia del escepticismo, está plagada de conflictos internos y pugnas por la autoridad cuya implicación artística todavía está, en gran medida, por estudiar. 4 Esto, obviamente, no ensombrece el trabajo de Marcaida; más bien al contrario. Arte y ciencia en el barroco español es una obra de referencia para todo aquel interesado en la historia del conocimiento en la Edad Moderna. Como todo libro ambicioso, su valía está tanto en el terreno que cubre como en las vías que abre para seguir investigando.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Este promisorio texto ahonda en un tema aún poco explorado en el país, como es el análisis histórico de la interdependencia de la psicología respecto de saberes, supuestos y problemas de diversos órdenes. Al inicio de sus páginas nos encontramos con una sesuda Introducción (un verdadero capítulo más) donde se encuentra una pregunta clave y, a la vez, provocadora, que guiará directa o indirectamente, todo su desarrollo: ¿Cómo considerar el permanente movimiento de las fronteras de la psicología? Esta condición destaca cierta permeabilidad e inestabilidad disciplinar, y si bien la advertencia de los autores podría ser pensada como una preocupación, constituye, a nuestro juicio, un plusvalor epistémico de indudable valía, tanto en el marco específico de la psicología como en el de la historia y, en general, de la totalidad de las variantes a partir de las cuales se expresan las denominadas ciencias sociales. El trabajo propone ofrecer a los historiadores datos específicos respecto de la forma de producción de los saberes psicológicos, en qué puntos particulares las teorías científicas se alimentaron de conocimientos de otra índole y viceversa, así como los modos que les otorgaron legitimidad; llegando, en ocasiones, mucho más lejos. En efecto, sustentado en la historia intelectual -cuyo marco resulta un baluarte interpretativo de valiosos insumos-el libro nos induce a pensar, a formularnos, diversos interrogantes (no necesariamente todos respondidos en él), y oficia, por ello, como eficaz disparador de otras investigaciones o focalizaciones temáticas que resultarían con seguridad más arduas e imprecisas de no contar con esta excelente obra. Los estudios de recepción planteados conducen a precisar esas apropiaciones discursivas y científicas en un contexto dado, en el caso, la Argentina del siglo XX. En este sentido, la memoria nos remite al trabajo de Thomas Glick y Mark Henderson, quienes han establecido categorías analíticas muy pertinentes para pensar la recepción de ideas científicas y las reacciones en un contexto dado. Esas reacciones a su vez enmarcan una percepción de la idea que irrumpe y que, con distintos matices, oscila entre adjudicarle la capacidad de engendrar una pérdida para valores preexistentes e insta a oponerle resistencia; o, por el contrario, ver en ella la representación de una ganancia y que, por eso, vale la pena apropiársela. Se inscriben aquí lógicas de recepción antitéticas, téticas, correctivas o extensionales, 1 influidas todas ellas por valores epistémicos pero también, por una no desdeñable presencia de valores no epistémicos (éticos, sociales, culturales, políticos, religiosos, estéticos, etc.) dentro de los cuales, según nos explican Talak, Macchioli y García, tal o cual teoría, en el caso, psicológica fue aceptada, rechazada o rectificada. Ahora bien, si nos concentramos en el aspecto de organización de estas ideas, el libro está conformado por tres grandes partes que está lejos de constituirse en una especie de "compilado" de capítulos más o menos relacionados entre sí pero, a la vez, independientes. En efecto, los trabajos que lo componen deben ser leídos como parte de un trabajo integrado y, en gran parte, integrador, del mundo psi en nuestro país. Ana María Talak indaga, en particular, las consideraciones (y creencias, por qué no) constituidas en torno al desarrollo psicológico entre 1900 y 1920, planteando el impostergable debate entre naturaleza y crianza o naturaleza y ambiente o Nature vs. Nurture, si retomamos la controversia decimonónica entre Francis Galton y Alphonse De Candolle; y, de ahí, el no menos problemático asunto de la transmisibilidad hereditaria de cualidades intelectuales y de "patologías mentales". En el tratamiento de la cuestión, Talak nos invita a rescatar diversas complejidades asociadas, en general, a las instituciones disciplinadoras por excelencia: la escuela y la ley, a través de la demarcación de lo permitido y lo prohibido; lo deseable y lo indeseable; lo legal y lo ilegal. Así, de la previa tarea clasificatoria para detectar sobre quiénes esa educación, de indudable sesgo eugénico, podía ser efectiva (y, claro está, sobre quiénes "no valía la pena" utilizar los recursos públicos), se definiría el universo de aquellos dotados hereditariamente de "aspirabilidad", en el sentido inaugurado por el positivista argentino Carlos Octavio Bunge en su obra La Educación, donde la define como el "impulso de perfeccionarse al infinito" del cual carecían las razas inferiores, "no muy distantes de los animales". 2 Y, aun cuando Bunge no se desvelara por la búsqueda de un "súper-hombre" que, por perfecto, sería impermeable a una educación modeladora, se encargaba empero de enfatizar jerarquizaciones asentadas en diferenciaciones por caracteres externos. Ellas distinguían individuos pertenecientes a distintas etnias, relacionadas con estadios evolutivos que implicaban gradaciones intelectuales o espirituales para explicar quiénes detentaban aquella condición de "aspirabilidad". 3 En este orden de ideas resultaba ineficaz la amputación de "uno o dos órganos enfermos", dado que era un "vasto cuerpo" el "apestado por el acarreo de la sangre". Cabe recuperar, entonces, la confidencia que Bunge le hiciera a su amigo Miguel de Unamuno, creyendo ver a "la estructura del drama" en la Argentina originada por la oposición y agónica lucha entre las fuerzas ilustradas, conscientes, europeas y blancas, y los instintos irracionales unidos a la tierra salvaje y a los sentimientos masivos del pueblo bajo, nativo, indio, negro y mestizo. 4 En una sintonía emparentada, las obras de José Ingenieros, Víctor Mercante y Rodolfo Senet, nos demuestran (según Ana Talak) que el orden social y el orden individual pueden ser visibilizados desde su vinculación con las imágenes institucionalizadas del sujeto humano. Y en ellas, nos enseña la autora, la psicología contribuyó desde su carácter de saber experto en los diferentes ámbitos ocupados de la niñez y la adolescencia, donde esos modos de explicar el desarrollo psicológico se vincularon a formas de relacionar lógicas sociales e individuales, de integrar diversas perspectivas temporales así como de validar los conocimientos sobre el ser humano y los lugares que estos detentan en el orden social vigente. El capítulo de Luciano García, por su parte, bajo el título "La civilización de la psiquis" se detiene en esa especie de síntesis liberal-positivista de la cual Aníbal Ponce fuera tributario. De ahí, resulta tentador repensar la postura de este intelectual argentino desde la perspectiva biopolítica en la cual se integraron, de manera inescindible, ciencia y política, biología y poder; ideas que contribuyeron a afianzar cierto simplismo determinista, ya hereditario, ya ambiental. Sin embargo, uno de los interrogantes fundamentales a plantearnos aquí es la real dimensión de ese laissez faire, propio del liberalismo, en un contexto determinista; pero, más aun, desde dónde se legitimaron los discursos acerca de la posesión (o carencia) de aptitudes para salir airoso de una lucha por la vida a todas luces excedentaria del darwinismo (de quien Ponce, a decir de Luciano, renegaba), aunque impregnada de evolucionismo. En este sentido, García nos pone en alerta respecto al rechazo de Ponce del darwinismo y, su paralela adscripción a una perspectiva haeckeliano-lamarckiana. Y ahora, una pregunta inevitable, no para García, sino para la obra de Ponce, se vincula con la forma cómo pudo (¿?) disociar a Haeckel de Darwin, y el esfuerzo interpretativo de la tarea; siendo el primero, como sabemos, el mayor propagandista de la tesis del inglés. De esta manera, las oscilaciones de Ponce entre el liberalismo y el marxismo, entre Sarmiento e Ingenieros, nos hablan de un personaje que, probablemente mejor definido a partir de su exilio en México, hubiera resultado perturbador para las elites locales centradas, desde los años'30, en la construcción de una pretensa superioridad humana bastante lejana a sus idearios. A su vez, esa especie de "vuelta de timón" hecha por Ponce respecto a quién era en verdad el civilizado y dónde estaba la barbarie, nos permite echar luz sobre ese bowl, vacío, que desde el biopoder fue llenado por el "otro", ya sea el negro, el amarillo, el loco, el leproso, la prostituta, el comunista, el subversivo, o quien se nos ocurra. Pero también, el au-tor trabajado por Luciano García nos advierte en La cuestión indígena y la cuestión nacional (1938), con indudable acierto, sobre la falacia de aquella predominancia de lo genético o ambiental que, en definitiva, terminaría en los horrorosos determinismos por todos conocidos: "La superioridad de un grupo sobre otro -nación, tribu, clase-es la posesión, o no posesión, de los útiles, de la técnica, de los instrumentos de trabajo y de combate...nada pues de inferioridades "congénitas", invariables, eternas". Finalmente, y luego de transitar los diversos "Ponces", el capítulo ahora comentado remata con el planteamiento de una cuestión excedentaria, a todas luces, de la figura en análisis, sobrevolando tensiones y acuerdos entre intelectuales, marxismo e historia de la psicología. El trabajo de Florencia Macchioli, ("La familia entre la neurosis y la comunicación") exhuma aspectos no tan conocidos de la conformación del ámbito psi de la Argentina de las décadas de 1960-70. Así, aborda una serie de cruces heterogéneos que toman por eje a la familia y culminan, de algún modo, en el libro Comunicación y neurosis (1970), de Eliseo Verón y Carlos Sluzki; texto donde se ensamblan psicoanálisis, estructuralismo y teoría sistémica. Sin embargo, el capítulo de Florencia no se limita a una exégesis del libro mencionado, sino que demuestra, a cada paso, los profundos conocimientos de la autora en materia de historia de la psicología y de la psiquiatría (argentina y comparada), digna de mención. Tomando como base esa especie de "prototeoría de la neurosis desde el punto de vista comunicacional" encarada por Verón y Sluzki, Macchioli se introduce en la difusión en el país de los tratamientos familiares, inaugurados aquí por Pichón Rivière. De esta manera, los "desórdenes psiquiátricos individuales" fueron concebidos no sólo como de etiología biológica y psicológica, sino considerados de un origen basado en la interacción familiar.
EL INSTITUTO MÉDICO VALENCIANO El Instituto Médico Valenciano fue una corporación científica promovida por una treintena de médicos y farmacéuticos a cuyo frente se encontraba Luis Bertrán Besante 1. De ideología liberal, había nacido y estudiado en Va-----1 El Instituto Médico Valenciano ha sido estudiado por ALBARRACÍN TEULON, A. (1971a), La participación del Instituto Médico Valenciano en la defensa por la unión de las clases médicas. En: III Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Valencia, Sociedad Española de Historia de la Medicina, vol. 2, pp. 397-404; ALBARRACÍN TEULON, A. (1971b), lencia, ciudad en la que ejercía como médico con notable éxito. El seis de marzo de 1841 convocó, a través de la prensa, una reunión en su domicilio con el fin de fundar una asociación a semejanza del Instituto Médico Español de Madrid establecido el año anterior 2. Esta iniciativa fue muy bien acogida y ya la primera lista de socios publicada incluía a ciento sesenta de ellos, que aumentaron a doscientos treinta y seis un año después. Su funcionamiento quedaba regido por un reglamento en el que se plasmaba el objetivo de esta corporación: «Procurar los progresos de las ciencias médicas, facilitar la instrucción de sus profesores y contribuir a la unión, decoro y elevación de la clase» 3. La defensa de los intereses de la clase médica y la mejora de su nivel científico constituyeron, como se ve, los pilares básicos en los que se asentó la labor del Instituto, difundida a través de su órgano oficial, el Boletín del Instituto Médico Valenciano (1841-1896). Sus páginas alternaban artículos originales de sus socios con noticias de las principales novedades médicas de la época, disposiciones legales relativas a la profesión y un extracto de las actas de las reuniones del Instituto 4. Esta publicación constituyó el núcleo de una nutrida biblioteca que albergó numerosas revistas médicas que se intercambiaban con el Boletín, así como publicaciones de los socios, memorias premiadas en los concursos y ejemplares donados. El Instituto diseñó su labor científica a través de tres secciones: la de medicina y cirugía, farmacia y ciencias auxiliares, e higiene y medicina legal, que se ampliaron en 1855 con las de estadística, vacunación, redacción y fomento y la de socorros mutuos, completadas años más tarde con las de estudios biológicos, ginecología y pediatría. Su actividad abarcó tres campos: el social, el higiénico-sanitario y el científico. En el primero destacó su labor contra el intrusismo y sus esfuerzos por organizar la medicina rural 5. Destacó ----La pervivencia de una institución: el Instituto Médico Valenciano. En: III Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Valencia, Sociedad Española de Historia de la Medicina, vol. 2, pp. 405 especialmente su actividad higiénico-sanitaria, con una intervención directa en los problemas de salud pública mediante informes a las autoridades, investigaciones propias y debates en busca de la solución más apropiada. En esta línea combatió epidemias locales (lepra en el Maestrazgo, triquinosis en Villar del Arzobispo, las cinco oleadas epidémicas de cólera morbo asiático durante el siglo XIX) y llevó a cabo con éxito una campaña de vacunación antivariólica6. Su labor científica abarcó campos tan variados como la morfología, la fisiología, la patología y la cirugía con sus respectivas especialidades, así como diversas ciencias auxiliares; todo ello quedó plasmado en el Boletín a través de artículos originales o de las actas de las sesiones sobre temas monográficos celebradas en el Instituto7. A lo largo de su dilatada trayectoria mantuvo estrechas relaciones con otras instituciones, tanto nacionales como extranjeras, así como con el Gobierno de Madrid, ciudad en la que contaba con un representante. Entre sus intervenciones ante las autoridades de la nación destacaron las referidas a la reforma de la enseñanza de la medicina y a la legislación sanitaria8. Sus relaciones con las autoridades locales fueron en general buenas, con una estrecha colaboración ante problemas como las epidemias o la práctica de la vacunación antivariólica. El Instituto, que tras un primer periodo de estructuración entre 1841 y 1868 vivió una etapa de esplendor desde 1869 a 1885, comenzó en los años siguientes una etapa de decadencia, debido sobre todo a una fuerte crisis económica y a la desaparición de sus principales figuras científicas, culminando en 1893 con su fusión con la Asociación Médico-Farmacéutica, lo que sirvió de base para su nombramiento como corporación oficial, denominándose Instituto Médico Valenciano-Colegio Oficial. Tras el decreto de colegiación obligatoria de 1898, el Instituto quedó desligado de la parte de corporación oficial como colegio médico9. LA VACUNACIÓN ANTIVARIÓLICA EN VALENCIA 10 En 1805, una Real Cédula establecía las normas sanitarias para la vacunación antivariólica en España, disponiendo que en los hospitales hubiese una sala destinada para la conservación de la vacuna. Su rápida propagación desde que Piguillem la introdujera en 1800, apenas dos años después de la publicación de su descubrimiento por Jenner, quedó cortada por la Guerra de la Independencia y las epidemias se desataron otra vez. Durante la ocupación francesa de Valencia (1812-1813), la Junta Superior de Sanidad del Reino fomentó la vacunación. Ante los progresos de la enfermedad, dictaminó su declaración obligatoria, el internamiento de todos los afectados en el Lazareto de San Pablo y sanciones a los padres o tutores que no presentaran certificados de vacunación de las personas a su cargo. La gravedad de la situación hizo que los Ayuntamientos se encargaran de la vacunación a partir de 1814. Dos años más tarde se instaló en Valencia un dispensario de vacunación, ubicado en la Casa del Vestuario, que inoculaba de forma gratuita bajo la supervisión de la Junta de Sanidad cuyo representante, el general Francisco Javier Elío, asistía con frecuencia, vacunaba él mismo e hizo vacunar a sus hijos 11. EL INSTITUTO MÉDICO VALENCIANO Y LA VACUNACIÓN 12 Las graves lesiones producidas cuando se vacunaba incorrectamente eran motivo de preocupación para los socios del Instituto. Uno de ellos, José María Ortega, criticaba en 1846 su aplicación por personas ignorantes y pedía al Instituto que alertara de ello al Gobierno para que remediara los abusos y ---- evitara así el descrédito de la vacuna 13. La peligrosidad de una mala vacunación era avalada por higienistas de la talla de Felipe Monlau, socio de mérito del Instituto: «Importa mucho discernir si la vacuna puede desarrollar alguna diátesis latente o favorecer alguna predisposición al que va a ser inoculado, estados excepcionales que solo puede diagnosticar el médico» 14. Estos antecedentes demostraban la utilidad y necesidad de organizar la aplicación de la vacuna antivariólica, por lo que el cinco de mayo de 1851 varios socios del Instituto, los doctores Navarra, Testor, Alafont, Domingo y Trullet, propusieron la vacunación gratuita en los locales del mismo. La Corporación aceptó la idea y nombró una comisión, formada por los tres primeros socios preponentes, para que examinara las ventajas que la medida reportaría a la salud pública, los inconvenientes que pudiera ocasionar al Instituto y para que propusiera un reglamento que la llevara a cabo. Un mes después, la comisión emitió un dictamen sobre la historia de la viruela y sus diversas epidemias, los experimentos realizados para inocular la forma benigna de la enfermedad y las ventajas indiscutibles de la propagación del cowpox cuya historia relata. Propuso que se abriera un establecimiento de vacunación gratuita en la capital valenciana y otros en los distintos pueblos de la provincia y del resto de España, solicitando la colaboración de la autoridad civil, militar y eclesiástica. Tras su discusión, el reglamento fue aprobado en la junta del treinta de junio de 1851 y el dos de julio se constituyó la llamada Comisión Central de Vacunación, presidida por el doctor Navarra, con Alafont, Testor y Llácer de vocales y ejerciendo Casimiro Domingo como secretario. Tras comunicarlo a las autoridades, se aprobó el modelo de cristales de linfa vacuna y se fijó su precio de venta, imprimiéndose el reglamento en el Boletín. En él figuraban los principales objetivos propuestos: el profiláctico, poniendo la vacuna al alcance de todas las clases sociales, el experimental y estadístico, a través de un completo registro de todos los vacunados a quienes se hacía un seguimiento individual, y el social, al vacunar gratuitamente a quienes acudían a la Comisión y a los asilados de las instituciones benéficas. Se empleó cowpox genuino que, a partir de entonces, fue remitido por el Establecimiento ----Nacional de Vacuna de Inglaterra, del que el Instituto valenciano fue sociedad corresponsal desde 1852. Se enviaba anualmente para evitar su degeneración al interrumpirse la vacunación durante el verano. Uno de los artículos del Reglamento de la Comisión preveía utilizar cowpox que se desarrollara de forma natural o artificial en las vacas españolas y cuya evolución, tras ser inoculado al hombre, pudiera compararse al cowpox inglés. Diversos estudios experimentales realizados por la Comisión en Valencia y Castellón no dieron un resultado satisfactorio. Aunque la inoculación era gratuita para quienes se personaban en las sesiones ordinarias de la Comisión, mucha gente evitaba acudir por temor a ser acusados de aprovecharse de este beneficio, por lo que a partir de 1864, la Comisión organizó sesiones extraordinarias para todos aquellos que quisieran satisfacer los correspondientes honorarios. La inoculación se realizaba del siguiente modo: «...cargada la lanceta por ambas caras de su vértice, y sostenida por el pulgar e índice de la derecha, puestos tirantes los tegumentos de la superficie superior y externa del brazo del vacunado con iguales dedos de la izquierda, se enjugaba una de las caras de la lanceta sobre el punto de elección, e inmediatamente se practicaba una saja de dos o tres líneas de longitud tan superficial que solo permitía divisar el color de la sangre, aplicando luego la otra cara de la lanceta aún cargada encima de la saja y soltando los dedos que sostenían la piel quedaba hecha la inoculación. Repetíase igual operación en dos o tres puntos del mismo brazo separados entre sí de ocho líneas a una pulgada; se hacía lo mismo en el brazo opuesto y se dejaban luego secar al aire libre las incisiones sin otra clase de aparato. Para refrescar la linfa, o sea, cuando se procedió a la inoculación conservada en estado seco, con el corte de la lanceta se reunía toda en el centro del cristal, rascando con aquel la superficie de éste; desleíase luego en cortísima cantidad de agua a la temperatura natural, hasta que adquiriese la consistencia de un mucílago gomoso muy denso, y en tal estado se procedía a la inoculación; siguiendo con exactitud este proceder, nunca dejó de actuar la linfa, aún a los ocho meses de conservarla» 16. En el libro de registro quedaban recogidos cuidadosamente todos los datos del vacunado: «Anotados previamente en el libro de registro los antecedentes del vacunado y de sus padres, segura [la Comisión] de que el primero estaba en aptitud de recibir la benéfica acción del preservativo, por razón de no observarse en él ningún fenómeno que arguyese la existencia de una enfermedad, se ha procedido a la inoculación practicando tres pequeñas y superficiales incisiones ----en cada brazo con la lanceta cargada del virus vacuno. Quizá no esté definitivamente resuelta la cuestión del contagio de algunas enfermedades virulentas a consecuencia de esta inoculación... y por lo mismo ha visitado con asiduidad a los inoculados...y ha destinado para la propagación tan solo aquellos individuos cuyos antecedentes y circunstancias ha reputado intachables»17. El seguimiento que se hacía a los inoculados era modélico. Los vocales de la Comisión los visitaban en sus domicilios para seguir la marcha de la erupción y extenderles el oportuno certificado de vacunación. Daban cuenta de sus observaciones en la sesión de la Comisión inmediata a la inoculación, lo que permitía utilizar para la propagación brazo a brazo solo aquella linfa que reunía condiciones óptimas. Todos los datos eran publicados en una Memoria en la que se detallaba la marcha de la erupción en los vacunados y revacunados, los fenómenos observados según la influencia de la «constitución médica reinante» y el estado general de los vacunados clasificados por edades. La Comisión defendía que la vacunación debía practicarse sobre todo en primavera y en otoño, que actuaba terapéuticamente en el periodo de incubación de la enfermedad y que la revacunación era útil, ya que la viruela podía contraerse, en su opinión, dos o tres veces. Se pensaba que la linfa vacunal producía en el organismo una excitación leve, que no agravaba las enfermedades agudas y no parecía facilitar la inoculación de otras enfermedades 18. Esta cuestión fue muy debatida en la época, sobre todo la posibilidad de transmitir la sífilis y la tuberculosis mediante la propagación brazo a brazo de la vacuna. Uno de los más firmes partidarios de esta posibilidad fue Manuel Zuriaga quien, desde las páginas de la Crónica Médica, alertó de los peligros de esta práctica. En 1886 relató su experiencia con el sifilógrafo Besnier en el Hospital de San Luis de París y expuso varios casos de contagio de la sífilis en personas sanas que eran vacunadas con linfa extraída de un sifilítico que en el momento de la inoculación no presentaba síntomas de la enfermedad: «Lo que prueba que la sífilis y sobre todo la sífilis hereditaria puede permanecer en estado latente durante mucho tiempo y aún manifestarse después con caracteres poco precisos... En ningún caso podrá seriamente asegurarse, al menos por los solos caracteres de objetividad, que la vacuna humana está desprovista de algún elemento virulento extraño a su propia naturaleza... [que] puede convertirse en ocasiones en agente pernicioso para el individuo ----vacunado brazo a brazo» 19. Por ello defendió la vacuna animal en vez de la humanizada propagada brazo a brazo. Cinco años después, Zuriaga abordó nuevamente este problema y publicó la traducción de una nota clínica del médico de Marsella Leon Perrin titulada «Nota sobre un caso de sífilis vacunal». En ella se hacía referencia a varios casos de contagio vistos desde 1865 y se describía la aparición de la sífilis en una mujer que amamantaba a su hija, sifilítica tras ser vacunada con linfa extraída de otro niño, en apariencia sano. Para Zuriaga, la conclusión era evidente: «Que es hoy día y con los conocimientos que todos poseemos de los modos de transmisión de ciertas infecciones que presentan gravedad suma y que producen trastornos profundos, duraderos o permanentes, en la constitución y nutrición de los organismos; que es hoy día, repetimos, poco serio, poco prudente y sumamente peligroso, y de alta responsabilidad para el médico, el transmitir o contribuir a transmitir y generalizar con la vacuna humana la sífilis o la tuber-culosis... lo que es verdaderamente incomprensible, que en ciertos centros no se note el peligro a que aludimos, al propagar la vacuna de brazo a brazo» 20. En medio de esta polémica, la Comisión valenciana utilizó la conservación y propagación de la vacuna brazo a brazo. Los vacunados debían volver en la fase de pústula con el fin de vigilar la evolución y extraer la linfa para sucesivas inoculaciones. Muchas madres se negaban a que sus hijos sufrieran esta práctica y llegaban a falsear sus nombres y domicilios para no ser encontradas, por lo que a veces la cantidad de linfa vacunal disponible se veía muy disminuida. El Instituto se vio en la necesidad de recurrir al Gobernador Civil para que un delegado suyo estuviera presente en las vacunaciones y obligara a que los datos aportados fueran correctos. El fluido vacunal se mantenía por el que se consideraba «...[el] medio más sencillo y exento de inconvenientes, es decir, los cristales planos. Así se ha conseguido en una misma sesión propagar la linfa de brazo a brazo y recoger todo lo sobrante, lo que no fuera posible conservando las costras que hubiera tenido que ir recogiendo a medida que se hubiesen secado y desprendido. Por este medio le ha sido fácil [a la Comisión] satisfacer los numerosos pedidos que se le han hecho, lo cual hubiera sido imposible conservándola en tubos por la gran cantidad de linfa necesaria para llenarlos» 21. El rigor y la meticulosidad con que se llevaba a cabo la vacunación explican, en opinión de S. Teruel, que a lo largo de más de cuarenta años de practicarla no tuviera ningún accidente o complicación 22. El Instituto utilizó siempre vacuna humanizada o de Jenner, pero estuvo atento a nuevas propuestas de vacuna animalizada, como la de origen caprino defendida por Joaquín Flores Pozo en 1864 23. Este socio corresponsal del Instituto comunicó en una Junta general la posibilidad de que la cabra padeciera una erupción análoga al cowpox vacuno, por lo que quizá pudiera utilizarse linfa de sus vesículas para vacunar de la viruela, ya que los pastores que ordeñaban estas cabras enfermas sufrían una erupción de vesículas semejantes en sus manos y no contraían la viruela ni en tiempos de epidemias ni tras haber permanecido en contacto con variolosos, a pesar de no estar vacunados. Muy interesada en este asunto, la Junta solicitó un informe a la Comisión de vacunación, que lo concluyó meses después. En él se daba cuenta de los intentos infructuosos de la Comisión por encontrar ejemplares de ganado caprino con la enfermedad eruptiva descrita por Flores. Aventuraba la hipótesis de que el origen estaría en una infección pustulosa del caballo, el horsepox, utilizada asimismo para suministrar vacuna antivariólica y animaba a Flores a proseguir sus observaciones. Este informe fue leído en la Junta general del Instituto celebrada el dieciocho de febrero de 1865. Se comunicó que la corporación había preguntado a Flores si tenía nuevos datos que aportar, a lo que contestó con nuevos testimonios de pastores que confirmaban su hipótesis. Abierto el debate, Juan Bautista Peset y Vidal, catedrático de Clínica médica de la Facultad de Medicina de Valencia, sugirió que se solicitara a los socios que vivían en poblaciones con ganado caprino que comunicaran cualquier observación que pudiera esclarecer esta cuestión, lo que se acordó, aprobándose el dictamen de la Comisión. La expansión de la vacuna animalizada dio lugar varios años después a un intenso debate en el seno del Instituto acerca de sus ventajas sobre la humanizada. El catedrático de Higiene Constantino Gómez Reig defendió la vacuna animal, obtenida por cultivo sucesivo de ternera a ternera, por la posibilidad de que la humanizada transmitiera la sífilis. Juan Bautista Peset y Vidal, partidario de ambas vacunas, defendió la humanizada ya que, en su opinión, la animal fallaba en más casos y las estadísticas de vacunación del Instituto demostraban la eficacia del método de Jenner, más barato que el anterior, el cual obligaría a la Corporación, siempre escasa de recursos, a comprar y mantener ----terneras. Al no llegarse a una conclusión unánime, se nombró una comisión para el estudio experimental de la vacuna animal24. Ya a finales de siglo otro de los socios, Bartrina, pidió que la Corporación se abstuviera de propagar la vacuna humanizada, puesto que entonces la utilización de otras preparaciones era ya habitual 25. La Comisión de Vacunación organizó su campaña mediante el establecimiento de una red de depósitos de linfa vacunal por casi toda la Península. Comenzó en dos boticas de la capital, siguió con un depósito en cada partido judicial de Valencia y se extendió por el resto del territorio español en la década de los sesenta, llegando a sitios tan distantes como Burgos, Sevilla, Santiago de Compostela o Ronda, ciudad que realizó una intensa campaña de propagación siguiendo los pasos de la Comisión central. Los depósitos se establecían en poblaciones en donde residían socios farmacéuticos del Instituto, a quienes se remitían y renovaban con frecuencia los cristales de vacuna, envueltos en papel de plomo e introducidos en una caja de cartón con el sello del Instituto y unas breves instrucciones para su inoculación. En 1857, el Instituto recibió una comunicación del Gobernador Civil de Valencia en la que se le transmitía una Real Orden con la petición del rey de cien cristales de linfa vacunal. Pocos días después, el Jefe de Sanidad Militar de la Capitanía General solicitaba información al Instituto acerca del método de vacunación utilizado, la forma de adquisición de la linfa vacunal y la cantidad de la misma que podría suministrar anualmente, a petición del Director General de Beneficencia y Sanidad. La Comisión tuvo que retrasar el envío ya que se acababa de recibir de Inglaterra el cowpox genuino y todavía no se había injertado. Una vez remitidos gratuitamente los cristales de vacuna al rey, la Dirección General de Beneficencia y Sanidad pidió anualmente al Instituto de veinticinco a cincuenta paquetes de linfa vacunal y mostró su confianza en la Comisión central mediante el envío de una circular a todos los gobernadores civiles con la orden de adquirir la vacuna antivariólica en el Instituto valenciano. Posteriormente, el ejército y la armada también se surtieron de la linfa que adquirían en él, incluso después de la creación del Instituto Nacional de Vacunación, que obtenía peores resultados con su vacuna. La intensa campaña de difusión del remedio antivariólico llevada a cabo por la Comisión central se extendió asimismo a instituciones valencianas como la ----Inclusa y las Casas de Beneficencia y de la Misericordia, en cuyas dependencias se vacunaba periódicamente 26. La vacunación de las tropas del ejército y asilados en los establecimientos de beneficencia proporcionó a la Comisión numerosas ocasiones de comprobar los resultados de la revacunación. En sus memorias se recomendaba una nueva vacunación cuando tras una detenida observación de la marcha de la erupción se dudaba de su efecto preservativo. La publicación de los datos de vacunación en toda España mostraba asimismo la destacada labor del Instituto, ya que la provincia de Valencia era la que tenía el mayor número de vacunados por nacidos vivos, a pesar de que los nacimientos eran más numerosos que en otras provincias. La Comisión expedía una media anual de setecientos noventa y tres cristales de linfa. Hasta 1880, en que se abrieron otros centros de vacunación y se propagó una vacuna más barata que hizo disminuir los pedidos del Instituto, se vacunó a cincuenta mil personas cada año por término medio, lo que eleva la cifra total a un millón cuatrocientos cuarenta mil en los veintinueve años de inoculaciones, a los que hay que sumar los sesenta mil vacunados por la Central. Por grupos de edad, el mayor número de vacunados fueron los niños entre tres y seis meses, disminuyendo en la segunda infancia y en la adolescencia, y volviendo a aumentar durante algunos periodos entre las personas de veinte a treinta años. Por otra parte, el número de inoculados varía mucho, con una tendencia creciente hasta 1882, cuando se vacunó a tres mil cuatrocientos catorce individuos, cifra que decreció lentamente en los años posteriores 27. No fueron pocas las dificultades a las que tuvo que enfrentarse la Comisión durante los años de aplicación de la vacuna. Una de ellas fue conseguir que las corporaciones municipales abonaran el importe de la linfa remitida y hubo de solicitarlo a los respectivos alcaldes, ya que sólo se acordó la gratuidad para la población valenciana. Pero sin duda, el principal problema al que se enfrentó fue el Instituto Nacional de Vacunación, fundado tras el decreto de veinticuatro de julio de 1871. En su preámbulo no reconocía la labor del Instituto valenciano, lo que llevó a uno de sus miembros, el catedrático de Cirugía Enrique Ferrer y Viñerta, a rebatirlo: «Dicha Corporación [el Instituto ----26 Los extractos de las actas y las reseñas históricas que se publicaban en el Boletín del Instituto Médico Valenciano permiten seguir la difusión de la campaña de vacunación. La petición de la Casa Real puede verse en RODRIGO, J. (1857), «Pedidos de vacuna hechos por S.M. la Reina y Jefe del cuerpo de Sanidad militar de esta provincia», Boletín del Instituto Médico Valenciano, 6, 418-420. El Instituto, a través de su Comisión de Estadística, publicaba en el Boletín del Instituto Médico Valenciano estadísticas mensuales de las vacunaciones que practicaba. Médico Valenciano] ha leído, sin embargo, con profundo pesar el preámbulo que precede al citado decreto, que por mucha extensión no copiamos, y que extractaremos lo más sucintamente posible, para venir a demostrar, en contrario de lo que del mismo se desprende, que mucho antes de pensarse en las regiones oficiales imitar la conducta de las primeras capitales de Europa, que cuentan con establecimientos encargados de la propagación de la vacuna, existía ya en una de las más populosas de España, en Valencia, una modesta Corporación médica que sin más objeto que el bien de sus semejantes, se dedica años ha con interés y solícito afán a propagar al preservativo de una de las horrorosas enfermedades, que hasta últimos del siglo anterior diezmaba la humanidad, o la condenaba a un sello imperecedero» 28. Resumía a continuación la labor del Instituto desde su fundación hasta la publicación del decreto y destacaba que los principales objetivos que perseguía el Instituto Nacional de Vacuna y que aparecían en el Decreto de su fundación por parte del Ministerio de Fomento, coincidían con los desarrollados por la Comisión Central de Vacunación valenciana, como eran el estudio experimental y clínico de la vacuna en animales, la práctica de la inoculación vacunal, la conservación y propagación de la vacuna, la estadística general de los inoculados y el análisis de los factores que intervenían en la aparición de las epidemias de viruela. Ferrer y Viñerta terminaba destacando que cinco meses después del Decreto de Creación del nuevo Instituto Nacional de Vacuna, aún no se había instalado y dirigía una petición al Gobierno: «Solo a una cosa aspira esta corporación: a que llegado el día que en las capitales se constituyan establecimientos de vacunación bajo la inmediata dependencia de los centros oficiales, sea el Instituto Médico Valenciano el llamado a prestar este importante servicio, ya que le sobran títulos para merecer tan significativa distinción por parte del Gobierno, en justo y merecido galardón por sus incesantes y continuados desvelos en propagar privadamente por espacio de veintidós años no interrumpidos, el preservativo de la viruela, con parecidos móviles que los consignados en el Decreto origen de las reflexiones que anteceden» 29. Entre toda la prensa médica, tan sólo El Siglo Médico del catorce de abril de 1872 salió en defensa del centro valenciano, secundando las quejas de Ferrer y Viñerta: «En verdad que no puede pedirse menos ni con mayor justicia. Es el Instituto Médico-Valenciano muy digno de que se satisfagan colmadamente sus deseos» 30. ----Tras la publicación del informe que recogía la labor del Instituto central durante el primer semestre de 1876, la Comisión de vacunación, a través de uno de sus miembros, Francisco Navarro, tuvo que salir al paso de las graves acusaciones que en él se le hacían, como el no saber distinguir la linfa vacunal del pus varioloso, el no utilizar la linfa adecuada y el falsear los datos que se enviaban al gobierno: «Son de tal género y tan intencionadas las erróneas apreciaciones que en el citado documento se hacen, que causa sorpresa al Instituto cómo tales ofensas han podido pasar desapercibidas a las notabilidades médicas que figuran al frente del Centro General de Vacunación. Sólo admitiendo que su buena fe ha sido sorprendida por informes nacidos de ruines y mezquinas personalidades, más atentas a sus intereses particulares que al interés general, es como se comprende que ese joven centro tenga ideas tan equivocadas acerca de lo que es y de lo que representa el Instituto Médico Valenciano; pero es sensible que al cabo de tantos años como esta Corporación propaga la linfa vacuna, el único ataque recibido proceda de donde menos debía esperarlo. No es extraño que en el extranjero menosprecien las cosas de España, cuando los mismos españoles nos complacemos en desprestigiarlas. ¿Qué interés podría tener el Instituto Médico Valenciano en suministrar al gobierno datos falsos? ¿Acrecentar su buen nombre? Tiene esta Corporación sobrados títulos de aprecio y bastantes timbres de gloria, conquistados por la cooperación desinteresada de sus socios, para que necesite engalanarse con plumas ajenas; sus afirmaciones honradas valdrán siempre más que los informes anónimos o las suposiciones maliciosas»31. Las continuas críticas comenzaron a afectar el funcionamiento de la comisión. Cuando en marzo de 1880 el ayuntamiento de Valencia solicitó las estadísticas de vacunación del mes anterior, algún socio manifestó su oposición a que se entregaran, ya que en años anteriores sirvieron para que el Instituto central criticara la labor del valenciano. Finalmente se remitieron al considerar que se trataba de un servicio público. El propio Ayuntamiento valenciano comenzó a dificultar el trabajo de la Comisión; si desde el principio había ofrecido sus instalaciones para las sesiones de vacunación e incluso el alcalde había asistido a alguna de ellas, empezó a cambiar el lugar de las mismas una vez aprobada la creación del Instituto Central: pasillos, patios, y dependencias del cuerpo de bomberos albergaron al equipo de vacunación 32. Los motivos parecieron obvios, un ----intento de que la Comisión del Instituto, ante semejantes dificultades, abandonara las inoculaciones, que quedarían así en manos de la Comisión Municipal de Vacunación, dependiente de la Central: «No nos proponemos tampoco investigar las causas que pudieron inducir a la Alcaldía ser tan indiferente con la Comisión, representante del Instituto. Si el Municipio propaga la vacuna y tiene para ello nombrados sus profesores, en nada se oponen el Instituto ni su Central para que estos desempeñen su cometido de la manera que estimen más conveniente; y aun cuando el interés dicte que por la Alcaldía se proteja la vacunación oficial, la gratitud por lo menos reclama que no se entorpezcan los desinteresados servicios de la Comisión del Instituto Médico Valenciano, que gratuitamente proporciona a Valencia un beneficio digno de mejor recompensa que la concedida por el Ayuntamiento durante la temporada que acaba de terminar» 33. Los problemas se agravaron cuando en los nuevos centros de administración de la vacuna se subrayaba el mayor precio de la linfa proporcionada por el Instituto, que se vio obligado a abaratar su precio. Ello supuso un grave quebranto económico para la corporación, que no podía resarcirse, por su elevado coste, a través de una vaquería propia que le proporcionara vacuna animalizada. En un intento de mejorar su imagen y frenar la sangría económica, el Instituto aprovechó el que las autoridades militares pidieran en 1880 un estadillo del personal militar por él vacunado para publicarlo en los periódicos médicos y políticos de la ciudad, junto con el hecho ya conocido de que la familia real también lo había sido. En 1882 el Instituto propuso al Ayuntamiento que le encargara por su cuenta la vacunación. Al año siguiente se elevó una petición al Gobierno para que modificara el Proyecto de Ley de Sanidad relativo a la vacunación y se contemplara la autonomía de los institutos de vacunación, con el ruego de que el Instituto Médico Valenciano fuera nombrado instituto provincial de vacunación. Tan solo logró que en 1894 el Ministerio de Fomento le reconociera como corporación oficial, un año después de su fusión con la Asociación Médico-Farmacéutica. Las últimas noticias de vacunaciones realizadas por la Comisión del Instituto datan de 1896. ---vacunar en los locales del Instituto, pero al poco tiempo, el gran número de inoculados hizo que se dirigiera al Ayuntamiento para solventar este problema. Se le cedió la sala de quintas, que solo se utilizaba en el acto del sorteo y en él realizó las sesiones públicas de vacunación. El local fue amueblado por el propio Instituto.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS El libro organizado por Ana Teresa Venancio y Gisélia Franco Pontegy es el resultado de varias investigaciones en torno a la Colônia Juliano Moreira. En esta obra han participado antropólogas, historiadores, urbanistas, sociólogos y algunos doctorandos. La monografía ha sido posible gracias a diversos proyectos financiados por la Casa Oswaldo Cruz/Fundaçao Oswaldo Cruz (COC/Fiocruz) que tratan de preservar el patrimonio histórico y cultural de la salud y ciencias biomédicas, investigadores del Campus Fiocruz da Mata Atlántica y del Instituto Histórico da Baixada a Jacarepaguá (IHBAJA), así como algunas disertaciones de maestría. Esta institución psiquiátrica, asentada en la zona rural en la región de Baixada de Jacarepaguá en el oeste de Rio de Janeiro, comenzó a funcionar en 1924 con el nombre de Colônia de Psicopatas Homens -Jacarepaguá. En 1935 pasó a ser denominada Colônia Juliano Moreira, en honor al médico homónimo que contribuyó a otorgar una mayor dimensión científica y asistencial a la psiquiatría en Brasil. Está compuesto por ocho capítulos que tratan de reconstruir, desde diferentes ámbitos, la importancia de esta institución, cuyo modelo era de un hospitalcolonia que desarrollaba la terapéutica por el trabajo. Este establecimiento que, a partir de 1990, entró en un proceso de deterioro, no se mantuvo al margen de los tratamientos farmacológicos, las terapias de choque o las lobotomías. Una institución en el imaginario popular, recogida en la popular canción Neurastenico, compuesta en de 1954, y que repetía "preciso me tratar, senao eu vou para Jacarepaguá". En el primer capítulo Renato de Souza Doria realiza un extenso análisis de los conflictos que generó la or-ganización de las tierras en el Sertao carioca a lo largo del siglo XX. Los labradores del oeste de Rio de Janeiro lucharon contra los usurpadores de tierra -grileiros-, que respondían a los intereses de empresarios, banqueros, abogados, policías y otros agentes de la administración local. El autor realiza, a través de la prensa, una reconstrucción de los enfrentamientos contra estos grileiros, desde los años cuarenta hasta el golpe militar de 1964. Renato Gama-Rosa Costa y Ana Paula Casassola Gonçalves, especialistas en urbanismo, se ocupan de la evolución de la colonia, en el segundo capítulo. Remontándose al siglo XVII, analizan arquitectónicamente los pabellones, inspirados en las colonias rurales que el director del Hospicio Nacional de Alienados Juliano Moreira (1873-1933) había tratado de implantar décadas antes. El texto se acompaña de mapas y fotos, dedicando especial atención a las estancias para tuberculosos, abordadas en otros dos apartados. El capítulo tres rescata la narrativa de algunos internos ingresados en torno a 1940, que no siempre se veían a sí mismos como enfermos mentales. Entre otros sentimientos, relataban sus opiniones, positivas y negativas, sobre el presidente de la República, Getulio Vargas, apodado "padre de los pobres", que visitó la institución. Janis A. Pereira Cassilia reproduce, incluso alguna instantánea fotográfica de la visita del controvertido presidente, publicada en el Anais de Assistencia a Psicopatas, periódico oficial del gobierno que luego se convirtió en Arquivo do Serviço Nacional de Doenças mentais. Los siguientes capítulos se ocupan del Pabellón Nossa Senhora dos Remedios, destinado a enfermas mentales aquejadas de tuberculosis. En el primero de éstos, Ana Teresa A. Venancio y un grupo de colaboradores, a través de diversas entrevistas, reconstruyen la vida de los habitantes -moradores -, que se instalaron a mediados de los setenta. Dada la información de las fuentes, se agruparon en 12 núcleos familiares y diez de éstos respondieron a los diversos motivos que les llevaron a habitar en la colonia. Estas familias y muchos hijos que nacieron allí, permanecieron hasta el año 2006. El Pabellón Nossa Senhora dos Remedios también es elegido por Anna Beatriz de Sá Almeida y su grupo de trabajo, en el apartado quinto, para analizar las fichas de observación de las mujeres tísicas internadas. Estos documentos recogían la anamnesis clínica, la evolución o cuestiones terapéuticas de las mujeres con sospecha de tuberculosis, que ascendían a 238 casos. Por una parte, se examinan características del perfil sociodemográfico como la edad, el color de la piel, estado civil o profesión y, por otra, se describen los diagnósticos y la constitución, según la clasificación de Kretschmer. La famosa tipología del psiquiatra alemán Ernest Kretschmer (1888Kretschmer ( -1964)), que relacionaba la constitución física, el temperamento y determinadas enfermedades psíquicas, estudiadas en las enfermas del Pabellón Remédios, donde predominaban la constitución leptosómica, asociada a la esquizofrenia. Sigrid Hoppe, en el capítulo seis, rescata las prácticas católicas en la Colonia y la llegada del padre Joaquim del Rodrigues, en mayo de 1953. Este sacerdote incluyó a los pacientes en diferentes actividades e impulsó una coral de niños o la devoción a San Cristóbal, patrón de los conductores. En definitiva, el libro realiza un acertado recorrido por diversas áreas de conocimiento (antropología, sociología, medicina....), básicas para enriquecer la historiografía de la Colonia Juliano Moreira y su relación con el entorno socio-cultural donde se asentó. A mi modo de entender, el trabajo mejoraría si aportara alguna comparación con otras instituciones del país y se echa de menos alguna bibliografía internacional para realizar una historia comparada con otras iniciativas similares en diferentes contextos socio-culturales. No obstante la monografía es recomendable como ejemplo de un acercamiento multidisciplinar a una institución psiquiátrica paradigmática de lo que fue un novedoso abordaje de la enfermedad mental en el siglo XX. Sin duda el buen hacer de las editoras ha permitido concentrar el esfuerzo de diversos investigadores en esta interesante monografía sobre la Colônia Juliano Moreira.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Como es bien sabido, durante las últimas décadas del siglo XX tuvo lugar una importante renovación de los estudios históricos sobre la ciencia. Desde diferentes tradiciones académicas (la sociología del conocimiento, la historia cultural, los estudios de género, por poner algunos ejemplos significativos) se plantearon propuestas novedosas que vinieron a cuestionar y, finalmente, a superar el viejo debate entre internalismo y externalismo. La ciencia como theoria cedió protagonismo a la ciencia como praxis; la ciencia ya constituida, la "ya hecha" (ready made science), a la ciencia en acción, la "que se está haciendo" (science in the making), según la conocida expresión de Bruno Latour. Este énfasis en las prácticas científicas tuvo consecuencias importantes para la historia de la ciencia, no solo porque facilitó el análisis de las controversias científicas (controversial studies) sino porque mostraron una nueva manera de concebir la "verdad científica". Una "verdad" que ya no se correspondería con una "realidad objetiva", sino que sería entendida como un producto convencional y contingente. En este marco, resultan de gran interés los estudios en torno a determinados saberes periféricos, conocimientos que bordearon la ortodoxia científica, que fueron considerados pseudocientíficos, que estuvieron en "el límite de la ciencia" pero que llegaron a impregnar la sociedad y la cultura en las que se desarrollaron. Es de sobra conocido el intenso debate sobre la significación de la frenología, en Edimburgo a comienzos del siglo XIX, protagonizado por Geoffrey Cantor y Steven Shapin en las páginas de Annals of Science en los años setenta de la pasada centuria. Pero junto a la frenología, otros saberes "periféricos" han sido objeto en los últimos tiempos de investigaciones que están demostrando que el mesmerismo, el hipnotismo, pero también el espiritismo o el ocultismo, fueron construyendo una cultura popular y unas prácticas que generaron debates sociales y científicos importantes. Tan significativos resultan los conflictos, apropiaciones y negociaciones entre el saber académico y las prácticas "profanas", como el interés de no pocos científicos en ignorar y no "contaminarse" con asuntos que la ciencia consideraba dudosos. Pues bien, en Los límites de la ciencia se estudia en profundidad uno de esos saberes adyacentes, fronterizos, inquietantes en muchos aspectos. El espiritismo, íntimamente ligado al menos en sus orígenes a los fenómenos paranormales, es el objeto de este libro colectivo que supone, sin ninguna duda, una novedad muy substancial en este tipo de estudios y en las dinámicas historiográficas que he apuntado más arriba. Con algunos antecedentes recientes, como el dossier monográfico sobre "Medicina y ocultismo" que, coordinado por Luis Montiel, Asclepio publicó en 2006, y algunos trabajos previos de las propias autoras y autores que participan en la obra que nos ocupa, me parece que no exagero si afirmo que este libro, editado por Annette Mülberger, puede considerarse una obra pionera y fundamental de la historia del espiritismo en nuestro medio. Mülberger, que además de editora es autora de los tres primeros capítulos del libro y de un epílogo que se plantea a modo de conclusión general, ha sabido reunir a un grupo de reconocidos especialistas que han completado con acierto aspectos concretos, dando lugar a un conjunto coherente y bien estructurado. Tras un prólogo de Antoni Roca en el que se reflexiona brevemente sobre la ciencia como un fenómeno social complejo, Annette Mülberger acomete la tarea de describir y analizar en los tres capítulos que componen el primer bloque del libro, el complejo proceso que va "Del espiritismo a la parapsicología". Nos explica, en primer lugar, los orígenes del movimiento espiritista en Estados Unidos, el entusiasmo suscitado por las prácticas espiritistas, así como las primeras críticas y acusaciones de fraude; la aparición de la figura del médium, y el comienzo de una expansión imparable que pronto llegó a Europa. Se destaca, en este sentido, el papel desempeñado en Francia por Allan Kardec, pseudónimo de un maestro formado en la pedagogía de Rousseau y Pestalozzi y que se convirtió en el líder espiritual del movimiento, siendo capaz de proponer una doctrina espiritista más próxima a la ciencia que a la religión, pero también de poner en marcha una serie de empresas como sociedades espiritistas, revistas, etc., que popularizaron y propagaron el espiritismo en otros países. La llegada a España de las ideas de Kardec son analizadas por Mülberger en un capítulo muy interesante en el que se analizan debates y controversias de envergadura, como la que se produjo entre Amalia Domingo Soler -médium, escritora y una de las figuras más relevantes del espiritismo en España (junto a otros personajes tan heterogéneos como el catedrático de Metafísica y Lógica Manuel Sanz y Benito, o el vizconde Antonio de Torres Solanot)-y el diputado católico Vicente Manterola. La autora sitúa dicho debate en el marco del más complejo enfrentamiento entre el espiritismo y la iglesia católica, un conflicto analizado en el contexto español pero que no fue, ni mucho menos, específico de este país. Un buen ejemplo de la expansión del espiritismo en el estado español puede ser la celebración del Primer Congreso Internacional Espiritista en 1888, con sede en Barcelona. Annette Mülberger analiza de forma exhaustiva sus Actas y nos ofrece páginas muy interesantes que demuestran la preocupación del movimiento espiritista por la reforma social. Algunas propuestas aprobadas en el Congreso, que aquí solo enumero pero que la autora desarrolla con detalle, son: el derecho a una educación laica y mixta; la mejora de las condiciones de vida y trabajo de la clase obrera; la defensa del laicismo y la secularización; la rehabilitación de los penados en las cárceles y el rechazo a la pena de muerte; defensa del pacifismo y el cosmopolitismo, etc. Todo un descubrimiento que permite ubicar a dicho movimiento espiritista en el amplio abanico de opciones progresistas comprometidas con el cambio social. El primer bloque del libro se cierra con un capítulo, también firmado por Annette Mülberger, que se ocupa del interés de los científicos por los fenómenos paranormales. Los espiritistas, lejos de apelar a una creencia intuitiva y acrítica, apelaron al diálogo con los científicos. Resulta de gran interés cómo prestigiosos hombres de ciencia -el biólogo evolucionista Alfred R. Wallace o el químico William Crookes, entre otros-se adhirieron a la causa espiritista después de observar y valorar atentamente numerosas sesiones y a pesar de la distancia crítica que la mayoría de sus colegas mantuvo hacia estas prácticas. La importancia de la tecnología en el intento de comprobar la existencia de fenómenos paranormales es señalada por la autora, desde el "aparato psíquico" de Crookes hasta el laboratorio del Barón Schrenck-Notzong. Los estudiosos del espiritismo y de lo paranormal no fueron ajenos a la fascinación por la ciencia y la técnica, como abanderadas del progreso, propia del tránsito del siglo XIX al XX. Resulta especialmente interesante el papel que se otorga al laboratorio de Schrenck-Notzong (que funcionó antes y después de la Gran Guerra) en el inicio de la parapsicología, de modo que el espiritismo y lo paranormal, unidos indisolublemente hasta ese momento, comenzarían a seguir caminos diferentes. Además, las diversas posiciones sobre la condición patológica de la mediumnidad, son objeto de un análisis muy fino que aborda los contrapuestos enfoques representados por Frederic William Henry Myers -uno de los fundadores de la Society for Psychical Research de Londres-y Pierre Janet, desde la Salpêtrière. Y la Salpêtrière nos remite, como no podía ser de otra manera, a la escuela encabezada por Charcot, pero también a la psicopatología francesa y a la importancia que los estudios sobre lo paranormal llegaron a tener en la elaboración de un modelo teórico para comprender la conciencia humana. Terminemos el comentario a este magnífico capítulo aludiendo a lo que Annette Mülberger llama la investigación psíquica "a la francesa", para referirse a la importante contribución de Charles Robert Richet y su metapsíquica (lo que más tarde Max Dessoir denominaría parapsicología). La verdad es que impresiona que el que fuera titular de la cátedra de fisiología de la Universidad de París y premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre la anafilaxia, se interesara de manera tan profunda por la investigación de lo paranormal. El segundo bloque del libro se ocupa de "La práctica de la mediumnidad, la hipnosis y la clarividencia en España". La primera contribución de este apartado corre a cargo de Andrea Graus, destacada especialista en la historia de las investigaciones psíquicas y el espiritismo y autora, entre otros trabajos importantes, de un artículo publicado en esta misma revista titulado "¿Dobles o espíritus? Las teorías del desdoblamiento frente al espiritismo en la España de principios del siglo XX" [Asclepio 66 (1), 2014]. Su aportación a Los límites de la ciencia responde a esta línea de trabajo y analiza la conceptualización y la práctica de la mediumnidad en España. Enlazando con el capítulo anterior, se ocupa del interés de los científicos por los médiums y por el fenómeno de la clarividencia. Resulta muy interesante el debate conceptual y la formulación de una la mediumnidad psíquica y otra espiritista. En el primer caso el médium sería el causante de los fenómenos, desempeñando un papel activo que contribuiría a una cierta naturalización y psicologización de los mismos; mientras que para los espiritistas el médium tendría un papel instrumental y pasivo, un mero canal de comunicación con los espíritus. La diferencia no es baladí pues implica un cambio conceptual de gran calado que ilustra de qué manera la mediumnidad se convirtió en objeto de estudio y discusión científica cuya consecuencia, según nos explica Andrea Graus de manera convincente, fue la apropiación de tal fenómeno por parte la ciencia y las investigaciones psíquicas. El segundo capítulo de esta grupo es de Ángel González de Pablo y analiza las estrategias de legitimación de la hipnosis médica en España. Con una dilatada y muy solvente trayectoria como historiador de la medicina, González de Pablo viene trabajando estos últimos años en la historia del hipnotismo. En 2003 coordinó, junto a Luis Montiel, En ningún lugar, en parte alguna. Estudios sobre la historia del magnetismo animal y del hipnotismo (2003), libro importante y pionero de este tipo de estudios en España. En esta ocasión nos ofrece un sugerente análisis del proceso mediante el cual los médicos interesados por la hipnosis se esforzaron en persuadir a sus colegas del rigor científico y técnico de su práctica ("consolidación" en el seno de la profesión); pero de convencer también a otros agentes sociales de la pertinencia de su utilización en ámbitos como el judicial o el pedagógico ("colonización" de espacios de saber y poder no médicos); y de procurar, finalmente, el descrédito de la charlatanería y de cualquier práctica hipnótica no científica ("exclusión" de todo lo que contaminara o hiciera dudar del marchamo científico que el hipnotismo debía tener). Un análisis que me recuerda, con las variantes adecuadas a este estudio de caso, lo que en otras ocasiones hemos llamado "organizar y persuadir: estrategias profesionales y retóricas de legitimación de la medicina mental". La metapsíquica, entendida como un proyecto científico que se declaraba al margen de toda doctrina cosmológica, moral o religiosa, y que se aproximaba al estudio de las manifestaciones espiritistas desde la ciencia positivista, es objeto del capítulo de Mónica Balltondre. Un tema que ya había estudiado, junto a Annette Mülberger, en un importante artículo sobre "Metapsychics in Spain" publicado en 2012 en la revista History of the Human Sciences. En su texto, Balltondre nos ofrece un acercamiento muy original e interesante a la práctica de la metapsíquica a través de un estudio de caso concreto: los experimentos psíquicos y las investigaciones sobre telepatía y clarividencia llevados a cabo por un peculiar personaje: el marqués de Santa Cara. La autora da cuenta de los debates en torno a las supuestas habilidades de su hijo -Joaquín Argamasilla-para ver a través de los objetos opacos, aceptadas por personalidades como Charles R. Richet, Blas Cabrera o Torres Quevedo, consideradas un fraude por Harry Houdini (cuando coincidieron en Nueva York) o explicadas como un fenómeno de autosugestión del marqués y su primogénito por Gonzalo Rodríguez Lafora. Especialmente brillante y esclarecedor me parece el análisis que Balltondre realiza en torno a una construcción tecnocientífica de la clarividencia, que interpretaba las visiones como transmisiones o sintonizaciones similares a las radiofónicas. No cabe duda que las novedades técnicas (radio, telégrafo, cinematógrafo, etc.) introducían un nuevo vocabulario -el de las ondas electromagnéticas-que favoreció la metáfora explicativa de los contactos con lo oculto. Finalmente, los dos últimos capítulos del libro recogen aportaciones que abordan contextos geográficos y culturales diferentes al español, lo que puede permitir al lector considerar una cierta dimensión comparativa. Nicole Edelman es una gran especialista en analizar espacios de intersección cultural, donde lo político, lo religioso y lo científico se entrecruzan de manera compleja. Es autora, entre otros trabajos, de Voyantes, guérisseuses et visionnaires en France, 1785France, -1914France, (1995)), de Histoire de la voyance et du paranormal: du XVIIIe siècle á nos jours (2006), pero también de una obra, que a mi entender es fundamental en su producción, como Les metamorphoses de l'histérique (2003). Su aportación al libro que nos ocupa es tributaria, como es lógico, de estos trabajos previos. Especialmente sugerente resulta, a mi juicio, el interés de Jung, más que el de Freud, por el fenómeno de la videncia y el ocultismo, pero también el fenómeno cultural que supuso la eclosión en Europa de prácticas como la astrología o el tarot, o la popularización de los horóscopos. Por su parte, Michaul D. Gordin publica en Los límites de la ciencia una versión actualizada del capítulo 4 de su libro A Well-ordered Thing: Dmitrii Mendeleev and the Shadow of the Periodic Table (2004) y narra, esta vez en castellano, el debate que tuvo lugar a partir de 1875 en el seno de una comisión creada en San Petersburgo para estudiar los fenómenos espiritistas. Se analiza el papel desempeñado en dicha comisión por el espiritista Aksákov y por el célebre químico Mendeléyev, mundialmente conocido por la tabla periódica de los elementos. Gordin termina proponiendo toda una reflexión sobre el lugar de la ciencia en la sociedad moderna. El libro se cierra, como ya se dijo, con un Epílogo conclusivo y muy oportuno de Annette Mülberger y con unos apéndices, uno de poesía espiritista y otro de definición de conceptos que pueden facilitar la lectura al lector no familiarizado con la materia abordada. Hasta aquí una reseña que ha pretendido situar al potencial lector de Los límites de la ciencia en algu-nos de los contenidos y de las claves que, a mi juicio, resultan más relevantes. Sin duda hay muchas más y, como siempre, cada uno puede hacer su propia lectura de una obra que es muy trasversal y que aunque diseñada y ejecutada desde la historia de la ciencia, con seguridad interesará a historiadores de la psicología, de la medicina y la psiquiatría, de la física,... pero también a historiadores culturales, antropólogos o a los que trabajen en el ámbito de los estudios culturales o la sociología histórica; sin olvidar a un público más extenso porque, en el fondo, Los límites de la ciencia supone, en mi opinión, una aportación fundamental a la historiografía, pero también una contribución muy estimable a la cultura científica, en un sentido más amplio. Instituto de Historia, CSIC
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia 68 (2), julio-diciembre 2016, p167 ISSN-L:0210-4466 http://asclepio.revistas.csic.es RESEÑAS / BOOK REVIEWS Las voces de la locura, el último libro de José María Álvarez y Fernando Colina, pretende dar respuesta a preguntas que los estudiosos de la condición humana y la psicopatología siempre se han hecho. Con dos estilos claramente diferenciados, aunque se acoplan a la perfección, los autores se centran especialmente en la relación del lenguaje con la locura. Y es precisamente este binomio lenguaje-locura, el que da pie a este libro. Si falla el lenguaje (esencia del hombre), la locura se hace presente. Los autores se desmarcan del modelo biomédico, hegemónico en la actualidad y se vuelven hacia el sujeto. De una forma atrevida e ingeniosa, consideran que la respuesta al porqué de las voces propiamente psicóticas, las voces de la locura, se encuentra en la historia de la subjetividad. Analizan psicopatológicamente las alucinaciones verbales (también conocidas como voces), propias del polo más esquizofrénico de la locura, desde esta perspectiva. Y desde ella llegan a la conclusión de que las voces no están presentes desde siempre, sino que son una manifestación exclusiva de la Modernidad, el precio a pagar por un cambio en la subjetividad del hombre que se produce por la entrada en crisis del lenguaje que lo constituye. El libro consta de un prólogo y siete estudios (El automatismo mental. Del lenguaje como sustancia del alma, Las voces y sus historia: sobre el nacimiento de la esquizofrenia, Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad, Entre voces, El hombre hablado. A propósito del automatismo mental y la subjetividad moderna, Sustancia y fronteras de la enfermedad mental y El sujeto de la melancolía). Los capítulos pueden ser leídos por separado y, de hecho, conviene pararse y recrearse en las páginas del libro para poder extraer bien el jugo a cada palabra escrita. Es un libro para leer poco a poco, un libro para reflexionar y para abrir la mente a planteamientos antinaturalistas de la esquizofrenia, aunque estos no estén de moda. Las atrevidas conclusiones a las que llegan se anuncian en el prólogo del libro, lo que incita a seguir con atención el hilo expositivo y a examinar con todo detalle los argumentos que dan pie a tan original análisis de las voces. Los autores tienen claro, y así lo hacen constar desde las primeras páginas, que la esquizofrenia tiene un origen histórico, es decir, que la psicosis esquizofrénica es producto de la historia, una enfermedad histórica, una enfermedad nueva. Y no sólo nos hablan de su origen, sino que sitúan el periodo en el que aparece esta forma de locura. En su opinión, la esquizofrenia surge en un mundo terrible y mudo, descoyuntado entre la ciencia y el Romanticismo, en ese momento de la historia en el que el mundo se queda sin Dios y sin nada que pueda hacer su función. La ciencia y su discurso no puede reemplazar al Dios que los hombres han matado. Las voces aparecen como el único medio que el hombre encuentra para llenar el vacío existencial y para dar sentido al sinsentido y al caos reinante; para dar respuesta a lo imposible, a lo no simbolizable, a lo real. Se convierten en el escudo verbal del psicótico. Tras este prólogo que parece decirlo ya todo, los capítulos que lo siguen están dedicados a desarrollar ampliamente y con coherencia los argumentos en los que se basan y que culminan en las conclusiones ya mencionadas. Álvarez y Colina hilan paulatinamente ideas y reflexiones hasta crear un entramado envolvente que nos permite entender el armazón de su teoría sobre la génesis histórica de la esquizofrenia. El último capítulo, al que volveré al final de esta reseña, El sujeto de la melancolía, es, a mi parecer, un capítulo muy especial aunque molesto para muchos. Está dedicado a la melancolía, a Saturno, a esa condición intrínseca y nuclear del hombre. Y es que la melancolía, al contrario que la esquizofrenia, ha acompañado y acompañará siempre al hombre. Frente a referencias modélicas e intemporales como la melancolía, la paranoia y la histeria se encuentra el automatismo mental, objeto de estudio del primer y quinto capítulo del libro, síndrome ampliamente descrito en su tiempo por Clérambault. El automatismo mental, la expresión más depurada del pathos moderno, lo más característico de las formas esquizofrénicas de la psicosis, prácticamente no tiene historia. Es el hermano pequeño de la locura nacido a destiempo. El estandarte de un nuevo reino, el mundo esquizofrénico. Profundizar en su estudio nos lleva a entender el origen de las alucinaciones verbales como una alteración del lenguaje interior, tal como puso de manifiesto Séglas, y también a comprender el concepto del xenópata, es decir, del sujeto hablado por el lenguaje. El visionario de Esquirol y Kant da paso al ventrílocuo de Baillarger, y éste al xenópata de Séglas y Clérambault. El sujeto se ve parasitado por un lenguaje que le es extraño, que se le impone y que lo utiliza a su antojo. Lacan irá más lejos y generalizará la xenopatía al considerar al lenguaje constitutivo del ser, con lo que se verá en la obligación de explicar qué mecanismos permiten al hombre zafarse de una locura que parece constitucional. En el segundo capítulo, Las voces y su historia: sobre el nacimiento de la esquizofrenia, los autores se hacen la siguiente pregunta: ¿Las voces de los esquizofrénicos han estado siempre presentes en las manifestaciones de la locura o son de reciente aparición? La respuesta la sabemos: la esquizofrenia es una enfermedad moderna y, por la tanto, las voces psicóticas stricto sensu también lo son. De forma original, Álvarez y Colina se preguntan sobre la esencia de las voces y la función que ellas tienen para el sujeto. La explicación que dan los autores es que las voces psicóticas son el racionalismo mórbido del esquizofrénico, su principal recurso para paliar la angustia psicótica resultante de la fragmentación del lenguaje. El psicótico prefiere crear un lenguaje nuevo y seguir siendo, aunque se convierta en otro, antes que dejar de ser. En Entre voces y también en El hombre hablado pondrán de manifiesto las diferencias entre las voces de la Antigüedad y las voces de la Modernidad, es decir, las voces propiamente psicóticas. Las prime-ras eran voces morales o celestiales, con contenidos proféticos, reveladores y correctores de la conducta. Por el contrario, las voces esquizofrénicas son mudas, inefables, atemáticas, anidéicas, de difícil descripción, reiterativas, invasoras e injuriosas. Son voces animadas a gritar en silencio su omnipotencia y su potestad; voces que se atreven a decir lo que uno a sí mismo no puede decirse y, a pesar de todo, ser anheladas por el psicótico en su necesidad de buscar compañía en medio de la extrema desolación que caracteriza al árido terreno esquizofrénico. Origen histórico de la esquizofrenia e historia de la subjetividad traza un recorrido por la historia de la subjetividad y nos conduce al encuentro con el embrión esquizofrénico y a su gestación. La esquizofrenia es el resultado de un cambio en lo más profundo del sujeto, cambio determinado por la historia. La cultura, como explican los autores, justifica cambios en la presentación de los síntomas, en la evolución de los tratamientos o en la influencia que la sociedad ejerce sobre su apariencia pero será la historia la responsable del nacimiento de un nuevo sujeto. La abrupta e irreconciliable división entre positivismo y Romanticismo, rompe, divide y fragmenta a su vez al hombre. El esquizofrénico irrumpe en este momento de la historia como síntoma nuclear de la ciencia moderna. La dialéctica entre los modelos continuistas y discontinuistas, así como el diálogo entre lo uno y lo múltiple, parece a juicio de los autores la mejor estrategia para aproximarnos con cierta garantía, aunque con humildad, a la sustancia, esencia o naturaleza de la enfermedad mental. Esa dialéctica invita asimismo a concebir el pathos como una construcción discursiva y no como un hecho de la naturaleza. Este tema únicamente esbozado en este libro ha sido ampliamente tratado por José María Álvarez en su libro La invención de las enfermedades mentales (Gredos, 2008). El último capítulo del libro, El sujeto de la melancolía, como ya mencioné previamente, es un capítulo muy especial. Profundo, poético, auténtico y sobre todo humano, porque si algo es la melancolía es humana. La historia de la humanidad es la historia de la melancolía, según propone Rafael Huertas en La locura (La Catarata, 2014). La primera parte de este capítulo está escrita por José María Álvarez y la segunda por Fernando Colina. Cada uno con su estilo y sus referentes, trazan una semblanza del sujeto melancólico que se convierte en reivindicación de otra manera de entender la psicopatología. Empieza el capítulo hablando de los enemigos de la melancolía, del intento de algunos de exterminarla y hacerla desaparecer sin entender que la melancolía está por todas partes aunque no se la quiera ver y que su exterminio no es posible. El dolor del alma (Griesinger), la frenalgia (J. Guislain), la neuralgia psíquica (Krafft-Ebing) o como se quiera llamar a la melancolía, sólo se puede destruir si se destruye al hombre, porque la melancolía forma parte del hombre, porque no hay uno sin la otra. Es lo mejor y lo peor del hombre, el anudamiento del odio y del sadismo con la genialidad, la creatividad y el arte. El saturnino es frío, egoísta, indigno, oscuro, indiferente al otro, de una época pasada, culpable y deudor de por vida. Pero también es el hombre al que nada le falta, el prodigioso, el hombre de conocimientos profundos y portadores de un don especial para las artes, la ciencia, la creación, la ontología, la metafísica, la filosofía y la teología. De manera extrema, es todo lo que el hombre tiene de bueno y de malo, de creador y de estéril, de elevado y de zafio. Cuando uno llega al final del libro se da cuenta de que hay otra forma de entender la locura más allá del modelo biológico, hegemónico en la actualidad. Entiende que abrir la mente a este enfoque enriquece al estudioso de la condición humana y de la psicopato-logía, y que además su conocimiento contribuye a hacernos mejores clínicos. Para acercarse al sufrimiento humano hay que profundizar en sus entrañas. Queda claro que la historia construye al sujeto y al pathos, no sólo en el caso de la esquizofrenia, aunque ésta haya sido la protagonista del libro. A pesar de todo, con humildad y valentía, conviene manifestar en público y sin rubor aquello que, en privado, bisbiseara Nancy Andreasen: «Sea lo que sea [la esquizofrenia] no sabemos qué es». De estas palabras se hacen eco los autores y también la que suscribe este texto. La esquizofrenia reta al conocimiento. Y, aunque nos pese, ella siempre gana. Pues, por definición, la esquizofrenia siempre se sitúa del otro lado del conocimiento. Psiquiatra en la Red Asistencial del País Vasco (Osakidetza)
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS El bulevar de los pobres, que lleva por subtítulo "Racismo científico, higiene y eugenesia en Chile e Iberoamérica siglos XIX y XX", es un libro colectivo, editado por César Leyton, Cristián Palacios y Marcelo Sánchez, publicado el año 2015 por la editorial Ocho Libros. La organización del texto es límpida: Primero, una introducción, de la autoría de los editores, suerte de écriture à trois. Segundo, el cuerpo textual propiamente tal, subdividido, a su vez, en tres partes, que se corresponden con los siguientes ejes problemáticos: higiénico, eugénico y sociobiológico. Finalmente, un epílogo, nuevamente escrito por los editores. El número tres se repite, nuevamente, a propósito de la composición, ya que ésta, considerando el origen y la naturaleza de los textos, es tripartita: En primer lugar, incluye algunos textos originales, compuestos especialmente para su inclusión en este libro. En segundo lugar, contiene algunos trabajos presentados inicialmente el 4 de septiembre de 2013 en la Jornada Internacional Ética, Política y Tecnociencias: preguntas históricas a los fascismos iberoamericanos, evento organizado por el Grupo de Estudios en Historia de la Ciencia de Chile y el Museo Nacional de Odontología de la Facultad de Odontología de la Universidad de Chile. Tercero y último, comprende algunos textos «originales», suerte de materiales históricos o testimonios. Mención aparte merecen las numerosas imágenes, entre ellas, un mapa de Santiago del 1875 en el cual se distingue el camino de cintura o cordón sanitario, una pintura mural de Arturo Reque Meruvia, titulado Alegoría de Franco y La Cruzada, el programa de Medicina Legal de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile de 1935, páginas escogidas de la revista El Cabildo de Santiago. La cuidada edición se refleja, de modo singular, en la inclusión de algunos «documentos históricos», entre ellos, por ejemplo, el discurso pronunciado por el doctor señor Augusto Orrego Luco al tomar posesión del cargo de Presidente de la Sociedad, La continencia y la vida militar de Rafael Edwards Salas, La ortodoncia i su influencia racial de Vicente Real, A los jóvenes de Waldemar E. Coutts, Biotipología y psiquiatría de K. O. Henckel, Comunismo y Eugenesia, Natalidad e Intelectualidad. Lección inaugural del curso de clínica obstétrica de 1932 de Carlos Mönckeberg, Las leyes de esterilización de Juan Andueza. Estos textos, incluidos oportunamente, en la ensambladura del volumen, se distinguen de los textos contemporáneos no solamente por la tipografía, sino, asimismo, por el color de las páginas. De este modo, se incluyen los materialestrátese de textos, imágenes, fotos, etc. -sin correr el riesgo de borrar las fronteras o disimular las discontinuidades radicales. De modo pormenorizado, el apartado «sociobiológico» se compone exclusivamente de trabajos presentados en el congreso, a su vez la parte «higiénica» se conforma a partir de trabajos originales, mientras que la sección «eugénica» conforma una especie de híbrido. Arranca el libro con una reflexión -que se extendería a través de todo el texto, a ratos de modo más explícito, otras veces más implícito -sobre el problema de los bulevares, con especial consideración de su uso tradicional, por un lado, y de aquello que constituye su novedad histórica propiamente tal, por el otro; ejemplo de la ejemplar sensibilidad hacia el carácter al menos bifaz de los fenómenos históricos que constituye un especie hilo rojo que atraviesa todo el libro. Algunas de las significaciones y funciones asociadas de dichos bulevares se entrevén con mayor claridad si se considera que la sociedad chilena, en opinión de los editores, se caracteriza por su particular diversidad y segregación; en este punto los editores, lamentablemente, no aprovechan la oportunidad de aclarar en qué la mentada sociedad chilena se distinguiría de otras sociedades, con las cuales, en tanto sociedades modernas, como se podría conjeturar, presumiblemente comparte estas características. La argumentación desplegada, haciendo parte de la lógica argumentativa ya mencionada, opone, por un lado, la compartimentalización de los espacios, la segmentación de las ciudades y, por el otro, más allá de todo fraccionamiento, una exigencia universal, a saber, el imperativo, dirigido hacia quienes aspiren a ser reconocidos como ciudadanos legítimos, de ser competitivos, eficaces, sanos, trabajadores, honrados. Estos valores, más allá de sus respectivas y enrevesadas genealogías, se ofrecen, en el ámbito de la praxis política, como potenciales normas para separar, de manera aparentemente exacta e irrefutable, lo sano de lo enfermo, lo normal de lo patológico, lo integrado de lo desviado, etc. Más aun, dichos valores, una vez instaurados en el espacio social, han servido de fundamento desfondado para el forjamiento de todo tipo de relatos -y prácticas -que permiten, legitiman y ejercen la exclusión de lo que es considerado como vicioso, ocioso, degenerado, corrompido, descarriado o pervertido, entre otros. Más allá de este preámbulo de carácter general, el libro, en cierto modo parafraseando una conocida hipótesis de Trotsky acerca de los acuerdos entre liberalismo y fuerzas reguladoras de la eficacia en clave racista, formula la siguiente interrogante: ¿Cuáles han sido las puertas traseras por las cuáles se han naturalizado las ideas de higiene, limpieza, orden y eficacia como indispensables al orden social? Y, a su vez, ¿cuáles son los cementerios medievales, en los que descansan, en dudosa paz, las ideas e instituciones, que pueden ser reactivadas para volver a establecer una serie de distinciones, según lo defina el poder político? Las mentadas preguntas lanzan al libro a una búsqueda, a ratos polifónica, plural y desemejante, de los factores y procesos históricos que contribuyeron a la respectiva naturalización de las ideas de higiene, limpieza, orden y eficacia con el propósito de asegurar su contribución a la instauración y el mantenimiento del orden social. Las indagaciones arqueogenealógicas emprendidas por los distintos autores se retrotraen hasta el proceso de independencia del Imperio español, el cual, en opinión de los editores, instauró en Latinoamérica un discurso ilustrado y una práctica republicana, que si bien se articulaban sobre profundas exclusiones sociales y políticas, en un principio no era necesariamente proclive al exterminio de la diferencia ni a una segregación excluyente por motivos raciales. La aniquilación del diferente y el apartamiento categórico se dejan reconocer, por «primera vez», durante la segunda mitad del siglo XIX en el contexto de numerosos procesos de transformación y refundación nacional. El establecimiento, necesariamente impositivo, necesariamente dotado de cierta violencia fundacional, de un nuevo orden coincide con la constatación de opuestos asimétricos: por una lado, fuerzas modernizantes y civilizadoras, por el otro, grupos sociales definidos en base a criterios biológicos y raciales. Según la reconstrucción desplegada en Bulevar, la oportuna instauración de un relato del progreso, en conjunto con los factores anteriormente señalados, promovió la convicción que el desarrollo de lo propio y mejor requiere el disciplinamiento -y eventual exterminio -del otro; una otredad que de preferencia se presentaba mediante la figura del salvaje, el degenerado, el lisiado mental, el peón gañán, el enfermo social, así como de todo tipo de gente de mala vida en general. Los efectos normalizadores de aquel binomio entre prácticas y discursos se dejan pesquisar, en la Araucanía, mediante el examen de los procesos de asentamiento, reducción y saque de los mapuches, y en el espacio de la ciudad perteneciente a la capital, como ortopedia urbana. Particular mención merece la emergencia, hacia finales del siglo XIX, del naciente saber médico-psiquiátrico, generado sobre la base de la teoría de la degeneración y de la circulación de idea de raza de los pobres; según ésta, una vez convertida en doctrina apodíctica que no tardaría en convertirse en pivote de los discursos higienistas, los pobres serían parte de una subespecie humana, degradada por sus formas de vida y su cotidianidad, por el alcohol y por defectos ya incorporados al proceso hereditario. Las mentadas reformas urbanas modernas, asociadas al surgimiento y la creciente hegemonía del discurso aludido, reemplazaron las murallas medievales por los boulevards, anchas -y arboladas -avenidas, cuyo recorrido se proyecta a lo largo del antiguo muro, rodeando, de este modo, el núcleo urbano. Derivada del holandés medio bulwerc, en alemán: Bollwerk, etimológicamente remite a la defensa, la protección, el amparo mediante una obra conformada por baluartes, fortificaciones o bastiones. Una vez fagocitados por la lengua castellana, convertidos en bulevares, el uso criollo de la palabra mediante se articularon como nuevas formas de separación, expresión de un proyecto de segregación territorial análogo al desarrollado por el colonialismo europeo. El bulevar es un espacio paradojal, ya que es, a la vez, circulación y defensa, espacio de comercio y de convivencia, flujo, transición, exclusión y separación. Llama la atención, en ese sentido, el empleo del singular en el título: el bulevar, en vez de los bulevares. Se expresa en ello, más allá de la admitida diversidad constituyente, cierta toma de partido por parte de los autores, que no dudan en transparentar cuáles serían sus hipótesis comprensivas a propósito de la configuración del plexo relacional articulado por relaciones de fuerzas que amalgaman, y separan al mismo tiempo, prácticas y discursos en el ámbito de la higiene, la eugenesia y el dominio sociobiológico. Aquí el título de las jornadas internacionales que precedieron la edición del libro y tributaron a su conformación resulta crucial. Y no obstante, a pesar de la fuerte apuesta a la pluralidad y heterogeneidad, es posible identificar una constante, aunque de apariencia intermitente, que atraviesa de los tres bulevares propuestos: específicamente, la sospecha, por no hablar de convicción, que el diagnóstico del presente en general, y aquel del problema social en particular, contó con el aporte decisivo de términos deterministas biológicos. De modo más pormenorizado, el volumen constata y denuncia la presencia de una visión jerárquica e inmóvil de la sociedad, forjada en base a las procedencias biológicas de los respectivos individuos, y que se solapa y potencia con sus procedencias sociales. De este modo, vieja y nueva cuestión social aparecen conectadas a través de una compleja red de quiebres y continuidades, un entramado sobredeterminado de discontinuidades y relaciones de prolongación y conservación. Finalmente, en el epílogo, dedicado al análisis crítico del llamado «Año Darwin», cuya concepción e implementación estuvo a cargo del Gobierno de Chile y una serie de empresas privadas del sector de las telecomunicaciones, la minería, la farmacología, entre otros, vinculadas a la elite conservadora chilena, se cuestiona si actualmente acaso estamos asistiendo a un relanzamiento de la especie neoliberal. El examen de un ciclo de conferencias y otros eventos realizados en el marco anteriormente dilucidado levanta la sospecha acerca de la generación de nuevos -y mejores -argumentos a favor de la perpetuación de una ideología darwinista social excluyente, autoritaria y jerárquica en nombre de la «ciencia». Los editores no dudan en conjeturar que estaríamos asistiendo al relanzamiento de la especie neoliberal, justificación de su necesidad y del modelo social que imaginaban y querían imponer. Examen del pasado y diagnóstico del presente en este punto se entrelazan, formando un anudamiento crítico de un pensamiento de la sospecha, sostenido en el examen crítico de los procesos de regulación de las relaciones de poder y de los lugares y funciones de los factores siguientes en dicha regulación: la defensa, pretendidamente científica, del sentido racial de un determinado grupo étnico y la problematización de las diferencias raciales en un grupo social, la discusión de la relevancia de la higiene al momento de abordar las enfermedades desde su dimensión social y una especie de filosofía social que defiende la mejora de los rasgos hereditarios humanos mediante diversas formas de intervención manipulada y métodos selectivos de humanos. En resumen, se trata de un libro crítico -en el sentido ilustrado, asociado a cierto modo de pensar la ciencia y la historia -, espinoso, áspero y polémico, empeñado en realizar, al mismo tiempo, un diagnóstico crítico del presente y un examen pormenorizado de sus múltiples vías genealógicas de configuración, con especial atención a todo proceso o gesto de marginación, destierro o exclusión y del rol de las ciencias, pretendidamente neutras, imparciales o justas, en ello. Un libro que, sin lugar a dudas, contribuye al debate contemporáneo tanto por los argumentos vertidos en sus textos y los hallazgos desenterrados por las investigaciones particulares, como por el ethos histórico-crítico que encarna sin reservas. Facultad de Ciencias Sociales Universidad Andrés Bello -Chile
En su estado actual el Corpus Aristotelicum no contiene ningún tratado dedicado a la medicina, siendo esto causa suficiente como para que muchos estudiosos hayan dado por hecho que Aristóteles nunca la tomó como objeto de estudio. Otros, empero, pretenden justamente dar pruebas de que Aristóteles sí se interesó por el arte médico, que lo estudió y que es muy plausible que escribiera sobre medicina. Para ello traen a colación razones de diversa índole, aunque básicamente serán dos los argumentos en los que harán hincapié. El primero engloba las analogías médicas que Aristóteles utiliza en sus tratados, y el segundo recurre a las menciones a determinados libros de contenido médico a lo largo del Corpus Aristotelicum. A partir de un examen crítico de ambos argumentos este artículo pretende arrojar algo más de luz sobre el asunto a partir de los contenidos del papiro Anónimo de Londres. MARCO GENERAL Y PROBLEMÁTICA DEL ESTUDIO DE LA MEDICINA EN ARISTÓTELES Figura clave en la historia del pensamiento y de la ciencia, Aristóteles se ocupó prácticamente de todos los ámbitos del conocimiento posibles. Sin embargo, en su estado actual, el Corpus Aristotelicum no contiene ningún tratado dedicado a la medicina. Sabemos que buena parte de las obras de Aristóteles ha desaparecido por completo. En vida Aristóteles fue conocido en los ambientes cultos a través de las obras que publicó, pero no se conserva ninguna de estas obras exotéricas, y con esto, tampoco nada de lo que Aristóteles pudo haber escrito específicamente sobre medicina. El Aristóteles que ha llegado hasta nosotros es el Aristóteles didáctico (Bidez, 1943, p. 43), por lo que tenemos acceso a una versión muy restringida de lo que fue el conjunto de su producción literaria, en particular, solo a aquella que iba dirigida a los estudiantes del Liceo. El problema que se plantea a la hora de obtener un retrato más o menos fiel de todo sobre lo que Aristóteles pudo tratar -y por ende afirmar si en el Liceo se enseñó la medicina -se ve sin duda acrecentado por la rocambolesca historia del Corpus Aristotelicum. 1 A esto se le tendría que sumar el hecho de que son muy pocas las menciones a médicos que encontramos en el Corpus, como si Aristóteles hubiera considerado que eso no era relevante, pues, por lo general habla de los médicos como de un colectivo, sin llegar casi nunca a individualizar. 2 Estos detalles de partida son causas suficientes como para que muchos estudiosos hayan dado por hecho que Aristóteles nunca tomó la medicina como objeto de estudio, y si nos atenemos a dichas dificultades, lo cierto es que están en todo su pleno derecho. 3 Con esto en mente mi intención es aportar argumentos para todo lo contrario, señalar las razones de diversa índole -aunque a tenor de lo dicho sobre todo textuales -por las que cabe hablar de un lugar para la medicina en la filosofía de Aristóteles, y a partir de estas reconstruir dentro de lo posible cuales pudieron haber sido los fundamentos de la medicina aristótelica. ASPECTOS SOCIOLÓGICOS DE LA MEDICINA EN LA ÉPOCA DE ARISTÓTELES Alcmeón de Crotona 4, Empédocles 5, Demócrito 6, Diógenes de Apolonia 7, Anaxágoras 8, Parménides, Pitágoras, Filolao...la mayoría de los fisiólogos 9 presocráticos o bien fueron médicos o trataron en alguna medida aspectos tales como la constitución y el fun-cionamiento del cuerpo, las enfermedades del alma, la embriología, la nutrición, la respiración, el pulso, la fiebre o los principios de la enfermedad. Más tarde también lo hicieron Platón, Teofrasto, Estratón o Sexto Empírico. En el De sensu et sensato Aristóteles dice que no es nada raro que los filósofos terminen sus libros con una discusión sobre medicina, y que los médicos empiecen los suyos debatiendo ciertos principios filosóficos. 10 Parece por tanto difícil imaginar que Aristóteles, buen conocedor como era de toda la tradición filosófica anterior 11, no hubiera dado ningún paso en este sentido. Al margen de esto, una tal despreocupación por la medicina por parte de Aristóteles resulta aún mucho más inverosímil si se tienen en cuenta las implicaciones sociológicas de la medicina en la antigua Grecia (Nutton, 1995, p. 12 Entre los Asclepiadas los entresijos de la disección y de las otras técnicas vinculadas al arte de la medicina se transmitían de generación en generación (Boudon, 1994(Boudon,, pp. 1423;;Longrigg, 1995, p. 13 Nicómaco, el padre de Aristóteles, fue un famoso médico cirujano que se ocupó, en primer lugar, de la salud del rey Amintas II de Macedonia 14 y luego de la del hijo de este, Filipo (el que fuera padre de Alejandro Magno cuyo tutor por algún tiempo fue el propio Aristóteles). 15 La hija de Aristóteles, Pitia, se casó con Metrodoro, el médico alejandrino maestro de Erasístrato de Quíos (Wilson, 1959, p. 17 En la Antigüedad existió, además, una educación médica de corte exclusivamente teórico. 18 La formación de una persona cultivada requería de una cierta familiaridad con la cultura médica, familiaridad que quedaba al margen de toda pretensión profesional 19, por lo que cuesta creer que Aristóteles pudiera haberse sustraído también a la tendencia pedagógica imperante de su tiempo. En relación a esto, quizás parte de la raíz del asunto esté en el hecho de que el término 'médico' (iatrós) era polisémico en griego. 20 En la Política 21 Aristóteles afirma que la palabra 'médico' cuenta por lo menos con tres significados distintos: el que se aplica a quien practica el arte médico, el que se dice de quien ha adquirido un alto nivel de conocimiento en el arte médico 22, y en tercer lugar, y más importante aquí, el que se emplea para hacer referencia a la persona instruida en los principios de la medicina. 23 En la época clásica, por tanto, y más en concreto en Aristóteles, el iatros pepaideuménos (Eijk van der, 1995, p. LOS TRATADOS MÉDICOS DE ARISTÓTELES Se han expuesto hasta aquí, sumariamente, las razones contextuales por las que es más que plausible que Aristóteles pudiera haber tratado de temas médicos. Para dar más firmeza todavía a esta suposición se examinará ahora qué es lo que en este sentido podemos hallar en los textos de Aristóteles. De entrada, deben tenerse en cuenta las numerosas ocasiones en las que, para explicar mejor la idea que está exponiendo, Aristóteles pone la medicina como ejemplo o la usa como analogía (Eijk van der, 2005, p. 26 El empleo de la analogía responde a la necesidad de dar un mayor grado de verosimilitud explicativa a los fenómenos descritos cuando estos se basan en una mera posibilidad teórica, o en un argumento inobservable. La analogía refleja por parte de quien la usa el conocimiento tácito de los elementos implícitos que posibilitan la misma, y en lo que aquí concierne, el conocimiento de los procedimientos del arte de la medicina por parte de Aristóteles. El problema está en discernir entonces si Aristóteles usó dichas analogías solo en el plano retórico o si, de lo contrario, estas implican que en algún modo la medicina se enseñó y se practicó en el Liceo. 27 Contra esto podría objetarse, claro está, que todos los ejemplos de analogías médicas a los que Aristóteles recurre hacían parte del acervo común de conocimiento al alcance de cualquier griego y que, por consiguiente, no pueden constituir ninguna prueba fehaciente de que Aristóteles hubiera cultivado un particular saber de tipo médico. El hecho es que, si se quiere, entre los tratados de Aristóteles tampoco faltan menciones a la medicina de un calado mucho más técnico. Son cuatro, concretamente, los casos a estudiar en lo que a esto se refiere. En primer lugar las numerosas referencias, unas veinte, que Aristóteles hace a un tratado llamado Disecciones; en segundo lugar, las diversas menciones a otro escrito que lleva por título Sobre la enfermedad y la salud; en tercer lugar, el contenido del último libro de la Historia Animalium y, finalmente, la colección de cuestiones médicas tratadas en los Problemas. De acuerdo con el testimonio de Galeno 28, el primero en escribir un tratado sobre anatomía fue Diocles de Caristo. Dados sus vínculos con el Liceo (Kudlien, 1963, pp. 459-460), algunos expertos creen que las menciones que Aristóteles hace al tratado de las Disecciones 29 se refieren a la obra de Diocles titulada De anatomia animalis, en la que Aristóteles se habría inspirado para escribir su propio tratado homónimo (Byl, 2011b, p. Contamos no obstante con algunos indicios que nos permiten afirmar diferencias sustanciales entre uno y otro, por ejemplo, en el modo como explicaron que tenía lugar la alimentación de los mamíferos en el útero (Viano, 1984, p. 313); por lo que podemos pensar que Aristóteles desarrolló una actividad en este campo 30 con independencia de las observaciones de Diocles. Debemos suponer entonces que entre las páginas de sus diversos tratados sobre zoología 31, así como también entre las de los Parva Naturalia 32, Aristóteles hace alusión a una obra "suya" titulada Disecciones (Giannantoni, 1984, p. Asimismo, a la luz de lo que se puede leer en sus tratados de biología parece que Aristóteles y sus discípulos 33 diseccionaron diferentes tipos de animales a fin de obtener un conocimiento más amplio del mundo natural y de procesos tales como el envejecimiento, el sueño, el movimiento o la percepción. Aristóteles realizó disecciones sistemáticas de al menos 50 especies de animales. 34 Dividido en siete libros, el tratado de las Disecciones debió consistir en un manual con esquemas, modelos, dibujos y figuras de animales diseccionados 35 después de que estos murieran por enfermedad, o que el mismo Aristóteles sacrificó mediante un procedimiento especial por asfixia (Wilson, 1959, p. 36 Parece claro que Aristóteles diseccionó animales con el fin de confeccionar tablas anatómicas (Longrigg, 1993, pp. 164, 172), y que gracias a ello pudo ahondar en el comportamiento animal, saber qué partes se regeneraban y cuáles no, y por la misma razón, qué partes eran imprescindibles para la supervivencia de un animal. Las Disecciones corresponderían al deseo de Aristóteles de clasificar las doxografías, los resúmenes y las enseñanzas sobre este asunto, así como al de recoger los materiales y los dibujos realizados durante las operaciones anatómicas (anatomaí) que tenían lugar en las lecciones de anatomía y de fisiología del Liceo (Marenghi, 1961, p. Otra cosa distinta es afirmar, como han hecho algunos, que Aristóteles también diseccionó fetos humanos abortados. Mis reservas ante esta opinión las suscitan, en primer lugar, el pudor y el respeto sacrílego que los griegos de la época clásica sentían hacia el cadáver humano; pero aparte de esta razón de tipo antropológico-religioso también, y nada menos, tanto los prejuicios metodológicos del propio Aristóteles como el estadio de desarrollo de la ciencia experimental en la Atenas de los ss. IV-III a.C. Así, algunos errores que encontramos en ciertos tratados del Corpus Aristotelicum invitan a pensar que Aristóteles rechazó todo tipo de experimentación. Aristóteles estaba convencido de que la creación de condiciones artificiales ponía los acontecimientos fuera de su marco general, y que eso desnaturalizaba los fenómenos. 37 Además, un empeño experimental de este tipo entraría en contradicción con el carácter meramente teorético de la medicina en la paideía griega. Las disecciones y los estudios anatómicos del interior del cuerpo humano por parte de los médicos obedecieron a razones absolutamente prácticas, a saber, la necesidad de curar las heridas, la ortopedia, y la ginecología-obstetricia (Viano, 1984, p. En lo que concierne a los logros científicos en el tiempo de Aristóteles, historiadores de la ciencia como B. Russell o M. Grmek han negado cualquier forma sistemática de experimentación en la Grecia clásica (Staden von, 1975, pp. 178-180; Grmek, 1997, p. En lo que a la experimentación anatómica se refiere, parece que la práctica de la disección del cuerpo humano solo tuvo lugar durante un breve periodo, reduciéndose esta además a la ciudad de Alejandría (Lloyd, 2003, p. 38 Por todo esto parece más plausible que Aristóteles hubiera procedido por analogía, por inferencia y por comparación 39 en base a las observaciones obtenidas a partir de la disección de animales (Bidez y Leboucq, 1944, p. El tratado Sobre la enfermedad y la salud En diversos pasajes de sus escritos Aristóteles manifiesta la intención de compilar el saber médico y de escribir a propósito de la medicina 40; como resultado de dicho empeño habría pergeñado un supuesto tratado titulado Sobre la enfermedad y la salud. 41 De entrada las opiniones al respecto son encontradas. Hay quienes sostienen, como E. Zeller, que se trata solo de un desideratum que Aristóteles nunca llevó a cabo (Zeller, 1879, p. 96) mientras que otros, como E. Heitz, creen que el Sobre la enfermedad y la salud debe tenerse como una obra en toda regla que hacía parte de los Parva Naturalia (Heitz, 1865, pp. 56-58). De este modo, hay quienes opinan que los comentarios al fi-nal del De respiratione 42 pertenecieron al Sobre la enfermedad y la salud (Manetti, 1989, p. Si hubiera que tomar parte en el asunto habría que decir que son más los indicios que apuntan hacia lo segundo que hacia lo primero puesto que Alejandro de Afrodisia 43 da testimonio de un tratado con ese título. El libro X de la Historia animalium En los dos subcapítulos precedentes se han visto dos tratados de temática médica que según las fuentes parece que Aristóteles escribió pero de los que, aparte de que desaparecieron, poco más se puede decir. El tercer caso que ahora se analiza es algo distinto. El libro X de la Historia animalium lleva por título Sobre la esterilidad 44 y tiene por objetivo la investigación de las causas de la infertilidad humana: por qué las mujeres a veces no consiguen engendrar y, en el caso de que las haya, cuáles son las formas para paliar dicha incapacidad. 45 En el s. III d.C. Diógenes Laercio da fe de la existencia de un libro llamado Sobre la esterilidad (Eijk van der, 2005, p. Este dato se muestra revelador si se repara en el hecho de que en dos de los catálogos de las obras de Aristóteles se dice que la Historia animalium consta de 9 libros (Eijk van der, 2005, pp. 274-275) 46, y no de 10 según su actual disposición. Además existe un grupo de manuscritos medievales de la Historia animalium que no tiene en cuenta el libro X (Berger, 2005, pp. 59-65). 47 Estos son algunos de los motivos por los que este podría haber constituido una unidad per se, un tratado concebido y escrito separadamente que acabó añadido a los 9 libros precedentes de la Historia animalium. 48 La cuestión se centra ahora en averiguar si cabe atribuir el tratado Sobre la esterilidad a Aristóteles o no. Son los detalles de tipo argumentativo, práctico y técnico expuestos a lo largo de este libro los que básicamente inducen a creer que Aristóteles no pudo haberlo escrito. En primer lugar porque el autor no argumenta de acuerdo con los patrones, esquemas y conceptos típicamente aristotélicos (Eijk van der, 2005, p. En segundo lugar porque se pone de manifiesto un notable conocimiento empírico por parte de su autor con las situaciones que requieren de tratamiento (therapeías deĩtai), así como un conocimiento de lo que se puede tratar y de lo que no se debe tratar en tanto que irreversible (iatòn kaì aníaton). 49 En tercer lugar porque el lenguaje y el contenido de los fenómenos descritos en el libro X implican la observación directa de determinadas afecciones 50 y la práctica de técnicas médicas específicas, como por ejemplo, el reconocimiento de la paciente por vía del tacto 51. Por último, las críticas que supuestamente Aristóteles dirige a sus "colegas de profesión" a la hora de diagnosticar ciertos quistes (mýlas) en el útero 52 dan a entender que el libro X no es de Aristóteles. Es pues en base a razones de este género que los expertos creen que lo que se expone en el libro X de la Historia animalium es impropio de Aristóteles y, por ende, que no es de suyo adjudicárselo. Pese a que Cicerón, Galeno o Plutarco afirmen que escribió un libro sobre problemas, no hay duda de que Aristóteles no fue el autor de los Problemas. De hecho, tal y como sucede con el tratado titulado De spiritu, a menudo las ediciones modernas se refieren al autor de los Problemas como'pseudo-Aristóteles'. En su versión actual, los contenidos de esta colección se escribieron con posterioridad a la muerte del filósofo, compilándose e implementándose en fases sucesivas desde la segunda mitad del s. III a.C. hasta bien entrado el s. V d.C. 54 No puede negarse, sin embargo, que los Problḗmata son producto de la investigación por parte de miembros del perípato, o muy afines al aristotelismo (Moraux, 1951, p. Son características de cuño claramente aristotélico tanto el modo en que se abordan los problemas y se formulan las preguntas como el modo de buscar soluciones a los problemas planteados (Marenghi, 1965, pp. XV-XVI). El vasto material recogido a través de un tal lapso de tiempo trata, por lo general, de cuestiones relacionadas con la fisiopatología: problemas generales de patogénesis, terapéutica, los efectos de la posición del cuerpo, la influencia del clima, la fisiopatología de los órganos de los sentidos y también de problemas relacionados con la piel. Especialmente relevante es la definición de 'fármaco' que encontramos en el libro I de los Problḗmata: un fármaco es algo que no es un alimento, es decir, una sustancia que cuando penetra en los vasos de los intestinos provoca alteraciones en el cuerpo pero que no viene ni digerida ni asimilada por este, aunque se ingiera en mínima cantidad, pues un fármaco por definición resiste al calor natural del cuerpo. 55 Igualmente, y puesto que implican que "Hipócrates" fue sin duda conocido y estudiado en el Liceo (Marenghi, 1965, p. XVI) 56, el libro I de los Problḗmata Physiká es también valioso por sus numerosas alusiones al tratado Aires, aguas y lugares y a los Aforismos. LOS IATRIKÁ DE ARISTÓTELES Y EL PAPIRO ANÓNIMO DE LONDRES Aunque escasas, son varias las referencias a una obra médica de Aristóteles en dos libros titulada Ia-triká (De medicina) 57; aunque es la mención que Galeno hace a la misma 58 la que sentará precedentes y será asumida por toda la tradición posterior. En su comentario al De natura hominis Galeno escribe: quienquiera informarse bien sobre las opiniones de los antiguos sobre esta cuestión (sc. las causas de la enfermedad) debe leer el Iatrikḕ synagōgḗ 59 que, pese estar atribuido a Aristóteles, fue escrito por su discípulo Menón. Debido a este inciso los Iatriká se conocerán también con el sobrenombre de Menonia o Menoneia. 60 Como se ha visto 61, esto encaja bien con el proyecto enciclopédico que Aristóteles tenía en mente, puesto que los Iatriká/Menonia corresponderían a la investigación exhaustiva acerca de la historia de las diversas disciplinas que Aristóteles habría encomendado a algunos de sus discípulos, y a Menón, en concreto, la de la literatura de contenido médico que se encontraba en la biblioteca del Liceo. Ya incluso antes de que fuera editado, F. Kenyon lanzó la hipótesis según la cual un extenso papiro de contenido médico que había adquirido con los fondos del British Museum coincidía con la obra de Aristóteles reseñada por Galeno a la que se acaba de hacer referencia (Kenyon, 1892, pp. 237-240). En 1893 H. Diels asumió la hipótesis de Kenyon afirmando que la segunda sección del papiro Anónimo de Londres 62 correspondía a un libre ejercicio, a un epítome, en base a las Menonia. Diels postuló también que el autor del Anonymus no tuvo acceso directo a las Menonia, sino que conoció dicha obra a través de una compilación del médico Alejandro Philalethes 63 titulada Opiniones (Diels, 1893, pp. 414-415; Wellmann, 1922, p. 64 La "hipótesis Kenyon-Diels", es decir, la identificación de la segunda sección del papiro Anónimo de Londres con la obra de Aristóteles-Menón atestiguada por Galeno ha constituido la base general de la mayor parte de estudios sobre el papiro Anónimo de Londres. 65 El Anonymus Londinensis constituye la evidencia más notable de que en el Egipto de finales del s. I d.C. 66 circulaba una doxografía médica -bajo el nombre de Aristóteles -de la que el escriba del Anonymus se sirvió para elaborar su escrito (Manetti, 1986, p. 67 La verdad, empero, es que las cosas se complican bastante cuando se examina más de cerca la cuestión. Para empezar no está nada claro quién fue el tal Menón. 68 D. Manetti, la filóloga que lleva estudiando este papiro desde hace casi 30 años, cree que en los ss. I-II d.C. no se sabía de Menón mucho más de lo que hoy sabemos de él cosa que, a todo efecto, puede resumirse en un hecho: no se puede afirmar con rotun-didad que Menón hubiera existido (Manetti, 1986, p. Además, según Manetti no es descartable que el papiro refleje una obra del propio Aristóteles a la que el escriba del Anonymus habría tenido todavía acceso directo. Pero esto no es, aun si cabe, lo más alarmante de la cuestión. La alternativa de Manetti a la "hipótesis Kenyon-Diels" queda en entredicho desde el mismo momento en que decide encabezar todas y cada una de las páginas de su edición del papiro 69 con el título 'Iatriká'. Desde un punto de vista estrictamente papirológico esto representa un serio problema ya que no existe la más mínima traza de que el término 'Iatriká' pudiera haber sido escrito en el lugar donde la edición de Manetti indica su presencia (Ricciardetto, 2014, p. Además, Manetti mete el término 'ΙΑΤΡΙΚΑ' entre paréntesis angulares (s.c. ⟨ΙΑΤΡΙΚΑ⟩, repitiendo después con la variante ΙΑΤΡΙCΑ) 70 dando así a entender que se trata, según las convenciones, de una palabra omitida por parte del escriba y, por otro lado, que ese era también el título 71 de todo el papiro editado. Desconocemos el motivo de tamaño error, pero de acuerdo con el estado redaccional del papiro no hay argumentos que inviten a pensar que el escriba hubiera querido titular su escrito, ni tampoco que hubiera querido hacerlo de ese modo. 72 Por tanto, si al título de Anónimo de Londres le añadiéramos la apostilla de Anónimo "intitulado" de Londres estaríamos haciendo, seguramente, bastante más justicia a la cuestión. Aunque no se pueda afirmar que la segunda sección del Anonymus corresponda a una obra ni de Aristóteles ni de Menón (Ricciardetto, 2014, p. XXIX), por lo menos una cosa parece incontrovertible, y esta es que el contenido del papiro presenta -desde diversos puntos de vista -una fuerte impronta aristotélica (Gourevitch, 1989, p. 233) y no solo por las referencias explícitas que el papiro hace a Aristóteles. 73 De las tres diferentes secciones temáticas en las que se dice que el Anonymus se encuentra dividido, es la segunda la que propiamente constituye una doxografía. Por 'doxografía' H. Diels entendió un género de escritos antiguos que recogen las opiniones (doxai, areskonta, placita) de los personajes que se tenían por legos en una disciplina particular. Se cree que una tal empresa empezó con el método dialéctico que se enseñaba en el Liceo, cuyos orígenes podrían encontrarse en los Tópicos. A principios del s. IV a.C. los autores médicos empezaron a interesarse por lo que habían hecho sus predecesores y a recopilar sus opiniones, organizando sus propias teorías en función de las de aquellos. En tercer lugar, la influencia de Aristóteles se puede apreciar en las cols. XXIII, 42-XXIV, 9 en las que el escriba del Anonymus hace alusión a un pasaje del De somno et vigilia (Manetti, 1986, p. 74 Parece que esta referencia está basada en el conocimiento directo de dicho tratado. Otro influjo aristotélico lo encontramos en los criterios taxonómicos 75 y en el léxico empleado a lo largo de todo el papiro. Aristóteles fue el primero en desarrollar un análisis científico de las partes constituyentes del cuerpo (Marenghi, 1961, p. 142) 76; distinciones de las que el escriba del papiro se sirve a la hora de hablar de las partes 'continuas' 77 o de las partes 'homoiomerē'. 78 Ligado a este cuarto aspecto, otro ámbito en el que también se hace notar la influencia de Aristóteles en el papiro es en el uso de determinados conceptos, entre los que destacan dos en especial: entrécheia 79 y períttōma. Después de todo lo dicho hasta aquí, tras este periplo a través de catálogos, tratados, manuscritos y papiros nos encontramos ante un incómodo vacío que ciertamente dificulta la tarea de proporcionar una idea más o menos cabal acerca de cuáles pudieron haber sido las doctrinas médicas de Aristóteles. Pese a todas las razones esgrimidas al inicio por las que se ha apuntado a un vínculo estrecho entre Aristóteles y la medicina, el caso es que no conservamos ninguno de los diagramas de las Disecciones, ni se conserva el tratado Sobre la enfermedad y la salud, ni parece nada probable que Aristóteles hubiera escrito el libro X de la Historia animalium, como tampoco podemos decir que los Problemas fueron obra de Aristóteles. Incluso en el supuesto de que Aristóteles -y no Menón -hubiera escrito los Iatriká deberíamos admitir que dicha obra nos ha llegado de una forma tan diluida y deformada a través del papiro Anónimo de Londres que apenas puede sernos de utilidad a la hora de representarnos, de un modo fidedigno, qué es lo que Aristóteles sostuvo sobre el asunto. Debemos buscar a Aristóteles solo en la segunda sección del papiro, y aún con todo, no obtenemos un vivo retrato de sus doctrinas acerca de la medicina, sino que lo que encontramos es un Aristóteles tamizado a través de la opinión del escriba y quizá también, como Diels pensó, este todavía lo conociera a partir del escrito doxográfico de Alejandro Philalethes; por lo que entre "el Aristóteles" del Londinensis y nosotros operan por lo menos 2 (ó 3) interfaces, y con esto el nivel de verosimilitud y de objetividad exigible dista mucho de ser el deseado. 80 Además, así como el escriba del papiro cita a Platón como autoridad en el ámbito de la medicina (Eijk van der y Francis, 2009, p. 217) 81, no puede decirse lo mismo con respecto a Aristóteles; por lo menos tal y como el papiro ha llegado hasta nosotros. El escriba no individua a Aristóteles como un médico cuyas doctrinas sobre el origen de las enfermedades son conocidas, o se pueden encontrar en tal o cual tratado; más bien parece que el autógrafo del Londinensis utiliza a Aristóteles como fuente de donde extrae las informaciones concernientes a los otros 20 médicos sobre los que trata a lo largo de la segunda sección. Dicho esto, ante un tal estado de cosas el único malabarismo intelectual que podemos permitirnos es el de intentar esbozar, a partir de los textos que en general se tienen por aristotélicos, qué es lo que el escriba del Anonymus podría haber dicho acerca de Aristóteles en el caso de que lo hubiera incluido en la segunda sección del papiro. ARISTÓTELES Y LA MEDICINA; UNA RECREACIÓN En contra de lo que podría parecer a primera vista, no está tan claro que el escriba hubiera adscrito a Aristóteles al primero de los grupos representados en la segunda sección, es decir, al de los médicos que creían que las enfermedades se debían a los residuos (perittṓmata) 82 de los alimentos no digeridos. Cabe pensar que Aristóteles hubiera ocupado un lugar de transición entre este y el otro de los grupos de la segunda sección, el de los médicos que postularon que las enfermedades se debían a los elementos constitutivos del cuerpo (stoicheĩa). 83 Pues si, por un lado, bien es cierto que el concepto de períttōma fue acuñado por Aristóteles (Nelson, 1909, p. 364) 84 y que las nociones de medida y de proporción juegan un papel importante en su pensamiento, la definición de períttōma que da Aristóteles en el De generatione animalium 85 no parece implicar ningún aspecto mórbido (Manetti, 2005, p. 312); más bien lo contrario, el períttōma viene ahí descrito como un agente inocuo relacionado con la formación del esperma. 86 De acuerdo con Aristóteles, en el caso de que atribuyéramos a los residuos alimentarios el hecho de ser el principal agente patógeno, pero por otro lado, y también, la materia que posibilita la vida estaríamos incurriendo en una flagrante contradicción, ya que desde la óptica de Aristóteles es inconcebible que para una misma causa se puedan dar dos resultados así opuestos; pues, si las causas son las mismas los resultados deben ser los mismos. 87 Tendríamos ciertamente dificultades en explicar cómo la misma entidad de la que se dice que causa la enfermedad es, a la vez, decisiva para la generación. 88 Aristóteles distinguió la noción de 'períttōma' de la de 'sýntēgma' 89, siendo esta última siempre de naturaleza mórbida (nosṓdēs). Por 'sýntēgma' se entiende algo supuestamente diferente de 'períttōma', a saber, los "humores" que permean el cuerpo y que se segregan o excretan regularmente. De ahí que haya que decir que en Aristóteles, a diferencia de lo que parece ocurrir en el Anonymus, el uso del término 'períttōma' sugiere algo inútil o superfluo pero ni particular ni necesariamente nocivo o patógeno. 90 De modo que nos encontramos ante dos opciones distintas: o bien Aristóteles hizo distinción entre 'perittṓmata' y 'sýntēgmata' (atribuyendo a los segundos una naturaleza mórbida); o bien Aristóteles postuló la existencia de dos tipos de residuos, unos útiles y otros inútiles, siendo los residuos inútiles (syntḗgmata) los que propiamente causan la enfermedad. Por otro lado, la doctrina de Aristóteles como un modelo de transición entre los dos grupos caracterizados por el escriba vendría avalada por el hecho de que Aristóteles concibió el cuerpo humano como un compuesto, como el resultado de una agregación sucesiva de elementos. De acuerdo con Aristóteles, los principios cósmicos actúan en primer lugar a través de los cuerpos elementales y sus movimientos simples. Mediante un proceso de mezcla, estos cuerpos dan lugar a las partes más simples de los organismos. A su vez, también agregándose, dichas partes originan partes más complejas, tejidos y órganos, siendo el sistema de estos últimos lo que constituye el organismo. 91 Para Aristóteles las cuatro causas o cualidades de los elementos son lo caliente, lo frío, lo seco y lo húmedo atribuyendo a la primera, al calor, la mayor parte de procesos biológicos. 92 Para Aristóteles el calor es un elemento activo que -como el frío -determina, forma y transforma los cuerpos. De ahí que sea difícil predecir de qué lado o a qué grupo el escriba hubiera puesto a Aristóteles. Si se tienen en cuenta algunos pasajes del Corpus Aristotelicum se observará que Aristóteles dio especial relevancia a la digestión (pḗpsis) 93, seguramente debido, como se verá, a su relación con el origen de diversos tipos de enfermedades. Aristóteles pensaba que la digestión también se producía por la acción del calor 94, equiparándola a uno de los tres tipos de cocción 95, la ebullición. La digestión se daba por la acción del calor del cuerpo sobre una sustancia líquida o un ambiente húmedo. 96 Aristóteles atribuyó al calor connatural del cuerpo la tarea de asimilar los nutrientes. En su opinión, los fluidos resultantes de la ebullición que se daba en el estómago eran luego distribuidos por una red de finos vasos en los intestinos. A continuación, dichos fluidos pasaban a través de los poros gracias a un proceso similar a la evaporación, convirtiéndose en una especie de suero (íchōr) que, en su ascensión paulatina por el cuerpo, se transformaría finalmente en sangre 97 después de haber experimentado una serie de cocciones: la primera en los intestinos, después en el hígado, más tarde en el bazo y los riñones y, finalmente, en el corazón (Allbutt, 1921, p. No es extraño, pues, que algunos tipos de dispepsia se expliquen por causa de una semicocción del alimento ingerido. 98 Aristóteles afirmó que el aire encerrado en el cuerpo que resultaba de los gases que se desprendían de los residuos que se formaban a partir de las ingestas demasiado copiosas, que contenían ingredientes muy dispares o muy difíciles de digerir eran causa de temblores, palpitaciones, convulsiones y espasmos incontrolables. 99 Aristóteles creía que los flatos que se producían durante la digestión cuando se enfriaban en la cabeza provocaban catarros 100, pesadillas 101, la deformación de ciertas partes del rostro 102, o incluso el emblanquecimiento del pelo. 103 Aunque en estado germinal, en los escritos de Aristóteles podemos encontrar las bases de toda la pneumatología médica posterior. En este sentido la doctrina etiológica de Aristóteles no se encontraría lejos de la de Hipócrates 104, o mejor dicho, de las doctrinas de Hipócrates tal y como parece que estas fueron conocidas y asimiladas por Aristóteles. En efecto, las columnas V, 35-VI, 43 del papiro Anónimo de Londres ponen en evidencia que en el Liceo se conocían los escritos de Hipócrates, a la vez que reflejan que en el Liceo se profesaba una interpretación "heterodoxa" -equivocada en opinión del escribadel hipocratismo. 105 Lo que el autor del papiro dice es que de acuerdo con Aristóteles (y/o Menón) Hipócrates debería considerarse como un representante de los médicos que creen que los residuos constituyen el origen de las enfermedades pero que, de hecho, esto no es así, y como contrargumento el escriba aduce al De natura hominis ya que, en su opinión, es ahí donde hay que acudir para leer la verdadera doctrina de Hipócrates 106 en lo tocante a las causas de la enfermedad. Sin duda el argumento esgrimido por el escriba se ajusta mucho más a la teoría humoral que la tradición nos ha legado respecto a Hipócrates, pues, según los contenidos del De natura hominis Hipócrates formaría parte del segundo de los dos grupos de médicos reseñados en la segunda sección del Anonymus. Esto si no fuera porque la objeción del escriba presenta dos dificultades. La primera es que la lectura del papiro en este punto es incierta 107, por lo que solo se puede intuir que el escriba está haciendo referencia al De natura hominis. La segunda y mayor de las trabas es que Hipócrates no fue el autor de dicho tratado sino su yerno Pólibo de Cos 108, también médico; vínculo en virtud del cual la teoría de uno acabó adscrita al otro. A partir de los contenidos que el escriba expone inmediatamente a continuación 109 podemos suponer, sin embargo, que el papiro sí hace alusión al De natura hominis pues, aunque crea que se trata de una explicacion que no se ajusta a los hechos, el escriba afirma que aparte de por un enfriamiento o un calentamiento excesivo de la bilis y de la flema Hipócrates estableció otras dos posibles causas de la enfermedad: el aire y los hábitos alimentarios o el tipo de dieta, siendo la primera de ellas la que actúa cuando un gran número de personas contraen a la vez una y la misma enfermedad. En el Corpus hippocraticum son pocas las ocasiones en que el término 'epidemia' toma el sentido que normalmente le atribuimos 110, siendo precisamente este el caso que encontramos en el De natura hominis. Es difícil creer que Aristóteles hubiera practicado la medicina de acuerdo con la acepción más básica de lo que es un 'médico' (aquella que él mismo da en primer lugar en la Política); por lo que Αristóteles en algún modo fue "la oveja negra" de la familia. No obstante, que no la practicara no significa que no se hubiera interesado por ella. Después de todo lo expuesto hasta aquí puede decirse que sí lo hizo, aunque desde un plano absolutamente teórico. 112 Es precisamente en esta clave que podemos pensar que la representación del cuerpo humano y de los procesos fisiológicos en el mismo que encontramos en el Corpus Aristotelicum se obtuvieron a partir de lo que Aristóteles pudo constatar que ocurría en el mundo natural, o asimismo, por analogía (o extrapolación) a lo que observó en los diferentes animales que diseccionó. Eso explica también el modo particular, doxográfico, con el que Aristóteles se acercó a las doctrinas médicas, especialmente a la de Hipócrates. Así como Hipócrates se centró en la enfermedad y en las técnicas para combatirla, Aristóteles lo hizo sobre la salud, subordinando la técnica a los principios teóricos. Qué remedios cabía aplicar en el caso de tal enfermedad o de tal afección era algo secundario para Aristóteles, los fundamentos de la terapéutica no se basaban en la efectividad sino en su administración de acuerdo con unos principios universales de la naturaleza que, en definitiva, daban razón de la eficacia de un emplasto o de otra sustancia cualquiera. En consecuencia, y dentro de las reservas pertinentes, Aristóteles se ocupó de un ámbito particular de la medicina que se conoce como 'Higiene', o en otras palabras, de la investigación acerca de salud del cuerpo y de los medios de su conservación (Jaeger, 1945, pp. 30-31; Debru, 1996, p. Para Aristóteles la salud era un fin natural ligado a la misma estructura material de los cuerpos. La salud de un organismo se manifestaba en la mezcla proporcional entre el frío y el calor, tanto en el seno de un organismo como en la relación de este con su ambiente 113; o como un equilibrio entre lo que un cuerpo ingería y lo que un cuerpo consumía 114. Esta proporción ideal era lo que en último término permitía colegir qué era excesivo y qué era deficitario en relación a un cuerpo particular, y poder paliar así las posibles situaciones extremas 115 mediante un remedio apropiado. Si la salud se concibe como una proporción la enfermedad vendrá definida como una desmesura, como un desequilibrio que debe restablecerse suprimiendo lo que se encuentra en exceso o restituyendo aquello que falta; en resumen, aplicando aquellas medidas que tienen el efecto opuesto a una condición dada (contraria contrariis curantur) 116. De ahí que el principio higiénico general sea el de evitar cualquier tipo de exceso (hyperbolḗ), y que el patrón terapéutico que encontramos en los escritos de Aristóteles sea fundamentalmente alopático. Algunos de ellos aducen, además, que la medicina no tuvo cabida en el Liceo por el hecho de tratarse de un arte productivo, i. e. no liberal. Hay que recordar que los antiguos consideraron la medicina como una téchne, la iatriké techne, con una clara aplicación práctica: restablecer la salud. En el conjunto del Corpus Aristotelicum Se considera que Alcmeón fue el iniciador del diagnóstico médico en Occidente (Laín Entralgo, 1981, p. 10) y, aunque somera, también el primero en hacer la importante distinción entre venas llenas de aire y venas llenas de sangre. Se cree que practicó disecciones y vivisecciones. Según Galeno De plac. II 8 (V pp. 281,3 K.) es Diógenes quien sentó las bases teóricas de la fisiología que más tarde utilizaría Aristóteles. En el sentido de aquella parte de la filosofía que se ocupa del estudio de la naturaleza. Es importante remarcar que Aristóteles concibió la medicina como una rama de la filosofía física. De ahí que una de las formas para decir 'médico' en inglés sea 'physician'. Hipócrates no solo afirmaba ser descendiente de Asclepio, hijo de Apolo (según la variante genealógica que se tome, la suya era la decimoséptima, decimoctava o decimonona generación después de Asclepio), sino también descender de Hércules, héroe sin duda relacionado con la sanación. Es cierto, no obstante, que a partir del s. V a.C. la medicina experimenta un proceso de disvinculación del ámbito familiar que la caracterizaba en las primeras fases de su desarrollo en Grecia. Pese a haber sido publicados por los primeros discípulos de Hipócrates, la difusión de los textos médicos fuera del ambiente estrictamente médico está atestiguada y fue mayor de lo que podría parecer. Un hecho a tener también en cuenta en este sentido es que es muy improbable que algunos tratados del Corpus Hippocraticum como Flat. o Vet.med. hubieran sido escritos por médicos o por alguien que practicase la medicina. El padre de Aristóteles ejerció como archiatros avant la lettre, pues era así como se conocía a los médicos que ejercían en la corte imperial o en las casas reales durante el período helenístico. Por así decirlo, el tándem emperador/médico será una figura recurrente a lo largo de todo el periodo imperial: Nerón y Tésalo de Tralles, Marco Aurelio y Galeno, Juliano el Apóstata y Oribasio, etc. (Marcone, 2006, pp. 268-269). En el testamento de Aristóteles se dice que Aristóteles confía su hija a Nicanor. Al margen de fragmentos puntuales como Aristóteles Una tal formación pudo tener su origen en una de las partes constitutivas de la medicina teórica, la llamada instrucción oral (akróasis). De hecho el estudio de las artes (téchnai) honraba a quienes se aplicaban a ellas si, y solo si, lo hacían desinteresadamente, sin ninguna pretensión de comerciar o de enriquecerse con ello. El sustantivo iatrós está sin duda vinculado con el verbo curar (iáomai). Quizás la acepción moderna (académica) de 'doctor' pudiera remontarse a este segundo significado. Hay trazas de este mismo término en Platón Prt. 156 b-c donde Platón presenta la figura del pepaideuménos diciendo que los buenos médicos practican su disciplina desde una perspectiva mucho más amplia y teórica. Plinio el Viejo constituye un claro ejemplo de lo que se entiende por un pepaideuménos, es decir, de alguien que pese no haber practicado jamás la medicina se deleitaba sin embargo instruyéndose con literatura médica. En este sentido, por tanto, Plinio podría llamarse perfectamente 'médico' según la tercera acepción dada por Aristóteles. A raíz de esto puede entenderse también por qué el único manual sistemático de medicina que se ha conservado de la Antigüedad, el De medicina de Celso (ca. 30 d.C.), nos ha sido transmitido precisamente por un erudito que no era médico de profesión. En los primeros siglos de la era cristiana se sobreentendía que un médico era alguien que había sido perfecta y altamente educado, razón por la que a menudo se representa a los médicos de la época manejando libros. Esto no obstante contrasta con las opiniones de otros expertos según los cuales el nivel de alfabetización completa (leer y escribir) entre los profesionales de la medicina de principios de la era cristiana era bastante más bajo de lo que cabría esperar. I 436a Aristóteles remarca que el filósofo de la naturaleza debe conocer los principios de la salud y de la enfermedad, pero no las técnicas de su tratamiento. A esto podría objetarse sin embargo que Caelio Aureliano en su tratado Celerum passionum II 13 (87) cita ad pedem litterae una obra de Aristóteles que lleva por título De los remedios (De adiutoriis). Por citar solo algunas Aristóteles Ph. G. E. R. Lloyd, por ejemplo, quien ha estudiado con detenimiento este asunto, cree que Aristóteles las usó como meros instrumentos retóricos y, por ende, que todas las analogías médicas que encontramos sobre todo en la Ética Nicomáquea no aportan ninguna luz al presente estudio. El término ἀνατομή presentaba en griego un sentido bastante más amplio que el actual. Así, por ejemplo, podía designar 'apertura para ver las partes internas y más profundas', comprendiendo tanto la Fisiología experimental como la Anatomía. A veces significa 'demostración' o 'descripción de las partes'. En Rufo de Éfeso particularmente designa el 'arte de la disección'. En Aristóteles el sig-nificado es también amplio puesto que abarca cosas tan dispares como 'visión efectiva propia','visión efectiva por parte de otros','dibujos y reconstrucciones de estructuras internas nunca observadas','inferencia de casos concretos dados por observados a casos nunca observados o inobservables' etc. (Viano, 1984, p. Diocles creía que los fetos de los mamíferos se alimentaban succionando una especie de pezones que sobresalían de las paredes del útero, cosa que contrasta claramente con la opinión de Aristóteles quien, por observación directa (dià tȭn anatomȭn), refutó una tal hipótesis afirmando que la placenta impedía cualquier tipo de alimentación por succión. Aristóteles PA I 5, 645a 5-23 por ejemplo parece aludir a la necesidad del análisis anatómico a fin de obtener conocimiento acerca de ciertas partes del cuerpo de un animal. Se sabe, además, que las campañas militares de Alejandro Magno contaban con equipos de profesionales que cartografiaban los lugares a los que llegaban o describían lo que iban encontrando a su paso, así como también se encargaban de enviar a Atenas los nuevos especímenes de plantas y animales descubiertos. Por ejemplo en PA III 4, 666b 20-22 ó en HA III 3, 513a 30 Aristóteles yerra al decir que el corazón de los animales de gran tamaño está constituido por tres cámaras y el de los de pequeñas dimensiones por dos. Asimismo en HA II 3, 501b 19-21 Aristóteles incurre en craso error al afirmar que las mujeres tienen menos dientes que los hombres. Herófilo y Erasístrato (ss. IV-III a.C.) son conocidos por su trabajos pioneros en lo que a la investigación anatómica se refiere gracias al mecenazgo del faraón Ptolomeo II Filadelfo. Un examen detallado de los exvotos hallados en Epidauro revela que la esterilidad constituyó el motivo de consulta de más de la mitad de las mujeres que se acercaron al templo. Por lo general la esterilidad era algo que se achacaba a la mujer. En este sentido, el capítulo XXII del tratado hipocrático Aires, aguas y lugares, en el que se aborda la infertilidad masculina, constituye la excepción a la norma. Es importante mencionar que en los ss. V-IV a.C., es decir, antes de que Herófilo los descubriera, no se sabía de la existencia de los ovarios ni tampoco de las trompas de Falopio, sino que se creía que el útero constituía el único órgano genital femenino. En el s. IV d.C. el libro X había sido incorporado a los 9 previos de la Historia animalium porque al citar un pasaje del libro X Oribasio ya lo considera como parte integrante de la Historia animalium. Los pertenecientes a la familia α del stemma codicum de las HA: Laur. G. Marenghi o S. Byl defienden que Aristóteles y sus discípulos tuvieron acceso a un repertorio todavía mucho más amplio de escritos atribuidos a Hipócrates. De hecho esta hipótesis se da por sentada en la Realenzyklopädie. Hay una corriente de especialistas, entre la que figura P. Moraux, que identifica los Problemas con los Menonia. Es decir la sección del P. Brit. La edición más completa del papiro es a nuestro entender la de Ricciardetto, Antonio (2016), L'Anonyme de Londres. Por lo menos en 5 libros según 7 K.). Como dato relevante decir que Menón solo se conoce a través de la susodicha mención por parte de Galeno. Manetti, Daniela (2011), Anonymus Londiniensis: De Medicina, Berlín, Biblioteca Teubneriana. Si el Anónimo es un escrito 'hipomnemático', tal y como parece a juzgar por su estado actual, no es necesario que el escriba le hubiera puesto ningún título ya que los escritos de este tipo estaban, por lo general, desprovistos de título en tanto que concebidos para uso privado. De hecho la clasificación de los tejidos que hizo Aristóteles no se verá prácticamente modificada hasta finales del s. XVIII, con los trabajos de X. Bichat. Según Diels se trata de un error debido simplemente a las pocas luces y a la ignorancia del escriba. Desde otra perspectiva, pero con el mismo objetivo, esta opinión es compartida por P. Podolak. Podolak descarta la hipótesis de que el papiro pudiera haber sido escrito por el médico Sorano de Efeso (tal y como M. Wellmann en principio postuló) porque la supuesta deformación léxica de entelécheia a entrécheia de ningún modo podría atribuírsele, pues Podolak cree que Sorano conocía las obras de Aristóteles -y el De anima en particular -a la perfección, y que a causa de esto nunca podría haber cometido semejante error. Lo más curioso del caso es que a juzgar por el contexto inmediato diríase que el significado que toma 'entrécheia' en el Anonymus es el de 'instinto', o incluso 'impulsividad'; justo el contrario del que cabría esperar. La sección doxográfica del Anonymus Londinensis no sería solo el producto de una lectura del Iatriká por parte del escriba, sino que es un collage hecho a partir de diversas partes de otros tratados. No puede obviarse no obstante que Platón es, y de lejos, el autor más extensamente tratado en la segunda sección del papiro. Erasístrato consideró la plēthora como una superfluidad sanguínea generada por la ingesta excesiva de alimento y, en consecuencia, como un principio patológico. Sostuvo que las condiciones mórbicas eran generalmente atribuibles a un exceso de sangre (hiperhemia) en las venas que hacía que esa se trasvasara en demasía desde la venas hacia las arterias a través de los finos capilares que en condiciones normales permanecen cerrados. Con esto también el suministro normal de pneūma a través de las arterias. En el Anonymus Parisinus cada uno de los cuatro médicos principales que se citan explica una misma enfermedad por recurso a un proceso particular. Así, la ekchylōsis es la que caracteriza a Hipócrates, la émphraxis a Diocles, la sēpsis a Praxágoras y la paremptōsis a Erasístrato (Eijk van der, 1999, p. A. Thivel opina que la explicación de la enfermedad por recurso a la noción de períttōma no puede ser aristotélica. Dónde está aquí el error por parte del escriba? Thivel cree que todo es cuestión de las Aréskonta de Alejandro Philalethes, recopilación de la que el autor del papiro pudo haberse servido y de donde obtuvo una versión equivocada de las doctrinas de Aristóteles. Podría decirse que la fisiología aristotélica está basada en una termodinámica fundamental. Aristóteles distinguió tres tipos de 'cocción', es decir, de posibles efectos del calor sobre la materia. Entre estos, la putrefacción era siempre consecuencia de un calor desproporcionado. El término pḗpsis (digestión) se encuentra vinculado al de sḗpsis (putrefacción) pero con el tiempo este último tomará un sentido estrictamente nosológico, a saber, el del proceso que lleva consigo un calor excesivo. Quizá sea por eso que Empédocles concibió la digestión más como una putrefacción que como una cocción. Mientras que la digestión se da en las partes altas de las vísceras, las heces se generan en las partes bajas (puesto que es allí donde los residuos se acumulan y es por ende más probable que se dé un proceso de putrefacción). En la literatura médica producida en el Liceo el verbo péttesthai se emplea a veces para hacer referencia al estado de maduración o a la completa absorción de los humores nocivos del cuerpo como si de la cocción de un guiso se tratara, por ejemplo en Pseudo Aristóteles Pr. En Aristóteles HA X 7, 638b 4 se emplea la forma verbal pépsai para describir la cocción que tiene lugar en el interior de la matriz, su autor compara por tanto la gestación con una cocción. Quizá exceptuando el caso de Erasístrato, para quien la digestión era el resultado de una trituración que experimentaba el alimento en el estómago antes de ser absorbido como quilo en los vasos comunicantes con el hígado, dando por tanto una explicación más bien mecanicista del asunto; la gran mayoría de las antiguas teorías griegas sobre la digestión pretendieron dar razón de la transformación de los alimentos en sangre por medio de un proceso similar a la cocción o a la ebullición. Puesto que no se encuentra en el Corpus hippocraticum debemos pensar que Aristóteles acuñó el término 'anathymíasis' para describir precisamente un tal proceso -del que también dirá ser la causa del sueño. Para Aristóteles todos los seres vivos tienen sangre o algún líquido análogo. Cuando se examina su antónimo, apepsía, vemos que en general significa'crudeza, indigestión, privación o ausencia de cocción, alimento que no se ha transformado en jugo'. Cuando se trata de la corrupción de la cocción entonces se usa el término 'dispepsía'. Se podría decir que todo el primer grupo de médicos descritos en la segunda sección del Anonymus parten del convencimiento de que las enfermedades se dan por algún tipo de disfunción digestiva, normalmente desencadenada por una desproporción entre el calor en el cuerpo y la cantidad de comida ingerida, cosa que genera residuos (períttōmata) que hacen enfermar. Fue también Diocles quien prestó mayor atención al bloqueo del aire del interior del cuerpo como causa eficiente de un gran número de trastornos. Así, si el pneūma era bloquedo por la flema en la aorta eso podía provocar epilepsia o apoplegía. La obstrucción del pneūma en el cuerpo podía desencadenar fiebres, cefaleas, o incluso melancolía si dicha obstrucción se daba en el corazón. D. Gourevitch y J. Longrigg creen que el médico Filistión de Locris (cols. XX, 25-XXI, 8 [?]) es el más claro precursor de las teorías médicas de Aristóteles. Junto a Filolao de Crotona y a Menécrates de Siracusa es uno de los tres médicos del sur de Italia que atribuyen las causas de la enfermedad a una desproporción entre los elementos constituyentes del cuerpo y sus cualidades. Hipón de Crotona y Timoteo de Metaponto, los otros dos suritalianos mencionados en el papiro, atribuyen en cambio las enfermedades a los residuos generados por los alimentos. En relación a esto son significativos los pasajes de las cols. VI, 42-44 y VII, 37-40 del Anonymus Londinensis pues enmarcan la que el autor del papiro cree ser la verdadera doctrina de Hipócrates acerca de las causas de la enfermedad. Para ello en ambos pasajes el escriba insiste en que hay que diferenciar lo que Aristóteles creía que Hipócrates pensaba acerca de las causas de la enfermedad de lo que Hipócrates en realidad pensaba del asunto.
In 1832 he published in Valencia his work Descripción de los más célebres establecimientos penales de Europa y los Estados Unidos (A Description of the Most Famous Penal Institutions of Europe and the United States), in two volumes.
Poco es lo que sabemos de la agitada vida del jesuita extremeño-palentino expulso Juan José Tolrá y Lafita (Badajoz 1739 -Madrid 1830). En su biografía podemos distinguir, al menos, las trece etapas vitales siguientes: 1a. Guerra de la Independencia (1808-1815) en Asturias y otros lugares, a la sombra del marqués de Santa Cruz de Marcenado. Ahora solo podemos fijarnos en un aspecto de la etapa 11a relacionado con la epidemia de paludismo en Palencia, sin duda la más grave que afectó a las Castillas desde el siglo XVI. Como es sabido, en el Antiguo Régimen, a falta de medicamentos científicos eficaces para luchar contra la enfermedad, se acudía a remedios espirituales mediante frecuentes "rogativas". Pocas veces esas plegarias cristalizaban en bellos poemas que, además, describiesen con objetividad la triste situación ciudadana. Este es el caso del Canto Votivo, A la milagrosa ymagen del santíssimo Christo del Otero, que podemos fechar en el año agrícola de 1803-1804. Las dramáticas circunstancias en que empezaron a volver los jesuitas desterrados en 1797 pueden verse en nuestro estudio sobre el P. Mariátegui (Astorgano, 2011). El provincial P. Morey narra el retorno de Tolrá a España con bastantes imprecisiones, pues Godoy permitió el regreso no para servirse de los ex jesuitas como enfermeros en las epidemias de 1800, sino forzado por el maltrato que los revolucionarios franceses, que habían invadido Italia en 1796, estaban dando a los ignacianos españoles. 2 Varios de los jesuitas retornados murieron afectados por la epidemia, como los americanos que estaban en Cádiz esperando embarque para sus países. Por su parte, Lorenzo Hervás y Panduro (1800), residente en Horcajo de Santiago (Cuenca), a lo largo de 1800 recibió insistentes invitaciones de sus amigos de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País para que se trasladase al País Vasco ante el peligro de contagio. 3 Después de leer el Canto Votivo, cabe la duda de si Tolrá "asistió a los apestados", como dice Morey, en la Palencia de 1800-1805 4. De haber sido así, habría sido una manera de gratitud a las autoridades municipales, que tanto estaban haciendo por librarlo del segundo destierro. Políticamente, el conde de Montarco, Juan Francisco de los Heros, presidente del Consejo de Castilla (1803-1805), tuvo que afrontar los momentos más difíciles, siendo el único que tomó medidas efectivas contra la hambruna con la importación masiva y planificada de trigo extranjero. Para el médico sanitario, es importante el análisis de Riera Palmero (1987), que se basa en el insustituible opúsculo del cirujano Agustín Argüello y Castrillo, Dictamen físico-médico-político sobre las epidemia de tercianas que por cerca de tres años reina en el Pays de Campos, y particularmente en su capital la ciudad de Palencia, 1802, la descripción más específica del contagio epidémico de tercianas iniciado en 1800. Además, es imprescindible acudir a los distintos archivos de Palencia, bastante completos al respecto. 6 Sabemos que desde la grave y generalizada epidemia de 1786, que afectó a todas las regiones españolas excepto la cornisa cantábrica, se venían reiterando brotes estacionales de paludismo en forma endémica, una de cuyas mayores incidencias se alcanzó en 1800-1805. Anticipemos que realmente fue una crisis demográfica muy grave, según confirman los más recien-tes estudios, que afectó a las dos Castillas, pero sobre todo a Palencia. Según Llopis y Sánchez, los años 1803 y, sobre todo, 1804 constituyeron el núcleo central de esta crisis, periodo en el que nosotros fechamos la composición del Canto votivo de Tolrá. Comparando su incidencia en siete provincias castellanas, concluyen que la intensidad de la mortalidad fue netamente superior en Palencia, Guadalajara, Burgos y Zamora que en Albacete, Ávila y Ciudad Real. Refiriéndose a la Provincia de Palencia, Llopis y Salazar afirman que el destrozo ocasionado en la población palentina en 1802-1806 fue superior al resto de las provincias examinadas. La sobremortalidad de tal quinquenio habría eliminado el 12,6% de Palencia, si bien en su capital debió de ser mayor. En todo caso, parece exagerado el cálculo que había hecho Marcos Martín, que habla de que Palencia perdió durante ese periodo casi la mitad de su población, sin tener en cuenta que muchos de los muertos eran forasteros pobres venidos de los pueblos para intentar aliviar su situación (Llopis y Sánchez, 2014). Para Llopis y Sánchez, las pérdidas humanas se habrían elevado en ambas Castillas al 8,8%. Por otro lado, del examen de los libros de bautismos de diversas localidades resulta que la provincia de Palencia fue la que menos nacimientos tuvo, concluyendo que "Palencia aparece como el territorio más afectado por el revés demográfico de los primeros compases del siglo XIX" (Llopis y Sánchez, 2014, p. Las noticias del Dictamen de Argüello sobre el brote de fiebres tercianas en Palencia coinciden con los datos de los libros de acuerdos de este Ayuntamiento, cuyas referencias evidencian la inquietud ciudadana y las medidas adoptadas frente al contagio. Argüello, además de relatar el proceso de las tercianas acaecido en Tierra de Campos de 1800 a 1802, describe la topografía y el estado sanitario de la capital palentina. En las actas municipales, además, se hace presente la gran multitud de enfermos que, por no tener médico, no pueden medicarse ni curarse y tampoco pueden ser recogidos en el hospital General de San Antolín por no haber camas suficientes. Como la epidemia se extendía cada día más, el Ayuntamiento designó a dos síndicos, Felipe de Bedoya y Lorenzo Sanz Sedano, quienes, ante el elevado número de enfermos, dispusieron que se nombrasen dos personas de cada parroquia, con "sentimientos de humanidad", para que visitaran a los enfermos. Que todas estas medidas eran insuficientes, ante el volumen y la gravedad de la epidemia, lo atestiguan las reiteradas peticiones de ayuda y las continuas referencias a la deficiencia y falta de medios materiales. Las demandas se dirigen, en líneas generales, sobre la necesidad de nuevos fondos para dotar nuevas camas y a los necesarios medios materiales y alimentos para los enfermos. Por lo tanto, en dos direcciones principales se orientó la lucha sanitaria contra la epidemia: incrementando la infraestructura sanitaria con medidas de carácter económico y solicitando la colaboración entre los facultativos médicos y quirúrgicos (Riera Palmero, 1987, pp. 672-675). De hecho, Argüello encabeza su Dictamen con la siguiente cita: "A los magistrados corresponde vigilar sobre la salud de los pueblos; y a los físicos ayudarlos con sus luces para el acierto de sus providencias" (Argüello, 1802, p. 1), es decir, los aspectos socioeconómicos y los sanitarios están íntimamente relacionados. Al clero, entre el que se encuentra Tolrá, le corresponde, a su vez, ayudar con rogativas privadas y públicas, reseñadas en las actas del cabildo catedralicio y del Ayuntamiento palentinos, y cuya muestra literaria más notable es el Canto votivo que comentamos. Por otra parte, Pérez Moreda demostró la estrecha interdependencia de hambre y enfermedad, entendiendo ambos términos en sentido lato, de manera que no se puede hablar de una crisis de mortalidad puramente epidémica o de subsistencias, sino de una crisis mixta (Pérez Moreda, 1980y 1984). Si en algunas regiones pudo haber escasez de alimentos, en otras fue más un fenómeno de pánico, de temor al desabastecimiento, lo que estimuló las prácticas de acaparación, ya de por sí bien desarrolladas entre los estamentos privilegiados y rentistas. 7 Todo ello, sin perder de vista la realidad de las escasas cosechas de fines del siglo XVIII y primeros años del XIX ni las malas perspectivas para la cosecha de 1804. A ello habría que añadir la parca estructuración o inexistencia del mercado nacional, que no podía solucionar o compensar las desigualdades productivas regionales. Todo repercutía, al final, en la fuerte oscilación de los precios. De ahí, que esta crisis deba interpretarse como "mixta", por la estrecha relación existente entre la crisis de subsistencias del Antiguo Régimen, como punto culminante de más de 15 años de inflación de los productos alimentarios básicos, y el desarrollo de una nueva epidemia de fiebres palúdicas (tercianas y cuartanas), fiebre amarilla y, probablemente, tifus exantemático; fiebres reiteradamente aludidas por Tolrá 8 que fueron más graves y persistentes para los adultos que para la población infantil, menos afectada (García Colmenares, 1998, pp. 128-129). Aparecida la epidemia, las instituciones pusieron en movimiento el lento aparato administrativo, medidas preventivas que fiaban todas sus posibilidades al aislamiento mediante "cordones sanitarios o militares" a la epidemia o a los lugares epidemiados. Y en estos, las medidas no van más allá, dado el escaso nivel de conocimientos médicos, de algunas normas de higiene y sanidad pública, como la desinfección o fumigación con productos químicos o plantas aromáticas (Baena, 1988, pp. 4-10). Esto queda reflejado en el Canto votivo de Tolrá, donde se plasman las crisis de subsistencia y mortalidad entre 1800 y 1805 y donde es evidente la concatenación "mala climatología" ("sequedad funesta"). 9 Arruinado el campesinado, se traslada a la ciudad 10, pero, no pudiendo socorrer al "famélico e indigente", nuestro jesuita solo puede rezar para que se levante el "azote" de la epidemia. En el verso 25 Tolrá habla de que ya habían pasado tres años ("tres veces del Zodíaco los signos") sufriendo la crisis económico sanitaria; en el 47 dice que "si se cumple un lustro infausto..."; luego el Canto votivo fue compuesto a lo largo del cuarto año, es decir, en 1803-1804, teniendo en cuenta que los primeros casos del nuevo rebrote de paludismo o fiebres tercianas fueron en la primavera-verano de 1800. En los versos 83-84, Tolrá comenta que "asaltando prosigue más terrible / por medio lustro a la vacea gente", lo que podría adelantar la fecha a 1803, en función de cuándo considerase el jesuita que empezó la epidemia. El invierno de 1802 fue muy riguroso y en la primavera siguiente faltaron las aguas necesarias. La sequía se enseñoreó otra vez de los campos y, como consecuencia, la cosecha de 1803 fue pésima. Se abre, a partir de entonces, un periodo de más de dos años durante el cual la crisis de subsistencias y la oleada epidémica alcanzan su mayor intensidad, sin que se produzcan, como en años anteriores, breves pausas de relativa bonanza. Ya antes de la recogida de la cosecha de 1803 se habían tomado las primeras medidas para atajar la carestía que se avecinaba. En el ayuntamiento del 1 de julio de 1803 se dio parte de que, por la gran sequía, se habían alterado extraordinariamente los precios del pan y que, para contenerlos, la Junta del pósito había resuelto panadear sus existencias concertándose con los panaderos, quienes pagarían la carga de trigo a 290 reales, a cambio de vender el pan a 20 cuartos. 12 Mientras las autoridades locales procuraban aliviar la hambruna, se padecían los embates de la epidemia de tercianas, que había reaparecido de nuevo a finales de la primavera de 1803, confundiéndose durante el invierno de ese año con otras enfermedades y prolongándose en 1804 con una violencia hasta entonces desconocida, como denuncian las cifras de defunciones de que disponemos. En este momento debió haber sido compuesto el Canto votivo al santísimo Cristo del Otero de Juan José Tolrá. Una vez más, sin embargo, se puso de manifiesto la incapacidad de los establecimientos benéficos, aquejados por problemas financieros, para atender a las necesidades que la crisis originaba, lo que contribuyó, seguramente, a acentuar sus consecuencias. Pero, quizá, el hecho que mejor da cuenta de la incapacidad del viejo sistema asistencial para afrontar con éxito la crisis sea la constitución de una Junta de policía y sanidad, según la Real Orden de 26 de diciembre de 1803. 13 La creación de dicha Junta supone un primer paso en el proceso de secularización de la asistencia y de incorporación de este cometido a las esferas de atención de los poderes laicos (Marcos Martín, 1985, II, pp. 416). Como ya hemos dicho, en 1804 son diversas las circulares oficiales remitidas por el Consejo de Castilla y su gobernador, el conde de Montarco, a los corregidores para prever el abasto de productos de primera necesidad de las principales ciudades, evitando así el hambre y sus secuelas. La crisis se superará muy lentamente. En 1804, la curva de defunciones se mantuvo sin interrupción por encima de la de las concepciones, registrándose, también, las cifras de desnatalidad más bajas. Este saldo negativo del movimiento de la población se prolongó durante la mayor parte del año siguiente, en que se manifestaron los brotes epigonales de la epidemia. La cosecha de 1805 no obligó a la toma de medidas de excepción, pero, pese a la menor incidencia de la crisis de subsistencias, la epidemia sí tuvo virulento desarrollo (García Colmenares, 1998, p. No obstante, una cosa sí que es evidente: a medida que transcurrían los meses de 1805, las referencias a la crisis en las actas capitulares o en los libros de acuerdo del Ayuntamiento son cada vez menores. Por otro lado, 1804 rompió con la tendencia decreciente de la producción agraria de los últimos años y, aunque la cosecha no fue abundante, se pudo encarar el futuro con más optimismo. Además, temerosas las autoridades de que se reprodujeran las necesidades de los años anteriores, habían seguido importando granos extranjeros (García Colmenares, 1998, p. Aspectos médico-sanitarios de la epidemia. La escasa integración del mercado nacional y su lento proceso en el siglo XIX posibilitó fuertes y trágicas oscilaciones de precios para los jornaleros y las clases populares urbanas, palpable en la fase depresiva en las producciones agrícolas desde 1800 a 1815 (Kondo, 1990, p. El rebrote de paludismo iniciado en 1800 fue grave en el otoño de 1802, desapareció en invierno y retornó en verano. Aunque no provocó una catástrofe demográfica, sí pudo acelerar el empobrecimiento y encarecimiento de la mano de obra por las elevadas hospitalizaciones. En los meses sucesivos se agravaron las consecuencias de la epidemia. En esta ocasión concurrieron otras enfermedades, como la fiebre amarilla y el tifus, además de las malignas "fiebres tercianas o cuartanas" del paludismo. El Dictamen físico-médico-político de Argüello obedece a una exigencia higiénico-sanitaria y es fruto de la tarea realizada durante el contagio. Su intención es higiénica y profiláctica, así como terapéutica, de la que se nos indican las pautas más importantes. El Dictamen se inserta en la corriente ilustrada de preocupación por los problemas sanitarios. Recoge la orientación y contenido de los escritos epidemiológicos de la España ilustrada, citando, entre otros, textos y autores de la segunda mitad del siglo XVIII, como José Masdevall. Es patente el influjo de la orientación hipocrática, sydenhamiana y antisistemática presente en la medicina española del siglo XVIII (Riera Palmero, 1987, p. En su relato no solo se ocupa de la etiología y factores predisponentes, sino que aborda las áreas afectadas, su incidencia entre la población laboral y las condiciones desfavorables de los cementerios palentinos, posibles vectores de contagio. El estudio de las tercianas, sus formas cíclicas, los recursos terapéuticos y su prevención son temas destacados en Argüello. Además de las condiciones meteorológicas, las higiénicosanitarias de la ciudad de Palencia son consideradas como posibles causas de las epidemias, proponiendo algunos remedios: terraplenar las fosas más recientes, sacar extramuros el cementerio, desecar e higinienizar las balsas y aguas "paludosas" cercanas a la ciudad. Argüello atribuye, por tanto, las causas de las enfermedades a las emanaciones y miasmas pútridos, así como a los "efluvios invisibles"; en otras ocasiones atribuye la epidemia a las "sustancias vi-rulentas", a las "emanaciones pútridas de los cadáveres", al aire, al calor y a los corpúsculos, vapores y exhalaciones de la tierra. La población más afectada correspondió a la parroquia palentina de San Lázaro, que se componía de obreros y trabajadores de las fábricas de lana. Su gran número (más de 2000 operarios) motivaba condiciones insalubres, debido a su permanencia constante en los obradores con ventilación escasa. La parroquia de Santa Marina, una de las más afectadas, se componía principalmente de pobres jornaleros del campo "que por carecer de los medios necesarios para su conservación, se ha ensañado en ellos con más furor la epidemia" (Argüello, 1802, pp. 25-32). Las referencias señaladas evidencian una constelación epidémica en la que se vieron involucrados otros procesos morbosos cuya naturaleza es de difícil precisión, presentándose procesos que asemejan encefalitis o cuadros meníngeos (soporosos, letárgicos, etcétera); en otras, se trata de cuadros respiratorios, gastrointestinales y cuyo polimorfismo recuerda virasis intercurrentes que muy bien pudieron afectar a la población. Se describen procesos pleuríticos, síndromes que se asemejan a nefritis, cuadros con disuria, retenciones de orina, erisipela, que Argüello las califica de "erupciones semejantes al sarampión". En suma, y según Riera Palmero, pudo muy bien haber una irasis, acompañada o no de exantemas, y ser la causa etiológica de buen número de cuadros morbosos que se engloban en el capítulo de epidemias de tercianas. Más demostrativos son los casos de parotiditis, de etiología inequívocamente viral y de los que Argüello da concretas noticias (Riera Palmero, 1987, pp. 677-678). La epidemia palúdica acometió a toda clase de personas. En sus comienzos aparecieron tercianas y "algunos hemitriteos". Argüello las califica en soporosas, letárgicas, apopléticas y hemipléjicas. Algunas las describe como casos de tercianas, al no coincidir con el cuadro habitual de las fiebres intermitentes: "esto es, con parálisis de la mitad del cuerpo según la línea vertical, y pérdida de la voz, por lo que fue preciso recurrir a la quina" (Argüello, 1802, pp. 37). No parece inverosímil que junto a las tercianas coincidiesen otros cuadros febriles y morbosos falsamente confundidos. La referencia anterior y otras que aporta Argüello son bastante indicativas al respecto. La patología parece haber incluido casos de "cefaleas y hemicrania", afectación del oído, anginas, perineumonías, pleuritis y diversos procesos, como dolores de costado (Riera Palmero, 1987, p. Esta complicada patología y multiforme sintomatología desconcertaba a los médicos y al jesuita Tolrá. 15 Ante este panorama, el impacto social con bajo índice de población debió ser brutal. No solo fueron catastróficos los efectos demográficos, sino que toda la estructura productiva y comercial se desbarató, agudizando la crisis de subsistencias. Sirva de ejemplo el potente gremio textil del barrio de la Puebla de la ciudad, que se vio obligado a solicitar ayudas y rebajas en sus cargas impositivas para no cerrar sus talleres (García Colmenares, 1998, pp. 130-131). A la vista de esta situación, es comprensible que surgiese en el espíritu de Tolrá su emocionado Canto votivo. EL CANTO VOTIVO A LA MILAGROSA YMAGEN DEL SANTISÍSIMO CHRISTO DEL OTERO (CA. Christo del Otero, que se venera extra-muros de la Ciudad de Palencia, sobre las presentes calamidades. Queremos llamar la atención brevemente sobre este poema, el único completo y manuscrito del propio Tolrá en 264 endecasílabos estructurados en 33 octavas reales. La política económica ilustrada, con magníficos resultados económicos en el reinado de Carlos III, no permitió un aumento de la producción equiparable al de la población, y las crisis agrarias se sucedieron a finales del siglo XVIII, alcanzando su punto culminante en 1802-1805. Todo ello coincidió con la crisis demográfica española más grave después de las pestes del siglo XVI (García Ruipérez, 1999, p. El poema de Juan José Tolrá es una invocación a la milagrosa imagen del santísimo Cristo del Otero que se venera extramuros de la ciudad de Palencia, una de las devociones populares más arraigadas de Palencia con raíces míticas visigodas (Fernández Conde, 2007), mezclada con el culto a un Santo Toribio y a otra imagen de la Virgen María, las tres advocaciones religiosas situadas en un cerro (otero), que debió infundir respeto mágico desde la prehistoria (San Martín Payo, 1985; Fernández Morate, 2009). Como jesuita y palentino, Tolrá compuso este poema sobre "las presentes calamidades" presumiblemente hacia 1804, pues alude a la hambruna-epidemia iniciada en 1800. Las imágenes milagrosas de Cristo Crucificado eran objeto de mucha devoción en Palencia, ámbito esencialmente rural a principios del siglo XIX, según los datos remitidos a Tomás López por los respectivos párrocos (Egido, 1995, pp. 11-29). En la ermita de Nuestra Señora, en la cima del Otero, también se venera al Santo Cristo; dos advocaciones principales que durante siglos han compartido la titularidad. El altar mayor lo ocupa el Cristo Crucificado y uno lateral, la Virgen con el Niño. Conocida la situación topográfica de la ermita, ambas imágenes han sido testigos de las tempestades y calamidades de la climatología palentina. La imagen del Santo Cristo del Otero, enmarcada en un sencillo retablo neoclásico, es una emotiva talla del siglo XVI descrita al detalle por Fernández Morate (2009, p. La devoción popular a este Cristo, "que se llama vulgarmente Cristo del Otero" (Becerro de Bengoa, 1874, p. El fervor a este Cristo está unido, por lo general, a días de necesidad para la gente palentina ocasionados por grandes sequías (Fernández Morate, 2009, pp. 28-29). Así, cuando Tolrá retornó a Palencia (1798), el culto al Cristo del Otero estaba bastante reavivado conforme se agrandaba la catástrofe ocasionada por la hambruna y las epidemias palúdicas desde 1786. Si los acuerdos municipales reflejan los gastos de las rogativas, de las propinas y del mantenimiento de la ermita, los acuerdos del cabildo catedralicio destacan las dificultades climatológicas y las malas condiciones del camino que llevaba al Otero. Por otro lado, calificar el poema de Tolrá como "Canto votivo", es decir, dirigido a una divinidad para implorar un favor, tiene más aplicación en la literatura de Italia, donde había residido Tolrá desde 1767 a 1798, que en la española. Es un subgénero poético empleado tradicionalmente como canto de altar, para ofrecerlo a alguna divinidad, y relacionado con temática triste y cruel o jubilosa y de acción de gracias (Reder Gadow, 2013, pp. 147-158). Diríamos que el poema tolriano es una de las muchas ofrendas votivas, íntimas en este caso, dejadas ritualmente en uno de los lugares más sagrados de Palencia para ganar el favor divino. Tolrá fue un profundo conocedor de la literatura grecolatina y de la Sagrada Escritura, como humanista y como culto jesuita. En este contexto intentaremos enmarcar el Canto votivo. Parece claro y lógico, en este sentido y en este contexto, el influjo de ciertos libros bíblicos en un ex jesuita, como Tolrá, que se dirige a la imagen más venerada de su ciudad. Así, toma del Evangelio de San Mateo el lema de todo el poema ("Señor, salvadnos, porque perecemos"). Hay, asimismo, dos referencias a San Lu-cas. La primera, cuando alude al episodio del rescate, por parte de Cristo, de los apóstoles cuando pescaban. 16 Es una bella alegoría con la que Tolrá comienza la narración de la trágica situación de Palencia: "Así un día clamaban fluctuantes / vuestros mismos Apóstoles queridos, / cuando en fiera borrasca naufragantes, / ya se veían casi sumergidos. / Vuestro amor en tan críticos instantes / no fue sordo a sus llantos y gemidos, / y aunque antes [Jesús] parecía somnoliento, / despertó y aquietó la mar y el viento" (versos [9][10][11][12][13][14][15][16]. La otra cita a San Lucas es a través de un comentario de San Jerónimo: "Es nuestra fiebre la avaricia ciega. / Es nuestra fiebre la ambición profana; / fiebre sensualidad que al alma niega / estar sujeta, como a soberana; / fiebre es la ira, que a delirio llega; / fiebre es soberbia entumecida y vana. / Ningunas fueran nuestras aflicciones, / si no hubiera contagio de pasiones" (versos 137-144). Dos son las referencias del Evangelio de San Juan. En la primera se califica a Jesús como "Palabra de vida": "¿A quién iremos cuando a Vos no vamos? / Pues palabras tenéis de eterna vida / Una decid, Señor, que deseamos, / de perdón, de piedad, si merecida / ésta no ha sido, ahora os recordamos / palabra por Vos mismo repetida, / palabra en que mostró vuestra dulzura / cumplir lo que antes fue de Vos figura" (versos 193-200). La segunda, cuando Cristo elevó la cruz a símbolo de salvación: "Así, Salvador nuestro, Vos dijisteis / que debíais en cruz ser exaltado / para que los que en ella redimisteis / de la primera muerte del pecado, / creamos la palabra que nos disteis, / de que todos, si a Vos crucificado / ojos y alma contrita levantamos, / por herida mortal no perezcamos" (versos 233-240). Es parecida la postura de Jeremías y Tolrá como interlocutores con la divinidad a favor de sus pueblos, que, sintetizada en las súplicas de Tolrá y de Jeremías 17, relatan el drama de su existencia personal y la de sus pueblos. Asimismo, aunque las circunstancias de hambre y muerte descritas por Tolrá en la primera parte del Canto votivo hacen pensar en los sufrimientos de Job, sin embargo, en la segunda parte, el pueblo palentino aparece como pecador y culpable, por lo que nos vienen a la mente algunos salmos que no aparecen explícitamente aludidos. Las súplicas dirigidas a Dios implorando perdón por los pecados personales, o de todo el Pueblo, o pidiendo amparo en situaciones de peligro que se abaten sobre la nación, están bien documentadas en el antiguo Israel, a través de las oraciones llamadas "de súplica" y de algunas celebraciones particulares. 18 En ese contexto es donde se sitúan los salmos de súplica, proferidos por orantes individuales en nombre propio o recitados en la asamblea litúrgica. De hecho, por sus características conviene distinguir estas dos categorías de salmos: de súplica individual y de súplica colectiva o pública, que tienen relación con otros libro bíblicos de temática similar, como Isaías, aludido por Tolrá al relatar el episodio de Senaquerib (versos 173-174), o el Libro de las Lamentaciones atribuido a Jeremías. 19 Durante toda su vida, Tolrá se mostró apasionado de la poética de los salmos. Otras congregaciones religiosas, como los agustinos, preferían, para consolarse en los tiempos difíciles, el Canto de Job, como se evidencia en Fray Luis de León. Ambos libros son de lo mejor de la poesía religiosa hebrea, incluidos entre los llamados Libros sapienciales, aunque no siempre se considera que todos los salmos corresponden a la tradición sapiencial (Franquesa, 1966; Keller, 1985, pp. 211-220; Ravasi, 1985; Morla 1994). En cuanto a la estructura del poema, esta sigue, en líneas generales, las cuatro partes de la Retórica clásica (exordio, narración, argumentación y peroración), si bien la argumentación y la peroración se funden a partir de la estrofa 18 (versos 137-255). Está encabezado, como se ha indicado, por el significativo emblema "Domine, salva nos, perimus", que resume el tema. Este lema se reitera varias veces a lo largo de las 33 estrofas a manera de estribillo, principalmente en las estrofas primera 20 y en la 33 21. El resto presenta una estructura típica de salmo. La introducción consta de una invocación del nombre de Dios, mediante una llamada confiada donde se recuerdan algunos atributos divinos que dan apoyo a la esperanza (poder, misericordia, fidelidad) y donde se pide ser librados de los males que afligen. Es la primera estrofa del Canto votivo: "Cristo Jesús, salud de los mortales, / que sobre ese alto Otero venerado / remedio siempre fuiste a los males / del palentino pueblo atribulado; / éste entre las angustias más fatales / a Vos clama..." (versos 1-6). En ella, además, se define el subgénero poético donde se puede enmarcar el "canto votivo": es una presentación de la invocación que el pueblo palentino hace al Cristo del Otero. A continuación viene el cuerpo del poema, donde Tolrá expone los motivos de su súplica -la catástrofe humanitaria por la hambruna y las enfermedades y la presencia de los propios pecados-y lo que turba el alma: el miedo a la muerte, el abatimiento moral, los dolores físicos, etc. Las imágenes y figuras retóricas surgen espontáneamente en este Canto votivo, dando a la súplica un fuerte dramatismo y riqueza simbólica. Estas imágenes y figuras necesitan ser interpretadas mediante una adecuada decodificación. En el Canto votivo el cuerpo está perfectamente estructurado en dos partes, aflorando en la primera (versos 1-128) el Tolrá humanista al describir las circunstancias climáticas, sanitarias y socioeconómicas de Palencia, con referencias al mundo grecolatino (estrofas 1-16). En esta parte, al lector actual le es imprescindible conocer las circunstancias históricas de la Palencia del primer lustro del siglo XIX para comprender el poema tolriano. Sin embargo, el ciudadano palentino de la época no tenía ningún problema interpretativo al ser testigo directo de los hechos. Así, las calamidades empiezan por la sequía, descrita en las estrofas 4-6: "Del clima inficionado los rigores / comunican su endémica influencia / al campo, la ciudad de habitadores / de la triste provincia de Palencia. / Campo, ciudad, provincia y moradores / ya temen su postrera decadencia; / del país, si se cumple un lustro infausto, / de hombres, reses y frutos queda exhausto" (versos 41-48). Las estrofas siguientes describen las fatalidades que se enlazan y derivan de la sequía, afectando a todos los estamentos sociales, comenzando por el labrador 22. Como consecuencia del hambre del campesinado se deriva la emigración a la ciudad, con cuyo hacinamiento se agravan las malas condiciones de la misma. 23 Otros testimonios refieren esta corriente inmigratoria, por ejemplo en la sesión del 3 de enero de 1804, donde los regidores palentinos tratan la frecuencia con que morían en Palencia los pobres forasteros ambulantes, "que emigrados de sus pueblos por la necesidad que padecen se recogen a las ciudades" 24. Así pues, consecuencia de la emigración del campo ("colonos") a la ciudad es la extensión del hambre a las capas populares ("artistas y jornaleros") de la capital palentina, puesto que los habitantes de la ciudad ("el mediano cosechero"), antes generosos, ahora también sufren la escasez. 25 Derivada de la sequía y del hambre es la peste, la otra calamidad de Palencia (estrofa 10) que llevaba soportando medio lustro. Tolrá narra la cronología de la crisis de 1800-1805, las malas cosechas por causas climatológicas que causan hambruna y epidemias: "No se detiene aquí el desapiadado / tropel de nuestros males horroroso, / que la mies y alimento más menguado / sólo fueron anuncio pavoroso / del azote que estaba levantado, / sangriento, fulminante y ruinoso, / a cuya justa merecida saña / terror, fiebre, dolor, muerte acompaña" (versos 73-80). Este mal es narrado en las estrofas 11-16, dedicando cada una a diversos aspectos del mismo. En la estrofa 12 describe cómo la peste es una fiebre voraz que se extiende por plazas, calles y casas. En la estrofa 13 se suceden los distintos y contradictorios cuadros clínicos de la epidemia: desde el sudor frío hasta las calenturas ardientes, pasando por la fiebre que aletarga a los pacientes. A continuación, Tolrá presenta los segmentos de población afectados por la peste y la muerte en los lamentos de viudos y huérfanos (estrofa 15). En la estrofa 16 esboza la estampa de una madre que llora a su hijo tan deseado, con unos epítetos bastante prerrománticos: "Prorrumpe en ayes y en amargo llanto / la tierna Madre, a quien la muerte impía / sin tener compasión de su quebranto, / le arrebata del seno, en que crecía, / el dulce hijuelo, deseado tanto. / Ayes... mas tantos son que un solo día / no se interrumpen, y aunque tan discorde, con nuestra mala suerte van acordes" (versos 121-128). Después de la estrofa 17, de transición entre las calamidades físicas y las espirituales, surge el Tolrá sacerdote que ruega fervientemente al Cristo del Otero por su pueblo. En una segunda parte del cuerpo del salmo (canto votivo) se describen las calamidades morales de la sociedad (versos 137-264), pues Tolrá, como jesuita y con una visión providencialista y fatalista de la historia, cree que las desgracias (sequía, hambre, peste), en última instancia, no son una casualidad o mala suerte (versos 128-131), sino consecuencia de un castigo divino por las pasiones desenfrenadas del hombre contemporáneo. En esta parte, eminentemente moral y penitencial, se pueden distinguir dos subpartes: en la primera, se presenta a un Dios castigador y severo con el pecado y las pasiones (versos 137-184); en la segunda (versos 185-256), aparece el Dios generoso y dispuesto al perdón. Desde la estrofa 24 hasta la 32, la otra subparte del canto votivo-penitencial está dedicada a demostrar la generosidad del Creador (estrofa 25). Después de reconocer que el hombre contemporáneo está herido de pasiones 26, Tolrá suplica al Cristo del Otero que lo socorra 27. La última estrofa repite en gran parte, a manera de resumen, la invocación de la estrofa primera, pues presenta la apoteosis del pueblo de Palencia, postrado ante el Cristo del Otero, suplicando socorros, cerrando el poema con un verso que reitera el lema que introducía el poema: "De esa colina [el otero], donde a cada hora / sois visto, y veis a nuestros ciudadanos, / donde la castellana feé os adora / constante desde siglos muy lejanos; / de Vos pendiente en esa Cruz implora / Palencia los socorros soberanos, / y con ella en clamar proseguiremos, / Señor, salvadnos, porque perecemos" (versos 257-264). Esta segunda parte penitencial del poema presenta más dificultades de compresión, todas superables, por las constantes alusiones bíblicas. En algunos casos aparecen verdaderas imprecaciones (invectivas, protestas) que pueden desconcertar al lector si no tiene presente el género literario y que estas expresiones surgen de un deseo de justicia divina: ¡Ah! que mayores, / y voluntarios males no os oprimen, / en semblante de amigos, mas traidores. ¡Cuán pocos son aquellos, que se eximen / de su halago y placer engañadores!" (versos 129-133) 28. Estas expresiones manifiestan, con simbolismos diferentes, la angustia y la espera en un inmediato cumplimiento de la petición: "No necesita para castigarnos / abrir las cataratas de su cielo, / ni en un diluvio de aguas anegarnos, / como un tiempo anegó al mundano suelo; / y si quisiere vivos abrasarnos, / no le puede costar algún desvelo / hacer que de Pentápolis la historia / hoy renueve con fuego su memoria" (versos 161-168). A MODO DE CONCLUSIÓN SOBRE EL CANTO VOTIVO AL CRISTO DEL OTERO Para comprender el Canto votivo de Tolrá, apasionado humanista y convencido ignaciano, hay que contextualizarlo en el papel de la Iglesia española de finales del Antiguo Régimen, en general, y en las dramáticas circunstancias económico-sanitarias de Palencia en 1800-1805, en particular. A principios del siglo XIX la religión en España era una necesidad primordial para la mayoría del pueblo y un sacerdote culto, como Tolrá, se creía con suficiente autoridad moral como para encabezar una de las muchas rogativas que la sociedad demandaba (Revuelta, 2008, p. El poema está estructurado conforme a la mentalidad providencialista de la religiosidad popular de la época, es decir, en la primera parte se describen las adversidades climáticas y naturales, infundiendo el miedo y el remordimiento en los fieles al acusarlos de ser ellos los causantes de sus males por haber pecado. La catástrofe humanitaria era el correctivo, castigo divino y advertencia que Dios les mandaba por su mala conducta, todo exacerbado con un lenguaje apocalíptico. Después de presentar al Dios punitivo, la segunda parte del poema es la penitencial, pues se trata de reconducir la conducta de los fieles hacia el arrepentimiento con fervor religioso, como último asidero para sobrevivir. Esta interacción entre miedo, culpa y piedad con frecuencia terminaba en rogativas en forma de poemas, muchos de dudosa calidad. El Canto votivo se salva de esa mediocridad. Literaria y formalmente es un poema notable, cuyas 33 octavas reales se leen con gusto, sin excesivos artilugios retóricos que dificulten su compresión. Por la necrológica tolriana que dejó Morey, sabemos que era aficionado a la poesía, aunque se haya perdido casi toda. Por el Canto votivo podemos intuir su gusto neoclásico, abiertamente contrario a las complicaciones formales del Barroco. Este poema tuvo las circunstancias de componerse en la peor epidemia que asoló Palencia desde el siglo XVI y de tener como autor a un jesuita expulso y riguroso humanista, curtido en mil peripecias vitales y todavía amenazado con una segunda expulsión (la de 1801, que logró esquivar). El resultado es una bella composición ajustada a las normas de las preceptivas poéticas clásicas sobre la octava real o heroica, donde es indudable el influjo de la Biblia, en especial de algunos salmos. Aunque este jesuita siempre tuvo su vena patriótica de defensa de lo español, en el Canto votivo aparece más "lugareño", aportando detalles de las circunstancias de la catástrofe económico-sanitaria del primer lustro del siglo XIX en Palencia. Sintiéndose apreciado y respetado por el vecindario palentino, un agradecido Tolrá, de 65 años, ayudó a salir de la catástrofe sanitario-alimentaria con una plegaria dirigida al Santísimo Cristo. No es extraño, por tanto, que Tolrá se fijase en la milagrera imagen del diminuto y patético Cristo del Otero palentino, que solo descendía a la ciudad cuando era invocado en las rogativas. Todavía hoy suscita sentimientos de misterio, pero ahora a través de la estatua monumental de Victorio Macho, desde donde continúa protegiendo la ciudad (Lomba, 2002). [1] A la Milagrosa Ymagen del santísimo Christo del Otero, que se venera extramuros de la ciudad de Palencia. Sobre las presentes calamidades. En Palencia, por don Juan Joséf Tolrrá, de la extinguida Compañía de Jesús. APÉNDICE CANTO VOTIVO A LA MILAGROSA YMAGEN DEL SAN-TÍSIMO CHRISTO DEL OTERO El cerro u otero en el que estaba el Cristo palentino. Hacía tres años que había empezado la crisis agrícola y sanitaria en Palencia. Argüello comenta que desde el equinoccio de 1799 empezaron las "aguas con mucha abundancia y continuaron toda esta estación, invierno y primavera hasta cerca del estío con blandura y suavidad de los vientos, lo que motivó que los labradores no pudiesen sembrar todo su barbecho" (Argüello, 1802, pp. 12-13). Tolrá parece indicar que en el verano era cuando más virulencia alcanzaba la epidemia, que aflojaba en las estaciones del frío de los tres años anteriores (1800-1804). Con toda probabilidad Tolrá se está refiriendo a las prolongadas malas cosechas entre 1802 y 1804. El conocimiento e introducción en España de las "modernas teorías miasmáticas" y las prácticas fumigatorias están basadas en los avances de la química de los últimos años del siglo XVIII y principios del XIX (García Colmenares, 1998, p. Alusión a la citada teoría miasmática de la enfermedad formulada por Thomas Sydenham (1624-1689), en Sydenham, Thomas (1676), Observationes medicae circa morborum acutorum historiam et curationem, London, G. Kettilby, y Giovanni María Lancisi (1654-1720), en Lancisi, Giovanni María (1717), De noxiis paludum effluviis eorumque remediis, Roma, J. M. Salvioni. La hambruna, causada por la sequía. En otros escritos Tolrá no era "loista". En esta visión aterradora de la epidemia, se entrevé el tópico tradicional de la muerte que a todos llega, sin distinciones. En la mitología romana, el Averno era la entrada al inframundo. Esculapio, el Asclepio para los griegos, es el héroe y el dios de la Medicina. Su arte era practicado por los llamados Asclepíadas, siendo el más célebre Hipócrates. La epidemia presentó muy diversos síntomas, descritos en la estrofa siguiente, lo cual desconcertaba a los médicos de la época. Obsérvese la repetición de la onomatopéyica palabra "ayes" en esta estrofa y en la siguiente. Luego de dedicar la primera parte a los males físicos, en la segunda, que comienza a continuación, se tratan los males espirituales y morales. Nota de Tolrá: "Evangelio de San Juan 6, versículo 69". El "de Vos figura" se refiere al Cristo del Otero. Es catáfora, porque Tolrá anuncia el símbolo alegórico que expresará más adelante en las estrofas 29-32, en la que relata el episodio en el que Yahvé ordena a Moisés que coloque en alto una serpiente de metal, para que los israelitas, mirándola con fe, curen sus males, de la misma manera que los palentinos curarán si, arrepentidos de sus pecados, acuden a adorar al Cristo del Otero. Ubicada al sur de Judea y del mar Muerto. Nótese cómo en estos versos la imagen de la serpiente coincide con la ofrecida por los textos sagrados, donde este reptil era el símbolo de todo mal. Aunque la serpiente maligna aparece en el texto bíblico muy temprano y con mucho protagonismo, hay otros pasajes, como el narrado por Tolrá, en los que hallamos la figura de la serpiente con otras facetas más benignas, como en Éxodo 4, 2 y 16, 14. Esta visión opuesta para un mismo animal quasi mítico es mantenida también en Grecia y Roma.
