text stringlengths 21 422k |
|---|
El morbus gallicus o mal francés en La Lozana andaluza de Francisco Delicado
Se estudia en este trabajo el trasfondo de la sífilis, mal que impregna toda La Lozana andaluza.
La comparación de la descripción de esta enfermedad con la literatura médica del momento nos permite ver el sustrato de donde el autor se nutre para la creación de su obra literaria.
Ello esclarece muchos pasajes de esta obra y los sitúa en su contexto social, cultural y médico.
La sífilis, que era una enfermedad incurable, es un ingrediente fundamental del ambiente en el que se desarrolla La Lozana andaluza de Francisco Delicado.
Con la expedición de las tropas del rey Carlos VIII de Francia en 1495 a Nápoles, defendida por napolitanos y españoles, se había propagado una enfermedad nueva, la sífilis, llamada por entonces comúnmente morbus gallicus o mal francés, que se contagiaba por las relaciones sexuales con personas infectadas.
El mundo de la prostitución era su campo abonado.
Por otro lado, Francisco Delicado contrajo el mal francés, lo que le hizo sufrir gran parte de su vida, probando inútilmente todas las medicinas del momento hasta encontrar el remedio nuevo llegado de las Indias, el guayaco, del que se decía que curaba esa enfermedad.
El padecimiento de la sífilis por parte del autor afectó directamente a la concepción de La Lozana andaluza1, donde este mal tiene un papel sustancial, así como a la composición de otras obras de Delicado.
En Cómo se escusa el autor, p.
485, del final de La Lozana andaluza, Delicado habla de la sífilis que padeció y de dos obras que compuso para aliviar a los enfermos como él.
Y si dijeren que por qué perdí el tiempo retrayendo a la Lozana y sus secaces, respondo que, siendo atormentado de una grande y prolija enfermedad, parecía que espaciaba con estas vanidades.
Y si por ventura os viniere por las manos otro tratado De consolatione infirmorum, podéis ver en él mis pasiones para consolar a los que la fortuna hizo apasionados como a mí.
Y en el tratado que hice del leño del India, sabréis el remedio mediante el cual me fue contribuida la sanidad, y conoceréis el autor no haber perdido todo el tiempo, porque, como vi coger los ramos y las hojas del árbol de la vanidad a tantos, yo que soy de chica estatura, no alcancé más alto: asentéme al pie hasta pasar, como pasó, mi enfermedad (...)
Tras los estudios de Damiani, sabemos que Delicado compuso en Italia estas dos obras que menciona.
El De consolatione infirmorum, hoy perdido, se publicó en Roma, ca.
1520, y El modo de adoperare el legno de India occidentale (en adelante El modo de adoperare el legno) en Venecia en 1529, en donde había encontrado refugio tras el saco de Roma de 1527 y en donde residió hasta su muerte2.
En 1528, en Venecia, publicó también anónimamente La Lozana andaluza.
En El modo de adoperare el legno Delicado vuelve a indicar que padeció de sífilis ya en la Dedicatoria3 (p.
De la misma manera a continuación, cuando presenta «el legno Sancto» (p.
58), reitera su padecimiento:
En estos dos textos podemos descubrir además a un Delicado arrepentido de su conducta y al Delicado clérigo4.
Después de soportar inútilmente todo tipo de curas del momento y haber sanado, en su opinión, gracias a la aplicación del nuevo remedio originario de las Indias, llevado de su celo caritativo de clérigo y pensando en los demás enfermos, se decide a dar publicidad a esta nueva cura, de la misma manera que había publicado antes un De consolatione infirmorum, al modo de las consolationes del mundo latino, para consuelo de los sufrientes de la sífilis.
Por todo ello, La Lozana andaluza, al igual que otros clásicos castellanos como, por ejemplo, La Celestina, es un terreno fecundo para analizar la relación entre la medicina y la literatura.
Se trata de ver el tratamiento literario que recibe la enfermedad o la afección en sentido amplio.
No es, por lo tanto, la visión que de la afección puedan tener los médicos, sino la visión que de la enfermedad muestra el escritor al componer su obra, aunque este se base en ellos.
En consecuencia, el método a seguir responde en buena parte a la tradicional «Quellenforschung», aunque la desborda, ya que no se detiene en la mera localización de fuentes, sino que analiza la perspectiva literaria de la incorporación de esa realidad médica a la obra literaria, su función caracterizadora y su influjo lingüístico.
LA PROSTITUCIÓN Y LA SÍFILIS EN LA LOZANA ANDALUZA
Cuando en el Mamotreto LIV de La Lozana andaluza están hablando la Lozana y la vieja prostituta Divicia, llega un momento en que la Lozana demanda a la vieja experta el número de prostitutas que hay en Roma:
Así querría yo hacer por saber cuántas Celidonias hay en esta tierra.
Sin dudarlo un momento, Divicia hace gala de sus muchos conocimientos en este tema y le responde:
Div.: Yo`s diré cuántas conozco yo.
Son treinta mil putanas y nueve mil rufianas sin vos5.
Independiente de la boutade que supone este conocimiento directo de tantas prostitutas, no parece que anduviera muy descaminada la experimentada Divicia.
En este momento de comienzos del siglo XVI la cantidad de prostitutas (y cortesanas) de Roma, y de otras ciudades como Venecia, se hizo legendaria.
En todo caso e independientemente de la precisión de estas cifras, su presencia a finales de la Edad Media y comienzos de Renacimiento era muy notoria en toda Europa7.
La prostitución a la que se hace referencia es, en efecto, el sustrato del que se nutre La Lozana andaluza.
En sus páginas, tras la accidentada llegada de la Lozana a Roma, se pasa revista a un rosario de prostitutas de todos los niveles, rufianes, alcahuetas, chulos, clientes de toda condición, etc., que son el ambiente en el que la protagonista se mueve y que dan pie al autor para describir un mundo de luces y sombras.
Decimos sombras porque pocos años antes de la composición de esta obra (Venecia, 1528) la sífilis se había extendido rápidamente a través de la prostitución8.
Por ello, cuando Delicado llama a su obra Retrato en el mismo título, hay que pensar, atendiendo a la polisemia de este término en otros usos suyos9, que detrás del retrato de La Lozana andaluza se refleja toda la sociedad de una época y, en concreto, el complejo mundo de la prostitución, al que le tocó sufrir en este momento uno de los peores males de su historia.
De este mundo el propio autor demuestra un conocimiento profundo por propia experiencia, según indican las notas autobiográficas que introduce en la obra, las cuales, en palabras de B. M. Damiani, (1984, p.
12) «nos ilustran bien sobre su carácter sensual y libertino».
Francisco Delicado, como consecuencia de estas andanzas, contrajo el mal francés y padeció largamente sus efectos.
LA LITERATURA MÉDICA SOBRE LA SÍFILIS ANTERIOR A LA LOZANA ANDALUZA
Antes, pues, de pasar a analizar los aspectos concretos del mal francés en La Lozana andaluza, vamos a ver brevemente la literatura médica sobre esta enfermedad anterior a Francisco Delicado, para ver su influjo en su obra.
En los comienzos del Renacimiento se produce el desarrollo de varias enfermedades infecciosas epidémicas que se llamaron «enfermedades nuevas».
Entre ellas llamó particularmente la atención el mal francés, es decir, la sífilis, por su contagio mediante las relaciones sexuales, lo que llevaba a la creencia de que se trataba de un castigo divino que no respetaba clase ni condición.
A este castigo se le ponía fecha y lugar de aparición, como se ha indicado: la ocupación de Nápoles en 1495.
Su extensión imparable a partir de este momento y su carácter rebelde a toda cura hicieron que inmediatamente comenzaran a ver la luz diversos tratados sobre este mal.
El primero de ellos se publicó ya a finales del año siguiente, en 1496, por obra del joven Joseph Grünpeck.
Se trata de un apresurado texto10 que insiste sobre todo en el origen del mal francés en una conjunción astral11.
A partir de este momento se produjo una abundante literatura sobre el tema, en la que destaca la famosa polémica de Ferrara sobre la naturaleza de la enfermedad, que ahora obviamos12.
En el estudio de este mal colaboraron también los españoles como, por ejemplo, el obispo Gaspar Torrella en 1497 o Francisco López de Villalobos en 1498 con El Sumario de la medicina con un tratado de las pestíferas bubas13 entre otros.
Poco tiempo antes los españoles habían tenido conocimiento de un árbol, el guayaco, que los indígenas de las Indias descubiertas por Cristóbal Colón utilizaban para curar enfermedades similares al mal francés, como más tarde relatan, entre otros autores, Díaz de Ysla o Gonzalo Fernández de Oviedo, según veremos.
Como consecuencia de ello, el alemán Nicolás Pol viajó a España para investigar el tratamiento que los españoles habían aprendido de los indios.
Con los conocimientos adquiridos publicó en 1518 una monografía titulada Libellus de cura morbi gallici per lignum Guaycanum, con la finalidad, como dice en el Prefacio, de adaptar el método de cura a los alemanes por sus distintas características y condiciones, según la medicina tradicional: «pro corporibus Alemanorum sanandis proportione veluti quadam transumere pro ingenio nostro, Deo auxiliante, conabimur» (Luisinus, 1566, vol. I, p.
Con todo, el tratado que más fama y difusión alcanzó fue el Ulrich von Hutten.
Como estudioso universitario, dedicó largos años a su formación en diversas universidades de Alemania e Italia, pero en el curso de sus andanzas contrajo el mal francés.
Desesperado por los inútiles tratamientos a los que se había sometido durante diez años, en 1519 compuso una monografía sobre este mal, en la que cuenta sus muchos sufrimientos y los maravillosos beneficios logrados con el tratamiento del guayaco: De morbi gallici curatione per administrationem ligni guaiaci, título que en la dedicatoria es todavía más explícito: Libellus de magnifica Guaiaci vi et virtute (Luisinus, 1566, vol. I, p.
El texto expone con gran amplitud y precisión la cuestión del nombre de la enfermedad y de su origen, sus efectos y sobre todo la descripción, preparación y modo de administración del guayaco14.
En este contexto es en el que Francisco Delicado publica su estudio sobre este tipo de curación, el ya mencionado El modo de adoperare el legno (Venecia, 152915), que sigue la línea de Von Hutten, por cuanto Delicado se encuentra en la misma situación de padecimiento de la sífilis y, tras 23 años de inútiles y dolorosas curas, encuentra alivio y cura en el benéfico árbol.
Las semejanzas no se detienen aquí.
Delicado muestra un gran influjo de la obra de Von Hutten, que debió de leer a menudo, porque sigue en general su tratado en lo referente a la descripción del guayaco, su modo de preparación, el método de administración y la dieta que su uso comporta.
Esta parte representa unos cinco capítulos de los 27 que tiene la monografía de Von Hutten; los restantes tratan de diversos aspectos médicos, como el andamiaje teórico-práctico en el que se inserta este tratamiento o diversos problemas técnicos relacionados con él, en los que Delicado no entra, limitándose solamente a la descripción del guayaco y a su dispensación.
Por lo demás, tiene también ciertas coincidencias la exposición de Delicado con un historiador como Gonzalo Fernández de Oviedo: nos referimos a una carta suya al rey Carlos V, que Delicado incluye en su segunda edición (p.
77-79), como garantía de su exposición, y que corresponde al capítulo LXXV de su Sumario de la natural y general historia de las Indias de 152616.
Este, a su vez, también coincide sustancialmente con lo que expone en el texto de su Historia General y natural de las Indias17, libro X, cap. 2, y en menor medida al libro II, cap. 13-14.
En estos textos se describe el árbol, el modo de preparar el remedio y de administrarlo.
Desde entonces la utilización del palo santo o guayaco se hizo general, lo cual, aunque no significó la desaparición de la plaga, dio pie para que la literatura sobre el mal francés continuara a lo largo de los años.
Casi podríamos decir que no hay autor significativo que se precie que no dedicase algún tipo de estudio al mal francés18.
Solamente nos interesa destacar desde el punto de vista histórico el poema médico de tono épico virgiliano editado por Girolamo Fracastoro en 1530, Syphillis sive de morbo gallico19, tema sobre el que volvió en 1546, al dedicarle un par de capítulos en el libro II, cap. 11-12, de su tratado en prosa De contagione20.
Advierte en este sentido Perugini (2004, pp. XXX y notas de pp. 378 y ss.) algunas coincidencias entre las obras de Fracastoro y el tratado de Delicado, El modo de adoperare el legno, debidas probablemente a la utilización de fuentes comunes.
LOS NOMBRES DE LA SÍFILIS
Antes de entrar en los diferentes aspectos del mal francés que Delicado expone en La Lozana andaluza, resulta instructivo repasar la utilización de los nombres que da a esta enfermedad.
1) Mal francés: en Mam.
256 Rampín le llama El mal francorum y en Mam.
431 Divicia dice lo mismo en forma no latina: «Dime, Divicia, ¿dónde comenzó o fue el principio del mal francés?».
La expresión morbus gallicus, en verdad, fue la más empleada y la que conoció una mayor difusión21.
2) Mal de Nápoles: en dos ocasiones se emplea esta denominación.
291 se dice que la Lozana padece el mal de Nápoles: «al mal que después les viene de Nápoles».
También la prostituta Divicia en Mam.
431 le llama el mal de Nápoles: «la gente que después vino d ́España llamábanlo mal de Nápoles».
3) Greñimón: en el Mam.
Greñimón (también documentado griñimón o grillimón), según opinión de Damiani y Allegra22, es una denominación eufemística popular de origen desconocido, pero que tal vez alude a la alopecia de las cejas, que, como tal, está bien documentada en textos castellanos de la época.
Esta denominación popular la recogió Delicado y la menciona Fernández de Oviedo, quien añade una etimología popular, que el propio Delicado acoge en El modo de adoperare el legno: «En España lo llamaron a este mal que vino de Ytalia griñimón, porque toda la noche no cessavan de groñir como grillos (p.
4) Encordios: en el Mam.
471-73 se dice que la Lozana «ensalmóles los encordios» a unos palafreneros.
Se trata de una especie de tumor en las ingles o bubón, según Covarrubias y otros autores, porque allí concurren muchas cuerdas (quasi in cordis) producidas en el curso de la sífilis23 (los etimólogos actuales derivan este término de un *antecordium que se referiría en origen a un tumor desarrollado delante del corazón de los caballos).
Una de las primeras manifestaciones de la sífilis, en efecto, eran los encordios o bubas en las ingles.
El término es usado dentro de los médicos españoles recogidos en el DETEMA (s. v. «incordio») solamente por López de Villalobos, en el título del apartado 326.
5) Bubas: sólo en una ocasión utiliza Delicado este término en Mam.
431, al hablar sobre el origen del mal francés: «uno (es decir, un soldado) que vendió un colchón por un ducado, como se lo pusieron en la mano, le salió una buba ansí redonda como el ducado», aunque el término conoció gran difusión entre otras razones por figurar en el título de la obra de Francisco López de Villalobos El Sumario de la medicina con un tratado de las pestíferas bubas.
Buba o Bubón es de los términos más empleados en los textos médicos castellanos24.
La Lozana andaluza, en definitiva, muestra bien el uso habitual de la época, en el que predomina la designación de mal francés o morbo gálico, seguida de mal de Nápoles, pero también recoge nombres populares en España como son «encordios», «greñimón» (grillimón) y «bubas» 25.
Esto concuerda con el uso en El modo de adoperare el legno, que cuenta el origen de las dos denominaciones generales más comunes (p.
Esta visión y estos nombres también se vuelven a repetir en el texto de G. Fernández de Oviedo, que introduce en su tratado como documento anexo.
Con relación a estas dos denominaciones, es ya un tópico en los tratadistas del morbus gallicus comentar el origen del nombre en la expedición de Carlos VIII a Nápoles y la utilización de este hecho para echar la culpa del mal al contrario.
Así, por ejemplo, Von Hutten dice, a propósito de la esta expedición a Nápoles (p.
No obstante, reconoce que el uso de morbus gallicus ya se ha extendido tanto que el uso de otra denominación podría llevar a confusión:
A partir de aquí crece el número de denominaciones de diverso tipo y con distinta intención (según el país de origen, sus síntomas, los miembros afectados, sus causas, el santo que las cura, etc.) hasta llegar a unas cuatrocientas26, algunas de las cuales hemos citado en los textos antes vistos27.
No tiene, pues, nada de extraño que ya en 1514 Giovanni da Vigo en su De morbo gallico (Luisinus, 1566, vol. I, p.
386A) comente con ironía, después de enumerar una retahíla de nombres para este mal, que cada uno le pone el nombre a su gusto y conveniencia: «Sed ista nomina diversa huic morbo ad beneplacitum uniuscuiusque nationis imposita sunt».
En el mismo sentido comenta Fracastoro en su De contagione, en el capítulo titulado "De syphillide morbo seu gallico" (II, 11 pp. 124-125), que cada pueblo, mediante el cambio de nombre, echa la culpa a otro de tal enfermedad:
Esta denominación poética «sífilis» 28 de Fracastoro fracasó en su época, pero el tiempo le hizo justicia, ya que se generalizó en el siglo XIX29 y acabó triunfando.
V. EL «MAL FRANCÉS» EN LAS OBRAS DE FRANCISCO DELICADO
Con estos antecedentes ya podemos entrar en la enumeración de los aspectos concretos del mal francés30 en La Lozana andaluza.
Los vamos a analizar como reflejo del tratado de Fr.
Delicado El modo de adoperare el legno y en relación con la literatura médica del momento31.
La aparición de la sífilis
Las menciones sobre este punto aparecen en varios lugares, entre las cuales destacamos Mam.
421, porque en ella la vieja prostituta Divicia comenta el momento de su llegada a Roma, a propósito de la edad que le calcula la Lozana, con esta precisa referencia:
Loz.: ¡Mira si son sesenta años estos!
Div.: Por cierto que paso, que cuando vino el rey Carlo a Nápoles, que comenzó el mal incurable el año mil y cuatrocientos y ochenta y ocho, vine yo a Italia, y agora estoy consumida del cabalgar, que jamás tengo ya de salir de Roma sino para mi tierra.
Por otro lado, en Mam.
431 la Lozana pregunta a su compañera Divicia sobre el origen del mal francés y obtiene una respuesta que lo relaciona con la lepra:
Dime, Divicia, ¿dónde comenzó o fue el principio del mal francés?
Div.: En Rapalo, una villa de Génova, y es puerto de mar, porque allí mataron los pobres de San Lázaro, y dieron a saco los soldados del rey Carlo cristianísimo de Francia aquella tierra y aquellas casas de San Lázaro (probablemente un hospital de leprosos), y uno (es decir, un soldado) que vendió un colchón por un ducado, como se lo pusieron en la mano, le salió una buba ansí redonda como el ducado, que por eso son redondas.
Después aquel lo pegó a cuantos tocó con aquella mano, y luego incontinente se sentían los dolores acerbísimos y lunáticos, que yo me hallé allí y lo vi.
Que por eso se dice: el Señor te guarde de su ira, que es esta plaga, que el sexto ángel32 derramó sobre la meatad de la tierra.
Div.: En Nápoles comenzaron, porque también me hallaba allí cuando dicién que habían enfecionado los vinos y las aguas.
Los que las bebían luego se aplagaban, porque habían echado la sangre de los perros y de los leprosos en las cisternas y en las cubas, y fueron tan comunes y tan invisibles que nadie pudo pensar de adónde procedién.
Munchos murieron, y como allí se declaró y se pegó, la gente que después vino d ́España llamábanlo mal de Nápoles, y este fue su principio, y este año de veinte y cuatro son treinta y seis años que comenzó.
Ya comienza a aplacarse con el leño de las Indias Occidentales.
Cuando son sesenta años que comenzó, alora cesará.
En este texto se afirma la relación entre la lepra y la sífilis hasta el punto de hacerla derivar directamente de ella, se le pone fecha y se reconoce su extensión rápida por contagio, dando incluso una explicación de la forma de las bubas.
Estas ideas y estas fechas las reproduce con gran semejanza también Delicado en el El modo de adoperare el legno en el capítulo dedicado al origen de esta enfermedad (p.
Este texto, cuyas ideas resumidas repite al describir el guayaco (p.
264) es de gran interés porque nos descubre varias cosas:
a.- En primer lugar, Delicado nos da dos fechas distintas, pero coincidentes, tanto en La Lozana andaluza como en su tratado: pone el origen del mal francés en Rapallo de Génova, el año 1488, cuando la toma de la ciudad por los soldados franceses (Damiani; Allegra, 1975, p.
6), e indica el momento de la propagación de la enfermedad en Nápoles, con la campaña del rey francés Carlos VIII en 1495.
Esto explicaría esa fecha de 1488 en La Lozana andaluza como momento de la expedición del rey Carlos a Nápoles, tan extraña para muchos comentaristas.
Delicado conocía muy bien la fecha de la llegada de Carlos VIII a Nápoles, entre otras cosas porque se encontraba en el texto de Fernández de Oviedo que recoge en su tratado (p.
Et después, el año de mil y cuatrocientos y noventa y cinco, que el gran capitán don Gonzalo Fernández de Córdova pasó a Italia con gente en favor del Rey Fernando joven de Nápoles contra el Rey Charlos de Francia, el de la cabeça gruessa, por mandado de los cathólicos reyes33.
La verdad es que esta expedición reunía todas las condiciones para la propagación de la enfermedad: era un ejército multinacional repleto de mercenarios de toda Europa, que partió de Lión acompañado ya de 800 prostitutas, se detuvieron en Roma llevando allí una vida licenciosa con los muchos miles de prostitutas de la ciudad y, por último, permanecieron casi tres meses en Nápoles no precisamente combatiendo.
La cuestión dudosa es saber en qué campo comenzó la plaga, pues ambos bandos quedaron afectados34.
Lo que está claro es que la retirada del ejército de Carlos VIII hacia el norte extendió rápidamente la sífilis por toda Europa.
b.- En ningún momento hace mención Delicado a un posible origen americano de esta plaga, pues él cree en un origen europeo, como la mayoría de los autores que le precedieron.
Los diversos autores la atribuyen a todo tipo de causas, como conjunciones astrales, un castigo divino, la identifican con alguno de los males preexistentes o la consideran simplemente el desarrollo de una enfermedad nueva.
El origen americano y su importación por los españoles se recoge en un cirujano como Ruy Díaz de Ysla en su Tratado contra el mal serpentino que vulgarmente en España es llamado bubas, Sevilla 1539, y encuentra eco en historiadores como el ya citado Fernández de Oviedo35.
c.- Francisco Delicado relaciona en ambas obras el morbo gálico con la lepra, relación muy habitual en su época, dada la similitud externa de las dos afecciones por su larga duración, por interesar a la piel de forma muy visible, por su acción corrosiva sobre las carnes de los infectados y por su carácter contagioso.
Precisamente la asimilación a la lepra, a la elefantíasis y otras enfermedades de la piel (cf. Von Hutten, en Luisinus, 1566, vol. I. p.
242 cap. II) es lo que llevó a la utilización del mercurio como medio de curación de la sífilis.
Posiblemente muchos de los leprosos de la época pudieron haber sido sifilíticos (Eatough, 1984, p.
Esto lleva a la creencia de algunos autores influidos por los textos bíblicos de que la sífilis, como la lepra, es un castigo divino ocasionado por la lujuria36.
En ambos casos repite también Delicado una leyenda sobre el origen de la plaga, de carácter evidentemente popular, sobre la acción de un soldado saqueando a un leproso, lo que ocasionó su propagación.
Este tipo de leyendas populares es recogido a menudo por los médicos, a pesar de la firme posición en contra de autores como Torrella ya en 149737.
A modo de ejemplo citamos a Giovanni Manardo, quien en una de sus Epistolae medicinales (A. Luisinus, 1566, vol. I, p.
521A), después de rechazar la teoría del origen americano de la sífilis, se cree la historia de las relaciones entre una mujer y un enfermo de elefantíasis-lepra38 como origen de la enfermedad39.
También menciona Delicado en el Mam.
LIV, como opinión que no admite, la creencia de que el mal comenzó porque habían «enfecionado» los vinos y las aguas.
Este parecer también lo recogen autores como Fallopio (Tractatus de morbo gallico, cap. I. Cf.
663A), que afirma que los españoles y los napolitanos envenenaron los pozos y las aguas con las que los franceses cocinaban.
d.- Por las consideraciones anteriores se advierte la relación que se solía hacer de la lepra y de la sífilis con la lujuria, de la que es un castigo divino.
Paracelso, por ejemplo, lo manifiesta expresamente40.
López de Villalobos recoge así esta «opinión teologal» en la estrofa no 373 de su Sumario de la Medicina41:
Algunos dixeron de tal pestilencia
venir por luxuria en que oy peca la gente
y muestrase propia y muy justa sentencia
qual es el pecado tal la penitencia
la parte pecante es la parte paciente...
Delicado calla, sin embargo, este aspecto en la La Lozana andaluza, pero constantemente presenta a la Lozana y a sus amigas como prostitutas que gozan de su oficio, a pesar de conocer su enfermedad.
La Lozana manifiesta su propia «lujuria», cuando, entrada ya en años, confiesa a la Señora Imperia, Mam.
465: «Cierto es que si yo no tuviese vergüenza, que cuantos hombres pasan por aquí querría que me besasen, y si no fuese el temor, cada uno entraría y pediría lo vedado».
La Lozana se refiere irónicamente al hecho de estar ya casada con Rampín, cuando inmediatamente antes se ha ofrecido al médico.
Contagio y extensión de la sífilis
291, se comenta la extensión generalizada de este mal entre las prostitutas: «las mujeres en esta tierra, que son sujetas a tres cosas: a la pinsión de la casa, y a la gola, y al mal que después les viene de Nápoles», y en Mam.
XXI pp. 277-278, se añade, además, que todas las prostitutas acaban padeciendo sífilis y muerte como consecuencia de ella.
Cuando la Lozana pregunta al viajero por los amigos de las prostitutas en Roma, aparece el mal francés como el último y definitivo:
¿Todas tienen sus amigos de su nación?
Viaj.: Señora, al principio y al medio, cada una le toma como le viene; al último, francés, porque no las deja hasta la muerte.
Después, el Viajero respondiéndole por el paradero de las muchas españolas que le precedieron en el oficio en Roma, le dice: En el Campo Santo.
En este sentido se observa a lo largo de toda la obra de Delicado cómo las prostitutas infectadas de la sífilis, como la propia Lozana, mantienen relaciones con sus clientes, como, por ejemplo, los cuatro palafreneros del Mam.
LXIV, sin conciencia alguna de que están transmitiendo la enfermedad.
Esto es sorprendente porque la creencia popular, como indica este texto, era de su transmisión por vía sexual.
Y las fuentes médicas lo dan por hecho.
Incluso más tarde Fracastoro, el autor de la teoría premoderna del contagio por «seminaria», reconoce en su De contagione (1555, II,11, f.
124v) en esta enfermedad el contagio sexual por el coito:
467B y 469B) llega a decir que una sola relación sexual con mujer infectada bastaba para contraer la sífilis.
Los efectos de la sífilis en la Lozana y otras compañeras
a) Dolores, tumores inguinales y muerte: Los efectos de la sífilis se citan tangencialmente en el Mam.
431, cuando Divicia explica el origen y extensión del mal francés y su relación con la lepra en el texto ya mencionado.
Este texto hace referencia a tres aspectos de la sífilis: en primer lugar, al carácter de epidemia que alcanzó y que fue causa de general mortandad.
Fracastoro menciona los tres continentes: Europa, Asia y África43.
En segundo lugar, a los tumores inguinales o bubas típicos de este mal y, por último, a los dolores intensos en músculos, articulaciones e incluso huesos, que se exacerban por la noche, aspecto este que Delicado recoge con la expresión «los dolores acerbísimos y lunáticos».
Estos dolores los conocía muy bien Delicado, como él mismo manifiesta en la Dedicatoria (p.
Por otro lado, la muerte derivada de la sífilis aparece en el Mam.
277-288 ya citado, cuando se dice que a las prostitutas el mal francés «no las deja hasta la muerte».
b) Signos externos de la sífilis: la estrella, la caída del pelo del cuerpo, el hundimiento del paladar, etc.
Por el contrario, Delicado se recrea en los efectos externos de la sífilis en las prostitutas como la Lozana, a pesar de que algunas de ellas no querían reconocer su enfermedad.
186, menciona una estrella en la frente de la Lozana.
Esta estrella en la frente era un tipo de marca provocado por la sífilis, como se muestra en el Mam.
En efecto, en el Mam VI pp. 192-193, cuenta la Lozana sus desventuras a la Sevillana.
Entonces esta envió a su mozo para que le diese aposento en casa de su madre, la cual reaccionó de esta manera, al ver aquella marca en la frente:
Loz.: Señora mía, aquel mozo mandó a la madre que me acogiese y me diese buen lugar, y la puta vieja barbuda, estrellera, dijo: ¿No véis que tiene greñimón?
Y ella... pensó que (súplase, "tenía greñimón"), porque yo traigo la toca baja y ligada a la ginovesa, y son tantas las cabezadas que me he dado yo misma, de un enojo que he habido, que me maravillo cómo so viva; que como en la nao no tenía médico ni bien ninguno, me ha tocado entre ceja y ceja, y creo que me quedará señal.
Sev.: No será nada, por mi vida.
Llamaremos aquí un médico que la vea, que parece una estrellica.
Es habitual atribuir los efectos de la sífilis a otra cosa, como hace la Lozana, pero a pesar de la cortesía de la Sevillana, la verdad es que la marca era notable.
En el episodio siguiente, Mam.
La Sevillana llama a las otras comadres, para conversar con la Lozana, que comentan sobre ella en un momento que sale:
Beatriz: Hermana, ¿vistes tal hermosura de cara y tez?
¡Si tuviese asiento para los antojos (es decir, anteojos)!
Mas creo que si se cura que sanará.
Teresa Hern.: ¡Anda ya, por vuestra vida, no digáis!
Súbele más de mitad de la frente; quedará señalada para cuanto viviere.
¿Sabéis qué podía ella hacer?
Que aquí hay en Campo en Flor munchos d ́aquellos charlatanes, que sabrían medicarla por abajo de la vanda izquierda.
Independiente de la discutida interpretación de esta última expresión44, la realidad es que la marca en la frente es tal que impide la utilización de anteojos, lo que hace suponer que la sífilis le había afectado ya al hueso de la nariz o la había hundido45.
Probablemente entonces la afectación de la sífilis a la nariz y a los ojos alcanzase también a la frente, produciendo una cicatriz o un hundimiento, al que tal vez se llamaría de modo popular estrella, pues no se documenta en ninguno de los tratados de la época, si es que no es una afección de diverso origen o una mera exageración literaria, como quiere García-Verdugo (1994, p.
Poco después, al describir las parientas a la Lozana, dice la Sevillana de ella que «los cabellos os sé decir que tiene buenos».
Esto se interpreta en el sentido de que la alopecia que caracteriza a la sífilis no afecta a su cabellera, rasgo que mantiene el autor, porque es símbolo de la «lozanía» de la Lozana, sin el cual dejaría de ser tal46, mientras que la enfermedad se lleva todos los demás pelos47 de la Lozana, incluso de las partes más íntimas, como se dice en el Mam.
En efecto, en conversación con el autor, Rampín le informa:
Yo venía a que fuésedes a casa, y veréis más de diez putas, y quien se quita las cejas, y quien se pela lo suyo.
Y como la Lozana no es estada buena jamás de su mal, el pelador no tenía harta atanquía, que todo era calcina.
En esta depilación de las prostitutas de sus partes, probablemente la alusión a la Lozana quería decir, como hace Allaigre, que tenía todas sus partes ya calvas por la sífilis y, por ello, era superflua toda la atanquía (compuesta de cal viva entre otros ingredientes) del depilatorio48.
En conclusión, Delicado se fija particularmente en los aspectos externos a los que afecta la enfermedad, que es lo que más preocupa a las prostitutas como algo esencial para su oficio, obviando de esta manera las pústulas de los genitales y de todo el cuerpo, las lesiones mucosas y otros efectos internos que Delicado conocía por la descripción de Von Hutten, capítulos 3 y 449.
Solamente se detiene en la corrosión del paladar y de la nariz que podría provocar la «estrella» de la Lozana, como comenta Fracastoro en su De contagione, II,11, f.
Duración de la sífilis
Delicado no oculta en ningún momento la larga duración de la enfermedad.
De hecho desde su aparición en Roma, recién manifestada la sífilis en la Lozana hasta el final de la obra, ella muestra siempre los signos de la enfermedad, como manifiesta Rampín al autor en el Mam.
851: «la Lozana no es estada buena jamás de su mal».
El enigmático viaje de la Lozana y de Rampín a Lípari, enfermos ambos de sífilis (puesto que es indudable el contagio de Rampín después de sus largas relaciones con ella), tiene el aire de una retirada melancólica de quien ve su final cerca, «porque sé que tres suertes de personas acaban mal, como son: soldados y putanas o osurarios» (Mam.
480), como ya se preanuncia en el Mam.
XXI cuando le dicen a la Lozana que las prostitutas españolas anteriores de Roma estaban «en Campo Santo» y al final del Mam.
XLVII, con la alusión al «memento mori».
Curación de la sífilis
En La Lozana andaluza Delicado comenta dos tipos de remedios: los populares, por medio de ensalmos, y los médicos, como el del guayaco, ambos conocidos por la Lozana, rechazándose expresamente los demás al uso.
A.- Los ensalmos aparecen en dos ocasiones como reflejo del ambiente popular en el que se usaban este tipo de curación.
256, cuando Rampín se cae por la escalera, dice que se va a ver a la Lozana para que le cure con el siguiente ensalmo del «mal francorum»:
Eran tres cortesanas y tenían tres amigos pajes de Franquilano, la una lo tiene público, y la otra muy callado; a la otra le vuelta con el lunario.
Quien esta oración dijere tres veces a rimano, cuando nace sea sano, amén.
De la misma manera en el mencionado Mam.
471-73 se habla de que la Lozana «ensalmóles los encordios» a unos palafreneros, mediante el siguiente ensalmo: «Santo Ensalmo se salió, y contigo encontró, y su vista te sanó; ansí como esto es verdad, ansí sanes d`este mal, amén».
B.- En el ya citado texto de Mam.
431, Divicia menciona el guayaco como la gran esperanza de curación, que hasta ese momento no se había podido lograr con los remedios tradicionales: «Ya comienza a aplacarse con el leño de las Indias Occidentales».
Igualmente en el Mam.
439 se manifiesta indirectamente que la opinión popular sabe que el mal francés no tiene cura, salvo por el guayaco.
La Lozana aconseja a Coridón como estrategia para lograr su amor hacerse el loco e ignorante:
Coridón: ¿Qué podría decir como ignorante?
Loz.: Di que sanarás el mal francés, y te judicarán por loco del todo, que esta es la mayor locura que uno puede decir, salvo qu`el leño (es) salutífero.
Esta manera de ver las cosas es manifestación del sentir de Delicado como paciente y autor del tratado médico desde el título mismo: «El modo de adoperare el legno de India Occidentale.
Y ya en el tratado, el único remedio la «piaga incurabile» es el Legno Sancto, como se indica en la introducción: «il legno Guaiaco... presenta neo remedio contra il mal franzoso, dal quale per vintitre anni, siando io stato infermo, ne mai per niun altro remedio salvo che per il preditto legnoguarito» (p.
58) y al final de la cura: «ni argento vivo ni argento muerto ni ningún mineral ni cauterización puede sanarla, salvo el legno áureo santo salutífero» (p.
El guayaco representaba una gran esperanza frente al tratamiento tradicional del mercurio, que provocaba graves intoxicaciones y efectos secundarios que no infrecuentemente llevaban a la muerte del paciente.
Al enfermo, en efecto, se le sometía a intensas purgas y dietas para luego aplicarle baños, sudoraciones51, fricciones, etc., tratando de conseguir la penetración del mineral y restablecer así la eucrasia humoral eliminando la materia peccans, según los postulados del galenismo vigente.
De ahí la preocupación constante de los médicos por aliviar este tratamiento o el de otros minerales como el azufre (en la combinación llamada cinabrio)52, que eran prescritos pensando sobre todo en las afecciones cutáneas que provocaba, al igual que la lepra, como repiten incansablemente los diversos autores53.
A decir verdad, aunque menos molestias, tampoco resultaba nada suave la rígida dieta y la ingesta diaria del preparado de guayaco durante 30 ó 40 días en baño cerrado para provocar la sudoración.
Lo más triste de todo ello era que este tratamiento tampoco era curativo de verdad (en realidad no lo fue ningún producto hasta el descubrimiento de la espiroqueta causante de la sífilis (la Treponema pallidum) y de las drogas efectivas contra ella a comienzos del siglo XX54), aunque tenía efectos paliativos.
En este momento la sífilis, si la barrera del sistema inmunitario fracasaba, resultaba incurable.
Las curaciones señaladas por los médicos en bastantes casos posiblemente correspondían a otro tipo de enfermedades con las que se confundía la sífilis.
Pero en otros muchos posiblemente coincidían con los muchos años de latencia sin ninguna manifestación ostensible que caracterizan a esta enfermedad, como ya señalaba Torrella en su Secundum Consilium (Luisinus, 1566, vol. I, p.
Quizá por ello Von Hutten escribe su libro sobre la sífilis en 1519 por considerarse curado con el guayaco, pero muere el año 1523, a los 35 años, cuatro años después de haber creído curada su sífilis56, que había padecido durante diez años antes del tratamiento.
En esto no sería nada improbable pensar en un paralelismo con Delicado, que publica su libro sobre el remedio del guayaco, estimándose curado, en 1528, pero muere «poco después del 1534» 57, es decir, unos seis años más tarde, probablemente también, conjeturamos, de la misma sífilis que había padecido durante 23 años antes de tomar el guayaco.
Es muy precisa asimismo la indicación de Delicado en su Tratado (p.
62) de los comienzos del uso del guayaco en Europa.
Después de comentar su descubrimiento en las Indias por los españoles, señala que se trajo a España y comenzó a «venire in uso nell ́anno 1508.
Probablemente la primera fecha aluda a la práctica real, pero la segunda coincide con la fecha de las primeras monografías sobre este remedio que son las la de Pol y de Schmaus en 1518, seguidas por la de Von Hutten en 1519, que fue la más extendida y en la que se inspiró Delicado.
CONCLUSIÓN: LA INTENCIÓN MORALIZANTE DEL AUTOR
La nueva enfermedad, el mal francés, impregna toda La Lozana andaluza.
El análisis de este trasfondo y su comparación con el tratado de Delicado El modo de adoperare el legno, así como de la literatura médica del momento, nos ha asomado al taller en el que se forjó la composición el Retrato de Delicado, es decir, el sustrato de donde el autor se nutre para la creación de su obra literaria.
El ambiente, en efecto, en el que se mueve la protagonista y que da pie al autor para describir su mundo es el de la prostitución y el de la nueva enfermedad, que sufrió mucho tiempo él mismo y de la que probablemente murió.
En este sentido, el presente estudio esclarece también muchos pasajes de La Lozana andaluza y los sitúa en su contexto social, cultural y médico, sin el cual Delicado no la hubiera podido componer ni el lector comprender en toda su extensión.
El análisis de las fuentes nos ha permitido ver el modo como se ha incorporado esa realidad médica y su función literaria.
La perspectiva de este estudio, además, aboga por la intención moral de la obra.
En efecto, el apartado final Cómo se escusa el autor (p.
484), termina con una expresión de voluntad bien definida, por más que tenga algo de tópica o de justificación a posteriori:
Como consecuencia de ello, frente a la consideración de La Lozana Andaluza como una obra erótica o inmoral, la aceptación de una intención moralizante, que no es reciente58, ha tenido gran difusión, después de encontrar un gran defensor en Damiani y Allegra (1975, pp. 7 ss.), quienes consideran incluso la Carta de excomunión que sigue al Epílogo como una condena de la dama que contagió a Delicado.
Recordando el final del Mam.
XLVII, cabría decir que Delicado, escarmentado de las andanzas que le llevaron a la situación de sufriente de la sífilis, parece querer recordar en la La Lozana andaluza el «memento mori», que también el viajero del Mam.
277-288 le indica a la Lozana cuando le pregunta por el paradero de las muchas españolas que le precedieron en el oficio en Roma: En el Campo Santo.
La intención de Delicado en su tratado de ayudar a los demás, que hemos visto, y que reitera en el epílogo F. Delicado a todos aquellos que han tenido o tienen o tenrán el mal incurable (p.
79), recuerda el tono moral con el que termina La Lozana andaluza, sobre la que siempre planea, como dice Damiani (Damiani, 1984, pp. 22-23) «a distinct shade of sadness» 59.
No obstante, esta idea, sobrevenida o inicial, no parece incompatible con la alegría de vivir, la burla, la sensualidad y el afán de gozar de los placeres que se respira en La Lozana andaluza y que es una de las características del Renacimiento60.
Delicado representa en La Lozana andaluza el puente entre ambas perspectivas. |
Antoni de Martí I Franquès, La Generación Espontánea y La Transformación de los Organismos1
Antoni de Martí i Franquès fue un naturalista y científico catalán nacido en 1750 y muerto en 1832, cuyos trabajos más conocidos han sido sus estudios sobre la composición del aire y sobre la reproducción de los vegetales, donde tuvo un cierto reconocimiento internacional.
Sin embargo, buena parte de su trabajo experimental que no publicó, lo dedicó al estudio de la fisiología vegetal y de la generación espontánea.
Estaba seguro que era capaz de producir experimentalmente organismos vegetales muy simples a partir de restos de seres vivos, agua y luz.
Analizaremos los datos que disponemos sobre estos trabajos experimentales, sus resultados, el contexto en que se realizaron y las posibles influencias.
También estudiaremos sus ideas acerca de la transformación de los organismos, la influencia de Lamarck, así como los planteamientos que compartía con la teoría evolucionista del naturalista francés.
Antoni de Martí i Franquès fue un personaje un tanto singular en la España de la segunda mitad del siglo XVIII y primeros decenios del siglo XIX, pero similar al de otros de ricos propietarios agrícolas y científicos amateurs que vivían contemporáneamente en diversos países europeos.
Tenemos constancia de su importante trabajo experimental, pero debido a su personalidad y a las dificultades de su entorno solamente publicó un trabajo científico.
Escribió al menos cinco memorias de las cuales conocemos dos leídas en la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona (RACAB), y una leída en la Real Academia Médico Práctica de Barcelona (RAMPB); solo conocemos el título de las otras dos (Quintana, 1935, p.
La memoria que tuvo mayor repercusión fue la que llevaba por título "Sobre la cantidad de aire vital que se halla en el aire atmosférico", y fue leída en la RACAB en 1790.
En ella Martí establecía los porcentajes de oxígeno y de nitrógeno que contenía el aire atmosférico, así como la constancia de dichos porcentajes al medir la composición del aire en diversas condiciones.
El trabajo experimental de Martí mejoraba los cálculos anteriores realizados por Priestley y Lavoisier entre otros grandes científicos.
Extractos de dicha memoria se publicarían posteriormente en Madrid, Londres y Berlín, y tendría resonancia en medios científicos europeos y norteamericanos.
Sin embargo, a menudo al citarla se modificó el nombre de su autor, llamándole De Marty o Macarty, dificultando por ello el conocimiento del verdadero origen de dicha memoria (Grau, 2011, pp. 34-40).
Otra memoria que tuvo una cierta repercusión fue la que leyó en la RAMPB con el título de "Sobre los sexos y fecundación de las plantas", donde contradecía algunos de los trabajos de Spallanzani sobre la reproducción de los vegetales.
El científico italiano afirmaba que había comprobado experimentalmente que algunas plantas como el cáñamo, la espinaca o la sandía, podían reproducirse a partir de la parte femenina de la flor sin la intervención del polen.
Sin embargo Martí demostró experimentalmente que esto no era posible.
Esta memoria fue publicada y tuvo repercusión en algunos medios; apareció un resumen de la misma en el Diario de los nuevos descubrimientos de todas las ciencias físicas publicado en Madrid en 17932, y también se cita dicho trabajo en el Seminario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos3, publicado en la misma ciudad.
Sin embargo, a través del material manuscrito de Martí que se conserva así como por diferentes referencias de amigos y contemporáneos suyos, conocemos que hizo un enorme trabajo experimental dedicado al estudio de la fisiología y a la generación de los vegetales, temas sobre los que no llegó a publicar nada.
En este artículo trataremos de situar sus trabajos experimentales sobre la generación espontánea, el contexto en que se realizaron, las influencias que recibió, y sus ideas sobre la transformación de los organismos.
LA VIDA DE ANTONI DE MARTÍ
El estudio más completo sobre Martí lo publicó en 1935 uno de los pioneros de la historia de la ciencia en Cataluña y en España, Antoni Quintana Marí.
Martí nació en el año 1750 en Altafulla, una población costera situada unos pocos kilómetros al norte de la ciudad de Tarragona, en el seno de una familia de la nobleza con muchas tierras e intereses en la incipiente industria del textil, del algodón y de la alfarería.
Buena parte de su tiempo lo destinó a la gestión de su patrimonio y a la importación y exportación de bienes.
Su formación como científico y naturalista fue básicamente autodidacta.
Fue miembro de la RACAB y de la RAMPB, y entre 1800 y 1801 realizó un largo viaje por Europa visitando diversas instituciones científicas en París, Londres, La Haya, Ámsterdam y Bruselas.
Disponía de una amplia biblioteca que estaba al día de las publicaciones europeas y mantuvo contactos con diversos científicos, particularmente franceses.
También disponía de un buen laboratorio donde hacía estudios químicos sobre los gases, así como otros trabajos experimentales relacionados con la fisiología y la generación de los vegetales.
Además había constituido un notable herbario así como una apreciable colección de minerales y rocas.
Prueba de su enorme trabajo experimental sobre fisiología vegetal y la generación espontánea, son las aproximadamente tres mil páginas manuscritas que se conservan en la Biblioteca-Hemeroteca de Tarragona.
En estos manuscritos se recogen únicamente los trabajos experimentales que realizó entre 1816 y 1828, siendo ya muy mayor puesto que tenía entre 66 y 78 años, pero sorprendentemente contiene decenas de millares de observaciones.
No se lee con facilidad por su estado de conservación y por la multitud de abreviaturas que contiene, y tan solo ha sido trascrito en una pequeña parte (Quintana, 1935, pp. 210-237).
Sin embargo, a partir de estos datos podemos hacernos una idea de la gran cantidad de material manuscrito sobre sus investigaciones que habría acumulado a lo largo de toda su vida.
La causa fundamental de la pérdida de la mayor parte de estos documentos fue la destrucción realizada por las tropas de Napoleón cuando entraron en la ciudad de Tarragona tras su sitio en 1811.
Las tropas francesas saquearon y destruyeron el laboratorio que Martí tenía instalado en su casa, desapareciendo la mayor parte de sus trabajos realizados hasta la fecha.
En este momento Martí ya tenía 61 años, por lo que desapareció el testimonio del trabajo experimental de la mayor parte de su vida.
EL PROBLEMA DE LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA
Como ya henos dicho, uno de los temas sobre los cuales más trabajo experimental realizó Martí y que le causó grandes preocupaciones fue la generación espontánea, es decir, la posibilidad de que se pudiera generar materia viva a partir de materia inanimada sin la intervención de ningún ser vivo.
Se trata de uno de los problemas biológicos más debatidos desde el mundo clásico hasta la actualidad, que ha ocupado la atención de muchos pensadores en diferentes países y en diferentes épocas, adhiriéndose a un amplio espectro de puntos de vista filosóficos y teológicos (Farley, 1977, p.
Curiosamente, su derrocamiento como paradigma ha sido celebrado al menos tres veces: una vez en el siglo diecisiete, otra en el dieciocho y otra en el diecinueve (Mendelsohn, 1976, p.
Sin embargo existe una cierta confusión en relación a lo que significa la generación espontánea.
En realidad bajo estas palabras se incluyen tres procesos diferentes.
Por un lado está lo que se denomina la generación equívoca, que consiste en que una especie nacería a partir de otra diferente; fue universalmente rechazada en el siglo XVIII (Mclaughlin, 2005, p.
Por lo que conocemos, Martí nunca se refirió abiertamente a este tipo de generación espontánea, aunque como veremos, algunos de sus planteamientos parecen cercanos al transformismo que no se aleja mucho de esta concepción.
Por otro lado tenemos la heterogénesis, la posibilidad de que se produzcan seres vivos a partir de restos de organismos.
Como veremos, Martí defendió la existencia de este proceso, puesto que estaba convencido que lo había comprobado experimentalmente en numerosas ocasiones.
Por último tenemos la abiogénesis, la formación de seres vivos a partir únicamente de materia inorgánica, que como también veremos, Martí admitía como una posibilidad.
La abiogénesis fue ampliamente aceptada durante buena parte del siglo XIX por muchos evolucionistas a pesar de los experimentos de Pasteur, puesto que permitía dar una explicación materialista del origen de la vida; el mismo Darwin tenía una posición favorable en relación a la posible existencia de este proceso aunque nunca la defendió de forma pública (Peretó, 2009, pp. 403-405.)
LAS POLÉMICAS ACERCA DE LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA EN VIDA DE MARTÍ
La generación espontánea fue defendida por muchos filósofos en la Grecia clásica, como Anaximandro, Anaxímenes o Demócrito.
Pero fue la defensa que de ella hizo Aristóteles, la que causó mayor impacto en el mundo occidental a causa de la enorme influencia del gran filósofo griego.
En los primeros años del siglo XVII no había muchas razones para dudar de la existencia de la generación espontánea.
Sin embargo, a finales de este siglo la explicación cartesiana de la generación espontánea ya parecía insuficiente, sobre todo después de descubrir la complejidad que tenían los organismos vivos cuando se observaban a través del microscopio (Farley, 1977, pp. 9-10).
En la segunda parte del siglo XVII diversos autores, como Francesco Redi, William Harvey o John Ray, desarrollaron una fuerte ofensiva contra la generación espontánea condicionados por sus creencias religiosas, pero apoyándose en notables trabajos de observación y experimentación (Mendelsohn, 1976, p.
En estos años, el intenso debate sobre este tipo de generación se mezcló con las investigaciones sobre la reproducción sexual, la búsqueda de los óvulos y el papel de estos en el proceso reproductivo.
A finales del siglo XVII había un amplio consenso alrededor de la negación de la generación espontánea.
En su lugar se defendía la concepción según la cual los organismos estaban ya preformados en su germen originario, preformacionismo, y que este organismo preformado en el caso de los animales se encontraba en el óvulo, ovismo.
No obstante, algunos hechos continuaron siendo difíciles de explicar como el origen de los gusanos parásitos y el de los organismos monstruosos, y a ellos se unieron nuevas observaciones tales como el descubrimiento de los espermatozoides, los fenómenos de regeneración de algunos organismos como la hidra, o la hibridación vegetal.
A principios del siglo XVIII el triunfo del newtonianismo volvió a favorecer la generación espontánea y la epigénesis, teoría alternativa al preformacionismo según la cual el desarrollo embrionario se produciría a partir de una masa inicial homogénea que se iría diferenciando.
En este contexto, algunos prestigiosos naturalistas que disfrutaban de una considerable influencia como Buffon, defendieron la generación espontánea haciendo que de nuevo esta tuviera una gran aceptación entre los estudiosos de la naturaleza.
Según Buffon, cuando ocurría la descomposición de la materia viva, las moléculas orgánicas ya no se encontraban adheridas a la estructura de las diferentes partes del organismo y por ello se liberaban.
Esta concepción proporcionaba las bases para la aceptación de una forma de generación espontánea, la heterogénesis.
Los trabajos experimentales que había desarrollado le habían convencido de que se podrían haber originado tantos seres vivos a partir de la mezcla de moléculas orgánicas, como a través de los procesos de descendencia (Farley, 1977, pp. 23-24).
Sin embargo, en la situación en la que se encontraría la naturaleza en nuestro tiempo la propensión a producir materia viva que tendría formaría seres vivos muy sencillos, puesto que la mayor parte de esa materia orgánica estaría ya integrada en los cuerpos de otros vivientes (Caponi, 2009, p.
Otro personaje clave en la defensa de la generación espontánea en estos años fue el sacerdote católico inglés John Tuberville Needham.
Se trata de un naturalista que intentó conciliar la religión y la ciencia, en particular con los datos que aportaba la experimentación y el razonamiento.
Cristiano ferviente y católico convencido, pero tolerante, intentó persuadir a los cristianos de que antes de condenar las nuevas ideas que aportaban los naturalistas intentaran comprenderlas (Roger, 1993, p.
Como Buffon, rechazaba el ovismo y apoyaba la epigénesis, y a menudo su pensamiento se confundió con el del naturalista francés sin que él hiciera nada para evitarlo, y por ello fue acusado de haber dado argumentos a los ateos.
Estos planteamientos lo condenaron a la soledad y a la incomprensión, cuando su objetivo era defender un modelo de generación espontánea que evitara el mecanicismo y el materialismo (Roe, 1983, p.
Needham era un experto microscopista que hizo un gran trabajo experimental.
En el año 1748 trabajó unos meses en París con Buffon, realizando una serie de experimentos y observaciones según los cuales los dos naturalistas creían haber confirmado experimentalmente la generación espontánea.
Para Needham la generación de nuevos organismos no podía producirse al azar, sino únicamente en aquellas circunstancias que Dios había fijado, y a través de las leyes que había establecido.
Además, tenía que existir una fuerza vegetativa que necesitaba la presencia del aire, que hacía posible la generación de nuevos seres vivos.
El principal oponente de la generación espontánea en estos años, y por tanto oponente de Buffon y Needham, fue el también sacerdote católico Lazzaro Spallanzani.
También fue un hábil experimentador que repitió los trabajos de Needham, pero tomando una serie de precauciones para evitar la aparición de gérmenes procedentes del aire, comprobando que de esta forma no se producía el fenómeno de la generación espontánea.
La disputa entre los sacerdotes católicos fue larga y enconada.
Para Needham, las manipulaciones de Spallanzani destruían el espíritu vital del aire impidiendo la generación, mientras que para este último la aparición de microorganismos era causada por la entrada de gérmenes procedentes del aire.
A pesar de su enfrentamiento científico, mantuvieron una larga correspondencia y unas buenas relaciones (Roger, 1993, p.
En la lucha en contra de la generación espontánea Spallanzani no estaba solo.
Junto al italiano se encontraban otros prestigiosos naturalistas como René Réaumur, Charles Bonnet y Albrecht von Haller, todos pertenecientes a la misma familia intelectual y espiritual.
Defendían los derechos de la experiencia, y realmente eran muy buenos observadores, pero ante todo eran mecanicistas y cristianos ortodoxos (Roger, 1993, p.
Las tres primeras décadas del siglo XIX fueron testimonio del nuevo triunfo de la generación espontánea.
Los naturalistas más destacados defendían especialmente esta generación en el caso de los infusorios y de los gusanos parásitos, basándose en experiencias empíricas (Farley, 1977, p.
Entre estos naturalistas se encontraba Jean-Baptiste Lamarck.
MARTÍ Y LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA
Como ya hemos visto, Martí no publicó nada acerca de la generación espontánea, pero a partir de diferentes testimonios de sus contemporáneos y los registros manuscritos de su trabajo experimental, sabemos que fue un tema sobre el que hizo numerosos experimentos y reflexiones.
A través de uno de sus amigos y confidentes, el clérigo Fèlix Torres Amat, sabemos que estaba convencido de que había conseguido generar formas vegetales simples a partir de materia inerte, por tanto que sabía producir de forma experimental la generación espontánea.
Escribía Torres Amat en su obra dedicada a los escritores catalanes al referirse a los trabajos experimentales de Martí:
Estos ensayos tuvieron por objeto la producción artificial de los vegetales por la organización de la materia inorgánica; habiendo alcanzado a formar a su arbitrio varias confervas, tremolas y otras plantas celulares, teniéndose presentido haberse extendido igualmente a algunas vasculares (1836, p.
Otro testimonio de los trabajos de Martí sobre la generación espontánea fue el que hizo otro de sus amigos, el médico Jaume Parcet.
Dicho médico también era socio de la RAMPB, y envió a esta institución el 20 de noviembre de 1832 una necrología en recuerdo de su amigo que había muerto dos meses antes.
Esta necrología es de gran interés ya que su autor explica que frecuentó durante muchos años el gabinete laboratorio de Martí y que mantuvo con él largas conversaciones (Parcet, 1907, p.
En la explicación que hace Parcet del trabajo de Martí en el gabinete quedan claramente reflejados los experimentos sobre la generación espontánea:
Este gabinete, despreciable en apariencia e inestimable por su esencia es donde con su sublime penetración podemos decir que ha sorprendido a la Naturaleza, pues que facilitando combinaciones de principios ha conseguido organizaciones vegetales, las cuales estaba cierto que no procedían de otro símil.
Se le ha oído repetidas veces que a un cadáver lo reduciría todo a una masa térrea, y que ésta la dispondría después de un modo que todos sus principios, o la mayor parte de ellos, constituirían organizaciones vegetales improcedentes también de símil; y pertenecientes estas y las anteriores a la última clase de Ligneo (sic) (Parcet, 1907, p.
Un tercer testimonio contemporáneo lo encontramos a través de Josep Arrau, que fue un importante pintor y académico de la RACAB.
Arrau junto con otros jóvenes constituyó en Barcelona en los años 1829 y 1830 una notable tertulia en la que también participaba Martí, cuando el naturalista tarragonés ya tenía cerca de ochenta años.
Otros participantes en dicha tertulia eran Carles Martí, sobrino del naturalista tarragonés, Joan Agell, que sería unos años más tarde académico de la RACAB y catedrático de química de la Universidad de Barcelona, y Marià de la Pau Graells, quien se convertiría en un gran entomólogo y catedrático de la Universidad de Madrid.
En la descripción de la tertulia, Arrau se refiere a las explicaciones de Martí sobre sus trabajos relativos a la generación espontánea:
Entre estas discusiones se logró varias veces que el señor Martí esplanase los medios que se valía para lograr artificialmente la formación y crecimiento de las plantas acuáticas criptógamas que el denominaba trémulas y más corrientemente materia verde, y la teoría que en su concepto podía admitirse para explicar ese maravilloso fenómeno (Elias de Molins, 1895, vol. II, pp. 93-94).
Tal y como recoge Arrau y podemos comprobar a través de los manuscritos de Martí, el término que utilizaba para referirse a los pequeños organismos que habría formado por generación espontánea era «materia verde».
Se trata de un término común en Europa en estos años, alrededor del cual se desarrolló un notable debate del que trataremos más adelante (Bory de Saint Vincent, 1823, pp. 324-336).
Por último nos referiremos al testimonio más importante, a las palabras del propio Martí en los interesantísimos manuscritos que se conservan de sus investigaciones y reflexiones, que como hemos dicho, solo recogen sus últimos doce años de trabajos experimentales.
Un vaso con un excremento de palomo, y poca agua no dio gas ni mata. [materia] verde en Dbre. [diciembre] hasta el cabo de 11 días; y un frasquito tapado de medida lleno de la agua del vaso en que estuvo el excto. [excremento] por espacio de 24 horas dio gas y mata. verde al cabo de 5 días.
Aquí Martí deja constancia de creer haber producido organismos vegetales simples, materia verde, a partir de agua y excremento de palomo.
Además describe que cambiando las condiciones en que se desarrollaba el experimento, el proceso podía producirse de forma más o menos rápida.
En el resultado 13 del mismo año describe un proceso parecido a partir de estiércol y agua:
La mata. [materia] verde en invierno suele comunte. [comunmente] manifestarse abtos. [abiertos] vasos con agua y estiércol, después de 8 a 12 días.
Como podemos comprobar Martí estaba convencido de que podía producir organismos vivos a partir de agua y restos de materia orgánica, es decir, creía haber comprobado experimentalmente la heterogénesis.
Pero también se preguntaba si era posible producir organismos vivos a partir de la materia inerte que no procedía de ningún ser vivo, es decir producir procesos de abiogénesis.
Esto es lo que escribía en el manuscrito titulado "Problemas y resultados" en el apartado número 15:
Así como el gas carbo. [carbónico] se descompone por la mata. [materia] verde, apropiándose esta su carbón con que se alimenta, y crece, y soltando oxigeno en gas, dicho gas carbónico con la agua pura y sin intermedio alguno, formaría mat. verde?
Sabemos que Martí estaba al día de los debates científicos que se estaban produciendo en Europa a través de las publicaciones periódicas que recibía y de la amplia biblioteca que poseía.
Por esta razón creemos que conocía las polémicas contemporáneas sobre la generación espontánea, así como las que se habían producido en otras épocas, especialmente las desarrolladas en los siglos XVII y XVIII.
Tenemos la suerte de que se ha conservado parte de su biblioteca, pero sabemos que había sido todavía bastante más amplia.
Por una parte ya nos hemos referido al asalto que sufrió su casa y su gabinete por parte de las tropas napoleónicas, con la consiguiente destrucción de libros, manuscritos y material de investigación.
Pero además tenemos constancia de que parte de la biblioteca que se había conservado tras su muerte, sufrió considerables pérdidas en años posteriores.
Conocemos este dato a través de un descendiente suyo, el naturalista, ingeniero de montes y propietario agrario Joaquim Castellarnau.
Según su testimonio, que recoge Quintana, de niño jugaba en la biblioteca de Martí que había heredado el tío de Castellarnau, Gaietà Martí Veciana, que a su vez era nieto del naturalista tarragonés (Quintana, 1935, pp. 196-197).
Cuando ya era mayor Castellarnau hacía las siguientes reflexiones:
Muchos años más tarde contemplé con profunda pena, que las estanterías de la vetusta biblioteca estaban casi vacías.
¿Donde habían ido a parar los libros que con tanto goce había hojeado en mi juventud, y que despertaron en mi quizás mi inclinación a los estudios, que más tarde han ocupado la mayor parte de mi vida?
Profundizando un poco más se refiere en primer lugar a la desaparición de libros de gran valor, como Herbarum vivae eicones de Otto Brunfells o la Historia stirpium de Leonard Fuchs.
No da ninguna explicación a esta desaparición, pero no sería aventurado aducir motivos económicos.
Después Castellarnau se refiere a una posible razón de la expurgación de la biblioteca de Martí, aludiendo al «alma excesivamente religiosa» de alguno de sus descendientes que condenaba la generación espontánea porque estaba en contra de la ortodoxia católica.
Así pues, parece que alguno de los descendientes de Martí hizo desaparecer la mayor parte de los libros que trataban sobre la generación espontánea, y por tanto que los pocos libros que se conservan donde se trata este tema podrían ser tan solo una pequeña parte de los que había poseído.
No obstante, de entre lo que queda de la biblioteca, que a pesar de las pérdidas a las que nos hemos referido es notable, hemos podido encontrar algunos libros que nos pueden orientar en relación a las influencias que sobre este tema pudo haber recibido el naturalista tarragonés.
Como hemos visto, uno de sus grandes defensores de la generación espontánea durante el siglo XVIII fue Buffon.
De entre los libros que se han conservado de la biblioteca de Martí, encontramos siete volúmenes del naturalista francés que corresponden a diversas colecciones; el tomo XI de la Histoire naturelle generale et particuliere, los tomos I, III y IV de la Histoire naturelle des oisseaux, el tomo VI de la Histoire naturelle des Mineraux, y los tomos I y II de la segunda edición les Les Époques de la nature (Quintana, 1935, p.
Se trata pues de tomos sueltos de diversas colecciones que muy probablemente el acaudalado Martí tendría completas, puesto que Buffon era uno de los naturalistas más prestigiosos de su época.
En los libros que se conservan se encuentra alguna referencia a la generación espontánea, aunque no totalmente explícita.
Por ejemplo, en el volumen primero de Les Époques de la Nature en la tercera época de la historia de la Tierra, podemos leer una referencia al origen de los vegetales por generación espontánea aunque sin usar estos términos:
Las moléculas orgánicas vivas han existido desde que los elementos de un calor dulce han podido incorporarse con sustancias que componen los cuerpos organizados; ellas han producido sobre las partes elevadas del globo una infinidad de vegetales (Buffon, 1778, p.
No se conserva en lo que queda de la biblioteca de Martí la obra en que Buffon puso de manifiesto más claramente su posición con respecto a la generación espontánea.
Es muy probable que esta obra hubiese formado parte de la biblioteca de Martí puesto que desarrollaba uno de los problemas biológicos que más le preocuparon.
Pero precisamente por hacer una clara defensa de la generación espontánea, esta obra podría haber sido una de las víctimas del «alma excesivamente religiosa» de alguno de los descendientes de Martí a que se refería Castellarnau.
Tampoco aparece en lo que se conserva de su biblioteca ninguna obra de Needham, quien junto a Buffon fue el gran defensor de la generación espontánea en la segunda parte del siglo XVIII.
Siendo Martí un católico convencido que quería hacer compatibles sus convicciones religiosas con sus pensamientos científicos, Needham podía haber sido uno de los autores que más podrían haberle interesado por su condición de sacerdote católico que también quería hacer compatible la generación espontánea con sus creencias, y que también aceptaba una interpretación no literal del Génesis.
Las obras de Needham también pudieron ser víctimas de la citada «alma excesivamente religiosa».
En cambio, sí que se conserva de la biblioteca de Martí una de las obras del gran adversario de Needham, el también sacerdote católico Spallanzani.
284), la obra en que Spallanzani afirmaba que determinados vegetales podían reproducirse a partir únicamente de la parte femenina de las flores sin la intervención del polen, en consonancia con sus planteamientos preformacionistas y ovistas.
Martí tuvo un enfrentamiento intelectual y experimental con el sacerdote italiano, puesto que en su memoria "Sobre los sexos y fecundación de las plantas" rebatía experimentalmente que determinadas plantas superiores pudieran reproducirse únicamente a partir de la parte femenina de la flor, poniendo de manifiesto diversos errores cometidos por Spallanzani en el desarrollo de sus experimentos (Bernat, 2011).
Por tanto, Martí había de confiar poco en los trabajos experimentales de Spallanzani con los que habría tratado de desmentir los resultados de Buffon y sobre todo los de Needham, puesto que había comprobado personalmente que el sacerdote italiano cometía importantes errores en este tipo de trabajos.
En consecuencia es muy posible que también se sintiera desde el punto de vista experimental más cerca del trabajo del sacerdote católico inglés.
La obra de Spallanzani que se conserva en la biblioteca de Martí es la traducción al francés del original italiano, realizada por el naturalista suizo y pastor protestante Jean Senebier, que además incluye un largo escrito de este último.
Este naturalista ginebrés trabajó experimentalmente sobre la «materia verde» y sobre otro de los temas que preocuparon a Martí, la nutrición de las plantas.
Los trabajos de Senebier pudieron tener una notable influencia en Martí, puesto que se conservan tres obras en su biblioteca relacionadas con el estudio de la influencia de la luz solar sobre los vegetales, además de los cinco volúmenes de su fisiología vegetal (Quintana, 1935, p.
El texto de Senebier que se incluye en la traducción de la obra de Spallanzani consta de 88 páginas donde el naturalista suizo hace un esbozo de la historia de los organismos.
Defiende el preformacionismo afirmando que la generación no es una creación sino el desarrollo de un ser preexistente, y que negar este hecho nos acercaría al ateismo (Senebier, 1787, pp. XI-XIII).
Más adelante al afirmar que absolutamente todos los organismos, incluso los infusorios, han estado preformados, niega indirectamente la posibilidad de la generación espontánea:
No hay en absoluto hombres, animales, plantas, animáculos de infusión que no hayan existido, diría casi vivido desde hace seis mil años, y que desde este tiempo, no hayan experimentado un desarrollo sucesivo en el seno de las hembras donde estaban depositados (Senebier, 1787, p.
A continuación Senebier trata de desacreditar la generación espontánea aún sin citarla, asociándola al azar, la ignorancia, y también al ateismo:... los fetos no existen desde toda la eternidad, puesto que son finitos y sucesivos, estos no son la obra del azar, que no es más que una palabra, o el recurso de la ignorancia, o el asilo del ateismo que no ha reflexionado, puesto que estos fetos son muy complejos...
Martí, que como veremos compartía con Senebier muchas de sus ideas sobre la denominada «materia verde», no podía participar de su postura con respecto a la generación de los organismos.
Pero aunque sus presupuestos religiosos no coincidieran totalmente, es probable que las reflexiones que hacía en relación a la vinculación del ateísmo con la aceptación de la generación espontánea preocuparan a Martí puesto que era un ferviente cristiano católico.
El texto de Senebier acaba con una defensa de los experimentos que Spallanzani presenta en la obra sobre la reproducción de los vegetales, que Martí impugnaría en la memoria a la que ya nos hemos referido.
A continuación aparece la refutación de unos escritos del fisiólogo vegetal Jan Ingen-Housz, y finalmente se encuentra el núcleo central de libro, la traducción de la obra de Spallanzani sobre la generación de animales y plantas.
A lo largo de toda ella defiende el preformacionismo ovista, apoyándose en su trabajo experimental y en el de otros notables naturalistas suizos como Bonnet y Haller, y ataca los planteamientos de Buffon, en especial la epigénesis.
Pero en este texto de Spallanzani no aparece ninguna referencia directa a la generación espontánea.
Otro naturalista que pudo haber influenciado a Martí fue Lamarck, un autor que aceptó la generación espontánea muy tardíamente, cuando ya tenía cerca de sesenta años, para convertirla en un elemento fundamental de su teoría evolucionista.
En lo que se conserva de la biblioteca de Martí encontramos una obra de Lamarck, el Système des Animaux sans vertèbres publicada en París en el año 1801.
Se trata de una destacada obra del naturalista francés puesto que en ella aparece la primera formulación escrita de su teoría evolucionista.
Esta primera formulación aparece en la reproducción del discurso de apertura del año 1800 de los cursos de zoología que impartía en el Muséum national d'Histoire naturelle de París, que se incluye al principio de la obra.
Lamarck tardó mucho en aceptar la generación espontánea debido a que una de las grandes convicciones que tenía sobre la naturaleza era que existía un «hiatus inmenso» (Lamarck, 1801, p.
5) entre la materia bruta y la viva, haciendo que el paso directo de la primera a la segunda fuera enormemente difícil, en realidad imposible para él durante la mayor parte de su vida.
Esto le supuso un problema importante en el desarrollo de su modelo evolucionista partiendo de su concepción materialista, puesto que le dificultaba comprender cómo se originaban los seres vivos.
Parece que fue aceptando la generación espontánea a partir de sus estudios sobre los infusorios, considerando que esta forma de vida animal tan elemental sí que podía producirse a través de dicho proceso (Corsi, 2001, p.
A partir de 1802 Lamarck aceptó totalmente la generación espontánea de las formas vivas más sencillas, convirtiéndose en un paso crucial para el desarrollo de su teoría evolucionista (Burkhardt, 1977, p.
Sin embargo la obra de Lamarck que se conserva de la biblioteca de Martí fue escrita entre 1800 y 1801, cuando Lamarck empezaba a aceptar el proceso, aunque solo se atrevió a defenderlo veladamente.
En el citado discurso de apertura Lamarck hace alguna vaga alusión a la posibilidad de la generación espontánea, pero sin utilizar en ningún caso la expresión.
Ocurre por ejemplo cuando Lamarck se refiere a que es la naturaleza quien produce los animales más simples: «Esta facilidad, esta abundancia, esta rapidez con la cual la naturaleza produce, multiplica y propaga los animales más simplemente organizados» (Lamarck, 1801, p.
También al tratar en el mismo discurso sobre los pólipos, el grupo en el cual Lamarck incluía todavía a los infusorios en estos años, vuelve a hacer afirmaciones solo comprensibles en el contexto de la generación espontánea:
Ellos constituyen el último de los escalones que se pueden señalar en este interesante reino, y es entre ellos donde se encuentra el término desconocido de la escala animal, en una palabra los esbozos de la animalización que la naturaleza forma y multiplica con tanta facilidad en las circunstancias favorables (Lamarck, 1801, p.
Ya en el propio texto zoológico del Système des Animaux sans vertèbres escrito poco después del discurso, encontramos algunas referencias a la generación espontánea todavía más claras, pero sin llegar a usar estos términos u otros parecidos.
Al referirse de nuevo a los infusorios escribe:
Tenemos razones para creer que para los seres vivos más sencillos, el calor, que es la madre de las generaciones y una especie de alma de los seres vivos, opera concurrentemente con la humedad, que es necesaria para efectuar cualquier desarrollo orgánico; esta disposición y estado de las partes crean la vida, ya sea vegetal, ya sea animal, en las pequeñas masas gelatinosas aglomeradas que la naturaleza forma con tanta facilidad en las circunstancia favorables (Lamarck, 1801, pp. 391-392).
En este último texto Lamarck escribe de nuevo cómo la naturaleza crea por sí misma los pequeños infusorios.
En obras posteriores, singularmente en la Philosophie zoologique publicada en 1809 y la Histoire naturelle des animaux sans vertèbres publicada entre 1815 y 1822, Lamarck fue desarrollando su modelo evolucionista y defiendió de forma clara y contundente la generación espontánea.
No podemos descartar que al menos alguna de las obras citadas se encontrara en la biblioteca de Martí, pero que aquella «alma excesivamente religiosa» también las hubieran hecho desaparecer.
En este sentido hay que recordar que Lamarck durante buena parte del siglo XIX fue un autor a quien se realacionó con la revolución francesa, el materialismo y el ateísmo, como puede comprobarse en los ataques que sufrió en el Estado Español por parte de autores como Josep Planellas o Josep Letamendi (Camós, 2007a, p.
Por tanto sus obras también pudieron haberse convertido en un objetivo de aquellos que expurgaron la biblioteca de Martí por motivos religiosos.
Hemos de añadir a las obras citadas el Journal de physique, de chimie, d'histoire naturelle, del cual se conserva solo el tomo de 1803 en la biblioteca de Martí, pero que posiblemente había de contener más volúmenes de esta publicación periódica puesto que fue en ella donde apareció uno de los extractos de la memoria de Martí sobre el aire atmosférico.
La editaba Jean-Claude Delamétherie, y sabemos que en ella se informaba de los debates que se estaban produciendo en Europa en torno a la generación espontánea (Corsi, 2012, p.
Así pues, entre las obras que se conservan de la biblioteca de Martí encontramos algunas donde aparece reflejada la defensa que hacían algunos autores de la generación espontánea, como Buffon y Lamarck, mientras también encontramos autores que la atacaban, como Senebier.
Pero es bantante probable que en la biblioteca también hubieran figurado otras obras de estos y otros autores como Needham y Spallanzani, donde la defensa o la descalificación de la generación espontánea era más explícita.
Por otra parte, en los últimos decenios del siglo XVIII y en los primeros decenios del XIX se desarrolló en Europa un notable debate entorno a la denominada «materia verde», la sustancia que se generaba cuando los rayos solares incidían sobre el agua.
Los científicos no estaban de acuerdo en la naturaleza de dicha materia, y sorprendentemente vincularon poco este debate con el de la generación espontánea.
Como hemos visto Martí hizo diversos experimentos sobre la producción de dicha «materia verde».
El primero que describió el proceso y que le dio el nombre de materia verde a la sustancia que se producía fue Joseph Priestley (Schofield, 2004, p.
Inicialmente Priestley describió el material formado como un sedimento mucoso de color verde, pero sin atribuirle características vivas; sin embargo más adelante la caracterizó como sustancia vegetal afirmando que se trataba de Confervas, pero continuó negando que se tratara de un caso de generación espontánea basándose en argumentos teológicos (Farley, 1977, p.
Martí, que también denominaba Confervas a los organismos vegetales producidos, tenía en su biblioteca diversos volúmenes de la obras de Priestley (Quintana, 1935, p.
281), por lo que tenía que conocer sus experiencias que posiblemente fueron una de sus fuentes de inspiración.
Otro científico que participó en la polémica y del que ya hemos hablado fue Senebier.
Repitió los experimentos de Priestley, y de acuerdo con él creyó que la materia verde era de carácter vegetal aunque de una especie distinta de Conferva.
Por otra parte según Senebier esta materia verde con el tiempo se iba desarrollando hasta formar un vegetal suficientemente grande para ser visible a varios pasos de distancia (Bory de Saint-Vicent, 1823, pp. 328-329).
Estas descripciones de Senebier concuerdan bastante con los datos que conocemos de las experiencias de Martí.
De todos modos Senebier, como Priestley, también negaba la existencia de la generación espontánea.
También se refiere a esta polémica Ingen-Housz en el segundo volumen de su libro Expériences sur les végétaux que se conserva de la biblioteca de Martí.
En ella Ingen-Houz se refería a los experimentos de Priestley (134), pero estaba en desacuerdo con que la materia verde fuera vegetal.
Defendía que era materia animal formada por multitud de insectos verdes.
Martí nunca defendió esta opinión.
LA PROXIMIDAD DE LAS IDEAS DE MARTÍ A PLANEAMIENTOS EVOLUCIONISTAS CONTEMPORÁNEOS
Como hemos dicho, la generación espontánea era una pieza clave en el modelo evolucionista de Lamarck, y Martí conocía esta teoría por lo menos a partir de la obra del naturalista francés que sabemos que tenía en su biblioteca.
Además, no es aventurado pensar que incluso pudiera haber llegado a conocer en París al naturalista francés en el viaje que realizó por Europa, visitando universidades, academias e institutos.
Sus biógrafos afirman que «le proporcionó la amistad de los sabios más notables de aquella época» (Parcet, 1907, p.
696), y que «a principios de este siglo recibió en París y Londres singulares muestras de aprecio de parte de sabios de aquellas academias» (Torres Amat, 1836: XXII).
Aunque de momento no disponemos de ninguna prueba concreta de su posible encuentro, estas referencias avalarían dicha posibilidad.
Sí que sabemos que el naturalista tarragonés creía haber comprobado experimentalmente que una pequeña y simple criptógama producida por generación espontánea, con el paso de los años podía convertirse en una planta de mayor complejidad.
A este respecto Arrau se refería a lo que explicaba Martí en la tertulia en la que participaba en Barcelona, a la que ya nos hemos referido: «... había logrado por este medio plantas acuáticas de un volumen de más de medio pie, con hojas o prolongaciones de la masa, a manera de alas de mariposa (...)
En 1829 tenía algunas de estas plantas formadas después de la guerra de la Independencia, como objeto de curiosidad y entretenimiento» (Elias de Molins, 1895, II, p.
Es decir que las criptógamas que producía inicialmente se transformaban en plantas acuáticas más grandes y complejas que vivían bastantes años.
Refiriéndose a las técnicas que había desarrollado Martí para producir estos organismos afirmaba su amigo Torres Amat: «... había llegado a saber formarlas, como en efecto las formaba siempre que quería, ya más a prisa, ya más poco a poco, ya grandes, ya pequeñas.
Convertía unas criptógamas en otras, formaba fibras vegetales, y de estas pasaba a formar algunas plantas» (Torres Amat, 1836, p.
Es interesante constatar la gran perfección técnica que le atribuye para conseguir producir plantas de muy diversas formas, y como podía transformar unas criptogramas en otras hasta llegar a formar algunas plantas, aumentando por tanto su complejidad.
El mismo Torres Amat recoge en su diccionario una serie de preguntas que Martí hizo en el año 1819 a un clérigo, muy probablemente el mismo, en las que intentaba esclarecer si sus ideas científicas eran compatibles con la fe católica (Torres Amat, 1836, p.
Estas preguntas nos permiten conocer algunas de las ideas científicas que Martí ocultaba por miedo a ser considerado hereje.
Una de las preguntas fue la siguiente:
¿Y se opone la fe, prosiguió el religioso naturalista, el pensar que la producción de las plantas y animales fue obra de la virtud que dio el Criador a los cuatro elementos, y que esta obra duró muchísimos años?
Esta pregunta pone de manifiesto que Martí pensaba en la posibilidad que Dios hubiese dado a la materia inerte que había creado, la capacidad de ir produciendo las plantas y animales que habitan la Tierra a lo largo de muchísimos años.
Estas ideas constituían un primer esbozo de un planteamiento evolucionista deísta.
Quizás el testimonio más importante en relación a esta posibilidad que contemplaba Martí lo encontramos en un texto manuscrito que forma parte del cuadernillo de "Problemas y resultados" en el apartado 10.
Consiste en una serie de reflexiones en torno a la producción de las diversas estructuras vegetales a partir de la generación espontánea, donde llega a preguntarse si a partir de este proceso se originarían todas las plantas:
Así como el agua que contiene una mata. [materia] carbonosa miscible con ella, se vuelve amarilla y verde al Sol, que de ella se precipita una mata. verde, que esta se forma a mi voluntad en puntos, faxas, granos, en conclobaciones mas o menos grandes parenchimatosas, en pieles; en substancias gelatinosas, membranáceas, coriáceas, capilares, a saber en plantas vegetantes dentro, o a la superficie de las aguas ¿Podríase también descubrir el mecanismo con que se forman el liber, la madera, las fibras en corticales, como lignosas, las hojas, las flores, etc., mayormente de las plantas que vegetan pte. [preferentemente] en el agua y pte. fuera de ella, de las que necesitan mucha agua, o de la sombra, como musgos, lichenes, etc., en fin dimanarían todas las plantas de aquella agua que observé amarillenta, en que principia la vegetación de una substancia carbonosa destituida un instante antes de lo que se llama vida?
A lo largo de la reflexión admite la posibilidad de que a partir de «materia carbonosa destituida de vida» pudiera formarse «materia verde», organismos fotosintéticos simples, criptógamas, y a partir de ellas musgos, líquenes, y plantas superiores con hojas y flores.
Es decir admite la posibilidad de evolución de las plantas, que en cierta medida sabemos que creía que había comprobado a través de sus experimentos según los testimonios citados de Parcet y Torres Amat.
Martí parece poder encajar la generación espontánea que originaría los organismos más sencillos en su visión del funcionamiento armónico del conjunto de la naturaleza, en un concepto próximo al equilibrio natural de Lamarck (Corsi, 2001, p.
Podemos comprobarlo en otro texto que también procede del manuscrito "Experimentos y observaciones" del 21 de mayo de 1817.
Para Martí la generación espontánea sería un medio para la conservación de las especies «...cuando la mano del hombre abusando de los inmensos beneficios del Criador del universo, destruyera alguna de les especies vegetales» (Quintana, 1935, p.
Un elemento necesario para admitir un modelo evolucionista gradualista como el de Lamarck, es la necesidad de enormes períodos de tiempo para producir la gran diversidad de organismos que existen.
Martí, que como naturalista también estaba interesado por la geología puesto que había constituido una colección geológica y parece que tenía trabajos inéditos sobre esta materia, defendía que la historia de la Tierra era bastante más larga que la que le atribuía la interpretación literal del Génesis.
Los seis días de la creación no corresponderían a períodos de 24 horas sino a seis larguísimos períodos de tiempo, planteamiento que Martí habría explicado a un médico del ejército francés en 1810 (Torres Amat, 1836, p.
La duda de que este planteamiento fuese compatible con la religión católica, también se la planteó al clérigo que visitó en Barcelona, en la entrevista a la que nos hemos referido anteriormente.
En la pregunta Martí plantea que la creación de la Tierra podría remontarse a cuarenta mil años o incluso más: «¿Puedo yo sin faltar a la fe sospechar que la creación de cielo y de la tierra, o de los cuatro elementos de que se habla en los primeros versículos del Génesis, hace cuarenta mil años o más que sucedió?...
¿He de creer como de fe que los seis días de la creación fueros naturales, esto es de 24 horas cada uno?»
La idea de una larga historia de la Tierra estaba presente en las Époques de la nature de Buffon, que como hemos visto se encontraba entre las obras de la biblioteca de Martí.
También aparece el Système des Animaux sans vertèbres de Lamarck que también poseía Martí, aunque en otros textos del naturalista francés esta idea aparece con más claridad, como por ejemplo en la adición que se incluye en la Philosophie zoologique (Lamarck, 1809, vol. II, p.
Una idea importante de los modelos evolucionistas del siglo XIX que no aparece en lo que conocemos de Martí, es la adaptación de los organismos al medio.
El naturalista tarragonés tenía que conocer que Lamarck planteaba como mecanismo fundamental de adaptación al medio la herencia de los caracteres adquiridos.
Este planteamiento aparece en el Système des Animaux sans vertèbres, la obra de Lamarck que se conserva de la biblioteca de Martí:... a causa de estas influencias diversas, las facultades se amplían y se fortifican por el uso, diversificándose por las nuevas costumbres conservadas largo tiempo; y insensiblemente la conformación, la consistencia, en una palabra la naturaleza y el estado de las partes así como de los órganos, participan de las consecuencias de todas estas influencias, se conservan y se propagan por la generación (Lamarck, 1801, p.
Así pues Martí tenía que conocer que Lamarck defendía este mecanismo.
Sin embargo, no hemos encontrado en los materiales que se conservan de Martí o en los datos que nos aportan sus contemporáneos, nada que nos permita confirmar que compartía la defensa de la herencia de los caracteres adquiridos como mecanismo de adaptación.
Sin embargo, es muy posible que aceptase este tipo de herencia, puesto que la mayor parte de los naturalistas contemporáneos de Martí así lo hacían.
En cambio, sí que mostró interés por descubrir otro mecanismo de cambio de los organismos, la hibridación, por la que también se interesaron muchos evolucionistas del siglo XIX.
Al final de la memoria sobre la fecundación de las plantas, Martí manifiesta su aceptación del proceso así como la necesidad de trabajar experimentalmente sobre la hibridación por los beneficios que podría acarrear:
Ya no es permitido el dudar de la hibridéz vegetal que el Señor Koeulreuter ha confirmado igualmente con felices experimentos en las Digitales y Lobebias.
Pero es muy de estrañar, atendida la actividad, con que se cultivan algunas partes de la Filosofía natural, que no se haya proseguido un trabaxo tan agradable que, empezado con acierto, parece prometer tantos y tan grandes progresos (Martí, 1791?, p.
También disponemos del testimonio de Parcet, que afirma que Martí consiguió plantas mixtas a partir de la fecundación artificial de especies diferentes (Parcet, 1907, p.
Y su amigo, el notable naturalista barcelonés Agustí Yañez, explica que hizo ensayos sobre plantas híbridas desde el último tercio del siglo XVIII, especialmente con cucurbitáceas que reprodujo por espacio de muchos años, haciendo diferentes combinaciones y obteniendo formas extravagantes de melones, pepinos y calabazas (Yañez, 1845: II, 227).
En los años de vida de Martí dos naturalistas publicaron planteamientos evolucionistas más o menos desarrollados: Erasmus Darwin y Lamarck.
No tenemos ninguna referencia que nos permita pensar que Martí conocía la obra del primero, aunque no lo podemos descartar totalmente.
En cambio, Martí conocía el modelo evolucionista de Lamarck, al menos en su primera formulación.
Además Martí compartía con el naturalista francés algunas de las ideas básicas de su modelo de evolución: la generación espontánea, la transformación progresiva de los organismos, y un largo tiempo en la historia de la Tierra que permitiera dicha transformación.
Pero al no tener constancia de que asumía como mecanismo de adaptación al medio la herencia de los caracteres adquiridos, no podemos afirmar que Martí llegara a asumir el modelo de evolución de Lamarck, aunque sí podemos decir que compartió bastantes de sus ideas.
Estos hechos podrían explicar la influencia de los planteamientos evolucionistas de Lamarck en el citado amigo de Martí, Agustí Yañez.
Mucho más joven que el naturalista tarragonés, Yañez le homenajeó en la primera edición de su obra Lecciones de historia natural, al referirse a él como «sabio» y «honor de nuestro principado» (Yañez, 1820, p.
Y también en la edición de 1845, donde refriéndose a la novedad y gran importancia de las investigaciones realizadas por Martí, afirmaba que «si llegasen a publicarse, no dudo que causarán mutaciones de mucha consideración en la fisiología de los vegetales» (Yañez, 1845, vol. II, p.
Esta gran admiración que manifiesta Yañez hacia Martí y su trabajo científico, podría haberle influido en su aceptación de las teorías evolucionistas de Lamarck que puso de manifiesto en el Diccionario pintoresco de Historia Natural y de Agricultura (Sucarrats, 2006, pp. 145-149; Camós, 2007b, pp. 122-129).
Como hemos visto, Antoni de Martí i Franquès fue un gran científico que hizo un enorme trabajo experimental en los gabinetes que instaló primero en Altafulla, su pueblo natal, y más tarde en la ciudad de Tarragona.
Aunque desarrolló su excepcional trabajo experimental alejado de los lugares donde se producían los grandes avances científicos en Europa, su gran biblioteca, la vinculación a los núcleos científicos barceloneses y su viaje por las principales capitales europeas visitando las instituciones científicas más relevantes, le permitieron conocer con gran prontitud los principales logros científicos que se producían en Europa en el último tercio del siglo XVIII y primeras décadas del siglo XIX.
De su ingente trabajo experimental aquello que tuvo una cierta repercusión tanto en el Estado Español como en los principales centros científicos internacionales, fueron sus ajustados cálculos experimentales sobre la composición del aire atmosférico que fueron publicados en diferentes revistas europeas.
También tuvo repercusión el único trabajo científico que publicó, la memoria sobre la reproducción de los vegetales donde rebatía experimentalmente algunos trabajos del naturalista y sacerdote católico Lazzaro Spallanzani.
Sin embargo conocemos a través del testimonio de sus contemporáneos y de los manuscritos que se conservan de su trabajo experimental, que dedicó un enorme esfuerzo a investigar sobre la generación espontánea de formas vegetales simples que denominaba materia verde, igual que lo hacían otros científicos en diversas partes de Europa que investigaban sobre el mismo tema.
También sabemos que Martí estaba convencido de que a través de sus experimentos era capaz de generar formas vivas a partir de materia inanimada, y de desarrollar un cierto control del proceso variando las circunstancias en que lo producía.
A partir de los libros que se conservan de su biblioteca, puede comprobarse que recibió influencias sobre este tema de autores como Buffon, Senebier, Priestley y Lamarck.
Pero como conocemos que alguno de sus descendientes hizo desaparecer diversos libros sobre la generación espontánea por considerarla contraria a la religión católica, es presumible que Martí también poseyera los libros de los científicos católicos Spallanzani y Needham que desarrollaron un importante debate en torno a este proceso en la segunda parte del siglo XVIII.
A pesar de su enorme trabajo experimental dedicado a la generación espontánea y de su convencimiento de que era capaz de controlar experimentalmente dicho proceso, no publicó ni una sola línea dedicada a este tema.
Su profunda religiosidad y el miedo a ser acusado de hereje por buena parte de sus contemporáneos católicos, fue la causa principal de esta autocensura.
Y aunque sabemos que su amigo el clérigo liberal Fèlix Torres Amat le explicó que según su criterio sus convicciones científicas no entraban en contradicción con la religión católica, no logró convencer ni a Martí ni a sus herederos de que publicaran los trabajos del naturalista tarragonés dedicados a este delicado y controvertido tema.
Por otra parte también puede constatarse la cercanía del pensamiento de Martí en relación a la aparición y la transformación de los organismos, con el del naturalista Jean Baptiste Lamarck, de quien poseía al menos una obra en su biblioteca, el Système des Animaux sans vertèbres, en la que el naturalista francés desarrolló por escrito una primera formulación de su modelo evolucionista.
Además Martí compartía con Lamarck diversos aspectos de su teoría como la generación espontánea de las formas vivas más sencillas, una historia de la Tierra mucho más larga que la que se deducía de la lectura literal del Genesis, así como la posibilidad de que los organismos tendieran a transformarse en formas más complejas.
Y aunque no sabemos si compartía la defensa de la herencia de los caracteres adquiridos como mecanismo básico en la transformación de los organismos a lo largo del tiempo, sí que conocemos que investigó sobre otro mecanismo de transformación de los organismos, la hibridación. |
Dictamen de Mariano de la Paz Graells sobre la obra herpetológica de Eduardo Boscá: análisis de una evaluación científica del siglo XIX
Se analiza y da a conocer una evaluación científica solicitada por el naturalista Eduardo Boscá a la Dirección General de Instrucción Pública en 1891 en la que pide le sean valoradas sus publicaciones sobre zoología de anfibios y reptiles, aparecidas entre 1877 y 1883.
La evaluación la realiza Mariano de la Paz Graells en 1893 por encargo de la Real Academia de Ciencias mediante un extenso y crítico Dictamen inédito.
A través de las críticas del informe podemos conocer los estándares reales de calidad entonces exigibles en taxonomía y faunística, no fácilmente deducibles de publicaciones ni de correspondencia epistolar.
El Dictamen se encuadra en la historia biográfica de los científicos implicados, y en el desarrollo de la herpetología y la biodiversidad ibero-balear.
El 7 de diciembre de 1891, la Dirección General de Instrucción Pública envió al Presidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales una instancia previamente remitida a dicha Dirección General por Eduardo Boscá Casanoves, en la que este solicitaba una valoración de su obra científica titulada "Contribuciones a la Fauna Herpetológica de España, Portugal e Islas Baleares", compuesta por una colección de comunicaciones, notas y artículos publicados por él entre los años 1877 y 1883.
Con motivo de esta petición oficial, la Real Academia de Ciencias, en Sesión Ordinaria General celebrada el día 23 de diciembre de 1891, acordó que dicha obra fuese trasladada a la Sección de Ciencias Naturales, con el fin de que esta se encargase de elaborar el correspondiente informe «que se pide por la Superioridad».
Por su parte, esta Sección designó como ponente al académico Mariano de la Paz Graells Agüera, quien se encargaría de realizar el informe solicitado, presentándolo a la Academia casi año y medio más tarde, el 24 de abril de 1893.
El motivo por el cual Eduardo Boscá siguió este procedimiento administrativo, e incluso las causas que le llevaron a realizar tal petición, no están claras ni para el ponente ni para la Real Academia, según se desprende de la lectura del Acta de la Sesión Ordinaria de abril de 1893, por la cual la Sección tercera de dicha Academia respalda y da curso al Dictamen elaborado por Graells.
Este Dictamen consta de 80 páginas en su versión definitiva, aunque a la Dirección General de Instrucción Pública le fue remitido únicamente un resumen de cinco folios a doble página con fecha 19 de agosto de 1893, que es muy probable fuera el texto que finalmente llegó a manos de Boscá.
Boscá quizá solicitó la valoración de sus obras con objeto de adjuntar el informe resultante al curriculum vitae que previsiblemente pensaría presentar a la Universidad de Valencia para solicitar la Cátedra de Historia Natural de la misma.
El resultado de una petición que intuimos el autor pensaría como un simple trámite, se convirtió en un amplio Dictamen en el que se critica duramente su labor herpetológica.
No se conoce fehacientemente si el resumen del Dictamen llegó, o no, a manos de Boscá, pues su existencia no es mencionada por él, ni se ha localizado tampoco referencia alguna al mismo en los expedientes administrativos o personales que existen sobre este científico.
Solamente Gómez y Sanchiz (1987) mencionan brevemente su existencia.
Parece claro, y como se verá hasta comprensible, que Boscá no utilizara nunca este poco elogioso informe en su curriculum vitae.
De cualquier manera, en 1892, durante la tramitación de esta evaluación, Boscá pudo obtener la cátedra de Historia Natural en la Universidad de Valencia, no volviendo a concursar a otros cargos académicos.
En el Apéndice 1 se detalla la documentación relativa a este caso, tanto los documentos conservados en el Archivo de la Real Academia de Ciencias Exactas Físicas y Naturales en Madrid, como el borrador preparatorio del Dictamen, escrito de puño y letra por el mismo Graells (Figura 1), localizado en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC).
Primera página del borrador del Dictamen de Mariano de la Paz Graells sobre la obra herpetológica de Eduardo Boscá conservado en el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC), Sign.
RESUMEN BIOGRÁFICO DE LOS PROTAGONISTAS
Eduardo Boscá Casanoves nació en Valencia en 1843.
Estudió la carrera de Medicina en su ciudad natal y una vez terminada se trasladó a Madrid, donde cursó la de Ciencias Naturales en la Universidad Central; se doctoró en Ciencias en 1873.
En Madrid contactó con diversas instituciones científicas, como la Sociedad Española de Historia Natural, donde fue propuesto como socio en 1872; ese mismo año fue miembro fundador del Ateneo Propagador de las Ciencias Naturales junto a otros naturalistas de prestigio como Ignacio Bolívar, con quien mantuvo a lo largo del tiempo una relación de amistad.
En 1875 ocupó la cátedra del Instituto de Segunda Enseñanza de Xàtiva (Valencia), al año siguiente pasa a la del Instituto de Albacete y más tarde a la cátedra del Instituto de Ciudad Real.
En 1881 el gobierno le encarga estudiar los anfibios y reptiles del sur de España y en 1883 se traslada a Valencia para ejercer el cargo de Jardinero Mayor del Jardín Botánico de esa ciudad.
Desde 1889 se responsabiliza de una gran colección de fósiles del Cuaternario traída desde Argentina y donada al ayuntamiento valenciano por el ingeniero José Rodrigo Botet.
Tres años más tarde, en 1892, Eduardo Boscá es nombrado catedrático de Historia Natural en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Valencia1, puesto que ocupó hasta su jubilación en 1913.
Falleció en Valencia a los 81 años de edad.
Los intereses herpetológicos de Eduardo Boscá se desarrollaron en dos diferentes periodos de su carrera científica.
Comienza en 1874, aportando información sobre estos grupos en un trabajo con directrices prácticas sobre recolección de ejemplares de historia natural, a este siguieron una veintena de trabajos y comunicaciones que aparecieron en su mayor parte en las series de la Sociedad Española de Historia Natural.
La segunda de las fases la desarrolla una vez jubilado, años en que retoma su vocación herpetológica, viendo la luz seis trabajos más entre 1916 y 1919.
Boscá es considerado actualmente uno de los fundadores de la herpetología española (Galán, 2001).
Mariano de la Paz Graells Agüera nació en Tricio (La Rioja) en 1809.
Estudió la carrera de Medicina y pronto conjugó la práctica profesional con intereses en variadas vertientes de la Historia Natural.
Apenas concluida la carrera se le nombró Secretario de la Sección de Agricultura en la Sociedad de Amigos del País en Barcelona, y fue fundador y conservador del Museo de Historia Natural de la Academia de Ciencias y Artes de aquella ciudad.
Ejerció como médico en el Balneario de La Puda, en Esparraguera (Barcelona) desde 1835 hasta 1846.
En 1835 fue nombrado catedrático de Zoología y Taxidermia de la Academia de Ciencias Naturales de Barcelona y en 1837 se trasladó a Madrid donde fue nombrado catedrático de Zoología en el Real Museo de Ciencias Naturales.
En 1845 fue designado Director de ese Museo y del Real Jardín Botánico, cargo que desempeñó hasta 1868.
En 1847 fue Académico Fundador de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.
Dedicó gran parte de su vida a la difusión de las Ciencias Naturales en España, influyó decisivamente en la creación de Cátedras en Universidades e Institutos y de él fueron discípulos la mayoría de los naturalistas españoles del siglo XIX.
No solo destacó como científico, sino también como personaje público, ya que se involucró en múltiples y diversas actividades legislativas y sociales.
Murió el 14 de febrero de 1898 y tanto por su trayectoria científica como por su influencia se le puede considerar como el exponente más señalado de la 'ciencia oficial' de su época.
Graells, conocido en el ámbito de la taxonomía y faunística sobre todo como entomólogo, se perfila en el Dictamen aquí analizado como conocedor de la herpetología de la época.
Aunque no publicó ninguna obra específica sobre estos grupos animales, como vocal encargado de la Sección Zoológica de la Comisión del Mapa Geológico de España (1850-1858), registra citas sobre especies ibéricas de anfibios y reptiles resultado de las prospecciones que hicieron él y otros naturalistas por España (ver referencias de los trabajos de Graells en Martín Albaladejo e Izquierdo Moya [2009]).
Se ocupa también de la clasificación de estos vertebrados en su obra Zoografía de los animales vertebrados (Graells, 1877).
Además, revisa y comenta2 la obra de Machado (1859), uno de los primeros catálogos herpetológicos escritos por un español.
Aunque no era un herpetólogo en sentido estricto, no solo recolectó material de anfibios y reptiles que incorporó fundamentalmente a las colecciones del actual Museo Nacional de Ciencias Naturales, sino que se mantuvo razonablemente al día de la literatura herpetológica, teniendo contacto epistolar con herpetólogos nacionales y extranjeros, que en ocasiones acudieron a él para que les facilitase datos sobre la fauna española.
CRÍTICAS DE GRAELLS EN EL DICTAMEN
El Dictamen3 emitido por Graells se basa en el análisis crítico de una recopilación de obras de Eduardo Boscá titulada "Contribuciones a la Fauna Herpetológica en España, Portugal e Islas Baleares", opúsculo que incluye once trabajos distintos publicados por ese naturalista entre los años 1877 y 1883.
Estas obras, que tienen a Boscá como único firmante, se relacionan en el Apéndice 2.
En este Dictamen, tras enumerar las once publicaciones que serán analizadas, Graells comienza preguntándose directamente las razones que haya podido tener Boscá para solicitar la valoración de sus trabajos y utilizar para ello a la Dirección General de Instrucción Pública, lo que supone ya una primera crítica.
Desde luego llama la atención, que siendo el Sr. Boscá Socio Corresponsal de nuestra Academia y teniendo derecho para consultarla, haya acudido a la Dirección General de Instrucción Pública para que este Centro oficial nos ordenara satisfacer los derechos de dicho consorcio'con el fin dice, de que pueda saber á que atenerse respecto del mérito de sus publicaciones' [pp. 5-6].
Y continúa cuestionando el porqué de este requerimiento de Boscá, haciendo notar el compromiso en el que sitúa a la Real Academia:
Pues que ¿no han sido la mayor parte de ellas presentadas por el mismo Señor y leídas en la Sociedad de Historia Natural de España, que acordó la publicación en sus Anales?.
Y siendo esto así ¿que interés tiene el Sr. Boscá en que nuestra Academia tenga que censurar quizá, lo que por bueno dió a la prensa aquella Sociedad? [pp. 6-7].
Sin embargo, ambos párrafos no estuvieron en la idea primitiva que tuvo Graells sobre cómo iniciar el Dictamen ya que en el borrador localizado en el MNCN aparece una hoja tachada, inmediatamente después de las referencias bibliográficas iniciales, en la que se lee: «Empezando el exámen por el número 1o...» [p.
Es obvio que Graells cambió de opinión y decidió, antes de comenzar el informe propiamente dicho, expresar su opinión acerca de la solicitud de Boscá, que no acababa de entender.
De los once títulos, son los Catálogos faunísticos de 1877 y 1880 (Memorias 1a y 9a) los más detalladamente analizados, empleando Graells para sus comentarios más de la mitad de las páginas del Dictamen.
En conjunto, Graells evidencia las muchas omisiones y errores que a su entender comete Boscá, aportando en muchos de los casos datos bibliográficos que sustentan sus opiniones.
Sobre la Memoria 10a, correcciones y actualizaciones de los mencionados Catálogos, tan solo hace Graells una breve mención para ponerla como ejemplo, junto al Catálogo de 1880, de cómo el autor ha enmendado pasados errores, aunque no todos: «Dige en un párrafo precedente, que las memorias 9a y 10a eran escritos confirmatorios de mis advertencias sobre equivocaciones y errores que en el primer Catálogo se habían cometido, pues en ellas algunos aparecían ya enmendados, bien que no todos» [pp. 73-74].
Es revelador que Graells no comente nada acerca del mapa peninsular que Boscá publica en esta Memoria no 10, pionero en la zoología española y que incluye la distribución faunística de 18 familias, 39 géneros y 55 especies y subespecies (Sánchez Arteaga, 2005).
Graells también discute en profundidad las dos obras dedicadas a las víboras españolas (Memorias 2a y 3a), ocupando para ello 27 páginas de su informe.
Conoce bien el grupo pues, entre otras referencias, se precia de haber colaborado con la Sociedad Imperial Zoológica de Aclimatación de Francia en la elaboración de un informe sobre estas serpientes, habiéndoles remitido un estudio sobre las especies españolas cuya copia se conserva en el archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (Martín Albaladejo y Sanchiz, 2013).
Sobre las publicaciones de Boscá cuyo objetivo es la descripción de nuevos taxones, Graells tan solo indica que: «Sobre la 4a, 6a, 7a y 8a que tratan de algunas especies y un género nuevo de Anfibios de España, sin verlos ni examinarlos, como ya manifesté al principio, por lo solo escrito, no puede decirse nada de cierto» [p.
Con este breve comentario el autor del Dictamen elude el argumentar sobre ellas, cuestionando quizás su validez.
Por el contexto del Dictamen no parece que haya excesiva desconfianza en la capacidad de Boscá para el reconocimiento e identificación de los anfibios y reptiles ibéricos, pero muy probablemente sí que debiera haberla en cuanto a la selección y descripción de los caracteres taxonómicos.
Acerca de la 5a Memoria, Nota Herpetológica sobre una excursión hecha en el monte S. Julián de Tuy, Graells remite a una publicación de su amigo el herpetólogo Víctor López Seoane (López Seoane, 1884), dando por buenas las correcciones que este hace al trabajo de Boscá.
Y por último, en cuanto a la Memoria 11a titulada Exploración Herpetológica de la Isla de Ibiza, no se encuentra en el Dictamen referencia alguna a la misma.
Analizaremos a continuación las principales críticas efectuadas por Graells a la obra de Boscá agrupándolas según la siguiente tipología:
En este grupo englobamos los olvidos de Boscá detectados por Graells en la mención de publicaciones, colecciones y materiales que ha tenido en cuenta en la elaboración de sus obras; también se incluyen los errores en la adjudicación de autorías de citas faunísticas, las omisiones de autores y la falta de comprobación de datos.
Graells computa una larga serie de descuidos de Boscá, en primer lugar por no mencionar en su bibliografía trabajos de naturalistas españoles «cuyos datos o noticias herpetológicas están publicadas, y sin duda ninguna las ha aprovechado según puede deducirse claramente del texto» [p.
También por no citar las colecciones que ha consultado, ya que en opinión de Graells «Tales fuentes es costumbre señalar, para que en lo sucesivo, el que de nuevo quisiera escribir sobre la misma materia, sepa adonde puede encontrarla ya preparada y hasta enmendar errores, quizás cometidos por sus antecesores» [pp. 8-9].
Por último, hay descuido en no consultar materiales para él disponibles, «¿Es que después de haber asistido varios cursos á nuestras Cátedras, le han pasado inadvertidas nuestras colecciones herpetológicas, que al emprender la redacción de su trabajo, hubiera encontrado en ellas materiales de importancia que no cita?» [p.
Son múltiples también, en opinión de Graells, las faltas que Boscá comete al adjudicar mal las citas faunísticas a determinados autores, no guardando debido respeto a la prioridad, como cuando atribuye a las publicaciones de Laureano Pérez Arcas «la publicidad de la existencia en la Fauna de la provincia de Madrid, de varias especies de reptiles, que once años antes que dicho Señor imprimiera un libro de texto ya la Comisión del Mapa Geológico de España en sus Memorias lo había dicho todo: como es fácil comprobarlo revisando las del año 1850 y 51» [pp. 24].
Decir que son escasos los naturalistas que se han ocupado en nuestro país de recoger datos herpetológicos resulta equívoco, refiriendo Graells una lista de sus colaboradores más inmediatos repartidos por todo el territorio nacional «que solo refiero para demostrar que no ha sido tan reducido el número de naturalistas nuestros que se han dedicado en España a la recolección de datos herpetológicos» [p.
Y desde luego opina que debiera haber citado a los naturalistas que han hablado de las especies inscritas en su primer Catálogo «cuya prioridad calla, no se con que objeto, que pudiera achacarse a la ignorancia, lo cual no creo» [pp. 23-24].
Además, Graells no disculpa que Boscá no comprobara directamente algunas de las citas faunísticas publicadas, incurriendo así en posibles errores, como por ejemplo «á él mismo le ha sucedido, según lo asegura D. Víctor Seoane en su Opúsculo sobre la Identidad de la Lacerta [Schreiberi] Bedriaga, y Lacerta viridis, var.
Con respecto a las clasificaciones sistemáticas utilizadas, Graells discrepa especialmente de la elección de la sistemática general adoptada por Boscá en el primero de sus catálogos, y ejemplifica la importancia del tema analizando la clasificación de la especie Blanus cinereus, un saurio ápodo conocido vulgarmente como culebrilla ciega.
Graells critica abiertamente al autor por no dar importancia a la elección de la clasificación sistemática elegida.
En la introducción del primero de los catálogos se puede leer: «Aun cuando en un trabajo de tan reducidas proporciones sea indiferente la clasificación...»
De esta opinión disiente Graells claramente y por ello escribe: «No es indiferente adoptar en un catálogo cualquier clasificación [...] pues el sentido común aconseja que los escritos científicos estén redactados en consonancia con los adelantos que alcanza hoy la doctrina metódica» [p.
Tampoco está de acuerdo el académico con que Boscá haya encuadrado sistemáticamente el primer catálogo siguiendo a Charles Lucian Bonaparte en su Amphibia europaea (Bonaparte, 1840) sin considerar las correcciones que el mismo autor hace en obra posterior (Bonaparte, 1850), ni tampoco con el hecho de que haya seguido «la clasificación del Príncipe sin el suficiente criterio taxonómico para la aplicación de los nombres» [p.
No obstante, Graells, analizando el segundo de los Catálogos, elogia el cambio de criterio de clasificación seguido, al adoptar el de Egid Schreiber en Herpetologia europaea (Schreiber, 1875), indicando sin embargo que este acierto se debe a las directrices del herpetólogo Fernand Lataste en la redacción del catálogo.
Como ejemplo de la importancia que tiene la elección de un marco sistemático actualizado para los catálogos, Graells muestra previamente su desacuerdo en la clasificación adoptada por Boscá en el primero de ellos para el reptil Blanus cinereus, considerándola un error, y en su opinión, de mayor importancia que otros.
La crítica se refiere a la adscripción de Amphisbaena cinerea al Orden Saurófidos, situado entre los ofidios y los anfibios.
Esta equivocación, según señala el propio Graells, fue primeramente corregida, también erróneamente, por Georges Cuvier en su Reino Animal (Cuvier, 1817), el cual «colocó entre los Ofidios, equivocadamente, varios géneros, que a pesar de sus formas culebrinas exteriores, [...] su fundamental organismo es más de Saurio que de Ofidio» [pp. 29-30].
Posteriores estudios anatómicos demostraron «que los Cyclosauros no son Ofidios, si bien forman el tránsito de los lagartos a las culebras» [p.
Sin embargo Boscá, quien «por lo visto no está al corriente de las clasificaciones metódicas de los naturalistas» [p.
31], admitió el «absurdo taxonómico» [p.
31] que cometió Bonaparte, aunque más tarde, «este eminente naturalista en su Editio altera reformata de su Compectus en 1850, enmienda su falta de un modo cabal» [pp. 32-33], refiriéndose a Bonaparte (1840 y 1850).
El caso de la culebrilla ciega nos permite también adentrarnos en otro tipo de crítica presente en el análisis de Graells.
Es importante que en los catálogos se adopte como marco de referencia una clasificación general, siempre lo más actualizada posible, pero según Graells ello no exime al autor de tener, y aplicar, su propio criterio en cuanto a las asignaciones taxonómicas.
Así por ejemplo, en un contexto taxonómico genérico, no admite Graells que Boscá, sin explicación ni discusión alguna, acepte como válido Blanus, separado de Amphisbaena, y así escribe
[...] que en opinión de Dumeril, como en la de todos los que creemos se perjudica á la Ciencia con los cambios de nombres genéricos, si no están fundados en razones sólidas, no puede admitirse; [...]
Pero el Sr. Boscá, que como queda demostrado en su Catálogo, repito no le son familiares los estudios taxonómicos; acepta sin exámen el nombre genérico caprichosamente impuesto por Wagler, y con fundamento rechazado por los que dejo nombrados, porque las nuevas disgregaciones genéricas que no tienen por base esenciales desemejanzas orgánicas, y tales que, arguyan no existir parentesco específico entre el tipo y elemento separado, no son admisibles. [frase tachada en el original] [pp. 35-37].
Es precisamente esta frase eliminada muy ilustrativa del pensamiento de Graells en sistemática, mostrando criterios de clasificación cercanos al idealismo morfológico alemán5, que en su opinión debiera haber utilizado todo taxónomo.
Son numerosas las críticas a los descuidos nomenclaturales cometidos por Boscá, hallados sobre todo en los mencionados Catálogos de Reptiles y Anfibios de 1877 y 1880.
Estos supuestos errores se refieren principalmente a las autorías de los taxones y aparecen generalmente acompañados de las correspondientes referencias bibliográficas en las que Graells se apoya.
Las diferencias a este respecto entre el primero y el segundo de los catálogos son grandes, y Graells sugiere repetidamente que la influencia y asesoría del experto herpetólogo francés Fernand Lataste6, amigo y corresponsal de Boscá, es la causa de la mejor calidad de la versión francesa.
En la nomenclatura linneana, las autorías7 acompañan al nombre taxonómico, no solo como orientación bibliográfica, sino especialmente para fijar la fecha de prioridad de la denominación.
Los defectos y errores detectados por Graells pueden agruparse en varios tipos.
Por una parte, en pocas ocasiones, Graells parece atribuir a Boscá autorías que realmente este no hace.
La ambigua redacción de Graells en estos casos no es prueba de mala fe, ya que en el primero de sus catálogos Boscá no indica explícitamente las autorías de las especies8, que deben deducirse de alguno de los sinónimos que incorpora, y también que Graells frecuentemente evalúa implícitamente ambos catálogos a la vez.
Un ejemplo de esta ambigüedad en la crítica de Graells se daría al corregir a Boscá así: «El Pelobates cultripes, no es de Cuvier, que le incluyó en el género Rana, es de Tschudi...» [p.
62) incluye como historia taxonómica únicamente a «Rana cultripes Cuv.
[Duméril y Bibron]», lo que pudiera implicar (según las normas seguidas por Graells) que atribuye la autoría a Duméril y Bibron y no a Cuvier, a quien sí se lo atribuye en 1880, y que conoce la inclusión de la especie en Rana hecha por Cuvier.
Un segundo tipo de error que Graells apunta son las atribuciones de autoría taxonómica equivocadas, asignadas descuidadamente por Boscá a autores que ya en sus propios originales afirman que son de otros.
Por ejemplo, «La Salamandra maculosa, no es de Linneo, que á este Amphibio llamó Lacerta Salamandra, ni menos de Dumeril y Bibron que se la atribuyen á Laurent, como así es» [p.
De mucho mayor interés es el error nomenclatural que mayoritariamente detecta Graells en los dos catálogos y que se refiere a las autorías nomenclaturales en los casos en que una especie haya sido cambiada de género.
Graells es de la opinión, y la detalla reiteradamente, de que la autoría de una especie debe siempre corresponder a la obra en que se proponga por primera vez cada binomen9, es decir, cada adscripción genérica.
Considerando el ejemplo anterior de Pelobates cultripes10, la especie es descubierta y descrita por primera vez por Cuvier en 1829, quien la adscribe al género Rana, denominándose por tanto Rana cultripes Cuvier, 1829.
Posteriormente, Tschudi en 1838 es el primero que considera que esta especie debe situarse dentro del género Pelobates, y no en Rana, pasando a denominarse por tanto Pelobates cultripes.
La autoría asociada a este segundo binomen, según Graells, debiera ser Pelobates cultripes Tschudi, 1838.
En el catálogo de 1877 no queda clara la autoría, mientras que en el catálogo 1880 esta es explícitamente adjudicada a Cuvier11.
Graells concluye que los múltiples errores de este tercer tipo, «acreditan el poco cuidado que se ha puesto para evitar equivocaciones en la nomenclatura, origen estas de confusiones sinonímicas que deben evitarse» [pág. 23].
Como veremos posteriormente, todas estas supuestas autorías equivocadas corresponden en realidad a la aplicación de reglas nomenclaturales distintas a la propia de Graells, un hecho del que aparentemente este no es consciente.
Graells acusa a Boscá de mala práctica taxonómica en la descripción de una nueva especie de víbora, así como por la incorrecta identificación de unos ejemplares de culebras.
El primer caso concierne a las Memorias 2a y 3a.
Los comentarios relativos al análisis de estos trabajos se materializan en nada menos que 27 páginas del Dictamen, donde Graells discute la validez científica de la descripción de la nueva especie de víbora descubierta por Boscá, Vipera latasti.
La polémica que traería la descripción de esta nueva especie ya se la imaginaba, al parecer, Boscá antes de que fuese publicada.
Así, en una carta que este autor escribe a López Seoane en 1878 se puede leer (Fraga Vázquez, 1990):
Lo bueno del caso es que los señores de Madrid han sido los que nos han hecho incurrir en la equivocación; pues estoy cansado de ver dicha Víbora en los museos, clasificada equivocadamente. [...]
No se como tomarán mi nota que va a publicarse, pero bastante hago en ello de confesar que yo he sido el que me he equivocado, sin aludir ni remotamente a nuestros dioses Olímpicos en Historia Natural.
El contraste sería risible, si no hubieran tenido que avisarme de fuera casa, como si dijeramos, del error en que estabamos.
Graells disiente acerca de la validez de los criterios anatómicos diagnósticos de esta nueva especie.
Pensaba que «la existencia o carencia de verrugas, excrecencias o cuernos en individuos» [p.
57] no eran rasgos diferenciales que permitieran considerar a dichos individuos como pertenecientes a nuevas especies, géneros, etc., ya que de ser así, colectivos morfológicamente muy distintos de animales domésticos deberían ser descritos no como razas, sino como nuevas especies y «¿Qué se diría del zoógrafo que convirtiera a las razas de perros Galgos y Bull-dog, de Terranova y China, que en nada se parecen, en especies distintas?» [p.
Boscá basaba en parte la diferenciación entre la Vipera ammodytes y la nueva especie en el hecho de que esta última presenta una excrecencia cilindro-cónica ('cuerno') en el rostro, lo que para Graells era solo una variante morfológica menor, variable entre individuos y quizás sexos.
El autor del Dictamen refuerza su opinión acerca del error que supone considerarla especie distinta, comentando que un especialista como Auguste Duméril, a quien había enviado ejemplares de víboras del Museo de Madrid, no le llamaran «la atención en terminos de considerarlas como especie distinta» [p.
67] y complementa su argumentación explicando que Ambroise Viaud Grand-Marais, autor de "Études sur les serpentes de la Vendée et de la Loire inferieure", al que también envió ejemplares ibéricos y notas sobre las víboras españolas, tampoco «vió motivo ni grande ni chico, que para confirmarlos, aconsejara cambiarles el nombre de pila impuesto en su bautismo científico en la Escuela Linneana» [p.
Los rasgos morfológicos diagnósticos de esta nueva víbora, descritos por Boscá, no son en opinión de Graells lo suficientemente 'esenciales' para fundamentar su validez como especie independiente.
Si tuvieran cierta constancia, tan solo serían indicio de una morfología un poco diferente: «Lo que puede decirse del autor de la víbora nueva española con referencia á la Ammodites, que todo lo más, y no es poco conceder, apenas llega á ser raza» [p.
Así, en opinión del autor del Dictamen:
Para evitar semejantes extravíos, el naturalista maduro, no se fia de apariencias frecuentemente engañosas, cuando proceden de la morfología de órganos sin importancia para la vida; que sin consecuencia, para esta pueden desaparecer y desaparecen con frecuencia enmascarando la figura ordinaria de los individuos [p.
En cuanto a la descripción propiamente dicha, Graells la califica de «Boscana» y añade que «adolece de sobra de señales, casi individuales, y falta absoluta de las comparativas, que son las que tienen positivo valor científico cuando se trata de establecer verdaderas diferencias específicas» [p.
En segundo ejemplo de mala práctica taxonómica, en este caso referida a la identificación, se encuentra en la Memoria 5a.
Graells comenta errores de este tipo en varios ejemplares citados en ella, remitiendo a lo que dice López Seoane (1884) al respecto.
En opinión de este último autor, la Nota de Boscá ha sido «poco meditada», de manera que en la publicación incurre en varios errores de identificación, como el de confundir un ejemplar de la especie Tropidonotus astreptophorus depositado en las colecciones del Instituto de Pontevedra por un Caelopeltis monspessulana, equívoco sin duda debido a que Boscá no comprobó directamente la cita que le fue dada, lo mismo que la de tomar a un Seps Chalcides, en Tuy, por un Gongylus ocellatus, «...tan diferentes como son ambos géneros de Lepidosauros.» [pp. 78-79], concluye Graells.
Se han reunido bajo este epígrafe un conjunto de críticas de menor importancia que las anteriores, tratándose de comentarios relativos a la información que el autor aporta sobre el hábitat de las especies, sobre faltas ortográficas cometidas en los nombres latinos y sobre errores en los nombres vulgares de las especies.
Las descripciones de los hábitats de las especies son incompletas, en opinión de Graells, y así lo hace notar en una par de ocasiones: «es muy deficiente en noticias sobre el hábitat de las especies que cita»; falta que excusa Graells a continuación al reconocer los pocos recursos con los que cuenta Boscá «cuya falta es excusable por la confesión que hace de la escasez de medios suficientes para realizar sus investigaciones con la amplitud necesaria» [p.
9], y con el hecho de que constantemente los catálogos se van actualizando por la incorporación a los mismos de nuevas citas: «Si respecto del habitat, resulta incompleta la tarea del Sr. Boscá, nada tiene de extraño; porque todos los días vemos adicionar con nuevas localidades, el crescit ó el habitat, de plantas y animales inscriptos en anteriores Catálogos, que van completando los investigadores modernos» [p.
Hace notar también Graells a Boscá alguna incorrección cuando escribe nombres latinos, como es el caso de la tortuga marina Chelonia mydas, que según él se debe escribir como Midas12, pues «los nombres propios se escriben con letras mayúsculas y la i de Midas [...] los historiadores siempre lo estampan con i latina, como todos los naturalistas que no están reñidos con la gramática» [p.
Además, Graells menciona también descuidos en la adjudicación de la autoría del nombre vulgar de esa tortuga, y culpa de ello al desinterés de Boscá en la consulta del diccionario de la lengua:
Tampoco está bien expresado que sea el Sr. Pérez Arcas el que ha aplicado á dicha tortuga el nombre vulgar de Laud, pues dicho Señor lo ha tomado sin duda del Diccionario de la lengua, vocabulario que ya la nombró así en su primera edición, cuando aún no habían nacido los abuelos del profesor referido. [...]
Si hubiera consultado el autor del Catálogo que examinamos el Diccionario de la lengua, como para los nombres vulgares españoles debe hacerse siempre... [pp. 18-19].
CONSIDERACIONES SOBRE GRAELLS COMO AUTOR DEL DICTAMEN
En las fechas en que se le encarga realizar el Dictamen, Graells tiene ya 82 años, seguía en activo como catedrático de Zoología, acababa de dejar su cargo como Senador (Izquierdo Moya y Martín Albaladejo, 2009) y se debía encontrar inmerso en la realización de su gran obra Fauna Mastodológica, monografía que sería publicada por la Real Academia en 1897 (Graells, 1897).
Graells se siente sobradamente preparado para realizar la evaluación, haciéndolo así constar: «Pudieran en este informe adicionarse bastantes noticias que faltan en el Catálogo del Señor Boscá, pero este no es el objeto que se ha encomendado á la Sección,....» [pp. 9-10].
El Dictamen es casi en su totalidad una extensa y, en ocasiones, dura crítica al trabajo de Boscá, aunque no todas las publicaciones del herpetólogo son examinadas con la misma minuciosidad.
Son tantas las faltas puestas en evidencia, con o sin razón, y tan pocos los elogios, que es fácil pensar que la evaluación no fue todo lo objetiva que debiera.
Sin embargo, la obra de Eduardo Boscá es actualmente considerada como valiosa para su tiempo (Sánchez Arteaga, 2005; Fraga Vázquez, 1989).
No hay evidencia que conozcamos que apunte a una relación de amistad entre Graells y Boscá, aunque tampoco de enemistad manifiesta.
Ciertamente se conocieron, siendo Boscá estudiante en la universidad madrileña, y ambos eran naturalistas entusiastas.
Sin embargo, pertenecían por edad a generaciones muy separadas y tuvieron trayectorias profesionales muy distintas.
El pensamiento ideológico filokrausista y poco dogmático de Boscá, que como hemos visto anteriormente llega a calificar a científicos como Graells (sin nombrarles) de «nuestros dioses Olímpicos en Historia Natural», también refleja claramente este distanciamiento.
Con todo, el tono y nivel de crítica del Dictamen no cabe explicarse de manera principal por las relaciones personales entre ambos, y por ello resulta de interés indagar las causas científicas que motivaron a Graells a evaluar de esa manera tan negativa.
En nuestra opinión cabe aducir aspectos relacionados con la organización de la ciencia y también otros estrictamente técnicos.
En primer lugar debe desecharse la intención de perjudicar al solicitante por la lentitud en la tramitación.
Se tardó un año y cuatro meses en cumplimentar el encargo, en tanto que lo habitual era que la Real Academia no tardara en esas diligencias más allá de unos pocos meses.
Esta demora tuvo como consecuencia que Boscá accediera en 1892 a una cátedra en la Universidad de Valencia13 sin haber podido adjuntar una evaluación elogiosa de su investigación herpetológica, como es de suponer era su deseo.
La tardanza, sin embargo, no tendría ese propósito, pues aunque se hubiera remitido antes, en ningún caso Boscá la hubiera presentado como mérito.
El segundo aspecto a considerar es la especial relación de Graells con la Real Academia de Ciencias, de la que era miembro fundador, y en cuyas actividades estuvo siempre muy involucrado.
Por ejemplo, en 1898 es el académico que reúne mayor número de asistencias a las sesiones (Gomis, 2009, p.
La Real Academia de Ciencias tiene como misión, entre otras, «... el despacho de informes, proyectos y demás asuntos que la encargue el Gobierno», tarea esta contemplada en sus estatutos14.
Así, son numerosos los informes que se emiten de muy variados temas, normalmente a requerimiento del Gobierno, rara vez solicitados directamente por particulares, y prácticamente siempre sobre asuntos de interés general.
El Dictamen sobre las obras de Boscá no es el primero que nuestro académico realiza, ni tampoco el único que desestima y juzga negativamente15.
Sin embargo, desconocemos otros casos semejantes al aquí estudiado, por cuanto el informe que se obtiene es solamente de utilidad para el solicitante.
No resulta así extraño que la introducción al Dictamen sea un claro rechazo al proceder de Boscá, que obliga a la Real Academia, a través de conductos ministeriales, a evaluar investigaciones ya publicadas.
Intencionadamente o no, la dureza crítica del Dictamen resulta, de alguna manera, una advertencia ante la posibilidad de que la Real Academia tenga que dedicarse mayoritariamente a tareas de interés únicamente para una persona.
Un tercer aspecto a considerar es lo relativamente poco que, al parecer, aprecia Graells algunos de los fundamentos de las investigaciones de Boscá.
En primer lugar, el propio formato científico de 'catálogo faunístico'.
En los catálogos de Boscá de 1877, 1880 y 1881, junto a breves notas sobre hábitat, y algunas observaciones y notas esporádicas, la información principal para cada especie se centra en relacionar los lugares donde ha sido observada y mencionar de quiénes proceden esas citas.
No hay por tanto descripciones morfológicas, clasificación y discusión taxonómica, claves de identificación, etc., y por ello menciona Graells de pasada que: «Empieza el Catálogo, que no es razonado, como el modelo [de Bonaparte], para que pueda servir de algo,...» [pp. 12-13].
Estas casi solamente listas faunísticas están muy lejos de las faunas españolas de otros grupos publicadas en la época, como por ejemplo los ortópteros de Bolívar (1876), o la posterior gran monografía del mismo Graells (1897) sobre mamíferos.
Seguramente Graells esperaría algo así de un especialista como Boscá.
Graells fue un firme defensor del incremento de colecciones científicas como apoyo a la investigación, y por ello un segundo aspecto que provocaría cierto rechazo en él es suponer que Boscá minusvalora esa fuente de información, una de las críticas generales que hemos examinado anteriormente.
El juicio que le merece a Graells la segunda edición del Catálogo de Boscá, dada su calidad y utilidad, también está por debajo de lo esperable.
Parece pesar mucho en Graells el hecho de que Boscá haya recibido para realizarlo una muy importante ayuda de un científico acreditado como F. Lataste.
En el Dictamen se puede por ejemplo leer: «... esta capital reforma del primer Catálogo herpetológico del Sr. Boscá, es obra de Mr. Lataste,...» [p.
En esta lista [1880], que sea dicho de paso, vale infinitamente mas que la española [1877], se conoce á la legua la diferencia de la pluma que la ha redactado; debiendo conceder á la francesa, más práctica y saber para exponer los datos agenos y suyos, que no son pocos los que ha añadido, inutilizando por completo el Catálogo español [pp. 52-53].
En este caso también se intuye un probable trasfondo nacionalista ante las circunstancias de que la obra haya sido publicada fuera de España y en francés, como por ejemplo sugiere su comentario sardónico sobre el nombre de la nueva víbora, «que dedica á su amigo en reconocimiento de sus favores herpetológicos, que algo merecen, si se atiende á la cooperación que ha tomado en la edición francesa, y bien francesa, del "Catalogue des Reptiles et Amphibiens de la Penínsule Iberique et des iles Baleares.
PERSPECTIVA DESDE EL SIGLO XXI
Entre los criterios de calidad que utiliza Graells en su Dictamen, algunos son comunes a todas las épocas y de aplicación en cualquier obra científica, como por ejemplo la rigurosidad en la toma de datos, comprobaciones, etc. Sin embargo, otros criterios se han ido transformando con el avance científico, y una perspectiva actual ayuda a comprender la validez de su aplicación en el pasado.
El mayor número de supuestos fallos pormenorizados por Graells corresponden a las autorías nomenclaturales.
Como hemos podido deducir antes, Graells opina que la única autoría correcta para un binomen es citar la obra en que por vez primera se haya utilizado esa combinación, y no alude a que puedan existir otras opciones.
Al parecer no se percata que Boscá utiliza en sus catálogos faunísticos de 1877 y 1880 reglas constantes para cada uno y distintas entre ambos.
En el primero de ellos Boscá sigue implícitamente para autorías la norma aconsejada por el naturalista Felipe Poey (Poey, 1872, p.
Lo mejor, para evitar controversias y contentar á todos, es aceptar la nomenclatura binaria á lo ménos en la cabecera del artículo [...].
Al primer aspecto, no se sabe quien es el autor de la especie, pero en la columna sinonímica lo declara.
Si no hay sinónimos, la especie es del autor que la describe; si hay sinonimia bien ordenada, se lee en ella el nombre del verdadero autor.
Esta regla supone realmente no explicitar las autorías, dejando que el lector considere cuál es la correcta entre todas las posibles relacionadas en la lista sinonímica.
En el segundo de los catálogos Boscá sigue otra regla16, que por ejemplo fundamenta muy claramente Bolívar en esa época: «... por participar de la creencia de que el dar á conocer una forma específica es un hecho cuyo honor debe corresponder al primer descriptor, cualquiera que sea el grupo ó género en que haya sido colocada» (Bolívar, 1876, p.
La autoría corresponde al descubridor de la especie, sea cual fuere el género en el que se ubique después.
En la época en que se publican las obras objeto de evaluación no existen aún códigos internacionales de nomenclatura de obligado cumplimiento.
Sin embargo, se publicaron entonces algunas reglas propuestas por sociedades nacionales o para grupos concretos como la Entomología o la Ornitología (Melville, 1995), aunque no hemos encontrado ningún estudio sobre la aplicación de estas normas en la historia de la zoología española.
Las reglas más difundidas a nivel mundial fueron los códigos de Strickland (1843) redactados por la British Association for the Advancement of Science, con versiones y traducciones posteriores.
En ellos la opción elegida para autorías nomenclaturales recae en el descubridor de la especie, aunque con una señal indicativa de que la especie ha cambiado su ubicación genérica17.
Cabe concluir que Graells, a finales de siglo, estaba ya claramente anticuado a este respecto.
Los catálogos faunísticos de Boscá fueron los primeros para la herpetología ibérica, y desafortunadamente hay que esperar hasta 1974, año en que se publica la primera 'guía de campo' española (Salvador, 1974), para encontrar algo semejante.
Por ello, la utilidad de las obras de Boscá en cuanto a faunística ha perdurado casi un siglo.
El retraso científico español también lo refleja el hecho de que las monografías de fauna que ambicionaba Graells son aún más tardías, de 1998 para reptiles (Salvador, 1998) y de 2004 para anfibios (García París et al., 2004).
En el tema de la morfología y la elección de caracteres taxonómicos, que hemos visto fundamentalmente al tratar los estudios sobre víboras de Boscá, las críticas de Graells eran ciertamente subjetivas, pero no han quedado desautorizadas per se.
En cuanto a la proliferación de nombres específicos, Graells se muestra más partidario, en los casos dudosos, de 'reunir' que de 'dividir'.
Prefiere por ello considerar a Vipera latasti a lo sumo como una raza, porque los caracteres diagnósticos no le parecen esenciales18.
La Morfología es el gran fracaso de la ciencia del siglo XX, no disponiéndose aún de un cuerpo de doctrina formal ni se ha aprovechado debidamente la potencialidad cuantitativa de la informática.
Su consecuencia en taxonomía es que los caracteres morfológicos diagnósticos han permanecido hasta hoy en el ámbito de la subjetividad, un sistema muy ineficiente si no se asocia a un inadmisible criterio de autoridad, contexto en el que se mueve Graells.
No es de extrañar por ello que el inventario de la Biodiversidad recaiga actualmente en las técnicas, no morfológicas, de la Biología molecular. |
La botella medio vacía: Emilio Huelín, la vulgarización científica y el debate de la ciencia española en el sexenio democrático y los primeros años de la restauración
Erudito y políglota, su perfil de divulgador científico es equiparable al de los vulgarizadores europeos de mediados del siglo XIX.
En su intento por promocionar la ciencia, Huelín difundió una imagen negativa de la actividad científica española, que en parte obedecía a la realidad.
Como vulgarizador científico se esforzó por aportar nuevas ideas para contribuir al desarrollo social, cultural y económico de su país.
BIOGRAFÍA DE EMILIO HUELÍN
Pertenecía a la saga de los Huelín, una familia de oligarcas malagueños que formaba parte del grupo de poder político y social de la ciudad andaluza.
En este contexto social privilegiado, Huelín tuvo la oportunidad de recibir una educación políglota que le permitió estudiar en el extranjero y adquirir conocimientos en distintas áreas científicas y técnicas.
En 1851, con 22 años, comenzó a estudiar ingeniería de minas2 en Alemania, concretamente en la prestigiosa Real Academia Freibergense, Bergakademie zu Freiberg, una institución académica de enseñanza de fama internacional fundada en 1765 a la que acudían alumnos de todo el mundo.
De vuelta a España, Huelín se matriculó durante el curso 1864-1865 de tres asignaturas en la Facultad de Filosofía y Letras.
No consta que siguiera estos estudios pero de sus escritos se desprende su afición a la filosofía.
Huelín comenzó a trabajar el 1 de septiembre de 1859 en la Administración española en Madrid, como Auxiliar de la clase de segundos del Ministerio de la Gobernación con un sueldo de 4.000 pesetas.
En febrero de 1869 se incorporó de nuevo a la Administración, esta vez a la Sala del Tribunal de Cuentas del Reino, como Contador segundo de primera clase con un sueldo de 6.500 pesetas.
Fue ascendiendo en el escalafón hasta llegar en 1884 a contador decano con la categoría de Jefe de Administración de 2a clase con un sueldo de 8.750 pesetas.
El 4 de abril de 1900 ascendió a Secretario general contador decano, manteniendo el mismo sueldo, hasta que se jubiló el 20 de septiembre de aquel mismo año.
Falleció cuatro años después, a los 75 años.
En su expediente de jubilación del Tribunal de Cuentas del Reino se especifican los servicios especiales que Huelín había prestado a esta institución.
En diciembre de 1878 le nombraron examinador en el Ministerio de Ultramar3 para la reorganización de Contabilidad.
Los datos biográficos sobre Emilio Huelín que se manejan en este trabajo nos llevan a hacernos algunas preguntas.
A juzgar por la desahogada situación económica de su familia, debía gozar de una privilegiada posición social y codearse con las clases acomodadas en Madrid4.
Aunque estudió ingeniería de minas no se tiene constancia de que ejerciera como tal ni que interviniera en los negocios del clan familiar.
Desde 1859 trabajó como funcionario de la Administración donde comenzó desde un puesto bajo del escalafón, fue ascendiendo con rapidez y fijó su residencia en la Carrera de San Jerónimo, número 40 de Madrid.
Huelín ocupó durante gran parte de su vida laboral puestos de alto funcionario, si consideramos que en el escalafón del Tribunal de Cuentas figuran por este orden el presidente, los ministros, el secretario general y, a continuación, el Ministerio Fiscal, los jefes de administración y el contador decano.
Sorprende que, siendo ingeniero de minas y perteneciendo a una familia burguesa del sector, no entrara en el Cuerpo de Ingenieros de Minas o trabajara en los negocios familiares, para lo que no le debían faltar influencias.
Aventuramos como hipótesis que decidió alejarse de Málaga y de su familia para vivir en Madrid, huyendo del pequeño mundo de una ciudad de provincias donde, por motivos que desconocemos, no quería permanecer.
En la capital española dio un giro a su carrera profesional e inició su vida laboral en la Administración ascendiendo con rapidez probablemente gracias a sus contactos en algún ministerio.
La labor como vulgarizador científico desarrollada por Huelín se interrumpió, según tenemos constancia, a finales de la década de los setenta.
Este hecho podría atribuirse a sus responsabilidades crecientes en el Tribunal de Cuentas del Reino y en el Ministerio de Ultramar que posiblemente le obligaran a viajar a las colonias españolas.
Huelín recibió varias condecoraciones durante su vida: la Real Orden de Carlos III, la más distinguida condecoración civil que puede ser otorgada en España; la Gran Cruz de Cristo de Portugal; la de los Estados Unidos y la de Venezuela5.
HUELÍN, FUNCIONARIO Y VULGARIZADOR DE LA CIENCIA
Al margen de su trabajo como funcionario, Huelín colaboró como vulgarizador de la ciencia, principalmente entre los años 1870 y 1877, en distintas publicaciones: el Boletín-Revista de la Universidad de Madrid, la Revista Universal, la Revista Minera, el diario madrileño El Imparcial, la Revista de España y La Ilustración Española y Americana, entre otras.
Sus colaboraciones en la prestigiosa Revista de España se iniciaron en 1869 y finalizaron en 1884.
Fundada en marzo de 1868, fue la única revista intelectual que nació antes de la revolución septembrina y que se mantuvo con vida durante casi tres décadas.
En la línea editorial de esta publicación, abierta, progresista, moderada y apreciable desde el punto de vista intelectual (Seoane, 1996, p.
248) encajaba el trabajo de Huelín, erudito, conservador y católico, con una visión internacional de la ciencia que le facilitaba su conocimiento del inglés, francés y alemán.
Entre sus colaboraciones en otras publicaciones destaca el artículo "Nuevas doctrinas e investigaciones sobre las especies del reino mineral", publicado en la Revista Universal en 1873 (Huelín, 1873, p.
135), donde da noticia de las técnicas de microscopía aplicada a la petrografía y resume el libro de Ferdinan Zirkel Die mikroskopische Beschaffenheit der Mineralien und Gesteine publicado aquel mismo año.
Más tarde, Huelín publicó artículos referidos a las nuevas observaciones y doctrinas de petrógrafos como Vogelsang, von Rath, Knop, von Lassaulx, entre otros, en su Cronicón científico popular de 1872.
Poco después de aparecer la reseña de Huelín, en 1875, se publicó en los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural una serie de trabajos de jóvenes geólogos que constituyó el inicio de los estudios petrológicos modernos en España (Ordaz, 1987-1988, p.
El primer volumen del Cronicón científico popular de 1872 contenía los textos publicados en la "Revista científica", sección dedicada a la ciencia de La Ilustración Española y Americana, durante el bienio 1870-1872.
La de 1877 constituye una segunda edición corregida y aumentada del volumen de 1872, y hubo una segunda entrega en dos tomos con adiciones hasta fin de 1876, con el mismo título.
La fórmula editorial del Cronicón científico-popular es equiparable a la del Année Scientifique et industrielle de Louis Figuier, que comenzó a publicar con gran éxito en 1857 las crónicas del propio Figuier sobre los progresos científicos del año aparecidas en La Presse.
Con el Cronicón de 1877 Huelín pretende llenar un vacío en la literatura de divulgación científica en España.
Los científicos españoles carecían de obras de ciencia o de divulgación de la ciencia en su lengua.
Las traducciones se hacían casi exclusivamente del francés, dado su escaso conocimiento del inglés y el alemán.
Dase a la estampa el presente volumen, porque no publicando nadie actualmente en España anuarios como este, quizás logre nuestro Cronicón favorable acogida entre aficionados, que aspiren a poseer algunos avisos de trabajos científicos de todas las naciones y en especial de Alemania e Inglaterra, los cuales faltan generalmente por completo en libros análogos franceses (Huelín, 1872c, p.
El Cronicón de 1872 también tuvo en España un buen recibimiento: se agotó en dos meses y tuvo una reedición (Huelín, 1877a, p.
Del mismo modo los artículos publicados durante 1870 y 1871 en La Ilustración Española y Americana fueron reimpresos y traducidos en diarios importantes, según el autor, lo que le habría animado a agruparlos en el Cronicón de 1872.
Ambas ediciones del Cronicón fueron objeto de reseñas muy positivas en La Ilustración Española y Americana6, la Revista de España7, los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, el diario La Época8, Nature, Magazin fuer die Literatur des Aulandes9 y Das Centralblatt10, entre otras de las que se tiene constancia en este trabajo.
Juan Vilanova y Piera, una de las máximas figuras españolas en geología y paleontología del siglo XIX, explicaba lo siguiente en la revista de la Sociedad Española de Historia Natural:
El método adoptado por el Sr. Huelín no puede ser más sencillo, claro y metódico, [...] permítaseme a lo menos rendir un justo siquiera débil testimonio de admiración al paciente y diligentísimo amigo que tantas pruebas ha dado de saber y vasta erudición (Vilanova y Piera, 1877, pp. 48-50).
La publicación inglesa Nature evaluaba muy positivamente el trabajo de Huelín:
A pesar del empeño y el entusiasmo con que abordaba Huelín su tarea, el trabajo de vulgarizador no siempre estaba bien visto.
El escritor y crítico literario Armando Palacio Valdés (1853-1938) se refiere de manera despectiva a los divulgadores y, en concreto, a Huelín:
Iniciar a los profanos en todas las fases de la cultura moderna, llevarlos desde la contemplación atenta del insecto al estudio de la velocidad de los astros para introducirlos después en los talleres donde se laboran los artefactos de que se sirve la sociedad actual, no es obra digna de un verdadero sabio, teniendo presente, sobre todo, el inmenso progreso que alcanzan en este instante las ciencias que el autor denomina positivas (Palacio Valdés, 1877, pp. 115-117).
Nuestro autor se encargó de la sección de ciencia de La Ilustración Española y Americana, la "Revista científica", desde 1870, primer año de la publicación.
Abelardo de Carlos, director de esta revista ilustrada, contaba con la colaboración de firmas que le dieran prestigio a su revista, de gran calidad en el aspecto formal y de contenidos, y dirigida a un público acomodado.
El perfil de Huelín, bien situado socialmente y con conocimientos científicos, se correspondía con los requerimientos de De Carlos.
Finalmente, en 1876, Huelín publicó dos entregas más de la sección, lo que hacía un total de 35 entregas y Naquet diez.
Con Huelín la sección de ciencia fue cambiando de nombre según los temas que trataba: "Revista científica e industrial", "Revista de ciencias aplicadas" y "Revista científica".
Los textos carecían de ilustraciones aunque en un par de ocasiones hizo referencia a grabados en La Ilustración Española y Americana.
Por lo general, la sección ocupaba entre dos y tres páginas de la revista e iba encabezada por un índice de los temas que iba a tratar.
Huelín resume así los objetivos de la sección de ciencia de La Ilustración Española y Americana:
dar cuenta sumariamente de alguna pequeña parte del movimiento científico moderno; publicar [...] determinados trabajos de las Academias y periódicos científicos de Alemania, Inglaterra, Francia y América, sin omitir, por supuesto, cuanto en España salga a la luz relativo a tales asuntos, procurando emplear siempre un lenguaje claro y sencillo, a los alcances de todos, y tocar únicamente materias en sumo grado prácticas y que puedan tener algún interés hasta para el lector desprovisto de conocimientos especiales y técnicos (Huelín, 1870a, p.
Para valorar cuantitativamente las disciplinas y materias relacionadas con la ciencia y la técnica tratadas por Huelín se ha elaborado una tabla (Apéndice I) con el número de columnas dedicadas a cada una de ellas en La Ilustración Española y Americana.
El interés primordial del autor residía en reflexionar sobre la ciencia y sus aplicaciones: la popularización, la enseñanza de la ciencia y el estado de la investigación científica, así como la importancia de las innovaciones científicas para el desarrollo y el porvenir de las naciones.
Uno de los focos de su interés se centra en importar conocimientos útiles para España de las naciones más adelantadas de Europa (Huelín, 1870a, p.
El punto de vista de Huelín al redactar la "Revista científica" no es exclusivamente el del ingeniero.
Las ciencias aplicadas y la industria merecen su atención y el autor valora la rentabilidad económica de las innovaciones científicas, pero, al mismo tiempo, tiene en alta consideración la investigación básica y las ciencias puras, que él denomina positivas.
Huelín considera que la ciencia tiene una dimensión global, una perspectiva que debió de adquirir en su etapa como estudiante en una universidad extranjera de prestigio y por su pertenencia a la burguesía industrial, una clase social incipiente.
En nuestro siglo utilitario muchos creen que las ciencias solo deben cultivarse para lograr ventajas directas propias y ser convertidas en beneficios metálicos. [...] los estudios científicos tienen un objeto más elevado y sublime impreso por Dios en el humano entendimiento.
[...] todos los grandes adelantos materiales se deben a trabajos abstractos, ejecutados sin miras de aplicaciones útiles inmediatas, y únicamente en interés del progreso científico puro (Huelín, 1871d, p.
En cuanto a las ciencias, la meteorología, la geografía, la química, la física, la astronomía y la geología son las disciplinas mejor tratadas, tanto cuantitativa como cualitativamente.
El darwinismo figura entre los temas expuestos más extensamente por este autor, reflejo de la expectación que causaba fuera de España la obra y las teorías del científico inglés.
A la antropología le dedica también Huelín un espacio considerable.
En segundo plano quedan las ciencias aplicadas: la agricultura, la zootecnia, la industria, la medicina, así como las aplicaciones industriales y otras materias que Huelín toca solo superficialmente.
Huelín escribiría sobre el estado del conocimiento de la ciencia de su época y se referiría a los descubrimientos científicos más importantes en su opinión de los últimos treinta años:
Transformación de las fuerzas (Mayer, Joule, Clausius, etc.).
Antigua extensión de los glaciares (Venetz, Charpentier, Agassiz, etc.).
Antigüedad del hombre y estudios prehistóricos (Lyell, Boucher de Perthes, Rutimayer, etc.).
Selección natural (Darwin y Wallace).
Generaciones alternantes (Sars, Steenstrup, etc.).
Los grandes descubrimientos a que aludimos han tenido origen en los países del norte de Europa, en Alemania, Suiza, en el norte de Francia o en Inglaterra.
EMILIO HUELÍN Y LOS VULGARIZADORES EUROPEOS
La historiografía ha mostrado el interés social de la popularización de la ciencia en Europa a partir de 1850 y la consecuente aparición de un mercado editorial favorable que le dio repercusión.
El término vulgarización científica que utiliza Huelín para referirse a su trabajo como divulgador científico procede del francés vulgarisation scientifique, expresión que apareció por primera vez alrededor de 1840 sobre todo en la obra de Auguste Comte.
La figura del vulgarizador se desarrolló a partir de 1850 en Francia para designar al mediador entre los científicos y el público lego en ciencia; aunaba las facetas de sabio y periodista, frecuentemente tenía formación científica, escribía correctamente, colaboraba con distintas publicaciones y reivindicaba la necesidad de formular con claridad los descubrimientos científicos en artículos, libros y conferencias.
En este sentido, Huelín utiliza apropiadamente el término vulgarización para referirse a su papel como mediador entre la ciencia y el público.
Su actitud era bien de indiferencia o de hostilidad.
En el caso inglés, la popularización de la ciencia, por usar la traducción española del término anglosajón popularisation, provenía de la propia comunidad científica (Beguet, Cantor, Le Men, 1994, p.
Al igual que vulgarizadores como Arthur Good (1853-1928), conocido por su seudónimo Tom Tit y autor de "La Science Amusante", sección publicada por la revista francesa L'Illustration, Huelín era diplomado por una escuela de ingeniería (Beguet, 1990, p.
Nuestro autor conocía la divulgación francesa, alemana e inglesa y lamentaba que los científicos españoles no se dedicaran a estos menesteres:
[...] sucede que en Alemania e Inglaterra muchos sabios y doctos se consagran a vulgarizar [las ciencias]; porque libros populares buenos, exactos y fidedignos sobre las materias aludidas son de eminentísima utilidad para el progreso científico, al que extraordinaria y ventajosísimamente favorecen e impulsan.
En España, donde reina muy general indiferentismo y desestima respecto a dichas ciencias, se advierte que los profesores de aquellas solo suelen publicar obras rigurosas y exclusivamente científicas, y desaprueban las populares destinadas a presentar las aludidas ramas del saber asequibles a profanos, evitando cuanto sea posible toda aridez, así como los tecnicismos impropios en escritos de vulgarización (Huelín, 1877a, pp. 6-7).
La obra de Huelín constituye una valiosa fuente sobre la vulgarización de las ciencias en Francia, Inglaterra, Alemania y España.
En una de las entregas de la "Revista científica e industrial" de 1870, muestra su entusiasmo y admiración por la forma en que se popularizan las ciencias en Alemania e Inglaterra, una misión a cargo de las sociedades científicas que según el autor aumentaban de un modo extraordinario y que en Inglaterra se cifraban en aquel momento en 120 con 60.000 miembros.
La fascinación de Huelín por los eventos científicos es absoluta:
Se utilizan los saraos científicos (scientific conversazioni) donde los amantes del saber se congregan, conversan, explican y enseñan nuevas observaciones, instrumentos, aparatos, teorías y descubrimientos, y aprovechan otra multitud de medios para poner a los alcances de todos las verdades científicas, y suministran al público esa luz brillante, que tanto ilumina, esa instrucción sólida que en tan alto grado ilustra, y esa poderosa fuerza que lleva a los pueblos hasta el más levantado punto de bienestar y cultura (Huelín, 1870c, p.
Los vulgarizadores franceses de mediados del siglo XIX se encontraban entre dos necesidades contradictorias: dar una imagen fiel de la ciencia y ser entendidos por la mayor cantidad de gente posible.
Huelín buscaba también el equilibrio entre ambas necesidades.
[...] si se tratan aquellas cuestiones que comprende [la ciencia] en términos a los alcances de todos, entonces la gente docta desaprueba la manera trivial y poco científica de exponer la materia; la que si de otra parte se dilucida con profundidad abstracta y rigor filosófico, da ocasión de incurrir en el peligro de disgustar a los profanos y de que no la entiendan la generalidad de los lectores, quienes piden belleza de estilo y rechazan todo lenguaje técnico (Huelín, 1877a, p.
En su afán por mantenerse bien informado, iba más allá de las monografías y las revistas, y recurría además a fuentes de primera mano: recibía informes y memorias de las sociedades científicas de países de toda Europa, la Academia de Ciencias de París, de Londres, de Copenhague, de Viena, así como de las comisiones gubernamentales de distintos países, como el Annual Report of the Chief Signal Officer to the Secretary of War del gobierno estadounidense 1872, o de la United Service Institution de Londres.
Aunque no formaba parte del mundo académico científico, Huelín era socio de la Sociedad Geológica alemana, de la de Francia y de la Real Academia Freibergense11, y pertenecía al Ateneo de Madrid12 desde 1859, por lo que conocía de primera mano el movimiento científico y filosófico europeo, especialmente de Inglaterra y de Alemania, lo que le facilitaba su dominio del inglés, el alemán y el francés.
En 1877, Huelín pone como ejemplo la falta de seriedad de otras compilaciones extranjeras que encadenan recortes de noticias y extractos de información sin examinarlos atentamente y consultar las fuentes originales.
Publicaciones científicas, a los alcances de todos, hay traducidas del francés en español, llenas de datos equivocados, o totalmente falsos.
Todas las páginas de este tomo se han escrito teniendo muy a la vista los documentos, informes, memorias y tratados originales, de la mano y pluma de cada autor o investigador, sin utilizar traducciones ni reseñas de periódicos que son especialmente científicos (Huelín, 1872c, p.
A pesar de su rigor al tratar la información, Huelín quería divulgar la ciencia entre un público amplio.
Su Cronicón, afirma en el subtítulo, es una «Revista para todos».
La ciencia debía llegar incluso a las mujeres:
[La geología] tan generalizada en Alemania e Inglaterra, donde enseñan sus elementos hasta en las escuelas de instrucción primaria, cultivándola aún las señoras y toda clase de personas (Huelín, 1872b, p.
El punto de vista de Huelín está, por tanto, cercano al del periodista, ya que adaptaba su discurso a las características del medio en el que escribía y a sus lectores.
La "Revista científica" de La Ilustración Española y Americana, publicación ilustrada y general, se dirigía a un público no especializado, a los «indoctos» en ciencia.
También el Cronicón de 1872 se destinaba a los legos, mientras que el de 1877 tenía como público potencial, además, a los propios científicos, según explica Huelín en la «Advertencia preliminar» de cada volumen.
El Cronicón de 1872 exponía los avances científicos de modo cronológico, debido probablemente a que la mayor parte de la información que contiene procedía de los artículos publicados en La Ilustración Española y Americana, mientras que el de 1877 está clasificado por materias y consta de una amplia bibliografía que, como afirma el propio Huelín, podía ser de interés para la comunidad científica (Huelín, 1877a, p.
VULGARIZADOR Y APÓSTOL DE LA CIENCIA
Entre los ideales progresistas de grupos intelectuales como los positivistas o políticos republicanos en Francia, estaba la idea de que la ciencia y la técnica eran los motores del progreso social.
Además el progreso del conocimiento puro era indisociable del progreso técnico que conducía a mejorar la calidad de vida y al avance social, moral y político.
En España, los promotores de la Revolución de 1868 eran conscientes del atraso científico del país; habían hecho la revolución en nombre del progreso y la ciencia, e impulsaron un programa educativo de reformas (López-Ocón, 1997, p.
En un contexto en apariencia desolador para la ciencia como era el español, la vulgarización de la ciencia era para Huelín una misión social que requería un gran esfuerzo, como lo era para sus homólogos franceses.
Louis Figuier veía la vulgarización como una «rose sans épines», según explicaba en el prefacio de La Vie et les moeurs des animaux: zoophytes et mollusques en 1865: el vulgarizador ofrece las flores y guarda para él las «épines douloureuses».
En este sentido, el trabajo realizado por los vulgarizadores franceses del siglo XIX puede calificarse de apostolado (Beguet, 1990, p.
16), una esforzada misión que Huelín compartía: se mantenía informado sobre las novedades científicas y escribía en su tiempo libre, y se lamentaba a menudo de sus dificultades para compaginar su tarea de vulgarizador con sus otras ocupaciones.
Las reseñas de estos progresos [de la ciencia], redactadas casi exclusivamente por extranjeros en miles de tomos, folletos, memorias, revistas y periódicos forman inmensa cantidad de lectura, que nadie amaestrará si no sabe alemán e inglés, y si además no desembolsa mucho dinero para adquirir tales impresos e invierte después largas horas trabajando en el examen y estudio de las aludidas publicaciones (Huelín, 1877a, tomo 1, p.
Este apostolado implicaba para Huelín una misión social y patriótica, una lucha contra la ignorancia y por el progreso de la sociedad y el país, y, al mismo tiempo, una cuestión espiritual relacionada estrechamente con sus creencias católicas.
Nuestro autor rechazaba el sistema de Krause, pero su catolicismo no le impedía manifestarse a favor de la «ciencia positiva» o experimental; alabar a científicos como Charles Darwin y explicar sus teorías científicas; ni defender la idea de la ciencia como motor del progreso.
[...] los españoles, exceptuando a pocos, se distinguen por una carencia de curiosidad propia de los árabes: por esto mismo se necesita tanto en España provocar la afición a las ciencias positivas, pues el conocerlas desenvuelve y enaltece la parte espiritual y sublime de la humana inteligencia, enseñándola a estudiar las maravillosas obras de Dios [...]"
Sin embargo, Huelín no parece creer todos los aspectos de la versión bíblica.
A lo largo de los textos de la "Revista científica" hace escasas menciones a la Biblia sin entrar en consideraciones sobre la contradicción entre los descubrimientos de la ciencia y la fe.
Por ejemplo, al referirse a los eclipses de sol explica lo siguiente:
No es posible enumerar en el espacio destinado a esta Revista todos los eclipses que recuerdan los tiempos históricos, ni detenernos siquiera en aludir al hecho singular de que la Santa Biblia no trata de ninguno de estos fenómenos" (Huelín, 1871a, p.
LA BOTELLA MEDIO VACÍA: HUELÍN Y LA POLÉMICA DE LA CIENCIA ESPAÑOLA
El entusiasta trabajo como divulgador de Emilio Huelín en el ámbito científico-técnico puede calificarse de individual y aislado.
Su intención era fundamentalmente didáctica y motivada por la utilidad de la ciencia como motor del progreso.
La tarea del vulgarizador en una España atrasada respecto al movimiento científico europeo no es para Huelín un espacio para la diversión, como lo es Francia o Inglaterra, sino un campo de combate en el que se desarrolla una batalla contra la ignorancia (Huelín, 1872c, p.
En relación a Francia e Inglaterra, España tenía en aquel momento bajas tasas de escolarización y contaba, en 1874, con alrededor de 16 millones de habitantes, las tres cuartas partes analfabetos (Gómez Aparicio, 1971, p.
Como resultado la prensa se concentraba en Madrid, que con 300.000 habitantes ocupaba el sexto lugar entre las capitales europeas y el décimo tercero en el de ciudades, frente al millón y medio de habitantes de París o los tres millones de Londres (López-Ocón, 1997, p.
Huelín lamentaba en su "Revista científica" la situación de la ciencia en España e incluso apoyaba sus críticas con las opiniones de reputados personajes como el botánico suizo Alphonse Louis Pierre Pyrame de Candolle que, en su Histoire des sciences et des savants depuis deux siècles publicada en 1872, afirma que Portugal, España, Italia Meridional, Turquía europea, Austria, Polonia, Rusia y América eran las regiones geográficas donde menos habían florecido las ciencias.
En esta misma entrega de su sección, Huelín no solo apuntillaba a la ciencia española, sino que, además, publicaba duras reflexiones sobre el carácter de sus compatriotas:
Todo el sistema fisiológico se vigoriza a medida que el seso adquiere mayor desarrollo y fuerza, de lo que resulta la prolongación de la vida.
El notable artículo que anunciamos, presenta los oportunos datos que demuestran la longevidad de los que se consagran a las ciencias.
Viven solo brevemente los de los países en que pocos aman ni el trabajo intelectual, donde si acaso algunos cultivan nada más que la imaginación, estando allí las costumbres corrompidas por torpe concupiscencia, codicia, soberbia, y donde la mayoría de la gente aparece sedienta e insaciable de frívolos deleites y ponzoñosos placeres.
Causa profundísima tristeza leer, después de lo que precede, que España es una de las naciones cuyos habitantes en general viven menos tiempo (Huelín, 1875, p.
Una valoración de la contribución de Huelín a la divulgación de la ciencia española puede obtenerse a partir de las referencias a trabajos científicos de autores españoles e hispanoamericanos realizadas por Emilio Huelín en la "Revista científica" de La Ilustración Española y Americana de 1870 a 1876.
En total son 15 las referencias positivas de trabajos o autores españoles, más las alusiones al desastroso estado de la geología, que se citan en el Apéndice II.
Las referencias estrictamente científicas se reducen a dos de química, una de meteorología y dos de astronomía, además de las dos sobre obras de divulgación del propio Huelín, dos de medicina, tres de agricultura y una de dibujo técnico.
La mayor parte de estas referencias son breves, aunque elogiosas.
No hay ninguna mención a la formación de sociedades científicas, como la Sociedad Española de Historia Natural que se constituyó en 1871.
Huelín comete el error de omitir en su explicación sobre la circulación de la sangre al español Miguel Servet, uno de primeros autores que describió la circulación pulmonar en 1553, y se lo atribuye por completo a William Harvey, que la desarrolló en 1616 (Huelín, 1870b, p.
Respecto a las enérgicas protestas sobre el estado de la geología en España, Huelín no proporciona a sus lectores las claves del debate que ocupaba por entonces a los ingenieros de minas, de forma que solo la comunidad científica informada podía entender a lo que Huelín se estaba refiriendo.
Pese a ser buen conocedor del movimiento científico europeo Huelín veía la botella medio vacía.
El pesimismo sobre la ciencia española de Emilio Huelín nos remite a las reflexiones de Bensaude-Vincent sobre la relación entre el vulgarizador y el «foso», entendido como la falta de comunicación, que se establece entre la ciencia y el público.
Huelín otorga importancia y reivindica constantemente su figura de mediador, como traductor del lenguaje científico al del pueblo, con el fin de legitimar su trabajo y su función social.
Esta autora francesa plantea que la misma idea de «foso» implica la existencia de un tercer hombre, el mediador, y se pregunta si el mediador no inventa al mismo tiempo el mal y su remedio (Bensaude-Vincent, 2000, pp. 12-19).
Huelín mostraba también el prejuicio invalidante, «El tradicional complejo de inferioridad español ante lo que se hace más allá de nuestras fronteras» (Martínez Sanz, 1984, p.
Una opinión sobre la ciencia española que era compartida con científicos contemporáneos suyos.
Sin duda la situación de la ciencia española y su divulgación no era equiparable a la de los países del norte de Europa, como Alemania, Inglaterra o Francia, pero el resto de circunstancias políticas, sociales y culturales tampoco lo era.
A pesar de esta visión negativa de las aportaciones españolas a la ciencia, Huelín constituye una figura a tener en cuenta por su aportación a la divulgación de la ciencia en España que pretendía contribuir al desarrollo social, cultural y económico de su país. |
El naturalista Augusto González de Linares es conocido por haber sido el fundador del primer Laboratorio de Biología Marina en España, creado en 1886, y que se estableció en Santander en 1890, pero se interesó también por la Filosofía de la Naturaleza, desde la que orientó su actividad como científico.
Participó en la recepción crítica de las ideas evolucionistas en la España de la Restauración, interesándose por la obra de Darwin y Haeckel.
Criticó el «mecanicismo» de Darwin por atribuir al medio la causa principal del proceso evolutivo, despreciando el papel de la herencia, y rechazó también el materialismo de Haeckel.
La Filosofía de la Naturaleza de Augusto González de Linares está influida por la Naturphilosophie alemana, con especial referencia a Schelling, Oken, Carus, y por Krause, e incluye dos aspectos.
En Ontología, defiende la tesis de un monismo organicista, mientras que en Epistemología, sostiene que es necesario reorganizar todas las ciencias desde la unidad que representa la Filosofía, proponiendo una coordinación entre el hecho y la idea.
Las referencias historiográficas en las que aparece mencionado este naturalista suelen abundar en su papel de fundador de la primera Estación costera de Biología Marina española, creada en 1886, y radicada en Santander a partir de 1890, centrando en esta actividad su contribución profesional a la ciencia, pero apenas se adentran en su faceta de filósofo de la Naturaleza, a excepción de algunos trabajos recientes (Simó Ruescas, 2004; 2011).
Habiendo dedicado algunos estudios monográficos al conjunto de su obra (Nieto Blanco, 2004; 2009; 2010; 2011), en los que he destacado sus aportaciones científicas referidas a la historia intelectual del periodo, y estando a punto de aparecer la edición de su Obra completa, de la que me ocupo como editor literario, la cual va precedida de un amplio estudio preliminar en el que sitúo in extenso la personalidad intelectual de nuestro autor en el contexto de la historia cultural —con especial referencia al pensamiento científico y filosófico— de su tiempo (Nieto Blanco, en González de Linares, en prensa), he creído oportuno no reiterar esas aportaciones, anticipando esta dimensión menos conocida de su pensamiento, especialmente por ser la filosofía de un científico experimental y no la de un filósofo profesional.
RECEPCIÓN CRÍTICA DEL EVOLUCIONISMO: DARWIN Y HAECKEL
Aunque Augusto González de Linares alcanzase una cierta notoriedad en su etapa de profesor en la universidad compostelana (1872-1875) por propagar, tanto en el aula como en foros escolares, las nuevas ideas «transformistas», podemos constatar que el evolucionismo biológico defendido no se identificaba totalmente con el darwiniano.
De acuerdo con su terminología, consideraba que la explicación dada por el sabio inglés de los mecanismos evolutivos era todavía demasiado «mecánica», por la preponderancia que en ella tenía el «atomismo».
Pero la crítica fundamental se centrará en la deficiente explicación que a su juicio daba Darwin al problema de la herencia (González de Linares: 1877a; 1878a; 1879b)1.
Detengámonos un poco más en esta relación.
En el marco de los acerados debates que se sucedieron en el periodo inmediatamente anterior a la Restauración, coincidiendo con el Sexenio democrático, la postura de nuestro naturalista se situó inequívocamente del lado de las nuevas ideas transformistas, que propugnaban la evolución general de los seres vivos a lo largo del tiempo, a partir de formas anteriores que habrían ido dando lugar a sucesivas transformaciones hasta alcanzar el grado de diferenciación específica de los animales y plantas.
Como sabemos, esta propuesta, que gozaba de una aceptación relativa, distaba de ser nueva, pues nada menos que sus primeros esbozos ya aparecen recogidos en los escasos fragmentos que se conservan del filósofo Anaximandro, que vivió en el siglo VI antes de nuestra era.
Como un Guadiana, la idea de evolución apareció y se ocultó a lo largo de la historia del pensamiento europeo, hasta que en el transcurso del siglo XIX emergió definitivamente, abriéndose camino en todos los órdenes de la vida y en la mayoría de los campos del pensamiento, tanto en el conocimiento de la naturaleza, como en la comprensión de los fenómenos sociales.
El problema radicaba en cómo explicar el fenómeno de la evolución de las especies.
La publicación de On the Origin of Species en 1859 contribuyó, entre otras cosas, o orillar la aportación lamarckiana, que había ido ganando una cierta aceptación entre los naturalistas en la primera mitad del siglo, de manera que la segunda parte del mismo fue haciéndose paulatinamente adepta al darwinismo, pero adoptando muchos matices, que discurrirían a través de un espectro —y las polémicas que recoge el caso español son en esto elocuentes— marcado por el abrazo sin reservas de la nueva teoría, hasta por su aceptación crítica, como fue el caso de González de Linares.
La grandeza de la propuesta darwiniana lograba conjugar con habilidad estos tres tipos de recursos: a) abrumadora aportación de evidencias obtenidas tras largos años de paciente investigación recogidas en estudios de campo; b) sensibilidad para conectar con el ambiente intelectual del momento, caracterizado por el peso del individualismo, de la idea de progreso, del malthusianismo, y, por descontado, del paradigma evolucionista; c) introducción de un sencillo mecanismo biológico como fue el de la selección natural —por analogía con la labor selectiva practicada por los criadores de ganado— para explicar que las variaciones que se preservan en el transcurso de la evolución lo hacen por ser las más beneficiosas para el organismo en su proceso de adaptación al medio.
Como pone de relieve la siguiente cita, que procede de un artículo escrito por González de Linares veinte años después de la publicación de la obra emblemática del naturalista británico —artículo sobre el que tendremos que volver—, lo que entusiasmó de la propuesta darwiniana, más que las pruebas que aportaba, fue el carácter unitario de la teoría, que podía presentarse como la más conforme con la razón y a la naturaleza.
Nadie ignora con qué entusiasmo fue recibida, en general, salva la repugnancia que sintieron en un principio los naturalistas más adictos a la tradición, la teoría mecánica de Darwin sobre la unidad de origen de los diversos organismos que pueblan la tierra.
A la vuelta de algunos años de encarnizada lucha entre el antiguo principio de la absoluta fijeza de las especies, esto es, de la diversidad primordial de las formas orgánicas, y la hipótesis nueva, que las unifica á toda ellas al asignarles una misma procedencia, al suponerlas evoluciones sucesivas de un solo tipo elemental, metamórfosis de una forma primitiva y simplicísima, triunfó, á la postre, el nuevo principio, y se impuso de lleno á naturalistas y filósofos.
Al parecer, porque vinieron á confirmarlo más y más cada día observaciones ulteriores, nuevos hechos desconocidos antes; si bien es tan difícil, tan imposible acaso, probar hoy en el terreno experimental la verdad del proceso trasformista, como pudo serlo á raíz de la publicación misma del libro de Darwin.
En realidad, (y sin darse cuenta de ello los diversos pensadores), porque fueron reconociendo poco á poco en la intimidad secreta de su pensamiento, que la nueva idea era en sí misma mucho más unitaria, más racional, más adecuada a las exigencias de nuestra razón, más conforme, por lo tanto, á la Naturaleza misma, que el antiguo dogma, incapaz de satisfacer con su variedad primitiva é irreductible de formas orgánicas la aspiración á la unidad ingénita en el espíritu humano, obligado a reflejar en sí mismo el organismo universal que forma la complexión entera de las cosas (González de Linares, 1879b, pp. 479-480).2
Años después, en sendos artículos publicados en 18843 y 1885 respectivamente, volverá a elogiar el talento de Darwin por saber interpretar los hallazgos de algunos sabios alemanes a finales del siglo XVIII sobre la intervención de los insectos en la reproducción de las plantas.
Nuevamente, más que los descubrimientos propios sobre la fecundación de las orquídeas y los redescubrimientos de antecedentes literarios, será el potencial de la teoría lo que suscite la admiración de nuestro naturalista, cuando escribe:
No es la novedad de los datos, ni aún la riqueza de interesantes pormenores, lo que ha llevado á los naturalistas contemporáneos á conceder al libro de Darwin la atención que negaron al de Sprengel.
El alcance mismo que en él se designa á los fenómenos, la trascendencia teórica que se les reconoce, es lo que en realidad ha determinado la favorable acogida y extraordinario influjo de este libro que, por lo demás, atendiendo solo á los fenómenos que en él se relatan, no sobrepuja mucho a la que dejaron pasar inadvertido los contemporáneos de Sprengel (González de Linares, 1885, pp. 201-202).
Pero como hemos prometido, volvamos al artículo anterior, un largo texto publicado en dos entregas, titulado "La Geometría y la Morfología da la Naturaleza", aparecido en 1877 y 1879.
Antes de llegar a Darwin, pero en este caso con propósitos críticos, el naturalista montañés se embarca en una serie de cuestiones especulativas que tienen que ver con el espacio4 y la forma que adoptan los cuerpos naturales, tratando de descubrir alguna estructura geométrica en la naturaleza, un interés teórico, propio de quien tenía en gran estima a la ciencia geológica, como fue el caso nuestro autor, que lo conjugó con su dedicación a la cristalografía en su etapa de profesor en la universidad compostelana5.
La admiración que despierta en González de Linares la obra del naturalista inglés no implica una rendida adhesión al darwinismo, en toda la extensión de sus propuestas, lo que no fue ninguna excepción entre los naturalistas de su generación, tanto europeos como españoles.
La convicción de que la obra de Darwin ofrecía la llave para franquear la puerta que permitiese acomodarnos en la estancia desde la que resolver el problema de la evolución de las especies, convivía con la sensación de que dicho lugar estaba poblado de luces y sombras.
Ambas actitudes estaban en el ambiente, pues junto a las grandes certezas que la teoría suministraba, no eran de escaso relieve las incertidumbres que acumulaba.
Por lo que a González de Linares se refiere, hemos anticipado más arriba el núcleo de su crítica: la propuesta darwiniana incluía una explicación «mecanicista», cuya causa estaba en otorgar un protagonismo desmesurado al medio —o al «clima», como dice nuestro autor—, en detrimento del papel relevante que, según él, juega la herencia.
Hablar de cómo se transmite la herencia, por aquellos años, era adentrase en aguas procelosas y llenas de peligros, con el consabido riesgo de naufragar, tarea para la que tanto Darwin como el propio González de Linares carecían de los conocimientos adecuados, en poder ya de los biólogos de las generaciones venideras.
Sin embargo, como no es nuestra intención hacer una «reconstrucción racional» de este episodio, sino solo histórica, tenemos que plantear las condiciones bajo las cuales se podía discutir de este asunto, desde el saber entonces disponible6, además de ofrecer noticia de las divergencias.
A partir de dichos conocimientos, González de Linares reprocha a Darwin que presente la herencia como el elemento que conserva o fija los caracteres del individuo, concediendo toda la fuerza de las variaciones al clima.
Por el contrario, nuestro autor defiende con énfasis la fuerza, l'elan o el impulso vital que atesora la herencia para la formación y el desarrollo de los organismos.
Si la variación no se encontrase ya en la herencia, habría que pensar que todas las formas vitales estaban ya contendidas en un plan desde la eternidad7, lo que le resulta inadmisible.
No tener en cuenta las variaciones que la herencia produce, otorgándole una función exclusiva de fijación, parece a González de Linares una
El fruto más excelso de la Fisiología moderna, el progreso fundamental que le debemos, el resultado más grande y de más alta trascendencia de cuantos ha producido en lo que va de siglo, Haeckel lo dice, y á su vez van unidas las de todos los fisiólogos contemporáneos, es el haber mostrado claramente que, lejos de preexistir los órganos preformados ya en el óvulo reproductor, se desenvuelven, por el contrario, lentamente, unos tras otros; merced á un proceso evolutivo, diferenciador, que hace surgir de la masa protoplásmica, indistinta al principio, diferencias cada vez más señaladas, formaciones más y más concretas, especiales, determinadas, oposiciones sucesivas que se potencian en grado ascendente (González de Linares, 1879, p.
Convencido del papel creador y diferenciador de la herencia, nuestro autor fía toda la fuerza del proceso evolutivo a explicaciones de carácter intrínseco al propio organismo, relegando la propuesta darwiniana —que viene desde el exterior, al buscar la novedad de los organismos en causas extrínsecas a los mismos—, a un proceso que descalifica como «atomista» y «mecanicista», totalmente alejado del paradigma vitalista al que encomendaba su trabajo de naturalista.
Si Darwin estaba en lo cierto en atribuir un papel relevante al medio como foco de las variaciones, por la introducción del mecanismo biológico conocido como la selección natural —una de las metáforas más potentes de toda la historia de la ciencia—, el naturalista cántabro también lo estaba al señalar las insuficiencias de las indagaciones darwinianas sobre la herencia.
Faltaba el segundo mecanismo, el de las mutaciones genéticas, para completar lo que hoy conocemos como teoría sintética de la evolución.
Pero en la época de la que estamos hablando nadie estaba en condiciones de llegar a dicho descubrimiento.
Faltaban todavía muchos años para ello.
¿Habría visto González de Linares este descubrimiento con buenos ojos al enterarse de que las mutaciones juegan el papel de la variación e introducen la «indeterminación» en el proceso evolutivo, mientras que el rol «determinístico» cae del lado de la selección?
Pura ciencia ficción sería buscar una respuesta a esta cuestión.
No lo es, sin embargo, puntualizar que la postura de González de Linares parece más difícil de defender cuando se trata de explicar no el desarrollo intraespecífico, sino el proceso interespecífico que da paso a una nueva especie a partir de otra u otras anteriores, en el que la sola herencia parece un mecanismo insuficiente.
Durante el año de 1877, González de Linares, como miembro del cuerpo docente de la Institución Libre de Enseñanza, impartió un ciclo de conferencias sobre la morfología de Haeckel que, a modo de crónicas, se publicarían en su Boletín, desde el 14 de abril al 2 de junio, si bien existe una última aparecida al año siguiente, prometiendo una continuidad que no se produjo.
Unos meses después, pero en el mismo año, de forma resumida, vio la luz dicha información en la Revista Europea, contribuyendo con ello a una labor divulgativa del pensamiento del biólogo alemán, cuya obra comenzó a traducirse al castellano a finales de la década de los 70 del siglo XIX, alcanzando una gran difusión (Núñez, 1987, pp. 111-113).
La obra sobre la que se produjo la disertación de González de Linares fue la que, diez años más tarde, sería vertida al castellano con el título de Morfología general de los organismos, por lo que imaginamos que nuestro autor tuvo que trabajar sobre la versión original de la misma8.