Durante la primera mitad del siglo XIX las técnicas gimnásticas higiénicas y terapéuticas se fueron configurando en Europa como un dispositivo de saber/poder en torno al cuidado y dominio del cuerpo que, por una parte, permitió el desarrollo de un nuevo espacio de aprovechamiento profesional médico y, por otro, sirvió de justificación para la implantación y legitimación de la educación física escolar. Tras un proceso de localización, selección e interpretación documental, el objetivo de este trabajo ha sido identificar la genealogía de dicho dispositivo en el contexto español. Para ello se ha puesto el foco en las manifestaciones técnicas, en los conflictos y en los discursos sobre los que se fue conformando ese nuevo espacio profesional. Se ha hecho hincapié en la textura doctrinal constitutiva de la gimnástica cuya impronta -en términos de regularidad, estabilidad, autocontención moral y física-estaría presente en las justificaciones fundacionales de la educación física escolar. Los estudios genealógicos de la medicina moderna, en tanto que espacio de poder, han experimentado un notable crecimiento en las últimas décadas. Especialmente fecundos han sido los análisis acometidos desde la perspectiva foucaultiana cuyas nociones básicas permitieron situar tanto el discurso como las prácticas médicas en el campo de la política (Foucault, 1978). Aunque no absolutamente ignorado, mucho menos estudiado ha sido el proceso de configuración de la gimnástica educativa y su derivada más tardía, la educación física escolar, en tanto que destinatarias inmediatas de los discursos médicos higienistas; particularmente, faltan estudios sobre la conformación del arte de gobernar el cuerpo como resultado de la concatenación de los nuevos cometidos -biopolíticosdel ejercicio médico de la modernidad (la presencia generalizada de la mirada médica en el espacio social) con el floreciente arte gimnástico en la España del XIX. Aunque hay antecedentes que se remontan a la denominada ciencia de policía de principios del siglo XVII (Fraile, 1997), sería con el proceso de crecimiento industrial y urbanístico cuando el médico se involucró en las problemáticas del sistema social. Las llamadas gubernamentales a la higiene individual y social como estrategia de contención de la enfermedad y del orden constituyen el primer esbozo de las políticas sanitarias a partir de las cuales el ejercicio de la medicina fue tejiendo las redes de un dominio cada vez más extenso y tupido para la gobernanza ciudadana. En poco tiempo, la presencia del médico, física o no, en fábricas, cuarteles, presidios, centros asistenciales, escuelas, etc. conformó un dispositivo normativo garante del orden y la regularidad que acabaría por permear la vida familiar. En España, Francisco Méndez Álvaro y Pedro Felipe Monlau son algunos de los principales impulsores de esta medicina social que, a través del arte del buen gobierno corporal, intervinieron en los procesos de subjetivación de una nueva ciudadanía (Quintanas, 2011): aquellos que darían lugar a una nueva infancia, a una mueva mujer, a un nuevo obrero, a un nuevo soldado, etc., en fin, a una nueva fisonomía urbana en cuya vertebración sería determinante la medicalización de las relaciones (Calvo, 2012) y, asimismo, la renovación del estatuto del cuerpo de la burguesía. No es casual, a este respecto, la popularización de los ejercicios corporales y la proliferación de gimnasios en un ambiente de disputa, profesional y técnica, entre saltimbanquis, acróbatas, gimnastas, pedagogos roussonianos, instructores militares, gobernantes regeneracionistas, etc. donde la última palabra la habrían de tener los médicos higienistas. En este contexto y con este planteamiento, hemos indagado en la historia social de la gimnasia de la primera mitad del siglo XIX español con el objetivo descubrir y comprender los agentes y los mecanismos (protagonistas, obras, prácticas, pugnas) a través de los cuales la gimnasia médica se configuró como un dispositivo de saber/poder cuya impronta ascética (regularidad, estabilidad, autocontención) estaría presente en las justificaciones fundacionales de la educación física escolar. Particularmente, nos hemos centrado en el período 1833 a 1860, apenas estudiado, según Gutiérrez Rodilla (1995), pero en el que hubo un inusitado interés por la gimnástica higiénica y médica (Climent, 2001; Torrebadella, 2012bTorrebadella,, 2014)), hasta el punto de que hoy es considerado clave en la configuración de especialidades médicas como la rehabilitación, la ortopedia, la mecanoterapia y la fisioterapia. La investigación se sustenta principalmente en el estudio de fuentes primarias: cartillas, manuales, textos divulgativos, textos técnicos y artículos periodísticos de la época. Aplicamos una metodología histórico-crítica y genealógica de inspiración foucaultiana para lo cual nos servimos de las recientes aportaciones en el campo de la historiografía de la educación física como las de Vigarello (2005), Galak y Gambarrota (2011), Scharagrodsky (2011), Torrebadella (2013a, 2013b, 2014), Vicente y Torrebadella (2015), Torrebadella y Vicente (2016), etc. LA GIMNÁSTICA COMO ANTECEDENTE EN LA CON-FORMACIÓN DE LA MEDICINA SOCIAL EN ESPAÑA De acuerdo con Climent y Ballester (2003), la gimnástica inició su andadura higienista en los últimos años de la Ilustración. Aunque desde principios del siglo XVIII vinieran anunciándose los derroteros científicos por los que habría de transitar la gimnástica en Europa (Chancerel, 1864) 1, sería el desarrollo de los conocimientos anatomofisiológicos y biomecánicos del cuerpo humano -metodizados a nivel práctico en el siglo XIX-, los que determinarían el carácter médico de las corrientes gimnásticas en ciernes. Indudablemente, a ello contribuyó de manera decisiva el proceso de especialización médica así como el desarrollo técnico del instrumental terapéutico aplicado a la conservación de la salud. De los primeros momentos cabe destacar las obras del suizo Samuel Auguste Tissot (1728Tissot ( -1797)), Aviso a los literatos y a las personas de vida sedentaria sobre su salud (1771) y, por supuesto, Enfermedades nervio-sas o del onanismo (1814). Si en la primera advertía de que la primera ley que había que considerar era la salud del pueblo, en la segunda prescribía la gimnástica como mejor forma de atajar lo que algunos llegaron a considerar el principal problema de higiene pública, las prácticas autoeróticas (Torrebadella y Vicente, 2016). Las lecciones de S. A. Tissot contaron en España con buenos aliados como el médico Antonio Rodríguez de Vera (1785). Por su parte, de entre las obras de referencia científico-gimnástica que llegaban de la Europa ilustrada, la Gimnástica médica y quirúrgica (1780) del doctor Joseph Clement Tissot (1750Tissot ( -1826) ) fue, probablemente la de mayor repercusión y la que sustentó el movimiento gimnástico del siglo XIX. En ella, J. C. Tissot disertaba sobre los beneficios del ejercicio corporal para la educación de la salud, para el desarrollo de la fortaleza corporal y, particularmente, aconsejaba su práctica en las convalecencias quirúrgicas. Aunque en España el movimiento ilustrado tuvo sus limitaciones (Maravall, 1991), no se sustrajo completamente a la pujanza que estaba cobrando la gimnástica médica en el continente. Así, por ejemplo, en 1773 el doctor Bonifacio Ximenez de Lorite, secretario de la Real Sociedad de Medicina, presentó en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras (1773, p. CI) una Disertación sobre la gymnàstica; y, más tarde, en la citada sociedad de medicina, el doctor Antonio Rodríguez de Vera (1785) aportaba una memoria con el objeto de hacer apreciable las utilidades que reporta el exercicio corporal y exponer las enfermedades en que la gimnástica resulta más conveniente. El propio Rodríguez de Vera (1785) daba a conocer una obra inédita presentada por el doctor Francisco Buendía y Ponce (1721-1800) en la Real Academia de Sevilla, titulada Discurso sobre los juegos de los muchachos más convenientes para la salud y el robustecimiento. La obra emulaba la que escribiera el suizo J. C. Tissot (1780) sobre los "varios juegos que se usan en Francia, que son los mismos que en todas partes, cuyo fin aunque parece ser solo la diversión de los jugadores se dirige igualmente a fortalecer sus cuerpos y conservar la salud" (Rodríguez de Vera, 1785, p. Durante el siglo XVIII la medicina recuperó parte del cuerpo doctrinal galénico respecto del ejercicio físico, cuyos preceptos higiénicos y terapéuticos fueron conquistando el espacio epistemológico; configuraron una nueva visión de la salud, poco a poco asumida por los médicos a través de las escasas publicaciones especializadas de la época. En dicha visión, el ejercicio físico se fue conceptuado como un poderoso agente preventivo de enfermedades e incluso curativo de algunas de ellas, de manera que llegaron a prescribirse ejercicios gimnásticos así como la carrera, los saltos, el baile, la caza, la esgrima, la natación o la equitación. No en vano, el Diccionario Castellano con las voces de Ciencias y Artes definía el término Jimnástica como el "Arte de ejercitar el cuerpo [...]. Correr a caballo, la lanza, espada [...]. El mismo nombre se da a la parte de la Medicina, que regla los ejercicios del cuerpo, en orden a la salud" (Terreros, 1787, p. Juan Gámez, Médico de la Familia Real, consideraba que el ejercicio físico estaba muy poco cultivado aun cuando en tiempos de los clásicos fue tan provechoso. Al respecto, en unas reflexiones sobre el ejercicio medicinal, recordaba las obras que sobre la utilidad del ejercicio físico escribieron Hipócrates, Galeno, Mercurialis o Tissot subrayando que el "exercicio es tan preciso para conservar la salud y restablecerla, que el hombre perecería sin él" (Gámez, 1771, pp. CIXXIV-CLXXXIII). También la Real Academia Médico-Práctica de la ciudad de Barcelona (1798, p. VIII) mostraba sus preocupaciones por el abandono de la gimnástica, ya que estaba demostrado que "por haberse olvidado las reglas y consejos de esta parte de la higiene va degenerando la naturaleza humana de la antigua robustez". De la misma época data el tratado de Medicina doméstica (1785, or. 1769) de Willian Buchan (1729Buchan ( -1805) ) dirigido a preservar la salud de las clases más humildes y sin recursos; obra que llegó a ver hasta siete ediciones antes de fin de siglo (Corbella, 1996). Pues bien, Buchan se ocupó ampliamente del ejercicio físico, tanto para la preservación de la salud como para la curación de algunas dolencias o enfermedades. Señalaba que los hombres que hacían ejercicio moderado raramente caían enfermos, y advertía que "las mujeres que se han acostumbrado hacer una vida sedentaria, generalmente corren mucho riesgo en el parto: y al contrario, las que han correteado y han hecho suficiente ejercicio, rara vez peligran" (Buchan, 1785, p. Para prevenir muchas enfermedades y gozar de una buena salud, exhortaba a que todos los hombres buscaran algún medio que, de por sí les obligase a hacer ejercicio, preferiblemente al aire libre. Buchan también se ocupó especialmente del ejercicio de los niños sobre cuya permanencia en la escuela señalaba: querríamos que los maestros, atendiendo al interés de la sociedad, no tuvieran tanto tiempo sujetos a los niños, y que se les permitiesen correr, saltar y otras diversiones activas que promueven su nutrición; y si en vez de castigarlos porque gastan horas en correr, nadar o andar a caballo, se les animase a emplear algún tiempo en estos varoniles ejercicios tan útiles, produciría excelentes efectos (Buchan, 1785, p. LA GIMNÁSTICA MÉDICA AL SERVICIO DE LA CIENCIA MODERNA Nada de lo que parecía presagiar el final de siglo XVIII para la ciencia médica y el desarrollo de la gimnástica en España se cumplió hasta, al menos, la Revolución Liberal, tras la muerte de Fernando VII. Como apuntaba López Piñero (1992), el absolutismo fernandino dio lugar al período más catastrófico de la literatura científica. Apenas alguna pequeña obra vería la luz en los primeros años del XIX como la de Félix González (1814), médico de cámara de la Real Casa de Fernando VII, quien tuvo la audacia de presentar un Discurso médico-político dirigido a la Regencia de las Españas con el objeto de promover la educación física en el hombre, a cargo de las madres, en la primera infancia, y de las escuelas públicas después. Sin embargo, esta fue una etapa de decaimiento en el proceso de desarrollo científico de la gimnástica. El ostracismo científico e intelectual, agravado por la censura, la prohibición de la imprenta y la represión en las Universidades de las políticas absolutistas anularon cualquier atisbo de progreso en el proceso de desarrollo científico de la gimnástica. En este contexto, si hubo un autor que representó la pugna entre lo viejo y lo nuevo en el arte gimnástico, fue Francisco Aguilera, Conde de Villalobos (1817-1867). Su labor propagandística marcó una inflexión en el discurso higiénico y terapéutico de la gimnástica en el seno de la corporación médica (Alonso, 1846). De hecho, antes de su campaña, aunque la gimnástica era conocida en España como disciplina atlética, vía traducciones, era prácticamente desconocida en la literatura médica (Torrebadella, 2014). La reconsideración de la gimnástica en el campo práctico de la medicina se debió en gran medida a la difusión del Manuel d'éducation physique, gimnastyque et morale del valenciano afincado en París, Francisco Amorós (1830) (1770-1848); una obra cuyo valor científico fue acreditado por Víctor Broussais (1772Broussais ( -1838)), según han señalado Fernández (2005) o Torrebadella (2013b). De la mano de su hijo, Casimiro Broussais (1803-1847) -que ejercería como médico en el reputado Gimnasio Normal y Militar que Amorós regentaba en París-, la gimnástica amorosiana sería considerada como un eficaz medio higiénico y terapéutico (Broussais, 1827) que apuntalaría y perfeccionaría, según Fernández Sirvent (2005), los principios fisiológicos del método gimnástico de Amorós. 279) diagnosticaba la gimnástica para las enfermedades mentales sobre cuyo tratamiento decía que "todas las casas de locos deberían estar provistas de las máquinas inventadas y perfeccionadas por el coronel Amorós" porque la gimnasia mejoraba la memoria, el intelecto y la imaginación. sas, impulsaría el desarrollo de las instituciones médicas y científicas (Arroyo, 1997) donde tímidamente se empezaba a tener conocimiento de la gimnástica amorosiana y sus aplicaciones higiénicas y terapéuticas. En 1834 apareció publicada en la Gaceta Médica una carta de Amorós en la que ponía de relieve el excelente tratamiento gimnástico terapéutico que recibió una niña que corrigió una deformidad torácica bajo la prescripción del prestigioso cirujano Guillaume Dupuytren (Climent, 2001, p. A partir de entonces, los adelantos científicos de la gimnástica amorosiana y de sus aplicaciones terapéuticas fueron divulgados en la prensa médica que, paulatinamente, dio en reconocer la eficacia médica y educativa de la gimnástica. Por ejemplo, en la Gaceta Médica de Madrid se exclamaba "¡Ojala que llamando la atención de nuestros prácticos les convenza de que la gimnástica y la ortopedia, dos recursos curativos de que se hace poco uso en España, merecen ser estudiados!". 2 En otro artículo, dirigido este a la educación popular con el nombre de "Elementos de Salud", se hacían observaciones sobre a la función profiláctica y terapéutica del ejercicio corporal o la gimnástica en la época clásica. Cada vez más, se informaba de las ventajas del ejercicio físico y se advertía del modo más práctico y acertado de realizarlo; se prescribía el paseo diario por el campo como el mejor ejercicio, aunque se subrayaba que para ello era "absolutamente necesario desechar de la mente todos los pensamientos fundados en los negocios de nuestra profesión o cesión de las ocupaciones serias de la vida"; es decir, se aconsejaba separar del ejercicio toda excitación o sobrecarga psíquica para una mejor interacción psicosomática. 3 Aunque la configuración de la gimnasia como dispositivo al servicio de la medicina encontró las resistencias de quienes la seguían considerando "un objeto de recreo para niños, como una especie de adorno de la educación o como una de las exigencias de la moda", según denunciaba Amorós 4, sólo una década más tarde, en 1844, el Diccionario de los diccionarios de medicina ya ofrecía una amplia definición doctrinal y técnica sobre la aplicación de la gimnástica médica ayudándose de ejemplos terapéuticos precisos. Así, señalaba que el "eretismo nervioso de los órganos genitales se combate ventajosamente por el mismo medio [gimnástico], que contribuye a esta razón poderosamente a hacer que desaparezcan la poluciones, la ninfomanía, y a poner término al vicio tan funesto de la masturbación" (Fabre, 1844, pp. 33-34). De ese mismo año data un extenso artículo publicado en el Boletín del Instituto Médico Valenciano cuyo objeto era concienciar sobre las "utilidades de la aplicación de la gimnasia a la medicina". El autor, Francisco Ramo (1844), se lamentaba del poco interés que en la profesión médica se prestaba a los adelantos científicos que la gimnasia representaba a la vez que trataba de persuadir al cuerpo médico sobre las ventajas que la ofrecía la gimnasia: La gimnasia, ciencia que en los países más civilizados y entre las clases más elevadas está siendo la instrucción casi primaria de la juventud, y formando una de las enseñanzas que con más afán se trata de inculcar en los entendimientos varoniles, haciéndose entregar a los ejercicios en que este arte mecánico se ocupa, ofrece al médico terapéutico los recursos más poderosos para combatir algunas enfermedades, y al higiénico los medios más eficaces para lograr el desarrollo de la organización en su totalidad, o en alguna de sus partes solamente, y a la formación de unas constituciones fuertes, vigorosas capaces de resistir a la acción del sinnúmero de causas que incesantemente obran sobre el hombre y le hacen enfermar, facilitándole al propio tiempo el conocimiento de los ejercicios que deberá reprobar, en gracia de la salud, en atención a la naturaleza de ellos y efectos que ocasionan y a las predisposiciones que por constitución fisiológica se halle el individuo sujeto (Ramo, 1844, p. Como buena parte de los autores del momento, Francisco Ramo prescribía la práctica de la equitación para tratar trastornos del sistema nervioso como la hipocondría o el histerismo y, asimismo, para el alivio de enfermedades como la tisis o la menorrea. Para esta última dolencia aconsejaba, parafraseando a Londe (1829), el baile como mejor medio gimnástico. De cualquier manera, y aunque el texto presentaba elementos innovadores, no se puede decir que tuviera un planteamiento moderno, acorde con los postulados amorosianos: si bien prescribía prácticas físicorecreativas como la marcha, la carrera, el carruaje, la equitación, el baile, la esgrima, el juego de pelota, el columpio o los bolos, que venían indicándose ya desde el siglo XVIII, carecía de los ejercicios metódicos y organizados propios del gimnasio. Entretanto, las noticias de los progresos de la gimnástica médica francesa empezaron a ser divulgadas en la prensa médica española; sobre todo, las experiencias médicas que el amorosiano Casimiro Broussais (1846a, 1846b) había publicado en Francia hacia 1827 -casi veinte años antes-, lo que contribuyó a cierta popularización del método del gimnasiarca español. Frente a esa tímida consideración, más allá de los Pirineos la gimnasia continuó su desarrollo. Muestra del esplendor que alcanzó, por ejemplo en la Francia de los años cuarenta, son las frecuentes disputas científicas y técnicas sobre los métodos. Particularmente, los gimnasiarcas más reconocidos del momento, entre los que estaban el suizo Phokion-Heinrich Clias (1782-1854), creador del método somascético, o el francés Hippolyte Triat (1813-1881) quien rivalizó con Amorós sobre quien debía ser el destinatario de la "regeneración del hombre" mediante la gimnasia: si las clases privilegiadas, como sugería Triat, o toda la población. Con todo, a mediados de siglo las prescripciones del ejercicio físico como prevención para ciertas enfermedades fueron siendo suscritas por numerosas autoridades médicas, incluso en algunos de los manuales de salud y medicina para el uso familiar o doméstico como, por ejemplo, la del popular doctor francés Francisco Vicente Raspail (1794-1878) en su Manual de la salud o Medicina y farmacia domesticas (Raspail 1846(Raspail, 1848)). LOS PRIMEROS GIMNASIOS TERAPÉUTICOS Según Torrebadella (2014), la gimnástica médica desarrollada en Francia llegaría a España a través de algunos establecimientos que ofrecían tratamientos de gimnástica ortopédica en la provincia de Barcelona, bastante antes de lo que se había considerado. En efecto, el primer establecimiento ortopédico del que hay noticia en la ciudad, data de 1830 y lo regentaba, en la calle Hospital, 2, el empresario francés -y luego médico-cirujano-, Dr. Pablo Clausolles (Hervás y Calbet, 1997). Hacia 1842, ya como cirujano, además del centro ortopédico y gimnástico, dispuso de una escuela femenina, en la calle del Pino, 2, cuyos métodos promocionaba en prensa mediante avisos dirigidos a los padres de familia. 5 Con la ayuda de su mujer, Rosalía Pontet, Clausolles trataba a las pacientes, sobre todo con deformidades en la espalda o en las piernas, aplicando el método de los juegos gimnásticos. Del primero de noviembre de 1837, consta la apertura, en la barcelonesa calle Lladó, 12, del anunciado "primer y único" establecimiento ortopédico de España. El prestigioso centro estaba dirigido por el médico-cirujano Pedro Font, quien trató de propagar ampliamente las ventajas de la gimnástica ortopédica para corregir la curvatura viciosa de la columna vertebral, especialmente para el "bello sexo". El método de Pedro Font se acreditaba por la "buena dirección de las reglas gimnásticas" y por la "ayuda de cortos y ligeros medios mecánicos, cuyo principal efecto procede de la oportunidad en su aplicación". 6 Al cabo de seis años, el éxito del método permitió el traslado del establecimiento a un local, sito en la calle Cazador, 1, más amplio y ventilado con adecuados y nuevos aparatos que "aceleraban la robustez y curación de las enfermas bajo el poderoso influjo de una sana higiene". 7 A ello había que añadir la buena dirección del doctor Font en "los juegos gimnásticos", que hacían compatible el centro con los más acreditados de Francia, Inglaterra y Alemania, según rezaban los anuncios de El Gratis. 8 Del mismo periodo data otro establecimiento Ortopédico-Gimnástico; en este caso en Canet de Mar, regentado por Ramón Font quien, habiendo sido director médico de los Baños de Caldas de Malavella, estaba especializado en la corrección las deformidades de la columna vertebral, además de tratar otras lesiones y deformidades con métodos gimnásticos: "es decir, fundado solamente en los medios del sistema muscular desequilibrado, fundado en ejercicios bien dirigidos de partes del cuerpo desproporcionadas respectivamente a otras, sin necesidad de máquinas, ni vendaje que compriman la joven enferma". 9 A la par que la implantación de estos establecimientos, que pone de relieve la pujanza de la gimnasia amorosiana en Cataluña, y junto al auge traductor de obras gimnástico-médicas galas, empezaría a desarrollarse obra propia. Inicialmente aparecieron algunos capítulos dedicados a las poderosas aplicaciones curativas e higiénicas de la gimnástica en tratados de terapéutica general como los de Cil (1839), Oms y Ferreras (1846), Pons (1850) o Rosell (1848). Así, Joaquín Cil (1839), catedrático del Colegio de Medicina y Cirugía de Barcelona, definía la gimnástica como un activo agente preservador de la salud, curativo de enfermedades (escrófulas, la raquis, etc.) y mediador para corregir problemas de constitución corporal. En el Tratado de terapéutica general, Oms y Ferreras (1846) se ocupaban ampliamente de la gimnástica, con detalladas prescripciones para cada dolencia y con indicaciones precisas en la descripción de los ejercicios físicos. Por ejemplo, prescribían la natación para los niños de complexión linfática, escrofulosa o raquítica; para las mujeres cloróticas y mal menstruadas; y, asimismo, para quienes padecían afecciones nerviosas como el histerismo, la corea, etc.: La gimnástica es el arte de dirigir los ejercicios corporales de una manera conveniente para conservar la salud y para prevenir y curar ciertas enfermedades. Tiene pues ésta parte de la higiene aplicaciones terapéuticas muy interesantes, constituyendo uno de los medios higiénicos más útiles, que unido a los demás de esta clase, pueden establecer la salud en varios casos en que sería inútil la sola administración de muchos medicamentos (Oms y Ferreras, 1846, p. Como ha señalado Vigarello (2005), fue en estos establecimientos gimnásticos donde se produjo la fragmentación del cuerpo gimnástico. A la par que el encerramiento del cuerpo ejercitante en el recinto gimnástico, se configuró una ideología que descompuso las acciones del cuerpo en movimientos analíticos, jerarquizados por la técnica especializada y por el dominio de la autoridad competente. Es la institucionalización de la gimnástica como proceso de racionalización de normas y códigos disciplinarios cuyos efectos vigorizantes -corrección y enderezamiento del cuerpo-eran indistintos de la inscripción de los códigos de la regularidad: los códigos de la racionalidad científica aplicados al movimiento como mejor programa de vida saludable. A este respecto, es preciso recordar el impulso que ejerciera Francisco Aguilera. Aunque ajeno a la ciencia médica, como profundo conocedor de las aplicaciones y adelantos de la gimnasia higiénica, asumió la iniciativa de solicitar a S. M. la Reina Doña Isabel II un Gimnasio Normal para formar médicos especialistas en la materia: Si precisos son los beneficios que la Gimnasia presenta a la higiene, no son seguramente menores con los que enriquece a la terapéutica. Esta parte esencial de las ciencias médicas, pide mucho tiempo hace a voz en grito la pronta aparición de un establecimiento de esta clase que ha de proporcionar un campo fértil y ameno para el tratamiento y perfecta curación de muchas enfermedades. 19) El proyecto recibió la aprobación unánime de los médicos más influyentes y, aunque como subraya Climent (2001), fue la puerta de entrada hacia la acreditación de la gimnástica como disciplina científica, la solicitud no tendría los resultados esperados de forma inmediata. Años más tarde, esta dilación no pasó inadvertida a los editores de la Gaceta Médica que, con el sugerente título de "¿Merece la gimnástica el olvido o abandono a que se halla reducida entre nosotros?", perseveraba en 1847 en las intenciones de Francisco Aguilera: ¿Hay pues, que extrañar que el arte gimnástico haya caído entre nosotros ya en el olvido, ya en el abandono, o que al menos se le mire con una especie de desdén o poco aprecio que ciertamente no merece? A nuestra clase pertenece llamar la atención de las demás, para que la fijen en un objeto de no leve importancia [...]. La higiene considera en la gimnasia un recurso tan poderoso cuanto tiene a remediar, o a disminuir al menos, los perniciosos efectos de una educación mal dirigida, o de unos hábitos sociales enteramente contrarios a lo que ella prescribe [...]. Debemos llamar la atención, a recordar la importancia de la gimnástica en higiene y en terapéutica. El vicio vergonzoso que tantos estragos hace en la juventud, no tiene a nuestro modo de ver correctivo más eficaz que el arte gimnástico. Con todo, la gimnástica médica y ortopédica, como la que se impartía en algunos de los colegios o gimnasios de Madrid o Barcelona, tenía un claro propósito preventivo. Entre estos magníficos gimnasios cabe destacar el que dirigía el propio Francisco Aguilera en el elitista colegio de Francisco Serra y el Instituto Español al que "acudieron no sólo multitud de jóvenes y niños para desarrollar sus facultades físicas, y no pocos a quienes el nacimiento y las enfermedades habían cargado con alguna imperfección cuyo remedio indicaba la medicina en los ejercicios gimnásticos" (Torrebadella, 2013b, p. Ante la popularidad que la gimnástica terapéutica y ortopédica estaba adquiriendo en algunas publicaciones de índole popular o doméstico, las advertencias corporativas no se hicieron esperar. Ante la competencia sobrevenida y ante los posibles abusos, también se advertía del riesgo de abandonar a los hijos a cualquier aficionado o aventurero de la gimnástica: La gimnastica constituye hoy en día un ramo especial de la educación, un arte, una moda: pronto quizá llegará a ser una necesidad. La decadencia del hombre físico es el pretexto más o menos plausible del auge de que goza actualmente; pero no debiera llevarse este favor hasta la manía y la preocupación, ni hasta el punto de querer hacer de nuestros niños unos Lacedemonios. Hay más; los ejercicios gimnásticos mal dirigidos son más perjudiciales que útiles. Condúcese por lo común a nuestros gimnasios a los niños débiles y raquíticos, a los que tienen desigualdades en las potencias musculares, aquellos que la columna vertebral o miembros están fuera de su sitio; y para apreciar en su justo valor estas deformidades, para remediarlas sobre todo, es preciso un estudio profundo de los procedimientos ortopédicos, son necesarios conocimientos que pocas personas poseen." Ciertamente, este nuevo espacio profesional fue ocupado en muy buena parte por gimnasiarcas empíricos, ajenos a la profesión médica, que prometían reparar deformaciones físicas y curar enfermedades (Torrebadella, 2014). Aunque tales casos no pasaron de ser una rareza en la aplicación terapéutica y científica de la gimnástica en España, sí retrasarían su incorporación como materia de estudio en las facultades de medicina. Tanto fue así que la mayoría de quienes utilizaban sus aplicaciones no provenían de dichas facultades. Entre las pocas excepciones destaca la del médico y político Francisco Méndez Álvaro (1806-1883) que, desde la Gaceta Médica, reclamaba el establecimiento de gimnasios como una cuestión de higiene pública, bajo una dirección bien entendida; es decir, disciplinaria y utilitarista, y sin la pretensión de formar atletas: En este sentido reclamamos la gimnástica y desearíamos que se difundiera entre nosotros. Los jóvenes que se dedican á las letras ó á nobles profesiones que requieren grande actividad intelectual, muchas horas de estudio y de meditación, encontrarían en el ejercicio ordenado del sistema muscular, al mismo tiempo que solaz y recreo, una saludable expansión de las fuerzas concentradas en el sistema nervioso cerebro-espinal. Los de temperamento linfático y constitución débil, apáticos, indolentes, con poca aptitud para los movimientos, un medio de reanimar la acción lánguida de sus órganos y de desarrollar su tejido muscular que se halla en un estado casi rudimentario. Los ocupados en artes sedentarias que no han menester para su trabajo sino de la acción aislada de algunos músculos, y que sosteniendo por algunas horas actitudes viciosas adquieren deformidades en su sistema óseo, un correctivo del predominio de los músculos más fuertes, restableciendo el equilibrio necesario para la completa evolución del organismo y la belleza de su configuración. Estos prodigios del arte benéfico que no hemos hecho más qué anunciar, se obtienen en gimnasios bien organizados, y en los que preside al desarrollo de la fuerza física una dirección inteligente, graduando la intensidad y duración de los movimientos, y proporcionándolos á las condiciones individuales. Alguno de estos útiles establecimientos contamos ya entre nosotros, y sería de desear que se multiplicasen, á fin de que nuestra juventud tuviera á su disposición un recurso más para desenvolver sus fuerzas y perfeccionar su organismo. 11 Que la gimnástica empezara a ser tomada en serio en el campo académico de la medicina vino refrendado por el doctor Antonio Benzo (1853) en el Discurso leído en la Universidad Central sobre la Necesidad de fomentar la educación física. Pronto los médicos españoles acotaron este campo disciplinar como una rama propia del conocimiento médico. El mencionado higienista Méndez Álvaro también se pronunciaba a favor de una política sanitaria de ordenación pública en la que los gobernantes tuvieran la idea de restablecer la educación física mediante la creación de Institutos Gimnásticos los cuales generalizasen una gimnasia según el método de Clias. 12 Durante los años cincuenta los gimnasios fueron ocupando poco a poco distintos espacios profesionales siguiendo la orientación técnica de la medicina francesa (Brier y Defrance, 2012). A mediados de la década, gimnasios como el del acreditado gimnasiarca Carlos Berthier en Barcelona, u otros de índole parecida, apostaban claramente por el reclamo higiénico y terapéutico. Así, Bertiher instaló en 1853, en un almacén de la calle del Mediodía, 9, una "Escuela especial de gimnástica ortopédica" para uso exclusivo de señoritas, cuyos métodos, decía, estaban reconocidos por los médicos nacionales y extranjeros. De la dirección se ocupó su esposa, María de la Asunción, que argumentaba llevar varios años de estudio y dedicación y que, además, no tenía inconveniente de atender clases especiales en los domicilios de las señoritas. 13 No poco importante para el desarrollo de este campo profesional fue la difusión del imaginario teórico de la degeneración física, intelectual y moral de la especie humana, particularmente entre los miembros de la burguesía (Vigarello, 2005), que se saldó con un proceso de racionalización y moralización del ejercicio físico; un proceso por el que fueron siendo excluidas aquellas manifestaciones corporales más espontáneas y libres, hedonistas, moralmente confusas, donde además se proscribían las inversiones, las suspensiones y todo tipo de acrobacias en favor de la regularidad y linealidad físicas. Esta nueva disciplina gimnástica, desprovista de los elementos acrobáticos y de los ejercicios de Amorós, fue sancionada por Aguilera (1858), quien tildaría a Suecia de la "nación más adelantada en este ramo, la que ha elevado la gimnasia al rango de ciencia, y quisiéramos su sistema para nuestra patria" (Aguilera, 1857, p. Se trata de una redefinición conceptual de la gimnástica que, desde sus mismos inicios, repercutiría en el ámbito educativo dada la impronta higiénicomédica en la conformación de la primera educación física escolar. La gimnástica y el gimnasio eran cada vez menos una novedad y obras como el Tratado de higiene terapéutica de François Ribes (1860) acreditaban la importancia que había adquirido en los círculos médicos: Una de sus ventajas [del ejercicio gimnástico] es la de poder limitar su acción mejor que la de un agente farmacológico puesto que está sometido á nuestra voluntad. Los ejercicios por sí solos pueden constituir hasta cierto punto un método de tratamiento y son en muchos casos auxiliares indispensables de los medicamentos. 652) Como después señalaría De Fabregues, la gimnasia empezaba a aparecer como una milagrosa ciencia terapéutica que podía salvar de la muerte: de los gimnasios de Barcelona, decía, "vimos salir jóvenes de ambos sexos, algunos de los cuales al entrar llevaban la muerte escrita en su semblante, y á la vuelta de un par de años, robustos, ágiles y respirando salud, estaban completamente trasformados. VÍNCULOS ENTRE LA MEDICINA Y LA PEDAGOGÍA Aunque con cierto retraso respecto a Europa, a mediados del siglo XIX la gimnástica empezó a tomar carta de naturaleza en la sociedad española. La creación de algunos gimnasios en cuarteles y escuelas así como la creación de asociaciones gimnástico-acrobáticas o recreativas (Torrebadella, 2013a(Torrebadella,, 2014) ) son el exponente del pulso que había adquirido. Unos y otros fueron emergiendo en las ciudades más populosas como Barcelona, Madrid, Sevilla, Cádiz o Bilbao. Donde primero se introdujo la gimnasia fue en los colegios elitistas, en parte por la mayor receptividad de la burguesía hacia las novedades procedentes de Europa y en parte por la naciente conciencia burguesa en torno a la salubridad física. 145), es en estos colegios donde los jóvenes "desarrollan las fuerzas en los juegos y ejercicios gimnásticos; a tal punto, que es muy común ver a niños raquíticos y entecos al lado de sus padres, medrar y robustecerse en la vida colegial". Aunque pasarían décadas hasta que la legislación educativa tuviera en cuenta la educación física y la salud como práctica escolar, la gimnástica entró a formar parte de los programas educativos de estos colegios, y paulatinamente de los públicos, en la medida en que se reveló como un eficaz dispositivo para ejercer el dominio de la corporalidad, no sin connotaciones eugenésicas. El doctor Agustín Rosell (1848, pp. 47-48) admitía que "apenas hay en actualidad colegio público o particular, que no deje de ocupar alguna hora al día a sus discípulos en la saludable enseñanza de los juegos y ejercicios gimnásticos. Entre aquellos puédanse citar los de primera clase y colegios militares". Lamentablemente, durante todo el siglo XIX, no se dictaminó ninguna prescripción gubernativa sobre la educación física para la primera enseñanza pública. Apenas se encuentran obras que se ocuparon de dicha cuestión. Sin embargo, la necesidad puso en la imprenta algunas primeras propuestas como la encarnada por El Instructor, una revista de enseñanza popular para ambos sexos, dirigida a los maestros de Instrucción Primaria de Santa Cruz de Tenerife que, entre 1852 y 1856, incorporó lecciones de gimnástica. 15 Asimismo, Francisco de Borja Ramírez (1856) publicó Elementos de gimnasia, un sencillo opúsculo para la gimnástica escolar e higiénica que seguía el método de Amorós. En 1854, El Siglo Médico, haciéndose eco de la oficialidad de la enseñanza gimnástica en los Liceos franceses, propuso la instauración de iguales medidas en España. A falta de un Gimnasio Modelo, para la consecuente formación del profesorado, se exhortaba a algunos jóvenes a que verificaran sus estudios en el extranjero. 16 Por otro lado, si bien algunas publicaciones de la prensa ilustrada contribuyeron, asimismo, a despertar el interés por las utilidades médicas en la curación de ciertas enfermedades, faltaba "la organización de una escuela o el arreglo de un tratado de gimnasia médica cual corresponde a los adelantos de este ramo". Para contextualizar este interés, es preciso tener en cuenta que nos hallamos en el apogeo de la medicina social. Con ella, la penetración de los médicos en la vida pública y privada, particularmente en la escuela y en el seno familiar, añadirán a los dispositivos de control tradicionales, técnicas de organización poblacional y de vigilancia higiénica, so pretexto de remediar el apoltronamiento. 18 No hacía mucho que se habían instituido las primeras escuelas sanatorio, como la del ya citado Dr. Clausolles de Barcelona, o la de Nuestra Señora de la Salud de Carabanchel, en Madrid. Esta última, fundada en 1844 como internado por el Dr. Félix Guerrero Vidal (1817-1862), dispensó una completa y esmerada educación bajo una extremada higiene y cuidados sanitarios. Funcionó como centro terapéutico para niños enfermizos; disponía de amplios espacios como jardines, arboledas patios de juego y un extenso "gimnasio ortosomático" que completaba la educación física y terapéutica de los alumnos. Además, en él se impartían clases de gimnasia, baile, esgrima y equitación. 19 En 1857 se señalaba que el sistema de educación física utilizado estaba dando excelentes resultados: "librado de los escrófulas, de la raquitis, de la tisis y de otras enfermedades funestas, a muchos niños que entraron en el Colegio con tristes disposiciones, heredadas o adquiridas, aquellas dolencias o vicios constitucionales" (Simón, 1972, p. En la misma línea pedagógico-terapéutica, el Colegio de Sordo-mudos y ciegos incorporaba la gimnástica a cargo del Dr. Carlos Nebreda quien insistía en las curas que esta producía en los internos por lo que solicitaba gimnasios públicos "en las capitales de provincia donde pudiera asistir lo mismo el pobre que el rico" (Nebreda, 1857, p. También el prestigioso higienista Felipe Monlau (1808Monlau ( -1881)), en el más genuino estilo bio-político, estimaba la necesidad de dotar de paseos especiales y jardines para el desahogo de la clase obrera, donde los hijos de los jornaleros pudieran ejercitar sus fuerzas con juegos y ejercicios gimnásticos sencillos. Asimismo, diseñó un centro para la enseñanza primaria que, a modo de escuela-gimnasio, acabaría convirtiéndose en un dispositivo de sujeción para pobres: De la sala de asilo deberían los hijos de las familias pasar á la escuela primaria, á una escuela-gimnasio, donde adquiriese su organismo el posible grado de desarrollo y robustez, su inteligencia las primeras semillas de instrucción elemental, y su corazón los principios de la moral cristiana. Cuatro ó cinco años de educación en esas escuelas darían jóvenes robustos y capaces hijos y, á su tiempo, obreros laboriosos y ciudadanos pacíficos y honrados. Esas escuelas no deben estar muy apartadas de las fábricas y talleres principales; y hasta sería conveniente las manufacturas que ocupan á cierto número de niños estuviesen obligadas á tener una escuela primaria en el mismo edificio." (Monlau, 1856, pp. 46) A finales de la década ya pueden identificarse algunos médicos que ejercieron la profesión gimnástica. Por la misma época vio la luz, en esta ciudad, Nociones de gimnástica, del doctor Carlos Amat Zesvas (1859); un breve tratado que, aun siendo copia de casi literal de uno de los capítulos de Elementos de higiene privada de Pedro Felipe Monlau (1846), contribuiría a la propagación de la gimnástica entre los jóvenes dirigiéndose a ellos con un estilo sencillo y ameno, en forma de diálogo (Torrebadella, 2012a). De cualquier manera, en el proceso de incardinación de la gimnasia higiénica en los establecimientos escolares operó, según Torrebadella y Vicente (2016), un intrincado complejo para la preservación de la moral sexual, en forma de cruzada antionanista que, a lo largo del siglo, fue desplegando todo un arsenal dialéctico sobre la eficaz incidencia del ejercicio físico, contra las "tendencias morbosas" del siglo: una estrategia congruente con el modelo social y económico naciente. La gimnasia higiénica no sólo constituía un mecanismo de adscripción del cuerpo al régimen de la regularidad y el orden, de la obediencia y la eficacia, en el sentido foucalutiano, donde el cansancio corporal disuadía a los jóvenes de las tendencias autoeróticas -desde hacía tiempo consideradas patógenassino que constituía un espacio de control; un eficaz dispositivo para el buen gobierno corporal. El gimnasio se configura a lo largo del siglo XIX como un espacio de práctica corporal donde higiene física y moral convergen, de la mano de la nueva medicina social, en la custodia de sectores socialmente desamparados como enfermos mentales, mujeres y niños debilitados, huérfanos indefensos, soldados incapacitados, etc. Para ellos, el discurso médico fue imponiendo las tablas de ejercitación gimnástica como mejor estrategia de lucha contra lo que empezaba a ser considerada la principal dolencia social: el apoltronamiento y la indolente inactividad de la población. En el curso de pocas décadas, el "homo gymnasticus" se convirtió en un dispositivo biopolítico en la medida en que el simbolismo que desplegaban el vigor y la rectitud corporales sirvió de estímulo para reorientar la vida física de enfermos y desahuciados; asimismo, porque muy pronto operó como un potente mecanismo distintivo de clase al convertirse en un producto de consumo económicamente restrictivo. La apelación técnica y política a la higiene física y la integridad moral, sobre la base de la ejercitación, hicieron de la gimnástica, no sin conflictos, un espacio profesional de la medicina. El médico, que primero había traspasado los límites de los hospitales y sanatorios para introducirse en las escuelas y orfanatos y que, paulatinamente, se introdujo en el seno de la vida familiar, encontró en el gimnasio -público y privado-una nueva tribuna desde la que tutelar el pujante modelo de vida física y moralmente saludable. En este sentido, la gimnástica no se desarrolló solo como una consecuencia técnica en un contexto donde la higiene pública pasó a ser una cuestión de estado, sino que a su apogeo contribuyeron los valores simbólicos y económicos que aquella representaba sobre todo para las clases acomodadas a las que, por supuesto, pertenecían los médicos. Entre los conflictos que vive la gimnástica en su proceso de asentamiento y legitimación cabe destacar las pugnas entre médicos y gimnasiarcas empíricos procedentes del espectáculo gimnástico-acrobático que se salda con el arrinconamiento de la gimnasia acrobática al ámbito del espectáculo y el encumbramiento de la gimnasia analítica, sistemática y regular como paradigma del orden y de la salud. Fue este modelo gimnástico, médicamente tutelado y administrado y congruente con las expectativas de formación ciudadana de las sociedades liberales del XIX, el que progresivamente entró en el medio escolar dando carta de naturaleza a lo que más tarde se conocería como educación física escolar.
La industria de las materias primas, al menos las de carácter químico-orgánico y fermentativo, no apareció hasta la dictadura franquista. Durante la Autarquía parece evidenciarse un cierto interés por promocionar este sector; en primer lugar, potenciando las industrias de productos naturales, algo que ya se venía haciendo con anterioridad a la Guerra Civil, con el propósito de obtener principios activos de acción medicinal y evitar así su importación; en segundo lugar, a más largo plazo, estableciendo en España una industria química integral, de tipo orgánico, capaz de obtener fármacos a partir del carbón; finalmente, tras conocerse la síntesis a escala industrial de la penicilina, entró un escena un nuevo objetivo que acabaría convirtiéndose en prioritario: la fabricación nacional de esta sustancia. Sin embargo hubo una serie de factores que frenaron el desarrollo de la industria químico-farmacéutica, como las propias limitaciones de las políticas autárquicas, el excesivo número de laboratorios y de productos comercializados, la escasa capitalización de estas empresas así como su tímida implicación en tareas investigadoras, y la insuficiente capacitación científico-técnica necesaria para esta actividad. Existe un cierto consenso entre los historiadores de la economía respecto de la consideración del franquismo como un período heterogéneo desde el punto de vista del desarrollo industrial; algunos autores dividen estos años de dictadura prácticamente por décadas, finalizando la Autarquía en 1950 ó 1951 (García Delgado, 1994; Martínez Segarra, 1987); otros identifican el período autárquico a la manera clásica, es decir, entre los años 1939 y 1959 (González González, 1979; Barciela (ed), 2003; Catalán, 2002); incluso hay quien opina que, aunque la Autarquía se vio reducida a partir de 1959 con el Plan de Estabilización, no desapareció totalmente hasta 1986, con el ingreso de España en la Comunidad Europea (Tamames Gómez, 2005). Los posicionamientos proteccionistas y de intervención estatal ya habían sido favorecidos años antes, durante la Dictadura de Primo de Rivera y, en cierto modo, fueron prorrogados en la II República; la Autarquía incrementó esta componente nacionalista (Sánchez Recio, 2003; Fernández Navarrete, 2005, p. 50) con medidas tendentes a la restricción de la libre circulación de mercancías y la inversión extranjera -con el consiguiente empobrecimiento tecnológico-, el control de los trabajadores, la planificación productiva sectorial, las políticas monetarias y energéticas de carácter restrictivo (Deu y Llonch, 2013, p. 19) o el apoyo "para favorecer los planes industrialistas de los militares" (López García y Cebrián Villar, 2015, p. Todos estos factores acabaron actuando como freno para el desarrollo de la industria químico-farmacéutica española durante la Autarquía, de la misma manera que fueron determinantes en otros sectores industriales, como la Agricultura (Fernández Prieto, 2007), la industria del calzado (Miranda Encarnación, 1994), la textil (Deu y Llonch, 2013) o la de la piel (Colomer i Roma, 2003), por poner sólo algunos ejemplos. Pero, además, existen otros factores ralentizadores, que iremos desarrollando a lo largo de este trabajo, que son característicos de la industria del medicamento, en gran medida derivados de su adscripción a un modelo de industrialización farmacéutica de corte mediterráneo (González Bueno y Rodríguez Nozal, 2010): atomización de los recursos en un elevado número de laboratorios y productos comercializados, escasa capitalización de estas industrias, a menudo empresas familiares, poca implicación en tareas investigadoras e insuficiente capacitación científico-técnica, necesaria para llevar a cabo estas actividades. El análisis del proceso de industrialización farmacéutica en España con anterioridad a la Guerra Civil ha sido objeto de nuestro grupo investigador a través de varios proyectos de investigación (CAM 06/0072/98; BHA 2002-01580; y HUM2005-04505) y un buen número de publicaciones, entre las que destacan los libros titulados Entre el Arte y la Técnica. Los orígenes de la fabricación industrial del medicamento y La industrialización del medicamento en la España Contemporánea. Biología y Farmacia en la España del primer franquismo ya se han plasmado algunos resultados de estas investigaciones, en concreto las centradas en el Cuerpo Militar de Farmacia, el Sindicato Vertical de Industrias Químicas como elemento gestor del proceso de industrialización farmacéutica, el medicamento veterinario, las patentes de sulfamidas durante este período, el estudio monográfico de algunos laboratorios españoles o ciertos aspectos relacionados con la producción de antibióticos durante el primer franquismo, asunto que ha sido objeto de otros trabajos de investigación publicados recientemente (Rodríguez Nozal, 2011b; González Bueno, Rodríguez Nozal y Pérez Teijón, 2012). Otros compañeros, en particular Nuria Puig Raposo, han estudiado algunas de las claves relacionadas con el funcionamiento de la industria químico-farmacéutica desde el punto de vista de la formación de redes empresariales (Puig Raposo, 2004), así como las grandes empresas químico-farmacéuticas de capital alemán instaladas en España y su proceso de nacionalización tras los acuerdos de Bretton Woods (Puig Raposo, 2003; Puig Raposo, 2002; Puig Raposo y Álvaro Moya, 2007). Con todo, aún quedan muchos asuntos a los que prestar atención en lo que a la industria del medicamento durante el franquismo se refiere: el fenómeno del "exilio interior" que tuvieron que soportar algunos de nuestros más importantes científicos, a menudo recluidos en laboratorios farmacéuticos; la investigación sobre medicamentos desarrollada por la industria farmacéutica española; el estudio de las conexiones empresariales a través de diferentes laboratorios o el inventariado de todos los laboratorios y personas involucradas en la industria farmacéutica española durante el franquismo, asunto en el que actualmente estamos ocupados. Otro de los aspectos que aún quedaban por tratar, y que constituye el principal objetivo de este trabajo, es el relativo a la producción de materias primas para la industria del medicamento. Teniendo en cuenta que este sector apenas tuvo presencia en nuestro país con anterioridad a la Guerra Civil, y que estas sustancias eran habitualmente importadas de países como Alemania o Suiza, nos interesaba conocer cómo trató de ser contrarrestada esta situación de dependencia exterior, que violentaba el espíritu de las políticas autárquicas imperantes a comienzos del franquismo; y si realmente nuestro gobierno estaba en disposición de hacer lo que fuera necesario para establecer en España una industria química capaz de autoabastecer las necesidades internas de materias primas con las que fabricar medicamentos; o, como cabría esperar, cuáles podrían haber sido las razones (más allá del finisecular atraso científicoindustrial en esta materia) que pudieran explicar el fracaso de este utópico planteamiento, construido desde la propaganda franquista. Asimismo, también nos interesaba conocer cuál fue la posición del gobierno ante las materias primas de origen natural: productos vegetales, sueros, vacunas y antibióticos, éstos últimos en plena expansión durante los años cuarenta y cincuenta. Para la realización de este trabajo nos hemos valido de fuentes primarias impresas, algunas publicadas en prensa científica y profesional, como Farmacia Nueva, El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, Circular Farmacéutica, Química e Industria, Información Comercial Española o Ion, el órgano oficial del Sindicato Vertical de Industrias Químicas. Otras son monografías escritas por algunos de los principales impulsores de las políticas químicas y farmacéuticas durante la Autarquía, así como por voces destacadas de la Administración, de la Farmacia y de la empresa privada, como Víctor Villanueva Vadillo, Ángel Rubio Carsi, Juan Abelló Pascual, Federico Mayor Domingo, Francisco Donada Bosch, Carlos Alfageme Rubio, José Amargós Anoro, Salvador Brosa Rabassa o Antonio Gallego Fernández. LA INDUSTRIA QUÍMICO-FARMACÉUTICA EN ESPAÑA CON ANTERIORIDAD A LA GUERRA CÍVIL En el medicamento industrial podemos distinguir dos componentes fundamentales: la sustancia con actividad terapéutica, generalmente de origen químico o extractivo; y el producto acabado, sometido a operaciones de tecnología galénica (compresión, encapsulación, etc.), envasado y etiquetado. Algunos países, sobre todo del ámbito centroeuropeo / protestante, se volcaron hacia la Química Orgánica de aplicación industrial; eran generalmente fábricas de colorantes artificiales, en las que también se obtenían explosivos, materiales fotográficos, perfumes y, por supuesto, medicamentos. No eran, como puede entenderse, laboratorios farmacéuticos en sentido estricto, sino grandes fábricas químicas altamente capitalizadas, con gran cantidad de mano de obra y de personal muy cualificado, y una separación clara entre la propiedad y la dirección técnica. En cambio, las naciones del entorno mediterráneo, de cultura católica, concebían la industria farmacéutica como una actividad independiente de la Química, de donde obtenía las materias primas con las que componer un producto generado por tecnología galénica y listo para el consumo; en estas pequeñas fábricas, a veces simples laboratorios anejos a farmacias, en las que sólo se hacían medicamentos, la propiedad y el equipo técnico solían recaer en las mismas personas, generalmente profesionales de la Farmacia 1. Puede decirse que no hubo industria químico-farmacéutica en España, al menos de carácter químico-orgánico o fermentativo, hasta la dictadura franquista. En opinión del industrial J. Agell i Agell (1926), la fabricación de productos farmacéuticos tenía un gran desarrollo "en cuanto a formas y preparados y especialidades farmacéuticas" aunque no podría decirse lo mismo en cuanto a las "especies químicas, pues sobre todos orgánicos, son escasísimos los que aquí se producen". Es verdad que éramos capaces de producir una pequeña cantidad de residuos (alquitranes o breas) obtenidos a partir de la hulla blanca, la materia de partida para la obtención de medicamentos pero, o bien se consideraban residuos sin más y se eliminaban, o eran vendidos a empresas extranjeras de colorantes y explosivos. Sin embargo hubo algún intento, fallido, de obtener colorantes sintéticos con anterioridad a la Guerra Civil 2; es el caso de de la bar-celonesa "Fabricación Nacional de Colorantes y Explosivos" aunque, tal y como ha manifestado Nùria Puig Raposo (1999, pp. 113-114 y 128), puede considerarse como "el fracaso de la primera empresa española moderna del sector". Las circunstancias adversas, de carácter político, económico o sociológico, que padeció España a finales del siglo XIX y principios del XX, no fueron las más idóneas para el desarrollo industrial. Si a estos problemas añadimos otros, derivados de la propia incapacidad de nuestros gobernantes y de su arrogante suficiencia en materias que no dominaban, obtenemos un resultado de lo más desalentador. A las propias insuficiencias del tejido químico-farmacéutico y a la insuficiente implicación del Estado, habría que sumar el pobre estado en el que se encontraba la enseñanza universitaria en química aplicada (Rodríguez Nozal, 2004b). A pesar de los intentos por desarrollar en España una industria químico-farmacéutica de base (Rodríguez Nozal, 2004b), en la que trataron de implicarse algunos políticos y figuras destacadas de la Farmacia, lo cierto es que la industria químico-farmacéutica anterior a la Guerra Civil se circunscribió al ámbito de los laboratorios de transformación de producciones naturales, un tejido fabril pobre, muy atrasado desde el punto de vista científico y tecnológico, poco dado a la exportación e incapaz de surtir de materias primas a los laboratorios de medicamentos industriales. 3 Ya en plena Autarquía, algunas voces destacadas del ámbito químico y farmacéutico (Villanueva Vadillo; Chocano y Gil Collado, 1955) se mostraban francamente duras con las políticas industriales mantenidas con anterioridad a la Guerra Civil; pensaban que los gobiernos anteriores a Franco habían vivido "de espaldas al proceso de industrialización" y que no fueron capaces de crear una industria fuerte, viable y nacional; llegan a calificar a esta industria de "vigorosa en su planteamiento y concepción, lánguida en su desarrollo y pobre en su economía". Abundando en este análisis, una voz tan autorizada y comprometida con el Régimen, como la de Víctor Villanueva Vadillo (1948, p. 302), criticaba la política española anterior a Franco, tildándola de inconsciente, irresponsable e incrementadora del endeudamiento al no seguir el modelo trazado por otros países en lo relativo a la creación de "un programa nacional de ordenación económica, en el que la industria químico-farmacéutica hubiera podido tener un sólido contenido"; en su opinión, una política que sólo pudo ser posible gracias a nuestras grandes reservas de oro y a la "normalidad internacional", que permitía las importaciones aunque fueran gravosas para el Estado. ESTADO DE LA INDUSTRIA QUÍMICO-FARMACÉUTICA ESPAÑOLA DURANTE LA AUTARQUÍA: ENTRE LA AU-TOCAOMPLACENCIA Y LA UTOPÍA Estas duras opiniones hacia las políticas industriales pertenecen a uno de los principales actores de la industria farmacéutica española durante el franquismo, el farmacéutico burgalés Víctor Villanueva Vadillo. 4 Él fue quien trató de apoyar la política en materia de industrias químico-farmacéuticas, durante la Autarquía, desde su privilegiada posición en el Sindicato Vertical de Industrias Químicas 5, un organismo integrado en la Organización Sindical Española, definitivamente establecida a finales de 1940, a través de una Ley "de Bases de la Organización Sindical". Una de las misiones encomendadas a este Sindicato Vertical fue la de controlar, regular y organizar todo lo relativo a las materias primas necesarias para el desarrollo de estas industrias; en opinión de algunos autores (Moreno Fonseret, 1999, pp. 100 y 108-109), "el poder que daba el reparto de los cupos de materias primas, energía o los pedidos oficiales convirtió a los Jefes Sindicales en omnipotentes gestores clandestinos, que repartieron con total impunidad dichas materias a su antojo o, en ocasiones, intervinieron directamente en el mercado negro". Las empresas pequeñas no lo debieron pasar muy bien, pues tuvieron que luchar contra estos oligopolios y contubernios entre empresarios y jefes sindicales 6, además de asumir que, en el concepto global de la Organización Sindical, se preferían pocas industrias pero bien asentadas, que fueran capaces de asumir con eficacia los cupos de materias primas, evitando así que éstos quedaran excesivamente atomizados. Sea como fuere, una de las consecuencias inmediatas del nuevo orden sindical, sobre todo para aquellos laboratorios necesitados de materias primas (la mayoría), fue el encuadramiento obligatorio de trabajadores y empresarios dentro de un determinado servicio o rama de producción. La escasez de materias primas fue un freno para el desarrollo de la industria farmacéutica y, desde luego, preocupaba a nuestras autoridades como bien puede comprobarse en las actas de los grupos y subgrupos incluidos en el Sindicato Vertical de Industrias Químicas relacionados con el medicamento ("Productos Farmacéuticos", "Especialidades" y "Dietéticos"), publicadas en la revista Ion, órgano de expresión de este Sindicato; en ellas se informaba de la escasez de algunas materias primas (azúcar, alcohol, aceite, glicerina, etc.), así como de los mecanismos y sistemas de declaración obligatoria por las que deberían pasar los laboratorios si querían optar a los cupos. En este contexto de escasez de materias primas, el ingeniero industrial C. Abollado Aribau (1945) tan sólo señalaba dos industrias farmacéuticas españolas en las que se elaboraban también materias primas de uso medicinal, FAES y Abelló 8, el resto no eran más que centros en los que se envasaban medicamentos procedentes del extranjero o, a lo sumo, establecimientos fabriles de corte exclusivamente galénico. Si exceptuamos estos laboratorios farmacéuticos y alguno más, como Esteve, responsable de la primera síntesis química española del "neo-salvarsán" (el "neo-spirol") durante los primeros años de la década de 1930; Andreu, fabricante de productos sulfamídicos ya desde 1935; Laboratorios del Norte de España, especializado en preparados oftalmológicos; o los de tipo biológico, que mencionaremos un poco más adelante, la industria químico-farmacéutica y de las materias primas al comienzo de la Autarquía era una actividad poco relevante. Sin embargo, durante estos años, parece evidenciarse un cierto interés por promocionar este sector a través de una política organizada en tres etapas; en primer lugar, potenciando las industrias de productos naturales, algo que ya se venía haciendo con anterioridad a la Guerra Civil, con el propósito de obtener principios activos de acción medicinal y evitar así su importación, es más, incluso favorecer su exportación; en segundo lugar, a más largo plazo, estableciendo en España una industria química integral, de tipo orgánico, capaz de obtener fármacos a partir del carbón, tal y como hacían las grandes potencias internacionales; finalmente, tras conocerse la síntesis a escala industrial de la penicilina, hacia 1944, entró un escena un nuevo objetivo que, en poco tiempo, acabó convirtiéndose en prioritario: la fabricación nacional de esta sustancia. A pesar de las críticas vertidas por Víctor Villanueva hacia las políticas en materia químico-industrial mantenidas por los gobiernos anteriores a Franco, que señalábamos con anterioridad, lo cierto es que durante la década de los cuarenta se continuó en la inercia de años anteriores; es decir, la de favorecer las industrias de droguería medicinal dada la riqueza española en esta materia, habitualmente exportadora de plantas medicinales que, en otros países, eran transformadas en principios activos; de esta manera, volvían a entrar en nuestro país, con el consiguiente desequilibrio para nuestra balanza comercial, además de atentar contra las propias directrices autárquicas emanadas desde el gobierno de la nación. Para Víctor Villanueva (1945, pp. 123-124), esa industria era un "voluminoso y rico filón" suscep-tible de "industrialización inmediata", al contrario de lo que sucedía con la industria de base orgánica, aún necesitada de personal especializado, medios y tiempo para su establecimiento, aunque ésta debería constituir el nuevo campo de actuación de los farmacéuticos españoles, por donde deberían ir "racional y progresivamente canalizándose sus actividades". En cuanto a la industria química orgánica durante los primeros años de la Autarquía, la mayor parte era deudora del carbón, la principal materia prima en aquella época. Víctor Villanueva (1945, pp. 15-105) reconocía que no éramos siquiera capaces de mantener nuestras propias necesidades, lo "que imposibilita la realización del vasto programa industrial químico (...) Si el déficit de hulla se arrastra lógicamente en todos los productos a que conduce su destilación, donde se acusa más hondamente es en la materia prima acaso más fecunda de este sector químico: el alquitrán". Según datos de Villanueva, en España había, en 1943, cincuenta y dos fábricas de gas y nueve baterías de hornos de coque, donde se obtenía todo el alquitrán de hulla español; en total 36.015.645 kilos, más de la mitad obtenidos por Altos Hornos de Vizcaya y el 20% por Duro Felguera. Este alquitrán se destinaba a ferrocarriles (70%), carreteras (18%) e industrias varias (12%). Por lo tanto, estamos ante un producto deficitario en España que, además, se empleaba en sectores estratégicos como los transportes (ferrocarriles y carreteras), los explosivos o el ejército. Dentro de este grupo de industrias relativamente sencillas, de manipulación de materias primas de origen natural, también menciona otras fábricas concebidas a partir de sustancias de origen mineral, como la sal para la obtención de cloruro sódico puro, bromo, bromuro potásico y bromuro sódico; y de origen animal, como el suero de leche para la fabricación de lactosa farmacéutica, los productos opoterápicos -según Villanueva capaces de mantener el 80% de la demanda patria y con cifras que podrían ser mayores si no se desperdiciasen las glándulas de animales sacrificados en los mataderos-, y otras sustancias como pectina, albúmina, colesterina, lanolina, lecitina, etc. De las industrias químico inorgánicas apenas se ocupa, más que para decir que ya existían, al menos cuanto a la síntesis de productos como los ácidos clorhídrico, sulfúrico, nítrico o el amoniaco. La lista de productos de síntesis de origen orgánico era más extensa aunque, salvo excepciones, no eran los más habitualmente utilizados en la fabricación de medicamentos. 2023) calificaba de "triste panorama" el de la síntesis orgánica en España al finalizar la Guerra Civil aunque, en 1951, era optimista o, tal vez, patriotero en exceso al valorar de "cambio radical" la situación en este sector "en un sentido realmente favorable" por lo que consideraba que no parecía "aventurado predecir que dentro de muy pocos años su situación será francamente satisfactoria de persistir las circunstancias que han permitido esta saludable reacción". 11 Por esas mismas fechas, la visión de Víctor Villanueva Vadillo (1952) era aún más optimista que la de Antonio Mora López, bien podría decirse que rayaba en la utopía propagandista ya que, a su entender, "solo razones de sensata coordinación limitan las ansias de su instintivo y veloz crecimiento. Programas perfectamente maduros esperan solo el turno para desarrollarse cuando las previsiones de este conjunto plan armónico lo aconsejen". Pero no todas la opiniones eran tan favorables hacia las políticas autárquicas en lo que a la industria químico-farmacéutica se refiere; desde las páginas de El Monitor de la Farmacia, "Un Colaborador" (1942) -ni siquiera se atrevía a firmar con su nombre-se mostraba escéptico con las bondades de este sistema económico, que se había mostrado ineficaz con este tipo de actividad al considerar que una industria químico-farmacéutica nunca podía ser totalmente independiente al estar ligada a otras, como la de los perfumes o las materias colorantes. Donde probablemente más se progresó durante la década de los años cuarenta fue en el terreno de los productos biológicos, como los sueros, las vacunas y los antibióticos. En cuanto a estas primeras sustancias, ya se fabricaban con anterioridad a la Guerra Civil, en empresas tan conocidas como IBYS, Llorente, Instituto Bioquímico Hermes, FHER, THIRF o Instituto Ferrán, por mencionar sólo aquellos que registraron el mayor número de estos productos (Gomis, 2008). 309) no ocultaba su entusiasmo ante este sub-sector de la industria farmacéutica aunque, como acabamos de comentar, no parece que se debiera a las bondades de la Autarquía, sino a una situación consolidada con anterioridad a 1936. La gran apuesta del primer franquismo en materia químico-farmacéutica fue el establecimiento en nuestro país de una industria propia de penicilina y otros antibióticos, ya que, en palabras de Víctor Villanueva (1948, p. 309), en el orden económico representaba "el renglón más grande de divisas que un solo medicamento nos reclama y en el sanitario, la constante pesadilla de la dependencia extranjera para nuestro aprovisionamiento". Era, efectivamente, un bien escaso que, desde 1944, entraba vía importación controlada y, más frecuentemente, se obtenía a través del mercado negro; en ambos casos, situaciones inaceptables para quienes habían planificado un concepto autárquico de la economía española. Al contrario de lo que sucediera con las industrias de materias primas procedentes de la Química Orgánica, poco promocionadas o potenciadas por la política científica e industrial de la Autarquía, la producción al por mayor de sustancias antibióticas para la preparación de medicamentos sí contó con la complicidad de nuestros gobernantes. Un Decreto de 1-IX-1948 (BOE, 6-X-1948) declaraba de 'interés nacional' la fabricación de penicilina y abría un concurso para designar las dos entidades españolas que habrían de monopolizar esta actividad. En 1949 se resolvía en favor de dos consorcios empresariales: Antibióticos y Compañía Española de Penicilina y Antibióticos (CEPA). Sin embargo, la producción nacional de penicilina nunca fue un proyecto totalmente autárquico, bien al contrario estuvo muy supeditado a la ciencia y la tecnología estadounidense; Antibióticos se valió de la colaboración y las patentes del laboratorio farmacéutico Schenley, mientras que CEPA hizo lo propio con la firma Merck. 12 Algunos años después, en 1953, se concedió una nueva licencia nacional en favor del grupo empresarial Alter 13, a través de su participada Farmabión; en esta ocasión, la colaboración científica y técnica no fue norteamericana sino danesa, a través del laboratorio danés Leo Pharmaceutical Products. 14 La colaboración norteamericana en materia de antibióticos, visible desde finales de 1948 (Redondo Rincón y González Bueno, 2013, p. 262), probablemente se vio favorecida tras la adhesión del gobierno de Franco a los acuerdos de Bretton Woods que, en lo que respecta a España, modificó radicalmente el incipiente mapa químico industrial español, hasta entonces dominado por las empresas alemanas, algo especialmente notorio en las químico-farmacéuticas (Bayer, Merck, Schering, Böhringer, etc.) 15; y al declive, tras la finalización de la II Guerra Mundial, del liderazgo germano basado en el carbón y en la química orgánica tintórea, que fue sustituido gradualmente por la hegemonía estadounidense fundamentada en la explotación industrial del petróleo y en la fabricación a gran escala de productos como las fibras sintéticas, el DDT y, por supuesto, los antibióticos (Puig Raposo, 2004). Este fenómeno, conocido como "americanización en la economía española" ya se había consolidado en Europa hacia 1945. Sin embargo, en España se produjo de manera más tardía, en la década de los cincuenta y, aún de manera más evidente, durante los sesenta. 16 En 1953 hizo su aparición un programa de ayuda económica para nuestro país equivalente al "Plan Marshall", aunque de menor cuantía económica; aún así favoreció las actividades estadounidenses en España y, también, las inversiones directas. Lina Gálvez Muñoz y Francisco Comín Comín (2003, p. 141) califican al período 1939-1959 como la "etapa de mayor hostilidad a la empresa extranjera", aunque reconocen que éstas "no dejaron de estar presentes en el país debido a la dependencia tecnológica que tenía la economía española". De acuerdo con esta visión, la participación estadounidense en el programa nacional de producción de antibióticos, ejecutada en fecha muy temprana (1949), tal vez deba considerarse como un claro antecedente de este proceso de "americanización en la economía española". En 1954, el jefe del Servicio de Estadística en el Sindicato Vertical de Industrias Químicas, Ángel Rubio Carsi (1954), nos ofrecía un estudio cuantitativo de la industria química española a comienzos de los años cincuenta 17, en su mayoría concentrada entre Barcelona, Madrid, Valencia y Vizcaya; las dos primeras provincias sumaban el 35% de las industrias y el 41,12% (el 30,61% sólo en Barcelona) de "la actividad económica nacional". Los grupos incluidos en el estudio de Ángel Rubio eran los que, en aquella época, conformaban el Sindicato Vertical de Industrias Químicas, es decir, aceites industriales, insecticidas, colorantes, perfumería, alcoholes, resinas, caucho, explosivos, plásticos, colas, lubrificantes, ceras parafinadas, farmacéutica, destilación, orgánica, abonos, metaloides y ácidos; de ellos, el que contaba con un mayor número de establecimientos industriales era el de "farmacéutica", con 1.377 empresas, sobre un total de 8.730 industrias químicas. 18 El dato de censo obrero para la industria química española era de 101.902 trabajadores, de los cuales 16.553 pertenecían a laboratorios farmacéuticos, el segundo sector con más obreros después del de ácidos. Finalizado el período autárquico por excelencia y según datos del Sindicato Vertical de Industrias Químicas del año 1961 19, la industria farmacéutica se hallaba en segundo lugar en orden de importancia con respecto a todo el sector químico, sobrepasada ligeramente por la industria del caucho. La media de empleados por planta para el total de la industria era de 5,9; 16,2 para la industria química y 27,8 para la farmacéutica, aunque estos datos no incluían a los laboratorios más pequeños, los anejos, categoría suprimida por la Ley de Bases de Sanidad Nacional de 1944. FACTORES A CORREGIR PARA EL ESTABLECIMIENTO DE UNA INDUSTRIA FARMACÉUTICA ESPAÑOLA AUTOSUFICIENTE Como hemos podido ver, finalizada la Autarquía el sector farmacéutico seguía ocupando un lugar destacado en el conglomerado de la química industrial, sin embargo eran empresas pequeñas, normalmente laboratorios de especialidades farmacéuticas en los que la química no solía estar presente. Albert Carreras y Xavier Tafunell (1993), en su documentado trabajo sobre las grandes empresas españolas del período 1917-1974, casi nunca mencionan a las industrias farmacéuticas entre las doscientas mayores empresas españolas ("clasificadas por activos netos"); de hecho, no aparece ninguna en las tablas correspondientes a los años 1917, 1930 y 1948; y, en 1960, tan solo figuran dos: Foret, en el puesto 172, y Antibióticos, S.A., en el puesto 185. El médico Antonio Gallego (1959) 22, una de las figuras más destacadas de la histo-fisiología española durante el franquismo, distinguía entre dos tipos de laboratorios: los de "simple acabado de productos farmacéuticos" y "los fabricantes propiamente dichos". 23 Los primeros no eran más que una extensión de la rebotica, donde se hacían fórmulas magistrales a gran escala a partir de materias primas que no producían, y siempre estaban supeditados y limitados por la política marcada por los productores de estas sustancias. En su opinión, este modelo de laboratorio farmacéutico español era dañino para nuestra industria; además de limitar el desarrollo global del sector, porque daba prioridad a este tipo de laboratorios frente a los químico-farmacéuticos, tendía a copiar los descubrimientos de otros, aumentaba innecesariamente la oferta de productos farmacéuticos y favorecía los contubernios y, en general, los comportamientos poco éticos. De esta misma opinión era José Amargós Anoro (1958) 24, pensaba que la gran industria farmacéutica española aún estaba por construir, a pesar de las "notables y recientes realizaciones". De algún modo, tanto Antonio Gallego como José Amargós criticaban los resultados de las políticas au-tárquicas en el ámbito farmacéutico, aunque bien es cierto que lo hicieron a finales de los años cincuenta, cuando este modelo económico ya estaba siendo superado. Sin embargo, estas voces discordantes ya se escuchaban desde 1942; en opinión de Emilio Plana Eichberg (1942), la Autarquía era difícil de lograr en el ámbito de la Química "si no se cuenta con un desarrollo suficiente", tal y como había hecho Alemania; pensaba que nos habíamos conformado con imitar a Francia" donde no había que recurrir al mercado de importación en busca de las materias necesarias para su composición". Unos años después, el farmacéutico Carlos Alfageme Rubio (1950) abundaba en esta opinión, sobre todo porque pensaba que el sector de las especialidades farmacéuticas ya estaba consolidado y en condiciones de abastecer el mercado nacional. En el epígrafe anterior aludíamos a la cifra dada por el Sindicato Vertical de Industrias Químicas, en 1961, de 756 laboratorios farmacéuticos existentes en España. Sin embargo, el número de empresas tuvo que ser mayor, mas que nada porque los laboratorios anejos quedaban fuera de esta estadística. Lo cierto es que, entre 1939 y 1959, se encuadraron 1.121 laboratorios de especialidades farmacéuticas en el Sindicato Vertical de Industrias Químicas, de los cuales aproximadamente un 38% eran anejos (Rodríguez Nozal, 2013). 25 En 1958, el que fuera Jefe del Registro Farmacéutico de la Dirección General de Sanidad durante treinta años y Profesor del Laboratorio Municipal de Madrid, Antonio Serrada (1958), estimaba en unos 2.000 los laboratorios farmacéuticos asentados en España, una cifra excesiva desde su punto de vista; opinaba que, para que todo funcionara mejor, sólo debería haber "catorce o dieciséis [laboratorios] pero de gran envergadura", además, de esta manera se evitaría que muchos farmacéuticos tuvieran que tirar a la basura los medicamentos industriales cuando éstos caducaban o no se vendían; en su opinión, "con unos Laboratorios serios y formales se evitaría". 29) cifraba en 1.800 los establecimientos farmacéuticos españoles, "muchos más que en los Estados Unidos", pero se preguntaba si, en realidad, eran "propiamente laboratorios como entidades científicas y económicas". En su opinión, urgía crear una industria química de base que atenuase nuestra dependencia del extranjero y que acabase, de una vez por todas, con los problemas en el suministro de materias primas y redujera los costes de producción, en definitiva "un plan de desarrollo para la industria farmacéutica que anulara su actual atomización, su desunión, ese ir cada uno por su lado". Como venimos comentando, la consecuencia inmediata de nuestro modelo productivo, de corte mediterráneo, fue una masificación poco operativa en la oferta de medicamentos industriales, algo que es consecuencia directa de la incorporación del profesional de la Farmacia a la producción a gran escala; así, un mismo medicamento era comercializado, bajo nombres y marcas diferentes, en función del farmacéutico fabricante. En definitiva, copias de copias que, a su vez, copiaban los originales, generalmente procedentes del extranjero. A menudo eran medicamentos creados con un único fin, el de ser incluidos en las listas del Seguro Obligatorio de Enfermedad (Redondo Rincón, 2012). Una manera de entender la industria farmacéutica muy criticada por Antonio Gallego (1959, p. 28), por oportunista y regirse por un "deseo de grandes beneficios en el menor tiempo posible (...) En vez de responder a una necesidad de consumo". Con este mecanismo los farmacéuticos aseguraban sus ingresos y, por lo tanto, la viabilidad empresarial de estos pequeños negocios, bien alejados de la creatividad y la innovación de las grandes empresas farmacéuticas del sector. En cuanto a los productos fabricados por nuestra industria, algunos farmacéuticos ( [Ion], 1942, p. 10) calculaban que, en 1936, el 70% de las especialidades farmacéuticas "consumidas en nuestro mercado interior eran de origen extranjero"; quizás por ello, durante la Guerra Civil, las de fabricación nacional resurgieron, "comenzando a sustituir paulatinamente a las extranjeras y en un buen número de casos eclipsándolas (...) hasta el punto de que muchas de ellas se han impuesto, adoptándose por la clase médica sin reparos ni temores". Sin embargo, esta irrupción del producto hispano se realizó sin controles adecuados, lo que acabaría provocando "una situación de anarquía absoluta, que fue aprovechada por algunos desaprensivos con la vista puesta en su exclusivo beneficio comercial" ([Farmacia Nueva], 1940). Según datos proporcionados por Fidel-Enrique Raurich Sas (1945, pp. 8-9), Catedrático de Farmacia y "Técnico excedente del actual Centro Técnico de Farmacobiología", el número de especialidades farmacéuticas registradas, a 31-XII-1939, llegaba a las 22.000 en números redondos, y eso que una quinta parte fueron rechazadas tras los análisis efectuados por el Instituto Técnico de Comprobación 26, desde su creación el 15- VII-1927hasta el 31-XII-1937. En 1951, Javier Blanco Juste (1951) hablaba de unas 6.000 especialidades "en vigencia" y unas 46.000 "en el panteón del olvido" y no dudaba calificar a la sección de Registros de la Inspección General de Farmacia, como de "archivo copioso", con "toneladas de papel" y "tramitación rigurosa", una "verdadera colmena de trabajo". Entendía que la especialidad farmacéutica, en 1951, no era un negocio próspero para los laboratorios ni un producto especialmente atractivo para las oficinas de farmacia, los pacientes, los médicos o los almacenistas. 27 En definitiva, el excesivo número de laboratorios farmacéuticos y de productos comercializados actuaba como freno para el desarrollo de la gran industria químico-farmacéutica; incluso el propio Director General de Sanidad, el farmacéutico Nazario Díaz, pensaba que, "en interés de la salud pública y de los farmacéuticos españoles", lo ideal sería disminuir a la mitad el número de medicamentos industriales comercializados; aunque también era consciente del fuerte arraigo de esta manera de entender la industria farmacéutica en España, por lo que tampoco consideraba buena idea el hecho de iniciar una "ofensiva bélica con esta intención" (Volpone, 1950). Otro de los factores que, tal vez, pudieron ralentizar el desarrollo de la industria químico-farmacéutica fue el de los capitales, quizás más necesarios en empresas grandes, generalmente organizadas como sociedades anónimas y con una diferenciación clara entre el personal técnico y el núcleo capitalista; justo lo contrario que sucedía en nuestro país, donde la industria del medicamento se concebía como extensión de la rebotica y, en el mejor de los casos, como sociedades colectivas de ámbito familiar (Rodríguez Nozal y González Bueno, 2005; Rodríguez Nozal y González Bueno, 2008). La propia concepción autárquica de la economía española durante los años cuarenta y cincuenta dificultaba la entrada de capitales extranjeros, aunque ya hemos comentado anteriormente que esto no fue del todo así; a comienzos de los años cuarenta la presencia alemana seguía siendo importante y, a partir de los años cincuenta, el protagonismo inversor estadounidense fue algo evidente. En cambio, durante los años cuarenta no hubo muchas iniciativas de concentración inversora entre el fragmentado colectivo empresarial de la industria farmacéutica; en este sentido, los proyectos más importantes fueron los de CEPA y Antibióticos, S.A., ambos en torno a la penicilina. Pero la industria químico-farmacéutica, además de capitales y de un cierto grado de concentración empresarial, necesitaba de personal cualificado en ámbitos como la Microbiología, la Ingeniería Química o la Química Orgánica. Ya en 1944, desde la revista Farmacia Nueva (1944) se pensaba que "la industria química española, incluida la farmacéutica, necesita de una manera apremiante de técnicos capaces, efectivamente capaces, y ellos han de salir, después de la ordenación de las Facultades, de una excelente cantera: la universitaria". El colectivo farmacéutico consideraba que la carrera de Farmacia era una de las más indicadas para liderar este giro hacia lo industrial pues, como manifestaban algunos de sus profesionales, "a nosotros toca continuar dando impulso a nuestra profesión, en sus diversas facetas, hacia una mayor grandeza" (Ajuria, 1944). Y eso a pesar de que, en 1944, se había establecido un doctorado universitario en Química Industrial dirigido exclusivamente a los titulados en Ciencias 28. Un asunto que no gustó mucho a algunos farmacéuticos por considerar injusto que se les excluyera de esta posibilidad formativa; la línea editorial de Farmacia Nueva (1945) defendía que gran parte de las industrias químicas españolas habían sido (y continuaban siendo) dirigidas por farmacéuticos; además, recordaban que una parte importante de la industria química era químico-farmacéutica y, finalmente, porque la preparación química de los farmacéuticos no era inferior a la de los químicos titulados. Pocos años después, Carlos Alfageme Rubio (1950), en el marco del I Congreso Hispano-Portugués de Farmacia, realizaba una propuesta de lo que, a su juicio, debería ser la formación del farmacéutico en materia de química industrial. Ésta pasaba por "ir considerando dentro de cada asignatura el aspecto industrial de la misma"; plantear visitas a fábricas y laboratorios, "lo que contribuiría a completar la preparación de los Farmacéuticos y a despertar tempranas vocaciones por la Industria tan prometedora y que tan vastas posibilidades ofrece a nuestra Clase"; incluir una mayor formación en química farmacéutica de tipo técnico industrial, incluso con alguna asignatura nueva; y la posibilidad de realizar tesis doctorales en esta materia. De esta manera, pensaba que se podría tener un farmacéutico "perfectamente capacitado para desempeñar desde el primer día las misiones que se le encomienden dentro del campo industrial". Finalizando la Autarquía, Antonio Gallego (1959) seguía pensando que la industria farmacéutica española no estaba técnicamente capacitada y que esa era una de las razones por las que se limitaba a copiar lo que proponían en el extranjero y a abrir laboratorios de acabado. Para él, la culpa de esta situación no había que buscarla únicamente en la insuficiente formación químico-industrial industrial recibida en las aulas, también hacía responsable a la política industrial española en esta materia y a las propias empresas, incapaces de formar a equipos de técnicos, científicos e investigadores suficientemente capacitados. Una vez más, en opinión de este médico, había que mirar a los países más desarrollados, donde se gastaba entre el 7 y el 15% de sus ingresos brutos en investigación científica; con todo, admitía que algunos laboratorios ya estaban empezando a gastar dinero en este apartado y que habían iniciado contactos con centros de investigación oficiales, sobre todo universitarios. En su opinión, "la industria debe darse cuenta de que su porvenir depende de aquello que pueda producir con carácter auténticamente original" 29, planteamiento que aún tiene valor y que, de algún modo, trata de ser asumido por una industria farmacéutica cada vez más concentrada en unos pocos grupos empresariales de carácter multinacional y, en lo que respecta a nuestro país, ya alejada del viejo modelo mediterráneo de fragmentación industrial, caracterizado por el predominio de la empresa familiar y la simplicidad de los planteamientos científico-técnicos. La industria de las materias primas para la producción de medicamentos apenas fue desarrollada en España con anterioridad a la Guerra Civil. La implantación de las políticas autárquicas, características del primer franquismo, posibilitaron un cierto interés de nuestros gobernantes hacia este tipo de actividades fabriles; en primer lugar, tal y como ya se venía haciendo antes de 1936, promocionando industrias de productos naturales con el objetivo de obtener principios activos de acción medicinal; en segundo lugar, a más largo plazo, tratando de crear en España una industria química de base orgánica, que permitiera sintetizar los productos que habitualmente se adquirían en el extranjero; por último, haciendo todo lo posible por incorporarse al incipiente mercado de los antibióticos. En cuanto a los dos primeros objetivos (productos naturales y materias primas de origen químico), los resultados no fueron muy alentadores y, en absoluto, se cumplieron los ideales perseguidos de autarquía económica; se continuaron exportando plantas medicinales, que volvían a entrar en España transformadas en principios activos, mientras que la industria quími-co-farmacéutica apenas avanzó durante estos años, algo reconocido incluso por quienes, desde la utopía y la propaganda franquista, entendían que aún se necesitaban medios y tiempo para establecer programas industriales de este calado. En el terreno de los productos biológicos hubo más avances, aunque también es cierto que es un ámbito en el que se hicieron muchos progresos durante el primer tercio del siglo XX; de hecho, buena parte de los laboratorios productores de sueros y vacunas acabarían conformando el núcleo accionarial de Antibióticos, S.A., uno de los dos consorcios que se repartieron el mercado de los antibióticos en España a finales de los años cuarenta. La producción autóctona de antibióticos fue la gran apuesta del primer franquismo en materia químico-farmacéutica, aunque tampoco fue un proyecto totalmente autárquico, ya que necesitó de acuerdos científicos y tecnológicos con los Estados Unidos; esta colaboración se vio favorecida por la adhesión de España a los acuerdos de Bretton Woods y por el fenómeno conocido como "americanización en la economía española", especialmente notorio en los años sesenta, aunque en la década anterior ya había empezado a evidenciarse; en este sentido, la participación americana en el programa nacional de producción de antibióticos, iniciado en 1949, bien podría considerarse como un antecedente de este proceso de americanización de nuestra economía. Trabajos como el de Albert Carreras y Xavier Tafunell (1993) no mencionan a las industrias farmacéuticas españolas entre las 200 mayores empresas españolas ("clasificadas por activos netos"), al menos en sus tablas elaboradas para los años 1917, 1930 y 1948. Sin embargo, según datos proporcionados por el Sindicato Vertical de Industrias Químicas, la industria farmacéutica ocupaba un lugar destacado en el conjunto de las industrias químicas -sobre todo en lo relativo a número de laboratorios-, aunque es verdad que éstos eran pequeños en capitalización y en número de empleados; además, los desarrollos científicos, sobre todo los de tipo químico, eran casi inexistentes. Todos estos factores contribuyeron a frenar el desarrollo de la industria farmacéutica española durante la Autarquía; aunque también hubo otros condicionantes, como las propias limitaciones de las políticas autárquicas, la escasez de materias primas, la insuficiente capacitación científico-técnica necesaria para esta actividad o la adscripción de nuestra industria a un modelo mediterráneo, tendente a capitalizaciones de índole intraprofesional o familiar y orientado hacia los desarrollos galénicos en lugar de los químicos. zueta, 1932, pp. 67-70). Un tabla con la mayor parte de los fabricantes españoles de productos químicos de utilización en terapéutica, realizada a partir de los datos del Anuario de Industrias Químicas, una publicación, editada por la organización que englobaba a la mayoría de empresas del sector -la Cámara Nacional de Industrias Químicas-, puede consultarse en Rodríguez Nozal y González Bueno (2005, pp. 184-192). Un estudio sobre la industrialización de las algas marinas en la España anterior a la Guerra Civil, en el trabajo de Dosil Mancilla (2007). Se editó, de manera independiente, como folleto de 43 páginas (Villanueva Vadillo, 1948). 1948; e incluido en las actas del I Congreso Hispano-Portugués de Farmacia. Fue reseñado, de manera anónima, bajo el título de "Progreso de la industria farmacéutica nacional en el último decenio. Interesante trabajo del Doctor Villanueva Vadillo", por Información Comercial Española, [1948] (agosto): 40-41. Una información más detallada sobre estos productos químico orgánicos fabricados en España, en el trabajo de Villanueva Vadillo (1948). En este mismo sentido, eufórico y propagandístico, se manifestaban Eliseo Bermudo Soriano (1952Soriano (, p. 1758)), quien llega a afirmar "que los productos españoles [de tipo farmacéutico] se imponen hoy en el mercado internacional"; y, por supuesto, Villanueva Vadillo (1951). Algunas fuentes redondean a 18.000 trabajadores para unos 800 laboratorios farmacéuticos, lo que suponía un 15,2% del total productor en el sector químico (la industria del caucho llegaba al 15,8%). El valor bruto de los medicamentos industriales obtenidos superó los seis mil millones de pesetas en 1961 (Pozo y Donada, 1962, p. La estimación ofrecida por uno de los colaboradores de la revista Circular Farmacéutica, en cuanto a número de trabajadores se refiere, era parecida: un 15% del censo laboral de la industria química correspondía a los laboratorios farmacéuticos (Dr. D. Antonio, 1956). En la Base decimosexta de esta disposición se podía leer: "Los laboratorios destinados a la preparación de especialidades farmacéuticas podrán ser de dos clases: laboratorios individuales y laboratorios colectivos" (Ley de 25 de noviembre de 1944 de Bases de Sanidad Nacional -BOE, 26-XI-). Catedrático de Universidad, Vicerrector de Investigación durante la Transición, Director del Instituto de Farmacología Española, miembro de la Real Academia Nacional de Medicina y de otras academias y sociedades; fue el primer director técnico del Laboratorio de la Compañía Española de Penicilina y Antibióticos (CEPA). En 1948, a propósito del I Congreso Hispano-Portugués de Farmacia, Carlos Alfageme Rubio (1950) dividía a las industrias farmacéuticas de la siguiente manera: industrias extractivas, de medicamentos químicos, de productos obtenidos por fermentación, de sueros, vacunas y semejantes, de productos dietéticos y de "formas farmacéuticas de los medicamentos".
Se ha señalado reiteradamente que Vicente Riva Palacio y Andrés Molina Enríquez fueron influidos por las ideas de Darwin al desarrollar sus propios conceptos raciales sobre el mestizo mexicano. Sin embargo, después de analizar dichas ideas tanto en su contexto biológico original como en el ámbito social al que fueron trasplantadas, concluimos que tal afirmación solo puede aceptarse en un sentido laxo. Su tesis sobre la superioridad del mestizo se sustentó más en concepciones lineales de la evolución y en mixtificaciones propias que en el modelo darwinista de selección natural. Conocer las repercusiones del darwinismo fuera de su ámbito original contribuye a entender cómo se dio el complejo e inevitable interjuego entre ciencia, sociedad y política. Aunque la apropiación que hicieron Riva Palacio y Molina de las ideas darwinistas no tuvo rigor conceptual ni metodológico, contribuyó a la construcción ideológica del mestizo como una raza evolutivamente avanzada. Esta tesis contrasta con la que prevaleció en otros países latinoamericanos, donde se concibió al mestizo como la personificación de la degeneración racial. Aunque se ha señalado la influencia de las ideas evolucionistas sobre los conceptos raciales en México (Argueta y Ruiz, 2002, p. 31), no se han analizado específicamente cuáles fueron las ideas darwinistas que retomaron para construir el nuevo proyecto de nación, en qué sentido se entienden en su contexto original y cómo se reinterpretaron al extrapolarlas al ámbito social. Se abordan en particular las ideas darwinistas a las que recurrieron Vicente Riva Palacio y Andrés Molina Enríquez para destacar las virtudes raciales de los mexicanos. Al final se hace una comparación sucinta entre las ideas raciales prevalecientes en México con las de otros países latinoamericanos y se exploran posibles causas de esas diferencias. Las teorías sobre la evolución de Lamarck y Darwin, las tesis monogenista y poligenista sobre el origen de la especie humana, el determinismo hereditario y el racismo científico, proveyeron nociones que fueron empleadas por los intelectuales mexicanos en su afán por construir una identidad nacional que integrara al indígena al gran proyecto de la nueva nación. PRIMERAS EXPLICACIONES SOBRE LA DIVERSIDAD RACIAL A partir de la Ilustración se inició la investigación sistemática de las diferencias biológicas y culturales de los distintos pueblos. Ello significó un rompimiento con las ideas del influyente naturalista Carl von Linné (1707-1778), quien clasificó las razas humanas de acuerdo a sus características esenciales. La taxonomía linneana quedó en entredicho cuando se encontraron individuos que no armonizaban con los modelos tipológicos definidos como razas puras ni poseían los caracteres esenciales propios de cada una. En la segunda mitad del siglo XVIII, Georges Louis Lecrerc, conde de Buffon (1707-1788) concluyó que la dispersión era la causa de que la especie humana se hubiera diferenciado geográficamente en razas debido a influencias climáticas, aunque todas habían derivado de la raza caucásica original (Lenoir, 1980, p. Buffon criticó duramente la clasificación esencialista de Linneo, a la cual juzgó como un mero artificio que no representaba al mundo real (Sloan, 1976, p. Propuso un sistema natural alternativo basado en linajes históricos, es decir, en ancestros y descendientes relacionados genealógicamente. De este modo, las razas humanas se concibieron como entidades vinculadas por un ancestro común y no como entidades creadas de manera independiente con sus propios caracteres esenciales. En resumen, ya desde las primeras explicaciones modernas sobre las razas humanas, se fijaron dos posturas, una genealógica y otra esencialista. Después de que la razón reemplazó a la revelación como medio legítimo de conocimiento, la antropología dio al término 'raza' una connotación científica fundada en conocimientos morfológicos y biogeográficos. Surgió entonces una ideología que pretendió fundamentar el racismo sobre criterios objetivos (Marks, 2008, p. Al inicio del siglo XIX, la antropología clásica y el filantropismo fueron perdiendo ímpetu en Europa ante el surgimiento del racismo científico. Según este nuevo enfoque, había diferencias innatas físicas, mentales y culturales entre las poblaciones humanas que dependían de la herencia y no de las condiciones ambientales. En consecuencia, los programas educativos para cristianizar y civilizar a los pueblos bárbaros resultaban no solo ingenuos sino vanos, pues su efecto sería irrelevante en la modificación de los rasgos hereditarios. Muchas de las teorizaciones del siglo XIX sobre las razas humanas aceptaron como un 'hecho' incontrovertible que había diferencias biológicas irreversibles entre las razas superiores e inferiores. En Estados Unidos, Samuel George Morton (1799-1851) se afanó en aportar evidencia empírica para afirmar la tesis de la desigualdad y los orígenes separados de las razas humanas (Gould, 1978), contraviniendo la creencia cristiana ortodoxa sobre el origen común de todos los hombres. Así, el poligenismo se convirtió en un componente ideológico central para los defensores de la desigualdad racial y del esclavismo. El célebre naturalista suizo Louis Agassiz (1807Agassiz ( -1873)), quien emigró a los Estados Unidos en 1846 y se convirtió en uno de los padres fundadores de la ciencia en este país, terminó por acreditar la tesis poligénica de Morton. Sostuvo que los negros no descendían de la pareja primigenia del Génesis, ya que fisiológica y anató-micamente eran completamente diferentes de los blancos. Empleó el mismo argumento que había usado La Peyrère dos siglos atrás: suponer el origen de todas las razas humanas a partir de Adán y Eva era un error, pues en el propio Génesis se podía ver claramente que habían existido hombres anteriores a Adán (Agassiz, 1850, p. Con el prestigio de Agassiz, la ideología racista y la tesis poligénica quedaron sancionadas científicamente. EL MESTIZAJE COMO DEGENERACIÓN Agassiz sostuvo que los híbridos interraciales eran individuos degradados, pues perdían todas las características superiores de la raza blanca. Él mismo lo había atestiguado en Brasil, donde el mestizaje había dejado consecuencias sociales nefastas. Agassiz suscribió las ideas de Joseph Arthur de Gobineau (1816Gobineau ( -1882)), quien atribuyó la decadencia de las naciones europeas a la mezcla de las raza nórdica pura con las razas inferiores del sur (Gobineau, 1853(Gobineau, -1855)). En contraste, Darwin refrendó el monogenismo (Darwin, 1859). Aunque antes de desarrollar sus ideas transformistas, el joven Darwin creía que la diferencia entre un hombre salvaje y uno civilizado era mayor que la que había entre un animal salvaje y uno domesticado, al final tuvo que reconocer que no había fundamento para creer que los esclavos negros o los fueguinos estuvieran más cercanos a los animales de lo que lo estaba él mismo (Darwin, 1871a, p. El abismo que separaba al hombre de las bestias y a los fueguinos de los europeos no era sino una ilusión reconfortante. El filósofo Herbert Spencer hizo su propia interpretación de las ideas de Darwin para construir el llamado 'darwinismo social'. Describió a la selección natural como 'la supervivencia del más apto' y popularizó una visión lineal y progresista de la evolución, con la raza blanca a la cabeza seguida por las demás razas, las cuales representaban estadios evolutivamente atrasados. La idea de la supervivencia del más apto encajó perfectamente con la noción popular del progreso, ampliamente aceptada entre los europeos del siglo XIX (Marks, 2008, p. Spencer sostuvo como tesis central que la intervención del Estado debería limitarse exclusivamente a mantener el orden público y el respeto a la propiedad privada, permitiendo la libre actuación de las leyes naturales, que por sí solas, conducirían al progreso social. Sin embargo, adoptó también la idea común sostenida por los transformistas, según la cual la evolución ocurría por caracteres adquiridos que eventualmente se convertían en hereditarios. Esta idea, al ser trasplantada al campo social, implicaba que la educación produciría cambios conductuales hereditarios mediante un proceso acumulativo y progresivo. La idea de que la naturaleza humana podía mejorarse mediante la educación en unas cuantas generaciones tuvo un atractivo tan grande que persistió muchos años, incluso después que los biólogos abandonaran la hipótesis de la herencia de caracteres adquiridos ante la falta de sustento empírico. Esta idea se convirtió en la filosofía de la esperanza, aunque los neolamarckistas sociales europeos y norteamericanos, incluido Spencer, se rehusaron a extender su optimismo a las razas no blancas (Bowler, 1989, pp. 296-298). Spencer no previó la contradicción en que caía al admitir el principio de herencia de caracteres adquiridos. ¿Por qué oponerse a las políticas benefactoras del Estado si éstas podían redimir de sus taras a los individuos menos dotados, incluidos los individuos de las razas de color? Intentó salir de este embrollo afirmando que en la lucha por la existencia, la herencia predominaba sobre el ambiente. Aunque Darwin y Spencer compartieron la creencia en la herencia de caracteres adquiridos, hay una diferencia entre ellos con implicaciones raciales importantes. Mientras que Darwin concibió la evolución como un proceso ramificado, Spencer la entendió como un proceso lineal, en donde las razas no blancas habían quedado evolutivamente rezagadas. Incluso surgió una versión evolucionista poligenista, que aunque aceptaba que todas las razas humanas procedían de un ancestro común, afirmaba que la divergencia entre ellas había sido tan amplia que ya se habían transformado en especies diferentes (Wolpoff y Caspari, 2013, p. Bajo esta visión, el principio malthusiano de competencia despiadada se convirtió en el motor del progreso social y la mejora de la civilización. Pronto, la 'darwinización' de la sociedad fue una empresa boyante. CONCEPTOS RACIALES EN EL MÉXICO INDEPENDIENTE Después de la lucha independentista, surgió en México el ideal de construir un nacionalismo propio. Las élites gobernantes decidieron que el mundo indígena debía ser transformado para poder integrarse al nuevo proyecto de nación. Tanto liberales como conservadores, que "en el fondo eran... más afines que contrarios" (García y Vieyra, 1996, p. 146), se interesaron por construir esquemas sobre la nueva nación. Entre los conservadores, Francisco Pimentel, conocedor tanto de los trabajos craneométricos de Petrus Camper como de los de Morton, reivindicó al indio mexicano revirtiendo los propios argumentos de esos autores. Afirmó que el indio tenía la misma capacidad craneal e intelectual de las razas europeas (Pimentel, 1864, p. Entre los liberales, Ignacio Ramírez señalaba que el blanqueamiento y la homogenización racial eran ideales ilusorios en una nación compuesta por multitud de pueblos, cada uno con su propia lengua, por lo que el reconocimiento de la diversidad racial y lingüística era la condición para el nuevo proyecto de nación (Ramírez, 1889, p. Más allá de estas primeras ideas tomadas de la historia natural, fue hasta el final de la década de 1870 cuando algunas ideas provenientes de la biología entraron plenamente en la discusión sobre los pueblos indígenas de México. Las teorías de Lamarck y de Darwin, las tesis mono y poligenista así como la teoría sobre la degeneración racial y su contraparte, el vigor mestizo, se discutieron en los círculos intelectuales. A partir de estos debates, algunos personajes de la intelligentsia mexicana adaptaron esas ideas a una visión progresista del mestizaje, convirtiéndolas en elementos centrales del discurso que elaboraron sobre la nueva nación. Al cobijo del régimen de Porfirio Díaz, los 'científicos', mayoritariamente positivistas, usaron la ciencia para legitimar su ideología. Al adoptar las ideas positivistas de Comte, los 'científicos' quedaban comprometidos, al menos teóricamente, con la idea de que las diferencias raciales no estaban relacionadas con cualidades intelectuales ni morales hereditarias, sino con avances o retardos relativos de evolución social. Podía haber razas atrasadas, pero no fatalmente inferiores. Comte rechazó la idea de que existiera una secuencia lineal de inferioridad a superioridad entre las razas. Aunque cada una tenía un rasgo distintivo (la raza blanca era la más inteligente, la amarilla la más trabajadora y la negra la más sentimental), se complementaban entre sí y la dominancia de alguna era relativa, pues había variado a lo largo de la historia. Las diferencias entre razas desaparecerían eventualmente con el advenimiento de la sociedad científica y la concurrencia de todas era necesaria para el camino adecuado de la humanidad hacia el progreso (Todorov, 2003, pp. 51-52). INTERPRETACIONES EVOLUCIONISTAS DE VICENTE RIVA PALACIO Vicente Riva Palacio fue un personaje de vasta cultura. Liberal, militar, político y naturalista aficionado, pero sobre todo literato, cuando el término'literatu-ra' se refería a todo aquello digno de escribirse, ya fuera sobre política, economía, leyes, ciencia, y por supuesto, también a las bellas letras (Ortiz-Monasterio, 2012, p. Desde sus inicios como escritor, Riva Palacio entendió con toda claridad que el elemento central de la nueva nación mexicana era necesariamente el mestizaje. Fue director de la monumental obra México a través de los Siglos y autor del segundo volumen. En éste retomó algunas de las ideas expuestas por Darwin en la edición francesa de The Descent of Man (Moreno, 1984, 20) para desarrollar una explicación original sobre la superioridad evolutiva de la raza india. Después de analizarla de acuerdo a "los fríos y descarnados axiomas de la filosofía zoológica y á las doctrinas de la joven pero robusta ciencia de la antropología" (Riva Palacio, 1888, p. 471), concluyó que era una raza superior, pues estaba:..."en un período de perfección y progreso corporal, superior al de todas las otras razas conocidas..." Según Riva Palacio, es el carácter lampiño de los indios lo que revela su adelanto evolutivo. Darwin ciertamente había llamado la atención sobre el carácter lampiño de los indios americanos (Darwin, 1871b, p. 321), aunque no juzgó tal condición como un indicio de progreso. Esta idea es un agregado de Riva Palacio, quien afirma que la posesión de pelo ha sido considerada por casi todos los naturalistas modernos como un carácter inútil e incluso perjudicial, sobre todo para los hombres que habitan las zonas tropicales, pues el pelo es el lugar donde los parásitos encuentran abrigo. Argumenta además que su ausencia no puede considerarse como un carácter adquirido por el hábito continuado de arrancarlos, pues tanto los romanos como los australianos, que sí acostumbraban quitarse el pelo, no se habían vuelto lampiños. Esta condición se debía por tanto a la selección natural e indicaba que los indios americanos habían evolucionado como una raza pura desde la prehistoria. Llama la atención que Riva Palacio omita la opinión del propio Darwin sobre este asunto, quien a su vez citó a Thomas Belt como el autor de la tesis de que la ausencia de pelo en los indígenas americanos era un carácter adaptativo porque los libraba de parásitos. En realidad Darwin, en la segunda edición de The descent of man (Darwin, 1874, p. 57), agregó un argumento que no aparece en la edición original de 1871 y que invalidaba la tesis de Belt, aduciendo que con o sin pelo, ninguno de los cuadrúpedos tropicales habían podido finalmente librarse de los parási-tos. El naturalista inglés no veía ventaja ni desventaja adaptativa alguna en la condición lampiña o peluda, como tampoco en las barbas, los labios gruesos o los grandes pechos. Estos caracteres no podían explicarse por acción de la selección natural, sino por la selección sexual, a la cual Darwin le dio gran importancia en The Descent of Man. Ya desde la primera edición de On the Origin of Species, Darwin, al referirse a las marcadas diferencias entre las razas humanas, había escrito: "I may add that some little light can apparently be thrown on the origin of these differences, chiefly through sexual selection of a particular kind, [...]" No era la naturaleza la que seleccionaba estos caracteres, sino los propios individuos en el juego del apareamiento (Desmond y Moore, 1994, pp. 544-545). Riva Palacio recurrió también al principio de correlación expuesto por Darwin en The Descent of Man (Darwin, 1871a, p. Con base en este principio, Riva Palacio conjeturó audazmente que la falta de barba en los indios se compensaba con la posesión de una dentadura perfecta que conservaban hasta edad avanzada. Mientras que para Darwin el principio de correlación explicaba la presencia de estructuras que no eran por sí mismas adaptativas, para Riva Palacio generaba solo características adaptativas en los indios. De acuerdo con Darwin, en el hombre civilizado las muelas del juicio se habían vuelto rudimentarias (Darwin, 1874, p. 20) y los caninos habían perdido su carácter de arma ofensiva para adquirir una función masticatoria (Darwin, 1874, p. Vale señalar que para Darwin, esta tendencia se aplicaba de manera general a toda la especie humana. Sin embargo, Riva Palacio la asumió como particularidad exclusiva de la raza india, sin evidencia empírica que lo respaldara y como una evidencia adicional a favor de que en los indios había ocurrido "una evolución progresiva superior a la de las razas europeas y africanas" (Riva Palacio, 1888, p. 474), las cuales mantenían todavía vestigios de caninos y muelas del juicio. Cita la hipótesis del descubridor del hombre de Neanderthal, Hermann Schaaffhausen, quien afirmaba que en las razas más civilizadas, la parte posterior dentaria de la mandíbula era siempre reducida debido a que se nutrían con alimentos ablandados por el cocimiento y cita también los estudios del médico Juan Francisco López, quien después de examinar indios que habitaban los poblados de Huamantla y Tepoztlán, encontró en todos ellos sin excepción la sustitución de caninos por molares y la ausencia de muela del juicio. Al referirse a la dentición de los indios americanos, Riva Palacio concluyó lo siguiente: Se ha señalado que Riva Palacio cayó en contradicciones al adentrarse "en el pantanoso terreno de la genética" (Basave, 2002, p. 31), pues aunque por un lado destacó los caracteres de evolución avanzada de los indios, por otro afirmó que éstos carecían absolutamente de "preponderancia de transmisión" (Riva Palacio, 1888, p. 472), de modo que al final, las ventajas evolutivas de los indígenas terminarían por perderse en el cruzamiento. En realidad, Riva Palacio no se adentró en la genética, y no lo podría haber hecho, pues esta disciplina empezó a desarrollarse sobre bases experimentales solo hasta el inicio del siglo XX, cuando los trabajos de Mendel fueron redescubiertos simultáneamente por Hugo de Vries, Carl Correns y Erick Tchermark (Ruiz y Ayala, 2002, p. Riva Palacio solo expresó creencias populares relacionadas con la herencia, comunes en su tiempo. INTERPRETACIONES EVOLUCIONISTAS DE ANDRÉS MOLINA ENRÍQUEZ Otro estudioso del tema racial durante el Porfiriato fue Andrés Molina Enríquez (1868Enríquez ( -1940)), un reconocido abogado, sociólogo y etnógrafo de ideología positivista. En 1909 publicó un estudio titulado Los grandes problemas nacionales, donde abordó la desventaja que representaba una población mexicana disgregada y dispersa en el territorio nacional. Molina sostuvo que la mejor solución para este problema era el mestizaje, pues el mestizo conjugaría lo mejor de la herencia española e indígena (Sámano-Rentería, 2004, p. Es claro que Molina no recurrió al modelo darwinista para el desarrollo de su mestizofilia. Como bien se ha señalado (Basave, 2002, pp. 85-86), la explicación 'científica' que desarrolló para ese propósito, en un tiempo en que la 'cientificidad' era parte importante de la ideología vanguardista, se basó en el evolucionismo social spenceriano, según el cual las sociedades humanas evolucionarían hacia un orden cada vez mayor. Sin embargo, en su intento, terminó percatándose que se había enredado en una contradicción flagrante, ya que el mismo Spencer había expresado que el mestizo mexicano era un desadaptado, incapaz de adecuarse tanto a la cultura materna como a la paterna, según lo demostraba el hecho de que México, compuesto mayoritariamente por mestizos, era un país enfrascado en permanentes luchas y revoluciones (Basave, 2002, p. Este juicio de Spencer minaba en su núcleo la tesis mestizófila de Molina. Sin embargo, a contrapelo del desprecio expresado por Spencer sobre los mexicanos, Molina no los excluyó del progreso evolutivo. La disyuntiva entre raza y cultura provocó contradicciones en el pensamiento de Molina. Por un lado, se opuso a la idea común del blanqueamiento indiscriminado como estrategia para mejorar la sangre india. Resultaba absurdo permitir la entrada de agricultores blancos improvisados que no conocían el clima ni los sistemas de cultivo más adecuados (Molina, 1909, p. En este caso, resulta claro que Molina antepone la cultura a la raza. La mera condición racial de los europeos era insuficiente para mejorar las condiciones del campo mexicano. Sin embargo, por otro lado, Molina persistió en su tesis principal: la raza era el elemento determinante, por lo que había que fundir a todas las razas que habitaban México en una sola, bajo la delirante premisa de que el mestizo conjugaría los mejor de cada una. Como apoyo a esta idea preconcebida, Molina retomó la interpretación que había hecho Riva Palacio de las ideas expuestas por Darwin en The Descent of Man. Al argumento morfológico sobre la superioridad del indio agregó otro cultural: desde antes de la conquista, los pueblos indígenas habían alcanzado un alto nivel de cultura, equiparable al de las naciones civilizadas de Europa. Hizo además una distinción conceptual entre evolución y selección que intentaba resolver la contradicción de Riva Palacio y explicaba por qué en el mestizo prevalecían los caracteres de la raza india sobre los de la blanca: "... si las razas blancas podían considerarse superiores á las indígenas por la mayor eficacia de su acción, consecuencia lógica de su más adelantada evolución, las razas indígenas podían considerarse como superiores á las razas blancas por la mayor eficacia de su resistencia, consecuencia lógica de su más adelantada selección" (Molina, 1909, pp. 257-258). "Creemos, pues, tener razón al afirmar que las razas de más adelantada evolución, tienen más acción, que las razas de más adelantada selección, tienen más resistencia... En el choque de dos razas rara vez deja de producirse la mezcla de ellas, y en el producto intermedio, a nuestro juicio, domina, como lo indica el Sr. Riva Palacio, la sangre de la raza más resistente" (Molina, 1909, p. Con base en esta distinción conceptual entre selección y evolución, Molina concluye que la raza mestiza es la más fuerte y la más poderosa desde el punto de vista biológico. Sin embargo, es claro que estos conceptos novedosos que introduce Molina no provienen de Darwin. No hay ni en El Origen de las Especies ni en La Descendencia del Hombre ninguna alusión al respecto. Es clara también la influencia que ejerce en él el evolucionismo de Ernst Haeckel. No podría haber sido más claro el divorcio de Molina con el modelo darwinista que cuando alude a la 'fuerza formatriz interna' y a la dialéctica entre ésta y las fuerzas externas como la explicación científica de la variación y evolución orgánica (Molina, 1909, pp. 34, 272, 273). Darwin se apegó con todo propósito a los mejores cánones metodológicos de su tiempo. Su compromiso con el modelo de explicación de la vera causa (Martínez, 2001; Guillaumin, 2001) explica el cuidado especial que tuvo en evitar recurrir a entelequias metafísicas tales como los impulsos internos lamarckistas o las fuerzas formatrices haeckelianas. Tampoco propuso Darwin un modelo teleológico ni lineal de la evolución. Las especies se van modificando ramificadamente, según el cambio en las circunstancias, sin un propósito ni una meta prefijada. MESTIZOFILIA Y MESTIZOFOBIA EN LATINOAMÉRICA Durante el auge del racismo científico prevaleció como categoría de análisis social la identidad racial sobre la cultural. La idea de la superioridad de la raza blanca fue común entre los naturalistas europeos y norteamericanos, independientemente de sus orientaciones teóricas. El surgimiento del evolucionismo se usó para afianzar el discurso determinista, sobre todo en una de sus versiones, que era al mismo tiempo poligenista y racista (Stocking, 1973, p. lxx). Los evolucionistas, ya fueran monogenistas o poligenistas, darwinianos o spencerianos, coincidieron en concebir a la raza blanca como la raza superior. Tal concepción encierra incluso una especie de calvinismo científico (Suárez, 2005, p. 64), donde unas razas estarían predestinadas a la salvación, esta vez no espiritual, sino evolutiva, mientras que otras estarían condenadas al fracaso biológico y a la extinción. Surgió entonces una curiosa asimetría en la literatura anglosajona: mientras que para explicar la superioridad de la raza blanca se usó la filosofía optimista del progreso de Spencer, se recurrió a la filosofía de la desesperanza de Gobineau para condenar a las razas mezcladas. En los países latinoamericanos se hicieron valoraciones contrastantes del mestizo, tanto a favor como en contra. Se ha dicho que en las naciones latinoamericanas con una población indígena mayoritaria, como México, Bolivia y Perú, se apostó a favor del mestizaje como proceso de cohesión social, mientras que en países predominantemente criollos como Argentina y Uruguay, ocurrió lo contrario (Argueta y Ruiz, 2002, p. Algunos casos parecen apoyar esta generalización. Por ejemplo, una de las versiones más virulenta de la indiofobia la expresó José Ingenieros, quien sostuvo que Argentina era una nación grande porque estaba "liberada de las razas inferiores" (Fuentes, 2002, p. Lo que llama la atención es que Ingenieros tuvo la misma influencia spenceriana Molina, aunque no tuvo necesidad de mixtificarla como éste, para llegar a conclusiones diametralmente opuestas. También hubo casos que apoyan la tesis aludida en países con población mestiza mayoritaria. En Brasil, Euclides da Cunha en los inicios del siglo XX, y décadas después Gilberto Freyre, apostaron por el mestizo como el elemento central de la nacionalidad brasileña (Basave, 2002, pp. 103-104). Sin embargo, todavía en el siglo XIX, Brasil seguía siendo un país predominantemente esclavista y las élites gobernantes, principalmente de ascendencia europea, vieron a la composición multiétnica como el principal obstáculo para su progreso. La comunidad médica estableció las bases de una estricta política de estratificación social, la cual tasaba a los individuos de acuerdo a su grado de mestizaje: entre menos blancos, menos valían (Sánchez-Arteaga, 2009, pp. 69-72). El médico Joao Batista de Lacerda, inspirado en el poligenismo de Agassiz, afirmó que América era un centro de creación independiente y que los indios americanos eran una especie separada de la raza blanca (Bertol y Romero, 1999, p. 90), pues la anatomía comparada revelaba que el blanco estaba tan separado de los negros como de los monos catarrinos (Sánchez-Arteaga, 2009, p. Los tres híbridos principales descritos por Agassiz 1 se consideraron como el vívido y lamentable contraste de las virtudes de los individuos de raza blanca. Si ya de por sí las ideas de Gobineau y Agassiz habían permeado en la intelectualidad brasileña, la influencia de la antropología craneométrica de Paul de Broca (Bertol y Romero, 1999, p. 88) terminó por reafirmar una fuerte corriente racista en este país sudamericano, a pesar del notable incremento de la población mestiza. En Perú, con una población mestiza también muy grande, José de la Riva Agüero propuso al inicio del siglo XX, que el mestizo debía ser la base de la nacionalidad peruana, aunque sin mucha convicción, pues solo sostuvo esta postura en los inicios de su carrera política, cuando se declaraba como agnóstico positivista y anticlerical. Tiempo después cambió radicalmente hacia una posición claramente fascista, alabando incluso abiertamente a Francisco Franco como la encarnación de sus ideales (Villarías-Robles, 1998, pp. 41-42). Sin embargo, en la dinámica de las sociedades humanas no operan las relaciones simples. Hubo otros países latinoamericanos en los cuales predominó el desprecio por los mestizos a pesar de su abundancia, como Bolivia, donde se empleó el reduccionismo biológico de forma directa y sin modificaciones locales para elaborar una teoría científica de la desigualdad. Las élites gobernantes adoptaron la línea del evolucionismo social desarrollado en Europa con sus categorías darwinianas de lucha por la existencia y supervivencia del más apto para implementar una política discriminatoria contra indígenas y mestizos. Alcides Arguedas publicó su célebre libro Pueblo Enfermo en 1909, donde expuso la tesis de la degeneración racial del mestizo de la zona andina (Urías, 1996, pp. 102-104) como causa del retraso del país (Basave, 2002, p. El primer introductor del darwinismo científico en Bolivia, el médico y polígrafo Belisario Díaz Romero, profesaba abiertamente un racismo poligenista (Argueta y Ruiz, 2002, p. En Chile, con gran inmigración blanca y poca población indígena, primero se vio al mestizo, bautizado popularmente como el 'roto', de manera despectiva (Gutiérrez, 2010, pp. 134-135). Sin embargo, al iniciar el siglo XX, el médico Nicolás Palacios inventó el mito del roto, reivindicado ahora como el representante de una raza híbrida única y superior, sublimada por la noble mezcla de las sangres araucana y gótica (Basave, 2002, p. 104), muy distinta a la sangre de los otros híbridos latinoamericanos. En su estudio, que más que sociológico puede entenderse como una saga mítica (Alvarado-Borgoño, 2004, p. 3), Palacios elabora una mestizofilia peculiarmente contradictoria, pues aunque ensalza la mezcla de sangres, al mismo tiempo se muestra ferozmente xenofóbico, oponiéndose a la inmigración de latinos a Chile, a los cuales veía como evolutivamente desadaptados y como un elemento que podría descomponer esa mezcla supuestamente extraordinaria (Gutiérrez, 2010, p. Así, con la pura fuerza de su imaginación, Palacios revirtió el desprecio por el mestizo chileno desde una postura claramente racista. De lo anterior se desprende que las posturas mestizófilas y mestizófobas que se desarrollaron en las naciones latinoamericanas fueron independientes de que tuvieran poblaciones mayoritariamente blancas o mestizas. La interpretación de las ideas darwinistas en favor del mestizo, como en el caso de México, o en su contra, como en Brasil, (Sánchez-Arteaga 2009, p. Para construir una nacionalidad propia, se inventó una sustancia unitaria, ya fuera el mestizo, el blanco o el roto, y se vinculó a una unidad sociopolítica (Williams, 1995, p. La historia muestra que las ideologías de raza y nación frecuentemente se intersectaron, lo mismo en Latinoamérica que en Europa o Nueva Zelanda (Wade, 2001, pp. 845-846). Sin embargo, ese afán común por construir un nacionalismo propio que independizara a los países latinoamericanos de Europa, una contradicción interna, pues el concepto mismo de nacionalismo había sido importado de Europa (Ramos, 1951, p. Llama la atención que en el México decimonónico, las ideas poligenistas de Gobineau, Agassiz y Broca, así como su asociación entre mestizaje y degeneración, no parecen haber tenido mayor trascendencia, a pesar de que el gobierno de Porfirio Díaz se caracterizó por un marcado clasismo, donde los fuertes sobrevivían y los débiles tenían que irse (Katz y Lomnitz, 2011, p. Dos condiciones parecen haber influido sobre las posturas en pro del mestizo. La primera fue el reciente pasado liberal de la nación, que favoreció el avance social de los mestizos. Ya desde 1855, Benito Juárez había promulgado una ley que declaraba iguales a todos los individuos ante la ley y la sociedad. Juárez mismo, un indio zapoteco, llegó a ocupar la presidencia de la república y su sucesor, Porfirio Díaz, a pesar de sus pretensiones afrancesadas, era un mestizo oaxaqueño. La segunda condición que contuvo al racismo entre los intelectuales mexicanos fue la idea comteana de la igualdad racial y la determinación del desarrollo del individuo por las condiciones sociales y no por las raciales. La abrumadora influencia que tuvo el positivis-mo entre los intelectuales mexicanos no solo se opuso al darwinismo (Glick, Ruiz y Puig-Samper, 1999b, p. 12), sino también a una de sus derivaciones, como lo fue el determinismo biológico rampante. La idea de la superioridad racial blanca entraba en conflicto directo con los postulados positivistas. Los positivistas mexicanos reprimieron las posiciones spencerianas a ultranza, en donde las razas evolutivamente superiores terminarían por desplazar inexorablemente a las inferiores. Ello permite entender que en México surgiera sin mayor oposición la idea del mestizo como heredero de la resistencia evolutiva del indio. La nota distintiva del biologicismo mexicano, fue recurrir directamente a conceptos del darwinismo biológico, a diferencia de las vertientes prevalecientes en otros países latinoamericanos que se nutrieron del darwinismo social, el cual a pesar de su denominación, tuvo tan poca influencia del darwinismo biológico. Tanto Riva Palacio como Molina Enríquez tomaron directamente de Darwin: 1) el principio de selección, 2) el principio de correlación de caracteres heredados y 3) la pérdida de rasgos vestigiales para sustentar la tesis del progreso evolutivo de los indígenas mexicanos y el vigor de los mestizos. Sin embargo, conviene precisar que solo en un sentido muy laxo podría afirmarse que Riva y Molina se basaron en ideas de Darwin para sustentar su tesis sobre la superioridad del mestizo. Un análisis más puntual de esta relación revela que, de entrada, el conocimiento que tuvieron estos autores sobre la obra de Darwin no fue precisamente amplia, lo cual es muy comprensible, pues no se dedicaron al estudio de la historia natural. De Molina puede decirse que sí cita El Origen de las Especies (Molina, 1909, pp. 35, 286), aunque solo para referirse al principio de selección en un sentido muy general. Cita también La Descendencia del Hombre (Molina, 1909, p. Nótese que la afirmación de Riva sobre el carácter adaptativo de la condición lampiña no es de Darwin, quien lo explicó como producto de selección sexual, sino de Belt. Donde sí hay un desprendimiento total de las ideas de Darwin es en los conceptos de acción-resistencia y evolución-selección que introduce Molina y que son ajenos a la obra de Darwin. Molina se formó en el evolucionismo spenceriano y comteano, que aprendió a través de Gabino Barreda (Labastida, 1986, p. xii). De allí y no de la influencia de Darwin, se explica su concepción lineal y teleológica de la evolución. Así, el interés principal tanto de Riva como de Molina, cuando transladaron las ideas Darwin al plano social no fue el rigor conceptual, sino que simplemente las utilizaron como un recurso retórico para construir su mestizofilia. Por su parte, Molina transfirió sin ningún sustento empírico las supuestas ventajas de la raza india a la mestiza, que preservaba además las características de una selección muy avanzada. En esa etapa de su pensamiento, cuando se inclinaba más por la raza que por la cultura, Molina concluyó que aunque la raza indígena y la mestiza no se distinguían por su hermosura, su cultura o por los refinamientos propios de las razas de muy adelantada evolución, destacaban por su incomparable adaptación al medio y por su portentosa fuerza animal (Stabb, 1959, p. Mediante un notable malabarismo conceptual, Molina desarrolló su tesis mestizófila ¡a partir de autores claramente mestizófobos, como Spencer, Gumplowicz, Haeckel y Reclus! Sin embargo, terminó por percatarse de esta contradicción, e intentó resolverla regresando al enfoque no biologizante de Comte, suscribiendo ahora la tesis de que no había sociedades atrasadas o adelantadas, sino tan solo diferentes. Señaló que el error fundamental del evolucionismo era el concepto de que todos los grupos humanos estaban fatalmente destinados a recorrer el mismo camino lineal para alcanzar el progreso evolutivo. Adoptó entonces el relativismo cultural de Franz Boas, de acuerdo al cual el desarrollo social de los distintos pueblos no estaba determinado por sus características raciales, sino por su historia (Basave, 2002, p. Con este giro radical, terminó por desechar las ideas darwinistas, a las que anteriormente había dado tanta importancia y por rechazar un racismo científico que se había convertido en un paradigma que pocos se atrevían a desafiar. Lo que ahora destaca Molina es el mestizaje cultural sobre el racial: ¿Qué queda al final de ese trasiego entre lo biológico y lo social, entre la raza y la cultura que inició Riva Palacio y desarrolló Molina? Los conceptos del vigor mestizo y del progreso evolutivo de los indígenas y mestizos mexicanos que desarrollaron son, por su originalidad, otro caso más que refuta el modelo simplista del difusionismo de la ciencia (Basalla, 1967). A partir de ellos, la exaltación del mestizo terminó por convertirse en una tradición inventada (Hobsbawn y Ranger, 2012) de gran influencia en México 2, promovida vigorosamente por los gobiernos postrevolucionarios. Sin embargo, no hubo ningún intento posterior por buscar algún sustento biológico al pretendido progreso evolutivo del indígena mexicano ni a la afirmación de que esta raza había sufrido una selección más intensa. No obstante, los conceptos de Riva Palacio y Molina tuvieron una consecuencia social notable. Mientras que en otros países se intentó alcanzar la unidad nacional mediante la pureza racial, en México se intentó precisamente al contrario, es decir, mediante la mezcla de razas (Aguirre, 1969, p. Nosotros añadiríamos que irónicamente, al final ambas iniciativas no fueron más que meras invenciones retóricas. Finalmente convendría hacer notar que la interpretación del entonces novedoso concepto de progreso evolutivo que hicieron Riva Palacio y Molina Enríquez destaca por su tono de actualidad. A diferencia de una corriente importante que interpretó al progreso en un sentido predeterminado y teleológico, ellos se apegaron a su sentido original darwiniano, es decir, lo entendieron en un sentido básicamente utilitario, como un mero proceso de adaptación a condiciones concretas y desligado de cualquier dirección metafísica. No imaginaron que la idea que concibe al progreso como un resultado programado de la evolución sería cada vez más cuestionada ni que el concepto mismo de progreso se convertiría en uno de los puntos más polémicos y recurrentes de la teoría evolutiva, desde ese entonces hasta la actualidad. Este trabajo derivó del apoyo del Proyecto PAPIIT UNAM 401110 "Creacionismo y Darwinismo: El debate sobre la distribución geográfica de los organismos desde On the Origin of Species (Darwin, 1859) hasta Climate and Evolution (Matthew, 1915)", financiado por la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la Universidad Nacional Autónoma de México. Agradecemos a David Espinosa Organista y Carlos Pérez Malváez la revisión crítica del borrador. 1 Estos tres híbridos eran los mulatos, resultantes de la cruza entre blancos y negras, los mamelucos, producto de la cruza de blancos con indias, y los cafuzos, que surgían de la cruza entre individuos de la raza india y negra. Nótese el sexismo implícito, pues se da por entendido que en los dos primeros casos, las cruzas son entre varones blancos con hembras de las otras razas, mientras que en el caso de los cafuzos, era indistinto que se cruzaran varones o hembras de las razas india y negra (Agassiz, Louis (1868)
Hasta 1871, España no contó con un organismo estatal encargado de cultivar, difundir y controlar la vacuna antivariólica. En este trabajo se analizan los problemas de creación del Instituto de Vacunación del Estado que sufrió varias refundaciones y remodelaciones entre 1871-1877. Las principales dificultades a las que tuvo que hacer frente fueron de tipo administrativo y técnico. Hasta entonces la vacunación en España se había desarrollado gracias a iniciativas puntuales de la Corona, cuyo ejemplo más acabado fue la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna 2, así como al voluntarismo e interés de distintos individuos e instituciones privadas y estatales, sin que hubiera una decidida voluntad política de promulgar una legislación que estructurara todo el proceso y que considerase la vacunación una cuestión de Estado 3. En su lugar surgió un panorama caracterizado por la proliferación y dispersión de ----las iniciativas vacunadoras en el cual los intereses mercantiles y profesionales tuvieron un destacado papel que aumentaría con los años 4. La creación del Instituto parecía impulsar definitivamente la propagación de la vacuna al intentar suplir parcialmente algunas de las graves carencias que existían. Sin embargo, el proyecto tropezó con diversos escollos que impidieron su desarrollo normal, hasta el punto de sufrir varias refundaciones y cambios de nombre durante periodo 1871-1877 5. Además nunca fue acompañado por una ley que se decantara hacia la obligatoriedad de la vacunación. Esta llegaría en 1903 cuando el Instituto había sido integrado como una sección dentro del recién creado Instituto Alfonso XIII 6. En el presente trabajo pretendo estudiar los primeros años del Instituto de Vacunación del Estado7 con el doble objetivo de analizar su difícil creación y colmar parcialmente el desconocimiento historiográfico que existe sobre el mismo. Mi punto de partida es que el Instituto de Vacunación del Estado no alcanzó sus objetivos fundacionales porque tropezó con graves dificultades de orden administrativo y técnico que impidieron su desarrollo. Los principales problemas administrativos fueron la competencia mercantil con otros institutos vacunadores públicos y privados; la falta de una legislación que apostara por la obligatoriedad de la vacuna; la escasa dotación económica y de personal que el Estado le asignó. En lo referente a los aspectos técnicos fueron especialmente significativos los problemas derivados de la obtención, conservación y distribución de la linfa vacunal; la tipología de vacuna que se pretendía aplicar; la existencia de enfermedades asociadas a la vacuna, y las resistencias de la población. Las fuentes utilizadas para la elaboración de este estudio han sido la legislación, las memorias sobre la actividad del Instituto, los folletos, artículos de ----prensa médica, así como la documentación manuscrita, conservada en el Archivo de la Real Academia de Medicina de Madrid 8, compuesta mayoritariamente por cartas, borradores normativos, actividades de otras instituciones vacunadores, etc. Entre 1870 y 1871 confluyeron diversos factores que propiciaron la constitución de un organismo estatal de vacunación. El cambio de régimen político en septiembre de 1868 fue sin duda un elemento importante, pero la experiencia de la epidemia que asoló Francia en 1870 y la relevancia que tomó la cuestión de la vacuna y la viruela en el seno de la Academia de Medicina parecen haber sido determinantes en la concienciación de la administración 9. No obstante, la iniciativa estatal de fundar el Instituto Nacional de Vacuna originó un conflicto con la Academia de Medicina, que mostró su desconfianza ante las decisiones del gobierno y su deseo de controlar plenamente el nuevo centro. La cronología de los hechos ayuda a comprender la pugna que alimentó todo el proceso de creación del Instituto. Un año y medio antes del Decreto de Fomento, la Academia acariciaba la idea de crear un centro propio. Así lo hizo saber el 18 de marzo de 1870 su Junta de Gobierno al proponer que la Comisión de Vacunación 10 de la misma fundase un Instituto de vacunación: «Considerando esta Junta la inmensa importancia de las cuestiones relativas a la vacunación; considerando que convendría establecer un Instituto práctico de vacuna-----8 Quiero agradecer a Ignacio Díaz, bibiliotecario y archivero de la Real Academia de Medicina de Madrid su ayuda para localizar muchas de las fuentes que he utilizado para elaborar este trabajo. 9 MÉNDEZ ALVARO, F. ( 1871), Discurso acerca de la preservación de las viruelas. Leido a la Real Academia de Medicina de Madrid por su socio numerario Dr. D...., Madrid, Imprenta y Esterotipia de M. Rivadeneyra. 10 Entre las comisiones de la Academia de Medicina estaba la Comisión de Vacunación, que estaba encargada de estudiar «las graves cuestiones relativas a este importante medio profiláctico». Ver Reglamento de la Real Academia de Medicina de Madrid, Madrid, Imprenta de Manuel Rojas, p. 20. ción a fin de tomar parte activa en la gestión de este ramo de la higiene pública que le está eficazmente recomendado por todos sus reglamentos: tiene el honor de proponer a la Academía que si existe el celo de la Comisión de vacunación a fin de que se sirva discutir y proponer un dictamen sobre la conveniencia, oportunidad y medios de llevar a cabo la idea de propagar prácticamente la vacunación y de iniciar una serie de experimentos y observaciones a propósito para esclarecer las diversas cuestiones que aun están pendientes de resolución, respecto de este privilegiado objeto» 11. Varios meses más tarde, el 20 de mayo de 1871, Francisco Méndez Álvaro retomaba la idea en su Discurso acerca de la preservación de las viruelas, considerando de gran interés que las naciones ordenasen un «buen sistema general de vacunación, extendido a todos los pueblos, con sus partes eslabonadas de suerte que concurran al armónico resultado común que se trata de realizar» 12. En cuanto a la responsabilidad de organizar la vacunación, señalaba que si bien el gobierno debía impulsarla, las sociedades médicas podían «adelantar la idea e iniciar el movimiento», proponiendo abiertamente a la Academia de Medicina, «fundar y sostener con sus propios recursos, y los que tenga a bien el Gobierno facilitarla -bajo la dirección inmediata de su Comisión de Vacunación, convenientemente reorganizada, y en conformidad con al proyecto de Reglamento que me cabe la honra de acompañar-un Centro de vacunación, destinado al fomento, cultivo y pefección de la vacuna» 13. Sus propuestas contaban con el beneplácito de la Academia, pues el Discurso era en buena medida un resumen de la amplia discusión que tuvo lugar en su seno sobre «Terapeútica y preservación de las viruelas» 14. Un mes despues, el 22 de junio de 1871 la Academia dirigió una carta al Ministerio de Fomento, informando de su intención de poner en marcha un centro de vacunación. Los trabajos iban muy avanzados y se anunciaba que en breve se remitiría un proyecto de reglamento para su examen y aprobación por el Ministerio. Asi mismo, daba por sentado que dada la importancia del tema el «Gobierno de S.M.» prestaría «a la corporación los auxilios morales y materiales que le son necesarios para llevar a cabo esta empresa» 15. ----11 Esta información puede verse en el Archivo de la Real Academia de Medicina de Madria (ARAMM), Legajo 113. El Discurso, iba firmado con fecha de 20 de mayo aunque su publicación fue posterior. El proyecto de la Academia se vió truncado por la creación del Instituto Nacional de Vacunación. En el preámbulo, el Ministro de Fomento, Manuel Ruiz Zorrilla hacía una larga exposición de los motivos que movían al Gobierno a crearlo. El punto de partida era la gravedad de la situación originada por la persistencia de la viruela y su correlato de «grandes estragos en casi todas las provincias» 16. A continuación trazaba los avatares históricos de la vacunación en España y sus dominios coloniales, aunque sin explicar porqué se había perdido aquel impulso inicial. En todo caso, más allá de la retórica de los argumentos históricos, apuntaba la necesidad de equipararse a otros países europeos que tenían centros de vacunación estatales para poder luchar contra la viruela: «De tal importancia son algunas de estas cuestiones y tan urgente aparece su estudio, que hubiera creido el Ministro que suscribe que dejaba un lamentable vacio si no sometía a la aprobación de V.M. la creación de un Instituto nacional de Vacuna, imitando en este punto la conducta del mayor número de los Gobiernos de Europa. En Berlín, en Viena, en Nápoles, en Milán, en París, en Londres, en San Petesburgo, no solo en las capitales de los Estados, sino en poblaciones de segundo orden, existen Institutos de vacunación que con este u otro nombre han hecho inmensos beneficios a la salud pública, demostrando de una manera indudable que la viruela es una epidemia que se combate con facilidad y que puede llegar a extinguirse» 17. El artículo 2o marcaba que los cometidos del Instituto eran: estudiar y difundir los conocimientos sobre la viruela; estudiar, obtener y conservar vacuna; asesorar al Gobierno en las cuestiones relacionadas con la enfermedad y la vacunación, y dirigir las operaciones de vacunación y revacunación 18. En el plano administrativo quedaba bajo la dependencia del Ministerio de Fomento, si bien su dirección se encomendaba a la Academia de Medicina. La noticia fue recibida con frialdad por sectores importantes de la medicina. El Siglo Médico publicó dos artículos anónimos en los que mantenía una actitud distante hacia la medida y se alineaba con la Academia de Medicina, que sospechaba que el Ministerio se había apropiado de su iniciativa 19. 19 Esta sospecha aparece en diversos textos de la época. Como botón de muestra véase Memoria que eleva al Gobierno el Centro General de Vacunación correspondiente al primer semestre del año de 1876, Establecimientos Tipográficos de M. Minuesa, 1876, p. 8, donde se afirma: «Si no tuvo entonces realización el acuerdo de la Academia, despertó quizá la idea que inspirara el mencionado Decreto de 24 de julio del mismo año. ¿Por qué ha de negársela esa primero de ellos, consideraba una irregularidad que Fomento legislara en «asuntos relativos a salud pública, correspondientes a Gobernación», y reclamaba que la redacción del reglamento se encomendara a la Academia, si realmente se deseaba «alcanzar una organización tal cual perfecta» 20. El segundo recordaba la propuesta de la Academia, inspirada por Méndez Álvaro, de crear un centro de vacunación, celebrando con ironía el que ambas instituciones hubieran tenido «a la par» la misma idea 21. A partir de entonces la Academia centró su estrategia en conseguir que el Ministerio le encargara la redacción del futuro reglamento del Instituto, consciente de que el control efectivo del nuevo organismo no pasaba sólo por detentar la dirección que el Decreto les otorgaba. No fue, sin embargo, un objetivo fácil de obtener y pasaron varios meses hasta que el Ministerio accedió a su petición. Ahora bien, todavía hubo algunos escarceos provocados por el deseo de los académicos de imponer el reglamento que habían elaborado para regentar su fallido centro vacunador. Tras la negativa del Ministerio, la Academia aceptó redactar uno nuevo, enviándolo para su aprobación en diciembre de 1871, aunque nunca obtuvo respuesta porque el Instituto Nacional de Vacuna no llegó a funcionar 22. El proyecto de reglamento. La Comisión de Vacunación de la Academia fue la encargada de redactarlo, si bien el autor del texto fue Méndez Alvaro. El documento comenzaba con una serie de consideraciones generales que analizaban las dificultades que suponía organizar un organismo de ámbito estatal, pronunciándose por un proyecto más modesto que tuviera como ámbito de actuación Madrid 23. Los ---iniciativa, cuando la acreditan sus actas, la propuesta elevada entonces a la superioridad y un discurso resumen de sus sesiones, que corre impreso?» 20 «Instituto de vacunacion», El Siglo Médico, 6 de agosto de 1871, no 919, p. 22 La pugna puese seguirse en ARAMM. 23 A comienzos de 1874, con motivo de la refundación del Instituto, El Siglo Médico lo publicó por si pudiera ser «de alguna utilidad su conocimiento (porque sobre lo ya pensado maduramente y formulado es facilísimo introducir perfecciones).» «Revista de la Semana. «Ya que tan laudable propósito no alcanzó a pasar de proyecto, -como en nuestro desgraciado país suele suceder a todos los pensamientos laudables de gobierno y administración-bueno es dar a conocer lo que se idea y pone, por si teniéndolo alguna vez presente en ocasión más propicia, puede principales obstáculos para erigir el Instituto eran la falta de presupuesto y la desorganización sanitaria del país: «Cosa llana fuera sin duda organizar en Madrid un Centro de Vacunación como el que se propuso establecer la Academia al terminar la prolija discusión que el año anterior ocupó muchas de sus sesiones, toda vez que no faltaron los recursos para sostenerle; pero al tratar de hacer extensivo el servicio de vacunación a todo el reino según corresponde a un Instituto Nacional, y esto disponiendo tan sólo de los escasos recursos que sienten la penuria del Erario y el angustioso estado del país y hallándose por otra parte en la necesidad de utilizar los escasos, variados e inconexos elementos que de anteriores organizaciones sanitarias subsisten, olvidados algunos, o poco menos, y en notoria desarmonía otros, ya puede inferirse que sus vacilaciones y temores han debido subir hasta el límite del desaliento» 24. La declaración genérica de problemas se concretaba en una serie de cuestiones que los redactores del reglamento intentaban remediar «utilizando de la mejor manera (...) lo existente». La mayor traba era «la imposibilidad de crear en las provincias centros activos de Sanidad, que sirvieran para este propósito y otros de higiene pública (...) para formar en todo el territorio español una vasta red sanitaria subordinada a un solo pensamiento.» Para intentar alcanzar este objetivo Méndez Alvaro señalaba que se había utilizado, «la defectuosa organización presente sin pararse siquiera a examinar la época de que procede cada parte de ese conjunto, ni el pensamiento que movió a su creación ni si tales ruedas engranan bien con la maquinaria administrativa que se halla en movimiento» 25. La vacunación se confiaba a las Juntas provinciales de Sanidad, a los subdelegados Médicos y a los facultativos titulares de los pueblos, vinculando la organización de un verdadero servicio de vacunación a « la ya secular empre----lograrse perfección mayor cuando con formalidad se trate de realizar análogas empresas». El resto de reglamento se publicó en los números correspondientes al, 15 y 22 de febrero y en el del 15 marzo. Sin embargo, no se publicaron las consideraciones generales recogidas en el borrador conservado en el archivo de la Academia, que ofrecían un interesante análisis de las dificultades que suponía organizar un Instituto nacional de vacunación. sa de dar a la Sanidad e higiene pública una organización a la altura de la época en que vivimos»26. Por tanto, el documento era también una crítica a la estructura institucional de la sanidad del país y un alegato para su mejoría. A los problemas de organización se añadían las dificultades pecunarias para pagar a los Subdelegados y a los facultativos vacunadores. A juicio de Méndez Álvaro era preciso arbitrar algún sistema de remuneración a dicho trabajo extraordinario para evitar el abandono de la vacunación por falta de estímulo. Para paliar este extremo, proponía que las Diputaciones y Ayuntamientos se hicieran cargo de dichas retribuciones, presupuestándolas anualmente, recurriendo así a una práctica muy extendida por el Estado liberal que consistía en delegar sus responsabilidades a las instituciones locales. Por último, se señalaban las enormes dificultades de registrar con exactitud los datos de vacunaciones y revacunaciones que obtuvieran los facultativos y las Asociaciones médicas libres 27. El reglamento propiamente dicho, tenía 86 artículos repartidos en 8 capítulos, que abordaban tanto aspectos científicos como administrativos. Los doce primeros artículos consagraban una organización del Instituto extremadamente burocrática y poco operativa. Se contemplaba la creación de una Comisión de vacunación compuesta por once académicos, cuyo Presidente sería el director del Instituto. A su vez se creaban tres subcomisiones dedicadas respectivamente al estudio patológico de las viruelas, de la vacuna y de su profilaxis 28. El artículo 12 disponía que los «académicos que componen el ----Instituto Nacional de Vacunación, disfrutarán como leve indemnización de sus tareas y pérdida de tiempo, de especiales derechos de asistencia que determinará la Academia.». Esta preocupación por las dietas constrastaba con la vaga referencia a la plantilla del organismo: «Auxiliarán al Instituto en sus tareas dos o más médicos vacunadores, los ayudantes de vacunador que sean necesarios, y uno o más escribientes. Tendrá además para su servicio un conserje y los ordenanzas y mozos que necesiten» 29. Los objetivos científicos, recogidos en el prolijo artículo 13, reflejaban todas las preocupaciones en torno a la vacuna que ya habían aflorado en el Discurso acerca de la preservación de las viruelas. Así, el estudio de la viruela como enfermedad; la obtención y conservación de vacuna; la evolución del virus de la misma; los factores que influían en la mengua de su acción; la transmisión o no de enfermedades por medio de la vacuna, y la mejor acción de la misma según su origen, eran cuestiones de especial interés. También se contemplaba la creación de estadísticas de vacunados y revacunados que reflejaran el tipo de virus utilizado y su grado de éxito. Por otra parte, los artículos 15 al 20 contemplaban que la principal actividad del Instituto debía ser el cultivo y distribución del virus, ahondando en abundantes detalles sobre la manera de obtenerlo 30. En el plano administrativo, se establecían dos niveles organizativos: las relaciones del Instituto con el gobierno y la Academia de Medicina y, la organización provincial y local de la vacunación. Por lo que se refiere al primer aspecto, el Instituto debía satisfacer las demandas de los ministerios de Fomento y Gobernación en el campo de la lucha antivariólica, así como proponer las medidas que considerase oportunas para el buen desarrollo de la misma. En cuanto al segundo punto, se plasmaba en la definición de la red de instituciones y funcionarios locales que debían cooperar con el Instituto. Desde los gobernadores civiles hasta los médicos y cirujanos de la Beneficencia municipal estaban involucrados en dicha tarea, 31 instaurándose un sistema de ----29 «Folletin. 30 «Proyecto de Reglamento del Instituto Nacional de Vacunación», El Siglo Médico, 8- II-1874 El artículo 35 señalaba que los gobernadores civiles, Diputaciones provinciales, Juntas provinciales de sanidad, secciones de Fomento, subdelegados de sanidad, médicos, veterinarios, Alcaldes, Ayuntamientos, Juntas municipales de sanidad, médicos y cirujanos de la Beneficencia provincial y municipal, así como los veterinarios contratados por los municipios y vacunación aparentemente jerarquizado pero enormemente disperso, débil y descentralizado. Las Juntas provinciales de Sanidad, eran el principal elemento y se constituían en delegaciones del Instituto, teniendo «bajo su dependencia a los Subdelegados médicos y veterinarios de Sanidad, y también a los facultativos de la Beneficencia provincial y municipal, en lo que se refiere» al servicio de vacunación 32. El conflicto con el Instituto Médico Valenciano. El conflicto entre la Academia y el Ministerio de Fomento no fue el único que generó la creación del Instituto Nacional de Vacunación. El Instituto Médico Valenciano también tuvo importantes desavenencias con el Ministerio de Fomento. Como señala Maria José Baguena en otro trabajo de este dossier, el Instituto Médico Valenciano se sintió dolido con el decreto del 24 de julio de 1871 porque en su preámbulo no se reconocía su labor en pro de la vacunación y en cambio se mencionaban experiencias de otros paises 33. Durante años el Instituto Médico Valenciano había colaborado con las instituciones del Estado suministrándolas vacuna y, convirtiéndose en un organismo de referencia nacional en los temas de vacunación. Por tanto, la omisión de su papel en el decreto no fue un lamentable olvido sino un acto intencionado que, al igual que el silencio ministerial ante el proyecto de la Academia de Medicina de crear un Centro de Vacunación propio, formaba parte de una misma estrategia consistente en intentar imponer como única institución legítimada para producir, distribuir y vacunar al Instituto estatal. Las desavenencias entre ambos organismos no acabaron ahí. En la memoria de actividades del primer semestre de 1876 del Centro General de Vacunación -que era la nueva denominación del refundado Instituto Nacional de Vacunación-, su director Méndez Alvaro cuestionaba tanto la calidad de la vacuna del Instituto Médico Valenciano como la veracidad de los datos estadísticos de su actividad remitidos al Ministerio de Gobernación 34. ---los inspectores de carnes auxiliarián al Instituto en sus tareas en todas las provincias del reino. Proyecto de Reglamento del Instituto Nacional de Vacunación.» 33 «Reflexiones que sujiere al Insitituto Médico-Valenciano el préambulo del Decreto del Ministerio de Fomento creando el un Instituto Nacional de Vacuna». La historia de la vacunación en la España del último cuarto del siglo XIX estuvo marcada por las pugnas institucionales y profesionales por hacerse con el mercado y el prestigio en este campo, y el Instituto estatal no fue ajeno a este género de conflictos. 35 Todo el tortuoso proceso de creación del nuevo centro estatal y su ulterior desarrollo, estuvo vinculado al intento de constituir y controlar una nueva especialidad médica: la vacunología. Desde luego que el Instituto Nacional no fue la única entidad vacunadora que invirtió importantes esfuerzos en esta dirección. Prácticamente todas los institutos de vacunación privados reivindicaron esta práctica como una especialidad, lo que, por otra parte contribuyó a acrecentar tanto la pugna mercantil como la profesional entre entidades y médicos vacunadores. No se puede descuidar en este proceso las luchas entre personalidades, ni siquiera considerarlas un epifenómeno derivado de los otros conflictos. Por el contrario, estas formaron parte importante de las rivalidades apuntadas 36. LA EXPERIENCIA VACUNADORA DE LA PRIMERA REPÚBLICA. Transcurrido un año y medio desde el Real Decreto de 24 de julio de 1871, el Instituto Nacional de Vacunación, no había comenzado a funcionar. La falta de presupuesto y el hecho de que emanara de un Ministerio que «no tenía la salud pública a su cargo» fueron las principales causas de su inactividad según apuntaron los coetáneos 37. En todo caso, la escasez económica parece haber marcado al Instituto desde su fundación. Ya en las consideraciones generales al Reglamento se subrayaba que una de las dificultades con las que tropezaba el centro era la falta de presupuesto. De hecho, se señalaba que se procuraba articular un Reglamento que estuviera en concordancia con la realidad del erario público, sacrificando un desarrollo más ambicioso: «Otra advertencia se permitirá para concluir: al trazar la organización que su concepto debe darse al Instituto, no ha podido desentenderse de la necesidad, temporal al menos, de reducir cuanto sea posible los nuevos gastos que habrán de gra-----35 CAMPOS (2001). 7. var el presupuesto para establecerle. La magnitud del pensamiento del gobierno en el Real Decreto de 24 de julio último esplanado, y la consideración de que realizándole puede reportar a la nación inmensos beneficios, exigían ciertamente una organización más amplia, y para ello gastos de más consideración; pero ha tenido por preferible aquello que con facilidad mayor puede realizarse» 38. Los acontecimientos políticos del país también tuvieron su incidencia en la falta de impulso para sacar adelante la institución. Sin embargo, la pervivencia de las epidemias de viruela fue un elemento que aguijoneó a los diferentes régimenes políticos a intentar su puesta en marcha. En cierto modo, entre 1871-1876 se produjo una paradoja: existía, al menos en apariencia, una voluntad política, que prevalecía por encima de la propia lucha política, de crear un organismo de vacunación estatal estable que, sin embargo, encontró enormes dificultades de desarrollo debido a la falta de empuje definitivo por parte de la administración, que nunca dotó al Instituto con la plantilla y el presupuesto adecuado. El gobierno republicano, también intentó impulsar la vacunación por medio de la Orden-circular del 30 de diciembre de 1873 que dictaba diversas medidas encaminadas a combatir la epidemia variolosa que afectaba a varias poblaciones españolas. La primera fue encargar a los representantes diplomáticos en Nápoles y París la compra de 100 tubos de linfa vacuna en los institutos de vacunación de dichas ciudades 39. Además desde la capital francesa debían remitirse a Madrid «tres terneras inoculadas, con destino a la escuela de Veterinaria para la conservación y propagación de la vacuna en otros animales» 40. Junto a estas medidas se determinaba que se hiciera obligatoria la vacunación y revacunación de la población asilada, reclusa, escolar y militar 41. También se incitaba a las autoridades e instituciones provinciales y mu-----38 ARAMM, Leg 107, Doc 4723 (III). 41 «3o Que se haga obligatoria la vacunación y revacunación de cuantas personas estén bajo la inmediata dependencia de las autoridades civiles en Hospicios, Colegios o establecimientos Penales, etc., y aun en los hospitales, debiendo los enfermos ser vacunados a su entrada, si a ello no se opone su dolencia, a juicio del facultativo. 4o que en los Hospitales se disponga la inmediata separación de todo varioloso, estableciendo para esta enfermedad, caso necesario, locales alejados en lo posible del resto de la población. 5o Que por los ministerios de Guerra y Marina se adopten las disposiciones convenientes para que sin excusa alguna sean escrupulosamente vacunados o revacunados todos los individuos del ejército y armada, aun los que se hallen en funciones de guerra, puesto que las pequeñas incomodidades de la operación no les invalidan para aquellas; adoptándose para la nicipales a extender la vacunación «ya imponiendo la obligación de vacunar y revacunar a cuantos de ellas dependan, ya excitando el interés particular, ya destruyendo errores y preocupaciones vulgares» 42. Finalmente ante la escasez de vacuna en el territorio nacional el gobierno encargaba a los establecimientos y autoridades locales la tarea de proveerse de linfa para poder proceder a la vacunación con garantías de éxito: «El Gobierno trata por cuantos medios están en su mano de conseguir cantidad suficiente del mejor pus vacuno con que atender a las necesidades de este servicio; pero en tanto se realizan sus deseos, y sin perjuicio de contribuir por su parte con los elementos de que hoy dispone, abriga la esperanza de que todas las autoridades y coorporaciones a quienes toca cumplir esta disposición apurarán los recursos que estén a su alcance para adquirir de su cuenta la más eficaz linfa vacuna, bien de los establecimientos que se dejan citados, bien del Instituto Médico Valenciano, señalados por su reputación, o de los puntos que juzguen más convenientes» 43. La introducción de la vacuna animal en España. El polémico caso del Dr. Lanoix. Disuelta la Asamblea republicana por el golpe del general Pavía, el nuevo gobierno republicano presidencialista de Serrano 44 retomó la cuestión de la vacunación por medio de una circular de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad dirigida a los gobernadores civiles, fechada el 7 de febrero de 1874 45. Tras la habitual retórica sobre los deberes del Estado ante las epidemias, se confirmaba la recepción de los 100 tubos y las terneras vacuníferas solicitadas en cumplimiento de la Orden circular del 30 de diciembre. También se notificaba que el Dr. Lanoix 46, director del Instituto de Vacunación de París, «movido por sentimientos filantrópicos», había viajado voluntariamente a Madrid con el objeto de acompañar y cuidar a las reses y «enseñar su método a los facultativos españoles», conducta que los responsables de la circular encomiaban 47. Aprovechando la presencia del médico francés en Madrid y previa consulta con el Consejo de Sanidad, la Dirección general de Beneficencia y Sanidad, nombró una Comisión provisional honorífica formada por ocho médicos 48 con el objeto: La disolución de la Asamblea nacional por el general Pavía en la noche del 2 al 3 de enero de 1874 no significó la desaparación de dicho régimen sino un giro del mismo en el que la orientación política tomó derroteros presidencialistas y conservadores. Martínez Cuadrado ha calificado este período como segunda etapa republicana y se caracterizó por «el repliegue hacia posiciones conservadoras de hasta entonces burguesía radical.» En dicho trabajo se da una versión de su viaje a Madrid bastante edulcorada y contradictoria con la de El Siglo Médico, afirmándose que fue llamado por el gobierno español y que fue nombrado miembro de la Academia de Medicina. También se señala que 22 profesores españoles firmaron un testimonio de confraternización y gratitud por sus trabajos en España y la tarea de propagación de la vacuna animal. 48 La comisión en cuestión estaba compuesta por « D.Bonifacio Montejo, Presidente; e individuos de la misma D. Joaquín Badals, visitador general de Beneficencia y Sanidad; D Gregorio Sánchez Beato, D. Luis Felipe García, D. Antonio Espina y Capo; y de dos profesores designados por el ministerio de la Guerra y uno por el de Marina que han sido los Sres, D. Joaquín Pla Y Pujol, D. Gabriel Ramón Adrover y D. Luis Alvarez Zarza», Ibidem. «de presenciar las operaciones vacunadoras de Mr. Lanoix, en las que aquella ha tomado parte bajo la dirección de tan distinguido profesor, inoculando en otras el fluido de las indicadas terneras; conservar y trasmitir sucesivamente el virus vacuno en la especie bovina a fin de mantener perenne el manantial de la vacunación; preparar tubos para remitirlos a provincias, y cuanto con este servicio requiere la acción científica en sus operaciones prácticas» 49. El interés por importar vacuna animal respondía a la necesidad de garantizar tanto la existencia de reservas suficientes de fluido vacuno como las condiciones higiénicas de la vacunación. Tradicionalmente en España se utilizaba la vacuna jenneriana o de brazo. Este tipo de vacuna, ante la inexistencia del cow-pox original en nuestro país, normalmente se importaba de Londres, pero su eficacía a comienzos de la década de 1870 estaba en entredicho. Dos problemas de díficil solución se le atribuían: su degeneración y consiguiente pérdida de eficacia por el constante paso de brazo en brazo y su asociación con la transmisión de diversas enfermedades, especialmente la sífilis. Ambos incovenientes fueron negados por los partidarios de la vacunación y utilizados como argumento de peso por sus detractores. La experiencia fue dulcificando la posición de los primeros, que terminaron por admitir la pérdida de eficacia de la vacuna y la transmisión de enfermedades en determinadas circunstancias. Ahora bien, la mayoría de los autores consideraban que ambos fenómenos se debían al desconocimiento de las técnicas de vacunación y al uso incorrecto del fluido. Con todo, la opinión favorable a introducir la vacuna animal fue ensanchándose en el periodo estudiado. 50 Su origen se remonta a 1804, cuando en Nápoles Troja y Galbiati abandonaron la vacunación de brazo a brazo al constatar la existencia de sífilis vacunal. En años sucesivos la técnica se iría perfeccionando hasta que en 1840 Negri popularizó y mejoró el cultivo en las terneras. En 1864 en el Congrès médical international de Lyon se propuso el abandono definitivo de la linfa humana en favor de la vacuna animal. Los doctores Chambon y Lanoix recogieron el mensaje y tras un viaje del último a Nápoles donde se ilustró sobre ----49 Ibidem. Por lo demás la circular se mostraba muy autocomplaciente tras las experiencias referidas pues el Gobierno había conseguido su principal objetivo: la obtención y conservación de linfa vacuna suficiente para vacunar a la población. Recordaba asímismo, a los gobernadores que excitasen el patriotismo y los sentimientos humanitarios de las Diputaciones, Ayuntamientos y Juntas provinciales y locales de sanidad para que organizasen institutos de vacunación locales, instándoles también a elaborar estadísticas quincenales. 50 CAMPOS MARÍN (2001), pp. 9-13 la técnica de la vacunación animal, regresó a París con una ternera inoculada, introduciendo así la nueva modalidad de vacuna en Francia 51. Las críticas a la presencia de Lanoix en Madrid no se hicieron esperar. Frente al tono complaciente de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad, surgieron voces que matizaban e incluso impugnaban la necesidad de dicho viaje. Las primeras valoraciones de El Siglo Médico sobre el asunto tuvieron un tono contenido, pues aunque mostraban su desacuerdo con la manera de proceder de las autoridades sanitarias, se reconocían los aspectos positivos y benefactores de los experimentos de Lanoix. Si bien, el editorialista, se encargaba de señalar que aquel no aportaba «ideas nuevas acerca de su especialidad», ni describía «métodos desconocidos para llevar a cabo la vacunación» 52. No obstante, en abril de 1874, El Siglo Médico publicó una extensa carta de Gerónimo Roure, en la que recordaba que en Vitoria se vacunaba bajo su dirección con linfa animal proveniente del Instituto práctico de vacunación animal de Cuba y Puerto Rico a cuyo cargo estaba el Dr. Luis Vicente Ferrer 53. De paso recordaba que dicha técnica también había sido introducida en España por el Dr. Letamendi. Por ello, mostraba su sorpresa e indignación por los apoyos que Lanoix recibía del Consejo Superior de Sanidad y de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad, considerándolos un agravio hacia los médicos españoles «Ocúrrenos sin embargo que en el modo de realizarla tal vez hubiese podido proceder con más tino, adquiriendo previa y oportunamente los datos necesarios para averiguar el estado de la vacunación en España; lo cual quizá le hubiese ahorrado dispendios y demandas de favores a los extraños, que estos han podido interpretar en poco favorable sentido para la clase médica de nuestro pais.(...) Porque el hecho es que habiéndose podido llevar a cabo la reforma de que hemos hecho mérito sin apelar a recursos extraños y utilizando los existentes en nuestro país, hemos ido a mendigarlos al extranjero sin necesidad de ello, dando así lugar a que se nos juzgue más atrasados de lo que estamos y se crea necesaria entre nosotros la pre-----51 Sobre la introducción de la vacuna animal en Francia y su desarrollo véase DARMON, P. (1986) sencia de un preceptor que venga, no sólo, según tiene derecho a creer el Sr. Lanoix, a revelarnos una invención de que sólo teniamos vagas noticias, sino a instruirnos en los detalles más minuciosos del procedimiento de vacunación directa, que sólo por desconfianza de nuestra pericia, se comprende que dicho señor, sin invitación directa para ello, se decidiera a acompañar a sus terneras en el viaje y a enseñar su método a los facultativos españoles, conducta que la Dirección de Beneficencia y Sanidad ha visto con la mayor satisfacción, según expresa en su circular de 7 de Febrero» 54. Las vacunaciones, practicadas por Roure, aunque sólo afectaron a 148 individuos tuvieron un elevadísimo éxito y fueron el origen de la creación en 1875 del Centro de vacunación y revacunación animal de la provincia de Alava y de Vitoria 55. El trasfondo de ésta actitud, compartida por El Siglo Médico, residía en una mal disimulada reacción nacionalista que se concretaba en dos aspectos estrechamente ligados: el sentimiento de desprecio hacia la ciencia española que suponía la estancia de Lanoix en la capital y, la reivindicación de algunos médicos españoles de experiencias semejantes realizadas en España con anterioridad a la importación de las terneras francesas. Como complemento de esta actitud, se sumaría una cierta «fiebre» por crear institutos de vacunación animal o por demostrar la «paternidad» de su introducción en nuestro país. En cualquier caso y con independencia de la polémica generada, la vacuna animal que Lanoix dejó en Madrid, marcó profundamente el futuro inmediato de los sucesivos organismos estatales de vacunación. La confusa paternidad de la introducción de la vacuna animal en España. La crítica de Roure tenía un fondo de razón. La vacunación animal no era desconocida en España y existían varios intentos de implantarla con anterioridad a la visita de Lanoix. Méndez Alvaro, en su Discurso de 1871 había resumido los conocimientos existentes sobre la misma. En febrero de 1872, tras el fracaso del Instituto Nacional de Vacuna, el Dr. Ferrer envió a la Aca-----54 Ibid., p. 264 55 Sobre este Centro, cuyo máximo inspirador fue el Dr. Roure véase APRAIZ y SAENZ DEL BURGO, R. (1896), Primer centenario del descubrimiento de la vacuna por Jenner. Discurso pronunciado en la Sesión conmemorativa de dicho Centenario celebrada el día 14 de mayo de 1896 en el Salón de actos públicos del Instituto provincial por el Centro de vacunación animal de Álava y el Ateneo de Vitoria por el Director facultativo de dicho Centro y ex-Presidente del Ateneo Dr. D..., Vitoria, Establecimiento Tipográfico de Domingo Sar, pp. 99-119. demia de Medicina una relación de pústulas vacunas para que se procediera a vacunar con ellas 56. A raiz de este envío el 9 de abril, la Academia solicitó al Ministerio de Fomento permiso para la creación de un Instituto de Vacunación Animal. Asimismo, pidió al Alcalde de Madrid autorización para coordinarse con los facultativos del cuarto distrito, por ser los más próximos a la Escuela de Veterinaria, lugar donde se pensaba establecer «el centro de vacunación animal» 57, obteniendo el beneplácito del consistorio cuatro días más tarde 58. Por su parte, el Ministerio de Fomento comunicó el 6 de junio a la Academia que ante la inexistencia de «partida alguna en el presupuesto vigente de este Ministerio» para atender a los gastos de los «experimentos de la vacunación animal», se había decidido «coadyuvar a tan laudables fines» con la cantidad «que para material ordinario tiene consignadas» 59 La Academia procedió a inocular dos terneras con la linfa enviada por Ferrer, en colaboración con los facultativos municipales, aunque sin resultados positivos por lo que esta técnica fue abandonada hasta 1874 60. También en 1872, J. Letamendi, J. Giné y Partagás y A. Anet fundaron la Sociedad Barcelonesa para la vacunación animal que, a juzgar por los testimonios de Roure y de Méndez Alvaro, sería la primera institución que prácticó la vacuna animal en España 61. 60 La Academia compró dos terneras que le costaron 520 pts para proceder a su inoculación con la linfa cubana. La mencionada carta de Roure a El Siglo Médico iba precedida de un comentario en el que se señalaba que la Academia de Medicina había recibido la vacuna del Dr. Ferrer para que «fuera inoculado, así en terneras como en nuestra especie. La Academia adquirió terneras y encomendó la vacunación, en ellas y en el hombre, a los profesores de la Casa de Socorro de Beneficencia municipal de uno de los distritos, obteniendo al efecto la correspondiente orden del alcalde municipal. Bajo la inspección del director de la escuela de Veterinaria, académico e individuo de la comisión de vacunación de aquel cuerpo científico se hicieron muchas inoculaciones con tan mala suerte que ningun resultado logró obtenerse». 24; la introducción de la vacunación animal atribuida a Letamendi puede verse en la citada carta de Roure a El Siglo Médico y en la Memoria (1876), p. Giné i Partagàs, impulsor de la modernització de la medicina catalana, Barcelona, Collegi Oficial de Metges de Barcelona, pp. 147-149. memoria en la que se atribuía la introducción en España de dicho tipo de vacuna, si bien no especificaba la fecha en que había comenzado a inocularla 62. J.Ma Esquerdo también se interesó por esta técnica de vacunación, presentando a comienzos de 1874 ante la Academia un proyecto de Instituto Libre de Vacunación, que tenía claramente el objetivo de constituirse en centro productor y proveedor de vacuna de las instituciones estatales. Así, proponía mantener «constantemente vacuna fresca en la especie bovina,» vacunar y revacunar gratuitamente a los acogidos en la Beneficencia general, regalar 1000 cristales de vacuna anualmente, así como cubrir los pedidos que hiciera el Ministerio de Gobernación al precio que este designase. Como contrapartida proponía que el Estado le cediese durante al menos diez años «la casa denominada de vacas y los terrenos comprendidos en el cuartel que lleva su nombre», con el objeto de mantener el ganado necesario para el fomento de la vacuna. Proponía además que todas las operaciones realizadas por su Instituto fueran sometidas a la inspección de un «Consejo constituido por un individuo del Consejo de Sanidad de la nación, un individuo de la Academia nacional de Medicina y Cirugía, el decano de la Facultad de Medicina, y el director de la Escuela especial de Veterinaria» 63. Ante las acusaciones de oportunismo, Esquerdo se defendía señalando que su interés por la vacuna era añejo, y que sus experimentos contaban con el visto bueno del Dr. Lanoix de visita en Madrid 64. ANET (1878), De la viruela y su profilaxis por el Dr... Introductor y propagador de la vacunación animal en España. Memoria leida en la Academia Médico-Farmacéutica de Barcelona dando cuenta de los trabajos de la Comisión permanente de vacunación de la misma, Barcelona, Establecimiento Tipográfico de José Miret. 24, el Dr. Anet dirigía el Establecimiento Barcelonés para la vacunación con linfa de vaca (cowpox), aunque sin señalar su fecha de creación. 64 Las palabras textuales de Esquerdo son: «Podrá este proyecto ser bueno o malo: dispuesto estoy a defenderle, que yo jamás rehuí discusión ni polémica alguna; pero fuere como fuere, creo no merecer que se me aplique lo de «que afición va entrando a la vacuna», por cuanto mi afición es ya añeja» Ibidem. Por otra parte, en la biografía de Esquerdo que escribió Eleizegui, se reproduce el proyecto de su instituto de vacunación, y se dice de manera confusa y claramente apologética: «Por eso, haciendo alarde de sus doctrinas, lleva a su cátedra la ciencia nueva, y en su sala del Hospital recoge cuanto adelanto y progreso a él llega. Apenas empieza a hablarse en el extranjero de la vacuna de la viruela, eran poco conocidos aún los admirables trabajos de Jenner, y ya Esquerdo tiene para su servicio del Hospital tres terneras vacunadas, que el mismo hizo venir de París. Por cierto que cuando hacía ya tiempo que Esquerdo enseñaba a sus alumnos práctica y experimental, todos los detalles del nuevo método preventivo, en la Academia Médi-El interés mostrado por los médicos y la administración española hacia la vacunación animal tuvo, no obstante, resultados muy irregulares. En los años siguientes se fundaron diversos institutos de vacunación públicos o privados 65 que utilizaban como reclamo la vacuna animal, si bien también existieron otros, como el Instituto Médico Valenciano que mantuvo la vacunación de brazo durante mucho tiempo. Por lo que respecta a los experimentos potenciados por la administración en 1874 estos marcaron profundamente el devenir de los intentos estatales por poner en funcionamiento un centro de vacunación entre 1875-1877. El cambio de régimen político operado a finales de diciembre de 1874, con la Restauración de la monarquía borbónica, trajo aparejado en el terreno de la lucha contra la viruela un nuevo esfuerzo por fundar un organismo estatal de vacunación 66. El fracaso del ensayo republicano de cultivar y distribuir vacu----co-Quirurgica seguía debatiéndose el tema con soporífera o inacabable discusión exclusivamente teórica. Una prueba más de la utilidad manifiesta que por la cultura del país tienen las Sociedades cuando cultivan ciencia de oropel». 65 La proliferación de centros privados de vacunación fue favorecida la Real Orden de 14 diciembre de 1872 que consagró el libre mercado vacunífero al disponer que los médicos no necesitaban la autorización del Gobierno para establecer Institutos de vacunación por ser «industria libre y lícita para los Profesores de la ciencia de curar». 66 Aunque en ninguna de las dos circulares republicanas (30-XII-1873 y 7-II-1874), se contemplaba la creación de un Instituto de vacunación, sino exclusivamente la obtención, distribución y conservación de vacuna animal, es probable que implícitamente se estuviera pensando, con dichas medidas, en activar el Instituto fundado por Ruiz Zorrilla. Según se cuenta en la exposición de motivos de la Real Orden de 17 de abril de 1875, por la que se creaba un Centro provisional de vacunación, el 7 de marzo de 1874 había quedado instalado en la Escuela de Veterinaria de Madrid «bajo la autoridad inmediata de una Comisión provisional honorífica, compuesta de ocho profesores de la Facultad de Medicina», un Instituto de Vacunación, con el encargo de «proseguir las operaciones vacunadoras de Mr. Lanoix, dirigir y estudiar las vacunaciones y revacunaciones, ordenar la colocación de la linfa preservativa en na animal en el territorio nacional, movió al nuevo gobierno a crear el 17 de abril de 1875 un Centro de vacunación «sobre fundamentos más sólidos que los preferidos en su creación, imprimiendo a los servicios la tendencia, orden y regularidad que demandan las difíciles e interesantes cuestiones de higiene pública que el Gobierno se propone esclarecer» 67. Las fallidas experiencias anteriores alimentaban la cautela de los legisladores que optaron por la creación de un Centro provisional de vacunación, cuya continuidad estaría sujeta a los resultados que obtuviera en el plazo de un año. El diseño administrativo del mismo era nítidamente centralizador. El Centro quedaba bajo «la inspección y dirección inmediata de la Real Academia de Medicina», cuya Comisión de vacuna ejercería de «autoridad delegada del Gobierno en todo cuanto se relacione con la vigilancia, orden, servicio y prácticas dentro y fuera del establecimiento.» Además, esta vez si, se encargaba directamente a la Academia la redacción del reglamento del Centro. La centralización iba acompañada del control gubernativo. El artículo 2o encomendaba a un auxiliar médico de la sección de sanidad del ministerio de la Gobernación, el control y custodia de los libros y registros de vacunaciones y revacunaciones así como los referentes a los datos relacionados con el cultivo de la linfa. También se encargaría del seguimiento de la contabilidad del establecimiento 68. El resto del Decreto organizaba la plantilla y sus atribuciones. Esta, a todas luces insuficiente, se reducía a dos médicos vacunadores 69 «con un sueldo anual de 1000 pesetas el primero y honorario el segundo» y, a cuatro practicantes alumnos de la Facultad de Medicina, que cobraban 250 pts cada uno. Tanto los médicos como los practicantes estaban sometidos a la disciplina del Presidente de la Comisión de Vacunación. La contratación de personal subalterno (mozos y dependientes) quedaba abierta a las necesidades del Centro. Asimismo, la Comisión estaba obligada a elevar «un resumen de sus experiencias y observaciones» y una estadística general de vacunaciones y revacunaciones con una periodicidad mensual en el primer caso y trimestral en el segundo. Los Gobernadores civiles debían remitir a la Comisión noticias sobre el valor profiláctico de la vacuna envíada desde Madrid 70. ---tubos para su envío a las provincias y disponer cuanto en este utilísimo servicio requiere la intervención científica.» Ministerio de la Gobernación. La actividad del Centro durante 1875, resumida en el informe que presentó su director Gabriel Usera, estuvo marcada por las dificultades para obtener vacuna animal de buena calidad, vacunar a la población y recoger estadísticas precisas sobre dicho proceso. 71 La falta de datos y de informes veraces sobre la actividad vacunadora, durante el periodo republicano y las trabas que pusieron sus responsables para facilitarselas a los nuevos gestores, fueron el primer problema con el que tropezó el Instituto72. Sin datos verídicos en los que apoyarse el Centro provisional comenzó a funcionar procurando conservar la vacuna que había importado el Dr. Lanoix y que, según vagos informes, todavía permanecía en una ternera. Se procedió a inocular la misma linfa a otra ternera, obteniendo resultados positivos al reproducirse pústulas semejantes a las de la primera. Sin embargo, su aplicación al ser humano entre abril y julio fue un fracaso. 73 Tras la suspensión de la vacunación en agosto, se retomó en septiembre con linfa «procedente de las costras remitidas por el Sr. Roure», vacunándose a 124 personas, de las cuales prendieron sólo en 45. Los negativos resultados de las vacunaciones, llevaron a los miembros de la Comisión de Vacunación de la Academia a inocular viruela benigna a dos terneras con la esperanza de que ésta se transformase en vacuna 74. En una de ----ellas se formaron pústulas semejantes a las obtenidas por Lanoix y Roure, procediéndose a su cultivo con el objeto de consevarla y experimentar en el ser humano. Finalmente se vacunó a dos niños, que enfermaron de viruela y la Comisión decidió abandonar este tipo de experimentos: «De la octava generación en las terneras se trasladó a dos niños pero el resultado [h] a sido el convencimiento que la viruela es viruela, y la vacuna es vacuna, que la viruela engendra viruela, la vacuna engendra vacuna. En los dos niños prendieron, pero en los dos presentaron viruelas, que hemos podido observar en uno de ellos, pues respecto del otro su familia se negó a que fuese visto por los empleados en el Centro de Vacunación. De todos modos estos hechos positivos, y aunque no fuese mas que uno el que hemos podido inspeccionar por nosotros mismos, es suficiente para que se abandone esta clase de ensayos peligrosos para los que sirven de objeto de ellos 75. Esta experiencia muestra que los miembros de la Comisión desconocían las reflexiones de Méndez Alvaro sobre este asunto. El ilustre médico, basándose en la literatura científica del momento, señalaba en su Discurso la falta de identidad entre la viruela y la vacuna y advertía que la inoculación de viruelas a las vacas daba como resultado viruela 76. La ignorancia de los responsables del Centro de vacunación era todavía más sorprendente porque estaban bajo el control de la Academia de Medicina, en cuyo seno Méndez Alvaro había publicado su obra. Además de los problemas relacionados con la obtención de vacuna, el Centro provisional tuvo que enfrentarse con la escasez de vacunados tanto en Madrid como en el resto de las provincias. De hecho, las estadísticas que enviaban los Gobernadores civiles eran muy incompletas y no aclaraban el origen de la vacuna utilizada, con lo cual el Centro no disponía de los datos esenciales para controlar el proceso. La fundación definitiva del Instituto de Vacunación del Estado. A pesar de su deficiente funcionamiento, el gobierno por una Real Orden fechada el 24 de enero de 1876, dio al Centro carácter definitivo, pasando a ---ra se animaliza y se convierte en verdadera vacuna pues si tal aconteciera tendriamos un medio de renovar la vacuna de un modo constante. denominarse Centro General de Vacunación. En líneas generales se mantenían las atribuciones contempladas en 1875, si bien la Comisión de Vacunación de la Academia de Medicina incrementaba ligeramente su poder y se proveía al Centro de mayores recursos y de una plantilla más nutrida y mejor pagada 77. Esta última quedaba compuesta por un médico jefe, cuatro médicos vacunadores, cuatro prácticantes y tres mozos de los cuales uno tenía la función de conserje. El Siglo Médico ensalzó estas mejoras al hacer balance de sus primeros meses de funcionamiento. Para los redactores el Centro estaba bien organizado y llevaba a cabo sus tareas satisfactoriamente 78. Sin embargo, una Real Orden del 1 de julio recortaba la plantilla «en virtud de las economías introducidas por las Cortes en los presupuestos generales del Estado», suprimiéndose los cuatro prácticantes, que ya no aparecían en el Reglamento remitido por la Academia de Medicina para regir su funcionamiento 79. Compuesto por 21 artículos, regulaba tanto los aspectos científicos y como los organizativos e institucionales. Sin embargo, la mejor organización y dotación económica y material no impidió que las anteriores dificultades lastrasen su funcionamiento en el nuevo periodo. El nuevo director, Francisco Méndez Alvaro, consideraba que el Centro disponia de los medios adecuados para llevar a cabo su labor con dignidad 80, si bien reconocía que carecía de un pequeño establo con las «convenientes condiciones de salubridad y abrigo» para albergar las terneras necesarias. Además la adquisición de terneras que reunieran las condiciones sanitarias y ---- 79 La Real Orden del 1 de julio puede consultarse en ARAMM Legajo 127. En el Documento 6039 de dicho legajo se conserva una comunicación del Ministerio de Gobernación al Presidente de la Real Academia de Medicina fechada el 14 de julio de 1876 en la que se indica que el Rey ha aprobado el reglamento presentado por el Centro General de Vacunación, debiendo no obstante «ser eliminado su artículo 20 que trata del servicio de los Practicantes cuyo personal quedó suprimido al empezar el actual año economico». El Reglamento puede consultarse en «Dirección General de Beneficencia y Sanidad. 80 Según Méndez Álvaro el Centro General de Vacunación contaba gracias al celo del gobierno con el personal y el material necesario. La dotación material se componía de un local propio, con capacidad y condiciones esenciales, así como del mobiliario, instrumentos y utensillos necesarios. Además, señalaba que se había adquirido un buen microscopio. Memoria (1876), pp. 10-11. físicas apropiadas para garantizar el éxito de las inoculaciones constituía una dificultad añadida 81. Sin embargo, los problemas de mayor enjudia provenían de la endémica falta de calidad y cantidad de la vacuna obtenida, así como de la exigua labor vacunadora de la central madrileña 82. Estas dificultades marcaron profundamente la vida del Centro en sus primeros meses de vida. Todavía en el primer semestre de 1876 se utilizaron los restos de la vacuna de Lanoix y de Roure. El escaso éxito de la primera confirmó su degeneración, mientras que la segunda dio resultados satisfactorios hasta el mes de julio 83. Al reanudarse en septiembre la temporada de vacunación, el Centro se encontró con la pérdida definitiva de la calidad de su vacuna animal, viéndose obligado a importar cow-pox del Instituto del Dr. Negri de Nápoles y del regentado por E. Warlomont en Bruselas, dando el primero el resultado apetecido 84. El fluido napolitano permitió continuar con las tareas vacunadoras pero puso de relieve la dependencia del Centro General de Vacunación de las importaciones: «En la imposibilidad, poco menos que absoluta, de encontrar en nuestra Península legítimo cow-pox en las ubres de las vacas que están criando, y siendo un hecho indisputable, comprobado más de una vez por el Centro, la pronta extinción de la virulencia en la linfa cuando ha pasado por un número no muy largo de transmisiones en la ternera o la vaca, habrá de verse por fuerza muy a menudo el Establecimiento en grandísimo apuro para conservar la vacuna animal, y en la precisión, para adquirirla nuevamente, de recurrir en demanda de virus activo a los Institutos de otras Naciones, que puedan obtenerle con frecuencia puro en la fuente misma donde lo encontró Jenner» 85. La falta de vacuna determinó que las tareas de investigación que el Centro tenía encomendadas se redujeran prácticamente a «indagar por qué medios ----81 «La adquisición de terneras pequeñas, de piel fina, bien nutridas y sanas, es entre nosotros un asunto por demás rodeado de dificultades, que opone ciertamente uno de los más fuertes obstáculos al cabal y constante éxito de la inoculación, y al crédito consiguiente de la vacuna animal. Las más veces solo pueden adquirirse terneras ya grandes, ordinarias, flacas y mal cuidadas; siendo a menudo estéril por esta causa el resultado de las vacunaciones que se practican de tenera a ternera. Memoria que eleva al gobierno el Instituto de Vacunación del Estado correspondiente al año económico de 1876-1877, Madrid. Establecimiento Tipográfico de M.M. de los Rios, 1877, p. 82 Memoria (1877), pp. 9-10. podrá obtener la cantidad de virus vacuno exigida por las necesidades de servicio, a lograr que sea de la mejor calidad posible, y a recolectarlo y conservarlo de la manera más conveniente y segura» 86. Una de la vías en las que más esperanzas depositó fue la búsqueda del horse-pox o arestin, con el objetivo de indagar si era inoculable en la ternera y si era posible «transmitir la vacuna de tal procedencia a la especie humana». Sin embargo, los experimentos llevados a cabo fueron negativos 87. La ausencia de resultados con la vacuna animal se tradujo en una cierta desesperanza hacia este método. El Centro, pese a su apuesta inicial por lograr desarrollar la vacunación animal, continuó prácticando la tradicional de brazo a brazo. De hecho a mediados de 1876, aunque los resultados obtenidos con la linfa animal eran bastante pobres y las estadísticas españolas mostraban que el sistema jenneriano era más eficaz, Méndez Alvaro apostaba por las inoculaciones de origen animal, arguyendo que: «cuando en todas partes se afanan por encontrar el verdadero cow-pox y mantenerle en las terneras, tanto con la mira de evitar el contagio de otras enfermedades al hacer las inoculaciones de brazo en brazo, como para obtener un manantial más copioso con que ocurrir a las crecientes necesidades de la vacunación, alguna mayor estima merecen, en igualdad de casos, los resultados obtenidos con la linfa de ternera que los alcanzados con la de brazo 88. Por tanto los repetidos fracasos de la linfa proveniente de la ternera y los relativos exitos de la humanizada hicieron cambiar de opinión a Méndez Alvaro hasta el punto de considerar en 1877 la necesidad de favorecer el cultivo de esta última por ser «más segura en su inmediato resultado que la animal» 89 porque: «Aun cuando pase el virus jenneriano por numerosas series humanas, está demostrado que no degenera ni pierde su benéfica actividad si el niño vacunífero reune buenas condiciones de edad y robustez, si las pústulas de donde se toma están bien desarrolladas y en el conveniente punto de madurez, y, en fin, cuando se prác-----86 Ibid., p. 34. tica bien la operación. El Centro opina, por tanto que debe cultivarse en él, con igual, y aún con mayor cuidado y esmero, la vacuna de brazo que la animal, obteniendo de ambas aquella crecida cantidad de buena linfa inoculable que puede ser necesaria para la vacunación en todas las provincias del Reino.» 90 El otro grave problema que padecía el Instituto, y que en buena medida derivaba del primero, era su falta de implantación en Madrid. Si se observan las tablas I y II puede comprobarse que en sus primeros 18 meses de funcionamiento se practicaron en sus instalaciones sólo 1182 vacunaciones, de las cuales 820 procedían de la ternera y 362 eran humanizadas. Los motivos alegados para justificar la baja actividad del Centro eran variopintos: no era conocido por la población debido a su reciente creación; tenía que competir con otros establecimientos, organismos y facultativos que vacunaban en la capital; tenía que hacer frente al descrédito de la vacuna animal debido a la baja calidad del fluido empleado en sus dependencias y, por último se señalaba el desinterés de la población por vacunarse. Un asunto de primera importancia fueron los problemas para obtener una estadística fiable de las vacunaciones prácticadas en el resto de España. Los gobernadores civiles estaban obligados a enviar al Centro los datos las operaciones realizadas en su provincia. Sin embargo, los datos en la mayoría de los casos no llegaban a su destino o lo hacían parcialmente. Así en el primer semestre de 1876 sólo fueron remitidos los de 11 provincias y relativas a un mes. 91 Para el segundo semestre de ese año y el primero del siguiente se recibieron los de 21 pero de manera bastante incompleta. Sin embargo, estos datos sólo señalaban el lugar de procedencia, no el establecimiento con lo cual no aclaraban el origen de la vacuna utilizada. Méndez Alvaro se refería a esta carencia en los siguientes términos: «Cada Establecimiento de vacunación, cada provincia, cada pueblo, cada vacunador, se proporciona el virus que puede y de donde puede; mezclanse en una provincia o pueblo los de orígenes distintos, que a su vez constituyen un nuevo manantial de virus vacuno, y resulta en definitiva que nada puede averiguarse que ofrezca mediana seguridad ni tenga estimable valor. Esos 10642 vacunados en las 21 referidas provincias con virus de Madrid, lo han podido ser con el recogido por muchos Facultativos que se dedican a la práctica de la vacunación, con el que suministran las Casas de Socorro, con el recibido por la Dirección de Beneficencia y Sanidad de la Sociedad Jenneriana de Londres, y en fin, con el cultivado y cosechado en el Centro 92 ». Por lo tanto, a la altura de junio de 1877, el Centro General de Vacunación pese a sus objetivos fundacionales se encontraba en una situación bastante precaria en cuanto a resultados materiales y científicos se refiere. No conseguía producir y distribuir fluido vacunal suficiente; no acababa de apostar por un tipo concreto de técnica vacunífera; su actividad vacunadora en Madrid era muy baja y tenía que competir con otros establecimientos y facultativos; no disponía de una plantilla adecuada; no conseguía centralizar bien los datos procedentes de toda España y ni siquiera controlaba las vacunaciones que se prácticaban con su fluido en todo el Estado. Lejos de convertirse en un centro de referencia nacional, el Instituto era un establecimiento más de los que vacunaban en Madrid. De alguna manera se cumplían los temores que Méndez Alvaro había expuesto en las consideraciones al reglamento de 1871. Con el objeto de paliar las graves carencias de la sede madrileña el gobierno tomó algunas medidas en julio de 1877. La primera fue cambiar una vez más la denominación del Centro que pasó a denominarse Instituto de Vacunación del Estado. La segunda, algo más profunda, lo reorganizaba, dividiéndolo en dos secciones, una central y otra visitadora. El objeto de esta división era la «necesidad de completar la organización (...) con un esmerado servicio de visita que compruebe el resultado de las operaciones prácticadas en el establecimiento y suministre los datos que han de constituir la estadística de este ramo» 93. La reforma implicaba una nueva organización de la plantilla y un confuso reparto de atribuciones entre las secciones. La plantilla aprobada se incrementaba sólo en dos médicos, lo que suponía un aumento en gastos de personal de 1000 pesetas. Por último, la reestructuración se completaba con otras disposiciones entre las que destacaba el encargo a la comisión permanente de la vacuna de la ----92 Memoria (1877), p. Real Academia de Medicina de redactar un nuevo reglamento «para el régimen y gobierno del Instituto (...) con sujección a las bases que se consignan en esta orden.» lo que suponía la tercera variación del mismo en un periodo de seis años y mostraba de nuevo las enormes dificultades por las que atravesó su fundación. Aunque tras esta última reorganización el Instituto se estabilizó y mantuvo su continuidad, siguió arrastrando los problemas que marcaron su nacimiento, sin llegar nunca a cumplir plenamente sus objetivos fundacionales. 94 Todavía en 1885 y en 1887 sufrió nuevos ajustes encaminados a enderezar una tortuosa trayectoria, que nunca contó con el apoyo presupuestario necesario por parte del Estado 95. ----94 Después de un largo y costoso proceso, a mediados de la década de 1880, logró aclimatar definitivamente la vacuna animal y cultivarla sin problemas. Las cifras de vacunación del establecimiento de Madrid fueron aumentando paulatinamente, si bien nunca llegó a convertirse en el principal Instituto de vacunación de la capital. Las dificultades para recabar las estadísticas de las provincias todavía no estaban resueltas en 1885. Sobre estos aspectos véase: Memoria que eleva al Gobierno el Director del Instituto de Vacunación del Estado correspondiente a los cinco años de 1880 a 1884. No hemos localizado ningún ejemplar impreso pero hemos consultado el manuscrito que se encuentra en la Academia de Medicina de Madrid. Desde 1887 tuvo que competir duramente con algunos establecimientos privados como el Instituto de la calle Valverde y el Instituto del Dr. Balaguer, cuyo propietario era además el director del Servicio de Vacunación Directa de la Ternera del Ayuntamiento de Madrid. Estos aspectos pueden seguirse en CAMPOS (2001); MORAL RONCAL, A, «Los comienzos de la vacunación en Madrid. 95 En 1885 un Real Decreto de 20 de noviembre recortó su plantilla, que había crecido hasta 16 facultativos, un conserje y tres mozos, con el pretexto de racionalizar los gastos y favorecer el presupuesto de material. Al mismo tiempo se establecía un sistema de oposiciones públicas para acceder a la plantilla del Instituto, que dio origen al Cuerpo de Vacunadores del Estado. La información puede verse en «Sección Oficial. También puede consultarse: MOLERO MESA, J.; JIMÉNEZ LUCENA, I. (2000), «Salud y Burocracia en España. 56.La reforma de 1887 consistió en una nueva demanda de reorganización de la plantilla en nombre de una mayor efectividad del Instituto.