Es significativo que centrara su interés en una figura como la de Haeckel para abordar cuestiones que tenían que ver con el origen de la vida y del universo, en lugar de remontarse a un autor como Darwin, centro de los debates más enconados sobre el evolucionismo.
Para explicarlo, además de la concesión que nuestro autor hacía al momento cultural de la España de su tiempo, donde la popularidad del naturalista alemán era superior a la del inglés, habría que tomar en consideración la proximidad epistemológica entre González de Linares y Haeckel.
En efecto, se trataba de dos autores —el alemán ya consagrado y el español al comienzo de su carrera— cuyas aspiraciones teóricas desbordaban el campo estricto de las ciencias biológicas para volar a lomos de especulaciones filosóficas, de porte más omnicomprensivo, capaces de aportar una visión general sobre la Naturaleza y el Universo, como era lo propio de dos pensadores que se reconocían practicando un saber propio de la Filosofía de la Naturaleza, asunto sobre el que volveremos enseguida.
El texto disponible adopta desde el comienzo una retórica informativa hecha por alguien ajeno a nuestro autor, construyendo un relato puntual de sus intervenciones, pero, a medida que se suceden las crónicas y avanza la exposición, va desapareciendo la figura del anónimo reportero y la prosa explicativa parece corresponder al propio González de Linares, que ya no precisa del auxilio de un intermediario que hable en su nombre.
En sus intervenciones conjuga el tono expositivo con la evaluación crítica.
Aplaude la obra de Haeckel como contribución a la biología de su tiempo y coincide con él en el evolucionismo y el monismo filosófico.
Sin embargo, el monismo del español es «naturalista», frente al materialismo del alemán.
González de Linares proclama ya en la primera intervención su admiración por los filósofos de la naturaleza y en cierto modo se considera continuador de esa tradición que arranca a finales del siglo XVIII en Alemania y a la que acabamos de referirnos9.
El monismo de Haeckel, según la crónica, lo resume del siguiente modo:
Así, materia, forma y fuerza son esencialmente iguales en organismos y séres inorgánicos: son, pues, individuos naturales idénticos en el fondo; no hay dos Naturalezas ante todo; una solo se individualiza luégo en estas formas opuestas. —Tal es la conclusión de Haeckel (González de Linares, 1877c, p.
Este monismo convierte a la materia en el fundamento de lo existente, pues presenta al ser como receptáculo material de donde todo surge y en donde todo se aloja.
A juicio de nuestro autor, esta visión no hace justicia a la riqueza del mundo natural, del que proporciona un tipo de explicación «mecánica».
Si en lugar de este mecanicismo materialista, Haeckel hubiera suscrito el paradigma organicista, en donde la Naturaleza se impone a la Materia, de acuerdo con la misma fuente,
Por este camino, hubiera hallado Haeckel la unidad verdadera, real, de los séres naturales, orgánicos todos, todos vivos, regidos por una misma ley genética y evolutiva, dotados de una misma actividad general, cuyas funciones especiales no son otras, seguramente, que las fuerzas físico-químicas, las mal llamadas fuerzas de la materia (González de Linares, 1877c, p.
En resumen, en un esfuerzo de síntesis, éstos son, según nuestro autor, los siete «pecados capitales» que presenta la Morfología de Haeckel:
1) Confunde en círculo vicioso la Fuerza con el movimiento, pues estima aquella resultado de este, y á éste engendrado por aquella: 2) Limita la Morfología de la Naturaleza á la de la Materia, esto es, á la ciencia del espacio material, olvidando que el tiempo y el movimiento son, como el espacio, formas naturales y sus ciencias respectivas entran en la Morfología natural: 3) Entiende la Química unas veces como ciencia natural en su integridad, y la reputa otras término mediador entre la Morfología y la Foronomia: 4) Hace de la vida un atributo peculiar de una esfera de la Naturaleza, afirmando una supuesta «Abiología» contradicha por las ideas y los hechos: 5) Divide también la ciencia natural en dos partes, telúrica y uránica, como Humboldt, desconociendo la subordinación de la Tierra al reino sidero: 6) Desconoce la identidad de la Geometría y la Morfología natural, pues no hay espacio vacío abstracto, sino lleno siempre de materia y, por lo tanto, sólo una ciencia debe tratarlo: 7) Niega a la Morfología descriptiva carácter de ciencia siguiendo la opinión de todo el idealismo respecto de la Historia, sin atender á que la ciencia exige sólo enlace sistemático, organismo, sea de ideas, sea de hechos (González de Linares, 1877b-1878, p.
La recepción crítica referida a Darwin y a Haeckel, como hemos podido ver, no la hace solo desde la profesión de científico que ostentaba González de Linares, sino apoyándose en su condición de Filósofo de la Naturaleza, dedicación que hoy no suena como entonces, si es que ahora emite algún sonido reconocible.
Pero si actualmente la expresión o el sintagma «Filosofía de la Naturaleza» está en desuso y solo conserva alguna acepción significativa, bien que dotada de una cierta inercia residual, en el ámbito de algunos cultivadores de la filosofía neoescolástica, habiendo sido absorbido su contenido anterior por las diferentes ciencias físico-naturales, no sucedía lo mismo en la segunda mitad del siglo XIX, en la que algunas tradiciones intelectuales, además de cultivadoras de las ciencias de la vida, revindicaban para sí la orientación filosófica volcada conceptualmente sobre la Naturaleza.
Ello no significa que todos los científicos del momento, los naturalistas sobre todo, fueran filósofos naturales, pero sí desempeñaron esta función aquellos que, como González de Linares, bebieron en las fuentes del círculo krausista10.
A partir del siglo XVII el estudio de la naturaleza abrazó el paradigma mecanicista, imponiéndose de forma rutilante desde la autoridad ganada por las obras de sabios como Galileo, Descartes, Kepler, Newton y Laplace, por citar a grandes figuras de la historia de la ciencia.
Pero cuando a finales del siglo XVIII y a lo largo de todo el siglo XIX, el mundo de la vida se ofrece a la contemplación científica, son muchas las voces, en Alemania especialmente, de médicos, naturalistas, filósofos y poetas que se rebelan contra la servidumbre que, según ellos, representa enclaustrar la riqueza de la vida dentro del modelo mecanicista hegemónico.
Nace entonces lo que se ha dado en llamar, como alternativa, la «ciencia romántica», y la «medicina romántica» —objeto de una creciente curiosidad historiográfica—, que antes de perder definitivamente la guerra libró alguna singular batalla, como la que protagonizara Goethe contra la teoría de los colores de Newton.
Durante algún momento cundió la ilusión de estar ante paradigmas rivales, pero no fue más que un espejismo, al que algunos filósofos prestaron su contribución.
Sin embargo, el debate no se produjo en balde, a juzgar por algunas de las vías que abrió y que se trocaron en nuevas miradas sobre el mundo natural, capaces de ser aprovechadas siglos más tarde, quizá en este en el que nos hallamos.
A pesar de la denuncia que los cultivadores de la ciencia romántica en su calidad de intérpretes de la naturaleza desde el campo filosófico hacían del paradigma mecanicista, no hay que olvidar, con todo, que la expresión «Filosofía de la Naturaleza» no había desaparecido del vocabulario de los sabios anteriormente citados.
Galileo se consideraba un filósofo de la naturaleza —en la estela de lo que en su momento hiciera Aristóteles—, que estaba renovando la concepción de la misma desde bases metódicas nuevas, introduciendo la matemática y el experimento.
Newton, como es de sobra conocido, no tuvo empacho en incorporar dicha expresión formando parte del título de su obra principal: Philosophiae naturalis principia mathematica.
González de Linares se vio a si mismo como un filósofo de la naturaleza cuando aspiraba a ir más allá de cualesquiera de las especialidades científicas que cultivó para encontrar un fundamento epistemológico al saber, que respondiera a una visión unitaria del conjunto de los seres naturales, a los que había que categorizar.
Disponemos de dos informaciones que revelan su interés por las cuestiones relacionadas con la Filosofía de Naturaleza por los años en que su contacto con el krausismo era más intenso.
Se trataba de una Filosofía de la Naturaleza tal y como se cultivaba en la Alemania de las postrimerías del siglo XVIII y en la primera mitad del siglo XIX, interesando tanto a escritores románticos como a filósofos idealistas, a cuyos textos pudo acceder directamente nuestro autor por su dominio de la lengua alemana.
Sabemos que González de Linares gustaba completar sus explicaciones de Historia Natural en la Universidad de Santiago con aportaciones de Kant, Hegel, Schelling, Oken11, Krause, y Carus12, todos ellos cultivadores de algún género de filosofía de la naturaleza, cuyo conocimiento exigía con rigor a sus jóvenes alumnos, sin que exista constancia de que la recepción de tales ideas por parte de estos fuera recibida con entusiasmo13.
Por otra parte, la primera publicación de la que tenemos noticia, que data de 1866, se interesa por la figura de Goethe como naturalista.
En términos muy generales es propio de la Naturphilosophie14 presentar a la naturaleza como un todo organizado, cuyos seres obedecen a las mismas leyes, estando caracterizado aquél por su actividad, evolución y dinamismo, en definitiva, concebido como una totalidad «viva», de manera que el paradigma de lo orgánico, de lo vital, acaba imponiéndose como modelo a través del cual se conceptúa el conjunto de todos los seres existentes de cualquier Reino de la Naturaleza 15.
El filósofo más importante que trató de construir una Philosophie de la Natur desde el humus intelectual proveniente de la Naturphilosophie en el cambio de siglo del XVIII al XIX fue Schelling16.
Siguiendo la presentación que Arturo Leyte, reconocido especialista en la obra del pensador alemán, hace a la traducción de sus textos de filosofía natural, podríamos conceptuarla a partir de los siguientes pasos.
Schelling le da la vuelta a la filosofía trascendental de cuño kantiano y fichteano, descartando que el fundamento filosófico de lo real recaiga del lado del sujeto, pues este mismo requiere un fundamento ulterior —autónomo, desligado, «suelto» o ab-soluto— que lo asiente en la riqueza que representa la totalidad del ser.
Esa totalidad se encuentra «repartida» entre la naturaleza y el espíritu, formando parte de lo mismo, ya que la naturaleza es condición de la aparición del espíritu.
De esta suerte, naturaleza y espíritu son dos polos del decurso unitario del ser, que ya no se define de manera estática, sino como actividad o devenir.
En el vocabulario científico del momento, el acercamiento a la naturaleza para presentarla como el gran escenario donde se producen y consuman los procesos, desarrollos, y la evolución de los diferentes fenómenos, de manera que podrían gozar de una tematización a modo de «historia natural», era sinónimo de afirmar una naturaleza con vida, mientras que desde la terminología filosófica había que apurarla con el vocablo espíritu, inserto en el seno de la naturaleza.
De esta categorización filosófica resulta que un término tan decisivo para la filosofía moderna en general, y trascendental en particular, como es el de sujeto, experimenta un desplazamiento semántico, al abandonar su exclusiva dimensión epistémica para solaparse en la naturaleza, al entenderse esta como actividad, como movimiento, una de cuyas fases es el conocimiento de la misma17.
Además de los filósofos propiamente dichos desempeñaron un papel relevante dentro de esta corriente de pensamiento algunos médicos que elevaron a tesis filosóficas más generales sus conocimientos científicos, sirviendo aquellas de orientación a futuras investigaciones.
Tal fue el caso de Oken, seguidor y contradictor de Schelling a la vez, defensor de la evolución general de los organismos a partir de una primordial masa indiferenciada, a la que enmarca en el ámbito de un mundo concebido como una totalidad en la que Dios se va expresando, y de Carus, contemporáneo suyo, también en la órbita de Schelling, quien explica la evolución de la vida como un proceso de diferenciación de lo múltiple, o de individuación de los seres.
De esta suerte, para los krausistas españoles, como nuestro naturalista, la naturaleza en su conjunto se presenta como algo dotado de vida, de manera que todos los elementos, niveles o reinos que la forman son partes solidarias de una organización, constituyendo un «organismo» vivo.
Escribe el pensador alemán: «La naturaleza debe ser el espíritu visible, el espíritu la naturaleza invisible» (Schelling, 1996, pp. 110-111).
Esta enfática, a la vez que bella, expresión del filósofo de la naturaleza más importante, procedente de su primer texto sobre esta cuestión, del año 1797, pone a las claras el sentido de lo que venimos sosteniendo en la terminología propia del idealismo: la naturaleza tiene espíritu (Geist), vida, actividad; es sujeto, además de objeto, posee dinamismo, «movimiento».
No solo es, sino que deviene, se desarrolla.
Al presentarse el conjunto de los seres como una unidad, considerándose el todo como uno, la realidad en su conjunto acaba unificándose en la identidad de naturaleza y espíritu.
La naturaleza es la «visibilidad» del espíritu tanto como el espíritu es la «invisibilidad» de la naturaleza.
De una manera más precisa, y en palabras de otro especialista en el filósofo alemán, se puede decir de este modo:
La deducción filosófica configura una sistematización grandiosa en la que naturaleza orgánica y naturaleza inorgánica aparecen formando una unidad en la naturaleza universal.
Es una única realidad, el organismo constituido por el todo de la naturaleza, la que, por medio de una y la misma fuerza, produce los fenómenos orgánicos e inorgánicos.
Del principio de la correspondencia entre funciones orgánicas y grados de la naturaleza inorgánica se infiere que la naturaleza orgánica contiene los fundamentos explicativos de esta última (Pérez, 2003, p.
En esta explicación se pone de manifiesto la analogía y la diferencia entre la posición de Schelling y las teorías evolucionistas que irrumpirían a partir de la segunda mitad el siglo XIX y de las que, no sin polémica, González de Linares se convirtió en uno de sus propagadores.
Parece que la naturaleza ya lo tiene todo in nuce, potencialmente, en lenguaje aristotélico, desde siempre, y que esa riqueza se va desplegando en fases, momentos, seres de diferente factura, pero contando con que es ese todo el que se autoproduce, a modo de la natura naturans, de manera que solo puede devenir lo que ya es, aunque el ser se conciba como devenir.
Vista la naturaleza de este modo, predomina la perspectiva del todo sobre las partes.
Y si es verdad que el espíritu se esconde en la naturaleza, entonces hay vida en todo desde siempre, de donde se sigue que el mundo inorgánico se presenta no como el preludio que prepara lo orgánico, sino como lo orgánico extinguido, muerto.
Para una especulación sobre la Naturaleza como la que hemos bosquejado, puede servir de rótulo, al menos esta doble caracterización: lo real es uno y se identifica con la naturaleza, lo que da lugar a un monismo naturalista, y la naturaleza es esencialmente activa, y ello habla del dinamicismo de lo real.
Quien vive inserto en este tipo de Weltanchsaunng está en una posición intelectual receptiva por la permeabilidad que ofrece esta visión al modelo evolucionista que se aproxima, como si la episteme romántico-idealista anteriormente dibujada indujera a aceptar la existencia, casi sin solución de continuidad, de un planeta como la tierra, escenario de cambios diversos, y de unas plantas y animales, objeto de diversas transformaciones.
No tiene esta hipótesis rango de teoría, pues no en todos los casos fue así, pero sí de reconstrucción racional, de manera que lo que sucedió a bastantes intelectuales krausistas, como el caso de González de Linares, era lógico, además, que sucediera, aunque no todos los naturalistas de su tiempo se adhiriesen al nuevo modelo teórico evolucionista, un modelo que estaba removiendo los cimientos de la biología contemporánea bajo el signo de la «transformación» (Coleman, 1971, pp. 100-155).
En 1878, el año de su mayor fecundidad publicística, Augusto González de Linares pronunció otra conferencia en la Institución Libre de Enseñanza, que después vio la luz ese mismo año, en forma de artículo, en dos publicaciones diferentes, y también como separata o folleto independiente.
En sendos casos el texto publicado excedía con creces lo expuesto oralmente.
Su título, La vida de los astros, obra que hemos tenido ocasión de reeditar con ocasión del primer centenario del fallecimiento de su autor (González de Linares, 2004).
La tesis que se defiende en este texto —que contiene un conjunto de aportaciones diversas procedentes de la biología celular, de la historia de la ciencia, con especial referencia a la astronomía, así como de la filosofía en su consideración como un ontología del ser natural— viene a concluir que los astros son seres vivos, como las células, argumentándolo mediante la aplicación a los mismos de las funciones propias de la vida, ello es, la nutrición, la reproducción y el movimiento.
Sin entrar en los detalles de la propuesta, el marco teórico en que se sitúa esta conjetura destila una filosofía de carácter vitalista que envuelve y unifica todo lo real18.
Detengámonos en una reflexión estampada al final del texto, que a modo de resumen expresa lo que apuntamos.
Fuerza será reconocer que son los minerales y demás cuerpos inorgánicos, productos, resíduos de la tierra y demás astros y de los restantes organismos, partes, concreciones sólo de su materia respectiva; de ningún modo seres verdaderos, unidades naturales: que las fuerzas generales de la materia son puras manifestaciones de la fuerza misma de la vida, única en toda la naturaleza, su actividad general, capaz de determinarse luego en fuerzas especiales diversas, gravedad, luz, calor, afinidad, etc.
Ante lo cual deja de ser problema serio el del orígen de la vida, eterna y única realidad del mundo físico.
La misma actividad que engendra el organismo sidéreo, hace brotar en él, llegada la ocasión oportuna, los organismos fitozoicos y humanos.
No hay ya que discutir sobre generaciones espontáneas.
Hay verdadera homogenia; la vida brota de la vida.
El universo todo se organiza: ya tiene en sí mismo el principio inmediato de su propia existencia; ya se elabora á sí propio, si vale la palabra; el mismo educe eternamente de su unidad esencial la variedad infinita de organismos en que está siempre determinada aquella.
El cielo deja de ser el piélago inmenso del vacío, el recipiente del mundo; llénase de vida todo él; es, en suma, el universo mismo.
Y universo y cielo á la vez se unifican con la Naturaleza, y desaparecen totalmente las grandes abstracciones latentes en los conceptos que simbolizan estos nombres (González de Linares, 2004, pp. 223-224).
Pese a la extensión de esta cita, vale la pena demorarse en algunas de sus tesis, las cuales revelan toda una filosofía de la naturaleza enunciada de manera categórica19, como ya hemos visto, que se orienta por el principio funcional, denominado por Carus la «ley del todo en las partes», y que se expresa como sigue20:
[...] admitimos en la Naturaleza un enlace, cuya expresión puede ser esta: «el estado de cada ser natural repercute en el de todos los infinitos restantes; toda la Naturaleza se siente, en su infinitud, del estado de uno de sus puntos infinitésimos; toda la Naturaleza se condiciona interiormente en cada momento por el estado de cada uno de sus séres».
E inversamente: «cada sér natural recibe en cada momento el influjo del estado total de la Naturaleza restante.
El estado, en cada caso, de un sér natural, se condiciona en cuanto á su modalidad, por el de la total Naturaleza restante» (González de Linares, 1879c, p.
Para quien esté algo familiarizado con la historia del pensamiento filosófico no le será difícil escuchar cómo resuenan ciertas voces del pasado, a veces tan lejano, como el que se remonta a los orígenes del pensamiento filosófico, recogidas en los fragmentos que conservamos de los presocráticos.
Pues la tesis de un mundo animado por fuerzas vitales, que se autoengendra o autoproduce recorre buena parte de la historia de la filosofía, desde un cierto neoplatonismo hasta el Renacimiento, con Giordano Bruno a la cabeza, pasando por la consideración de la naturaleza como natura naturans, de acuerdo con los comentarios que Averroes efectuó a los libros de física de Aristóteles y sus desarrollos posteriores en la escolástica medieval.
Este hilo rojo del naturalismo vitalista, con sus derivas hacia alguna orientación de carácter místico, se anuda, a través de la filosofía de Spinoza y buena parte del pensamiento kantiano sobre el asunto21, con el romanticismo, el idealismo y la Naturphilosphie, a la que antes hemos hecho referencia, y no es ajeno al vitalismo filosófico decimonónico en alguna de sus muchas variantes.
Nuestro autor llega a semejantes conclusiones recorriendo el camino hacia la biología experimental desde el marco teórico interpretativo que implica su asimilación del krausismo, exponente de este aroma intelectual, bajo el cual quedan a cubierto sus indagaciones sobre la teoría celular.
Monismo naturalista y vitalista, esa es la idea.
Monismo, porque lo real se reduce a una única entidad en la que todo cabe, de donde todo procede, aunque se despliegue en variedades de seres individuales.
Se repudian tanto visiones «pluralistas» como «dualistas».
Naturalista, porque esa entidad única es la Naturaleza.
González de Linares podría haber adjetivado —en el caso de hacerlo— su monismo como «materialista», y en tal supuesto el ser único sería calificado como material.
Pero semejante operación no cabía dentro de sus planteamientos, por cuanto, a tenor de los mismos: (a) lo material quedaba identificado con lo mecánico; (b) la Naturaleza, frente a la Materia, cabía conjeturarla como algo vivo.
Vitalista, porque todo lo que existe tiene vida, y la vida está ahí desde siempre22.
Pero las inquietudes de González de Linares como filósofo de la naturaleza no iban a finalizar aquí, pues se reservaba el remate de algunos otros intereses que recorren el conjunto de su obra desde los años setenta hasta 1893, al menos.
El primero de ellos al que queremos referirnos, profundizando en un principio sobre el que anteriormente hemos llamado la atención, se esfuerza por ofrecer una serie de consideraciones acerca de la unidad de la naturaleza y la interdependencia de todos los seres, en un artículo que lleva el significativo título de «El parentesco genealógico y el supuesto ideal en la naturaleza», expresándose en los siguientes términos:
La continuidad de la Naturaleza entera, la concreción unitaria de toda ella en cada uno de los individuos, parece exigir que la afinidad entre estos no sea parentesco ideal abstracto, sino ideal-real, esto es, genealógico.
Cada individuo natural es genéticamente pariente de todos los demás.
Lo ideal, en la Naturaleza, debe serlo al modo natural mismo: si la Naturaleza es totalidad, concreción, continuidad, continuo, concreto, genealógico debe ser lo ideal en ella (González de Linares, 1892a, p.
Aunque desde el punto de vista analítico el filósofo natural distingue claramente entre el plano real e ideal, en un segundo momento los unifica en tanto que la teoría debe seguir la estructura de la cosa, identificándose con ella, lo que parece un reflejo de la deuda filosófica que nuestro autor tenía contraída con el idealismo alemán.
El segundo foco de atención, fruto de dos artículos diferentes, renueva su interés por el carácter individual de los seres naturales, como una condición de la vida, conceptuando a los individuos como totalidades organizadas (González de Linares, 1891; 1892b), mientras que el tercero se enfrenta nuevamente con las cuestiones relacionadas con el espacio.
Si la naturaleza —viene a decir nuestro filósofo— tiene su geometría, ello significa que aquella no puede entenderse sin la unión de materia y espacio.
Pero si, como acabamos de comprobar, la naturaleza es un continuo donde evolucionan los distintos seres, la materia va unida al espacio y al tiempo, sin vacíos, pero tampoco sin rupturas, siendo espacio y tiempo las formas de la multiplicidad23.
Embarcado ya en investigaciones más propias de la biología marina, será el año 1891 una de las últimas ocasiones en las que nuestro autor ofrezca al público una reflexión mediante la que seguir reclamando la colaboración imprescindible entre ciencia y filosofía que, en su caso, viene exigida por la necesidad de establecer un concepto de individuo natural que se distancie del atomismo imperante y se enfoque desde una perspectiva que implique un compromiso intelectual de carácter holístico.
Hasta tanto que empiece á prepararse siquiera su resolución ulterior por obra simultánea de la ciencia natural y la filosofía, cuyo criterio es hoy tan radicalmente diverso; mientras no lleguen una y otra á influirse y se haga posible ascender de los hechos á las ideas, de los conceptos reinantes al concepto filosófico, y descender de este, que subsiste inmutable á través de los diversos estados de cultura, á la expresión de que debe actualizarse en el momento presente, atendidos los fenómenos que conocemos y el enlace causal que entre sí nos ofrecen; hasta que inicien, asociados empíricos y pensadores esta nueva tendencia que se impone más y más cada día, ¿puede acaso intentarse solución alguna, sin riesgo positivo, inminente, seguro, de torpes confusiones é irracionales paralelos?
Si en lo que nos hemos detenido hasta el momento, referido a la Filosofía natural de nuestro naturalista, concierne a cuestiones de carácter histórico y sistemático, hay un asunto, de orientación esencialmente metodológica, que encaja también en su Filosofía de la Naturaleza, concebida como Filosofía de la ciencia.
Se trata de cuestiones de índole epistemológica que tienen que ver con criterios de demarcación y clasificación la las ciencias, referidos en este caso a la Ciencia Naturales.
Por lo que atañe a la epistemología de la ciencia, González de Linares es de los escasos naturalistas del momento que denuncian el abismo —el «divorcio» en sus palabras— que poco a poco se va abriendo entre la filosofía y las ciencias, y lo hará en un amplio artículo de 1873 titulado Ensayo de un introducción al estudio de la Historia Natural, que apareció al año siguiente, según la costumbre de la época, en forma de folleto, y que, en su primera parte, contiene la totalidad de la Tesis doctoral de nuestro naturalista, titulada Concepto y relaciones de la Historia Natural (González de Linares, 1874, pp. 17-40).
Es sintomático del valor que los institucionistas prestaron a este texto, que el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza lo reeditó en 1905, un año después de la muerte de su autor.
Y estaban en lo cierto, pues se trataba de la más elaborada de las reflexiones epistemológicas de cuantas salieron de la pluma, tanto de filósofos, como de científicos ligados al krausismo en España.
Esta suerte de crítica de la razón experimental reclama una nueva «doctrina de la ciencia» que unifique el conocimiento como réplica a la unidad de la realidad, aportando los principios que actúen como propedéutica del conocimiento científico.
La relación entre las ciencias y la filosofía la juzga González de Linares tan pertinente que sin las aportaciones del pensamiento filosófico serían ininteligibles tanto la unidad de las ciencias físicas, como el evolucionismo de los organismos (González de Linares, 1874, p.
El trabajo es tributario del momento histórico que atravesaba esta parcela del conocimiento científico, caracterizada, entre otras cosas, por la necesidad de asentar las diversas disciplinas, buscando la identidad que permitiera establecer las diferencias en el concierto general de las ciencias, en un panorama perturbado, además, por la aparición y progresiva consolidación del paradigma evolucionista, y sobredeterminado por la presencia de interpretaciones filosóficas rivales.
Lo más significativo de dicho enfrentamiento se observa en las diferencias existentes entre el idealismo que decae y el positivismo que nace.
Aquel se instala en el a priori de la idea, mientras que este se atiene a la constancia del dato.
En esa controversia, parece que nuestro autor, al menos en este momento, quiere integrar «la idea y el hecho».
En su conjunto el texto lamenta la desvinculación entre ciencia y filosofía.
Algunas reflexiones de González de Linares son las siguientes:
a) Es necesario construir una «Doctrina de la Ciencia» —expresión de resonancias terminológicas fichteanas, pero no de contenido— para solventar el problema que implica la contradicción entre la unidad de la realidad y la dispersión del conocimiento.
b) La doctrina o teoría de la ciencia debería contener una serie de principios, conceptos y relaciones que sirvieran de prólogo o «propedéutica» a cada ciencia en particular.
De esta manera la unidad de la realidad vendría a ser conocida y explicada mediante procedimientos teóricos comunes.
c) La crítica del estado actual de la Historia Natural puede resumirse de este modo:
[...] consiste sin duda en la oscuridad reinante acerca de su contenido.
Ciencia eminentemente experimental, como no puede ménos de serlo, refleja á cada paso en la contínua mudanza de su desarrollo la incesante novedad propia del dato sensible; y divorciada en mal hora (divorcio que se explica fácilmente, pero que es difícil legitimar) de la indagación filosófica, teniéndola por estéril y aún perjudicial á veces, ha llegado á cobrar verdadera repugnancia al rigor científico, sin poder presentar en realidad otra cosa que una mera compilación, más o menos informe, de observaciones y experimentos aislados, ajenos á las más elementales exigencias de la exposición didáctica, y hasta á los más sencillos preceptos de la Lógica (González de Linares, 1874, p.
d) El concepto de una ciencia como la Historia Natural se completa con la aparición de la perspectiva evolucionista y del punto de vista genético aplicado a la formación y desarrollo de los seres naturales en el tiempo, de manera que las categorías naturalistas se funden con las historicistas.
e) El evolucionismo tiene raíces filosóficas, según se nos dice en el siguiente paso:
Baste notar que, sin conocimiento filosófico, jamás hubiera podido formarse ciencia alguna de la Naturaleza, necesitada como está y estará eternamente la experiencia de antecedentes y supuestos puros de razón, que así guían al zoólogo como al físico, al químico y al astrónomo, al geólogo y al botánico, á cuantos cultivan, en suma, alguna esfera en este orden de realidad.
La unidad de las fuerzas, en la Física; las cuestiones sobre el origen y evolución de los organismos terrestres, en la Historia Natural, pueden reputarse como las dos señales culminantes de una tendencia marcadamente filosófica en las Ciencias de la Naturaleza, aunque por desgracia, todavía harto vaga é incompleta, y desatendida por los demás (González de Linares, 1874, p.
f) La Naturaleza se conceptúa como un todo, principio, raíz y razón del conjunto de los seres, engendrados en función de su capacidad infinita, según un plan providencial —de acuerdo con el «panenteísmo» procedente de Krause, esto es, según la idea de que, sin identificar a Dios con el mundo, como sucede en el panteísmo, el mundo está «en» Dios—.
A la postre se recurre para una explicación de este tipo a la distinción spinoziana entre natura naturans y natura naturata.
g) La continuidad natural de la especie humana con especies animales anteriores se complementa con una visión diferencial, cuando se postula la existencia de un nuevo tipo de ser o reino, propio del ser humano, el reino «hominal» (sic).
El programa de investigación de carácter epistemológico que González de Linares esboza en sus años de profesor universitario en Santiago de Compostela —que tenía sus analogías con el esfuerzo por buscar enlaces entre las diferentes ciencias, planteado por aquellos años en Alemania (Helmholtz, 1876)—, queda sin desarrollar, dependiente tanto del proyecto kantiano de 1786, los Principios metafísicos de la ciencia natural25, como del propio Krause.
A ello habrían contribuido tanto causas de orden externo como interno.
Por una parte, la cuestión universitaria de 1875 enfrentó a los krausistas con su propia realidad.
Ellos mismos, profesores separados de la función pública, encontrarían un nuevo medio de vida poniendo en práctica sus ideales pedagógicos con la fundación de la Institución Libre de Enseñanza.
Por otra, para esas fechas, el desarrollo metafísico del krausismo español estaba prácticamente agotado.
Apenas habían aparecido, en el campo de la teoría, nuevas ideas después de las aportaciones poco originales de Julián Sanz del Río, expuestas con frecuencia en un castellano difícil, cuando no abstruso, rayando en ocasiones en lo críptico.
Puede afirmarse que el horizonte teórico en que se desenvolvió la actividad científica de este naturalista fue el sincretismo idealista propio del krausismo, lo que significaba ser fiel tanto al dato empírico como a la idea.
Como hemos tenido ocasión de subrayar en otros trabajos, la recepción del positivismo, que junto con el neokantismo, fueron paulatinamente reemplazando al krausismo en la España de la Restauración, hasta dar lugar a lo que, con mayor o menor fortuna se llamara «Krauso-positivismo» (Posada, 1892, 358, p.
4), no afectó, o afectó solo tangencialmente, a González de Linares, quien no tenía en gran aprecio las aportaciones de los filósofos positivistas por su escaso vuelo teórico, y juzgaba que lo que podían aportar ya se lo daban las ciencias que cultivó26.
Pero el designio del movimiento krausista iba a desplazarse y conservarse —a modo de una Aufhebung— por otros ámbitos de naturaleza más aplicada y menos especulativa, como fueron los de la educación, llevando los objetivos del imperativo de la ciencia hasta su ideario programático.
La vinculación entre el valor de la ciencia y el deber de su enseñanza se encuentra ya expuesta en un artículo de González de Linares del año 1875, formando parte de un proyecto de carácter epistemológico y pedagógico, consistente en teorizar sobre las fuentes y la enseñanza de la Historia Natural.
Concediendo un tratamiento absoluto y un valor intemporal a la verdad científica, cuya adquisición, sin embargo, viene a ser obra de la historia, nuestro autor establece un nexo estructural entre la producción y la comunicación del conocimiento.
La ciencia, que en sí misma existe eternamente formada, como el sistema absoluto de la verdad, no es para el hombre sino una obra temporal y progresiva, que mediante su actividad, desplegada en la aplicación reflexiva, ordenada, artística de todas sus facultades, y especialmente de las intelectuales ó del pensamiento, va laboriosamente conquistando en un proceso difícil, en el cual los individuos y áun los pueblos se auxilian unos á otros, para extender en el mundo los beneficios del conocimiento y de su luz, maestra de la vida. [...]
Ahora, la construcción de la ciencia como obra de la actividad humana, y obra tanto individual como social, consta de dos funciones: la investigación de la verdad y su comunicación por parte del investigador á los demás hombres: la indagación y la enseñanza, la heurística y la didáctica, como suelen también denominar los lógicos (González de Linares, 1875, pp. 271-272).
La personalidad intelectual de Augusto González de Linares hay que juzgarla en su conjunto, sumando sus contribuciones científicas a sus aportaciones filosóficas, aún si el resultado respira un cierto aire «heterodoxo».
El naturalista cántabro fue quizá uno de los últimos pensadores en lamentar los errores a que conducía el divorcio entre ciencia y filosofía, y el primero de su generación en vindicar con fuerza un marco epistemológico de naturaleza filosófica con el que legitimar y ubicar a cada una de las especialidades científicas.
Pero después de él, el tiempo de la cultura filosófica como base de las ciencias pasó literalmente, no diré si con fortuna, a la historia. |
El Gran Catharro (1580) es considerado como la primera epidemia de gripe.
El análisis conjunto de los datos contenidos en diferentes testimonios, suscita dudas respecto a que se tratara de una epidemia de gripe y apoyan la posibilidad de que se tratara de una de tos ferina.
La utilización de vacunas contra la Bordetella Pertussis, bacteria productora de la tos ferina, ha producido en las últimas décadas una reducción espectacular de su morbilidad y mortalidad, fundamentalmente en los países industrializados.
La tos ferina pasa en la historia por ser una enfermedad infantil muy contagiosa, ----en la que prácticamente el 100% de los niños receptivos de un mismo foco contraen el mal, después de haber estado en contacto con el sujeto infeccioso 1.
Y de hecho la mayoría de infecciones se ven en niños menores de un año.
La tos ferina tiene su agente causal en la Bordetella Pertussis, bacteria que produce la enfermedad en humanos y para la cual no se conoce ningún otro reservorio animal o ambiental.
Su incidencia, morbilidad y mortalidad se vieron reducidas drásticamente tras la introducción de la vacuna en 1949.
Pero la tos ferina sigue siendo endémica en todo el mundo y puede afectar cada año a más de 60 millones de personas, pudiendo matar alrededor de 360.000 niños de los cuales más de dos tercios son lactantes 2.
Los primeros ensayos llevados a cabo de una vacuna tuvieron lugar en las islas Feroe, durante los años 1923 y 1924, procediéndose a realizar posteriormente otros ensayos sobre varias vacunas en los Estados Unidos e Inglaterra.
En el comienzo de la vacunación en USA, en 1948, y su generalización a partir de 1953, la vacuna contenía bacterias enteras inactivadas; se procedió a su introducción posterior en un gran número de países industrializados.
Todo esto se pudo realizar gracias a los trabajos llevados a cabo en 1906 por Bordet y Gengou 3, mediante los cuales se procedió a aislar la bacteria Bordetella Pertussis.
Más tarde los trabajos de Eldering y Kendrick 4 aislaron la Bordetella Parapertussis, responsable del 5% de casos de tos ferina.
En los últimos años, estamos asistiendo a un aumento de los casos en niños y adultos, aspecto que se puede atribuir a la disminución de la inmunidad, que ocurre con el paso del tiempo, disminución que se produce incluso en las personas vacunadas 5.
Nuestra preocupación por la climatología -y su posible impacto en la aparición y desaparición de enfermedades infecciosas-nos llevó a concentrar nuestra atención en una situación específica como fue el Gran Catharro de 1580.
Los datos que fueron apareciendo, y su análisis comparativo, nos indujeron a pensar que la identificación de este proceso como una gripe, no estaba tan clara.
En este sentido, el análisis de aspectos relacionados con la sintomatología descrita en diversos textos, de aspectos relacionados con la climatolo----- gía y cuestiones relacionadas con la inmunidad, pueden ser ilustrativos para analizar la posible evolución que se puede producir en un futuro.
El Gran Catharro es reconocido como la primera epidemia de gripe de diseminación global por múltiples autores 6, aunque nuestra búsqueda no ha proporcionado estudios históricos o diagnósticos específicos respecto de la evolución de esta epidemia de gripe.
Dicha epidemia comenzó en Asia y de allí pasó a Europa y América.
Casi toda Europa fue afectada en seis semanas, y se dice que sólo el veinte por ciento de la población escapó de la enfermedad.
Los criterios de definición de las enfermedades infecciosas durante el periodo pre-laboratorio de la medicina, anterior a la primera mitad del siglo XIX, y los actuales de la medicina contemporánea son muy diferentes.
Por ello nuestro análisis debe de ser entendido manteniendo las correspondientes salvaguardas y cautelas 7, que deben plantearse, a la hora de hablar de un diagnóstico retrospectivo, tal y como Cunningham 8 reconoce, y ha sido recogido por Arrizabalaga 9.
Con anterioridad, los diagnósticos sólo podían ser realizados a partir de los síntomas y el curso clínico, después del desarrollo del laboratorio los criterios han cambiado, lo que nos lleva tal y como dice Cunningham a que seamos incapaces de afirmar que, procesos que han sido definidos actualmente sean iguales o similares a otros anteriores, siendo mayor la dificultad cuanto mayor es el salto temporal efectuado.
Por otra parte Grmek 10 planteó, que la identificación de enfermedades del pasado en términos nosológicos actuales es factible siempre que se disponga de fuentes y materiales apropiados.
En última instancia, hay que reconocer como dice Arrizabalaga 11, que este tipo de construcciones históricas se enfrentan a la imposibilidad de reproducir las condiciones biológicas y ecológicas, fenómeno que es inconce----- 9 ARRIZABALAGA, J. (1993), «La identificación de las causas de muerte en la Europa pre-industrial: algunas consideraciones historiográficas», Boletín de la Asociación de Demografía Histórica, XI (3), 23-47.
bible actualmente por razones técnicas y éticas que serían, en todo caso, la prueba definitiva que las validase o refutase.
Con el estudio de casos, en la historia, podemos obtener algunas ideas, de lo que podría producirse en una situación de déficit de inmunidad, por pérdida de ella o disminución de ésta ante una ausencia prolongada de contacto con la bacteria.
Situación que si se baja la guardia, podría reproducirse en algún momento.
En nuestro país, desde 1965, existe un programa de vacunación con difteria, tétanos y tos ferina, pero a pesar de ser uno de los países con mayor cobertura vacunal (superior al 95%), recientemente se ha comunicado en el marco del II Congreso de la Asociación Española de Vacunología (AEV), celebrado en las Palmas de Gran Canaria, que en uno de cada cuatro casos de tos ferina en niños menores de un año, la fuente principal de la infección es un adulto que vive con el bebé, e incluso, se han producido brotes epidémicos, tales como el ocurrido en la Provincia de Castellón en el año 2002 13.Si bien es cierto que ha transcurrido mucho tiempo desde que tuvieran lugar los eventos del Gran Catharro de 1580, todos estos datos pueden, en cierto modo, proporcionar información que nos permita enfrentarnos, de distinta manera, a los múltiples casos de tos que en algún momento se pueden ver actualmente en la clínica.
Casos con una evolución similar a un catarro y que, en realidad, pudiera ser que se estuviera tratando de una tos ferina.
Couzigou y Flahault 14 plantean que, incluso entre médicos con un particular compromiso con los temas de salud pública, la tos ferina no está claramente considerada como causa de tos persistente en adultos; la posibilidad de este diagnóstico sólo valdría en los casos donde los síntomas son realmente severos.
En este sentido, se ha procedido a realizar el análisis de testimonios relacionados con el Gran Catharro que tuvo lugar alrededor de 1580 y que se extendió a lo largo y ancho del sur de Europa.
A este fin se han consultado diferentes archivos, entre ellos los históricos de los Ayuntamientos de Barce-----12 MURRAY, P. R.; ROSENTHAL, K. S.; KABAYASI, G. S., y PFALLER, M. A. ( 2002), Microbiología médica, Madrid, Mosby.
14 COUZIGOU, C. y FLAHAULT, A. ( 2003), «Is Pertussis Being Considered as a Cause of Persistent Cough among Adults?», European Journal of Epidemiology, 18, 1.013-1.015. lona y Valencia y el de la Diputación Provincial de Valencia, el cual contiene los fondos del Hospital General valenciano.
A partir de los archivos y de diferentes publicaciones independientes se han compilado testimonios de la época del Gran Catharro; realizándose, a continuación, el cotejo y análisis de los datos contenidos en los diferentes testimonios con los del síndrome clínico de la tos ferina y de la gripe, y a partir de ahí, proceder hasta donde ha sido posible a un diagnóstico diferencial.
Aunque el Gran Catharro de 1580 había sido catalogado en algunas publicaciones como gripe, hay determinados datos que inducen a pensar que no se trataba de tal.
La infección a causa de la Bordetella Pertussis se inicia con la inhalación de la bacteria en forma de aerosol, y la adherencia de ésta a las células epiteliales ciliadas del tracto respiratorio y su posterior crecimiento.
Transcurridos entre siete y diez días de incubación, se suceden tres etapas; la primera o catarral, con sintomatología que tal y como su nombre indica, es parecida a un catarro común, con rinorrea serosa, estornudos, malestar general, anorexia y febrícula, siendo este el momento de mayor nivel en la proliferación de la bacteria y por lo tanto de máximas posibilidades de transmisión.
Después de una o dos semanas, aparece la fase paroxística o períodos de tos repetida seguidas de un estridor respiratorio, en la cual las células ciliadas son expulsadas del árbol respiratorio e incrementándose la producción de moco, el cual, es en parte responsable de producir la obstrucción del flujo aéreo.
La fase paroxística acaba generalmente con vómitos y estado de agotamiento.
Después de dos a cuatro semanas la enfermedad entra en la tercera y última etapa o de convalecencia15.
Entre las diferentes referencias que hemos podido analizar, relacionadas con el Gran Catharro de 1580, encontramos un testimonio fiable e independiente respecto de las autoridades municipales del momento, en la ciudad de Barcelona, el padre Pere Gil, el cual, aunque contemporáneo del contagio, redactó su ----testimonio en un libro veinte años después16.
Los numerosos contactos con jesuitas, incluidos en su escrito -en donde relata la extensión de la epidemia aportando datos incluso de América-, dan fiabilidad al testimonio:
Por otro lado Despalau17, había relatado que:
Vingue una manera de catarro en barcelona que donaua febra y tos y algunes dolos que tota la yent de barc. ne pasa y sen moriren molt y vingue dit catarro del final del camp ol rey de fransa. y lo qual feu estrago molt gran ali a quaranta galeres que aguardavan los soldats de flandes los quals avien de venir a espaya y la guerra de portugal: feu tambe grandisim dany a perpinya y girona y casi per tota catalluya.
E indicaba algunos síntomas, pero poniendo el énfasis en los daños, incluso militares, que pudo provocar la epidemia.
Otro aspecto a destacar fueron las referencias climatológicas que este autor realizó 18:
Referencias climatológicas que eran coincidentes con un contexto climático tremendamente anómalo: en aquellos años, se empezaba a producir una oscilación climática con incremento de los episodios de lluvia extremos, temporales, grandes nevadas y olas de frío.
Era la primera manifestación dura, de lo que desde mediados del siglo XIV estaba ocurriendo en latitudes más altas (Noruega, Islandia, Groenlandia) y que conocemos como miniglaciación (Lit-----tle Ice Age ó Kleine Eiszeit).
Situación con diferentes pulsos y «pausas» que se prolongó hasta mediados del siglo XIX 19.
Aunque este no es el caso que nos ocupa, ya que, como se puede apreciar en el siguiente comentario 20 fonc servit nostre senyor per nostres culpes que del dia de nostra senyora de agost fins lo dia de St. Roch caygueren malalts en la present Ciutat de Barcelona mes de vint Milia persones (que suponía para la época un 80/90 % de la población) malaltes de una constitució de ayre calent, lo qual invadia a tots sense ningun discrim y cayent malalt hu en una casa tots ne passaven.
La epidemia comenzó en un momento de aires de poniente, lo que hace suponer temperaturas altas.
Los datos fueron registrados siguiendo la tradición galénica medieval, reconociendo en primer lugar, y a nivel posiblemente remoto, la intervención divina e incorporando el concepto de culpa en su generación.
En un segundo nivel o intermedio, el aire se consideró alterado, y productor de una reacción hostil en cuerpos predispuestos, ya que acarreaba un agente nocivo o tenía sus cualidades alteradas, y por último, a nivel próximo, tal y como se puede apreciar en las citas que aparecerán a continuación, la correspondiente alteración humoral que produce la sintomatología en los afectados 21.
Hay una cierta discrepancia, entre los autores citados, a la hora de plantear el comienzo de la epidemia, encontrándose diferencias de prácticamente hasta dos semanas entre el primero de Pere Gil y el último.
Despalau 22 habla de que la epidemia comenzó el 4 de agosto y el Manual de Novells Ardits asigna el comienzo de la epidemia al día de Nuestra Señora, con lo que se puede suponer que está hablando del 15 de agosto.
Estas discrepancias no son extrañas, dadas las dificultades del momento para realizar una adecuada recogida de datos, y por lo tanto, para la obtención de un cierto nivel adecuado de exactitud.
Y BARRIENDOS (1999), «La climatología histórica en el marco geográfico de la antigua monarquía hispana», Scripta Nova.
Revista Electrónica de Geografía Ciencias Sociales, Universidad de Barcelona, no 53, 1 de diciembre de 1999.
veinte años, lo que hace, que no sea extraña su falta de coincidencia.
No obstante su testimonio se ubica en un adecuado punto medio23.
Yo estava en Barcelona, y me certificaren molts, que casi tots los ossells de gabia de Barcelona moriren.
Adverti que de mil persones, apenas ne campava una, que no tingues catarro.
Respecto a la sintomatología referida por los distintos autores, se ha querido poner primero la más reciente en el tiempo, ya que en ésta el padre Pere Gil procede a realizar una descripción previa e introductoria, sin demasiada concreción, debido posiblemente a la lejanía de su descripción con respecto al momento del suceso24: Donava un dolor de cap cruelissim.
Era tan resia la febre que pareyxia pestilential: y della restavan las personas tan debilitadas, que havian menester molts dies per la convalescencia.
Curayanlo los metges ab sola dieta, sens sagnia; y la dieta no era molta: y donavan bons aliments de caldos sustanciosos, y medicaments per ablanir y arrancar.
Por otra parte, la descripción que se realiza en el Manual de Novells Ardits es la siguiente25: gran dolor de cap, gran difficultat de ale y portave una veu ronca y apres una orror de fret y apres febra y apres tos mol gran, la qual los primers dies apparie la tos era seca sense arrencar res, y apres passat lo sete o quatorze scopien molt del pit, y mes en tot lo progres que staven malalts tenien una llassitut y desgana de tot lo cors y debilitacio molt gran de virtut y desgana molt gran de menjar qualsevol vianda, y tenien molt gran vigilia per causa de la tos, y molts en la fi de la malaltia tenien cambres y molts suaven, la qual evaquacio de suor a molts curave y feu molta utilitat.
Es una descripción bastante pormenorizada, basada en el relato próximo y fundamentado en la experiencia, que se ha obtenido con la visión de muchos ----casos similares.
Al ser cronológica permite realizar el seguimiento y evolución del conjunto de los casos.
Es esta descripción, la que nos hace dudar de la afirmación de que se pudiera tratar de una gripe, tal y como en múltiples escritos se ha venido recogiendo.
Al comienzo de este apartado, se realizó la descripción de la sintomatología de la tos ferina y la descripción que encontramos en el Manual de Novells Ardits, parece reflejar de manera clara las tres fases por las que transcurre esta enfermedad.
Por otra parte, los datos que permiten dudas de que este brote epidémico pudiera ser considerado como gripe, son los siguientes.
En primer lugar, la duración de la clínica, ya que la duración estimada de la gripe es de siete a diez días máximo, con posibles complicaciones respiratorias por infecciones bacterianas.
Siendo la aparición del clásico síndrome gripal bastante temprana, entre los dos y los cuatro días y extraño que todos los afectados sufran de complicaciones y/o infección respiratoria.
Y en segundo lugar, es un brote que aparece en verano, durante los meses de agosto y septiembre y con temperaturas altas, tal y como describe ese Manual.
En la descripción que encontramos en el Manual, la sintomatología se alarga hasta los catorce días y más, con el correspondiente período paroxístico y la posterior convalecencia, «los primers dies apparie la tos era seca sense arrencar res, y apres passat lo sete o quatorze scopien molt del pit,... y tenien molt gran vigilia per causa de la tos».
Por otra parte en esta etapa se superponía el comienzo del período de convalecencia: «tenien una llassitut y desgana de tot lo cors y debilitacio molt gran de virtut y desgana molt gran de menjar qualsevol vianda».
En este sentido el gran número de casos, que supusieron el 80-90 % de la población, no es habitual en una epidemia de gripe aunque, en esta línea, se podría admitir un argumento que es válido para ambos casos: gripe y pertussis, ya que se trataba de una población con carencias de todo tipo.
Asimismo, en dicho Manual 26 se encuentran referencias a testimonios de médicos que habían observado esta enfermedad en Francia en 1507 y 1510.
Es interesante analizar que un contemporáneo de la epidemia de 1580, Guillaume de Baillou (1538-1616), decano de la facultad de medicina de París, fue probablemente el primero en describir la tos ferina en 1578 bajo el nombre de Tussis Quintana, con el siguiente contenido: ----Jam ante de aeftatis initio dictum est:: sub sinem aeftatis ídem fere morbi qui & antea viguerunt.
La proximidad de esta descripción y la epidemia, nos llama la atención a pesar de que los autores del Manual de Novells Ardits fueran desconocedores de sus trabajos.
Lo cual plantea una vez más serias dudas acerca de que este episodio fuera una gripe, dado que distintos autores de la época habían proce-----dido a una descripción diferenciada.
Contemporánea de esta descripción es la que se puede encontrar en un artículo del periódico Davenport Times de Davenport en Ohio, de fecha 2 de Junio de 1900.
El Coqueluche en Paris, año 1580 -Desde el dos al ocho de Junio cayeron enfermas en París 10.000 personas de una enfermedad con forma de reuma o catarro, que llamaban 'coqueluche'.
Esta enfermedad atacaba con dolor de cabeza, estomago y piernas y lasitud en todo el cuerpo, y continuo en el conjunto del reino de Francia mientras el año no se acabe, así que una vez haya finalizado ninguno en ciudad o casa de pueblo haya escapado.
Por otra parte, la gripe tiene una rápida evolución y no respeta poblaciones, extendiéndose por todo el territorio.
En Villalba29, nos encontramos los siguientes textos referidos al año 1580: «A 31 de Agosto de 1580 empezo en España la enfermedad contagiosa del catarro, la qual casi despobló a Madrid y otras muchas villas y ciudades».
Y «en 1580 hubo la enfermedad del catarro que cundió tanto, que dentro de diez o doce dias enfermaron en la ciudad (Barcelona) mas de veinte mil personas, de que murieron muchos: hallándose anotado que en 7 de Septiembre estaban con esta dolencia todos los vecinos».
Aunque en este texto se habla de que casi se despobló Madrid y otras muchas villas y ciudades, parece ser que su incidencia no fue generalizada en todo el territorio de la Península Ibérica.
Los reyes Don Felipe II (1527-1598) y Doña Ana de Austria se infectaron, tal y como se recogió en la Memoria de los primeros frailes que vinieron a fundar este monasterio de Sant Lorenzio el real30.
El rey estuvo al borde de la muerte, salvándose, suerte que no corrió su esposa Doña Ana de Austria que murió embarazada.
Este hecho lo consideramos de importancia ya que habiéndonos dirigido al Archivo Histórico Municipal de Valencia (AHMV), en el Llibre de Pregons i Rogatives de 1579-1595 encontramos una llamada a la alegría y gracias, por ----la mejora de la salud de su majestad Felipe II, el 20 de agosto de 1580 y posteriormente, para el 3 de octubre de 1580, la organización de una procesión de gracias por la mejora de la enfermedad del rey 31.
Las noticias corrían en este caso más que la enfermedad, ya que no encontramos en este libro ni en ningún otro, de los que tradicionalmente contienen referencias a las actuaciones del Consell de la ciudad, ningún dato adicional relativo a esta epidemia.
Lo cual, por tanto, se podría interpretar como que no hubo ninguna incidencia epidémica, aspecto este que podría ser considerado como un dato más a la hora de sostener las dudas, acerca de que se tratara de una epidemia de gripe, dadas las características que la evolución de la gripe presenta normalmente.
Siendo sorprendente, que en el caso de que se tratara auténticamente de gripe y dada la incidencia que esta enfermedad presentaba en el resto de las ciudades afectadas, no se hubiera extendido también a la ciudad de Valencia.
Por otra parte, el padecimiento de una epidemia de estas características hubiera dejado un rastro documental importante en las instituciones sanitarias de la época, al igual que ocurrió en otras ciudades europeas, tales como Milán o Roma, cuyos registros hospitalarios fueron estudiados en relación con epidemias de gripe por Lancisi y Gagliardi 32.
La revisión de los libros de ingreso de enfermos del Hospital General de Valencia 33 del periodo comprendido entre junio y noviembre de 1580, tramo que comprende ampliamente el espacio de tiempo de la epidemia de Barcelona, nos impresiona negativamente a la hora de hablar de una gripe.
Las cifras de ingresos de enfermos oscilaron desde los 256 de junio a los 261 de noviembre, manteniéndose el resto de los meses dentro de la normalidad: en julio ingresaron 258 enfermos, en agosto 284, en septiembre 283 y 345 en octubre.
Este último dato de octubre nos llamó la atención, por lo que procedimos a su desglose, con la intención de descartar la posibilidad de un patrón infeccioso, pero los casos presentaban una evolución anárquica lo que evidenciaba un incremento de la morbilidad sin mantener una estructura regular.
A esto hay que añadir que, en el mes de octubre, la epidemia había cedido en la ciudad de Barcelona, y que la diferencia numérica de enfermos ingresados, con el resto de los meses no era muy importante.
Difusión témporo-espacial e interpretaciones contemporáneas», Dynamis, 1, 51-86.
33 Archivo Histórico de la Diputación de Valencia: IV enfermos.
IV.2 Ingresos, estancias y altas, 1580. los ejemplos anteriormente comentados de Roma y Milán, los incrementos de ingresos hospitalarios y la alta mortalidad padecida, nos permite descartar que se tratara de un proceso similar en el área de Valencia.
Más aún por cuanto, ya en 1826, Jones un médico americano escribió34: el simple hecho es... que esta epidemia de [gripe] afecta al conjunto de la región en el espacio de una semana; y mucho más que esto, al conjunto de un continente tan extenso como Norteamérica... en el plazo de una pocas semanas.
Volviendo a la ciudad de Barcelona, cada enfermo sanaba según su constitución, fallecían con más facilidad los que «tenien los pits guastats y vells, y molts xics de llet y moltes dones prenyades» (Manual de Novells Ardits, 1580), los pequeños morían por falta de leche, los viejos por no tener fuerza para expectorar y las mujeres embarazadas porque al hacer fuerza para toser abortaban.
El padre Pere Gil hace referencias a similares condiciones35:
Moriren molts infants, y moltas personas vellas, y debils, y enfermisas.
Y las personas que actualment estavan malaltas, sobrevenint los dit catarro casi totas moriren.
Succey en Barcelona; que per espay de quinze ò vint dias: apenas se pogueren fer sermons, ni cantar los officis, en las Parrochias, y enlos Monestirs; ni dirse missas bayxas sino molt poques.
E incluye aspectos tales como las dificultades que esta epidemia conllevó para la realización de actos públicos y una referencia específica a los distintos nombres que recibió la epidemia.
Por último es de destacar la capacidad de observación de Pere Gil, que incluye en su escrito una referencia a la mortalidad avícola en la ciudad de Barcelona: «me certificaren molts, que casi tots los ossells de gabia de Barcelona moriren.
Aspecto éste que puede ser atribuido a ambas patologías, gripe y pertussis, ya que, como en muchas otras enfermedades infecciosas respiratorias, lo pájaros y los humanos somos susceptibles de contraer la infección.
----El tratamiento proporcionado, por los médicos en este tiempo, tal y como viene descrito por Pere Gil -«curayanlo los metges ab sola dieta, sens sagnia; y la dieta no era molta: y donavan bons aliments de caldos sustanciosos, y medicaments per ablanir y arrancar» 36 -y por Desplau -«la cura feren los metges en dit malson molta dieta y ayunes. los qui foren segnats sen moriren molts» 37 -, se componía única y exclusivamente de una dieta reducida, combinada en algún caso con ayunas.
Aparentemente, la sangría no estaba recomendada en estos casos, a los cuales posiblemente se les administraba algunas sustancias que tenían efecto emoliente, favoreciendo y suavizando la expectoración.
Coincidían los galenos catalanes con los franceses en el tratamiento ya que en el diario de Pierre de L'Estolla citado anteriormente, también se podía encontrar una referencia al tratamiento que se aplicaba para esta alteración en la ciudad de París:
El mejor remedio que han encontrado los médicos es hacer que el enfermo se abstenga de tomar vino.
A algunos de ellos se les ordena sangrías y ruibarbos a otros tapioca y finalmente encontraron lo mejor, mantener al enfermo en la cama y permitirles comer y beber poco.
A partir del análisis de los testimonios encontrados, defendemos la hipótesis de que el episodio del Gran Catharro de 1580 podría tratarse de un brote epidémico de tos ferina.
Los datos obtenidos suscitan suficientes dudas respecto a que se trate de una epidemia de gripe y apoyan de una manera más decidida la posibilidad de que se tratara de una epidemia de tos ferina.
Aunque todo ello debe entenderse con la cautela que el tiempo transcurrido impone y la necesidad de continuar profundizando en la búsqueda de testimonios que permitan una mejor aproximación al evento. |
Nutrición y salud pública: políticas de alimentación escolar en la España contemporánea (1931-1978)
El trabajo aborda los antecedentes históricos de las políticas de alimentación escolar en la España del siglo XX, a través del análisis del corpus normativo y de los textos y materiales que generaron organismos nacionales e internacionales que participaron en su implementación.
La investigación muestra el impacto que tuvo el contexto internacional y en particular los acuerdos que se alcanzaron durante el primer franquismo con los Estados Unidos y con la FAO y UNICEF, en el desarrollo de dichas políticas.
El carácter filantrópico de las primeras cantinas fue sustituido por una creciente implicación del ámbito público, al incorporar la alimentación de los escolares como objetivo de las políticas sanitarias y educativas de la Segunda República.
La Ley de Educación Primaria de 1945 permitió la gradual institucionalización de la alimentación escolar.
La creación en 1954 del Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición y la necesidad de coordinar la ayuda norteamericana facilitaron la implementación de programas como el de Productos Lácteos pro Bienestar Infantil y Social o el de Educación en Alimentación y Nutrición, lo cual permitió implantar el complemento alimenticio en escolares y llevar a cabo un conjunto de actividades educativas coordinadas encaminadas a mejorar su alimentación.
Una correcta alimentación repercute positivamente en la salud y en la población infantil despierta un especial interés ya que constituye un elemento fundamental para su completo desarrollo (Rigolfas, Padró y Cervera, 2010).
En el año 2005 el Ministerio de Sanidad y Consumo puso en marcha la Estrategia NAOS (Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad) para sensibilizar a la población del problema de la obesidad e impulsar iniciativas que contribuyan a lograr que los ciudadanos, y especialmente niños y jóvenes, adopten hábitos de vida saludables, principalmente a través de una alimentación equilibrada y de la práctica de actividad física (Agencia Española de Seguridad Alimentaria, 2005).
Bajo las directrices de la Estrategia NAOS, en el año 2006 se puso en marcha el programa piloto PERSEO, para promover la adquisición de hábitos alimentarios saludables, estimular la práctica de actividad física entre los escolares y prevenir la aparición de obesidad y otras enfermedades.
Sin embargo, como se podrá comprobar, en el caso español existían importantes antecedentes en materia de políticas relacionadas con la alimentación de los escolares.
El objetivo de este trabajo es, en primer lugar, analizar la evolución de las iniciativas de alimentación escolar que se pusieron en marcha en España a lo largo del siglo XX y el contexto en el que se implantaron.
En segundo lugar, mostrar la importancia de tomar en consideración la experiencia histórica en el momento de diseñar y establecer políticas alimentarias.
Para ello, junto al análisis de la legislación promulgada durante el período 1900-1978, se han utilizado sobre todo los textos y materiales que generaron el Programa de Educación en Alimentación y Nutrición (EDALNU) y organismos nacionales como el Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición (SEAN) o internacionales como la FAO.
EL ANTECEDENTE DE LAS CANTINAS ESCOLARES EN LAS PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XX
A finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, el movimiento higienista español, al igual que ocurrió en el ámbito internacional, avanzó en el desarrollo del concepto de «infancia protegible» (Perdiguero, 2004; Barona, 2006).
Al mismo tiempo que tenía lugar un creciente interés sanitario por los problemas relacionados con la alimentación y la nutrición de la población (Bernabeu-Mestre et al., 2011; Bernabeu-Mestre, Trescastro-López y Galiana-Sánchez, 2011), primero desde el ámbito de la filantropía y con posterioridad desde la administración sanitaria y educativa, se fueron configurando iniciativas y políticas encaminadas a conseguir que la alimentación y nutrición de los escolares fuera adecuada en función de su edad y necesidades fisiológicas (Scott, 1954).
Como ocurría en el contexto internacional (Hendrich, 1992; Barona, 2012) en España, muchas de esas iniciativas se tradujeron en la creación de cantinas y colonias escolares, algunas mantenidas por asociaciones como la de Caridad Escolar, la del Desayuno Escolar o la del Niño Descalzo, entre otras (Trescastro-López, Bernabeu-Mestre y Galiana-Sánchez, 2011)1.
Conocidas en el ámbito de la pedagogía como «instituciones circumescolares» tenían una doble misión (Hernández, Hernández y Sanromà, 2005).
Por un lado, proporcionaban una alimentación que fuera «sana y abundante», para cubrir las necesidades de los niños2 y por otro se aprovechaba su potencial educativo.
La educación no solo se limitaba al aspecto alimentario, sino también al «higiénico y moral», contribuyendo a la adquisición de «buenos modales y hábitos de orden y limpieza».
Tal fue el interés que despertaron estas iniciativas filantrópicas, que en 1912 el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, además de reconocer su labor3, estimó conveniente reunir los datos referentes a su organización y funcionamiento para conocer los resultados y analizar sus objetivos, aunque finalmente no se llegó a publicar dicha información4.
En 1921 se crearon 3 plazas específicas de maestras para reforzar la labor de la cantina del Grupo Escolar Cervantes de la Escuela Graduada de Magisterio de Madrid5.
En las décadas de 1920 y 1930, desde el Ministerio se incoaron diversos expedientes que permitieron clasificar algunas cantinas como «Asociación benéfico-docente de carácter particular», tal como ocurrió con el Patronato de Cantinas y Colonias Escolares de la Coruña, o la Cantina Escolar de Benavente, entre otras6.
Así mismo, en el marco de las campañas institucionales destinadas a abordar el problema sociosanitario de las Hurdes (Sánchez-Granjel, 2003), se concedió una cantidad de 10.000 pesetas para la implantación de cantinas escolares7.
LAS INICIATIVAS DE LA 2a REPÚBLICA
Tras una primera etapa donde la iniciativa filantrópica fue esencial para la creación, mantenimiento y funcionamiento de las cantinas, se produjo su progresiva asunción pública.
Las cantinas modificaron su concepción de instituciones benéficas y en 1931, el Gobierno republicano socialista, de acuerdo con sus políticas en materia educativa y sanitaria (Barona y Bernabeu-Mestre, 2008), decidió integrarlas en la obra educativa de la escuela y decretó que los consejos locales de primera enseñanza crearan cantinas en cuantas escuelas fuera posible y se sostuvieran con las subvenciones del Estado y municipios, además de donativos, colectas y suscripciones8.
Aunque se continuó reconociendo la condición de «Asociación benéfico-docente de carácter particular»9, desde el ámbito gubernamental se realizó un importante esfuerzo presupuestario para su mantenimiento.
Por otra parte, en un intento por regular su actividad y conseguir sus objetivos, se intensificó la reglamentación sobre las cantinas.
Para que las subvenciones llegaran al mayor número posible se creó en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes una Comisión Central de Colonias, Cantinas y Roperos Escolares, encargada de la distribución del presupuesto, de normativizar la concesión de ayudas y de inspeccionar que cumplieran su «alta función educadora» 12.
En 1935 el Ministerio resolvió que en toda escuela nacional de primera enseñanza habría de existir una comisión protectora y los inspectores de primera enseñanza debían comprobar, no solo la inversión de los fondos, sino también el programa de alimentación y la selección de alumnos beneficiarios.
En consonancia con el desarrollo que estaba alcanzando la nutrición comunitaria (Bernabeu-Mestre, et al., 2011, p.193), la supervisión sanitaria de las cantinas recayó en los médicos de asistencia pública domiciliaria, en aquellos casos en los que no existía la figura del inspector médico escolar de distrito (Ballester, 1994).
Además, aquellas cantinas escolares que venían funcionando a cargo de «Asociaciones, Juntas o Comisiones», pasaron a integrarse en el organigrama de control y supervisión13.
Estas iniciativas encaminadas a conseguir la institucionalización pública del modelo de cantinas se vieron afectadas por la guerra civil, período durante el cual únicamente se otorgaron subvenciones para organización y mantenimiento de servicios básicos14, dotación de enseres y menaje imprescindible15 y para hacer frente a los gastos de alimentación de la infancia evacuada16.
LA ALIMENTACIÓN ESCOLAR DURANTE EL FRANQUISMO
La alimentación escolar durante el franquismo tuvo un antes y un después con la promulgación de la Ley de Educación Primaria de 1945.
Durante los primeros años de posguerra se produjo un importante deterioro nutricional de la población (Del Cura y Huertas, 2007); sin embargo, aunque el Estado continuó subvencionando con cantidades variables las cantinas, el presupuesto asignado disminuyó en relación con el período republicano17 (Figura 1).
Importe destinado a cantinas y comedores escolares
El 17 de julio de 1945 se promulgó la Ley de Educación Primaria, y en ella se intentó recoger las iniciativas que tenían como objetivo proteger a la infancia.
En su artículo 12 se especificaba: «la enseñanza obligatoria llevará consigo la debida protección para aquellos escolares que por su pobreza no pudieran concurrir a las Escuelas sin asistencia de alimentación y vestido».
En el artículo 47 del capítulo V, en el apartado dedicado a las actividades complementarias a la escuela, se detallaba que en este grupo quedaban comprendidas cuantas instituciones tuvieran por misión el cumplimiento del artículo 12 y declaraba:
para alimento y vestido de los niños se crea en todas las Escuelas públicas (...) el servicio de comedores y roperos escolares.
Los niños pudientes que utilizaren el comedor o el ropero escolar abonarán el importe que corresponda (...).
Los niños que carezcan de recursos disfrutarán del servicio gratuito, y su sostenimiento corresponderá, en todo o en parte, al Estado y a las Corporaciones públicas (...)18.
Fue a partir de este momento, cuando la gestión, coordinación y mantenimiento de las cantinas o comedores pasó a ser asumida plenamente por la iniciativa pública.
Como consecuencia del desarrollo de dicha Ley, en 1952 se creaba el «Servicio de Protección de la Alimentación Escolar Infantil» (tabla I) con el objeto de «perfeccionar en todos los aspectos la nutrición de los alumnos de las escuelas nacionales y de orientar debidamente los comedores escolares sostenidos por el Ministerio de Educación Nacional, así como instruir a las familias en orden a la alimentación de sus hijos»19.
Dos años más tarde, en 1954 (tabla I), se firmó un convenio entre el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el Gobierno español, y se organizó un sistema de ayudas destinadas a niños, adolescentes, mujeres embarazadas y lactantes.
Dicho convenio permanecería en vigor durante el tiempo necesario para que los planes de operaciones pudieran llegar a ejecutarse20.
Ese mismo año se creó la Comisión Interministerial para el Auxilio Internacional a la Infancia21 (CIAII) en el Ministerio de Asuntos Exteriores (tabla I).
La CIAII sería la encargada de la ejecución práctica del convenio, la preparación y elaboración de los planes de operaciones y la utilización y distribución de los artículos que el Fondo facilitara.
Fruto de la labor de la CIAII, a lo largo de las décadas de 1950 y 1960 se fueron aprobando e implantando diversos programas nacionales: el de productos lácteos pro bienestar infantil y social; el de educación en alimentación y nutrición (EDALNU), el de sanidad (prematuros, rehabilitados, tracoma, etc.), el de ayuda social americana, etc., todos relacionados con los planes de operaciones suscritos con los Organismos Internacionales UNICEF, FAO y la National Catholic Welfare Conference (NCWC)22.
También en 1954 (tabla I), se creaba el Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición (SEAN) dependiente de la Dirección General de Enseñanza Primaria con el objetivo de poner en práctica el artículo 47 de la Ley de Educación Primaria.
Entre las funciones del SEAN destacaba la misión de organizar, distribuir e instalar los medios necesarios para el establecimiento del complemento alimenticio y cooperar en la orientación dietética en la edad escolar23.
El SEAN tenía una doble misión, por un lado asegurar a los alumnos que acudían a los comedores y colonias una alimentación adecuada e influir, a través del niño, en la educación sanitaria de la familia (Servicio Escolar de Alimentación, 1955, p.
Por otro, coordinar las políticas e iniciativas nacionales y la ayuda internacional.
Se trataba de un conjunto de actividades en las que estaban implicados diversos ministerios y direcciones generales (Vivanco, 1965; Trescastro-López y Trescastro-López, 2013).
En diciembre del mismo año24 se amplió la composición y funciones de la CIAII al extender sus competencias a la distribución de los suministros que facilitara a «Caritas» la NCWC.
En 1955 se publicaron las normas ejecutivas para el desarrollo de la «Ayuda Social Americana para los económicamente débiles», incluida en los acuerdos bilaterales firmados con EEUU en 1953 (Barciela, 2000), cuyos objetivos eran la intensificación en España de los servicios de cantinas escolares; el fomento de la alimentación complementaria para tuberculosos, madres gestantes y lactantes y niños menores de tres años; el suministro de la ayuda a establecimientos benéficos y de asistencia sanitaria y social; y el mantenimiento de la asistencia social y domiciliaria practicada por Cáritas y la Obra Social de la Sección Femenina25.
La alimentación complementaria contemplaba el reparto de productos lácteos y durante el curso 1955-1956 se implantó en las escuelas españolas.
Aunque ya existían investigaciones sobre los beneficios que aportaba dicha suplementación en escuelas inglesas, francesas o estadounidenses (Scott, 1954, p.
22), se pusieron en marcha en España estudios en los que se comprobaba el aumento de peso y talla con la suplementación de 250 ml de leche, 10 g mantequilla y 30 g de queso por ración a niños de grupos económicamente débiles (Altava, 1957, p.
El Gobierno español, además de distribuir la Ayuda Social Americana, se comprometía a mejorar el nivel de vida de las clases necesitadas, de manera que conforme la ayuda internacional se fuera reduciendo se «debían incrementar los fondos nacionales» 26.
También se incentivó la producción de leche convocando concursos entre empresas españolas para la adjudicación del suministro de leche destinada al programa sanitario-pedagógico-docente desarrollado por el SEAN27.
Entre los años 1955 y 1966 la administración española, además de las subvenciones aprobadas en los presupuestos generales, destinó más de 551.464.626 pesetas como créditos extraordinarios para los gastos originados por la distribución de los productos de la Ayuda Social Americana28 (Figura 2).
Gastos extraordinarios originados por la distribución de productos alimenticios de la Ayuda Social Americana
En 1959 se creó, dependiente de la CIAII, la Comisión Mixta de Productos Lácteos pro Bienestar Infantil y Social (tabla I), encargada de ejecutar el programa del mismo nombre derivado del convenio de 1954, que estaba regido por un órgano ejecutivo de Gerencia radicado en el SEAN29.
Ambas Comisiones, la Interministerial y la Mixta fueron ampliando su composición con el fin de implicar al mayor número posible de organismos30.
Resumen de las principales iniciativas y acontecimientos relacionadas con alimentación escolar en España, 1952-1978
Se crea el Servicio de Protección de la Alimentación Escolar Infantil
Se firma convenio entre Fondo Naciones Unidas para la Infancia y Gobierno Español
Se crea la CIAIIa en el Ministerio de Asuntos Exteriores encargada de la ejecución de los principios del convenio y la puesta en marcha de diversos programas nacionales
Se crea el SEANb en la Dirección General de Primera Enseñanza
Se pone en funcionamiento el Programa de Productos Lácteos pro Bienestar Infantil y Social
Se pone en funcionamiento el Programa EDALNUc
Se convoca 1o curso Diplomados EDALNU
Los fondos de Programa EDALNU pasan del Ministerio de Exteriores al Ministerio de Hacienda
Se crean Escuelas de Educación en Alimentación y Nutrición en régimen de Consejo Escolar Primario
Se convoca 2o curso Diplomados EDALNU
CIAII se transforma en CIBISd manteniendo las mismas funciones y queda asignada al Ministerio de la Gobernación
CIBIS adscribe sus programas (entre ellos EDALNU) a la Dirección General de Política Interior y Asistencia Social
Se disuelven las Escuelas de Educación en Alimentación y Nutrición en régimen de Consejo Escolar Primario
CIBIS transfiere todas sus funciones al FNASe y los Programas (entre ellos EDALNU) pasan a depender de la Dirección General de Salud Pública y Sanidad Veterinaria (Gestora del FNAS)
Comisión Interministerial para el Auxilio Internacional a la Infancia
Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición
Programa de Educación en Alimentación y Nutrición
Comisión Interministerial pro Bienestar Infantil y Social
Fondo Nacional de Asistencia Social
Unos años después, en 1961, se ponía en marcha el Programa EDALNU (De Palacios, 1969; López, 1972; López, 1973; López, 1987; García y López, 1990) (tabla I), cuyo objetivo principal era mejorar el nivel nutricional de la familia española introduciendo la educación en nuevos y mejores hábitos alimentarios y el estímulo para la producción y consumo de alimentos locales (Esplugues-Pellicer y Trescastro-López, 2012; Trescastro-López, Galiana-Sánchez y Bernabeu-Mestre, 2012; Trescastro-López y Trescastro-López, 2013).
El Programa fue asignado a la Dirección General de Enseñanza Primaria a través del SEAN, «en estrecho contacto» con las Direcciones Generales de Sanidad, de Coordinación, Crédito y Capacitación Agraria, y con la Sección Femenina de FET y de las JONS, así como con los Organismos internaciones FAO y UNICEF.
Para poder desarrollar los objetivos del Programa, se convocó en 1962 el primer curso de Diplomados en Educación en Alimentación y Nutrición (EDALNU) (tabla I) para capacitar al personal que debía difundirlo.
Dicho curso se celebró en Madrid y participaron quince profesoras enfermeras puericultoras, diez miembros del Servicio de Extensión Agraria, once Instructoras de la Sección Femenina y cincuenta y seis educadores31.
Cabe resaltar a los maestros entre el colectivo de Diplomados EDALNU; para favorecer su labor y continuidad se creó un Consejo Escolar Primario compuesto por 56 Escuelas Nacionales de Educación en Alimentación y Nutrición: tres en Madrid; dos en Barcelona, Oviedo, León y Valencia; y una en cada una de las restantes provincias, con excepción de las africanas.
Al frente de dichas Escuelas estuvieron maestros nacionales en posesión del Diploma EDALNU encargados de desarrollar el Programa en el ámbito escolar32.
En 1963 ante el desarrollo del SEAN y para facilitar la continuidad del Programa EDALNU en las escuelas, se crearon cuatro departamentos33: el de Educación en Alimentación y Nutrición a cargo de Doña Felisa de las Cuevas Canilla; el de Complemento Alimenticio, a cargo de Don José Matesanz Sanz; el de Comedores Escolares, a cargo de Doña Dolores Prados Beltrán34; y el de Programación, a cargo de Don Manuel Rivas Navarro.
Durante los años siguientes se produjo una disminución de la aportación internacional a la alimentación escolar y se incrementó la contribución española, como consecuencia del «progresivo aumento del nivel de ingresos públicos del Estado a causa del proceso de desarrollo económico y social» 35.
En 1965 la CIAII fue sustituida por la Comisión Interministerial pro Bienestar Infantil y Social (CIBIS) (tabla I), dependiente del Ministerio de la Gobernación, al haberse incrementado la implicación nacional en los programas.
Esta Comisión sucesora de la anterior se hacía cargo de los servicios, bienes, derechos y obligaciones de aquella36.
Ese mismo año se convocó el II Curso de Diplomados EDALNU para maestros nacionales37 para profundizar en el desarrollo del Programa.
Entre las primeras funciones llevadas a cabo por los Diplomados EDALNU estuvo la evaluación del estado nutricional de la población, a través de encuestas mediante el sistema de inventarios y compras y el estudio de la talla de la población española de 4 a 14 años (Vivanco, Palacios y García, 1984, pp.34-38; García y López, 1990)38.
Se analizaron 76 municipios de la Península y archipiélagos, lo que permitió obtener el patrón de crecimiento de los niños españoles y se realizó una educación alimentaria para la población general.
En el año 1973 (tabla I) la CIBIS adscribió la dirección de sus programas a la Dirección General de Política Interior y Asistencia Social39.
Ese mismo año se disolvió el Consejo Escolar Primario constituido por las Escuelas de Educación en Alimentación y Nutrición transformándolas en unidades escolares de régimen ordinario que se debían integrar en los colegios nacionales40.
En 1978 (tabla I), la CIBIS desapareció al coincidir sus funciones con las del Fondo Nacional de Asistencia Social (FNAS) al que fueron transferidos sus recursos financieros, funciones, programas, servicios, bienes, derechos y obligaciones41.
Finalmente ese mismo año se aprobó el Plan de Inversiones del FNAS y el «Programa de Promoción [sic] de la Educación en Alimentación y Nutrición» (EDALNU) pasó a depender de la Dirección General de Salud Pública y Sanidad Veterinaria como entidad gestora del FNAS42.
Como se ha podido comprobar, las iniciativas relacionadas con políticas de alimentación escolar culminaron con el Programa EDALNU y su contribución a las políticas de promoción de la salud.
En relación con la valoración de su impacto, hay que recordar que los hábitos alimentarios están influidos por una gran variedad de factores, por lo que atribuir las modificaciones de los mismos a un único elemento de forma independiente resulta extremadamente complejo, tal como indican los expertos en educación alimentaria (López et al., 1998, p.
La evaluación de este tipo de intervenciones educativas puede realizarse por diversas vías: presencia de alimentos en el mercado antes inexistentes, aumento del consumo de determinados alimentos, o también a través de indicadores como el número de acciones, cantidad de personal formado o materiales que genera una iniciativa.
En este sentido, a lo largo de su desarrollo, el Programa EDALNU realizó más de 100 encuestas en todo el territorio nacional para conocer el estado nutricional de la población española y sus hábitos alimentarios, se produjeron y distribuyeron gratuitamente más de 30 millones de publicaciones: libros, folletos, manuales, diapositivas, carteles, etc., y se llevaron a cabo cursos de formación a 3.000 Diplomados y 45.000 Iniciados EDALNU aproximadamente.
Durante el tiempo de desarrollo del programa su presencia en los medios de comunicación (radio, prensa y TV) fue abundante, y se difundieron mensajes educativos a la población en general para grupos vulnerables.
Además, el Programa EDALNU diseñó la primera guía alimentaria española: la Rueda de los 7 Grupos de Alimentos.
Igualmente, en las Escuelas Primarias se realizaron diferentes encuestas y se valoró el impacto del Programa a través de los conocimientos alcanzados por los niños, obteniéndose unos resultados de conocimientos satisfactorios en el 70-80% de los casos.
Al mismo tiempo tenía lugar una mejora de la oferta de los planes de dietas de la red Nacional de Comedores Escolares (López et al., 1998, pp. 96-97).
También se analizaron los datos de tendencias de consumo de alimentos en la población y se estudiaron comparativamente estadísticas de consumo de alimentos facilitadas por el Ministerio de Agricultura desde 1962 hasta 1968, mostrando un aumento en el consumo de leche, productos lácteos, carnes, huevos, frutas y azúcares.
El consumo de patatas y de pan disminuía, mientras que no se modificó el consumo de pescado, legumbres, verduras, arroz y grasa.
El Programa EDALNU pudo contribuir a corregir algunas deficiencias, como ocurría con la leche o las frutas, pero no pudo evitar que se empezaran a dibujar pautas de consumo poco saludables como las que han caracterizado la transición nutricional española en las décadas finales del siglo XX (López, 1972, p.
Este trabajo ha permitido visualizar la progresiva implementación de las políticas de alimentación escolar a lo largo del siglo XX y la influencia e impacto que tuvo el contexto internacional, como ocurrió con los acuerdos que se firmaron durante el primer franquismo con Estados Unidos o con organismos como FAO y UNICEF.
Aunque en trabajos previos se han analizado algunas de las iniciativas que generaron las políticas de alimentación escolar, los resultados de esta investigación han permitido, en primer lugar, completar una visión de conjunto.
En segundo lugar, mostrar la necesidad de profundizar en el abordaje de las actividades que llevaron a cabo organismos como el SEAN o el impacto que tuvo sobre la salud de la población escolar el complemento alimenticio.
La investigación ha mostrado el interés de conocer la experiencia histórica, reflexionar sobre ella a la hora de diseñar las actuales políticas de alimentación y nutrición, y contemplar dichos antecedentes en la elaboración del corpus legislativo y normativo que se está desarrollando en el ámbito del Estado español.
A pesar de los resultados alcanzados en las décadas de 1960-1970, hubo que esperar hasta la puesta en marcha de la Estrategia NAOS en el año 2005 para recuperar políticas de nutrición capaces de implicar al gran número de organismos necesario para permitir el desarrollo de programas de nutrición aplicada, como el EDALNU.
Se trataría de aprovechar los resultados y experiencias de los programas que se implementaron en el pasado, tal como ocurrió con actividades tan innovadoras en aquel momento como los huertos, las granjas o los clubes escolares que contemplaba el Programa EDALNU. |
A veces, muchas veces nos encontramos por casualidad con un libro que nos atrapa.
Parece estar esperándonos, nos fija la mirada, hemos de abrirlo.
En este caso se trata de un gran libro de pequeño formato, escrito hace años por un crítico literario llamado Anatole Broyard y titulado Ebrio de enfermedad.
Publicado por una valiente editorial, ha sido muy bien traducido por Miguel Martínez-Lage.
En sus páginas, el autor nos habla de forma exigente de su enfermedad y de su próxima muerte.
Nos habla de su crisis, de la terrible crisis que supone una enfermedad mortal.
Se juntan en este librito varias aportaciones, escritas en diversas épocas, el estudio de la literatura de la enfermedad, de la muerte, su narración acerca del sufrimiento final de su padre, sus anotaciones y comentarios a lo largo de su dolencia, además de textos de la editora.
También apasionado por esta lectura, ha escrito Juan José Millás: «Más que describir su cáncer, Broyard se dedica a escribirlo de forma minuciosa», así «convierte su cáncer en un metacáncer».
El crítico literario se proclama crítico del sufrimiento, del médico y de los servicios sanitarios.
Y, sobre todo, de sí mismo.
«Al darse en su cuerpo el hecho literario de la enfermedad, decide entregarse a la autocrítica» (Millás, Juan José "El metacáncer", El País 7 de junio de 2013, p.
En el escaso tiempo que le restaba, busca una vez más la belleza, siempre consuelo.
Prepara sus «últimas voluntades», el «morir a su manera», incluso «la muerte más bella».
Con humor afirma: «Voy a decir algo brillante cuando me muera».
Y con sinceridad también: «Podría dejar por legado sus sentimientos verdaderos» (p.
Broyard señala la ambivalente emoción de la enfermedad, una crisis que remite a la crisis del lenguaje, de la literatura, de la personalidad.
La existencia «había adquirido su propio sistema métrico, como sucede en la poesía o en los taxis» (p.
Podía como Thomas Mann haberse también referido a la crisis social o política, como la referencia constante a la terrible guerra y el ascenso del nazismo en Doktor Faustus.
Pero él bucea en su interior.
Sus sueños sobre haber cometido un crimen, o ser acusado de ello, se manifiestan en la enfermedad como delito, en la expresión de culpa, en su propia defensa gracias al fervor de supervivencia.
Afirmaba en sus recuerdos Tony Judt, con semejante actitud:
Caer víctima de una enfermedad de las motoneuronas seguramente significa que he ofendido a los dioses en algún momento, y no hay nada más que decir.
Pero si uno tiene que sufrir de ese modo, mejor tener una cabeza bien aprovisionada: llena de piezas de útil recuerdo reciclables y multiuso, fácilmente disponibles para una mente analíticamente dispuesta (El refugio de la memoria, (trad.)
Sin duda, en el texto de Broyard hay algunas referencias a la misma culpa, así cuando remite a Prometeo al presentar a su padre sufriendo la herida de la cistoscopia.
O cuando él mismo considera la enfermedad como consecuencia de una transgresión, pero que acepta con valor y humor.
La enfermedad es presentada como germen, como metáfora:
Ahora entiendo por qué los románticos tenían tanto afecto por la enfermedad: el enfermo lo ve todo como si fuera una metáfora.
En esta fase me encuentro encandilado con mi cáncer.
Es algo que apesta a revelación. (p.
En su intento literario de dominar la enfermedad, afirma: «Que la enfermedad tenga cualquier significado siempre es mejor que si carece por completo de uno» (p.
Se refugia así —buscando apoyo— en los literatos que han tratado la enfermedad, no podían faltar Tolstoi, Thomas Mann, Malcolm Lowry, desde luego Kafka.
Otros muchos comparecen, en una buena guía para la literatura sobre la enfermedad hasta el cambio de siglo.
Lo complacen los que se encaran con valor a la muerte.
Así Norman Cousins, quien considera la enfermedad como un reto, no como amenaza ni profecía; o bien, Bernie Siegel que llama a la imaginación, la inspiración, la colaboración y la camaradería en el proceso médico.
Da así la vuelta a la petición de resistencia a la metáfora de Susan Sontag.
«Si la risa tiene poderes sanadores, es posible que la metáfora también cure, o alivie» (p.
Recurre a las sugerencias de Oliver Sacks sobre el modo de enfrentar la enfermedad, viviendo en paralelo, o a través de su discapacidad.
Tras un accidente, Sacks resiste «musicalizado», considerando el papel de la música, el ritmo, la melodía...
Ambos estiman las propiedades de la danza, del baile, que el mismo autor pone en práctica.
Para controlar la enfermedad quiere darle forma de narración.
Hace ya años que se puso de relieve esta construcción de pequeñas narraciones, que sustituían en Broyard a los grandes relatos médicos o religiosos.
Al escribir encuentra el sentido, como al filmar consiguió Bob Fosse en 1979 con All that jazz.
«Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor» (p.
Sin duda el lenguaje, el habla, las narraciones son formas de mantener viva nuestra condición humana, en busca de alguna forma de belleza.
El novelista convierte en relato o narración sus angustias, nos dice, o también que en el poeta el verso nace de una situación difícil.
«La poesía escribe al poeta», declara Louise Erdrich ("Babelia", El País, de 8 de junio de 2013, p.
Dicho en otra forma por Broyard: «Dentro de cada paciente hay un poeta que intenta salir» (p.
Esa enfermedad, esa lejanía de la muerte produce un distanciamiento, una disociación de la sensibilidad (T. S. Eliot), propios de situaciones extremas, purificando y fortaleciendo lo mejor de nosotros.
Desde luego, estar enfermo o encaminarse al morir es un trastorno (de los sentidos), una locura.
«Con todo, la locura del paciente forma parte de su condición de enfermo».
En fin: «Estar enfermo es estar también psíquicamente trastornado» (pp. 63 y 67).
Ernest Becker hablaba del pánico a la creación, al infinito.
Ahí es entonces preciso contar como un converso, abrir la conciencia como una sangría.
«La metáfora era uno de mis síntomas» (p.
Puede esta dirigirnos a muy variados destinos, nos propone algunos el autor como el viaje, el amor, la conferencia o la charla, incluso recuerdos literarios como las vetustas alcobas de Dickens.
Este recurso a la metáfora nos lleva al discurso, al sentido del humor, a la escritura.
«Pueden (los enfermos) convertir en un juego, en una ocupación profesional, incluso en una forma artística, el hecho de oponerse a sus enfermedades».
Se trataría de manejar el trastorno.
«En cierto modo, la enfermedad es una droga, y en parte depende del paciente determinar si lo suyo va a ser un bajón o un subidón» (p.
El dolor del enfermar puede ser de diversa manera vivido, pues la realidad está ahí.
Así nos dice: «El cáncer es buena cura contra la ironía» (p.
Los escritores románticos y los postmodernos encuentran un nuevo camino en la palabra.
«El espacio que media entre la vida y la muerte es la plaza de armas del Romanticismo».
Este lugar del autor romántico es el mismo que ahora encuentra el postmoderno.
«La escritura es un contrapunto de mi enfermedad.
Obliga al cáncer a pasar por mi carácter antes que pueda llegar a mí» (p.
La literatura de la enfermedad debe contar con un crítico —en respuesta a Sontag— «pues me parece que cualquier persona seriamente enferma ha de desarrollar un estilo propio de cara a su enfermedad» (p.
Así, aprender ese estilo sería aprender a morir, como Montaigne quería y consiguió.
Si bien puede parecer una senda de privilegiados, nos muestra algunos caminos que nos son accesibles, como la música y la danza, el viaje, la sexualidad (pp. 48-53).
Nos enfrenta a la aceptación de la propia vida, al referirse a una posible culpa en el origen de la enfermedad, así cuando nos habla de las llamadas femmes fatales.
No podemos dejar de pensar en las recientes declaraciones del actor Michael Douglas sobre el origen de su enfermedad cancerosa.
Por eso Anatole Broyard comprende lo importante que es simplemente funcionar, que acogemos con un grito de júbilo, pues estar vivo, el vivir es un orgasmo permanente.
Su aportación fundamental, propia de un crítico literario, es convertir la enfermedad en discurso, la aproximación a la muerte en estilo, ser dueño de la enfermedad.
«A fin de cuentas, un crítico es una especie de médico de las estrategias» (p.
Se admite, ante el inevitable enfado del enfermo (no se cura en la sala de gritos de Elisabeth Kübler-Ross), que la enfermedad es suya y no un destino.
Por tanto, quiere estar vivo cuando muera, lo que influyó en alguno de los tratamientos que aceptó.
Hay que vivir hasta el último minuto, nos aconseja.
Es el examen del médico uno de los aspectos más interesantes del libro, pues nos presenta al crítico que enjuicia al galeno, al paciente que lo diagnostica.
Nos narra sus decepciones y entusiasmos con algunos.
Se engaña así con el atractivo pero equivocado despacho de un primer médico: «Su capacidad de mago parecía en orden» (p.
Sabría cuidar al enfermo, nos comunica errado.
Nos muestra también la predisposición de su padre y propia hacia los médicos judíos.
Los consideraba los mediadores, los conciliadores —médicos, abogados, agentes de bolsa, árbitros y artistas— de la vida contemporánea.
La historia misma los había convencido de que la vida era una enfermedad (p.
Rechaza luego al médico por falta de estilo, de magia, pues no podría entenderle.
«Yo diría que busco a alguien que sepa leer a fondo la enfermedad y que sea un buen crítico de la medicina».
O sea: «Alguien capaz de tratar el cuerpo y el alma.
Hay un yo físico que ha enfermado, hay un yo metafísico que ha enfermado».
En fin: «El alma es la parte de uno a la que uno recurre en caso de emergencia» (pp. 67-68).
Estoy seguro de que a Pedro Laín le hubiese maravillado este escrito, que habría mejorado su libro sobre La relación médico-enfermo, pues muchas de sus páginas nos recuerdan las que el maestro de la historia de la medicina dedicó a la «medicina pedagógica» hipocrática, o bien al amor o la amistad entre el médico y el paciente, que basa en la naturaleza y en el arte médico.
No hay un único texto del diagnóstico, nos dice Broyard.
Los técnicos van con la materia prima.
El médico toma ese material y le da la forma poemática de un diagnóstico.
Por eso quiero un médico con sensibilidad.
Y eso casi parece un oxímoron, una contradicción en los términos, pues un médico es un hombre de ciencia.
Imagínese como sería tener por médico a Chejov, que era médico.
Luego deberían estudiar los galenos poesía para entender esas disociaciones, esos trastornos.
«Mi médico ideal "leería" mi poesía, mi literatura».
Sus escritos, sus palabras devendrían la jerga de una forma poética, pues su médico debería construir para él un buen relato, hacer o entender los chistes.
Encontrar, sobre todo, algún tipo de belleza.
Tendría en cuenta en él ese talante estrafalario del que se jacta Hamlet ante Horacio, pues como Baudelaire «cultivo mi histeria con alegría y con pavor» (pp. 68-70).
Quiere que el médico sea el Virgilio que lo conduzca a su infierno, o bien a su purgatorio, señalándole todo lo que haya que ver.
«El médico tiene el cometido imposible de intentar reconciliar al paciente con la enfermedad y la muerte» (p.
Debería saber del alma, la personalidad, el carácter, pues el médico debe «repersonalizar» la enfermedad.
Para ello es preciso evitar poner distancia ante el enfermo, por el contrario entrar en él, mirar al paciente.
Un hospital está lleno de hermosas historias, el médico debe permitirse leerlas como obras de ficción, dejarse educar.
Si como afirmaba Virginia Woolf son malos los relatos de la enfermedad, puede deberse a que los médicos los desalienten.
Le gustaría hacer meditación, cavilación, elucubración, abstracción sobre la próstata enferma, pero no tiene a quien contarlas.
El médico es narrador y puede hacer de nuestra vida buenos y malos relatos, con independencia del diagnóstico.
Se trata de una «couple malade», de un matrimonio de médico y paciente.
Dado que las curas se hacen con palabras —siguiendo a Freud—, puede que su médico aprenda a conversar.
«Todos los pacientes necesitan que los resuciten por medio del boca a boca, pues la conversación es el beso de la vida» (p.
Se pide un titánico esfuerzo al terapeuta.
«Todo paciente invita al médico a combinar los papeles de sacerdote, filósofo, poeta, amante.
Cuenta con que el médico evalúe su vida entera como si fuera un biógrafo» (p.
No olvida alguna alusión a las pretensiones conyugales de Mme.
Pero todos somos especialistas en un solo campo, es pedir demasiado.
Acaso tendría que haber otro especialista, una combinación de adivino, payaso y poeta, para echar una mano a la hora de dar respuesta a las preguntas del paciente.
Acompañaría al médico en sus visitas, daría una segunda opinión (p.
Esos personajes hacen clara referencia a una superación, a una comunicación con los dioses, las escrituras o las bellezas del más allá.
Habría también que cambiar el ambiente del hospital, devenir menos un laboratorio y más un teatro, dado que pocos lugares hay con más dramatismo.
La teatralización es también una forma de apertura, de comunicación, de belleza y curación por tanto.
La esterilidad hospitalaria pasó a esterilizar el pensamiento médico, la experiencia del paciente, la idea de enfermedad.
No hay duda, los clásicos de la sociología médica se han ocupado de la pérdida de sensibilidad en los estudiantes de medicina al progresar en sus estudios y profesionalización.
(Coe, Rodney M., Sociología de la Medicina, (trad.)
L. García Ballester y R. Ma.
La muerte es la esterilidad definitiva» (p.
Cuenta con orgullo que en urgencias fue reconocido, que se sintió vivo, pues las emergencias son crisis emocionales, casos únicos.
El médico podría perder autoridad, ganando en cambio humanidad, compartiendo así el asombro, la exaltación, el terror del filo del ser, entre lo natural y lo sobrenatural.
Habla así contra la medicina controladora, sean Freud o Kübler-Ross, incluso contra Sontag.
También contra las formas de la relación con los amigos, que no debe ser ni una caza ni una competición, siempre el sujeto que sufre tiene que ser quien lleve el mando.
Es muy notable la descripción de las relaciones del moribundo con los médicos, con los familiares.
«Lo que importa es el paciente, no el tratamiento» (p.
Tal vez es lo último que escribió.
En sus páginas dedicadas a la literatura de la muerte se refiere, claro está, a Philippe Ariès para expresarnos los cambios culturales habidos a lo largo de los siglos.
Salvaje o controlada, indómita o dominada, bella o sucia, obscena o invisible, mala o buena muerte... son algunos de los adjetivos que califican el postrer cara a cara a lo largo de la historia.
Se refiere de forma crítica una vez más a los intentos de control de Kübler-Ross, a la observación de las fases terminales.
La vida es una respuesta a la muerte; desde Lucrecio, o bien desde Montaigne, hay que resignarse a los mil peligros que nos acechan, pues no todos pueden ser enfrentados.
En su presentación de las posibles estrategias, con entusiasmo se refiere a Lisl Goodman, quien cita a Simmel, que afirmaba que los buenos personajes de Shakespeare tienen una muerte interior, en los demás llega por fuerzas externas.
La inmortalidad podría consistir en conseguir algo que nos perdure, tal vez el hijo, el libro, el árbol.
Ser heroicos, dotados de esperanza de gloria, quizá de amor...
Avergonzados por ese exhibicionismo natural, la mayoría de nosotros tiende a sojuzgar su sentido del éxtasis, o de la grandeza, para inhibir nuestra locura particular y llamarla cordura, para vivir de incógnito nuestra propia vida, ocultando nuestro verdadero yo incluso de nosotros mismos (p.
Recuerda con cariño el final de un amigo que quería antes de morir terminar una novela: si no, sería un fracasado.
No valía ni una obra de no ficción, ni siquiera una poesía, eran formas distanciadas o incompletas, solo una novela serviría para informar de quién había sido.
«Era cualquier cosa menos un fracasado, porque el estilo es el hombre, y la literatura no lo es todo» (p.
Un relato antiguo sobre la enfermedad del padre, le había servido ya para juzgar al enfermo, al médico, a la enfermera, a los hospitales, incluso la cistoscopia se convierte en objeto literario.
Sus metáforas acuden al describir sus efectos, mostrando al padre como un doliente Prometeo, también como un gallo viejo destripado.
No perdona que, ante el diagnóstico, el médico tan solo sepa calificar al enfermo como un buen hombre.
Tampoco perdona a los hospitales, a los que no los admiten y al asilo de incurables en donde terminan.
Pero sobre todo enjuicia sus propios sentimientos, ante el padre doliente, ante la muerte.
La relación del dolor con el deseo, entre la sexualidad y la mortalidad del hombre, es parte esencial de sus páginas.
«El deseo es por sí mismo una especie de inmortalidad» (p.
El padre se queja de haber perdido las erecciones.
«La mejor medicina para el enfermo es el deseo: el deseo de vivir, de estar con otros, de hacer cosas, de volver a su vida» (p.
Nos lleva así a su relación sexual con una eficiente enfermera.
A lo largo de sus páginas, aparece una clara relación entre la enfermedad y el binomio Eros y Thánatos.
Recuerda entonces la tonta pregunta de un profesor a sus alumnos sobre el posible sentido de la vida, tal vez lo ha hallado ahora en la enfermedad.
Sabe que la vida, el funcionamiento simple, es lo importante.
La naturaleza nos enseñanza siempre.
«La naturaleza es una tremenda correctora» (p.
Entiende así la lucha con el dolor que ve en el padre, la conversión del cuerpo en lengua.
«Viéndole, aprendí que las convulsiones de la muerte y la convulsión del amor se distinguen solo en que aquellas se experimentan en total y absoluta soledad» (pp. 151-152).
Nos estremece con la descripción de los últimos días del padre, al acercarse a sus ojos, al abismo, al comprender la última necesidad de adiós.
Nos vuelve a recordar «la inminencia del vacío», su intento, el «anhelo por introducir orden en ese vacío, por forzarlo a volverse finito mediante un arduo esfuerzo de mi voluntad» (p.
Tras la muerte del padre, al marcharse, resbala sobre la nieve, pero se mantiene en equilibrio, consigue un estilo... se mantuvo vivo hasta el final, confirma su viuda.
El esfuerzo en busca del equilibrio sobre la nieve, el empeño por lograr el estilo en la vida, se produce bajo la mirada de un demente nostálgico, como solo estos pueden serlo.
«El estilo era para Anatole una apuesta por la inmortalidad, era su defensa frente a las tinieblas.
También lo entendía como la defensa de la sociedad frente al caos y la ausencia de forma» (p.
Afirmaba un amigo que el estilo era para Broyard una conexión con la eternidad, un sustituto de la religión, una manera de arrostrar la muerte.
«Uno ha de seguir siendo quien es» (p. |
En comparación con el desarrollo alcanzado en otros países, como los Estados Unidos o los que componen la Europa noroccidental, donde la producción investigadora se ha multiplicado en los últimos veinte avos, la historia de la sexualidad sigue siendo en Espava un género poco frecuentado.
No obstante, se cuenta ya con un plantel no desdevable de trabajos para la época contemporánea.
Desgraciadamente, estos estudios no se conocen suficientemente en el mundo anglosajón, que es el que lleva la voz cantante en este ámbito de investigación; así lo muestra por ejemplo, un estado de la cuestión relativamente reciente pero pésimamente informado en lo que concierne a Espava (Herzog, Dagmar: "Syncopathed Sex: transforming European sexual cultures", American Historical Review, 114 (2009), 5, pp. 1287-1308).
Les espagnols et le sexe figura sin duda en la primera fila de estas contribuciones.
Aunque la mayor parte de las piezas que integran el libro ya habían sido objeto de publicación en distintas revistas, actas de Congresos y obras colectivas, el texto que comentamos las integra en un conjunto coherente y bien articulado, las acompava con algunas aportaciones inéditas y las hace así fácilmente accesibles al lector.
Jean-Louis Guereva, catedrático en la Universidad François Rabelais de Tours, es un reconocido estudioso de la historia social y cultural de la Espava contemporánea, con una dilatada trayectoria en la investigación de temas muy diversos, desde la educación escolar y los espacios de sociabilidad pasando por la cultura de las clases populares o la sexualidad.
En este último terreno, sobre el que viene trabajando desde hace más de treinta avos, destaca su síntesis La prostitución en la Espava contemporánea (Madrid, Marcial Pons, 2003), sus importantes artículos sobre la difusión de la higiene sexual y sus indagaciones sobre la formación de un mercado de productos eróticos en la Espava anterior a la Guerra Civil.
En esta última onda hay que resaltar su reciente obra, Un infierno espavol.
A estas contribuciones habría que avadir su desempevo como coordinador de diversos monográficos de revista (Bulletin d 'Histoire Contemporaine de l' Espagne, Hispania) y del libro La sexualidad en la Espava Contemporánea (Cádiz, Universidad de Cádiz, 2012).
Estas tres temáticas (divulgación sexológica, prostitución y cultura erótica) son precisamente las que comparecen en el volumen que comentamos.
Este no constituye, por tanto, y no es ese el propósito de su autor, una suerte de visión panorámica de la historia de la sexualidad en la Espava contemporánea.
No obstante, a través de la exploración propuesta, limitada a algunos segmentos de este proceso —las colecciones editoriales de divulgación sexológica y la difusión del preservativo, la «cultura del burdel» y las luchas en torno a la reglamentación de la prostitución, la circulación de textos e imágenes de carácter pornográfico— y situada cronológicamente entre el arranque del siglo XIX y la Guerra Civil, se captan muy bien algunas de las idiosincrasias que conforman el caso espavol dentro de la historia contemporánea de la sexualidad en Occidente.
Antes de resumir la nervadura del libro conviene decir algo acerca de su temple, sus informaciones de base y su metodología.
Jean-Louis Guereva es un historiador meticuloso y extremadamente bien informado, con los pies muy en la tierra y poco amigo de los grandes sobrevuelos teóricos.
Su propósito es acercarse al ámbito de lo sexual con los instrumentos propios de la historia cultural, tal como viene operando, para la edad moderna, en obras tan severas como las de Robert Darnton o Roger Chartier.
El recurso más o menos eventual al concepto de «género» (Joan Scott) o a las nociones de «sociabilidad» (Maurice Agulhon) o «dispositivo» (Foucault), se pone al servicio de un análisis de las «representaciones», las «prácticas» y los «discursos» involucrados en los registros temáticos que antes se han sevalado, todo ello contextualizado sobre el trasfondo de la historia de Espava, en sus dimensiones política, socioeconómica y sociocultural.
Al mismo tiempo, se reconoce un esfuerzo sostenido para emplazar, abriendo así una perspectiva comparada, el caso espavol en el espacio de otros casos «composibles», destacando aquí las referencias francesas.
En distintos registros, desde la producción sexológica a la pornográfica pasando por la adopción del sistema reglamentista de la prostitución o las técnicas anticonceptivas, Francia parece haber desempevado aquí un papel de modelo en la representación de la modernidad sexual.
Esto lo confirmaría sin duda el lugar privilegiado que representaba París —a la vez temida y anhelada— en la geografía imaginaria y sexual de los espavoles de la época.
Pero, aun ocupando un lugar preferente, las incursiones comparatistas no se limitan al caso francés.
Gran Bretava, en el estudio sobre la recepción del abolicionismo y del preservativo; Centroeuropa, destacando la implicación de los pastores luteranos radicados en Espava en la lucha contra el reglamentarismo, e Italia, ocasionalmente, al comentar la difusión de la literatura y las ilustraciones eróticas, también aparecen mencionadas.
Aunque en el trabajo desplegado prevalece el recurso a las fuentes impresas, en una extrema variedad (prensa, divulgación sexológica, literatura erótica clandestina y legal, textos jurídicos, obras doctrinales de índole religiosa, etc.), hay que mencionar también la utilización de fuentes de archivo (municipales, gubernativas, judiciales) y el análisis de imágenes (pinturas, grabados, litografías, ilustraciones).
De un modo esquemático, se suele decir que las del primer tipo permiten escrutar a fondo el universo de los discursos; las segundas permiten descubrir las prácticas y las terceras captar el ámbito de las representaciones.
Pero esto no es siempre así, y el proceder inventivo de Guereva muestra la posibilidad de trastocar estos compartimentos estancos.
Sin duda, para la edad contemporánea, las fuentes archivísticas son las que tienen por delante más tarea por completar.
Por lo que se sabe hasta la fecha, la documentación de nuestros Gobiernos Civiles —recogida habitualmente en los archivos provinciales— tiene poco que ver con la exhaustividad y el orden de los archivos de las Prefecturas francesas; la información procedente de las Audiencias, colmada de lagunas o deficientemente catalogada, suele ser decepcionante, y, por último, el estado y el acceso a los archivos diocesanos, que contienen información sobre procesos de anulación y separación, constituye siempre una incógnita.
El libro aparece dividido en tres grandes apartados coincidentes con los tres registros temáticos sevalados: "El descubrimiento del sexo", "La prostitución, ¿un mal necesario?" y "Erotismo y Pornografía.
El conjunto se completa con un Epílogo donde, en un trabajo hasta ahora inédito, se pasa revista minuciosa al debate entablado, durante la década de los treinta, entre nuestro celebrado Gregorio Maravón y Oliver Brachfeld, un psicólogo húngaro afincado en Barcelona, discípulo de Alfred Adler pero formado como historiador.
El volumen viene precedido por una útil y amena "Introducción" en la que el autor presenta los lineamientos generales de su libro y expone los principales hitos de la reciente historiografía de la sexualidad en la Espava contemporánea.
Se incluye al final una "Conclusión General" donde se resalta la intención general del libro y las dificultades presentadas por las fuentes disponibles.
Se sugieren asimismo algunas conjeturas que permiten reconocer el perfil específico de la cultura sexual espavola en el periodo considerado.
Un instrumento que permite ordenar con coherencia todo lo expuesto y al mismo tiempo facilita su transmisión, es la variable adjetivación del objeto estudiado («el sexo») como manera de distinguir cada capítulo.
Así, los dos capítulos iniciales, que comprenden la primera parte, se titulan respectivamente "El sexo desvelado", pues en él se examinan las numerosas colecciones de divulgación sexológica y educación sexual editadas entre la Restauración y la Guerra Civil, y "El sexo protegido", donde se pasa revista a la recepción del preservativo —como recurso a la vez antivenéreo y anticonceptivo— en la Espava contemporánea.
A continuación, los tres capítulos de la segunda parte, se denominan en cada caso, "El sexo en venta", "El sexo tolerado" y "El sexo denunciado".
El primero aborda la implantación del dispositivo reglamentista en Espava, mostrando un conocimiento casi exhaustivo del proceso a escala global y local, y estudiando más pormenorizadamente el caso madrilevo.
El segundo sabe sacar muy buen partido de la información y de los estudios disponibles, para proponer un examen de la «cultura del burdel» y del prostíbulo como espacio de sociabilidad masculina y, en menor medida, dada la carencia de fuentes adecuadas, también femenina.
El tercero es un estudio completísimo y detallado de la recepción del abolicionismo en Espava, de las figuras y los grupos que favorecieron su propagación —pastores protestantes, logias masónicas, posteriormente asociaciones de mujeres— y de su tardío, difícil y efímero triunfo en 1935.
La última parte, donde Guereva va a poner al descubierto el inmenso continente de una cultura erótica espavola hasta hace poco insospechada para los historiadores, se compone esta vez de cuatro capítulos titulados respectivamente "El sexo censurado", "El sexo exaltado", "El sexo al alcance de todos" y "El sexo en imágenes".
El primero se sale en general de la pauta cronológica del libro, remontándose a la última década del siglo XVIII para examinar las obras de carácter licencioso recogidas en los índices inquisitoriales.
Se estudia con detalle el de 1790 y su suplemento de 1805, se pone de relieve la relevancia de las publicaciones libertinas francesas y se subraya la ambivalencia de unas compilaciones que, al prohibir las obras enumeradas, se ven obligadas a darlas a conocer.
El segundo constituye una investigación pormenorizada de la explosión de literatura pornográfica clandestina que tiene lugar en Espava a partir del Sexenio Revolucionario.
A partir de entonces se constituyó un mercado ilegal de impresos y estampas de carácter licencioso, que conoció su máxima expansión durante la Segunda República.
Se describen las estratagemas utilizadas por los editores para evitar su localización, las tácticas y los emplazamientos de venta, los principales motivos temáticos de esta literatura, la legislación penal que apuntaba a su persecución, la formación de ligas antipornográficas y las dificultades que encontraba la autoridad a la hora de hacer frente al fenómeno.
El tercer capítulo continúa este análisis, pero centrándolo ahora en las colecciones populares de novelas eróticas no clandestinas.
Se subraya el apogeo de esta producción en los avos veinte y treinta, ejemplificándolo a través del estudio —inédito hasta ahora— de uno de sus mayores marchantes: Antonio Astiazarain.
El capítulo que cierra esta parte se consagra a indagar el mercado del erotismo gráfico: circulación de imágenes pornográficas, contenido de las mismas y examen de los principales ilustradores de la época, destacando la figura del catalán Eusebi Planas.
El Epílogo, como antes se indicó, titulado "El sexo a debate", recoge la polémica desigual entre Maravón y Brachfeld, que este último quiso presentar como una controversia entre las explicaciones biologicistas del doctor madrilevo y las explicaciones psicológicas sustentadas por el escritor húngaro.
Escrito con la seriedad de un riguroso trabajo académico, pero no exento de cierta ironía, amenidad e incluso humor —aunque solo fuera por algunas de las materias tratadas— Les espagnols et le sexe recuerda, una vez más, que la historia de las culturas sexuales en Espava no es ya ese páramo que algunos comentaristas anglosajones se empevan en evocar. |
Medicina, enfermedad y muerte en la España tardoantigua.
Un acercamiento histórico a las patologías de las poblaciones de la época tardorromana e hispanovisigoda (siglos IV-VIII)
Menéndez Bueyes, Luis R. Medicina, enfermedad y muerte en la España tardoantigua.
Un acercamiento histórico a las patologías de las poblaciones de la época tardorromana e hispanovisigoda (siglos IV-VIII), Salamanca, Ediciones Universidad, 2013.
El trabajo de Menéndez Bueyes pretende establecer un bosquejo acerca de la calidad de vida, que de forma quizás algo confusa el autor define como «nivel de vida», en la Hispania tardoantigua.
Para conseguir su objetivo el autor utiliza dos elementos básicos de información; por un lado las fuentes literarias o textuales que le permitirán establecer un primer catálogo de las patologías que Menéndez Bueyes analiza desde la clínica actual; en segundo lugar, en la monografía se analizan los datos aportados por el registro arqueológico, en concreto los restos osteológicos procedentes de necrópolis de la Tardoantigüedad.
El autor logra así completar con mucha amplitud el análisis aportado por la tesis doctoral de Joaquín Baxarias (La enfermedad en la Hispania romana: estudio de una necrópolis tarraconense.
Y lo hace mediante la introducción conceptual, cada vez más difundida en los investigadores, de la consideración de la Antigüedad Tardía como el periodo que se extiende desde la época romana final hasta la invasión islámica.
La obra de Menéndez Bueyes se articula a partir de un primer capítulo introductorio (pp. 11-19) en el que plantea el objeto de estudio, y analiza algunas aportaciones recientes en relación con los estudios médico-antropológicos sobre las poblaciones de la Antigüedad Tardía en países de Europa occidental.
Apunta los motivos por los que da prioridad informativa a un tipo de fuentes sobre otros, planteando también la problemática arqueológica de las numerosas necrópolis hispanas documentadas y que son conocidas como «necrópolis del Duero», pese a que rebasan ampliamente esa indicación geográfica.
El autor destaca la amplia presencia en las mismas de individuos infantiles, y acepta el análisis reciente de A. González-Martín (2008) al respecto de las características osteológicas.
En relación al volumen de población de Hispania, el autor considera que las cifras apuntadas son especulaciones, si bien rechaza las cifras altas y acepta como más prudente el cálculo en torno a los 4 millones de habitantes, señalado por A. Balil, C. Carreras y por uno de nosotros (E. Gozalbes).
Finalmente, Menéndez Bueyes indica las razones por las que renuncia a realizar un estudio centrado en la paleodemografía: «nuestra intención se focaliza en el conocimiento de las enfermedades y el estado sanitario de estas poblaciones».
El segundo capítulo (pp. 21-65) se dedica a tratar en detalle los datos aportados por las fuentes textuales.
El análisis sobre la ciencia médica en la Tardoantigüedad es breve, considerando principalmente las figuras de Oribasio de Pérgamo o Alejandro de Tralles.
Pero la época de la que se trata es un periodo de disminución de los movimientos en el mundo mediterráneo, lo que sin duda dificultaba el que los conocimientos de los principales médicos, que eran de la parte oriental del imperio romano-bizantino, fluyeran al mundo occidental.
Las prácticas médicas y curativas en el mundo tardoantiguo en Hispania quedan reflejadas sobre todo en las Regula de las órdenes monásticas, entre las que naturalmente destacan como mejor conocidas las de Leandro y de Isidoro de Sevilla.
Y no es menos cierto que la transmisión de la medicina romana a la época visigoda está bien representada en los párrafos que dedica a la Medicina, y sobre todo a los diversos medicamentos, el citado Isidoro en sus Etimologías.
El autor aporta como novedad textual para este tipo de trabajos las fuentes de carácter hagiográfico, las vidas de santos.
Por ejemplo, en La Vida de San Millán, obra de Braulio de Zaragoza, se recogen numerosas curaciones realizadas por la actuación de ese personaje, con algunos detalles bastante genéricos acerca de las afecciones.
No obstante, pese a la curiosidad de este tipo de noticias, las curaciones de ciegos o de cojos que están insertas en estas obras forman parte de la tradición cristiana de las curaciones realizadas por Jesús.
En este sentido, no puede menos que dudarse de la efectividad de esta información acerca de la «nube blanca que le cubrió un ojo», los espasmos atribuidos a una posesión demoniaca, la desaparición de la parálisis de una mujer, o la resurrección naturalmente inesperada y sorprendente de una niña de cuatro años después de tres horas muerta.
Y también la Autobiografía de Valerio del Bierzo recoge casos de curaciones milagrosas producidas sin acción alguna de médicos de los que, por otra parte, la región no disponía.
En cualquier caso, mucho más valor tienen las informaciones que se recogen en las Vidas de los Santos Padres de Mérida, un texto anónimo del siglo VII, en los que se describen algunas enfermedades con apariencia de reales, así como actuaciones de praxis médica desarrolladas por algunos religiosos.
Y también muchas de estas fuentes tardías son importantes en la medida en la que, siguiendo el espíritu cristiano de curación del alma y del cuerpo, se documenta el establecimiento de senodochia, es decir hospitales (en realidad de forma textual significa asilo de peregrinos).
En este sentido el autor destaca con bastante acierto el caso que las citadas Vidas reflejan de la fundación en Mérida de un xenodochia por parte del obispo Masona:
edificó un hospital y lo dotó con un gran patrimonio, lo equipó con sirvientes auxiliares y médicos, dio orden de que se atendieran las necesidades de los peregrinos y de los enfermos, y ordenó a los médicos que, recorriendo de una forma incesante los alrededores de toda la ciudad, llevaran en brazos al hospital a todo el que encontraran enfermo, fuera siervo o libre, cristiano o judío...
Aspecto importante del que trata brevemente el autor es el de las epidemias y plagas.
Ya L. A. García Moreno, en su monografía sobre El fin del reino visigodo de Toledo (Madrid, 1975) había recogido una lista de catástrofes de la Hispania visigoda, y había tratado de hacer una aproximación a su sentido evolutivo.
Las plagas y sequías son, sin embargo, mucho más numerosas que las epidemias que, contra lo que se señala en ocasiones, aparecen de una forma meramente excepcional.
No cabe duda de que la malnutrición, que está bien documentada en momentos concretos, influía en la proliferación de las enfermedades, y por supuesto en las epidemias.
Pero los escasos brotes epidémicos importantes que parecen indiscutibles son un estallido especialmente fuerte de viruela hacia el 580 a.
C., y sobre todo con anterioridad la primera aparición de la peste bubónica en el 542, que representaba la extensión hasta en el extremo Occidente de la famosa «Peste de Justiniano» estallada en Bizancio.
No obstante, parece cierto que otras epidemias de menor intensidad existieron en otros momentos.
Por cierto, que la inscripción del año 609 que se reproduce en la portada de la obra que comentamos es el epitafio hallado en Cortijo de Chinales (Córdoba) de un individuo fallecido en un proceso infeccioso inguinal.
Menéndez Bueyes finaliza el capítulo señalando que algunas inhumaciones colectivas de la época, como las de la Cueva Larga en Palencia, Las Penas en Cantabria, l ́Almoina de Valencia o San Antón en Cartagena, podrían relacionarse con epidemias.
El tercero y extenso capítulo de la monografía (pp. 67-115) se dedica a las evidencias osteológicas a partir del registro arqueológico de la Hispania Tardoantigua.
El capítulo está dividido en numerosos apartados que nombramos para reflejar los contenidos de la obra: patología nasosinusal y oral (con análisis de la caries, accesos bucales, enfermedades periodontales, hipoplasia de esmalte, cálculo dental, bruxismo), patología osteoarticular y traumatismos (artrosis, artritis reumatoide, osteoporosis, tuberculosis, etc.), patologías infecciosas entre las que destaca la discusión acerca de la supuesta presencia de la sífilis, respecto a la que el autor presenta con dudas un caso documentado en Alcalá de Henares; entre estas enfermedades destaca también la lepra, que parece documentada al menos en dos casos en Gomacín (Navarra) y en Valencia, así como la tuberculosis.
Completa los análisis con la inclusión de las patologías congénitas y hereditarias, con las neoplasias y las patologías endocrino-metabólicas, a las que presta una especial atención, sobre todo al raquitismo.
El último capítulo está dedicado a la discusión de los resultados aportados hasta este punto (pp. 117-140).
Se trata, obviamente, del capítulo más interesante desde la perspectiva puramente histórica, en la que la exposición más o menos erudita se conduce al terreno de la interpretación y de las conclusiones.
En él se apunta a la pueril elementalidad del saber médico en la Antigüedad Tardía, que partía de la existencia de fuerzas maléficas que suponían las posesiones demoniacas, que son sin duda interpretaciones acerca de los fenómenos de locura, así como la interpretación de la acción de la epilepsia.
Todo ello deriva de la visión de la enfermedad como un castigo divino, ante la que la actuación de los religiosos, de un lado mediante la curación del alma y del cuerpo, y de la medicina popular, del otro, eran consideradas como remedios eficaces.
En este sentido, tan solo en las grandes ciudades como Mérida existieron realmente médicos profesionales con cualificación.
Respecto a las afecciones, Menéndez Bueyes considera que existió una fortísima incidencia de las enfermedades endocrino-metabólicas, que calcula a nivel general con estadística.
No es novedad del estudio que realiza la constatación de la baja talla de los individuos cuyos restos óseos se han estudiado, un reflejo indudable de la pervivencia de la vieja población de época romana.
Respecto a las patologías endocrino-metabólicas, que no dejan evidencias óseas, sin embargo el autor defiende una alta incidencia debido a la documentación literaria, señalando que sin duda el origen de estas patologías podría encontrarse en las deficiencias de nutrición incluso desde la vida uterina.
Y las infecciones parecen evidentes en unas piezas dentarias enormemente desgastadas, en la caries generalizada, enfermedades periodontales, pérdidas de piezas dentarias, hipoplasia del esmalte: «ello es muestra de una alimentación caracterizada por el consumo de productos poco depurados o contaminados y la ingesta de aguas no filtradas o ausentes de flúor».
Características que no deben ocasionar el despiste del lector, es improbable que fueran propias de la Tardoantigüedad sino que estaban sin duda presentes ya en la época romana.
En este capítulo de discusión de los resultados, el autor dedica un apartado especial a la mortalidad infantil.
El autor extiende su análisis a los enterramientos; en la Hispania romana, al contrario que en la Galia, por lo general los niños eran enterrados aparte de los adultos, como en el caso de los recién nacidos, y solo de una forma excepcional se les dedicaba lápida con inscripción, como muestran los miles de epitafios conservados de época imperial romana.
Por el contrario, a partir del Bajo Imperio comenzó a cambiar la situación.
Aunque no lo cite el autor, en la necrópolis tarraconense estudiada por el citado Joaquín Baxarias, con 243 individuos enterrados entre los siglos III al V, hay ya documentados un número importante de fallecidos con una edad entre 0 y 5 años, entre 6 y 10 años y entre 11 y 15 años.
De hecho, estos tramos entre los 0 y los 15 años suponían el 30% del total, lo que contrasta con las lápidas del conjunto de Hispania en época alto-imperial, cuando apenas un 11% de los casos documentados son de esos grupos de edad.
Esta inhumación no segregada de los niños se atribuye generalmente a la influencia del cristianismo que supuso una nueva organización de los espacios funerarios.
En el apartado dedicado a la paleodemografía, como hemos visto apenas desarrollada en la aportación, Menéndez Bueyes consideraba que en torno al 42% de la población no alcanzaba los 40 años de edad, en torno al 38% fallecía entre los 40 y los 60 años, y un 25% superaba esa edad.
Pese a todo, el autor apunta a la posibilidad de que en grupos de personas acomodadas se alcanzara una longevidad bastante mayor, lo que por otra parte parece una obviedad (poco demostrada).
Aunque se indican algunos datos referidos a la mujer, no deja de constituir un vacío de información el que no se trate de un tema tan importante como la muerte diferenciada de hombres y mujeres, simplemente con la indicación de la existencia de una importante mortalidad femenina en los años de mayor fertilidad.
Todos los estudios demográficos realizados muestran cómo hasta el siglo XVIII en todo el mundo, y hasta mucho después en zonas escasamente desarrolladas, la media de vida de las mujeres fue muy inferior a la de los varones, en una diferencia entre los 4 y los 6 años.
Aunque no se han desarrollado estudios concretos en necrópolis hispanas de la Tardoantigüedad, sin embargo sí poseemos algunos datos significativos para la época romana.
Así las lápidas romanas de Hispania documentan que en torno al 31% de los hombres que sobrevivían a los 20 años superaban los 60 años de edad, pero tan solo lo hacían un 23% de las mujeres.
Existía pues un reparto desigual de ese 25% que alcanzaba y superaba los 60 años, había más ancianos que ancianas, justamente al contrario que en la actualidad en los países desarrollados.
La obra finaliza con una extensísima bibliografía, recogida en las pp. 140-173, en la que se recogen junto a otras las referencias apuntadas en las notas a pie de página, así como una serie de tablas sobre yacimientos analizados y patologías mencionadas por las fuentes, así como un conjunto de gráficos sobre las diversas patologías, así como una tabla final con algunos datos paleodemográficos.
De la misma se deduce sobre todo, como una constante en las evidencias arqueológicas, la existencia de una fuerte mortalidad infantil.
En suma, la obra que comentamos representa una valiosísima aportación, con un primer acercamiento bastante completo a todo un conjunto de temas afrontados desde un acercamiento de carácter histórico a la enfermedad y a la muerte, en un periodo por lo general obscuro de la Historia de España.
Se abren así pinceladas de conocimiento acerca de unas sociedades que marcan un periodo de transición y que, a la luz de los datos, a nuestro juicio no aparenta tanto retroceso respecto a la época romana como muchas veces se considera.
Por los resultados de la investigación, así como por las numerosas dudas en los temas que la lectura del libro suscitan, y que quedan abiertas para posteriores investigaciones, nos encontramos indudablemente ante una obra importante que forma parte de la prestigiosa colección de publicaciones de la Universidad de Salamanca. |
Breve noticia de la vida del excelentísimo señor don Jorge Juan y Santacilia
Breve noticia de la vida del excelentísimo señor don Jorge Juan y Santacilia,, estudio preliminar, edición y notas de Armando Alberola Romá y Rosario Die Maculet, Alicante, Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2013.
Se conmemora en 2013 el aniversario del nacimiento de Jorge Juan y Santacilia.
No quiero dejar pasar esta fecha sin dedicar algunos párrafos a un personaje central en la historia de la ciencia y la náutica españolas, y europeas.
Supone su obra la entrada de la matemática y la física modernas, asentándose a partir de entonces España a un nivel internacional.
Su figura se debe comprender dentro de los intentos de la nueva dinastía Borbón por tener un ejército moderno, en el que la educación y la pericia fuesen más importantes que la herencia y el riesgo.
Los trabajos de Francisco Andújar mostraron bien estas novedades.
La labor de Jorge Juan en la academia y el observatorio de Cádiz y en los nuevos métodos de enseñanza de la náutica, fue de enorme importancia, puesta de relieve por Manuel Sellés y Antonio Lafuente.
Se edita de nuevo hoy la primera biografía de Jorge Juan, la de su leal secretario Miguel Sanz, de la que se hace un magnífico estudio por Armando Alberola Romá y Rosario Die Maculet.
Se trata de una aportación más de estos autores a la biografía del marino, tras el análisis en obra anterior de la herencia y el legado intelectual.
En su estudio llaman la atención sobre la fama que el marino tuvo en su tiempo, lo que evidencian en un interesante texto de Cartas marruecas de José Cadalso.
Se trata de una burla del escritor y militar sobre un personaje anticuado que vive en el recuerdo de las batallas navales españolas.
Al parecer, Juan no era muy comunicativo en lo que a aspectos personales se refiere, negándose a ser retratado o a dar noticias de su vida.
Pero es notable el esfuerzo que se hace por glorificar la imagen del ilustre marino, así en el deseo de un amigo de sufragar bustos y retratos (grabado y óleo) y del auxiliar Miguel Sanz en mejorar la sepultura, publicar sus escritos y escribir la biografía.
Como recuerdan los editores, no es el primer relato de su vida, pues el jesuita Andrés Marcos Burriel publica unas páginas de sus primeros tiempos en la Biblioteca valenciana de Ximeno.
Sin embargo, la biografía de Miguel Sanz es la primera canonización de la vida del marino.
Describe la personalidad de este, señalando sus principales virtudes, el resto de la Breve noticia aborda ya su trayectoria vital presentando los distintos acontecimientos de un modo rigurosamente cronológico pero con un tratamiento desigual y arbitrario que le lleva a explayarse en episodios de importancia menor, descendiendo a lo anecdótico, mientras que despacha con rapidez y sin comentar apenas los de mayor relevancia. (pp. 57-58).
Sin duda, la idea de importancia varía de unas a otras épocas, queriendo el biógrafo señalar sobre todo los aspectos que hacían de Jorge Juan un personaje noble, sabio y leal.
También había problemas inquisitoriales y políticos que los comentadores aquí advierten.
En sus páginas hay muchas referencias a sus abnegados servicios, su valor y sus riesgos, así como a las enfermedades y su accidente, preparación del heroísmo, «la clase de los verdaderos héroes a quienes por obsequio de ambas majestades debemos imitar» (p.
Se señala su pertenencia a la Orden de Malta, como Alessandro Malaspina.
También su ingreso en la Compañía de Guardiamarinas, fundada por José Patiño en Cádiz en 1717, para interesar y ascender a la baja aristocracia y a los militares, formando una buena oficialidad.
Son descritos sus destinos en el Mediterráneo, su acción de héroe y salvador muchas veces repetida, así en Orán, Londres o Perú.
Enviado allí junto con Antonio de Ulloa, para ayudar a la expedición de La Condamine a averiguar la figura de la Tierra, como Antonio Lafuente mostró en su tesis doctoral, se produjeron rivalidades de personalidades, de saberes y procedimientos, entre monarquías también, por lo que estas mueven la edición de los resultados, así las ricas ediciones por la imprenta real.
Muchas páginas se ocupan de la construcción naval, astilleros y diques.
Sin duda, el conseguir buenos barcos era vital para el imperio español, basado en sus colonias lejanas.
Su actividad fue muy intensa, en una vida no muy larga.
El mismo nos lo muestra en carta a su hermana Margarita de 1750: «Ahora me tomo un instante para decirte que he nacido para peregrino, pues aún no he llegado que me mandan y ya quisieran que estuviera fuera» (p.
Será así siempre su vida, como insiste en otra carta al Secretario de la Academia de Ciencias de Bolonia en 1765: «Mis ocupaciones en el servicio del Rey de unos años a esta parte me han dado poco lugar para practicar la Astronomía.
Esta ciencia pide suma tranquilidad y yo no he podido menos de trasportarme de un arsenal a otro según las urgencias» (p.
Por eso no alcanzó a observar un tránsito de Venus, pero sí se pudo hacer en Cádiz.
Faltan siempre libros e instrumentos, el tiempo y la tranquilidad, además de los dineros para sueldos y gastos.
Sin embargo, ya en su día, fue valorado en el elogio de Lalande a las instalaciones y las observaciones gaditanas tan valiosas.
Llama la atención esa limitación a las comisiones y obras, que sin duda se aúnan con las virtudes, propias de toda biografía, pero más en las ilustradas y neoclásicas, que valoran mérito y virtud.
Es época de renacimiento de Plutarco, o bien el momento en que el periodista Nipho publica sus edificantes biografías de personajes clásicos.
Los jesuitas han impuesto una enseñanza erudita basada en la antigüedad, más o menos profunda.
En este estilo escribe Sanz la biografía, haciendo referencia a los apasionados que la solicitan y al público al que se dirige.
Desde el puesto de oficial de la contaduría de Marina y secretario del ilustre marino, escribe para glorificar a Jorge Juan.
Elogia su seco carácter, mientras Burriel se lamenta de su trato.
Resalta la pertenencia a Academias, así la francesa y la inglesa.
También Bouguer elogiará la obra del marino en el seno de la francesa.
La marina recoge los papeles que a su muerte deja, considerándolos secretos, y parece incómoda con la cercanía de Sanz a ellos.
Pero siempre aducirá este su papel junto a Juan y su carrera no será nada mala.
Hace gran esfuerzo por dar a luz sus libros, incluso sus papeles; en el apéndice recoge algunos, llenos de fórmulas, asustado por la requisa oficial hecha.
Se insiste en su enfermedad convulsiva y discapacitante, el cólico de Madrid tal vez (Valverde, Nuria (2012), Un mundo en equilibrio.
También en su enseñanza última en el Seminario de Nobles, que habían fundado los jesuitas en Madrid.
Con gran frecuencia estuvo ligado de una u otra manera a la Compañía, tan importante en la ciencia moderna.
Ahora se quiere mejorar la enseñanza de la nobleza y los militares, siempre con dificultades, pues estos preferían la batalla al aula.
Muere Juan y pronto Sanz estará arrestado en 1774-1775, morirá de fiebre amarilla y será enterrado en fosa común.
En fin, el fiel secretario se había apresurado a comunicar al «público» la muerte de su jefe Jorge Juan y pronto este tuvo lápidas, homenajes y sepulcros marmóreos.
En Cádiz nunca fue olvidado. |
Enclavado en el complejo y azaroso tránsito intelectual que le condujo desde la analítica del poder y las disciplinas hasta sus últimos trabajos en torno a la espiritualidad y las tecnologías del yo, no cabe duda de que el concepto de biopolítica constituye una de las aportaciones más relevantes y de mayor impacto que la obra de Michel Foucault ha legado al pensamiento contemporáneo.
Buena prueba de ello es su apropiación y reelaboración por diversos autores que, como es el caso de la «ingeniería social» de Zygmunt Bauman, el Homo sacer de Giorgio Agamben o el Imperio de Toni Negri, han analizado en fechas recientes el despliegue de la racionalidad biopolítica como uno de los grandes procesos constitutivos de la modernidad, confiriéndole en ocasiones un matiz abiertamente teleológico por el que representaría incluso el último y más acabado estadio de una hipotética y progresiva sofisticación del poder (Negri).
Como bien se encarga de precisar Francisco Vázquez, la formulación original del concepto (a saber, la regulación de los grandes procesos biológicos que afectan a la población y la conversión de esta en un objeto preferente de la acción de gobierno) es completamente ajena a estas pretensiones, alentando un uso estrictamente nominalista del mismo que, como se propuso el propio Foucault con sus cursos Seguridad, territorio y población (1977-78) y Nacimiento de la biopolítica (1978-79), aclare los distintos rostros asumidos por la biopolítica en función de las notables mutaciones históricas experimentadas por las técnicas y las estrategias de gobierno.
No en vano, no fue sino el interés por la biopolítica y el «gobierno de las poblaciones» el que condujo al filósofo francés a reformular su concepción del poder desde el modelo «bélico» de inspiración nietzscheana encarnado por las disciplinas (que, como es sabido, emanan de una relación de fuerzas esencialmente antagónicas y en conflicto permanente) a la «gubernamentalidad», esto es, a un arte o ejercicio de conducción de conductas que presupone la existencia de agonismos, sinergias y, en definitiva, la libertad de los individuos.
Partiendo así de la tesis según la cual «el estudio de la biopolítica es inseparable de una morfología de la gubernamentalidad» (p.
Centrado fundamentalmente en su primera etapa con el objeto de captar la irrupción en los reinos hispánicos del «gobierno de la vida» en su momento naciente y de señalar sus aspectos contingentes y específicos, el análisis pretende así calibrar indirectamente la influencia en el caso español de una serie de particularidades cuyo eco alcanza hasta la actualidad, como es el caso del peso del familiarismo católico, la debilidad esencial del Estado del Bienestar, los sesgos y vaivenes de las políticas de inmigración o la persistencia de un terrorismo nacionalista que Francisco Vázquez vincula de un modo quizá excesivamente lineal con el ideario «bioteológico» de Sabino Arana.
En este sentido, cabe lamentar que el recorrido apenas esboce las grandes líneas del pensamiento y las prácticas biopolíticas durante el siglo XIX y se detenga abruptamente en el primer tercio del XX, por cuanto son las tres últimas fases de su periodización (por otro lado, las más cuestionables a primera vista) las que podrían ofrecer un panorama más completo y coherente de la exploración genealógica que el autor se propone acometer.
Apoyándose en una amplia variedad de fuentes y en el importante trabajo de fondo desplegado desde una larga serie de disciplinas históricas (entre las que cabe destacar la historia política, económica y cultural, pero también la historia de la medicina, la educación, el urbanismo o la marginalidad), el punto de partida de esta exploración se sitúa en las preocupaciones surgidas a lo largo del siglo XVII por la despoblación del reino y la consideración correlativa del número y la «calidad» de sus habitantes como una riqueza que el soberano debía administrar mediante la acción de gobierno, preocupaciones que, compartidas por los arbitristas barrocos y los reformadores ilustrados, condujeron ya en el siglo XVIII a la puesta en marcha de distintas prácticas como el célebre «experimento biopolítico» ensayado con las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena.
Paralelamente, y en el contexto de un paulatino encumbramiento del homo faber, el estatuto de la pobreza —cuya secular sacralización venía siendo cuestionada por figuras como el propio Vives desde principios del siglo XVI— y el disciplinamiento de los menesterosos se erigieron en un nuevo frente estratégico desde el que se promovía su movilización como un contingente de población potencialmente útil cuyo trabajo debía contribuir al engrandecimiento del reino.
En este ámbito, como en muchos otros (entre los que Francisco Vázquez analiza con cierto detalle las polémicas en torno al exceso de religiosos, la admisión de extranjeros, la estigmatización de los gitanos, la expulsión de los moriscos, el cierre de las mancebías y burdeles públicos o la aparición de una nueva mentalidad con respecto al lujo) la lógica mercantilista e instrumental inherente al despliegue de esta nueva «razón de Estado» necesariamente hubo de rivalizar y buscar fórmulas de compromiso tanto con los imperativos de la religión católica y de una «política del cielo» centrada en el gobierno de las almas, como con las exigencias de la vieja «racionalidad parental» vinculada a la pureza de la sangre y la integridad de los linajes.
Y, lejos de atribuir su despliegue al avance imparable de procesos a gran escala (modernización, secularización, etc.), son justamente estos compromisos y el entrelazamiento inestable entre estos distintos tipos de racionalidad los que explican, en opinión del autor, las peculiaridades de la biopolítica emergente en el caso español.
Es también en este marco cómo va a producirse, ciertamente de una forma tardía y dependiente con respecto a Francia y los Estados Alemanes, la introducción en España de la «policía» como práctica de gobierno y de la «ciencia de la policía» como una reflexión crítica sobre dicha práctica.
Estrictamente asociada a la racionalidad gubernamental del mercantilismo, la policía engloba —tal como señaló el mismo Foucault— el conjunto de medios que permiten acrecentar las riquezas del Estado manteniendo el orden del mismo, otorgando por vez primera un papel preponderante en dicho objetivo a unas «políticas de salud» que ya no se limitan a la vigilancia frente a las epidemias o el auxilio caritativo de los enfermos pobres, sino que abarcan y se dirigen al conjunto de la población.
De este modo, a partir del reinado de Carlos III se asiste no sólo a la difusión de los presupuestos de la «policía médica» de inspiración germánica, sino a la aparición de una novedosa serie de preocupaciones relacionadas con la salubridad de los espacios públicos, la mortalidad infantil o la conducta sexual, así como a episodios tan conocidos como los debates en torno a la inoculación de la viruela —que, siguiendo nuevamente a Foucault, Francisco Vázquez interpreta como un «mecanismo de regulación» o «dispositivo de seguridad» muy distinto a los mecanismos disciplinarios, por cuanto su finalidad ya no consiste en erradicar la desviación, la anomalía o el riesgo, sino en gestionarlos de un modo eficiente— o a los inicios de una literatura higienista que busca aleccionar a los sectores más eminentes de la población (literatos, «poderosos», cabezas de familia, etc.) sobre los más diversos estragos sanitarios.
En cualquier caso, sólo unas décadas después, la revolución liberal va a modificar radicalmente los fundamentos de la acción biopolítica debido a un desplazamiento decisivo en la distribución del poder de soberanía y en la configuración de las estrategias de gobierno, tendentes ahora a anular las regulaciones artificiales del «estado de policía» absolutista y a facilitar la autorregulación natural de los procesos que afectan al mercado, la población y la sociedad civil.
En este nuevo contexto, las élites liberales despliegan un cuestionamiento sistemático de las prácticas e instituciones de encierro del Antiguo Régimen (y, muy particularmente, de los hospitales como focos de abandono, miseria y contagio) o promueven otras de nuevo cuño (es el caso del manicomio terapéutico o el burdel reglamentado), a la vez que concentran sus esfuerzos en la abolición de todos los obstáculos que impiden el buen funcionamiento de un mercado nacional unitario (gremios, fueros, privilegios eclesiásticos, etc.).
No obstante, la constitución de esta esfera económica liberada de los corsés de la acción estatal y centrada en el individuo propietario que busca maximizar su beneficio (el homo œconomicus del liberalismo clásico) se verá muy pronto condicionada por la emergencia del pauperismo y la cuestión social, a la que el poder hará frente inicialmente con los medios de la estadística y la higiene, pero cuya ulterior agudización pondrá en marcha, ya en el último tercio del siglo XIX, una nueva mutación en las tecnologías de la gubernamentalidad liberal.
Es entonces cuando una amplia nómina de profesionales y reformistas sociales advierten enfáticamente de sus riesgos para la dinámica poblacional, el orden político y la integridad misma de la nación, abogando por una notable ampliación de los márgenes de intervención estatal sobre los procesos vitales y civilizatorios.
Tal como expone sumariamente Francisco Vázquez, esta «biopolítica interventora» se sustanciará en cuatro tendencias principales: el tránsito de las políticas de beneficencia a las de previsión; la introducción de la medicina social; la aplicación de nuevas tecnologías eugenésicas con el objeto de optimizar la calidad y el vigor de la población; y, por último, la emergencia del homo hygienicus como nuevo modelo normativo de sujeto que, comprometiéndose a mantenerse saludable, subordina sus intereses egoístas a la preservación de un organismo nacional sano y robusto.
Como es sabido, el espíritu de las políticas de previsión no encontró una fórmula capaz de apaciguar eficazmente las tensiones sociales del capitalismo liberal hasta muchas décadas después, pero —de forma paralela a la institución del Estado-Nación postestamental— esta etapa sí legó a la posteridad un fenómeno que muy pronto revelaría sus catastróficas consecuencias para las sociedades contemporáneas: la consagración de la biología como un criterio para demarcar a los grupos sociales, y la aparición correlativa del racismo y la xenofobia que han envenenado la convivencia hasta nuestros días. |
Manual de humanidad, Madrid, LoQueNoExiste, 2009.
El libro objeto de esta reseña, realizado por la editorial LoQueNoExiste en colaboración con FEDER (Federación Española de Enfermedades Raras) y Medialuna, una compañía de relaciones públicas, informa desde la portada de su contenido: «26 personas con estas patologías narran cómo es su vida y 29 prestigiosos doctores las describen».
Así pues, se trata de una obra con cierto carácter reivindicativo y con un componente implícito de autoayuda.
En el mundo de la sanidad, y no solo en él, es conocido el problema que presentan las denominadas «enfermedades raras», aquellas que por su escasa incidencia en una población merecen ese calificativo y a cambio no son merecedoras del esfuerzo, desproporcionado seguramente desde el punto de vista de su relevancia estadística, que requeriría la investigación orientada al esclarecimiento de su etiología, a menudo genética, su fisiopatología, en ocasiones punto menos que singular, individual, y su prevención.
Dichas enfermedades, que podrían ser consideradas simples curiosidades desde el punto de vista de la patología, dejan de serlo cuando se contemplan directamente en el ser humano que las sufre, en el entorno inmediato, familiar, sobre el que repercuten a menudo de manera abrumadora, y en los profesionales sanitarios que se ven enfrentados a su diagnóstico, generalmente tardío y siempre difícil —precisamente por su rareza— y a la prestación de unos cuidados que en general no pueden ser llamados con propiedad «tratamiento», pues una vez producido el daño no suele haber remedio.
Los autores de este centón de historias individuales, concretas, pretenden llamar la atención acerca de dicho problema.
Los testimonios personales de enfermos o padres y madres de los mismos, así como los de los médicos que han tenido que enfrentarse, sin apenas recursos, a estos dolorosos casos, muestran el desamparo de los primeros y la impotencia, o la limitadísima capacidad, de los segundos ante unas situaciones existenciales a menudo desgarradoras; pero esos mismos testimonios ponen también de manifiesto una admirable voluntad de enfrentar creativamente la limitación y el dolor, así como la inesperada ayuda que la posibilidad de narrar, de referir a otros la propia experiencia, les ofrece.
Esta inesperada positividad podría difuminar en algún momento las mencionadas pretensiones reivindicativas del texto, pero eso sería más bien culpa de un lector que se dejase llevar por la sensiblería que de los autores de estas breves historias de vida.
Su mera existencia es un desafío.
Frente a la cruda verdad —mentira no es— de la estadística y de una ética basada en el análisis coste-beneficio —que existe y parece estar bien fundamentada filosóficamente— cada una de estas historias nos arranca de la cómoda instalación en lo factible obligándonos a preguntarnos por lo que podría ser. |
Este artículo profundiza en los esfuerzos realizados durante el siglo XVII por catedráticos y estudiantes de Medicina, colegios de boticarios y cirujanos y magistrados municipales de Valencia orientados a la creación y mantenimiento de un huerto destinado al cultivo de plantas medicinales procedentes de diferentes partes del mundo.
Los huertos dedicados al cultivo de plantas medicinales, entendidos como espacios destinados a la enseñanza de la botánica médica vinculada a las facultades de medicina, surgieron en las universidades italianas del Renacimiento hacia mediados del siglo XVI.
Pero Valencia, importante foco cultural, que contaba con una floreciente Facultad de Medicina, no quiso permanecer al margen de estas inquietudes.
A este respecto, es sabido que durante sus primeros siglos de funcionamiento los estudios de botánica médica quedaron vinculados en nuestra Universidad a la denominada cátedra de Hierbas y Simples y, por su parte, el profesor López Piñero ha estudiado profusamente la estrecha relación de Juan Plaza con el primer proyecto de creación de un huerto de estas características en 1567, así como las posteriores aportaciones del prestigioso Jaime Honorato Pomar en este campo 1.
Menos estudiados resultan, sin embargo, los detalles de los sucesivos intentos desplegados durante el siglo XVII en pro de la erección y mantenimiento de tal huerto.
En este contexto, objetivo primordial de las páginas que siguen es contribuir al mejor conocimiento de los denodados esfuerzos compartidos por catedráticos y estudiantes de medicina, colegios de boticarios y cirujanos y magistrados municipales en aras de la consecución de tan ansiado ideal durante el Seiscientos.
Aunque resulta posible pensar que las gestiones tendentes al mantenimiento de un huerto de simples se iniciaran con anterioridad, lo que es obvio es que se intensificaron a partir de 1631.
De hecho, la primera noticia documentada de que disponemos procede de la reunión del Consejo General celebrada el 3 de junio de 1631.
En ella los catedráticos de la facultad de Medicina, representados por el titular de la cátedra de Hierbas y Simples, Gaspar Pons, y los oficiales de los colegios de boticarios y cirujanos, expusieron la conveniencia e importancia que, no sólo para tales instituciones sino para el conjunto de la ciudad, tenía que ésta dispusiera de un huerto donde se pudieran cultivar plantas medicinales de todas las especies y procedentes de diferentes partes del mundo, a las que pudieran recurrir cuantas personas lo precisaran para la elaboración de medicinas.
Añadían en apoyo de su demanda no sólo que las universidades más importantes de España dispusieran ya de huertos de similares características, sino la posibilidad de conseguir este objetivo sin gasto alguno para la ciudad mediante la aplicación de una propina, expresamente destinada a este fin, en la colación de grados de la facultad de Medicina, así como en la concesión de títulos y privilegios por parte de los colegios de boticarios y cirujanos, con lo que, en su opinión, se podrían recabar fondos suficientes para comprar el huerto, conservarlo y cultivar las plantas necesarias.
Consultada la pretensión con personas expertas, el Consejo General, considerando también el beneficio que reportaría que los estudiantes no se vieran obligados a desplazarse a zonas lejanas para conocer las plantas y sus propiedades medicinales, se mostró partidario de la aplicación de la mencionada ----1 Entre otros muchos trabajos destacaremos las páginas dedicadas al tema en su obra LÓPEZ PIÑERO, J.M. y NAVARRO BROTONS, V. (1995), Història de la Ciència al País Valencià, Valencia, Alfons el Magnànim, y más recientemente, LÓPEZ PIÑERO, J.M. (2003),»La cátedra de medicamentos simples o «herbes» de la Universidad de Valencia durante el siglo XVI» en Aulas y saberes, vol. II, València, Universitat de València, pp. 111-123.
Véase también de COSTA, M. i GÜEMES, J. (2000), « De l ́hort de simples al jardí botànic» en Cinc segles i un dia, València, Universitat de Valencia, propina, si bien manifestó la exigencia de contar previamente con la necesaria aprobación real para la introducción de esta medida, por entrar en contradicción con las disposiciones reales.
Es por ello que el 5 de junio de este año los jurados expusieron al monarca su deseo de crear un huerto de las características referidas y, aduciendo la imposibilidad de hacer frente a los gastos derivados de su mantenimiento, dada la difícil situación financiera por la que en esos momentos atravesaba la Ciudad, solicitaron autorización para, a imitación de la práctica introducida por los colegios de boticarios y cirujanos, aplicar una propina adicional a la colación del grado de doctor en medicina, lo que en su opinión permitiera conseguir el efecto deseado, sin gasto alguno para la Ciudad 3.
Sólo la res-----2 A.M.V. Manuals de Consells, reg. 157, sf.
3 Al Rey nostre Señor Molts anys ha que esta ciutat desija que y haja en ella un hort a hon estiguen totes les herbes necessàries per al exercici de la medicina, com los hi ha en totes les repúbliques per a la conservació de la salut universal y remey de totes les malalties, y per a que los metges puguen ab commoditat tenir llarga notícia de herbes, lo qual segons les experiències que se an fet pot puesta afirmativa del monarca, comunicada en misiva de 26 de junio de1631, permitió abrir el necesario proceso de negociaciones tendente a poner en marcha el proyecto Magníficos, amados y fieles nuestros, vuestros antecesores en el officio de jurados me escribieron en carta de cinco deste que essa ciudad ha desseado que haya en ella un huerto donde estén todas las yervas necessarias para el exercisio de la medicina como lo hay en otras partes.
Y que puesto según el estado de la ciudad no ha podido éste tener effecto.
Pero que los boticarios y cirujanos della para que le tenga se han juntado en sus collegios y puesto en sus grados una propina y que los doctores y estudiantes dessa universidad les pidieron lo mismo respecto de los grados que en ella se dan y me supplicaron fuesse servido darles licencia para ello.
Y habiéndose visto en mi Consejo Supremo, ha parescido concedérosla para que los doctores de medicina en sus grados hagan lo mismo que los boticarios y cirujanos y con esto, sin que la Ciudad contribuya, haga el huerto refferido 4.
Estas gestiones tuvieron sus primeros resultados en la elaboración de unos capítulos tendentes a la erección de un huerto de simples, que fueron presentados en la reunión del Consejo General celebrada el 25 de febrero de 1633.
En ellos, tras una parte preliminar en la que aduciéndose el ejemplo de que universidades de gran prestigio como Padua o Montpellier, atendiendo a la importancia del conocimiento de las propiedades medicinales de las plantas para la curación de las enfermedades, habían erigido huertos de simples en los que se habían cultivado plantas de procedencia remota para que los profesores pudieran enseñar y los estudiantes aprender con mayor facilidad y menor costo ---tenir efecte ab molta facilitat y encara que.l tinga se assegura un fi tan important, no se ha pogut posar mai en execució, est insigne, per aver paregut que tindria dificultat segons lo estat de la ciutat y llimitació de les facultats de aquella, per la qual rahó los cirurgians y apothecaris se an juntat en sos collegis y an posat en sos graus una propina y los doctors y estudiants de la Universitat nos han demanat que façam lo mateix en respecte dels graus que•s conferixen en la Universitat per a que•s puguen exercitar en la cognició y ús de dites herbes, per faltar les quals no•s poden fer totes les medicines ab la perfecció que•s fan en totes les demés repúbliques y encara se•n deixen de fer moltes per faltar les herbes que són menester.
las propiedades de las mismas, se defendía la conveniencia de que una facultad de medicina tan prestigiosa como la de Valencia contara con un huerto de estas condiciones a fin de evitar la incomodidad que para el catedrático de Hierbas y Simples suponía desplazarse a lugares lejanos para practicar las preceptivas herborizaciones y evitar la falta de asistencia de muchos estudiantes por no disponer de medios económicos para costearse dichas salidas.
Añadían, además, que la erección del pretendido huerto permitiría a boticarios y cirujanos adquirir con mayor facilidad las hierbas necesarias para la elaboración de los medicamentos precisos para la curación de las enfermedades.
En razón de todo ello se acordó fundar en la ciudad un huerto de simples, alentados por la posibilidad de que la imposición de una propina por los colegios de boticarios, cirujanos y grados de la facultad de medicina, eximiera a la ciudad de nuevos gastos, estipulándose a tal fin que el procedente de las mismas se destinara exclusivamente al arrendamiento del huerto, al salario del hortelano, y al cultivo y conservación de las hierbas.
Además, para garantizar la correcta administración del huerto se designarían tres personas, en calidad de conservadores y superintendentes, y encargados de arrendar el huerto, pagar el precio de su arrendamiento, nombrar hortelano y asignar a éste y a sí mismos un salario suficiente, a condición de que no excediera de 20 sueldos a cada uno.
Estos nombramientos recayeron en el catedrático de Hierbas, cargo que en este momento desempeñaba Gaspar Pons, en el clavario del colegio de cirujanos y en el síndico del colegio de boticarios, cargo que ocupaba Juan Bautista Catarroja, a todos los cuales se confería poder de delegar en caso de impedimento justificado.
Se disponía, asimismo, la entrega a tales conservadores de todas las propinas procedentes de los grados de medicina y de los colegios de cirujanos y boticarios, para que se destinaran a las necesidades más urgentes, quedando obligado el catedrático de Hierbas y Simples a llevar un libro en el que quedaran consignadas las sumas recibidas y los gastos realizados, sin pretender por ello aumento de salario.
Las cantidades procedentes de las propinas entregadas a partir del día de San Juan de 1633 debían depositarse en la Taula a nombre de los tres conservadores, no pudiendo disponerse de las mismas sin el consentimiento de todos ellos, y con la condición impuesta de que se destinaran exclusivamente a gastos generados por el huerto, el pago de su alquiler y los salarios del hortelano y conservadores.
Por lo demás, dichos conservadores quedaban obligados a dar cuenta a los jurados de lo que hubieran cobrado o gastado siempre que éstos lo solicitaran.
Para el cultivo de las plantas se consideraron muy apropiados dos huertos ubicados en la casa del hospital del San Lázaro, sito en la calle Sagunto junto al monasterio de San Julián, por lo que se llegó al acuerdo de que los administradores del hospital general los arrendaran a los conservadores por el precio de 40 libras anules, durante ocho años, de manera que si concluidos éstos los administradores no quisieran arrendarlos de nuevo pudieran los conservadores arrancar todas las plantas a fin de que nadie pudiera hacer uso de ellas.
No obstante, los jurados, el racional y el síndico, en su deseo de conservar la administración general del huerto, se reservaban la facultad de añadir, revocar, modificar o disponer cuantas medidas estimaran convenientes para la buena dirección y continuidad del mismo 5.
En estas condiciones, el contrato de arrendamiento de los huertos del antiguo hospital de San Lázaro se firmó el 16 de marzo de 1633 y el contrato con el jardinero en mayo del mismo año 6 y, previamente, el 2 de marzo de 1633, los administradores habían prestado juramento de su cargo ante los jurados Los señors jurats de la ciutat de València, excepto Luch Juan Navarro, generós, absent del present acte, ajustats en la Sala Daurada, admeten el jurament als doctor Gaspar Pons, doctor en medecina y cathedràtich de herbes de la Universitat del Studi General de la present ciutat, y Joan Batiste Catarroja, apothecari y (...)
De esta manera Gaspar Pons 8, titular de la cátedra de Hierbas y Simples desde octubre de 1623, aunque no legó ninguna obra escrita, contribuyó, sin embargo, a elevar el nivel de esta asignatura al erigirse en portavoz de los deseos conjuntos de catedráticos de medicina, colegios oficiales de boticarios y cirujanos y estudiantes.
Sin embargo, apenas tuvo tiempo de comprobar los resultados de su gestión puesto que falleció en noviembre de 1634 9.
Los preceptivos edictos para cubrir la vacante se fijaron el 28 de noviembre de 1634, pero finalmente los jurados decidieron conceder la plaza directamente a Mel-----5 Ver apéndice documental I. 6 Datos recogidos a partir del Archivo Rodrigo Pertegás por GARCÍA MARTÍNEZ, S. (1987) «Gaudencio Senach i la cátedra de Botánica Médica 1682-1693», Afers, 5/6, 355-386, nota 57.
chor de Villena10 por considerarle una de las personas más prestigiosas en el conocimiento y propiedades curativas de las plantas, no sólo de la Universidad de Valencia sino de la monarquía.
Y quant no asistixca lo doctor Martí occupe lo primer lloch y ----puesto al costat del canseller, y lo mateix se observe en lo votar y publicar lo secretari los actes»11.
Ello suponía, sin duda, una trasgresión de los Estatutos.
Pero las normas impuestas por las Constituciones no sólo se dejaron de cumplir con nuestro catedrático, sino también con su inmediato sucesor.
Todavía no había transcurrido un año desde su designación cuando los jurados, en previsión de su futura jubilación, y deseando que alguien heredara su conocimiento de las plantas, alterando las disposiciones contrarias, le asignaron por conjunt a su sobrino Macià Riudonís, a quien debía instruir durante cinco años, transcurridos los cuales le podría suceder sin mediar oposición.
Cuando aún no había concluido el plazo previsto -el 20 de mayo de 1639-Villena, que ya contaba 75 años de edad, solicitó que se le eximiera de la lectura y de las herborizaciones, encargándose ambas tareas a Riudonís, quien las desempeñaría hasta su muerte en 1646.
Tras este imprevisto, los jurados acudieron de nuevo a Villena, pero, aquejado ahora de graves problemas con la vista, accedieron a designar un nuevo sustituto en la persona de Diego Pruñonosa.
Aunque la jubilación definitiva no la obtendría hasta el 8 de enero de 164912, ello suponía el fin de una agitada trayectoria docente.
En todo caso, parece ser que durante unos años se consiguió mantener en funcionamiento el huerto.
Ello explicaría, quizás, la discutida afirmación de Lechón y Moya de que «el jardín botánico, que en 1567 había comenzado a crear el profesor Juan Plaza en el huerto del hospital de San Lázaro en la calle Murviedro recibió gran impulso en tiempo de Villena, que dedicó especial cuidado a la conser-----vación y fomento de aquel poderoso auxiliar de la enseñanza médica» 14.
Y una disposición posterior, fechada el 12 de octubre de 1651, recordaba que las propinas debían depositarse en la Taula de Canvis a nombre del jurado encargado de la administración de la Universidad, del catedrático de Simples y de los mayorales de boticarios y cirujanos 15.
Pese a ello, parece que desde hacía algunos años los sucesivos priores se habían abstenido de efectuar el correspondiente ingreso -hecho que en opinión de los jurados había provocado el abandono del huerto-, obligando al claustro a exigirles el 3 de junio de 1661 la restitución de las cantidades atrasadas a fin de poder hacer frente al arrendamiento de un trozo de terreno destinado a dicha actividad:
A esta situación de abandono pudo contribuir en parte el hecho de que tras la jubilación de Villena la cátedra de Botánica viviera una etapa de inestabilidad propiciada por la sucesión de diferentes titulares, caso de Miguel Vilar 17, ----14 Citado por GARCÍA MARTÍNEZ (1987), nota 55.
Nacido en Valencia, familiar del Santo Oficio, médico de virreyes y «desospechador» real, fue además autor de varias obras.
Se le atribuyen Svatera Iatrica valentina in Theriacis viperinis partium ponder a librans, publicada en Barcelona en 1664, así como dos epigramas incluidos en las Fiestas de la Concepción de Juan de Valda y un tratado latino divulgado en 1674, bajo el título: Del número, diferencias y actividad lenta y prompta de los venenos (RO-Vicente Cucarella 18, Diego Pruñonosa 19 y Félix Rodríguez 20, cuya característica común será su escasa permanencia al frente de la misma.
Sólo el nombramiento de Juan Bautista Gil de Castelldases en 1661 consiguió romper esta dinámica, al regentar la cátedra hasta su promoción a la de Método en 1682 21.
Coincidiendo con el mismo los magistrados municipales quisieron dar nuevo ----DRÍGUEZ, J. (1747) Biblioteca valentina, Valencia, pp. 351-352), Vilar ya disponía entonces de un amplio curriculum universitario (Obtuvo los grados de bachiller y doctor en la facultad de Medicina de la mano de Miguel Jerónimo Romà, el 10 de septiembre de 1630 y el 6 de junio de 1631).
MC. reg.163, fol. 466.) que probablemente conservó hasta que obtuvo la de Hierbas.
18 Nombrado para regentar la cátedra en septiembre de 1652, tampoco Cucarella permaneció mucho tiempo al frente de Hierbas pues murió un año después.
19 Tampoco el nombramiento de Pruñonosa consiguió estabilizar la dotación de Hierbas y Simples, pues murió en 1655, siendo necesario convocar nueva oposición el 1 de abril.
Era natural de Valencia, «desospechador» de la ciudad y familiar y médico del Santo Oficio, desarrolló una larga actividad docente en la Universidad, ocupando además las cátedras de Curso y Método.
El 13 de septiembre de 1652 opositó por primera vez a la cátedra de Curso (AMV.
En gratitud a su larga actividad docente fue objeto de varios ascensos salariales.
21 Comenzó con esta oposición su curriculum docente en la Universidad.
Sólo unos meses después, el 15 de septiembre de 1660 opositó a Curso (AMV.
En la reunión celebrada al efecto, tras referir las sucesivas medidas adoptadas en favor de la creación y mantenimiento del huerto desde 1631 y asegurar que, puestas éstas en ejecución se había conseguido mantener en funcionamiento durante algunos años, afirmaban que la visita realizada por el jurat en cap, José Gómez había evidenciado que, a pesar de haberse continuado cobrando las propinas, el huerto se había dejado de trabajar, motivo por el que haciendo uso de la facultad reservada en los acuerdos precedentes de corregirlos o modificarlos, consideraron la conveniencia de -sin derogación de aquéllos-introducir algunas modificaciones.
En principio, estimaron necesario que entre los administradores del huerto se incluyera una persona que por desempeñar un oficio público adquiriera un mayor compromiso en su recuperación y mantenimiento.
A tal fin dispusieron que, en adelante, junto con el catedrático de Simples, el clavario de cirujanos y el mayoral de boticarios, actuaran como administradores los sucesivos síndicos de la ciudad de Valencia -cargo que en este momento desempeñaba Victorino Forés-facultándoles para encargarse de velar por la observancia tanto de estos capítulos como de los incluidos en la provisión de 25 de febrero de 1633.
Se acordó también que, en lo sucesivo, las propinas procedentes de la colación de grados se depositaran en la Taula de Canvis a nombre de los cuatro administradores, reiterando la anterior disposición de que no pudieran destinarse a un uso diferente del derivado del mantenimiento y conservación del huerto.
Asimismo, para garantizar el cobro de las propinas los sucesivos catedráticos de Simples y el prior de la facultad de Medicina quedarían obligados a firmar el recibo correspondiente al pago de la mitad de su salario percibido por Navidad, a fin de que ni uno ni otro recibieran la parte del mismo correspondiente a la paga de san Juan si previamente no habían depositado en la Taula las propinas.
Simultáneamente, se instaba al síndico de Valencia a que exigiera a los clavarios y mayorales de los colegios de cirujanos y boticarios a que, procediendo del mismo modo, depositaran puntualmente en el banco municipal las propinas procedentes de los exámenes y magisterios de cirujanos y boticarios, confiriéndole facultad para realizar cuantas instancias, jurídicas o no, estimara necesarias para el cobro, atribución que hacían extensiva contra los doctores, priores y sus herederos que tuvieran en su poder cualquier suma procedente de las propinas 22.
----No obstante, la recepción de dichas cantidades debió de plantear dificultades por cuanto el 13 de mayo de 1666 el claustro de la Universidad recordó la conveniencia de que se respetaran los acuerdos de 1633 y esgrimió la necesidad de que se recuperaran las cantidades atrasadas, a fin de que cuando se consiguiera la suma suficiente se procediera a la adquisición o arrendamiento del huerto, así como al cultivo de las plantas medicinales Y per quant ab provisió de vint y cinch de febrer mil siscents trenta tres los magnífichs jurats, racional y síndich, per les causes en dita provisió contengudes, la qual és del tenor següent (inseratur) y per execució de la real carta de Sa Magestat de vint y sis de juny mil siscents trenta hu, la qual és del thenor següent (inseratur).
No obstante, la exigencia de que esta disposición quedara incorporada a las restantes Constituciones del Estudi, a que alude el documento, no se contempló en las de 1674, que no hacían sino recoger diferentes acuerdos del claustro de la Universidad comprendidos entre 1652 y 167324, siendo las de 1733 las primeras en exigir para la obtención de los grados de bachiller y doctor en Medicina el pago de una propina «para el huerto de hiervas» de 10 sueldos y 2 libras y 4 sueldos respectivamente 25.
En todo caso, resulta importante destacar que ni la regulación de 1661 ni las disposiciones posteriores se mostraron suficientes para conferir mayor dinamismo al proyecto.
Sebastián García puso de relieve que una partida de 74 libras y 8 sueldos depositada en la Taula de Canvis en 1662 para financiar los gastos del huerto quedó inmovilizada durante veinticuatro años y que lo ----mismo ocurrió con otra de 17 libras y 14 sueldos entregada en 1666, paralizada durante veinte años, lo que, en su opinión, no hace más que evidenciar la paralización del huerto, que el mencionado autor atribuía a disensiones entre los administradores.
Todo ello contribuyó a que no fuera hasta finales del seiscientos, y paralelamente al proceso de renovación de la medicina, cuando asistamos a una intensificación del estudio de la botánica, así como de las diligencias tendentes a impulsar nuevamente la erección del huerto, procesos ambos en íntima relación con Gaudencio Senach, que accedió a la cátedra en 1682.
Senach, cuya conexión con el ambiente cultural valenciano y en particular con la Academia que se reunía durante la década de los ochenta bajo la presidencia y mecenazgo del conde de Alcudia -en la que se le encargó ocuparse de filosofía natural-demostró palmariamente Sebastián García 26, obtuvo, mediante privilegio real fechado el 12 de abril de 1684 la condición de administrador único del huerto, ante la ineficacia del clavario de cirujanos y del mayoral de boticarios, si bien como comisario real encargado de supervisar la erección del nuevo huerto fue designado el oidor de la Real Audiencia don Jaime Madroño.
En estas condiciones, previa inspección realizada por expertos que eligió Madroño, en 1685 Senach adquirió una casa y un huerto situados en la calle Sagunto, parroquia de san Lorenzo, frente al colegio de san Pedro Nolasco, valorados en 250 libras, a las que se añadieron otras 58 por gastos adicionales, entre los que se incluían el alquiler de un huerto contiguo, propiedad del doctor Luis Agramunt, cantidades que Senach había aportado personalmente y que posteriormente le serían giradas por la Taula de Canvis a partir de los fondos procedentes de las propinas de los grados de Medicina. dels illustres jurats de lo procehit de dites propines li fosen dates y girades les dites 308 lliures que importaria lo dit preu de casa, hort y demés gastos, alsant per a dit efecte la solta, al peu de la qual fonch provehit per dit noble ohidor que es fes la suplicació com pus largament es de veure per dita suplicació, la qual és del tenor següent (inseratur).
Lamentablemente, la pérdida de los protocolos notariales correspondientes a Matías Almiñana, notario nombrado por el comisario real para que registrara las actas de todas las gestiones que se iban realizando, así como los de los notarios Victor Salafranca y Francisco Carrasco, que también registraron en sus libros algunas de las actuaciones, nos priva de hacer un seguimiento más exhaustivo del proceso 28.
Pero obviamente el paso siguiente consistió en el acondicionamiento del huerto, la colocación de las plantas y la disposición de un lugar apropiado para que el catedrático de Hierbas y Simples explicara a los estudiantes las propiedades medicinales de las plantas, todo lo cual generó un gasto añadido de 116 libras y 18 sueldos, que como las anteriores habían sido adelantadas por Senach.
Por ello, a petición propia, refrendada por don Jaime Madroño, los magistrados municipales ordenaron el 9 de abril de 1686 que se le giraran las 74 libras y 8 sueldos, depositados por el prior de la facul-----27 AMV.
28 Los protocolos notariales de Francisco Carrasco se custodian en el Archivo del Reino de Valencia, pero lamentablemente el primer volumen corresponde a 1689.
De Almiñana se conserva exclusivamente el índice o baldufari en el Archivo del Real Colegio de Corpus Christi con la referencia 27.707, pero no hemos encontrado en él dato alguno que nos ofrezca nueva información.
Finalmente, de Salafranca se conserva también en este último archivo un índice, con signatura 27.943, del que apenas hemos podido extraer algunas referencias, que recogemos a continuación.
En agosto de 1684 se encuentra la consignación de una àpoca de «Joan Casanova, mercader, a Gaudenci Senach, doctor en medesina»; en noviembre del mismo año una cessió de «lo doctor Gaudenci Senach en cert nom al convent del Remey»; en febrero de 1685 una ratificació de venda de « lo dit Aguilar al doctor Gaudencio Senach»; en julio de 1685 una confirmació de actes de «Gaudencio Senach, doctor en medecina, a mosén Francisco Sapena, prebere, en cert nom»; en noviembre de 1685 un arrendament de « lo doctor Luis Agramunt y altre al doctor Gaudencio Senach»; y en septiembre de 1686 una obligació de «Vicent Rosat, llaurador, al doctor Gaudencio Senach». tad de medicina en 1662 -a que hemos hecho referencia anteriormente-, a cuenta del pago de la suma total 29.
Sin embargo, tampoco ninguna de estas gestiones permitió poner fin al problema que, en definitiva, había impedido el funcionamiento regular del huerto de Simples: su mantenimiento.
En esta ocasión éste se intentó subsanar mediante la firma de una concordia entre la facultad de Medicina y los colegios de cirujanos y boticarios, que fue aprobada por orden real, cuya búsqueda ha resultado infructuosa por el momento.
Pero, pese a que en su capítulo quinto se insistía en la necesidad de destinar las propinas de los grados a dicho mantenimiento, los priores del claustro continuaron, como ocurriera en años anteriores, reteniendo las sumas ingresadas por este concepto.
Ello determinó a la referida facultad y a los dos colegios implicados a elevar en 1693 un memorial a Carlos II suplicándole el nombramiento del visitador de la ciudad como juez comisario encargado de asegurar la ejecución de la concordia 30.
Pero antes de adoptar una decisión el monarca quiso recabar el parecer del virrey, marqués de Castel Rodrigo, y de los miembros de la Real Audiencia Illustre marqués de Castel Rodrigo, primo mi lugarteniente y capitán general.Por parte de la facultad de Medicina y collegios de apothecarios y cirujanos de essa ciudad se me ha representado que en execución de diferentes reales órdenes se fabricó un güerto para tener en él plantas y yervas medicinales.
Y que haviéndose firmado concordia entre la facultad y collegios para la conservación de dicho güerto fue servido aprovarla.
Y porque en el capítulo quinto se concordó que las propinas de los grados de la facultad de Medicina que havían entrado en poder de los priores del claustro (que actualmente se deve) se distribuyesen en los gastos que se havían hecho en la compra y compostura dél, no se han podido cobrar, suplicándome, assí por estos motivos como por las razones que expresan en el memorial (cuya copia se os remite), mande nombrar por juez y comisario al visitador de essa Ciudad, que oy es o adelante fuere, para que ponga en execución dicha concordia y se observe lo que en ella se expressa.
Y para tomar resolución en esta pretensión he querido ordenar y mandaros (como lo hago), que oyendo a essa Real Audiencia me informéis lo que se os ofreciere y pareciere para que, entendido, mande lo que convenga 31.
Solicitado éste en el mes de julio, la respuesta del alter ego se dilató hasta el 29 de septiembre ante la necesidad de atender con mayor urgencia los pro-----29 Ver Apéndice documental III.
Tomamos esta referencia, así como las contenidas en las dos notas siguientes del citado artículo de GARCÍA MARTÍNEZ, S. en el que aparecen incluidas respectivamente en las notas 65, 67 y 68.
blemas derivados de la Segunda Germanía.
En ella el virrey se limitaba a expresar su conformidad con el parecer emitido por las tres salas de la Real Audiencia, cuyo contenido hacía llegar al monarca junto con su misiva, aunque lamentablemente la documentación consultada no lo recogió Señor.
En el real despacho de 12 de julio próximo passado se sirve Vuestra Magestad de mandarme decir lo representado por parte de la facultad de Medicina y collegios de apothecarios y cirujanos de esta ciudad tocante a un huerto que se fabricó para tener en él plantas medicinales.
Y suplican a Vuestra Magestad sea servido, por los motivos que representan, de nombrar por juez y comisario al visitador de esta ciudad.
Y Vuestra Magestad me manda informe con esta Real Audiencia de lo que acerca desto se ofreciere, en cuya execución paso a las reales manos de Vuestra Magestad el adjunto papel en que se expresan los ministros de estas Salas su sentir acerca de esta materia.
Y conformándome con él no se me ofrece que añadir cosa particular tocante a ella.
Vuestra Magestad resolverá lo que fuese de su mayor agrado y servicio32.
Por su parte, el monarca, en un intento de poner rápido fin al problema, en carta de 17 de octubre, facultó a Castel Rodrigo para que personalmente designara como juez comisario de la facultad de Medicina y de los colegios de boticarios y cirujanos al ministro de la Real Audiencia que considerara más apropiado para esta misión, a condición de que no se le otorgara mayor jurisdicción que la que en su día se concedió a don Jaime Madroño o al doctor Francisco Ortín, que habían desempeñado esta función con anterioridad.
Illustre marqués de Castel Rodrigo, primo mi lugarteniente y capitán general.
Recivióse vuestra carta de 29 de settiembre passado en que con essa Real Audiencia respondéis al informe que os mandé pedir sobre la representación que hiço la facultad de Medicina y collegio de apotecarios y cirujanos de essa ciudad, de que respeto de que en execución de diferentes reales órdenes se fabricó un huerto para tener en él plantas y yervas medicinales y formádose concordia entre la facultad y collegios para la conservación de dicho huerto.
Le mandé aprovar, y en el capítulo quinto se concordó que las propinas de los grados de la facultad de Medicina que havían entrado en poder de los priores del claustro (que actualmente se deven) se distribuyesen entre los gastos hechos en la compra y compostura dél, sin haverse podido cobrar, mandé nombrar por juez comissario al visitador de essa ciudad que oi es o en adelante fuere, para que ponga en execución dicha concordia y se observe lo que en ella se dispone.
Y con vista de los que vos y esa Real Audiencia decís sobre esto, he resuelto encargar y mandaros (como lo hago) que nombréis por juez comissario de dicha facultad de Medicina y collegios de apotecarios y cirujanos de ----essa ciudad al ministro de la Real Audiencia que os pareciere, sin darle más jurisdicción que la que regularmente tienen los jueces de otros gremios y la tuvieron don Jaime Madroño y el doctor Francisco Ortín, jueces y comissarios que fueron nombrados para esta ocupación33.
Pero, al parecer, tampoco este nuevo intento, en el que se vieron involucrados el rey, el virrey y la Real Audiencia, consiguió resolver el problema a juzgar por la insistencia en este sentido de las constituciones de 1733.
En ellas, tras señalar al catedrático de Simples los libros y autores a seguir, y repetir la exigencia de realizar herborizaciones en los lugares habituales, se añadía un artículo cuatro en el que expresamente se indicaba lo siguiente:
Otrosí, considerando que algunos estudiantes no podrán tal vez salir a todos los parages que arriba quedan señalados, ordenamos que dicho cathedrático conduzca en todos los lugares a que deve salir las yervas que encontrare menos conocidas, y en su aula las enseñe y explique, a fin de que tengan noticia de ellas; y en destinando (como se espera) esta Ilustre Ciudad, dentro de los muros o cerca de ellos, algún huerto para yerbas medicinales, deva cuidar dicho cathedrático de Simples se planten y críen quantas se pudieren, y especialmente de las más exquisitas, y acudir a él con sus discípulos una vez a lo menos cada mes, a explicar muy despacio la naturaleza y propiedades de dichas yerbas...» 34.
Del contenido del texto resulta fácil deducir que también el huerto por el que tan tenazmente había luchado Senach había dejado de funcionar.
Y tampoco se tienen noticias de que las nuevas aspiraciones recogidas por los estatutos de 1733 llegaran a materializarse.
En definitiva, los sucesivos intentos realizados a lo largo del siglo se habían mostrado totalmente incapaces de dotar de continuidad al ansiado huerto de Simples, que no conseguiría convertirse en realidad hasta mucho tiempo después.
I 25-II-1633 Capítulos relativos a la erección de un huerto de Simples en la Facultad de Medicina.
Acuerdo de los magistrados municipales de que se entregue a Gaudencio Senach parte de la cantidad aportada en el acondicionamiento del Jardín botánico. |
Morocco" (Sociedad de Cruz Roja y Salvamento de Náufragos. |
La melancolía en la obra de Pedro Gatell, cirujano y marino ilustrado
La melancolía es una emoción de moda desde el Renacimiento hasta hoy, también en la Ilustración la razón se vio acompañada de fuertes sentimientos que anunciaban el Romanticismo.
Personaje destacado en este terreno es Pedro Gatell, cirujano naval e infatigable escritor.
En sus novelas y textos morales muestra las principales novedades que surgen en la vivencia melancólica y en su comprensión.
La figura del cirujano y marino Pedro Gatell (1745-1792) es notable por su peculiar trayectoria.
Nacido en Cataluña y educado en Cádiz, viaja luego a América y a su vuelta por enfermedad y al parecer por poca afición a la cirugía decide retirarse.
Intenta conseguir empleo o ayuda para dedicarse a la ciencia y termina como escritor, de prensa y de libros.
Es un gacetillero que mezcla novedades científicas con descripciones y críticas sociales.
Su periódico El Argonauta español es un buen ejemplo de la prensa ilustrada y un buen testimonio costumbrista de la vida en Cádiz o Madrid.
También fue un ilustrado buen lector de Cervantes, cuya obra cumbre prolonga en una vida del escudero Sancho Panza.
También toma el Quijote como un texto ético, que amplía con una obra moralizante inspirada en el caballero y otra en el sirviente.
No es extraño este interés por el personaje cervantino en los marinos, desde Malaspina hasta Martín Fernández de Navarrete lo frecuentan.
Algún otro texto breve tiene interés entre los escritos del catalán, como unos comentarios sobre el futuro impacto de la independencia de las colonias inglesas en las españolas.
Señala con antelación e inteligencia la llegada al sur del joven vecino del norte.
UN CIRUJANO Y UN SIRVIENTE ENTRISTECIDOS
Siendo la melancólica una emoción de moda en la Ilustración, no podía faltar en sus muchas páginas.
Al fin y al cabo es un militar triste como fue Cadalso, personaje prerromántico, quien prefiriendo Heráclito a Demócrito, con ambos encabeza Los eruditos a la violeta (Cadalso, s.d.).
Sin duda, la biografía de Gatell está marcada por las desventuras y las tristezas, sus fracasos como cirujano, como científico y técnico.
Proyectó obras en La Habana, quiso dedicarse a la observación y la enseñanza astronómicas.
Pero los ecos de la revolución francesa terminaron con lo que parecía asentada generosidad del poder hacia la cultura, también con sus propias convicciones ilustradas.
Así el cirujano, sin abandonar su fe en la educación y la ciencia, se muestra retrógrado en filosofía y moral.
Sobre todo, le preocupó el posible cambio social, al que se opuso terminantemente.
Lo expresó bien en muchísimas páginas, escritas con rapidez y tosquedad, a veces con acierto estilístico, siempre repletas de citas clásicas españolas y grecolatinas.
Publicó mucho de forma tardía, pero sin duda encontró apoyo editorial, incluso en la Imprenta Real.
Elisabel Larriba lo ha estudiado y editado con inteligencia y esmero (Larriba, 2003a; Larriba, 2005).
Otros marinos prolongaron las difíciles experiencias del fin de siglo, héroes siempre en dificultades como Mendoza, Ciscar o Malaspina.
Este sabía bien que se encontraba en un vórtice que lo arrastraba con el difícil cambio de siglo (Peset, 1988).
Dejando aparte su propia biografía, varios son los caminos a la melancolía para Gatell, desde luego de forma primordial la lectura del Quijote y la escritura sobre él.
La aceptación, como Cervantes impuso, de su obra cumbre como un libro para diversión de melancólicos, se muestra en las figuras que Gatell recrea del hidalgo de la Triste Figura y del deprimido escudero, mayor novedad (Pérez García, 2006).
Por otro lado, sus lecturas de una literatura que él considera mala e impía, pero que triunfa en la época, es otro camino hacia la tristeza.
Su formación médica y los abundantes escritos de su tiempo sobre los sufrimientos del alma son otro ancho cauce.
Mientras los médicos inician los estudios del alma, los escritores anuncian el Romanticismo.
También las nuevas costumbres, afrancesadas, alejadas según nos dice del vigor de la tradición propia, afectan al cirujano, que no acepta novedades.
Siempre está detrás el miedo a Francia, en donde se ha producido un cambio político fundamental y donde ateísmo y republicanismo estaban a la orden del día.
Si Hervás y Panduro se resistía a la mesa francesa (Hervás y Panduro, 1807, v.
I, pp. 16-17), en Gatell son perseguidos trajes, bailes y costumbres de allá venidos.
A la postre, la caída de la cabeza del Borbón aterrorizará a la corona española, así como a muchos ilustrados.
Pero sin duda, hay que repetir que la lectura es un camino real hacia la melancolía, el camino que ya está presente en los Problemata aristotélicos, en Marsilio Ficino o en Huarte de San Juan (Peset, 1999).
No podía faltar el tema del literato arrepentido y apesadumbrado –como el militar Cadalso- en que Gatell mismo se inserta, ángel caído por su antigua y culpable pasión por los filósofos modernos.
En sus páginas, la brevedad y la incertidumbre de la vida son temas repetidos, en espera de una buena muerte.
Para esta no sirven otras ciencias, ni las opiniones del mundo, todavía menos la moderna «filosofia pestilente» que desprecia a la religión, las leyes y los monarcas.
Son nuevos titanes estos autores, con depravada corrupción, peores que los antediluvianos, hay que esperar otro diluvio universal.
Estamos, nos dice, en una nueva y peligrosa guerra:
Nos presta las armas esta filosofía decantada, que sin mas instrumentos bélicos que la mentira, la falsedad, la suposición, ha sabido sacar del centro de la bondad a tanta multitud de hombres.
Somos Quixotes, ¿pero qué Quixotes?
Quixotes que jamás serán Alonsos buenos.
Así pide, además del diluvio, un rayo divino sobre el pueblo español, para que no se corrompa, que como sus antepasados venere la religión, los reyes y las costumbres.
Volverá así a los triunfos de antaño.
Él desea buscar la soledad, tal como muestra en algún soneto que aporta, no quiere palacios ni tiranos, como demostrará su criatura el alcalde Sancho ante los duques.
Le alcanzaron en tiempos las «obras filosóficas», «bellas producciones», que son sin embargo «venenosa peste», pues «era veneno lo que bebía en copas doradas.»
Teme esa pretendida «elegancia» y «libertad de conciencia», sin premio para el justo y con premio al injusto.
Así, «las causas, el objeto, las miras de los Filósofos modernos», «los libros Quixotescos del día», aunque ponen «las razones, los fundamentos», son el parto de un ratón, orgullo, vanidad, pues «todas las miras de la filosofía moderna, no se dirigen mas que a la perdición de la especie humana.
Aprended de mi desengaño, ved que sin embargo mi corazón está lleno de amargura y de pesar solo con la memoria de que también he sido desdichado.
Ya dixe que en castigo no he merecido llenar mis deseos, que son la soledad, el verme distante de oír y de ver, y acabar mis días con tranquilidad.»
Cierra La moral de don Quijote con melancolía y culpa, hastiado de la filosofía moderna, buscando la soledad del misántropo.
Pero iracundo pide rayos, habla de guerras que restauren el orden que cree perdido.
Rayos y guerras que vendrán, pero él no llegará a conocer.
El tan solo escribirá insistentemente desde el dolor.
Una muy rica y primera presentación literaria de la tristeza en la España del siglo XVIII es sin duda la autobiografía de Diego de Torres Villarroel.
En la profunda melancolía del profesor salmantino se barajan de forma magistral humores, pasiones, pecados y culpas, junto a tratamientos, diversiones y confesiones.
Conoce bien la medicina de su época, como el mismo Gatell.
También ambos son personajes aislados.
Torres se siente incomprendido en su universidad, tanto por ser un estudioso de las ciencias, materias despreciadas en las aulas, como por no ser reconocido como escritor.
Pedro Gatell tendrá la misma sensación en la marina y en el mundo de las ciencias, tan precario entonces como ahora, y no menos en el de las letras.
Ambos buscarán la distracción de sus negros pensamientos, si bien con diverso resultado.
Recurre como solución a sus diversiones de siempre, amigos y toros, coches y paseos.
Gatell parece responder a Torres, cuando a la vuelta de un fantasioso viaje a la luna, que inserta en El Argonauta español, se siente afectado por un íntimo pesar.
Es asaltado él también por cruel melancolía y marcha a Madrid, visitando como Torres con un amigo el paseo del Prado, Sol y la Plaza Mayor.
Este lo amenaza con llevarlo a Zaragoza, sin duda al Hospital de Gracia, como a don Quijote condujo Avellaneda al del Nuncio en Toledo.
Era el aragonés un importante hospital para dementes, como muestran bien los elogios de Philippe Pinel, si bien hay que matizar la excelencia de este hospicio (Fernández Doctor, 1987; Diéguez, 2001).
Pero en la capital, como nada lo divierte ni quita la pena, ni diversiones ni amenazas, su amigo lo lleva a casa de gente de broza en barrio de gente del bronce, es decir libre y ociosa, resuelta y pendenciera, a escuchar la guitarra y la pandereta, para asistir a un baile de candil, unas seguidillas boleras.
Así, con esto, se podría quitar la hipocondría.
Este rico vocabulario se enlaza con costumbres populares, así el sombrero de tres picos, sin embargo mostrando un desprecio hacia esas formas y diversiones.
La posible contaminación de gustos entre clases sociales, asusta al timorato cirujano.
Advierte que al fin gritan bien parado, bien parado; se ríe el paciente de tal expresión, que considera lengua siria:
A esto agarró de nuevo la risa, pero con tal fuerza, que les fue preciso desocupar el puesto antes que se levantase un temporal de los que suelen acontecer en semejantes parajes, porque a un decir Jesús levanta un Manolo la mano, da un manotón al candil, allá van los truenos y lluvia de garrotazos.
Él pregunta de dónde han salido, supone que se bailará así solo por gentes de esta catadura, de «gentalla», con origen en un medio ínfimo.
Las niñas pronto aprenden el bolero con el bien parado y el toque de las castañuelas.
«No es en el día marcial la que no las sabe cantar y bailar, sin separar las de más fuste.»
Se para con el último estribillo.
En la comedia repiten dos o tres veces y con «palmeteo».
A lo bolero se lleva el peinado, con cintas como el toro o la mula, con bandas y flecos (también los hombres), además flores y cabello cubriendo la cabeza, tan ridícula según Gatell como la mondada de los moros.
Son las seguidillas mejor consideradas que un aria de célebres cantantes líricas, comenta con sorna.
Se lamenta de tantos cascos vacíos, que compara con don Quijote y sus molinos de viento (Gallego, 1988; Lolo, 2003).
Estas aficiones son locuras, no presentes en la historia de España, nos dice arremetiendo a la vez contra las comedias de figurón.
Eran elementos frecuentes, esas piezas teatrales y musicales.
Buen ejemplo es un manuscrito de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander, que contiene las representaciones que en el día de Carnestolendas de 1785 tuvieron lugar en el teatro de la casa del duque de Híjar.
Así las canciones y el fin de fiesta escrito por su abogado Miguel García Asensio con el título «El Lacayo Marques».
Un ridículo figurón se presenta en escena, junto a estos gustos populares.
No dejan de aparecer ridículas tonadillas, seguidillas, además de canciones pastoriles interpretadas por elegantes jóvenes (García Asensio, 1785, pp. 70r-123v; Artigas y Sánchez Reyes, 1957, t.
Estos gustos, sin duda, se han impuesto.
Si alguien se burla de estas modas, saldrá castigado como Sancho Panza de la venta.
Aunque sea sabio será juzgado loco como el filósofo Demócrito, nos dice Gatell.
Es preciso retornar a las recias tradiciones como las de España, semejantes a las de Roma y Esparta.
Este texto es una buena muestra de las larguísimas –y casi siempre farragosas- críticas de las modas a las que acostumbra este autor, muchas veces aderezadas de franca misoginia.
Sus ataques constantes a las vestimentas muestran su encono con Francia, su preocupación ilustrada por el lujo, también su miedo al cambio social.
Cada uno debe vestir como conviene a su condición.
También comportarse o casarse.
No estaba solo, si Hervás y Panduro critica la influencia de los gustos culinarios franceses, en el anónimo Discurso sobre el luxô de las señoras de 1788 se quiere un traje unificado y anticuado, respetando las modas nacionales y tradicionales, que son baratas y honestas, acordes con nuestras tradiciones y creencias, evitando lujo y corrupción de costumbres (la inmoralidad, el boato y la frivolidad).
Son más hermosas y evitarán la ruina en la vejez y con ella la enfermedad.
Sin duda, el miedo a los cambios en las costumbres femeninas, lleva a un intento de sometimiento de la mujer por la moral, la política y la economía.
Si este texto comentado se trata de un artículo de prensa, más vuelo quieren tener los que incluye en su prolongación de la vida de Sancho Panza.
Si Cervantes quita de en medio a Alonso Quijano, deja en pie a casi todos los personajes de su novela.
Y, desde luego, a Sancho, por lo que no es extraño que muchos quisieran prolongar su vida (Flores, 1982).
Sin duda, su descripción de la melancolía del criado en el libro en que Gatell quería dilatar su existencia hasta la muerte, alcanza interés si no literario, al menos psicológico.
No olvidando ni la moral ni la utilidad, la nueva sensibilidad burguesa, consigue un retrato psicológico del dolor del personaje, motivado por la culpa, la ausencia y la nueva educación.
RAZÓN, EMOCIÓN Y TRABAJO
Tras la muerte de Alonso es el escudero el personaje más afectado, a quien siguiendo las chanzas de Cervantes, también Gatell relaciona con la herencia.
Atiende Sancho como buen hombre su casa y a las mujeres, llorando o conteniendo las lágrimas por imposición del cura.
Se describen los lamentos del criado –que contrapone a los sirvientes de su época- motivados por el agradecimiento al bienhechor caballero, al que considera amo y señor, maestro, amigo e incluso padre.
Desaseado y con mal aspecto acompaña a Alonso a la sepultura, permaneciendo hasta que es de allí arrancado por el sacristán, Teresa y su hija.
El aprendiz de melancólico parece cercano al suicidio.
En casa llora sin consuelo, deja de comer y pierde el sueño.
«Todo era dar vueltas de un lado y otro, gemir y suspirar».
La vida es imposible, debió acompañarlo en la muerte.
Era un amo que lo reprendía con dulzura, pero era él quien decidía sobre los dineros, los caminos e incluso en la palabra:
La confianza que de mí hacía no cabe en comparación.
Yo era el depositario de su caudal, yo le distribuía a mi gusto, en fin era yo más dueño de sus cosas que su merced.
Era tanta su benignidad y docilidad, que le llevaba por donde quería, y le merecía tan buena opinión, que en todo me daba crédito.
Hasta sufría que le respondiese.
¡Ay Dios! ¿puede decirse más de su bondad?
Hay un aprendizaje de la melancolía y un cambio de modelos de virtud, de modelos de héroe virtuoso.
A los bellatores siguen los oratores y en fin los laboratores.
Primero fue ejemplo el caballero cervantino, pero en Gatell viene luego el clérigo y, por último, el escudero.
No come, enflaquece y pierde el color, va en pos de su señor por tanto.
Teresa suplica, como los vecinos, pero todo es inútil.
«Ya temía llegase a perder el juicio, no perdiese la vida».
La tristeza del clérigo, el llanto por un justo, se debe al remordimiento por haberlo retornado por la fuerza en jaula a casa y a la ausencia de las «conversaciones que tantas veces divirtieron sus melancolías» (Gatell, 1794, t.
Llamado por Teresa reconviene al escudero, añadiendo reflexiones y consejos.
Fracasa y se retira, invadiendo la tristeza a los personajes y a la aldea.
Piensa entonces el clérigo que ha usado palabras «por lo bajo», pero estando el escudero acostumbrado al caballero, debe volver a «hablarle por el estilo de Alonso» (Gutiérrez Cuadrado, 2005).
Regaña al criado, pide su resignación y conformidad, para evitar hacerse homicida de sí mismo.
Teniendo en cuenta el recuerdo del caballero que se dejó morir de melancolía, le pide como si se tratara de un médico: «divertid en otras cosas la imaginación».
Enferma esta facultad del alma, es bueno reconducir sus pensamientos, recomendaban los médicos y por supuesto Gatell.
El cura ordena darle vino y así toma algo de sopa.
Le exige escuchar a dios, atender a la familia y a los amigos y recordar al caballero, maestro de paciencia, sufrimiento y conocimientos.
Pide equilibrada actitud, estar sereno, no quejarse, paciencia, sufrimiento e insensibilidad.
No sentir es torpeza pero también sabiduría, estoicismo y cristianismo.
Reflexión y entendimiento llevan a una vida justa, estoica, católica.
También reacciona el buen Sancho al amor familiar, ante las recriminaciones de esposa e hija.
Sobre todo ante el amor de la pareja, ese sanador matrimonio:
un amor sencillo, casto y honesto; no el amor que reina en la época presente, amor interesado y nada puro el más, amor aparente, que dura solo, que solo se manifiesta en el exterior y cuyas demostraciones son solo hijas del porque no digan.
¡Triste época la presente!
Teresa escucha a Sancho llamar en sueños al caballero, intentando con su famosa propuesta de una nueva vida bucólica arrebatarlo de brazos de la muerte.
Son así recordadas las críticas cervantinas al bucolismo literario, que se superponen a las dirigidas a los libros de caballería.
Es un tema que le interesará sobremanera, así en otra amplia cita en La moral del mas famoso escudero Sancho Panza, vuelve sobre la tristeza de la muerte del caballero, a las frases con que lo llama el sirviente a la vida campestre para evitar la mortal melancolía (Gatell, 2010, pp. 241-244).
Ese sueño lo hace feliz, riendo alegre en esas sendas arcádicas.
La razón se debe oponer a la locura, el cariño a la tristeza.
Pero ante el recuerdo del amo, incluso de sus estoicos consejos, de nuevo recae.
Así teme el cura que vaya a perder la cabeza.
Cambia este entonces la estrategia, pues no han valido ni principios ni ejemplos.
Ahora combina razón y autoridad, usa del arte de persuadir.
El alma de Sancho no es tan ingenua ni tan torpe y ha aprendido mucho junto al señor.
Ya no es ese ser semejante a su amado pollino que era Sancho:
Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias (Quijote, II, c.
Comenta esta frase Sancho en La moral del mas famoso escudero Sancho Panza.
Es preciso intentar salir de la tristeza, sabiendo el peligro de devenir bestias, o locos furiosos, o bien morir.
El barbero entonces propone que vaya a trabajar al campo, a cuidar la hacienda, una inmejorable diversión de los pesares.
Gran pesar, que vencerá por el trabajo y la evitación del ocio.
La esposa parece estar de acuerdo, mejor hubiera sido no conocer a Alonso, quedar cuidando cabras o labrando.
Sin duda, el trabajo será muy apreciado en la época –ya lo era para los arbitristas y reformadores desde el Renacimiento- y así lo muestran ahora las reformas ilustradas.
La persecución de vagos y maleantes, la dignificación del trabajo o la labor de las Sociedades Económicas lo evidencian.
Asimismo hay disposiciones valorando la producción textil de las mujeres y procurando su enseñanza, lo que se propuso el imaginario alcalde Sancho de Gatell.
También los médicos, como el francés Pinel, consideran favorable para la curación de los enfermos mentales el trabajo, tal como según él se practicaba en el hospital de Zaragoza.
Los recuerdos de Altisidora sobre la labor manual, también fueron conocidos a un buen lector de Cervantes.
Décadas antes Cristóbal Méndez, un médico de Lepe, que estudió en Salamanca y trabajó en México, publicó en Jaén en 1553 un Libro del ejercicio corporal.
Sus primeras citas son para Aristóteles y, desde luego, Galeno, cuyas sex res non naturales sin duda tendría en cuenta.
Reconoce el autor que habla para las mujeres ociosas, que caen en enfermedades por esta causa.
Por el ocio tienen menos hijos, aseguraba.
Se remonta a Ptolomeo para afirmar que en España las mujeres trabajaban en el hogar, con sus hijos y en el campo.
Trabajo es considerado el vigilar y corregir los fallos de las sirvientas, incluso si son provocados.
Recomienda a las mujeres limpiar y suavizar el lino –tareas precisas para su preparación-, hilar y devanar madejas, trabajarlas, coser, tejer cintas y hacer trenzas.
Y ahora también tejidos ricos de oro, gorgueras, tocados o franjas.
En 1530 mandó la emperatriz –nos dice- provisión a México para que las mujeres hicieran algún ejercicio, ofreciendo lino.
Ofendidas las señoras, el obispo las convenció del alto honor que se las dispensaba.
Recomienda para ellas el médico los paseos por casa; a las monjas además de estos, el coro y sus trabajos que no les faltan (Méndez, 1991, pp. 231-235; Ruiz Somavilla, 1993).
Gatell encomienda a su personaje Sancho, en el relato de su vida, como alcalde de aldea, arcadia ilustrada, la enseñanza del hilado a las mujeres.
En la Ilustración renacen estos temas, así en otro escritor de prensa, como es Nipho.
Se queja de la España de su tiempo, por los abusos que ve como cortejos y lujos, considera a la nación como inconstante francesa, engañosa italiana y lasciva inglesa.
Amancebada con la riqueza y la sensualidad, que son extranjeros males que la llevan a su declive.
Se echa de menos los antiguos tiempos en que la propia reina Isabel acudía a los conventos con una canastilla, pues las camisas de Fernando procedían de sus manos.
Las activas órdenes renacentistas, las de Ignacio de Loyola o Teresa de Cepeda y Ahumada están a las puertas.
Con este prodigioso exemplo puso estacada a los abusos y todas las Monjas aun las mal contentas, por tener parte en la imitación de tan santa y discreta Reyna, trabajaban a porfía, de modo que insensiblemente la tarea las redimió de muchíssimas locuras, que se creyeron incurables, aun con haver aplicado antes remedios más fuertes (Nipho, 1755, pp. 5-18, cita en 17; Enciso, 1956).
En aquella época se dudaba de los lujos, se estimaba el trabajo, por lo que Altisidora podía hacer bolillos y encajes y Sancho cuidar tierras y ganados.
El arte ha reproducido a muchas reinas, santas y monjas –luego burguesas y proletarias- trabajando.
Hasta la reina Victoria ha sido representada con una rueca.
También san Julián el patrón de la ciudad de Cuenca, que fue famosa y rica por sus textiles, se relaciona con tareas de esta naturaleza para el socorro de pobres.
SUEÑOS, LABRANZA Y NARRACIÓN
El sueño es un tema clásico y moderno en la Ilustración, Luciano de Samosata y Diderot son buenos ejemplos de lo uno y lo otro.
En la literatura castellana, Quevedo o Torres son modelos a imitar.
Cadalso inaugura con un sueño su Óptica del cortejo (M. A. Ramírez y Góngora en obra falsamente atribuida a Cadalso, 1790).
Y, en la época, es difundido Shakespeare.
Así es empleado por Pedro Gatell el soñar, como señaló E. Larriba, para la crítica de la medicina, sin duda en la senda del matemático salmantino.
Arremete contra el cervantino graduado por Osuna, quien lo mataba de hambre en Barataria, siempre deseoso de evitar en su ínsula la presencia de médicos malos, ignorantes, imprudentes e indiscretos.
También contra los médicos que no saben ni a sí mismos curarse.
No duda en discutir como ilustrado la peligrosa y tradicional medicina galénica, queriendo sencillez, prudencia, observación y práctica, defensa hipocrática de la naturaleza.
No parece creer en muchos medicamentos, siguiendo las ideas de la época, pues critica a quienes abusan en busca de la inmortalidad.
En El Argonauta una voz sobrenatural le encomienda la salvación de la medicina, quemando libros como en una nueva inquisición cervantina, salvando tan solo a Hipócrates y van Swieten, entre los españoles a Solano de Luque (Gatell, 1794, t.
Se pregunta Sancho por qué no soñaba don Quijote, tan lleno de ilusiones; responde el beneficiado que por la fortaleza del cerebro bien constituido (ni débil ni enfermo), o porque no tenía hambre, pues ocurre al no cenar.
Pero sin duda este pertenece a Sancho, si bien el caballero soñó en la cueva de Montesinos.
Incluso el cura cervantino considera los libros de caballería «ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres despiertos, o por mejor decir, medio dormidos» (Quijote, II, c.
Pero Sancho en las páginas cervantinas hará un maravilloso paralelismo con la muerte, que entristece, iguala o bien consuela y premia.
Herencia de la palabra del caballero y de la iglesia, se enriquece el simbolismo onírico, significando curación y felicidad, o bien tristeza y muerte.
Se puede recordar que en el mundo clásico, la misma familia divina reúne sueño y muerte.
Si el Romanticismo renovará este interés (Montiel, González de Pablo, 2003; Montiel, 2008), antes Luis Antonio Muratori el ilustrado bibliotecario de Módena, considera el sueño resultado de la fantasía.
Puede venir de malas digestiones, fiebres o por problemas en los humores, así la sangre, o bien la melancolía.
Les reconoce efectos sanadores, a veces se encuentran en ellos remedios contra la enfermedad.
Pueden informar –además de sobre aspectos exteriores- sobre nuestro cuerpo y nuestra alma y nuestras melancolías.
Si bien no son revelaciones, no se trata del diablo.
A veces alteran las imágenes de la mente, causan terror, pero otras la fantasía forma comedias ordenadas y graciosas (Muratori, 1777, p.
Va mejorando el juicio del criado en las páginas de Gatell, pero se acuerda de su señor, a la vez que el dinero mengua.
Riñe con el bachiller, a pesar de mediar el clérigo, asegurando que «murió Alonso de melancolía de haberse visto vencido».
La derrota, una derrota última sería el motivo de la tristeza y la muerte, ya que:
lo mató por la melancolía que le ocasionó: que no es menester espada, trabuco ni puñal para matar a uno, que una palabra sola basta para echar al otro mundo mil hombres de honor.
Esto bastantes veces lo dijo mi difunto amo.
El bachiller lo admite, es acusado por la gente, el cura también lamentaba siempre su propio papel en traerlo de Sierra Morena.
Teresa pide calma y reconciliación, pero es apedreado el culpable por unos chicos, encerrándose en casa con «fúnebres meditaciones», rendido «en cama sin consuelo» (Gatell, 1794, t.
Ante los rumores y críticas del pueblo, temiendo el castigo huye el bachiller.
El clérigo aprovecha la mala conciencia de Sancho -religioso por sentimiento y corazón- y así, tras confesarse, vuelve al trabajo de campo.
Pero ante la dureza de la labor, pronto echa de menos las dulzuras de la vida caballeresca, las casas de los duques y don Antonio, las bodas de Camacho, el cargo de gobernador y sus esperanzas en más altos destinos.
Siempre Gatell teme el abandono del campo por la ciudad y sobre todo la corte.
«¡Ojala que nunca hubiera dejado una vida que ahora me es tan pesada!».
La soledad aumenta la tristeza, recordando la pasada felicidad, «y así Sancho se veía molestado de las reflexiones, que aumentaban su melancolía» (Gatell, 1794, t.
Teresa trabaja en el hilado y la cocina, cuidándolo, el clérigo emplea la persuasión y la oratoria –profana o sagrada- y la palabra amiga.
Cuando encuentra compañía y charla se anima, así preguntado por don Quijote se convierte en narrador.
Nos recuerda las lecturas en las ventas, la literatura de transmisión oral, los contadores de cuentos, los relatos de bandidos como Francisco Esteban, famoso bandolero andaluz.
Señalemos a ese nuevo Sancho narrador, nada extraño en las tradiciones orales antiguas, en Cervantes aparecen con frecuencia esas lecturas o narraciones.
Contrapone así las comedias de la ciudad con los relatos del campo.
El cura y los otros amigos comparan con el original impreso y admiran la veracidad de Sancho.
No es solución sin embargo, la memoria de la desgracia empeora al criado, quien llora y teme enloquecer como el señor.
Elogia la vida del escudero y la militar; mientras, Teresa prefiere el trabajo y el hogar, la familia sin duda (Gatell, 1794, t.
Gatell afirma la importancia de los viajes para el conocimiento, él puede presumir de los suyos por América y España, incluso a la luna como Cyrano de Bergerac.
También el escudero con Gatell se hace poeta.
Recordemos la afirmación del Sancho cervantino de que habla en exceso por enfermedad.
La melancolía en Huarte permitía hablar, adivinar, incluso profetizar, si bien nunca en colaboración diabólica.
La naturaleza y la cultura permiten esos aprendizajes, que son curación.
Sancho en la Ilustración será cuentista, poeta, alcalde y modelo de virtudes.
Aldea y naturaleza, temperamento y enfermedad hacen al narrador y al poeta.
El criado se convierte también en poeta macarrónico, repitiendo rimas.
En la Ilustración se impone el aprendizaje de normas neoclásicas, el Arte poética clásico e ilustrado manda aprender y repetir a los poetas clásicos.
Los poetas ya no nacen, se hacen (Gatell, 1794, t.
Pero también Sancho ha aprendido oyendo al amo, como los autores dramáticos.
Y como aprendió la virtud y puede convertirse con el sabio Gatell en magnífico alcalde, mejorando enseñanza, artes (teatro, danza, lecturas) y costumbres (Larriba, 2005, pp. 135-149).
En la enseñanza clínica de la época tienen gran importancia dos autores, el escocés William Cullen y el francés Philippe Pinel.
Ambos son clínicos hipocráticos, eclécticos, si bien cercanos al vitalismo.
La clasificación de Cullen es compleja... asienta la melancolía entre las vesanias.
La de Boissier de Sauvages da una hermosa descripción clínica de los tipos de melancolías, que Félix Miquel enseñará en Valencia (Peset, 2013).
Por el contrario, la de Pinel coloca en un gran apartado las melancolías, también consideradas vesanias.
Estudia este de forma hipocrática casos de manía y melancolía por años en los hospitales de París, pensando en desequilibrios y equilibrios de la naturaleza.
Las pasiones desatadas por fuertes sentimientos deben ser compensadas, o bien olvidadas con estímulos contrarios o diversiones.
Así, sin llevar la contraria, hay que inducir pensamientos enfrentados que enderecen la mente.
Incluso propone fingimientos teatrales, como los que introducirá más tarde el marqués de Sade en Charenton.
Intenta, mediante un falso tribunal, sanar a un enfermo que teme la persecución y las penas del Terror revolucionario.
Al fin y al cabo no eran más que continuadores de la puesta en escena de matrimonios fingidos para curar el mal de amores que mucho atrás propuso Lope de Vega (Peset, 1993; Peset, 2003; Peset, 2010; Larriba, 2003b).
Aunque algunos de estos autores no pudieron ser leídos por el bachiller Gatell, eran ideas que estaban en la tradición y en la cultura, (Porter, 1992) por lo que no es extraño ver el reflejo en sus escritos.
Así, al llegar a la cercanía de la muerte del hidalgo, el cirujano militar Gatell parece resucitar, el médico sustituye al moralista.
Al darle con cariño sopa la sobrina, «apenas podía dar sonido a la voz, no tanto por un efecto de la enfermedad, quanto por el pesar que angustiaba su corazón afligido».
Nos indica la causa: el loco hidalgo, en sus ataques contra gigantes, caballeros y ejércitos, estaba «dirigido de una imaginación siempre enferma».
Como Hipócrates, como Pinel quiere que la naturaleza recupere su curso, contraponiendo a las emociones las contrarias, las opuestas:
Consultóme Sansón, si sería útil contrarrestar vuestras ideas, o bien favorecerlas buscando al mismo tiempo otro medio más poderoso que la persecución, la misma que tiene muy poco poder para convencernos.
Persuadidos ambos de esta verdad nos dexábamos llevar muchas veces del mismo torrente que os arrastraba, pero para ocurrir a otros medios.
Y en esto ni Sansón ni yo hicimos más de lo que debíamos; bien ciertos por la experiencia antecedente, de que no podrían las razones vencer tan fuerte preocupación.
Al despertar la sobrina llama al clérigo, el caballero reconoce el daño de la imaginación, también la culpa y la expiación:
¡Ha imaginación! ¡terrible verdugo eres de mi quietud!
Todos los trabajos que he pasado en mi vida por mi necedad, no pueden igualarse, Seor Licenciado, con los que he sufrido en este corto rato que he dormido (Gatell, 1792-1793, t.
Vuelve, en definitiva, el moralista católico, al decirnos que no escribe para aliviar las penas, es imposible la felicidad humana.
El clérigo siempre señala la infelicidad del rico, la presencia continua del dolor y los avisos de la muerte.
Aquí de nuevo, cuando Alonso el Bueno despierta, recorre su vida como el cervantino (Quijote, II, c.
Arremete contra los libros de caballerías, el fin de la vida es propicio para el arrepentimiento.
Si los cincuenta años es la edad del delirio, a ella tan solo una décima parte de la población llega, afirma citando autores de forma erudita:
¡Fuerte desdicha de la humana miseria! la misma fatalidad que se atraxo mi Amigo por haber empleado tan mal aquella mitad del siglo consigue todo hombre que no se ocupa desde su juventud, que sigue solo las sendas de la indolencia, ociosidad y demás vicios (Gatell, 1792-1793, t.
Nos muestra, en fin, la maldad del siglo, en sus jóvenes, en sus mujeres.
De aquellos algunos van a América, buscando ricos metales, otros van al contrabando.
En definitiva, también a los regimientos, que es mejor salida, servir al rey y a la patria por las armas, ya que no por la agricultura, las artes y las ciencias.
La moral ilustrada se une al arbitrismo y reformismo de la época (Hontanilla, 2010; Pérez Martínez, 2012).
Prosigue entonces con críticas morales a su tiempo.
Aunque fue Alonso Quijano un enfermo de su «dislocada imaginacion», al ingresar en la «caballería imaginaria» —si bien su deseo por Dulcinea, causado por nublado entendimiento, «no sobrepasó los términos de su imaginacion»—, (Gatell, 1792-1793, t.
I, pp. 5, 8, 10, 15) los Quijotes no perdonaban mujer en el día, doncella, casada o viuda son objeto de su desatada lascivia.
Si don Quijote cabalgó en un ardiente julio fue contra agravios, entuertos, sinrazones, abusos y deudas, hoy los caballeros no buscan nada de esto, «pues su deseo no se satisface sino dando rienda á sus vicios.»
En definitiva, lo importante es la moral, parece decirnos.
Hay que rastrear en cientos de páginas de dura doctrina católica de Pedro Gatell los posibles rasgos ilustrados.
Tal vez sus cientos de páginas significan la graforrea del melancólico, (Huertas, en prensa; Molinari, 2005) tal vez el signo de los tiempos de contrarrevolución de fines del XVIII.
Sin embargo, resultan interesantes sus páginas en cuanto representan críticas y por tanto espejos de costumbres.
También en cuanto muestran la evolución del imaginario médico desde humores y melancolías a emociones y pecados.
O bien la subjetividad de un olvidado escritor, que grita para ser leído. |
Las teorías del desdoblamiento frente al espiritismo en la España de principios del siglo XX
El presente artículo aborda la relación entre las teorías del desdoblamiento y el espiritismo en España.
Se exponen dos casos acontecidos a principios del siglo XX.
El primero describe el desdoblamiento de la personalidad que el médico Víctor Melcior atribuyó a la médium Teresa Esquius.
El segundo trata la polémica, entre el astrónomo Josep Comas y el espiritista Jacint Fornaguera, respecto al desdoblamiento corporal en la médium Carmen Domínguez.
Se argumenta que esta clase de debates favorecieron el estudio científico de la mediumnidad.
Como mostró Ellenberger (1976) en su clásico The discovery of the unconscious, el auge del espiritismo contribuyó al desarrollo de las distintas nociones sobre el inconsciente, como la idea del subconsciente de Pierre Janet.
Al teorizar sobre la disociación psicológica y la formación de segundas personalidades, Frederic W. H. Myers, Edmund Gurney, Théodore Flournoy, Alfred Binet o Pierre Janet se basaron en casos propios de la mediumnidad y el sonambulismo natural (Sommer, 2011; Alvarado, 2002, 2010; Léblanc, 2001; Shamdasani, 1994; Ellenberger, 1976).
Como argumentaré en este artículo, en España la definición de Janet del desdoblamiento de la personalidad, en relación al espiritismo, fue la más difundida.
Aparte del desdoblamiento en sentido psicológico, investigadores de los fenómenos paranormales como Albert de Rochas d'Aiglun defendieron la existencia de un desdoblamiento físico o corporal.
En su grado máximo, el individuo fluídico o doble se desprendía del cuerpo del médium o, en su caso, del sujeto hipnotizado (Rochas, 1897).
La exteriorización del doble permitía, según Rochas (1897), explicar fenómenos físicos propios del espiritismo, como la levitación o los aportes, sin la intervención de los espíritus.
Así lo defendieron Hector Durville o Hyppolite Baraduc, investigadores en el campo del magnetismo, en el Congreso de Psicología de París de 1900.
En este, los temas relacionados con los fenómenos espiríticos tuvieron una hostil acogida debido a la oposición de algunos asistentes, como el neurólogo alemán Oskar Vogt (Brower, 2010; Plas, 2000).
En España, aunque las teorías de Rochas no tuvieron una gran acogida, fueron defendidas por médicos como Abdón Sánchez Herrero (1852-1904), amplio conocedor de los fenómenos del hipnotismo trascendental.
La historiografía sobre el hipnotismo y la metapsíquica1 ha destacado la importancia de las teorías del desdoblamiento en las primeras sociedades dedicadas al estudio de los fenómenos mediúmnicos, como la Society for Psychical Research o la Société Psychologique Physiologique (Lachapelle, 2011; Wolffram, 2009a; Edelman, 2006a; Owen, 2004; Méheust, 1999).
Sin embargo, la influencia de las teorías del desdoblamiento, en relación al estudio científico de la mediumnidad, sigue inexplorada.
El propósito del presente artículo es profundizar en este tema.
Según argumentaré, el desdoblamiento, ya fuera en sentido físico o psicológico, cuestionaba la hipótesis espiritista.
El médium dejaba de ser considerado como un mediador entre los vivos y los desencarnados.
Sus fenómenos se creían producto de fuerzas inconscientes y desconocidas.
Para comprender la importancia de esta cuestión se relatarán dos controversias, hasta ahora no estudiadas, en torno a la disociación y la mediumnidad.
Ambas polémicas representan dos ejemplos notables del impacto de las teorías del desdoblamiento en España a principios del s. XX.
Como se verá, dichas teorías fueron presentadas por algunos médicos como la explicación racional de la posesión espiritual.
Esta actitud, sostenida por psicólogos como Pierre Janet o Julian Ochorowicz, y generó importantes debates en la línea de los que se van a exponer (Véase, por ejemplo: Brower, 2010; Plas 2000).
Asimismo, los espiritistas españoles tampoco fueron ajenos a esta clase discusiones, como mostraré en este artículo.
El primer caso que expondré se refiere a la médium Teresa Esquius, a quien el médico Víctor Melcior y Farré (1860-1929) diagnosticó un desdoblamiento de la personalidad.
Este desdoblamiento fue sanado mediante terapia hipnótica por parte de Melcior.
El segundo caso trata de la polémica, entre el astrónomo Josep Comas y Solà (1868-1937) y el espiritista Jacint Fornaguera, respecto al desdoblamiento corporal en la médium Carmen Domínguez.
En ambos casos, muy polémicos entre los espiritistas, se observarán las implicaciones que supone refutar la hipótesis espírita y entender la mediumnidad como producto de un desdoblamiento.
Finalmente, argumentaré que este debate contribuyó a fomentar el estudio científico de la mediumnidad.
El desdoblamiento de la personalidad, así como otros fenómenos relacionados con el inconsciente, como la autosugestión, fueron percibidos por muchos espiritistas como una amenaza.
Quintín López Gómez (1864-1934), espiritista reconocido y amigo de Melcior, defendió la necesidad de distinguir los fenómenos del desdoblamiento y la autosugestión de la «verdadera» mediumnidad, o sea, aquella en la que intervenían los espíritus (López, s.d.
Esta cuestión fue debatida en el Segundo Congreso Espiritista y Espiritualista, celebrado en París en 1900.
Entre las circulares que publicó la comisión del congreso en relación a los temas que se tratarían en el encuentro, se planteó que los hechos del desdoblamiento obligaban a los espiritistas a reemprender el estudio de la mediumnidad tendiendo en cuenta factores humanos como la memoria o la autosugestión.
De este modo, se pretendía establecer «la diferencia entre el automatismo y la mediumnidad» para «distinguir los verdaderos fenómenos espiritistas de aquellos que no tienen de tales más que la apariencia» (Comisión de organización de la sección espiritista, 1900, p.
Para los espiritistas, probar la existencia de la «verdadera» mediumnidad era necesario para diferenciar los médiums de los sonámbulos, las teorías espiritistas de las animistas, los fenómenos espiríticos de los del hipnotismo trascendental (Méheust, 1999; Wolffram, 2012; Edelman, 2006a; González de Pablo, 2003; Bensaude-Vincent & Blondel, 2002;).
El médico y espiritista Eugenio García Gonzalo intentó calmar los ánimos de sus correligionarios afirmando que aquellos científicos interesados por el espiritismo, como Zöllner, terminarían por clasificar los fenómenos mediúmnicos y desvelar «cuáles son debidos exclusivamente a nuestro organismo, cuáles a nuestra fuerza psíquica, y cuáles a la intervención espiritual ultraterrestre» (García, 1897, p.
Con el mismo propósito de probar la existencia de la «verdadera» mediumnidad obró el médium Segundo Oliver.
Alrededor de 1900 convocó un premio, que pasó de 3.000 a 20.000 pesetas, para quien demostrara que uno de los fenómenos que producía, el retrato de personas muertas desconocidas, podía explicarse mediante una teoría que no fuera el espiritismo de Kardec (Esteva, 1901; Oliver, 1901).
Entre las muchas teorías recibidas, las cuales Oliver rechazó, se hallaba la del desdoblamiento de la personalidad (Oliver, 1901).
Para médicos como Víctor Melcior (1904) o Antonio Gota (1909a, 1909b), las teorías relacionadas con el desdoblamiento eran las mejor aceptadas por miembros de la comunidad científica como Enrico Morselli (1908) o Charles Richet (1923).
En palabras del astrónomo Josep Comas: «Todos los autores que han estudiado seriamente el asunto [del espiritismo] sin prejuicios están conformes en que tales fenómenos podrían explicarse en principio por un desdoblamiento del médium» (Comas, 1908, p.
Como argumenta Edelman (2006b), el desdoblamiento de la personalidad no solo amenazaba la «verdadera» mediumnidad, sino que representaba una lacra para los médiums.
Las teorías de Janet (1889) sobre la desagregación psicológica, promovidas por Melcior, partían de la concepción del médium como un ser enfermo y desequilibrado.
Junto al fraude, la patologización fue el mayor escollo que hallaron los médiums para su consideración.
En España, Estrany los trató de histéricos y Tolosa Latour tachó a Home, el famoso médium escocés, de neurósico (Tolosa, 1884; Estrany, 1908).
Sin embargo, no todos se conformaron con estas etiquetas.
Este fue el caso del médium Jacint Fornaguera, quien polemizó con Comas respecto a la teoría sobre el desdoblamiento corporal, como veremos más adelante.
EL DESDOBLAMIENTO DE LA PERSONALIDAD: UNA MÉDIUM BAJO TERAPIA
Para ilustrar la teoría del desdoblamiento de la personalidad, aplicada a la mediumnidad, expondré el caso, aún no tratado por ningún historiador, de la joven Teresa Esquius.
Esta joven médium de Terrassa fue supuestamente sanada, alrededor de 1900, por Víctor Melcior, un médico leridano afincado en Barcelona.
Melcior estaba vinculado al círculo espiritista de Quintín López, colaborador de la Revista de Estudios Psicológicos.
Desde este círculo se creó, en 1895, la Clínica Hidro-Magnética, un consultorio médico de caridad.
Melcior fue su fundador junto al médico José Cembrano.
Durante diez años, ambos asistieron desinteresadamente a enfermos entre dos y tres días a la semana.
La curación mediante el magnetismo y la hipnosis no solo fue presencial sino también por correspondencia, a nivel peninsular y continental, mediante el envío de libritos de papel magnetizado (Melcior, 1895; Anónimo, 1895).
Amplio conocedor del hipnotismo y el espiritismo, Melcior estaba interesado por los trastornos de la personalidad y su relación con el inconsciente.
En su libro Los estados subconscientes y las aberraciones de la personalidad (1904) narra el desdoblamiento de la joven Teresa Esquius.
Teresa, nacida en Terrassa en 1876, de constitución débil, sufría crisis histéricas desde los trece años a raíz de una discusión con Dolores, una compañera de la fábrica donde trabajaba.
Movido por la superstición, su padre consultó con tarotistas y curanderos, los cuales le dijeron que Teresa era víctima del mal de ojo.
Ante el estado de salud de su hija amenazó a Dolores con matarla a ella y a su marido si no le quitaba el mal en tres días.
Pasado este tiempo los síntomas desaparecieron, pero se presentaron una nueva serie de fenómenos más extraños todavía: los muebles levitaban alrededor de Teresa, se oían ruidos o crujidos y aparecían dibujos de cruces y objetos cotidianos grabados en las paredes (Melcior, 1904).
Los fenómenos preocuparon a las autoridades locales y en Terrassa empezó a correr el rumor de que Teresa estaba embrujada.
Tras consultar el padre con el doctor Cadevall, director del Real Colegio Tarrasense, se concluyó que los fenómenos los producía Teresa inconscientemente.
Después de que ningún tratamiento médico diera resultado, Cadevall aconsejó a la familia probar con la terapia hipnótica, para la cual acudieron a Melcior, quien rápidamente observó el desdoblamiento del yo:
Llevaron a Teresa a mi consulta, la hipnoticé desde la primera sesión, y a poco se demostró en ella una especie de convivencia entre dos seres, cuyo total formaba la personalidad de la enferma.
De manera que hallándose Teresa durmiendo con sueño sonambúlico, respondía a las preguntas que se le hacían no como Teresa en sí, es decir, no como la sujeto que en estado de vigilia era designada con dicho nombre, sino con el nombre de Teresina.
Este diminutivo lo aplicaba a la personalidad subconsciente, y también a su cuerpo.
Teresa estaba convencida de que Teresina era un espíritu que se posesionaba de ella para producir los fenómenos.
Según Melcior, confundir estos hechos con comunicaciones de ultratumba era fácil, ya que durante el trance los médiums solían hablar de ellos mismos en tercera persona: «de ahí que, muchas personas crédulas, den como auténtica comunicación de espíritus del espacio, lo que en resumen de cuentas no es más que una conversación inter-vivos» (Melcior, 1904, p.
Aunque Melcior admitía sentirse seducido por algunos puntos relacionados con la doctrina espiritista, como la reencarnación, consideraba que la explicación espírita a los cambios de personalidad «estaba desposeída de fundamento científico» y era «soberanamente ridícula» (Melcior, 1904, p.
A través de la sugestión en estado hipnótico destruyó la personalidad de Teresina repitiéndole a Teresa la siguiente consigna: «Cada vez que te hipnotizo, Teresina va perdiendo fuerzas.
Esta operación es para ella lo mismo que para ti sería una sangría» (Melcior, 1904, p.
De este modo, convenció a Teresa de que no prestara su fuerza psíquica a Teresina, tras lo cual los fenómenos desaparecieron en pocas semanas.
Para Melcior, quedaba probado que el caso de mediumnidad de Teresa no era consecuencia de ningún espíritu y que Teresina era producto de su inconsciente.
El fenómeno del desdoblamiento de la personalidad ya había sido observado por los magnetizadores; pero el desdoblamiento en sentido psicopatológico fue teorizado por Pierre Janet.
Entre otros casos, Janet (1889) se basó en el de Lucie, una de sus pacientes histéricas que presentaba una segunda personalidad, Adrienne, con quien Janet lograba comunicarse mediante la escritura automática (Bacopoulos-Viau, 2012; Léblanc, 2001; Crabtree, 1993;).
Esta visión psicopatológica del desdoblamiento, muy extendida en el contexto francés, era contraria a la que defendió Myers en el contexto inglés.
Para Myers (1903), las segundas personalidades podían ser superiores e incluso más creativas (Shamdasani, 1993).
La terapia consistiría en integrar ambas personalidades en vez de eliminar la subconsciente, tal y como proponían Janet (1889) y Melcior (1904).
Dada la importancia que tuvo para Melcior la teoría de Janet sobre el desdoblamiento de la personalidad, aplicada a la mediumnidad, se relatarán los puntos más importantes para después ver cómo Melcior los relacionó con el caso de Teresa.
Janet (1889) opinaba que, cuando el médium entraba en trance su yo se disgregaba y aparecía una personalidad subconsciente que lo dominaba.
En este sentido, creía que la autosugestión era el mecanismo del desdoblamiento y que la formación de segundas personalidades era el punto esencial del espiritismo.
Los medios que estas personalidades emplearan para manifestarse –raps, escritura automática etc.– le parecían secundarios.
La expresión que para Janet mejor describía el estado de trance era la de hémisomnambulisme, acuñada por Charles Richet (1923).
En este estado el médium era capaz de mantener dos existencias simultáneas, la de su personalidad conocida y la de su subconsciente.
Según Janet (1889), los médiums representaban el tipo de desdoblamiento más completo, en el cual las dos personalidades se ignoraban entre ellas y se desarrollaban de forma independiente.
La mediumnidad no era, según él, más que un síntoma de un estado mórbido análogo al de la histeria.
En la explicación que da Melcior (1904) del desdoblamiento de la personalidad de Teresa se observa una clara influencia de las teorías de Janet.
Melcior, al igual que Janet, concebía el desdoblamiento como un estado enfermizo que solo podía afectar a individuos desequilibrados, pues dependía de una ruptura en la coordinación física y psicológica de la persona.
Para Melcior (1904), Teresa no solo padecía una «miseria fisiológica» debida a sus malas condiciones de vida, derivadas del hecho de pertenecer a la clase obrera, sino también una debilidad moral o misère psychologique, por ponerlo en términos de Janet (1889).
Esa fragilidad mental era, según Melcior, la culpable de que, tras el incidente con Dolores, se constituyera en la mente de Teresa «un estado de idea fija, caracterizado por representaciones mentales de una mujer (Dolores) que la quiere mal» (Melcior, 1904, p.
Se observa aquí otro término usado por Janet, el de idea fija.
Janet (1889) la definió como un fenómeno psicológico que se desarrolla de forma automática, natural e inconsciente, fuera de la voluntad y de la percepción personal, como una autosugestión influenciada por causas accidentales.
Melcior siguió al pie de la letra esta definición, pues creyó que el incidente con Dolores fue la causa de que Teresina se constituyera como «una creación psicológica de la propia Teresa» (Melcior, 1904, p.
Es decir, que Teresa creó a Teresina mediante la autosugestión, tal y como lo había planteado Janet en el caso de Lucie (Janet, 1889).
Según Melcior, la influencia del entorno social tuvo un papel fundamental en la confusión del desdoblamiento de la personalidad de Teresa con un caso propio del espiritismo.
En palabras de Melcior, Teresa se vio «sugestionada por deudos, amigos y desconocidos, empeñados en reconocerla víctima inocente de un fatal embrujamiento» (Melcior, 1904, p.
Al manifestarse los primeros fenómenos, el padre de Teresa consultó con un espiritista, quien le dijo que su hija se hallaba poseída por un espíritu maligno.
Cuando el caso se conoció en Terrassa, este tipo de teorías triunfaron en un ambiente donde el espiritismo ganaba adeptos día a día entre la clase obrera (Horta, 2001, 2004).
Prueba de ello es que a finales del siglo XIX se fundaron, solo en Terrassa, al menos cuatro centros espiritistas que estén documentados.
Entre ellos, dos de renombrada importancia: el Centro Espiritista Fraternidad Humana y la Federación Espiritista del Vallés.
Al mismo tiempo, Terrassa fue la sede de varias publicaciones espiritistas, de entre las cuales destaca la revista Lumen, dirigida por Quintín López.
Aunque para Melcior el caso de Teresa Esquius no formaba parte del espiritismo, sí que se incluía dentro de la mediumnidad.
Para ejemplificar esta distinción merece la pena citar la opinión de Ochorowicz respecto a Eusapia Palladino y su supuesto espíritu guía, John King.
En 1894, el psicólogo polaco dirigió unas sesiones con la famosa médium en Varsovia.
Tras no hallar pruebas a favor de la hipótesis espiritista, la primera conclusión que extrajo fue: «"John" no es para mí otra cosa que un desdoblamiento psíquico de la médium.
Por consiguiente, yo soy "mediumnista" y no "espiritista"» (Cita de Ochorowicz en: Rochas, 1897, p.
Mediante esta clase de afirmaciones la mediumnidad dejó de ser un terreno exclusivo del espiritismo.
El proyecto científico encargado de estudiar sus fenómenos, la metapsíquica, sería el abanderado de esta definición no espiritista, sino psicológica, de la mediumnidad (Sobre la metapsíquica en España ver: Mülberger & Balltondre, 2012).
Como Ochorowicz (1887), Melcior (1904, 1900) opinaba que el origen de los fenómenos mediúmnicos no debía buscarse en el espiritismo, sino en los propios médiums, en su psicología.
La teoría del desdoblamiento de la personalidad planteada por Janet servía para explicar la desagregación psicológica sufrida por Teresa, pero no justificaba los fenómenos físicos que producía.
Como se ha comentado, estos fenómenos incluían la levitación de muebles y la aparición de grabados en las paredes.
Para entender las causas que Melcior atribuyó a estos fenómenos hay que ir un paso más allá del desdoblamiento de la personalidad y situarnos en el que, según Melcior (1904), representaba su «grado máximo»: el desdoblamiento corporal.
EL DESDOBLAMIENTO CORPORAL O LA EXTERIORIZACIÓN DEL DOBLE
El desdoblamiento no solo podía ser psicológico sino también físico o corporal.
En este caso iba supuestamente acompañado de la irradiación, por parte del médium, de una fuerza natural, aunque desconocida, la cual provocaba fenómenos extraordinarios en distinto grado.
Dicha fuerza había recibido varias designaciones, cada una con sus matices (Alvarado, 2006), aunque científicos como Melcior, Comas o Tolosa Latour tendían a equipararlas.
En palabras de Comas: «Llámese a esta fuerza: fuerza psíquica [de Crookes], fuerza ódica [de Reichenbach], fuerza néurica [de Baréty], lo cierto es que en el fondo hay concordancia en admitir una emanación por parte del médium» (Comas, 1908, p.
Mientras Melcior (1904, 1900) solía utilizar la designación de «fuerza psíquica», popularizada por Crookes, a Comas (1908) le parecía más adecuada la noción de «fuerza ecténica» de Thury.
Según Melcior (1904), la irradiación de la fuerza psíquica no siempre se manifestaba con igual intensidad.
En grados menores producía crujidos, movimientos de objetos, levitaciones o la aparición de luces.
Por último: «en el grado superior del desdoblamiento, se desprende el cuerpo fantásmico de un vivo, trasladándose a sitios más o menos remotos, llegando a ser reconocido por la persona o personas a quienes aparece» (Melcior, 1904, pp. 316-317).
Este «cuerpo fantásmico» que se desdoblaba del médium recibía muchos nombres.
Para los ocultistas y los teósofos se trataba del cuerpo astral, los magnetizadores lo solían llamar cuerpo o doble fluídico, los espiritistas lo designaban como periespíritu y otros, como Durville, preferían hablar del «fantasma de un vivo» (Melcior, 1904; Durville, 1909; Kardec, 2009).
En palabras del periodista, político y escritor Santiago Valentí y Camp (1875-1934), lo que se desdobla del médium «no son personas, aunque tienen algunas apariencia de personalidad, y están en relación con las imágenes, conceptos y sentimientos del médium, de tal manera, que hasta cierto punto pueden calificarse de doble del mismo, a pesar de ser fragmentario y parcial» (Valentí & Masseguer, 1912, p.
Como se verá más adelante, Comas hace una definición semejante del doble.
A este grado de desdoblamiento llegó Teresa ya que, según Melcior: «la propia enferma dice haber visto a Teresina penetrar en una habitación, mientras ella (Teresa), permanecía dormida con sueño sonambúlico en una silla» (Melcior, 1904, p.
Solo mediante la exteriorización del doble podían explicarse, según Melcior (1904), los fenómenos físicos producidos por Teresa como los grabados o la levitación de objetos y muebles.
Según relata Melcior (1904), los grabados se hallaban en la parte alta de las paredes, por lo que Teresa hubiera necesitado de una escalera para tallarlos, y en su casa no había ninguna.
Por otro lado, los fenómenos de levitación fueron presenciados por los médicos tarrasenses Pous y Cadevall.
Para asegurarse de que no se trataba de un fraude, Pous colocó un duro sobre el cuerpo de Teresa, tendida en la cama, de manera que la moneda cayera con el menor movimiento.
Nada más alejarse de la enferma vieron repetirse «la danza de mesas, sillas y bastón» (Melcior, 1904, p.
303), pero ni Teresa ni el duro se movieron de su sitio.
Aunque el caso de Teresa sirve para ejemplificar la teoría del desdoblamiento corporal, para profundizar en el tema se relatará la polémica entre el astrónomo Josep Comas y el espiritista Jacint Fornaguera.
Ésta tuvo lugar en 1908, es decir, cuatro años después de que Melcior narrará el caso de Teresa Esquius en su libro.
La discusión con Fornaguera partió de las sesiones que Comas había mantenido con la médium Carmen Domínguez, a quien se refiere como «médium Z» en su recopilación de artículos titulada El espiritismo ante la ciencia (1908).
La polémica entre Comas y los espiritistas, en relación a la publicación de dicho libro, ya fue tratada por Roca (1986).
Sin embargo, merece la pena recordar algunas cuestiones para comprender la controversia, aún no estudiada por ningún historiador, en torno al desdoblamiento corporal en la médium Carmen.
A principios de 1907, José Cembrano comunicó a Jacint Esteva Marata, presidente de la Liga Espiritista Española, la existencia de una médium que producía asombrosos fenómenos.
Entre ellos, el más controvertido: la materialización corpórea de un espíritu llamado Leonor (Esteva, 1908).
La médium era Carmen Domínguez, con quien Comas ya había compartido sesiones en 1906.
Carmen formaba parte del servicio de la casa de Antonio de Sard, director de los encuentros y protector de Carmen (Estrany, 1908).
El médico Jeroni Estrany (1908), quien había asistido a algunas sesiones con Carmen entre 1906 y 1907, opinó que los fenómenos eran fraudulentos, pero exculpó a la médium aduciendo que el artífice era de Sard.
Como ha destacado Owen (2004), si bien la mediumnidad no era un terreno exclusivo de las mujeres fue significativo en cuanto las elevó a un posición de poder espiritual y cultural.
Aunque fuera mediante «otras inteligencias» o espíritus, algunas encontraron la manera de pronunciarse respecto a temas sociales y espirituales, ganándose una autoridad difícil de conseguir en otros círculos.
Tras las sesiones de 1907, Comas quiso quemar las actas de los fenómenos obtenidos con Carmen para que estos no trascendieran, pues los tachó de fraudulentos (Esteva, 1908).
Sin embargo, la materialización de Leonor reportó fama internacional a la médium y asombró hasta a Cesare Lombroso.
En Los fenómenos de hipnotismo y espiritismo (1993) cita a Leonor como un caso excepcional de materialización de cuerpo entero2, el único hasta entonces conocido junto con Katie King, el espíritu materializado por la médium Florencia Cook.
Tanto Comas (1908) como Estrany (1908) lamentaron el entusiasmo de Lombroso ante lo que consideraron un fraude.
Como se verá a continuación, Comas se valió de la teoría del desdoblamiento corporal para negar la existencia de Leonor.
Leonor: ¿doble o espíritu?
A raíz de sus experiencias con Carmen, Comas clasificó los fenómenos mediúmnicos en tres grupos: los ciertos, los dudosos y los falsos.
Entre los primeros incluyó pequeños fenómenos físicos, como los raps o los efectos luminosos; en los segundos las materializaciones fluídicas de pies o manos; y en los últimos, los falsos, las materializaciones corpóreas –como Leonor– y «muy especialmente la mediumnidad en su sentido verdadero, esto es, como acción intermediaria entre los desencarnados y los vivientes» (Comas, 1908, p.
En las sesiones espiritistas, la prueba de la materialización fluídica de un miembro solía obtenerse mediante la impresión de su huella en un molde de cera o sobre papel ahumado.
Este tipo de evidencia fue la que sirvió a Comas y Fornaguera para discutir sobre el desdoblamiento corporal en la médium Carmen; pero antes de analizar el caso, veamos cómo entiende Comas el desdoblamiento en sentido físico:
La transe significaría, por consiguiente, el alejamiento de un elemento del cuerpo del individuo, la separación de uno de los individuos elementales invisibles e imponderables, si es que existen varios de este orden.
En fin, el nuevo individuo imponderable e invisible, alejado total o parcialmente del médium, llevaría las mismas fuerzas y la misma mentalidad del médium pero necesariamente aminoradas (como aminoradas quedan las facultades del médium en transe) y sus superficies de contorno (forma) serían iguales a las del médium; obrarían sobre la fuerza ponderable y produciría fenómenos físicos más o menos intelectualizados (Comas, 1908, p.
Este «individuo invisible» que se desdobla del médium es otra forma de llamar al doble de las ya nombradas.
Para Comas, el doble «representa el cuerpo invisible de este segundo yo» (Comas, 1908, p.
Se trataba, como opinaba Melcior (1904), de un desdoblamiento de la personalidad llevado a su grado máximo.
Como se expone en la cita, para Comas (1908) el origen de los fenómenos intelectualizados –como la escritura automática– se explicaba porque el doble poseía la misma mentalidad del médium, aunque aminorada.
Melcior opinaba de manera similar, pues creía que «a la exteriorización de la fuerza psíquica le acompaña tácitamente la inteligencia» (Melcior, 1904, p.
Como Teresa Esquius no formaba parte de ningún grupo espiritista convencerla de que Teresina era una creación de su inconsciente no fue complicado, pues ante todo quería deshacerse de los fenómenos que producía sin control (Melcior, 1904).
Más difícil era el caso de Carmen.
Al estar vinculada a los círculos espiritistas no le convenía plantear que Leonor era producto de un desdoblamiento.
Sin embargo, Comas no dudó en concluir que «ninguno de los fenómenos físicos e intelectuales producidos [por Carmen] revela la acción de otro ser distinto de la médium» (Comas, 1908, p.
La prueba que aportó para sostener su afirmación fue la huella de un pie, supuestamente de Leonor, impresa sobre papel ahumado.
Curiosamente, el médium y espiritista Jacint Fornaguera (1908a, 1908b) había usado antes esta misma prueba para afirmar lo contrario.
La huella del pie se había obtenido durante una de las sesiones de 1907.
Fornaguera (1908b) destacó las condiciones inmejorables y poco frecuentes en las que se llevó a cabo.
En esa ocasión había «la suficiente luz para distinguirla [a Carmen] en todo momento» (Fornaguera, 1908b, p.
Los asistentes y la médium se reunieron en torno a una mesa con las manos sobre ella, como en los inicios del espiritismo con las mesas giratorias y parlantes (Véase: González de Pablo, 2006a).
El papel ahumado se hallaba en un cajón dentro del gabinete oscuro, situado detrás de la médium, a quien también sujetaron los pies (Fornaguera, 1908b).
La huella del pie fue presentada como una prueba irrefutable de la existencia de Leonor en la publicación espiritista Los Albores de la Verdad.
Para argumentar que pertenecía al espíritu de Leonor y no al pie de la médium, Fornaguera aludió a determinadas diferencias físicas.
La más significativa era que «la huella dejada por el pie de Leonor (espíritu) es cerca dos centímetros más corta que la del pie de la médium» (Fornaguera, 1908b, p.
Lo primero que hizo Comas al hallar la huella fue pedir permiso a de Sard, director de las sesiones, para compararla con el pie de la médium.
La única diferencia que advirtió fue la que aludió Fornaguera respecto a la longitud de la planta, discrepancia que, según Comas, «era perfectamente explicable por la variación de presión del pie sobre el papel ahumado» (Comas, 1908, p.
Del mismo modo opinó el médico Pedro Farreras (1908), quien remitió una carta a Comas con sus notas comparativas entre el pie de Carmen y la huella obtenida en la sesión.
Comas no tachó el fenómeno de fraudulento, pues no era capaz de explicarse la superchería, pero tampoco aceptó la explicación espiritista de Fornaguera.
En su opinión, el fenómeno coincidía con la teoría del desdoblamiento tal y como se ha visto que él la entiende.
De este modo, concluyó Comas, «si el fenómeno fuese legítimo, constituiría una brillante confirmación de mi hipótesis de la mediumnidad, pues, según ella, todas las huellas o imágenes plásticas de miembros fluídicos e invisibles deben ser una reproducción exacta de los de la médium» (Comas, 1908, p.
114) –en cuanto son producto del «individuo invisible» desdoblado.
Esta no era la primera vez que la coincidencia de las huellas del médium con las del supuesto espíritu se interpretaba como una prueba a favor del desdoblamiento.
En las sesiones de Roma (1893-1894) con Eusapia Palladino, bajo la dirección de Siemiradski y Ochorowicz, se llegó a la misma conclusión al ver que la huella de la mano del supuesto espíritu coincidía con la de la médium (Gota, 1909b).
Esta clase de pruebas materiales fueron de suma importancia para traducir los fenómenos observados en hechos concretos a favor de una determinada hipótesis.
Para algunos espiritistas, las imágenes de ectoplasmas emanados por el médium representaban una prueba irrefutable de su existencia (Brower, 2010; Edelman, 2006a).
Asimismo, la fotografía donde Florence Cook aparece al lado del fantasma de Katie King fue presentada por Crookes como una prueba de la materialización de dicho espíritu (Brock, 2008).
Fornaguera no estaba dispuesto a aceptar la teoría del desdoblamiento, ni el caso de Carmen ni en sentido general.
Según él, el problema de las sesiones con Carmen fue que Comas se había negado a acatar las condiciones requeridas.
Uno de los principios básicos para el estudio de los fenómenos del espiritismo era que los observadores tenían que mostrarse benevolentes y confiados, de no ser así se «empujaba» al médium a cometer un fraude (Blondel, 2002).
A este hecho se refiere Fornaguera al apuntar:
¿Qué opina el Sr. Comas y Solá de estas acciones inteligentes sobre objetos, si niega la acción de los desencarnados con los vivos?.
Quizás supone que el médium, desdoblándose, puede hacerlo?
Y aunque así fuera, no serían precisas, para ello, ciertas condiciones (negadas por el Sr. Comas, que si no las niega por lo menos dice ignorar el por qué) de afinidad, armonía, etc.?
Tras criticar los controles exigidos por Comas, Fornaguera rebatió la teoría del desdoblamiento del médium de la manera siguiente:
Y si la inteligencia del médium pudiera manifestarse fuera del mismo, no demostraría esto que la inteligencia (espíritu) fuera del cuerpo se relaciona con los vivos?
Y un médium, si quisiera voluntariamente hacerlo, necesitaría tener un conocimiento grande de los elementos etéreos (invisibles) para manejarlos a su antojo.
Bien sabe el Sr. Comas y Solá que los médiums por él estudiados no poseen este conocimiento tan indispensable en el caso que nos ocupa.
Los argumentos de Fornaguera se resumen en uno: los fenómenos del espiritismo solo puede producirlos un ser inteligente, pero este no puede ser el médium, pues desconoce cómo lograr que su inteligencia se manifieste fuera de su cuerpo.
Entonces, se debe suponer que esta inteligencia es la de un espíritu.
Se observa aquí el principal punto de confrontación entre la teoría espiritista y la del desdoblamiento que, sin negar los fenómenos mediúmnicos, refuta la hipótesis espírita (Boirac, 1910).
Comas lo dejó claro al dar por falsa la mediumnidad en su sentido espiritista, es decir, como agente mediador con los desencarnados: «la mediumnidad, si es que existe, es un fenómeno natural como cualquier otro, y, como todos, sujeta a la misma ley o escala de probabilidades o de frecuencias, o mejor, de continuidad» (Comas, 1908, p.
Esta opinión no difería de la Morselli (1908) o Richet (1923); sin embargo, las leyes que gobernaban la mediumnidad eran difícilmente deducibles, ya que sus fenómenos eran espontáneos y ni siquiera se conocían la mayoría de condiciones favorables para su producción (Blondel, 2002).
Tras las polémicas sesiones con Carmen, Comas se ofreció a experimentar en su casa con el médium que se presentase voluntario.
La única condición que impuso fue que las sesiones se hicieran, en palabras de Comas: «bajo mi sola autoridad y procediendo con todo el rigorismo y valiéndome de todos los controls que se me ocurran (inofensivos por supuesto)» (Comas, 1907, sin numeración).
De no hallar fraude alguno, Comas prometió hacerlo público «en bien de la Ciencia y para honra del médium» (Comas, 1907, sin numeración).
Según Fornaguera (1908a), el ofrecimiento de Comas era consecuencia de una conversación, supuestamente airada, que habían mantenido en la redacción de La Actualidad.
Visiblemente molesto, el médium y presidente del centro «Amor Universal» adujo:
¿Cómo quiere el Sr. Comas que nos prestemos los verdaderos médiums a ser examinados bajo su dirección si él ha demostrado no poseer lo que se requiere para dirigir aquello que demuestra desconocer?, opina tal vez que nosotros seremos tan mentecatos de ir a su casa para ello?, lo cree natural?
Como predijo Fornaguera, pasados tres meses ningún médium se ofreció voluntario (Comas, 1908).
APUNTE FINAL: HACIA UN ESTUDIO CIENTÍFICO DE LA MEDIUMNIDAD
La mediumnidad definida mediante términos como el desdoblamiento de la personalidad o la exteriorización del doble era muy distinta de la defendida por los espiritistas.
Quienes la entendieran del primer modo, como Melcior o Comas, difícilmente podrían estudiarla dentro de un grupo espiritista que únicamente abogara por la comunicación espiritual.
Como opinaban Antonio Gota (1910) y Emile Boirac (1910), el científico que quisiera emprender el estudio imparcial del espiritismo debía basarse únicamente en su fenomenología.
En este sentido, existía la creencia positivista de que estos fenómenos podían ser estudiados de forma neutral y empírica.
Comas así lo habría intentado si algún médium, después de Carmen Domínguez, se hubiera prestado voluntario.
Como Schrenck-Notzing, Comas (1908) y Estrany (1908) opinaban que los médiums no estaban entrenados en la experimentación científica sino en las sesiones espiritistas, por lo que tenían que ser «reeducados».
En el laboratorio parapsicológico de Schrenck-Notzing médiums como Schneider tuvieron que acostumbrase a obrar controlados por aparatos que registraban su pulso o sus movimientos (Wolffram, 2009a, 2009b).
En este sentido, el médium pasó a estar sometido al investigador, a diferencia de lo que ocurría en las sesiones espiritistas, donde gobernaba la sesión.
La indignación de Fornaguera respecto a los controles exigidos por Comas es comprensible.
¿Por qué iba un «verdadero» médium a ceder ante Comas si, según Fornaguera, ni siquiera era un «experto» en la materia?
Además, si la mediumnidad, en el sentido de la comunicación espiritual, representaba parte del sustento del médium –como en el caso de Carmen–, ¿para qué someterse a unas experiencias que partían de hipótesis contrarias a la espírita?
Incluso, si tras experimentar con Comas u otros, no se descubría fraude alguno, ¿acaso los espiritistas, sus principales «clientes», se interesarían por un médium en cuyos fenómenos no intervinieran los espíritus?
Estos son solo algunos de los motivos que llevaron a médiums espiritistas, como Jacint Fonraguera o Segundo Oliver, a enfrentarse a las teorías del desdoblamiento en pro de la «verdadera» mediumnidad.
Es posible que si Comas hubiera ofrecido una retribución económica algún médium hubiera aceptado someterse a sus controles.
No hay que olvidar que, entre otros, Eva C. fue pagada por sus sesiones con Piéron en la Sorbonne (Lachapelle, 2011).
El peligro de la retribución era el mismo que conllevaba experimentar con médiums públicos: aumentaba la posibilidad del fraude.
De no hallar superchería alguna, la promesa de Comas fue hacerlo público «en bien de la Ciencia y para honra del médium» (Comas, 1907, sin numeración).
Pero, de nuevo, ¿de qué clase de honra se trataba?, ¿la de sufrir un desdoblamiento de la personalidad que, mediante la irradiación de una fuerza desconocida, producía fenómenos propios del espiritismo?
Si se aceptaba la teoría del desdoblamiento en el sentido psicopatológico de Janet la conclusión lógica era «curar» al médium, como hizo Melcior con Teresa Esquius.
Planteado de esta manera, más «honroso» le podía parecer a un médium creerse posesor de una facultad que le permitiera comunicarse con los espíritus.
Para médicos como Melcior, interesado en estudiar la mediumnidad mediante las teorías del desdoblamiento, la hipótesis espírita solo había conseguido ahuyentar la comunidad científica.
En su opinión, si desde el inicio el caso de Teresa Esquius se hubiera asociado con el desdoblamiento, en vez de con el espiritismo, más hombres de ciencia se habrían interesado por el origen de los fenómenos.
En este sentido, para Melcior las teorías del desdoblamiento fueron una herramienta para desvincular la mediumnidad de su pilar espiritista.
Al definir la mediumnidad de Carmen y Teresa mediante el desdoblamiento, ya fuera físico o mental, Comas y Melcior contribuyeron a que ésta se estudiara científicamente.
Usando la expresión de Ochorowicz (en: Rochas, 1897, p.
130), fueron «mediumnistas» antes que espiritistas.
Como ellos, buscaron alejarse de la hipótesis espírita y repensar la mediumnidad mediante explicaciones físicas y psicológicas, especialmente vinculadas a la noción del inconsciente. |
La psiquiatría española y Jacques Lacan antes de 1975
El objetivo de este artículo es estudiar la presencia de Jacques Lacan en el ámbito psiquiátrico español antes de 1975.
Se aborda en un primer momento esta cuestión a través del escrutinio de la prensa psiquiátrica y del análisis de las referencias a Lacan que aparecen en ella (origen, características, y evolución en términos cuantitativos y cualitativos).
Se aborda a continuación la historia, el contexto y las consecuencias de las dos conferencias que Jacques Lacan, invitado por los psiquiatras españoles, dio en Barcelona en 1958 y 1972.
Jacques Lacan dio dos conferencias en España, la primera en 1958, la segunda en 1972, las dos veces en Barcelona, y las dos veces por invitación del psiquiatra catalán Ramón Sarró o de los colaboradores de éste.
Estas conferencias tuvieron lugar en contextos muy distintos – el del IV Congreso Internacional de Psicoterapia en el que el psicoanalista francés participó junto con la casi totalidad de la élite mundial de la psiquiatría, y el de una invitación personal a la Acadèmia de Ciències Mèdiques de Catalunya – pero tienen en común el hecho de haber pasado del todo desapercibidas.
Tanto es así que no fue hasta muchos años después cuando analistas lacanianos encontraron el texto, hasta entonces inédito, de la primera de estas conferencias y difundieron la poca información conocida acerca de la segunda.
Estas conferencias de Lacan en Barcelona vienen a formar parte de una historia que es la de la presencia del psicoanalista francés en el ámbito psiquiátrico español durante la dictadura.
Fue la esfera psiquiátrica la que estuvo en el origen de las únicas intervenciones públicas de Lacan en España, y fue también en esta esfera donde apareció el nombre del psicoanalista francés décadas antes de la llegada de Oscar Masotta a Barcelona.
Si bien hubo que esperar el inicio, en 1975, de los seminarios de Masotta y la fundación de la Biblioteca Freudiana de Barcelona dos años más tarde para que España contara con un movimiento lacaniano institucionalizado, la historia de la recepción de Lacan en el país, por marginal que fuera entonces, empezó durante la dictadura.
El primer objetivo de este artículo es estudiar esta presencia de Lacan en el ámbito psiquiátrico español a lo largo de las décadas durante las cuales Lacan se convirtió en una de las figuras más importantes del paisaje intelectual del país vecino.
¿Cómo y cuándo aparecieron las primeras referencias a Lacan en las revistas psiquiátricas españolas?
¿Cuáles son las características de estas referencias y cómo evolucionaron en términos cuantitativos y cualitativos?
¿Quién se interesaba entonces por Lacan y por qué?
El segundo objetivo del presente trabajo es volver sobre las conferencias de Jacques Lacan en España.
En el caso de la primera, cuyo contenido ha sido ya publicado y comentado, interesa sobre todo conocer el contexto en el que intervino el analista francés, el de este congreso internacional de psicoterapia organizado por los psiquiatras españoles en 1958, y averiguar qué factores pudieron influir en la recepción de esta intervención.
En la última parte de este artículo, abordamos la segunda y última conferencia de Jacques Lacan en Barcelona, conferencia tan poco conocida que durante mucho tiempo ni siquiera se mencionó en las bibliografías generales de los trabajos del psicoanalista (Roudinesco, 1993, p.
LACAN EN LA PRENSA PSIQUIÁTRICA ESPAÑOLA1
Fue, al parecer, en el Instituto Pere Mata de Reus donde por primera vez se leyó a Lacan en España.
El testimonio de Francesc Tosquelles sitúa esta primera lectura en 1932, cuando él mismo, siguiendo los consejos de su colega Salvador Vilaseca, leyó la tesis de Lacan y organizó entonces un curso sobre el contenido de la misma para los médicos del Instituto (Tosquelles, 1975, p.
Hay que esperar, sin embargo, los años cincuenta para volver a encontrar huellas de la presencia de Lacan en el ámbito psiquiátrico español.
En 1950 tiene lugar en París el Primer Congreso Mundial de Psiquiatría que reúne a más de mil quinientos especialistas de todo el mundo, entre ellos numerosos españoles2.
Por el lado francés, participan las principales figuras del movimiento psicoanalítico, entre ellas Lacan (Roudinesco, 1994, pp. 187-191).
Varias historias se cruzaron con motivo de este congreso, pues fue igualmente en aquella ocasión cuando los futuros analistas españoles de la IPA se presentaron ante la comisión de la Société psychanalytique de Paris como candidatos a la formación, cosa que llevó a al menos uno de ellos, Pere Bofill, a conocer a Lacan y a mantener con éste una conversación que nunca olvidó3.
Poco tiempo después de este congreso, el nombre de Lacan empieza a aparecer en las revistas psiquiátricas españolas.
Estas primeras menciones a principios de los años cincuenta tienen una característica común: son los autores franceses, colaboradores asiduos u ocasionales de las revistas españolas, los que aluden a las teorías del psicoanalista.
El primero en hacerlo es Henri Ey, quien publica en las Actas Luso-españolas de Neurología y Psiquiatría (Actas) un artículo en el que presenta la psiquiatría francesa contemporánea a sus colegas españoles; Ey destaca la importancia de la Société psychanalytique de Paris y menciona a Lacan como una de las figuras más relevantes del movimiento (Ey, 1950).
Unos años más tarde, en 1953, el mismo López Ibor cita por primera vez al psicoanalista francés en una reseña de la obra de Hécaen y Ajuriaguerra, Méconnaissances et hallucinations corporelles.
López Ibor alude a la teoría del «Estadio del espejo» remitiendo a Wallon y a Lacan:
conviene, pues — escribe López Ibor— analizar estos fenómenos a la luz de la conquista de la imagen especular del niño tan bien analizada por Wallon y Lacan (López Ibor, 1953, p.
Nada indica sin embargo que el elogioso comentario del psiquiatra español provenga de la lectura directa de Lacan, pues reproduce casi palabra por palabra las frases escritas sobre la aportación lacaniana por los autores de la monografía (Hécaen y Ajuriaguerra, 1952, p.
Esta situación en la que la prensa psiquiátrica española no hace más que reflejar, de forma muy puntual, la importancia que están adquiriendo los trabajos de Lacan para sus colegas franceses, se prolonga durante los años siguientes, a pesar de la multiplicación de las publicaciones periódicas especializadas.
La aparición del nombre del psicoanalista en las páginas de la Revista de Psiquiatría y Psicología Médica de Europa y América Latinas (RPPMEAL) fundada por Ramón Sarró en 1953 se debe, una vez más, a Henri Ey (Ey, 1954).
Durante este primer decenio de presencia de Lacan en la prensa psiquiátrica española, las referencias al analista francés toman pues una doble vía: la de la información sobre la vida psiquiátrica y psicoanalítica francesa, y la de la teoría psicoanalítica, pero en este último caso siempre directa o indirectamente bajo la pluma de autores franceses.
Desde el punto de vista cuantitativo, el número de referencias a Lacan disminuye considerablemente4.
Este descenso se explica en gran parte por el cambio que experimentan las secciones de noticias e informaciones de las publicaciones, que son las en que más había salido el nombre de Lacan, y que a partir de entonces se centran de forma casi exclusiva en la vida académica y asociativa nacional.
En el plano cualitativo, se observa una evolución del contenido de estas citas en la medida en que aparecen menciones puntuales de la aportación teórica del psicoanalista, ciertamente muy marginales, pero firmadas desde ese momento por españoles.
En 1961, las Actas publican una reseña de los cinco primeros volúmenes de La Psychanalyse, publicación de la Société française de psychanalyse, aparecidos entre 1956 y 1959.
Cada uno de estos volúmenes contiene una contribución fundamental de Lacan, empezando por el famoso «Rapport de Rome».
El crítico español pone esta fecundidad de relieve y comenta con cierto detenimiento los trabajos de Lacan y de Lagache, sin dejar de llamar la atención sobre las dificultades de comprensión que plantea el primero:
Lacan se nos presenta como el más fecundo de los del grupo no faltando su colaboración en ninguno de los volúmenes que reseñamos [...]
Conocidas son las preferencias lingüísticas y esotéricas del profesor Lacan, salvando siempre este purismo con elegancia, aunque a veces nos resulta oscura su intención (Aliño, 1961, p.
La vivacidad de la vida psicoanalítica del país vecino vuelve a ser, algunos años más tarde, objeto de elogios, firmados esta vez por López Ibor quien destaca nuevamente el papel de Lacan.
En palabras del español, el renacimiento dialéctico en el interior del psicoanálisis desencadenado por los trabajos de Lacan resulta «extraordinariamente interesante» (López Ibor, 1967, p.
Al margen de lo que no pasa de ser un entusiasmo puntual sin consecuencia alguna sobre las preocupaciones de la psiquiatría española, el carácter más detallado de estas citas y la manera como son introducidas demuestran que el nombre de Lacan no resulta desconocido en el campo psiquiátrico español.
La fama de Lacan, la posición que ocupa en el panorama psicoanalítico francés, su estilo difícil y los grandes ejes de su trabajo parecen ser informaciones conocidas por los psiquiatras españoles.
Hay que recordar que, en esa época en la que grandes nombres del psicoanálisis como Melanie Klein o Bion brillan por su ausencia en la prensa especializada española, el psicoanálisis francés ocupa un lugar algo particular en ella.
La proximidad geográfica, los contactos con los colegas franceses en los intercambios París-Madrid o París-Barcelona (congresos, relaciones personales en el caso de Henri Ey, etc.) explican que las noticias de la vida del mundo psiquiátrico y psicoanalítico francés lleguen con cierta frecuencia a España.
Indudablemente, el personaje de Jacques Lacan y – en menor medida – sus aportaciones teóricas forman parte de estas noticias.
Es de notar que cuando van más allá de la simple mención, las primeras referencias a las teorías lacanianas hechas por los psiquiatras españoles no aparecen en artículos científicos, sino en una reseña y en una editorial; a la altura de 1967 ningún artículo propiamente dicho ha sido aún consagrado a las trabajos de Lacan, los Escritos no se han comentado y ningún autor español lo ha citado nunca en la bibliografía de un trabajo científico publicado en la prensa especializada.
Al final de la década de los sesenta se produce lo que puede considerarse una verdadera aproximación a la teorías lacanianas en la esfera psiquiátrica española.
Este fenómeno, que coincide con el resurgimiento de un interés más amplio por el psicoanálisis que irá creciendo en los años sucesivos, dista mucho, sin embargo, de ser un fenómeno global: los autores que a partir de entonces aluden con frecuencia a la obra lacaniana son unos pocos, siempre los mismos, pero gracias a sus trabajos Lacan sale de las secciones casi exclusivamente informativas a las que continuaba confinado para pasar a formar parte de la bibliografía de artículos científicos y convertirse en una referencia en la reflexión de estos autores.
Se observa la inclusión de las referencias a Lacan en dos áreas principales de las nuevas inquietudes de algunos sectores psiquiátricos que son, por una parte, la aportación del estructuralismo a la psiquiatría y, por la otra, la antipsiquiatría.
Este interés por la obra lacaniana es perceptible a partir de 1968 y, en un primer momento, principalmente en el área catalana.
El artículo que inaugura esta nueva situación lo firma Josep Lluís Martí-Tusquets quien, algunos años más tarde, será uno de los que recibirán a Lacan en Barcelona.
Martí-Tusquets comenta una de las sesiones del seminario sobre el estructuralismo organizado por el Instituto Francés y el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona dirigido por Sarró.
Después de aludir a la obra de Lévi-Strauss, Martí-Tusquets concluye:
[La] preponderancia de la lengua representa en último término una preponderancia intelectual y también – a nuestro juicio – una cierta desvalorización de lo afectivo (Martí-Tusquets, 1968, p.
Y añade a continuación:
Jacques Lacan deja entrever esta actitud, a través de toda su obra y en relación al psicoanálisis, desvalorizando todo aquello que se pretende buscar más allá de la realidad estructurada, conflictual y simbolizada.
¿Qué duda cabe que la corriente estructuralista del psicoanálisis, con el análisis de las estructuras lingüísticas, de las asociaciones libres de los sueños y del simbolismo, aleja un tanto al enfermo y al psicoterapeuta?
Todo ello nos hace desvalorizar lo empático, lo transferencial, como objeto de análisis y tiende a convertir al psicoterapeuta en descubridor de relaciones, de leyes asociativas, de determinismos intelectuales, lingüísticos y expresivos, con los cuales adaptar conclusiones casi premonitorias, o detenerse en los complejos y confusos análisis de estrategia combinatoria (Martí-Tusquets, 1968, pp. 235-236).
Durante el año 1969 aparecen, siempre en la prensa psiquiátrica catalana, los primeros artículos de divulgación de las teorías lacanianas.
Fernando Cervantes Gimeno —autor de una tesis de doctorado sobre el estructuralismo y la psiquiatría y traductor al castellano del Vocabulaire de la psychanalyse de Laplanche y Pontalis— publica varias contribuciones, entre ellas un larguísimo artículo sobre la aplicación de las teorías derivadas de la lingüística estructural a la psiquiatría y a la psicoterapia (Cervantes Gimeno, 1969).
Durante ese mismo año empiezan a aparecer referencias bibliográficas a la edición francesa de los Escritos.
Martí-Tusquets, quien había expresado su escepticismo en lo referido a la posible aportación del estructuralismo a la psicoterapia, apela en cambio a Lacan en su reflexión radicalmente anti-antipsiquiátrica sobre las instituciones.
A la solución «anticientífica» de Cooper, Martí-Tusquets opone la de la mejora de los modelos comunitarios sobre la base del análisis riguroso de la dinámica de las interacciones humanas en el hospital psiquiátrico, análisis que, en su opinión, ya no puede realizarse sin tener en cuenta las teorías lacanianas.
Lacan ha tenido, a nuestro juicio, el mérito innegable de introducir los métodos del estructuralismo lingüístico y antropológico en el análisis de las interrelaciones [...]
Lo evidente es que este proceso iniciado por Lacan no puede detenerse ahí y la aceptación de los principios básicos de Lévi-Strauss supone una auténtica aportación científica en el análisis de dichas interacciones humanas.
Por lo cual creemos que hoy día, no puede prescindirse de esta metodología en el análisis de las interacciones grupales e institucionales [...]
La aportación más original de Lacan, es la consideración de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje [...]
La incorporación de esta idea al análisis de las Instituciones psiquiátricas ha empezado a dar sus frutos y nos parece absolutamente imprescindible para un auténtico estudio de los fenómenos e influencias relacionales en el hospital psiquiátrico (Martí-Tusquets, 1971, pp. 208-209).
En adelante la tesis lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje volverá con frecuencia en los trabajos de Martí-Tusquets, quien la integrará en su reflexión sobre la comunidad terapéutica (Martí-Tusquets, 1972a; Martí-Tusquets, 1972b).
La cuestión de la antipsiquiatría da lugar a otras referencias a las teorías lacanianas, ya sean directas o a través de otros autores, como Maud Mannoni.
Es, por otra parte, en la colección de psicología de la editorial Anagrama dirigida por Ramón García, uno de los principales defensores españoles de la corriente antipsiquiátrica, donde se publica el primer texto de Lacan en España en 1970 (Lacan, 1970).
Las referencias a Lacan aparecen entonces tanto en artículos que adoptan el punto de vista psicoanalítico como en autores alejados de esta tendencia, que citan a Lacan como un punto de referencia ya obligado.
Se observa, como era de esperar, que los autores que con más frecuencia aluden a Lacan son aquellos que han cursado parte de sus estudios en Francia y francés es, también, el autor del primer artículo dedicado por entero a Lacan; «El estructuralismo de Jacques Lacan» de Maurice Corvez, traducción de un trabajo publicado previamente en Bélgica, aparece en la Revista de Psicología General y Aplicada en 1971.
En esta primera exposición sistemática de las teorías lacanianas aparecida en la prensa especializada española, el autor presenta una serie de observaciones que concluyen en la defensa del psicoanalista frente a las críticas a las que podría llevar una lectura de su doctrina desde un punto de vista cristiano (Corvez, 1971).
Hay que esperar algunos años más para encontrar el mismo tipo de trabajo, mezclando divulgación y crítica, publicado ya por un autor español (Polaino-Lorente, 1974).
A pesar del aumento notable en las referencias a Lacan que se observa a partir de 1968, será necesario esperar la aparición de la gran revista de la transición democrática, la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, cuyo número cero sale en 1981, para que Lacan se convierta en una verdadera referencia teórica en los debates de la esfera psiquiátrica española.
Para entonces, la situación del lacanismo en España habrá cambiado dentro y fuera del ámbito psiquiátrico; la corriente lacaniana fundada y liderada por Oscar Masotta hasta su muerte estará ya institucionalizada, las teorías lacanianas tendrán una presencia mayor en diversos campos del saber, muchas veces directa o indirectamente gracias a la difusión que le darán lacanianos argentinos exiliados, y el mismo Lacan se habrá convertido en una figura lo suficientemente importante en la esfera intelectual para que El País publique su carta de disolución de la Escuela Freudiana de París, y más tarde anuncie su muerte en portada5 (Druet, 2008; Druet, 2012b).
El recorrido de las teorías lacanianas en la prensa psiquiátrica española durante el periodo de la dictadura demuestra que tanto en 1958 como en 1972, fechas de las dos conferencias de Lacan en España, la situación era muy distinta.
Al final de la década del cincuenta esta prensa no había hecho más que reflejar la importancia que las ideas lacanianas estaban adquiriendo en el país vecino y ningún autor español había dado muestras de interés por ellas.
Fue en este contexto pues en el que Lacan vino por primera vez a Barcelona.
LACAN EN BARCELONA (I): EL IV CONGRESO INTERNACIONAL DE PSICOTERAPIA
Del 1 al 7 de septiembre de 1958 tiene lugar en Barcelona el Congreso Internacional de Psicoterapia, cuarto del nombre después de los encuentros de Leyden, Londres y Zúrich.
El evento es importante: es la primera vez desde la guerra civil que se celebra un congreso psiquiátrico de esta envergadura en el país.
Se esperan a más de mil participantes, entre ellos casi todos los representantes de la élite mundial de la disciplina.
Ramón Sarró es nombrado presidente del congreso y se constituye un comité de organización liderado por él e integrado por sus colaboradores de la cátedra de psiquiatría de la Universidad de Barcelona.
A partir de finales de 1957, la prensa psiquiátrica española empieza a publicar informaciones sobre la preparación del encuentro y anuncia la presencia de algunas figuras del mundo psiquiátrico internacional, entre ellas Lacan.
La RPPMEAL publica una primera lista de las intervenciones previstas y en la sección dedicada al psicoanálisis, presidida por Franz Alexander, se anuncia: «Lacan, Jacques, Francia – La Psychanalyse vraie et la fausse6».
La prensa detalla igualmente la organización científica del congreso alrededor del tema central de la psicoterapia y el análisis existencial.
Se hace hincapié en las repercusiones positivas que tendrá el encuentro para la medicina española necesitada, según los organizadores, de una «revolución» psicosomática, aunque el término de «revolución» desaparecerá más tarde de las presentaciones por desagradar a las autoridades políticas7.
El desarrollo de este Congreso Internacional de Psicoterapia puede conocerse gracias a la prensa cotidiana que publicó, día tras día, reseñas del encuentro.
La inauguración del congreso tiene lugar el día 1 de septiembre en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona, en presencia de las autoridades civiles, militares y religiosas.
Los discursos de circunstancias se siguen a lo largo de la mañana.
Ramón Sarró, presidente del congreso, pronuncia a continuación una conferencia sobre «La interpretación del mito de Edipo en Freud y en Heidegger», en la que critica el pesimismo y la misantropía de un Freud víctima de su resentimiento para con la sociedad vienesa.
Hace a continuación una lectura del complejo de Edipo a la luz de la antropología existencial y rinde homenaje a los trabajos de Binswanger, Minkowski, Gebsattel y Straus.
El último día del congreso, en su discurso de clausura, Sarró concluirá:
la contestación de la Psicología contemporánea a la cuestión de 'Qué es el hombre', debería ser la 'persona', o la 'existencia'.
La respuesta de Freud de que el hombre es instinto puede considerarse definitivamente superada (La Vanguardia Española, 7/9/1958, p.
La posición de la psiquiatría española con respecto al psicoanálisis, de la que la conferencia de Sarró era representativa, es uno de los factores que hay que tener en cuenta para entender el contexto de la conferencia de Lacan.
Una cuestión tan delicada como la de la psicoterapia no podía abordarse, en la España de 1958, sin tener en cuenta sus implicaciones ideológicas, y a este respecto los organizadores del congreso tomaron las necesarias precauciones8.
Dichas precauciones se tradujeron, entre otras cosas, por la creación de una sección de «psicoterapia y religión», que no existía en los congresos anteriores y cuyas actividades fueron presentadas como una garantía moral en los debates, en particular con respecto a las teorías psicoanalíticas, cosa que quedó claramente reflejada en la prensa:
Saltan a primera vista la trascendencia y delicadeza de los temas.
Cierto que con mano hábil y ortodoxa, en el primer «Diario» del Congreso son desmontadas, entre otras tesis, la tan decantada sobre el complejo de Edipo «como elemento básico estructurador de toda cultura», y la que quisiera infravalorizar la conciencia, poniendo el inconsciente como verdadero centro del hombre.
Cierto que «en este congreso —lo afirma el programa de manera taxativa— interesa especialmente la más perfecta adaptación de la Psicoterapia a las normas y sentimientos de una cultura católica».
Pero nos sobra el inciso de que esto se haga en virtud del «genius loci».
«La acción del sacerdote y el médico afecta a todas las confesiones».
De ellas y de ciertos núcleos demasiado avanzados del mismo campo católico pueden provenir algunos despistes tan importantes como el que intenta presentar como correlativas neurosis y santidad.
Por ello nos alegra tanto la presencia en el congreso de personalidades tan destacadas como las de los padres Mailloux, canadiense [...]; Vaca, Meseguer y Aragó, españoles, etcétera, que serían, ellas solas, toda una garantía (Melendres, 1958, p.
En este contexto, no resulta nada extraño que los organizadores, en sus comunicados, hubieran resaltado las actividades de la sección de psicoterapia y religión, la cual, consecuentemente, fue una de las que más espacio ocupó en la prensa.
El miércoles 3 de septiembre, día de la intervención de Lacan, era también el día en que se había programado la conferencia del padre Noël Mailloux, presidente de esta sección de psicoterapia y religión.
Los periódicos de la mañana, como lo hacían desde el principio del congreso, anunciaron los momentos más esperados del día, de los que formaba parte sólo la segunda.
La ponencia de Lacan no sólo coincidió con las actividades de la sección de psicoterapia y religión, sino también con otro evento de primera importancia en un congreso en el que la participación de los médicos españoles era otro de los principales centros de interés de la prensa: la conferencia de López Ibor, quien tomó el micrófono después de Lacan en el Paraninfo.
Al día siguiente de la intervención de ambos, el español tuvo los honores de los titulares de la prensa.
La ponencia de Lacan, al igual que las de los dos oradores que le habían precedido en el Paraninfo aquella mañana, sólo se mencionó en la introducción de una reseña dedicada casi por entero a la intervención de López Ibor: «El doctor Lacan presentó un interesante trabajo sobre el psicoanálisis verdadero y falso», leemos con alguna variante formal en los periódicos que detallaron el programa de la mañana9.
A pesar de que Lacan formaba parte de las personalidades invitadas a tomar la palabra durante las sesiones más prestigiosas del congreso, no fue objeto de la misma atención privilegiada que recibieron en la prensa otras figuras del mundo psicoterapéutico.
El hecho de que hablara el mismo día que López Ibor y que el presidente de la sección de psicoterapia y religión no podía contribuir a llamar la atención sobre su intervención.
Sin embargo, la situación de Lacan a este respecto no fue única; aunque el programa de las ponencias aparecía cada día en la prensa, las intervenciones no solían ser comentadas.
Tampoco se encuentran comentarios de las intervenciones de algunos psiquiatras de reconocido prestigio como Henri Ey o el mismo Binswanger.
La lectura de los periódicos pone de manifiesto que los primeros objetivos de la prensa en sus reseñas eran el ensalzamiento del papel de la psiquiatría nacional, ya sea en la organización o en la participación en el congreso, y las garantías morales que debían enmarcar semejante evento.
Difícilmente podía Lacan cumplir uno de estos dos requisitos de acceso a los honores periodísticos10.
Más extraña es, en cambio, la historia de la publicación del texto de la intervención de Lacan.
«El psicoanálisis verdadero y el falso» —sobre cuyo contenido, ya publicado y ampliamente comentado, no volveremos aquí— no fue incluido en las actas del congreso y sólo fue encontrado en 1991, en casa de Sarró, después de una investigación llevada a cabo por algunos analistas catalanes (Lafuente, 1992, pp. 49-50).
Se publicó algunos meses más tarde en la revista Freudiana (Lacan, 1992)11.
La primera pregunta que surge es la de por qué no se publicó la ponencia de Lacan en las actas del congreso.
Todo parece indicar que los organizadores estaban en posesión del texto en el momento de iniciar esta publicación; siendo la versión española la que se encontró en casa de Sarró, es lógico pensar que fue el texto que sirvió para las traducciones simultáneas durante el congreso.
La historia de estas actas es, en sí, poco clara.
Estaba previsto que se publicaran en la revista internacional de psicoterapia: Acta Psychotherapeutica Psychosomatica et Orthopaedagogica, como las actas del congreso de Zúrich que había precedido al de Barcelona12.
Pero por razones que se desconocen fue al final la revista dirigida por Sarró, la RPPMEAL, la que publicó estas actas, no en un volumen sino en un total de doce entregas entre enero de 1959 y junio de 196213.
El número de intervenciones publicadas, sin distinción de tipo —ponencias, conferencias, comunicaciones— es de doscientas veintiuna, es decir, aproximadamente la mitad de las que se dieron en el congreso.
En la categoría de las ponencias, la revista publicó el texto de dieciocho intervenciones de las veintidós que se presentaron en septiembre de 1958.
La no publicación de Lacan es, pues, notable, pero no constituye un caso único.
Cuando los autores de Freudiana presentaron «El psicoanálisis verdadero y el falso», en 1992, hablaron a este respecto de censura:
La pasión de Lacan sobrenadó a la censura que en su día impidió que su ponencia fuera publicada en las actas del IV Congreso Internacional de Psicoterapia ( Freudiana, 4-5, 1992, p.
La aparición de la conferencia de Lacan en Francia, en la revista L'Âne, dio lugar a la misma afirmación: «Cet exposé fut soumis à la censure qui refusa de le publier dans les actes du congrès» (L'Âne, 51, 1992, p.
Parece, sin embargo, difícil imaginar de qué tipo de censura podría tratarse.
La idea de una censura política, que es la que sugiere L'Âne, resulta del todo inverosímil, teniendo en cuenta el contenido del texto que sólo aborda polémicas teóricas e institucionales internas al psicoanálisis.
Por otra parte, la hipótesis de una censura específica contra Lacan debido a sus críticas de la IPA supondría la intervención de los miembros de la Asociación Internacional en una publicación dirigida por Sarró, quien distaba mucho de ser antilacaniano como veremos a continuación.
Pere Bofill, próximo colaborador de Sarró y miembro de la IPA —cuya comunicación, por cierto, tampoco fue publicada en las actas— refutó esta hipótesis de manera contundente15.
Los testimonios de los organizadores del congreso concurren en este punto:
no hay otra explicación plausible que la del olvido o del extravío del texto, azares inherentes a la publicación de semejante número de comunicaciones16.
Sea como sea, esta historia de «El psicoanálisis verdadero y el falso» no hace sino confirmar la conclusión de que el paso de Lacan por Barcelona en 1958 no contribuyó a despertar el interés de la psiquiatría española por sus teorías.
Como vimos más arriba, no será hasta diez años más tarde cuando la prensa psiquiátrica empezará a reflejar un cambio a este respecto; en el momento del congreso, Lacan pasa prácticamente desapercibido.
Unos catorce años después del congreso de psicoterapia, Jacques Lacan vuelve a Barcelona.
Por invitación de Sarró y de Josep Lluís Martí-Tusquets, Lacan da una conferencia el 3 de octubre de 1972 durante la sesión inaugural de la Asociación de Psiquiatría de la Academia de Ciencias Médicas.
A la altura de 1972, como vimos más arriba, Martí-Tusquets era uno de los que con más frecuencia citaba a Lacan en la prensa psiquiátrica española.
Sarró, por su parte, llevaba años interesado en el estructuralismo; como hemos visto más arriba, cuatro años antes de invitar a Lacan, había sido uno de los organizadores de un seminario de un año sobre este tema en el Instituto Francés de Barcelona, seminario en el que habían participado los grandes nombres de esta corriente de pensamiento (Sarró Maluquer, 2006, p.
Además de este interés, Sarró había vuelto a ver a Lacan después del congreso de 1958 —ambos habían asistido juntos a una conferencia de Serge Leclaire en el grupo de la Evolution Psychiatrique17— y un sentimiento de mutua simpatía los unía desde entonces.
Años más tarde, Sarró hablaría de su relación con Lacan en términos amistosos y contaría cómo observaba a su nieta delante del espejo para averiguar si se comprobaba la teoría del francés, y luego escribir a éste que lamentaba comunicarle que su nieta había resultado no ser lacaniana (Sánchez Lázaro, 1985, pp. 26-27).
Según Mariano de la Cruz, Sarró estaba fascinado por la brillantez y teatralidad de Lacan (Boix y Espada, 2002, p.
Después de su conferencia de 1972, Lacan, por su parte, envió una carta al psiquiatra catalán en la que expresaba respeto y admiración en los términos más elogiosos18.
Más allá del círculo de Sarró, sin embargo, Lacan aún distaba mucho de tener la fama y el reconocimiento intelectual que iba a adquirir algunos años más tarde.
Sólo el periódico La Vanguardia anunció su intervención en la Academia de Ciencias Médicas, en la sección de «Conferencias», y no hubo reseña o comentario alguno en la prensa19.
De esta intervención en francés —que tuvo lugar diez días antes de la conferencia, mucho más conocida, que Lacan dio en la Universidad Católica de Lovaina— no queda, que sepamos, ninguna grabación, y es poco probable que exista una versión redactada, pues al parecer fue en gran parte improvisada a partir de apuntes20.
Durante mucho tiempo, el único en difundir información sobre esta conferencia fue el analista catalán Antoni Vicens, quien asistió a la intervención de Lacan en 1972 y más tarde testimonió de la fuerte impresión que le había causado la aparición de esa figura en el panorama barcelonés de entonces (Vicens, 1991).
Al margen de estos recuerdos, se conocían el título de la conferencia de Lacan y algunas informaciones generales sobre el contenido de la misma, difundidas también por Vicens (García, 1983, p.
Basándonos en los apuntes que tomó entonces la analista Catherine Millot, quien acompañó a Lacan en su viaje a Barcelona, podemos dar un resumen más detallado de algunas de las ideas desarrolladas aquel día por Lacan21.
Cuando toma la palabra en la Academia de Ciencias Médicas, Lacan empieza comentando el título de su intervención —título que, al parecer, había olvidado— señalando que habla de lo real en su seminario.
Éste, al que dio el nombre de «seminario» porque esperaba que pudiera ser el lugar de un intercambio, no lo es.
Prosiguiendo con la cuestión del diálogo, Lacan dice que no hay nunca diálogo, sino dos monólogos que se entrecruzan.
Los diálogos de Platón, por ejemplo, no son diálogos; el interlocutor da siempre la respuesta esperada por quien pregunta, lo que convierte estos diálogos en un monólogo de Platón.
Esto remite a la existencia del dos.
El campo en el que de forma más evidente existe el dos, es el de los sexos.
Entre estos dos, dice Lacan, no hay ninguna comunicación en el lenguaje.
La imposibilidad del diálogo se manifiesta ahí, más que en ninguna otra parte.
Lacan se refiere a la Vita Nuova de Dante como cumbre del encuentro entre los sexos y de la felicidad inaudita (inouïe) propiamente dicha, ya que Dante y Beatriz no intercambian una sola palabra.
Gracias a eso, dice, es el poema del amor consumado.
Esto recuerda, continúa Lacan, lo que es el fundamento real de la aportación de Freud: «el fundamento de todo lo que se dice es la relación de los sexos».
En lo tocante al sexo biológico, el psicoanálisis no ha hecho producir avance alguno y, en el terreno del «saber-hacer», su aportación se resume a: «arréglenselas».
Sin embargo, el discurso psicoanalítico toma su referencia de la existencia de la sexualidad.
El psicoanálisis demuestra cómo funciones que nada tienen que ver con las funciones sexuales son llamadas a proveer una suerte de suplencia a esta función sexual que no está ahí sino en posición de punto ideal, punto de referencia más allá del campo de todo lo de que, en el análisis, puede tratarse.
El psicoanálisis ha demostrado que hay ciertos campos que se encuentran condicionados por aquello de lo que da testimonio el análisis, de lo que nada tiene que decir, excepto situarlo como un punto mítico, lo que sería la relación sexual.
El psicoanálisis surgió de lo que Lacan define como algo quizás localizable, pero no determinable; un día, Freud, se dejó enseñar por las histéricas.
Aprendió a establecer el fundamento del discurso analítico a partir de la construcción que llamó el inconsciente, término cuyo uso hasta entonces no guardaba relación con el que le dio Freud.
Lacan aborda a continuación la cuestión de la IPA, haciendo hincapié en la gran contradicción entre el discurso introducido por Freud y en qué se ha convertido la institución que él había fundado.
Hay una contradicción entre la institución analítica, en cuanto conservación del vínculo social y de lo que Lacan llama devolución de la cualificación —que supone algo que va del maestro al discípulo, su subordinado— y lo que dice Freud acerca de lo que pasa en el análisis, lo que debe esperarse del analista, esto es, que aborde cada nuevo paciente suspendiendo todo su saber anterior.
La relación de maestro a discípulo supone la transmisión de un saber, cuando de lo que se trata es de formar gente para que sea capaz de suspender este saber.
Lacan dice entonces que, ante el desamparo de algunos analistas en formación, a petición de ellos, hizo algo.
En Roma, enunció: «El inconsciente está estructurado como un lenguaje», fórmula cuya emergencia como tal es su decir pero que no lo es sino por lo que está en el dicho de Freud.
Remitiendo a su texto L'Étourdit, Lacan recuerda la distinción entre los «dichos» y el «decir».
«El inconsciente está estructurado como un lenguaje», esto se lee en la obra de Freud, en La interpretación de los sueños, en Psicopatología de la vida cotidiana, en El chiste y su relación con lo inconsciente.
Se trata siempre de tomar el sueño, el lapsus, el chiste sólo a nivel de su formulación de lenguaje.
Es sobre el relato tal como se hace en la sesión que actúa la interpretación freudiana.
Mientras algunos psicoanalistas se sitúan en el más allá de Freud, el «retorno a Freud» es el retorno a lo que Freud alcanzó escuchando a las histéricas, es decir, que algo sucedía allí, algo que, por ser como un lenguaje, revela lo que es la estructura.
Lacan insiste en el hecho de que dijo: «el inconsciente está estructurado como un lenguaje», y no «el inconsciente está estructurado por un lenguaje».
El lenguaje es la condición del inconsciente y no, como concluyeron algunos, el inconsciente la condición del lenguaje.
Un lenguaje, no es lo mismo que el lenguaje.
El lenguaje, es la estructura; un lenguaje, es el asunto de los lingüistas.
La estructura escapa a los lingüistas ya que la experimentan en la medida en que parten de la lengua de la que se sirven más usualmente.
Lacan termina comentando la segunda parte del título de su conferencia: «como acceso a lo real».
El discurso analítico está convocado por el hecho de que algo no marcha bien en el discurso del Amo y en el discurso universitario, al que Lacan aludió en relación con los acontecimientos del mayo del 68.
La sospecha de lo real del que se trata «acorrala» (coince) a esos discursos.
Concluye Lacan: «alguien, algún día, con esto dará el relevo a los analistas».
Tres años exactos después de esta segunda conferencia de Jacques Lacan en Barcelona, por las calles de esta misma ciudad se podían ver carteles que rezaban:
(Lectura estructuralista de Freud)
Clases a cargo de Oscar Masotta22
El 20 de octubre de 1975, el argentino empezó su seminario en la capital catalana, seminario que iba a convertirse en la primera etapa de la formación de un movimiento lacaniano en España.
A principios de la década siguiente empezaron a publicarse revistas de psicoanálisis lacaniano, era frecuente encontrar el nombre de Lacan en la prensa cultural catalana, se enseñaban las teorías lacanianas en la Facultad de Zorroaga y hasta la prensa cotidiana, al menos en Cataluña, se interesaba por el fenómeno de la difusión del lacanismo en España (Druet, 2008).
Al margen de algún destino individual, este fenómeno no guardaba relación alguna con la presencia de Lacan en el ámbito psiquiátrico durante la dictadura.
La historia de la presencia de Lacan en este ámbito es, con las escasas excepciones mencionadas, la de unas teorías y la de un personaje famoso en el país vecino que no pasaron de ser un objeto de curiosidad para la psiquiatría española que observaba los avatares del movimiento psicoanalítico francés —al igual que la evolución de las teorías psicoanalíticas en general— como algo quizás merecedor de un comentario puntual, pero del todo extraño a sus preocupaciones, al menos hasta finales de los años sesenta.
La primera conferencia de Lacan en Barcelona tuvo lugar en el contexto de una indiferencia general.
La segunda fue el resultado del interés que las teorías del analista francés despertaban en el círculo de Ramón Sarró, pero tampoco fue el punto de partida de una difusión más amplia de las ideas lacanianas como iban a serlo, algunos años más tarde, las actividades organizadas por Oscar Masotta y otros argentinos exiliados.
A partir de 1975 empieza un nuevo capítulo de la historia del psicoanálisis en España que se inicia con este largo «rodeo» tomado por las teorías lacanianas que llegan a Barcelona, no desde París, sino vía Buenos Aires (Druet, 2012b).
Difícilmente podía Jacques Lacan imaginar eso cuando, después de su conferencia de 1972, le había escrito a Sarró: «A partir de ahora me interesa todo lo que ocurra en Barcelona23». |
La dictadura militar en la historia oficial del psicoanálisis chileno: sobre la construcción de un pathos discursivo
A partir del análisis de una controversia suscitada en los preparativos del Congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional, realizado en Santiago de Chile en julio de 1999, este artículo intenta trazar los modos en los que la dictadura militar de Pinochet aparece en el corpus de textos con vocación histórica producidos en el seno de la Asociación Psicoanalítica Chilena.
Se revela, así, la construcción de un pathos discursivo, caracterizado por la negación, la búsqueda apresurada del consenso y el eufemismo, que sin embargo no sólo nace de los fantasmas de la única sociedad psicoanalítica local de la época, sino que se alimenta de las políticas institucionales implementadas por la asociación internacional a partir del nazismo y por la retórica de la reconciliación elaborada en Chile desde la recuperación de la democracia.
Con más de un siglo de existencia en Chile, el psicoanálisis ha sido parte de la vida cultural de este país y ha mantenido fecundos intercambios con disciplinas afines.
Durante dicho periodo, los chilenos se vieron confrontados a variados escenarios conflictivos, en los que toda la trama de pensamientos y discursos fue intensamente afectada.
Entre éstas situaciones, una de las más radicales fue, sin duda, la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet, donde trasformaciones en prácticamente todos los aspectos de la sociedad chilena estuvieron presididas por la violencia sistemática y el terrorismo de Estado.
Fundada en 1949 en ocasión de su reconocimiento por la International Psychoanalitical Association (IPA), la Asociación Psicoanalítica Chilena (APCh) contaba con 24 años para el golpe de Estado de 1973.
Hasta 1989, fue la única agrupación de psicoanalistas en Chile, de suerte que, durante toda la dictadura, ella concentró lo principal de la reflexión chilena en psicoanálisis, además del conjunto de la formación disciplinar.
Durante la década de 1960, la presencia de psicoanalistas en universidades y hospitales chilenos disminuyó ostensiblemente, produciéndose un repliegue hacia la Asociación y las consultas particulares.
En efecto, la partida hacia el extranjero de relevantes psicoanalistas nacionales insertos en medios académicos y en los servicios públicos de salud, la aparición de importantes rencillas internas y un creciente interés (ideológico, por cierto) en preservar el «oro puro» del psicoanálisis, entre otras muchas razones, determinaron una progresiva tendencia al «encierro» por parte de la mayoría de los psicoanalistas chilenos de aquella época (Whiting, 1980; Arrué, 1988; Florenzano, 1988; Gomberoff, 1990).
Así, paulatinamente, la transmisión del psicoanálisis adquirió un énfasis casi exclusivamente clínico y privado, desatendiendo sus aplicaciones a otros ámbitos, la interlocución con otros saberes y, sobre todo, la mantención de un diálogo con lo político y lo social.
Para Chile, los sesenta fueron tiempos de grandes transformaciones sociales, pero salvo contadas excepciones (como lo fue el Servicio de Psiquiatría Infanto-Juvenil del Hospital Luis Calvo Mackenna), la APCh parece haberse restado de ellas como institución.
Durante el breve gobierno de la Unidad Popular (UP), de noviembre de 1970 a septiembre de 1973, hubo algunas iniciativas de apertura social que no alcanzaron a cristalizarse, de modo que, luego del golpe, la Asociación prosiguió inalterada con su retiro.
Consistentemente, durante toda la dictadura y a pesar de los efectos que la represión política pudo tener sobre ella y sus miembros, la APCh se mantuvo silente e intentó continuar como si nada hubiese sucedido.
Se omitió, entonces, una lectura acerca del conflicto social y político, como también se eludió —incluso después del retorno a la democracia— una discusión mayor sobre la situación del psicoanálisis en condiciones dictatoriales.
El relato histórico del psicoanálisis chileno que, construido al alero de la APCh durante la década de 1980, devino en historia oficial, no fue una excepción en tal sentido.
Este escrito busca abordar las formas en que la dictadura aparece (o no), en este corpus de textos con vocación histórica, intentando recuperar los distintos artefactos y estrategias que han participado en su insistente descuido (a veces, decidido silencio), respecto de las condiciones sociopolíticas de aquel entonces.
Como veremos, en ellos se formula un relato donde las omisiones, los escamoteos y las distorsiones resultan dependientes del impacto de un punto bien preciso que, estando vinculado a la dictadura de Pinochet, aparece desdibujado o desplazado en lo explícito.
Se trataría, en consecuencia, de un corpus de textos históricos cuyos silencios, deformaciones y ambigüedades conformarían un pathos discursivo, en el entendido que la idea de pathos alude al efecto de las pasiones que atraviesan el discurso y convencen, no por la razón, sino por la afectación, la emoción.
En efecto, según Barthes (2004) el pathos se relaciona con «lo que se experimenta, por oposición a lo que se hace; y también por oposición a he pathe: lo pasivo» (p.
Concierne aquello que surge de la experiencia, pero no en el sentido de lo que embarga, al modo del trauma, sin preparación; pues «ese poder de ser afectado no significa necesariamente pasividad, sino afectividad, sensibilidad, sentimiento» (p.
Así, lo que hallaríamos en la historia oficial de la APCh en tanto discurso sobre la dictadura, no sería a nuestro juicio una producción de la razón, es decir una acción acompañada por la voluntad que construye un relato; sino un discurso afectado, patho-logizado, ensamblado con fragmentos de una emoción reprimida, con intermitencias de la historia, con agujeros de la memoria.
Comencemos por un controvertido incidente que, ocurrido casi diez años después de la recuperación de la democracia, constituye lo que podría designarse como el cierre del siglo XX del psicoanálisis chileno.
Se trata de un significativo episodio que, conteniendo las mismas ambigüedades del relato histórico oficial, confrontó a la única institución psicoanalítica chilena en tiempos de dictadura con aquello que, incluso mucho tiempo después, no había podido propiamente enfrentar y que, aún hoy, no pareciera encontrarse enteramente resuelto.
Durante 1998, en ocasión de los preparativos del 41o Congreso Internacional de Psicoanálisis a realizarse el año siguiente en Santiago, la APCh se encontró envuelta en una ácida polémica desatada por la publicación de un texto de Omar Arrué (1998a) en el Newsletter de la IPA.
Buscando dar a conocer la historia reciente del país, el breve artículo comenzaba con una celebración de la estabilidad política y de la floreciente economía nacional, además de recurrir a algunos lugares comunes concernientes a las bondades del terruño, el carácter de su pueblo, sus aguerridos orígenes e, incluso, su baile nacional.
El escrito proseguía con una caracterización del contexto político progresista que, bajo la influencia de la revolución cubana, los movimientos juveniles europeos y la doctrina social de la Iglesia Católica, se desarrolló bajo la administración de Frei Montalva, mencionando la reforma universitaria y los inicios de la reforma agraria.
Entonces, se relataban los pormenores de la llegada de Allende a la presidencia de la República, para proseguir con una descripción de las circunstancias que se encontraron presuntamente al origen de la conflictividad sociopolítica que habrían conducido al golpe militar de 1973, el cual habría sido –según el autor– esperado por «casi todos los sectores de la población [...] aunque por diferentes razones y con distintos intereses y expectativas» (p.
A continuación se narraba el bombardeo del palacio presidencial y se consignaba el suicidio del Presidente Allende.
Se señalaba que los militares buscaron aplastar toda forma de resistencia y que procedieron a la «detención de los principales militantes de izquierda», los cuales «fueron encarcelados en campos de concentración, interrogados y juzgados» para ser, luego de pocos meses, «liberados y deportados», mencionando sin extenderse, que el «doloroso episodio» implicó «secuelas de excesos y violaciones de derechos humanos» (p.
El artículo proseguía con la Constitución aprobada en Chile en 1980, la cual, pese a no ser votada «en circunstancias políticas del todo normales», habría sido «respaldada adecuadamente por amplios sectores de la población» (p.
A partir de entonces, señalaba, la «lucha» continuó en «menor escala» y «restringida a los servicios de inteligencia y a los grupos clandestinos» que atacaban los altos mandos militares, agregando que la Iglesia Católica, además de brindar apoyo a las «víctimas de persecución política», habría logrado hacer escuchar sus denuncias por la «violación a los derechos humanos» (p.
Así, sugería, se habría iniciado un periodo caracterizado por el «retorno gradual a condiciones de paz» y la «reaparición [...] del debate político», además de un florecimiento económico «espectacular» eventualmente basado en la «seguridad» ofrecida a «la empresa privada y la inversión extranjera» (p.
A continuación, se mencionaban sin detalles las revueltas populares de los años'80, el plebiscito de 1988, las elecciones presidenciales de 1989 y la continuación de Pinochet como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y, más tarde, como «senador vitalicio».
Finalmente, el texto concluía mediante la alusión a algunos logros de los gobiernos democráticos de Aylwin (1990-1994) y de Frei Ruiz-Tagle (1994-2000): la democratización de la arena política, la mejora de las condiciones sociales de los pobres, la investigación de violaciones a los derechos humanos, la compensación hacia algunas víctimas y el encarcelamiento de algunos jefes de la inteligencia militar del régimen pinochetista.
En resumen, se trataba de un escrito que, dando un amplio lugar a los clichés de la época, como el elogio de la herencia económica de los'80 y la satisfacción por la recobrada democracia, redundaba en múltiples fórmulas eufemísticas que desperfilaban el claro reconocimiento de los horrores de la violencia política ejercida por agentes del Estado en tiempos de dictadura.
En el fondo, el artículo tendía a reproducir sin el menor espíritu crítico una historia oficial que, fruto de las distorsiones introducidas por formaciones de compromiso subsidiarias de la persistencia de los conflictos políticos y del temor al retorno de los militares, resultaba además edulcorada con pasajes dignos de una reseña turística promocionando las bondades de la desconocida localidad.
Airadas reacciones no tardaron en manifestarse y numerosos analistas, principalmente argentinos y franceses, expresaron su molestia mediante cartas al editor publicadas en el siguiente número del Newsletter.
Diatkine (1998) protestó por un «artículo de vulgarización político-económica» que, buscando entregar una imagen «tranquilizadora» respecto de «conflictos que despertaron mucha rabia y dejaron huellas dolorosas», escamotea la palabra «dictadura» y nada «informa ni acerca de las condiciones de trabajo, ni sobre posibles ataques personales de los que hayan podido ser víctimas los psicoanalistas» (p.
Canestri (1998) reprochó «que un exceso de 'neutralidad' puede resultar en una traición a la historia y a la sensibilidad democrática de muchos colegas», agregando que no aparece la palabra «dictadura», ni los términos «tortura» y «asesinato» (p.
Subrayaba que para muchos ser «interrogados» significó ser «torturados» y para varios ser «juzgados» implicó ser «salvajemente asesinados», mientras que los «liberados y deportados» fueron «perseguidos incluso en el exilio» o «simplemente asesinados en una explosión» (p.
Finalmente, Gampel (1998) criticó la necesidad de un psicoanalista de recurrir a la «historia oficial» y desligarse de su tarea de «ir tras la verdad» (p.
4), al tiempo que Braun y Puget (1998) denunciaron tergiversaciones, la justificación del golpe militar y el uso de «discursos pseudodemocráticos» portadores de «rasgos autoritarios y dictatoriales» (p.
En el mismo número del Newsletter, Arrué (1998b) se defendió replicando que de ningún modo había pretendido desconocer los casi tres mil muertos y/o desaparecidos, ni el ejercicio de la violencia extrema.
No obstante, no se retractaba y, disculpándose por errores u omisiones, indicaba que «[u]n mayor uso de comillas habría expresado mejor mi pensamiento» (p.
Rechazaba la idea de que sus palabras fuesen eufemísticas o que relatasen la historia oficial, aunque ello no lo llevara a ocupar el término «dictadura» y prefiriera utilizar las expresiones «régimen militar» o «gobierno militar».
Asimismo, reiteraba los elogios a la economía neoliberal implantada en aquella época, subrayando el consenso que existiría sobre este punto, indicando el creciente espíritu de reconciliación nacional y agregando que sus planteamientos resultaban concordantes con declaraciones de destacados opositores a Pinochet.
Sin embargo, sostenía, no pensó «otorgarle al cuestionado artículo mayor pretensión que mi percepción y mis puntos de vista» y que, más allá de la neutralidad, sus palabras buscaban ser reflejo de «[l]a prudencia y el esfuerzo por la ecuanimidad» (p.
En el siguiente número del boletín, se agregó una nueva carta crítica.
En ella, Berman (1999) manifestaba su decepción ante la respuesta de Arrué e indicaba suponer que el consenso mencionado constituía una formulación anterior a la detención de Pinochet en Londres y que el deseo de perdonar en nombre de la «reconciliación nacional» no era algo compartido por todos los chilenos.
Subrayaba que, lejos de constituir un «asunto interno» de Chile, «los temas de asesinato, la tortura, el secuestro y brutal persecución política constituyen problemas que afectan a toda la humanidad, por lo que ningún país tiene el mandato de 'perdonar y olvidar' tales fenómenos» (p.
Recordaba que, «[d]urante los años de la persecución nazi, la comunidad psicoanalítica internacional mantuvo la 'neutralidad', evitando el tema en sus revistas», agregando que «los analistas en todos los países deben enfrentar abiertamente los problemas más importantes en la historia de su país, cuando estas cuestiones tienen inevitables repercusiones psicológicas para sus analizandos y para su sociedad» (p.
La polémica estaba desatada y ponía en riesgo el próximo Congreso, amenazado por la inasistencia de numerosos psicoanalistas, sobre todo argentinos, como expresión de protesta.
A decir verdad, como lo muestran algunas de las entrevistas realizadas por Adams-Silvan (1998) a los miembros del Programme Committee, desde el comienzo existieron temores en torno a la participación, aunque enfocados en la asistencia europea y norteamericana.
Los entrevistados manifestaban que Santiago podía resultar turísticamente menos atractivo que otras ciudades de Europa o Estados Unidos, agregando aprehensiones relacionadas a la lejanía, al costo de los pasajes y al invierno del hemisferio sur.
A ello, se sumaban las casi premonitorias preocupaciones por problemas de índole político, al tiempo que la entrevistadora se inquietaba por la incomodidad que algunos pudiesen resentir con el pasado reciente de Chile, como habría sido el caso en el Congreso de 1991 en Buenos Aires.
Pero las respuestas de los entrevistados, encaminadas a disolver tales obstáculos, no parecen haber ido en una dirección muy diferente a la del artículo de Arrué.
En efecto, lejos de limitarse a argumentos académicos, científicos o profesionales, ellos resaltaban atractivos turísticos, subrayaban ofertas gastronómicas y culturales, destacaban la belleza del paisaje, las bondades del clima o la cordialidad de los chilenos, además de entregar una aliviadora efigie sobre la seguridad, la estabilidad política, el ambiente democrático, la próspera economía y el recuerdo, pero tan sólo el recuerdo, de los dolorosos sucesos acaecidos en dictadura.
Evidentemente, la polémica complicaba aun más las cosas: una firme rectificación no podía esperar.
En el mismo Newsletter que publicara la carta de Berman, el editor dedicaba la sección Dialogue a un extenso dossier que, titulado «Violencia, Terror y Persecución», incluía (quizás en signo de desagravio) contribuciones de Canestri (1999) y de Puget (1999).
Además, el Presidente de la IPA, Otto Kernberg, formado como médico y como psicoanalista precisamente en Chile, declaraba que en una reciente reunión realizada en Santiago había quedado «impresionado por la madurez general de los avances democráticos en el país» y por «el común repudio de los horribles actos criminales cometidos durante la dictadura», subrayando la «compartida decepción general con los regímenes, tanto de extrema izquierda como de extrema derecha» (1999, p.
Igualmente, agregaba dos anuncios: la disposición del Presidente de la República de Chile para inaugurar el Congreso; y la inclusión en éste de una sesión plenaria adicional, donde la proyección de un documental sobre un «desaparecido» por la dictadura chilena introduciría una discusión sobre «la responsabilidad psicoanalítica en el apoyo de la democracia y nuestra oposición a los regímenes totalitarios y militares» (p.
Y, en efecto, así sucedió: el lunes 26 de julio de 1999 el Presidente Frei pronunció el discurso inaugural y, horas más tarde, un Cine Foro Especial exhibió el film Fernando ha vuelto (Caiozzi, 1998) para continuar con una mesa redonda que, presidida por el psicoanalista chileno Juan Pablo Jiménez, reunió intervenciones de Vamik Volkan, Afaf Mahfouz, Marcelo Viñar y Juan Francisco Jordán (Vetö, 2013).
Pero, más allá de la efectividad de estas maniobras para destrabar la situación, una pregunta permanece: ¿cómo entender aquel polémico artículo de Arrué?
Ciertamente, el texto parece revestir un marcado carácter sintomático, pero ¿sintomático de qué, de quién, de quiénes?
¿Cuál es el estatus de aquel episodio, cuáles sus resortes, cuál su naturaleza y su sentido?
Si nos precipitamos pudiésemos cerrar el asunto resolviéndolo en una cuestión de puntos de vista personales, sean estos correctos o incorrectos.
De hecho, se trata del expediente que el propio Arrué (1998b) utiliza cuando sostenía que su escrito sería solamente «la versión de un psicoanalista chileno» (p.
Sin embargo, no podemos contentarnos con esta solución, que más que explicar, justifica y deja las cosas en la más resuelta indeterminación.
Además, variadas consideraciones parecen complejizar la respuesta y alejarnos del simple –incluso simplista– recurso a la opinión individual libre de subordinaciones.
EL PATHOS DISCURSIVO DE LA HISTORIA OFICIAL
Resulta llamativo que ningún analista chileno haya públicamente objetado o corregido aquel texto.
De hecho, en el mismo número del boletín donde Arrué formulaba sus descargos, apareció una breve historia del psicoanálisis chileno que sólo hacía una escueta alusión a los «retornados del exilio» y la dictadura era únicamente sugerida por un impreciso alejamiento «de la Asociación de los avatares históricos que conmocionaron a muchas instituciones académicas chilenas» (Gomberoff, 1999, p.
Incluso el entonces presidente de la APCh, José Antonio Infante, y los co-presidentes del Comité Organizador Local, Jiménez y Jordán, defendieron a su colega y al cuestionado artículo.
Sostenían que ni ellos, ni ningún miembro de su Asociación, «han podido descubrir en el artículo una actitud empática o de aprobación hacia la dictadura o el régimen militar (términos para nosotros sinónimos) sufrido por el pueblo chileno durante 17 años», expresaban saber «lo que las palabras violación de los derechos humanos significan y no nos gusta alardear de ello porque también sabemos de la utilización política e ideológica de este sufrimiento».
Preferían, entonces, «permanecer en silencio ante agonías humanas de esta naturaleza y elevar nuestras voces para exigir justicia y verdad cuando esto es posible», pues «lo que hemos ganado durante los últimos 9 años de democracia es demasiado precioso como para desperdiciarlo y obviamente deseamos protegerlo» (Infante, Jiménez y Jordán, 1999, p.
Pero, el escamoteo o el franco silencio respecto de la dictadura no parecen haber sido excepción entre las expresiones públicas de miembros de la APCh.
De hecho, la situación del país parece haber ya sido minimizada o normalizada desde el golpe militar mismo.
Así lo insinúa el calmo tono de la respuesta de Whiting, presidente de la Asociación en aquel tiempo, a la carta del 2 de octubre de 1973 de Widlöcher, entonces secretario de la IPA: «Le agradezco muy sinceramente en forma personal y a nombre de nuestros asociados [...] las expresiones de afecto y apoyo [...] en conexión con los momentos difíciles porque pasaba nuestro país en aquellos días.
Situación que al presente está perfectamente controlada y en ningún momento perturbó el normal desarrollo de nuestras actividades científicas y docentes»1.
La misma situación reina en el corpus de textos con vocación histórica que, construido y socializado por la APCh a partir de 1980, se ha instalado como historia oficial del psicoanálisis chileno en virtud de haberse producido en la institución psicoanalítica más antigua del país, la única reconocida por la IPA y la primera en establecer un relato histórico de la disciplina.
No obstante, como toda historia institucional, se trata de un relato que ha tendido a hacer pasar su historia particular por la historia general, operando supresiones y obliteraciones de otros actores, iniciativas y narrativas psicoanalíticas2.
Detengámonos, entonces, en las características de esta «historia oficial» y prestemos atención a la forma en que allí es referida la dictadura.
En 1980 se instala la primera piedra de lo que, casi una década después, constituirá el mencionado corpus.
Fundada un año antes bajo la dirección de Jacobo Numhauser, la Revista Chilena de Psicoanálisis publica un escrito de Whiting (1980) que constituirá el texto inaugural de la historia del psicoanálisis chileno y que perdurará casi una década como la única publicación en su género.
En rigor, no será sino hasta 1988 que, con los preparativos de la celebración de los cuarenta años de la APCh, el impulso de Whiting es prolongado por Arrué que, como presidente de la Asociación, promueve un trabajo de consolidación histórica institucional.
Respondiendo al llamado, entre 1988 y 1995, se suceden varios trabajos que consolidan la trama histórica fundada por Whiting-Arrué.
En 1988, la revista de la APCh publica un artículo de Florenzano y, en 1989, otro de Prat Echaurren; en 1990, la Revista de Psiquiatría publica un texto de Gomberoff, y en 1991 aparece el libro Cuarenta años de Psicoanálisis en Chile que, editado por Casaula, Coloma y Jordán, incluye un nuevo escrito de Arrué y todo un grupo de artefactos de rememoración de los «pioneros»; dos años más tarde, la revista de la Asociación transcribe un coloquio (Davanzo, 1993) donde tres antiguos referentes –Prat, Davanzo y Ganzaraín– conversaban sobre la historia de la institución; y, para culminar, en 1995 el consolidado corpus histórico recibía reconocimiento internacional mediante la traducción y publicación de un artículo de Arrué (1991), incluido en un libro que recopilaba información histórica de las agrupaciones psicoanalíticas en el mundo.
Luego, habrá que esperar ocho años y más para ver aparecer tres nuevos escritos: el mencionado texto de Gomberoff de 1999, uno de Davanzo (2005) y otro de Álvarez (2009).
Entremedio, encontramos numerosos obituarios, homenajes, semblanzas y textos afines que, en lo esencial, siguen la misma orientación historiográfica.
Ahora bien, el texto de Whiting (1980) establece la primera «periodización» 3 comenzando en 1910, con la conferencia de Germán Greve en Buenos Aires; prosigue con los regresos desde Europa de Allende Navarro en 1925 y de Matte Blanco en 1943, la obtención por este último de la Cátedra de Psiquiatría en la Universidad de Chile y la fundación de la APCh en 1949; pasa a otra etapa con la salida de los psicoanalistas de sus puestos universitarios y la emigración de Matte y otros en los sesenta; y finaliza en 1970 con la adquisición de la personalidad jurídica de la Asociación.
Pero este trabajo, a semejanza del cual se escribirá toda la historia oficial del freudismo en Chile hasta la actualidad, no integra el contexto social, ni el trasfondo político, ni menos aún los temas culturales ligados a la recepción y al desarrollo del psicoanálisis en tierras chilenas.
Quedándose en los hitos y pioneros institucionales, la historia de la disciplina resulta amputada de la historia social, política, económica y cultural del país.
Si bien algunos de los textos subsiguientes agregan ciertos antecedentes e introducen episodios posteriores a 1970, todos mantienen la cronología establecida y, por regla general, jamás aparece la palabra «dictadura» o «tortura».
Incluso en el último texto del corpus (Álvarez, 2009), publicado casi tres décadas después, los años ochenta aparecen mencionados somera y generalmente, sin lograr ser integrados al entramado histórico.
En 1988, Arrué adopta la periodización de Whiting hasta fines de 1960 y, para la UP, el golpe y la dictadura, propone continuarla integrando la situación política a una comprensión del desarrollo del psicoanálisis chileno.
Sin embargo, su intento resulta fallido y, por el contrario, funda un pathos discursivo que, reproducido en adelante, se caracterizará básicamente por estrategias narrativas cargadas de eufemismos para referirse al período de la dictadura, por omisiones o ausencia de distinciones entre fenómenos evidentemente disímiles, por giros verbales enigmáticos, por imprecisas cronologías ad-hoc y por el intento de sustituir interpretaciones histórico-políticas usando otras, psicoanalíticamente inspiradas.
Así, por ejemplo, en una sola página (la número 4) habla de grupos «probablemente vulnerados» o de «circunstancias conflictivas [...] al finalizar la década del 60», pero al no dar detalles no se sabe cuáles eran los grupos, ni por qué circunstancias fueron violentados.
Del mismo modo, sin explicar a lo que alude, agrega que algunas de estas circunstancias fueron ajenas al «éxito de lo analítico» y, nuevamente sin aclaraciones, menciona la proximidad de «serios vaivenes sociopolíticos».
Finalmente, refiere un misterioso «ajuste de cuentas» en donde se habría mezclado lo político con lo teórico, dejándonos sin poder adivinar ni qué teorías, ni qué posturas políticas, ni qué supuestas cuentas pendientes son referidas.
Por otra parte, el texto nombra a quienes se alejaron del movimiento psicoanalítico chileno, entregando indicaciones que resultan complejas por sus omisiones y falta de diferenciaciones.
En tal sentido, se habla sin distingo del «doloroso fallecimiento de los Dres.
5), siendo que se trata de hechos situados en niveles distintos y acaecidos en condiciones muy diversas: lo de Núñez fue un suicidio (en 1984) desvinculado, al parecer, de asuntos políticos; lo de Castillo fue una desaparición (en 1976) que, aparentemente perpetrada por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) del régimen pinochetista, está directamente ligada con la situación histórica, social y política de la dictadura (Vetö, 2013).
Asimismo, el escrito hace mención a los Dres.
Rosenblatt y Altamirano que, según el autor, se habrían alejado de la APCh por manifestar mayor interés en otras orientaciones no analíticas.
Pero, con ello se esquivan las condiciones bajo las cuales Altamirano (el hermano de quien fuera Secretario General del Partido Socialista durante la UP) se retira de la Asociación alrededor de 1981, a su regreso del exilio.
Si bien éste fue, luego, uno de los fundadores de una asociación de terapia familiar, él mismo señala que su distanciamiento nada tuvo que ver con una pérdida de interés por el psicoanálisis, sino con la incomodidad sentida allí luego de su retorno y, precisamente, por el sostenido silenciamiento de todo lo que se vinculara con política4.
Tampoco se menciona el periodo de dictadura en ninguno de los escritos que, producidos en los noventa, consolidan el corpus histórico oficial.
En los trabajos de Florenzano (1988), Prat (1989) y Davanzo (1993) ni siquiera hay eufemismos; mientras que en los de Arrué (1991, 1995) y Gomberoff (1990, 1999) sólo se adivina en disfrazadas alusiones y términos como «cambios», «fenómenos» o «vaivenes socio-políticos», sin hacer jamás uso de las más precisas expresiones «golpe de Estado», «dictadura», «tortura», «ejecuciones», «detenidos desaparecidos» o «presos políticos».
Por su parte, los textos de los años 2000 en nada varían a este respecto, siguiendo fielmente la rutina de omisiones y escamoteos.
Ahora bien, para el primer grupo de textos, con excepción de Davanzo (1993), parece válido considerar que fueron producidos en condiciones dictatoriales, de suerte que no parece absurdo estimar que, en cierta medida, sus omisiones pudiesen tener relación con una protección frente a posibles represalias y persecuciones.
Sin embargo, para el segundo grupo de escritos y, más aún, para el texto de Álvarez (2009), es necesario integrar nuevas hipótesis que permitan entender las elisiones.
Para estos, ni el retorno de la democracia, ni los Informes de las Comisiones Nacionales de Verdad y Reconciliación (1991) y de Prisión Política y Tortura (2004), ni las sentencias judiciales a agentes de la dictadura, ni el arresto en Londres de Pinochet en 1998, parecen haber tenido la fuerza suficiente como para alejarlos de su atávica adhesión a la costumbre de omisión devenida verdadero pathos discursivo.
Así, por ejemplo, Gomberoff (1990) destacaba que «[h]asta 1973 hubo un grupo de psiquiatría infantil en el Hospital Calvo Mackenna, de orientación dinámica» (p.
382), suprimiendo que aquel servicio fue cerrado por albergar a un grupo que, encabezado por Altamirano, se identificaba con tendencias políticas de izquierda, además de pensar el psicoanálisis bajo las coordenadas de un compromiso social.
Igualmente, en el mismo artículo, señala que «en 1974 en la Escuela de Psicología de la Universidad Católica quedaban sólo dos profesores, candidatos analistas, uno de los cuales dejó de serlo al poco tiempo» (p.
385), silenciando que uno de dichos profesores era Castillo, obligado a renunciar a su trabajo académico en 1975 y detenido desaparecido desde octubre de 1976.
El texto prosigue señalando que, en la misma época, los analistas iniciaron un proceso de repliegue desde los distintos servicios públicos y departamentos universitarios, hacia la Asociación y sus consultas privadas.
Intenta explicar el fenómeno en función de una eventual contradicción entre psicoanálisis y universidad, en relación a asuntos de vocación o de «identidad analítica», en virtud de duelos no resueltos, de cuestiones vinculadas al funcionamiento de grupos pequeños según Bion –ya aludidos por Florenzano (1988)–, de cuestiones de organización y de estilo estructural de la institución o, incluso, de la supuesta influencia del «matriarcado» y del lugar del padre dejado vacío.
En contraste, no menciona que las universidades y los servicios públicos habían sido intervenidos por los militares, y que durante aquella época (y no sólo en Chile) las dictaduras privilegiaron enfoques –sobre todo en humanidades y ciencias sociales– donde se enfatizase menos la reflexión o la crítica, y más la adaptación, la conducta y el pragmatismo.
Ciertamente, hay quienes subrayan lo sucedido en el país desde los setenta hasta mediados de los ochenta (Arrué, 1991, 1995; Gomberoff, 1990).
No obstante, en ellos no se distingue lo sucedido durante el gobierno de Frei Montalva y sus efectos sobre la APCh, de lo que pudo haber acontecido con el gobierno de Allende y, posteriormente, con el golpe y la dictadura.
En tal sentido, Arrué (1991) señala que, en dicho periodo, «la situación socio-política de nuestro país naturalmente afectó a las personas de la Institución y en ciertos casos en forma muy dolorosa, sin embargo, a nivel del grupo, no pareció tener mayor trascendencia» (p.
Nada se dice sobre qué precisamente, en el transcurso de 25 años, afectó a las personas y no a la institución: ¿las reformas agraria y universitaria? ¿las transformaciones introducidas por la UP? ¿el golpe y la violencia? ¿la instalación de la dictadura y la violación de los derechos humanos? ¿la Constitución de 1980?
Asimismo, tampoco se explica de qué modo fueron afectadas las personas: ¿les expropiaron tierras? ¿emigraron por desacuerdos con las políticas de Allende? ¿desaparecieron? ¿fueron exiliados? ¿fueron detenidos ilegalmente? ¿fueron exonerados?
Por último, no se entrega ninguna explicación acerca de cómo la institución pudo permanecer incólume después del golpe y a pesar de los exilios, desapariciones, detenciones, paros, toques de queda o del permanente Estado de excepción de aquellos años.
En consecuencia, lejos de ser el producto de un esfuerzo de ecuanimidad y prudencia o de ser el fruto de tendenciosas y abusivas tergiversaciones, el polémico artículo de Arrué (1998) sería, en el fondo, tan sólo un engranaje más de un entramado muchísimo más vasto que sobrepasa acertadas o desacertadas apreciaciones personales.
En efecto, la revisión del consolidado corpus histórico de la APCh parece indicar que el mencionado escrito no se reduce al mero antojo de algún punto de vista, pues muy por el contrario se encuentra enteramente atravesado por el pathos discursivo que, sostenidamente, ha animado la historia oficial del psicoanálisis en Chile.
HISTORIAS MARGINALES AL INTERIOR DE LA APCH
Pese a que el corpus histórico de la APCh se encuentra dominado por el mencionado pathos, existen otros textos producidos por miembros de dicha institución que, sin tratar directamente la historia del psicoanálisis, revelan otras perspectivas acerca del golpe y la dictadura.
Estos trabajos, sin embargo, no circulan como referencias en la historia oficial y permanecen, por distintos motivos, en una cierta marginalidad.
El primero de ellos es un texto que, escrito en 1984 por Bruzzone, Casaula, Jiménez y Jordán (1991), aborda la «persecución», los sentimientos «paranoides» y los procesos «regresivos» experimentados por los autores durante su formación en el Instituto de la APCh en los años'80.
Sorprendentemente, como si nada tuviese que ver con el asunto y pese a las evidentes semejanzas, la realidad sociopolítica chilena de aquellos años no aparece mencionada en el artículo, ni siquiera sugerida.
Es, en cierto modo, como si ésta sólo hubiese podido emerger desplazada –a la manera de un «retorno de lo reprimido»–, sea en los análisis didácticos, supervisiones y seminarios, sea en los reglamentos y estructura institucionales.
Algo más explícito respecto de la situación de la época y sus consecuencias para el psicoanálisis, un trabajo de Hinzner y Noemi (1986) examina la cuestión de la «realidad externa» y su injerencia en la institución y la práctica psicoanalíticas, sugiriendo aquello que otros textos callan o no logran integrar.
Sostiene que «un mundo externo caracterizado por una gran violencia, regido por la omnisciencia», inmodificable por el razonamiento y donde se perjudica la posibilidad de «discriminar entre lo verdadero y lo falso», afecta a los pacientes y a la tarea del psicoanalista, además de servir como modelo «inconscientemente incorporado en nuestras instituciones» para conducir «a 'silencios', sentimiento de soledad, dificultad para compartir experiencias» (p.
Propone, así, distinguir el rol del analista en sesión de aquel que le cabe como miembro de una institución, preguntándose por el papel que le corresponde a esta última respecto a dicha realidad altamente patógena.
Pero el texto que con mayor decisión se aleja del mencionado pathos, es un escrito de 1989 donde Jiménez (1991), sin eufemismos, omisiones o vaguedades, habla abiertamente de dictadura, detenciones ilegales, ejecuciones, degollamientos, persecuciones.
Poniendo en duda la ilusión de mantener intactas la «abstinencia» y la «neutralidad» del analista en condiciones sociales dictatoriales como la chilena, examina la manera en que estas últimas inciden en la cotidianeidad para inmiscuirse problemáticamente en la clínica y en la transferencia, de suerte que «el conflicto político-ideológico irrumpe, al igual que un terremoto, en la sesión de análisis» (p.
En tal sentido, agrega el autor, las situaciones políticas extremas pondrían en riesgo la viabilidad del «encuadre» que, en el tratamiento psicoanalítico, propicia la capacidad de paciente y analista «de crear [...] un espacio y un tiempo que permita la toma de distancia de los eventos originariamente traumáticos, para reelaborarlos en el seno de una nueva experiencia» (p.
Es que la intensificación de la violencia política atentaría contra aquel necesario «cierto grado de distanciamiento de la realidad actual y presente», pues o bien lo impide por su masivo ingreso en el análisis, o bien determina que su preservación inconmovible pueda «llegar hasta la negación o desmentida de la realidad actual» (p.
Sin duda, estos tres textos entregan algunos jirones de una historia, otra historia, que parece haber quedado escamoteada en el relato oficial del psicoanálisis chileno.
Sin embargo, no por ello estos escritos logran mantenerse enteramente ajenos al pathos discursivo dominante.
En efecto, Bruzzone, Casaula, Jiménez y Jordán (1991) no alcanzan a establecer ningún vínculo con la manera en que las condiciones totalitarias pueden llegar a afectar a los analistas, a la institución analítica o al ejercicio del psicoanálisis.
De hecho, cuando el texto fue preliminarmente presentado en el 15o Congreso Psicoanalítico de América Latina (Buenos Aires, 1984), algunos analistas argentinos observaron la eventual relación con la situación sociopolítica chilena y, sorprendidos, ninguno de los autores supo qué responder: simplemente nunca lo habían pensado así5.
Asimismo, pese a destacar la resuelta incidencia de la «situación externa» sobre la práctica y la institucionalidad psicoanalíticas, Hinzner y Noemi (1986) tampoco explicitan a cuales «patógenas» «circunstancias actuales», cargadas de «violencia» y «omnisciencia», se refieren, dejándonos sin saber si se trata efectivamente de la dictadura o de, por ejemplo, la guerra fría y la amenaza nuclear.
Por cierto, el texto de Jiménez (1991), parece escapar a tal impronta discursiva.
No obstante, incluso allí encontramos algo del mencionado pathos.
De manera sintomática, la versión publicada en 1991 es dedicada a la memoria de Castillo, pero se omite indicar quién portaba aquel nombre y en qué circunstancias había fallecido.
Además, la manera en que se examina la incidencia de la dictadura sobre la práctica analítica, termina por sumir al psicoanálisis en la más resuelta inoperancia frente a lo político.
En función de una discutible disyunción entre «realidad externa» y «realidad interna» (también presente en el texto de Hinzner y Noemi), se restringe la política a la primera y se confina al psicoanálisis en la segunda, como si éste tuviese poco que ver con aquella.
Se convoca, así, un lugar común en la literatura psicoanalítica de la época que, olvidando la formulación freudiana según la cual «desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social» (Freud, 1998b, p.
67), no parece reparar en el riesgo, frecuentemente formulado por Freud, de que la cura deje de estar acompasada «con el vivenciar real del paciente, y que así [...] pierda contacto con el presente» (Freud, 1998a, p.
De este modo, lo social y lo político serían extranjeros indeseables que, mediante un uso mañoso de las nociones de «abstinencia» y «neutralidad», deberían ser extirpados para allanar, mediante una neutralización de lo social y una abstención en lo político, un espacio enteramente apartado en el cual situar la práctica analítica.
He aquí, nuevamente, uno de los tópicos característicos del pathos discursivo: la imagen de un psicoanálisis aislado que, en apariencia al menos, se vincula con el mencionado retiro social y político vivido en la APCh a partir de los años sesenta.
Finalmente, existen otros dos escritos que, aparecidos después del episodio de 1998, también pueden integrarse a este conjunto de trabajos.
El primero es el libro de Capponi (1999), donde se busca integrar aspectos de las obras de Freud, Klein, Bion y Kernberg, para aplicarlos al esclarecimiento y eventual enfrentamiento del conflicto social que, según el autor, dividiría a la ciudadanía chilena post-dictatorial.
Se trataría de un duelo inconcluso cuya elaboración sólo tendría lugar en los individuos y requeriría de líderes que, capaces de promover condiciones susceptibles de «disminuir al máximo la persecución y la culpa persecutoria de los grupos sociales y, por ende, los estados mentales paranoicos y maníacos» (p.
193), faciliten la progresión hacia configuraciones más «neuróticas» y, luego, «maduras».
A diferencia del pathos, Capponi reconoce la violencia acaecida y formula, a su manera, el conflicto sociopolítico que ella supondría.
No obstante, el espacio dedicado a la exposición histórica es asombrosamente ínfimo, resumiendo en 4 páginas (el libro contiene 228) el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (1991).
Además, resulta igualmente llamativo que, prefiriendo expresiones amenguadas como «intervención de las Fuerzas Armadas» o «período militar», se omita el término «golpe» y sólo escuetamente se utilice la palabra «dictadura».
Pero, quizás, el aspecto más crítico del libro sea la aplicación, directa y sin rigurosidad epistemológica alguna, de una teoría (kleiniana) del desarrollo mental temprano a la comprensión de acontecimientos sociales extremos con efectos traumáticos específicos.
Tal como señala Scott (1999), ello redunda en una psicopatologización del problema sociopolítico y desplaza el análisis hacia el campo individual donde la acción política y social serían meros consortes de una superación personal de distorsiones maniacas o persecutorias.
Más allá de los decididos reparos que, en distintos niveles, nos provoca el libro de Capponi (donde incluso se afirma que para la elaboración del conflicto bastaría la «actitud madura» de sólo una de las partes capaz de ¡dar amor contra agresión!), es evidente que tampoco aquí está enteramente ausente la incidencia del pathos.
De manera por entero distinta, en el segundo texto, Díaz (2005) propone un modelo que, buscando abordar los traumas subjetivos específicamente derivados de la represión política en Chile, se apoya en una vasta experiencia clínica con víctimas de la dictadura llevada a cabo en el Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos (ILAS).
Se trata de un trabajo que, escrito por un miembro de la APCh, aborda frontalmente las brutales consecuencias subjetivas y sociales del ejercicio de la violencia política, asumiendo implícitamente que, frente a tales fenómenos, el psicoanálisis se ha visto conceptualmente transformado para llegar a ser aplicado críticamente en el esclarecimiento de estos.
Ciertamente, nada del pathos parece incidir en este texto.
No obstante, pese a haber sido publicado en la revista de la Asociación, el artículo se caracteriza por llevar la impronta discursiva y políticamente comprometida propia del ILAS.
También cabría incluir aquí las comunicaciones presentadas por miembros de la APCh en el Cine Foro sobre Psicoanálisis y Derechos Humanos del Congreso de 1999 (Jiménez, 1999; Castillo, Colzani, Gómez & Jordán, 1999).
Curiosamente, ellas nunca fueron publicadas en la revista de la APCh, ni en ninguna de la IPA, sino que aparecieron en el primer número de la revista del ILAS.
Pero, ¿qué pasiones tan vigorosas han podido sostener, y posiblemente aún sostienen, el mencionado pathos?
Para responder esta pregunta resulta insuficiente recurrir al sólo examen crítico del corpus histórico sin considerar aspectos más globales.
A decir verdad, el pathos discursivo que impregna el relato histórico oficial de la APCh no parece enteramente extranjero a la tradición política que, consolidada durante el nazismo, fue promovida por la IPA durante décadas.
Dicha política podría definirse como: «defender y preservar la institución a cualquier precio y garantizar la supervivencia de todas y cada una de las sociedades psicoanalíticas que atravesaban dificultades» (Steiner, 2003, p.
Así, entre 1933 y 1936, la IPA promovió en la Sociedad Psicoanalítica de Berlín un principio de acomodación al régimen nazi (Nitzschke, 1992); en 1934, expulsó a Wilhelm Reich por sus compromisos con el marxismo (Roazen, 2001); en 1979, se negó a hacer una declaración oficial contra la violación de Derechos Humanos en América Latina, aduciendo que eran «rumores» (Vezzetti, 1999); entre 1973 y 1993, encubrió a Amilcar Lobo, torturador de la dictadura brasileña y candidato de la Sociedad Psicoanalítica de Río de Janeiro y a Leao Cabernite, su analista didacta y presidente de la misma asociación (Besserman, 1998).
En consideración de ello, sería ingenuo pensar que el pathos discursivo de la APCh fuese el resultado de la pura creatividad de una institución acosada por sus propios fantasmas, olvidando el lugar que le cabe en una tradición de silenciamiento y pretendida neutralidad respecto de órdenes políticos capaces de amenazar la institucionalidad de la IPA.
Pero, más localmente, el discurso consolidado en la APCh sobre la dictadura tampoco resulta ajeno a la retórica chilena de la reconciliación que se re-elaboró como conjuro a partir de 1990, tanto desde los gobiernos de la coalición de centro-izquierda que gobernó después de la dictadura (Concertación de Partidos por la Democracia), como desde la derecha y las Fuerzas Armadas.
Meciéndose entre el olvido moral y político, por un lado, y la justicia y verdad «en la medida de lo posible», por el otro, esta formación discursiva buscó tranquilizar a las víctimas sin alterar los acomodos institucionales y los precarios equilibrios obtenidos en 1990 (Lira & Loveman, 2002).
Como lo señalara el ex-presidente Aylwin (1996), «entendíamos que no podíamos centrar indefinidamente el debate nacional en escudriñar el pasado, porque esto significaría ahondar las divisiones que queríamos superar, postergar los grandes desafíos en el ámbito económico social y aún poner en riesgo el propio proceso de democratización» (p.
A decir verdad, en las omisiones, obliteraciones y desfiguraciones que, respecto de los años de plomo, pueblan el pathos discursivo de la historia oficial del psicoanálisis chileno, resuenan con fuerza los ecos de aquellos silencios que, de acuerdo a Moulian (2002), impregnaron las estrategias de «blanqueo» del así llamado proceso de transición a la democracia instalado en Chile luego de la dictadura.
Proceso en el cual, como lo señala Garcés (2010), «las fuerzas democráticas que tomaron el gobierno en 1990 generaron diversas estrategias de adaptación a la "transición pactada"» (p.
148), para mantener la «gobernabilidad» al precio de silenciar los dolores del pasado.
Omisión, eufemismo y olvido fueron, entonces, las acciones fundantes –y fundamentales– del Chile de la transición, la cual operó «como un sistema de trueques: la estabilidad, se dijo, tiene que ser comprada por el silencio» (Moulian, 2002, p.
38); y donde «el consenso se convirtió en una conminación al silencio.
Romperlo significaba situarse en un terreno dramático, cuya violación sería atentar contra el proceso (de transición), dañarlo (p.
En consecuencia, sería ingenuo pensar que una comunidad de psicoanalistas hubiese podido escapar a aquella lógica dramática tan plagada de amenazas espectrales, demostrando que, incluso en su blando alegato por la ecuanimidad, la APCh en modo alguno se encontraba verdaderamente aislada: ella formaba parte, quizás en su extremo más ciego, del ilusorio argumento de la reconciliación nacional.
Ciertamente, estas breves indicaciones no agotan los múltiples elementos que han podido participar en el impulso y la mantención de esta patho-lógica configuración del discurso sobre la dictadura en la historia oficial del psicoanálisis chileno.
En tal sentido, resultaría imprescindible examinar las condiciones efectivas en las que se encontraron los psicoanalistas chilenos y la institucionalidad analítica de la época, además de considerar las prácticas concretas del psicoanálisis en Chile, tanto a nivel de su transmisión como en el plano de su aplicación.
No obstante, la estimación de dichas condiciones y de tales prácticas requiere de nuevas investigaciones, las cuales en todo caso necesitan formularse desde una perspectiva crítica, cultural y política, capaz de superar las sordas predisposiciones del pathos discursivo que ha dominado la historia del psicoanálisis chileno hasta nuestros días. |
Con la obra del valenciano Eduardo Boscá y Casanoves, nuestra herpetología pasa de presentar sus tradicionales catálogos de Faunas locales a incluir todo un rico conjunto de indicaciones ecológicas, embriológicas y biogeográficas.
Además, se incorporan criterios innovadores como el estudio in vivo, hibridaciones artificiales, etc. En todos estos cambios, la idea de la filiación genealógica de las especies aparece de forma recurrente.
Desde comienzo de los años setenta de dicha centuria surgió entre la comunidad científica más avanzada del país, la urgente necesidad de crear mecanismos de salida para esos trabajos.
Fue éste, precisamente, uno de los factores de mayor trascendencia en la creación más o menos contemporánea, durante esa década del siglo antepasado, de sociedades científicas que canalizasen toda esa producción a través de nuevas revistas especializadas, como las Memorias del Ateneo Propagador de las Ciencias Naturales, y, sobre todo, los Anales de la, más influyente, Sociedad Española de Historia Natural (ASEHN).
El presente artículo utiliza la figura del naturalista valenciano Eduardo Boscá y Casanoves (1844-1924) para analizar la estructura interna de los textos científicos sobre biología descriptiva del último tercio del siglo XIX, que en forma de monografías y de catálogos regionales y nacionales, comenzaban a reflejar en España todo un conjunto de innovaciones y rupturas con las viejas formas de hacer historia natural hasta entonces comunes en nuestro país.
A su vez, estos cambios en el lenguaje y en la estructura de la producción científica, que, como veremos, eran la manifestación de toda una constelación paralela de cambios en la ideología científica de la época, se traducirán en el descubrimiento de nuevas realidades en la naturaleza.
Sobre todo, en el caso de la herpetología -y más en general, de la botánica y la zoología-esas nuevas realidades naturales se traducen en el descubrimiento de nuevas especies, nuevas formas de organismos, que el anterior modo de comprender lo natural no habría podido discriminar.
Será principalmente la incorporación del transformismo, con su idea fundamental de la filiación genealógica de los grupos de organismos afines, y a través de la introducción de nuevas dimensiones en la morfología de los organismos -en especial, relativas a los cambios que produce el tiempo-, la que posibilitará tales innovaciones y descubrimientos 1.
En nuestro análisis de los cambios históricos que sufre la historia natural española en el periodo de finales de siglo XIX, se ha considerado que tal transformación de la historia natural tiene un carácter inevitablemente complejo, que afecta a distintos órdenes de la realidad.
Las novedades oscilan con una dualidad perfecta entre la dimensión del lenguaje de los naturalistas, es decir, de lo mental, y la dimensión de lo real, de los objetos naturales, en el tratamiento de la naturaleza por parte de los científicos.
Pero ----1 Sobre estos aspectos del evolucionismo español decimonónico puede consultarse el trabajo de FRAGA, X. A. (2002), «La recepción del darwinismo por los naturalistas españoles del siglo XIX: un análisis general».
En: PUIG-SAMPER, M.A.; R. RUIZ y A. GALERA (eds.), Evolucionismo y Cultura.
Darwinismo en España e Iberoamerica, Madrid, Doce Calles, pp. 249-265.
a su vez, tales cambios especulares sólo se hacen posible a través de las nuevas prácticas de trabajo introducidas por los naturalistas del periodo.
Por su parte, el creciente prestigio adquirido por el experimentalismo, propiciado sobre todo por sus éxitos contundentes en otras ramas de las ciencias naturales, hasta entonces bien demarcadas de la historia natural descriptiva, tales como la fisiología, la química, la física, etc., se introducirá paulatinamente en los dominios de la botánica y de la zoología.
Acaba así de redondearse el nuevo marco ideológico que creará posibilidades de innovación, abriendo nuevas perspectivas en la exploración y explotación de la naturaleza del país.
En el presente trabajo se intentarán señalar algunos de los cambios esenciales que introducen los nuevos textos naturalistas del periodo, a través de algunos de los principales trabajos de catalogación herpetológica de Eduardo Boscá, de quien se aporta, además, una breve biografía profesional.
Como siempre, por otra parte, las divisiones cronológicas en el tratamiento histórico del objeto de estudio, no responden más que al interés por delimitar conceptualmente diferentes aspectos del problema, en aras de facilitar la comprensión de un todo histórico indivisible y esencialmente complejo.
CRONOLOGÍA PROFESIONAL DE EDUARDO BOSCÁ 2
Eduardo Boscá desarrolló su labor científica en múltiples facetas, a saber:
-Investigación zoológica (en especial, de índole taxonómica y herpetológica).
Dentro de la herpetología, su trabajo dará como fruto la descripción de un buen número de nuevos taxones europeos, entre ellos muchos endemismos peninsulares, hasta el momento desconocidos para la ciencia; -Catalogación faunística, estrechamente unida al capítulo anterior.
Aquí se atiende, de forma absolutamente innovadora en la zoología española, a ----los nuevos criterios metodológicos impulsados por el estudio sobre la filiación de las especies en clave evolucionista, experimental y positivista. -Excursionismo naturalista.
Ligado a su carrera profesional ha de colocarse una infatigable pasión viajera.
En sus incontables expediciones -en algunos casos, favorecidas decisivamente por el apoyo y patronazgo conjunto del estado y de algunas compañías privadas de ferrocarriles-, Boscá recogía ejemplares de especies o variedades desconocidas, al tiempo que daba un fuerte impulso para los estudios de corología en la zoología española, que por primera vez veía cómo se publicaban mapas de distribución y se definían regiones faunísticas para algunas de sus especies de vertebrados. -Docencia.
Su labor como enseñante le vinculó a numerosas instituciones, tanto públicas como privadas.
Señalemos su paso por la escuela de agricultura y veterinaria de Valencia, los institutos de segunda enseñanza de Xátiva, Albacete y Ciudad Real, el Jardín Botánico y la Universidad de Valencia, la Institución de Enseñanza para Mujeres, etc. -Coleccionismo.
Desde su juventud, pero muy especialmente durante el último periodo de su vida activa, Boscá dedicará sus esfuerzos a formar colecciones de objetos naturales.
Esta labor la desarrolla principalmente a través del Museo Paleontológico Rodrigo Botet de Valencia, de cuya instalación y puesta en marcha Eduardo Boscá fue el principal responsable. -Investigación paleontológica.
Labor realizada, especialmente, a partir de la llegada a Valencia de la colección Botet, que constituía uno de los más completos repertorios de paleofauna mastológica del continente americano de la época.
Desde un punto de vista cronológico, se ha dividido esta biografía en tres periodos.
El primero de ellos comprende la etapa de formación de Boscá, desde su ingreso en la universidad hasta su graduación como doctor y sus primeras publicaciones y contribuciones científicas.
El segundo de los periodos se extiende durante los años en que Boscá trabajó como catedrático de historia natural en diferentes centros de enseñanza secundaria del país, al tiempo que realizaba numerosas excursiones naturalistas por la Península y Baleares, y publicaba con asiduidad en los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural.
A esta etapa corresponden las principales aportaciones y descubrimientos de Boscá en lo referente a la biología y sistemática de anfibios y reptiles españoles.
Es este periodo el que ha sido principalmente objeto de profundización histórica en este trabajo, y al que se refieren principalmente los distintos apartados que siguen.
El tercer periodo de su biografía comprende su vuelta a Valencia como Jardinero Mayor del Jardín Botánico de esta ciudad, su posterior nombramiento como catedrático universitario de historia natural, y su labor en torno a la referida colección paleontológica Botet, y se extiende hasta su muerte.
En este periodo, la labor científica de Boscá sufre un cambio radical en su orientación, ya que, si bien aún realiza algunas importantes contribuciones en el campo de la herpetología -entre ellas, el descubrimiento en 1916 de una nueva variedad de lagartija-, su obra se centrará ahora en la Paleontología de vertebrados y en la museística.
Nace Boscá el doce de febrero de 1843 en San Martín de Valencia, de padres valencianos, siendo bautizado en la parroquia de San Martín Obispo y San Antonio Abad con el nombre completo de Eduardo Severino y Martín Boscá Casanoves3.
Veintitrés años más tarde, Eduardo recibe el grado de bachiller en Medicina y Cirugía en la Universidad de Valencia; más tarde obtiene la licenciatura, con la calificación de aprobado, y realiza los estudios para la licenciatura en ciencias.
Ya en Madrid, en la Universidad Central comienza los cursos para el doctorado en la Facultad de Ciencias, sección de naturales4, y en 1873 obtiene el grado de doctor, superando el examen de un tribunal del que formaban parte algunos de los más insignes naturalistas españoles del momento, como Juan Vilanova y Piera, Laureano Pérez Arcas, Francisco de Paula Martínez y Sáez, y Lucas de Tornos5.
Entonces el krausismo era el ideario dominante entre los universitarios de la Central madrileña.
Ése mismo año inicia su labor docente como profesor auxiliar de fisiología e higiene veterinarias en la Escuela de Agricultura y Veterinaria de la Diputación valenciana.
Su primera contribución científica importante aparece en 1872, un año antes de conseguir el doctorado.
Se trata de un trabajo sobre la micología valenciana, Memoria sobre los hongos comestibles y venenosos de la provincia de Valencia, que incluye un catálogo adjunto de los hongos de España, Portugal y Baleares, y en el que se incluían 6 especies hasta entonces desconocidas en la Península.
Recibe por el mismo el primer premio con medalla de oro del ----concurso convocado por el Instituto Médico Valenciano, más el título de socio de mérito 6.
Se inicia así su colaboración con las instituciones científicas del momento, participando ese mismo año en la fundación del madrileño Ateneo Propagador de las Ciencias Naturales, junto a otros emprendedores jóvenes naturalistas entre los que destaca Ignacio Bolívar, con quién desde esta época y hasta el final de su vida le uniría una estrecha amistad.
En 1873 su colaboración con las instituciones se continúa con su nombramiento como socio corresponsal del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, con motivo de la donación de una serie de objetos naturales recolectados por Boscá durante una excursión naturalista a las islas Columbretes.
Presentando una colección y un catálogo de reptiles y anfibios valencianos, Boscá viajará ese mismo año a Viena para participar en la Exposición Internacional.
Allí recibió un diploma de honor por su trabajo, expuesto como «material científico para la enseñanza».
También en 1873, Boscá ingresa como socio en la Sociedad Española de Historia Natural (SEHN).
Desde Xátiva pasa al instituto de Albacete en 1876, y luego al de Ciudad Real, donde coincide con Enrique Serrano Fatigati, que era profesor numerario de física y química.
Entre los dos naturalistas crearon un pequeño jardín botánico y ampliaron notablemente las colecciones científicas del centro, mereciendo algunos de estos objetos ser presentados como material de enseñanza en la Exposición internacional de París.
En 1877, el rector del distrito universitario de Madrid nombra a estos dos naturalistas para que, en comisión de servicio, realicen un estudio naturalístico de las cuencas mineras de Almadén, Espiel y Belmar.
Los materiales recogidos, minerales, rocas y fósiles, pasanron a enriquecer las colecciones de historia natural de los institutos del distrito: Toledo, Segovia, Guadalajara y Cuenca.
Cuatro años más tarde, por Real Orden del 11 de Agosto de 1881, el gobierno encarga a Boscá que durante siete meses realice estudios de la herpetofauna del sur de España, debiendo presentar al ministerio presente una memoria con los resultados obtenidos.
En torno a estas fechas las instituciones comienzan a reconocer su labor investigadora, es nombrado académico de la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona (1879); luego académico corresponsal nacional de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1882); y más tarde caballero de la Real y distinguida Orden de Carlos III (1883), por ejemplo.
Y su hoja de servicios refleja su prestigio como «profesor muy conocido en el mundo científico de España y el extranjero por sus descubrimientos y publicaciones en Historia natural» 8.
Entre las aportaciones herpetológicas más importantes de Boscá correspondientes a este periodo se encuentran la primera descripción del comportamiento reproductor del anfibio urodelo Pleurodeles waltl; la primera descripción de una nueva especie de víbora, la Vipera latastei; la del nuevo anfibio Alytes cisternasii; la nueva especie de ranita Hyla perezii (=H. meridionalis); la nueva especie endémica de eslizón Gongylus ocellatus bedriagai (=Chalcides bedriagai); el endemismo balear Lacerta muralis pytiusensis (=Podarcis pytiusensis), etc.
Transcurridos siete años como catedrático de instituto, en 1883 Boscá abandona Ciudad Real para incorporarse como jardinero mayor al Botánico ----valenciano.
Anteriormente, al fallecer su maestro Cisternas 9, Boscá había opositado para la cátedra de historia natural de la Universidad de Valencia, que fue concedida a José Arévalo Baca, que se había significado por su distanciamiento de la teoría evolucionista 10.
Significativamente, el tribunal lo componían algunos de los más cualificados representantes del conservadurismo científico del momento, como José Solano y Eulate 11, Miguel Colmeiro -también de ideas católicas y conservadoras, pero más tolerante que el anterior-, y Sandalio de Pereda -a la sazón miembro de la anquilosada Academia de Ciencias y del gobierno de la Restauración Borbónica, con el cargo de consejero de instrucción pública.
Por dictamen del Consejo de Instrucción Pública, Boscá se incorpora como jardinero mayor en el jardín botánico valenciano, que entonces estaba sufriendo remodelaciones dirigidas desde la universidad.
En este periodo, y hasta su paso definitivo como catedrático de historia natural de la Universidad de Valencia, impartirá gratuitamente, en momentos de ausencia de los titulares, docencia también en las cátedras de zoología, mineralogía y botánica de la facultad de Ciencias.
Fundada en Valencia la Escuela de Comercio para Señoras -después llamada Institución de Enseñanza para la Mujer-por la Sociedad Económica de Amigos del País, es nombrado vicedirector y profesor gratuito.
Para esta institución crea un museo de primeras materias con más de 1000 muestras naturalísticas.
Durante estos años es nombrado vocal de tribunal de oposición a distintas universidades españolas, como Granada, Oviedo y Santiago.
Se le escoge como depositario provisional de la importante colección de fósiles, proveniente de Argentina, donada al ayuntamiento valenciano en 1889 por el ingeniero levantino José Rodrigo Botet.
Boscá fue nombrado primero miembro de la comisión técnica y más tarde conservador de la colección, al tiempo que continua con su labor en el Botánico, como director de paseos y arbolados.
----9 Rafael Cisternas (1818-1876), aprendió con Graells en la Academia de Ciencias y Artes de Barcelona y en las escuelas de la Junta de Comercio.
Ocupó el puesto de Catedrático de Historia Natural en varias universidades, entre ellas la de Valencia, donde ejerció una importante influencia sobre su discípulo Boscá.
11 Marqués del Socorro y Conde del Carpio; geólogo, miembro fundador de la Sociedad Española de Historia Natural, donde se distinguía por su catolicismo fervoroso; miembro de la reaccionaria y antidarwinista Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales y de la real Orden de Isabel la Católica.
MARTÍNEZ SANZ, J.L. (1981), Medio siglo de Ciencia Española: La Sociedad Española de Historia natural, Tesis Doctoral, Madrid, Univ.
Por Real Orden del 11 de julio de 1892 se le nombra Catedrático de Historia natural de la Universidad de Valencia12, tras ganar el concurso después de que Augusto González de Linares, a la sazón director de la estación de Biología Marina de Santander, renunciase al puesto13.
En 1905 es nombrado encargado para la nueva ubicación de la Comisión Especial de la Colección Paleontológica.
Boscá busca un emplazamiento donde la colección pudiera ser mostrada al público y que cuente con instalaciones adecuadas para la práctica científica.
Finalmente, la colección se emplazará en el céntrico Almudín, la vieja alhóndiga gótica de la capital valenciana.
En 1906 se le concede un permiso estatal para que realice un viaje a Buenos Aires, Lisboa, Londres y París, para estudiar la fauna mastológica pampeana del Pleistoceno, con objeto de avanzar sus estudios de clasificación y descripción de las especies de la colección Botet.
El viaje se realizará entre octubre de ese año y septiembre de 1907.
Dos años más tarde participa en el homenaje a Darwin realizado en Valencia con ocasión del centenario del nacimiento del naturalista inglés.
Junto con Boscá participan Unamuno y el darwinista valenciano Peregrín Casanova.
Boscá se retira del magisterio en 1913, a la edad de setenta años.
Al respecto, había comunicado a su viejo amigo Ignacio Bolívar su intención de seguir trabajando como naturalista y de publicar una obra sobre la fauna herpetológica española.
El primero de octubre de ese año, Hernández Pacheco propone a los miembros de la Sociedad Española de Historia Natural, que se tributase un homenaje con ocasión de la retirada de Boscá.
La Sociedad aceptará enviar una nota de simpatía y de respeto, en nombre de todos los socios14.
Boscá muere en 1924, a la edad de ochenta y un años, el Boletín de la Sociedad Española de Historia Natural recoge la necrológica del «eminente naturalista D. Eduardo Boscá, bien conocido por sus estudios erpetológicos (sic) y paleontológicos, proponiendo, y así se aprueba por unanimidad, que conste en acta el sentimiento de la Sociedad por la pérdida de uno de sus miembros más antiguos y más entusiastas»15.
Al momento de su muerte, Boscá era socio de las principales instituciones científicas del país: la Sociedad Española de Historia Natural, de la Academia ----de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de la Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, y socio corresponsal del Museo de Ciencias Naturales de Madrid 16.
Sus principales publicaciones científicas, sobre todo las de tema herpetológico, se publicaron en los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, la Revista de la Real Academia de Ciencias, Bulletin de la Société Zoologique de France, Revue internationale de sciences de Paris, y el Resumen de los trabajos del Ateneo Propagador de las Ciencias Naturales.
También colaboró con el British Museum, la Universidad de Coimbra, la Sociedad de Instrucción de Oporto, la Institución Libre de Enseñanza, y diversos institutos provinciales e instituciones privadas, sobre todo del ámbito valenciano.