Este artículo pretende abordar aspectos de la historia de la divulgación científica en Brasil en el siglo XIX, a través del analisis de la circulación de algunas traducciones para el portugués de las obras del vulgarizador de la ciencia francés, Louis Figuier. Sus obras, que fueron traducidas para diversas lenguas, recibieron ediciones en Brasil y en Portugal a partir de fines de la década de 1860. En este período, ganaba terreno un modelo de divulgación de las ciencias que se alineaba con la idea de ampliación de conocimientos científicos, con énfasis en las ciencias aplicadas para no especialistas -clase trabajadora, mujeres y jovenes. Sin embargo, ese modelo fue marcado igualmente por limitaciones y discontinuidades que reflejan cuestiones sociales de fondo, en el pasaje al siglo XX. Este trabajo pretende, destacar el papel de los traductores y editores, entendidos como mediadores de las ciencias, que tenían en vista proyectos cuyo principal enfoque era la educación. Con la perspectiva del fin de la esclavitud y la modernización del país, una nueva generación de intelectuales, conocida como "la generación de 1870 ", surgía en el escenario cultural brasilero, defendiendo proyectos nacionales que ampliasen las ciencias y sus valores en el país, a través de la instrucción y de la vulgarización 1 de los conocimientos científicos. Durante este período se puede observar la intensificación de las actividades de divulgación científica en el país, como observaron Massarani y Moreira (2010), al compararlo con períodos anteriores, cuando la divulgación de temas científicos era más difusa, presente en algunas publicaciones periódicas. Diferentes acciones, como los cursos públicos del Museo Nacional, principal y mayor institución de ciencias naturales del período imperial; las conferencias populares, como las ocurridas en el barrio de la Gloria, en Rio de Janeiro (Carula, 2009; Fonseca, 2007); publicaciones volcadas a la educación popular, además de obras de cuño literario que abordaban temáticas científicas, pasaron a circular con mayor frecuencia a partir de la década de 1870. De hecho, dada la vivencia de un período en que se imponía el impacto de las mudanzas tecnológicas y científicas de la segunda revolución industrial, tales acciones venían al encuentro de proyectos que anhelaban el fomento de una "cultura científica" que mudase el perfil del país. Esta cuestión, sin embargo, se tornaba compleja, al tener en cuenta la propia condición de Brasil, de fines del período monárquico e inicio de la era republicana, cuando las posibilidades de transformaciones sociales se veían exiguamente restringidas por el abismo social y político mantenido por la esclavitud. Las palabras del médico francés que se radicó en Brasil, Louis Couty, son bastante significativas para averiguar el deseo por una mayor cultura de las ciencias y sus valores. En un artículo publicado en la Revista Brasileira 2, en 1879, Couty defiende el progreso de las ciencias experimentales en el país sobre todo a través de la instalación de laboratorios y de investigaciones originales en suelo brasilero. Preconizaba además la necesidad de ampliar el círculo de interés por temáticas científicas en la arena pública. De este modo, creía que era necesario fomentar la pasión por temas científicos "de la menor, como de la mayor importancia", de modo que cualquier descubrimiento interesante pudiese tornarse "asunto de conversaciones y discusiones tanto de los sabios, como de todas las personas instruidas" (Couty apud Vergara, 2003, p.79). Así, postulaba: "La gran corriente científica que ya existe entre los sabios de Brasil, profesores, médicos, etc., debe tornarse verdaderamente general..." (Couty, 1879, p.233) En cuanto el apelo de Couty era dirigido a los 'hombres instruidos' (con el género así definido), con el objetivo de posibilitar una mayor afluencia y estímulo de la carrera científica en el país, otros agentes que buscaban la ampliación del público no especialista para las ciencias se volcaban para la educación de diferentes grupos, incluyendo mujeres y niños. Dentro de ese grupo, es notable la presencia de traducciones de obras de libros y periódicos escritos por autores franceses, indicando una fuerte relación de los mediadores de las ciencias con la producción francesa iniciada por vulgarizadores. Un ejemplo es el periódico A Mãi de Familia (1879-1888) inspirado en el periódico francés La jeune mère, y editado por el médico Carlos Costa, que se destinaba a la madres, dando consejos sobre el amamantamiento y los cuidados del bebe, en una divulgación de la higiene dentro de los moldes científicos de la época. 3 La revista Sciencia para o Povo (1881), editada por Felix Ferreira, y volcada para los aprendices de la enseñanza técnica del Liceo de Artes y Oficios, también se preocupaba en traer al público "la nacionalización de los compendios", así como ofrecer a los mismos lectores traducciones de obras de popularización de las ciencias, como el libro sobre higiene y nutrición de Aristide Roger, Votre Histoire et a mienne, de 1874. 4 Acciones variadas, para posibles públicos diferentes -no obstante las dificultades de conocer el perfil más exacto de los lectores -indican tanto la existencia de tipos de divulgación de las ciencias, así como también la presencia de vulgarizadores que se distinguen por su relación con la propia actividad científica. Dentro de tales acciones, estamos considerando las propias traducciones de popularizadores consagrados en otros contextos nacionales. Tales traducciones indican tanto la existencia de un tipo de acción mediadora entre ciencia y público de los traductores, cuanto la circulación de obras de cuño popularizador en el período. En este artículo, llamamos la atención para las traducciones para portugués de las obras del francés Louis Figuier, vulgarizador de las ciencias de gran suceso en Francia. Sus obras reflejan un modelo de divulgación científica de gran alcance en el contexto francés, resultando en diversas ediciones y traducciones para lenguas extranjeras. Conviene así reflexionar sobre los significados de este tipo de producción so-bre las ciencias destinado a un público más amplio, cuja repercusión en Brasil puede ser acompañada a través de las traducciones de varios de sus textos, incluyendo libros, como Os sábios ilustres (1869) [Vie des savants illustres], As grandes invenções antigas e modernas (1873b) [Les grands inventions anciennes et modernes], O homem primitivo (1883) [L'homme primitif], traducidos por editoras luso-brasileras por Augusto Emilio Zaluar, António Plácido de la Costa y José Manuel Felgueiras, respectivamente. Una mirada más detenida sobre algunas estrategias del vulgarizador en relación a los contenidos de ciencias transmitidos por él, así como las propias concepciones sobre las relaciones entre público y ciencia, permiten establecer los nexos entre la divulgación de las ciencias y una narrativa contenida en la historia de las ciencias que se hace canónica hasta la primera mitad del siglo XX, repercutiendo a su vez, ciertos usos de la historia ochocentista, en particular de la historia nacional. En este sentido, es posible entender la figura de los vulgarizadores -que aquí se consideran tanto los autores como los traductores -como diseminadores de una forma de pedagogía conducida en contextos nacionales y que resalta principalmente la indagación sobre el público o sobre el "pueblo". LA VULGARIZACIÓN DE LAS CIENCIAS Y LOUIS FIGUIER Louis Figuier puede ser considerado un autor representativo de la época de crecimiento de la cultura científica de mediados del siglo XIX en Francia, cuando se observa una penetración de diferentes producciones científicas en la vida de las personas comunes, conjuntamente con políticas de estado que promovían la producción científica, o cuando, según la expresión de Fox, la ciencia alcanzó una faceta pública en aquel país (Fox, 2012). La segunda revolución industrial trajo un nuevo orden en el cual la vida material pasó a ser dictada por nuevas capacidades técnicas y por la idea del progreso. Diversas acciones ampliaron el público de la ciencia, inicialmente en Inglaterra y Francia, con el fenómeno de "popularización de la ciencia", tales como lecturas públicas, espectáculos, exposiciones y diversas publicaciones impresas (Lightman, 2007; Secord, 2014; Fox, 2012). En el caso francés, tanto la ampliación de la instrucción pública, como el crecimiento del mercado editorial para libros didácticos y paradidácticos (Mollier, 2008) posibilitaron el proceso donde surge la figura del vulgarizador profesional. La vulgarización científica es generalmente reconocida como marca de ese tiempo, cuyas fases de suceso y ocaso pueden ser acompañadas a través de determinadas "configuraciones de las relaciones entre sociedad y ciencia", según los términos de Bensaude-Vincent (Bensaude-Vincent, 2009, p. En la perspectiva de algunos autores, (Raichvarg y Jacques, 1991; Bensaude-Vincent, 2010; Béguet, 1990; entre otros) la vulgarización científica es una práctica específica de la difusión del conocimiento científico que tiene su era de "esplendor" a partir de la década de 1850, en función de las actividades de editores y autores, incluyendo entre ellos a Louis Figuier. Al lado de otras figuras, como Camille Flamarion, el abad Moigno, Gaston Tisandier, Victor Meunier, entre otros, Figuier fue uno de los principales protagonistas del movimiento de vulgarización de las ciencias, que formó parte de una generación que se especializó en la promoción de contenidos sobre ciencia para el gran público. Es necesario, sin embargo, reflexionar sobre el significado del uso del término "vulgarizador". Desde por lo menos la segunda mitad del siglo XIX, las diferentes iniciativas de agentes -escritores, periodistas, profesores, editores, diseñadores y traductores, entre otros -que pretendían "tornar común" y hacer conocer la ciencia a un público amplio, fueron conocidas las expresiones "vulgariser" 5 y "vulgarisation de la Science" en el ámbito francés, y en Inglaterra por la expresión "popularization of science". Si ambos términos indicaban las acciones de diseminación y divulgación de la ciencia para el gran público 6, la particularidad del término francés asume características que inducen a una reflexión sobre sus implicaciones. Como resaltó Bensaude-Vincent, el término vulgarización no es neutro, y supone una transposición o una traducción de la ciencia a un público que es predefinido y marcado esencialmente por una "falta" (Bensaude-Vincent, 2009). El termino "vulgarización" usado en el espacio francés pasó a ser utilizado en Brasil de forma más intensa en la década de 1870 (Vergara, 2003, p.9). Un ejemplo de este uso es la revista publicada por Augusto Emilio Zaluar El Vulgarizador entre 1877 y 1880. 7 Para Vergara, si en el siglo XIX en Brasil el término "vulgarización científica" designaba la acción de hablar de la ciencia para el lego, o plebeyo, en el siglo siguiente, "ese término fue cayendo en desuso en favor de otro,'divulgación cientifica'." En el siglo XX, así, se adoptó usualmente la expresión "divulgación científica" (Massarani, 1998, p.15), mientras que "vulgarización" ganó una connotación negativa, por su vinculación con la pérdida de un cierto aura de la ciencia. El vulgarizador tendría claro como proyecto educar y llevar el conocimiento científico a las camadas no esclarecidas en una vía de mano única, presuponiendo que sería necesaria la autoridad de los científicos profesionales para que esa traducción fuese validada. Es en ese punto que también se observan los límites de esa concepción de mediación entre ciencia y público. Por un lado, porque, como observaron muchos autores, el término vulgarización, tomado como un neologismo por Littré 8, nunca dejó de suponer su relación con el origen de la palabra latina "vulgus" y con "vulgata" de la Biblia 9, recordando la connotación negativa de las palabras "vulgaire" y "vulgarité", discutidas por madame de Staël, en el período pósrevolucionário 10 (Raichvarg y Jacques, 1991; Vergara, 2003). Bajo el riesgo de ser descalificada, la tarea de la vulgarización no podría ser autónoma frente al modelo de autoridad ejercido por los científicos. El propio proceso de institucionalización de las ciencias, cuya profesionalización de los científicos garantizaría la autonomía y auto reglamentación, fomentaba al mismo tiempo, vía especialización, el distanciamiento entre el conocimiento producido por los científicos y el público lego. La concientización de ese distanciamiento por parte de sectores letrados justificaba el surgimiento de la figura del vulgarizador que, en la busca de mantener los ideales iluministas de difusión del conocimiento, traería el eslabón necesario entre ciencia y público vis a una sociedad en continuo perfeccionamiento. Por otro lado, porque la vulgarización en el ochocientos hasta inicio del siglo XX, realizada por especialistas que viven de ese emprendimiento, necesitaba vivamente de un público-consumidor, que se expandía con el crecimiento del mercado editorial impulsado por las reformas de la instrucción pública. En ese aspecto, la vulgarización se presentaba principalmente como una práctica pedagógica particular, asociada al ejercicio de la seducción (Raichvarg y Jacques, 1991). Como señalan Raichvarg y Jacques, todos los llamados vulgarizadores agregaron cualificaciones como "amable", "delicada" y "divertida" a la ciencia a ser comunicada, demostrando una cierta semejanza en el modo de abordar la ciencia, o sensibilidad en común. La ciencia de los vulgarizadores no debería cansar o ser molesta, siendo necesarios recursos como una prosa fácil y hechos diversos que despertasen el interés y la curiosidad, narrativas que incluyesen el conocimiento del pasado de la ciencia y de los científicos, y bellas ilustraciones. Si en Brasil fue posible observar la presencia de los textos traducidos por los vulgarizadores, debemos te-ner en cuenta que los límites reales de este tipo de acción se establecieron debido a la imposibilidad de la expansión de la universalización de la educación y por las barreras sociales, como se irá a discutir en el final del artículo. Pero primero, vamos a analizar al propio vulgarizador Louis Figuier. LOUIS FIGUIER Y LA "CIENCIA PARA TODOS" La trayectoria profesional de Louis Figuier parece ser emblemática para examinar el vulgarizador de las ciencias en el siglo XIX. Siguiendo el camino común de los científicos de su época, como su proprio tío Jean Figuier, profesor de química en la Escuela de Farmacia de Montpellier, Louis Figuier se formó en Medicina en la misma institución y buscó posteriormente una posición en la Facultad de Medicina en París, donde habría fracasado. En 1850, se tornó doctor en ciencias físicas en la Facultad de Toulouse y retornó a París en 1853, concursando para el cargo de profesor en la Facultad de Medicina. Al no obtener el cargo, se tornó en seguida profesor en la Escuela Superior de Farmacia. Colaborando con periódicos científicos del momento, Figuier se confronta en polémicas con Claude Bernard sobre la función glucogénica del hígado, lo que lo tendría llevado a abandonar la carrera científica. Aconsejado por François Arago, astrónomo y eminente figura del republicanismo francés, pasó a dedicarse a la vulgarización (Raichvarg y Jacques, 1991, p. En 1851, comienza a publicar la Exposition et histoire des principales decouvertes scientifiques y crea en 1856 el L'Année scientifique et industrielle, almanaque o "repertorio anual de ciencias prácticas", que noticiaba los nuevos inventos en el campo de las ciencias aplicadas. El almanaque dirigido por Figuier duró hasta poco antes del inicio de la Primera Guerra y se tornó uno de los modelos más exitosos de la vulgarización científica del período, al dar centralidad a las noticias relativas a los nuevos artefactos tecnológicos del mundo moderno. Como explica en su introducción escrita en el aniversario de veinte años de la publicación, el Année scientifique fue un proyecto presentado al editor Louis Hachette, que ya desde su inicio pretendía alcanzar a un público no especialista. Su relato sobre el proyecto es interesante para reflexionar sobre la concepción editorial y la idea de público que involucraba. Cuenta que, en una mañana, cerca de veinte años atrás, encontrara al célebre editor Louis Hachette, y que le propusiera dar inicio a una publicación al comienzo de cada año, en formato Charpentier, como entonces se denominaban las colecciones. Ésta sería un espacio consagrado a dar un panorama de los descubrimientos y de los trabajos alcanzados durante el año precedente, no de las ciencias puras, cuyo campo sería infinito, sino de las ciencias prácticas, cuya esfera era considerada más limitada y más accesible. La publicación tenía como modelo el periódico alemán Jahrsbericht, en el cual se resumían los progresos anuales de las ciencias, en particular de la fisiología y la química. En Francia, ya existía este género de publicaciones, tales como los Rapports annuels des progrès des sciences chimiques, del sueco Berzélius, el Repertoire annuel de chimie, del químico francés Millon, y el Annuaire de chimie, de Charles Gerhardt, que rivalizaba con las ideas de la publicación de Berzélius. Pero, como resaltaba Figuier, tanto el Rapports annuels sur les progrès de la chimie, como el Repertoire... de Millon se reportaban solamente a una ciencia particular, permaneciendo poco conocido por el resto de los sabios, y totalmente ignorados por la gran masa de público. El propósito del Année Scientifique se justificaba de esta forma: En su concepción, una publicación que sirviese a la sociedad en general ("gens du monde", de acuerdo con Figuier), debería mantenerla informada de las nuevas conquistas de las ciencias aplicadas, otorgando de antemano una selección que, los periódicos científicos, por su lenguaje técnico y excesiva especialización, no podrían proveerle. Se puede también acrecentar que el Année Scientifique se benefició de los grandes eventos de celebración de las conquistas materiales de la civilización europea que fueron las ferias internacionales. En un ambiente propicio para la exaltación de los productos de la industria, Figuier participó en la prensa publicando folletines durante la Exposición Universal en París, en 1855. Este material se convertiría en la primera muestra que le ayudaría a organizar los contenidos de los primeros números del anuario. Como el propio autor apostara con su editor, el almanaque se tornaría rápidamente un éxito. La proficua actuación de este autor parece estar en su capacidad de establecer desde el inicio del proyecto editorial a su público y dominar su papel bien definido como vulgarizador. Tales textos, como notó Béguet, deberían tener como objetivo lo práctico, lo aplicado, lo histórico, lo curioso y lo maravilloso al mismo tiempo (Béguet, 1990, p. Fabienne Cardot, en un catálogo para la exposición sobre Figuier ocurrida en Nîmes, clasificó su producción escrita en algunos tipos. Entre ellas se encuentran: como las obras generales de vulgarización, donde constan libros como Les merveilles de la Science (1867-1870) y Le savant du foyer (1864), y el almanaque L'Année scientifique; obras especializadas de vulgarización, como Histoire des plantes (1880) y el L'homme primitif (1870); publicaciones científicas; teses en las áreas de química y farmacia; obras para-científicas, en las cuales trató de ideas del espiritismo; además de piezas teatrales. Entre estas últimas, se encuentran textos que tematizan viajes científicas como Les six parties du monde; así como la vida y obra de inventores y científicos, como Kepler, Gutenberg, y Le Mariage de Franklin. Esta diversificación de sus iniciativas lo convierte en emblema del ideario de la ciencia para todos. Otro destaque que merece atención son los libros para escuelas primarias. Figuier, así como otros publicistas de su época, se comprometió con la venta de libros de bajo costo, como Les merveilles de la science, a 10 centavos. EDUCACIÓN VOLCADA PARA EL PUEBLO Y LA JUVENTUD A TRAVÉS DE LAS CIENCIAS Y LA HISTORIA Como resaltado, las obras de Louis Figuier surgieron en la esfera del proyecto intelectual de la "instrucción divertida", pretendiendo hablar a un público constituido tanto por jovenes como por trabajadores. Sin embargo, el énfasis de sus obras se encuentra menos en la fantasía y la diversión y más en el didacticismo posibilitado por la transmisión de contenidos de ciencia precisos. Figuier generalmente defendía su ideario sobre la vulgarización en las introducciones y prefacios, como en el prefacio de La Terre avant le déluge (1872d). Para él, el primer libro que debería colocarse en las manos de un niño tendría que ser un libro sobre la Historia Natural, en vez de libros de cuentos y fábulas, como de La Fontaine. Para Figuier, historias como la de El gato con botas, Los doce trabajos de Hércules, o la Piel de Asno solamente alimentarían en el espíritu infantil mentiras peligrosas inclinándose al misticismo y a las concepciones quiméricas. Para Figuier, se entrañaba en el niño el sentido de la locura, de la mentira, del absurdo, de lo imposible con dioses, semidioses y un cuarto de dios, diabliños, hadas, silfos, duendes, espíritus buenos y malos, encantadores, magos y diablitos. "En una etapa en que la inteligencia es como una cera blanda, ella toma y conserva las impresiones más falsas, mientras que, virgen aun de todo conocimiento, es ávida por adquirirlo, nosotros la distorsionamos, la aniquilamos desenfrenadamente, y nos espantamos que esa inteligencia, que esta cera blanda y dócil, conserve más tarde la marca indeleble de los absurdos que en ella grabamos". 12 En una edad tan tierna, no sería posible evitar que su alma no se tornase presa fácil de la ignorancia, de las supersticiones, y de las vacilaciones del espíritu público -como en su opinión, era el socialismo. Los primeros libros de la infancia no deberían así sobreexcitar la inclinación a lo maravilloso ya presente en el niño. Al contrario, debido a la propensión natural de los hombres a la imaginación, no sería demás traer en una edad tierna la formación de la contemplación sabia y razonable del mundo natural y técnico a través de la mirada de la ciencia, llevando tanto al joven como a la población trabajadora a la "diligencia honesta de un espíritu correcto, firme y esclarecido" (Figuier, 1872d, p.3). Los primeros libros de la infancia por lo tanto, no deberían fortalecer tal inclinación, y sí, consolidar la razón. Figuier por otro lado, reconoce que no sería posible mutilar del alma humana su aspecto maravilloso, donde toda poesía y literatura tendrían fundamento. Retirada esa parcela del alma, continuaba en el prefacio, una generación criada únicamente bajo los auspicios de la razón estaría desprovista de todo ideal, toda imaginación y sentimiento. Tal generación sería una colección de máquinas de calcular. Sin embargo, la capacidad imaginativa no desaparecería del espíritu humano, ya que sería parte constitutiva de la inteligencia, y se alimentaría de nuevos conocimientos, que deberían ser provistos por el conocimiento científico. Era así preciso llenar la inteligencia con principios exactos y precisos, nutrirla de 'verdades incontestables'. Figuier encarna así la idea de la "educación para todos", en la cual la formación a través de los contenidos adquiridos a partir de los conocimientos científicos, desde la invención de la imprenta, por Gutenberg hasta el microscopio, serían parte de una pedagogía mayor, que incluía el propio ethos de la ciencia en la formación de toda la sociedad y su preparación para un mundo futuro, una utopía científica. De estas enseñanzas, creía que no solo se beneficiarían los niños, como también los jóvenes y trabajadores de las fábricas y campesinos. En la ad-vertencia con la cual introduce As grandes invenções antiguas e modernas, 13 defiende la ventaja que tendría substituir la enseñanza "moral" de los cuentos y mitos tradicionales por la exposición de las invenciones científicas (antiguas y modernas): "Como hasta hoy, las obras destinadas a los jóvenes han tenido por asunto la moral, la historia o cuentos instructivos solamente, nos pareció que la exposición elementar de las grandes invenciones científicas e industriales antiguas y modernas, daría el mismo resultado con más ventajas. (...) Los mancebos, acabados sus estudios, encontrarán, en cualquiera de las carreras que sigan, aquello que constituye la materia del presente libro. El obrero de las fábricas, el cultivador en el campo, el empleado, el comerciante, tendrán que recurrir constantemente a la máquina a vapor, a la electricidad, al gas de iluminación, etc., porque hoy en día y en todas partes, la ciencia ha penetrado en la vida común. Es, por lo tanto, indispensable familiarizarnos desde la infancia con las ciencias que tantos servicios nos prestan en el curso de la vida." Recordaba también que en la obra Les merveilles de la Science (1867) el conocimiento científico no era más, como medio siglo atrás, un tipo de "lujo intelectual" o un simple complemento de una educación distinta. Las maravillas técnicas y científicas modernas presentadas por Figuier encajaban en la clave de la instrucción divertida, pero en un camino distinto al fantástico y de la ficción encontrados en las obras de Julio Verne. La preocupación de Figuier era sobre todo la de educar por medio de la ciencia, una vez que entraba en acción el mediador capaz de 'simplificar' el lenguaje por demás árido de la ciencia, a un público joven o de adultos no-especialistas. El aspecto "curioso" promovido por los nuevos descubrimientos debería ser restricto como instrumento para la verdadera instrucción o, como escribía en el prefacio de La terre avant le déluge, la curiosidad se daba como "flores" tiradas en el camino del aprendizaje de las ciencias duras (Figuier, 1872d, p. Las ilustraciones que acompañaban sus libros y revistas, más que un recurso de mero auxilio, se tornaban en un elemento constitutivo del propio lenguaje de la vulgarización científica, al criar una estética propia para las obras. En divesos libros de Figuier, es posible ver el postulado de las "ciencias positivas" inspirado en Comte. Al buscar estimular los sentidos de los lectores con imágenes, sus obras exponían las conquistas científicas, tornándolas accesibles, objetivas y claras, realizando al mismo tiempo una difusión visual del conocimiento. Se trata de una importante llave de la apropiación por parte de los lectores de los contenidos narrados en el texto. Como señala Béguet, entre pedagogía y diversión, se trataba también de una "educación por los ojos", ya presente en parte en la cultura iluminista de los espectáculos y experimentos científicos, y que se acentúa durante el siglo XIX bajo formas que variaban de revistas y libros a teatro y proyecciones luminosas (Béguet, 1990, p. Figuier fue uno de los pioneros en las ediciones que acompañaban bellas ilustraciones, siendo ellas un llamativo seductor del emprendimiento popularizador. Para la realización de las ilustraciones, el diseñador -él mismo un especialista -precisaba tener conocimientos específicos de los objetos científicos retratados, agregando las más recientes informaciones en cada área científica. En diversas introducciones el autor explicaba cómo las ilustraciones eran hechas a partir de la observación de especies y colecciones encontradas en los jardines botánicos o en los museos de historia natural. El libro La Terre avant le déluge, por ejemplo, contiene 30 vistas ideales de paisajes del mundo antiguo con 316 figuras y 8 cartas geológicas coloridas. En el prefacio, explica que el diseñador Édouard Riou, conocido por también colaborar con las obras de Julio Verne, imitaba una publicación que había sido hecha en torno de 1850 por el director del Jardín Botánico de Viena, el doctor Unger, ejecutando diseños de paisajes representando imágenes de la tierra durante cada período geológico, reuniendo plantas y animales que serían propios de cada uno de los períodos retratados. De la misma forma, en el libro L'homme primitif de 1870, sobre el hombre prehistórico, eran retratadas 40 escenas de la vida del hombre primitivo diseñadas por Emille Bayard. En esas escenas, es posible ver las representaciones de cómo fueron los "usos y costumbres" en épocas geológicas distintas, en una etapa de la vida humana "antes de la historia", como en la expresión del autor. En las imágenes están representadas escenas imaginarias de mujeres y hombres en un banquete fúnebre o cazando en la "época de los mamuts", pero también se encuentran retratados objetos de los más variados hallazgos arqueológicos, como arpones, lanzas de sílex y esqueletos encontrados en grutas. Cabe decir aquí que en las tres obras sobre los orígenes del hombre y la prehistoria, La terre avant le déluge (1863), L'homme primitif (1870), Les races humaines (1872a), Figuier defiende el creacionismo y el monogenismo. Como señaló Robert Fox, en el campo de los orígenes del hombre, Figuier asumió una posi-ción más tradicional, en vez de adherir al Darwinisimo (Fox, 2012, p. Es interesante recodar que tanto Camille Flammarion como Figuier, ambos vulgarisateurs franceses, tropezaron con temas relacionados con las creencias religiosas y la ciencia. Flammarion se tornó conocido por su aproximación con Alain Kardec y el espiritismo. En el caso de Figuier, las especulaciones sobre la vida y el alma después de la muerte están presentes en el libro Le lendemain de la mort (1871), publicado un año después de la pérdida de su único hijo. Cabe señalar que este libro fue traducido para el portugués con el título Depois da morte, ou a vida futura segundo a ciência (1877) por el Dr. Ferreira de Araújo, periodista y director del diario Gazeta de Notícias y fue vendido en los catálogos Garnier librería, por el precio de 4$000 (quatro mil réis). O Homem primitivo (1883), libro traducido por un profesor de la ciudad de Porto, Manoel José Felgueiras, también circuló en Brasil. En él, defendió la idea de que los hechos científicos no habían contestado hasta entonces de forma contundente la inexistencia de la creación divina. Su creencia, sin embargo, no se oponía a la práctica de la compilación y actualización de nuevas informaciones y resultados que obtenía de investigaciones en varias áreas de la ciencia de su época, fomentando así constantemente su papel de mediador entre la ciencia académicamente producida y los legos. En efecto, en una sociedad mayoritariamente católica como la brasilera, es probable que obras que defendiesen los orígenes bíblicos tuviesen aceptación entre los lectores. Volcado para la sociedad de masas que era engendrada en la Europa del siglo XIX, el discurso de los vulgarizadores se elaboraba como una práctica pedagógica, en la cual la historia de la ciencia -una historia universal y nacional al mismo tiempo -con sus héroes y sus conquistas en sucesión progresiva y acumulativa en el tiempo histórico, ocuparía un papel central. No obstante la continuidad de buena parte de ese ideario en la producción posterior de la divulgación científica a lo largo del siglo XX, se puede decir que en el campo editorial, el suceso de la fórmula de los vulgarizadores no mantuvo el mismo vigor después del pasaje de siglo, siendo observable una merma en las tiradas en los años anteriores a la Primera Guerra. Los textos de los vulgarizadores no generaban más el entusiasmo que en las décadas anteriores, y cada vez más las obras de contenidos científicos se alejaban del interés de un público de elite, mientras que la "difusión del conocimiento" para todos se convertía en un papel legado a las escuelas oficiales (Béguet, 1990, p.19). TRADUCCIONES PARA EL PORTUGUÉS Y LA CIRCULA-CIÓN DE LAS OBRAS FRANCESAS DE VULGARIZACIÓN CIENTÍFICA Es cierto que tal movimiento intelectual de la "educación para todos" que acompañó el período de auge y de decadencia de los vulgarizadores se mostró limitado en Brasil durante el siglo XIX, debido, entre otras causas, a la esclavitud y a las dificultades de expansión de la escolaridad en el país. Mismo así, ese ideal ganó cierto impulso por agentes que vislumbraban una mayor participación del país en el nuevo mundo producido por las mudanzas tecnológicas, en particular, intelectuales comprometidos con proyectos de modernización, dirigidos por la "generación de 1870" de Brasil, que desafió en diferentes frentes al orden monárquico y sus bases de apoyo, tales como el romanticismo en el campo de la estética, la filosofía ecléctica, el catolicismo y la esclavitud (Alonso, 2002). A través de movimientos como las conferencias populares en boga entre las décadas de 1860 y 1870, se formulaba una de las facetas del ideal civilizatorio del "concierto de las naciones" que estuvo presente en Brasil. Desde mediados del siglo XIX, aumentaba el número de revistas que proponían diseminar temáticas científicas para un público no especialista, con el objeto de dar foco a una ciencia producida en el país. Las conferencias públicas, mismo que no propiamente populares, parecen haber comenzado, según Freitas, con la expedición liderada por Louis Agasiz, en 1865. A partir de una invitación hecha por el Colegio Pedro II y apoyada por el emperador, las conferencias, que eran proferidas en francés, traían un público de elite que pasó también a incorporar la presencia de mujeres (Freitas, 2002, p. Talvez, las más conocidas manifestaciones de ese ideal, mismo que de carácter limitado, hayan sido las Conferencias de la Gloria, ocurridas entre 1873 y 1889, y reanudadas en 1891 hasta la primera década del siglo XX. Desde las décadas de 1870 y 1880, como enfatizó Moema Vergara, el término "vulgarización científica" ya era utilizado en Brasil, como en la publicación de Augusto Emilio Zaluar intitulada O vulgarizador (Vergara, 2008, p. Este mismo autor se tornó uno de los traductores para el portugués de los escritos de Louis Figuier, lo que nos lleva a reflexionar sobre el papel de los mediadores entre ciencia y sociedad a través de la circulación de textos de popularización en contextos nacionales distintos. La circulación de las obras de Figuier puede ser constatada a través de las traducciones en diferentes lenguas. Al depararnos con la difusión y el número de versiones en otras lenguas de sus libros, talvez sea posible dimensionar aspectos de una internacionalización de la cultura de la ciencia del período. Las traducciones pueden igualmente auxiliarnos a reflexionar, a partir de las localidades, cómo el ideario de la popularización de la ciencia -que tuvo como objetivo el establecimiento de una forma hegemónica de ver a las ciencias, para utilizar el argumento propuesto por Kostas Gavroglu (2012)-se incorporó en los proyectos nacionales de modernización. A partir de las traducciones talvez sea posible observar cómo circulaban conocimientos sobre las ciencias para una cierta cultura científica, entendiendo las diferentes motivaciones, usos y significados del ideal de la "ciencia para todos" que emerge en la segunda mitad del siglo XIX. No sería demasiado recordar que el vasto alcance de las obras de los vulgarizadores está vinculado al desarrollo de los emprendimientos editoriales en diferentes países. 14 Figuier señaló la existencia de plagios de sus libros en los prefacios de L'Année Scientifique, por ejemplo, la traducción de Les grandes inventions anciennes et modernes, por Besso, y partes del propio almanaque. Por los tratados internacionales, hasta el momento en que escribía, el autor no tendría derecho a reivindicar la autoría sobre las traducciones después de pasados dos años de la edición del original. De todas formas, obras posteriores de Figuier fueron traducidas al italiano, con las debidas credenciales, tales como Vita y costumi degli animali. Las publicaciones de Figuier serán replicadas en diferentes lenguas y en diferentes países, en las traducciones de sus obras al inglés, sueco, español, italiano, portugués, confluyendo con el movimiento de las conferencias públicas científicas y los proyectos de creación de bibliotecas populares. En el caso argentino y chileno, por ejemplo, Domingo Sarmiento adaptó y tradujo para su proyecto de Bibliotecas Populares, la "Exposición e historia de los descubrimientos modernos", por Julio Belín y Cia, en 1854. En 1867, la librería e importadora de Madrid, Gaspar y Roig editó Los Grandes inventos: antiguos y modernos: en las ciencias, la industria y las artes, traducida por Manuel M. Flamant. En portugués, Figuier ya aparece en algunos textos traducidos en periódicos y revistas en la década de 1850. En 1855, la revista O Auxiliador da Indústria Nacional, publicaba un artí-culo extraído del diario La Presse, intitulado "Las máquinas de vapor en la Exposición Universal de París" (Figuier, 1855), sin assinatura del traductor. Décadas después, sus obras traducidas eran vendidas principalmente por H. Garnier librería. La primera traducción de libro conocida es la obra Os sábios ilustres. Christovão Colombo, en 1869, por Augusto Emilio Zaluar, editor del periódico O Vulgarizador. También fue traducida en el período As grandes invenções antigas e modernas nas sciencias -Obra para uso de la mocidade que sería editada en Porto, por la Librería Internacional de Ernesto Chardron, en 1873, por Antonio Plácido de la Costa, que se tornaría un conocido histólogo y profesor en la Escuela Médico-Quirúrgica de Porto. La editora Garnier publicó Depois da morte, ou a vida futura segundo a sciencia, en 1877, traducido por Ferreira de Araújo. En secuencia, todavía encontramos traducidas al portugués en la década siguiente As raças humanas (1881) por Abílio Lobo, y el ya mencionado O homem primitivo (1883), ambos editados por la Empreza Litteraria Luzo-Brazileira en Lisboa, que vendía en Portugal y en Brasil. Podemos tomar al traductor Augusto Emilio Zaluar como un ejemplo de mediador de la cultura científica que se fortalecía entre los intelectuales brasileros en los años finales del Imperio, haciendo circular en el país diversas corrientes de pensamiento ligadas al cientificismo, materialismo y evolucionismo, en suma, al "bando de ideas nuevas" a la que se refería uno de los principales exponentes de la generación de 1870, el crítico literario, profesor del Colégio Pedro II, y polemista Silvio Romero. Nacido en Lisboa, Zaluar se muda a Rio de Janeiro, viniendo a fallecer en 1884. Él es el autor de la ficción Doutor Benignus (1876), considerado por muchos, el primer libro de ficción científica escrito en Brasil, o según la definición del autor, una "novela científica". En él, se introducen ideas darwinistas, discutiendo así para el público lector de novelas, asuntos como la selección natural y la evolución (Waizbort, 2012). Zaluar fue evaluador de la Instrucción Pública y profesor de la Escuela Pública Normal (Duarte, 2010), y su fuerte ligación con la causa de la instrucción pública torna posible comprender sus iniciativas como editor de la revista O Vulgarizador (1877). La revista editada por Zaluar posee sin duda alguna, inspiración en las publicaciones de los vulgarizadores franceses, en particular, Figuier. Algunos textos d'O Vulgarizador posibilitan resaltar las semejanzas entre el traductor y el autor, como por ejemplo, el artículo de la revista que presenta el microscopio de Nachet, cuyos primeros modelos habían sido criados en torno de la década de 1850. Así como en el texto de Figuier, la presentación del "invento" para el gran público incluía expresiones como el maravilloso "mundo de los infinitamente pequeños", bien como mencionaba los modelos del microscopio -el simples y el compuesto -y citaba a Zacarias Jansen como autor del primer modelo, que habría sido criado en 1590. En esa narrativa, queda claro como la historia se torna parte del método de popularización. La generación que surgía a fines de la Monarquía e inicio de la República, a través de autores y libros que exaltaban un camino ascendente para la nación, imprimían una pedagogía particular, en la cual la ciencia tendría un papel fundamental. Esta exaltación de la ciencia y del cientificismo que constituía parte de su cultura política, entretanto, no sería posible sin el instrumento que le permitiese generalizarla: el discurso histórico que reforzaba como parte constitutiva de su narrativa la ejemplaridad de los grandes hombres, en el modelo de Plutarco (Enders, 2000). Así, si la escrita histórica ochocentista asumía los contornos de la veracidad potenciada por las ciencias naturales, popularización de las ciencias no podía prescindir del propio discurso historiográfico ochocentista, entonces en curso en Brasil. Como resaltó Oliveira (2011), "la biografía era exaltada tanto por su capacidad de tornar vivos los personajes y las épocas históricas como por la fuerza persuasiva de sus lecciones. Se trataba por lo tanto, de un género de escritura que atendía a los imperativos más inmediatos del programa de la historia magistra vitae: fijar los nombres y ejemplos del pasado, ofreciéndolos a la imitación de los lectores en el presente" (Oliveira, 2011, p. Figuier, a través de sus obras, al mismo tiempo que posibilitaba una mayor diseminación de la cultura científica por un "método" histórico dominante, también reforzaba el propio discurso engendrado por la naciente disciplina de la Historia de las ciencias. Esa estrategia de cautivar al público a través de la historia de los personajes ilustres para la ciencia, puede ser encontrada en Vies des savants illustres: depuis l 'antiquité jusqu' au dix-neuvième siècle, publicado por Figuier como colección, entre 1866 y 1870. Del segundo tomo es de donde Zaluar extrajo la traducción al portugués de Os sábios ilustres-Cristóvão Colombo. Siguiendo una escritura clara, y de manera bastante fiel al original en francés, el libro presenta la vida del navegador geno-vés contada por Figuier, basada en diversas biografías y textos entonces disponibles, como el de Bartolomé de Las Casas y de Fernando Colombo. La traducción es bastante fiel al texto original y tiene una escritura bastante fluida, en una historia que narra la aventura de Colón hasta las Américas y su trayectoria de vida. En otras palabras, "la ciencia enseñada por la historia", tal como encontrada en los textos de Figuier, formulaba el conjunto de temáticas y síntesis presentes en la historia de las ciencias tradicional en el siglo XIX e inicio del XX. El mote de una historia que cuenta y enseña la ciencia y sus valores estaba presente igualmente, como escribe Heizer, en el espíritu de otras acciones, como las exposiciones universales. Las ciencias, mostradas por la historia, se tornarían un aprendizaje del camino de la razón que iría de lo simple a lo complejo (Heizer, 2009, p. 4), sin ser tediosas o cansadoras. Sería ésta una especie de 'utopia científica', que todos los mediadores de la cultura científica del período buscarían defender. En los textos de los vulgarizadores, los científicos también pasaban a ser consagrados como héroes nacionales, cuyo peso y medida se daba por las conquistas legadas al mundo y por su alcance universal. Un ejemplo de cómo ese culto a las personalidades científicas se construye, puede ser encontrado en el L'Année Scientifique, que pasa a incorporar en sus publicaciones las necrológicas de los científicos fallecidos cada año. La valorización del conocimiento científico se vincula en sus obras a la propia narrativa histórica, en un modelo canónico de la historia de las ciencias. El desarrollo científico, visible por avances y conquistas, es indisociable de las historias y biografías de genios, cuyo ejemplo de vida debería auxiliar a formar nuevos "ciudadanos". Así, como en la historia política ochocentista, la ciencia de los divulgadores era contada por grandes hechos (las invenciones) y trataba acerca de grandes hombres. Los modelos ejemplares deberían comprometer al joven y a los no especialistas en los valores propios de la ciencia, enseñados a partir de las virtudes de aquellos dedicados al trabajo científico. Se allí se verifica una pedagogía para la nación a ser también incorporada en Brasil, tal proyecto sufría limitaciones por la estrecha posibilidad de diseminarse, en medio del analfabetismo elevado y de la falta de acceso a la educación formal de la mayor parte de los brasileros, en los años finales del Imperio e inicio de la era republicana. Se sabe que, en ese período, la formación universitaria continuó restricta a pocos cursos como Derecho, Ingeniería y Medicina, mudando solamente este cuadro en la década de 1930; la matrícula en las escuelas primarias, hasta 1920, no alcanzaba más que el 29% de la población en edad escolar en el país (Saliba, 2012, p. La exclusión real de una buena parte de la población, por lo tanto, contradiría el ideal del conocimiento "al alcance de todos". La presencia de los traductores y publicistas que buscaban comunicar las ciencias a un público no especialista se configuraba en un proyecto destinado a las camadas medias, que tendrían mayor acceso, sea por el nivel de instrucción, sea por el poder adquisitivo, debido a los propios precios de buena parte de los libros. El libro Sábios illustres -Cristovão Colombo costaba 1$000 reis en la lista del librero Garnier en 1873 15, mientras que en la década de 1890, otras obras de Figuier, como O homem primitivo y As grandes invenções, siendo ambas ilustradas, alcanzaban el precio de 16$000 (dieciséis mil réis) y 25$000 (veinticinco mil réis), respectivamente. Tales libros no deberían llegar a las manos de los trabajadores, cuando la media de la diaria de un trabajador podía girar en torno a 1$000 (mil réis) a 3$000 (tres mil réis) (Saliba, 2012, p. Mismo para profesores primarios, esos libros no eran baratos, ya que éstos recibían un salario mensual en torno de 150$000 (ciento cincuenta mil réis). Algunos valores fundamentales para el fomento a las ciencias, sin embargo, eran defendidos por mediadores de las ciencias entre las camadas medias, representadas por figuras como Augusto Emilio Zaluar, y hacen pensar que deseaban un país diferente. 1 A pesar de que en español es más común el término popularización, optamos por el uso de "vulgarización" por remitirse a la matriz francesa. La palabra "vulgariser", que proviene de "vulgar" (vulgaire), infunde sin duda una visión negativa de la popularización, que indica la especificidad y las ambiguedades de la acción de divulgación por los denominados vulgarizadores. Más adelante, este tema será retomado. 2 Según Vergara, la Revista Brasileira, dedicada a las ciencias, la literatura y las artes, reunía un gran número de intelectuales con el propósito de transmitir una cultura de carácter nacional.
RESUMEN: Esta investigación pretende explicar el uso teórico y clínico que se hizo de las terapias de shock en el campo psiquiátrico argentino, particularmente en la provincia de Buenos Aires entre las décadas de 1930 y 1970. Se sostiene que es preciso estudiar el trabajo psiquiátrico teórico y clínico para conocer cómo los psiquiatras interpretaron la patología mental en el encuentro con sus pacientes. De este modo se analizan dos escenarios bien diferenciados: por un lado, el conformado por el ámbito académico, haciendo hincapié en textos médicos que plasmaron debates que tuvieron lugar en congresos, jornadas, cátedras universitarias, y por otro lado en ámbitos hospitalarios, representado por una población de pacientes crónicas, en El uso de las terapias de shock por parte de médicos psiquiatras modificó el modo de entender la locura y la manera de proceder ante ella a nivel mundial. Asimismo, esta práctica transformó el derrotero cotidiano de las instituciones hospitalarias, al brindar una nueva herramienta para "contener" y organizar a sus poblaciones. Como es sabido, con el uso de ciertas terapias de choque primero, y de medicamentos desde la década del cincuenta, la práctica psiquiátrica comenzó a equipararse con las restantes especialidades médicas. Por lo tanto, su utilización significó un hecho relevante para la disciplina, independientemente de su eficacia en el tratamiento concreto brindado a los pacientes. Es en este sentido que esta investigación pretende explicar el uso teórico y clínico que se hizo de las terapias de shock en el campo psiquiátrico argentino, particularmente en la provincia de Buenos Aires entre las décadas de 1930 y 1970. En este artículo se pone la lupa en textos médicos publicados, como dispositivo para comprender las ideas de los psiquiatras sobre dichos tratamientos y su interpretación de las lecturas extranjeras sobre la temática; es decir, en los debates que tuvieron lugar a lo largo de distintos congresos, jornadas, cátedras universitarias y en ámbitos hospitalarios, y que se plasmaron en dichos artículos. Luego de una lectura exhaustiva, se seleccionaron algunos trabajos para destacar aquellos autores que lograron sistematizar ideas, mostraron cuál sería la aplicación ideal y la posible de estas terapéuticas, o que se posicionaron con algún argumento fuerte al respecto. En el ámbito clínico, se toma para esta investigación una población de pacientes crónicas, en un hospital de las afueras de la Capital Federal. Específicamente, se pretende explicar el uso de terapias de shock, cómo se utilizaron las nuevas tecnologías que llegaban a la institución y qué vinculaciones hubo entre los tratamientos y los diagnósticos psiquiátricos. 1 Para el abordaje de esta problemática se eligió el hospital J.A. Esteves de Lomas de Zamora -institución para mujeres que fue, hasta la década de 1940, un Anexo del Hospital Nacional de Alienadas (HNA), el hospital psiquiátrico para mujeres más importante del país-. Su carta fundacional revela haber sido un espacio creado para trasladar pacientes que no podían ocupar un lugar en el asilo de la capital, el HNA. El objetivo primero fue entonces trasladar a aquellas mujeres que se consideraban intratables, para liberar el espacio del hospital capitalino. De este modo fue creado sin pretensión de practicar terapéutica alguna, pero a raíz de ciertas coyunturas administrativas, más la acción de los médicos, se convirtió en una especie de banco de pruebas donde se llevaron a cabo los tratamientos que fueron llegando al país, desde la laborterapia hasta la aplicación de psicofármacos y psicoterapias. 2 Se sostiene que las formulaciones teóricas y conceptuales sobre dichas terapias, así como el uso clínico de los tratamientos, son muestras de cómo era la mirada médica de la época; por lo tanto, es preciso estudiar ambos campos del trabajo psiquiátrico para conocer cómo los psiquiatras interpretaron la patología mental en el encuentro con sus pacientes. De este modo, se analizan dos escenarios bien diferenciados: el conformado por el ámbito académico, representado por estos artículos que circulaban por el "centro", y el del hospital, que conformaría la "periferia", encarnado por los expedientes médicos de las pacientes crónicas. Además, se hace hincapié en el trato de dichas terapias en cuadros de demencia precoz y de esquizofrenia, ya que el interés por éstos colonizó a la psiquiatría del siglo XX, tanto en su puesta en práctica en los ámbitos hospitalarios, como en las teorizaciones al respecto (a modo de ejemplo véase Novella y Huertas (2010). LAS TERAPIAS DE SHOCK, SUS PIONEROS Y SU ESTU-DIO COMO OBJETO HISTÓRICO Con este conjunto de terapias se buscó obtener mejorías en el cuadro mental del paciente a partir de la provocación de convulsiones, que podían derivar de la aplicación de una sustancia (insulina o cardiozol) o de una descarga eléctrica. A continuación, se formará un recorrido por el desarrollo de estas terapias, y se hará referencia tanto a los primeros en aplicarlas, como a su propagación en EEUU (principal polo de su desarrollo), y a algunas líneas de investigación trazadas al respecto. Un rasgo que se repite en la literatura especializada sobre las terapias convulsivas es el valor que tuvieron como práctica para los psiquiatras. El clásico autor norteamericano Edward Shorter sostiene que, en la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos, los psiquiatras se enfrentaban a un dilema: o dejaban a los pacientes en los hospicios a la espera de una cura espontánea o acudían al psicoanálisis, que no respondía a las necesidades de las enfermedades psiquiátricas. La posibilidad de recurrir a las terapias de shock desde la década de 1930 les permitió correrse del lugar de desesperanza en el que se encontraban, a pesar de las duras críticas que dichos tratamientos generaban (Shorter, 1997; Shorter y Healy, 2007). Además, representaron un hito para el campo de la psiquiatría, al romper el tutelaje de la neurología y sacar a la disciplina del lugar de "cenicienta" en los asilos. Así se subraya que se podía cuestionar si estas terapias hacían bien a los pacientes, pero con certeza fueron beneficiosas para la psiquiatría (Shorter, 1997, p. Deborah Doroshow, por su parte, retoma una de ellas en particular, el coma insulínico, y manifiesta que la mayoría de los historiadores de la psiquiatría entendieron su aplicación de dos modos: como un momento vergonzoso en el proceso de la psiquiatría biológica, o como un tratamiento somático más entre los usados para tratar la enfermedad mental a mediados del siglo XX, sin otorgarles demasiada relevancia. Para dicha autora, esta terapia supuso un momento clave en el desarrollo de la psiquiatría norteamericana, que les permitió a los psiquiatras, por un lado, acercarse al mainstream médico -y en especial a la neurología-y, por otro lado, encontrar una práctica eficaz. Desde la década de 1930 y durante veinte años, fue utilizada por todo Estados Unidos, y se confiaba en su eficacia clínica a pesar de la incertidumbre que se manifestaba en la literatura especializada. Su "capacidad curativa" para los casos de esquizofrenia les daba a médicos y enfermeras la confianza en su posibilidad de manipular el curso natural de una enfermedad de la que conocían muy poco. A pesar de sus riesgos, el coma insulínico permitió a los profesionales pensar que podían hacer algo por sus pacientes esquizofrénicos, lo cual los posicionaba como legítimos médicos (Doroshow, 2007, pp. 213-243). 3 El personaje más destacado en la historia de la insulinoterapia fue el austríaco Manfred Sakel. Graduado en Medicina por la Universidad de Viena, debido al antisemitismo que se vivía en dicha ciudad, se exilió en Berlín en 1925, para trabajar en la clínica privada de Kurt Mendel, Lichterfelde Sanatorium. En 1933 retornó a Viena, y consiguió -bajo el tutelaje Otto Poetzl-un cargo en la clínica psiquiátrica de la universidad, donde empezó a probar el shock insulínico como cura de la esquizofrenia (Shorter, 1997, p. Los primeros resultados de esta experiencia fueron expuestos en 1934 y, aunque Sakel sufrió el descrédito de sus colegas y la técnica no fue adoptada en Europa central, sí lo fue en el mundo anglosajón, particularmente en Suiza, bajo la figura de Max Müller (Shorter, 1997, pp. 211-214). En 1936, Sakel viajó a Estados Unidos, donde otro médico, Joseph Wortis, ya había introducido esta terapia luego de observar el trabajo de aquel en Viena un par de años antes. Una vez en el nuevo continente, Sakel tra-bajó primero en el New York State Psychiatric Hospital y luego en una práctica privada en Manhattan. Para la década de 1960, había más de cien unidades de insulinoterapia en todo Estados Unidos (Shorter, 1997, p. Más allá de este derrotero, Shorter considera que las convulsiones con insulinoterapia no habían sido buscadas, y que la convulsiterapia empezó realmente con el cardiozol -denominado Metrazol en Estados Unidos-introducido por Ladislao Von Meduna (Shorter, 1997, pp. 211-214). 4 El médico húngaro Ladislao Von Meduna se formó como neuropatólogo en el Interacademic Institute for Brain Research de Budapest. Luego siguió a su profesor Karl Schaffer al departamento de Psiquiatría de la Universidad de Budapest. Así como otros psiquiatras durante las décadas de 1920 y 1930, consideraba que existía un antagonismo entre la esquizofrenia y la epilepsia. Sostenía que, si los epilépticos estaban protegidos de la esquizofrenia, entonces inducir síntomas epilépticos podría servir de terapéutica para los esquizofrénicos. Desde esta presunción, desarrolló una terapia convulsiva a partir de un químico, el cardiozol, que fue calificada por los clínicos como peligrosa, por lo que poco a poco fue reemplazada por el electroshock, de la que fue su precursora. Con el electroshock se buscaba generar en los pacientes el mismo efecto convulsivo, pero con un riesgo menor. En 1939, von Meduna migró a Chicago, donde trabajó como profesor en Universidad Loyola en primer término, y luego en la Escuela de Medicina de la Universidad de Illinois (Shorter, 1997, p. Para 1938, mientras ya se aplicaban las otras terapias de shock en EEUU, el shock eléctrico aún estaba en proceso de desarrollo. Los italianos Ugo Cerletti y Lucio Bini fueron los pioneros en la terapia de electroshock durante la década de 1930. El primero había estudiado histología cerebral en Heidelberg, luego, hasta la Primera Guerra Mundial trabajó en la Clínica Psiquiátrica de Roma e hizo estudios de posgrado en diversos países, como Francia e Italia (Shorter, 1997, pp. 218-219). Lucio Bini trabajaba en la Universidad La Sapienza de Roma. Cerletti había estudiado con animales, a los que generaba convulsiones mediante electricidad, pero ninguno sobrevivió a sus estudios. Bini le sugirió entonces cambiar la ubicación de los electrodos, y así logró que los animales sobrevivieron a las siguientes pruebas. Para 1938 se hizo la primera prueba en humanos (en un hombre psicótico). Poco tiempo después, esta terapia se había propagado por todo Estados Unidos y algunos países de Europa (como Gran Bretaña, Alemania, Francia y España). No se la consideraba novedosa, sino que más bien era entendida como una mejora en el grupo de las convulsoterapias. Uno de los motivos por los que se popularizó fue porque, a pesar de haber sido pensada para tratar la esquizofrenia, al poco tiempo se la utilizó para diversos diagnósticos, como manía y depresión. TERAPIAS DE SHOCK EN EL ÁMBITO LOCAL: SUS TEORIZACIONES El tema de las terapias de shock fue incluido en las discusiones del campo de la psiquiatría argentina desde mediados de la década de 1930. Todos los artículos en revistas médicas y las tesis lo abordaban de manera similar: hacían una breve descripción de sus características, tiempo necesario de tratamiento y complicaciones que traía aparejadas para los pacientes; posibles combinaciones entre ellas y con la psicoterapia; indicaban las investigaciones que se realizaban a partir de su aplicación, los eventos científicos en los que eran objeto de debate y qué médicos e instituciones destacadas del ámbito local e internacional -principalmente europeos-las ponían en práctica (como ejemplos locales aparecían el Hospital de Alienados de Rosario y el HNA). Además, se indicaban los cuadros clínicos que presentaban los pacientes que las recibían, y se subrayaba su aplicación en casos de esquizofrenia. Para esta investigación se utilizaron principalmente tesis doctorales escritas para obtener el título de Doctor en Medicina, de la Universidad Nacional de Buenos Aires; también se encontraron artículos que se ocuparon de estas temáticas en boletines de diversos hospitales. El haber abordado el tema en tesis, implica que se trató de asuntos innovadores y en auge dentro de la disciplina. La publicación en boletines manifiesta la búsqueda de los psiquiatras en articular su trabajo clínico con el desarrollo teórico. Todas las terapias que provocaban convulsiones aparecían caracterizadas en los textos como convulsoterapia. 5 Luego, se hacía una distinción entre insulinoterapia, cardiozolterapia y electroshock. Se sostenía la necesidad de realizar psicoterapia (no se definía de qué tipo) en forma paralela a estos tratamientos ya que, a pesar del esfuerzo que implicaba para los médicos, se indicaba que eran notorias las diferencias entre pacientes que la recibían y los que no. Un artículo de 1939 sostenía que una vez que el cardiozol o la insulina hacían efecto, la psicoterapia podía reconstruir la personalidad del paciente para una mejor adaptación al medio ambiente. A partir de la lectura de los textos científicos es claro que, en Argentina, primero se había pensado la terapia de electroshock sólo para la esquizofrenia (tomando como base las ideas del antagonismo entre esquizofrenia y epilepsia, que se describirá en profundidad en el apartado siguiente) y, debido a que los textos describían un supuesto éxito con esta patología, el tratamiento luego se extendió a las psicosis maníaco-depresivas, psicosis reactivas, episodios agudos de frenastenias, psicosis confusionales del climaterio, etc. (Bula y Vita, 1939, p.87-101). Para el caso de la insulinoterapia, se destacaba el uso en cuadros con psicosis melancólica, las formas ansiosas, estuporosas, crónicas, las formas delirantes hipocondríacas algunas psicopatías, y en el tratamiento de la esquizofrenia. Las terapias de shock ponían en discusión la prognosis de la esquizofrenia por su curabilidad en un alto porcentaje de casos (Lertora, 1941, p. A continuación, se cita un párrafo que manifiesta esta nueva situación clínica que se generaba con el uso de estos tratamientos y la postura que consideraban los psiquiatras que debían tomar al respecto: "[...] la curabilidad de los dementes precoces amplía enormemente nuestro horizonte psiquiátricoterapéutico y al obligarnos al tratamiento de los casos en las primeras fases de su evolución nos debe llevar fuera del manicomio para poner rápidamente los enfermos en nuestras manos. En este terreno debemos romper preconceptos de nuestro ambiente social y aun del ambiente médico: es absolutamente falso que la locura sea incurable puesto que la revalidación social de un alto porcentaje de casos, pronta y debidamente asistidos, es un hecho innegable". (Lertora, 1941, p.34) Claramente se pensaba que había una nueva posibilidad para los psiquiatras de tomar medidas terapéuticas ante el sufrimiento de los pacientes. De este modo se justificaba su uso, más allá de las complicaciones y los riesgos que significaban para los pacientes, porque se razonaba que era mejor correrlos o enfrentar estas consecuencias, antes que dejarlos sufrir y morir. Así se manifestaba, por ejemplo, en un artículo de la década de 1930, donde se señalaba que la esquizofrenia, más que una enfermedad, era un estado que acompañaba la vida del enfermo y que no era compatible con la convivencia social: "El número de esquizofrénicos pues, que pueblan los establecimientos psiquiátricos es crecido y resulta mortificante para el médico la acción pasiva de ser testigo diario de una decadencia psíquica y también física, lenta aunque fatal, de un buen número de sus enfermos". Se explicaba además que se trataba pacientes precoces y que albergaban "la peor de las locuras". Ante esta situación, no se podía pensar en esto como un tratamiento cruel, ya que peor era dejarlos sufrir su dolor moral y el peligro de que terminaran en suicidio (Bula y Vita, 1939, p.87-101). En este recorrido se destaca que los trabajos científicos se basaban en las experiencias clínicas con terapias de shock en diversas instituciones hospitalarias nacionales, además de lo que la literatura científica internacional comentaba sobre su aplicación. También se evidencia que fueron entendidas como la posibilidad concreta para los psiquiatras de tratar los cuadros mentales con tratamientos específicos y una tecnología particular, que les permitía ubicarse como pares con otras disciplinas médicas. Asimismo, la urgencia de tratar los cuadros dentro del primer año del curso de la enfermedad −tal como se expresa en una de las citas transcriptas− obligaba a los médicos a intervenir por fuera de los hospitales y de la atención de pacientes crónicos. Por último, se enfatiza cómo a partir de la aplicación de estas terapias cambió la concepción sobre el paciente esquizofrénico, ya que se pensó en la posibilidad de cura, o al menos en tratar sus síntomas y lograr una remisión momentánea. Desde lo manifestado en las producciones teóricas, el uso de estas terapias implicó un momento clave de cambio en la mirada médica: quizás la condena de muerte y aislamiento que implicaban ciertos cuadros mentales había quedado atrás. Como se desarrollará más adelante, para las pacientes del Esteves que se estudian en esta oportunidad -que murieron en la institución-esto no aplicó. Las terapias de choque dejaron poco a poco de estar en el centro de la escena de la disciplina psiquiátrica, y ese lugar fue ocupado por los psicofármacos, cuya aparición fue una bisagra en los tratamientos psiquiátricos a nivel mundial. En Argentina se utilizaron desde finales de los años cincuenta, pero la producción teórica al respecto cobró relevancia desde los sesenta y, con el transcurso del tiempo se convirtieron en protagonistas indiscutibles en la terapéutica hospitalaria. Los artículos sobre la temática fueron escritos en muchas oportunidades por psiquiatras cercanos al psicoanálisis, en un momento en que éste y la psicología impregnaban cada vez más el campo de la salud mental. La historiografía sostiene que su llegada al país influyó en el uso de psicoterapias por parte de los psiquiatras, ya que permitían tratar el problema desde ángulos diferentes: la psicoterapia buscaba escuchar a los pacientes y los psicofármacos permitían generar las condiciones en ellos para poder ser escuchados (Plotkin, 2001, p. A su vez, la combinación de tratamientos medicamentosos con psicoterapias eclécticas permitía un ejercicio profesional como lo hacían otros médicos. Pero esto también quitaba valor a las competencias de los psiquiatras, pues para la aplicación de esta terapia ya no se necesitaba la mirada especialista que se le adjudicaba al alienista de otros tiempos (Dagfal, 2009, p. Esta incorporación tuvo lugar dentro de un período de cambios en la disciplina psiquiátrica, y en las instituciones hospitalarias hubo una convivencia de viejos y nuevos paradigmas. La aparición de los psicofármacos era vista como una nueva revolución en la terapéutica psiquiátrica, ya que suponía la idea innovadora de que una sustancia química pudiera influir sobre un proceso psíquico (Caparrós, 1962, p.153). 6 Así, los textos sobres estas temáticas daban fecha de inicio a la "era de la psicofarmacología" desde principios de la década de 1950 (Goldemberg, Barenblit y Sluzki, 1964, p. 126), y durante un período convivieron con las terapias de choque, tanto en el ámbito teórico como en el clínico. PSICOANÁLISIS Y TERAPIAS DE SHOCK: UN RASGO CLARAMENTE ARGENTINO A partir de la década de 1940, la mayor producción teórica acerca de las patologías de demencia precoz y esquizofrenia se ocupó de las terapias que se practicaban para tratarlas: las terapias de choque (cardiozol, insulinoterapia y shock eléctrico) y la psicoterapia psicoanalítica. En Argentina, el psicoanálisis empezó a ser apropiado por el campo de la psiquiatría a partir de 1920-1930 como consecuencia, entre otras cosas, de la crisis general del positivismo (Plotkin, 1997, pp. 52-53), por lo que antes de la creación de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) en 1942, ya poseía un impacto sobre los círculos médicos y culturales (Plotkin, 1997, p. Para comentar los aportes psicoanalíticos a ciertas cuestiones referidas al tratamiento de la psicosis, se toma a Enrique Pichon Rivière, personaje destacado que participó de la fundación de la APA y que fue un referente en el campo psicoanalítico argentino. Pichon Rivière (1907Rivière ( -1977) ) nació en Suiza y se estableció junto a su familia en el noreste argentino. Luego de afincarse ya de adulto en Buenos Aires se insertó en círculos bohemios, se interesó por el movimiento surrealista y realizó investigaciones sobre Isidore Ducasse, conde de Lautreámont. Al incorporarse a los círculos psicoanalíticos porteños ya era un psiquiatra reconocido y discípulo del director del Hospicio de las Mercedes (donde trabajaba y dictaba seminarios) (Plotkin, 2001, p. Hugo Vezzetti explica parte de la obra de Pichon Rivière hasta la década de 1950, sin adentrarse en su desarrollo teórico en los sesenta, ni en su teoría sobre psicología social. Se retoma su estudio, ya que allí se documentan los aportes de este médico suizo acerca de las psicosis. De acuerdo con Vezzetti, Pichon Rivière consideraba al psicoanálisis como una disciplina científica a partir de la cual se podía fundar una nueva psiquiatría (Vezzetti, 1996, p. Además, indica que, para sus primeros trabajos sobre psicopatología psicoanalítica había partido de sus observaciones sobre la epilepsia. Sostenía que esta patología era un cuadro unificado, similar a una psicosis, que se separaba de la histeria por el grado de regresión y el punto de fijación en que el ataque epiléptico quedaba asociado a una situación de muerte. Vezzetti considera que, para el psiquiatra suizo, el epiléptico encarnaba la figura de lo primitivo, que no podía frenar lo instintivo. Esta concepción se acercaba a lo que para Cesare Lombroso fue el prototipo de delincuente por atavismo, y que para Sigmund Freud era la introyección de un superyó sádico que castigaba a un yo sometido. Retoma Hugo Vezzetti que, en cierto sentido, Pichon Riviére invirtió el planteo freudiano, pues no partió de la neurosis sino de la psicosis para desarrollar sus ideas de psicopatología (Vezzetti, 1996, pp. 255-256). Del desarrollo teórico de Pichon Rivière sobre la epilepsia se abordan dos puntos. Por un lado, manifestó que fue a mediados de la década de 1940 cuando comenzó a mostrar su voluntad de construir una nosología de las psicosis dirigida a lo que llamó "enfermedad única". Consideraba que en las psicosis y neurosis había rechazo a la vida instintiva, pero que la diferencia entre las dos era cuantitativa. 7 Toda psicosis, a su entender, se desarrollaba en dos tiempos, el primero de los cuales condicionaba la aparición de una perversión latente como mecanismo de defensa para evitar la castración o negarla. En el segundo tiempo se presentaba la psicosis propiamente dicha como tentativa de parte del yo para negar la perversión y para calmar, ligada al conflicto neurótico desencadenado entre dichas tendencias y el yo que se opone a su realización (Pichon, 1946, p.1-22). A partir de esta primera versión nosográfica surgieron la melancolía (con fantas-mas de aniquilamiento sobre el yo) y la esquizofrenia con la presencia de la disgregación. Por otro lado, la epilepsia le generó al autor una matriz de tratamiento a partir del shock convulsivo. La explicación sobre la necesidad de provocar una convulsión epiléptica era que con ella se resolvería la tensión que existía entre el yo y el superyó, ya que de esta forma el paciente descargaría energías relacionadas con el instinto de muerte y la libido homosexual, de acuerdo con un mecanismo que el psicótico no epiléptico no podía realizar. Como conclusión, decía que era necesario provocar una epilepsia artificial en estos enfermos a partir del shock convulsivo. Vezzetti explica que para Pichon Rivière la terapéutica convulsivante no tenía una propiedad curativa, sino que hacía posible una operación sobre el yo (Vezzetti, 1996, pp. 258-259). El médico suizo consideraba que el psicótico, a través del tratamiento de shock, modificaba el aspecto cuantitativo de sus tensiones instintivas, al descargar su agresividad por medio de la convulsión y el coma, denominados "mecanismos de muerte". Aclaraba que las condiciones psicodinámicas que habían motivado la esquizofrenia no se modificaban. Los contenidos patológicos solamente se reprimían al disminuir sus cargas, y permanecían más o menos inactivos en el inconsciente durante cierto tiempo hasta que hacían su nueva aparición. Sostenía que con la insulinoterapia en cierto momento se lograba que disminuyera la intensidad de las represiones y que se desbloquearan los contenidos reprimidos. Así el paciente pasaba a ser neurótico y a generar transferencia con el médico momentáneamente. El tratamiento debía comenzar con shock hipoglucémico y, en el caso de fracasar éste o de haberse reducido totalmente la sintomatología psicótica del enfermo, se debía recurrir al cardiozol o al electroshock (Pichon, 1946, p.1-22). Por último, en relación con el procedimiento, Pichon Rivière sostenía que el médico que realizaba la psicoterapia no debía ser el mismo que aplicara los tratamientos biológicos, porque esto podía generar un aumento de ansiedad en el enfermo y provocar que se retirase a posiciones más lejanas a la realidad. Indicaba que el tratamiento psicoanalítico para la esquizofrenia difería del tratamiento con el neurótico en relación con la conducta del analista, pero no desde su dinámica. En ambos casos se giraba alrededor de la transferorresistencia. La psicoterapia en la esquizofrenia dependía del hecho de que el analista comprendiera la importancia de estos fenómenos de transferencia y de que lograra enfrentarlos de manera apropiada. Estos trabajos demuestran los cruces epistemológicos de la psiquiatría en busca de respuestas sobre la patología mental y el interés de diferentes ramas de la disciplina por los tratamientos para la psicosis. De este modo, más allá de la singular y atrapante figura de Pichon Rivière, su producción teórica acerca de las terapias de shock abre un nuevo escenario donde, por un lado, se describen nuevas hipótesis sobre la presencia de cuadros psicóticos, y por otro se justifica el uso de tratamientos de choque a partir de nociones psicoanalíticas, como un modo de propiciar las condiciones necesarias para practicar psicoterapia. EL ESTEVES COMO UN CASO CONCRETO DEL TRABA-JO CLÍNICO CON LAS TERAPIAS DE SHOCK En este artículo se trabaja en el ámbito clínico con una población muy particular: pacientes del Hospital José A. Esteves. Ellas eran, por lo general, de bajos recursos, la mitad eran extranjeras, muchas de las cuales no hablaban español, y en todos los casos presentaron al momento de su ingreso un cuadro psiquiátrico más o menos agudo que generó la preocupación de su pareja, un familiar o alguna institución pública, quien decidió internarla en un hospital psiquiátrico considerando que no se encontraba en condiciones de vivir una vida normal. Una vez internadas, estas mujeres sufrieron un proceso de cronificación hasta su muerte, y sólo un número acotado de ellas recibieron algún tratamiento, el cual no implicó la cura. Las terapias de choque en el Esteves aparecieron dentro de un marco institucional que ya se había mostrado desde un principio como un lugar donde se utilizaban diversas herramientas y tratamientos de la psiquiatría en la primera mitad del siglo XX. Así, desde la apertura del hospital, se usó el trabajo entendido en el marco del tratamiento moral, y como un hecho natural para el desarrollo de las instituciones hospitalarias en el país. Además, el trabajo de las pacientes se destinaba específicamente al autoabastecimiento del hospital, pues no aparecen registros que permitan interpretar que su producción haya generado un ingreso económico para la institución, o para ellas mismas. En el hospital Esteves, al igual que en otras instituciones públicas de Argentina, se mezcló el uso del trabajo como modo de mantener ocupadas a las pacientes, con la falta de personal para conservar principalmente la limpieza del lugar. Claramente la cuestión presupuestaria en una institución de estas características fue siempre un problema, y la participación de pacientes en el mantenimiento fue imprescindible. 8 Luego, a partir de la década de 1930, hubo algunos (pocos) casos de práctica del tratamiento de piretoterapias. 9 Éstos consistían en inocular diversas sustancias en enfermos mentales, con la idea de que los procesos infecciosos podían mejorar sus cuadros. Entre estas sustancias se utilizó la sangre de pacientes que padecían paludismo -malarioterapia-, un tratamiento considerado seguro y eficaz. Supuestamente, luego de las altas fiebres que producía la inoculación de parásitos de la enfermedad, los pacientes mejoraban. 10 También fueron comunes el uso de ampollas de leche, restraint y chalecos de fuerza, como modos de contener a las mujeres, en especial previamente a la llegada de los psicofármacos. Las historias clínicas de las pacientes que eran sometidas a los tratamientos de shock en el Hospital Esteves muestran mejoras en el corto plazo, pero en todos los casos se describe que los síntomas retornaron, aunque fuera de un modo más moderado; es decir, no manifestaron cambios profundos en los cuadros psiquiátricos. Por ejemplo, en la historia clínica de Teresa se registró, en junio de 1941: "Terminó el tratamiento instituido con un total de 16 'shocks eléctricos' de los cuales 4 fueron frustros y los 12 restantes de mediana intensidad. Cinco días después escribieron: "Durante el tratamiento [...] se había esbozado una ligera mejoría, se alimentaba, solía levantarse [...] sueño normal. En la actualidad vuelve a retrogradar a su estado anterior. Hay que alimentarla [...] gritos, llantos, precisa hipnóticos para dormir". 12 Esta última terapia se aplicaba, por lo general, con una frecuencia de día por medio durante un periodo de tiempo que variaba entre los 45 y los 90 días, con diferentes voltajes según la paciente. A algunas se les aplicaba en varias ocasiones a lo largo de su internación. Por su parte, los comas insulínicos aparecen de forma aislada en las historias clínicas. El uso del cardiozol se registraba en los expedientes médicos, pero no aparecen descripciones al respecto. Las terapias de choque eran aplicadas sin una explicación terapéutica concreta en las historias clínicas, y los tratamientos no eran excluyentes para algunos cuadros psiquiátricos, sino que se utilizaban para una gran variedad de diagnósticos e incluso para pacientes sin uno definido. Estos tratamientos se combinaban, y en los expedientes médicos se registraban períodos de alternan-cia entre ellos. Ésta, por lo general, no muestra una justificación clínica o terapéutica, por lo que no es posible saber si se trataba de decisiones relativas al cuadro mental o basadas en cierta lectura teórica, o si respondían a la llegada de alguna tecnología nueva, o si el criterio se cambiaba por algún otro motivo. Se pudieron detectar casos como el de Esther − diagnosticada con esquizofrenia simple e ingresada en 1952−, en que el cambio de una terapia de shock a otra parece haber respondido a la falta de resultados de la primera. Así se describe que se le realizaron electroshocks cada tres días durante tres meses, y luego se aplicó insulinoterapia. En una nota se registró: "más comunicativa, se alimenta mejor [...]." Pero a continuación se manifestó: "mutismo absoluto, esteriotipia de movimientos, soliloquios [...] se indica insulinoterapia". Se siguieron describiendo síntomas como autismo y sonrisa estereotipada al entrevistarla y aparecen otros tratamientos de electroshock en los años 1957 y entre 1964 y 1966. 13 Se sospecha que la repetición de los tratamientos puede haber respondido al uso de cada uno de ellos como un modo de aplacar momentáneamente ciertos síntomas, o que por coyunturas hospitalarias era el turno de una paciente para recibirlo. La realidad es que no se encuentran explicaciones clínicas en los expedientes médicos que justifiquen la aplicación de cada una de las terapias. Continuando con esta última idea, en una historia clínica de la década de 1940, se presenta una planilla para el seguimiento del electroshock. En ella se buscaba registrar los siguientes datos: día de ingreso, nombre, edad, diagnóstico, fecha que se aplicaba la terapia, resistencia cefálica, voltaje, tiempo, características de la convulsión, accidentes, reacción posparoxismal, número de orden, modificaciones del cuadro clínico, y figura un espacio para registrar las observaciones. En este caso, se habían llenado los datos de fecha, voltaje, tiempo y número de orden. 14 Se interpreta estos vacíos en las fichas como indicios de aquella información que en la práctica se consideraba relevante registrar para entender la aplicación terapéutica y la que no; aunque también pueden responder a falencias burocráticas del trabajo cotidiano en el hospital. Con estas terapias se trataba el psiquismo de las pacientes, pero al mismo tiempo se hacía una intervención en su cuerpo. Todos los tratamientos implicaban una combinación de búsqueda de cura o mejoría de síntomas y una forma de control, ya que eran intervenciones que, dado su fuerte impacto físico, las calmaban (García, 1975). Es por esto que, a partir de la presencia de terapias de shock en el hospital, los médi-cos y el personal tuvieron nuevos mecanismos de contención de las mujeres que padecían algún ataque, y realizaron un control general del comportamiento de las pacientes en los pabellones. Se encontraron también expedientes médicos con descripciones sobre el uso de algunas de estas terapias combinadas con ampollas de leche o restraint para tranquilizarlas. 15 Además, en algunos expedientes médicos figura el consentimiento de las familias para realizar cada una de las terapias. De hecho, aparecen casos de pacientes que se escapaban de la institución durante los tratamientos, y eran las mismas familias las que las llevaban de regreso al hospital. 16 Esto presenta un escenario donde, si existía la presencia familiar, ellos conocían los tratamientos que las mujeres recibían. Una referencia teórica obligada para entender el uso de los tratamientos en un escenario clínico como éste es la teoría de control social planteada como trasfondo en el trabajo de Irving Goffman, 17 de acuerdo con la cual existe una normatividad implícita en la práctica, aunque no se encontrara objetivada, que se narraba a partir de diversas coyunturas del proceso de internación. Así, describe la normatividad generada al tratar a todos los internados del mismo modo, aplicando la "doctrina psiquiátrica" más allá de las diferencias personales que hubiera entre ellos. El autor describe también cómo a partir de las desfiguraciones en los cuerpos de los que llama internados -como consecuencia de las terapias de shock, por ejemplo-, se generaba la pérdida de seguridad personal. Además, los individuos participaban de diversos actos indignos en su cotidianeidad en la institución, que generaban consecuencias simbólicas incompatibles con la concepción de su propio yo (Goffman, 2001). 18 Por otra parte, Pierre Bourdieu explica que la violencia simbólica es la coerción que se instituye a través de la adhesión, en que el dominado no puede evitar al dominante y, por lo tanto, a la dominación. Los instrumentos de conocimiento que tiene el dominado -que forman parte de la misma estructura de dominación incorporada-hacen aparecer a esta relación como natural. La violencia simbólica es una violencia ignorada, que, gracias a la adaptación inconsciente de las estructuras subjetivas y objetivas, hace posible la incorporación de creencias que parecen dotadas de legitimidad, de lo que está en el orden de las cosas (Chevallier, Chauviré y Consigle, 2011, pp. 176-177; Bourdieu, 1999, p. Mediante el concepto de violencia simbólica busca hacer visible una forma imperceptible de violencia cotidiana. El autor considera que a dicho tipo de violencia es complejo resistirse, ya que está al mismo tiempo en todas partes y en ninguna (Bourdieu y Eagleton, 2000). El aporte de Bourdieu se toma para este caso particularmente en lo vinculado con el rasgo de invisibilidad de la violencia simbólica. A partir de esta noción, se considera que, en la cotidianeidad hospitalaria, las relaciones de poder que se generaron, y que regían las dinámicas dentro de la institución, funcionaban en un plano implícito e inconsciente. Bourdieu sostiene que, a partir de los mecanismos de violencia simbólica, la opresión es más eficaz y por lo tanto más brutal; al absorberse como el aire, como dice el autor, los dominados se adaptan a la situación. Su cuadro mental las posicionaba como "dominadas" frente a sus familiares, al personal hospitalario y a los médicos. Esto se reflejó en la pérdida de sus pertenencias, de su singularidad, de su autonomía, del control sobre su futuro, y en los cambios en su situación legal. Estos mecanismos de dominación se pueden ubicar además en los cuerpos de las pacientes, los cuales se encontraban completamente en manos de los médicos y del personal de la institución (excepto momentos en los que reaccionaban e intentaban resistirse a algún tratamiento, cuando escaparse o producían algún acto de violencia física contra ellas mismas o un tercero). Las decisiones sobre su terapéutica -entre ellas, la exposición a terapias de choque-eran tomadas por los médicos, una situación en la cual por lo general las mujeres ni siquiera pensaban en la posibilidad de negarse. En el marco de esta estructura hospitalaria, la naturalización e invisibilidad de este proceso estaba dado por el "saber psiquiátrico" que dominaba la relación con las pacientes. Por último, en el plano institucional, entre los documentos de la Sociedad de Beneficencia de la Capital Federal (institución a cargo del hospital hasta aquel momento), se encontró una nota del mes de enero de 1948, donde se solicitaba a la administración del hospital la compra de cuatro aparatos de electroshock y se expresaba que, con una población de 3200 enfermas, la institución no contaba con ese "[...] imprescindible elemento para el tratamiento de enfermas mentales". Además, se manifestaba que en realidad se necesitaban 13 aparatos, uno por pabellón. Luego del estudio de tres marcas diferentes, se decidió comprar cuatro aparatos que fueron descriptos como "Aparatos electro shock marca 'IDE', modelo D. IMP., construidos con material sólido, resistente a movimientos bruscos, a presión de golpes, para medir tensiones regulables desde 20 a 135 voltios corriente alternada y periódica de 50 ciclos [...]". 19 De este modo, las terapias de choque parecen haber sido una práctica común del hospital, de la que se encuentran indicios en el registro de su aplicación, el consentimiento de las familias para realizarlas y en los documentos que refieren a la adquisición de la tecnología necesaria. De igual modo, en el hospital existieron muchas terapias, para pocas pacientes, ya que -como analizaremos a continuación-dentro del grupo de mujeres que estudiamos, hasta la década de 1960, la mayoría no recibió terapia alguna durante sus años de internación. ANÁLISIS CUANTITATIVO DE LOS TRATAMIENTOS EN PACIENTES CRÓNICAS: LAS TERAPIAS DE SHOCK Y SUS COMBINACIONES EN EL ESTEVES Con el objetivo de comprender la representatividad de la aplicación de dichas terapias en un espacio hospitalario y su combinación con otros tratamientos, se pretende realizar en este apartado un análisis cuantitativo de su aplicación en el Hospital Esteves. Se decidió considerar específicamente aquellos tratamientos que más se repiten en las historias clínicas, entre los que se encuentran la aplicación de terapias de shock (insulínico, cardiozólico y eléctrico), junto con psicofármacos y entrevistas psicológicas. 20 En relación con la aplicación de estas terapias, como primer dato cuantitativo se observa que el 35% de los casos analizados recibieron alguna de éstas o la combinación de varias de ellas. La categoría que se denomina "combinadas" podría aplicarse en casi la totalidad de los casos, y consistió en el uso de terapias farmacológicas con algún otro tratamiento (véase cuadro 1). Pero fue recién en la década de 1960 cuando el número de pacientes que recibieron terapias fue mayor que el de aquellas que no recibieron ninguna. Es decir que, desde la aparición de estos tratamientos hasta la última década del estudio, se presentó una doble realidad en el hospital: por un lado, una institución en la que se practicaban las terapias en boga a nivel mundial -a un número reducido de la población-y, por otro lado, una mayoría de pacientes crónicas que no recibían ningún procedimiento. El tratamiento que más recibieron todos los cuadros de psicosis fue farmacológico; en segundo lugar, la combinación de diversas terapias; y en tercer lugar se aplicó shock (cuadro 1). La psicoterapia y el examen psicológico fueron prácticamente nulos desde el aspecto cuantitativo, y figura en historias de pacientes ingresadas desde la década de 1960. 22 El cuadro No 2 grafica las terapias recibidas según los distintos diagnósticos, que se definieron de la siguiente manera: primero se nombró "sin diagnóstico" a aquellos casos que no contaban con este dato; luego se separó las "no psicosis", es decir, todas las patologías psiquiátricas que no eran cuadros de psicosis. Entre éstos se hizo un corte cuantitativo y se destacaron los más representativos: demencia precoz, esquizofrenia, demencia, delirio, paranoia. Luego, a una cantidad importante de diagnósticos variados que no tenían entidad cuantitativa para ser considerados de manera particular se los agrupó con el nombre de "otras psicosis". Por último, se generó un grupo de "múltiple", que fueron aquellos casos que presentaron varios cuadros patológicos. El cuadro 2 destaca los tratamientos que recibieron las mujeres según su diagnóstico de psicosis. El cuadro presenta dos extremos: las pacientes con delirio, que prácticamente no recibieron terapia, y las mujeres diagnosticadas con paranoia, que recibieron terapia casi en su totalidad. 23 El principal motivo que explicaría los tratamientos de prácticamente todas las paranoicas fue que la paranoia fue la última de estas patologías en aparecer entre los diagnósticos del Esteves y, como ya se mencionó, cuanto más se avanza en el tiempo del arco temporal en estudio, más terapias recibieron las pacientes. El segundo grupo que más terapias recibió fue el de "otras psicosis", más de la mitad de las que las recibieron, como muestra el cuadro 3. En este grupo se destacan las pacientes con cuadros que refieren a la epilepsia y diagnósticos vinculados a la senilidad. Por Fuente: Elaboración propia a partir del Fondo Documental Historias Clínicas del Hospital Esteves, AGN Intermedio, con base en los casos analizados), muestra el uso de la terapia de shock en todo el abanico diagnóstico. Aplicación de terapia de shock según diagnóstico último, se puede notar que los cuadros clínicos que recibieron más cantidad de tratamientos fueron la demencia precoz y la esquizofrenia (si se trabaja con los totales), pues no se debe olvidar que también fueron los diagnósticos más numerosos (véase cuadro 3). Las terapias que más se practicaron fueron las psicofarmacológicas, junto con las combinadas Y las de shock como se muestra en el cuadro 4. A partir de su llegada en la década de 1950, los psicofármacos fueron utilizados en un mayor número de casos y poco a poco desplazaron a las terapias de shock. Se considera que este hecho puede responder principalmente a que su aplicación era más fácil y requería de menos personal que las terapias de choque, y también a su practicidad, pues a partir de las descripciones de algunos expedientes médicos se sabe que su uso permitió mantener bajo control a las mujeres en los pabellones. De este modo, la mayor eficacia de esta terapéutica implicó en primer lugar permitir el control de la población psiquiátrica, al modo de amansamiento por efectos químicos (véase cuadro 4). En el caso del Hospital Esteves, los psicofármacos fueron utilizados en mayor proporción desde la década de 1960 y desde este momento el 30% de las pacientes recibieron dicha terapia. No se encuentra una fundamentación sobre la decisión de medicar, o la elección entre el uso de una droga u otra, que más bien parece responder a la disponibilidad de los diversos psicofármacos. De igual modo, fueron casi nulos los casos en que haya existido un cambio en la medicación a lo largo de toda la internación. Por último, se destaca que los psicofármacos fueron utilizados para diversos cuadros diagnósticos y que el 11% de quienes recibieron esta terapia no tuvieron un diagnóstico registrado. Aplicación de tratamiento según diagnósticos A partir del análisis realizado, se sostiene que el perfil del hospital para crónicas habría comenzado a cambiar con la llegada de terapias de choque, y por lo tanto el modo de entender los cuadros padecidos por estas mujeres también; pero al mismo tiempo seguía existiendo una mayoría de pacientes no tratadas que habitaban la institución y que murieron en ella. Es decir, la presencia de estas terapias fue un avance importante para los psiquiatras del Esteves, pues posicionó a este hospital a la par de otros nosocomios de la Capital Federal en materia de tratamientos, y probablemente (como se analizó en relación a la producción teórica de los psiquiatras) cambió la manera de entender a las mujeres, pero no implicó una modificación profunda en el tratamiento de pacientes crónicas. El desarrollo teórico sobre las terapias de shock permite observar la presencia de las terapéuticas para la psicosis desde distintas posiciones teóricas. Además, la idea de cura era diferente según la postura teórica que se seguía: mientras que ésta era el utópico punto de llegada en las terapias biológicas, los psicoanalistas con sus tratamientos buscaban manejar síntomas. En el campo clínico, la idea unificada fue el uso combinado de las terapias de shock y farmacológicas con las psicoterapias: algo así como "paquetes" terapéuticos posibles de aplicar ante las patologías. Al mismo tiempo, la llegada de estas terapias generó cambios en la concepción de los médicos sobre la enfermedad mental (al menos así lo manifestaron en sus textos), y ubicó a la esquizofrenia como un cuadro tratable -al menos en su etapa inicial-. Este cam-bio indefectiblemente debió modificar la imagen del enfermo mental, ya que su destino podía llegar a ser otro además de transitar el resto de su vida como paciente de una institución psiquiátrica. A pesar de estos aportes teóricos, en los casos clínicos que se analizan, las terapias de choque parecen haber cumplido una función de respuesta ante la presencia de ciertos síntomas y momentos crisis de las pacientes, y no lograron modificar sus cuadros. Este contrapunto clínico no pretende desdecir aquello que se sostenía en la teoría, más bien busca mostrar otras realidades -las hospitalarias-que también sucedieron en el campo psiquiátrico local. Se destaca que las pacientes crónicas también fueron parte del escenario social, y que es preciso darles presencia como receptoras de estos tratamientos, por ejemplo, a partir de contar cómo fueron sus derroteros hospitalarios. Aunque la voz directa de las mujeres no aparezca en las descripciones realizadas de las historias clínicas, se considera que hay otros modos de darles visibilidad, por ejemplo, como se hizo en este trabajo, mediante el relato a partir de datos cuantitativos sobre tratamientos recibidos, el modo en que fueron diagnosticadas, y algunos rasgos personales (como su nacionalidad y el idioma que hablaban). De este modo, se sostiene que los psiquiatras ensayaron modos de dar respuestas a las patologías mentales, particularmente a la esquizofrenia, a pesar de no entender demasiado sobre ella. Este hecho los ubica como personajes históricos que pretendieron paliar el sufrimiento de los enfermos, y que fueron construyéndose una identidad dentro de una disciplina particular inserta en el campo de la salud. Pero al mismo tiempo, es preciso destacar que estos tratamientos generaron dinámicas de poder particulares en el vínculo médico-paciente, y que tuvieron consecuencias físicas, psíquicas y emocionales en los pacientes. Fuente: Elaboración propia a partir Fondo Documental Historias Clínicas del Hospital Esteves, AGN Intermedio, con base en los casos analizados. Quiero agradecer la lectura y valiosos comentarios del Dr. Rafael Huertas, y de los evaluadores anónimos. 1 No todas las pacientes del Hospital Esteves fueron crónicas, pero para esta investigación se trabaja con aquellas mujeres que fallecieron en la institución. 2 Este hospital fue escenario de una de las experiencias psiquiátricas más innovadoras del país en la década del sesenta, el Proyecto Piloto de Comunidades Terapéuticas (1969)(1970)(1971). 3 Otros autores que abordaron estas terapias como objeto de estudio fueron (Scull, 1994) y (Braslow, 1997). 5 Acusse, Domingo (1945), "Cardiozolterapia en Psiquiatría", Tesis de Doctorado, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Ciencias Médicas, Escuela de Medicina 6 Véase también Luna, J. A., Fernández Amallo, Cacliotti, C. y Bucich, G. (1969), "La trifluorperacina en la esquizofrenia. Su uso intratecal", Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina, XV (1), pp. 91-95; Melgar, Ramón; Rodríguez Villegas, Raúl; Weledniger, Lola y Luna, Héctor Máximo (1960) "La trifluoperacina en el tratamiento de las esquizofrenias crónicas", Psiquiatría, 3. 51-62; Goldemberg, Mauricio, Bar, Liliana, Caparrós, Antonio, Casarino, Marcelo, Germano, Carlos, Hammond, Harold, Kesselman, Hernán y Sluzki, Carlos (1961), "Nuestra experiencia en psicofarmacología clínica. Segundo Congreso Argentino de Psiquiatría". Tema II: Psicofarmacología clínica, Acta Neuropsiquiátrica Argentina, 7, pp. 83-84; Fischer, Edmundo (1961a), "Algunos Aspectos Psicofisiológicos de la Psicofarmacología", Psiquiatría, 1 (4), pp. 61-66; (1961b), "Algunos enfoques clínicos de la psicofarmacología", Psiquiatría, 3 (1), p. Actas de la Sociedad de Beneficencia de la Capital Federal. Archivo General de la Nación. 20 El período completo del análisis cuantitativo de pacientes crónicas fue entre 1895 y 1987, es decir, el arco temporal completo de las fuentes que contiene el archivo de Historias Clínicas de dicho Hospital en el Archivo General de la Nación, Departamento Intermedio. Sin embargo, como la aparición de las terapias de choque no fue hasta la década de 1930 en el hospital, este trabajo acota su periodización entre 1930 y la primera mitad de la década de 1970, momento en que se encuentra el último caso que recibió este tipo de terapéutica. El total de historias clínicas del acervo documental es de 4058. Se trabajó con alrededor de la tercera parte de los casos. 21 En el análisis cuantitativo de las pacientes que recibieron terapias no se cuenta con la fecha exacta de su aplicación, ya que no en todas las historias clínicas estaba registrada; por lo que se trata de entender esta periodización en el cruce entre la fecha de admisión de las pacientes y las décadas en las cuales surgieron estas terapias. Para los casos que se desarrollan en profundidad, están contempladas las fechas exactas de aplicación de los tratamientos.
La relevancia del psicoanálisis en Buenos Aires y la importancia de la tradición experimental en Barcelona serán aspectos centrales para identificar las particularidades de cada caso. La psiquiatría y el psicoanálisis no han sido las únicas disciplinas involucradas en la construcción de una scientia sexualis (Foucault, 1976). Desde el XIX, el discurso médico occidental legitimó una lectura binaria de los cuerpos sexuados (Laqueur, 1990). Desde la perspectiva de Fausto Sterling, las hormonas esteroides podrían haberse interpretado como hormonas de crecimiento que afectaban a órganos de todo el cuerpo. Sin embargo, entre 1900 y 1940, se convirtieron en marcadores de la diferencia sexual porque fueron leídas como sexuadas y en los términos de las luchas y disputas entre los sexos que transcurrían en las sociedades de los científicos que las estudiaron. Hacia la segunda década del siglo XX, la endocrinología se configuró como una especialidad médica (Glick, 1976). Las enfermedades vinculadas a la química corporal se convirtieron en síndromes que muchas veces fueron leídos como relacionados con patologías psiquiátricas y psicológicas. La obesidad fue una de ellas, el exceso de peso dejó de ser interpretado como un problema estético para convertirse en una cuestión médica (Vigarello, 1995; Schencman, 2010). En este contexto, se transformaron las nociones que asimilaban la robustez de los lactantes y los niños con la buena salud en las campañas por la lactancia materna. La problematización de la obesidad infantil se tornó visible en la década de 1930, cuando los desvelos por las muertes fueron cediendo espacio a las preocupaciones por la baja en los nacimientos. En el campo médico internacional, la denominación síndrome adiposo genital solía utilizarse como una definición rutinaria ante los niños gordos y para referirse al Síndrome de Fröhlich, una patología que combinaba obesidad con atrofia genital y que se entendía que era producto de un desequilibrio hormonal. 1 En la primera mitad del siglo XX, sus causas y sus tratamientos conformaron una controversia científica (Collins, [1975] 1995) que incluía a expertos europeos, norteamericanos y latinoamericanos. Se debatía la importancia relativa de la pineal, las gónadas, la hipófisis y el hipotálamo; y la efectividad de las distintas estrategias de curación. Las explicaciones fisiológicas no eran ajenas a los sesgos de género, especialmente en las descripciones anatómicas y psicológicas de los pacientes. La adiposidad en las caderas o en las mamas y el carácter místico o fantasioso fueron interpretados como signos de feminidad. En España, estas interpretaciones y debates adquirieron resonancia. Dicho síndrome fue adjudicado a niños y niñas en los consultorios de endocrinología, en los laboratorios de fisiología y en los dictámenes psico-pedagógicos. En la década de 1920, un endocrinólogo de Barcelona logró repercusión internacional porque publicó una serie de casos que habrían sido curados mediante la aplicación de rayos X en la hipófisis. Profundizaremos en los diagnósticos y los tratamientos implementados en el consultorio de psico-neuroendocrinología del Hospital de Niños de la ciudad de Buenos Aires y en el Dispensario de Endocrinología de la Cátedra de Terapéutica de la Facultad de Medicina de Barcelona. El espacio argentino adquirió relevancia por el prestigio internacional del Servicio en el que funcionaba y porque los médicos que allí se desempeñaron fueron fundadores de la Sociedad Argentina de Endocrinología y Metabolismo y de la Asociación Psicoanalítica Argentina. En el consultorio de Barcelona atendían los principales referentes de la escuela catalana de endocrinología que integraron la Societat de Biología y el Laboratorio de Fisiología del Institut d ́Estudis Catalans. ENTRE CONSULTORIOS Y LABORATORIOS En Argentina, la circulación de las ideas científicas sobre hormonas fue temprana. Desde principios del siglo XX, algunas revistas como Vox Médica y La Semana Médica publicaron traducciones de los experimentos de investigadores europeos y proliferaron anuncios que comercializaban extractos de glándulas. Desde fines del siglo XIX, los médicos de ese país estudiaron en el extranjero y formaron parte de laboratorios reconocidos de Europa y Estados Unidos. En las primeras décadas del siglo XX, se crearon institutos de fisiología en las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Rosario (Buch, 2006). En este desarrollo tuvo una importancia fundamental el financiamiento de la Fundación Rockefeller. Los fisiólogos desarrollaron estudios sobre el ciclo sexual femenino, hormonas y hormonoterapia, con el apoyo de la Fundación y en relación con endocrinólogos constitucionalistas norteamericanos (Eraso, 2007). Algunos científicos argentinos alcanzaron prestigio mundial. Bernardo Houssay fue galardonado con el premio Nobel por sus investigaciones sobre la hipófisis y el páncreas; Roberto Pascualini y a Grato Bur alcanzaron amplia resonancia por sus intervenciones clínicas en eunucoidismo; y las investigaciones de Carlos Galli Mainini sobre la gonadotropina coriónica resultaron fundamentales para la elaboración de test de embarazo (Cepeda, 2011). Desde 1933, la endocrinología también encontró un espacio relevante en la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social ligada a la Escuela de Biotipología fundada en Italia por Nicola Pende (Rustoyburu, 2012a). En la década de 1930, la hormonoterapia era una técnica difundida entre los ginecólogos tanto para atender correcciones genitales como disfunciones menstruales y problemas de esterilidad (Eraso, 2007). En el Hospital de Niños, los endocrinólogos se vincularon al psicoanálisis y formaron parte de la introducción de la medicina psicosomática. En España, la endocrinología también alcanzó un desarrollo temprano a partir de la discusión de los trabajos de Claude Bernard y Carl Brown-Sèquard. Desde la segunda década del siglo XX, se puede hablar de un movimiento endocrinológico español con la consolidación de las escuelas catalana y madrileña (Glick, 1976; Orozco Acuaviva, 1999). La primera publicación, Archivos de Endocrinología y Nutrición, fue fundada en 1924 por Gregorio Marañón. La presidió junto al catalán Augusto Pi i Suñer y el argentino Bernardo Houssay, hasta 1927 cuando dejó de editarse. En esa publicación puede apreciarse el amplio abanico de patologías que atendían y la difusión de los opoterápicos. En sus páginas, no predominaron las enfermedades referidas a los órganos reproductivos y genitales. Sin embargo, se visualiza un debate con "los feministas" donde los endocrinólogos reafirmaban la determinación biológica del rol de la mujer. Esto no era ajeno al devenir histórico. En este país, la mirada médica decimonómica contribuyó a la sexualización de los cuerpos construida por la ciencia occidental. Así la feminidad fue pensada como opuesta a la inteligencia, y la instrucción era entendida como incompatible con la procreación. Marañón afirmaba que la función natural y social de la mujer "normal" era la reproducción y el ejercicio de la maternidad, aunque admitiera su probada capacidad para ejercer otras actividades. Este posicionamiento lo acercaba a las feministas que fundamentaban sus reivindicaciones sociales y políticas desde el maternalismo (Aresti, 2001; Castejón, 2013). Las lecturas que hacían hincapié en la inferioridad fueron perdiendo preminencia, en la década de 1930, ante ciertas perspectivas que visibilizaban la diversidad de mujeres. Esto era compatible con la nueva situación social y económica en la que éstas tenían mayor presencia en el ámbito público, y daba cuenta de los diálogos que algunos sectores de la medicina entablaron con las feministas más importantes de los años veinte (Ortiz Gómez, 1993; Aresti, 2001). En Cataluña, desde fines del siglo XIX, Ramón Turró i Darder se destacó por sus trabajos sobre la medicación tiroidea, la obesidad y la pancreatina. En los inicios del siglo XX, Pi i Suñer adquirió reconocimiento por sus estudios sobre la función fijadora del hígado y la glucopatía, y por su concepción holística de las correlaciones químicas. A partir de 1912, un grupo de biólogos que se dedicaban a la endocrinología experimental se agruparon en la Societat Catalana de Biología del Institut d ́Estudis Catalans. Ese grupo estaba conformado por Pi i Suñer, Turró i Darder, Jesús María Bellido y Leandre Cervera i Astor, los principales exponentes de la escuela catalana. En 1917, ese espacio adquirió visibilidad porque fue el escenario de la presentación de las Cuatro lecciones sobre secreciones internas de Eugène Gley, una obra que se convirtió en una referencia para los especialistas (Orozco Acuaviva, 1999). Estos entramados institucionales son elementos indispensables para comprender el proceso de construcción de los discursos en torno del síndrome adiposo genital. En Buenos Aires, la endocrinología dialogó con la psicología, la psiquiatría y el psicoanálisis. En el Hospital de Niños, los pacientes leídos como obesos fueron derivados a una sala en la que se desempeñaban médicos que formaron parte de la fundación de las primeras instituciones colegiadas de esas especialidades. En Barcelona, el dispensario de la Cátedra de la Facultad de Medicina estaba conformado por biólogos experimentales y médicos. Su perspectiva los acercó al grupo de endocrinólogos argentinos vinculados a la fisiología. En 1919, Pi i Suñer y Cervera i Astor visitaron Argentina, participaron de las contiendas locales a favor de Houssay e iniciaron un período de intercambios de experiencias y de alianzas entre ambos laboratorios que se alineaban a la perspectiva crítica de Gley (Buch, 2006). Esto significaba un posicionamiento cauteloso sobre los resultados de la opoterapia, y especialmente sobre el supuesto que entendía que de cualquier órgano podía extraerse una sustancia específica. En el Hospital de Niños de Buenos Aires, parecía predominar una corriente en que el sistema nervioso tenía un papel fundamental. En 1932, cuando Rodolfo Rivarola asumió la dirección del Hospital colocó bajo una sola jefatura a las disciplinas neurológicas, psiquiátricas y endocrinológicas. El jefe de ese servicio fue el prestigioso neuropsiquiatra infantil Aguiles Gareiso, que se mantuvo en su cargo hasta 1943. Este espacio ocupó un lugar importante para los inicios de la pediatría psicosomática porque allí se llevaron a cabo los primeros diagnósticos de enfermedades somáticas desde supuestos psicoanalíticos. En este servicio, Arnaldo Rascovsky, Samuel Schere, Enrique Pichon Riviere, Juan Carlos Perellano, Jaime Salzman, Teodoro Sholossberg y Gregorio Ferrari Hardoy 3 resignificaron el lugar otorgado a la química hormonal en la configuración de ciertas enfermedades. Esas lecturas incidieron en sus interpretaciones sobre el origen psíquico de algunas enfermedades como la obesidad o la epilepsia. Rascovsky ha sido reconocido como uno de los primeros en realizar este tipo de estudios, uniendo sus saberes adquiridos en el laboratorio de Houssay a sus primeras aproximaciones al psicoanálisis. Las investigaciones y los análisis de casos realizados por ellos fueron presentados en las Sesiones Científicas de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) y luego publicados en los Archivos Argentinos de Pediatría, su órgano oficial. En Barcelona, el síndrome adiposo genital habría sido identificado en forma recurrente en los consultorios de endocrinología, pero estos no eran atendidos por pediatras ni funcionaban en hospitales de niños. Fue objeto de experimentación e intervención del médico y veterinario Leandre Cervera i Astor (1891-1964), un investigador de la Escola Superior d ́Agricultura de la Mancomunitat de Catalunya, del Laboratori Municipal junto a Turró i Darder y del Institut de Fisiología de la Universidad de Barcelona, bajo la dirección de Pi i Suñer y Jesús María Bellido. Durante los primeros quince años de su trayectoria se dedicó a los estudios de laboratorio, pero en 1927 se convirtió en un especialista en Sindrome de Frölich por sus prácticas clínicas exitosas con rayos X. Sus presentaciones de casos fueron publicadas y citadas en revistas científicas catalanas, francesas, alemanas y cubanas. 4 En 1929, visitó Argentina acompañando a Pi i Suñer y formó parte de un curso organizado por el Instituto de Fisiología donde también intervinieron De Quervain, Marañón, Pittaluga, Jiménez Díaz, Carrasco Formiguera, Goyanes, Bellido y Carulla. En 1933, ingresó a la Academia de Ciencias Médicas de Barcelona. En ese mismo año, publicó "La pubertad normal" y "La pubertad patológica" en Monografies Mèdiques. Fue secretario y presidente de la Societat de Biología, y fundador y editor de la revista La Medicina Catalana. En sus presentaciones, las explicaciones de las causas del síndrome y de su tratamiento las fundaba en el funcionamiento glandular. Sin embargo, en 1934 mencionó la utilización de test psicológicos y de feminidad. Esta situación no era ajena a su vinculación con pedagogos y maestros en los Ateneos y en los Estudis Universitaris per a obrers durante la República. En España, los tiempos de la Guerra Civil interrumpieron las trayectorias de muchos endocrinólogos y el proceso de institucionalización iniciado en la República (Aguirre Marco, 2013; Orosco Acuavia, 1999). En Argentina, fue a partir de 1946 cuando los médicos vinculados a la APA y a la Sala XVII del Hospital de Niños tuvieron que renunciar a sus cargos en forma de protesta ante las intervenciones del gobierno peronista (Rustoyburu, 2012b; Hurtado y Fernández, 2013). Sin embargo, esto no impidió que continuaran con sus carreras académicas en los cuerpos colegiados, publicando sus investigaciones y casos clínicos en revistas especializadas nacionales e internacionales. EL SÍNDROME ADIPOSO GENITAL EN BUENOS AIRES: HIJOS ÚNICOS Y PSICOPATÍAS El consultorio externo de psico-neuro-endocrinología del Hospital de Niños de Buenos Aires era dirigido por Alejandro Petre. Su organización y funcionamiento pretendía replicar las experiencias desarrolladas por William Healy 5 en Estados Unidos y por Édouard Pichon 6 en Francia, quienes habían creado servicios de neuropsiquiatría. En este caso, agregaron la endocrinología porque se inscribían en la tradición que consideraba que existía una influencia de los factores psicológicos en la presentación de las enfermedades hormonales. Esto suponía que las aproximaciones y las intervenciones sobre los cuerpos de las y los pacientes abarcaban múltiples dimensiones. Lo que conceptualizaban como normalidad evolutiva era medida en relación a tres niveles: afectiva, intelectual y somática. Por esto, cuando los médicos de este servicio presentaban las características de los diagnósticos, afirmaban que realizaban un estudio que incluía diferentes exámenes: psicológico y ambiental, neuropsiquiátrico, endocrinológico, foniátrico y dento-maxilo-facial, y clínicosomático. La figura del médico era central para la administración de esta serie de métodos. En esos años, se ejercía una "psicología sin psicólogos" porque aún no se habían formado especialistas en Argentina (Vezzetti, 1996). 8 En el consultorio de psico-neuro-endocrinología, los métodos y las técnicas elaborados por psicólogos ocupaban un lugar destacado en el momento del diagnóstico y del tratamiento, que en algunos casos incluía psicoterapia. A pesar de la existencia de asistentes sociales, el análisis ambiental y psicológico se elaboraba a partir de un cuestionario destinado a los padres que era realizado por el pediatra. En estos informes, adquirían especial importancia las relaciones afectivas de la madre hacia el niño o la niña, los vínculos de la pareja y la práctica de colecho y cohabitación. Luego se sometía al niño o la niña al mismo procedimiento, aunque los test de Rorschach y Binet-Simon-Stanford, el cuestionario de Ballard, los baby-test de Buhler, la prueba de Bieuler y Jung eran aplicados por un técnico especializado. Gregorio Ferrari Hardoy, un médico foniatra formado en la escuela vienesa de Froeschels, ocupaba un lugar de relevancia en el servicio porque partían del supuesto de que el carácter y las perturbaciones de la voz -como el ceceo o el balbuceo -eran indicadores claros de la presencia de enfermedades psicoendocrinológicas. El examen neuropsiquiátrico también era realizado por los médicos, quienes solían hacer encefalografías y otras pruebas complejas que en esos tiempos requerían la internación del o la paciente. Los aspectos endocrinológicos eran evaluados a partir de radiografías, exámenes químicos, mediciones odontológicas y especialmente fotografías. En las presentaciones de los casos y en la elaboración de los diagnósticos, las imágenes adquirían una importante presencia como pruebas válidas de las malformaciones, e inclusive de las predisposiciones anímicas. En algunas historias clínicas presentadas como ejemplos de obesidad monstruosa en lactantes, las fotos eran las únicas evidencias de que esa patología existía porque la batería de estudios realizados no les permitía probar su etiología, ni otros signos. En las narraciones de los procesos psicopatológicos, los rostros apenados y el cabello desarreglado ilustraban los ingresos de las y los niños al Servicio, y las sonrisas enmarcadas de grandes moños o gominas eran las evidencias de la curación. Por último, se efectuaba el examen clínicosomático al que se le agregaban los informes de laboratorio, radiológicos y de metabolismo basal que se solicitaban a los distintos servicios del hospital. Luego, se elaboraba un diagnóstico que consideraba los factores ambientales, neuropsicopáticos y clínicosomáticos. Los tratamientos podían incluir psicoterapias, aislamiento de la familia, electroshock, baños de inmersión, dietas, vitaminas y hormonoterapia. Como sucedía desde los inicios de la endocrinología, la tiroxina y la foliculina eran aplicadas en múltiples situaciones. En esa sala, Florencio Escardó trataba las vaginitis infantiles mediante la administración de estrógenos que alteraban la anatomía genital de las niñas hasta otorgarle una apariencia similar a la de las adultas. 9 De esta manera, contenía las infecciones y no implementaba tratamientos invasivos que requerían manipulaciones molestas (Rustoyburu, 2012b). En este tipo de experimentos, la química corporal era estrictamente controlada por el médico y no altera-ba el sexo de las pacientes. En cambio, cuando los cuerpos parecían transgredir la diferencia sexual se convertían en casos de estudio, clasificación e intervención quirúrgica. Los varones que presentaban un desarrollo mamario notorio eran leídos como ginecomastas, sometidos a múltiples test y se les extirpaban las mamas aunque se tuviera en cuenta que su psiquismo era "feminoide". La aparición de esos signos sexuales secundarios era interpretada como producto de un incorrecto funcionamiento testicular, entendían que una ectopia podía ser la causa de que sus gónadas no actuaran inhibiendo a las hormonas del sexo opuesto (Rustoyburu, 2012a). Estos supuestos sobre la relación entre las hormonas y la sexualidad también actuaban como lentes desde los cuales interpretaban los cuerpos leídos como obesos. Sin embargo, en ellos la sexualidad y la química corporal eran entendidas como determinados por el ambiente familiar. Hacia fines de la década de 1930 y a principios de la de 1940, Rascovsky, Schere, Pichon Riviere, Perellano, Salzman, Sholossberg y Ferrari Hardoy realizaron una serie de presentaciones en la SAP sobre síndrome adiposo genital. Expusieron historias clínicas de varones, atendidos en su consultorio y en la sala dirigida por Del Castillo, donde identificaban que las causas de dicho síndrome provenían del ambiente. Argumentaron que cuando las madres y los padres no mantenían relaciones armónicas y satisfactorias podían afectar el desarrollo sexual de sus hijos. Entendían que cuando el niño era hijo único, u ocupaba un lugar especial en la familia, la madre solía orientar su libido hacia él. Creían que el colecho y la cohabitación podían generar estímulos sexuales inadecuados que fijaban su desarrollo psíquico en la etapa oral, lo cual devenía en un aumento de su ansiedad que era saciada mediante la alimentación. En la sesión de Pediatría del V° Congreso Nacional de Medicina, realizado en la ciudad de Rosario en 1934, Schere y Pellerano presentaron una ponencia sobre "la obesidad en la infancia" donde expusieron los resultados obtenidos del estudio de veintiún casos. Allí desarrollaron las siguientes conclusiones: "1° La obesidad infantil debe tratarse, sobre todo la del período prepuberal, ya que, siguiendo el concepto de Laffitte y Carrié "La pubertad es para el obeso un caso peligroso; si en ese período enflaquece, la partida está ganada, si por el contrario engruesa, la pubertad se establece mal y entonces la obesidad es casi siempre irremediable." 2° La restricción alimenticia, tan útil en el tratamiento del obeso adulto, deja de serlo en el niño, siguiendo principios elementales de dietética infantil y máxime, cuando en los hipofisiarios, los cuales constituyen el mayor número de niños obesos puede, según Raab, acarrrear graves consecuencias. 3° Los excelentes resultados obtenidos usando la tiroxina como medicación de fondo les inducen a recomendar esta medicación para el tratamiento de la obesidad infantil." 12 En esta enumeración adquirían relevancia la identificación de la etapa previa a la pubertad como un período en el que era necesario adoptar controles más estrictos, la tipificación de la obesidad en los niños y la reivindicación de una especialidad para atenderla, y la utilización de hormonas en los tratamientos (Schere, 1938, p. A los varones con obesidad hipofisiaria, que denominaban como genital, les administraban tiroxina porque consideraban que estos casos siempre iban acompañados de una insuficiencia genital, o hipogenitalismo. A la tiroxina se le atribuía el efecto de activar el metabolismo y de favorecer la maduración de los órganos genitales. La vinculación de la obesidad con dificultades en el desarrollo sexual era compartida por otros especialistas como C. M. Pintos, quien reseñaba un artículo de I. Bram donde se advertía sobre la importancia de corregir la obesidad precoz para prevenir el desarrollo de la enfermedad de Frölich. Respecto de las niñas, afirmaban que el retardo del ciclo menstrual podía ser un indicador de obesidad genital. 13 En un contexto internacional en el que la opoterapia y la hormonoterapia eran administradas para múltiples dolencias, consideraban que los extractos testiculares para ellos y la foliculina para ellas también podían ser utilizados como coadyuvantes. En la definición de sus elementos constitutivos del síndrome incorporaban, en orden cronológico de aparición, a los factores ambientales, psiconeurológicos y somáticos. En las descripciones de las historias clínicas se consignaba una descripción más exhaustiva sobre las relaciones de pareja de la madre y el padre, o de sus personalidades, que sobre los aspectos somáticos del paciente. Esto se debía a que argumentaban que el origen del síndrome estaba en el ambiente. Respecto de estos factores, señalaban que la mayor parte de los pacientes presentaba una relación afectiva anormal cuantitativa y cualitativa con sus padres. Constataban que estos niños solían ocupar un lugar especial por ser hijos únicos, hijos menores o del medio, o por haber sido confiados al cuidado de matrimonios sin hijos o de mujeres solteras. También notaban que frecuentemente entre los padres de esos niños se había producido una ruptura del equilibrio afectivo parental por divorcio, viudez, o padre o madre inexistentes, o disminuidos desde el punto de vista moral. El estudio de las constelaciones familiares adquiría un peso importante en el diagnóstico porque entendían que el hijo único y el mayor solían correr más riesgos porque la personalidad se definía antes de los cinco años. Para fundamentar este supuesto se referían a trabajos sobre esquizofrénicos, epilépticos y superdotados, y especialmente al psicoanálisis. Además de las referencias freudianas, aludían a los expertos vinculados a la Ecole des Parents de París como Gilbert Robin o George Heuyer 14. Coincidían con Paul Clarence Oberndorf 15 en que, más allá de los impulsos que actúan en el complejo de Edipo, la desviación en los sentimientos hacia los hijos depende del grado de satisfacción que encuentren los progenitores en su relación de pareja. El colecho y la cohabitación eran considerados peligrosos para el normal desarrollo de la sexualidad infantil, entendían que el compartir la cama con personas adultas podía generar una estimulación sexual inadecuada para los niños. La detección de prácticas que implicaran "caricias directas excesivas, seducciones o sobreestimulación" también era tenida en cuenta para diagnosticar condiciones ambientales nocivas. Consideraban que estas condiciones podían producir una hipertrofia de la capacidad sexual adquirida hasta entonces. Entendían que la bulimia, y las demás manifestaciones de la orientación oral, estaban determinadas por una regresión a una época en las que la satisfacción está escasamente reprimida, y donde el niño se mantenía como un sujeto pasivo y dependiente de su madre nutricia. Siguiendo estrictamente el esquema freudiano, afirmaban que el padre era el responsable de limitar la aspiración del niño de poseer totalmente a su madre. 16 Luego de los factores ambientales, evaluaban los elementos psiconeurológicos que incluían el nivel mental (oligotimia y oligofrenia), la debilidad motriz, los rasgos esquizonoicos, las perturbaciones en el tono muscular, la preferencia hacia las actividades estáticas, la orientación oral y anal excesiva, la sexualidad y la aspiración profesional. Para la identificación de estos signos también se valían de conceptos psicoanalíticos que traducían en comportamientos visibles. Por ejemplo, entendían que el coleccionismo, la filatelia o la colombofilia eran evidencias de un carácter sádico anal. 17 Sin hacerlo explícito siempre, aplicaban los Test de Feminidad-Masculinidad de Terman y Miles (1936). Los resultados esperables de los test de feminidad y masculinidad eran que los varones fueran activos, dominantes, directos, objetivos, independientes y racionales. Estas pruebas provenían de la psicología conductista y se realizaban para identificar tempranamente rasgos de personalidades "invertidas". El objetivo de estos estudios era prevenir la homosexualidad. Desde las propuestas de Terman y Miles, la familia y el matrimonio se convertían en el resguardo seguro para la profilaxis. Los médicos del consultorio de psico-neuro-endocrinología partían de estos supuestos cuando le otorgaban importancia a la falta de atracción por el deporte, a la preferencia por las actividades estáticas, al puerilismo y los temores excesivos, a la dependencia materna, o a las preferencias profesionales. 18 La obesidad era tenida en cuenta en el último grupo de factores a estudiar: los somáticos. En esta instancia valoraban cuestiones generales como las alteraciones morfológicas, las osteocondrodistrofias, 19 las perturbaciones de la visión, los disturbios vasomotores, los trastornos de la sudoración, las perturbaciones alérgicas (urticaria, eccema, coriza espasmódico, asma), entre otras. Entre las locales señalaban signos sexuales: micro o pequeño pene; testículos pequeños, ectópicos o mal descendidos; implantación del cabellos y monte de Venus feminoide; voz de timbre agudo o disfónico; dolores abdominales; sudoración de las manos y pies; pie plano; genu valgum; ginecomastia. Este hincapié en cuestiones genitales favorecía que sus presentaciones sobre obesidad infantil se confundieran con las de Síndrome de Frölich. 20 Sin embargo, su interpretación sobre esta patología difería de la de Frölich y Babinski, que se centraban sólo en el cuadro somático y hacían especial hincapié en lo genital. Para los especialistas argentinos, el origen de la enfermedad era ambiental y esto se tornaba evidente cuando incorporaban como pacientes a las hermanas de los niños leídos con síndrome adiposo genital. El supuesto origen ambiental les permitía aventurar que si el niño con síndrome adiposo genital tenía una hermana, nacida inmediatamente antes o después de él, era muy probable que padeciera el síndrome de virilización suprarrenal. Para tipificarlas de esa manera entendían que debía presentar una "evolución psicosomática hacia caracteres generales propios del varón." 21. Compartían los criterios utilizados por Terman y Miles, pero explicaban que ellos habían podido detectarlas también en las revisiones clínicas. Entre sus características destacaban la virilización pilosa, el hábito androide, las perturbaciones foniátricas, el desarrollo exagerado de ciertos caracteres sexuales secundarios (clítoris, capuchón), la menarca precoz y los trastornos del ciclo, maduración esquelética precoz, fuerza muscular aumentada y trastornos del tono, senos con características particulares, o no desarrollados. Aunque en algunas de estas niñas podían identificar alteraciones en la glándula suprarrenal, relativizaban su importancia para dar centralidad a su ubicación en la constelación familiar y el colecho. En los pacientes con síndrome adiposo genital no detectaban fallas glandulares a través de las radiografías de silla turca, ni con los exámenes de metabolismo basal. Ninguno de esos procedimientos permitía probar el origen glandular, pero las realizaban. En sus hermanas, tampoco podían identificar que su glándula suprarrenal estuviera alterada. En ambos, los indicadores radicaban en los aspectos visibles de un supuesto desarrollo sexual inadecuado. La posibilidad de que la obesidad de los varones presente ginecomastia (crecimiento de sus mamas), o de que las niñas tengan más vello corporal del esperado, podían interpretarse como síntomas de intersexualidad, u homosexualidad. La timidez, la preferencia por los juegos estáticos y la dependencia materna de los niños preocupaban tanto como su exceso de peso. La distribución de la grasa corporal de los varones era evaluada sólo como un indicador somático más, aunque era la causa inicial de la consulta. En su visita al consultorio se ponía en la mira su paso hacia la pubertad, y su heterosexualidad. En la identificación del origen del síndrome pesaban las valoraciones de los médicos sobre cómo debían articularse los vínculos familiares, cómo debían representarse los roles maternos, cómo debía organizarse la vida doméstica. Las relaciones sexuales entre los adultos y el colecho de los niños entre sí, o con adultos, eran interpretados como patológicos, y patologizantes. Suponían que las familias podían generar neuropatías, y éstas alteraciones endocrinológicas. Los hijos únicos -aunque no fueran únicos -podían convertirse en pacientes con síndrome adiposo genital -aunque no fueran obesos -. La denominación creada para definir una enfermedad glandular era resignificada para denunciar los supuestos efectos de ciertos comportamientos familiares. EL SÍNDROME ADIPOSO GENITAL EN BARCELONA: RAYOS X Y MISTICISMO Los casos de distrofia adiposo-genital que presentaba Cervera i Astor eran de pacientes del Dispensario de Endocrinología y Sala de Dietética de la Cátedra de Terapéutica de la Facultad de Medicina de Barcelona, a cargo de Bellido. Las mediciones de metabolismo las realizaban en el Institut de Fisiología. En los papers que publicaba generalmente compartía su autoría con los técnicos que habían colaborado. En estos trabajos se puede identificar la estrecha relación de los laboratorios con la clínica. Su trayectoria como científico no impedía que reconociera los aportes de las observaciones y el análisis de los tratamientos que se realizaban en los consultorios. En este sentido, argumentaba que la fisio-patología humana podía prescindir de la llegada del hecho experimental abastecido por la experiencia del laboratorio. 22 A partir del análisis de las historias clínicas publicadas, podemos conjeturar que las revisiones de los pacientes incorporaban múltiples intervenciones. Los antecedentes familiares eran enunciados solamente para referir si sus padres o hermanos eran obesos. El pasado del paciente incluía datos respecto de la crianza a pecho, el tiempo en el que comenzó a caminar o dentó, y especialmente su historial de enfermedades infecciosas porque consideraban que podían ser el origen de los trastornos hipofisiarios. Los exámenes incluían el peso, la altura, la evaluación de su silueta, de sus genitales, de la piel y la distribución del vello. Se valoraba si tenían genu valgum, problemas digestivos y respiratorios. Se analizaba la frecuencia de la orina, la fatiga, el metabolismo basal y los reflejos. Se incluía una radiografía de silla turca y en algunos casos se mencionaba una de cartílagos. En 1936, usaban diagnósticos de retraso mental a través de test psicólogicos Binet-Simons y perfil Rosolimo-Vermeylen, y el test de feminidad-masculinidad de Terman. 23 La distrofia adipo-genital o síndrome de Frölich era entendida por Cervera i Astor como un trastorno hipofisiario que afectaba de manera idéntica a los dos sexos, y que tenía la particularidad de ser el que más claramente podía calificarse como puberal. A partir de su experiencia clínica, constataba que la mayoría de los casos se daban durante los cuatro o cinco años que preceden al desarrollo de la pubertad. Explicaba que solía interpretarse como un mal que aquejaba sólo a los varones por un error de observación médica, porque la adiposidad y el trastorno genital eran más visibles en ellos. Para describir los síntomas aludía a la analogía con las perturbaciones que presentaban los animales que habrían sufrido una hipofisectomía total o parcial. 24 La definición predominante del paso de la niñez a la adolescencia hacía hincapié en los aspectos biológicos, en que se trataría de un momento en que comenzaría a manifestarse la aptitud para la reproducción (Borrás Llop, 1996). Cervera i Astor se inscribía en esta línea interpretativa. En 1933, publicó dos monografías sobre la pubertad donde destacaba el extraordinario interés biológico y médico de esta etapa porque en ella se daba la cesación funcional de un sistema glandular endocrino y el comienzo de otro. Entendía que la cadena endocrina que durante la infancia tenía como elementos primordiales al timus y a la pineal transfería paulatinamente su función a la tiroides y a la hipófisis. Este proceso convertía a esta fase vital en la más expuesta a peligros y más digna de observación. 25 Sus ideas se nutrían de los saberes de la endocrinología y de la biotipología. Para explicar el crecimiento retomaba el aporte de Viola sobre el antagonismo ponderal morfológico, el de Godin sobre la ley de alternancia del desarrollo y el de Pende sobre la ley del desarrollo inversamente proporcional (Ballester Añon y Perdiguero Gil, 2003; Biernat, 2005; Rustoyburu, 2012a). Por eso, anticipaba que en la pubertad primero podía visibilizarse un engrosamiento del cuerpo y de la amplitud torácica, y que luego esto se interrumpiría por el crecimiento longitudinal. También constataba un aumento del tejido adiposo subcutáneo que topográficamente preveía que se distribuyera en zonas distintas en cada sexo. Desde la perspectiva de Cervera i Astor, ese proceso era importante pero entendía que el cambio principal devenía por la definición de la diferencia sexual. Suponía que el nene y la nena presentaban características sexuales primarias o esenciales que los diferenciarían mutuamente. El testículo sería el órgano básico o fundamental del sexo masculino, y el ovario del femenino. En el momento del nacimiento, esos órganos tendrían todas las posibilidades dinámicas, pero en latencia. En la pubertad entendía que se daba el paso de la infancia a la juventud y el establecimiento de la diferencia sexual. Explicaba que se atravesaba un estado de lucha interna por la conquista de un tipo sexual definido. Advertía que, en la infancia, la morfología del cuerpo y de las extremidades, la voz y las manifestaciones psíquicas no estaban claramente diferenciadas por sexos. 26 A los diez años, esperaba que se iniciara un desglose morfológico y espiritual que siguiera trayectorias divergentes cada vez más disímiles entre el nene y la nena. Retomando lo planteado por Steinach y Kun, a través de la observación de sujetos que habían sido capados antes de la pubertad y que no tenían desarrollados los signos sexuales secundarios, comprobaba que la emergencia de éstos se daba cuando la hipófisis anterior estimulaba la acción de los ovarios y los testículos. En este sentido, sus ideas se inscribían en las afirmaciones de quienes más tarde renovarían el campo de la endocrinología al otorgarle a la hipófisis un papel central en el desarrollo sexual (Fausto Sterling, 2006). A los signos sexuales secundarios los clasificaba como subsidiarios del aparato genital (pene, labios, vagina, útero, clítoris) y sus anexos (pelo pubiano, vesícula seminal, próstata y trompas), como extragenitales (mamas, pelo axilar y facial, morfología pélvica, caderas o muslos, evolución de la laringe), y de la zona psíquica (instinto de aproximación al sexo contrario, apetencia sexual, belicosidad masculina y recelo femenino). 27 En sintonía con las ideas de la época (Fausto Sterling, 2006), la emergencia del sexo femenino la explicaba como el apagamiento de lo masculino. Retomaba lo planteado por Pende respecto del carácter virilizador de la glándula córtico-suprarrenal durante el momento previo a la pubertad para explicar que las niñas que tenían vello en todo el cuerpo y adiposidad varonil podían estar sufriendo de un tumor o una hipertrofia en esa glándula. Para que se estableciera claramente la apariencia femenina, la tiroides debía desensibilizar los tejidos ante la acción de esa hormona sexual. En los varones, en cambio, esto no debía suceder para que su masculinidad adquiriera intensidad y precisión. La adjudicación de esta acción a la córtico-suprarrenal significa que entendía que la definición de los caracteres secundarios no estaba determinada sólo por la acción de los ovarios o los testículos sino por una combinación endocrina múltiple. Suponía que un mismo elemento sexual podía recibir acciones estimulantes, inhibidoras y transformadoras en proporciones variables de distintas fuentes. En coincidencia con el determinismo biológico que solía preponderar en las explicaciones de las psicopatologías (Comelles, 2007) y con la fuerte vinculación de la psicología con la endocrinología, interpretaba que el cambio en el psiquismo era una consecuencia de la transformación en la química corporal. Planteaba que si la pubertad de la materia no quedaba completada, es decir si el ovario y el testículo no llegaban a la cima de sus posibilidades endocrinas, el desarrollo psicológico tampoco se realizaba. Precisaba que las hormonas sexuales eran suficientemente capaces de afectar el cerebro. 28 En los varones debía quedar claramente definida su mayor capacidad para resolver problemas matemáticos, una tendencia a la argumentación crítica, una lógica bien establecida en los temas de composición, una propensión a las ideas abstractas, una desmesurada inclinación hacia el exhibicionismo de su fuerza y la adopción de algunas conductas como fumar o "tirar flores" a las mujeres bien vestidas. En las niñas, en cambio, debía predominar su destreza por los trabajos manuales delicados y su facilidad memorística en las prácticas de enseñanza, una excelencia en su locuacidad, sentimentalismo, tendencia a la sugestión, imaginación fantasiosa y predilección por las ideas concretas. Creía que su transformación psíquica no tenía la teatralización de la del varón, porque la base del metabolismo de ellas presentaba deficiencias en los elementos minerales sanguíneos al iniciarse la excitación hipofisiaria sobre la glándula de la pubertad. 29 La distrofia adipo-genital la definía como un trastorno de la hipófisis, en la región infundíbulo-talámica o cerca de los centros diencefálicos. Los medios tecnológicos de la época no le permitían probar que en todos los casos había un funcionamiento anormal de esa glándula. Por esto se valía de los aspectos visibles, y conjeturaba su origen por los supuestos resultados satisfactorios de las aplicaciones de rayos X sobre esa zona. Planteaba que la silueta de los cuerpos de los enfermos era de un tipo de obesidad "neutra", pero en el varón hacía pensar en un ginandromorfismo. En todos los pacientes identificaba un retardo puberal notable, porque los caracteres secundarios estaban ausentes o evolucionaban lentamente. En la presentación teórica, también consideraba que a veces se leía como feminizada la psiquis de los varones porque malinterpretaban su actitud infantil. Al mismo tiempo, advertía que la inteligencia solía ser clara y ágil. Al diagnosticar como adiposo-genitales a los niños y las niñas que sólo presentaban algunos síntomas y signos visibles, transformaba al síndrome en una patología frecuente. Planteaba que no era una enfermedad que se caracterizara por los trastornos cardiovasculares, ni tampoco encontraba datos de interés en los análisis de orina. Aunque entendía que podían manifestar poliuria abundante (diabetes insípida), trastor-nos del crecimiento, hipotermia, somnolencia, atraso mental y abulia, pereza y pillería. En el consultorio realizaban exámenes para detectar esos posibles signos, y se hacían mediciones del metabolismo basal para calcular las dosis de tiroxina que implementaría. Consideraba necesario realizar radiografías de la silla turca para determinar si existía alguna tumoración hipofisaria, aunque en todos los casos que presentó mostraban dimensiones normales. Para establecer la etiología, recomendaba además tener en cuenta todos los antecedentes. Manifestaba que no era raro descubrir una lúes hereditaria o adquirida durante la lactancia mercenaria, pero que generalmente constataba un historial de patologías infantiles en el cual sobresalían las fiebres eruptivas o algún proceso infeccioso como paperas, reumatismo y estafilococo -estreptococos. El desarrollo de los signos sexuales primarios y secundarios era un aspecto central de su argumentación cuando tenía que probar la curación. Aunque este aspecto no solía ser el motivo inicial de la llegada al consultorio, a excepción de la historia en la que un niño fue derivado por un médico inspector cuando fue sometido a una revisión para ingresar como aprendiz de cerrajero, o en la que el joven es llevado a la consulta porque está cansado de las burlas de sus compañeros de trabajo. 30 Creía que el eunucoidismo que visualizaba en sus pacientes era un efecto secundario, no presuponía una mala estructuración de la glándula sexual. Con los casos de curaciones demostraba que el aspecto deficitario de la zona genital dejaba de presentarse cuando las hormonas prehipofisiarias arribaban al parénquima del testículo o del ovario en cantidades suficientes como para provocar una actividad incretora de aquellos órganos específicos y fundamentales de la sexualidad. 31 Cervera i Astor, desde su primera monografía donde se alineó a la perspectiva de Gley, se mostró crítico de la proliferación de la opoterapia. En sus presentaciones, solía denunciar la impericia de algunos laboratorios en la extracción de las hormonas. Especialmente advertía sobre el carácter erróneo del supuesto de que cada tejido podía dar origen a una sustancia diferente. Sin embargo, en su consultorio administraba glicéridos y extractos de tiroides, cuando el metabolismo era bajo. En su práctica clínica, ante los síndromes hipofisiarios, prefería los tratamientos con rayos X proyectados sobre distintas zonas de la cabeza de sus pacientes. Los resultados sobre las terapias con rayos fueron presentados en las sesiones científicas de la Societat Catalana de Biología, 32 en un escenario en el que proliferaban los trabajos sobre los beneficios de las ra-diaciones para mejorar la leche materna y para tratar el coqueluche; y en el que las páginas de las revistas médicas reproducían publicidades de institutos que ofrecían el uso de esas tecnologías a los médicos. En 1934, presentó veintidós casos de pacientes tratados bajo este régimen y afirmó que había curado a los que padecían Síndrome de Simmons, mejorado a los de diabetes insípida y sanado parcialmente a los de síndrome adiposo genital (Froëlich). 33 Las pruebas de la curación de los varones con síndrome adiposo genital que presentaba en las revistas científicas eran fotografías de niños desnudos donde se podía apreciar que adelgazaron y se desarrollaron sus signos sexuales secundarios. También hacía hincapié en las transformaciones en la personalidad y en el comportamiento, que hoy podríamos interpretar como la expresión de género. Destacaba el carácter "místico feminoide" o de "religiosidad femenina", que luego de la curación desaparecía. Presentó cinco nuevos casos y definió al Síndrome de Froehlich como "síndrome de retardo puberal". 35 Este cambio en la denominación podría ser interpretado en relación con el debate que entablaba con Bauer, quien planteaba que los rayos X no producían ningún efecto y que esa patología que describía Cervera i Astor se resolvía espontáneamente. Éste, en cambio, entendía que si no se intervenía podía establecerse un eunucoidismo permanente. Además, reformulaba la hipótesis de Froehlich respecto del origen de la enfermedad, como exclusivamente producida por un déficit prehipofisiario. Interpretaba que los resultados de los tratamientos le permitía suponer un mecanismo más complejo, sin negar la influencia de la hipófisis creía que había que considerar el peso de la tiroides y de las hormonas gonadales. En los casos que presentaba reforzó descripciones en las que se destacaba la obesidad y los genitales no desarrollados, y la personalidad "femenina". En las historias que narró en 1936, los padres eran incluidos en las descripciones para identificar si también padecían obesidad. Sólo en uno sólo de los casos explicitaron que eran nerviosos para dar cuenta de cómo habían transgredido las indicaciones de los médicos, consultando a un naturista. 36 Las hermanas sólo eran mencionadas si padecían obesidad hipofisiaria. En la explicación teórica de Cervera i Astor, las niñas también podían ser diagnosticadas con distrofia adiposa-genital. Sin embargo, en los ejemplos que presentó en sus publicaciones, las historias de ellas eran menos numerosas y estaban asociadas a otros padeceres como la tuberculosis. 37 En los diagnósticos de las causas del síndrome adiposo-genital realizados por Cervera i Astor, las relaciones familiares no ocupaban un papel central. Sin embargo, ese tipo de valoraciones no estaban ausentes en otros ámbitos de Cataluña donde el psicoanálisis y la psicología habían logrado cierta legitimación. En los dictámenes del Tribunal Tutelar per a Nois, estos aspectos adquirían mayor protagonismo. En diciembre de 1925, en Infantia Nostra, se reprodujo un dictamen médico-psicológico de dos niñas en los que la herencia adquiría fuerza etiológica y la distrofia adiposogenital podía ser diagnosticada sólo a partir de aspectos visibles. Se convertía en una afección que podía explicar no sólo la obesidad sino también un supuesto retardo mental. En la presentación del experto del Tribunal se puede identificar la legitimación de los tratamientos con opoterapia, la ambigüedad que podía adoptar el concepto síndrome adiposo genital y la aceptación de que podía curarse espontáneamente. Aunque, al igual que Cervera i Astor, suponía que eso podía ser arriesgado. 38 Las lecturas del síndrome adiposo genital realizadas por Cervera i Astor resultan interesantes porque formaron parte de la controversia internacional. Sus casos fueron publicados en revistas prestigiosas y discutidos por los referentes de la endocrinología de ese momento, y formaron parte de una época de importante desarrollo de la radiología. Sin embargo, es necesario también valorar que las apelaciones a ese síndrome habían trascendido a los casos con alteraciones glandulares como las que habían probado Froelich y Babinski. Al no disponer de los medios para probar un daño en la hipófisis, pudo apelarse a este concepto para intervenir en los cuerpos de todos los niños obesos con un supuesto retardo puberal. Las valoraciones sobre estos casos dejan traslucir nociones respecto de qué cuerpos eran interpretados como normales y qué se entendía como apropiado para un joven y una joven. El determinismo biológico respecto de la sexualidad del que partía Cervera i Astor no le impedía incorporar interpretaciones de género sobre los comportamientos y las actitudes de los varones que atendía en su consultorio. El "misticismo feminoide" también podía curarlo con rayos X. Desde los estudios de género se han analizado las ideas sobre la química corporal porque en ella los científicos buscaron ciertas claves para explicar el proceso de diferenciación sexual. Desde distintas aproximaciones, se ha planteado una correlación entre las lecturas en clave de disputas entre constelaciones hormonales y los escenarios políticos de las reivindicaciones feministas (Oudshoorn, 1994; Fausto Sterling, 2006). Los enfrentamientos en las calles parecieron trasladarse a las miradas sobre los cuerpos. La proliferación de las comunicaciones también parece haber condicionado a los autores ingleses que denominaron como "mensajeros químicos" a las sustancias de elaboración endocrina que establecen interrelaciones orgánicas (Preciado, 2008). Las lecturas sobre la transición de la infancia a la pubertad de Cervera i Astor se inscribían explícitamente en esa línea interpretativa que podía ver a las glándulas como actores de una disputa por el establecimiento de un sexo. En sus textos se vislumbra la complejidad que adquiría la endocrinología al reconstruir el entramado glandular. Entendía que la diferencia entre los sexos se establecía por las gónadas, pero le otorgaba a la hipófisis un lugar central en su desarrollo y funcionamiento. Estos supuestos le permitían construir argumentos respecto de la necesidad de identificar y curar el síndrome adiposo genital, aunque no pudiera comprobar su origen hipofisiario. La legitimidad de sus argumentos se sustentaba en las expectativas que generaba la difusión de las terapias con rayos X y en que sus casos podían insertarse en una controversia científica internacional. Arnaldo Rascovsky, Samuel Schere, Enrique Pichon Riviere, Juan Carlos Perellano, Jaime Salzman, Teodoro Sholossberg y Gregorio Ferrari Hardoy no lograron insertar sus casos en el escenario internacional. La resonancia de sus trabajos no devenía de sus experiencias como endocrinólogos, ni del aparente éxito de sus tratamientos. Aunque en las sesiones científicas de la Sociedad Argentina de Pediatría eran cuestionados, la legitimidad de sus argumentos se anclaba en su pertenencia a la sala del Hospital de Niños que dirigía Aquiles Gareiso y en que supieron combinar las preocupaciones sociales en torno de la desnatalidad con las expectativas que despertaba el psicoanálisis. Las presentaciones de los casos de síndrome adiposo genital en la Sociedad Argentina de Pediatría se inscriben en el proceso de conformación institucional de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de legitimación de estos saberes en el escenario médico local. En las transcripciones de las sesiones científicas se evidencian cuestionamientos de colegas que descreían que la causa de dicho síndrome -o de la epilepsia, como argumentaba Rascovsky -fuera el colecho. La psicología conductista solía generar menos incomodidades que las propuestas de Sigmund Freud o de Melanie Klein que transgredían ciertos principios morales sobre la sexualidad infantil (Dagfal, 2009). Cuando estas lecturas se difundieron, en la década de 1960 durante el boom del psicoanálisis, la experiencia del consultorio de psico-neuro-endocrinología perdió su carácter polémico y fue interpretada como un hito fundador de la medicina psicosomática en ese país. El carácter social de los conocimientos científicos impone problematizar estos escenarios institucionales y académicos donde fueron producidos (Latour y Woolgar, [1979] 1995; Knoor-Cetina, 2005). Estas consideraciones además exigen insertarlos en el momento histórico en el que se inscribían. En este sentido, una valoración de la importancia de estos discursos no puede eludir su relación con el proceso de medicalización de la maternidad y de la infancia. A fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la crianza de los niños, los comportamientos familiares y la sexualidad se convirtieron en áreas de incumbencia del saber médico. Los doctores pudieron intervenir en la educación, las relaciones parentales, la lactancia, los partos y la alimentación de los niños. La decisión de las madres y los padres de llevar a sus hijos o hijas al consultorio se explica por la legitimación de la opinión de los pediatras. La construcción de los discursos médicos tampoco resultó ajena a la configuración de una matriz de pensamiento dicotómica. En las interpretaciones sobre la obesidad infantil como síndrome adiposo genital se pusieron en juego discursos en torno de la diferencia entre los sexos, los comportamientos y las expresiones de género, la infancia, la familia y la sexualidad. En Barcelona y en Buenos Aires se tornaron explícitas ciertas ideas sobre la feminidad y la masculinidad, y sobre la niñez y la pubertad. En los consultorios, se usaron los saberes disponibles para diagnosticar y corregir a quienes transgredían la heteronormatividad y la diferencia sexual. Este trabajo fue realizado durante una estadía posdoctoral en el Departament d 'Antropologia Social i Història d' Amèrica i Àfrica de la Universitat de Barcelona, bajo la dirección de Joan Bestard Camps, financiada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET-Argentina). Agradezco sus valiosas orientaciones como así también las interpelaciones recibidas en el seminario interno del Grup de Recerca en Antropologia del Parentiu i el Patrimoni. Mi gratitud se extiende a los aportes de Jon Arrizabalaga y Josep Comeilles que han resultado fundamentales para la búsqueda de fuentes y bibliografía específica. La investigación en Argentina ha sido sostenida con el PICT-Joven "Ciencia, Medicina y Género. Campo médico y producción de saberes sobre hormonas sexuadas, en Argentina en la segunda mitad del siglo XX" de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Actualmente, los endocrinólogos se refieren al síndrome Babinski-Frölich como el constituido por la asociación de una obesidad considerable, predominante en el tronco y en la raíz de los miembros, y de una distrofia genital que, en el individuo joven, se traduce por la detención del desarrollo de los órganos sexuales, y en el adulto por amenorrea en la mujer e impotencia en el hombre, y en ambos sexos por la alteración e incluso la inversión de los caracteres sexuales secundarios. Este síndrome se considera ligado a una lesión de la hipófisis o de la región infundibulotuberiana. Correspondencia mantenida con Bernardo Houssay. Biblioteca Nacional de Cataluña. Algunos de ellos participaron de la fundación de la APA. Arnaldo Rascovsky (1908-1995) fue un médico, psiquiatra y psicoanalista argentino que adquirió amplia difusión a partir de sus estudios sobre el filicidio, una teoría que intentaba dar cuenta del asesinato de los jóvenes y los niños por el mundo adulto. Es reconocido como uno de los pediatras psicosomáticos más importantes de Argentina, por su presencia en los medios de comunicación y porque participó de la creación de la APA y de la Asociación Endocrinológi-ca Argentina. Ingresó en 1932 como practicante del Servicio de Neuropsiquiatría y Endocrinología del Hospital de Niños. Enrique Pichon Riviere (1907-1977) fue un médico psiquiatra suizo-argentino que ha sido considerado uno de los introductores del psicoanálisis en Argentina. Sus aportes fundamentales se dieron en el ámbito de la psicología social, por su teoría de grupo. Fue fundador de la Primera Escuela Privada de Psicología Social y del Instituto Argentino de Estudios Sociales (IADES). Enrique Ferrari Hardoy era médico foniatra, poco tiempo después de la fundación de la APA se trasladó a Estados Unidos. En la década de 1960, regresó a Buenos Aires pero no se reincorporó a la institución. La eficacia de su tratamiento fue aceptada por Allen Winter de Boston, Joffa de Melbourne, Campbell de Wellington, Mazer y Goldstein de Filadelfia, y Carulla de España. Fue el creador de las primeras clínicas de orientación infantil para tratar niños con síntomas psicopatológicos. Su propuesta formó parte de la renovación psiquiátrica que tendía a no aislar a los pequeños del ambiente familiar. Su enfoque pretendía el trabajo en equipo NOTAS y el abordaje multidimensional. Realizó importantes contribuciones para la introducción del psicoanálisis en su país. Édouard Pichon (1890-1940) fue pediatra, cofundador de la Sociedad de Psicoanálisis Francesa, vinculado a René Laforgue y Francoise Doltó. Fue partidario de Anna Freud en la Querella con Melanie Klein, considerando que el psicoanálisis de niños debía estar vinculado a la autoridad educativa. Propuso la creación de una síntesis entre los aportes de Pierre Janet, Sigmund Freud, Jean Piaget, Alfred Binet et Henri Wallon, llamada psicopedéutica. Petre, Alejandro; Rascovsky, Arnaldo (1940), "La consulta psico-neuro-endocrinológica", Archivos Argentinos de pediatría, XI ( 14), pp. 281-285, p. Los estudios universitarios de psicología, en Argentina, se iniciaron durante el peronismo y se multiplicaron en la década de 1950. Alcanzó reconocimiento por ser coautor, junto a Aquiles Gareiso, del primer manual de neuropsiquiatría infantil de Latinoamérica. Fue un referente de la pediatría psicosomática, Profesor Titular de la Segunda Cátedra de Pediatría de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires y Jefe de Servicio en el Hospital de Niños de Buenos Aires. También fue Decano de la misma facultad y vicerrector de la Universidad. Desde muy joven ocupó espacios en los medios de comunicación y actuó como consejero en temáticas de crianza. Determinación de la obesidad por el coeficiente creatinúrico. Esta psicoanalista norteamericana, nacida en Alemania, fue una de las primeras en investigar sobre anorexia nerviosa y en relacionarla con las prácticas de los padres. En este sentido, entendía que esta afección podía ser el resultado de la educación durante la primera infancia, cuando los niños aprendían a desoír la fisiología natural del hambre. Creó el término "Eat Like Daddy Syndrome" para referirse a los hábitos de los pequeños que imitan al padre que come en exceso porque ven que su esposa lo elogia. V° Congreso Nacional de Medicina, Rosario 1934. Resumen de los trabajos presentados y discusiones correspondientes. Dr. Benito Soria (de Córdoba). Anomalías constitucionales del lactante y regímenes alimentarios.
La fiebre hemorrágica argentina (FHA) es una enfermedad viral aguda grave, detectada en 1955, que está radicada en una zona de intensiva actividad agrícola. Este artículo indaga algunas de las líneas de investigación recientes, con el objetivo de analizar continuidades y rupturas en las prácticas médicas y en los grupos sociales identificados como principales grupos de riesgo de la FHA. La Fiebre Hemorrágica Argentina (FHA) es una enfermedad que solamente existe en Argentina, más precisamente en una porción de su territorio. También conocida como "Mal de los rastrojos", es una virosis aguda que afecta principalmente a la población rural de una región de la pampa húmeda, zona de intensiva actividad cerealera, donde se localiza la zona endémica. Si bien existen otras fiebres hemorrágicas similares (como la fiebre Lassa, la fiebre hemorrágica boliviana o tifus negro, entre otras), también producidas por un Arenavirus 1, Argentina es uno de los pocos países del mundo que posee tratamiento efectivo y vacuna para una enfermedad causante de fiebre hemorrágica como la FHA. Los Arenavirus se transmiten entre los roedores a través de la orina, causando en ellos infección crónica. El hombre se infecta cuando entra en contacto con el virus excretado por el roedor, lo que implica que la distribución geográfica del virus coincida con la distribución del roedor específico (Soto y Mattar, 2010, p. En el caso de la FHA, se trata de una enfermedad infecciosa endémica localizada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires, sur de las provincias Córdoba y Santa Fe, y este de La Pampa (Imagen 1), producida por el virus Junín, que tiene su reservorio en roedores silvestres de la especie Calomys musculinus (MSAL, web). Además de geográfica, la distribución de la enfermedad es estacional, coincidiendo los brotes con las labores agrícolas estacionales, especialmente las de maíz, y la afluencia de trabajadores agrícolas transitorios a comienzo y finales de verano, los picos en otoño, y el fin del ciclo a principio del invierno (Soto y Mattar, 2010, p. Los principales afectados suelen vivir o trabajar en el campo, y la zona endémica concentra buena parte de la actividad agrícola del país. Si bien la FHA se detectó por primera vez en 1943, presentando una sintomatología similar a la de una gripe severa y resultando mortal para aproximadamente la mitad de aquellos que la contraían, fue recién oficialmente reconocida en 1955 (Ambrosio et al., 2006). Actualmente, la vacuna que previene la FHA se aplica a mayores de quince años, en única dosis y en las áreas endémicas de la enfermedad. A pesar de contar con un tratamiento efectivo y una vacuna eficaz, entre 2001 y 2010 se registró un aumento de la letalidad, con la aparición de nuevos casos dentro y fuera del área endémica (Enría, 2011) registradas en un contexto de revitalización del interés en las fiebres hemorrágicas virales, asociado a problemáticas ambientales contemporáneas (Vicente Peña et. al., 2010). 2 Este ar-tículo analiza algunas de las líneas de investigación en FHA recientes, con el objetivo de identificar continuidades y rupturas en las prácticas médicas y en los grupos sociales identificados como principales grupos de riesgo. Asimismo, se reconstruye el proceso de producción de la vacuna Candid. Para ello, se realiza un somero recorrido por la historia de la enfermedad, y se explora la trayectoria del centro de salud que concentra las investigaciones, la producción y la distribución de la vacuna, el Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas "Dr. Julio I. Maiztegui" (INEVH). La trayectoria del INEVH es analizada en conexión con la dinámica socio-económica y con problemáticas propias del espacio rural. En este sentido, interesa indagar la dimensión pública de la enfermedad, en la que el rol del Estado es crucial (Lobato, 1996). Imagen 1: Zonas principalmente afectadas. Fuente: elaboración propia en base a Instituto Geográfico Nacional (web) Los estudios que han tomado como objeto problemáticas relativas a la salud en Argentina, la conformación de saberes y prácticas profesionales, y la transformación de imaginarios asociados a diversas enfermedades, entre otras temáticas, poseen una larga trayectoria. Entre otros aportes, se destacan las indagaciones de Armus (2005Armus (, 2007) ) en tono al eje ciudad y salud, el estudio de Babini (2000) sobre la historia de la medicina, las indagaciones de Belmartino (2005) y de Souza y Hurtado (2010) en torno a las prácticas médicas en el siglo XX y XIX, respectivamente, y el estudio de las controversias científicas ligadas al tratamiento del Chagas (Zabala, 2009(Zabala,, 2010;;Kreimer y Zabala, 2007; Kreimer, Romero y Bilder, 2010). 3 Asimismo, enfocando prácticas médicas desde el Perú y Latinoamérica, los trabajos de Cueto (2000Cueto (, 2004) ) han implicado un aporte relevante tanto para la historia social, como para los estudios del campo ciencia-tecnología-sociedad (CTS). En relación a la FHA, los trabajos de Graciela Agnese (2005Agnese (, 2007Agnese (, 2011) ) han analizado los comienzos de la enfermedad, la reconstrucción de diversos grupos de investigación implicados en la gestación de los primeros procedimientos médicos y las representaciones sociales asociadas a la enfermedad. Mientras que han sido estudiados los orígenes y evolución de la FHA hasta la década de 1990, se ha registrado un área de vacancia en relación con trabajos que analicen el estado actual de las investigaciones. Junto con la presente introducción, el artículo se organiza en cuatro apartados. El primero reconstruye los comienzos de la enfermedad y contextualiza su aparición. El segundo apartado analiza la conformación del espacio de investigación que es objeto de análisis de este artículo, el INEVH. El tercero aborda continuidades y rupturas en el tratamiento dado a la enfermedad desde el retorno de la democracia en 1983. Un cuarto apartado analiza iniciativas recientes, en función de identificar a los destinatarios de las investigaciones y grupos de riesgo implicados en la actualidad. Finalmente, en las conclusiones se exponen los resultados que se desprenden de este trabajo y se sugieren futuros abordajes. LOS COMIENZOS DEL MAL DE LOS RASTROJOS La trayectoria del INEVH fue precedida por los avatares que signaron la aparición de "la fiebre", como era llamada la enfermedad en sus comienzos, cuando empezaron a sucederse brotes endémicos y la pobla-ción afectada moría sin que hubiera aún datos certeros sobre su causa. Históricamente, los principales afectados fueron trabajadores rurales que se desplazaban estacionalmente en época de cosecha. Los llamados "peones golondrina" eran la población de riesgo por excelencia, ya que se encontraban en la zona endémica permanentemente expuestos al contacto con los agentes transmisores, los roedores. En palabras de la actual directora del INEVH, "la FHA atacó a todos. Al dueño del campo, al peón, absolutamente a todos". 4 Si bien la FHA no distinguió orígenes sociales, ni ocupaciones, y, como veremos, estudios recientes han identificados nuevos grupos sociales amenazados, los trabajadores rurales tuvieron históricamente funestas condiciones laborales que incrementaban su exposición. Antes de abordar la trayectoria del INEVH, contextualizaremos la situación presente en los inicios de la enfermedad. En octubre de 1944 fue sancionado el Estatuto del Peón Rural, impulsado por la cartera de Trabajo y Previsión ejercida entonces por quien sería el futuro presidente de la nación, Juan Domingo Perón. El Estatuto había introducido relevantes regulaciones para los peones rurales: descanso dominical, un alojamiento adecuado, asistencia médica, vacaciones anuales pagadas, indemnización en caso de despido. Sin embargo, estas no alcanzaban a los asalariados rurales transitorios (Torre, 2002). Una gran masa estacional de trabajadores, que se desplazaba siguiendo el ciclo de las cosechas, alojándose en precarias viviendas improvisadas estacionalmente, carentes de agua corriente y alcantarillado, y de fácil acceso para los roedores. Deficientes condiciones de vivienda e higiene y peores de alimentación, hacían de este grupo social una víctima potencial. A las condiciones de los campamentos había que sumarle que los jornaleros se dedicaban a juntar maíz en forma manual, lo que les producía heridas en las manos que servían como puerta de entrada para diversas infecciones (Agnese, 2011, p. Si bien a medida que los brotes de FHA se sucedieron el número de muertos fue creciendo y llegando a cifras elevadísimas en proporción a la cantidad de habitantes de las localidades afectadas, nunca alcanzó la magnitud numérica de otras enfermedades contemporáneas. Sin embargo, que su radio de acción comprendiera uno de los territorios productivos más estratégicos en la economía de un país agro-exportador como la Argentina fue un factor decisivo para que tuviera una amplia repercusión. La negativa de los peones golondrina a trasladarse, temerosos de contraer la enfermedad, incrementó por entonces el precio de los jornales y aseguradoras y representantes de las entidades agropecuarias pusieron el grito en el cielo (Agnese, 2011, p. En paralelo, la reiteración de los brotes epidémicos y el desconocimiento de la etiología de la enfermedad motivaron la conformación de distintos grupos de investigación, que se dedicaron a estudiarla y combatirla. La FHA es una enfermedad controlable pero no erradicable, ya que el control de los roedores reservorios no es practicable (Enría, Ambrosio et al., 2010, p 216). Por esta razón, desde su descubrimiento, los esfuerzos han estado dirigidos a obtener una vacuna. Se realizaron tres proyectos distintos, pero solamente una logró ser aceptada, la vacuna Candid, que en la actualidad produce y distribuye el INEVH. Como reconstruye la actual directora del organismo: Esta enfermedad emerge en la zona cobrando montones de vidas. Eso hace que se desarrollen muchos grupos de trabajo y de investigación. Yo me animo a decir que la virología de Argentina se ha desarrollado por la FHA. En uno de esos grupos estaba Julio Maiztegui, que en el año 65 se instala en Pergamino (...). Piensen que este país logró identificar al agente de una nueva enfermedad. Imagínense la potencia científica. 5 Antes de adentrarnos en el INEVH, repasaremos brevemente los principales aportes de los grupos de investigación que lo precedieron y fueron sus contemporáneos. 6 El nombre dado al virus obedece a uno de los primeros brotes, producido en 1958 en la localidad de O ́ Higgins, cercana a la ciudad de Junín, al interior de la provincia de Buenos Aires. Precisamente, en el tratamiento y la prevención, se destacó en forma temprana el Centro de Investigación y Tratamiento de la FHA del Hospital Regional de Junín, por ser el primero en implementar en forma empírica la administración de plasma inmune, logrando reducir la mortalidad. 7 Aún faltaban estudios que comprobaran su eficacia y la cantidad de anticuerpos necesarios para lograr transfusiones exitosas, pero ya habían descubierto una pieza fundamental: el tratamiento. En cuanto a la investigación científica, un equipo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), dirigido por el Dr. Armando Parodi, fue el primero en hacer públicos resultados que dieron cuenta de la etiología de la enfermedad, logrando aislar un agente al que identificaron como un virus, en septiembre de 1958. La creación en ese mismo año del CONICET (Oteiza, 1992) permitió el desarrollo de las carreras de los discípulos de Parodi. La figura de Parodi no era menor, en tanto encarnaba una influyente tradición de investigación biomédica de gran relevancia para la comunidad científica argentina. Como ha sido descripto en el caso del Chagas (Kreimer y Zabala, 2007, p. 116), esta pertenencia fue de gran peso para la transformación de iniciativas grupales en manifestaciones institucionales. En 1958, siendo presidente de la nación Arturo Frondizi, de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), por primera vez el Estado nacional y el provincial tomaron directivas referidas a la FHA. Presionados por fuertes rebrotes y presiones de la prensa, fueron creadas una Comisión Nacional, bajo la dirección del Dr. Pirosky (director a su vez del Instituto Malbrán), y una provincial, radicada en el Instituto de Investigaciones Biológicas de La Plata. Las comisiones polemizaron sobre el agente causal de la FHA, hasta que en junio de ese mismo año, uno de los miembros de la comisión nacional procedió a inocularse una alta dosis del virus para probar su reproducción en el ser humano (Agnese, 2011, p. Este investigador, Julio Barrera Oro, era parte del Instituto Malbrán y del equipo dirigido por el Dr. Pirosky, que también había logrado aislar el virus. Esto, que le valdría el reconocimiento público del premio nobel Bernardo Houssay, permitió confirmar el diagnóstico y el tratamiento. En 1959, la Comisión Nacional dirigida por Pirosky anunció la obtención de una primera vacuna a virus muerto por formol. En 1960 se estableció el primer centro de vacunación en el Hospital Regional de Junín, y en 1961 se realizó una vacunación intensiva (Metler, 1970, p. Para la experimentación de la vacuna habían sido utilizadas, sin su consentimiento, un grupo de internas del Hospital Neuropsiquiátrico para Mujeres de Buenos Aires. Según Agnese, cuando el 29 de marzo de 1962 el presidente Frondizi fue derrocado, este hecho fue utilizado como argumento para interrumpir el proyecto de la vacuna y desmantelar la Comisión Nacional. Pirosky, abiertamente frondizista, fue destituido y el Malbrán intervenido, desmantelándose el equipo que trabajaba sobre FHA y perdiéndose así "todos los trabajos vinculados con la vacuna" (Agnese, 2011, p. Dos años más tarde, el gobierno de Arturo Illia, de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), quien luego también sería derrocado, decretó la creación de una Comisión Nacional Coordinadora para el estudio de la FHA. A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, dos hitos repercutirían en el complejo científico y tecnológico argentino en relación a la introducción de mecanismos represivos en su seno. Sin embargo, no todos los espacios sufrieron los mismos efectos. En función del grado de injerencia o aislamiento en relación a la vida política, de presencia ineludible en las universidades, y también en relación a redes personales, académicas y de vinculación con funcionarios de turno, existieron trayectorias diversas. Así, a diferencia de lo sucedido en el ámbito universitario, los comienzos de la dictadura encabezada por el general Onganía coincidieron con la fase de surgimiento y expansión del equipo de Pergamino, que años más tarde se transformaría en el INEVH. EL SURGIMIENTO DEL INEVH Y EL LARGO PROCESO DE PRODUCCIÓN LOCAL DE LA VACUNA Entre los diferentes grupos de investigación abocados al combate contra la FHA, el INEVH logró una trayectoria exitosa en términos de los resultados obtenidos y proyección en el tiempo. En la actualidad, es parte de la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud (ANLIS), dependiente del Ministerio de Salud de Argentina, y posee un reconocimiento internacional. Pero, en sus comienzos, tenía una pertenencia institucional dudosa y unas instalaciones precarias, en medio del campo, en una de las nuevas zonas endémicas, en el partido de Pergamino, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Fue creado en 1965 como "Centro de Estudios para la Fiebre Hemorrágica de Pergamino" con el propósito de diagnosticar y asistir clínicamente, estando el diagnóstico etiológico confirmatorio a cargo del Instituto Malbrán, dependiente del Ministerio de Salud Pública de la Nación (Ambrosio et al., 2006, p. En 1965, la expansión de la enfermedad hacia el partido de Pergamino coincidió con el retorno al país de Maiztegui. Médico formado en la UBA, había viajado a realizar un master en salud pública en Harvard, y a su regreso se incorporó al Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas (CEMIC), donde tomó contacto con las investigaciones en FHA. El planteo de Maiztegui tenía reminiscencias con el formulado por Salvador Mazza para combatir el Chagas. Ambos coincidían en la necesidad de erigir un centro de investigaciones en la zona donde se estaban produciendo los brotes (Zabala, 2010). 8 En el caso de la FHA, este lugar fue Pergamino. Por ese entonces, los familiares de Emilio Ocampo, un joven pergaminense víctima de la enfermedad y perteneciente a una dis-tinguida familia de la zona, crearon una Fundación en su memoria para impulsar las investigaciones contra la fiebre hemorrágica. La estación experimental Pergamino del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria aportó el espacio para el laboratorio de virología, y el Hospital San José, una sala para los enfermos. El grupo de Pergamino liderado por Maiztegui inició su trabajo bajo la órbita de la Dirección Nacional de Institutos del Ministerio de Salud, los recursos provinieron de los aportes de la Fundación Ocampo, partidas de la Secretaría de Salud Pública Nacional, y subsidios otorgados por CONICET y por el Instituto de Salud de los Estados Unidos (Enría, Ambrosio et al., 2010, p. Este equipo se diferenció de los otros grupos científicos por generar un vínculo periódico entre la población y los investigadores. Estableció contactos frecuentes tanto con médicos rurales, a los que capacitaba en la detección temprana de la enfermedad, como con los residentes, a quienes prevenían. Esta impronta ligada a la salud pública distinguiría al equipo a lo largo de toda su historia. Mediante la distribución de folletos que llamaban a recurrir a los centros médicos ante la aparición de síntomas, y múltiples charlas y actividades en estaciones ferroviarias y escuelas, la educación para la salud se convirtió en una pieza clave en el combate de la enfermedad. También lo fue el entrenamiento del ojo clínico: aprender a distinguir los síntomas, muy fácilmente confundible con otros estados, por ejemplo los gripales. Esto era primordial, considerando que el tratamiento es efectivo únicamente si se aplica en los primeros ocho días de contraído el virus. Desde los comienzos, en el INEVH se trabajó en la atención primaria. Médicas y enfermeras, en jornadas interminables y expuestas al contagio, dedicaron su vida al cuidado de estos pacientes. Los procedimientos de bioseguridad radicaban fundamentalmente en restringir a los pacientes del contacto con visitas y familiares, quienes solían acampar en las inmediaciones del predio. Los testimonios de investigadores, médicos y enfermeras coinciden en señalar el carácter artesanal del trabajo, en tanto era sostenido a base del compromiso de los profesionales, alimentado por el reconocimiento de la comunidad antes que por las magras retribuciones económicas. Así, en el decir de integrantes del INEVH, Eran tantos los pacientes, teníamos una demanda de tiempo tan grande... en teoría, hacíamos turnos de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Pero a las 4 de la tarde seguíamos con consultorio, acá la gente no pedía turno. La gente en los pueblos tenía fiebre, se hacía un estudio y si tenía mal los valores de blancos y de plaquetas ni pasaba por el médico, venían para acá. Decían "hay un Pergamino-ducto"... Hubo épocas de brotes y otras más controladas. Pero una enfermera por turno, con suerte dos, más dos médicos... era bastante complejo. Nos avisaban que había un caso y había que venir. Me tocó atender gente encumbrada, peones de estancia, todo. Acá se internaban todos. Comprábamos colchones, sábanas, la mayoría del presupuesto se nos iba en la sala, que era de más de 50 pacientes. En este sentido, el compromiso con la tarea, las condiciones adversas y el reconocimiento por parte de la comunidad, alimentaron la construcción de una fuerte identidad institucional entre los y las integrantes del INEVH (en su mayoría mujeres), quienes desarrollaron su carrera al interior del instituto desempeñando diversas funciones a lo largo de los años, como se observa en la mayoría de los actuales cargos directivos ocupados por profesionales de larga trayectoria. Junto a la precariedad de las condiciones ("Acá se cortaba la luz y lo arreglábamos todo nosotros"), se generaba una fuerte valoración de la propia tarea: "uno a las artesanías las quiere". En la década del 1970 el Instituto comenzó a recibir fondos del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires y del Ministerio de Salud de la Nación, destinados a la compra de equipos y reactivos de laboratorio. También, a generar redes de capacitación con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que permitieron que parte de su personal se capacitara en el exterior y que el INEVH recibiera la visita de expertos extranjeros. Mientras crecía el grupo de Pergamino, el equipo de la UBA liderado por el virólogo Parodi desarrolló una segunda vacuna. Esta vez, utilizando una cepa atenuada del virus Junín denominada XJ Clon 3. En 1969 se inició un programa de vacunación voluntario, pero en 1971 el Ministerio de Salud suspendió la vacunación y pidió la opinión de un grupo expertos, entre los que se encontraba Barrera Oro. El informe resolvió frenar la inoculación ante la posibilidad de arrastre de un virus oncogénico, y señaló que no se estaba cumpliendo con los patrones establecidos por la OMS para la producción de vacunas. Los cuestionamientos se extendían desde críticas a los ensayos experimentales hasta el señalamiento de la imposibilidad de producción técnica a escala de la vacuna (Weissenbacher et al., 2012). Pocos años después, en 1976, se desarrolló en Buenos Aires el primer Seminario Internacional en Fiebres Hemorrágicas Virales, organizado en forma conjunta por el Ministerio de Salud de la Nación y la Oficina Sanitaria Panamericana. Entre las conclusiones y recomendaciones de este seminario, se consideró de alta prioridad el desarrollo de una vacuna contra la FHA (Enría, Ambrosio et al., 2010, p. En rigor, la inmunización venía siendo promovida dentro de las estrategias de atención primaria de la salud por esta organización desde 1975 (Cueto, 2004). El 24 de marzo del mismo año un golpe de Estado daba inicio a la última dictadura militar argentina, que se extendería hasta 1983. Producido el golpe militar, Maiztegui fue designado coordinador de la IV Zona Sanitaria en Pergamino. Según recuerdan sus colaboradores, su condición de ex liceísta le abrió las puertas para conseguir apoyos oficiales y financiamiento. Al tiempo, para algunos investigadores provenientes del ámbito universitario esa situación representaba un fuerte contraste. Una de sus investigadoras señala al respecto: En este sentido, en un contexto de implementación de políticas represivas, persecuciones en diversos espacios de trabajo, incluidos los científicos, a nivel nacional y también a escala local en Pergamino, para algunos ingresantes asistir a ceremonias con presencia militar, y más aún, conocer el origen del financiamiento dado a la institución no era una tarea sencilla. Al mismo tiempo, alejado espacial y temáticamente de los conflictos que atravesaron otros ámbitos laborales, el INEVH parecía transitar al margen de los trágicos avatares que atravesaba la sociedad. La inexistencia de sindicatos o agrupaciones gremiales entre el personal, dirigido verticalmente por su director, aportaba a la aparente ausencia de conflictos internos, y sus vinculaciones le permitían contar con apoyos oficiales. Esta situación no fue privativa de este Instituto. En el marco de un intencional debilitamiento de las Universidades como ámbito de investigación, muchos institutos y centros crecieron en este período (Oteiza, 1992). El 21 de marzo de 1978, mediante un decreto firmado por el dictador Rafael Videla, el proyecto de Maiztegui se materializó formalmente, con la creación del INEVH como organismo dependiente del Ministerio de Salud y Acción Social de la Nación, con la misión de "luchar contra la FHA mediante la in-vestigación y aplicación de medidas terapéuticas y/o preventivas" (Decreto 663/78). Una de las claves en esta concreción fue la importancia productiva de la zona, asociada a la capacidad de presión de las entidades de productores agropecuarios, agentes de gran peso económico y político tanto en la escena local, como nacional. Asimismo, como había sucedido ya en la primera conformación del equipo en 1965, cuando se alcanzó un pico máximo de 3500 casos anuales, en consonancia con la oficialización de la creación del INEVH y de la firma del para el desarrollo de la vacuna, en 1978 un nuevo pico superó la cifra de 1000 casos registrados (Weissenbacher et al., 2012). El mismo año, 1978, dio inicio un convenio internacional destinado a obtener una vacuna contra la FHA a virus vivo atenuado, en un plazo estimado de tres años. El gobierno argentino, la Oficina Sanitaria Panamericana (OSP), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el United Army Medical Research Institute of Infectiuos Diseases de los Estados Unidos participaron de esta iniciativa. En septiembre una misión preparatoria a cargo de representantes de la OPS y el PNUD visitó diferentes instituciones relacionadas científicamente con la problemática de la FHA, estableciendo que el proyecto de desarrollo de una vacuna contra la FHA debía ejecutarse en el INEVH. El convenio estipulaba que la caracterización del virus fuera realizada en Estados Unidos por un científico argentino, y que, una vez obtenida la semilla y realizados los controles correspondientes, la vacuna sería producida en la Argentina, utilizando esta misma semilla en el INEVH (Ambrosio et al., 2006, p.8). El científico fue Barrera Oro, el investigador del Malbrán que se había inoculado con el virus años atrás, quien desde entonces se mantenía en contacto con Maiztegui. Para la segunda fase, el gobierno argentino se comprometía a proporcionar un espacio de laboratorio adecuado a los requerimientos internacionales para la producción de sustancias biológicas. Por entonces, la intensiva atención a pacientes no solamente jugaba un rol primordial en tanto asistencia comunitaria. También fue el camino normativizar un tratamiento exitoso. "Nosotros empezamos a atender los pacientes, en ese camino se establece un tratamiento específico y eficaz para la enfermedad, que tiene que ver con la eficacia del plasma en el tratamiento de los enfermos para reducir la letalidad a casi el 1%", recuerda la actual directora, entonces médica del equipo. 12 La tarea del INEVH comenzó a generar bancos de plasma inmune en toda la zona endémica. Y una de las principales contribuciones radicó en establecer la dosis de plasma que debía administrarse en el tratamiento. El equipo cuestionaba el tratamiento impulsado previamente por los médicos de Junín, al que acusaba de carecer de rigor científico y producir efectos no deseados derivados de la transfusión de toxinas dentro del plasma convaleciente. Movido por estas inquietudes, a fines de 1979, investigadores del INEVH publicaron un estudio doble ciego que demostró la utilidad del plasma convaleciente como tratamiento efectivo del virus. Según reconstruye Ana Briggiler, jefa del Servicio de Diagnóstico, Fisiopatología, Tratamiento y Prevención, primero realizaron un estudio retrospectivo, a personas que habían recibido el tratamiento. En base a una técnica de neutralización pre-existente, que aún se utiliza, y a la implementación de una nueva fórmula "basada en el peso del paciente, el volumen de la bolsita más el título de anticuerpos" 13, lograron determinar qué cantidad de anticuerpos habían recibido los pacientes tratados, tanto curados como ya fallecidos, revisando sus historias clínicas. El tratamiento, eficaz siempre y cuando se administre en los primeros ochos días, logró estandarizarse e incrementar notablemente su efectividad. En marzo de 1980, la entonces Secretaría de Estado de Salud Pública financió la construcción de instalaciones adecuadas para la producción de la vacuna en el INEVH, tal como se había pautado. Dos años después, se dio por terminado el Convenio, pero Barrera Oro fue contratado por el Instituto Salk para terminar el trabajo. En Argentina la vacuna debía ser gratuita y financiada por el Estado, ya que estaba categorizada como "droga huérfana", un producto imprescindible para una población restringida pero carente de interés comercial. 14 Para 1983, el retorno de la democracia coincidía con una nueva etapa del INEVH. EL RETORNO DE LA DEMOCRACIA: LA ARDUA LLEGADA DEL "PRIMER FRASQUITO" La transición democrática trajo también el peso de la desorbitante deuda externa, herencia del proyecto económico de la dictadura con la que el país seguiría lidiando hasta nuestros días. El presupuesto de los institutos de investigación no permaneció indemne frente a la crisis en ciernes y las oleadas inflacionarias. En el INEVH, la falta de partidas y de personal, junto con la paralización de las obras del laboratorio de Alta Seguridad, lo atestiguaban. A pesar del contexto adverso, continuaron los esfuerzos que se venían realizando en las décadas previas. Por aquel entonces, los avances se habían realizado a partir de dos grandes líneas de investigación que comprendían, por un lado, vacunas inactivadas (es decir a virus muerto) y, por otro lado, vacunas a virus vivo atenuado. Partiendo de trabajos previos a virus vivo atenuado, el médico microbiólogo Julio Barrera Oro logró aislar en los Estados Unidos la cepa Candid, que fue entregada a la Argentina en 1983. 15 Comenzaron así los estudios preliminares en animales y luego en poblaciones voluntarias de humanos, de manera simultánea en los Estados Unidos y Argentina. En diciembre de 1986 catorce voluntarios fueron inoculados en Pergamino. Luego de comprobar la ausencia de efectos adversos, la prueba se amplió a residentes. Hacia finales de los 80, en un contexto signado por el proceso hiperinflacionario que atravesaba Argentina durante el último período del alfonsismo y en las vísperas de una nueva etapa marcada por las presidencias de Carlos Menem, no se disponía aún de la capacidad para la producción y control de calidad de la vacuna a nivel local. Por tanto, ésta comenzó a importarse desde los Estados Unidos, donde era producida por el Instituto Salk, dependiente del Departamento de Defensa de ese país. Asimismo, comenzaría también, y de manera prácticamente simultánea, el llamado proceso de "transferencia de tecnología", cuyo objetivo central consistía en posibilitar la producción la vacuna en Argentina. Este proceso, en realidad estuvo ligado a la producción local de los lotes piloto, lo que permitió completar el entrenamiento del personal técnico, ya iniciado en 1980, y concretar el control local de la tecnología de producción de esta vacuna (Ambrosio et al., 2006, p.10). El comienzo de la década de 1990 también coincidió con un nuevo brote, que puso al INEVH en estado de alerta. Más específicamente, se trató de un pico de brotes registrados en 1992, que rondó los 750, siendo el más alto desde finales de la década del setenta. En este escenario, desde 1991 y hasta 2003, comenzó a aplicarse la vacuna producida en los Estados Unidos, registrándose desde entonces un considerable descenso de los casos registrados, no superando desde entonces picos máximos aproximados de 250 casos anuales. Como señalan algunos especialistas, si bien "es razonable atribuir esto a la vacunación, no se puede descartar que haya colaborado una disminución de los virus residentes en los ratones" (Weissenbacher et al., 2012, p. En cuanto al proceso de producción local de la vacuna, los impactos producidos por la crisis económica que empezaba a atravesar el país durante la década de 1990, como consecuencia de las políticas neoliberales impulsadas e implementadas durante los gobiernos menemistas, no resultaron ajenos. En un contexto de recortes presupuestarios, la situación se complicó paulatinamente hasta que dos sucesos ocurridos en 1996 resultaron desencadenantes de una crisis que marcaría un punto de quiebre. Por un lado, el Instituto Salk anunció que no continuaría fabricando la vacuna; por otro, las obras de construcción y puesta a punto de los laboratorios en el INEVH se paralizaron por falta de presupuesto. 16 Poco antes, el nuevo brote había colapsado las posibilidades de atención. Según reconstruye Zaida, una de las enfermeras a cargo, "superamos las 800 personas. Tuvimos que habilitar más espacio, toda la parte de cómputos, ahí pusimos camas. Había también dos habitaciones de aislamiento. Había una sola enfermera por turno, y con el brote, de a dos...". En 1998, Mariela Viceconte, una joven vecina de la localidad bonaerense de Azul, ubicada dentro del radio de expansión de la enfermedad, presentó un recurso de amparo, fundamentado en el derecho a la salud, para que se continuara impulsando la producción en el país de una vacuna gratuita contra la FHA. Según una interpretación del caso elaborada por el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), El amparo se articuló en torno al compromiso asumido por el Estado y se fundamentó en el derecho internacional de los derechos humanos y en la legislación local que imponen obligaciones concretas vinculadas con el resguardo del derecho a la salud pública y el consecuente control de las enfermedades epidémicas. No se trataba de la elección discrecional de medidas sanitarias por parte de la autoridad pública sino de obligaciones legales de base constitucional. 18 La presentación en primera instancia fue rechazada, argumentándose la existencia de una partida presupuestaria para la producción de la vacuna. La decisión fue apelada y, tras la constatación de serios retrasos en la construcción del laboratorio, se hizo lugar a la demanda instando al Ministerio de Salud y Acción Social y al Ministerio de Economía a "cumplir estrictamente y sin demoras con el cronograma para la construcción del laboratorio que fabricaría la vacuna" (CELS, s/f, párr. 8). Así, amparada en el reconocimiento del acceso a la salud como derecho humano inalienable, la producción local de la vacuna retomó su marcha. En 1998, como recuerda una de las investigadoras, "por cuestiones políticas y económicas, se pensó que lo mejor era que cada paciente se atendiera en su lugar". 19 Esta decisión coincidía con la descentralización de las prestaciones de salud a nivel nacional, lo que repercutiría negativamente en las zonas de menores recursos (Devoto y Centrángolo, 2002, p. El INEVH se volcó entonces de lleno a la obtención y distribución de la vacuna. Hacia finales del milenio, y en el marco de los crecientes problemas económicos, políticos y sociales que derivarían en la crisis desatada en 2001, los inconvenientes y retrasos no resultaron menores. Sin embargo, sorteando contratiempos, se continuó a paso firme. Resultando exitosos los ensayos experimentales, y habiéndose producido los primeros lotes consistentes de mediana escala, investigadores y técnicos del INEVH concluyeron que se encontraban las condiciones dadas para producir los primeros lotes ampliados para la aplicación en humanos. El comienzo de una nueva etapa signada por las capacidades adquiridas durante estos procesos, en consonancia con la decisión de aumentar la producción, se pondría en marcha. Posibilitado gracias un financiamiento de la entonces Secretaría de Ciencia, Técnica e Innovación Productiva (SecTyP), en 2003 se pusieron a disposición los dos primeros lotes de la vacuna Candid producidos íntegramente en Argentina. El primero de estos lotes, denominado 7A (se trataba del séptimo lote producido, representando la "A" de Argentina) fue destinado para ensayos clínicos. El objetivo primordial era comparar la calidad de la vacuna Argentina con la calidad y eficacia de aquella producida en el los Estados Unidos. Los resultados fueron alentadores: independientemente de su origen, en todos los casos se demostró "idéntica capacidad protectora contra el desafío con una cepa letal de virus Junín" (Ambrossio et al., 2006). Según comentan miembros del INEVH, la alegría fue enorme: "Cuando vimos el primer frasquito fue indescriptible. Festejamos con una buena cena... Imagínate, veinte años trabajando para eso. Veinte años...", resume una histórica integrante del INEVH, actualmente supervisora técnica del área de producción. 20 Sin embargo, destacan también no sólo el "éxito" alcanzado en relación con la capacidad protectora de la vacuna, sino también todo lo aprendido durante su proceso de desarrollo e implementación: En 2007 la Candid fue incorporada al Programa Nacional de Inmunizaciones, y su producción y distribución se encuentra actualmente a cargo del INEVH, que en el devenir de este proceso ha extendido además su accionar hacia otras enfermedades, liderando el Programa Nacional de dengue y fiebre amarilla e interviniendo activamente en investigaciones con hantavirus. Asimismo, el Instituto se encarga también capacitar y supervisar centros de vacunación contra la FHA, brindar charlas abiertas a la comunidad y capacitar profesionales de la salud en todo lo referente a la vacuna. EL TRABAJO CONTINUO CON LA COMUNIDAD La atención primaria de pacientes, discontinuada desde 1998, recién consiguió terminarse en 2007. Pero, lejos de replegarse puertas adentro, el INEVH continuó y amplió su radio de acción como agente de intervención en salud pública. En 2011 fue parte de un estudio interdisciplinar que culminó con una aplicación directa entre población en riesgo. A partir de un trabajo conjunto entre médicos y antropólogos, se combinó el uso de trabajo de campo con posteriores intervenciones entre las prácticas de los profesionales de la salud. Trabajando en forma conjunta, avanzaron en identificar representaciones sociales de la FHA, entrevistando para eso a ex pacientes diagnosticados entre 2001 y 2010, y personal de salud. A partir de este estudio interdisciplinar, lograron identificar tres escenarios de transmisión del virus. El clásico, referido a la persona que vive y trabaja en el área endémica. El escenario emergente o reemergente, (emergente referido a quien se contagia en un lugar donde no hubo casos antes; y el reemergente, a la persona que se contagia en una zona donde no hubo casos notificados por 10 años). Y el viajero, personas que se enferman de paso y luego retornan a un área libre de FHA, ya habiendo incubado la enfermedad (Briggiler et al., 2015). Dentro de estas líneas de investigación recientes, se han ponderado los factores socio-ambientales en los escenarios transmisión. En este sentido, un aspecto relevante de los estudios es que si bien han identificado nuevos espacios por fuera del área endémica, estos nuevos lugares de contagio se asientan en zonas donde por dinámicas de mercado se crean condiciones semejantes a la Zona Núcleo Granífera. En este sentido, si bien se ha detectado un nuevo escenario, "el patrón epidemiológico de la FHA se mantiene ligado a la producción y circulación de granos" (Mastrangelo, 2012, p. Un segundo aspecto destacable de las investigaciones recientes, ligado a la capacidad de actuación del INEVH, radica en la difusión de sus resultados. A partir de una consulta emanada del Registro Nacional de Trabajadores y Empleadores Agrarios (RENATEA), un ente autárquico dependiente del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, encargado de supervisar la situación de los trabajadores rurales, surgió la posibilidad de convertir la investigación en intervención. Como en los inicios de la enfermedad, el foco de atención estuvo puesto en los trabajadores golondrina que realizan el desmanojado de maíz. Un grupo de aproximadamente 20.000 personas que se desplazan una vez por año desde la provincia de Santiago del Estero hacia la las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. Se trata de cuadrillas que entran a la cosecha a realizar una hibridación manual, en una zona habitada por el roedor que es reservorio de la FHA. Este grupo, identificado dentro del estudio como perteneciente al "escenario viajero", era claramente un grupo de riesgo, para el que necesitaba implementarse un plan de vacunación. El INEVH se encarga de producir y distribuir la vacuna, que luego distribuye a las provincias afectadas para que cada una defina su propia estrategia de vacunación. Para poder almacenarla y usarla manteniendo los cinco años que posee antes del vencimiento, debe ser transportada desde que sale del freezer en el INEVH a -20°C con hielo seco, hasta el lugar de almacenamiento. En heladeras corrientes, su durabilidad se reduce a un mes. Debido a que frecuentemente los municipios provinciales tienen heladeras y carecen de freezers, desde el INEVH (que funciona como stock nacional), se realizan distribuciones a distintos centros de stock provinciales, con capacidad para conservar las dosis, desde donde se distribuyen mensualmente a los municipios. En esta dinámica, se constató que el grupo poblacional oriundo de Santiago del Estero, que migra estacionalmente a desarrollar tareas agrícolas a Santa Fe y Buenos Aires, no lograba llegar a estar vacunado antes emprender el viaje. Los diferentes municipios santiagueños no afrontaban con éxito la coordinación del calendario vacunatorio y la organización logística demandada. Para resolverlo, a través de acuerdo de con el Ministerio de Salud provincial, el personal del INEVH intervino en una campaña de va-cunación y prevención. La provincia de Santiago del Estero fue, además, incorporada al área endémica. Para la responsable del trabajo, la médica infectóloga Ana Briggiler, la tarea fue interpretada como una injerencia directa en las necesidades poblacionales. En sus palabras, "el trabajo que hicimos de vacunación de peones golondrina es una intervención directa en la salud pública". 22 Esta línea de acción se inscribió en una larga trayectoria de construcción del perfil profesional de los investigadores del INEVH. Comenzando por las primeras actividades de prevención y difusión realizadas fuera del Instituto por médicos e investigadores, seguidas de la atención primaria a enfermos -que ocupó buena parte de su dedicación-, en la actualidad el contacto directo con la población rural se mantiene resignificado en estas nuevas prácticas. En este punto, se diferencia de lo sucedido en otra relevante enfermedad que también afecta zonas rurales, como es el Chagas, donde predomina la investigación básica o académica y los resultados circulan en forma endogámica entre los propios especialistas. 119) este carácter de las investigaciones "omite, o ignora deliberadamente, los procesos de industrialización del conocimiento necesarios para 'salir de los laboratorios' y llegar a los ranchos". En el caso de la FHA, el interrogante que persiste está centrado en el alcance y la capacidad de ampliación de las acciones de intervención que enlazan la producción de conocimientos científicos a la resolución de problemáticas sociales. En este sentido, el mismo estudio referido anteriormente permitió que se identificara otro grupo de riesgo que no es vacunado ya que no se los considera población rural: los camioneros. Estos trabajadores de origen urbano están dentro del escenario viajero identificado por las investigadoras. Aunque en situación de tránsito, su paso por las zonas afectadas los vuelve víctimas potenciales de la FHA. A instancias de la misma investigadora, las profesionales propusieron tomar contacto con la central gremial que nuclea a estos trabajadores, con el objetivo de lograr que, en los centros de salud en los que son sometidos a controles periódicos, se les ofreciera la vacuna. Sin embargo, el contacto no llegó a materializarse en una iniciativa oficial. "Me da pena, porque estuve mirando dónde están ubicados los centros de salud de los camioneros, y están ubicados donde tenemos vacunatorios. Sería muy posible articular...", afirma la investigadora. 23 En este caso, el compromiso personal y profesional, decisivo para otras instancias, no ha logrado suplir la ausencia de políticas estructurales, aun siendo que la vacuna es gratuita y fabricada íntegramente en el INEVH. Las trayectorias de investigación organizadas en torno al estudio y tratamiento de la Fiebre Hemorrágica Argentina permiten identificar algunas problemáticas, relevantes tanto para la reflexión en torno a las condiciones de producción de conocimiento científico, como para señalar continuidades y rupturas que atraviesan al espacio rural argentino, territorio-geográfico pero también social y económico-en donde ha actuado históricamente la enfermedad. En el primer eje, es posible aseverar que la FHA tuvo una incidencia directa en el desarrollo de la virología en Argentina. Asimismo, la reconstrucción de la trayectoria del INEVH, sus logros y conflictos a lo largo del tiempo, así como las vivencias de algunos de sus profesionales, permite destacar cómo, aún en condiciones adversas, atravesando diversas crisis políticas y económicas, fue posible desarrollar prácticas científicas de excelencia académica. Más aún, el modelo de investigación surgido en torno a la FHA es un modelo único en el mundo, en tanto dio como resultado la primera vacuna disponible a nivel mundial contra un Arenavirus: la vacuna Candid, cuya producción se realiza enteramente en Argentina. Además de este significativo resultado, la particularidad del modelo de investigación radica en la forma en la que fue alcanzada la resolución terapéuticamente (a través de la administración de plasma inmune), experiencia que en la actualidad se busca trasladar al tratamiento del Ébola. En este sentido, la expansión de las líneas de investigación del INEVH hacia otras enfermedades, aprovechando las capacidades previas desarrolladas en el tratamiento de la FHA, ha permitido que el instituto ampliara su radio de acción, obteniendo nuevos reconocimientos internacionales por su labor científica y sus aportes en la prevención de nuevos virus, como en dengue y hantavirus. En este plano, es posible observar que los condicionantes, económicos, sociales y políticos, propios de los países alejados de las principales potencias, no han impedido el desarrollo de resultados de excelencia, factibles de ser apropiados socialmente en beneficio de las poblaciones implicadas. En cuanto a los factores que intervinieron en la visibilización de la enfermedad y en la constitución de la FHA como un problema social, se ha identificado, hacia aden-tro de la comunidad científica, que su jerarquización estuvo vinculada a la influencia ejercida por la tradición biomédica a la que pertenecían los primeros investigadores. Al mismo tiempo, la región productiva en la que la enfermedad es endémica fue clave para que ésta tuviera repercusiones públicas y atención oficial. Fue debido a la importancia de esta región en términos económicos, y asociada a éstos también políticos y culturales, que la enfermedad alcanzó a ser constituida como un problema que era necesario atender. Dentro del perfil agro-exportador de la estructura productiva argentina, el accionar de la FHA se convirtió en una amenaza, no solamente para los pobladores rurales, sino fundamentalmente para la estabilidad de las principales actividades económicas en una región estratégica como la pampeana. Al mismo tiempo, aunque con un marco institucional anclado en la órbita pública, el sostenimiento de investigaciones y proyectos ha dependido, en buena medida, de la labor de médicos e investigadores comprometidos con la tarea, dispuestos a afrontar los períodos de escasez y penumbras. Compromiso que, en distintas instancias, no resulta suficiente para el desarrollo de herramientas estructurales de acceso a la salud, como se ha señalado respecto a la reciente identificación de trabajadores de origen urbano, principalmente camioneros, que han sido identificados por médicas del INEVH como nuevo grupo de riesgo, pero para los que aún no se ha podido implementar un calendario vacunatorio. Por otro lado, dentro de las continuidades temporales, es posible señalar el sesgo que ha distinguido a los profesionales del INEVH, en tanto agentes involucrados activamente en el contacto con la comunidad. A diferencia de otros espacios confinados a la investigación básica, aquí el temprano contacto con pacientes, el desarrollo de la atención primaria junto a las tareas de investigación, imprimió su sello en la trayectoria institucional, trascendiendo incluso el final de la atención sanitaria. Otrora en actividades de capacitación protagonizadas por médicos de terreno, con la urgencia propia de los brotes de la enfermedad, en la actualidad el instituto conserva su actuación como agente de intervención en salud pública, como fue posible identificar en su reciente actuación dirigida a trabajadores estacionales oriundos de Santiago del Estero. Es en este punto cuando el optimismo ligado a la obtención de resultados de excelencia nos enfrenta a una problemática estructural, también ligada, aunque implícitamente, a los obstáculos que enfrentan países como la Argentina para lograr la utilidad social del saber generado por su cuerpo científico, en este caso, por profesionales de la salud. Esta problemática remite, en el caso estudiado, a una de las principales características del capitalismo argentino que, como en buena parte de la región, conserva una firme actualidad. Como fue reconstruido, los comienzos de la detección de la FHA durante la década de 1950 estaban asociados a un grupo social, con mayores posibilidades de contraer la enfermedad, por sus condiciones de vida y trabajo. Éste grupo estaba conformado por los trabajadores "golondrina", expresión de una determinada forma de organización de la producción agropecuaria, del acceso a la tierra, y aún de la imposibilidad de contar con un marco jurídico que velase por sus derechos. En la actualidad las formas de producción del espacio rural han sufrido notables trasformaciones. Sin embargo, tanto el nudo territorial neurálgico, la región pampeana, como la existencia de miles de trabajadores en condiciones similares a las registradas por los peones golondrinas décadas atrás, continúan vigentes. A pesar de la existencia de nuevos marcos normativos que los incluyen, en el que cabe mencionar a la Ley 20744 o Ley Gene-ral de Contrato de Trabajo, continúan teniendo condiciones de trabajo riesgosas e irregulares. Es, de hecho, un colectivo de trabajadores santiagueños pertenecientes a este grupo social el que ha sido reciente destinatario de una de las últimas actividades de investigación y acción por parte del INEVH. En este sentido, el hecho de haber sido decretada como enfermedad profesional de los trabajadores agropecuarios (Decreto 4894), el 21 de junio de 1961, mantiene una alarmante actualidad. De esta forma, encontramos que la persistencia de este grupo como principal interlocutor de las campañas de prevención y tratamiento, es parte constitutiva de las prácticas médicas y de investigación vigentes. Los problemas que enfrenta la producción de conocimientos permanecen, así, ligados a los condicionamientos que atraviesan las poblaciones implicadas. En especial en el ámbito rural, el desarrollo científico necesitará, para difundirse y consolidarse, avanzar en trasformar las condiciones de vida de la población involucrada. Sólo así la utilidad social de la ciencia alcanzará su verdadera potencialidad. Los Arenaviridae se caracterizan morfológicamente por ser partículas esféricas con un diámetro promedio entre 110 y 130 nanómetros, incluyen 23 especies virales y dentro del género se encuentran los causantes de fiebres hemorrágicas en el hombre: virus Lassa, Machupo, Guanarito, Junín y Sabiá (Soto y Mattar, 2010, p. De acuerdo con los autores, este creciente interés se vincula con los efectos que sobre el planeta está ocasionando el cambio climático, entre los que se encuentra la producción de enfermedades infecciosas, así como también un aumento en relación con la "cantidad y virulencia de sus agentes etiológicos" (Vicente Peña et. al.,párr. 1). Un relevamiento del estado de la cuestión para Argentina y América Latina puede consultarse en Armus (2005, pp. 13-40). Tras la muerte en 1992 del histórico director del Instituto, Julio Maiztegui, asumió por concurso la dirección de la institución Delia Enría. Desde 1994, ha ocupado este cargo hasta la actualidad. A modo de homenaje, en aquél año, y tras la sanción del decreto 393/94, el instituto cambió oficialmente su nombre para llamarse Instituto Nacional de Enfermedades Virales Humanas (INEVH) "Dr. Julio I. Maiztegui". Previamente, en 1992, a modo de reflejo de la expansión en relación con los alcances de los temas de interés del Instituto, éste había cambiado su nombre de Instituto Nacional de estudios sobre Virosis Hemorrágicas (INEVH) por el de Instituto Nacional de Enfermedades Virales humanas (INEVH). Además de los grupos que se refieren a continuación, entre los investigadores también se destacaron Coto y Kravetz (Facultad de Ciencias Exactas y Naturales -Universidad de Buenos Aires); Romanowsky (Universidad Nacional de La Plata); y Sabattini (Facultad de Medicina -Universidad Nacional de Córdoba), véase Weissenbacher et al. (2012, p. Se trata de plasma -parte líquida y acelular de la sangreque cuenta con anticuerpos específicos para el virus Junín (Maiztegui, 1975). El rol de este grupo es analizado en profundidad en Agnese (2011).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Fundado en 1285-1288, el Hospital de Santa Maria Nuova es uno de los más antiguos y destacados de Florencia, y sirvió de inspiración a un buen número de proyectos de "hospitales mayores" europeos al menos hasta comienzos del siglo XVI. Por razones histórico-políticas, sanitarias y urbanísticas de corte diversa, este hospital ha seguido en funcionamiento hasta la actualidad. El libro aquí reseñado estudia la evolución arquitectónica del hospital de Santa Maria Nuova en relación a los cambios en las concepciones médicas y en las demandas asistenciales durante los casi dos siglos transcurridos entre 1780 y 1970. Su publicación ha coincidido con el periodo final de una profunda restauración arquitectónica de este hospital ligada a un proceso de recalificación del mismo, que se dilató durante más de quince años a partir de 1995. La obra se apoya en una paciente y minuciosa investigación de varios años en los fondos histórico-documentales sobre este hospital, que se preservan en el Archivio di Stato di Firenze. Su autora, la arquitecta Esther Diana, dirige el "Centro di Documentazione per la Storia della Sanità Fiorentina", una institución destinada al laudable objeto de conservar y valorizar el patrimonio científico, histórico, artístico, documental y bibliográfico en el ámbito de las ciencias médicas y las instituciones sociales, así como de promover el conocimiento de la historia de la sanidad mediante investigaciones e iniciativas didácticas. Diana ha publicado previamente varios estudios dedicados a la historia sanitaria y patrimonial de los hospitales florentinos desde la Edad Media a la actualidad. La obra se estructura en cinco partes de desigual extensión cuyo núcleo es el análisis de las transformaciones arquitectónicas experimentadas por el Hospital florentino de Santa Maria Nuova entre finales de los siglos XVIII y XX. Estas transformaciones se ponen en relación con las nuevas funciones que le fueron asignadas en virtud de los cambios en las concepciones sobre la salud, la enfermedad y la asistencia médica y social, derivados de sucesivas oleadas de modernización por los que todo el sistema hospitalario europeo se vio afectado, con distintos ritmos, a lo largo de esos dos siglos. En la primera parte (dos capítulos, pp. 15-49) se proporciona una visión general acerca del impacto de las propuestas higienistas de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX en los debates en torno a cambios en la organización de los espacios hospitalarios, que estaban dirigidos a adecuar las estructuras arquitectónicas a las nuevas ideas sobre la salud y la enfermedad y a las nuevas funciones derivables de ellas. La segunda parte (5 caps., pp. 51-112) analiza de qué manera, sobre todo dentro de Italia, los debates higienistas sobre las condiciones de (in)salubridad de hospitales y ciudades incidieron en la organización de un primer sistema sanitario en la Florencia del siglo XIX, con particular atención al papel jugado en este sentido por el asociacionismo médico y otros agentes impulsores del reformismo social. La tercera parte (5 caps., pp. 113-232) se focaliza en las enormes transformaciones de todo orden (logísticas, topográficas, estructurales y funcionales) que los espacios hospitalarios experimentaron en su relación con el tejido urbano en toda Italia durante el último cuarto del siglo XIX a resultas de estos debates y reformas; así como en la concreción de todas estas transformaciones en el Hospital de Santa Maria Nuova. Las dos últimas partes se adentran en la historia del hospital de Santa Maria Nuova durante el siglo XX. La cuarta parte (9 caps., pp. 233-449) se centra en el proceso de modernización de esta institución asistencial florentina durante la primera mitad de este siglo a través de aspectos de orden tan diverso como las dinámicas socio-profesionales (intrahospitalarias, asociacionismo médico, profesionalización de la enfermería, desarrollo de la medicina del trabajo), el desarrollo de nuevas tecnologías médicas (fármacos, lucha contra las infecciones), las reformas estructurales, o el complejo desarrollo del nuevo Ospedale di Careggi). Finalmente, la quinta parte (3 caps., pp. 451-535) está dedicada sobre todo a las vicisitudes de este hospital durante la Segunda Guerra Mundial, con dos últimos capítulos más breves relativos al asociacionismo médico y la organización sanitaria en los veinticinco años ulteriores a la contienda. La obra se ve coronada por un amplio apéndice de ilustraciones en color fuera de texto y sendos índices, uno onomástico y otro de lugares e instituciones, de cuidada factura. Magníficamente editado en gran formato y con profusión de ilustraciones planimétricas y fotográficas relativas al hospital de Santa Maria Nuova y otras instituciones hospitalarias dentro y fuera de Italia, el libro reseñado constituye una valiosa contribución a la historia tardía de este emblemático hospital como parte inherente, durante más de setecientos años, del entramado urbano florentino. Más allá de la solidez de la investigación archivística en que se apoya, el interés de la obra de Esther Diana radica en haber sabido tanto reflejar la riqueza de los debates entre distintos actores expertos, subyacentes a los sucesivos cambios estructurales y funcionales experimentados por el hospital, como contextualizarlos en el marco histórico del movimiento hospitalario europeo.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Hace ya dos o tres décadas al menos que la historia de la ciencia (si no la historia en general) se ha estado afianzando en lo que podríamos llamar un paradigma material. Hemos pasado de interrogar en exclusiva las ideas, algo desencarnadas, de los grandes científicos a interesarnos por las cosas mismas, aquellas que rodeaban a los hombres y mujeres del pasado que, de un modo u otro, participaron en la producción y transmisión del conocimiento. Los objetos del saber no siempre tiene historias heroicas: telescopios averiados sin remedio, especímenes perdidos en naufragios, libros que los autores creen escribir pero que un buen número de agentes (de impresores a correctores) acaban por producir. Y sin embargo hay un objeto, posiblemente el más ubicuo de todos, que aún parece resistírsenos a los historiadores de la ciencia: los papeles mismos (las notas, apuntes, garabatos y bosquejos) que todo investigador produce para recordar y elaborar una idea que se nos ha ocurrido, un pasaje que hemos leído, o un fenómeno que hemos observado. Observing by Hand de Omar W. Nasim es un libro sobre cómo la observación científica, tema privilegiado de la más reciente historia de la ciencia, no es sólo cosa del ojo, sino también (y sobre todo) de la mano que registra, que anota, que bosqueja. Nasim nos narra una historia fascinante: la de cómo una serie de astrónomos del siglo diecinueve trataron de capturar un objeto lejano y confuso, las nebulosas, a base de dibujarlos. Aviso a navegantes: es un libro especializado, centrado en un período y una práctica específicos. El lector no encontrará grandes panorámicas sobre la historia de la representación visual de los cielos. Pero Observing by Hand es un trabajo sofisticado y con fuerza, que revisita temas clásicos (observación, cultura visual) con una perspectiva lúcida y extremadamente sólida, al tiempo que amplía poderosamente los horizontes de investigación en historia de la ciencia. Puede que sea un caso de estudio concreto y situado, pero a buen seguro que su lectura recompensará a cualquier historiador de la ciencia. Observing by Hand es original en muchos aspectos. El afortunado título para empezar, algo así como "observar a mano," pues un gesto aparentemente inmaterial como observar, nos recuerda Nasim, es un arte manual. O el objeto mismo que estudian los protagonistas de su historia, las nebulosas: entes tenues, ambiguos y escurridizos a la mirada científica. Pero hay dos aspectos en particular que resultan cruciales en el panorama historiográfico actual. Primero, el autor da profundidad a la imagen científica: frente a los estudios visuales de la ciencia que son incapaces de ir más allá de la superficie de una imagen concreta (infiriendo conclusiones a base de comparar con otras su estilo, modos de representación, etc.), el libro argumenta que cualquier representación es el resultado de una historia a menudo tortuosa, de muchos intentos, correcciones, ajustes y versiones. Segundo, y por la misma razón, Nasim desplaza el foco de atención de la imagen acabada a la imagen privada o de trabajo ("working image," lo llama él, o el bosquejo que no aspira a otro público que el del solo autor que lo produce), y nos recuerda que fuentes tan abandonadas por los historiadores como los papeles de trabajo (notas, cuadernos, apuntes, listas, esbozos) nos permiten escribir historias muy distintas a las que se basan en un libro, una pintura, un instrumento: son historias de incertidumbres, de intentos fallidos, de métodos de trabajo elaborados y retocados sobre la marcha. Observing by Hand consta de cuatro capítulos. El primero, "Consolidación y coordinación," se centra en las dinámicas de trabajo en el observatorio del castillo de Birr, en Irlanda. A mediados de los años 1840, el aristócrata y astrónomo William Parsons (1800-1867), tercer Conde de Rosse, se hizo construir allí un colosal telescopio reflector (el más grande del mundo por aquel entonces) con una apertura de casi dos metros de diámetro. Rosse se rodeó de operarios que manejaban el mastodóntico instrumento y un nutrido grupo de asistentes (jóvenes astrónomos y en ocasiones artistas) que se sucedieron al ocular a lo largo de los años llevando a cabo el programa de observación diseñado por el lord. Las dimensiones del telescopio hacían posible algo prácticamente inédito: el examen de objetos celestes extremadamente imprecisos. Y nada más nebuloso que las nebulosas: ¿qué eran aquellas formas tenues y relucientes? Nasim sostiene que debido a la naturaleza elusiva de las nebulosas y al carácter colectivo del programa de Rosse, el dibujo se convirtió en un medio privilegiado para estabilizar una mirada plural a entes tan ambiguos como aquellos: es decir, para consolidar y coordinar las observaciones. A cada asistente de Rose se le asignó un libro de observación en el que tomar notas y bosquejar formas durante las largas horas en el ocular. Consolidación, porque los cuadernos permitían lo que Nasim llama un "proceso de familiarización": fue a base de dibujarlas una y otra vez que las extrañas nebulosas empezaron a tomar forma. Coordinación, porque las notas y dibujos de cada asistente debían trasladarse a un único libro (algo así como un libro maestro, común a todo el programa), en el que se pulía y negociaba la representación definitiva de cada objeto observado. Pero incluso para un equipo como el de Rosse (que contaba probablemente con el mejor instrumental del momento), estabilizar por medio del dibujo no estaba exento de controversia y dudas. ¿Cuál es el mejor modo de representar fenómenos naturales? ¿Por qué el dibujo, un medio al fin y al cabo creativo y personal? O simplemente: ¿cuál es el mejor modo de considerar imágenes como las de Rosse? ¿Cómo saber lo que representan? ¿Cómo inferir conclusiones a partir de ellas cuando pocos contaban con instrumental para observar por sí mismos las nebulosas? Éstas son las preguntas del segundo capítulo, "Uso y recepción," una biografía de dos imágenes de un mismo objeto celeste: la Gran Espiral, hoy conocida como la galaxia Remolino o M51 en jerga astronómica. Mientras que una de las imágenes (basada en un dibujo de John Herschel de 1833) presentaba la M51 como una ne-bulosa de forma anular, la otra (la de Rosse, de 1850) descubría una morfología nunca antes vista en los cielos, la forma espiral, que iba a cautivar a científicos y artistas por igual. La famosísima Noche estrellada de van Gogh, por ejemplo, exhibe la nebulosa espiral en pleno cielo, ampliando así la realidad que el artista podía contemplar desde su habitación de un sanatorio mental provenzal con los más recientes descubrimientos astronómicos. Lo interesante del capítulo es que nos muestra cómo las lecturas de las imágenes de la M51 variaban ligeramente con cada nuevo uso. Nasim sabe prestar atención a un aspecto sobre el que la historia del libro ha sido particularmente insistente, pero que los estudios visuales ignoran con demasiada frecuencia: copiar, plagiar, editar, publicar, o simplemente manipular cualquier forma discursiva (ya sea un texto, una imagen o -¿por qué no? -un objeto) no sólo la reubica en un nuevo contexto social e intelectual, sino que además altera su significado. El tercer capítulo se centra en una forma particular de visualización: los mapas descriptivos, una puesta en imagen que incluía no sólo la representación de las nebulosas, si no también detalladas mediciones. Mapas descriptivos como los de John Herschel, por ejemplo, aspiraban a una representación pictórica susceptible de cálculos y mediciones. Nasim introduce aquí la noción de "concepción," con la que se refiere al papel que este tipo de imágenes jugaba en la visualización de relaciones espaciales. Los mapas descriptivos, en otras palabras, permitían explicitar (o hacer visualmente evidentes) relaciones entre fenómenos astronómicos que, de otro modo, quedaban ocultos en la masa confusa de hechos observables. Pero no sólo eso: adoptando un tono de historiador intelectual, Nasim argumenta que inscripciones como estos mapas reflejan el modo en que sus autores razonaban sobre el papel, la forma en que digerían cognitivamente sus observaciones. Ésta es una importante diferencia con la fotografía, que no podía más que captar apariencias mientras que el dibujo permitía disciplinar no sólo la observación, sino también el pensamiento. Trazar líneas entre distintas nebulosas o delinear sus estructuras internas constituían gestos para coleccionar, conectar, reducir y procesar fenómenos celestes. El cuarto y último capítulo se centra en demostrar cómo habilidades e instrumentos específicos influencian de manera crucial los resultados finales de las observaciones y de los procesos de visualización, pero también las conclusiones. William Lassell, por ejemplo, contaba con instrumentos únicos: sus telescopios de montura ecuatorial le permitían seguir un objeto en los cielos durante mucho más tiempo que Rosse o Herschel. Mientras que éstos borraron toda traza de los instrumentos que utilizaron, para Lassell el tipo de telescopio utilizado importaba: distintas condiciones de observación daban lugar a formas de representación. Otro caso es el de Wilhelm Tempel, el único artista de formación dedicado a dibujar nebulosas. Como Lassell con los instrumentos, Tempel quiso hacer evidente en las imágenes mismas algo que antes no lo era: que para dibujar hay que saber dibujar. Para Tempel, los que le precedieron no dieron suficiente importancia al efecto que las habilidades pictóricas de cada observador tenían no ya sobre el dibujo, sino sobre los argumentos científicos mismos. Hay que decir que el tono teórico del argumento a lo largo del libro puede resultar en ocasiones abrumador, y uno puede llegar a preguntarse (sobre todo si se es más historiador que filósofo) por la necesidad de utilizar, como hace Nasim, conceptos teóricos relativamente nuevos ("procedimiento," "familiarización," "concepción") para describir situaciones o actitudes que tal vez no necesiten nombre. Sea como fuere, Observing by Hand constituye una lectura indispensable para cualquier historiador de la astronomía, especialmente para aquellos que se interesen por el Ochocientos inglés (la historia del alemán Temple en el observatorio florentino de Arcetri constituye una refrescante excepción en un estudio que hace uso mayoritario de casos británicos). Los expertos sabrán evaluar el argumento del autor en lo que respecta a la cronología mejor que el autor de esta reseña. Las décadas de 1820 a 1890 constituyen, nos dice él, un período distintivo de la práctica observacional: uno, sin embargo, ignorado con frecuencia en la historia de la representación visual de fenómenos celestes dada la tendencia a considerarlo desde nuestros estándares visuales actuales. La fotografía nos ha acostumbrado a visiones diacrónicas, acumulativas o topográficas de los cielos frente los modos sincrónicos de Rosse o John Herschel, que preferían el estudio focalizado y casi obsesivo de determinados objetos siderales. Ésta es, precisamente, una de las claves más importantes del libro, uno de los aspectos que hacen de este trabajo algo más que un caso interesante para especialistas en la época o la disciplina. Nasim, de hecho, adopta la misma perspectiva que los protagonistas de su historia: frente a tendencias diacrónicas en la historia de las imágenes científicas (que comparan imágenes acabadas, mayormente publicadas, de una época con otra, y que tienden a buscar grandes líneas de cambio), Nasim tiene un ojo diacrónico: se centra en pocos casos de un período concreto, lo que le permiten observar la producción de sus fuentes en profundidad. Las consecuencias son fundamentales. Porque presta atención a los registros de la mirada científica-"no puede haber observación sin algún tipo de registro" (239)-y demuestra que el gesto ocular no es tan inmaterial como pueda parecer. Y porque explota la noción de observación en una miríada de etapas-registros, procesos, resultados-, lo que pone en duda influyentes narrativas que anclan la evolución de grandes nociones científicas (la de objetividad, por poner un caso) a un análisis de convenciones estilísticas. El trabajo de Nasim acaba cuestionando, aunque sea de manera implícita, todo estudio de historia de la ciencia que utilice imágenes sin interrogarse por su producción, circulación, y recepción. Prácticamente toda imagen, nos viene a decir, es una versión más entre otras muchas: los dibujos preparatorios que la preceden, de un lado, y las copias y apropiaciones por las que circula, de otro. Ignorar esto es focalizarse sobre un solo momento de la larga vida que tiene todo producto científico, gráfico o no. Nasim nos da un buen ejemplo a este respecto. Puede que los distintos dibujos de nebulosas en aquella época nos parezcan similares hoy en día, nos dice. Pero cuando prestamos atención a los "procedimientos" (procedures, los llama él) por los que fueron creadas, empezamos a apreciar que se trata a menudo de modos de visualización radicalmente distintos. Los dibujos y litografías de nebulosas del Ochocientos son, como toda imagen, productos inferidos: el resultado de prácticas de producción, manejo, recepción. Algo que la mano hace y rehace. Una imagen, nos viene a decir, no es sólo superficie. Instituto universitario europeo, Florencia Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, Berlín
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Ricardo Campos ha reconstruido minuciosamente en El Caso Morillo: Crimen, locura y subjetividad en la España de la Restauración, el interesante proceso judicial del asesinato de Carolina Lanzaco y el intento de homicidio de José Fernández. La noche del 28 de octubre de 1883 los padres de Amparo Fernández Lanzaco fueron atacados cuando bajaban del tranvía en la esquina del Tribunal de Cuentas con la calle San Vicente de Madrid, deteniéndose inmediatamente al médico Manuel Morillo, quien había sido novio de Amparo. La prensa se hizo eco de la noticia atribuyéndole una identidad al asesinato vinculada al lugar de los hechos para conocerse, a partir de entonces, como el "Crimen de la calle de San Vicente". Este ameno libro reconstruye el crimen, el sumario y el juicio a partir de las noticias periodísticas y dos folletos publicados poco después. El primero de ellos, El Crimen de la Calle de San Vicente. Asesinatos perpetrados por el mismo el día 28 de octubre de 1883, escrito por Vicente de la Cámara Cuadros presentaba "los amores" del médico como reclamo para los lectores. El segundo folleto titulado Proceso Morillo. Asesinatos de la calle San Vicente. Sumario-Juicio oral-Sentencia, editado en 1884, reseñaba en su portada "Juzgado Instructor de la Universidad. Audiencia de Madrid", tratando de otorgarle mayor veracidad al relato, a pesar de que la autoría se atribuye al periodista Agustín Sáez Domingo. Desde el famoso caso de Pierre Riviére podemos explorar numerosos procesos criminales que han enriquecido la historiografía -Garayo el Sacamantecas, Hillaireaud, el cura Galeote-al estudiar peritajes e intervenciones de los psiquiatras en los tribunales. En la descripción de este asesinato perpetrado por un médico que pretendía que los padres de su novia le permitieran convivir con ella extramatrimonialmente, Ricardo Campos ha contado con algunas fuentes que dan un valor añadido a la investigación. Por una parte, enriquece este libro el análisis del contenido vertido por Manuel Morillo en 37 cartas que dirigió a Ámparo y a su padre, en las que amenazaba a sus víctimas antes de cometer su crimen. Por otra, el autor ha utilizado para la reconstrucción histórica dos cuadernos: Mi declaración, escrito por Morillo posiblemente cuando cesó la citada actividad epistolar y En la cárcel. Reflexiones acerca de la justicia. En el primero de ellos el médico anunciaba y justificaba su futuro crimen, argumentando que obedecía órdenes de Dios y fue transcrito prácticamente entero en diversas publicaciones, mientras que la segunda reflexión escrita después del crimen, nos ha llegado fragmentariamente, gracias al libro Locos y anómalos (1895), de José María Escuder. El libro de Campos, que se estructura en cuatro capítulos, se inscribe en una trayectoria investigadora que ha explorado las relaciones entre la criminalidad y la locura ya presente en otros libros del autor como Los ilegales de la naturaleza. El primer capítulo describe el crimen a través de fuentes periodísticas como El Imparcial, El Liberal, La Correspondencia de España o El Día. La fascinación, el dramatismo o los tintes literarios de relato costumbrista que imprimieron distintos diarios lo convirtieron en un célebre proceso que generó debates y corrientes de opinión que traspasaron los límites de los profesionales médicos y jurídicos. Es de destacar también la contextualización del crimen en un ambiente de cambios sustanciales en la concepción de la prensa, que según el autor pasó en estos años a convertirse en un negocio que aprovechó los crimenes como reclamo para aumentar las ventas. Asimismo, ofrece interés el análisis de los sustratos comunes entre literatura, ciencia y derecho en torno al crimen que el caso Morillo ilustra bastante bien. En el segundo capítulo se reconstruye la identidad del criminal, no sólo con datos biográficos contrastados, sino con la propia subjetividad de éste al utilizar las cartas enviadas a sus víctimas y los textos ya referidos. Las cartas presentan un carácter espontáneo, vindicativo y, a pesar de su fragmentariedad atrapan al lector por la pasión con que su autor justifica actitudes "inmorales" o reprobables socialmente, pero que formaban parte de una cierta normalidad del universo masculino burgués decimonónico. Los textos de Morillo, escritos sin intervención de los médicos y que pasan al dominio público a través de la intervención judicial, tratan de ofrecer una versión de su conducta alternativa a la ofrecida por peritos, magistrados y prensa. El tercer capítulo reconstruye el juicio y ahonda en los peritajes psiquiátricos, cuyo telón de fondo era una campaña forense que José Ma Esquerdo y su círculo habían emprendido, desde 1880, con el fin de legitimar el papel de los alienistas como expertos de la locura ante la magistratura y la opinión pública. Los peritos nominados por el defensor de Morillo fueron el Catedrático de Medicina Legal y Toxicología de la Universidad Central de Madrid, Teodoro Yáñez y José María Escuder, médico que trabajaba en el Manicomio de Carabanchel, propiedad del mismo José María Esquerdo. Pese a los denodados esfuerzos de éstos por convencer al tribunal de la locura del acusado los argumentos chocaron con los de la acusación que, por el contrario encontraban en los escritos signos de premeditación y alevosía. La fiscalía describía al acusado como un hombre de una perversidad moral poco común, rebelde que intentaba exculparse simulando una enfermedad mental, lo que le valió una condena a cadena perpetua. Todo ello transcurrió como muestra el autor del libro en un contexto de importantes cambios en el contexto judicial como fueron la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882 que recogía, entre otras novedades, la realización de los juicios orales y públicos, produciendo un cambio sustancial en la puesta en escena de las partes en la salas de justicia. El periplo carcelario, que incluyó el traslado de la Cárcel del Saladero a la Modelo de Madrid, que Manuel Morillo tuvo el dudoso privilegio de inaugurar en 1884, son relatadas en el cuarto y último capítulo del libro. Su experiencia en prisión no iba, sin embargo, a finalizar en la capital y aún sufrió las extremadamen-te duras condiciones de la Prisión Militar del Peñón de Vélez La Gomera o la prisión de Málaga -donde permaneció en espera de su ingreso en la prisión de Ceuta-. Gran parte del relato estremecedor del deterioro físico y mental de Morillo nos ha llegado a través de Escuder que no cesó en su empeño de demostrar la locura del médico madrileño. Informes de médicos de las diferentes prisiones afirmaban que el reo presentaba demencia epiléptica o una demencia lipemaniaca reforzando la tesis de una herencia patológica -asociada al degeneracionismo-que se había sostenido durante el juicio. No obstante, no ingresó en el Manicomio de Leganés, donde fue diagnosticado de parálisis general progresiva, hasta un decisivo Dictamen de la Real Academia de Medicina. Ricardo Campos ya había realizado una primera aproximación al caso en un articulo publicado en la revista Frenia, pero la tenacidad del investigador en la búsqueda de fuentes le ha llevado hasta la historia clínica que, afortunadamente, se conserva en el Archivo Histórico del Instituto Psiquiátrico José Germain. Probablemente su estancia como pensionista de primera en el Manicomio Nacional, donde falleció en enero de 1892, supuso un alivio al dramático devenir por penitenciarias tan alejadas de su domicilio y madre -la única familiar con la que mantuvo contacto-. Campos nos entrega una monografía de fácil lectura en la se aportan, además, numerosos detalles que Escuder, defensor a ultranza de la locura del reo, recabó en las visitas que le llevaron, incluso a la prisión del Peñón Vélez de la Gomera. Morillo que, paradójicamente había defendido su doctorado en 1880, con la tesis Importancia y necesidad del estudio de las pasiones en medicina, no encarnaba, a priori la clase popular equiparada a la degradación moral o la criminalidad en el discurso disciplinador burgués del siglo XIX. El libro nos confronta a la voz desbocada y la representación biográfica de un criminal-loco, como en los trabajos de Philippe Artières (Le livre des vies coupables. Subjetividade, crime e locura Edufu, 2009), quienes han recuperado textos escritos desde el internamiento -prisión o instituciones psiquiátricas-. El autor, muestra como los textos de Morillo fueron interpretados por cada parte para justificar sus argumentos. Los peritos de la defensa lo hicieron como una manifestación escrita de un delirio, mientras que los de la acusación como ejemplo de un comportamiento malvado o perverso sin relación con la enfermedad mental. Sin embargo la encarnizada disputa entre alienistas y juristas no dio la razón a las tesis de los primeros. Los defensores de su locura únicamente consiguieron librarle de la pena capital a diferencia de Charles J. Guiteau, el asesino del Presidente de los Estados Unidos Garfield, con quien se ha comparado. Rico por la gran cantidad de cuestiones que pone sobre el tapete, asi como por la diversidad de fuentes utilizadas (prensa, literarias, judiciales, legislativas, médicas, etc.), este libro constituye un interesante y completo análisis de las relaciones entre la locura y el crimen y de los intereses en juego de los diversos actores sociales que intervienen en relación a dichas relaciones. Recomendable, sin duda, para todos aquellos que quieran acercarse a las tortuosas y, a veces divergentes versiones entre juristas y peritos médicos sobre la conducta de un sujeto. Gustará, sin duda, a quienes interesan las aproximaciones a la historia desde el apasionante campo de la subjetividad que, en los últimos años, está dando numerosos frutos en nuestro entorno. Hospital Universitario Severo Ochoa.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Claudia Agostoni se ha posicionado como una de las grandes contribuidoras de la historia de la medicina y la salud pública en México, al lado de Ana María Carrillo 1 y Ana Cecilia Rodríguez de Romo 2. Médicos, campañas y vacunas. La viruela y la cultura de su prevención en México, 1870México, -1952 es una contribución más de Agostoni en donde analiza la historia de una enfermedad desde la perspectiva sociocultural. Es importante señalar que el texto que presenta Agostoni es una mezcla entre la historia de investigación de la viruela, la historia de su control y la historia de las reacciones de las personas tanto a la enfermedad como a las medidas aplicadas por las instituciones encargadas del rubro. Por una parte estudia los recursos que el estado brinda para la aplicación de los adelantos científicos y tecnológicos de la época; por otra las medidas y tácticas para su control; además las manifestaciones socioculturales de las personas. El texto nos lleva a pensar en las repercusiones políticas (en el más amplio sentido) causadas por un agente patógeno que tienen hondo calado en la sociedad y al final se convierten en prácticas cotidianas aunque, para llegar a esas prácticas existe un proceso complejo que se estudia en el libro en cuestión. A propósito de lo anterior la autora menciona: "la generalización de la práctica de la vacunación contra la viruela fue resultado de la convergencia de diferentes prácticas, gestos y acciones por parte de una amplia variedad de actores individuales y colectivos y la ampliación de programas de vacunación no puede ser vista únicamente como resultado de las reformas del ámbito de salubridad". Agostoni estructura su texto en 5 capítulos que engloban 5 grandes ejes. Costumbres, debates e incer-tidumbres en torno a la vacuna en la ciudad de México, 1870México, -1910 lleva por nombre el primer capítulo; el segundo capítulo se titula: Inmunización obligatoria, fabricación de vacunas y controversias, 1915-1926; el capítulo tercero aparece como Vacunas, resistencias, olvidos 1926el capítulo tercero aparece como Vacunas, resistencias, olvidos -1928; el capítulo número cuatro se titula: Médicos rurales, medicina social y vacunación durante la década de 1930; finalmente el capítulo quinto se llama Coordinación, uniformidad y generalización: del control a la erradicación, 1943-1952. En el primer capítulo la autora realiza un recorrido por los últimos treinta años del siglo XIX y los primeros diez del XX. Aborda un periodo fundamental para la historia de la medicina y salud pública en el territorio mexicano: el porfiriato. Comienza el capítulo revisando la manera en la que los médicos e higienistas decimonónicos mexicanos llegaron a la conclusión que la viruela era de mayor propagación entre grandes conglomerados de personas, como en la ciudad de México (que aumentó considerablemente su población). Dichos médicos discutieron también sobre las condiciones propias de la ciudad -que denotaban falta de higiene-y las teorías de contagio de la época, que generaron una etiología y medios de transmisión "multifacéticos e inciertos". En dicho capítulo la autora resalta los grandes esfuerzos realizados por el gobierno de Díaz por contener la enfermedad a partir de aplicaciones científicas al alcance de los médicos para su combate, lo que género "una visión estrecha de la enfermedad", pues se olvidaban de factores económicos, sociales y políticos que influyen en el desarrollo enfermedad misma. Además dice Agostoni: "[...] al margen de la multifacética etiología [...] la mayor parte de médicos diplo-mados concordaban [...] [que] la viruela era extremadamente contagiosa y la experiencia de muchos años demostraba que su profilaxis únicamente era posible con la vacuna de brazo a brazo". Liga a lo anterior la forma en la que se organizó y reglamento la vacunación. Toca los debates que suscito la efectividad y seguridad de la vacuna animal y la de brazo a brazo (jenneriana), que estuvo relacionada al contagio de la sífilis. De esta manera en el segundo capítulo narra las controversias sobre efectividad de la vacuna humana, con la que se llevaron a cabo las campañas de vacunación y revacunación durante el gobierno de Plutarco Elías Calles (1924)(1925)(1926)(1927)(1928), se dio la "extinción sistemática de los focos de viruela" a partir de la tecnología para la fabricación de una vacuna de mejor calidad, que en periodos anteriores, llevada a cabo en el Instituto de Higiene. Dicha campaña estuvo acompañada por metáforas bélicas como "combate y guerra" en un estado que se encontraba débil "inmerso en un proceso de reconstrucción y reconfiguración". Quizá lo único que habría que criticarle a este texto se encuentra en el último apartado del capítulo 3 que lleva por título Del anonimato a la primera plana: el Niño Fidencio y el Campo del Dolor y el capítulo 4, pues la estructura misma del libro obliga a plantearnos una cuestión fundamental sobre la conveniencia de realizar un apartado para explicar parte de las creencias culturales de las personas sobre las maneras de curar y tratar las enfermedades por personas ajenas al campo médico, que la autora asegura se debían sobre todo a la ausencia de personal médico cualificado en distintas regiones del país. Es también en esta parte del libro que la autora abandona el espacio que venía estudiando (la ciudad de México) y concentra su narrativa en el contexto nacional, por eso en el capítulo 4, nos habla de los médicos "rurales", como clasifica a los pasantes de medicina que salían al campo a hacer su servicio para obtener el grado. Además da cuenta de los debates que género tal situación a la que algunos pasantes se oponían, no obstante los esfuerzos de las instituciones por inculcarles las bondades de dicha práctica. Tan importante fue el medio rural para el estado mexicano que, en la década de los 30 se crea el Servicio de Sanidad en los Estados e Higiene Rural (1933); tomo impulso durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Rio (1934Rio ( -1940)). En dicho periodo se llevó a cabo el Primer Congreso Nacional de Higiene Rural en Morelia (1935) donde se presentaron diversos debates sobre la implementación de la medicina en el medio rural, hubo entonces "divergencias y puntos encontrados", pero aun así la autora rescata el hecho de que del mencionado congreso se instauro como obligatorio el servicio social para los estudiantes de medicina recién egresados. Finaliza el capítulo narrando el proceso que conllevaba la vacunación, desde el cuidado, pasando por la transportación hasta la aplicación. Aun así, la viruela parece desaparecer en una parte del mencionado capítulo. La viruela reaparece en el quinto capítulo. De forma extraordinaria la autora estudia un periodo de grandes cambios en la historia de la medicina en México en el que la viruela cede ante las medidas preventivas. Dibuja los caminos de erradicación de la enfermedad a partir de la manera en que la vacuna se tornó rutinaria y cotidiana en la vida de los mexicanos, a través de las campañas realizadas por los diversos organismos encargados de la salud. Por ejemplo la organizada por Instituto Mexicano del Seguro Social que verificaba que tanto trabajadores como afiliados estuvieran vacunados, a la par de organismos gubernamentales como la Secretaría de la Defensa Nacional que requerían a militares y familiares de estos; ser vacunados por médicos militares, en Petróleos Mexicanos ocurrió algo similar. En dichas acciones los medios de comunicación jugaron un papel esencial. Al parecer el último brote epidémico se presentó en Sahuayo Morelos en 1948, pero cuenta Agostoni que la Secretaría de Salubridad y Asistencia (SSA) no tuvo conocimiento hasta febrero de 1949. Finalmente la autora señala que aunque la viruela fue erradica en 1952 -logro anunciado por el doctor Rafael Pascasio Gamboa de la SSA-aunque se siguió aplicando la vacuna en contra de la misma (y otras enfermedades) hasta después de la fecha señalada, fue entonces obligatoria e incorporada a la cartilla de vacunación (forzosa a partir de 1985). El libro de Agostoni es sin duda imprescindible para todo aquel que desee adentrarse en la historia de la salud pública en México. Ya que sin bien su historia es una historia local, al igual Monuments of progress modernization and public health in Mexico City, 1876-1910 otro de los textos de la autora. Los textos de la autora contienen una interpretación valiosa de los diversos códigos sanitarios y reglamentos que nos ayudan a entender el contexto sanitario del país, pues muchos de ellos fueron aplicados en diversas partes del mismo (Carrillo, 2012), en una parte del periodo estudiado, como en el caso de Baja California (Fierros, 2014). El libro servirá entonces tanto a estudiantes de historia como a investigadores, de igual manera a epidemiólogos y estudiosos de la salud.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Desde hace algunas décadas existen una serie de trabajos que han renovado en diferentes países el modo de pensar la recepción y circulación de las ideas de Freud. El trabajo de Mariano Ruperthuz es uno de ellos. Conviene resaltar, en primer término, el lugar privilegiado que ocupa este libro dentro de la historiografía del psicoanálisis en Chile, tanto por su modo de abordar esta historia, como por el contenido y el conjunto de fuentes documentales que analiza. Al leer el libro de Ruperthuz no se tiene la sensación de abordar un trabajo que trate exclusivamente sobre "lo psicoanalítico" como idea predefinida o campo independiente y delimitado según los parámetros de la disciplina, sino que se adentra con él en varios de los problemas políticos y sociales que azotaron al país chileno durante las primeras décadas del siglo XX. Y esta es su virtud, pues partiendo de este análisis, lo que pone de relieve es la pregunta sobre por qué y cómo, en este contexto, el psicoanálisis transitó por diversos espacios de recepción, interesando a unos y a otros en lo que Ruperthuz define como "un proceso activo donde los distintos agentes al momento de recepcionar las ideas, también las reinterpretan según las exigencias de su época. Por ello esta concepción se aleja de la idea de la existencia de una supuesta manera "correcta" de leer los conceptos del psicoanálisis" (p. Esta consideración entiende el psicoanálisis como un cúmulo de ideas que se inserta en el campo de las prácticas sociales, funcionando como un sistema de valores y creencias con diversos canales de recepción y circulación. En este sentido, este trabajo se ubica dentro de una línea de investigación que, desde hace algún tiempo, viene cuestionando la "historia oficial" del psicoanálisis, es decir, aquella que podemos definir como una suerte de relato celebratorio y autolegitimador de la propia disciplina, generalmente originada en el seno de las diversas asociaciones psicoanalíticas reconocidas por la IPA (International Psychoanalytical Association); o también la "historia del movimiento psicoanalítico" en la que se persigue, a partir de una definición estática y delimitada por los parámetros de la ortodoxia freudiana, rastrear los sucesos, personajes e hitos fundacionales, en los que se apoya dicha definición y sus prácticas. En este punto coincide Ruperthuz con los planteamientos que la historiadora del psicoanálisis Élisabeth Roudinesco elabora para el caso francés, donde la autora pone en tela de juicio esta forma de construir la historia como un relato hagiográfico que presenta al psicoanálisis como una creación ex nihilo y a Freud como un héroe aislado e incomprendido por el contexto y la época que le tocó vivir. No obstante, el análisis de Ruperthuz va más allá, y plantea una interesante discusión metodológica sobre cómo hacer historia del psicoanálisis, en la que se abarcan diversas problemáticas como pueden ser: qué entendemos por psicoanálisis al abordar su relato histórico, cuál fue el papel que tuvieron los "críticos" en su difusión, o cómo pensar la recepción y reelaboración de la teoría en sus vínculos con la medicina, la psiquiatría, el derecho, la higiene, la religión o la cultura popular. En este punto destaca su concepción sobre la dimensión transnacional del psicoanálisis, según la cual este trabajo sería un estudio de caso, con sus particularidades y anclajes locales, pero que se relaciona con un contexto de amplias dimensiones y mayor complejidad. Es aquí donde el autor propone, siguiendo a Plotkin, la idea del psicoanálisis como "artefacto cultural de amplio espectro", es decir, un saber que desborda el circuito científico en el que fue originado. El psicoanálisis viajaría de esta forma por diversos espacios geográficos y múltiples capas sociales, en las que funcionaría según los parámetros de apropiación de los agentes de recepción propios a cada contexto. Esta definición es la que guía todo el desarrollo del libro, nutriéndose para ello de las investigaciones de importantes autores latinoamericanos en historia del psicoanálisis, la psicología y la psiquiatría, como son Hugo Vezzetti, Ana Maria Talak, Alejandro Dagfal, Mauro Vallejo, el ya mencionado Mariano Ben Plotkin, o los trabajos del historiador norteamericano Eli Zaresky. Precisamente en continuidad con estos autores, lo que se perfila en el trabajo de Ruperthuz, y que considero de suma relevancia e interés, es una línea de investigación en historia cultural del psicoanálisis. Algo que en Chile también ha sido señalado por la historiadora Silvana Vetö y que, para el citado país, vendría a sumarse a una generación de autores que están renovando la historiografía sobre el campo psi, entre los que podemos destacar a Marcelo Sánchez, César Leyton, Claudia Araya o Cristian Palacios.
En 1903, a raíz de la publicación del RD de 15 de enero, que pretendía asegurar de una vez por todas la extensión de la vacunación contra la viruela en España -tal y como estudia en este mismo número María Isabel Porras-, Carlos María Cortezo publicó una recopilación de las leyes y decretos contra la viruela que habían visto la luz a lo largo del siglo XIX. El autor, tras quejarse amargamente de la alta mortalidad que seguía produciendo la enfermedad en España, iniciaba su texto con las siguientes frases: «Solo la incuria, el escepticismo indocto ó la rebeldía sistemática á todo precepto, puede explicar lo que entre nosotros ocurre. Como esfuerzo supremo contra esta triste y perniciosa conjunción, se ha publicado por iniciativa del Sr. Ministro de Gobernación y con la Real firma, el Decreto de 15 de Enero de 1903 [...] Para disculpa, ante la nación y la historia, de la conducta de los Gobiernos españoles, al propio tiempo que para demostrar que la persuasión del daño y el remedio es teóricamente legendaria en nuestro país, ha creído oportuno esta Dirección, el publicar las disposiciones legislativas y gubernativas encaminadas á la propagación é imposición de la vacuna, desde que comenzó su prácticas en el mundo [...] No creemos que ninguna otra nación haya hecho tanto ni tan pronto, y sin embargo, tampoco otra nación alguna cuenta con número semejante de defunciones producidas por el mal que se procura evitar» 1 ¿Eran fieles a la verdad las palabras de Cortezo? Debemos preguntarnos si realmente en España la legislación que trató de llevar a la práctica la vacunación logró asegurar su extensión a la mayor parte de la población infantil, la mas sujeta a los riesgos de la enfermedad. ¿Solo la incuria, el escepticismo o la rebeldía sistemática explican que a inicios del siglo XX la viruela continuase siendo un grave problema? 2 ----1 CORTEZO, C. M. (1903), Datos históricos acerca de la vacuna en España. Leyes y decretos contra la viruela, Madrid, Dirección General de Sanidad, p. v-vi. 2 Junto a las percepciones de los coetáneos las últimas investigaciones demográficas han comprobado con creces que la viruela fue durante todo el XIX un problema por resolver en España. ROBLES GONZÁLEZ, E. (2002), La transición de la mortalidad infantil y juvenil en las comarcas meridionales valencianas, 1838-1960, Madrid, UNED. Tesis Doctoral, pp. 343-347 Al margen de la continua aparición de trabajos hagiográficos sobre Jenner y la vacuna3, el tema de la legislación y organización de la vacunación antivariólica ha venido siendo objeto de intenso estudio en la última década. Frente a trabajos anteriores que ponían especial énfasis en las consecuencias demográficas de la vacunación4, a veces con lecturas demasiado optimistas de la realidad 5, los estudios publicados en los últimos años se han centrado en el escrutinio de las medidas que se pusieron en marcha contra la viruela 6. El énfasis se ha puesto en cómo se fueron perfilando las relaciones entre el Estado y el individuo a partir de la las medidas de salud pública, entre la cuales la vacunación resulta un caso especialmente interesante 7, debido a que fue la primera que trató de ser extendida al conjunto de la población, estuviese o no enferma, preludiando así otras actuaciones que tendrían lugar ya entrado el ----siglo XX y que se organizarían en torno a la noción de riesgo. Los diferentes modos de llevar a la práctica la vacunación 8 y la utilización o no de métodos coercitivos 9 han centrado especialmente el interés, pues se trata de averiguar qué esquemas organizativos y qué contextos resultaron o no eficaces a la hora de extender una medida de salud pública que pretendía ser universal. La importancia de las estructuras locales, de tradiciones como la de la 'policía médica', o de instancias no directamente relacionadas con la administración sanitaria, como la iglesia, ha sido puesta de manifiesto en el caso de algunos países como Suecia 10 e Italia 11. En cuanto a las reacciones de la población los movimientos organizados en contra de la vacunación son los que han centrado especialmente la atención 12. En el caso de España, a pesar de las afirmaciones de la legislación de 1903 sobre la existencia de la vacunación obligatoria, y de alguna interpretación no muy acertada al respecto por parte de algún historiador de la sanidad española 13, lo cierto es que tras un inicio lleno de entusiasmo, que ha sido bien estu----- 8 Un artículo comparativo de gran interés en esta línea es el de HENNOCK, E.P. (1998), «Vaccination Policy Against Smallpox, 1835-1914: A Comparison of England with Prussia and Imperial Germany», Social History of Medicine, 11, 49-71. 9 Para el caso francés, se puede consultar el trabajo de MURAD, L.; ZYLBERMAN, P. (1995), «Éducation ou contrainte: La vaccination antivariolique en France à la Belle Époque», His. 13 MUÑOZ MACHADO, S. (1975), La sanidad pública en España (Evolución histórica y situación actual), Madrid, Instituto de Estudios Administrativos, pp. 37-41, otorga a la legislación decimonónica sobre la vacunación un rango de 'obligatoriedad' que a nuestro entender no posee, puesto que excepto la indirecta coacción de impedir la asistencia a la escuela, en una época en la que esta tampoco era obligatoria, no se introdujo ningún mecanismo que realmente controlase tal obligatoriedad. diado por Olagüe y Astrain en una serie de trabajos los que se refieren en su aportación a este monográfico, no hubo a lo largo del siglo XIX una legislación que hiciese realmente obligatoria la vacunación 14. La primera normativa que ordenaba la creación de salas de vacunación en los hospitales consiguió magros resultados, a juzgar por los casos que han sido estudiados 15. Tras ella, las numerosas órdenes y decretos, incluida la Ley General de Sanidad de 1855, la norma de mayor rango de la centuria, no hicieron sino tratar de conseguir la extensión de la vacunación sin poner los medios ni los procedimientos para poder hacer una realidad, a pesar de las numerosas admoniciones para conseguirlo. En nuestra opinión la administración sanitaria española periférica, centrada en las juntas de sanidad, central -hasta su supresión en 1847-, provinciales y municipales 16, y posteriormente en la figura de los subdelegados, y financiada por los presupuestos locales, nunca tuvo suficiente entidad para hacer llegar a la población la vacuna. Las normativas publicadas con regularidad no podían ser aplicadas por la débil estructura existente, y no se creó ninguna a propósito que pudiera llevarlas a cabo. Es cierto que la población presentó resistencias y en muchos casos se dejó llevar por el simple fatalismo, pero no hubo movimientos organizados en contra de la vacunación semejante a los de otros países que puedan dar razón de la presencia continua de la enfermedad. La imposibilidad y la falta de voluntad para organizar una estructura de servicios preventivos eficaz y las más acuciantes necesidades que supusieron las visitas de la fiebre amarilla y el cólera no lograron hacer llegar la vacuna a la población de manera persistente y sistemática, a pesar de iniciativas como las del Instituto Médico Valenciano o del Instituto Nacional de Vacunación, ambas estudiadas en este monográfico. Ante esta incapacidad estatal los entes ----14 Ver la recopilación ya citada CORTEZO, C.M. (1903). 15 SANTAMARÍA, E. (1990), «Las salas de vacunación en los hospitales peninsulares a principios del siglo XIX. 16 Sobre la Suprema Junta de Sanidad en su últimas etapas decimonónicas sigue siendo de utilidad la consulta de PESET, M.; PESET, J. L. (1972), Muerte en España (Política y Sociedad entre la peste y el cólera), Madrid, Seminarios y Ediciones, 175-188. Sobre las juntas de sanidad en los inicios del siglo XIX ver RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1990) «Organización Sanitaria española en el siglo XVIII: Las Juntas de Sanidad», en: FERNÁNDEZ PÉREZ, J.; GONZÁLEZ TASCÓN, I. (1990), Ciencia, técnica y estado en la España Ilustrada, Zaragoza: SEHCYT, pp. 402-405. Un ejemplo de la actuación de estos organismos puede verse en CARRILLO, J. L. (1973), «Una institución sanitaria ilustrada: la Junta de Sanidad de Málaga», Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 12, 477-465. Una visión de conjunto sobre la sanidad española en la primera mitad del siglo XIX puede obtenerse en MUÑOZ MACHADO (1975), pp. 67-125. locales tampoco tuvieron los medios para poder revertir esta situación, a pesar de que, como es sabido 17, en sus manos quedaba en gran parte la responsabilidad de la salud pública. Tampoco tenemos datos por ahora que nos permitan saber si hubo implicación de otras instancias, como el clero. Quedaba, eso si, la posibilidad de recurrir a vacunadores privados, pero era una posibilidad que no estaba al alcance de todos. Lo que pretendemos en esta contribución es ilustrar todas estas consideraciones tomando como estudio de caso la ciudad de Alicante 18. Cada iniciativa legislativa fue seguida por un intento de poner en marcha la política de vacunación de manera regular, con la aparición de figuras que hasta ahora no han recibido demasiada atención en la historiografía sobre la vacuna. Lo mismo ocurría ante la recurrente presencia epidémica de la enfermedad. Pero resultó imposible hasta finales de siglo, en el marco de instituciones asistenciales benéficas más organizadas como la Casa de Socorro, asegurar porcentajes significativos de vacunados entre los nacidos vivos. Menos información hemos encontrado sobre el problema de las revacunaciones. La creación de un mercado de la vacunación, un aspecto de gran interés sobre el que ha llamado recientemente la atención Ricardo Campos 19, también encuentra ejemplos en Alicante. LA VACUNACIÓN ANTIVARIÓLICA EN EL ALICANTE DEL SIGLO XIX Una política de la vacunación inconstante: el papel de la legislación y la presencia de la enfermedad A lo largo de la centuria la vacunación se llevó a cabo en la ciudad de Alicante y su entorno inmediato de manera muy inconstante. Las iniciativas legislativas estatales y, sobre todo, la presencia recurrente de la enfermedad ----17 PERDIGUERO, E. (1997), «Problemas de salud e higiene en el ámbito local», en BER-NABEU MESTRE, J.; ESPLUGUES I PELLICER, X.; ROBLES GONZÁLEZ, E., (eds.), Salut i malaltia en els municipis valencians, Benissa, Seminari de Estudis sobre la Ciéncia. 18 La utilidad de los estudios de caso para ver la realidad de las políticas de vacunación ha sido puesta de manifiesto en estudios como el dedicado a la ciudad de Londres: MOONEY, G. fueron los estímulos más inmediatos para que la práctica de la vacunación fuese una realidad. Así, los primeros datos acerca de la práctica de la vacuna en la ciudad de Alicante y su entorno data de 26 de mayo de 180520, probablemente como resultado de las medidas legislativas publicadas a inicio de año. Se centran en la existencia de un cirujano, Salvador Gosálbez, encargado y comisionado de la vacunación para los pueblos inmediatos a la ciudad de Alicante21. Otro tanto ocurría con la propia ciudad de Alicante que contaba con un cirujano encargado de practicar la inoculación de la vacuna bajo la supervisión de uno de los médicos de la ciudad 22. La figura de los comisionados no era exclusiva de Alicante, el 15 de noviembre de 1805, el comisionado para la vacunación de Ibiza, Mateo Valdemoros, remitía un escrito al gobernador de la ciudad de Alicante solicitando fluido para la propagación de la vacuna 23. Aunque no tenemos constancia de ninguna normativa que defina la figura y las funciones de los comisionados encargados de propagar la vacuna, su aparición podría estar relacionada con la Real Resolución de 20 de diciembre de 1804, que fue publicada el 26 de enero de 1805. En la misma se hacía mención al ejemplo de lo que se había hecho en Canarias con motivo de la llegada a las islas de la Real y Filantrópica Expedición de la Vacuna que había partido de la Coruña el 30 de noviembre de 1803, dirigida por Balmis. En la Real Resolución se marcaba como objetivo «generalizar la inoculación de la vacuna en la Península». De hecho se proponía a la Junta Superior ----de Cirugía, la elaboración de «un reglamento que tuviese presente y adaptase el formado para Canarias» 24. Como es sabido, junto a la Real Resolución de 26 de enero, a lo largo de 1805 se promulgaron otras normativas como la Real Cédula de 21 de abril de 1805, encaminada a garantizar la presencia en todos los hospitales de las capitales de provincia de una sala destinada a conservar y propagar la vacuna. Cabe suponer, pese a los resultado negativos que se dieron en algunos casos ya conocidos25, que todas aquellas disposiciones pudieron influir en la propagación de la vacuna, y este debió de ser el caso de Alicante. Tras las noticias referidas a 1805, la siguiente fuente documental que nos habla de la existencia de un servicio de carácter público destinado a proporcionar a los ciudadanos de Alicante, la posibilidad de poder vacunarse contra la viruela, nos sitúa en junio de 1816 26. Desde aquella fecha y al menos hasta julio de 1822, nos consta la existencia de una sala de vacuna dependiente de la Junta Municipal de Sanidad27. Como ocurría en 1805, existía un cirujano para la vacunación de los niños. Se trataba de Francisco Javier Jover, cirujano aprobado en el Colegio Nacional de San Carlos y destinado por la Junta Suprema de Sanidad para la propagación y conservación de la vacuna en la ciudad de Alicante28. Seme-----jante volumen de vacunaciones cobra mayor trascendencia si tenemos en cuenta que en aquellos años la población de la ciudad de Alicante en el grupo de edad menor de 7 años oscilaba en torno a los 4.700 habitantes30, con lo que el grado de cobertura de la vacunación alcanzaba un 69%. Además, como luego tendremos ocasión de comentar parece que no era la sala de vacuna del Consistorio la única alternativa que se ofrecía a la población. En 1823, coincidiendo con el final del trienio liberal, Francisco Jover era separado de su cargo de cirujano encargado de practicar la vacuna31. Con todo, parece que se continuó con la actividad vacunadora, ya que en las fuentes documentales de 1823 se hace referencia al salario de los cirujanos de la ciudad por vacunar 32. Las fuentes de archivo consultadas no vuelven a ofrecer noticias relacionadas con la vacuna hasta 1835, cuando en la sesión de Cabildos de 31 de julio se daba cuenta de las ordenes aparecidas en el Boletín Oficial de la Provincia, en las que se recordaba la necesidad de propagar la vacuna. Al mismo tiempo, se acordaba informar al médico director del ramo, José Alcaraz, para que dispusiera su ejecución. Pese a estas iniciativas, parece que no se recuperó una situación de normalidad. En 1840, el subdelegado de medicina y cirugía de Alicante, Pascual Vallcanera 33 presentaba un informe donde se denun-----ciaba el estado de abandono en el que se encontraba la práctica de la «inoculación de la vacuna» 34: «Observándose desde algún tiempo el abandono en el que yace la inoculación de la vacuna, es deber mío como subdelegado y cirujano titular, excitar el celo del Ayuntamiento a fin de que se renueve este pus, evitando tal vez por este medio la reproducción de este contagio». En 1848 volvemos a encontrar noticias que ponen de manifiesto la ausencia de una práctica de la vacunación constante que alcanzase a un porcentaje amplio de la población 35. El 8 de junio de aquel año, el subdelegado de medicina del partido, dirigía un escrito al Jefe Superior Político de la Provincia dando parte de haberse presentado bastantes casos de viruelas especialmente en personas que no habían sido vacunadas. Como vemos la presencia de la enfermedad era el estímulo más habitual para reclamar que se llevasen a cabo vacunaciones regulares. Hay que esperar a la década de 1850, para volver a encontrar noticias que informan de una actividad vacunadora regular. En abril de 1854, un bando de la Alcaldía de Alicante anunciaba la vacunación pública en las Casas Consistoriales 36. En la primavera de 1855, en la sesión de Cabildos de 7 de abril se informaba de la llegada de los cristales de vacuna para inoculación, al mismo tiempo que se cursaban instrucciones a los cirujanos sangradores, José Baeza, Esteban Villalonga y Antonio Blanch Moreno, y al practicante Francisco Iborra, para que practicasen las inoculaciones en las Casas Consistoriales 37. ----ARTIAGA, M.; PERDIGUERO GIL, E. (2002) «Cólera, homeopatía y práctica médica: Alicante a mitad del siglo XIX», en: XII Congreso Nacional de Historia de la Medicina (en prensa). 34 Se encuentra en AMA, Sanidad, Leg. 36 Los responsables de la vacunación fueron los cirujanos Mauricio Franco y Joaquín Terol. La vacunación comenzó el 21 de abril de aquel año, con horario de 3 a 5 de la tarde (AMA, Sanidad, Leg. 37 Los cristales habían sido remitidos de acuerdo con las directrices emanadas de la circular de la Dirección General de Establecimientos Penales, Beneficencia y Sanidad de 25 de marzo de aquel mismo año. En aquella misma circular: «se ordenaba que después de anunciarse las vacunaciones al público en debida forma, tan luego se obtenga la reproducción del pus, por dichos encargados se prevenga a los Diputados y Alcaldes de los cuarteles de la ciudad se ejerza la mayor vigilancia para que se presenten a la inoculación los niños de sus respectivos distritos, formando los correspondientes padrones de todos los que fueren operados» (AMA, Sanidad, Leg. Diez años después, en 1865, a raíz de una nueva epidemia de viruela, volvemos a encontrar numerosas noticias relacionadas con la vacunación. En abril de 1865, el alcalde pedáneo de la partida rural de El Campello informaba a la Alcaldía de Alicante en los siguientes términos 38: «[...] que dicha enfermedad no es de naturaleza negra, sino vascular más o menos confluente o mejor entendido apiñada, resultando de aquí su mayor o menor peligro. En cuanto al progreso se observa una diferencia notable en el numero de invadidos en el año pasado de 1864 a los meses transcurridos del actual 1865, siendo en el periodo de los meses transcurridos más los invadidos y muertos que en el pasado año 64, teniendo presente que en dicha partida rural no hay inoculados de la vacuna, un cinco por ciento por muy calculo prudente. Por lo tanto no debe extrañarse que dicha dolencia vaya en aumento si en la atmósfera se encuentra alguna predisposición para su desarrollo...». La respuesta a la situación generada en El Campello no se haría esperar, y así unos días después eran remitidos cristales de linfa para proceder a la inoculación, tanto en la capital como en las partidas rurales 39. Superado el rebrote epidémico de 1865, de nuevo la práctica de la vacunación volvió a decaer. En una circular que publicó el Gobernador Civil de la provincia en noviembre de 1866, se denunciaba el abandono en que se encontraba la vacunación, al mismo tiempo que se recordaba a los Alcaldes de los pueblos, cabeza de partido, la obligatoriedad de remitir semestralmente la estadística de vacunación, amenazando con una multa de 10 escudos a quienes descuidasen aquella obligación 40. ----38 AMA, Sanidad, Leg. 39 El 15 de abril de 1865, la Alcaldía de Alicante promulgaba un bando (AMA, Sanidad, Legajo 4/10, 9 de abril de 1865) con el siguiente contenido: «Que siendo la época oportuna para la inoculación y propagación de las vacunas según se halla prevenido en el articulo 99 de las Ordenanzas de Policía Urbana he dispuesto que el martes próximo (18 de abril) a las doce del día, de principio en los salones de las casas consistoriales, el acto de inoculación y propagación de las vacunas gratis a las clases pobres. Lo que se anuncia al público para su conocimiento y a fin de que acudan a utilizarla todos los que quieran». 40 La reiteración en la petición por la autoridad gubernativa de estadísticas referentes a la vacunación en todo el periodo estudiado, así como su escasa presencia en la documentación manejada, parecen apuntar a que tales peticiones eran desoídas sistemáticamente. Como consecuencia o no de las recomendaciones del Gobierno Civil, la actividad vacunadora durante el trienio 1866-1868 fue importante a juzgar por los datos que aparecen reflejados en la tabla 1, de forma particular en el año 1867. Hay que recordar, en este sentido, que los datos hacen referencia a los niños de las clases pobres, mientras el total de nacidos se refiere al conjunto de la población. En cualquier caso, las estadísticas se acompañan de comentarios de los propios cirujanos en los que se señala que los niños que no pertenecen a la clase pobre, «se valen de los cirujanos particularmente de modo que todos se hallan inoculados» 41. En 1868, como consecuencia de lo dispuesto en el Reglamento de 11 de marzo donde se regulaban las funciones de los subdelegados de medicina (artículo 10), estos empezaron a encargarse de la propagación de la vacuna, a fomentarla y a garantizar la disponibilidad de fluido vacuno de buena calidad para la clase pobre. De hecho, a partir de aquella fecha, son frecuentes los escritos que los diferentes subdelegados de medicina remiten a la Alcaldía de Alicante ocupándose de temas relacionados con la vacuna 42. ----En 1875, de nuevo ante la aparición de casos de viruela, volvemos a encontrar noticias relacionadas con la vacunación. En marzo de aquel año se informaba que se había procedido a la vacunación de niños pobres 43. Sin embargo, dos meses después, el Gobierno Civil remitía a la Alcaldía una circular en la que se instaba a la autoridades locales a emplear «los medios conciliatorios primero y después los coercitivos si fueren necesarios contra quien o quienes correspondan, adoptando las medidas necesarias para conseguir la vacunación» 44. La persuasión debía dar paso, por tanto, a la coerción en caso de necesidad, si bien no tenemos constancia de tales medidas que hubieran podido aclarar cual fue el grado de implicación de la autoridades en la extensión de la práctica de la vacunación. Las actividades de vacunación, revacunación, y en general de prevención de la enfermedad variolosa, continuarían a lo largo de 1879 y 1880. Así en febrero de 1879, como consecuencia de un requerimiento del Presidente de la Junta Provincial de Sanidad, se señala que las operaciones de vacunación y revacunación debían ejecutarse en casa de los médicos titulares, quienes debían ejecutar tales operaciones auxiliados de los practicantes designados a tal efecto. En 1880 se produjo un rebrote de viruela, afectando de nuevo a la partida rural de El Campello, aunque también se produjeran algunos casos en el núcleo urbano de Alicante 45. La enfermedad volvería a presentarse en los meses de agosto y septiembre de 1884 46. ---provincia y establezcan en los pueblos donde sea necesario el servicio más adecuado a la completa profilaxis de esa enfermedad» (AMA, Sanidad, Leg. El contenido de la circular del Gobierno Civil de mayo de 1875 sería recordado, de forma reiterada, en circulares promulgadas en 1876, 1877 y 1878, «ante la falta de celo e interés por parte de las autoridades locales para regularizar el servicio de vacunación y evitar en cuanto sea posible los fatales resultados de la enfermedad variolosa», mostrando así que, ya en el último cuarto de siglo, la extensión de la vacunación seguía siendo un ideal por conseguir (AMA, Sanidad, Leg. Según consta por el informe de uno de los médicos, este había asistido a tres niños atacados de viruela. Uno de ellos había curado sin lesiones, de otro no se supo su suerte por «haberse ausentado de esta ciudad durante el periodo eruptivo», y el tercero que padecía viruela «confluente» (no había estado vacunado) había muerto en el mes de diciembre. En lo tocante a las partidas rurales, en el mes de diciembre de 1879 en El Campello se produjeron 6 casos de viruela (confluente), de lo cuales fallecieron cuatro y curaron dos, dándose la circunstancia de que tres de ellos estaban sin vacunar. Unos meses después del rebrote de 1884, en marzo de 1885, vuelven a aparecer noticias que reclaman la necesidad de extremar las precauciones y garantizar la máxima difusión de la vacunación entre la población 47. Dos años después, en los últimos meses de 1887 y los primeros de 1888, la ciudad de Alicante volvería a vivir un nuevo brote epidémico, sobre cuyas características aportamos información en la tabla 2. La situación fue especialmente dramática en la isla de Tabarca -pedanía adscrita al municipio de Alicante-, tal como se pone de manifiesto en el testimonio del alcalde pedáneo de la isla, que por su expresividad vale la pena reproducir 48: ----47 AMA, Sanidad, Leg. 78-82), donde se recogían una serie de impresos que debían ser completados por los Ayuntamientos y remitidos a los Gobiernos civiles. En dichos impresos se debía señalar la procedencia del virus utilizado, la fecha de extracción, el número de vacunaciones y revacunaciones, las que habían prendido y las estériles, y el número de afectados y de defunciones por viruela (indicando si estaban o no vacunados). Escrito dirigido por el alcalde pedáneo de Tabarca, Vicente Antón, a la Alcaldía de Alicante. «[...]no me ha sido posible comparecer en esa Alcaldía, según me previene V.S., en su citada comunicación, en primer lugar por haberlo impedido el temporal reinante, y en segundo lugar por haber sido acometida mi familia de la epidemia de viruela, de cuya enfermedad he tenido la desgracia de perder a mi única hija que contaba 21 años de edad [...] Por otra parte tengo el sentimiento de participar a V.S. que la situación de este vecindario no puede ser más aflictiva, pues además de carecer de médico y sepulturero, la miseria se esta dejando sentir de una manera horrorosa [...] las primeras invasiones de la enfermedad variolosa tuvieron lugar en esta Isla en la segunda quincena del mes de septiembre último, habiendo sido hasta hoy 80 el número de los atacados y 8 el de las defunciones entre las que dos han sido adultos y seis parvulillos [..] el número de los atacados en la actualidad es de nueve, hallándose una de tal gravedad que hubo de traer a un médico de Santa Pola [...] Para evitar la propagación de tan funesta enfermedad se tomaron las medidas sanitarias que V.S. prescribe en dicha comunicación, sin haber podido evitar la propagación de la misma [...] No puede darse situación más aflictiva que por la que atraviesa hoy este desgraciado vecindario. Sin médico, dejándose sentir los efectos horrorosos del hambre y hasta sin sepulturero; dándose el duro caso de tener más de un padre que dar sepultura a sus respectivos hijos [...] Las 100 pesetas que V.S. tuvo a bien remitir serán repartidas con la mayor equidad» A lo largo de los meses que duró la epidemia la actividad vacunadora fue intensa y se realizó tanto por parte de la iniciativa pública -Casa de Socorrocomo privada -Instituto de vacunación directa de la ternera-, dos alternativas de las que nos ocuparemos en el apartado dedicado a analizar el problema del mercado de la vacunación que se generó en la ciudad de Alicante. Las dificultades de la práctica de la vacunación: problemas técnicos y oposición poblacional A pesar del cierto grado de institucionalización que llegó a alcanzar la práctica de la vacunación en el Alicante decimonónico, al menos durante algunos periodos, la difusión y la generalización de la vacuna se encontró con una serie de problemas y dificultades que se unieron a las carencias de las estructuras sanitarias municipales. Junto a la falta de pus para la vacunación que se producía cuando los niños no acudían a los cirujanos encargados de la vacunación para poder proseguir con la misma, tal como hemos podido comprobar anteriormente, la ausencia de una práctica de la vacunación constante y las reticencias de la población llevaba a la aparición recurrente de la enfermedad, como hemos ido comentado. En 1822, coincidiendo con la aparición de un nuevo brote epidémico de viruela, se pusieron de manifiesto estos problemas de manera palmaria. En abril de aquel año los médicos de la beneficencia municipal notificaron al Consistorio la existencia de viruelas naturales entre la población, y lo atribuyeron a la «falta de policía de este ramo de los pueblos inmediatos», en una clara alusión a la falta de vacunación y la ausencia de iniciativas en las localidades de alrededor de Alicante, e incluso en las partidas rurales del propio municipio 49. A lo largo de los meses de mayo y junio el número de afectados fue en aumento, circunstancia que puso en evidencia las deficiencias que en materia de vacunación padecía la población. Se hacía referencia a la existencia «singularmente en la parte de esta ciudad llamada la Villavieja, de una multitud de niños apestados de las viruelas naturales»50, al mismo tiempo que por parte de las autoridades provinciales y locales se insistía en la necesidad de difundir la vacunación y de convencer a la población para que aceptase tal práctica 51. Los esfuerzos de las autoridades no debieron alcanzar los frutos deseados, pues en el mes de agosto de 1822 son diversos los testimonios que nos informan de importantes reticencias por parte de la población para aceptar la vacunación, tal como se puede comprobar al leer el contenido de la circular de la Junta Provincial de Sanidad de 1 de agosto: «Parece cosa increíble que bajo la benéfica influencia de las instituciones liberales [...], pudieran la superstición, las rancias preocupaciones, y aquella indiferencia e ignorancia propias del hombre esclavo, tornar a cubrir el entendimiento del español libre. Mas por desgracia se esta palpando una retrogradación tan palpable ----en la propagación de la vacuna [...] La viruela en esta ciudad, y en toda la provincia ataca en la actualidad con la misma impunidad que si lo hiciera en el siglo XI. Los vacunados por la impericia de los que practicaron esta operación tan sencilla como interesante, se ven sorprendidos de las viruelas con descrédito del antídoto. El pueblo mira ya con desprecio la vacuna, y las autoridades encargadas de este ramo con indiferencia [...]» 52. En efecto, tal como se pone de manifiesto en la circular que acabamos de extractar, una de las principales dificultades que encontraba la difusión de la vacuna residía en la percepción popular de que algunos de los vacunados habían sido atacados de las viruelas naturales, y entre las razones, que en opinión de las autoridades explicaban tal situación, aparece el papel desempeñado por los barberos que con su «impericia» realizaban vacunaciones inadecuadas que explicaban la aparición de viruela entre los sometidos a la práctica de la vacunación 53. El problema de las llamadas inoculaciones inadecuadas o «empíricas» estuvo presente a lo largo de prácticamente todo el siglo XIX y muestra el conflicto que sobre el particular surgió entre los diversos grupos de profesionales sanitarios. Las fuentes no nos permiten ir más allá para determinar si la opinión de la autoridades traducía la postura de los médicos y de ----52 AMA, Sanidad, Leg. Circular de la Junta Provincial de Sanidad dirigida a la Alcaldía de la ciudad de Alicante. En un informe dirigido al Ayuntamiento Constitucional de Alicante sobre el estado de la vacuna, y más concretamente sobre «ciertas voces que se han propagado de que niños que han tenido la verdadera vacuna han sido atacados de las viruelas naturales», el cirujano encargado de la vacuna, Francisco Jover, afirmaba lo siguiente: «que la vacuna no ha faltado en todo el discurso del año, y que en el día esta existente, verificándose vacunar de brazo en brazo casi todos los días». En cuanto a lo segundo, debe afirmar que si es cierto de que niños que han estado vacunados, han sido atacados de las verdaderas viruelas: en mi concepto no puede atribuirse a otra causa, que al abuso que se comete de parte de algunos barberos vacunando muchas veces de granos que habiéndoseles extraído el día noveno (como es regular) el pus diáfano, y plateado, que es el que produce la verdadera vacuna que preserva de las viruelas, extraen el día 11, y aun el doce aquel material purulento y corrosivo que ya no produce la verdadera vacuna sino la falsa que de ningún modo preserva de las viruelas [...] Y en cuanto al contagio que se ha experimentado este año de las referidas viruelas, soy del parecer de que se debe atribuir a la indolencia de muchos padres de familia que sin embargo de las varias invitaciones que frecuentemente se les ha hecho, ya por medio de los diputados de barrio, ya por pregones que ha mandado publicar el primer Alcalde Constitucional y el Ayuntamiento, se han hecho sordos, y no han querido cumplir con los sagrados deberes que les impone la naturaleza contribuyendo a conservar la vida de sus semejantes». algunos cirujanos en contra de la práctica de su colegas menos cualificados en el florido mundo de las titulaciones sanitarias, aunque todo parece indicarlo 54. El otro asunto que surge en este episodio es el de la resistencia poblacional, frecuente en toda la retórica oficial en torno de la vacuna, como muestran las palabras de Cortezo que dan comienzo a este trabajo. En Alicante, a lo largo del período estudiado las autoridades se quejaron reiteradamente de la falta de colaboración de la población y su resistencia a aceptar un remedio preventivo como el que representaba la vacuna. Las palabras contenidas en el bando que publicó, ya en 1895, el que fuera Inspector Provincial de Sanidad de Alicante y en aquel momento Alcalde Constitucional de Alicante, resultan muy clarificadoras en este sentido: «[...] entiende de su deber aconsejar a todos el uso de la vacunación [...] Vulgaridades y consejas que no han de echar raíces en este pueblo, porque su ilustración no es campo abonado para su desarrollo, hacen por desgracia que todavía luchen los adelantos de la ciencia con esa pasiva hostilidad o desidia que se siente por la vacunación [...] En el interés de todos entra de lleno, evitar los estragos que la enfermedad variolosa que hoy tenemos entre nosotros como puntos aislados pueda extenderse como mancha de aceite y sembrar trastornos donde pudieran evitarse» 55. No tenemos, no obstante, noticia de ningún movimiento organizado en contra de la vacunación. Otra de las dificultades con las que tropezó la práctica de la vacunación en el Alicante decimonónico fue la relacionada con la falta de calidad y las deficiencias que mostraba la linfa que se utilizaba para la vacunación. Así, en mayo de 1878, los facultativos titulares de la ciudad de Alicante, a través del Ayuntamiento, denunciaban a la primera autoridad provincial las importantes deficiencias mostradas por parte del material que se proporcionaba desde la Junta Provincial de Sanidad: que apelar a los tubos de linfa vacuna facilitados por los particulares, los que han dado felicísimos resultados [...] En vista de ello los facultativos han manifestado que obteniendo mejores resultados de dichos tubos, será conveniente que en lo sucesivo se reemplacen por estos, los cristales con pus vacuno» 56 La poca calidad de la linfa vacuna procedente del Instituto de Vacunación del Estado, asunto del que se ha ocupado Ricardo Campos para el caso del Madrid de inicios del siglo XX 57, fue denunciada de forma reiterada por los sanitarios alicantinos, optándose, finalmente, por recurrir a proveedores privados 58. En 1887, el médico de guardia de la Casa de Socorro notificaba al alcalde que durante los meses de abril y mayo se habían vacunado 10 niños y algunos de ellos se revacunaron, concluyendo que la vacuna no había prendido, circunstancia que ponía de manifiesto las deficiencias de la linfa empleada para vacunar gratuitamente a los niños pobres 59. Vacunación pública versus vacunación privada: hacia la creación de un mercado de la vacunación En 1884, en el marco de la reorganización del Servicio de Hospitalidad Domiciliaria que había emprendido el Ayuntamiento de Alicante, se inauguraba la Casa de Socorro. Entre los objetivos de la nueva institución, en tanto que obligación de los médicos numerarios o de los auxiliares, figuraba el vacunar y revacunar a los niños y adultos pobres 61. Esta práctica no era continua sino que se realizaba en la época considerada conveniente y debía planificarse con antelación pues un mes antes debía solicitarse la linfa para proceder a la vacunación. Normalmente se iniciaba la vacunación en el mes de abril o bien en octubre o noviembre, es decir en primavera u otoño. La actividad vacunadora era particularmente importante en los años donde se registraban casos de viruela, tal como se puede apreciar en la tabla 3. ----61 En julio de 1884 se redactó e imprimió un «Reglamento provisional para la asistencia médica y farmacéutica de los enfermos pobres de la ciudad» (AMA., Beneficencia, Leg. Sobre la Casa de Socorro de Alicante, inaugurada a finales de 1883, además de lo comentado en el trabajo PERDIGUERO, BERNABEU (1999), p. Por lo que se refiere a la principal alternativa de carácter privado en materia de vacunación, la primera noticia documental que nos habla de la existencia de un Instituto de vacunación directa de la ternera, data de 1886 62. Desde junio de aquel año la vacunación frente a la viruela era ofrecida por un nuevo establecimiento que presentaba una novedad técnica: la posibilidad de vacunarse directamente de la ternera, frente al método habitual de tomar la linfa conservada en tubos y cristales. Este método era considerado superior a los anteriores 63, y ya la prensa se había ocupado de la pertinencia de adoptarlo en la ciudad de Alicante, ante la mala fama que tenían tubos y cristales 64. El método de vacunación directa desde la ternera, era alabado por la prensa de Alicante, al mismo tiempo que se insertaban noticias que reforzaban su prestigio, como recordar que había sido utilizado por el mismo Alfonso XII, o que médicos importantes de la ciudad y sus familias se habían vacunado en el Instituto 65. La instalación del Instituto no estuvo exenta de problemas. Tras ----62 La iniciativa de vacunar directamente de la ternera vino de la mano del médico Máximo Martínez Carpena, que ofrecía vacunar los sábados, domingos y lunes, de cuatro a seis de la tarde. También existía la posibilidad de vacunación a domicilio si se avisaba los sábados de doce a dos de la tarde. 63 «El mejor procedimiento de vacunación consiste en tomar con una lanceta la linfa de las pústulas animales e inocularla inmediatamente del brazo del niño a quien se quiere preservar. Cuando no se tenga a mano una ternera vacunífera, nos serviremos de la vacuna conservada en tubos cerrados a la lámpara, o entre dos cristales. [...]»; Comby, 1899: 66. 64 El periódico alicantino La Unión Democrática (17-1-1883), se hacía eco de la siguiente noticia: «El periódico profesional La Clínica de Málaga, dedica a un acuerdo de la diputación provincial las siguientes líneas: recientemente la excelentísima Diputación provincial, ha acordado sustituir la vacunación de brazo a brazo por la de linfa extraída de ternera, en todos los establecimientos de Beneficencia sostenida por dicha corporación, surtiéndose al efecto del Instituto de vacunación de esta ciudad. Como la ciencia no ha dado su última palabra sobre tan importante asunto, y cuando aún se sostiene por verdaderas ilustraciones los peligros de la vacunación de brazo a brazo como causa de contagio para determinadas afecciones y por otro lado nada tan sospechoso como los antecedentes patológicos de los desgraciados expósitos para temer este peligro si existe el acuerdo de la corporación provincial, merece nuestro incondicional aplauso [...] Esperemos que llegue aquí tan conveniente reforma». 65 «En el día de ayer, tuvimos el gusto de visitar, previa invitación, el Instituto de Vacunación dirigido por el inteligente y laborioso médico D. Máximo Martínez, el que venciendo dificultades sin número ha instalado dicho establecimiento siguiendo el método directo de la ternera al niño, por lo que exenta de inoculaciones de otro virus que con frecuencia suele producir la de brazo a brazo y por lo tanto este método es una garantía para las familias, que nunca nos cansaremos de aconsejar»: Buenas Noches, 15-10-1886. Similar noticia publica El Graduador, 15-10-1886, y parecen nuevas referencias a este establecimiento en Buenas Noches, 9-11-1886, alabando los buenos resultados de las vacunaciones; y en Buenas Noches, iniciar sus actividades en octubre de 1886, parece que tuvo que cerrarse el establecimiento, ya que en marzo de 1887 aparecen noticias en la prensa que nos hablan de su reapertura e informan de sus dificultades económicas 66. La consolidación del Instituto de vacunación directa de la ternera llegaría con el brote de viruela que se desencadenó en el mismo año de 1887. Las primeras informaciones sobre la presencia de una epidemia de viruela aparecieron a lo largo del mes de agosto en el diario republicano posibilista El Graduador 67. Inmediatamente la mayoría de los grandes periódicos de la capital alicantina se hicieron eco de la noticia, e incluso El Constitucional se preguntaba: En este contexto, fueron diversos los periódicos que se lamentaron del poco apoyo prestado por las autoridades al Instituto de Vacunación de Máximo Martínez. A partir de septiembre de 1887, el Instituto inició una política publicitaria, al insertar cortos en la mayoría de las publicaciones periódicas de la ciudad de Alicante 68. Como ya hemos comentado, las circunstancias epidémicas acabaron de consolidar el Instituto, al convertirse en una alternativa profiláctica de primer orden para los habitantes de Alicante y provincia, al menos para los más pudientes, aunque los jueves ofreciese vacunación gratuita para los menesterosos, pues los precios de su oferta así lo indican 69. Una política menos agresiva que la llevada a cabo en Madrid por Jerónimo Balaguer y Balgañón, que corriendo al inicio con todos los gastos del servicio de vacunación directa de la ternera se aseguró un espacio en el mercado de la vacunación de la capital 70. Máximo Martínez, no obstante, trató de obtener el apoyo municipal poniendo de manifiesto la labor que venía llevando a cabo. En enero de 1888, el director del Instituto remitía a la Alcaldía de Alicante una estadística con las vacunaciones practicadas directamente de la ternera a lo largo de 1887 (Véase tabla 4). No nos consta que este memorial surtiese efecto, pero si pone de manifiesto que, además de la vacunación llevada a cabo por los servicios de beneficencia, el mercado privado, que años atrás había estado protagonizado por los barberos, tenía cierta im-----68 El Graduador, 4-9-1887. Buenas Noches comentó al día siguiente, 5-9-1887: «Hoy que la enfermedad variolosa todavía no ha desaparecido de Alicante, debemos recordar los utilísimos servicios que de haber estado abierto hubiera podido prestar el instituto de vacunación que la iniciativa particular estableció en la calle de San Vicente. Su director nuestro amigo El Dr. Martínez se propone reabrirlo, aconsejando nosotros al vecindario la conveniencia de aprovechar este género de profilaxis». La vacunación directa de la ternera tenía un precio muy elevado, imposible para las clases populares. Costaba 7,50 pesetas, cantidad que se elevaba a 25 pesetas si la ternera se llevaba al domicilio. Los precios disminuían en la vacunación de cristal, 3 pesetas; o de tubo, 5 pesetas, elevándose a 10 si se practicaba en domicilio. Los precios incluían una visita facultativa gratuita si se presentaba alguna complicación, a cargo del mismo director de la institución o de los dos médicos visitadores que había incluido en su establecimiento. Si la vacunación no prendía en los vacunados directamente, o en los de tubo a domicilio, se tenía derecho a una segunda o tercera vacunación, lo que no ocurría en los demás casos. El pago había de ser al contado, al inscribirse en el libro de vacunaciones. Como garantía se ofrecía la inspección de las reses por parte de un veterinario. 70 CAMPOS (2001), pp. 4-9 portancia en la capital alicantina y cubría con la medida preventiva a un sector, el más pudiente de la población. Enfermedad y sociedad: el discurso político frente a la viruela A partir de 1875, y sobre todo desde 1880, la prensa adquirió verdadero desarrollo en la capital alicantina 71. Las informaciones sobre viruela aparecidas en las publicaciones periódicas nos han permitido completar las noticias disponibles en el Archivo Histórico Municipal, y aproximarnos a la significación de la enfermedad variolosa en la sociedad alicantina. Sería en el contexto de la epidemia de 1887 a la que ya hemos hecho referencia, cuando apareció un mayor número de informaciones. A partir de los primeros días de septiembre de 1887, las noticias sobre la viruela se hicieron ----71 Para una visión general ver LA PARRA LÓPEZ, E. (1985), «La Restauración. El clima religioso, cultural y educativo durante la Restauración. La prensa periódica», en MESTRE, A. Historia de la Provincia de Alicante, Murcia, Ediciones Mediterráneo, Vol. El catálogo pormenorizado de las publicaciones periódicas alicantinas durante la Restauración es MORENO SÁEZ, F. (ed.) (1995), La prensa en la ciudad de Alicante durante la Restauración, Alicante, Instituto de Cultura «Juan Gil Albert». cotidianas e incluso contradictorias. Así, por ejemplo, se decía que la epidemia decrecía 72, cuando otros medios señalaban la gravedad de la misma 73. Las noticias se polarizaron según los intereses políticos. Los republicanos posibilistas, acaudillados en la capital por Eleuterio Maisonnave, cuyo cauce de expresión era El Graduador, y una facción de los liberales, que se manifestaba a través de El Constitucional, que no ostentaban el poder municipal en ese momento 74, tomaron la postura de resaltar la gravedad de la epidemia variolosa y evidenciar la desidia y dejadez de las autoridades 75. La defensa de la actuación de la autoridades fue acometida por El Liberal, portavoz de los liberales que ostentaban el poder en el Consistorio, y, también, por La Unión Democrática, portavoz de los republicanos zorrillistas. Posturas intermedias tomaron La Tarde, y Buenas Noches, diarios vespertinos con tendencia a minimizar los efectos de la epidemia y a anunciar de tanto en tanto su desaparición, y su recrudecimiento 76. Durante los meses de septiembre, octubre y noviembre de 1887 el grueso de la información, se centró, como acabamos de apuntar, en el debate sobre el ----72 Buenas Noches, 3-9-1887. 74 Para una visión de conjunto sobre la situación política del Alicante de la Restauración ver: GUTIÉRREZ LLORET, R. A; MORENO SÁEZ, F. LA PARRA LÓPEZ, E (1991); «El marco político de la Restauración», en MESTRE, A. Historia de la Provincia de Alicante, Murcia, Ediciones Mediterráneo, Vol. Estudios monográficos que aportan mayor información sobre los últimos treinta años del XIX en Alicante son GUTIÉRREZ LLORET, R. A. (1985) Republicanos y Liberales: la Revolución de 1868 y la 1a República en Alicante, Alicante, Instituto de Estudios «Juan-Gil-Albert». ZURITA ALDEGUER, R. (1996), Notables, políticos y clientes: la política conservadora en Alicante (1875-1898), Alicante, Instituto de Cultura «Juan Gil-Albert». 75 Sirva como ejemplo lo que El Constitucional (4-9-1887) manifestaba, además de dar una serie de consejos a la población, en un extenso artículo de primera plana: «[...] la Junta de Sanidad local, previamente advertida, debería incontinente dictar disposiciones encaminadas a atajar el progreso de estas, desinfectando las habitaciones de los enfermos y saneando los barrios y las calles donde las invasiones ocurren [...] Nada cuesta, y la población le agradecería infinito que desplegase un poco más de celo en la higiene y la salubridad [...] Si todo esto se observara, si estas prescripciones higiénicas se cumplieran la viruela no se propagaría con la facilidad que hoy se transmite, por efecto de la incuria del vecindario y de la indolencia de nuestras autoridades, a quien sin duda debe alarmar poco que las familias lloren la muerte de estos pequeños seres que constituyen su mejor encanto [...] Si la viruela, como otras enfermedades epidémicas hiciera estragos en general, sin cebarse exclusivamente en los párvulos entonces ya sería otra cosa y se tomarían medidas más serias, para evitar su propagación y extinguir el contagio». La Tarde, 14-9-1887. papel de las autoridades, denostado por unos, defendido por otros. Así se comentaron las actuaciones de la Junta Local de Sanidad que se negaba a reconocer la epidemia como tal y la poca publicidad que daba a las medidas que adoptaba 77. Ante el cruce de acusaciones los periódicos comenzaron a dar datos sobre la incidencia de la enfermedad y la mortalidad provocada por la viruela. Así podemos leer en El Constitucional: «[...] No hablarán como «El Liberal» los centenares de familias que han visto desaparecer de su lado y arrebatados por la parca trozos queridos de su corazón, por no haber con tiempo nuestra autoridad tomado prudentes medidas para atajar el desarrollo y la propagación que la viruela ha tenido en nuestra capital durante algunas semanas [...] Quiere negar «El Liberal» la evidencia?, quiere que ocultemos que han muerto miles de criaturas [...] De que ha habido una verdadera epidemia de viruela y en la cual han sido invadidas hasta personas de edad provecta eso le constará a «El Liberal» y lo sabe, y si se atreve a desmentirlo publicaríamos una relación detallada de las víctimas que tal epidemia ha producido» 78. La respuesta de El Liberal no se hizo esperar, y al día siguiente publicó datos sobre la epidemia: «[...] Durante los meses de Julio, Agosto, Septiembre, y lo que llevamos de Octubre han muerto en Alicante, de enfermedad variolosa, 116 personas [...] ¿Dónde están esos miles de criaturas, que dice «El Constitucional» que han muerto? Es su imaginación nada más [...] Que se avergüence el colega, si es que le queda algún átomo de pudor, de su censurable conducta, de su funesta campaña contra los intereses de Alicante [...] Durante tres meses y medio, en una población que tiene 40.000 habitantes, han muerto 116 de viruela [...] ¿Se quiere decir que tenemos una terrible epidemia? ¿Que Alicante es un foco infeccioso? ¿Cuando comprenderá «El Constitucional», la misión de la prensa?» 79. Esta interpretación de las cifras por parte de El Liberal fue inmediatamente contestada por El Constitucional que prometió un trabajo «[...] para demostrar que los fallecidos de viruela pasan de seiscientos, resultando las invasiones más de cinco mil [...]» 80, y por El Graduador que comparaba la epidemia de ----77 El Liberal, 6-10-1887. viruela con la colérica de 188581, para resaltar la inactividad de las autoridades frente a lo que se consideraba una mortalidad ordinaria. Esta polémica continuó en la prensa durante varios días, a la vez que se comentaban las noticias de la Alcaldía sobre la ausencia de casos de viruela durante los días 15, 16 y 17 de octubre 82. Como consecuencia de esta última noticia, se comunicó a la población que las vacunaciones que se venían practicando en la Casa de Socorro se suspenderían a partir del 20 de Octubre 83. La disminución de los casos no hizo, sin embargo, decrecer las agrias diatribas que los partidarios de las autoridades locales y sus detractores siguieron lanzándose desde las páginas de los diarios 84. A pesar de la disminución de la epidemia todos los periódicos se hicieron eco de la prohibición, por su causa, de visitar el cementerio el día de Todos los Santos emanada del Gobierno Civil 85. Desde los primeros días de noviembre las publicaciones advierten de un recrudecimiento de los casos de viruela 86, y se publican sueltos sobre las malas condiciones higiénicas de la ciudad que podían agravar la situación 87. Como consecuencia de todo ello, la Alcaldía publicó una serie de recomendaciones para preservarse de la viruela 88, centradas ----en evitar el contagio mediante la vacunación 89, el hervido de las ropas usadas por variolosos, y la desinfección de los recipientes donde hubiesen hecho sus deyecciones, empleando una disolución de sulfato ferroso. Estas disposiciones, como no podía ser de otra forma, provocaron una nueva polémica en los diferentes medios impresos empeñados en demostrar la desidia de las autoridades o su buena actuación 90. En general, como hemos podido constatar, las polémicas entre los medios de comunicación no tuvieron como asunto central la ausencia de posibilidades de vacunación entre la población. Las quejas de los que no estaban en el consistorio se centraron en la falta de saneamiento, o de medidas encaminadas a evitar el contagio, más que en la propia política de la vacunación. Las medidas más habituales contra la enfermedad epidémica (aislamiento, desinfección) fueron más moneda de cambio político que el uso de la lanceta. La generalidad de la prensa mantenía una opinión favorable sobre la práctica de la vacunación y así lo expresaron la mayoría de los diarios tomando como excusa la evidencia de que todos los afectados en el pueblo alicantino de Penáguila no habían sido vacunados 91, o las disposiciones sobre la vacunación obligatoria del gobierno austriaco 92. Pero la consideraban un asunto de responsabilidad individual, y consideraban que su falta de difusión entre la población se debía a su misma desidia e indiferencia 93. No es pues de extrañar ----89 «[...] No reconociéndose hasta el día un medio más racional y eficaz que la vacunación y revacunación para impedir el desarrollo de la viruela, se recomiendan estos medios; advirtiendo que no por existir algunos casos de dicha enfermedad, están contraindicadas estas medidas»: La Tarde, 9-11-1887. 90 93 «[...] los deberes de los particulares, que no solo han de confiar iniciativa y gestión de las autoridades que los representan. Precisa que cada cual ponga de su parte, todo lo que es una verdadera obligación del ciudadano [...]Y en Alicante, la incuria suele llegar a límites que asombran [...] Aquí hay centenares de familias, cuyos pequeñuelos están sin vacunar, y a esto es debido, muy principalmente, la cifra aterradora de defunciones de viruela que viene registrándose [...] Aquí, se suele ver, hasta lo más sagrado e indispensable para la vida, con un indiferencia rayana en hecho criminoso. Y así se tocan después las consecuencias [...] Médico ha habido, amigo nuestro, en Alicante, que el solo ha registrado en su clínica ciento cinco casos de viruela, y entre ellos, solo ha encontrado un niño vacunado [...] ¿No es cierto que eso parece mentira y que se acepta con incredulidad? [...] Pues es un hecho real y positivo.Y hay más [...] La continua propaganda de la prensa, los avisos facultativos; las ofertas del Munici-que la responsabilidad de las autoridades sobre la vacunación no fuese el centro de las críticas de la prensa, y que aplaudiesen las iniciativas privadas como el Instituto de Máximo Martínez, que no hacía sino ofrecer mayores posibilidades a la población de cumplir con sus propias obligaciones. La presencia de la viruela en la capital alicantina, además de ser un argumento utilizado en el debate político, también fue un elemento que dio ocasión para que se sucedieran algunos episodios de control social ante la aparición de casos de viruela. Así en 1883, el alcalde pedáneo de Babel dirigía un escrito a la primera autoridad provincial con motivo de la aparición de un brote de viruela entre un grupo de familias pobres forasteras que se habían acondicionado en el barranco de San Nicolás 94. El escrito fue contestado por el Gobernador Civil, dictaminando que los sanos debían situarse «en punto conveniente y apropiado, sin perdida de tiempo y prohibiendo terminantemente toda comunicación con los habitantes de esta localidad», y en relación con los atacados «su conducción al Hospital Provincial de San Juan de Dios» 95. ---pio estableciendo vacuna diariamente en la Casa de Socorro; poco, o casi nada, han conseguido, y la gente se cruza de brazos, abandonándose a una inercia vergonzosa, y ofreciendo a los más tiernos y queridos seres, como víctimas propiciatorias a la mortífera epidemia [...] Por el indiferentismo, y por esa otra preocupación que rudamente hemos de combatir, de que en época de viruela no conviene vacunarse [...] Esto es un absurdo, y conviene que se diga muy en alto para que el pueblo lo entienda [...] La vacunación es indispensable en toda época, y principalmente, cuando la epidemia variolosa hace sus estrago [...] Pregúntese a los facultativos, interróguese a las personas doctas y libres de preocupaciones y de 'cuentos de viejas' y unánimemente sabrán contestar lo que nosotros afirmamos [...] Entiéndalo, pues, nuestro pueblo, y abandónese ese indiferentismo verdaderamente criminal, y esa superstición claramente vergonzosa [...] Ponga todo el mundo algo de su parte, y así podremos conseguir que sean menos dolorosos los estragos de una enfermedad, que está haciéndonos sentir, ha ya tiempo, sus terribles efectos», El Graduador, 1-11-1887. 6/8, de 30 de mayo de 1883: «[...] en el punto de dicha partida denominado barranco de San Nicolás o las buevas [sic] se albergan varias familias pobres y forasteras entre las que se ha desarrollado con bastante intensidad la viruela constituyendo por tanto un foco grave de infección que amenaza la salud pública, lo que pongo en su conocimiento por si digna disponer que los enfermos sean trasladados al Hospital Provincial [...] y que los sanos se trasladen a los pueblos de su vecindad». 95 En relación con la existencia de locales para aislar a los enfermos de viruela, en el brote epidémico de 1875, hemos encontrado una noticia relacionada con la habilitación de un local para «lazareto de variolosos», aunque son muy escasas las fuentes documentales relacionadas con el mismo. El 10 septiembre 1875 el Gobernador civil remitía a la Alcaldía un escrito expresándose en los siguientes términos: «Dispuesto el brigadier D. Dionisio Mancha a no tener por más tiempo en el edificio de su propiedad denominado 'la Británica», los enseres adquiridos por el Estado para el lazareto de variolosos, que han de ventilarse y, hoy ordeno En una situación similar a la de 1883 que acabamos de describir, en mayo de 1884 el Gobierno Civil remitió a la Alcaldía de Alicante un escrito en el que daba noticia de que El Graduador había publicado la noticia de que «habitan en una cueva próxima al cementerio varias familias de gitanos entre las que existen dos o tres individuos atacados de viruela de carácter sospechoso», circunstancia que hacía aconsejable proceder a una investigación ya que podía ponerse en peligro la salud pública. De forma inmediata la Alcaldía contestaba afirmando que después de una escrupulosa inspección de la población no se había encontrado ninguna familia que estuviera afectada de viruela. No obstante, y como que si que había una cueva habitada por gitanos, se procedió, aunque no sufrieran ninguna enfermedad, a su desalojo, «quedando por tanto completamente libres de dichas familias los alrededores de esta ciudad» 96. Los foráneos, o los gitanos, extraños por antonomasia, concentraron, pues, en ocasiones, las actuaciones de las autoridades que trataban de calmar así el temor poblacional a la eclosión de nuevas epidemias variolosas. A partir del caso que hemos expuesto, referido a lo que ocurrió con la vacunación antivariólica en la ciudad de Alicante podemos apuntar varios de los problemas que en torno a la implantación de esta medida surgieron en la España decimonónica. Algunos pueden ser específicos del caso que nos ocupa, pero otros muestran las dificultades que se dieron para la implantación de la vacunación en el caso español. El primer problema que podemos detectar es la discontinuidad con la que la vacunación antivariólica, como medida de protección de la salud colectiva, fue puesta en práctica. Dicha discontinuidad obedece, entre otras razones, a la ausencia de una infraestructura político-administrativa capaz de garantizar políticas de salud pública que exigían la colaboración de un amplio sector de ---volver a fumigar cumpliendo lo prevenido por la superioridad deseo que me comunique el local donde posteriormente podrán depositarse mientras el Consejo de Estado despacha el expediente iniciado al respecto». El mismo 11 de septiembre contestaba el Ayuntamiento afirmando que no disponía de local y que no había más remedio que desalojar el mencionado local para que no sigan depositados en ningún local de dentro de la población ( AMA, Sanidad, Leg. La responsabilidad, fundamentalmente municipal, en la puesta en práctica de la vacunación, sin una infraestructura de apoyo, estaba destinada a sufrir la falta de constancia que hemos podido constatar en el caso de Alicante. De hecho, solo algunos estímulos legislativos y la presencia de brotes epidémicos de la enfermedad variolosa llevó a las autoridades a tomar la iniciativa en determinados momentos e insistir en la ejecución de vacunaciones y revacunaciones. El segundo problema sobre el que queremos incidir, guarda relación con la resistencia de la población a aceptar la vacunación. Estas reticencias estaban, en buena parte, motivadas por la existencia de enfermedad en personas previamente vacunadas. Ello nos lleva a tener en cuenta otra circunstancia frecuente en el caso estudiado, la práctica de vacunaciones técnicamente incorrectas por parte de personas a las que se acusaba de no estar suficientemente preparadas para llevarlas a cabo, o que utilizaban material en mal estado, como hemos podido constatar en las numerosas denuncias citadas. Más allá de las deficiencias técnicas estas denuncias tenían también su raíz en la competencia entre profesionales de diversa cualificación en competencia por el mercado de la vacunación. La presencia de legos en la práctica de la vacunación no ha sido detectada, ni tampoco la participación de la iglesia que tan buenos resultados dio en otros países. El tercer problema lo constituye el sector de población al que tenían acceso las iniciativas públicas en materia de vacunación. Solo los pobres de solemnidad, sujetos a la Beneficencia Pública, podían ser controlados en cuanto a la vacunación; otro gran sector de la población no recurría a la vacunación que ofrecía el municipio. Con toda probabilidad trataban de evitar el estigma que suponía estar sometidos a la beneficencia pública y se dirigían al mercado privado de vacunación. Parece que solo se vacunaba ante la circunstancia epidémica, recurriendo a vacunadores privados que en ocasiones podían tener las deficiencias técnicas que anteriormente hemos podido constatar. Por último, queremos referirnos al tema de la procedencia de la linfa que preocupó, como hemos tenido ocasión de comprobar, a los vacunadores del Alicante decimonónico. La linfa conservada en cristal y suministrada por los organismos oficiales fue considerada, en muchas ocasiones, como inservible y defectuosa, pero la falta de presupuesto impidió recurrir a otras posibilidades, como la innovación que supuso el obtener la linfa directamente de la ternera; una alternativa que sin la subvención pública solo estaba al alcance de los más pudientes. En cualquier caso, todos estos problemas, que suponían una puesta en práctica muy inconstante en el total de la población de esta medida preventi-va, seguían vigentes en el Alicante de finales de siglo. Todavía en 1897, uno de los principales diarios de la capital, El Graduador, daba cabida en su primera página un artículo titulado «La Vacuna», y en el que se seguía incidiendo en muchos de los problemas que acabamos de señalar: «Es verdaderamente triste y lamentable que, al cabo de un siglo transcurrido desde que el famoso Jenner realizó su inmortal descubrimiento, todavía haya necesidad de luchar con la oposición sistemática y tenaz de una gran parte del público que, interpretando a su gusto hechos que otro día aclararemos 97, consideran perjudicial el uso de aquel precioso preservativo [...] Un gran argumento práctico servirá, más que las consideraciones de otros órdenes, para desvanecer las dudas injustificadas que suscita el éxito de la vacunación [...] Existe en Alemania una sabia ley acerca de la vacuna, por la que se prescribe la inoculación gratuita y obligatoria en todo el territorio del imperio, a cuyo efecto existen, sostenidos por el Estado, tal profusión de Institutos creados con este objeto que en cualquier punto de la nación no es preciso andar más de diez kilómetros para llegar a uno de ellos [...] La vigilancia está tan bien entendida como rigurosamente practicada, y garantiza suficientemente la general aplicación del preservativo [...] Pues bien, desde que se promulgó esa ley, a raíz de la terminación de la guerra francesa, hasta el momento presente -unos veintitantos años-no ha vuelto a existir una sola epidemia de viruela en todo el vasto territorio germánico [...] Claro está que se ha visto algún caso aislado, pero nunca se ha propagado el contagio hasta el extremo de que algunos médicos de gran prestigio confiesan en sus obras que no conocen prácticamente la viruela [...] Idéntico éxito se ha observado en Madrid durante la última epidemia y suponemos que en la presente, en la que habiendo millares de invasiones en la población civil, no se registró una sola en los cuarteles de la corte, en los que es reglamentaria la vacunación en los soldados [...]». La situación que acabamos de describir solo sería superada ya en el siglo XX, especialmente a partir del Real Decreto de 15 de enero de 1903 sobre ----97 Estos hechos fueron aclarados en otro artículo también titulado «La vacuna» publicado en El Graduador el 29-1-1897. En él se pretendía deshacer «Algunas interpretaciones erróneas, acerca de hechos que tienen facilísima explicación [...]» y que «[...] mantienen en el vulgo un funesto espíritu de hostilidad contra la vacuna [...]». Estas preocupaciones se referían a la creencia de que solo era conveniente vacunar en el tiempo de las cerezas, a la idea de que no resulta conveniente la vacunación en tiempo de epidemia variolosa, y a la creencia de que pasar la varicela -denominada viruela loca-preservaba contra la viruela. Se daban, así mismo algunos consejos relacionados con la técnica de la vacunación y con la revacunación. El artículo finalizaba con la taxativa afirmación: «[...] el que padece la viruela es porque quiere, pues la vacuna es un medio profiláctico eficaz, siempre de éxito segurísimo, y que practicado con todo el rigor, al amparo de una legislación análoga a la que rige en Alemania, alejaría definitivamente la aparición en España de la temible y repugnante plaga». vacunación y revacunación obligatoria. La evidencia más clara de este cambio de tendencia fue la creación, tal y como preveía el Real Decreto, de un Instituto Accidental de Vacunación dependiente de la Diputación Provincial de Alicante 98, que se puso en marcha tras acuerdo de 27 de mayo de 1903, siguiendo las instrucciones del Jefe de la Sección de Vacunación del Instituto de Higiene Alfonso XIII. ----98 La creación de este Instituto se acordó por la Comisión Permanente de la Diputación Provincial de Alicante en sesiones de 17 de marzo y 27 de mayo de 1903 (Archivo de la Diputación Provincial de Alicante. En esta misma documentación se podía leer: «Para producir vacuna en abundancia no son necesarias grandes cosas: una ternera de seis meses, de ocho, de diez, de doce y aun de más edad, elegida por el veterinario del lugar y alquilada al carnicero mediante pequeña gratificación, vacunada por el médico con linfa del Instituto de Higiene Alfonso XIII (tres o cuatro viales son suficientes para inocular una ternera), bastaría para la vacunación de algunos centenares de niños a los cinco días de su evolución [...] La ternera inoculada puede tenerse en el Matadero del pueblo. Transcurridos cinco días desde su inoculación puede trasladarse a la Casa Ayuntamiento y en mesa a propósito si la hay, o en otra cualquiera, tumbarla encima y sujetarla con correas las patas, las manos y la cabeza. Todo el instrumental se reduce a unas tijeras para cortar el pelo de la parte izquierda del abdomen de la ternera, una navaja de afeitar para rasurar esa parte, lancetas o plumas Mareschal para inocular la vacuna y unas pinzas para hacer la expresión de las pústulas. Agua hirviendo para esterilizar los instrumentos y jabón para lavar la ternera completan lo indispensable, fuera de algún pequeño receptáculo para conservar la vacuna sobrante mezclada con glicerina y agua esterilizada [...] En poblaciones de más importancia podrá recurrirse, para aseptizar la ternera, a una solución de lisol al dos por ciento antes de la inoculación y antes de la extracción, seguido ese lavado de otro con agua hervida [...]En los pueblos pequeños, donde todos se conocen, puede transmitirse la vacuna de unos a otros niños y de estos a los mayores, pero nunca de los mayores a los pequeños».
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS La documentación de archivos históricos extranjeros alude a la existencia en España de capacidad técnica suficiente para fabricar bombas atómicas, al menos desde finales de los años sesenta. Afirmación que deriva en gran medida de las declaraciones que ministros, militares, ingenieros y científicos españoles realizaron personalmente a sus homólogos occidentales. ¿Realidad o argucia para aumentar el peso internacional de España? Las restricciones de acceso y opacidad de los archivos españoles, que se han acentuado en los últimos años, nos llevan a recibir con los brazos abiertos iniciativas como este libro de memorias de Guillermo Velarde Pinacho, general de división del Ejército del Aire, catedrático de Física Nuclear, miembro de la Junta de Energía Nuclear, académico de la European Academy of Sciences, y "alma mater" del proyecto de la bomba atómica española. Velarde nos ofrece una crónica, contada en primera persona, de la carrera nuclear del gobierno franquista y los primeros gobiernos de la transición. Al igual que otros países en la II posguerra mundial, el programa nuclear español aspiró a combinar las dimensiones civil y militar, es decir la producción de energía eléctrica con el acceso al armamento atómico. La primera vertiente ha sido objeto de una mayor atención académica, primero por historiadores de la ciencia y la tecnología y en los últimos años, además, por especialistas de la historia económica. La segunda, sin embargo, se debate aún entre el desconocimiento, el sensacionalismo y la especulación. Ingeniero aeronáutico y piloto de formación, Velarde ingresó en la Junta de Energía Nuclear (JEN) en 1956, sumándose a lo que él mismo consideró "la mayor aventura científico-técnica que ha emprendido nunca España", según declaraciones recientes a Radio Nacional de España. En 1963 recibió el encargo de realizar, con discreción para no alertar a la comunidad internacional, un estudio sobre las posibilidades reales de fabricar armas nucleares en España. El objetivo último, caso de materializarse, era disponer de una fuerza de disuasión similar a la force de frappe gaullista, que incrementaría el prestigio internacional y la independencia nacional de una potencia media y dependiente como España. Detrás de aquel encargo se encontraba el presidente de la JEN José María Otero Navascués, ingeniero de la Armada y científico rara avis por sus amplias conexiones y predicamento en los círculos científicos extranjeros. El proyecto, bautizado por Velarde como Islero, "en recuerdo del miura que mató a Manolete y que presentía terminaría matándome a disgustos" (p. 44), contó además con el aval entusiasta de otras personalidades, en su mayoría militares de alta graduación, cercanas a Franco, a Arias Navarro y a Suárez, El autor destaca especialmente el apoyo en las distintas etapas del proyecto de Agustín Muñoz Grandes, Manuel Díez Alegría, Luis Carrero Blanco y Manuel Gutiérrez Mellado, e insiste en que, "por unas circunstancias o por otras, todos desaparecieron en el momento más decisivo" (p. Velarde dedicó muchos años de su vida al Proyecto Islero. Sus colaboradores, científicos militares formados, como él mismo, entre Estados Unidos y la JEN, nunca conocieron con exactitud la finalidad del proyecto. Para mantener el secreto, y siguiendo órdenes de sus superiores, el autor tuvo incluso que prescindir de su condición militar, presentándose como un simple científico civil interesado en las aplicaciones teórico-prácticas de la energía nuclear. Las bombas de uranio fueron enseguida descartadas de la investigación: las plantas de difusión gaseosa necesarias para el enriquecimiento del uranio quedaban fuera del alcance de España, dados sus altos costes financieros, complejidad técnica y gran consumo de energía eléctrica. Las bombas de plutonio presentaban más ventajas: la materia prima podría ser extraída del combustible irradiado en un reactor plutonígeno, el 7% directamente y el resto previo tratamiento en una planta (extranjera) de reprocesado. En 1964 el gobierno español aprobó la construcción del único reactor plutonígeno no experimental instalado nunca en España, la central nuclear de Vandellós 1 (Tarragona), que utilizó una tecnología francesa basada en el uso combinado de uranio natural (combustible), grafito (moderador) y gas carbónico (refrigerante). Fue la tercera central nuclear ubicada en España, después de Zorita (Guadalajara) y Santa María de Garoña (Burgos), ambas de tecnología americana de uranio enriquecido y agua ligera. Según Velarde, Vandellós 1, al contrario que sus predecesoras, fue desde el principio concebida como una planta de doble uso civil y militar. El combustible irradiado directamente en el reactor serviría para fabricar unas 5 bombas de plutonio al año, "unas 32 hasta que se hiciera patente la presión de Estados Unidos" (p. 80), pudiéndose emplear algunas de ellas, además, para la obtención de bombas termonucleares. El resto del combustible gastado se enviaría a Francia para su tratamiento en las fábricas de Marcoule y La Hague, quedándose una parte en el norte y regresando la otra al sur de los Pirineos. Al ser de propiedad franco-española, Vandellós 1 quedaba fuera de la supervisión de Estados Unidos y del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Incluso Francia prometía relajar los controles siempre que la tecnología no fuese cedida a terceros países. De acuerdo con Velarde, De Gaulle deseaba que España (como Israel) dispusiese de una pequeña fuerza de disuasión nuclear, capaz de asegurar la defensa de intereses no cubiertos por la OTAN (en el Mediterráneo y el norte de África) y apta para sostener los esfuerzos franceses de crear una tercera vía alternativa a las dos superpotencias. Pero la dimensión militar perdió importancia tras la entrada en Vandellós 1 de las empresas privadas FECSA y HECSA, que junto al capital público español (ENHER) y francés (EDF) formaron la sociedad Hispano-Francesa de Energía Nuclear SA (HIFRENSA). La presencia de la iniciativa privada, un gran error -según Velardedel entonces ministro de Industria Gregorio López Bravo, comprometió la confidencialidad del Proyecto Islero y retrasó sine die su materialización. Se renunció a la obtención directa de plutonio en el reactor. No al reprocesado en Francia del combustible irradiado, y al reenvío a España de parte del plutonio obtenido. La documentación interna de los dos grandes representantes del sector nuclear en Francia, EDF y el CEA, confirma que el plutonio de propiedad española podría ser destinado, con el beneplácito francés, a fines civiles (reactores rápidos o supergeneradores) o militares (armamento nuclear). Mientras se edificaba Vandellós 1, se produjo otro hito en la trayectoria nuclear de España: Velarde consiguió descubrir, a partir de los restos de las bombas norteamericanas caídas en Palomares (1966), el método Ulam-Teller para la fabricación de bombas de hidrógeno o termonucleares. No obstante, el entusiasmo de Velarde y sus mentores duró muy poco. López Bravo logró convencer a Franco de los altísimos costes financieros (60.000 millones de pesetas) y políticos (ruptura de la amistad España-USA) del Proyecto Islero (y de cualquier proyecto futuro para la fabricación de bombas termonucleares). El intento de ingresar en el selecto club de los poseedores del arma atómica (USA, URSS, Gran Bretaña, Francia y China) fue varias veces retomado durante los años que precedieron y siguieron a la muerte de Franco. Primero por Carrero Blanco, que habría entregado a Kissinger un informe del Proyecto Islero un día antes de su asesinato. Después por los gobiernos de Arias Navarro y Suárez, que aprobaron la construcción del Centro de Investigaciones Nucleares de Soria, el cual albergaría, entre otras instalaciones, un reactor plutonígeno y una planta para la reelaboración del combustible gastado en Vandellós 1. Durante esta etapa, Velarde continuó siendo el máximo asesor de las altas instancias militares en temas nucleares. Pero las presiones de Estados Unidos para conseguir el compromiso antiatómico de España se volvieron insostenibles. El gobierno de Jimmy Carter, preocupado por la proliferación mundial del plutonio, amenazó incluso con boicotear la exportación a España de algunos de los componentes esenciales de los reactores PWR en construcción. A principios de los años ochenta, tras la firma de las salvaguardias (controles) del OIEA (1981) y del Tratado de No Proliferación Nuclear (1986), se dio carpetazo definitivo al Proyecto Islero, como también se paralizó la construcción de nuevas centrales nucleares. España renunciaba así a la fabricación del arma atómica, un proyecto que sus gobernantes habían sucesivamente pospuesto por motivos de oportunidad política; dicho de otra forma, porque no querían ni podían prescindir de la alianza con Estados Unidos. Señala el autor que esta es una historia triste, la historia de una España que pudo haber sido y no fue por los errores y prudencia excesiva de sus gobernantes ¿Habría incrementado la bomba atómica el prestigio internacional de España y reforzado sus niveles de I+D con beneficios exportables al sector civil? ¿O habría, por el contrario, disparado los gastos en armamento y multiplicado los riesgos de contaminación radiactiva? Sin entrar en contrafactuales y limitándonos al libro que se reseña, parece que el Proyecto Islero no respondió tanto a un plan de estado, dotado de la envergadura y los recursos necesarios, como a la investigación particular de un reducido grupo de científicos, incapaces por sí solos de culminar todas las fases del desarrollo tecnológico y abordar la secuencia de infraestructuras mínimas. Sorprende el empecinamiento de Velarde y sus colaboradores, que conocían muy bien los programas atómicos de las grandes potencias, por bregar con un proyecto que sin una decisión política de estado (y por tanto sin los recursos y apoyos institucionales suficientes) estaba claramente abocado al fracaso 1. El libro ha gozado de una buena acogida, sobre todo mediática. El tema es atractivo y el contenido asequible. No en vano es un libro de memorias, que mezcla cuestiones técnicas de física nuclear con gratas anécdotas personales, como el relato a la vez duro y entrañable de la infancia de Velarde en los años de posguerra; su paso por prestigiosos centros de investigación y docencia dentro y fuera de España; o su acceso a las desavenencias surgidas entre las diversas fuerzas del régimen franquista. El autor reivindica el papel de instituciones como la JEN y de científicos como Otero Navascués, que fueron capaces de alcanzar los resultados más extraordinarios con los medios más modestos. Ilustra la aportación de las Fuerzas Armadas a la investigación científica en España y la estrecha cooperación entre el sector civil y el militar. Defiende las virtudes de la energía nuclear y de la institución militar, y se lamenta de las dificultades que la ciencia y los científicos han encontrado siempre en España, fruto de veleidades políticas o fórmulas mal entendidas de coste-beneficio a corto plazo. El texto se acompaña de fotografías procedentes del archivo personal del autor y se cierra con anexos biográficos de los protagonistas más destacados. Esta obra nos presenta, en definitiva, los sucesivos intentos españoles de acceder al armamento nuclear, a través del relato personal de un actor decisivo y testigo privilegiado de aquel proceso. La narración se basa en recuerdos y argumentos personales, que se repiten una y otra vez, obviando, lamentablemente, trabajos académicos fundamentales de historiadores de la ciencia y la tecnología y de historiadores económicos. Habrá que creerse que lo que cuenta Velarde se corresponde con la realidad. En principio, el autor merece toda nuestra confianza. Es más, sus afirmaciones se ajustan a los indicios encontrados en archivos históricos extranjeros, como los de EDF y el CEA. Pero no tenemos forma de comprobarlo. Por tratarse de memorias, el libro no aporta evidencia documental. Y tampoco la encontramos fuera: el Archivo General de la Administración ha clasificado como materia reservada o secreta todo lo relativo al sector nuclear; los archivos de Presidencia del Gobierno, Defensa y la Fundación Francisco Franco no recogen más que escasas y vagas referencias a la bomba atómica; y los conservadores del Arxiu Municipal de Vandellós i L 'Hospitalet de L' Infant son incapaces de encontrar (sic) la documentación que HIFRENSA les cedió en su día y que consta en sus inventarios. Ya va siendo hora de que España actúe como la mayoría de países democráticos: cuide más y mejor sus documentos históricos, sancione la destrucción y apropiación privada de fondos públicos, respete los plazos de consulta previstos en la legislación, y amplíe las facilidades de acceso a los investigadores. También para periodos históricos oscuros o materias sensibles como la posesión, o los intentos de posesión, del arma atómica. 1 Agradezco los comentarios y sugerencias del profesor Albert Presas i Puig, con quien siempre es un placer discutir. NOTAS Esther M. Sánchez Sánchez
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS En Polonia la interrupción del embarazo está permitida en caso de violación o incesto, cuando representa un riesgo para la salud de la madre y cuando el feto presenta malformaciones graves. En octubre de 2016 un proyecto de ley que buscaba restringir aun más este acceso no llegó a ser aprobado ante la rápida reacción de muchas mujeres que vestidas de negro tomaron las calles de Varsovia. En España un año antes se habían reinstalado los debates en torno a la reforma de la ley de interrupción voluntaria del embarazo, que si bien mantuvo como plazo la semana 14 de gestación terminó por establecer que las jóvenes de 16 y 17 años necesitan el aval de sus representantes legales, padre y/o madre para acceder a esta práctica. La agitación que producen estas discusiones parlamentarias, las repercusiones en la prensa, la tenacidad del movimiento anti derechos reproductivos, el importante papel que juega el Vaticano y la renovada capacidad de resistencia del movimiento de mujeres y feminista, no escapan a los análisis sociales contemporáneos y tampoco a la Historia. Así, al comenzar a leer el libro de Agata Ignaciuk y Teresa Ortiz Gómez resulta imposible no recordar estos acontecimientos recientes y confirmar el valor de la investigación histórica para comprender el pasado y también el presente. El objetivo propuesto por las autoras fue estudiar los procesos de circulación material y cultural de la píldora en España y Polonia entre 1960 y 1980, y los discursos, debates y prácticas generados de forma simultánea en cuatro espacios interconectados: el mercado farmacéutico, la profesión médica, los medios de comunicación y las mujeres usuarias. Producto de investigaciones individuales y también en conjunto, los resultados se ubican en las líneas de la historia comparativa y transnacional, y en el cruce de diferentes especialidades: la historia social y cultural de la ciencia y los medicamentos, y la historia de las mujeres y de género. A partir de un conjunto de fuentes diversas como publicaciones médicas, revistas femeninas, información y normativas oficiales y entrevistas, podemos conocer en profundidad la historia de cada país en materia anticonceptiva y de aborto, y los puentes que se tienden entre ambas. Como las propias autoras destacan, la primera similitud y a la vez diferencia fundamental entre España y Polonia es el hecho de que durante la casi totalidad del periodo analizado, 1960-1980, ambos países estuvieron gobernados por dictaduras de signos ideológicos opuestos: en España un régimen militar de derechas, en Polonia un totalitarismo comunista. En el campo religioso, el catolicismo proporcionó la ideología de sostén al franquismo y sus principios morales modelaron las leyes como las que prohibieron el aborto y la anticoncepción. En Polonia, en cambio, la Iglesia católica fue perseguida y por eso se convirtió en uno de los símbolos de la falta de libertad bajo el socialismo. Los sistemas de género fueron distintos, así como también divergieron los desarrollos de sus respectivos feminismos, aunque muchas mujeres tuvieron vivencias compartidas. En la introducción las autoras cuentan que la obra sistematiza y reelabora un trabajo de largo aliento, dato que se ve confirmado por la densidad de los argumentos y la multiplicidad de recursos metodológicos, conceptuales y fuentes de análisis que se despliegan. La vasta bibliografía que se cita permite no solo conocer la situación de España y Polonia -presentando en este caso bibliografía no traducida al castellano-, ya que también sumamos información sobre la circulación de la píldora anticonceptiva y la historia de la planificación familiar en otros países. A partir de los conceptos de trayectoria y circulación, el libro estudia las dimensiones materiales y simbólicas de la píldora; los procesos de producción, distribución y uso; las relaciones de autoridad y las conexiones con los sistemas de género y las vidas de las mujeres. La píldora deviene así una puerta de entrada para acceder a la historia de la medicina, de la farmacéutica, de las mujeres y de sus agencias, para saber más sobre las políticas, tecnologías y prácticas de control de la natalidad, un tema que, como se encargan de indicar las autoras, no había generado interés particular hasta hace poco. El libro se estructura en 5 capítulos en los que se analiza la situación de España y Polonia de forma separada y se cierra con un diálogo entre ambos contextos. El primer capítulo se titula "Historia de los fármacos e historia de las mujeres y de género" y presenta las principales características de la profesión médica y la asistencia sanitaria, las políticas demográficas y las regulaciones en materia de anticoncepción y aborto. Allí se explica que durante el franquismo las políticas pronatalistas se sustentaron en la ideología de género de la dictadura nacional-católica que prohibió la circulación de información sobre anticoncepción y también el aborto. En Polonia, en cambio, a partir de 1956 y hasta la década de 1970, con la legalización del aborto y la difusión de propaganda anticonceptiva primó el antinatalismo y la laicidad. Esto no evitó las construcciones estereotipadas acerca de las mujeres y su deber maternal, y la legalidad no solucionó las consultas médicas desbordadas y la falta de fármacos. Después de la muerte de Franco en noviembre de 1975, la situación en España cambio y la legalización de la venta y divulgación de información sobre anticonceptivos se convirtió en uno de los temas candentes del debate social. En el capítulo siguiente, "Los anticonceptivos hormonales, la industria farmacéutica y el estado )", las autoras profundizan en la relación entre política, mercado y sistema de salud. En Polonia bajo las premisas de la economía nacionalizada la producción y comercialización de la píldora siguieron caminos azarosos, mientras que en España la prohibición que regía sobre los materiales impresos impulsaron la creatividad de los laboratorios, los cuales finalmente encontraron en los visitadores médicos una solución a sus obstáculos en materia publicitaria. Este tema sigue presente en el capítulo 3, "La circulación de la píldora en la investigación y prácticas médicas", cuando estudian la llegada del conocimien-to experto sobre los anticonceptivos hormonales en los dos países. Los debates morales y sociales sobre la píldora en la década de 1960 en España se ubican en relación al anuncio de la encíclica Humanae Vitae en 1968, y su etapa anterior y posterior. En un contexto de prohibición, la indicación terapéutica de la píldora que podía realizar un médico -con márgenes de justificación bastante amplios-tenía el efecto de legitimar legalmente su uso. Con la muerte de Franco el discurso de los derechos humanos fue el nuevo argumento para apoyar la planificación familiar. En Polonia las acciones de la Sociedad para la Maternidad Consciente (TŚM) y los artículos publicados en su revista resultaron fundamentales para el debate sobre los anticonceptivos hormonales, en los que no faltaron críticas sobre el modo en que la prensa occidental presentaba el tema. Si bien en Polonia la religión no pudo expresarse como en España en las revistas médicas, esto no mermó su influencia. Podemos pensar que quedó latente para cobrar protagonismo en la década de 1990 cuando el aborto volvió a ser penalizado. A diferencia de España, la presencia femenina en las discusiones fue mucho más notable y puso en la agenda de debate la necesidad de buscar métodos que protegieran la salud de las mujeres y que comprometieran activamente al varón. El capítulo 4, "La circulación de la píldora en los medios de comunicación (1960-1980)" cobra especial interés si pensamos en la importancia que tuvo la censura estatal y las regulaciones autoimpuesta por los propios medios en ambos países. En España las revistas de opinión y las revistas para mujeres se vieron influenciadas por las medidas prohibicionistas del régimen franquista, sus modelos de género y la difusión de Humanae Vitae. En Polonia no era un problema hablar de las píldoras pero sí conseguirlas en el mercado, lo que terminaba por colocar al aborto como alternativa rápida de planificación familiar, con importantes consecuencias para muchas mujeres, como se muestra en el último capítulo: "Las mujeres y la píldora: prácticas anticonceptivas en España y Polonia". En esta sección son analizadas las experiencias de anticoncepción de las mujeres polacas y españolas sobre la base de entrevistas personales realizadas por Agata Ignaciuk, muchas de ellas en Granada, y narrativas recogidas en revistas para mujeres de ambos países. En estas entrevistas las autoras indagan en la relación médico-mujer, las prácticas de consumo de la píldora y la subjetividad y agencia de las mujeres en estos dos contextos. Las memorias de las mujeres hablan de las dificultades del acceso en España por la necesidad de una receta y la proeza que implicaba obtenerla. Las entrevistadas cuentan anécdotas que expresan con humor situaciones arduas, y en otras fuentes que reproducen testimonios de mujeres podemos leer acerca de una mujer que atacó con una piedra a un médico que se negó a recetarle anticonceptivos y de otras que proclamaban una sexualidad sin coito vaginal, con masturbación mutua y sexo oral como una alternativa anticonceptiva que cuidara su salud y les asegurara al mismo tiempo placer sexual. En Polonia, donde el aborto era legal, los relatos de las mujeres se centran más en esta práctica y sus recuerdos son comparados con lo que sucede en el momento de realizar las entrevistas, cuando las restricciones se hacen presentes. Sin dudas, el libro de Ignaciuk y Ortiz Gómez realiza una contribución decisiva al tema de la historia de la anticoncepción en el siglo XX y al lugar de las mujeres en ella, hablando de España y Polonia en particular, colocando a ambos países en diálogo entre ellos, y con el resto de Europa occidental y el bloque soviético. Este texto invita a seguir investigando la circulación de la píldora desde un enfoque de géne-ro que amplíe el campo más allá de las mueres. Por ejemplo, saber sobre la circulación que tuvo la píldora entre las personas transexuales y las opiniones y experiencias de los varones, no ya de los médicos, líderes políticos y actores religiosos, sino de los maridos, novios y amantes de estas mujeres de la generación de la píldora cuyas memorias recupera este libro. Un análisis sesudo, desarrollado en un tono ágil, con fuentes que despiertan curiosidad y sentimientos que van desde la risa a la indignación, preguntas que se contestan y otras que abren a la discusión, en síntesis, una obra que estudia con agudeza el pasado e invita a reflexionar sobre un presente en el que los derechos reproductivos, lamentablemente aún, no están garantizados. Investigadora adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Argentina (CONICET), en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Desde 1961, año de la publicación de Historia de la locura en la época clásica e Internados, el debate en torno a los 'saberes psi' inspiró una corriente contra la función psicologizante (o función psi) de determinados saberes, que aparecieron durante el siglo XX en el mundo occidental. En la presente edición de Roberto Rodríguez se establece un pormenorizado análisis del estado actual de aquellas tesis de la crítica psi que mejor han resistido al paso del tiempo. Uno de los objetivos fundamentales de esta obra, la elaboración de las genealogías de aquellas primeras reivindicaciones polemizantes de los años sesenta, analizando su valor actual, nos facilitará una lectura homogénea de las diferentes aportaciones. En la intervención actualizada sobre aquellas primeras polémicas en torno a los saberes psi, encontramos pendiente la crítica a una de las disciplinas más representantivas de esos saberes: la Psicología. El título Contra-psicología, es ya una declaración de intenciones, pero rescata entre otras cuestiones abiertas, como la del estatuto científico de la Psicología (sobre todo de la Psicología experimental), la discusión acerca del valor científico de sus métodos o el alcance que tuvieron sus propuestas sobre la población actual. Preguntas sin contestar por una simple cuestión de tiempo; en el largo recorrido iniciado por la revisión de la Psiquiatría y la locura, todavía, la Psicología, no había tenido espacio suficiente para mostrar sus potencialidades finales. Esta obra aparece entonces en un momento muy adecuado, justo cuando el paradigma científico de la Psicología aparece en entredicho y cuando la psicologización de la cultura es más que evidente. Utilizada como un dispositivo clave en la ordenación de los comportamientos, una herramienta muy próspera para la consolidación de un nuevo modelo de "mundo interior" desarrollado por la Medicina Mental, la Psicología se acerca a la práctica diagnóstica con intenciones que la diferenciarán del resto de saberes. La estructuración en cuatro secciones del libro nos permite un recorrido multidisciplinar de estas y otras cuestiones; son las secciones de Historia, Epistemología, y ámbitos Institucional y Cultural, donde se analiza la evolución del campo de la Psicología y algunos saberes asociados a ella, sus logros más significativos y la relevancia de los mismos en las sociedades contemporáneas. En la Sección de Historia, Nikolas Rose muestra la necesidad de rehacer de otra manera la Historia de la Psicología. Para comprender la vinculación de las disciplinas médicas con el desarrollo de las psicopatologías modernas, debemos atender a un objeto específico del campo de los saberes psi, la inteligencia. La inteligencia supuso un apoyo primordial para la elaboración de nuevas prácticas en el tratamiento de la debilidad mental, amparada por las nosologías y nosografías de la Medicina Mental, donde los nuevos expertos psi van a trabajar en el establecimiento de una frontera clara entre la normalidad y la anormalidad mental. Esta categoría actuó mayoritariamente como elemento de cohesión en lecturas muchas veces inconmensurables, usadas más como prácticas para el control psicológico de los sujetos que para el planteamiento de una verdadera cura de las distintas patologías. La visión que la Psicología ofreció, acerca de la enfermedad mental se convirtió entonces en la última frontera psi, responsable de la imagen normalizada de la salud mental que todavía albergamos en nuestra cultura. Óscar Daza, coincidiendo con ese diagnóstico acerca del concepto de "inteligencia", elabora un ajustado análisis de la aplicación de las nuevas categorías normal/anormal en relación con las de útil/inútil, características del neoliberalismo. Esta transformación psicologizada del Yo, elaboró un criterio de utilidad 'psicotécnica', campo donde podrá desarrollarse sin impedimentos el modelo de diagnosis diferencial de los sujetos anormales. Los tests psicológicos de aptitudes mentales, consolidarán la puesta en marcha de un sinfín de dispositivos de control biopolítico, responsables del modelo psicologizado de autoexplotación en las modernas sociedades de mercado. Esta transformación, en el texto de Fernando Álvarez-Uría, llega a consolidarse mediante el triunfo del modelo del psicoanálisis freudiano. La tendencia hacia la psicologización de la cultura cobra un impulso extra con la teoría freudiana sobre la sociedad, lo que supone el abandono de algunos elementos importantes para la teoría social, acentuando así la psicologización de las disciplinas sociales. Esta nueva 'antropología psicológica' se difundió gracias a la influencia de la reinterpretación de la antropología freudiana desde la cultura norteamericana. En la Sección de Epistemología, Ian Parker hace recuento de las contradicciones internas de las disciplinas psi, las cuales por su original eclecticismo y por ser abordadas desde diferentes perspectivas, aparecen como síntoma de la inestabilidad de estos saberes en sus intentos por alcanzar un estatuto científico propio. La evolución del Manual Estadístico de los Trastornos Mentales, que elimina o recupera enfermedades mentales según el criterio cultural de la época, es una prueba manifiesta de ello. Francisco Vázquez García traslada esta polémica a la obra de Canguilhem, quien acuña una de las primeras críticas significativas al concepto naturalizado de la anormalidad mental, y desmonta las supuestas evidencias organicistas sobre las que se fundamentaron los saberes psi. Una de las críticas clave tiene que ver también con esta idea falaz de una inteligencia adaptativa, cuya disfuncionalidad primordial es la inadaptación social. Canguilhem, antecedente de la crítica foucaultiana al concepto de anormalidad introducido por los saberes psi, desmontará el sesgo ideológico del debate sobre la locura en estos términos. Ana Elúa Samaniego cierra la Sección de Epistemología señalando precisamente este carácter "ficticio" de la imagen naturalizada de la enfermedad mental y las justificaciones nosográficas y nosológicas de los expertos psi. Ya en la sección Institucional, Mario Domínguez Sánchez aborda las intensas relaciones entre las "ciencias psi" y el derecho penal, durante un período en el que aparecen los primeros peritajes psiquiátricos y, como consecuencia de su éxito, su aplicación dentro de las fábricas, los hospitales, las cárceles o los colegios. Este "tutelaje psicologizado" situó al ciudadano en un marco donde se impuso una analogía entre la conducta criminal y la enfermedad mental, ambas consideradas como patologías psicológicas o incluso congénitas, responsables en gran medida del desorden social. Para Julio Rubio la aplicación de estas recetas contra el desorden social, enfocadas a la protección del menor, consolidó un modelo institucionalizado y psicologizado de protección a la infancia donde, gracias a esta intervención se podrán prevenir los estragos de las enfermedades mentales infantiles en el posterior desarrollo del adulto. Los saberes psi consolidan un modelo de intervención a través de nuevos agentes del orden social; el pedagogo, el educador social, el trabajador social y el orientador escolar serán los protagonistas de la transformación psicológica de la cultura. Para Eduardo Crespo y Amparo Serrano Pascual, fue la intervención de la Psicología en el trabajo lo que encumbró esta ideología política del valor subjetivo del individuo moderno. La consolidación institucional de algunos saberes psi y su despliegue en la cultura occidental actual promovieron técnicas disciplinarias de control de las conductas, asumidas de manera totalmente naturalizada en una cultura plenamente moralizada a través del "estado psicológico" del Yo. Teresa Cabruja señala precisamente cómo estas construcciones psicologizadas poseen un carácter significativamente androcentrista, ya que este proceso de naturalización del Yo, fue impulsado mediante "dispositivos de género" propios del imaginario cientificista de la época. Guillermo Renduelles advierte sobre los peligros de generalizar la crítica a los saberes psi del siglo XX. La crítica no exime a aquellos del éxito real que tuvieron y tienen en la actualidad, ya sea por el riesgo de infravalorar su aceptación social o por la sensación de rechazo que toda persona se supone debe admitir ante determinadas estrategias utilizadas por estos saberes especuladores y oscuros. El éxito de los saberes psi fue mayoritario a pesar de las resistencias, y su éxito no fue casual, fue evolucionando y superando las críticas y los obstáculos que parecían iban a terminar con ellos. Por último, en el ámbito Cultural, Roberto Rodríguez advierte sobre el éxito en la adaptación de los saberes psi a los distintos obstáculos encontrados en su desarrollo, en su capacidad para amoldarse a las necesidades de la ciudadanía, principalmente en el eclecticismo práctico y en la vulgarización y la divulgación popular de sus valores como "ciencia". El ejemplo propuesto, la literatura de autoayuda, le lleva a mostrar cómo determinadas modas pueden suponer una regresión a modelos antiguos (caso de la moderna resiliencia y sus implicaciones éticas), operativos ahora por el trabajo de enmascaramiento de las políticas neoliberales del auto-cuidado o "care of self". Silvia García Dauder y Patricia Amigot Leache toman como ejemplo de esta divulgación popularizada el programa de Radio Televisión Española "Redes para la ciencia". En programas como el de Eduard Punset, perduran muchos de los tópicos machistas (ahora neuro-sexistas) de posturas pseudocientíficas y totalmente arbitrarias. En el último capítulo Jan de Vos nos presenta la "última vulgarización" de la Psicología y el recurso a las neurociencias. La Psicología es ahora quien mira con buenos ojos a las nuevas explicaciones científicas sobre el origen somático de la enfermedad mental. Este recurso ha producido una hibridación, una nueva síntesis "neuropsi", que ha rizado aún más el rizo de la retórica psicologista. En resumen, esta obra plantea una revisión actualizada del fenómeno de la psicologización de la cultura, de los hitos más relevantes en el desarrollo de los saberes psi que propiciaron esta transformación y de las principales consecuencias de este proceso en nuestra sociedad. Un ejercicio necesario para la comprensión política y politizada de nuevos dispositivos diseñados con vistas a la organización del espacio social. Diego Delgado Universidad de Cádiz
Los espacios hospitalarios son un tema clásico en los estudios sobre la historia de la psiquiatría. Ya sean entendidos como espacios de alienación y cronicidad, o como lugares de tránsito y negociaciones entre médicos y pacientes, fue en estas instituciones donde transcurrieron los sucesos más destacados de disciplina psiquiátrica en los siglos XIX y XX. Este dossier pretende analizar algunos hospitales psiquiátricos en América Latina, como puerta de entrada para entender el mundo de las prácticas psiquiátricas, el trabajo clínico de los profesionales, los criterios diagnósticos y los derroteros de pacientes que habitaron en estas instituciones, en relación con sus contextos culturales, sociales y políticos. A partir de diversas investigaciones de países como Chile, México, Cuba, Colombia, Brasil y Argentina, se estudian rasgos característicos de la región con sus matices locales. Este conjunto de textos presentan ciertos ejes comunes que los atraviesan. Los mismos marcan puntos claves de la agenda temática que ocupa a la his-toriografía de la región; a la vez demuestran algunas continuidades entre las instituciones hospitalarias y la disciplina psiquiátrica para toda América Latina en los siglos XIX y XX. Entre los asuntos destacados mencionamos: la relación entre la disciplina psiquiátrica y el Estado, las tensiones en las instituciones asilares ante la presencia de teorías como la psicoanalítica o frente a dispositivos terapéuticos como la terapia ocupacional, el modo en que los problemas del mundo asilar se desencadenaron en el territorio (como la sobrepoblación y la falta de recursos), entre otros. Además, al tratarse de un monográfico acotado a Latinoamérica, es importante destacar el fuerte impacto que tuvieron los textos científicos de la psiquiatría europea, con sus ideas, modelos institucionales y terapias, así como el modo en que las mismas se interpretaron y resignificaron al otro lado del Atlántico. Asimismo los artículos muestran continuidades en la elección de fuentes y metodologías entre los autores, que denotan un interés especial por conocer las prácticas concretas que se desarrollaban dentro de los hospitales, y -en ocasiones-los encuentros y diferencias entre las mismas y los discursos de la disciplina psiquiátrica. Así, expedientes médicos y escritos de los propios pacientes, son algunos de los nuevos registros en los que se apoyan los investigadores. El texto de Ramos y Golcman cruza algunos de los temas descritos anteriormente como la relación entre el Estado y el devenir psiquiátrico, y la recepción y apropiación de técnicas e ideas psiquiátricas europeas. Se ocupan del desarrollo de la anatomopatología en el campo psiquiátrico en Buenos Aires, Argentina, principalmente en el Laboratorio de Clínica Psiquiátrica y Neurológica del Hospicio de las Mercedes (1889Mercedes ( -1904)). Según el pensamiento de la época, era preciso penetrar en el cuerpo del paciente para entender su patología técnicamente. Así, las autopsias permitían encontrar la causalidad entre los cambios del cuerpo anatomoclínico y la psicopatología. De este modo la psiquiatría se ubicaba como disciplina médica que generaba respuestas ante uno de los efectos indeseados de la modernidad: la locura. Estas prácticas psiquiátricas que se desarrollaban en todo el mundo, se reprodujeron en Argentina, y en el Hospicio de las Mercedes se llevaron a cabo con un modelo de laboratorio alemán, bajo la dirección un médico oriundo de dicho país: Cristofredo Jacob. Ana Teresa Venancio y José Roberto Saiol analizan el Hospicio Nacional de Alienados (HNA) de Río de Janeiro, a partir del estudio de la prensa escrita entre 1903 y 1911. Los autores describen cómo la prensa contribuyó a la formación de opiniones acerca de la primera institución psiquiátrica brasileña, y cuáles fueron los discursos sobre la misma fuera de sus muros. A partir de esta problemática, Venancio y Saiol examinan también ciertas características de la prensa carioca. Describen cómo el discurso de los diarios permite conocer la relevancia de dicha institución a nivel nacional e internacional, a la vez que se destacaba el rol del psiquiatra dentro del campo médico. Al mismo tiempo, a partir de la prensa se podían conocer cuestiones administrativas y situaciones cotidianas del hospital, que dejaban traslucir fuertes críticas sobre las carencias que vivían los pacientes internados. Los autores ubican todo este análisis en el escenario político de Río de Janeiro en el comienzo del siglo XX. El artículo de Alejandro Salazar Bermúdez se apoya en historias clínicas para evidenciar una realidad hospitalaria concreta, sobre un caso colombiano en la década de 1920. En este trabajo se analiza cómo el consumo de alcohol fue discutido entre médicos y políticos como causa determinante de la degeneración racial -teoría de gran peso en la sociedad colombiana-, y como una enfermedad social, que afectaba especialmente a la clase obrera. Al mismo tiempo, el texto analiza el alcoholismo en el caso del Manicomio Departamental de Antioquia. Aquí, el discurso médico destacaba su gravedad, pero según el análisis cuantitativo de los expedientes médicos, los pacientes diagnosticados con alguna patología vinculada al alcohol, fueron ampliamente inferiores a los señalados por los médicos; más bien, quienes ingresaron por estas razones, lo fueron por cuestiones de orden social y moral. María José Correa Gómez, nos presenta un trabajo que estudia los asilos proyectados o construidos en Chile comenzando en la Casa de Orates (1852) hasta el Open Door Nacional (1928), donde describe cómo el contexto chileno asilar fue apropiándose de los diversos modelos internacionales, desde el alienismo en adelante. La autora refiere al hospital psiquiátrico como un dispositivo terapéutico, de contención social, moral y político, donde se buscó curar la locura, se construyó una identidad, una autoridad y un saber específico. El texto de Correa nos invita a pensar en el espacio asilar como problema en sí, como constructo histórico que se entiende sólo en su relación con los programas de salud e higiene de la nación. Asimismo, se describe como un espacio donde las carencias y limitaciones también marcaron las posibilidades de las prácticas terapéuticas y el derrotero de la institución. Cristina Sacristán analiza para el caso mexicano, el lugar del hospital psiquiátrico ante la cronicidad e incurabilidad entre 1910 y 1968. Su trabajo pone en cuestión los discursos sobre cura y cronicidad de los psiquiatras de aquel país, ante la realidad estadística concreta del Manicomio La Castañeda, institución pública, donde se atendieron a 61,480 pacientes. La autora concluye que la sobrepoblación de la institución y la cronicidad de los pacientes, afectaron negativamente la función terapéutica del hospital. Pero al mismo tiempo, el análisis estadístico a partir de las fichas de admisión a la institución muestra que el 80% de los pacientes sólo tuvo un ingreso con una internación de 15 meses, y que aquellos que reingresaron y realizaron largas estancias en La Castañeda, no afectaron estadísticamente. Este texto muestra cómo los expedientes médicos como fuente documental, y el análisis de las mismas a partir de la historia cuantitativa, permiten conocer una realidad vivida en el interior del hospital, y cuestionar ciertas ideas sostenidas desde el discurso médico. Jennifer Lambe se ocupa de la psiquiatría infantil y de su relación con el Estado, a través del estudio del caso cubano entre 1926 y 1945. Su artículo analiza cómo ante la emergencia de la psiquiatría infantil como disciplina en la década de 1920, los discursos -y diversas prácticas-políticos, pedagógicos y psiquiátricos en Cuba se influenciaron mutuamente. La autora explica que la psiquiatría infantil en Cuba nació en el manicomio nacional Mazorra, pero que rápidamente se instaló en diversas instituciones como reformatorios. Lambe concluye que mientras en un inicio se entendió al niño problema como un laboratorio con el cual se podía trabajar para una regeneración política, que bregara por un futuro sujeto del estado "civilizado", en la práctica esta ecuación debía invertirse ya que era el Estado a quien le correspondía redimirse para así conseguir metas sociales y particularmente médicas. El sugerente texto de Silvana Vetö estudia el uso temprano del saber psicoanalítico para la higiene mental infantil en Chile. Parte su análisis de una institución en particular: la Clínica de Conducta, fundada en Santiago en 1936 como parte de la Escuela Especial de Desarrollo, la cual había sido creada por la Reforma Educacional de 1928. Vetö explica cómo se fue forjando un modelo estándar de infancia y adolescencia -que respondía a una imagen utópica de la sociedad chilena-, a partir de diversos dispositivos como la educación obligatoria, el Estado Asistencial, el desarrollo de las disciplinas psi y la medicina social. La autora muestra cómo el psicoanálisis fue entendido en Chile, como herramienta funcional para modelar la conducta de los futuros ciudadanos, y resolver problemáticas que fueran en contra de los ideales de la nación. Además revela cómo el saber psicoanalítico se desarrolló en relación a otras disciplinas como la pedagogía, el derecho, la medicina y la criminología. Por su parte, Yonissa Wadi presenta un estudio que tiene por protagonista a la escritora Maura Lopes Cançado. A partir del análisis de su diario íntimo, muestra los aspectos institucionales del Centro Psiquiátrico Nacional (CPN) de Río de Janeiro a fines de la década de 1950. Este análisis permite conocer una psiquiatría en tensión, donde conviven y se disputan propuestas terapéuticas como psicoterapias y terapia ocupacional con los clásicos tratamientos de principios del siglo XX. Además el análisis de este caso particular invita pensar el hospital en cuestión desde una perspectiva subjetiva, y visualizar las críticas a dicha institución desde una mirada singular. Así, el trabajo convoca -desde una óptica peculiar-a la discusión sobre hospitales psiquiátricos de la región, y no se olvida de las subjetividades de aquellos que habitaron las instituciones. Por último, con este monográfico se pretende dar luz sobre los rasgos propios de la psiquiatría latinoamericana, y conocer estos espacios hospitalarios como los escenarios donde se combinaron la búsqueda de respuestas ante la enfermedad mental, la profesionalización de la psiquiatría, y diversos modos de apropiación y resignificación de teorías y técnicas europeas. Consideramos que la historiografía de la región ocupada del tratamiento de las enfermedades mentales, se fue consolidando en las últimas décadas como un verdadero campo de investigación, con problemas propios, publicaciones específicas a la temática, eventos científicos, destacados equipos de investigación, y una fuerte producción teórica. Esta realidad nos convoca a pensar cuáles son las líneas de interés que cruzan a toda Latinoamérica, y las particularidades de cada país.