Entre sus colaboradores se encuentran algunos de los principales naturalistas nacionales de la época, como Juan Vilanova y Piera, Laureano Pérez Arcas, Joaquín González Hidalgo, Francisco de Paula Martínez Sáez, Ignacio Bolívar, Francisco Quiroga, Salvador Calderón y Arana, y herpetólogos internacionales de primera línea como Ferdinand Lataste, Tourneville, G. A. Boulenger, Heron Roger, Bedriaga, Sequeira, Botta, y Lorenzo Camerano. trataba del descubrimiento de una nueva especie del género Vipera, endémica de la península Ibérica-, de nuevos conocimientos sobre la biología de organismos considerados hasta entonces suficientemente estudiados.
Para el observador de la naturaleza se abre, de pronto, todo un abanico de nuevas perspectivas desde las que puede extraer conclusiones inesperadas.
A todo este conjunto de transformaciones paralelas en el lenguaje, la ideología, y la naturaleza, debe sumarse, de forma necesaria, un desarrollo parejo de nuevas prácticas que los investigadores introducen en su relación con el objeto de estudio.
En la historia natural, ocurrirá, por ejemplo, con la utilización de instrumentos o dispositivos que sirvieran para controlar cuantitativamente las condiciones en las que tienen lugar las observaciones.
También lo veremos en el caso de Boscá, cuando introduce, por ejemplo, el estudio de las especies en cautividad.
Una de las características fundamentales de los trabajos taxonómicos y le realización de catálogos del periodo en que Boscá desarrolla su labor, era su aplicación siguiendo una escala geográfica local o, a lo sumo, comarcal.
El tradicional localismo de este tipo de estudios, hacía que estos se emprendieran como auténticos índices parciales de una porción mínima de la naturaleza ibérica, que luego habrían de integrarse una vez completado el estudio parcial del territorio nacional en sus tres vertientes zoológica, botánica y geológica.
Pero la propia palabra índice -tal y como se utilizaba en la época, en el sentido de confeccionar los índices de fauna, flora y gea de la naturaleza española-revela otros aspectos significativos de los catálogos tradicionales.
En efecto, la mayoría de estos trabajos eran meros listados de especies pertenecientes a una región particular, que cuando respondía a cierto orden taxonómico, o se incluían descripciones de nuevas formas, o poco conocidas, las descripciones se hacían de acuerdo a la tradicional fórmula linneana, con mucha frecuencia en latín, que, siguiendo el método aristotélico de la división lógica, comprendía todos los aspectos relevantes de una especie utilizando cinco tipos de predicado: la esencia, el género, la diferencia, las propiedades que dimanan de la esencia y, por último, los accidentes o variaciones bajo la que el organismo del tipo en cuestión podía ser encontrado 18.
La renovadora ---- 18 Por cierto que en el sistema linneano, estas 5 características comprendidas en la descripción de toda especie, surgen como manifestación de una peculiar fijación de Linneo con esa cifra: eran 5 también los rangos taxonómicos que reconocía -clase, orden, género, especie y variedad -, que a su vez había definido en función de una supuesta organización secreta de la naturaleza en la que la mencionada cantidad tenía un significado crucial.
Para demostrarlo, Linneo toma ejemplos que acercan la organización jerárquica de la naturaleza a la misma organización política y militar de la sociedad creada por los humanos.
Linneo nos remite a taxonomía que circulaba por Europa a principios del siglo XIX -Lamarck y Cuvier, son un mínimo ejemplo-no traspasó la frontera pirenaica hasta bien avanzado el siglo.
El retraso podría relacionarse con numerosos factores, pero habría que mencionar -y no precisamente como el menos importante-la deficiente red de transportes que dificultaba notablemente la relación externa de nuestros científicos, estableciéndose así una barrera que difícilmente lograban superar los contadísimos profesores pensionados por el estado para ampliar estudios en el extranjero.
En la época de Boscá, en cambio, el telegrama y, sobre todo, el ferrocarril, abrían nuevas posibilidades para la rápida comunicación, incluso para el intercambio de ejemplares, entre los naturalistas.
La situación permitió, sin duda -aunque no llegaría a resolver del todo el problema-que el desfase típico entre los trabajos de los naturalistas españoles y los de, por ejemplo, Francia, disminuyera, al menos en algunos campos de la historia natural, como el de la herpetología.
En este contexto, muchos de los trabajos de Boscá fueron conocidos internacionalmente, a través de prestigiosas revistas del extranjero, como el Bulletin de la Société Zoologique de France.
A su vez, el naturalista valenciano supo mantener una fluida correspondencia con reputados herpetólogos europeos, como Bedriaga, Lataste, Boettger, Camerano..., con quienes intercambió ejemplares cotidianamente.
Aún así, el desfase científico se mantuvo y, frecuentemente, Boscá enviará al extranjero los especímenes recolectados para su precisa determinación.
Volvamos a los catálogos faunísticos de la época y a la crítica que hace Boscá, en la cita que abre este apartado, a propósito del descubrimiento de una nueva víbora, al estilo engorroso e impreciso, y a las trabas ideológicas de la vieja taxonomía fijista que aún se practicaba en el país.
A través de ella, intentaremos describir algunas de las principales innovaciones que aparecen en los nuevos textos naturalistas como reflejo de los cambios sufridos en la ideología científica que los sustentaba.
Observamos que el lenguaje arcaizante con el que solía describirse la morfología de las especies en latín, en términos cualitativos, y casi nunca con mediciones cuantitativas precisas, se substituye, o complementa, por un nuevo grupo de campos semánticos, que dan una nueva dimensión al concepto de especie, más allá de la morfología, e introdu----ejemplos de la geografía política, que distinguía reinos, cantones, provincias, territorios y distritos; también cita el caso de la organización militar, en la que se establece una jerarquía de 5 rangos, con legiones, divisiones, batallones, escuadrones y soldados individuales (véase al respecto el estupendo trabajo de ERESHEFSKY, M. (1997), «The evolution of the Linnaean Hierarchy», Biology and Philosophy, 12, pp. 494-96.
cen nuevos problemas de definición, al tiempo que cambian el significado que hasta entonces se tenía de la forma de los organismos acentuándose la cuantificación por encima de las descripción cualitativa.
Pero, aún más importante, al abandono de lo cualitativo en favor de la precisión viene a sumarse la incorporación de nuevos campos semánticos, nuevos significados, para describir la especie.
Hasta entonces la taxonomía había permanecido dormida en un sueño arcaico de rimbombantes latinajos y formas perfectas, cerradas e inmutables; ahora, nuevos tecnicismos se incorporan al vocabulario de los catálogos sistemáticos.
Así, la polvorienta y apolillada esencia morfológica de las especies linneanas abre su contenido a pormenores sobre las costumbres, la distribución en la península, preferencias ecológicas, hábitat, etología, reproducción, dimorfismo sexual, y otros datos deducidos de análisis pormenorizados -como la dieta alimentaria, determinada a partir del estudio de los excrementos-.
A partir de ahora, como muestran los trabajos de Boscá, la descripción de una especie se enriquecerá con nuevos términos científicos considerados irrelevantes antes de la incorporación de la ideología transformista y experimentalista-positivista.
Por supuesto, este nuevo lenguaje es sólo el reflejo lingüístico de una nueva realidad que se manifiesta a los ojos del naturalista que contempla la naturaleza a través de nuevas prácticas, abandonando su fe en la autoridad establecida por las imprecisas descripciones recogidas en los libros, y se potencia al máximo la observación directa de los ejemplares en plena naturaleza o, al menos, en las colecciones, escasas, de los museos españoles.
Pero será la observación de las especies fuera de los libros y fuera de la naturaleza, en el contexto experimental, de donde surja un nuevo flujo de información que permite al naturalista plantearse nuevas preguntas, abordar nuevos problemas, e intentar resolverlos.
Es este método experimental el que reclama y práctica Boscá para renovar los estudios de historia natural realizados en España:
«Un individuo que conseguimos vivo y completamente íntegro, lo conservamos por espacio de ocho días para realizar algunos experimentos sobre el envenenamiento de algunos animales que teníamos preparados, y aún colocándolo en las circunstancias de temperatura, luz, y demás que creíamos favorables, tuvimos que resolver guardarlo en el alcohol antes de que desmereciera, sin haber tenido ocasión de verle abrir la boca ni una sola vez» 19.
----Los catálogos herpetológicos de Boscá.
Durante los años 1877, 1879, y 1881, se publican en Anales de la Sociedad Española de Historia Natural tres de los principales trabajos de catalogación realizados por Boscá.
El inicial es el primer catálogo herpetológico realizado en nuestro país a escala peninsular, el catálogo publicado el año 77 corresponde a la fauna herpetológica de la comarca gallega de Tuy, y el impreso en 1881 corrige y añade datos nuevos a su primer catálogo nacional, y constituye una brillante aportación, si no la principal, de Boscá a la sistemática herpetológica española.
Este recorrido cronológico permite analizar sus cambios ideológicos, comprobar como el naturalista valenciano introduce sucesivamente en sus obras correcciones significativas hasta llegar al catálogo de 1881, donde su labor sistemática adquiere plena madurez sensible a las innovaciones que en este campo modelaban la historia natural.
Sólo un año más tarde de la primera publicación de Darwin en España, Boscá muestra abiertamente en la Sociedad Española de Historia Natural su adhesión temprana a las teorías evolucionistas que él, como muchos de los naturalistas españoles de la época vinculados a las nuevas tendencias de la ciencia y la cultura europea a través de Francia, prefiere denominar transformistas en vez de darwinistas.
Este año presenta ante la Sociedad su «Catálogo de los Reptiles y Anfibios observados en España, Portugal e Islas Baleares» 20, que marca un punto de inflexión en los trabajos sistemáticos y catalogación realizados en España hasta la época, por tratarse de la primera obra realizada por un naturalista español sobre reptiles y anfibios ibéricos a escala peninsular e incluyendo las islas Baleares.
El catálogo apareció como fruto del trabajo iniciado por Boscá en 1864 bajo el estímulo de su maestro Rafael Cisternas, quien impartió la asignatura de historia natural en Universidad de Valencia entre 1861 y 1876 y fue, según Boscá, pionero en la difusión de las tesis darwinistas 21.
----20 BOSCÁ (1877a), «Catálogo de los Reptiles y Anfibios observados en España, Portugal e Islas Baleares», ASEHN, VI, pp. 39-68.
Discurso leído en la apertura del curso de 1894 del Instituto médico valenciano, Valencia.
El estudio detallado de las pequeñas diferencias biológicas entre formas similares comenzaba a cobrar una importancia sin precedentes.
Por ejemplo, el análisis de las diferencias graduales existentes entre miembros de especies próximas, e incluso entre individuos, considerados entonces, pertenecientes a la misma especie; diferencias que la idea de la teoría de la evolución puso en primer plano de la problemática a tratar por los naturalistas.
En este sentido, ante la falta de trabajos generales en nuestro país, Boscá reconoce que «aún cuando en un trabajo de tan reducidas proporciones sea indiferente la clasificación, he creído, sin embargo, que debía seguirse alguna, habiendo optado por la del eminente naturalista C.L. Bonaparte que al par que recuerda los grandes géneros linneanos en la multiplicación de sus grupos, señala preferentemente ciertos detalles de organización que tienen gran importancia para la escuela filosófica»22, refiriéndose sin duda a la corriente transformista dentro de la historia natural.
También por esta carencia investigadora precedente, Boscá se vio forzado a prevenir sobre la provisionalidad de muchas de sus conclusiones lamentándose de no haber podido estudiar, todavía, con el detalle requerido las variedades faunísticas autóctonas, dado «el gran papel que para el transformismo representan» 23.
El trabajo manifiesta así una voluntad explícita de renovación científica que trata de poner, de una forma moderada -sin causar demasiado estrépito en las mentes más mojigatas de zoología española, algunas de las cuales gozaban de gran influencia en el seno de la SEHN-la ciencia de la clasificación al servicio de las nuevas corrientes evolucionistas.
Otra característica del catálogo de 1877 es su espíritu nacionalista, muy común entre los naturalistas españoles de la época que veían cómo las principales obras sobre la naturaleza de la península ibérica habían sido realizadas por extranjeros y contenían numerosas imprecisiones.
Así, cuando Boscá comienza a realizar sus investigaciones herpetológicas «eran muy escasos los estudios realizados en el ámbito ibérico por parte de naturalistas españoles.
Gran parte de las especies de herpetos más características de la península ibérica, como son las formas endémicas, habían sido descubiertas por naturalistas extranjeros: Chioglossa lusitanica por Barboza du Bocage, portugués, en 1864; Podarcis hispanica por Steindachner, austríaco, en 1870; Lacerta schreiberi por Bedriaga, alemán, en 1878; Triturus boscai24, por Fernand Lataste, francés, en 1879; Rana iberica por G. A. Boulenger, belga, también en 1879, etc.»25.
----En este contexto, se percibe en Boscá la influencia del catedrático de zoología Laureano Pérez Arcas, que en 1872 publicaba en los Anales de la Sociedad un trabajo sobre «Especies nuevas o críticas de la fauna Española» 26.
Con este artículo pretendía comenzar una serie referente «a diversas especies de animales de nuestra península, dando a conocer las desconocidas, rectificando la sinonimia de otras, o reivindicando para naturalistas españoles el honor de su descubrimiento»27.
Pérez Arcas se centra aquí, casi exclusivamente, en la entomofauna, particularmente en los coleópteros de la península28, refiriendo sobre reptiles y anfibios un único grupo controvertido, el escíndido Gongilus ocellatus29 descrito por el herpetólogo alemán Bedriaga como especie nueva para Europa.
Pérez Arcas, sin embargo, atribuye a Machado (el abuelo de los poetas Antonio y Manuel) y a Boscá las primeras referencias a este grupo.
Influenciado por este modo reivindicativo de Pérez Arcas, Boscá afirma haber incluido en su catálogo especies litigiosas o críticas, y publicado su trabajo para «fomentar el aumento de las especies del país» 30.
No obstante las intenciones patrióticas que le guían en la elaboración de su catálogo, desavenencias personales con Víctor López Seoane, el otro gran herpetólogo español del periodo, frustraron una colaboración científica provechosa convirtiendo la relación en hostilidad firme y sin disimulos.
Así se desprende de las críticas que, respaldado su amigo por Fernand Lataste, figura prominente de la herpetología francesa y europea, Boscá realizó en sus publicaciones sobre la obra del naturalista gallego, animadversión fehaciente en la correspondencia que los dos herpetólogos mantuvieron desde este año 1877 hasta 1879.
Relación epistolar que con el tiempo abandona la fase de amistad formal, aunque sin colaboración científica, para llegar al enfrentamiento31.
----El mismo año 1877 Seoane publica en los Anales de la SEHN, anticipándose a la obra de Boscá, un «Catálogo de Anfibios y reptiles de Galicia».
El trabajo mereció duras críticas por parte de Lataste que en 1878 publicaba, probablemente estimulado por Eduardo, un artículo titulado «Les reptiles de la Galicie» 32, donde el naturalista francés se sirve del catálogo de Seoane 33 para hacer una crítica metodológica de los viejos catálogos naturalísticos basados en una taxonomía descriptiva y cualitativa, olvidando la filiación de las especies para fijar los grupos naturales.
En este sentido, el catálogo de Boscá se redacta con la intención de corregir las graves deficiencias que caracterizaban los trabajos precedentes, como los del propio Seoane mucho menos rupturistas, sin duda, en la concepción sistemática de las especies.
Boscá había viajado ese mismo año a Lisboa, y su visita propiciará, en forma de notas publicadas por la SEHN en sus Anales, algunas reflexiones muy significativas sobre los cambios que experimentaba la biología descriptiva en la España.
En la primera de sus notas da cuenta de una anomalía observada, de forma absolutamente fortuita, en algunos ejemplares de moluscos pertenecientes a la especie Ranella gigantea, encontrada «en una visita hecha en Mayo último a las pescaderías de Lisboa» 34.
Boscá fijo su atención en la anomalía de la concha, cuya morfología se aproximaba mucho a la del vecino género Triton 35.
Su interés principal era señalar la importancia y necesidad de conocer la variabilidad surgida en el seno de una misma especie, variabilidad intraespecífica, para determinar categorías taxonómicas.
Atendiendo en exclusiva a características morfológicas -como era habitual en los catálogos publicados por entonces en España-, podía llegarse fácilmente a confusiones sistemáticas y a la creación, en consecuencia, de taxones artificiales.
Al respecto, afirma Boscá que sería deseable «que se reunieran en colección pública estos casos de diferencias extremas en las formas específicas de los seres, para formar conceptos definitivos sobre la Historia Natural propiamente dicha» 36.
La segunda nota, en estrecha relación con la anterior, se refiere a las modificaciones taxonómicas necesarias para corregir el genero Rana, algunos de ----32 LATASTE, F. (1878), «Les reptiles de la Galicie», Revue internationale des Sciences, 22, pp. 693-697.
33 Parece ser que la habilidad de Seoane como sistemático de herpetofauna aún no estaba muy madurada.
Según su principal biógrafo, de los 40 taxones por él estudiados, en total hay doce descritos de forma confusa y otros cinco que, sencillamente, están mal determinados.
cuyos especímenes habían sido erróneamente clasificados en su propio catálogo de 1877.
Por error Boscá había incluido algunos ejemplares de la especie agilis dentro de la especie Rana temporaria atendiendo tan sólo a criterios morfológicos.
Las correcciones evidencian la voluntad reformadora que asiste a Boscá en términos de sistemática, gobernada ahora por el principio de la «filiación de las especies (...) la idea más científica a la que se puede aspirar en la parte descriptiva» 37.
El catálogo herpetológico de la región de Tuy (1879).
El nuevo catálogo fue el resultado de la excursión herpetológica realizada por Boscá al monte gallego de San Julián de Tuy el año 1879.
Se debe ubicar, por tanto, en el contexto de las críticas vertidas el año anterior por Lataste hacia el trabajo de Seoane sobre los reptiles y anfibios de Galicia.
No sorprende, pues, que uno de los primeros objetivos científicos del viaje sea la ampliación y corrección del catálogo del naturalista gallego, estereotipo, como hemos visto, de la clase de trabajo sistemático a superar.
Boscá confiesa que tuvo presente la obra de Seoane al redactar su propio catálogo para mejorar y «completar en lo posible las especies citadas por el ya dicho Sr. Seoane en sus Reptiles y anfibios de Galicia» 38.
Tampoco es de extrañar que Seoane 39 no tomase con agrado la iniciativa del joven naturalista valenciano.
Pero no fue sólo con Boscá con quien el carismático gallego mantuvo importantes polémicas a lo largo de su carrera científica 40.
Por ejemplo, también en 1879 Seoane mantuvo un duro enfrentamiento con otro miembro de la SEHN, Macho de Velado, discutiendo sobre los Moluscos de agua dulce de Galicia.
Como era costumbre en Seoane -que por su lejanía no acudía a las sesiones de la SEHN en Madrid-envió una nota sobre el tema a la comisión de publicación de la Sociedad para su difusión entre los socios.
Una excursión hecha en el monte San Julián de Tuy», ASEHN, VIII, 463-484; p.
39 Para todo lo que concierne a Seoane, el investigador más competente es sin duda Fraga Vázquez, y sus trabajos son una fecunda referencia para cualquiera que se interese en la figura del naturalista gallego.
40 Por otra parte, Seoane no estaba sólo en esta peculiaridad: ya sabemos del concepto en que el eminente Graells tenía de algunos fundadores de la SEHN.
Sin duda, toda la historia (y el presente) de la Ciencia está plagada de numerosos casos en los que una cierta antipatía profesional es llevada más allá de lo estrictamente científico.
tenida por la comisión para estudiar la petición se deduce el tono agrio y personal de la nota, cuya publicación en los Anales fue desestimada «con el fin de que, suprimiendo todo lo que no correspondiese a una verdadera réplica científica, se evitase la publicación en los ANALES de escritos que, siendo más o menos personales no la interesan, y que pueden herir el amor propio de los socios, y en este caso, de los señores Seoane y Macho de Velado, que vienen dando pruebas de entusiasmo científico, siendo de esperar que acaso se pudiesen restablecer las buenas relaciones entre ambos» 41.
Entre las principales menciones realizadas por Boscá al catálogo de Seoane se encuentran algunas adiciones y, principalmente, numerosas correcciones.
Como referencias, cabe destacar al mencionado Gongylus ocelatus 42, que el gallego sólo había podido citar con dudas «en su interesante catálogo» 43; y la variedad sardous del «sapillo pintojo».
Mayor espacio ocupan las referencias puramente correctoras que a veces tiene un tono irónico, incluso de mofa: «no pude menos de extrañar que el Sr. Seoane nada diga de la Zamenis riccioli, en su ya citado catálogo, cuando precisamente nos habla de los alrededores de Tuy, en donde no dudo en calificar como abundante la dicha especie.
Habla en cambio del Zacholus austriacus Laur., del que no he podido encontrar ni un solo individuo» 44.
No había ni rastro del animal en los lugares citados por Seoane, y su descripción de los hábitos de la especie merecía poca confianza: «por cierto que le asigna como vivienda los tejados de las casas y en los corrales, lo que parece poco conforme con lo que de ella dice el reputado profesor Sr. Graells» 45.
Graells calificó al reptil como una especie de montaña, por lo cual era poco probable que habitara en Tuy, situada en una zona de colinas suaves y cercana al mar.
Boscá, que en otras ocasiones no daba excesivo crédito a los viejos trabajos de zoología, en esta ocasión, interesadamente, utiliza las autoridades para apoyar su juicio contra el rival.
Pero su juicio comparativo frente a la colección herpetológica del Museo universitario de Coimbra es mas riguroso.
Aquí halló Boscá la práctica totalidad de los reptiles del norte de Portugal no encontrándose la citada especie, y, con o ----41 Nota en ASEHN, 1879, p.
42 Recordemos: el G. ocellatus o Eslizón ibérico, hoy denominado por los zoólogos con el nombre de Chalcides bedriagai, considerada ya como una especie polémica -o «critica» por Pérez Arcas (ver nota 26).
sin ironía, afirma que «pudiera tratarse de algunas de las dos especies únicas que faltaban en aquella colección local, según me aseguraron» 46.
Junto a la polémica científica el viaje a Tuy servirá para obtener nuevos datos sobre la herpetología española, incluyendo un buen número de especies: La novedad más interesante desde el punto de vista de los cambios introducidos en las obras de catalogación es la información biológica que sobre cada especie se incluye en su descripción; por ejemplo, se informa sobre la denominación local, el hábitat, el dimorfismo sexual, las variaciones en edad, en color, sobre formas intermedias, variedades geográficas, etc. Conjunto informativo ciertamente novedoso para la herpetología nacional.
Algunas de las especies descritas eran codiciadas por Boscá desde hacía tiempo, como la salamandra rabilarga (Chioglossa lusitanica).
De Chioglossa, especie enigmática y conocida desde hacía pocos años, se dan apuntes sobre localización, comportamiento, hábitos, movilidad, preferencias subterráneas, alimentación (datos obtenidos mediante la disección y el estudio del contenido estomacal), sobre su técnica de ocultación bajo el musgo, etc. El catálogo incluye también especies hasta entonces desconocidas como el Alytes obstetricans var ----46 BOSCÁ (1879), p.
Hoy sabemos que el área de distribución de la especie comprende tanto el sur de Galicia como todo el norte de Portugal.
Y si bien es cierto que el animal puede alcanzar en montaña cotas de hasta 1100 metros de altura, se le puede encontrar también cerca de las costas, en terrenos y climas muy variables; todo lo cuál parece dar la razón a Seoane en este caso.
De cualquier modo, de quién era la razón es intrascendente para los objetivos del presente trabajo.
En otras controversias entre Seoane y Boscá será éste último quien -a los ojos de nuestro conocimiento presente-acierte.
Nos interesa, más que desfacer entuertos (en este caso, históricos), más que exponer cómo se resolvieron estos, comprender, en cambio, cómo se llegan a configurar esas problemáticas, y cómo en el proceso hay factores racionales e irracionales intrínsecamente ligados.
47 Debido a no haber tenido la ocasión de contrastar todos los nombres científicos con los aceptados actualmente, mantenemos la nomenclatura decimonónica de las especies, a pesar de que el nombre de muchas de ellas ha cambiado en nuestros días.
Boscai Lataste, variedad de sapillo partero estudiada por Lataste a partir de ejemplares recolectados por Boscá en las inmediaciones de Valencia.
Otro de los resultados científicos interesantes del viaje fue la corrección del catálogo precedente sobre los reptiles y anfibios de la península.
Antes Boscá, siguiendo la obra de C. L. Bonaparte Amphibia europaea, situaba la especie de anfibio Pelobates fuscus dentro de la península, Ahora, en cambio, se corrige a Bonaparte que se había confundido con la especie Pelobates cultipres, sapo de espuelas, único miembro del género habitante en este área.
Correcciones y adicciones al catálogo herpetológico español (1881).
El catálogo de 1881 48 se puede, sin duda, calificar como la principal aportación de Boscá, y probablemente de la herpetología española decimonónica, a la biología descriptiva, la taxonomía evolucionista y a la corología de vertebrados no fósiles; estudio reconocido internacionalmente con su publicación simultánea en francés en el Bulletin de la Société Zoologique de France 49.
La obra surge de la mano de un Boscá en plena madurez que compendia sus anteriores esfuerzos por superar prácticas obsoletas incorporando los nuevos métodos experimentales que posibilitan la cría en cautividad para el estudio de animales in vivo, el análisis del desarrollo embriológico, y el estudio de numerosos organismos de cada taxón, por ejemplo; sin olvidar las facilidades que los nuevos medios de comunicación ofrecen para el trabajo de campo en áreas de distribución alejadas, y conformar el primer y más importante trabajo español del siglo sobre biogeografía de vertebrados.
En este capítulo, de forma absolutamente pionera en nuestro país, su catálogo de fauna peninsular e isleña incorpora el primer mapa de distribución geográfica de anfibios y reptiles con un total de 18 familias, 39 géneros y 55 «formas» 50, entre especies y ----48 BOSCÁ (1881a), «Correcciones y adicciones al catálogo de los reptiles y anfibios de España, Portugal e Islas Baleares, seguido de un resumen general sobre su distribución en la península», ASEHN, X, pp. 89-112.
50 Boscá emplea deliberadamente esta voz, en lugar de la palabra «especie», con la intención de hacer patente la crisis de los viejos conceptos sistemáticos ante las nuevas perspectivas abiertas sobre estos por el evolucionismo.
Así, el particular tipo de texto científico de los catálogos naturalistas incluía gráficos, un adorno que en el futuro será predominante.
11 nuevas especies recogía el catálogo, y un total de 3 géneros y hasta 8 especies o subespecies endémicas, exclusivas, de la fauna peninsular e insular, «al menos por ahora» 51.
La lista completa de novedades para la fauna y la ciencia españolas era: Otras especies incluidas anteriormente por error ahora se corregían: la Vipera ammodytes, que había sido confundida con la nueva especie V. Latastei; el Pelobates fuscus, especie del norte de Europa y que sin embargo había sido citada en la península por Bonaparte, confundiéndolo con P. Cultipres; el Discoglossus sardous (en realidad se trataba de una variedad del D. pictus); el Triton parisinus, confundido por Seoane con el Pelonectes Boscai.
Además, el catálogo aborda de forma explícita el problema de la variabilidad subespecífica en el reino animal superando todos los titubeos que la académica biología española mantuvo frente al transformismo, exponiéndose la importancia de la nueva taxonomía, la corología y los estudios embriológicos para el estudio del origen de las especies 53.
La herpetofauna se acomodaba fácilmente al planteamiento transformista, pues en anfibios y reptiles existían un buen número de casos de «especies polimorfas» equivocadamente catalogados por la sistemática linneana como grupos específicos diferentes (por ejemplo, el cita-----51 BOSCÁ (1881a), p.
52 La creación de este nuevo género, sinónimo de Alytes, sigue el criterio recientemente expresado por LATASTE (1879b), «Sur une nouvelle forme de batracien anoure d 'Éurope», Compt.
do caso de los Discoglossus sardous, y la variedad marroquí D. scovazii, incluidos ambos ahora dentro de la especie D. pictus).
También se dio el caso contrario, especies distintas se incluyeron erróneamente bajo la misma denominación por incapacidad para comprender el valor sistemático de factores como la corología (distribución geográfica), o las fases estacionales del ciclo vital de la especie.
Este, por ejemplo, fue el caso del género Rana.
En mayo de 1877 Boscá viajó a Lisboa visitando el Museo de la Escuela Politécnica.
Aquí coincidió con dos relevantes herpetólogos de la época, el portugués Barbosa du Bocage 54 y el francés Fernand Lataste.
De sus conversaciones Boscá dedujo que algunos ejemplares adscritos a Rana temporaria en su Catálogo de 1877, concretamente los de Guadarrama y Santander, pertenecían a la especie Rana agilis, todavía no descrita para la Península.
En realidad correspondían R. Iberica, como veremos a continuación.
Ambas especies podían distinguirse con menor dificultad durante la época de reproducción, y la vieja sistemática no había sabido prestar atención a tales variaciones.
Anteriormente a las clarificaciones que el herpetólogo belga G.A. Boulenger había introducido en la sistemática del género que nos ocupa, formaban parte de R. temporaria un total de cinco especies que luego serían bien diferenciadas.
En el catálogo de 1881, por el contrario, se sabe ya que, «Como en muchas de las grandes especies de Linneo, los caracteres correspondientes han pasado a formar el distintivo de un grupo del género Rana, en el que se afilian las formas europeas R. fusca Rösel, R.. arvalis Nils, R. iberica Boulenger, R. Latastei Boulenger, y R. agilis Thomas» 55.
Ahora, además, Boscá estaba en condiciones de estipular que «de las cinco especies dichas corresponden a nuestra península la primera y la tercera; y nos permitimos suponer que las indicaciones hechas sobre la R. temporaria en España y Portugal (sic) serán con referencia a la R. iberica, pues la R. fusca no se ha encontrado ahora más que en las montañas de Galicia» 56.
Estas puntualizaciones resultaban de gran importancia pues, a través de ellas, se introducía en nuestra zoología el concepto de grupo natural 57, que ----54 Quien, entre otros muchos méritos, tenía el de haber descubierto uno de los más famosos endemismos de la fauna ibérica, la «salamandra rabilarga» o Chioglossa lusitanica.
Conviene subrayar el significado puramente evolucionista de la expresión se afilian, que remite a la genealogía, y las especies que se desarrollan de forma genealógica son especies que se transforman a lo largo de la evolución orgánica.
57 Lo que los biólogos evolucionistas actuales denominan grupo monofilético, es decir, que cuenta con un origen evolutivo común a partir de una especie ancestral. designaba al conjunto de organismos con un origen genealógico común, es decir, que han evolucionado a partir de un tronco específico primitivo.
Al aplicar este nuevo concepto a los grupos herpetológicos el resultado era revolucionario al contar con la filiación como el fundamento básico de sus categorías clasificatorias.
Así, el conjunto de los ejemplares asignados a la especie Rana temporaria, que había sido descrita exclusivamente a partir de rasgos morfológicos 58, realmente incluía un grupo natural de especies estrechamente emparentadas.
Para Boscá, los nuevos criterios aplicados por los sistemáticos modernos obligaba a revisar todas las colecciones de reptiles del país, y sólo «el exagerado apego a determinados escritos autoritarios, en asuntos en que no cabe más que el ver las cosas (...) ha sostenido por mucho tiempo equivocaciones de otro modo inconcebibles» 59.
Otro ejemplo fue el caso de las lagartijas de los muros.
Sobre ellas, un atento estudio de su polimorfismo cambió radicalmente la clasificación, y fue el especialista alemán Bedriaga el encargado de deshacer el entuerto sistemático 60.
Bedriaga dedicó su investigación a estudiar la variabilidad de la lagartija valorando la forma de las escamas, la talla y la coloración de los individuos en los distintos países europeos.
Por su polimorfismo la «denominación específica de muralis L. es ya incompatible con el criterio contemporáneo», explicaba Boscá valorando el trabajo del naturalista alemán y asumiendo su ideario 61.
El polimorfismo era un factor sistemático fundamental que los naturalistas españoles debían incorporar para remediar su retraso científico.
Además, esta novedosa utilización del concepto de variabilidad resultaba muy útil para el estudio de la herpetofauna peninsular por ser abundantes los casos de especies críticas y polimorfas.
Como ejemplos refería Boscá las especies Cistudo orbicularis L., Lacerta viridis L, Acanthodactylis vulgaris Dum et Bibr.; Anguis fragilis L.; Coelopeltis mospessulana Herm; Tropinodotus viperinus Latr., Rana esculenta L., Discoglossus pictus Otth; y Salamandra maculosa Laur, donde «se encuentra también la misma tendencia a la variación» 62, cuyo deficiente conocimiento hacía aún más apremiante la colaboración entre ----58 El principal criterio de determinación consistía en la presencia de manchas oscuras que los ejemplares de la presumida especie presentaban siempre en la zona temporal.
Bedriaga dividió este grupo natural, considerado como una especie homogénea, en cuatro grupos principales con un total de 16 variedades y 18 subvariedades.
los herpetólogos españoles, y aconsejaba prudencia en su estudio: «tanto estas especies más variables, como otras que lo son menos, exigen mayor copia de datos de los que hoy poseemos, para establecer algún criterio metódico al darlos a conocer» 63.
La crítica científica de Boscá repercutía en el ámbito político -coincidiendo con la llegada al poder del gobierno liberal y las esperanzas reformistas que conllevaba para el entorno progresista-, lamentándose del precario estado de la investigación española, al servicio de una «ciencia especulativa», no sufragada por el estado y, por ello, muy limitada en medios respecto a los países «más cultos» 64.
Si la biología descriptiva española quería aproximarse al nivel de las naciones europeas científicamente más avanzadas, era preciso realizar con urgencia trabajos de base ignorados aún en nuestro país.
Por ejemplo, para realizar una biología descriptiva competente era preciso concluir antes, al menos de forma provisional, la tarea de catalogación frustrada desde los isabelinos tiempos de Graells; resolver la cuestión de las especies críticas aparcada desde los primeros intentos de Pérez Arcas por solucionarla; y generalizar los trabajos de distribución geográfica.
La magnitud de la empresa hacía imposible su realización si, como hasta entonces, se emprendía de una forma aislada e individual, sin apoyo institucional ni estatal.
Boscá no halla otra solución que la asociación de los distintos especialistas y, para facilitar esta colaboración, al menos en lo concerniente a la herpetología, se propone resumir en su catálogo las más recientes publicaciones extranjeras y nacionales sobre herpetofauna ibérica y balear, para llamar «la atención de nuestros naturalistas, por si gustan asociarse para la terminación de esta parte de la fauna Ibérica y de las Baleares» 65.
El catálogo cubre así una faceta bibliográfica también novedosa.
Para estudiar la variabilidad de las especies la moderna sistemática había tenido que considerar argumentos novedosos como la corología, hasta entonces prácticamente desatendidos.
64 refiriéndose sin duda, sobre todo, a Francia y a Alemania, a cuyos investigadores reconoce Boscá el papel de «árbitros indiscutibles» en estas cuestiones durante mucho tiempo.
Entre las obras de autores españoles señaladas, además de los trabajos de Seoane sobre la fauna de Galicia, cita la «Erpetologia hispalensis» (sic) de Machado para la provincia de Sevilla, y los trabajos que el profesor Barceló para la herpetología balear. dentro de una innovadora corriente de trabajos donde algunos de los naturalistas españoles comenzaban a tener muy en cuenta la biogeografía y la ecología para clasificar las especies.
Como ejemplo podemos los trabajos de Salvador y Arana 66, con algunos apuntes de paleocorología, los de Vayreda y Vila y, sobre todo, los de Lázaro Ibiza en colaboración con Tomás Andrés y Tubilla; sin olvidar a Odón de Buen 67.
Por su parte, el nuevo catálogo de Boscá incorpora plenamente este criterio ecológico-corológico, siendo pionero en España para el ámbito de los vertebrados.
Consideraba Bocá que tres duros años de investigación, sumado a su precedentes estudios, «permiten fijar el área que ocupan la mayor parte de las especies en nuestra península» 68.
Pero la peculiar biología de estos animales introducía un carácter provisional que no olvida en sus conclusiones: «tratándose de animales que ofrecen por lo común bastantes medios de resistencia para con los agentes exteriores, pocas serán las especies que se hallan hoy limitadas a tal o cual estancia obligada» 69.
La distribución herpetológica realizada por Boscá para la Península y Baleares consideraba la altitud y el hábitat como los factores climáticoecológicos fundamentales.
Elevadas alturas, la nieve y la humedad relativa, eran factores determinantes para establecer la presencia o ausencia de ciertas especies.
Buenos indicadores de otras eran la vegetación y la existencia de microfauna alpina, así como la presencia de microclimas, es decir, «estaciones aisladas a la manera de oasis, con suficiente carácter para el fomento de determinadas especies» 70.
Los hábitats más comunes para muchas eran las localidades pedregosas, las zonas con arena o tierra o vegetación intercalada, las zonas cultivadas, y las áreas antrópicas, indicándose que la presencia de reptiles en zonas ocupadas por humanos respondía a la desaparición de los refugios naturales habituales.
La colonización de muros construidos y de zonas cultivadas responde «a la falta de mejores abrigos naturales, aunque en algún caso pudiera interpretarse como un verdadero progreso en las costum-----bres, mediante el cual se facilita el cumplimiento de las necesidades de su alimentación» 71.
El cambio del paisaje natural obligaba a modificar sus costumbres a muchas especies lo que, en el ambiente lamarckiano de la época, se interpretaba como un incipiente proceso evolutivo de nuevas razas y variedades donde los rasgos de comportamiento, unidos a cambios en la morfología, resultarían determinantes para la aparición de nuevas formas orgánicas.
La consecuencia más sobresaliente de tan ingente tarea fue la elaboración del primer mapa de distribución de las especies de reptiles y anfibios del país, objetivo largamente perseguido por el herpetólogo valenciano que desde sus excursiones a Tuy no escondía su intención de formar un mapa zoológico de la península.
Transcurrido este tiempo se siente capacitado para ofrecer esta imagen gráfica, distinguiendo dos claras regiones faunísticas para los herpetos ibéricos, junto a la región balear: «la distribución geográfica de los reptiles y anfibios dentro de la Península, puede fijarse en dos regiones separadas por una línea que, partiendo de los Pirineos orientales, se dirigiera a la desembocadura del Duero: haciendo una profunda inflexión sobre el tercio superior de la cuenca del Ebro, y otra curva en sentido inverso y más extensa sobre la meseta de Castilla la Vieja, alcanzando las estribaciones de la cordillera carpetana» 72.
Para la confección del mapa Boscá utilizó tanto los datos por él recopilados como la información aportada por naturalistas españoles solven-4.
CONCLUSION A lo largo de estas páginas hemos analizado la labor herpetológica de Boscá desde el punto de vista taxonómico.
Entre sus principales aportaciones zoológicas se encuentra la descripción de un número considerable de nuevos taxones -entre ellos, bastantes endemismos-, su estudio de la variabilidad como objeto sistemático, y la realización de mapas de distribución zoológica.
Actividades desplegadas en un contexto de renovación de la historia natural acorde con los parámetros científicos establecidos para la disciplina fuera de España.
Tarea donde muestra su vinculación con la ideología evolucionista, convirtiéndole en uno de los primeros naturalistas españoles en incorporar el nuevo ideario a su práctica científica cotidiana, siendo capaz de traducir la nueva filosofía en cambios metodológicos puestos en práctica en su investigación de la naturaleza.
Eduardo Boscá y Casanoves se perfila en la historia de la biología española como uno de los principales responsables de la transformación, tardía, de la historia natural en la disciplina que iniciado el siglo XIX en Europa se conocía como biología. |
Los Pacientes del "Hospital de paisanos" de Zamora en el Siglo XVIII
El gran número de hospitales que tuvo la ciudad de Zamora durante la Edad Media quedó notablemente simplificado en la época Moderna.
La fundación en el siglo XVI del hospital de Sotelo y en el XVII de La Encarnación, supuso dotar a la ciudad con dos importantes centros que ofrecía atención médico-sanitaria.
Este trabajo está centrado en el de La Encarnación, entre cuyos administradores se hallaban el Ayuntamiento y el Cabildo de la Catedral, y el objeto de análisis han sido los asistidos.
A partir de los registros de ingreso y defunciones, dependiendo del momento, hemos trazado el perfil de los mismos, pero, sobre todo, nos hemos centrado en el radio de influencia del establecimiento, que, como hemos podido comprobar, superaba ampliamente el marco geográfico de emplazamiento.
Las investigaciones históricas centradas en la hospitalidad suelen estar ligadas al estudio del mundo de la pobreza y de la beneficencia.
Dentro de la historiografía modernista tuvieron un gran auge durante el último cuarto del siglo pasado, posteriormente fueron perdiendo vitalidad y pasaron a tener un carácter casi marginal.
Pero el trabajo sobre este tipo de instituciones, por los diversos enfoques que permite la documentación que han generado, aún tiene mucho que aportar para el conocimiento de nuestro pasado1.
El análisis de los hospitales, tal y como en su momento señaló Esteban de la Vega (Esteban De Vega, 1997), resulta muy atrayente por el relativo fácil acceso a las fuentes.
Pero aún más seductora resulta la valiosa y variada información generada por estos centros.
Los registros hospitalarios nos abren un gran abanico de posibilidades para la investigación.
Las temáticas a las que pueden dar respuesta son muy amplias, desde las relacionadas con los estudios puramente económicos hasta las vinculadas al ámbito de las mentalidades o de la política social, pasando por las formas de gestión de sus patrimonios, la capacidad de acción de los centro, los movimientos de la población, la historia de la medicina, de la farmacia o de la alimentación2.
En esta ocasión hemos abordado el tema de la hospitalidad desde abajo, es decir, el objeto de estudio van a ser las personas que fueron asistidas en el hospital de La Encarnación de Zamora a lo largo de un siglo, entre 16803 y 1788.
El emplazamiento geográfico de esta ciudad, lugar de paso entre Galicia y la Meseta, la hace muy propicia para acercarnos al papel que cumplieron este tipo de obras pías en el auxilio a la población foránea.
En ese colectivo podemos encontrar cuadrillas de trabajadores estacionales, cuya presencia en la institución aumentaba considerablemente durante los meses de verano, pobres estructurales y vagabundos o aquellas personas a las que los problemas coyunturales les obligaron a dejar atrás su hogar.
ZAMORA: EL MARCO ESPACIAL Y LA HOSPITALIDAD
A mediados del siglo XVIII la ciudad de Zamora contaba con algo más de 1.900 vecinos seglares, y por esas fechas ya estaba sufriendo una nueva etapa de recesión, tras haber gozado de un periodo de relativa estabilidad.
Había comenzado aquel, tímidamente, en los últimos años del siglo XVII y se prolongó hasta la década de los cuarenta de la centuria siguiente, en que, de nuevo, el territorio fue víctima de un ciclo de malas cosechas (Álvarez Vázquez 1995; Rueda 1991).
Superada esa coyuntura, volvía a vivirse una época de expansión4, que llegó hasta los últimos años del siglo XVIII.
La provincia zamorana era paso, casi obligado, de los transeúntes o viajeros que circulaban entre el noroeste peninsular y la meseta, ya fueran asturianos, leoneses o gallegos.
Precisamente, Galicia, tenía una larga trayectoria en las migraciones temporales hacia el interior de Castilla5.
No obstante, las motivaciones laborales, aunque por sí solas ponían en circulación a un contingente importante de personas, no eran las únicas que generaban movimientos de población.
Hay que hablar también de los vinculados a las bolsas de pobreza o los de carácter religioso, caso de las peregrinaciones.
En este sentido, también la provincia de Zamora tuvo un papel destacado, pues la Vía de la Plata fue utilizada como ruta de peregrinación hacia Santiago.
Todos esos flujos migratorios se intensificaban en los meses de verano, que eran los de mayor actividad en el hospital de La Encarnación.
Así, por ejemplo, la herencia que recibió el centro, a mediados del siglo XVIII, del canónigo D. Dionisio de Castro para que se ampliara la oferta ocupacional, los patronos la invirtieron en dotar seis camas para los «cuatro meses de verano y de mayor calor».
Por otro lado, el hecho de que la provincia zamorana fuera fronteriza con Portugal dio lugar a que se generaran fluidas relaciones entre ambos territorios, tanto en periodos de paz como de inestabilidad, y por motivos bien diferentes.
Pero esa circunstancia, además, le proporcionó carácter estratégico, convirtiéndose la capital en centro de acuartelamiento desde la Edad Media y sede de la Capitanía General de Castilla la Vieja, entre 1737 y 1806.
La presencia de soldados en Zamora se incrementaba cada vez que había un enfrentamiento bélico con el reino vecino o cuando, sin llegar a ese extremo, se vivían momentos de tensión derivados del juego de alianzas políticas.
La red hospitalaria zamorana de la Edad Moderna no respondía a una estrategia planificada y dirigida a solucionar los problemas sanitarios de la ciudad, sino que era herencia de la voluntad caritativa, muchas veces individual, que operó en la época anterior, y que aún lo haría durante aquella6.
En esta ciudad, a mediados del siglo XVIII, según las Respuestas Generales del Catastro del marqués de Ensenada, había cinco hospitales7.
De los cuales dos eran producto de la actividad fundacional llevada a cabo durante los siglos XVI y XVII8.
El del comendador D. Alonso de Sotelo, abrió sus puertas en el primer tercio del siglo XVI -para acoger «pobres enfermos»- y en la centuria siguiente lo haría el de La Encarnación.
Por su parte, el de Convalecientes, a pesar de ser fundación de esta época, no entró en funcionamiento hasta la segunda mitad del siglo XVIII.
Estos nuevos centros, que podríamos considerar que ya respondían al nuevo concepto de hospital y asistencia que surgió en aquella etapa histórica, como resultado de los avances en el campo de la medicina (Carasa Soto, 1985: 37; Lindemann 2001:143-145), acabaron por monopolizar la atención sanitaria zamorana9.
A esa nueva situación se llegó, no porque aquellos fueran concebidos de acuerdo con los nuevos avances científicos10, sino porque el potencial económico que los sostenía les permitiría, modestamente, encaminar la gestión hacia esa vertiente.
Esos hospitales surgidos en la Edad Moderna, lo hicieron a partir de obras pías mucho más poderosas que las de época medieval, contaban con un rico patrimonio para sostenerse y, además, sus patronos tenían la obligación de construir un edificio, más o menos grandioso, para albergarlos.
Las fundaciones, en todos los casos, y aunque no cabe duda de la fuerte carga espiritual que impulsó a los bienhechores a patrocinarlas, cristalizaron por la falta de descendientes directos.
Por lo tanto, la labor caritativa sería la que pasaba a otorgar proyección histórica a una familia cuyo patrimonio, de otro modo, sería absorbido o diluido entre los colaterales.
A su vez, esa forma de dar continuidad al apellido iba a proporcionar al linaje lustre y gran publicidad.
Así pues, estos hospitales contribuirían, por un lado, a mantener viva la memoria de la familia extinguida de los Pereira o los Sotelo, y, por otro, servirían para remediar los problemas de salud que pudiera sufrir un colectivo concreto, el de los pobres11, y a mejorar la salubridad de la ciudad.
El hospital de La Encarnación fue fundado en 1629, con los bienes que para ello dejaron los hermanos Pereira12.
Este centro, al igual que había ocurrido con el de Sotelo, nació en un momento en el que en Zamora se vivía un proceso de recesión económica, lo que supondría una esperanza para poder cubrir las necesidades de asistencia sanitaria de las personas carentes de recursos, que los pequeños centros, faltos de infraestructura, no podían afrontar.
En el modesto complejo hospitalario que mandaron construir los fundadores, quedaba reflejado el contexto ideológico dominante, en el que eran inseparables salud corporal y espiritual (Ortiz Quezada, 2000).
Debía construirse un edificio, para poner remedio a la primera, con una iglesia adosada, en la cual pedían ser enterrados los bienhechores, y que, a la vez, serviría para aliviar el otro tipo de padecimiento.
Así mismo, los Pereira ordenaban que en el recinto religioso se dijeran varias misas a la semana por su alma, actos que también servirían de propaganda para mantener viva la memoria del linaje.
Desde la fundación del hospital de La Encarnación hasta su entrada en funcionamiento, en 1678, pasó prácticamente medio siglo.
Durante sus primeros años de actividad se dedicó a curar a hombres y mujeres, de «todas las enfermedades, heridas y llagas, excepto de las contagiosas», hasta que finalizara el periodo de convalecencia.
Pero desde mediados del siglo XVIII solamente atendió a varones, debido a la restructuración que se llevó a cabo en la red hospitalaria zamorana, a raíz de los decretos reales en los que se ordenaba que se remediaran en ellos militares.
En sus inicios, disponía, según los dictámenes del fundador, de catorce aposentos para varones y diez para mujeres, y, en caso de ser necesario, podían reservarse algunas plazas para personas que padecieran enfermedades de larga curación como «tísicos, éticos, hidrópicos o llagas curables»13.
La plantilla sanitaria que debía prestar servicio en el hospital, según ordenó D. Pedro Morán, debía estar formada por uno o dos médicos14, un cirujano, enfermeros y otra serie de personas que se encargarían del aseo y alimento de los enfermos.
A mediados del siglo XVIII, fruto de la dinámica y la experiencia que habían ido adquiriendo el centro, la estructura era más compleja, por ejemplo, cada facultativo tenía sus propios ayudantes, además de los enfermeros que formaban parte del cuadro de personal.
En la década de los cincuenta del XVIII, el hospital completó sus instalaciones con una botica.
Hasta 1756 las medicinas se las habían surtido boticarios particulares, la Compañía se Jesús y, fundamentalmente, el convento de San Jerónimo.
Aquel año, a iniciativa del comisario se retomaba una vieja cuestión, la que consideraba «que por estar el convento muy distante...se seguía grave perjuicio para los enfermos», por lo que los patronos decidieron comprar la un botica.
Les pedían 4.600 reales, que ellos decidieron negociar15, «por los pertrechos y diferentes remedios y frascos de vidrio de la botica».
Pocos años después de aquella inversión, el centro amplió sus infraestructuras construyendo un cementerio para «enterrar los cadáveres de los pobres paisanos y militares».
Este centro supuso un paso más en la oferta de tratamiento terapéutico para la abundante población necesitada que había en la ciudad de Zamora.
LA ACTIVIDAD EN EL HOSPITAL DE LA ENCARNACIÓN
Los registros de entradas y defunciones que se han conservado del hospital de La Encarnación nos permitirán acercarnos al perfil de los socorridos y a la dinámica asistencial en la capital zamorana.
Nos hemos centrado exclusivamente en el personal civil16, pues el registro militar adolece de grandes lagunas.
Disponemos de datos desde 1678 hasta julio de 1788, ahora bien, esos son de diferente naturaleza.
En el registro que se inició el 27 de enero de 1678, se anotaba el nombre del enfermo, su procedencia y, en caso de fallecimiento, la fecha en que tuvo lugar el óbito, pero desde el mes de julio de 1680 hasta el 27 de agosto de 1767 sólo se asentaron las defunciones.
En esa última fecha, los administradores retomaron el esquema inicial, es decir, el control prioritario volvieron a ejercerlo sobre los ingresos.
Para acercarnos un poco más a la capacidad de respuesta de este hospital es preciso señalar que el número medio de personas que cada año fallecían era de 33,3 y el de ingresos, que como ya hemos expuesto solamente conocemos para la segunda mitad del siglo XVIII, era de cuatrocientas17 -429,1-.
Esas medias son el resultado de importantes alteraciones, fruto de la incidencia de enfermedades en años especialmente críticos, bien sea por ciclos epidémicos, crisis agrarias o episodios bélicos.
A su vez, también repercutieron en la cifra de atenciones las labores de ampliación o una mayor disponibilidad económica.
Una muestra de esas oscilaciones se aprecia en las defunciones: en la dos últimas décadas del siglo XVII acontecían 25,2 por año, siete puntos por encima de las que se produjeron en la primera mitad del siglo XVIII -17,3- y la mitad, prácticamente, de las que se alcanzaron entre 1750 y 1787 -54,9-.
Esta última cifra fue el resultado, más que de las dificultades económicas de la etapa, que de hecho se padecieron, de la mayor capacidad de respuesta que tuvo el centro tras las obras llevadas a cabo a mediados de la centuria.
A su vez, durante gran parte de este último ciclo, podemos conocer, gracias al cruce entre ingresos y defunciones, la mortandad hospitalaria en dicho centro.
El resultado medio, en el que quedan compensados los años especialmente críticos, fue de poco más del 15%18.
A través de las ordenanzas elaboradas para el gobierno del hospital, en 176019, podemos conocer el personal sanitario que prestaba servicio en el hospital.
Esa platilla estaba formaban por dos médicos, un cirujano, dos practicantes al menos, y un número variable de enfermeros.
Los cirujanos y médicos, que trabajaban por turnos de un mes, debían atender, además, a los pacientes del hospital de Sotelo.
Respecto a los practicantes, su número variaba en función de las salas que estuvieran abiertas y entre sus actividades estaba el practicar sangrías y curas, aplicar ventosas o encargarse del que cada paciente recibiera el tipo de alimentación recomendada.
Los enfermeros eran los encargados del aseo de las salas y de los enfermos.
Finalmente, el boticario y su mancebo eran los responsables de preparar y administrar la medicación que necesitaban los pacientes.
Los beneficiarios de la asistencia hospitalaria eran los grupos más desfavorecidos de la sociedad, pues conocido es que aquellos que gozaban de recursos no solían utilizar este tipo de instalaciones.
Apenas disponemos de ciento cincuenta partidas en las que la información que se ofrece del asistido supera los datos básicos de identificación, no obstante, esa muestra nos ha permitido realizar un pequeño bosquejo de la clientela del centro.
Tres de cada cuatro personas, ya fueran hombres o mujeres, zamoranos o forasteros, llevaba, al menos, uno de los tres calificativos que con más frecuencia se repetían: «viejo», «pobre» y «muy pobre».
Entre los numerosos ejemplos que pueden citarse está el de Manuel Gómez.
Este hombre, que vivía de la limosna en Zamora, era natural de Madrid y «había sido casado y maestro de niños».
También con las limosnas se mantenía María Villalba, natural de Villafafila20.
En la partida de esa mujer, que era viuda y tenía una hija, anotaron que era «pobre y muy virtuosa».
Por su parte, Francisco Mongil, que falleció en el centro en diciembre de 1688, era «muy pobre» y se había trasladado temporalmente desde Villalpando a la ciudad, «a pedir limosna».
Pero la pobreza no sólo se cebaba con los ancianos, otro importante colectivo de potenciales víctimas estaba en el otro extremo del ciclo vital.
Es relativamente frecuente, pero sobre todo en momentos de especial dificultad, como los años finales del siglo XVII, encontrar muchachos huérfanos o abandonados que entraban en el hospital a curarse o que eran recogidos por las calles.
En diciembre 1691 ingresó un joven gallego, de doce años, que según dijo «a su padre lo mataron unos gitanos este verano en el monte del cubo y su madre María Antonia es difunta».
A su vez, en las partidas en que aparece reflejada la actividad económica que desempeñaba el enfermo/a, la situación, en términos generales, no era muy diferente a la que acabamos de relatar.
Las profesiones más repetidas eran las de sirviente, zapatero, barbero o herrero.
La gran mayoría, además, pedían la limosna, por lo que la actividad declarada la ejercerían de forma ocasional.
Posiblemente fuera la enfermedad o la vejez la que les impedía desempeñar el trabajo de forma continuada.
En lo que respecta al uso que hombres y mujeres hicieron del hospital de La Encarnación, que como ya hemos señalado fue mixto desde su fundación hasta mediados del siglo XVIII, las fuentes sólo nos permiten conocerlo entre 1680-1743.
Durante aquellos años, poco más de sesenta, las mujeres representaron en los óbitos un 29,4%, frente al 70,6% de los varones21 (tabla I).
Sólo durante la Guerra de Sucesión el peso masculino fue la más elevado, llegando en algún año a superar la media en un 45%.
Se trataba, fundamentalmente, de personas célibes, pues el 40,6% de las mujeres y el 43,6% de los varones fallecidos en ese centro declaraban ese estado civil, a continuación aparecían los casados, 33,3% y 42% respectivamente, y menos frecuente era la viudedad, sobre todo masculina.
Para los varones podemos completar esa información, pues en la segunda mitad del siglo XVIII disponemos de las partidas de ingreso (tabla II).
El resultado que arrojan es una representación de la soltería más abultada que la que se desprende de los registros de defunciones, lo cual es reflejo de la diferente naturaleza de las fuentes.
Teóricamente, casados y viudos tendrían una edad más avanzada que los célibes, por lo tanto podrían tener más dificultades para superar la enfermedad.
A su vez, también podemos constatar el predominio de la soltería entre los desplazados, ya fueran de la propia provincia o de otra.
Pues si el celibato representaba 34,1% en los óbitos de los zamoranos y el 57,6% para los oriundos de otras provincias, en los ingresos pasaba a suponer el 51,0% y 65,7%, respectivamente22.
Una situación semejante se aprecia también en el colectivo femenino, pues entre las forasteras el mayor peso porcentual recaía notoriamente en las solteras23.
Se trataría, al igual que los varones, de jóvenes que salían de su tierra a buscar un trabajo, bien estacional o de más larga duración.
Estado civil de los varones fallecidos e ingresados en el Hospital de La Encarnación (1680-1781)
Así pues, para trazar su radio de influencia de este centro hospitalario, disponemos del lugar de procedencia 3.921 asistidos (tabla III).
Procedencia de los fallecidos e ingresados en el hospital de La Encarnación de Zamora (1680-1781)
El grupo mayoritario de asistidos, lógicamente, era el de los zamoranos24.
No obstante, y dada la diferente naturaleza de las fuentes, posiblemente en el primer porcentaje estén un tanto infravalorados los forasteros.
La desviación se debería a que los cálculos de la primera etapa solamente podemos realizarlos a partir de las defunciones, donde el porcentaje de célibes era bastante inferior al que se desprende de los ingresos, y entre ese grupo, como hemos podido comprobar, abundaban los forasteros.
Esto es, gente más joven, con, al menos aparentes, mayores posibilidades de sortear la muerte.
Esa pérdida porcentual de forasteros en la muestra se debe, fundamentalmente, al considerable aumento de la demanda de asistencia por parte de los zamoranos, que en el bienio 1780-81 la media anual aumentó en un 124%, respecto a mediados de esa misma centuria.
Por su parte, la afluencia de gentes provenientes de otras provincias también experimentó un notable avance, aunque en menor medida que los anteriores (46,5%).
Ahora bien, dentro de éstos nos encontramos casos extremos, pues si la representación de orensanos creció en algo más un 70%, la del resto de gallegos descendió ligeramente, salvo la de pontevedreses del Bajo Miño, que continuó en los mismos niveles25.
Entre los zamoranos, la presencia de los habitantes de la ciudad fue aumentando a medida que avanzaba la centuria dieciochesca.
Lo cual sería el reflejo del proceso inmigratorio que vivió la ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII, muy relacionado con una tendencia económica nefasta que se había iniciado a comienzos de la década de los sesenta26, y que en el conjunto de la Corona de Castilla afectó con gran intensidad entre 1762 y 1765 (Pérez Moreda, 1980).
Esa coyuntura desencadenó un proceso migratorio entre los campesinos, que fueron a asentarse a los arrabales de la ciudad, donde, por otro lado, la construcción les ofrecía algunas expectativas laborales (Velasco Merino, 1993, Rupérez Almajano, 1993).
Esos desplazamientos de la pobreza también quedaron reflejados en la actividad hospitalaria, pues entre 1767 y 1781 fue disminuyendo el número de asistencias a personas procedentes del campo en favor de gentes asentadas en la ciudad.
De los que llegaban del ámbito rural, y fueron ingresados en La Encarnación27, cabe destacar la elevada representación que tuvieron las procedentes de las comarcas situadas en el norte y este de la provincia.
Casi el 50% de los asistidos procedían de Sanabria y La Carballeda, Alba-Aliste y Sayago, territorios en los que el medio geográfico frenaba el desarrollo de la agricultura.
Las personas oriundas de esas zonas serían, generalmente, desheredadas, que buscaban en la ciudad una salida laboral, o pequeños propietarios, necesitados de unos ingresos complementarios que les permitieran garantizar la reproducción social de sus unidades domésticas28.
Un segundo grupo de asistidos era el de los que llegaban del área de influencia de la ciudad, desde el punto de vista económico y humano.
Se trataba de las comarcas de Tierra del Pan y Tierra del Vino, de donde salieron algo más del 30% de las personas que fueron socorridas en el hospital.
Finalmente, el apenas 20% restante, se repartía por las tierras de Benaventanas, Campos, Toro y la Guareña.
Las dos primeras bajo el área de influencia de la villa de Benavente, donde también se encontraban importantes centros asistenciales, y las otras formaban parte de la antigua provincia de Toro (figura 1).
Distribución comarcal de los ingresados zamoranos en el Hospital de la Encarnación de Zamora (1680-1781)
En las asistencias prestadas a los zamoranos del ámbito rural, se puede apreciar una marcada estacionalidad, lo que nos sitúa ante movimientos migratorios de carácter pendular dentro de la propia provincia.
Esas gentes se trasladarían a la ciudad, a juzgar por la incidencia mensual de las demandas hospitalarias, una vez que en su tierra habían recogido la cosecha de cereal, para emplearse en las obras se realizaban durante los meses de verano y comienzos del otoño.
A partir del mes de noviembre los ingresos comenzaban a descender.
Pero además de estos desplazamientos existían otros, más minoritarios, los protagonizados por campesinos sin despensa que llegaban a la ciudad en los meses de invierno para vivir de la limosna que ofrecían las instituciones religiosas y los particulares.
En torno al 46% de los hombres y mujeres que fueron asistidos en La Encarnación, eran forasteros (figura 2, figura 3 y figura 4).
Por el mes de mayo comenzaban a dispararse en el centro hospitalario los ingresos de estas gentes, resultando imparables hasta agosto, en que se invertía la tendencia hasta que al año siguiente comenzara un nuevo ciclo.
La gran mayoría de estas personas no tenían fijada su residencia en Zamora, sino que la enfermedad o la muerte los alcanzaron en tránsito.
No obstante, no podemos descartar que algunos de los forasteros atendidos en el centro hubieran focalizado sus exceptivas laborales en la esta ciudad, a pesar de no tratarse de un centro urbano con grandes perspectivas de trabajo.
En los casos que tenemos noticia de ello, es decir, entre los asistidos que estaban avecindados en la ciudad y no eran oriundos de la misma, las procedencias más frecuentes coinciden con las mayoritarias en los ingresos: Galicia, Portugal o León.
En unos casos quedaron vinculados a la ciudad por trabajo y en otros por matrimonio.
Procedencia geográfica de los fallecidos en el Hospital de la Encarnación de Zamora (1680-1766)
Procedencia geográfica de los ingresados en el Hospital de la Encarnación de Zamora (1767-1770)
Procedencia geográfica de los ingresados en el Hospital de la Encarnación de Zamora (1780-1781)
El segundo colectivo en importancia, que hizo uso del hospital de La Encarnación, fue el de los gallegos (figura 5).
Generalmente, y a juzgar por la distribución de sus movimientos a lo largo del año, se trataría de trabajadores estacionales, representantes de un sistema económico organizado en torno a esas salidas29.
Como es bien sabido, estas gentes viajaban en cuadrillas, y hay algunos casos en que la enfermedad atacó a la vez a varios compañeros o miembros de una misma familia30.
Distribución comarcal de los ingresados gallegos en el Hospital de la Encarnación de Zamora (1680-1781)
Ese descenso porcentual no supuso una pérdida en términos absolutos, puesto que su presencia fue aumentando a lo largo de la centuria33.
De mantenerse las proporciones que se reflejan en el registro de defunciones, estos varones suponían el 80% del colectivo de desplazados que llegaban de tierras gallegas, siendo mujeres el resto34.
La demanda de asistencia de las diferentes provincias gallegas fue muy desigual.
La realizada por los orensanos35 prácticamente duplicó a la suma de las otras tres.
El mayor número de enfermos procedía de la Baixa Limia, concretamente uno de cada cinco orensanos ingresados en La Encarnación, les seguían, en importancia, las comarcas que hacían frontera con Zamora, Viana y Valdeorras, que juntas aportaron una cuarta parte de los orensanos asistidos en este establecimiento, y a continuación las de Verín y Limia.
Se trataba de desplazamientos que respondían a motivaciones bien distintas, pues si la parte occidental de la provincia de Orense, con una economía más dinámica, no pudo reabsorber el crecimiento de población al que esa dio lugar, en la oriental fueron las arcaicas estructuras agrarias las que no permitieron el desarrollo demográfico (Eiras Roel, 1996; Rodríguez Fernández, 2004, pp. 149-184).
La llegada de orensanos aumentó considerablemente a lo a medida que avanzaba el siglo XVIII36.
Una de las salida naturales de los gallegos hacia territorio castellano, y sobre todo de los orensanos, era a través de la fronteriza provincia de Zamora, con la que existía una comunicación relativamente fácil.
Podían utilizar la vía que comunicaba Braga con Astorga, tomando la ruta norte o bien por la que atravesaba territorio portugués, la cual se solapaba con la que unía Salamanca con Monterrey.
Para los de Valdeorras o Trives, el viaje podría resultar más cómodo cruzando por la provincia de León37.
Esa proximidad fue la que dio lugar a la importante presencia de temporeros procedentes de Galicia en el hospital de La Encarnación, obra pía que para ellos supondría un gran apoyo en el camino.
La presencia de gentes de las otras tres provincias gallegas, como ya hemos señalado, fue mucho más modesta.
La demanda media anual de este colectivo fue bastante estable.
A medida que avanzaba el siglo el siglo XVIII los ingresos de pontevedreses fueron desplazando al resto, pasaron de una media de 13,8, en el segundo quinquenio de la década de los sesenta, a otra de casi de casi 19, en el bienio 1780-981.
Entre ellos cabe destacar a los procedentes del Bajo Miño, donde la fuerte presión sobre los recursos, que había generado el cultivo del maíz, desembocó en importantes movimientos migratorios38.
El destino de los mismos, fundamentalmente de carácter temporal, fueron las ciudades castellanas.
Después de zamoranos y gallegos, el siguiente grupo en importancia, atendido en La Encarnación, fue el de los Castellano-leoneses.
La demanda asistencial de estos territorios, que osciló entre el 12,3% y el 7,1%, del total y el 25,3% y el 17,5%, de los forasteros, también aumentó en la segunda mitad del siglo XVIII, pasando de una media anual de 21,2 enfermos a otra de 37.
En este caso, el radio de acción del hospital se concentraba, fundamentalmente, en las tres provincias limítrofes.
Pero fueron los leoneses los que mayor uso hicieron del establecimiento, llegando a acaparar más de la mitad de los ingresos correspondientes a este territorito.
Entre ellos, cabe destacar a las gentes del Bierzo, la maragatería, la Cepeda o el Paramo; todas ellas comarcas bien comunicadas con Zamora.
En estos casos los movimientos de la pobreza los generó la ausencia de recursos.
Otro colectivo, que también fue perdiendo representación en términos relativos, pero no en absolutos, fue el de los extranjeros, prácticamente todos oriundos de Portugal (figura 6).
De entre ellos cabe destacar, lógicamente, a los enfermos provenientes de territorios fronterizos -Miranda, Almeida o Chaves-, consecuencia evidente de la complementariedad económica y de las afinidades culturales que genera la proximidad geográfica.
Además de aquellos, también ingresaron portugueses de otros lugares un poco más alejados de la capital zamorana, como el obispado de Braga y, excepcionalmente, del de Oporto.
La presencia lusa en este hospital era consecuencia de dos problemáticas territoriales bien distintas, pues si en la región del Minho la prosperidad agrícola fue la causante de los movimientos migratorios39, en Tras-os-Montes estaría motivada por un sistema agrario muy condicionando por la orografía, que pudieron sortear, a lo largo de la centuria dieciochesca, gracias a la viticultura.
Así mismo, en estas localidades fronterizas fue muy importante el trabajo estacional, protagonizado por segadores, que agrupados en cuadrillas se desplazaban al Reino de León o a los territorios del centro y sur de la Corona de Castilla (Oliveira, 1995, pp. 259-307).
Posiblemente, esa fuera la actividad laboral de algunos de los transmontanos que cada verano eran atendidos en La Encarnación.
Distribución comarcal de los ingresados portugueses en el Hospital de la Encarnación de Zamora (1680-1781)
Finalmente, tampoco faltaron los asturianos en La Encarnación, donde llegaron a suponer un 3,5% de las asistencias a foráneos; y bajo el epígrafe otros (4,9%) están incluidos un pequeño grupo de enfermos de procedencia muy variada, como Andalucía, Extremadura, Madrid o Cataluña (figura 2, figura 3 y figura 4).
La importancia que tuvo durante en Antiguo Régimen la asistencia hospitalaria entre la población más necesitada es incuestionable, pero quizá lo más destacado del establecimiento zamorano de la Encarnación sea, tal y como hemos podido conocer a través de este estudio, fue el apoyo que ofreció a los temporeros.
Su localización, en medio del camino que cada año transitaban gallegos, portugueses e incluso algunos asturianos, permitió poner la atención sanitaria al servicio de los flujos migratorios que pendularmente circulaban por la Península.
La actividad asistencial se repartía, prácticamente a partes iguales, entre los zamoranos y los forasteros, y dentro de éstos, estaba totalmente focalizada en el noroeste peninsular.
Una oferta asistencial que aumentó a lo largo del siglo XVIII, gracias a las labores de ampliación, más relacionadas con la ocupación militar que tuvo el centro en momentos de especial complicación política, que como resultado de una mayor demanda. |
El ensayo Ars Medica de John Locke, y la influencia de sus ideas médicas sobre la filosofía empirista
Se presenta, analiza y traduce por primera vez al castellano, el ensayo Ars Medica escrito por John Locke en 1669.
Este ensayo muestra los problemas médicos que dieron origen al conjunto de la filosofía de Locke; y ofrece claves esenciales para comprender los motivos, las metas y los rasgos de la teoría del conocimiento empirista.
Ideas originariamente médicas que tuvieron una repercusión directa en la obra posterior de Locke fueron: 1) Confianza en la perfectibilidad de la ciencia y elucidación del papel que la reflexión filosófica podía desempeñar en ello.
2) Rechazo del conocimiento deducido de principios, hipótesis o máximas.
3) El método «histórico simple» para edificar el conocimiento; que intentaba registrar los hechos descriptivamente, renunciando al estudio de las causas últimas.
4) Una clasificación tripartita de las ciencias que instaura la semiótica, ciencia médica por antonomasia, y la define como un mero conocimiento de los signos de las cosas, que no pretende discernir las esencias ni las sustancias.
Locke, en su epistemología, generaliza para todo el conocimiento científico la teoría médica de los signos de las enfermedades.
Convierte todo conocimiento posible se en mero saber descriptivo de signos.
Y atribuye al conocimiento un carácter probabilístico y pragmático.
El pensamiento filosófico suele construirse generalizando las reflexiones que suscita el estudio de algún campo de la realidad.
En su formulación final, las ideas filosóficas intentan tener validez universal.
Es decir: pretenden ser también verdaderas en campos de la realidad distintos al que suscitó la reflexión inicial.
Según esto, para entender en profundidad a un filósofo, debemos preguntarnos cuál fue su campo concreto de reflexión inicial.
Y muchas discrepancias filosóficas podrían explicarse teniendo en cuenta las diferencias entre los campos que motivaron las afirmaciones en conflicto.
Así, en la Edad Moderna, las discrepancias entre las escuelas filosóficas racionalistas y empiristas se deben en gran medida a que sus autores tomaron distintos campos y disciplinas científicas como base para sus reflexiones filosóficas.
Los filósofos racionalistas tomaron como material paradigmático de estudio a las ciencias clásicas físico-matemáticas.
Mientras que los filósofos empiristas tuvieron in mente las ciencias llamadas «baconianas»: química, magnetismo, calor y electricidad.
Era esperable, por tanto, que sus generalizaciones epistemológicas fueran distintas.
John Locke (1632-1704) también tuvo un campo de reflexión original, sin el cual su filosofía empirista no puede ser bien entendida.
Y ese campo de reflexión fue la medicina de su época.
Hasta hace unas décadas no se había tenido suficientemente en cuenta la profesión médica de John Locke, por considerarla inoperante o marginal.
Pero hoy sabemos que Locke, durante toda su vida, fue médico por vocación, por dedicación y por conocimientos.
Desde el primer año de su llegada como estudiante a la Universidad de Oxford en 1652 comenzó a rellenar libros de notas médicas con toda clase de información disponible a través de sus lecturas, contactos personales y observaciones propias.
Inicialmente se graduó como Masters of Arts, en 1658.
Pero desde el año de su graduación en 1658 había continuado realizando estudios informales de medicina en Oxford como Senior Student.
Hasta el punto de que en 1666, transcurridos los siete años preceptivos, se consideró capacitado para optar simultáneamente a los títulos de Bachelor y Doctor of Medicine.
Sin embargo, aunque su propuesta fue aceptada por el Chancelor, Locke desistió de presentar su solicitud en ese momento, temiendo el rechazo de algunos profesores.
En 1670 realizó un segundo intento de acumular ambos títulos médicos, pero nuevamente se encontró con la oposición de algunas autoridades.
Hasta que por fin, en 1675, en su tercera tentativa de titulación académica consiguió su graduación como Bachelor of Medicine por la Universidad de Oxford.
Por entonces tuvo que contentarse con un puesto de medical studentship.
En 1678 estuvo a punto de conseguir la cátedra de medicina del Gresham College, pero finalmente, le dieron el puesto a otro.
Y John Locke nunca llegaría a conseguir el grado de Doctor of Medicine.
Lo cierto es que John Locke siempre se consideró a sí mismo como médico.
Desde 1666 ganó su sustento como médico y secretario personal de Lord Ashley, un conocido aristócrata, líder del partido Whig, que más tarde llegaría a ser el primer Earl of Shaftesbury.
Pero el aspecto médico más importante de la vida de Locke fue su relación personal con el Dr. Thomas Sydenham, con quien trabajó conjuntamente desde 1667 hasta 1675.
Posteriormente, nunca perdió su interés por la medicina, y nunca dejó de actuar ocasionalmente como consultor médico.
Pero su trabajo al servicio de Lord Ashley le obligó a diversificar sus esfuerzos y dedicarse a los más variados temas.
De modo que, al final de su vida, lamentó no haber podido dedicarse más completa y exclusivamente a la medicina.
Así lo confiesa en una carta dirigida a un amigo:
si yo hubiera empleado esos años en los que viví con él [Lord Ashley, recientemente fallecido] en la práctica pública de la medicina creo que puedo decir sin alardear que me hubiera podido procurar a mí mismo otra forma de establecimiento que la que tengo ahora; [...]
Yo, en los últimos e infelices tiempos me dediqué al estudio de la medicina.
Pero, ¡Dios mío!, un accidente de mi vida (el ir a parar entre la familia de un gran hombre) y una falla en mi salud (una indisposición consuntiva que me impidió un asentamiento sosegado para cuidar de la salud de otros y me dio bastante trabajo en cuidar de mí mismo), han confundido (yo no sé por qué brujería) el sosiego que yo siempre busqué1.
Teniendo en cuenta todos estos antecedentes, la epistemología de John Locke puede ser vista como una generalización de perspectivas y problemas que inicialmente fueron médicos.
Y sus propuestas sobre el método científico fueron sobre todo un intento de justificar y promover el método que el doctor Thomas Sydenham estaba aplicando a la medicina.
Ese método, originalmente médico, fue luego generalizado y propuesto por el filósofo como un instrumento para la elaboración de todas las ciencias naturales (Romanell, 1984, y Sánchez González, 1987).
Recordemos la declaración del propio Locke sobre los problemas que dieron origen a su Ensayo sobre el entendimiento humano: «Estando reunidos cinco o seis amigos en mi despacho, y conversando sobre un tema muy alejado de éste, pronto nos vimos en un punto muerto [...] llegué a pensar que habíamos tomado un camino equivocado; y que antes que nos dedicáramos a las indagaciones de esa naturaleza, era necesario examinar nuestras propias capacidades, y ver cuáles eran los objetos para cuyo trato era o no adecuado nuestro entendimiento [...].
Algunos pensamientos apresurados y mal digeridos sobre un tema que nunca había yo considerado antes, y que redacté para nuestra siguiente reunión, dieron la primera entrada a este tratado»2.
Locke omitió mencionar cuál fue el tema concreto que motivó aquella discusión inicial.
No obstante, la crítica filosófica ha creído tradicionalmente que el Ensayo fue motivado por problemas de índole teológico y moral.
Pero, en la segunda mitad del siglo XX, Patrick Romanell ofreció argumentos convincentes para pensar que el problema inicial que motivó el Ensayo fue de carácter médico (Romanell, 1958).
Y también, en la copiosa correspondencia que mantuvo John Locke pueden encontrarse indicios de que él mismo no consideraba su obra como una respuesta a interrogantes de orden ético-religioso.
Baste citar la siguiente carta, escrita por Locke en 1697: «Hace siete años que se ha publicado este libro [el Ensayo sobre el entendimiento humano].
Después de un silencio de cinco o seis años se comienza a descubrir allí no sé yo qué defectos de los que no se habían apercibido antes; y, lo que es más singular, se pretende encontrar materia para controversias de Religión en esta obra donde yo no he tenido la intención de tratar más que cuestiones de pura especulación filosófica»3.
Así pues, no parece adecuado imaginar que el famoso Ensayo tuvo su origen en una preocupación teológica.
Y el silencio de Locke sobre el tema de su reunión inicial debe interpretarse como una prueba más de su afán de generalizar al conjunto de la ciencia unas premisas que fueron primordialmente médicas.
Algunos aspectos de la filosofía de John Locke en los que puede detectarse la influencia de la medicina de su época fueron los siguientes (Sánchez González, 1990):
Su descripción y recomendación entusiasta del llamado «método histórico simple» para la construcción de la ciencia.
Un método que había sido usado por Sydenham para confeccionar sus historias clínicas.
Su énfasis en la observación y la experiencia sensorial para sustituir la búsqueda de las esencias de las cosas, tal y como recomendaba la medicina sydenhamiana.
Su rechazo de las hipótesis y de los principios.
Su negativa a investigar las causas últimas y los mecanismos íntimos de los acontecimientos.
Su ideal de evidencia sensorial irrefutable.
Su escepticismo sobre las posibilidades de certeza de la ciencia.
Por todo lo cual, la lectura de los ensayos médicos de John Locke puede resultar iluminadora; precisamente porque en ellos encontramos muchas claves interpretativas de su pensamiento filosófico.
En 1669 escribió Ars Medica, un ensayo en el que analizaba los fundamentos de la medicina y el método para perfeccionarla.
Nunca llegó a publicarse en vida del autor, y se ha conservado entre los manuscritos de John Locke en el Public Record Office de Londres4.
El período de 1666 a 1670 fue para Locke su etapa de mayor dedicación a la medicina práctica, en contacto con el Dr. Sydenham.
Y, como ya hizo constar su biógrafo Fox Bourne, Locke: «Estaba ahora aplicando a las cuestiones médicas más urgentes el mismo criterio de verdad y utilidad que luego iba a aplicar a las cuestiones metafísicas en su Ensayo sobre el entendimiento humano» (Fox Bourne, 1969, p.
Efectivamente, poco tiempo después comenzó a escribir su monumental Ensayo, cuyo manuscrito «A» lleva la fecha de 16715.
En la redacción de Ars Medica manifiesta un estilo descuidado, con abundantes correcciones e intercalaciones.
Y el escrito queda abruptamente interrumpido en un cierto punto.
Tiene pues el carácter de un manuscrito previo para un escrito médico más largo que nunca llegó a escribir.
Kenneth Dewhurst puso en duda la autoría de John Locke, y pensó que este borrador expresa más bien las ideas del Dr. Thomas Sydenham (Dewhurst, 1966, p.
Otros autores, por el contrario, han opinado que este ensayo fue algo más que una mera copia o reproducción de las ideas de Sydenham.
Los argumentos que inclinan a atribuir la autoría intelectual al famoso filósofo son los siguientes.
En primer lugar, es cierto que Locke copiaba a menudo en sus cuadernos los textos o las ideas de otros autores; pero casi siempre que actuaba así añadía al final del texto copiado el nombre o las iniciales de su verdadero autor, y esto no lo hizo en este ensayo.
Por otra parte, no se ha encontrado ninguna otra obra de Sydenham que resulte lo bastante superponible a este fragmento.
Además, François Duchesneau (1973, pp. 47-59 y 68-83) ha encontrado diferencias entre la filosofía de la Medicina que se expresa en el fragmento en cuestión y la filosofía médica que se deduce del resto de las obras de Sydenham.
Debido a éstas y otras razones, Patrick Romanell (1984, p.
50), incluyó ya el fragmento Arte Médica entre las obras de Locke.
Guy Meynell (1994) sugirió que tanto este fragmento como el de Anatomía (Sánchez González, 1988 y 2009), fueron concebidos como borradores para un prefacio a las Observationes medicae que Thomas Sydenham publicaría en 1676.
El mismo Meynell (2006) considera incluso el prefacio a dichas Observationes como una obra de colaboración entre Locke y Sydenham, basándose en las similitudes casi literales que pueden reconocerse entre el citado prefacio y los fragmentos de Locke.
Asimismo Jonathan Walmsley (1998) ofreció argumentos a favor de la autoría de Locke.
Y finalmente Anstey y Burrows (2009), aplicando a los textos las últimas técnicas de estilística computacional, han suministrado pruebas, al parecer definitivas, para considerar a Locke como autor del fragmento.
En cualquier caso, la compenetración conceptual entre Locke y Sydenham en materias de medicina fue tanta que podemos considerar este ensayo sobre el Arte Médica como un tratado característico de aquella medicina sydenhamiana que John Locke aprobó y defendió sin reservas.
Locke manifestó repetidamente su entusiasta aprobación del método observacional de Sydenham; como por ejemplo, en esta carta al doctor Thomas Molyneux escrita tras la muerte del maestro de la medicina: «Espero que esta época tenga muchos que sigan su ejemplo, y por la vía de las observaciones prácticas exactas, tal y como él [Sydenham] ha comenzado tan felizmente, incrementen la historia de las enfermedades, y perfeccionen el arte de la Medicina»6.
Lo interesante del fragmento Ars Medica es que no podemos dudar de que Locke suscribió plenamente las ideas que expone.
Hasta el punto de convertirse en lo sucesivo en su portavoz y defensor sin reservas.
El propósito declarado de este escrito es el de proponer los asuntos médicos a la consideración de los sabios, para incitarlos a la mutua asistencia en el perfeccionamiento de este arte y al establecimiento de una práctica segura en la cura de las enfermedades.
Empeños éstos que, como dice John Locke, superan la capacidad de un hombre solo.
Nuestro médico filósofo se muestra esperanzado de que la medicina es capaz de grandes adiciones, con tal que se siga un método algo diferente del tradicionalmente usado.
Exige este método renunciar a las vanas especulaciones sobre hipótesis y teorías sistemáticas, para concentrarse en la observación y la experiencia propia.
Piensa John Locke que la «gran fábrica del mundo» no puede ser comprendida perfectamente en sus causas ocultas y sus mecanismos íntimos.
Pero la observación minuciosa y los experimentos prácticos bien diseñados pueden ofrecernos invenciones útiles para las conveniencias de la vida humana.
Todo el ensayo Ars Medica es una exposición y comentario de la medicina sydenhamiana.
Y esta medicina, en esquema, puede ser entendida como una nueva y original síntesis entre la antigua medicina hipocrática y la nueva metodología científica de Francis Bacon.
Estas dos corrientes coexisten armónicamente en el ensayo, y pueden ser claramente detectadas.
Pero, para nuestro objetivo, interesa más señalar las ideas de Ars medica que tuvieron una repercusión directa en la obra posterior de John Locke.
Algunas de estas ideas son las siguientes:
1) La confianza en la perfectibilidad de la Ciencia y elucidación del papel que la reflexión filosófica podía desempeñar siempre que se limite a procurar nuestro bienestar material
En general, el optimismo científico fue muy propio del ambiente intelectual de principios y mediados del siglo XVII.
Esta fue la época de los grandes alegatos épicos en pro del perfeccionamiento de las ciencias, tal y como pueden encontrarse de modo eminente en la obra de Francis Bacon.
Los hombres de principios de aquel siglo albergaban la idea de que la revolución científica podía producirse en una sola generación, o quizá dos.
Si bien es cierto que a finales de ese mismo siglo se habían dado cuenta de que sólo se había abierto un camino hacia un futuro ilimitado, y que las ciencias estaban aún en sus comienzos.
Pero, todavía en 1678, John Locke manifestaba su confianza en las increíbles realizaciones científicas que consideraba inminentes: «Para mí es seguro que nuestros descendientes han de descubrir muchas cosas que a nosotros no sólo nos son desconocidas sino que hasta nos parecen imposibles; incluso no hay que desesperar de este mismo siglo»7.
También en su Ars Medica expresa rotundamente esta confianza en el futuro de la ciencia, y la ve confirmada precisamente por los recientes avances que ha experimentado la medicina en los últimos tiempos.
Esos hombres de mediados del siglo XVII, cuando buscaban ejemplos de adelantos científicos sobre los que poder fundamentar su optimismo, encontraban frecuentemente esos ejemplos en el seno de la Medicina.
Recordemos que, así como la Medicina, desde el Renacimiento, había comenzado a renovarse en todos sus frentes, la obra de Newton todavía no había sido dada a la luz, y por su parte la química sólo ofrecía unos escasos resultados prácticos.
En 1669 John Locke dedica su Ars Medica al análisis del método de la medicina y al de las posibles vías para mejorarlo.
Y sólo dos años más tarde elaboró su magno Ensayo sobre el Entendimiento con ese mismo objetivo, pero generalizado ya para el conjunto de la ciencia: «es ya bastante ambición emplearse como un trabajador de base para limpiar un poco el terreno, y quitar algunos de los escombros que permanecen en el camino del conocimiento»8.
De todas formas, el optimismo científico del siglo XVII nunca fue ilimitado.
Y su máxima aspiración fue la de rescatar todo el relativamente pequeño resto de conocimiento accesible al hombre en su actual estado de humana limitación.
Dentro de una concepción providencialista, ese máximo grado de conocimiento posible era el permitido por Dios.
Y estaba constituido casi exclusivamente por los conocimientos que podían ser de utilidad para satisfacer las necesidades humanas más auténticas.
Por eso Locke, en su Ensayo llega a decir: «Podemos tener experimentos y observaciones históricas, de las que podemos extraer ventajas de comodidad y salud, e incrementar por ello nuestro arsenal de utilidades para esta vida; pero más allá de esto temo que nuestros talentos no alcanzan, y tampoco son nuestras facultades, según yo imagino, capaces de progresar»9.
2) Otra idea de John Locke relacionada con la medicina fue su rechazo del conocimiento deducido de principios, hipótesis o máximas.
Esta idea militaba en contra del antiguo ideal científico de la sistematización deductiva.
Este ideal antiguo, de inspiración aristotélica había llegado a su culminación en la geometría de Euclides y en la estática de Arquímedes.
Y toda la ciencia antigua, incluyendo la medicina galénica, aspiraba a satisfacer ese ideal deductivo.
Según él, los científicos debían descubrir los «principios universales del conocimiento», los cuales podrían usarse después como premisas silogísticas desde las que deducir todos los enunciados científicos.
Se obtenían así demostraciones y explicaciones que eran «necesariamente ciertas».
Pero la reforma metodológica que llevaron a cabo los científicos modernos, encabezados por Francis Bacon, estuvo encaminada principalmente, a reemplazar ese ideal deductivo.
Bacon había dicho: «no se puede permitir que el entendimiento salte y vuele de los casos particulares a los axiomas más remotos y generales (como los llamados principios de las artes y de las cosas) y pruebe y confirme los axiomas intermedios mediante la inmóvil verdad de los mismos»10.
Por eso Robert Boyle tituló su obra principal El químico escéptico, habiendo observado que: «gran parte de los erróneos razonamientos y conclusiones provienen de asumir principios falsos o inseguros de los que extraer consecuencias» 11.
Y aún el propio Isaac Newton adoptó como lema: Hypotheses non fingo [no imagino hipótesis].
Sobre estos precedentes se inserta el rechazo de John Locke a los principios generales porque, «en lugar de ser conducidos hacia la verdad a través de los principios, sólo seremos confirmados en la equivocación y el error»12.
Ahora bien, en el caso de Locke ese rechazo tenía motivos añadidos que eran específicamente médicos.
Y es que entre todas las ciencias, la Medicina era la que más se había resistido siempre a la sistematización deductiva.
Ya en el Corpus hipocraticum, escrito dos mil años antes, se había denunciado que: «Los que fabrican estos sistemas y desvían la medicina en la dirección de las hipótesis, lejos del verdadero camino, no sé cómo podrán tratar a los enfermos de acuerdo con sus principios»13.
Sydenham, por su parte, fue conocido como «el Hipócrates inglés» por la reconocida semejanza entre la manera de proceder de los dos médicos.
Lo cierto es que Sydenham no ahorra elogios a Hipócrates y le muestra como un ejemplo.
En este sentido dijo, por ejemplo, que: «el excelente Hipócrates llegó hasta la cima de la Medicina y estableció los sólidos fundamentos para edificar este arte [...] él mostró plenamente los fenómenos de cada enfermedad sin forzar ninguna hipótesis para su servicio»14.
En la misma línea, el ensayo Ars Medica de John Locke expresa un decidido rechazo por a la edificación de la medicina sobre principios generales preestablecidos.
Más tarde, en el Ensayo sobre el entendimiento humano, Locke manifestará idéntico rechazo no limitado ya a la medicina sino referido a la totalidad del conocimiento.
Podemos, por tanto suponer que el camino intelectual seguido por nuestro autor fue la generalización de sus argumentos desde el caso particular de la medicina hasta la totalidad del conocimiento científico.
3) El método «histórico simple» para la edificación del conocimiento, que renuncia al estudio de las causas últimas.
John Locke dijo haber empleado un «método histórico simple» (plain historical method) en la elaboración de su teoría del conocimiento.
En su célebre Ensayo declaró que: «con este método histórico simple puedo dar alguna relación de las vías por las que nuestros entendimientos llegan a alcanzar esas nociones que tenemos de las cosas, y puedo establecer algunas medidas de la certeza de nuestro conocimiento»15.
Cuando Locke habla de un método «histórico», se está refiriendo a una forma de registro de los hechos que es meramente observacional, descriptiva, intersubjetiva y no interpretativa.
Este concepto de «historia» podía incluir el inventario de todos los fenómenos observables en la Naturaleza.
Se inspiraba en las llamadas «Historias Naturales» que tan intenso cultivo tuvieron en los siglos XVI y XVII.
Pero, sobre todo, tomaba ejemplo de las «Historias Clínicas» descriptivas de casos médicos cuya publicación se incrementó durante esa misma época (Laín Entralgo, 1961, pp.82-88).
Francis Bacon había consagrado un capítulo de su Gran Restauración a la «preparación para la Historia Natural», partiendo de la idea de que: «ningún progreso digno del espíritu humano se hubiera podido realizar o podría realizarse en el futuro en el ámbito de la Filosofía y de las ciencias si faltara una Historia Natural y Experimental» 16.
En tiempos de Locke, el método histórico estaba consagrado en todos los campos de la Filosofía Natural.
Pero la Medicina y la Química Médica fueron las ciencias naturales mejor conocidas por nuestro autor.
Locke, por tanto, aprendió y se ejercitó en el método histórico a través de estas dos ciencias.
La medicina, contrariamente a como había sido conceptuada en otros tiempos o en otras escuelas, era entendida y practicada por Sydenham y por Locke como una ciencia plenamente histórico-natural.
Así se presenta, por ejemplo, el tratado sydenhamiano escrito en 1669 sobre la viruela y manuscrito por el propio Locke: «Esta es la historia natural de la viruela que comprende los fenómenos verdaderos y genuinos que le pertenecen, tal y como son en su propia naturaleza»17.
Para describir este método histórico podemos utilizar las palabras del propio Locke en una de sus cartas al médico Thomas Molyneux: «Observar con meticulosidad la historia de las enfermedades en todos sus cambios y circunstancias, es un trabajo de tiempo, precisión, atención y juicio; y en donde si los hombres se equivocan, por vanidad o negligencia, pueden convencerse de su error por la naturaleza inequívoca y los hechos materiales (matter of fact), los cuales dejan poco espacio para las sutilezas y las disputas verbales que tanto se utilizan en lugar del conocimiento»18.
Comparemos el método así descrito con la siguiente declaración epistolar de John Locke sobre la forma en que él llevó a cabo su examen del entendimiento humano: «Estando resuelto a examinar el entendimiento humano y las formas de nuestro conocimiento, no por la opinión de otros sino por lo que yo pudiera recolectar por mí mismo desde mis propias observaciones, he evitado expresamente la lectura de todos los libros que trataran del tema en alguna forma, para poder así no tener nada que me predispusiera de ninguna manera, y poder dejar a mi pensamiento libre para emprender sólo lo que la materia por sí misma sugiriera a mis meditaciones»19.
Además el método histórico de Locke es «simple».
Como él mismo aclaró en otra de sus cartas, había elaborado: «un tratado escrito en un estilo simple y popular, que no teniendo en él nada del aire de los instruidos y tampoco mucho del lenguaje de las escuelas, era poco adecuado para el uso o el esparcimiento de aquellos que, como profesores o instructores, se aplicaban a sí mismos a los misterios del conocimiento escolástico».20 Así pues, cuando John Locke afirma que su método es simple, está haciendo alusión a su carácter antiespeculativo, y por lo tanto práctico.
No olvidemos que este filósofo concebía su propio lugar en la ciencia como el de un removedor de la basura especulativa que habían ido acumulando las «Escuelas».
«Ya es ambición suficiente el estar empleado como un obrero subalterno en despejar un poco el terreno y apartar algo de la basura que está situada en el camino hacia el conocimiento» 21.
En este sentido los objetivos de De arte medica y del Ensayo sobre el entendimiento humano son coincidentes.
De manera que, mientras en la primera obra se intenta apartar la «basura» especulativa del terreno de la Medicina, en la segunda se intenta apartar esa «basura» especulativa de todo el conjunto del conocimiento, que estaría afectado, según Locke de una misma enfermedad especulativa.
Y no resulta impropio decir que en John Locke detectó en el conocimiento establecido una «enfermedad especulativa» que era preciso curar.
Señalemos, a este respecto, que en el contexto de la medicina de su época siempre se utiliza la palabra «método» para hacer alusión a una terapéutica o methodus medendi.
Este es, desde luego, el significado que se le atribuye en la obra de Sydenham quien precisamente tituló su primer libro: Methodus curandi Febres.
Sobre la palabra «método», Donald Bates ha distinguido tres usos distintos durante los siglos XVI y XVII: «como forma de enseñanza o persuasión en la Retórica, cultivado por los Humanistas; como forma de conocimiento o descubrimiento en la Filosofía, cultivado por los hombres de «Escuela; y como actuación o práctica en Medicina, cultivado por los médicos» (Bates, 1977, p.
El método del que habla Locke no es el retórico.
Y él tampoco se consideraba a sí mismo como un hombre de «Escuela», a quienes atacó repetidamente.
Su método conservaba algo del carácter terapéutico que tenía para Sydenham y los médicos de su época.
Y debemos pensar que Locke, en su epistemología, habría perseguido un equivalente a lo que hizo Sydenham en Medicina: elaborar una historia natural del conocimiento para prescribirle un método de curación.
Si esto es así, el título de su célebre Ensayo, parafraseando a Sydenham, podría haber sido: Methodus curandi intellectum.
Porque John Locke se vio a sí mismo diagnosticando una enfermedad del conocimiento de los hombres, y pretendió encontrar un método para su curación.
Fue así como interpretaron su trabajo epistemológico algunos de sus amigos más íntimos; a saber: como una labor de diagnóstico y terapéutica de las enfermedades del intelecto.
En este sentido, su amigo el Dr. Guenelon le escribió: «El señor le Clerc me ha dicho que está usted trabajando en una nueva obra para descubrir las enfermedades del espíritu, esto es una nueva obligación que el público le deberá.
¡Qué beneficio no se producirá, si usted puede curar a los hombres de sus falsas ideas, y ponerles por medio de un método en el camino de la verdad!»22.
Ya en 1949 Gunnar Aspelin, hablando de la similitud existente entre las ideas metodológicas de Sydenham y las de Locke, señalaba que ambos autores habían empleado un mismo «método histórico».
«Sydenham aplica este método histórico al estudio de las enfermedades y los padecimientos [...]
Locke a los cambiantes fenómenos de la mente» (Aspelin, 1949, p.
Y, algunos años más tarde, Patrick Romanell afirmaba: «El método histórico simple de Locke es el método histórico natural de la medicina de Sydenham generalizado.
Esto es, un método que deliberadamente evita todas las explicaciones de naturaleza especulativa y aparentemente se restringe a sí mismo a la observación, descripción y clasificación de los hechos.
Tal y como Sydenham, siguiendo a Hipócrates y Francis Bacon, se vio a sí mismo como un historiador natural de la enfermedad, así Locke a su vez, siguiendo a Sydenham y a su propia experiencia médica, intenta denodadamente en su Ensayo ser un historiador natural del conocimiento» (Romanell, 1958, p.
Como conclusión podemos afirmar que el método histórico simple es la pieza clave de todo el empirismo lockeano.
En su Ensayo sobre el entendimiento humano encontramos abundantes manifestaciones de este método.
Más aún, todo su Ensayo puede entenderse como un intento de justificar, fundamentar y promover este mismo método como instrumento para la elaboración de todas las ciencias naturales.
4) La clasificación tripartita de las ciencias, que instaura la semiótica, ciencia médica por antonomasia, y la define como un mero conocimiento de los signos de las cosas, que no pretende discernir las esencias ni las sustancias.
En su Ensayo sobre el entendimiento humano, Locke divide la ciencia en tres grandes clases.
La primera sería la Física o Filosofía Natural; la segunda es la Práctica o habilidad de aplicar correctamente nuestros actos, y cuya parte más importante sería la ética.
Pero la tercera clase es bautizada por Locke con el significativo nombre de Semiótica, y la define de la siguiente forma: «La tercera rama se puede llamar Semeiotikè o doctrina de los signos; y como los más usuales de los cuales son las palabras, también se le llama con bastante propiedad Logikè, Lógica; cuya materia es la consideración de la naturaleza de los signos de los que la mente hace uso para la comprensión de las cosas o para comunicar su conocimiento a otros»23.
Semejante clasificación tripartita de las ciencias disfrutaba de antecedentes clásicos.
Los estoicos habían ya dividido el conocimiento en tres partes: Lógica, Física y Ética.
Pero Locke introduce, en primer lugar, la novedad de convertir a la ética en parte de una ciencia más amplia llamada Práctica.
En lo cual podemos adivinar un intento de conceder estatuto epistemológico a otras actividades prácticas, entre las que no podría dejar de figurar la terapéutica médica.
Pero la segunda novedad introducida por John Locke revela más claramente sus orígenes médicos.
Consiste en utilizar el término «semiótica» en lugar del tradicional de «Lógica».
Esta elección debe hacernos recordar que en la Antigüedad el término semiótica fue usado para designar la parte de la Medicina que se ocupaba de interpretar los signos de las enfermedades, y que abarcaba la diagnosis y la prognosis.
Y en la época de Locke el término en cuestión conservaba su significación médica.
Como prueba de ello podemos ver que alguno de los libros médicos que poseía el propio John Locke llevaba el título de semiótica cuando hacía referencia a los signos de las enfermedades.
Así, por ejemplo, la obra de Th.
Fienus titulada Semiotice (1664), que llevaba como subtítulo: «Tratado de los signos médicos» (Harrison and Laslett, p.135) Y la inspiración médica de la semiótica de Locke es importante porque puede explicar el moderno giro epistemológico que tuvo lugar en la forma de elaborar la semántica.
Como señala N. Kretzmann: «Las investigaciones semánticas durante la Edad Media y el Renacimiento se habían vinculado íntimamente a la Lógica y a la Gramática.
La nueva orientación epistemológica de la semántica, evidente incluso en los libros de Lógica de la Ilustración, quedó establecida explícitamente por primera vez en el Ensayo de Locke» (Kretzmann, 1981, p.
John Locke parecía consciente de esta novedad cuando afirmaba que: «si las ideas y las palabras fueran sopesadas distintamente y consideradas debidamente nos proporcionarían una clase de lógica y de crítica distinta de aquélla con la que hasta ahora hemos estado familiarizados» 24.
Según la doctrina semiótica de John Locke los instrumentos del conocimiento, que son las ideas y las palabras, no son más que signos directos o indirectos de las cosas.
Sin que sea posible ningún conocimiento inmediato de las cosas en sí mismas.
De este modo, todo conocimiento posible consiste en un mero conocimiento de signos.
Ahora bien, entender así todo el conocimiento humano puede verse como una generalización del caso particular en el que se encuentra el diagnóstico médico.
Porque lo único que puede conocer el médico son los signos y síntomas externos indicativos de las distintas enfermedades.
Además, para la medicina de Sydenham, las enfermedades son incognoscibles en su esencia.
Sydenham decía: «La esencia de esta enfermedad no pretendo definirla con precisión; [...].
La Naturaleza lleva a cabo la generación de todas las cosas; y aun cuando saca muchas cosas desde el abismo de la causa hasta la clara luz del efecto, deja veladas en la más profunda oscuridad sus esencias, sus diferencias constitutivas y sus naturalezas»25.
Locke, al declarar que todas las esencias son incognoscibles, no hace sino generalizar para todo conocimiento posible el postulado médico de Sydenham sobre la imposibilidad de conocer la esencia de las especies morbosas: «Las esencias reales no las conocemos.
Nuestras facultades no nos llevan más allá, en el conocimiento y distinción de las sustancias, que a una colección de aquellas ideas sensibles que observamos en ellas»26.
Es decir, que todos los objetos del Universo, al igual que ocurría con la especies morbosas de Sydenham, sólo pueden conocerse por sus respectivos signos sensibles.
No obstante, sigue siendo posible elaborar una ciencia de los signos, esto es, una semiótica.
Aunque ese conocimiento, al no estar fundado sobre la verdadera naturaleza de las cosas, sólo podrá llegar a tener un carácter probabilístico.
Y curiosamente, Locke explica el carácter probabilístico del conocimiento con argumentos que podría haber hecho suyos cualquier médico de su época: «en asuntos de probabilidad [...].
¿Quién hay que haya tenido el ocio, paciencia y medios para reunir todas las pruebas y así concluir con seguridad que posee una visión clara y completa, y que no hay nada más que se podría agregar para mejorar su información?
Y sin embargo estamos obligados a determinarnos en un sentido o en otro»27.
Oigamos a Sydenham expresar unas reflexiones semejantes: «Estoy lejos de atribuirme el mérito de haber agotado mi tema con las presentes observaciones.
Es altamente probable que yo me haya equivocado incluso en la enumeración completa de las epidemias»28.
Así pues, el carácter probabilístico acompaña siempre al juicio médico.
No ocurre igual con el conocimiento del matemático o el del físico.
Por eso, cuando Locke implantó una concepción probabilista del conocimiento, tuvo que sentirse inspirado fundamentalmente por el modelo de las ciencias médicas.
Además, la semiótica lockeana hace un hincapié desconocido hasta entonces en la investigación de la naturaleza del error y de las causas de nuestra ignorancia.
Porque como él dijo: «Si miramos un poco el lado oscuro y echamos una mirada a nuestra ignorancia: la cual, siendo infinitamente más amplia que nuestro conocimiento, puede servirnos mucho para acallar las disputas y mejorar el conocimiento útil»29.
La lógica clásica anterior se había presentado más bien como un sistema garantizador de la verdad de la verdad de las proposiciones.
Pero Locke no indagará prioritariamente en los criterios indicativos del conocimiento verdadero sino en los síntomas reveladores de nuestra ignorancia.
De esta forma, pretendiendo descubrir las manifestaciones de nuestra ignorancia, Locke está actuando en analogía con el médico cuya labor es la de revelar los síntomas de las enfermedades.
Y al actuar así, también puede decirse que está concibiendo el error intelectual como el contrapunto psíquico de la enfermedad física.
También debió tener inspiración médica la importancia que Locke concedió al método de la analogía para la edificación del conocimiento, especialmente en el caso de causas y mecanismos ni directamente accesibles a los sentidos.
«La analogía en estos asuntos es la única ayuda que tenemos, y solamente en ella fundamos todos los cimientos de la probabilidad [...], y un cauteloso razonamiento a partir de la analogía nos conduce a menudo al descubrimiento de verdades y producciones útiles que de otro modo permanecerían ocultas»30.
Tenemos en esto un nuevo argumento para defender el trasfondo médico de la semiótica de Locke.
Puesto que la analogía es un antiguo método de edificación del conocimiento médico.
Tal y como L. Edelstein señaló: «Las investigaciones de los médicos presocráticos sobre los órganos internos del cuerpo humano se basaban en analogías.
También los médicos hipocráticos explicaron lo desconocido por comparación con lo conocido» (Edelstein, 1967, p.
Podemos llegar a la conclusión de que la transformación de la lógica en una semiótica de los signos del conocimiento es una trasposición a la epistemología de la teoría médica de los signos de enfermedades.
De esta forma el Ensayo sobre el entendimiento humano, ateniéndonos a la clasificación del propio Locke, debe ser considerado como un tratado de semiótica.
Y podemos afirmar que John Locke concibió su tarea como lógico en analogía con la del médico diagnosticador y curador de enfermedades.
La prolongación de la vida, libre de enfermedad y dolor, tanto como sea capaz la constitución de nuestra frágil contextura, es una preocupación tan importante para el género humano que apenas se puede encontrar un empeño más grande que la profesión de curar enfermedades; ni hay otro arte que merezca tanto todo el cuidado, la industria y la observación de sus profesores para mejorarlo y llevarlo a la perfección, la cual yo no dudo que es posible en muchas partes y hasta un alto grado.
Aquél que se lance a hacer esto merecerá sin duda el agradecimiento del género humano por tener una intención tan buena como es la de someter a certeza esas reglas y métodos de cuya práctica depende el bienestar y la recuperación de los enfermos; pero cualquiera que piense abarcarlo en soledad se encontrará a sí mismo empeñado en un negocio demasiado amplio para la comprensión de cualquier hombre y demasiado grande para su propio esfuerzo solitario.
Mi intención es, por tanto, proponer unas pocas cosas a la consideración de los hombres instruidos de esta facultad tan útil, y promover su apoyo mutuo para perfeccionar el arte y asentar una práctica habitual segura en la curación de las enfermedades; para que así, reduciendo cada día el amplio catálogo de las enfermedades todavía incurables y los frecuentes acontecimientos tristes en el resto de ellas (y siendo anulados por el creciente éxito cotidiano de los médicos tanto la falta de confianza que algunos hombres sensatos sobre la base de consideraciones serias parecen tener hacia el arte en sí mismo, como el descrédito que otros procuran atraer artificiosamente sobre la práctica de la medicina), los practicantes de la medicina ingeniosos e instruidos puedan atender su vocación con más confianza y satisfacción, cuando ya no puedan ser amonestados por esos confesables opprobia medicorum que cederán todos los días ante la eficacia de sus medicinas o de sus métodos bien ordenados.
Si esto se acometiera alguna vez, quizá este propósito no se encontraría tan imposible como se imagina a primera vista; y el gran mejoramiento que algunas partes de la medicina han recibido en estos pocos años me da confianza para creer que aún es capaz de grandes adiciones, y ello de una manera algo diferente a la que hasta ahora parece haber sido seguida generalmente por la mayoría de aquellos que han sido tan benévolos como para propagar el conocimiento de la medicina y dejar las reglas de la práctica a la posteridad, tal y como aparecerá a cualquiera que examine cuidadosamente sus escritos, por los cuales aún debe estar muy agradecida la posteridad; y no se les puede censurar porque ellos hicieron algo que es muy agradable al entendimiento humano el cual, no contentándose con observar la operación de la naturaleza y el acontecer de las cosas, es muy inquisitivo de su causa, y muy impaciente e inquieto hasta que, en aquellas cosas en las que está interesado, forja para sí mismo alguna hipótesis y establece un fundamento desde donde establecer todos sus razonamientos.
Por tanto, si los hombres instruidos de las edades previas emplearon una gran parte de su tiempo y sus pensamientos en buscar las causas ocultas de los trastornos, fueron curiosos en imaginar la actividad secreta de la naturaleza y los variados instrumentos imperceptibles con los cuales ella trabaja, y poniendo juntas todas estas fantasías crearon para sí mismos sistemas e hipótesis, no hay que sorprenderse ni censurarles puesto que se acomodaron a las costumbres de sus tiempos y países, y siguieron de esa forma sus inclinaciones más naturales; ahora bien, desear tener alguna base sobre la que apoyar sus pensamientos y algún fundamento para guiarse en la práctica de su arte, mantenerse ocupado y sutil en disputar sobre los principios aceptados, no fue más que estar empeñado en el camino de la fama, la reputación y la ilustración valorados en esa época; y el que su práctica no se haya extendido más allá de lo que permitían los principios sagrados en los que creían no debe sorprendernos más que el hecho de que no hayamos encontrado ninguna edificación justa y duradera legada por nuestros antecesores sobre fundamentos estrechos y poco sólidos.
Aquí no se pensará de mí que estoy censurando a los autores instruidos de tiempos pretéritos, o que repudio las ventajas que ellos han dejado a la posteridad.
A ellos debemos un gran número de observaciones excelentes y varios discursos ingeniosos, y no hay ninguna regla de práctica fundada sobre observaciones no sesgadas que yo no acoja y sostenga con veneración y agradecimiento: pero aun así yo pienso que puedo afirmar confiadamente que esas hipótesis que hilvanaron los largos y elaborados discursos de los antiguos, y que no se sometieron a indagaciones para extenderlas más allá del cometido de explicar los fenómenos de las enfermedades según las doctrinas y las reglas de la práctica acomodadas a los principios recibidos, no han hecho finalmente más que limitar y estrechar los pensamientos de los hombres, entretener sus entendimientos con finas pero inútiles especulaciones, y alejar sus investigaciones del verdadero y ventajoso conocimiento de las cosas.
Las nociones que han sido suscitadas en las cabezas de los hombres por principios especulativos remotos, aunque sean verídicas, son como la curiosa imaginería que los hombres ven a veces en las nubes y que se complacen en llamar «los cielos», las cuales, aunque son fantásticas en su mayor parte y en el mejor caso no son más que la contextura accidental de una niebla, realmente perturban la vista y acortan la perspectiva.
Y aunque estas apariciones pintadas son suscitadas por el sol y parecen la progenie genuina de la gran fuente de luz, no son realmente nada más que oscuridad y una nube; y cualquiera que viaje con sus ojos fijos en ellas está con una probabilidad de diez contra uno fuera de su camino.
Aquél que en Medicina establezca máximas fundamentales y desde allí, extrayendo consecuencias y suscitando disputas, la reduzca a la forma regular de una ciencia, ha hecho en realidad algo que amplía el arte de charlar y ha establecido quizá el fundamento para disputas interminables.
Pero si espera llevar a los hombres por medio de tal sistema hacia el conocimiento de las enfermedades de los cuerpos de los hombres, la constitución, naturaleza, signos, cambios e historia de las enfermedades con la forma segura y directa de curarlas, emprende una senda parecida a la del que camina arriba y abajo por un bosque demasiado frondoso cubierto de zarzas y espinas, con el designio de adquirir una panorámica y dibujar un mapa del territorio.
Estos teoremas especulativos ofrecen a la medicina un provecho tan pequeño como el que producirían dándolos de alimento a los hombres.
Y aquél que piense que llegó a ser experto en las enfermedades estudiando la doctrina de los humores, que las nociones de obstrucciones y putrefacciones le ayudan a curar las fiebres, o que por la familiaridad que tiene con el azufre y el mercurio fue conducido hacia este descubrimiento útil, o que con ciertas medicinas y régimen mata con tanta seguridad en el final tardío de algunas fiebres como cura en otras, puede con la misma racionalidad creer que su cocinero debe su habilidad en asar y hervir a su estudio de los elementos y que sus especulaciones sobre el fuego y el agua le han enseñado que los mismos licores burbujeantes que hierven el huevo hasta endurecerlo ponen a la gallina tierna.
El comienzo y el mejoramiento de las artes útiles, y las ayudas de la vida humana, han surgido todos de la industria y la observación; el conocimiento verdadero surgió primero en el mundo por la experiencia y las operaciones racionales; y si este método hubiera sido continuado y todos los pensamientos de los hombres hubieran sido empleados en añadir sus propias pruebas a la observación de otros, la medicina sin duda, así como muchos otros artes, habría estado en una condición mucho mejor que en la que está ahora.
Pero el hombre orgulloso, no contento con ese conocimiento del cual era capaz y que era útil para él, necesita penetrar en las causas ocultas de las cosas, instaura principios y establece máximas para sí mismo sobre las operaciones de la naturaleza, y después espera en vano que la Naturaleza, o en verdad Dios mismo, proceda según esas leyes que sus máximas le habían prescrito.
Mientras que sus estrechas y débiles facultades no podrían alcanzar más allá de la observación y la memoria de unos pocos efectos producidos por causas visibles y externas, y aun así de una manera completamente fuera del alcance de su aprehensión, no siendo quizá ningún absurdo pensar que esta grande y curiosa fábrica del mundo, la obra del Todopoderoso, no puede ser comprendida perfectamente por ningún entendimiento excepto por aquél que la hizo, aun así el hombre pretendiendo algo propio de una deidad se afanó en hacer que su imaginación suministrara aquello en lo que le falló su observación, y cuando él no pudo descubrir los principios y las causas y los métodos de la obra de la naturaleza, necesitó crear todo ello sacándolo de su propio pensamiento, y fabricó un mundo para sí mismo, estructurado y gobernado por su propia inteligencia (y así el hombre por deseo de conocer más de lo que era capaz perdió una segunda vez el pequeño resto de conocimiento que le fue dejado).
Esta vanidad se extiende a muchas de las partes útiles de la filosofía natural, y ello, cuanto más parecía sutil, sublime o instruido en la misma medida se mostraba pernicioso y dañino, impidiendo el crecimiento del conocimiento práctico.
Así, estando empeñados el conjunto de hombres más agudos e ingeniosos en especulaciones vacías por costumbre y educación, el mejoramiento de las artes útiles fue dejado a la clase de gente más humilde que tenía recursos más débiles y menos oportunidades de hacerlo, y fueron por eso mismo calificados con el desgraciado nombre de 'mecánicos'.
Por consiguiente llegó a ocurrir que el mundo se llenó de libros y disputas, y los libros se multiplicaron sin incrementar el conocimiento: las generaciones sucesivas crecieron más instruidas sin ser más sabias o más felices, y si por casualidad las conveniencias de la vida humana fueron promovidas por alguna invención nueva, los hombres no fueron conducidos a tales descubrimientos felices por la dirección de especulaciones filosóficas, sino por lo que el azar o los experimentos bien diseñados enseñaban a aquellos que empleaban su tiempo y pensamientos en los trabajos de la naturaleza más que en las máximas de las escuelas.
De esto son testigos los labradores, curtidores, herreros, panaderos, tintoreros, pintores, etc. Las grandes invenciones de la pólvora y del imán, que han alterado todos los asuntos del género humano, son ejemplos innegables.
Así pues aquellos que habían leído y escrito volúmenes enteros sobre la generación y la corrupción no supieron la forma de preservar o propagar las más humildes especies de criaturas, aquél que podía disputar instruidamente de nutrición, cocción y asimilación, tenía que observar al cocinero y a la buena ama de casa, para lograr una comida sana y sabrosa, y cualquiera que desease tener jardines hermosos y campos fructíferos, tenía más motivo para consultar la experiencia del labrador torpe y del jardinero iletrado que la del filósofo profundo o el agudo discutidor.
Que nadie se ofenda si yo catalogo al cocinero y al granjero junto con el académico y el filósofo.
Puesto que hablando aquí del conocimiento de los cuerpos naturales, cuya finalidad y beneficio no puede ser otro que las ventajas y conveniencias de la vida humana, todas las especulaciones sobre este tema por más curiosas o refinadas o aparentemente profundas y sólidas, si no enseñan a sus seguidores a hacer algo mejor, o de una forma más corta y más fácil que como podrían hacerlo sin ellas, o si no les conducen al descubrimiento de algunos inventos nuevos y útiles, no merecen el nombre de conocimiento, y no valen el tiempo derrochado en tales filosofías vacías y ociosas.
Aquellos que están ocupados en cultivar y adornar aplicadamente tales nociones secas y estériles se emplean vigorosamente para poca cosa, y por la misma razón, ahora que son hombres, podrían haber retenido los muñecos que hicieron cuando eran niños, e intercambiarlos por esas nociones imprácticas y vacías que no son más que las muñecas de las fantasías e imaginaciones de los hombres, que por bien vestidas que estén, después de cuarenta años de jugar con ellas siguen sin ser más que muñecas, desprovistas de fuerza, empleo o actividad.
Pero para no extenderme en el amplio campo de la filosofía natural, donde quizá se implantó primero la fundación del daño, me limitaré en el momento presente, de acuerdo con mi propósito, a esa rama de la misma que se ocupa inmediatamente de la salud de los hombres; y sobre la medicina tomaré en consideración:
1) El presente estado de la facultad de Medicina tal y como ahora se encuentra en lo que atañe a las enfermedades y su curación.
2) Los varios grados y pasos por los cuales creció hasta esa altura a la que ha llegado en el presente, los cuales yo supongo que son estos que siguen: 1.
Método fundado sobre la filosofía y la hipótesis.
En todo lo cual intentaré mostrar cuánto ha contribuido cada uno al avance del arte de la medicina, y dónde se quedaron cortos para perfeccionarlo.
3) Qué se puede hacer más allá de todo lo anterior, para avanzar hacia una cura de las enfermedades más rápida y segura; es decir, por qué medios y método de práctica de la medicina se puede llevar más cerca de a perfección.
Las enfermedades tal y como se presentan bajo el régimen de la medicina, y son más o menos controladas por las aplicaciones y los métodos de ese arte tal y como ahora se encuentra, pueden ser convenientemente divididas en 4 clases.
Aquellas que están casi perfectamente bajo el control de la medicina, y en su mayor parte ceden constantemente a la mano de los médicos hábiles guiados por las reglas establecidas de su arte, y donde ellos pueden a primera vista (en la medida en que es adecuado, con sometimiento a la providencia y al gran dispensador de las vidas de los hombres) emprender la cura con seguridad de tener un desenlace feliz.
Aunque no hay que esperar que la enfermedad más humilde deba obedecer siempre a la habilidad del médico más capaz, ni tal vanidad sería tolerable en hombres débiles ignorantes que pretendieran ser los dispensadores de la salud y la vida que son los dones libres del Dios todopoderoso, y aunque su mano incontrolablemente quita u otorga donde le place, aun así lo más común es que él lo haga por la intervención de medios secundarios adecuados; y por consiguiente yo no dudo de que un médico puede en algunos casos con poca presunción asegurar a un hombre enfermo su recuperación, tal como una madre emprende la cura del hambre de su hijo, que también es una enfermedad, pero aun así esto no lo hace él por ningún poder o autoridad suya sobre la naturaleza de las cosas, sino por una correcta aplicación de aquellos remedios que fueron ordenados para la producción de tales efectos, las medicinas correctamente ordenadas siendo tan seguras para recuperar algunos cuerpos enfermos como los conejos y los pollos bien aderezados para alimentar a otros que están sanos, aunque quizás pueden encontrarse algunas constituciones con las cuales incluso esa clase de dieta saludable no se acomodará del todo.
Pero aun así, a cualquiera que haya traído la cura de alguna enfermedad a un grado de seguridad cercano al que tiene la alimentación de un hombre sano con cualquier tipo de carne saludable, puede permitírsele ser confiado en su empeño de haber perfeccionado el arte de la medicina en esa parte y para esas especies de trastorno, aunque quizás en algunos casos pertinaces e irregulares su método bien constituido pueda fallarle, y la enfermedad pueda frustrar el habitual éxito de sus empresas.
Y a un grado tal de perfección como ése yo creo que puedo afirmar confiadamente que el arte de la medicina ha llegado en muchas enfermedades que raramente se resisten a los hábiles intentos de los buenos prácticos.
Y no permitamos que la malicia de las personas prejuiciadas sugiera aquí que en estas promesas seguras de salud no puede confiarse más que en enfermedades tales que por sí mismas nos dejan, donde la naturaleza trabaja comúnmente por la curación sin la asistencia del arte y puede sospecharse con razón que el paciente debió su recuperación más al vigor de su propia constitución que a las drogas del farmacéutico, algunas enfermedades como algunas semillas.... |
La investigación histórica y el debate actual sobre la salud masculina: el caso de Alemania
El discurso actual sobre la salud masculina remite con demasiada insistencia a una imagen obsoleta y monolítica de la masculinidad contrastando de manera simplista el colectivo "hombres" con el de las "mujeres".
Sin embargo, el análisis histórico hace muy evidentes los notables cambios que se han producido en la salud de los hombres, tanto en lo que se refiere a sus actitudes como a sus comportamientos, desde la revolución industrial; así, por ejemplo, se ha transformado no solamente la vida profesional y el mundo del trabajo, sino también la relación entre la masculinidad y el comportamiento de riesgo a lo largo de la vida y, asimismo, la evaluación médica de ciertos comportamientos de alto riesgo como fumar.
Las diferencias en la esperanza de vida entre hombres y mujeres merecen una explicación más precisa y menos simplista.
Desde una perspectiva histórica de longue-durée, también es un mito que los hombres guarden silencio en asuntos de salud.
A la luz de los estudios epidemiológicos y antropológicos, la salud de los hombres ofrece a menudo una imagen negativa y, desde luego, siempre problemática.
Su esperanza de vida es muy inferior a la de las mujeres y la forma en que cuidan de su salud deja mucho que desear: son totalmente sedentarios o hacen ejercicio en exceso, tienen malos hábitos alimenticios, fuman mucho y beben demasiado alcohol (sobre todo ante las adversidades).
Además, no se toman en serio los síntomas corporales ni hablan sobre sus problemas de salud; no expresan sus dolencias y con frecuencia se vuelven agresivos contra los demás o contra sí mismos.
Consultan con sus médicos cuando ya es demasiado tarde, o no consultan con ellos en absoluto.
Se suelen saltar las revisiones médicas y apenas cumplen los tratamientos que se les prescriben.
Este «discurso sobre la salud masculina» no es más que una pequeña muestra de la gran cantidad de material publicado en las revistas en particular y en la literatura científica en general.
Con razón el sociólogo Michael Meuser lo denomina un «discurso del déficit», ya que pone de relieve la debilidad, si no la inferioridad, de los hombres en el ámbito de la salud y el bienestar (Meuser, 2007, pp. 73-86).
En ocasiones, agrega Meuser, da la impresión incluso de que sea necesario sermonear a los hombres: si no cuidan más de su salud, se les castigará con la enfermedad o con una corta vida.
La cuestión es que, pese a que la información que tenemos sobre la salud masculina está estadísticamente bien documentada y a que los expertos tratan de promover la concienciación acerca del problema, los discursos del déficit casi nunca llegan a las personas a las que les conciernen más directamente.
Ante un mensaje que critica el comportamiento deficiente o inadecuado de un sujeto, éste suele reaccionar mediante el rechazo y la negación.
Llegados a este punto, me gustaría destacar un enfoque que se practica en educación para la salud, según el cual se pueden obtener mejores resultados con refuerzos positivos.
Este enfoque se emplea en las jornadas de información sobre la salud masculina organizadas por profesionales de la salud.
En mi opinión, el discurso sobre la salud masculina debería abstenerse de hacer comparaciones de forma general y alejarse de la imagen negativa y parcial que se tiene de los hombres.
En lugar de tratar de alarmarles con pronósticos pesimistas, deberíamos centrarnos en aquellos aspectos de su comportamiento relativos a la salud que ofrecen una buena base para una discusión más matizada y polifacética acerca de las conexiones entre la masculinidad y la salud.
A esto puede contribuir la investigación histórica.
Primero: El actual discurso sobre la salud masculina hace referencia con demasiada frecuencia a una imagen obsoleta y monolítica de la masculinidad.
Hollstein describe la «masculinidad tradicional» vigente durante los últimos veinte años como un complejo de predisposiciones conductuales expansivas, agresivas, insensibles, posesivas y sedientas de poder; en definitiva, tales comportamientos son malos para la salud.
Su idea es sencillamente que la «masculinidad tradicional» perjudica la salud (Hollstein, 2002, pp. 53-66).
De esto también podría deducirse que los hombres son unos auténticos «idiotas de la salud» (Dinges, 2009, pp. 19-23).
Esta crítica, como la mayoría de las estadísticas divulgadas, es el resultado de una comparación que contrapone dos grandes poblaciones: los hombres y las mujeres.
Este enfoque oculta, al menos en el discurso público, las considerables diferencias existentes dentro del grupo de los hombres.
Aunque puede que la mayoría de los hombres cuide poco de su salud, en la investigación epidemiológica se ha identificado una parte de la población masculina que se preocupa mucho por su bienestar.
La media estadística, que representa el comportamiento de la mayoría, no basta para dar por hecho afirmaciones generales sobre una «esencia de la masculinidad».
Tener en cuenta sólo a la mayoría implica que se omite a la minoría de dos maneras: en relación a los problemas de salud y en relación a la construcción del comportamiento masculino general.
Por lo tanto, los discursos de este tipo no tienen en cuenta ni los comportamientos saludables de los hombres ni el denominado comportamiento masculino «no tradicional», de acuerdo con la deliberada simplificación de Hollstein.
Este discurso tan contrapuesto impide reconocer comportamientos masculinos más saludables que pueden apreciarse a lo largo de la historia y que, a su vez, podrían constituir un recurso para promover el cambio (Hoffmann, 2010, pp. 130 y 137; Schweig, 2008, pp. 118 y 156; Dinges, 2011, p.
Segundo: La investigación médica tiende a favorecer el pensamiento simplista que compara de manera reducida el colectivo «hombres» con el de las «mujeres».
Para facilitar la investigación tiene sentido dividir los colectivos de pacientes en mujeres y hombres.
Esta separación de acuerdo con el sexo es un requisito cada vez más importante en, por ejemplo, pruebas de medicamentos, estudios de medicina basada en la evidencia y estudios sobre los servicios sanitarios.
Esto se debe a que las medicinas, los tratamientos y la estructura de los servicios sanitarios afectan de diferente forma a hombres y a mujeres.
Este tipo de investigaciones que diferencia entre ambos sexos todavía se consideran deseables en muchas áreas de estudio.
Además, en la Unión Europea es una exigencia política, ya que la transversalidad de la perspectiva de género (gender mainstreaming), viene siendo un requisito imprescindible desde hace algunos años, y su aplicación es ineludible.
Las buenas políticas se apoyan en las conclusiones de investigaciones relevantes como base para la toma de decisiones.
La división convencional entre hombres y mujeres conlleva el peligro de promover la idea de dos mundos separados, al codificar conceptos de género opuestos (Babitsch, 2005).
Así pues, los estudios que apuntan a la igualdad de género no deben contribuir a la fijación de estereotipos en los que el sexo biológico sea un criterio fundamental, cosa en la que es relativamente fácil caer.
Esto puede conducir a nuevas ideas ficticias sobre comportamientos que se presuponen esencialmente masculinos.
Tercero: La salud masculina se ve fuertemente influida por el desarrollo histórico.
Como apuntaré seguidamente con algunos ejemplos, este aserto hace referencia a la esperanza de vida al nacer, el mundo laboral y la vida profesional, la actitud de los hombres hacia la salud, la conexión entre comportamientos de riesgo y masculinidad, y el uso que hacen los hombres de la asistencia médica y los medicamentos.
En general, los cambios acontecidos son considerables.
En su mayoría, han surgido a lo largo de un período de tiempo relativamente corto, hablando en términos históricos, y algunos han tenido lugar muy recientemente, en las últimas generaciones.
En otras palabras, el estado de salud de los hombres y su conducta en relación a la salud y a la enfermedad son el resultado de procesos históricos.
Por lo tanto, aunque vuelvan a cambiar o a sufrir modificaciones, no son en absoluto la expresión esencial de la masculinidad.
En lugar de atribuir el comportamiento de los hombres a una supuesta masculinidad arquetípica, la perspectiva histórica permite una percepción más clara de los cambios que se han ido sucediendo en el pasado.
Cuarto: El desarrollo histórico se hace más evidente al estudiar los considerables cambios que ha sufrido la diferencia de esperanza de vida entre hombres y mujeres a lo largo del tiempo.
El mejor indicativo del estado de salud de una población es la esperanza de vida media al nacer.
Este dato también desempeña una función primordial en el debate actual sobre la salud masculina.
Hoy en día, en la mayoría de las sociedades posindustriales, las mujeres viven mucho más tiempo que los hombres.
Concretamente en Alemania viven en torno a cinco años y medio más.
¿Cómo se explica esta diferencia?
Los factores a tener en cuenta, así como su relevancia, son objeto de debate científico y médico.
Un estudio realizado con decenas de miles de frailes y monjas que vivían en monasterios y conventos sugiere que las mujeres tienen una ventaja biológica de esperanza de vida de alrededor de un año.
Esto nos deja cuatro años y medio de diferencia por explicar.
Se podría deducir del estudio de los frailes y las monjas que una vida en la que hay seguridad económica y social, con poca competitividad y relaciones sociales asiduas y estables, parece ser muy saludable.
Además, el uso reducido de las «libertades nocivas» como fumar y beber, también contribuye a una mayor esperanza de vida de los frailes.
Por lo pronto, este dato apunta a un par de razones que podrían explicar la existencia de esa diferencia de género.
Desde el punto de vista del historiador son de especial interés los importantes cambios de la brecha de género en cuanto a la esperanza de vida (Weigl, 2007, pp. 23-40).
En Alemania, en 1850, ambos sexos tenían una esperanza de vida al nacer cercana a los 40 años.
Después se redujo para los hombres en casi cuatro años, y entre las mujeres en sólo uno, lo que significa que en los años 1880/1890 la diferencia se había quedado en torno a los tres años a favor de las mujeres (36 y 39 años, respectivamente).
En aquella época, mejoraron las condiciones de higiene en los partos.
Para el año 1950, la brecha se había ampliado ligeramente, a cuatro años de diferencia, con una mayor esperanza de vida de las mujeres.
Después, durante la época de la reconstrucción de Alemania, mejoró con más rapidez: en 1960 la diferencia de esperanza de vida entre hombres y mujeres era de 5,5 años y, a partir de 1970, se elevó a 6,5 años.
La tendencia existente desde 1850 de una mayor esperanza de vida de las mujeres respecto a la de los hombres está revirtiendo desde mediados de la década de 1980.
Esto podría deberse al esfuerzo por conseguir la igualdad en las condiciones de vida de hombres y mujeres.
Quinto: Este desarrollo histórico se debe a diversos factores.
Desde el punto de vista de la historia de la salud, la industrialización benefició menos a los hombres que a las mujeres en lo relativo a la esperanza de vida.
El ritmo de los cambios muestra que durante los períodos de la primera y la segunda Revolución Industrial, así como el cuarto de siglo que siguió a la reconstrucción de Alemania tras 1945, los hombres se vieron mucho más afectados que las mujeres.
De acuerdo con esto podemos afirmar que durante la segunda Revolución Industrial el riesgo profesional específica de cada género, a menudo inevitable, fue un factor perjudicial para la salud mucho más influyente para los hombres que su supuesta predisposición «típicamente masculina» de exponerse voluntariamente a los peligros.
Los trabajadores poco cualificados que migraban de zonas rurales tenían entonces tan poca libertad de decisión como la tienen en la actualidad.
El concepto de «masculinidad tradicional» encubre los importantes cambios a lo largo de la historia, así como las enormes desigualdades entre, por ejemplo, los hombres que reciben una mejor educación y los que no. Asimismo, dentro del conjunto de exposiciones perjudiciales para la salud, algunos factores individuales son más significativos en unos períodos históricos que en otros.
Los sistemas políticos también influyeron en esto, y no sólo durante la época nazi.
Para ambos sexos, la esperanza de vida en la República Democrática Alemana era inferior a la de la República Federal Alemana.
Sin embargo, en los primeros siete años tras la reunificación, la esperanza de vida en la República Democrática Alemana se ajustó casi totalmente a los niveles de Alemania Occidental, para las mujeres algo más rápidamente que para los hombres.
Esta diferencia de ritmo sugiere que, más allá de la mera «masculinidad tradicional», hubo una serie de factores que fueron responsables de estos cambios.
Esto se confirma cuando analizamos las subidas y bajadas en la esperanza de vida, ya que están relacionadas con edades totalmente diferentes.
Antes de la I Guerra Mundial, la mortalidad infantil se redujo mucho y de manera definitiva.
Después de la guerra, la mortalidad de la gente joven disminuyó.
Finalmente, después de la II Guerra Mundial la población empezó a vivir cada vez más años, hasta llegar en grandes cohortes a edades avanzadas.
Como las epidemias han desaparecido en Alemania casi por completo, en la actualidad la mortalidad se debe principalmente a enfermedades cardiovasculares y degenerativas.
Sexto: La vida profesional y el mundo del trabajo han cambiado considerablemente los recursos y los riesgos para la salud a lo largo de las cinco últimas generaciones.
Desde la década de 1980, se aprecia una diferencia decreciente en la esperanza de vida de hombres y mujeres, lo cual sugiere que debemos analizar más de cerca los cambios en las condiciones laborales.
Este análisis puede hacerse considerando períodos de unos 33 años por generación, empezando con la construcción del primer ferrocarril en Alemania (1835).
Durante la primera generación, el trabajo siguió siendo predominantemente rural, aunque ya había comenzado la migración a las ciudades y las condiciones laborales de la era industrial.
La actividad aumentó tremendamente durante la Segunda Industrialización, y una gran cantidad de mano de obra masculina se incorporó a puestos de trabajo que eran perjudiciales para la salud.
Además, debido al desarraigo por la migración, sus condiciones de vida se hicieron precarias.
El trabajo de las mujeres siguió desarrollándose principalmente en el hogar, lo que implicaba una mejor nutrición y mejores condiciones de vida en general.
Tan sólo un pequeño número de mujeres trabajaron en la industria y también se vieron expuestas a considerables riesgos para la salud.
La mayoría de las mujeres trabajadoras solían acabar casándose y dejando sus empleos en las fábricas tras unos ocho años de trabajo por término medio, y raramente volvían a trabajar.
Para los hombres la vida laboral consistía en un trabajo fuera del hogar a tiempo completo, y para toda la vida.
Entretanto, para las mujeres este tipo de empleos normalmente se limitaba, en ocasiones en contra de su voluntad, a la época previa al matrimonio, debido a convenciones sociales o incluso a prohibiciones laborales.
La proporción de mujeres empleadas se mantuvo extremadamente estable a largo plazo.
El trabajo que solían desempeñar los hombres presentaba mayores riesgos para la salud2.
En términos generales, la separación imperante entre el desempeño de trabajos más peligrosos por hombres y el desempeño de trabajos sedentarios, de escritura y de tipo administrativo, por hombres y mujeres, se extiende hasta el segundo tercio del siglo XX.
Después, la dicotomía se agrava aún más y el riesgo de mortalidad masculina aumenta debido al servicio militar obligatorio durante las dos guerras mundiales, que a menudo duraba varios años.
Los riesgos para la salud de los hombres a largo plazo también eran ligeramente superiores debido a la guerra, y a que eran tomados como prisioneros.
Tras el período de reconstrucción que sucedió a la II Guerra Mundial, la última generación del siglo XX redujo relativamente el trabajo físico duro debido a los progresos técnicos y al traslado de los procesos de producción básicos a otros países, lo que condujo a la correspondiente reducción de los riesgos para la salud en Alemania.
Pese a los rápidos cambios que suceden en torno a 1970, las mujeres siguieron trabajando a tiempo parcial en mayor medida que los hombres.
Casi el 94% de los hombres empleados en 2004 tenían un trabajo a tiempo completo, frente a sólo el 57,9% de las mujeres.
El 85,4% de todos los contratos a tiempo parcial los realizaban mujeres.
Esta proporción sigue en aumento3.
Además, el 10% de los hombres hacía horas extras, frente al 5% de las mujeres.
Las horas extras realizadas durante cierto tiempo contribuyen a aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares (Siegrist, 2010, p.
Habría que distinguir importantes diferencias dentro de este esbozo general de los cambios, teniendo en cuenta las diferentes regiones y etapas de la vida.
No obstante, demuestra que el trabajo y la vida profesional cambiaron de manera significativa, pero conservaron unas importantes constantes generales propias de cada género.
Los riesgos para la salud derivados de puestos de trabajo peligrosos siempre son más aplicables a los hombres durante la totalidad de su vida laboral.
El hecho de que el porcentaje de mujeres que desempeñaban trabajos de oficina creciera rápidamente desde la época de la República de Weimar no presentó ninguna desventaja sobre la salud de las mujeres (Weigl, 2011, p.
En algunos relatos personales, los hombres mencionan a sus compañeros de trabajo como importantes asesores en cuestiones de salud.
Posiblemente este tipo de redes sea menos relevante para las mujeres porque ellas tienden a contar con redes sociales más amplias.
En cualquier caso, fue a partir de 1850 cuando el trabajo cobró mayor importancia para su comportamiento, el de los hombres, en relación a la salud, coincidiendo con un creciente alejamiento del hogar.
Sin embargo, no sabemos en detalle cómo afectó a la salud de los hombres, dado que el desempleo también implicaba un riesgo para la salud en aquellos hombres que dependían de un trabajo a tiempo completo.
El paradigma masculino asociado al trabajo industrializado a jornada completa dificulta el cambio hacia una actitud más saludable.
Pese a todo, la jornada completa sigue siendo el indicador principal en la vida profesional de los hombres.
Se considera que el empleo a tiempo parcial que desempeñan casi exclusivamente las mujeres es más saludable porque proporciona mayor autonomía y satisfacción personal.
No debe sorprender que las madres con un trabajo a tiempo parcial estén mucho más sanas que las que sólo son amas de casa (Resch, 2002, p.
Muchos problemas de salud de los hombres tienen que ver con su vida laboral, resultado de la «modernización» del trabajo durante los últimos 150 años.
Séptimo: Existe, a lo largo de la vida, una relación variable entre la masculinidad y el comportamiento de riesgo que también afecta a la salud de los hombres de diversas maneras.
La actitud de los hombres hacia la salud varía considerablemente en cada etapa de su vida.
Entre la pubertad y la formación de una pareja para casarse, se observan con mayor frecuencia comportamientos perjudiciales para la salud que en la edad adulta.
Por otra parte, para algunos hombres los comportamientos de riesgo pueden continuar formando parte de su vida adulta.
El entusiasmo de los hombres jóvenes por los deportes de riesgo es tan típico en esta etapa de la vida como la conducción peligrosa tras el consumo de alcohol.
Históricamente, este comportamiento de riesgo (post)adolescente da lugar a consecuencias muy diversas.
Los accidentes de coche mortales empezaron a tener devastadoras tasas de mortalidad entre los hombres jóvenes con el inicio de la motorización masiva, en la década de 1960.
La reducción en muertes masculinas en la carretera desde 1980 no se debe tanto a un cambio en la «masculinidad tradicional» sino a las vallas protectoras y a la mejora de los servicios de emergencia.
Esto ha elevado la esperanza de vida de los hombres en casi medio año.
Por otro lado, los «juegos peligrosos y competitivos de la masculinidad» son, en gran medida, previsibles y socialmente aceptados.
A los hombres jóvenes se les sigue elogiando si muestran bravura en situaciones de peligro y cuando resisten al dolor, porque esta actitud les hace aptos para muchos trabajos y tareas sociales como, por ejemplo, el ejército.
Puede que esta fuera la verdadera razón por la que se criaba a los niños para que se hicieran «duros», especialmente entre los años 1880 y 1960.
No obstante, muchos hombres relatan que trataron de protegerse de peligros en los puestos de trabajo industriales o durante la guerra, teniendo mucho cuidado o evitando tomar riesgos (Bourke, 1996).
Por lo tanto, aparte del comportamiento adquirido con el que se les crió y de que se les impusiera la obligación de ser arriesgados, los hombres a menudo también mostraron las tendencias opuestas.
Los discursos de salud que se basan en evitar riesgos tienen que lidiar con la proyección social de una imagen determinada de la masculinidad, sobre todo durante la adolescencia (Dinges, 2011a).
Sin embargo, el desarrollo histórico en el mundo laboral que hemos descrito demuestra que cada vez se exige menos de los hombres esa temeraria disposición de tomar riesgos.
Paradójicamente, esto podría motivar a los hombres jóvenes a buscar desafíos y a obtener el reconocimiento simbólico, de una «masculinidad tradicional» que empieza a perder su relevancia de hecho, en el culturismo, el sexo y el alcohol.
Los discursos médicos que pretendan evitar los riesgos criticando los comportamientos perjudiciales para la salud de los jóvenes deberían tener en cuenta las razones históricas que hay detrás de esa educación encaminada hacia la dureza y la reciedumbre, así como los recientes cambios en el mundo del trabajo.
Octavo: Los marcadores de género y la evaluación médica de ciertos comportamientos de alto riesgo han cambiado considerablemente a lo largo de la historia.
En la imagen de la «masculinidad tradicional» y en el actual discurso de la salud masculina, la idea de hombría se asocia estrechamente a comportamientos que son perjudiciales para la salud.
Sin embargo, el ejemplo del tabaco revela que la práctica de fumar y su significado han cambiado mucho a lo largo de la historia.
En el siglo XIX fumar se consideraba una práctica restringida casi exclusivamente a los hombres, con la excepción de algunas mujeres, como las prostitutas y las artistas.
A partir del año 1900, aproximadamente, las mujeres empezaron a ser el blanco de los anuncios de cigarrillos.
Se hacían continuas alusiones a la emancipación, que acabaron personificándose socialmente en la figura de la «nueva mujer» de la República de Weimar.
Sólo a partir de la década de 1960 las mujeres fumadoras fueron aceptadas en público casi sin restricciones, así como las mujeres que tomaban bebidas alcohólicas fuertes.
Este cambio fue sucediendo a lo largo de varias generaciones, y parece ser el motivo por el que fumar todavía se considera un signo de la emancipación de las mujeres en los espacios públicos.
Esta idea la comparten tanto historiadoras feministas como la industria del tabaco.
El concepto de emancipación podría explicar todavía por qué fuman tantas chicas jóvenes4.
Históricamente, la masculinidad y el tabaco siempre han estado relacionados.
Para muchos chicos el primer cigarrillo simboliza la entrada en la vida adulta; es casi como un rito de iniciación.
En consecuencia, fumaban, y aún a día de hoy fuman, muchos más hombres que mujeres, lo que contribuye a una mayor mortalidad masculina por el consumo de tabaco.
Sin embargo, en el discurso público el vínculo entre el rol de género masculino y el comportamiento perjudicial para la salud no está tan claro.
Es anacrónico el argumento de que, antes de comenzar a fumar, los hombres «siempre» se habían comportado de modo que perjudicaban su salud.
Puede que esto sea objetivamente cierto en el año 2013, pero subjetivamente tanto los hombres como las mujeres no solían estar bien informados sobre los efectos del tabaco.
En Alemania, la crítica de que fumar es cancerígeno y malo para la salud apareció y llegó a un público general en la década de 1920 (Dinges, 2012, p.
El gobierno nazi realizó una serie de campañas antitabaco.
Aunque la profesión médica pudo haber advertido sobre los riesgos de fumar a lo largo de las décadas siguientes, hasta los años sesenta se subestimaron los peligros del tabaco.
Con la ayuda de los anuncios de la industria tabacalera, el tabaco gozó de una imagen positiva en la sociedad y fue ampliamente aceptado hasta los años noventa.
Teniendo en cuenta estos mensajes contradictorios, el tabaco no puede considerarse un «comportamiento de riesgo típicamente masculino», ya que el riesgo no se hizo evidente hasta hace poco.
Anteriormente, la gente era mucho menos consciente de los peligros del tabaco que en la actualidad5.
Noveno: Es un mito que los hombres guarden silencio en asuntos de salud.
La moderna investigación científica participa de la idea de que los hombres no hablan lo suficiente sobre sus problemas de salud y que, cuando lo hacen, ya es demasiado tarde, y que no consultan con un experto médico competente cuando debieran hacerlo.
Se dice que en relación a sus parejas, o bien se quejan sobre la más mínima dolencia o bien se guardan para sí los problemas más graves.
Sin embargo, la investigación histórica halla gran cantidad de evidencia en cartas, diarios y autobiografías de que a los hombres les gustaba expresar sus pensamientos sobre asuntos relacionados con la salud y la enfermedad en muchas y variadas situaciones.
Aparte de hablar de sus dolencias en pareja, en el siglo XIX las reuniones sociales mixtas eran la ocasión preferida para sacar a la luz los problemas de salud, como puede verse en informes y cartas de la época (Dinges, 2002, pp. 25f.).
Asimismo, la correspondencia entre parejas casadas y prometidas a menudo contiene referencias a cuestiones de salud.
Las parejas incluso desarrollan roles de género, aconsejándose mutuamente sobre estos temas.
Aunque es más frecuente que las mujeres adopten este rol en una relación, los hombres también son bastante activos como consultores de salud, en calidad de parejas, padres y hermanos (Schweig, 2007, pp. 211-226).
Algo similar sucede con los amigos.
Las autobiografías escritas por hombres también contienen referencias a asuntos de salud, tanto en la escrita por el sencillo mercenario de la Guerra de los Treinta Años como en la más popular autobiografía del siglo XX.
Si se analizan más de cerca estas fuentes se descubre que los hombres de todas las clases sociales sabían de la existencia de los recursos de salud y hacían uso de ellos.
Por sólo aludir a unos cuantos ejemplos de los siglos XIX y XX, ya fueran trabajadores o emprendedores, prisioneros políticos o combatientes, todos presentaban comportamientos muy similares para promover y proteger la salud, pese a que los medios económicos disponibles estaban distribuidos de forma desigual.
Estos documentos históricos sitúan las estadísticas actuales en otra perspectiva.
Ya no se puede decir sin más que la actitud de los hombres hacia su salud sea descuidada en general y esté basada en una relación de negligencia hacia sus cuerpos.
Tiene mucho más sentido emplear la evidencia histórica como base para la investigación en contextos y situaciones en las que los hombres sí se han preocupado por su salud.
Décimo: Los hombres solían hacer un uso distinto de los servicios médicos.
El hecho de que los hombres se muestren reacios a hacer uso de los servicios médicos en oferta se asocia críticamente con la «masculinidad tradicional», que prohíbe buscar ayuda a los hombres.
Hasta 1995 el 60% de todos los pacientes en las consultas médicas en Alemania eran mujeres.
Aún teniendo en cuenta la proporción ligeramente mayor de mujeres en el total de la población, la diferencia de uso sigue siendo del 16,8%.
Si a esto le restamos las actuales «necesidades ginecológicas», consecuencia de la medicalización de los últimos 150 años, seguimos teniendo una diferencia del 12,2% para la que no hay explicación.
La tasa del 60% de mujeres frente al 40% de hombres no demuestra antropológicamente que los hombres tengan menos voluntad de buscar ayuda, porque la presencia de los hombres en las consultas de los médicos ha variado a lo largo de los últimos siglos.
Sin embargo, antes de 1800, predominaban los pacientes masculinos en las consultas médicas.
El hecho decisivo que hizo que la mayoría de los pacientes fuesen mujeres tuvo lugar a mediados del siglo XIX.
Desde entonces, la cifra del 60% (en 2008/11: 58%) se ha mantenido asombrosamente constante pese a los avances habidos en el campo de la medicina6.
Estos cambios, acontecidos en la primera mitad del siglo XIX, tuvieron en parte que ver con la supuesta mejoría de los servicios médicos relacionados con el parto.
Esto condujo a una mayor afluencia de mujeres a las consultas de los médicos; consultas que, a su vez, solían acabar derivando a la paciente a otros especialistas.
Las mujeres aprendieron así un nuevo habitus de salud según el cual acudían a los especialistas en mayor medida que los hombres (Dinges, 2007a, pp. 293-320).
Lo significativo de todo esto es la transformación que tuvo lugar.
No se puede interpretar el cambio histórico en el sentido de que los hombres buscaban ayuda médica cada vez menos o sólo en algunas ocasiones.
Más bien eran las mujeres quienes hacían un uso cada vez mayor de la asistencia médica desde la década de 1860.
Esto se debía, en principio, a sus particulares necesidades de salud y a los servicios que se les ofrecía.
El que esto tuviera o no una influencia positiva en su comportamiento general en relación a la salud es otro asunto.
El desarrollo histórico es el resultado de una relación más reciente entre las mujeres y los médicos que ha ido en aumento a lo largo de la historia.
Esta relación tiene tan poco que ver con la «feminidad esencial» como la relación entre el comportamiento masculino y una «masculinidad» atemporal.
De esto se deduce el siguiente aserto.
Undécimo: La toma de medicamentos por parte de mujeres es el resultado de un proceso histórico y no puede convertirse en un modelo para los hombres.
Es un hecho ampliamente conocido que las mujeres toman más medicinas que los hombres.
En la literatura encontramos dudas respecto a si este consumo es, o no, aconsejable desde el punto de vista médico.
La toma de medicamentos se ve fuertemente determinado por los médicos, sobre todo en el caso de medicamentos psicotrópicos disponibles sólo bajo receta.
Por lo tanto, se puede afirmar que la toma de medicamentos por parte de las mujeres es un ejemplo más de su medicalización, que consultan con mayor frecuencia a los médicos, quienes, a su vez, tienden a diagnosticarles en mayor medida desórdenes mentales.
Esto queda confirmado por las conclusiones de estudios históricos.
La reciente investigación sobre el consumo de medicamentos según el género muestra que, en los siglos XVIII y XIX, en Alemania y los EE.UU. los hombres consumían más medicamentos que las mujeres.
Durante el siglo XVIII, en Núremberg el consumo de los hombres triplicaba al de las mujeres (Blessing, 2011, p.
De nuevo, el punto de inflexión es la década de 1850.
Desde ese momento el consumo de medicamentos por parte de las mujeres es cada vez mayor (Hoffmann, 2013).
De esto se deduce que las actitudes propias de cada género hacia el consumo de medicamentos no están relacionadas con una «masculinidad» o «feminidad» inherente o esencial.
Son el resultado, por un lado, de los discursos médicos y antropológicos y, por otro, de la oferta médica, que han ido moldeando a lo largo de la historia los comportamientos de hombres y mujeres.
Este ejemplo genera una reflexión crítica acerca del «discurso del déficit» del comportamiento de los hombres hacia su salud.
Puede que los hombres recurran menos a tomar medicamentos porque son menos sensibles al dolor.
Con respecto al consumo de medicamentos, esto no es necesariamente una actitud negativa7.
Más problemático es el discurso parcial sobre la salud que siempre etiqueta el comportamiento de las mujeres como positivo.
En este caso, por ejemplo, se trataría de una «percepción más diferenciada de los síntomas».
En cualquier caso, puede que la evidencia médica sugiera que hacer un uso más frecuente de los servicios sanitarios no es necesariamente lo mejor para la salud de los hombres.
Esto quiere decir que la manera de recurrir a la medicina por parte de los hombres debería verse de un modo diferenciado, más que de un modo exclusivamente negativo.
Duodécimo: La historia de la salud masculina proporciona una visión más distanciada, y por lo tanto más amplia y contrastada, acerca de la salud de los hombres, que la que adoptan las ciencias de la salud, que se centran principalmente en el presente inmediato.
La investigación en salud estudia los comportamientos actuales en relación a la salud y los problemas asociados a estas conductas.
Con frecuencia tienen una fuerte vertiente de género, como por ejemplo respecto al uso de los servicios médicos, bien sea con fines diagnósticos o terapéuticos.
El comportamiento de los pacientes, los diagnósticos, la investigación, los discursos sobre la medicalización y los servicios médicos son factores que pueden contribuir a la creación de estereotipos de género que se asumen precipitadamente como si fuesen naturales o «genuinamente» masculinos.
Debido a la distancia respecto a la situación presente, los estudios históricos permiten una mejor comprensión de las constelaciones de género, que solían ser muy distintas en el pasado.
En lugar de insistir, como hace Hollstein, en una «masculinidad esencial» que supuestamente conduce a comportamientos perjudiciales, el enfoque histórico abre de manera heurística perspectivas mucho más interesantes, como por ejemplo la distinción entre generaciones de hombres y entre diferentes edades de la vida (Dinges, 2013, 2011a).
El estudio histórico defiende, junto con las ciencias de la salud, una diferenciación dentro de la comunidad «masculina» que tenga en cuenta las situaciones económicas y sociales y las diferentes etapas de la vida, y que se emplee el género como una categoría relacional.
Siempre deberíamos tratar de dar una explicación al comportamiento de los hombres o de las mujeres dentro de un contexto concreto, como puede ser un mercado médico determinado.
Finalmente, una perspectiva histórica nos permite comprender mejor los condicionantes y las consecuencias de la medicalización, que no deberían subestimarse. |
Políticas y desarrollo científico en el siglo XX
Gómez Rodríguez, Amparo; Canales Serrano, Antonio Fco. (eds.).
Políticas y desarrollo científico en el siglo XX.
Hablar de ciencias y técnicas en el siglo XX es hablar de políticas y de poder.
Los distintos trabajos recogidos en este volumen colectivo muestran la compleja relación que ha caracterizado a lo largo del siglo xx a estas relaciones en el mundo occidental.
La idea de que la ciencia y la técnica no pueden ser entendidas al margen del espacio social, político y económico en el que se desarrollan, está presente en cada uno de los textos que conforman el libro.
Desde la historia, la filosofía y la política los autores reflexionan sobre cómo los cambios políticos repercuten y condicionan las investigaciones científicas y tecnológicas.
Aunque hay interesantes ejemplos a lo largo de la historia que muestran que estas relaciones no son exclusivas del XX -siempre ha habido políticos interesados en el poder de la ciencia y científicos fascinados por el poder político-, sí podemos decir que a lo largo de esa centuria, y sobre todo a partir de la primera gran guerra, las narraciones y los discursos (políticos) desde y sobre las ciencias, las técnicas y las políticas se han hecho cada vez más interdependientes.
Las relaciones entre ciencia y poder es un tema que ha interesado desde hace tiempo a los autores/editores de este libro.
En este sentido este volumen es una continuación de un trabajo conjunto anterior sobre Ciencia y Fascismo: la ciencia española de posguerra (Laertes Ediciones, 2009).
Si en aquel caso interesó la España de los cuarenta y cincuenta, ahora, además de España, amplían el espacio geográfico y el cronológico con estudios sobre México en la posguerra mundial, Reino Unido en los sesenta, la Unión Soviética de los años treinta y Alemania en los albores del siglo XXI.
Muchas de las cuestiones que se tratan ponen de manifiesto el necesario solapamiento entre ciencia y política y la imposibilidad de hablar de fronteras o espacios estancos entre ciencia y poder.
¿Son iguales las relaciones que se establecen entre ciencia y política en regímenes dictatoriales o en democracias?
¿Qué papel juegan los científicos y qué grado de implicación política pueden llegar a tener sus decisiones?
¿Cómo se establecen las conexiones entre ciencia y poder?
¿Podemos hablar de utilización de presupuestos científicos para intereses políticos?
O lo que es lo mismo, ¿se sirve el poder político de la autoridad científica para legitimar sus acciones y decisiones?
Estas son algunas de las preguntas que se hacen los distintos autores que colaboran en el volumen.
Preguntas que además sugieren reflexiones muy útiles para comprender la actualidad.
El libro comienza explicando el modelo del contrato social para la ciencia, su importancia y validez -aunque ya no pueda ser considerado universal- para analizar las relaciones entre ciencia y política sobre todo a partir de la segunda guerra mundial y las alternativas que a lo largo del XX se han planteado a este modelo.
Este modelo que otorga a la ciencia y la tecnología un papel determinante en el desarrollo social de los países, y donde los gobiernos y las comunidades científicas conscientes de ello, negocian, comparten espacios y acuerdan deberes y responsabilidades, dota de marco teórico al conjunto de los trabajos que conforman el volumen.
Las políticas de ciencia que se pusieron en marcha en España de la segunda República a la dictadura de Franco invitan a pensar sobre sistemas políticos -democracias frente a dictaduras- y su influencia en la organización y prácticas de disciplinas como la psiquiatría, la medicina, la eugenesia y la economía.
Fueron políticas que influyeron en la institucionalización de las ciencias y en la gestión de las mismas; en la apertura de espacios, como fue el caso de la psiquiatría en las primeras décadas del XX, para que los científicos participaran de esa necesaria regeneración social del país.
Políticas que también se dejaron sentir en la construcción de los discursos.
Los discursos biomédicos utilizados para justificar determinadas posiciones políticas respecto a las mujeres, y la forma en que fueron recibidas, debatidas e incorporadas las tesis eugenésicas por la esfera intelectual española del franquismo y su estrecha conexión con cuestiones más de carácter político e ideológico que científico, son buen ejemplo del uso de la autoridad y argumentación científicas para legitimar el control y los intereses políticos.
Además de la influencia de las políticas en los desarrollos científicos y del uso que de la ciencia hacen los políticos, el libro también se ocupa de dos temas que hoy día tienen plena actualidad: la llamada fuga de cerebros y las cuestiones políticas que plantean los desarrollos y usos de las nuevas tecnologías.
Estudiar la fuga de cerebros -término que fue usado por vez primera en 1963 por el periódico londinense Evening Standard-, como fenómeno social en Reino Unido desde finales de los años cincuenta a los primeros setenta, tiene gran interés para una lectura contemporánea.
En primer lugar estos trabajos ponen sobre la mesa que este fenómeno que hoy día preocupa y ocupa tanto espacio a la opinión pública no es un fenómeno nuevo.
El recorrido histórico que nos ofrece el caso inglés por cómo se gestó este término, las distintas interpretaciones que se hicieron de los datos por parte de los diferentes actores y la desigual implicación/preocupación que manifestaron gobiernos frente a la opinión pública, ponen sobre la mesa un problema de gran complejidad que no se puede reducir a cuestiones económicas y profesionales y sugiere interesantes reflexiones para abordar un tema tan actual y prioritario como es el de las migraciones.
El libro termina con una interesante reflexión sobre el Partido Pirata alemán y las cuestiones políticas que plantean los desarrollos y usos de las nuevas tecnologías.
Frente a la idea tan extendida de que el uso de estas tecnologías en espacios democráticos amplía las formas de participación ciudadana y favorece el flujo de información y comunicación, este trabajo pone de manifiesto que, al igual que la ciencia, internet tampoco es neutral: su organización y estructura responden a intereses concretos de determinados actores –diseñadores, empresas, clientes, usuarios- y por tanto sujetas a implicaciones políticas.
Cada uno de los interesantes y comprometidos estudios (políticos) que conforman este libro, reflexionan sobre las distintas y complejas formas de intervención que durante el siglo XX han estado expuestos los desarrollos científicos y tecnológicos.
Diversidad y complejidad que hacen imprescindible que los estudios de la ciencia moderna y contemporánea se aborden desde la necesaria interacción entre ciencia, científicos y poder político y desde miradas transdisciplinares.
Todo ello hace de este volumen una lectura muy sugestiva para quien quiera comprender el presente y participar de nuestra cultura. |
Una historia cultural del franquismo
Medina Doménech, Rosa María.
Una historia cultural del franquismo.
El amor como saber y práctica es el tema de este libro de Rosa Medina Doménech: Esta "etnografía del pasado emocional", como la autora lo denomina, se lee como una historia de una emoción de mujeres durante la larga posguerra en la España de Franco.
El amor ha solido tomarse como asunto resbaladizo, en buena parte su significado y su consistencia se escurren y resisten la certeza de las definiciones.
Ese pudo ser el desafío cuyo resultado es este libro, Ciencia y sabiduría del amor.
La autora elude la definición pero en el intento de evitar repeticiones, a lo largo del texto, como también de este mismo, se acuñan expresiones que incluyen significados.
El libro habla de quienes hablan de amor, asigna esa práctica sentimental a las mujeres y su análisis médico-psicológico a los hombres con algunas excepciones muy notables y queridas para quien haya estudiado a las mujeres en el franquismo: el libro de Carmen Martín-Gaite, Usos amorosos de la posguerra en España; las obras de María Laffitte, condesa de Campo Alange, y el reconocimiento de la inspiración enorme de Simone de Bouvoir.; y añade un análisis de género del consultorio sentimental.
Rosa Medina explora la psiquiatría como espacio de diagnóstico y tratamiento del amor –parece irresistible achacarle un síntoma enfermizo a esta emoción secular-.
Así resulta el amor asunto de mujeres del que escriben los hombres, y ella estudia nombres reconocidos de la medicina psiquiátrica del franquismo: Juan Rof Carballo, Gregorio Marañón, Antonio Vallejo-Nájera.
Los saberes son médicos y las prácticas son actos de mujeres en este primer capítulo en el que Rosa Medina analiza la medicalización, la psiquiatrización de una pasión de mujeres, considerada enferma o con tendencia a estarlo.
Esta primera parte del libro es heredera de escuelas y tendencias investigadoras que condensan en su narrativa: la historia de las mujeres, de sus emociones; la de la psiquiatría, de la familia en la posguerra española y mundial, la de la eugenesia.
Los temas se incorporan paulatinamente a un texto complejo, inserto en su tiempo, el de las historias culturales post-foucaultianas, de subalteridad y análisis del discurso, temas que creo que deben considerarse productos y agentes, a su vez, de toda una escuela con larga historia que es la historiografía social de la psiquiatría y la salud pública en España.
El libro sugiere que el amor, al ser tema de trabajo de hombres, se convierte en política emocional (55) que pretendió someter a las mujeres.
En ese espacio, las mujeres quedaban presas de las normativas del amor.
El amor resultó estar gobernado por todas aquellas normas y prácticas culturales que concernían a las mujeres.
Rosa Medina toma psiquiatría, psicología y obstetricia como ciencias del amor.
Es difícil dejar pasar esa asunción y obviar el título.
Qué sería la ciencia y qué el amor como práctica a estudiar está por resolverse.
Pero la práctica amorosa, sentimental, y las emociones como agentes de la historia están siempre presentes en las culturas occidentales contemporáneas, en España también.
Se discute lo que se podría llamar una endocrino-psiquiatría del amor: hormonas y cerebro, los instintos y las relaciones con las normas impuestas por la dictadura.
Algunos libros autorizados circulaban, y con ellos, cuenta Rosa Medina, la atribución de inferioridad y debilidad de las mujeres.
La autora pone en diálogo la historiografía de las hormonas con la de las emociones y los instintos y estas con la historia de la feminidad vista por los hombres dentro y fuera de España.
La psiquiatría, sugiere, sería el espacio científico-médico en el que los hombres indagan sobre los sentimientos de las mujeres, que quedan ausentes como agentes del discurso histórico que Rosa Medina reconstruye.
A medida que el libro avanza aumenta el protagonismo de las mujeres en él, agentes ellas de sus propias historias y narrativas sobre el amor.
El capítulo sobre Maria Lafitte se adentra en el objetivo de los estudios feministas.
Maria Laffitte, mas conocida por como ella misma firmaba, condesa de Campo Alange, escribió con soltura sobre temas relegados y sometidos, y escribió mucho.
Rosa Medina la recupera para la historia del amor, en sus textos sobre la igualdad y la guerra entre los sexos –ya solo el término guerra merece exégesis-, las mujeres y el saber, y el papel del amor heterosexual en las parejas.
Rosa Medina pone a Laffitte a dialogar con las autoridades intelectuales de su tiempo y al hacerlo la incluye entre ellas de forma que su reconstrucción del discurso de Laffitte devuelve a ésta a la historia intelectual del feminismo como también a la de las mujeres en España.
Culta y acomodada, la condesa de Campo Alange se presenta más libre que otras mujeres españolas de las que este libro habla.
Y su presencia interpela la interpretación del franquismo como una práctica política de coerción que ocupó todos los espacios de la vida pública y privada de la España: en el escritorio de María Laffitte Franco y sus políticas parecen ignorados.
Es contra la feminidad normativa contra la que se expresan con serenidad los textos de Laffitte que Rosa Medina ha seleccionado para citar y articular su propia reconstrucción.
La agencia de las mujeres va en aumento, como he dicho, y para terminar, Rosa Medina elige el consultorio sentimental como género literario que muestra los componentes del mito de una feminidad modelo y el conocimiento propio de las mujeres que lo usan.
En ese espacio común entre la subjetividad –la pregunta- y la norma –la respuesta- construye Medina el suyo de análisis de los saberes y las prácticas del amor como experiencias que parecen haberse resistido a la norma en las cartas de las consultoras.
Estas se someten a la disciplina, son apresadas por el control que impone las respuestas de la consejera desde un lugar de autoridad.
Todos los ejemplos de las consultas a la revista Meridiano femenino entre 1946 y 1960 se ajustan a estereotipos que pertenecen a la historia de las mujeres, al menos en la cultura occidental: lindezas sexistas ajustadas a un modelo impuesto en la posguerra –y no solo en la española dictatorial sino también en las democracias vecinas.
En ese tiempo las sociedades se recomponían de la devastación de la guerra enviando a las mujeres de vuelta a casa tras haber sustituido a los hombres en todos los espacios profesionales y productivos.
Estos regresaban de las trincheras y la familia se construía como centro afectivo en torno a la figura de la madre, que serían –madre y familia- sostén del orden social y del desarrollo económico.
Devueltas a la minoría de edad, las mujeres que escribían en esas décadas a los consultorios y los consejos que recibían por escrito públicamente en las páginas de una revista pertenecen a la categoría de memorias de género.
La cultura del amor, concluye Rosa Medina, fue heterogénea.
Las mujeres que vivieron durante la dictadura de Franco hicieron aportaciones al conocimiento sobre los afectos y sus experiencias, añade.
Textos médicos escritos por hombres, y ensayos y novelas escritas por mujeres y el consultorio semanal se combinan como fuentes y narrativas a examen para una historia de los sentimientos, las formas de vida y los discursos públicos que exhiben el amor como espacio a disciplinar y en el que contestar ideologías y poderes dominantes.
Más que una historia cultural del franquismo, diría que el texto es una aproximación al análisis de los estereotipos de mujer y su contestación por las propias mujeres en el tiempo influyente que fue la larga posguerra, la civil y la segunda mundial, en España. |
La cárcel de Carabanchel
La cárcel de Carabanchel.
Está por hacer una genealogía detallada y certera de cómo el tema del encierro se ha ido incorporando al acervo de las ciencias sociales o de la propia filosofía.
Quizás, y simplificando enormemente, se podría decir que los trabajos de Goffman sobre las instituciones cerradas fueron un punto de arranque importante.
Sin duda, el libro Vigilar y castigar de Foucault dio un impulso notable a este discurso, que se fue consolidando en los años 70 y 80 del pasado siglo, seguramente aprovechando un clima en las ciencias sociales que favoreció tales reflexiones y que incorporaba nuevos temas y preocupaciones desde una actitud crítica y con la voluntad de renovarse conceptual y metodológicamente.
A pesar de ello, y del incremento de investigaciones y publicaciones que se aproximaban a la problemática del internamiento o de las instituciones cerradas, es preciso reconocer que, en nuestro país, han sido relativamente exiguas, aunque por lo general de una calidad muy notable, si las comparamos con el ritmo de producción en el ámbito anglosajón o incluso, al menos en un periodo de tiempo, en el francófono.
En este contexto, el libro que coordina Carmen Ortiz, y que se ha elaborado en el marco de un proyecto de investigación financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, adquiere una relevancia especial pues aborda, de una manera profunda e interdisciplinar a la vez, la "biografía" de la cárcel de Carabanchel, desde su elevación hasta su desafectación, ruina y demolición.
Es un trabajo de unas dimensiones considerables, que consta de diecisiete capítulos en los que han trabajado veintiún autores.
Serían muchas sus virtudes a señalar pero quizás, desde mi punto de vista, una de las principales es la diversidad de enfoques desde los que se acomete el estudio.
Finalmente, el objeto es uno, la cárcel de Carabanchel y las vidas y dinámicas sociales que a ella se vincularon, pero las miradas que aquí se presentan son múltiples y, en este libro, se hace realidad lo que Watson, en La doble hélice, decía sobre lo que sería la ciencia contemporánea, al insistir en la necesidad de reflexionar desde diferentes ángulos, perspectivas y formaciones académicas, como único medio para tener una comprensión cabal de fenómenos que son necesariamente intrincados.
Por eso encontramos entre los autores historiadores, antropólogos, arqueólogos o artistas, entre otros, lo que da lugar a un libro poliédrico que hay que leer con calma, para no perder un hilo conductor que a veces se hace tenue pero que, como contrapartida, nos ofrece una imagen de facetas complementarias de la complejidad del encierro, a partir del caso concreto de Carabanchel.
En la presentación de la obra, Carmen Ortiz nos explica la impresión que le produjo la ruina que ya era la antigua cárcel en 2006, cuando la visitó, lo que estimuló el proyecto de recuperar su memoria cuando estaba a punto de ser derruida, con la idea de no hacer una historia lineal, sino, como ella misma dice, una "biografía del lugar", lo cual empezaba a perfilar los aspectos que se deberían estudiar y que, de manera sintética, se podrían resumir del siguiente modo: la prisión y las personas, el complejo penitenciario y el espacio ocupado, la creatividad/resistencia en sus diferentes vertientes y los conflictos en torno a la gestión patrimonial.
En definitiva, hay dos grandes puntos de vista: el lugar, sitio físico y arquitectura, y sus gentes; que dan, en palabras de la coordinadora, lugar a cuatro grandes ejes temáticos: la gestión de los "patrimonios indeseados", la cárcel como máquina de castigar, la propia historia fragmentaria del edificio/institución y, finalmente, las resistencias y la construcción identitaria.
Es, sin duda, una obra coherente y muy vivida, en la que se da la voz a actores diversos, a menudo silenciados, como los presos, las Asociaciones de Vecinos implicadas en el desmantelamiento/conservación de Carabanchel, incluso al propio personal de servicios.
Quizás la agrupación de los diferentes capítulos en epígrafes, con una cierta unidad temática, hubiese ayudado al lector a no perder ese hilo de Ariadna, a veces muy sutil, que le ha de guiar a través del discurso.
De todos modos, su presentación, aparentemente lineal, obedece a una lógica bastante clara, por lo que en esta reseña seguiremos el orden que la propia obra nos marca.
En el primer capítulo, titulado Patrimonio cultural armado..., de Decia Viejo-Rose, se plantea la cuestión de los patrimonios incómodos.
Ya desde el comienzo se señala el vínculo existente entre el patrimonio y los conflictos, sean armados, ideológicos, políticos, etc., lo que le quita neutralidad al primero, y lo carga de contenido, abriendo así nuevas líneas de investigación y proporcionando un marco para algunos de los capítulos siguientes.
El patrimonio (y dentro de él el establecimiento penitenciario) se nos presenta como parte de una amplia red de símbolos y significados.
Desde esa perspectiva la violencia de tipo cultural y simbólica desempeña un papel importante en la racionalización/justificación de las otras violencias, sean directas o estructurales.
Así contemplada, la cárcel es "la materialización de un ideología del castigo y el control social y un punto de referencia del paisaje simbólico, político y emocional de una comunidad".
Pero no se ha de entender como algo estático, sino que su significado puede variar, de ahí la relevancia de la lucha vecinal por salvar el edificio de Carabanchel y cambiarlo de usos, lo que haría crecer la visibilidad de la cárcel y tendería a convertirla en un paisaje de la memoria.
Concluye citando Robben Island, donde estuvo preso Mandela, o la ESMA de Buenos Aires, como emblema de la dictadura Argentina, para ejemplificar la transformación de los que fueron lugares de represión.
En parecida dirección avanza el capítulo siguiente, Patrimonialización de espacios represivos...., de Cristina Sánchez Carretero, quien nos anuncia desde el principio de su trabajo que, a través del análisis de dos casos concretos, pretende mostrar cómo las instituciones son remisas a la instauración de lugares de memoria y, para evitarlo, parece haber dos estrategias.
Por un lado, la transformación en museos, archivos, etc., como podría ser el caso de la cárcel provincial de Badajoz o la rehabilitación que ha dado lugar al Archivo Histórico Provincial de Asturias.
Por otro, la eliminación/desaparición, como sucedió con Carabanchel.
En definitiva, desde las instituciones se permite la patrimonialización cuando los hechos relacionados con el edificio están lejos en el espacio o en el tiempo.
Como telón de fondo está la idea de que la democracia, por diferentes motivos, ha preferido olvidar la guerra y el franquismo.
Para llevar a cabo su tarea, tal como hemos dicho, recurre a dos ejemplos.
En primer lugar la Isla de San Simón, en la ría de Vigo, que había acogido diferentes funciones y establecimientos, tales como monasterio, lazareto, cárcel y hospicio.
En 2000 se convirtió en un lugar emblemático de las actividades relacionadas con la memoria histórica, pero, nueve años más tarde, con la llegada del Partido Popular al gobierno, pasó a ser la Isla del Pensamiento, desviando su centro de gravedad hacia acciones culturales con un carácter mucho más general.
En idéntica dirección avanzarían las intervenciones sobre la Cárcel de Vigo, construida en la segunda mitad del ochocientos y en funcionamiento hasta 1976, convertida tras su desafectación en Museo de Arte Contemporáneo (MARCO).
La misma preocupación por la patrimonialización orienta el tercer capítulo, Patrimonio sin monumentos..., de Carmen Ortiz, en el que se hace una breve historia de Carabanchel prestando especial atención a lo que sucedió tras el desalojo de los últimos presos hasta su completa demolición, concluyendo que, a pesar de su desaparición, ha dejado una huella como vacío y éste no necesariamente se ha de identificar con el olvido: "la cárcel de Carabanchel sigue viva, aunque sea con una fantasmal existencia".
Se nos explican en estas páginas, siguiendo una cronología precisa y bien documentada, las diferentes etapas de su desmantelamiento, pero también la importancia que en todo ello tuvieron las movilizaciones, que contribuyeron a una cierta reconstrucción y búsqueda de identidad de los barrios vinculados, especialmente Carabanchel y Aluche.
Se describe el proceso mediante el cual la prisión desafectada se fue convirtiendo en una ruina, tras la recalificación de los terrenos ocupados por el establecimiento, en un momento en el que ya había movimientos vecinales promoviendo una consulta para decidir futuros usos que, a finales del pasado siglo, parecían decantarse por la construcción de un hospital.
El progresivo deterioro del edificio, consecuencia del abandono y el saqueo, reorientó la lucha, cada vez más, hacia la defensa de lo que ya sólo eran sus muros, mientras se fueron precisando las propuestas, a la par que los barrios más directamente implicados iban redefiniendo su propia identidad, acabando por reivindicar la cárcel como elemento fundamental de la "identidad urbana", lo que finalmente se concretó, ante la negativa de reutilizar el edificio, en reclamar la conservación de la cúpula central, objetivo tampoco alcanzado.
Pero, si bien la demolición fue total, tal como explica la autora, ha quedado la huella del vacío y la cárcel pervive aunque sea con esa fantasmal existencia.
En el cuarto capítulo, La materialidad del castigo..., de Víctor M. Fernández se abre un nuevo epígrafe, aunque no lleve título, dedicado a la materialidad del encierro y del edificio.
Se hace en él un repaso muy rápido, pero atinado, de los aspectos materiales de la prisión, reivindicando la arqueología como herramienta para entender el encierro y lo que éste nos cuenta de la sociedad en que se inserta.
Comienza con una revisión a vuelapluma que arranca de la Prisión Mamertina, bajo el Capitolio Romano, pasa por la Edad Media y las "mazmorras", hace referencia al modelo monástico y recuerda las cárceles de la Edad Moderna construidas como tales.
Revisión sin duda somera, pero que sirve de introducción a las tres catas que acomete a continuación, siguiendo siempre el enfoque conceptual y metodológico de la arqueología.
Se ocupa en primer lugar del subterráneo de Sarka, en Etiopía, como ejemplo de cárcel premoderna, que describe como un agujero, ubicado bajo un supuesto palacio, de forma cuadrada de 11x11 metros de lado interior, espacio para el que propone diferentes hipótesis interpretativas.
El siguiente hito de esta serie es el panóptico de Bentham, como paradigma de la prisión moderna.
Obviamente el salto es enorme y, en consecuencia, se han soslayado muchos eslabones de una potencial historia del encierro, pero no parece la intención del autor realizarla, sino mostrar algunos de los elementos relevantes de la misma.
Nos presenta este modelo como metáfora de la sociedad disciplinaria y no olvida su deriva hacia el sistema radial, conocido en su momento como panóptico local.
En tercer lugar se refiere al encierro masivo como prototipo del siglo XX, ejemplificado en los campos de concentración, ya sean los nazis o el Gulag, y los diferencia del anterior patrón panóptico.
Concluye reivindicando el papel de la arqueología para el conocimiento, tras su destrucción, de lo allí sucedido.
En la misma dirección avanza el quinto capítulo, La cárcel de Carabanchel.
Una aproximación arqueológica, de Alfredo González-Rubial y Álvaro Falquina, que plantea el doble objetivo de reflexionar sobre el establecimiento desde una perspectiva arqueológica y hacer una interpretación morfológica utilizando el análisis sintáctico, metodología, esta última, puesta en marcha por algunos arquitectos ya en los años ochenta del pasado siglo.
Si bien la arqueología ha sido más empleada para el conocimiento de los campos de internamiento, pues desaparecen rápido y generan poca documentación, también es aplicable a la cárcel que, aunque no comparta estos rasgos, tiene la peculiaridad de que su uso continuado borra las huellas de momentos precedentes, además, su carácter urbano conlleva la destrucción de restos y desechos con la consiguiente pérdida de información.
Con el análisis sintáctico del espacio se trata de hacer visibles relaciones sociales y de poder que no se comunican verbalmente.
Siguiendo a Hillier y Hanson utilizan el "análisis gamma" que, partiendo de la célula espacial elemental, busca rutas e interrelaciones de permeabilidad.
Esta aproximación muestra la fuerte jerarquización y complejidad del edificio de Carabanchel, aunque de todos modos es algo parecido a lo que se puede encontrar en otras cárceles radiales.
También a través de esa metodología explica cómo el centro de vigilancia es el espacio donde "se incorpora por parte de los presos la lógica del poder".
Para completar la reflexión compara esta morfología con la de los encierros masivos, sirviéndose del destacamento penal de Bustarviejo y del campo de concentración de Castuera, donde la materialización del poder se da en el patio, que sería el paralelo de la torre en la estructura radial.
Este tipo de análisis resulta también útil para la comprensión de espacios que no están estrictamente destinados al encierro, como el Valle de los Caídos.
Concluye su reflexión diciendo que Carabanchel estaba fuera de su tiempo, pues seguía los patrones del modelo de Filadelfia que ya había caído en desuso a comienzos del siglo XX, pero este sistema, que obedecía a los rasgos políticos del franquismo, era bien considerado, fundamentalmente, por su capacidad clasificatoria.
Este epígrafe dedicado a la arqueología y la materialidad del edificio se cierra con el siguiente capítulo, titulado Panoptismo sin panóptico... de P. Oliver, L. Gargallo y J. C. Urda.
En él se recurre de nuevo a la comparación con el modelo Filadelfia, por su estructura radial, y Carabanchel se nos presenta como el mensaje del régimen franquista afirmando que tiene una política penitenciaria clara, que empieza a poner en marcha con la erección de ese edificio.
Se hace aquí un breve repaso de esta categoría constructiva, así como de los intentos de su aplicación en España.
En una sucinta revisión histórica cita el conocido establecimiento de Gante, de finales del siglo XVIII, como antecedente claro del sistema radial, lo cual, si bien es cierto, sería muy matizable, puesto que muchas cárceles de la época tenían morfologías diversas, a la par que otros establecimientos anteriores, como las Casas de Misericordia, ya respondía a estructuras claramente radiales y se basaban en la vigilancia central.
Continúa con el panóptico del que afirma que, además de patrón constructivo, casi alcanza el rango de concepto filosófico, haciendo hincapié en su valor simbólico, aunque encierra en sí mismo, dice, una contradicción irresoluble, pues representa a una sociedad que genera marginación y grandes desigualdades, al tiempo que él mismo es incapaz de adaptarse a tales magnitudes.
Realiza a continuación un repaso minucioso y bien planteado de los proyectos abordados en España.
Comienza con las propuestas de la Real Asociación de la Caridad de Madrid, fundada a finales del siglo XVIII, continúa con la panóptica de Vilanova y Jordán.
Se echa quizás en falta la referencia a la obra de Marcial Antonio López Descripción de los más célebres establecimientos de Europa y Estados Unidos, publicada en 1832.
En esta revisión se detiene en la cárcel Modelo de Valladolid, en la de Mataró, diseñada por Elias Rogent, y prosigue con el Programa para la construcción de prisiones de 1860 y la consiguiente colección de planos de Madrazo.
Señala cómo, posteriormente, con la aprobación en 1876 del proyecto para la cárcel de Madrid, se fue imponiendo el modelo radial, lo que se materializó en el Programa para la construcción de cárceles de partido de 1877 y en los planos de Tomás Aranguren que a él se adecúan.
Acaba haciendo un rápido repaso de lo acontecido desde finales del ochocientos, pasando por la Segunda República y concluyendo que, a pesar de las críticas recibidas, este sistema todavía estaba muy asentado en la España de los años treinta del pasado siglo.
Con el séptimo capítulo, de Sergio García, titulado Cuando éramos malos: el estigma penitenciario..., se abre otro bloque quizás menos homogéneo que el resto de los que componen la obra, pues engloba aspectos variopintos, como la impronta del establecimiento en su entorno, las dinámicas de resistencia, las historias de vida o las reacciones internacionales ante la política represiva del franquismo.
En este capítulo se muestra cómo la cárcel contribuyó a construir la identidad del barrio, así como el papel que en todo ello podría desempeñar la resignificación del establecimiento.
No olvida tampoco la existencia del nuevo lugar de reclusión: el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE).
Nos recuerda la historia de Carabanchel como barrio que absorbió la inmigración rural en Madrid, cuya época de mayor visibilidad fue la transición, por la relevancia que adquirieron algunos de los antiguos habitantes de la cárcel y por las movilizaciones de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL).
Durante los años setenta del siglo XX el establecimiento fue el destino del excedente de mano de obra y en las décadas siguientes el acento se fue desplazando hacia la marginalidad, una de cuyas imágenes señeras fue el yonki.
A partir de 1998, con el cierre de la cárcel, empieza a difuminarse esa especie de estigma de su entorno.
En estas páginas se critican algunos trabajos que reivindicaban la demolición y el olvido, por no entender el valor de su resignificación, al tiempo que presentaban una imagen edulcorada de Carabanchel recurriendo a vestigios históricos que nos retrotraían al antiguo pueblo rural.
Señala, finalmente, que hay que diferenciar dos luchas: la que busca la resignificación del establecimiento y la que se enfrenta al CIE.
El capítulo ocho, Paisaje urbano y mapas de la represión..., de David Oviedo, nos explica la historia del barrio, y de las instituciones benéfico-represivas que lo configuraron en el periodo de 1939 a 1945, que ayudan a entender el establecimiento y su relación con el medio, describiendo un paisaje habitado por batallones de trabajadores forzados que se dirigen, desde el encierro habilitado en Santa Rita, a construir la nueva cárcel.
Tras la guerra, Carabanchel fue declarado zona devastada y, bajo los auspicios de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones, comenzó un proceso que tuvo como hito importante la elevación del establecimiento penitenciario.
Se asumieron entonces muchos trabajos en el barrio, incluida la construcción de viviendas de nueva planta, así como la de algunas infraestructuras, lo que, a su vez, sirvió para hacer desaparecer las áreas que se consideraban "irredimibles".
El viejo Hospital militar de Carabanchel, que provenía de 1903, fue también objeto de obras de remodelación a manos de destacamentos de penados proporcionados por el Patronato de Reducción de Penas.
Ofrece además estadísticas interesantes de los batallones de trabajo.
No se olvida de lo acaecido en los otros dos encierros existentes en la zona, el Reformatorio Príncipe de Asturias y la Escuela de Reforma Santa Rita, que tuvo el protagonismo hasta la erección de la nueva cárcel, cuyo proceso nos explica en estas páginas.
Concluye haciendo referencia a los mecanismos de resistencia y especialmente a las fugas, para cuya periodicidad expone varias hipótesis explicativas.
En las Memorias Libertarias... que ocupan en noveno capítulo, escrito por Alicia Quintero, hay un cierto cambio de temática, ya que se estudian los textos autobiográficos, cada uno de ellos con un sesgo particular, de tres militantes anarquistas y anarcosindicalistas, ninguno de los cuales era escritor y, como los dos primeros han tenido una difusión restringida, aporta un material interesante y poco conocido.
La historia carcelaria de Cipriano Mera comienza en la Modelo de Madrid en 1936, entre cuyas paredes se entera de la sublevación.
Participa en la guerra, se exilia en el norte de África y es extraditado en 1942, comenzando su periplo de cárcel en cárcel.
Es condenado a muerte y conmutada la pena en 1943, cuando es trasladado a Santa Rita y forma parte de los batallones que construyen Carabanchel.
En sus escritos se mezcla el yo y el nosotros, es la vivencia del colectivo en el encierro, pero apenas hay descripción física de los establecimientos.
Salió en 1946 y, decepcionado, se exilió en Francia al año siguiente.
Se centra en cómo la CNT decidió tomar algunos "destinos" (cocina, paquetes, correos, etc.) para tener cierto control sobre las condiciones de vida.
Describe el hambre en el encierro y el funcionamiento del "servicio de cocinas" del que se hicieron cargo.
El caso de Félix Carrasquer es relativamente diferente, pues tenía una cierta formación y fue conocido por sus propuestas de una pedagogía libertaria.
Escribió 800 páginas, luego depositadas en el Archivo Fundación Salvador Seguí.
Tras diversos avatares fue detenido en 1947 en Madrid y condenado a 25 años, de los que cumplió 11 (en Ocaña, San Miguel de los Reyes y Carabanchel).
Ciego desde 1932, las descripciones de los espacios físicos son inexistentes.
Quizás lo más interesante sea su paso por la 7a galería donde se cruza con personajes variopintos, así como su narración de las actividades culturales, charlas, debates, etc. y la organización de cursos con los comunes.
Si bien se trata de tres historias diferentes, tienen un denominador común, que es la voluntad de dar una resignificación positiva a la experiencia carcelaria.
El aislamiento internacional y el problema de los presos... es el décimo capítulo y está escrito por Gutmaro López Bravo y Alejandro Pérez-Olivares que nos explican cómo a mediados de la década de los 40 empezaron a preocupar las críticas internacionales y la imagen dada al exterior, lo que llevó a articular toda una serie de medidas para presentar un panorama de dulcificación y de normalización, que iban desde una mejora del aspecto de los establecimientos, y en especial de Carabanchel, hasta la prohibición de los malos tratos, así como la creación de la Escuela de Estudios Penitenciarios, que pretendía mostrar la voluntad de entrar en la "fase científica" del tratamiento de los reos.
Esta estrategia llevó a desplegar una campaña en el exterior que comenzó en Londres y continuó en Buenos Aires, donde se preparó la defensa que Argentina debía hacer de España ante las Naciones Unidas.
Pero las críticas y protestas internacionales por la condena a muerte de José Satué y otros sindicalistas, llevó al Ministro de Justicia, Fernández Cuesta, a retomar el discurso de la guerra.
A la par, la Oficina Informativa Española editaba Cárceles españolas, donde se mostraba un panorama generoso y benéfico.
Alrededor de 1949, la Comisión Internacional contra el Régimen Concentracionario, formada por supervivientes de los campos de concentración nazis, comenzó las gestiones para hacer una visita a las cárceles españolas.
Tardaron cuatro años en conseguir el permiso y sólo pudieron visitar 17 establecimientos previamente seleccionados donde, obviamente, no encontraron nada censurable, lo que se recogió en un informe que fue aplaudido como un éxito diplomático por parte del Régimen.
En el undécimo capítulo, Presos políticos del tardofranquismo..., de Mario Martínez, se aborda esta cuestión, a partir del trabajo realizado con presos desde finales de los sesenta hasta mediados de la siguiente década.
En su reflexión, agrupada en tres bloques, hay, en cada uno de ellos, una parte teórica y otra más vinculada a la investigación concreta.
Tal como reza el título, se ocupa básicamente de los presos del tardofranquismo, de 1968 a 1977, período en el que había habido un ascenso de los partidos de izquierda (PCml, LCR, MC, ORT etc.)
Para su aproximación utiliza fuentes diversas, como cartas y declaraciones de los presos, la prensa clandestina, memorias escritas por los reos y algunas entrevistas.
Nos explica cómo la conquista del espacio (convertir la celda en una biblioteca, el patio en área de deporte, garantizar la movilidad entre celda y patio...) era una parte fundamental de la lucha del preso político, que se resistía al disciplinamiento y trataba de poner a salvo sus ideales que, a menudo, salían reforzados de estos enfrentamientos.
Al hablar de la experiencia del encierro hace referencia a tres "intensidades": las sensoriales (auditivas, olfativas, táctiles, etc.) que dejan un eco en los cuerpos; las sociales (maneras de afectar y verse afectado por la relación con los otros) y las abstractas (redención, castigo, libertar, justicia...).
Entre las tres conforman una singularidad que el autor denomina acontecimiento.
En las últimas páginas vuelva sobre la idea de que la transición pretendió borrar ciertas huellas traumáticas de la guerra civil, lo que posibilitó el paso de ciertos agentes del franquismo a la democracia con total impunidad.
El título del decimosegundo capítulo, escrito por César Lorenzo Rubio, es muy explícito respecto a su contenido, La COPEL y el movimiento de presos sociales en Carabanchel, y para abordarlo se remonta a sus orígenes, cuando el endurecimiento del Código Penal, en 1963, posibilitó una mayor represión de la delincuencia común y, en particular, de los reincidentes.
En la misma dirección avanzaba la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación social, de 1970, actualización de la antigua Ley de Vagos y Maleantes.
En estas páginas explica los avatares por los que fue pasando este movimiento, que comenzó con la ocupación provocada por el indulto restrictivo de noviembre de 1975 y continuó con la amnistía, de julio de 1976, del gobierno de Suárez, que ya dio lugar a algunos motines.
Hacia la mitad de los setenta se fue consolidando la conciencia, o la identidad, de los presos sociales hasta el punto de proponer la abstención en el referéndum sobre la Ley para la Reforma Política para 1976.
Al año siguiente aparecía ya el primer comunicado de la COPEL, que inicialmente se presentó como circunscrita a Carabanchel, pero progresivamente se fue extendiendo por otros establecimientos, en parte gracias al apoyo de AFAPE (Asociación de Familiares y Amigos de Presos y expresos).
Nos narra el motín del verano de 1977, comenzado en la 6a galería de Carabanchel, pero que se propagó a otros penales, y los sucesivos levantamientos que jalonaron aquellos años.
El mes de marzo de 1978 fue un punto de inflexión importante, marcado por la muerte en Carabanchel de Agustín Rueda y, posteriormente, la del Director General de Instituciones Penitenciarias a manos del GRAPO.
Tales circunstancias llevaron a la "semana negra" de la transición penitenciaria y propiciaron la entrada de García Valdés, quien inició algunas reformas que tampoco estuvieron exentas de resistencias.
El autor presenta este periodo como caracterizado por el "sálvese quien pueda", mientras por parte de la dirección se combinaba la mano dura con algunas concesiones, lo que fue llevando hacia la desmovilización general, acompañada de un incremento de la violencia interpersonal.
Concluye manifestando que la COPEL no fue un grupo mafioso que pretendía mayores cotas de poder, como en ocasiones se ha presentado, sino un movimiento social precariamente organizado y efímero, que sacó a la luz conflictos sociales y reivindicaciones políticas.
El siguiente capítulo, Las mujeres de los presos..., de Irene Abad, está dedicado a uno de los actores más importantes, y más ignorados, de este drama penitenciario: las mujeres de los presos; término que se fue difundiendo, primero estigmatizando para luego convertirse en carta de presentación en sus reivindicaciones.
Se analizan aquí dos instituciones que sirvieron para extender la represión fuera de los muros de la cárcel e implicar a los familiares, en primera instancia, y al conjunto de la sociedad de manera indirecta.
Nos explica el papel desempeñado por la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939 que preveía la incautación de bienes de los desafectos al Régimen, basándose en informes de diferente índole, lo que dio lugar a los Tribunales de Responsabilidades Políticas.
Es fácil imaginar en qué situación fue dejando su actividad a los allegados de los reclusos.
El mismo carácter represivo, pero con un talante bien diferente, era el Patronato Central de la Merced, cuya finalidad declarada era la "mejora espiritual y política de los presos" que, además, administraba una parte del salario de éstos y pretendió realizar una labor ideológica de envergadura.
Nos cuenta el proceso por el cual, lo que inicialmente era el socorro individual al marido o al familiar, se fue convirtiendo en un movimiento solidario en apoyo de quienes estaban recluidos.
Se detiene también en el soporte recibido del exterior y en las tareas realizadas por la Unión de Mujeres Antifascistas, que tuvo su rama española, bastante vinculada al PCE, bajo cuya influencia, más adelante, se organizó el Movimiento Democrático de Mujeres, transformado posteriormente en el Movimiento de Liberación de la Mujer que, tras la amnistía, se orientó hacia reivindicaciones y labores de este tipo.
Los cuatro últimos capítulos mantienen una clara continuidad respecto a los precedentes, pues se ocupan, básicamente, de la resistencia y de la construcción de la propia identidad en ese medio hostil.
Tienen como común denominador el hecho de que estas dinámicas se estudian a través de la producción de diferentes materiales, sean documentos escritos o grafitis, por ejemplo y, a estos últimos se dedica el primero de este bloque, decimocuarto del libro, de Fernando Figueroa-Saavedra: Paciencia, pan y tiempo..., quien comienza señalando la importancia de los grafitis, en la medida en que a menudo representan la voz de aquellos que, situados en los márgenes, suelen tenerla acallada.
Los compara con los tatuajes, como elemento de autoafirmación en entornos difíciles (lo cual, sin duda, es cierto en determinados periodos históricos, aunque dudoso en la actualidad, cuando "ricos y famosos" los lucen con fruición).
La escuela positiva se sirvió de los mensajes de los muros para recalcar, una vez más, la naturaleza perversa y retorcida del encerrado.
En Carabanchel, tal como reconoce el autor, ha habido diferentes agentes que han plasmado sus deseos o reivindicaciones en las paredes, pero él se ocupa básicamente de las pinturas/inscripciones de los presos, que se podrían clasificar en tres categorías: las que provienen de actividades puntuales organizadas, las toleradas y las del interior de las celdas.
De todas ellas nos presenta fotografías muy interesantes, lástima que sean en blanco y negro, lo cual, sin duda, obedece a exigencias de la edición.
Atiende a su ubicación, a las técnicas utilizadas que, obviamente, son muy variadas como consecuencia de la precariedad de medios y de la necesidad de aprovechar cualquier cosa de la que se disponga.
Es muy interesante la parte dedicada a las temáticas, entre las que enumera: autoafirmación, invocación del amor, autojustificación, dejar memoria del paso, proyección de deseos o frustraciones, rebeldía frente a la institución.
El grafiti es, en ocasiones, reacción frente al ambiente hostil y, en otras, muestra de integración en la sociedad del proscrito.
En general se trata de una autorreferencia dentro de la cual hay un impulso autobiográfico.
Del grafiti pasamos a la poesía en Huellas poéticas de la represión en Carabanchel... de Aurora Ducellier, donde se analiza la obra de Carlos Álvarez, autor muy representativo de los que escribieron en las cárceles del franquismo, de quien se citan y estudian parcialmente obras como Papeles encontrados por un preso, Versos de un tiempo sombrío o La campana y el martillo pagan al caballo blanco.
Oriundo de Jerez de la Frontera, su padre fue fusilado en el 36 y él marchó a Madrid en 1941 y en 1958 empezó su militancia comunista.
Fue detenido y encerrado por repartir propaganda.
La cárcel, propiamente dicha, apenas aparece de forma explícita en sus versos, salvo quizás en los titulares e introducciones.
Se trata, como dice la autora, de situar el poema en un "contexto testimonial" para darle de esa manera un alcance más universal.
Sus Versos de un tiempo sombrío fueron en parte consecuencia de su estancia en la celda de castigo por una huelga de hambre.
No deja de ser significativo el hecho de que muchos de ellos sean sonetos, más fáciles de memorizar, ya que al no disponer de medios de escritura debía componerlos mentalmente y recordarlos para salvarlos del olvido.
Su obra se nos muestra como el esfuerzo por superar el trauma del encierro con la poesía y el humor, pero siempre tratando de abrir un camino hacia la esperanza, pues el "yo poético" está inmerso en una experiencia colectiva por la dimensión social de su obra.
En su poesía se dirige a los otros presos, pero también a todo el pueblo español o a una comunidad imaginaria de resistencia.
En el capítulo dieciséis, El papel del muro..., de Verónica Sierra continuamos con la producción escrita del encierro, puesto que todos, vigilantes, vigilados, autoridades, etc., escriben, pero en su artículo dará, fundamentalmente, la palabra a las "voces dormidas", calificativo que extrae de la novela de Dulce Chacón, basada en la historia de Hortensia "Tensi" y ambientada en la cárcel madrileña de Ventas, mujer de un maquis cordobés, allí encerrada, que fue ejecutada en 1941.
Para el estudio de esta documentación establece diferentes categorías.
Por un lado están los diarios y autobiografías, cuya difusión y estudio se incrementó a partir de la década de los ochenta del pasado siglo.
Constata la autora el lamentable estado en que se encuentran actualmente los archivos que recogen tal documentación.
Recurre a diferentes ejemplos, como la crónica de la vida cotidiana escrita por Casimiro Jabonero que se trata, en su opinión, de un texto claro y bien estructurado, raro en su categoría.
Hace referencia a otros de este tipo, como el de Gabino Lizarralde, preso en Bilbao en 1937 o el de Dolores Botey Alonso.
Otro tipo diferente, al que ya se había hecho referencia en el capítulo anterior, es el de las inscripciones y grafitis, que también sirvieron de desahogo para combatir la soledad.
Una tercera categoría es la de las "memorias impuestas, avales y denuncias" título bajo el que recoge la documentación generada, en parte, bajo presión de la administración.
En las "memorias impuestas", a veces realizadas sobre formularios preestablecidos, se le exige al reo que escriba sobre sí mismo, lo que se utilizará para su posterior "tratamiento" o clasificación.
Están, además, los avales pedidos al exterior para justificar o mostrar la inocencia del recluido y, en el otro extremo, las denuncias condenatorias.
Todo ello configura una documentación de un gran valor para aproximarse a aquella realidad penitenciaria.
Tampoco se olvida de los periódicos y boletines, fruto de la organización clandestina en el interior del encierro y de la voluntad de resistir y, en la medida de lo posible, subvertir el orden imperante.
Finalmente se ocupa de la correspondencia, que fue la producción escrita protagonista y, sin duda, el principal apoyo tanto de los recluidos como de quienes les esperaban en el exterior.
Concluye, siguiendo a Vinyes, que el encierro no fue un lugar de "parálisis vital", sino un "ámbito de construcción biográfica", lo cual fue posible gracias a la escritura.
El decimoséptimo y último capítulo, Gestación de los proyectos creativos..., de Paula Rubio Infante, tiene un carácter netamente distinto de los anteriores, pues se trata de la explicación de diferentes obras de arte realizadas por la propia autora que tienen como eje el encierro y, en particular, la cárcel de Carabanchel.
Son diversas las motivaciones que le han llevado a ocuparse de esta problemática y en estas páginas hace referencia a cuatro de sus trabajos, en los que desempeñan un papel importante una serie de fotografías, en blanco y negro, tomadas desde 1998.
"El peso de la justicia: Madrid I" (2007) es una instalación en la que se combinan fotos de la cárcel, de un formato relativamente grande, con una reproducción de las pesas, para hacer ejercicio, que los reos construían en el encierro con barras y unas piezas de cemento.
La segunda lleva por título "El peso de la justicia: responsabilidad compartida" (2007) y es una performance en la que el padre de la artista, ex funcionario de prisiones, golpea con las pesas las fotografías, dejando como instalación final los restos de tal acción.
"Come mierda" (2010) nace a partir de la voluntad de participar en una exposición en Zamora, lo que llevó a la autora a recoger información sobre la cárcel de esa ciudad, ya en desuso, y de la fosa común de la guerra civil existente en Toro.
El objetivo era vincular ambos espacios por medio de la obra de arte, lo que debería, a su vez, llamar la atención sobre otras fosas comunes españolas.
El resultado fue un díptico de fotografías de gran formato más una serie de dibujos y maquetas.
Acaba con la explicación de "Ríen los dioses", montaje realizado a partir de los dibujos de Manuel Delgado Villegas "el Arropiero", un asesino en serie internado en el psiquiátrico de Carabanchel.
Para concluir esta reseña convendría señalar la oportunidad y el interés de este libro.
Por un lado porque se trata de una obra reflexiva, pluridisciplinar y que aborda un tema, el del encierro (y en particular la cárcel de Carabanchel) que sigue siendo poco estudiado en nuestro país, a pesar del crecimiento constante de la preocupación por recuperar la memoria histórica, a veces en un ambiente político hostil.
Pero la cárcel y el encierro van más allá de estrechos marcos temporales y son asuntos espinosos frente a los que, a menudo, se desvía la mirada.
Por otro lado, hay motivos concretos que hacen especialmente oportuno este texto.
Llevamos años oyendo hablar de la desafectación de Cárcel Modelo de Barcelona y se han barajado multitud de hipótesis y propuestas.
El conocimiento de lo sucedido en Madrid puede servir tanto de acicate como de orientador de nuestra actividad.
Es, tal como se ha dicho, un libro bien estructurado en diferentes ámbitos temáticos en el que el lector atento encontrará sin dificultad el hilo conductor. |
Como ya señalé hace algunos años, el interés que despierta la Paleoantropología en la sociedad se debe a que es la ciencia cuyo objeto de estudio es el conocimiento, en el marco de la teoría de la evolución, del origen y la antigüedad de la Humanidad.
O dicho en palabras de Richard Leakey, los huesos fósiles humanos contribuyen a explicar tanto el pasado de la Humanidad como el proceso a través del cual hemos llegado a ser lo que somos.
En resumidas cuentas, es una ciencia que, al ser su objeto de estudio los fósiles humanos, investiga el pasado de todos nosotros, en cuanto que se ocupa de la historia genealógica de la familia humana, investiga quienes fueron nuestros ancestros y quienes nuestros parientes y nos recuerda y confirma el lugar que ocupamos en la naturaleza.
Los hallazgos en la Sierra de Atapuerca de fósiles humanos, que han sido determinados por el equipo investigador como de diferentes especies y de distintas edades, se han producido en el marco de un exitoso programa de investigación paleoantropológica que ha tenido una amplia repercusión en la sociedad española.
La excelente planificación del trabajo desarrollado en Atapuerca, que culminó con importantes resultados científicos, ha tenido una muy buena acogida en los medios de comunicación y ha sido objeto de una extensa divulgación científica, lo que ha propiciado que en Burgos se terminara inaugurando un Museo de la Evolución Humana, y en los pueblos cercanos a los yacimientos se haya establecido una importante industria cultural.
La posibilidad de visitar externamente los yacimientos y la creación de un parque arqueológico ha permitido que miles de visitantes hayan conocido de una manera cercana la labor que paleoantropólogos, arqueólogos, geólogos, etc., han llevado a cabo en Atapuerca.
En la prensa, la radio y la televisión, los medios tradicionales de comunicación, Atapuerca se ha convertido en sinónimo de éxito en lo que se refiere a la ciencia española.
Esta repercusión mediática, no hay que olvidar que debido al indudable valor científico de los hallazgos paleoantropológicos, ha originado que Atapuerca se convierta en un fenómeno sin precedentes en la historia de la ciencia en España.
En efecto, los trabajos de investigación, y sus resultados, realizados en los yacimientos burgaleses han convertido a la paleoantropología en una de las disciplinas con mayor relevancia en España.
En Atapuerca, desde que en 1976 se descubriera una mandíbula fósil humana, han excavado numerosos paleontólogos, arqueólogos, geólogos, biólogos, tanto alumnos como profesores e investigadores, de distintas universidades y del CSIC.
Todos ellos han contribuido durante más de tres décadas al conocimiento paleontólogico y arqueológico de la sierra de Atapuerca.
Hay que destacar en este punto la importante labor que realizó Emiliano Aguirre como director del proyecto de excavaciones desde los primeros años hasta su jubilación en 1990.
Pero además del metódico y excelente trabajo de campo el equipo investigador ha realizado una intensa labor de popularización científica de los hallazgos realizados, especialmente los tres codirectores que sustituyeron a Aguirre, a través de numerosos libros de divulgación.
Esto nos lleva a considerar lo que ha señalado al respecto el historiador de la paleontología humana Richard Delisle.
Este autor, y coincido en esto con él, considera preocupante la concordancia de interpretación paleoantropológica que hay entre trabajos especializados y obras de divulgación.
El motivo es que debido a ello los paleoantropólogos construyen un corpus de ideas que refleja la posición historiográfica oficial de la disciplina y esto supone una pérdida de renovación de la historiografía de la paleontología humana.
Sin embargo, en el libro objeto de esta reseña, Oliver Hochadel prefiere no pronunciarse si los investigadores de Atapuerca han ido demasiado lejos a la hora de vender su proyecto.
Aclara al principio en qué coordenadas se ha movido a la hora de abordar su estudio sobre Atapuerca.
El Mito de Atapuerca, dice, no pretende ser una historia del proyecto de investigación, sino una reconstrucción histórica articulada en tres soportes: cómo ha sido contado por los componentes del equipo de investigación, cómo los medios de comunicación españoles tejieron una narrativa ejemplar sobre la ciencia española y cómo políticos, historiadores y otros actores se apropiaron de este material, mediático y cargado ideológicamente, sobre los orígenes humanos para sus propios y diferentes fines.
Señala que apenas ha habido crítica pública del proyecto, y que cuando la ha habido, enfocada hacia el aspecto de autoelogio público, siempre se ha matizado al reconocerse la importancia de los hallazgos paleontológicos.
El autor de este libro, cuyo principal ámbito de investigación en la disciplina es la interacción de la ciencia y sus públicos, no está de acuerdo con esta postura, porque para él significa un intento de omitir lo más importante, en otras palabras, separar la cantidad de hallazgos paleontológicos y arqueológicos de la industria popularizadora creada por el equipo de investigador de Atapuerca.
Y es aquí donde reside la tesis de esta obra: el gran éxito del proyecto científico sólo puede explicarse atendiendo a la comunicación de los descubrimientos y a sus interpretaciones.
Oliver Hochadel expone su discurso en varios capítulos que se centran en temas y contextos específicos y cuyo objetivo es ayudar a comprender como se construyó la "montaña mágica", metáfora de Atapuerca.
En realidad este era el título que el autor, como comentó en público, había elegido para su libro, la construcción de la montaña mágica, pero que por presiones editoriales se cambió por El Mito de Atapuerca, con toda la ambigüedad que encierra la palabra mito en español.
Aunque se emplea para destacar la relevancia histórica de algo importante, en lenguaje coloquial a veces se utiliza para referirse a una persona, lugar, objeto, etc., a la que se le da más valor de la que tiene en realidad.
Pasando ya al contenido del libro, se plantean distintos contextos específicos: la idea de colonialismo científico enraizada en la historia de la paleoantropología y de la arqueología prehistórica española; el debate sobre en que país se han hallado los huesos fósiles más antiguos, que corresponderían al primer europeo; la instrumentalización de los fósiles humanos de Atapuerca y su apropiación, sea como prueba de los orígenes nacionales de un pasado remoto -continuidad biológica - o como trofeos de investigación - nacionalismo científico -; la alianza de los medios de comunicación en la con el equipo investigador; la publicación por parte de los paleoantropólogos de Atapuerca de numerosos libros de divulgación que les permiten exponer sus teorías y reforzar sus tesis y, para terminar, la reconstrucción y visualización de los homínidos, ejemplo para Hochadel de cómo los productos de la popularización revierten en el proceso de investigación.
No termina Hochadel sin añadir otro contexto en relación al interés por desenterrar el pasado, la coincidencia cronológica o las dos caras, una triunfante, otra dolorosa, que constituyen las excavaciones de Atapuerca y la exhumación de cadáveres de republicanos asesinados durante la Guerra Civil.
Tras este resumen rápido, que evidentemente no refleja la totalidad de aspectos discutidas por Hochadel, algunas de incuestionables valor como la escasa difusión de las posturas críticas sobre la especie antecessor de otros profesionales de la paleoantropología o el debate sobre cuestiones controvertidas en torno a los datos que parecen indicar la presencia de canibalismo, altruismo y simbolismos entre los humanos que vivieron en Atapuerca hace cientos de miles de años.
La gran repercusión mediática de Atapuerca y la coincidencia en las alabanzas de todos los medios de comunicación, se debe a que es la crónica y la comunicación pública de un éxito, de un triunfo: la riqueza de fósiles humanos, nada menos que varias especies del género Homo en el espacio de en torno al millón de años.
No hay yacimientos de este valor científico en ningún lugar del planeta Tierra.
Puede considerarse arriesgada la postura de Hochadel por haber querido dar una visión del fenómeno Atapuerca que personalmente no me parece muy crítica, aunque sí cuestione determinados aspectos.
El haber llegado hace sólo unos pocos años a España y, por tanto, encontrarse fuera de lo que denomina la burbuja nacional que protege a Atapuerca, no garantiza el acercamiento objetivo al problema estudiado.
Además, para entender cuestiones como la internacionalización y las relaciones con colegas de otros países, es necesario tener un buen conocimiento la historia de la paleoantropología en España, marco que permite entender y analizar el funcionamiento interno y la dimensión de los trabajos científicos realizados en Atapuerca.
Está claro que desde Atapuerca se emite un discurso único, tanto desde los trabajos de expertos, como a través de los libros de divulgación científica y de los guías que enseñan los yacimientos al público visitante.
Desde este punto de vista hay que alabar que Hochadel, con un libro bien construido y bien argumentado, haya dado un paso adelante para emitir una interpretación externa a la que comunica el equipo investigador de Atapuerca.
Es deseable que cunda el ejemplo. |
Expertos y profanos a través de la historia
Agustí Nieto-Galan's Los públicos de la ciencia is therefore most welcome.
1) or "la ciencia espectáculo" (ch. |
Prólogo de Leoncio López-Ocon.
Prólogo de Leoncio López-Ocon., Padilla libros, editores y libreros, Sevilla, 2012.
La publicación de la Correspondencia epistolar de Felipe Bauzá, Policarpo Cía y Casiano de Pardo (1836-1845) acrecienta la difusión del archivo personal del ingeniero de minas Lorenzo Gomez-Pardo y Enseynat (1801-1847).
Es el cuarto volumen que la historiadora Beatriz Vitar entrega sobre la figura de este notable científico de firme ideario liberal y sacrificado funcionario en las minas españolas de mercurio y plomo en la primera mitad del siglo XIX.1 Poco diré de Gómez-Pardo, quien habiendo fallecido a los 46 años dejó la suficiente huella como para ser un biografiado protagonista de la España decimonónica.
Su trayectoria esta reflejada en el "legado" que actualmente custodia la Escuela de Minas de Madrid y de cuya difusión se ocupa la Fundación Gómez Pardo.
El libro que aquí se reseña transcribe ciento cincuenta documentos epistolares de tres notables ingenieros del minas, enviados a Gómez-Pardo en diferentes momentos de su vida profesional.
Lamentablemente no se han conservado las respuestas a estas misivas, ni siquiera en copia.
Esta correspondencia desvela los intereses científicos y técnicos de los tres protagonistas en la esfera de la minería, además de las preocupaciones intelectuales expresadas en sus reflexiones tocantes a sus ideales políticos y principios morales, cimientos que inspiraron su labor y su conducta.
Tales cavilaciones fortalecieron espiritualmente a estos estoicos ingenieros y los consolaba de los cotidianos sufrimientos y frustraciones: "...dicen que soy bueno pero que me rodean pícaros..." comentaba Casiano de Prado (Doc.
99 Almadén 26.IX.1841), mientras Felipe Bauzá aseguraba "...que tiene uno tantos enemigos como deudores hoy a la Hacienda..."
A todo lo anterior acompañaba la aspereza de los parajes mineros, la toxicidad del mercurio y del plomo como también la rudeza del trabajo de interior en la mina y del procesamiento del mineral.
Sólo su férrea vocación pudo mitigar tal ambiente funesto para la salud y quizás también para el alma, de hecho, un hastiado Casiano de Prado se lamentaba: "Más me valiera haberme metido en los infiernos que en Almadén" (Doc 114.
Lugar que uno de los corresponsales –Felipe Bauzá- calificara como "piélago borrascoso" [pag.
Los precarios medios de explotación frenaron la producción anhelada mientras que sacaban a flote la tensa relación entre algunos jóvenes ingenieros que se afanaban en sostener el honor y la dignidad corporativa y los empresarios deseosos de mayor rentabilidad como es el caso de la empresa de los hermanos Puidullés, asociada con el Estado para comercializar el mineral de plomo en Linares (Doc.13, Linares 25.VII.1839).
El choque de intereses potenció las controversias ideológicas presentes en la convulsa coyuntura política española de la época.
El libro cuenta con dos logradas herramientas que ayudan a comprender y penetrar en la letra de las ciento cincuenta cartas.
El prólogo de Leoncio López-Ocón incide en los rasgos de los tres científicos corresponsales de Gómez Pardo y su papel en la minería española de unos años convulsos, a la vez que pone de relieve los trabajos publicados por Beatriz Vitar desde 2007, como resultado de sus investigaciones sobre la figura de Lorenzo Gómez Pardo; publicaciones estas que han significado una importante contribución para el conocimiento de la ciencia española del siglo XIX.
Al mismo tiempo, el estudio introductorio de la autora, "La España minera y otras historias a través de un recorrido epistolar:..." es una excelente hoja de ruta para entrar en el texto y el contexto de las misivas, al abordar la importancia de la coyuntura histórica y el ambiente productivo y científico en el que se generaron.
Asimismo, introduce las características de la industria minera de los años cuarenta, con su escaso rendimiento y su insuficiente capacidad de renovación, todo ello acompañado de comentarios sobre el mundillo de la política minera donde los intereses personales hacían desmoronar las proyectos empresariales sostenibles.
Las cartas editadas en este volumen son recurrentes en las descripciones sobre las batallas cotidianas de los ingenieros de minas del Estado contra la falta de personal administrativo y el exceso de tareas burocráticas, con una que otra referencia a la monótona vida cotidiana, matizada con tertulias de tresillo y comidas campestres (Doc 31.
Pero, al mismo tiempo, mencionan sus periódicas victorias aplicando los criterios de racionalización mediante el cumplimiento de las "reglas del arte" evitando el laboreo de "rapiña" [p.
Felipe Bauzá, alias "mal genio" por su difícil carácter, abrazó el liberalismo progresista desde donde quiso defender los intereses de la nación, causando recelos y desconfianza entre los que se aferraban al régimen establecido; Policarpo Cía fue combativo en la construcción de su carrera como "eterno aspirante a director de la Escuela de Minas..." [p.
63]; no dejó de reclamar los beneficios que, según él, debería reportarle su preparación profesional y Casiano de Prado, con intereses espirituales y literarios, "fue madurando sus reflexiones sobre los obstáculos que la religión imponía al desarrollo de la ciencia..." [p.
Esta edición de cartas presenta, junto a los instrumentos para el análisis, bien logrados esquemas, planos y dibujos de la mano de Lorenzo Gómez-Pardo.
La transcripción epistolar se complementa con los índices onomástico y toponímico y un capítulo de fuentes y bibliografía actualizada, rematada con el elenco de las obras citadas en las misivas.
En suma, fruto de la labor investigadora de Vitar y de la decidida política editorial de la Fundación Gómez Pardo, en aras de dar a conocer el patrimonio documental legado por sus patronos, las las 366 páginas del libro son una aportación acertada para el estudio de la mineria en España y para la historia regional de los sitios mineros.
Queda a disposición de investigadores, estudiosos y lectores el material epistolar que aún puede ser desmontado con el fin de iluminar con mayor intensidad facetas de la historia todavía en penumbra. |
Los primeros escenarios de la lucha intelectual entre tradición e innovación, que había comenzado en el siglo XV.
Baste añadir que su reimpresión fue continua con este último título, pese a la muerte temprana del autor en 1589, hasta el punto de que llegó incluso a los lectores por dos ocasiones en 1599 y de que la última edición se hizo casi cien años más tarde, en 1683, tras haberse publicado treinta veces en Europa3.
Aparecieron, en conjunto, más de cien mil ejemplares de esta obra suya.
En 1588, tres años después de aquella primera impresión, un muchacho de 17 años, Cristóbal Suárez de Figueroa, decide instalarse en tierras italianas; allí estudia Derecho y se doctora en Pavía, a finales de 1594; trabaja de inmediato como jurista cerca de Milán; hacia 1600 obtiene un cargo mejor en el sur, cerca de Nápoles.
Tras la muerte del padre regresa a España, en 1604, donde permanece unos cuantos años participando -sin el éxito que merece-en la vida literaria de Madrid, ciudad cuyos resortes no conocía a fondo4.
Volverá a Nápoles en 1622 para morir allí, en torno a 1645, tras persecuciones inquisitoriales e injustos olvidos por los hombres de la cultura de su tiempo.
Pues bien, durante su primera y decisiva residencia en Italia, ese gran lector que fue el europeo y vallisoletano Suárez de Figueroa se había sentido tan atraído por La piazza que decidió traducirla.
A finales de la década inicial del siglo XVII había avanzado ya en la compleja versión castellana de esta recopilación, dado que el privilegio de impresión de su libro (un permiso por diez años) data de 1612.
El título que figura en tal documento era, sin más, Plaza universal de todas las profesiones, nombre que se mantuvo incluso en la indicación administrativa del precio del libro, fijada tres años después, en 1615.
Ambos datos (el segundo podría haberse corregido sin duda), pueden verse en la edición que apareció en este mismo año, con el título extrañamente cambiado: Plaza universal de todas ciencias y artes 5.
----En suma, este libro -que tuvo notable reconocimiento, pues se publicó todavía otras dos veces en vida del autor 6 -, se presentaba explícitamente al principio como un repertorio de «profesiones», manteniendo Suárez de Figueroa el título italiano.
Es en el ultimísimo momento cuando el escritor español -quizá a sugerencia del editor-modifica el título, que habrá de ser el definitivo, con la finalidad presumible de resaltar sus diferencias progresivas, su «originalidad», frente a la recopilación de Garzoni 7.
Sin embargo, era sólo una adaptación brillante -y no demasiado atrevida-de ese compendio profesional que andaba circulando por Europa.
De todos modos, aunque la palabra profesión aparecía ya en Berceo, bien como declaración pública, bien como oficio, esa voz sola no está en el Tesoro de la lengua castellana o española de Covarrubias -aparecido por esas fechas, 1611, y elogiado además por Suárez de Figueroa en la Plaza 8 -.
Eso sí, dice Covarrubias, a cambio, que profesar en las religiones «es hacer profesión» o, subsidiariamente, cumplir alguna cosa; y pone de seguido otra entrada muy significativa en este contexto: profesar algún arte o ciencia.
Y si bien no da más explicaciones al respecto 9, parece, en todo caso, que 'ciencias','artes','profesiones' resultan ser vocablos emparentados entre sí.
La ciencia es un hábito vienen a decir, en fin de cuentas, Garzoni o Suárez de Figueroa, tal como añadía Covarrubias.
Pero el hábito profesional había ---- FIGUEROA (2006), Plaza universal, Valladolid, Junta de Castilla y León.
Nos remitimos a nuestra anotación especialmente y asimismo a la introducción, «El compendio universal de Suárez de Figueroa», con toda la bibliografía especializada sobre este mal conocido autor, cuya Plaza nunca había sido estudiada a fondo desde nuestra perspectiva.
7 Elige sólo dos tercios de los 153 discursos de Garzoni.
La Plaza comprende, en cambio, 111 discursos, pero sólo en apariencia, pues se salta cuatro de ellos sin justificación alguna (no existen los discursos XXI, XXVIII, XXXI, XXXVII).
El prólogo es original de Figueroa, así como el texto introductorio sobre los lulistas, y cuatro discurso más, de profesiones humildes (ropa y cuero), casi del final.
Añade autores españoles, remates personales y textos complementarios de corte muy 'castellano'.
Por sus reducciones de capítulos, desgloses y uniones, por sus añadidos temáticos, y por toda su estrategia textual, cada vez Suárez de Figueroa ambicionó más aparecer como cofirmante y no sólo como traductor.
8 Le sitúa al final del discurso XLVI, entre las grandes figuras de las letras.
9 Remite al profesor de ella, «el que la sigue y profesa».
Que será definición recogida y aumentada por Autoridades: ahora ya, en 1726-1737, la profesión es «el modo de vida que cada uno tiene, y le usa y ejerce públicamente».
empezado a modificarse en su tiempo, no identificaba ya sólo a determinado grupo en ciertos casos inveterado, sino que se individualizaba lentamente y se hacía ya algo más cercano al mundo moderno.
Por otra parte, ciencia es palabra que sirve de título a muchos tratados del siglo XVI, como sucede en varios compendios realizados en la Italia de entonces 10 o, desde luego, en el libro de Huarte de San Juan.
Su importante Examen de ingenios para las ciencias, de 1575, fue vertido al italiano en 1581, aunque ni Garzoni ni Suárez de Figueroa lo utilizaron, ya que la perspectiva de éstos no era filosófica.
Sin embargo, la apelación a las ciencias fue común a ambos, ya que está en el pórtico mismo de sus respectivas recopilaciones: el «Discurso universal en alabanza de las ciencias y artes liberales y mecánicas en común», hace de obertura en la Plaza, y ahí se nos subraya que el primero y más principal ornamento del hombre es la gloriosa posesión de unas y otras.
Ambos autores -un fraile italiano y un jurista desarraigado y algo aventurero, pero obviamente henchidos de curiosidad-viven en un período histórico caracterizado por el afán de sistematizar todos los conocimientos, si bien la forma resultante fuese sólo paraenciclopédica 11 y las más nuevas ramas del saber estuvieran aún conformándose.
Pero se buscaba cómo encajarlos en complejos edificios conceptuales, donde las terminologías se ramificaban y se entrecruzaban, remitiendo a sistemas dispares de clasificación.
El conocimiento se reafirmaba en todos los campos, al tiempo que se rehacía su orden general, aunque malamente, por incluir en el mismo plano nomenclaturas abstractas y concretísimas, tanto relatos antiguos traídos de la cultura teórica como prácticas profesionales muy diversas y vulgares.
Los dos libros participan de una tradición dialéctica en sentido amplio -modos del raciocinio, y sus formas de expresión-, renovada en el siglo XVI, que se difundía y derramaba por todos los ámbitos del saber.
En La piazza, o en la Plaza, aunque de un modo mezclado y profuso, se definen cientos de objetos, se extraen las consecuencias de su manejo, se clasifican muchos géneros y actividades, e incluso se evalúan los bienes morales y el tipo de personas que se los asociaba.
11 Garzoni utiliza muchísimos datos del diccionario especializado, de Alessandro CITO-LINI, 1561: es la importante Tipocosmia, Nápoles, Le stanze della memoria, 2005, texto preparado por Anna Antonini.
De este modo, este libro famoso, una especie de enciclopedia terminológica, se incorporó a las terminologías en castellano, gracias a la Plaza. mula ciertas conclusiones como un modo básico de discernir los métodos, los vicios, los argumentos, las teorías y las prácticas sociales relativas a todas las ciencias y a muchísimos oficios de finales del siglo XVI, y también de inicios del siguiente.
Pues bien, deseamos hacer ciertas catas sectoriales sobre la actividad científico-técnica en este compendio con especial insistencia en las ciencias del quadrivium.
Pero, dada esa visión proliferante del saber, ¿no se corre el peligro, al ordenarlo 'científicamente', de pervertir su sentido original?, ¿no resultar una manipulación excesiva?, ¿cabe hablar de las ciencias y las técnicas en la Plaza?, ¿no supone modernizarlas en exceso?; en resumen, ¿es lícito acercar su taxonomía a otra más actual?
Disponemos sin embargo, y sorprendentemente, de un atajo que nos permite admitir que el lenguaje moderno no es del todo anacrónico para tratar ciertos capítulos científico-técnicos.
En efecto, sucede que hubo otra y muy novedosa edición 12 de la Plaza en el Madrid de 1733, poco conocida: era mucho más larga, dados sus añadidos que la portada resalta, y sobre todo estaba dividida sólo en 12 partes, mediante criterios muy racionales, de forma que lograba integrar, así, los 107 discursos del original madrileño.
Avanzado, por tanto, el siglo XVIII, el adaptador de esta obra ilustrada, además de ampliar extensamente el texto primitivo, reordenó por completo el compendio según un luminoso árbol del saber, de forma que la obra quedó reducida únicamente a doce grandes partes, pero que refunden temáticamente discursos anteriores, pues las secciones de cada una acogen discursos enteros del libro de Suárez de Figueroa.
En esta nueva adaptación, de 1733, la parte relativa a las ciencias formales aparece reunida en un vasto ciclo calculador: en efecto, la parte de matemáticas y sus profesores (la 8a), constituye un gran bloque 'matemático' que arranca del original de Figueroa pero que lo completa con otras secciones.
Por ejemplo, en la Aritmética, añade un apartado sobre moneda; en la Astronomía, adjunta secciones relativas al calendario, a horas y relojes, a la navegación; la Música queda sin suplementos.
De este modo retoma y rebasa lo relativo al número, al reunir sus aplicaciones a la náutica, a las medidas temporales y monetarias, etc., aspectos por cierto muy propios del Renacimiento.
Concretando más, lo citado de dicha parte 8a reordena y une compac-----12 SUÁREZ DE FIGUEROA (1733), Plaza universal, Madrid, con muchos preliminares (la obra se halla en varias bibliotecas españolas).
Es la época, no por casualidad, del Diccionario de Autoridades, trabajo de la Academia que, por añadidura, usa expresamente los vocablos de Suárez de Figueroa como autoridad de la lengua.
tamente los discursos sobre los aritméticos, computistas o maestros de contar (XV), sobre la moneda y sus artífices (C); así como la serie de capítulos sobre astrónomos (XXXIX), formadores de calendarios (VI), formadores de pronósticos, almanaques, y lunarios (VIII), incluso sobre relojeros (LXXVII) y maestros de navíos (CI); el ciclo se cierra con los músicos (XL).
A lo cual se añade que ya cuando Figueroa escribía sobre los matemáticos en general (XI), afirmaba dirigirse a todas las disciplinas cuyo objeto «es considerar la cantidad en abstracto, que es por el entendimiento separado de la materia, como la línea, la superficie, los ángulos, los números y otras cantidades, tratando de ciencias que están en el primer grado de certeza».
El poderío de la famosa idea cartesiana, la matemática universal, consumado en 1760, despunta en la agrupación en este moderno corpus numérico, a la vez abstracto y específico13.
Así que en parte de la Plaza (o de La piazza), señoreaban todos esos temas centrales, hasta el punto de ser susceptibles de agrupación, ya antes de que la Encyclopédie los modernizara y depurase con total nitidez.
Ampliando este ángulo formalista -al no resultar ya extemporáneo-, incorporaremos la geometría, la óptica o la geografía al anterior agrupamiento, a fin de enfocar el núcleo formal de las ciencias; sin embargo, dejaremos las técnicas fundamentales de momento.
Surge así un vasto territorio que sirve como pórtico y vestíbulo, más amplio que el resto, para hacer un primer balance de los aspectos científicos y técnicos más destacables de la Plaza.
Visitemos el primer 'oficio' que corresponde a un territorio teórico como el matemático, en clara expansión ya durante los años de cierre del Quinientos.
El discurso sobre los aritméticos (XV) es, en efecto, muy relevante en esta recopilación profesional, y confiesa a las claras, aunque no esté abordada sistemáticamente, la idea de pitagorismo generalizado, que, como viene a señalar, «decía correr la naturaleza de los números por todas las cosas».
Incluso aquí Garzoni y Figueroa evocan la revolución numérica que se había impulsado desde la Italia del siglo XV -una línea que va desde Pacioli hasta, con muchos meandros, Cardano y Bruno-, aunque se limiten a mezclar unos pocos argumentos nuevos con una masa de informaciones bastante genéricas, interesantes sí, pero limitadas, y comunes a muchos otros textos del siglo XVI, fuesen o no tradicionales.
----Pues, en este capítulo, la primera mitad -que siempre en los apartados de Garzoni y Figueroa es más discursiva y erudita-, está centrada en el simbolismo numérico.
Aquí se revisan los valores de los números hasta llegar a la perfección del tetractus; y se evocan, como rumor del momento, las posiciones de los cabalistas, no sin reticencias.
En conjunto, como es tradicional en una visión metafísica, sobresale el peso del uno, de cada posible entidad, si bien se defiende la idea general de cantidad y se resalta asimismo la noción de secuencia, así como de la base que articula todo el proceso: por ello el número diez se llamaba el articulus.
Todo ello aparece mezclado con las ideas de simetría y armonía, tan propias de ese siglo (sin embargo, muy desencajado), y hay asimismo un rastro de las configuraciones espaciales propias de la aritmo-geometría, tratadas por Tartaglia u otros autores del Quinientos, por ejemplo, los españoles.
A partir de ahí, distingue dos tipos de aritméticas en una sólita división, utilizada asimismo por Pérez de Moya.
Una es la práctica: son las cosas contadas u operaciones de los «maestros de contar» (literalmente en el original italiano maestri d'abaco), de quienes poco dice la Plaza.
La otra es la aritmética especulativa.
Sobre esta rama se extiende mucho; y habla de la naturaleza del número en abstracto como unión de unidades, con todas las propiedades en sí mismo (per se, kath autó) y para los otros números (per aliquid, pros alló), que son las proporciones; de modo que ensarta las definiciones de Euclides (en el libro VII de los Elementos), sobre las propiedades de los números primos, perfectos, superantes, diminutos, etc., así como de la paridad, que es fundamental, con sus divisiones, parmente par, etc. Asimismo, remite a las definiciones de su libro V, que ofrece una teoría generalizada de la proporción, con sus obsesivas dicotomías.
Esta parte es, en su estilo sintético, bastante completa y desde luego esclarecedora sobre una existente información básica, pero amplia, de conocimientos aritméticos.
Es verdad que sus citas indirectas son del clasicismo avanzado (Nicómaco de Gerasa o, mejor, Proclo, Jámblico) hasta llegar a mediadores como Boecio y Filopón; pero también enumera muchos autores modernos, aunque ya consagrados: Pacioli, Borrell, Scheubel, Fineo, Stiefel, Peuerbach, Maurólico.
Al mismo tiempo, aunque rápidamente, reconoce la victoria de los algebristas sobre los abaquistas: al destacar «la práctica de álgebra y de almukabala, donde se ven los seis binomios, con sus seis recisos, los trinomios y multinomios», cita a Tartaglia, y subraya las seis ecuaciones canónicas, con sus raíces.
Son ecuaciones que se imponían en los libros de álgebra del siglo XVI, donde aparecen mezcladas a menudo con problemas de contabilidad material.
En fin, Suárez de Figueroa aporta determinados nombres de significado rele-vante para la ciencia española (Pérez de Moya, Juan de Ortega y seguramente Juan de Rojas); y el hecho de que retocara, aunque muy levemente, el original indicaría conocimientos divulgados entre la minoría instruida de nuestro país.
La geometría (que ocupa el denso discurso XXIII), se ve ensalzada por encima de las otras tres matemáticas del quadrivium, pues tiene por entonces gran peso teórico y práctico.
Como se esfuerza por señalar, esta disciplina tiene aplicación inexcusable para la arquitectura, la topografía, la cosmografía, la navegación o la geografía (cada una de éstas, en la cultura clásica, tendía a erigirse como primera, al tiempo que se eslabonaba con las restantes).
Por supuesto, el compendio sigue la tradición helénica, realzada tras las recuperaciones clásicas del XVI.
Es la época de la «euclidización de la cultura», preludio de la nueva progresiva «arquimedización de la ciencia», y por ello destacan en la Plaza las traducciones de Euclides (Comandino, Clavio), aunque asimismo trabajos como los de una gran figura: Tycho Brahe.
De todos modos, el trabajo del geómetra está visto aquí más bien como un catálogo de nombres de configuraciones y conceptos elementales, de pesos y medidas en general; si bien está bien abastecido con instrumentos no sólo de altimetría, planimetría y estereometría, sino también con todos los relativos a la astronomía (astrolabio, anillo, etc.), que tenían ya un brillo especial.
Por otra parte, además de recordar figuras y propiedades elementales descritas en los libros XI-XIII de los Elementos, dedica un párrafo a las discusiones existentes sobre las cuadraturas o exhauciones, problema que ocupó, dice, a antiguos como Arquímedes, pero también a humanistas o modernos de su tiempo, desde Cusa y Finé hasta Regiomontano, Escalígero y otros de talla similar.
Finalmente, cabe resaltar que, gracias a los aumentos de Figueroa, no falta la evocación de valiosos hispano-portugueses, Nunes, Labaña, Ferrufino, Jerónimo Muñoz, además de Zamorano, reputado traductor euclídeo en 1576; y es que fueron unas décadas donde se elaboraron en la Península unos cien libros de contenido geométrico, dentro de una actividad incesante, pues además se conserva el doble, al menos, de manuscritos.
No es extraño -aunque fuese algo inhabitual entre muchos coetáneos-, que incorporase una mención a las enseñanzas de la Academia de Madrid, institución cuyos estatutos, herrerianos, ofrecieron por añadidura un claro ciclo geométrico de las disciplinas.
En el lenguaje de entonces (empleado también por Herrera), geometría y astronomía tienen por sujeto y materia la cantidad continua, mientras que corresponderían a la cantidad discreta la aritmética y la música.
Así que, siguiendo tal continuidad, nos referiremos un momento a la astronomía, cabeza de las demás artes nobles, según Copérnico, que se apoya en casi todas las ramas de las matemáticas: las anteriores, unidas a óptica, geodesia y mecáni-ca.
Titulado, como el original italiano, «De los astrónomos y astrólogos» (XXXIX), es un discurso más bien de corte antiguo, aunque ofrece un esquema representativo de las concepciones eruditas del siglo XVI, y presenta nomenclaturas de interés para su historia: la secuencia terminológica es especialmente digna de tenerse en cuenta todavía hoy, a la hora de situarnos ante un texto de su tiempo.
Se refiere a la astronomía y a su hermana, esa astrología natural que habla de los cursos de los cielos y estrellas o de las estaciones, pero se aparta, como es obvio, de la supersticiosa astrología judiciaria: Covarrubias señalaba aún que la astrología es «ciencia que por otro nombre dicen astronomía».
Ofrece, entre otras muchas cosas, discusiones detalladas sobre los movimientos de las esferas, e incluso debate sobre el más controvertido y fundamental en ese siglo (la octava, de las estrellas fijas).
Desde un punto de vista general interesa resaltar que, aunque recuerde la idea heliocéntrica de Aristarco de Samos, hay una nota crítica sobre el copernicanismo (un modelo «digno de reprensión»), si bien basada en alguien valioso y moderno, el citado Maurólico, muerto en 1575.
Los astrónomos a los que apela, Sacrobosco, Peuerbach y Regiomontano, Zacuto o Marliano (milanés, muerto en 1483), eran por lo demás de una época superada.
Vinculados estrechamente a esta materia están los calendarios (discurso VI), así como almanaques, repertorios y lunarios (VIII), instrumentos fundamentales de toda civilización.
Pero en este siglo europeo cobran un peso singular; de hecho, fue decisiva la sincronización de cronologías en la época garzoniana, y por ello la Plaza destaca sobremanera la reforma del calendario, que -impulsada ya por el unificador cultural Nicolás de Cusa-, fue realizada por Clavio a las órdenes de Gregorio XIII, en 1582.
Por su parte, Figueroa suprime excesos y antiguallas del original, corrige algún dato, precisa la fecha de la canícula de acuerdo con esa reforma; resulta, así, un capítulo didáctico hoy, interesante para recordar ciertas nomenclaturas que revelan toda una cultura de la división del tiempo.
Las divisiones temporales las toma Garzoni básicamente de Padovani (Viridarium mathematicorum, Venecia, 1563); y las fuentes que alega (pues nunca significa que se haya inspirado realmente en ellas) son el célebre almanaquista Stöffler (muerto en 1531) y, de nuevo, Maurólico.
Con respecto al capítulo gemelo, el de los almanaques y repertorios, dado su carácter más vulgar, viene a ser más bien anecdótico y por tanto de menor valor, si bien permite comprender mejor en qué consistía ese ordenamiento subjetivoobjetivo que venía a ser cualquier repertorio zodiacal14.
----Por otra parte, la música -que afecta al mundo sensible, como la mecánica, astrología o perspectiva-, no podía faltar para cerrar el cuarteto clásico de las ciencias.
La Plaza va en apariencia de la mano de Pitágoras (que es cuando se descubrieron sus «milagrosos efectos», según traduce Figueroa), seguido de Aristóxeno, el primer inventor de las razones musicales y los instrumentos de sonar, así como del Sobre la música, atribuido a Plutarco, y de los recopiladores Solino o, sobre todo, Teón y Boecio.
Asimismo, sus disquisiciones conceptuales a este respecto remiten al gran Guido d'Arezzo, maestro del siglo XI e inventor de la notación musical o normalizador del pentagrama, que supone un eje temporal, el de la melodía, y un eje de altura o intensidad del sonido, el grado de elevación o tono, que pudo ir prefigurando la representación cartesiana.
Recordemos que, en la Baja Edad Media, tuvo un gran eco la visualización de tal dependencia entre tiempo e intensidad en la proto-dinámica Además, la Plaza recurre a las enseñanzas del esotérico arquitecto y teorizador Giorgi (o Zorzi), en su De armonia mundi, un platónico interesado por el nuevo pitagorismo y sus proporciones numérico-musicales.
Muchos de los términos musicográficos que define, variadísimos, provienen una vez más del citado repertorio de Citolini, como otras fuentes, los repertorios habituales, Ravisio, Cassaneo o Grégoire 15, así como, desde luego aquí, Sobre la vanidad de las ciencias, de Agrippa, libro de referencia del que toda la Plaza quiere ser su reverso 16.
En todo caso, es una buena puesta a punto, interesante por estar redactada en un momento verdaderamente crítico para la música occidental 17.
Asimismo hay que tener en cuenta lo relativo a la óptica teórica o aplicada, ligada desde el mismo Euclides a la geometría.
En efecto, perspectiva y ca-----15 RAVISIO, Officina; CASSANEO, Catalogus; y el más tardío GRÉGOIRE, Sintaxeon artis mirabilis.
Son libros que emplea en la mayoría de los capítulos.
Gracias a Figueroa se introduce en España esa fuente rara, que es la tercera, de un cabalista francés.
16 La Plaza no logra aventajar en coherencia a esta obra alemana, muy aguda, pero de inclinación moralista y literaria.
El libro de Agrippa, importantísimo, va a tener una circulación española indirecta a través de Figueroa.
17 Prueba de ello es la información nacional, pues cita a un buen número de músicos: Cristóbal Morales; Salinas, que escribe De musica; Juan Navarro; Francisco Guerrero; el maestro de capilla, Pedro Periáñez; el cantor Francisco de Ceballos, y su sucesor en Burgos, Rodrigo Ordóñez; Sebastián de Vivanco; el famoso Juan Esquivel de Barahona, Vicente Espinel; así como el gran Cabezón, o Diego del Castillo, que trabaja en Andalucía; los organistas Clavijo del Castillo y Francisco de Peraza; maestros de capilla, como Bosque de Toledo y Baltasar de Hermosillas; Bautista de Medina; el abad Malvenda; Baltasar de Torres; Miguel de Fuenllana, y el autor de la Orfénica lira de 1554, Enríquez de Valderrábano.
tóptrica (discursos XXXIV y CII), se hallan dentro de un enfoque matemático mixto, que se había renovado notablemente en las últimas décadas, por influjo de pintores y arquitectos como Brunelleschi, Filarete, Alberti, Piero della Francesca o Leonardo.
La propia palabra perspectiva, que se había convertido en el centro de todas las investigaciones artísticas del Renacimiento, significaba 'mirar a través', según Durero, o mejor 'ver con claridad'.
Sería una ciencia, por tanto, que trataría de la luz, del color (Cardano, Telesio son sus referencias), de las sombras, de los espacios e intervalos -de las distancias-, de los tipos de cosas visibles, de la diversidad de los medios, de toda clase de figuraciones producidas en los fenómenos de luminosidad e interferencia.
El compendio se sirve de un tratado óptico, Scienza degli specchi (Ferrara 1582), del ferrarés Raffaele Mirami, que mezcla muchas informaciones, objetivas y fantasiosas.
La consiguiente duplicidad de la argumentación de la Plaza se percibe bien en una frase, que nombra a Euclides, para afirmar que «sale de nuestros ojos cierta virtud, o ciertos espíritus, o algunos rayos luminosos que proceden derechamente en forma de líneas que sean producidas del centro de un círculo a su circunferencia, y vayan a encontrar los objetos visibles».
En efecto, planea aquí la creencia antigua -criticada por Roger Bacon y, más tarde, Leonardo, aunque sólo destruida por Descartes-de que en la visión hay un rayo material que nos conectaría directamente con la realidad.
Con todo, en los apartados relativos a los perspectivos y hacedores de espejos se aprecia ya una preocupación más nueva por los rayos luminosos -la condición objetiva del rayo de luz-, que salió a flote poco a poco, remotamente con Alhacén y el polaco Vitellio, figuras notables citadas en la Plaza.
Esa duplicidad conceptual está presente en la distinción que hace Figueroa entre tres modos de ver: la derecha, o directa, la refleja y la refracta.
La vista refleja se produce «porque el rayo es a manera de pelota, arrojada contra una pared, que es rebatida del mismo cuerpo sólido y vuelve hacia su principio, y esta vuelta es llamada reflexión».
La visión refracta, porque «dobla y declina»; pero, a su juicio, ello es debido a que «tanto más esfuerza y aumenta su valor cuanto más siente resistencia y contrariedad en la materia».
Hay, por último, cambiando radicalmente de ángulo, un extensísimo discurso sobre geografía, cosmografía y corografía (XXXVI).
Garzoni había utilizado sistemáticamente un ejemplar veneciano de la Geografía Ptolomeo, libro redescubierto en el siglo XV, que se había convertido durante décadas en una verdadera biblia.
Este enorme elenco geográfico contiene básicamente una enumeración de nombres, muchos de ellos ya indescifrables, y por ende de limitado interés hoy, excepto porque recorre intensamente la vieja nomenclatura de la Antigüedad.
A esta dificultad de identificación (Garzoni selec-cionó los nombres que conocía más y no necesariamente los mejores o los identificables), se suma la castellanización tan especial de Figueroa, que hace menos inteligible su nómina, aunque eso sí tal onomástica, solemne e inquietante, logre raras y bellas resonancias.
Así que, aunque pretenda ser de vastas miras, sólo al inicio ofrece consideraciones generales geográficas de buena calidad, procedentes de cosmógrafos clásicos, de modo que su inclusión de nombres modernos -Oronce Finé, Lily, Gastaldi e, incluso, de dos revolucionarios como Mercator y Ortelius-, no dejan de ser meros adornos actualizadores.
Más interesante resultan, en cambio, sus referencias a célebres mapas o láminas realizadas por Durero, Rafael de Urbino, Miguel Ángel y Ticiano, lo que revela la idea, tan admitida hoy, de que la cartografía europea tuvo unos orígenes visuales y pictóricos propios de las artes que hoy consideramos canónicas 18.
La edición de Ptolomeo que utilizó Garzoni, de 1561, es la profusamente anotada por G. Ruscelli, en la que el globo aparece dividido en dos hemisferios, uno para el Antiguo Mundo, otro para el Nuevo.
En la Europa del siglo XVI, hubo un escaso interés por la conquista americana; el ensanchamiento del mundo parecía ser un asunto insípido para muchos.
En la Italia de finales de siglo, la información había mejorado; de hecho, hay un apartado, breve, del original garzoniano sobre América.
Pero, Suárez de Figueroa, contagiado por tal desinterés, no añade de su cosecha más que dos alusiones a los navegantes atlánticos; una está dedicada al descubridor portugués Ruy Falero, la otra, más amplia, al descriptor de las regiones australes: Fernández de Quirós, muerto precisamente en 1615.
No podía faltar en un repertorio que tanta atención concede a las ambiciones modernas la mirada sobre la naturaleza, humana o no, enferma o sana, animada o inanimada.
Y cabría tal vez esperar que nos ofreciera una divulgación de las «obras naturales», tan propias del afán de novedad del Quinientos.
----18 Recordemos las imágenes globales de Limbourg y los Van Eyck; la planimetría y las vistas de Leonardo; los mapas topográficos del último Durero, sus aportes a la Geografía de Ptolomeo hecha por Pirkheimer en 1525.
Pero Rafael se interesó por la cartografía de la Roma antigua, y Miguel Ángel hizo planos para fortificaciones.
Cabe añadir a otros muchos: Martín de Vos, que ayudó al cartógrafo Ortelius, Holbein, Brueghel el viejo y, ya en tiempos de Figueroa, el gran Callot.
Sin embargo, en esta informada recopilación, el mundo vivo aparece, en conjunto, tratado de manera menos intensa.
La imagen global de la Plaza, sin ese brillo natural, más bien resulta árida, con poca savia y escasa figuración (la edición, por añadidura, carece de ilustraciones).
La esfera animal no existe, de hecho, excepto en el caso de los animales domésticos; tampoco el campo de los vegetales tiene en principio autonomía, pues está supeditado sobre todo a la farmacología, de acuerdo con una arraigada tradición intelectual del Medievo.
La Historia Natural, en suma, sigue más bien la estela de Plinio (autor omnipresente en el anecdotario de esta obra), si bien el mundo maravilloso o fantástico que está asociado a este clásico -y que tuvo gran aceptación en los siglos XV y XVI-se ve claramente ladeado en la Plaza.
Además, procura Garzoni siempre ir más allá de lo antiguo.
Lo consigue, pero con una tensión superadora insuficiente.
Había, por entonces, un juego fructífero entre la fidelidad a los Antiguos, el reconocimiento de la racionalidad soberana, el gusto por la variedad de los objetos o los conocimientos y el interés por lo sorprendente o raro.
Pero este último aspecto no domina en la melodía del compendio de Garzoni y, menos aún, en Suárez de Figueroa.
Un ejemplo significativo es que, pese a tratar ambos, en un breve discurso, los secretos de la naturaleza 19 (copiado literalmente de Cardano), este motivo medieval y también renacentista resulta muy breve, y parece en la versión española hecho con desgana.
En todo caso, la Plaza trata de las profesiones, que son por antonomasia humanas, de ahí el aparente «antropocentrismo» de sus capítulos naturalistas, pues no es sino un reflejo de la idea de utilidad.
Es ésta la que orienta la estructura general de la recopilación.
De la maravilla, esto es, de la singularidad, se pasa ya, más modernamente, a la lista, a la secuencia, al repertorio plural de cosas, en el que se fundaba -con más cuidado e inteligencia-Francis Bacon en El avance del saber, libro programático de 1605.
Pero empecemos por el cuerpo del hombre y sus cuidados.
La Plaza no concede especial atención a las ciencias del cuerpo humano y a los recursos curativos o reparadores.
Si ya Garzoni, conocedor del campo medicinal básico, sólo parece relativamente atraído por estos temas que han sustentado una rama capital de la ciencia, Suárez de Figueroa corta mucho texto italiano, lo debilita, y apenas aporta alguna novedad, excepto, como siempre, su rico y creador vocabulario.
Los discursos correspondientes a este campo, menos ----19 EAMON, W. (1996), Science and the Secrets of Nature, Princeton, Princeton University, cap. IV, donde analiza el elenco de autores empleados por Garzoni (y también Suárez de Figueroa).
afortunados, surgen como islotes, aparecen muy diseminados en la Plaza los cirujanos (VII) primero; luego, los médicos (XVI); más lejos, los anatomistas (XXXV).
Toma la escasa información sobre los cirujanos de Giovanni di Vigo, La prattica universale in chirugia (Venecia, 1576).
El original latino, aparecido en 1514, se atenía al galenismo arabizado, y había sido traducida al castellano por Miguel Juan Pascual, en 153720.
La parte relativa a los médicos, bastante breve asimismo, está genérica y abrumadoramente trufada de referencias a los antiguos y a las plantas beneficiosas.
En general repite convenciones ya establecidas, extendiéndose sobre la clásica tripartición entre los que se basan en la experiencia de los remedios, o empíricos; los que sólo insisten en la sustancia de las enfermedades, sin considerar el entorno, o metódicos; y los racionales, que no desprecian las experiencias pero que las razonan21.
Eso sí, muchas obras especializadas no ofrecían mucho más por entonces.
Con respecto a los anatomistas, un capítulo más amplio, Garzoni y Figueroa siguen las prolijas enumeraciones de Vigo igualmente.
Pero al menos se remiten de entrada al pionero tardomedieval Mondino, cuya anatomía se imprimió en Pavía en 1478; y no extraña que resuenen viejas ideas animistas de su fisiología, pese a que asomen figuras modernas de relieve como Fernel, Dryander, Jasón Pratense, Vesalio, desaparecidos alrededor de 1560, y Valverde de Amusco, cuya Anatomía del cuerpo humano, es de ese mismo año.
Ante la imposibilidad de citar los múltiples recorridos que sus nomenclaturas ofrecen, destacamos una frase reveladora de un modo de acercarse al cuerpo humano más objetivo y en vías de normalización: «se elija el cadáver de buena proporción, lleno de carne y de edad firme y sólida, de estatura mediana, incorrupto, entero de toda parte, no muerto por enfermedad, ni por heridas, sino ahogado en horca o sumergido en agua; y, puesto sobre alto banco, que se ande alrededor, en medio del lugar preparado donde se dé principio, asistiendo los cirujanos y barberos con lancetas, tientas, agujas, hierros sutiles y esponjas».
El tercero de los ámbitos naturalistas sería el de los boticarios, «llamados ministros de los médicos» (LXXXIII).
Se trata de un discurso breve, que sólo viene a completar, con reiteraciones, el más amplio, detallado y hasta abru-----mador sobre los simplicistas y herbolarios (XXII).
La mayoría de las plantas enumeradas en este último está básicamente extraída de la Tipocosmia de Citolini22, aunque tales descripciones pueden encontrarse en las listas abigarradas y remotas de Plinio y Dioscórides.
Su nómina de plantas, agotadora y, excepto desde una perspectiva histórica, moderadamente útil -dada la naturaleza silvestre de su clasificación-, hace imposible hacer una síntesis, siquiera aproximada, de su inventario.
Su mayor interés, en cambio, reside en lo que tiene de atinado homenaje un buen número de botánicos humanistas: así, se cita a un comentarista de la Historia de las plantas de Teofrasto, a editores de Plinio o traductores de Aristóteles y Dioscórides, a polígrafos, simplicistas e impulsores de la iconología botánica.
Entre ellos los hay pertenecientes al siglo XV, como serían Niccolò Leoniceno y Ermolao Barbaro II; pero la mayoría trabajan en el siglo XVI, como Ruel, Brasavola, Mattioli, Amatus Lusitanus, Belon, Lonicerus, muerto en 1586; incluso llegamos a la siguiente centuria con una figura de la talla de Cesalpino.
Como Garzoni elogiaba ya a un estudioso de la flora oriental de nuestro ámbito como García de Orta e, incluso, al naturalista Monardes, sucede que Figueroa aquí no aporta nada nuevo, quedándose muy lejos, en resumen, de esa naturaleza animada a la que aludió Febvre hablando de Pierre Belon.
No conviene concluir este apartado sin añadir una mención al restringido terreno animal de la Plaza.
En realidad, casi se reduce a los diversos tipos de ganados; de antemano, como escribe Figueroa, «el arte pastoral es la que ayuda a casi todas las otras del mundo, males, utensilios, costumbres» (discurso LII); y ese ciclo óvido, tan proverbial, le da pie para describir cíclicamente distintas artesanías.
Otro discurso de la vida rural, sobre bestias de carga (LIII), le sirve para describir, sobre todo, a caballos y asnos, con todo lo que supone para el amaestramiento de la naturaleza, con sus aderezos y atenciones, físicas o mecánicas.
El sector caballar vuelve a aparecer en el discurso LXXVIII, aunque ahora con un tono más culto, señorial 23; pues en el Renacimiento tardío, entre otras tantas revitalizaciones, reverdecen los estudios clásicos sobre estos cuadrúpedos, incluyendo por tanto la veterinaria ----y el cuidado general de los équidos, el conjunto de la «albeitería».
A modo de remate, encontramos dos minúsculas referencias campestres: las abejas, que laboran en el discurso sobre los labradores (LV), esos himenópteros que habían sido ya anotados por muchos clásicos (no sólo Plinio), con sus industrias derivadas; y los gusanos de seda (CIV), cuyos trabajos se describen con cierto detalle, así como los artífices de esta obra natural suya.
Puesto que resulta mucho más difícil sintetizar los apartados relativos a las decenas de oficios preindustriales -a todo lo que supone una transformación de la materia-, sean o no primarios, hayan evolucionado mucho o poco desde el neolítico, sólo haremos alguna consideración de orden general.
Es muy significativo su juicio sobre los alquimistas (discurso XIII), ese enorme conjunto de protoquímicos que están vistos con gran distancia.
A pesar del atractivo de ese mundo tan extraño hoy, la Plaza les reputa ya de ser un arte falso, sus «profesores, miserables; los instrumentos, inútiles; los gastos, perdidos; los trabajos, vanos; los deseos, ciegos; las esperanzas, engañosas; y mentirosas, las promesas».
Y es que la alquimia -en su momento aparente de máxima extensión, como fue el Quinientos-, inició ya desde el siglo XV el camino de su conversión en otra actividad, racional y experimental, que dará lugar lentamente a la moderna química (la palabra aparece en castellano en 1616).
La visión del cosmos que encerraba, basada en ideas que acentúan el sentido vertical, metafísico y espiritual, va a decantarse lentamente hacia un sentido horizontal: el de la observación encaminada a medir, analizar, formalizar 24.
Por contraste, asoman por un momento los destiladores (XLVII); es una actividad en franca ebullición, y el propio Figueroa agrega a la lista garzoniana dos expertos que trabajaron en Madrid 25.
A ellos, pero en distinto rango, se agrega una larga secuencia enorme de oficios -a veces mezclados con las artes 26 -relacionados con mutaciones de ----24 El capítulo es extenso; nombra a decenas de alquimistas.
Utiliza las informaciones de G. ROSSI (1585), De destilatione; incluso se remite al gran médico FERNEL (1550), Sobre las causas ocultas de las cosas.
25 Valerio Forte y Antonio de Espina (que son recordados con cierta malicia, de todos modos).
Señala que ese oficio es a veces de destruidores.
26 Que es consciente de ello se percibe en las bellas discusiones de CASTIGLIONE, El cortesano, II, 11, que él emplea para hablar de pintura y escultura como arte.
formas seculares, a fin de darlos una orientación más utilitaria.
Cabría ordenar tal secuencia empezando por los que hacen cuerdas o trabajan con lino o cáñamo 27 (L), y por los olleros (XLV), esto es, por su descripción sintética del arte de los alfareros; a ellos se suman los vidrieros y fabricadores de lentes 28 (LXI), así como quienes manejan de hornos de cal, ladrillo y yeso (LXVIII), o también sus practicantes: los que enyesan o blanquean ( LXXXVII).
Estos oficios se eslabonarían con los de quienes han de tratar con pigmentos, tales como los pintores 29 e iluminadores (LXXXIV).
A ellos les siguen de los escultores -que denomina asimismo entalladores en piedra, madera, bronce, cobre (LXXXVI)-, con sus instrumentos propios, al igual que en cualquier listado.
Y con estas aleaciones se entra ya en el tratamiento de los metales, que se despliega en el arte de los herreros (XLIV) y todo tipo de fundidores, en particular los que funden para la artillería y los campanarios, o los que trabajan con minerales de otra naturaleza (LXVII).
Tampoco olvida, antes al contrario, a quienes trabajan con más finura del hierro o laboran con metales nobles (plata, oro), ni a quienes tallan y engastan piedras singularmente apreciadas (XLIX).
Por último, el breve discurso sobre la acuñación de moneda (C), es significativo dado el creciente papel de la economía del dinero en el Quinientos; no faltan, aquí, referencias al primer trabajo centrado en la metalurgia -la Pirotechnia de Biringucci, de 1540-, como sucedía también en el discurso de los fundidores en general o en el de los que trabajan los metales preciosos.
Biringucci, por cierto, polemizó con esa alquimia que nos servía para iniciar esta sección 30.
----27 Plinio y Columela son sus fuentes antiguas.
Además utiliza el famoso De rerum inventoribus de Polidoro Virgilio, bien conocido en España, y al diccionario de Citolini.
Para las profesiones que siguen hay que añadir, además, a Fioravanti.
28 El capítulo es interesante y está cuidado; se basa en los libros de Fioravanti y Grégoire, ya citados.
También recuerda a WECKER, Sobre los secretos (libro de referencia para Garzoni); así como en dos importantes obras recopiladoras de CARDANO, De rerum varietate y De subtilitate.
29 «Sírvese hoy la pintura de todos colores por excelencia», dice en ese discurso, valorando el coloreado de su tiempo: VASARI, Vidas, subrayó la bellísima invención y difusión del óleo.
30 Sigue a Citolini, si bien apela a menudo a Cardano y otros autores.
El libro de Biringucci sobre las técnicas de calor y los minerales es una bella síntesis de descripciones, se esfuerza por formular teorías para generalizarlas.
Pero no es de talla similar al De re metalica de Agrícola, evocado en el capítulo sobre arquitectos en general.
Otras dos profesiones tratadas en la Plaza -la navegación y la constructiva en general-tienen un especial protagonismo en un siglo tan emprendedor como fue el XVI.
No sólo porque ambas exijan una colaboración inseparable entre ciencias y técnicas, sino sobre todo porque les une la idea de proyecto, y con ésta la necesidad de una regulación rigurosa.
En este sentido, son profesiones muy expresivas conceptual y hasta visualmente de ese ambiente científico y técnico que marca el tono de la centuria: el agitado Quinientos encauzó los impulsos del siglo XV, los reorientó hacia una perspectiva más moderna, pero siempre con titubeos.
El discurso sobre maestros de navíos (CI) tiene también una dimensión arquitectónica: «Ingenioso edificio, y no de menos importancia que fatiga, fue siempre juzgado el de los bajeles que -por su variedad, por su admirable fábrica, por la notable forma, por los provechos que producen y por las diversas empresas a que sirven-ilustran, con eterna memoria, a sus arquitectos, dignos de nombre y gloria, correspondiente a la grandeza de las máquinas que hacen».
Desgraciadamente, esta parte no es capaz de reflejar los novísimos patrones constructivos que intervienen en el diseño de barcos, ni las progresivas transformaciones en el arte de marear.
Ofrece, a cambio, un listado de numerosos términos: unos corresponden a formas desusadas y antiguas de barcos; otros, a todo tipo de aspectos accidentales y constructivos, que se habían codificado ya como lenguajes marinos y que lentamente necesitaban ordenarse y especializarse.
Así que sus referencias a Cardano, a Damião de Gois, incluso a tratadistas de pilotaje y navegación general como Pedro García Fernández o Pedro de Medina, que aparecen ya en Garzoni31, no le prestan mayor modernidad.
Por su parte, la arquitectura, como dice la Plaza, comprende la edificación pública o privada (que engloba como «gnomónicas»), y, además, la maquinación.
Ambas exigen seguir los principios de orden, disposición, euritmia, simetría, decoro y distribución, tanto con la cabeza como con cada mano que esquicia.
El discurso relativo a estos técnicos mayores (XCIV) es, esta vez sí, muy revelador del tono de nuestro ciclo de saberes con el que comenzábamos nuestra descripción.
Trata de los arquitectos en sentido amplio; pero luego detalla, con cientos de palabras -y a la sombra Vitruvio, cuya arquitectónica fue decisiva-, todo lo relativo el arte de la construcción y sus artífices, ----incluidos otros profesionales de relieve también, como son los fortificadores y los maestros de máquinas o ingenios.
Remitiéndose a la Mecánica pseudoaristotélica, de nombre y contenido tan importantes, habla, desde luego, de la edificación, para acabar refiriéndose también a los principios de la balística o de las minas.
De hecho, Garzoni y Figueroa dicen fundarse en Alberti (Sobre la edificación), en Palladio, en Commandino, que publicó al ingeniero Herón y tradujo al mecánico Arquímedes, o en Guidobaldo dal Monte y sus Libros mecánicos (1577).
Tampoco son olvidados Jordano Nemorarius, del siglo XIII (cuyo Opusculum de ponderositate fue recuperado por Tartaglia), ni el propio Tartaglia y su balística, ni los tratados de Agrícola para la construcción de minas, de 1546 y 1556.
Gracias a estas y otras fuentes recopilatorias, la Plaza despliega una nómina variadísima, de indudable interés y, a veces, calidad; pero sobre todo no deja dudas con respecto a su defensa de las artes mecánicas y su conexión con otras disciplinas de artificio, de modo que prácticas muy teorizadas se integran de un modo natural entre las demás artes: «Encomiéndase tanto la ciencia de las mecánicas que se pretende sea casi el nudo gordiano, atada con la geometría, y se une con todas las artes principales, con quien tiene verdaderamente estrecho parentesco», sentencia.
Lo cual nos conduce a la mezcla de exactitud científica y precisión mecánica, propia de una buena máquina, combinación que es ineludible para entender la tecnología de los siglos inmediatos.
En cuanto cierto número de estudiosos pretendió conocer y controlar mecánicamente territorios de la actividad humana, antes exclusivo de las artes y oficios, la mixtura de experimentación mecánica y teoría cuantificable comenzó a llevarse a cabo de un modo insólito.
La aplicación de la matemática -como instrumento teórico-al análisis físico y la curiosidad por el modo de funcionar de cualquier maquinaria se convirtieron en cuestiones convergentes.
Procede, por tal motivo, destacar el apartado de los relojes de Garzoni (discurso LXXVII de Figueroa, por desgracia más breve que el original) con citas del matemático y teórico relojero Fineo, de Paduano, de Mirami.
Pues el reloj es el modelo de un mecanismo exacto con el que una Europa que empieza a preocuparse por la economía del tiempo, colocándose a la vanguardia desde el siglo XV con tal instrumento.
Y es que la relojería fue el primer sector manufacturero que puso en práctica descubrimientos teóricos de la mecánica (péndulo, corona y foliote), y dio lugar a que esta ciencia cobrara peso.
Además, la idea de lograr una medición precisa del tiempo, con criterios rigurosos de relojería, influirá en el inmediato desarrollo de instrumentos de precisión.
Los historiadores actuales se han remitido a La piazza como primer índice de una implantación obsesiva del cómputo; implantación lenta, pero cimentadora de la revolución científica, al fundir los conceptos y las aplicaciones en una maquinaria tan visible y tan rápidamente extendida como fue la relojera.
Por último, libreros e impresores constituyen el remate brillante del volumen refundido por Suárez de Figueroa (el de Garzoni concluye convencionalmente, en cambio, con los humanistas32 ).
La forma de estos discursos finales, sí, es similar a la de apartados precedentes, en su afán por despiezar, hasta el mínimo detalle, el proceso de impresión; pero es novedosa su ubicación ahí, por cuanto supone el reconocimiento del papel no sólo de un nuevo tipo de hombre, el tipógrafo, como trabajador manual y asimismo intelectual, sino también el peso del libro en su singularidad como objeto preferente entre todas las cosas33.
El libro, desde luego, ocupa ya un papel práctico fundamental en la reconstrucción de las fuentes antiguas, iniciada en el siglo XV.
Pero la Plaza constituye un documento cultural de excepción, al permitir apreciar los esfuerzos que se prodigaron en los círculos estudiosos europeos, obligados a conocer un número creciente de textos, pues se pueden contar ya por centenares, y, sobre todo, a manejar muchísimos libros de libros que siempre los espolearon.
Con esta postrera recopilación, que también es una relevante obra de obras, podemos reconstruir los primeros pasos, siempre confusos, de la lucha entre tradición e innovación, tal como se puso de manifiesto a lo largo del siglo XVI en toda su complejidad intelectual.
Y Suárez de Figueroa capta el significado que encierra concluir precisamente con la imprenta, lo que le aporta un toque moderno y original.
No en vano, Cervantes cita elogiosamente su nombre en la imprenta que don Quijote visita en Barcelona a principios del siglo XVII.
En fin, sus modificaciones, ya lo adelantábamos, no son sustantivas, y la Plaza no es una obra nueva.
Pero esta versión castellana, más seca y distanciada, en definitiva más moderna, que la italiana, depura muchos aspectos irracionales del original 34.
Y, sobre todo, da paso a las nuevas obsesiones del ----siglo barroco en el que vive, un siglo de conceptos y almacenamientos en que surgirá otra plaza de las ciencias; será verdaderamente distinta ya de la que aquí hemos tratado, entre antigua y moderna, a la que tanto el italiano como el castellano rindieron homenaje con un título brillante, un trabajo lexicográfico ejemplar y una cultura erudita que todavía hoy nos deslumbra por su ambición. |
El artículo trata sobre los intentos por regenerar la astronomía y la meteorología españolas durante el último cuarto del siglo XIX a través de la trayectoria científica y humana del astrónomo amateur y primer meteorólogo profesional español Augusto Arcimís (1844-1910).
Se estudia el papel de personalidades vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza en la creación del Instituto Central Meteorológico en 1887 y en la difusión de teorías astronómicas modernas.
La propia circunstancia de que durante este periodo se promovieran un mayor número de iniciativas -el Instituto Central Meteorológico (1887), los estudios de astronomía física y de dinámica de la atmósfera, el servicio de predicción del tiempo, la formación de una pléyade de jóvenes astrónomos, por citar algunas-que las que habían sido impulsadas hasta entonces, nos induce a explorar esta avenida.
A continuación tratamos de profundizar una particular visión sobre la mencionada regeneración a través de la trayectoria científica y humana de Augusto Arcimís Wehrle (1844-1910).
De espíritu ardiente y talante dinámico, Arcimís se sintió arrastrado, al igual que muchos institucionistas contemporáneos suyos, por el entusiasmo de Francisco Giner de los Ríos -catador y domador de espíritus rebeldes-.
Gracias a él y al círculo de amistades influyentes que tejió por toda Europa, lideró primero desde su pequeño observatorio de Cádiz, y luego, desde la Institución Libre de Enseñanza, una paulatina renovación que culminó con la creación del Instituto Central Meteorológico, en 1887.
Tanto en sus planteamientos pioneros como en su empecinamiento contra la ciencia oficial, Arcimís no estaba saldando simplemente una deuda intelectual personal.
Más bien, se estaba esforzando por ensanchar los horizontes de la astronomía y la meteorología españolas.
Esta tarea iba a dejar una huella imborrable en toda una generación de jóvenes astrónomos cuyas inquietudes autodidactas recordaban la pasión del joven Arcimís por la regeneración científica en una época de gran revuelo social y cultural que acompañó a la instauración de la Restauración borbónica.
El joven Arcimís: entre la astronomía amateur y la Institución Libre de Enseñanza El carácter entusiasta de Arcimís y la variada gama de campos de saber que cultivó fueron extraordinarios.
Nacido en Sevilla en 1844 en el seno de una familia acomodada, pero trasladado a Cádiz a la edad de cuatro años, era hijo de un comerciante de origen vasco-francés.
6 En Cádiz, ciudad mesocrática, en aquella época con un talante naval y comercial, aunque también, pero en menor ----6 Se tienen noticias de él a través de varias fuentes: Nicolás Sama, Ayudante de Arcimís en el ICM, esboza su biografía en los Anales de la Sociedad Española de Meteorología, 1927, 1 (2), pp. 3-4; José Jiménez-Landí hizo otro tanto en La Institución Libre de Enseñanza, II.
Período parauniversitario, Taurus, Madrid, 1987, p.
613; y también puede consultarse la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Madrid, Espasa-Calpe, 1958, V, p.
1297. medida, industrial, la inclinación de sus padres se centró en la consecución de una formación elitista y severa, que le permitiera acceder a los estudios con más porvenir económico (Farmacia, Medicina) a la vez que administrar los negocios familiares 7.
Ingresó en el distinguido Colegio marianista de San Felipe Neri, núcleo molecular de la ciudad, donde se respiraba un ambiente de rigurosa disciplina que, contrariamente a lo esperado, no iba a influir en su futuro a la hora de aplicar este régimen en las organizaciones que tendría a su cargo 8.
Aquí recibió una notable formación de idiomas, entre ellos el francés, inglés e italiano, gracias a los métodos de enseñanza de H. G. Ollendorf, que habían sido adaptados por el profesor Eduardo Benot 9.
Por entonces, la fisonomía de Cádiz era tan marianista como podía ser mercantil o burguesa.
Tras concluir el bachillerato, inició los estudios en la Facultad de Farmacia, que había sido recientemente inaugurada a la sombra de la célebre Facultad de Medicina, obteniendo el doctorado, aunque nunca llegaría a ejercer como farmacéutico.
Pese a que la formación marianista, estricta, fue para muchos un estilo de pensamiento, de vida, en Arcimís supuso, en cambio, un apremio por alcanzar la libertad y la neutralidad religiosa, una confianza ciega en la educación liberal, integral y armónica.
Las siguientes palabras, escritas por el meteorólogo Nicolás Sama, condensan mucho de lo que a propósito de su personalidad querríamos reflejar en tal sentido: Fue Arcimís atildado y pulcro, enérgico y luchador, de convicciones avanzadas, y extraordinariamente comprensivo y tolerante, de modales aristocráticos y de espíritu finamente cultivado; matizaba su siempre amena e instructiva conversación con fino gracejo andaluz.
Amante de la naturaleza y experto marino, pasaba sus ratos de ocio en el campo o en el mar.
Enemigo de vanidades externas, rechazó toda clase de condecoraciones 10.
Fue, probablemente, su fe vívida en los beneficios del librepensamiento y del positivismo científico, lo que propició que se dedicara en los próximos años a viajar, presumiblemente porque las condiciones económicas de su familia se lo permitieron.
Recorrió Europa, visitando destacados observatorios ----7 RAMOS SANTANA, A. (1993), Cádiz en el siglo XIX.
De ciudad soberana a capital de provincia, Cádiz, Silex.
8 GONZÁLEZ, J. (1983), El Colegio de San Felipe Neri, Cádiz, Caja de Ahorros, p.
9 BENOT, E. (1856), Método del Dr. Ollendorff para aprender a leer, hablar y escribir un idioma cualquiera adaptado al francés: para uso de los alumnos del Colegio de S. Felipe Neri de Cádiz, Cádiz, Imprenta y Librería de la Revista Médica.
en Francia, Alemania e Inglaterra, y vivió en Londres durante un tiempo.
Pocos detalles de las amistades que entabló en torno a estas visitas han sobrevivido.
Pero parece seguro que el periplo contribuyó, por lo menos, a acrecentar su interés por la astronomía y por la meteorología.
Su fascinación por las ciencias de observación se enraizaba enteramente en la tradición astronómica gaditana y en el estilo autodidacta que habían mostrado algunos profesores andaluces en la década de 1870 11.
El cielo andaluz era un marco especialmente privilegiado para el estudio, cuya atmósfera reunía las condiciones de pureza y diafanidad requeridas 12, características que justificaban tanto la actividad científica, durante siglos, del Observatorio de San Fernando, como las observaciones efectuadas, durante el año 1870, por los catedráticos del Instituto Provincial de Cádiz con motivo del eclipse de Sol.
En éste, su novedad más significativa estribaba no tanto en las mediciones de las protuberancias solares, de la corona o de la irradiación solar, sino en el proyecto de observaciones espectroscópicas que, de haberse llevado a cabo, hubiera supuesto, con toda probabilidad, la primera aplicación en España de la técnica espectroscópica a la astronomía 13.
El minucioso programa pretendía, además, averiguar la posible influencia del eclipse en los idiotas y en los dementes, para lo cual se contó con la colaboración de los médicos del Hospital del Carmen y de la Casa de Dementes.
En este contexto, no es sorprendente que Arcimís hallara en Cádiz un clima propicio para la práctica de la astronomía.
Su estancia en el extranjero le había permitido dominar fluidamente varios idiomas, granjear amistades provechosas con astrónomos prestigiosos e imbuirse de un liberalismo y positivismo románticos que respondían a los adelantos de esos países y a la penuria de España.
Estas primeras inquietudes se vieron parcialmente colmadas cuando, a su regreso, instaló en su casa un pequeño observatorio astronómico y meteorológico, conocido familiarmente como la Specola, que estaba equipado, entre otros instrumentos, con una ecuatorial y con aparatos registradores.
No obstante, fue la estrecha amistad que entabló con Francisco Giner de los ----11 SIMO, P. (1974), Memoria leída en el acto de doctorado.
Fenómenos observados durante el eclipse total de Sol, Jerez, Martín Díaz.
Véase también Memoria sobre el eclipse total de sol visible en Málaga el 22 de Diciembre de 1870, El Avisador Malagueño, Málaga, 1871.
FONTECHA, Fco.; ALCOLEA, J. (1871), Eclipse total de sol del 22 de diciembre de 1870: memoria de las observaciones verificadas por varios catedráticos del Instituto de Cádiz, unidos a otras personas científicas de esta capital, Cádiz, Imprenta de la Revista Médica, p.
Ríos, iniciada a mediados de 1875 y que se prolongaría hasta su fallecimiento, en 1910, lo que marcó terminantemente su trayectoria científica y humana.
14 Las circunstancias trágicas que motivaron su encuentro guardan cierta semejanza: Giner había sido confinado, con motivo de las disposiciones del Ministro Manuel Orovio contra la libertad de enseñanza, al Castillo de Santa Catalina en Cádiz, mientras que Arcimís y su esposa Elodia estaban atravesando una delicada situación económica en el negocio familiar de vinos que regentaban.
A esta penuria laboral se sumó la desdicha humana con la pérdida de tres de sus hijos, entre 1875 y 1878, a lo que Giner respondió con muestras sinceras de apoyo y solidaridad.
Todo ello acentuó, sin duda, la estima y la admiración que Arcimís sentía hacia él, por su personalidad, por su pensamiento, «por su exaltado fervor por cuanto pudiese contribuir a la dignidad del hombre y a la renovación intelectual, moral y científica de España» 15.
El vigor que transmitía Giner recibió, entre tantas desventuras personales, una acogida cálida por parte de la familia, en parte por el carácter enfermizo de Elodia, pero también por la naturaleza de las propias aspiraciones de Arcimís, que guardaban mayor relación con la libertad de pensamiento, la emancipación del ser humano, y sobre todo, con la regeneración de la astronomía y la meteorología españolas.
En mayor o menor grado, Giner contagió su ímpetu y optimismo a los amigos de Arcimís, José Macpherson y Alejandro San Martín, a quienes les unía el firme afán de reformar el panorama científico y cultural español de finales del siglo XIX.
«Debían de ser, sin duda, extraordinarias la capacidad de entusiasmo y el atractivo personal que tenía don Francisco cuando podía incluso hacer cambiar el rumbo de una vida» 16; fascinación que, en palabras de A. Jiménez-Landi, era una auténtica ósmosis espiritual, y que alcanzaba cotas máximas según se desprende del párrafo que le dedicó Arcimís en una de sus cartas: la voz imperiosa de mi propia conciencia, que a despecho mío he de escuchar.
¡Bendito sea mil veces Orovio, si es que a él le debo el haber conocido a Vd.! 17 DEL REGENERACIONISMO DE LA ASTRONOMÍA A LA PROFESIONALIZACIÓN DE LA METEOROLOGÍA Así como las primeras correspondencias de Arcimís ilustran claramente su deseo por ensanchar sus horizontes culturales e imitar el comportamiento ético de Giner, de la misma manera este proceso de seducción éticointelectual debe ser enmarcado en el contexto de una idea más general como era la de rebelarse ante las prácticas de los astrónomos de los observatorios oficiales, en su opinión más inmersos en las intrigas del poder que en la consecución de méritos científicos.
Fue en este entorno en el que Arcimís llevó a cabo una intensa actividad astronómica a partir de 1874.
Su táctica estuvo encaminada, en primer lugar, a trabar amistades con reconocidos astrónomos de talla internacional, como fueron los Padres Angelo Secchi y F. Denza, Urbain Le Verrier, M. William Huggins, Browning, etc., y, seguidamente, a integrarse en círculos académicos prestigiosos, como en la Royal Astronomical Society of London, en diciembre de 1875, y en la Società degli Spettroscopisti Italiana, en 1874, para desde esta posición, iniciar una fecunda labor de publicaciones en revistas extranjeras acreditadas que le permitiera rivalizar con la astronomía oficial española, en su deseo de «hacer una guerra a muerte» a los Observatorios de San Fernando y Madrid.
A este respecto, su actitud fue la propia del grupo de jóvenes institucionistas para los cuáles Europa era la luz que alumbraba el camino a seguir entre la niebla de atraso y oscuridad españolas en una época en la que las demandas de renovación e industrialización adquirían fuerte protagonismo.
Una lectura de la correspondencia de Arcimís con Giner muestra explícitamente cuáles fueron los grandes temas: aquí Europa, liberalismo, regeneración astronómica y meteorológica, y modernización industrial se acoplaban perfectamente al unísono.
En palabras del propio Arcimís, los responsables de la astronomía oficial, en clara alusión a Miguel Merino y Cecilio Pujazón, eran parte del problema:
No deja de ser triste que todas las cosas que puedan adentrarme en mis trabajos y estimularme a continuar hayan de venir del extranjero: instrumentos, libros, periódicos y recompensas.
Todo ha de ser de otras tierras que de esta desgraciada España y mi propio idioma para bien poco puede servirme y mis relaciones con los ----científicos de aquí, para menos todavía.
¿Pero habrá aquí hombres científicos?
Casi puede creerse que no y no me parece muy atrevido decir que los sabios oficiales han obtenido sus puestos por asalto más que por sus méritos.
Si se les conoce es por los puestos que ocupan y no por sus méritos personales; ¿se puede saber qué debe la ciencia a los directores de los Observatorios de San Fernando y Madrid? 18 En sus contribuciones científicas, Arcimís no fue un liberal doctrinario ni un agitador crítico sino un observador amateur de planteamientos pioneros y avanzados.
De hecho, en fecha tan temprana como 1874, publicó varios trabajos en el órgano de la Società degli Spettroscopisti Italiani, una revista que había comenzado a editarse a partir de 1872, convirtiéndose en la primera publicación especializada de astrofísica en la historia de la astronomía moderna 19.
El rigor con que efectuaba sus observaciones fue suficiente para que su nombre adquiriera gran crédito entre el círculo de astrónomos italianos.
En Italia, dicha sociedad representaba la primera tentativa de coordinación de la investigación espectroscópica aplicada a la física solar 20; y en España, Arcimís se convertía en el abanderado por antonomasia de la astrofísica.
Arcimís adoptó en sus primeras publicaciones científicas una posición que resultaría incómoda para muchos astrónomos oficiales españoles.
Se basaba en el argumento de que la técnica espectroscópica era esencial para comprender la composición química de las estrellas y su ulterior catalogación de acuerdo a los espectros luminosos 21.
Esta postura resuelta, aunque un tanto presuntuosa, por proceder de un amateur, podría haber herido el orgullo profesional de aquéllos por cuanto que apuntaba a la espectroscopia estelar como una técnica revolucionaria de la astronomía física que no había sido aplicada aún en España 22.
Ciertamente, cuando Arcimís envió una carta al Padre Secchi dando cuenta de sus observaciones espectroscópicas de estrellas fugaces, hacía hincapié en su ----18 Carta de A. Arcimís a F. Giner de los Ríos del 18 de septiembre de 1875.
21 Años más tarde, haría extensible esta técnica a la predicción del tiempo.
22 Para una discusión sobre los espectros estelares y su relación con el desarrollo de la astrofísica, véase: HEARNSHAW, J. B. (1986), The Analysis of Starlight: One hundred and fifty years of Astronomical Spectroscopy, Cambridge, Cambridge Univ.
Press, pp. 208-254. condición de outsider y en sus modestos medios; y se mostraba extremadamente halagado cuando Secchi describía su sencilla Specola como el Observatorio de Cádiz 23.
Del mismo modo, no ocultaba su alegría cuando el Padre Denza reseñaba sus observaciones en varias revistas italianas, editadas por los Observatorios de Moncaleri y de Turín, al lado de astrónomos tan ilustres como Sir Joseph Norman Lockyer y Lorenzo Respighi; y Arcimís le recordaba con ingenio andaluz que «no era un astrónomo sino un desgraciado que alguna vez para estirar los músculos cervicales alzaba la cabeza al cielo» 24.
Como se ha aludido anteriormente, la experiencia de Arcimís, que se nutrió en gran parte de lo que había observado en sus viajes por Europa, fue clave en su concepción astronómica.
Para sus objetivos de regeneración, las relaciones que había entablado con notables especialistas de la astronomía física, como eran M. W. Huggins, autor del tratado Analyse spectrale des corps celestes, de 1866, el aristócrata Lord J. L. Lindsay, fundador de un Observatorio que llevaba su nombre en Aberdeen y autor de la obra Astronomy, de 1878, y Sir T. Maclear, un médico de profesión que se convirtió en astrónomo real y director del Royal Cape Observatory, en Sudáfrica, fueron determinantes en su puesta al día científica de las ciencias de observación, paso previo para la europeización de España.
Una de las frases de su epistolario con Giner, «yo aguardo como aquél la última moda para hacerme mi vestido intelectual», sintetiza poderosamente su capacidad de improvisación y de perfeccionamiento en el bullir científico de aquellos años finiseculares.
No obstante, parece muy probable que ya se hubiera familiarizado con la técnica espectroscópica en la carrera de Farmacia y con la forma de efectuar con éxito los análisis espectrales 25.
Su destreza en el manejo del espectroscopio quedó patente en las prácticas de espectroscopia con sangre humana que realizó en 1876 en colaboración con San Martín, quien confesaba, con sorpresa, no haber visto nunca un espectro 26.
La adaptación y efectividad del nuevo procedimiento eran ----23 Carta de A. Secchi a A. Arcimís, 1873/76.
Archivo della Pontificia Università Gregoriana, Roma.
25 El uso de la espectroscopia como método de análisis médico no era ajeno en las Facultades de Farmacia y Medicina.
Véanse los discursos de doctorado: FALCES DE ODIAGA, E. (1877), Análisis espectral: discurso leído por el Licenciad en Farmacia..., Madrid, Imp.
Aribau; CEBRIÁN, E. (1883), Del análisis espectral en medicina [Manuscrito].
Tesis de doctorado leída en la Universidad Central el 21 de junio de 1883, Madrid.
Sobre la figura de A. San Martín, véase: PALMA RODRIGUEZ, F. (1997), Vida y obra del doctor Alejandro San Martín Satrústegui, San Sebastián, Sociedad Vasca de Historia de la Medicina.
inauditos, marcando, como intuyó Arcimís, un momento de ruptura en la instrucción tradicional de la astronomía descriptiva o de posición, a cuya práctica se habían adherido fervientemente los directores de los Observatorios oficiales y quienes, a buen seguro, habrían preferido ser los precursores de la espectroscopia estelar en vez de meros espectadores 27.
Al igual que había sucedido en Italia, la seriedad y la madurez de los trabajos de Arcimís fueron suficientes para que su obra fuera acogida favorablemente en Inglaterra.
Aquí había ganado una gran reputación por su nombramiento como Fellow de la Royal Astronomical Society of London.
En su relato a Giner de dicha distinción, Arcimís elogiaba las excelencias de un país en el que se apreciaban los esfuerzos por difundir el gusto a la astronomía aunque fueran realizados, como en su caso, con medios escasos.
En su opinión, la amplia cultura de organización y libertad de las instituciones británicas alimentaba un espíritu de iniciativas científicas que no tenía parangón en España y potenciaba la aparición de revistas especializadas como vehículos de difusión de la ciencia.
Sus estudios sobre los eclipses de los satélites de Júpiter y el disco de Venus se publicaron en el Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, órgano de la Sociedad de la que era miembro, dando motivo a notables discusiones 28; sus observaciones acerca de las ocultaciones de las estrellas efectuadas con el telescopio ecuatorial de Browning se noticiaron en The Observatory, la revista mensual del Observatorio de Greenwich 29; crónicas científicas suyas vieron la luz en la revista Nature 30; y también sus trabajos sobre los eclipses lunares y solares se valoraron en los círculos académicos 31.
Fue en Inglaterra y ----27 La nueva astronomía física se difundió a través de círculos académicos ajenos a la astronomía oficial.
Véase, por ejemplo, LANDERER, J.J. (1889), Introducción á la astronomía física, Barcelona, Redacción y administración de la «Crónica científica»; y CASTELLS, P. (1897), Fundamentos de espectroscopia celeste.
Discurso de doctorado leído en la Universidad Central, Madrid, Est.
Tip. de la viuda e hijos de Tello. en Italia, precisamente, donde mayor eco alcanzó su más destacada contribución concerniente al análisis espectral de la luz zodiacal, trabajo que realizó con la ayuda de un espectroscopio, modelo Hoffmann, de cinco prismas, y que redundó en una discusión con el profesor Wright del Yale College 32.
En contraste, la atención que se prestó en Francia a sus observaciones no fue la que él esperaba.
El país del que Arcimís había declarado ser su predilecto y que había conocido íntimamente a través de su familia tenía poco en común con el ambiente que él percibió en los observatorios y círculos académicos, tras su visita a París en 1888.
Una parte de culpa residía en la animadversión que sentía hacia el astrónomo francés Camile Flammarion y todo lo que éste representaba.
La proliferación en España de las «sociedades espirituales llamadas de Flammarion» infligía, según él, un enorme daño a la ciencia en general y a la astronomía en particular 33.
La reacción de aquél, como se observa en el anuario del órgano de la Société Astronomique de France de 1892, fue contundente pero sibilina, cuando mencionaba a Comas, Fontserè y Landerer como los únicos científicos españoles que se distinguían por las observaciones solares.
No decayó el interés de Arcimís por el conocimiento innovador en sus arremetidas contra la astronomía oficial, sobre todo a través de sus correspondencias y artículos en publicaciones extranjeras, pese a la cada vez más inquietante situación económica de su negocio de vinos.
El relato de la búsqueda de Vulcano, un supuesto planeta que jamás se descubrió, y la correspondencia que sostuvo con U. Leverrier, director del Observatorio de París, a cuenta de dicho motivo, nos revelan a Arcimís lleno de un entusiasmo teñido de inquietud.
Por un lado, las cartas del astrónomo francés durante 1877 le servían de estímulo en la tarea que se había impuesto a sí mismo como celador e iniciador del regeneracionismo astronómico.
Pero por otro lado, se acrecentaba su temor de que España había quedado científicamente rezagada de los países europeos del mismo entorno cultural y de que si la astronomía española quería competir en observaciones, tanto en cantidad como en calidad, ---- 33 Carta de A. Arcimís a F. Giner de los Ríos del 7 de mayo de 1883.
comparables a las que el propio Arcimís había estado realizando, era necesaria una vasta red de observadores amateurs 34.
En este aspecto la llegada a Cádiz de Augusto González de Linares y Manuel Bartolomé Cossío, que junto a San Martín y a J. Machperson conformarían un grupo de aficionados a la astronomía 35, le infundía un nuevo brío en su particular lucha por sus ideales más perseguidos -la renovación científica y la transformación socio-cultural de la sociedad española-precisamente en un momento en que los proyectos astronómicos de Arcimís -los espectros de las estrellas variables, la luz zodiacal, las estrellas fugaces, las ocultaciones y eclipses de los satélites planetarios, las estrellas binarias y múltiples-se veían alentados con su reciente, aunque infundado, descubrimiento de Vulcano.
Arcimís, así se lo confesaba a Giner, se sentía el «fundador de la astronomía gaditana» 36.
E iba más allá, al declarar que su sueño era formar y reclutar una «pléyade de astrónomos modestos», una generación de espíritus combativos que, como él, fuera una pieza clave para la anhelada regeneración y para la batalla contra la ciencia oficial.
En una época de acrecentamiento en los años 70 de las dificultades económicas en sus negocios y de su progresivo alejamiento de la iglesia cristiana, decide traducir la obra de John W. Draper, la Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia 37.
Sin duda, Arcimís encontró sumamente intrigante el hecho de que se tratara de una historia de la ciencia efectuada desde la óptica de los condicionamientos sociales e ideológico-religiosos del autor, y de que representara un serio alegato en contra de la constitución dogmática de la fe católica.
A este respecto, los consejos de Giner le sirvieron para que Nicolás Salmerón se hiciera cargo del prólogo, de manera brillante según el propio Draper, que elogió sus esfuerzos «en pro de la causa de las ideas liberales» 38.
----Salmerón subrayaba que la rémora del pasado continuaba aún hipotecando la libre actividad intelectual en el presente, una actividad que seguía siendo una meta a conquistar en España.
Por eso, es muy probable que Arcimís coincidiera con la afirmación de éste de que el principal mérito de la obra era que tendía a «consagrar la libertad de pensamiento» y que su éxito en España serviría «eficazmente para sacudir el letargo en que yace la conciencia religiosa y científica» 39.
Pese a que la traducción no reportó pingues beneficios económicos a Arcimís, sí que le proporcionó notoriedad, e hizo que su nombre se viera incluido entre el elenco de intelectuales etiquetados con el ambiguo epíteto de heterodoxos.
A esto contribuyó, indudablemente, el eco de la obra de Draper, que tuvo en España numerosas réplicas y de considerable altura doctrinal, tanto por parte de los librepensadores como por parte de la apologética católica 40.
En este aspecto, el propio prólogo de Salmerón, que aporta una convincente prueba de cómo el conflicto genérico entre ciencia y religión se imbrica en España, suscitó una contundente respuesta de Menéndez Pelayo, generándose así uno de los debates ideológicos claves de la llamada «polémica de la ciencia española».
De hecho, la obra de Draper y la teoría de Darwin fueron «los dos blancos primordiales» de la apologética española de la época 41.
En vista de esto, no es sorprendente que Arcimís declarara eufórico que aún era posible una regeneración en España ya que todavía no se había extinguido «la visualidad ni el fuego sagrado de la ciencia» 42.
En los tratados clásicos de la segunda mitad del siglo XIX se podía observar claramente la voluntad de convertir a la astronomía en un saber enciclopédico, casi en un objeto de culto, donde las ciencias físico-matemáticas se distinguían como modelo de cientificidad y donde la fe del progreso como nueva religión era reivindicada junto a las consignas de modernización y de la filosofía positiva.
Estas actitudes románticas, de recopilación del conocimiento astronómico, que afloraban en las obras de Secchi, Lockyer, Proctor y Guillemin, entre otros, jugaron en Arcimís un papel decisivo, de ruptura con la tradición, de paso hacia delante, a la hora de publicar si no la mejor, sí la más productiva y laboriosa de ----39 DRAPER (1876), pp. LXI-II.
40 Véase el lúcido prólogo de Diego Núñez sobre la temática de la obra y la reacción de la apologética cristiana, en DRAPER, J. W. (1987), Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia, Barcelona, Alfa Fulla.
sus obras, El Telescopio Moderno 43.
La falta de originalidad en el contenido era reconocida por el propio autor, que la definía como una exposición popular de los últimos descubrimientos de los grandes sabios 44.
Pese a que la obra era fruto de un encargo, más relacionado con fines lucrativos que intelectuales 45, pronto sirvió para que los jóvenes astrónomos, como Joseph Comas y Eduard Fontserè, se iniciaran de manera autodidacta en la astronomía de posición 46.
Por el acopio de obras y revistas especializadas de que hizo gala, así como por la abundante información que contenía, puede afirmarse que constituyó una fuente imprescindible actualizada sobre la investigación astronómica internacional 47.
La actitud pionera de Arcimís se extendió también a la meteorología.
El desarrollo del telégrafo había ampliado las expectativas de los meteorólogos al posibilitar la transmisión inmediata de las observaciones meteorológicas, aunque no había repercutido directamente en el avance de la predicción del tiempo.
Esta comenzó a desarrollarse cuando los físicos y meteorólogos se percataron de la importancia de los movimientos de las masas de aire en las inclemencias del tiempo 48.
El cambio en la tecnología de las comunicaciones trajo consigo un cambio en la concepción estática que se tenía de la atmósfera.
La meteorología dinámica fue tratada, si bien esporádicamente, por los ----meteorólogos españoles.
Autores como Manuel Iranzo Benedito 49, Josep Ricart i Giralt 50 y Angel Rodríguez de Prada 51 repararon en la importancia que el conocimiento del curso de los vientos y las causas de sus desviaciones tenía para la evolución del tiempo.
Pero a finales del siglo XIX el desconocimiento de esta circunstancia era casi general en España.
Arcimís, decíamos, extendió su talante pionero a la meteorología moderna, a través de la obra La circulación atmosférica 52, editada en fecha tan temprana como 1895, y a través de una serie de artículos sobre la meteorología dinámica que se publicaron en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza 53, el resultado de varios años de labor académica en dicha institución.
Nuevamente, el astrónomo gaditano se adhería enérgicamente a las corrientes teóricas más vanguardistas de la época, implícitamente en la selección de los autores y en el tratamiento matemático de las cuestiones, que se centraban en la importancia de la circulación del aire para la predicción meteorológica.
Los estudios de Oberbeck de 1888, sobre las soluciones matemáticas de las ecuaciones del movimiento atmosférico, o de Helmholtz, en 1888 y 1889, postulando que la circulación debía tener en cuenta turbulencias horizontales y verticales que condicionaban el cálculo de los flujos de calor, quedaban extensamente reseñados en la obra La circulación atmosférica 54.
Claramente, con la elección de un tema tan inédito como la circulación de la atmósfera, Arcimís había querido avivar la inquietud de los meteorólogos aficionados y ----dejar constancia de las carencias de los observatorios oficiales.
Y a tenor de los resultados, tuvo éxito.
Su obra fue alabada en los círculos académicos y en las agrupaciones meteorológicas; y le sirvió de estímulo para que, a comienzos del siglo XX, publicase el tratado de divulgación Meteorología, que gozó de un gran éxito editorial 55.
Pese a estos motivos de ilusión, Arcimís había sufrido serios quebrantos en los negocios comerciales, que le habían obligado a aceptar un trabajo en una fábrica de alquitrán en Madrid.
Fue a través de Giner, una vez más, que Arcimís pasó a desempeñar las cátedras de astronomía y de física en las aulas de la Institución Libre de Enseñanza a partir de 1884.
Su ideal instructivo se ajustaba al modelo institucionista de enseñanza activa, en el que no se aspiraba a imponer conocimientos científicos, ni a realizar prácticas, sino «hacer salir los conocimientos» de una manera participativa; hacerles ver cómo se estudiaba y cómo se resolvían las dificultades.
Más que enseñar ciencia, Arcimís enseñaba a realizar procesos científicos -observaciones, mediciones, simulaciones, juegos-, y, para lograr estos propósitos, nada mejor que convertir la cátedra en un taller y a los alumnos en «expertos» astrónomos y predictores del tiempo.
Su iniciativa de crear un competente aunque modesto observatorio que contaba con las secciones de astronomía y meteorología 56, aparece en retrospectiva como una medida sumamente audaz 57.
Esa era probablemente la cualidad que Giner reclamaba a Arcimís para empresas de mayor vuelo pero para quien sus constantes alusiones a la creación de una cátedra de astronomía física resultaban casi irrealizables en el marco de una concepción social de la ciencia 58.
----55 ARCIMÍS, A. Meteorología, Barcelona, Calpe.
Se desconoce la fecha exacta de su publicación, pero existen por lo menos tres ediciones de la misma.
58 La creación de la cátedra universitaria de Astronomía Física hubo de esperar hasta 1900, año en el que el Plan García Alix la incluyó en la sección de ciencias como curso de doctorado.
El cargo fue desempeñado por el astrónomo Antonio Tarazona.
Véase: TARAZONA, Durante el periodo de 1875 a 1887, Arcimís continuó una y otra vez proclamando el mismo lema regeneracionista que le había transmitido a Giner en sus primeras cartas: la consigna de que la clave para la regeneración astronómica y meteorológica de España se encontraba en Europa y de que la estrategia más adecuada para alcanzar dicho objetivo era la fundación de observatorios astrofísicos, servicios meteorológicos y redes de observadores aficionados.
Mantuvo una convicción, casi pertinaz, en el valor de la ciencia como un instrumento imprescindible para la modernización del país.
Entre las lagunas más significativas de la ciencia oficial, señalaba la falta de un centro astrofísico y de un servicio de predicción meteorológica, así como la ausencia de estudios sobre las nubes y los espectros estelares.
Pero para Arcimís, el cultivo de las ciencias de observación era importante tanto para ensanchar el espíritu como para sacar beneficio de su utilidad.
Para su proyecto renovador, Arcimís no se inspiró en la ciencia del Observatorio de Madrid ni en el de San Fernando, sino en el pragmatismo del servicio de predicción francés y en el buen hacer del Observatorio astrofísico de Berlín.
La fundación de un servicio meteorológico central era una necesidad acuciante.
Sirva como dato que en Europa, a mediados de la década de los ochenta, solamente tres países, Grecia, Turquía y España, no disponían de un servicio central destinado a la previsión del tiempo y a la coordinación de redes meteorológicas locales 59.
Al igual que en la astronomía, los institucionistas se adhirieron a una regeneración meteorológica en la que Europa se vislumbraba como modelo.
Se trataba especialmente de imitar la fundación de servicios de predicción meteorológica, análogos a los que existían en los países vecinos, que fueran capaces de anunciar, desde una perspectiva dinámica, las perturbaciones atmosféricas en un plazo de tiempo corto 60.
Giner, partidario de revoluciones silenciosas, consideraba que Arcimís, ardiente y de espíritu luchador, como él, era la mejor garantía para dirigir una Oficina de Meteorología.
---- Para entonces, Arcimís era considerado como uno de los líderes más capacitados de la generación de jóvenes institucionistas que se esforzaban por importar un nuevo profesionalismo científico en el que se subrayaba tanto el espíritu de investigación y observación como el servicio a la comunidad civil.
A nivel científico y organizador, Arcimís se nutrió de los conocimientos prácticos que adquirió en sus viajes a Inglaterra y Francia en 1888, cuando fue recibido deferentemente por los directores de los Observatorios de Greenwich y de Kent y por el personal del Meteorological Office.
Como parte de su talante europeo, promovió un internacionalismo fructífero, aprovechando las amistades que había cultivado años atrás y haciendo gala de un bagaje idiomático poco común.
En busca de información para mejorar su plan de servicio meteorológico, escuchó de primera mano los consejos de meteorólogos de talla internacional, como eran R. H. Scout, director del Meteorological Office, E. Mascart, director del Bureau Central de Météorologie 61, y A. Argot, distinguido climatólogo y autor del Traité Elémentaire de Météorologie, que adquiriría amplia difusión en España.
Y lo que es más importante, la concepción de meteorología de Arcimís como un lazo entre el mundo científico y las demandas de los sectores agrícola y pesquero, que contaba con precedentes extranjeros, era sin embargo radical para los esquemas españoles de los años ochenta.
Con tales ideales, no es de extrañar que la creación del Instituto Central Meteorológico español, en 1887, fuera la consumación de sus reivindicaciones.
En tal sentido, puede afirmarse que su apertura fue una conquista de la Institución Libre de Enseñanza.
Pero durante los años de entresiglos, ésta fue una conquista a medias.
El Servicio Meteorológico oficial fue el teatro de operaciones de un fenómeno de bipolaridad institucional, que se personificó en la rivalidad que mantuvieron el ICM y el Observatorio de Madrid, por una parte, y en el pulso político de sus respectivos valedores, por otra 62.
Al lado del ICM se posicionó el bando renovador, amparado por los liberales y los institucionistas, mientras que los Observatorios de Madrid y San Fernando contaron con el apoyo del bando continuista y oficial, sustentado por los conservadores.
Lo que se debatió en la cámara del Congreso de los Diputados, en agrias sesiones sobre política científica, era el modelo más idóneo de instituir ----61 Las teorías meteorológicas de Mascart estaban en línea con lo que Arcimís preconizaba.
En España, la recepción de la obra de Arcimís fue, con diferencia, menos favorable de lo que lo fue en Europa.
Como se ha señalado, su posición de outsider de la astronomía española y su alineamiento con ideales institucionistas en pro de la regeneración y en contra de la ciencia oficial no contribuyeron a ello; e incluso, la controvertida creación -con posterior supresióndel Instituto Central Meteorológico, su testimonio en defensa de la libertad religiosa y, más concretamente, su decisiva participación en la difusión de la obra de Draper fueron juzgados con excesiva sospecha.
Paradójicamente, fue entre los círculos astronómicos catalanes, además por supuesto de los ambientes institucionistas, donde las percepciones hacia su talante científico calaron más hondo.
Su obra El Telescopio moderno, como hemos visto, había sido una referencia intelectual para los jóvenes astrónomos Comas y Fontserè 64, mientras que éste último recibiría sus consejos y elogios cuando se hizo cargo del observatorio de la Academia de Ciencias de Barcelona en 1893 65.
Durante el resto de su vida, Arcimís se mostró como una relevante figura pública al mando de un controvertido Servicio.
Desde su influyente cargo de director del ICM, en su celo por difundir la utilidad de la meteorología, se embarcó en la publicación diaria de una modesta predicción del tiempo en el Boletín Meteorológico 66 y en un sinfín de actividades divulgativas 67.
Su compromiso por los ideales liberales se mantuvo en pié pero, ahora, desde el púlpito de las instituciones oficiales.
Poco a poco, la imagen del intrépido joven gaditano, lleno de excitantes proyectos, se transformó en la de un templado, ----63 ANDUAGA, A. (2004), «Ciencia, ideología y política en España.
65 Fruto de esta amistad que se inició en 1892, ambos mantuvieron una correspondencia que se ha conservado.
67 Véase, entre otros ejemplos, su participación en el Diccionario Enciclopédico hispanoamericano, Montaner y Simón, Barcelona, 1887-1910, 28 v.; y en el Almanaque de la Ilustración, Establ.
Tip. de los sucesores de Rivadeneyra, Madrid, a partir de 1893.
aunque reputado, sabio con fama de buen consejero.
El relato de las peripecias de Arcimís a bordo del globo tripulado Urano, junto con el ingeniero militar Alfredo Kindelán, con motivo del eclipse de Sol de 1905, dan buena muestra de la vitalidad y la gallardía que aún atesoraba a la edad de sesenta años, lo cual le sirvió para lograr las primeras fotografías que se obtenían del anillo de Ulloa y del espectro de Brocker en esas circunstancias 68.
A lo largo de toda su trayectoria, Arcimís fue condescendiente con las penurias económicas del país pero combatiente con el proceder de los hombres.
Como un joven entusiasta seducido por las aspiraciones regeneracionistas de Giner, un agudo observador que había entablado una corriente de comunicación científica en el extranjero, y un hombre de su tiempo comprometido con las reivindicaciones liberales durante la turbulenta etapa de la Restauración borbónica, Arcimís estuvo a la cabeza de la regeneración científica e intelectual española.
Como se ha intentado demostrar, esta batalla por la «europeización» de la astronomía y la meteorología españolas se sirvió de la combinación creativa entre sus experiencias en el extranjero y la delicada coyuntura social y económica de su propio país.
En medio de la tensión generada entre una España aferrada al pasado y otra que deseaba participar en la construcción de una nueva sociedad, Arcimís ensalzó el papel de la historia en su juicio sobre la ciencia y en el ejercicio que debía hacerse de la misma.«Los hombres de ciencias, señalaba, descuidan bastante no ya la Historia política universal, sino también aquella parte que refiriéndose con especialidad al objeto de sus estudios, debía más poderosamente interesarles», en clara alusión a la historia de la ciencia 69.
Aquí, tal vez mejor que en ningún otro lugar, se compendia su particular visión sobre las raíces de los males de la ciencia española.
Reseña de los trabajos efectuados para su observación, Madrid, Imprenta Instituto Geográfico y Estadístico, pp. 31-40. |
Locura y modernidad en la cultura española del siglo XIX
Los públicos de la ciencia.
Expertos y profanos a través de la historia.
Psiquiatra de formación, Enric Novella manifestó tempranamente su vocación teórica y crítica publicando durante el período de su formación cumplido en Alemania un valioso estudio sobre "el joven Foucault" que tuve ocasión de reseñar en las páginas de esta revista1.
Ahora nos entrega una obra más ambiciosa y madura, objeto de esta reseña, sobre la psiquiatría española decimonónica.
Si ya en el estudio citado mostró excelentes dotes, en el presente alcanza un magnífico nivel, propiciado sin duda por los años compartidos con el veterano equipo de investigación del CSIC de Madrid liderado por José Luis Peset, Rafael Huertas y Ricardo Campos, cuya obra en el campo de la historia de la psiquiatría es ya ingente y de obligada referencia.
A este legado viene a sumarse, de pleno derecho, el estudio de Novella.
Su primera aportación viene anunciada en el título de la obra.
Después de señalar las tres líneas principales en torno a las que se ha orientado la investigación en historia de la psiquiatría, que denomina, respectivamente, "conceptual", "social" y profesional", propone Novella una cuarta aproximación, la "cultural".
Seguramente en pocas disciplinas médicas puede verse de manera más clara la relación con ese cúmulo de tendencias, movimientos y afanes a menudo inconscientes, o sólo parcialmente conscientes, que llamamos cultura, por lo que llama la atención que el despertar del interés por este enfoque haya sido tan tardío.
Puede que ello se deba al interés de la psiquiatría, y también de la historia, por equipararse a las ciencias llamadas duras.
Pero vayamos al núcleo del asunto.
Y ese núcleo se encuentra -¿cómo podía ser de otro modo?- en el individuo.
Ese sujeto malfamado para cierta historiografía hace algunas décadas, y tal vez todavía para muchos.
Pero es que, incluso desde un punto de vista colectivo, el individuo es protagonista en el siglo diecinueve, el estudiado por Novella.
A nadie sorprenderá este sólo aparentemente paradójico aserto: el fenómeno colectivo característico del gran siglo burgués es el individualismo; y para que éste tenga sentido hay que entronizar la subjetividad.
Una subjetividad que, para resultar aceptable en ese marco epocal, necesita un anclaje sólido en lo material: lo que Novella denomina "la naturalización del alma".
Pero esta misma naturalización no debe aniquilar aquello de lo que pretende dar razón científica; y en este forzado –y forzoso- vaivén se instalará la nueva ciencia de la mente.
Reiteradamente se ha señalado el papel que la sensibilidad prerromántica y romántica desempeña en la eclosión y en la toma de conciencia de esa nueva subjetividad.
Pues bien: a este respecto resulta muy ilustrativo el hecho de que algo tan discutido en su existencia y esencia como es el romanticismo español comience a despuntar cuando el Romanticismo con mayúscula, el alemán, ya ha dejado paso al Biedermeier, en plena década de los treinta.
Aunque el autor señala, acertadamente, que pueden encontrarse rasgos románticos en artistas de finales del siglo precedente, el caso es que, como corriente, aquél no alcanza una cierta identidad hasta ese momento.
Incluso algunas de las citas de que hace uso en relación con este asunto proceden de fechas tan poco románticas como los años setenta.
Este desfase cronológico, sumado a la propia endeblez estética del movimiento, resulta más comprensible viendo a este último como efecto más bien que como causa, lo que puede considerarse un argumento más a favor de la tesis sustentada por Novella.
La irrupción del subjetivismo parece ser, en este caso, anterior y exterior a sus manifestaciones artísticas, y revestir, desde luego, las galas que han hecho que en nuestro entorno cultural "romántico" haya sido durante mucho tiempo sinónimo de reaccionario.
En cuanto al papel de la ciencia, y en concreto de la medicina, el autor refrenda la filiación francesa del discurso alienista español, aunque poniendo de relieve sus peculiaridades, sin dejar de lado el papel de la Iglesia -a veces ilustrada, conservadora otras- en la discusión pública de la incipiente ciencia del alma hispana.
La vinculación de esta ciencia con la moral, seguramente inevitable, se hace explícita en momentos cruciales de este proceso constituyente.
A la luz de lo anterior no parece casual que uno de los últimos capítulos del libro lleve por título "Del buen uso de la libertad".
En pocos lugares puede ponerse de manifiesto de manera más evidente el talante burgués-conservador del subjetivismo estudiado por Novella que en la sospecha que gravita sobre el concepto de libertad.
Cierto es que la materia objeto de análisis, la psiquiatría, está, por definición, centrada en lo patológico, y más precisamente en lo patológico de las conductas, de modo que cabría decir que casi no tiene más remedio que partir de esa sospecha, lo que nos lleva, y lleva al autor, a recordar otros enfoques clásicos, aunque recientes, en la historia de la psiquiatría, que ahora reciben nueva luz.
Apenas creo necesario señalar que otro de los méritos, y no el menor, del libro, es su abundante y bien utilizada documentación.
Nada hay en él de suposición gratuita.
El panorama trazado por su autor está prolijamente elaborado y sobradamente documentado, y esta documentación es tan amplia como cabría desear, pues Novella no se limita a manejar los materiales idóneos para su pesquisa en el territorio del subjetivismo, sino que emplea también, de primera mano o a través de la obra de investigadores cualificados, documentación de carácter institucional, tan necesaria para completar y dar profundidad y sentido a este fresco de la psiquiatría española en su etapa de constitución.
Finalizaré esta breve reseña reconociendo que deliberadamente empleo en ella el término "psiquiatría", por más que el autor del libro comentado parezca reservarlo para el período ulterior a su investigación, titulando el epílogo "Hacia la Psiquiatría".
Seguramente la misma reserva de la que hace gala, en el aspecto terminológico, en este punto, es lo que ha determinado la elisión de dicha palabra en el título del libro; pero el caso es que la medicina de la mente nacida de esa nueva subjetividad y determinada por las coordenadas que, al hilo del discurso de Novella, acabo de esbozar, no podía por menos de desembocar en esa consolidación como especialidad con nombre propio.
Sin duda obedece a un designio del autor, pero también al riguroso atenimiento a los documentos estudiados, el que el libro comience en el horizonte de la locura, discurra por la alienación y las pasiones y concluya camino de la psiquiatría, disciplina científica que estaría llamada a dominar estas últimas y curar, si posible fuera, o al menos paliar los estragos de aquella; como también, seguramente, obedezca a las mismas razones, que arranque de una cita de Florencio Ballarín, de 1835, en la que se demanda el nacimiento de esa nueva ciencia y finalice con una del eminente orador Emilio Castelar, de 1873, en la que se muestra cómo el lenguaje de la naciente especialidad ha conseguido infiltrarse con éxito, un éxito basado en su aceptación y popularización, incluso en la retórica política. |
Una introducción a los estudios de las mujeres y de género en ciencias de la salud
Cabré i Pairet, Montserrat; Salmón Muñiz, Fernando (eds).
Una introducción a los estudios de las mujeres y de género en ciencias de la salud.
Sexo y género en medicina es fruto de un proyecto docente del grado en medicina de la Universidad de Cantabria.
Los editores del libro, Montserrat Cabré y Fernando Salmón del Área de Historia de la Ciencia de esta universidad lo han diseñado como una herramienta para estimular en el alumnado la reflexión sobre los impactos de las jerarquías de género en la construcción del conocimiento médico y en la práctica médica: en sus propias palabras, que adquieran "la capacidad para reconocer el carácter sexuado del conjunto de saberes y prácticas que constituyen los sistemas de salud" (p.11).
El producto final, en mi opinión, cumple este objetivo con creces.
El libro lo componen nueve capítulos, seis de ellos traducciones de artículos y capítulos de libros publicados por primera vez en la década de los noventa en contextos anglófonos donde se han convertido en textos de referencia para la historia de la medicina, pero no han circulado hasta ahora en castellano.
Los tres capítulos restantes son textos publicados por primera vez en castellano, incluyendo uno (Rosa María Osorio) escrito específicamente para formar parte del volumen.
En la primera parte se analizan maneras en las que la ciencia y la práctica médicas inscriben los constructos culturales de la masculinidad y la feminidad en los cuerpos (o sus partes).
El texto de Emily Martin trata de la sexualización de los gametos y de la proyección de valores de género sobre el papel de óvulos y espermatozoides en la fecundación humana, mientras el de Suzanne J. Kessler se centra en la gestión médica de los bebés intersexuales.
Estos dos capítulos, ubicados, en mi opinión estratégicamente al principio del libro, ayudarán a lectoras y lectores a entender y cuestionar el papel de la ciencia y de la medicina en la construcción de género a través de dos ejemplos ilustrativos y muy llamativos.
Los capítulos que forman la segunda parte del libro versan sobre la diferencia sexual y las maneras en las que a lo largo de la historia la medicina la ha conceptualizado y perpetuado.
Aquí encontramos la contribución de Montserrat Cabré y Fernando Salmón sobre los debates médicos acerca del aojamiento que se desarrollaron en los reinos hispanos al principio del siglo XVI.
El capítulo relata cómo la mirada médica transformó una creencia popular de "mal de ojo" en una enfermedad, explicándola en el marco del galenismo y la filosofía natural.
El capítulo de Sue V. Rosser, nos traslada al mundo de la investigación médica en Estados Unidos a finales del siglo XX.
La autora discute varios ejemplos de sesgos androcéntricos en la investigación clínica, como el empleo de mayores recursos para investigar enfermedades típicamente masculinas, o la exclusión sistemática de mujeres de ensayos clínicos de medicamentos.
La aportación de Lara Marks, en cambio, analiza desde la perspectiva de género los ensayos clínicos realizados principalmente con mujeres quizás más relevantes para la historia de la medicina: los primeros ensayos clínicos de la píldora anticonceptiva.
Marks los analiza desde una óptica de la dificultosa y a veces imprevisible aplicación del modelo médico reduccionista al cuerpo femenino.
Finalmente, el capítulo de Susan C. Lawrence y Kae Bendixen traza las representaciones de la diferencia sexual en los libros de texto de anatomía en Estados Unidos desde finales del siglo XIX hasta finales del siglo XX.
Las autoras demuestran cómo durante este tiempo se continuaba representando los cuerpos de las mujeres como variantes de los cuerpos de los varones.
La última parte está dedicada a las mujeres como agentes de salud.
El capítulo de Ana Delgado, Ana Távora y Teresa Ortiz-Gómez se centra en las médicas de familia españolas a finales del siglo XX y las maneras en las que sus ideas sobre la feminidad afectan su práctica profesional.
Rosa María Osorio, en cambio, explora el rol fundamental de madres como gestoras de salud de sus hijos.
La autora estudia el caso de un área suburbana del estado de México a principios del siglo XXI ocupándose las maneras en las que las madres clasifican y también tratan las enfermedades infantiles antes de recurrir a la medicina institucional.
Finalmente Kathy Davis dibuja las trayectorias de traducciones y adaptaciones internacionales de Nuestros Cuerpos, Nuestras Vidas, un libro concebido a finales de la década de los sesenta en Estados Unidos, que se convirtió en uno de los manuales feministas de salud para las mujeres más influyentes de la historia.
Sexo y género en medicina es en mi opinión una publicación oportuna y muy necesaria.
La selección y organización de los textos es muy relevante y lo convierte en el primer reader propiamente dicho sobre género e historia de la medicina publicado en España.
En cuanto a sus posibles públicos, el alcance de Sexo y género en medicina será posiblemente más amplio que el que los editores tuvieron en mente diseñando el libro.
Podrá ser un referente bibliográfico no solamente en el grado de medicina, sino también en programas de posgrado en historia de la ciencia, estudios de las mujeres, historia contemporánea, y también en cursos para profesionales de la medicina interesados en profundizar sobre la perspectiva de género.
El esfuerzo de acercar las aportaciones clásicas para analizar diferentes aspectos de la práctica médica al público español, con traducciones de buena calidad, es otro gran mérito del libro.
Lo único que he echado en falta ha sido la inclusión de algún texto sobre otras profesiones sanitarias en la parte dedicada a las mujeres como agentes de salud.
Alguna aportación de la amplia historiografía social de la matronería o de la enfermería, por ejemplo, podría ampliar aun más su alcance a las "ciencias de la salud", como anuncia la segunda parte del título del libro: Una introducción a los estudios de las mujeres y de género en ciencias de la salud. |
Nutrición, Salud y Sociedad: España y Europa en los siglos XIX y XX
Nutrición, Salud y Sociedad: España y Europa en los siglos XIX y XX.
La importancia alcanzada en los últimos años por la nutrición y la transición nutricional ha dado lugar a un número importante de investigaciones y publicaciones fuera y dentro de nuestras fronteras hasta estos momentos, como lo han mostrado bien las contribuciones de los dos editores del libro que comentamos.
Tras los modelos de la transición demográfica, epidemiológica y sanitaria, la transición nutricional se ha constituido desde los años noventa del pasado siglo en un modelo imprescindible para analizar el papel desempeñado por los cambios en la composición de la dieta y en la disponibilidad de alimentos en las transformaciones registradas en los niveles de vida biológicos de la población desde el siglo XVIII.
Se perseguía con ello no sólo mejorar el conocimiento sobre los cambios registrados en la dinámica poblacional de siglos pasados, sino sobre todo obtener herramientas que ayudaran a mejorar los niveles de vida de la población mediante el diseño de políticas sociales, económicas y de salud con las que dar respuesta a las deficiencias y problemas presentes en los países en vías de desarrollo.
En este contexto se debe enmarcar el volumen coordinado por Josep Bernabeu y Josep Lluís Barona, que es fruto de la labor investigadora iniciada en 2004 por un equipo de historiadores de la salud y de la nutrición de dos universidades (Universidad de Alicante y Miguel Hernández), del Instituto de Historia del CSIC (Madrid) y del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero (Universidad de Valencia-CSIC).
La monografía colectiva, integrada por nueve capítulos, nos ofrece una visión de conjunto que nos acerca a la complejidad de la relación entre nutrición y salud, mostrando el importante papel que en ella poseen no sólo los factores científicos y sanitarios, sino también los políticos, culturales, socioeconómicos y educacionales.
Esta visión plural es un buen ejemplo de lo fructífera que puede ser la colaboración entre historiadores sociales de la salud, historiadores de la ciencia e historiadores de la economía, que no sólo se ha mantenido tras la publicación de este volumen sino que se ha abierto también al entorno europeo y está enriqueciendo las investigaciones posteriores de estos grupos como se puso de relieve en el Workshop Circulation of Scientific Knowledge on Health and Nutrition del 22 de marzo de 2013.
Los cuatro primeros capítulos de la monografía enmarcan la situación española en el contexto internacional, especialmente en el entorno europeo.
En el primero de ellos, los historiadores de la economía, Roser Nicolau y Josep Pujol-Andreu, trazan el marco conceptual que permite ubicar muy adecuadamente los contenidos de los siguientes capítulos de esta obra.
Se sirven para ello del examen y revisión de la historiografía relativa a los tres principales modelos de transición –demográfica, epidemiológica y nutricional-, que les permite además poner de relieve el gran número de factores propuestos para explicar la evolución de la salud de la población durante las fases de crecimiento económico contemporáneo.
Esta revisión muestra la importancia de los factores políticos en cada uno de los modelos transicionales y el gran peso otorgado inicialmente a la evolución de los niveles de renta en la transición nutricional.
Sin embargo, los autores plantean la complejidad que poseen las relaciones entre crecimiento económico, alimentación y mortalidad, y creen necesario considerar el papel desempeñado por otros factores, como los ambientales, la mejora de las condiciones materiales de vida de la población, todas las iniciativas públicas ligadas a los Estados de Bienestar o los progresos científicos en nutrición y salud, para comprender mejor los cambios registrados en la composición de la dieta y en la disponibilidad real de alimentos.
Dada la coyuntura actual cobra además especial relevancia la llamada de atención que efectúan estos autores sobre las negativas consecuencias que pueden tener en un futuro el mantenimiento de las desigualdades en la distribución de la renta unidas al desigual acceso de la población a unos bienes y servicios de calidad, especialmente referido a los alimentos, la educación y la sanidad.
Desde la historia social de la ciencia y de la medicina, Josep Lluís Barona analiza en el segundo capítulo la configuración del hambre y la nutrición como problemas prioritarios entre la primera guerra mundial y 1950 y las soluciones políticas ofrecidas desde los Estados y los organismos internacionales apoyándose en los expertos de la nueva ciencia de la nutrición, que alcanzaron un papel relevante por el impulso recibido de dichos organismos.
El autor refleja bien la situación generada en los dos conflictos bélicos mundiales, la guerra civil española (mediante el ejemplo de Madrid) y tras el crash de 1929 y cómo las políticas sobre dieta y nutrición adoptadas constituyeron un rotundo fracaso en cuanto a la accesibilidad real a los alimentos, provocándose importantes hambrunas, que se constituyeron en un excepcional laboratorio de investigación científica.
Los conocimientos generados impregnaron los informes técnicos de los expertos nacionales e internacionales, que alcanzaron una gran dimensión política, y sirvieron también para impulsar el desarrollo de la industria alimentaria y farmacéutica, así como para orientar los hábitos dietéticos saludables, que tanta importancia tuvieron en la segunda mitad del siglo XX.
Sin embargo, como indica el propio autor al final del capítulo, el resultado final de estas iniciativas ha sido bastante decepcionante.
No sólo no se ha logrado un acceso equitativo a los alimentos, sino que tampoco se han establecido vías e instrumentos para una la lucha mundial contra el hambre efectiva, mas al contrario como nos ofrece la realidad cotidiana.
El historiador de la economía, José Miguel Martínez Carrión, desde la perspectiva de la nueva historia antropométrica, analiza la evolución de la estatura de los europeos a lo largo de poco más de un siglo (1870-1980) y estudia las relaciones de dicho parámetro con la dieta y la enfermedad.
El autor muestra una tendencia no lineal de crecimiento de las estaturas de los principales países europeos (incluido España), que concuerda con los hallazgos de la nueva historia antropométrica, y que revela el negativo efecto provocado por el estrés asociado a un conjunto amplio de factores que van desde los conflictos bélicos, las crisis agrarias o las enfermedades infecciosas hasta otros relacionados con la industrialización, la urbanización, el crecimiento económico moderno o la presión demográfica.
Martínez Carrión pone de relieve no sólo las diferencias regionales sino también las desigualdades de género, estatus socioeconómico y clase social, mostrando bien claramente la estrecha relación entre la evolución de la estatura, el desarrollo económico y educativo, la nutrición, la salud pública y el Estado de Bienestar.
Josep Lluís Barona consagra el capítulo cuarto, complementario del anterior firmado por este autor, a desgranar la labor de expertos y organismos internacionales en la configuración y aplicación de la fisiología de la nutrición, que tanta relevancia alcanzó para conocer bien el hambre y la desnutrición en sus distintas formas, y adoptar medidas de lucha contra ellos.
De manera pormenorizada el autor presenta las investigaciones realizadas por los expertos, sus propuestas para obtener la dieta óptima, mediante el establecimiento del valor nutricional de los alimentos y el planteamiento de métodos para evaluar el estado nutricional de la población.
Se refleja bien claramente el gran protagonismo que alcanzó la nueva ciencia de la nutrición en ese contexto, erigiéndose en una herramienta política clave para la acción en los países occidentales en la primera mitad del siglo XX.
Josep Bernabeu, desde la historia social de la medicina, revisa y efectúa una puesta al día del contexto histórico de la transición nutricional en España en total sintonía con los presupuestos metodológicos y teóricos planteados por los autores de los capítulos previos.
El análisis de la evolución de la dieta de la población española en las primeras décadas del siglo XX y del programa de Educación en alimentación y nutrición (EDALNU) entre 1961 y 1973, pone de relieve los cambios registrados y el papel que en ellos desempeñaron no sólo los factores científico-médicos y sanitarios, sino también de los sociosanitarios.
Complemento de este capítulo es el siguiente, elaborado por Josep Bernabeu y colaboradores y consagrado al estudio detallado del problema de la alimentación higiénica y de la dimensión colectiva de los problemas nutricionales en España en el primer tercio del siglo XX.
Los autores muestran la atracción creciente de los higienistas por estos problemas, los estudios que realizaron sobre la dieta seguida por la población española y la identificación de patologías nutricionales, anteriormente consideradas digestivas o de otros órganos, pero también señalan las principales medidas de salud pública aplicadas para resolverlas, que alcanzaron mayor desarrollo durante la II República.
Iniciativas de dicho período fueron la creación del Servicio de Higiene de Alimentos y de una Cátedra de Higiene de la Alimentación y de la Nutrición y Técnica Bromatológica en la Escuela Nacional de Sanidad, que permitieron la institucionalización de la nueva disciplina y su difusión entre los profesionales sanitarios.
Los tres últimos capítulos, también relativos al ámbito español, ofrecen ejemplos particulares o generales desde la historia social de la medicina que ayudan a ampliar la mirada sobre el problema de la alimentación y la nutrición en nuestro país.
Ximo Guillem-Llobat aborda la seguridad y el control de la calidad de los alimentos entre los siglos XIX y XX en un contexto dominado por el proceso de urbanización e industrialización que alcanzó también al sector de la alimentación.
El análisis concienzudo que efectúa el autor, sirviéndose de los casos relativos a la regulación de los mercados del chocolate y del aceite, revela el escaso papel que expertos y consumidores desempeñaron en ello, frente al protagonismo alcanzado por los encargados del procesado de los alimentos y los productores.
A continuación, Isabel del Cura y Rafael Huertas se centran en los estudios nutricionales realizados en Madrid durante la guerra civil, complementando muy bien lo aportado por Josep Barona y Josep Bernabeu y mostrando claramente cómo las condiciones que se dieron durante los dieciocho meses del sitio de Madrid propiciaron que la población se constituyera en un "verdadero experimento de hiponutrición, análogo al que se puede realizar en un laboratorio".
Como revela el análisis de estos autores, esta situación fue aprovechada por los especialistas para llevar a cabo diferentes estudios con la finalidad de valorar el estado nutricional de la población civil, pero también el de algunos grupos particulares como las personas con enfermedades carenciales y las madres lactantes.
Se generó con ellos un importante conocimiento médico y científico-tecnológico sobre las repercusiones de las dietas deficitarias (cuantitativa y cualitativamente), que aportaron también información en el último caso sobre el efecto en la salud de niños amamantados en un contexto de hambre.
Los autores recogen igualmente las iniciativas municipales adoptadas para paliarlo, la implicación de la España republicana y la movilización internacional, que no pudieron impedir el sufrimiento madrileño.
La monografía finaliza con el capítulo de Ramón Castejón y Enrique Perdiguero, en el que se aborda la introducción y el consumo de fórmulas infantiles en España en el primer tercio del siglo XX, mostrando también los debates previos relativos a las distintas pautas y modalidades de alimentación infantil y a su impacto en la mortalidad infantil.
Los autores analizan detalladamente el proceso de creación de alimentación infantil por las empresas alimentarias, su recurso a la publicidad para facilitar la introducción de estos productos, el cambio en el destino de dicha publicidad, que dejó de estar dirigida exclusivamente a las mujeres para involucrar también al médico, la disponibilidad de productos entre 1926 y 1936, pero igualmente exploran los discursos de los expertos, la medicalización de este aspecto de la infancia y el proceso para establecer una regulación sanitaria efectiva de este nuevo sector.
Una vez más, como nos tiene acostumbrados la colección valenciana Seminari d'Estudis sobre la Ciència ha puesto a nuestra disposición una nueva monografía colectiva de calidad, que nos acerca a problemas relacionados con la nutrición y la transición nutricional y a las políticas sociales y educativas emprendidas para hacer frente a problemas como el de la alimentación, el hambre o las enfermedades carenciales en un período histórico marcado por las contiendas y la crisis económica que fue también determinante en el desarrollo y configuración de la ciencia y la fisiología de la nutrición.
Cabe felicitar a los editores por haber reunido en un único volumen trabajos de historiadores sociales de la salud, historiadores de la ciencia e historiadores de la economía, y facilitar esa pluralidad de enfoques que tanto ha enriquecido su contenido.
Nuestra felicitación se extiende también a los autores de los distintos capítulos, que al igual que los editores cuentan con una dilatada experiencia previa, que sin duda ha facilitado su buen trabajo en esta monografía. |
La fascinación, la atracción por el crimen y los criminales es una constante desde el siglo XIX como muestra la abundantísima historiografía existente sobre la cuestión.
Dicha fascinación se redobla por motivos obvios cuando se refiere a la figura de la mujer criminal, doblemente transgresora del orden burgués construido con mimo y a partir de dualidades opuestas entre lo sano y lo insano, lo moral y lo inmoral.
Durante cerca de un siglo y medio, científicos de diferentes ramas del saber (medicina, psiquiatría, antropología, sociología, criminología) dedicaron enormes esfuerzos en intentar explicar las causas biológicas, sociales y morales del crimen, con el fin de aprehender y fijar a los sujetos que se desviaban de la norma social y ponían en entredicho el orden y la hegemonía de la burguesía.
Con diferentes teorías sucesivas o yuxtapuestas, llevaron a cabo un profundo escrutinio que tenía como objetivo final el combate contra dichas causas, pero sobre todo pretendían erigir políticas de defensa social represivas.
Pero no sólo los hombres de ciencia contribuyeron con su "sabiduría" a esta tarea.
El crimen fascinaba en general a la sociedad y desde la literatura y la prensa se ahondó en los intentos de explicar todas estas desviaciones, favoreciendo precisamente el cultivo de dicha fascinación.
Cabría pensar que la ciencia, la literatura y la prensa, reflexionaron desde sus respectivos campos sobre un fenómeno que si bien no era nuevo, tenía importantes novedades al insertarse en un mundo marcado profundamente por la revolución industrial y las transformaciones socioeconómicas que acarreó y por las revoluciones burguesas que habían liberado fuerzas que a lo largo del siglo XIX fueron ganando presencia e incidencia en la política.
Sin embargo, en las últimas décadas una parte sustancial de los estudios sobre el crimen y los criminales han roto las fronteras disciplinares, mostrando hasta qué punto la ciencia, la literatura y el periodismo no sólo compartieron inquietudes, sino objetivos y lenguajes, contaminándose mutuamente.
El libro coordinado por Solagne Hibbs, Femmes criminelles et crime de femme en Espagne (XIXeme et XX eme siècles) en el que participan un nutrido grupo de expertas en literatura española, es una buena muestra de esa tendencia a dinamitar las fronteras entre saberes e intentar comprender cómo se fue creando la figura del criminal y el miedo a la criminalidad entre diversos campos del conocimiento pero con el aliciente añadido del protagonismo femenino.
Aliciente porque como demuestran prácticamente todos los trabajos del texto, cuando los productores de saberes e imaginarios en torno al crimen centraban su atención en las mujeres se producía inevitablemente un sesgo de género que redundaba en la descripción de éstas como doblemente transgresoras y doblemente peligrosas, aguijoneando las angustias y los miedos de la burguesía.
El libro tiene varios trabajos centrados en los aspectos científicos de la problemática criminal que combinan la visión científica, profundamente moral, con la literaria.
Es el caso del excelente trabajo de Solange Hibbs "Crime et science au XIXeme siècle" en el que la autora ofrece un denso paseo por el desarrollo de las diferentes teorías del crimen sin olvidar las aportaciones de la literatura.
La frenología, la monomanía, el degeneracionismo, la teoría del criminal nato, etc., están presentes en dicho trabajo, mostrando hasta qué punto hubo una doble moral en el tratamiento de la criminalidad femenina y como el deseo femenino fue considerado un enorme peligro asociado, la mayor parte de las veces, al adulterio, la prostitución o la histeria.
Sin olvidar tampoco cómo todas estas manifestaciones fueron codificadas penalmente estableciendo una estigmatización añadida.
La misma autora dedica otro capítulo, también excelente, a los crímenes de mujeres en la obra del novelista Antonio Hoyos y Vinet, en el que muestra a través del análisis de varias novelas (El monstruo, El caso clínico, El banquete del minotauro, Las lobas del arrabal, entre otras), como el deseo femenino es percibido como peligro por el autor y como desencadena terribles crímenes.
Asimismo, la fascinación por la ciencia es una constante de la obra de Hoyos que recurre a la misma para caracterizar a sus personajes femeninos construyendo estereotipos a partir de una exacerbación de lo real.
La frontera entre el análisis psicopatológico de los personajes y el esteticismo es muy tenue, según Hibbs, produciéndose una contaminación entre estilos.
La contaminación de estilos, se ve con claridad en el breve pero no menos excelente trabajo de Danielle Bussy Genevois.
En su trabajo, "Consideración de la criminalidad femenina: el ensayismo liberal (1870-1910)", que abarca el análisis de un variedad de ensayos sobre la temática, publicados en editoriales y revistas especializadas.
Repasa la autora la tensión existente a lo largo del siglo XIX entre explicaciones que consideran a la mujer como superior moralmente con las que buscan entender su relación con el crimen a partir de su propia naturaleza inestable.
Una de las aportaciones más interesantes de este ensayo es el análisis que hace de las escrituras de Lombroso y Bernaldo de Quirós, que, a juicio de la autora, combinan "una escritura erudita y dogmática con la curiosidad y la fascinación, actitud que favorece una popularización de ciertas temáticas", produciendo un desplazamiento "del interés científico a la enumeración de curiosidades", conectando así con la literatura y la cultura popular.
A juicio de la autora la élite científica y cultural estaría contribuyendo a la popularización del crimen, paradójicamente desde una posición de rechazo hacia la atracción popular por el crimen.
María del Carmen Simón Palmer, del CSIC, orienta su trabajo "Asesinas populares y su publicidad", precisamente hacia esa atracción popular por el crimen.
El análisis del los pliegos de cordel dedicados a mujeres asesinas, muestra como toda una serie de tópicos sobre la figura de la mujer criminal se van transmitiendo en la cultura popular.
Analiza también los recursos literarios usados en los títulos, la narración del crimen y las ejecuciones, concluyendo con la visión de los escritores sobre este tipo de literatura popular.
Por su parte Pura Fernández estudia la obra de Agustín Pérez Zaragoza, Galería fúnebre, mostrando la tensión entre transgresión de la norma social y moralización que existe en dicha obra.
La descripción de hechos brutales, de crímenes que van desde el incesto al adulterio, pasando por la mutilación, la necrofilia, la prostitución o el envenenamiento adquieren, cuando las protagonistas son mujeres, un talante moralizador encaminado a recordar que su papel social es la sumisión al varón.
Cualquier intento de transgredir la norma, de romper con la sujeción al hombre desencadena las pasiones y conduce a las mujeres hacia su depravación moral y sexual que culmina en el crimen.
Los relatos recogidos en Galería fúnebre pese a explicitar situaciones insoportables, extremas para la bienpensante sociedad decimonónica de la década de 1830, contienen un fuerte contenido moralizador que el autor se encarga de recordar constantemente.
Sin embargo, los pliegues de la criminalidad femenina tienen lecturas polivalentes.
Junto a los discursos implícitos y explícitos cargados de tópicos socioculturales sobre las mujeres que se rebelan contra su papel "natural" en la sociedad, existen obras que, pese a utilizar el arsenal clásico proporcionado por la psiquiatría y la higiene social, no tienen entre sus intenciones salvaguardar el orden burgués establecido.
En una interesante vuelta de tuerca, los tópicos al uso cambian de dirección, como muestra el trabajo de Marie-Cécile Cadars, y se convierten en elementos de subversión de un orden considerado hipócrita.
Así, los crímenes femeninos en novelas como La Regenta o La de Bringas, actúan como una respuesta sórdida y degradante a la opresión permanente, señala la autora.
No obstante, a pesar de estos rasgos, los prejuicios científicos o míticos en torno a la femineidad no son superados y la respuesta a la cuestión de la mujer criminal en este tipo de obras es la esperada.
De corte más liberador, si bien igualmente dramático, es la visión de la mujer criminal propuesta en la obra teatral de 1898 La Infanticida de la autora catalana Caterina Albert i Paradís, que firmaba sus trabajos como Víctor Catalá.
Marisa Sotelo Vázquez analiza en su trabajo el devenir de esta autora y de su pieza de teatro, que rompió los moldes de la burguesía conservadora catalana a finales del siglo XIX al presentar y ganar los juegos florales de Olot con una obra que atacaba el corazón de la sociedad patriarcal.
Su propuesta teatral transgredía el orden pues el crimen femenino se presenta aquí como un camino de liberación y de denuncia del poder masculino.
En este sentido, el capítulo de Marie Franco dedicado al análisis de los crímenes femeninos a través del semanario El Caso durante la década de 1950, nos devuelve a una perspectiva cerrada.
El semanario aborda los crímenes de las mujeres y contra las mujeres en el marco del franquismo.
Resalta la autora que los sucesos con mujeres como protagonistas (en su versión de víctimas o de criminales) se refieren siempre a las clases populares de la sociedad.
Cuando aparecen como víctimas (maltratadas, violadas), la imagen que se presenta es la de mujer abnegada que sufre agresiones, fruto de los celos.
Celos que la mayoría de las veces no tienen fundamento para El Caso.
De esta manera se idealiza a las víctimas contribuyendo a construir una determinada imagen de la feminidad acorde con los postulados del franquismo.
Diferente tratamiento tienen los casos en que existe adulterio, envenamiento, robos, maltratos a los hijos.
En estos casos la dureza del semanario es patente, solicitando castigos ejemplares o cambios legislativos que endurezcan las leyes.
En definitiva como señala Marie Franco, el discurso de El Caso sobre la feminidad se funda sobre la madre, la virginidad y el sacrificio.
El reverso serían las figuras de Eva y de Lilith.
Algo diferentes son los trabajos de Àngels Santa y de Manuel Ruiz.
La primera dedica un breve y certero capítulo a analizar la novela de George Sand Jacques en la que muestra cómo el adulterio, y el incesto con mujeres como protagonistas llevan de manera indirecta a la muerte al personaje masculino.
El segundo se centra en el análisis de la versión de Medea presentada por el Fermín Cabal en el Festival de Teatro Clásico de Mérida en 1998.
En definitiva, nos encontramos ante un libro altamente recomendable y que cubre un terreno todavía escasamente trabajado. |
Introducción: Saber y poder en la periferia de occidente
Los trabajos reunidos abordan distintos tipos de determinismos, que son aquí entendidos como expresiones de una interacción entre saber y poder concebida para reforzar situaciones inmodificables por la incidencia atribuida a la herencia, al ambiente, a un territorio, a la economía o a la religión.
Entrado el siglo XIX ese fatalismo fue a menudo el punto de partida, pero también el de llegada, conjugando la diagnosis y la terapéutica, desde un emergente biopoder basado en la confluencia de saberes científicos de impronta biológica y praxis políticas.
Desde esa perspectiva, si el mal reconocido era inmodificable, la amenaza de su propagación requería de estrategias para aislarlo, separarlo, en definitiva excluirlo para dejar a salvo el universo de normalidad deseable.
Pero entablada esa disputa entre lo valioso y lo disvalioso amenazante, pronto quedaría en claro que una y otra entidad representaban también antagonismos necesarios para el desarrollo del organismo social.
El bien se explicaba por su mal contrapuesto, lo normal por lo patológico (Cangilhem).
La exclusión entonces, como estrategia de una más amplia tecnología del poder, debía servir para retroalimentar los pares oposicionales dentro de un campo de disputa que operaba como legitimación de la esfera de normalidad.
Su contracara, la esfera de lo patológico, motivaría constantes reinvocaciones de la ecuación malthusiana que instaló el principio de escasez en el sentido común del mundo capitalista, dejando en claro que no sólo hacía falta producir y hacer circular bienes sino tener presente que el universo de los beneficiarios no podía incluir a toda la población.
El biopoder venía entonces a disciplinar la sociedad para instarla a producir más y excluir para optimizar los recursos, integrando razones económicas y morales bajo una incuestionable certeza: había allí un mandato de la Naturaleza que únicamente podían interpretar los saberes científicos de los que ese biopoder se valía.
Estas vastas problemáticas se despliegan aquí sobre un marco espacio-temporal acotado, tratándose de episodios inmersos en el Cono Sur Americano a lo largo del siglo XX, cuando esta región, ya devenida en una de las más desiguales del mundo, dio lugar a la emergencia de distintos tipos de determinismos (biológicos y sociales).
Los diversos abordajes de este Dossier confluyen así en una inquietud dirigida hacia las formas asumidas por la ciencia para relacionarse dialógicamente con esos determinismos, ya sea que se tratara de brindarle legitimidad o por el contrario de formularles críticas.
En cualquier caso, el tema revela la progresiva conformación de un campo -en el estricto sentido que le dio Bourdieu al concepto- oscilante entre la exaltación de la autonomía de la ciencia con sus propias reglas y saberes específicos, y a la vez pugnar de manera heterónoma por alcanzar desde allí un reconocimiento en las más encumbradas instancias del poder.
Estas oscilaciones que desde el inicio del siglo XX revelan tensiones inherentes a la constitución de la ciencia moderna, tendrán en el Cono Sur el trasfondo de complejas realidades redundantes en no pocas dificultades económicas como también en la seductora constatación de que el poder era capaz de reservarle lugares destacados a los portadores de la ciencia.
Las migraciones masivas y los frecuentes golpes militares dirigidos a disciplinar sociedades heterogéneas agregarían a lo largo del siglo XX más rasgos característicos de aquello que fue un sitio físicamente distante pero a la vez muy próximo al hemisferio norte.
Fundamentalmente debido a una arraigada dependencia cultural y económica que trasladó hasta sus confines eventos como las crisis internacionales ocasionadas por las guerras europeas, el crac norteamericano o la guerra fría.
Así, sobre sociedades convulsionadas por crecimientos poblacionales incontrolados en sus grandes centros urbanos, irán cobrando forma respuestas científicas gestadas a la medida de élites atemorizadas por el avance de la política de la democracia y deseosas de asegurar su gobernabilidad a través de mecanismos cada vez más sofisticados de control social.
Los agudos análisis de Foucault acerca de cómo el poder se diseminó a través de una microfísica imperceptible y a la vez ininterrumpida, atraviesan miradas presentes en los distintos artículos del Dossier.
Se tratará así de advertir aspectos de un biopoder que requiere de la ciencia insumos fundamentales para llevar a cabo su tarea consistente en determinar cuáles son las vidas más valiosas y cómo asegurarse que ellas se reproduzcan más que otras.
Y si esto conformará un cuadro común con distintas sociedades, el Cono Sur presenta las particularidades propias del papel que tuvieron élites locales reproduciendo un sistema de valores que reactualizó, por otros medios, el sometimiento a vieja formas de colonización.
De este modo, se afirmarán estereotipos que desde un discurso racial ampliamente propagado, venía a reproducir las mismas relaciones de poder que distinguían antes al colonizador del colonizado.
Porque identificado lo valioso, hacía falta conocer, fundamentalmente, cuáles eran las entidades que amenazaban su deseada propagación, aquello que por contraste entrañaba el riesgo de lo incontrolable, en definitiva de lo anormal que afectaba al estado de normalidad deseada, esto es de lo que tarde o temprano decantará en el mal, ya sea a través de la enfermedad o del delito.
Así, los rasgos somáticos, el lugar ocupado en la escala social, la procedencia propia o de sus antepasados, profesar una religión diferente a la oficial, adscribir a «ideologías enfermas», constituyeron síntomas que no pasarían desapercibidos para saberes encargados de procesarlos «científicamente».
La presencia de alguno de esos factores podía, de manera indiciaria, entenderse como el germen de cualquier tipo de trastorno social experimentado en las metrópolis modernas de esta parte del mundo.
El incremento en los índices de criminalidad urbana, huelgas que parecían ser el preanuncio de la temida revolución, las expresiones callejeras de hambre y la mendicidad, requirieron entonces determinar la procedencia de esos males.
Rostros y comportamientos «anormales» serían entonces la evidencia palpable de la prolongación del mal para un biopoder que no daba lugar a la duda de si, antes que la causa del mal no serían aquellos la consecuencia de un sistema de relaciones que cabía revisar.
Allí a su vez se fue diseminando una más difusa agenda de temas que incluirían la culpabilización de un «otro» inasible por el inarmónico desarrollo de la sociedad que, para élites locales, sólo podría revertir el aumento en los niveles de integración (entiéndase de dependencia) a la economía mundo.
La determinación causal del mal llevó consigo la búsqueda de la homogeneidad (el blanqueamiento en Brasil, la sustitución racial por la inmigración europea en Argentina, la colonización de elites profesionales alemanas impulsada en Chile) por medio de saberes científicos que fueron desde la biotipología, la antropología física, la genética, el maltusianismo, la criminología, como también las interlocuciones menos explícitas de la Iglesia Católica con la eugenesia.
Y, como se verá en distintos trabajos de este Dossier, capilarmente se expandirían sus conclusiones dirigidas a afianzar patrones de normalidad/anormalidad establecidos, por medio de revistas ocupadas de promover la eugenesia, ya sea en su versión más enérgica -Boletim de Eugenia, de Brasil- o en la que involucraba la postura de la Iglesia Católica -Criterio, de Argentina-.
Pero también llegó a existir un espacio para desafiar aquello que fue identificado como discursos dominantes por una prédica libertaria lanzada desde una revista internacional –Estudios, publicada en la España republicana-, con significativa resonancia en el Cono Sur americano.
Sin embargo, cuando la voz anarquista fue acallada violentamente, puede decirse que, con algunos matices, afloró una persistente retroalimentación entre las estrategias de control social emanadas de los discursos dominantes y un sustrato cultural que fue favoreciendo el desarrollo de determinismos hasta atravesar con ellos la valoración de vidas individuales tanto como de destinos colectivos.
Esto último resultó especialmente notorio a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando la entronización de una forma de entender la economía requirió ensamblar la autonomía de un saber científico que sólo admite la opinión de quienes lo profesan con la heteronomía de su aplicación política a expensas de todo, en su explícita interpretación fatalista del darwinismo social impuesta «por la razón o por la fuerza» -según lo expresa un viejo lema político chileno-.
Iluminando sutilmente el devenir de los determinismos y el biopoder en la región, el trabajo de Luis Ferla se concentra en el Brasil de entreguerras, deteniéndose en las disputas de saberes por hegemonizar la provisión de formaciones de verdad a distintas instituciones públicas de encierro.
El Brasil de entreguerras es situado así por Ferla como un escenario de disputas de incumbencias entre disciplinas encargadas de medir cuerpos y comportamientos que repercuten particularmente en la pericia legal.
Ferla describe entonces un complejo proceso dirigido a entronizar saberes que debían ser capaces de zanjar todo tipo de disputas en la tarea de apuntalar el papel ejemplarizador del poder público ante situaciones de trastorno social, delimitando en cada caso y de manera inobjetable, el estado de culpabilidad o absolución, libertad o condena, delito o enfermedad.
Y en una grilla que presenta interminables ramificaciones, el trabajo de Ferla se sumerge en las tensiones con las que este propósito tendrá que lidiar cuando entren en pugna dos clásicos saberes normativos, como son la Medicina y el Derecho.
Pero si la pericia legal traía consigo un creciente protagonismo de la Medicina, Ferla también nos muestra cómo ese proceso irá pugnando por legitimar la supremacía absoluta de los representantes de la ciencia por sobre la cada vez más despreciada formación de verdad indocta (desde testigos hasta declaraciones policiales).
Puede decirse que eran todas ellas expresiones de una etapa de reacomodamiento en los modos de brindar legitimidad científica a todo un aparato represivo del Estado que tenía poder de vida y muerte, donde ya la tradicional criminología positivista que había hegemonizado ese rol desde fines del siglo XIX había entrado en franco declive.
En efecto, luego de que esa criminología proporcionara un arsenal muy simple de herramientas capaces de ser utilizadas por indoctos, donde los estigmas físicos del «criminal nato» podían ser detectados por cualquier personaje del andamiaje represivo del Estado, el período de entreguerras da cuenta del ascenso de la Medicina llamando la atención de la preparación y sofisticación necesarias para detectar la anormalidad.
Así, Ferla destaca el avance del médico legal (munido de las novedades científicas que traía, por ejemplo, la biotipología) hasta convertirse en la figura portadora de un saber árbitro en todo tipo de laudo.
En su modo de operar contrastará el tratamiento al castigo y la ciencia a la violencia, hasta lograr imponer la hegemonía de un saber/poder que ejercerá formas menos explícitas de castigo y violencia, aunque no por eso desprovista de una crueldad que quedaba diluida en el rol arbitral de instituciones científicas: podía ser el Instituto Biotipológico, el Laboratorio de Antropología Criminal, o el Laboratorio de Psicología.
Los preconceptos que antes resultaban mucho más visibles cuando Lombroso lo enunciaba, ahora adquieren otros ropajes científicos sin por ello modificar su esencia determinista.
Prosiguiendo el abordaje del caso brasileño en el período de entre-guerras, Paula Habib y Robert Wegner se detienen en un aspecto del devenir del movimiento eugénico, como fue la búsqueda de acrecentar sus fundamentos a partir de la legitimidad que podía proveer la genética.
Como partícipes centrales de esta inquietud, Habib y Wegner sitúan a tres figuras destacadas del campo científico brasileño: el eugenista Renato Kehl y los genetistas especializados en animales y plantas, Octávio Domingues y Salvador Toledo Piza Jr. El punto de articulación de las preocupaciones de todos ellos fue el Boletim de Eugenia, la principal revista dedicada a la difusión de la eugenesia en Brasil y el tema aglutinante era trasladar a seres humanos los avances experimentados por la genética en la mejora de plantas y animales.
Se trataba de un anhelo que no era nuevo, aunque sí lo eran las herramientas para llevarlo a cabo.
La manera grotesca y burda en que Charles Binet-Sanglé planteó esa inquietud en Haras humain (1918), con las enormes repercusiones favorables y desfavorables suscitadas, iba siendo revisada en función de las mayores certezas alcanzadas por la genética hacia 1930.
Esta cuestión, descripta por Habib y Wegner, se despliega sobre el trasfondo de una inquietud mayor consistente en buscar respuestas a la pregunta que acuciaba a las élites brasileñas acerca de ¿qué hacer con la población negra?
Esperar que el mestizaje haga con naturalidad su tarea de ir lentamente produciendo un generalizado blanqueamiento, o trasladar los avances experimentados en la genética de animales para conducir esa tendencia desde la eugenesia, será un dilema ante el cual los propios genetistas pondrán de manifiesto sus propias divergencias.
César Leyton y Marcelo Sánchez Delgado se concentran en la realidad chilena de comienzos del XX, para analizar la impronta dejada por científicos alemanes ligados centralmente en la formulación de la política racial del Tercer Reich.
Leyton y Sánchez se detienen especialmente en la figura de Max Westenhoffer, para analizar distintos aspectos de su presencia en Chile que ponen de manifiesto una forma de colonización cultural alemana operada sobre vastos espacios de conocimiento chilenos ligados a la Medicina y la Antropología.
Su obra cumbre El camino propio evolutivo y el origen del hombre, planteada en 1941 como una teoría de la evolución alternativa a la darwiniana y atenta a las necesidades de la política racial alemana, será traducida en Chile en 1951, por lo tanto después del fin de la Segunda Guerra, de la Declaración Internacional de los Derechos Humanos (1948) y cuando resultaba ya imposible desconocer las atrocidades llevadas a cabo por el Nazismo.
El episodio, que encierra bastante más que una curiosidad, aparecerá en el trabajo de Leyton y Sánchez Delgado como la punta del iceberg que buscarán indagar, retrospectivamente, para enlazar una tradición académica local afirmada durante décadas con la sobrevaloración de una obra justificatoria de la supremacía racial del pueblo alemán.
Ese examen retrospectivo se remonta a mediados del siglo XIX con la llegada de figuras destacadas de las ciencias de la naturaleza, en el marco de un exitoso programa de colonización de alemanes en el sur de Chile.
El trabajo se detiene también en figuras nucleadas en torno a Westenhoffer, hasta llegar a sus discípulos, que seguirán reverenciando su saber, dirigido a articular biología, craneometría, racismo y eugenesia.
Entre ellos se encontrarán Otto Aichel, Aureliano Oyarzún, Edgardo Schirmer y Juvenal Barrientos, quienes afirmarán esta línea de pensamiento dentro de la Medicina y la Antropología de Chile durante largos años.
Gustavo Vallejo y Marisa Miranda focalizan sus indagaciones en un tipo de determinismo que rechaza al de corte biológico para centrarse en otro con bases ambientales.
Se trata del que promovió la Iglesia Católica por distintos medios, al abrazar la eugenesia italiana impulsada por el fascismo.
De ese modo y analizando el fuerte impacto que esta corriente tuvo en países como la Argentina, Vallejo y Miranda se detienen en las características de la llamada eugenesia latina y la confluencia de saberes científicos y dogma católico en un corpus doctrinario que no se desentiende de la estructura básica concebida por Francis Galton para identificar, clasificar y jerarquizar individuos.