En este trabajo nos ocupamos del desarrollo de la anatomopatología en el campo psiquiátrico en Buenos Aires, Argentina, principalmente en el Hospicio de las Mercedes a principios del 1900. Por medio del doctor Domingo Cabred, el gobierno argentino contrató al médico alemán Cristofredo Jacob a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, para que se hiciera cargo del Laboratorio de Clínica Psiquiátrica y Neurológica del Hospicio de las Mercedes (1889Mercedes ( -1904)). Para facilitar su trabajo, se construyó un laboratorio que era la réplica exacta del laboratorio de anatomía patológica en el que Jacob trabajaba en Alemania. Su labor fue fundamental, dado que cimentó la escuela neurobiológica argentina, campo en el que dejó importantes discípulos (Stagnaro, 2006). A partir de este contexto, investigaremos en este artículo parte del trabajo desarrollado en dicho laboratorio. Nos centraremos en los registros de una población de pacientes que fallecieron y fueron autopsiados en el hospicio. Examinaremos cuáles fueron los diagnósticos y analizaremos algunos vínculos entre la clínica de investigación y la teoría de la época referida a la anatomía patológica. Demostraremos que las prácticas del laboratorio -no sólo la autopsia, sino también los análisis de sangre-eran tecnologías críticas para sostener el marco diagnóstico higiénico. Las autopsias construyeron la conexión causal entre los cambios del cuerpo anatomoclínico y la psicopatología; y así, establecía la disciplina psiquiátrica como una rama legitima de la medicina, que generaba explicaciones científicas para la problemática social de la inmigración en el cambio de siglo en Argentina. En este trabajo nos ocupamos del desarrollo de la anatomopatología en Buenos Aires, Argentina, principalmente en el Hospicio de las Mercedes, a principios del 1900. Esta corriente médica de investigación, que llegó a la Argentina entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, se ubicó en las filas del materialismo. El pensamiento psiquiátrico argentino llegó a la corriente materialista impulsado por el positivismo básico, de acuerdo con el cual se requiere de la comprobación verificada de los sentidos para respaldar el conocimiento. A partir de este contexto, en este artículo investigaremos parte del trabajo desarrollado en un laboratorio de anatomía patológica de dicho hospital. Nos centraremos en los registros de una población de pacientes que fallecieron en él y analizaremos algunas vinculaciones entre la clínica de investigación y la teoría de la época referida a la anatomía patológica y a las concepciones psiquiátricas en general. En la cultura científica en Argentina de fin de siglo XIX, el positivismo y el modernismo cultural se disputaban con otras expresiones la construcción de ideas sobre la nación y la sociedad (Terán, 2000, pp. 327-364; Terán, 2004, pp. 13-97). Los pensadores de la época se preocuparon por la vida en las ciudades, y por lo que se consideró como los efectos indeseados de la modernidad, por ejemplo, los personajes problemáticos que derivaban de ella: vagos, mendigos, locos y delincuentes. Este problema común a toda la modernidad adoptaba rasgos particulares en una Argentina en proceso de recepción de inmigrantes europeos y que venía de un régimen elitista, en un sistema político excluyente (Terán, 2000, pp. 333-335). Además, la historiografía especializada subraya que, mientras en América Latina se destacaban las ideas positivistas, en Europa, estas ya estaban siendo impugnadas por corrientes como el vitalismo (Roig, 1963, pp. 159-182). La sociedad y sus problemáticas eran interpretadas a partir del determinismo biológico y se legitimaban en las ciencias naturales. Se sostenía la existencia de una minoría que contaba con un capital intelectual superior, que debía ocuparse de entender a la sociedad y de marcar el recorrido de las políticas a desarrollar (Terán, 1987, pp. 46-47). 1 La historiografía destaca diversos personajes relevantes de la cultura argentina de la época que respondieron a esta línea positivista, en la que se encuadra el discurso de José Ingenieros como el más difundido en la Argentina. Dicho autor utilizó categorías pertenecientes a una "sociología científica" que respondían al positivismo evolucionista y al darwinismo, y en cierto momento de su producción vinculó sus ideas con las del italiano Cesare Lombroso (Terán, 2000, p. Consideraba necesarias a las ciencias sociales para normatizar la segregación de los grupos patologizados que no se integraban al ideal de búsqueda por una nación moderna (Terán, 1987, p. En su discurso, sostuvo que era necesario clasificar y dividir a los individuos, y que las terapéuticas necesarias para atacar la enfermedad social en cada caso correspondían a las características de los sujetos sociales que las padecían (Terán, 1987, p. Mencionamos superficialmente las ideas de este actor clave en la intelectualidad argentina finisecular, como ejemplo para graficar el marco de pensamiento en el que se practicó la anatomía patológica en el Hospicio de las Mercedes. El trabajo clínico y a la vez de control social que desempeñaron los psiquiatras de la época implicó una combinación del ámbito jurídico y el médico que pretendió ordenar la vida cotidiana y segregar al diferente; por lo tanto, el rol del médico ocupó un lugar más central en la vida social, y también en las instituciones como asilos, hospitales generales y cárceles. La historiografía de la psiquiatría argentina basó sus trabajos sobre esta temática en la figura del médico alemán Cristofredo Jacob (Golcman, 2015a, p. 167), 2 quien fuera contratado por el gobierno argentino por medio del doctor Domingo Cabred y a través del Ministerio de Relaciones Exteriores para hacerse cargo del Laboratorio de Clínica Psiquiátrica y Neurológica del Hospicio de las Mercedes durante la presidencia de Julio Roca. Para facilitar su trabajo, se construyó una réplica exacta del laboratorio de anatomía patológica en el que Jacob trabajaba en Alemania. Su labor fue fundamental, dado que, entre otros hitos, cimentó la escuela neurobiológica argentina, donde dejó importantes discípulos. Además, a partir de la presencia de Jacob, se instalaron en la Argentina las concepciones de la escuela alemana de neuropsiquiatría que se inscribían en el pensamiento de Carl Wernicke (Stagnaro, 2006). 3 Uno de sus discípulos fue José Tiburcio Borda, quien había comenzado a trabajar en el Hospicio de las Mercedes en 1895, fue titular de la cátedra de Clínica Psiquiátrica entre 1922 y 1930 y, a partir de ese año, miembro titular de la Academia de Medicina. La institución que fuera el hospicio lleva su nombre desde 1967. Sus trabajos de investigación en anatomía patológica le significaron un reconocimiento internacional. Borda fue uno de los persona-jes destacados que escribieron sobre esta temática, e integró a su experiencia clínica las teorías de Valentin Magnan, Emmanuel Regis y Emil Kraepelin (Golcman, 2015b, p. CONTEXTO HOSPITALARIO DEL LABORATORIO DE ANATOMÍA PATOLÓGICA El positivismo inspiró un Estado normatizador que se ocupó de varios frentes: penitenciario, judicial, sanitario, educativo, etc. Con estas reformas institucionales se pretendía controlar y modificar la conducta de los sujetos subalternos para acercarla al modelo de ciudadano planteado por el positivismo (Bohoslavsky, 2005). Claro está, los autores especializados se han encargado de mostrar los matices propios de cada institución, y los espacios de negociación y participación de los sujetos que eran parte de dichas instituciones (Bohoslavsky, 2005, p. La historiografía comparte la idea de que, con la consolidación nacional y el establecimiento de un gobierno constitucional, en la década de 1880 hubo un profundo cambio en el tratamiento de la patología mental. Se generó un dispositivo psiquiátrico, con la presencia de los hospicios, la generación de algunas cátedras y la producción de ciertas publicaciones (Golcman, 2015a, p. En las tres décadas que siguieron, el Estado argentino reformó los asilos existentes y desarrolló una red de instituciones modernas diseñadas para tratar la locura (Ablard, 2008, p. Estos hechos sucedieron en el marco del higienismo de fines del siglo XIX, que formó parte de un discurso sobre el progreso y la civilización (Vezzetti, 1985, p. En esta corriente de pensamiento del siglo XIX, la enfermedad era entendida como un fenómeno social y político que debía permanecer bajo la autoridad y tutela del Estado. En este marco de ideas se insertaron las prácticas psiquiátricas dentro de las instituciones hospitalarias, y la medicina y la política se vincularon a partir de cuestiones técnicas y morales. La sociedad fue entendida a la manera de un organismo, y los médicos ocuparon un lugar relevante para tratar sus problemas, ya que los conflictos sociales se concebían como patologías, y se sostuvo que las prácticas sociales "viciosas" (por ejemplo, locura, anarquismo, vagancia, miseria) producían la degeneración. La psiquiatría ocupó un lugar entre las disciplinas que se desarrollaron para encontrar soluciones a estas problemáticas (Talak, 2005, pp. 563-599). Su primer director fue el Dr. José María Uriarte, sucedido en 1876 por el Dr. Lucio Meléndez, quien fue en alguna medida la cara visible de la institucionalización psiquiátrica en Argentina. El campo de la psiquiatría argentina finisecular estuvo marcado por intenciones de cambios y modernización de sus instituciones. En 1892, la dirección del hospicio recayó sobre Domingo Cabred, en cuyas propuestas para la institución destacó la integridad física y moral de los pacientes. Trabajó en el hospital por 40 años y, desde practicante a director de la institución, se desempeñó en diversos cargos. Hugo Vezzetti sostiene que la tarea de Cabred como psiquiatra en el ámbito público -pero también como sanitarista y reformador de la medicina pública-contribuyó en jerarquizar a la disciplina dentro de la medicina, en un momento en que las patologías mentales comenzaban a cobrar gran relevancia y reconocimiento en todo el ámbito nacional. Su proyecto modernizador combinaba así la organización médica de la asistencia -con salas de clinoterapia, médicos internos, vigilancia continua, etc.-con una organización de los pacientes alrededor del trabajo en talleres, con la recepción de un peculio (Vezzetti, 1991, p. La construcción del laboratorio de anatomía patológica que estudiamos en este artículo se realizó dentro de este marco de modernización de la institución hospitalaria, donde también Cabred creó, por ejemplo, el Instituto de Clínica Psiquiátrica. Al igual que la mayoría de los psiquiatras destacados de la época que realizaban viajes al viejo continente para conocer cómo se trabajaba en la disciplina psiquiátrica, el director del hospital se inspiró para sus proyectos institucionales en experiencias europeas. En 1896, viajó a Francia, Alemania y Bélgica para investigar la organización de los asilos europeos. En Eriangen, Alemania, el medico argentino contrató a Cristofredo Jacob para fundar el Laboratorio de Anatomía Patológica en Las Mercedes con el "fin de correlacionar los síntomas que los pacientes presentaban en vida con la lesión orgánica determinante, que se encontraría en la autopsia" (Volmer, 2010, p. Para Cabred, la práctica de la autopsia iluminaba la relación entre el cuerpo y las enfermedades mentales. En el discurso que brindó para la inauguración de dicho laboratorio, en 1920, Cabred expresaba, "con [autopsia,] se descubren alteraciones dignas de tenerse en cuenta en la patogenia y en la terapéutica de estas enfermedades". 4 De su trabajo, Vezzetti destaca la combinación del abordaje neuropsiquiátrico y los presupuestos sociológicos naturalistas (refiriéndose a la experiencia terapéutica del trabajo) como dos lógicas de abordaje de la locura (Vezzetti, 1991, p. Como ya mencionamos, el doctor Jacob estuvo a cargo del Laboratorio de Anatomía Patológica, donde se desempeñó entre 1899 y 1911. Dicho laboratorio se construyó con dinero de la Municipalidad de Buenos Aires. Contaba con una Sala de Microscopía, depósito de cadáveres y museo de piezas anatomopatológicas. También se construyeron salas de macro y microfotografía, salas de química biológica y de psicología experimental, sala de fonografía, una con aparatos antropométricos y otra con aparatos eléctricos, como la rueda de Wimshurst, para tratar condiciones tales como la parálisis de pares craneanos y el dolor de cabeza (Volmer, 2010, p. Entre los años 1901 y 1918, se hicieron 221 autopsias en total en el Laboratorio de Anatomía Patológica del Hospicio de las Mercedes. 5 Dicho laboratorio fue importante para la producción de conocimiento psiquiátrico y la formación de estudiantes de medicina, quienes, en esa época, asistieron al laboratorio y presenciaron o realizaron autopsias de los pacientes. Para Cabred, la técnica de autopsia enseñaba a los estudiantes la conexión entre el cuerpo anatómico y las psicopatologías. En ese periodo, los estudiantes realizaron para sus tesis, trabajos inspirados en método anatomo-clínico, como expresaba el reconocido médico en 1920 (Golcman, 2015b, p. 6 En el Registro de Autopsias, los médicos consignaban datos personales del paciente internado, incluyendo su nombre, edad, fechas de admisión y muerte, ocupación anterior y "forma de psicopatía" (Véase cuadro No 1). Los sumarios generales para cada autopsia consistían en una descripción de la causa de muerte, y observaciones microscópicas del cerebro y demás órganos. Específicamente sobre las autopsias, los médicos escribieron en el registro datos como los siguientes: Para cada órgano mencionado, precisaban su peso, tamaño, vascularización, simetría, congestión, adherencias, entre otras características. Por ejemplo, el registro indica que un agricultor en Buenos Aires, el paciente PC, había llegado al hospital en octubre del año 1910, cuando fue diagnosticado con psicopatía del "delirio toxico (uremia)"; y que murió en el mismo mes por "nefritis crónica". Su encéfalo se caracterizó por "congestión." Sus riñones eran "chicos" con "cortezas disminuidas" y también "congestionados". 8 En el cuadro 1, mostramos el Registro de Autopsias entre los años 1901 y 1918, para conocer las características demográficas de pacientes que murieron en el Hospicio de las Mercedes en esa época. La población urbana en el cambio de siglo en Buenos Aires recibía servicios psiquiátricos a través diversas instituciones que dependían de comunidades de inmigrantes extranjeros, de la Sociedad de Beneficencia y del gobierno municipal. Los cinco hospitales de las comunidades extranjeras en la capital eran el Hospital Francés, fundado por la Société Philantropique Française, el Hospital Británico, el Hospital Español, el Hospital Italiano y el Hospital Alemán. Los hospitales del gobierno municipal fueron el Hospital General de Hombres, el Hospital San Roque, el Hospicio de Mujeres Dementes, el Hospital General de Mujeres, el Hospital de Niños, el Hospital Militar y la institución de la que nos ocupamos, el Hospicio de las Mercedes (Santi, 2006). Los hospitales dependientes del gobierno atendían principalmente a pacientes con un nivel social y económico menor que el de los que asistían a los hospitales de comunidades extranjeras mencionados arriba. El Registro de Autopsias muestra algunos datos socioeconómicos de los pacientes que murieron en el Hospicio de las Mercedes en esa época, que, en general, pertenecían a la creciente clase obrera. Como puede verse en el cuadro N° 1, la "ocupación anterior de admisión" para la mayoría de ellos fue la de jornalero. También encontramos agricultores, cocineros, zapateros y empleados. La historiadora Isabel Santi ha demostrado que muchos de estos pacientes de la clase obrera fueron inmigrantes europeos, especialmente de Italia, pero también de España, Francia e Irlanda (Santi, 2006). En el Registro de Autopsia no figuran datos del país de origen específicamente, pero gran parte de los apellidos de pacientes autopsiados allí son de origen italiano (como Crespo, Berlusconi, Manetti). La edad mediana de muerte de los pacien-tes en este hospital fue de 36 años, 10 que se acerca a la expectativa de vida promedio en 1900 en América Latina, de 29 años. De acuerdo con este dato, podemos señalar que quienes habitaban la institución no tuvieron una vida particularmente corta (Pan American Health Organization, 2012). La prevalencia de los inmigrantes en Las Mercedes reflejó, en general, las características demográficas del país para las primeras décadas del siglo XX. Según el censo de 1895, un tercio de los extranjeros que llegaron a Argentina vivieron en Buenos Aires; al mismo tiempo, el 81% de los trabajadores en la capital eran extranjeros. 11 Esta inmigración masiva de hombres europeos de bajo nivel socioeconómico y generalmente sin familias creó una nueva clase media urbana que amenazó la autoridad de las élites terratenientes en el cambio de siglo. Además, ciertas instituciones -como la Policía en Buenos Aires, o los hospitales psiquiátricos-eran espacios que contribuían en la adaptación de inmigrantes mediante la cual se pretendía llegar en la capital al orden deseado por las élites del Estado (Vezzetti, 1996). El discurso psiquiátrico de la Argentina finisecular entendía a los inmigrantes como una población patológica vinculada a desviaciones sexuales (por ejemplo, inversión, homosexualidad) y valores políticos amorales (por ejemplo, anarquismo, militancia gremial), que interrumpieron el "equilibrio higiénico" de la sociedad (Salessi, 1995). Nuevas investigaciones han demostrado que la alta presencia de extranjeros en los hospitales psiquiátricos pudo haber tenido causas no relacionadas con cuadros patológicos determinados. Así, una de las autoras de este trabajo (AG) sostiene para el Hospital Esteves de Lomas de Zamora (anexo del Hospital Nacional de Alienadas), que es probable que la falta de un hogar propio, los bajos recursos de los recién llegados, las carencias afectivas familiares y amicales, hayan sido todas causas que influyeron en las mujeres extranjeras admitidas en dicha institución. Esto habría implicado que, en ocasiones, las mujeres fueran internadas por el hecho de estar atravesando situaciones emocionales difíciles y no necesariamente enfermedades psiquiátricas, pero que una vez internadas en el hospital, sufrieran un proceso de cronificación (Golcman, 2015a, p. Además, se manejan ciertos datos que permiten hablar de una sobrerrepresentación de extranjeras "locas" en la institución; por ejemplo, el censo de 1914, que recogió también información sobre las "idiotas" y las "alienadas", tanto entre las argentinas como entre las extranjeras. Se entiende que los datos que ofrece el censo pertenecen a la población fuera de las instituciones; en esta población censada hay más argentinas que extranjeras (65% idiotas y 54% alienadas) (Golcman, 2015a, pp. 125-126). En el cuadro 2, describimos la práctica de autopsia y el marco diagnóstico científico que caracterizó a estos pacientes extranjeros, percibidos como un peligro a la cultura nacional, en Las Mercedes. En Las Mercedes, la categoría de demencia constituyó el 19% de los diagnósticos en esa época, y el tipo de demencia más común entre los pacientes autopsiados. Basado en la teoría del psiquiatra alemán Emil Kraepelin, la demencia precoz se definió como una psicosis con deterioro temprano y permanente de la capacidad cognitiva (Golcman, 2015a, p. En un trabajo anterior, Golcman ha sostenido que debates sobre demencia precoz y esquizofrenia, basados en lecturas locales de teorías europeas, fueron centrales de la formación de la profesión psiquiátrica argentina en los principios del siglo XX (Golcman, 2015b). La esquizofrenia, por su parte, fue presentada en 1911 por Eugene Bleuler, y para gran parte de la psiquiatría fue una versión más compleja y evolucionada del diagnóstico de demencia precoz. Además de demencia precoz, en la categoría de demencia se incluyó la demencia vesánica y la senil -que constituyeron siete y cinco casos, respectivamente-y las demencias definidas por sus causas orgánicas, tales como "alcohólico", "epiléptico" o simplemente "orgánico". El énfasis en las causas orgánicas era una característica general de la clasificación de las enfermedades mentales en el Laboratorio de Autopsia del Hospicio de las Mercedes entre 1901 y 1918. Por ejemplo, el diagnóstico más común, Parálisis general progresiva, se definió implícitamente por su causa corporal, es decir, por la progresión del neurosífilis. Otros diagnósticos, "delirio," por ejemplo, tenían sus raíces en infecciones o causas tóxicas. La centralidad de la etiología corporal de las enfermedades mentales en la práctica clínica en Las Mercedes era evidente en otros documentos, como el "Boletín Anamnésico". Según el análisis histórico de Navarlaz y Miranda, en este Boletín, entre 1900 y 1930, los médicos registraron los datos de los pacientes al ingresar a Las Mercedes (Navarlaz y Miranda, 2009). Uno de los ítems consignados allí era: "¿Cuál es la causa probable de la enfermedad?". Como expresan Navarlaz y Miranda, esta pregunta demostraba la importancia de las causas orgánicas en la práctica psiquiátrica en Las Mercedes (Navarlaz y Miranda, 2009). Los médicos compararían y contrastarían las observaciones iniciales y tentativas sobre las causas orgánicas al ingreso -expresadas en el boletín-con la certeza de las observaciones directas del cuerpo autopsiado post-mortemtambién descriptas en el registro. Por otra parte, el alcohol, en particular, por sus vínculos a la figura de delincuente inmigrante, fue considera- do una causa orgánica de diversas psicopatologías en Las Mercedes, entre las que se incluyeron demencia, delirio, manía, melancolía y por supuesto, alcoholismo. En total, el 22% de los diagnósticos de psicopatía tuvieron relación con el alcohol. 13 En el hospicio, los médicos entendieron, al mismo tiempo, el alcohol como una causa tóxica de las enfermedades mentales (con otros tóxicos como el mercurio, el fósforo, etc.) y un estado patológico por sí mismo con etapas distintas (por ejemplo, agudo, subagudo, crónico) e ideas asociadas (por ejemplo, alcoholismo con ideas de persecución). Encontramos también en el Boletín Anamnésico mencionado, en la parte superior, la pregunta de admisión a la institución: "¿Ha abusado de bebidas alcohólicas?". Para el director Cabred, las prácticas del laboratorio -no sólo la autopsia, sino también los análisis de sangre-eran tecnologías críticas para sostener este marco diagnostico higiénico en el hospital. Al menos en principio, las autopsias demostraron la conexión causal entre los cambios del cuerpo anatomoclínico y la psicopatología; de este modo establecía la disciplina psiquiátrica como una rama legítima de la medicina científica. Al ingreso del paciente en el Hospicio de las Mercedes, los médicos analizaron el cuerpo vivo a través de las observaciones clínicas de los signos y síntomas. Después de muerto, la anatomía patológica confirmaba (o no) lo observado en el ingreso, y precisaba el diagnóstico del paciente por la investigación directa de las lesiones corporales que causaban la locura. De hecho, el registro diferenciaba la "Forma de psicopatía en el momento del ingreso", basado en las observaciones clínicas, con la "Forma de psicopatía en el momento de la muerte", a partir de la autopsia. Así se facilitaba la comparación entre diagnósticos fundados en la clínica en contraposición con las observaciones hechas en la sala de autopsias. 14 En el Congreso Internacional de Medicina Mental de París de 1889, Cabred reveló que esta perspectiva anatomoclínica e higiénica que caracterizaba a la práctica de autopsias en el hospicio tenía sus raíces en la teoría de degeneración del psiquiatra francés Bénédict Morel. Para Morel, los trastornos psíquicos eran una expresión de la constitución anormal de los organismos de los sujetos que los presentaban. Este proceso de degeneración tenía un carácter anatómico, donde la hipertrofia o la atrofia de ciertos órganos se-ñalaban el nivel del desarrollo evolutivo del sujeto. 15 Por ejemplo, como comentan Navarlaz y Miranda, el médico argentino Francisco de Veyga escribió en su libro Degeneración y degenerados:...Bourneville, separa entre los idiotas y cretinos, estados donde al lado de un estado mental de la más extraña degradación, se muestra un estado físico caracterizado por la hinchazón general sobre todo del cuello y las extremidades. Es el mixedema, el cretinismo mixedematoso. 16 Eran deberes del médico vigilar y guardar por el bien social; de este modo, se generaba una explicación científica que daba respuestas a una problemática social (Golcman, 2015a, p. Uno de los estereotipos de degeneración en el ámbito psiquiátrico argentino fue el inmigrante italiano. En el Hospicio de las Mercedes, el director Lucio Meléndez (que asumió su cargo en 1876 y comenzó una publicación en la Revista Médico Quirúrgica, donde se trató esta temática), y su sucesor Cabred teorizaron el "loco inmigrante". En palabras de Meléndez, en el Informe del Hospicio en 1885, Para Meléndez, ese "inmigrante italiano" constituía una figura viciosa, y con frecuencia alcohólica, que debía estar bajo la autoridad del sistema nacional psiquiátrico. Como ya hemos discutido, el alcohol fue una causa principal de degeneración según los médicos positivistas, especialmente en la población de trabajadores italianos en Buenos Aires (Rossi, 2006). Morel y otros hipotetizaron que la intoxicación alcohólica (entre otras intoxicaciones) tenía efectos sustantivos en los órganos, no sólo de los degenerados, sino también sus niños. Como De Veyga expresaba,...los niños nacidos bajo la influencia del alcoholismo de los padres, sufren las consecuencias del estado convulsivo seguido de estupor que determina el alcohol en los que abusan de este: la histeria, la epilepsia, la imbecilidad... Las tendencias instintivas más perversas se ven en los hijos de alcoholistas tal cual existen momentáneamente en los degenerados. 18 La otra causa orgánica de la degeneración era la sífilis, y su consecuencia más directa, la parálisis general progresiva. Este diagnóstico era lo más común en Las Mercedes entre los años 1901 a 1918, y un veinte por ciento de los pacientes autopsiados lo padecieron. En Argentina, a partir de 1920, sífilis y alcoholismocomo causas directas de degeneración-fueron objeto de campañas masivas de salud realizadas por la Liga Argentina de Higiene Mental, una organización fundada por el futuro director del Hospicio de las Mercedes, el psiquiatra Gonzalo Bosch (quien asumió la dirección en 1931) (Navarlaz y Miranda, 2009). El trabajo en el laboratorio de anatomía patológica practicado en el Hospicio de las Mercedes fue una muestra de un tipo de investigación psiquiátrica que se hacía en todo el mundo y que se reprodujo en Argentina. En ese espacio se pretendió trabajar del mismo modo que se hacía en Europa, por lo que se puso a cargo de él a un europeo, y hasta se copió el modelo de laboratorio. Esta experiencia de trabajo muestra cómo circularon ciertas prácticas y tecnologías psi-quiátricas desde el viejo continente, y cómo se reinterpretaron y amoldaron al contexto nacional. La información que brindan los registros del laboratorio del hospicio muestra algunos datos de la población de la institución, como las profesiones y las nacionalidades de los pacientes; además, se numeran los diagnósticos utilizados por los médicos. Estos datos, más que permitirnos conocer a los pacientes, brindan la posibilidad de entender el modo en que estos fueron analizados por los psiquiatras. En este contexto, claramente el desarrollo de la anatomía patológica era más relevante como un espacio de investigación que para el tratamiento concreto de los pacientes, al menos en el corto plazo, ya que se trataba de una actividad practicada postmortem. De igual modo, esta disciplina implicaba ubicar al Hospicio de las Mercedes (y, por lo tanto, al Estado argentino) a la altura de los hospitales más destacados a nivel mundial. Los médicos que trabajaban en él figuraban como verdaderos representantes de la psiquiatría: profesionales serios que participaron en el devenir de una disciplina en un proceso de especialización -que se extendió hasta la segunda mitad del siglo XX-y del camino por encontrar su lugar dentro del campo médico. • Aspecto externo: estado de
Este trabajo analiza la forma en que la prensa de la capital republicana difundió informaciones durante la primera década del siglo XX, contribuyendo a la formación de opiniones acerca del Hospicio Nacional de Alienados (HNA), primera institución psiquiátrica brasileña que abrió sus puertas en la ciudad de Río de Janeiro en 1852. Para esta investigación hemos analizado las noticias sobre el Hospicio en dos diarios: O Paiz y Correio da Manhã. Hemos seguido en ella tanto la historiografía brasileña más reciente, como la referente a la historia de la psiquiatría en Iberoamérica, con objeto de relativizar la relevancia otorgada a la psiquiatría y al manicomio en su función de control social, así como de apuntar su carácter híbrido y polifacético en las noticias que se publicaron en la prensa de la capital federal. En los dos periódicos, el conjunto variado de menciones sobre el HNA pone en juego tres puntos de vista: los dos primeros se centran en la descripción y el retrato de la vida institucional, llevado a cabo por prensa, en sus diferentes aspectos (administrativo, asistencial, científico); mientras que el tercero analiza aquellas situaciones en que el Hospicio se contempla como una solución para acontecimientos que perturbaban la vida de la ciudad. Trataremos de analizar aquí la forma en que la prensa de la capital republicana difundió informaciones durante la primera década del siglo XX, contribuyendo así a la formación de opiniones acerca del Hospicio Nacional de Alienados (HNA) 1, primera institución psiquiátrica brasileña, fundada en 1841, durante el segundo periodo imperial, si bien solo comenzaría a funcionar en 1852, bajo la administración de la Santa Casa de la Misericordia, y que permaneció abierta hasta la década de 1940. La historiografía de la psiquiatría en Brasil ha apuntado el papel central del Hospicio Nacional de Alienados (HNA) en la configuración de un lugar institucional, simbólico y social para la locura desde el período del Imperio, al atribuir su fundación a los anhelos de un grupo de médicos, reunidos en torno a la Sociedad de Medicina y Cirugía de Río de Janeiro, quienes desde 1830 exigían medidas para atender a los locos dispersos por las calles de la Corte; sin olvidar tampoco al poder imperial, dado que su fundación surgió en homenaje a la coronación de D. Pedro II, segundo emperador de Brasil, en 1841 2. Sin embargo, tal y como demuestran Gonçalves y Edler (2009) y Ribeiro (2015), en dicha historiografía se observan divergencias en cuanto a dos aspectos: el tipo de población acogida en el Hospicio y el modo en que se producía la admisión de los enfermos. Atendiendo a las series originales de fuentes, las interpretaciones más recientes acerca del Hospicio de Pedro II en el período imperial han rescatado nuevas evidencias sobre la existencia, ya en esa época, de una preocupación y de una práctica médica dirigidas a los alienados, en contraposición con la visión que lo consideraba como mero lugar de exclusión social. Aunque la segregación fuera finalmente el nefasto resultado del manicomio, reducir las dinámicas sociales que constituyen la historia de la institución a la etiqueta de la "exclusión" significaría minimizar la importancia y la complejidad de los procesos que allí se gestaron y desarrollaron. Tales procesos también se deben entender como conformadores de la especialidad médica y de la asistencia a la alienación mental. El estudio más detallado de las diversas fuentes relativas a la admisión de alienados pone en cuestión "la percepción de que el Hospicio se había creado para apartar de la circulación a los individuos de conducta desviada que vagaban por las calles de la ciudad" (Gonçalves y Edler, 2009, p.406). Nuevos documentos prueban la existencia de flujos de admisión de dife-rentes grupos durante el período imperial, como, por ejemplo, el gran contingente de militares del Ejército y de la Marina procedentes de la Guerra del Paraguay (1864-1870), internados en las décadas de 1860 y 1870 (Gonçalves y Edler, 2009, p.402; Ribeiro, 2016). Además, estos estudios constatan que, en la admisión de los internos, los médicos tenían un papel relevante (Gonçalves y Edler, 2009, pp. 404-405). La lucha por la aplicación combinada del tratamiento moral (preconizado por Pinel y por Esquirol), junto con la terapéutica con medicamentos (recomendada por médicos contemporáneos a estos), evidencia la actualización de los criterios científico-técnicos puestos en marcha por los médicos [...] Esta historiografía más reciente sobre el Hospicio de Pedro II sigue la línea de la historia de la psiquiatría en Iberoamérica, al relativizar la afirmación sobre el papel central de control social desempeñado por la psiquiatría y los manicomios, defendido por los estudios de Foucault o inspirados en él. Las críticas dirigidas a estos trabajos se centran tanto en la necesidad de análisis de las especificidades históricas nacionales y locales y de investigación de cuestiones diversas sobre las relaciones saber-poder, como en la importancia del trabajo minucioso con las fuentes (Campos y Huertas, 2008; Huertas, 2009Huertas,, p.20 y 2012;;Sacristán, 2005Sacristán,, 2009, p.176), p.176). Tales estudios han demostrado la complejidad de la constitución y el desarrollo de la psiquiatría y de los manicomios, productos y productores de discursos y prácticas ligados a la generación de conocimientos científicos y a la profesionalización de una especialidad médica; determinados en su conjunto por preocupaciones humanitarias, a la par que atentos a un control social considerado necesario. Aparte de eso, se cuestiona el propio papel del Estado como organizador del control social ejercido por las instituciones psiquiátricas, como apuntan las investigaciones sobre el Hospital Nacional de Alienadas de Buenos Aires (Ablard, 2008, p.5) y el Manicomio General La Castañeda en los alrededores de la ciudad de México (Sacristán, 2005, p.25; Ríos Molina, 2009, pp. 26-27). Desde esta perspectiva, cada vez son más frecuentes en la historiografía iberoamericana los trabajos que destacan el carácter social híbrido y polifacético del manicomio, a partir del análisis de su vida cotidiana y de las diversas fuentes, al establecer un diálogo entre las distintas voces y producir así una historia del "manicomio con el sujeto" (Sacristán, 2009, p. El manicomio se percibe como un lugar de internación de grupos heterogéneos a lo largo del tiempo, según demuestra Ríos Molina (2009, pp.50-51), en el que se cruzan discursos y prácticas que no son unívocas, generadas por actores sociales diversos, aunque igualmente importantes en el proceso de definición sobre quién debía ser internado en el Hospicio: la dirección de la institución, los médicos, los funcionarios, los pacientes y sus familiares, tal y como revelan Ablard (2008, p. A partir de este enfoque de la historia social y cultural, nos preguntamos sobre los discursos y las prácticas relativas al Hospicio que sobrepasaron los muros de la institución y que se propagaron por la sociedad en general, gracias a la divulgación que de ellas hicieron las publicaciones periódicas, en concreto, los diarios 3. Las noticias en la prensa daban visibilidad a la institución ante el público lego, contribuyendo a la formación de una opinión sobre lo que debía ser considerado como locura y cómo debía abordarse. Pretendemos en este artículo, por tanto, presentar la complejidad de la identidad del Hospicio Nacional de Alienados durante el inicio de la Primera República, demostrando la coexistencia de distintas representaciones que, en relación con él, circularon en la prensa de la capital. Para esta investigación hemos analizado las noticias sobre el Hospicio en dos periódicos: O Paiz y Correio da Manhã 4. Como sabemos, en el inicio de la República brasileña, no existía radiodifusión regular para la población, sino que era la prensa el medio más destacado de comunicación y de difusión de diversos tipos de informaciones. Los periódicos constituían, por consiguiente, un vehículo formador de opiniones, así como de divulgación de comportamientos, actitudes y acciones políticas (Martins y Luca, 2006, p. Durante el período estudiado, y sobre todo a partir de los últimos años de la década de 1890, con la llegada a la presidencia de civiles, se abre la fase de la "prensa con fueros de industria" (Martins y Luca, 2006, p.37). Esta "prensa profesionalizada (1889-1930)" (Martins y Luca, 2006), se caracterizaba, a grandes rasgos, por la sustitución del negocio artesanal por el industrial, y por la remuneración a los periodistas por los asuntos que publicaban. Los periódicos aquí analizados han sido elegidos en su calidad de representantes de esta prensa profesional, en contraste con el resto que se caracterizaba por su precariedad de medios (Tavares, 1980, p. Se trata de periódicos consolidados y financieramente independientes, impresos en la ciudad de Río de Janeiro, de edición diaria, aunque también con diferentes posicionamientos respecto al contexto político republicano, lo que permite la comparación y el cotejo de las fuentes 5. Analizaremos aquí el período republicano de la historia del Hospicio, iniciado bajo la gestión de Juliano Moreira como director del Hospicio Nacional de Alienados (HNA) a partir de 1903. Este es el momento en que se adoptan una serie de medidas renovadoras en relación con la asistencia a los alienados, como la primera gran reforma republicana del Hospicio, que se produce con la publicación de los decretos n.o 1.132/1903 y n.o 5.125/1904, los cuales instituían y reglamentaban una ley de reorganización de la asistencia en el país. En este contexto, Juliano Moreira se erige como líder del proceso, no solo en lo tocante a la implantación de una moderna asistencia, sino también en la institucionalización de la ciencia psiquiátrica (Venancio e Carvalhal, 2005). Cabe recordar que, poco antes de la designación de Juliano Moreira para la dirección del HNA, esta institución aparecía citada constantemente en los periódicos de la época por la situación extrema en que se encontraba: asistencia precaria, convivencia de internos menores y adultos, malversación de recursos financieros por el administrador, quien incluso llegó a ser arrestado 6. El marco final de nuestro análisis se sitúa en 1911, cuando Juliano Moreira asume además la dirección general de la Asistencia a Alienados de toda la capital de la República (Muñoz et al. 2011, p. 93), con el desafío de planificar y poner en marcha la asistencia general a los alienados, más allá de la prestada por el Hospicio. Ese mismo año se inauguró la Colonia de Alienadas en Engenho de Dentro, a la que fueron trasladadas internas de la Sección Esquirol del HNA (Facchinetti et al. 2010, p.735). También se promulga el decreto n.o 8.834 de 11 de julio de 1911, que -reorganiza la asistencia a alienados-y cambia el nombre del Hospicio por el de Hospital Nacional de Alienados. Gracias a ese cuadro asistencial más amplio, se producirán a partir de entonces nuevas reformulaciones en la institución (Muñoz et al., 2011, pp. 94-95). DEL IMPERIO A LA REPÚBLICA: LA PRENSA EN LA CIUDAD DE RÍO DE JANEIRO La prensa de la capital de la República a principios del siglo XX apenas contaba con un siglo de vida, dado que había llegado al país con la familia real portuguesa en 1808 (Nascimento y Zanlorenzi, 2006, p. Con Portugal a punto de ser invadido por las tropas de Napoleón Bonaparte y sin condiciones militares para hacerles frente, la corte portuguesa de D. João VI decidió trasladarse a Brasil y establecerse en la ciudad de Río de Janeiro. Este hecho supondría, para la ciudad colonial, un "cambio de fisionomía", pues, "entre otros aspectos, se esbozó entonces una vida cultural, con el acceso a los libros y la existencia de cierta circulación de las ideas" (Fausto, 2002, p. En la segunda mitad del siglo XIX, cuando se inauguró el Hospicio, la prensa de la ciudad de Río de Janeiro era marcadamente literaria en detrimento del periodismo político (Sodré, 1983, p. La prensa imperante era, o bien académica, sobre todo en las facultades de derecho, o bien literaria, dirigida a los jóvenes y estudiantes, incluyendo al joven público femenino, a quien dedicaba artículos sobre el matrimonio (Sodré, 1983, pp. 196-198). A partir de la década de 1870, se propagaron nuevas ideas entre la élite y en la prensa, en especial las referentes a la cuestión de la esclavitud, cuya defensa o rechazo polarizaba el debate y ponía en evidencia intereses (Sodré, 1983, p. El fin de la esclavitud en 1888 desencadenó una transferencia explícita de apoyo al movimiento republicano por parte de los grandes propietarios de haciendas de café que, en torno a militares disidentes de la Guardia Nacional, intensificaron los ataques contra el Imperio, hasta la proclamación de la República en 1889. En ese contexto, vio la luz O Paiz en 1884, que se destacó por su participación en las campañas abolicionista y republicana durante los últimos años de la monarquía. El primer redactor jefe del periódico fue Rui Barbosa, pronto sustituido por Quintino Bocaiúva, quien, nacido en Itaguaí (Río de Janeiro), se mudó en 1850 a São Paulo. A su vuelta a Río de Janeiro, trabajó en el Spectador Brasileiro y después fue redactor-jefe del Diário do Rio de Janeiro (Sodré, 1983, p. Este último, relanzado en 1860 gracias a su labor, era uno de los diarios más populares de la ciudad y se caracterizaba por su acción combativa, así como por su excelente divulgación del panorama literario (Sodré, 1983, p. En 1867, Bocaiúva viaja a los Estados Unidos, pasando por Argentina y Paraguay. De regreso a la capital del Imperio, colabora en la redacción del Manifesto Republicano, publicado el 3 de diciembre de 1870 en el primer número de A República (Sodré, 1983, p. Ya en este inicio, se imponía el reto de estructurar una nueva organización política. Según Souza (1968), la primera Constitución Brasileira de 1891 lo resumiría bien: En 1898, en plena inestabilidad económica, herencia de Prudente de Morais, asumió la presidencia Campos Sales. Jurista y republicano histórico, era uno de tantos políticos formados en la "Facultad de Derecho de São Paulo para ocupar los grandes cargos públicos de la llamada 'República de los bachilleres' " (Lustosa, 1989a, p. De familia con credo latitudinario, así como exseñores de esclavos, fue víctima de chistes y apodos relativos a su origen social y a su vanidad (Lustosa, 1989a, p. Desde el punto de vista económico, Campos Sales trató de resolver el problema de la deuda externa con la firma de un acuerdo con los bancos acreedores ingleses, conocido como funding loan, consistente en la suspensión por varios años del pago de la deuda y de sus intereses. En el intento de combatir la inflación, puso en marcha una dura política económica para los ciudadanos, por la cual se interrumpió la emisión de papel moneda, se recortaron de gastos, se crearon nuevos impuestos y se aumentaron los existentes. No obstante, el liberalismo económico adoptado en la Primera República se mantuvo asociado al poder de las oligarquías, configurándose como un liberalismo oligárquico (Resende, 2008, p.91). Desde el punto de vista político, Campos Sales instituyó la "política de los estados" o "política de los gobernadores", con la que se ganó el apoyo del Congreso al establecer relaciones de acercamiento político entre el gobierno central (el presidente de la República), los estados y sus gobernadores y los municipios, bajo el control de las viejas oligarquías de terratenientes (Lustosa, 1989a, p.30). La "política del café con leche", que se desplegó a partir de entonces, representaría bien ese proceso: la sucesión de presidentes y vicepresidentes oriundos de los respectivos estados cafeteros y productores de leche -São Paulo y Minas Gerais-se iniciaba con Campos Sales, quien gobernaría hasta 1902, y con sus posteriores sucesores, el presidente paulista Rodrigues Alves y su vicepresidente, el mineiro Afonso Pena (1902)(1903)(1904)(1905)(1906), quien sería presidente entre 1906 y 1909. 7 O Paiz, por su parte, se había mantenido políticamente cercano al Gobierno y se caracterizaba por un "extremo servilismo" durante la joven República (Sodré, 1983, p. Aunque defendiera de forma significativa la campaña republicana, su actuación estaba profundamente marcada por un "situacionismo" bajo continua sospecha, y por una fuerte identificación con la estructura política de la Primera República (1889-1930). EL HOSPICIO NACIONAL DE ALIENADOS EN LA CIUDAD: NOTICIAS EN LAS PÁGINAS DE O PAIZ Y CORREIO DA MANHÃ (1903-1911) Desde al menos la segunda mitad del siglo XIX, Río de Janeiro vivió transformaciones que incorporaron Figura 1. Mapa de la región de la Praia da Saudade nuevos espacios al entorno urbano -con vistas a establecer la separación de usos y clases sociales en la ciudad-, impulsadas por la introducción de medios de transporte, como tranvías para el área central y trenes para barrios más periféricos (Abreu, 2013, pp. 36-39 y 43). Ciertas partes del centro de la ciudad serían objeto de reformas urbanísticas -pavimentación, instalación de iluminación a gas, así como implantación de servicios de alcantarillado en 1862-, aunque, paradójicamente, esta zona continuó concentrando las viviendas, por lo común colectivas e insalubres, de la población más pobre que, sin condiciones de movilidad, ocupaba el centro de la ciudad a la busca cotidiana de oportunidades de trabajo (Abreu, 2013, p.42). Tras la proclamación de la República, se observa también "la difusión de la ideología que asociaba el estilo de vida 'moderno' con la localización residencial a la orilla del mar" (Abreu, 2013, p. Todos estos factores trajeron cambios a la ciudad, culminados con la reforma de Pereira Pasos, que instituía un nuevo trazado urbanístico, alejando así de sus áreas centrales a la población más pobre. de 1908 servía de escaparate para la República, al divulgar la modernidad de las máquinas, las inversiones del capital y el progreso de la ciencia del país. Se instalaron pabellones sobre la actuación de los estados y contó con la participación de varias instituciones, como el Hospicio de Alienados, el Observatorio Astronómico, la Dirección General de Estadística, la Academia Nacional de Medicina, el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño, entre otras (Pereira, 2010, pp. 24-25). Después de la exposición, el emplazamiento donde se hallaba el Hospicio se volvió más popular y concurrido, sobre todo por bañistas e interesados en las competiciones de remo que empezaron a celebrarse en aquella zona -específicamente en la Praia de Botafogo-, donde la administración de Pereira Passos promovió este tipo de eventos que contaban con gran asistencia de público de diversas clases sociales (Melo, 2001, pp.96-97). 11 Mientras que en 1902 O Paiz y Correio da Manhã informaban ampliamente del problema del desfalco en las arcas del Hospicio Nacional de Alienados y de la comisión creada para depurar los hechos (Azevedo, 2012), a partir del año siguiente, las noticias destacaban preferentemente los cambios en la institución 12, proyectados o ya en marcha. La presencia del Hospicio Nacional de Alienados (HNA) en las páginas de O Paiz y Correio da Manhã aumenta entre los años 1903 y 1911. La denominación de la institución en las páginas de esos diarios responde al nombre oficial de la institución a lo largo del período: desde 1903 la referencia a la institución republicana como "nacional" -Hospicio Nacional-es mucho más frecuente que la denominación Hospicio de Alienados; esta última se utiliza cada vez menos, aunque no desaparezca por completo. El nombre Hospital Nacional, instituido por ley en 1911, casi no aparece, a no ser puntualmente en 1905, y solo vuelve a emplearse en las noticias a partir de 1909 en O Paiz, y a partir de 1910 en el Correio da Manhã. Muchas veces el nombre del Hospicio se menciona en estos diarios como parte de la lista de instituciones objeto de actos del poder público; en otros casos, se trata de meras vicisitudes en la carrera de un funcionario, relativas a sus vacaciones, cese o nombramiento; o acerca de un paciente fallecido, noticia que se cubría en la columna de "fallecimientos" de Correio da Manhã. Esas breves referencias institucionales también se recogen en las notas sociales, cuando se hace referencia a médicos del Hospicio, siendo el más citado su director, Juliano Moreira. Menciones puntuales a otros médicos se hallan también en los anuncios de los diarios, como el del "consultorio del Dr. Cardinal, médico del Hospicio" 13. En ambos diarios, la mayor parte de las alusiones al Hospicio eran pequeños textos, notas sin autoría, siendo mucho menos frecuentes los artículos extensos y firmados. Las notas que divulgaban los actos públicos 14 -nombramientos, ceses, licencias, concursos, rendición de cuentas, autorizaciones para obras-se publicaban a menudo en O Paiz, bajo los títulos de "Pagos del Tribunal de Cuentas", "Cámara" y "Ecos y Hechos". Otras columnas en ese diario que recogían notas sobre el HNA fueron "La Semana", "Sección Policial", "Vida Forense" y "Vida Social". En el Correio da Manhã, las pequeñas notas sobre el Hospicio se encuentran en las columnas "Ayer" y "Hoy", cuando se trataba de eventos sociales o acontecimientos en la ciudad. Otras columnas del periódico informaban acerca de la ciudad: "Caídas y derrames" -normalmente pequeños textos satíricos-y "En la policía y en las calles", en la que se daban a conocer noticias policiales, entre ellas, la mayoría de los sucesos en los que alguno de los implicados acababa por ser recluido en el Hospicio Nacional de Alienados. También la columna "Ejército" informaba sobre el movimiento de los internos militares en esa institución. En el período analizado, las imágenes sobre el HNA son escasas en O Paiz y Correio da Manhã, si se compara con los años siguientes de la década de 1910. O Paiz sólo había publicado una noticia, el 22 de enero de 1901, en la que aparecían las caricaturas de Teixeira Brandão y Márcio Nery, antiguos directores del HNA, acompañadas de retratos a pluma de internos, que más recuerdan parodias que otra cosa. Se trataba de crónica ilustrada que denunciaba la situación de precariedad de las instalaciones y de los procedimientos de internación en el HNA. Por su parte, la primera foto -del Dr. Afranio Peixoto, exdirector del HNA-es de 1909, en un amplio reportaje sobre la Exposición Internacional de Higiene celebrada aquel año y cuya sede fueron los pabellones de la Exposición de 1908, próximos al Hospicio (Almeida, 2006, p.745). En el Correio da Manhã no encontramos ningún reportaje ilustrado con dibujos, apenas poquísimas noticias con fotos, y casi todas referentes a casos de accesos de locura en el entorno de la ciudad. La sátira también estaba presente en algunas pequeñas notas o reportajes más extensos de O Paiz. Por ejemplo, la nota satírica relativa a la fiesta de carnaval del rey momo, en 1903, cuando diversos internos aprovecharon la circunstancia para protagonizar una fuga del HNA; o el artículo crítico sobre las lote-rías, en el que el estado mental de un interno del HNA se aprovecha como motivo irónico 15. Recurso habitual de la prensa de Río de Janeiro (Lustosa, 1989b), los textos jocosos provocaban la risa con intención de castigar las costumbres. Más que incitar a la desobediencia o la subversión, forzaban a los lectores a pensar sobre ellas, tratando de demonstrar lo subvertidas que se hallaban por aquel entonces. La variedad de noticias difundidas por la prensa, como medio de comunicación hegemónico en la época, se reflejaba también en los distintos tipos de artículos que mencionaban al Hospicio Nacional de Alienados. En ellos, se informaba acerca de la administración y funcionamiento de la institución, sobre todo en las notas a respeto de los actos del poder público, como ya se ha mencionado, aunque también se publicasen reportajes más extensos que divulgaban los méritos y la problemática virada de la institución. Asimismo, se recogían noticias sobre visitas al Hospicio de personajes ilustres de los mundos de la política y de la ciencia, incluyendo invitados extranjeros 16; así como notas de divulgación de actividades clínicas, científicas y sociales de la institución y de sus médicos 17. Otros artículos aludían a internos que, a causa de algún acontecimiento "fuga, episodio de violencia, suicidio, habeas corpus", se convertían en noticia 18. El HNA aparece también en noticias relativas a acontecimientos turbulentos protagonizados por habitantes de la ciudad, cuya solución pasaba por internar a sus protagonistas en el Hospicio. Se incluyen aquí tanto las notas que relatan brevemente que algún miembro de las fuerzas armadas es enviado al HNA, como también reportajes extensos sobre casos en los que la locura aparece como causa o explicación del suceso, y en los que se informa de la reclusión de alguno de los sujetos implicados en el manicomio, como se verá más adelante. EL HOSPICIO NACIONAL IMPRESO EN LOS DIARIOS: LUGAR DE ASISTENCIA Y LUGAR PARA LOCURA Ese conjunto variado de artículos periodísticos y pequeñas notas sobre el HNA, publicados en ambos diarios, presenta distintas ideas sobre la institución que podemos agrupar según tres puntos de vista: los dos primeros se centran en la descripción y el retrato de la vida institucional que la prensa llevó a cabo en sus diferentes aspectos (administrativo, asistencial y científico); mientras que el tercero analiza aquellas situaciones en que el Hospicio se contempla como una solución para los acontecimientos que perturbaban la vida de la ciudad. El primer punto de vista concentra artículos en los que el HNA se observa desde una visión positiva, como lugar dedicado a la gestión y al tratamiento adecuado de la enfermedad mental, y también como una suerte de escaparate del desarrollo científico de la nación. Son varias las notas y artículos que informan sobre el buen funcionamiento de la institución: rendición de cuentas, concursos y nombramientos de nuevos médicos y funcionarios, obras realizadas, inauguraciones, etc. Esta visión positiva sobre el Hospicio también aparece en artículos acerca de las personalidades científicas que lo visitaban. La institución era el "ojito derecho" de la Asistencia a Alienados y puerta de entrada a sus establecimientos públicos en el ámbito de la Capital Federal: El Hospicio, como se sabe, honra a nuestra Administración Pública; sus diversos servicios presentan toda la pulcritud y los cuidados que se pueda desear. Los congresistas extranjeros se han mostrado encantados con el buen orden que allí encontraron, elogiando sobremanera el estado de limpieza y los modernos aparatos científicos de los distintos pabellones. [...]. 19 Esas noticias, difundidas en ambos periódicos, pero de modo más recurrente en O Paiz, muestran una percepción muy elogiosa del Hospicio Nacional, al que consideraban modelo de lo que existía de más moderno y científico en la joven República, sin que nada tuviera que envidiar a las naciones extranjeras. Además, se reproducían también notas frecuentes sobre los médicos que a menudo eran invitados a participar en congresos o eventos internacionales, principalmente Juliano Moreira 20, lo que confirmaba una vez más la divulgación de la relevancia de la institución. El segundo punto de vista presenta los límites e irregularidades en las reformas planeadas, tanto las financiero-administrativas como aquellas situaciones que ponían en riesgo la vida y la integridad de los internos, así por ejemplo, las provocadas por las pésimas condiciones sanitarias, por los imponderables de la locura o por el uso de la violencia institucional. Sobre este aspecto, encontramos artículos en los que se relaciona a la institución con ciertos escándalos que los diarios presentaban en detalle ante la opinión pública, como la falta de pago de los sueldos de empleados 21 o los problemas de suministro de productos para la institución 22, entre otros. En esta línea, un caso que ocupó las páginas del Correio da Manhã el 23 de enero de 1904 fue el de una carta de reclamación dirigida al diario por un médico del Hospicio Nacional no identificado. Tal carta denunciaba una serie de nombramientos im-procedentes en la institución que supondrían una violación del reglamento vigente, el cual garantizaba la realización de un concurso público. El tono de denuncia respecto a las arbitrariedades del poder público está en conexión con la línea editorial del Correio da Manhã: Como bien saben, deberá entrar en vigor estos días el reglamento interno del Hospicio Nacional de Alienados. [...] Con tal motivo, se efectuarán los nombramientos para los cargos previstos en él. Sucede, sin embargo, que estos nombramientos, correspondientes al inicio de la ejecución del reglamento, suponen su violación de todo punto. [...] Ha sido una disposición siempre aceptada la de que, para los cargos de médico, se prefiera a los que hayan trabajado como residentes. Sin embargo, se va a consumar el atentado de nombrar como médico adjunto a quien es absolutamente desconocedor de la materia, poquísimas veces pisó sus aulas y jamás disfrutó de las lecturas de psiquiatría. [...] La ley establece las oposiciones y el Gobierno debe cumplirlas en todos sus puntos. Que el Correio da Manhã, que ha sido siempre el defensor de las causas nobles, no abandone a aquellos que solo confían en su trabajo y esfuerzo propios. 23 El fragmento presentado apunta las arbitrariedades del Estado y del Hospicio Nacional en el proceso de nombramiento de médicos para dicha institución, contrariando las directrices establecidas por la ley. Refleja, así, el papel de la prensa como agente político, no solo al denunciar actos ilegales cometidos por el propio Estado (o al contrario, por alabar las acciones del Gobierno y del Hospicio), sino también, en este caso concreto, al garantizar al ciudadano el derecho a la palabra. La idea de una institución poco eficaz, e incluso desvirtuada, aparece también en el relato de casos que retrataban el lado sombrío de la vida en el interior de la institución: violaciones, violencia, muerte, suicidio... A veces, un mismo caso era asunto para varios artículos en ambos diarios, como ocurrió con la violación de una interna del Hospicio a manos de un pintor que trabajaba en las obras del HNA en 1904. En relación con este suceso, "se contaba la misma historia" en Correio da Manhã y en O Paiz, si bien en un tono mucho más complaciente y con ciertas matizaciones en el último 24 (Silva, 2014, pp. 201-203). Otros muchos casos de violencia en la institución aparecen en las páginas de ambos diarios, como la muerte de un alienado por los malos tratos de un enfermero del Hospicio Nacional. Un caso muy grave es el de un pobre enfermo, allí ingresado, que ha muerto a consecuencia de los malos tratos a los que se ha visto sometido por uno de los funcionarios encargado de vigilarlo y que era responsable de su vida. No hay palabras para justificar tan monstruosa irregularidad en el servicio de aquella casa. [...] 25 Menos comunes, aunque con cierta incidencia, son los casos noticiados en que los internos piden la realización de nuevos exámenes sanitarios, alegando haber sido ingresados en el Hospicio sin que sufrieran enfermedad mental alguna. El 28 de mayo de 1903, por ejemplo, O Paiz publica un artículo sobre un expediente abierto por un interno que afirmaba haber sido ingresado en el Hospicio Nacional sin estar loco, motivo por el que se determinó la realización de una nueva prueba médica. A veces, estas noticias recogían las manifestaciones de los propios internos, como el caso que ocupó las páginas del Correio da Manhã el 11 de junio de 1907, cuyo enredo había comenzado en 1901. Se trata de una denuncia por maltrato y violación de las garantías individuales presentada por un exinterno del Hospicio Nacional, por medio de las cartas publicadas en tres ocasiones en el periódico citado: "Hago público el hecho de que, encerrado en el Hospicio Nacional de Alienados el 18 de enero de 1901, por un incalificable abuso del Gobierno de entonces y de sus agentes, ya que no presentaba ninguna alteración de mis facultades mentales, conforme he afirmado en anteriores instancias y declaraciones al Gobierno [...], fui víctima en el citado establecimiento de los mayores martirios y vejaciones. [...] fui llevado por mis agresores, a quienes nada había hecho, a las dependencias del primer piso de la parte delantera del edificio, para ser allí maltratado de distintas maneras. [...] Mi objetivo con esta publicación es declarar púbicamente al Gobierno como responsable de esos crímenes y de las consecuencias que de ellos puedan surgir, pues quienes colaboraron de algún modo en mi arresto solo deseaban inutilizarme por medio de la muerte o de la locura, contando para ello con el servilismo y cobardía de los directores del Hospicio Nacional y de sus auxiliares". 26 Las noticias relacionadas con el tercer punto de vista presentan como principal característica la percepción del Hospicio Nacional de Alienados como un recinto reservado de forma apropiada para la locura, adonde se envían los individuos que se suponía podían presentar alienación mental o conductas desviadas ligadas a ella. Se difundieron en este período dos artículos sobre la transferencia de internos del Asilo São Francisco de Assis al manicomio (1907 y 1908), así como otras muchas notas, a menudo en la columna "Ejército", sobre el envío de miembros de las fuerzas armadas a la ins-titución. Se trataba de marineros y soldados -aunque también oficiales del ejército, un teniente, un capitán teniente y un mayor-que aparecen mencionados en las páginas de los periódicos por su internación, baja, alta o, incluso, denuncia de los trámites institucionales del manicomio (este último caso publicado únicamente en el Correio da Manhã). Por otro lado, a partir de 1911 comienzan a aparecer con frecuencia en la "Sección Policial" de O Paiz notas sobre indigentes recogidos por la policía y llevados al HNA 27. Este tercer punto de vista también se hace presente en varios artículos que informan sobre casos habituales de individuos que, tras ser detenidos por la policía, son enviados al Hospicio Nacional por su participación en un hecho considerado como escandaloso en la vida de la ciudad 28. Los implicados son personas identificadas como exinternos de la institución o bien nunca antes internadas en ella. En los dos periódicos, la información sobre esos acontecimientos o incidentes se publicaban en notas en columnas -como "En la policía y en las calles", del Correio da Manhã-, y también en artículos cortos, con títulos específicos, o en otros más extensos con destaque gráfico en el título y en el empleo de fotos, de las pocas publicadas en este período, como ya se ha señalado. Así, O Paiz y el Correio da Manhã presentan el manicomio como el lugar apropiado para acoger a individuos identificados según diferentes categorías: tentativa de suicidio, suicidio consumado, crimen (asesinato, decapitación), locura peligrosa, acceso de locura, ataque de locura, ataque de alienación, sospecha de alienación, borrachera, agresión y botellazo, manía persecutoria...; o por ser loca, alucinada, alienado, maníaco, epiléptico o loco (loco infeliz, loco furioso, pobre loco, loco que se cree Cristo). Tales artículos reseñaban el acontecimiento desde el punto de vista de quien "estuvo allí" o de quien "escuchó a alguien que estuvo allí". Entre los muchos casos que podríamos citar está el del suicida maníaco, publicado en forma de pequeño texto en el Correio da Manhã, el 18 de noviembre de 1903: Es incorregible este francés Joannes Aturant, que hace tiempo decidió suicidarse, suministrando así noticias a los periódicos con sus constantes tentativas contra la propia existencia. Hace pocos días, el 14 del corriente, Joannes intentó suicidarse [...]. Ayer, apenas tres días después, volvió el hombre a atentar contra su vida. En la misma casa, en el número 21 de la calle Senador Dantas, ingiriendo la misma dosis del mismísimo tóxico, trató de llevar a cabo su lúgubre y triste ocurrencia. A continuación, tomó un tílburi, ordenando al cochero que se dirigiera a la Comisaría Central de la Policía [...]. Como el hecho había ocurrido en la calle Senador Dantas, le dijeron al suicida incorregible que se presentase ante las autoridades de la 7a [comisaría de policía], encaminándose el vehículo para dicha comisaría. El comisario, por segunda vez, lo mandó al hospital de la Misericordia. Mejor sería que la autoridad enviase a Joannes al Hospicio de Alienados... 29 Este también fue el caso relatado por O Paiz el 19 de octubre de 1909 con el título de "Locura Peligrosa": Vivían en el mismo aposento de la casa de dos cuartos de la calle del Espírito Santo n.o 39 dos hermanos, Luiz Fernandes da Costa y Antonio da Costa, ambos trabajadores. En la madrugada de ayer, Luiz, acometido de un acceso de locura, se levantó, se dirigió al patio de la casa y se hizo allí con un hacha para asesinar a su hermano. Antonio dormía y se habría convertido en víctima fatal de no ser porque el golpe dirigido contra él por su hermano no llegó a acertarle [...]. El pobre loco iba a golpearlo de nuevo, cuando Antonio, herido, se levantó de un salto y, percibiendo la situación, se abalanzó sobre Luiz, con quien luchó algunos minutos. Después, ayudado por algunas personas de la casa que habían acudido al alboroto, amarró a su hermano loco y fue a llamar a la policía. La comisaría del 4o Distrito determinó que Luiz Fernandes fuese trasladado en furgón policial a la sede central de la policía, de donde partió a primeras horas del día para el pabellón de observación del Hospicio de Alienados. 30 Estos casos violentos y escandalosos dicen mucho, considerando las categorías ya citadas, sobre las representaciones en torno a la locura y los locos publicadas en los diarios O Paiz y Correio da Manhã. Se trata de una etiqueta social que abarca a individuos que ya cargaban consigo esa identidad, marcada por ser exinterno del HNA. Otros son identificados públicamente como locos por primera vez, aunque en el momento de la divulgación del caso por los diarios, sus familiares y otras personas recuerden indicios y hechos pasados que ya revelarían su condición de locura. Podían ser violentos e incluso criminales, y otras veces dignos de pena y benevolencia como el pobre loco. Son vistos también como enfermos, según expresan las categorías de alienado, epiléptico, maníaco. Además, estos artículos periodísticos muestran cómo existía un modus operandi socialmente instituido para tratar la locura. En ellos se relataban y difundían los procedimientos considerados correctos en tales casos: los habitantes de la ciudad debían defenderse ante cualquier situación de violencia y llamar a la policía cuando consideraran que estaba teniendo lugar un acceso, un ataque o incluso una sospecha de alienación; todo ello a pesar de que la distinción o asociación de la locura con la violencia, contra uno o contra el prójimo, fuese, a veces, nebulosa. El análisis más detenido y futuro de los diversos casos divulgados en O Paiz y el Correio da Manhã habrá de profundizar en la comprensión de esos procesos de identificación social de la locura que definían a los sujetos susceptibles de ser internados en el Hospicio Nacional de Alienados. No obstante, por el momento, consideramos haber demostrado que las noticias acerca de esta institución, recogidas por la prensa republicana mencionada, abordaban variados asuntos relativos a su presencia en la ciudad de Río de Janeiro, tanto en lo referente a la institución propiamente dicha, a sus médicos, funcionarios y pacientes, como en lo tocante a acontecimientos cuyo desenlace implicaba el envío de algún individuo para ser internado en el manicomio. Como hilos de conexión entre esta variedad temática periodística se ha podido observar la divulgación simultánea de diferentes representaciones o puntos de vista sobre el HNA. El Hospicio, que había sido creado bajo la promesa de asistencia a los alienados en el período imperial, se reinventa como tal para adecuarse a las nuevas directrices republicanas de asistencia, ciencia y modernidad urbana. De este modo, el manicomio se beneficia de esas directrices en los espacios de su entorno, así como en las reformas de sus instalaciones y procedimientos de tratamiento, apareciendo a ojos de la población como un icono más de la organización de la salud pública y de los avances de la ciencia médica del país. Al mismo tiempo, y con mayor vehemencia en el Correio da Manhã, la prensa analizada divulgaba también una imagen negativa del manicomio, al publicar los límites y males de la institución, no tan eficaz en lo que se refería a su administración y misión terapéutica, si se tienen en cuenta las diversas noticias sobre abusos y violencia que ocurrían en el interior del establecimiento. Con todo, no por eso el Hospicio perdía su valor dentro de la ciudad. Además de las representaciones positivas o negativas para el prestigio del Hospicio Nacional, la prensa ayudaba a mantener el lugar social de esta institución al informar y opinar sobre quién era enviado al manicomio y de qué modo esto debía ocurrir. Investigación financiada por el CNPq a través de una beca del Programa de Iniciación Científica CNPq/ Fiocruz, concedida a José Roberto Saiol (2015), y con el apoyo de la Casa de Oswaldo Cruz/Fiocruz a través de una beca para Caroline Gonzaga de Oliveira (2016), estudiante de la carrera de Historia de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Agradecemos a Ana Lucia Vieira dos Santos (Escuela de Arquitectura y Urbanismo del Universidad Federal Fluminense) por la preciosa ayuda con la investigación cartográfica y preparación gráfica del mapa; a Maria Belén Posada Alonso y a Bethania Guerra de Lemos por la colaboración lingüística y la versión en español del artículo. La institución se llamó Hospicio de Pedro II durante el Imperio. En 1890, al año siguiente de la proclamación de la República, pasó a denominarse Hospicio Nacional de Alienados, y en 1911 recibió el nombre de Hospital Nacional de Alienados. En 1927 vuelve a cambiar su denominación por el de Hospital Nacional de Psicópatas. Pedro II era un niño cuando le tocó asumir el trono imperial, motivo por el cual se nombró una regencia para que gobernase en su lugar hasta que alcanzara la mayoría de edad en 1843. Las disputas entre facciones políticas desembocaron en varias revueltas y condujeron a una situación política muy inestable. La posibilidad de anticipar la mayoría de edad para que el joven emperador gobernase ya se consideraba desde 1835 y, en cierto modo, recibía el apoyo de los dos principales partidos políticos. Con la anuencia del joven emperador, la Asamblea General (parlamento brasileño) declaró formalmente a Pedro II mayor a los 14 años en 1840, siendo aclamado, coronado y consagrado el 18 de julio de 1841. La mayor parte de los estudios que analizan la prensa en relación con la historia de la psiquiatría lo hacen tomándola como una fuente a ser cotejada con otro tipo de documentos. Otros enfoques, menos frecuentes, abordan la prensa como fuente y objeto de estudio para la historia de la psiquiatría a la vez (Ayala Flores, 2004; Sacristán, 2009, pp. 164 y 166). Adoptamos aquí esta última perspectiva, al considerar las noticias en la prensa como una serie documental que, analizada en su conjunto y en su organicidad, es agente principal para la producción del imaginario social sobre el Hospicio que circuló en el inicio de la Primera República brasileña. Fuentes disponibles en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de Brasil, sobre las que se ha investigado con las siguientes palabras clave: Hospicio de Alienados; Hospicio Nacional, Hospital Nacional. Otros periódicos representativos de la prensa profesional fueron el Jornal do Commercio (1824) y el Jornal do Brasil (1891) (Tavares, 1980, p. A buen seguro el desarrollo de futuras investigaciones sobre las noticias a respecto del Hospicio en esos otros diarios podrá dar lugar a generalizaciones más amplias de los resultados aquí divulgados, así como corroborar los pormenores de las noticias que sobre el Hospicio se publicaron en O Paiz y en el Correio da Manhã.
En este artículo se analizan 159 historias clínicas de pacientes con diagnósticos relacionados al consumo de alcohol en el Manicomio Departamental de Antioquia entre 1920 y 1930. En esa década se inició una transformación institucional con la llegada a la dirección del Dr. Lázaro Uribe Calad. Además fue muy discutido entre médicos y políticos el lugar del alcoholismo como causa determinante de la degeneración racial. En los escritos médicos se evidencia una preocupación constante debido a las terribles consecuencias que podía traer el elevado consumo de alcohol en la sociedad. Sin embargo, en la revisión exhaustiva de fuentes como las estadísticas anuales del Manicomio y las historias clínicas, encontramos que la práctica clínica refleja otra realidad. Se concluye que la cantidad de pacientes que fueron diagnosticados como alcohólicos o cuya etiología estuvo vinculada con la bebida, fueron muy inferiores a los señalados por los médicos. Dichos ingresos respondieron principalmente a problemas de orden moral y social, mas no a cuestiones propiamente psiquiátricas. El clima antialcohólico en Colombia durante la década de 1920 fue notorio. El alcoholismo fue relacionado con problemas como el crimen, la violencia y el atraso económico del país. Una de las posturas que tuvo mayor repercusión y aceptación tanto en la clínica como socialmente fue la del consumo de alcohol como causante de degeneración física y psíquica 2. Esta postura alentó múltiples debates sobre el estado fisiológico de la población colombiana, la utilidad de prohibir el alcohol y, especialmente, una serie de discusiones acerca de la influencia del alcohol en las enfermedades mentales. El periodo analizado en este artículo inicia en 1920, cuando llegó a la dirección de la institución el doctor Lázaro Uribe Cálad (1920Cálad ( -1946) ) 3, quien regularizó la elaboración de las historias clínicas dado que antes no se realizaban. Los expedientes con fecha anterior a 1920 en los archivos del Manicomio fueron reconstrucciones a posteriori de diagnósticos y observaciones de los pacientes que murieron después iniciada la labor del director (Casas Orrego, 2008, p. Se estudian los primeros 10 años de gestión de dicho alienista puesto que en esa década, afuera del Manicomio, las discusiones acerca de la degeneración de la población colombiana y la necesidad de prohibir el alcohol fueron de gran relevancia pública. Por una parte, a partir de mayo de 1920 en el Teatro Municipal de Bogotá se reunieron grandes intelectuales colombianos con el propósito de discutir los postulados del psiquiatra conservador Miguel Jiménez López, quien dos años atrás había afirmado que la población colombiana era "degenerada" debido a la influencia negativa del trópico, los "vicios" y el deterioro biológico transmitido por los ancestros mediante la herencia (Muñoz Rojas, 2011, p. Dicha idea fue discutida por médicos del Departamento de Antioquia quienes llegaron a asegurar que la "raza antioqueña" no estaba degenerada y le dieron un tono regionalista a la discusión. Por otra parte, el degeneracionismo sirvió como base para intentos de prohibición del alcohol que derivaron en regulaciones, como la Ley Antialcohólica o Ley 88 de 1923, que fue reformada en 1928, y nuevamente en 1930 mediante la Ley 47 del mismo año, la cual dejaba la lucha antialcohólica como potestad de cada departamento y viró el antialcoholismo hacia la regulación y la pedagogía (Salazar Bermúdez, 2017a). Gracias a algunos trabajos de la historiografía antioqueña sabemos la gran importancia que tuvo el alcoholismo y otras enfermedades en la gestación de una "me-dicina social" en la época (Congote y Casas, 2013). Otros estudios se han centrado en observar la influencia de la teoría de la degeneración en las políticas y campañas higiénicas de comienzos del siglo XX y, en cierto modo, han hecho mención a la relación otorgada en la época entre alcohol, degeneración y locura (Calvo y Saade, 2002, pp. 49-72; Noguera, 2003, pp. 160-165; Salazar Bermúdez, 2017a). Además, podemos observar que el consumo de alcohol estuvo presente en diferentes esferas y espacios de la vida cotidiana de la ciudad de Medellín de comienzos de siglo XX, por medio de investigaciones que si bien su objeto de estudio no fue el alcoholismo, de manera tangencial dan una perspectiva de la difusión de visiones sobre un consumo creciente de alcohol que llevó a que algunos bebedores fueran llevados al manicomio (Reyes Cárdenas, 1996). Ahora bien, dado que se han basado principalmente en fuentes como prensa y escritos de médicos como artículos y tesis, no ha sido cuestionada esa relación tan difundida entre alcoholismo, herencia y locura que, en la época, se consideró responsable de que los manicomios estuvieran cada día más llenos. Por lo tanto, este estudio pretende rastrear por medio de los expedientes clínicos del Manicomio Departamental de Antioquia, cuántos alcohólicos ingresaron y bajo qué características, con el objetivo de comparar el discurso con la realidad de la población alcohólica en la institución durante un periodo en que era incuestionable la influencia del alcoholismo en la degeneración y aparición de enfermedades mentales 4. Para la elaboración del presente artículo se revisaron todas las historias clínicas de quienes ingresaron en el Manicomio entre 1920 y 1930 5. En dicho periodo fueron internadas 2661 personas según las cifras presentadas por Uribe Calad 6. Salta a la vista que solamente hay 46 expedientes clínicos de personas que tuvieron diagnóstico de alcoholismo o problemas afines, es decir, el 1.7% del total de los ingresos, y solamente en 113 casos (4.2%) se menciona el consumo de alcohol como antecedente familiar o personal, de modo que esos 159 expedientes nos llevan a cuestionar la idea generalizada de que el Manicomio estaba lleno de alcohólicos, ya que la evidencia empírica señala una población muy reducida. Esta cifra es significativamente baja si se compara con los porcentajes de otros manicomios en la época. Por ejemplo, en instituciones como el asilo de Saint Anne en París, inaugurado en 1867 cuyo primer paciente fue un alcohólico, entre los años 1870 y 1910 el alcoholismo fue causa del 23.8% de los ingresos masculinos y apareció como factor contribuyente en el 7.3% de otras admisiones (Prestwich, 1994, p. De igual modo, para el caso mexicano encontramos que en el Manicomio General La Castañeda, institución que funcionó entre 1910 y 1968 en la ciudad de México y albergó 61.480 pacientes, el 19.3% fueron diagnosticados con alguna variedad de alcoholismo (Ríos Molina; Sacristán; Ordorika Sacristán y López, 2016, p. Consideramos que la relevancia del alcoholismo como factor o forma de locura fue sobredimensionada en la época, dado el gran peso de la teoría de la degeneración, las connotaciones conservadoras del periodo y los amagos prohibicionistas de la década de 1920 suscitados en Colombia desde la promulgación de la Ley Seca estadounidense. La historiografía local ha hecho esfuerzos por comprender el ingreso de bebedores en la institución, aunque sus muestras documentales no incluyen una revisión exhaustiva de los expedientes clínicos. Por ejemplo, en investigaciones claves para entender la vida cotidiana de la ciudad de Medellín se ha afirmado la existencia de 143 expedientes por "dependencia alcohólica" en el Manicomio Departamental de Antioquia, número que llama a la vista por su tamaño, sin embargo, no hace la aclaración del periodo en que hubo dicha cantidad de ingresos (Reyes Cárdenas, 1996, p. Jana Catalina Congote y Álvaro Casas han afirmado que el alcoholismo fue entendido desde la teoría de la degeneración, asociado a la psicosis pelagrosa, y que fue frecuente en las historias clínicas del Manicomio en la primera mitad del siglo XX, aunque en su texto no se incluya la revisión de dichas fuentes (Congote y Casas, 2013, p. En investigaciones que abordan las formas de clasificar la locura como enfermedad social en el Manicomio, se menciona que para los años 1920-1959 de un estimado de 3.500 historias clínicas, se realizó una muestra significativa de 77, de las cuales solamente dos fueron por psicosis alcohólica y el factor herencia apareció en 10 casos en el periodo. Sin embargo, a pesar de dicha cantidad tan baja, se menciona en el mismo texto que "se considera la intoxicación alcohólica en la influencia etiológica de distintas psicopatías, tanto por parte del padre como por la madre" (Gutiérrez Avendaño y Marín Monsalve, 2012, p. Por lo anterior consideramos que, dada la importancia otorgada por la historiografía a los escritos médicos del periodo y a la falta de una revisión sistemática de expedientes, sus investigaciones exaltan nuevamente el gran peso que tuvo la teoría de la degeneración en el discurso y nos invitan a realizar análisis cuantitativos que involucren los expedientes clínicos. En otros contextos se han realizado investigaciones que muestran las discusiones en torno al alcoholismo ocasionadas por el creciente consumo de bebidas, y cómo a partir de allí comenzó a tener un lugar en el pensamiento médico y psiquiátrico (Quetel, 2000; Campos Marín, 1997; Nourrison, 1990; Huertas, 1987, pp. 59-104). Existen estudios enfocados en el análisis de las discusiones sobre el gran número de alcohólicos que comenzaron a poblar los hospicios brasileros comenzando el siglo XX, lugares que pasaban de ser instituciones de caridad a instituciones científicas donde el diagnóstico de alcoholismo, bajo las ideas de la herencia alcohólica, era confirmado a partir de otros casos presentes en la familia (Santos, 2010, p. De igual modo, se consultaron investigaciones que parten de lo cuantitativo mediante la sistematización de fuentes como las historias clínicas y libros de registro. Gracias a ellas sabemos que, en casos como el asilo Sainte Anne en Paris, a finales del siglo XIX y comienzos del XX hubo discusiones acerca de la influencia del alcoholismo en la parálisis general y en la degeneración hereditaria, y dado el gran número de bebedores que llegaban a la institución, se cuestionó la clasificación nosológica del delirio alcohólico o embriaguez delirante, y los psiquiatras debatieron el internamiento de ebrios que eran llevados por la policía y al día siguiente se curaban (Prestwich, 1994, p. En el caso mexicano, en el Manicomio General La Castañeda desde 1910 hasta mediados del siglo XX, el criterio de la herencia sirvió como base para el internamiento y diagnóstico de bebedores en un contexto de agitación política como la Revolución Mexicana. Posteriormente, durante el periodo posrevolucionario se impulsaron ambiciosas campañas antialcohólicas, las cuales se tradujeron en un aumento de la población de bebedores que no necesariamente eran alcohólicos, que llegaron a la institución. Este hecho hizo que los psiquiatras cuestionaran constantemente tanto la definición de alcoholismo como el lugar apropiado para los sujetos así diagnosticados, y realizaran clasificaciones sintomáticas de cuadros de alcoholismo que sí necesitaban internamiento psiquiátrico (Salazar Bermúdez, 2017b). En este artículo se cuestiona la relación entre herencia, alcohol y locura en el Manicomio Departamental de Antioquia entre 1920 y 1930. Para ello se analizó información cuantificable ofrecida por los expedientes clínicos y las estadísticas de ingresos de pacientes. Por lo tanto expondremos, en primer lugar, la importancia otorgada a la herencia y el alcohol en la aparición de múltiples enfermedades y problemas sociales, además la importancia del factor hereditario en la teoría y práctica psiquiátrica desarrollada por el director alienista. En segundo lugar, se analiza la clínica psiquiátrica en torno al alcoholismo en la institución. Con lo anterior se busca demostrar que el internamiento psiquiátrico de bebedores, además de que fue significativamente bajo, estuvo definido más por la idea de contención del transgresor moral, que por las propias manifestaciones psiquiátricas. Aunque el discurso médico veía en el consumo de bebidas una clara asociación con la locura y degeneración moral, dados los pocos ingresos en la institución se considera que el problema fue sobredimensionado por los médicos de la época, por lo que se considera vital la revisión de los expedientes clínicos para ofrecer una mirada que vaya más allá de los grandes discursos hegemónicos como fue el degeneracionismo. IMPORTANCIA DE LA HERENCIA O LA "SÚPER CAUSA" Un punto común entre especialistas y médicos del periodo fue la difusión de la idea del consumo de alcohol como causante de locura, y que a través de las leyes de la herencia podría transmitirse a la descendencia el problema alcohólico u otras afecciones. La década de 1920, como se ha mencionado con anterioridad, fue un periodo en que diferentes visiones, científicas y morales, estuvieron involucradas en la orientación de las campañas antialcohólicas y las acciones para combatir el alcoholismo. Los médicos fueron agentes activos en la creación y difusión de postulados sobre alcoholismo que, bajo términos científicos y del lenguaje especializado de la época, escondieron argumentos morales. Muestra de ello fue el debate que protagonizaron los médicos antioqueños en su contestación a la idea de una degeneración de la "raza nacional" propuesta por el boyacense Miguel Jiménez López desde 1918 en el Tercer Congreso Médico Colombiano. Los doctores Alfonso Castro y Enrique Robledo señalaron la imprecisión en las cifras presentadas por Jiménez López y, como argumentó Robledo, eran un recurso insuficiente para demostrar la relación entre alcoholismo y locura en el Departamento de Antioquia y Caldas puesto que no recogía cifras provenientes de dichos lugares (Salazar Bermúdez, 2017a, p. En este sentido, uno de los médicos psiquiatras y políticos antioqueños más influyentes en el ámbito nacional, Luis López de Mesa, sostenía que la "raza antioqueña" era la menos degenerada y consumidora de alcohol, además, que las supuestas ventajas fisiológicas de la población antioqueña eran razón suficiente para que desde Antioquia, la gran "reserva genética", se impulsara la conquista de terrenos baldíos en el país y se tomaran medidas que la robustecieran (López de Mesa, 1920, p. Aunque algunos médicos de la región exaltaran la inexistente o poca degeneración de los antioqueños, y difundieran imágenes de un pueblo antioqueño trabajador y poco bebedor, por medios como cartillas, revistas, manuales y prensa se difundió la idea de los estragos del alcohol en la sociedad. Por ejemplo, el periódico conservador La Defensa en 1922 culpaba al alcohol de ser causa del 75% de los crímenes y de llevar al alcohoholizado por un proceso de turbación de la razón que podía conducirlo a la cárcel, manicomio u hospital 7. El alcoholismo, la tuberculosis y la sífilis, fueron entendidas como enfermedades sociales o enfermedades que atacaban el cuerpo social, convirtiéndose en objeto de estudio frecuente entre médicos sociales de la época que justificaron acciones sociales de control que pretendían transformar las condiciones que ocasionaban dichos males (Congote y Casas, 2013, p. Tal como afirma la historiadora Catalina Reyes Cárdenas, el monopolio estatal de la renta de licores propiciaba el consumo masivo de alcohol dados los bajos precios, pues de dicho ramo dependía gran parte de los ingresos estatales. Además, la facilidad con que se fabricaban los licores en los espacios domésticos mediante técnicas ancestrales influyó en la expansión del hábito de beber. Comenzando el siglo XX el alto consumo en la naciente clase obrera y sectores populares hacían que las cantinas fueran vistas como lugares de corrupción y aniquilamiento de las fuerzas físicas, por lo que la elite local, en especial las patronales y religiosas, estuvieron muy interesadas en controlar el tiempo libre de los trabajadores (Reyes Cárdenas, 1996, p. La ciudad de Medellín, capital del Departamento de Antioquia, se urbanizaba rápidamente y apostaba por la industrialización, por lo que atrajo movimientos migratorios desde otros lugares de la región que ocasionaron que la población creciera de 54.903 habitantes en 1905, a 120.044 en 1928 (Reyes Cárdenas, 1996, p. Finalizando la década de 1920 la ciudad de Medellín contaba aproximadamente con 800 cantinas, más múltiples tiendas de barrios con atractivos como la venta de cerveza y aguardiente (Reyes Cárdenas, 1996, p. Los cambios sociales, urbanos y económicos estuvieron acompañados de fuertes valores morales católicos que exaltaban el carácter insano de la prostitución, vagancia y el alcoholismo. Se afirmaba que el licor acompañaba todas las esferas de la vida, ba-nales o importantes, por lo que al igual que en otros países surgieron sociedades de temperancia promovidas por la iglesia, con un fuerte discurso religioso sobre los peligros y desgracias de beber (Reyes Cárdenas, 1996, p. La prensa conservadora llegó a sentenciar que era obvio que el hombre bebía por cualquier cosa, que el alcohol era fabricado en el infierno y era llevado a la tierra por Satanás, y por ende su uso garantizaba el imperio del enemigo de Cristo 8. La capital del Departamento tenía un consumo promedio de 2.35 litros de aguardiente por persona en el año de 1913, mientras que en pueblos que giraban en torno a la actividad agrícola y minera el consumo llegaba hasta a 5.18 litros por habitante (Reyes Cárdenas, 1996, p. Las soluciones giraban en torno a lo represivo puesto que hasta bien entrada la década de 1920, el alcoholismo seguía siendo visto como un problema moral asociado al vicio y a la degeneración del alma (Reyes Cárdenas, 1996, p. 160), y desde el discurso médico se asociaba a la degeneración física y psíquica. En el ámbito político la idea de la degeneración por el alcohol y las consecuencias para la descendencia tuvo especial acogida. Con un lenguaje degeneracionista, desde la Asamblea Departamental de Antioquia el diputado José Joaquín Hernández propuso a comienzos de 1922 que se crearan los mecanismos para implementar una prohibición al estilo de Estados Unidos. Las consecuencias del alcoholismo, según Hernández, eran la decadencia y degeneración de la raza en Colombia, gran parte de la miseria y la infancia abandonada, lo cual podía verificarse, afirmó, mediante la estadística y la observación de cárceles, hospitales y manicomios. Mencionó que "el alcoholismo es un mal, cuyos fatales estragos se transmiten por ley hereditaria a los descendientes, en los cuales suelen aparecer degenerados, locos y criminales" 9. A su propuesta, aceptada por unanimidad, se adhirieron asambleas de otros departamentos como Cundinamarca, Bolívar y su ponente fue felicitado por el presidente de la República. Dicho proceso terminó en la aprobación de una ley nacional conocida como la Ley 88 de 1923 o Ley Antialcohólica que reguló los horarios y lugares para beber, y prohibió la elaboración de fermentados de más de 4% de alcohol. Dicha ley fue discutida frecuentemente durante los siguientes años y llevó a la formulación de la Ley 47 en 1930 que no obligaba a los departamentos a llevar a cabo la lucha antialcohólica, la cual quedó supeditada a manuales y cartillas, y fue criticada por médicos quienes veían que se le daba más prioridad al ámbito fiscal por la recau-dación económica de las bebidas, que a un problema de salud pública (Salazar Bermúdez, 2017a). En Antioquia desde finales del siglo XIX la medicina había comenzado un proceso de creación de varias instituciones. En 1878 se creó el Hospital de Enajenados (conocido como Casa de Locos); en 1887 se formó la Academia de Medicina de Medellín, órgano que tuvo como preocupaciones la higiene de la ciudad, el control de epidemias y focos de infección, el alcoholismo y promover ante las autoridades la creación de instituciones médicas sanitarias como el lazareto, un dispensario médico, una casa u hospital para prostitutas. Además de ello, la Academia también promocionó la creación del manicomio (Álvarez Echeverry, 1996, p. El edificio para el funcionamiento del Manicomio fue construido en el Alto de Bermejal ubicado entonces en las afueras de la ciudad de Medellín (actualmente allí funciona una biblioteca del barrio Aranjuez). Mediante la Ordenanza 24 de julio de 1888, expedida durante el mandato del gobernador Marceliano Vélez, el Manicomio se proyectó como Departamental y estaría administrado por las Hermanas de la Caridad. Esta institución comenzó a funcionar en 1892 con 39 asilados que estaban en la anterior Casa de Locos y fueron trasladados. Según las exigencias de la Academia de Medicina de Medellín el manicomio estaba pensado como un espacio donde el loco debía ser tratado con consideración. El doctor Juan B. Londoño señalaba al respecto que las casas de locos eran el reflejo de la cultura intelectual y moral de los pueblos. Sin embargo, las quejas de la Academia no se hicieron esperar pues consideraron inadecuado para el futuro de la institución las dimensiones del lote destinado para la construcción de 132 celdas de dos metros y medio de ancho por cinco de largo (Gutiérrez Avendaño y Marín Monsalve, 2012, p. Respecto a las causas de las enfermedades mentales en los pacientes que ingresaron se le dio gran peso a la herencia desde el plano discursivo. Lázaro Uribe Calad en 1922 publicó en la Revista Clínica un artículo titulado "Principales factores etiológicos de la locura en los Departamentos de Antioquia y Caldas". Allí realizaba una disertación de lo que consideraba las causas de la aparición de enfermedades en sus pacientes basado tanto en la observación como en las estadísticas del Manicomio. Aunque reconocía que existía una amplia gama de factores de locura, se centró en los que consideró obraban de manera primordial y con mayor frecuencia: herencia, alcoholismo, sífilis, miseria y degeneración psíquica (Uribe Calad, 1922, p. Estadística etiológica de enajenados que ingresaron al Manicomio del 1 de enero de 1920 al 30 de septiembre de 1922, según el Director Alienista Lázaro Uribe Debe señalarse que, respecto a la fiabilidad de las estadísticas presentadas anteriormente, el mismo Lázaro Uribe Calad afirmó que "algunos de los factores etiológicos están asociados, y en muchos casos no hay datos fidedignos sobre ellos" (Uribe Calad, 1922, p. 199), por lo que las cifras expuestas no constituyen realmente el número de casos en los que intervinieron los diferentes factores etiológicos mencionados. En adición, con base en los expedientes, podemos argumentar que hay inconsistencias como cifras más elevadas en sus estadísticas. Por ejemplo, para los años que menciona Uribe Calad en su artículo (1920)(1921)(1922), solamente encontramos 27 en los que intervino la herencia alcohólica y el alcoholismo personal en los expedientes. Respecto a la herencia, el director alienista afirmaba que era la "causas de las causas" o la "supercausa". Para él, las leyes de la herencia se cumplían de una manera casi ineludible y, por medio de la predisposición hereditaria, dependiendo del ajuste de la persona a las "más elementales nociones de la higiene mental", podrían despertarse las fuerzas patológicas latentes. Uribe Calad señalaba de manera ambigua la educación como influencia más o menos preponderante a la predisposición, puesto que consideraba que los excesos sexuales, alcohólicos y morales pro-ducto de una educación débil, exaltarían la predisposición y harían estallar la locura (Uribe Calad, 1922, p. Sin embargo, el punto de la educación lo contrastaba al afirmar: no se necesita que el ascendente haya sido un loco rematado para que transmita a su descendencia la predisposición a la locura; así, una simple neurosis, una lesión orgánica del cerebro son ya un elemento fundamental para que la tendencia morbosa a las psicosis aparezca en el procreado (Uribe Calad, 1922, p. El factor degeneración fue considerado por Uribe Calad como una dependencia inmediata de la herencia, sin embargo, los contó por separado para llamar la atención sobre la "altísima significación" que tenía su progresión alarmante. En este punto especificaba que aludía a la degeneración psíquica, la cual tenía para él causas diversas como el heredo-alcoholismo, la heredo-sífilis, la heredo-miseria, o una conjugación de los anteriores, las cuales hacían nacer la descendencia en condiciones de "inferioridad manifiesta", incapacitados para la vida diaria, para resistir a los elementos sociales que les hacían la vida diaria pesada, a consecuencia despertaban sus "almas enfermas" y monstruosas reacciones violentas (Uribe Calad, 1922, pp. 196-198). 199 Respecto a la sífilis como factor de locura Uribe Calad afirmó que no todas las perturbaciones mentales presentes en sifilíticos eran causadas por dicha enfermedad, dado que entre esos pacientes se podían encontrar psicopatías esenciales sin etiología específica (Uribe Calad, 1922, p. Entre las enfermedades de origen sifilítico la más relevante fue la parálisis general progresiva (PGP), que no llegó a constituir un porcentaje muy amplio de los diagnósticos como sí lo fue la manía intermitente, aunque su comprensión fue un tema de importancia en los estudios médicos de la época (Giraldo Granada, 2015, p. Ahora bien, respecto a la difundida acción del alcoholismo como causa de locura, desde los expedientes clínicos tenemos otra perspectiva. De 46 alcohólicos solo se mencionaron antecedentes familiares de alcoholismo o locura en 15 personas, mientras que en 31 casos el origen de su enfermedad se le atribuyó al alcoholismo personal (ver tabla 5). En pacientes que tuvieron diagnosticos no relacionados con el alcoholismo, como se aprecia en la tabla 2, los antecedentes de uso de alcohol (en familiares o el enfermo) aparecen solamente en 113 historias clínicas. El alcoholismo personal o en los progenitores fue para Uribe Calad un factor etiológico de distintas formas de psicopatías, de hecho afirmó que "es doctrina médica perfectamente demostrada la influencia que tiene el alcohol sobre la aparición de distintas psicopatías y esta influencia grande ya, aumenta considerablemente en los predispuestos por la herencia y más aún en los predispuestos por la herencia alcohólica" (Uribe Calad, 1922, p. En esta lógica los hijos de un alcohólico podían ser afectados dependiendo del "tenor tóxico" de los padres en los distintos momentos del engendramiento (Uribe Calad, 1922, p. Sin embargo, según puede rastrearse en los expedientes clínicos, había dificultades para esclarecer los orígenes del alcoholismo. Esto se refleja, por ejemplo, en el caso de un paciente que llegó al Manicomio el 20 de agosto de 1930 con un certificado médico que anotaba que su enajenación era caracterizada por "delirios, manías, etc.", y que esta había empezado 60 días antes a causa de una "probable sífilis". Al realizarse la prueba de Wasermann dio positiva 10, aunque el diagnóstico dado por Uribe Cálad fue de psicosis tóxica-alcohólica. Su salida fue el 15 de septiembre del mismo año a causa de una mejoría. Este paciente entró ligeramente excitado pero desde el día posterior a su entrada estuvo muy calmado, al punto que fue ocupado en las labores de la Casa. Llama la atención que se anota en su expediente que la excitación con la que ingresó se debía "quizás" al alcohol, dado que en días antes había hecho uso excesivo 11. Este tipo de casos fueron constantes en el periodo. Entre los 46 expedientes de los diagnosticados con alcoholismo hemos encontrado que en 8 casos los pacientes dieron positivo en la prueba Wasserman, y de estos 5 fueron tratados con Neosalvarsán o 914 12. Esto da pie para afirmar que el contacto con la bebida sin importar época, cantidad o frecuencia fue un factor determi- Alcoholismo en familiares 26 Alcoholismo y locura en familiares 26 Locura en familiares y alcoholismo personal 18 Alcoholismo en familiares y alcoholismo personal 10 Todas las anteriores 7 Alcoholismo como antecedente en pacientes no alcohólicos del Manicomio Departamental de Antioquia, 1920Antioquia, -1930 * En las historias clínicas se habla de "alcoholismo personal" para hacer referencia al consumo de alcohol, aunque no necesariamente resultara patológico. En ocasiones se menciona que con un solo vaso de cerveza la persona se enloqueció. Un ejemplo de ello se desarrolla en páginas posteriores. Fuente: Laboratorio de Fuentes Históricas Universidad Nacional de Colombia (LFHUN), Fondo Hospital Mental de Antioquia (HOMO), Historias clínicas (HC), 1920-1930. nante para el diagnóstico, cuestión que ha sido señalada con anterioridad por otros investigadores (Duque Ossa y Quiceno, 2011, p. Por ejemplo, el 26 de marzo de 1929 fue llevado al Manicomio un negociante proveniente de La Estrella. En su expediente se anota que por haber ingerido unos vasos de cerveza se enloqueció. Sin embargo, el diagnóstico dado por Uribe Calad fue manía aguda, debido a que el paciente presentaba "[...] crisis de excitación muy intensas que duran unos días, seguidas luego de periodos de completa calma. Durante su excitación se vuelve agresivo y hay necesidad de contenerlo para evitar las naturales consecuencias de su violencia" 13. De modo que el estudio de los expedientes en los que aparece el alcohol como antecedente, permite encontrar también otras variables como la violencia, transgresiones a la moral, escándalo público, entre otros, además de actores como la familia que ayudaron a delimitar la locura y construir, en cierto modo, el diagnóstico. Resaltan la particular relación que guardaba la institución con el núcleo familiar y, a la vez, las pocas posibilidades terapéuticas del Manicomio. Como se ha señalado hasta el momento, se prestó gran importancia a la herencia y el alcoholismo en el diagnóstico y, de manera más amplia, se evidencia una gran aceptación del discurso degeneracionista que distó de la práctica clínica realizada por el mismo Uribe Calad en la institución. LOS ALCOHÓLICOS EN EL MANICOMIO: La estrecha relación que guardaban los alcohólicos y el Manicomio fue un tema controversial en la sociedad y en la medicina antioqueña de comienzos de siglo XX. En un extenso estudio sobre el alcoholismo en Antioquia, el doctor Guillermo Garcés Mejía en 1919 aseguraba que la influencia del alcohol sobre la locura era innegable (Garcés Mejía, 1919) 14. Garcés Mejía decía que el alcohol "produce por sí solo la locura y prepara el terreno en los heredo alcohólicos para el desarrollo de aquella" (Garcés Me-jía, 1919, p. 63), por tanto en el mismo ramo de sus porcentajes incluyó a los pacientes que no fueron alcohólicos, pero su relación con tal problema fue tener herencia alcohólica de familiares, degeneraciónherencia alcohólica, familia neuropática alcohólica y otros. Si tomamos como base su texto, y agrupamos a quienes tuvieron diagnóstico de alcoholismo, dipsomanía, delirio alucinatorio alcohólico o demencia alcohólica, que son los cuadros en los pacientes que cita claramente, los porcentajes se reducen considerablemente: en 1914 fue de 6.6%; en 1915 de 5.2%; en 1916 de 5.3% (Garcés Mejía, 1919, pp. 61-62). En este sentido, aunque el director del Manicomio en sus escritos médicos hiciera hincapié en la gran prevalencia del alcoholismo que afectaba a los pacientes de la institución, fue menos severo en los informes que anualmente enviaba al Gobernador de Antioquia sobre el número de ingresos (ver tabla 3). Salta a la vista que era poca la frecuencia del diagnóstico de alcoholismo. El número y porcentaje de alcohólicos que ingresó a la institución fue muy bajo. Después de revisar las historias clínicas del periodo, encontramos 46 personas con un diagnóstico directo de alcoholismo, es decir, un 1.72% del total de los ingresos, con un promedio de ingreso de 4.1 alcohólicos por año, cifra significantemente baja si se tiene en cuenta que el promedio de ingresos anuales del periodo fue de 266 pacientes. Debe aclararse también que si nos basamos en los expedientes, en años como 1928 no ingresó nadie con tal diagnóstico, siendo el año de 1930 el de mayor ingreso de alcohólicos con un total de 11 casos encontrados. Según los expedientes quienes ingresaban al Manicomio en esos años en su mayoría eran hombres. Encontramos que de 113 expedientes de personas diagnosticadas con diferentes afecciones y con antecedentes de alcoholismo, el 74.7% fueron hombres y el 25.3% mujeres. Quienes tuvieron diagnósticos directos de alcoholismo fueron un 98.2% de hombres y tan solo un 1.8% de esos diagnósticos fueron realizados a mujeres. Tan solo un 31.25% (15 casos) de los alcohólicos y 19.8% (22 casos) de los no alcohólicos eran de Medellín, los demás provenían de pueblos del Departamento de Antioquia 16. Respecto a la forma de llamar la enfermedad encontramos 27 diagnósticos distintos para referirse a los problemas ocasionados por el consumo de alcohol, que fueron agrupados dadas sus similitudes (ver tabla 4). Los principales diagnósticos fueron el de psicosis alcohólica, psicosis tóxica alcohólica, manía alcohólica (crónica, aguda o intermitente), dipsomanía, confu-Tabla 3. Estadísticas de ingresos al Manicomio, 1920Manicomio, -1923 Fuente: Elaboración propia con base en los informes de Lázaro Uribe al Gobernador de Antioquia y en los expedientes clínicos del Manicomio Departamental de Antioquia, 1920Antioquia, -1930 Estadísticas sión mental tóxica y locura periódica alcohólica. Debe señalarse que, como lo ha evidenciado el estudio de Duque Ossa, la psicosis alcohólica fue el diagnóstico más recurrente de problemas relacionados con el alcohol dentro de la institución. El director alienista no fue muy preciso al definir la psicosis alcohólica, sin embargo, mencionó que muchos casos de manía tenían por causa primordial el uso o abuso del alcohol, casos en que las psicosis podrían revestir caracteres como el de la exitación maníaca alcohólica con sintomatología propia que podia estallar por exceso de bebida, o por suspensión de la misma (Uribe Calad, 1922, p. La dipsomanía la clasificó entre las formas desarrolladas en pacientes cuyos procreadores habían usado el alcohol. Uribe la definió como una tendencia morbosa al uso del licor, como una obsesión impulsiva que se diferenciaba por sus "perturbaciones somáticas particulares", como la periodicidad y el "estado angustioso y obsedante" de aquellos bebedores que cometían excesos alcohólicos por depravación o voluntad propia (Uribe Calad, 1922, p. Estas formas mencionadas seguían atravesadas por la cuestión hereditaria más que sintomática. Sin embargo, como se puede apreciar en la tabla 5, fueron más numerosos los pacientes con antecedentes de alcoholismo personal que familiar, por lo que la herencia no es un factor tan determinante para la explicación de muchas conductas desviadas como se creía en la época. Manía periódica alcohólica 4 Confusión mental tóxica por alcohol 2 Locura periódica alcohólica 2 Manía aguda alcohólica 2 Acceso maníaco alcohólico 1 Toxicomanía por alcoholismo 1 Locura en familiares y alcoholismo personal 7 Alcoholismo en familiares 5 Alcoholismo en familiares y alcoholismo personal 3 Alcoholismo y locura en familiares 0 El alcoholismo personal, que en algunos casos era definido por el simple uso del alcohol aunque no fuese prolongado ni constante, fue el principal antecedente en los pacientes de este grupo, lo que lleva a cuestionar nuevamente el papel de la herencia tan recalcado por Uribe Calad, y hace necesario mencionar que había poca claridad en tal diagnóstico, lo que se refleja en la corta duración de su internamiento y en las causas de alta. Los pacientes que no fueron diagnosticados con alcoholismo estuvieron internados 20 meses en promedio, y salieron de la institución por "estar bien" el 37.2%, por mejoría el 20.3%, por muerte el 29.2%, retirados por familiares el 8.8%, y el 4.5% por otros motivos. Mientras que de los 46 alcohólicos el 36.9% estuvo menos de un mes, el 32.6% estuvo internado entre uno y tres meses, el 15.2% entre tres y seis meses, y otro 15.2% permaneció internado más de seis meses. La revisión de expedientes clínicos da cuenta de las características de los internamientos por alcoholismo y del motivo por el que llegaban los bebedores a la institución, justificados más por la imagen de peligrosidad del alcohólico para sí mismo y la sociedad, bien fuera por ser potencial agresor físico o por realizar actos con connotaciones morales negativas. Muestra de ello ocurrió en el segundo ingreso de Eduardo E., en el año de 1928. El director alienista argumentaba que: Según el médico su estado parecía venir de varios días a juzgar por el abandono personal en el que se encontraba. Este hombre despertó a la media noche el día que ingresó y se preguntó por el lugar en el que estaba, lo cual fue tomado como síntoma de locura, más no producto de la desaparición de la embriaguez. Los días siguientes estuvo completamente lúcido, al punto que sirvió con su oficio a sus compañeros de asilo. En septiembre de 1930 salió por "estar bien", y consta en su expediente que durante su internamiento nunca se comportó como loco. Sin embargo, el 8 de julio del año siguiente se hizo un anexo a la historia clínica en la que el director alienista comentó que "según informa la prensa hoy murió [en] el hospital de S. Vicente de Paul a consecuencia de una fractura de la base del cráneo que sufrió al caerse la noche de ayer en una de las calles de la ciudad, en estado de embriaguez" 22. Según lo anteriormente señalado, en los pocos casos de personas diagnosticadas con una afección relacionada con el consumo de licor, además de sus cortas duraciones de internamiento y salidas por estar bien, llama la atención la dificil distinción de un estado de embriaguez y el alcoholismo crónico o dipsomanía por parte del psiquiatra, lo que constituyó el punto débil de una institución y una práctica manicomial por donde se filtraron otro tipo de conocimientos diferentes al científico, y aspectos como el orden social y moral, la tranquilidad familiar o el abandono personal influyeron en la determinación del ingreso de bebedores en la institución. Una de las principales conclusiones de este trabajo es que resulta indispensable el uso de historias clínicas en las escritura de la historia de la psiquiatría, en tanto que, como se evidenció en el texto, hubo una aceptación formal del discurso psiquiátrico que veía la herencia y el alcohol como causas principales de la aparición de la locura. De esta forma pueden matizarse las imágenes de época acerca de un Manicomio atiborrado de alcohólicos y degenerados. La revisión de múltiples expedientes nos permite dar otra versión de la práctica clínica. Aunque se consideraron dichas causas para intentar definir el origen de la enfermedad, las fuentes nos indican que fue muy bajo el porcentaje de personas que tuvieron diagnóstico o antecedentes de alcoholismo (hereditario o personal). El aplastante peso discursivo que tuvo la teoría de la degeneración en la medicina y sociedad colombiana se ve reflejado en dos sentidos. Primero, en el ex-terior de la institución dicha teoría estuvo en acción constantemente en los discursos acerca del estado fisiológico de la población y el origen de las enfermedades, la miseria y el crimen. Esto encuadró perfectamente con una idea de degradación moral del bebedor difundida desde los movimientos antialcohólicos y sociedades religiosas que, además de llevar a definirlo como enfermedad social, hicieron que fuera visto como un peligro para la naciente clase obrera y el ideal de familia. Segundo, en el interior del Manicomio el degeneracionismo impregnó la teoría desarrollada por el director alienista Lázaro Uribe Calad y sus internos. El empleo o aceptación de esta teoría se refleja principalmente en los escritos del alienista y en ocasiones aparece en los expedientes por medio de los antecedentes hereditarios, personales y en los diagnósticos. Sin embargo, esos mismos expedientes consultados y organizados de manera sistemática nos revelan la poca frecuencia del factor herencia y alcoholismo, además de los pocos diagnósticos de alcoholismo, lo que lleva a contrastar la frecuente exaltación de la etiología heredo alcohólica y las alarmas acerca de que bastaba solo con ver el manicomio para observar esa relación directa entre alcoholismo y locura. Con ello no se niega o se quiere opacar la figura del médico. Lo que se quiere es señalar los vacíos en el estudio de la historia de la psiquiatría y la necesidad de realizar más estudios sobre la misma institución en diferentes periodos, contrastando otras enfermedades, e incluso superando los marcos regionales de un sistema de atención psiquiátrica departamental y estableciendo comparaciones con otros manicomios nacionales e internacionales. En otros contextos que también la herencia apareció como criterio para clasificar el alcoholismo, los internamientos de bebedores fueron ocasionados principalmente por cuestiones policiales y, de algún modo, motivaron discusiones entre psiquiatras para definir o categorizar un tipo de alcohólico que podía ser equiparado al enfermo mental y así justificar el encierro psiquiátrico. De este modo, podemos observar que aunque se acepte una teoría específica en diversas sociedades, cada una de ellas tiene su forma particular de entender la enfermedad mental y, para el caso del alcoholismo, de definir bajo diversos criterios cuándo el consumo de alcohol pasa de ser una práctica aceptada socialmente a una que la misma comunidad no sabe manejar. Finalmente, consideramos que tras el diagnóstico de alcoholismo existió todo un proceso social en el que la embriaguez y el abandono de los valores fueron la línea divisioria para delimitar la locura. Es claro que al considerarse frecuente entre sectores obreros y populares de la época, el alcoholismo adquirió el carácter de enfermedad social, visión respaldada por medio de la divulgación de teorías médicas como la degeneración. El carácter social se evidencia también en el sentido que las familias, vecinos, policías, entre otros, lograron crear todo un consenso acerca de las consecuencias nocivas del alcohol en la degeneración física, psíquica o moral y su influencia en la aparición de locura, que no necesariamente conllevó a la clasificación de un bebedor como alcohólico o enfermo mental al ingresar al Manicomio. -Valencia, 2015). Contribuyó a la cirugía ginecológica y a la medicina legal, además se desempeñó como profesor de las cátedras de medicina legal y psiquiatría en la mencionada Universidad. En 1918 ingresó al Manicomio Departamental de Antioquia como médico auxiliar del director y en 1920 fue nombrado como director de la institución, cargo que ejerció hasta 1946. Como director se interesó en desarrollar tratamientos como choques convulsivos y choques eléctricos, realizó las primeras historias clínicas y propuso la creación de pabellones para niños de ambos sexos y delincuentes psicopáticos. Médicos de la época consideraron que Uribe Calad hacía parte de la escuela psiquiátrica "etio-clínica", que había sido fundada por el alienista francés Benedict August Morel y dada a conocer por Emil Kraepelin. Existe un artículo sobre la psicosis alcohólica en el Manicomio, aunque solo se menciona el uso de 8 historias clínicas para estudiar el periodo de 1900 a 1930. Este estudio, aunque utiliza los expedientes solamente para ejemplificar algunas afirmaciones de la época, constituye un buen indicio para rastrear la importancia de las afecciones relacionadas al uso de alcohol en la institución, ver (Duque Ossa y Quiceno, 2011). Las historias clínicas reposan en Medellín: Laboratorio de Fuentes Históricas Universidad Nacional de Colombia (LFHUN), Fondo Hospital Mental de Antioquia (HOMO), Historias Clínicas (HC), 1920-1930. Anteriormente el archivo se encontraba en la misma universidad organizado en el marco del Archivo HOMO. Estos informes pueden consultarse en el Archivo Histórico de Antioquia localizado en la ciudad de Medellín, véase, Archivo Histórico de Antioquia, Fondo Impresos Oficiales, Informes del Secretario de Gobierno al Gobernador del Departamento de Antioquia, 1920de Antioquia, -1930. Estos son una serie de impresos anuales presentados en la Asamblea Departamental de Antioquia con información de diferentes ramos de la administración pública. Entre los informes se encuentra un apartado que se titula "Manicomio". "Los frutos de la embriaguez", La Defensa (Medellín), 14 de febrero de 1922, p. "Leprosería de las almas", La Defensa, (Medellín), 11 de febrero de 1921. Hernández, José Joaquín, "La Ley Seca", El Espectador (Medellín), 17 de enero de 1922, p. Esta prueba se le realizaba a todos los que ingresaban a la institución para determinar si tenía la enfermedad de la sífilis y si debía elaborarse un diagnóstico de neurosífilis. Fue muy recomendada por los médicos de la época, y sirvió también para tener control de la enfermedad venérea en la ciudad. Alejandro Giraldo ha afirmado que en algunos casos, a falta de un diagnóstico certero de una patología mental, la reacción Wasserman indicaría si su origen era sifilítico o no, ver (Giraldo Granada, 2015, p. Entre los tratamientos para las neurosífilis en la época estaba el mercurio, salvarsán 606, neosalvarsán 914 y se empezó a experimentar con la malarioterapia aunque en el Manicomio Departamental de Antioquia no fue incluida debido a los bajos resultados. Laboratorio de Fuentes Históricas Universidad Nacional de Colombia (LFHUN), Fondo Hospital Mental de Antioquia (HOMO), Historias Clínicas (HC), Historia clínica. de Uribe Calad Expedientes
cuerpo de los enfermos mentales, los asilos de locos subrayaron la importancia del espacio, real o simulado, como recurso curativo. Las Casas de Orates se armaron a partir de una propuesta que en su diseño, emplazamiento y realización representó los principios del alienismo, ajustados a la realidad chilena. Este proceso impulsó un escenario asilar específico, con paisajes interiores y exteriores, que caracterizaron al alienismo local y a su promesa de tratar la locura. Este artículo estudia los asilos proyectados o levantados en Chile desde la Casa de Locos (1852) hasta el Open Door Nacional (1928), dando cuenta de los procesos de apropiación de un modelo internacional desde las particularidades del paisaje local asilar. La creación de la primera Casa de Orates de Chile en 1852 representó un momento fundacional en la conceptualización de la locura. Su instalación en Santiago implicó la apropiación de un modelo terapéutico que se situó como epicentro e ideal del desarrollo alienista de las siguientes décadas. La institución ofreció, con el paso del tiempo, un espacio curativo inédito, y representó un lugar de construcción de identidad, saber, autoridad y sedición, que la proyectó durante el siglo XX como un sitio protagónico del estudio y administración de la locura, con sus matices y vaivenes. Locos, orates, dementes y furiosos, entre los varios calificativos utilizados para nombrar a quienes parecían haber perdido la razón, se encontraron con un espacio de internación que determinó su capacidad, su condición y su accionar. Médicos y estudiantes de medicina se vincularon con un sitio formativo y de definición profesional, que les permitió desarrollar la nueva rama del alienismo. Autoridades y vecinos reconocieron un espacio que separó la razón de la insania y que ofreció contención a la locura furiosa y curación a la afección mental. Y la locura, en tanto problema y pregunta, se identificó con un territorio de creación de conocimiento científico y de formalizaron de categorías patológicas centrales para el posicionamiento del alienismo en la sociedad. La propuesta europea de aislar a los locos para limitar las consecuencias de sus acciones y de contribuir a su cuidado, cruzó al continente americano influyendo en las instituciones de asistencia y escuelas de medicina. Como resultado se construyeron en la región más de una decena de Casas de Orates, surgieron los llamados alienistas y se crearon las primeras cátedras universitarias de enfermedades mentales. Estos elementos actuarían como signos protagónicos del proceso de medicalización de la locura en Chile, y de su conceptualización como una enfermedad capaz de ser curada, o al menos, aminorada, a través de distintos recursos, entre ellos, la internación de los enfermos en recintos de salud regidos por los preceptos del tratamiento moral. La Casa de Orates representó un sitio de construcción de identidad y de poder, al mismo tiempo que se constituyó como marco material del alienismo y como espacio de ensayo de sus recursos curativos. Encarnó las potencialidades y al mismo tiempo las dificultades de la medicina chilena y de sus instituciones de beneficencia para administrar la salud mental de la población. Esta doble caracterización no resulta contradictoria, sino más bien refleja las particularidades de los procesos de apropiación nacional de modelos terapéuticos europeos y las dinámicas que acompañaron la construcción de un alienismo local, con todas sus complejidades y tonos. Es esta ambivalencia la que este artículo se interesa en recorrer, desde los espacios y paisajes asilares propuestos, diseñados o implementados entre 1852 y 1928. De esta forma, y siguiendo la noción de landscape (Mitchell, 2002), busca revisar el proyecto y sus características, entendiendo a sus espacios como recursos activos y dinámicos, gestadores de identidades y modificadores activos del modelo representado; como soportes del patrón asilar, que sustentaron y unieron sus paisajes plurales, al mismo tiempo que contribuyeron a dibujar una escena más amplia asociada al programa higiénico de la nación (Cosgrove, 2002). Explora los espacios institucionales que acompañaron el tránsito de la Casa de Orates al Open Door, revisando su materialidad difusa, quimérica, precaria y contradictoria, forjadora de paisajes con continuidad, reales e imaginados, deseados y cuestionados. El surgimiento de sitios de locura y su apropiación por parte de una comunidad de personas y saberes, definió el encierro psiquiátrico. En este sentido, y siguiendo una lectura foucaultiana del espacio que permite ver a la Casa no como un sitio vacío e impuesto, sino como un espacio heterotópico, definido y ordenado desde las diversas relaciones en ella desarrolladas, vinculadas a su vez con distintos niveles del hacer, asociados a deseos, rebeliones y realizaciones de la comunidad que interactúa con ella (Foucault y Miskowiec, 1986), este estudio propone un recorrido por los espacios asilares forjados en el país entre 1852 y 1928 y un análisis preliminar de sus formas y usos. Revisa a través de fuentes diversas 1, los cambios del paisaje asilar desde la Casa al Manicomio, y desde la propuesta de tratamiento moral al de puertas abiertas, en una contribución general, pero necesaria (Sacristán, 2009). En esta aproximación busca relacionar el ámbito material con el terapéutico y contribuir a una discusión sobre el valor del paisaje y del espacio en el proyecto asilar (Hickman, 2005; Edginton, 2003; Mackinnon, 2009). La Casa de Orates determina nuevos "contra-espacios", espacialidades imaginarias que se sustentan en espacios reales y que revelan la pluralidad y heterogeneidad, pero al mismo tiempo la unidad, del lugar de la locura asilada. Este énfasis busca ir más allá de las tesis totalizantes heredadas de los sesenta y setenta respecto a los asilos médicos como dispositivos eficaces al servicio del proyecto liberal (Goffman, 1961), con el objeto de revisar otras agencias y contextos que colaboraron en la implementación local del ideal médico reformista. El manicomio fue, como propone Valeria Pita para el caso bonaerense, una construcción histórica compleja que respondió a conflictos, imaginarios, proyectos políticos, representaciones colectivas, en ocasiones "distantes de lo que hoy en día reconocemos, aceptamos o rechazamos" (Pita, 2012, p. En base a este reconocimiento, interesa visitar sus espacios y pensar sus paisajes, para analizar el molde particular del modelo de tratamiento moral. EL MODELO ASILAR DECIMONÓNICO EN LA CASA DE ORATES DE LOS OLIVOS El plano del arquitecto Pedro Dejean identificaba en 1856 una pequeña construcción llamada Loquería 2. Al poniente de la capital y separada de ella por chacras y viñedos, la Casa de Orates de Nuestra Señora de los Ángeles, fundada en agosto de 1852, se elevaba como uno de los primeros esfuerzos institucionales por tratar médicamente la locura. A esta iniciativa, se sumaría en 1856 una segunda institución -la Casa de Orates de los Olivos-que, ubicada en la periferia nororiente de Santiago, reemplazaría a la Casa de Yungay (Osorio, 2016, p. La creación de este establecimiento se inspiró en los nuevos paradigmas decimonónicos sobre la locura y su administración, generosamente abordados por la historiografía internacional (Grob, 1973, Rothman, 1971 y Goldberg, 2001). Herederos de ideas preexistentes sobre la integración del cuerpo y la mente, y receptores del proceso de reducción de la locura a una condición cerebral, estos arquetipos subrayaron la importancia de lo corporal y lo síquico en la terapéutica mental y permitieron el desarrollo del llamado tratamiento moral, un modelo curativo que buscó sanar la locura a través del aislamiento y la disciplina y que se implementó primero en los asilos de locos europeos del siglo XVIII y principalmente del XIX (Huer-tas, 2008). Estos establecimientos sirvieron de modelo para su desarrollo en América Latina a mediados del siglo XIX, en una coincidencia temporal regional que reflejó la apropiación local del marco ideológico, en un sentido que evidentemente se distanció de las condiciones de emergencia y producción europea, y que entregó características disímiles propias de los contextos locales. La Casa de los Olivos fue presentada como una necesidad social, acorde a todo país civilizado 3. Metaforizó los cambios enfrentados por la enajenación mental, que dejaba de ser comprendida como un estado de endemoniamiento, para pasar a constituirse como "una enfermedad como cualquiera", que debía inspirar "interes i compasión". Este giro introducía el tratamiento racional del asilo e intentaba abandonar, en palabras de Manuel Beca, el abordaje inhumano que llevaba a los locos a enfrentarse con suplicios que iban "desde el cadalzo hasta la hogera", o al olvido silencioso que los hacía vagar precariamente por el país 4. El tratamiento moral, considerado por José Ramón Elguero -primer alienista del asilo-como el único capaz de ofrecer resultados eficaces, se sostenía en la separación del enfermo de su familia y de las relaciones y hábitos que incidían en su estado patológico 5. Sostenido sobre el efecto benéfico de alejar al enfermo de la vida citadina, que comenzaba a ser vista como epicentro patológico y como sitio malsano, comprendía el acceso a un nuevo espacio terapéutico en el que confluían una variedad de recursos terapéuticos adicionales que complementaban y al mismo tiempo definían la aislación (Correa, 2009 y 2013). El tratamiento moral sostuvo el desarrollo de la institución, gracias a una promesa curativa que ofrecía reducir las desviaciones de la mente por medio de la internalización de las normas del régimen asilar. Este sistema se presentaba como capaz de modificar voluntades, afectos y sensibilidades desviadas, y se mostraba como parte de un giro epistemológico que caracterizaba a la locura como una afección de la voluntad y la sensibilidad, es decir, de las facultades del hacer y sentir. Bajo estos lineamientos, la propuesta del asilo brindaba un espacio de contención y salud diferenciado, que inauguraba mecanismos para movilizar y transformar estas facultades, entre los que se consideraba el espacio, por ser determinante en la aislación y por vigilar los factores que impresionaban y, por tanto, afectaban los sentidos de los internos. La Casa se inspiró en el aislamiento y el retiro, y desde esa perspectiva dibujó su paisaje. Correspondió a una institución demarcada físicamente, circundada por viñas y chacras, ubicada en la ciudad, pero separada de ella simbólicamente, sea por hitos, como el río Mapocho, que diferenciaba la urbe ilustrada, de los arrabales y la ruralidad, o por su posicionamiento en los márgenes urbanos (Castillo, 2014). La Casa se presentó, en dicha periferia, como una chispa de modernidad, que introdujo a los extramuros elementos propios del desarrollo científico e intelectual citadino, y que con el tiempo contribuyó, junto a otros recintos médicos y hospitalarios, a la expansión del suelo urbano. Su edificio, a cargo del arquitecto Fermín Vivaceta (1829-1890), fue inaugurado pese a estar inconcluso, acogiendo inicialmente a un número menor que los 270 internos proyectados. De adobe y de madera, con piso de ladrillo, la casa cambió su materialidad con el paso del tiempo. Su suelo se reemplazaría por un entablado de madera, se cambiarían los pesados candados de las puertas por chapas y se abrirían nuevos arcos y ventanas en reemplazo de los antiguos tragaluces. Contaba con alrededor de diez patios, cinco por lado y dos fuentes de agua, además de acequias que comunicaban los patios y atravesaban el asilo las que serían substituidas a fines del siglo por cañerías para evitar anegaciones y problemas de higiene 6. Durante sus primeros años la Casa contó con pocos internos. Gran parte de los insanos fueron identificados como maníacos, dementes o fatuos. Con el tiempo dichas clasificaciones generales disminuyeron, frente a una carta de afecciones más diversa, que amplió la paleta diagnóstica. Al mismo tiempo, comenzaron a predominar ciertas patologías, como el delirio alcohólico, que si bien en 1896 solo aludía a 38 internos, representaba el mayor problema entre los que acudían a la institución, con un total de 117 casos 8. El aumento y la diversificación de la población determinaron cambios en la infraestructura. Se crearon los pensionados, secciones pagadas que con sus propios guardianes, cocinera y espacios privados reproducían las jerarquías sociales del exterior. Se levantaron recintos especiales para dar cabida a ciertos tipos de enfermos y a sus necesidades terapéuticas, particularmente a alcohólicos bajo el Asilo de Temperancia (Fernández, 2009). La ley de alcoholes empujó estos cambios, y hacia 1925 oficializó el cuidado de los alcohólicos crónicos y reincidentes, lo que se había implementado de facto hacía ya un tiempo 9. También empujaron estos cambios las grandes transformaciones que experimentó el alienismo entre mediados del siglo XIX e inicios del XX, bajo los presupuestos de las ideas de la anatomía patológica, la degeneración y el impulso de la higiene social (Araya, 2015, Sánchez, 2014 y Ruperthuz y Sánchez, 2015). De esta manera el establecimiento cambió su espacio y sus paisajes de acuerdo a los presupuestos médicos que ampliaban el registro etiológico y a las soluciones asociadas a ellos, promoviendo el ingreso de nuevos tipos de enfermos y de terapias. Entre la oferta terapéutica del proyecto moral se encontraban, por una parte, como indicaban los mismos médicos del establecimiento, los "medios higiénicos" o acervos morales, conceptualizados como constitutivos de la terapia asilar, como el aislamiento, el entretenimiento, la ocupación, el trabajo, la lectura, la disciplina, la reglamentación ordenada y el buen empleo del tiempo 10. Por otra parte, se ubicaban los "medios terapéuticos" que correspondían a la aplicación de medicamentos y drogas, y a los agentes "psico-físicos" -como el agua, la electricidad y el hipnotismo-propuestos por la medicina. Los "medios higiénicos", comandados por el retiro y el encierro, fueron centrales a la propuesta de la Casa y entre sus beneficios se encontraba su capacidad de generar quietud, alejar al enfermo de las causas de exitación, protegerlo de reacciones nuevas y desarrollar elementos eficaces para su salud mental 11. Estos buscaron activar los recursos morales del sistema asilar y determinaron marcadamente las características materiales y espaciales del asilo. La internación del enfermo definió a la Casa como un espacio cerrado. Muros y puertas separaban el mundo exterior del interior, junto a normas y procesos estipulados por administradores, jueces y médicos. El aislamiento debía ser asegurado por condiciones materiales, vigiladas por estatutos que fijaban la vinculación y conexión del espacio interno con el externo. A la Casa de Orates se entraba y salía siguiendo los reglamentos de 1856, 1883 y 1927, que regían la aislación y ordenaban el asilo para los interdictos, furiososos o que causasen escándalo, presos enjuiciados, indigentes, o dementes remitidos por un curador, autoridad o pariente, y permitían la salida a quienes hubiesen sido reconocidos por el médico como curados, o en caso de no estar sanados, fueran retirados por los familiares o por quiénes los habían internado 12. El ideario católico, nutriente terapéutico del proyecto asilar, se escenificó en la capilla que se ubicaba al centro del asilo, rodeada, como muestran los ma-pas 13, de jardines y corredores. Con grandes ventanas por las cuales los internos del credo católico podían "ver" las misas celebradas los domingos y festivos, recibía a los favorecedores del asilo, y a todos quienes de una u otra forma se vinculaban con el establecimiento. De esta forma la capilla ofrecía un espacio donde la razón se intersectaba con la insania bajo la vigilancia de la religión. Este diálogo fue respaldado por las normativas internas del establecimiento, las que obligaron la presencia de un capellán, cuya silueta se mezclaría con las de las religiosas que a fines del siglo administrarían la institución. El reglamento de 1883 estableció, que la Casa debía contar con un sacerdote para la misa y la administración del sacramento de la penitencia a "los enfermos que lo soliciten i el estado de su cerebro lo permita" 14. A esta presencia se sumó el interés de las autoridades de poner el asilo en manos de religiosas. Desde el inicio se discutió sobre la conveniencia de traer a congregaciones como las Hermanas de la Caridad y las Monjas de la Providencia. Finalmente, en 1895, arribaron las religiosas de San José de Cluny, contratadas en París por el gobierno para hacerse cargo de los servicios generales de administración y también de la sección de mujeres. Esta presencia se relacionaba con una política implementada por el gobierno respecto a los sitios de salud, que veía en el apoyo católico un empuje para el desarrollo de la nueva medicina hospitalaria de inicios del siglo XX, como engranaje del paso de la beneficencia a la salud pública (Ponce de León, 2011). La presencia de la religión, patrón compartido por otros estableciamientos, como los nuevos hospitales que se construyeron a fines del XIX que entregaron varias de las tareas centrales a congregaciones católicas, se visualizó en los diferentes signos del paisaje asilar, como la capilla, los crucifijos, las figuras de las monjas, los cantos religiosos, entre otros. El cruce entre medicina y religión explica también el recorrido administrativo de la Casa durante el siglo XIX. Como espacio de beneficencia pública, fue administrada hasta 1891 por una junta integrada por representantes de la elite y de la Iglesia, pasando luego a depender de la Junta de Beneficencia de la Capital. Como institución sostenida por la caridad mostró problemas para alcanzar los proyectos que se presupuestaban y para desarrollar su potencial. Por una parte, la tensa relación entre los médicos y la Junta Directiva, y que en ocasiones llevó a la destitución de algún especialista, obstaculizó el trabajo en conjunto de los hombres de ciencia y los de caridad (Camus, 1993). Estos últimos parecieron no comprender del todo la finali-dad curativa del sistema asilar, reduciendo el accionar del médico a la aplicación de medicinas, sin permitirles participar de la toma de decisiones respecto del funcionamiento de la institución, y por tanto, de las condiciones de aplicación del tratamiento moral. Por otra, los recursos estatales fueron reducidos, apoyándose en la caridad de las elites y la limosna pública, graficada en las dos alcancías ubicadas en la entrada principal para recibir donaciones. Entre los medios higiénicos promulgados por el asilo, destacó el uso del tiempo libre. Si bien las críticas respecto a la ociosidad de los internos fueron abundantes, se diseñaron varios proyectos para fomentar su movimiento, los que incidieron a su vez sobre el espacio y sus usos. Citando los postulados de alienistas europeos y aludiendo a los logros alcanzados en los asilos extranjeros, Sazié y sus contemporáneos, valoraron el quehacer productivo, útil además a la economía del establecimiento. El trabajo activaba el cuerpo, haciendo descansar el cerebro de las ideas fijas, las divagaciones y la fantasía, ayudaba al "reposo del espíritu por el alejamiento de las preocupaciones enfermizas del loco", mantenía la salud física y producía un "equilibrio de las fuerzas utilizándolas" 15. Esta atención se tradujo en la creación de propuestas laborales definidas por el género y anudadas a las necesidades del asilo. Para los hombres se impulsaron talleres de zapatería, para la fabricación del calzado de los internos, y de carpintería, para el arreglo del espacio asilar. Luego se sumaron otros de herraje, hojalatería y gasfitería, junto a labores agrícolas 16. Las mujeres accedieron a talleres diferenciados, menos provistos espacialmente. Cosían al aire libre los vestidos de internas indigentes, y algunas trabajaban en la lavandería. Pese al impulso y quizás como consecuencia de la demora en su implementación, la participación de los internos en los talleres fue baja durante las primeras cinco décadas de funcionamiento de la institución, incrementándose en las primeras décadas del siglo XX (Torres, 2014). Con el tiempo, el espacio psiquiátrico continuó ofreciendo talleres, orientados a apoyar la economía interna del establecimiento, con un alcance limitado y con una trayectoria fragmentada. La historiografía se ha interesado en este propósito, en tanto signo político y moral del llamado dispositivo asilar (Leyton, 2005), sin embargo, más allá de la retórica visual y promocional, la institución continuó operando en base a carencias y limitaciones que no permitieron transformar la laborterapia en un modelo terapéutico eficiente y efectivo al proposito terapéutico y económico del asilo, y posteriormente del manicomio. No solo el trabajo apelaba al control de la mente y su divagación, sinto también el entretenimiento como base sustantiva del tratamiento moral (MacKinnon, 2009). Sazié destacaría las actividades recreativas ofrecidas en los asilos extranjeros, bastante más nutridas que las brindadas por el asilo de Santiago, restringidas a la práctica de bolas y palitroques, mientras que el alienista Germán Greve enseñaría que todos los "asilos modernos", contaban con "juegos agradables y recreativos, palitroques, billares", como de "salones de espectáculos, bailes y soirées musicales" 17. La reducida oferta del asilo de Santiago se amplió tras la construcción de uno de sus espacios más emblemáticos, el teatro inaugurado en 1897, siguiendo indicaciones que se remontaban al menos hacia 1875, cuando Benham sugirió construir "un grande espacio o salón cubierto" para comedor y para diversiones, como conciertos y bailes 18. El Teatro o Salón Grez se edificó como muchas otras iniciativas gracias a un acto filantrópico, bajo la administración de Pedro Montt, quién sería presidente del país entre 1906 y 1910, periodo en el cual se realizaron importantes cambios en la Casa en un afán de reposicionar y cumplir sus espectativas 19. Acompañaron la definición de un espacio teatral, los esfuerzos de constitución y habilitación de espacios comunes para los internos asociados al canto, al rezo, a la comida, a la lectura y a la actuación, acomodados a su vez en jerarquías patológicas y de comportamiento. Estos lugares ampliaron la circulación, favorecieron la interacción entre hombres y mujeres, y sirvieron como puente para la interacción con la comunidad en general, más allá de la asilar. Junto a las acciones directas que activaban la pedagogía moral, se ofrecieron tratamientos más específicos, que podemos asociar a "los medios terapeuticos" identificados por los facultativos del establecimiento. Estos si bien se modificaron con el paso del tiempo, apelaron al uso de medicinas -preparados de botica y luego específicos-y la aplicación de sangría, así también de electricidad e hidroterapia, entre otros. Estos sistemas, determinaron el espacio e impulsaron la creación de gabinetes y recintos dirigidos al uso de la nueva tecnología en circulación. En el transcurso del siglo se rehicieron los baños de duchas y de lluvia, y siguiendo los principios de la hidroterapia se le dio importancia a los baños tibios de tina. A fines del siglo XIX se construyó un gabinete de electricidad, con aparatos nuevos, costosos y eficaces, que constituían, según los médicos, "la mejor instalación en su jénero" en los establecimientos de la beneficencia pública 20. La importancia de la anatomopatología y la vinculación de lesiones orgánicas con condiciones mentales incentivaron el estudio del cuerpo. Como consecuencia, la Casa se dotó de instrumentos quirúrgicos para operaciones y autopsias, y de un laboratorio de microscopía, microfotografía y fotografía, y un número cada vez más elevado de médicos realizando investigación. En 1900, el doctor Carlos Ugarte, encargado del laboratorio, informaba con satisfacción y confianza al administrador, en un intento quizás de ampliar los recursos destinados a su área, que los numerosos estudios realizados en el laboratorio habían contribuido significativamente a esclarecer los diagnósticos de los pacientes. Los exámenes de orina en melancólicos y maníacos mostraban datos interesantes. En el caso de la melancolía identificaba un aumento considerable de ciertas sustancias en el intestino, interpretados como "verdaderos venenos del sistema nervioso" 21. Las autopsias y análisis histológicos establecían causas de muerte y permitían cruces con el historial médico de los internos. El reconocimiento del valor del estudio del cuerpo llevó a que el asilo se convirtiera en el único establecimiento que siguiendo a las clínicas europeas, contaba hacia 190 con 900 autopsias protocolarizadas y más de 100 piezas anatómicas 22. A esto se sumaban secciones de bacteriología para la realización de examenes de espectoración, y de química para la ejecución de examenes de orina, jugo gástricos, líquidos patológicos y leche u alimentación. Junto con apoyar la estadística, estas instancias mostraban el potencial productivo del establecimiento, aportando algunas conclusiones preliminares, como las de Carlos Ugarte sobre algunos procesos internos relacionados con ciertos estados mentales. En su interés por dialogar con las investigaciones europeas respecto al origen y desarrollo de las enfermedades mentales, comprobaba "los resultados obtenidos por algunos autores como Ballet, Regis i Chevallier" respecto a una disminución de la toxicidad urinaria en la manía y un aumento en la melancolía 23. Durante la segunda mitad del XIX la implementación y el perfeccionamiento del tratamiento moral se incrustó a un determinado paisaje asilar que desde sus usos y formatos determinó al proyecto chileno. Si bien adolecía de múltiples problemas y carencias, este se organizó y se presentó desde los espacios conquistados, más que desde las posibilidades reales de sanación ofrecidas. El siglo cerraba con aires de reforma, que llevarían a la búsqueda de soluciones y la implementación de nuevos espacios, que renovarían la propuesta, pero permitirían interesantes traspasos. Como resultado, la última década del siglo, se caracterizó por un dinamismo que acogió debates y proyectos, y que impulsó futuros establecimientos como los Manicomios de la Providencia y de Concepción, y el Open Door del Peral. LOS NUEVOS MANICOMIOS, LA NECESIDAD DE REFORMA Y EL VALOR DEL PAISAJE Para fines del siglo XIX el establecimiento asilar de Santiago se hacía insuficiente para cubrir las necesidades nacionales. Pese a que el reconocimiento de sus problemas se remontaba a décadas atrás, los cambios en sus espacios y en sus presupuestos terapéuticos no habían logrado aplacar las dificultades. El alienista William Benham reclamaba ya en 1875 que los internos, desde su entrada al establecimiento, debían "luchar contra todas las circunstancias desfavorables del proceso de restablecimiento". Si bien esta crítica le valió su destitución como médico del asilo, ciertamente la Casa, no ofrecía las condiciones terapéuticas prometidas, ni tampoco garantizaba la ejecución del tratamiento moral, por problemas de toda índole, que consideraban hasta la ausencia de un reloj, símbolo de la rutina y de la disciplina que se buscaba implementar. Como decía Benham, sin "el conocimiento del tiempo" había sido casi imposible observar alguna regularidad en el recinto 24. La reflexión en torno al espacio y sus usos, así como la definición de sus paisajes, fueron parte importante de los debates que acompañaron la reforma de las instituciones asilares en Chile y en la región (Sacristán, 2008). Los viajes de los especialistas a Europa y Estados Unidos, desde la década del ochenta, para explorar distintas alternativas en el tratamiento de la locura, les permitieron conocer otras experiencias asilares y reflexionar sobre sus diferencias con el modelo chileno. A través de ellos se incorporaron en la discusión nacional nuevos ideales y paisajes que se construían desde sus percepciones y descripciones, publicadas y compartidas tanto en las revistas especializadas, como en la prensa. Estos contenidos funcionaron como materia prima de los nuevos proyectos asilares que se pensaban en el país, y a diferencia de las influencias que impulsaron el primer asilo, funcionarían como un suministro más directo para los arquitectos y autoridades que empujarían los proyectos locales. Uno de los primeros elementos destacados por los médicos fue el emplazamiento y la extensión del territorio hospitalario. Para fines del siglo XIX la Casa de Orates de Santiago se había vuelto más estrecha y había perdido el carácter aislado que la caracterizó en sus inicios. En este escenario, los médicos pidieron reubicar a los asilos en espacios alejados. Algunos, como el doctor Aureliano Oyarzun, sugirieron ubicarlos en el campo, donde hay "mayor cantidad de terreno" 25. Aparte del sustrato económico de esta afirmación, la necesidad de terreno apelaba a solucionar el asunto del hacinamiento, y principalmente, a satisfacer el deseo de contar con espacios exteriores apropiados, en concordancia con la valorización del carácter curativo que adquirían los espacios externos. Como planteaba Oyarzún, el contar con terrenos adecuados, en tamaño y ubicación, permitiría que los enfermos tuvieran a su disposición jardines, lagos donde bogar y hasta bosques, elementos que influían "favorablemente en sus estraviadas facultades cerebrales" 26. La presencia de "jardines y parques", como indicaba Germán Greve, eran constitutivos de los asilos modernos 27. Enviado a Europa en 1893 para instruirse en los nuevos manicomios y en la electroterapia, Greve relató, al igual que lo haría un par de años después Manuel Segundo Beca, médico residente de la Casa de Orates, en su visita a los establecimientos ingleses, las bondades de la naturaleza en el cuidado de la locura. Beca destacó la decoración, las flores y la vista al exterior del clásico asilo de Bethlem en Londres y el extenso paño de terreno, "hábil y hermosamente cultivado", plantado de "árboles y bosquecillos y de bien acabados parques y jardines" del Sanatorio de Holloway, vecino a Windsor, un establecimiento de lujo y de carácter privado 28. Estos elementos pese a que no se encontraban bien desarrollados en Chile, por lo estrecho de los terrenos hospitalarios y por su bajo presupuesto, tampoco eran inexistentes. Desde un inicio las áreas verdes fueron consideradas relevantes. La Casa de Orates de los Olivos, como proyectan sus mapas y fotografías, contó con amplios terrenos al aire libre, contabilizándose alrededor de diez patios y un parque, los que fueron presentados como signos del progreso moral de la institución. Estos lugares "bien plantados", con arboledas que entregaban sombra "contra los rayos del ardiente sol de verano", y con flores que crecían a su alrededor, daban "un aire de alegría y de frescura" que en palabras del alienista William Benham, producía "un buen efecto en los pacientes", en un contexto donde el mismo profesional reconocía que el desarrollo de actividades variadas, "un té en algún punto de la quinta con un poco de música o una 'zamacueca' u otros entretenimientos" ayudaban significativamente a la felicidad de los internos y a su curación 29. Los médicos recomendaban paseos diarios, y también, excursiones fuera de sus murallas, como "paseos campestres", al menos "cinco o diez veces en el año" 30. El propio reglamento de 1884 autorizaba a los internos del pensionado, a pasearse por la arboleda de la casa, acompañados de uno o más guardianes 31. Los beneficios de la naturaleza también podían aprovecharse por medio de referencias indirectas y representaciones alegóricas, como una "sencilla decoración de los patios, pinturas divertidas e interesantes en las murallas i en los dormitorios; distribución de flores, pájaros, gatos, perros i otros animales de regalo, como también libros i diarios" 32. La ornamentación de los Olivos fue simple, sin embargo, acogió espacios particulares, como el Teatro Grez, que desplegó un discurso visual que apoyó la significancia de la naturaleza dentro del proyecto moral. El salón, a diferencia del resto de la casa, ofreció un espacio decorado con grandes murales que incluían figuras de la literatura, como Homero, Dante y Goethe, musas mitológicas y amplias escenas campestres que en conjunto generaban un aire bucólico, y terapéutico, inédito para la institución, pero no para el proyecto asilar en general (Fuentes y Gallardo, 2014). La naturaleza en su formato natural o reproducido buscaba rebajar el carácter institucional del asilo y fortalecer su perfil familiar. Como plantea Clare Hickman para el contexto victoriano, se consideraba que para que el tratamiento moral surtiera efecto, los asilos de locos debían asemejarse lo más posible a un hogar (Hickman, 2013). Los jardines y parques, huertas y terrenos, permitían que el establecimiento se alejara de la idea de prisión y se presentara como un lugar doméstico, amable y libre. En Chile este interés también fue parte del proyecto asilar, especialmente en las primeras décadas de funcionamiento. El mismo nombre de la institución "Casa de Orates" hacía eco de esa aspiración. Aplicado solamente a ciertas instituciones de beneficencia, que podrían haber compartido la necesidad de reflejar el ambiente familiar, la "Casa" buscaba proyectar y comunicar un cotidiano asilar que se asemejara lo más posible al espacio doméstico, que ofreciera sus beneficios, pero desprovisto de los problemas e inconvenientes que incidían sobre la locura. Como planteaba Greve, se debía "despojar" a estas instituciones "del carácter de lazaretos ú hospitales y por el contrario darles el de casas habitaciones confortables, cuya vida interior sea la más familiar posible" 33. Esta tendencia se mostraba con más claridad en los espacios destinados a las elites. La cuidada escenografía del pensionado, con habitaciones amobladas, cortinajes y ornamentaciones, además de vincularse con los preceptos del tratamiento moral, cumplían funciones retóricas, reproducidas en las memorias de la institución y en la prensa, con el objeto de convencer a los miembros de las elites que la Casa de Orates era también un lugar adecuado para ellos. Con el tiempo, el énfasis dado al espacio exterior, a parques, jardines y el terreno en general, se vinculó con la importancia que comenzaron a adquirir los nuevos sistemas "tan aplaudidos por distinguidos alienistas" de "puertas abiertas, non restraint y open door" 34. Este protagonismo seguía un proceso de cambio que se expresaba en otras latitudes que, en palabras de Ricardo Campos, respondía a la dualidad que manifestaba el espacio asistencial, derivado de la ordenación de los enfermos mentales en base a nociones asociadas a la cronicidad y la peligrosidad social que diferenciaba los tipos de encierro según enfermos y condiciones mentales (Campos, 2001 y 2007). Pese a que estos principios de profilaxia mental no fueron mayormente aplicados en Chile, al menos para el periodo estudiado, incidieron en el desarrollo del Asilo de Temperancia de la Casa de Orates, y posteriormente, como se ha señalado, en la discusión de los cambios asilares. Así, cuando comenzó a barajarse la posibilidad de construir nuevos manicomios, su ubicación, las condiciones del terreno y sus usos, fueron temas recurrentes que respondieron a criterios económicos de valor y disponibilidad de la tierra, y al mismo tiempo, a los nuevos idearios médicos y profilácticos de la temprana psiquiatría. Si bien los siguientes establecimientos construidos en Chile no se inscribieron en su totalidad en el sistema de puertas abiertas, si comenzaron a incorporar gradualmente algunos de los elementos constitutivos del modelo, sea en discusiones preliminares o en su implementación. El asilo de locos de Concepción fue uno de los primeros establecimientos estatales para el cuidado de la locura en inaugurarse tras el de Santiago 35. Creado en septiembre de 1895 en un edificio perteneciente al Buen Pastor, se pensó para los enfermos del sur del país y los problemas que generaba su traslado a la capital en un país con más de 4.000 kilómetros de extensión (Sievers, 2012). La centralización del proyecto asilar había generado problemas en provincia. Los enfermos se acumulaban en recintos policiales u hospitalarios en la espera de ser remitidos a Santiago, para embarcarse luego en un traslado penoso, en el que eran acompañados por un guardián, generalmente de policía, descrito como "torpe e ignorante a menudo", "vigoroso, de gran desarrollo muscular" elegido "para emplear la fuerza bruta, de la que se abusaba con frecuencia". Durante el viaje no contaban con asistencia médica, y en el caso de locuras furiosas se documentaban situaciones como la de un hombre de Valdivia que, poseedor de fortuna, se trasladó a Santiago acompañado de su médico, pero amarrado a una escalera 36. El nuevo asilo de Concepción no solucionó los problemas, ni desahogó mayormente a la capital, sino más bien contribuyó a la institucionalización de una población que se encontraba en espacios periféricos. Por ello, las solicitudes de recursos por parte del Ministerio del Interior para mejorar la Casa de los Olivos y las conversaciones respecto a la necesidad de construir un nuevo establecimiento manicomial, actualizaron la discusión. Para juicio de algunos, el proyecto asilar no mejoraría solo con unas cuantas reparaciones, sino que requería repensar los espacios que se estaban destinando al cuidado de los locos, enfocándose no tanto en la construcción de espacios provisorios, como los galpones que algunos sugerían levantar en el ala sur de los Olivos, sino más bien en la edificación de establecimientos nuevos y apropiados 37. Como resultado, a inicios de la década de 1890 comenzó a diseñarse un nuevo asilo. En octubre de 1894 se aprobaron los planos y el presupuesto presentado por Carlos Barroilhet para levantar un manicomio en los terrenos de la chacra de la Providencia, situados al oriente de la capital, entre la Avenida Providencia y el Camino de Ñuñoa 38. El lugar correspondía a un espacio alejado, "ubicado aguas arriba" de la ciudad, cercano a otros lugares de salud en construcción, como el Hospital del Salvador, también dirigido por Barroilhet. Los médicos celebraron la elección del lugar, al lado de los estanques de agua potable, "en medio de un paisaje encantador", cuyo terreno presentaba "condiciones hijiénicas inmejorables", sobre un suelo en declive y seco, con libre acceso de aire y luz, con agua pura en abundancia, "con un horizonte sin límites" enmarcado por la Cordillera de los Andes, "donde los alienados podrán admirar los paisajes que les rodean" 39. El llamado Manicomio Nacional se presentaba como construcción extensa y soberbia, con 45 mil metros cuadrados construidos, pabellones aislados, la mayoría de dos pisos, diseminados en medio de jardines, totalmente diferente al espacio de la antigua loquería. A los edificios y áreas verdes, se sumaban las 10 hectáreas de la colonia agrícola, destinados primero a una población de 1.200 enfermos, y luego de 650, siguiendo los presupuestos psiquiátricos que permitían ordenar a los internos en criterios de peligrosidad y cronicidad 40. Tras varios años de trabajo, el establecimiento se erigía como ejemplo del proceso de modernidad de las instituciones hospitalarias y en específico, asilares. Si bien, el ideal de una "casa" comenzaba a quedar atrás, seguía vigente el interés por la naturaleza y el espacio exterior. Sin embargo, pese al impulso, el proyecto no prospero. En la etapa final de construcción, el establecimiento fue ocupado por el batallón Escuela de Clases, que perpe-tuó su estadía en el establecimiento, lo que sumado a defectos sanitarios que atrasaron su uso por parte de los enajenados, finalmente terminaron por entregar en 1904 el edificio a los militares. Las demandas por mejoras y la validación del espacio como base curativa hicieron eco en Concepción. Apenas dos años después de su fundación, las autoridades solicitaron el traslado de los enfermos a espacios más apropiados, como la Quinta Agrícola y el sector del Molino de Puchacai, lugares más higiénicos, por ubicación y altura. Se pensaba que estos espacios permitirían entregar un régimen de trabajo que siguiera "las colonias agrícolas para enajenados", que representaban para esos años, "una aspiración universal" 41. El proyecto de un Manicomio Moderno se implementó finalmente en Concepción hacia 1915, con la aprobación de la construcción del Manicomio José Cardenio Avello en un terreno de 14 hectáreas en la esquina de Avenida Ignacio Collao con Irarrázaval, bajo la dirección del arquitecto francés Emilio Doyère, creador de varios edificios institucionales en el país. Este manicomio, al igual que el de Providencia, sería vendido al Ministerio de Guerra, traspaso que refleja las luchas internas y externas que debieron darse para la definición, implementación y luego conservación de las instituciones manicomiales en el país (León y Rojas, 2016). El interés por modernizar el manicomio respondía a coyunturas internas, y también al surgimiento de nuevos paradigmas que invitaban a transformar la "Casa" en una "ciudad", con mayores espacios de circulación, interacción y autonomía para los internos, de acuerdo a la diversificación de su población, tanto enferma, como médica. Esta institución se comunicó y presentó en la prensa como "una verdadera ciudad en pequeño (...) una ciudad donde encuentran albergue tranquilo muchos de los infelices que han perdido la razón" 42, y comenzó a pensarse desde los principios del Open Door. Este modelo buscaba una mayor libertad de los internos, puertas sin llaves, circulación no controlada, vigilancia sin coerción espacial, destinada a los convalecientes y a los enfermos tranquilos, pensionistas, y también a casos ya crónicos e incurables, como relataba el doctor Beca en 1898, en referencia al asilo de Binghamton 43. Una década después, el informe que presentaba el doctor Joaquín Castro en el Congreso Internacional de Alienistas celebrado en Viena, informaba de la necesidad de aplicar este sistema en Chile 44. En este escenario de amplitud, donde el horizonte cobraba sentido, el exterior nuevamente fue sindicado como protagonista, ya no tanto en términos morales, sino económicos y productivos. La discusión en Chile sobre la conveniencia y viabilidad del modelo de Open Door surgió a fines del siglo XIX. Alcanzó mayor contingencia durante los procesos de definición de los nuevos manicomios. Para el caso del asilo Avello, en Concepción, la Junta de Beneficenci, en concordancia con las tensiones y diferencias entre el cuerpo administrativo y el cuerpo médico de estos establecimientos, no dio mayores indicaciones al arquitecto respecto del principio rector del establecimiento, indicándole que su deseo era que tuviese una capacidad para dos mil enfermos. Se eligió un modelo en forma de x, al considerarse que el modelo del Open Door no parecía ser recomendable para un país que contaba con solo dos manicomios y que no podía ofrecer las garantías de separación para locos tranquilos y furiosos. Sin embargo, la buena recepción del modelo de puertas abiertas, llevó a que se decidiera destinar la chacra anexa al Manicomio para que los locos tranquilos pudiesen trabajar y de esta forma, aplicar al menos, algunos de sus principios 45. El establecimiento de un proyecto de Open Door se concretó recién hacia fines de la década del veinte. El Plan General de Manicomios de Chile, aprobado por la Junta de Beneficencia en julio de 1929 con el objeto de asistir científicamente a los enfermos, dividió el país en tres zonas -norte, centro y sur-buscando descentralizar el servicio. En provincia, definió la construcción de espacios asistenciales, en su mayoría pabellones especiales asociados a hospitales provinciales, y en Santiago, indicó la construcción de un Hospital Psiquiátrico en la zona de la Casa de los Olivos, específicamente donde se ubicaba el Asilo de Temperancia. También estableció la creación de un Asilo Colonia en el fundo "El Peral" adquirido por el Estado en 1928, algunos años después de la compra de la Quinta Bella en Conchalí en 1923. El plan consideraba vender el Hospicio de Santiago, trasladar a los internos en estado de demencia a El Peral y a los inválidos a la Quinta Bella. Se autorizaba a la Junta Central de Beneficencia vender los terrenos de la Casa de Orates, conservando solo los espacios que se destinarían a Hospital Psiquiátrico, con el objeto de solventar la deuda del establecimiento y financiar el Plan de Manicomios 46. Este Plan General de Manicomios formalizó un proyecto que se había gestado ya hacia en 1925 con la aprobación para adquirir un predio agrícola para el desarrollo de un Open Door. Se buscaba una superficie con un mínimo de 1500 hectáreas, adquiriéndose finalmente el fundo Concepción del Peral para el establecimiento del Open Door destinado a cuatro mil enfermos. Junto con la compra del terreno, se debía planear el régimen a implementar, lo que requirió nuevamente el envío de una comisión compuesta por el Director de la Casa de Orates, Francisco Echenique, el médico subdirector, Gerónimo Letelier y el arquitecto de la Junta de Beneficencia Oscar Oyadenel, para que fuesen a estudiar modelos de puertas abiertas al extranjero, considerándose los establecimientos de Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro, particularmente respecto a su funcionamiento, reglamento y edificación 47. Así, nuevamente, sobre terrenos definidos como higiénicos, se perfiló un modelo asilar asociado a nuevos ideales psiquiátricos, que pese a su carácter renovado, continuaba confiando en el retiro y el encierro, asociado esta vez a uno de los principales criterios terapéuticos que avalaban la Open Door: el trabajo 48. El proyecto asilar, devenido en proyecto manicomial, se levantó sobre determinados espacios, cuya identificación y selección, reflejó parte de las dinámicas de apropiación y desarrollo de la terapia moral en Chile. En esos espacios, dibujó una serie de paisajes, forjados por sujetos, saberes y prácticas, entre varios otros elementos, que se proyectaron en el tiempo y que se posicionaron como elementos constitutivos de los asilos, fundantes y vinculantes. Estos paisajes cambiaron con el tiempo, de la mano de la transformación del alienismo decimonónico en la psiquiatría de inicios del siglo XX, pero mantuvieron vigente la idea de retiro y disciplina como base de curación, paralelo a la expansión de nuevas fuentes terapéuticas basadas en la terapia de shock y en la farmacología. Estos espacios fueron armados y reproducidos, compartidos y comunicados, como parte de las estrategias de la institución, y como aquel opuesto que permitía no solo definir la ciudad de los locos, sino también la de los cuerdos. Los paisajes se abrieron a la comunidad a través de la prensa y las editoriales. Las crónicas describieron el interior cotidiano del asilo y en ocasiones sus falencias, mientras que las fotografías celebraron su mundo material: los volúmenes, los edificios, los patios y parques, como muestras del avance y de la concreción de los ideales terapéuticos, funcionando como soporte del proyecto. Los espacios de las casas y manicomios mostraron un paisaje compartido bajo aquellas ambiciones e ideales que forjaron el imaginario asilar. Así, espacios como los de la Casa de Orates, el Manicomio Avello y el Manicomio Nacional, se presentaron no solo como sostenes materiales y diferenciados de un modelo, sino como parte de un sistema integra-do de alegorías, estructuras y formas, que articuladas a determinadas narrativas y tipologías, calaron en el proyecto médico de la época y en la concepción de la locura, más allá de su concreción y diferenciación. Las casas, asilos y manicomios se entendieron y discutieron desde su espacialidad. La problematización de las categorías patológicas usadas, las tasas de recuperación, la operatividad de otros medicamentos, entre varios otros temas, fueron determinantes del espacio y de sus cambios, pero también fueron subsumidos en el discurso público respecto a estas instituciones por el protagonismo que tuvo el espacio manicomial como espacio de realización e implementación concreto del ideal alienista y psiquiátrico. Así, los paisajes asilares, entendidos como parte de un discurso visual dinámico, surgidos del encuentro del espacio intervenido, con el espacio en sí, ofrecieron también un circuito de tránsito y construcción de sentido que superó las instituciones particulares, proyectándose como un panorama institucional que se extendió tanto en el espacio, como en el tiempo. El proyecto asilar se describió, se representó y se ofreció, a través de sus paisajes, los que constituyeron por, sobre todo, medios de proyección de un ideario nacional y médico, en proceso de definición. En ellos destacaron panoramas interiores y exteriores, que hicieron converger civilización con naturaleza, y que aludieron a paisajes icónicos que buscaron comunicar el desarrollo material, científico y profesional logrado por el alienismo, las autoridades y los médicos, en las condiciones naturales y sociales dadas en Chile. Así, pese a que durante el siglo XX los manicomios seguirían cambiando significativamente, mantendrían un paisaje común, derivado de la dificultad de renovar y de la falta de recursos, que mantuvo el guiño decimonónico al régimen moral, paralelo al desarrollo e introducción de nuevos criterios patológicos y terapéuticos para comprender y tratar la locura. Las condiciones espaciales hacen pensar en el poder psiquiátrico y en sus condiciones de implementación y acción. El desarrollo de los asilos de locos da cuenta de cambios significativos en el mundo médico y de la salud pública, pero también revela la distancia entre el hacer y el querer, en recintos que no lograron monopolizar las prácticas de cuidado y tratamiento de los enfermos mentales en un Chile en el que la locura continuó viviéndose, para fines del siglo XIX e inicios del XX, en las calles y en los espacios familiares.
En el presente trabajo se examinan los antecedentes legislativos del Decreto de 1903, el contexto sanitario en el que se gestó, su proceso de gestación y aprobación, y se ofrece una aproximación a su aplicación posterior. Con ello se muestra cómo los factores político-económico-sociales, legislativos, profesionales y sanitarios condicionaron la lenta generalización de la vacunación antivariólica en España en los siglos XIX y XX. La celebración del centenario del Real Decreto de 15 de enero de 1903 de vacunación obligatoria contra la viruela en España constituye una buena oportunidad para ocuparse de una enfermedad que durante siglos fue una de las principales causas de muerte y una de las posibles razones de invalidez para la población que sobrevivía a dicho proceso morboso 1. De hecho, este carácter invalidante motivó manifestaciones como las de Avervek, médicocirujano de Bremen, quien hace algo más de un siglo llamó la atención sobre el hecho de que aquellos que no sucumbían a la enfermedad, «maldecían mil veces la vida», ya que ninguno se libraba «de quedar desfigurado» 2. Precisamente, apelando a esta condición invalidante de la viruela, un médico de Huesca defendió y justificó la obligatoriedad de la vacunación y revacunación contra la viruela en el IX Congreso Internacional de Higiene y Demografía de 1898. En su opinión, con la adopción y aplicación de dicha medida se lograría que desaparecieran «ciertos peligros que, si no ocasionan la muerte del individuo inmediatamente después de haber sufrido la invasión variolosa, en cambio le dejan tachas indelebles en el ejercicio de sus funciones de nutrición y hasta en las de relación, que constituyen doble desgracia, a los seres que tienen la mala ventura de verse sumidos en tales circunstancias» 3. A la vista de las palabras que acabo de reproducir, parece bien apropiado el abordaje de la viruela en el año europeo de las discapacidades. Los objetivos principales que, en este doble marco, pretendo cubrir con el presente trabajo son los siguientes. Mostrar primeramente cuáles fueron los antecedentes legislativos del citado Real Decreto, dar cuenta seguidamente del contexto sanitario en el que dicho Decreto se gestó, así como del proceso mismo de su gestación y aprobación; y, por último, exponer sus rasgos más ----1 Para obtener una visión sintética acerca de lo que ha sido la historia de la viruela y la lucha contra dicha enfermedad, resulta muy útil el trabajo de CROSBY, A.W. (1993), «Smallpox». 2 AVERVEK (1881), Sobre la vacunación y la obligación de vacunarse. Estudio científico popular del Dr., trad. esp. por Juan Cruz y Vázquez, Madrid, Imprenta de Enrique Teodoro, p. Actas y Memorias del IX Congreso Internacional de Higiene y Demografía celebrado en Madrid en los días 10 al 17 de abril de 1898..., t. II, Madrid, Imprenta de Ricardo Rojas, 57-59, p. (La cursiva es mía). destacados y ofrecer una imagen siquiera somera de su aplicación posterior. A través de ello se irán poniendo de relieve los principales factores responsables de la lenta generalización de la vacunación antivariólica en España tras su rápida difusión inicial. A tal objeto, he consultado monografías sobre la viruela, Actas y Memorias de los Congresos Internacionales de Higiene, las principales revistas científico-profesionales y algunas obras generales de carácter demográfico-sanitario del último tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX 4. He utilizado los datos estadísticos incluidos en algunas de las publicaciones citadas, si bien para el siglo XX me he servido de los proporcionados en el Centro Nacional de Epidemiología 5. Puntualmente, he recurrido a la prensa obrera. LA PRÁCTICA DE LA VACUNACIÓN ANTIVARIÓLICA EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX Como es bien sabido, la implantación de la variolización -primera medida profiláctica útil contra la viruela-no estuvo exenta de importantes dificultades y oposiciones en los países de nuestro entorno. Algo similar ocurrió con la vacuna puesta a punto por Edward Jenner en 1795 6, como señaló el médico catalán Francisco Piguillem 7, al dar cuenta de la primera vacunación en nuestro país llevada a cabo por él mismo en diciembre de 1800 8. Ahora bien, estas dudas y reservas frente al nuevo recurso protector contra la viruela no impi-----4 Agradezco a Ignacio Díaz-Delgado, bibliotecario de la RANM su inestimable ayuda para localizar algunas de las fuentes. 5 De hecho, me he servido de la información que, amablemente y con toda generosidad, me ha facilitado Ferrán Martínez Navarro, Jefe de Área de Vigilancia de Salud Pública de dicho centro (ISCIII). 7 Entre los trabajos dedicados a este médico, cabe señalar la reciente e interesante aportación de DANON, J. (2000), «Estudi preliminar sobre Francesc Piguillem en la Medicina catalana del seu temps». En: PIGUILLEM, F. (1801), La vacuna en España o cartas familiares sobre esta inoculación escritas a la señora **, Puigcerdá, Fundación Uriach, pp. 5-31. 8 PIGUILLEM, F. (1801), La vacuna en España o cartas familiares sobre esta inoculación escritas a la señora **, Barcelona, Sierra y Oliver Martí, p. He manejado la edición fácsimil publicada en 2000 por la Fundación Uriach. dieron que su práctica se difundiera rápidamente por Europa 9, incluyendo dentro de nuestras fronteras 10. De hecho, la difusión de la vacunación se produjo con celeridad desde 1799 hasta 1803, año de la famosa expedición Balmis organizada por España para propagar la vacuna en los territorios de ultramar 11, y momento en el que se inició la regresión de esta práctica, tanto en otros países europeos como, sobre todo, en el nuestro 12. Entre las razones que han sido apuntadas para justificar dicha regresión en la práctica de la vacunación en nuestro país, figura la carencia de un marco ----9 Sobre este tema, puede verse: DARMON, P. (1986), La longue traque de la variole, Paris, Perrin, pp. 175-198. Una interesante revisión sobre la recepción y aplicación práctica de la variolización y la vacunación contra la viruela en Europa y Oriente, contextualizada en el marco amplio de las vacunaciones, son algunos de los trabajos reunidos en la obra de MOU-LIN, A.-M. (dir) (1996), L'aventure de la vaccination, Paris, Fayard, pp. 1-121. 10 Entre las aportaciones que se ocupan de la inoculación y la introducción de la vacuna en nuestro país, figuran las siguientes: RUMEU DE 12 OLAGÜE DE ROS, G. (1995), pp. 251 y 260. Sobre este mismo tema, además de los trabajos citados en la nota anterior, véase también la aportación realizada en este volumen por G. Olagüe y M. Astrain. legislativo e institucional que permitiera realmente salvaguardar la práctica vacunal13. De hecho, la Real Cédula de 21 de abril de 1805, por la que debía establecerse una sala de vacunación en los hospitales de las capitales de España, fue la primera normativa legal14. Como se puede ver, se dio tardíamente y fue consecuencia de la expedición de Balmis. Pues bien, los años que siguieron del diecinueve tampoco aportaron mucho más en materia legislativa. Así, la Real Orden de 14 de agosto de 1815 recordaba, a petición de la Academia de Medicina, el cumplimiento de la Real Cédula de 1805. Por su parte, el Reglamento de 2 de agosto de 1848, señalaba la obligación de declarar las enfermedades epidémicas y examinar el estado «en que se encuentra la propagación de la vacuna, procurando fomentarla, y dando cuenta cada año del estado de sus investigaciones, con las observaciones que consideren convenientes»15. Las palabras reproducidas reflejan unas obligaciones bastante vagas sin acompañamiento de medida alguna tendente al establecimiento de un marco institucional que hiciera realmente viable la práctica vacunal de modo permanente y su extensión progresiva a capas cada vez mayores de población. Este mismo talante se mantuvo en otras disposiciones legislativas posteriores 16. Algunas de ellas tuvieron finalidades muy concretas, como la R. O. de 15 de abril de 1858, por la que el Gobierno aprobaba un envío de vacuna fresca y de buena naturaleza a las Islas Filipinas, al objeto de poder luchar efectivamente contra las epidemias variolosas allí desarrolladas 17; o la R.O. de 27 de diciembre de 1860, en la que se dispuso, en vista del informe de la Academia de Medicina en Madrid, que en las vacunaciones y revacunaciones se tenía que hacer uso de virus de buena calidad 18. Como vemos, durante algo más de cincuenta años se legisló poco y su finalidad fue en la mayoría de las ocasiones actuar como recordatorio de la necesidad de cumplimiento de esa primera medida, recogida en la Real Cédu-----la de 1805. En otras, se buscó atender a algunos de los problemas concretos presentados con la práctica de la vacunación, especialmente durante las epidemias de viruela. De ahí la necesidad de recordar que se usara para ello linfa de buena calidad. Por otro lado, a diferencia de lo que ocurrió en la mayoría de los países europeos 19, el nuestro «no contó con instituciones, públicas o privadas, dedicadas exclusivamente a velar por la expansión de la vacuna» 20. Otro factor negativo que se sumaba a ese marco legislativo e institucional escaso, era la ausencia de una potente infraestructura burocrática. Recordemos que la defensa de la salud pública española durante los siglos XVIII y XIX estuvo articulada sobre las Juntas de Sanidad, de las que dependía en exclusiva la prevención contra la extensión de las enfermedades epidémicas 21. Esta organización fue recogida en la Ley de Sanidad de 1855 22, que extendió al ámbito sanitario el modelo centralista napoleónico imperante ya en la Administración pública 23. Ahora bien, con la Ley de 1855 se sustituyó el sistema cuarentenario por otro basado en la inspección médica realizada por «delegados facultativos», nombrados por el Gobierno, para visitar lugares de inminentes epidemias o contagios, quedando la vigilancia en tiempo de calma epidémica en manos de los Subdelegados de Medicina y Cirugía 24. Sin embargo, como denunció años más tarde Pulido, los Subdelegados no ejercían en la práctica dicha labor de inspección sanitaria, labor que por otra parte tampoco era remunerada 25. Como vemos, nuestro sistema, que se mantuvo prácticamente sin cambios hasta la Instrucción General de Sanidad (1904) dejaba mucho que desear, y debe entenderse como una muestra de nuestro retraso en ---- 19 Información acerca de lo ocurrido en otros países de nuestro entorno, figura en: OLA- materia sanitaria, en consonancia con la situación general de nuestro país en el siglo XIX marcada por la inestabilidad política y una no muy boyante situación económica, como consecuencia de una débil Revolución Industrial y de la existencia de una débil burguesía. Pues bien, a todo lo anterior habría que añadir otro factor que parece que pudo condicionar de forma importante la trayectoria que, en nuestro país, adoptó el tema de la vacunación contra la viruela. Me refiero a la profunda crisis, que -tanto a nivel educativo como en lo referente al ejercicio-, estaba sufriendo la profesión médica y al complejo proceso de reorganización en el que estuvo inmersa desde los últimos años del siglo XVIII 26. Esta situación probablemente explique que dicha profesión no realizara inicialmente las necesarias iniciativas para lograr el monopolio de la práctica de la vacunación, disputándose dicha práctica cirujanos y médicos, junto a barberos, sangradores y charlatanes 27. La suma de todos los factores enunciados propició que el grado de cumplimento de la práctica de la vacunación y de la revacunación contra la viruela no fuera demasiado alto. A ello contribuyó también el miedo de la población hacia dicha medida, que recelaba de su efectividad y temía la transmisión de otras enfermedades conjuntamente con la linfa vacunal. Aunque desde la Medicina se relacionaba este estado de ánimo y actitud de la población con su incultura, conviene recordar que a él habían contribuido no sólo las autoridades políticas, sino también los propios médicos. De hecho, esas ideas fueron vertidas por los antivacunistas para apoyar sus posturas, pero también figuraron en algunos informes médicos como el dictamen del Consejo de Sanidad en respuesta a la comunicación mandada por el Ministro de la Gobernación con motivo de la epidemia variolosa registrada en las Islas Filipinas en 1855. En él, se aceptaba la «degeneración de la vacuna» y se explicaba por no ser el cow-pox una «enfermedad humana» ni una «semilla humana» 28. Consecuencia del escaso cumplimiento y difusión que la práctica de la vacunación tuvo en nuestro país fue que la viruela, una de las «enfermedades evitables», siguió constituyendo un importante problema sanitario en España, siendo endémica en muchas locali-----26 PESET, M.; PESET, J.L. (1974), La universidad española, Madrid, Taurus; ALBARRACÍN TEULÓN, A. (1974), «La asistencia médica en la España rural durante el siglo XIX», Cuadernos de Historia de la Medicina española, 13, 133-204. Sin embargo, como ha indicado este mismo autor, la Academia de Medicina solicitó en 1801 autorización para dedicar en su seno una sala para vacunaciones gratuitas y, en 1803, elaboró y presentó un plan mucho más ambicioso, véanse: pp. 264-265. 28 Precisamente, en un ambiente bastante diferente, el del sexenio revolucionario y primeros años de La Restauración, y con unos profesionales sanitarios algo mejor instalados en la sociedad, la presión de estas epidemias contribuyó a mantener periódicamente un debate sobre la viruela y, con ello, se fueron propiciando ciertos cambios que posibilitaron algunas transformaciones que entrañaron un cierto efecto positivo en lo que al cumplimiento de la práctica de la vacunación se refiere. En este sentido, es preciso destacar, por un lado, las sesiones que la Real Academia de Medicina dedicó a ocuparse de «la terapéutica y la profilaxis de la viruela» 30; y, por otro, el dictado de algunas medidas legislativas que tenían como finalidad el establecimiento de un cierto marco institucional -público y privado-que pudiera permitir la propagación y aplicación de la práctica de la vacunación. De hecho, por R.O. de 24 de julio de 1871 se creó un Instituto Nacional de Vacuna, bajo la dirección de Fomento y dependiente de la Academia de Medicina 31, que tendría un escaso funcionamiento 32. Este hecho, como ha señalado Ricardo Campos y muestra también en este mismo volumen, no estuvo exento de problemas, provocando enfrentamientos con la Comisión Central de Vacunación del Instituto Médico ---- Valenciano 33 y con la Real Academia de Medicina que aspiraba también a fundar su propio Centro de Vacunación 34. En efecto, así fue expresado por Méndez Álvaro en su discurso del 20 de mayo de 1871, colofón del citado debate que, sobre la «terapéutica y profilaxis de las viruelas», se había celebrado en la Academia de Medicina 35. Además del Centro de Vacunación, juzgaba Méndez Álvaro necesario «el ordenamiento de un buen sistema de vacunación, extendido a todos los pueblos» 36, reclamaba que la vacunación fuera realizada «por hombres de conocimientos especiales», y remarcaba la ayuda que «las sociedades médicas» podían prestar tanto en la preservación de las viruelas como en las tareas de divulgación sanitaria a fin de vencer las resistencias de la población frente a la vacunación, «desvaneciendo los errores y preocupaciones que entre el vulgo suelen acreditarse» e inculcando «la utilidad de la revacunación» 37. Algo más de un año después de la creación del Instituto Nacional de Vacuna, por R.O. de 14 de diciembre de 1872 se determinó que, por ser «industria libre y lícita para los Profesores de la ciencia de curar» 38, no era necesaria la autorización del Gobierno para que los médicos establecieran Institutos de vacunación. Con esta medida, quizás motivada, por un lado, por las presiones de ciertos sectores de la clase médica, y, por otro, por el convencimiento de la imposibilidad del Estado de asumir adecuadamente las tareas relativas a la práctica de la vacunación -recordemos las dificultades y el escaso funcionamiento del Instituto Nacional de Vacuna-, se consagró el libre mercado de la vacuna. Ello permitió una cierta proliferación de centros privados de vacunación en los años siguientes. Como se ha visto, según Méndez Álvaro, otro de los elementos necesarios para poder llevar a cabo la práctica vacunal era disponer de un personal médi----- co apropiado para acometer semejante tarea. Dar respuesta a esta necesidad no parecía sencillo, recordemos el escaso nivel de modernización y la escasa atención que se prestaba en esos momentos a la denominada Sanidad Civil, especialmente a la Sanidad terrestre 39. De hecho, no sería hasta la reorganización de 1892, bajo la amenaza de la epidemia de cólera que se estaba desarrollando en Europa (Hamburgo, Bélgica, Francia...), cuando se produjo la creación de los Inspectores Provinciales de Sanidad, y, con ello, se inició un auge paulatino de la Sanidad interior 40. No obstante, con anterioridad, en 1885, por R.D. de 20 de noviembre, se había creado el Cuerpo médico de Vacunadores del Estado 41. Además de las medidas legislativas referidas con las que se pretendió introducir mejoras en lo que a infraestructura y personal de vacunación se refiere, la I República dictaría otras con la finalidad de establecer un registro estadístico de los estados de vacunaciones, revacunaciones y de los casos de viruela que se produjeran en cada provincia 42. Sin embargo, no siguió el ejemplo de Prusia, en donde el 2 de abril de 1874 se había aprobado la Ley de vacunación obligatoria, limitándose a disponer por Orden de 30 de diciembre de 1873 «la vacunación y revacunación de cuantas personas estén bajo la dependencia de las Autoridades», y excitando a éstas «a extender la vacunación allanando resistencias y destruyendo preocupaciones» 43. A tenor de estas últimas palabras reproducidas cabe pensar en la importancia que, de cara a extender la vacunación antivariólica, poseía la eliminación de las preocupaciones existentes entre el vulgo y algunos médicos acerca de la ineficacia de la vacuna, y de la posible transmisión de otras enfermedades por medio de la vacuna. De ahí que no nos deba extrañar que aparecieran obras originales o traducciones 44 y se desarrollaran debates científicos con el objetivo de desterrar dichas ideas y recelos frente a la vacunación antivariólica 45, así como con ---- 39 De hecho, no existió una cierta preocupación gubernamental por organizar «la Sanidad terrestre y marítima» y constituir un cuerpo de funcionarios de Sanidad Civil hasta 1879, si bien la propuesta no se materializó. MOLERO MESA, J.; JIMÉNEZ LUCENA, I. ( 2000 la intención de ir creando un estado de opinión favorable a la vacunación obligatoria. En él, se indicaba con mayor precisión las edades de vacunación y revacunación, las medidas a adoptar en tiempo de epidemia, se recogían los cambios legislativos habidos en la vacunación antivariólica en los últimos años del siglo XIX, sobre todo tras la creación del Instituto de Vacunación, etc.. Además, conscientes de las dificultades para lograr su cumplimiento, se solicitaba la colaboración de las autoridades, los Centros libres de propaganda e Instrucción profesional, los Jefes de los servicios y organismos del Estado, así como de los Profesores Médicos. De hecho, la colaboración de estos últimos en la extensión de las vacunaciones y revacunaciones, así como mediante la creación de centros privados permanentes de vacunación, se premiaba con diferentes distinciones y preferencia para ascender y optar a plazas por concurso 47. De esta manera comenzaba una nueva etapa, marcada por el contenido del Decreto de 1891, del que hemos resaltado algunos aspectos, contando para su aplicación con un Instituto Nacional de Vacunación, un Cuerpo de Médicos Vacunadores del Estado y el libre mercado de la vacuna reconocido desde 1872. En las próximas páginas mostraremos hasta qué punto estas nuevas condiciones, que incluían también una campaña de propaganda favorable a la vacunación, se tradujeron en un mayor éxito en la lucha contra la viruela. CONTEXTO SANITARIO, GESTACIÓN Y DICTADO DEL R. D. DE 1903 Con el Decreto de 1891 se inicia la última década decimonónica en la que, ante el conflicto de Cuba y su resultado final, cobrarán más fuerza algunos elementos que estaban operando desde, al menos, la década anterior. Me refiero sobre todo a la configuración del movimiento regeneracionista, en conexión con la mentalidad positivista imperante en nuestro país 48, y muy in----- 46 Como figura en la exposición del citado Real Decreto, esta disposición legal se dictaba mientras se preparaba la presentación de un Proyecto de ley. Este R.D. sirvió en parte de modelo para confeccionar el articulado del R.D. de 1903. 48 El positivismo desempeñó la importante función ideológica de legitimar el nuevo régimen. 74. fluido por la experiencia brindada por el sexenio revolucionario y por lo ocurrido en Francia tras la derrota de 1870 49. El desarrollo paralelo, junto a la configuración del movimiento regeneracionista, de otras alternativas sociopolíticas como el socialismo, el anarquismo o el catalanismo, que se mostraron con solidez en la coyuntura de 1898, permitió realizar un proceso de revisión crítica y una reformulación de los problemas sociopolíticos que afectaban secularmente a España. De ahí el protagonismo que nuestra desatención sanitaria alcanzó y la influencia que ello tuvo en distintos aspectos como el de la lucha contra la viruela. A ello contribuyó igualmente el importante protagonismo que, en este movimiento regeneracionista, cobraron los profesionales sanitarios, que, como grupo social, habían alcanzado ya una cierta entidad y presencia pública 50. Convencidos los médicos de que el desastre de 1898 y, en general, nuestro estado de crisis nacional se debía a nuestra mala situación sanitaria 51, denunciaron dicha situación y plantearon sus propuestas reformistas 52 para lograr la modernización científico-sanitaria del país. En su opinión, la creación de nuevas instituciones científicas y una profunda reforma sanitaria, cuyo inicio debía ser la promulgación de una nueva Ley de Sanidad adaptada a los nuevos dictados de la ciencia médica 53, eran las piezas claves para conseguir dicha modernización. En un marco como el descrito, en el que, como se ha visto, se habían introducido algunas transformaciones en la lucha contra la viruela al hilo de las realizadas en lo que a nuestra organización sanitaria y situación de la clase médica se refiere, la viruela seguía siendo, sin embargo, un importante problema sanitario. De ahí que no nos deba extrañar que se denunciara su presencia 54 y nuestra elevada mortalidad por enfermedades infecciosas, superior ----49 Acerca de la influencia que lo sucedido en Francia en 1870 tuvo en los intelectuales de nuestro país, resulta muy ilustrativo: CACHO VIU, V. (1997), Repensar el noventa y ocho, Madrid, Biblioteca Nueva. El problema de la elevada mortalidad por viruela en España en los primeros años del siglo XX fue denunciado a la de la mayoría de los países de Europa y América 55. Esta vergonzosa presencia de la viruela se relacionaba con el atraso sanitario de nuestro país, la resistencia e indiferencia de la población hacia la vacunación, la falta de una legislación en la que se estableciera la obligatoriedad de la vacunación y revacunación antivariólica y, sobre todo, la falta de voluntad de las diferentes instancias de la Administración en hacer cumplir la legislación. De ahí que las actuaciones de los últimos años del siglo XIX y primeros del XX estuvieron dirigidas, por un lado, a la elaboración y presentación al Parlamento de Proposiciones de Ley al objeto de lograr la aprobación de una nueva Ley General de Sanidad 56; y, por otro, a la demanda de nuevas instituciones científicas. Si el fracaso presidió los intentos de conseguir una nueva Ley de Sanidad, algunos logros se obtuvieron en lo que a instituciones científicas se refiere. En efecto, mediante el R.D. de 23 de octubre de 1894, el ministro de la Gobernación Alberto Aguilera (1840-1913) creó «un Instituto Nacional de Bacteriología e Higiene», que incluía entre sus funciones la vacunación preventiva contra la viruela 57. Sin embargo, el ambiente de recelo presente en ciertos sectores de las profesiones sanitarias (médicos, farmacéuticos y veterinarios) que ---- SANIDAD (1901), Cuestiones fundamentales de Higiene Pública en España, Madrid, Est. La elevada mortalidad en España había sido objeto de otros informes anteriores del mismo Consejo de Sanidad en 1884 y 1888. Con posterioridad, la gran morbilidad y mortalidad por enfermedades infecciosas, superior a otras naciones de Europa y América, fueron igualmente denunciadas en los siguientes documentos legislativos: «Proyecto de Ley de Epidemias», El Siglo Médico, 3181, 28-11-1914, 762-764; «Real Decreto de 10 de enero de 1919 en relación con la prevención de las enfermedades contagiosas», Med. Esp., 4, (1919), 69-75; «Proposición de Ley del Sr. Van-Baumberghen, sobre profilaxis pública de las enfermedades infecciosas», Diario de Sesiones de Cortes. había rodeado su creación, impidió su materialización, siendo preciso esperar hasta 1899 para contar con el «Instituto de Sueroterapia, Vacunación y Bacteriología de Alfonso XIII», creado por Cortezo (1850-1933) ante la presencia de la peste en Oporto 58. Con el nuevo Instituto, que venía a ocupar el hueco dejado por los disueltos Institutos Central de Bacteriología e Higiene y el de Vacunación del Estado, se buscaba modernizar la lucha contra las enfermedades infecciosas en nuestro país 59. Con el fin de vencer las resistencias e indiferencia frente a la vacunación antivariólica por parte de la población y de algunos médicos, continuó con más fuerza el debate sobre la viruela y la vacunación antivariólica. De hecho, este tema fue objeto de tesis doctorales 60, memorias presentadas a las Academias de Medicina 61 y diversas publicaciones -algunas claramente propagandísticas 62 -aparecidas en torno a 1898, año éste del IX Congreso Internacional de Higiene y Demografía, celebrado en Madrid, y en el que la vacunación antivariólica y su obligatoriedad se constituyó en uno de los grandes protagonistas. Entre los españoles defensores de la vacunación obligatoria figuraron el Secretario de la Real Academia de Medicina Manuel Iglesias, directores de Institutos oficiales y centros privados de vacunación, médicos de la Beneficencia municipal y médicos titulares, siendo comúnmente aceptada la necesidad de solicitar de los Poderes públicos la aprobación de una ley de vacuna-----58 MINISTERIO DE LA GOBERNACIÓN. DIRECCIÓN GENERAL DE SANIDAD (1900), Real Decreto de creación del Instituto de Sueroterapia, Vacunación y Bacteriología de Alfonso XIII y Reglamento para su aplicación, Madrid, Impr. Sucesora M. Minuesa de los Ríos, pp. 7-9. 59 Este tema ha sido abordado por mí en: PORRAS GALLO, Ma I. (1998), «Antecedentes y creación del Instituto de Sueroterapia, Vacunación y Bacteriología de Alfonso XIII», Dynamis, 18, 81-105. 60 Una de ellas fue la de TORRE S. SOMOZA, C. de (1894), Profilaxis de la Viruela. Tip. de José M. Paredes, en la que el autor terminaba suscribiendo la siguiente conclusión: «La vacuna constituye, con los medios higiénicos de aislamiento, el único tratamiento profiláctico de la viruela». 61 Una muestra de este tipo de obras fue la memoria, premiada por la Academia de Medicina, de CARBONELL y SOLÉS, F. (1898), Estudio comparativo, experimental y clínico de la viruela en el hombre y en los anímales domésticos, Barcelona, Tip. de la Casa Provincial de Caridad. 62 Un ejemplo lo constituye el folleto propagandístico de Gorgonio González Araco, director del Instituto de vacunación de la calle Valverde, uno de los centros privados existentes en Madrid desde 1886. Dicho folleto, en el que se defendía con entusiasmo la vacunación y revacunación hasta llegar a hacerla obligatoria, tuvo al menos dos ediciones: GONZÁLEZ ARACO, G. (1893), La vacunación antivariólica, Madrid, Tip. de Baena Hermanos; GONZÁLEZ ARACO, G. (1898), La vacunación antivariólica, Madrid, Impr. de los Hijos de J.M. Ducazal. ción obligatoria en aquellos países que carecieran de ella 63. Éste era el caso de España en el momento de celebrarse el citado Congreso, a pesar de haberse presentado al Congreso de los Diputados una Proposición de ley declarando obligatoria la vacunación y revacunación en 1895 64 y del creciente estado de opinión favorable al establecimiento de la obligatoriedad de la vacuna, desde la epidemia de viruela registrada en 1896. De hecho, esta epidemia motivó que el tema central de las sesiones de la Sociedad Española de Higiene fuera la vacunación forzosa, estudiándose un proyecto de Ley acerca del particular que se decidió someter a las Cámaras Parlamentarias 65. Probablemente, ese Proyecto fue el presentado por el Secretario de la Real Academia de Medicina al Senado en 1897 66, que, al igual que el citado anteriormente, tampoco sería aprobado 67. Con posterioridad no hubo más iniciativas similares, si bien Pulido, al ser nombrado Director General de Sanidad en 1901 68, anunció que se ----proponía redactar un decreto y, si eso no bastaba, un proyecto de ley de vacunación obligatoria 69. Sin embargo, Pulido abandonaría dicho cargo sin llegar a realizar lo anunciado, y sería su sucesor, Carlos Ma Cortezo, el responsable del R.D. de 15 de enero de 1903 70. Éste, aunque fue publicitado como Real decreto sobre vacunación y revacunación obligatorias, como muy bien denunció Martín Salazar años más tarde en su discurso de ingreso a la Real Academia de Medicina, esto era así tan sólo en caso de epidemia o de recrudecimiento de la endemia 71. Además, en opinión de este médico, la propia redacción del Decreto hacía que, incluso en esos casos, su aplicación ofreciera más dificultades por cuanto la norma legislativa descendía y se desvanecía «en múltiples detalles casuísticos que condicionan su cumplimiento y que complican más bien que facilitan su ejecución» 72. Probablemente, este hecho se debía a que, como señaló el propio Cortezo, ante la imposibilidad de aprobar ninguna de las dos proposiciones de ley de vacunación obligatoria que habían sido presentadas al Congreso y Senado, en el R.D. de 1903 se habían «limitado a reproducir en parte y a ampliar muchísimo» el R.D. de 1891 73. APLICACIÓN DEL DECRETO DE VACUNACIÓN Y REVACUNACIÓN DE 1903 Para proceder a la aplicación del Decreto de 1903 en las situaciones y condiciones indicadas se contaba en esos momentos con el ya mencionado Instituto de Alfonso XIII, algunos laboratorios provinciales y municipales -propios o subvencionados-y con un número progresivamente mayor de centros privados. Continuaba sin aprobarse una nueva Ley de Sanidad, pero se había dictado el R.D. de 31 de octubre de 1901 de Declaración Obligatoria de Enfermedades infecciosas y, aunque desde 1892 se contaba con los Inspectores Provinciales de Sanidad y la Sanidad interior había cobrado un cierto auge, seguían siendo muchas las carencias de nuestra Sanidad. De hecho, como ha señalado Rodríguez Ocaña, se estaba iniciando entonces la etapa que él ha denominado de «formación» de la Salud Pública española con la aprobación ----de la Instrucción General de Sanidad al término de 1903 74. Pues bien, en esos momentos, nuestro país se encontraba sumido en una profunda crisis política, económica y social. En unas condiciones como las descritas y dados los fines de este trabajo, me parece interesante tratar de averiguar hasta qué punto fue viable la aplicación del nuevo decreto de vacunación y en qué medida ello pudo acompañarse de algún cambio en la mortalidad por viruela de nuestro país. En este sentido, además de los testimonios contemporáneos de médicos e higienistas y del examen de las tasas anuales de mortalidad por viruela correspondientes al primer tercio del pasado siglo, una vía apropiada para ello puede ser lo sucedido durante la epidemia de viruela de 1903-4, registrada en Madrid pocos meses después de dictarse el nuevo decreto de vacunación 75. A tenor del testimonio del Vicepresidente de la Junta Provincial de Sanidad de Madrid, José Monmeneu, las medidas contenidas en dicho decreto se habrían aplicado inmediatamente. De hecho, al registrarse en agosto de 1903 un aumento de la mortalidad por viruela en Madrid, las autoridades ordenaron la vacunación y revacunación de todas las personas a quienes gubernativamente se podía imponer dicha medida profiláctica 76. Sin embargo, parece que algo muy distinto fue tratar de lograr su cumplimiento. En opinión de Monmeneu, esto fue así «porque fácilmente se comprende que no es posible vacunar en breves días a una población de más de medio millón de habitantes» 77, ni siquiera a las 200.000 personas que al inicio de la epidemia se estimaba no habían sido sometidas a la profilaxis antivariólica 78. En este sentido, además del papel que en ello pudo representar el enfrentamiento registrado entre partidarios y opositores de la vacunación durante una situación de epidemia, parece apropiado aceptar que la escasez de linfa fuera el principal impedimento para efectuar ----74 Aunque este autor había situado dicho inicio en la creación del Instituto de Alfonso XIII en 1899, con posterioridad ha considerado más representativo de dicho inicio la aprobación de la Instrucción General de Sanidad al término de 1903, que marcará un cambio cualitativo en nuestra Sanidad, si bien el hecho de no ser ley limitó su operatividad. RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (2001), La Salud Pública en la España de la primera mitad del siglo XIX. En: ATENZA FERNÁN-DEZ, J.; MARTÍNEZ PÉREZ, J. (coords.), El Centro secundario de Higiene rural de Talavera de la Reina y la Sanidad española de su tiempo, Toledo, JCCM, 21-42, pp. 25-29. 75 Información bastante completa e ilustrativa acerca de dicha epidemia, figura en: MONME-NEU Y LÓPEZ REYNOSO (1904), La epidemia de viruela en 1903-4. Informe presentado a la Excma. Junta Provincial de Sanidad de Madrid, Madrid, Imprenta y Librería de Nicolás Moya. 76 de mortalidad por viruela de las distintas provincias españolas durante el septenio 1900-1906, mostraba que era endémica en nuestro país y responsable de periódicas epidemias, sobre todo en las grandes capitales 84. Por su parte, Martín Salazar, consignando las cifras de la mortalidad anual de España correspondientes a los dos primeros lustros del pasado siglo, aunque reconocía la mejoría que se había experimentado en el segundo con respecto al primero, creía que la intensidad y extensión de la viruela en España nos colocaba, expresado con sus propias palabras, «en una triste situación de inferioridad con relación a la mayor parte de los demás países de Europa y América» 85. Los testimonios que acabamos de referir se corroboran al examinar las tasas de mortalidad anual por viruela en España entre 1901 y 1930. Como se puede ver en la gráfica adjunta 86, tras el Decreto de vacunación de 1903, la viruela siguió siendo un problema sanitario para nuestro país durante más de veinte años. De hecho, no se produjo su total desaparición hasta 1929, habiendo reaparecido tan sólo al final de la Guerra Civil y en los años de nuestra inmediata posguerra (1939-1942) 87. Ahora bien, desde 1903 se observa una tendencia descendente de la mortalidad por viruela, interrumpida tan sólo por la presentación de algunas epidemias, y que se acentuó tras la epidemia registrada en torno a los años de la pandemia de gripe de 1918-19 88. A la vista de la evolución de la mortalidad por viruela en el primer tercio del siglo XX, cabe preguntarse acerca de las razones que, por un lado, justificaban su presencia cuando en la mayoría de los países europeos había sido eliminada; y, por otro, su posterior descenso y desaparición. En opinión de Hauser, la indiferencia de los habitantes frente a los medios preventivos contra la viruela era uno de los elementos que explicaba la persistencia de esta enfermedad en nuestro país. Sin embargo, con respecto a esto, conviene recordar, por un lado, que Monmeneu había remarcado la buena disposición frente a la vacunación e incluso el estado de docilidad de los madrileños duran-----84 HAUSER, Ph. 86 Elaborada por mí, a partir de los datos proporcionados amablemente por Ferrán Martínez Navarro, Jefe de Área de Vigilancia de Salud Pública de dicho centro (ISCIII) 87 Según los datos facilitados por Ferrán Martínez, las cifras de las tasas de mortalidad por viruela (por cien mil habitantes) durante esos años, habrían sido las siguientes: 2,4 (1939); 3,8 (1940); 0,7 (1941) y 0,1 (1942). 88 Esto mismo se advierte al examinar los datos recogidos por Pascua, aunque figuraran sólo cifras absolutas en vez de tasas. PASCUA, M. (1934), Mortalidad en España por rúbricas de la lista internacional abreviada de causas de defunción, y algunos otros índices de movimiento de población, Madrid, Dirección General de Sanidad, p. 8 y tablas. te la epidemia de 1903-4 89; y, por otro, que Balaguer relacionó la resistencia de los padres a vacunar a sus hijos antes de los tres o cuatro meses de edad, con las opiniones mantenidas por algunos médicos a este respecto 90. Junto a la indiferencia de la población, Hauser señaló la incapacidad de las autoridades para imponer la vacunación en las escuelas, a los empleados estatales, a los criados, etc., así como para hacer cumplir el Decreto de declaración obligatoria de enfermedades infecciosas 91. Además de lo mencionado, el citado médico relacionaba la vergonzosa presencia de la viruela, sobre todo, con nuestras grandes carencias sanitarias, tanto en infraestructura (pabellones de aislamiento, hospitales de enfermedades infecciosas...) como en lo que a or- A tenor de los testimonios de Hauser y Martín Salazar, parece que la persistencia de la viruela en nuestro país se relacionaba, por un lado, con el hecho de que no se hubiera establecido la vacunación obligatoria y, por otro, con las importantes carencias de nuestra Sanidad que, como ya se ha visto, estaban siendo denunciadas por los médicos desde los inicios del pasado siglo. Pues bien, tras el fallido intento en 1911 de aprobación de una Ley General de Sanidad 98, se ensayó una nueva vía para tratar de mejorar la situación sanitaria de nuestro país e iniciar la reforma de nuestra Sanidad: la de las leyes parciales o especiales 99. A tal fin, se eligió la lucha contra las enfermeda----- des infecciosas 100, elaborando Martín Salazar el Proyecto de Ley de epidemias (1914), primer documento de estas características que recogía tanto la vacunación antivariólica obligatoria como el resto de las demandas realizadas por el autor del proyecto y por Hauser para lograr eliminar la viruela de nuestro país, así como otras relativas a la mejora de la situación de la profesión médica 101. El éxito no acompañaría a esta primera iniciativa presentada a las Cortes, impidiendo la oposición ejercida por algunos de los diputados médicos y los partidos regionalistas su discusión y aprobación 102. Renovada actualidad cobrarían tanto la mala situación de la Sanidad española y la necesidad de reformarla como la profilaxis pública de las enfermedades infecciosas durante el desarrollo de la pandemia de gripe de 1918-19, que además coincidió parcialmente con una nueva epidemia de viruela (véase la gráfica adjunta). De hecho, este nuevo episodio varioloso reveló una vez más las dificultades que existían para aplicar el R.D. de 1903. A su vez, la gravedad alcanzada por la gripe motivó un importante debate sobre nuestras carencias sanitarias y los modos de resolverlas, que tuvo lugar en distintos escenarios, siendo uno de ellos el Parlamento. Allí, durante el desarrollo del segundo brote epidémico, se expresó la necesidad de promulgar una nueva Ley General de Sanidad, o bien la aprobación de una ley de profilaxis contra las enfermedades infecciosas 103. De hecho, se elaboraron y presentaron al Congreso dos proyectos de Ley sobre profilaxis pública de las enfermedades infecciosas en julio y noviembre de 1919 104. Ambos intentos resultaron fallidos, siendo sustituidos por el R.D. de 10 de enero de 1919 relativo a la prevención de las enfermedades infecciosas 105, por el que se estableció la obligatoriedad de vacunarse contra la viruela «antes de los seis meses de edad», y ----de revacunarse «cada siete años hasta los treinta», siendo igualmente obligatorio que las personas de más edad que no hubieran cumplido estos requisitos se sometieran a dichas prácticas 106. De ahí que se pueda pensar que esa reducción de la mortalidad por viruela tras la epidemia de 1918-19 y su posterior desaparición podrían estar relacionadas con la correcta aplicación de las medidas contenidas en el citado decreto, y, por tanto, habría que admitir el papel representado por la pandemia de gripe en la eliminación de la viruela. Por un lado, cabría señalar su papel como dinamizadora de una serie de medidas encaminadas a lograr mejoras socio-sanitarias 107 y, por otro, como creadora de actitudes favorables a la vacunación contra la viruela, tanto entre la población como entre las autoridades. En este sentido, es interesante recordar la importante labor propagandística desarrollada por El Socialista, apoyando las campañas de vacunación antivariólica, especialmente al término del segundo brote de la pandemia 108. Ahora bien, junto a esta innegable contribución de la gran pandemia gripal de 1918-19 a la desaparición de la viruela, no se puede olvidar tampoco el papel representado por las transformaciones y mejoras que se fueron llevando a cabo durante la etapa de formación de la Salud Pública en España 109, ni la repercusión que en todo ello tuvo la mejora económica experimentada en los primeros veinticinco años del pasado siglo en relación con el lento desarrollo de la Revolución Industrial habido en nuestro país. ----CONCLUSIONES A lo largo de las páginas precedentes, se ha mostrado cómo los factores profesionales, sanitarios, legislativos, políticos, económicos y sociales estuvieron relacionados con las dificultades habidas para generalizar la práctica vacunal en nuestro país a lo largo del siglo XIX e incluso de parte del XX, y cómo se fueron salvando los principales obstáculos poco a poco al hilo de las transformaciones que se iban realizando tanto en las circunstancias históricopolítico-sociales como dentro de la profesión médica y de la situación de nuestra Sanidad. Como se ha puesto de relieve, en ello tuvieron un destacado papel las epidemias (de viruela y otras enfermedades) registradas. De ahí que la desaparición de la viruela haya que relacionarla tanto con el efecto de la pandemia de gripe de 1918-19 como con las transformaciones realizadas durante la denominada etapa de «formación» de la Salud Pública española.
El artículo cuestiona el binomio que asocia la cronicidad y la incurabilidad de las enfermedades mentales con el custodialismo del manicomio mediante un estudio de caso, el Manicomio La Castañeda de México, 1910México, -1968. Se contrastan los discursos sobre la cura y la cronicidad que elaboraron los psiquiatras mexicanos y las tendencias estadísticas de los pacientes ingresados: nuevas admisiones, reingresos, altas, duración de la estancia y diagnósticos a la luz de los nuevos tratamientos. Concluye que para los médicos, la función terapéutica del manicomio se vio muy golpeada por la cronicidad y la sobrepoblación, pero según las estadísticas, el 80% de los pacientes sólo tuvo un ingreso con una internación de 15 meses y las largas estancias de los que reingresaron no impactaron estadísticamente; las dos terceras partes de los enfermos salieron del manicomio, y desde los años cincuenta en el contexto de las nuevas terapéuticas. No sé por qué en lo que se refiere a la patología del sistema nervioso está tan exagerado el concepto de incurabilidad. Juan Peón del Valle 1 Hace ya varias décadas, reflexionando sobre la psiquiatría contemporánea, Lantéri-Laura mostró el momento en que la noción de cronicidad se convirtió en una dimensión fundamental del pensamiento psiquiátrico francés. Mientras que durante la primera mitad del siglo XIX los alienistas creyeron en la curación de la locura y la concibieron como un estado, "un paréntesis en la existencia", que podía ser tratada bajo un régimen de aislamiento, la cronicidad no ocupó un lugar importante. Por el contrario, en el último tercio de esa centuria se fue imponiendo la idea de que algunas patologías mentales evolucionaban hacia la cronicidad de manera irreversible. Así, nociones como el delirio crónico, la demencia o la teoría de la degeneración desvanecieron el optimismo que había caracterizado a las dos primeras generaciones de alienistas sobre las posibilidades de curación de los enfermos y el regreso a su vida normal, (Lantéri-Laura, 1972, pp. 552-557). Posteriormente, la historiografía abundó sobre la manera en que el degeneracionismo apuntaló la concepción orgánica de la enfermedad mental al anclar su etiología en la predisposición hereditaria y la lesión cerebral y con ello, la noción de incurabilidad de algunos padecimientos. Este desarrollo teórico tuvo lugar de manera paralela al aumento de la población internada en los manicomios, por lo que contribuyó aún más a sembrar el pesimismo. Todo ello resultó en un cuestionamiento sobre el valor científico de la psiquiatría, aunque dio pie para que ésta ampliara su intervención más allá del asilo (Huertas, 1987, pp. 17-32;Álvarez, Huertas y Peset, 1993; Caponi, 2012, pp. 81-98). La historiografía también se interesó por la relación entre los confinamientos prolongados de los pacientes en los manicomios y que muchos de ellos fueran considerados aptos para el trabajo dentro de la institución. Si bien la productividad pudo valorarse como un signo de recuperación, también incentivó la existencia de "crónicos" para la sobrevivencia de los establecimientos (Castel, 1980, pp. 264-265; Vezzetti, 1985, pp. 66-77; Comelles, 1997; Mills, 1999; Eraso, 2002; Ernst, 2016), problemática que el mismo Lantéri-Laura adelantó al señalar que en estos internamientos las razones terapéuticas pasaban a un segundo plano frente a la rentabilidad que suponía una mano de obra abundante y barata (Lantéri-Laura, 1972, pp. 565-568). Por otro lado, también se ha estudiado cómo ante el crecimiento de los pacientes considerados crónicos, el debate sobre la reforma del asilo se volvió inevitable, ya que el propio encierro fue vis-to como generador de cronicidad y, tanto en Francia como en otros países, se abrió la discusión sobre la necesidad de ofrecer alternativas que hicieran menos severo el aislamiento, como los servicios de puertas abiertas. Se planteó el imperativo de desdoblar la atención en distintos niveles: hospitales psiquiátricos para enfermos considerados curables, asilos-colonia para crónicos o curables a muy largo plazo, y atención ambulatoria en dispensario o consultorio para quienes no requerían ser hospitalizados, pese a que el manicomio continuó siendo el modelo más extendido (Dowbiggin, 1991, pp. 93-110; Campos, 2001; Huertas, 2002, pp. 174-208). Pero quizás haya sido la correspondencia entre cronicidad/incurabilidad de la enfermedad mental y custodialismo de los manicomios la perspectiva que arraigó con más fuerza en la historiografía, ya que las estancias largas habrían provocado la sobrepoblación de los asilos e impedido brindar una atención adecuada por la inevitable masificación, derivando en instituciones que tendieron al confinamiento más que al tratamiento, un escenario no previsto en el plan inicial cuando el tratamiento moral prometió la cura para establecimientos de cien o doscientos pacientes. Esta interpretación se ha sostenido a partir del crecimiento en el número de internos, pero también por los desesperados testimonios de los médicos que vieron cómo los crónicos abortaban la esperanza puesta en el manicomio. 2 El objetivo de este trabajo es situarnos en esta última problemática para cuestionar el binomio que asocia la cronicidad y la incurabilidad con el custodialismo y para ello, disponemos ahora de una novedosa herramienta que permite conocer el perfil y la dinámica de las poblaciones que nutrieron los manicomios, la demografía psiquiátrica. 3 Nuestro objeto de estudio, el Manicomio La Castañeda de México, institución pública situada en la capital del país, atendió a 61,480 pacientes desde su apertura en 1910 hasta su cierre y demolición en 1968, cuando en México se pretendió poner fin al modelo asilar. Durante este lapso de tiempo, el número de enfermos casi triplicó el cupo original y obligó a ampliaciones sucesivas siempre insuficientes, por lo que padeció de sobrepoblación y hacinamiento. 4 Investigaciones recientes sobre este manicomio han revelado indicadores demográficos que dan cuenta de una gran movilidad entre la población recluida (Ríos Molina et al., 2016), hallazgo que contrasta con los conocidos discursos de los facultativos que lo dirigieron, cuyo entusiasmo inicial se fue apagando con el tiempo. Es por ello que metodológicamente nos interesa confrontar las fuentes discursivas con los registros cuantitativos. Así, desde un doble acercamiento, nos proponemos cuestionar la idea de que el manicomio haya sido una institución meramente custodial, ya que su carácter asilar, que sin duda lo tuvo, pudo coexistir con su función terapéutica. Este planteamiento ya fue trazado hace algunos años al calor de la historiografía del control social cuando se buscaba redimensionar el peso de la familia frente al del Estado y la psiquiatría (McGovern, 1986). En nuestro caso, la familia jugó un papel muy importante en las altas de los pacientes, pero también los médicos y los propios internos, como enseguida se verá. LOS DICHOS DE LOS MÉDICOS Son muchos los testimonios que a lo largo de seis décadas dieron cuenta del estado del manicomio y de sus necesidades: artículos en revistas especializadas, informes administrativos dirigidos a las autoridades y entrevistas en los periódicos en respuesta a denuncias publicadas, nutren este corpus documental. De todos ellos, hemos seleccionado los que consideramos más representativos de la postura asumida por los facultativos que dirigieron la institución, pero también la de quienes desde fuera se implicaron en ella. También hemos construido una periodización que nos permitirá analizar los indicadores demográficos escogidos para evaluar el carácter custodial y/o terapéutico de La Castañeda. Inaugurado en la antesala de la revolución mexicana, se planeó para 1,300 camas con posibilidad de extenderlas a 2,000 (Valdés Fernández, 1995, pp. 135-144), y en sus primeros años el descenso en el número de ingresos fue la nota dominante a causa de la inestabilidad política y la desorganización administrativa provocada por la contienda bélica que afectó a la capital en coyunturas muy violentas (Ríos Molina, et al., 2016, p. El descrédito de la institución se manifestó plenamente en la siguiente década, pero se presagiaba desde ésta. Por ello, cuando en 1919 el doctor Agustín Torres, director en ese momento, recibió una petición de la Procuraduría General de la República, la máxima autoridad en materia de justicia, para que entregara la lista de todos los internos que no hubieran sido declarados incapaces con el fin de promover su interdicción legal, la negativa no se hizo esperar. Torres explicó que una medida de ese tipo sembraría la desconfianza entre las familias haciéndolas desistir de llevar a sus enfermos, pero además señaló que los padecimientos mentales eran muy diversos y su perspectiva de curación también: algunos enfermos pasaban por estados transitorios; otros cuyo mal se consideraba "fatalmente irremediable", volvían en uno o dos meses "al seno de la sociedad"; incluso enfermos ingresados "en pleno delirio, con gran excitación" podían ser tratados con buenos resultados, y hasta en padecimientos irreversibles y progresivos como la parálisis general, los tratamientos (no especificó cuáles) permitían "a los enfermos salir y desempeñar trabajos remunerados". 5 Aunque el contexto -someter a un procedimiento judicial a los pacientes-obligaba a reaccionar legitimando a la psiquiatría, la creencia en la curación de las enfermedades mentales es de destacarse. El optimismo terapéutico continuó, pero confrontado con el que podemos considerar el primer testimonio absolutamente demoledor sobre el carácter custodial de La Castañeda, que data de 1925. En ese momento, la Beneficencia Pública de la que dependía el manicomio, comisionó al médico Enrique O. Aragón para que presentara un informe sobre las necesidades de la institución. Años atrás, Aragón había presidido la sección de neurología y psiquiatría de la Academia Nacional de Medicina y, con estas credenciales, señaló varios hechos que le parecieron graves: gran número de internos sin diagnóstico, historias clínicas muy deficientes, personal médico sin preparación y total ausencia de investigación, pero en ningún momento atribuyó la decadencia existente al excesivo número de crónicos ni a las carencias de la psiquiatría como ciencia, sino al hecho de que ésta no se practicara, dejando a los pacientes en el más absoluto abandono (Aragón, 1943, pp. 417-436). Constituye el tercer momento de nuestra periodización, etapa caracterizada por el mayor crecimiento registrado en los ingresos de pacientes hasta alcanzar un máximo histórico de 1,663 en 1944 frente al mínimo de 384 que tuvo lugar en 1915 y a la tendencia a la estabilización que vendría después de 1945 (Ríos Molina, et al., 2016, pp. 4-5). Durante estos años, Guevara Oropesa, que también fundó la Sociedad Mexicana de Neurología y Psiquiatría en 1937, echó a andar varias estrategias para hacer frente a la sobrepoblación y a la maltrecha infraestructura: dio continuidad a la terapia ocupacional, que había iniciado su antecesor en el cargo; estableció un periodo de observación de 72 horas en el proceso de admisión; creó el llamado Pabellón Central, una unidad destinada a los agudos enfocada en las terapias de choque, quirúrgicas y posteriormente farmacológicas, donde reunió los medios de diagnóstico y tratamiento que la institución muy lentamente pudo ir adquiriendo (rayos X, electroencefalógrafo, gabinete de electropirexia y salas para el tratamiento con malarioterapia e insulinoterapia, equipo de electrochoques, laboratorio de psicometría y psicodiagnóstico, departamento de neurocirugía); finalmente, abrió el primer consultorio fuera del manicomio para tratar a los enfermos en consulta externa. A todo ello, sumó una remodelación física de las instalaciones gracias a presupuestos extraordinarios que fueron autorizados por el gobierno federal (Sacristán, 2001(Sacristán,, 2005(Sacristán,, 2017;;Valverde Pérez, 2016). Si bien los años que van de 1932 a 1944 fueron muy complejos para la institución por la sobrepoblación, culminaron en 1944 con la aprobación del primer proyecto para remitir 400 pacientes crónicos fuera del manicomio, una Granja ubicada en el centro del país, lo que pudo ser percibido como un indicio de cambio. 7 Este proyecto fue elaborado por Guevara Oropesa como parte de un Programa de Asistencia Psiquiátrica donde consideró también la creación de un nuevo manicomio, que nunca se construyó. Dado que la Granja se ideó precisamente para desahogar a La Castañeda de los pacientes crónicos, el director contempló una definición general de cronicidad para seleccionar a los que serían trasladados, los "diagnosticados como incurables" o en los que hubieran "fracasado" todos los tratamientos, y los dividió en tres grupos por cuestiones prácticas: a) aquellos con "un padecimiento crónico incurable", pero "compatible con una buena salud física" para trabajar, esto es, "la mayor parte de los esquizofrénicos, los imbéciles y los débiles mentales"; b) aquellos cuyos "padecimientos son crónicos, incurables", que "requieren un tratamiento continuado y que aun cuando mejoran por temporadas no pueden volver al medio social ni familiar" como los epilépticos esenciales, y c) "los enfermos crónicos incurables que sólo requieren asilo" por haber "sido sometidos a todos los tratamientos que puedan mejorarlos", pero sin resultado alguno. Esta clasificación consideraba a los crónicos trabajadores, a los crónicos con mejorías intermitentes y a los crónicos definitivamente incurables. Pese a este panorama, Guevara Oropesa veía el futuro con cierto optimismo, pues en su opinión "afortunadamente para los enfermos mentales el pronóstico de muchos de sus padecimientos se ha modificado favorablemente por la aplicación oportuna y eficiente de tratamiento apropiado". 8 Ese mismo año de 1944, la doctora Mathilde Rodríguez Cabo, psiquiatra y miembro del Consejo Psiquiátrico de Toxicomanías e Higiene Mental, uno de los pocos espacios de confluencia y debate entre la psiquiatría y el Estado mexicano donde los médicos presentaban a las autoridades los problemas que les aquejaban (Ríos Molina, 2016, pp. 68-80), ponía el dedo en la llaga cuando, con motivo de la presentación de su propuesta para crear un programa de servicio social, señaló que durante muchos años La Castañeda "se limitó a ser un almacén de enfermos mentales, con reducidas o nulas posibilidades de acción terapéutica, preventiva y de higiene social frente a los asilados, a sus familiares y a la comunidad". Atribuía esta delicada situación al hecho de que al momento del ingreso se perdía el vínculo con la familia y el médico se veía obligado a "aceptar la permanencia indefinida de algunos enfermos dentro de la institución, aún a sabiendas de que la reintegración al medio social, familiar o no familiar, podía realizarse si se llenaba el requisito de una vigilancia y una acción social continuadas". Tampoco se mantenía dicho contacto tras el alta, de donde se seguían las recaídas sin que el manicomio pudiera intervenir a tiempo. 9 Para Rodríguez Cabo la institución era un "almacén" o depósito de enfermos, entre otras razones, por el poco interés de las familias que abandonaban a sus pacientes, lo que no fue cierto en todos los casos, como se verá. Durante el periodo que va de 1945 a 1959 las admisiones se estabilizaron, posiblemente por la apertura de la consulta externa en el periodo anterior, frenando la tendencia ascendente aunque en niveles bastante altos, de entre 1,200 y 1,600 ingresos cada año (Ríos Molina, et al., 2016, p. A ello se aunó la promesa incumplida por parte del gobierno federal de abrir más Granjas para crónicos en distintos puntos del país, ya que las dos siguientes esperaron trece años para su apertura en 1958. En este mismo año, Manuel Velasco Suárez tomó posesión como titular de la Dirección de Neurología, Salud Mental y Rehabilitación de la Secretaría de Salubridad y Asistencia. Su arribo a este cargo provocó un cambio en las políticas de salud mental en el país de cara a un posible cierre de La Castañeda para dar paso a la psiquiatría comunitaria, en consonancia con las tendencias internacionales (Velasco Suárez, 1964; Secretaría, 1964, pp. 153-155). A partir del arribo de Velasco Suárez como titular responsable de la salud mental del país, se instauró un mecanismo unilateral y vertical en la toma de decisiones, desde las altas esferas del Estado, sin involucrar a la comunidad de psiquiatras (Hernández Lara, 2014, p. El traslado de los pacientes y la apertura de nuevas instituciones se acompañó de una exposición mediática que lo desprestigió aún más, generando un clima propicio para justificar su cierre y demolición (Sacristán, 2011). De hecho, el juicio más duro sobre la institución lo encontramos hacia el final de sus días. En 1960, cuando La Castañeda albergaba 3,217 internos, dos médicos desempolvaron los archivos del establecimiento con motivo de su 50 Aniversario para recorrer su historia. Su director José Luis Patiño, que había entrado al manicomio en 1936 y el psiquiatra Ignacio Sierra Macedo, que lo hizo en 1942, 10 dejaron claro que "la lucha fundamental de los médicos y directores ha estado dirigida a mantener al Manicomio General como un Hospital Psiquiátrico", es decir, a no olvidar su condición terapéutica pese a la "sobrepoblación obligada", que atribuyeron a tres causas: 1a.-La imperiosa necesidad de no rechazar jamás a ningún enfermo mental que amerite internamiento. 2a.-La circunstancia de que absorbe a todos los pacientes con bajos recursos del Distrito Federal y a la gran mayoría del resto del país. 3a.-La prolongada estancia que requieren para su atención este tipo de enfermos y el elevado porcentaje de crónicos e incurables. Este último hecho ha sido y es uno de los obstáculos más graves con que ha tropezado la institución. Entre las conclusiones de su estudio, los médicos Patiño y Sierra señalaron la urgencia de encontrar "soluciones que permitan descongestionar el sobrecupo de la institución para elevar su nivel científico y social". 11 Este interesante documento, elaborado por médicos muy experimentados y conocedores del manicomio, plantea que el nudo gordiano fue la sobrepoblación, provocada por las largas estancias de los pacientes incurables. Sin embargo, alerta sobre dos elementos muy importantes: dada su condición de institución pública, no podía rechazar ningún ingreso, y su radio de acción iba más allá de la capital, pues recibía enfermos de todo el país. En resumen, el manicomio debió hacer frente al exceso de demanda y a cuidados psiquiátricos prolongados. En este recuento de testimonios puede observarse que la atención médica fue la prioridad de quienes dirigieron La Castañeda, y conforme pasaba el tiempo, la solución al problema de los crónicos y al hacinamiento se fue volviendo cada vez más lejana. Veamos qué nos dicen las estadísticas. LAS RAZONES DE LOS NÚMEROS Las variables que utilizaremos para valorar desde la demografía psiquiátrica el carácter custodial y/o terapéutico de La Castañeda serán: 1) la relación entre los ingresos y los egresos, 2) la relación entre los ingresos y los reingresos, 3) el tiempo de permanencia de los pacientes en el manicomio, 4) las altas por indicación médica, por petición de la familia y por intervención del propio paciente, y 5) los diagnósticos en relación con los tratamientos. Para acercarnos a la población de La Castañeda con estos indicadores, contamos con una base de datos elaborada a partir de una muestra aleatoria del 20% del total de la población que ingresó entre 1910 y 1968, que fue de 61,480 pacientes. Una vez que se eliminaron los registros sin diagnóstico (257 casos), los que recibieron más de un diagnóstico al momento del primer ingreso (1,361 casos) y aquellos cuyo diagnóstico no fue una enfermedad psiquiátrica (42 casos), la muestra se redujo de 12,296 registros a 10,641, por lo que nuestra muestra para esta investigación conserva el 86.5% de la muestra original. Por otro lado, hay que aclarar que la información relativa a los ingresos se obtuvo de los libros de admisión del manicomio y la de los reingresos de los expedientes clínicos. 12 Frente al discurso de los médicos sobre el problema de la cronicidad y la sobrepoblación que acabamos de ver, analizaremos un primer dato, la relación entre ingresos y egresos. En la figura 1 se observa que los ingresos casi siempre superaron a los egresos salvo en tres momentos muy concretos que no modificaron la tendencia general. El primero de ellos corresponde a los años 1914-1915, los más duros en relación con el conflicto bélico, que provocaron hambrunas y epidemias en la ciudad y con una afectación importante en el manicomio (Ríos Molina, et al., 2016, p. El segundo momento donde los egresos superaron a los ingresos fueron los años posteriores a 1945, fecha de apertura de la primera Granja para enfermos crónicos, hecho que no podemos atribuir a Figura 1. Finalmente, durante los años que van de 1963 a 1968, previos al cierre de La Castañeda, los egresos también estuvieron por encima de los ingresos a causa del proceso que anticipaba el desmantelamiento de La Castañeda; en este caso las altas se incrementaron por la reubicación de pacientes. El análisis de esta variable muestra una correspondencia entre los ingresos y los egresos, como si los médicos hubieran tenido la precaución de mantener un equilibrio entre unos y otros, ya que las trayectorias de ambas curvas están bastante cercanas. Analizaremos ahora la relación entre ingresos y reingresos. Del total de pacientes del manicomio, ocho de cada diez ingresaron sólo una vez (79.63%) obteniendo un alta definitiva. El 20.37% restante se repartió en trece reingresos, concentrándose la mayoría de los pacientes en el segundo ingreso (trece pacientes de cada cien) y en el tercero (cuatro pacientes de cada cien), ya que a partir del cuarto ingreso, el número de pacientes disminuyó a uno de cada cien o menos (tabla 2)., 1910-1968 (n=10,641) Fuente: BD-PAPIIT Suponiendo que todos los reingresos hayan obedecido a recaídas en la enfermedad, tendríamos que la quinta parte de los internos eventualmente podría cronificarse. Con el fin de avanzar sobre esta posibilidad, compararemos cuánto tiempo permanecieron en el manicomio los que sólo tuvieron un ingreso y los que reingresaron, considerando en este caso hasta el tercer ingreso (en conjunto representan el 97.1% de nuestra muestra). Si bien los que sólo tuvieron una estancia también pudieron cronificarse y morir en el manicomio, la causa de muerte pudo deberse a su estado general de salud o a las condiciones sanitarias de la institución y no necesariamente a su enfermedad, de ahí que sólo tomemos a esa quinta parte de los internos como la que tendría más tendencia a la cronicidad. Quienes sólo ingresaron una vez a La Castañeda tuvieron un promedio de estancia de un año y tres meses, como puede verse en la tabla 3. Este promedio fue en ascenso hasta alcanzar el punto más alto en los años que van de 1932 a 1944 llegando a un año y ocho meses, decreciendo a partir de entonces de ma-nera muy importante a poco más de 7 meses para la última década, de 1960de a 1968de. El periodo 1932de -1944 no sólo acumuló el promedio de internación más alto, sino también los máximos históricos en el ingreso de nuevos pacientes, como ya se dijo. La situación es muy diferente entre los pacientes que tras un primer ingreso, salieron de la institución y reingresaron (tabla 4). En este caso, la primera entrada al manicomio tuvo una estancia de tan sólo nueve meses y medio, llegando entre los años de 1932 a 1944 a quince meses y disminuyendo de manera drástica en los últimos años a menos de cinco meses. Sin embargo, en el segundo ingreso a la institución, el tiempo de estancia aumentó de manera espectacular, ya que se multiplicó por cinco, pues pasó a tres años y nueve meses para el periodo 1910-1968, llegando a cinco años y cuatro meses en el periodo más crítico, de 1932 a 1944, y disminuyendo a dos años entre 1960 a 1968. Quienes tuvieron tres ingresos (4.14% de la muestra) acumularon nueve años para el periodo 1910-1968, casi once años para las décadas intermedias y poco más de cinco años para el último periodo. Cabe preguntarse qué tanto impactaron estos confinamientos tan prolongados en las tendencias de la institución. En la tabla 5, donde hemos reunido a todos los pacientes, se puede apreciar que el promedio de estancia para todo el manicomio fue de 13.5 meses, por lo que quienes reingresaron, pese a una larga reclusión, no lograron modificar el movimiento general que guarda una gran similitud con los que únicamente ingresaron una vez (tabla 3). Tras este análisis, creemos que la dinámica respecto a la duración del internamiento estuvo dominada por el 80% de los pacientes que con un solo ingreso de 15 meses de estancia obtuvo el alta definitiva (30.31% de ellos murió en el manicomio) (figura 4). Aunque no podemos asegurar que todos los pacientes que reingresaron se cronificaron, pues tendríamos que analizar si al reingresar entraron con el mismo diagnóstico de un inicio, y acudir para ello a los expedientes clínicos, además de conocer cuánto tiempo transcurrió entre un ingreso y otro (el paciente pudo estar bien durante un lapso de tiempo importante), 13 estas largas estancias seguramente influyeron en el ánimo de los psiquiatras que veían con preocupación cómo la vocación terapéutica del manicomio fracasaba al menos, con un sector de los enfermos. Sin embargo, la frustración que se advierte en los médicos Patiño y Sierra, tras medio siglo de existencia de La Castañeda, requiere que sigamos buscando una explicación ya que para 1960, si bien las admisiones se mantenían en cifras muy elevadas, (entre 1,400 y 1,600 cada año) (Ríos Molina, et al., 2016, p. 4), el promedio de estancia que se avizoraba en el horizonte era, lo sabemos ahora, de menos de siete meses (tabla 5). Pasaremos entonces al análisis de las altas para ver si guardan alguna relación con los señalamientos de los médicos sobre la sobrepoblación y la cronicidad. Para todo el manicomio, la causa más importante de egreso entre ingresos y reingresos, fue la solicitud de la familia (29.38%), por encima de la mortalidad (24.20%), ocupando un tercer lugar la remisión de la enfermedad (13.08%) y no regresar del permiso que se concedía cuando el médico así lo consideraba (12.32%). Si el paciente no volvía una vez transcurrido el tiempo autorizado, la institución lo registraba como un alta y para aceptar su regreso aplicaba el procedimiento normal de admisión, de ahí que lo estemos tomando con un egreso. Con el fin de profundizar en los factores que motivan la salida, vamos a agrupar estos criterios utilizados por los médicos, en tres categorías: • Altas por indicación médica: aquellas que se dieron por decisión del facultativo y que corresponden a las altas por curación, por mejoría, por remisión, por ser apto para vivir en familia y por llegar al término del tratamiento. • Altas por petición de la familia: las que obedecieron a la solicitud de la familia o del responsable, ya que los enfermos podían ser dados de alta por solicitud de la familia estuvieran aliviados o no; en estos casos el parecer de los parientes podía imponerse sobre el del médico, salvo cuando el sujeto fuera peligroso. 15 • Altas por intervención del paciente: las que se debieron a la solicitud del propio paciente (los pacientes podían salir solos si eran mayores de edad y no habían entrado bajo la calidad de reos), a las fugas y por no regresar del permiso. En este último caso, si bien los permisos eran concedidos por el médico y la familia pudo intervenir para no volver con el paciente, también podía decidirlo el enfermo, incluso fugarse del seno familiar para evitar el encierro, de ahí que lo hayamos puesto en este rubro. 16 Bajo estas categorías (tabla 6), puede advertirse que las dos terceras partes de los pacientes salieron del manicomio. 17 Pudieron hacerlo curados o sin ninguna mejoría, como agudos o como crónicos, con posibilidad de recuperar el lazo social o para permanecer bajo los cuidados de la familia, o incluso pudieron escapar con un destino incierto. Todas estas posibilidades tienen algo en común, quizá no tanto de cara al sujeto, pero sí para la institución: los pacientes no se perpetuaron en ella aliviando el peso que su estadía significaba en términos de la capacidad del establecimiento para proporcionarles alojamiento, alimentación, vestido, cuidados higiénicos y tratamiento, todo lo cual requería de un presupuesto que no siempre era proporcionado por el Estado y que, sin duda, angustiaba a los médicos. Condición de salida de pacientes que reingresan en el primer ingreso en el Manicomio La Castañeda, 1910Castañeda, -1968 (n=2,167) (n=2,167) Fuente: BD-PAPIIT En la tabla 6 puede notarse que la familia jugó un papel muy preponderante, pero también el paciente que, ya fuera por fuga, por no regresar del permiso o por solicitar el alta, salía del encierro. Si comparamos las altas entre los pacientes que sólo ingresaron una vez y los que tuvieron reingresos (tabla 7), se aprecia que el primer ingreso de quienes después volverían a entrar a la institución rompe con las tendencias de todos los demás casos, ya que las altas fueron del 93.18% frente al promedio de dos terceras partes ya mencionado. Si consideramos que el tiempo de estancia también fue muy atípico, como ya se dijo, se podría inferir que salir del manicomio de manera prematura pudo provocar el reingreso, pero esto es sólo una hipótesis que se tendría que verificar en cada caso con los expedientes clínicos. Lo que sí parece más claro es que quienes reingresaron tuvieron confinamientos extraordinariamente largos en relación con quienes sólo ingresaron una vez o con el primer ingreso de los que después volverían a la institución. Estos hallazgos permiten concluir que las decisiones tomadas por la familia y los pacientes en relación con las altas contribuyeron al desahogo de la institución. Si bien no interpelan directamente los discursos de los médicos sobre la cronicidad, pues no podemos asegurar que hayan salido curados, sí nos llevan de nuevo a preguntarnos por el peso que los médicos concedieron a la sobrepoblación y a los crónicos en la vocación terapéutica del manicomio cuando las dos terceras partes de los internos salieron del manicomio. Avanzaremos ahora a otro nivel de análisis, el de los diagnósticos. En este caso, la muestra no proporciona los tratamientos dirigidos a cada tipo de diagnóstico, pero contamos con una investigación reciente que ha hecho una primera incursión sobre un tema con muchas aristas. Condición de salida de pacientes que reingresan en el segundo ingreso en el Manicomio La Castañeda, 1910Castañeda, -1968 (n=1,419) (n=1,419) Fuente: BD-PAPIIT Fuente: BD-PAPIIT Fuente: BD-PAPIIT Figura 6. Condición de salida de pacientes que reingresan en el tercer ingreso en el Manicomio La Castañeda, 1910Castañeda, -1968 (n=441) (n=441) Los criterios de clasificación de la nosología francesa, que habían sido utilizados en México desde el último tercio del siglo XIX, se fueron abandonando de manera progresiva en La Castañeda siendo sustituidos por el sistema clasificatorio del alemán Emil Kraepelin, lo que ocurrió hacia 1925, con la renovación generacional que dejó atrás a quienes se habían formado en el siglo anterior. Un nutrido grupo de jóvenes médicos se interesó por la investigación, la enseñanza y, en general, por la profesionalización de la psiquiatría y el fortalecimiento gremial mediante la publicación de revistas, la realización de congresos y la creación de asociaciones (Ríos Molina, 2016, pp. 17-39; Ríos Molina, et al., 2016, p. Entre las novedades, adoptaron la manera kraepeliniana de concebir, clasificar y tratar las enfermedades mentales al clasificarlas según el curso de su evolución y no a partir del conjunto de síntomas que se presentaban en un momento dado, como se había hecho hasta entonces (Porter, 2003, pp. 175-176), por lo que su establecimiento significó sentar las bases de la psiquiatría moderna en México. Siguiendo el sistema clasificatorio de Kraepelin, el diagnóstico con mayor representación lo tenemos en las "alteraciones mentales en intoxicaciones", concretamente alcoholismo y toxicomanía, que alcanzó el 23.2% del total de los diagnósticos de La Castañeda. Quienes fueron diagnosticados con estas patologías tuvieron en promedio una estancia muy breve en el manicomio en su primer ingreso, alrededor de 8 meses para los alcohólicos y de 2 meses y medio para los toxicómanos (Ríos Molina, et al., 2016, p. Entre los alcohólicos la mortalidad fue más baja que en el resto de los pacientes del manicomio, 18% en promedio, y las altas reunidas bajo las categorías de indicación médica, petición de la familia e intervención del paciente anteriormente mencionadas, supe-raron el 77% (Salazar, 2017). El segundo diagnóstico más importante lo constituyen los distintos tipos de esquizofrenias con el 19.9%, cuyos pacientes desde su primer ingreso tuvieron estancias muy largas aunque éstas fueron disminuyendo de más de cuatro años entre 1910 y 1925 a menos de tres años entre 1926 y 1953, bajando a menos de un año entre 1954 y 1968, periodo en el que se introdujeron fármacos antipsicóticos (Ríos Molina, et al., 2016, pp. 11-13). El conjunto de las epilepsias representó la tercera enfermedad más diagnosticada con el 12.9%; antes de 1930 se trató con relajantes del sistema nervioso como valeriana, bromuro de potasio y belladona, y a partir de esa fecha se incorporaron inyecciones de luminal, así como los barbitúricos Epamin, Hidontoina, Fenofarbital, Pentotal y Eskabarb con efectos de sedación y anticonvulsivos. Todo ello repercutió en una disminución del confinamiento manicomial que pasó de más de cuatro años antes de 1935 a menos de dos después de esa fecha (Maya, 2017). En cuarto lugar, tenemos la sífilis con el 9.4%, padecimiento que presenta cuadros de demencia tras una evolución de diez o quince años tras contraer la enfermedad. Estos pacientes (militares y prostitutas sobre todo) acusaron una gran disminución a partir de 1950 con la introducción de la penicilina (Ríos Molina, et al., 2016, pp. 10-11); antes de esa década la mortalidad era muy alta, doblando a las altas por solicitud de la familia (Giraldo, 2017). Finalmente, el quinto grupo está representado por las oligofrenias con el 5.8% del total y donde encontramos a la población de menor edad, ya que ingresaban desde la infancia (Ríos Molina, et al., 2016, pp. 6, 19). En este caso, la mortalidad es muy alta entre los nuevos ingresos, 47.2%, y el tiempo de estancia también, más de cuatro años en promedio entre 1910 y 1949, disminuyendo a menos de dos años después de 1950, ya que en este Tabla 7. Altas de pacientes agrupadas en categorías en ingresos y reingresos (primer, segundo y tercer ingreso) en el Manicomio La Castañeda, 1910Castañeda, -1968 Fuente: BD-PAPIIT grupo se encontraban los padecimientos con menor índice de curación y remisión (López Carrillo, 2017). Con estos datos puede observarse que algunos padecimientos como el alcoholismo y las toxicomanías presentaron estadías muy breves, inferiores al promedio del manicomio, baja mortalidad y muchas altas, un respiro para los médicos ya que comprendían más del 20% de los padecimientos; el grupo de las epilepsias, las esquizofrenias y las enfermedades de origen sifilítico cursaron con estancias largas, pero desde los años 50 los anticomiciales, los antipsicóticos y la penicilina, aligeraron mucho la carga que estos padecimientos habían significado ya que, en conjunto, constituían el 42.9% de los casos diagnosticados; el grupo de las oligofrenias, se caracterizó por internaciones prolongadas, superiores al promedio de La Castañeda, representando casi el 6% de los casos diagnosticados; otras enfermedades registraron estancias cortas como la histeria, pero con poco impacto por el bajo número de ingresos (Ríos Molina, et al., 2016, p. 6) o bien disminuyeron con el paso del tiempo como las enfermedades neurológicas que, tras registrar su pico más alto en el número de ingresos en 1949, fueron cayendo hasta que el Instituto Nacional de Neurología creado en 1964 absorbió la demanda (Vicencio, 2017). En el manicomio La Castañeda, el discurso de los médicos que hemos analizado coloca la cronicidad de los pacientes y la incapacidad material de atender la demanda como las causas de la sobrepoblación, y a ésta como el factor que impidió cumplir con su misión científica: curar a los pacientes. La imagen que la asimila a un "almacén de enfermos mentales" no puede ser más elocuente. Los datos extraídos de los libros de admisión dan cuenta de la otra cara de la moneda: casi el 80% de los pacientes sólo tuvo un ingreso con una internación promedio de 15 meses, y las largas estancias de los que reingresaron no impactaron estadísticamente; la familia y los pacientes contribuyeron decididamente al desahogo de la institución ya que, junto con las altas de los médicos, las dos terceras partes de los enfermos salieron del manicomio, y desde los años cincuenta lo hicieron en el contexto de las nuevas terapéuticas farmacológicas. Ello nos acerca a la idea esbozada más arriba de que el manicomio pudo ser al mismo tiempo una institución médica y custodial. El último viaje realizado por los pacientes de La Castañeda, de camino a las nuevas instituciones donde serían trasladados ante el inminente cierre de la institución, también lo confirma. Cuando en 1965 se tomó la decisión de clausurar y posteriormente demoler el manicomio, se encomendó a un comité de médicos rediagnosticar a todos los pacientes para establecer en qué tipo de institución se reubicarían. Las nuevas instalaciones serían de tres tipos: hospitales psiquiátricos para agudos, hospitales campestres para crónicos con pocas posibilidades de recuperación y hospitales-hogar para crónicos irrecuperables con estancias definitivas. Aunque no se tiene una cifra exacta, había en ese momento casi 3,000 pacientes. De ellos, menos de mil se consideraron agudos, ya que se pensó que unos 400 podían ser dados de alta con un seguimiento en consulta externa y unos 550, por ser de reciente evolución, deberían ser internados en hospitales para agudos; entre 1,000 y 1,300 fueron valorados como de muy larga evolución y habrían de ir a los hospitales campestres; alrededor de 500 calificados como crónicos irrecuperables y destinados a un hospital-hogar. Se dijo también que 200 niños serían llevados a centros pediátricos, sin especificar si eran agudos o crónicos. El hecho de que los agudos representaran una tercera parte de la población, nos lleva a pensar que fueron los responsables de la alta movilidad observada en la institución, de ahí que al momento del cierre constituyeran una minoría, mientras que los crónicos, 2 de cada 3, alimentaron el sentimiento de fracaso por dominar el escenario al ser mayoritarios. En este sentido, la permanencia de los crónicos con su deterioro progresivo debió impactar hasta el punto de desestimar los numerosos pacientes que dejaron la institución, y no precisamente en un ataúd. Por otro lado, el hecho de que las altas por curación fueran una minoría ya que, como vimos, muchos de los egresos estuvieron motivados por la intervención de la familia y de los propios pacientes, también debió contribuir a la frustración de los médicos que, inmersos en las difíciles condiciones de su trabajo, no alcanzaron a formarse una visión de conjunto, que esperamos haber logrado. Agradezco los comentarios a una primera versión de este trabajo por parte de Oliver Hernández, José Antonio Maya, Teresa Ordorika y Andrés Ríos Molina, así como las observaciones de los evaluadores anónimos. Las tablas y figuras que acompañan este artículo fueron elaboradas por Rosa Isela Flores Martínez, que mucho agradezco.
El nacimiento de la psiquiatría infantil en Cuba en los años 1920 refleja el desarrollo de la psiquiatría como una disciplina con importancia social. La extensión de la pericia psiquiátrica se entrelazó con la figura del "niño problema", quien se concibió como una metáfora para un estado soberano en desarrollo. Pero los reformadores sociales del momento frecuentemente tropezaron con el problema de la corrupción política en sus esfuerzos de rehabilitar a los niños enfermos y delincuentes. Al final, los psiquiatras y activistas que habían concebido al niño problema como un laboratorio poderoso para la regeneración política invertirían la dirección de su lógica causativa: fue el mismo estado que se tendría que rehabilitar para lograr sus metas médicas y sociales. "El panorama que en nuestro país ofrece el problema de la niñez desvalida y en peligro, es desconcertante y hasta ahora sin solución aparente." 1 Así comienza la llamada reformista de Zenón Zamora y García, uno de los médicos cubanos más importantes de los años 1940. Zamora había dirigido algunas de las principales instituciones hospitalarias de La Habana, pero fue este asunto -el problema del niño desvalido, y del niño problema-el que le preocupó constantemente. Para muchos reformadores de su generación, fue uno de los defectos más indignantes en toda la infraestructura benéfica de Cuba. Para citar a Zamora una vez más, "no [guardaba] relación nuestro estado de progreso y desarrollo cultural, con este punible abandono oficial, que tanto preocupa y atienden los gobiernos y sociedades de los países más civilizados." 2 Son fuertes palabras dirigidas a la oficialidad, a Fulgencio Batista en particular, quien en ese momento había llegado a ser Presidente de la República de Cuba, elegido democráticamente después de casi una década de gobernar desde las sombras. Y este momento político a que pertenece la queja de Zamora representó para muchos la culminación de una generación de activismo a favor de la reforma social progresista, no sólo en el ámbito gubernamental sino en las mismas instituciones oficiales que albergaban, curaban y reeducaban a los que no habían logrado incorporarse al nuevo estado. De ahí la preocupación por el niño problema, futuro sujeto del estado "civilizado" por construir, un proyecto que abarcaba fines terapéuticos, pedagógicos, y correccionales también. No fue la primera vez en la historia de Cuba que un proyecto de gobernación se entrelazaba con discursos y prácticas de reeducación. A lo largo del siglo XIX, vemos iniciativas -casi siempre limitadas y exclusivistas-para expandir el mundo de la educación, con la idea de renovar el estado colonial o, a veces, combatirlo (Fitchen, 1974; Yero, Agüero García, y Aguiar Blanco, 1989; Franklin, 2012, Cap. La niñez también fue investida con un valor purificador en la retórica de los independentistas que resistían el dominio exterior, primero de España y después de los Estados Unidos. Muchas de estas campañas coincidían en su lógica fundamental: que el proyecto de construir un estado nuevo dependía de la salud mental y espiritual de sus ciudadanos futuros. ¿Pero cuándo se convierte lo que nace como un asunto pedagógico en un tema a la vez médico y psiquiátrico? ¿Qué efectos trae la psiquiatrización de la niñez cuando hablamos de proyectos de gobernación? Este ensayo abarca la interpenetración de los discursos políticos, pedagógicos y psiquiátricos en Cuba -y sus implicaciones institucionales y políticas-cuando emerge la psiquiatría infantil como una disciplina especializada en los años 1920. A partir de esta coyuntura comienzan varios profesionales médicos a movilizarse a favor de una política más progresista (pero a la vez más disciplinaria) en cuanto al niño enfermo/problema. En sus discursos, se nota siempre una confusión alrededor de esa misma división: cuando se trata del niño anormal, ¿cómo separar la enfermedad de la delincuencia? ¿Quién merece tratamiento y quién castigo? ¿Qué instituciones y paradigmas ayudarán a precisar la diferencia, y proceder correctamente a la curación o reclusión? Argumento aquí que en Cuba la historia del "niño problema" como fenómeno médico e institucional se entrelaza con paradigmas y problemáticas políticos. La psiquiatría infantil cubana nace en el pleno seno del hospital psiquiátrico en los años 1920, donde los psiquiatras cubanos empezaron a desarrollar una teoría coherente de la enfermedad mental juvenil. Esta etapa clave para la psiquiatría en Cuba se nutrió del progreso contemporáneo de la pedagogía, que buscaba transformar a los niños cubanos en "ciudadanos conscientes que mostraran condiciones para su gobernabilidad" (Cordoví Núñez, 2012, p. Yoel Cordoví Núñez ha subrayado la transcendencia del cuerpo infantil en estos proyectos higienistas, que promulgaban las actividades físicas (desde los deportes y "controles físicos" hasta cierta militarización en los años 1920). Para llegar a un estado de "autocontrol" mental, habría que actuar primero (si no exclusivamente) sobre el cuadro físico del niño. En este contexto no sólo nacional sino internacional, resulta lógico el surgimiento de una psiquiatría infantil que buscaba formas más exactas de llegar al contenido mental del desarrollo infantil. Pero estas preocupaciones no se limitaron a los espacios institucionales ya indicados: la escuela y el manicomio. Desde el enfoque higienista de educación, optimización, y curación, imbuido del espíritu cívico de un optimismo científico, la psiquiatría infantil pasa rápidamente al terreno más ambiguo de los sujetos aparentemente incurables e incorregibles. La sede para estas cuestiones será el reformatorio y a los proyectos asociados a ello en los años 1940, cuando este mismo problema -de aclarar y profundizar las raíces psicológicas y sociales de la delincuencia juvenil-se tropieza con las realidades políticas y sociales de la época. De este modo, el niño problema se convierte en una fuerte metáfora y en un espejo del estado empedernidamente corrupto. Lo que nace entonces como un proyecto microcosmo de regeneración nacional, partiendo del niño para llegar al estado, al fin concluye en que el mismo estado tendrá que ser el objeto primordial de su mirada reformadora. EL AUGE DE LA PSIQUIATRÍA INFANTIL: CUESTIONES MÉDICAS Y POLÍTICAS La historia de la psiquiatría infantil como tal es relativamente corta. Fue solamente a partir de los años 1920 que, en diversos contextos, la psiquiatría empezó a dedicar su atención al niño como sujeto médico distinto, merecedor de sus propios expertos, teorías, y esquemas. Solemos asociar el nacimiento de esta especialidad con el prototipo establecido en los Estados Unidos, incorporando las décadas anteriores de movilización activista y filantrópica. Antes que los psiquiatras empezaran a enfocarse en el "niño" como entidad particular, el campo de los "estudios del niño" reunió a "activistas sociales femeninas, madres organizadas, y científicos reformadores" bajo la misma bandera militante (Boardman Smuts, 2008, p. A partir de esas colaboraciones emergieron nuevas instituciones, dedicadas sobre todo a estudiar, orientar, y rehabilitar a niños normales y anormales, apoyándose siempre en un enfoque interdisciplinario. En muchos aspectos, la psiquiatría infantil nació de la gran movilización alrededor de la llamada "higiene mental" a comienzos del siglo pasado. Esta corriente, tanto internacional como transnacional, prometió abrir una salida para los psiquiatras que habían languidecido dentro de asilos superpoblados y difamados o los que, en otros contextos, carecían de una plataforma institucional o ideológica para proyectar su autoridad. Aprovechando el optimismo asociado a los nuevos paradigmas sociales, los higienistas planteaban que muchos problemas adultos -sobre todo en el área de la salud mental-se podrían controlar, si no eliminar, a través de una atención preventiva a la juventud. Rompieron, de este modo, con los viejos esquemas biologizantes y degeneracionistas. Éstos habían postulado que la herencia defectiva condenaría a muchos inocentes a sufrir los estigmas men-tales y físicos trasmitidos por sus antepasados. El niño ofreció un sujeto ideal para ejecutar este giro anti-determinista. Concebido como un ente predictivo del futuro individual y colectivo de la adultez, el niño esperaba solamente la mediación experta que se prestaría a guiarlo en la escuela, o quizás rehabilitarlo en la clínica. De este proyecto nació el llamado "niño problema", caracterizado por su conducta rebelde y desafiante (Jones, 1999). Con el tiempo, la psiquiatría infantil se despojaría de sus orígenes sociales y reformistas, transformándose así en una especialidad profesionalizada y algo exclusivista. Esta transición llevó consigo algunas reorientaciones teóricas. Antes, los postulados ambientales de la higiene mental exigían intervenciones amplias y profilácticas. Los problemas de conducta se concebían, no como aflicciones clínicas e individuales, sino más bien como síntomas de una deformación familiar o contextual. Sin duda, tal enfoque podría implicar cierta patologización social, étnica, o racial, y no pocos higienistas se convirtieron en eugenicistas comprometidos. Pero también imponía retos reformistas: difícil sería ignorar los efectos de la pobreza o la marginalización social en el desarrollo del niño. Luego, la mirada clínica se limitaría mucho más. Formalizada como una rama reconocida de la profesión, la psiquiatría infantil despediría a los otros profesionales y reformistas que habían acompañado su progreso, exaltando la psicoterapia (profesionalmente administrada) como el eje de cualquier intervención (Boardman Smuts, 2008, Cap. Así ocurrió, por lo menos, en los Estados Unidos, donde el desarrollo de la psiquiatría, con todas sus dificultades y angustias, precedió a la higiene mental como disciplina. Sin embargo, si escudriñáramos el escenario internacional, esa trayectoria se destacaría, no como normativa, sino excepcional. En muchos contextos latinoamericanos, la psiquiatría y la higiene mental nacieron mano a mano, gemelos no solo en términos profesionales sino ideológicamente también. Y en esta unión filial de la psiquiatría latinoamericana se encuentra, como ha propuesto Andrés Ríos Molina, otro hermano clave: el estado intervencionista, y hasta revolucionario (Ríos Molina, 2013, p. En el mismo caso de los Estados Unidos, cuando la psiquiatría infantil se retiró a la clínica psicoterapéutica, su importancia se continuó expresando en términos geopolíticos, como un baluarte profesional contra los peligros de la Guerra Fría, por ejemplo (Smith, 2012, pp. 54-74). Pero en otros lugares, la unión entre la política y el desarrollo de la psiquiatría infantil fue mucho más estrecha. El inicio de la psiquiatría infantil en Cuba y su desarrollo como una especialidad de trascendencia partió de una serie de convulsiones del estado, marcadas por el ascenso de dos dictadores infames y la Revolución de 1933 de por medio. Nació, pues, en el seno del paternalismo estadista practicado por Gerardo Machado y Morales (1926-1933), con sus atenciones propagandistas a las instituciones benéficas. Estas intervenciones llegaron a tocar a Mazorra, el manicomio nacional, donde sembraron una eflorescencia médica y fundaron un pabellón para niños. En ese pabellón se institucionalizó por primera vez la atención clínicapsiquiátrica al niño. Pero todas las iniciativas científicas emprendidas bajo Machado cayeron junto con su gobierno en la Revolución de 1933, durante la cual se levantó Fulgencio Batista, un sargento desconocido que volvería a dominar dos veces el estado cubano (la última vez a través de un golpe de estado). Sin embargo, el reino de los dos dictadores provocaría un fenómeno curiosamente contrapuesto: nacería una generación tanto contestataria como partidaria de la reforma social. Fueron ellos quienes lideraron la Revolución de 1933 y, luego, promulgarían una reforma legal y constitucional, basada en principios científicos. En estos esfuerzos se profundizó el énfasis profiláctico de la higiene mental, esta vez como práctica legal-social. Como en otros sitios latinoamericanos, los reformistas cubanos se inspiraron en los principios del criminólogo positivista Enrico Ferri, estudiante de Cesare Lombroso y promulgador del concepto de la "peligrosidad." Ferri y sus seguidores proponían una práctica criminológica orientada a la prevención en vez del castigo. A lo largo de la década pos-revolucionaria (1934-1940), dominada por las manipulaciones políticas de Batista, la campaña reformista culminaría en el Código de Defensa Social (1936), inspirada por varios ejemplos europeos (Italia y España). El Código se basó fundamentalmente en el concepto de la peligrosidad, rompiendo con la tradición clásica y su énfasis en la responsabilidad. Como bien expresa Ramón Cruz de la Ochoa, "no se trata de un Código de penas, escrito para castigar al delincuente, sino inspirado en el principio de defensa social contra el delito" (Cruz Ochoa, 2000; también ver Marqués de Armas, 2014). De manera que, una vez más, surge el niño como objeto paradigmático de la intervención médica-legal. Si la psiquiatría infantil en Cuba nació en el manicomio, rápidamente se implantaría en otras instituciones, sobre todo el reformatorio y sus diversos homólogos pedagógicos. ¿Cuál sería su misión? La psiquiatría infantil, igual que la profesión en general, tendría que navegar los asociados pero a veces opuestos imperativos de curación, por una parte, y reeducación y corrección, por otra. Sin embargo, no sería este objetivo contradictorio el que condenaría la psiquiatría infantil a un declive precoz en Cuba. Sería más bien su dependencia en un estado dividido por igual, entre su misión aparentemente reformista y su tendencia a la corrupción y el autoritarismo. La psiquiatría infantil no se resucitará como eje principal de su profesión hasta el nacimiento del estado verdaderamente revolucionario por venir. Después de 1959, los políticos, igual que los psiquiatras, concebirán a la reeducación del niño como un proyecto no solamente terapéutico, sino también ideológico, y de transcendencia social. EL DESARROLLO INSTITUCIONAL DE LA PSIQUIATRÍA INFANTIL CUBANA Antes de articular su misión, la psiquiatría infantil tendría que establecer una sede institucional. En las primeras décadas del siglo XX los administradores de Mazorra, el único hospital psiquiátrico de Cuba, habían luchado -casi siempre sin éxito -para crear pabellones apartes para niños. Como resultado, los niños siempre se encontraban mezclados entre los pacientes adultos. Esta promiscuidad representaba un problema grave para el orden moral, y los médicos de Mazorra frecuentemente lo comentaban como una de sus tribulaciones más mortificantes. Pero no fue la única. Desde su fundación, el asilo sería un objeto de consternación y desidentificación profesional. Mazorra fue el primer hospital psiquiátrico cubano, construido en 1857 para dar albergue tanto a los enfermos mentales como a los "emancipados", una clase especial de ex-esclavos, que se habían declarado incapaces de trabajar. Esta función doble dotó al hospital de una función custodial que difícilmente se quitaría luego. Los médicos cubanos, muchos de ellos que se habían entrenado en los métodos más modernos del momento, siempre lamentaban que esta institución no sirviera sus fines científicos y profesionales. La última guerra de independencia (1895-1898) provocó una crisis humanitaria en Mazorra: la mayoría de los pacientes se murieron debido a las escaseces y el abandono. Después de la guerra, y en concierto a veces tenso con el gobierno militar estadounidense que había ocupado la isla, los médicos patriotas convertirían al hospital en un símbolo de los males del pasado colonial y la promesa de una futura soberana para Cuba. A la vez comenzaron un proceso de profesionalización psiquiátrica que daría lugar a nuevas clínicas privadas, un departamento de entrenamiento universitario, e ini-ciativas para implementar las novedades terapéuticas más prometedoras del momento. Aun así, el hospital donde en muchos aspectos la psiquiatría cubana había nacido mantendría su infamia. Mazorra no fue solamente una institución médica sino política también; de ser un hospital pública sería siempre vulnerable a las vicisitudes del estado cubano. 3 El caso de la psiquiátrica infantil institucional sería ejemplar en este aspecto. A principios del siglo, el Dr. Arístides Mestre, médico e hijo de un científico cubano de renombre, había sido testigo de las confusiones provocadas en Mazorra por la falta de recursos adecuados para los niños pacientes. Escribió, por ejemplo, sobre un muchacho internado en la primara sección de adultos tranquilos -un pabellón que, en ese momento, mantenía una sección separada para niños-pero que luego fue reubicado a un pabellón especial para niños anormales. El paciente se quedó allí hasta cumplir quince años, pero mientras tanto la misión del pabellón había cambiado. Durante una epidemia de enteritis en el hospital, lo habían recuperado como un pabellón de adultos, y los niños habían sido devueltos a la sección de adultos tranquilos. Y, debido al crecimiento de su población, las niñas pacientes habían salido del departamento de mujeres para entrar en la sección de mujeres ancianas, donde se quedaron hasta el año 1926. 4 Pero la movilización de psiquiatras bajo el mandato del Presidente Gerardo Machado abriría espacio para una nueva campaña en nombre de los niños pacientes. Las renovaciones institucionales emprendidas por su gobierno surgieron a raíz de un huracán devastador en el año 1926, que dejó al hospital en un estado muy vulnerable. Más influyente, sin embargo, fue una serie de sucesos políticos que debilitaron profundamente al Presidente, en la medida en que sus esfuerzos anticonstitucionales para prolongar su mandato desataron la violencia política. Machado, pues, empieza a enfocarse en las instituciones benéficas como posible camino a la rehabilitación política, con el notorio manicomio nacional como eje de su campaña. En eso será apoyado -a veces paradójicamente -por la primera generación de psiquiatras entrenados en Cuba, que por muchos años habían militado por la reconstrucción de Mazorra. Su colaboración institucional producirá cambios bastante profundos, incluyendo siete pabellones nuevos. Uno de ellos será el pabellón "Antonio Mestre" de psiquiatría infantil. Hubo también una lógica profesional para este enfoque en los niños, sobre todo la movilización alrededor de la profilaxis psiquiátrica y su nueva sede en Cuba, la Liga de Higiene Mental. Por mucho tiempo relegado a los márgenes no solamente médicos sino sociales, la psiquiatría cubana buscaba una plataforma para lanzarse a una nueva transcendencia cultural. La higiene mental representaba un vehículo prometedor. Así lo planteó el Dr. Pablo F. Lavín en 1929 en una conferencia de radio, donde profetizó que la Liga sería "la más poderosa institución política-social de defensa colectiva." 5 La Liga concibió su misión de una forma expansiva, extendiéndose desde la higiene en el trabajo hasta en las áreas rurales de Cuba. El mismo Presidente Machado la elogiaría como una institución de "utilidad pública." Este proyecto ambicioso de higiene mental llegaría a los ciudadanos de Cuba a través de los medios de comunicación, tanto de la prensa diaria como de la incipiente cultura de la radio. Consideremos, por ejemplo, una conferencia radial de Juan Portell Vilá sobre el tema de "La higiene mental y el contagio psíquico de las multitudes", transmitida por la Estación C.M.K. en septiembre de 1929. Resumiendo las teorías clásicas de la mentalidad del grupo, Portell Vilá exhortaba al público a cultivar el equilibrio mental, no sólo como víctimas potenciales del "contagio psíquico", sino como aliados posibles en la lucha para combatirlo: "temblad entonces queridos radioyentes, porque siguiendo las leyes inmutables de la Naturaleza en el terreno físico, donde se comprueba siempre el horror al vacío, de la misma manera se cumplirán estas leyes en el terreno psíquico y sin que podáis evitarlo, os veréis obligados a permanecer como el amigo, como el mentor y hasta como el confesor de estos pacientes que necesitan de los beneficios que reportan los Dispensarios de Higiene y Profilaxis Mental." 6 El proyecto de la higiene mental dependería tanto de los expertos como de los ciudadanos en su misión para promover el bienestar colectivo. Los psiquiatras cubanos iniciaron esta campaña de acuerdo con sus colegas internacionales, que ofrecían modelos previos y consejos sabios en el transcurso. Reflejando estos vínculos, Cuba mandó tres delegados al Primer Congreso Internacional de la Higiene Mental (Washington, D.C., mayo de 1930), en el cual visitaron la famosa clínica de Adolf Meyer en Baltimore (además del zoológico del Bronx, el Museo de la Historia Natural en Nueva York, y Coney Island). Uno de los delegados cubanos, René de La-Valette, dio una presentación en inglés sobre una iniciativa que cultivaría el tratamiento psiquiátrico ambulatorio. Todos se inspiraron por el evento. De regreso a Cuba, lanzaron una serie de reformas basadas en sus experiencias estadounidenses y sus contactos mundiales. 7 Pero a pesar de su entusiasmo por la higiene mental, los psiquiatras cubanos no disfrutaban de un perfil social suficientemente amplio para proyectarse fuera del manicomio, para así alcanzar a los cubanos "normales" o a los meramente neuróticos. Por eso se verán limitados a experimentar dentro de las paredes institucionales y, sobre todo, a experimentar en sus poblaciones juveniles, las cuales eran entendidas como un conducto profiláctico al mundo adulto. En el nuevo Pabellón "Antonio Mestre", buscarían un modelo teórico para resolver un problema tanto administrativo como social: cómo transformar a los niños problemáticos en ciudadanos futuros, "útiles a la Patria y a la Sociedad." 8 Bajo el liderazgo de los Dres. Arístides Mestre y Juan Portell Vilá, estrenaron el pabellón en 1927 para recibir un número siempre bajo, pero simbólicamente importante, de muchachos. Los trabajos científicos publicados por los dos médicos ofrecen una perspectiva de la composición de esta población juvenil, que en 1931 incluyó a catorce niños y a cuatro niñas, algunos de ellos veteranos de la institución. Un habanero de dieciséis años, por ejemplo, había llegado al hospital con cuatro años y vivió una década entre la población general adulta. Otro muchacho, diagnosticado con "idiotez", había entrado con solamente dos años de edad. Pero las experiencias previas y clasificaciones psiquiátricas de los pacientes fueron marcadamente diversas, con una incidencia siempre notable de epilepsia, "imbecilidad", incontinencia, "excitación" y agresividad. Algunos revelaron hasta instintos homicidas: una muchacha trató de estrangular a otro paciente, y otro niño expresó un deseo matricida. Aunque los médicos solían poner más énfasis en la trayectoria neuropsiquiátrica de los casos, Mestre también daba algunos detalles sobre sus estados mentales: eran nerviosos, tranquilos, de "emotividad intensa", y había un muchacho de diez años con "tendencia homosexual." 9 Enumerando los progresos recientes, Mestre expresó su satisfacción al ver a todos los niños de Mazorra "asistidos con afecto y con el propósito de aliviarles en lo posible el peso de su herencia." 10 En el futuro, esperaban asimilar todos los pasos de institucionalización bajo la autoridad médica, y no judicial. Sin embargo, mientras tanto, propusieron empezar un proceso no solamente curativo sino también reeducacional: erradicar las "anomalías intelectuales", "del carácter", y "de la moralidad" que muchas veces observaron. 11 Para apoyar estos planes desarrollaron programas rigurosos de diagnósticos y tratamiento. Después de los exámenes preliminares, los empleados inicia-ban una etapa de observación, vigilando al paciente mientras comía, jugaba, y hasta dormía. También administraban pruebas para calcular la extensión de su vocabulario, su capacidad para discernir objetos y la anatomía humana con sus habilidades físicas, pero siempre con la idea de mantenerlo aislado y lejos de toda distracción. Luego procedían a un diagnóstico de suma importancia, la llamada "casa de prueba", que impulsaba un ejercicio de reconocimiento doméstico: "Al día siguiente, en nuestro Salón Pedagógico, situamos al niño frente a una casita de madera cuyo tamaño alcanza más de un metro de largo por medio de ancho y de una altura proporcionada a la base. Esta casita en miniatura, con su portal, puertas y ventanas, con tabiques interiores y otros detalles ornamentales... está colocada sobre una mesa y a una altura conveniente para que el niño la pueda examinar con detención. Si el caso lo requiere, nos retiramos del Salón y dejamos al niño a solas con la casita para desde otro lugar y sin ser visto por él, poder observar su comportamiento para estudiar la repetición de sus movimientos, abriendo y cerrando las puertas y ventanas, la introducción de sus manos para saciar sus curiosidad táctil, etc." 12 Sin duda, este régimen de juego y observación cumplía una función estérilmente clínica para sus elaboradores, pero no evitó por eso algunos ecos familiares: interpelados precisamente como niños e invitados a explorar un simulacro doméstico, ¿cómo habrían reaccionado los niños pacientes de Mazorra, despojados de sus propias raíces familiares? El contrapunteo entre estas evocaciones clínicas y, a la vez, domésticas ejemplifica la misión primordialmente doble de la psiquiatría infantil. Por un lado, los psiquiatras que la lideraban buscaban en ella una plataforma médica: para llegar al futuro paciente "normal", habría que trabajar primero con el niño trastornado y muchas veces desprovisto de su propia estructura social-familiar. Es decir, el niño paciente, identificado como tal, servía fines tanto intelectuales como profesionales. Sin embargo, no era posible aislar esta misión científica de sus implicaciones sociales. Al sumar (aunque involuntariamente) la identidad de "paciente", el niño entraba en un nuevo espacio identitario en el que la autoridad adulta residía en su médico. Así tanto paciente como psiquiatra atravesaron un proceso no solamente de tratamiento, sino de (re-) socialización. En su trabajo científico en el Pabellón Antonio Mestre, los psiquiatras tendrían que navegar este papel doble -padre/médico-aún cuando insistieran en el último. Trabajando para introducir las terapias experimentales más ocurrentes entre los niños del departamento, el Dr. Portell Vilá mantendría su énfasis en el avance científico sobre todo, pero de tal forma que se inmiscuía en las prerrogativas paternas tradicionales. Fijémonos en un experimento especialmente sugerente: inspirado por el ejemplo de Henri Wallon en París, el Dr. Portell Vilá decidió administrarles un nuevo medicamento a dos niños en su pabellón, la Bulbocapnina de Merck. Una droga de cierta notoriedad (William S. Burroughs le atribuía el poder de inducir a la obediencia en Naked Lunch), la Bulbocapnina es un alcaloide que inhibe la producción natural de dopamina. La misma inspiraría años de experimentación psiquiátrica a partir de los años 1920. Numerosos investigadores fuera de Cuba habían explorado su capacidad de provocar catalepsia en los gatos y monos. 13 Pero Portell Vilá, junto con sus colegas internacionales, se había interesado en sus posibles aplicaciones humanas, sobre todo en el impacto de dosis pequeñas en la actividad psicomotor. Fue con un nuevo sujeto psicopedagógico -el niño "turbulento"-que la Bulbocapnina recibiría su primera prueba en la psiquiatría cubana. Fuera de Cuba, la idea de la turbulencia infantil había emergido como una base teórica para muchas intervenciones profesionales en el comportamiento de los niños. Así unía los aspectos somáticos y psíquicos de una conducta problemática. Según Portell Vilá, inspirado por Wallon, el niño turbulento "[manifiesta] todas las características inquietantes de los pequeños psicópatas, pero sin arraigar en ellos la peligrosidad instintiva de los niños perversos y de los epilépticos." 14 Por eso debía ser susceptible a los efectos de un medicamento que llegara a las dimensiones orgánicas y emotivas de su condición. Portell Vilá inició la prueba con un muchacho "turbulento" de doce años, empezando con una dosis de cinco centigramos, que elevaría a diez centigramos al día siguiente y, dos días después, a veinte centigramos. Treinta minutos después de la última administración, el paciente empezó a vomitar, sudar, y sufrir modificaciones pupilares. Su médico no se dejó asustar: una hora después, el niño "almorzó tranquilamente y se entretuvo en el patio de recreo como de costumbre aunque algo aumentada su vivacidad infantil." 15 Pero el impacto psicológico de la Bulbocapnina fue aún más impresionante. Nota Portell Vilá que había estimulado sobre su paciente una naciente "ideología suntuaria y altruista", caracterizada por sus "apetencias artísticas." 16 Después de la administración de diez centigramos, el niño, "sin modificaciones aparentes de su actividad psico-motriz sintió una vez la necesidad de escalar la cerca de alambre del fondo del patio de recreo del Pabellón, vigilar la situación estratégica de los vecinos de una casa colindante, penetrar a hurtadillas en la sala de visita, trasladar cuidadosamente un tiesto con una planta de adorno y que luego depositó en el Saloncito de Consultas de nuestro Pabellón a los pies mismos de donde me encontraba escribiendo." 17 Así entra el niño turbulento en la escena privada del consultorio médico. Portell Vilá y la enfermera que lo acompañaba se declararon encantados e impresionados frente a las explicaciones del niño. Les dijo que había traído la planta para "hacer bonito [sic]", prueba, según Portell Vilá, de un impulso cleptomaniaco canalizado por un "acto de desagravio con todos los rasgos de una ideología suntuaria y altruista." 18 Esto comprobaba, entonces, la eficacia del medicamento, y su capacidad de alterar los aspectos psicológicos y fisiológicos de la condición de turbulencia. He aquí una declaración ambiciosa de que un medicamento, al actuar sobre el cuerpo del niño, podría reorientar un instinto antisocial hacia fines altruistas. La fascinación del niño con objetos decorativos lo podría haber impulsado a robar, pero con la idea de embellecer la estéril clínica del médico. Así vemos de nuevo una acción recíproca en las intervenciones clínicas de la psiquiatría infantil. A la vez que Portell Vilá establecía los efectos psicológicos y hasta morales de un medicamento que actuaba sobre el cuerpo, sus consecuencias transcendentales se manifestaban en un contexto interpersonal, en el que el mismo médico se ubica como receptor humano de las atenciones -purgadas ahora de implicaciones criminales-del niño. La eficacia de una intervención somática, de penetrar en el mundo mental y moral del niño, se mide en la misma interpretación que hace Portell Vilá de la acción del niño en cuanto a sus implicaciones para el médico. Para expresarlo de otra forma, no es el comportamiento del niño -todavía erróneo en muchos aspectos-que ha cambiado en la clínica psiquiátrica, sino su significado moral e interpersonal. Y la articulación de ese cambio nos trae de nuevo a la figura de Portell Vilá. Cuando se trataba del niño, Portell Vilá propugnaba una intervención agresiva de regulación, hasta con los niños "normales." Adaptando una gran variedad de perspectivas teóricas -el behaviorismo Watsoniano, la endocrinología, la neuropsiquiatría y el psicoanálisis-planteaba que los educadores debían usar to-dos los medios disponibles para retardar y canalizar el desarrollo de la sexualidad juvenil. Insistía que un niño precoz se debía aislar de todas las posibles provocaciones, como los libros románticos, las películas, la música (Chopin fue especialmente alarmante), los perfumes afrodisíacos, y los ejercicios gimnásticos estimulantes. El objetivo debía ser la regulación total de todas sus experiencias sensoriales. 19 Pero cuando se trataba de niños "anormales" y "perversos", Portell Vilá postulaba que los mecanismos regulares no bastarían. En este caso, haría falta la intervención médica profesional para establecer las raíces somáticas (si existían) del problema moral. Podríamos decir que esta problemática corresponde a aquella elaborada por el Dr. Arístides Mestre varios años antes. En su presentación frente al V Congreso Panamericano del Niño con sede en La Habana, Mestre había propuesto un esquema de delincuencia juvenil con manifestaciones "sociales" y "patológicas." Los delincuentes patológicos se podrían dividir además entre los "perversos o viciosos" y los "pervertidos o viciados." La diferencia entre los dos grupos radica en el uso del participio pasado con el último. Dice el Dr. Mestre que "sufre el perverso de una defectuosidad constitucional más o menos intensa de los instintos primitivos: es un estado endógeno que al mal predispone directamente; mientras que el pervertido, si bien tiene en buenas condiciones esos instintos, en cambio se presentan oscurecidos o desviados por causas exógenas." 20 Vasto sería el campo de producción académica en esta área, donde los especialistas forenses y los psiquiatras cubanos encontrarían mucho terreno intelectual en común. Pero fue precisamente en su frontera compartida donde se hicieron más opacas las diferencias diagnósticas. ¿Quién necesitaba tratamiento médico y quién reeducación o resocialización? ¿Cómo establecer la diferencia? A pesar del evidente desarrollo del campo médico, sería limitado el impacto de la psiquiatría infantil, con sus fines tanto terapéuticos como correccionales. El número de pacientes que entraron en la Sala "Mestre" se mantendría siempre a un nivel bajo, 21 y fueron pocas las instituciones homólogas que se inspiraron por su ejemplo. 22 Para seguir entonces la trayectoria del "niño problema" a lo largo de la Segunda República (1933-1958), tenemos que abrir las puertas de los siempre malignados reformatorios de La Habana, donde la mayoría de ellos terminaron. Aquí se continúa y resucita la polémica sobre el tratamiento del comportamiento equivocado y sus posibles raíces mentales, pero con consecuencias poco satisfactorias. ¿NIÑO PROBLEMA O PROBLEMA DE ESTADO? Regresemos entonces al contexto reformista que surgió a partir de la frustrada Revolución de 1933. Dicho periodo buscaba derrocar la dictadura de Gerardo Machado pero desembocó en el ascenso de otro dictador, Fulgencio Batista, quien gobernaría primero detrás del telón (1934-1940), luego como Presidente democráticamente elegido (1940-44), y finalmente como dictador impuesto mediante un golpe de estado (1952-59). Pero las maquinaciones políticas de Batista no impidieron que una generación reformista promulgara sus proyectos de regeneración médico-legal. Su iniciativa rindió frutos en un nuevo Código de Defensa Social, que buscaba reorientar la práctica criminológica hacia la profilaxis en vez del castigo (Ameringer, 2000; Whitney, 2000; Marqués de Armas, 2014; Lambe, 2017). Desde hacía mucho tiempo el niño delincuente inspiraba proyectos preventivos en Cuba. No pocos criminólogos y médicos cubanos citarían a un cubano, Erasmo Regüeiferos, como uno de los primeros en "[plantear]...el problema de los menores desvalidos y delincuentes." 23 Pero en la práctica la influencia de la criminología se sentía más en el ámbito institucional. Los reformatorios establecidos y renovados por el gobierno norteamericano durante su primera y segunda ocupación de la isla (1899-1902 y 1906-09) engendraban durante muchos años desilusiones y decepciones. En esas facilidades los sueños reeducacionales se tropezaban, generación tras generación, con sus realidades carcelarias. Periodistas, reformadores, políticos, e, incluso, sus propios empleados, lamentaban que los reformatorios sufrieran escasez material y, más seriamente, infamias morales. Lo que faltaba, según sus críticos, era una organización más científica, fortalecida por un estado activo y resuelto: un paradigma médico y legal orientado a la rehabilitación. En esta pugna, suscitada durante décadas por criminólogos, pedagogos, y abogados, intercede el espíritu renovador de los años 1930. Imbuido con los nuevos principios de profilaxis y, a la vez, de caridad para los niños "desvalidos" y "delincuentes", los expertos de la beneficencia pública se movilizaron para convertir los antiguos reformatorios en establecimientos científicos y humanos. De allí salió la orden del Coronel Batista a reubicar el antiguo reformatorio de niños (antes llamado Guanajay) a la finca "Torrens" (el nombre que después llevará), y donde estrenarían el nuevo "Centro de Orientación Infantil" en 1938. 24 Este paso importante pretendía ser el comienzo de una renovada política de reeducación y regeneración infantil en Cuba. Coincidía con nuevos paradigmas médicos y legales que ponían énfasis en las raíces ambientales de la delincuencia juvenil. Con cierto optimismo social, perseguía una perspectiva multidisciplinariauniendo a psiquiatras, psicólogos, médicos, abogados, y pedagogos-para un problema anteriormente intratable. Sus partidarios postulaban lazos cada vez más estrechos entre los tribunales y los reeducadores, para prevenir que el niño que había cometido un crimen cayera en el mundo carcelario adulto. La misión del nuevo Centro de Orientación Infantil fue apropiadamente ambiciosa, pues establecía en su reglamento las "funciones de protección, amparo, educación y asistencia de los niños, de ambos sexos, huérfanos, en peligrosidad, desvalidos o que ejerzan la mendicidad, y la de prepararlos adecuadamente en las aulas talleres, centros agrícolas y demás departamentos de que conste el Centro, propendiendo a la re-educación de los mismos...toda clase de medidas, iniciativas y propósitos y que tiendan a cuidar, amparar, proteger y curar a los niños y adolescentes anormales." 25 Esta enorme labor científica se debería catalogar en hojas clínicas extensas. Una versión de nueve páginas elaborada por el Dr. Enrique Henríquez -su "Ficha psico-bio-social para menores delincuentes"-proponía clasificar a los menores delincuentes en los púberes e impúberes, los normales (ocasionales y habituales) y los anormales (orgánicos, psicópatas, oligofrénicos, mixtos); de los anormales, los que eran curables, modificables, o incurables; de los normales ocasionales, los que habían delinquido "por ineducación", "por imitación", "por inducción", "por abandono moral", o "por necesidad moral"; y de los normales habituales, los que habían cometido crímenes "por necesidad moral o material permanente", "por influencia mesológica", o "por tendencia adquirida incorregible." 26 No fue solamente una nueva perspectiva médica que se esperaba implantar en esta labor reeducacional, sino jurídica también. Muchos reformadores renovaron la campaña para establecer "tribunales de menores" especializados. 27 Pero esto no se lograría hasta los años 1950, cuando el Centro de Orientación Infantil estrenó el primer tribunal para menores, en el que los muchachos internados servían como jueces. 28 Mientras tanto, los sueños ambiciosos de Zamora, Henríquez, y muchos más, incluyendo los de la élite habanera que veían en la delincuencia juvenil una causa social de importancia, quedaron prácticamente en la nada. El Centro de Orientación Infantil sería durante todos los años 1930, 40, y 50 acosado por acusacio-nes de maltratos, "promiscuidad" de sus internados (varias alegaciones de homosexualidad también se encuentran entre las publicaciones de la época), y desorganización administrativa y científica. Un mundo aparte, entonces, de la promesa regenerativa del Código de Defensa Social. 29 Algunos guardaban la esperanza de que el estado cubano -sea en manos de Batista y sus sucesores democráticamente elegidos en el Partido Auténtico-se responsabilizaría de la institución difamada. Pero esas ilusiones tampoco se reflejarían en la realidad. Los reformatorios, igual que el estado que los debiera haber respaldado, seguirían plagados de corrupción, escasez, y decepciones (Ameringer, 2000; Whitney, 2000). En Cuba, esta primera etapa de atención interdisciplinaria al niño quedaría como uno de los muchos sueños frustrados de sus partidarios reformistas. Armado con un equipo experto en todos los aspectos del "niño problema", habían luchado para establecer un tratamiento especializado a sus distintas manifestaciones, con raíces tanto médicas como sociales. Pero las instituciones que hospedaban sus esfuerzos no estaban a la altura de su labor. Quedaría para otra generación reformista asumir el cargo, esta vez apoyada por un nuevo estado revolucionario. Después de 1959, el proyecto para rehabilitar al niño problema se destacaría como una de las preocupaciones más transcendentales de la psiquiatría cubana. En esto, encontró un patrocinador ideal en el propio estado revolucionario. Los jóvenes cubanos se interpelarían como los sujetos ideales del mismo proyecto revolucionario, y los defensores naturales de su misión política. Fueron movilizados para participar en su campaña alfabetizadora y otras iniciativas de los años 1960, encarnando así sus papeles como los hijos e hijas espirituales del estado (Sutherland Martínez, 1959; Casavantes Bradford, 2014). Sin embargo, no todos llegaron a esta identificación política y social de una forma instantánea. Muchos jóvenes forjaron su convicción política a través de la actividad política y las organizaciones de masa, pero otros se relacionaban con el estado en una forma diferente. De nuevo surgiría el hospital psiquiátrico -y el reformatorio igualmente-como microcosmo de la labor política de la Revolución. Y una vez más la psiquiatría, junto con el campo vasto de la reeducación, se prestaría para convertir a los "niños problemas" no solamente en niños sanos, sino en participantes en el nuevo orden político.
puso en marcha un programa estatal de higiene mental infantil que incluía como referencia central al psicoanálisis, en un periodo en que no era habitual encontrarlo en la bibliografía médica local. Se analizará aquí el contexto de creación de estos servicios, así como los modos en que la higiene mental y el psicoanálisis fueron apropiados y utilizados en una institución cuyo principal interés no era la defensa o legitimación de una teoría, sino el abordaje de problemáticas sociales como la delincuencia y la educación infantil. Aparecen así algunas características de la historia de los saberes psi en Chile, mostrando cómo se despliegan en el escenario de problemáticas sociales y cómo se vinculan con el devenir de otras disciplinas y prácticas como la criminología y la pedagogía. Abordar la historia de la salud mental infantil en Chile no parece ser tarea fácil. 1 Las fuentes y la historiografía son escasas, mientras que las exigencias presentes son urgentes y diversas. 2 En este artículo intentaremos abordar una de las primera iniciativas chilenas de salud mental infantil. Más específicamente, pretendemos describir y analizar la forma en que la higiene mental y el psicoanálisis fueron apropiados, utilizados y entremezclados en la Clínica de Conducta, fundada en 1936 como parte de la Escuela Especial de Desarrollo, creada en 1928 por una radical reforma educacional llevada a cabo ese año durante la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo (1927Campo ( -1931)). Para entender cómo el psicoanálisis se insertó en este programa de higiene mental infantil, es necesario primero situar la Clínica de Conducta en el contexto de las transformaciones de comienzos de siglo XX en materia de educación y los cambios culturales y sociales referidos a la infancia. 3 Con ese objetivo, abordaremos primero algunas de las transformaciones ocurridas en Chile en las primeras décadas del siglo XX respecto del modo en que se entendía la infancia y la adolescencia, plasmándose hacia la década de 1920 en diversas legislaciones que apuntaron a la protección, educación y reeducación de los niños, niñas y adolescentes. Posteriormente, nos detendremos en las reformas que hacia 1928 llevaron a la fundación de la Escuela Especial de Desarrollo, en la cual se alojó luego la Clínica de Conducta. Después de ello, desarrollaremos algunas ideas referidas a la higiene mental en Chile, para terminar indagando en las intersecciones entre higiene mental y psicoanálisis llevadas a cabo la Clínica de Conducta entre 1936 y 1938. La creación de la Escuela Especial de Desarrollo y de la Clínica de Conducta, así como de otras instituciones y prácticas relativas a la protección de la infancia en Chile, deben ser entendidas en el contexto de los efectos que tuvieron en América Latina las transformaciones ocurridas entre las décadas de 1880 y de 1920 en Estados Unidos y Europa respecto de la forma de entender y abordar la infancia y la adolescencia. Estas transformaciones -que no abordaremos aquí en detalle-, se dejan sentir fuertemente en Chile en la nueva legislación que dominará desde 1929 el abordaje de la infancia y la adolescencia bajo el término "menores", plasmándose en referencias, conceptos, herramientas e instituciones pertenecientes tanto al ámbito jurídico, como también educativo, médico y asistencial. 4 Los procesos de "sacralización" (Zelizer, 1994) y de "estandarización" (Sommerville, 1990) de la infancia, registrados en Europa y Estados Unidos entre 1880 y 1920, impactaron fuertemente en América Latina y Chile en particular hacia la década de 1920, traduciéndose en nuevas legislaciones que apuntaban a la protección, educación o, en su defecto reeducación de los niños, niñas y adolescentes. 5 La infancia comienza a ser valorizada como una etapa fundamental del desarrollo que debe ser protegida y asegurada para cada ser humano, debiendo el Estado garantizarla vigilando y fiscalizando a las familias. Con la extensión de la educación obligatoria, el establecimiento del Estado Asistencial, el desarrollo de las disciplinas psi y de la medicina social, la influencia de los programas de higiene social y mental, se fue forjando un modelo estandarizado de infancia y adolescencia que respondía, a su vez, a una visión utópica de la sociedad. Como señalara Cunningham (2005) para el caso europeo post Primera Guerra Mundial, también en Chile hacia 1920 la infancia era considerada un tema público de carácter crítico, donde ésta aparecía como la clave para construir y defender "el futuro de la nación y de la raza " (p. El modelo estandarizado de infancia y adolescencia fue dibujando las fronteras de lo que era considerado "normal" y "anormal" para los niños y niñas de acuerdo a su sexo y edad y así, de acuerdo a este ideal, los niños comenzaron a ser evaluados, observados y tratados por las distintas prácticas e instituciones especializadas. En 1920 se aprueba en Chile la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria. En el contexto de la "cuestión social", la educación se instauró como una de las principales armas para luchar contra los problemas de higiene y las "enfermedades de trascendencia social" (como la tuberculosis, la sífilis, el alcoholismo, la prostitución, entre otras) que diezmaban a la población y amenazaban lo que en aquella época era concebido como "raza chilena". En el marco de un fuerte espíritu nacionalista que traspasaba los colores políticos (Barr-Melej, 2001), dicha ley pretendía ampliar la educación a los sectores populares. Sin embargo, sus deficiencias no tardaron en hacerse evidentes. Como señalara Rojas Flores: "En la década de 1920, diversos sectores participaron en un activo debate sobre la educación primaria y secundaria, dejando en evidencia sus limitaciones y potencialidades" (Rojas Flores, 2010, p. Ya para 1924, los diagnósticos acerca de la implementación de la ley eran fatales: "se planteó que ésta había fracasado en sus propósitos, ya que ni la matrícula ni la asistencia habían crecido en forma significativa, y tampoco el número de escuelas y maestros" (Rojas Flores, 2010, p. Aunque la ley fue aprobada en 1920, fueron necesarias diversas transformaciones a nivel cultural y social, para que las nuevas representaciones acerca de la infancia tomaran cuerpo en prácticas e instituciones específicas. A partir de 1925, con la aprobación de la nueva Constitución Política y las reformas sociales, comenzó a gestarse la modernización del Estado y la construcción de un Estado asistencial. En ese contexto, disciplinas como la medicina, la pedagogía y el trabajo social comenzaron a tener mayor presencia e injerencia pública. El foco de las políticas públicas orientadas a abordar los problemas sociales de la época, como las "enfermedades de trascendencia social", pero también la mortalidad, el abandono, el vagabundaje y la delincuencia infantil, pasaban a enfocarse en la profilaxis, la prevención y la re-educación, antes que en el castigo, el tratamiento o la curación ex post. 6 Es así como hacia fines de la década, hay dos iniciativas legales que tienen gran importancia en este ámbito, y que reflejan muy claramente los cambios en las visiones y percepciones acerca de la infancia en Chile: la aprobación de la Ley de Protección de Menores y la Reforma Educacional, ambas en 1928. La Ley de Protección de Menores, inspirada en cuerpos legales similares en países de Europa y en Estados Unidos, así como en el espíritu de la Declaración de Ginebra, de 1924, 7 pretendía hacerse cargo del abandono, concebido como la causa fundamental de la delincuencia infantil. 8 Por medio de esta ley, el Estado se haría cargo de aquellos niños menores de 21 años que se encontraban en lo que llamaba "situación irregular": por distintos motivos habían sido desposeídos del cuidado parental y se encontraban, por ello, en "peligro material o moral". De ese modo, la ley apuntaba no solamente a quienes habían cometido algún delito, sino también a aquellos niños cuya situación de vida los transformaba en potenciales delincuentes. En este sentido, la ley no solamente castigaba las alteraciones al orden social, sino que también las prevenía de ocurrir en el futuro, y en ese sentido tenía un doble propósito: de defensa social y de re-educación (Gajardo, 1929). Los niños ya no eran concebidos como perpetradores, sino como víctimas del medio social y familiar -lo que el Juez de Menores Samuel Gajardo denominaba "la tiranía del ambiente"-y por ende las acciones que debían implementarse a su respecto no debían orientarse a castigarlos, sino a mejorar sus condiciones de vida para que, a través de la educación, pudiera evitarse que desviaran su rumbo hacia la delincuencia. LA REFORMA EDUCACIONAL DE 1928 Y LA CREA-CIÓN DE LA ESCUELA ESPECIAL DE DESARROLLO En el contexto del fracaso de los objetivos de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria, hacia mediados de 1920 se comenzaron a introducir en Chile las tesis del movimiento pedagógico que se desarrollaba en Estados Unidos y en algunos países de Europa, denominado "Escuela Nueva" o "Escuela Activa". Estas tesis se encontrarían a la base del proyecto de reforma presentado en 1925 por algunos profesores pertenecientes a la Asociación General de Profesores (AGP) al Presidente Arturo Alessandri Palma luego del entusiasmo reformista levantado por el "Ruido de Sables" y la creación de la nueva Constitución. 9 Dicho proyecto "ponía en el centro de los fundamentos de la reforma al educando, cuyas necesidades se consideraban determinantes de la estructura del sistema de educación" (Serrano, Ponce de León y Rengifo, 2012, p. La AGP estaba compuesta fundamentalmente por educadores formados en el Instituto Pedagógico, el cual tenía una reconocida y fuerte tradición germánica e impronta psicológica (Sanhueza, 2013; Alarcón, 2010). En un espíritu de modernización y fuerte positivismo científico, estas instituciones pretendían levantar la pedagogía chilena sobre bases científicas, fundamentalmente a través de la experimentación psicológica (Mann, 1936). Los educadores de la AGP, muchos de ellos comisionados por el gobierno de Chile para formarse en los centros pedagógicos donde se desarrollaban los principios de la Escuela Activa, criticaban fuertemente el sistema educativo chileno, entre otras cosas, por tender a la homogenización de los niños, sin prestar atención a las diferencias individuales. La Escuela Nueva, por el contrario, proponía una educación centrada en la personalidad y habilidades físicas e intelectuales de los niños (Salas, 1942; Reyes, 2010), en el saber-hacer y en la autonomía, implicando por ello una visión más política de la educación, como herramienta de transformación social y de profundización de la democracia. A pesar del espíritu modernizador de 1924-1925, el proyecto de reforma impulsado por la AGP tuvo que esperar hasta el primer mandato de Ibáñez del Campo, una dictadura que se extendió entre 1927 y 1931, durante la cual paradójicamente se llevó a cabo esta reforma educacional de características sumamente revolucionarias. Como señala Reyes (2010), los fundamentos de esta reforma "iluminaron, de hecho, el proceso de renovación del sistema escolar en Chile durante las siguientes décadas" (p. En ella se estipulaba que la educación tenía por objeto favorecer el "desarrollo integral del individuo, de acuerdo con las vocaciones que manifieste, para su máxima capacidad productora intelectual y manual. Tenderá a formar, dentro de la cooperación y de la solidaridad, un conjunto social digno y capaz de un trabajo creador" (DFL No 7.500, Título I, Art. Se trata de un programa centrado en el estudiante, su vocación y potencialidades, donde su propio desarrollo se concibe como parte integral del desarrollo de la sociedad. Se afirma, además, que "la educación se desarrollará de acuerdo con planes, programas y métodos basados en la evolución psicofisiológica del educando" (DFL No 7.500, Título I, Art. Esto es, que los programas pedagógicos se apoyaran fundamentalmente en la interrelación entre los descubrimientos y propuestas de la psicología y la biología humana, lo cual, sumado al interés por lo individual, otorga una noción universal respecto de los procesos "normales" del desarrollo infantil. Considerando esta preocupación por las diferencias individuales y por la "evolución psicofisiológica" de los niños, la reforma distinguía y creaba diversos tipos de escuela -llamadas en los sucesivo "escuelas experimentales"-, entre las cuales estaba la escuela rural, la urbana, la granja y una "escuela hogar para niños indigentes, débiles y de inferioridad orgánica, anormales y retrasados mentales" (DFL No 7.500, Título II, Art. Esta última introducía los primeros pilares de la educación diferencial en Chile (Rojas Flores, 2010) y abría también con ello un campo de trabajo para "expertos" interesados por aquellos niños cuyos procesos de desarrollo parecían desviarse de la norma esperada para su edad. Entre las escuelas experimentales se distinguían entre las de "experimentación amplia" y las de "experimentación limitada", que debían dedicarse a la investigación pedagógica y servir como "campos de observación y medios de perfeccionamiento del profesorado en general" (DFL No 5.291, Título V, Art. Las de experimentación limitada, entre las cuales se encontraba la de Desarrollo, estaban "destinadas a poner en práctica, en las condiciones propias de nuestro país, los planes y métodos de educación que se ensayen con buen éxito en el extranjero, a fin de decidir sobre la conveniencia de incorporarlos, sea parcial o totalmente, en el sistema escolar" (DFL No 5.291, Título V, Art. La Escuela Especial de Desarrollo, orientada a la investigación pedagógica y a la educación de los niños considerados "débiles mentales", incluyó el ensayo de formas de educación especial desarrolladas de EE.UU. fundamentalmente, en el contexto de la Escuela Nueva y de la higiene mental, tema al que nos referiremos pronto. Esta escuela fue dirigida primero por el estadounidense Lloyd N. Yepsen, del Teachers College de la Universidad de Columbia, quien fue sustituido en 1931 por el chileno formado en la Universidad de California, José Flores Muñoz y, más tarde por Juan Sandoval Carrasco, quien creó una sección "dedicada a la educación de los niños retardados mentales con sistema de internado" (Caiceo, 2009, p. Considerando la creación de esta sección con régimen de internado, así como la primera descripción de esta Escuela Especial en la ley de 1927 como institución que debía incluir a "débiles" y "retrasados mentales", pero también "indigentes" y "anormales", podemos coincidir con la afirmación de León y Rojas (2015) de que se trataba de un organismo que "combinaba la educación, la asistencia, la prevención y el control de los menores" (p. Esta Escuela intentó atacar así un problema que era no sólo de carácter educativo, sino también social y jurídico: ¿qué hacer, por un lado, con los niños que necesitan métodos e instituciones especiales de educación, y por el otro, con los delincuentes o abandonados que se encuentran en "peligro material o moral"? 11 LA PSIQUE INFANTIL, EL MOVIMIENTO DE HIGIENE MENTAL Y LA CLÍNICA DE CONDUCTA En 1930, el Dr. Juan Garafulic (1955) creó en la Escuela Especial de Desarrollo una Sección de Observaciones, la cual, tomando el modelo de la Sección de Observación y Clasificación de la Casa de Menores de Santiago, estaba enfocada en diagnosticar a los niños que llegaban a la Escuela Especial de Desarrollo. Dicho diagnóstico tenía la finalidad de determinar si el posterior destino de estos niños sería efectivamente una institución orientada a la educación especial, o si debían ser enviados en su lugar a una institución médica dedicada al tratamiento de trastornos "psico o neuropáticos" (Garafulic y Lea-Plaza, 1936). En 1936 se funda una nueva institución, anexa a la Escuela Especial de Desarrollo, denominada Clínica de Conducta, la cual según su director, el psiquiatra Guillermo Agüero, y el pediatra Alberto Gallinato, podía ser considerada también una "clínica de psicopatología infantil" o "sección de higiene mental infantil" (1936, p. Esta clínica tenía como objetivo "servir las necesidades de las Escuelas en lo que se refiere a la existencia de niños anormales desde el punto de vista mental", y "el estudio y solución posible de los niños mentalmente anormales repartidos en las Escuelas Primarias" (Agüero y Gallinato, 1936, p. Es decir, debía recibir a aquellos niños que habían sido enviados a la Escuela Especial de Desarrollo desde las escuelas primarias y otras instituciones vinculadas a la infancia, de los cuales se sospechara algún nivel de "anormalidad mental", para su diagnóstico más preciso, y para su tratamiento. Dentro de su esbozo histórico de la psiquiatría chilena, Garafulic establece que el primer "servicio de neuro-psiquiatría infantil" para "alienados crónicos" en Chile fue creado por iniciativa del Dr. Hugo Lea-Plaza en la Quinta Bella, dependiente del Manicomio Nacional, en 1937 (Garafulic, 1955, p. 70), es decir, casi una década después de la puesta en funcionamiento de la Escuela Especial de Desarrollo y de la Sección de Observación de la Casa de Menores, y un año después de que se abrieran las puertas de la Clínica de Conducta. En este sentido, puede decirse que estas experiencias previas, que se desarrollaron en campos disciplinares ajenos a la medicina, como son la pedagogía y la justicia, fueron sin embargo precursoras del cuidado y la atención psiquiátrica y psicológica de la infancia en Chile, imprimiendo a la posterior emergencia de la psiquiatría y la psicología infantil, unos sellos que es necesario distinguir y analizar. Siguiendo el derrotero histórico que se ha venido trazando en este artículo, puede sostenerse que la creación de la Clínica de Conducta es una muestra elocuente de esta intersección entre pedagogía, criminología y psicología infantil en el contexto ya no exclusivamente educativo, ni judicial, sino también médico. Tuvo, además, la novedad de incorporar en su arsenal teórico-metodológico al psicoanálisis, el cual si bien ya tenía cierta presencia entre pedagogos, juristas, médicos y otros intelectuales antes de 1936, aun no se plasmaba claramente como inspiración de un proyecto de intervención psicológica, menos aun de carácter estatal. La Clínica de Conducta respondía precisamente a estas características particulares: era una institución de carácter estatal que se enmarcaba en un proyecto de higiene mental infantil. 18 No existen investigaciones previas en Chile sobre esta Clínica, ni tampoco han podido a la fecha encontrarse archivos que permitan su estudio desde la perspectiva de las prácticas. No obstante, sabemos que la Clínica funcionó al menos hasta 1940, fecha después de la cual ya no encontramos más bibliografía referida a ella. Además, en el artículo de Garafulic obtenemos una pista coincidente con esta fecha de desaparición: él indica que a partir de 1940 los servicios de psiquiatría infantil previamente desarrollados, como el establecido en 1937 en el Manicomio Nacional; la Sección de Observación de la Casa de Menores; la Sección de Observaciones de la Escuela Especial de Desarrollo, fueron incluidos "como servicios especializados en los hospitales Roberto del Río, Arriarán, Calvo Mackenna, en la Dirección General de Protección a la Infancia, Manicomio Nacional y Clínica Psiquiátrica Universitaria" (Garafulic, 1955, p. De esta manera, podemos pensar que a partir de 1940 aquellas instituciones vinculadas a la prevención, clasificación y tratamiento de las enfermedades mentales en la infancia, incluida la Clínica de Conducta, perdieron su autonomía previa, siendo disueltas en las estructuras institucionales de los hospitales. Es importante señalar que el nombre "Clínica de Conducta", proviene de un tipo de institución creado precisamente en el marco del movimiento de higiene mental instaurado en Estados Unidos por Clifford W. Beers (1908) a comienzos del siglo XX. Este movimiento sostenía "la idea de que la promoción del bienestar infantil podría prevenir disfunciones de la adultez" (Richardson, 1989, p. 2), es decir, que era necesario implementar programas de cuidado y de prevención de las enfermedades en las infancia, para así asegurar la existencia de adultos sanos, y, con ello, de una sociedad sana. Por ello, este movimiento combinaba la preocupación por la infancia con una "utopía tecnocientífica", es decir, la confianza en que el bienestar social -amenazado por los efectos nocivos de la industrialización-iba a ser provocado por la utilización racional y sistemática de los avances científicos y tecnológicos en el campo de los problemas sociales desde una perspectiva estatal, administrativa y orientada primariamente a la población antes que a los individuos (Grob, 1987). De este modo, educación, higiene mental y Estado establecieron una trama de intercambio interesante, que se haya a la base de programas como el implementado por la Clínica de Conducta. Por otra parte, en Chile la higiene mental se sostenía también en discursos nacionalistas presentes en partidos políticos tanto de izquierda, como de centro y de derecha. Las enfermedades mentales, al igual que las enfermedades de trascendencia social se concebían como males fácilmente reproducibles en las generaciones descendientes de quienes se desenvuelven y viven sus vidas en condiciones de pobreza y falta de educación, y la lucha contra ellas, se entendía como una responsabilidad vinculada a la defensa de la patria y de la raza. 19 La historia de la higiene mental en Chile tampoco ha sido suficientemente investigada aun. 20 Por los estudios de Ana María Talak (2005) en Argentina, sabemos que en dicho país la higiene mental se desarrolló en estrecha colaboración con la psiquiatría y sus instituciones hospitalarias y universitarias, a diferencia de Estados Unidos, donde recibió sus impulsos más decisivos desde ámbitos ajenos a dicho campo disciplinar, como el derecho, la pedagogía y la política (Grob, 1987). Como destaca Talak, en Argentina, donde se fundó una Liga de Higiene Mental en 1929, ésta se desarrolló en estrecha relación con la eugenesia, dando forma a la entonces llamada "medicina social", y también en relación con el emergente saber psicológico. Hasta donde hemos podido indagar, en Chile la higiene mental siguió trayectorias similares a Argentina. En 1931 se fundó en Santiago la Liga de Higiene Mental, 21 cuyo principal objetivo era prevenir las enfermedades mentales, poniendo su acento en la cuestión de la heredabilidad de los caracteres adquiridos y la degeneración, es decir, en la posibilidad de que un ambiente defectuoso termine reproduciendo en los descendientes aberraciones o taras consideradas signos de enfermedad mental (Arce Molina, 1937). De ese modo, entremezclaba la preocupación por la herencia con aquella por el ambiente, y por ese motivo parte importante de sus intereses estuvieron enfocados en la infancia, en el emergente saber psicológico y en formas de "eugenesia negativa". 22 Médicos psiquiatras, además de pediatras y de aquellos que se desempeñaban en la salubridad pública, como Lea-Plaza, Garafulic, Germán Greve, 23 Luis Cubillos, el futuro presidente Salvador Allende, y muchos otros, algunos de los cuales se vincularon además a algunas de las primeras apropiaciones psiquiátricas del psicoanálisis en Chile, fueron los principales impulsores de la higiene mental en el país. En su tesis titulada Higiene mental y delincuencia, Allende (1933) sostuvo que la higiene mental tenía como objetivos la "prevención, curación y vigilancia profiláctica de los individuos que por sus alteraciones neuro y psicopáticas constituyen una entidad desarmónica en nuestro medio social" (Allende, 1933, p. Por ello, añade, la higiene mental se preocupa tanto de la protección del individuo enfermo como de la sociedad, y abarca un "vasto programa de acción médico-psicológico-pedagógico-social, cuya característica esencial es el criterio preventivo" (Allende, 1933, p. Allende señala también que la higiene mental tendría las siguientes funciones de ayudarlo a "desarrollar y fortalecer su capacidad de adaptación social", "solucionar sus conflictos psíquicos", prevenir "trastornos psiquiátricos" o "evitar su repetición si éstos se han producido" (Allende, 1933, p. Como se advierte, la higiene mental incluye la preocupación por el individuo y la sociedad; la contribución de distintas disciplinas como la pedagogía, la medicina, el trabajo social y la psicología; la influencia no excluyente de perspectivas heredo-degeneracionistas y ambientalistas; y funciones no sólo de prevención, sino también de tratamiento. Podemos agregar, siguiendo a Agüero y a Gallinato, que "la higiene mental (...) que atiende a la conservación de la integridad psíquica de un individuo o de una colectividad es una función eminentemente estatal" (Agüero y Gallinato, 1937, p. s/n), es decir, es concebida como un deber del Estado, una función pública, y no una preocupación privada. De acuerdo a lo señalado por una de las visitadoras sociales de la Clínica de Conducta, Christine Galitzi, 24 su meta principal es "descubrir desde la más tierna infancia las reacciones mentales y emotivas defectuosas de los niños, que podrían degenerar, si no se las trata, en hábitos viciosos perjudiciales para la salud del adulto" (Galitzi, 1937, p. 25 Esta distinción entre lo mental y lo emotivo, que retoma la realizada por Allende entre los "trastornos psiquiátricos" y los "conflictos psíquicos", es fundamental, como veremos en lo que sigue, para el enfoque adoptado en la Clínica de Conducta con apoyo en el psicoanálisis, donde lo "afectivo" o "emocional" (términos que se ocupan indistintamente) pasa a primer plano. EL TRABAJO DE LA CLÍNICA DE CONDUCTA: HIGIENE MENTAL Y PSICOANÁLISIS Combinando las ideas del movimiento estadounidense de higiene mental con las de psicoanalistas europeos como Sigmund y Anna Freud, Alfred Adler, Ernest Jones, Marie Bonaparte y Charles Baudouin, la Clínica de Conducta promovió un sistema de atención basado en la "observación de la vida emocional o afectiva" (Agüero y Gallinato, 1936, p. 6) en los primeros años de vida de los niños. Su finalidad era prevenir la instalación de ciertos patrones de "conducta antisocial" o modificarlos en este momento de mayor flexibilidad, en el caso en que ya se hayan fijado. En este doble sentido, los "procedimientos que hemos usado para prevenir futuras desadaptaciones", señala Agüero, "son la acción profiláctica y terapéutica" (Agüero, 1938, p. 31), es decir, prevenir si aun es posible, corregir cuando ya es demasiado tarde. Para Agüero y Gallinato, los "síntomas de desadaptación" que pueden observarse en los niños que son enviados a la Clínica, pueden ser entendidos como manifestaciones de "afectividad no liberada", la cual se encuentra en estado de "inhibición o represión emocional" (Agüero y Gallinato, 1936, p. Explican que "la energía instintiva al disociarse y reagrupares forma un mosaico intermedio que son precisamente los complejos que en el adulto se halla en las substructuras y en el niño en un primer plano" (Agüero y Gallinato, 1936, p. Entendidos como "detenciones del desarrollo" (p. 6), se encuentran entre los procesos afectivos (y el instinto) y los procesos psíquicos superiores, y pueden ser abordados no sólo desde la psicoterapia, sino también desde la higiene mental. A la base de las "manifestaciones antisociales objetivas" se encontrarían los "conflictos de carácter afectivo, afectivo-moral o simplemente intelectual" ((Agüero y Gallinato, 1937, p. s/n), provocados la mayor parte del tiempo por las privaciones de índole socioeconómico que no permiten un normal desenvolvimiento y desarrollo de los niños, es decir que serían dichas privaciones las que en última instancia provocarían la detención del desarrollo: Es sabido que una parte de las psiconeurosis aparecen como resultado de un conflicto del individuo con el medio, conflicto que, en muchos casos, significa una inseguridad del sujeto para la satisfacción de sus necesidades nutritivas. De aquí se desprende que todos aquellos mecanismos que tiendan a asegurar al individuo estas necesidades primordiales -en otras palabras, su futuro equilibrio económico-contribuirán a disminuir las posibilidades de la aparición de fenómenos de carácter neurótico, efectuando también, de este modo, una labor de higiene mental (Agüero y Gallinato, 1937, p. s/n). En este sentido, vemos que se trata de niños provenientes de las capas más pobres de la población, donde las condiciones sociales de vida tienen gran injerencia en su desarrollo y permiten explicar la prevalencia de trastornos mentales. Según se desprende de la cita anterior, Agüero y Gallinato utilizan la teoría energética elaborada por Sigmund Freud y Joseph Breuer en Estudios sobre la histeria (Freud y Breuer, 1998), con la finalidad de explicar las conductas antisociales de los niños: la energía no liberada vinculada a la satisfacciones de las necesidades primordiales, como es la nutrición, puede ser retenida y aplicada a diversos fines que entran en contradicción y conflicto con las normativas sociales. Para los médicos de la Clínica, el conflicto no es intrapsíquico sino producido por un choque entre las energías psíquicas y las condiciones sociales. De este modo, la labor de la Clínica no es sólo atacar los síntomas psicológicos, sino al mismo tiempo su ambiente familiar y social. Estos dos niveles son planteados como la necesidad, por una parte, de "solución de estos conflictos primitivos (Procedimiento Psicogenético)" y, por la otra, de "crear hábitos sociales en el sujeto (Procedimiento Behaviorístico o Reflexológico)" (Agüero y Gallinato, 1937, p. s/n), es decir, una mezcla entre lo "psicogenético" -otro nombre para el psicoanálisis-y un conductismo interesado en el modelamiento y la transformación de hábitos antisociales en sociales. Los autores, que indican no querer abanderarse con una u otra escuela de pensamiento, sino hacer uso de aquello que sirva para sus fines, encuentran principalmente en los planteamientos de Freud, Adler y Karl Marx, las bases precisas para trabajar los problemas que se les presentan. 26 Señalan que "los niños son estudiados desde el mismo cuádruple aspecto indicado por Allende en 1933, el cual abarcaría todas sus manifestaciones: aspecto social, médico, pedagógico y psicológico", y que "luego se llega a un diagnóstico de su alteración y en seguida se procede a su tratamiento, aprovechando todo aquello que nos brindan las circunstancias" (Agüero y Gallinato, 1937, p. s/n). Sostienen que "es necesario aprovechar los numerosos hallazgos de las Escuelas Psicogenéticas de Freud y sus continuadores y no detenerse en la Psicología Clásica o Constitucional, la cual se ha manifestado estéril para resolver numerosos conflictos" (Agüero y Gallinato, 1936, p. El psicoanálisis aparece así como un cuerpo teórico crítico a la psicología experimental, que permite abordar aspectos que ésta no lograba resolver. Dentro de los métodos y técnicas utilizados para 1938 en la Clínica de Conducta, Agüero nombra: la escala Binet-Simon, herramienta frecuente de las evaluaciones psicológicas de la época; los métodos propios del psicoanálisis infantil, como son "la interpretación psicoanalítica de los dibujos y creaciones infantiles", que permiten "profundizar en los móviles y determinantes inconscientes de su conducta" y "la interpretación de los juegos, sueños y creaciones imaginativas de los niños" 27; "las pruebas psicoanalíticas clásicas -asociaciones libres y determinadas-" (Agüero, 1938, p. 34); y en último lugar se reconoce que "en otros casos será conveniente aprovecharse de los datos de la Psicología Individual de Adler y estimular en el niño el sentimiento de comunidad" (Agüero y Gallinato, 1936, p. Estos métodos -exceptuando la escala Binet-Simon-eran utilizados entonces para estudiar los "conflictos de los niños con sus padres y con sus hermanos, los complejos de destrucción y de exhibición o narcisista (...) los complejos de mutilación y de misterio o Enigma de la Esfinge en que el niño se pregunta como llegó al mundo. (...) los llamados complejos de actitud de los cuales los principales son el destete y la retirada" (Agüero y Gallinato, 1936, p. 28 La Clínica buscaba entonces, a través del estudio de los conflictos afectivos y de un trabajo psicoterapéutico y profiláctico, provocar la liberación de las energías afectivas reprimidas o inhibidas que estaban produciendo los conflictos, para entonces redirigirlas hacia metas más elevadas y socialmente aceptadas, es decir, hacia la "sublimación". En el medio en que estos niños se desenvuelven, señalan Agüero y Gallinato, "un ambiente pobre, estrecho e hipócrita cuando no hostil" (Agüero y Gallinato, 1936, p. 6), su vida afectiva no es en absoluto considerada, y por lo tanto no existe el espacio tampoco para asegurar la adecuada expresión y liberación de dichas energías. Para ello, los autores consideran que las nuevas orientaciones pedagógicas provenientes de la Escuela Nueva, que estaba a la base de las reformas educacionales que llevaron a la creación de la Escuela Especial de Desarrollo, convergen con el proceso psicoanalítico y pueden colaborar en ese proceso de tratamiento psíquico y de higiene mental. Precisamente uno de los principales objetivos de las nuevas escuelas y nuevas tendencias educacionales es facilitar el libre desenvolvimiento de las actividades emocionales infantiles a fin de que el niño llegue a la vida del trabajo por un bagaje de confianza en sí mismo, iniciativa y creación. En estas nuevas orientaciones habrá que tomar muy en cuenta el simbolismo de sus sueños, de sus juegos, de sus fantasías, de sus creaciones y de su conducta y el mecanismo de desplazamiento afectivo, base del símbolo, que nos abre camino al proceso Psicoanalítico más interesante o sea la sublimación, la utilización de las energías afectivas en procesos más altos, desde el punto de vista de la utilidad social. Recordaremos a este propósito que la vía de orientación hacia la formación de los mecanismos sublimatorios es la formación de una consciencia, moral, el super-yo, la cual reside en una identificación del niño con sus padres y educadores (Agüero y Gallinato, 1936, p. De este modo, el desarrollo del niño en un ambiente favorable que le permita desenvolverse libremente y el desarrollo de "una aptitud vocacional" antes desconocida, tiene como efecto liberar las energías fijadas en determinados complejos infantiles, para redirigirlas desde las actividades antisociales en las que se manifestaba, hacia "tendencias creadoras y constructivas" (Agüero, 1938, p. No es extraño que la lucha contra las enfermedades mentales y contra las conductas antisociales en el contexto de la defensa de la patria y de la raza, tome de los arsenales del psicoanálisis a la sublimación como una importante herramienta. El uso del concepto de sublimación en distintos campos de apropiación del psicoanálisis en Chile ya ha sido destacado en la historiografía reciente (Ruperthuz, 2016; Ruperthuz y Vetö, 2016), y ha sido explicado principalmente desde las posibilidades que ofrece en cuanto a la modificación y el modelamiento de las "pulsiones" sexuales y agresivas 29 en favor de programas de utopía social. Como señala el Juez de Menores Samuel Gajardo a propósito de la educación sexual, se trata de "la disciplina de los instintos y la canalización de las tendencias biológicas, que no es posible extirpar, pero tampoco eximir de control. (...) Ello ofrece un hermoso programa cultural, de utilización de nuestras tendencias egoístas en beneficio de los intereses humanos" (Gajardo, 1940, p. En 1938, Agüero y el Dr. Luis Cubillos, publican un texto titulado "Consideraciones sobre Clínicas de Higiene Mental Infantil y delincuencia de menores", donde encontramos un mayor espesor teórico en lo referente al psicoanálisis y a sus nexos con la crimi-nología, campo específico en que se desempeñaba Cubillos. 30 Como ambos psiquiatras exponen, el uso que hacen del psicoanálisis en la Clínica no se refiere al tratamiento propiamente tal, sino a su valor como criterio de observación y diagnóstico: A propósito del psicoanálisis como procedimiento terapéutico debemos declarar que en la Clínica Psiquiátrica Infantil es, según nuestra experiencia, de limitados resultados, sobre todo cuando se trabaja con un número crecido de niños, como en nuestra Clínica, pero es de enormes alcances, y a nuestro juicio, imprescindible como criterio etiológico y patogénico para alcanzar el núcleo central de las manifestaciones anormales y fundar la profilaxis o terapéutica. En ese núcleo es esto de tanta importancia que estimamos que la abstención del criterio analítico en una Clínica de Conducta esterilizaría su acción (Agüero y Cubillos, 1938, p. El "criterio psicoanalítico" lo definen como "la interpretación de la conducta y de los actos simbólicos como resultado de tendencias y afectos más o menos inconscientes y determinados por los sucesivos estados de la evolución instintiva, tanto sexual como trófica y agresiva" (Agüero y Cubillos, 1938, p. En su escrito, que trata específicamente de la delincuencia de menores, Agüero y Cubillos ponen especial énfasis en las tendencias agresivas, argumentando desde "El malestar en la cultura" (Freud, 1998b) que "los hombres modernos sufren probablemente más por la represión de sus instintos agresivos que por la de sus instintos sexuales" (Agüero y Cubillos, 1938, p. Agregan que las tendencias agresivas "ocultan en el fondo una destrucción que, en muchos casos, obedece a la necesidad de nutrirse y asegurarse el porvenir" (Agüero y Cubillos, 1938, p. Por ello, concluyen, "no nos ha de extrañar encontrar un tan alto porcentaje de déficit económico en los desadaptados, los cuales se encuentran, precisamente, en una gran proporción fijados en la etapa destructiva o sádicoanal de su vida instintiva" (Agüero y Cubillos, 1938, p. Así, la delincuencia puede ser explicada desde la referencia a fijaciones en estadios del desarrollo psicosexual y a motivaciones inconscientes, sin dejar de lado la influencia del medio social y familiar. En última instancia, para los autores lo que se encuentra a la base de los trastornos inconscientes que motivan la delincuencia es el déficit económico, y por ende lo que el servicio del higiene mental debe hacer es, antes que nada, un trabajo de carácter social. Para diciembre de 1936, tras tres meses de funcionamiento, la Clínica había recibido un total de 57 ni-ños, 42 hombres y 15 mujeres. De acuerdo a Agüero, la gran mayoría de ellos eran "niños proletarios, de la clase media, y especialmente de la clase baja, como son en general los niños de nuestras escuelas primarias" (Agüero y Cubillos, 1938, p. 31), es decir, niños en quienes pueden descubrirse aquellas carencias económicas ya mencionadas. Para comienzos de 1938, Agüero señala haber "inscrito y estudiado 130 niños de ambos sexos, entre 4 y 18 años, preescolares, escolares y postescolares", de los cuales 35 no pudieron ser atendidos, en muchos casos por "falta de cooperación familiar" (Agüero y Cubillos, 1938, p. De los restantes 95 niños en tratamiento, 65 serían hombres y 30 mujeres, los cuales son ubicados en un extraño sistema clasificatorio que mezcla categorías descriptivas con analíticas, categorías orgánicas con psicológicas y psicoanalíticas: a) "oligofrenia (débiles mentales y morones)"; b) "trastornos conductuales secundarios al pauperismo"; c) "traumatismos cráneo-cerebrales graves"; d) "desnutrición y raquitismo"; e) "otros trastornos orgánicos"; f) "accesos convulsivos"; g) "disendocrinias"; h) "heredo-lúes"; i) "encefalopatías"; j) "trastornos del lenguaje". k) "¿perversión instintiva?"; l) "trastornos por conflictos familiares"; m) "insuficiente formación del yo-moral"; n) "trastornos por exceso de mimo"; o) "sentimientos de inferioridad"; p) "fijación edipiana"; q) "rivalidad fraternal"; r) "introversión y narcisismo"; " s) "enuresis"; t) "timidez"; u) "onanismo"; v) "fijación afectiva infantil"; w) "mala inducción del ambiente"; x) "trastornos producidos por el cine"; y) "en observación"; y z) "sin trastornos" (Agüero, 1938, p. Como puede advertirse, entre estos 153 casos, encontramos todo tipo de diagnósticos, desde "debilidad mental", hasta "trastornos producidos por el cine", desde "disendocrinias" hasta "fijación edipiana". Se trata de una variedad de casos entre los cuales hay causas orgánicas y ambientales, los cuales comparten, sin embargo, que "dificultan la adaptación del niño al medio escolar y social, produciendo una perturbación en dichos medios, al mismo tiempo que impiden el desarrollo normal de ese niño, el que, pasando el tiempo, queda colocado al margen de la colectividad" (Agüero, 1938, p. 31 De estos 153 casos, 31 fueron diagnosticados como "oligofrénicos", es decir, con algún nivel de "debilidad mental". Sabemos que la debilidad mental era establecida fundamentalmente a través de la aplicación de la escala Binet-Simon, contrastada a veces con el Test de Cubos de Kohs y por la observación clínica. Se concebía que la debilidad mental pudiera ser causa de trastornos conductuales, por lo cual era de suma importancia un diagnóstico preciso. 32 Sin embargo, Agüero señala también que "gran parte de aquellos niños que constituyen problemas escolares, familiares y sociales presentan una inteligencia por lo menos normal, residiendo entonces el núcleo de su trastorno en una alteración orgánica y principalmente afectiva como luego veremos" (Agüero, 1938, p. Es decir, los trastornos de la inteligencia se distinguen de aquellos que provienen de una causa orgánica, y también de aquellos que tienen una causa afectiva, esta última tan importante en los casos tratados en la Clínica. El "pauperismo -agrega-actúa por un doble mecanismo, a la vez orgánico (desnutrición) y afectivo (sentimiento de injusticia e incompletud)" (Agüero, 1938, p. 32), es decir, que el déficit económico es causa tanto orgánica como afectiva de todo tipo de trastornos conductuales infantiles. Siguiendo con los "factores afectivos de desadaptación", se sostiene que constituyen más de la mitad de los casos, y que "ellos van consignados en los trastornos por el pauperismo, por conflictos familiares, por insuficiente formación del yo-moral o introyección defectuosa de los reglamentos y normas éticas personificados en la autoridad del padre, en los trastornos por exceso de mimo (...), "en las alteraciones derivadas de los sentimientos o complejos de inferioridad, en las fijaciones afectivas infantiles, relativamente frecuen-tes..." Ahora bien, respecto del trabajo efectuado con estos niños, si bien se establece que en la mayor parte de los casos (23 de 110) la "acción de la Clínica [fue] dificultada por diversos motivos", en aquellos en que sí se pudo llevar a cabo alguna acción, los métodos más utilizados fueron los siguientes: "Acción psicoterápica directa"; "Modificación de la conducta de los familiares hacia el niño"; "Tratamiento médico"; "Colocación en establecimientos apropiados (Escuela Especial de Desarrollo, Settlement Municipal, etc.)" 33 Enfocándonos exclusivamente en la "acción psicoterápica directa", veremos que esta refiere, "por una parte, aquella que se deduce de la modificación que experimenta la personalidad del niño al saberse y sentirse objeto de un interés especial por parte del psicólogo, y por otra, las modificaciones, generalmente lentas, que se van produciendo en su carácter y en su conducta por acción de las sugestiones de aquél" (Agüero, 1938, p. Siguiendo el modelo de la psiquiatría de fines del siglo XIX y comienzos del XX, tradición en la cual en un principio se incluye también Freud (Shamdasani, 2005), la psicoterapia tenía relación directa con la sugestión, es decir, con la influencia que podía tener sobre el niño la personalidad del médico. Así, el primer y principal desafío del médico, consiste en alejarse de la identificación con un "juez o censor" que pretendería examinarlo, estudiarlo o evaluarlo moralmente: "símbolos sádicos de autoridad y castigo, a veces peligro de mutilación" (Agüero, 1938, p. Frente a ello, explica Agüero, el niño reacciona "replegándose mentalmente sobre sí mismo (reacción instintiva de miedo) y generándose en él una especie de introversión o tratando de engañar al médico, reprimiendo por un proceso de defensa, consciente o inconsciente, sus vivencias o deseos" (Agüero, 1938, p. 33-34), impidiendo u obstaculizando el estudio de su personalidad y su conducta. Como vemos, la situación psicoterapéutica, se entiende siguiendo no sólo los postulados de la psiquiatría decimonónica, sino también del psicoanálisis, donde el médico puede ser objeto de una "transferencia" que genere una reacción negativa al proceso terapéutico. 34 A pesar de estas referencias, cuando Agüero explica la finalidad de la acción psicoterapéutica, se aleja bastante del psicoanálisis, reclamando un lugar para los procesos de modelamiento de la conducta con fines de adaptación: "Volviendo a la acción psicoterapéutica creemos que su fin debe [ser] adaptar al niño a sus problemas o habituarlo a tener otros problemas, y sólo en determinadas ocasiones pretenderá curar o mejorar..." Y luego agrega: "Su objeto es destruir malos hábitos derivados de la educación anterior, cambiándolos por hábitos nuevos más adaptados a la realidad y a la sociabilidad" (Agüero, 1938, p. El caso de la Clínica de Conducta puede iluminar formas tempranas de acercamiento a la psique infantil en Chile, permitiendo así historizar algunas áreas de los saberes psi que aun no han sido explorados suficientemente por la literatura especializada. En particular, esta Clínica permite indagar los nexos establecidos entre higiene mental infantil, en tanto programa estatal, con el psicoanálisis, y, de ese modo develar no sólo los campos de apropiación de ambos saberes en Chile, sino también las peculiaridades de sus desarrollo e hibridaciones. En la Clínica de Conducta, donde la higiene mental confluye con el psicoanálisis, se ponen en juego dos tipos de intervenciones que aparecen claramente en los textos analizados: de un lado la profilaxis, las intervenciones sociales y la modificación de conducta, basada en el Behaviourismo, y de otro lado la posibilidad de una psicoterapia sostenida en el psicoanálisis. Este último tiene un lugar también en un proceso previo al diseño de las intervenciones o planes de trabajo: la observación, la identificación y el diagnóstico, donde además de los tests que permiten evaluar la inteligencia, encontramos la interpretación del juego, del dibujo y de las asociaciones de los niños, los cuales permiten analizar los conflictos afectivos y los complejos. Sin embargo, otra particularidad que proviene de la hibridación entre psicoanálisis e higiene mental, de la puesta en conjunto de un interés por la sociedad y por el bienestar individual, es que los conflictos psíquicos no se conciben como algo remitido exclusivamente a lo privado, a la historia individual, tampoco meramente a la historia familiar. Los conflictos son siempre producidos por el encuentro con las condiciones materiales de vida, las cuales permiten u obstaculizan la libre expresión de los afectos y, de ese modo, determinan su encauzamiento por vías sociales o antisociales. Es por ello que, a pesar de lo que pueda parecer a primera vista, el paradigma de enfermedad mental que se halla a la base de la experiencia de esta Clínica no es puramente orgánico y hereditario, sino que concibe la articulación entre dichos aspectos de la vida humana, con las condiciones sociales. En tal sentido, y volviendo a las utopías sociales propias de los programas higienistas, cabe afirmar que el psicoanálisis, por medio de la psicoterapia y sobre todo del uso de la sublimación, fue pensando en la Clínica de Conducta como una herramienta que podría servir para la adaptación de los niños: pasar de lo antisocial a lo social, de los malos hábitos y los vicios a una vida socialmente útil y ejemplar. Los niños son un aspecto clave en este proceso de transformación tecno-utópica donde la ciencia parece tener tanto que decir: son el futuro de la nación, de la raza, de la patria, y en ese sentido son la arcilla de la cual los expertos -médicos, psicólogos, pedagogos, juristas, visitadoras socialespodrían hacer desaparecer los comportamientos y los hábitos potencialmente destructores del ideal social, para moldear en ellos las conductas con las cuales construir una ahora depurada sociedad. A riesgo de anacronismo, conscientes de que la noción de "salud mental" responde a una ideología del bienestar más contemporánea, en esta primera aproximación lo utilizaremos genéricamente para referirnos a la historia de la psiquiatría, neuropsiquiatría, psicología e higiene mental infantil chilena. Con esto nos referimos a las denuncias vinculadas a los centros del Servicio Nacional de Menores (SENAME), en los cuales se han producido en los últimos años un gran número de muertes de niños que se encontraban allí para ser protegidos por el Estado, sin hablar de las negligencias y efecto iatrogénico producidos en dichas instituciones. Hacemos referencia también a las deficientes redes públicas de atención médica infantil, ya sea mental o de otro tipo, así como a la delincuencia infantil y adolescente, respecto de la cual las formas de abordaje implementadas por el Estado parecen no aportar solución efectiva. Otras investigaciones ya han documentado procesos de recepción y apropiación del psicoanálisis donde éste es dinámicamente entremezclado con aspectos de higiene social y mental, medicina social y otros saberes y prácticas afines. En septiembre de 1924, habiendo el Parlamento desestimado la aprobación de trascendentales reformas sociales, se preparaba a aprobar un aumento en su dieta parlamentaria. Frente a esta situación, un grupo de militares, entre los cuales se encontraba el futuro Presidente Carlos Ibáñez del Campo, se instalan en el Congreso y hacen sonar sus sables contra el mármol del Salón, en clara señal de reprobación y amenaza. Dicho episodio fue conocido como "Ruido de Sables". Así conminados, los parlamentarios aprobaron apresuradamente las reformas sociales, iniciando el proceso que culminaría con el fin del parlamentarismo oligárquico y la redacción de una nueva Constitución Política, en 1925, una vez que Alessandri retornara del extranjero, donde se refugió durante los meses en que un Comité Militar tomó el control del país y del congreso. En términos de investigación pedagógica, una de las principales iniciativas de experimentación realizadas en la institución fue la estandarización del test Myers-Briggs, una prueba de personalidad basada en los "tipos psicológicos" de Carl Gustav Jung, la cual fue realizada a más de 15.000 alumnos de escuelas primarias de Chile entre 1929 y 1932, obteniendo normas por cursos y edades (Salas, 1942, p. Véase también: Yepsen (1930); Sandoval Carrasco (1941) Aquellos que tras la evaluación eran diagnosticados con retraso intelectual grave, como "debilidad mental profunda", "imbecilidad" o "idiocia", eran enviados a la Escuela Especial de Desarrollo a proseguir allí su educación. Si bien no tenemos información respecto de qué tests se utilizaron para ese fin, podemos hipotetizar que se trató del test de dibujo de Healy, el cual sabemos por otras fuentes que se ocupaba profusamente para esos fines en esa época en Chile. Un sinnúmero de publicaciones de la época dan cuenta de este interés por la medición de la inteligencia de los niños en el contexto judicial. Para estudiar el impacto de las Jornadas Neuro-Psiquiátricas panamericanas en la neuro-psiquiatría chilena, véase: Araya Ibacache (2014Ibacache ( y 2015)). Esta serie: defecto -degeneración -vicio, es muy común en los escritos de médicos, profesores, visitadoras sociales, abogados y juristas, y políticos de la época. Respecto de ella, sólo nos interesa de momento destacar que no necesariamente es exclusivamente heredo-degeneracionista ni eugénica pura, dado que este paradigma se mezclaba con las perspectivas ambientalistas propias del higienismo, incluyendo el refuerzo del medio social ya sea para producir, ya sea para transmitir generacionalmente (degeneración) el defecto y convertirlo así en vicio. Cabe destacar que en Chile antes de la década de 1950, las referencias no excluyentes a Freud y Adler, sobre todo en el contexto del trabajo con niños y adultos "antisociales", es sumamente frecuente, apareciendo en casi todas las fuentes primarias de la época. Lo cual puede encontrarse expuesto en el libro de otro de los psiquiatras y psicoanalista de la Clínica de Conducta, el Dr. Ramón Clarés, titulado, Sobre la psicogénesis del arte. El uso de la teoría de los complejos es también una característica de las apropiaciones del psicoanálisis en Chile en esta época, sobre todo aquellas realizadas en los campos de la criminología y del arte. Las principales referencias al respecto utilizadas por autores nacionales son los libros de los psicoanalistas franceses Charles Baudouin y Angelo Hesnard: El alma infantil y el psicoanálisis de Baudouin, publicada en francés en 1931 y editada en Chile alrededor de 1934 por Pax-Chile, y El individuo y el sexo, aparecido en Francia en 1927 y publicado por Editorial Ercilla en 1936. A partir de estas obras, sabemos que la teoría de los complejos no se remitía exclusivamente a aquello trabajado por Freud o por Jung, sino a los aportes de dichos otros autores, quienes -para bien o para mal-, dedicaron muchas páginas a la identificación y tipificación de distintos tipos de complejos. Cabe advertir que en esa época en Chile no se utilizaba el concepto del "pulsión" para referirse a la noción freudiana de Trieb, sino el de "instinto", el cual se había popularizado ya en la década de 1920 a partir de la traducción de Freud por Luis López Ballesteros para la editorial Biblioteca Nueva, de Madrid. Cubillos, además de trabajar en la Clínica de Conducta, era psiquiatra del Manicomio Nacional, de la Clínica Psiquiátrica Universitaria de la Universidad de Chile, profesor de Biología Criminal en la Penitenciaría de Santiago y en la Escuela Técnica de Investigaciones y médico del Instituto de Clasificación y Criminología, fundado en 1936 en la Universidad de Chile. En 1935 había publicado un texto muy influyente en la criminología nacional de la época, titulado "Delincuencia: problema biológico-social y legal", que apareció por entregas en la recién fundada Revista de ciencias penales, y es demostrativo de las principales orientaciones de la medicina legal de la época (Cubillos, 1935a(Cubillos,, 1935b(Cubillos, y 1935c)). El número total de casos que aparecen repartidos en estas categorías es de 153, el cual lamentablemente no se corresponde ni con el número total de casos ingresados en el periodo, ni con el total de niños en tratamiento. A pesar de esta inconsistencia numérica, nos parece que otorgan una interesante perspectiva respecto de las categorías diagnósticas utilizadas y de la prevalencia detectada en ese momento entre los niños que llegaban a la Clínica de Conducta. Siguiendo a Tirapegui (1925), podemos decir que en aquella época en Chile la inteligencia no es entendida como algo puramente orgánico ni hereditario, así como tampoco algo solamente ambiental. Retomando los postulados de William Stern, Hermann Ebbinghaus, Charles Spearman y por supuesto también de Alfred Binet, Tirapegui sostiene que la inteligencia es la capacidad de comprender una situación y adaptarse a las exigencias, a los nuevos problemas y condiciones, así como la capacidad de abstraer, comparar y contrastar. Tirapegui distingue además una "inteligencia general", que sería innata, y una "inteligencia adquirida", y sostiene que todo ser humano tiene una capacidad innata para aprender, y que son las condiciones ambientales las que permiten que dicha capacidad se desarrolle al máximo, o no lo haga. Aquí, al igual que en la estadística referente a los diagnósticos, el número total de casos es 110, el cual no corresponde con el número total de casos ingresados en el periodo, ni con el total de niños en tratamiento. A pesar de ello, insistimos en que nos parece instructivo aun así dar cuenta de los métodos de tratamiento más utilizados en la institución. Es de vital importancia destacar que las fuentes utilizadas para este estudio implican ciertas restricciones a la hora de considerar las prácticas clínicas efectivamente ejercidas en la Clínica de Conducta. Dado que no contamos aún con ningún tipo de historiales clínicos, archivos ni expedientes de la Clínica, sólo podemos aludir a las nociones y representaciones que se tenía de la "anormalidad", la "desadaptación", las "conductas antisociales" en los niños. Hasta qué punto se aplicó y practicó aquello que se decía, debe ser estudiado y confrontado desde otro tipo de fuentes históricas que hasta el momento lamentablemente no hemos encontrado.
Estas mulheres, comemos juntas. O medo de se perder de todo antes de se encontrar).