En la formulación de este programa eugénico, cobraron importancia figuras internacionales como Agostino Gemelli, Isidro Gomá, Nicola Pende, Antonio Vallejo Nágera, referentes incuestionables para un movimiento eugénico que en Argentina se extendió a lo largo de buena parte del siglo XX.
La coerción confesional desplazaba a las esterilizaciones forzosas y de la búsqueda de moralizar con la eugenesia las relaciones interpersonales conducentes al acto sexual y la reproducción, emergería un Derecho Eugénico articulado con el Derecho Civil hacia donde apuntarían sus mayores preocupaciones dos referentes locales de la eugenesia en la segunda mitad del siglo XX: Carlos Bernaldo de Quirós y Enrique Díaz de Guijarro.
La prédica oficial del Vaticano en pos de la eugenesia, que proseguiría aun entrada la segunda mitad del siglo XX, hallaba así en Argentina fuertes reverberancias en las formas asumidas por un biopoder articulador de precisos saberes y políticas públicas.
Como en el caso de Habib y Wegner, el trabajo de Jiménez Lucena y Molero cruza la mirada biográfica con un ámbito que opera como contenedor de los intereses del intelectual abordado.
En ambas indagaciones se despliega la eugenesia como un telón de fondo para analizar modos de relación entre el intelectual y el medio de difusión.
Aunque mientras en el estudio de Habib y Wegner aparecen las interacciones mantenidas entre dos genetistas y un eugenista dentro de la principal publicación divulgadora de la eugenesia pro-germánica en Brasil, en el trabajo de Jiménez Lucena y Molero, en cambio, es el médico naturalista argentino Juan Lazarte quien trata temas de eugenesia e introduce la cuestión en un cualificado ámbito de afirmación del ideario anarquista en Hispanoamérica, como fue la revista catalana Estudios en los umbrales de la Guerra Civil.
En efecto, en torno a Lazarte y a Estudios se desarrolla el eje de un análisis que se complejiza con la interpretación en clave anarquista de la noción de eugenesia para desde ahí gestar una propuesta de liberación sexual.
Así, son explorados a través de Lazarte mecanismos que en su punto de partida cabe situar dentro de las lógicas de inclusión por exclusión (señaladas por Foucault y retomadas por Espósito), esto es, la ampliación de derechos que pueden devenir de ciertas medidas, aun cuando ellas se inscriban en un programa mayor tendiente, justamente, al cercenamiento de derechos como es la eugenesia.
Para Lazarte, la mejora de la raza propugnada por la eugenesia implicaba desplazar su inmanente carácter excluyente de las habituales coerciones llevadas a cabo en su nombre a un plano distinto como era el del voluntario control de los embarazos.
La eugenesia deviene así en neomalthusianismo, que tampoco tiene que ver con la castidad moralista de Malthus, sino con la separación del acto sexual de sus implicancias reproductivas.
Desde allí interpela el orden social burgués focalizando los problemas que aquejan a las mujeres: desde su salud, (afectada por múltiples partos), a una calidad de vida carente de momentos de recreación o posibilidades laborales que le garanticen una independencia efectiva (por las limitaciones que impone la atención a una familia numerosa), sin dejar de considerar una libertad sexual tout court, que debía hacer desaparecer el delito de adulterio.
La ecuación de Lazarte, sintetizada en igualar alta natalidad a alta mortalidad de hijos y de madres, mientras asociaba una baja natalidad a una baja mortalidad de ambos, nos sitúa así en las antípodas de la postura ortodoxa que asumió la eugenesia en la Argentina, ensamblada, como se ve en el trabajo de Vallejo y Miranda, con un corpus signado por el deber de reproducción ilimitada que debían asumir aquellos que poseían la «aptitud» para llegar al matrimonio, tras ser reconocida por la Iglesia Católica y la Medicina.
Así, entonces, en Lazarte, la libertad sexual, la maternidad conciente, los derechos de la mujer, completaban un programa corrosivo para el biopoder sostenido por un orden social que establecía inmodificables relaciones de género y donde el fin último sería alcanzar la mejora de la calidad de la raza por medio de la limitación voluntaria de los embarazos con la ayuda de métodos científicos de anticoncepción.
Por último, Biagini y Fernández Peychaux tematizan la incuestionabilidad asumida por la ciencia cuando se articula con el biopoder, a través de un saber hermético, como ha tendido a serlo una precisa forma de entender la economía.
Se trata, en efecto, de la resignificación del discurso de la libertad del mercado, operada desde la segunda posguerra y cuyo impacto en el Cono Sur dejó huellas imborrables.
Las demandas de mayor libertad (entiéndase por ésta pura y exclusivamente como la del mercado) satisfechas a través de decisiones monitoreadas desde la Casa Blanca, se tradujeron en la irrupción de dictaduras que iniciaron una espiral interminable de muertes y endeudamiento externo.
Detrás de este biopoder que dio sustento a una lógica de la gobernabilidad signada por la celebración del crecimiento exponencial de las desigualdades y el reemplazo de la valoración de la vida por el de la competencia y los competidores en sí, se situó una forma de saber/poder que reactualizó el protagonismo de la ciencia conferido por el positivismo en el 1900.
Biagini y Fernández Peychaux caracterizan agudamente este revival que coloca los fundamentos de la ciencia (este caso la economía de mercado) como principio y fin de la organización de una sociedad moderna, con una caracterización que busca reflejar esa articulación con sus resonancias positivistas.
En efecto, ellos nos hablarán de «neuroliberalismo», trascendente a una expresión política (neoliberalismo) y a las patologías que ella alimenta (neurosis obsesivas), en la búsqueda de alcanzar el éxito.
El «neuroliberalismo» sería así un estado generalizado en el que inconscientemente quedamos sumidos para resignar crecientes niveles de libertad individual cuando, paradójicamente, nos sumergimos en la libre competencia del mercado.
Los mecanismos de sujeción, en tanto forma de ceder derechos voluntariamente, serán el resultado de una microfísica foucaultiana sobre la que se sustenta la reactualización de este saber/poder que progresivamente irá perfeccionado sus mecanismos en pos de obtener la respuesta deseada a través de menores formas de coerción explícita infringidas.
Estas ideas en buena medida vuelven sobre la naturalización de la «lucha por la vida» que hacía Galton desde su clasificación básica de fit y unfit, donde el resultado de la competencia demarcaba uno y otro universo, estableciendo a su vez valoraciones sobre cuál de ellos era menester custodiar y favorecer su reproducción.
Medio siglo después, Ludwing von Mises y Ayn Rand serán los adalides de una defensa del capitalismo basada en similares criterios, que a su vez se prolongarán en Milton Friedman y Friedrich Hayek.
Allí Biagini y Fernández Peychaux sitúan el inicio del revival positivista y liberal del «neuroliberalismo» fundado en la celebración del «éxito» y el «egoísmo», con la necesaria contraparte de «fracasados» y «resentidos», que no son sino los perdedores en la «lucha por la vida», imprescindibles para la evolución social desde el discurso hegemónico del mercado.
Finalmente nos resta agradecer a quienes hicieron posible la realización de este Dossier (autores, editores de la revista, evaluadores externos).
También queremos recordar a aquellos con quienes venimos compartiendo una relación académica, especialmente a Rafael Huertas y los investigadores que junto a él trabajan dentro de la línea de investigación "Historia cultural del conocimiento" del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC.
Asimismo, vale la pena destacar las interacciones mantenidas con Álvaro Girón Sierra y el proyecto: Ciencia y creencia entre dos mundos.
Evolucionismo, biopolítica y religión entre España y Argentina, subsidiado por el CSIC (HAR 2010-21333-CO-03, subprograma HIST).
También queremos recordar que los trabajos aquí reunidos fueron expuestos en dos reuniones científicas celebradas en 2012: el simposio «Biopoder y determinismos biológicos y sociales en Iberoamérica.
Siglos XIX y XX», en el marco del 54 Congreso Internacional de Americanistas (ICA): «Construyendo diálogos en las américas», que tuvo lugar en Viena; y el V Workshop sobre Darwinismo social y eugenesia, organizado por la Unidad de Ciencias Humanas del IIB-INTECH/CONICET-UNSAM (Argentina), donde resultó invalorable la labor desarrollada por Marisa Miranda. |
La pericia médico legal como forma de producir la verdad y sus adversarios en los tribunales brasileños de entreguerras
La pericia médico legal confería impacto social a las tesis de la criminología positivista de orientación biodeterminista que ejerció gran influencia en el Brasil de entreguerras.
Esa pericia transformaba los conocimientos especializados, o sea, los saberes científicos, en documentos aceptables y eficientes, inteligibles y utilizables.
Disciplinaba las relaciones entre derecho y medicina y acababa viabilizando el poder de juzgar.
Pero en ese recorrido debía afirmarse contras otras tradiciones y saberes.
Sus principales «adversarios» eran: el conocimiento policial producido por constreñimiento del sospechoso del crimen, principalmente a través de tortura; las decisiones tomadas por el tribunal del jurado y la producción de pruebas a partir de las declaraciones de los testigos; y el saber del propio individuo delincuente.
Todas estas otras formas de «producir la verdad» tenían en común el hecho de originarse en el mundo indocto, extra científico, lo que acabó constituyendo el principal argumento de los médicos legistas contra ellas.
Las reflexiones a continuación se ocupan de las disputas por las prerrogativas en producir la verdad en los espacios institucionales dedicados a combatir el acto antisocial y tratan de demostrar las estrategias del discurso médico-científico para imponerse a las formas legas que con él convivían en esos ambientes.
Las reflexiones a continuación se ocupan de las disputas por las prerrogativas en producir la verdad en los espacios institucionales dedicados a combatir el acto antisocial y tratarán de demostrar las estrategias del discurso médico-científico para imponerse a las formas legas que con él convivían en esos ambientes.
La pericia médico legal garantizaba la existencia y confería impacto social a las tesis de la criminología positivista de orientación biodeterminista que ejerció gran influencia en el Brasil de entreguerras.
Esa pericia transformaba los conocimientos específicos y especializados, o sea, los saberes científicos, en documentos aceptables y eficientes, inteligibles y utilizables.
Las pericias y los laudos eran las monedas sociales que lubricaban las relaciones de poder-saber de la medicina legal y de la criminología.
Circulaban por todo el aparato represivo del Estado: en los tribunales, en las comisarías, en las cárceles, en los manicomios y en las correccionales.
En esos ambientes adquirían poder de «vida y muerte».
Disciplinaban las relaciones entre derecho y medicina y acababan viabilizando el poder de juzgar (Foucault, 2001, p.
Pero iban aún más lejos al medir cuerpos y comportamientos en los más diversos espacios sociales, como escuelas y colas de empleo.
Como veremos, cuando cuerpos y comportamientos no se medían, siempre había alguien exigiendo que se lo hiciera.
En todos esos ambientes, la pericia médico legal fundamentaba decisiones acerca de la vida de los examinados al mismo tiempo en que pretendía mejorar el conocimiento científico.
A su vez, la capilaridad social que alcanzó y la fluidez con que circuló atestiguaban su legitimidad científica.
La pericia no agotaba la comprensión de los mecanismos de poder, influencia y control social ejercidos por medio de la medicina legal en ese período.
Sea en la pretensión inmersa en el discurso, sea en la realidad concreta, la medicina legal no tenía la intención de limitarse a su imprescindible función social de firmar en el renglón final de laudos y pericias.
Como ejemplo se puede citar aquí su autoridad en las discusiones de las reformas legislativas, en especial las que se ocupaban de la reorganización del Código Penal brasileño, o el papel decisivo que cumplió en la creación de instituciones criminales y disciplinares, como el Instituto de Investigaciones Juveniles y el Manicomio Judicial de São Paulo.
Pero no cabe duda de que la pericia era la pieza central en las prácticas sociales cotidianas de la medicina legal.
LA AFIRMACIÓN DE LA PERICIA MÉDICO LEGAL EN EL AMBIENTE JURÍDICO
A lo largo del siglo XIX, la pericia médico legal fue ocupando espacios dentro de los tribunales.
Inicialmente su papel se limitaba a definir si el agente del crimen se encontraba «en estado de demencia» en el momento en que lo cometió.
El Código brasileño de 1830, en su artículo décimo, reproducía el mismo principio, que no consideraba delincuentes a los «locos de cualquier género, salvo que tuvieran intervalos de lucidez y cometieran el crimen en uno de ellos» (Peres, 2002, p.
Eran formulaciones que acabaron identificándose con los preceptos de la Escuela Clásica de derecho penal al concebir el crimen como acto de la voluntad lúcida y, por lo tanto, consecuencia del ejercicio del libre arbitrio.
Naturalmente, la locura era un estorbo para los defensores de esos preceptos, pues no permitía conciliar la «privación de sentidos» con la responsabilidad moral (Peres, 2002, p.
Pero justamente por eso, las leyes penales trataron de expulsar del campo jurídico la figura del loco.
El instrumento para viabilizar esa «depuración» era la pericia médico legal.
Como explica Foucault, la pericia debería permitir
establecer la demarcación: una demarcación dicotómica entre enfermedad y responsabilidad, entre causalidad patológica y libertad del sujeto jurídico, entre terapéutica y castigo, entre medicina y penalidad, entre hospital y prisión.
Es necesario optar, porque la locura borra el crimen y, a la inversa, el crimen no puede ser, en sí mismo, un acto que se arraiga en la locura.
Principio de la puerta giratoria: cuando lo patológico entra en escena, la criminalidad, de acuerdo con la ley, debe desaparecer.
La institución médica, en caso de locura, debe tomar el lugar de la institución judicial (Foucault, 2001, pp. 39-40)1.
Sin embargo, el autor identifica, todavía en las primeras décadas del siglo XIX, el comienzo de la lenta construcción de esa «especie de continuum médico judicial, cuyos efectos e institucionalización consumada vemos en la pericia médico legal».
Inicialmente, son los jurados los que comienzan a establecer el parentesco entre crimen y locura.
En 1832, el reconocimiento legal de las llamadas «circunstancias atenuantes» permitiría que la «calificación, la apreciación, el diagnóstico del propio delincuente» fueran considerados en la elaboración de la sentencia.
A partir de ese momento, la intervención médica en el ambiente jurídico sería cada vez más necesaria.
Los conceptos de perversión y de peligro pasarían a orientar cada vez más las pericias médico legales y, por medio de ellas, los juicios penales.
La idea de anormalidad substituía la idea de locura (Foucault, 2001, p.
Según Fernando Salla, el primer laudo médico legal de la historia del encarcelamiento en São Paulo apareció posiblemente en septiembre de 1876.
El director de la Correccional había solicitado la transferencia de dos presos para el Hospital de Alienados, debido a la perturbación que causaban.
El juez de primera instancia e instrucción nombró dos médicos para que elaboraran un dictamen sobre la condición mental de los presos.
De acuerdo con Salla, «el informe carece de consideraciones propiamente médicas, pero es representativo de la reverencia, que ya comenzaba a esbozarse, del poder judicial con relación al saber especializado, en particular de la medicina, para pautar sus decisiones».
No obstante, el autor aclara que esa iniciativa solo se generalizaría en las décadas siguientes (Salla, 1999, p.
Sin embargo, es curioso observar que el crecimiento de la influencia de la criminología positivista, paradojalmente, no pasaba siempre por la imprescindibilidad del médico en el ambiente jurídico penal.
En las últimas décadas del siglo XIX, esa corriente se expresaba principalmente a través de las ideas de Lombroso, cuyo carácter rudimentario facilitaba su utilización por agentes que poco o nada sabían de medicina.
Ese es uno de los motivos de su difusión rápida y generalizada.
Los estigmas físicos del delincuente nato se identificaban fácilmente en el sospechoso.
Por esa razón, un comisario de la policía podía considerarse capacitado para examinar un delincuente y elaborar un dictamen sin la presencia de un médico.
Así lo hizo, por ejemplo, el comisario de Brás, un barrio obrero de São Paulo, con el autor de un homicidio ocurrido en 1906:
Observé los principales rasgos fisionómicos del acusado, propios de un delincuente, de acuerdo con lo que enseñan los criminalistas.
Advertí la prominencia de los arcos superciliares, la nariz alta y aquilina, las narinas anchas; el volumen exagerado de las mandíbulas; la separación de las orejas con la adherencia de los lóbulos; la boca contraída, amenazadora; la desproporción entre el desarrollo de la cara y el cráneo.
Tuve la nítida impresión de que el hombre que tenía delante era feroz y peligroso.
Encontré en él la mirada de la cual hablan Lombroso, Casper, Amadei y tantos otros (Fausto, 1984, p.
La imposición de la legitimidad de saberes especializados de la medicina para garantizar la cientificidad de estos dictámenes ocurrirá en las décadas siguientes.
Boris Fausto ubica el comienzo de ese proceso a mediados de los años 10, cuando textos burdos, como el que acabamos de reproducir, tuvieron que convivir con los dictámenes médicos más eruditos que comenzaban a ser emitidos en los procesos.
Franco da Rocha firmó el laudo de 1916 en el que registraba la pericia realizada en un homicida internado en el Hospital de Juquery.
El diagnóstico indicaba que el examinado era un «degenerado hereditario que sufre de una psicosis sistematizada interpretativa, cuyo delirio tiene como contenido los celos.
Y, además, presenta episodios de depresión química ansiosa».
Diez años y un abismo metodológico separaban este informe del dictamen emitido por el comisario de Brás.
Además de utilizar principalmente conocimientos de psiquiatría (aunque haciendo uso aún de la antropometría), el informe de Franco da Rocha posee una sofisticación científica mucho mayor.
Los indicios de anormalidad no podían ya ser identificados por la mirada de un indocto.
Por ese motivo, y tal vez por encontrarse aún en un momento de transición rumbo a la consolidación del poder médico en el campo jurídico, Rocha parecía presionado a justificar sus conclusiones: «Convencer a los legos de que nuestro paciente es loco, como bien sabemos, es una tarea muy ardua» (Fausto, 1984, p.
A lo largo del período en estudio, ese convencer a los indoctos haría que se fueran dejando de lado cada vez más los argumentos basados en un posible universo de intelección común en pro del simple reconocimiento de la autoridad del médico y de la institución responsable por el laudo.
En otras palabras, el laudo se transformaría en un documento cada vez más científico y objeto de la prerrogativa exclusiva de los médicos, más específicamente, de los médicos legistas.
Dos procesos simultáneos y complementarios condicionaron esa transformación.
Por un lado, la defensa de las prerrogativas profesionales de la categoría, incluso como parte de la propia lucha más general de los médicos contra la «charlatanería» y el libre ejercicio profesional, que fue muy intensa en las primeras décadas del siglo2.
Al optimizar la organización de esos intereses corporativos, la creación de la Sociedade de Medicina Legal e Criminologia de São Paulo, en 1921, contribuyó de forma decisiva al afianzamiento de los médicos legistas.
LA PERICIA MÉDICO LEGAL EN CUANTO DISCURSO COMPETENTE
En ese recorrido, la pericia médico legal fue constituyéndose en instrumento de ejercicio del poder.
En cuanto documento escrito, legitimado por la ciencia y manipulado por jueces, policías y burócratas, ayudó a reescribir muchos destinos humanos.
Al hacerlo a través de conocimientos científicos, la pericia nos coloca nuevamente en terreno foucaultiano, lo que nos permite retomar con pertinencia el concepto de saber-poder del pensador francés.
No obstante, para imponerse, la pericia médico legal tuvo que disputar espacios con otras formas del saber y del conocimiento que también actuaban en el universo del crimen y de su represión.
La falta de homogeneidad teórica para la elaboración de las pericias y los conflictos internos que existían entre las especialidades médicas involucradas3 exacerbaban aún más el conflicto externo con las otras formas de saber.
Sus principales «adversarios» eran: el conocimiento policial producido por presión ejercida sobre el sospechoso de delito o crimen, fundamentalmente por medio de tortura; las decisiones tomadas por el tribunal del jurado y la producción de pruebas a partir de declaraciones de testigos; y el saber del propio individuo delincuente.
Lo que todas estas otras formas de «producir» la verdad tenían en común era el hecho de originarse en el mundo indocto, extra científico, lo que acabó siendo el principal argumento de los médicos legistas contra ellas4.
El reconocimiento del poder de la medicina legal descansaba en la descalificación de estos competidores.
Marilena Chauí trata de esa estrategia en su texto sobre el discurso competente:
El discurso competente se instala y se conserva gracias a una regla que podría ser resumida así: no es cualquiera que puede decir cualquier cosa a cualquier otro en cualquier ocasión y en cualquier lugar.
Con esta regla, él produce su otra cara: los incompetentes sociales (Chauí, 1982, p.
La imposición y el reconocimiento sociales de la pericia médico legal pueden entenderse desde esa perspectiva.
Más específicamente, dentro del recorte espacial y temporal que aquí se propone, el Brasil de entreguerras, eso ocurre cuando se articulan las teorías científicas vinculadas a la criminología positivista con el universo del derecho penal y del aparato represivo estatal.
En esos espacios tuvo que convivir, casi siempre de forma conflictiva, con las otras formas de saber a las que aludimos anteriormente.
Abordaremos ahora las relaciones entre ese saber científico puesto en funcionamiento por la pericia médico legal y los adversarios que debía descalificar y substituir.
Comencemos por lo que es más cercano al médico legista: el saber del propio individuo que él examinaba.
«Contra estas verdades científicas, la voz del
Erving Goffman, al estudiar las instituciones totales, analiza el proceso de «despojo del yo» a que es sometido el interno.
Para el autor, todo comienza con la creación de una barrera entre la institución y el mundo exterior, que reduce el acceso a las referencias cotidianas que hasta entonces definían al yo.
Es lo que el autor llama «despojo del rol».
En ese sentido, una estrategia decisiva son los «procesos de admisión» por medio de los cuales el nuevo interno es desvestido, fotografiado, separado de sus bienes personales, catalogado, numerado, examinado, en fin, sometido a una serie de procedimientos normalizados que le confieren al recién llegado su nuevo papel de interno, que es desde ese momento el único que le corresponde legítimamente y el que se sobrepone a todos los otros con los que solía identificarse (Goffman, 1974, pp. 24-25).
La pericia médico legal hace parte de esa estrategia que actúa durante todo el período de internación.
En cuanto procedimiento médico y también como documento escrito, desconstruye y reconstruye el cuerpo y la mente del delincuente y los traduce en un lenguaje científico.
La documentación que produce el ritual médico, el laudo en lo individual y el prontuario en lo colectivo, se destinan a «substituir» un individuo por otro.
Foucault le da el nombre de «doblete» (Foucault, 2001, pp. 19-26), tomando prestado el término del teatro, donde su sentido es la substitución de actores en una obra.
El individuo que la justicia juzgará o que la cárcel manipulará no será más aquel que cometió el crimen, sino el que fue traducido al lenguaje médico legal y presentado al tribunal o al director de la cárcel a través del respectivo laudo.
La única expectativa de esas «autoridades responsables» es que el individuo que se presenta a juicio haya sido construido con un método científico riguroso y objetivo.
A lo largo de la vida del individuo secuestrado o perseguido por el aparato represivo del Estado, el conjunto de documentos generado a su respecto —el prontuario — acompaña gran parte de su destino.
Muchas de las decisiones que se tomarán sobre él buscarán fundamentarse en el contenido del prontuario.
Es lo que Foucault denomina «poder de escritura» (Foucault, 1999, p.
Goffman, por su parte, alude a un mecanismo tautológico que da sustentación al prontuario y le confiere sentido: se registran selectivamente inconveniencias del comportamiento del individuo internado que, a su vez, se utilizan para justificar las razones de su internación (Goffman, 1974, p.
Si hubo necesidad de internación, ya queda plasmada la anormalidad del internado, que puede comprobarse en el registro de su comportamiento cotidiano en la institución.
Hay, por lo tanto, una tendencia institucional para que el prontuario registre informaciones desvalorizadoras que refuercen la anormalidad del «paciente», de cualquier manera muy diferentes de las que él vincularía a sí mismo (lo que el autor identifica en hospitales psiquiátricos se aplica perfectamente a los presidios, como él mismo deja claro al definir el objeto de su libro, las instituciones totales):
Por regla general, los hospitales psiquiátricos divulgan, pues, sistemáticamente, el tipo de información sobre cada interno que este puede tener mayor interés en ocultar.
Y emplea a diario tal información, más o menos pormenorizada, para desautorizar sus reclamaciones (Goffman, 1974, p.
Podemos añadir aún que no solo las reclamaciones del paciente quedan desautorizadas por el registro escrito, sino que también a partir de él serán evaluadas las solicitaciones concernientes a la alteración de su pena: pedidos de transferencia de sección o presidio, pedido para comenzar a trabajar o para cambiar de taller e, inclusive, para suspensión de penalidades, por ejemplo.
En el caso de nuestra investigación, el beneficio más importante subsidiado por el prontuario era la libertad condicional, decidida por el Consejo Penitenciario a partir de la recomendación del Director del Presidio que, a su vez, se fundamentaba en el prontuario.
Flamínio Fávero, con la autoridad de quien era presidente del Consejo y había sido Director de la Penitenciaria de São Paulo, explicaba el papel del Instituto de Biotipología Criminal de esa institución y de sus pericias en ese engranaje:
Tales elementos [que sustentan las decisiones del Consejo Penitenciario] están representados, en su mayoría, por el estudio que el Instituto de Biotipología Criminal realiza sobre el presidiario. (...)
Puedo afirmar que ese Instituto es la columna vertebral del Departamento de Presidios, sin cuya actuación sería ya imposible ejecutar correctamente las sentencias de tipo progresivo que el Código exige y, también, el perfecto trabajo del Consejo Penitenciario (Fávero, 1947, p.
Es interesante acompañar la migración del parecer del Instituto de Biotipología Criminal al Consejo Penitenciario, pasando por el Director del Presidio.
En un laudo de un interno que solicitaba conmutación de la pena, elaborado por el Instituto, las conclusiones indicaban que
su vida, de acuerdo con su respectivo historial, tanto individual como familiar y social, fue siempre irregular y desastrosa, revelando desproporción de las reacciones individuales frente a los estímulos ambientales, carácter inarmónico y descoordinado, que oscila entre las actitudes apáticas y las explosivas; revela acentuada intolerancia psicofísica y conducta típicamente antisocial, además de 'sufrir' a causa de su anormalidad, en un verdadero círculo vicioso sinérgico de dolor — sufre y hace sufrir.
Con base en esas observaciones y en el estudio biotipológico analítico y sintético de su personalidad, afirmamos que se trata de una personalidad psicopática (limítrofe), que parece ser del tipo constitucionalmente perverso (Teles, 1947, p.
Ya en el informe del Director de la Penitenciaria puede leerse:
Mi parecer es contrario a la concesión de la gracia solicitada.
El peticionario es reincidente específico.
Ya cumplió en vano pena en esta Penitenciaria.
Esta vez, mal adaptado, recorrió varios talleres sin permanecer en ninguno.
Como explica el Instituto de Biotipología, el pronóstico criminológico del recluso es negativo y su peligrosidad es elevada.
Por último, el dictamen del Consejo Penitenciario cierra el caso de la siguiente manera:
El instituto de Biotipología, en parecer esclarecedor, muy bien elaborado, nos convenció de que el peticionario posee una personalidad psicopática.
Por eso, aunque su pena haya sido ya casi totalmente cumplida, no es posible otorgarle libertad condicional (Fávero et al, 1947, p.
Por otro lado, la sombra del prontuario podrá acompañar la vida del prontuariado más allá del período de «internación».
En 1943, el Director General de la Secretaría de Seguridad Pública de São Paulo, Alfredo Issa Ássaly, escribió un parecer acerca de un pedido de «cancelación de prontuario».
El solicitante, un obrero italiano residente en Santos, había cometido un hurto el 18 de octubre de 1934 y fue condenado a seis meses de prisión.
Beneficiado por una remisión condicional de la pena, recobró la libertad el 27 de enero de 1935.
El motivo de su solicitación era la dificultad de conseguir trabajo debido al registro del delito y de la pena en su certificado de antecedentes penales.
El parecer fue favorable a la eliminación de esas informaciones del certificado; sin embargo, la solicitud de cancelación no fue aprobada.
La justificación del hecho es importante para entender la amplitud del poder de la escritura.
Para el evaluador, la cancelación no podría ser atendida, «(...) ya que el prontuario nace con la identificación del individuo, cuya vida acompaña, y subsiste incluso hasta después de su muerte, registrando sus datos técnicos, científicos y policiales, que son de interés para la sociedad (...)»
Por haber cometido un hurto a los 19 años de edad, el solicitante tenía que conformarse con la idea de que esa información estaría siempre a disposición en alguna carpeta de algún archivo de la estructura burocrática del Estado durante toda su vida y también después de su muerte.
Su experiencia en vida hasta ese momento lo había motivado a moverse en los meandros de esa estructura escribiendo peticiones y aguardando dictámenes con el objetivo de anular los efectos perniciosos que resultaban del registro escrito de su pasado y dificultaban la obtención de un puesto de trabajo.
Que su certificado quedara «limpio» fue sin duda una victoria importante para él.
No obstante, el hecho de que su prontuario no desaparecería jamás representaba una amenaza permanente.
Además, es posible conjeturar la existencia de muchos otros individuos, perjudicados por motivos análogos, que no tuvieron las condiciones, oportunidad y disposición del mencionado obrero para aventurarse en las infinitas instancias burocráticas del Estado en defensa de sus derechos.
Así, la documentación que el aparato represivo producía acerca de un individuo podía interferir en su vida civil cotidiana por mucho tiempo, sobreponiéndose muchas veces a las informaciones que ese mismo individuo presentaba sobre sí mismo.
La descalificación de ese saber sobre la propia persona y su substitución por un saber de carácter científico y «oficial» ocurría en el interior del propio laudo médico legal.
La voz del examinado no estaba completamente ausente de la pericia.
Los registros de los interrogatorios de tipo psicológico, en su mayoría, transcribían las preguntas y las respuestas por extenso.
En algunos casos, constituían la parte principal de la pericia, que llevaba varios días y resultaba en informes de muchas páginas de extensión.
Sin embargo, el laudo escrito poseía estratificación para facilitar su lectura y manejo por parte de los diversos agentes sociales involucrados en su utilización.
Para las autoridades del universo judicial y del aparato administrativo-represivo del Estado, donde se encontraban los jueces de primera instancia e instrucción y los directores de presidios, era interesante, por ejemplo, el diagnóstico final en el que sus decisiones buscaban las justificaciones científicas.
Pero antes de esas líneas finales y decisivas, el informe procedía a depuraciones periódicas de su contenido a través de ítems denominados «súmulas».
Después de cada etapa de la pericia, incluidas las mediciones antropométricas, los tests psicológicos y los largos interrogatorios, aparecían las súmulas para traducir, resumir y concluir todo el conjunto de informaciones recientemente producidas.
Esta forma de organizar el contenido del laudo facilitaba no solo la lectura por parte de los que estaban interesados en algo más que la conclusión final, sino también el trabajo de producción de diagnósticos por parte del equipo examinador.
En realidad, el diagnóstico final correspondía a una información que, después de pasar por varias etapas intermedias, llegaba a su máximo estado de depuración.
Poco a poco y a lo largo del informe, el lenguaje normalizado de la ciencia iba sustituyendo las informaciones desorganizadas y desarticuladas.
De esa manera, también la voz del paciente sufría intervenciones y era transformada, diluida e interpretada por el examinador.
Un ejemplo de lo que acabamos de describir aparece en el informe de I. de la S., vulgarmente conocido como Pernambuco, que fue considerado inocente en un homicidio ocurrido en «obras adyacentes al nuevo viaducto do Chá» en la ciudad de São Paulo en mayo de 1938.
El reo se acusaba de un asesinato que en realidad no había cometido, pues quedó comprobado que se trataba de una «muerte natural».
La víctima era un sereno, cuyo cuerpo fue encontrado en «obras adyacentes al nuevo viaducto do Chá».
Al comienzo parafraseado, después transcripto literalmente, Pernambuco explicó cómo lo llevaron preso y cómo acabó confesando un crimen que no había cometió:
El día que lo llevaron preso, a las 11 de la noche, en el Jardín América, estaba haciendo tiempo para dormir al lado de una pequeña construcción,'creía que en ese lugar la policía no me encontraría — además tampoco había sereno.
Pasaron dos sujetos que me dejaron una cosa — que después vendrían a recoger — y siguieron camino rápidamente — no corrieron.
Después llegó el sereno: - Muchacho, ¿qué estás haciendo aquí? — Estoy haciendo tiempo para ir a dormir. - ¿Qué tienes ahí? — Unos muchachos me pidieron que lo cogiera.
Entonces lo abrió y había una porción de cosas.
El sereno saco el silbato y lo hizo sonar — llegó el coche: Es ese tipo.
Y empezaron a pegarme; me dieron muchos golpes - ahí le pegué a uno — me dieron una trompada en la nariz — me rompieron los dientes.
Les dije que no era ladrón, que no había robado esas cosas, que había cometido una falta, pero no era la de robar.
Entonces describí el crimen.
Ellos no me creyeron — porque estaba mareado.
Estoy seguro que no me creyeron, porque yo estaba mareado.
Recién aquí me tomaron en serio'.'¿Por qué 'decidió' contarlo?''Porque tenía ganas de hablar y para que no me pegaran más — es una banda — si fuesen dos — en un rincón — yo aguantaba — no fue la cachiporra, no, si querían podían matarme que yo no hablaba, pero fue por voluntad propia, yo lo quería contar (Whitaker, 1943, p.
En el correspondiente resumen de este y otros interrogatorios, el fragmento relatado por Pernambuco se transformaba en algo que iba más allá de lo sutilmente diferente:
el 13 del mismo mes fue preso, sujetando un paquete, el individuo I. de la S. en las cercanías de determinada residencia situada en el barrio de Jardín América — que había sido asaltada — por policías que perseguían al autor del asalto.
I., durante la lucha que sucedió a la voz de prisión, afirmó ser inocente del asalto, pero confesó ser culpable de un crimen de muerte, cuya víctima era C.A., el sereno antes mencionado (Whitaker, 1943, p.
La paliza que le dieron a Pernambuco se transformaba en «lucha que sucedió a la voz de prisión».
Desaparecieron en esa traducción tanto la violencia policial como la asociación que el examinado había establecido entre violencia y confesión.
Más allá de que la falsa autoacusación hubiera sido motivada por una psicopatía, que la pericia acabaría diagnosticando, o por la truculencia de la Policía o, incluso, por ambas cosas a la vez, el hecho es que la versión de Pernambuco quedó tan diluida que se vuelve casi irreconocible y se pierde la posibilidad de establecer ilaciones con relación a la institución en que trabajaban los examinadores.
En ese mismo laudo encontramos otro ejemplo del celo institucional, tal vez inconsciente, de los médicos de la Policía.
Varias veces, Pernambuco se queja de las condiciones de la cárcel y de su salud: «Sufro mucho.
Mala comida, sabañones, dolor de muelas.», «Estoy harto de estar aislado en una celdita.
Me han enterrado vivo», «Me tienen aislado.
Pongan ahí un diputado y seguro se muere.»
En el resumen, la «traducción» es: «En la pericia siguiente se mostró muy descontento con su situación de preso (...)»
La voz del examinado acababa anulada por esos mecanismos.
El discurso médico la atropellaba haciendo uso de su legitimidad y de la descalificación del saber sobre sí mismo que poseía el examinado.
El laudo así producido era puesto en circulación en el aparato represivo, donde otros obstáculos para su plena y efectiva aplicación podrían surgir.
EL CONSTREÑIMIENTO POLICIAL EN CUANTO MÉTODO PARA PRODUCIR LA VERDAD
El celo institucional de los médicos de la policía no significaba subordinación al saber y a los métodos de los agentes policiales.
Al oponer tratamiento a castigo y ciencia a violencia, la criminología médica frecuentemente se colocaba como alternativa a los métodos más truculentos y deshumanos de combate al crimen.
No solo consideraba sus técnicas más coherentes con las conquistas civilizatorias iluministas, sino que también les atribuía mayor eficiencia en la defensa de la sociedad.
Por esa razón, las diversas formas de constreñimiento policial en las investigaciones se consideraban supervivencias incómodas de una concepción de policía que los conocimientos científicos y los sentimientos humanitarios ya estaban en condiciones de superar.
Los laudos médicos eran parte de esa estrategia.
Entre sus conclusiones y las que se obtenían en interrogatorios policiales en condiciones sospechosas, las autoridades competentes no debían dudar.
El informe médico legal debía gozar de estatuto de verdad.
Desde una perspectiva más estratégica, se pensaba que su generalización acabaría transformando la violencia policial como forma de producir la verdad en algo sin sentido.
Hubo casos en los que la pericia se confrontó directamente con las conclusiones (y métodos) de la investigación policial.
Un caso de 1936 en São Paulo nos suministra un buen ejemplo.
M.Z., cocinero de 22 años, húngaro, fue preso acusado de haber dado muerte por estrangulamiento a su amante después de que ella admitiera no ser virgen cuando lo conoció.
Sometido a varios interrogatorios, M.Z. acabó confesando la autoría del crimen (Whitaker, 1936, p.
Sin embargo, el Delegado de Seguridad Personal parecía desconfiar de la autenticidad de la confesión.
En la introducción del laudo se explicaba la razón por la que el Laboratorio de Antropología Criminal había sido llamado para aclarar el caso:
Habiendo aquel [el reo] declarado también, posteriormente, repetidas veces, no ser culpado de nada y haber confesado un crimen que no cometiera por influencia del temor que sintió al confrontarse con los investigadores, la autoridad decidió proceder a un examen antropo-psiquiátrico del caso para elucidar las dudas presentes (Whitaker, 1936, p.
El laudo, después de relatar las conclusiones de la investigación policial a partir de la «confesión» de M.Z., significativamente informaba que esta se había obtenido en «condiciones propias de los interrogatorios policiales».
Al final, la conclusión de los examinadores presentaba una tentativa de afirmación de la pericia frente a los métodos «indoctos» de los policías:
Ante estos resultados, podemos afirmar que la confesión del paciente tiene escaso valor, por cuanto colocado en determinadas condiciones (al sufrir un interrogatorio policial, por ejemplo) puede llegar a perder el control sobre sí mismo y reaccionar de manera equivocada, incluso confesando lo que se le sugiere (Whitaker, 1936, pp. 189-199).
Pero los peritos médicos estaban en condiciones de demostrar la superioridad del laudo no solo de forma negativa, refutando la validez de la confesión.
El test de Jung-Bleuler habría atestado la sinceridad del examinado: «De este modo, podemos considerar sinceras sus declaraciones, cuando, sin constreñimiento, afirma no haber cometido el crimen» (Whitaker, 1936, p.
Por lo tanto, no solo la confesión resultó destituida de valor, sino que también la ciencia fue capaz de demostrar la inocencia del acusado.
Finalmente, se buscaba demostrar de esta forma que todo lo que podía obtenerse en las oscuras salas de interrogatorio de la policía también podía ser obtenido por los médicos en la claridad de sus laboratorios, que contaban además con la ventaja de mayor confiabilidad y del respaldo de un discurso humanitario.
Sin embargo, aunque la verdad producida en la Policía y concretizada en el laudo pericial fuera el resultado del trabajo de médicos y no de agentes policiales, en los tribunales interferían otras formas de conocimiento extra científico.
Era el caso, por ejemplo, de los jurados populares.
EL JURADO POPULAR Y EL «REINADO DE LA IGNORANCIA»
El juez Virgílio de Sá Pereira fue uno de los autores de los proyectos de Código Penal Brasileño que subsidiaron los trabajos de la comisión responsable por el texto final promulgado en 1940.
En 1929, Sá Pereira dio una conferencia para abogados acerca de su proyecto.
Para introducir el tema del jurado popular, el orador relató un «episodio cómico, pero instructivo» ocurrido en Araruana, una pequeña ciudad cerca de Río de Janeiro.
Macedo Soares se había desplazado hasta allí para abrir una sesión del jurado.
Los jurados, «en su mayoría hacendados y agricultores, llegaron como para una fiesta, engalanados con sus mejores trajes y montados en sus mejores caballos» (Pereira, 1929, p.
Lo que allí sucedió, desde la perspectiva del ilustre juez, era un buen ejemplo, aunque caricaturesco, del lugar ocupado por el tribunal del jurado en el sistema penal brasileño:
Había un solo proceso para ser juzgado, el de un reo que había causado heridas graves y que alegaba legítima defensa.
A las tres de la tarde el jurado se retiró a la sala secreta y el juez ya se deleitaba con la posibilidad de volver a Cabo Frío ese mismo día.
Van pasando las horas.
Piensa en mandar a un oficial de justicia o a un escribano para averiguar la razón de la demora, pero se abstiene delante del principio legal de incomunicabilidad.
Lo único que puede hacer es esperar.
Oscurece, se hace de noche.
Finalmente, el juez pierde la paciencia, se levanta, va hasta la puerta de la sala secreta y escucha.
Había a mano una escalera y la apoya contra la pared.
Sube los primeros escalones y acecha por el montante de vidrio.
Los valientes jurados, ante la dificultad de responder sobre la cuestión de legítima defensa después de mucha reflexión, habían salido por la ventana, montado sus caballos y galopado de vuelta a sus chácaras y haciendas.
En aquel entonces, señores, ellos tomaban su cabalgadura y huían para no responder las cuestiones de legítima defensa; hoy, para no responder a asuntos vinculados a la libre determinación de la voluntad, subirían a su automóvil (Pereira, 1929, p.
En este fragmento, Sá Pereira sintetizaba las críticas a la institución del jurado popular que por aquel entonces movilizaban a buena parte de la intelectualidad brasileña.
Por un lado, se denunciaba la deformación en su composición.
Ya desde el siglo anterior había una percepción generalizada de que el jurado excluía a las clases populares, lo que transformaba su epíteto en algo sin sentido (Fausto, 1984, p.
En Araruama, los jurados eran los hacendados de la región.
Esta crítica, más que pedir justicia social, llamaba la atención para una contradicción fundamental del así denominado «jurado popular», que comprometía su sentido filosófico.
En segundo lugar, el jurado era considerado poco digno de confianza, ya que no asumía compromiso con la tarea para la que se lo había convocado ni con las instituciones jurídicas involucradas.
No solo los «jurados-jinetes» abandonaron el foro de forma vergonzosa, sin cumplir con su deber, sino que llegaron como quien «llega a una fiesta, con su mejor ropa, montando sus mejores caballos».
Y, por último, el jurado no podía ser digno de crédito por la simple razón de que no poseía la capacitación técnica necesaria para tomar las decisiones solicitadas.
Sá Pereira, en calidad de redactor de un proyecto de Código Penal, estaba siempre lidiando con temas delicados de la criminología que alimentaban acalorados debates entre clásicos y positivistas.
Para tratar la cuestión de fondo de ese debate, la que oponía libre arbitrio y determinismo en la etiología del crimen, el jurisconsulto se veía obligado a moverse en campo minado y extremadamente intrincado para articular teorías sofisticadas de «sabios consagrados» de ambos lados.
¿Cómo podían los hacendados de Aruarama decidir cuestiones tan complicadas?
¿Y cómo iban a decidir el resto sin haber resuelto primero ese problema?
Además, un juicio, desde la perspectiva de esos críticos, estaba totalmente estructurado en torno a cuestiones técnicas de medicina y derecho, áreas que les eran invariablemente extrañas a los jurados.
Por eso, el jurado se presentaba como un personaje indeseable en el ambiente jurídico, un «elemento opaco» en su lógica de funcionamiento (Foucault, 2001, p.
La oposición más feroz a su existencia siempre había venido de la Escuela Positiva, comenzando por su propio fundador.
Lombroso consideraba la institución una manifestación atávica de etapas anteriores del desarrollo de la humanidad.
Su funcionamiento más imperfecto, por esa misma razón, ocurría en los países más atrasados, de «clima cálido»:
Un resto de esa justicia primitiva que el pueblo ejercía en un momento de furia y que reconocemos entre los animales puede encontrarse aún hoy en el jurado.
Principalmente en los países cálidos, el mismo jurado que castiga a un ladrón, absuelve a un homicida.
¿No nos recuerda esto los primeros crepúsculos de las justicia?
Su origen podría localizarse en la época en que los deseos de los poderosos o la irracionalidad de las multitudes ocupaban el lugar de la justicia, condenando o perdonando según sus caprichos:
Recuerden que la justicia frecuentemente fue la emanación de un capricho del déspota o del sacerdote, o de la furia popular, y ustedes comprenderán esa práctica entre pueblos que aún no se libertaron del derecho de gracia — derecho absurdo — que resulta del atavismo, ustedes entenderán el porqué del jurado — esa institución tan opuesta al objetivo perseguido, tan incierta, tan fácil de corromper, pero que tiene el mismo origen que el derecho de gracia (Lombroso, 2001, p.
Los seguidores de Lombroso insistían en criticar al jurado.
El jurisconsulto italiano Rafaello Garofalo fue uno de sus mayores enemigos, considerándolo una verdadera «vergüenza de los tiempos modernos», que lanzaba la justicia en las «garras de individuos ignaros dominados por las pasiones y por los prejuicios populares» (Darmon, 1991, p.
Para Garofalo, además de carecer de formación técnica, los jurados frecuentemente se vendían o se amedrentaban (Peset y Peset, 1975, p.
La escuela francesa coincidía con la escuela italiana en ese aspecto.
El profesor Alexandre Lacassagne, de la Escuela de Medicina Legal de Lyon, que se caracterizaba por su perspectiva sociológica de la criminología y, por tanto, opuesta a los positivistas italianos, compartía con estos la crítica al jurado popular.
Para él, los hombres de ciencia llegaron tarde a las salas de los tribunales, pero no deberían abandonarlas nunca más.
El químico y el médico legista serían antídotos providenciales contra la ignorancia de los jurados.
El perito surgía como el «verdadero representante de la ciencia, imparcial e infalible» (citado por Darmon, 1991, p.
Gabriel Tarde, juez de instrucción y filósofo de derecho penal de enorme influencia en la criminología francesa, defendía la sustitución del jurado por una «magistratura científicamente entrenada» (Harris, 1993, p.150).
Ruth Harris demuestra cómo la oposición al jurado popular en Francia logró debilitarlo a lo largo del siglo XIX6.
Esa confluencia entre franceses e italianos permitió la aprobación de una moción para suprimir el jurado en el II Congreso Internacional de Antropología Criminal, que se realizó en París en 1889 (Foucault, 2001, p.49).
En Brasil, la llegada de la Escuela Positiva de derecho vino acompañada de la crítica al jurado.
En las discusiones en torno a la Constitución de 1891, los positivistas ya defendían su extinción.
Viveiros de Castro, uno de los primeros difusores de la nueva Escuela en el país, sostenía que la modernización bajo la égida de la ciencia que postulaban los positivistas conllevaba a la supresión del jurado.
Para él no se podía continuar permitiendo que
individuos sin conocimientos técnicos sobre las leyes del proceso, de la teoría de las pruebas, de los factores que afectan la responsabilidad criminal juzguen asuntos que deberían ser tan solo de responsabilidad de peritos (Alvarez, 1996, p.
En São Paulo, Cândido Mota compartía esa opinión y consideraba, incluso, que la existencia del jurado sería una de las principales causas de criminalidad.
Marcos Alvarez, en su estudio sobre la influencia de la Escuela Positiva en el ambiente jurídico brasileño, considera que la campaña que los positivistas realizaron contra el jurado ayuda a explicar la tendencia de reducción de sus atribuciones a lo largo de la Primera República (Alvarez, 1996, p.
Es por ese camino que reencontramos a Sá Pereira en 1929 discursando para sus colegas jurisconsultos y abogados sobre los jurados «huidizos» de Aruarama.
Después de los años 1930 continuamos encontrando en el medio jurídico la misma hostilidad hacia el tribunal del jurado.
El 30 de noviembre de 1932, Cesar Salgado daba una conferencia en la Sociedade de Medicina Legal e Criminologia de São Paulo.
Salgado era promotor público y presidente de la Sección de Criminología de la entidad.
En la conclusión de su presentación, intitulada «Nuevos rumbos de la criminología», el conferenciante trata de sintetizar lo que vislumbraba en el horizonte del combate al crimen:
El psicoanálisis en la ciencia jurídico penal.
La endocrinología en la apreciación de los factores criminógenos.
La falencia del jurado como organismo distribuidor de justicia y represor del delito y la necesidad de su supresión o reforma completa (Salgado, 1932, p.
Para Salgado, en breve el tribunal sería demasiado pequeño como para albergar jurados y científicos.
Con el inevitable fortalecimiento de estos últimos, los primeros se volverían cada vez más inútiles y dispensables.
Entre los médicos, de cierta forma con más pertinencia, también eran grandes el entusiasmo con la participación de la ciencia en el derecho penal y el consecuente malestar con el tribunal del jurado.
Asimismo era constante la defensa de su extinción o de su «encogimiento».
José de Moraes Mello, psiquiatra de la Penitenciaria de São Paulo, defendía, por ejemplo, la «tecnización» de la Justicia en toda su extensión:
(...) la ejecución de las medidas de defensa social exige, además de la estructura adecuada, personal idóneo y desde el juez — el jurado popular debería desaparecer — hasta el último empleado o auxiliar de las ejecuciones de las sentencias, todos precisan tener preparación técnica de acuerdo con las funciones y personalidad moral inatacable (Mello, 1928, p.32)7.
Sin embargo, las perspectivas acerca del tribunal del jurado no eran solo alimentadas por la creencia en las posibilidades de la ciencia en asuntos de criminología.
El tema siempre tuvo un sesgo político muy fuerte.
Su defensa invariablemente estaba asociada a posiciones más liberales e iluministas.
De cierta forma, la valorización de las prerrogativas del jurado popular o, inversamente, su desvalorización pueden decirnos algo sobre el nivel de liberalismo político de determinada sociedad en determinada coyuntura.
En Brasil, la institución surgió en junio de 1822, poco antes de la independencia política.
Fue creada para juzgar tan solo los crímenes de prensa.
Su reglamentación más extensiva se dio con el Código de Proceso Criminal de 1832.
Desde entonces, se ampliaron o se limitaron sus atribuciones según prevalecieran en la política brasileña los conservadores o los liberales.
La primera Constitución republicana, de 1891, mantuvo la institución, pero descentralizó su reglamentación, que quedó a cargo de los Estados (Fausto, 1984, p.
No obstante, como ya indicó Marcos Alvarez, durante la Primera República prevaleció la reducción de las atribuciones del tribunal del jurado.
En São Paulo, una ley de 1925 transfirió casi todos los crímenes al Juez de primera instancia e instrucción, y la apreciación de los jurados se limitaba a homicidios dolosos y tentativas de homicidio (Fausto, 1984, p.227).
La dictadura de Vargas tampoco revirtió esas tendencias.
Al contrario, una ley restrictiva de 1938 motivó una crítica irónica que sugería la siguiente enmienda: «Extingue el Tribunal del Jurado, le conserva el nombre y se dictan otras disposiciones» (Lehmann, 1947, p.183).
En el debilitamiento del tribunal del jurado confluyen el autoritarismo, el antiliberalismo político y las perspectivas de modernización del país bajo la égida de la ciencia.
En 1945, con la redemocratización de la política, los jurados volvieron a ser valorizados.
La Constitución de 1946, la más democrática que el país había conocido hasta entonces, transfirió el tema del jurado popular al capítulo referente a las garantías individuales (Lehman, 1947, p.
Sintomáticamente, los pareceres del Consejo Penitenciario pasaron a exaltar el tribunal del jurado y la democracia, enfatizando la relación entre ambos8.
Y fueron aún más lejos al emitir pareceres que defendían la retroactividad de la nueva Constitución, con el objetivo de anular sentencias del «Egregio Tribunal de Apelación» en aquellos casos en que esa instancia había contrariado decisiones del tribunal del jurado.
Las justificaciones que se daban para ese procedimiento eran un reflejo del momento político más que de tecnicidades jurídicas:
(...) no veo porqué J.G.M. deba ser perjudicado por una ley que aniquiló la soberanía del Jurado como reflejo del conocido miedo de los dictadores (...)
Si el pavor de los usurpadores ahoga instituciones liberales y democráticas, no nos parece justo mantener el indeseado e indeseable régimen mediante obediencia pasiva a execrables leyes oriundas de un poder ilegítimo (Ferreira, 1947, p.
Nada más distante de las elegías a la ciencia, a los peritos y a sus pareceres en contraposición a la «ignorancia» y a la falta de confiabilidad de los jurados.
Sin duda, el discurso había cambiado, como también había cambiado el momento histórico.
Pero a lo largo del período del que nos ocupamos, como vimos, era la ciencia que avanzaba y el jurado que retrocedía.
Y junto con él, el testigo, igualmente acorralado por el discurso competente.
EL TESTIGO Y EL TESTIMONIO BAJO SOSPECHA
«El Papa (...) jugando al trompo en compañía de varios chavales en el Largo da Sé...»
Parece que el relato jocoso era una estrategia común entre los positivistas para descalificar las formas de producir verdad que la ciencia combatía dentro de los tribunales.
El renombrado jurisconsulto Alcântara Machado hacía reír a sus alumnos de Medicina Legal del curso de Derecho:
Para demostrar el desprestigio del testimonio entre nosotros como en todos lados, más significativa que mil citas de autores antiguos y modernos es aquella boutade del viejo magistrado paulista que cierta vez se comprometía a justificar en juicio, con testigos contestes, que en la víspera el Papa había estado jugando al trompo en compañía de varios chavales en la plaza da Sé...
El discurso que desvalorizaba al testigo y el testimonio se apoyaba esencialmente en la misma oposición entre ciencia e ignorancia que pautaba las críticas al tribunal del jurado.
Nuevamente, se trataba de avanzar en la aceptación de los criterios científicos para las decisiones judiciales, retirando del camino los «impresionismos», las «emotividades» y la ignorancia del «mundo indocto».
Pero aquí la estrategia poseía una diferencia fundamental.
El adversario en ese caso no debía ser expulsado del tribunal, sino colocado bajo control.
El testigo debía seguir siendo un personaje del enredo judicial — expulsarlo de la escena era impensable — pero lo que no era más tolerable era mantenerlo en el papel protagónico que muchas veces asumía.
Se condenaba la valorización exagerada de las declaraciones, que frecuentemente adquirían valor absoluto sin ser cotejadas con otras pruebas.
Significativamente, se señalaba como principal responsable de esa estimación excesiva al tribunal del jurado, que consideraba el testimonio como «la prueba por excelencia» (Rodrigues, 1922, p.
Desde la perspectiva de la medicina legal, la articulación testigo-jurado popular era vista como una especie de alianza tácita entre legos contra el reino de la ciencia dentro del tribunal.
Ese fue un problema que ocupó varias sesiones de la Sociedade de Medicina Legal e Criminologia de São Paulo.
En realidad, era uno de sus temas prioritarios, como se observa en sus informes de actividades, en los que ese asunto aparece recurrentemente desde los tiempos de su fundación (Fávero, 1936, p.
Para el siempre citado Oscar Freire, el testimonio no era «el mejor medio para conocer 'el alma del delincuente' en lo que se refiere al interés que ese conocimiento puede tener para el derecho penal.
Más importante es el examen psíquico realizado conscientemente por un observador facultado que dispone de recursos apropiados» (Rodrigues, 1922, p.
Las ponderaciones contra el «fetiche» de la declaración (Rodrigues, 1922, p.
107) partían casi siempre de la llamada «psicología del testimonio», una ciencia que había surgido a comienzos del siglo XX y que ganaba espacio y reconocimiento.
Esta ciencia se originaba en los estudios de Alfred Binet9 sobre la sugestionabilidad (Katzenstein, 1940, p.
Volviendo a la clase de Alcântara Machado, encontraremos al profesor explicando a sus alumnos que, en 1900, el psicólogo había realizado investigaciones para comprobar cómo sería
fácil, mediante un interrogatorio conducido a la manera de los interrogatorios e inquisiciones policiales, falsear los recuerdos de cualquier persona en relación con los hechos que presenció y llevarla a afirmar algo sinceramente divergente de la realidad (Machado, 1929, p.
Por lo tanto, en lo que se refiere a testimonios, la propuesta de los positivistas era someterlos a evaluación, «medición» y calificación por medio de metodologías científicas, principalmente del «examen del testigo».
De esa manera, el examen pericial debería predominar sobre la declaración, asumiendo su prevalencia en la jerarquía de las pruebas judiciales por medio, justamente, de la ampliación de su aplicación: no solo deberían examinarse los delincuentes (y eventualmente sus víctimas) sino también los propios testigos.
Ellos se transformarían así en objetos de la ciencia y por ella serían valorados.
Pierre Darmon describe el caso de la «Ogra de la Goutte-d ́Or» como la primera gran victoria de la medicina legal sobre el testimonio y el sentido común.
En la primera década del siglo XX en Paris, una mujer bretona de unos 30 años había sido acusada de la muerte por estrangulamiento de varios niños, entre ellos algunos bebés.
La acusada vivía en el miserable, insalubre y populoso barrio de Goutte-d ́Or, que originó su epíteto.
El juicio movilizó intensamente a la opinión pública y a la prensa de la ciudad.
Léon Thoinot, discípulo de Tardieu y considerado el sucesor del gran Brouardel en la cátedra de medicina legal de la Facultad de París, procedió a la autopsia de los pequeños cadáveres y emitió un laudo que descartaba el estrangulamiento, lo que posibilitaba la absolución de la acusada.
El laudo de Thoinot desautorizó así varias declaraciones que la incriminaban, y su claridad meridiana hizo que hasta el promotor público se curvara y retirara la acusación.
La medicina legal exultó con la victoria y la multiplicó en conferencias y artículos sobre el caso.
Uno de ellos, sintomáticamente intitulado «Historia de un duelo entre dos mentalidades», publicado en los Archives d'Anthropologie Criminelle en 1906, interpretaba el evento como un triunfo de los médicos «orientados hacia el futuro» sobre los magistrados «anclados al pasado».
Sin embargo el caso sufre un giro.
La acusada, después de su liberación, vuelve a asesinar y es detenida en flagrancia.
Además, los avances posteriores de los conocimientos científicos de la medicina legal comprobaron el error de Thoinot.
El balance final de esa historia hizo que se relativizara el laudo pericial y que la declaración de testigos continuara teniendo espacio en los juicios (Darmon, 1991, p.
En Brasil, según Ferreira Antunes, los primeros casos de intento pericial de descalificar testimonios presentados en juicio ocurrieron a fines del siglo XIX.
Se iniciaba en ese momento la pericia de sanidad mental de los testigos, lo que para el autor caracterizaba la apertura de un nuevo campo para la medicina legal.
Ya en 1907, Juliano Moreira proponía extender la pericia a testigos de edad avanzada (Antunes, 1999, p.
Desde entonces, la tendencia sería tratar de borrar la frontera entre el testigo «anormal», digno de desconfianza por su propia condición, y el testigo «normal» que sería, a ojos de los indoctos, absolutamente confiable.
El ataque a los testimonios y a los testigos buscaba justamente hacer ver que todas las declaraciones serían pasibles de alguna deformación, por eso la ciencia debería intervenir para calificarlas.
El papel central para eso estaba reservado al psicólogo.
Betti Katzenstein, psicóloga del Laboratorio de Psicología de la Universidade de São Paulo, lo explicaba en una conferencia en la Sociedade de Medicina Legal e Criminologia.
Es difícil imaginar la viabilidad de la generalización de su propuesta:
Tratándose del estudio de la veracidad de determinado testigo, sea con referencia a un individuo o a un grupo de individuos, el psicólogo precisa poner en acción todos los métodos que pueden ayudarlo a estudiar el caso; precisa hacer observaciones en los ambientes donde se desarrolla la vida del individuo; aplicar pruebas y tests si necesario; conversar con la persona, leer los autos y, si se trata de niños, hablar con los padres y profesores, auxiliares valiosos para el trabajo del psicólogo, - entre otras cosas (Katzenstein, 1940, p.
Las causas apuntadas para el desvío de la declaración con relación a la verdad objetiva eran de diversas índoles e incluían las condiciones psicológicas del proprio testigo, su envolvimiento emocional con el tema del crimen, la influencia del ambiente, la impregnación de la subjetividad del redactor de la declaración en su relato, o del propio interrogador («hay formas de inquirir que son verdaderas sugerencias de la respuesta deseada»).
Las declaraciones de las mujeres, por ejemplo, eran consideradas menos confiables, debido a la mayor sugestionabilidad que caracterizaría al sexo femenino (Rodrigues, 1922, p.
Katzenstein, además, resaltaba la importancia de la edad, de la inteligencia y del tipo biológico del declarante como factores que deben ser considerados al apreciar la veracidad de sus palabras (Katzenstein, 1940, p.
Por último, la ciencia tenía que «medir», por medio de exámenes periciales, la credibilidad del testimonio y, al cuestionarlo y relativizarlo, acababa fortaleciendo la autoridad del propio examen pericial del delincuente.
Se cerraba el «cerco al circo».
Desde la perspectiva de la Escuela Positiva, la precariedad de los procesos judiciales se iniciaba en los interrogatorios policiales, productores de pruebas falsas por incuria o truculencia y se consagraba en las salas de los tribunales, donde los jurados las aceptaban sin salvedades, al igual que las declaraciones de los testigos.
Solo los hombres de ciencia, con los médicos a la cabeza, podrían romper ese círculo vicioso, interponiéndose en varios puntos críticos del proceso, controlando y disciplinando los procedimientos y calificando los resultados.
En este enredo de disputas por la autoridad sobre el cuerpo humano, las tesis biodeterministas lograron significativa influencia social, siempre movilizadas por las pericias médico legales y disciplinadas por saberes científicos.
Pero el balance del alcance de su programa, bastante extensivo a causa del optimismo epistemológico que los determinismos suelen propiciar, es necesariamente parcial.
No solo existía la referida disputa paradigmática en el interior del conjunto de las especialidades médicas, que perseguía la primacía en la construcción de la etiología del acto antisocial, sino también la necesidad de afirmación sobre otras tradiciones culturales extra científicas de producción de verdad, como analizamos anteriormente.
El estudioso del asunto no tiene otra opción a no ser evitar las generalizaciones y las simplificaciones esquemáticas, tan seductoras como estériles.
Por último, los espacios institucionales de combate al desvío comportamental, desde las represión policial hasta las cortes jurídicas, pasando por establecimientos de internación suministran material rico para el estudio tanto del alcance de los determinismos biológicos en un período durante el cual circulaban intensamente, como de la afirmación social de la ciencia y de las estrategias que utilizaba para lograrlo. |
De plantas y hombres: cómo los genetistas se vincularon a la eugenesia en Brasil (un estudio de caso, 1929–1933)
En el presente artículo pretendemos reflexionar sobre la trayectoria de Octávio Domingues (1897-1972) y Salvador Toledo Piza Jr. (1898-1988), dos genetistas de una escuela agrícola del Estado de São Paulo que se vincularon al principal propagador de la eugenesia en Brasil, Renato Kehl (1889-1974).
Ese acercamiento se concretó en su asociación alrededor de la publicación del Boletim de Eugenia, importante vehículo de divulgación del movimiento eugenésico entre los años 1929 y 1933.
A partir del análisis de esa publicación periódica, ha sido posible detectar que, aunque los dos partían de la teoría mendeliana de la herencia, Toledo Piza Jr. consideraba el mestizaje de la población brasileña como algo que iba en contra de la naturaleza, mientras que Octávio Domingues la juzgaba saludable.
El presente artículo pretende investigar cómo se estableció una colaboración entre el médico Renato Kehl (1889-1974), el zootecnista Octávio Domingues (1897-1972) y el zoólogo Salvador Toledo Piza Jr. (1898-1988), los dos últimos profesores en la Escuela Superior de Agricultura «Luiz de Queiroz» (ESALQ), ubicada en el municipio de Piracicaba, en el Estado de São Paulo.
Esa colaboración se tradujo en una suerte de consultoría científica, que se materializó en los debates mantenidos por Toledo Piza Jr. y Octávio Domingues con Renato Kehl sobre los conceptos biológicos manejados en sus publicaciones, así como en la participación de los dos profesores en el Boletim de Eugenia, publicación fundada por Kehl en 1929.
La implicación en el periódico llegó a tal extremo, que Toledo Piza Jr. y Domingues asumirían la dirección del boletín en 1930, cuando Kehl emprendió un viaje a Europa.
El análisis de este caso específico tiene como objetivo explorar, en el contexto brasileño, las relaciones establecidas entre la genética y la eugenesia, buscando entender de qué manera en dicho proceso dos profesores de una institución superior de investigación, dedicados al estudio y a la aplicación de los principios de la genética en plantas y animales, vieron en la eugenesia la posibilidad de extender la aplicación de su ciencia en humanos.
Por otro lado, es interesante observar cómo un paladín de la eugenesia, Renato Kehl, encontró en Octávio Domingues y Salvador de Toledo Piza Jr. el perfil de investigadores que podría dar mayor fundamento y credibilidad científica a su movimiento.
GENETISTAS Y EUGENISTAS EN BRASIL
El texto «Eugenics in Brazil, 1917-1940» (Stepan, 1990)1 puede considerarse el hito fundador de los estudios sobre el movimiento eugenésico brasileño, y, después de su publicación, varios libros y artículos comenzaron a abordar la eugenesia en Brasil bajo la perspectiva de la autora norteamericana.
De acuerdo con su tesis, la eugenesia latinoamericana, especialmente el movimiento brasileño, tuvo una clara influencia de la eugenesia francesa.
La idea de que el individuo, a lo largo de la vida, acumulaba caracteres adquiridos y los transmitía a la generación siguiente predominó entre los eugenistas brasileños.
De esta forma, el neolamarckismo permitió un acercamiento a la tradición del sanitarismo y del higienismo.
Así, en la segunda década del siglo XX, se entendía la eugenesia nacional en clave optimista.
Si los caracteres adquiridos a lo largo de la vida fueran transmitidos a las generaciones futuras, tendríamos, en pocas décadas, una población eugenésicamente sana.
La ecuación 'sanear es eugenizar' fue el leitmotiv del movimiento al final de los años 1910 y la década de 1920.
No obstante, Renato Kehl, licenciado en Farmacia y Medicina, y seguramente el defensor más entusiasta de la eugenesia en Brasil, inició al final de la década de 1920 una trayectoria que diverge de esa tendencia general presentada por Stepan.
En su estudio «Eugenia negativa e a construção da nacionalidade na trajetória de Renato Kehl (1917-1932)», Vanderlei de Souza pudo advertir que, hacia 1928, Renato Kehl abrazó de manera más clara las teorías mendelianas, en detrimento de argumentos neolamarckistas aún presentes en sus trabajos de principios de la década.
A su vez, empezó a negar enfáticamente que sanear fuera eugenizar, ponderando que, si esa confusión había sido útil para una divulgación inicial, aquél era el momento de la afirmación de la autonomía de la eugenesia y del establecimiento de una política que interviniera directamente en las características biológicas de la población.
Entre otros elementos de ese cambio, está el viaje de Renato Kehl a Europa, de abril a septiembre de 1928, durante el cual entró en contacto con eugenistas europeos, investigaciones e institutos eugenésicos.
Como director de la Industria Química y Farmacéutica Bayer en Brasil, cargo asumido en 1927, Kehl recibió una invitación para conocer la sede alemana, en el año siguiente.
Durante cinco meses el médico recorrió algunos países del norte de Europa y, según Souza, visitó universidades, institutos de antropología y eugenesia.
Algunos de ellos fueron el Instituto de Eugenesia de Berlín, en el que Kehl conoció a su director Hermann Muckermann; y el Instituto de Antropología, Genética Humana y Eugenesia de la Universidad Kaiser Wilhelm de Berlín, donde igualmente conoció a Eugen Fisher, director de la institución (Souza, 2006, p.
El viaje de Kehl a Europa tuvo importancia capital y fue un elemento decisivo para que el eugenista corroborara las ideas más radicales de la «eugenesia negativa», en especial la concepción pro aria de la eugenesia alemana2.
Al año siguiente de su regreso a Brasil, Renato Kehl fundó el Boletim de Eugenia, en consonancia con la nueva concepción de la eugenesia que asumía en aquel momento, diferenciándola del sanitarismo y del higienismo, a la par que proponía medidas más drásticas, como la esterilización de los individuos considerados degenerados.
En la misma línea, Kehl publicó el libro Lições de Eugenia, con el objetivo de aprovechar la realización del I Congreso Brasileño de Eugenesia para divulgar su versión más radical de ese polifacético cuerpo de ideas.
Casi diez años más jóvenes que Kehl, Octávio Domingues y Salvador de Toledo Piza Jr. llevaron a cabo su formación académica durante los primeros años de funcionamiento de la Escuela de Agricultura 'Luiz de Queiroz'.
Allí se licenciaron y especializaron, respectivamente en Zootecnia y Zoología, iniciándose ambos en el trabajo de investigación genética con plantas y animales.
Nacido en el Acre3, tras licenciarse por la escuela de Piracicaba en 1917, Octávio Domingues regresó a su región de origen, donde fue contratado como agrónomo por la División de Fomento del Ministerio de Agricultura, e impartió clases en la Escuela de Agronomía de la Amazonía.
Siete años después, volvía a la ESALQ y allí se quedaría hasta 1935, cuando sería trasladado a la Escuela Nacional de Agronomía de Río de Janeiro, institución universitaria en la que se jubiló.
En su regreso a Piracicaba, en 1924, trabajó como ayudante de Despacho de la 5a cátedra (Zootecnia General, Zootecnia Especial, Exterior y Razas, Bromatología Animal, Lacticinios, Nociones de Higiene y Veterinaria), bajo la dirección del profesor búlgaro Nicolau Athanassof (1878-1955).
Al año siguiente, sustituyó a Odilon Ribeiro Nogueira como profesor auxiliar de la asignatura.
Natural de Capivari, municipio del Estado de São Paulo, y también licenciado por la Escuela de Piracicaba, en 1921, Salvador de Toledo Piza Jr. ingresó en el año siguiente en la plantilla de funcionarios, empezando como ayudante de despacho interino de la 5a cátedra (Zootecnia), y pasando en 1931 a profesor catedrático de la 9a cátedra (Zoología General y Especial, Anatomía y Fisiología Comparada de los Animales Domésticos).
Como docente e investigador, no conoció otra institución más allá de los campus de la Escuela de Piracicaba.
Al año de su graduación, acaecida en 1921, Toledo Piza Jr. viajó a Alemania, donde hizo cursos generales de biología y zoología, y cursos especiales sobre protozoarios e invertebrados en las Escuelas Superiores de Agricultura y Veterinaria de Berlín.
Octávio Domingues y Salvador de Toledo Piza Jr., junto a Nicolau Athanassof, fundaron en 1926 la Revista de Agricultura, publicación periódica que se proponía divulgar «lecciones de agricultura» 4.
Pocos años después, al final de la década de 1920, los dos profesores se incorporaron al movimiento eugenésico.
Como buena parte de los genetistas de otros países, los profesores de Piracicaba buscaban presentar la genética como fundamento científico de la eugenesia.
Ambos hacían escasas referencias a los principales eugenistas extranjeros, y sus modelos eran, en realidad, genetistas de países que, en algún momento, habían ingresado en el movimiento eugenésico, ofreciendo su trabajo como soporte científico para las medidas propuestas.
Es importante observar que, provenientes de una institución de investigación y enseñanza ubicada en el Estado de São Paulo, Octávio Domingues y Salvador Toledo Piza Jr. forman parte de un contexto específico del movimiento eugenésico en Brasil, que, como han señalado investigaciones recientes, se desarrolló de distintas maneras en diferentes partes del país.
En el caso de São Paulo, el pensamiento eugenésico se insertó en una tradición que entendía a los paulistas como resultado de un mestizaje mejor resuelto que en otras regiones.
De la mezcla entre blancos e indígenas en el altiplano paulista, ambiente aislado de la costa, habría surgido una población que el movimiento eugenésico del Estado consideraba más sana que la de otras regiones, en las que el negro tenía una presencia mayor (Mota, 2001).
De esa manera, como señalan Maria Gabriela Marinho y André Mota, no es una casualidad que durante el 1o Congresso Brasileiro de Eugenia, realizado en 1929, en Río de Janeiro, el psiquiatra paulista Antonio Carlos Pacheco e Silva (1898-1988) señalara en su discurso que «la difusión y propagación de las bases eugenésicas son un esfuerzo predominantemente de São Paulo».
Y que «con verdadero orgullo de paulista» (Marinho & Mota, 2013, p.
204) destacara el hecho de que São Paulo fuera la sede de la primera sociedad eugenésica del país, la Sociedade Eugênica de São Paulo.
Dicha Sociedad fue presidida por el médico Arnaldo Vieira de Carvalho y fundada en 1918 gracias al empeño y liderazgo de Renato Kehl −también paulista− personaje central en la discusión desarrollada en este artículo.
El primer registro del contacto entre Renato Kehl y los profesores de Piracicaba es una carta enviada por Octávio Domingues al eugenista con fecha de 22 de julio de 1929, consistente en la respuesta a la carta de Kehl del día 19.
En la carta, el zootecnista de Piracicaba lo informaba del envío de A hereditariedade em face da educação, su primer libro sobre eugenesia, solicitado por Kehl, y pedía, a cambio, la obra Lições de Eugenia, también presentado recientemente por el eugenista5, durante el referido 1o Congresso Brasileiro de Eugenia, que tuvo lugar semanas antes.
Ese fue el inicio de una relación de intercambios científicos e ideológicos basados en la eugenesia y en la genética, teniendo como objetivo principal la «mejora física y moral de la población brasileña» (Stepan, 2005, p.
Conforme las relaciones se iban haciendo más cercanas, Kehl encontraba en los profesores de Piracicaba colaboradores valiosos para la causa eugenésica.
Tal vez uno de los mejores ejemplos de ello fuera la invitación a fundar, en 1930, la Comisión Central Brasileña de Eugenesia (CCBE), que se crearía en marzo del siguiente año6.
La concepción de la CCBE por parte de Kehl es fruto y reflejo de su contacto y entusiasmo por la eugenesia alemana, que lo llevó incluso a adoptar como modelo la Sociedad Alemana de Raza e Higiene (Stepan, 2005, p.
Solamente 10 personas constituían la CCBE, todos elegidos por Kehl8.
Se observa en este punto la confianza que el eugenista rápidamente pasó a depositar en los genetistas de la ESALQ, situándolos al lado de Belisário Penna y Gustavo Lessa, del Departamento Nacional de Salud Pública, así como de Ernani Lopes, psiquiatra y presidente de la Liga Brasileira de Higyene Mental, con todos los cuales Renato Kehl mantenía vínculos desde tiempo atrás.
Según su mentor, la CCBE tendría un amplio abanico de funciones, disponiéndose:
no sólo al estudio y a la propaganda de las cuestiones de carácter eugenésico, sino también a colaborar en cualquier proyecto gubernamental que presente intereses eugenésicos o paraeugenésicos, como los ligados a la inmigración, al poblamiento, a la sanidad, a la educación sexual, a las exigencias modernas prematrimoniales, y a la fundación de establecimientos o laboratorios para estudios galtonianos (Kehl, 1931, p.
No obstante, como veremos, se puede decir que la actuación más efectiva y continua de la CCBE se limitaba a la difusión de la eugenesia por medio del Boletim de Eugenia.
En el número de enero de 1930, fue publicado el primer artículo de Octávio Domingues en el Boletim de Eugenia.
En su trabajo, Domingues afirmaba que la enseñanza de la genética en las escuelas secundarias, normales y en los cursos superiores, era urgente, una vez que, en palabras suyas, «no es posible hablar de Eugenesia y convencer a un pueblo de las ventajas que alcanzaría la raza con la aplicación de medidas eugenésicas, [...] si dicho pueblo desconoce las bases mismas de esa ciencia y de tales medidas» (Domingues, 1930, p.
Domingues creía que la mejor forma de progreso para la eugenesia era la educación, en especial el conocimiento biológico, «cimiento y razón de la eugenesia».
La genética aparece, por lo tanto, como punto de apoyo esencial para la comprensión de la importancia de la eugenesia.
Siendo así, Renato Kehl radicalizaba su concepto de eugenesia y se acercaba a Octávio Domingues y Toledo Piza Jr. –profesores que hasta la fecha se habían dedicado a plantas y animales–, quienes creían poder transferir sus conocimientos genéticos a los seres humanos y trasladarlos desde los intramuros de la universidad a la sociedad.
Es sin duda un momento estratégico para reflexionar sobre las complejas relaciones entre genética y eugenesia en el contexto específico de Brasil, entre los años 1929 y 1933.
RELACIÓN ENTRE GENETISTAS Y EUGENISTAS: UN CASO EN LOS ESTADOS UNIDOS
El acercamiento entre eugenesia y genética no fue una característica singular del movimiento eugenésico brasileño.
En otros contextos nacionales, genetistas y eugenistas se acercaron en nombre de la ciencia de Galton y de las leyes de Mendel.
Los eugenistas buscaron en la naciente genética las bases científicas para sus preceptos.
Al considerar al ser humano fundamentalmente como el resultado de su constitución biológica, y al apropiarse de la genética para aplicarla a las sociedades, la eugenesia buscaba ser un puente entre la biología y lo social, así como entre la ciencia pura y la aplicada.
Como observa el historiador Kenneth Ludmerer en su estudio pionero sobre esas relaciones en los Estados Unidos:
de entre estos ejemplos de científicos interesados en las aplicaciones sociales de su disciplina, uno de los casos más destacados es el de los genetistas norteamericanos entre 1905 y 1935.
Durante esos años, muchos genetistas se interesaron por la cuestión de si los principios genéticos debían formar parte de las bases de la legislación social, y su preocupación por este asunto los llevó a considerar los logros del movimiento eugenésico (Ludmerer, 1969, p.
No obstante, como veremos, las relaciones entre genética y eugenesia no fueron sencillas.
Un caso ejemplar de las aproximaciones y desencuentros entre genetistas y eugenistas se da en la relación entre Charles Davenport (1866-1944)9 −el mentor del Eugenics Record Office−, y el plant breeder [agronómo]10 Willet Hays (1859-1927), en los Estados Unidos del inicio del siglo XX.
Ese caso puede servirnos como contrapunto a la colaboración entre Renato Kehl, Octávio Domingues y Salvador de Toledo Piza Jr.
Barbara Kimmelman analizó las relaciones entre eugenesia y genética en los Estados Unidos y el importante papel que la agricultura desempeñó en esa aproximación.
La American Breeders Association (1903-1913), dirigida por Willet Hays, fue la primera institución de carácter nacional que relacionó eugenesia y genética en los Estados Unidos.
Iniciada por los miembros de la American Association of Agricultural Colleges and Experiment Stations, la ABA tenía como programa de investigación, en un primer momento, los estudios agrícolas y genéticos.
Willet Hays, un heredero del ideario norteamericano de valorización de la tierra y de la agricultura, era simpatizante del Country life movement11.
De ese modo, conforme escribe Kimmelman, «el mejoramiento agrícola por medio del cultivo era para Hays parte integral de su visión más amplia de la agricultura estadounidense y de la vida rural» (Kimmelman, 1983, p.
Hays y su asociación intentaban «el fomento de un modelo idealizado de vida rural para los farmers de América» y, para la realización de ese ideal de la tradición agrarista norteamericana, insistían en «la aplicación de los principios científicos» (Kimmelman, 1983, p.
En esa línea, si Hays veía la posibilidad de que la genética fuera aplicada, sería en la mejora de la agricultura y la crianza de animales.
De ese modo, «la ABA perseguía extender el enfoque científico a la agricultura entre los practical breeders [cultivadores]» (Kimmelman, 1983, p.
Hays reclamaba que «las increíbles posibilidades de lo que acostumbramos a llamar herencia deben ponerse bajo el control y la dirección del ser humano, dado que constituyen grandes fuerzas físicas de la naturaleza» (Kimmelman, 1983, p.
Por lo tanto, de acuerdo con lo que comenta la historiadora, para Hays, «una vez dominadas, tales fuerzas podrían aplicarse al mejoramiento de las especies de plantas y animales, incrementando la calidad y los rendimientos de la producción estadounidense» (Kimmelman, 1983, p.
En 1910, se fundó la American Breeders' Magazine y, a la vez, la eugenesia pasó a formar parte de su programa, en gran medida debido a los esfuerzos del eugenista Charles Davenport (Kimmelman, 1983, p.
De acuerdo con Daniel Kevles, Davenport tenía formación en el área de biología, así como en matemáticas, lo que facilitó sus estudios eugenésicos.
Antes de dedicarse a los trabajos sobre herencia humana, investigó aves domésticas y canarios.
Como indica el historiador, esa investigación:
jugó un papel relevante en los primeros análisis mendelianos de las leyes hereditarias en los animales.
Tras trabajar con el color de los ojos, del pelo y de la piel, estaba impaciente por explorar el peso de la herencia en un amplio rango de otras características humanas (Kevles, 1985, p.
De esa forma, el eugenista norteamericano transformó la idea de pedigree, desarrollada a partir de la investigación con animales, en family pedigree, con vistas a sus estudios sobre eugenesia.
En 1904, Davenport ya había conseguido financiación para crear un laboratorio de estudios en herencia humana, el Station for Experimental Evolution (SEE), de Cold Spring Harbor, del que fue director.
Seis años después, exactamente en 1910, Davenport fundó el Eugenics Record Office (ERO), que se transformaría en un centro de referencia para el movimiento eugenésico norteamericano12.
La implicación de Davenport en la ABA ya en la primera década del siglo XX le reportó rápidamente un puesto de influencia allí, favoreciendo la cooperación mutua con Hays y el intercambio entre sus respectivas instituciones (Kimmelman, 1983, p.
Con todo, el encuentro entre Hays y Davenport en la ABA partía de motivaciones distintas, porque mientras el segundo se dirigía a la mejora de la sociedad norteamericana por medio del mejoramiento biológico de su población, el geneticista Hays, como hemos visto, veía en la continua expansión de la producción agrícola el camino para el perfeccionamiento del país.
En el caso de Brasil, el estudio del acercamiento entre Kehl y los profesores de la ESALQ, así como el modo en que esa colaboración se concretó en el Boletim de Eugenia, pueden constituir una buena manera de considerar las relaciones establecidas entre genética y eugenesia a finales de la década de 1920 e inicio de la siguiente.
EL BOLETIM DE EUGENIA
Renato Kehl era el director y propietario de la publicación periódica, que, inicialmente, fue «editada como propaganda del Instituto Brasileño de Eugenesia».
A partir del número 6/7, publicado en junio y julio de 1929, el Boletim de Eugenia pasó a ser una separata de la revista Medicamenta.
La dirección y la propiedad siguieron en manos de Renato Kehl, quien lo explicó en una nota, afirmando que uno de los motivos para que el Boletim se convirtiera en un suplemento de la revista era la expansión de los horizontes de la campaña en pro de la eugenesia13.
A partir de la creación de la CCBE, en marzo de 1931, el Boletim se transformó en su «órgano oficial», y así permaneció desde el número 27 hasta el último, en abril/junio de 193314.
Un asunto recurrente en las páginas del Boletim era la herencia y la importancia de su estudio para el mejor conocimiento de los mecanismos de la evolución y la genética, y consecuentemente, en opinión de su director, del perfeccionamiento humano.
Las discusiones sobre herencia y genética se realizaban en un lenguaje simple, generalmente para afirmar o rechazar la transmisión de padre a hijo de una determinada enfermedad o patología, pero nunca se practicaba una discusión de mayor calado teórico sobre sus mecanismos.
Solía presentar artículos reproducidos de diarios como el Correio da Manhã o el Jornal do Commercio.
Renato Kehl dirigió solamente 26 números del Boletim, y hasta su primer contacto con Octávio Domingues por medio de la carta de julio de 1929, once artículos y notas sobre herencia y genética fueron publicados.
Entre esa correspondencia inicial y el comienzo efectivo de la colaboración del profesor de Piracicaba, en enero de 1930, seis artículos y notas fueron publicados sobre el mismo tema, anticipando una nueva fase del Boletim.
Desde sus primeros artículos para el Boletim de Eugenia, Octávio Domingues defendió la existencia de una relación 'visceral' entre agricultura, genética y mejoramiento de plantas y animales, sugiriendo que el éxito de las leyes de Mendel en la agricultura implicaba la posibilidad de mejoramiento en los seres humanos.
Para él la enseñanza de la genética permitirá elevar «primeramente el nivel intelectual de nuestras clases cultas en general, y, después, hacer que estas clases fueran más propicias a las ideas que sospechamos resultarían buenas para nuestro mejoramiento eugenésico» (Domingues, 1930, p.
Hasta el final de 1930, Domingues publicó más de tres artículos en el Boletim15.
El cambio de contenido en los textos divulgados por la publicación tras el inicio de la colaboración de los profesores de Piracicaba es muy claro.
Si antes el objetivo era la divulgación y 'vulgarización' de la eugenesia a partir de textos simples y objetivos, con la paulatina cooperación el Boletim pasó a publicar artículos mayormente dirigidos a las cuestiones científicas tocantes a la genética.
Tales trabajos sugerían que la genética había de servir a la eugenesia, ya fuera por medio de la aplicación de las leyes de Mendel al mejoramiento humano, ya por la idea de que la divulgación de la genética contribuiría a romper la resistencia existente en relación con las medidas eugénicas.
Junto con ello, el principal cambio fue, desde entonces, dejar de publicar textos afines al neolamarckismo, para privilegiar en sus páginas artículos sobre la genética mendeliana que refutaban la transmisibilidad de caracteres adquiridos.
Poco más de un año después de la publicación del primer artículo de Domingues, en el número de enero de 1930, éste y Toledo Piza Jr. pasarían a ser directores del Boletim.
Tras algunos meses de negociaciones acerca del cambio en la dirección del periódico, efectuadas por medio de cartas, en marzo de 1931 los profesores de Piracicaba aceptaron la invitación de Kehl para asumir la dirección del Boletim de Eugenia.
Por carta, Domingues informó que el médico seguiría con el puesto de director y que habían optado por publicar el Boletim de Eugenia trimestralmente en formato de revista16.
Se acordó también que la publicación permaneciera como órgano de propaganda de la CCBE.
A partir del número 37, publicado en enero-marzo de 1932, bajo la dirección de Octávio Domingues y Salvador de Toledo Piza Jr., el Boletim de Eugenia comenzó a presentar un nuevo formato.
Menor en tamaño y mayor en número de páginas, la publicación perdió la característica de un folleto y se acercó al formato de un periódico científico, con artículos más grandes y densos.
El objetivo se mantuvo: divulgar la eugenesia.
No obstante, la estrategia de hacerlo por medio de la difusión de la genética y de los mecanismos de la herencia salió fortalecida.
La dirección postal del periódico pasó a ser la misma de la Revista de Agricultura, en el municipio de Piracicaba.
La portada presentaba los títulos de los artículos publicados, con sus respectivos autores, un modelo común a los periódicos científicos de la época.
La contraportada presentaba nuevamente el título, además de la siguiente frase: «Revista trimestral de divulgação e propaganda da eugenia no Brasil.
El primer artículo del número 37 fue un editorial de Renato Kehl presentando la nueva fase del Boletim y alabando a los nuevos colaboradores.
Según Kehl, la educación eugenésica había alcanzado a las élites que, hasta entonces, demostraban interés por las leyes de Galton.
En su análisis, el escritor paulista escribía:
El Boletim de Eugenia circuló durante tres años entre los intelectuales y estudiosos de casi todos nuestros estados.
Consiguió adeptos, muchos de ellos entusiastas, que pasaron a constituir nuevos centros de difusión del ideal regenerador, destacándose, entre ellos, el de Piracicaba, y en su seno sobresalen los profesores Domingues y Piza, dos nuevas celebridades lúcidas y brillantes, que han captado mi atención de eugenista, desde el comienzo mismo de la publicación del Boletim (Kehl, 1932, p.
Con dieciocho páginas, el primer número bajo la dirección de Domingues y Piza presentó aún cuatro artículos más, además de notas, reseñas y noticias relacionadas con el mundo eugenésico.
El número 39, publicado en el tercer trimestre de 1932, ya contaba con treinta páginas.
Renato Kehl no había dejado de participar efectivamente en el periódico, con su militancia directa en favor de las medidas eugenésicas.
El primer artículo de Toledo Piza Jr. se publicó en el número 38, del trimestre abril-junio de 1932, y representaba claramente la nueva línea del Boletim.
Así, ponía el énfasis en la exposición didáctica de la genética, y explicaba el mendelismo, el mecanismo de la herencia y la segregación de los factores genéticos.
El autor presentó resumidamente los resultados de los cruces entre una cobaya de pelo rizado y otra de pelo liso, y entre flores blancas y rojas, con las sucesivas generaciones resultantes del cruce.
Postulaba exactamente la transposición de experimentos genéticos con animales y plantas a los seres humanos, iniciando una incursión en lo «que puede resultar del casamiento entre el blanco y el negro», título del primero de una serie de artículos que proseguiría en los números siguientes.
Toledo Piza Jr. presentó los resultados de los cruces y de la segregación del gen para el color de la piel a partir de la teoría mendeliana.
En ese primer artículo, el autor buscaba explicar, por medio de comparaciones, por qué en la generación resultante del cruce entre un blanco y un negro predominaba el mulato.
Más adelante, volveremos sobre los artículos que completarían la serie.
EL PASO DE LA GENÉTICA A LA EUGENESIA
En septiembre de 1931, en ocasión de su nombramiento como miembro de la American Genetics Association, una entrevista a Octávio Domingues fue publicada en el diario Folha da Manhã y reproducida en el número 33 del Boletim de Eugenia.
En ella, el zootecnista hace una defensa de la genética:
Tan grande es su importancia, que sus adeptos defienden que de ese estudio depende el mejoramiento del propio hombre, ya que con él se ha conseguido el perfeccionamiento de especies vegetales y animales útiles.
Esa pretensión de los eugenistas tiene su fundamento.
Es el reflejo o la ilación natural de lo que pasa en el mundo vegetal y en el mundo de los animales domésticos.
El mejoramiento de las plantas, con las enseñanzas de la Genética, es una práctica corriente en la agricultura moderna.
El perfeccionamiento del ganado, a su vez, es una de las mejores pruebas que se tiene de que los principios de la Genética son verdaderos (Domingues, 1931, p.
A partir de esas consideraciones, Domingues establecía una asociación entre la selección de plantas y animales y el empleo de los conocimientos genéticos en los humanos, para concluir:
Así, trasladar la aplicación de esos conocimientos del mundo animal al hombre, es una medida que se impone por sí misma.
Negar que el hombre sea un animal ya no es algo que se permita hoy.
Luego, ¿por qué no aprovechar esas leyes de la Genética aplicables a los animales, para aplicarlas a los humanos?
He aquí por qué los eugenistas esperan mucho de la Genética en el intento de perfeccionar los hijos de Adán en su triple aspecto: físico, intelectual y moral (Domingues, 1931, p.
El pensamiento de Octávio Domingues expresaba cuestiones de extrema relevancia para el período en estudio, como la relevancia atribuida a la genética, considerada la ciencia del siglo XX.
La importancia y el éxito de la selección genética en plantas y animales eran el principal argumento para justificar la selección en humanos, uno de los mayores anhelos de Renato Kehl y de los eugenistas en otros países.
Aunque los genetistas de varios países se hubieran interesado por saber cómo controlar y entender las leyes de la herencia y crear condiciones para probarlas en humanos, también solían reconocer la dificultad de controlar los rasgos hereditarios en las personas.
De acuerdo con ello discurre Daniel Kevles:
En la reproducción sexual, las leyes de probabilidad pueden predecir la frecuencia con que las posibles combinaciones genéticas se dan en los hijos. [...]
Las pruebas de hipótesis genéticas han girado en torno a la medición de la frecuencia con que determinados rasgos aparecen en las sucesivas generaciones, aunque la solidez de los test depende de la consecución de un número suficiente de crías de cada generación para determinar todos los posibles resultados genéticos.
Así pues, los genetistas de plantas y animales han preferido experimentar con organismos que se reprodujesen prolíficamente (y, de preferencia, con rapidez, con vistas a obtener largas series de generaciones para su análisis) (Kevles, 1985, p.
De ese modo, «la elección de la Drosophila por Thomas Hunt Morgan había otorgado a su programa de investigación genética una ventaja decisiva, dado que las moscas de la fruta satisfacían ambos criterios».
Por otro lado, como resume Kevles, «a los genetistas les desagradaba el ser humano como objeto de investigación, puesto que no cumplía con ninguno de ellos» (Kevles, 1985, p.
De hecho, de la misma manera que en otros contextos nacionales, la transposición de experimentos o de resultados de investigación con plantas y animales hacia humanos no era algo tan obvio para los genetistas, como la entrevista de Octávio Domingues daba a entender.
Al menos es lo que parece desprenderse de la serie de artículos publicados por Toledo Piza Jr., su colega de la ESALQ.
En el número 39 de la revista, Salvador de Toledo Piza Jr. dedicó seis páginas al estudio iniciado en el artículo anterior, sobre «el casamiento del individuo blanco con el negro a la luz de la biología».
El autor explicó en detalle y teóricamente las leyes de Mendel, los cruces sucesivos entre generaciones y las consecuencias provenientes de ellos.
Uno de los objetivos de sus artículos fue probar que el color de la piel en seres humanos no dependía solamente de un único factor mendeliano, sino de la interacción de varios de ellos, no del todo conocidos aún por los genetistas.
En palabras suyas, era posible concluir que:
en el cruce blanco x negro ninguno de los colores paternos domina sobre el otro, y además, el carácter 'color de piel' no es el simple producto de la actividad de un único par de genes como en el guisante o en la Mirabilis, sino que depende de un complejo factorial en el que distintas unidades mendelianas entran en juego (Toledo Piza Jr., 1932a, p.
Además de ello, Toledo Piza Jr. tendía a reconocer los límites de la genética, afirmando que «es probable que muchos de los genes del complejo responsable del color de la piel sean dominantes o recesivos para sus alelomorfos, lo que actualmente no puede ser analizado» (Piza Jr., 1932a, p.
De esa forma, dado que en aquel momento:
[era] imposible estudiar cada uno de esos factores aisladamente, tendremos que conformarnos con el resultado global, es decir, que de la interacción de los genes de cada padre resulta un individuo cuya piel presenta un color más o menos intermedio.
Dicho lo cual, resultará fácil de comprender el motivo por el que sólo raramente reaparecen en la prole de los mestizos los tipos puros correspondientes a los caracteres de las razas de origen, si hacemos una rápida revisión de los fenómenos citológicos de la disociación mendeliana (Toledo Piza Jr., 1932a, p.
Salvador de Toledo Piza Jr. siguió explicando, con figuras ilustrativas sobre el número de pares de cromosomas en las especies, cómo se daba el proceso de herencia en la reproducción, destacando la reducción cromática, y qué ocurría en el cruce de híbridos, para comprobar que el color de la piel no se determina por un único par de factores/genes.
El autor sostuvo que la observación de descendientes intermedios o híbridos en algunos tipos de plantas y animales, como la oreja de conejos o la semilla de trigo, no significaba verdaderamente la «huida» de las leyes mendelianas de la segregación de los caracteres.
Según el autor, esa supuesta excepción a la regla era fruto de una imperfección en el análisis,
[pero] si damos al estudio la profundidad y extensión requeridas, llegaremos a descubrir la causa de la aparente indisociabilidad de los caracteres del híbrido, los cuales, en realidad, también están sujetos a las mismas leyes que rigen los fenómenos hereditarios en general (Toledo Piza Jr., 1932b, p.
Con una tabla en la que presentó los posibles resultados –sesenta y cuatro posibilidades– del cruce entre conejos de orejas de distintos tamaños, Toledo Piza Jr. demostró que esas combinaciones no escapaban a las reglas de las leyes de Mendel, sino que formaban parte de procesos más complejos de herencia mendeliana.
El mismo razonamiento sería válido para el color de la piel en los seres humanos.
En el número 41 de la revista, publicado en el primer trimestre de 1933, el estudio se concluyó en ocho páginas más, discutiendo, finalmente, el casamiento entre individuos blancos y negros.
En palabras de Toledo Piza Jr., el color de la piel fue elegido como ejemplo para el estudio, ya que sería el carácter más «palpable» y, añadía, el más «chocante».
Aun de acuerdo con el autor, el estudio de la genética humana, en aquel momento, quedaría restringido a la simple observación y a la transposición de los experimentos con plantas y animales a la realidad de los hombres.
Como afirmaba, «no queda la más mínima duda de que, siendo el hombre un animal, como tal se comporta, y reacciona al medio de manera fundamentalmente idéntica a los demás animales» (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
Sin embargo, diferentemente de Octávio Domingues, Toledo Piza Jr. destacaba que:
Pretender, no obstante, que bajo cierto y determinado punto de vista, el hombre, sólo por ser animal, se comporte como otro animal cualquiera, como un gusano o un insecto, sin considerar las enormes diferencias que entre ellos existen, reflejadas en la diversidad de los rumbos que cada uno siguió bajo el influjo de los factores que rigen la evolución de todos los seres, es lo que definitivamente no podemos admitir.
De ahí el peligro de las generalizaciones (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
Así, por un lado, afirmaba que «en materia de genética [...] no se puede experimentar con el hombre», y, por otro lado, seguía defendiendo que «la observación de muchos casos bien controlados nos indica que, bajo el punto de vista hereditario, el hombre está sujeto a las mismas leyes básicas generales que cabe aplicar a los demás animales y plantas» (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
De este modo, a pesar de todos los límites del conocimiento de la genética humana,
[al menos ya se había] constatado que un gran número de caracteres humanos se transmiten de padres a hijos según los preceptos mendelianos.
En el hombre, como en los animales y en las plantas, hay genes dominantes y genes recesivos; en él, como en las plantas y en los animales, el mismo mecanismo citológico separa los cromosomas homólogos en el decurso de la gametogénesis, distribuyendo por células reproductoras distintas los factores de un mismo par; en el hombre también hay factores asociados (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
De ese modo, al mismo tiempo que anunciaba un camino prometedor, Toledo Piza Jr. concluía:
Sin embargo, a pesar de todo, no sin riesgo de equivocarnos, extendemos sobre el hombre conclusiones de experimentos realizados con moscas creadas dentro de frascos en las condiciones artificiales de los laboratorios.
Cuando todo parece indicar que él se ajusta perfectamente a los moldes de una teoría forjada en un frasco de cultivo, pudiendo su comportamiento genético ser comprendido y explicado de pleno acuerdo con esa teoría, nadie podrá garantizar que en realidad sea realmente así (Toledo Piza Jr., 1933a, pp. 6-7).
Siguiendo su presupuesto acerca de la imposibilidad de realizar experimentos genéticos con seres humanos, y sin embargo, estando suficientemente comprobado que las leyes mendelianas eran válidas para los humanos, Toledo Piza Jr. realizaba el ejercicio de transferencia de resultados de experimentos con animales a los hombres.
En el caso que le interesaba, tomó como ejemplo el albinismo en moscas y los tipos que descienden del cruce entre moscas albinas y no albinas, y, a partir de ello, discutió el comportamiento genético del color de la piel en la descendencia del mulato.
En las últimas páginas de su artículo, revela por qué, a pesar de la claridad científica de las leyes mendelianas de la herencia y de su validez para los humanos, era necesario tener prudencia al tratar con ellos.
En el caso en cuestión, observa que «también sobre la pigmentación influye el aparato endocrino» (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
Aunque la actuación de las glándulas «en nada contraría» las observaciones establecidas a partir de las leyes de Mendel,
por el injerto de glándulas o por la extirpación, por la inyección de extractos o administración per os [sic] de fragmentos glandulares, se ha modificado la colocación del tegumento o de sus producciones, en la dirección del albinismo o del melanismo (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
Más que la alteración de los resultados de las combinaciones mendelianas, sin llegar a negarlas, lo que aparentemente permite a Toledo Piza Jr. desviarse en su estudio de las conclusiones sugeridas por los análisis de los factores mendelianos, es la introducción de la acción del «aparato endocrino», dado que él considera que «los productos elaborados por las distintas glándulas de secreción interna influyen poderosamente sobre el [...] metabolismo general» (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
En ese camino, la consecuencia del cruce de blancos y negros resultaba en un mayor porcentual de mulatos, tal como había sido sugerido por los experimentos con el tamaño de las orejas de conejos o con las semillas de trigo.
En todos esos casos, la generación de descendientes con características intermedias era perfectamente explicable por la combinación de factores genéticos, y llevaba a la constatación de la normalidad de esos híbridos.
No obstante, tras exponer los comentarios sobre la acción de las glándulas y reafirmar la complejidad del ser humano, considera, que «el blanco y el negro son tan distintos bajo tan variados aspectos, que bien podrían ser considerados pertenecientes a especies distintas» (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
Toledo Piza Jr. buscaba amparar esa concepción considerando que, «en verdad, para un gran número de animales, hemos sido mucho menos rigurosos al incluir en especies distintas seres mucho más afines» (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
Y a partir de la concepción de que blancos y negros pertenecen a especies distintas, concluye que:
el casamiento del individuo blanco con el negro y de los mulatos entre sí, es como un cruce interespecífico, es decir, un verdadero polihibridismo complicado por un elevado grado de heterocigosis de un gran número de factores de cada una de las fuentes iniciales (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
De acuerdo con su observación de que los seres humanos blancos y negros no pertenecían a la misma especie, deducía que, bajo el «punto de vista antropológico», «las uniones de blancos con negros no son naturales».
Además de eso, el autor era categórico al afirmar que, bajo el «prisma social», «el casamiento del individuo blanco con el negro, cualesquiera que fueran las ventajas que de él obtuviera el individuo o la comunidad, debería considerarse, en la situación presente, una unión repugnante» (Toledo Piza Jr., 1933a, p.
Esa era la conclusión de su serie de artículos.
Por otro lado, partiendo de la misma teoría y de la misma ciencia –la genética mendeliana–, Domingues desarrolló una visión distinta del mestizaje racial.
Mientras Toledo Piza Jr. afirmaba categóricamente que el mestizaje era perjudicial a la raza, que los casamientos entre individuos blancos y negros, eran 'repugnantes' bajo el punto de vista social, para Domingues, la mezcla no suponía ningún perjuicio.
Domingues lo explicó a partir de la demostración de cómo serían los genotipos de las generaciones F1 y F2, en el cruce entre blancos, negros y mulatos.
La conclusión del zootecnista fue que el mestizaje contribuiría al blanqueamiento de la población brasileña, como preveían y deseaban algunos especialistas:
He aquí explicada la desaparición del negro en Brasil, pronosticada para dentro de algunos años, mientras que en América del Norte la evolución del negro africano, en un ambiente avanzado, constituye un problema inquietante para los americanos (Domingues, 1929, p.
Octávio Domingues fue más allá.
Contrariando el precepto compartido por algunos eugenistas, incluso por su colega de institución, –el de que existirían razas superiores e inferiores– aún en 1929 escribió:
Existe un prejuicio muy tonto, y muy vulgarizado, que confiere a las razas puras (pseudo-puras, se diría mejor) una superioridad absoluta sobre los núcleos populosos, formados por mestizaje actual.
No sé de dónde proviene idea tan sin fundamento científico. [...]
Bueno, entre humanos, esa pureza de la raza no tiene importancia para el mejoramiento de la especie, ya que todas las razas humanas están, más o menos, manchadas por taras, malformaciones, herencias psicológicamente malas.
Luego, no podemos ligar la idea de superioridad a la idea de raza pura (Domingues, 1929, p.
En ese sentido, es posible comprender mejor su defensa de la educación eugenésica, contraria a las propuestas de implementación de medidas eugenésicas radicales.
Nancy Stepan llamó la atención sobre esa diferencia del pensamiento de Domingues en relación con Renato Kehl (podríamos añadir que también con relación a Toledo Piza Jr.), y afirmó que el zootecnista formaba parte de una línea de pensamiento que puede entenderse como «una interesante anticipación de la tesis de Gilberto Freyre sobre la 'democracia racial' en Brasil, con su dependencia de la biología racial y su visión positiva del mestizaje, entendiéndolo como una forma de eugenización» (Stepan, 2005, p.
Del lado de Octávio Domingues se alineaba el antropólogo Edgar Roquette-Pinto, que en 1929, también amparado en el mendelismo, afirmó en el I Congreso Brasileño de Eugenesia que los cruces entre blancos y negros eran «normales y sanos» (Stepan, 2005, p.
Con artículos de carácter incisivo y propagandístico, Octávio Domingues era más directo al establecer la correlación entre genética y eugenesia, trasladando lo que se sabía sobre plantas y animales a los humanos.
Por otro lado, consideraba que las leyes mendelianas de segregación de los genes y su posterior recombinación en pares –y no mezcla– hacía que todo híbrido –sea planta o animal– fuera normal; incluido el mulato, en el caso del ser humano.
A su vez, Salvador de Toledo Piza Jr. adoptaba un estilo de escritura más cercano a un artículo científico y se presentaba más como genetista.
En esa línea, reforzaba la complejidad del funcionamiento de las leyes mendelianas en los humanos, así como la acción de las glándulas, lo que exigiría ciertos cuidados en el camino que llevaba de la genética a la eugenesia.
No obstante, partiendo de la misma teoría científica que su colega, consideraba al mulato como una aberración, toda vez que, en su visión, era el resultado de la combinación de especies distintas17.
A pesar de las diferencias entre las concepciones de Domingues y Toledo Piza Jr., cabe afirmar que el Boletim de Eugenia fue un espacio en el que la eugenesia, por medio de Renato Kehl, y la genética, con Domingues y Toledo Piza Jr., convivieron de modo articulado y con escasas tensiones.
En el último número publicado, en el trimestre de abril/junio de 1933, Salvador de Toledo Piza Jr. volvía a destacar la diferencia entre eugenesia y genética.
Para él, «la eugenesia no es la genética humana ya que le falta sobre todo la parte experimental» (Toledo Piza Jr., 1933b, p.
Por otro lado, la eugenesia era «la ciencia que tiene por objetivo aplicar al hombre los principios útiles que la genética recoge de su continua experimentación con los animales» (Toledo Piza Jr., 1933b, p.
Así concebida, la eugenesia es una ciencia aplicada; es una verdadera zootecnia humana.
La zootecnia tiene por objeto mejorar económicamente los animales domésticos, creándolos a la luz de las enseñanzas promanadas de la genética; la eugenesia pretende el mejoramiento social del hombre, conduciéndolo bajo la misma luz (Toledo Piza Jr., 1933b, p.
Como vimos, en los Estados Unidos del inicio del siglo XX, el acercamiento entre Hays y Davenport se dio con el reconocimiento de las diferencias entre la genética y la eugenesia, además de la inexistencia de una afinidad absoluta en las intenciones de los actores implicados.
Se puede decir que en la ABA no hubo una confluencia integral entre la eugenesia y la genética.
El ocaso de la ABA tuvo lugar entre 1910 y 1913 por una serie de factores, incluido el desinterés de Davenport por participar en la Asociación.
El eugenista norteamericano ya había conseguido el apoyo necesario para el desarrollo de sus estudios eugenésicos, además de alimentar divergencias con Hays sobre los rumbos de la Asociación, que fue reorganizada en 1913 y pasó a llamarse American Genetics Association, la misma institución a la que Octávio Domingues se dirigió en 1931.
De hecho, los ideales de Hays y de Davenport nunca confluyeron de manera integral, ya que el genetista defendía la aplicación de las leyes de Mendel en el mejoramiento de las plantas y de los animales, proporcionando así una renovación moderna y científica a la tradición del agrarismo norteamericano; mientras que el eugenista defendía la posibilidad de aplicar los conocimientos genéticos en el mejoramiento biológico del hombre, en consonancia con el ideal del nuevo hombre eugenizado (Kimmelman, 1983, p.
Por fin, alejado de la ABA y de Hays, Charles Davenport se dedicó durante tres décadas al movimiento eugenésico y al ERO.
Durante ese período recolectó miles de datos sobre la población, analizando pedigree, herencia, raza y otros asuntos afines a los eugenistas en las primeras décadas del siglo XX.
En Brasil, el ideal compartido por Toledo Piza Jr., Octávio Domingues y Renato Kehl era dar efectividad a la CCBE, de acuerdo con los moldes del ERO, esa organización promovida por Davenport al disociarse de Hays y de su institución de genética aplicada a plantas y animales.
En el caso que nos concierne, los profesores de la ESALQ estarían del lado de Kehl en ese tipo de empresa.
Incluso, como hemos destacado, el mismo Boletim de Eugenia era considerado un órgano difusor de la CCBE desde que ésta fuera creada, y así permaneció después de que Domingues y Toledo Piza Jr. asumieran sus funciones en la dirección de la redacción del periódico.
De todos modos, si afirmamos que la genética tuvo una asociación menos tensa con la eugenesia, representada en las figuras de Kehl, Domingues y Toledo Piza Jr., en comparación con la disociación entre Hays y Davenport, es necesario reconocer que el propio Toledo Piza Jr. consideraba ese éxito muy limitado.
Entre los brasileños, aunque hayan publicado cartillas, la acción ligada a la propaganda prácticamente se resumió al Boletim de Eugenia18.
En cuanto al objetivo de colaborar con proyectos gubernamentales, el mayor triunfo obtenido por la CCBE probablemente fuera la invitación realizada a Kehl para que, en 1932, integrara el grupo liderado por Oliveira Vianna (1883-1951), que elaboró el proyecto de inmigración y poblamiento, aprobado por el Congreso Nacional en 1935.
En relación con el plan de fundación de establecimientos o laboratorios, Kehl estaba planeando, por lo menos desde 1929, la creación de un Instituto Brasileño de Eugenesia, inspirado en el Instituto de Eugenesia de Berlín (Kehl, 1929, p.1), el cual nunca llegó a hacerse efectivo.
Para Toledo Piza Jr., los límites de la eugenesia en Brasil parecían ser los del propio Boletim.
De acuerdo con sus consideraciones, el periódico sólo consiguió cosechar algunos pocos entusiastas de la ciencia de Galton, que muchas veces eran mal interpretados en sus propuestas de medidas eugenésicas.
En su visión, el desconocimiento de las leyes de la genética y de las intenciones de la eugenesia, conducía a la debilidad del movimiento y lo llevaba a constatar, con cierto desánimo, que «mientras la zootecnia progresa a pasos agigantados, alcanzando resultados sorprendentes, la eugenesia a partir de Galton sólo ha conseguido resultados literarios, sin ningún progreso palpable en el campo de la utilidad» (Toledo Piza Jr., 1933b, p.
Pero quizás el desánimo de Toledo Piza Jr. con Brasil pudiera ser compartido por los eugenistas de otros países.
Aunque la instauración de la ley alemana de esterilización de degenerados fuera instituida en el año de 1933, y recibida con entusiasmo por eugenistas de todo el mundo, los vientos no eran tan favorables a la eugenesia.
En el caso de los Estados Unidos, por lo menos en la lectura del historiador Garland Allen, en esa década en que ya se anunciaba la Segunda Guerra Mundial, Davenport afrontaba críticas a los procedimientos de investigación del ERO, ausencia de pruebas científicas sobre la herencia humana, además de cuestiones económicas y falta de financiación, lo que provocó que su institución entrara en decadencia (cf. Allen, 1986, pp. 250-254).
Exactamente en ese período, «los genetistas académicos comenzaron a incidir en la polémica acerca de las diferencias genéticas entre razas y grupos étnicos, surgida como consecuencia de los debates en torno a la inmigración» (Allen, 1986, p.
250), una convicción que, como hemos visto, permanecía en Salvador de Toledo Piza Jr., pero no en Octávio Domingues.
Sin embargo, oponiéndose a los estudios de Garland Allen, la investigadora Diane Paul argumenta que la creencia de que rasgos de personalidad, inteligencia y modelos de comportamiento venían genéticamente determinados se mantuvo durante algún tiempo entre los genetistas.
Así, aún en el transcurso de la década de 1920 y 1930, faltaba apenas un paso para seguir acercándose a los ideales eugenésicos.
Hay que destacar que Diane Paul disiente de Garland Allen a partir de su estudio sobre el norteamericano Hermann J. Mueller (1890-1967), autor citado por Allen como uno de los genetistas que pronto se alejaron de la eugenesia.
Por otro lado, Paul argumenta que «fue el científico más activamente implicado en el desarrollo de una eugenesia socialista durante las décadas de 1920 y 1930» (Paul, 1984, p.
También es importante observar que esta corriente consideraba que, «sin una revolución económica y social, no habrá una revolución en nuestras actitudes hacia el sexo y la reproducción» (Paul, 1984, p.
578), lo que no deja de reflejar el desánimo de eugenistas de distintos países frente a políticas que consideraban demasiado liberales, o incluso a Estados con políticas de protección social.
En rigor, no era distinta la suerte del movimiento eugenésico más radical en Brasil.
En su evaluación de la historia de la eugenesia, Gilberto Hochman, Nísia Trindade Lima y Marcos Chor Maio destacan que a partir de 1930, en el período de la presidencia de Getúlio Vargas (1882-1954), ocurrieron varios cambios institucionales que establecieron un nuevo panorama jurídico y un sistema de protección social: la nueva legislación laboral, la reglamentación de la jornada de trabajo, la seguridad social, las vacaciones, la jubilación para los trabajadores urbanos, un sueldo mínimo interprofesional, y la asistencia a las madres, los niños y la familia (Hochman, Lima & Chor Maio, 2010, p.
Como comentan los autores, por un lado,
Algunas de las demandas más antiguas de los eugenistas en pos de un mayor activismo del Estado pueden encontrarse a lo largo de varios proyectos de Vargas, sobre todo a través de las acciones relacionadas con la protección maternal y de la infancia, que resultaban clave para un gobierno que articuló el papel especial de la infancia, una idea general de raza, así como de construcción de la nación (Hochman, Lima & Chor Maio, 2010, p.
Mientras que por otro,
La Asamblea Nacional que aprobó la nueva Constitución Brasileña de 1934 debatió las propuestas de la eugenesia negativa para legalizar el aborto en casos excepcionales y el control de la natalidad por razones eugenésicas, si bien no fueron aprobadas (Hochman, Lima & Chor Maio, 2010, p.
En ese contexto, hay que señalar que el Boletim de Eugenia dejó de publicarse en 1933.
El número en el que apareció el artículo de Toledo Piza Jr., y que refería los límites del éxito de la asociación entre genetistas y eugenistas, fue el último de la publicación.
Nuestro objetivo ha sido reflexionar sobre la relación entre genética y eugenesia en Brasil a partir de un caso específico, el de la relación entre un zootecnista, un zoólogo y un médico.
El Boletim de Eugenia, una publicación periódica que se proponía divulgar y popularizar la eugenesia en Brasil, fue el punto de encuentro entre Renato Kehl y los genetistas de la ESALQ.
Poco a poco, sufrió cambios con la incorporación de Octávio Domingues y Salvador de Toledo Piza Jr. al cuerpo de colaboradores y, sobre todo, como protagonistas activos de la campaña eugenésica.
Uno de los cambios más perceptibles fue el énfasis dado a las discusiones sobre genética mendeliana.
Los artículos sobre el tema se volvieron más teóricos, con la presentación de resultados de investigaciones con animales y plantas, muchas veces acompañados de gráficos y tablas demostrativos.
Además de la creencia en la eugenesia y en la ciencia, para los profesores de Piracicaba, el movimiento eugenésico pudo verse como una forma más de difusión de la ciencia, de la ESALQ y de sus nombres.
A su vez, el conocimiento y la familiaridad de ambos con las cuestiones de genética animal y vegetal y con el debate sobre la herencia humana debió de haber pesado en la decisión de Kehl de acercarse a los genetistas, al punto de invitarlos a que participaran en el grupo que constituyó la CCBE, así como a que integraran la dirección del Boletim de Eugenia.
El caso de Octávio Domingues y Salvador de Toledo Piza Jr., que se acercaron a la eugenesia reconociéndose y siendo reconocidos como genetistas, puede recordarnos, en alguna medida, el caso de Willet Hays.
Aunque su acercamiento a la eugenesia ocurriera en un período anterior, la comparación es válida por el hecho de que el plant breeder norteamericano tenía un perfil semejante al de nuestros dos autores.
Sin embargo, esto no debe significar una generalización, ya que no estamos comparando dos casos nacionales de relaciones establecidas entre genetistas y eugenistas.
En el caso específico de Hays, el genetista norteamericano no llegó a ser totalmente afín al movimiento eugenésico, debido, en gran medida, a sus creencias en torno al ideal agrícola, tan fuerte en el imaginario norteamericano; mientras que los brasileños, en la creencia de estar imbuidos solamente del ideal científico, abrazaron con más entusiasmo la eugenesia.
Como hemos visto, especialmente en el caso de Salvador de Toledo Piza Jr., ese acercamiento era defendido aun cuando reconocía las limitaciones de los resultados de las investigaciones genéticas con humanos.
Por otro lado, aunque la vinculación entre genética y eugenesia fuera mayor, sus resultados quedaron restringidos a la publicación de un periódico de difusión del movimiento, y Renato Kehl no consiguió dar vida a la CCBE como le habría gustado, al contrario que su colega norteamericano Charles Davenport que, sin el apoyo de Willet Hays, fundó y dirigió su propio centro de investigaciones, el ERO.
De todas formas, el grito de Salvador de Toledo Piza Jr. en el último número del Boletim de Eugenia parece haber sido el canto del cisne del movimiento eugenésico más radical de Brasil. |
El huevo de la serpiente al sur del mundo: desarrollo y supervivencia de la ciencia nazi en Chile (1908-1951)
El trabajo aborda, principalmente a partir de la figura del Dr. Max Westenhoffer y de un trabajo de los Drs.
Barrientos y Schirmer de 1937, las conexiones que presenta el desarrollo de la medicina y la antropología en Chile con el pensamiento determinista biológico y racista en Europa.
Médicos y antropólogos chilenos como Otto Aichel, Aureliano Oyarzún, Edgardo Schirmer y Juvenal Barrientos dan cuenta de la relación directa de una parte del programa científico chileno de la primera mitad del siglo XX con el programa hereditarista y racista, que alcanzó su punto cúlmine con la eugenesia y la antropología nazi.
El 12 de Agosto de 1911, en una asamblea popular reunida espontáneamente para hacer homenaje y defensa de la figura del Dr. Max Westenhoffer, el representante de la Escuela Socialista y de la Federación de Zapateros de Santiago, Edmundo Álvarez, se dirigió a los presentes para afirmar que la reunión era «una muestra de civismo y de cultura que quedará grabado (sic) en el corazón de todo hombre sincero, como la bondad sincera que encierra el profesor Sr. Westenhoffer», y más adelante agregaba que «venciendo este gran hombre los convencionalismos de que está poseída la ciencia médica, demostró que en verdad quiere y aprecia a la humanidad toda, demostrando sus conocimientos y criticando la maldad y las causas de ella»1.
Inmerso en un agudo conflicto de competencias profesionales y económicas con los profesores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile2, el médico alemán Max Westenhoffer había presentado su renuncia al cargo de profesor titular de Anatomía Patológica y se encontraba pronto a retornar a su patria.
El punto cúlmine del conflicto fue la publicación en 1909 en el Berliner Klinische Wochenschrift de un completo informe de Westenhoffer sobre el estado de la salud pública del país, en el que se comparaba la situación de los enfermos chilenos con la miserable situación sanitaria al interior de África.
Los médicos se defendieron corporativamente, mientras los estudiantes y obreros solidarizaron con el sabio alemán, interpretando que este había tomado como suya la bandera de lucha por la dignidad de la atención sanitaria de los marginados.
El sabio alemán regresaba a su patria, sin sospechar que la rueda de la fortuna del siglo XX lo traería de vuelta a Chile sucesivamente como eminente anatomopatólogo (1930), como embajador científico del Ministerio de Educación y Culto del Tercer Reich (1938) y en último término, buscando un refugio a su desesperada situación en la Alemania derrotada de 1945.
El científico, que según el representante socialista, guardaba dentro de sí «aprecio a la humanidad toda» publicaría en 1941 en Alemania, en el momento del mayor éxito de la cruzada bélica nacionalsocialista, una obra ciclópea sobre evolución de la especie humana titulada El camino propio evolutivo y el origen del hombre, aplaudida por los científicos del Tercer Reich.
La obra mereció un elogioso comentario del Dr. Herbert Fritsche, miembro de la Sociedad Alemana de Ocultismo Científico, en la Revista Mundo Médico de Berlín, quien señalaba que el trabajo de Westenhoffer tenía el mérito de oponerse «al darwinismo utilitario anglosajón» y presentar una teoría evolutiva opuesta a la «teoría universalista de la ausencia de especies y razas», a través de la cual la biología encontraba su conexión «con Linneo y con Goethe».
Otros autores que según Fritsche «se ponían positivamente de parte de la obra de Westenhoffer» (Sievers, 1958, p.
73) eran Arnold Gehlen y Ernst Georg Nauck.
Gehlen era sociólogo y filósofo, miembro del partido nazi desde 1933 y Nauck, médico militar y especialista en medicina tropical, que como Director de Higiene durante la ocupación nazi de Varsovia, recomendó la guetización de los judíos polacos.
Así, Westenhoffer, el ilustre médico que los obreros y los estudiantes chilenos de 1911 habían defendido en contra de la oligarquía médica, resultó ser, con el paso de los años, una de las figuras notables de la ciencia nacionalsocialista.
Embajador cultural del Tercer Reich y figura públicamente homenajeada por el mundo médico alemán en 1942, el nombre de Westenhoffer debía quedar inscrito, para sus apologistas alemanes, en los anales científicos por la teoría de un desarrollo primitivo y particular del hombre, opuesta a su consideración como una especialización de los antropoides (Sievers, 1958, p.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Westenhoffer se encontró en una precaria situación, «arrinconado en Bondensee (Berlín)» donde «las tropas de ocupación invaden su vivienda y lo reducen a un cuarto miserable» (Sievers, 1958, p.
Sin cargos médicos y con una jubilación precaria, fueron sus discípulos chilenos los que acudieron en su auxilio, organizando su regreso al país en 1948, contratado por la Junta Central de Beneficencia.
Su obra culmine como biólogo, El camino propio evolutivo y el origen del hombre, será objeto de una nueva edición revisada, la que es publicada en 1951 por la Universidad de Chile, con la autorización de su Rector, Profesor Juvenal Hernández y del Decano de la Facultad de Medicina, Dr. Armando Larraguibel.
La situación de Westenhoffer tras la derrota del nazismo habla por si misma respecto de su compromiso profundo con el Tercer Reich.
Dado este contexto ¿Es la publicación de su obra biológica cumbre en Chile en 1951 tan sólo un cúmulo de casualidades o representa una tendencia hegemónica en el campo de las ciencias biomédicas chilenas durante la primera mitad del siglo XX?
Este trabajo intentará, a través de diferentes líneas que se vinculan con la figura de Max Westenhoffer, aproximarse al panorama en que esta pregunta puede comenzar ser contestada.
En la década de 1830 y por encargo del Museo de Berlín, Bernardo Philippi – técnico náutico formado en Danzig – recorrió las costas del sur de Chile, específicamente las zonas del interior de Valdivia, Osorno y la isla de Chiloé.
El anhelo de hacer productivo y civilizado al país, fortaleciendo la influencia de la civilización europea en un continente bárbaro, confluyó con el sueño de Philippi y se dio comienzo a un plan de colonización alemana del sur chileno.
Para 1848, Philippi era ya «agente de colonización» nombrado por el gobierno chileno y en 1850 llegaron los primeros colonos alemanes (Collier y Sater, 1988, p.
Bernardo Philippi resultó clave para otro acontecimiento de importancia en la historia que nos ocupa: la llegada al país de su hermano Rodolfo Armando Philippi, quien, perseguido en Alemania por sus ideas liberales, se embarcó en Hamburgo en dirección a Chile en el año 1851.
Había obtenido el título de médico en 1833 en la Universidad de Berlín y tenía amplia formación en zoología y botánica; sus trabajos sobre moluscos de Sicilia le llevaron a ser condecorado por el Rey Federico II de Prusia.
En Chile, la presencia de Philippi fue bien recibida por la elite gobernante.
El Presidente de la República lo recibió en audiencia y se le prometió que aquí podría «dedicarse en paz a la industria o a la ciencia» (Márquez de la Plata, 1982, p.
Desde un comienzo relativamente humilde como rector del Liceo de la Comunidad Alemana de Valdivia y pasando por misiones científicas oficiales encomendadas por el Gobierno, Rodolfo Armando Philippi se demoró tan sólo tres años en llegar a ocupar cargos de importancia en la elite científica nacional promovida desde el gobierno y su proyecto modernizador.
Fue rápidamente nombrado Profesor de Zoología y Botánica en 1853 y Profesor de la Facultad de Ciencias Matemáticas y Físicas en 1854 en la Universidad de Chile.
A estos cargos académicos se sumó su nombramiento como Director del Museo Nacional de Historia Natural (Cárdenas, 2003).
Para 1860 Philippi se encontraba en una inmejorable posición en el campo científico y marcando la formación médica a través de dos cátedras que se entendían como la base de la formación científica del médico: la zoología médica y la botánica médica.
Rodolfo Philippi dejaría las cátedras que tenía en la Escuela de Medicina en manos de su hijo Federico en 1874, que se había formado en botánica y zoología en la Universidad de Halle, Alemania (Cruz Coke, 1995, p.
Federico Philippi dejó la docencia en 1906 y sus cátedras fueron asignadas al doctor Federico Johow, quien se había formado como médico, botánico y biólogo en las Universidades de Berlín y Bonn.
En definitiva, puede aseverarse que las cátedras decisivas en la orientación científica de los médicos chilenos estuvieron desde 1853 hasta 1925 en manos de profesores alemanes.
Esta línea sucesoria de profesores alemanes fue complementada a partir de 1914 con la llegada del académico italiano Juan Noé Crevani.
Si bien Noé provenía de una tradición científica nacional diferente, el programa ideológico subyacente a su quehacer académico era de un carácter tanto o más determinista y hereditarista.
Las materias que enseñaba Noé en su programa básico de formación biológica del médico eran: «anatomía comparada, citología, histología, mendelismo, evolución, eugenesia, y enfermedades hereditarias» (Cruz Coke, 1995, p.
A la vertiente de científicos alemanes se sumaron a la docencia en la Universidad de Chile, médicos que habían llegado al país para atender las necesidades de la comunidad alemana del sur y que dada la solidez de su formación accedían a la condición de profesores, como es el caso de Germán Schneider, que fue profesor clínica médica (Larraín, 2002, p.
A estas vías de influencia alemana en la medicina chilena de fines del siglo XIX se sumaron otras fuentes de conexión: la de los hijos de los colonos alemanes del sur de Chile que habiendo estudiado medicina en el país deseaban perfeccionarse en la patria de sus padres y la de una política sostenida por el Estado Chileno a través de la Universidad de Chile, durante el periodo entre 1874 y 1940, que promovía la formación en el extranjero de los médicos chilenos, especialmente en Alemania.
Los primeros médicos en ser becados para estudiar en Alemania fueron Vicente Izquierdo, Francisco Puelma Tupper, Carlos Sazié y Máximo Cienfuegos (Cruz Coke, 1995, p.
Esta política de transferencia de saberes con Alemania se vio fortalecida a partir del gobierno del Presidente José Manuel Balmaceda, a través de un proyecto más amplio que consideró la modernización del ejército bajo el modelo prusiano y la formación de los profesores chilenos en un Instituto Pedagógico, inspirado en el modelo educativo bismarckiano y llevado adelante por un cuerpo docente de alemanes, entre los que destacan Jorge Enrique Schneider, Hans Steffen, Federico Hanssen, Reinaldo Von Lilienthal, Augusto Tafelmacher, Federico Johow, Federico Albert, Rodolfo Lenz y Alfredo Beutell.
LA CÁTEDRA DE ANATOMÍA PATOLÓGICA Y LA LLEGADA A CHILE DEL PROFESOR WESTENHOFFER
Desde fines del siglo XIX, la necesidad de actualizar y desarrollar en Chile la Anatomía Patológica puso en primera línea la necesidad de encontrar un profesor específicamente en Alemania.
Los médicos chilenos veían como indispensable traer a Chile un científico avezado en la anatomía patológica; es decir, en un método orientado a establecer una correlación entre los diagnósticos hechos en vida al paciente, con las huellas de la enfermedad a nivel celular y microscópico en el cuerpo fallecido.
La teoría científica que avalaba este procedimiento, la patología celular, se había desarrollado en Alemania por la figura central de las ciencias médicas alemanas en el siglo XIX, el dr. Rudolf Virchow.
En definitiva, Max Westenhoffer llego a Chile como discípulo de Virchow.
La Anatomía Patológica comenzó su desarrollo en Chile con Francisco Puelma Tupper, médico chileno que formó parte de la primera generación en realizar estudios en Alemania con el apoyo del Estado chileno y que ejercía la cátedra de histopatología a partir de 1881.
Puelma Tupper, que también se había formado con Rudolf Virchow en el Hospital La Charité de Berlín, salió de la cátedra como resultado de una purga política posterior a la Guerra Civil chilena de 1891.
Uno de sus sucesores en la cátedra fue Aureliano Oyarzún, quien se había graduado de médico en 1885 y había sido enviado a Alemania, donde permaneció entre 1887 y 1891, estudiando, entre otras cátedras, con Rudolf Virchow.
La cátedra de Anatomía Patológica fue asumida por Oyarzún, quien siguió cultivando la enseñanza y la práctica de la anatomía patológica bajo el modelo alemán.
En el afán por llevar la práctica de la anatomía patológica a niveles de excelencia científica comparables a los de Alemania, Oyarzún chocó con innumerables inconvenientes culturales y materiales, que lo llevaron a renunciar a la cátedra en 1907.
Su renuncia llevó a que el Gobierno de Chile encargara a su Ministro Plenipotenciario en Berlín, Augusto Matte, la contratación de un profesor para la cátedra vacante.
Ante las consultas oficiales de Matte a las autoridades imperiales, le fue recomendado el profesor Max Westenhoffer, que a la sazón ejercía como jefe del servicio de autopsias del Hospital Moabit de Berlín, Secretario de la Sociedad Médica de Berlín y Director Redactor del órgano oficial de esta institución, el Semanario Médico de Berlín.
Westenhoffer nació el 9 de Febrero de 1871 en Baviera, era hijo de un profesor de estado.
Comenzó sus estudios de medicina en 1890 en la Academia Real Médico Quirúrgica Emperador Federico Guillermo, en la Academia Militar de Medicina.
En 1894 leyó su tesis de doctorado en la Universidad Federico Guillermo de Berlín, que trataba sobre la destrucción de tejido cerebral producida por la Sífilis.
Según relata su principal biógrafo chileno, Hugo Sievers, fue el propio Rudolf Virchow el que, atraído por el prestigio del joven médico militar, lo llamó a ocupar un puesto vacante de ayudante para su cátedra en La Charité3.
Con la llegada de Westenhoffer a Chile en 1908, no ocurría algo esencialmente nuevo sino que se reafirmaba la tradición germana en la enseñanza científica en general y en la práctica de la anatomía patológica en particular.
Desde que se produjo su contratación, Westenhoffer emprendió un estudió riguroso de la historia, la geografía, el clima y el sistema político chileno.
En la medida en que entró en contacto con la realidad chilena, este interés se centró en lo que Sievers llamó «nuestro complejo racial» (Sievers, 1958, p.
58), realizando viajes de carácter etnológico y antropológico al sur del país y estudiando especialmente al grupo étnico araucano4.
A su llegada a Chile Westenhoffer fue personalmente recibido por el Presidente de la República, Pedro Montt, y el Ministro de Instrucción Pública, Domingo Amunátegui Solar.
La disertación inicial de su cátedra en Chile la realizó 31 de Marzo de 1908 y se tituló Desarrollo histórico de la anatomía patológica y de sus métodos de enseñanza (Sievers, 1958, p.
Los honorarios de Westenhoffer cuadruplicaban los de los profesores de más alto rango en ejercicio en la Facultad de Medicina y Farmacia de la Universidad de Chile.
Esta situación de privilegio se fue sumando a otros hechos que enturbiaron su relación con los médicos chilenos.
El profesor Westenhoffer, a la época con 37 años de edad, tenía gran celo por su actividad académica y promovió fuertemente la dedicación en jornada completa a la enseñanza y la investigación, lo que fue resistido por los médicos chilenos, para quienes la enseñanza en la Universidad de Chile no era sino una forma más de aumentar su prestigio frente a la clientela privada.
A este panorama, se agregó una forma de enfrentamiento que afectaba el prestigio de los médicos chilenos, ya que con mayor frecuencia de lo que ellos deseaban, el riguroso protocolo de autopsia llevado adelante por Westenhoffer «significaba, quiérase o no, una revisión de los diagnósticos clínicos y quirúrgicos» (Sievers, 1958, p.
Si por una parte Westenhoffer sumaba logros, como el de haber conformado ya durante 1908 un completo equipo para el futuro Instituto de Anatomía Patológica, el director de la Escuela de Medicina, Luis Barros Borgoño, presentaba reclamos al rector debido a que no se hacían las clases encargadas al sabio alemán.
Este clima de beligerancia resultó intensificado por la aparición de dos publicaciones realizadas por Westenhoffer en medios alemanes.
Un primer texto, bajo la forma de una carta abierta, titulado «Sobre la Enseñanza de la Anatomía Patológica en la Universidad de Santiago de Chile», publicado el 11 de Enero de 1909 en el Berliner Klinische Wochenschrift, daba cuenta de la precaria situación de su trabajo en Chile.
Como esta polémica ya estaba apagándose en el medio nacional, la publicación no recibió mayores comentarios.
Pero la segunda publicación de Westenhoffer en el mismo semanario, llevó el ánimo de los médicos chilenos a una confrontación definitiva.
En 1911, en los número 23 al 27 del Berliner Klinische Wochenschrift, Westenhoffer realizaba en la práctica un diagnóstico de la situación sanitaria del país, cuya crudeza y realismo, ofendieron la idílica y narcisista imagen que los médicos chilenos tenían de si mismos.
Entre muchas otras imágenes que laceraban la autoestima de los médicos e higienistas chilenos, Westenhoffer señalaba que la situación sanitaria de los chilenos de clase humilde «no estaría peor en el interior del África» (Sievers, 1958, p.
La situación de Westenhoffer en Chile también se vio afectada por su conexión con el llamado «caso Beckert», un hecho criminal ocurrido en Santiago en 1909 y en el que se vieron involucrados funcionarios de la legación alemana en la capital chilena.
WESTENHOFFER Y EL CASO BECKERT
El 5 de febrero de 1909 el edificio de la legación alemana en Santiago de Chile amaneció envuelto en llamas.
En medio de los escombros y ante la estupefacción del público santiaguino, apareció un cadáver calcinado.
Los rumores comenzaron a circular rápidamente y se instaló sin mayor contrapeso la versión que indicaba que los restos hallados pertenecían a Guillermo Beckert, secretario de la legación, y que el mayordomo en servicio, un militar retirado de baja graduación, de nombre Ezequiel Tapia, había desaparecido de Santiago.
Dado que el cadáver encontrado en la legación tenía el anillo perteneciente a Beckert y restos de su vestimenta, la versión de un robo y asesinato, perpetrados por Tapia en la persona de Beckert, se asentó rápidamente.
Inesperadamente, un testigo declaró haber visto al secretario Beckert en la madrugada del día de la tragedia.
Ante este testimonio el juez de la causa, Sr. Juan Bianchi Tupper, designó una comisión para realizar una nueva autopsia, la que quedó formada por Max Westenhoffer, Aureliano Oyarzún y Otto Aichel quienes se expidieron dando autorización para realizar el funeral del diplomático alemán (Valenzuela Basterrica, 1962, p.
Otto Aichel había nacido en Concepción en 1871, ciudad del sur de Chile, en la que su padre Carl Ludwig Oswald Aichel ejercía funciones diplomáticas como cónsul del imperio alemán y el ejercicio libre de la medicina (Cruz Coke, 1995, p.
Otto Aichel estudió ciencias, medicina y filosofía en las universidades Ludwig Maximilians de Munich, la Universidad Friedrich Alexander de Erlangen y la Julius Maximilians de Würzburg.
En 1898 recibió su título de médico y al poco tiempo volvió a Chile.
En 1902 fue nombrado profesor de ginecología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, cátedra que ejerció por poco menos de una década (Cruz Coke, 1995, p.
Más allá de las conspiraciones geopolíticas suscitadas (Délano, 1954, pp. 241-242), y la resolución final del caso con el juez encargando una nueva autopsia al Dr. Germán Valenzuela Basterrica, cuya conclusión fue que el cadáver pertenecía a Ezequiel Tapia evidenciando los errores cometidos por la comisión que le precedió en su tarea5, resulta de interés la actuación concertada allí de Westenhoffer, Aichel y Oyarzún.
La relación entre Otto Aichel y Aureliano Oyarzún tampoco fue meramente circunstancial a la actuación en la comisión de médicos legistas.
Se recordará que el Dr. Oyarzún se había retirado de la Cátedra de Anatomía Patológica, para dedicarse a la antropología.
En estas preocupaciones habían coincidido muchas veces Aichel y Oyarzún, realizando viajes de investigación arqueológica y antropología racial6.
Desaprobados por la opinión pública por su actuación en el caso Beckert y con Westenhoffer cargando el peso del escándalo de sus textos considerados difamatorios por el cuerpo médico chileno, Aichel y Westenhoffer emprendieron el regreso a Alemania.
Aureliano Oyarzún, por su parte, alegando «razones de salud» parte también a Alemania un poco más tarde, donde permanece hasta 1913 (Orellana Rodríguez, 1979, p.
OTTO AICHEL, UN CHILENO EN LA CIENCIA NAZI
Al volver a Alemania en 1911, después de su estadía de casi una década en Chile, el país de su nacimiento, Aichel se incorporó al Instituto Anatómico de la Universidad de Halle y en 1914 se trasladó a la Universidad de Kiel.
Se incorporó al cuerpo médico del ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial y fue jefe médico del hospital militar de Amberes.
En la época de la República de Weimar, la carrera científica de Otto Aichel fue en ascenso; se le incorporó a la Academia Alemana de Ciencias y llegó a ser profesor titular de la cátedra de antropología en la Universidad de Kiel.
En esa condición, Aichel era parte del programa del Instituto Kaiser Wilhelm de Antropología, Herencia Humana y Eugenesia, «Ciencia de la Raza Alemana», el que llegó a tener decenas de volúmenes publicados en torno a esta materia y que comprendía estudios monográficos sobre determinadas regiones y ciudades alemanas, en relación a temas como fertilidad, medidas craneométricas, antropometría y otros similares.
Aichel fue también designado Director del Museo de Antropología de la Universidad de Kiel (Schmuhl, 2008).
Desde su posición de privilegio en la Antropología alemana, Aichel continuó los viajes arqueológicos en América del Sur con un énfasis propiamente antropométrico, como queda claro por su publicación de 1932, «Ergebnisse einer Forschungsreise nach Chile-Bolivie (Los resultados de un viaje de investigación a Chile-Bolivia)», un trabajo publicado en la Zeitschrift für Morphologie und Anthropologie y en su texto Der Deutsche Mensch de 1933, realizado, como señalaba el subtítulo de la publicación en base a materiales «europeos y extraeuropeos» (Aichel, 1933).
Su relación con el medio académico chileno, por otra parte, se mantuvo a través de su filiación a la Academia Chilena de Ciencias Naturales.
En el número de 1927, la Revista Universitaria de la Universidad Católica de Chile, publicó un opúsculo de Aichel, titulado «La importancia de la herencia en la especie humana» y que por su sólo título habla claramente de la orientación biológica determinista del médico chileno-alemán.
Militante del partido nacionalsocialista, Aichel tuvo también una actuación destacada en el proceso de depuración antisemita en la Universidad de Kiel y culminó su carrera dentro de la naciente maquinaria nazi en el gobierno, formando parte de los recién constituidos Tribunales de Salud Hereditaria, que decidían sobre la esterilización obligatoria de los «defectuosos» 7.
Aichel fue, en definitiva, una figura de máxima importancia en el programa eugénico alemán.
Cuando uno de los más importantes eugenistas brasileños, Renato Kehl emprendió un viaje por Europa para acercase a las principales figuras de la eugenesia en su vertiente anglosajona, su periplo de entrevistas abarcó contactos con Alfred Hermann (Austria), Hermann Lundborg (Suecia), John Alfred Mjoen (Noruega) y los alemanes Hermann Muckermann, Hans Haustein, Eugen Fisher, Vogel Wissenschaftl y Otto Aichel (Souza de, 2007).
Oyarzún se convertiría en la figura fundacional de la antropología y la etnología chilenas, con trabajos que en algunas etapas fueron llevados a cabo, codo a codo, con antropólogos y etnógrafos austríacos (Orellana, 1979).
Dedicado desde principios del siglo XX a diversos trabajos arqueológicos, antropológicos y etnológicos, a partir de 1908 su dedicación a estas áreas de investigación es completa.
En términos de las escuelas de antropología y etnología que se estaban desarrollando a principios del siglo XX, Oyarzún adscribió a la escuela «histórico cultural» de antropología de Viena, la que a su vez tenía una fuerte influencia del antropólogo Gustav Kossina, filólogo y arqueólogo que dio origen a la teoría de los círculos culturales (Kulturkreise).
Esta teoría indicaba que existían «regiones que se identifican con grupos étnicos empleando la dispersión de elementos de cultura material y la difusión cultural, modelo explicativo de la expansión de culturas/pueblos a partir de una «cuna» o lugar de origen» (Ruiz, 1998, p.
Las investigaciones y obras de Oyarzún hacia la época del primer centenario republicano de Chile, parecen seguir al pie de la letra este modelo teórico.
Específicamente, Oyarzún dedicó en esta época su atención a las influencias materiales y culturales del Imperio Inca y de los Atacameños en la cultura Araucana del cono sur americano.
Oyarzún dio a conocer sus estudios sobre la alfarería encontrada en los yacimientos arqueológicos de la costa chilena, en los que identificaba la mítica figura del Trinacrio8, un dibujo geométrico presente en la alfarería de los pueblos prehistóricos del Chile central, que Oyarzún hacía remitir a la cultura inca y que interpretó como la representación del mito de la triada (el creador, el sol y el trueno o la tierra, el aire y el agua9.
Como señala Gonzalo Ruiz, los «círculos culturales» y la «difusión cultural» sirvieron para justificar, en el marco de la arqueología alemana de la década de 1930, la expansión imperial alemana, ya que la arqueología y la paleontología proporcionaban pruebas «de la superioridad militar y racial» (Ruiz, 1998, p.148).
Como sabemos, la arqueología y los símbolos de los pueblos de la antigüedad sirvieron de base a la imaginería nazi, llegando al uso institucional de los símbolos solares como la swástica.
¿No era de alguna manera el Trinacrio, en la interpretación de Oyarzún, un símbolo solar del imperialismo incaico, que explicaba a través de los Kulturkreise, las influencias del imperio en las etnias del norte chileno?
En definitiva, el trabajo arqueológico de Oyarzún, tiende a replicar la metodología de la arqueología y la antropología alemanas de principios del siglo XX.
Cuando en 1937, dos médicos chilenos, inspirados en las enseñanzas de Westenhoffer emprendieron un trabajo antropométrico de dimensiones racistas en enfermos psiquiátricos, manifestaron su profundo agradecimiento a la experticia craneométrica de Aureliano Oyarzún, que les facilitó los materiales y entrenamiento metodológico para las mediciones de cráneos.
Al volver a Alemania en 1911, Westenhoffer se integró a la actividad clínica y docente, llegando a ser designado, desde Mayo de 1913, profesor de los cursos del Museo Patológico de La Charité en Berlín (Sievers, 1958, p.
Tuvo una importante participación como médico militar durante la Primera Guerra Mundial y concluido el conflicto se integró a la burocracia sanitaria de la República de Weimar en diferentes cargos y se jubiló de médico militar en 1929, diez años antes de lo que establecía la ley, prebenda, que según declaraba el mismo Westenhoffer «me fue otorgado para que me pudiera concretar, únicamente, a mis investigaciones que ahora se reducen a la antropología y a la patología comparada» (Sievers, 1958, p.
Dada su disponibilidad como anatomopatólogo se produce en este momento su primer regreso a Chile.
Westenhoffer fue contratado como Director General de Anatomía Patológica por la Junta de Beneficencia, organización privada que mantenía los hospitales públicos, residiendo en Chile entre 1930 y 1932.
Al volver a Alemania, a fines de 1932, Westenhoffer se dedica a desarrollar y completar los materiales con que llegaría a publicar su obra cumbre sobre evolución, El camino propio evolutivo y el origen del hombre.
Su segundo regreso a Chile se produce el 25 de Septiembre de 1938, arribando al país en comisión científica oficial, junto a los profesores Grossmann de la Universidad de Hamburgo, Volhardt de la Facultad de Medicina de Frankfurt y Huebschmann de la Academia Médica de Hamburgo.
La comisión fue recibida por el Presidente de la República y en Santiago se le dio alojamiento en el Club de la Unión, el centro social aristocrático de la capital.
Westenhoffer dio una decena de conferencias en distintos puntos del país10.
De todo su quehacer en esta comisión científica, informó detalladamente a su superior directo, el Ministro de Ciencia, Educación y Cultura del Tercer Reich, Dr. Bernhard Rust, figura fundamental en la purga de los profesores judíos de las universidades alemanas y en la inmersión total de la educación alemana en la doctrina racial del nacionalsocialismo.
Al volver a Alemania se incorporará al Augusta Hospital de Berlín y de forma muy activa a la Academia Germano-Iberoamericana, en el rol de «senador».
Esta institución, dirigida por Wilhelm Faupel desde 1934, se había convertido en un activo instrumento de la propaganda nacional socialista para el mundo de habla hispana (Reggiani, 2005).
A los 70 años, en medio del apogeo de las victorias de la Wermacht sobre Europa, la revista Mundo Médico le rindió un homenaje (Die medizinische Welt, 1941).
La preocupación de los discípulos chilenos por la suerte del maestro alemán al terminar el conflicto bélico con la derrota de Alemania, producen su último y definitivo regreso a Chile en 1948, país al que Westenhoffer consideraba su segunda patria y donde falleció en 1957.
Entre los discípulos chilenos de Westenhoffer destacó Ernesto Prado Tagle, su primer ayudante médico en la cátedra de Anatomía Patológica de la Escuela de Medicina, iniciada en 1908.
Para 1911, cuando Westenhoffer emprendió su primer regreso a Alemania, quedaron dispersos en diferentes hospitales los siguientes médicos anatomopatólogos formados por el sabio alemán: el mismo Ernesto Prado Tagle, Emilio Croizet, Carlos Ugarte, Roberto del Río, Arturo Mardones, Juan de la Vega y Carlos Correa.
Siguiendo la tradición de fines del siglo XIX, el gobierno chileno siguió enviando médicos a perfeccionarse a Alemania hasta los inicios de la segunda guerra mundial.
En Enero de 1929 fueron becados para estudiar en el Museo Patológico de La Charité y el Instituto de Anatomía Patológica del Augusta Hospital, donde ejercía Max Westenhoffer, los médicos Ismael Mena, Guillermo Brinck y Teodoro Kausel.
Después de la experiencia berlinesa el profesor alemán se hizo cargo de que los becados chilenos siguieran su formación en distintos centros europeos.
La relación con estos tres discípulos se profundizaría durante los años de la segunda estadía de Westenhoffer en Chile; es decir, entre 1930 y 1932.
En esa oportunidad Westenhoffer puso a estos tres médicos como directores de las unidades de Anatomía Patológica de importantes hospitales y los designó formadores de nuevos ayudantes de la disciplina.
El mismo Westenhoffer se hizo cargo del Instituto de Anatomía Patológica del Hospital del Salvador, y allí formó a nuevos discípulos: Juvenal Barrientos, Alberto Guzmán, Eduardo Calderón Paul, Hernán Apablaza, Héctor Rodríguez, Ernestina Pérez, E. Herzog (de la Universidad de Concepción), Pardo Correa, Contreras Stark y Manuel Miranda.
Dada la importancia de la formación entregada por Westenhoffer en Anatomía Patológica en los tres periodos en que permaneció en Chile, 1908-1911, 1930-1932 y 1948 hasta su muerte en 1957, puede decirse que casi todos los médicos anatomopatólogos chilenos que ejercieron durante el siglo XX, fueron formados por él o directamente por alguno de sus discípulos.
El Dr. Juvenal Barrientos sería uno de los más activos gestores de la publicación en Chile, en el año 1951, de la obra de evolución biológica por la que Westenhoffer había sido celebrado y aplaudido en Alemania en 1942.
El traductor de la edición chilena fue el médico Edgardo Schirmer.
La cercanía intelectual e ideológica de Barrientos y Schirmer con la faceta eugenista, evolucionista y antropológica de Westenhoffer tenía antecedentes.
Ambos médicos participaron en las Jornadas Neuro-Psiquiátricas Panamericanas, realizadas en Enero de 1937 en Santiago de Chile con un trabajo que hunde sus raíces en la antropología racista y en el determinismo biológico de la primera mitad del siglo XX.
Este trabajo tenía un primer antecedente en otro publicado en 1934 en la Revista Médica de Chile por Juvenal Barrientos, en el que, con el fin de aclarar algunos conceptos médicos biológicos sobre el fenómeno de la irritabilidad, había procedido a «esta vulgarización de las ideas del profesor Westenhoffer, según yo las he entendido» (Barrientos Rosas, 1934, p.
Dado que el texto de 1937 de Barrientos y Schirmer puede considerarse uno de los puntos de llegada y de cristalización del determinismo biológico de la medicina chilena de la primera mitad del siglo XX, dedicaremos a su estudio el siguiente segmento de este trabajo.
EL TRABAJO DE BARRIENTOS Y SCHIRMER DE 1937: «LA CONSTITUCIÓN DE LA NORMA ANTERIOR DE LA CABEZA» 11
El trabajo de Barrientos y Schirmer comienza llamando la atención sobre la preferencia que las cuestiones ambientales tenían en medicina a partir del avance de la microbiología; capaz de opacar la tradición de Hipócrates y Galeno en torno a los tipos.
Afortunadamente, según Barrientos y Schirmer, «hoy día se ha vuelto al justo término medio, dando igual importancia a los agentes causantes de las enfermedades como al terreno en que evolucionan» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La estructura completa de la metáfora indicaba que el microbio era la semilla y el cuerpo el terreno en que se desarrollaba la enfermedad.
El terreno es aquí, por lo tanto, el cuerpo del ser humano12.
Estas determinantes corporales, el terreno o en términos de la teoría biotipológica de Pende y de Kretschmer «la constitución», conformaban para los autores del trabajo «el cimiento somático vegetativo» sobre el que descansaba «la vida de relación» y por lo tanto la base inevitable para el análisis de la conducta humana.
En esta línea de pensamiento, el psicólogo no era sino un fisiólogo especializado; en palabras de Barrientos y Schirmer, «el fisiólogo cúspide» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La psicología y la psiquiatría no quedaban entonces dispensadas de la morfología, sino todo lo contrario, profundamente determinadas por ella y por las ciencias que la estudian, la antropometría y la endocrinología.
Es el determinismo biológico duro, que iguala fisiología con psicología, lo que Barrientos y Schirmer van a afirmar con su trabajo.
Anclados en esta corriente de pensamiento, los autores advierten que en su trabajo se tratará principalmente de «la constitución morfológica» para «darle mayor importancia y viveza a los signos anatómicos» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La definición de constitución para Barrientos y Schirmer es: «la totalidad de los complejos característicos morfológicos y funcionales, ya heredados (genotipo), ya adquiridos (fenotipo) y cuya base lo constituyen las glándulas de secreción Interna» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Si bien la constitución tiene presencia tanto en lo externo como en lo interno y ambas dimensiones están en relación de correspondencia, el trabajo está dedicado exclusivamente a «los complejos morfológicos externos en la norma anterior de la cabeza» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Para los autores la norma es «el plano en que se observa lo examinado», por lo tanto la norma anterior es la observación que ocurre «cuando se mira el individuo por delante» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
El complejo estudio que emprenderán Barrientos y Schirmer es, en pocas palabras, un estudio de la cara.
Ambos médicos hacen un reconocimiento específico a la ayuda técnica recibida en su esfuerzo craneométrico, por parte del Dr. Aureliano Oyarzún, «iniciador de los estudios antropológicos en Chile y actual Director del Museo Histórico Nacional» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
De lo anterior, resulta clara la formación craneométrica del Dr. Oyarzún y se produce una natural conexión del estudio en cuestión, con las vertientes antropológicas del determinismo y el racismo.
Y de paso se puede ver cómo el eugenismo evolucionista de Westenhoffer volvía a juntarse con el de su colega en la comisión médico legal del Caso Beckert, el Dr. Oyarzún.
Por complejos, Barrientos y Schirmer entenderán en definitiva las diferentes presentaciones morfológicas de la cabeza en relación a «tipo, temperamento, raza, edad y sexo» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Reafirmando la determinación biológica y corporal de la conducta, lo autores señalarán que el tipo es la constitución esquelética fija y el temperamento la parte más dinámica y «blanda» de lo corporal (los tejidos, la grasa) y que la relación de estos dos primeros complejos determina «el hábito (del latín habitus, modo de ser)» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Respecto del complejo de la raza, si bien advierten que no es posible hablar de «raza chilena» o «raza aria» (los dos específicos ejemplos que usan los autores), sí puede afirmarse la existencia de «pueblos» y «lenguas» arias.
El estudio de Barrientos y Schirmer procede a ejemplificar la propuesta con el estudio de la norma anterior de la cabeza en el «enfermo A. B. del Manicomio Nacional de Santiago de Chile, comparativamente en otros enfermos para hacer resaltar más clara y objetivamente las diferencias» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Como quedará claro a través de los diferentes análisis, A.B. es un tipo germánico-ario-craneano, que se pondrá en contraste con tipos mestizos-inferiores-subcraneanos.
Barrientos y Schirmer usan de forma profusa conceptos técnicos sofisticados de la craneometría alemana, que combinaban el acercamiento geométrico relativo y el acercamiento morfológico objetivo: «vértex» «bregma» «eurión» «tragion», «gonion», «gnation» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
921) y que dan origen a diferentes formas de la norma anterior de la cabeza.
En lo que respecta al cráneo, los autores distinguen dos formas básicas: las angulosas y las curvas.
Las primeras determinan poco desarrollo cerebral, mientras que las segundas determinan formas que los autores consideran propias de los «aristen y eucencefálicos» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
924); es decir, formas de aristocracia y de belleza en las formas del cráneo.
En el diagnóstico de A. B., aparece todo el arsenal de medidas y criterios geométricos anatómicos, los que se combinan con conceptos humorales de cuño clásico como el «temperamento seco» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Las observaciones y nuevos criterios de medición craneométrica llevan a Barrientos y Schirmer a afirmar una regla general que conecta el desarrollo de la cara en desmedro del cráneo, como «propia del hombre primitivo australiano» y del «individuo actual con manifiesto desarrollo de la cara», como evidencian con una foto de un cráneo del Instituto Anatómico Patológico de Santiago de Chile con diagnóstico de «degeneración mental» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La craneometría va estableciendo en forma paulatina la relación entre hombre primitivo, indígenas actuales, degenerados y primates: sobre la configuración «torus supraorbitario» dirán que es «propia del hombre primitivo y del australiano y se acerca al mono» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La conclusión determinista y craneométrica de Barrientos y Schirmer afirma que la correlación indudable es que «el desarrollo del cráneo está en relación inversa con el desarrollo de la cara», ello por razones «filogenéticas» que entroncan con la posición bípeda estudiada por Westenhoffer en su obra sobre evolución que los autores citan.
Todo el repertorio del estudio realizado apunta hacia «la importancia de determinar en un individuo humano las medidas que fijan estas diferencias y que tienen gran importancia desde el punto cerebral y mental» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Así, el pensamiento de Barrientos y Schirmer puede verse como una re significación biológica y antropológica de teorías del siglo XIX como la craneología, la frenología y la fisiognomía.
En cuanto los «temperamentos» de la norma anterior de la cabeza, los autores emprenderán un estudio de la distribución de la pilosidad en la cara y cabeza en que mezclan consideraciones endocrinológicas con aspectos temperamentales y morfológicos.
Por ejemplo, se designa al primer temperamento «hipertricósico primario, lanuginoso o velloso» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Este enfoque se complementará con estudios y clasificaciones de la epidermis, glándulas sudoríparas, glándulas sebáceas, sistema linfático, sistema circulatorio sanguíneo distribución de las grasas y sistema muscular en su presentación en la cara; siempre relacionando estos sistemas con el aspecto endócrino y clasificaciones temperamentales correspondientes («temperamento seborreico» «temperamento sudoríparo» «temperamento linfático», «temperamento pituitoso», «temperamento exudativo», «temperamento seco», «temperamento hipoplástico vascular», «temperamento gordo», «temperamento flaco» 13 entre muchos otros14.
Al analizar el «complejo raza», las precauciones anunciadas en torno al uso del concepto, parecen diluirse de entrada cuando describen que «el vello en el rostro es tanto más desarrollado mientras más inferior es el grupo racial» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La jerarquía de razas en este sentido, para los autores, tiene en el segmento inferior a la raza negra, en un punto intermedio a la raza amarilla y en el superior a la blanca.
Por otra parte, el «pelo secundario» que componen cabellos, pestañas y cejas se comporta en forma inversa «es tanto más desarrollado mientras más superior es el grupo racial» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Los autores consideran que el problema racial del vello y del pelo secundario se visibiliza mejor en el cabello de la cabeza y le dedican a este un capítulo de análisis especial en el que desarrollan un detallado análisis de su forma, grosor, tipo de crecimiento, longitud, color, inserción del pelo en el cuero cabelludo y advierten que las características de su herencia se comportan «según las leyes de Mendel» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
En la medida en que desarrollan su análisis, la cuestión de las razas se despliega sin contrapeso y siempre en consideración de una polaridad inferior/superior.
Al entrar en el análisis del «pelo o terciario o sexual» y realizar la descripción de su distribución por razas, se indica que su ausencia o «distribución discontinua como islotes» es un indicador de «adolescencia racial» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
966), a diferencia de la raza blanca superior cuya distribución es continua.
Cabe destacar también que en cuanto al color de los ojos, los autores, después de un detallado esfuerzo descriptivo morfológico, terminan comprendiéndolos como «señales temperamentales o humorales» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
970) y en relación directa con la clasificación racial que traspasa todo el texto.
Por su parte, la clasificación de las formas de la nariz considera categorías como la «nariz címbrica o germánica», la «céltica o socrática» la «semita o judía o hitita» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Las mismas cuestiones clasificatorias y descriptivas raciales repiten el mismo alambicado camino descrito hasta aquí en relación a músculos, epidermis, glándulas sebáceas, sudoríparas y otros subsistemas de las «norma anterior de la cabeza»; es decir, de la cara.
La cuestión racial, como veremos, tiene un claro objetivo de diagnóstico psiquiátrico y de clasificación;
el objeto de esta esquematización de los caracteres raciales en la norma anterior de la cabeza tiene por objeto orientarnos en la interpretación de ellos, y así poder diagnosticar las mezclas raciales que son las más numerosas, pues las puras son muy raras, y aquellas continuamente se presentan en la práctica (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La «práctica» está constituida en el caso de estos médicos chilenos, por los pacientes del bajo pueblo de Santiago, casi unánimemente formado por mestizos.
Los tipos puros son tan excepcionales que ante el hallazgo de un enfermo de raza blanca craneana pura, se ha emprendido el desarrollo del texto, el mencionado «A.B.» del principio del trabajo.
Los complejos analizados en torno a la norma anterior de la cabeza (tipo, temperamento, raza, edad y sexo) remiten a una problemática humoral constitucional.
Dado que «la cara es la tarjeta de visita de la constitución general» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
989), el trabajo termina por describir distintos «hábitos»; es decir, lo que los autores entienden por una «manifestación externa del temperamento» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Uno de los aspectos que interesa a los autores del estudio de estos habitus son las formas anómalas que pueda presentar, ya que en ellas se manifiesta «la enfermedad en potencia o latencia intermedia entre lo normal y lo patológico» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Aquí, opera entonces la idea de estigma, ya que es por la «displacia tipológica» - la figura fuera del canon - o por «temperamento dicrásico» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
990) -el comportamiento fuera de la norma- que podrían reconocerse enfermedades latentes.
El punto de encuentro de todo el texto y sus casi inconmensurables clasificaciones y subclasificaciones no es otro que la norma del habitus y la capacidad diagnóstica en torno al potencial de enfermedad y peligro.
En definitiva, los autores conforman un universo tipológico en el que la morfología, la endocrinología, el humorismo y la ciencia del comportamiento se unen para permitir el flujo entre forma y conducta, así como entre forma y morbilidad física y mental.
A cada tipo corresponden determinadas enfermedades fisiológicas y mentales.
La forma, cuando se sale del canon y la norma, es la enfermedad.
El trabajo, viene a ser, parafraseando un texto de Rafael Huertas, un «laboratorio de la norma» (Huertas, 2008).
Para su cometido los autores usan con libertad desde la línea eugénica principal norteamericana (Davenport), la tradición alemana (Kretschmer, Westenhoffer), la Biotipología del italiano Pende, entre otras, hasta la tradición humoral precientífica.
A modo de ejemplo, el habitus estrictus es: «leptosómico» «cara franca» «hipolástico vascular», «flaco de Davenport», «ectodérmico», «esquizotímico de Kretschmer», «simpaticotónico» «hiposecretorio digestivo, poco bebedor de agua (seco)» «hipotenso», «oligohémico (temperamento frío de Hipocrátes)» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La anomalía del tipo remite a: inflamaciones, tumores epiteliales, disturbios de la musculatura lisa y psicosis esquizofrénica, hipertiroidsmo patológico.
En cuanto a los hábitos de las razas, el estudio distingue entre razas primarias y derivadas.
Las primarias son la negra, la amarilla y la blanca.
La descripción morfológica final de la raza negra remite, aunque los autores no lo dicen explícitamente, al primate y al Neardenthal: «poco frecuente el tipo con predominio craneano», «predominio facial», «ángulo facial agudo», «frente huyente» «potentes mandíbulas», «prognatismo», «boca en forma de hocico».
La misma raza negra contiene a su vez cuatro ramas de «evolución cerebral»: hotentotes, papúas, cafres y etíopes.
La sentencia por la primitividad y animalidad de la raza negra queda sellada en su siguiente descripción: «En la raza negra predomina la vida afectiva e instintiva sobre el intelecto, observándose en ella el instinto de conservación y sexuales; desde el punto de vista cultural especialmente en las ramas inferiores el lenguaje es en forma de aullidos, guturales, parecido al grito de algunas aves» y, finalmente «la mente del negro es una mente inactiva o pasiva de acuerdo con su morfología cefálica y naturalmente su cultura tan escasa ha sido incapaz de imponerse naturalmente y por lo tanto no ha desempeñado ningún rol civilizador» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
En la raza amarilla si bien hay algo más desarrollo cerebral, según admiten los autores, la característica es su «pasividad o pereza», su «vida de predominio mineral o estática» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
La raza blanca es «craneana», con ángulo facial de 90°.
Se presenta dividida en xantocroide (rubios) y melanocroide (morenos) y tienen «un predominio franco de la inteligencia y sus culturas han sido expansivas y se han impuesto a las demás razas, es decir, han sido civilizadores».
Las lenguas de estas razas se dividen en camitas, semitas o arias o indogermánicas; así las cosas «hasta hoy día las lenguas griegas, aria y latinas, dominan el lenguaje científico internacional» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Las razas secundarias son las que se formaron como combinación de las razas anteriores y se pueden observar, en Chile, «en la clientela hospitalaria (manicomio nacional») (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
Aquí, en su intento por descubrir enfermedades propias de la «raza chilena» Barrientos y Schirmer vuelven sobre las huellas de Max Westenhoffer, para quien la incidencia de la tuberculosis en Chile tenía un «factor racial» (Barrientos y Schirmer, 1938, p.
A MODO DE CONCLUSIÓN.
EL CAMINO PROPIO EVOLUTIVO Y EL ORIGEN DEL HOMBRE Y LA GÉNESIS DE SU PUBLICACIÓN EN CHILE
La publicación en Chile de la obra cumbre de las investigaciones sobre biología y evolución de Westenhoffer es producto directo de las gestiones de los discípulos más cercanos al maestro.
Fueron los doctores Juvenal Barrientos y Edgardo Schirmer quienes llevaron adelante la tarea.
Barrientos ayudó a Westenhoffer con la edición del material y Schirmer se dio a la tarea de traducir del alemán al castellano las más de 500 páginas de una obra de extrema complejidad técnico biológica.
Otro discípulo de Westenhoffer, el Dr. Hugo Sievers, hizo gestiones personales para lograr el apoyo financiero del Rector de la Universidad de Chile, Prof. Juvenal Hernández y del Decano de la Facultad de Medicina, Dr. Armando Larraguibel.
Todos estos esfuerzos terminaron en la publicación en 1951 por la Editorial Universitaria de la obra que en castellano se llamó El camino propio evolutivo y el origen del hombre.
La obra, se inscribe en la órbita de una ciencia afín al nacionalsocialismo y fue vista con beneplácito por un régimen que si bien hacía una apología burda del darwinismo en todas las dimensiones posibles, se avenía mal con un evolucionismo que hería de manera profunda el narcisismo asociado a una posición relevante del hombre germánico en la naturaleza.
La visión evolutiva más apegada a Darwin, en cierto sentido cerraba el camino a las lecturas míticas y racistas de la evolución humana, por su concepto del azar y de la evolución arborescente.
Sin entrar en un estudio detallado de esta obra de Westenhoffer aparece claro que se la valoró por reintroducir, esta vez bajo complejos conceptos morfológicos, cierta idealidad de una humanidad original, previa a los grandes primates.
Su autor, el anatomopatólogo de mayor importancia en la medicina chilena del siglo XX y uno de los biólogos aclamados por la ciencia del Tercer Reich, está enterrado en el Cementerio General de Santiago, en un mausoleo financiado por sus discípulos.
La admiración, la filiación discipular y en algunos casos, la afinidad de pensamiento biológico e ideológico quedan manifiestas en ese homenaje, realizado en vida del maestro.
Figuras presentadas en este artículo como las de Federico Johow, Max Westenhoffer, Aureliano Oyarzún, Otto Aichel, Juvenal Barrientos y Edgardo Schirmer Ramos, entre otros, dan cuenta de una línea principal de desarrollo de las ciencias biomédicas en el Chile del siglo XX, cuyo referente principal era la academia alemana, en cuyas fuentes los médicos chilenos bebieron del manantial abundante del determinismo biológico y, en el siglo XX, del eugenismo y el racismo más radicalizado.
Pudor, ignorancia o estrategia han tendido a ocultar esta vertiente de las ciencias médico antropológicas chilenas.
Si por una parte es cierto que los caminos fueron diversos y había espacio a resistencias y apropiaciones diversas ideológicamente, a través de este trabajo hemos querido demostrar que hay una continuidad y armonía, al interior de una parte de la comunidad científico médica chilena de la primera mitad del siglo XX, con las concepciones deterministas biológicas sustentadas al interior de la ciencia nacionalsocialista.
En el caso de Barrientos y Schirmer, su línea racista antropológica tenía incidencia directa en su manera de enfrentar el servicio público de psiquiatría en que se desempeñaban, ya que su anhelo era descubrir en la morfología del mestizo los signos de la patología mental correspondiente a su grado de mezcla racial.
Así, el artículo de Barrientos y Schirmer representa la cristalización de una tendencia central de las ciencias biomédicas chilenas de la primera mitad del siglo XX.
Confluyen en este trabajo la influencia directa de Westenhoffer, el apoyo craneométrico de Oyarzún, el determinismo constitucionalista y una antropología racista en la que se renueva, en términos científicos la posición delirante del «hombre blanco» como único y exclusivo portador de valores, pensamiento, ciencia y civilización.
Aun estando claro que se trataba de publicar en Chile y en 1951, a un autor celebrado por el mundo científico oficial del nazismo, la Universidad de Chile tenía motivos de sobra para dar curso a la edición del libro sobre evolución del Dr. Max Westenhoffer.
Era la publicación de uno de los suyos, de una de sus figuras gravitantes en el universo de su Facultad más grande y más querida; era dar continuidad a la gran influencia de la ciencia alemana en la formación del médico chileno de la primera mitad del siglo XX.
Por otra parte, la identificación de Westenhoffer con la eugenesia ya eran claras desde la publicación de sus trabajos «Los problemas de la higiene racial» (1920), «Emigración desde el punto de vista eugenésico e Higiene Racial» (1921), «El certificado prematrimonial» (1921) y «Eugenésica y Divorcio» (1927) y queda fuera de toda duda su identificación con el nazismo dado el contexto de su visita al país en 1938.
Además, el homenaje y la admiración eran mutuos y públicos.
Con motivo del primer centenario de la Universidad de Chile, el 19 de Noviembre de 1942, en el programa «Voz de Alemania» de la Berliner Rundfunk y con el auspicio del Instituto Germano Iberoamericano, Max Westenhoffer hizo un cálido homenaje a la Universidad de Chile.
La edición especial del programa culminó con la emisión del tercer acto de Lohengrin de Wagner.
Con Europa bajo dominio alemán y en medio de la fatídica campaña nazi en contra de su antiguo aliado soviético, la «solución final» se encontraba muy cercana.
La serpiente había salido del huevo. |
Iglesia católica y eugenesia latina: un constructo teórico para el control social (Argentina, 1924-1958)
Se abordan aquí interacciones entabladas entre ciencia y religión a través de la formulación de un saber particularmente influyente en el campo del poder, como fue el conformado en torno a una corriente de pensamiento eugénico.
Nos referimos a la variante gestada desde la biotipología italiana para atender al control social impulsado por el fascismo y también por países como la Argentina donde llegó a sobrevivir en el tiempo más allá de la segunda posguerra.
Esa versión eugénica, caracterizada por un encendido rechazo a cualquier acción pública o privada orientada a la esterilización humana -atento al mandato católico de no intervención sobre los cuerpos, gestión privativa de Dios- propició medidas también tendentes a acelerar una selección artificial vulnerando todo principio de igualdad humana.
Tomando la postura oficial de la Iglesia católica ante la eugenesia, entre 1924 y 1958, su relación con la biotipología y la difusión en Argentina de la llamada eugenesia latina, en tanto expresión resultante de esa articulación entre ciencia y religión, se busca dar cuenta de la coexistencia en ese constructo de la identificación, clasificación, jerarquización y exclusión de individuos que caracteriza a todo planteo eugenésico, instrumentados merced a dispositivos coercitivos de índole ambiental.
INTRODUCCIÓN: ¿CONTRA EL DETERMINISMO BIOLÓGICO, UN FATALISMO AMBIENTAL «POSITIVO»?
Sabido es que después del Holocausto el concepto de eugenesia pasó a integrar una axiología que impidió mantenerse indiferente o distante ante sus connotaciones.
Subyacía una carga semántica que pareció totalizar la idea del mal absoluto y, ante ella, una reacción cultural apuntó a mantener el compromiso ético de su condena, mientras, casi tranquilizadoramente, tendía a confinarlo a un tiempo y lugar, concretos, pero distantes.
Vale decir, existió una época y un régimen político para hacer prosperar la eugenesia que la confinaron a una aparente historia superada e irrepetible, al menos desde la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.
Esta certeza se asentó, además, sobre otras que confluyeron en patrones organizados en torno a una lógica binaria presente, también, en visiones historiográficas que abordaron el problema.
En este sentido, un lugar común ha sido asociar el concepto de eugenesia a la esterilización compulsiva aplicada por el nazismo y, aunque menos tratado, por diversas jurisdicciones de los Estados Unidos (Stern, 2005, Stern, 2010); restando trascendencia a aquello que no se expresara a través de una violencia física manifiesta.
Esa medida forzada marcaría los límites del concepto mismo de eugenesia, y el interés por su abordaje, que en el caso latinoamericano inicialmente se desplazó hacia una exaltación de las interferencias al desarrollo de esa «eugenesia dura».
De ese modo se alimentaron estereotipos que contribuyeron a afianzar la imagen de la Iglesia católica como una expresión anti-eugenista que habría resultado clave para hacer prosperar «progresistas» perspectivas neolamarckianas, favorecedoras de una mejora colectiva, transmisible hereditariamente merced a la incidencia del ambiente1.
Al insistir en remarcar la directa vinculación entre eugenesia y determinismo biológico, esa perspectiva dejó en pie la posibilidad de romper el fatalismo de la «eugenesia dura» desde el libre albedrío y las posturas ambientales que, en este juego de contrastes, correspondían a las características de una religión y su preeminencia en sociedades de ascendencia latina.
Asimismo, el liberalismo, a través de la defensa de los derechos civiles inmanentes a su corpus teórico, también fue visto como otro factor condicionante del avance de toda forma de determinismo.
De esta manera, en América Latina en general y, en la Argentina, en particular, se afirmó una mirada historiográfica según la cual sólo pudo prosperar una eugenesia valorada como «positiva» por efecto de la moderación del liberalismo y la influencia de la Iglesia católica que hicieron que ella fuera «menos eugénica» y más cercana al higienismo.
En consecuencia, el ambientalismo cultivado habría incidido en el carácter «encomiable» que tuvieron experiencias entendidas como expresión antitética del determinismo, siempre asociado a un plano biológico2.
Sin embargo, una lectura más atenta de las circunstancias que rodearon el nacimiento de una forma de eugenesia propagada en países de ascendencia latina durante el siglo XX, nos permite ver esa variante como una expresión de otro tipo de coerción.
En este caso se trató del control social impulsado por el fascismo italiano, en directa relación con anhelos emanados de normativas eclesiásticas y trasladados a países como la Argentina por voluntad de elites dirigentes enroladas en un liberalismo que, redefiniendo en la praxis sus principios básicos, se manifestó deseoso de poner orden en la sociedad aun a expensas de condicionar libertades individuales.
Buscaremos aquí trascender los mencionados estereotipos para poder abordar con mayor libertad conceptos capaces de explicar el desarrollo de una eugenesia que, si bien se mantuvo claramente diferenciada de la anglosajona, también estaría signada por un alto grado de coerción y de violencia simbólica.
Nos interesa ver cómo Iglesia católica y eugenesia coincidieron en una articulación entre saberes científicos y dogmáticos que produjo un constructo signado por un fatalismo, en este caso de tipo ambiental.
Al indagar algunos de los aspectos que permiten extender el concepto de eugenesia más allá de su directa asimilación a las esterilizaciones, buscamos echar luz sobre los principios que encierra la noción de eugenesia latina en tanto expresión irradiada en diversos países a partir de una formulación nacida en la Italia del Duce e imbricada de manera indisociable con el mandato confesional.
En ella coexistieron la identificación, clasificación, jerarquización y exclusión de individuos como estrategias características de todo planteo eugenésico, instrumentados merced a diversos dispositivos de control social que, en este caso, se desplazaron del determinismo biológico a un fatalismo ambiental «positivo».
Fue durante la década de 1920 cuando se perfilaron los rasgos que distinguirían a la eugenesia latina dentro del marco de difusión de la ciencia de Galton a nivel internacional.
Acontecimientos como los distintos congresos que sucedieron al organizado en 1912 por Leonard Darwin en Londres, el desarrollo de la Gran Guerra y la irrupción del fascismo en Italia, signaron la consolidación de un constructo bien delimitado.
Sobre el mismo, la Iglesia católica desplegó un destacado rol que cabe analizar desde dos perspectivas: la que hace a la incidencia del dogma religioso en las características ontológicas de esa eugenesia, por una parte, y la que remite a una instrumentación a través de su inserción en la praxis evangelizadora, por otra.
Si bien es cierto que Francis Galton pensó su disciplina como una religión del futuro y muchos de sus seguidores creyeron en la potencia unificadora de un saber que podía trascender la esfera de lo científico, la posición vaticana introdujo una clara cisura dentro de la eugenesia en el plano internacional.
Ello nos permite identificar entre catolicismo y eugenesia una problemática centrada en la influencia directa del primero en los medios y fines definidos por la segunda, y, a la vez, indagar los mecanismos de apropiación y difusión del discurso eugénico a través del accionar de ámbitos católicos.
EL DOGMA RELIGIOSO EN LA ONTOLOGÍA DE LA EUGENESIA LATINA
Una figura central en el entramado tejido entre ciencia y religión que confluiría en la eugenesia latina, fue en Italia Agostino Gemelli, médico socialista que tras renunciar a esa filiación se convirtió al catolicismo y en 1921 fundó la Universidad Católica del Sacro Cuore.
Gemelli rápidamente accedió a las más altas esferas del Vaticano y desde allí impulsó la relación entre el movimiento eugénico internacional y la Iglesia católica, teniendo participación central en el diseño de las políticas demográficas implementadas por el fascismo italiano3.
Su intervención en el 1o Congreso Italiano di Eugenetica Sociale, celebrado en 1924 en Milán, planteó tempranamente una problemática sobre la que se terminaría conformando el núcleo constitutivo de una vasta corriente de pensamiento.