El cáñamo es actualmente objeto de gran interés en el ámbito de la comunidad científica desde muy diferentes perspectivas, entre ellas, la etnobotánica. Este enfoque está interesado en estudiar la difusión cultural de la planta por la acción del género humano y su relación histórica y presente con este. En el marco de la etnobotánica histórica los estudios filológicos ofrecen información muy relevante para poder reconstruir la difusión cultural de la planta, sus usos y sus productos en diferentes tiempos y espacios geográficos. Hasta el momento no se ha publicado ningún trabajo sobre el cultivo y usos etnobotánicos del cáñamo en la civilización árabe-islámica clásica. A partir de los datos extraídos de casi una treintena de fuentes científicas redactadas entre los siglos VIII y XVII, analizamos en este artículo diferentes aspectos relativos al cultivo de la planta y sus usos etnobotánicos (alimentario-dietéticos, pienso y forraje, fabricación de hilos, tejidos y cuerdas, fabricación de papel, insecticida, repelente de animales, medicamento en veterinaria, abstergente, combustible, e incienso ceremonial). La información que encontramos en nuestras fuentes nos habla de la existencia de un proceso de transmisión y continuidad de formas de cultivo y usos del cáñamo desde la Antigüedad hasta la civilización árabe-islámica. PALABRAS CLAVE: cannabis sativa; cultivo del cáñamo; usos etnobotánicos del cáñamo; etnobotánica histórica; civilización árabeislámica clásica. El cáñamo o Cannabis sativa L. ha sido y es actualmente objeto de multitud de publicaciones científicas que abordan su estudio desde muy diferentes perspectivas. Concretamente, el enfoque etnobotánico propone un modelo multidisciplinar para estudiar la difusión cultural del cáñamo por la acción del género humano y su relación histórica y presente con este (Da Silva et al., 2014). Varias disciplinas, desde las ciencias naturales hasta las humanidades, pueden hacer significativas aportaciones a nuestro conocimiento en este campo. La arqueobotánica, rama de la paleobotánica, la arqueología, el estudio de los registros escritos analizados por los historiadores, y la filología, se presentan como disciplinas complementarias en este enfoque (Clarke y Merlin, 2013, pp. 60-62). Por su parte, los estudios filológicos nos informan, entre otros aspectos, acerca de la interrelación existente entre diferentes palabras utilizadas en diferentes épocas e idiomas para designar el cáñamo, ayudándonos así a reconstruir la difusión cultural de la planta, sus usos y sus productos (Lozano, 1996b). Esta aportación de los estudios filológicos resulta especialmente necesaria cuando tratamos con lenguas cuyos textos escritos aún no han sido traducidos en su mayor parte a otros idiomas, y por lo tanto siguen siendo inaccesibles para los que no las conocen, tal y como ocurre en el caso del árabe clásico. En el contexto de la civilización árabe-islámica de los siglos VIII al XVII, los usos medicinales, industriales, recreacionales y rituales del cáñamo constituyen un abigarrado cuadro que habla de la existencia de una constante interacción entre la planta y las gentes que a lo largo de esos siglos poblaron los territorios islámicos. Los usos médicos, recreacionales y rituales del cáñamo en este ámbito han sido estudiados anteriormente por algunos investigadores (Lozano, 1990(Lozano,, 1996a(Lozano,, 2001;;Rosenthal, 1971). Sin embargo, hasta el momento no se ha publicado ningún trabajo sobre los restantes usos etnobotánicos de la planta, ni sobre sus formas de cultivo y explotación. Se ha basado la investigación en los datos extraídos de casi una treintena de fuentes científicas en lengua árabe redactadas entre los siglos VIII y XVII. Se trata de obras andalusíes, magrebíes y orientales de medicina, farmacología, botánica y agronomía. Entre las fuentes consultadas se cuentan otras de tipología diferente pero susceptibles de contener datos relevantes para esta investigación, tales como obras de viajes, literarias, lexicográficas y de derecho islámico. Como se ha dicho anteriormente, en su inmensa mayoría no han sido traducidas del árabe a otras lenguas. Al realizar el análisis de los datos de las fuentes se ha fijado la atención particularmente en el modo en que estos datos ilustran un proceso de transmisión y continuidad de formas de cultivo y usos de la planta desde la Antigüedad hasta la civilización árabe-islámica. EL CÁÑAMO: DE LA ANTIGÜEDAD A LA CIVILI-ZACIÓN ÁRABE-ISLÁMICA Hablar del cáñamo en la civilización árabe-islámica implica necesariamente hablar de la planta en las civilizaciones preislámicas que antes del advenimiento del islam a principios del siglo VII la habían usado durante miles de años como medicamento, planta textil, alimento y droga recreativa y ritual en China, India, Egipto, Persia, Mesopotamia y extensas áreas de Europa (Clarke y Merlin, 2013, pp. 74 y ss., 118 y ss., 135 y ss., 257 y ss; Escohotado, 1989, I, pp. 89, 92; Thomson, 1980, pp. 138, 140-1; Levey, 1979, p. Las fuentes árabes que hablan del cáñamo ofrecen datos suficientes para afirmar que existió un proceso de transmisión de conocimientos agronómicos y usos etnobotánicos de la planta desde las culturas preislámicas al mundo árabe-islámico oriental, magrebí y andalusí. Concretamente, esta tradición de conocimiento y uso del cáñamo en las civilizaciones del Mundo Antiguo oriental está acrisolada en la Agricultura nabatea (1984, II, fols. 67a-67b), obra que ofrece una síntesis de los conocimientos sobre la planta que estaban en circulación en la Mesopotamia preislámica. Traducida del arameo al árabe por Abū Bakr b. Waḥšiyya en 291/903-904, puede ser definida como una enciclopedia que recoge los conocimientos de la comunidad agrícola de la que emana: la comunidad caldea de Babilonia. La Agricultura nabatea ocupa un lugar intermedio entre la época helenística, que llegaba a su fin, y el comienzo de la era musulmana, al tiempo que ofrece una idea acerca de la realidad de la agricultura en Iraq a la llegada del islam a esa región. Las coordenadas cronológicas que se deducen de los relatos y enseñanzas que encontramos en la obra, permiten situar su redacción entre la segunda mitad del siglo III d. La tradición caldea está presente en la Agricultura nabatea en el testimonio de un tal Ṣagrīṯ o Ḍagrīṯ, primero de los tres sabios caldeos que según Ibn Waḥšiyya fueron los autores de las sucesivas recensiones que dieron lugar a la obra que él tradujo. Este Ḍagrīṯ es la fuente a quien parecen atribuirse varias referencias acerca de las conexiones del cáñamo con la India. Reproduciendo su testimonio se nos dice que "una persona" 1 llevó la planta a la región de Babel desde la India, donde sus gentes la cultivaban. Ḍagrīṯ también es la fuente a la que se atribuye una, para mí, oscura etimología del nombre dado al cáñamo en la India, diciendo que es un nombre derivado "del fuego y del mineral o del mineral del fuego" (min al-nār wal-macdin aw min macdin al-nār). Asimismo, la tradición científica de los persas (al-furs) está reflejada en la Agricultura nabatea en el dato que indica que estos llamaban šahdānaŷ a la semilla del cáñamo, aunque este término, cuyo significado en esa lengua es: "el rey de los granos", también es normalmente usado en árabe para designar la planta del cáñamo en sí misma. Por último, la tradición china tiene eco en el testimonio de un tal Sušād, del que se dice que llamaba al cañamón "grano chinesco" 2. La información que se encuentra en la Agricultura nabatea tendrá continuidad en otras fuentes árabes de siglos posteriores. A finales del siglo XII el sevillano Ibn al-cAwwām (1802, II, pp. 117-8) habla del cáñamo reproduciendo amplios pasajes de la Agricultura nabatea, su principal informante en este punto. Ya en la primera mitad del siglo XIV, el autor anónimo del tratado agronómico titulado Miftāḥ al-rāḥa li-ahl al-filāḥa (La llave de la tranquilidad para las gentes de la agricultura) (1984, p. 14) también menciona la Agricultura nabatea al hablar del cáñamo, lo que demuestra que la información de esta obra era conocida por los geóponos en el Levante árabe, región de donde parece haber sido originario el autor de Miftāḥ al-rāḥa. Finalmente, debemos mencionar que el mismo Ibn al-cAwwām (1802, II, p. 28) reproduce también el testimonio de Yūnyūs, que no es otro que Vindanio Anatolio de Beirut (siglo IV d. C.), lo cual viene a ilustrar, aunque obviamente de manera muy insuficiente, la transmisión de los conocimientos sobre el cáñamo de la tradición agronómica grecobizantina a los geóponos árabes. La descripción más temprana del cultivo del cáñamo que se conoce en la literatura árabe está contenida en la Agricultura nabatea, aunque la descripción más extensa y detallada sobre el mismo se debe a Ibn al-cAwwām. Por lo que se refiere a los aspectos técnicos concernientes a dicho cultivo, las fuentes geopónicas árabes hablan del tipo de tierra más conveniente, manera y tiempo de la siembra, labores que requiere, riego, vientos que favorecen y perjudican su crecimiento, y manera y tiempo de llevar a cabo la recolección. La Agricultura nabatea (1984, II, fol. 67a) indica que "ha de cultivarse en una tierra profunda y muy húmeda, pues en cualquier circunstancia gusta del agua y de la humedad". En el siglo XI, el geópono granadino al-Ṭignarī (2006, p. 449) dice que al cáñamo le convienen los terrenos excelentes y muy bien abonados, y añade que no se siembra sino en tierra fresca / húmeda de buena calidad, que garantice que brotará la planta. 117) ofrece la misma información que la Agricultura Nabatea, también reproducida por el autor anónimo de Miftāḥ alrāḥa (1984, p. 134), y añade que al cáñamo le conviene la misma tierra que al lino, y que en secano le es a propósito la tierra de buena calidad, jugosa, llana y vecina a río. Asimismo reproduce el testimonio de Vindanio Anatolio, quien dice que quiere tierra generosa de continua humedad. 28) también reporta el testimonio del geópono sevillano del siglo XI Ibn Ḥaŷŷāŷ, que dice que la simiente del cáñamo "es de la simientes que penetran mucho en la tierra para atraerse su substancia y xugo [por cuya razón] la dejan extenuada. Por eso son muchos de opinión, que se estercole aquel terreno para que pueda sembrarse en el próximo año, pues así prevalece quanto se le confía". 119), erudito y sufí de Damasco que vive entre los siglos XVII y XVIII dice que le conviene la tierra húmeda y šatawiyya, término este que, si bien significa literalmente "invernal", creo que se debe interpretar como "fresca" o "húmeda". Se acaba de mencionar que la Agricultura nabatea, Ibn al-cAwwām y el autor de Miftāḥ al-rāḥa se refieren al cáñamo como planta que en cualquier circunstancia gusta del agua y de la humedad, añadiendo que el único cuidado necesario es regarlo un día sí y otro no, o bien todos los días, en cuyo caso hay que reducir la cantidad de agua. Por su parte, al-Ṭignarī (2006, pp. 449-50) ofrece información adicional y puntualiza que hay que regar el terreno en el que se siembra el cáñamo si este terreno no es húmedo, pero que una vez que haya brotado la planta hay que evitar anegar esta tierra cuando se riega. Existen algunas diferencias entre nuestras fuentes en relación al tiempo en que ha de realizarse la siembra del cáñamo. Es muy posible que puedan explicarse teniendo en cuenta los diferentes ecosistemas y climas a los que se refieren dichas fuentes, que van desde el Creciente Fértil hasta la Península Ibérica. Así, la Agricultura nabatea (1984, II, fol. 67a) dice que el periodo más adecuado para su siembra se extiende desde el 20 de febrero hasta el 24 de marzo. 449) indica que la siembra debe realizarse desde mediados de marzo hasta mediados de abril, si esta tiene por objeto la recolección del cáñamo para la obtención de fibra. Añade que este periodo puede alargarse hasta mediados de mayo si se siembra para recolectar las semillas de la planta. Por su parte, Ibn al-cAwwām (1802, II, pp. 28, 117-8) ofrece bastante información sobre este punto y dice que el tiempo de sembrarlo en secano es a mediados de marzo, y en abril y mayo en regadío. 119) dice que tanto si se siembra para recolectar los cañamones como para recolectar la fibra, el momento más adecuado es mediados de marzo. La fuente más temprana en la que encuentro información sobre las técnicas de siembra del cáñamo es al-Ṭignarī (2006, p. 449), quien dice que se siembra lo mismo que se siembra el lino. 20) quien nos proporciona una información más detallada al respecto y nos habla de cómo debe prepararse los semilleros de cáñamo: "En cuanto a los cañamones que son el chehdánejo, siémbrese un número determinado de granos en un vaso de barro nuevo de boca ancha y tierra arenisca humedecida con agua dulce y beneficiada con estiércol repodrido [ó mantillo; los quales] rociándolos en el día algunas veces con agua caliente y teniéndolos cubiertos con un paño, nacen muy en breve, y contando las matas, se sabe la cantidad de ellos que ha salido vana, si se verifica esto en algunos. Dícese que nace a las veinticuatro horas". Asimismo, menciona la existencia de dos formas de siembra según se busque recolectar los cañamones o la fibra de la planta, aspecto este mencionado también mucho tiempo después por al- Nābulsī (1979, p. 117) dice: "Siémbrase de dos modos, uno con el fin de coger la simiente sin respecto a su hebra, cuya sementera se hace clara, distante un grano del otro; y también se siembra con el fin de coger su hebra, y entonces ha de sembrarse espeso". Nuestras fuentes coinciden en señalar que el cáñamo no necesita más cuidados que ser regado. También se menciona la conveniencia de abonar las tierras sembradas de cáñamo. 450) indica que si el campo de siembra se llena de hierbas cuando ya ha brotado el cáñamo, hay que eliminar esas hierbas. Tiempo y forma de recolección 67a-67b), la recolección del cáñamo debe hacerse a principios de junio, especifica que ha de realizarse con suma maña y extrema delicadeza y añade que cuando llega el momento de cosecharlo ha de ser cortado suavemente. Asimismo, en otro pasaje dice es necesario tirar ligeramente de la planta, como si quisiéramos arrancarla, al tiempo que se sacuden sus raíces. 450) dice que cuando la planta ya está madura para ser arrancada (li-l-qalc) hay que tirar de ella y sacar por una parte las plantas machos y por otra las hembras, y ponerlas separadas (por el motivo que mencionaremos más adelante al referirnos a las labores que se realizaban para obtener la fibra). 119) también emplea el término "arrancar" (qalc), y dice que el momento de cosecharlo es a principios de junio. La única fuente en la que se hace alusión a este punto es la Agricultura nabatea (1984, II, fol. 67b), aunque otras fuentes reproducen su información. Nos dice que "al parecer, el viento del sur y el levante tienen un efecto beneficioso sobre el cáñamo; por el contrario, el viento que siempre sopla del norte, el poniente, y otros que soplan de occidente, lo perjudican". Las fuentes apenas ofrecen datos sobre las formas de explotación del cáñamo. Sabemos, a tenor de lo dicho hasta el momento, que existían explotaciones de secano y de regadío. Por otra parte, el adjetivo bustānī, que a veces acompaña a los términos qinnab y šahdānaŷ (cáñamo) y que podemos traducir como "cultivado", sugiere que su explotación podría haber tenido lugar habitualmente en huertos (basātīn, plural de bustān). En el siglo XIII el botánico malagueño Ibn al-Bayṭār (1291 H., IV, p. 39) alude a ello al hablar del cultivo del "cáñamo índico" (al-qinnab al-hindī) en Egipto. Ya en el siglo XVI el marroquí al-Gassānī al-Wazīr (1985, no 370) menciona que el cáñamo se cultivaba en huertos cercanos al agua, especialmente en la región de Mequinez, en Marruecos. USOS ETNOBOTÁNICOS DEL CÁÑAMO Partes de la planta usadas Excepto la raíz, se aprovechaba todas las partes de la planta: hojas, ramas, semillas y sumidades florales. Usos alimentario-dietéticos y culinarios El consumo de los cañamones como alimento por su elevado valor nutricional podría haber sido el primer uso del cáñamo conocido por el ser humano, que más tarde, y como resultado derivado de este uso primigenio, habría conocido sus propiedades psicoactivas y su utilidad para fabricar fibras (Clarke y Merlin, 2013, pp. 199-200). Este hecho puede explicar el gran arraigo del consumo de cañamones como alimento en las civilizaciones preislámicas. Los conocimientos y usos de los poblaciones árabo-islámicas en este sentido no serán sino una continuación de los usos y conocimientos en circulación en estas civilizaciones. La presencia de los cañamones en la dieta de la India se remonta varios siglos atrás, y todavía hoy en día son consumidos por mucha gente pobre. Una comida india popular llamada bosa está compuesta de cañamones y semillas de Eleusine indica, planta gramínea conocida vulgarmente como grama carraspera o pata de ganso (Clarke y Merlin,p. Lo más curioso es que este nombre de bosa designa uno de los muchos electuarios citados por el médico italiano Prospero Alpino (1553-1617), quien movido por su interés por la botánica realizó un viaje de estudios de tres años por tierras de Grecia y Egipto. Alpino se refiere en sus obras a la gran variedad de electuarios compuestos que consumían los egipcios según pudo observar personalmente en su día. Según él, la bosa estaba hecha de cañamones, como ingrediente básico, de harina de centeno y agua (Lozano, 1990, p. Así pues, el término bosa indica una continuidad en el tiempo y en el espacio del uso alimentario de los cañamones en India y Egipto. Otro claro ejemplo de continuidad de este uso podemos encontrarlo en una preparación comestible que se consumía en Persia durante el siglo VI y que recibía el nombre de shahdanay, término este que, como hemos mencionado más arriba, tiene el significado concreto de semillas de cáñamo. Lo más interesante es que los judíos aprendieron de los persas a preparar el sahdanay y conservaron su nombre durante largo tiempo. Más tarde, durante la Edad Media, esta comida llegó a ser muy apreciada en Europa, donde era vendida por mercaderes judíos en plazas y mercados (Clarke y Merlin, 2013, p. La Agricultura nabatea (1984, II, fol. 67a) ofrece información de gran valor para ilustrar este proceso de transmisión de conocimientos y usos alimentarios desde el Mundo Antiguo hacia la civilización árabeislámica. En esta obra se dice que durante los meses de diciembre y enero la gente usaba la simiente del cáñamo como alimento para elaborar una pasta dulce a la que llamaban nāṭif, especie de dulce blanco y duro hecho con raíz de pie de león mezclada con uvate. Según la Agricultura nabatea había dos formas de preparar el nāṭif, pues había quienes molían los cañamones con su cáscara, mientras otros exprimían el óleo de los cañamones y lo mezclaban con sus cáscaras. Desde fecha muy temprana casi todas las fuentes árabes que hablan de la planta mencionan recurrentemente el empleo alimentario-dietético de sus semillas; a caballo entre los siglos VII y VIII ya lo cita el médico judío Abū cĪsà Māsarŷawayh (Ibn Hubal, 1363 H., I, p. La gran importancia del uso alimentario de los cañamones explica que fuesen frecuentemente incluidos en dichas fuentes en el capítulo dedicado a los alimentos, generalmente en el apartado donde se habla de los granos o semillas (al-ḥubūb), tal y como hace al-Ṭignarī (2006, pp. 449-451), quien los menciona en el capítulo dedicado a las semillas, verduras y plantas ornamentales de jardín. El uso gastronómico o culinario de los cañamones para la fabricación de harina con la que hacer pan es mencionado en el siglo XII por el andalusí Ibn Zuhr (1992, p. El primero de ellos men-ciona el pan de cañamones, cuyo ingrediente base, y quizás único, parece haber sido estas semillas, y dice que su temperamento es frío y seco, añadiendo que su consumo no daña la salud. El segundo cita los cañamones entre los ingredientes de un tipo de pan llamado aflāgūn (?), que según él hacían los francos y los armenios. Asimismo, Ibn al-cAdīm da cuenta del uso culinario de los cañamones en la preparación de cuatro recetas para cocinar nabos, entre las que menciona una para preparar el "nabo relleno" llamado maqūra (?), uno de cuyos ingredientes son los cañamones tostados, y otra para cocinar el nabo llamado caŷamī. Finalmente, ofrece una receta para cocinar berenjenas, en la que incluye los cañamones tostados. Asimismo, resulta muy interesante fijarnos en las noticias que encontramos en los tratados árabes de dietética, tales como los de Ibn Māsawayh (m. En estos tratados no se aborda simplemente la cuestión de las propiedades nutricionales de los cañamones, sino que se trata este punto en conexión directa e indisoluble con los aspectos médicos y dietéticos. En otras palabras, se habla de las propiedades terapéuticas de los cañamones desde el punto de vista bromatológico. Así, por ejemplo, Ibn Māsawayh prescribe el consumo de alimentos caloríficos y desecativos, como las uvas pasas y los cañamones, a las personas de temperamento flemático, de acuerdo a los principios de la medicina humoral galénica. Por otra parte, junto a la relación de los usos alimentarios de los cañamones encontramos en las fuentes algunas referencias a la prevención y tratamiento de los efectos nocivos derivados del consumo de estos, tales como el dolor de cabeza, la desecación del semen, el oscurecimiento de la visión, etc. La Agricultura nabatea advierte sobre los daños que pueden derivarse de la ingesta del ya mencionado nāṭif, e indica que los cañamones son de naturaleza caliente, y por tanto generan calor y producen dolor de cabeza, efecto este ampliamente mencionado por las fuentes árabes. En el siglo X, el médico judío Isḥāq b. 133) menciona que los cañamones fritos son menos dañinos que los crudos, y que beber ojimiel hecho con azúcar después de tomarlos evita los daños que provoca su ingestión. Estos remedios son mencionados por otras fuentes, como Ibn Sīnā (1294 H., I, p. 92), quien recomienda el ojimiel de membrillo en lugar del azucara-do. 248) aconseja que después de ingerir los cañamones se beba agua fría, se muerda hielo, y se coma frutas ácidas. El uso de estas frutas es citado también por al-Arbūlī (Díaz 1978(Díaz -1979b, pp. 28-9), pp. 28-9), que prescribe que se chupe granos de granada ácida, mientras al-cUkbarī, sufí heterodoxo que vivió en Egipto en el siglo XIII, dice que debe beberse leche agria (al-Maqrīzī, 1270 H., II, p. 234) dicen que para prevenir los efectos nocivos de los cañamones se tomen con almendras, azúcar y semillas de adormidera, a los que "un médico" citado por al-cUkbarī (al-Maqrīzī, 1270 H., II, p. 128) añade pistachos, y al-Arbūlī miel. Uso como pienso o forraje 4 En estrecha conexión con el valor nutricional de los cañamones se plantea la cuestión de si estos fueron utilizados también como alimento para los animales domésticos. No se conoce en las fuentes árabes ninguna referencia directa a este uso, pero es de suponer que debió de existir en el mundo árabe islámico como una parte más de ese proceso de transmisión de conocimientos y usos del cáñamo desde las culturas preislámicas (Clarke y Merlin, 2013, pp. 199 y ss.) hacia la civilización árabe-islámica. Se sabe que en el siglo XIII el alfaquí šāficī egipcio Quṭb al-dīn al-Qasṭallānī (Lozano, 2005, p. 349) menciona la prohibición de alimentar a las bestias (albahā' im) con hachís, esto es, con hojas de la planta del cáñamo llamado índico. Esto podría ser considerado como prueba de que, al menos en el tiempo de al-Qasṭallānī y en la región en la que vivió, existía la costumbre, más o menos difundida, de alimentar a las bestias con cáñamo. Una opinión contraria a la de al-Qasṭallānī, pero que viene a reforzar la idea de que la planta fue utilizada como forraje o pienso, la encontramos en un escrito del alfaquí šāficī egipcio del siglo XIV Ibn al-cImād al-Aqfahsī (Lozano, 1991, p. Una anotación marginal recogida en el manuscrito de esta epístola conservada en Princeton dice que, aunque está prohibido embriagar a las bestias dándoles a comer hachís (= hojas de cáñamo) cuando esto no es necesario, está permitido alimentarlas con él si el propósito que se persigue con ello es aumentar su apetito para que engorden. Ambas referencias parecen ser indicio de que el cáñamo fue utilizado en el mundo árabe-islámico como forraje (hojas y cogollos o sumidades florales), y tal vez como pienso (cañamones), aunque no se dispone de datos para afirmar si este uso fue habitual en algunos momentos y regiones o por el contrario meramente ocasional. El cáñamo como fuente de fibra Entre los diferentes usos del cáñamo descritos en la literatura árabe, su uso como planta textil ocupa el primer lugar en importancia junto a su uso medicinal. 114), bien conocido por los científicos árabes y extensamente citado por ellos, menciona esta utilidad del cáñamo, pero teniendo en cuenta la milenaria tradición de uso de la planta como textil en las culturas del Mundo Antiguo es más que probable que los árabes la hubiesen conocido también a través de otras vías. Las referencias a la utilización de la planta como textil contenidas en la Agricultura nabatea parecen confirmar esta idea. Formas de obtención de la fibra La Agricultura nabatea (1984, II, fol. 67b) dice que "la gente coge la corteza que reviste la caña de la planta y llegan a juntar gran cantidad de ella, pues crece con mucha abundancia a su alrededor. Después de recolectarla, las mujeres la trabajan lo mismo que trabajan el algodón, hasta que pueden hacer con ella hilos, con los que se fabrican tejidos muy resistentes y duraderos". 450) consagra la mayor parte de su información sobre el cáñamo a describir la forma de obtener la fibra. Dice que al arrancarlo para recolectarlo hay que separar las plantas hembra de las plantas macho pues la fibra obtenida del macho es áspera, mientras que la fibra obtenida de la hembra es más suave y mejor para ser trabajada. A continuación explica que después de arrancar las plantas hay que formar haces con ellas y colocarlos capa sobre capa en albercas cubriéndolos con piedras. Una vez remojado y hervido, se sabe que el cáñamo está listo, si al pasar las manos por la caña se desprenden fácilmente los hilos que la recubren. 117) reproduce la información que encuentra en la Agricultura nabatea, pero añade a esto que tanto el cáñamo macho como el hembra tienen "lisa la caña, la cual se descorteza quando después de haber llegado a su término y haberse arrancado, se ponen a remojar sus matas", y añade que la operación de cocerlo en el agua es como la del lino, y que lo que de él sale después de majarlo y sacudirlo es como lo de este mismo, con la diferencia de ser más tosco. Uso de la fibra para la fabricación de tejidos Según La Agricultura nabatea y otras fuentes más tardías, como por ejemplo Ibn al -cAwwām y al-Ṭignarī, el cáñamo se usaba como materia prima para la fabricación de tejidos de gran calidad y muy duraderos. Curiosamente, y en relación también con la fabricación de tejidos de cáñamo, en el siglo XVI, el médico al-Anṭākī (s.d., I, p. 264), natural de Antioquía, sostiene que no deben vestirse prendas hechas con fibras de cáñamo, pues enflaquecen a quien las usa y dañan sus articulaciones. Sin embargo, no menos curiosa resulta su afirmación de que los tejidos viejos hechos de fibra de cáñamo son un remedio comprobado para las úlceras y las heridas, en lo que parece ser una alusión al uso de estos tejidos como vendas. Hay que confesar que al conocer este dato, se consideró con total escepticismo; aunque la sorpresa ha sido mayúscula al saber que no es el único médico que prescribe estas vendas de cáñamo. Sobre el año 1150, la abadesa alemana Hildegard von Bingen, autora de una obra de medicina titulada Physica, en la cual habla extensamente de la planta, dice que estas vendas hechas de cáñamo son muy útiles para curar ulceraciones y heridas "pues el calor es contenido dentro de ellas" (Frankhauser, 2002, p. Uso de la fibra para la fabricación de hilos, cordeles y cuerdas La estrecha relación entre el cáñamo y la fabricación de cuerdas y redes está documentada en algunas partes de Eurasia ya desde antes del Mesolítico y tuvo una larga historia en las civilizaciones preislámicas que fecundarán la cultura árabe (Clarke y Merlin, 2013, pp. 75 y ss.). El uso de la fibra de cáñamo para la fabricación de hilos y cuerdas de gran resistencia es la utilidad más veces mencionada por los árabes, aunque en general las fuentes no mencionan a qué usos concretos estaban destinados. Únicamente se ha podido documentar el uso de estos hilos y cuerdas en la realización de algunas labores agrícolas mencionadas por Abū l-Jayr (1991, p. El primero se refiere a este uso en relación al injerto del cidro en el laurel y en el olivo para obtener frutos menudos, mientras el segundo lo menciona al hablar de labores agrícolas relacionadas con la granada y el higo. Por otra parte, también está documentado el uso de la fibra de cáñamo para fabricar calzado. La información que se encuentra en al-Ṭignarī (2006, p. 450) permite remontar este uso en al-Andalus al siglo XI, cuando se fabricaban con esta fibra awṭi'a ṭabariyya (?) 5 de excelente calidad. En la segunda mitad del siglo XV existió un próspero comercio entre los fabricantes cristianos de cuerdas de Valencia y los musulmanes de Vall de Uxó (sureste de Castellón), que estaban especializados en la fabricación de calzados de cáñamo. Los cordeleros de Valencia suministraban los cordeles de cáñamo y los enviaban a Vall de Uxó, donde eran utilizados en la producción de alpargatas, llamadas espardenyas en valenciano, que eran llevadas a Valencia, el mayor mercado para comercializar este calzado (Clarke y Merlin, 2013, p. Por último, se puede suponer que el cáñamo fue utilizado también para fabricar cuerdas y lienzos destinados a los barcos, así como para la fabricación de redes para la caza y la pesca (Clarke y Merlin, 2013, pp. 160-1). Sin embargo, no hay ningún dato que permita confirmar estos usos, siendo necesaria más investigación sobre este punto. El cáñamo ha sido una importante fuente de celulosa para la fabricación de papel desde tiempos muy remotos, y aunque en la actualidad no es considerado rentable, es una magnífica alternativa a la celulosa obtenida de la madera. Por lo tanto, la historia del papel fabricado con cáñamo es una parte muy importante de la propia historia de la planta, así como la historia de esta es a su vez parte muy importante de la historia del papel. Originado en China hace aproximadamente dos mil años, la fabricación de papel se extendió a través de Asia hasta Europa, y llegó a Al-Andalus a mediados del siglo IX, y a otros lugares de Europa entre los siglos XI y XII (Clarke y Merlin, 2013, pp. 187 y ss.). Las fuentes ofrecen muy poca información sobre el uso del cáñamo para fabricar papel y se limitan a mencionarlo sin dar detalles al respecto (Agricultura nabatea, 1984, II, fol. 67b; Miftāḥ al-rāḥa li-ahl alfilāḥa, 1984, p. Por otra parte, Clarke y Merlin (2013, pp. 193-5) sí ofrecen algunos datos de interés sobre este punto, si bien no dejan de ser muy fragmentarios. Sabemos, por ejemplo, que en el siglo X, Damasco era un importante centro de fabricación de papel y que, al igual que otras regiones de Siria, se benefició en gran medida de las ventajosas condiciones de los ecosistemas locales para el cultivo del cáñamo. En Egipto, la mayor parte del papel era fabricado con trapos de lino reciclados. Sin embargo, en excavaciones realizadas en Fustat en 1980 se encontraron restos de tejidos del siglo XI -posiblemente dejados allí para ser reutilizados para la fabricación de papel-y un pequeño porcentaje de estos tejidos eran de cáñamo. Por lo que se refiere al Magreb, se sabe que en el siglo XI, durante el periodo almorávide, solo en Fez operaban más de un centenar de molinos que fabricaban papel de lino o cáñamo. En al-Andalus el principal centro de fabricación de papel fue Xátiva, donde al menos desde el siglo XI se producía un papel característico y diferente de todos los demás, y que es conocido todavía en Marruecos como al-šāṭibī. Este papel fabricado en Xátiva contenía fibras de lino, cáñamo o una mezcla de los dos. -Rāzī (1386/1966, XIX, p. 331) aconseja que se ponga ramas de cáñamo sobre el lecho para evitar las picaduras de chinches y mosquitos. Este uso cuenta con un antecedente que se remonta al siglo VI en la tradición agronómica bizantina, cuando Casiano Baso (1998, p. 451) dice en su Geopónica (Libro 13, capítulo 11): "Si cuando vayas a dormir te pones al lado una rama florida de cáñamo flexible, no te tocarán los mosquitos". 82) recomienda como remedio para acabar con los que él llama "chinches rojos" (al-baqq al-aḥmar) que se alojan en la madera, que se ahume con hojas de cáñamo el sitio donde se encuentren estos insectos. Ya en el siglo XVI el autor oriental anónimo a quien se debe la redacción de la Ḏayl al-Taḏkira (Continuación de la Taḏkira de Dāwūd al-Anṭākī) (Al-Anṭākī, s.d., III, p. 186) recomienda ahumar las casas con cañamones y hachís para alejar de ellas los chinches. Muy relacionado con el uso del cáñamo como insecticida se encuentra su uso como repelente de algunos animales. 128) afirma haber sido testigo de cómo el olor del cáñamo pone en fuga a muchos animales venenosos, tales como las víboras. Asimismo, entre los diversos remedios propuestos por el autor anónimo de Miftāḥ alrāḥa li-ahl al-filāḥa (1984, p. 211) para mantener alejadas a las fieras salvajes de las vides, menciona uno consistente en untarlas con cañamones, con lo cual se consigue, según dice, que no se acerquen a ellas. Uso como medicamento en veterinaria 171) afirman que el cáñamo sirve para secar las "llagas de las bestias" (caqr al-dābba). 515) anticipa varios siglos este uso cuando al hablar de las dolencias de los caballos en su Geopónica (Libro 16, capítulo 1) dice: "Si se le ulcera la espina dorsal [...] se le unta la ceniza de quemar cáñamo remojada en miel, frotada previamente la zona con orina rancia". -cUkbarī (al-Maqrīzī, 1270 H., II, p. 128) dice haber comprobado por propia experiencia que el hachís (hojas del cáñamo índico) es lo más efectivo que existe para limpiar la suciedad de las manos. Este dato no aparece corroborado en ninguna otra fuente, ni conozco antecedentes de este uso en las civilizaciones preislámicas. Sin embargo, hoy en día el cáñamo se usa para elaborar jabón y champú, entre otros productos cosméticos (Clarke y Merlin, 2013, p. No se conoce ninguna referencia del uso del cáñamo como combustible en las civilizaciones preislámicas (Clarke y Merlin, 2013, pp. 200 y ss.). La Agricultura nabatea (1984, II, fol. 67a) es la única fuente en la que se menciona el uso del óleo de los cañamones como combustible, y se dice que proporciona una luz excelente. Asimismo, se describe en esta misma obra lo que parece ser el proceso de fabricación de fósforos, recomendando que se sumerjan las puntas de los tallos de la planta en azufre líquido, y que se dejen secar colgadas, tras lo cual sirven para encender fuego. La única fuente que menciona este uso de la planta es la Agricultura nabatea (1984, II, fol. 67b) que dice al respecto: "A veces la simiente se usa en la elaboración del incienso ceremonial que se utiliza en los templos cuando se celebran ciertas festividades, pues hay quienes prefieren esta simiente a las heces del vino, y la utilizan en lugar de estas para preparar el incienso". Aunque se ignora a qué festividades y templos se refiere, esta información recuerda el relato de Heródoto, quien entre 450 y 420 a. C. habla del uso de las semillas de cáñamo como incienso ceremonial entre las tribus nómadas escitas (Clarke y Merlin, 2013, p. Tampoco se conoce ningún dato que permita asegurar la continuidad de este uso en el mundo islámico, donde sabemos que se usaron profusamente otras plantas como combustible para incienso (Dannaway, 2010, pp. 490-1). La historia del cultivo y usos etnobotánicos del cáñamo (Cannabis sativa L.) en la civilización árabeislámica entre los siglos VIII y XVII constituye un relevante capítulo de la historia general de esta planta y de sus relaciones con la humanidad. Por diferentes razones, esta historia del cáñamo en el Islam clásico no ha sido tratada de manera suficiente en las investigaciones publicadas hasta el día de hoy. En ellas apenas se recogen algunos datos dispersos que en su mayor parte no están basados en la consulta directa de las fuentes árabes. Así pues, resulta necesario aumentar y profundizar nuestro conocimiento de la historia general de esta planta desde el campo de la filología y los estudios árabe-islámicos. Del análisis de las fuentes árabes se desprende que el cáñamo tuvo una gran importancia en la civilización islámica, no solo en lo referente a sus usos recreativos y medicinales, sino también en lo que respecta a sus usos alimentarios y dietéticos, industriales, en veterinaria, como insecticida, abstergente, combustible, etc. Por otra parte, al igual que ocurre en el caso de otras muchas especies vegetales, es posible trazar una línea ininterrumpida de transmisión de conocimiento y usos del cáñamo entre las civilizaciones preislámicas y la civilización árabe-islámica. Los científicos árabes heredaron una tradición milenaria de las civilizaciones caldea y del Medio Oriente en general, grecolatina, india y persa, que configuran en gran medida el sustrato cultural en el cual se desarrolló la historia del cultivo y usos etnobotánicos del cáñamo en el mundo islámico oriental, magrebí y andalusí.
En este trabajo se analizan los textos de divulgación astronómica escritos por Andrés Bello entre 1810 y 1848, desde sus propósitos educativos y su expresión retórica, proponiendo que aquellos se enfocan en mostrar el progreso de la astronomía -tanto en lo que se refiere al conocimiento de la naturaleza, como al avance en materia instrumental-como un saber que permite mejorar las condiciones materiales y cognitivas de las naciones, y cuya enseñanza debe realizarse a través de la activación de la imaginación y la creatividad. Esto último se relacionará con los esfuerzos de Bello por mantener una fuerte vinculación entre ciencias y artes, y en este caso concreto, entre astronomía y literatura. La difusión de la ciencia en Chile comenzó con la llegada de la primera imprenta. Con esta surgió una incipiente cultura escrita asociada a los sectores educados de la sociedad, conformándose así una comunidad de lectores que demandó información sobre distintos ámbitos del saber, entre ellos, la ciencia. De esta manera, los primeros periódicos nacionales, a inicios del siglo XIX, incluyeron en sus páginas algunas noticias científicas y tecnológicas, dando paso a un periodismo en la materia aún en ciernes, el que consistió en explicar a un gran público, con un lenguaje sencillo, los contenidos científicos (Prenafeta, 2002, p. En este aspecto, quien más contribuyó en Chile a la comunicación social de la ciencia fue el sabio caraqueño, Andrés Bello, el cual en Venezuela se transformó en el principal difusor de la actividad científica y extendió esta labor al llegar a Chile en 1829, después de sus años en Londres. Entre los artículos de divulgación científica que Bello publicó en revistas y periódicos, tanto en Venezuela, como en Londres y Chile, destacaron los de astronomía, por su constancia y cantidad, cuando en Sudamérica todavía no existían otros escritores que se pronunciaran permanentemente sobre la materia. La divulgación astronómica de Bello revela que a lo largo de los años, el maestro nunca dejó de estar actualizado en los últimos conocimientos científicos publicados a nivel internacional, los que se afanó por traducir y difundir a los lectores del continente, especialmente a los chilenos. Hoy en día son muy pocos los estudios especialmente dedicados a estos textos. Adelina Gutiérrez, Yajaira Freites y quienes escribimos este artículo, somos casi los únicos investigadores que nos hemos pronunciado sobre el tema en forma específica 1; por lo que se vuelve necesario aportar con nuevos análisis de estos artículos de Bello. En nuestro trabajo analizaremos todos los textos dedicados a la astronomía por parte de este erudito, que van desde su primera publicación sobre la disciplina en 1810 en su país natal, hasta 1848, año en que editó en Chile su más importante obra de difusión científica titulada Cosmografía. Para este propósito, se estudiará la prosa científica del intelectual venezolano desde la perspectiva de sus convicciones respecto a la educación científica y de la retórica presente en su obra de divulgación astronómica, proponiendo que estos textos apuntan a mostrar el progreso de la astronomía -tanto en lo que se refiere al conocimiento de la naturaleza, como al avance en materia instrumental-como un saber que permite mejorar las condiciones materiales y cognitivas de las naciones sudamericanas, y que la enseñanza de ese saber científico debería conseguirse gracias a la activación de la imaginación y la creatividad. Para ello, sería fundamental mantener una fuerte relación entre las ciencias, las humanidades y las artes, y en este caso concreto, entre astronomía y literatura. Esta convicción de Bello se transmite en su obra astronómica mediante el uso de ciertos recursos retóricos donde incluso es posible observar algunos elementos propios de las poéticas neoclásica y romántica, que también pueden verse en sus obras literarias. Un trabajo como este es relevante en cuanto que demuestra que en los inicios de la difusión astronómica en Sudamérica (y sobre todo en la República de Chile) 2, las intenciones que impulsan estos textos se cruzan y se ven permeados por aspectos que van más allá de los asuntos netamente científicos; hecho que aplicado a los textos de Andrés Bello, consideramos como nuestro objetivo principal de investigación. Para fines de este artículo definiremos la ciencia como una actividad que estudia la realidad natural, en particular el conocimiento de algún sector del mundo, es decir, de aquello que nos rodea (Richards, 2000, p. Esta actividad se basa en los hechos de la experiencia, por lo que sus argumentos se sustentan por medio de la observación y en el razonamiento lógico de los fenómenos estudiados (Chalmers, 2003, p. Junto con lo anterior, consideraremos que esta labor generalmente está influenciada por factores diversos, por lo que en este sentido, la ciencia puede servir para intereses que van más allá del conocimiento objetivo de la naturaleza, aspecto que enfatizaremos en esta investigación. De este modo, superaremos la clásica dicotomía entre lo interno y externo a la ciencia, considerándola como parte de la cultura y que responde a las demandas propias de su contexto social y temporal, siguiendo los planteamientos propios de la historia cultural de la ciencia, que acentúa este tipo de características (Dear, 1995). ANDRÉS BELLO Y LA DIFUSIÓN CIENTÍFICA Andrés Bello fue uno de los intelectuales latinoamericanos más prolíficos del siglo XIX, publicando ensayos y artículos sobre los más variados temas, entre los que se cuentan: la literatura, el derecho, la filosofía, la geografía, la gramática, la educación, la ciencia, entre otros. Nació en Caracas, Venezuela, en 1781 en una familia criolla vinculada a la administración colonial. Sus primeros acercamientos a la ciencia se debieron a que en 1797 ingresó a la Real y Pontificia Universidad de Caracas, en donde en el primer año cursó la cátedra de lógica, la cual contenía estudios de matemática y geometría. Además, en el segundo año recibió algunas nociones sobre filosofía natural. En su estancia universitaria Bello se sintió inclinado a proseguir estudios de medicina, sin embargo, más tarde desistió para dedicarse a la diplomacia (Jaksic, 2001, p. Sin lugar a dudas uno de los eventos que marcarían la relación del erudito con la ciencia fue la visita del naturalista prusiano, Alexander von Humboldt, quien arribó a la Capitanía en el año 1799 y que en su trayecto fue acompañado por letrados venezolanos, entre los que se encontraba el novel Bello (Jaksic. Su labor divulgativa comenzó como redactor de la Gaceta de Caracas en 1808, medio de comunicación que estuvo al servicio de las autoridades españolas 3 (Freites, 2014, p. Asimismo, publicó en 1810 un texto titulado Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela para el año 1810, el cual es el primer escrito del sabio referente a la difusión de la astronomía (Freites, 2014, p. Ese mismo año Bello viajó a Inglaterra en calidad de diplomático, junto a Simón Bolívar y Luis López Méndez, para conseguir apoyo de esta potencia tras desencadenarse las asonadas independentistas. En esta ciudad el intelectual continuó con su tarea de divulgación de contenidos científicos, en 1823 publicó la Biblioteca Americana y en 1826 editó el Repertorio Americano, con el propósito de intervenir culturalmente en los países hispanoamericanos (Bocaz, 2000, p. En estas dos publicaciones Bello incluyó artículos y noticias sobre ciencia y tecnología, teniendo presentes temáticas sobre astronomía. Respecto a ella escribió: "Magnetismo terrestre" (Biblioteca Americana, 1823); "Telescopios" (Repertorio Americano, 1826); "Figura de la tierra" y "Hierro meteórico del Chaco" (Repertorio Americano, 1827). A su llegada el país se encontraba en un proceso de cambio de las políticas educacionales y científicas, respecto a las cuales el maestro tuvo un rol preponderante en las directrices que seguiría la República en los años venideros (Gutiérrez, 2011, pp. 193-194). Además, continuó con la tarea de divulgar la ciencia en la prensa, principalmente a través del periódico El Araucano, que fue el medio escrito oficial del gobierno. En la sección Variedades de este matutino, Bello expuso noticias sobre diversos saberes científicos (Santa Cruz, 2010, p. Todos estos artículos 4 culminan y se completan con su libro Cosmografía publicado en 1848. Este texto aborda los últimos descubrimientos astronómicos hasta 1843, dividido en quince capítulos en los que están presentes los diversos componentes del sistema solar, constituyéndose en el primer libro de divulgación íntegramente astronómica en el periodo republicano (Leyton, 2014, p. El contexto editorial en que fue impresa la Cosmografía estuvo caracterizado por la consolidación de la cultura escrita, la que valoró al libro como un medio que debía difuminar el ideal del liberalismo republicano en la ciudadanía (Subercaseaux, 2010, p. Y por consiguiente, la industria escrita estuvo en directa concordancia con los intereses políticos de sus promotores. Es importante señalar que junto a la preocupación por transmitir los conocimientos de esta ciencia mediante publicaciones, Bello realizó otros grandes esfuerzos para que la nación recibiera algunas nociones sobre astronomía. Por ejemplo, implementó la asignatura de cosmografía y geografía a partir del segundo año en los liceos públicos a través del Plan de Estudios Humanistas (Cruz, 2002, p. Al mismo tiempo, el erudito influyó considerablemente para que Chile contase con un Observatorio Astronómico Nacional 5. LA EDUCACIÓN CIENTÍFICA EN LOS TEXTOS DE DIVULGACIÓN ASTRONÓMICA DE ANDRÉS BELLO A pesar de que comprendemos a la ciencia como parte de la cultura, de tal modo que responde a las demandas propias de su contexto social y temporal, no podemos oponernos (aunque parezca contradictorio) al hecho de que existe cierta dificultad para que los científicos y la población no especialista se comuniquen. Uno de los grandes problemas para instruir en materia científica a las personas, a través de los textos de divulgación, es que el lenguaje científico es de difícil acceso para quienes no tienen formación en este tipo de saberes. Como ha planteado Bruno Latour en este aspecto, "es difícil popularizar la ciencia porque está diseñada para alejar, desde el principio, a la mayoría de la gente. No es de extrañar que profesores, periodistas y divulgadores encuentren dificultades cuando desean reintroducir al lector excluido" (Latour, 1992, p. Para remediar esta situación fue que Andrés Bello, en sus escritos de difusión astronó-mica, empleó distintos recursos retóricos y didácticos para acercar esta ciencia a sus lectores. Es importante aclarar que estos fueron individuos hispanoamericanos alfabetizados, con acceso a diversos saberes, pero en su mayoría legos en materia científica, por lo que era necesario ir preparándolos paulatinamente en un conocimiento que les era extraño. En este apartado se analizarán los mecanismos utilizados por el sabio caraqueño para preparar e instruir a esta población sobre temas astronómicos, mientras que en el siguiente, se especificarán los recursos retóricos dispuestos por Bello para lograr ese objetivo. Es relevante clarificar también que además de transmitir información o conocimientos, de describir situaciones, explicar leyes o teoremas (instruir), el maestro apunta con sus permanentes publicaciones hacia una formación o educación de sus lectores relacionada con el desarrollo de actitudes virtuosas, con el perfeccionamiento del comportamiento social y con ciertas bases de perspectiva política. En este sentido afirmamos que la divulgación astronómica del intelectual está ligada a un fundamento educativo. Por consiguiente, además de aproximar el conocimiento astronómico mediante la transmisión de algunos descubrimientos y estudios que podían ser aplicados, el venezolano familiarizó a sus lectores con la astronomía, vale decir, utilizó la ciencia, para cambiar concepciones sobre la naturaleza que poseían las sociedades hispanoamericanas, y con ello, transformar el comportamiento y la manera de ser de estas. En el primer escrito de difusión astronómica de Bello titulado Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela para el año 1810, se puede apreciar la intención de su autor por dar a conocer a la población caraqueña los principales hitos, acontecimientos y festividades del calendario correspondiente al año 1810 (Bello, 1810, pp. 3-9). Además, incluyó información sobre los años en que ocurrieron algunos acontecimientos bíblicos, tales como: la creación de la Tierra, el diluvio universal, la alianza de Dios con Abraham, la liberación del pueblo de Israel y el nacimiento de Cristo (Bello, 1810, p. Este tipo de contenidos fueron parte de los debates que los científicos y los naturalistas de los siglos XVII y XVIII llevaron a cabo al momento de determinar la fecha de los eventos bíblicos en relación al descubrimiento del tiempo geológico (Gould, 1992). Si bien el Calendario manual no fue un texto íntegramente de astronomía, ya que en sus páginas se incluyeron temas económicos, religiosos, militares, políticos y comerciales, fue el primer intento de Bello por acercar la ciencia de los astros a un público lego en dicha materia, introduciendo al lector en contenidos como el cálculo del calendario, el número de días del mes, la duración del ciclo lunar y el calendario gregoriano (Freites, 2014, p. La mayor parte de las páginas del Calendario manual estuvieron dedicadas a describir la historia de Venezuela desde los primeros viajes de descubrimiento de los españoles hasta el año 1808, cuando es encarcelado el rey Fernando VII 6. El propósito de su autor estaba alineado con el de educar a la población mediante el uso de la razón científica, lo cual fue una actitud típica de los criollos americanos imbuidos en el ethos de la Ilustración, el que se caracterizó en Hispanoamérica por ser un proyecto patriótico que buscó el desarrollo social de las colonias españolas (Cañizares, 2007, pp. 448-449). En su exilio en Inglaterra, Bello continuó con su labor de difusión de la astronomía. Su interés en la divulgación científica, en esta etapa, de acuerdo con Iván Jaksic, se vinculó con el proceso de construcción de las nacientes repúblicas latinoamericanas (2001, p. El objetivo del erudito iba más allá de informar respecto al desarrollo científico, puesto que deseaba preparar y formar a sus lectores para que estos pudiesen vincular aquel desarrollo al proceso de formación política de los nuevos países. En su artículo sobre el "Magnetismo terrestre" publicado en La Biblioteca Americana el año 1823, Bello expuso los principales descubrimientos realizados en esta materia, los cuales aplica a la realidad americana como una forma de acercar este conocimiento a sus lectores científicamente legos, generando mayor comprensión y sentido. Un ejemplo de esto fue la descripción de los puntos de declinación magnética, utilizando un lenguaje sencillo y un estilo didáctico, al señalar: "Hay una de estas líneas entre el antiguo y el nuevo mundo, la cual corta el meridiano de París hacia los 65° lat. S., sube luego al NO. hasta los 35° long. a la altura de las costas del Paraguay; se tuerce entonces al N., costea el Brasil, y conserva esta dirección hasta la latitud de Cayena" (Bello, 1981a, p. Este esfuerzo de Andrés Bello por proporcionar ejemplos aplicados a la realidad americana con un lenguaje propio, podría responder además, a una preocupación poética particular que explicaremos en el siguiente apartado, y que se vincula a las influencias románticas que recibiera el intelectual en su rol de poeta. La intención del venezolano, tras esta publicación, fue la de exponer a un público latinoamericano cómo el continente fue parte de los estudios sobre el magnetismo terrestre a nivel planetario. Lo que vislumbra que Bello fue partidario de que esta disciplina se cultivara en las naciones hispanoamericanas y con ello estas proporcionaran información para el progreso de las investigaciones magnéticas. Bello prosiguió con sus trabajos de difusión astronómica en El Repertorio Americano, en el que fueron publicadas algunas noticias sobre esta ciencia, y en las que nuevamente se logra evidenciar el uso de ejemplos didácticos y un lenguaje cotidiano. La primera fue sobre los "Telescopios" en 1826, en la que podemos observar que el maestro no solo expuso sobre el progreso astronómico a nivel de conocimiento, sino que también se refirió al avance instrumental de éste. A inicios del siglo XIX Inglaterra se había convertido en el principal fabricante de instrumentos astronómicos de precisión, caracterizándose por producir equipamiento completo para observatorios (North, 2001, p. Sobre este punto, Bello al referirse al telescopio acromático construido por Mr. Tully, resaltó el adelanto que constituyó esta innovación, señalando: "Aumenta los objetos de 200 a 780 veces; pero su principal mérito, no tanto consiste en las dimensiones, cuanto en la claridad i [sic] 7 brillantez con que los hace ver" (Bello, 1892a, p. Luego agrega: "Al grado de 400, se vé con igual claridad a Saturno, i es uno de los mas hermosos objetos que pueden concebirse" (Bello, 1892a, p. VI), palabras con las que alude a una percepción estética y personal que vuelve más amable el texto científico. El aliciente del académico por informar y educar a sus lectores respecto a las cualidades de la astronomía instrumental estaba relacionado con que esta podía traer mejoras en las condiciones sociales de los trabajadores y contribuir al desarrollo industrial de las naciones americanas, siguiendo el ejemplo inglés. Al respecto mencionó: "Inglaterra tuvo la gloria de descubrir el principio del telescopio acromático; i acaba de establecerse en Surry una fábrica de lentes para los instrumentos de esta especie bajo hombres intelijentes, i con facultad de hacer experimentos sin la intervención de los empleados de rentas, que, según las leyes a que está sujeto ese ramo en Inglaterra, los había embarazado hasta ahora" (Bello, 1892a, p. La segunda noticia sobre astronomía que Bello publicó en este medio fue sobre la "Figura de la Tierra" en 1827, en ella expuso los estudios con el péndulo del navegante francés Freycinet. En esta comunicación su autor evidencia que en ambos hemisferios no hay diferencia sobre el achatamiento del planeta, advirtiendo "que no hai motivo para suponer, como se ha hecho, que uno de los hemisferios sea sensiblemente mas chato que el otro" (Bello, 1892b, p. El primer propósito apunta a esclarecer un cierto mito en pos del desconocimiento, y por ende, instruir con la verdad empírica. Por otra parte, al demostrar que las desigualdades en la forma de la Tierra no son tan marcadas, Bello podría estar advirtiendo a las naciones americanas en formación que podían en un futuro disminuir las diferencias culturales y políticas que existían con los países del otro hemisferio. Si bien este tipo de información tuvo un carácter marcadamente científico, también tuvo un propósito político, como ha señalado Iván Jaksic en este punto, el sabio caraqueño a través de sus publicaciones proporcionó los elementos culturales necesarios para la construcción de la nacionalidad de los países hispanoamericanos tras su independencia (Jaksic, 2001, p. La tercera comunicación astronómica que el erudito venezolano expuso en El Repertorio Americano fue sobre el "Hierro meteórico del Chaco" en 1827. Este meteorito había sido estudiado en 1576 por el militar español Hernán Mexía; posteriormente, en el siglo XVIII, se organizaron diversas expediciones que analizaron la composición química del cuerpo celeste llegando a la conclusión de que poseía una alta concentración de hierro. Las investigaciones prosiguieron hasta las primeras décadas del siglo XIX 8, las cuales estuvieron en manos de militares argentinos y de naturalistas extranjeros residentes en el país (Asúa, 2010, pp. 143-152). La aspiración de Bello fue la de comunicar sobre la existencia de este objeto en el Chaco y de instruir sobre el origen de los meteoritos con el propósito de que los lectores dejaran de sustentar sus conocimientos exclusivamente en antiguas creencias sobre este tipo de fenómenos. Algo curioso en este último texto y contradiciéndose quizás, es que junto con lo anterior (erradicar creencias sin fundamentos), aconseja a los científicos a no cerrarse a todo tipo de posibilidades cuando se trataba de resolver misterios de la naturaleza, ya que esa predisposición abierta podría ayudar a la solución del problema. Negarse a ello volvería soberbios a los especialistas. Sobre los meteoritos señaló: "Fenómeno atestiguado por varios escritores antiguos, y conocido en todos tiempos del vulgo, pero hasta estos últimos años contradicho por los físicos, que lo contaban entre las patrañas de la credulidad, porque no podían concebirlo ni ajustarlo con las leyes de la naturaleza" (Bello, 1981b, p. Años después, en un artículo titulado "Aerolitos" (Araucano, 1845), volverá sobre el tema, mostrando su rechazo al vicio de la soberbia y advirtiendo -con tono de cátedra-que nuestros futuros científicos no deberían comportarse así: "Es de esperar que este ejemplo notable de los errores a que puede arrastramos la precipitación de nuestro juicio, hará mas circunspectos a los hombres que engreídos de su profundo saber, niegan todo lo que no comprenden, i colocan en el número de los ignorantes i crédulos a los que piensan que un hecho poco probable, pero bien atestiguado, i cuya imposibilidad no es evidente ni puede demostrarse, no debe mirarse inconsideradamente como fabuloso" (Bello, 1981h, pp. 426-427). Por tanto, mientras instruye a sus lectores sobre aspectos científicos, el maestro aprovecha de educar sobre comportamiento y virtudes. En el siguiente apartado nos pronunciaremos sobre la importancia del cultivo de la imaginación y la creatividad en las generaciones jóvenes latinoamericanas, asunto insistentemente perseguido por este maestro y que se deja entrever en estos dos ejemplos recién expuestos. La divulgación e intención educativa en las publicaciones astronómicas de Bello, mientras permaneció en Inglaterra, estuvo dirigida hacia los lectores hispanoamericanos, y en ellas su autor demostró que sus motivaciones fueron también de tipo político. A su llegada a Chile en 1829, el erudito continuó con esta labor, pero sus lectores se redujeron a la comunidad local, y por tanto, sus intereses estuvieron dirigidos hacia los chilenos. La primera noticia astronómica que Bello publicó en Chile fue en el periódico El Mercurio de Valparaíso, el cual había expuesto en sus páginas algunas primicias científicas provenientes desde Europa sobre temas de medicina, astronomía, botánica y tecnología en las secciones de Variedades o Esterior (Becerra y Saldivia, 2010, p. En este medio el venezolano presentó un artículo que llevó por título "Época verdadera del nacimiento de Jesucristo" en 1831. En esta comunicación abordó los métodos que se han utilizado para determinar el año de nacimiento de Cristo, y el propósito que tuvo fue la de presentar la forma en que la ciencia podía contribuir a determinar la exactitud del calendario para fines religiosos y así instruir en este tipo de contenidos, señalando: "El año 1 de nuestra era coincide con el 754 de Roma, según el cómputo que pone la muerte de Augusto en el año 767 de Roma (14 de la era vulgar)" (Bello, 1981c, p. En esta nota el intelectual hizo referencia a la ciencia del computus, el cual fue un método empleado por los monjes en la Edad Media para determinar la fecha de algunas festividades religiosas, en particular de la Pascua, utilizando para ello la aritmética y el movimiento de los astros (García, 2001). Las celebraciones del calendario litúrgico en Chile en la década de 1830, fue utilizado por el orden portaliano para acercar políticamente a la Iglesia, debido a la influencia masónica tras las primeras celebraciones religiosas pos independencia. Para esta finalidad se reglamentó la participación del Presidente y las altas autoridades en las ceremonias católicas de importancia tales como Semana Santa o Corpus Christi (Valenzuela, 2014, p. Las primeras noticias astronómicas publicadas por Bello en El Araucano fueron tres artículos sobre el cometa Halley entre los años 1835 y 1836. La pretensión del autor fue mostrarle a los santiaguinos la ubicación del astro en los cielos de la capital. En la nota titulada "Cometa" de 1835 menciona: "El cometa Halley se ve ahora por la noche en Santiago, aunque por su inmediación al sol permanece muy poco tiempo sobre el horizonte" (Bello, 1981d, p. Asimismo, el maestro le informó a la ciudadanía que este cuerpo celeste pudo haber sido el causante de varios terremotos tras su paso. En el escrito "El Cometa Halley" de 1836, indicó: "A esta lista del doctor Fischer podemos añadir el año pasado de 1835, notable por el gran número de terremotos destructivos" (Bello, 1981e, p. En Chile en 1835 había ocurrido un terremoto en la zona de Concepción, el cual había sido informado por el erudito venezolano en este mismo periódico, recogiendo las impresiones de Charles Darwin y Robert Fitz-Roy, quienes habían estado en el área de los sucesos (Sagredo y Hervé, 2012, pp. 31-32). Al vincular la ocurrencia de eventos telúricos con el tránsito del cometa Halley, Bello le está demostrando a sus lectores que la causa de los sismos es producto de la naturaleza y no por intervención divina, como gran parte de la población creía en las primeras décadas del siglo XIX (Cid, 2014, pp. 85-109) 9. Con ello intentaría instruir, pero a la vez educar a sus lectores. Alaba la apertura imaginativa, como veremos en el siguiente apartado, pero condena la superstición. La religión católica defendida por Bello no se oponía al pensamiento crítico y racional, su concepción era más bien la de una armonía entre ciencia y religión, y un acuerdo mutuo entre Iglesia y Estado. La Iglesia, por consiguiente, no debía limitar el acceso al conocimiento y a la libertad racional de la población. Y antes que cualquier creencia (Bello era creyente), el maestro defendía el pensamiento crítico (Hanisch, 1965, pp.41-59). Uno de los elementos importantes que está presente en los escritos de difusión astronómica de Bello es el ideario de progreso, principalmente ligado a los próximos descubrimientos que la astronomía podría realizar. En la comunicación titulada "Astronomía" aparecida en El Araucano en 1845, el autor tuvo el pro-pósito de enseñarles a los chilenos cómo el avance en la astronomía en el futuro podía mejorar las condiciones sociales de la humanidad, e incluso ser aplicado a actividades como la navegación, aludiendo: "¡Cuántas cosas están por saber, que tal vez ofrecerían nuevos recursos al navegante perdido en el océano, al mismo tiempo que añadirían nuevos florones a la corona científica del jénero humano" (Bello, 1892c, p. La idea de progreso de un grupo de chilenos con mayor acceso a la información estaba relacionada con la imposición de "una visión de futuro que reemplazaría el pasado, y que fuera cualitativamente mejor aunque imprevisible" (Stuven, 2000, pp. 111-112). Esta visión de progreso fue difuminada, principalmente, gracias a las noticias que publicaron los periódicos nacionales sobre avances científicos y tecnológicos, los cuales dieron cuenta del desarrollo material alcanzado por los países occidentales (Collier, 2005, p. La mayor obra de divulgación astronómica de Bello fue la Cosmografía, impresa en 1848. La intención formativa de su redactor fue explícita y evidente, señalando: "Si no es éste un curso de cosmografía bastante elemental para la juventud de nuestros colegios, me lisonjeo, con todo, de que podrá servir a los profesores que no hayan hecho un estudio especial en astronomía" (Bello, 1981f, p. El objetivo del académico fue el de instruir a la ciudadanía sobre temas relacionados con la ciencia de los astros, para lo cual en su libro describió los diferentes componentes del universo, tales como: las estrellas, el Sol, los planetas, la Tierra, la Luna, los eclipses, entre otros. Al escribir su obra, no estaba sino queriendo enseñar a otros una de las ciencias que consideró más relevante: "Este trabajo será de alguna utilidad a las personas de toda edad i sexo que deseen formar una mediana idea de las estupendas marabillas 10 de la creacion en el departamento científico que mas en grande las presenta" (Bello, 1981f, p. El fomento de la educación astronómica en Chile estaría presente, asimismo, en la fundación del Observatorio Astronómico Nacional en el año 1852. Andrés Bello será pilar fundamental para la creación de esta institución, proponiendo y gestionando su instauración. Sobre este punto su primer director, Karl Moesta, indicó: "Habiéndose propuesto el Supremo Gobierno que este Observatorio fuese un establecimiento científico, destinado a suministrar datos para el adelanto de la Astronomía práctica, i que al mismo tiempo sirviese de escuela para aprendices de ciencia" (Moesta, 1859, p. II), los que no eran sino propósitos del mismo Bello. En definitiva, para el sabio caraqueño la difusión del conocimiento científico está en directa relación con el propósito de educar a la sociedad chilena y hacer con ella una mejor nación. Sobre esto en su discurso inaugural de la Universidad de Chile menciona: "Pero las letras y las ciencias, al mismo tiempo que dan un ejercicio delicioso al entendimiento y a la imaginación, elevan el carácter moral. Ellas debilitan el poderío de las seducciones sensuales; ellas desarman de la mayor parte de sus terrores a las vicisitudes de la fortuna. Ellas son (después de la humilde y contenta resignación del alma religiosa) el mejor preparativo para la hora de la desgracia" (Bello, 1982a, p. Y atribuye a la Universidad el rol fundamental de difundir el conocimiento: "La propagación del saber es una de sus condiciones más importantes [...], las corporaciones a que se debe principalmente la rapidez de las comunicaciones literarias 11 hacen beneficios esenciales a la ilustración y la humanidad" (Bello, 1982a, p. Esta preocupación también se manifestó en la incorporación formal de la enseñanza de la astronomía en los programas de educación pública. Al respecto Bello en su calidad de rector de la Universidad de Chile le propuso al ministro de Instrucción Pública, Silvestre Ochagavía, a nombre del consejo universitario, la creación de un curso de cosmografía para los estudiantes del Instituto Nacional el 14 de junio de 1853, señalando: "En la sesión que celebró el Consejo de esta Universidad el día 4 del corriente [junio de 1853], el señor Decano de Matemáticas, haciéndose el eco del deseo de su Facultad, manifestó cuán conveniente sería que este cuerpo solicitase del Supremo Gobierno, por el respetable conducto de V.S., la planteación [sic] de una clase de Cosmografía en el Instituto Nacional destinada a los alumnos del curso de matemáticas, que hasta ahora han carecido de toda instrucción en ese ramo; de manera que muchos jóvenes llegan a cursos superiores, sin conocer siquiera los círculos de la esfera" (Bello, 1982b, p. LA RETÓRICA POÉTICA DE LA ENSEÑANZA ASTRO-NÓMICA DE ANDRÉS BELLO Tal como decíamos en la introducción de este artículo, los fines educativos de los textos de divulgación astronómica de Andrés Bello se manifiestan a través del uso de ciertos recursos retóricos, tales como metáforas, comparaciones y ejemplos, que intentan convencer al lector de que el mejoramiento y desarrollo de las ciencias y tecnología en Hispanoamérica, y especialmente, en Sudamérica (y sobre todo en Chile), se logrará activando la imaginación y creatividad de las generaciones jóvenes. Para ello, el maestro caraqueño considerará fundamental la relación entre las ciencias, las humanidades y las artes, en cuanto que las tres áreas unidas permitirían un desarrollo intelectual necesario para la consecución de ciertos saberes y actitudes al nivel de una nación civilizada. En el caso concreto del desarrollo de la astronomía, la vinculación que decimos que propone Andrés Bello en el sentido anterior, será especialmente con la literatura. Esa propuesta se observa a través de atribuciones a la prosa científica de ciertas propiedades o efectos propios del arte literario (de su escritura y lectura), resumidas en su activación de la imaginación. Pero también se puede observar en la manera en que el intelectual se expresa y usa el lenguaje en estos textos de divulgación astronómica, colmados de figuras retóricas que conducen hacia un cierto deleite estético. Finalmente, es posible percibir lo anterior en la aplicación por parte de Bello, de algunos elementos propios de la poética neoclásica y romántica en sus páginas que difunden los conocimientos astronómicos. En definitiva, se propone que los textos sobre astronomía publicados por Bello van siendo elaborados por un autor inmerso en un contexto que va más allá de las preocupaciones netamente científicas. Dichos textos se ven permeados por la convicción del maestro sobre el rol protagónico que debe ejercer la imaginación, tanto en el proceso de aprendizaje y elaboración de las ciencias, como en el de las humanidades y las artes; lo que se suma a que su rol de divulgador de la ciencia fue influenciado por el de escritor literario (primero por la poética neoclásica y luego la romántica), lo que afectaría el modo de escribir y transmitir los conocimientos astronómicos. En el comentario que Bello publicó en El Araucano en 1839 sobre el libro de Tomás Godoy Cruz, titulado "El curso elemental de geografía moderna", el sabio venezolano defiende la importancia de estudiar además de geografía, cosmografía, agregando lo siguiente respecto a las características de esta última: "Estudio el más a propósito para elevar la imaginación de la juventud, y para darle alguna idea de las maravillas de la naturaleza" (Bello, 1981g, pp. 263-264). Con estas palabras el erudito atribuye a una ciencia, y en este caso a la que estudia el Universo, la cualidad de cultivar la imaginación y creatividad de los jóvenes. Con lo que se reafirma lo que ya señalábamos anteriormente cuando decíamos que para Bello ciencia y arte no se podían comprender en forma separada. La ciencia, el estudio objetivo del Universo, no haría sino revelar a las mentes jóvenes -y por ende, al germen de la futu-ra civilización del país-las maravillas de la naturaleza a través del despertar de la imaginación. Es decir, la ciencia abriría el camino para que en Chile e Hispanoamérica se formaran mentes capaces de imaginar, y por consiguiente, de crear. Inmediatamente después, Bello se queja de la falta de publicaciones en nuestro país y en el mundo que fomenten esa elevación de la imaginación: "No encontramos aquel orden, aquella exposición luminosa, que en composiciones de esta especie son necesarios para formar buenos hábitos de raciocinio, y para dar al mismo tiempo un ejercicio agradable a la imaginación, que en ningún otro género de objetos encuentra un campo tan vasto en que explayarse" (Bello, 1981g, pp. 263-264). Para Bello es el orden y la claridad de la exposición lo que permite simultáneamente el buen desarrollo del raciocinio y el deleite de la imaginación, lo que podría relacionarse con los principios que valora la poética neoclásica, fundamentada justamente en la exaltación de la razón y en el uso de un lenguaje sencillo que impida dobles interpretaciones (Hazard, 1988, p. No obstante, al mismo tiempo, el intelectual añade el deleite como otro aspecto fundamental, cosa que para los neoclásicos no era primordial, pues "sus oídos estaban cerrados al brillo, a la dulzura de las palabras, y su alma había perdido el sentido del misterio" (Hazard, 1988, p. Por lo que se observa una doble simpatía de parte del autor, tanto hacia la poética neoclásica, como hacia la romántica que sí estará abierta al brillo, a la dulzura de las palabras y al misterio. Actitud que puede revelar que en el año 1839 (año de publicación del comentario del texto de Godoy) Bello se encontraba en una transición poética, desde el Neoclasicismo hacia el Romanticismo, o bien, había decidido construir su propio estilo, uno ecléctico, que no negaba en forma extremista ninguna tendencia (Rodríguez, 1969, p. Esta transición coincide además con la idea de educación que sigue el maestro, en la que conocimiento y belleza, o entendimiento y placer, van entrelazados: "Cada senda que abren las ciencias al entendimiento cultivado, le muestra perspectivas encantadas; cada nueva faz que se le descubre en el tipo ideal de la belleza, hace estremecer deliciosamente el corazón humano, criado para admirarla y sentirla. El entendimiento cultivado oye en el retiro de la meditación las mil voces del coro de la naturaleza: mil visiones peregrinas revuelan en torno a la lámpara solitaria que alumbra sus vigilias" (Bello, 1982a, p. Por lo tanto, el deleite, atribuido generalmente a la obra artística, puede ser adjudicado a la ciencia; y la imaginación, una habilidad tan vinculada a las artes, en este caso es fruto de la práctica del raciocinio y del estudio de los conocimientos que provee una ciencia. Lo interesante es que el académico además afirma que este género -la cosmografía-no encuentra símil para el desarrollo de esas habilidades que ha descrito. Años después, en las "Advertencias" de su Cosmografía (1848), Bello enfatiza en el placer que ha de producir la lectura de una obra como esta en función de los contenidos que entrega: "Referiré las formas, dimensiones, movimientos y situación respectiva de los grandes cuerpos que pueblan el espacio; i daré noticia de las grandes leyes que dominan a todos ellos, i producen el hermoso espectáculo de los cielos en su inmensa magnificencia" (Bello, 1981f, p. Existe, por consiguiente, entre las cualidades de una cosmografía, la facultad de presentar imágenes hermosas, estéticamente valorables, lo que atribuye a las ciencias ciertos aspectos que siempre han sido atribuidos a las artes. Asimismo, como mencionábamos en el capítulo anterior, en su artículo "Aerolitos" publicado en El Araucano en 1845, se queja de la actitud socarrona que han de tener algunos científicos al mostrarse incrédulos respecto a ciertos misterios que a veces pueden volverse realidad. Como ya advertíamos, el intelectual se queja de que la caída de piedras desde el cielo se haya entendido por mucho tiempo como una patraña popular, puesto que resultó ser cierta (Bello, 1981h, p. Con esta idea es posible comprender que Bello, al mismo tiempo que intenta instruir y acercar al lector hispanoamericano a la evidencia y conocimiento científico, advierte que es trascendental cultivar la virtud de humildad intelectual y mantener una actitud abierta a la imaginación y a múltiples posibilidades. Esto último podría justificarse desde una perspectiva lógica en cuanto que a Bello no solo le interesaba que sus lectores se enteraran de los hallazgos científicos investigados por los europeos y norteamericanos, sino que deseaba que fueran los mismos hispanoamericanos (más precisamente, los sudamericanos) los que comenzaran a realizar su propia ciencia y contribuyeran a la tradición científica universal desde experiencias y evidencias personales. Y en este sentido, formar al individuo para que despertara su imaginación y activara su creatividad, sería clave. En su artículo titulado "El cometa de 1843" (El Araucano, 1843), es posible observar que uno de los recursos que usará Bello para esa activación de la imaginación en su prosa astronómica, serán preguntas dirigidas al lector que inducen a plantearse todo tipo de posibilidades respecto a un cierto fenómeno. Así interroga a propósito del paso del Cometa de 1843: "¿Qué hubiera sido, pues, preciso, pregunta M. Arago, en el momento de interponerse el cometa entre la tierra i el sol, para que nuestro planeta atravesase la cola?" Independiente de la respuesta científica a esta interrogante (cuya exactitud, sin duda, interesa a Bello), estaba implícita en ella la idea de que existían especulaciones y mitos en torno a las colas de los cometas, tales como que estas arrastraban un gas tóxico mortal para los hombres. Y si bien, lo esperable sería que Bello quisiese disipar toda especulación sobre este punto, lo cierto es que no lo hace, y acaba reflexionando sobre cómo es que estamos tan sujetos al azar producto de este tipo de fenómenos. Era este el modo de captar el interés de sus receptores para que quisieran averiguar sobre los fenómenos: apelando a la imaginación. Incluso cuando nos acercamos a los primeros textos de divulgación astronómica del sabio caraqueño, es posible evidenciar esta preocupación por la imaginación. Por ejemplo, su artículo "Hierro meteórico del Chaco" (Repertorio Americano, 1827), sobre el que ya nos referimos en el apartado anterior, muestra la unión entre evidencia empírica y misterio, o entre razón e imaginación. En este caso el mito vence al discurso científico: "El 26 de abril de 1803, cayó en Langres (departamento del Orne) una lluvia horrorosa de piedras; todo el mundo hablaba de ellas; mostrábanse en los paseos públicos; Chaptal, ministro entonces del interior, propuso a sus colegas del instituto que enviasen un comisario a Langres para certificarse de la verdad; i Biot, a quien se dio esta comisión, presentó un informe tan circunstanciado del hecho, i apoyado de pruebas tan convincentes, que no se pudo ya revocar en duda que efectivamente caen piedras de la atmósfera" (Bello, 1981b, p. Tras entregar la evidencia, Bello llama a la imaginación mediante la interrogante que apunta a buscar la causa de esta lluvia de piedras, y después de comentar varios mitos al respecto, deja abierto el misterio con preguntas como esta: "¿Osaríamos, pues, creer a la naturaleza tan escasa de medios, que apenas pudiese aventajar a los nuestros?" Un buen ejemplo en donde el maestro realiza el ejercicio inverso, es decir, esta vez atribuye a un texto literario una facultad de la ciencia, se encuentra en un artículo con ciertas alusiones a la astronomía, titulado "Profecías" (El Araucano, 1840). Allí menciona el caso de un poema caballeresco anterior a Colón, a Copérnico y Galileo, que habría predicho la existencia de América. Se trata de El Morgante Maggiore de Pulci, donde uno de sus personajes afirma que se puede navegar hacia otros hemisferios, porque todas las cosas gravitan a su centro. "El agua es plana en toda su extensión, aunque ella y la Tierra tenga la forma de una esfera" (Bello, 1981i, p. Lo que da cuenta de que la literatura mediante otra metodología, podría revelar las mismas verdades por las que se esfuerza tanto la ciencia. La activación de la imaginación ante los fenómenos celestes no solo fue un asunto presente en sus textos de astronomía, sino que aparece en otras obras, como por ejemplo en su Filosofía del Entendimiento, texto inédito que nunca fue publicado, pero sobre el que Bello trabajó durante los últimos años de su vida 12. Acerca de lo anterior el académico señala: "En la grande escena que el universo presenta a la imaginación, la luna está cercana a la tierra y la tierra al sol, y por el contrario miramos estos globos como enormemente distantes uno de otro, cuando pensamos en las distancias que solemos medir y calcular para los usos de la vida común" (Bello, 1981j, p. Debemos ocuparnos ahora de otro punto de este apartado, pero totalmente relacionado con lo que acabamos de exponer respecto al cultivo y formación de la imaginación. Nos referimos a la preocupación por un uso especial del lenguaje como otro de los elementos que demuestran, por una parte, la aplicación de una poética literaria en la prosa científica de Bello, y por otra, la función retórica de estos textos astronómicos de atraer y cautivar a los receptores para predisponerlos hacia una cierta instrucción y formación. Ya veíamos el constante uso de preguntas directas al lector que utiliza la función apelativa del lenguaje en pos de despertar la imaginación. Pero también es posible observar metáforas y comparaciones de mucha belleza, que más allá de explicar y hacer comprender a los lectores ciertas problemáticas científicas, buscan provocar deleite estético. Es evidente que la metáfora es un recurso sumamente utilizado por la expresión científica, y que "la lógica del descubrimiento es la metaforización" (Meyer, 1890, p. También entendemos que aunque en un texto científico abunde la metáfora no significa que se hable en ellos sobre cosas irracionales e irreales (Marcos, 2010, p. Pero en los textos de divulgación astronómica de Andrés Bello existen figuras en ciertos fragmentos, que más allá de lograr la comprensión eficiente del lector mediante la construcción de una imagen figurada, son portadoras de una gran belleza, y pareciera que su función principal o la razón de que sean de esa manera, no fuera sino transmitir dicha belleza y provocar deleite estético: función propia del arte literario. En "Telescopios" (1826) el autor selecciona las siguientes palabras: "Al grado de 400, se ve con igual claridad a Saturno, i es uno de los mas hermosos objetos que pueden concebirse" 13 (Bello, 1892a, 160). El maestro está hablando sobre las bondades de un nuevo telescopio y, sin necesidad alguna para la comprensión de lo que expone, señala después que Saturno sería uno de los objetos más bellos que existen, atribuyendo una condición estética al cosmos. La Cosmografía del año 1848 es uno de sus textos de divulgación astronómica más ricos en este sentido. De ella citamos algunas figuras: "La atmósfera es, por lo dicho, como un océano aéreo" (Bello, 1981f, p. O bien: "Y siendo probable que la mayor profundidad del mar no exceda a la mayor elevación de los continentes, el océano, reducido a la misma escala sería como la delgada capa de líquido que un pincel mojado dejase sobre la superficie de ese globo" (Bello, 1981f, p.10), imagen didáctica y sencilla esta última, pero sumamente bella a la vez. También citamos: "Daré noticia de las grandes leyes que dominan a todos ellos, i producen el hermoso espectáculo de los cielos en su inmensa magnificencia" (Bello, 1981f, p. 3); "Hemos visto con qué facilidad se explica por la rotacion diurna de la tierra el inmenso jiro aparente de la estrellas, cuerpos inmensos inconmensurablemente distantes uno de otros i de la tierra, i entre los cuales es imposible descubrir trabazon alguna, que los haga caminar en marcha uniforme, como los soldados de un regimiento" 14 (Bello, 1981f, p. Todos los anteriores son enunciados que contienen un lenguaje figurado sin necesidad de haberse empleado de esa manera para lograr el entendimiento de los lectores sobre tales fenómenos. La ejemplificación mediante un lenguaje figurado o connotativo llega a casos como el siguiente, en el que para explicar la eclíptica 15 en su Cosmografía -cuyas doce partes se denominan según los signos zodiacales-, Bello acude a la poesía: Libra, Escorpion, Sajitario/ nos dan el tiempo florido/ Capricornio, Acuario, Peces,/ el abrasador estío:/ Áries, Tauro i los Jemelos,/ el otoño en frutas rico:/ Cáncer, Leon i la Vírjen,/ la estacion de lluvia i frio (Bello, 1981f, p. Pero ¿cuál es la razón de que Bello utilice la literatura como un método para enseñar la ciencia? ¿Por qué decide transmitir el conocimiento mediante sentencias que deleitan los sentidos? Creemos que esto se justifica en función de su convicción de que ciencia y arte, o razón y deleite, no pueden desarrollarse de manera separada a la hora de perseguir el objetivo de la educación científica, esto es el cultivo de la imaginación y de una actitud creativa y proactiva que propiciaría el progreso en todos sus ámbitos. En su discurso pronunciado para la fundación de la Universidad, Bello afirma a propósito de lo anterior: "He dicho que todas las verdades se tocan; y aun no creo haber dicho bastante. Todas las habilidades humanas forman un sistema, en que no puede haber regularidad y armonía sin el concurso de cada una" (Bello, 1982a, p. El tercer y último punto que decíamos que trataríamos en esta parte es el de la aplicación por parte de Bello, de algunos elementos propios de la poética neoclásica y romántica en sus páginas que difunden los conocimientos astronómicos. Como ya adelantábamos, esa aplicación va a depender del momento que vive el autor en cuanto a su rol como poeta y se entrelaza con la concepción de educación que profesa el maestro, en la que ciencia y arte, o conocimiento e imaginación, no se pueden separar. En las primeras obras literarias del caraqueño se observa simpatía por algunos elementos neoclásicos. De hecho, en su famoso poema "Silva a la agricultura de la zona tórrida" (Repertorio Americano, 1826), el autor se da el trabajo de añadir con notas al pie de página la descripción de cada nuevo fruto u objeto americano que menciona, entregando al mundo una interesante enciclopedia natural escrita en versos. Sabemos que el enciclopedismo es parte del pensamiento filosófico de la Ilustración, así como el Neoclasicismo, su modo de manifestación artística. Y esta misma preocupación enciclopédica y afán por expresarse de manera sencilla y clara, relacionados con la poética neoclásica, se encuentran en los textos astronómicos de Bello, sobre todo en los primeros. Es el caso del "Calendario Manual y Guía Universal de forasteros en Venezuela" (1810), donde entrega listas de datos y acopio de información; o el de "Aguja Magnética" (1826), donde se incluye una gran cantidad de citas de científicos con información precisa y evidencias empíricas en lenguaje denotativo. El erudito cumple en este sentido, con gran vocación, el rol de traductor y divulgador de un conocimiento que era ignorado por sus lectores sudamericanos. En su artículo "Magnetismo terrestre" (1823) se lee explícitamente la intención recién descrita: "Tal es el motivo que nos induce a hacer un breve bosquejo de los pasos que ha dado la investigación del magnetismo terrestre en los últimos años, con la mira de promoverla en nuestros países, y de que se enriquezca de nuevas observaciones la ciencia" (Bello, 1981a, p. Con lo que se concluye que este desarrollo de la ciencia desde una perspectiva propiamente sudamericana, que coincide con lo que profesa el Romanticismo, tendría el propósito aquí de contribuir desde nuestro lugar del mundo con la tradición universal del conocimiento científico, ubicándonos con ello al nivel de las potencias civilizadas. "Hierro meteórico del Chaco" (1827) trata directamente de un fenómeno astronómico evidenciado en una provincia sudamericana (Argentina), e insiste en demostrar que el hemisferio sur es rico en este tipo de fenómenos que no se pueden descuidar. Lo mismo señalará más tarde en "Aerolitos" (1845), cuando se refiere a la célebre masa de hierro encontrada por Rubin de Célis en las pampas de Buenos Aires (Bello, 1981h, p. En este mismo texto, Bello da ejemplos de referencias de grados donde incluye tanto a París y Londres, como a Perú y México (Bello, 1981h, p. Asimismo, en su Cosmografía (1848) demuestra una constante preocupación respecto a los nombres que se le han dado a los fenómenos y conceptos astronómicos que no han tomado en cuenta la realidad del territorio austral, generando y proponiendo nombres que pueden comprenderse y tener sentido para todos. Así se observa en este fragmento: "Refiérense, pues, estos nombres al hemisferio norte, donde tuvo origen la astronomía, i se formó el lenguaje de esta ciencia; pero son enteramente impropios respecto de nuestro hemisferio; por lo cual llamaremos al equinoccio de primavera equinoccio de Aries, i al equinoccio de otoño equinoccio de Libra, denominaciones que convienen a cualquiera parte del globo" (Bello, 1981f, pp. 49-50). Esta preocupación se alinea con el proyecto del erudito caraqueño de generar un sistema pedagógico que se ajuste especialmente a la realidad sudamericana o chilena (Bello, 1982a, p. Volviendo a la poesía de Bello y a uno de sus primeros poemas ("Silva a la agricultura de la zona tórrida"), se puede entrever en una segunda lectura que ese afán enciclopédico que señalábamos antes -al nombrar, y así convocar a estudiar productos y frutos propiamente americanos-, se cruza con la intención de ensalzar y deleitarse con lo más único y, por ende, valioso del continente: su naturaleza. Como bien di-jera Rodríguez: "Bello fue neoclásico y fue romántico [pero], sobre todo, fue algo más: fue él mismo" (Rodríguez, 1969, p. 16); actitud que se manifiesta en su prosa astronómica en el sentido que hemos expuesto. La intención educativa presente en la obra de divulgación astronómica de Andrés Bello estuvo relacionada con los contextos sociales en que él vivió. De esta manera, en Caracas su propósito fue el de mostrar a un público local las festividades y ritos, tanto civiles como religiosos, presentes en el calendario del año 1810, observándose una finalidad educativa no solo científica, sino también política, histórica y económica sobre la Capitanía. Mientras que en su exilio en Inglaterra sus objetivos estuvieron dirigidos hacia los nacientes estados latinoamericanos, para lo cual en sus escritos astronómicos destacó la forma en que los descubrimientos y avances tecnológicos en esta ciencia podían ser aplicados a las realidades sociales de los distintos países en formación. En Chile, finalmente, sus propósitos estuvieron dirigidos hacia la población nacional, exponiendo noticias astronómicas en periódicos como El Araucano y El Mercurio de Valparaíso. Sus intereses fueron similares a sus experiencias anteriores, pero haciendo hincapié en cómo el conocimiento astronómico podía ser adoptado por los chilenos para mejorar las condiciones sociales y materiales del país. En este sentido, sus escritos divulgativos buscaron informar e instruir a los ciudadanos sobre cómo la astronomía podía cambiar ciertas concepciones sobre la realidad natural que tuvieron los sudamericanos en la época, así como también, insistir en el desarrollo de ciertas actitudes y comportamientos de parte de la población no solo respecto a la adquisición de la información, sino también a su uso y aplicación basada en perspectivas políticas, morales, etc., que propiciarían una sociedad mejor. La manera en que se expresa Andrés Bello en sus textos astronómicos está permeada por esos propósitos educativos, pero también, por los principios y preocupaciones que cruzan otros roles del maestro, tales como su profesión de poeta y teórico literario. Esto último se puede observar en que en su prosa astronómica el intelectual aplica ciertas características propias del arte literario, tales como darle un uso especial al lenguaje en pos de causar deleite y transmitir belleza, y también, en la posible transmisión de principios propios de una poética neoclásica y romántica a sus preocupaciones e intereses científicos. Finalmente, ese acercamiento entre las intenciones científicoeducativas y sus nociones artísticas queda manifiesto sobre todo en su convicción de que una enseñanza en pos del desarrollo de la imaginación y la creatividad, tanto por medio del arte, como a través de la práctica de la misma astronomía, sería clave para que las jóvenes generaciones sudamericanas aportaran, desde sus realidades particulares, con nuevos conocimientos a la tradición científica universal. Las características anteriormente descritas de Bello fueron resaltadas por sus contemporáneos al momento de fallecer el día domingo 15 de octubre de 1865, tanto en los periódicos como en las exequias se enfatizaron los dotes intelectuales y literarios del maestro, quien con su pluma había educado no solo a los chilenos, sino que también a la gran patria americana (Stuven, 2006, pp. 48-53). Un coetáneo que destacó las virtudes tanto literarias como científicas del sabio caraqueño fue el científico e ingeniero en minas polaco, Ignacio Domeyko, quien en un discurso pronunciado el 8 de enero de 1866 para incorporarse a la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile manifestó: "Nadie ignora cuan vastos eran los conocimientos de nuestro sabio [Andrés Bello], no solo en los diversos ramos de la literatura, sino tambien en las ciencias naturales i de observacion (...). Hallábase siempre al cabo de los nuevos descubrimientos en la física i en la astronomía, le gustaba conversar sobre el desarrollo i las tendencias de la ciencia moderna, i emitia siempre en esta materia un juicio sano i acertado. Animado por el deseo de que estas ciencias hallasen tambien aficionados i se jeneralizasen en la América, escribió un buen testo de cosmografía (impreso en Santiago) en que ha sabido hermanar el método rigoroso de la ciencia, con lo ameno i poético del estilo. A nadie mejor que Bello era dado elaborar una obra de esta naturaleza, en que la intelijencia i la imajinacion a un tiempo tomaron parte" (Domeyko, 1867, p. Agradecemos al Dr. Carlos Sanhueza Cerda, académico del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile, por sus comentarios y sugerencias. Puesto que fue en este país donde publicó la mayor cantidad de textos de divulgación astronómica. En la América hispana en el siglo XVIII la actividad divulgativa sobre temas científicos en los periódicos ilustrados fue constante durante toda la centuria, publicando noticias sobre diversas disciplinas e informando al público lector sobre los últimos avances sobre ciencia y tecnología (Saladino, 1996). Se debe agregar a la lista de textos de divulgación astronómica escritos por Bello, otros tres artículos en los que también se pronuncia sobre algunas materias astronómicas, aunque no son textos directamente dedicados a esta materia. Sus títulos son: "Época verdadera del nacimiento de Jesucristo" (El Mercurio de Valparaíso, 1831); "Curso elemental de geografía moderna de Tomás Godoy Cruz" (El Araucano, 1839); "Profecías" (El Araucano, 1840). Estas fuentes también han sido consideradas en nuestro análisis. El año 1849 llega a Santiago de Chile la expedición astronómica norteamericana del teniente Gilliss, quien se instala con sus colaboradores e instrumentos en el Cerro Santa Lucía. Bello apoya desde antes de su llegada al científico, y además gestiona, junto a Ignacio Domeyko, la inclusión de tres jóvenes profesores del Instituto Nacional en el equipo de Gilliss, formándose así los primeros astrónomos chilenos. En el año 1852, cuando la expedición concluye sus observaciones en el territorio austral, Andrés Bello, rector de la Universidad de Chile en aquel entonces, impulsa la compra de los instrumentos de los norteamericanos por parte del gobierno chileno, constituyéndose de este modo, el Observatorio Astronómico Nacional de Chile. La historiografía americana escrita por los criollos correspondió a la formación de una epistemología patriótica consistente en la reivindicación de los testimonios producidos por los amerindios y clérigos cultos, en contraposición de los relatos de viajeros tendenciosos que criticaron el actuar de los españoles en el continente (Cañizares, 2007, pp. 362-363). En este trabajo se respeta la ortografía y gramática original utilizada por Bello, las que variarán de acuerdo a la edición de la fuente del autor que citemos en cada caso. Hubo controversias entre las distintas expediciones que analizaron la composición química del meteorito, ya que los naturalistas no estaban del todo convencidos de que este objeto proviniera del espacio, señalando que el lugar era parte de una veta de hierro o incluso que éste era de origen volcánico. Esta hubo de ser la motivación primera de Andrés Bello, independiente de que la relación entre los cometas y los terremotos haya podido causar más temor entre sus lectores (por lo que podría acontecer en el futuro). Se debe tener en cuenta, por otra parte, que el maestro está preocupado simultáneamente de encender la imaginación de sus lectores, como una forma de promover la curiosidad, incentivar la creatividad y el deseo de investigar, como se verá en el siguiente apartado. Volvemos a recordar que se cita textualmente la ortografía original utilizada por Bello. Bello se refiere aquí a la literatura científica y artística. Cabe mencionar que si bien la Filosofía del Entendimiento apareció de forma póstuma en 1881, el intelectual manifestó su influencia filosófica en Chile a través de las revistas y de sus ideas educacionales, en especial en la Universidad de Chile (Jaksic, 1995(Jaksic, -1996, p. El subrayado en negrita es siempre nuestro. En los textos astronómicos de Bello hay una constante comparación de fenómenos astronómicos con sonidos y actitudes militares y bélicas. Esto puede esconder algún mensaje retórico más complejo, pero en el caso de nuestro análisis lo entenderemos como un recurso para acercar a los lectores a la información que se transmite. Los receptores sudamericanos se encontraban familiarizados con este lenguaje, puesto que habían vivido recientemente las guerras de independencia y otros enfrentamientos internos se seguían llevando a cabo. Línea curva por donde transcurre la Tierra alrededor del sol en su movimiento aparente visto desde la Tierra, que corresponde a un año. Becerra, Silvia y Saldivia, Zenobio (2010), El Mercurio de Valparaíso: su rol de difusión de la ciencia y tecnología en el Chile decimonónico, Santiago, Bravo y Allende. Bello, Andrés (1810), Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela para el año 1810, Caracas, Imprenta de Gallagher y Lamb. En: Bello, Andrés, Opúsculos científicos, Santiago, Imprenta Cervantes, pp. vi-vii.
Con el presente trabajo pretendo explorar el agotamiento de la Sanidad franquista en torno a un ejemplo concreto, el de la lucha contra la leptospirosis en el mundo rural, en especial en torno al cultivo del arroz, comprobando las semejanzas y diferencias de dicho empeño con el de otros anteriores surgidos de la matriz médico-social. Dicha enfermedad endemoepidémica rural fue singularizada como enemigo en la posguerra, por sus consecuencias sobre la producción en momentos delicados del cultivo de arroz, como la siega, si bien no fue hasta 1953 cuando se comenzó a actuar con algún sistema, merced al primer acuerdo de asistencia técnica firmado con la OMS, que permitió la venida de Brenno Babudieri, un microbiólogo italiano de fama mundial en este campo, quien probó en España una vacuna. Pero las iniciativas fueron provinciales y no coordinadas, dependientes aparentemente de la voluntad de los Jefes Provinciales de Sanidad y centradas sólo en medidas de laboratorio. La Medicina Social, que parte de una consideración económico-social de la enfermedad fusionada con planteamientos eugenésicos, incorporó a las preocupaciones ambientales de la Higiene decimonónica la captación activa y precoz de los pacientes, una notoria dimensión preceptiva o didáctica y un nuevo espacio asistencial, el centro de salud. Su plasmación mas precoz fueron las distintas luchas sanitarias, verticales, de carácter marcadamente urbano: contra la tuberculosis, las enfermedades venéreas o la mortalidad infantil, de origen y base filantrópicas e intervención municipal como mas caracterizada participación gubernativa (Rodríguez-Ocaña y Molero, 1993; Martínez Antonio y Molero, 2002). En España se les sumó, mas adelante, la lucha contra endemoepidemias rurales tales como el paludismo (Rodríguez-Ocaña et al., 2003), la anquilostomiasis (Rodríguez-Ocaña y Menéndez-Navarro, 2006y 2009) o el tracoma -esta, mejor caracterizada como enfermedad de la pobreza (Bernabeu-Mestre y Galiana-Sánchez, 2012; Bernabeu-Mestre, et al., 2013; Galiana-Sánchez, et al., 2010). Como tengo advertido en trabajos anteriores, la Salud Pública nació y se desarrolló en el entorno urbano y su extensión al mundo campesino tuvo que vencer importantes obstáculos sociales y prejuicios sanitarios (Rodríguez-Ocaña y Martínez Navarro, 2008; Rodríguez-Ocaña, 2012). En España, en la senda abierta por la intervención antipalúdica y las doctrinas de la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones, tuvo un momento decisivo en la adopción por la Segunda República del modelo jerárquico y territorial de los Centros de Higiene de influencia norteamericana. Los centros secundarios tuvieron la consideración estratégica de "jalones principales de la futura organización sanitaria", entre otras razones porque en ellos se debían concentrar las distintas luchas preexistentes 1, configurando un modelo de acercamiento integral a la salud de las poblaciones, lo que resultó ser un ideal inalcanzable. Como indica esta cifra, la ley de Bases de la Sanidad Nacional de 1944 había mantenido la opción estructural de la República, aunque, paradójicamente, había dotado de personalidad propia a la Higiene infantil y devuelto su entidad particular al Patronato Nacional Antituberculoso, lo que iba en contra de la voluntad expresa de unidad estatalizadora tanto de la República como del Preámbulo y Título Preliminar de la Ley de 1944. Sin embargo, la preferencia franquista por el Seguro Obligatorio de Enfermedad, gestionado por los hombres de Girón de Velasco, restó fuerza a la opción preventivista que ni supo superar los problemas heredados ni los nuevos de la coexistencia con el Seguro (Marset Campos, et al., 1998). Las distintas luchas fueron comunes a todo el mundo industrial, en cada país con sus componentes particulares, pero dotadas de bases comunes que se generaron y difundieron en red, contando con la participación señalada de instituciones supranacionales efímeras o permanentes, privadas y públicas: Congresos internacionales ad hoc, la Oficina de Higiene de la Sociedad de Naciones, la Cruz Roja, organizaciones particulares como Save The Children entre otras muchas y, de manera prominente, con la actuación ejecutiva de poderosas y riquísimas obras filantrópicas como las norteamericanas Fundación Rockefeller y Fundación Milbank. Tras la II GM la Organización Mundial de la Salud se convirtió en el campo de relación intergubernamental más significativo durante decenios. Con el presente trabajo pretendo explorar el agotamiento de la Sanidad franquista con un ejemplo concreto, el de la lucha contra la leptospirosis en el mundo rural, en especial en torno al cultivo del arroz, comprobando las semejanzas y diferencias de dicho empeño con el de otros anteriores surgidos de la matriz médico-social. Comenzaré por explicar el descubrimiento de dicha afección y sus causas, su presencia en España y la vinculación de la medicina y sanidad españolas con las redes internacionales de difusión y gestión del conocimiento, para acabar analizando los pormenores de la lucha antileptospirósica y sus peculiaridades. Sobre la leptospirosis, recordemos que se trata de una infección causada por espiroquetas, transmitidas por diversos animales, que produce fiebre, dolores musculares, síntomas meníngeos, hepáticos y renales y que en muchos casos remite espontáneamente, obligando empero a una larga convalecencia. Del cajón de sastre de las llamadas fiebres biliosas a finales del siglo XIX la agudeza clínica de la escuela de Louis Landouzy (1845Landouzy ( -1917)), por medio del maestro (Landouzy, 1883) y de Albert Mathieu (1855Mathieu ( -1917) (Mathieu, 1886), había singularizado el "tifus hepático" o "ictericia infecciosa", entidad mejor descrita por Adolf Weil (1848Weil ( -1916) ) (Weil, 1886), en lo que pasó a ser conocido como enfermedad de Weil o fiebre icte-rohemorrágica. El griego Valasopoulo, en 1893, según una comunicación presentada al Congreso de Higiene Mediterránea de 1932, concluyó que las ratas trasmitían el tifus bilioso a los seres humanos (Durich, 1953, p. En 1914, la afección fue reconocida como de causa bacteriana e identificada la espiroqueta como leptospira -nombre adjudicado por Noguchi-por un grupo japonés dirigido por Ryokichi Inada, que determinó su letalidad para el cobaya. Muy poco después, y de manera independiente, se identificó igualmente en Europa, en los frentes de la Gran Guerra. En los seres humanos esta enfermedad se presenta asociada a condiciones de vida o trabajo que transcurren en contacto estrecho con los animales o sus productos de excreción, pues las leptospiras se eliminan abundantemente por la orina, por lo que precozmente se reconoció su prevalencia en trabajos relacionados con manejo de ganado, cultivos en terrenos húmedos y estancias prolongadas en lugares encharcados como minas, alcantarillas o trincheras (Pumarola, 1984). En España, la enfermedad de Weil fue descrita clínicamente por un médico ejerciente en Tortosa, Manuel Vila (Vila, 1919) y confirmada bacteriológicamente en el Laboratorio Microbiológico Municipal de Barcelona por Manuel Dalmau (1890Dalmau ( -1918)). Hallazgos similares se repitieron, de manera esporádica, por España, aunque su cuadro clínico de comienzo brusco, con escalofrío y fiebre alta, y la frecuente presentación bajo formas anictéricas, así como la rápida remisión espontánea de la fiebre, hacía que se confundiera fácilmente con paludismo u otras enfermedades. Por esta razón, se achacó a la tardía desaparición de la malaria autóctona la poca constancia en el registro de leptospirosis (Babudieri, 1953a; Durich, 1953, pp.180-181). Pablo Cartañá Castellá (1899-1974) realizó el primer estudio epidemiológico sobre ratas urbanas en Barcelona, mostrando la existencia de infección leptospirósica con ocasión de un brote de peste en 1931, y junto con clínicos como Agustí Pedro i Pons y Juan Surós Forns estudió una pequeña epidemia de espiroquetosis icterohemorrágica por consumo de aguas contaminadas en 1933 (Pedro Pons y Surós, 1933) 3. A partir de tres casos tratados en el Hospital Provincial, en Valencia se realizó un completo trabajo experimental sobre leptospirosis en la cátedra de Higiene y Microbiología de su Facultad de Medicina (Sanchís Bayarri, et.al., 1935). Después de la Guerra Civil, los médicos barceloneses seguían estudiando casos esporádicos procedentes del campo que se presentaban todos los veranos en las clínicas universitarias (Profs. Soriano, Pedro Pons, Gibert Queraltó y Gironés) y en las del Hospital municipal (Dres. Trías Fargas, Soler Dopf e Isamat). Los enfermos llegaban de la región del Prat de Llobregat y de Pals y Torroella de Mongrí, sobre todo (Covaleda y Pumarola, 1950). De este modo, el capítulo dedicado a las leptospirosis en el volumen correspondiente a infecciosas del Tratado de Patología y Clínica Médicas dirigido por Pedro Pons (Pedro Pons et al., 1950) mostraba una abundante casuística propia para acompañar un texto de plena actualidad, dotado de la exhaustividad propia del estilo del maestro. Justo Covaleda Ortega (1908-1964), recién llegado a la Facultad de Medicina de Barcelona en 1942 como catedrático de Higiene, Sanidad, Microbiología y Parasitología, apoyó el programa clínico ofreciendo la modernización del diagnóstico de laboratorio. Para ello contó con Agustí Pumarola i Busquets (1920Busquets ( -1987)), a quien asignó como tema de tesis el estudio de la Leptospira icterohaemorrhagiae, sus medios de cultivo e inoculación experimental (Pumarola, 1947). Una ilustración de laboratorio correspondiente a esta tesis ilustraba el capítulo del Tratado de Pedro Pons citado. La presentación de la capacidad del laboratorio barcelonés para efectuar eficazmente el diagnóstico de leptospirosis, vehiculada por la revista del Consejo General de Colegios Médicos (Covaleda y Pumarola, 1950), lo convirtió en el centro español de referencia. Al igual que en Cataluña, en la provincia valenciana tampoco habían dejado de presentarse casos anualmente en la época de la recogida del arroz, con particular intensidad en 1942, 1949y 1951(Sanz Sols, 1952). Al no ser una enfermedad de declaración obligatoria no fue recogida por las estadísticas oficiales. Sin embargo, una vez superadas las urgencias de la postguerra, su Jefe Provincial de Sanidad, Durich, quien tenía en su currículo la identificación de un caso de fiebre icterohemorrágica en 1924, prestó atención a los avisos que le llegaron de la provincia y en 1951 llevó ante la Reunión Nacional de Sanitarios Españoles un informe que ponía de manifiesto la existencia de un foco endémico de leptospirosis en los arrozales levantinos y también en los tarraconenses, donde se habían señalado nuevos casos en 1951, alguno producido por otra variedad de Leptospira (Covaleda, Cantarell et al., 1953; Covaleda, Pumarola et al., 1953). El foco estaría mantenido por la enzootia murina y acumulaba sus efectos estacionalmente en los momentos de la siega del arroz. Para confirmarlo bacteriológicamente había recurrido a Covaleda, quien encontró aglutinaciones positivas de una de sus cepas de L. icterohemorrhagiae con el suero de algunos convalecientes (Durich, 1953, pp. 206-207). Estos trabajos sirvieron para configurar la leptospirosis como una enfermedad ligada a determinados trabajos que ponían en relación cercana a las personas con los animales portadores: las ratas en el campo, en especial en los arrozales, pero no sólo (Mestre Medina y Santamaría Carmona, 1952), o los cerdos (el primer caso observado en España de meningitis por Leptospira pomona en un cuidador de cerdos fue publicado por Pedro Pons, Farreras y Pumarola, según Covaleda y Pumarola, 1953a). A la vez, la investigación entre animales conocidos como portadores según la bibliografía (ratas del alcantarillado urbano, perros callejeros, cerdos) identificaba la existencia de enzoonosis y llevaba a postular la existencia en nuestro país de infecciones humanas específicas todavía no reconocidas (apuntadas por Pedro Pons y Surós, 1933; Pumarola y Gállego, 1950; Covaleda y Pumarola, 1953by 1954). A lo largo de las décadas de 1950 y 1960 se continuaron observando y dando a conocer brotes provinciales, junto con la aplicación de medidas de protección que incluyeron la vacunación especifica. En 1969 se determinó la inclusión de la leptospirosis como enfermedad profesional y en 1982 se la incluyó entre las de declaración obligatoria. En la década siguiente, finales del periodo franquista, Pumarola apuntaba que se asociaba a actividades recreativas, por lo que parecía haberse convertido en una enfermedad de las vacaciones (Pumarola, 1975, p. ESPAÑA EN EL CIRCUITO INTERNACIONAL DE SA-BERES SOBRE LEPTOSPIROSIS Como corresponde al momento científico del periodo de entreguerras, las conexiones internacionales resultaban fundamentales para el desarrollo de los países, también en el aspecto sanitario. En esta línea fue decisiva la existencia de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), en particular en el fomento de la investigación básica en las universidades, mientras que en el terreno aplicado lo fue mas la actividad de la Comisión de Investigaciones Sanitarias republicana (CIS) y la voluntad explícita de científicos como Gustavo Pittaluga (1876Pittaluga ( -1956)), de quien hay que recordar, junto con su altura intelectual y su activo currículo como gestor de organizaciones sanitarias y periodismo científico, su papel de hombrepuente con la Junta de Sanidad Internacional (IHB) de la Fundación Rockefeller y la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones (Rodríguez-Ocaña, 2010y 2013; Rodríguez-Ocaña y Borowy, 2008). No puede entenderse la participación de Manuel Dalmau i Matas (1890-1918), discípulo predilecto de Ramón Turró con quien contactó tras haber sido alumno interno de August Pi Sunyer, sin la pensión de la JAE que le permitió obtener una formación de primer nivel en Halle, con Emil Abderhalden; interrumpida por la guerra, completó la estancia en Harvard, en el laboratorio de Walter Cannon, entre 1916 y 1917. Dalmau pertenecía a la Societat de Biología y era director de la sección de química biológica del Laboratorio Municipal de Barcelona cuando murió víctima de la pandemia gripal en 1918 (Cervera, 1926, pp. 536-537; Galeria, 2016). Demostró la existencia de espiroquetas patógenas para el cobaya en ratas barcelonesas, las cuales presentaban inmunidad cruzada con la cepa Verdun que había obtenido del Instituto Pasteur de París (Dalmau, 1918; Dalmau y Balta, 1919). Louis Martin y André Pettit diseñaron en este centro la prueba de aglutinación de la que procede el test diagnóstico por excelencia, que todavía hoy, modificado, continúa en uso. Los resultados de los trabajos en marcha del malogrado Dalmau, quien correspondió con Pettit, se leyeron en la reunión de abril de 1919 celebrada por la Sociedad Francesa de Biología en la ciudad de Barcelona. No cabe duda de que su muerte prematura supuso un retraso en el devenir de la investigación española sobre leptospirosis. Entre las aportaciones de la escuela de Pittaluga, encabezada por Sadí de Buen Lozano (1893-1936), recordemos que estuvo la elucidación del complejo etiopatogénico de otra espiroquetosis, la fiebre recurrente española o hispano-africana, con lo que se reforzaron contactos permanentes con los parasitólogos y microbiólogos franceses de las colonias del Norte de África, ya asegurados por la colaboración antipalúdica. Una prueba palmaria fue la celebración del Primer Congreso de Higiene Mediterránea en Marsella en 1932(Broquet, ed., 1933-1934), al que asistieron, junto con De Buen, otros sanitarios que continuaron activos después de la Guerra Civil, como Juan Durich Espuñes, que sería Jefe Provincial de Sanidad de Valencia, o Pablo Cartañá, futuro director del Instituto Municipal de Higiene de Barcelona. Cartañá tenía experiencia internacional en centros ingleses, como el Laboratorio Lister y el Instituto Wellcome y era malariólogo titulado por la escuela de Brumpt en Francia, becado por la CIS, además de pertenecer a la primera promoción de alumnos de la Escuela Nacional de Sanidad. Otros de los implicados en la primera época de trabajo sobre leptospirosis, como Vicente Sanchís Bayarri y Justo Covaleda, habían estado igualmente becados en el Pasteur de París. Sanchís empleó el suero terapéutico producido por Pettit para determinar la identidad de la espiroqueta hallada en Valencia con la de Dalmau y la francesa. Para el momento en que comenzó la Guerra Civil en España, el empleo de las pruebas serológicas para el diagnóstico de leptospirosis había empezado a mostrar la multiplicidad de agentes causales y de sus reservorios animales, al mismo tiempo que la amplitud de variantes antigénicas. Como quiera que se partía de que se trataba de una enfermedad del terreno, asombró el reconocer la identidad antigénica de cepas orientales y europeas. Se inició así un camino que demostró la multiplicidad de la entidad causal, de manera que la entidad nosológica pasó a entenderse como "un conjunto de enfermedades producidas por diversos tipos serológicos de espiroquetas pertenecientes al género Leptospira" (Covaleda y Pumarola, 1953a, p. Para intentar poner orden en aquella selva nosotáxica, se comenzaron a crear Centros de referencia, donde se depositaban muestras de todas las cepas halladas, para permitir el reconocimiento de las que se iban descubriendo en cada país; tal fue el caso del Laboratorio del Instituto Superior de Sanidad de Roma encargado a Brenno Babudieri (1907Babudieri ( -1973) ) en 1936. En la realización de su tesis de doctorado, Pumarola, auxiliar en la cátedra de Covaleda y con un puesto en la sección de Hemoparasitología del Instituto Nacional de Parasitología del CSIC, entró en relación con diversos laboratorios y centros europeos, relación que consolidó con estancias en Lisboa (1947), París (1948) y Roma (1949) y de la que se sirvió para obtener muestras de las distintas variedades serológicas encontradas. Como ejemplo, en un trabajo de dicho autor publicado en 1950 explica que había empleado cepas recibidas de París y de Copenhague, incluyendo especies de Leptospiras todavía no encontradas en España (Pumarola y Gállego, 1950). Como ya hemos advertido, la difusión de la capacidad del laboratorio barcelonés para conseguir un diagnóstico eficaz (Covaleda y Pumarola, 1950) lo convirtió en el centro español de referencia. Con la entrada de España en la OMS se reforzó esta relación con el entorno europeo, lo que sirvió para reanimar programas de trabajo iniciados con anterioridad a la Guerra Civil. En efecto, establecida dicha relación oficial en 1951 y firmado el acuerdo base para asistencia técnica en enero de 1952 4, el primer acto de colaboración con España se estableció en torno a las enfermedades endemo-epidémicas (Ballester Añón, 2016), mediante un acuerdo específico que entre 1952 y 1956 incluyó leptospirosis y enfermedades venéreas (programa E1) y entre 1955 y 1964 estas últimas y brucelosis (E1.2). En 1952 se celebró un coloquio europeo sobre zoonosis en Viena, incluyendo sesiones sobre brucelosis, leptospirosis, fiebre Q, rabia y tuberculosis bovina, al que asistieron delegados españoles cuya identidad no hemos podido establecer aún. En la primavera de 1953 un experto italiano comisionado por la OMS e invitado por el Gobierno español, vino a estudiar el problema en España y regresó todos los años siguientes hasta 1956, dentro del mencionado programa de cooperación. Se trataba del ya nombrado Brenno Babudieri, especialista en el estudio biológico de "la leptospirosis de los arrozales" (Babudieri, 1953b), gestor del centro italiano de referencia desde 1936 y productor de la vacuna contra el tifus que había surtido a las tropas italianas del frente oriental europeo durante la IIGM. 1953 fue también el año en que, a finales de septiembre, se reunió en Barcelona, por cuarta vez, el Congreso Internacional de Higiene y Medicina Mediterránea, presidido por Pedro-Pons, donde se habló de leptospirosis dentro de la sección de Higiene, con aportaciones de Covaleda y Pumarola, Babudieri y la francesa Kolochine Erber. La multiplicación de la variedad inherente al género Leptospira consecutiva al establecimiento de líneas permanentes de investigación en los diferentes países había convertido la enfermedad en un gigantesco puzzle nosotáxico y antigénico, lo que exigía el inventario comparado de todas sus manifestaciones locales. De esta forma se situaba España en el mapa occidental, con independencia de su modelo político. Y esa exigencia de la investigación facilitó la relación de los sanitarios españoles con Europa. Babudieri, que visitó Barcelona, Castellón, Valencia y Sevilla, se presentó con un plan para abordar de forma global el problema a través de una encuesta nacional empleando el diagnóstico de laboratorio estándar, esto es la reacción de aglutinación-lisis frente a las cepas internacionales y regionales. Habría que inventariar las especies predominantes en cada comarca, para lo que exigió el apoyo "de los elementos interesados". Con el respaldo del convenio con la OMS, inició en junio de 1954 la encuesta mediante suministro de 14 cepas de leptospiras en las correspondientes Jefaturas Provinciales de Sanidad (Rey Vila, 1959). Se prestó a recibir en Roma muestras problemáticas en-viadas desde España para comparar la receptividad de los sueros de afectados con las cepas controladas en Italia. En el caso castellonense, sirvió de acicate para la formación de un grupo de trabajo específico que se mantendría activo durante una década en torno a Vicente Altava Alegre (1908Alegre ( -1993) ) y su Centro de Estudios Médico-Biológicos. Igualmente Babudieri generó vínculos con la cátedra de Microbiología de Valencia, pues la tesis de Vicente Sanchís-Bayarri Vaillant, hijo del catedrático autor del estudio experimental publicado en 1935 ya mencionado, y realizada entre 1956 y 1958, utilizó cepas procedentes del laboratorio romano, a su vez obtenidas originalmente de Castellón, Sevilla y Valencia, y del laboratorio de Barcelona (Sanchís-Bayarri Vaillant, 1959). El programa de colaboración con la OMS sirvió al consultor italiano, ya entonces una autoridad mundial, prestigio que no dejó de incrementar con sucesivas aportaciones científicas de primer orden sobre la biología de estas bacterias, para ensayar en España una vacuna, antes que en su país de origen. Resulta llamativo que, en 1969, ante un auditorio de especialistas, se defendiera de una posible acusación de mala praxis vacunal sobre la prioridad otorgada a España en relación con las pruebas de campo de su vacunaal estilo de la que se acusaba a la URSS en relación con ciertas vacunas contra la gripe ensayadas en Polonia (Babudieri, 1969). Babudieri adujo que el número de especies infectantes en España era muy inferior al de las comunes en Italia, por lo que la vacuna era mas simple. Sólo después de comprobada su inocuidad y efectividad aplicó el modelo a su patria. Por razón de la discrepancia entre las especies causales en Italia y España, por las mismas fechas Pumarola propuso otra hecha a partir de leptospiras obtenidas de enfermos del delta del Ebro, que ensayó in situ en 1953 (Martín Rueda et al., 1955). LEPTOSPIROSIS COMO DIANA DE UNA INTERVEN-CIÓN SANITARIA RURAL El estímulo fundamental para el estudio de la leptospirosis en España vino de la mano de los contactos internacionales, como hemos visto, mientras que la urgencia por actuar se basó en argumentos económicos. El de las pérdidas económicas consecutivas al padecimiento de las enfermedades endémicas se convirtió en un argumento discursivo recurrente en mítines, conferencias y escritos periodísticos en el siglo XX, en especial en los momentos de agitación sanitaria como los vividos en torno a 1920 (Rodríguez-Ocaña, 2007). En los últimos momentos de vigencia de la malaria autóctona en España, José Fernández Maruto, último Director del Instituto Nacional Antipalúdico, calculó los costes de la endemia en casi 9.000 millones de pesetas, en pesetas de 1959, frente a apenas 38 millones empleadas en los programas de intervención desde 1920. Y ello sin añadir otras ventajas económicas indirectas que habría que asignar a la erradicación del endemismo palúdico tales como el desarrollo agrícola por aumento de las posibilidades de explotación en nuevas tierras, el fomento de la obra pública y el crecimiento del turismo (Fernández Maruto, 1964, p. Por su parte, la anquilostomiasis que fue el objeto inicial de la colaboración con la International Health Board de la Fundación Rockefeller se vinculó expresamente al mundo minero, donde primero se había detectado en España y desde donde se construyó como auténtico «peligro de hecatombe». La infección propiamente rural se comenzó a detectar de manera puntual a partir de bien entrada la década de 1920, y dio lugar a intervenciones en zonas de gran riqueza agrícola como la Huerta de Murcia, la Ribera Baja del Júcar, la Plana de Castellón y los arrozales del delta del Ebro (Rodríguez-Ocaña y Menéndez-Navarro, 2009). La enfermedad individual se transformaba en social por sus efectos sobre la productividad y riqueza agrícolas al constatar que la anquilostomiasis generaba un «serio problema que afecta a la economía de la vega del Segura» (Guillamón, 1927, p. Coyunturalmente el contacto con la OMS coincidió en 1952 con un brote epidémico que presentó caracteres de gravedad y que fue leído como una amenaza económica, "daño irreparable a la economía nacional" según los autores que estudiaron la leptospirosis sufrida en los arrozales de Castellón (Altava et al., 1953). En efecto, el estudio calculaba ese coste a partir del número de casos que habían controlado en una pequeña zona de la provincia, mediante extrapolación al conjunto de la provincia y a la totalidad de la España arrocera, y que supondrían mas de diez millones de pesetas a nivel estatal. Se definió la leptospirosis de los arrozales como el principal foco endémico en España (Covaleda y Pumarola, 1953a). Las altas tasas de incidencia en los trabajadores, concentradas en el momento de la siega, y el largo plazo de recuperación exigido por la enfermedad creaban un "importante problema sanitario, social y económico". Citaban cifras de incidencia de entre el 6 y el 50% entre los componentes de las cuadrillas de segadores de arroz, según un informe valenciano de 1951, y subrayaban su comprobación empírica de la alta prevalencia de casos anictéricos, de difícil diagnóstico clínico, mientras que la profunda astenia residual era responsable de la inhabilitación para el trabajo de los afectados pese a la levedad de la enfermedad (Covaleda, Cantarell et al., 1953). Otro argumento, apuntado por Altava et al. (1953) y sustentado con mayor convicción por Juan Durich, en un trabajo sobre los distintos brotes de posguerra (Durich, 1953), centraba el problema coyuntural en el peligro para la continuidad de las tareas de siega del arroz. La siega era el momento crucial del ciclo del cultivo y era el momento en que aparecía la leptospirosis de manera epidémica. Si bien la letalidad de esta afección era muy baja, los trabajadores temían el padecimiento, porque los obligaba a abandonar el trabajo en el momento mejor pagado y amenazaba con dejarlos sin beneficio por el coste del tratamiento antibiótico, pues lo ganado se les iba en pagar medicinas. Recordemos que la principal baza de la lucha antipalúdica radicaba en que la labor de despistaje y tratamiento era totalmente gratuita. Altava y Durich planteaban el riesgo de la ausencia de mano de obra suficiente, con la consiguiente ruina de los cultivadores, por lo que sugirieron el reconocimiento de la leptospirosis del arrozal como enfermedad profesional, como lo era en Italia, lo que se concedió, tardíamente, en 1969. Por eso, la Cooperativa Nacional Arrocera se comprometió a abonar todos los gastos derivados del tratamiento de los afectados valencianos en 1952, algo que no mantuvo en los años siguientes aunque sí la colaboración en materia de prevención mediante actuaciones sobre el terreno. La Escuela Nacional de Sanidad intervino en 1954 para encargar a la Jefatura Provincial de Sanidad (JPS) de Valencia el estudio de la endemia en su provincia así como el ensayo de métodos profilácticos de cara a su posterior extensión, para lo que dicha Jefatura conectó con el grupo del Instituto Nacional de Parasitología y aplicó la vacuna allí confeccionada. En el delta del Ebro y en Valencia se mantuvo una campaña anual de vacunación que se aplicó a unos cientos de trabajadores (Durich y Pumarola, 1955), mientras que en la provincia de Castellón se introdujo la vacuna hecha por Babudieri (Altava et al., 1955). No fue hasta 1964 cuando se acometió la única encuesta serológica nacional en la totalidad de las 10 provincias arroceras, las tradicionales y las recién incorporadas, donde también se habían advertido casos, como en Gerona (Covaleda, Pumarola et al., 1955) o en Sevilla (Rey Vila, 1959; Rey Vila, et al., 1959). Se recogieron un total de 945 muestras, con el resultado de 42% de sueros positivos (al 1/10), o un 30,3% (al 1/50), con lo que se descontaban posibles reacciones inespecíficas. Los sueros sugerentes de positividad reciente sumaban el 10%, lo que equivalía al número de trabajadores infectados en la última siega y eran positivos a cinco serotipos (L. icterohemorrhagiae, 72%, L. ballum, 19,8%, L. grippotyphosa, 5,2%, L. pomona, 1%, L. sejro, 2,1%). La distribución de positivos por provincias mostraba tres grupos, el de las zonas clásicas (Valencia, Gerona, Tarragona y Alicante) con alrededor del 15% de población trabajadora infectada, el grupo novel fuerte (Sevilla) con el doble de porcentaje y el grupo novel débil (Cáceres, Albacete, Huesca) con mínima prevalencia de entre 1 y 3 % (Gimeno de Sande y Pumarola, 1967). La provincia de Castellón, una zona clásica, mostraba resultados entre los mas bajos, lo que indicaba que en ella se había realizado el control sistemático de esta infección. La conclusión de la encuesta, que sirvió para montar una comunicación al congreso de Microbiología de Moscú (1966), era que hacía falta reforzar las campañas de vacunación. 131) en las zonas levantinas -únicas que se identifican-y, según Pumarola (1975), en algún momento que no especifica se consiguió la desaparición de la enfermedad de las zonas endémicas tradicionales. La complejidad antigénica del género parasitario hacía muy complicada la confección de la vacuna, por lo que se emplearon también métodos físicos (cementado de canales) y toxicológicos (raticidas) para prevenir la enfermedad (Durich, 1953; Altava y Barrera, 1961). En todo caso, las iniciativas para combatir la enfermedad fueron provinciales, sujetas a distintos grados de colaboración con el Sindicato de empresarios arroceros y no vinculadas a ninguna reglamentación común. Cada JPS tenía la autonomía para plantear el tipo de intervención a seguir. Lo mismo parece ocurrir con las vacunaciones, en un momento en que las energías de la D.G. de Sanidad parecían concentradas alrededor de la poliomielitis. Otra derivada tardía de la atención a la leptospirosis de los arrozales fue el frustrado intento de conseguir una atención específica a la medicina del trabajo rural mediante la creación de Centros de Medicina Social Agraria, en línea con lo que se hacía en Francia o en Polonia y se vehiculaba como preocupación interna-cional en los Congresos de Medicina Agrícola, de lo que he tenido ocasión de hablar en una publicación anterior (Rodríguez-Ocaña, 2012). AUSENCIA DE RELACIÓN CON LA POBLACION Un componente fundamental en la acción sanitaria en sentido médico-social es el ejercicio de una labor educativa de los saberes médicos e higiénicos correspondientes entre la población diana de aquélla (Rodríguez-Ocaña y Molero, 1993). Con ello no solo se esperaba una modificación en los comportamientos de riesgo señalados, sino una mayor cercanía con los profesionales expertos y mayor confianza en su actuación. El ejemplo de la intervención contra la anquilostomiasis en la Huerta de Murcia resulta significativo (Guillamón, 1927). Se inició en 1927 con un proyecto informativo que abarcó 29 escuelas y unos 4.000 asistentes y consistía en conferencias, exposición de carteles (sobre normas higiénicas, evolución del parásito y anomalías de la sangre), reparto de un millar de cartillas y de 7.000 juegos de cinco láminas que reproducían los carteles e incluían al dorso un resumen de lo explicado. La lucha antipalúdica, por su parte, contó también con un importante despliegue de medios de propaganda sanitaria, desde antes incluso de su inicio organizado, como el Cartel informativo sobre la prevención del paludismo, realizado por José Verdes Montenegro, y aceptado por el Ministerio de Instrucción Pública para su compra por las Escuelas (R.O. 25 de mayo de 1905, Gaceta del 3 de junio), hasta los folletos explicativos sobre la naturaleza de la enfermedad y el modo de prevenirse, de uno de los cuales se repartieron 50.000 ejemplares en 1943 (Buen, 1922; Dirección General de Sanidad, s.a.). Hasta tal punto se tenía en consideración la actividad educativa que el Ministro de la Gobernación apuntó que una de las causas de la gran propagación del mal en la posguerra inmediata era la falta de propaganda, por la incultura existente entre las poblaciones aquejadas (Rodríguez-Ocaña y Perdiguero, 2009). Esta queja recogía una preocupación continua entre los sanitarios españoles, como se puede encontrar en otros contextos, desde la culpabilización a las madres por su ignorancia en el cuidado de los lactantes (Rodríguez-Ocaña y Perdiguero, 2006) a la acusación de dejadez o desidia imperdonable frente al tracoma enunciada en 1927 y repetida en 1941 (Bernabeu-Mestre y Galiana-Sánchez, 2012, p. Pero existieron modos y maneras distintas de expresar y contextualizar dicha preocupación que se han estudiado en el contexto de la anquilostomiasis comparando los discursos epidemiológicos de antes y después de la Guerra (Rodríguez-Ocaña y Menéndez-Navarro, 2009). La diferencia estriba en la profundidad del desprecio que encierra el juicio médico. En el caso de la leptospirosis no he hallado pruebas de ninguna actividad propagandística o educativa, salvo la de la "propaganda por los hechos" consecutiva a la eficacia de las intervenciones preventivas. Haría falta una exploración en el terreno de la actuación de las Hermandades de Labradores y Ganaderos para confirmarlo. En lo que se refiere al discurso de los epidemiólogos, a diferencia de los análisis sobre el brote de uncinariasis de la provincia de Madrid, este se centró en las condiciones de trabajo en el arrozal para los casos del mundo rural y en las condiciones de vida miserables para los casos urbanos, como vivir de la recogida de objetos perdidos en las aguas de las alcantarillas por parte de los habitantes de la barriada barcelonesa de Somorrostro, por ejemplo (Covaleda y Pumarola, 1952), sin referencia ninguna a supuestas lacras culturales o morales. La justificación económica y productivista sirvió de motor a la intervención sanitaria en todos los casos. Ahora bien, de acuerdo con los planteamientos del reformismo en ciertos momentos dicha justificación se acompañó de la voluntad de inclusión de una población tradicionalmente excluida. Como expresó con absoluta claridad Pittaluga, en correspondencia con su pertenencia a la Liga Española de los Derechos Humanos (Pittaluga, 1927, p. "No espero ni la desaparición de los mosquitos ni la extinción de los parásitos; solo deseo ser capaz de procurar ese mínimo de bienestar físico sin el que es imposible tener dignidad humana ni conciencia de ciudadano". Manifestaciones explícitas de este tipo desaparecieron con el fin de la guerra, de modo que en la primera época del franquismo las propuestas estratégicas sanitarias que se hicieron se vincularon con el bienestar y el poderío de la Patria, dentro de los objetivos imperiales del Nuevo Estado y sin mención alguna al bienestar ciudadano; sin embargo, en alguna medida permanecieron como parte del ethos profesional salubrista. En enero de 1952 no tuvo empacho el Gobierno en firmar un acuerdo de asistencia técnica con la OMS que estaba enfocado genéricamente hacia "to promote the economic and social progress and development of peoples" 5. Otra cosa es que dicho objetivo presidiera la actividad sanitaria, mucho mas preocupada, bajo el franquismo, del escaparate que de los contenidos reales. La evolución de la Medicina Social en España se sustentó sobre dos patas: la incorporación de nuestros expertos al sistema mundial del conocimiento y la justificación económica y productivista como motor de la intervención sanitaria. Su presencia en el mundo urbano se redujo antes debido a la entrada en vigor del Seguro Obligatorio de Enfermedad, mientras que se mantuvo por más tiempo en las campañas de intervención rural, incluyendo la colaboración directa y la financiación de organismos internacionales como la Fundación Rockefeller y la OMS. En los respectivos convenios se mezclaron las conveniencias políticas a nivel de estado -como conseguir una legitimación internacional en situaciones de dictadura-y las conveniencias curriculares para los actores implicados, que buscaron apuntalar sus trayectorias profesionales dentro de España con el contacto permanente con centros punteros a nivel internacional a través del cual asegurar su promoción y la de sus discípulos directos. Resulta significativo que las medidas innovadoras de tipo científico u organizativo en relación con la leptospirosis durante el franquismo -ninguna en sentido educativo-se tomaran en la vecindad de eventos internacionales (Conferencia de Barcelona, 1953; Congreso de Microbiología de Moscú, 1966) en los que podían trasmitir una imagen dinámica e innovadora de la Sanidad española. Lo que coincidía, en enfermedades donde los humanos eran vehículos necesarios de la infección como la anquilostomiasis, con una consideración de desprecio a una población subordinada. La existencia de una presión negativa sobre la productividad laboral fue el estímulo para la intervención pública, como ocurrió en el entorno del arroz, cuyo modo de aparecer y desarrollarse prueba el agotamiento del modelo médico-social anterior a la Guerra Civil, pese a las potencialidades que encerraba, tal y como mas tarde reconocieron consultores internacionales 6. Así podemos observar la falta de participación de los centros secundarios (comarcales) de Higiene rural, el absoluto protagonismo de los Jefes Provinciales, el errático devenir de las vacunaciones contra la leptospirosis en la década de 1960 y la ausencia de una actividad divulgativa pautada: la lucha contra la leptospirosis se libró básicamente en torno a las propuestas del laboratorio. La participación de la OMS en este campo fortaleció de hecho esta tendencia. Una versión preliminar de este trabajo se presentó al XI Congreso de la ADEH, Cádiz 21 a 24 de junio de 2016. Los dispensarios especializados se suprimieron en las poblaciones no capitales de provincia por Orden del Ministerio de Trabajo, Previsión y Sanidad de 1 de julio de 1935, Gaceta del 13. Archivo de la Organización Mundial de la Salud, Ginebra, WHO 2/DC-VD 2-8. La participación de Cartañá en esta epidemia, aunque no figura en el trabajo impreso, es confirmada por (Covaleda y Pumarola, 1953a). Se trata de una copia empleada con efectos informativos donde no constan las firmas, por lo que desconocemos la autoridad española responsable. Informe sobre la organización de los servicios sanitarios en España. Ejemplar mecanografiado, Biblioteca central de la OMS, Ginebra. Este informe, exhumado por la Profesora Rosa Ballester, está siendo en la actualidad objeto de análisis.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS El socinianismo, llamado así por el apellido de dos ciudadanos de Siena, Lelio Sozzini (1525-1562) y sobre todo su sobrino Fausto (1539-1604), llegó a constituir la "herejía" cristiana intelectualmente más poderosa del siglo XVII: según ella, Cristo no había existido antes de su nacimiento milagroso, sino que fue un mensajero completamente humano de la voluntad divina, al que Dios resucitó para mostrar la recompensa que aguarda a los creyentes; el infierno no existe: de acuerdo con la ley natural, tanto el cuerpo como el alma quedan aniquilados por la muerte; la resurrección a la vida eterna es una recompensa sobrenatural reservada por Dios a quienes siguen el ejemplo de Cristo. Estas ideas de los socinianos llegaron a desempeñar un muy notable papel en la Ilustración temprana, junto con los principios hermenéuticos que las sustentan, el marco epistemológico asociado a ellas y la enfática defensa de la tolerancia religiosa que asumieron sus propugnadores. Los textos donde se desarrollan estas ideas circularon, impresos o manuscritos, principalmente por Suiza, Alemania, Polonia, Transilvania, los Países Bajos e Inglaterra, desde el último tercio del siglo XVI hasta bien entrado el XVIII, escritos la mayor parte en latín, pero también en polaco, húngaro, alemán, francés, neerlandés e inglés. Esta complejidad de acceso físico y lingüístico explica en parte la escasez de estudios que aborden de forma exhaustiva y a partir de las fuentes primarias la historia intelectual del socinianismo. Los dos libros objeto de reseña constitu-yen la aportación más sustantiva al respecto llevada a cabo hasta la fecha. El libro de Daugirdas, que resulta de un trabajo de habilitación presentado en la facultad de teología evangélica de la universidad de Tubinga, aborda "los orígenes del socinianismo" como "génesis e irrupción del modelo de religión histórico-ético en el discurso universitario de los evangélicos en Europa". La fluida narración proviene de la cuidadosa lectura de fuentes en los mejores casos poco conocidas y a menudo inéditas (archivos de Poznan, Berlín, Cluj-Napoca, Cracovia, Leiden, Ámsterdam y Groninga); queda visible testimonio de ello en las generosas citas literales que proliferan a pie de página. A un primer bloque introductorio sigue el bloque II sobre el pensamiento de Sozzini ("Fausto Sozzini: das Werden und die Eckpfeiler seiner Lehre", pp. 53-164): esta síntesis se echaba de menos en la literatura científica y constituye un mérito no menor dentro de los muchos del libro de Daugirdas. Se expone por orden cronológico el contexto, desarrollo y recepción de las ideas del sienés sobre: (1) la (no) preexistencia de Cristo; (2) el significado de la misión de éste, que no es el de una muerte expiatoria por un inexistente pecado original hereditario; (3) el carácter sobrenatural y excepcional de la resurrección de los fieles, (4) el Nuevo Testamento como documento histórico, (5) el libre albedrío como base de la relación del ser humano con Dios y (6) el carácter antinatural, y por tanto inexistente, de las penas eternas. El bloque III trata de los actores principales del socinianismo temprano ("Die Hauptakteure des frühen Sozinianismus", pp. 165-340), primero en Transilvania y Polonia y a continuación en Alemania. Es oportuno recordar aquí que la de Sozzini no fue la primera teología antitrinitaria de la Europa moderna: como tal se reconoce generalmente la del teólogo y médico aragonés Miguel Servet (1509/11-1553), que constituyó un estímulo para la proliferación de diversos planteamientos antitrinitarios en el este de Europa. Daugirdas trata primero del avance de la variante sociniana, la más novedosa, entre los distintos planteamientos antitrinitarios que se desarrollaban a finales del siglo XVI, bajo condiciones de tolerancia política, en Transilvania y Polonia, con figuras destacadas como la del médico italiano Giorgio Biandrata (1515-1588). Reciben a continuación un tratamiento separado los primeros sucesores de Sozzini tras su muerte, establecidos en el centro académico de Raków. Resulta particularmente admirable el extenso tratamiento dedicado a Valentin Schmalz (1572-1622); la relevante obra exegética de este autor se aborda aquí por primera vez de primera mano, a partir de los fondos del antiguo colegio unitario de Cluj-Napoca, hoy en la Biblioteca de la Academia Rumana. De otro archivo, el de la ciudad polaca de Poznan, extrae Daugirdas valiosa información sobre la oscura figura de Thomas Pisecki, cuyas reflexiones acerca de la razón como juez de las controversias teológicas adelanta posicionamientos filosóficos posteriores. El bloque IV ("Das historisch-ethische Religionsmodell des frühen Sozinianismus im universitären Diskurs der mittel-und westeuropäischen Evangelischen", pp. 341-536) trata sobre la recepción de las obras socinianas en las universidades de la Europa protestante hasta las primeras décadas del siglo XVII. Reciben un tratamiento especial el teólogo tomista de Heidelberg, David Pareus (1548-1622), y Konrad Vorstius (1569-1622), en torno a cuyo nombramiento como profesor de teología de Leiden se formó una polémica tan aguda que hizo intervenir en su contra al propio Jaime I de Inglaterra. Sigue el importante momento de la recepción del socinianismo por parte de los remonstrantes holandeses, que Daugirdas describe como "la tensión creativa de una fuente de inspiración oculta" ("Die kreative Spannung einer verdeckten Inspirationsquelle", pp. 439-487). Por último, se aborda el influjo sociniano en los intelectuales luteranos como "la tensión creativa de una relación de rechazo" ("Die kreative Spannung einer ablehnenden Bezogenheit", pp. 488-536), que provocó en parte un giro conservador del luteranismo hacia una metafísica semejante a la enseñada por calvinistas y católicos. El libro concluye con un resumen general (pp. 537-551), al que sigue el copioso listado de fuentes primarias, literatura científica e índices de lugares y nombres. Sorprende la ausencia de un índice de citas bíblicas. Es afortunada la clarificadora definición que desde el propio título hace Daugirdas del socinianismo temprano como "modelo de religión histórico-ético", es decir, uno que pone el acento del cristianismo en la ética -imitación de Cristo-y se fundamenta en lo histórico -o lo supuestamente histórico: la narración evangélica-. El volumen narra de forma extraordinariamente erudita y precisa -qué autores y qué ideas, en qué circunstancias, en qué ejemplares y manuscritos concretos, a través de qué redes académicas-los orígenes de un movimiento tan desatendido como decisivo para la historia intelectual europea. A los desarrollos filosóficos del socinianismo maduro está dedicado el segundo libro objeto de reseña, publicado dos años antes que el de Daugirdas. La obra de Salatowsky, la primera monografía sobre la filosofía de los socinianos, constituye además una excelente introducción al aristotelismo renacentista y su adaptación a las distintas confesiones cristianas surgidas con la Reforma. Como anuncia el subtítulo, además de describir en detalle la específica ratio philosophandi Sociniana aborda también el papel que ésta desempeña y las transformaciones que experimenta en la obra de autores de la Ilustración temprana como John Locke (1632-1704), Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) y John Toland (1670-1722). Tras dos capítulos introductorios (1 y 2) sobre el socinianismo en general y sobre las escuelas aristotélicas de la Edad Moderna siguen tres bloques principales. El primero (3), "Die ratio philosophandi Sociniana" (pp. 91-234), aborda la que en retrospectiva supone la aportación clave de los socinianos a la historia intelectual: la elevación de la razón por encima de la fe. Después de tratar en profundidad la manera en que filósofos aristotélicos católicos, luteranos y calvinistas trataban la relación entre razón y fe, Salatowsky aborda el tratamiento seminal de la cuestión que se halla en la obra de Fausto Sozzini y Johann Crell. A continuación se dedica por extenso a Joachim Stegmann (1595-1633): en él reconoce al principal filósofo sociniano, y por tanto al responsable más directo del silencioso cambio de paradigma, el tránsito de la fe a la razón, que para Salatowsky justifica que se considere el socinianismo como "el impulso motor de la Ilustración temprana" ("die treibende Kraft der Frühaufklärung", p. Un motivo principal del blo-que lo constituye la distinción escolástica entre lo que va contra la razón (contra rationem), que no puede ser objeto de fe, frente a lo que está por encima de la razón (supra rationem), como los misterios teológicos, que sí pueden y deben serlo. Contradiciendo la opinión de autores como Jonathan Israel y basándose en una detenida lectura de las fuentes primarias, Salatowsky mantiene que los socinianos no se atuvieron a esa distinción, sino que la superaron, pues consideraron que existen realidades sobrenaturales, pero nunca inasequibles a la razón humana. Este optimismo epistemológico tiene su consecuente teológico en la negación del dogma del pecado original hereditario y la supuesta corrupción del entendimiento humano que habría resultado de él. La negación explícita de este dogma se debe a Stegmann. El siguiente bloque (4) trata del materialismo de los socinianos ("Der philosophisch-theologische Materialismus", pp. 235-345), una característica de su sistema no sólo desatendida sino por lo general también ignorada por la investigación moderna, pese a que fue reconocida como tal por Leibniz o por el platónico de Cambridge Henry More (1614-1687). De nuevo basándose en una lectura atenta de las fuentes Salatowsky, contradice la opinión académica común, que ve en el médico Ernst Soner (1572-1612) al primer exponente de una física sociniana; propone en su lugar a Johann Völkel (m. 1618), que plantea en su De vera religione la creación del mundo no ex nihilo, sino a partir de una materia eternamente preexistente. Heterodoxa dentro del propio socinianismo es la posición de Christoph Stegmann (ca. 1597-1646), hermano de Joachim, que en su Metaphysica repurgata plantea que todo -incluido Dios-es materia. El redescubrimiento en sus propios términos de este materialismo metafísico de los socinianos, anterior a los materialismos ateos del siglo XVII, constituye uno de los mayores méritos del libro. El último gran bloque (5) se ocupa de la filosofía sociniana sobre la mortalidad del alma, o "una antropología para mortales" ("Eine Anthropologie für Sterbliche", pp. 347-458). Los socinianos distinguen entre cuerpo, alma y espíritu, pero entienden que cuerpo y alma forman una unidad indisoluble que se extingue con la muerte; el espíritu, una sustancia sutil garante de la personalidad individual, permanece tras la muerte en Dios y se reviste en el momento de la resurrección tanto de un cuerpo nuevo como de un alma nueva. A partir de las consideraciones de Sozzini sobre la mortalidad de Adán antes y después de la caída, esta singularísima postura mortalista tomó cuerpo en la obra de Völkel y alcanzó su sistematización filosófica en la de Christoph Stegmann. Con toda probabilidad, señala Salatowsky, se debe al influjo sociniano la postura de Locke sobre este tema, plenamente coincidente, así como, según intuyó ya Leibniz, la hipótesis lockeana de una "materia pensante" o thinking matter. Por otra parte, resulta de gran interés el excurso sobre las prácticas alquímicas de los socinianos con objeto de estudiar las capacidades de preservación de los espíritus alcohólicos, análoga a la que habría de ser la del espíritu humano en Dios tras la muerte; un fascinante ejemplo de las nuevas relaciones entre teología y filosofía natural a comienzos del siglo XVII. Un cierre final (6) resume las principales aportaciones de este brillante trabajo, constata la necesidad de una recolocación del socinianismo en la historia de la filosofía y esboza las posibilidades de un estudio sobre la recepción de la filosofía sociniana, mediante la evocación de figuras de la plena Ilustración como la del unitario Joseph Priestley (1733Priestley ( -1804)). A los listados bibliográficos siguen índices de nombres, de temas, de pasajes bíblicos y de pasajes aristotélicos. Los libros de Salatowsky y Daugirdas constituyen las contribuciones científicas sobre la producción intelectual sociniana de mayor solidez y envergadura que se han llevado a cabo en la historiografía reciente. Es de esperar que estas aportaciones, junto con los trabajos que sigan -se echan de menos sobre todo en el campo de la edición de textos-, remedien definitivamente la desatención hacia esta parte fundamental de la historia intelectual europea.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Desde el inicio de sus actividades en 1987 el programa de posgraduación en historia de la Universidade do Vale do Rio dos Sinos se ha centrado en los estudios históricos latinoamericanos. Las líneas de investigación del programa son tres: sociedades indígenas, cultura y memoria; migraciones, territorios y grupos étnicos, y poder, ideas e instituciones. En consonancia con esta idea de concentración, han buscado establecer y ampliar redes institucionales y de investigadores con la intención de fomentar investigaciones transnacionales. Siguiendo esta trayectoria en colaboración con la editorial Oikos, fundaron la Colección estudios históricos latinoamericanos (EHILA), con la intención de hacer públicos trabajos producidos en esta área, estimulando el debate y la renovación historiográfica. Eliane Deckmann, maestra en historia por la Universidad Unisinos (1991) y doctora en historia (1999) integrante de los grupos de investigación sobre "Jesuitas en las Américas" e "Imágenes de la muerte: la muerte y el morir en el mundo iberoamericano", acaba de publicar la edición de parte de un manuscrito, que hace tiempo que debía haber visto la luz en su totalidad, a pesar de su considerable amplitud. Es un trabajo serio y minucioso, como era de esperar de Eliane Deckmann, incansable investigadora de la historia de las misiones jesuíticas del Sur de América. Transcribir el Paraguay natural ilustrado no debe haber sido tarea fácil, puesto que, además de resolver las cuestiones técnicas derivadas de un manuscrito plagado de notas, raspaduras y añadidos, demanda la comprensión del universo cultural y religioso del siglo XVIII y el conocimiento de la situación de los jesuitas en el Nuevo Mundo, para que el texto pudiese tomar forma y ser enriquecido con notas explicativas (131 en la introducción y 581 en el texto transcrito). Dejando al lado algunos portuguesismos, que no sabríamos si atribuibles al jesuita o a su editora, lo único discutible de este libro es la transcripción textual que respeta rigurosamente la versión manuscrita, sin que a ella se aplique ninguna actualización ortográfica de las palabras, lo cual, en nuestro parecer, es muy controvertido, porque no aporta ningún interés filológico y mantener las grafías antiguas lo único que hace es entorpecer la lectura al lector actual, que, por desgracia, cada vez es más comodón. Los misioneros de la Compañía de Jesús ya desde el siglo XVI se interesaron por las artes de curar mediante experimentos y adquisición de libros de medicina. Es significativa la producción de los jesuitas sobre la naturaleza y las costumbres de las gentes del Nuevo Mundo. En el siglo XVIII, algunos miembros de la Compañía, a despecho de una asimilación selectiva de las ideas gratas a la Ilustración, producirán notable conocimiento científico, basado en la observación y en la experiencia, y fundamentado en el fructífero diálogo que mantuvieron con la ciencia y la filosofía modernas. Esta singular posición se tradujo en un significativo número de obras escritas por jesuitas relativas a "Historias Naturales" y a "Materias Médicas". Los jesuitas incorporarán y asimilarán paulatinamente las ideas y los métodos de estudio de la Ilustración, pero esto no significó un rechazo absoluto del estudio de la naturaleza inspirado por las maravillas y el asombro que infundían las complejidades y misterios del mundo natural americano. Así, la producción de un conocimiento basado en la observación y en la experiencia, tan querido por los jesuitas, no ensombreció la fascinación por los misterios de la naturaleza indígena, aunque esto le supusiese el enfrentamiento con pensadores europeos, como De Paw, Reynal, Robertson, etc., en su afán de reivindicar la cultura científica, la historia y la naturaleza americanas. Desde la primera década del siglo XVIII muchos de los misioneros jesuitas enviado a América, preocupados por atender mejor a los enfermos (para asegurar la salud de las almas y de los cuerpos), se dedicaban a recolectar y a experimentar con plantas nativas existentes en las inmediaciones de los colegios y de las reducciones en que actuaban. La existencia de enfermerías y de hospitales, así como de herbarios y boticas en los colegios y en las reducciones jesuíticas, se constata en las Cartas Anuas, que relatan tanto la aplicación cuanto la producción y circulación de conocimientos médicos y farmacéuticos relativos al combate de las epidemias, que alcanzaban indistintamente a indígenas y europeos. Atendían a los enfermos que buscaban los remedios y el consuelo espiritual, que solamente los ignacianos podían darles, para lo cual gestionaban la adquisición de recetarios y de obras de medicina y cirugía. Las obras escritas por los misioneros jesuitas, en América o en el exilio italiano, presentan evidencias de la apropiación, difusión y circulación de saberes, con influencia ejercida por las teorías médicas vigentes en Europa, y, al mismo tiempo, procedimientos terapéuticos y un innegable aporte de saberes y prácticas curativas indígenas. Es significativo que Lorenzo Hervás y Panduro en su Biblioteca jesuítico española (BJE) (Madrid, Libris, 2007 y 2009, 2 tomos), redactada en 1793-1794 con añadiduras hasta 1799, incluya, para la segunda mitad del XVIII, 5 geógrafos, 15 naturalistas, 13 exploradores, navegantes y cartógrafos, 4 etnógrafos, 4 antropólogos, 3 economistas, 11 físicos (modernos, no aristotélicos), 6 astrónomos, 8 médicos y 2 farmacéuticos, según nuestro recuento. Entre los naturalistas, las obras de Sánchez Labrador aportarán valiosos conocimientos sobre la fauna y flora del continente americano. Presentemos los rasgos biográficos del jesuita José Sánchez Laburador, misionero, explorador y naturalista, admirado por Hervás. Ingresó el 19 de septiembre de 1732 en el noviciado de Sevilla; recibió el orden sacerdotal en 1742 en Córdoba (Argentina) y emitió los últimos votos el 20 de mayo de 1751 en Asunción (Paraguay). Fue admitido en la Compañía por el procurador de la provincia del Paraguay, Antonio Machoni, en cuya expedición llegó a Buenos Aires el 25 marzo 1734. Destinado a las reducciones guaraníes, alternó su labor misionera con la enseñanza de la teología en Asunción (1751 y 1759). En 1760 fundó la reducción de Belén entre los mbayás, parcialidad de guaycurúes, a 45 leguas al norte de Asunción, a orillas del Ipané, uno de los afluentes orientales del río Paraguay. Ese mismo año, en las misiones de Chiquitos (en la actual Bolivia), el P. Antonio Guasp fundó la reducción de Santo Corazón. Ambas fundaciones se hicieron con el propósito de comunicar a través del río Paraguay las reducciones guaraníes con las chiquitanas. El 9 diciembre de 1766, Sánchez salió de Belén y logró llegar a Santo Corazón el 13 de enero de 1767, cumpliendo así el sueño de setenta y seis años de la provincia del Paraguay, de conectar ambas misiones. A su vuelta a Belén, escribió una crónica de su expedición con gran lujo de detalles, pero pocos meses después (14 de agosto de 1767) llegó el decreto de expulsión promulgado por Carlos III, cuando empezaba una reducción entre los guanás, esclavos de los guaycurúes, y proyectaba la fundación entre los mbayás de un pueblo, que se llamaría San Ignacio. Con los otros jesuitas de la provincia del Paraguay, fue enviado a Ravena (en los Estados Pontificios). Parece que pese a la tajante prohibición de la Pragmática Sanción que los desterraba, logró sacar incomprensiblemente parte de sus escritos hasta el exilio italiano. Durante más de veinte años se dedicó sin tregua a la tarea de escribir sobre el Paraguay. Su obra enciclopédica, que no vería entonces la luz, abarca estudios detallados de botánica, zoología, historia, etnología y lingüística, que le colocan entre los más destacados científicos y americanistas. Compuso una gramática de la lengua mbayá (reeditada parcialmente en Asunción, 1972), además de un vocabulario y catecismo en esta lengua. De acuerdo con sus biógrafos, la inclinación de Sánchez Labrador a los estudios sobre la Naturaleza fue temprana. Entre los años de 1741 y 1746 ejerció como profesor en Córdoba del Tucumán, dedicándose al mismo tiempo a los estudios de historia natural. Así como muchos otros autores y hermanos jesuitas que lo habían precedido en tierras de emisión americanas, Sánchez Labrador no se dedicó exclusivamente a la conversión de los indígenas, sino también al estudio de la fauna y de la flora americanas que observó en las diversas regiones de la provincia jesuítica del Paraguay en que ejerció como misionero. Esa experiencia apostólica del toledano Sánchez Labrador fue aprovechada por otro manchego Lorenzo Hervás y Panduro, pues le suministró datos muy valiosos sobre las lenguas indígenas del Plata para su Catálogo de las Lenguas (1784, primera versión italiana), que agradece en el artículo correspondiente de la citada BJE, donde resume: "Abandonó la carrera literaria por emplearse en la conversión de la nación Mbayá, llamada también Guaicurú y Eyiguayegi, y de las nueve tribus que la componían, en el año 1767, dejó casi una catecúmena. Y, por medio de la nación Mbayá, abrió camino para poder penetrar hasta la nación Guana o Chana, que se descubrió por los jesuitas poco antes de su expulsión de los dominios españoles. De estas naciones doy noticia en los números 31 y 35 de mi Catálogo de las lenguas. El venerable anciano señor Sánchez reside en Ravena". Cuando en el transcurso de la edición crítica de la citada BJE nos enfrentamos por primera vez con la figura del jesuita expulso José Sánchez Labrador nos sorprendió la confusión con que aparecía descrita su producción literaria hasta entonces. Sin ninguna duda, fue uno de los casi 500 jesuitas recogidos por Hervás que más nos entretuvo, precisamente intentando aclarar la situación bio-bibliográfica del jesuita misionero toledano. Hervás no le reseña ningún impreso, pero sí sus manuscritos, que conocía muy bien: "Escribió: l. Historia natural del Paraguai. De esta obra, llena de noticias y observaciones curiosas, se han aprovechado algunos exjesuitas, que han escrito sobre la América Meridional, y yo también me he aprovechado de ella. Arte y vocabulario de la lengua Mbayá, o Guaicuru. De esta obra, formada con gran trabajo y utilísima para convertir a los guaicurus, me he aprovechado para hacer un compendio gramatical de la lengua guaicuru, que pienso imprimir, y para dar todas las noticias que de la lengua guaicuru se leen en mis tomos sobre las lenguas" (BJE, I, pp. 663-665). Poco a poco se va aclarando la afanosa actividad literaria de Sánchez Labrador. El manuscrito Paraguay natural ilustrado ya mereció algunos estudios, todos ellos realizados a partir de la consulta al original que se encuentra en el ARSI. Recordemos los de Guillermo Furlong (Naturalistas argentinos durante la dominación hispánica, Buenos Aires, editorial Huarpes, 1948), de Aníbal Ruiz Moreno (La medicina en el "Paraguay natural" 1771-1776) del padre José Sánchez Labrador, sacerdote jesuita, exposición comentada del texto original, Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 1958), y el de Héctor Sainz Ollero y otros (José Sánchez Labrador y los naturalistas jesuitas del Río de la Plata, Madrid, MOPU, 1989). La crítica suele coincidir en que Sánchez Labrador realizó uno de los más amplios trabajos sobre la naturaleza, geografía y sociedades de la región del Plata colonial. En este sentido la obra que reseñamos será un hito. No recoge toda la obra naturalista, pero nos permite, a partir de ahora, disponer de una de las partes más importantes de la auténtica enciclopedia que es la obra magna Paraguay natural ilustrado, cuya redacción definitiva fue hecha entre 1771 y 1776, es decir pocos años antes y después de la extinción de la Compañía en 1773 por el papa Clemente XIV. El manuscrito transcrito se titula Paraguay natural ilustrado. Noticias de la naturaleza del país con la explicación de fenómenos phísicos generales y particulares. Usos útiles que de sus producciones pueden hacer varias Artes. Se encuentra en el Archivo Histórico de la Compañía de Jesús (ARSI) en Roma. Cuenta con 100 ilustraciones hechas por el propio autor, y se divide en cuatro partes. La primera tiene 558 páginas y se divide en tres libros: diversidad de tierras y cuerpos terrestres; agua y varias cosas a ella pertenecientes; y aire, vientos, estaciones del año, climas de estos países y enfermedades más comunes. La segunda consta de 500 páginas y trata específicamente de la botánica. La tercera parte se divide en los siguientes libros: animales cuadrúpedos (166 pp.); las aves (127 pp.), y los peces (128 pp.). La cuarta y última parte de la obra, que alcanza 373 páginas, consta de tres libros: los animales anfibios; los animales reptiles; y los insectos. En cuanto a la organización de la obra, es importante resaltar que el autor continuamente corrige, añade o reescribe trozos o frases completas. Tacha ciertas palabras; añade otras o párrafos al texto; también llama la atención y remite a otras partes de la propia obra o a otras de sus producciones, como el Paraguay católico y el Paraguay cultivado. Estas correcciones o adiciones hechas en el texto del Paraguay natural ilustrado indican no sólo rigor y cuidado del autor en relación a las informaciones divulgadas en la obra, sino que parecen demostrar que la obra fue hecha en momentos distintos, habiendo sido iniciada en América y concluida en Europa. El libro que comentamos está estructurado en las siguientes partes: una presentación de la profesora doctora Lorelai Brilhante Kuri, de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (pp. 9-12), una introducción esclarecedora de Eliane Deckmann (pp. 13-66) y el textos abundantemente anotado del Paraguay natural ilustrado (pp. 67-590). La introducción, ade-más de suministrar los datos esenciales en cuanto a la descripción física y a la localización del manuscrito, informa también sobre los estudios existentes sobre la obra de Sánchez labrador y sobre las partes que ya han sido parcialmente publicadas. Presenta igualmente la bibliografía esencial para el estudio de las misiones jesuíticas, de las prácticas de curación y de la ciencia que en dichas misiones eran practicadas, hablando además sobre algunos de los temas de investigación que el manuscrito ofrece a los estudiosos (las virtudes medicinales atribuidas a las piedras bezoares, las víboras, los grillos, las arañas...). Deckmann excluye de la edición la parte primera y se centra en las otras tres (la tercera y la cuarta solo parcialmente), justificándolo en que ya merecieron una edición parcial hecha por el médico argentino Mariano Rafael Castex. La parte segunda (pp. 67-384), el tomo específico de botánica, está dividida en siete libros compuestos por 76 capítulos que abordan los siguientes temas: fisiología, anatomía, histología, reproducción vegetal, flores, campos, pantanos, desiertos, farmacología, cultivo y etno-botánica, a lo largo de más de 500 páginas. De la parte Tercera (pp. 385-562) sólo publica tres libros: animales cuadrúpedos, las aves y los peces. De la parte cuarta se editan otros tres libros: de los animales anfibios, de los animales reptiles y de los insectos. El objetivo principal de esta edición es ofrecer al público buena parte de este valioso y voluminoso manuscrito, hasta ahora no publicado, permitiendo así que investigadores de los campos de la historia, la biología (botánica y zoología), de la medicina y de la farmacia tengan acceso a él. En el caso de Paraguay natural ilustrado se debe considerar que el permanecer inédito hasta ahora se debió a numerosos factores, entre los cuales podemos destacar el número de volúmenes que lo componen, la lentitud de los trámites burocráticos de la censura editorial (civil y eclesiástica) y a los costes de impresión en el XVIII. No se debe desconocer también que en 1776, año de su conclusión, la Compañía de Jesús todavía no había sido restaurada, lo que no ocurrió hasta 1814 por el papa Pío VII, lo que ciertamente contribuyó para que la obra se mantuviese desconocida de los investigadores por tantos años. También es preciso resaltar que la obra ha permanecido inédita desde el siglo XVIII porque algunos autores como Guillermo Furlong (1948) o Héctor Sánchez Ollero (1989) se limitaron a hacer publicaciones parciales de ciertos tomos, libros y capítulos del Paraguay natural ilustrado, no indicando, la mayoría de las veces, las referencias catalográficas completas de los textos seleccionados. Muchas son las potencialidades que el manuscrito ofrece a los investigadores. A manera de ejemplo, destacamos algunos de los temas explorados en el primer libro de la tercera parte de la obra, dedicada a los mamíferos, en el cual encontramos el libro sobre "animales cuadrúpedos". El séptimo capítulo, a su vez, trata específicamente de las "Piedras de Bezoares" y de sus virtudes terapéuticas, en la medida en que ellas aparecen asociadas a los animales rumiantes. Recordemos que el bezoar es un cálculo que se puede hallar en los intestinos o estómagos de los animales, que desde la Antigüedad se creía que podía curar y anular los efectos de todos los venenos. La transcripción y la lectura de la voluminosa obra del misionero Sánchez Labrador nos desvela mucho sobre sus motivaciones, sobre su proceso de creación (las técnicas y el estilo), sobre su escritura en medio de la convivencia diaria con los indígenas, y posteriormente, en el exilio, en un contexto bastante peculiar para la Compañía de Jesús. Para algunos jesuitas, como Sánchez Labrador, la expulsión tuvo paradójicamente una repercusión positiva sobre su formación científica. Es la generación de jesuitas que, obligados a abandonar su labor misionera, se dedicaron a ordenar sus datos y a comunicar sus hallazgos y conocimientos a la luz de los avances científicos de la época. Sánchez Labrador reelaboró su obra en Ravena a la luz de la bibliografía que tuvo ocasión de consultar en esta ciudad italiana. Consideramos que esta riqueza de referencias, provocada por su contacto con la ciencia europea del momento y los autores clásicos, constituye un aspecto fundamental de su obra, que se destaca por su erudición y enciclopedismo. Conocía la obra química de Robert Boyle, había leído autores clásicos como Hipócrates, Aristóteles, Plinio, Galeno y Dioscorides, algunos árabes como Avicena y contaba con las principales obras médicas de los siglos XVI y XVII, como las de Aldrovandi, Mattioli, Vesalio, Ramazzini, Pisón... Cabe observar que en su Historia natural Sánchez Labrador hace abundante uso de las notas a pie de página, dejando rastro de las fuentes sucesivamente utilizadas, no dudando en tachar y corregir palabras, frases o párrafos enteros. En la descripción de las partes seleccionadas y publicadas en esta edición se mantienen las notas originales del jesuita, claramente diferenciadas de las de Eliane Deckermann. Hay dudas sobre la forma como Sánchez Labrador redactó tan vasta obra. Ollero supone que habría conseguido llevar muchos apuntamientos hechos en América antes de la expulsión de 1767, aunque lo más probable es que se viese obligado a escribir la mayor parte de la obra de memoria, puesto que los desterrados sufrieron varios y rigurosos registros y confiscación de todos los escritos en el largo y penoso viaje desde América a Italia. Hecho incuestionable es que Sánchez Labrador fue un paradigma de toda aquella generación de misioneros jesuitas que habían actuado en la América del Plata en el siglo XVIII, no sólo por su extenso conocimiento del área misionera, sino también porque nada escapó a su curiosidad en variadas ciencias, como el clima, la geología, la botánica o la zoología. Sin duda podríamos incluirlo en la llamada por Pedro Aullón de Haro La Escuela Universalista Española del siglo XVIII (Madrid, Ediciones Sequitur, 2016), compuesta esencialmente por jesuitas expulsos, aunque no cita a Sánchez Labrador, sin duda por haber éste cultivado las ciencias más que las humanidades. Cabe resaltar que las observaciones médicas hechas por Sánchez labrador, así como las realizadas por otros hombres de ciencia del periodo, tanto en América como en Europa, tenían en consideración los presupuestos de la teoría humoralista hipocrático-galénica, según la cual la salud estaba asegurada por el equilibrio entre los humores que componían el cuerpo humano. Siendo así, existía la concepción de que las enfermedades eran causadas por el exceso o ausencia de alguno de los humores, lo que llevaba a prácticas que estaban dirigidas a la expulsión de los humores en exceso del cuerpo, a través de la sangre, las heces, la orina, el vómito y de otras formas de excreción. La adopción de esta teoría también es evidente en el empleo de "la medicina de contrarios de los contrarios". Se constata que el sistema de clasificación de las plantas propuesto por Linneo en 1753, apenas es empleado parcialmente en el Paraguay natural, una vez que Labrador, a pesar de recurrir a muchos elementos propuestos por el botánico sueco, opta, no obstante, por el agrupamiento por formas biológicas, esto es por biotipos. La no adopción de la nomenclatura de Linneo por Sánchez Labrador puede ser atribuida tanto al hecho de que la metodología y la clasificación propuestas por el sabio sueco todavía no se encontraban muy difundidas y aceptadas por los naturalistas y botánicos, cuanto a los insuficientes datos morfológicos que el jesuita poseía sobre ciertas especies y familias sudamericanas para poder encuadrarlas en los tipos de Linneo. La riqueza de Paraguay natural ilustrado reside fundamentalmente en lo que deja translucir de la experiencia americana del autor Sánchez labrador y de los jesuitas que habían trabajado en la América del Río de la Plata. No se trata, sin embargo, de una obra descriptiva de los usos y nombres guaranís de las plantas y animales, ni de una especie de etnografía de los sistemas de clasificación de la naturaleza, adoptado por los grupos indígenas de la provincia jesuítica del Paraguay. Las voces de los indios tienen eco en el texto, pero son disciplinadas por la ciencia de Sánchez labrador. Se trata de un compendio de materia médica enriquecido de estudios de historia natural, producción docta y profunda, adecuada al tipo de conocimiento producido en el Siglo de las Luces. La autoridad con relación a los usos de los animales y plantas ya catalogadas es básicamente el de los libros europeos, de cronistas del Nuevo Mundo y de naturalistas. Sin embargo tiene innumerables referencias a producciones de la naturaleza no descritas anteriormente, pero utilizadas por las poblaciones nativas del Sur de América. No se propone solamente describir la fauna o la flora de la región; las descripciones morfológicas de las especies tiene un sistema diferente de los de los tratados de historia natural y ocupa lugar secundario en su obra. Lo más interesante del texto son los largos comentarios que hace sobre la presencia de las plantas y animales nativos de las Américas, o que habían sido introducidos para uso de esas poblaciones y, también, sobre la utilidad que de ellos todavía se podría aprovechar en el futuro. Sánchez Labrador llega a discutir cuestiones teóricas extremadamente importantes relativas al mundo natural, como, por ejemplo, la relación entre forma y función, evidenciando la lectura de los principales naturalistas del periodo, incluyendo a Linneo, Robert James, Nicolás Lemery, Esteban Geoffroy, Jacques-Cristophe Valmont de Bomare, Martin Lister, Johann Schröder y Bernard de Jussieu. Las discusiones teóricas que presenta se dirigen a conseguir una práctica médica más eficaz. La medicina de la época era un arte que tenía por base la percepción de las cualidades de la materia: su gusto, color, olor o apariencia. Todos los indicios pueden indicar las propiedades curativas de las sustancias, y reconocer esas mismas propiedades en productos naturales que no eran usados antes para esos fines. El autor se aparta, sin embargo, de la doctrina de las analogías, que dio fundamento a muchas ciencias del siglo XVII, inclusive a las grandes síntesis trazadas por jesuitas como el fantasioso padre Atanasio Kircher. Sánchez Labrador se sitúa en las discusiones médicas del siglo XVIII y pretende, a partir de nuevas bases, mejorar y aplicar el conocimiento a las prácticas ya establecidas en la provincia del Paraguay. Impresiona la abundancia de detalles inventariados y de autores citados en su obra. Pero, a pesar de su magnitud, este tipo de trabajos no era una excepción. Otras obras doctas producidas en las Américas y que habían circulado en los medios jesuíticos europeos y americanos, frecuentemente por vía manuscrita, revelan el diálogo con otros religiosos y con otros hombres de ciencia. En esta perspectiva, más que de una oportunidad para intercambio de esas referencias intertextuales, la publicación del Paraguay natural ilustrado debe ser percibida como una invitación a la lectura de la obra en cuanto resultado de la experiencia misional de la Compañía de Jesús, especialmente del diálogo con las poblaciones nativas y del contacto con la naturaleza del Nuevo Mundo. Al lector se le descubren muchos caminos de investigación, algunos de los cuales ya han sido recorridos por Deckermann y por investigadores bajo su orientación. Otras líneas de investigación aguardan a los historiadores que decidan interpretar el fantástico documento que ahora es accesible en forma impresa. Aunque parezca increíble, la obra Paraguay natural ilustrado, se ha mantenido inédita desde 1776 hasta hoy. A lo largo de sus tomos y capítulos, el jesuita nos revela mucho sobre sus motivaciones y sobre el proceso de escritura de la obra en medio de sus actividades diarias entre los indígenas. En ella encontramos también evidencias del diálogo que mantuvo con otros autores y con otros jesuitas, registros de las expediciones realizadas y de las informaciones obtenidas de los indígenas, e, incluso, las marcas de acción de su memoria que se manifiestan en las raspaduras en el texto, en las anotaciones complementarias in-sertadas en los márgenes o en las notas a pie de página, las cuales mucho más que de rigor y erudición, nos muestran "las características del libro de autor", en expresión del historiador argentino Silvano Benito Moya (El libro manuscrito en la Córdoba [Argentina] del siglo XVIII, 2012). Sin duda es una obra de referencia tanto para la restitución del ambiente intelectual en el cual hermanos y padres jesuitas se encontraban insertados en América y, posteriormente en Europa, después de los decretos de su expulsión por los monarcas ibéricos (Portugal en 1759 y España 1767), cuanto para la comprensión y valoración de los efectos de la experiencia americana, sobre todo, de la apropiación de los saberes y prácticas de los grupos indígenas americanos, en obras de botánica, medicina y farmacia escritas por miembros de la Compañía de Jesús en el siglo XVIII. Esperamos que la publicación de la transcripción de las partes "Segunda, tercera y cuarta" de la obra y de las reflexiones expuestas en el texto introductorio -que se detiene en las virtudes medicinales de las plantas nativas americanas, de las piedras bezoares y de ciertos insectos y en las evidencias de circulación y apropiación de saberes europeos y nativos -sean recibidas con entusiasmo por los investigadores interesados en descubrir los, hasta ahora inéditos, temas asociados a los campos de la historia, geografía, biología (botánica y zoología), de arqueología, geología y paleontología, de la lingüística, medicina y farmacia que Paraguay natural ilustrado presenta. Real Academia de Extremadura
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS En la playa de Barcino, frente al mar. Como en los inmortales versos de León Felipe, el autor de este muy personal libro se presenta a la manera del caballero de la triste figura: al final de su aventura intelectual, algo abatido pero aferrado a sus antiguas armas, a sus ideales, así como a sus demonios y sus fantasmas. Pocas veces el reseñista lo tuvo más fácil: desde el "prólogo sin morrión" (ese yelmo que empleaban los Tercios de Flandes, un guiño al "prólogo con morrión" del Padre Isla en Fray Gerundio), José Luis Peset, historiador de la medicina y de la ciencia, discípulo de Laín y Granjel, compañero y discípulo en cierto sentido también de López Piñero, explicita su agenda y detalla por qué este libro, con qué fin, cómo debe leerse en su trayectoria, a la que pretende poner punto final con estos diálogos cervantinos sobre Cadalso. Sin morrión, en efecto: Peset no esconde su identificación con el biografiado, un intelectual de provincias al que le fue ajena la corte, un hombre más situado en la periferia que en el poder. Dueño de un estilo largamente trabajado por debajo de su "torpe aliño indumentario", Peset hace desfilar a través de estos diálogos ensayísticos o de este ensayo dialogado o monologado algunos de sus tópicos característicos y familiares: la universidad y la enseñanza (son clásicas sus colaboraciones con su hermano Mariano y con Elena Hernández Sandoica), el ingenio y la melancolía en el siglo de Oro y la Ilustración, "cuyo fresco desconchado de la ciencia" ha contribuido a restaurar, cuyo colapso o quiebra parece detectar entonces y ahora, en gesto irremediablemente melancólico, difícil de rebatir, pero necesario apostillar, tal vez enderezar. Nunca el reseñista lo tuvo más difícil: su invitación a que otros sigan la tarea, sus reflexiones sobre el alcance y los límites de la Ilustración española, su insuficiencia y naturaleza, nos tocan a unos cuantos de cerca. El libro puede leerse como un epílogo con lanza y adarga, una elegía de la ciencia ilustrada destinada, más que a la "redención patria", a la defensa de unos valores "para que no empeore aun más la vida entre nosotros". Es un libro exigente: aunque el centro sea Cadalso, sus Cartas marruecas, los eruditos a la violeta y las noches lúgubres, como si fuera un palimpsesto Ilustración y Melancolía conserva y regresa a antiguas escrituras, cuyos rastros pueden leerse página a página. Así, el primer capítulo arranca con la gloria de la Marina (el Marqués de la Victoria, Jorge Juan, Gatell), se adentra en la otra cara de las expediciones y termina con el corazón y la lecturas (las pasiones, la dialéctica entre razón y emoción, entre ciencias y letras). Peset deambula con cierto desorden, se entretiene con temas laterales o colaterales, engastados todos con poderosa erudición. Algunos distraen del argumento central, otros sin embargo lo iluminan con la brillantez de sus mejores páginas: como en las obras de Antonio Canova, el escultor neoclásico, se nos dice, "en el futuro la melancolía impregnará los monumentos funerarios del siglo", una de esas frases que encierra el libro entero, un diálogo coloquial, un soliloquio que busca la conversación, una pieza que aborda en varios tonos y armonías el tema de la vida de la fama y la posteridad. ¿Cuál es el lugar que ocupa el intelectual en el mundo moderno? ¿Cómo construye su imagen y cómo le gustaría verse retratado? Cadalso dejó unos versos "al pintor que me ha de retratar", precisamente, donde el salamantino pedía que se le pintara al modo festivo, más frívolo que grave, más dionisiaco que apolíneo, tal y como ha señalado Álvarez Barrientos en varios de sus trabajos sobre la representación de los hombres de letras en el siglo XVIII. Pero uno no es dueño de cómo los demás le ven y recuerdan, ni seguramente deba serlo. Quizás nuestra mejores páginas no sean las que creíamos y nuestros errores, aquellos que nos golpean la conciencia, quizás no fueran tan graves. Uno es muchos, cada texto y cada autor son leídos por sus contemporáneos y por la posteridad de manera diversa. A unos el mejor Cadalso les parecerá el hombre herido de las noches lúgubres, a otros el desenfadado crítico de los violetos. El segundo capítulo se adentra ya en la envolvente cuestión de la difícil modernidad española: una nación sin carácter, sin apenas monumentos, carente de patriotismo al servicio de la nación. Rodea la sempiterna polémica la ciencia española, si fue más endeble que otras o simplemente más aplicada que teórica, retomando a Forner y Moratín, a Laín y López Piñero, ese tema del que se quiere huir y que siempre regresa, que se añora y se teme, como en la canción de Serrat. Luego avanza por la academia y la tertulia, por la memoria y el olvido, las guerras de las ciencias y las letras, personificadas por el enfrentamiento entre Voltaire y Maupertuis. La construcción del héroe Jorge Juan a manos de Miguel Sanz, la seriedad de los violetos, la industria nacional y las artes mecánicas, el papel de Sancho y los ayudantes de cámara: el registro de temas es grande, así como el de los recursos de un autor que emplea su vasta cultura literaria, histórica, médica, musical y hasta cinematográfica (aparecen Pasolini y Sorrentino) para coser y trenzar sus argumentos. El tercer capítulo desciende a los infiernos, a la tensión con el Romanticismo y al devaneo con el suicidio. Es la hora de poner a Tediato (el héroe de las Noches lúgubres) en el diván, donde Peset lo explora con su también ancha cultura psicoanalítica (de Pinel a Kristeva) y lo diagnostica en la línea de los dos grandes hispanistas imprescindibles para la materia, Nigel Glendinning y Russell P. Sebold, y de otro más reciente, Michael Iarocci, profesor en Berkeley y autor de un libro sustantivo sobre Cadalso, Larra, el Duque de Rivas y la modernidad en el romanticismo español. El dolor poético vincula a Garcilaso con Cadalso; el suicidio es un gesto; la escritura, una manía. Tras los poetas, los médicos: Pinel, Freud y Kraepelin. Es la vida médica y literaria de la melancolía, el faro, el buque vigía que conduce a los herederos de Aristóteles y Burton, a los letraheridos todos. Finalmente, el capítulo cuarto regresa a Cádiz y los médicos de la Armada, es decir, a Pedro Gatell, autor del Argonauta y de varias obras cervantinas, centradas casi todas en la figura de Sancho Panza. Es el turno del peligro de la escritura para la salud mental, tema recurrente desde el Quijote a Madame Bovary. Es la hora del elogio de la vida campestre, de la desilusión de la Ilustración, de encarar la enfermedad, la fama y el infierno de los intelectuales. La tristeza y las damas (Peset da muestras aquí y allá de querer integrar los estudios de género a su gran repertorio) dan paso a los Quijotes del océano y a la fascinación que ejerció el hidalgo entre algunos de los más notables marinos del siglo (el citado Gatell, Fernández Navarrete y Malaspina, aquel "héroe necesario"). La coda viene con Algarotti y su túmulo funerario en un libro que se apoya en grabados, esculturas, partituras o versos, que habla de manicomios y escritorios, de aventuras a campo abierto y lecturas íntimas, que repasa los tonos y declinaciones de la melancolía y la Ilustración. Es un libro, en efecto, que supone una "sentida y sentimental lectura personal del auge y fracaso de la ilustración española", de su triste colapso, y más allá, o más adentro, un texto sincero, muy expuesto, en ocasiones íntimo, erudito siempre, elegante, cargado de lecturas y compromiso. Entre Demócrito y Heráclito, no da la sensación de derrota, y si lo es, lo fue por una buena causa y de buenos modos. En estas páginas, José Luis Peset, una de las referencias de la historia de la ciencia española de los últimos 50 años, cabalga de nuevo, sin morrión, pero con lanza y adarga.