Allí disertó sobre «Eugenetica e religione», sosteniendo que «el catolicismo es, en efecto, también una doctrina eugénica»4, para reclamar que un país católico como Italia tuviera la colaboración de los eugenistas médicos con la Iglesia, atentos a la norma moral con que se rige la humanidad así como por la naturaleza intrínseca de su doctrina.
Desde esta perspectiva, la cooperación entre religión y eugenesia revelaba la armonía fundamental que debía existir entre la fe y la ciencia (Gemelli, 1924: pp. 732-733), para que en lugar de la «incultura» de los que proponían la esterilización obligatoria de los criminales, prosperara la «eugenética social» católica (Gemelli, 1924, p.
En su misión de realizar la «más racional de las acciones eugénicas», la Iglesia impulsaba la castidad de «quienes traerían al mundo seres fatalmente afectados de una enfermedad hereditaria» (Gemelli, 1924, pp. 747-748) concluyendo que la Iglesia, lejos de ser enemiga de la eugenesia, operaba como su complemento imprescindible, ya que «la norma eugénica tendrá una aplicación más eficaz en su integración con la moral católica» (Gemelli, 1924, p.750).
El Vaticano, a través de voces autorizadas como la de Gemelli, exhibía así su voluntad de complementar desde la religión los avances que realizaba Nicola Pende a través de la biotipología5.
En efecto, Pende en 1922 había lanzado una disciplina científica encargada de ahondar en lo profundo del ser a través de un desplazamiento de la antropología física a la antropología endócrina, que era inclusivo a su vez de los aportes que le proveía la unidad sustancial entre cuerpo y alma sostenida por el pensamiento aristotélico-tomista.
Se trataba de la biotipología, nacida para detectar alteraciones individuales de tipo hormonal y moral capaces de transmitirse a la esfera social.
Con ese fin llevó la preocupación de Lombroso por estudiar las disgenesias de quienes poseían un visible apartamiento de la normalidad hasta límites insospechados.
Para llegar a la verdad que podían ocultar las apariencias, hacía falta analizar particularizadamente a cada uno de los integrantes de toda la población, desenmarañando los infinitos obstáculos que interferían ese propósito cuando un cuerpo sano escondía un alma criminal6.
Este objetivo buscó ser alcanzado a través del fichaje biotipológico en el que se cruzaba información sanitaria y confesional, donde el médico y el religioso confluían en el examen particularizado y totalizante de la población.
Su completa articulación se terminó de plasmar con Pende y Gemelli asumiendo el rol de principales organizadores de una variante eugénica que concitó, desde un principio, el explícito aval del Duce y del Vaticano.
De hecho, una rama central de la biotipología italiana sería la psicotecnia que quedó a cargo del propio Gemelli quien, desde allí, buscó potenciar en el hombre sus funciones de servir mejor «a los eternos ideales de la sociedad humana: Familia, Patria y Religión» (Vallejo, 2008, p.
Paralelamente, promediando la década de 1920 ya tenían trascendencia internacional las esterilizaciones de grupos «peligrosos» que, amparados legalmente en nombre de la eugenesia, se llevaban a cabo en el sur de los Estados Unidos (Stern, 2005).
El tema, que daría una amplia popularidad a figuras como Harry Laughlin y Paul Popenoe, motivaría en la jerarquía vaticana una respuesta contundente.
Así, en diciembre 1930, Pío XI dictó la Encíclica Casti Connubii con la intención de sentar una postura respecto a la cuestión.
Sin embargo, su lenguaje alambicado suscitó interpretaciones encontradas y la necesidad de generar posteriores aclaraciones.
Una lectura superficial del documento contribuyó a afirmar la certeza de su oposición de plano a la política eugénica, siendo, en verdad, una declaración eminentemente contraria a las esterilizaciones, más no a la selección de futuros cónyuges a través de consejos prematrimoniales para garantizar una prole «sana», física y moralmente.
Allí se destacaba la conveniencia de desalentar, por vía de consejo sacerdotal, las uniones matrimoniales de aquellos que no harían más que «engendrar hijos defectuosos» (Pío XI, 1930, punto 24).
Pero lo sinuoso de un texto que se prestaba a la recepción ambigua de sus mandatos, llevó a que poco después el Vaticano dictara el Decreto del Santo Oficio fechado el 21 de marzo de 1931.
La nueva norma buscó precisar los criterios enunciados en la Casti Connubii, dejando en claro una condena a la eugenesia, que, en verdad, lo era al neomaltusianismo, al que se lo asociaba a la educación sexual y a los métodos de control de la natalidad, ya sea éste voluntario o compulsivo (Osés, 1931a, p.
Asimismo, una nueva aclaración provino del Cardenal Gomá7 al publicar su Explicación dialogada de la Casti Connubii, también en 1931, para destacar la «finalidad eugénica» del matrimonio, sosteniendo que
todo cuanto sea mejorar la naturaleza del hombre, tanto en su aspecto físico o corporal como en su parte espiritual o moral, no puede menos que merecer la aprobación de la santa Iglesia......
Ni puede la Iglesia desentenderse de una legítima preocupación por la procreación de hijos sanos, física y moralmente, y por la transmisión de la vida en las mejores condiciones posibles.
Lo que ella reprueba, dice un médico famoso, no es un eugenismo normal y legítimo, sino este otro que ha pactado con el neomaltusianismo una alianza desdichada, y que emplea medios contrarios al verdadero fin del matrimonio, tal como lo define la moral católica (Gomá, 1943, p.
Esta lectura autorizada de la Casti Connubii que confirmaba el criterio seguido por el Vaticano al vincularse simbióticamente con la eugenesia latina, sería complementada por nuevas precisiones que Gomá haría públicas en su visita a la Argentina en 1934.
En el Día de la Raza dictó la conferencia «Apología de la Hispanidad» en el Teatro Colón de Buenos Aires (Gomá, 1934), dentro de las actividades comprendidas en el multitudinario Congreso Eucarístico Internacional que se celebró entre el 10 y el 15 de octubre de ese año y que tuvo como protagonistas a Gemelli y al Cardenal Eugenio Pacelli -posteriormente Papa Pío XII-.
El evento precedió a la Segunda Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura8, que se desarrollaría también en Buenos Aires, poniéndose aquí de manifiesto estrategias geopolíticas internacionales desplegadas a través de distintas redes eugénicas que tenían a la Argentina como un claro punto de tensión.
Mientras Estados Unidos trataba de instrumentar mecanismos de control de la inmigración a través de datos genéticos y somáticos recabados para centralizar la información racial de las poblaciones del continente mediante la homicultura (Álvarez Peláez y García González, 1999), el Vaticano e Italia tendían a contrarrestar aquella influencia por medio de una precisa política cultural para que, a través del impulso de las máximas autoridades eclesiásticas y Nicola Pende, respectivamente, afirmaran una eugenesia latina capaz de canalizar eficazmente los anhelos de naciones católicas americanas y europeas (Vallejo, 2007, p.
LA EUGENESIA LATINA EN LA PRAXIS EVANGELIZADORA
En Argentina la eugenesia autorizada por el Vaticano originó intensas reflexiones dirigidas a darle una precisa instrumentación, como la perseguida desde la revista católica Criterio9.
En el interregno de algo más de dos meses durante el cual la Casti Connubii marchó sola, es decir, sin las aclaraciones antes mencionadas, un texto especialmente escrito desde Roma enfatizó la oposición a las esterilizaciones y, en general, al control de la natalidad sustentado por la «propaganda de la eugenética, engañosamente conceptuada» (Sanvisenti, 1931, p.
Luego, y reforzando esa línea argumental, volvió sobre el rechazo al neomaltusianismo, considerado un «ataque contra la familia» (Osés, 1931-b, p.
41) inmerso en la prohibición emanada del Sumo Pontífice de los «procedimientos contrarios a la naturaleza y a la libertad y santidad del matrimonio con el pretexto de mejorar la raza humana y de disminuir la natalidad, sobre todo en los matrimonios pobres» (Franceschi, 1932, p.
Asentados en «el egoísmo humano y la soberbia seudocientífica», causaban más crímenes que «que la Gran Guerra europea o la mayor de las pestes que han afligido a la humanidad» (Franceschi, 1932, p.
Paralelamente a estas advertencias, eran atendidos aspectos vinculados a las uniones deseables, aquellas que contenían la obligación moral que debía asumir todo padre «prudente y razonable» de averiguar los «antecedentes familiares, en lo tocante a la salud de su futuro yerno o de la novia de su hijo», porque con ello, en verdad, se estaba haciendo una obra de «eugenesia legítima» (Ochoa, 1931- a, p.
En efecto, desde allí se consideraba que no había nada de «irrazonable ni de ilegal» (Ochoa, 1931-a, p.
147) en la eugenesia, ya que el amor, en sí mismo, era visto como un proceso de selección:
nadie se enamora normalmente de un cretino, de un loco, de un fenómeno, si no, por el contrario, de quien, a sus ojos, es bien parecido y adornado de bellas cualidades.
Lástima que esta imperfecta e instintiva selección del amor sea neutralizada en inmensidad de casos por el interés o por las conveniencias sociales: la selección natural, queda vencida en medios sociales secos y estériles afectivamente (Ochoa, 1931-b, p.
El «desorden moral de los pueblos» había generado el «envenenamiento de la raza, su decaimiento, su degeneración», así como el «extraordinario número de tarados de que se quejan los países más adelantados del mundo» (Ochoa, 1931-b, p.
En Criterio también se criticó a El matrimonio perfecto10, al que burlonamente se lo llamó «el matrimonio depravado», para celebrar luego la «justa» decisión de la Congregación del Santo Oficio de haber incluido ese libro en su Índice (Ochoa, 1931-c, p.
En buena medida, estas ideas pueden ser integradas a la eugamia, una disciplina gestada en España por Antonio Vallejo Nágera11, figura de referencia para Criterio y distintos eugenistas argentinos.
Durante los primeros años del franquismo, la eugamia fue entendida como el medio que permitiría «casar selectos para parir selectos» (Vallejo Nágera, 1938).
El programa incluía la propuesta de instaurar un certificado médico estatal para impedir el apareamiento de enfermos y tarados (Vallejo Nágera, 1943, p.
VII), el cual debía necesariamente ser complementado por la intervención del «médico de las almas», el confesor o un «sacerdote prudente», para que -en el supuesto de haberse encontrado obstáculos en la salud de los contrayentes- evaluara la conveniencia o necesidad del matrimonio, puesto que todo lo temporal debía quedar subordinado a las obligaciones morales y a la propia salvación (De Sobradillo, 1943, p.
Desde Criterio se siguió la intervención de Vallejo Nágera en el Segundo Congreso Internacional de Médicos Católicos, celebrado en Viena entre el 28 de mayo y el 3 de junio de 1936.
En esa ocasión, el español coincidió con Gemelli quien era por entonces rector de la Universidad de Milán y concurrió al Congreso en representación del Papa Pío XI.
Las posturas que Vallejo Nágera y Gemelli defendían confluyeron en un programa común que implicaba el ataque a la esterilización, entendiendo que se apartaba de la verdadera eugenesia, pues consideraban que bastaba la Encíclica Casti Connubii para que «la medicina y en especial la eugenesia moderna vieran al gran Pío XI como su gran bienhechor» ya que la ciencia confirmaba como postulado biológico lo que él, con una «ciencia mucho más alta» había aconsejado y ordenado antes (Petrus Canisius, 1936).
Con el papel preponderante que tuvieron allí Vallejo Nágera y Gemelli, el encuentro de Viena concluyó en que la eugenesia verdadera está de completo acuerdo con la doctrina católica, merece el apoyo de todas las hermandades médicas e invita a promoverla en todos los países (O'Lery, 2008, p.
Paralelamente, iban identificándose en el neomalthusianismo extendidas ramificaciones que debían ser atacadas.
Una de ellas fue la que llevó en Argentina, al militante católico Manuel Blanco a focalizar su interés eugénico en combatir el onanismo.
Una vez llevada a cabo la selección eugámica, quienes eran considerados aptos para procrear debían hacerlo ilimitadamente.
Por esta razón, consideraba onanista a «todo procedimiento que tiene por objeto evitar la concepción», tanto el «autoerotismo» como el birth control (Blanco, 1946, p.
Un acto onánico era aquel en el que
no se elimina a un ser solamente, sino a todos los que en el futuro proviniesen de él, es decir, se corta la vida a una generación futura y a tantas ramificaciones que de él descendieran; por lo cual en este caso el pecado es múltiple y colectivo (Blanco, 1946, p.
Bajo esta perspectiva se sostenía un pronatalismo fundado en un control paroxístico de la reproducción selectiva.
De ahí que considerara «escandaloso» a un matrimonio joven que, tras pasar por la instancia de aprobación de la Iglesia, acudiera tan sólo «cada cuatro o cinco años» a llevar «un hijo a bautizar» (Blanco, 1946, p.
Para el pensamiento católico el matrimonio prolífico, una vez superada la instancia aprobatoria de los consejos prematrimoniales, y la castidad y continencia para quienes se hallaban en una etapa previa o habían sido expresamente rechazados por dichos consejos, conformó un extendido programa de promoción de la eugenesia.
Podría inferirse que la postura católica dirigida a controlar la reproducción a través de los consejos prematrimoniales y la continencia, constituía una utopía tan irrealizable como la que llevó a Pende a buscar clasificar a toda la población para detectar el «justo lugar» que debía ocupar cada individuo dentro de la sociedad, valiéndose para ello de fichajes biotipológicos de toda la población, emprendimiento que, a todas luces, resultaría impracticable (Ferla, 2009).
Sin embargo, tanto en un caso como en el otro, la difusión de un «modelo ejemplar» a ser seguido, permitía definir un particular patrón de normalidad y, por ende, de anormalidad respecto a todo lo que se apartaba de él.
La detección y apartamiento de esa entidad «anormal», podía ser objeto de estrategias como las impulsadas desde el campo jurídico, que contaba en Argentina con los recursos teóricos de un liberalismo travestido por una praxis poco consecuente con la defensa de las libertades civiles y que detentaba un significativo capital simbólico.
Dentro de este marco, del muy influyente jurista argentino Enrique Díaz de Guijarro12, podían surgir propuestas como el impulso al self control de la sexualidad, por entenderse que la sexualidad sólo sería «aceptable cuando estuviera moralmente controlada», al considerar desde el plano jurídico a «la religión el mejor sistema de moral que existe» (Díaz de Guijarro, 1948, p.
Sexo, procreación y moralidad eran considerados como un todo integrado, formando parte de un sistema que, desde una mirada católica asociada a una doctrina jurídica liberal, interpretaba la ley natural a partir del imperativo moral que debía orientar a los esposos en el riguroso deber de asegurar a su descendencia toda la pureza y la salud requerida.
En efecto, para lograr el control de la calidad era necesario cultivar en distintas etapas de la vida, «la continencia, la castidad, la moralización de las almas», que en su conjunto conformaban «la eugenesia más eficaz, el cumplimiento intransigente de la moral católica» (Díaz de Guijarro, 1948, p.
Otro jurista liberal, en este caso Carlos Bernaldo de Quirós, padre del Derecho Eugénico Argentino13, proseguiría en la misma línea que Díaz de Guijarro, promoviendo una educación de la continencia, que además de garantía de moralidad tenía importantes efectos saludables revelados en el «valor útil del semen retenido en las vesículas» (Bernaldo de Quirós, 1960, p.
En este contexto, Bernaldo de Quirós sostenía que la educación sexual debía situarse en un plano trascendente a la conducta individual para imbricarse con un destino colectivo: «el porvenir de nuestra raza depende de la educación sexual», el cual debía forjarse desde la raíz de los problemas, es decir, desde la «preservación de la herencia» y el «saneamiento moral, ambiental».
Las enseñanzas de la Iglesia sostenían ejemplarmente «su doctrina y práctica contra el llamado instinto sexual», de donde deducía que «el alma casta es el máximo valor» y «practicar la castidad es recibir 'innumerables bendiciones de Dios» (Bernaldo de Quirós, 1960, pp. 105-106).
Díaz de Guijarro y Bernaldo de Quirós prolongaban en el derecho, inquietudes que desde los años'30 venían siendo tematizadas por intelectuales católicos.
El problema de la continencia y la castidad como parte de una educación sexual acompañada de acciones recomendadas por sus beneficios en el orden psíquico y fisiológico, ya había sido planteado en el Congreso de la Nación por el diputado católico Juan Cafferata, en ocasión de debatirse el proyecto de profilaxis de las enfermedades venéreas presentado en 1935 y simultáneamente reflejado en las páginas de Criterio (Cafferata, 1935).
El Derecho Eugénico de Bernaldo de Quirós también abrevó en las recomendaciones que el húngaro Tihamer Toth volcó a Eugenesia y Catolicismo, obra de la que circularon varias ediciones en español desde la primera aparecida en 1940.
Tras preguntarse por las enseñanzas del catolicismo sobre la eugenesia, condenaba «la eugenesia meramente materialista» por pretender «aplicar a los valores de la vida humana la medida con que se mide la cría de animales» y pregonar «el colectivismo» y «la esterilización de hombres inocentes».
En cambio había otra eugenesia que para regocijo del Vaticano se basaba en «el gran esfuerzo que intenta asegurar una generación humana más valiosa, más sana, más fuerte, más resistente en el trabajo» (Bernaldo de Quirós, 1966, p.
En definitiva, y siguiendo las recomendaciones de Toth, la verdadera eugenesia que debía ser impulsada desde el derecho era aquella «más valiosa que cualquiera otra» la del «pregonar la vida completamente pura hasta el matrimonio y exigir a los cónyuges una vida moral» (Bernaldo de Quirós, 1966, p.
LA IGLESIA CATÓLICA ANTE LA EUGENESIA DE LOS NACIONALISMOS
La precisa delimitación del tipo de eugenesia promovida frente a aquella que era rechazada implicó también asumir una posición ante la emergencia de distintos nacionalismos europeos en el período de entreguerras.
Las disidencias mayores, claro está, residían ante el nazismo debido fundamentalmente a dos cuestiones que el Padre Julio Menvielle14 sintetizaba en la pretensión de Hitler de crear una nueva Iglesia estrictamente alemana, y en la «ley anticristiana que imponía la esterilización forzada de toda persona afectada de enfermedades hereditarias, [que] estaba destinada a forzar una raza alemana fuerte e incontaminada» (Menvielle, 1937).
Sin embargo, las distancias entre la Iglesia católica y el Tercer Reich se acortaban cuando se trataba de exclusiones cuya praxis no dependiera de la intervención directa sobre los órganos de la reproducción.
Ya en 1933 se había celebrado un Concordato entre el Vaticano y el gobierno alemán, y en adelante quedaría claro que era el marxismo un enemigo común.
«El comunismo no es un fantasma.
El comunismo es una realidad...
No es un peligro, es la suma de todos los peligros que en el curso de la historia han podido oprimir a los pueblos», requiriéndose a través de los nacionalismos la aplicación de un «remedio eficaz contra él que no puede ser sino una medicación de cristianismo inyectado en todas las capas del cuerpo social» (Meinvielle, 1937).
El comunismo era parte de una otredad inasible que los nacionalismos prometían identificar para que, según la eugenesia adoptada, se desplegaran distintas estrategias dirigidas a evitar su propagación.
En la tarea de promover la reproducción de los «mejores» (a tono con la llamada eugenesia positiva) tanto como en la de inhibir la propagación de «inferiores» (tal lo postulado por la denominada eugenesia negativa), se apuntaba a delimitar un universo homogéneo que resultaba necesario proteger de la amenaza disgénica de un «otro» externo a él que podía volverse incontrolable.
Así funcionó esta forma de biopoder que prometía, a una población determinada, su inmunidad; esto es, la condición de refractariedad del organismo ante el peligro de contraer una enfermedad contagiosa (Esposito, 2005).
Dentro de esta metáfora orgánica, la eugenesia proporcionaba su respuesta ante el mal identificado (podían ser enfermedades en sí tanto como ideologías «enfermas»), que se buscaba atacar interfiriendo en la capacidad de contagio (que equivalía a la de su reproducción).
El rechazo a la eugenesia negativa no suponía situar a la Iglesia fuera de la lógica de un biopoder preocupado por detectar la otredad en la que anidaba el comunismo.
Para intelectuales católicos ella estaba compuesta por herejes, impíos y/o proclives a prácticas neomalthusianas y según eugenistas argentinos como Arturo Rossi15, por quienes asumían características raciales precisas asociadas a minorías: los judíos, presentados como una raza inasimilable; los negros, sobre quienes se discutía el producto (humano o animal) de su cruza con blancos y/o el peligro amarillo (Rossi, 1944).
Por su parte en otro eugenista, Vallejo Nágera, ese universo de la otredad podía quedar resumido en la detección del «gen rojo» (Huertas, 2002).
La diferencia identificada entre el nazismo y otros regímenes autoritarios europeos que combatían al comunismo radicaba en aquello que a los ojos del Vaticano constituían dos modos típicos de nacionalismo: uno pagano y otro cristiano.
Obviamente, el nacionalsocialismo era expresión del primero, en tanto el régimen de Portugal y el de «la España que sangra» lo eran del segundo.
Para Menvielle «un modo pagano [de nacionalismo] rechazará al extranjero porque es extranjero»; en cambio «un modo cristiano» lo hará «en la medida en que sea perjudicial para los intereses justos del propio país».
Existía entonces «un modo pagano que rechazará y odiará al judío porque es judío» y «un modo cristiano que, conociendo la misión disolvente que le cabe al judío en el seno de los pueblos cristianos, limitará su influencia para que no resulte dañoso» (Meinvielle, 1937).
Portugal y España, junto a Italia asumirán en católicos argentinos un cúmulo de valoraciones positivas, como lo pondrá claramente de manifiesto César Pico16.
En efecto, Pico también en 1937 recriminó la postura de Jacques Maritain al criticar los totalitarismos atacando por igual al fascismo y al comunismo17.
El texto de Pico, redactado en forma de carta personal, y que contaba con el correspondiente nihil obstat de la Iglesia católica18, expresaba que:
La alianza de los católicos con un movimiento de esta especie [fascista] y sin que su cooperación implique un compromiso definitivo —y aún menos de la Iglesia— no podrá objetarse en nombre de la incompatibilidad de los principios totalitarios con el dogma católico, por la sencilla razón de que tales principios no pertenecen a la esencia del movimiento.
Más aún: desde un punto de vista práctico, esa cooperación facilitará al fascismo el hallazgo y la formulación de una doctrina que salvaguarde los derechos de la persona humana y lo aparte de la estadolatría (Pico, 1937, pp. 13-14).
Asimismo, destacaba que el fascismo había prestado grandes servicios a la Religión
no sólo combatiendo a sus peores enemigos, sino también favoreciendo la enseñanza religiosa y la difusión de la doctrina, restituyendo o afianzando el culto divino y las obras sociales, sosteniendo los derechos del matrimonio cristiano, exaltando las virtudes heroicas de los pueblos deprimidos por el utilitarismo y el sensualismo moderno, regulando, finalmente, las relaciones con la Iglesia mediante concordatos aceptados y deseados por la Sede Apostólica (Pico, 1937, pp. 20-21).
Entendiendo al fascismo como «el complejo de las fuerzas que reaccionan incluso con procedimientos drásticos, contra esa civilización moderna que termina dialécticamente en el comunismo», concluía en que era «lícito y conveniente colaborar en su gesta libertadora».
Aun dentro de esta apología general del fascismo invocando principios católicos, al igual que en Menvielle, quedaba afuera el «neo paganismo nacional socialista», el cual debía ser «ahora más que nunca, repudiado por los católicos» (Pico, 1937, p.
Dentro de esta misma línea de pensamiento (aun cultivando una mayor moderación), Gustavo Franceschi20, director de la revista Criterio, criticó a Hitler por la ley de 1933 sobre el mantenimiento de la «pureza de la raza», afirmando que «importa la intervención del Estado en la procreación de los hijos y amenaza con la aplicación de las teorías formuladas por los eugenistas más radicales» (Franceschi, 1945, pp. 174-175).
Para distintos intelectuales católicos argentinos, la tensión entre «nacionalismo pagano» y «nacionalismo cristiano» era entonces, reductible, a una suerte de conflicto en torno a quién poseía competencia legítima para intervenir en el control de la reproducción: o era un régimen capaz de gestar su propia religión y confiar a científicos la aplicación de medidas extremas, o lo era la Iglesia católica universal, ya sea de manera autónoma o a través de un Estado que canalizara expresamente sus propósitos.
EUGENESIA LATINA Y CATOLICISMO (O LO AMBIENTAL COMO EVANGELIZACIÓN DE LA OTREDAD)
Como se ha visto, la postura netamente antiesterilizadora sostenida por la Iglesia católica no impidió que el Vaticano adoptara una variante de la ciencia de Galton, más concentrada en modificaciones ambientales que en lo que hoy podríamos denominar selección genética.
Vale decir, fue parte sustancial en la conformación de aquello que se ha dado en llamar eugenesia latina, en oposición a la denominada eugenesia anglosajona, básicamente intervencionista en los cuerpos.
Invocando la autoridad de la preceptiva católica en el derecho argentino, Díaz de Guijarro recordaba al abate Dermine al sostener en el Congreso de la Association du Mariage Chrétien reunido en Marsella en 1930, que la moral cristiana no hacía más que interpretar la ley natural e imponer a los esposos el riguroso deber de asegurar a su descendencia toda la pureza y la salud requerida; deduciendo que era «un error profundo presentar a la moral cristiana como queriendo inconsiderablemente la multiplicación de la raza; no, señores, el punto de vista que domina toda la concepción cristiana de la moral conyugal es el de la calidad y no el del número» (Díaz de Guijarro, 1948, p.
Criterio seguirá ocupándose del problema de seleccionar calidad, aun después de la Declaración Universal de Derechos Humanos, cuando puede decirse que en el plano internacional comienza una etapa de «eugenismo tardío» (Miranda, 2013).
Lo hizo, por caso, transcribiendo fragmentos del libro de Louis-Marie Lalonde, Hérédité, donde se describían «cuatro actitudes» posibles ante la eugenesia: la de los «eugenistas radicales (materialistas)»; la de los «eugenistas moderados»; la de los «espíritus simples, muy ignorantes y prestos a cualquier credulidad»; y la actitud pasiva de los «tarados y de los mal dotados», de quienes sería de «interés disponer de ellos de modo que perjudiquen lo menos posible a la sociedad, que no dejen sus rastros en ella».
Respecto a los «ignorantes», ellos debían ser instruidos sobre su propio valor hereditario, surgiendo entonces la necesidad de preconizar una enseñanza elemental de genética y la instauración de certificados que expresaran su estado de salud.
Era necesario «resistir a los eugenistas exagerados, cualquiera sea su nombre y su fuerza», mientras que los «eugenistas moderados», aquellos que se proponen mejorar integralmente la naturaleza, sin violarla ni abatirla por otro lado», tendrían «derecho a nuestra más eficaz ayuda» (Lalonde, 1951, p.
En definitiva, la pregunta era «¿a dónde quiere conducirnos la Eugenesia?».
Y la respuesta contundente, planteada a renglón seguido, contenía una fuerte carga de maniqueísmo dirigida a que ningún católico fuera indiferente a ella: «a un estado excelente y deseable o a la ruina que es necesario impedir, según que los eugenistas tomen en cuenta o no al alma, según que sean cristianos o simplemente materialistas» (Lalonde, 1951, p.
La vida humana quedaba así atravesada por la eugenesia, que podía resultar buena o mala según la articulación principal que ella entablara con la genética o con la religión, esto es, con saberes capaces de afirmar, de una u otra manera, su control sobre la sociedad.
En cambio era impensable, desde la preceptiva católica, suponer un futuro sin eugenesia, o bien sin estrategias de poder intervinientes en la reproducción.
De este modo, la Iglesia, antes que una entidad que «desde afuera» condicionó el desarrollo de la eugenesia, resultó inherente a la definición de ese constructo, con toda su carga coercitiva desplegada a través del control de la moral.
Aclarando la función normativa de esta eugenesia «ambiental» y antigeneticista, se invocaba a Pío XI para tener presente que «a los idiotas, los criminales o los ciertamente inaptos para el matrimonio» la autoridad «tiene el derecho y asimismo el deber riguroso de prohibir, de impedir y de castigar las uniones que repugnan a la razón y a la naturaleza», aunque se aclaraba, «sin mutilaciones, ya que otros medios resultan suficientes» (Lalonde, 1951, p.
También Pío XII seguiría sosteniendo por años la vigencia de la Casti Connubii en la definición de una eugenesia deseable.
Lo haría en 1953, al intervenir en el Primer Simposio Internacional de Genética Médica celebrado en Roma:
Se pretende obtener lo bueno y valioso, de afirmarlo, de promoverlo y de perfeccionarlo (...).
Es preciso velar para que los caracteres positivos de pleno valor se unan con un patrimonio hereditario semejante.
Tales son las tareas que se propone la genética y la eugenesia (...).
La tendencia fundamental de la genética y de la eugenesia es influir en la transmisión de factores hereditarios para promover aquello que es bueno y eliminar lo nocivo; esta tendencia fundamental es irreprochable desde el punto de vista moral.
Pero ciertos métodos para alcanzar el fin perseguido y ciertas medidas de protección, son moralmente discutibles (...).Cuando el portador de una tara hereditaria no es apto para conducirse humanamente ni, por consiguiente, para contraer matrimonio, o cuando más tarde se ha hecho incapaz de reivindicar por un acto libre el derecho adquirido por un matrimonio válido, se le puede impedir de una manera lícita el procrear un nuevo ser (...).
Existe ciertamente el derecho y, en la mayor parte de los casos, el deber de advertir a aquellos que son realmente portadores de una herencia muy tarada, de la carga que pueden hacer gravitar sobre sí mismos, sobre su cónyuge y sobre su descendencia; esta carga puede llegar a ser intolerable.
Pero desaconsejar no es prohibir (Pío XII, 1953).
Los mismos lineamientos se prolongarían en el VII Congreso de la Sociedad Internacional de Hematología, celebrado en Roma en 1958, donde el Sumo Pontífice volvió a rechazar las prohibiciones a la vez que enfatizaba la necesidad de ejercer un estricto control de la reproducción desde la moral católica (Pío XII, 1958).
Las repercusiones de este constructo en la Argentina proseguirían en el tiempo impactando especialmente en el Derecho, donde figuras como Bernaldo de Quirós y Díaz de Guijarro llevaran su propósito de propagar la eugenesia ambiental al plexo normativo civil.
De hecho, también en 1958, tras sancionarse la ley que permitiría crear universidades privadas validadas por el Estado nacional consumándose una de las mayores conquistas alcanzadas por la Iglesia argentina y sectores afines, la articulación entre catolicismo y liberalismo confluiría en la creación de los estudios universitarios de eugenesia, a cargo de Bernaldo de Quirós (Vallejo, 2013).
El problema de la otredad como amenaza disgénica era, pues, afrontado en la versión eugénica latina a través de una vía de resolución más coherente con el dogma católico.
Dado que el «otro» no tenía entidad admisible en tanto no se convirtiera a un «nosotros» controlado, la variable ambiental se constituía en una suerte de empresa evangelizadora de la reproducción.
La tenaz oposición de esta vertiente al determinismo biológico no conducía a un horizonte de ideas desprovisto de coerción.
Cambiaban las estrategias seguidas, las que al ser menos estridentes en su aplicación también se volverían más efectivas y capaces de perdurar en el tiempo sin verse conmovidas por acontecimientos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Esta cruzada ambiental lograría así sostener una «eugenesia tardía» (Miranda, 2013), anclada en un pensamiento abiertamente desfasado de los cambios experimentados por la vida moderna, a la que misionalmente siguió tratando de evangelizar aun después de superada la primera mitad del siglo XX. |
Envuelto en medidas administrativas y repartos financieros entre el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y el Cabildo Insular, su inicio es obra directa del doctor Antonio Ortiz de Landázuri, en aquellos momentos al cargo de la Inspección de Sanidad.
En el presente, quedan descritos la estructura y funciones del Instituto de Higiene, además del pase de los miembros facultativos de los laboratorios y estaciones de anteriores servicios municipales del ramo.
Desde principios del siglo XX, en España se han experimentado diversas proyecciones que han dado lugar, como es obvio, a diferentes modelos sociosanitarios y asistenciales.
En la que nos cita, la experiencia de las Brigadas Sanitarias Insulares, que ya de por sí supuso un trastoque administrativo para las corporaciones locales, al perder buena parte de sus competencias e, incluso, personal cualificado, dio paso al Instituto Provincial de Higiene de las Canarias Orientales.
Curiosa denominación, en primer lugar, porque aún no existía tal provincia oriental, decretada en 1927 2.
Además, apenas había entrado en funcionamiento las anteriores Brigadas Sanitarias, cuando ya se disponía un cambio ulterior.
En cierta forma, la administración insular no daba abasto con las disposiciones legales, pese a que, en realidad, los ajustes resultantes sólo harían mudar las cosas en apariencia.
Los Institutos Provinciales de Higiene fueron creados por el Estatuto Provincial de 1925 (denominado de «Calvo Sotelo») 3, cuya novedad principal era la implicación solidaria de los diferentes estamentos locales y regionales en el desarrollo de las tareas de la salud pública y las de beneficencia.
No obstante, sus atribuciones también compartían fines preventivos y analíticos.
Sobre el último aspecto, resulta que funciones como la bromatológica, antaño perteneciente a la esfera consistorial, ahora pasará a ser desempeñada por personal afecto al nuevo Instituto.
En Canarias, tal fenómeno es particularmente interesante, por cuanto el Laboratorio Municipal de Higiene 4, con sus dos secciones, quedará inscrito en el incipiente.
Podrá suponerse el desconcierto que la situación atrajo sobre sus facultativos y personal auxiliar, amén de la redefinición administrativa de los puestos individuales y las competencias técnico-científicas en que ello derivaría.
Sin embargo, las bases del proyecto del Instituto Provincial venían a apaciguar esos ánimos y, en cierto sentido, a refrendar el trabajo realizado.
No sólo deja a cada cual lo suyo, incluso en lo pecuniario, sino que muestra un exquisito respeto por la labor ya ultimada.
Con respecto al personal sin cualificación, también se le mantiene en igual condición y categoría.
Un proceso convergente en la medicina española del primer tercio del siglo XX».
Madrid, Instituto de la Administración Local, 2a. ed.
MARTÍN DEL CASTILLO, J. F. (1996) Los primeros laboratorios de Las Palmas.
Las Palmas de Gran Canaria, Ayuntamiento.
La esperanza del cambio, con todo, partía de la apuesta conjunta de medios y recursos humanos.
Sabido es que, como práctica habitual, las administraciones iban cada una por su lado, pese a responder a un criterio jerárquico.
En lo sanitario, ello producía singulares desencuentros entre instituciones 5, a veces solventados por Madrid.
Por ende, la naturaleza de un Instituto Provincial habría de menguar tales roces con una mayor participación de las corporaciones, repartiéndose el gasto y las funciones administrativas.
El resultado esperado, en conclusión, sería una atención más solícita y esmerada, no menos que rápida y eficaz.
En 1925, pues, comienza la verdadera aventura normativa, que luego habría de continuar en la República.
Durante la Dictadura de Primo de Rivera, al decir de los especialistas 6, se produce una mayor intensidad en la activación de las políticas relacionadas con la esfera sanitaria.
El Reglamento de Sanidad Provincial, de 20 de octubre de 1925, disponía la fusión de las anteriores instancias higiénico-sanitarias, incluidos los laboratorios que habían ido creándose en los primeros años de la centuria.
En lo que respecta a la urbe grancanaria, aunque atañe por igual a las islas orientales, la gestación del mismo Instituto obligaba a un esfuerzo de entendimiento, y encuentro de criterio único, al Laboratorio Municipal de Higiene con varias secciones, a la Jefatura Municipal del mismo ramo, a las Brigadas Sanitarias, que tantos miedos despertaron, sobre todo entre los facultativos, que las llegaron a denominar «cacicato» administrativo por su tendencia al centralismo 7, y a los distintos profesionales de la medicina que, de alguna manera, veían sus pasos dirigidos por la neonata instancia.
Los cometidos y funciones del Instituto Provincial de Higiene de las Canarias Orientales, comandado por el doctor Antonio Ortiz de Landázuri 8, con ----5 Como, por ejemplo, con los responsables sanitarios del puerto.
6 HUERTAS, R. (2000) «Política sanitaria: de la Dictadura de Primo de Rivera a la IIa.
7 (A)rchivo (H)istórico (P)rovincial de (L)as (P)almas, Ayuntamiento, Actas Municipales (Microfilm, rollo no. 39), sesión del 23 de marzo de 1923, fol. 51v.
8 Por desgracia, no existe en los archivos consultados, ni en el Provincial de Las Palmas ni en los periódicos de la época (Hemeroteca del Museo Canario), información explícita sobre el individuo.
Esto es, la relativa al origen familiar y a la formación académica.
Tampoco están registradas publicaciones a su nombre, o al del Instituto Provincial de Higiene, en la bien surtida biblioteca del citado Museo grancanario.
De otra parte, parece estar emparentado con la renombrada saga de médicos de iguales apellidos, aunque sólo disponemos de la certeza de su doctorado por la Universidad Central (Facultad de Medicina) en 1923 (Contribución al rango de inspector sanitario, eran amplísimos, quizás tan amplios que hacían sospechar, desde un inicio, de la posibilidad de llevarlos a término.
Tenía competencias en el régimen interior, esto es, en el control y asistencia de la enfermedad sobrevenida en el propio territorio, el cuidado bromatológico de los alimentos, el análisis científico de las aguas de abasto y de albañales, el nivel sociohigiénico de los núcleos de poblaciones -antes labor directa de las Jefaturas Municipales-, y, por si fuera poco, debía coordinar su personal y actividades con el régimen exterior, aún en manos del Director de Sanidad Exterior, que, en las islas, revierte a la instalaciones portuarias, donde solían (y suelen) asentar sus dominios 9.
Realmente, la historia sanitaria del archipiélago canario dibuja una conocida y estudiada trayectoria, cíclica en muchos aspectos.
Agobiado por el ataque infeccioso de procesos contagiosos de índole internacional, por lo común llegados por vía marítima, ha salido mal que bien del paso merced al entusiasmo y entrega de unos cuantos voluntarios de la medicina insular, que, eso sí, mostraban una preparación muy digna labrada en Francia o Inglaterra.
Este mismo voluntarismo profesional es el que asiste a la población residente y, en especial, a los déficits provocados por las carencias de los desfavorecidos y las casi nulas condiciones de salubridad de los sectores marginales, enclavados en los aledaños de los barrios porteños, como el de La Luz.
Obvio resulta decir que, cuando semejante equilibrio higiénico y sanitario -por llamarlo de alguna manera-, se veía perturbado con una epidemia descontrolada, la penuria campaba a sus anchas, al menos por cortos períodos de tiempo, hasta el completo restablecimiento del ínfimo estándar asistencial.
Muchas veces tal estado de cosas, harto frecuente en la administración sanitaria periférica e insular, llevó a los médicos comprometidos a presentar denuncias en los medios locales, prestando su voz a aquellos que no la tenían.
Es más, algunos dejaron de lado los discursos, descubriéndose en la ejecución de proyectos higiénicos de altura, que hoy suponen un elogioso recuerdo para la historia de la medicina canaria.
Iniciativas como el Instituto de Vacunación de las Palmas (1894-1895) formarían parte de ese buen hacer médico y social 10.
Pero, el Instituto Provincial había de cubrir iniciativas no sólo públicas sino privadas.
Quiere decirse que, tras su implantación y en óptimas funciones, ---estudio del germen de la pseudotuberculosis de los roedores y sus principales diferencias con el cocobacilo de Yersin, 30 hojas, inédita).
9 MARTÍN DEL CASTILLO (1997). la recurrencia a galenos de pago para las tareas más cotidianas ya no sería tan extendida entre la población, confundiéndose con una supuesta obligación social, sino una opción más.
Cualquier individuo, fuera quien fuese, recibiría una atención integral en el Instituto.
En una entrevista, reproducida en el Diario de Las Palmas, de principios de 192711, el reluciente Director e Inspector, Ortiz de Landázuri, hace gala de una honda preocupación sociomédica y persevera en el empeño de asistir a los que menos poseen de la sociedad.
Loable donde los haya, por supuesto, mas lo relevante no es la entidad del compromiso sino el hecho de realizarlo en voz alta.
No era una reflexión para sus interiores sino un diseño asistencial a cumplir.
En tiempos pasados, aunque no tanto porque se mantenía tal hábito en el cambio de siglo, la medicina preventiva y social pertenecía de suyo a la beneficencia municipal o a la caridad de los más12.
Se ha demostrado que, en el colmo de la dejadez administrativa en el ramo sanitario, no había constancia de un padrón de la indigencia en la ciudad grancanaria 13, no obstante perseguirse en años posteriores.
La pobreza de solemnidad quedaba ubicada en la leja de los imprevistos del municipio.
Por no contar o por no saber, los dineros gastados en la vacunación de este tramo poblacional eran desconocidos y la Inspección Municipal de Sanidad se veía en mal trance al explicar las cuentas de la previsión vacunatoria.
Otrosí puede pronunciarse de los enfermos crónicos, sin posibles para su manutención, que desangraban, apenas sin saberlo, a la administración del Consistorio y que, en última instancia, dependían del cuidado de los voluntarios de la Cruz Roja Española.
En suma, el Instituto Provincial de Higiene daría remedio a lo descrito y organizaría la función sanitaria.
Ese era el plan estratégico de la normativa y, sobra decirlo, de Ortiz de Landázuri.
ANTECEDENTES DEL INSTITUTO PROVINCIAL DE HIGIENE.
En este apartado, de intenso recorrido, se ha de intentar describir y explicar los desarrollos higiénico-sanitarios que desembocaron en la creación del Instituto de las Canarias Orientales.
Sirvan dos precisiones de necesario exor-----dio: primera, los ayuntamientos eran dueños de la sanidad urbana por cuanto las Bases generales para la redacción de Reglamentos de Higiene, según la Real Orden de 12 de octubre de 1910, así se lo permitían; y, segunda, derivada de la anterior, cada urbe procede de un modo adecuado a los males que afectan a sus habitantes.
Es decir, la previsión falla en gran cantidad de ocasiones, amén de que los índices de morbilidad no son los mismos en una geografía meseteña que en una población insular.
En el caso grancanario, el norte de la política sanitaria fue mantener limpio el Puerto de La Luz, foco de atracción económica y polo de desarrollo de la isla al completo.
Los sacrificios, conflictos, desvíos e intereses varios priman esta realidad, sobre la que pivotan circunstancias que conectan directamente con lo médico y sanitario.
Las Brigadas Sanitarias Insulares.
En 1923, años antes de la creación del Instituto Provincial de Higiene, llegaba a los plenos del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria el adelanto de las medidas sanitarias, consecuencia remota de la Instrucción General de Sanidad de 12 de enero de 1904.
Las discusiones en torno a este asunto derivaron por derroteros políticos y laborales.
En especial, aquellos con responsabilidades profesionales en la cuestión, fueran médicos o farmacéuticos, arguyeron diferentes exposiciones que no laudaban, precisamente, las Brigadas Sanitarias.
El tono de los argumentos fue unánime en estos individuos, pese a los esfuerzos de la Alcaldía por rebajar el perfil del desencuentro.
Según su parecer, las Brigadas no eran sino un ardid de la administración central para recuperar competencias en el ramo y vaciar, en contrasentido, los servicios municipales afectados14.
Fueron duras palabras de advertencia y gestos inequívocos de la insolidaridad que habría de producirse con la ciudad y la isla si así se obraba desde Madrid.
La excusa para motivar el encendido intercambio de pareceres fue la propuesta, o, por mejor decir, la tajante iniciativa de la Delegación de Gobierno para construir un muro en el interior del Puerto de La Luz, que separara los barcos y a sus navegantes del contacto con la ciudadanía, y declarara la suciedad portuaria a renglón seguido.
Un mínimo brote de peste bubónica, en absoluto invasivo 15, forzó semejante batería de medidas.
Como era natural, la respuesta ----fue inmediata por parte de los ediles, reprobando la estrategia por desafortunada y exagerada en grado sumo.
La diatriba abrazaba por igual a los representantes de la Sanidad Exterior, en aquel momento, y a la Jefatura Insular de Sanidad -que se vio tildada de inoperante y sumisa-, ostentada por el veterano doctor Vicente Ruano y Urquía 16.
Incluso los médicos presentes en las reuniones del plenario, como concejales del Consistorio, desaprobaban las maneras del responsable del área, meramente aquiescente a los dictados de Madrid.
Poco habría de sospechar que su suerte política estaba echada a resultas del conflicto 17.
Las Brigadas, pues, entraron en la madeja de asuntos relacionados con la sanidad.
Ya que se veía, en su futura puesta en práctica, un ejemplo más de arbitrariedad y desconsideración hacia las características propias del administrado isleño.
El momento más incendiario se produjo, cuando de consuno, el boticario Mascareñas, muy reputado entre la población, y el galeno Valle mostraron su abierta negativa al diseño de las Brigadas.
Su visión del particular pretendía encontrar en las estructuras del nuevo modelo el sello del centralismo más desaforado.
Ambos asaetearon a la Presidencia del Concejo para que redoblara los esfuerzos en la dirección de someter a crítica los pormenores del servicio y aplicara un duro correctivo, en nombre de la Corporación, a los representantes de la administración sanitaria del Gobierno en la isla.
Realmente, el peligro que entreveían era la incertidumbre de los profesionales y la gobernación de la trama sanitaria a desarrollar.
Por mucho que el Alcalde hiciera ruegos conducentes a la calma y el sosiego, previa consulta con las autoridades gubernamentales, el ambiente no cedía en tensión.
Se llegó a calificar a las Brigadas Sanitarias, quizás un tanto alegremente, como una moderna forma de cacicazgo centralista.
Sin embargo, la controversia no se dilató en el tiempo, puesto que los cambios en la esfera higiénico-sanitaria se arrebataban unos a otros el protagonismo dada la celeridad de su implantación o término.
Conocedora de esta situación, por padecerla desde tiempo atrás, los munícipes arbitraron medidas para, de una manera u otra, dejar las cosas en su sitio, el status quo de la sanidad insular y municipal desde los inicios del siglo XX.
Ejemplo de ello es la continuidad en el servicio, con idéntico sueldo y categoría, de la mayoría de los empleados, tanto personal médico como subalterno, de la anterior estructura atencional.
----16 Sobre su figura, véase el bosquejo de BOSCH MILLARES, J. (1967), La Medicina en Gran Canaria.
17 Ya que le forzó a la dimisión.
Véase: La Provincia, «Junta Insular de Sanidad», 7.IV.1923.
El nuevo estatuto sanitario.
Es a partir de 1925, y sobre todo del siguiente, cuando las administraciones locales caen en la cuenta de un enfoque distinto de la sanidad y la asistencia social.
En medida paulatina, se van discutiendo y centrando las necesidades de los servicios médicos y, en paralelo, se aproxima la organización de los Institutos de Higiene dotándoles de una reglamentación acorde con sus funciones y capacidades.
Estas últimas distaban de ser mínimas y obedecían a un criterio de atención globalizado en un centro concreto.
O, por lo menos, así se entendió en Las Palmas de Gran Canaria.
Las primeras plumas que concienciaron en este sentido son las de los periodistas de los medios más leídos, como el Diario de Las Palmas y La Provincia 18.
En más de una oportunidad, los discursos y editoriales de ambas cabeceras actúan como voz del pensar mayoritario de los políticos isleños y, por esa razón, apreciamos su concurso como una fuente documental más en la historia de la medicina canaria a falta de otros aportes de auténtico calado.
El debate municipal del 26 de julio de 1926 fue precedido semanas antes por una campaña de presentación de las posibilidades del denominado «Instituto de Higiene».
En los sueltos del Diario, más preocupado por el problema, queda patente la voluntad de allegar la nueva realidad, mostrando las modificaciones con el antaño verificadas, amén de tomar nota de las bondades a introducir.
Sobresale en ilustración el artículo, titulado «El Instituto de Higiene y los beneficios del nuevo régimen sanitario», del sábado, 24 de julio 19, harto explícito en detalles importantes para la ciudadanía.
Tuvo enorme acierto el editor al pormenorizar la funcionalidad del servicio, además nomina al responsable del área y, lo mejor, sitúa geográficamente al establecimiento:
«El Inspector de Sanidad de Canarias Orientales, Dr. Ortiz de Landázuri, está realizando una labor silenciosa y fructífera, digna de encomio porque redundará en beneficio público.
Contando con los recursos que le facilita el Cabildo Insular, el doctor Ortiz de Landázuri se ocupa activamente en organizar los servicios del Instituto de Higiene creado en Las Palmas.
----18 De sobra es conocido que ambos periódicos, por su despliegue y tirada en aquellos tiempos, se han convertido en fuente para el conocimiento del pasado isleño.
Además la cobertura informativa, ofrecida sobre el origen y funciones del Instituto Provincial de Higiene, es desde luego inmejorable para disponer de unos mínimos elementos de juicio y análisis históricos.
Por último, las dos cabeceras estaban muy cerca de los círculos del poder local, cuando no eran en la práctica sus órganos de expresión.
Ya el Ayuntamiento aprobó los planos para la ampliación y reforma del edificio propiedad del Cabildo Insular, situado en la calle Canalejas.
Los nuevos pabellones en construcción se destinan al Instituto de Higiene que quedará instalado con la necesaria capacidad.
Contará el inmueble de dos plantas.
En la baja se instalarán los servicios siguientes: Dispensario antituberculoso, sala de pasteurización, extracción de vacunas, observación de rabia, consulta de gota de leche y reparto de idem, vacunación, sala de enfermeras, establo de terneros, garage, cocina, horno, salas de espera, almacenes, etc.
En el piso principal se instalarán los departamentos de bacteriología, química, balanzas, vacuna, rabia, autopsias, peste, animales inoculados, disección y administración.
Entra asimismo en las funciones del los Cabildos sostener un instituto de Higiene con los siguientes cometidos: Preparación de los sueros y vacunas preventivos y curativos que necesiten los pueblos de la provincia; diagnóstico de Laboratorio en las enfermedades infecciosas y en el cáncer; transporte de los enfermos infecciosos y urgentes, desde los pueblos hasta el hospital; servicios de desinfección y desinsectación; investigación de las zonas palúdicas; cursos de ampliación de conocimientos sanitarios para los Inspectores municipales de Sanidad de la provincia y divulgación de conocimientos higiénicos».
Fácil se ve la ambición de miras del Instituto de Higiene, o, a lo menos, el gran trazo que para el Diario de Las Palmas habría de tener el servicio interinsular.
Importa destacar, no obstante, entre tanta función y diseño, los problemas sanitarios más acuciantes desde el punto de vista estrictamente médico y asistencial.
Porque, en el fondo, el artículo no es únicamente una defensa del Instituto sino una declaración en toda regla de la problemática canaria.
La tuberculosis, la necesidad de la vacunación reglada y generalizada, los análisis básicos para el correcto diagnóstico de las enfermedades y su posterior detención preventiva son los elementos que componen el índice de asuntos a resolver.
El primero, los procesos tuberculosos en sus variadas manifestaciones, ya había sido largamente objeto de reclamo profesional y estudio sintético en el órgano del colegiado más interesante de la época, esto es, la revista La Medicina Canaria, editada en la isla de Tenerife, y que dedicó amplios artículos a dar cabida a las modernas soluciones a la infección 20.
Por ello no ----causa extrañeza el lugar ocupado en el orden de preocupaciones.
En cuanto a la extensión de la vacuna, había sido un acariciado deseo, desde finales del siglo anterior, por parte de los médicos grancanarios.
Muchos males, de existir un centro de producción de las antitoxinas, jamás hubieran llegado a declararse en las Canarias.
Sin embargo, la realidad era muy otra, estando al albur de los estallidos infectocontagiosos sobrevenidos por la recalada de un buque repleto de infestados.
Unido a este prurito socioprofesional, de hallar oportunidad propicia a la vacuna en el pueblo, está, cómo no, el acicate de un ajustado diagnóstico, veraz y libre de sospecha.
En suma, una línea de laboratorios en acuerdo sistemático con la labor de los profesionales en la vanguardia de la atención médica.
Lo regular y habitual era recurrir a los establecimientos de la península, por ejemplo, al Instituto de Alfonso XIII, pero los resultados se demoraban y la urgencia de la situación se ventilaba con la experiencia y voluntariedad de los galenos locales.
En lo que respecta al capítulo sociasistencial también apunta muy alto el Instituto de Higiene.
Las labores de atención, e incluso traslado, de los enfermos graves o urgentes parecen estar garantizadas.
De otra parte, recoge anteriores iniciativas, de índole benéfica o higiénica, que, de triunfar la institución, harían de su prometido concurso algo imprescindible.
Como remate, se insinúa que el Instituto acogería medidas para actualizar los conocimientos de los sanitarios, desde luego un sorprendente desafío para los profesionales de la medicina y la enfermería.
El Ayuntamiento y el nuevo régimen sanitario.
El calado de lo enumerado en el artículo del Diario no deja impávido a cualquiera y, por supuesto, mucho menos a la administración local.
El asunto del Instituto de Higiene, así como el alcance final de la propuesta y los ulteriores cambios, fue objeto de debate en el pleno municipal, dos días después de la glosa funcional en el periódico.
Así, pues, el lunes, 26 de julio, se da lectura al «proyecto de organización del Instituto Provincial de Higiene de Canarias Orientales» 21.
Ya habían informado las comisiones inmersas, de alguna u otra manera, en la puesta en práctica de la realización institucional: la de Beneficencia y la de Hacienda y Régimen Interior, sin presentar objeción irreparable al diseño del Doctor Ortiz de Landázuri.
No obstante, otro ----punto más difícil eran las bases de la colaboración entre Ayuntamiento y Cabildo Insular, todavía por concretar, para ayudar a financiar y sostener al Instituto.
En primera instancia, dos destacados miembros de la Comisión de Beneficencia, Sanidad y Cementerios, don Rafael Ramírez Suárez y don Luis Mena Burgos, estaban por la labor y no escondían su apoyo hacia a la ejecución inmediata del proyecto, lo que lógicamente decantó el panorama hacia la adopción de una acuerdo unánime, fundamentado en seis puntos de importante motivación histórica, ya que sus contenidos describen la red sanitaria y asistencial dispuesta por el Ayuntamiento, aparte de otros detalles de no menor significación.
Por ejemplo, en las cláusulas A-D se especifican diáfanamente los traspasos, cesiones y pases del personal de anteriores complejos o institutos al neonato, entre ellos el Laboratorio Municipal al completo y la Brigada de Desinfección; además se certifica la defunción de las Brigadas Sanitarias «al cesar dicho organismo de sus funciones» 22.
Pero, también queda uno enterado de la nómina de cualificados técnicos que prorrogan su excelente actividad en el recién creado: Alberto García Ibáñez, Jefe de la Sección Bacteriológica; Antonio Vila Enríquez, Jefe de la Sección de análisis químicos y, cómo no, los respectivos auxiliares que «dependerán en lo sucesivo del Cabildo Insular» 23.
No obstante, el lenguaje modifica el tono cuando se alude al personal subalterno, ya que se dice literalmente que «será preferido para los puestos ó destinos análogos del Instituto» 24.
La cláusula E, de idéntico primer punto, resulta de lo más relevante porque detalla la contribución económica del Ayuntamiento al sostenimiento del Instituto.
En concreto, una cuantía anual de 64.000 pesetas «que se librarán por dozavas partes».
Esto es, 5.333,33 pesetas por mes y, con ello, según recoge el mismo texto, quedaría exonerada la ciudad de las obligaciones del artículo 130 del Instituto Provincial.
A poco que se razone el presupuesto, y esta última referencia, se hará entendimiento de lo factible de la financiación propuesta, que dista de convertirse en un duro peso para las arcas municipales, y, en otra latitud, hallaremos que el Reglamento del Instituto de Higiene en poco había de ser redactado, aunque desconozcamos el tenor exacto de sus contenidos, habida cuenta que no se ha conservado ejemplar de él que sepamos.
A buen seguro, partiría de experiencias peninsulares contrastadas, si bien enmarcadas en la situación isleña.
Los representantes del Consistorio en el gobierno del Instituto tampoco quedan en el olvido.
O bien la figura del Alcalde asumiría tales funciones o bien un concejal aceptaría desempeñar el cargo.
La cláusula G admite, en un todo, el traspaso del régimen sanitario: «El Instituto vendrá obligado a prestar todos los servicios de su cometido en relación con el municipio de Las Palmas, de suerte que no sean al mismo exigibles como obligación mínima» 25.
El artículo 2, menos programático, discurre por los senderos de la ruda práctica cotidiana, al concretar el trasvase material 26: «El material y enseres que el Ayuntamiento viene utilizando en sus laboratorios y Brigadas de Desinfección que son de su pleno dominio, serán entregados bajo inventario al Excmo.
El resto del texto acordatorio hace precisiones sobre la posibilidad, en tanto no se concretara el ansiado Instituto, de reinstaurar totalmente el servicio sanitario municipal si aquél no llegara a abrir sus puertas o quedara liquidado antes de empezar.
Sobresale, de esta retahíla preventiva, la designación de Rafael Ramírez Suárez 27, como miembro corporativo en el seno de la futura Comisión de Régimen Administrativo del Instituto de Higiene Provincial.
Nada extraño si nos atenemos a la trayectoria personal y política del individuo, señalado por su responsabilidad en el área de la Comisión de Beneficencia, Sanidad y Cementerios 28.
En cierta forma, el Ayuntamiento, avezado en pasadas aventuras legislativas, dentro del mismo sector, muestra una cautelosa conducta y, si nos apuran, una política seguidista con respecto a anteriores diseños sanitarios, pese a la novedad institucional.
A la postre, el nuevo régimen sanitario se impone en lo normativo y administrativo.
De ahí la expectación, bien calibrada, de los ediles y representantes de la sanidad municipal.
Pero, y esto es indubitable, la realidad presiona para que haya, en efecto, un trasvase de funciones de una institución a otra.
Así lo certifica el mismo acuerdo que consigna la dejación de los deberes propios de la asistencia médica en manos del Instituto Provincial.
Al parecer, sin grandes contratiempos ni sobresaltos.
28 No en vano era su Presidente por designación oficial, tomada en sesión consistorial del 27 de octubre de 1925, fol. 80 y ss.
EL INSTITUTO Y LA SOCIEDAD CIVIL: EL MODELO SANITARIO RESULTANTE.
Una vez hubo llegado el acuerdo institucional, la promesa de un régimen sanitario nuevo pasaba por hacer partícipe a la sociedad isleña de los parabienes del Instituto de Higiene, presentando a los cuatro vientos todos los pormenores y entresijos que fueran necesarios para que la ciudadanía hiciera suyo el empeño administrativo.
En una palabra, había que darlo a conocer, mostrar la estructura, las personas -sobre todo, el director-y las finalidades.
Obvia decir que, semejante campaña informativa e institucional, ha hecho mucho a favor del conocimiento histórico del Instituto, que, de no haber sido así, quedaría en la oscuridad de los legajos y quién sabe más.
Semanas después del plenario municipal, los periódicos de la época, y sonadamente el Diario de Las Palmas, acometen una progresiva estrategia de información social en la que la higiene y la sanidad son principales protagonistas.
El trasfondo, por supuesto, es la creación del Instituto Provincial de las Canarias Orientales, pero se le rodea de cuestiones que, a poco que uno alcance, cada vez lo hacen más urgente y necesario.
Con un lenguaje sencillo y práctico, los editoriales y sueltos apuntalan una mentalidad creciente en pos de la reforma sanitaria.
El lunes, 16 de agosto de 1926, el Diario situaba en la portada el texto «Organización de los servicios de Higiene y Sanidad» 29, que recapitula, en lo esencial, los acuerdos municipales de julio.
No obstante, introduce un detalle inesperado acerca de la cuantía económica del mantenimiento de la institución, glosando las diferentes partidas: «El sostenimiento del Instituto se calcula en 154.000 pesetas, con personal técnico -63.000-, idem auxiliar -40.000-, Gota de leche -15.000-, Dispensario antituberculoso -4.000-, transportes -6.000-, jornales, enfermos en el hospital de infecciosos, agua, luz, etc. -12.000-, Laboratorio -12.000-y otros gastos de escritorio.
La instalación se calcula en 50 mil pesetas».
Un tanto improvisado, al menos en la redacción periodística, pero se atisba un planeamiento presupuestario e inversor, que era la duda que todavía pendía sobre el cambio de régimen.
De buena gana, el periódico ofrece lo que la fibra sensible de la opinión pública quería saber.
Bien es verdad que la lectura ----de los diarios no alcanzaba los índices de hoy en día, no obstante la minoría lectora y burguesa tenía los ojos puestos en el Instituto de Higiene, porque, entre otras cosas, los problemas de índole sanitaria e higiénica siempre habían sido un auténtico quebradero de cabeza para el tejido social, amén de que los procesos infecciosos podían afectar a cualquiera, saltando las clases sociales y sin distinguir condición ni edad.
Precisamente, el miércoles, 18 de agosto, se cargan las tintas sobre el particular y, de modo especial, el redactor hace hincapié en la concienciación ciudadana al respecto de garantizar la higiene social.
«La cuestión higiénica y sanitaria» 30, así reza el encabezamiento, reparte por igual dosis de buena voluntad y alarma médica que culminan en «una perseverante campaña de higienización» 31.
Las epidemias, las infecciones sobrevenidas, las malas condiciones de las viviendas, el mal tuberculoso -del que se dan cifras: 10 óbitos en julio-, son los capítulos a solucionar en la nueva apuesta del Instituto de Higiene.
De manera paulatina, la campaña informativa va ascendiendo en nivel de intensidad, en una perfecta política de acomodación del perfil ciudadano hacia la nonata institución.
Es un manejo curioso de lo médico y lo científico, no obstante la bondad institucional, hacia la validación social del trasvase de diseño sanitario.
Otro peldaño, en tal tesitura, es alcanzado en «Problemas municipales.
II», del sábado, 28 de agosto32, en el umbral de la vuelta de la estancia vacacional.
Vuelven a registrarse los puntos conflictivos de anteriores entregas, como las «viviendas insalubres de la Isleta» 33, asunto ya denunciado por el veterano cronista y doctor Domingo J. Navarro en 189634, y que de manera insistente reaparecía como preocupación social determinante.
De otro lado, la pluma del periodista hería en lo hondo de la atención de las autoridades del ramo, pues veladamente insinúa una incorrecta disposición del servicio de abastecimiento urbano: «sin agua no es posible que haya higiene pública ni privada» 35.
Tampoco suponía novedad alguna tal evidencia, sólo era un reclamo más para preparar al lector sobre la sucesión de artículos que, definitivamente, expondrán el Instituto de Higiene al conocimiento público.
----En tal sentido, y pareciendo contestar a lo ya publicado, se indica una de las funciones del citado36: «En el servicio de inspección de viviendas intervendrá el Instituto de Higiene de Canarias Orientales, que funciona bajo la acertada dirección del Inspector de Sanidad de este grupo D. Ortiz de Landázuri».
Es, pues, en las fechas postreras de 1926 y en los inicios de 1927, cuando se acomete, sin solución de continuidad, ni apenas miramientos, la presentación del Instituto.
La cantidad y calidad de informaciones y detalles varios hacen de esta serie documental un lugar imprescindible para conocer la realidad proyectada.
El jueves, 11 de noviembre de 1926, el Diario edita en primera plana «Utilidad del Instituto de Higiene y ventajas del régimen sanitario de Canarias» 37, un primer eslabón de la cadena informativa.
Según se dice: «El Instituto de Higiene será de efectiva utilidad y reportará grandes beneficios a la ciudad cuando se hallan organizado todos los servicios que tiene a su cargo, para lo cual necesita el personal técnico necesario».
La organización: estructura funcional y miembros.
Por su parte, el Cabildo Insular de Gran Canaria, hasta ahora silente en sus gestiones, al menos en lo que respecta a reflejo periodístico 38, también comenzó a mover piezas en la dirección de convertir en hechos palpables los proyectos del Inspector de Sanidad.
El 24 de septiembre de 1926, en sesión extraordinaria, de contenido casi único 39, se aprobó el Proyecto de Reglamento del Instituto de Higiene, en información aportada por La Provincia, diario matutino, que daba complemento al Diario de la tarde.
Incluso antes, ya había ordenado la provisión de una plaza de auxiliar administrativo para la plantilla de la institución sanitaria 40.
En fin, parecía existir una clara voluntad política y administrativa al objeto ----de establecer, en un tiempo razonablemente corto, el servicio higiénico, lo que contrasta con el desinterés o poco rigor de los esfuerzos de las autoridades de otras latitudes hispanas por dotarse de estos ejemplares institutos 41.
Los meses de enero y febrero de 1927, a los efectos periodísticos, mostraban una decidida tendencia a la información sanitaria o, directamente, médico-asistencial en comparación con los contenidos habituales de los diarios más leídos, que se inclinaban, de manera natural, a los aspectos políticos, fueran nacionales o hicieran relación al sempiterno pleito insular.
Por ejemplo, los temas tratados, de gran interés en aquel momento, indicaban que los servicios de atención a los enfermos mentales (miércoles, 12 de enero) 42, la epidemia gripal (sábado, 22 y martes, 25 de enero) 43 y la tuberculosis no quedaban muy lejos de la preocupación social 44.
Antes al contrario, son los jalones de un sumario de estudiado impacto editorial, que únicamente podía captarse en su plenitud tras la exposición divulgativa del Instituto de Higiene de Canarias Orientales.
En realidad, se hacía presentar la necesidad y luego, como remate, el bien material que habría de satisfacerla.
El mal tuberculoso provocaba estragos entre la población, según la estadística comparada ofrecida por el propio Diario en marzo de 1927, en un artículo que no dejaba lugar a dudas: «La mortalidad en el año 1926».
De los 1.433 óbitos producidos, la tuberculosis era la responsable de 180 muertes 45, una alta cifra que, de no poner los remedios oportunos, seguiría aumentando en el próximo ejercicio sanitario.
Pues bien, con un mes de antelación, el mismo órgano informador destaca entre sus columnas un entusiasta artículo, «Obra social y humanitaria.
Campaña contra la tuberculosis», demostrando que ya el Instituto de Higiene, no obstante la celeridad de su puesta en marcha y aún sin las reformas previstas en su casa 46, actúa con positiva mano en la detención de la infección:
43 Diario de Las Palmas, «Una circular interesante.
Desglosada la cifra, quedaría así: 148 individuos por tuberculosis pulmonar, 16 de meningítica y 16 de «otras tuberculosis».
Sesión de la Permanente», lunes, 5 de julio de 1926: «(...) se aprueba el proyecto de reforma en la casa destinada a Instituto de Higiene, ascendiendo su presupuesto a 49.037, 18 pesetas...».
Véase también RAMÍ-«Ya el Instituto de Higiene de Canarias Orientales, en poco tiempo organizado gracias a la actividad y competencia del inspector provincial de Sanidad de este grupo doctor Ortiz de Landázuri, se halla en acción, instalando diversos servicios de positiva utilidad.
Son interesantes los datos que nos suministra el Instituto de Higiene en una cartilla de propaganda sanitaria que acaba de publicar con plausible iniciativa.
En los últimos diez años la tuberculosis pulmonar ha ocasionado más de 2.000 defunciones en esta Isla, correspondiendo de ellas 1.558 a la ciudad de Las Palmas, y habiendo ocurrido 1.221 del total de esa mortalidad en personas de 20 a 39 años.
Responde, pues, el Instituto a los fines de su creación y las familias necesitadas pueden utilizar los diferentes servicios establecidos, al frente de los cuales se encuentran facultativos de probada competencia» 47.
En marzo de 1927, tras la campaña divulgativa y propagandística iniciada en noviembre del 26, las informaciones someten a escrutinio público el Instituto de Higiene.
El detalle es preciso y el mensaje directo, puesto que había que rentabilizar al máximo la aventura administrativo-institucional.
Una serie de artículos, comenzada en la primera semana del mes, pone en claro las atribuciones, la estructura funcional y el personal de atención en cada uno de los servicios.
El jueves, 3 del corriente, asomaba en la portada del Diario el texto «El Instituto de Higiene de Canarias Orientales» 48, primer aldabonazo que especifica el origen legal y barrunta la división competencial en su interior: «(...)
En cumplimiento del Estatuto y del Reglamento provincial se creó el Instituto de Higiene de Canarias Orientales, con residencia en esta ciudad, que ya ha inaugurado sus servicios...
Con arreglo al Reglamento por lo menos constará de tres [secciones]: epidemiología y desinfección; análisis (clínicos, higiénicos y químicos) y vacunaciones».
Resulta reconfortante, en la distancia histórica y con un mínimo de conocimiento de la situación sanitaria de la urbe a las espaldas, que un establecimiento de esa índole, felizmente organizado por el doctor Ortiz de Landázuri -que «en unos cuantos meses ha puesto en marcha servicios importantísimos» 49 -, abra las puertas a la atención de los enfermos.
También es proverbial, todo sea dicho, el acento del redactor al adelantar la apertura de los servicios cuando restaban obras de reforma en el edificio definitivo.
Justamente, ----la nueva entrega del Diario mitiga la curiosidad por la construcción 50, amén de escriturar la página histórica que ubica el Instituto de Higiene en las calles de la ciudad y no sólo en las hojas volanderas:
«Antes de instalar el Instituto de Higiene en un local sin condiciones adecuadas, lo primero que hizo el Cabildo insular fue construir un nuevo edificio como ampliación a la magnífica finca que posee en la calle de Canalejas.
Desde luego ha quedado, pues, instalado el Instituto en casa apropia, cuya distribución interior se adapta a los diferentes servicios establecidos en él.
El edificio es sencillo; consta de dos plantas, principal y baja.
En la parte baja han sido instalados locales de pasteurización, vacunación, de espera y de enfermeras, dispensario antituberculoso, con entrada independiente, consulta de la gota de leche, reparto y lavado de biberones, extracción de vacuna, observación, establo de terneros, garaje, servicios higiénicos, etc.
Además se proyecta una ampliación que sirva de parque de desinfección.
En el piso alto se encuentran la dirección y administración, secciones de química y bacteriológica, y antirrábica, departamentos de animales inoculados y autopsias, balanzas, etc. Hay también instalación de gas para la calefacción.
Todos los departamentos de trabajo hállanse bien ventilados y llenos de luz.
Puede decirse que modestamente es un modelo de instalación el Instituto de Canarias Orientales».
Es reconocible el orgullo por la factura y dimensiones del servicio.
Se echa de ver la ambición con la que fue proyectado y, al parecer, también desarrollado.
Sin embargo, destaca, por encima de cualesquiera otras circunstancias, que el Instituto arrostrara tal carga atencional y analítica, cuando antes los correspondientes laboratorios o estaciones habían de funcionar de forma individual, sin acompasar sus pasos en la mejora de la sanidad pública.
En cierto modo, esta compensación de las funciones del Instituto se debe al personal reunido por la voluntad de Ortiz de Landázuri.
Otro de los aciertos del suelto del Diario es que desglosa por secciones los miembros institucionales, tomándose cabal cuenta de la calidad científica y humana 51.
----50 Diario de Las Palmas (no. 13.142), «El Instituto de Higiene de Canarias Orientales.
51 Ibíd., y también Diario de Las Palmas (no. 13.143), «El Instituto de Higiene de Canarias Orientales: III y último», sábado, 5 de marzo de 1927. ra (sobre todo, compuesta por niños 52 ) y el de analfabetismo estaban trágicamente unidos, y esto era conocido por la clase médica insular, que, como hace al caso, procura atender no sólo a los enfermos sino facilitar un aprendizaje terapéutico entre la población de su atención.
Incluso, en los interiores del artículo del 5 de marzo, se aclara la procedencia administrativa y profesional de un amplio ramillete de médicos y el único veterinario.
De su tenor, se desprende que alcanzaron las plazas, felizmente dispuestas, por oposición pública en Madrid, adonde hubieron de desplazarse con tal fin y, en concreto, a las salas de la Universidad Central, lugar escogido para las pruebas.
Es decir, técnicos jóvenes y de sobrada preparación académica, demostrada en los concursos superados.
Hizo bien el Inspector de Sanidad, don Antonio Ortiz de Landázuri, en rodearse de personas plenas de ambición y afán por el trabajo.
No obstante, su figura personal mereció un atento repaso del editor, que nos descubrió el proyecto vital de un médico entregado 53: En suma, el Instituto de Higiene de las Canarias Orientales, en lo que respecta a conocimiento público de las funciones, cometidos y personal de su adscripción, está perfectamente conectado con las preocupaciones e inquietudes de la sociedad civil del momento.
Las referencias periodísticas, y aun las archivísticas, así nos lo hacen presente.
A escasas fechas del Real Decreto Ley de septiembre de 1927, por el que Canarias quedaba dividida en dos provincias, ya existía una legislación que ----52 «Para completar el cuadro, la turba magna de muchos [niños] casi desnudos, tirando piedras, silbando, corriendo, atropellando y maltratando a los mendigos, locos y borrachos, con infernal gritería», refiere NAVARRO (1895) sobre las calles más transitadas de Las Palmas de Gran Canaria.
(Hemos citado, en este caso, por la edición del Cabildo Insular de Gran Canaria, de 1998, pág. 67).
permitía separar a ambos grupos de islas, fueran occidentales u orientales.
El motivo de la particular quiebra administrativa era la sanidad, máxime en cumplimiento del Estatuto Provincial de 1925, al que precedió el Municipal, hijos del mismo padre, Calvo Sotelo, y así habrían de ser denominados con el tiempo, haciendo lugar a un nuevo epónimo en el cuerpo legal de la rama sanitaria española.
El Instituto de Higiene de las Canarias Orientales, visto en la distancia comparativa, resultó ser uno de los que se ejecutó con relativa celeridad dentro del territorio hispano.
A ello contribuyó decisivamente la firme apuesta del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y el Cabildo Insular de dicha isla, que no ahorraron en el esfuerzo.
Este Instituto de Higiene consolidaba, y aun fundía, anteriores servicios dispersos y mal coordinados.
A partir de 1926, y con el acertado desempeño del doctor Antonio Ortiz de Landázuri, las dependencias del renovado ex Colegio de la Soledad, ahora con una función muy distinta, son el enclave sociosanitario y asistencial más importante de este sector isleño.
Los periódicos, bien notificados del asunto, advierten de la presteza en el desarrollo de las ideas y el pulso equilibrado en la realización material.
Este joven doctor supo allegar fuerza y vitalidad a los médicos veteranos, recuperados de los viejos laboratorios capitalinos, y ganarse el respeto y confianza de los recién llegados de las últimas oposiciones de Madrid.
De su competencia se hacen todos eco y, de modo especial, el Diario de Las Palmas que no escatima en elogios.
Además, Ortiz de Landázuri asume prontamente la responsabilidad, desde su cargo de la Inspección de Sanidad, para afrontar los problemas latentes de la enfermedad en Canarias.
Las secciones del Instituto de Higiene informan del recto criterio con que se emprendió la tarea investigadora y terapéutica, destacando, por lo importante de la afección en el momento, el control del mal tuberculoso, que se había prodigado meses atrás, como denunciaban triste e insistentemente las estadísticas.
Esta es la parte más descriptiva del trabajo vertido hasta aquí, sólo resta apuntar las directrices regionales en las que se inscribe el Instituto de Higiene.
A lo pronto, el Instituto obedece a una singular política sanitaria de corte descentralizador que posibilitó un mayor dinamismo de los profesionales de la medicina, y, en no menor medida, una coordinación de las actividades socioasistenciales.
De otra parte, supone una carga de responsabilidad cierta sobre el Inspector de Sanidad, designado como el referente casi absoluto del sector en las Islas Orientales, a excepción del ramo de la Sanidad Exterior, todavía en manos del Ministerio.
Se quiere decir que el Instituto de Higiene adquirirá, mal que le pese, un perfil personalista en la dirección del timón sanitario, como evidencian las páginas de los periódicos.
No obstante, las distintas vo-luntades, presentes en la gestación del servicio, abundan en un comportamiento ejemplar, comandadas por el Alcalde de la ciudad, Salvador Manrique de Lara, y el Presidente del Cabildo, José de Aguilar Martín.
Este último descolló, en su mandato al frente de la institución insular, como decidido defensor de la sanidad pública con una política activa y comprometida con la apertura de hospitales por la geografía isleña 54.
Para finalizar, y dentro del noticiario aportado por el Instituto de Higiene, sobresale el prurito divulgador de Ortiz de Landázuri que aprovechó buenamente la ocasión de su destino profesional e hizo posible una sección de propaganda sanitaria en el recién constituido, algo no apreciable en otros servicios del mismo cariz.
Y, por último, los cambios de estructura funcional o asistencial, habidos tras la novedad administrativa, fueron bien recibidos por la profesión médica, a una parte, y por los estamentos oficiales del Ayuntamiento capitalino, de otra, aunque, en un principio, les apuraba la duda sobre el Instituto y su materialización.
El tiempo y la transparencia de voluntades disiparon las sombras.
AGRADECIMIENTO Quisiera dejar expresa constancia de mi simpatía y reconocimiento por el trato recibido y el buen servicio prestado al personal auxiliar de sala del Archivo Histórico Provincial de Las Palmas y al de la hemeroteca de el Museo Canario, ambos en Las Palmas de Gran Canaria. |
Una dialógica desestabilizadora del orden social y sexual: el médico argentino Juan Lazarte en la revista anarquista Estudios (1932-1936)
En este trabajo analizamos los artículos del médico argentino Juan Lazarte publicados en la revista Estudios en los años 30 del siglo XX.
Este hecho se produjo en el marco de una política editorial que pretendía superar la exclusión a que eran sometidos los discursos de oposición al orden social establecido.
La práctica discursiva analizada se desarrolló sobre una dialógica en torno a las propuestas neomaltusianas y eugenésicas y a las causas históricas de unas relaciones sociales generizadas que estructuraban una doble moral sexual.
Lazarte usó diversas formas de intertextualidad y señaló la compatibilidad de planteamientos que se mostraban opuestos en apariencia, sin obviar las diferencias, evitando los debates en términos dicotómicos.
Esta praxis hizo posible un uso táctico de la retórica eugenésica en la propuesta neomaltusiana con la que se pretendía que la especie humana alcanzase un estado de buen vivir.
Al no concebir la historia desde una ideología del progreso, y empeñarse en considerar los distintos aspectos de los problemas (biológicos, económicos y culturales), el discurso de Lazarte en Estudios contribuía a conformar un mundo que desafiaba los supuestos de un biopoder determinista, constituyéndose en un poder desestabilizador del orden sexual y social.
Es bien conocido que durante los años treinta del siglo XX la eugenesia y el neomaltusianismo ocuparon un lugar relevante en el orden discursivo de las sociedades occidentales1.
Sin embargo, no todos los discursos interpretaron de la misma manera los saberes y las prácticas eugenésicas y neomaltusianas, sino que existieron discursos dominantes y discursos de oposición que incorporaron y transformaron sus significados2.
Aunque, como ha puesto de manifiesto el análisis crítico del discurso, el poder establecido pretende el control de la producción y circulación de los discursos a través de distintos procedimientos entre los que se encuentra el de la exclusión de discursos de oposición, alternativos y disidentes3, en las primeras décadas del siglo XX fueron posibles en el ámbito español y argentino iniciativas editoriales anarcolibertarias que formaron parte de un programa cultural y educativo integrante de una estrategia revolucionaria de transformación social4.
Producir conocimiento desde la praxis y para la praxis fue una empresa prioritaria para el movimiento anarquista5.
Con ello se pretendía propagar las ideas libertarias, pero también ofrecer instrumentos para el análisis crítico de la sociedad.
En este empeño se pusieron en marcha editoriales y publicaciones periódicas que tanto en España como en Argentina se proponían dar a conocer las bases de una sociedad alternativa a la capitalista, sin divisiones sociales y autogestionada6.
Entre las herramientas que posibilitarían la construcción de esa sociedad se dispuso de revistas como Estudios.
Revista Ecléctica (Barcelona, 1928-1937) que representó el espacio idóneo de discusión para el anarquismo que tomaba el eclecticismo como base y fundamento del conocimiento, social e ideológicamente interesado7.
Estudios se publicó en el periodo histórico considerado "la época dorada de la prensa cultural anarquista", y fue uno de los proyectos editoriales más exitosos del movimiento libertario español (Díez, 2007, pp. 102-110).
Xavier Díez la considera "la revista cultural más trascendente y prestigiosa del anarquismo español" además de la más vendida, y apunta que una de las razones de este éxito fue el carácter abierto y ecléctico de la revista que consiguió el apoyo de las diversas orientaciones ácratas (Díez, 2007, pp. 132-138).
Estudios perseguía objetivos compartidos por la prensa anarcolibertaria: informar, divulgar y debatir para construir un sistema alternativo de valores coherentes con la visión del mundo y la forma de vida libertarias que pondrían las bases para una economía, una sociedad y una cultura alternativas (Navarro, 1997; Díez, 2007).
Esta publicación contó con una gran proyección hacia los países latinoamericanos y de forma especial hacia Argentina, país en el que se pudieron distribuir más de veinte mil ejemplares8.
En ella colaboraron autores como el médico argentino Juan Lazarte (Rosario, Argentina 1891-1963).
Este autor estuvo vinculado desde muy joven a ambientes libertarios9 siendo su maestro de estudios primarios Julio Barcos10; sus inquietudes intelectuales le llevaron a obtener una formación amplia como naturalista, genetista y médico11.
Su activismo militante revolucionario le condujo a comprometerse con las luchas estudiantiles y obreras y a participar en diferentes publicaciones anarquistas (Ledesma, 2010b y Graciano, 2012).
Desarrollando algunas de las líneas propuestas por Barcos12, mostró un especial interés por el conocimiento científico de problemas sociales como la situación de las mujeres y las relaciones de género así como el control de la natalidad.
En este sentido, pensamos que el análisis en detalle de las publicaciones de Lazarte en Estudios puede acercarnos más a la comprensión del papel que la revista quería jugar en la apropiación de los distintos significados científicos no sólo transmitiendo el conocimiento sino, también, (re)significándolo para transformarlo en una herramienta de cambio revolucionario.
En este trabajo analizaremos los cinco artículos de Juan Lazarte publicados en Estudios entre los años 1932 y 1936: "Desprestigio del adulterio" (Lazarte, 1932), "Significación cultural y ética de la limitación de los nacimientos" (Lazarte, 1933a-e, 1934a-c), "La atrofia de la sensibilidad en las mujeres" (Lazarte, 1935a), "Los tiempos agenésicos" (Lazarte, 1935b) y "Milagros y Medicina" (Lazarte, 1936).
Una primera aproximación a estos textos nos muestra cómo la significación conflictiva del neomaltusianismo y la eugenesia se plasmó en el discurso de Lazarte que sólo utilizó el término "eugenesia" y sus derivados en cuatro ocasiones y "neomaltusianismo" en seis aunque en este caso le dedicó un epígrafe completo a aclarar las diferencias entre las propuestas de Malthus y el neomaltusianismo.
Ahora bien, cabe preguntarse si, aun así, dada la temática de los trabajos publicados, estuvieron presentes de forma significativa la eugenesia y el neomaltusianismo en el discurso de Lazarte en Estudios.
La respuesta a esta cuestión es que ambas propuestas ocuparon un lugar destacado en los contenidos abordados y que, como veremos en las páginas que siguen, fueron utilizadas con unos fines emancipadores en el marco de una praxis discursiva esencialmente dialógica que formaba parte de una práctica de resistencia y transformadora frente a un biopoder determinista.
LA AUTORIDAD DE JUAN LAZARTE EN LA REVISTA ESTUDIOS
Podemos decir que existía una verdadera sintonía de la revista Estudios como espacio de discusión y Lazarte como profesor que, siguiendo la tradición fomentadora del análisis y debate de las controversias en el anarquismo argentino13, "trataba de promover búsqueda y más que exponer doctrina quería que sus alumnos conquistaran pensando sus propias convicciones [...] no se cansaba nunca de recomendar lecturas, de encargar monografías, de suscitar discusiones, de promover, aunque fuera dentro de los estrechos límites de un aula, la investigación" (Cappelletti, 1964, pp. 37-38)14.
Como hemos señalado antes, la política editorial libertaria pretendía superar la exclusión a que eran sometidos los discursos de oposición al orden social.
En este sentido, a la vez que se reconocía la importancia del discurso en la transformación de la sociedad como un elemento de la praxis social15, había una consciencia de que la trascendencia social de los discursos dependía del grado de reproducción de los mismos, de las citas que recibieran, de su distribución social.
En esta línea, la obra de Juan Lazarte fue difundida por distintos colaboradores de Estudios.
Así, Maria Lacerda de Moura (1897-1945) utilizó las estadísticas de Lazarte en su artículo neomaltusiano "Procreación y miseria":
Lamento, asimismo, no poder transcribir otros datos demostrativos de que el exceso de nacimientos acarrea inevitablemente la crecida mortalidad infantil.
Veamos, no obstante, las conclusiones de una estadística que me proporcionó el ilustre médico argentino doctor Juan Lazarte, uno de los más dignos y nobles «camaradas» nuestros.
¡Por cada 7.389 niños que nacen, mueren 3.451, o sea, casi la mitad! [...]Hamburger, de Alemania, cita una estadística personal, semejante a la que me proporcionó el doctor Lazarte, aunque algo atenuada.
«La mortalidad infantil —dice— en las familias que sólo tienen un hijo es de un 23 %, mientras que en los hogares de ocho hijos se eleva a 51 %, alcanzando el 69 % en aquellos casos en que la prole va de 10 a 15" (Lacerda, 1932).
La autoridad de Lazarte en temas relacionados con los cambios en la sexualidad16 fue reconocida por Higinio Noja Ruiz (1896-1972), colaborador habitual de la revista, al reseñar el libro La revolución sexual de nuestro tiempo, editado en 1932 por Ediciones Nervio en Buenos Aires:
No se puede tratar en un volumen de las reducidas dimensiones de éste con más amplitud y suficiencia tema tan interesante y complejo.
Bien es verdad que el doctor Lazarte no es, como escritor y como sociólogo, cualquier cosa.
Este folleto le acreditaría si no estuviera ya suficientemente acreditado.
Todo lo que se refiere a la revolución que en el terreno del sexualismo se viene operando en el mundo en nuestra época, está tratado en este Cuaderno con una pericia y una precisión, rara vez mejor lograda.
Ni un solo aspecto de la cuestión es echado en olvido.
Y en todas las páginas, al lado del rigorismo científico, hallamos la limpieza de estilo, y la solidez de juicios del escritor y del sabio.
Reciban, autor y editores, el homenaje de nuestras simpatías y nuestra cordial enhorabuena (H.N.R., 1932).
También se reseñaron en la sección "Bibliografía" los trabajos de Lazarte sobre la socialización de la medicina y la reforma universitaria, considerándolos "una aportación seria a la causa de la cultura" (Anónimo, 1934) y reconociendo en el doctor Juan Lazarte "un trabajador infatigable" (García, 1936).
Félix Martí Ibáñez (1911-1972) asignaba a Lazarte el concepto de "proletarización del médico" en la crítica al funcionamiento de "las empresas particularistas que hacían de la Sanidad un instrumento al servicio de sus propios intereses" (Martí, 1937).
Por tanto, se presentaba a Lazarte como una autoridad en la elaboración de conocimientos que llevarían a la construcción de alternativas necesarias para el cambio del sistema social vigente, confiriéndosele un estatus de autoridad en la práctica discursiva anarcolibertaria que representaba la revista Estudios.
De esta forma, la obra de Juan Lazarte publicada en Estudios jugó un relevante papel en la acción legitimadora y reivindicativa de la limitación de los nacimientos y de la liberación de las mujeres.
SIGNIFICACIÓN LIBERTARIA DE LA LIMITACIÓN DE NACIMIENTOS
La apuesta neomaltusiana de la revista Estudios fue clara.
Es cierto que no todos los integrantes del movimiento libertario apoyaban esta opción17, hecho que se recogía en los textos de relevantes colaboradores de Estudios que se apoyaron en datos suministrados por Lazarte, como fue el caso de Maria Lacerda de Moura:
Lo que sí existe en todo el mundo es sobrepoblación.
Ante las lamentables consecuencias de semejante estado de cosas, no podemos menos que estremecernos pensando en la actitud hostil de muchos revolucionarios, Kropotkin le decía a Paul Robin: «Estás estorbando el advenimiento de la Revolución.»
James Guillaume escribíale: «Eres un obstáculo para la emancipación del obrero».
Y Elíseo Reclús negábase a publicar en su periódico los artículos neomaltusianos, so pretexto de que este asunto era de índole particular, y que, desde el punto de vista general, la limitación de nacimientos era tan sólo una «gran mixtificación».
Ante toda esta coaligación de juicios y actividades adversas, no podemos por menos que sentir profunda admiración hacia ese gran hombre que se llamó Paul Robin, cuya perseverancia igualaba a la magnitud de sus sentimientos fraternales.
Si todos los anarquistas se hubiesen tomado el trabajo de estudiar este asunto con el detenimiento y la imparcialidad que lo ha hecho Sebastián Faure, como él habrían cambiado de opinión (Lacerda, 1932).
En esta disputa Lazarte fue un neomaltusiano convencido, que dedicó buena parte de su obra escrita a propagar ideas y prácticas sobre el control voluntario de la natalidad.
En la publicación de las ocho partes que Estudios hizo del trabajo de Lazarte "Significación cultural y ética de la limitación de los nacimientos" (Lazarte, 1933a-e, 1934a-c)18 se abordaba la dimensión histórica del problema, considerando el control de la natalidad como un movimiento de liberación principalmente femenino, pero también masculino.
Se hizo mención al medio siglo de lucha que sobre problemas sexuales se había desarrollado y cómo esa lucha había llevado hasta una nueva consciencia sexual que estaba construyendo un "nuevo mundo sexual" en países como Rusia y Norteamérica e incluso en Alemania donde el pueblo se enfrentaba al Estado fascista, constituyendo la disminución de los nacimientos todo un desafío al poder (Lazarte, 1933a).
De esta forma, Lazarte participaba de la consideración del movimiento neomaltusiano como un instrumento político.
Lazarte sostenía que en los países latinos estaban más atrasados en este asunto y aunque en España las "condiciones prerrevolucionarias" llevarían en pocos años a que se conocieran y discutieran los problemas sexuales, en Hispano América se mantenía una situación colonial debido a la existencia de unos "sectores burgueses, intelectuales y religiosos de cruda e infranqueable oscuridad", aunque "minorías de hombres de alta consciencia" trabajaban para cambiar esa situación (Lazarte, 1933a).
Junto a estos aspectos históricos se fueron exponiendo las razones científicas y morales que debían plantearse sobre este asunto.
Lazarte desarrolló tres líneas argumentales, relacionadas con la medicalización del trabajo reproductivo, cuestiones de herencia y eugenesia y la liberación de las mujeres.
Trataremos en este epígrafe las dos primeras y abordaremos la última en el siguiente apartado dedicado a la revolución sexual.
Ya abordamos en trabajos anteriores el papel que la medicalización de los aspectos reproductivos había jugado en la estrategia del activismo neomaltusiano (Jiménez y Molero, 2009; y Jiménez y Molero, 2011).
En el caso de Lazarte se optó por desarrollar la idea del parto como catástrofe fisiológica, aunque el médico argentino, consciente de "la importancia que las sociedades dan a la maternidad" (Lazarte, 1933b), puso especial cuidado en evitar un enfrentamiento frontal con posiciones maternalistas mixtificadoras:
Un parto es una verdadera catástrofe fisiológica.
No queremos hacer una antipropaganda de la maternidad, ni condenarla así porque sí en conjunto groseramente.
El espectáculo más emocionante de la vida humana es el momento en que una mujer da a luz a un niño...
Aquí caben todos los elogios y aplausos junto al más grande sentimiento de respeto y de religiosidad verdadera.
Por de pronto, la maternidad es uno de los instintos básicos, no sólo humanos, sino animales y vegetales, en esto, en lo tocante a la reproducción (Lazarte, 1933a).
También sostenía que "jamás en la historia" se había defendido y protegido la maternidad como en 1932 y como se defendería y perfeccionaría en el futuro, debido a "los proyectos, leyes y pensamientos ya divulgados, que van tomando forma concreta en las novísimas legislaciones.
De donde la maternidad no está en peligro, la reproducción ha tomado seguridades desconocidas en el convivir societario antiguo" (Lazarte, 1933b), tranquilizando de este modo a los pronatalistas.
Sin embargo, a pesar de estas precauciones, Lazarte consideraba que el parto suponía una "catástrofe" anatomofisiológica, psicológica e histórica para las mujeres (Lazarte, 1933a).
Lazarte utilizó el concepto de "tragedia biológica de la mujer" aunque, consideraba que dicha tragedia, "si no vencida, pudiera ser atenuada por creaciones de la naturaleza societaria del hombre y aportes de la inteligencia individual" y planteaba que había diversas y encontradas opiniones sobre este asunto.
Señalaba que existían importantes aspectos históricos que habían llevado a "la mujer" a una situación de doble esclavitud: esclavitud económica y esclavitud sexual.
Para Lazarte la situación económica estaba muy vinculada a la mala situación higiénica de las mujeres obreras y por tanto a resultados de alto índice de mortalidad maternal, abortos y partos prematuros:
el parto no sólo es un peligro natural sino que está determinado en su peligrosidad por las causas económicas de la mujer, tanto como por las causas de la constitución fisiológica, y si a esta constitución orgánica unimos otras causas también económicas que antes sobre ella influyen, llegamos a la conclusión que para la mujer trabajadora un embarazo o un parto es asunto de suma importancia y también un problema unido a su liberación económica y social (Lazarte, 1933a).
Aportaba datos en los que en condiciones de trabajo doméstico se producían abortos y partos prematuros en proporciones sólo superiores a las del trabajo en fábricas con metales (plomo) (Lazarte, 1933a).
Ésta era una de las maneras en que Lazarte vinculaba los riesgos reproductivos con la estructura de clases sociales.
Aseguraba que existía una "íntima relación" entre el índice de mortalidad y el salario de los padres y para probarlo citaba los estudios del Children's Bureau de los Estados Unidos de Norteamérica publicados en el libro de Ernesto Nelson (1873-1959) La salud y el niño en Nueva York en 1929.
Afirmaba que había "muchos oficios obreros que son causas directas –ya comprobadas- de mortalidad infantil" (Lazarte, 1933e).
Así, "el imperativo de la anticoncepción" se fundamentaba en la alta mortalidad infantil y también en la mala salud de las mujeres como consecuencia de partos muy frecuentes.
Para argumentar esto, Lazarte utilizaba diferentes casos descritos por Marie Carmichael Stopes (1880-1958) y Jane Hawthorne (m.
1945), entre ellos el siguiente relato de "una madre":
Quisiera saber cómo evitar el tener más hijos, pues me parece que ya he cumplido mis deberes con la patria, por haberle dado trece hijos, nueve varones y cuatro hembras.
Me viven seis niños y una niña que en mayo cumplirá tres años.
Hace tres semanas se me murió una hija de tos ferina, y digo todo esto porque no puedo cuidar a mis pequeñuelos como quisiera...
Como ni mi marido ni yo somos viejos, pues él cumplirá cuarenta años en julio próximo y yo cumplí treinta y nueve el 19 de febrero pasado, temo tener más hijos.
Nos casamos hace veinte años y puede usted ver por los hijos que he tenido que no me ha quedado mucho tiempo para divertirme.
Ahora estoy muy enferma de varices y apenas me valgo (Lazarte, 1934a).
Lazarte concluía: "casos como éstos no son excepciones.
Los hay por cientos en todas partes.
Los médicos prácticos han visto desfilar muchísimos y los parteros y ginecólogos no tienen más que consultar sus archivos para ofrecer al lector numerosísimos ejemplos"; por tanto, la anticoncepción era considerada "una necesidad pública" (Lazarte, 1934a).
Lazarte trataba de explicar por qué se había llegado a esa situación sosteniendo que era la ignorancia la que llevaba a la maternidad continua que además de suponer una nueva esclavitud era antihigiénica ya que los embarazos múltiples y seriados provocaban el agotamiento y la enfermedad en las mujeres (Lazarte, 1933c).
Por otra parte, intentaba profundizar en las causas histórico-culturales que mantenían una actitud antineomaltusiana, señalando que una fuente de autoridad cultural como La Biblia había impuesto no sólo el "crecer y multiplicaos" sino el parir con dolor como fuente de dicha (Lazarte, 1933a), y ahondando en esto el cristianismo había realizado "un supremo esfuerzo de destrucción de la recreación" (Lazarte, 1933b).
Sin embargo, este contexto cultural no había sido ni era el único posible como se encargó Lazarte de mostrar19.
El aspecto recreativo del amor había sido considerado por las culturas occidentales precristianas y había sido "redescubierto" por la ciencia moderna, de manera que se podía disociar reproducción y recreación en lo que se refería a la actividad sexual humana (Lazarte, 1933b)20.
Esta realidad había llevado a la existencia, en todos los tiempos y lugares, de "antecedentes de limitación de nacimientos", antecedentes que servían a Lazarte para argumentar la necesidad de introducir el control y la voluntad en los aspectos reproductivos, pues "solamente a un troglodita se le ocurre pensar que se reproducen mejor los salvajes de Hotentosia (naturalmente) que las supercivilizadas jóvenes alemanas o rusas de las grandes ciudades, que ya están en posesión de los conocimientos anticoncepcionales" (Lazarte, 1933b).
De este modo, los anticonceptivos se constituirían en "un factor activo y cooperador de la civilización" (Lazarte, 1933c).
De ahí que hiciera una intensa crítica a las políticas natalistas y al concepto de buena madre que éstas difundían, asegurando que, por el contrario "No es la mejor madre la que tiene más hijos; seguramente está entre las peores" (Lazarte, 1933c).
Ya había anunciado con anterioridad que la humanidad había conseguido transformar la sexualidad al considerar el aspecto recreativo del amor y dando otra perspectiva a su aspecto reproductivo la cual encerraba "una nueva maternidad" (Lazarte, 1933b).
Además, formando parte de ese discurso opositor y resistente a la visión tradicional de la reproducción, Lazarte apuntaba que los asuntos reproductivos, y, por tanto el parto, debía ser considerado un bien social y como tal un trabajo productivo merecedor de retribución, de ahí que hiciese la siguiente referencia: "Bernard Shaw da tanta importancia al parto que cree se debe pagar a cada madre 20.000 dólares por hijo, dado los riesgos que en cada uno corre su vida y su cuerpo" (Lazarte, 1933a).
Junto a estos problemas de orden somático, Juan Lazarte sostenía que era necesario luchar contra los trastornos psíquicos causados por la idea del pecado y el miedo al embarazo.
Éstos habían provocado temores y frenos que conducían a la disminución de la sensibilidad y neutralización de la fantasía.
Estas circunstancias había desencadenado trastornos y degeneración del organismo, a las que Freud llamaba histeria y otros autores neurosis, que conducían a la insensibilidad e insatisfacción sexual causantes de, entre otros males, los celos (Lazarte, 1933b); la frigidez femenina era otra consecuencia de esta situación (Lazarte, 1935a) como veremos más adelante.
Dada esta realidad, Lazarte proponía como solución una adecuada educación sexual y la enseñanza de los contraconceptivos que supondrían una ventaja para el organismo de las mujeres, las buenas relaciones de las uniones y el bienestar psicosocial de la colectividad.
Estos grandes beneficios individuales y colectivos permitía a Lazarte propugnar un uso generalizado de contraconceptivos para solteras, recién casadas, casadas, madres, en definitiva para todas las mujeres en edad reproductiva (Lazarte, 1933b).
Así, un objetivo de Lazarte era ayudar a las mujeres en la lucha por la anticoncepción dado que
Existen muchísimas mujeres, muy inteligentes, que en nuestra civilización colonial y precultural luchan como leonas para limitar la maternidad, topándose con la estupidez inmensa de los «maridos», el consenso que los anticonceptivos son condenados por la Iglesia, la dificultad de una información seria y científica, la pobreza y demás.
Estos pobres seres son dignos de liberación.
No quieren más hijos.
Muchas, nos dicen: «Doctor, estoy harta de hijos y no sé cómo hacer» (Lazarte, 1933b).
Por ello, se preocupó Lazarte de difundir métodos anticonceptivos publicando información sobre el que se popularizó como método Ogino (Lazarte, 1935b).
Consideraba que éste sería un importante avance en la anticoncepción, dado que las investigaciones en curso acabarían comprobando la existencia de un tiempo agenésico para toda mujer, lo que reportaría "el más alto beneficio humano" (Lazarte, 1935b).
Pero, advertía de las dificultades que en aquel momento apreciaba en ese método anticonceptivo dado que "el período de fecundabilidad de la mujer es bastante complicado a determinar", por la variabilidad, y debido a ello "hay que andar con sumas precauciones" (Lazarte, 1935b).
En su opinión "en todos los fenómenos analizados no existe una exactitud matemática como para fiarnos en absoluto [...]
Aún faltan muchos puntos que aclarar en este método" (Lazarte, 1935b).
Para entender el interés por un método que provocaba tantas dudas, no debemos olvidar la ventaja que tenía un coste económico nulo para las clases sociales más desfavorecidas.
Estrechamente relacionado con la medicalización de los asuntos reproductivos, la herencia y vinculada (o no) a ella la eugenesia21 estuvieron muy presentes en el ámbito discursivo de las primeras décadas del siglo XX.
Como apuntábamos más arriba, la obra de Lazarte no fue una excepción.
Lazarte en su defensa de la anticoncepción utilizó una literatura que argumentaba el origen hereditario del vicio, la indigencia, la enfermedad, la demencia, la idiocia, la criminalidad, de forma que necesitaba advertir, a pie de página, "No estamos de acuerdo en todo con los autores" (Lazarte, 1934a); pero no explicó las razones ni los elementos del desacuerdo.
Y, aunque fuese para prestigiar la anticoncepción y dándole un sentido diferente a la pretensión del predominio de los más favorecidos, arrastró la retórica de la llamada por Anne Carol "eugenesia aristocrática" (Ledesma, 2012, p.
158) cuando sostenía que "sólo los pobres e ignorantes", "campesinos pobres y gentes sin oficio" no usaban anticonceptivos", y apostillaba:
Por supuesto no es este contingente de niños de tan superior calidad —ni el Standard de vida admirable— como para aplaudir así no más, sin llamar la atención la prolificidad de estas clases si tenemos un verdadero amor por la raza hispanoparlante e interés por la grandeza biológica del porvenir [...] los grupos en mejores condiciones económicas y culturales son también los que más conocen los anticonceptivos y los que por otras razones procrean en general menos (Lazarte, 1934c).
Apoyándose en citas de Havelock Ellis (1859-1939) como "En la regulación de los nacimientos poseemos un estimable instrumento no sólo para la inmediata mejora de la sociedad sino para el enaltecimiento de la raza [especie] humana" (Lazarte, 1933e), utilizó una retórica eugenésica en su campaña en pro de los anticonceptivos que le llevó a legitimar el espaciamiento de los partos con dicha retórica, aconsejando "a las madres pobres no tener nuevos hijos antes de los cuatro años, y a las madres en buenas condiciones económicas, no hacerlo antes de los tres años.
Medida que fortalecerá la esencia de una verdadera raza fuerte, base para un pueblo libre" (Lazarte, 1934b).
Podemos apreciar que en la cita utilizada por Lazarte, Ellis proclamaba como medida la regulación de los nacimientos, cuestión central del neomaltusianismo, que supondría una mejora de la especie humana en su conjunto y no de un grupo social considerado superior22.
En este mismo sentido utilizaba Lazarte el concepto de "raza", añadiendo dos vertientes del problema el biológico y el económico: "la raza se resiente en su biología, y sin una raza fuerte no conseguiremos crear una civilidad fuerte.
El problema es biológico y económico y los dos factores es necesario extenderlos a las masas" (Lazarte, 1933e).
Para Lazarte, la herencia no era más que un elemento de otros muchos: "son los trabajos rudos y malos para las madres, la miseria, la herencia e ignorancia los factores que determinan la alta mortalidad infantil y sobre los cuales podemos actuar" (Lazarte, 1933e).
De esta manera, se mezclaban en el discurso de Lazarte sobre la limitación de nacimientos neomaltusianismo con toques de eugenesia porque, en definitiva el objetivo último de las propuestas realizadas era no sólo disminuir la cantidad de nacimientos o aumentar la calidad biológica de los nacidos sino lograr una vida merecedora de ser vivida; de ahí la reproducción de la queja expresada por una mujer que con trece hijos nacidos y siete vivos decía: "No me ha quedado mucho tiempo para divertirme" 23.
No se trataba sólo de sobrevivir sino de tener una buena vida.
LA REVOLUCIÓN SEXUAL DESEADA
Como ya apuntamos en el epígrafe anterior, en la significación libertaria que Lazarte dio a la limitación de los nacimientos la liberación de las mujeres jugó un papel central.
La contracepción permitiría a la mujer ser "fisiológicamente libre" (Lazarte, 1934c).
Los anticonceptivos posibilitarían oponer el concepto de "emancipación biológica" frente al de "tragedia biológica" ya que llevarían a la libertad femenina para tener hijos "cuando quiera", y al derecho de la mujer a la limitación de los nacimientos sin "servidumbres ni subordinación" (Lazarte, 1933c).
Oponiendo consciencia, inteligencia y ciencia a religión, se alumbraría una nueva mujer "la mujer de los 40" porque la mujer de los años 30 era una "mujer de transición" (Lazarte, 1933c).
La técnica anticonceptiva significaba civilización, considerada ésta como difusión de conocimientos útiles y aspiración de hacer posible, para todos los miembros de la sociedad, una vida digna de ser humana; porque mientras la mujer fuese una "sierva de la ignorancia, miseria, marido e hijos no habrá redención humana posible" (Lazarte, 1933c).
En este sentido, Lazarte era optimista al considerar que se había desarrollado una nueva ética sexual (neomaltusiana), la cual estaba muy vinculada e incluso supeditada al desarrollo de los avances científicos, porque, aunque el mismo Lazarte sostenía que "neomaltusianismo hubo en Egipto de Tut-Ank-Ammen, en China de Confucio, como en Roma de César" (Lazarte, 1934b), debido a la ineficacia de los medios que habían estado disponibles para procurar la anticoncepción, "el esfuerzo hondo de la nueva consciencia en separar proceso reproductor de ritual dé comunión física y espiritual: placer; en distinguir y disociar sexo de multiplicación [...] chocaba contra resultados que no deseaban, así el hombre como la mujer" (Lazarte, 1934b).
Hasta entonces no se había llegado a una total liberación porque "los medios anticonceptivos eran inseguros" (Lazarte, 1934b).
Pero en aquellos momentos la ciencia había logrado que se produjesen "resultados seguros en un cien por cien" y ya sólo faltaba "que la ciencia ponga en el comercio, al alcance de todos, en especial de las clases pobres, sus estupendas conquistas.
¡Ello no tardará mucho!"
Y es aquí donde la ciencia se convertía en "un gran instrumento de liberación humana en lo tocante al amor" porque había posibilitado que "la mentalidad sexual de las masas", sobre todo de las mujeres jóvenes, cambiase ya que "el mayor descubrimiento de los siglos [era] la comprensión de que la mujer desea el amor sexual igualmente que el hombre" (Lazarte, 1933b).
De esta forma se había conseguido "derrotar a las instituciones del orden actual", ya que
El matrimonio yacía desvencijado en descrédito creciente, reducido a los límites del prestigio burgués; la prostitución perdía terreno combatida enérgicamente, no por el Estado, su cómplice, ni por las clases privilegiadas que la necesitan, sí por la juventud femenina, el despertar erótico y la consciencia de los derechos de la mujer, desde un punto de vista extramatrimoniales" (Lazarte, 1934c).
La contracepción, como hemos dicho, permitiría a la mujer ser "fisiológicamente libre" y con ello nacería un mundo nuevo en el que la maternidad sería consciente y la prostitución y las enfermedades venéreas desaparecerían (Lazarte, 1934b).
Por otro lado, el poder desestabilizador del orden sexual dominante que poseía el discurso de Lazarte se centraba en el análisis crítico de las causas históricas de unas relaciones sociales que estructuraban una doble moral sexual.
Ésta se reflejaba en las diferentes respuestas sociales desencadenadas por una misma conducta en función de si el sujeto agente era hombre o mujer24.
Las causas por las que el castigo del adulterio estaba generizado respondían a razones religiosas, culturales y económicas.
Lazarte señalaba que en occidente el judeo-cristianismo jugaba un papel relevante junto con las ideas de "raza pura" vinculada al judaísmo.
En cuanto a los argumentos económicos occidentales, apuntaba al entramado económico familiar que había hecho de la mujer una propiedad privada del hombre y establecido unas prácticas hereditarias que mantenían unas relaciones de género desigualitarias.
De esta forma, Lazarte sostenía que el adulterio podía
dividirse en dos sectores: el adulterio del hombre y el de la mujer.
En sus orígenes, el primero no tenía importancia; los hombres tuvieron libertades y facultades; señores y privilegiados dictaron la ley.
El adulterio verdadero fue el de la mujer, como lo prueba la misma historia del Nuevo Testamento y como lo afirman las costumbres de la burguesía internacional reflejados en sus códigos y leyes.
Recién en las legislaciones modernas, más humanas, entra a considerarse el adulterio del hombre como delito y a darle importancia, aunque en espíritu no tanto como al de la mujer. [...]
Moralmente, siempre ha pesado más sobre la mujer que sobre el hombre, porque éste exigió seguridades en la paternidad.
La exigencia para la mujer de una monogamia rigurosa fue originada no sólo por el fín de dejar la propiedad, sino también por la seguridad que desearon los padres en tener, querer y criar a sus hijos.
Sin embargo, según Lazarte, lo artificioso de esta situación había hecho que toda norma represora del adulterio resultara inútil de manera que "en el siglo XX el adulterio es una costumbre humana generalizada y lo suficientemente vitalizada para romper las normas de una vieja moral sexual".
Resaltaba así cambios históricos que se debían a avances de la consciencia femenina, nuevos conocimientos científicos y cambios sociales y culturales.
En relación al avance de la consciencia femenina, Lazarte maximizaba las nuevas corrientes de pensamiento que optaban por una liberación sexual que permitiera a las mujeres disfrutar de una sexualidad libre.
Esta opción había llevado al "espíritu femenino" a mirar "científicamente los problemas del amor" y a declarar "que habiendo voluntad y libertad y no creándose consecuencias perjudiciales para terceros, todo acto sexual es moral".
Además, en opinión de Lazarte, "infinidad de hombres piensan lo mismo".
A este cambio en la subjetividad de las mujeres se habían unido reformas legales como el divorcio, y juntos habían transformado "el aspecto cerrado de la cuestión", rompiendo "el vínculo que parecía eterno" y dando "al amor territorios antes inexplorados".
En definitiva Lazarte sostenía: "Si hoy muere [el adulterio como conducta delictiva] es porque principalmente lo mata la mujer, la juventud femenina, esos millones de seres que miran con desconfianza el matrimonio y defienden encarnizadamente sus libertades.
Ellas le han concluido por hundir en el silencio".
En cuanto a los nuevos conocimientos científicos, Lazarte recurría a la autoridad de antropólogos como Malinowski para deconstruir el imaginario burgués hegemónico en occidente:
Mas está demostrado, como lo comprueba Bronislaw Malinowski, que no es ese [asegurar la paternidad biológica] un instinto básico; en Melanesia los salvajes no tienen un concepto claro de la paternidad.
Pueden querer un hijo creyéndole suyo, como pueden estimarle mayormente sabiéndolo de su mujer.
Una de las bases de los sentimientos paternales es la convivencia juntos.
Un hombre que ve nacer a un niño y desarrollarse, instintivamente le quiere.
Esto no sólo se percibe en las islas de Trobiand, sino que lo estamos viendo en quienes sacan bebés del hospicio para criarlos.
De esta manera negaba la relación del adulterio como delito con los instintos o la inteligencia, considerándolo como "una excrecencia de los sistemas patriarcales, forma nacida del egoísmo cimentado por ideas religiosas o por ambiciones terrenas".
Es más, considerando a la ciencia y la tecnología como herramientas liberadoras en tanto que moralizaban la libertad sexual, sostenía:
[El adulterio como delito] pertenece a épocas en que amor es reproducción, en las cuales no se concibe ni el amor placer o recreación y camaradería.
Se origina en los tiempos en que se ignoraba los millones de espermatozoides que produce el hombre en un instante o los millones de óvulos que da periódicamente una mujer.
De haberse inventado el microscopio mil quinientos años antes y los anticonceptivos aplicados en el siglo XII, ya no lo consideraríamos en serio25.
En esta clave de enfrentar lo nuevo con lo viejo, Lazarte concluía que cambios sociales y culturales muy relevantes habían sido posible debido a determinados procesos de decadencia; "la decadencia del poder paterno, la decadencia de la sujeción de la mujer, la decadencia de la costumbre y pretensión de casarse con vírgenes", habían "colaborado eficazmente en la decadencia del adulterio como lacra, mal, pecado o delito" (Lazarte, 1932).
Luego la decadencia también podía ser un motor de transformación social liberadora, si se trataba de la decadencia de instrumentos represores.
Además, no existía en la obra de Lazarte una ideología del progreso clara, pues, implícitamente, consideraba que se habían producido retrocesos en una imaginaria línea del tiempo26.
Por ejemplo, en el caso del abordaje de la sexualidad en la era precristiana y cristiana que expusimos en anteriores páginas, donde el periodo cristiano habría supuesto un retroceso en la consideración de la sexualidad humana.
Es más, consideraba que uno de los desarrollos de la civilización hebreocristiana, el sistema capitalista, había provocado tal degeneración27 que estaba conduciendo a un alto porcentaje de mujeres frígidas, consideradas anormales porque "la sensualidad es una forma normal de sensibilidad específica" y "la mujer en su estado de frigidez o anestesia está en inferiores condiciones biológicas, sociales y anímicas" (Lazarte, 1935a).
Frente a este estado de cosas,
las mujeres en las razas salvajes son perfectamente normales.
Es rarísima la que carece de sensualidad.
Entre el hombre salvaje y su compañera hay una reciprocidad perfecta en sus relaciones erotipsicofísicas.
Es de notar que siendo normal la vida sexual en las mujeres salvajes no existe, salvo rarísimas excepciones consecuencias degenerativas" (Lazarte, 1935a).
Así, por una parte, la decadencia de una civilización basada en la pérdida de vigencia de sus supuestos sociales y culturales que otros habían interpretado en clave noventayochocentista (de ocaso cultural), también podía ser entendida como un proceso de alumbramiento de una sociedad más igualitaria, y, por otra parte, siempre cabría la posibilidad de que dicho proceso supusiera una marcha hacia la opresión y la explotación.
No se trataba por tanto de un problema de regresión hacia estadios más primitivos de la especie humana sino todo lo contrario: una de las vías de la civilización, la capitalista (no la civilización en sí misma), era la que provocaba la degeneración de la especie humana, en este caso ejemplificada en la sexualidad anormal representada por la frigidez en las mujeres.
La esencia del problema era la disarmonía, las "contradicciones profundas" del sistema (Lazarte, 1935a).
Por eso, "al tener en cuenta la potencia erótica en la mujer primitiva y la degeneración de la mujer moderna, necesitamos buscar las causas que han establecido y están estableciendo esta degeneración y la encontramos menos en el orden psicológico que en la contextura social", de manera que
[la situación] se ha agravado enormemente por las condiciones a que el capitalismo la sometió sobre todo en su fase industrial y de racionalización.
Masas respetables de mujeres tienen a la fuerza que aceptar trabajo sedentario, no hay otra manera de vivir: costureras, textiles, cigarreras, modistas, empaquetadoras, empleadas, bolseras, dactilógrafas, etc., en malas condiciones higiénicas y en malas condiciones económicas que, a su vez, son semejantes a las de la vida fuera del trabajo.
La influencia del ambiente, la economía y el trabajo (en pequeña escala la herencia) han creado una incapacidad sexual –atrofia de la sensualidad- en grandes masas de mujeres de las clases trabajadoras [y, por otra parte], en las clases adineradas, las mujeres han tomado también la dirección de una vida de holgazanería y ocio que si es verdad que a prima facie parecería lleva a un camino de hipersexualidad, en cambio arrastra infinidad de veces a la impotencia femenina por razones psicológicas y económicas, pues en estas clases hasta hace poco tiempo la única salida del sexo era el matrimonio (por lo menos la salida regular).
Dentro de esta categoría y abarcando una clase media se encuentra como causa de la degeneración que venimos analizando el uso de los tóxicos, alcoholes, la frecuentación de cabarets, boites, donde entre la danza y el flirt, no se llega a ningún lado, fuera de la exasperación de los instintos, arsenal moderno que alimenta y vivifica al tipo de la 'flapper', que es un caso clavado de decadencia femenina...
Así se llevaba a las mujeres a "ese extremo": "una frigidez de grandes masas de mujeres", al mismo tiempo que se iba hacia "una exacerbación del sexo, en un sentido de preparación y de aumento patológico que abarca a la generalidad de los hombres obligando a una mayor demanda femenina, práctica o teórica, por su parte", correlacionándose esto con la prostitución donde se unían "los instintos sexuales con el dinero" (Lazarte, 1935a).
La solución a esta situación no era individual sino colectiva, puesto que colectivo era el problema: actuar sobre "un mundo de desigualdad económica y prejuicios sexuales" por medio de la educación sexual.
"Sólo así podremos retornar a una sensualidad natural, sana y altamente benéfica para la naturaleza humana" (Lazarte, 1935a).
EL CONOCIMIENTO A TRAVÉS DEL DEBATE DE LAS IDEAS
Ya hemos hecho mención del reconocido interés de Lazarte por la discusión de las ideas y la sintonía, en este sentido, con la política editorial de Estudios.
Basta hacer un breve análisis comparativo de los artículos de Juan Lazarte "Desprestigio del adulterio" y el inmediatamente posterior en las páginas del número 105 de Estudios "La virilidad del hombre", de Julio Atarfe, para entender el propósito de la revista de establecer un proceso de reflexión y debate sobre las ideas existentes en torno a un tema.
Mientras Lazarte consideraba que el adulterio era una costumbre humana que rompía con las normas de una "vieja moral sexual", criticaba la destrucción del amor recreación en la sociedad judeocristiana capitalista, y pregonaba la desaparición de la figura delictiva del adulterio, dado que la libertad sexual se imponía como un estado natural refrendado por la ciencia que había redescubierto el amor recreación29, Atarfe sostenía que la infidelidad, tenía casi siempre "por único acicate un deseo morboso que nada tiene que ver con el verdadero deseo amoroso; la infidelidad, causa siempre de disgustos y de tragedias matrimoniales, es frecuente en quienes probaron con exceso los placeres de fácil acceso y de moralidad dudosa antes de la unión formal" (Atarfe, 1932).
Para evitarla, proponía, igual que Lazarte, dar a los jóvenes una buena educación sexual, pero esta vez el interés intrínseco30 era muy diferente, opuesto, pues con esta actuación se trataba de hacer comprender "que la función sexual tiene un fin más elevado que responder a la satisfacción de un apetito carnal; que dicho acto representa la perpetuación de la especie [y que] el goce que proporciona no es más que el medio que la Naturaleza ha puesto a su alcance para la procreación de los hijos".
Así, preconizaba la continencia sexual y consideraba una medida de eugenesia limitar la sexualidad a la reproducción (Atarfe, 1932).
Como podemos apreciar, el debate estaba servido.
En cuanto a los contenidos de los textos de Lazarte, hemos de decir que de manera reiterada expresaban una marcada disposición a poner de manifiesto la existencia de distintas visiones de la realidad: "no todos los autores opinan lo mismo" de una determinada técnica anticonceptiva, o los efectos que presentaban eran "contradictorios" (Lazarte, 1934b).
En el orden de los resultados subrayaba las divergencias que evidenciaban distintas realidades: "Nuestras encuestas no están de acuerdo con las de Europa" (Lazarte, 1935a), refiriéndose a la de países latinoamericanos.
Por otro lado, tras exponer sus consideraciones y argumentos sobre un tema, no tenía problemas en declarar que había "varias y encontradas opiniones" sobre dicho asunto (Lazarte, 1933a).
De la misma manera, mostró las distintas posiciones acerca del apoyo de los profesionales de la medicina a los anticonceptivos que había conocido a través de un sondeo que él realizó:
De 20 médicos versados en estas cuestiones por su especialidad o vocación a quienes hice preguntas alusivas a estos casos, 15 contestáronme que sólo a requerimiento y en determinadas condiciones de la clientela, dan instrucciones; cinco que no las dan nunca.
Mas el porcentaje aumenta todavía y el acuerdo reina casi en la mayoría de los profesionales jóvenes cuando las preguntas engloban temas teóricos y se averigua, por ejemplo, si son partidarios de creación de clínicas de enseñanza anticoncepcional (públicas y controladas por instituciones sanitarias nacionales o municipales), en su casi totalidad responden afirmativamente" (Lazarte, 1934c).
Ante esta situación, concluía que no quería con esto manifestar ninguna opinión colectiva ya que "cada profesional debe en esta hora tener ideas concretas sobre tales tópicos y allá cada uno con los suyos..."
No sólo opiniones y argumentos podían ser diferentes sino también los datos supuestamente objetivos, así las estadísticas, eran motivo de múltiples interpretaciones; aunque sostenía que los intervalos de dos o tres años entre un parto y otro permitirían bajar la mortalidad infantil como lo confirmaban las cifras que él presentaba, planteó que "estas estadísticas pueden prestarse a controversia" ya que "no puede ser el factor periodicidad el único determinante o valedero, pero sí es uno de los coadyuvantes" (Lazarte, 1934b).
En este intento de mostrar y debatir sobre las ideas, Lazarte no sólo aclara a los lectores que no estaba de acuerdo "en todo" con los autores que citaba (Lazarte, 1934a), sino que también dialogaba con su propia visión de las medidas y concepciones que desde supuestos eugenésicos se estaban poniendo en marcha.
Utilizó una retórica eugenésica que incluía tintes represores, en defensa de los anticonceptivos, ya que concluía que "estará moralmente justificada la aplicación31 o consejo de anticonceptivos en la serie de enfermedades susodichas" y el médico tendría en ello "la más grande responsabilidad" como "obrero social" que era (Lazarte, 1934a).
Sin embargo, criticaba el uso político de la anticoncepción por esterilización:
La esterilización por medio de rayos X es un método usado principalmente en enfermos sin remedio y practicado en algunos Estados modernos con degenerados, imbéciles, criminales y tarados.
Es un método un poco bárbaro, pues puede prestarse a errores fundamentales, sobre todo, si se admite el criterio político de los que han monopolizado la moral" (Lazarte, 1934b)32.
En esta dialógica que estableció Lazarte consigo mismo hacía participar, de manera indirecta, a los agentes implicados en una determinada cuestión.
Así, afirmaba: "la inmoralidad de que las madres tengan un hijo cada año", y después puntualizaba: "este postulado que parece extraño y tal vez exagerado se deduce lógicamente de las nuevas conclusiones de la Ciencia" (estas conclusiones eran que una alta natalidad conllevaba una alta mortalidad infantil y maternal, y una baja natalidad conllevaba una baja mortalidad infantil y maternal) (Lazarte, 1934b).
Ahora bien, la ciencia no era la única vía de conocimiento y Lazarte dio una gran relevancia a la experiencia de los no-expertos33: las madres tenían "la intuición de estas verdades", y "cuanto el sentido común percibió desde lejos lo viene a comprobar la ciencia" (Lazarte, 1934b)34.
Su pensamiento dialógico le llevó no sólo al uso continuo de la intertextualidad35 sino también a pensar como compatibles planteamientos en aparente oposición, aunque sin obviar las diferencias: "aunque la ciencia esté subordinada al capitalismo, la Humanidad consigue, alcanza algo, en el sentido de su liberación; al fin, la burguesía no se llevará a su tumba histórica los descubrimientos de Pasteur, la televisión o el Zeppelín" (Lazarte, 1936).
En este sentido abordaba el debate entre las doctrinas psicosomática y psicoanalítica.
Por una parte, Mayer, Weber, Bernheim, Marchand exponiendo cómo los influjos psíquicos y afectivos pueden actuar sobre el funcionamiento del cuerpo mediante sugestión; por otra parte, "la escuela psicoanalítica" sosteniendo la existencia del subconsciente; mientras él consideraba que ese debate en términos dicotómicos no era necesario36: "No entraremos a verificar cuál de las dos doctrinas tiene razón entera; el caso es una explicación lógica, natural y confirmada por la experiencia y, por lo tanto, por el pensamiento científico"; y, además, añadía: "No es suficiente el criterio psicológico; existe otro que podríamos llamar anatomofisiológico" (Lazarte, 1936).
Esta lógica también la aplicaba explícitamente cuando trataba de explicar las doctrinas maltusiana y neomaltusiana (Lazarte, 1934b).
Lo relevante para Lazarte era que la limitación de los nacimientos había estado bloqueada porque las propuestas de Malthus estaban cargadas "de una cantidad de prejuicios y bajo el clima moral de su época sirvió a la reacción, y ésta se sirvió de sus ideas y doctrinas para la sujeción de las clases pobres" (Lazarte, 1934b).
Lo que hizo Malthus, en palabras de Lazarte fue dar
un argumento científico cuando era más necesario para justificar la hegemonía eterna de las clases adineradas, muchos años después de la Revolución francesa [...]
Sexualmente implicaba la subsistencia de un proletariado, la conformidad de estos esclavos con su estado y hasta un principio de libertad de reproducción basado en la riqueza37 [...]
Este conjunto de arbitrariedades fue tomado como ciencia (Lazarte, 1934b).
Esta crítica de Malthus se apoyaba en las afirmaciones de algunos de sus opositores (Marx, William Godwin, Francis Plate, Hildegart) y le servía a Lazarte para introducir el neomaltusianismo, exponiendo las diferencias entre una y otra opción: el maltusianismo preconizaba la moral restrain o castidad, mientras el neomaltusianismo preconizaba los métodos anticonceptivos más científicos y modernos38.
Pero también existían semejanzas: el reconocimiento de la necesidad de la limitación de la población, razón por la que "Malthus era neomaltusiano" (Lazarte, 1934b).
La consideración del neomaltusianismo como mero apéndice anticoncepcional de la eugenesia, diluye el papel que tuvo el movimiento anarquista en el desarrollo y alcance del mismo.
Sin embargo, la puesta en evidencia de un uso táctico de la retórica eugenésica en la propuesta neomaltusiana contribuye a visibilizar el grado de complejidad que la dinámica social imprimió a la teoría y la praxis en torno a los conceptos de eugenesia y neomaltusianismo.
El análisis de la obra de Juan Lazarte publicada en las páginas de Estudios nos ha permitido mostrar cómo se legitimó y reivindicó la significación libertaria de la limitación de los nacimientos en todos los ámbitos de la vida (económico, social, biológico y moral) y, sobre todo, en la liberación de las mujeres.
La eugenesia en el anarquismo no fue una contaminación burguesa sino un instrumento que acabó siendo resignificado.
Sin duda, podemos discutir el éxito de dicha resignificación, pero sólo a la luz de los acontecimientos posteriores.
En el discurso libertario de las primeras décadas del siglo XX, los elementos de la eugenesia fueron recursos para apoyar la defensa de una anticoncepción con la que se pretendía el desarrollo de una buena vida.
El discurso de Lazarte puede enmarcarse en esas teorías del buen vivir que concebimos como propuestas incluyentes que como todo proceso de inclusión tiene su reverso de exclusión; en este caso excluyen las visiones mecánicas del mundo a través de una dialógica en la que caben contradicciones.
Así, el neomaltusianismo no sería un instrumento de la eugenesia sino una táctica para "el buen vivir".
También podemos resaltar la participación de los textos analizados en la generación de un saber alternativo que incluiría la visión del "otro" mediante distintas estrategias de intertextualidad, desde citas directas e indirectas de expertos y legos a la recogida y elaboración de opiniones sobre los temas tratados.
Por tanto, este análisis pone de manifiesto que no es posible abordar el pensamiento anarcolibertario en términos dicotómicos, como ya hemos expuesto en anteriores trabajos, pues buena parte de su producción discursiva se ha desarrollado sobre una dialógica.
En el caso de Lazarte, en este proceso era fundamental el contexto histórico en el que se desenvolvían las cuestiones relativas a la vida de los seres humanos, de ahí que en sus escritos siempre aportara un recorrido histórico más o menos extenso del asunto que trataba.
Al no concebir la historia desde una ideología del progreso y empeñarse en considerar los distintos aspectos de los problemas (biológicos, económicos y culturales), el discurso de Lazarte en Estudios contribuía a conformar un mundo que desafiaba los supuestos deterministas. |
Neuroliberalismo: la confrontación como mecanismo de selección social
El presente artículo recurre a la nomenclatura alternativa de 'neuroliberalismo' para explicitar cómo el discurso hegemónico del mercado elabora una 'fantasía ideológica' que, apoyada en lo que denominamos ética gladiatoria, resignifica los conceptos clásicos del liberalismo.
En la primera parte, nos centraremos en la descripción del neuroliberalismo como una teoría de selección social.
En la segunda parte, buscamos explicitar su operatividad como aparato de adoctrinamiento aplicado sobre individuos vulnerables a unas condiciones de posibilidad que se escapan a su control.
Así, la globalización neoliberal se perpetúa alborozadamente consentida por individuos reprimidos por una satisfacción preadaptada al paradigma de la lucha por la existencia.
En un sugestivo pasaje de Rayuela, Julio Cortázar rememora la teoría de León Chestov sobre las peceras con tabiques móviles.
En esta alegoría los peces, ávidos por evitar frotarse la nariz con algo desagradable, jamás se decidirían a pasar al otro lado.
Poco importa, afirma el autor ucraniano, la remoción de los límites sólidos de su pequeño universo.
«Llegar hasta un punto del agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando» (Cortázar, 1963, p.
107).La naturalización del control extinguiría la necesidad carcelaria de la pecera.
Hay que advertir, sin embargo, que la disciplina de la escena se explica menos por la capacidad productiva del tabique imaginario, que por unos efectos en los que se encuentran involucrados también los peces.
Al nadar en círculos dentro de un espacio virtual, sus cuerpos ya no son el lugar de investidura de una potencia que los domina, sino partícipes necesarios de una repetitividad controlada de esas relaciones de poder.
De modo que la efectividad de la norma se reitera en un proceso de sujeción ambivalente en el que pareciera que el sometimiento del deseo exige e instituye el deseo por el sometimiento.
El consentimiento brindado a la propia sujeción ha sido objeto de múltiples elaboraciones y explicaciones desde la publicación del Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno de Étienne de La Boétie en el siglo XVI.
En el presente trabajo, aunque no pretendamos ninguna síntesis grandiosa, buscamos dar cuenta del funcionamiento de esa desventura1, pero no desde el diagnóstico de un fallo congénito de nuestra hechura, sino como el resultado, en este caso, del modelo civilizador del neoliberalismo.
La alegoría de la pecera, no describiría a sujetos imbuidos de un temor natural para adentrarse en los espacios abiertos de la libertad, sino un escenario en el que la norma produce subjetividad explotando la dependencia primaria de una existencia social.
De ahí que, una vez caídos los tabiques económicos y políticos que en Nuestramérica2 representaron durante más de seis décadas sus expedientes racionalizadores, los individuos sigan bregando por imponerse una subjetividad ad hoc a las necesidades del mercado.
En otras palabras, quisiéramos arriesgar dando un paso más a la crítica tradicional al liberalismo y explicitar cómo el neoliberalismo elabora lo que Žižek llama una «fantasía ideológica» que, articulada en lo que denominaremos 'ética gladiatoria', busca resignificar los conceptos clásicos del liberalismo (Žižek, 2010a, pp. 201-256).
En su versión neo las categorías sociales de éxito/fracaso pretenden unificar el horizonte global del campo ideológico del liberalismo.
La particularidad de esta fetichización del exitoso radica en no limitarse a repudiar la memoria histórica del sufrimiento del Otro.
Busca, en cambio, activar la relación ilusoria que los sujetos desarrollan con su propia satisfacción y bienestar.
La capacidad productiva de sujetos dóciles no acontece de una vez para siempre, sino que se despliega, según el análisis de M. Foucault, una «economía del poder» microfísica: serie de tácticas, maniobras, estrategias siempre tensas y en actividad que no acontecen ni en un instante, ni desde un único emplazamiento de clase.
Este poder, por tanto, no es una 'propiedad' sino un 'ejercicio' que, a raíz de su propia definición, recoge en sus efectos las posiciones de quien domina y del dominado (Foucault, 2002, pp. 18 y ss.).
El proceso responde a una ambivalencia constitutiva.
Por un lado, ningún individuo se exime de padecer la subjetivación.
Pero, por el otro, esos mismos sujetos asumen el poder que los somete para garantizar la persistencia en su ser social.
La repetibilidad necesaria de las relaciones de poder incurre en el riesgo de ver alterada la intención en el resultado, abriendo huecos, rajaduras, fisuras en los que ejercer la libertad.
«La repetición o, mejor dicho, la iterabilidad, se convierte por tanto en el no-lugar de la subversión, en la posibilidad de una reencarnación de la norma subjetivadora que redirija su normatividad» (Butler, 2010, p.
Aunque resulta evidente que desbordar los efectos deseados no implica reconducir o reformular la norma, en los debates neoliberales sobre el ejercicio de la libertad el agente siempre se presenta imbuido de un poder autónomo que niega cualquier condicionamiento.
Esto lleva, por ejemplo, a proferir 'aceptabilidad moral' al contrato de compra venta en el que un individuo se entrega a sí mismo como esclavo.
Las relaciones de poder que puedan influir en dicha negociación quedan silenciadas, incluso en pleno siglo XXI, por la vigencia positiva del acuerdo 'voluntario' 3.
En última instancia, la delimitación de la potencia es rigurosa responsabilidad de las circunstancias personales «congénitas o adquiridas» (Mises, 2011, p.
En este contexto, las obras de Ludwig von Mises y Ayn Rand son ejemplo de la descripción neoliberal del mundo peligroso en el cual el mercado se constituye en el sistema objetivo de selección de la especie humana.
Su panegírico del combate articula la equivalencia entre la victoria y el bien moral.
Los conceptos de 'éxito','virtud' y 'egoísmo' se emplean sin solución de continuidad en un discurso pergeñado para crear las condiciones de aceptabilidad de un orden que requiere ignorar los efectos materiales ajenos y propios del enfrentamiento constante.
A continuación nos detendremos en la descripción de La mentalidad anticapitalista (1956) de Mises y La rebelión del Atlas (1957) de Rand.
Mises: la libertad para luchar
En La Mentalidad Anticapitalista de Ludwig von Mises se argumenta que aquello que impide la correcta apreciación de las mieles del mercado estriba en un desarreglo psíquico o mental del observador.
Recurriendo a un positivismo hiperbólico, señala cada uno de los logros que el capitalismo ha alcanzado en las sociedades bien pensantes que le han dejado florecer.
Los 'menos aventajados' ―fracasados en la lucha por una posición social― son sujetos asediados por una idiocia mental, fallas cerebrales para los negocios o, simplemente, afectados por una especie de resentimiento o frustración psicológica que los mueve al odio hacia aquellos que les han vencido.
Advierte el sujeto, tal vez de modo subconsciente —decíamos antes—, que fue su propia insuficiencia lo que le impidió alcanzar las altas metas por él ambicionadas; cónstale la limitación de su capacidad intelectual y la insuficiencia de su capacidad de trabajo; pero él procura ocultar la verdad, a sí mismo y a sus semejantes, buscando conveniente víctima propiciatoria.
Se consuela pensando que el fracaso no se debió a su personal incapacidad, sino a la injusta condición de la organización económico social prevalente (Mises, 2011, p.
Frente a la ilusión psicológica que exonera la responsabilidad individual, Mises despliega sus argumentos para brindar legitimidad a la pugna y sus resultados.
La primera premisa consiste en negar los derechos humanos como una característica innata de la humanidad.
«Se parte siempre de un error grave, pero muy extendido: el de que la naturaleza concedió a cada uno ciertos derechos inalienables, por el solo hecho de haber nacido» (Mises, 2011, p.
Una vez establecido que todos los seres humanos ingresan en el mundo exentos de deberes mutuos, resulta imperioso reconocer, en segundo lugar, que «la economía de mercado constituye un continuo proceso de selección social; determina la posición y los ingresos de cada uno» (Mises, 2011, pp. 94-96).
Las circunstancias objetivas ―i.e. despojadas de los análisis indignantes de los anticapitalistas― están gobernadas por una naturaleza que «escatima cuántos bienes el hombre precisa para sobrevivir».
La humanidad se encuentra cercada «por malignos seres, tanto animales como vegetales, dispuestos siempre a dañarnos; las fuerzas naturales se desatan en nuestro perjuicio; la mera pervivencia hemos de reconquistarla a diario» (Mises, 2011, p.
La conclusión de ambas premisas es que la categoría o posición social obtenida a través del 'supremo organismo' del mercado depende exclusivamente de los onerosos esfuerzos personales por reconquistar diariamente el botín obtenido en la competencia con el resto de la humanidad y la naturaleza.
El pandórico regalo de la inteligencia ―afirma Mises― confiere una posición natural que se traduce en una categoría social.
El fracaso se sigue de las incapacidades personales.
Al igual que los ancestros que habitaban cavernas, el hombre contemporáneo debe aceptar el control demográfico tradicional: hambrunas, pestes, mortalidad infantil, etc. (Hayek, 1981).
El único medio para substraerse de tan ominoso destino histórico consiste en luchar por aquellos símbolos de bienestar que le confieran una mejor ubicación en la división de trabajo.
Descender en el escalafón de los exitosos supone, concomitantemente, decrecer por propia responsabilidad en la cadena trófica de la naturaleza.
Una mala posición en un contexto carente de derechos humanos ―i.e. caer vencido por otro más avezado en granjearse aprecio del público comprador― implica la 'extinción' en términos biológicos y sociales.
En esa traslación entre la lucha por la supervivencia de los ancestros primitivos y los consumidores del siglo XX, Mises afirma que lo humano proviene del deseo.
Este homo agens, a diferencia de los otros animales, se caracteriza por su incesante búsqueda de símbolos sociales que rubriquen el éxito y la posición alcanzada.
Cancelar o suspender la pugna denota irracionalidad, perder la existencia social.
La dinámica de la lucha con el entorno no se detiene ya que el bienestar obtenido carece de un efecto liberador, sino que realimenta la sujeción a un sistema de producción que no se controla ni dirige (Mises, 2011, p.
Este análisis de la realidad humana desde la perspectiva individual sirve, a su vez, para explicar y legitimar, según Mises, el imperialismo colonial.
Elogia la capacidad de ahorro de las sociedades occidentales ―entiéndase Europa y Estados Unidos― durante los siglos XVII y XVIII, porque de ella se derivó la acumulación de capital necesario para alcanzar la posición suprema actual de entre todas las naciones.
La verdad, contrariamente a lo supuesto, es que ese capitalismo del laissez faire, que para condenarlo «por razones de moral» el documento del Consejo Mundial tergiversa, fue el instrumento que enriqueció a los países occidentales, mediante la creación de capital, posteriormente invertido en máquinas y herramientas.
Si asiáticos y africanos no permitieron, por las razones que fuere, la aparición de un capitalismo autóctono, allá ellos; ése es su problema.
Occidente no tiene la culpa de nada; ya hizo bastante procurando, durante repetidas décadas, alumbrar la correcta vía (Mises, 2011, p.
El neoliberalismo que el autor defiende se desnuda en todo su cinismo.
Entiéndase bien: no oculta que la acumulación de capital occidental está cimentada sobre el subconsumo de millones de seres humanos condenados a la muerte por inanición.
El argumento de la lucha a vida o muerte explica que «el descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros» son hechos que refrendan la validez de la economía capitalista que premia a los más perspicaces (Marx, 1999, pp. 607-649)4.
Los vencedores obtienen una mejor posición en relación con el resto de 'zánganos' que pretenden robarles sus trofeos por 'razones morales'.
El deterioro de los términos de intercambio entre los países pobres y ricos ha de leerse con esta clave gladiatoria: la racional búsqueda incesante del aumento del bienestar.
Tales diatribas contra las mentalidades subnormales de los anticapitalistas no se detienen en el campo especulativo.
Subproducto del moderno capitalismo son todos esos frívolos intelectuales quienes actualmente, por doquier, pululan; su entrometido y desordenado actuar repugna; solo sirven para molestar.
Nada se perdería si, de algún modo, cupiera acallarlos, clausurando sus círculos y agrupaciones (Mises, 2011, p.
A párrafo seguido se aclara que dicha iniciativa resultaría imposible y contraproducente.
Mas el convencimiento sobre la necesidad del pluralismo político no ha de confundirse con una preferencia por la democracia.
En el siglo XX, al igual que en los siglos XVII y XVIII, el capitalismo se desarrolla apoyado por la brutalidad dictatorial aunque sus defensores se encarguen de ocultar bajo la alfombra esos «suplementos obscenos del poder» (Žižek 2010b, pp. 11-39).
No solo Mises, sino sus más allegados discípulos ―por ejemplo, Milton Friedman y Friedrich Hayek― apoyaron los regímenes autoritarios que, al compás de su cancioneta libertaria, buscaban desplazar a esos pululadores de lo social, mentalidades precarias, deficientes, vanas, que impedían el progreso económico de un capital que tiene por único objetivo la acumulación de 'ahorro social'.
La participación de Milton Friedman en la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet resulta harto conocida.
Incluso el autor, en el libro sincericida Friedman on Galbraith, recomienda a los ingleses una política del shock idéntica a la chilena, de la cual se reconoce partícipe necesario (Friedman, 1977, pp. 46-47).
La 'modernización chilena' contó, a su vez, con otro gran aval teórico en Friedrich Hayek.
En una famosa entrevista al periódico El Mercurio el 19 de abril 1981, justifica la ruptura del orden constitucional al identificar los tres años de gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende con un estado de naturaleza hobbesiano carente de ley y justicia.
«Cuando no hay normas ―sostuvo―, alguien tiene que crearlas»5.
Las visitas a Chile estuvieron precedidas por una anterior a Buenos Aires, en 1977, invitado por la Academia Nacional de Ciencias y la Bolsa de Comercio, donde impartió conferencias de introducción a su pensamiento (Hayek, 1978).
La colaboración de Mises en el proceso iniciado con la dictadura 'libertadora' de Aramburu y Lonardi se materializó en Argentina a través de una serie de seis conferencias que contribuyeron al equívoco entre democracia y dictadura (Mises, 2006, p.
54).6 La democracia neoliberal no legitima a los regímenes políticos que recurren a los comicios electorales para elegir representantes, a menos que los garantes de la libertad de mercado cumplan su tarea sin importar los 'caprichos' de mayorías 'tumultuosas e ignorantes'.
Los anfitriones argentinos del autor austríaco recurren a sofisticadas cabriolas retóricas para llamar 'dictador' y 'genocida' a Juan Domingo Perón7.
El agasajado les asistió, al menos, en una de esas volteretas durante sus conferencias.
No fue una distracción.
Maestro de escuela, viajó a Argentina para refrendar a los ideólogos de los peores procesos represivos de su historia.
El intervencionismo peronista en la libertad de mercado explica el fin de la 'democracia' dineraria.
Al regular la economía, los miembros del grupo de presión ―i.e. el Partido Justicialista― se hacen con el control del gobierno arrogándose una mayor sabiduría que la del ciudadano común para definir el sistema de precios.
El remedio para evitar esa profusión de servidumbre ―afirma Mises en esa conferencia― consiste en 'forzar al exilio' a estos dictadores.
Las intervenciones en Buenos Aires del autor austríaco se produjeron entre el 3 y 16 de junio de 1959.
Es decir, una vez que los verdaderos dictadores habían entregado el gobierno al presidente electo Arturo Frondizi.
Sin embargo, los militares mantuvieron el control sobre un poder ejecutivo condicionado.
Estas presiones estuvieron encaminadas a corregir cualquier decisión autónoma del presidente.
El 25 de junio de 1959, menos de diez días después de la última conferencia de Mises ampliamente difundida en la prensa local, asumió el Ministerio de Economía Álvaro Alsogaray.
Este militar, economista y político había sido Subsecretario de Comercio y luego Ministro de Industria durante el gobierno de Lonardi y Aramburu.
Durante su nueva gestión el flamante Ministro impuso el diagnóstico neoliberal, abandonando la línea desarrollista de Rogelio Frigerio.
El objetivo del gobierno ya no apuntaría al desarrollo de sus fuerzas productivas, sino a contener la inflación aun a costa de iniciar procesos regresivos de distribución de la renta o profundizar el deterioro de los términos de intercambio.
Dos décadas después, cuando el neoliberalismo estaba instalado en el lugar de 'sentido común', será el mismo Alsogaray quien acompañe a Hayek en las entrevistas mencionadas dadas en la Bolsa de Comercio en 1977.
En resumen, estas deformaciones del canon liberal pudieron implementarse políticamente por estar sustentadas en una devaluación concomitante de los derechos humanos y del pluralismo.
La libertad para pugnar por una posición en el mercado ―la supervivencia― sirve como fantasía que impide reaccionar ante las peores atrocidades.
Vale recordar que en los países que más han logrado acercarse al neoliberalismo puro, sus gobiernos estaban 'raptados' por dictaduras cívico-militares.
La oposición popular resistió las reformas, dejándolas a medio camino.
Sin embargo, en tanto las sociedades se permearon con las directrices básicas del neoliberalismo este halla las vías para responder a las democracias degradadas sin alterar las pautas de normalización que garantizan la continuidad de la expoliación.
Ayn Rand: héroes inmaculados
La escritora estadounidense de origen ruso fue un ariete fundamental del 'nuevo' liberalismo en su defensa del capitalismo.
Pensarla como una simple guionista o novelista distorsionaría su verdadera importancia política.
Desde mediados del siglo XX mantuvo una fluida relación con filósofos, economistas y políticos como Alan Greenspan o Henry Hazlitt, pero en particular interesa destacar su contribución a la difusión de la obra de Mises y de la Escuela Austríaca de economía dentro del público masivo9.
La esposa del autor austríaco ―Margit von Mises― sostiene que no solo las teorías de su marido encontraron en Rand una de sus más fervorosas creyentes, sino que además continuamente citaba sus trabajos y conferencias (Mises, 1984, p.
Confirma sus palabras el hecho de que la gran novela de la autora ―La rebelión del Atlas (1957)― se publicara un año después de La mentalidad anticapitalista (1956) de Mises.
En la novela, Rand da ribetes novelescos a la teoría del autor sobre la selección gladiatoria de la especie que explicaremos a continuación.
La autora Ayn Rand adquiere fama en Estados Unidos a través de dos novelas El Manantial (1943) y la citada La Rebelión del Atlas (1957).
En ambas se traslucen sin mucha dificultad las claves del código moral 'objetivista' con el que da vida al homo agens ―gladiador racional/capitalista― de Mises.
El adjetivo "objetivista" de la ética que propugna se debe a que las normas o patrones que guían la acción humana ―afirma la autora― no son el resultado de un capricho subjetivo, sino que emanan de una realidad con existencia independiente de la conciencia del hombre.
La premisa principal de esa constatación fáctica es que la cuestión de la vida y la muerte que enfrentan los organismos vivos requiere establecer un código de valores.
El valor ―lo deseable o adecuado― es la supervivencia.
«La vida de un organismo es su patrón de valor; lo que ayuda a su vida es bueno, aquello que la amenaza es malo» (Rand, 1961, p.
Sin embargo, no ha de confundirse a la vida con un derecho innato a sobrevivir.
Esta representa solo un valor ganado y conservado a través de un proceso dinámico de acción.
En otras palabras, afirma la autora, la vida es «aquello que se requiere para la supervivencia del hombre como tal» (Rand, 1961, p.
La clave para comprender esa equivalencia entre 'vida' y 'medios para' estriba en establecer la conexión vida-propiedad, ya que «sin el derecho a la propiedad, no es posible ningún otro derecho» (Rand, 1961, pp. 135-136).
Por lo tanto, disponer del 'derecho' a vivir ―afirma Rand― «no es una garantía de que un hombre obtendrá una propiedad, sino únicamente una garantía de que será suya si la gana».
¿Qué ocurre si no obtuviese el resultado esperado?
Simplemente no se tiene la capacidad moralmente legítima de preservar su vida, ya que la ley de naturaleza «le prohíbe la irracionalidad» (Rand, 1961, p.
Pero, ¿qué es ser racional?
La racionalidad del hombre no es una condición, sino una elección.
Significa, por ejemplo, elegir mantenerse «con una concentración mental absoluta en toda circunstancia, en todas las elecciones, en todas las horas de vigilia».
Este estado de 'atención consciente' permite comprometerse a «que nunca se buscará o concederá lo no ganado o lo inmerecido, ni en materia ni en espíritu (la virtud de la Justicia)» (Rand, 1961, pp. 37-38)10.
Esta línea de argumentación lleva a la siguiente conclusión: fallar en el discernimiento de la realidad objetiva implica un uso erróneo de la condición humana racional.
Pero, sobrevivir aprovechándose de los logros ajenos no reviste solo un fallo, sino una renuncia a lo humano, ya que solo la violencia física animal explicaría ese comportamiento.
Puede abandonar su método de supervivencia, su mente, puede transformarse en una criatura subhumana y puede convertir su vida en un breve lapso de agonía, así como su cuerpo puede existir durante un tiempo en proceso de desintegración por causa de una enfermedad.
Pero como ente subhumano no puede triunfar, no puede alcanzar otra cosa que lo subhumano [...].
El hombre debe ser hombre por elección, y es obligación de la ética enseñarle de qué manera vivir como hombre (Rand, 1961, pp. 35-36).
La ética objetivista se encamina, por consiguiente, a enseñar a los hombres que la búsqueda del propio interés no implica una confrontación con otros, sino una relación sin sacrificios en la que dos individuos buscan racionalmente preservar su vida y alcanzar la felicidad.
Recurriendo al concepto de Immanuel Kant sobre 'el reino de los fines', Rand afirma que «los intereses racionales de los hombres no chocan, que no hay conflicto de intereses entre hombres que no desean lo que no han ganado, que no hacen sacrificios ni los aceptan, y que tratan entre sí como comerciantes, entregando un valor por cada valor recibido» (Rand, 1961, p.
La sociedad agrede al hombre cuando le solicita una contribución adicional a su aporte en la división del trabajo y el comercio, por ejemplo, sosteniendo a aquellos que no pueden hacerlo por sí solos.
Forzar un intercambio altruista supone obligar de forma inmoral a lo irracional.
De las páginas de las novelas randianas, al igual que en la obra reseñada de Mises, no se erigen solitarios sus míticos personajes Howard Roark o John Galt.
Manadas populistas de 'zánganos perezosos' emergen blandiendo a las viciadas instituciones políticas para detenerlos.
La política ―'kriptonita' mal habida de los perdedores―, cercena aquello que nació virtuoso, libre y exitoso.
Mientras tanto, se reitera el llamamiento a emular al incorruptible Roark o al mítico Galt.
No desearlo implica sumirse en la irracionalidad de lo subhumano.
¿Quién se opone al héroe sino el antihéroe?
En resumidas cuentas, diría Ayn Rand, sus personajes no dañan a nadie.
Ridícula invención la que acometen al responsabilizarlos del fracaso ajeno.
Solo al emprendedor libertariano se le permite esgrimir excusas.
Si tiene éxito lo debe a su entereza y libertad de pensamiento.
Los estrepitosos fracasos se contabilizan en la responsabilidad de un 'otro' subhumano.
Los íconos de la ética 'objetivista', al igual que el mercado libre, han de permanecer inmaculados.
Ambos se exoneran en la medida en que siempre cabe alegar un intervencionismo remanente, excusa imperecedera de un proyecto siempre inconcluso demandante de mayores sacrificios.
La socialidad impuesta por el neoliberalismo consiste en constreñir los 'sujetos posibles' al binomio ganador/perdedor.
Negar las consecuencias de las malas decisiones denota una separación neurótica con respecto a sí mismos (Mises, 2011, p.
Resulta ocioso aclarar por nuestra parte la ausencia de toda vocación retórica al referirnos a dicha ideología como un 'mecanismo de selección social y de la especie'.
Si sumáramos un pormenorizado detalle de los grandes desequilibrios sociales que sus políticas arrastran estaríamos adentrándonos en el frondoso bosque de las perogrulladas.
No obstante, tampoco podemos recurrir a 'la idiotez del insensato populacho' para explicar los ecos que encuentran los aparatos ideológicos del neoliberalismo.
En este tercer apartado aplicamos el marco teórico propuesto por Žižek y Butler para explicitar la operatividad de la interpelación de Mises y Rand sobre individuos vulnerables a unas condiciones de posibilidad que escapan a su control.
En este contexto el zarandeo de pruebas empíricas sobre la incongruencia entre la realidad de los exitosos-fracasados con su descripción por la ética gladiatoria carece de sentido.
Por el contrario, buscamos describir los mecanismos por los cuales la figura del 'fracasado' delata la imposibilidad misma de la realidad social fantástica del neoliberalismo.
El perdedor en la lucha a vida o muerte en el peligroso escenario de un mundo-mercado configuraría, según la crítica que aquí desplegamos, un modo alternativo de canalizar la obediencia hacia la aserción ilógica, injusta e irracional de que la desigualdad representa el germen de la prosperidad.
El dilema del sujeto consiste en saberse mediado por un poder exterior ―nunca se es enteramente uno mismo―, pero preferir continuar en la existencia negándose a ver su formación en la subordinación.
Sin embargo, los mecanismos de subjetivación se encuentran limitados por su propio fracaso en la sujeción.
El desafío político consiste, por tanto, en encontrar los medios para reutilizar aquello que somos y subvertir la universionalidad de nuestro vínculo individual con el Estado (Butler, 1997, p.
En el siglo XX existen sonados ejemplos de inversiones o desbordes.
En particular, el imaginario subversivo nuestroamericano demuestra que la esperanza, siempre superior al miedo disciplinario, funge la liberación de todo determinismo.'Mujer','marica','cabecita negra','piquetero','desocupado','aborigen','negro','cholo','lepero','gaucho', interpelaciones habilitadas originalmente de forma injuriosa que lograron reterritorializarse y subvertirse.
Dicho de otro modo, son apelativos que anuncian la capacidad de transformar el poder que constituye al sujeto en el poder al que este se resiste.
Sin embargo, no debiéramos caer en el romanticismo de las batallas finales e imaginarnos el momento y el lugar en el que se acontezca el gran rechazo.
La captura de los aparatos del Estado ha demostrado su ineficacia para derrumbar los poderes que interpelan al sujeto desde su individualidad.
Los episodios localizados tampoco alcanzan a inscribirse en la historia salvo cuando ocasionan efectos sobre toda la red de significaciones a la que se encuentran prendidos (Foucault 2002, p.
La eterna juventud del neoliberalismo nos recuerda, a su vez, la precariedad de los logros alcanzados.
Lo cual nos lleva a preguntarnos cuáles son sus bases operacionales.
Es decir, ¿cuál es la base de reproducción del neoliberalismo para poder contener los desbordes emancipatorios y continuar produciendo sujetos con necesidades sincronizadas con intereses sistémicos?
En respuesta presentamos la nomenclatura alternativa de 'neuroliberalismo' con la que explicitamos el basamento ideológico del neoliberalismo en la producción insidiosa de una subjetividad a la que se le oculta no solo el Otro, sino también, y fundamentalmente, el propio deseo11.
En otras palabras, el sistema de ideas que describimos con el neologismo de propia cosecha 'neuroliberalismo' tiene por objeto impedir neuróticamente toda reacción a las demandas de una cultura suicida.
La tesis que aquí arriesgamos es que su reproducción se sustenta en un doble movimiento.
Por un lado, sirve como catalizador de una serie multiforme de dispositivos que sostienen la vigencia y legitimidad de un supuesto comportamiento económico-racional que ha de guiar las elecciones vitales individuales.
Por otro lado, esa 'racionalidad' implica una decodificación de la realidad social en términos gladiatorios ―i.e. normas de juego 'objetivas' para un escenario en el que no se garantiza la vida, sino la pugna por adquirir los medios para preservarla.
A ese código le damos el nombre de 'ética gladiatoria'.
El carácter subordinado del goce a la productividad del sistema mantiene a la experiencia vital dentro del paradigma de la lucha por la existencia, forzando, así, la renuncia en interés del orden, la seguridad y el éxito.
Este mecanismo busca explicar que el fetichismo en las sociedades actuales no se ubica en el 'saber' sino en el 'hacer'.
Los hombres 'saben' de la inexistencia del sujeto 'hecho a sí mismo' bajo cuya sombra adquiere significado la noción de libertad, igualdad, justicia, democracia, mercado, Estado, etc. Dicho de otro modo, nadie se toma en serio el mito randiano del 'atlas' que en virtud de su fuerza individual se opone al devenir mecánico de la historia culminando por sostener el mundo sobre su propia cabeza.
A pesar de ello, se actúa 'como si' los campeones de la lucha en el mercado fuesen la materialización concreta de esa esencia titánica.
En el campo social estas 'creencias' se materializan en prácticas concretas que reproducen las prácticas normadas.
La fetichista que orienta las prácticas sociales y la 'ilusión inconsciente' o fantasía que reprime ―pasa por alto― que la autoridad de las mismas carece de verdad.
La obediencia 'externa' no reclama aceptación ni por sumisión a la fuerza bruta, ni por efecto de la falsa conciencia, ni por convicción interna.
Tres instancias en las que la subordinación no procede del proceso de enunciación de la norma, sino que se encuentra mediada.
Por el contrario, la condición positiva de la Ley consiste en que los individuos suscriban su mandato, aun sabiendo el carácter contingente, irracional e incomprensible.
De ahí que este fetichismo de la 'práctica' denote un núcleo traumático que lejos de obstaculizar la sujeción, se constituye en su insumo básico (Žižek, 2004, p.
La fantasía es productiva de los mismos horrores que busca 'pasar por alto'.
El sujeto es capturado por un goce que hace eco en sus reivindicaciones narcisistas que estructuran el conjunto de 'como si' encubridores de su propia explotación.
Las prácticas normadas que debe realizar ritualmente se siguen de dicha deformación, brindando materialidad al aparato ideológico neuroliberal13.
Queda invertida entonces la noción marxista clásica de 'falsa conciencia' 14.
La fórmula tradicional de El capital ―ellos no lo saben, pero lo hacen― se ve alterada y precisada por esta otra: «el sujeto cínico está al tanto de la distancia entre la máscara ideológica y la realidad social, pero pese a ello insiste en la máscara» (Žižek, 2010a, pp. 55-64).
El progreso de lo animal ―lo dado― a lo humano ―lo deseado― requiere ignorar cínicamente las cadenas artificiales impuestas a la práctica libre, sustituyendo todo principio de placer por un realismo totalizador (Sloterdijk, 2003, pp. 37-45).
Detengámonos en este doble juego al que se encuentra sometido el hombre.
Por un lado, no cabe considerar al sujeto como el resultado del dominio, sino que debe aceptarse que en él se encuentra el lugar de asunción y reiteración del poder en su efectividad disciplinaria (Butler, 2010, pp. 21-29).
Esta ambivalencia del proceso de sujeción ―según esgrime el neuroliberalismo― brindaría legitimidad al sistema de expropiación constante de la satisfacción individual.
En la medida en que se necesita producir esa plusvalía del goce para mantener en funcionamiento a la máquina productiva, su expropiación forma parte de los requerimientos sistémicos.
La responsabilidad en la producción de sí como sujetos sometidos vendría a exculpar esa predación.
Sin embargo, hemos dicho que el cinismo reprime la práctica consciente de la servidumbre voluntaria.
En Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk hace referencia a la 'razón cínica' para diferenciar la ingenuidad de la falsa consciencia marxista de la paradoja de la 'falsa consciencia ilustrada'.
Esta razón «se sabe desilusionada y, sin embargo, arrastrada por la 'fuerza de las cosas'» (Sloterdijk, 2003, p.
Para el cínico carece de sentido negar el interés particular de las construcciones universales de la ideología.
Es decir, prescinde de 'ocultar la realidad' cuando se dispone de la capacidad de producir fantasías (inconscientes) que, a pesar de toda distancia irónica, estructuren las prácticas sociales.
El cinismo estriba, precisamente, en aceptar y reconocer el interés particular que hay tras las instituciones del mercado, pero continuar usando al unísono la máscara de los derechos universales.
En la vida cotidiana pocos, por no decir nadie, ignoran que cuando un gurú neuroliberal describe el valle de lágrimas hacia la prosperidad individual está obviando referirse a la ganancia que extraerán las corporaciones.
En la era del neuroliberalismo la conciencia de las relaciones sociales no está oculta, sino mediada por una serie de soportes que posibilitan la ilusión inconsciente de que la sociedad construida a la medida del mercado resuelve todos los conflictos.
La producción de subjetividad desplegada por el aparato ideológico de las corporaciones estriba, precisamente, en que los individuos conozcan y acepten la privatización de toda producción social, la enajenación de sus propias satisfacciones, porque precisamente ahí, en esa carrera por la acumulación, se juega la propia felicidad.
En este contexto en el que la 'fuerza de las cosas' arrastra la reiteración de la sujeción, la emancipación, depende más de la adquisición de saberes prácticos para mejorar el desempeño, que en revisar las mismas relaciones de producción.
Así, sin estar organizados por un director de orquesta, los sujetos actúan dentro de los límites inherentes a las condiciones particulares de producción de esos saberes.
No los gobiernan los derroteros de un determinismo mecánico, sino las coerciones y las restricciones presupuestas al mercado en tanto que Coliseo perfecto para la lucha por la supervivencia.
Este control a priori de una libertad encorsetada por prácticas posibles o concebibles impone un 'habitus'.
Puesto que el habitus es una capacidad infinita de engendrar, con total libertad (controlada), unos productos ―pensamientos, percepciones, expresiones, acciones― que siempre tienen como límite las condiciones histórica y socialmente situadas de su producción, la libertad condicionada y condicional que él asegura está tan alejada de una creación de novedad imprevisible como de una simple reproducción mecánica de los condicionamientos iniciales (Bourdieu, 2001, pp. 86-89).
La internalización de esos condicionamientos iniciales que les brinda autoridad incondicional depende, según hemos dicho, de su experimentación como un mandato traumático, sin sentido.
La economía inconsciente que elude la figura antagónica es la «fantasía ideológica» (Žižek, 2010a, p.
Esta no busca en la realidad un punto de fuga, sino estructurar la conciencia para que de forma ilusoria pase por alto el plus no integrado.
En consecuencia, no hay un repliegue hacia una insondable profundidad oculta, sino una exterioridad material del inconsciente a través de las prácticas ideológicas, el cual queda expuesto en esa materialización (Žižek, 2010b, p.
Así, el sujeto capturado por la fantasía no soporta seguir soñando, es decir, presentarse frente a sus deseos no incorporados, ni incorporables15.
Esa imposibilidad requiere que se suspenda el sueño y se busque refugio en una ilusión de resultado igualmente insoportable, pero significada a través de los vítores al exitoso.
De esa manera, cuando la felicidad no acontezca, la ritualización de las prácticas continúa soportando la preadaptación de los agentes a un conjunto de acciones posibles, o posibilitadas.
Como el caso en el que un individuo llega a su hogar y se divierte frente a la televisión.
Unas risas pregrabadas le recordarán que él se está divirtiendo aun cuando esté sentado en su sillón medio adormilado luego de un día de trabajo idiota.
La producción de subjetividad, hemos dicho, ni es mecánica, ni acontece de una vez y para siempre.
En la repetibilidad necesaria se evidencian los intersticios donde corresponde ejercer la libertad y despertar las conciencias de la ilusión.
Sin embargo, la ruptura del sueño ideológico no supone un abrir los ojos para que, con una mirada libre y cuerda, puedan observarse los hechos en su realidad.
La distorsión ideológica no puede superarse16.
La crítica supone, en cambio, confrontar las figuras discursivas dominantes con los deseos de los sujetos que en ellas se anuncian.
Es decir, advertir, por ejemplo, en la figura del 'zángano que vive del éxito ajeno', no ya una falsedad objetiva, sino un intento por remendar las incongruencias de la ilusión neuroliberal.
En otras palabras, advertir la atribución arbitraria sujeta a disputa hegemónica.
La ética objetivista del Coliseo descrito por Mises y Rand estructura los elementos heterogéneos de la sociedad en su existencia fantástica, fijando el punto vincular en el 'equilibrio' mecánico y espontáneo de intereses individuales en pugna permanente.
Desplazan el antagonismo del cuerpo social, hacia un antagonismo de los 'productores' con el elemento disruptivo del éxito del capitalismo: las manadas subhumanas que irracionalmente pretenden distribuir el botín ajeno.
Al reconocer este elemento del edificio ideológico que representa dentro de él ese antagonismo, se rompe el sueño y se habilita el camino hacia la renegociación tanto del sistema de exclusión interno al campo ideológico, como del campo en su totalidad.
En resumen, la sociedad de individuos que triunfan en un Coliseo no existe.
La coordinación total donde la lucha por la vida no implique choque ni conflicto, tampoco.
Su imposibilidad no se origina en las agresiones anticapitalistas que bloquean el éxito alcanzable por los gladiadores del mercado, sino en el fracaso estructural de cualquier intento por totalizar el campo social.
En este trabajo hemos buscado invertir el vínculo de causalidad entre el revés de la sociedad neuroliberal y el 'zángano'.
En consecuencia, este último no representa el obstáculo para alcanzar la normal operatividad, sino el punto en el que adquiere sonoridad el rechinar de una máquina que no alcanza a funcionar.
La fantasía del neuroliberalismo como 'mecanismo de selección social y de la especie' supone, entonces, la forma que tiene el capital para adelantarse y disimular ese bloqueo inmanente (antagonismo).
Puesta en escena que señala, por ejemplo, a los populismos 'intervencionistas' para llenar el espacio vacío de sus fallas constitutivas: guerras, crisis económicas, hambruna, pobreza, etc. Esta amabilización de la catástrofe anunciada es la función de la 'fantasía ideológica' que aquí describimos.
La fuerza fascinante del aparato ideológico del mercado estriba, precisamente, en su capacidad para proyectar la violencia inaugural que constriñe a los sujetos posibles al binomio éxito/fracaso, hacia los sectores más pauperizados de la sociedad.
Así, lejos de advertir que el exitoso culmina ocupando una posición apenas distinta en la misma cadena de sometimiento y dominio que el fracasado, se habilitan narraciones 'humanitarias' que buscan enmendar los excesos a través de pequeños ajustes que 'desarrollen las capacidades' de los 'menos aventajados'.
Entrampados en este círculo virtual de una pecera sin tabiques de poco serviría la eliminación de los obstáculos impuestos por el Consenso de Washington si los peces se mantuviesen voluntariamente adoctrinados a nadar en círculos intentando solo limpiar el agua de una pecera que ya no existe.
En la proliferación de una ética alternativa a la 'rapacidad del mercado' estriba la clave para 'atravesar' la fantasía e, identificándonos en el otro, reconocer la verdad sobre nosotros mismos. |
El concepto pneûma en el Anonymus Londinensis
El presente artículo versa sobre un término griego especialmente sujeto a la polisemia: pneûma.
Traducido al latín como 'spiritus', pneûma es uno de los conceptos que, sin duda, se encuentra en la base y ha conformado la tradición especulativa occidental.
Dado que los primeros significados de pneûma parecen substancialmente distintos al sentido mayoritario y general por el que se lo tiene en la actualidad, parece conveniente indagar su uso en la literatura científica griega.
Para ello se estudia su empleo en el seno de una de las obras claves de la Historia de la Medicina, el llamado papiro Anonymus Londinensis, y se contrasta con la biología griega del s. IV a.C. tal y como se encuentra en los Parva Naturalia de Aristóteles.
La atención, por tanto, se centra en el uso y significado del término en dicho papiro, su significado particular cuando se lo compara con algunos términos afines como 'phŷsa' o 'aire', así como el modo especial con el que lo usan los diferentes médicos de los que el papiro da noticia.
Junto a la sinonimia y a la paronimia, la homonimia es descrita por Aristóteles en las Categorías1 como uno de los fenómenos lingüísticos que interfieren en el supuesto carácter unívoco de todo enunciado científico, es decir, que puede entorpecer la facultad propiamente humana de decir cosas, pretendidamente verdaderas, sobre las cosas – lo que se conoce también como "discursividad apofántica" –.
Por 'homonimia' Aristóteles entiende el hecho de nombrar cosas substancialmente distintas mediante el uso de una misma palabra, por lo que la homonimia es lo que en Lingüística moderna se tiene generalmente por 'polisemia'.
Se trate o no de un universal, lo cierto empero es que la homonimia se da en muchas lenguas, entre ellas, las lenguas clásicas y, sin duda, en la lengua griega.
La homonimia/polisemia no solo supone un desafío a la tarea lexicográfica, sino que cuando se considera el uso de un mismo término desde una perspectiva diacrónica nos vemos indefectiblemente remitidos a otro tipo de proceso por el que se explica la transferencia semántica: la metonimia.
El término πνεῦμα (pneûma de aquí en adelante), traducido comúnmente al latín como spiritus, y de ahí al español espíritu, aparece en los escritos de los filósofos, en textos de magia, en la literatura religiosa y profana así como en los tratados griegos de medicina antigua.
El significado acientífico o metafísico - en su acepción negativa - que actualmente se atribuye a dicho concepto no es tal cuando se examinan sus raíces y sus empleos en griego antiguo; pues muy a menudo nos encontramos con que es precisamente por recurso a este término que los griegos acabaron dando razón tanto de lo divino, como de lo natural y de lo humano.
Las cosmovisiones que han sustentado las distintas culturas históricas dependen, en buena medida, de lo que ciertas palabras hayan significado en un determinado momento, y viceversa, ya que lo que se tiene por irreal es precisamente lo que se cuenta mediante un vocabulario que ya no posee ningún poder explicativo.
Puesto que el concepto de pneûma estuvo especialmente sujeto y expuesto a los fenómenos lingüísticos de la homonimia/polisemia y de la metonimia, se desprende de ahí la necesidad de traer evidencias textuales de los mismos con el fin de poder rendir suficiente cuenta del término en toda su completitud y complejidad.
Así, pues, al amparo del rol del pepaideuménos,2 es decir, de la persona que en la Antigüedad se interesaba por los temas médicos con arreglo a su propia educación, parece oportuno circunscribir todo este asunto al ámbito de los testimonios papiráceos relativos a dicho género literario.3 Cuando se echa mano de algunos de los recursos informáticos que últimamente se aplican al estudio de los papiros, tales como bibliotecas digitales, bases de datos virtuales y demás; aparece un dato por lo menos significativo: pneûma es empleado nada más y nada menos que en 165 papiros literarios distintos.
La mayor parte de éstas "ocurrencias" son lo suficientemente fragmentarias como para que se pueda hacer poco más que un inventario de todas ellas, pues o bien el término se intuye y reconstruye entre corchetes a partir del espacio existente en un renglón o bien, si de lo contrario, el término es claramente legible, entonces el contexto es tan exiguo y lagunoso que no da casi lugar a ningún tipo de positividad.
Testimonios paradigmáticos de estos inconvenientes son algunos documentos procedentes de El Hibe o Ancironomónpolis, en Egipto, en los que parece hacerse alusión a pneûma con motivo de la discusión de la teoría de la respiración cutánea.4
No obstante, existen como mínimo dos papiros en los que el concepto pneûma se conserva en un todo suficientemente legible, coherente y discreto como para hilvanar un discurso acerca de su uso y de su significación.
Estos documentos son, por un lado, el papiro de Derveni, y por otro, el llamado Anonymus Londinensis.
El papiro de Derveni no es un documento de contenido médico.
El impacto que supuso su hallazgo es bien conocido, pero por acribia y brevedad la atención se dirigirá al segundo de los papiros, este sí de contenido médico.
Se fecha a mediados del s. II d.
Al año siguiente H. Diels (Diels, 1893a) – el mismo que inició el Corpus Medicorum Graecorum (CMG) - estuvo a cargo de la editio princeps.
El papiro fue primeramente traducido al alemán, luego al inglés en un par de ocasiones, y recientemente lo ha sido al francés.6 I. Manetti sacó una nueva edición crítica en la editorial Teubner en 2011.
En lo que concierne a la autoría del documento, si se le ha llamado "papiro anónimo de Londres" será precisamente por algo, a pesar de que esto no significa que no se hayan barajado diversas hipótesis al respecto (Gómez Tirado, 1986, pp. 23 – 26).7 En lo que a la composición del papiro se refiere, cabe distinguir tres estratos redaccionales: el escriba del papiro, el autor del texto que dicho escriba copió, y las fuentes o autores empleados por el autor del texto copiado (Jones, 1968, p. viii).
El escriba del papiro fue un estudiante de medicina que copió un documento original (o varios) redactado en el decurso de una lección o una conferencia (o varias).
El Anonymus Londinensis son los apuntes de unos apuntes, es decir, una paráfrasis hecha por un estudiante de las notas de una o varias conferencias tomadas por otro estudiante.8 Parece claro que uno de los conferenciantes usó el Iatriká de Menón,9 o Menonia, para impartir sus lecciones.
E. Littré sabía de la existencia de una colección de escritos médicos10 atribuida a Aristóteles, aunque escrita de hecho por Menón por encargo de aquél, en la que se recogían las principales doctrinas médicas a las que Menón pudo haber tenido acceso.
Sin embargo, el papiro descubierto por F. G. Kenyon no puede considerarse una copia fidedigna de la obra de Menón.
Pese a que la segunda parte del papiro11 probablemente conserva algunas de las que pudieron haber sido las doctrinas del discípulo de Aristóteles,12 los contenidos preservados sobre el papiro son una copia bastante mutilada y burda de lo que tuvo que ser el original.
El Anonymus en sí, además, dista de ofrecer un informe detallado de las antiguas doctrinas médicas.
Es bastante plausible, por lo demás, que el conferenciante de buena parte de lo que leemos en el papiro fuera Sorano de Éfeso.
Sorano13 fue un famoso médico que destacó por sus tratados sobre ginecología y obstetricia.14 Por lo común, Sorano se tiene como un acólito del Metodismo,15 aunque sus escritos revelan que no se ciñó exclusivamente a dicha corriente.
La así llamada Escuela Metodista, fue una secta médica romana que postulaba el origen de la enfermedad en la opilación (στέγνωσις, lat. strictio) y/o desopilación (ῥύσις, lat. laxatio) de los poros entre los átomos con los que tanto el cuerpo como sus fluidos se creía que estaban conformados (Allbutt, 1921, p.
Pese a que la teoría médica puso sus reparos a la hora de aceptar los principios de la especulación jonia, el atomismo tal y como fue primeramente postulado por Leucipo y Demócrito fue uno de los que sin duda pervivió.
En el s. II a.C., y en clara oposición al hipocratismo, el médico Asclepíades de Bitinia mezcló el atomismo de Demócrito con las prácticas médicas romanas.
Las doctrinas metodistas nacieron de esta confluencia.
En una suerte de teoría microbiana avant la lettre, médicos como Temisón de Laodicea y Tesalio de Tralles buscaron así la causa de las enfermedades en la influencia nociva que ciertas partículas invisibles (átomos) ejercían al atravesar el cuerpo a través de los poros.16
El hecho de que el Anonymus sea en buena parte una exposición de Sorano de Éfeso, así como el hecho de que haya preservado algunas de las opiniones mantenidas por médicos que vivieron entre los ss.
IV - I a.C. de quienes solo se sabe a través de este papiro, le confiere justamente la condición y el estatus de textus unicus en lo que al estudio de la medicina antigua se refiere y a la evolución semántica del término pneûma en dicho régimen discursivo.17 Por mor de la brevedad no se pueden abordar aquí todas estas ocurrencias, pero como muestra de la complejidad del asunto el análisis se centrará en dos fragmentos en los que el concepto pneûma, bien sea por su peculiaridad, bien por su yuxtaposición con otros términos afines merece especial atención.
El primero de estos pasajes corresponde a la columna XXI del papiro, líneas 46 – 47, en el que Sorano – o la persona que ese día dictó la lección – refuta las ideas de Herófilo y de Erasístrato en lo tocante a la composición del cuerpo:
[Entre las simples (de las partes homogéneas de un cuerpo), unas están "disgregadas" y otras son unitarias].
Entre las "disgregadas", están la sangre, la bilis, la flema y, en general, todas las sustancias húmedas en nosotros tales como el flato, el πνεῦμα y las demás que se parecen a éstas,
Dos aspectos por lo menos motivan la elección de este fragmento.
El primero de ellos concierne a la singular estequiología19 que presenta.