Institucionalmente, el programa de Cuvier se desarrolló en un espacio ajeno al de las ciencias medicas; pero, desde una perspectiva epistemológica sus preocupaciones teóricas coincidían con aquellas que guiaron gran parte de ese dominio de investigaciones. Su anatomía comparada era un recurso para desarrollar la fisiología; ciencia que él consideraba parte de una historia natural entendida como física particular. El objetivo de este trabajo no es rescatar de un injusto olvido, putativos y tal vez cruciales, aportes a la fisiología que Cuvier habría hecho paralelamente a sus trabajos como historiador natural. Mi objetivo, muy lejos de eso, es mostrar que, apelando a la anatomía comparada, Cuvier no buscaba otra cosa que desarrollar, e incluso extender al estudio de seres extintos, ese capítulo fundamental de la historia natural que para él era la fisiología. Para ello analizaré el concepto cuvieriano de historia natural, su idea de la anatomía comparada y su concepto de condiciones de existencia. Sobre la anatomía comparada diré algo que tal vez sea obvio pero de lo cual no se han sacado las debidas consecuencias: descreyendo de la posibilidad de llegar demasiado lejos con el estudio experimental de los seres vivos, Cuvier creía encontrar en esa disciplina el único recurso metodológico posible para producir un genuino y profundo saber fisiológico. Así, partiendo de un análisis del concepto de función que encontramos en la obra de Cuvier y defendiendo una interpretación fisiológica del principio de las condiciones de existencia, propondré una revisión bastante radical de la idea que nos hacemos del lugar de Cuvier en la historia de las ciencias de la vida. Sostendré que, aunque desde una perspectiva institucional el programa de Cuvier se desarrolló en un espacio ajeno al de la tradición médica, desde una perspectiva epistemológica sus objetivos teóricos coincidían con las preocupaciones fisiológicas que guiaron a esa tradición. Así, en lugar de pensar a Cuvier como un naturalista pre-darwiniano sugeriré la posibilidad de pensarlo como algo más próximo a un eslabón entre Harvey y Claude Bernard. CUVIER EN LA HISTORIOGRAFÍA ACTUAL DE LA BIOLOGÍA Ernst Mayr (1988) y François Jacob (1973) no se equivocan: la biología moderna es un continente dividido en dos dominios generales de indagación. Uno es el dominio de la biología funcional: ese conjunto de disciplinas ocupadas en estudiar, por métodos generalmente experimentales, las causas próximas que actuando a nivel del organismo individual nos explican cómo los fenómenos vitales se encadenan e integran en la constitución de esas estructuras. El otro es el dominio de la biología evolutiva; es decir: ese otro conjunto de disciplinas que, siguiendo básicamente métodos comparativos e inferencias históricas, se consagran a la reconstrucción de las causas remotas que actuando a nivel de las poblaciones nos explicarían por qué cada una de estas evolucionan o evolucionaron en el modo en que efectivamente lo hacen y lo hicieron 1. Cada una de estas biologías, apunta Jacob (1973, p. 16), «aspira a instaurar un orden en el mundo viviente». En el caso de la primera, se trata de un orden intra-orgánico que atañe a las estructuras, funciones y actividades por medio de las cuales se integra y se constituye el viviente individual. En el caso de la segunda, en cambio, «se trata del orden por el que se ligan los seres, se establecen las filiaciones, se diseñan las especies»; se trata, en suma, de un orden inter-orgánico. Puede decirse, entonces, que si una «se interesa por el sistema que forma cada ser vivo», la otra «considera a los seres vivos como elementos de un vasto sistema que engloba toda la tierra» (Jacob, 1973, p. Por eso, mientras en el primer caso el biólogo analiza normalmente «un único individuo, un único órgano, una única célula, una única parte de la célula» (Mayr, 1998a, p. 89); en el segundo caso el organismo debe ser siempre considerado en función de sus relaciones con el medio y con los otros organismos (Jacob, 1973, p. Así, mientras en este último dominio de investigaciones el biólogo puede continuar, en cierto modo, operando aún con los conceptos y los métodos de la historia natural y con relativa prescindencia del saber físico y químico (Jacob, 1973, p. 200); en el primero nos encontramos con un conjunto de investigaciones que, en virtud de sus propias pautas metodológicas y en función de los problemas estudiados, da lugar a un discurso sobre lo viviente que, por su contenido conceptual, tiende a aproximarse progresivamente a los discursos de la química y de la física. Sin embargo, por pertinente y esclarecedora que esa distinción sea en lo referente a la constitución y al devenir de la biología moderna, debemos ser muy cuidadosos cuando intentamos utilizarla como clave para entender lo que fueron las ciencias de la vida antes del advenimiento del darwinismo y antes de la consolidación definitiva de la fisiología experimental en la segunda mitad del siglo XIX. Aunque a primera vista parezca lo contrario, puede ser un error pensar que esa distinción sea, como Mayr (1998a, p. 125) supone, una simple continuación de la separación entre medicina e historia natural con la que nos topamos cuando intentamos reconstruir el desarrollo de la biología anterior a 1860; y lo mismo puede decirse de la afirmación de Armand Ricqlès (1996, p. 8) según la cual esa distinción entre las dos biologías existiría desde la antigüedad. Pienso, en efecto, que, aunque cierta, la distinción entre la tradición médica y la tradición de los naturalistas no pasaba por los mismos ejes que hoy nos permiten distinguir entre biología funcional y biología evolutiva. En las ciencias de la vida anteriores a 1860 existía, sí, una separación institucional entre ambas tradiciones de investigación; pero la misma, no parecía obedecer a razones epistemológicas que guardasen algún isomorfismo o analogía con aquellas que hoy sustentan la distinción entre esos dos grandes dominios de la biología contemporánea. Siguiendo ese esquema sugerido por Mayr y Ricqlès, pero tácitamente rechazado por Jacob (1973, p. 200) que correctamente data esa bifurcación en la segunda mitad del siglo XIX, toda la historia de nuestros modos de pensar lo viviente se habría desarrollado en dos teatros o foros relativamente autónomos y siguiendo dos líneas o vertientes paralelas que, sin mayores episodios de hostilidad entre ambas, habrían desembocado en esos dos grandes dominios de la biología moderna que Mayr llama biología funcional y biología evolutiva. No sería correcto, sin embargo, atribuir esa idea sólo a esos dos autores. La misma es en realidad tan aceptada que, en general, ni siquiera se la enuncia; y, de ese modo, protegida por su carácter de certeza tácita, esa idea de las dos vertientes de las ciencias de lo viviente funciona como una justificación implícita de la distribución de temas y de capítulos que encontramos en la mayor parte de las historias de la biología. Distribución que, como es de esperar, propicia una lectura de la historia de las ciencias de lo viviente que acaba reforzando el mismo presupuesto que la motiva. En una de esas vertientes, lo sabemos, se sucederían los grandes nombres de la fisiología, de la embriología experimental, de la citología, e incluso de la microbiología. Pero no podríamos nunca describir esta primera tradición como siendo puramente experimental: a ella, por lo general, se asocian también los nombres de aquellos que, siguiendo los métodos puramente observacionales de la anatomía y de la clínica, contribuyeron, sobre todo, al desarrollo de los conocimientos médicos. En la otra vertiente, en cambio, nos encontraríamos con los grandes nombres de lo que, en general, llamamos historia natural. Así, mientras en el caso de esta segunda tradición cabe hablar de una ciencia cuyos escenarios privilegiados fueron museos, jardines botánicos y zoológicos, exploraciones y viajes; en el caso de la primera tradición parece más adecuado hablar de una ciencia de laboratorios, de hospitales y de cátedras de medicina. Desde esa perspectiva, hasta cierto punto útil y no carente de fundamentos, la fisiología de Bernard o Liebig sería la culminación de una larga dinastía en la que se contarían los nombres de Galeno, Harvey, Sthal, Haller, Spallanzani, Wolf y Bichat2. Mientras tanto, la biología evolutiva de Darwin y Wallace sería el punto de convergencia de una segunda tradición, que habiendo sido fundada por el propio Aristóteles, habría de ser mucho más tarde retomada por Linneo y por Buffon, para finalmente ser consolidada por los grandes naturalistas de fines del siglo XVIII e inicios del XIX como Lamarck, Geoffroy Saint-Hilaire y el propio Cuvier. Por eso, del mismo modo en que Bichat, pese a su vitalismo, suele ser colocado en la línea de sucesión que lleva a Claude Bernard; Cuvier pese a su fijismo, es siempre colocado en la línea de sucesión que lleva a la revolución darwiniana (cfr. Y no juzgamos estar diciendo aquí nada demasiado antojadizo: en cualquier libro o artículo de historia de la biología, Cuvier es presentado como uno de los eslabones más respetables, pero también más antipáticos (Pellegrin, 1992, p. Más aún: en muchos de esas obras, el nombre de Cuvier aparece justamente en el capítulo sobre evolución (por ejemplo: Magner, 2002; Piveteau, 1961b; Ledesma Mateos, 2000; Smith, 1977); y es significativo que William Coleman (1964) haya subtitulado su obra George Cuvier Zoologist caracterizándola como A Study on the History of Evolutionary Theory. Además, es sobre todo en el dominio de la lengua francesa en donde, pese a las lúcidas reivindicaciones de Henri Daudin (1927) y Michel Foucault (1994[1970]), aun se insiste en citar el nombre de Cuvier para explicar el abortamiento o la postergación de una temprana aurora gálica del pensamiento evolucionista (por ejemplo: Buffetaut, 2001; Grimoult, 1998; Laurent, 2001). Lo curioso, sin embargo, no está en el hecho de vincular a Cuvier con esa línea de desarrollo de las ciencias de la vida. Su obra fue uno de los grandes puntales del pensamiento anti-evolucionista y, al mismo tiempo, sus trabajos en anatomía comparada y en paleontología no dejaron de producir evidencias que también fueron aprovechadas por los propios evolucionistas (Coleman, 1964, p. No puede haber duda, por eso, de que Cuvier se movía en un terreno que tenía mucho que ver con el espacio donde ese pensamiento evolucionista insistía en surgir: su ofensiva contra Lamarck (Corsi, 2001, p. 123 y ss.) así lo atestiguan; y no es por acaso que, en su crítica de Darwin, Flourens (1864) se haya amparado precisamente en la autoridad de Cuvier. ----De hecho, y como apunta Coleman, «ciertos elementos del anti-transformismo de Cuvier fueron indispensables para la formulación de la teoría evolutiva». Tal el caso, por ejemplo, de sus argumentos fisiológicos contra la versión biológica de la escala de los seres: los mismos le allanaron el camino al darwinismo de un modo mucho más eficiente que las propias teorías de Lamarck (Daudin, 1927, p. Además, con sólo citar sus preocupaciones paleontológicas, y más allá de las motivaciones a que estas obedecían, ya se puede justificar su relevancia para lo que más tarde vino a ser la biología evolutiva. Pero aunque sea innegable que el mayor impacto y la mayor influencia del pensamiento de Cuvier tuvieron lugar en ese dominio de estudios que hoy integra el campo de la biología evolutiva, no deja de ser curioso cómo muchas veces se tiende a minimizar la importancia y la relevancia de su interés por la fisiología. De un modo u otro, el Cuvier paleontólogo acaba siempre eclipsando al Cuvier fisiólogo (cfr. por ejemplo, Rostand, 1985[1945], p. 101 y ss.) y nadie se demora demasiado en analizar su vinculación con los fisiólogos de su época, ni nadie parece prestar atención a su posible influencia en los desarrollos de la fisiología posterior. Se insiste siempre en el contraste entre Bichat y Bernard; pero, por lo general, se desconsideran las coincidencias entre Bichat y Cuvier; y se ignoran las marcas que éste ultimo ha dejado en las obras del autor de la Introduction à l'étude de la Médecine Expérimentale (cfr. Sin embargo, por inocente que parezca, ese modo de ver las cosas sólo se sostiene si desconocemos qué era lo que Cuvier entendía por historia natural y sobre todo si ignoramos cuál era el verdadero objetivo de su anatomía comparada. Más aún: si no ignoramos estas últimas e imprescindibles claves del pensamiento cuvieriano, podemos incluso llegar a concluir que, dadas las coordenadas epistemológicas que definían el espacio de la historia natural de toda la primera mitad del siglo XIX, los intereses de Cuvier estaban tal vez más cerca de los de Bichat que de los de Lamarck; y hasta cabría considerar que, en nuestra biblioteca, las Leçons d'anatomie comparée deberían estar tal vez más cerca de las Recherches de Bichat (1994aBichat ( [1800]]) y de las Leçons de Bernard (1878) que del Origin de Darwin (1859). EL CONCEPTO CUVIERIANO DE HISTORIA NATURAL Para Mayr, para Stephen Gould (1999, p. 284), y para todos nosotros, es cierto, la expresión 'historia natural' hoy sólo puede servir como un modo más literario, tal vez ligera pero elegantemente demodé, de aludir a la biolo-gía evolutiva en el sentido lato del término. 7) oponía esta disciplina a la fisiología, a la citología y a la bioquímica, todas ellas capítulos de la biología funcional; y nos decía que su objetivo era el estudio «de aquello que las plantas y los animales hacen, de cómo ellos reaccionan los unos frente a los otros y frente al ambiente y de cómo se organizan en agrupamientos mayores tales como poblaciones y comunidades». La palabra 'naturalista' queda entonces hoy reservada, como lo apunta el editor de The American Naturalist (Grant, 2000, p. 4), para aludir a quien se ocupa de esos menesteres que hacen a la biología evolutiva. Como vemos, ni Gould, ni Bates, ni Peter Grant, se dieron nunca por enterados de la oposición entre biología e historia natural apuntada por Foucault (1968, p. 260) en Las palabras y las cosas; y ese descuido terminológico es comprensible: la expresión 'historia natural' acabó siendo muy adecuada para denominar esa parte de la biología en que se estudia precisamente esa historicidad de la vida y de la naturaleza que la propia historia natural de la época clásica jamás hubiese conseguido pensar (cfr. Pero como sabemos, lo que Cuvier (cfr. 140 y ss.) y sus contemporáneos entendían por 'historia natural' era algo más amplio que aquello que nosotros entendemos: el estudio de los seres organizados era sólo una parte de una historia natural que, entre otras cosas, también debía ocuparse del estudio de los minerales y de las conformaciones terrestres (Cuvier, 1792, p. De hecho, durante los siglos XVIII y XIX, esa palabra servía para denotar algo muy próximo del conjunto de disciplinas que hoy solemos englobar bajo el rótulo de «ciencias de la vida y de la tierra»; y esto puede notarse en la obra de aquellos que consideramos como los grandes naturalistas de ese período: ni la geología o la mineralogía fueron ajenas a Linneo, a Buffon, a Lamarck, a Humboldt, a Cuvier o a Darwin; ni la distribución y las modificaciones de los seres vivos dejaron de suscitar el interés de Lyell (cfr. Ese era, además, el espectro de investigaciones al que se consagraban la mayor parte de las cátedras creadas en 1793 cuando el Jardín Royal des Plantes de Paris deviene Muséum National d'Histoire Naturelle (Laissus, 1995, p. 20); y esos eran los temas que más páginas ocupaban en las revistas de historia natural que se publicaban a fines del siglo XIX (Grant, 2000, p. Así, todavía a fines de ese siglo, un buen tratado de historia natural podía, y debía, incluir capítulos de mineralogía y geología (cfr. por ejemplo, Tschermak & Geike, 1894). Sin embargo, más que la multiplicidad y la amplitud de los temas y de los objetos que ocupaban la atención de la vieja historia natural (ver Buf-fon, 1749), lo que aquí debe interesarnos es la comprensión epistemológica que Cuvier, y sus contemporáneos, tenían de esa disciplina. En este sentido, lo primero a ser apuntado es que el concepto cuvieriano de 'historia natural' no debe ser entendido en virtud de la oposición entre Historia Natural y Filosofía Natural que era corriente en la Inglaterra del siglo XVIII. Según esa polaridad, mientras la Filosofía Natural procuraba «la determinación de los principios operantes en el mundo físico», la Historia Natural se limitaba a «la descripción de la tierra y de sus producciones naturales» (Rehbock, 1983, p. Esta última idea, que es propia de la tradición linneana (Duris, 1994, p. 16), ya había sido alevosamente desacatada por Buffon (Daudin, 1926a, p. 60); y sería un gran error considerar que Cuvier, pese a sus diferencias con el antiguo intendente del Jardín du Roi (Corsi, 2001, p. 16), haya pretendido restaurar esa concepción meramente descriptiva y taxonómica de la historia natural. Decir que para Cuvier la ciencia se resumía a «un catálogo de hechos» (Grimoult, 1998, p. 52) constituye una terrible inexactitud. En realidad, en lo atinente a la oposición entre Linneo y Buffon, Cuvier parecía procurar algo así como una síntesis superadora. Una posición que preservase el rigor descriptivo y clasificatorio de la historia natural linneana sin renunciar a las pretensiones teóricas de Buffon. Pero claro: sometiendo siempre el impulso generalizador buffoniano al permanente control de los hechos (cfr. Lector de Kant, Cuvier pudo muy bien haber pensado lo siguiente: los detalles linneanos sin conjeturas buffonianas serían ciegos, pero estas sin aquellos serían vacías y podrían llevarnos a cualquier parte. Por eso, según leemos en el «Prospectus» del Dictionnaire des Sciences Naturelles, los naturalistas siempre oscilan entre Buffon y Linneo buscando en uno lo que al otro le falta (Cuvier, 1816, pp. vi-vii, apud Coleman, 1964, p. Lo cierto, de todos modos, es que el concepto cuvieriano de 'historia natural' no puede ser entendido como opuesto a filosofia natural; sino que debe ser entendido en términos de la distinción entre physique générale y physique particulière (Cuvier, 1817, pp. 2-3). Según lo consignaba el artículo sobre «Historia» de la Encyclopédie, la historia natural [«improprement dite histoire»] debía ser considerada «una parte esencial de la física» (Diderot & D'Alembert, 1999[1765]); y así parecía entenderlo Cuvier (1798, p. 2) cuando caracterizaba a su disciplina como 'física particular'. La física general era, desde su perspectiva, aquella parte de la física que consideraba «aisladamente las propiedades comunes a todos los cuerpos» (Cuvier, 1798, p. 1); y la misma se componía de dos ramas: la dinámica y la química (Cuvier, 1817a, p. La primera de estas ramas, nos decía Cuvier (1798, pp. 1-2), «trata de las leyes generales del movimiento y de su comunicación, de la fuerza que lleva a los cuerpos los unos sobre los otros, y que retienen sus moléculas en estado de adherencia o de cohesión». La segunda, mientras tanto, «expone las leyes según las cuales las moléculas elementales de los cuerpos actúan las unas sobre las otras a corta distancia, etc.» Por su parte, la física particular o historia natural procuraba «aplicar a los numerosos y variados seres que existen en la naturaleza, las leyes reconocidas por los diferentes ramos de la física general, con el fin de explicar los fenómenos que cada uno de esos seres presenta» (Cuvier, 1817a, p. 4), hasta la astronomía debía ser considerada como un capítulo de la historia natural. Aunque, al estar totalmente iluminada y regida por las leyes de ese capítulo de la dinámica que es la mecánica, la astronomía podía emplear «métodos muy diferentes de aquellos que permite la historia natural ordinaria» y por eso no era «cultivada por las mismas personas» (Cuvier, 1817a, p. Así, la historia natural, en el sentido usual y más restricto del término, se restringía, de hecho, al estudio de esos objetos que «no admiten cálculos rigurosos, ni medidas precisas en todas sus partes» y eso incluía a «los cuerpos brutos, llamados minerales, y los diversos tipos de seres vivientes» (Cuvier, 1817a, p. Pero, sobre todo en el caso del estudio de estos últimos, a la inviabilidad de los cálculos rigurosos, Cuvier (1817a, p. 5) también añadía la dificultad o incluso la imposibilidad de seguir procedimientos experimentales. Por eso, ese conocimiento de los cuerpos brutos y de los seres organizados propio de la historia natural no podría ser conquistado, por lo menos durante mucho tiempo y en la mayoría de sus partes, ni basándonos preponderantemente en el cálculo, como ocurre con la dinámica, ni tampoco basándonos casi exclusivamente en experimentos como ocurre con la química. El método disponible para la física particular no podría ser otro, por lo tanto, que el método de la observación (Cuvier, 1817a, p. Con todo, el reconocimiento de esa limitación en lo atinente al rigor matemático y experimental que era esperable en este último campo de estudios no implicaba renunciar a un ideal de conocimiento explicativo y nomotético (Cuvier, 1817a, p. 6); y esto, según Cuvier, se debía a dos razones. La primera de estas razones tiene que ver con el hecho de que en los cuerpos analizados por la historia natural era posible observar los efectos de «las leyes del movimiento», de las «atracciones químicas», así como «de todas las otras causas analizadas por la física general» (Cuvier, 1817a, p. 4); y, por eso, era menester mantener el objetivo de establecer de qué modo tales leyes, tales causas y tales atracciones, regulaban la constitución y el funcionamiento de esos seres (Cuvier, 1817a, p. 6), además de procurar la posible aplicación de las leyes de la dinámica y de la química a la explicación de la constitución de los diferentes cuerpos, brutos u organizados (Daudin, 1926b, p. 61), la historia natural debía también procurar sus leyes específicas; aun cuando no pudiese contar, ni con el cálculo, ni con el experimento para cumplir con esa tarea (Coleman, 1964, p. Para obtener esas leyes, «el proceso más fecundo», nos dice Cuvier (1817a, p. 7) «es el de la comparación»; y el mismo consiste en «observar sucesivamente el mismo cuerpo en las diferentes posiciones que la naturaleza lo pone, o en comparar entre sí a diferentes cuerpos hasta que se haya conseguido reconocer relaciones constantes entre su estructura y los fenómenos que en ellos se manifiestan». 7), «son especies de experimentos preparados por la naturaleza que agrega o suprime a cada uno de ellos diferentes partes, del mismo modo en que desearíamos hacerlo en nuestros laboratorios, mostrándonos ella misma los resultados de estas adiciones o supresiones». 391), publicada, al fin y al cabo, sólo once años después de su muerte, hubiese podido decir que el método de la diferencia podía tanto aplicarse en el dominio de la investigación experimental cuanto en el dominio de la investigación comparativa: en un caso somos nosotros que introducimos la diferencia, en el otro es la naturaleza que la produce (cfr. 201), «la naturaleza experimentaba para el naturalista» y esos experimentos eran tanto o más confiables que aquellos hechos en el laboratorio. 7), la historia natural podía establecer leyes «como aquellas que han sido determinadas por las ciencias generales». No había, por eso, ninguna razón para pensar que nunca surgiría un Newton de la historia natural (Cuvier, 1992(Cuvier, [1812]], p. 47); y no falta quien piense que el propio Cuvier aspiraba a ser considerado como tal (cfr. Pero, sea como sea, lo cierto es que, según Cuvier (1817a, p. 7), «la conexión de esa leyes de observación con las leyes generales (...) complementaría el sistema de las ciencias naturales mostrando en todas sus partes la influencia mutua de todos los seres. Siendo a eso que deben tender los esfuerzos de todos aquellos que cultivan la ciencia». El mundo de este naturalista era, como afirma Coleman (1964 p. 29), una máquina; y la historia natural debía contribuir a que conociésemos no sólo el catálogo de sus piezas, sino también parte de los principios generales de su funcionamiento. Es cierto, en la perspectiva de Cuvier, la búsqueda de esas leyes de observación propias de la física particular, constituía una empresa colectiva y co-operativa que cabría definir, en ese sentido preciso, como baconeana. Es decir: una empresa que no pudiendo quedar librada a las intuiciones abstractas de unos pocos galileos, debía depender del trabajo mancomunado y coordinado, en lo posible desde París y por él mismo, el Napoleón de la historia natural, de naturalistas de todos los países civilizados que irían acumulando, no sólo hechos, sino también generalizaciones observacionales que luego convergerían con las leyes de la física general en la constitución de un cuadro unitario del mundo (cfr. Y es en el horizonte de ese camino baconiano hacia objetivos newtonianos que debemos entender el proyecto cuvieriano para la anatomía comparada. LA ANATOMÍA COMPARADA Hoy, en el espacio de inteligibilidad inaugurado por Darwin, leemos la anatomía comparada como Carl Gegenbaur nos enseñó a hacerlo (López Piñero, 1992, pp. 43-48); es decir: como un conjunto de evidencias que prestan testimonio de la genealogía de los seres vivos. Por eso tendemos a considerarla como una disciplina perteneciente al campo de la biología evolutiva. Pero esto puede llevarnos a un engaño cuando intentamos comprender el significado que esa disciplina tenía para los predecesores de Darwin y, sobre todo, para Cuvier. Donde no se reconoce la comunidad de descendencia, los datos de la anatomía comparada no pueden tener ningún significado genealógico. cripción de una forma viviente a una categoría taxonómica, sin implicar nada semejante a una hipótesis sobre su genealogía, era lo mismo que formular una caracterización de su fisiología, era adjudicarle un modo de organización (cfr. Los tipos cuvierianos son tipos fisiológicos: los mismos no son otra cosa que los modos fundamentales de la economía animal. Pero lo relevante, lo que realmente debe importarnos aquí, es entender porqué era la anatomía comparada la disciplina que estaba llamada a guiar esa taxonomía fisiológica. Para ello debemos tener presente que para Cuvier la comparación era un método que podía sustituir a la experimentación y al cálculo allí donde la complejidad de los fenómenos analizados impedía la aplicación de estos últimos procedimientos; y ese era el caso de los seres organizados: la comparación de las diferentes conformaciones de los seres vivos era el único modo posible de acceder a sus leyes específicas de organización y funcionamiento. Así, cuando leemos la carta a Mertrud que sirve como presentación de las Leçons d'anatomie comparée nos encontramos que allí lo que está en juego es el delineamiento de un método que le permita superar al fisiólogo el obstáculo que significa la inextricable complejidad de los seres vivos (Cuvier, 1805, p. La fisiología, le explicaba Cuvier (1805, p. iv) a Mertrud, no sólo está en cierta desventaja frente a las ciencias de cálculo como la dinámica; sino que incluso se encuentra en desventaja frente a ciencias como la química y la física experimental. Estas, operan sobre substancias no orgánicas que pueden ser metódicamente aisladas y combinadas sucesivamente entre ellas; permitiendo así «reducir a una simplicidad casi indefinida los problemas que ellas se plantean». La fisiología, en cambio, no tiene tanta suerte: «todas las partes de un cuerpo vivo están conectadas; las mismas no pueden actuar sino es en conjunto: querer separar una de la masa, es conducirla al orden de las sustancias muertas, es cambiar su esencia» (Cuvier, 1805, p. v) 3. «Las máquinas que constituyen el objeto de nuestras investigaciones», continúa Cuvier (1805, p. v), «no pueden ser desmontadas sin ser destruidas». Por eso, «no podemos conocer lo que resultaría de la ausencia de uno o de varios de sus engranajes, y, por consecuencia, no podríamos saber cuál es la parte que cada uno de esos engranajes toma en el efecto total». Es decir: no sabríamos cuál es la función de ese elemento en la constitución y el funcionamiento de lo que Cuvier (1805, p. 19) mismo llamaba «máquina animal» ----(cfr. Pero afortunadamente es la propia naturaleza la que, ofreciéndose a sí misma un genuino laboratorio (Lenoir, 1982, p. 63), nos suministra, como decía Cuvier (1805, p. v), «los medios de suplir esa imposibilidad de hacer experimentos sobre los cuerpos vivos». En efecto, explorando y saturando el espacio de lo biológicamente posible, la naturaleza, según leemos en la carta a Mertrud: «nos presenta en las diferentes clases de animales casi todas las combinaciones posibles de órganos; ella nos los muestra reunidos, dos a dos, tres a tres, y en todas las proporciones; no hay, por así decir, ningún órgano del cual ella no haya privado a alguna clase o género; y basta examinar los efectos producidos por esas reuniones y privaciones, para deducir conclusiones muy verosímiles sobre la naturaleza y el uso de cada órgano y de cada clase de órgano» (Cuvier, 1805, pp. v Como vemos, para Cuvier la anatomía comparada era un método, el método, para producir conocimiento fisiológico (Daudin, 1927, p. 1), al igual que todos sus contemporáneos, no entendía otra cosa que aquel orden intra-orgánico que él llamaba organización y cuya vigencia coincidía con la duración de ese torbellino que era la vida misma. Roto ese orden, el viviente se desorganizaba y sus elementos se dispersaban en el espacio de las substancias muertas (Cuvier: 1798, p. 57) vivir es resistir a la muerte; y el objeto de la fisiología consiste en saber como se ejerce y se organiza esa resistencia (cfr. En suma: para Cuvier la historia natural de los cuerpos vivos es preeminentemente fisiología; y es en ese sentido que puede decirse que su anatomía comparada parecería tener más que ver con el dominio de lo que hoy llamaríamos biología funcional que con el dominio de lo que hoy llamaríamos biología evolutiva o historia natural en la acepción actual de la palabra. Examinando las partes del cuerpo como un anatomista, Cuvier quería, antes que nada, comprenderlas como un fisiólogo (Coleman, 1985, pp. 37-38); y eso se verifica cuando nos asomamos al corpus cuvieriano: los textos que lo componen son los textos de un fisiólogo. Lo que allí leemos son análisis de los diferentes órganos y partes de un viviente que aluden, ora a su papel en el funcio-----namiento de la máquina animal, ora al modo por el cual esa función es cumplida (Daudin, 1926b, pp. 62-63). La anatomía comparada sería, en este sentido, la disciplina que mejor permitiría cumplir con esa máxima que más tarde Comte (1838, p. 237) propondría como formulación del objetivo cognitivo de toda la biología: «dado el órgano o la modificación del órgano encontrar la función o el acto, y recíprocamente»; y aunque nunca formuló una definición explícita de función análoga, por ejemplo, a la clara definición de Historia Natural que hemos analizado más arriba, Cuvier nunca dejó de ser claro respecto de lo que entendía por ese concepto que, como Coleman (1985, p. 241) dice, constituye el objeto privilegiado de la fisiología. Para Cuvier, una función era, en primer lugar, toda operación del organismo que resultase necesaria, ora para la manutención de la vida de ese mismo organismo, ora para su reproducción (cfr. Siendo en ese sentido de la palabra función que Cuvier (1817a, p. 36) distinguía entre las 'funciones vitales' y las 'funciones animales'. Las primeras, según se las enumera en las Leçons, son todas las que tienen que ver con la nutrición del organismo: digestión, absorción, circulación, respiración y excreciones; y las mismas, siendo comunes a plantas y animales, cumplen con aquello que Bichat llamaba 'vida orgánica' 5. Las segundas, por su parte, son la sensibilidad y el movimiento voluntario; siendo ellas las encargadas de cumplir con aquello que Bichat (1994aBichat ( [1800] ] p. Así, en un sentido secundario, derivado, podremos hablar también de la función de un órgano particular entendiendo por ello el papel desempeñado por la actividad de ese órgano en el cumplimiento o ejercicio de tales operaciones (cfr. Siendo a esa misma noción fisiológica ----de función, y no a nada semejante con la idea darwiniana de adaptación, que Cuvier (1805, p. vi) aludía cuando decía que la anatomía comparada nos permitía conocer la función de un órgano y de cada una de sus partes. Es cierto, la aproximación entre las expresiones'uso [usage] de un órgano' y'función [fonction] de un órgano' que encontramos en la carta a Mertrud puede darnos la impresión de que Cuvier (1805, p. vi) esté aludiendo a alguna cosa semejante a aquello que Bock y Wahlert (1998, p. 131) describen como el rol biológico de una estructura. Pero el hecho de que en esas mismas páginas sólo se aluda a la comparación entre estructuras anatómicas como siendo el único «método de razonar en fisiología» (Cuvier, 1805, p. vi), y no se diga nada del análisis de las condiciones de vida del organismo, refuerza la impresión de que esas nociones de usage y fonction están siendo usadas en el mismo sentido en que luego podría usarlas, según veremos más abajo, el propio Claude Bernard. Sólo que para este, claro, el método a seguir para establecer ese valor funcional no era la comparación anatómica sino la experimentación. La noción de rol biológico, mientras tanto, tiene que ver con la acción o el uso de un rasgo orgánico en el curso de la historia de vida de su portador (Bock & Wahlert, 1998, p. 130); y su conocimiento exige algo que no puede hacerse en el gabinete del anatomista. «La observación del organismo viviendo naturalmente en su ambiente», nos dicen Bock y Wahlert (1998, p. 131), «es esencial a la descripción de un rol biológico». Por eso, mientras «la función de un rasgo puede ser estudiada y descripta independientemente del ambiente natural de un organismo, como de hecho se lo hace en la mayoría de los estudios de anatomía funcional» (Bock & Wahlert, 1998, p. 125), el rol biológico «no puede ser determinado por observaciones hechas en el laboratorio o bajo otras condiciones artificiales» (Bock & Wahlert, 1998, p. En los estudios de anatomía funcional, el experimento o la simple comparación con formas emparentadas a la que Cuvier recurría, pueden servir para establecer si las extremidades de un cuadrúpedo extinto tenían o no una función locomotora; pero difícilmente ese estudio sería suficiente para indicarme a que rol biológico obedecía el tamaño de esas extremidades: el mismo podría estar vinculado con la fuga de predadores, con el desplazamiento en una zona pantanosa, con el fin de conseguir comida o con cualquier otra circunstancia de la cual sólo podríamos tomar conocimiento observando el modo de vida de ese ---conjunto de órganos al funcionamiento de un organismo constituye una función, el papel de cada parte anatómica en el cumplimento de esa función es la utilidad de la misma. Y, como Galeno subraya, es necesario primero identificar la función en cuyo cumplimento el órgano está implicado para luego determinar la utilidad de sus partes (Galien, 1994, p. 132), la «determinación de roles biológicos es especialmente difícil en formas fósiles o en organismos recientes cuya historia de vida no es conocida». Pero eso, en nada afectaba a la mirada fisiológica que Cuvier dirigía a los seres extintos. EL CONCEPTO DE CONDICIÓN DE EXISTENCIA Es en clave fisiológica, incluso, que debemos entender la célebre formulación del Principio de las Condiciones de Existencia -«vulgarmente denominado principio de las causas finales» que aparece en Le Règne Animal (Cuvier, 1817a, p. El mismo, es cierto, dice así: «como nada puede existir si no reúne las condiciones que tornan su existencia posible, las diferentes partes de cada ser deben estar coordinadas de manera tal que posibiliten el ser total, no solamente en sí mismo, sino también con relación a aquellos seres que lo circundan». 34), pese a esa alusión al entorno de los organismos, que los comentaristas de Cuvier suelen resaltar (cfr., por ejemplo, Boutroux, 1949, p. 192), el ambiente [environment], no tiene un papel relevante en su pensamiento. Por condiciones de existencia, Russell tiene razón (1916, p. 34), Cuvier «entendía algo muy diferente de lo que hoy es comúnmente entendido». Atento al hecho de que todas las partes de un cuerpo organizado ejercen «una acción recíproca las unas sobre las otras y concurren a un fin común que es la manutención de las vida» (Cuvier, 1798 p. 5), nuestro autor consideraba que «la verdadera condición de existencia de un ser vivo, y parte de su definición esencial, es que sus partes trabajen juntas para el bien del todo» (Russell 1916 p. Por eso, sus indagaciones se centraban, casi exclusivamente, «sobre las adaptaciones de la función y el órgano dentro de la criatura viviente» (Russell 1916, p. 16) y otros han dicho, no era tributario de una perspectiva adaptacionista o utilitarista. Para él, en realidad, las condiciones de existencia tienen que ver, antes que nada, con la condición de posibilidad de un ser vivo considerado en sí mismo como un todo coherente y armónico (léase: organizado); y esto se hace evidente cuando, en un pequeño escrito sobre las analogías zoologicas (cfr. Coleman, 1964, pp 189-190), la idea de condiciones de existencia aparece vinculada a la idea de no contradicción: «todas las combinaciones que son no contradictorias son posibles; en otras palabras, todo aquello que tiene una condición de existencia, cuyas partes cooperan en una acción común, es posible» (Cuvier apud Coleman, 1964, pp. 189). Un organismo, en síntesis, es un sistema cuya primera y fundamental condición de existencia es su coherencia interna. 286n) tenía razón cuando decía que Darwin había desvirtuado la noción cuvieriana de condiciones de existencia usándola como equivalente a condiciones del ambiente. De hecho, en la única referencia que en On the Origin of Species se hace al principio de las condiciones de existencia formulado por Cuvier, Darwin (cfr. 206) «usó la expresión conditions of existence para significar las condiciones ambientales [environmental] y consideró la ley de las condiciones de existencia como la ley de la adaptación al ambiente [environment]» (Russell, 1916, p. 127), en resumen, las condiciones de existencia se homologan a las conditions of life (siendo esa la expresión que de hecho él usa); y las mismas tienen que ver, no con las coordinación de las partes en la constitución del todo, sino más bien con las contingencias de la lucha por la supervivencia. Es cierto: un desplazamiento semántico como el que Darwin hizo en relación al término condiciones de existencia no es algo infrecuente en la historia de una ciencia: los mismos, además, muchas veces encarnan y posibilitan desplazamientos conceptuales que acaban mostrándose progresivos o por lo menos fecundos 7; y este que nos ocupa podría ser un buen ejemplo de ello. Pero como historiadores de esa ciencia no podemos permitirnos que ese desplazamiento de Darwin condicione nuestra interpretación de Cuvier. Si insistimos en leer los textos de este por sobre el hombro de aquel, acentuaremos y sobrevaluaremos indebidamente sus referencias al entorno del viviente y minimizaremos sus referencias a la coherencia interna del organismo: perderemos de vista al Cuvier fisiólogo y en su lugar construiremos la imagen de un naturalista (otra vez: en el sentido actual de la palabra) preocupado en estudiar las relaciones del viviente con su entorno. Parece, sin embargo, que la interpretación y, si se quiere, la reducción darwiniana del Principio de Condiciones de Existencia caló tan hondo en nuestro modo de considerar lo viviente que cuesta leer cualquier referencia a ese principio sin que nuestro espíritu no evoque la idea de un entorno mez-----7 Claude Bernard, sin ir más lejos, también hizo un uso no-cuvieriano de esa expresión: en sus textos las condiciones de existencia (de un fenómeno) no son otra cosa que las causas próximas que lo producen (cfr. 423) cuando, criticando los abusos de la perspectiva teleológica en fisiología, opone la búsqueda de propósitos a la búsqueda de condiciones de existencia de los fenómenos. quino y amenazador al cual el ser vivo debe adaptarse. Idea que, por lo demás, era ajena al pensamiento de Cuvier. La naturaleza para Cuvier estaba todavía dominada por una economía en donde cada ser vivo tenía una función a cumplir (Daudin, 1926b, p. 38) y no un lugar a conquistar o a defender, como ocurre en el caso de Darwin (1859, p. 175) alguna vez supo señalar, «en los seres vivos adultos distinguimos una doble conformidad a fin: de un lado, cada organismo está construido conforme un fin en sí mismo, y del otro, el organismo está adaptado conforme a fin a su entorno»; y una de las diferencias entre Darwin y la mayor parte de sus predecesores está en haber dejado en segundo plano esa conformidad a fin interna para dirigir nuestra intención hacía la adaptación del organismo a su ambiente. No es, claro, que esa adecuación haya sido negada por la biología pre-darwiniana; lo que ocurrió más bien es que la misma nunca fue problematizada: era dada por obvia. Darwin, en cambio, no sólo la rescató de ese discreto cono de sombra, sino que incluso la transformó en clave de la otra forma de adecuación; y ahí reside su gran diferencia con Cuvier (cfr. En los últimos años, lo sabemos, ha sido muy citado aquel pasaje de Form and Function en el cual Russell (1916, p. 78) comenta el conflicto entre el funcionalismo de Cuvier y el formalismo de Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, diciendo que «el contraste entre la actitud teleológica, con su insistencia en la prioridad de la función sobre la estructura, y la actitud morfológica, con su convencimiento de la prioridad de la estructura sobre la función, es uno de los más fundamentales de la biología» (por ejemplo, Ruse, 1983, p. Lo que, sin embargo, muchos parecen pasar por alto es que lo que Russell entendía por actitud teleológica no era el privilegio, darwiniano, del estudio de la adaptación del organismo al ambiente por sobre el análisis de su coherencia estructural; sino el privilegio, podríamos decir cuvieriano, del estudio de la unidad funcional del organismo por sobre el estudio de su pauta morfológica. Russell, es verdad, habla de adaptación funcional, pero lo que él, crítico de Darwin, entiende por esto no es precisamente la adaptación darwiniana a las conditions of life, sino justamente la adecuación de una estructura a su función en la economía animal. En cierto sentido, Form and function es una reivindicación del organicismo funcionalista de Cuvier frente a ciertos aspectos de la biología darwiniana que Russell consideraba negativos 8; y si ese ----aspecto del libro de Russell hubiese sido considerado es posible que la imagen de Cuvier como un adaptacionista pre-darwiniano nunca hubiese cobrado tanta fuerza y difusión. EL KANTISMO DE CUVIER Ese error en la interpretación de Cuvier guarda, además, cierta estrecha solidaridad con otro error también bastante difundido y que es imprescindible evitar en pro de una cabal comprensión del programa cuvieriano: me refiero a la reducción o aproximación de Cuvier a Paley que podemos encontrar en autores como William Coleman (1964, p. 42) lo pasó por alto, Cuvier pensaba que el uso de nociones teleológicas en el estudio de los seres vivos no podía sino responder al esquema apuntado por Kant (1991, §66) en la tercera crítica. Si Cuvier hubiese pensado que el argumento del diseño era un supuesto necesario o un soporte conveniente para su perspectiva funcionalista, habría podido citar en su favor la cuestión 28 de la Optica de Newton o el apartado 19 del Discurso de Metafísica de Leibniz. Pero, en lugar de eso, en las primeras páginas de sus Lecciones de Anatomía Comparada, leemos que, «según la expresión de Kant, la razón de ser de cada parte de un cuerpo vivo reside en el conjunto» (Cuvier, 1805, p. Esa es, precisamente, la idea expresada en ese primer corolario del Principio de las Condiciones de Existencia (Coleman, 1964, p. 67) denominado Principio de la Correlación de las Formas en los Seres Organizados que, según Russell ----Cuvier (ver también la página 305); y esto no debe parecernos extraño: por lo menos en ese punto, Russell, como Peter Bowler (1996, p. 42) lo ha subrayado, adscribe a una tradición historiográfica según la cual «la vieja concepción idealista de 'relación' podría ser muy bien traducida por el concepto materialista de formas relacionadas por su descendencia de un ancestro común». 35), es la genuina piedra fundamental del proyecto cuvieriano: «todo ser organizado forma un conjunto, un sistema único y cerrado, en el cual todas las partes se corresponden mutuamente, y convergen a la misma acción definitiva por una reacción recíproca» (Cuvier, 1992(Cuvier, [1812]], p. 64) no se equivocaba: adoptando el Principio de la Correlación de las Formas en los Seres Organizados, Cuvier hace suyo el concepto de producto organizado de la naturaleza que encontramos en la tercera crítica: «Un producto organizado de la naturaleza», nos dice allí Kant (1991, §66) -un organismo, podemos leer nosotros-, «es aquél en que todo es fin, y recíprocamente, también medio»; es aquél en que «cada parte, así como existe sólo por todas las otras, es pensada también como existente para las otras y para el todo» (Kant, 1991, §65). Y no es irrelevante para nuestra discusión el hecho de que Cuvier haga suya una noción de organismo que es prácticamente idéntica a aquella que encontraremos en la Introducción al Estudio de la Medicina Experimental cuando Claude Bernard (1984Bernard ( [1865]], p. 137) nos diga que en los cuerpos organizados «todas las acciones parciales son solidarias y generadoras las unas de las otras». 340) se centraban, como de hecho lo hace toda fisiología posible, en esta teleología intra-orgánica que Kant había considerado como inherente a la definición de ser organizado (Cassirer, 1948, p. Kant había entrevisto que, sin la noción de organismo entendido como entidad auto-constituyente, nunca podría pasarse del dominio de la física tout court al dominio de esa física de lo viviente que hoy llamamos biología funcional (cfr: Keller, 2000, p. 192); y tanto Cuvier cuanto Bernard subscribieron y confirmaron esa presunción. 137), no debe «olvidar jamás que el ser vivo forma un organismo y una individualidad» y «debe preocuparse por la armonía de ese conjunto al mismo tiempo en que intenta penetrar en su interior para comprender el mecanismo de cada una de sus partes». Mientras el físico o el químico pueden negar toda idea de causas finales en los hechos que observan; el fisiólogo es llevado a admitir una finalidad armónica y preestablecida en los cuerpos organizados cuyas acciones parciales son todas solidarias y generadoras las unas de las otras. Es necesario reconocer, por eso, que si se descompone el organismo viviente aislando las diferentes partes, es sólo para facilitar del análisis experimental, y no para concebir esas partes aisladamente. En efecto, cuando se quiere dar a una propiedad fisiológica su valor y su verdadera significación, siempre es necesario remitirse al conjunto y no sacar ninguna conclusión definitiva si no es en relación a sus efectos en relación a ese conjunto (Bernard, 1984(Bernard, [1865]], p. 340), «el agrupamiento de los fenómenos vitales en funciones» -cuya relevancia en el programa de Cuvier analizamos más arriba-sería «expresión de ese pensamiento» según el cual «todo acto de un organismo vivo tiene su fin en el seno de ese organismo». Una función, nos dice en efecto Bernard, no es otra cosa que «una serie de actos o de fenómenos agrupados, armonizados, en vistas a un resultado determinado» (Bernard, 1878, p. 370); y, si bien, para la ejecución de dicha función concurren «las actividades de una multitud de elementos anatómicos», ella no puede ser reducida a la «suma brutal de las actividades elementales de células yuxtapuestas» (Bernard, 1878, p. Lejos de eso, para individualizar una función, para que quepa describir un conjunto de actividades orgánicas como cumpliendo una función, debemos considerarlas como «armonizadas, concertadas, de manera a concurrir en un resultado común» (Bernard, 1878, p. Por eso, para Bernard y para Cuvier, al igual que para cualquier fisiólogo, la comprensión fisiológica de dicho acto se alcanza cuando se llega a conocer cual es el rol causal, o función, que el mismo tiene en la constitución y la preservación de ese organismo (cfr. 67 y ss): sin perseguir ese objetivo cognitivo no hay fisiología o biología funcional posible. Y si la coincidencia en objetivos cognitivos nos importa más que la divergencia en estrategias metodológicas, tal vez podamos considerar a la fisiología de Claude Bernard como siendo el resultado de una reformulación en términos experimentales del programa de Cuvier. CONDICIONES DE POSIBILIDAD DE UNA ANATOMÍA DEDUCTIVA Es relevante apuntar, sin embargo, que, de ese organicismo común a toda fisiología posible, Cuvier extrae ciertas consecuencias extremas cuya comprensión nos ayuda a completar el cuadro de su programa para las ciencias de la vida. Para Cuvier, en efecto, «todos los órganos de un mismo animal forman un sistema único» en el cual todas las partes mantienen interacciones recíprocas; pero, de esa idea Cuvier infiere que no pueden existir modificaciones en ninguna de esas partes que no conduzcan a modificaciones análogas en todas las otras (cfr. A Cuvier no le bastaba que los organismos sean considerados simplemente como un todo articulado: desde su perspectiva, como bien lo apuntaba Cassirer (1948, p. 162), los mismos debían ser considerados como un todo completamente articulado. Es decir: al no poder ser pensados como una «combinación fortuita de partes» los seres vivos debían ser entendidos y estudiados como constituyendo «una conexión cerrada, que lleva implícito un tipo peculiar de necesidad». Así, desde esa perspectiva y como lo explica Cassirer (1948, p. 162), «una vez que hemos logrado conocer los tipos fundamentales de los seres vivos, no sólo sabemos lo que de hecho existe, sino también lo que puede y lo que no puede coexistir mutuamente». Siendo sobre esa presunción casi-leibniziana que Cuvier también fundaba su proyecto de paleontología demostrada según el orden geométrico (cfr. El presupuesto de que la correlación de las formas orgánicas es estricta y rigurosa, al mismo tiempo en que torna impensable la trasformación de los tipos y las especies (Coleman, 1964, p. 109), legitima también la pretensión de, por lo menos en principio, poder «reconocer un animal por un solo hueso, por una sola parte de hueso» (Cuvier, 1810, p. 330) e incluso también reconstruirlo con certeza geométrica a partir de ese único fragmento 9: «como la ecuación de una curva implica todas sus propiedades, y tomando separadamente cada propiedad para base de una ecuación particular se reencontraría la ecuación original y todas sus propiedades, al igual con las uñas, los omóplatos, los cóndilos, los fémures y todos los demás huesos, tomados separadamente, el que poseyera racionalmente las leyes de la economía orgánica podría reconstruir todo el animal» (Cuvier, 1992(Cuvier, [1812]], p. Además, como consecuencia de esa genuina reconstrucción fisiológica de los fósiles, se tendría también conocimiento de su dieta y de su modo de vida: a partir de una uña o de un diente calcularíamos la forma de sus extremidades y de sus mandíbulas; y esto no sólo nos permitiría conocer la forma de los intestinos del animal sino también su tipo de alimentación. Siendo el conocimiento de esa dieta lo que nos llevaría finalmente al conocimiento de sus comportamientos e instintos (Cuvier, 1992(Cuvier, [1812]], pp. 98-100). Es importante resaltar, sin embargo, que el hecho de que un organismo sea un sistema donde cada parte remite a otra, no significa que todas las partes posean la misma importancia. Las características de un organismo no están simplemente correlacionadas: unas son preeminentes sobre las otras y, en ese sentido, las determinan (Cuvier, 1798, p. 67) del ----9 Desde una perspectiva interna, la imposibilidad de pensar la transformación de tipos y especies puede ser considerada como una exigencia sistemática resultante de la aceptación de un presupuesto (el de la correlación estricta de las partes) que haría posible esa anatomía deductiva. Cuvier (1817a, pp. 10-11) denominó principe de la subordination des caractéres: «Hay rasgos de conformación que excluyen a otros; los hay que, al contrario, se implican; por eso, cuando conocemos tal o cual rasgo en un ser, podemos calcular aquellos otros que coexisten con él, o aquellos que le son incompatibles. Las partes, las propiedades o los rasgos de conformación que poseen el mayor número de tales relaciones de incompatibilidad o de coexistencia con los otros, o en otros términos, que ejercen sobre el conjunto del ser, la influencia más marcada, son aquellos que llamamos caracteres importantes, los caracteres dominadores, los otros son los caracteres subordinados, habiéndolos en diferentes grados». Principio de las Condiciones de Existencia que Y para Cuvier los rasgos que definían las características fisiológicas más generales de un organismo eran dominadores sobre aquellos que definían el modo por el cual un organismo se insertaba en la economía natural. 145), los caracteres de organización eran siempre más importantes que los de adaptación. Así, y según leemos en Le Règne Animal (Cuvier, 1817a, pp. 70-71), «es la respiración moderada de los mamíferos la que en general les dispone a marchar sobre la tierra con fuerza y de una manera continua»; y es en virtud de esta misma necesidad, y no por la mediación de alguno proceso lamarckiano o darwiniano de adaptación, que «un animal que no puede digerir otra cosa que carne, debe, bajo pena de destrucción de su especie, tener la facultad de percibir su presa, de perseguirla, de capturarla, de vencerla, de despedazarla». Él necesita, por eso y de manera imperiosa, dice Cuvier (1805, p. 55), «de una visión aguda, de un olfato delicado, de una carrera rápida, y de fuerza en las patas y en las mandíbulas». Sin desentenderse definitivamente de la preocupación por eso que hoy, darwinianamente, llamamos de adaptación, Cuvier pensaba que para que un organismo se pueda adaptar a las exigencias de su ambiente en un sentido más o menos próximo al darwiniano, él mismo debía ser antes una estructura organizacionalmente posible; y, desde esa perspectiva, las estructuras anatómicas que definen el modo por el cual un animal se vincula a su entorno y a sus fuentes de alimento, son un corolario de su organización interna (Cuvier, 1817a, p. Gran parte de lo que hoy llamaríamos a estrategias o estructuras adaptativas eran, para Cuvier (1805, p. 57), la resultante necesaria de ciertas leyes de coexistencia que rigen la fisiología de los organismos, y no una simple respuesta a las exigencias del ambiente: «una condición de la existencia de todo animal», decía Cuvier (1805, p. 51), «es que sus necesidades sean proporcionales a las facultades que él tiene para satisfacerlas». Para Cuvier, es cierto, un organismo es un sistema cuya armonía o coherencia interna, su condición de existencia, solamente puede ser percibida y comprendida considerando su inserción en el entorno; pero su modo de insertarse en este entorno no es independiente de su propia organización interna. Por el contrario: esa inserción es consecuencia, y no causa, de esa organización (cfr. No es como respuesta a un desafío del ambiente que un predador deviene un animal rápido y astuto; sino en virtud de su propia fisiología de carnívoro (Cuvier, 1992, p. Así, entre las tesis de Lamarck que más parecían irritarlo estaba la presunción de que no fuesen «la naturaleza y la forma de las partes» de un tipo de organismo «las que dan lugar a los hábitos y a las facultades»; sino que, por el contrario, este pensase que eran «los hábitos» y «la manera de vivir» los que hacían «nacer los órganos» (Cuvier, 1861b, p. Además, es precisamente esa preeminencia de las coerciones organizacionales sobre los factores adaptativos lo que explica el hecho de que Cuvier haya confiado en la posibilidad y en la legitimidad de reconstrucciones paleontológicas que no se apoyaban en ningún putativo conocimiento del ambiente en los cuales los seres en estudio habrían vivido. Cuvier carecía, en efecto, de cualquier cosa remotamente semejante a una paleoecología y no pretendía, ni quería, llenar ese vacío con conjeturas y especulaciones. Pero aun así, creía que sus reconstrucciones de fósiles eran viables y justificables a partir de las complejas leyes que regían la correlación y la subordinación de las partes. 152), cuando aún era un lector pre-darwiniano de Cuvier: «todo está en la organización de los seres animados; una parte determina otra parte; una función determina otra función». La idea darwiniana de que la estructura de cada ser orgánico está indisolublemente relacionada con la estructura «de todos los otros seres orgánicos con los cuales entra en competición por comida o residencia, o de los cuales tiene que escapar o a los cuales tiene que hacer presa» (Darwin, 1859, p. 77), no es una tesis cuvieriana. Todo lo contrario: más allá de lo que pueda sugerir una lectura aislada de ciertos pasajes de Cuvier, la aceptación de esa tesis darwiniana anula la pretensión de deducir la estructura de un organismo a partir del conocimiento de sólo un fragmento o una parte importante del mismo: la idea de que la estructura del organismo obedezca a las contingencias del ambiente desbarata, y desbarató, el proyecto cuvieriano. TEMAS CUVIERIANOS vs. TEMAS DARWINIANOS 98) haya llegado a sugerir que hasta aquellas características más particulares de un carnívoro que obedecían «al tamaño, a la especie y al hábitat de la presa para la cual el animal está dispuesto», se encontraban cifradas en la forma de cada una de sus partes, sus análisis nunca se demoraron en la tentativa de establecer correlaciones específicas entre presa y predador. En teoría, el programa cuvieriano contemplaba e implicaba la posibilidad de inferir la identidad de la presa partiendo de la fisiología del predador; pero lo cierto, sin embargo, es que Cuvier nunca parecía muy interesado en llevar sus razonamientos hasta ese nivel de precisión: su interés se restringía al plano morfológico y funcional. De la organización se llegaba, como máximo, hasta la dieta: nunca hasta la presa que la proveía y menos aún al modo por el cual la misma era capturada. Los trabajos de Cuvier, como ya lo dijimos, siempre fueron los trabajos de un fisiólogo; y poco en ellos nos recuerda a los trabajos de un naturalista en el sentido actual de la palabra. Así, en las Mémoires pour servir a l 'histoire et à l' anatomie des mollusques, la tinta que pulpos, calamares y jibias expelen «ante la menor apariencia de peligro» es apuntada como una particularité remarquable de los cefalópodos (Cuvier 1817b p. 4); pero la referencia que se hace a ese posible rol biológico es superficial, lateral. 1) alude a la cuestión en un primer parágrafo donde se enumeran algunas rarezas y singularidades de estos animales y allí nos dice que la expulsión de tinta constituye su «principal medio de defensa». Luego, retomando brevemente la cuestión, acepta la posibilidad de que esa tinta les sirva también a los cefalópodos para esconderse no solamente de sus posibles agresores sino también de sus eventuales presas. Determinar hasta dónde y en qué casos eso es así no parece importarle mucho a Cuvier: «¿todos los cefalópodos -pulpos, calamares y jibias-usan del mismo modo y en las mismas ocasiones ese recurso?», es una pregunta que no parecería digna de ser formulada. Así, aún citando las observaciones de Aristóteles sobre los cefalópodos, nuestro autor ni siquiera menciona el hecho de que el estagirita considere que solamente la jibia usa su tinta para esconderse. La expulsión de tinta por parte del pulpo y el calamar, según leemos en la Historia de los Animales, sería un efecto del miedo y no un recurso protector; y Aristóteles no se apoya para decir esto en ninguna especulación psicológica, sino en un análisis del modo en que la jibia se comportaría una vez que la tinta salió de su cuerpo (H.A.621b, p. Este animal, a diferencia del pulpo y del calamar, según Aristóteles dice, retornaría hacia la mancha de tinta aprovechándola como escondite. Y claro que no se trata aquí de saber quién tenía razón; sino de percibir cómo la perspectiva de Cuvier es indiferente a un tema que daría mucho para discutir. Es significativo, además, que el joven naturalista supernumerario del HMS Beagle ya se haya mostrado más atento a este tipo de cuestiones que Cuvier. 18) dice haber dedicado largas horas de su estancia en Cabo Verde al estudio del comportamiento de los pulpos y su conclusión es que, por lo menos esos pulpos, expulsan su tinta siempre que realizan traslaciones rápidas. Como vemos, su interpretación de ese comportamiento es diferente de la de Aristóteles y sería oficio de un naturalista, en el sentido que hoy damos al término, el determinar si uno u otro tienen razón, si ambos están equivocados o si los pulpos del Egeo se comportan de un modo diferente que los de la Isla de Santiago. Todas estas menudencias que no parecían preocuparle mucho a Cuvier. Para este, sin duda, tanto la naturaleza y la composición del líquido segregado (Cuvier, 1817b, pp. 4-5), como la individualización y la descripción del órgano que lo produce y lo contiene (Cuvier, 1817b, p. 31) eran cuestiones mucho más importantes. Asuntos todos que, por otra parte, se pueden estudiar lejos de la playa: sobre el frío mármol de la mesa de disección, en Paris. Pero esto es comprensible: lo que para Cuvier (1817b, p. 42) está en juego es la caracterización de la organización de los cefalópodos: sus condiciones de existencia y no sus condiciones de vida; la función de sus partes y no su rol biológico. Sin ser un biólogo de laboratorio, Cuvier era un biólogo de museo. Para él, la labor de los naturalistas viajeros era importante no en virtud del conocimiento que estos podían obtener respecto del modo de vida de los diferentes tipos de organismos en sus hábitats naturales, sino en virtud de los especímenes que podían enviar al museo para ser disecados, catalogados y analizados en cuanto que variaciones dentro de los tipos de organización fisiológicas conocidos (cfr. 59 y ss.); y esto vale tanto para los especímenes de organismos actualmente existente como para las osamentas de organismos extintos. Siendo en ese contexto, por otra parte, donde se puede apuntar que existen diferencias anatómicas entre las distintas especies de pulpo sin intentar vincular esas diferencias con el modo de vida de estos animales; y, sobre todo, sin intentar vincularlas con los otros seres vivos que los rodean (Cuvier, 1817b, p. En la perspectiva cuvieriana, la variabilidad de una estructura dentro de un determinado tipo de organismo es inversamente proporcional a su importancia organizacional. Cuanto menos necesaria en términos fisiológicos sea una estructura, cuanto menos esencial ella sea para la cohesión y funcionamiento del todo, menos interés la misma habrá de despertar. Independientemente de cualquier posible consideración respecto de algo semejante a la utilidad adaptativa de una característica, su relevancia para la anatomía comparada será directamente proporcional a su importancia fisiológica y será en esos términos que la misma deberá ser analizada (Cuvier, 1798, p. 58) nos decía que «manteniéndose siempre dentro de los límites que las condiciones necesarias de existencia prescribían, la naturaleza se abandona a toda su fecundidad en aquello en lo que tales condiciones no la limitan»; y, con toda seguridad, cuanto más singular sea esa variación, menos importante ella ha de ser en términos de organización. El principio de las correlaciones, como aclara Piveteau (1961a, p. 487), no se aplica «con el mismo rigor en todas las direcciones»: «conforme nos alejamos de los órganos principales, aproximándonos de aquellos que lo son en menor grado», nos dice Cuvier (1805, p. 58), las variaciones morfológicas se multiplican; y «una vez que llegamos a la superficie, precisamente allí donde la naturaleza de las cosas quiso que fuesen colocadas las partes menos esenciales y cuya lesión es la menos peligrosa» la gama de variaciones efectivas se llega a parecer inagotable. Así, «sin apartarse jamás del pequeño número de combinaciones posibles entre las modificaciones esenciales de los órganos importantes», la naturaleza parece deleitarse al infinito en todas las partes accesorias»; y «no es preciso en este caso que una forma, que una disposición cualquiera, sea necesaria; a menudo hasta parece que para que la misma se realice no es preciso siquiera que ella sea útil: basta que ella sea posible, es decir, que no destruya el acuerdo del conjunto» (1805, p. No es, con todo, que Cuvier haya privilegiado la interioridad sobre la exterioridad del viviente por algún prejuicio logocéntrico (cfr. 169): lo que él privilegiaba era el estudio de lo fisiológicamente determinante en cada tipo de organismo. Pero así, siguiéndose ese interés fundamentalmente fisiológico, se deja de lado precisamente el tópico que a Darwin (1859, pp. 3-4) iría a parecerle central: el de los múltiples detalles, generalmente contingentes desde una perspectiva fisiológica, que nos revelan las mutuas coadaptaciones de los seres orgánicos. Por mucho que lo busquemos, poco o nada encontramos en Cuvier que nos recuerde, ni por asomo, a los pormenorizados análisis de Darwin (1877) sobre las variadas tretas, contrivances, con que las orquídeas suelen facilitar su fecundación por parte de un insecto. 200) quería, una utilidad, un special use, «para cada detalle de estructura en toda criatura viviente» sería para Cuvier más un pasatiempo de naturalistas aficionados que asunto de genuina ciencia. Más aún: algunas líneas de esos pasajes del capítulo VI del Origen de las Especies en los que Darwin (1859, p. 199) defiende su concepción utilitaria de las estructuras orgánicas pueden incluso parecer una respuesta a aquellos otros pasajes del Discours Préliminaire a las Recherches sur les ossements fossiles des quadrupèdes en los que Cuvier (1992Cuvier ( [1812] ] p. 113) ensaya una explicación para la variación intra-específica. En estos Cuvier pretende explicar esa variación considerándola efecto de factores ambientales inmediatos (como temperatura, luminosidad y composición y cantidad de las substancias que componen la dieta de organismo) que actuarían, directamente, sobre los procesos fisiológicos que ocurren en el organismo individual. Siendo, claro, «los caracteres más superficiales» los que más variarían en virtud de la intensidad de tales agentes: «el color debe mucho a la luz, el espesor del pelo al calor» y «el tamaño a la abundancia del alimento» (ver también Cuvier, 1798, pp. 10-11). 199), mientras tanto y entre otras cosas, intenta minimizar la importancia de esos factores para abrirle espacio a la selección natural. 114), «los elefantes serán mayores en tal o cual selva» en virtud de la disponibilidad de alimentos y los mismos «tendrán las defensas un poco más largas en los lugares donde el alimento sea más favorable a la formación de la materia del marfil». La hipótesis de que ese tamaño pueda variar justamente en virtud de su capacidad para operar como medio de defensa o lucha frente a predadores o a congéneres no es siquiera mencionada: está fuera de cuestión; y lo que se dice para el tamaño de los colmillos de los elefantes vale, según Cuvier, para el tamaño de los cuernos de renos y ciervos. Los mismos variarán en virtud de los elementos que integran la dieta de estos animales y no en virtud de los desafíos impuestos por el ambiente. Es de suponer, por eso, que Cuvier podría decir lo mismo de esas coloraciones que hoy, darwinianamente, tal vez explicaríamos en términos de mimetismo: las mismas se explicarían por la dieta y/o el efecto directo de la luz sobre el cuerpo de los organismos en cuestión. La biología de Cuvier era una biología de causas próximas. 34), «Cuvier entendía la intersección de dos conjuntos: por un lado, el conjunto de las correlaciones que son fisiológicamente compatibles entre sí y, por otro lado, el medio en el cual el organismo vive». 34) también apunta, se definía por la simple «naturaleza de las moléculas» que el organismo debía asimilar «ora por la respiración ora por la alimentación». Así, las variaciones en colores y tamaños que el darwinismo nos enseñó a interpretar como recursos adaptativos, para Cuvier no eran otra cosa que el resultado, ora de la calidad y cantidad de las moléculas que el organismo asimilaba por respiración y por alimentación, ora de la incidencia directa de un factor físico como la luz o la temperatura. Es decir: el medio, el entorno, era para Cuvier una cosa genérica como puede serlo un medio acuático o terrestre, una dieta herbívora o carnívora, un clima templado, húmedo, etc; y, en ese sentido, puede decirse que, para él, el entorno era algo vagamente más semejante al medio cósmico (milieu cosmique) bernardiano que a las condiciones de vida (conditions of life) darwinianas. UNA FISIOLOGÍA DE MUSEO La posteridad de Cuvier, podríamos por fin decir en una síntesis apretada de lo aquí expuesto, no está tanto en Darwin como en Claude Bernard. Más allá de su estrategia metodológica general y más allá de su lugar institucional, en el museo y no en el laboratorio, por medio de comparaciones anatómicas y no en base a experimentos, Cuvier, al igual que su contemporáneo Bichat (1994b, p. 293), quería producir una ciencia de causas próximas o secundarias: lo que hoy llamaríamos una biología funcional. Y si eso resulta un poco extraño es sólo porque se trata de una sugerencia que no encaja en la proyección hacia el pasado de esa dicotomía entre biología funcional y biología evolutiva que Mayr nos propone y que tantos, de un modo más o menos explícito, parecen aceptar. Proyección que aquí nos hemos permitido cuestionar. Recordemos que, según ese modo de entender la historia de la biología, mientras la historia natural sería la base sobre la que se habría edificado, revolución darwiniana mediante, la actual biología evolutiva, la fisiología sería el elemento y el aporte fundamental de esa tradición médica que habría convergido en la constitución de la biología funcional como hoy la entendemos (Mayr, 1998a, p. Con todo y como lo vimos, en la obra de Cuvier (1810, p. 201) la fisiología no sólo aparece formando parte de la histoire naturelle des corps vivans, sino que incluso es presentada como su parte más general y fundamental. La anatomía comparada sería, en la obra de Cuvier, la base de una biología funcional de museo y no de laboratorio; y esto tampoco encaja del todo bien con la contraposición entre ambos espacios que Mayr (1973) sugiere cuando vincula a los museos con el desarrollo de esa vertiente de las ciencias de la vida que, según su esquema de la historia de la biología, habría desembocado en la constitución de la biología evolutiva contemporánea. Es necesario remarcar, sin embargo, que no estamos aquí ante ninguna rareza o peculiaridad de Cuvier. Lo que ocurre con la anatomía comparada de Cuvier ocurre también con la de Owen. Quien recorre las Hunterian Lectures in Comparative Anatomy de 1837 (Owen, 1992) constatará, no sólo la preocupación de este último «en fundar la anatomía comparada en la fisiología médica» (Sloan, 1992a, p. xiv), sino también su interés casi exclusivo en temas fisiológicos. Es más, en este caso, no sólo queda claro el interés fisiológico que guía a la anatomía comparada sino que, por una cuestión institucional, también queda más clara la conexión que esa disciplina podía tener con el conocimiento médico (cfr. Owen, médico cirujano de formación y profesión (López Piñero, 1992, p. 10), habla desde un museo y no desde un laboratorio o un hospital, pero desde allí habla fundamentalmente para médicos y estudiantes de medicina (Sloan, 1992b, p. Además, ese museo está instalado en el Royal College of Surgeons de Londres y la colección de anatomía comparada de cuya conservación Owen está encargado, había sido creada, precisamente, por John Hunter: un cirujano para el cual la anatomía comparada era una de las bases del conocimiento médico (cfr. Y es como resultado de su trabajo en ese museo que Owen publica, entre 1833 y 1836, su Catalogue of physiological series of comparative anatomy (López Piñero, 1992, p. Es cierto de todos modos que, en general, la anatomía médica tendió a desarrollarse con independencia de la anatomía comparada (López Piñero, 1992, p. Los círculos médicos, incluso, mostraron en general ciertas reticencias con relación a ese tipo de estudios. A mediados del siglo XVI, Vesalio había criticado a Galeno por extrapolar al hombre observaciones hechas sobre anímales (Cuvier, 1841, p. 19); y, a fines del XVIII, Vicq de d'Azir debió refugiarse en el Jardin du Roi cuando la Facultad de Medicina de París le negó el anfiteatro para sus clases de anatomía comparada (López Piñero, 1992, p. Siendo ese mismo espíritu zoófobo, además, el que podría explicar que, después de la muerte de Hunter, ocurrida en 1793, los cirujanos de Londres se hayan desentendido durante casi diez años de la valiosa colección que éste había dejado a los cuidados de William Clift (López Piñero, 1992, p. Por eso, aunque la anatomía comparada haya sido a menudo justificada como un recurso para que los estudiantes de medicina pudiesen estudiar fisiología (Appel, 1987, p. 47), lo cierto es que, salvo excepciones como las de John Hunter, Vicq de d'Azir, y el propio Owen, «la contribución de los médicos al desarrollo de los estudios comparados fue, en su conjunto, de poco relieve» (López Piñero, 1992, p. Así, y como de hecho lo sabemos, esta disciplina en general se desarrolló en espacios institucionales ajenos a la pro-----fesión y a la formación médicas (López Piñero, 1992, p. Pero, si ese hecho subsidia, en cierto modo, el aspecto sociológico de la tesis de Mayr, aludo al innegable divorcio institucional entre la tradición médica y la tradición de los naturalistas que este subraya, el mismo es totalmente insuficiente para justificar su aspecto epistemológico; y con esto me refiero a la idea de que el desarrollo de la fisiología habría sido patrimonio de esa tradición. El espacio institucional de la anatomía comparada pudo ser, hasta cierto punto y olvidando nada menos que a Hunter y a Owen, ajeno a la medicina. Sin embargo, eso no implica negar el interés eminentemente fisiológico que guiaba esa disciplina: la tradición médica nunca tuvo el monopolio de la fisiología; la misma fue también objeto de preocupación para autores que hoy catalogamos como naturalistas; y, por lo menos en el caso de Cuvier y Owen, se trataba de la preocupación central y de la justificación principal de la anatomía comparada. La distancia epistemológica entre el anfiteatro de anatomía y el museo era, quizá, menor de lo que Mayr parece sugerir, y esa distancia era, con seguridad, definitivamente más corta que la distancia institucional. Tal es así que, trazando la historia de su disciplina, tanto Cuvier (1841, p. 45), quien, a inicios del siglo XVII, habría descubierto el procedimiento metodológico específico de la anatomía comparada (Pellegrin, 1992, p. En lugar de limitarse, como lo habían hecho Galeno y el propio Vesalio, a suplir con observaciones hechas sobre animales lo que no podían observar en humanos, Fabricio, nos dice Cuvier (1841, p. 45), se dedicó a «examinar a la vez el órgano correspondiente en el hombre y en los diversos animales», determinando lo que el mismo tenía de común y de diferente en cada una de las especies, y procurando establecer, a partir de ahí, «cuales eran las consecuencias de esas relaciones o de esas diferencias». Siendo ese procedimiento, como Cuvier (1841, p. 45) destaca, «muy iluminador para las descripción de las funciones de cada órgano e incluso de cada parte de un órgano»; y es significativo que, a continuación, se pueda citar justa-----11 Vesalio deja Padua en 1543 y es sucedido, primero, por Realdo Colombo y luego por Gabriele Fallopia. 12 Esta parte de la Histoire des Sciences Naturelles en que Cuvier alude a la historia de la anatomía comparada es notablemente semejante a ciertos pasajes de la clase que Owen (1992, pp. 142-143) dictó el 6 de mayo de 1837 en el Hunterian Museum. mente los trabajos de William Harvey (1963Harvey ( [1628]], pp. 59-60) sobre la circulación sanguínea como uno de los resultados más importantes a que permitió llegar ese método comparativo pautado por Fabricio (Cuvier, 1841, p. En efecto, Harvey, que fuera alumno de Fabricio (Grmek, 1990, p. 97) y que es también uno de los grandes nombres de la historia de la fisiología y de esa tradición médica a la que Mayr alude, usó y justificó el método comparativo como un recurso apto para determinar la función de los órganos dentro de la economía corporal (cfr. Harvey, al igual que Cuvier y Owen, también veía a la anatomía comparada como un método para producir conocimiento fisiológico; y su aplicación del método comparativo fue tan reconocida que Owen (1992, p. 143) se permitió decir que con él comienza la historia moderna de esa disciplina. Para Owen, como para Cuvier, la contraposición entre una tradición naturalista y una tradición médico-fisiológica hubiese sido definitivamente ininteligible. 180) mismo considera a Cuvier un fisiólogo y este escogerá precisamente a un médico neurofisiólogo, aludo a Pierre Flourens, como su suplente en el College de France (Senet, 1956, p. Con toda seguridad ni Owen ni Cuvier jamás hubiesen aceptado el hecho de que sus trabajos no sean considerados como contribuciones a esa genealogía de estudios fisiológicos que ellos remontaban a Fabricio y a Harvey. Pese a ello, y como ya lo hemos visto, así es como en general ocurre: ni el nombre de Cuvier ni el de Owen ocupan un lugar destacado, si es que ocupan alguno, en nuestras historias de la fisiología. Sin embargo, es pertinente reconocer que ese olvido no obedece al simple descuido de los historiadores; sino a razones que pueden ser encontradas en el propio devenir de la biología. Es el desarrollo de la ciencia, y no nuestra ingratitud, lo que explica, sin justificar, el modo en que actualmente consideramos la obra de estos autores. La primera de esas razones tiene que ver con el hecho de que, pocos años después de la muerte de Cuvier, la aplicación del método experimental en fisiología haya comenzado a producir resultados cada vez más importantes y de más relevancia cognitiva que la mayor parte de los resultados producidos por la anatomía comparada (Jacob 1973 p. Los trabajos de Bernard, Müller, Liebig, Ludwig, Du Bois-Reymond y Helmholtz, no sólo llegaron mucho más lejos que los trabajos de Harvey, de Spallanzani, de Haller y de Lavoisier, sino que además llegaron mucho más lejos que los de Cuvier (cfr. Las maquinarias vivientes fueron sistemáticamente desmontadas, la economía animal fue violentamente intervenida y manipulada, y esto, lejos de reducir al viviente a un caos ininteligible, permitió un conocimiento mucho más efectivo y significativo de su funcionamiento que aquel generado por la anatomía comparada. Así, muy rápidamente, esta disciplina se transformó, por decirlo de algún modo, en un recurso secundario, y hasta algo obsoleto, para la fisiología. La comparación anatómica podría sugerir hipótesis pero sólo el experimento las validaría. La fisiología podía ser también comparada o comparativa, pero lo sería no sólo observando sino experimentando sobre diferentes tipos de organismos (Bernard, 1984(Bernard, [1865(Bernard, ], p. Por otro lado, debido en gran parte al impacto de la teoría celular, el estudio del organismo acabó asumiendo un bies más histológico que morfológico (Russell, 1916, p. Más afín, en ese sentido, a Bichat que a Cuvier (Coleman, 1985, p. Y eso también puede explicar el escaso impacto que la anatomía comparada tuvo en el desarrollo de la fisiología del siglo XIX: era en la constitución de los diferentes tejidos y no en las diferentes conformaciones de los órganos en donde había que buscar las claves últimas del funcionamiento orgánico (cfr. Según esa nueva perspectiva: «cuando un animal respira, son los glóbulos rojos de la sangre y las células del pulmón los que trabajan; cuando se mueve, trabajan las fibras de los músculos y los nervios; cuando segrega algo, trabajan las células de las glándulas» (Jacob 1973 p. O dicho brevemente: «los órganos y los sistemas no existen por sí solos, sino gracias a las células que los constituyen y realizan sus funciones» (Jacob 1973 p. 203); y la ciencia de Cuvier era ciega para ese orden de fenómenos. Pero lo curioso y lo que más ha confundido a los historiadores de la ciencia es el hecho de que al mismo tiempo en que los fisiólogos dejaron de considerar los resultados de la anatomía comparada como contribuciones positivas para su disciplina, los mismos cobraron una relevancia imprevista en tanto que premisas y evidencias pertinentes para el desarrollo de una disciplina cuya existencia para Cuvier era impensable. Aludo, claro, a eso que hoy llamamos biología evolutiva. Los datos de la anatomía comparada cuvieriana fueron producidos para una disciplina que, en cierto modo, prescindió de ellos; pero acabaron siendo fundamentales para el estudio de la genealogía de los formas vivas (Bowler, 1996, p. Mas aun: fue en esos datos en donde la idea de comunidad de descendencia encontró uno de sus argumentos más sólidos y convincentes; y fueron esos datos las evidencias fundamentales de las primeras reconstrucciones filogenéticas (Russell, 1916, p. Soslayada en los nuevos laboratorios de fisiología, la anatomía comparada no devino ella misma una pieza de museo o una reliquia: fue cooptada, sin beneficio de inventario, por una disciplina naciente que, además, se transformaría en la clave de toda la biología (Russell, 1916, p. Y esos avatares de la anatomía comparada no pudieron dejar de afectar nuestra imagen de su supremo mentor. Queriendo dar a la fisiología un método fértil y confiable, Cuvier contribuyó, malgré lui, a la consolidación de una perspectiva sobre lo viviente que a él, tal vez, le hubiese recordado demasiado a su colega Lamarck; y así, excluido del panteón de la fisiología en el cual con certeza hubiese querido ser admitido, el autor de las Lecciones de Anatomía Comparada ganó esa incomoda posición en la pre-historia de la biología evolutiva a la que aludíamos en el inicio de este trabajo. Posición que, por otra parte, se refuerza y se justifica por la condición de fundador de la paleontología que, no sin justicia, se suele adjudicar a Cuvier. Caprichos de la posteridad que, de todos modos, no podemos permitir que impidan una correcta comprensión de los objetivos cognitivos inherentes a su programa para la historia natural. ALBARRACÍN TEULÓN, A. (1983), La teoría celular: historia de un paradigma, Madrid, Alianza.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Los mejores libros son aquellos capaces de mostrar la realidad escondida tras lo supuestamente evidente, y de desvelar primero para entender después el mundo en el que vivimos, a los demás y a nosotros mismos. Esta es una afirmación que sin duda debe verterse sobre el ensayo que aquí se reseña, La cara oscura del capital erótico. Capitalización del cuerpo y trastornos alimentarios, firmado por el filósofo y sociólogo José Luis Moreno Pestaña, y publicado en 2016 por Akal. De hecho, esta publicación supone en muchos sentidos la culminación -hasta la fecha-de toda una serie de trabajos iniciada hace más de una década, en los que el autor viene aunando cuestiones relativas al cuerpo, la enfermedad mental y los trastornos alimentarios, transitando siempre por las difusas fronteras entre las ciencias sociales y humanas. En este sentido, La cara oscura del capital eróticoya con una segunda edición-ha de entenderse conectado y heredero de un libro anterior, Moral corporal, trastornos alimentarios y clase social, publicado por el CIS en 2010, condensador en sí de una serie de trabajos que compaginan un potente aparato teórico, con un siempre sólido andamiaje empírico. En esta doble exigencia, trata el profesor de Cádiz las más actuales problemáticas sobre los discursos y debates en torno a la sociología de la enfermedad mental y la desviación, haciendo siempre gala de un exquisito manejo de las referencias teóricas más actuales y pertinentes. De hecho, fue en aquel primer ensayo -y en otros trabajos publicados entonces-donde el intelectual andaluz imaginó y perfeccionó una serie de herramientas conceptuales y de análisis destinadas en buena medida a superar las limitaciones de la vieja dicotomía entre lo normal y lo patológico, referencia clave en este tipo de estudios. Insertando la enfermedad mental -ejemplificada en los trastornos alimentariosen el seno de las interacciones básicas que conforman el mundo social, el autor perseguía analizar las "condiciones sociales objetivas" -por decirlo con la tradición de Bourdieu de la que el autor es obvio y confeso heredero crítico-que permiten el surgimiento de la enfermedad mental. Retomando, puliendo y ampliando lo descrito entonces, La cara oscura del capital erótico rastrea las conexiones existentes entre esos mismos trastornos alimentarios y el concreto mercado de trabajo femenino, enfocado -aunque no exclusivamente-en las tiendas de ropa, los bares de copas o las perfumerías. Volviendo a combinar acertada y eficientemente aquel trabajo teórico con la investigación empírica -fundamentalmente cualitativa aunque no solo-, el autor acomete la difícil tarea de situar el cuerpo y entenderlo en la intersección de los múltiples ámbitos en los que de facto se encuentra inmerso. En efecto, lo que nuestro cuerpo es, la forma en la que lo entendemos y moldeamos -o al menos intentamos hacerlo-, y en la que lo proyectamos hacia los demás, no son en absoluto dominios exclusivos de una determinada concepción médica o de la salud, ni tampoco de unos más o menos explícitos discursos estéticos o percepciones culturales y simbólicas. Más aún, todos estos elementos deben entenderse en mutua conexión e imbricados con otros quizá menos evidentes como son la propia familia -y el heredado "capital cultural"-, los sistemas de calificación y cualificación en los que nos vemos inmersos, las posiciones de clase, o las oscuras estrategias de la mercadotecnia capitalista. Todos estos elementos -y algunos otros-se dan cita en un libro por lo demás delicadamente editado, y estructurado en torno a siete capítulos, de los cuales el primero se dedica a una necesaria introducción histórica sobre la capitalización del cuerpo. Atendiendo a tres ejes de análisis -prestados de Enrique Gil Calvo (2000)-, el cuerpo es entendido y analizado en primer lugar en su dimensión física y biológica; en su exigencia de ser vestido y adornado en conexión con unos determinados signos de estatus, después; y finalmente, en su identidad global como cuerpo físico y mostrado a los demás en los diferentes mercados -rural, urbano, etc.-de forma positiva o negativa. Estos ejes sirven al autor para analizar en este primer capítulo cómo el cuerpo ha devenido una forma de capital, y más aún como capital erótico, trazando una historia genealógica que parte, como no podía ser de otro modo, de la Grecia clásica. En aquel primer momento, claro está, la belleza física no podía depender de un único patrón, y de hecho para el Sócrates de Platón por ejemplo el excesivo cuidado del cuerpo podía suponer más bien un descuido intolerable de las competencias políticas e intelectuales que debían guiar al hombre recto. En este sentido, las formas de belleza eran plurales, y en ningún caso podían ser "encarnadas" por los individuos. Las cosas cambiarían ya desde los siglos XVII y XVIII, cuando la cosmética y los rituales de adelgazamiento comienzan a extenderse por la Europa ilustrada, y especialmente en los siglos XIX y XX, cuando los modelos corporales inician un proceso de estandarización desde la propia literatura y el arte primero, para ser legitimados después por la Medicina Científica Moderna. Es entonces cuando las diferencias sociales comienzan a ser encarnadas, ahora sí, cuando los recursos eróticos de los cuerpos pasan a percibirse y valorarse como una forma específica de capital, exigible en determinados mercados. Es entonces, en definitiva, que la delgadez comienza a someter otras formas de belleza, deslegitimándolas, unificando los mercados corporales y aunando en un único referente somático los valores de salud, de belleza y éticos (p. Es en el segundo capítulo donde el autor analiza la conversión en capital erótico del propio cuerpo, inserto ya en un mercado bien definido. En este sentido discute Moreno Pestaña las tesis de Catherine Hakim sobre el capital erótico (2012), quién le otorga una singularidad separada respecto de la tríada propuesta por Bourdieu -recordemos, el capital económico, el cultural y el social-, a la que vendría a completar. Para el profesor de Cádiz, por el contrario, se trataría de una especie de capital cultural, bien en su forma incorporada -supuestamente adquirible por un individuo interesado en ello-, objetivada -heredado por un individuo que es además capaz de manejar las competencias relativas-o/y, finalmente, en su forma institucionalizada -proporcionada por los títulos, quizá menos evidente en este caso, pero efectiva-(p. Al margen de su gran altura intelectual, esta discusión es fundamental en el ensayo que aquí se comenta, pues resulta imprescindible para comprender los mercados en los cuales el capital erótico puede actuar como tal, transformando los recursos eróticos en una forma de capital. Ahora bien, ¿cómo este capital erótico ha llegado a forzar en los individuos comportamientos desviados, pudiendo incluso conformar aquello que Ian Hacking llamaría una "enfermedad mental transitoria"? Responder a esta cuestión es el objetivo fundamental del tercero de los capítulos que componen La cara oscura del capital erótico, una sección estructurada en torno al modelo de análisis de los nichos ecológicos propuesto por Hacking (1998). En efecto, para comprender la emergencia de una enfermedad mental -en este caso la anorexia y la bulimia-, es preciso indagar en el complejo nudo de interacciones en el que aparece, se desarrolla y se consolida, enmarcadas a su vez en cuatro vectores fundamentales del nicho ecológico: la configuración de la taxonomía médica; los umbrales de detección de la enfermedad; la polaridad cultural, relativa a la ambivalencia social respecto a la enfermedad en cuestión; y finalmente, las propias capacidades de la patología para el reclutamiento social de los damnificados, esto es, sus capacidades para encuadrar el cuerpo en estereotipos culturales y económicos. Todos estos elementos serán utilizados en los tres capítulos siguientes, destinados a servir de apoyatura empírica a los apartados comentados hasta aquí. Así, en un diálogo constante con los supuestos teóricos de la investigación, el autor desglosa el material recogido en un total de 45 entrevistas -resumidas de forma aclaratoria en un apéndice final-y tres grupos de discusión, material utilizado por lo demás con una notable maestría. Solventando los peligros de una etnografía tan a menudo castrada, el autor insiste en sus planteamientos sociológicos anulando -o al menos relativizando-las hipótesis "psicologicistas" dominantes, ordenando su material empírico en relación a distintos entornos socio-económicos y culturales, y por supuesto trayectorias vitales. Las normas estéticas, claro está, no afectan de igual modo a todos los agentes, ni por supuesto suponen automáticamente el desarrollo de enfermedades mentales. Ahora bien, las mujeres entrevistadas condensan en sus cuerpos y en sus mentes anhelos y frustraciones que, en mayor o menor medida, se encuentran activas en los entornos en los que se han socializado y, finalmente, forjado como trabajadoras. En este sentido, los requisitos de "belleza profesional", no siempre manifiestos, juegan en ocasiones en contra de la cualificación intelectual, por ejemplo, desvirtuándola de forma ambivalente. Por el contrario, en ciertas profesiones muy feminizadas la "estetización" parece haber sido un proceso en cierto modo inevitable, donde la delgadez se ha convertido -no sin resistencias-en un intercambiador universal de belleza. Más aún, ciertas morfologías corporales, que por supuesto incorporan estilos de vida a menudo inasumibles en los espacios sociales analizados, conducen a la asunción por parte de los agentes de comportamientos y actitudes desajustadas y enfermizas en el propio lugar de trabajo -y fuera de el, claro-, acompañadas además por unas condiciones laborales abusivas (pp. 212-214). En fin, estas entrevistas y grupos de discusión apuntalan -como ya quedó señalado -los supuestos de la investigación, mostrando las íntimas relaciones entre la preocupación por el peso y la apariencia, y cada vez de manera más temprana. En este sentido, se observa y señala un cambio profundo iniciado de forma evidente en la década de los años 80, acelerado a partir de los 90, en las exigencias estéticas a las que se ven sometidas las trabajadores en los sectores laborales estudiados. Es entonces cuando la exigencia del llamado capital erótico se torna requisito indispensable para acceder y/o mantenerse en los puestos de trabajo, sustituyendo dinámicas anteriores -el caso de las dependientas competentes y con un gran capital objetivado de los años setenta-tanto en relación con las clientes, como con las propias compañeras de trabajo. En este punto, las trabajadoras actuales parecen haber asumido, no de forma completamente inconsciente ni pasiva, una presión corporal a menudo in-sana, aparentemente exigible a quienes se dedican a determinadas actividades laborales. El libro concluye con un valiente capítulo, titulado "Descapitalizar el cuerpo", donde el autor afronta la necesaria tarea -de nuevo en clara herencia bourdieusiana-de proponer respuestas a las problemáticas tratadas en la obra; o dicho de otro modo, de intentar imaginar soluciones políticas y éticas que modifiquen las estructuras dominantes y sus efectos negativos. En este sentido, propone el autor precisas estrategias de contestación colectiva vertebradas sobre críticas evidentes, tales como la vinculación entre gordura y enfermedad moral, las exigencias corporales que nada tienen que decir de la competencia profesional, o las excesivamente rígidas y a menudo poco fundadas normalizaciones corporales de la biomedicina actual. En fin, La cara oscura del capital erótico es sin duda un libro que ha de ser referente no solo para aquellos interesados en los trastornos alimentarios y en la propia "naturaleza" de la enfermedad mental, sino además para todo aquel preocupado por comprender las dinámicas que forjan nuestra forma de entender, interpretar y sentir nuestro propio cuerpo y el de los demás. Siendo por lo demás una lectura relativamente exigente, su exposición es siempre clara y rica, y sus "costes de recepción" para el lector no van más allá de lo inevitable en un ensayo tan rico e intensamente sugerente. En definitiva, se trata de un libro absolutamente recomendable y necesario, brillante muestra de una tradición sociológica no siempre reconocida con justicia en nuestro país, y que sin duda afronta algunas de las cuestiones a mi juicio más apremiantes de nuestra sociedad, ofreciendo desde una excelente construcción teórica preciosas herramientas de transformación social. Facultad de Medicina de Albacete (UCLM)
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS A estas alturas del siglo XXI es muy probable que, aparte de algunos especialistas en medicina o en antropología, muy escasas personas sepan quién fue el durante un tiempo famoso Doctor Velasco. Se trata, sin embargo, de un personaje al que, al margen de sus indiscutibles méritos profesionales, la gran fama y, sobre todo, la popularidad le llegaron como consecuencia de una cierta faceta de su actividad profesional que, aunque científica, venía acompañada de un toque entre trágico, siniestro e incluso rocambolesco, que, sin duda, suscitó el interés morboso de sus coetáneos y que la prensa de la época se apresuró a explotar. El Doctor Velasco fue un prestigioso médico anatomista y cirujano de la segunda mitad del siglo XIX que vivió en Madrid y que llegó a ocupar una cátedra de Anatomía en la entonces Universidad de Madrid. Una de sus principales preocupaciones desde que obtuvo su título de Doctor fue la de mejorar las técnicas de enseñanza de anatomía mediante la elaboración de moldes y vaciados. Este interés por crear y coleccionar materiales didácticos le llevó a ser nombrado en 1857 director de los museos de anatomía que, por aquel entonces, tenía dicha Universidad. No obstante, lo que popularizó su fama fue la muerte prematura de su única hija, Conchita, cuando ésta tenía solo 15 años. Este hecho y, sobre todo, lo que sucedió más tarde con el cuerpo de la niña no solo marcó su vida, sino que, como indica el Dr. Dorado Fernández en el prólogo, hizo que fuese esto y no la relevante obra académica y científica del Doctor lo que quedaría en la memoria de sus contemporáneos y lo que, en alguna medida, ha podido perdurar. Lo que aconteció más tarde fue que el Doctor Velasco decidió embalsamar a Conchita antes de enterrarla y, unos años después, procedió a exhumar el cadáver para llevar a cabo una completa momificación e instalarlo en la capilla del Museo de Antropología en el que el Doctor tenía su domicilio. No es de extrañar que la cuestión generara muchas elucubraciones y que diera lugar a una abundantísima literatura que trató el tema desde muy diferentes puntos de vista. El libro que el lector tiene en sus manos constituye, sin embargo, la primera obra en la que se investiga tal acontecimiento de manera rigurosa acudiendo a la mayor cantidad de fuentes posibles. Éstas van desde los propios diarios de uno de los discípulos del Doctor que vivió en primera persona todo lo ocurrido, hasta las noticias en la prensa de la época. Gracias a la consulta exhaustiva de todas estas fuentes, el lector podrá por fin diferenciar hasta dónde llega la historia real de Conchita y cuándo empieza la leyenda. En efecto, la mayoría de las obras acerca de la niña, ya sean libros, representaciones teatrales o artículos en revista hacen referencia a las cuestiones más macabras del asunto y, para ello, sus autores no dudan en inventar o exagerar algunos pasajes que nunca llegaron realmente a ocurrir. Luis Ángel Sánchez Gómez, Profesor Titular de Etnología del Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid recoge de manera sistemática todos estos trabajos y los analiza de forma minuciosa para distinguir precisamente qué partes son las reales y cuáles fruto de la imaginación. La obra se divide en una serie de pequeños capítulos que no solo narran lo ocurrido con la momia de Conchita -que en contra de lo que algunos creen no es la que se encuentra en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense -sino que abordan otros temas relacionados para que el lector entienda mejor la historia. En dos capítulos se hace, por ejemplo, un completo recorrido por la vida del Doctor Velasco, desde sus orígenes hasta convertirse en un personaje de reconocido prestigio en el Madrid de los años 60 y 70 del siglo XIX. Al tratar la vida del Doctor hay que mencionar obligatoriamente el Museo de Antropología, su gran obra maestra e incluso una de sus obsesiones. Ésta es, sin duda, una pieza clave del libro, puesto que fue el lugar donde descansaron los restos de Conchita tras su momificación. Por ello el autor, perfecto conocedor de la historia de este museo, al que ya había dedicado con anterioridad una de sus obras, repasa en dos capítulos las diferentes fases por las que pasó desde la creación del primer museíto de anatomía en el antiguo número 135 de la calle Atocha hasta llegar al museo que conocemos hoy en día, ubicado en la calle Alfonso XII, 68. Allí puede verse todavía la llamada "sala de los orígenes" que recrea el antiguo despacho del Doctor y que recoge parte de su colección osteológica y anatómica. Otros dos capítulos hablan sobre la corta vida de la verdadera protagonista de la obra, Conchita, desde su nacimiento hasta el fatídico día de su muerte. Precisamente la agonía de la niña y la del padre, por no poder aliviarla, está magníficamente relatada por el autor que, entre otras fuentes, cuenta con el testimonio de Don Jacinto Benavente, hijo del amigo pediatra al que acudió el Doctor Velasco para salvar a su hija, que es quien narra en sus memorias lo acontecido con la niña. Como no podía ser de otra manera, uno de los capítulos principales de la obra es el que describe de manera minuciosa todo el proceso de momificación de la niña, desde la petición de exhumación del cadáver por parte del Doctor Velasco hasta la colocación del mismo en la capilla del museo, una vez momificado. Los últimos capítulos del libro están dedicados a cuestiones de carácter más bien psicológico que intentan entender mejor la postura de un padre que decide momificar el cuerpo de su hija y exponerlo bajo una vitrina. Para ello el Dr. Sánchez Gómez, entre otras cosas, analiza los casos más llamativos de momificación intencionada y exposición de cadáveres de esposas o hijas y los compara con el caso que nos ocupa. El texto va acompañado de ciertos extractos muy bien seleccionados, recogidos de entre las diversas publicaciones que se ocupan de la llamada "Leyenda de Conchita", y de unas ricas anotaciones que hacen referencia detallada de todas las fuentes consultadas. Cuenta también con fotos, dibujos y carteles de la época en los que se muestran, entre otras cosas, retratos de la familia Velasco o fotografías de los edificios y las colecciones de los diferentes museos de anatomía y antropología que dirigió el Doctor. El libro es un magnífico ejemplo de cómo un trabajo académico realizado con un gran rigor investigador puede casi parecer una entretenida obra de ficción para el gran público. No es una tarea fácil la de, sin perder el rigor científico, llegar a suscitar el interés de personas ajenas a la especialidad, pero sin duda debería hacerse con mucha más frecuencia por parte de los académicos. Dicho con otras palabras, la obra del Dr. Sánchez Gómez constituye un trabajo muy serio, en el que, no sin un cierto espíritu detectivesco, se abordan y se manejan con habilidad elementos científicos, históricos y puramente imaginarios que, por sí solos y por lo fácil de su lectura, captan sin duda el interés del lector. Ana Mercedes Herrero Corral Departamento de Prehistoria Universidad Complutense de Madrid [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Durante las últimas décadas hemos asistido tanto en la esfera académica como institucional a un creciente reconocimiento de que la igualdad de género es un asunto que debe tratarse también dentro del ámbito de la investigación. La Comisión Europea, por ejemplo, trata de promover la igualdad de género en la actividad científico-tecnológica en su octavo y más reciente Programa Marco mediante un plan de acción transversal denominado "Igualdad de Género en la Investigación y la Innovación". Este plan de acción encuentra entre sus objetivos principales tanto lograr el (i) equilibrio de género en los equipos de investigación y (ii) de toma de decisiones, como (iii) integrar la dimensión de género en el contenido y en todas las etapas del ciclo de la investigación e innovación 1. Este tercer y último objetivo general nos permite deducir que la introducción de la "mirada de género" en la ciencia se postula como condición necesaria, aunque no suficiente, para mejorar la ciencia no únicamente en el sentido político (la investigación y el quehacer científico como práctica más justa y equilibrada en su dimensión socio-política), sino también en el terreno epistémico (tratando de elaborar un conocimiento más sensible a las desigualdades y a los distintos modos de producción de ignorancia y discriminación de género). Todo ello implica el reconocimiento de que durante los procesos de investigación han entrado y pueden seguir entrando en juego determinados valores y/o sesgos que orientan -consciente o inconscientemente-sus resultados. Silvia García Dauder (profesora titular de Psicología Social de la Universidad Rey Juan Carlos) y Eulalia Pérez Sedeño (profesora de investigación en Ciencia, Tecnología y Género del Instituto de Filosofía del CSIC) nos presentan precisamente en Las 'mentiras' científicas sobre las mujeres una serie de estudios de caso a través de los cuales se pretende «examinar y analizar algunas afirmaciones, hipótesis o teorías -'conocimiento autorizado' en su momento-con respecto a las mujeres que, a lo largo de nuestra historia y hasta el presente, han inducido a errores muy graves, justificando su sometimiento o estatus subordinado» (pág. 9). Estos estudios de caso ilustran los diversos modos en que los sesgos de género han habitado y habitan en las diferentes fases de la práctica investigadora a la hora de generar y poner en práctica el conocimiento científico-tecnológico. Este objetivo teorético, encuentra no obstante su finalidad práctica en la pretensión de (i) ofrecer una visión crítica de la historia de la ciencia, (ii) aportar herramientas analíticas para identificar los posibles sesgos de género que se dan y se han dado dentro de la actividad científica, y (iii) fomentar una investigación y práctica científicotecnológica sensible al género. La obra la conforman un total de siete secciones. Se inicia con una "Introducción" en la que se establecen los objetivos generales del libro, se presenta su estructura y se realiza un breve resumen de cada capítulo mencionando sus respectivos objetivos específicos. Seguidamente se hallan los cuatro capítulos centrales que conforman el grueso del trabajo, dedicado cada uno de ellos a diferentes estudios de caso que, tomados todos ellos en conjunto, muestran la diversidad tipológica de sesgos que se han producido y/o se producen en la práctica científica dentro de diferentes campos del saber (primatología, medicina, historia, psicología, etc.): "Falsedades científicas", "Los silencios y las invisibilizaciones de las mujeres en la ciencia", "Los secretos o lo que la ciencia oculta sobre las mujeres" e "Invenciones científicas sobre las mujeres". A continuación, y a modo de recorrido analítico-sintético general, en el quinto capítulo ("Sesgos de género en la práctica científica e investigadora") se hacen explícitos de manera esquematizada los diversos sesgos de género que cabría identificar dentro de las diferentes fases de la práctica científica e investigadora. Finalmente, la obra se cierra con unas breves "Consideraciones finales" que hacen la vez de corolario donde se reflexiona sobre las implicaciones teóricas y prácticas de los sesgos tratados a la hora de hacer ciencia y de pensarla. Tal y como nos ilustran García-Dauder y Pérez-Sedeño a lo largo de la obra, la historia de la ciencia nos ofrece multitud de casos en los que se evidencia la existencia de algún tipo de discriminación de género a lo largo de los diferentes estadios metodológicos que definen de manera clásica a la investigación científica: (i) en la selección de lo que se investiga y de lo que no, (ii) en los modelos teóricos y preguntas que se formulan durante la investigación, (iii) en las hipótesis planteadas ente las mismas y la selección de variables a estudiar, (iv) en los diseños experimentales y muestras empleadas, (v) en la situación experimental, (vi) en la recogida y análisis de datos y, finalmente, (vi) en la interpretación de los resultados y su publicación. En concreto, las autoras defienden que son dos los errores básicos que suelen permear algunos de estos estadios de la investigación y que fomentan la producción de ignorancia sobre las mujeres, a saber: la postulación de 'lo masculino' y 'lo femenino' como diferentes u opuestos y/o el ignorar o minimizar las diferencias específicas entre ambos. Son precisamente estos sesgos junto a otros presupuestos filosóficos de corte esencialista o reduccionista, los que han llevado a diversas disciplinas durante determinadas etapas de la historia de la ciencia -de forma activa o pasiva-a cometer una serie de negligencias que ayudaron y siguen ayudando a justificar el sometimiento y estatus subordinado del sexo femenino (como se puede observar claramente en determinados estadios de la sociobiología y psicología evolucionista) y/o a mantener determinados "nichos de mercado" que afectan directamente e incluso únicamente al cuerpo de las mujeres (como se explica en los estudios de caso sobre la vacuna del virus del papiloma humano o sobre la píldora anticonceptiva para las mujeres). Un primer grupo de estas negligencias analizadas en la obra están relacionadas con la producción de falsedades o ignorancia sobre las mujeres en cuestiones como las diferencias cognitivas o la invención de enfermedades mentales. El segundo grupo de negligencias, en cambio, estarían más relacionadas con la producción de silencios, la invisibilización de las mujeres o el ocultamiento de secretos sobre determinados asuntos relacionados con el sexo femenino, ya sea como sujetos o como objetos de conocimiento. La falta de reconocimiento de las mujeres científicas dentro de las historias de la ciencia, la desaparición temporal de las mujeres dentro de las explicaciones de la evolución humana, o la infrarrepresentación experimental de cuerpos femeninos en la investigación biomédica, entre otros estudios de caso presentes en la obra, así lo demuestran. Pero más allá de mostrar que la casuística de sesgos de género presentes en la investigación científica es bastante amplia y de aportar herramientas analíticas suficientes para su identificación, la obra también abre consigo determinados interrogantes crítico-filosóficos en torno a la naturaleza del conocimiento en general y del conocimiento científico en particular que caben ser problematizados, aunque no entre dentro de su objetivo específico ofrecer una solución a los mismos. El primero de estos interrogantes, explicitado ya en su introducción, tiene que ver con «si el "sexo" o la "raza" del sujeto de investigación son epistemológicamente relevantes o, dicho de otro modo, si la diversidad y la democracia en una comunidad científica influyen en mejores formas de hacer ciencia, más objetivas y justas socialmente» (pág. 10). El primer punto problemático que al respecto cabría plantear es si realmente ese "dicho de otro modo" establece de forma adecuada un paralelismo real entre los significados de las dos preguntas que une; esto es, si realmente se está preguntando lo mismo o se están tratando temas diferentes. Afirmar que ese paralelismo realmente existe, conllevaría a aceptar que hay de facto una relación entre la diversidad "sexual" o "racial" dentro de la comunidad científica con la diversidad epistemológica y social. Mientras que en términos sociológicos el paralelismo podría ser fácilmente aceptado, desde el punto de vista epistemológico equivaldría a sostener que los diferentes "puntos de vista" dependen del "sexo", la "raza", etc., algo ciertamente controvertido y pendiente de justificación. En este sentido, cuando se comenta inmediatamente después al respecto que «Sabemos que la presencia de mujeres en la ciencia (al igual que otros colectivos) no es condición suficiente para una mejor ciencia, pero si necesaria. (...) cuando la ciencia se hace desde el punto de vista de grupos tradicionalmente excluidos de la comunidad científi-ca, se visibilizan otras prioridades, se formulan nuevas preguntas y se critican los valores hegemónicos» (Ibídem), cabría preguntar a las autoras en qué medida consideran que esos "puntos de vista" se encuentran necesariamente encarnados en los individuos pertenecientes a los propios grupos excluidos que "representan" para que la inclusión de los mismos dentro de la comunidad científica sea condición necesaria para una ciencia mejor no sólo socialmente (una ciencia más justa, plural o democrática socialmente hablando), sino también y más bien epistémicamente (una ciencia más objetiva o menos sesgada). Dicho de otro modo, y aplicado al caso de género: cabría preguntar en qué modo se está defendiendo la inclusión del "punto de vista de las mujeres" en la actividad científica desde su dimensión epistémica: si se refieren a que la mayor objetividad se lograría mediante (a) más ciencia realizada por mujeres (enfatizando el "sexo" del sujeto de la investigación) o más bien mediante (b) la realización de más ciencia desde un punto de vista feminista (enfatizando la sensibilidad al género más allá del "sexo" del sujeto de investigación). Si los "puntos de vista" no dependen del "sexo" "(a)" no es condición ni necesaria ni suficiente desde el punto de vista epistemológico para fomentar una ciencia más objetiva, aunque si lo será "(b)". Otro asunto es que además de incentivar "(b)" debamos dar prioridad a la eliminación de los posibles sesgos socio-políticos a la hora de incluir en términos de equidad a las mujeres y otros colectivos como parte de la comunidad científica en aras a incentivar una ciencia más democrática e inclusiva ya sea por imperativo ético, jurídico y/o político. Esto es, que más allá de las cuestiones epistemológicas, debamos dar prioridad a la cuestión político-social en tanto todo ser humano (con independencia de su "sexo", "raza", religión, postura política, posición socio-económica, etc.) tenga el derecho inalienable de contribuir y ser tenido en consideración (como sujeto, objeto y paciente de conocimiento científico-tecnológico) dentro de la comunidad científica y de ser tratado en ese proceso de inclusión con igual dignidad que el resto. En mi opinión, ligar el "sexo" con determinados "puntos de vista" nos sitúa ante la paradoja que muy lúcidamente las autoras identifican: «si se rompe el androcentrismo, se marcan las diferencias y se corre el riesgo de fijarlas, y si no se marcan las diferencias para romper el dualismo, se corre el riesgo androcéntrico de que lo masculino quede como representante de lo genérico» (pág. 205). Por otro lado, no ligar los "puntos de vista" al sexo permite trascender esa mis-ma paradoja y convertir el problema de género no en una guerra de "sexos" con diferentes "puntos de vista", sino en una guerra de valores o incluso de ideologías imperantes que determinan los "puntos de vista" de una diversidad de individuos. El segundo gran interrogante de interés para la Filosofía de la Ciencia al que apunta el libro en las "Consideraciones finales" -y que está íntimamente relacionado con lo anterior-es si es posible una investigación científica pura y libre de valores. Las autoras identifican dos posibles opciones ante esta problemática: «una opción es confiar en la eliminación de los sesgos de género y asumir que ello es posible haciendo buena ciencia (independientemente de quienes sean sus sujetos y la composición de las comunidades científicas); la otra es asumir el carácter social e históricamente situado de todas las creencias y evaluar de forma crítica y reflexiva qué situaciones sociales parten de un punto de vista privilegiado para generar los conocimientos más objetivos» (pág. 240). La posición de García-Dauder y Pérez-Sedeño ante la pregunta, rigurosamente fundamentada a lo largo de la obra, es que «los valores permean todos los aspectos del conocimiento científico» (Ibídem) y, por tanto, no es posible una ciencia libre de valores. Si bien decir lo contrario sería negar las evidencias, cabe problematizar la opción dicotómica de salida que se ofrece atendiendo a la posibilidad de vías intermedias: ¿no cabría acaso confiar en que es posible hacer buena ciencia -o al menos una ciencia mejor-si se superan los valores androcéntricos socialmente e históricamente instaurados que producen ciertos sesgos en la investigación?, ¿no podría elaborarse una ciencia más objetiva con independencia de quienes sean sus sujetos de conocimiento si en ellos habita un ethos valorativo más crítico, inclusivo y sensible a las discriminaciones? La riqueza de la obra permite abrir todas estas y muchas otras cuestiones y precisamente ella fundamenta la necesidad de potenciar una mejor ciencia que sea sensible al género tanto en su aspecto social (equilibrio de género y pluralidad en las comunidades científicas) como epistémico (más objetiva, atravesadas por menos sesgos metodológicos y de contenido). En definitiva, nos encontramos ante un trabajo de gran rigurosidad en el que se hace un uso excepcional de la bibliografía disponible. La estructura de la obra está bien planteada y, aun cuando los capítulos pueden leerse por separado en caso de que interese algún estudio de caso en particular, convendría seguir la lectura en el orden expositivo planteado si se quiere aprovechar la coherencia analítica y obtener una panorámica amplia de los diferentes sesgos de género y modos en que se operacionalizan dentro de la práctica científica e investigadora. Aunque el libro se presenta a sí mismo como "divulgativo" y goza de una gran claridad expositiva y explicativa que lo hace accesible a todo tipo de audiencias, su rigurosidad y amplio manejo bibliográfico lo convierten en una obra de referencia fundamental para todos aquellos interesados en estudiar la ciencia desde una perspectiva de género y/o para quienes hacen de la actividad científica su objeto de reflexión, es-tudio y/o de acción. Asimismo, la serie de cuestiones que las autoras nos presentan mediante los estudios de caso en torno a la naturaleza de la actividad investigadora y del conocimiento científico pueden y deben ser una gran fuente informativa básica a tener en consideración dentro de los estudios'ciencia, tecnología y sociedad' en general, y la historia y la filosofía de la ciencia en particular. Universidad del País Vasco UPV/EHU [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS La enfermedad siempre ha estado presente en la vida del hombre. Por esta razón, el ser humano le ha dedicado al dolor, al sufrimiento y a la molestia numerosos tratados científicos e importantes obras de arte, tratando de desentrañar la verdadera naturaleza del padecimiento, buscando un remedio contra los males del cuerpo y procurando explicar las reacciones de la sociedad ante los malestares físicos, especialmente cuando salen de su control y su comprensión. Las ciencias sociales no han sido ajenas a este esfuerzo, ejemplo de lo cual es el libro El cólera morbus en Yucatán: medicina y salud pública, 1833-1853 de Paola Peniche Moreno, doctora en antropología por la UNAM y profesora-investigadora en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Unidad Peninsular, en Mérida, Yucatán. En este texto, la autora se centra en "la medicina y la salud pública en la primera mitad del siglo XIX, tomando como hilo conductor los dos primeros brotes de cólera que se registraron en la península" (p. Para ello, Peniche Moreno hace uso de cuatro tipos de fuentes: 1) Literatura médica de la época: Esta categoría se compone de "obras publicadas originalmente en distintas partes de Europa como Inglaterra, España, Francia o Austria" (pp. 15-16), mismas que también fueron posteriormente traducidas para ser leídas en España o en México. En este tipo de textos "médicos especializados describieron -también para un público especializado-la epidemia asiática, teorizaron sobre su etiología, plantearon hipótesis respecto a su difusión y propusieron estrategias profilácticas" (p. Cabe señalar que, como complemento de estas fuentes históricas, la autora consultó otras obras generales sobre medicina (todas ellas del siglo XIX) como diccionarios y pharmacopeas (p. 2) Folletería: Dirigidos al público en general, estos documentos no solamente se publicaron en Yucatán, sino que también fueron editados en otras partes de la República Mexicana como el Estado de México, Monterrey, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí y Veracruz. Asimismo, relevantes para la investigación fueron también los diversos folletos sobre el cólera que se elaboraron en el extranjero, en países como Cuba, España, Estados Unidos, Francia, Guatemala, Inglaterra y otros. El valor de estos papeles radica en su contenido, destinado a un público más amplio, razón por la cual a través de este medio se ofreció información sobre las características del cólera, las maneras de prevenirlo, además de algunos remedios para curarlo ( p. 3) Hemerografía: Compuesta principalmente por publicaciones periódicas en las que, ya sea por iniciativa privada o gubernamental, se publicaron remedios, medidas de prevención y algunas otras instrucciones para el gran público (p. 4) Documentación primaria: Proveniente de archivos locales, comprende la correspondencia oficial entre el gobernador del estado de Yucatán y distintos funcionarios de los pueblos del estado. Dentro de este corpus documental se encuentran también "la correspondencia y oficios del Ayuntamiento de Mérida, los libros de actas del cabildo capitalino y las actas de su Junta de Sa-nidad de los años 1832-1833 y 1848-1853" (p. 17); y no hay que dejar de mencionar las leyes, decretos y papeles varios del Poder Legislativo de Yucatán y las cuentas de cabildo de la ciudad de Mérida (pp. 17-18). Así pues, con este corpus documental rico y diverso, Peniche Moreno desarrolla su tema en cuatro interesantes capítulos, el primero de los cuales está centrado en "las teorías médico-científicas sobre la etiología y transmisión del cólera" (p. Este apartado es especialmente importante, pues plantea un escenario en el que varias enfermedades epidémicas que afectaron al estado de Yucatán ya se encontraban en fase de "domesticación", gracias a lo cual la población y las autoridades ya conocían sus síntomas y se les daba seguimiento de manera rigurosa (p. Es por esto que, cuando el cólera salió de Asia y diezmó de manera importante la población de diversos países y regiones de Europa, generó en México y en Yucatán un gran estupor y, en consecuencia, una enorme cantidad de escritos médicos (pp. 21-22). Estos textos sobre el cólera desarrollaron las posturas básicas de la epidemiología decimonónica, atribuyendo a la aparición y el desarrollo de la enfermedad causas circunscritas dentro de teorías "físico-químicas o geográficas (anticontagionistas), biológicas (contagionistas) y sociológias [sic] (la transmisión subordinada a factores socioeconómicos)" (pp. 29-30). Cabe destacar que un tema interesante del primer capítulo es también la descripción que se hace del gradual proceso de secularización de la enfermedad, como resultado de la Ilustración, y debido a la cual los padecimientos (en este caso el cólera) dejaron de ser vistos como un "castigo divino" (p.23) -lo cual no impidió, por otra parte, el fortalecimiento de una "teoría moral" de la enfermedad que atacaba especialmente a los pobres, marginados y menos asistidos-(p. 55), con lo que se favoreció un espíritu científico que buscaba explicaciones respaldadas en "la observación, la descripción minuciosa y la evidencia" (p. Por otra parte, a lo largo de la primera sección del libro se describen también las diversas explicaciones que existieron en el ámbito médico tanto sobre el origen como sobre la transmisión del cólera y otras enfermedades. Algunas de ellas fueron la teoría humoral -según la cual "la salud es el equilibrio de los humores, y la enfermedad es el predominio de algunos de ellos"-(p. 33), la teoría de las miasmas -según la cual las enfermedades surgían por las emanaciones fétidas y gases tóxicos de aguas y suelos, e incluso, de los enfermos-(p. Hay que señalar que todas estas teorías son importantes para la autora, en la medida en que condicionaron las políticas de atención a la enfermedad. De esta manera el anticontagionismo y la teoría moral de los padecimientos y las diversas ideas sobre las miasmas favorecieron los movimientos higienistas de los siglos XIX y XX (p.55), y "fueron consistentes con los estados liberales decimonónicos que exaltaron la individualidad, reformaron ciudades, promovieron el urbanismo e impulsaron la libertad de comercio y tránsito" (p. Por otra parte, "los Estados absolutistas (...) adoptaron una visión contagionista para racionalizar su intervención en asuntos de la sociedad civil" (pp. 49-50). En el segundo capítulo Paola Peniche Moreno se enfoca en las medidas de prevención que la administración pública de Yucatán con todos sus órganos de gobierno y comisiones ciudadanas pusieron en marcha para hacer frente a la epidemia del cólera (p. Es necesario establecer que, para la autora, dichas medidas no dependían solamente "del estado del conocimiento médico o biológico" (p. 58), sino también de "cuestiones políticas y de comercio" (p. Así, entre las estrategias promovidas en el Estado de Yucatán se encontraron las cuarentenas, mediante la apertura de lazaretos (p. 59) y restricciones en el comercio (p. 65), o bien, cercos y controles sanitarios que pretendían detener la enfermedad incomunicando diversos pueblos (p. La prevención también fue importante, para lo cual se recurrió al saneamiento de los espacios públicos (pp. 75-81), la constante vigilancia de las conductas individuales (pp. 81-84), la secularización de cementerios y el adecuado manejo de cadáveres (p. 93), entre otras medidas no menos importantes. En el tercer capítulo del libro se presentan los diversos remedios y terapias utilizados contra el cólera en el Estado de Yucatán, que se caracterizaron por su eclecticismo y diversidad (p. Entre las varias curas que se aplicaron a los enfermos coléricos de Yucatán destacaron aquellas que provenían de las teorías humorales de la enfermedad, las cuales "buscaban restablecer el equilibrio interno de los humores supuestamente vulnerado por la enfermedad" (p. Otras más, como aquellas derivadas del vitalismo, se enfocaron en revitalizar los órganos del cuerpo enfermo, mezclando herbolaria y especies curativas de la región (p. Así pues, de acuerdo con Paola Peniche Moreno, para el tratamiento del cólera se utilizaron terapias revulsivas (purgantes, lavativos, vomitivos) y antiflogísticas -sangrías y vejigatorios-(p. 102), o bien sustancias químicas como la Flor de Azufre, la Magnesia y la Quinina (p.108), y especies botánicas como el Guaco, el Peyote, el Epazote y otras (pp. 116-117). Mención aparte merece la profesionalización de la atención médica, para lo cual el cólera fue un factor catalizador (p. Finalmente, el capítulo cuarto del libro de Peniche Moreno describe claramente el organigrama de salud pública de Yucatán en los años 1833 y 1853, en el que figuraban instancias como la Junta General de Sanidad del Estado, las Comisiones permanentes de Mérida y Campeche, la Comisión especial de policía y otras (p. Especial mención merece el señalamiento que la autora hace de la presencia de la Iglesia en las redes de acción contra el cólera pues, pese al proceso de secularización, párrocos y curas formaban parte de las Juntas Locales de Sanidad. Efectivamente, de acuerdo con Paola Peniche Moreno, los religiosos formaban parte de todas las comisiones, de hecho "los ayuntamientos debían tomar decisiones en acuerdo con los párrocos locales" (p. 151), pues eran ellos los que en muchos casos se hacían cargo de los enfermos (p. Como ha podido observarse, por su temática y contenidos, el libro de Paola Peniche Moreno se encuentra a la par de otros que, en tiempos muy recientes se han enfocado en cuestiones de salud en México como el texto Cómo prevenir la locura. Estudios sobre México y Cuba de Alicia Contreras Sánchez y Carlos Alcalá Ferráezeditores- (COLMICH, 2014). Sin embargo, para entender la verdadera naturaleza de la investigación de Paola Peniche Moreno hay que centrarse en el diálogo que esta autora realiza con otros investigadores concentrados en el problema del cólera, de la salud, la medicina y la enfermedad. Así pues, uno de los aciertos del libro es la importante revisión de las investigaciones de diversos especialistas como Erwin Ackernecht, el historiador Carlos Alcalá, Francisco, Eduardo Laviada Arrigunaga, Álvaro H. Puga Navarrete y María Eugenia Patricia Ponce Alcocer, entre otros no menos importantes, por no hablar de las innumerables fuentes de primera mano que se emplean para el desarrollo del tema. Relevantes también resultan las descripciones sobre el panorama médico y científico de la época, que permiten entender los verdaderos alcances de la Ilustración en México y la manera en la cual el personal médico y científico de este país estaba en comunicación con sus homólogos del viejo continente y los Estados Unidos. En este sentido, mediante los escritos de Paola Peniche Moreno, también es posible visualizar el impacto que ya tenían las publicaciones científicas en el ambiente académico y práctico de la medicina del siglo XIX de manera particular y de la ciencia en general. Otra cualidad del libro de Peniche Moreno es la relación que se percibe entre visión científica y el actuar de las autoridades civiles, al grado de que los criterios médicos de la época fueron muy tomados en cuenta (si bien matizados por otros factores, especialmente los comerciales) para hacer frente al cólera y otras enfermedades ¿Puede observarse entonces un discurso de poder de la práctica médica y científica que permea todos los aspectos de lo social? La autora no da una respuesta, por lo que queda como un planteamiento que los lectores deberán de responderse con base en la evidencia presentada. Muy probablemente, la única crítica que puede hacerse al texto es la poca información que ofrece sobre los problemas a los que tuvo que enfrentarse el gobierno de Yucatán ante la contingencia del cólera y que no estaban directamente ligados con la enfermedad, pues pertenecían a un ámbito más social. En este sentido, el breve relato que se ofrece sobre el abasto y la escasez de alimentos (pp.163-167), o bien, los señalamientos que se hacen sobre la disposición del dinero utilizado para el pago de los profesores de primeras letras (pp.151-153) -que debió generar no pocos disgustos-son una ventana abierta para futuras investigaciones, situación que no demerita en lo absoluto un trabajo tan bien documentado y logrado como el de Paola Peniche Moreno.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0. RESEÑAS / BOOK REVIEWS Las Utopías del Uranio. Políticas energéticas, extracción y explotación del uranio en México, es una obra colectiva y se compone de nueve capítulos, un Prólogo y una Introducción, con un total de 252 páginas escritas por 12 doce investigadores (mujeres y hombres en igualdad numérica). Como indican los autores Utopías del Uranio, fue eso, una utopía para que México se integrara en el uso y manejo de las tecnologías nucleares en el contexto de posguerra y de la llamada "guerra fría", con fines pacíficos, desde luego, pero relacionado con una aspiración política, social y moral por diversificar las fuentes de generación de energía, el cambio y la independencia tecnológica, así como el desarrollo y la modernización de México. Al final del experimento nacional que recorre las décadas de 1930 a 1980, nada de lo anterior sucedió. Pero ahora contamos con elementos explicativos finamente tejidos de los pormenores de su historia. En sus nueve capítulos destacan enfoques diversos, que van desde el marco jurídico-institucional, pasando por la integración de la propia comunidad científica, la inversión de recursos públicos en la creación de una infraestructura material técnico-científica, hasta su resonancia social y política que involucró a otros sectores sociales en su derecho de ser tomados en cuenta en la toma de decisiones y el fantasma medioambiental que trajo consigo el accidente nuclear de Chernóbil en 1986. Esos ejes temáticos, y otros más que están presentes en el libro, se encuentran ampliamente documentados en fuentes de archivos de las propias instituciones y organismos que se crearon para atender la generación de energía nuclear al mercado interno mexicano, o en los archivos particulares de los acto-res involucrados, como es el caso del Fondo Manuel Sandoval Vallarta, un científico clave de esa historia. En esta obra se estudia y analiza con detalle el entramado jurídico y los contextos en el que se dan las propuestas gubernamentales del más alto nivel, los debates en el Congreso, las discusiones que propiciaron los propios científicos, la participación de la sociedad civil en un movimiento antinuclear, etcétera; pero también el entramado institucional que se estableció en México a lo largo del periodo de estudio, la inversión de cuantiosos recursos públicos, los numerosos programas que se implementaron, los conflictos que se suscitaron en la dirección de los organismos paraestatales, o en definitiva, los cambios de estrategias en la conducción del proceso de institucionalización de la industria nuclear mexicana. En ese sentido los autores combinaron de manera adecuada y eficiente una mirada internalista de la historia de la ciencia y de la tecnología a través del desarrollo de la física, las matemáticas, la geología, la química o las ingenierías, vinculadas a dos de las instituciones de educación superior de México: la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional; y, por otro lado, una mirada externalistas que dibuja los escenarios nacional e internacional que estimularon, arroparon y fijaron sus usos y sus alcances, y la compleja interacción entre diversos actores y condiciones locales, nacionales e internacionales, cuyos proyectos y políticas tecnocientíficas se basan en modelos de desarrollo nacionalistas o modernizadores. Los primeros cuatro capítulos abordan esa compleja realidad. La ruta analítico inicia con el impulso a la investigación científica en los ámbitos de las matemáticas, física, química, geología, e ingeniería para la formación de recursos humanos. Del CNESIC a la CICIC: impulsos a la investigación científica", destaca el interés del gobierno cardenistas por establecer y consolidar la educación técnico-científica y la creación de un sistema de institutos y laboratorios para la generación de tecnologías útiles para la minería y el petróleo o la presencia de un grupo de notables científicos como José Zozaya, Manuel Sandoval Vallarta, Monges López, León Ávalos Vez, entre otros, que sentarían las bases para la investigación y el desarrollo de tecnologías del uranio a partir de la década de 1950. De gran importancia es el estudio del marco regulatorio internacional que se diseñó después de la Segunda Guerra Mundial para el uso pacífico de la energía nuclear y el cambio jurídico en el artículo 27 constitucional que estableció la prescripción jurídica de que los yacimientos de uranio y los minerales radiactivos estarían bajo la tutela del Estado mexicano. En la temporalidad de 1945 a 1984, los distintos gobiernos buscaron establecer en México una industria nuclear como respuesta a la problemática de los combustibles fósiles en el mercado internacional. Sin embargo, como aseguran las autoras García y Cortés en "El programa de energía nuclear en México y la perspectiva jurídico-política: 1945-1984", los requerimientos tanto económicos como técnico-científicos para el establecimiento de una industria nacional de combustibles nucleares, una industria de reactores nucleares y una industria para la instrumentalización racionalizada al uso pacífico de la energía nuclear, requería de conocimientos y tecnología que no se tenían, y que hicieron dependiente a México. Andrea Torres aborda, en "El acceso al conocimiento nuclear a través de los sistemas y servicios de información, 1959-1985", la creación, estructura y funcionamiento del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA 1957) y su Sistema Internacional de información Nuclear (1969) para el intercambio de información, conocimientos y transferencia de tecnología nuclear. Esos organismos trajeron consigo la creación en México de la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN 1956), el Centro de Información y Documentación Nuclear (CIDN 1959), que en 1972 se transformó en Instituto Nacional de Energía Nuclear (1972), y el Centro Nuclear de México (1964). En ese proceso jugaron un papel fundamental los científicos mexicanos Nabor Carrillo Flores, Carlos Graef Fernan-dez, Marcos Mazari, Arnulfo Morales y Pedro Zamora en la formación de recursos humanos, la producción de radioisótopos y la investigación científica en las áreas de las Ciencias Físicas, Ciencias de la Tierra, Ciencias Biológicas, Isótopos y Aplicación de la Radiación, Derecho Nuclear. No podría faltar el estudio propiamente de la estructura y funcionamiento de la industria nuclear en México para el periodo de 1955 a 1980. Federico Lazarín efectúa un estudio exhaustivo de las instituciones para el control, regulación, vigilancia y seguridad nuclear en "La industria nuclear en México ¿Un proyecto estatal?". Estudia la constitución y funciones de la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardia (CNSNS) y la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEA); el establecimiento de Uranio Mexicano (URAMEX) encargada de la búsqueda, extracción y beneficio de los yacimientos de uranio; el Instituto Nacional de Energía Nuclear (INEN), (después Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares ININ), cuya tarea era la de investigar y producir tecnología nuclear y fabricación de los combustibles necesarios; y la CFE, empresa que produciría y comercializaría electricidad con uso de la energía nuclear). El autor de esas líneas concluye que pese a los cambios en el gobierno (seis sexenios), sí hubo una política de Estado para llevar a cabo el proyecto de consolidar la Industria Nuclear con fines pacíficos. El autor sugiere que "La causa del fin del proyecto nuclear se debe de buscar por un lado, en factores endógenos: política energética, descubrimiento de nuevos yacimientos petroleros en el sexenio de José López Portillo (1976-1982), la movilización sindical e incluso la división corporativa entre científicos, ingenieros y autoridades. Por otra parte, en factores exógenos, como la política y geopolítica internacional en la Guerra Fría y en torno a la energía como un elemento económico-estratégico, la posición de México ante esos factores, el encarecimiento de los costos internacionales en la construcción de plantas nucleares, la estabilidad de los precios internacionales del petróleo y el incremento del consumo por parte de las potencias industriales." (p. Ahora bien, esta no es una historia oficial de la energía nuclear en México; aquí, en el libro, aparecen gobernantes, políticos, funcionarios, administradores, científicos, técnicos calificados y trabajadores con visiones distintas e intereses encontrados. Esa vertiente que documenta las divergencias y contradicciones en la toma de decisiones públicas, enriquece nuestra mi-rada de un periodo de la historia de México que va de 1935 a 1985, que transitó en la idea de fortalecer las capacidades de dirección del Estado en el desarrollo económico del país y su independencia tecnológica, o asumir la modernidad energética al abrigo y control de las políticas hegemónicas del país del norte bajo el principio de "la seguridad nacional". En el libro no solo se estudian las políticas públicas en ciencia y tecnología, las instituciones establecidas para la formación de los recursos humanos del más alto nivel, o aquellas otras para el fomento, regulación y desarrollo de la energía nuclear; de gran significado para la historia social de la ciencia y la tecnología es la presencia de una comunidad científica y el liderazgo de algunos de sus integrantes en la conducción de las estrategias más relevantes encaminadas a alcanzar la independencia científica y tecnológica de México, tal y como se problematiza en los capítulos cinco, seis y siete del libro. Por ejemplo, Martha Ortega y Tadeo Hamed Liciaga en "Los ingenieros en busca de la fuente de energía: exploraciones y explotaciones del mineral de uranio en el norte de México, 1957-1972", centran el enfoque en el estudio de los expertos, ingenieros y técnicos en el trabajo de exploración y explotación de los yacimientos de uranio en el norte del país entre 1957 y 1972 (Sonora, Chihuahua, Durango, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas), a través de la Comisión Nacional de Energía Nuclear (CNEN). Los autores destacan el carácter contradictorio en las estrategias de exploración y explotación de los yacimientos de uranio entre los "directivos de exploración y extracción con la presidencia del CNEN, el incremento en los costos de beneficio del mineral, la falta de producción nacional de herramientas y tecnologías, la reducción de presupuesto para dicho fin, etcétera. Concluyen que "la dependencia tecnológica provocaba inversiones cuantiosas, pero insuficiente. En el fondo era una falta de coordinación entre las ciencias básicas, la tecnociencia y los empresarios del país bajo la dirección del Estado" (p. La débil coordinación para aumentar la eficiencia de los recursos, la dependencia tecnológica y el aumento de la reserva probada de hidrocarburo fósil influyeron para que en el año de 1970 las labores de exploración y extracción del uranio estuvieran prácticamente paradas. Por otra parte, la inversión en la extracción de combustible fósil se antojaba menos costosa en términos de inversión de capital y más redituable políticamente (p. Hugo Pichardo, en "El mapeo del uranio en Sonora y Chihuahua, México 1965-1970", centra su estudio en los ingenieros geólogos y en el trabajo cartográfico que desarrollaron como una herramienta fundamental para la representación gráfica de las localidades con yacimientos uraníferos, pues éstas sintetizaban y simplificaban la conceptualización de la realidad. Los ingenieros geólogos de la Comisión Nacional de Energía Nuclear desarrollaron entre 1963 y 1970 exploraciones terrestres y áreas en los estados del norte y sur del país, y elaboraron mapas, planos y croquis que sintetizaban la rica información del proceso de exploración para comprobar la presencia de material radiactivo, la ubicación de los yacimientos de uranio y su volumen potencial y de reserva. El autor analiza particularmente la cartografía de los estados de Sonora y Chihuahua, e indica la importancia de estudiar la cartografía del resto del territorio nacional para poder integrar una visión integral del uranio en México. Por su parte Jesús Monroy y José Raphael Santana, centran su mirada en la formación de la paraestatal Uranio Mexicano (URAMEX, 1979) como pilar del Proyecto Nucleoeléctrico Mexicano, cuya misión fue la construcción en 1976 de la Planta Nuclear de Laguna Verde, Veracruz, para el abastecimiento de la materia prima, el uranio, para el proceso industrial de generación de electricidad por la vía nuclear. En "Presencia de la UNAM y el IPN en la plantilla laboral de URAMEX, 1979URAMEX, -1983"", Monroy y Santana abordan el estudia de la paraestatal desde dos perspectivas: como administración empresarial y como sistema de gestión pública. El interés analítico se centro, desde luego, en el factor humano, científicos, ingenieros y especialistas, formados en la UNAM y el IPN, las dos instituciones de mayor prestigio en México. Se concluye que el Proyecto Nucleoeléctrico Mexicano, del que dependía URAMEX, quedo suspendido por falta de presupuesto, y Uramex perdió toda razón de ser, "y tras la huelga del Sindicato único de Trabajadores de la Industria Nuclear en 1983 fue cerrada y su personal liquidado entre 1983 y 1985. Los dos últimos capítulos se adentran en las consecuencias económicas, sociales y científicas que trajeron consigo las limitaciones financieras del gobierno y del país, el cambio de rumbo de las políticas públicas, las negociaciones con los gobiernos y las agencias internacionales no siempre en beneficio de la independencia tecnológica del país, los conflictos laborales y el imaginario social en torno a lo positivo o negativo de la energía nuclear. En el estudia del conflicto laboral entre URAMEX y el SUTIN, Luis Abraham Barandica escuadriña, en "Somero análisis hemerográfico del conflicto entre URA-NEX y el SUTIN (mayo-agosto, 1983)", tres tendencias, a partir del análisis discursivo en la construcción social de los actores involucrados y de sus argumentos: 1. el aspecto laboral desde una perspectiva legal de las relaciones obrero patronales; 2. la ponderación de las posiciones ideológicas y políticas del conflicto entre los funcionarios y trabajadores, con sus fracciones y disidencias; 3. y, la posición economicista. Las partes en conflicto coincidían en que el uranio, y en general la industria nuclear mexicana, eran "un elemento básico y estratégico de la soberanía energética nacional". Pero el discurso de ambos lados contrastó con la realidad, pues en ese contexto de conflicto, el proyecto de construcción del complejo nucleoeléctrico quedo paralizado. (p. El libro cierra con el trabajo de Rosa Lizbet Altamirano "El accidente de Chernóbil y la oposición a Laguna Verde, 1986-1988", en el que se da seguimiento al impacto en México del accidente de Chernóbil y la entrada en escena de un movimiento antinuclear en Veracruz que demandaba su participación en la toma de decisiones de la industria nuclear nacional. Aquí se analizan dos posturas: la que veía en la planta nuclear de Laguna Verde un proyecto tecnológico modernizador para lograr la independencia energética, y la que se negaba a aceptarlo dicho paradigma por considerar que el uso del uranio tenía repercusiones sociales y medioambientales, plenamente comprobadas. El tema del Uranio en México ha sido poco estudiado por los especialistas de las ciencias sociales y las humanidades, no obstante ser un problema crucial y estratégico para el desarrollo económico y científicotécnico del país. Las utopías del Uranio en México. Políticas energéticas, extracción y explotación del uranio en México llena un vacío historiográfico en la historia local de la ciencia y la tecnología, y abre múltiples perspectivas analíticas para replantear el tema de la globalización del conocimiento, la cultura material, el papel de los itinerarios de materiales, personas y prácticas. Busca trascender la frontera nacional al incorporar el papel de la geopolítica en el estudio de las capacidades de México de impulsar políticas y programas para la explotación y uso del uranio con fines pacíficos. El gran acierto del libro es ponderar las tensiones que se suscitaron a lo largo de seis décadas entre los procesos locales y globales que marcaron la segunda mitad del siglo XX, para superar la vieja dicotomía centro-periferia. Los diferentes capítulos del libro tienen un grado de originalidad, en tanto que entrelazan historias locales con procesos más amplios, como por ejemplo la internacionalización de la ciencia en sus aspectos júridicos y científicos, asistencia técnica y transferencia tecnológica. El enfoque que se implementa en cada uno de ellos, el internalista o externalista, hace aportaciones serias y de calidad a la interpretación de la ciencia y la tecnología mexicana de posguerra; se identifican los puntos nodales de las instituciones públicas involucradas en la generación de energía nuclear y de la amplia gama de actores sociales que intervinieron en la configuración de una industria que se penso clave para el desarrollo de México. Este último punto es realmente significativo, puesto que los diferentes artículos integran y hace visible el quehacer de diversos actores que habían permanecido fuera de la narrativa histórica. Entre ellos, están los funcionarios de gobierno en turno, los diplomáticos, los científicos transnacionales y los ingenieros y técnicos, y su papel como mediadores de los intercambios asimétricos de conocimiento y tecnología a nivel nacional o internacional. Utopías del Uranio proporciona una interpretación original de la historia social de la ciencia y la tecnología en México, en el contexto de los procesos de globalización-internacionalización que tuvieron lugar en la temporalidad del estudio, ya que contrasta los procesos de transferencia tecnológica y difusión del conocimiento, con la mirada simple y lineal de "recepción pasiva", como se ha querido ver para el caso de los países del llamado Tercer Mundo. José Alfredo Uribe Salas Facultad de Historia Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
RESUMEN: La tensión dialéctica entre cuerpo y espíritu, derivada de su propia naturaleza dual, ha articulado el discurso de la Melancolía desde sus orígenes. Como resultado encontramos distintos arquetipos bioculturales de melancolía, nacidos de la urdimbre secular entre el empirismo y las creencias del imaginario colectivo de cada sociedad. El análisis de los rasgos psicológicos y la fisonomía de la Celestina, entendida como la representación literaria de la melancolía maléfica, nos permite reconstruir el itinerario de interrelaciones entre humoralismo y escolástica medieval que moldearon esta particular "encarnación" de la misma. "Luis de Mercado considera que la melancolía de las monjas, viudas y dueñas más ancianas es un tipo peculiar de melancolía diferente del resto. Algunos reducen a este rango a las personas fanáticas, arrobadas y demoniacas, añadiendo la melancolía amorosa y la licantropía a la primera" (...) Durante el trayecto antropológico de simbolización del Homo Sapiens el cuerpo humano ha sido subordinado a los arquetipos simbólicos imperantes en cada sociedad, reflejo del conjunto de sus discursos para comprender el mundo (Durand, 2004; Ries, 2012). En este contexto el "símbolo corporal", conteniendo significados ajenos a su realidad física, ha sido partícipe y receptor de una fenomenología profundamente tributaria de la antropología social, y por ende de la imaginación simbólica de cada comunidad (Martínez Hernández, 2011). Como resultado hemos asistimos a una definición de normalidad o anormalidad reflejo del entretejido entre las convenciones culturales/ religiosas y los límites del conocimiento empírico en cada civilización (Frazer, 1951; Thorndike, 1923). La antropología médica, entendida como "arco de puente entre dos órdenes de realidades aparentemente muy lejanas entre sí: el proceso bioquímico y el hecho psicológico y social de la convivencia humana" (Rof Carballo, 1969, p. 77), persigue acercarse a la historia encarnada resultante de esta urdimbre. El ciclo menstrual femenino en general, y la menopausia en particular, pueden considerarse un buen ejemplo de transformación cultural y científica. Partiendo de ancestrales ritos cósmicos y mitológicos, y de la profana consideración de la sangre menstrual como impura, la identificación cristiana medieval útero-pecado transmutó la impureza en pecado, y a la mujer en su perverso y carnalmente pecaminoso continente. De esta manera, hasta alcanzar la actual consideración de situación fisiológica, la climatérica ha transitado a través de los siglos desde hechicera ancestral a bruja inquisitorial, melancólica/histérica del psicoanálisis del XIX, y "depleccionada estrogénica" necesitada de sustitución hormonal del siglo XX (Melián, 2011). En trabajos previos he analizado las implicaciones de esta teoría en la mutación de la climatérica infértil y virilizada en arquetipos de hechicera andrógina y venenosa (mal de ojo), mística o histérica, no ajenas al nexo establecido transculturalmente entre la bilis negra y la vida sexual femenina (Melián, 2011, Melián, 2015). Quizá no encontremos en nuestro patrimonio histórico un sustrato mejor abonado para esta aproximación que la Melancolía, cuya "corporalidad física" ha sido desde el origen un elemento nuclear de su naturaleza humoral. Ya Aristóteles señaló dos atributos esenciales de la bilis negra que condicionarían su devenir histórico: su naturaleza dual entre el soma y la psiquis, y una inestabilidad endógena resultante en manifestaciones psíquicas contrapuestas según las circunstancias físicas (Klibansky et al., 2004). Partiendo de las descripciones iniciales de Hipócrates de Cos (460-370 AC), Aristóteles y Rufo de Éfeso sentaron las bases de un camino secular empedrado por otros muchos hasta el Medievo, receptor de un melancólico con características morbosas de constitución, fenotipo y carácter en forma de exaltación o apatía (Klibansky et al., 2004). Un fenotipo y un origen, la bilis negra, muy atractivos para que la interpretatio cristiana convirtiera estos atributos en testimonio de pecado. La obra maestra de la Escolástica fue trasmutar la naturaleza constitutiva de la melancolía original, carente de proyección ética, en una enfermedad moral, al identificarla con la acedia (Theunissen, 2005). Muy por encima de cualquier otro temperamento, el melancólico recibió influencias desde la medicina, la religión, la ética y la cosmología, constituyéndose en arquetipos psicológicos ampliamente representados en nuestra literatura del Siglo de Oro (Scott Soufas, 1990) 1. A cada tipología de melancólico se adjudicaron ciertos rasgos corporales en mayor o menor grado, pero frente a los nutridos análisis psíquicos esta fisonomía de la Melancolía ha sido escasamente investigada. La eficacia mostrada por la filosofía escolástica en convertir la teoría tardo-clásica de los temperamentos en una doctrina teológica, unificando fenotipos y fisonomías humorales y connotaciones morales, ha de ser catalogada de brillante. En una sociedad que identificó los procesos corporales con valores espirituales tornando toda enfermedad en psicosomática (Le Goff y Truong, 2014, p. 92), y donde la complexión, rasgos faciales, voz, e incluso el andar, eran señales externas de un determinado carácter y temperamento (Cadden, 1993), su proyección fue incontestable. Hasta el nacimiento en el siglo XVIII de la doctrina de las secreciones internas, que transformó los humores o jugos en hormonas y los órganos en glándulas, en el pensamiento médico cohabitaron humoralismo, teología cristiana y una organoterapia basada en ideas totémicas-mágicas (Eknoyan, 2004). Y, tan tarde como en el siglo XX, cuando formas de melancolía morbosa humoral se podían identificar con desequilibrios de las glándulas endo-crinas, floreció una teoría que situaba los balances hormonales -herederos del humoralismo-como nexo común entre fisonomía, temperamento y carácter, llegando en sus extremos al desarrollo de una antropología criminal fisonómica de gran resonancia mediática (Jiménez de Asúa, 1928). Los escolásticos integraron las teorías clásicas, donde toda alma era constituida a la medida del cuerpo, equiparando a más perfección exterior un alma más perfecta (Caro Baroja, 1987). Un siglo después de que Hildegarda von Bingen (1098-1179) atribuyera el origen de la melancolía al pecado original, Tomás de Aquino (1225-1274) la equiparó con la acedia (Peretó Rivas, 2010) 2 o "tristeza del bien divino", uno de los siete pecados capitales, colocándola en una posición intermedia entre los espirituales y los corporales (Morin, 2008) 3. Asumiendo las tesis de Alberto Magno, para el cual la composición humoral o temperamento determinaba la complexión intelectual y psíquica, la identificación de la melancolía con el pecado de la acedia debía percibirse necesariamente en la imagen corporal del afecto. De esta forma, sobre las connotaciones negativas de la menstruación durante la Edad Media (Green, 2005), el imaginario colectivo moderno integró la imagen de melancólica otoñal, oscura, magra, fría, inestable, imaginativa, andrógina, hirsuta, propensa a la credulidad y la hechicería y fuente del mal de ojo (Jacquart y Thomasset,1989). La "encarnación" de la melancolía maléfica por bilis negra en la anciana hechicera Celestina y en toda una corte literaria de afines descansa sobre esta urdimbre (Alberola,p.99). En este estudio pretendemos alumbrar en lo posible la contribución de la escolástica medieval en la construcción fisiognómica de la "melancolía maléfica", en virtud de conceptos biológicos que fueron redefinidos y reinterpretados a la luz de la fe. Utilizando la Celestina como hilo conductor, nos acercaremos a un arquetipo que integró parte de nuestro paisaje sociocultural desde finales del medievo hasta el siglo XVIII (Martin Soto, 2008), y que aún hoy sobrevive tenazmente enraizado en nuestro imaginario con análoga vitalidad que antaño. Una figura en una obra maestra donde, en palabras de Calisto, se suscribe explícitamente la importancia atribuida en esos siglos a la relación cuerpo-alma "(..) por la fisonomía se percibe la virtud interior " (De Rojas, 2013, p. 63), raíz de este trabajo. EL CUERPO O LAS PAREDES DEL MUNDO "La cara se llena de arrugas, el cabello pierde el color y el brillo, los oídos se endurecen, la vista se debilita, la boca se hunde, los dientes se caen, fallan las fuerzas, los pasos se hacen breves, lento el comer" (De Rojas, 2013, p. 102) 4 En su Examen de los Ingenios (1575) Huarte de San Juan escribía "La última edad del hombre es la vejez, en la cual el cuerpo está frio y seco, y con mil enfermedades y flaco, todas las potencias perdidas sin poder hacer lo que antes solían" (Huarte de San Juan, 1953, p.424). La vejez era seca y fría como el humor melancólico, participando de muchos de sus atributos. Así, en la famosa iconología de Cesare Ripa (1593) la Melancolía era una "mujer vieja, muy triste y dolorida, vestida con año basto y sin ningún ornamento (...) pues la melancolía produce en los hombres los mismos resultados que la fuerza del invierno sobre los árboles y plantas, pues agitándolas con nieve vienen a quedar secas, estériles, desnudas, despojadas de todo y sin ninguna belleza (...)" En su lectura semiótico formal de la Celestina Fernando Cantalapiedra realizó un excelente análisis sobre los atributos físicos con los que De Rojas enfrentó la vejez celestinesca con la juventud de Melibea y Areúsa, para transmitirnos el discurrir del tiempo: 1, cabello blanco teñido vs. dorado y brillante 2, desdentada vs. dientes como perlas 3, voz desagradable vs. aguda 4, sordera y mala visión vs condiciones óptimas 5, flaca vs. fuerte 6, madurez vs. matriz activa y 7, olor a vieja vs. olor saludable (Cantalapiedra, 1986, pp.58-59). Algunos de ellos cualidades coligadas con la bilis negra. Esta vejez aparece con frecuencia en la voz de la propia Celestina, "Soy una vieja de sesenta años" (De Rojas, 2013, p. La anciana es consciente de una realidad "Mi fortuna alcanzó su cumbre, considerando lo que soy y era. Es natural que ahora disminuya. Me voy acercando a mi fin. Sé que subí para descender, que florecí para secarme, que viví para crecer, que crecí para envejecer, que envejeceré para morir (De Rojas, 2013, p. 189), que la ancla en la nostalgia "Hijos mío, gozad de la juventud, si dejáis pasar el tiempo os arrepentiréis" (De Rojas, 2013, p.185). Cuando se publicó la obra en 1499, además del "morbum imaginosum" atribuido a la bilis negra, una fisognómica en gran parte animalista, la cosmología, y la escolástica habían sedimentado una imagen del melancólico "seco y frío de piel morena, cabeza gacha, delgadez, con rasgos de avaricia y cobardía" (Klibansky et al., 2004, pp. 70-86). Casi dos siglo más tarde, en 1677, Fray Fernando Ferrer recogía las peculiaridades de los nacidos bajo "el signo de Saturno" "(...) tienen el rostro largo, son algo morenos, medianamente gruesos, de cabellos negros, gruesos y espesos, de ojos medianos, siempre miran al suelo, cejijuntos, de gruesos labios, de desproporcionados dientes, muy barbudos, o muy poco, espaciosos al andar y se topan en los tobillos, y si es Occidental les saca de pequeña estatura, flacos y mal barbudos, pensativos, melancólicos, con otras mil cualidades enojosas, y los pies corbos, malos nadadores y echan de si mal olor (...) Domina en lugares oscuros y horrorosos (...) en el cuerpo humano reyna, en el humor melancólico, en el oído derecho, en los huesos y sus ataduras, vexiga y produze enfermedades frías y secas" (Caro Baroja, 1987, p. La transformación del humor melancólico en elemento moral negativo (Echeverría, 2004), fue especialmente dañina para el sexo femenino, "más necio y más aptas a confundir las sugestiones naturales demoniacas por aquellas de origen divino (...), más rápidas e imaginativas (...) lascivas y avariciosas en su modo de vivir" (Guazzo, 2002, p. En su Compendium Maleficarum de 1608 Fra Francesco María Guazzo afirmaba que en las féminas el maligno "induce la enfermedad de la melancolía perturbando primero la bilis negra del cuerpo dispersando de esta unos humores negros a través del cerebro y las células internas de cuerpo; e incrementa esta bilis negra super-induciendo otras irritaciones y evitando la expulsión del humor. Atrae la epilepsia, parálisis y tales enfermedades mediante la parálisis de los fluidos más pesados (..) provoca la ceguera y la sordera atrayendo una nociva secreción a los ojos y los oídos. A menudo sugiere ideas a la imaginación que inducen amor u odio u otras perturbaciones mentales (Guazzo, 2002, p. Ya en el siglo XII Hildegarda Bon Bingen había descrito un fenotipo femenino "repugnante y lastimoso de común infértil, complexión mediana, piel amarillenta, carácter inmaduro, irritable y difícil trato con los hombres" (Andrés, 2003). Siglos más tarde Huarte de San Juan describía a la melancólica como "enjuta y seca, avisada y áspera, de voz gruesa y abultada, verdinegra o morena, de pocas carnes, con mucho vello y un poco de barba" (Huarte de San Juan, 1953, p. 496); y Alonso de la Cruz (Sobre la Melancolía,1569) como "mujeres de cuerpos hirsutos, magros, negros, llenos de pelo y venas dilatadas con corazón más cálido de lo necesario y su cerebro húmedo, de tal modo que este reciba fácilmente lo que aquel envía" (De la Cruz, 2005, p.46). Lejos quedaba la aséptica descripción hipocrática de la bilis negra (líquido oscuro producido primero cerca del cerebro y posteriormente del hígado (melas=negro xolías: humor, melanxolias: melancolía) como uno de los cuatro humores junto a la sangre, la flema (mocos), y la bilis amarilla (vómitos) 5. Muy tempranamente Aristóteles (384-322 AC), quien adjudicó a la bilis negra la etiología de la melancolía, diferenció una forma consti-tutiva, "anormalmente" normal en algunos individuos, de cuadros transitorios del rasgo melancólico causados por alteraciones digestivas o cambios en temperatura de dicha sustancia; el autor estableció la inestabilidad endógena de la bilis en sí misma, y por tanto de la mezcla (eucrasia) entre bilis negra y resto de humores (Aristóteles, 2007). Dependiendo de la temperatura de dicha bilis las respuestas oscilaban entre exaltación por sobrecalentamiento (tipo locura o manía o éxtasis) y tristeza/temor por enfriamiento. Esta inestabilidad justificaba la importancia decisiva de la circunstancia (kairos) en las manifestaciones del melancólico, y de ahí el carácter "bipolar" de sus presentaciones psíquicas, que le llevaron a diferenciar los temperamentos melancólicos frío y caliente: el primero cursaba con torpeza, falta de energía, y miedo; el segundo era inclinado a la cólera, la fogosidad vital, la lujuria y, en sus extremos, la locura (Peretó Rivas, 2010) 6. Por su parte Rufo de Éfeso (93-138 DC), galeno de la escuela neumática, estableció como causa directa de la enfermedad a la actividad mental, y sobre la base de las melancolías aristotélicas natural y adquirida, distinguió entre un humor melancólico o sangre melancólica -definida como heces de la sangre o sangre espesada y enfriada-, siempre presente en el cuerpo y origen de enfermedades leves, y una melancolía adusta 7, resultante de la "combustión de la bilis amarilla", necesariamente dañina. Dependiendo de su asentamiento en los ventrículos cerebrales esta bilis atrabiliaria producía formas de enfermedad melancólica como epilepsia, estados de tristeza y miedo, o estados de exaltación y violencia. Es importante reseñar el pionero papel de Rufo de Éfeso en correlacionar fisonomía y expresión corporal con todo un abanico de patologías psicológicas, desarrollado en los siglos venideros hasta alcanzar su cenit las teorías de los somatotipos y psiquismo del siglo XX (Caro Baroja, 1987; Klibansky et al., 2004, pp. 70-74). El Corpus Médico Galénico, que dominó la medicina europea hasta el Renacimiento, ligó los 4 elementos socráticos -tierra, agua, fuego y aire-con los 4 humores corporales -bilis negra, flema, bilis amarilla y sangre-, que a su vez determinaban 4 caracteres -frio, caliente, seco y húmedo- (Eknoyan, 2004). Así el calor hacía al hombre alto, el frío bajo, la humedad obeso, y la sequedad delgado, de tal forma que los blandos, rubios y obesos poseían poco humor melancólico, y los delgados, morenos, hirsutos y de venas abultadas mucho más (Klibansky et al., 2004, p.77). A lo largo de los siglos las teorías hipocrática y galénica se fusionaron hasta resultar en la teoría de los cuatro temperamentos con una constitución física y psicológica determinada: sanguíneo (húmedo y caliente), colérico (seco y caliente, como la bilis amarilla), flemático (húmedo y frío como la flema) y melancólico (seco y frío como la bilis negra) 8. En el siglo XIII San Alberto Magno (1206-1280) redefinió la teoría fisonómica de los temperamentos clásicos en su Líber de Animalibus. El autor, secundado por Tomás de Aquino, diferenció entre una melancolía natural o "faex sanguinis" a imagen de Rufo y Galeno, de una no natural que podía resultar de la adustión de cualquiera de los humores naturales. El melancólico frío o natural era de talla baja, delgado, oscuro de piel, y psicológicamente insociable, triste, suspicaz depresivo y abúlico, características no siempre compartidas por el melancólico intrínsecamente morboso (Pagés y Pagés, 1992) 9. Tras siglos de una medicina íntimamente unificada con la moral cristiana, el descubrimiento de las secreciones internas abrió el camino para ligar prototipos de temperamento -hoy definidos como resultado de las disposiciones afectivas innatas y heredadas que rigen nuestras relaciones con el exterior-con el predominio de ciertas funciones endocrinas (Meng et al., 1920). Este avance fue fundamental para identificar un amplio espectro de manifestaciones psicológicas o psiquiátricas ligadas a desequilibrios hormonales que podrían justificar formas de enfermedad melancólica clásicas, sustrayendo el componente religioso (Valera Bestard et al., 2003). En este contexto es inevitable pensar que en un porcentaje de estas climatéricas melancólicas pudieron subyacer disfunciones hormonales más o menos sutiles (Marañón, 1939). Los paralelismos entre las descripciones clásicas de la melancolía fría con la enfermedad de Addison o insuficiencia suprarrenal primaria (Sorkin, 1956), y de la melancolía caliente o adusta con el hipertiroidismo, recogidos en las tablas 1 y 2, son notables. Pero sin llegar a estos extremos destacamos el sugerente trabajo publicado por el escolástico F. M Barbado en la Revue Thomiste (Barbado, 1931) 10 defendiendo la vigencia de las doctrinas tomistas que ligaban complexión y carácter, y atribuyendo un físico y una psiquis específicos a cada crasis hormonal o temperamento. Considerando la personalidad individual como resultante de temperamento, vida psíquica o carácter 11, y fisonomía o morfología exterior, el autor realizó un brillante ejercicio conciliador entre las teorías de San Alberto Magno y las biotipologías de sus coetáneos Pende y Krestchner. De esta forma vinculó los temperamentos frío y caliente de Alberto Magno con los temperamentos endocrinos hipo-suprarrenal e hipertiroideo de Pende, respectivamente y, a su vez, con las tipologías somáticas y psíquicas de Krestchner. En ambos casos los melancólicos eran psicológicamente ezquizotímicos, es decir con predominio de la razón (imaginativa) sobre el sentimiento, aunque diferían en manifestaciones psíquicas por defecto o exceso 12. Físicamente estos sujetos eran microesplácnicos o leptosómicos, es decir delgados y tendinosos, 13, si bien el melancólico por causa suprarrenal era de talla baja y el hipertiroideo o adusto grácil y alto, equiparándose al colérico (tabla 3). Desde la perspectiva de la endocrinología antropológica la existencia de una medicina ubicada históricamente en la frontera entre el conocimiento empírico y la interpretación cultural de la fenomenología corporal es una certeza (Aho y Aho, 2008). Es aventurado, pero no inverosímil, sugerir que en la "corporalidad" medieval y moderna pudieron subyacer patologías hormonales bajo ciertos arquetipos de enfermedad melancólica. Por ello, y aunque el discurso de Barbado esté obsoleto, su riqueza radica en haber establecido paralelismos entre conceptos nomodernos y modernos de una entidad tan profundamente dependiente de la interacción entre biología y cultura como la Melancolía. En nuestros días el DSMV 14 identifica la melancolía como "depresión endógena", incluyéndola como un subtipo particular de depresión, pero son muchos quienes la consideran una entidad clínica específica (Shorter, 2007; Stewart et al., 2007). En este contexto se le atribuye una condición premórbida -ya sugerida por Huarte de San Juan en el siglo XVI-que hace proclive a la misma (Ambrossini et al., 2011), caracterizada por alteraciones psicomotoras, neuroendocrinas y hormonales, y con diferente respuesta al tratamiento que el resto de las depresiones (Carroll et al., 2007; Fink y Taylor, 2007). Mucho más cercano, en la práctica clínica diaria, se recomienda cribar para función tiroidea a las mujeres mayores de 60 años con aparición de clínica psiquiátricas o variaciones de la misma, pues en un significativo porcentaje de quejas de "depresión, falta de vitalidad o tendencia a la tristeza" se encuentran alteraciones (Awad, 2000). Algo similar ocurre con los casos, mucho menos prevalentes, de patología suprarrenal e incluso con la obesidad mórbida (Vargioni, 2011). Aún hoy la naturaleza íntima de la Melancolía sigue resistiéndose a la precisión. Tabla I. Descripciones clásicos de la Melancolía Fría y modernas de la Insuficiencia Suprarrenal Primaria Tabla II. Descripciones clásicas de la Melancolía Adusta y Modernas del Hipertiroidismo Tabla III. Temblor sudoración pérdida peso intolerancia al calor Hiperactividad y conductas maniformes Taquicardia, exoftalmos, sudoración, pérdida de peso, piel satinada, mirada brillante ( Marañón, 1939, DONDE EL FUTURO EMPIEZA: EL NEXO DE LA BILIS NEGRA "Me reprochó mi osadía, me llamó hechicera, alcahueta, vieja mentirosa, barbuda malhechora y cosas aún peores, nombres con los que se asusta a los niños" (De Rojas, 2013, p. 134) 15 Centrándonos en la "corporalidad" simbólica de la melancolía maléfica, bajo este biotipo encontramos tres atributos de la bilis negra: color oscuro, eliminación por los ojos e hirsutismo. Esta triada alejaba a la mujer de su condición natural y resultaba del pecado, como refleja un texto anónimo de 1678 en el que Dios transforma a una joven como castigo a su soberbia: 1, aumentando su vello " el dilatado cavello, lisonjas del aire crespas, lo que fue sutiles sombras, passaron a broncas zerdas; troco en penetrantes púas las pestañas y las cejas; zerzudo vello la cubre sobre otra lor funesta" 2, oscureciendo el color de la piel "que fue del candor afrenta, se redujo a un verdinegro más pálido que la zera" y 3, ennegreciendo los ojos "que con el sol apostaron competencias, giran en lúgubres sombras encarnizadas tinieblas" 16. Negro, ojos y barbas, la bilis negra en su esencia más poderosa, aparecen magistralmente ensamblados en dos líneas por Fernando de Rojas cuando Celestina envía a Elicia al cuarto de los ungüentos para obtener los componentes de un hechizo "(..) en el pellejo del gato negro donde te dije que guardaras los ojos de la loba está lo que necesito y trae también la sangre del cabrón y unos mechones de las barbas que tú misma le cortaste" (De Rojas, 2013, p.93). "La vieja es mala y traicionera, se ha hecho amiga del diablo!" Las teorías humorales clásicas describían como la bilis negra se difuminaba por debajo de la piel, dando al afecto un color cetrino 18. Antropológicamente el negro es el símbolo ancestral y ubicuo del pecado y el submundo. Negra es la noche y su simbología universal de las tinieblas (el diablo, las brujas, los ogros, se manifiestan en la oscuridad) (Durand, 2004, pp. 94-115). La menstruación femenina, entendida como agua negra, ha sido símbolo de pecado y temporalidad en todas las culturas. Esta creencia ubicua y profana del imaginario colectivo fue responsable de la feminización del pecado original y la caída (Frazer, 1951; Iglesias-Benavides, 2009), muy anterior a un cristianismo que únicamente acentuó su connotación de pecado, al igual que identificaría al sarraceno oscuro con el mismo (Durand, 2004 pp. 94-115; Rubio Tovar, 2005). El carácter impuro de la menstruación, temida ya durante la prehistoria por favorecer el ataque animal a los cazadores (Weideger, 1976), está documentado en el mundo persa (800 A.C), indio (600 A.C), el Levítico (II A.C) o el Talmud judío (IV D.C) (Melián, 2015, p.200). Plinio el Viejo (23-79 D.C) 19 se explayó en su Historia Natural sobre el monstruoso poder de la sangre menstrual 20, que Galeno atribuyó a la incapacidad del sexo femenino, frio y húmedo, para realizar de forma completa la cuarta cocción 21 realizada en los testículos (Ferrándiz, 2001) 22. El insaciable útero salomónico "hay tres cosas insaciables y cuatro que no dicen ¡basta!: El abismo, el vientre estéril, la tierra que no se harta de agua y el fuego que no dice basta" (Prov., Salomón VII, numéricos), se remediaba con la fecundación y la maternidad, por las que la sangre menstrual se transmutaba en el principio material donde se acogían el movimiento y el alma contenidos en el semen (Ferrándiz, 2001, p. Para el mundo médico medieval y moderno la menstruación era un sistema de purgación alternativo a la sudoración y al crecimiento del pelo masculino, conectados directamente con la virilidad (Cadden, 1993). Su retención producía violentos ataques de histeria (Bauhini, 1614), y Alonso de la Cruz describió numerosos casos clínicos de melancolía en mujeres de todas las edades, originados por la pérdida transitoria o definitiva de la menstruación, dado que la enfermedad melancólica aparecía "cuando cesan los movimientos menstruales o cualquier otro flujo del útero" (De la Cruz, 2005, p. En vírgenes, pero especialmente en mujeres maduras, viudas y monjas, la bilis negra retenida producía cuadros de tristeza, manía, delirios y desequilibrios varios. Independientemente del género, en este interesante texto encontramos descripciones de "insania lúpica", acedia, melancolía amorosa o por semen retenido (Martos, 2003), entre otros, de gran valor didáctico como contrapunto biológico a los prototipos literarios señalados con anterioridad. En la teoría galénica, para alcanzar el equilibrio los excesos humorales debían ser eliminados a través de una vía natural: la sangre lo hacía por la nariz, la flema por la boca, la bilis amarilla por orejas, y la bilis negra -localizada en el hígado-por los ojos. La ausencia de menstruo como vía purgativa tornaba a la climatérica en venenosa para sí misma y para los demás, pues la sangre pútrida y fétida aquejaba a la mujer de múltiples males psíquicos y físicos (Melián, 2013). Entre ellos la hacía más propensa a eliminar el exceso de bilis negra por la vista (Canet, 1996). En nuestros días el mal de ojo continúa siendo la superstición más relevante dentro de las tradiciones populares occidentales, donde tanto su poder como las formas de conjurarlo siguen plenamente vigentes en el acervo popular (Melián, 2011, p. En realidad, se trata de un fenómeno transcultural cuyo origen debe buscarse hace miles de años en la India y Oriente Próximo (Idoyaga y Gancedo, 2014). Ya la Biblia contiene referencias al poder dañino de algunas miradas generadas desde la envidia, a lo que no fue ajena la ley del Talión del Éxodo (Salmon y Cabré, 1998). Aristóteles afirmaba que "una mujer aquejada por la menstruación es capaz de manchar con su mirada, como con gotas y feo vapor, un espejo limpio, (Líber de Somno et vigilia). Y para Alberto el Grande "al ser el ojo un órgano pasivo recibe durante la regla el flujo menstrual que lo impregna, y así cualquier objeto situado ante un "ojo menstruo" resultará infectado" de forma que tras cesar la menstruación la bilis negra debía salir por los ojos y "las viejas que aún tienen sus reglas y algunas que ya no la tienen regularmente, si miran a los niños pequeños acostados en la cuna les inoculan veneno por la vista (...) Es porque la retención de la menstruación engendra malos humores, y que siendo ya de bastante viejas, no tienen casi calor natural para consumir y digerir dicha materia (...)" Durante el medievo el mal de ojo de la menstruante, especialmente de las menopaúsicas, fue atribuido a la capacidad de las pupilas de generar partículas procedentes de humores corrompidos, que atravesaban los poros de la piel del receptor, un mecanismo común al encantamiento amoroso (Jacquart y Thomasset, 1989). La impronta de la escolástica sobre los médicos renacentistas fue directa, como ilustra Alonso de la Cruz al afirmar que "si una mujer aquejada por la menstruación es capaz de manchar con su mirada, como con gotas y feo vapor, un espejo limpio, según dice Aristóteles (Liber de Somno et vigilia); y si, además, se ha comprobado que una mujer, en el tiempo de su movimiento menstrual, secó un árbol y su fruto al mirarlo fijamente, y también ocurrieron cosas de esta clase, qué tiene entonces de admirable que un amante al contemplar con todo su afecto a la mujer amada y mirarla fijamente la impregne con los rayos de su amor?" En los textos de aojamiento publicados en los siglos XV y XVI, los humores de menopáusicas y viejas pasaban de los ojos a transmitirse por el aire que, como intermediario pasivo entre ojo y objeto, aparecía mediando otras enfermedades causadas por la mu-jer (Cuadrada, 2015). En 1529 Martín de Castañega afirmaba en su tratado de las Supersticiones y Hechicerías "lo que es más sotil expele por las vidrieras de los ojos; y así salen por los ojos como unos rayos las impuridades y suciedades más sutiles del cuerpo (...) Pero, aunque hoy lo asociemos con hechicería y magia negra, el mal de ojo se consideraba un proceso natural asociado a la edad, que no implicaba necesariamente deseo de mal ajeno por parte de las interesadas ni una intervención diabólica. De hecho, no existen casos documentados de mal de ojo como causa directa de procesamientos inquisitoriales (Sanz Hermida ed., 2001). En un sugestivo estudio titulado "La fascinación en España" publicado en 1905, analizando esta superstición en prácticamente todas las regiones del país, la mayor parte de los casos de aojamiento se atribuía a las brujas, seguidas de lejos por las gitanas (Salillas, 1905). Fenotípicamente estas "brujas aojadoras" eran descritas como viejas, de rostro arrugado, huesudas, de mal encare, contrahechas, algo encorvadas, con ojos redondos y párpados poco movibles y voz melancólica (Salillas, 1905, p. 23 En La Celestina aparecen numerosas referencias al pelo de la protagonista, tanto en la cabeza como en la barba. En ningún caso encontramos connotaciones positivas, pero es relevante diferenciar antropológicamente entre estas dos ubicaciones, consideradas femeninas -en el caso de la cabellera-, y masculinas -en el caso del hirsutismo y barba- (Esteban, 2004). El discurso de la propia Celestina se limitaba al cabello, y el color blanco aparece como símbolo de senectud "encanecí pronto y aparento el doble de edad que tengo" (De Rojas, 2013, p.105); "Tengo que salir de casa seis veces al día, con mis canas a cuestas" (De Rojas, 2013, p. 10), y como reclamo de respetabilidad "Cállate no ofendas mis canas, soy una vieja como Dios me hizo, no peor que las otras", (De Rojas, 2013, p.234). Objetivo infructuoso, pues la cabellera formaba parte de la constelación de la bilis negra y la sangre menstrual desde tiempos inmemoriales y, como ella, era considerada un signo de paso del tiempo y mortalidad (Durand, 2004, p. Hechiceras y brujas se han representado secularmente con los cabellos al viento, como mezcla de seducción y peligro (Orsanic, 2015, p. 224), y fueron cuantiosos los usos del cabello como intermediario en las prácticas de hechicería en los siglos XVI y XVII (Martín Soto, 2008). "Vieja barbuda que se dice Si una caracterización física predomina de Celestina en los ojos ajenos es la de vieja barbuda (Sanz Hermida, 1994). Hoy sabemos que, tras la menopausia, si bien el vello en general disminuye de forma fisiológica -apareciendo un cabello cada vez más fino e incluso cierto grado de alopecia-, la inversión del equilibrio hormonal a favor de los andrógenos da lugar a un aumento del mismo en la zona de la barba y del bigote (Guerra, 2001). Los salernitanos atribuyeron al exceso de frío y humedad femeninos la imposibilidad de crear el vapor que abría los poros y se solidificaba como vello en los varones al contacto con el aire exterior (Jacquart y Thomasset, 1989, p.69). Pero ya Aristóteles, quien atribuía al calor y la sequedad la abundancia de pelo masculino y la barba, había observado que «la mujer no echa pelos en la barbilla, pero a algunas le salen unos pocos cuando se interrumpe la menstruación» (Jacquart y Thomasset, 1989). Durante el medievo encontramos referencias e iconografías de mujeres velludas como señal de aproximación a la supremacía del sexo masculino (Cadden, 1993, p. Fue el caso de María Magdalena, sobre la cual se conserva una reveladora conversación en el evangelio apócrifo de Santo Tomás (siglo II D. C.) entre San Pedro y Jesús resucitado. Cuando el apóstol protestó por la preferencia que le mostraba Jesús: «¡Que se aleje Mariham de nosotros, pues las mujeres no son dignas de la vida!, éste le tranquilizó: «Mira, yo me encargaré de hacerla macho, de manera que también ella se convierta en un espíritu viviente, idéntico a vosotros los hombres: pues toda mujer que se haga varón entrará en el reino de los cielos» (T 114). Sin embargo, en conjunto dichas imágenes proyectaron un significado ambiguo (Cadden, 1993, p. 182), y el exceso de vello fuera de la cabeza, y especialmente en la barba, considerado un rasgo distintivo de las melancólicas, tuvo mucho peor sino que la cabellera, lindando con frecuencia con la condición de monstruosidad (Salamanca Ballesteros, 2007, pp. 283-312). En el famoso Libro de la Naturaleza de Megenberg de 1575 la mujer barbuda aparecía como un tipo de monstruo, correspondiéndose al Líber del Monstruosis hominibus del siglo XV, publicado en Brujas (Wittkower, 2006, p.88). Dada la importancia de la imaginativa materna durante la gestación la fémina no solo padeció, sino que fue acusada de crear "jóvenes velludas como osos", ennegrecer la piel o aumentos de la pilosidad, entre otros engendros (Orsanic, 2015, p.226; Salamanca Ballesteros, 2007, pp. 315-340). Como ocurrió con otros atributos de la bilis negra esta androgenización, signo de virilidad y sa-biduría en otras culturas (Libis, 2001), acabó siendo otro ejemplo de la transmutación medieval negativa del humor melancólico (Melián, 2011). MENOPAUSIA Y CEREBRO: LA MELANCOLÍA MALÉFICA "¡Deberías ser quemada, falsa alcahueta, hechicera, enemiga de la honestidad, causa de errores secretos!" 108) 25 Huarte de San Juan subrayó la naturaleza variable de la enfermedad melancólica, y le atribuyó un cierto grado de determinismo biológico. Para el autor manía y melancolía eran pasiones calientes del cerebro, compartiendo una naturaleza mudable y camaleónica (Huarte de San Juan, 1953, p. Así, el varón "como la melancolía se enciende y se enfría viven en continua lucha y contienda, sin tener quietud ni sosiego", y la mujer "asida de la imaginación, avisada, áspera, irritable, de trato difícil", se asemejaba en espíritu al hombre melancólico" (Huarte de San Juan, 1953, p. Por su parte Alonso de la Cruz hablaba de "mordiscos en el corazón" 26. El estamento médico del Siglo de Oro consideraba más propensa a la inestabilidad a la mujer, dado que "el miembro que más asido está de las alteraciones del útero es el cerebro (...), por donde se entiende que el útero y sus testículos son de grande eficacia para comunicar a todas las demás partes del cuerpo su temperamento, mayormente al cerebro, por ser frío y húmedo como ellos. Y si nos acordamos que la frialdad y humedad son las calidades que echan a perder la parte emocional (Huarte de San Juan, 1953, p.493). Esta propensión melancólica abundaba en viejas, climatéricas y/ viudas que antes "gozaban de los placeres del amor y que, al vivir en castidad se abstienen de ellos; aunque al mismo tiempo son delgadas e hirsutas" (De la Cruz, 2005, p. En Celestina los vicios comunes a la vejez "(...) cuenta Aristóteles seis vicios (...) son cobardes, son avarientos, son sospechosos, -acordándose de los vicios y pecados que ellos cometieron en su mocedad, son de mala esperanza y jamás piensan negocios han de suceder bien, son desvergonzados, son incrédulos (Huarte de San Juan, p. 425) estaban presentes y potenciados. No en vano era mujer " algo sé de este mal, que cada una de nosotras ha tenido su matriz y sus problemas con ella" (De Rojas, 2013, p. 156) pero, sobre todo, carente de función procreativa. Su consideración como "puta" aparece indisolublemente encadenada al concepto de tiempo sexual si nos atenemos a las afirmaciones de Párme-no, "Esa puta vieja y flaca" (De Rojas, 2013, p. Cualquier connotación positiva de la vida fértil había desaparecido, en palabras de la propia protagonista "Bien puedo asegurar que la vejez es cuna de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de peleas, continua congoja, llaga incurable, pecado del pasado, penalidades presentes, triste preocupación por el porvenir, vecina de la muerte, choza de débil tejado que deja entrar la lluvia por todas partes, bastón de mimbre que con poca carga se cimbrea" (De Rojas, 2013, p.102) Como documentara Caro Baroja, el escolasticismo medieval supuso un cambio de paradigma para el grupo de mujeres climatéricas y viejas. Desde su visión vertical como hechiceras o magas con origen en cultos paganos e idólatras, el cristianismo pasó a dividir el mundo con arreglo a una división horizontal: encima situó a los servidores de Dios y debajo a los servidores del Diablo (Caro Baroja, 1973, pp. 111-114). Las diosas y hechiceras ancestrales (Briffault, 1959; Newman, 2009) pasaron a ser brujas altomedievales, al servicio de los poderes ocultos, nocturnos y demoniacos del submundo (Iglesia-Benavides, 2009). Tomás de Aquino contribuyó a este efecto desarrollando una explicación teológica para ambas manifestaciones de melancolía, acédica y exaltada. Para el escolástico "la divagación de la mente por lo ilícito" era un pecado en todas sus formas, "cuando está asentada en el castillo del alma, si pertenece al conocimiento se llama curiosidad; si afecta al hablar verbosidad; si atañe al cuerpo, no dejándole parar en lugar alguno, se denomina inquietud corporal, indicando con los movimientos desordenados de los miembros la divagación mental; si lo deja campar por diferentes lugares, se llama inestabilidad, aunque con esta palabra se puede entender también la variabilidad de proyectos" (Echeverría, 2004, p. Durante siglos en que la magia, introducida de forma cotidiana en todos los estratos sociales, no se entendía sin intervención del demonio (Caro Baroja, 1973), la sociedad eclesiástica estigmatizó tanto a las mujeres presas de la acedia (Peretó Rivas, 2010), como de una histeria entendida como posesión demoniaca (André, 2008). Con anterioridad he examinado desde la perspectiva médica el devenir histórico e impronta actual de estas creencias (Melián, 2013; Melian, 2015). Las víctimas inquisitoriales del famoso Martillo de Brujas de 1486 fueron caracterizadas por su "lengua frágil, debilidad de mente y cuerpo, falta de disciplina y memoria, credulidad y vanidad" (Kramer y Sprenger 2006, p. Celestina bien pudo encontrarse entre ellas. Era mezquina, mentirosa, avarienta y manipuladora; cruce entre hechicera y bruja, con poderes nocturnos y conjuradora de Satán (Caro Baroja, 1974). De Rojas fortaleció esta mirada tanto propia "vieja pecadora" (De Rojas, 2013, p.55) como ajena, en voz de Sempronio "vieja avariciosa, garganta insaciable de dinero" (De Rojas, 2013, p. Pero si bien la delineó en los patrones de la feminización de la brujería medievales y modernos (Bailey, 2002; Stringer, 2015), no la apresó enteramente en sus fronteras. En cierta medida fue afortunada. La relación entre el cuerpo humano y etnografía de los pueblos es el gran protagonista de una prometedora historia "encarnada" que no ha hecho más que despuntar (Martínez Sánchez, 2006; Aho y Aho, 2008). Si bien en nuestros días, las palabras molécula, conexión sináptica, hormona o neurotransmisor han sustituido a los fluidos, humores, espíritus animales o arreglos valvulares de antaño (López-Muñoz et al., 2011), en esencia permanece la íntima urdimbre entre cuerpo y espíritu formulada por los clásicos miles de años atrás. En la actualidad la palabra Melancolía tiene tres acepciones en el diccionario de la lengua 1, tristeza profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada 2, Med. Monomanía en la que dominan las afecciones morales tristes y 3, bilis negra o atrabilis. Una definición con notoria insuficiencia histórica, a tenor de su evolución desde temperamento humoral a pecado medieval y moderno, hipersensibilidad renacentista, sublimación romántica, o histeria finisecular del XIX, hasta llegar a la "depresión" actual (Sullivan, 2008). Por no hablar del psicoanálisis del siglo XIX, que contribuyó a recuperar los conceptos clásicos de histeria ligada la vida uterina (André, 2008), o de la obra de Jung que en pleno siglo XX asociaba los cuatro elementos básicos con cuatro personalidades: sensual, intelectual, sensitiva e intuitiva, identificando la personalidad sensitiva a la bilis negra, el carácter melancólico, el otoño, la tierra, la edad adulta y Saturno (Jung, 1962). Celestina no deja de ser un itinerario particular de la corriente subterránea de tensiones entre corporalidad, sociedad, y cultura que subyace en una entidad tan fascinante como la Melancolía. Y acercarnos con una visión holista a su intrahistoria, un apasionante y didáctico ejercicio de humildad. Recordemos a Alonso Cano del Quijote, melancólico estudioso, al melancólico religioso en el Condenado por Desconfiado de Tirso de Molina, el amoroso del Caballero de Olmedo y El médico de su Honra de Lope de Vega y Calderón, respectivamente, o los pícaros del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, entre otros. En su Suma Teológica II-II cuestión 35 el Santo desarrolló cuatro preguntas ¿la acedia es pecado?, ¿es vicio especial? ¿es pecado mortal? ¿es pecado capital? sus conclusiones situaron a la "acidia" como uno de los 7 pecados capitales "doblemente malo: en si misma y por sus efectos". El "demonio meridiano" de los padres del desierto del siglo IV DC (Evario Ponticus) tenía sus orígenes en causas físicas; el mediodía y el extremo calor solar dificultaban al eremita seguir rezando, por medio de una acción diabólica que le infundía sopor, tristeza y desfallecimiento. Como resultado se producía una inestabilidad interior y por ende exterior cuyo tratamiento era la perseverancia. Dídimo el Ciego y Máximo el Confesor usaron la palabra griega "acedia"-literalmente "falta de empuje"-para definir un cuadro que posteriormente se identificó con pereza, a los escritos de Juan Casiano, que lo latinizó a tedio o ansiedad. Tras su reducción a ociosidad con entorpecimiento mental y divagación mental, la acedia se inscribió por Gregorio de Nyssa en la lista de los 7 pecados capitales. Hipócrates consideraba la enfermedad como un desequilibrio (discrasia o mala mezcla) de los mismos, equilibrados de forma natural en sujetos sanos, de forma que la terapia hipocrática se concentraba en restaurar este equilibrio. El genio oscilaba entre estos estados. Esta característica de inestabilidad marcó negativa o positivamente su visión a través de los siglos. Siguiendo a Klibansky y dentro de una historia de contribuciones inabarcable en los límites de este artículo destacamos a Avicena (980-1037) quien describió la producción de melancolía adusta desde la combustión de flema, sangre y bilis incineradas, permitiendo asociar la enfermedad melancólica con otros temperamentos y la introducción de mezclas duales que justificarían diferentes manifestaciones de la enfermedad melancólica. Por su parte el salernitano Constantino el Africano (1020-1087 D.C) diferenció distintos tipos humanos en función de proporciones, color de piel y cabello, calidad de sus carnes, forma de moverse y psiquis en formas de crasis simples y compuestas de gran utilidad para los escolásticos. Donde integró las teorías del genio aristotélicas creando una forma de adustión parcial que compartía características con los coléricos, fenotípicamente longilíneo y magro, mentalmente ágil, amén de inestable e hiperpigmentado. "La más destacada tentativa de armonizar la doctrina de los temperamentos (humores) de Alberto Magno con los hallazgos de la psicología moderna y con la doctrina de las secreciones glandulares" (Klibansky et al., 2004, p.9). Hoy hábitos adquiridos durante la vida. Los esquizotímicos desconectan fácilmente de la realidad, presentan sensibilidad bipolar y exacerbada -o indiferentes y fríos o muy sensibles y suspicaces-, predominando las impresiones psíquicas más que sensoriales (la imaginativa clásica). Los leptosómicos tienen un tórax plano, con poca grasa, predominio de extremidades sobre tronco, manos y pies largos y estrechos, cabeza pequeña y cuello largo y delgado, nariz estrecha y afilada y cabello recio. Manual de Diagnóstico y estadístico de Trastornos mentales. Relación verdadera, de la más admirable maravilla, y peregrino asombro, que ha sucedido en la Villa de Yepes, con una Donzella muy hermosa, que por profana, y blasfema permitió Dios quitarla su hermosura, trocando la cara, manos, ojos, y pelo en especies de diferentes brutos; dase quenta de la horrible forma en que ha quedado, y como la manifiestan a todos, y lo demás que en ella se declara, su fecha de cinco de febrero de 1678 (en línea), disponible en: http://www.bidiso.es/fotogramasRelaciones/ GE-9_2_5-27/digitizedPages/ge-9.5-27.pdf (consultado el 12/10/2016) 17. Color oscuro que por cierto puede aparecer en las patologías suprarrenal y tiroideas, debido a hiperpigmentación en el primer caso, y mixedema hipotiroideo/ dermopatía del hipertiroidismo por enfermedad de Graves-Basedow, en el segundo. Para quien, como para Aristóteles, la mujer era un varón mutilado. Cuya relación con el ciclo lunar convertía en fatal para el varón la relación con mujer menstruante durante la luna llena. Necesitada de mucho calor innato y sequedad. Durante la primera cocción el alimento se transforma en quilo en el tubo digestivo, en la segunda el quilo lo hace en sangre en el hígado animándose con los espíritus naturales. En la tercera la sangre se distribuye por todas las partes del cuerpo para hacerse carne, por el corazón para infundirse del pneuma vital y por el cerebro para hacerlo del pneuma psíquico. Los testículos convierten esta sangre en esperma en la cuarta cocción. Descripciones clásicas de la Melancolía Fría y modernas de la Insuficiencia Suprarrenal Primaria Melancolía caliente o adusta Enfermedad de Graves-Basedow Fenotipo Psíquis Descripciones clásicas de la Melancolía Adusta y Modernas del Hipertiroidismo TEMPERAMENTO HUMORAL A. MAGNO FISONOMIA Y CARÁCTER A.MAGNO TEMPERAMENTO ENDOCRINO PENDE TIPOLOGIA SOMÁTICA KRETSCHMER TIPOLOGÍA PSÍQUICA KRETSCHMER