El conocimiento científico y taxonómico de los elementos que componen el cuerpo humano se debe de nuevo a Aristóteles.
Éste concibió los huesos, los nervios, el tuétano, la piel o la "carne" 20 como partes continuas del cuerpo.
En su tratado titulado De generatione et corruptione21 las así llamadas homoiomerê (ὁμοιομερῆ) forman y aportan la materia de la que las partes diferenciadas del mismo, es decir, los órganos pertenecientes a un sistema ο aparato concreto con una función definida, se dice que están constituidos.22 En el fragmento aducido pneûma es descrito como haciendo parte constitutiva del cuerpo humano, tal y como se podría decir de los "humores hipocráticos".
¿Se puede afirmar, a partir de esto, que Sorano de Éfeso concibió el pneûma como un elemento constitutivo del cuerpo?
A juzgar por algunos de los escritos del Corpus aristotelicum tal idea no sería extraña a la biología griega.
El concepto de pneûma congénito (σύμφυτον πνεῦμα)23 se encuentra en Aristóteles especialmente ligado a la producción del esperma, en tanto en cuanto que el poder (δύναμις) fertilizante del fluido seminal depende del principio calorífico, distinto del fuego, que el pneûma lleva consigo.24 Según Aristóteles el pneûma se halla presente en todos los líquidos, se caracteriza por su naturaleza caliente y se asocia con el fenómeno de la ebullición.25 El autor del tratado De spiritu tuvo sin duda que estar familiarizado con la noción de σύμφυτον πνεῦμα puesto que la emplea en diversas ocasiones a lo largo del escrito, a veces por medio de variantes como émphyton pneûma (ἔμφυτον πνεῦμα) o physikòs aēr (φυσικὸς ἀήρ).
Aunque Aristóteles nunca pone en claro26 qué es lo que entiende por dicho tipo de pneûma – siendo el predicativo sýmphyton, además, a menudo omitido -, a efectos prácticos puede decirse que por pneûma congénito Aristóteles hizo alusión a un aire distinto al que se inhala en la respiración ordinaria, esto es, a un tipo de aire que pertenece a y que nace con el cuerpo.
En el De motu animalium,27 por ejemplo, Aristóteles afirma que todos los animales participan de dicho pneûma, y lo que es más, que basan y sacan sus energías de ahí.28 Todas las partes y el cuerpo entero de las criaturas vivientes contienen por ende algo de este calor congénito.29 El σύμφυτον πνεῦμα es una suerte de principio vital que regula y sustituye las funciones de la nutrición y de la respiración del embrión en el útero.
En cualquier caso, este σύμφυτον πνεῦμα es un pneûma que, por definición, es ou epeísakton (οὐ ἐπείσακτον),30 es decir, no llevado al interior del cuerpo desde afuera.
Es cierto que Sorano de Éfeso, repetimos, el médico que supuestamente impartió las lecciones que constituyen los contenidos del Anonymus, fue básicamente un acólito del Metodismo, pero se sabe también que de un modo un tanto heterodoxo, pues mezcló eclécticamente los principios de dicha corriente con otras, por lo que bien pudo haber tomado de Aristóteles la idea que el pneûma era un elemento constitutivo del cuerpo.
Quizá se pueda sacar algo más en claro al respecto de todo esto si se considera a la luz de la segunda de las razones por la que este pasaje ha sido especialmente elegido.
En el fragmento pneûma aparece coordinado - por bien que no identificado - con otro término que en medicina antigua tiene que ver también con el aire: phŷsa (φῦσα).
Este concepto se traduce generalmente por 'flato', esto es,'aire que se genera dentro del cuerpo como consecuencia de la digestión de los alimentos' (Reiche, 1960, p.
El término phŷsa se halla circunscrito en el marco de la diatriba referente a las dos principales causas de la enfermedad de las que el papiro da cuenta: los residuos alimenticios, por un lado, o bien la preponderancia (μοναρχία) de uno de los elementos que constituyen el cuerpo respecto a los demás.31 Así, la mano del Anónimo de Londres escribió: "desde los residuos ascienden los flatos y éstos, en su ascensión, acarrean las enfermedades." 32 En la terminología de Aristóteles περίσσωμα, ο περίττωμα, significa 'residuo','sustancia sobrante', es decir,'lo que queda de alimenticio en la sangre después de que ésta haya nutrido todas las partes del cuerpo.' 33 El escriba del Anonymus Londinensis cita a Hipócrates en el tercer lugar de una lista que pretende dar fe de todos aquellos médicos que, sostuvieron que las enfermedades se producían a causa de los "gases" que generaban los residuos del alimento no digerido.
34 Esquemáticamente, el proceso se daría según las siguientes fases:35
1) El alimento que no ha sido evacuado tiende a acumularse en los intestinos dando lugar a residuos que producen flatos.36
2) Dichos gases ascienden a la cabeza.
El proceso por el que esto sucede dista de ser claramente expuesto, es decir, no se dice si tiene lugar a través de la sangre o del aire.
3) Una vez estos gases llegan a la cabeza permanecen allí.
4) Finalmente, reconvertidos en flujos, estos gases descienden de nuevo al resto de los órganos del cuerpo.
En su descripción Menón enfatiza que Hipócrates consideró que los flatos eran de índole patológica tanto si se producían por exceso como por defecto.37 El Anonymus Londinensis38 trae a colación, por este orden, a otros quince médicos que de un modo u otro postularon que el principio y la materia de las enfermedades radicaba en los flatos que se generaban de los residuos alimentarios que no eran digeridos: Eurifonte de Cnido, Heródico de Cnido, Hipócrates (según Menón), Alcámenes de Abido, Timoteo de Metaponto, Ayante, Heracleodoro, Ninias el egipcio, Dexipo de Cos y Egimio de Élide.39
Por lo general se tiene casi por seguro que dicho pasaje se remonta a Aristóteles y a su pupilo Menón.
Pese a que algunos fragmentos de Sobre la dieta, Aforimos, y particularmente, de Sobre los flatos presentan cierta afinidad con dicha hipótesis lo cierto, sin embargo, es que ésta no parece encajar netamente en ningún pasaje de ninguno de los tratados conservados en el Corpus hippocraticum.
Si, por un lado, dicha cita confirma y corrobora la importancia que ya en su tiempo se concedió tanto a Hipócrates como a sus opiniones, no es menos cierto que pone en entredicho a la misma tradición hipocrática, pues al afirmar que las enfermedades se engendran a causa de los flatos (φῦσαι) que se originan a partir de los residuos alimenticios, el papiro Anónimo de Londres presenta, prima facie, y en tanto que documento doxográfico, una versión contradictoria de lo que, en principio, se tiene por la doctrina de Hipócrates (i.e. la 'Teoría de los cuatro Humores').40 Aunque el papiro no da ninguna información sobre él, esta misma opinión tuvo que haber sido luego compartida por Praxagoras de Cos, cuya teoría del pulso a la hora de diagnosticar las enfermedades se encuentra íntimamente relacionada con la teoría de los humores y de los flatos.41 Los estudiosos que hasta ahora han trabajado con el Anonymus convienen en poner la primera de las causas aducidas en relación con el tratado hipocrático De flatibus y la segunda de las explicaciones de la enfermedad con el De natura hominis.42 El caso es que se trata de una explicación etiológica de tipo excluyente ya que las dos teorías son incompatibles entre sí pues es altamente improbable que una y la misma persona - Hipócrates en este caso - hubiera afirmado ambas a la vez.
Por un lado, entonces Aristóteles erró al considerar el De flatibus (finales del s.V inicios del IV a.C.) como un escrito hipocrático.43 Por otro lado Menón, el discípulo de Aristóteles, tomó a su vez el escrito titulado Naturaleza del hombre como hipocrático para su descripción cayendo así en error pues dicho tratado no es de Hipócrates, sino de Polibio, alumno y yerno de éste.
Por lo que, casi con toda seguridad, lo que el pasaje del Anonymus atribuye a Hipócrates se debe a fin de cuentas a un doble malentendido.44 Considérese, además, que una vez expuesta tal opinión parece que el conferenciante se ve acto seguido casi como en la tesitura de rectificarla: "esto es lo que ocurre en opinión de Aristóteles al referirse a Hipócrates.
Pero según el propio Hipócrates, las enfermedades surgen de los componentes elementales."45 Toda posible confusión queda finalmente disipada poco después en el texto: "que Aristóteles, al referirse a Hipócrates dice que las enfermedades surgen de una manera y el propio Hipócrates afirma que surgen de otra." 46
Para finalizar con esta primera sección, cabe preguntarse qué sea lo que distingue el pneûma congénito de Aristóteles de los phŷsai (φῦσαι).
La respuesta parece obvia: ambos no son inhalados, es decir, no son traídos del exterior, pero mientras que el pneûma congénito va ligado a la generación, a la formación y a la preservación misma del cuerpo - de ahí también que su mayor o menor presencia esté en relación con la edad - los phŷsai tienen que ver exclusivamente con la digestión, y su mayor o menor presencia es de índole patológica.47 Esta comparación entre sýmphyton pneûma y phŷsa pone inicio a un δέυτερος πλοῦς, un rodeo con el que arrojar algo más de luz sobre la cuestión.
Pasamos ahora a considerar el pasaje de la columna XXIII en la que el Anonymus indaga las causas del sueño:48
[Puesto que Erasístrato] ha establecido las bases de la materia postulando el alimento y el aire como causa de todo; hablaremos de la asimilación de cada uno, y en primer lugar de la del aire.
Pues bien, el aire es inspirado del exterior por la boca y los orificios nasales y llevado a los pulmones y al corazón, al tórax, a través de la tráquea.
El fragmento del Anonymus retoma una discusión que se encuentra también en el De spiritu.
En este tratado pseudo-aristotélico se apunta a la posibilidad de que el pneûma, el aire, pueda constituir una fuente nutricional similar a la de los alimentos.
En este sentido no es de extrañar que aparezca ligado a un verbo - por otra parte, bien documentado en la tradición filosófica - 49 que se encuentra especialmente relacionado con ambas, la respiración y la nutrición: hélketai (ἕλκεται).
Aristóteles emplea este verbo en el De respiratione y en el De generatione animalium,50 aunque probablemente sea de mucho mayor interés el uso que los pitagóricos hicieron del mismo.
Para los pitagóricos el pneûma era la sustancia primordial que el cosmos respiró antes de que nada parecido al aire existiera, básicamente porque en la cosmología pitagórica los elementos estaban en este estadio primigenio todavía indiferenciados, por separar.
Algunas fuentes atestiguan que al inhalar el Uno primordial el pneûma51 del vacío exterior desencadenó con ello la cosmogénesis.
En el pitagorismo el verbo helkô (ἕλκω) expresa la idea de atracción, absorción, es decir, lo que las plantas hacen tanto para recibir la luz solar como con el fin de obtener la humedad y los demás nutrientes del suelo.
Quizá sea este motivo por el que ἕλκειν más tarde devendrá terminus technicus en medicina.
En el tratado de la Naturaleza del hombre, de nuevo, la forma heílketo (εἵλκετο) es referida a pneûma.
52 En el hipocratismo la función digestiva está configurada en torno a dos principios básicos: la "ley del predominio", según la cual llega a ser digerido aquello cuya dýnamis (δύναμις) propia puede ser dominada por la dýnamis de los órganos digestivos, y la "ley de la asimilación", en virtud de la cual lo semejante va a lo semejante, hómoion homoiôi (ὅμοιον ὁμοιῶι).
La correcta ejecución de la "ley de la asimilación" exige, a la par, el ejercicio de una de las actividades orgánicas a la que con más frecuencia apelan en sus explicaciones fisiológicas los autores de la colección hipocrática: la "atracción específica" (ἕλκειν), o capacidad de cada parte de atraer hacia sí lo que conviene a su estructura y a su función.
El pasaje del Anonymus parece reasumir, asimismo, una cuestión harto disputada, la relativa al origen de la respiración.
El papiro deja claro que el médico del s. III a.C. Erasístrato de Quíos tuvo nutrición y respiración por dos procesos fisiológicos claramente distintos.
Éste último se da a través de la boca y de los orificios nasales, por lo que en el pasaje pneûma solo puede significar algo así como "aire externo antes de ser inhalado."53
Pero por si esto fuera poco, la opinión de Erasístrato54 según la cual el pneûma es tomado del exterior a través de la boca y de las narices debería confrontarse con otro pasaje en el que el Anonymus aboga por la períōsis (περίωσις) o, en otros términos, la respiración cutánea.
La columna XX del papiro recoge, en efecto, las opiniones del médico siciliano55 del s. IV a.C. Filistión de Locris.
Dado su origen, Filistión bien pudo haber conocido y compartido los principios de la respiración cutánea tal y como fue primeramente postulada por Empédocles.56 Es otra vez en el de De spiritu57 donde se nos dice que la respiración es también posible gracias a los vasos o conductos de la piel (ἐξ ἀρτηρίας δὲ ὅτι διαπνοὴν ἔχει),58 por lo que se puede pensar que pese a constituir quizá una extravagancia de Empédocles, la respiración poral acabó calando indudable en la biología griega posterior.
Es difícil precisar hasta qué punto llegó dicho influjo,59 pero parece bastante probable que Diocles de Caristo (médico dogmático del s. IV a.C.) conoció y profesó dichos principios.60 Diocles creia que, junto a los alimentos y a la bebida, el pneûma procedía del exterior y era asimilado junto a aquellos; lo más importante, empero, es que el pneûma se podía "respirar" a través de los poros de la piel.
Según Diocles el asiento del pneûma era el corazón, desde donde partían las arterias, esto es, los vasos que, a diferencia de las venas, se encargaban de transportar el pneûma por todo el cuerpo.61 El Anonymus da también noticia de otro coetáneo de Diocles que recoge y simpatiza con los principios de la respiración cutánea de Empédocles.
El pasaje en concreto dice así:
Cuando en efecto - afirma Filistión - todo el cuerpo respira libremente (εὐπνοῇ) y el aire (πνεῦμα) pasa sin estorbos, hay salud, pues la respiración no solo tiene lugar en la boca y en las narices, sino también en todo el cuerpo, pero cuando el cuerpo no respira libremente entonces surgen diferentes enfermedades.62
Como corolario, se han presentado por tanto hasta aquí suficientes datos con los que se ha atestiguado la problematicidad del concepto de pneûma en los antiguos textos griegos, y más particularmente, en los tratados médicos.
En el marco concreto del Anonymus Londinensis, documento único en la Historia de la Medicina, el significado de dicho término clave se encuentra en función, por lo menos, del autor que lo usa y de la corriente o escuela médica a la que dicho autor pudo pertenecer.
A partir de los contenidos del mismo papiro, asimismo, puede decirse que en el todo de la medicina griega el concepto parece íntimamente ligado a la biología de Aristóteles, por un lado, así como a la tradición especulativa sur-itálica que abogó por la existencia de la respiración poral, por el otro.
Ambas características apuntan a la existencia de una cierta tradición médica basada en el pneûma que, de algún modo y en su día, representó una alternativa explicativa al hipocratismo imperante.
Parece que dicho pneumatismo encontró primero su cauce de expresión en algunas corrientes de la medicina helenística y, más tarde, en las disquisiciones de tipo escolar que, por así decir, hacían parte de la paideia de las clases cultas de la época imperial. |
Esferas: una aproximación a la cosmología renacentista en Chile colonial
El presente artículo analiza algunas características del pensamiento cosmológico en Chile colonial a partir del estudio comparado de dos tipos de fuentes: las anotaciones marginales a ejemplares en la materia, conservados en la Biblioteca Americana de José Toribio Medina perteneciente a la Biblioteca Nacional de Chile; y la única obra publicada al respecto por un autor local, la Noticia General de las cosas del mundo por el orden de su colocación de Fray Sebastián Díaz.
Se concluye que las principales características de la idea de cosmos para el Renacimiento europeo se proyectan en el medio intelectual colonial hasta mediados del siglo XVIII, destacando especialmente la defensa del modelo geocéntrico contra el copernicanismo y la noción de globo terráqueo.
El estudio del pensamiento científico en Chile colonial representa un ámbito de investigación en gran medida aún inexplorado.
Posiblemente esto sea consecuencia de al menos tres factores relevantes.
En primer lugar, se trataba de un territorio relativamente marginal en el escenario intelectual americano de los siglos XVI y XVII.
El énfasis en la actividad militar, la escasa importación de libros y el dificultoso quehacer educacional durante ese período, dan cuenta de condiciones adversas para el desarrollo de una ciencia particular1.
Estas características condujeron en algunos casos a juicios tajantes respecto de la ausencia de elaboraciones originales en el medio local2.
Este enfoque ha sido matizado por un segundo factor: el énfasis y atención puestos en el último siglo de vida colonial.
El interés cifrado por la historiografía en los ochenta años que precedieron a la Independencia y las primeras décadas de vida republicana, se explica por las importantes transformaciones iniciadas a mediados del siglo XVIII.
Entre ellas destacan la fundación de la Real Universidad de San Felipe de Santiago en 1747, la intensificación del comercio de libros y la elaboración de escritos inspirados en la tradición ilustrada europea.
El dinamismo de esta etapa ha sido contrastado con el prolongado silencio que le precedió, lo que se ha traducido en lecturas que subrayan las consecuencias de la política borbónica en materia educacional, los nexos con las obras europeas más influyentes de la época y las innovaciones inspiradas en el escenario chileno que llevaron adelante algunas figuras emblemáticas del período3.
Desde esta perspectiva, el estudio de la ciencia colonial se ha focalizado en este último período destacando sus proyecciones hacia el siglo XIX, abandonando la exploración de la fase previa.
Sin lugar a dudas un tercer factor ha sido determinante en este análisis, esto es, la escasez de fuentes.
Únicamente en los años finales de dominación española y los primeros de experiencia independiente, encontramos una variedad de textos elaborados por autores formados en el medio colonial.
Esta realidad ha inducido a interpretaciones que aprecian esos escritos como productos de la Ilustración americana4.
Aunque nos parece que dicho enfoque es pertinente, creemos que debe ser ampliado con el propósito de descubrir ciertos rasgos de la tradición intelectual anterior que se reflejan también en esta reducida evidencia con la que contamos.
Dicho de otra manera, en este trabajo proponemos abordar esas fuentes tardocoloniales buscando identificar elementos del pensamiento científico pre-ilustrado.
Las dificultades metodológicas para dicho ejercicio son evidentes, sin embargo parece existir cierto consenso respecto del eclecticismo que caracterizó el pensamiento de la segunda mitad del siglo XVIII en América (Góngora, 1949; Rovira, 1958; Domingues, 1998; Domingues, 1999).
De esta manera, la combinación de diversas visiones teológicas, filosóficas y científicas no solo expresa la introducción de nuevos planteamientos, sino también la persistencia de viejas ideas.
El problema específico que trataremos en este artículo son los fundamentos renacentistas del pensamiento cosmológico en Chile colonial.
Para esto nos remitiremos a la obra de Fray Sebastián Díaz, Noticia General de las cosas del mundo por el orden de su colocación (1783), posiblemente la fuente más relevante en la materia5.
Con el fin de contrastar las observaciones allí expuestas, utilizaremos también las contadas, pero no por eso menos relevantes, anotaciones marginales a algunos ejemplares conservados en la Biblioteca Nacional de Chile.
Aunque se trata de fuentes elaboradas con propósitos diferentes, creemos que pueden ser leídas en conjunto para intentar descubrir la apropiación de algunos principios científicos desarrollados en Europa entre los siglos XVI y XVII.
No buscamos con esto afirmar que se trata de la única vía posible, ni establecer conclusiones definitivas respecto de la ciencia colonial, sino sugerir una alternativa de aproximación que pueda ser profundizada.
EL COSMOS DEL CHRISTOPH CLAVIUS: CATOLICISMO Y COPERNICANISMO
En la Sala Medina de la Biblioteca Nacional de Chile se conserva un ejemplar del comentario a la Esfera de Sacrobosco del jesuita alemán Christoph Clavius (1538-1612).
Esta obra fue probablemente uno de los tratados de cosmología más estudiados entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII.
Su autor proponía una revisión de la tradición clásica —particularmente del legado ptolemaico y aristotélico— a la luz de la doctrina católica.
Aparecido por primera vez en 1570, fue revisado y reeditado en numerosas ocasiones en respuesta a su creciente popularidad.
Siguiendo un formato establecido durante la Edad Media, Clavius desarrolló su reflexión tomando como punto de partida el breve escrito titulado De sphaera del astrónomo inglés del siglo XIII, Johannes de Sacrobosco.
Este estaba dividido en cuatro capítulos que abordaban la esfericidad, centralidad e inmovilidad de la Tierra en el universo; la relación entre la esfera celeste y la esfera terrestre; los signos zodiacales, la duración de los días y la variedad de climas en diferentes secciones del globo, para concluir describiendo el movimiento del Sol alrededor de la Tierra y la teoría de los epiciclos de Ptolomeo.
Siguiendo este escrito, Clavius incorporó extensas anotaciones a los fragmentos originales, buscando explicar, precisar e incluso corregir cuando estimase necesario, la obra medieval.
Si Sacrobosco tendía muchas veces a ser lacónico e incluso algo críptico en ciertas exposiciones —posiblemente con la intención de no hacer más complejo un texto pensado como manual básico de estudios— el jesuita intentó resolver y aclarar en detalle los fundamentos del sistema cosmológico tradicional.
El interés de Clavius radicaba en defender este modelo explicativo del universo frente a los ataques de Copérnico y sus seguidores, quienes promovían la consideración de la Tierra como uno más de los planetas que giran alrededor de un Sol inmóvil.
Su discurso, no obstante, distaba mucho de ser una justificación intransigente del legado clásico.
Como ha mostrado James Lattis, Clavius no dudó en abandonar algunos principios de la doctrina aristotélica, como la incorruptibilidad de los cielos (Lattis, 1994, pp. 150-157).
Sin embargo, más allá de estas modificaciones, el jesuita sostuvo sin objeción la idea de una Tierra estática al centro del cosmos, valiéndose de las teorías griegas y de pasajes bíblicos que confirmaban su veracidad6.
Este último aspecto constituía uno de los cimientos de su comentario, puesto que complementaba a través de una evidencia estimada incuestionable e infalible, la autenticidad de las especulaciones matemáticas y filosóficas.
De esta manera, el autor admitía la realidad del modelo geocéntrico combinando argumentos físicos derivados de la apreciación aristotélica del elemento terrestre como un cuerpo grave que tiende al centro del cosmos; observaciones astronómicas ptolemaicas y referencias a versículos del Antiguo Testamento que describían el tránsito del Sol y la inmovilidad de la Tierra.
El tratado fue reputado prácticamente como la postura oficial de la Iglesia Católica durante las primeras décadas de difusión del copernicanismo, hasta la adopción del nuevo sistema propuesto por el astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601) durante el siglo XVII.
La versión custodiada en Santiago corresponde a la cuarta reedición de la obra, publicada en Venecia el año 15917.
El ejemplar contiene diversas anotaciones a lo largo del texto, aunque la mayoría de ellas son subrayados y líneas laterales destinados a destacar ciertos pasajes del Tratado.
En el frontispicio se puede reconocer la firma de uno de sus poseedores, fray Pablo de Alboleras, de quien no tenemos más noticias.
Es posible que el libro haya sido estudiado durante el viaje que lo trajo desde Europa hacia América.
En un pasaje, Clavius describe el mecanismo para obtener la altitud meridiana del Sol midiendo el ángulo formado por la sombra de un gnomon al mediodía y cómo esta permite obtener la latitud del observador (Clavius, 1591, p.
Mientras el jesuita realiza el cálculo para la ciudad bávara de Königsberg, el lector sigue el método para su propia ubicación.
Según el resultado obtenido con el Sol en Cáncer el día 25 de junio, esta correspondería aproximadamente al archipiélago antillano de Guadalupe.
Este pasaría a dominio francés en 1635 por lo que, probablemente antes de ese año, un viajero que tenía consigo el libro efectuó el cálculo después de cruzar el Atlántico.
No es seguro que haya sido el único en estudiar detalladamente el libro, pues al menos una de las apostillas está en castellano, a diferencia del resto mayoritariamente en latín8.
A pesar de ser escasas, las anotaciones marginales de la obra pueden ser analizadas a partir de la difusión y relevancia de la cosmología renacentista en el mundo colonial.
Aunque se trata de notas de estudio, la información que revelan da cuenta de las formas de apropiación del enfoque de Clavius.
Siguiendo la organización de Sacrobosco, uno de los primeros temas que aborda el jesuita alemán en su comentario es la estructura elemental del mundo sublunar.
Continuando la tradición aristotélica, el astrónomo inglés describía la sucesión creciente de las esferas concéntricas de tierra —ubicada en el centro del cosmos—, agua, aire y fuego.
Con el propósito de explicar la existencia aparentemente incomprensible de tierra sobre la superficie del agua, Sacrobosco aludía a una excepción destinada a permitir la vida de los seres animados.
Más de trescientos años después, cuando el testimonio de los navegantes había desmentido la anormalidad de esta realidad y propagaba su existencia a la extensión del globo, Clavius incluía la idea de una única esfera compuesta por ambos elementos como parte integrante de su nueva cosmología escolástica.
El autor negaba que la cantidad de agua fuese diez veces mayor a la de tierra, como se había señalado durante la Edad Media, para luego reconocer la existencia de hendiduras terrestres por las cuales se introducía el elemento acuoso formando así un único cuerpo.
En esta sección mencionaba el análisis de Juan Damasceno sobre la separación de las aguas de la Tierra en mares y ríos9, seguido también por Jaime Pérez de Valencia, obispo agustino y biblista del siglo XV (Clavius, 1591, pp. 31-32).
De esta manera, Clavius recurría a referentes cristianos para confirmar la existencia de diversas irregularidades sobre la superficie terrestre entre las que se filtraba el agua10.
El lector destacó justamente este último fragmento con una línea lateral, acentuando la concordancia del modelo en cuestión con la tradición medieval y el texto bíblico.
Este punto es de gran relevancia, puesto que Clavius construyó una referencia cristiana para que su propuesta le permitiese omitir la influyente reflexión escolástica sobre una Tierra cubierta en su totalidad por la esfera de agua en el hemisferio sur11.
El pasaje destacado por el lector del ejemplar de Santiago reconocía en esta mención a Damasceno y Jaime de Valencia un trozo esencial del argumento que le otorgaba validez a la interpretación del comentario.
Este problema clásico de la cosmología aristotélica no fue indiferente a los pensadores coloniales.
En la que ha sido considerada la primera obra de cosmografía publicada en América (Ávila Martel, 1989, p.
196), el dominico chileno fray Sebastián Díaz seguía un modelo similar12.
La primera parte de su Noticia general de las cosas del mundo por el orden de su colocación, fue impresa en Lima el año 1783.
En el prólogo, Díaz replicaba la descripción de las esferas concéntricas y la consideración clásica de la región elemental:
las de cuerpo mayor, ò que contienen á las demas, estan en figura Esferica, ó redonda, como enbolviendo unas á otras, demodo que puesto fuera del Mundo un onbre, à quien Dios concediese registrarlo con la materialidad de ir destapando por sus manos aquel bulto (...) que se va allando sienpre con otros de la misma figura, pero gradualmente menores; no podria menos, que apartar el elemento del fuego (si está por alla), y si no, ò despues todo el Ayre, y para llegar al centro del Mundo, debería echar a un lado toda el Agua, y abrir toda la tierra.
Díaz reproducía el modelo griego haciendo eco de las críticas renacentistas esbozadas por el matemático Girolamo Cardano (1501-1576) respecto de la existencia efectiva de una esfera de fuego en la región elemental, noción descrita por el propio Clavius en la misma sección del comentario antes mencionada (Clavius, 1591, p.
Aunque la segunda parte de la Noticia general nunca llegó a ser publicada, en la Biblioteca de la Recoleta Dominica de Santiago se conserva una copia manuscrita de la misma14.
En ella, Díaz aborda específicamente el problema de la existencia de tierra sobre la superficie acuática, afirmando que:
Y aunque por el orden, que traen las cosas continentes para subseguirse desde el primer cielo, podía el Agua ocupar toda la superficie de la tierra, ó enserrarla dentro de si; quiso Dios exeptuar de este orden parte de esta subcesion, haciendo (para comoda habitación de los hombres y para los demas designios de su divino beneplacito) que el Agua estuviese como encogida dentro de ciertos limites, que apareciese la tierra por algunos espacios, y que formasen ambos una misma estencion, o un plano de dos cosas asociadas á una figura.
La descripción de Díaz coincide con lo planteado por Clavius y podría definirse como propiamente renacentista: conservando el modelo de las esferas aristotélicas, el dominico aceptaba la excepcionalidad del origen divino de tierra sobre la superficie acuática, para luego presentar la noción de un único cuerpo compuesto por ambos elementos.
Enseguida defendía la existencia de agua «por esterno, y por lo interno de la tierra» (Cáceres Riquelme, 2009, p.
378), aludiendo a los ríos y las filtraciones subterráneas.
Tal como había propuesto el jesuita alemán doscientos años antes, la idea de una única esfera se sostenía en el entrelazamiento de la tierra y el agua no solamente en la superficie, sino también en las capas inferiores e invisibles del globo.
Díaz reproduce la argumentación renacentista en defensa del modelo clásico incluyendo al menos dos de sus rasgos centrales: la incorporación de la noción de esfera terráquea como excepción en la sucesión de esferas concéntricas del cosmos y la duda respecto de la existencia de una esfera de fuego.
A pesar de esta consonancia, no es extraño que Díaz omita el nombre de Clavius.
En primer lugar su tratado estaba pensado como manual para jóvenes estudiantes y este tipo de referencias parecía innecesario, de hecho son inusuales a lo largo de su Noticia General.
Por otra parte, al momento de publicar la obra los jesuitas ya habían sido expulsados del territorio español y Carlos III había criticado oficialmente la enseñanza escolástica jesuita y su latín como «poco diferente del que se lee en los autores del siglo XIII» (cit. en Góngora, 1949, p.
218), opinión que parece curiosamente pertinente a un comentario de Sacrobosco.
Esta voluntad de silenciar la tradición jesuita, o mejor dicho su autoría, se aprecia en la obra de Díaz particularmente en la extensa sección dedicada a exponer la reforma del calendario promulgada por Gregorio XIII en 1582.
El dominico mencionaba como principal teórico del cambio al astrónomo Luigi Lilio (c.1510-1576), excluyendo de su narración la influyente participación del propio Clavius en el proceso (Díaz, 1783, p.
Por último, es también posible que Díaz reprodujese las ideas del jesuita gracias a una fuente indirecta.
Una de las escasas referencias que el dominico citaba explícitamente fue la obra Anatomía de lo visible y lo invisible de Diego de Torres Villarroel (1694-1770) (Díaz, 1783, p.
El autor de Salamanca, asiduo lector de Clavius, había expuesto los principales aspectos de su cosmología: el geocentrismo, la existencia del globo terráqueo como consecuencia de la voluntad divina y la profusa circulación de aguas superficiales y sublunares (Torres Villarroel, 1738, pp. 131, 34-3716).
Esta posibilidad confirma la superviviencia del modelo renacentista más allá de la difusión misma de los tratados del siglo XVI: la proyección del sistema aristotélico de Clavius en Torres Villarroel, autor publicado y leído en el mundo hispano de la segunda mitad del siglo XVIII, demuestra la adopción en dicho medio intelectual de los criterios especulativos en boga dos siglos antes en Europa.
FRAY SEBASTIÁN DÍAZ Y EL SISTEMA SEMI-TICONIANO
La presencia de los planteamientos de Clavius debe ser, no obstante, interpretada recogiendo la complejidad del pensamiento cosmológico de la época.
Sería inapropiado imaginar que se trataba de una réplica exacta de los postulados del Renacimiento.
Estos eran un componente más en una alambicada concepción del universo enseñada y estudiada entonces.
Aunque la inclusión en el Índice de Libros Prohibidos de las obras de Copérnico y Galileo confirmaba la exclusión del heliocentrismo de la doctrina católica17, esto no implicaba que despareciese de la reflexión científica.
El ejemplar santiaguino de la Esfera de Clavius muestra el interés del lector por la crítica del jesuita al modelo del astrónomo polaco.
Junto a uno de los párrafos en el que Clavius expone su defensa de la teoría ptolemaica de los epiciclos, no solo encontramos una línea lateral destacando el argumento sino que este es además calificado de optimo por el anónimo estudioso.
Esta parece haber sido la tendencia general de los pensadores coloniales: no omitir las menciones a Copérnico, sino rebatir explícitamente sus planteamientos.
Sebastián Díaz, por ejemplo, presentaba los modelos cosmológicos de Ptolomeo, Copérnico y Brahe.
Sin declararse en favor de alguno, señala que:
à costado mucho trabajo para entenderlo, ò saber como sea; porque de qualquier modo que se conciba, parece que no se ajustan con èl los fenomenos celestes ò apariencias de los Astros; ni se escusan los momentos de otras dificultades, que oponen, yà la verdad infalible de la Santa Escritura, yá la fidelidad de la naturaleza acreditada asta aora de uniforme, y consiguiente en su metodo de obrar, y en el de proveer a la economìa de las cosas.
Aunque no lo afirma explícitamente, Díaz parece favorecer el enfoque ticoniano —el único que no cataloga como antiguo— y que surge como solución a los problemas físicos del ptolemaico y religiosos del copernicano (Díaz, 1783, p.187).18 El dominico describía de la siguiente manera el modelo:
El espacio, que sigue desde la Luna asta nuestro suelo, es ocupado de otro cuerpo fluido con la distribucion, que se dirà ablando de el ayre; y queda la tierra como encerrada en el medio, segun el primer pensamiento de los Antiguos, y el Sistema de Toloméo: el Cielo moviendose por encima de Oriente à Poniente con todas las Estrellas, fijas, y errantes: unas y otras con movimiento propio de Occidente para Oriente: de ellas Mercurio, y Venus al rededor del Sol, segun el Sistema Copernicano, pero el Sol no en el mismo lugar, que aquel lo pone: Saturno y Jupiter al rededor de la Tierra, á quien tanbien conprende en su buelta Marte, pero con la propiedad del Satelite del Sol, como quieren algunos: y todos los Planetas guardan orbitas elipticas para verificar la altura, y depresion, la magnitud, y pequeñez, la tardanza, y presteza de su curso, perfeccionando sus bueltas en los tienpos del otro Sistema, y las Estrellas fijas en veinte y cinco mil años (Díaz, 1783, pp. 187-188).
Como se puede apreciar, el dominico detallaba una versión diferente a la de Brahe.
Mientras para este último los cinco planetas conocidos (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno) orbitaban alrededor del Sol, Díaz señalaba que Saturno y Júpiter rodeaban la Tierra, «a quien tanbien comprende en su buelta Marte, pero con la propiedad de satélite del Sol, como quieren algunos19».
Este sistema correspondería en realidad a una versión corregida del modelo ticoniano elaborada por el jesuita Giovanni Battista Riccioli (1598-1671) en su Almagestum novum (Bologna, 1651).
Retomando el legado de Marciano Capela (siglo V)20, el autor italiano había propuesto a mediados del siglo XVII una estructura planetaria según la cual Mercurio, Venus y Marte giraban alrededor del Sol (Grant, 1984, p.
Como muestra la ilustración contenida en el texto de Riccioli, este último planeta contenía además a la Tierra en su órbita.
(Reproducción Bayerische StaatsBibliothek digital)
Desde esta perspectiva, no resulta extraño que Díaz haya conocido esta estructura semi-ticoniana y la omisión del nombre de Riccioli posiblemente deba ser leída a la luz de la controversia con los jesuitas.
Más allá del equívoco, el dominico escasamente ocultaba su preferencia por el sistema del danés.
Benito Jerónimo Feijóo, posiblemente uno de los autores más influyentes entre los pensadores coloniales de la segunda mitad del siglo XVIII, también abordó el problema con semejantes conclusiones.
En sus Cartas eruditas había analizado con gran detalle los argumentos a favor y en contra de la propuesta del polaco, para terminar rechazándola en apoyo al modelo de Brahe (Feijóo, 1770, p.
Según Juan Vernet esta fue una de las actitudes habituales en el mundo hispánico luego de la condena de Urbano VIII al heliocentrismo en 1633.
Mientras algunos se sometieron al geocentrismo ptolemaico, otros prefirieron seguir los modelos de Brahe o Descartes (Vernet, 1972, p.
La aproximación en América a la doctrina condenada por la Iglesia se basaba fundamentalmente en descripciones contenidas en tratados aceptados, como por ejemplo el escrito de Robert Vanagonde Uso de los globos y la sphera traducido por Torres Villarroel y también conservado en un volumen de 1758 en la Biblioteca Nacional de Chile (Medina, 1926, I, p.
Otra forma de acceso a las explicaciones prohibidas, era la solicitud de permisos a la Inquisición para que otorgase licencias de lectura de libros vedados, los que hacia finales del siglo XVIII se volvieron más habituales.
Sabemos incluso que una petición de Sebastián Díaz fue aceptada el año 1793, aunque lamentablemente desconocemos el título de la obra consultada (Medina, 1952, p.
En general la cosmología colonial se insertaba dentro del esquema de las Esferas medievales y renacentistas, incluyendo alusiones a la tradición científica de los siglos XVII y XVIII.
A finales del período colonial, en gran medida como consecuencia de las reformas impulsadas por Carlos III, el pensamiento filosófico moderno se propagó en el medio universitario hispano-americano y peninsular (Góngora, 1949, p.
Esto permitiría comprender, por ejemplo, la consideración de Mario Góngora del tratado de Díaz, el cual en su opinión «carece de profundidad, coherencia e intrínseca importancia, pero constituye un documento del período de eclecticismo y desintegración del escolasticismo colonial» (Góngora, 1949, p.
Este escolasticismo correspondía a la principal corriente intelectual en América durante los primeros siglos de dominación española y, respondiendo a una de sus características históricas, fue incorporando nuevas teorías y problemas dentro de su estructura conceptual23.
Así, un autor como Díaz utilizaba un modelo medieval —el de las Esferas— para ordenar su escrito, siguiendo los principios básicos de la filosofía natural peripatética e incluyendo a la vez alusiones a ciertas concepciones modernas tales como las de Kepler, Descartes y Gassendi24.
LA SUPERVIVENCIA DEL MODELO RENACENTISTA EN CHILE COLONIAL
La relevancia de la cosmología renacentista en el pensamiento colonial se sostiene fundamentalmente en dos aspectos centrales.
En primer lugar, se trataba de una concepción del Universo y de la Tierra en particular concordante con las apreciaciones geográficas posteriores al descubrimiento de América.
Si hasta inicios del siglo XV la mayoría de los autores negaban la posibilidad de tierra habitada en el hemisferio sur, los escritores del siglo XVI recurrían constantemente a la evidencia recopilada por navegantes y viajeros en sus tratados.
Esto sin lugar a dudas contribuyó al asentamiento y consolidación de la noción de globo terráqueo, tema próximo a los estudiosos americanos.
Además, los escritos tardíos que respondían a Copérnico permitían conocer indirectamente algunas características de su propuesta y también recoger críticas a la misma que estuviesen enmarcadas en la doctrina católica.
Un segundo aspecto que permite considerar su importancia durante la colonia tiene relación con el acceso a tratados de cosmología en la época.
Las investigaciones que se han realizado sobre las bibliotecas del período en Chile, muestran la escasez de libros científicos hasta 1750.
Según Barros Arana los volúmenes no solo reflejaban 'doctrinas vetustas que los progresos de la nueva era habían pulverizado', sino que hacia 1810 eran contados los ejemplares editados hace menos de cien años en propiedad de la Universidad de San Felipe (Barros Arana, 1886, pp. 502-503).
Isabel Cruz señala que «se trata, en general, de obras bastante antiguas que ya son clásicas y que en el período posterior van a ser superadas por los adelantos científicos y consideradas, por tanto, fuera de época» (Cruz, 1989, p.
Estas descripciones, cuyo énfasis está puesto en la antigüedad de los escritos científicos conservados, reflejan la actualidad de la ciencia medieval y renacentista en el medio intelectual colonial.
Esto coincide con las orientaciones teóricas de los principales actores en la materia: en 1730, un decreto de la congregación mandaba a los jesuitas a no contradecir la física de Aristóteles (Hanisch, 1982, p.
25), y en la segunda mitad del siglo XVIII, el rector José Valeriano Ahumada dictaba un reglamento sobre la Cátedra de Matemáticas en la Universidad de San Felipe en el que llamaba a explicar «los Elementos de Euclides, Geografía, Cosmografía, conocimiento del Globo y Esfera, especialmente terrestre» (cit. en Medina, 1928, p.
438), siguiendo el formato temático de las Esferas renacentistas.
Este escenario comenzó a variar en las últimas décadas del siglo, cuando los reglamentos respecto a la importación de los libros se liberalizaron, calificando de «obras indiferentes» aquellas sobre matemática, astronomía y física.
Las anotaciones al comentario a Sacrobosco de Christoph Clavius de la Biblioteca Nacional de Chile reflejan los intereses de lectores formados en la tradición cosmológica católica reelaborada a partir de la crítica a Copérnico.
Si bien se trata de un modelo que podríamos calificar de escolástico-medieval, este sufrió determinantes variaciones en medio de la crisis del sistema aristotélico a mediados del siglo XVI.
Posiblemente dos de las más relevantes sean la incorporación de la idea de globo terráqueo y el cuestionamiento directo a los argumentos del polaco para rebatir el geocentrismo.
Como lo evidencia el tratado de Sebastián Díaz, estas concepciones continuaron siendo reproducidas al menos hasta finales del siglo XVIII. |
Cirugías 'fingidas' 1en los Andes.
A propósito de un pequeño corpus documental
Si bien los pueblos andinos contemporáneos muestran un marcado rechazo a las intervenciones quirúrgicas por diversas razones de índole cultural, encontramos en los relatos coloniales de los siglos XVI y XVII descripciones que aluden a la expresión formal de cirugías simbólicas, bajo trance, que persiguen la extracción corporal de los objetos y sustancias que materializan la enfermedad.
El artículo analiza varias de estas intervenciones fingidas comparándolas con las actuales estrategias terapéuticas de corte chamánico que realizan los curanderos andinos.
La Antropología médica moderna nos muestra cómo la salud y la enfermedad constituyen conceptos que, junto a otros factores, son construidos culturalmente y que sólo desde esa perspectiva pueden ser entendidas las lógicas que modelan las aflicciones, padecimientos y terapias que afectan en su diversidad a las comunidades humanas.
En los Andes coloniales se constata a través de las crónicas de Indias la vigencia de procedimientos diversos para superar la enfermedad en razón del tipo y carácter peculiar de la dolencia.
268) considera que las enfermedades, en las comunidades andinas durante los siglos XVI y XVII, podían ser originadas por diversas causas, entre ellas, por el enojo de seres sobrenaturales molestos debido a los descuidos de su culto particular2; por causa de los difuntos descuidados en sus atenciones y obligaciones ceremoniales por parte de sus parientes3; por culpa de ciertos objetos extraños que eran introducidos en el cuerpo del doliente4; por la pérdida del ánimo debido a una fuerte impresión5 y por los hechiceros y practicantes de maleficios6.
La síntesis efectuada por Marzal aglutina las patologías diversas reseñadas por los cronistas7.
Los estudios vinculados con el valor ceremonial de la enfermedad en los Andes Centrales y del Sur son numerosos y aportan diferentes perspectivas sobre los conceptos andinos relativos al modelo de salud, enfermedad y atención así como a los sistemas médicos andinos relacionados con el concepto de «ser humano» (Girault, 1988, p.
Sin embargo, poco conocemos sobre el ámbito de las intervenciones quirúrgicas en las culturas andinas a pesar de atribuírseles logros significativos y complejos como la trepanación craneal (Gil García 2009, p.
Hoy sabemos el escaso apego que los pueblos amerindios tienen por la cirugía moderna, particularmente los grupos étnicos de los Andes, lo que provoca no pocas tensiones y bloqueos en las intervenciones que los equipos sanitarios deben realizar en el sector rural en países como Perú, Bolivia o Ecuador8.
Obviamente este tipo de reacción se debe, entre otras razones, a los modelos de construcción cultural del concepto de persona o «ser humano» y a las valoraciones que se hacen sobre el propio cuerpo humano y su fundamento ético y social que va más allá del actual modelo despersonalizado y deshumanizado propios de la cirugía y medicina modernas.
En este sentido, el artículo pretende demostrar cierta continuidad temporal en la conceptualización de los pueblos andinos sobre sus realidades corporales y sus estrategias terapéuticas sometiendo al cuerpo enfermo a procedimientos que aluden a las intervenciones quirúrgicas sin necesidad de ejecutarlas en términos occidentales, demostrando, de esta forma, la vigencia contemporánea de otros modelos de monitorización corporal de carácter simbólico.
Así podemos apreciarlo en algunos relatos coloniales de los siglos XVI y XVII que aluden a prácticas terapéuticas que simulan la intervención quirúrgica.
CIRUGÍAS SIMBÓLICAS EN LOS ANDES COLONIALES
En las Cartas Annuas del siglo XVII remitidas desde El virreinato del Perú al general de los Jesuitas en Roma encontramos diferentes relatos edificantes en torno a la evangelización de los indios por parte de la Compañía que contienen, sin embargo importantes descripciones que pudiéramos definir como «etnográficas» a la vez que referencias significativas sobre las costumbres y comportamientos ceremoniales de los pueblos amerindios que poblaban aquellas latitudes.
En concreto he seleccionado un pequeño párrafo de la Misión a la Provincia de Huaylas en 1617 que aparece dentro de la Carta Annua dedicada a la «Mission A los Yndios ydolatras del Corregimiento de La Barranca y Cajatambo» por su significación médica y ceremonial.
El mas conoscido era vn yndio llamado Joseph. a quien los yndios llaman / el Dios menor, el qual con sus embustes, y marañas traya la gente tan embelezada q. su / nombre era reuerenciado, era mas regalado que su curaca, que el corregidor, o el cu=/ra, porque todo quanto los yndios tenian, que pudiesse ser de gusto se lo ofrecian, / era como el obispo de los demás hechizeros, visitaba la prouincia, y la de los conchucos, / y llegaba hasta la de guanuco, y en esto se ocupaba todo el año, reuerencianle co/mo al Dios menor, y lo principal enque se ocupaba era, en curar con la inuocacion de las guacas, a que persuadia toda la gente, hazia sacrificio a la de los pueblos, /donde llegaba, si se lo pagaban, repartia idolos particulares, enseñaba el culto, que les / auian de hazer, y todos le lleuaban a su casa, para que sacrificasse a los suyos, y los / enfermos para que los curasse.
El modo de curar era hazer sacrifiçios a los idolos9, que / lleuaba consigo, y despues hazia idolatrar a los indios, y luego les dezia, que aquella / enfermedad se la auia dado la huaca, que estaba enojada por esto10, y por aquello, y que / lo que causaba su enfermedad era alguna cosa, que le auia puesto en el cuerpo11, y que / cerrasse los ojos, y no los abriesse, hasta que el se lo mandasse, y sacaba cuchillos, y / hazia que abria con ellos el cuerpo, y que sacaba lo que estaba adentro, y sanaba las he=/ridas, y despues les mostraba vn sapo, o culebra, lagartija etc. o otra sabandija, //(fol.56v) guessos, piedras etc. y deçiales que aquello les auia causado la enfermedad, y que se emendassen de los des=/cuydos, que auian tenido en seruicio de las huacas12, a otros les persuadia, que estaban / enhechiçados, y creyendole le pagaban, porque les quitasse los hechiços13, tenianle / por hombre que podia destruir las chacras, y temianle; y en este tiempo conto vn es=/pañol fidedigno, que auiendole pedido vn pedaço de tierra este indio, y no auiendo/sela querido dar se la juro, y otro dia hallo su sementera helada, y caida demane=/ra, que no fue de prouecho, y dezia que si lo hallaba le auia de dar mil puñaladas14. / Ausentose asi como supo la venida del Visitador, y n.ra, y a muy buena diligen=içia le hallaron al cabo de sinco meses, pasearonle encoroçado dando dozientos aço=/tes, desengaño a toda la gente, que estaba junta, y queda con grillos en vn obraje, hasta ver lo quesu ex.a ordena se haga del.
El relato menciona la figura de un indio, el tal Joseph, que tratado como un ser reverencial «Dios menor» 15, se dedicaba a la práctica de una medicina itinerante por las diferentes provincias recogidas en la Annua.
Medicina que vinculaba al ejercicio de sacrificios para las huacas, los lugares sagrados, combinándolos con técnicas de masaje corporal y cirugía simbólica.
El valor terapéutico atribuido a los sacrificios y ofrecimientos a las huacas o lugares sagrados, era práctica habitual, muy extendida en las culturas andinas durante el dominio colonial y de forma similar en la actualidad, según recoge la etnografía médica andina contemporánea16.
La causa de la aflicción se considera debida al malestar que se ha ocasionado a alguno de los seres tutelares andinos a quienes hay que ganar de nuevo sus favores a través de alguna ofrenda ceremonial a cambio de la restitución de la salud del enfermo.
El sentido ceremonial de las prácticas médicas andinas es destacado con especial vehemencia y acuciosidad por parte de los crónistas de la época (Polo [1559], Murúa [1611], Cobo, [1653] Álvarez [1588]) quienes emplean el término «hechiceros» o «ministros del diablo» en alusión a los especialistas en ritual andinos que se ocupaban de estos menesteres17.
Similares conceptos médicos capaces de entremezclar creencias supersticiosas y expresiones ceremoniales heterodoxas, encontramos igualmente en la España del Siglo de Oro (Gelabertó 2005, p.
El símil quirúrgico a partir del empleo de navajas y cuchillos que el doliente presiente mediante las manipulaciones externas que sufre su cuerpo, ya sea bajo inducción al éxtasis o no, no son estrategias terapéuticas hoy habituales en las poblaciones andinas, aunque parece que debieron serlo en el pasado, por la mención que realizan algunos de los principales cronistas sobre las poblaciones andinas, más allá del hecho probable de que unos emplearan las informaciones de los otros, aún sin mencionarlo de forma expresa.
Es mucho más frecuente que aparezcan datos sobre la materialización de la enfermedad en forma de gusanos, inmundicias, piedras y demás cuerpos extraños que el curandero muestra al enfermo después de su intervención18.
En este sentido las estrategias de succión y limpieza ceremonial de los cuerpos de los enfermos sí presentan un gran crédito en las poblaciones amerindias y también en los grupos andinos durante la etapa colonial19.
La «limpia», como se conoce todavía en la actualidad entre las poblaciones andinas a esta estrategia curativa, se basa en el contacto sobre el cuerpo del doliente, a veces de forma muy sutil, casi sin roce, de un objeto material, con la finalidad de que este objeto se impregne y absorba los fundamentos nocivos de la enfermedad, dejando el cuerpo del doliente limpio y sano.
Este objeto material puede ser de diferente naturaleza: algún alimento, tejido, ofrenda ritual o bien el célebre cuy o «conejillo de indias», cavia porcellus, que una vez se ha pasado por el cuerpo del enfermo es diseccionado y analizado con detenimiento por el especialista, existiendo una íntima analogía entre el enfermo y su avatar animal, órgano por órgano20.
El objeto final tanto de la «limpia», como de la succión es el mismo, es decir extraer del interior del cuerpo, las sustancias inmundas que materializan de forma sensible la enfermedad y que se deben a una causa exógena, algo que ha sido introducido en el cuerpo desde el exterior o que ha sido puesto en ese lugar desde fuera, causando todo tipo de anomalías y daños al enfermo21.
Tanto la estrategia de la succión chamánica como la «limpia» ritual de la enfermedad están muy presentes entre los grupos amerindios en tiempos de la Colonia, como por ejemplo formando parte del repertorio de las técnicas terapéuticas comentadas por Bernabé Cobo [1653] e inspiradas, según parece, en la crónica del vallisoletano Juan Polo de Ondegardo [1559], para los grupos andinos y que incluían sacrificios rituales, masajes con sebo y cuy sobre el cuerpo del paciente, baños para limpiar las impurezas causantes de la enfermedad y succiones sobre la parte dolorida22; a continuación el curandero mostraba al enfermo lo que había extraído de su cuerpo: sangre, gusanos, piedras y otras sustancias:
Primero hacían cierta harina de maíz blanco y negro y de otros colores y de conchas de la mar de cuantos colores podían haber y poniéndola en la mano del enfermo, le mandaban que la soplase en sacrificios a la Wakas, diciendo ciertas palabras, y así mismo les hacían soplar un poco de coca al sol, ofreciéndosela y pidiéndole salud y lo mismo a otros dioses; y tomando en la mano un poquito de oro y plata de poco valor, lo ofrecía el mismo enfermo al Wíracocha, derramándolo23.
Después de esto, mandaba el hechicero al enfermo que diera de comer a sus difuntos, poniendo las comidas sobre sus sepulturas, si estaban en parte donde se podía hacer, y derramándoles la chicha, y si no, en la parte de su casa que les pareciese, haciéndoles entender que porque padecían hambre sus difuntos, le habían echado maldiciones, por donde había enfermado.
Cuando el enfermo podía ir por su pie a alguna junta de ríos le hacían ir allá y le lavaban el cuerpo con agua y harina de maíz blanco diciendo que allí estaba la enfermedad; y si no estaba para poder andar, se hacía este lavatorio en la casa del enfermo24.
También solían curar sobando y chupando el vientre del enfermo y otras partes de su cuerpo; untándolos con sebo o con la carne o grosura del cuy o de sapo, y haciéndole semejantes unturas con otras inmundicias o con yerbas.
Hacíanles en creyente a los enfermos, que chupándoles la parte de su cuerpo que les dolía, les sacaban sangre o gusanos o pedrezuelas, y mostrábanselas, afirmando que por allí salía la enfermedad (Cobo, 1964 [1653], II, p.
La parte final de la cita de Cobo tiene especial importancia para nuestros intereses mostrando una referencia quirúrgica simbólica similar a la atribuida por los jesuitas al indio Josep en la Carta Annua:
Para las enfermedades muy graves [...] era el enfermo arrebatado de un pesado sueño y éxtasis y los hechiceros hacían apariencia de que lo abrían por medio del cuerpo con unas navajas de piedras cristalinas y que le sacaban del vientre culebras, sapos y otras bascosidades quemando en el fuego que allí tenían todo lo que sacaban; y decían que desta suerte limpiaban lo interior del enfermo, haciendo en esto muchas supersticiones.
En la información de Cobo apreciamos datos etnográficos de interés como el hecho de la inducción al sueño del enfermo antes de su aparente intervención que se producía bajo ese estado letárgico, al tiempo que manipulaban sus navajas de «piedras cristalinas», ¿obsidiana? que eran manipuladas como si cortaran el vientre para extraer culebras y otras inmundicias que luego le eran mostradas25.
El acto de intervención quirúrgica simula un ejercicio de expresión chamánica con la ingesta de algún tipo de alucinógeno por parte del enfermo que le ayudara a experimentar la prueba médica a que iba a ser sometido de la forma más favorable.
Puesto que la cirugía era fingida, buena parte de la experiencia curativa del doliente se produce bajo la expresión de un estado alterado de conciencia26.
El consumo de sustancias psicotrópicas en el dominio colonial andino presenta una marcada diferenciación entre los Andes Centrales y del Sur.
En el Norte del Perú, en la zona andina y costera, era habitual el consumo del sanpedro también conocido como huachuma, achuma, (Trichocereus Pachanoi) con el aporte especial de la mescalina que se absorbía en decocción con otras plantas o bien se esnifaba por la nariz (singada) en compañía de otros estimulantes o potenciadores como el tabaco diluido en alcohol.
Igualmente se conocían las llamadas «mishas» pertenecientes al género de las Brugmansiae como el «floripondio», wantuq en quechua (Polia, 1996, p.: 333).
En las poblaciones de los Andes del Sur se empleaba como alucinógeno especialmente la willka (Piptadenia macrocarpa BENTH (Girault 1987, p.
383) aunque también se conocía la achuma apareciendo documentado en zonas australes como Chuquisaca o las tierras bajas potosinas como aparece en algunas referencias de la antigua Charcas (Platt, Bouysse-Cassagne, Harris, 2006, p.
En el Noroeste argentino en un sector límite entre la cordillera andina y la región del Chaco se empleaba el coro como alucinógeno (Farberman, 2005, p.
Sin embargo en la actualidad el consumo del sanpedro es uno de los baluartes del sistema chamánico del Norte del Perú27 mientras que su uso y el de la willka como elementos psicotrópicos y alucinógenos se han perdido en las tierras del Sur en donde prevalece el consumo de hojas de coca entre las poblaciones quechuas y aymaras28.
El texto de Cobo, inspirado en Polo de Ondegardo, también fue utilizado previamente por el padre mercedario Martín de Murúa, con algunos añadidos propios:
Otras veces dicen al enfermo que le han abierto la barriga, y les sacan las piedras y males, y los tienden para este efecto, de suerte que no puedan ver lo que hacen, y les aprietan de manera que les duela, y como si les cortasen la parte de la barriga donde hacen esto, y con ello les engañaban y ellos creen que así es, y que les abrieron y lo dicen, y aun porfían por cosa certísima.
Siempre procuran hacer estas cosas y supersticiones en lugares escondidos y que no los vea nadie, con recato y de noche, por no ser vistos.
Este modo de curar es el más dañoso que hay entre los indios, porque de cualquier manera que sea, con licencia o sin ella entremeten mil hechicerías y supersticiones y sacrificios y aunque no los hagan, al menos engañan al pobre enfermo, y les llevan la ropa y vestidos con título de curarlos, y la comida que tienen (Murúa, 1987 [1611], p.
En este caso, como en los anteriores, cuentan al enfermo la intervención que ha sufrido, que el enfermo no puede ver pero sí sentir mediante el dolor que le generan al apretarle la barriga.
La manera de «ver» en este tipo de situaciones coincide con las intervenciones rituales en los pueblos andinos, empeñados en buscar formas para camuflar los sentidos habituales a la vez que despiertan los precisos mediante estados alterados de conciencia que es la manera adecuada de vivir ciertas experiencias rituales.
Conocidas son las ch ́amakas aymaras en las que el especialista ritual de mayor prestigio en las comunidades realiza una sesión en plena oscuridad donde incorpora las voces de todos los actores tutelares del Altiplano para diagnosticar la dolencia del enfermo.
De esta forma oscureciendo los sentidos profanos es que cobra sentido la expresión figurada de una escenografía ritual a través de las voces incorporadas por el ch ́amakani (Fernández Juárez 2004a, p.
Las machis mapuches facilitan su trance al compás de su tambor de mano kultrún, vendándose los ojos con su pañuelo.
Es decir, «no ver» en términos profanos, parece el estado propicio para poder «ver» y sentir ciertas expresiones rituales y terapéuticas tanto en el ámbito colonial como en las actuales culturas andinas.
Todas las fuentes coloniales que hemos empleado resaltan el símil quirúrgico, ya sea con el enfermo adormecido o no, al que aprietan las tripas para que sienta dolor, un dolor terapéutico que se vincula con el corte producido por los cuchillos y navajas presentes en el remedo de intervención29 (Salvador Hernández, 2011, p.
Igual que el enfermo siente los cuchillos mediante el dolor que le inducen en su estómago, ve así mismo las inmundicias que le han sido extraídas y que le ayudan a encauzar y dar sentido a su aflicción.
TRABAS QUIRÚRGICAS EN LOS ANDES
Las comunidades andinas muestran en la actualidad una reconocida aversión por las prácticas quirúrgicas de la medicina occidental.
Abrir el cuerpo humano supone un verdadero tabú inconcebible30: se considera un verdadero acto de violación, una mutilación incompatible con el ejercicio de las medicinas andinas y un acto atentatorio contra el propio concepto de «ser humano» en el que destaca la noción moralizante del «cuerpo completo» 31 con una relevancia significativa en las mentalidades populares andinas (Fernández Juárez 2006a, p.322).
A estas razones de carácter cultural hay que añadir la realización de prácticas perniciosas y lamentables realizadas por parte del Estado practicando intervenciones de ligaduras de trompas sin consentimiento informado alguno en las mujeres indígenas tal y como ocurrió en los años noventa del pasado siglo durante el gobierno de Fujimori en El Perú o en México, como referentes más señalados de una corriente de moda que se produjo en buena parte de América Latina y que pretendía acabar con la pobreza, eliminando a los pobres, en un grotesco sentido eugenésico de la sociedad (Menéndez, 2009, p.
Este tipo de experiencias ha dado lugar a la sospecha latente sobre cualquier programa de salud propuesto por los representantes del Estado en las comunidades indígenas, muy especialmente en los programas de vacunación de niños así como en las revisiones hospitalarias en torno al parto lo que supone la sospecha sistemática de las embarazadas y parturientas a ser intervenidas sin consentimiento y ha supuesto un temor constante en las mujeres indígenas a que se les practique una cesárea (Cerbini, 2009, p.
Volviendo a la aversión cultural por las intervenciones quirúrgicas entre los grupos aymaras y quechuas de los Andes del Sur, es preciso resaltar la figura legendaria del «operador».
Este personaje nombrado así, en castellano, en algunas comunidades aymaras del Lago Titicaca, coincide con la figura de un personaje mítico conocido en aymara con el nombre de kharisiri, lik ́ichiri, kharikhari, khariri, cuya traducción aproximada sería «degollador».
En su variante quechua es conocido como ñak ́aq o Pishtaku.
Este personaje produce verdadero pavor entre los pobladores andinos por su interés en extraer la grasa y la sangre de los caminantes solitarios, para lo que utiliza actualmente una especie de jeringa, tal y como describe la gente, con la cual consigue extraer las sustancias del interior del cuerpo de sus víctimas que no se percatan del ataque de que han sido objeto y mueren33.
Resulta fácil establecer esa identificación entre el temido personaje y el médico cirujano occidental, lo que supone un serio problema para el reconocimiento indígena de la técnica quirúrgica34.
No en vano la medicina occidental es identificada, por parte de las poblaciones indígenas con las técnicas terapéuticas de intromisión corporal más agresivas: «transfusión, inyección, operación» (Fernández Juárez, 2007, p.
No es de extrañar, por tanto, el desarrollo, hoy como ayer, de estrategias que aluden a la extracción y aperturas corporales para tratar ciertas patologías mediante una cirugía simbólica que se practica «sin abrir el cuerpo» entre las poblaciones andinas.
El mal, la materia sensible de la enfermedad se materializa en el objeto que el especialista en ritual o médico originario indígena enseña al enfermo una vez ha sido extraído del interior de su cuerpo.
Todos estos procedimientos que encontramos en la etnografía contemporánea ayudan a formular una respuesta funcional al propio doliente sobre la aflicción que padece propiciando el orden, canalizando su estrés y ofreciendo una respuesta razonable a sus padecimientos.
Las diferencias estrategias de transferencia corporal que realizan los especialistas en ritual de los Andes del Sur, quechuas y aymaras permiten la movilización del mal desde el cuerpo del enfermo a otra entidad corporal, ya sea un animal, un producto alimentico o una ofrenda ritual específica, como forma de canalizar adecuadamente su eliminación terapéutica.
Este modelo alude al sentido dinámico de la enfermedad, explotado en el propio principio de transferencia terapéutica, a través de una intervención terapéutica que permite movilizar la enfermedad como si de un fluido se tratase.
Este tipo de dinámicas terapéuticas están presentes históricamente no sólo en los pueblos andinos, sino en diferentes contextos culturales en la actualidad 36.
Queda pendiente diseñar estrategias de carácter intercultural que faciliten el reconocimiento favorable de la cirugía moderna en la salvaguarda inevitable de problemas médicos que, hoy por hoy, no permiten otro tratamiento.
Para ello es preciso que la medicina moderna con todo su bagaje especializado sepa explicar adecuadamente sus razones y procedimientos en comunidades humanas cuyos fundamentos médicos responden a lógicas de diferente naturaleza. |
Estas propostas eram efetuadas após consulta e entendimento com a família, que se responsabilizava por parte das despesas. |
La lucha por la supervivencia de la embriología en una institución privada en la España del siglo XX: las crisis del Institut Biològic de Sarrià
Durante el primer tercio del siglo XX, el jesuita Jaime Pujiula Dilmé (1869-1958) dominó con una autoridad casi clásica el cultivo de la embriología en nuestro país.
El gran éxito de su proyecto personal, el Institut Biològic de Sarrià, sufrió un primer revés durante la II República con la llegada del gobierno de Azaña al poder.
La Compañía de Jesús fue disuelta y sus bienes confiscados.
El religioso, no obstante, fue capaz de solventar esta crisis mediante un acuerdo con la Societat Medicofarmacèutica dels Sants Cosme i Damiá, en cuyas dependencias volvió a montar su instituto.
Más difícil resultó sobrevivir a la crisis vivida durante la Dictadura Franquista.
La edad del Padre y su fuerte personalidad, autoritaria y personalista, dificultó la creación de una escuela a su alrededor.
El medro de uno de sus colaboradores, el Padre Joan Puiggrós Sala (1899-¿?), significó la desaparición progresiva de la embriología en el centro y la ocupación del nicho que ésta iba dejando por la bacteriología aplicada, mucho más rentable económicamente en aquellos tiempos de penurias.
El estudio de una disciplina científica requiere un conocimiento detallado de los espacios en los que se cultivó en un determinado momento.
La historia de los centros de investigación, de los actores que pasaron por sus salas y del ambiente e influencias que recibieron, son indispensables para entender los entresijos del desarrollo de una especialidad.
Para el caso de la embriología española del siglo XX resulta indispensable referirse a Jaime Pujiula y a su laboratorio, el Institut Biològic de Sarrià (IBS).
Y es que, a pesar de tener unos intereses davincianos dentro del campo de la biología, este jesuita es conocido fundamentalmente por sus trabajos en embriología.
Durante años, los dos tomos de su tratado se convirtieron en un imprescindible para las bibliotecas de los hispanoparlantes interesados en la especialidad, y durante el primer tercio de siglo, el Biológico fue prácticamente el único foro de investigación y docencia embriológica del país.
La figura de Jaime Pujiula ha sido abordada en algunos estudios previos desde el punto de vida biográfico (Durfort, 1995; Pujiula i Ribera, 2010; Teixidor, 2012).
De hecho, su presencia en el debate evolucionismo-antievolucionismo de principios de siglo lo ha convertido en protagonista de varios trabajos dedicados al problema (Pelayo, 2002; Blázquez Paniagua, 2005; Blázquez Paniagua, 2009; Catalá Gorgues, 2010).
Menos atención se le ha prestado a su laboratorio.
Su funcionamiento interno ha pasado casi desapercibido para la historiografía científica hasta el momento.
Así pues, el objetivo principal de este trabajo será el estudio del IBS desde su fundación hasta su desaparición definitiva.
Se analizarán las razones por las que dejó de ser el centro de referencia de la embriología a nivel nacional y por las que se terminaron promoviendo otras especialidades como la microbiología.
Asimismo, se intentará proponer una periodificación de la historia del centro alrededor de las profundas crisis (políticas, científicas y personales) que se vio obligado a sufrir durante su existencia.
Para estudiar a fondo estas vicisitudes internas recurrimos al Arxiu Històric de la Companyia de Jesús de Cataluña (AHSIC).
Entre sus fondos se custodian dos unidades archivísticas de gran interés para nuestro trabajo: una dedicada al Padre Pujiula y otra que lleva por nombre Institut Biològic de Sarrià.
La primera consta sólo de dos cajas, pero conserva todo el epistolario del jesuita e incluye una autobiografía mecanografiada aún inédita.
El segundo fondo es mucho más extenso.
Entre una gran cantidad de documentación económica, en esta unidad se puede localizar parte de la correspondencia del padre Puiggrós, uno de los más estrechos colaboradores de Pujiula y su sucesor al cargo del IBS.
Sus cuadernos de laboratorio, así como los proyectos de reforma que planeó para el centro se conservan en el mismo fondo.
Los datos recogidos de este archivo se completaron con fuentes orales.
En este caso, citamos la entrevista que realizamos en enero de 2010 a Josep María Domènech Mateu (n.
1944), catedrático de anatomía de la Universitat Autònoma de Barcelona, que mantuvo cierta relación de amistad con el P. Puiggrós y con otros morfólogos catalanes de la época.
EL INSTITUT BIOLÒGIC DE SARRIÀ: FUNDACIÓN Y PRIMEROS AÑOS
La vida de Jaime Pujiula Dilmé comenzó en la villa gerundense de Besalú en 1869.
Según sus memorias1, el ambiente familiar resultó propicio para que tomase los hábitos, por lo que a los dieciocho años ingresó en el colegio de la Compañía en Veruela (Zaragoza).
Aquel centro estaba especializado en humanidades y filosofía, así que pudo adquirir una sólida base humanística.
La orden, no obstante, no descuidaba la formación científica de sus jóvenes; sus colegios mantenían unos interesantes gabinetes de ciencias naturales, física y química que eran cuidados con esmero por algunos padres dedicados exclusivamente a la ciencia.
La formación internacional de Pujiula comenzó muy temprano.
Ingresó en la orden en 1887 y ya en 1893, con tan sólo veinticuatro años, viajó a Holanda para estudiar Filosofía.
Después fue destinado al Colegio de San José de Valencia, donde coincidió con uno de los primeros discípulos de Cajal en aquella ciudad, el también jesuita Antonio Vicent Dolz (1837-1912).
Las dotes de Pujiula para defenderse con el alemán, lengua de la ciencia del momento, fueron suficientes para que la Compañía viera en él un digno candidato a suceder a Vicent como experto en ciencias biológicas.
La primera tarea que se le encomendó fue hacerse cargo de las clases de Historia Natural del colegio.
Para ello, en sus ratos de ocio se fue formando en Ciencias, adquiriendo un vasto, aunque estrictamente libresco, saber biológico.
Una vez terminada la carrera, en 1906, el Provincial le propuso salir de nuevo al extranjero para ampliar conocimientos biológicos.
Tras unas consultas por carta a los biólogos más importantes de la orden, Pujiula decidió dirigirse para ello a la Universidad de Innsbruck, en el Imperio Austrohúngaro.
Allí tuvo la oportunidad de estudiar zoología con el profesor Karl Heider (1866-1935), autor de un importante manual de embriología de invertebrados.
Pero la biología del joven religioso tenía ya una clara vocación generalista, así que se preocupó por formarse en otras especialidades, como la botánica.
Asimismo, aprovechando las vacaciones entre semestres, se trasladó a Trieste (Italia) y tomó contacto con las investigaciones embriológicas de Carl Isidor Cori (1865-1954)2, con quien participó activamente en sus experimentos sobre las primeras fases del desarrollo del erizo de mar.
Desoyendo el consejo de Heider, que pretendía enviarlo a Friburgo a estudiar con Theodor Boveri (1862-1915)3, su siguiente parada fue –ya a finales de 1907-, el Embryologisch-histologische Institut de Hans Rabl (1868-1936) en Viena, una decisión que marcó profundamente su embriología, ya que Boveri estaba totalmente inmerso en la naciente embriología experimental4, una rama de la disciplina que Pujiula nunca llegó a conocer en la práctica.
Allí trabajó con Siegmund von Schumacher (1872-1944), que trataba el tema de la embriología del aparato urogenital; compartió laboratorio con Victor Widakowich (1880-1930), histólogo y embriólogo y, por aquellos años, asistente de Rabl; y entabló relación con otros muchos científicos que trabajaban en aquellos años en la ciudad (Von Ebner-Rofestein, Schäffer, Linsbauer, Exner...).
En 1908 terminó un trabajo de investigación sobre las células redondas (Die Frage der Riesenzelle bei der Entwicklung der Maus5) y creyó tener capacidad suficiente para investigar por su cuenta6.
El Provincial entendió que su formación había acabado y le instó a regresar.
En España, instaló su primer laboratorio con la primitiva intención de formar en Biología a sus hermanos de la orden.
El nuevo centro, conocido como el Laboratorio Biológico del Ebro, se estableció en la localidad tarraconense de Roquetas, donde los jesuitas tenían ya en marcha otros dos institutos de investigación7 (un observatorio meteorológico y astronómico y un laboratorio químico).
De este modo, con la fundación del Biológico, la Compañía completó un interesante parque científico.
Los microscopios para iniciar los trabajos los trajo el mismo Pujiula desde Viena.
En sus memorias recuerda:
Antes, pues, de volver a España y teniendo en cuenta la formación de un Laboratorio, compré varios microscopios: desde luego dos para discípulos [,,,].
Luego, o algo más tarde, el microscopio polarizador; también un microscopio simple, dos micrótomos, el de Rocking (usado en Cambrg) (sic) y el de Gebrüder Frohmann: el primero para parafina y el segundo para celoidina.
Tambie ́n se compró pronto el dispositivo del llamado ultramicroscopio [...]
Ya el P. Dedeu [...] había comprado el mejor microscopio de Zeiss8.
Durante aquellos primeros años, una serie de conferencias bastaron para dar a conocer la recia personalidad del director del nuevo centro.
Enfrentado con Haeckel, con su monismo y, por supuesto, con su Ley Biogenética Fundamental, Pujiula se convirtió en el adalid del antitransformismo en nuestro país.
Sus tesis se opusieron firmemente a la transición entre especies, aunque nunca negó la adaptación morfológica dentro de los estrictos límites de la especie ("evolución especigenética")9.
En 1916, el laboratorio se trasladó a Barcelona y se ubicó en el Colegio de Sant Ignasi, una institución docente de los jesuitas en Sarrià, y fue rebautizado como Institut Biològic de Sarrià.
Durante los años siguientes, comenzó una intensa labor como investigador y como docente que llegó a su punto más alto durante la Dictadura de Primo de Rivera.
En estas fechas llegó a la presidencia de la Institució Catalana d'Història Natural (Camarasa, 2000, p.
68) y publicó su conocida Embriología del hombre y demás vertebrados (1923), el primer–y durante años, el único- tratado de la disciplina en castellano.
LA LLEGADA DE PUIGGRÓS Y LA CRISIS DE LA II REPÚBLICA
Con la llegada de la Segunda República, el laboratorio vivió en primera persona el ataque del gobierno azañista a la Compañía.
Los bienes de la orden fueron confiscados, y a principios de 1932 el jesuita se vio obligado a abandonar su laboratorio.
Pero los contactos de Pujiula eran muchos y pronto encontró asilo.
La Societat Médico-farmacèutica dels Sants Cosme i Damià de Barcelona, una asociación decimonónica de ideología católica, cedió a los jesuitas unos edificios en la céntrica calle Llúria y allí se instalaron (Figura 1).
Aunque la situación resultó francamente traumática, permitió que se produjeran algunos cambios importantes, como la incorporación de las mujeres como alumnos10.
De una manera coherente, Pujiula formó parte activa de la asociación con la que había firmado el acuerdo.
Intervino en muchas de las discusiones científicas que allí se celebraban y les aportó sus conocimientos embriológicos11.
Asimismo, comenzó a impartir cursos sobre materias biológicas diversas y se embarcó en un ambicioso curso especializado en "embriología del hombre y de los vertebrados", cuya primera edición tuvo lugar entre el 2 de mayo y el 15 de junio de 1932.
Las clases prácticas eran parte fundamental de aquellos cursos, una característica que marcó una gran diferencia con la docencia oficial que se impartía en la pobre universidad catalana del primer tercio de siglo.
El programa especificaba que los alumnos tendrían "36 días de trabajo: cada uno de ellos con una hora de lección oral y cuatro horas y media de prácticas de laboratorio"12, lo que suponía un intensivo adiestramiento en lo más básico de la ciencia embriológica.
Además, hasta el laboratorio de Llúria llegaban otro tipo de investigadores que, en el argot de la institución, se denominaban "especialistas".
Estos eran científicos que, según consta en los programas, se acercaban al Biológico "a estudiar o investigar por cuenta propia; ora para ampliar conocimientos o técnicas, como v.g. tesis doctorales".
Tras el correspondiente pago de matrícula, -125 pesetas mensuales-, estos investigadores adquirían el derecho a ser dirigidos en sus trabajos por el personal de laboratorio y a usar sus instalaciones durante unos horarios predeterminados13.
Laboratorio de Pujiula en la Sociedad Médico-Farmacéutica de los Santos Cosme y Damián.
Folleto propagandístico de los años 30.
Esta vocación docente hizo que, más que un laboratorio de producción de nuevos conocimientos, el instituto se comportara como un centro de formación de investigadores.
La falta de una línea de investigación propia y la rápida renovación de la plantilla de investigadores impidieron la creación de lo que entendemos como escuela a la sombra de Pujiula.
De lo que sí podemos hablar, sin embargo, es de colaboradores.
Entre ellos destacaron dos que dedicaron casi toda su vida al Instituto: el Padre Puiggrós y el Padre Pertusa.
El primero en llegar al Biológico fue Joan Puiggrós Sala (1899-?) quien, a pesar de especializarse más tarde en otros campos de la biología, comenzó, como no podía ser de otra forma, con la embriología.
Sus primeros contactos con el laboratorio se remontan al verano de 1922, cuando acudió por primera vez a los cursos del maestro.
Durante los siguientes veranos, dedicó sus vacaciones a dichos cursos y terminó convirtiéndose en el auxiliar del director y en el responsable de los trabajos de microfotografía14.
En 1930 fue ascendido a subdirector y, siguiendo los pasos de Pujiula, se trasladó a Centroeuropa para completar su formación.
La gran afluencia de alumnos al IBS en aquellos años y la consecuente bonanza económica permitieron que aquel viaje pudiera ser sufragado por el propio Instituto15.
En Alemania cursó la carrera de Ciencias Biológicas y posteriormente se trasladó hasta Viena para especializarse en embriología.
Allí trabajó con Georg Politzer16 en el Institut für Histologie und Embriologie de Alfred Fischel y realizó una serie de trabajos descriptivos sobre el desarrollo del pulmón en embriones humanos17.
En 1936, consiguió el título de doctor y regresó a España.
Durante aquellos años, el laboratorio fue abriéndose paulatinamente a nuevos alumnos.
Acudían al centro estudiantes de ingeniería agrónoma y, por supuesto, de medicina.
El objetivo de crear generaciones de médicos dotados de una formación científico-teológica era una máxima del IBS, por lo que este aspecto era cuidado especialmente.
Durante las vacaciones de Navidad de 1935, por ejemplo, Pujiula impartió un curso de embriología a alumnos del segundo curso de medicina.
En uno de sus informes mensuales al Padre Provincial, afirmaba que el curso había sido solicitado expresamente por los propios estudiantes y que estos se quejaban de que "no habían entendido casi nada en las explicaciones de la Facultad" 18.
Con estas acusaciones queda bien patente que el IBS se había afianzado como una herramienta de calidad que ofrecía un necesario apoyo a la universidad durante aquellos años.
No obstante, resulta sorprendente tal grado de crítica a quien fue uno de sus discípulos, Manuel Taure.
De hecho, el catedrático estaba haciendo un gran esfuerzo por integrar la docencia de la embriología –una materia que en el resto del país era responsabilidad de los histólogos- en la Anatomía II y por implantar la obligatoriedad de unas prácticas embriológicas en esta asignatura.
En 1936 encontraron unos nuevos locales en la calle Bailén, en el mismo ensanche barcelonés.
Aquel año, tan sólo dos doctorandos trabajaban junto a Pujiula.
Uno terminó su trabajo poco después del traslado, mientras que el segundo se vio obligado a interrumpir momentáneamente sus investigaciones porque en el laboratorio no había espacio físico suficiente para convivir con los alumnos de los cursillos estivales19.
Con este dato se podría crear la falsa idea de que cada verano llegaban al Biológico decenas de estudiantes.
Nada más lejos de la realidad.
A finales de la República no sólo escaseaban los candidatos al doctorado, sino que el número de alumnos se alejaba cada vez más de las multitudes que había conocido el IBS en tiempos pasados.
Las nuevas instalaciones de Bailén no debían ser muy amplias cuando estaban colapsadas por los diez alumnos20 que estaban inscritos en estos cursos.
EL EXILIO Y LA POSGUERRA
El estallido de la Guerra Civil –recordaba Pujiula- "destruyó todo nuestro porvenir" 21.
Ayudado por el cónsul de Colombia, el religioso huyó hacia Italia en barco y dejó el laboratorio en manos de Puiggrós.
Comenzó a colaborar con Pujiula y pronto le comunicó su interés por visitar algún centro extranjero para terminar su formación embriológica.
A pesar de que se le aconsejó ir a Alemania, "como parece que él tenía mucha prisa, -recordaba Pujiula- optó por ir a Lovaina"24.
El exilio terminó en junio de 1939 y a su regreso, el jesuita encontró su laboratorio totalmente destrozado.
Puiggrós se había hecho cargo del mismo durante el conflicto, pero, tras tres años de guerra, el estado del edificio era ruinoso y había sido desvalijado.
La intensa labor de recuperación del instrumental se alargó durante meses.
Los primeros microscopios –entre ellos el apreciado de luz polarizada- fueron encontrados muy pronto.
Junto a una gran cantidad de reactivos, algunos de ellos se encontraban almacenados en una torre del cementerio de Sarrià, formando parte de un conato de laboratorio que el gobierno republicano había intentado erigir durante la Guerra para la Escuela Superior de Agricultura25.
La búsqueda no terminó allí y, aunque no consiguieron recuperar todo el material, aún apareció alguna pieza más.
El relato pormenorizado de Pujiula nos ofrece un magnífico inventario del laboratorio antes de estallar la Guerra:
El microscopio Zeiss, que era el número uno en perfección óptica no estaba allí; pero quiso Dios que un Farmacéutico de Blanes nos avisase que había en Blanes un microscopio que sospechó sería nuestro. [...]
Fuimos con el P. Puiggrós a buscarlo.
Se perdieron completamente el monobinocular de Zeiss que yo había adquirido, el monobinocular de Reichert que el P. Puiggrós había traído de Viena [y] tres o cuatro microscopios nuevos o casi nuevos.
Los microproyectores, los microscopios simples todos desaparecidos, lo mismo que el Bituni de Zeiss y el Tamí26.
Asimismo, consiguieron rescatar buena parte de la biblioteca y la colección de preparaciones microscópicas que se habían depositado en el departamento de agricultura de la escuela de ingeniería industrial.
Deshecho el acuerdo con la Hermandad de San Cosme y San Damián, volvieron al edificio de Sarrià.
Obviamente, el ahorro económico era la razón de más peso a la hora de tomar tal decisión, pero Pujiula tuvo en cuenta otra serie de beneficios directos.
El local era mucho más amplio y, además, allí podría volver a trabajar al lado de sus colegas dedicados a la Filosofía y a la Teología, algo provechoso dada la ligazón de sus trabajos con estas materias27.
No obstante, para los superiores de la Orden la viabilidad del laboratorio era más que dudosa.
Lo que comenzó como una crisis clásica de posguerra, se convirtió en un lastre que el IBS tuvo que arrastrar durante décadas.
Aquel primer bache era tan sólo el comienzo de un período de déficits económicos y personales y de una lucha continua por la supervivencia del viejo proyecto personal de Pujiula.
La situación afectó directamente a la embriología, que fue perdiendo su puesto en el Biológico al mismo ritmo que Pujiula iba perdiendo su poder absoluto.
Ante el envejecimiento de su mentor, Puiggrós se erigió como director de facto y, acorde con su perenne preocupación por la economía del centro, desplazó sus intereses hacia materias claramente más rentables –como era la microbiología aplicada- y creó un laboratorio especializado en levaduras y fermentación (Figura 2).
Laboratorio de bacteriología (fermentaciones) del Padre Puiggrós.
Además, tomó otra serie de decisiones para conseguir la recuperación del estatus perdido.
Una de sus medidas más inmediatas consistió en ganar estudiantes ampliando la oferta original.
Junto a los ya clásicos cursos de verano, se comenzaron a ofertar otros nuevos dedicados también a la embriología pero dirigidos de manera exclusiva a los estudiantes de Medicina de la Universidad de Barcelona.
Pujiula seguía encargándose de los estivales ayudado por Puiggrós, mientras que de estos nuevos "de apoyo" se encargaba exclusivamente Puiggrós.
Estos se desarrollaban durante todo el primer trimestre y consistían en una hora diaria de teoría y dos de prácticas.
Sin embargo, nunca se volvió a conseguir el éxito que los cursos habían tenido antes del período republicano.
Pertusa le recordaría años más tarde a Puiggrós:
Usted recordará lo que ha estado pasando desde que abrimos el laboratorio después de la guerra.
Es verdad que algunas veces se apuntaron 5 ó 6; pero ¿cuántos de ellos venían a clase? ¿y cuántos años no se apuntaron más de 3 ó 4 y después no venían más que 1 ó 2? [...]
Recuerde usted que antes de la República sí que tenían su razón de ser [los cursos de verano], porque en el plan de Primo de Rivera se exigían prácticas en el Bachillerato, y al cogerlos desprevenidos era cuando tantos religiosos de otras órdenes acudían a estos cursos28.
La edad del director era asimismo un problema cada vez más acuciante.
Pujiula se iba acercando a los 80, lo que hizo que comenzaran a rodar informes sobre la conveniencia de que siguiera en su puesto.
De hecho, a Puiggrós se le había ofrecido ser su sustituto hacía años –en 1939-, pero entonces rehusó entendiendo que Pujiula podía ejercer aún el cargo29.
A finales de la década de los 40 la situación era bien distinta a los ojos del candidato a la sucesión.
el actual Director es ya incapaz.
Que debe seguir siendo rey hasta la muerte, pero no puede ya ser rey absoluto responsable, por lo dicho antes.
Hay que ponerle un Subdirector o ministro presidente responsable.
De lo contrario será imposible este desarrollo progresivo que posibilite la supervivencia y el no lejano florecimiento del Instituto Biológico30.
El Provincial no se puso en contacto con Pujiula hasta febrero del año siguiente pero, ante las insinuaciones sobre el asunto, la respuesta del recio director fue tajante: "ni el P. Puiggrós ni el P. Pertusa pueden por ahora suplirme"31.
Pujiula entendía que eran muchos los proyectos que tenía en marcha y que le sería imposible controlarlos todos sin estar él al frente32.
Sin embargo, la situación era grave y desde la superioridad decidieron tomar medidas.
Aquel mismo año se nombró a Puiggrós encargado de la parte económica del Instituto y a Pertusa de la administrativa33.
La coyuntura, sin embargo, siguió siendo desbordante.
Los informes sobre Pujiula son duros y reflejan crudamente al personaje en sus últimos años de vida: "Se encabrita y desprestigia", "lo quiere todo a su disposición", dice frases en público como "aquí mando yo"...
Con este carácter, Pujiula no permitía que el Padre Pertusa se formara a su lado, lo que impedía cualquier oportunidad de continuidad de sus trabajos embriológicos.
El Instituto, referente otrora de la investigación embriológica del país, se fue quedando desfasado a pesar de contar con interesantes novedades técnicas que no se encontraban en cualquier laboratorio español de la época.
Para restituir indiscutiblemente la Escuela de Embriología a la cabeza de todas las de España como le toca, disponemos de un aparato de modelaje único en España y de los pocos (3 ó 4 más) del mundo; a medio instalar porque el actual director, como él no trabajó con él al formarse, no lo aprecia, y así no se ha podido usar, mientras otros en España trabajan ahora mejor que aquí con supletorios rudimentos del mismo34.
Pero, ¿a quién se refería Puiggrós con "otros en España"?
El anterior párrafo fue redactado en 1946 y por entonces Francisco Orts Llorca (1905-1993) ya había comenzado a crear una verdadera escuela de embriología desde su cátedra de Cádiz.
El anatomista tampiqueño había comenzado a cultivar la embriología experimental junto a sus primeros discípulos35 y no existía otro centro en España que descollase en embriología aquel momento.
UNA AUTORIDAD CASI CLÁSICA
Sin embargo, y a pesar del arcaísmo de su embriología, Pujiula seguía siendo para muchos una especie de autoridad hierática por la que no pasaba el tiempo.
Durante este período de posguerra siguieron llegando al IBS investigadores externos en busca de su tutela.
Las becas de investigación para destinos nacionales no eran muy numerosas, pero los becarios interesados en embriología, no dudaban en acercarse a Sarrià.
Sabemos, por ejemplo, que durante estos años visitaron el Biológico un par de becarios procedentes del CSIC y de la Fundación "Conde de Cartagena".
Hasta un científico internacional visitó el IBS durante la posguerra.
La históloga Carla Zawisch-Ossenitz (1888-1961)36, procedente de Znojmo (Checoslovaquia), llegó a España tras ser perseguida por los ocupantes nazis de su país por motivos políticos.
En Barcelona, encontró asilo en el laboratorio de Pujiula y, en la Universidad, se vinculó a la cátedra de anatomía de Taure como ayudante.
En 1943, ayudada por los jesuitas, Zawisch marchó a América por Portugal37.
La históloga, sin embargo, nunca perdió el contacto con el jesuita.
En 1946 regresó a Austria y al año siguiente consiguió la cátedra de Histología y Embriología de la Universidad de Graz.
El recuerdo de la hospitalidad que encontró en Barcelona le llevó a forjar una íntima relación epistolar con Pujiula.
Las notas de afecto y los recuerdos se entremezclan con las más variopintas cuestiones científicas en la correspondencia entre ambos.
Pujiula aprovechaba para mandarle las separatas de sus publicaciones y ella, además de discusión, le proporcionaba bibliografía difícil de conseguir en España.
Esta científica encarna realmente la extensa red científica internacional a la que seguía perteneciendo Pujiula durante los años 40.
Un repaso al resto de la correspondencia del Padre nos muestra que durante estos años aún ejercía una buena influencia doctrinal en Sudamérica y Centroeuropa, no sólo sobre embriólogos, sino sobre investigadores de numerosas disciplinas biológicas que le enviaban cartas en busca de consejo o crítica38.
La autoridad del jesuita en España tampoco vivía momentos bajos.
En 1947 se le involucró en la creación de la Sociedad Anatómica Española (SAE) (Pascual Morenilla, 2000) formando parte de la primitiva comisión fundadora junto a Miguel Guirao Gea, catedrático de anatomía de Granada, y Alfredo Carrato Ibáñez, catedrático de Histología en Salamanca.
En diciembre de aquel año, Pujiula recibió de Guirao el anteproyecto de los estatutos de la asociación39 y en su línea intentó modificarlo intentando introducir en el texto fundacional la teleología de la morfología alemana que encerraba su embriología:
Tengo para mí que el título de la Sociedad debería ser este: Sociedad Española de Anatomía Razonada.
La razón de este título es porque se quiere abrazar 1o la anatomía descriptiva y topográfica; 2o la razón de la disposición de los órganos: esta disposición obedece a dos causas: a) a la causa eficiente que es la Embriología, b) a la finalidad, o sea, a la causa final.
En efecto todo órgano es así porque la evolución ontogénica así lo ha dispuesto, y es así porque responde a una finalidad, esto es, a una exigencia del organismo.
Y el buscar la perfecta armonía del órgano con su función inquiriendo hasta el último detalle bajo este respecto es lo que más hace resplandecer la sabiduría del Creador.
Todo esto digo porque así se tiene una Anatomía científica, como bien observó el Dr. Salvador Gil Vernet cuando vino a hacer en nuestro Instituto el curso de Embriología.
La Anatomía, la Embriología y yo añado, sin buscar la finalidad, es una mera descripción, no es ciencia porque no da razón del por qué es así.
Entran aquí los mismos fisiólogos40.
Aunque estas indicaciones no terminaron por cuajar en el texto final, la autoridad de Pujiula estuvo siempre muy presente en esta sociedad científica.
De hecho, una vez aprobados los estatutos, se convirtió en su primer presidente.
EL OCASO DE PUJIULA Y LA AMPLIACIÓN DEL IBS
Pero la autoridad de Pujiula no corría paralela a su producción científica y la embriología seguía perdiendo peso en el laboratorio barcelonés.
Su embriología –siempre al servicio de su eterna lucha contra el transformismo haeckeliano- seguía siendo comparativa y meramente descriptiva.
Pero a estas alturas de siglo, las dos escuelas anatómicas dominantes, la de Francisco Orts Llorca y la de José Escolar García, tenían unas potentes líneas de investigación embriológica con un notable impacto internacional que desbancaban por completo la influencia regional del jesuita.
La microbiología de Puiggrós, por el contrario, terminó por afianzarse en el IBS gracias el respaldo del CSIC, que le creó una sección propia en 1947.
La embriología ya tenía sus protegidos para la "ciencia oficial" del momento y en 1945 se había creado alrededor de la cátedra de Alfredo Carrato Ibáñez (1911-1994) en Salamanca una sección de "embriología experimental de tejidos".
Además, como ha destacado Huertas García-Alejo, la microbiología y las fermentaciones fueron unas de las disciplinas biológicas más fomentadas de aquel primer CSIC (Huertas García-Alejo, 2007, p.
Desde luego, aquel apoyo oficial significó toda una inyección de vitalidad económica para el instituto, que hasta entonces vivía de las ventas de los libros de Pujiula, de las matrículas de los estudiantes y de los negocios que Pertusa mantenía con la industria sedera41.
Durante los años siguientes, los ingresos y la dotación del laboratorio siguieron aumentando considerablemente.
Sabemos, asimismo, que un investigador compró para el Biológico una bomba de vacío valorada en 5.000 pesetas, que se reeditó la Embriología de Puijula con gran éxito y que el CSIC no solamente proporcionó dinero, sino también instrumentación científica (una balanza de precisión, un autoclave...) –eso sí, en calidad de préstamo42.
Esta nueva situación dio pie a que Puiggrós diera rienda suelta a su imaginación y comenzara a planificar una ampliación del instituto.
Además de adquirir nueva instrumentación y de arreglar la cuadra que servía de animalario, su proyecto recogía una notable reforma de los espacios destinados a la investigación; de hecho, el laboratorio de Sarrià seguía teniendo los mismos problemas de espacio que había tenido en los locales del ensanche.
En el colegio contaban tan sólo con una sala para investigación con capacidad para 8 científicos y el nuevo plan pretendía habilitar dos con 16 ó 20 puestos.
Las trabas más importantes para el proyecto las pusieron el resto de institutos con los que compartían el edificio.
El laboratorio de psicología experimental del Padre Fernando María Palmés, por ejemplo, ocupaba parte de las salas que antaño pertenecían al museo del Biológico, por lo que se veía directamente afectado por los planes de Puiggrós (Figura 3).
Sin embargo, la mayor y más beligerante oposición la encontró en el director del Instituto Químico, el Padre Salvador Gil.
Sus instalaciones impedían por completo la expansión física de IBS y en las reformas que había realizado durante la posguerra, se había llevado por delante espacios que pertenecían históricamente al Biológico, como el jardín botánico.
El enfrentamiento entre ambos fue de tal calibre, que trascendió a las autoridades de la Compañía.
La curia provincial no apoyó a Puiggrós y le ofreció como alternativa la ocupación de la Torre Villavecchia43, otro de los inmuebles que los jesuitas poseían en Sarrià; pero para entonces ya habían comenzado las reformas en sus propias salas.
Confiaba en que pudiera cubrirse con las entradas del siguiente curso45, pero las previsiones de ingresos no se cumplieron y poco después, ante lo apremiante de la deuda, se vieron obligados a solicitar otro préstamo por valor de 180.000 pesetas.
Pero esta crisis económica no parecía amedrentar a Puiggrós, que siguió planteando ampliaciones y reformas46.
La escuela de fermentaciones que había puesto en marcha consumía su tiempo y se había embarcado en un ambicioso proyecto de creación de una titulación oficial de bacteriología.
Cada vez con más fuerza, sus propios intereses científicos acaparaban la actividad del centro mientras que los de Pujiula –y con ellos, la embriología-, languidecían.
LA EMBRIOLOGÍA DEL IBS DESPUÉS DE PUJIULA
A finales de la década de los 50 se volvió a abrir el debate sobre la edad del director (Figura 4).
Las intenciones del jesuita de seguir al frente del proyecto hasta su muerte se veían espoleadas por la cantidad de homenajes que le eran brindados.
El 1 de noviembre de 1957, el propio Franco le entregaba la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio.
El anciano biólogo pretendía llevar el mismo ritmo de investigación que en su juventud y aquella actitud le estaba llevando a notorios fracasos.
En 1956, por ejemplo, le fueron rechazadas por la Universidad de Barcelona tres tesis que había dirigido47.
Preocupado por la repercusión de estos sucesos para el prestigio del IBS, Puiggrós terminó por elevar un informe demoledor:
Es dulcísimo trabajar a la sombra, despreciado de todos, menos cuando ello redunda, como estos últimos años, en peligro de ruina y muerte de la obra encomendada por la obediencia.48
El anciano Pujiula con Puiggrós y unos alumnos en el curso de fermentaciones de 1951.
Haciéndose cargo del asunto, mediante oficio fechado el 17 de mayo de 1958, los superiores de la Compañía nombraron a Puiggrós director del Instituto49.
Sólo unos meses después, Pujiula enfermó gravemente de una enfermedad febril y el 15 de diciembre murió en el mismo colegio.
Las consecuencias del fallecimiento de Pujiula para un proyecto tan personal como el IBS no tardaron en aparecer.
El Provincial de la Tarraconense, Víctor Blajot, aprovechó para volver a plantear la disolución del Instituto.
El empeño de Puiggrós consiguió, sin embargo, que no se hiciera efectiva aquella decisión.
Durante unos años más, el sucesor de Pujiula estuvo al frente de una institución que siguió caracterizándose por la inestabilidad económica y la falta de personal.
Con Puiggrós atendiendo a otros asuntos, las esperanzas para la embriología estaban puestas en el Padre Pertusa.
Con el fin de completar su especialización en esta materia se desplazó hasta Inglaterra y comenzó una serie de trabajos en el Departament of Anatomy and Embryology del University College of London.
El departamento, dirigido por John Z. Young (1907-1997)50, tenía una potente línea de investigación embriológica, pero con unas características diametralmente opuestas a las que había propugnado Pujiula: la embriología experimental y el enfoque darwinista eran una constante de la morfología de Young51.
Cuando Pertusa llegó a aquel laboratorio, el británico estaba centrado en las neurociencias y tan sólo mantenía una pequeña línea de investigación embriológica sobre la estructura del tiroides fetal.
El que estaba dedicado a la morfogénesis en aquel departamento era Michael Abercrombie (1912-1979), que se había formado en esta ciencia gracias a la tutela de Young y a la del maestro de éste, Gavin de Beer (1899-1972).
Durante los últimos años, había hecho importantes descripciones sobre las funciones del nódulo de Hensen y del área pelúcida como estructuras inductoras y los resultados de aquellos experimentos le habían llevado a interesarse por las migraciones celulares durante el desarrollo52.
En fin, una embriología experimental y actualizada, lejos de la que había mantenido Pujiula hasta aquellos años.
Por entonces Abercrombie trabajaba en trasplantes de tejidos de blastodermo de pollo cultivados y Pertusa, siguiendo esta línea, se dedicó a estudiar los movimientos morfogénicos de los jóvenes blastodermos.
A su llegada a Londres informaba así al IBS:
[Abercrombie] me ha dado como tema de trabajo el marcar y trasplantar el nudo de Hense (sic).
Este trabajo ya lo empecé a hacer, pero en plan de tanteo para ver si era posible.
Ahora, como hemos visto que es una cosa realizable, lo tomaré en serio, y empleando fósforo radiactivo53.
A pesar de los intereses prioritarios a los que ya hemos hecho referencia, Puiggrós arrastraba desde hacía años la idea de "renovar y modernizar" la embriología del Biológico54, así que aquellas noticias le fueron tan gratas que incluyó en los planes de ampliación del instituto la creación de un laboratorio especializado en radioisótopos55.
Pertusa terminó sus experimentos en 1961 y defendió su trabajo Studies on morphogenetic movements in the chick blastoderm, con el que consiguió el grado de doctor por aquella universidad.
Mientras tanto, en España, el IBS vivía en perpetua crisis económica y seguía en el punto de mira de los superiores de la Compañía.
En plenos años 60, los gastos de un laboratorio competitivo a nivel internacional superaban con creces sus presupuestos, así que Puiggrós propuso varias soluciones basadas en la intensificación de la relación con la industria y con la universidad.
Comenzó oficializando los clásicos cursos para estudiantes de medicina y diseñó un proyecto para convertir el Instituto en una especie de academia de educación superior56.
Pero sus planes iban mucho más allá.
Si sus expectativas se cumplían, al igual que había pasado con el Estudio General del Opus Dei en Navarra, la nueva institución académica estaría llamada a convertirse en una nueva Universidad privada católica.
Llegó a establecer contactos con el decano de la Facultad de Medicina e incluso buscó profesores para el nuevo centro.
Para la asignatura de Histología y Embriología eligió a Diego Ferrer Fernández de la Riva (1901-1995), un histólogo catalán que desde 1941 ocupaba la cátedra de Cádiz.
Según Puiggrós, estaba dispuesto a pedir una excedencia en su universidad para poderse trasladar al Biológico y adherirse al proyecto57.
El plan, sin embargo, se desechó por varios motivos.
No sólo adolecía de un patente problema económico, sino que la Universidad de Barcelona había propuesto que el director del estudio fuera un laico, algo que no agradó demasiado a los consultores de la curia.
Además de los problemas económicos, la falta de personal impedía el desarrollo del instituto.
Cada vez resultaba más difícil encontrar jesuitas preparados en ciencias biológicas y Puiggrós puso toda su confianza en el Padre Alberto Gutiérrez Sancho (1920-1996), que estudiaba Medicina en Viena.
Su condición de médico, una novedad para el IBS, hizo volar la imaginación del Director, que lo dibujó prematuramente ocupando la cátedra de Histología y Embriología de alguna universidad58.
Sin embargo, una vez doctorado, el plan sufrió un revés.
El joven jesuita optó por no colaborar con Puiggrós59 y con él desaparecieron todas las opciones de encontrar miembros de la Compañía capaces de perpetuar las actividades del laboratorio.
Ante tal situación, en 1965 se creó una comisión para informar al Provincial sobre el estado del laboratorio60.
El dictamen llegó al año siguiente.
Para adaptarse a los tiempos se optó por fusionar el Instituto Biológico con el Químico y se creó una nueva sección de bioquímica; Pertusa se quedó en el Instituto y siguió con la línea de histología y embriología y Puiggrós fue destinado a Madrid (Durfort, 1985), donde siguió con sus trabajos sobre fermentaciones.
1932) consiguió una de las cátedras de anatomía de la Universitat de Barcelona.
Como discípulo de Orts Llorca, trajo consigo una verdadera renovación de la enseñanza embriológica en la licenciatura (Sirvent, 2013).
La vieja razón de ser del IBS como sustituto privado de una pobre docencia oficial, parecía llegar a su fin.
Los siguientes no fueron años de gran producción embriológica por parte del Biológico.
Según el testimonio de Mercé Durfort, se iniciaron contactos con otros laboratorios embriológicos internacionales61, aunque no llegaron a establecerse lazos firmes.
No obstante, a pesar de todas las inclemencias, el trabajo más relevante de Pertusa apareció en esta época (Pertusa, 1966) en el Journal of Embryology and Experimental Morphology, la revista del departamento de Abercrombie.
La vinculación con su maestro británico seguía siendo, de hecho, muy estrecha.
Es más, el material con el que trabajó durante aquellos años era importado desde Londres62.
Estos tímidos lazos nada tenían que ver con las conexiones internacionales de la escuela embriológica de Orts Llorca (Sirvent, 2013) o de la otra gran escuela morfológica que se había desarrollado en el país, la de José Escolar García (1913-1998) (Velasco Morgado, en prensa), que por entonces dominaban la investigación embriológica en España.
Al igual que había pasado durante el sexenio democrático, la pobre dotación de las facultades de medicina españolas permitió la germinación y auge de laboratorios privados que se ocuparan de la formación práctica de los estudiantes.
Haciendo gala de una vocación centenaria de investigación y docencia, la Compañía de Jesús aprovechó este vacío oficial y creó un instituto biológico alrededor de la figura de Jaime Pujiula, a quien previamente habían enviado a Centroeuropa en busca de una formación especializada.
A su regreso, erigió un laboratorio con la primitiva intención de formar en ciencias biológicas a los miembros de la orden.
La larga historia del centro, que mantuvo actividad hasta después de la muerte del fundador, está repleta de crisis.
Los continuos cambios políticos de la primera mitad del siglo XX afectaron directamente a su rumbo.
Tras el primer envite por parte del gobierno de la República en 1932, el laboratorio se fue adaptando a la situación ocupando diferentes locales en los que llevar a cabo su actividad.
Pero las verdaderas dificultades vinieron tras la Guerra Civil.
Nuestra investigación ha detectado tres factores determinantes que explican la extinción de la otrora brillante embriología del Biológico.
En primer lugar, y a pesar de seguir siendo un personaje de cierta importancia en círculos nacionales e internacionales, la edad de Pujiula permitió que su colaborador más cercano, el Padre Juan Puiggrós, se hiciera con el control del instituto e impusiera como línea principal de investigación su especialidad, la bacteriología aplicada.
El apoyo del CSIC a esta otra línea –más rentable en términos económicos y más interesante para los barones del Consejo-, terminó por inclinar la balanza hacia esta disciplina.
Por otra parte, la personalidad del viejo director, recia y autoritaria, no propició la creación de una escuela embriológica a su alrededor.
Y esto a pesar del interés mostrado del Padre Pertusa, que superó la embriología comparativa de su maestro y se formó en embriología causal en Londres, en el laboratorio de John Young.
Por último, el auge de las escuelas anatómicas de Orts Llorca y Escolar hizo que no fuera necesario contar con laboratorios privados para las prácticas embriológicas.
La embriología se fue convirtiendo progresivamente en una ciencia iatrocéntrica y el laboratorio de Sarrià se quedó fuera de estos círculos.
En fin, a pesar de los grandes esfuerzos de Pujiula, durante la segunda mitad del siglo, su embriología antihaeckeliana, tuvo que dejar paso a una embriología integrada en la anatomía holística –brausiana- que, con sus matices, traían consigo los discípulos de Orts y Escolar. |
Anarcosindicalismo y sanidad en la retaguardia y en el frente.
El principal nexo de unión entre el anarquismo y la Guerra Civil española es la revolución que surgió del fracaso de la insurrección militar.
Como es conocido, el aspecto socioeconómico de esta revolución ha sido ampliamente abordado; sin embargo, el impacto de la revolución anarquista en el terreno sanitario ha sido estudiado parcialmente.
El objetivo general de este artículo es analizar la relación que se estableció entre el anarquismo y la política sanitaria en el contexto de la revolución social que se vivió en algunas zonas de la España republicana durante, aproximadamente, el primer año de conflicto.
En concreto, el trabajo se centra en Valencia, una ciudad imprescindible en este tipo de estudios por su enorme importancia geopolítica y geoestratégica durante el período de análisis.
Además, se aborda el análisis de la organización sanitaria de la Columna de Hierro, la milicia anarquista por excelencia que operó en el frente de Teruel.
En Valencia, el anarquismo aplicó prácticas revolucionarias al ámbito de la salud con el objetivo final de conseguir la colectivización de la asistencia sanitaria.
Posteriormente, el transcurso de los acontecimientos políticos en la España leal apartó progresivamente al anarquismo de la política sanitaria de la ciudad.
La historiografía del anarquismo durante la Guerra Civil española requiere de un salto cualitativo que solo se ha producido en algunos estudios locales.
Seguir en esa dirección puede ser una de las formas más eficaces para seguir abordando la evaluación de la revolución social que se produjo en algunos lugares de la España republicana (Cattini, Santacana, 2002, p.
Siguiendo esta recomendación, el objetivo general de este artículo es determinar en qué medida la actividad revolucionaria que el anarcosindicalismo desplegó durante los primeros meses de la Guerra Civil afectó al ámbito sanitario; en concreto, analizaremos en profundidad el caso de Valencia, una ciudad donde confluyeron varios factores que hacen especialmente atractivo el estudio del binomio anarquismo-sanidad: el gran arraigo del anarcosindicalismo durante los años 30 del siglo pasado; el fracaso del golpe de Estado del 18 de julio de 1936; la gran importancia geopolítica, ya que la ciudad albergó la capitalidad del Estado republicano durante casi un año; y la gran importancia geoestratégica, es decir, la posición de retaguardia durante la totalidad de la conflagración, que hizo que una de las prioridades más inmediatas de la ciudad tras el estallido de guerra fuera la respuesta sanitaria al nuevo contexto, con el fin de aumentar la oferta sanitaria para poder atender a heridos y enfermos de guerra y a refugiados.
Los efectos negativos de la revolución industrial y del capitalismo en la salud de los trabajadores han sido considerados como la justificación de la tradicional presencia de médicos en los movimientos anarquistas europeos (Martí Boscà, 2010, p.
Sin embargo, en la España del primer tercio del siglo XX, los profesionales de la sanidad no estaban mejor considerados que el resto de técnicos o intelectuales que compartían principios anarquistas, siendo la presencia de médicos en la CNT muy poco significativa durante aquel período (Molero-Mesa, Jiménez-Lucena,2013 pp. 26-27).
Durante la República, el movimiento anarquista desarrolló una importante desconfianza hacia los profesionales sanitarios porque consideraba que tenían mentalidad burguesa y ejercían su profesión con fines mercantilistas, lo que suponía la explotación de los enfermos y dificultaba la emancipación de la clase obrera (Jiménez-Lucena, Molero-Mesa, 2003, p.
Por este motivo, algunos médicos anarquistas como Isaac Puente consideraban que la revolución social tenía que hacerse sin contar con los intelectuales ni con los técnicos (Jiménez-Lucena, 1998, p.
306); sin embargo, desde principio del siglo XX el seno de la CNT albergaba un complejo debate sobre las dinámicas de inclusión-exclusión de los «técnicos» o «intelectuales» (médicos, enfermeras y practicantes en nuestro caso) en las filas del sindicato (Molero-Mesa, Jiménez-Lucena, 2013).
La carencia de intelectuales en el movimiento anarquista español resultaba llamativa en 1936; el anarquismo consideraba que el intelectual era necesario como soporte ideológico de la revolución y, en el caso de los profesionales sanitarios, se solicitaba su implicación en la situación social y la disposición de sus conocimientos al servicio de quienes más lo necesitaba.
Por todo ello, al principio de la Guerra Civil la CNT facilitó la integración de intelectuales rebajando al mínimo las exigencias de ingreso, lo que supuso un notable aumento de médicos afiliados a la CNT con las consiguientes críticas de las Juventudes Libertarias (Fernández Soria, 1996, pp. 189-205).
El anarcosindicalismo español mostró un gran interés por los servicios sanitarios en periodos inmediatamente anteriores a la etapa bélica de la Segunda República, lo que explica el protagonismo que adquirió la sanidad en el seno de la CNT durante el primer año de guerra.
Efectivamente, durante el periodo republicano la prensa anarquista denunció constantemente una serie de problemas que afectaban a la salud y a la sanidad de la clase obrera.
Entre estos problemas destacamos los fraudes cometidos por las mutuas en relación con los accidentes laborales y la presencia de personal religioso en los centros hospitalarios, que daba lugar a casos de discriminación en pacientes que no profesaban la religión católica (Jiménez-Lucena, Molero-Mesa, 2003, pp. 211-215; Jiménez-Lucena, 2004, pp. 146-147).
Por otra parte, en el seno de la sanidad libertaria durante la Segunda República existieron otros muchos temas de debate que produjeron tensiones entre las distintas corrientes del pensamiento anarquista: el naturismo, el neomaltusianismo, el control de la natalidad y el aborto, entre otros.
Así, Isaac Puente reconocía el derecho de la mujer a abortar por decisión materna y se mostraba partidario del aborto terapéutico (Fernández de Mendiola, 2007, p.
Estos supuestos serían recogidos con posterioridad a la muerte de Puente en la legislación propiciada por Félix Martí Ibáñez (Hervàs, 2004, p.
Por el contrario, la línea editorial de la publicación anarquista La Revista Blanca se mostraba claramente contraria al aborto.
Este grupo estaba formado por Juan Montseny y Teresa Mané (padres de Federica Montseny que firmaban con los pseudónimos Federico Urales y Soledad Gustavo respectivamente, como es conocido), la propia Federica Montseny, Germinal Esgleas, Ángel Fernández, Rafael Doménech y Onofre Dallas (Arriaga et al., 2007, pp. 23, 28-29).
El control de la natalidad fue otro de los temas de debate entre los médicos anarquistas.
Una corriente mantenía que el exceso de hijos en las familias trabajadoras suponía miseria y enfermedad, mientras que otra línea de pensamiento consideraba que la disminución del número de trabajadores podía retrasar la revolución (Martí Boscà, 2006, pp. 70, 72, 74).
Respecto de la medicina naturista, las investigaciones realizadas hasta la fecha parecen indicar que lo que caracterizaba a los médicos libertarios era su diversidad terapéutica.
Algunos como Isaac Puente y Javier Serrano la practicaron de manera moderada, sin oponerla a la medicina académica sino frente a los excesos terapéuticos, que consideraban mercantilistas y clasistas.
No es nuestro objetivo analizar la política sanitaria del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, creado en noviembre de 1936 y encabezado por la anarquista Federica Montseny1, como es conocido.
Tampoco deseamos abordar las relaciones entre el ministerio anarquista y la CNT2.
Pretendemos más bien determinar en qué medida el anarquismo valenciano de base resolvió algunos de los problemas sanitarios que, según el anarquismo español en general, afectaban a la clase trabajadora durante la Segunda República y que los sucesivos gobiernos fueron incapaces de reconducir.
Asimismo, deseamos conocer la dinámica que se adoptó en el caso valenciano en cuanto a la estrategia de inclusión-exclusión de los profesionales sanitarios en las filas anarcosindicalistas, un debate que adquirió gran trascendencia durante el periodo republicano (Molero-Mesa, Jiménez-Lucena, 2013; Tabernero-Holgado, Jiménez-Lucena, Molero-Mesa, 2013).
Además, nuestro objetivo es establecer si los anarquistas valencianos construyeron una red sanitaria y llevaron a cabo la colectivización de la asistencia sanitaria previa incautación de los recursos privados existentes, aspectos claves dentro del ámbito sanitario para el anarquismo español durante los primeros meses de guerra (Jiménez-Lucena, 2004, p.
Finalmente, nuestra investigación pretende dilucidar si las diferencias entre las concepciones sanitarias de anarquistas, socialistas (PSOE, UGT) y comunistas (PCE) que se manifestaron durante la Segunda República continuaron durante el periodo bélico en el ámbito valenciano.
Conviene señalar que bajo el término «anarquistas» y «anarquismo» hemos incluido a militantes de la CNT y de la FAI.
Como es sabido, la FAI fue fundada en 1927 por miembros de la CNT con el objetivo de extender los principios anarquistas a la sociedad y hacer frente a cualquier postura reformista que intentara convertir la CNT en un sindicato tradicional.
En general, durante los primeros meses de la guerra la CNT tuvo mayor protagonismo en la organización sanitaria; en paralelo, la FAI también desarrolló algunas iniciativas sanitarias, aunque de manera más bien aislada.
En el caso valenciano resultan paradigmáticos los hospitales de sangre de la Columna Iberia (García Ferrandis, 2014a, pp. 11-12) y de la Gran Vía Germanías, ambos creados por la FAI3.
En primer lugar analizaremos los servicios sanitarios organizados por la Confederación Nacional del Trabajo en Valencia en respuesta al estallido y posterior desarrollo de la Guerra Civil.
Posteriormente centraremos el análisis en la organización sanitaria de la Columna de Hierro para realizar una aproximación a diferentes aspectos de la milicia anarquista (organización, efectividad, disciplina, etc.) a través del análisis de documentación sanitaria4.
Para alcanzar los objetivos del trabajo hemos consultado el diario Fragua Social, órgano de expresión de los anarquistas valencianos que recoge aspectos fundamentales relacionados con la sanidad durante el período de estudio, como los problemas sanitarios de la clase obrera valenciana y sus soluciones por parte de la CNT.
Asimismo hemos analizado fondos documentales del Archivo de la Diputación de Valencia que nos han permitido conocer las actividades desarrolladas por la CNT relacionadas con la asistencia sanitaria: actas de incautación, reflexiones acerca del comportamiento de los profesionales sanitarios, nombramientos, gestión de hospitales, etc.
El periodo histórico en el que nos hemos centrado es la etapa revolucionaria de la Guerra Civil española, período inicial de la contienda caracterizado por una hegemonía política de los sindicatos (muy especialmente de la CNT).
Como es conocido, el punto de inflexión que marcó la anulación política de los anarquistas fueron los sucesos acaecidos en Barcelona en mayo de 1937; pese a este denominador común, resulta complicado acotar con exactitud el límite posterior de la etapa revolucionaria, ya que la recomposición del Estado republicano fue progresiva y desigual según la zona de la España republicana.
Nosotros hemos situado la pérdida de influencia de la CNT en el ámbito sanitario valenciano a finales de septiembre de 1937, por motivos que expondremos posteriormente.
Asimismo hemos especificado la cristalización de este alejamiento de los anarquistas valencianos respecto de la política sanitaria, retomando, así pues, la recomendación de algunos investigadores que consideran que el período que comienza en mayo-junio de 1937, con el fracaso definitivo de la apuesta gubernamental y la pérdida de influencia de la CNT, sigue siendo otra de las asignaturas pendientes (Cattini, Santacana, 2002, p.
Por otra parte, durante la etapa prebélica de la Segunda República se manifestaron una serie de diferencias entre anarquistas, socialistas y comunistas debido a concepciones divergentes de la política sanitaria.
Así, mientras la UGT confiaba a los médicos sus políticas sanitarias, los sindicatos anarquistas consideraban que el «intelectual» no era el más indicado para tomar decisiones que afectaban a la masa obrera (Jiménez-Lucena, 1998, pp. 303, 306-307).
Además, el igualitarismo asistencial defendido en el ámbito anarcosindicalista generó una creciente resistencia al modelo de seguros sociales sanitarios proyectado por el Gobierno y aceptado por la corriente socialista del movimiento obrero (Jiménez-Lucena, 2004, p.
En último lugar, hay que señalar que desde comienzos del siglo XX se había establecido entre la UGT y la CNT un debate acerca de qué la estrategia a seguir para solucionar el impacto del capitalismo en la salud de la clase trabajadora.
La UGT apostó por el «sindicalismo a base múltiple» y abogó por la creación de sociedades de socorros mutuos, mientras que la CNT desde su fundación optó por la «acción directa».
Pese a ser esta la postura oficial, durante los años 30 en el seno de la CNT se articuló un debate en torno a qué estrategia seguir: el sector sindicalista o reformista encabezado por Ángel Pestaña ignoró la acción directa y propuso la creación de mutuas obreras para evitar la explotación de las mutuas sanitarias y las deficiencias del sistema de beneficencia.
Para el sector reformista, la mala calidad de la asistencia sanitaria del proletariado requería una solución urgente, que no podía esperar a la revolución social.
Por el contrario, los médicos cercanos a la FAI –encabezados por Isaac Puente– establecían la revolución social como único mecanismo para luchar contra el paro, las condiciones de la vivienda, las condiciones laborales, la carestía de la vida..., origen, según esta corriente de pensamiento, de las enfermedades que afectaban a la clase trabajadora (Molero Mesa, Jiménez-Lucena, Tabernero Holgado, 2013, pp. 1-6).
Como es sabido, este tema de debate no fue menor y llegó a influir en la escisión de la CNT durante la República.
Por su parte, los comunistas se mostraron partidarios de la actuación unitaria de los trabajadores en materia sanitaria y promocionaron la puesta en marcha del Socorro Obrero Español, un organismo destinado a recaudar fondos para esa cuestión (Jiménez-Lucena, 1998, p.
Como es conocido, la insurrección militar del 18 de julio de 1936 supuso la descomposición del Estado republicano en las ciudades y pueblos donde no triunfó5.
Ante este vacío de poder los sindicatos CNT y UGT y, en menor medida, los partidos del Frente Popular se encargaron de reconducir la situación para hacer frente a los militares sublevados.
Desde el punto de vista político, esta respuesta dio origen a los comités ejecutivos populares, organismos revolucionarios que entre julio de 1936 y principios de 1937 ejercieron todas las competencias a través de varias delegaciones.
Desde Valencia el Gobierno de Largo Caballero inició un progresivo proceso de centralización política que supuso una pérdida de poder de los sindicatos a favor de los partidos políticos partidarios de un gobierno fuerte, muy especialmente el PCE.
Esta maniobra supuso la asimilación de los comités revolucionarios mediante la creación de los consejos provinciales, unos organismos con las competencias recortadas6.
Durante la Guerra Civil continuó la polémica a propósito de la política sanitaria republicana debido a las diferentes orientaciones de anarquistas, socialistas y comunistas, diferencias que conviene enmarcar en una concepción igualmente opuesta ante la dicotomía guerra o revolución.
Como es sabido, el Gobierno consideraba que el mando único era imprescindible para ganar la guerra, objetivo fundamental.
Los socialistas, los comunistas del PCE y los republicanos se mostraron partidarios de esta opción.
Enfrente se situaron los comunistas del POUM y los anarquistas, partidarios de hacer la guerra y la revolución al mismo tiempo.
En este contexto, en noviembre de 1936 se produjeron una serie de consideraciones críticas del médico valenciano José Estellés Salarich (1896-1990) hacia la ministra anarquista Federica Montseny.
Cuando estalló la Guerra Civil Estellés ocupaba la Secretaría General Técnica de la Dirección General de Sanidad y la Secretaría General de la Federación de Sindicatos Médicos de la UGT.
En enero de 1937 fue nombrado con carácter interino Inspector General de Sanidad.
En relación con la Sanidad militar, Estellés criticó la excesiva proliferación de hospitales para convalecientes por la dispersión de recursos humanos y materiales que conllevaba.
Además, reivindicó la necesidad de coordinar los servicios sanitarios militares y civiles, pero sin perder de vista que una vez superado el paréntesis bélico la sanidad civil debía readaptarse a la vida civil ordinaria.
Por otra parte, el médico valenciano criticaba abiertamente la estructura organizativa del ministerio dirigido por Montseny al referirse a una «Sanidad ministerial» donde había proliferado una numerosa y abundante burocracia sindical que diluía la responsabilidad del personal disminuyendo así la eficacia (Bernabeu-Mestre, 2007, p.
Respecto de la sanidad republicana en la Guerra Civil, hay que señalar que durante las primeras semanas de conflicto la descomposición del Cuerpo de Sanidad Militar obligó a la sanidad civil a reorganizarse con el objetivo de suplirlo.
Esta adaptación no estuvo exenta, sin embargo, de algunos problemas derivados de la falta de experiencia en el ámbito militar, como por ejemplo el exceso de oferta sanitaria y consiguiente dispersión de recursos médicos humanos y materiales.
Como veremos posteriormente, la CNT participó en esta primera etapa de la sanidad de guerra con la creación de varios hospitales de capacidad limitada, aunque posteriormente hizo una advertencia sobre «la [excesiva] oferta de hospitales de sangre y la de lugares de convalecencia [que] cubre con exceso la demanda»7.
Más tarde, en el marco de centralización política impulsada por Largo Caballero, se dispuso la militarización de los hospitales con una capacidad superior a las 300 camas y el cierre de los de una capacidad inferior8, medida que facilitó la reorganización de una auténtica Sanidad Militar a partir de 19379.
DE LA REVOLUCIÓN SANITARIA ANARQUISTA A LA PÉRDIDA DE INFLUENCIA DE LA CNT
Antes de centrarnos en el caso valenciano hemos de referirnos a Barcelona por dos motivos.
En primer lugar, porque se trata del paradigma urbano por excelencia de guerra, revolución y anarquismo.
Además, las similitudes con Valencia resultan evidentes, como tendremos ocasión de comprobar.
Durante las primeras semanas de guerra en Barcelona proliferaron abundantes hospitales, cinco de los cuales fueron creados (tres de ellos en edificios incautados) y gestionados por la CNT.
A partir de octubre de 1936 la CNT se integró en el Gobierno de la Generalitat y tuvo gran influencia en la política sanitaria.
De hecho, hasta junio de 1937 la Conselleria de Sanitat estuvo ocupada por cuatro miembros del sindicato anarquista.
Esta continuidad permitió a los anarquistas catalanes llevar a la práctica una política sanitaria libertaria, cuyo ideológo fue Félix Martí Ibañez, médico anarquista y director general de Sanidad hasta el 1 de julio de 1937.
Esta política sanitaria se articuló alrededor de la colectivización de la medicina y la regulación del aborto, aunque quedó interrumpida tras la salidad del la CNT del Govern como consecuencia de los sucesos de Barcelona de mayo de 1937 (Hervàs, 2004, pp. 64, 83, 103, 105 y siguientes, 170).
Como en el caso catalán, en Valencia a lo largo de las primeras semanas de guerra se habilitó toda una red de instalaciones sanitarias que, junto con otras ya existentes de carácter civil readaptadas a la nueva situación, se englobaron bajo el nombre de hospitales de sangre10.
La importancia del ámbito sanitario en Valencia queda reflejada en la rápida constitución del Comité Sanitario Popular, una delegación del Comité Ejecutivo.
El Comité Sanitario Popular estaba dividido a su vez en varias delegaciones, entre las que destacaba por su poder y competencias el Departamento de Hospitales y Sanatorios, dirigido por Emilio Navarro Beltrán, médico libertario afiliado a la CNT.
Así las cosas, resulta evidente que durante la etapa revolucionaria de la guerra el sindicato anarquista adquirió un gran protagonismo en la gestión de la sanidad valenciana que se tradujo en numerosas iniciativas y acciones.
En primer lugar, uno de los puntos de máximo interés para la CNT en Valencia fue la gestión de los accidentes de trabajo, para lo que el 29 de agosto de 1936 se procedió a la incautación de todas las compañías de seguros de la ciudad y provincia.
Según la CNT, la incautación era la solución a la dificultad en la aplicación de estas prestaciones sanitarias a causa de la pugna de intereses entre los beneficiarios y los gestores del seguro, por lo que la solución era que los trabajadores fueran receptores y administradores11.
En este contexto, la CNT habilitó en Valencia dos policlínicas de accidentes de trabajo en sendos edificios previamente incautados: el Asilo de Santa Filomena, propiedad de la orden religiosa del Calvario12, y en la vivienda y clínica particular de un médico de la ciudad13.
Respecto de la estrategia de inclusión-exclusión de los profesionales sanitarios en la revolución, se abrió un debate hasta llegar a la conclusión de que para los trabajadores el 95% de los médicos eran «indomables reaccionarios».
Pese a ello, la CNT valenciana descartaba la depuración en masa y abogaba por la incorporación progresiva de la «clase médica» a la revolución porque «¿quiénes van a ocupar las plazas de los que consideremos desafectos al régimen?»
Por este motivo la CNT recomendaba atraer a las clases intelectuales mediante el debate de ideas en diferentes foros, aunque puntualizaba: «Cuando aquella [la guerra] termine será el momento de hacer la sustitución (...).
Ellos ya lo saben y nosotros también: el que no se adapta al medio, y el medio es la revolución, desaparece»14.
Por otra parte, la CNT impulsó la creación de una «Delegación Sanitaria Regional del País Valenciano», cuyo objetivo era coordinar los servicios sanitarios de las tres provincias valencianas sin menoscabar la autonomía de los respectivos comités sanitarios populares15.
Asimismo, la CNT a través del Comité Sanitario se dirigió a los diferentes distritos provinciales para conocer los datos de morbimortalidad en los pueblos de la provincia de Valencia por tuberculosis, paludismo, tifus, difteria y raquitismo, y para conocer la calidad de las aguas de consumo y el funcionamiento del alcantarillado16.
Otro de los objetivos de la CNT durante la etapa revolucionaria de la guerra fue la asistencia sanitaria universal y gratuita.
En el caso de Valencia resulta paradigmática la colectivización de la cobertura odontológica.
Así, el 18 de septiembre de 1936, la Federación Nacional de protésicos dentales (UGT-CNT) impulsó ante el Comité Sanitario la creación de cinco equipos odontológicos formados por material incautado en las tiendas de Valencia.
En noviembre de ese año el Sindicato Ferroviario (CNT) cedió dos clínicas odontológicas incautadas al principio de la guerra para instalar una policlínica dental que prestara asistencia gratuita a los refugiados y a los autóctonos sin recursos17.
Además de las incautaciones, la CNT impulsó ante el Comité Sanitario el gravamen de las transacciones de especialidades farmacéuticas y materiales de cura, cuyo importe «se destina a cubrir la atención sanitaria de enfermos parados o necesitados» 18.
En definitiva, el objetivo final de la política sanitaria anarquista era garantizar la asistencia sanitaria universal y gratuita, para lo que la CNT llevó a cabo numerosas incautaciones porque consideraba que para gestionar la sanidad era necesario poseer y administrar determinadas instalaciones sanitarias.
Siguiendo las líneas maestras de su política en el campo de la sanidad (asistencia sanitaria gratuita y universal, incautaciones e inclusión de los profesionales sanitarios), la CNT organizó una serie de instalaciones sanitarias en la ciudad de Valencia durante las primeras semanas de la guerra.
Para gestionar, coordinar y controlar todas estas infraestructuras, la CNT creó el «Control Sanitario», un organismo con poder de fiscalización que tenía las siguientes atribuciones: controlar la afiliación de los profesionales sanitarios que trabajaban en las hospitales de la CNT, proveer de material médico y comestibles a las diferentes clínicas, centralizar los ingresos y las altas de enfermos y heridos y, asimismo, llevar los libros de contabilidad de los diferentes centros sanitarios.
Los responsables del Control Sanitario eran un médico delegado de la CNT (el mismo Navarro Beltrán), un delegado local y un ingeniero técnico asesor.
Las actividades del Control se financiaban mediante suscripción popular y los beneficios obtenidos de un taller mecánico atendido por afiliados19.
En la figura 1 puede observarse que el Control Sanitario estaba situado en el número 57 de la calle Guillem de Castro, localización estratégica por estar muy cerca del Hospital Provincial.
Control Sanitario de la CNT.
El primer hospital de sangre que instaló la CNT fue precisamente en el local del Control Sanitario.
La plantilla de este hospital estaba formada por cinco médicos, dos radiólogos, tres practicantes, dos enfermeros y cuatro enfermeras, y la dirección facultativa estaba en manos de José Lanuza Bonilla.
Con una capacidad de 25 camas, este hospital disponía de servicio de radiología y un quirófano20, y en él se atendían básicamente a los milicianos heridos o enfermos de la Columna de Hierro21.
Además, el hospital disponía de una posta sanitaria de urgencia atendida por el mismo personal sanitario que funcionaba desde el 21 de julio22.
La fecha en que entró en funcionamiento esta posta nos permite afirmar que la respuesta en materia sanitaria de la CNT a la violencia tras el golpe militar del día 18 fue muy rápida.
Además de las formas de financiación referidas anteriormente, uno de los radiólogos que trabajaba en este hospital de sangre había puesto a disposición del mismo el material de su propiedad23.
Esta forma de autofinanciación recuerda los métodos de la Organización Sanitaria Obrera de la Barcelona republicana (Jiménez-Lucena; Molero Mesa, 2003, p.
Es decir, las experiencias anarquistas en el ámbito sanitario durante la República fueron de gran interés durante el periodo bélico.
A partir de octubre de 1936, una vez consolidado el conflicto bélico, el Control Sanitario de la CNT de Valencia anunció a través de Fragua Social un proyecto más ambicioso: la instalación en la ciudad de 12 clínicas destinadas a la atención de diferentes especialidades medicoquirúrgicas24.
Una de estas clínicas era la Casa de Maternidad que se instaló en una casa señorial incautada situada en las afueras de la ciudad (Chalet de Ayora).
En este hospital prestaba sus servicios un tocólogo25 y una comadrona y tenía como objetivo acoger a «40 compañeras que serán atendidas más humanamente que lo eran en otros centros donde se atendía más que nada el catolicismo que el malestar de la paciente» 26.
Aunque también estaba organizado y gestionado por la CNT, los gastos de la maternidad corrían a cargo del Hospital Provincial.
Así lo demuestran una serie de facturas de gasolina, electricidad y obras de acondicionamiento datadas entre el 20 de mayo y el 30 de julio de 1937 que hemos encontrado entre la documentación consultada27.
Durante los tres primeros meses de 1937 se atendieron de forma gratuita a más de 90 mujeres que el Hospital Provincial no había podido atender por falta de espacio28.
Resulta evidente, por tanto, que con la instalación de este hospital, la CNT descentralizó el servicio de maternidad del Hospital Provincial en un intento de impedir el colapso del mismo.
En la figura 2 se puede apreciar el sello de la Casa de Maternidad.
Hospital de Maternidad de la CNT.
La administración de la Casa de Maternidad resulta paradigmática de la doble faceta de los anarcosindicalistas en su actuación sanitaria, a través de los órganos de gobierno y desde su propia organización sindical.
Así, este centro sanitario estaba gestionado por la CNT como fuerza sindical (de ahí que estuviera bajo dependencia del Control Sanitario de la CNT), pero los gastos eran sufragados por el Hospital Provincial, es decir, por la CNT a través de los órganos de gobierno, ya que como comprobaremos este hospital estuvo bajo control del sindicato hasta marzo de 1937.
Esta participación de la CNT en la política sanitaria desde los órganos de gobierno no planteó ningún problema con la máxima autoridad revolucionaria en materia sanitaria: el Comité Sanitario Popular.
Esta sintonía es fácilmente entendible si tenemos en cuenta la composición del Comité Ejecutivo Popular de Valencia: la CNT pasó a controlar las delegaciones de Propaganda y Transportes, mientras que la Delegación de Sanidad fue asumida por Francisco Bosch Morata, del Partit Valencianista d'Esquerra; pese a esta distribución, el poderoso Departamento de Hospitales y Sanatorios del Comité Sanitario Popular estaba dirigido, como sabemos, por Emilio Navarro Beltrán.
Desde el punto de vista de la organización sindical, la CNT tampoco tuvo dificultad alguna porque, como hemos señalado, el médico delegado del Control Sanitario era el mismo Navarro Beltrán.
Siguiendo con las instalaciones sanitarias, la CNT contaba con otro hospital de sangre en el número 36 de la Gran Vía Germanías, instalado en un sanatorio propiedad de un médico derechista29.
A pesar de la ideología del médico parece ser que nunca hubo ningún problema entre los milicianos y el médico (Amorós, 2009, pp. 128-129).
De hecho, el antiguo propietario continuó como médico director y contó con la ayuda de un cirujano anarquista.
El sanatorio había sido incautado y transformado en hospital de sangre por la FAI y, posteriormente, fue cedido a la Columna de Hierro para la atención médica de sus miembros (Amorós, 2009, p.
En la figura 3 se puede apreciar un oficio relacionado con este hospital de sangre.
Hospital de Sangre de la CNT.
En último lugar, la CNT disponía del Sanatorio Villa María.
Situado entre los números 53 y 55 del Camino del Grao (actual Avenida del Puerto), este centro sanitario fue incautado a su propietario y director el 20 de julio de 1936.
En diciembre de ese año fue transformado en hospital de sangre por «necesidades de guerra»; disponía de 16 camas, estaba equipado con una mesa de operaciones, abundante material quirúrgico y material anestésico y contaba con «adelantos en la cirugía actual, personal competente médico y enfermeras tituladas»30.
Otra de las clínicas que la CNT gestionó en Valencia durante la Guerra Civil fue la Mutua Confederal.
Se trata de una instalación peculiar puesto que es la única que coordinaba el sindicato con anterioridad al estallido de la guerra.
La estrategia anarcosindicalista basada en la acción directa rechazaba que la CNT creara y mantuviera mutuas debido a que esta opción tenía un carácter restrictivo.
Este conflicto se dio especialmente en Barcelona donde los partidarios de la acción directa hicieron fracasar el proyecto de la Obra Popular Antituberculosa de Cataluña, y dificultaron las actividades de la Organización Sanitaria Obrera debido a que la CNT no brindó ni el apoyo ni la implicación que los responsables de la mutua le solicitaban (Jiménez-Lucena, Molero-Mesa, 2003; Molero-Mesa, Jiménez-Lucena, Tabernero Holgado, 2013).
En la Valencia republicana Navarro Beltrán se decantó por el sector reformista y se integró en los Sindicatos de Oposición.
En 1931 había organizado la Mutua de Accidentes del Sindicato de Transporte de la CNT en la zona portuaria de Valencia (Martí Boscà, Rey, 2010, p.
65), que pronto se convirtió en la Mutua Confederal, en un modesto intento de dar respuesta a los problemas sanitarios que afectaban al proletariado en relación con las mutuas de accidentes de trabajo.
Al principio de la guerra, la CNT hizo propia la iniciativa de Navarro Beltrán e inauguró un nuevo hospital (situado en el barrio del Grao) donde en 1937 llegaron a trabajar 50 médicos «al servicio de los obreros».
La Mutua Confederal ofrecía las siguientes prestaciones sanitarias: asistencia médico-quirúrgica a los obreros víctimas de accidentes laborales; seguro de asistencia sanitaria (incluida la hospitalización); y asistencia domiciliaria de urgencia y ambulatoria en policlínica de todas las especialidades médicas y médico-quirúrgicas entonces existentes.
Los beneficiarios de estos servicios eran los trabajadores asegurados y sus familias, para lo que el titular abonaba una prima del 2% de los jornales devengados31.
De la información expuesta anteriormente podemos concluir que entre julio y diciembre de 1936 la CNT articuló y gestionó una notable red de infraestructuras sanitarias propias en la ciudad de Valencia.
Otra muestra del gran poder de influencia de la CNT en la política sanitaria valenciana durante las primeras semanas de la guerra la encontramos en el Hospital Provincial de Valencia, el más grande del País Valenciano y, por tanto, fundamental para llevar a cabo la reorganización sanitaria durante el conflicto (García Ferrandis, 2012, pp. 364-381; García Ferrandis, 2014b).
Será, así pues, en la gestión de este centro hospitalario donde cristalizaran en gran medida las diferentes concepciones en materia sanitaria de los anarquistas y los partidarios del mando único (comunistas y republicanos valencianos).
En concreto, en la nueva organización sanitaria revolucionaria la dirección del Hospital Provincial se le encomendó a Emilio Navarro Beltrán, cargo que desempeñó hasta el 16 de diciembre de 193632.
Navarro Beltrán asumía «la responsabilidad de salvar del caos la asistencia de los pobres menesterosos y heridos de guerra», para lo que consideraba fundamental acometer una serie de reformas en el hospital: «Creímos que lo importante era transformar lo malo de la sociedad burguesa fascista de este Centro Sanitario (...) atendiendo únicamente al cumplimiento estricto de la función benéfico-sanitaria encomendada»33.
Con este objetivo, la primera medida adoptada fue la expulsión del personal religioso y la sustitución por personal laico.
En concreto fueron expulsadas 90 Hijas de la Caridad que a partir de septiembre de 1936 fueron sustituidas por «enfermeras tituladas» 34.
En segundo lugar, la dirección dividió el centro hospitalario en varias secciones técnicas, nombrando un «Delegado Técnico directo» responsable de cada una.
Estos delegados, junto con los delegados no técnicos, integraban el Comité Directivo-Administrativo, que era el máximo órgano de gobierno del hospital y estaba integrado por militantes de la CNT y la UGT.
Finalmente, los servicios del hospital quedaron articulados en 20 departamentos «civiles» y en cuatro servicios de guerra (tres equipos quirúrgicos y una policlínica de milicianos)35.
Pese a esta organización, no faltaron las denuncias formuladas por los enfermos y sus familiares sobre las incapacidades técnicas y el absentismo laboral del personal subalterno afiliado a la CNT36.
A la luz de la documentación consultada, cabe pensar que la gestión anarquista del Hospital Provincial para ponerlo al servicio de la revolución supuso un marcado aumento de las estructuras organizativas y una sobrevaloración de la filiación sindical del personal auxiliar en detrimento de la calidad asistencial.
Sin embargo, los anarquistas conservaron el origen benéfico y civil del hospital y además fueron capaces de atender las necesidades sanitarias del estado de guerra.
En el contexto de centralización política impulsada por el Gobierno de la República descrito anteriormente, a principios de enero de 1937 quedó constituido el Consejo Provincial de Valencia (que sustituía al revolucionario Comité Ejecutivo Popular).
A pesar de que esta reforma tenía como objetivo concentrar el poder en los partidos políticos, la CNT mantuvo ciertas cuotas de poder: la primera vicepresidencia y cinco consejerías, entre las que se encontraba la Consejería de Sanidad al frente de la cual continuaba el presidente del desaparecido Comité Sanitario Popular, Emilio Navarro Beltrán37.
No obstante, el 30 de septiembre de 1937 el Gobierno decretó la remodelación de los consejos provinciales38, determinando que el Consejo Provincial de Valencia quedara integrado por tres representantes respectivos del PSOE, del PCE y de Izquierda Republicana, por dos miembros de la UGT y por dos representantes de la CNT39.
Resulta evidente que los partidos favorables al mando único ganaban influencia política, mientras que los sindicatos de tendencia revolucionaria salían debilitados.
La CNT mantenía tan solo dos consejerías y, lo que es más importante para este trabajo, la política sanitaria pasaba a depender de Izquierda Republicana: era la primera vez desde el inicio de la guerra que la sanidad valenciana no era gestionada por la CNT, por lo que la pérdida de influencia del anarquismo en el ámbito sanitario no se hizo esperar.
En primer lugar, la nueva Consejería de Sanidad ordenó el traslado del único cirujano del Hospital de Sangre de la CNT de la avenida Germanías, lo que precipitó el cierre del centro sanitario40.
Respecto del Sanatorio Villa María, el nuevo Consejo Provincial de Valencia no tardó en aplicar la Orden de militarización de los hospitales civiles, una disposición vigente desde enero que, sin embargo, el anterior Consejo no había aplicado.
Dada la baja capacidad de este centro sanitario, la aplicación de la Orden supuso su clausura41.
El acoso a la política sanitaria de la CNT también se manifestó en el Hospital Provincial.
Así, el día 17 de diciembre de 1936, la comisaria de guerra Aurora Arnaiz —próxima al PCE— elaboró un informe donde se describían numerosas deficiencias en el trato de los heridos ingresados (falta de ropa, alimentación escasa, condiciones higiénicas deficientes, etc.).
El informe atribuía todas estas irregularidades a la falta de organización del Hospital Provincial y concluía apostillando que «no se ha de olvidar que el control de este establecimiento lo lleva la CNT» 42.
Navarro Beltrán se defendió de las acusaciones denunciando la asfixia presupuestaria del Ministerio de la Guerra —dirigido por el socialista Largo Caballero— para la atención de los heridos de guerra.
Asimismo, arremetió contra la autora del informe señalando que
podemos demostrar la ineficacia de ciertos elementos sectarios y profanos en la misión de inspectores sanitarios, como la autora de dicha información, que preocupándose de su misión política (...) toman el trágico ambiente y estado psicológico del herido de guerra para manejarlo como banderín de su más o menos acertada ideología43.
Finalmente, Navarro Beltrán tuvo que dimitir como director del hospital, aunque fue sustituido por el también médico cenetista José de Lanuza Bonilla (Martí Boscà; Rey González, 2010, p.
En enero de 1937 la Consejería de Sanidad volvió a recibir quejas respecto de las deficiencias del Hospital Provincial por parte de los ministros de la Guerra y de Gobernación (este último era el también socialista Ángel Galarza).
A finales de marzo del mismo año la Jefatura de los Servicios Sanitarios del Ejército de la República insistió en las deplorables condiciones en que se encontraban los soldados heridos en el recinto hospitalario, lo que finalmente obligó a dimitir a Lanuza Bonilla44.
Posteriormente, Manuel Alonso (representante de Izquierda Republicana en el Consejo) asumió el cargo de Consejero delegado del Hospital Provincial.
Independientemente de la veracidad de las irregularidades denunciadas, esta serie de desencuentros a propósito del funcionamiento del Hospital Provincial debe ser enmarcado en el contexto de las luchas entre anarquistas y partidarios del mando único (comunistas y republicanos valencianos), en este caso centradas en el ámbito sanitario.
La siguiente afirmación de un dirigente anónimo de la CNT valenciana corrobora esta idea: «Los mejores [médicos] considerados socialmente los está utilizando la guerra que se los ha robado a la revolución»45.
La gestión del Hospital Provincial por Izquierda Republicana tuvo como objetivo principal la colaboración para ganar la guerra.
Esto supuso una progresiva militarización del espacio hospitalario favorecida por la Orden del Ministerio de la Guerra de enero de 1937.
Por una parte, los equipos quirúrgicos de guerra pasaron de tres a cinco, restando recursos a la sanidad civil46.
Además, en mayo de 1937 siete practicantes fueron movilizados dejando desatendidos sus puestos en el hospital.
Los problemas no se hicieron esperar y, en agosto del mismo año, López Trigo –médico del centro– denunció que había recibido «verdaderos insultos de familiares de enfermas de la Maternidad que no tenían quien les diera ni alimentos ni auxilio alguno» 47.
Todo parece indicar, así pues, que la nueva administración del Hospital Provincial no fue capaz de equilibrar eficazmente las funciones militar y civil del centro sanitario, dando prioridad a la primera y desatendiendo a los enfermos civiles.
LOS SERVICIOS SANITARIOS DE LA COLUMNA DE HIERRO
Durante la etapa revolucionaria, como consecuencia de la desarticulación del Ejército en la España democrática, los sindicatos y partidos políticos asumieron la responsabilidad de organizar las primeras columnas milicianas que partieron hacia los diferentes frentes de guerra establecidos.
Posteriormente, en el marco de centralización política impulsado por el Gobierno, se decretó la militarización de las milicias y su integración en las brigadas mixtas del nuevo Ejército Popular de la República48.
En Valencia se organizaron varias columnas confederales de milicianos que operaron en el cercano frente del Teruel; sin embargo, en este apartado nos centraremos en la Columna de Hierro por varios motivos: en primer lugar, porque ha sido considerada como el paradigma de la milicia confederal resistente a la militarización y valedora de los auténticos valores revolucionarios, capaz de hacer la guerra y la revolución a la vez.
Además, la composición de la Columna de Hierro (a partir de ahora CH) reflejaba los ambientes donde reinaba el anarquismo valenciano: obreros de la construcción, labradores de la huerta, portuarios de Borriana y metalúrgicos de Sagunt (de ahí el nombre), entre otros.
La Columna de Torres-Benedito incluía voluntarios de la CNT, pero también de la UGT, del POUM, del Partido Sindicalista y de Esquerra Valenciana, además de soldados procedentes de los diferentes regimientos disueltos en Valencia, por lo que esta unidad miliciana no puede considerarse anarquista en sentido estricto.
Las otras dos unidades confederales —Columna Iberia y Columna Temple y Rebeldía— fueron creadas tardíamente (a finales de 1936), apenas participaron en la primera ofensiva sobre Teruel y fueron militarizadas rápidamente (Mainar, 1998, p.
A principios de agosto de 1936 las primeras unidades de la CH salieron de Valencia hacia Teruel49.
Tras un primer enfrentamiento en Sarrión, la columna llegó a Puerto Escandón (a escasos kilómetros de Teruel), donde en septiembre de 1936 quedó estabilizado el frente.
La CH participó en la primera ofensiva sobre Teruel (invierno 1936-1937) y opuso una gran resistencia a su militarización ya que encuadrarse bajo la disciplina castrense iba en contra de sus principios.
De hecho, fue la última columna miliciana que no aceptó la militarización, aunque finalmente tuvo lugar a lo largo de la primavera de 1937 cuando la CH se transformó en la 83 Brigada Mixta y acabó desapareciendo como unidad miliciana.
En cuanto a la organización, la columna disponía de varias secciones entre las que se encontraba la de Sanidad (Paz, 2001, p.
Esta sección desplegó unos potentes servicios sanitarios en el frente de Teruel, que pasamos a analizar a continuación.
Los servicios sanitarios de la milicia habilitaron cinco postas sanitarias de urgencia en Puerto Escandón, muy próximas a la primera línea de combate.
La evacuación de los heridos atendidos en las postas se llevaba a cabo con mulos y artolas a través de siete kilómetros de sendas de monte, hasta llegar a otra posta sanitaria instalada en una ermita que contaba con una ambulancia cedida por el Instituto de Higiene de Castellón50.
Las postas estaban atendidas por tres médicos, tres practicantes, cuatro enfermeros y varios camilleros, y disponían de anestésicos (éter, morfina) y material de curas.
La evacuación de los heridos se hacía por carretera hasta la localidad de la Puebla de Valverde, donde la CH disponía de otras tres postas sanitarias atendidas por un total de siete médicos y numerosos practicantes y enfermeros.
Estas postas contaban con abundante material quirúrgico (bisturís, estuches de amputación, separador de laparotomía, pinzas sacabalas, etc).
La presencia de todo este material y la abundante presencia de médicos en estas postas nos permite afirmar que en ellas se llevaban a cabo actos médicos mucho más complejos que en las postas avanzadas: amputación de miembros y operaciones de heridas en el abdomen.
En Puebla de Valverde, además de las tres postas, la CH había establecido un hospital con capacidad para 50 camas «desde donde se distribuyen los enfermos del frente a los diversos Hospitales [de la retaguardia]»51.
Por tanto, el hospital de Puebla de Valverde estaba concebido como un centro intermedio cuyo objetivo era el control de los pacientes evacuados desde las postas a la espera de su evacuación hacia la retaguardia.
En el siguiente mapa pueden observase la distribución de todas las infraestructuras sanitarias analizadas.
A continuación analizaremos los servicios sanitarios de la CH situados más en retaguardia.
En primer lugar, respecto del Hospital de Cedrillas, conviene señalar que estaba controlado y dirigido por la Columna Torres-Benedito, otra de las milicias valencianas que participaron en el asedio de Teruel; sin embargo, en el Hospital de Cedrillas entre el 29 de septiembre de 1936 y el 11 de febrero de 1937 fueron hospitalizados un total de 179 integrantes de la CH52.
El análisis de los diagnósticos de estos milicianos aporta una valiosa información sobre determinados aspectos de la columna.
Así, hasta el 15% fueron hospitalizados por enfermedades características del periodo invernal (bronquitis, neumonía, gripe, etc.), frente al 14.5% que resultaron heridos por causas que podemos atribuir directamente a acciones de guerra, aún a riesgo de ocultar accidentes: heridas por arma de fuego, heridas en sedal y heridas por metralla53.
En el 10% de los casos no consta el diagnóstico.
El resto fue hospitalizado por enfermedades comunes (sarna, gastritis, sífilis, etc.).
Incluso en la ofensiva de la Navidad de 1936 observamos una diferencia significativa entre las bajas de la CH y las de la 22 Brigada Mixta y la XIII Brigada Internacional.
Así, mientras que únicamente ingresaron 11 milicianos (de los que tan solo dos presentaban heridas por arma de fuego), las dos brigadas sumaron un total de 145 bajas, casi todos por heridos de bala y por metralla54.
Por otra parte, hemos localizado seis diagnósticos que convertía a los milicianos en inútiles para el combate: artrosis, insuficiencia cardiaca y cataratas.
Finalmente, cabe destacar que de los 179 miembros de la CH que ingresaron en el Hospital de Cedrillas tan solo fallecieron cuatro in situ.
Los datos que acabamos de exponer se pueden asociar, por una parte, a la improvisación con la que se creó la columna.
Solo así se explica la presencia en sus filas de miembros inútiles para el combate y la falta de prendas de abrigo que ocasionó un número considerable de bajas.
Por otra parte, hemos asociado el discreto porcentaje de heridos de guerra y el número bajo de fallecidos a la estabilidad del frente y, por tanto, a la relativa inacción de la columna.
Sin embargo, relacionamos la falta de bajas por heridas por arma de fuego en los días de mayor intensidad bélica, como el 1 de enero de 1937, a la indisciplina de la columna que en ocasiones se negaba a entrar en combate.
En este contexto deben situarse los 97 milicianos que desertaron durante la ofensiva sobre Teruel de diciembre de 193655.
Cercana a la provincia de Castellón, la localidad de Sarrión albergó a mediados de agosto de 1936 el primer hospital de sangre instalado por la CH.
Se instaló en un chalet situado en las afueras de la población56 próximo a la carretera y a la estación de ferrocarril y era, por tanto, un buen emplazamiento para un centro sanitario debido a que los hospitales del frente tenían que estar situados cerca de vías rápidas de evacuación (Massons, 1994, p.
Hasta el 2 de octubre de 1936 se atendieron en este hospital a 156 heridos de la CH, el 35% de los cuales presentaban heridas producidas por accidente de coche y manejo inapropiado de armas de fuego57.
Estos datos pueden enmarcarse en el contexto de inexperiencia y de falta de preparación militar de los milicianos de la CH al que hemos aludido anteriormente.
En la figura 4 se observa el aspecto actual del chalet donde fue instalado el hospital de sangre de Sarrión.
Está situado a unos 50 metros de la carretera y a otros tantos de la estación de ferrocarril.
Fuente: el autor a partir del testimonio oral de dos funcionarios del Ayuntamiento de Sarrión que han expresado su deseo de mantener el anonimato
Aunque este hospital fue instalado y gestionado por la CNT y tenía personal sanitario auxiliar propio, solían pasar visita los médicos del tren hospital número 1, que estaba bajo mando del teniente coronel médico Adolfo Rincón de Arellano Lobo58, jefe de los Servicios Sanitarios del frente de Teruel y máximo responsable del Departamento de personal sanitario y suministros de guerra del Comité Sanitario Popular.
El tren hospital número 1, cubría el trayecto entre la Estación Central de Aragón (Valencia) y Sarrión, donde tenia la base.
Formaba parte de una flota de seis trenes sanitarios que la Sanidad Militar republicana tenía a su disposición (Barona, Bernabeu-Mestre, 2007, p.
Cuando iba hacia Segorbe y Valencia tenía la misión de evacuar heridos del Hospital de Sarrión, donde a su vez, habían sido trasladados los heridos de los hospitales de Puebla de Valverde, Mora de Rubielos y Cedrillas59.
Cuando el tren se dirigía desde Valencia al frente abastecía de material sanitario a las postas y los hospitales.
El Hospital de Sarrión disponía de un servicio permanente compuesto por los tres equipos quirúrgicos del tren hospital.
Estaba dotado de material de curas y abundante instrumental quirúrgico, tanto como para poder atender cuatro intervenciones a la vez sin necesidad de esterilizar el material utilizado60.
Esta dotación permitió que en este hospital se llevaran a cabo con éxito intervenciones quirúrgicas de gran envergadura, como una craneotomía en un herido por arma de fuego61.
El centro sanitario disponía, además, de una sala de rayos X atendida por un radiólogo, un laboratorio y una farmacia correctamente abastecida.
Situado ya en la provincia de Castellón, el Hospital de Viver tenía una gran importancia estratégica, ya que estaba situado cerca de Valencia y camino de Teruel.
Este hospital fue instalado por la Cruz Roja en agosto de 1936, aunque le dedicamos un breve comentario por la gran cantidad de milicianos de la CH que fueron atendidos.
La plantilla de este hospital estaba integrada por dos médicos, un practicante y cinco enfermeros, y su capacidad era de 40 camas.
A partir de la lista de heridos que hemos localizado entre la documentación consultada podemos hacer una aproximación a la estructura del hospital.
Se trata de los 16 heridos atendidos durante la semana del 16 al 22 de agosto de 1936 que presentaban heridas leves (contusiones, erosiones) y cuya estancia solía ser de un solo día, siendo la más larga de ocho días a causa de un cólico nefrítico62.
Entre agosto y noviembre de 1936 fueron hospitalizados en Viver un total de 187 milicianos63, aunque en general la ocupación del hospital durante este periodo fue muy baja64.
El hecho de que en este centro sanitario se hospitalizara a tal cantidad de milicianos en cuatro meses pero que su ocupación fuera especialmente baja, junto con la levedad de los diagnósticos, nos permite afirmar que el Hospital de Viver fue concebido como un centro de corta estancia, donde eran atendidos milicianos heridos de levedad que rápidamente se reincorporaban a sus posiciones en el frente.
Durante la etapa revolucionaria de la Guerra Civil española, la Confederación Nacional del Trabajo en Valencia contó con un servicio propio de sanidad muy organizado, tanto en la retaguardia como en el frente de Teruel, donde operó su milicia.
Durante el periodo de estudio el anarcosindicalismo valenciano ejerció la «acción directa» para resolver los problemas que venían afectando a la clase trabajadora desde la Segunda República.
En primer lugar, pasó a gestionar los accidentes laborales con el objetivo de evitar fraudes por parte de las mutuas.
Además, durante el periodo en el que la Dirección del Hospital Provincial de Valencia correspondió a la CNT tuvo lugar la expulsión del personal religioso y su sustitución por enfermeras profesionales.
Sin embargo, la CNT valenciana también contempló la opción mutualista, apartando así el debate entre las dos corrientes y adoptando una postura muy pragmática ante una situación extraordinaria.
Por otra parte, el estallido y posterior desarrollo de la Guerra Civil decantó la tendencia que se venía manteniendo desde principios de siglo XX en torno al debate de inclusión-exclusión de los trabajadores «intelectuales» en la CNT.
El anarcosindicalismo valenciano optó por incluir a los profesionales sanitarios mostrando de nuevo un gran pragmatismo, ya que consideró que eran imprescindibles en una situación bélica.
Ejemplos de esta inclusión son la relación de los servicios sanitarios de la CNT en el frente de Teruel con los mandos médicos del Ejército, y la composición del Comité directivo del Hospital Provincial durante el periodo de estudio.
En definitiva, durante la Guerra Civil el anarquismo valenciano en el ámbito sanitario apartó todo tipo de debate motivo de división y se decantó por mecanismos de integración porque fue consciente que así lo requería la situación sanitaria derivada de la guerra.
Resulta especialmente llamativo, así pues, que los anarquistas valencianos en el ámbito sanitario optaran primero por ganar la guerra y después completar la revolución, o sea, sustituir a los médicos desafectos.
Esta interpretación estaba en las antípodas del ideario anarquista español en el ámbito socioeconómico: guerra y revolución a la vez.
El objetivo final de la política sanitaria del anarcosindicalismo valenciano era la colectivización de la asistencia sanitaria, para lo que la CNT aplicó criterios revolucionarios al ámbito sanitario, incluyendo numerosas incautaciones de recursos privados existentes.
Además, el sindicato impulsó la construcción de una red sanitaria de base provincial que conjugó autonomía y coordinación.
Respecto de las diferentes concepciones sanitarias existentes en el seno del Frente Popular, cabe señalar que en Valencia durante los primeros meses de la Guerra Civil, tales divergencias se manifestaron a través de la dicotomía entre guerra o revolución.
Así, a diferencia de los anarquistas, los comunistas y republicanos valencianos consideraron que la sanidad no era un banco de pruebas al servicio de la revolución, sino que era fundamental para ganar la guerra.
Esta postura se insinúa en el interés del PCE por controlar el mayor establecimiento sanitario del País Valenciano, esto es, el Hospital Provincial de Valencia.
Finalmente, la organización de los servicios sanitarios de la Columna de Hierro estuvo condicionada por las características del frente de guerra donde actuó.
Efectivamente, el frente de Teruel durante la primera ofensiva republicana (agosto 1936-febrero de 1937) fue un frente de posiciones, muy diferente de otras campañas que se caracterizaron por grandes movimientos de tropas (por ejemplo, la segunda ofensiva sobre Teruel, desarrollada entre diciembre de 1937 y enero de 1938).
Esta estabilidad bélica permitió la instalación de infraestructuras sanitarias muy estables.
Además, el estudio de los partes médicos de los miembros hospitalizados de la Columna de Hierro nos ha proporcionado información muy valiosa sobre determinados aspectos no necesariamente sanitarios: la intensidad bélica del frente, la indisciplina, la falta de preparación y la improvisación. |
El mercado de las publicidades de medicamentos e insumos médicos especializados en el interior de Argentina: El caso de la Revista del Círculo Médico de Córdoba y la Revista Médica de Córdoba, Argentina, 1912-1938
Se propone un análisis hermenéutico y un abordaje socio-semiótico alrededor de una amplia selección de anuncios de medicamentos e insumos médicos especializados colocados en la «Revista del Círculo Médico de Córdoba» y luego en su sucesora, la «Revista Médica de Córdoba».
Las publicidades -como dispositivos estratégicos- y el mercado de ofertas que se configura entraman en una trayectoria histórica cambiante y específica donde lo local, lo nacional e inclusive lo internacional se articulan de manera particular.
Por una parte, dichas características se consideran de la creación de la publicación en 1912 hasta 1938, asociándolas a las dinámicas relativas a ciertas variables clave de la transformación de la única revista médica especializada que existió en la provincia de Córdoba y que a lo largo de esos años fue el espacio exclusivo de colocación de publicidades gráficas orientadas a la elite médica.
Por otra parte, se considera la influencia que tienen sobre la configuración del mercado publicitario –tradicionalmente monopolizado por «lo extranjero»- los procesos de industrialización argentina –vistos especialmente desde el sector farmacéutico- y la competencia en el contexto del reacomodamiento internacional que trajo el final de la Primera Guerra Mundial.
Las imbricaciones históricas entre las publicidades y el mercado de los productos especializados en salud, constituyen problemáticas de escaso estudio en la historiografía argentina.
No obstante, un conjunto de trabajos ha tenido el mérito de plantear valiosos interrogantes y de abordar fuentes históricas vinculadas a aquellos entramados.
Claro que, aunque, las investigaciones de Armus (2007), Carbonetti y Rodríguez (2007), Carbonetti (2013), pusieron en perspectiva significativas aristas de la oferta de productos medicinales en los medios gráficos en distintos momentos de fines del siglo XIX y la primera mitad del XX, restringieron su abordaje a aspectos socioculturales vinculados al desarrollo de las enfermedades concretas1.
Las vinculaciones entre las enfermedades y los fenómenos de comercialización de medicamentos constituyen una puerta de ingreso privilegiada al estudio de las publicidades de productos para la salud.
Sin embargo, el recorte en torno a una dolencia tiende a reducir el foco de estudio a una situación de crisis social y epidemiológica que ocupa el centro de la escena analítica.
Nuestro aporte se define por recentrar el valor heurístico y hermenéutico de las publicidades.
La selección de avisos que promocionan productos farmacéuticos e insumos médicos especializados (de manera particular nos referimos a aparatología terapéutica), colocados en lo que inicialmente se conoce como la «Revista del Círculo Médico de Córdoba», nos permite poner en perspectiva la primera publicación científico médica del interior de la Argentina de los primeros años del siglo XX.
La revista, creada en 1912 a partir del esfuerzo de los miembros de la elite médica de Córdoba trascendería un entramado localista.
Es que, la publicación se sumó a la Facultad de Medicina de Córdoba —la más antigua Casa de Estudios en medicina del interior nacional2— como un factor esencial en la construcción de un espacio de divulgación y socialización de la medicina entre los médicos y la ciencia médica del interior de la Argentina.
A pesar de que no poseemos datos sobre la cantidad de ejemplares lanzados al mercado y su distribución en el territorio argentino o en el extranjero, las fuentes nos permiten rastrear la cambiante vida de nuestra publicación considerando la cantidad de profesionales médicos subscriptos a la revista en el marco de un proceso de transformación interna y jerquización institucional creciente.
Estas dinámicas tendrían su corolario en los últimos años de la década de 1920 cuando la publicación se articuló con la Universidad Nacional de Córdoba y algunas filiales médico científicas de Buenos Aires, abandonado su nombre de «Revista del Círculo Médico de Córdoba» para pasar a llamarse «Revista Médica de Córdoba».
A partir de esa fecha, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y las transformaciones tecnológicas y geopolíticas que ella trajo consigo cambiaría rotundamente el área de los productos médicos especializados (Campins y Pfeiffer, 2011), marcando un momento distintivo en la vida de la publicación y del mercado de publicitario en análisis.
En nuestro periodo de estudio identificamos un momento inicial entre 1912 y comienzos de la década de 1920 cuando la revista da sus primeros pasos para incorporarse al «(...) periodismo científico (...)»3.
A partir de esta fecha y hasta la finalización de la década señalada, observamos un proceso de relativa afirmación de la Revista en el medio científico editorial local y el creciente aumento de sus consumidores profesionales, identificados como suscriptores de la publicación.
Finalmente, en una tercera etapa, el proceso de jerarquización institucional de la revista traería consigo una modificación substancial en las condiciones históricas que definieron su vida editorial científica.
Ello modificaría profundamente la constitución del mercado de publicidades especializadas.
Una aproximación preliminar a los dispositivos publicitarios colocados en la publicación nos sugiere que la lógica señalada condicionaría tanto las dinámicas de afirmación de las publicidades nacionales y locales (de Córdoba), en un mercado tradicionalmente monopolizado por lo extranjero, así como la misma cantidad y naturaleza de los avisos, sus discursos publicitarios y la articulación de sus recursos gráficos.
Ahora bien, no podríamos abordar satisfactoriamente las condiciones históricas de producción de este mercado sino es a partir de un entramado de desarrollos nacionales e internacionales clave.
Nos referimos a los desarrollos de la industrialización argentina y del sector farmacéutico nacional así como a las trasformaciones del mercado publicitario en el marco de las dinámicas de competencia que se incrementan alrededor de los conflictivos desplazamientos y reposicionamientos políticos, científicos y comerciales entre algunos países europeos y los Estados Unidos, luego de finalizada la Gran Guerra (Romero Sá y da Silva, 2010, p.
Ahora bien, este conjunto de proceso más generales son entendidos y abordados como mediados por y en el plano local.
En un nivel metodológico, recurrimos a las herramientas del análisis histórico hermenéutico, articulándolas parcialmente con aportes de la semiosis social del discurso publicitario4 al considerar los rasgos discursivos textuales y gráficos de una amplia selección de anuncios identificados entre el año 1912 y 1938.
En ese sentido, relevamos el 100% de los anuncios existentes en una colección que se haya completa en la hemeroteca del Círculo Medico de Córdoba, seleccionando el 70 % de los avisos.
De ellos incorporamos al análisis los más representativos.
Sobre la amplia selección de avisos considerado es significativo resaltar que no pretendemos que el análisis propuesto se constituya en un paradigma de tendencias fuera del caso local en estudio.
A partir de los anuncios seleccionados procuramos caracterizar ritmos y rasgos en la conformación del mercado publicitario poniendo en perspectiva los tres momentos identificados provisionalmente en relación a la trasformación de la Revista.
Indagamos en cómo dichos procesos relativos a la revista y las dinámicas específicas ligadas a los procesos industrialización y tensiones y desplazamientos internacionales definieron las particularidades históricas en estudio.
Para ello articulamos un análisis centrado en distintos documentos y avisos publicitarios de la revista local con aportes historiográficos que estudian momentos y rasgos del proceso de industrialización en la Argentina, y el contexto de las trasformaciones que atraviesa el sector farmacéutico.
Asimismo, se ponen en perspectiva distintos avisos de origen extranjero, buscando dar cuenta de las características del mercado en estudio y de ciertos clivajes relativos a la inserción publicitaria de las iniciativas alemanas, francesas y estadounidenses.
En ese sentido reconocemos con Romero Sá y da Silva la importancia estratégica que tuvieron los intereses de los laboratorios farmacéuticos en la construcción de nuevos mercados y demandas (2010, p.
23), mostrando que las publicidades de insumos médicos especializados ocuparon un lugar desatacado en el proceso de penetración publicitaria a partir de finales de la década de 1920 y especialmente en la siguiente.
Identificamos un momento inicial en la constitución del mercado publicitario local con la creación de la revista del Círculo Médico de Córdoba en 1912.
Esta iniciativa, a cargo de un reducido grupo de destacados médicos nucleados en una asociación con fines de defensa gremial y actualización y estudio científico5 –El Círculo Médico de Córdoba- nació en un contexto particularmente problemático.
Aunque sus fundadores eran destacados profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y, a pesar de que con la publicación se buscaba nada menos que compensar la inercia de una Escuela de Medicina local «(...) que no ofrece un medio del todo favorable para el progreso de la profesión (...) con escaso número de publicaciones de investigación personal y de corte científico (...) [la revista tuvo] (...) escasos sostenedores (...)»6.
Estrictamente, para fines de nuestra primera etapa la cantidad de suscriptores superaba apenas los 60 profesionales, todos ellos médicos.7
Esta situación marcó que la empresa editorial estuviera sostenida exclusivamente por el esfuerzo institucional del Círculo Médico de Córdoba, definiendo una realidad financiera que hacia depender a la publicación de ingresos provenientes de los suscriptores y sobre todo de la colocación de avisos publicitarios.
Dicha tendencia estuvo presente durante toda nuestra primera etapa en estudio.
511 pesos que constaban en el «HABER», más del 80 % se hallaban imputados a «Ingresos por colocación de avisos publicitarios» 8.
Si bien este tipo de debilidad financiera afectaría a la «Revista del Círculo Médico de Córdoba» hasta fines de la década de 1920 durante los primeros años de existencia de la publicación fue corriente hallar una amplia variedad de productos y servicios que se promocionan desde la publicación local.
Publicidades de «Farmacias», «Parteras» o «Sastres», nos muestran el lugar clave que ocupaba la recepción de los avisos como factor crucial para el sostenimiento de la publicación.
La etapa inicial en la constitución de nuestro mercado especializado se halló definido por este contexto particular, donde las publicidades de medicamentos y de establecimientos orientados a su elaboración y comercialización constituían sólo un eslabón de una más amplia cadena de ofertas.
En relación con los anuncios objeto de nuestro interés, en esta etapa inicial identificamos anuncios de «Boticas y Droguerías», lo que a su vez introdujeron en la revista, ofertas de preparados medicinales a partir de fórmulas preestablecidas.
Lo interesante y distintivo de este tipo de publicidades es que -de manera diferente a lo que podría ser el despacho de recetas a partir de fórmulas magistrales- se estructuran alrededor del ofrecimiento de productos dirigidos a un público más general y presentados a partir de un nombre de fantasía.
Alrededor de este tipo de publicidades, aparecerían noveles iniciativas técnicas desarrolladas en esos años, las que se vincularían a lo que Castillo Talavera (2004, p.
28) caracterizó como elaboraciones más estandarizadas, cuyos componentes se hallaban sistematizados y reconocidos en un libro o formulario oficial.
En los anuncios considerados, apreciamos la presencia de un proceso, que Pfeiffer y Campins (2002, en Angiono, 2010, p.
2) han referido como propio del saber-hacer de los boticarios.
La orientación recién marcada aparece claramente representada en la figura 1, donde las publicidades de los establecimientos mencionados promocionan remedios no manufacturados industrialmente: el «Tonico Burnet» y el «Jarabe de Tossana» 9.
Asimismo, los discursos articulados alrededor del primer producto, nos permiten reconocer un panorama más complejo visible en el aviso ubicado en la parte superior de la figura 1.
El tónico referido, de origen francés, comercializado a partir de un agente depositario, «Hugo Grassano y Cia» 10, deja visibles ciertas huellas que reafirman el peso de los productos medicinales importados desde Europa, en el marco de la enorme influencia que ella ejercía sobre los países de América Latina desde inicios del siglo XIX.
Publicidades de las Boticas y Droguerías «La Nueva Estrella» y «del Mercado»
Los discursos presentes en los avisos repasados no parecían dirigirse a los médicos como exclusivos consumidores o «agente de compras del paciente».
Inclusive, los anuncios parecen estar dirigidos a un público más general, pero son publicados en un espacio editorial donde serán leídos exclusivamente por uno específico y especializado.
Posiblemente, las publicidades no habrían sido creadas o seleccionadas pensando en la revista médica, lo cual es altamente coincidente con unos años en lo que este espacio editorial aún no parecía erigirse como una lugar estratégico para la constitución de un mercado publicitario especializado.
Asimismo, en términos de huellas discursivas textuales en los avisos convergen referencias que presentan a los productos como objetos de recomendación por parte de «eminentes médicos», a la vez que utilizanun léxico poco específico de las ciencias médicas, priorizando lenguaje y valores en clave popular.
En el caso del anuncio del Jarabe Tossana, este último rasgo aparece cabalmente al promocionar el precio del producto, destacando el «gusto agradable» y que los «niños piden más» 11.
No debemos soslayar que durante esta primera etapa en estudio, el proceso de consolidación de la elite médica estaba aún en ciernes, con apenas una veintena de profesionales egresados de la Facultad de Medicina de Córdoba (Rodríguez, 2006, p.
43) y la especialidad en pediatría, con todo el vocabulario específico que ella trae consigo estaba lejos de conformarse.
El estallido de la Gran Guerra generó cambios sin precedentes en la economía nacional y también en su sector farmacéutico.
Si bien el país se mantenía en un cuadro depresivo, se generaba una incipiente etapa de industrialización por sustitución de importaciones, orientación en la que no mediaba ninguna decisión de política económica (Gerchunoff y Llach, 1998b, p.
Estas son las condiciones históricas que constituyen las bases, a partir de las cuales las iniciativas nacionales fueron ocupando lugares de relativo protagonismo en el campo químico farmacéutico.
En estos años, la guerra generó un proceso caracterizado por la elaboración de medicamentos, mediante la utilización de materias primas locales y en laboratorios12 nacionales (Armus, 2007, p.
305), creándose algunos eslabonamientos industriales de maquinarias sencillas y absorbiendo a profesionales graduados en universidades nacionales (Campins y Pfeiffer, 2011, p.
Las manufacturas cuya producción creció más fuerte habrían sido las que dependían del tipo de desarrollo agropecuario de esos años (Gerchunoff y Llach, 1998a, p.
36) y, en esa línea de procesos la industria farmacéutica nacional ingresaría en un trayecto de avance inicial (Campins y Pfeiffer, 2011, p.
A pesar de que el proceso de desarrollo del sector nacional habría sido notable durante la Gran Guerra, el mercado publicitario objeto de nuestro estudio no reflejó tal realidad.
En otros términos, la Revista como potencial puerta de entrada al mercado de los profesionales médicos del interior de la Argentina no pareció despertar los intereses de estas iniciativas al nivel del mercado publicitario.
Inclusive, sin perder de vista el mercado en estudio, una vez superada la coyuntura bélica mundial, el continuo avance en el proceso de sustitución de importaciones en la industria farmacéutica nacional que identifican Campins y Pfeiffer, (2011, p.
31) tampoco se encontraría correspondido a nivel de la cantidad de anuncios colocados en nuestra revista.
De manera verosímil, la fragilidad financiera de la publicación y el escaso aumento de suscriptores en un contexto de exigua profesionalización médica en el ámbito local habrían mediado aquellos procesos más vastos de avance en el sector industrial.
A esta altura del trabajo, ello nos permite advertir hasta qué punto la lógica histórica abordada ejerce condicionamientos sobre los procesos considerados, marcando un horizontes de rasgos y ritmos que no puede extrapolarse mecánicamente fuera del caso en análisis.
Para los primeros años de la década de 1920, podemos ligar el aumento en la cantidad de publicidades colocadas en la «Revista del Círculo Médico de Córdoba» a la progresiva consolidación del sector de producción nacional.
Ello se evidencia en el incremento del número de iniciativas nacionales que se erigían como posibles vendedoras de medicamentos en el mercado local, colocando sus respectivas publicidades.
Observamos un proceso semejante en los que refiere al aumento de la cantidad de publicidades ligadas a los laboratorios extranjeros, especialmente franceses, alemanes y estadounidenses.
Si bien, por un lado leemos este fenómeno como un corolario de la puesta en marcha del incipiente proceso de industrialización abierto en época de la Primera Guerra Mundial y de las dinámicas particulares de las tensiones internacionales de entreguerras, por otro, remitimos al crecimiento y progresiva consolidación de la Revista del Círculo Médico de Córdoba en el ámbito editorial científico médico.
Durante los años abordados la Revista incrementó año a año sus suscriptores, sumándose en cada período anual más de 10 miembros profesionales.
Trabajo propios (Rodríguez; 2011) nos permitieron entender que dicho crecimiento en materia de médicos suscritos a la publicación se vinculó históricamente al crecimiento y consolidación profesional de la elite médica de Córdoba durante los década de 1920.
Asimismo nuestra revista transformó sus propósitos y alcances temáticos.
Si en un comienzo la publicación se ocupaba exclusivamente de difundir estudios clínicos de los miembros de la elite médica local, en esta etapa ampliará su oferta.
Puntualmente, la revista se ocupará también de difundir adelantos científicos nacionales –especialmente de médicos de la Universidad de Buenos Aires- e internacionales y dar a conocer noticias universitarias ligadas al ámbito de la Facultad de Medicina local.
Estos dos nuevos espacios de inquietudes cristalizaron en dos nuevas secciones: «Revista de Revistas» y «Noticias» 13.
Si bien en los años 20' la oferta de las iniciativas nacionales comienza a avanzar en el mercado de la oferta de productos farmacéuticos y publicitarios, de acuerdo a lo que observamos en los anuncios analizados, los medicamentos ofrecidos en esta etapa se limitan específicamente a productos opoterápicos14 y biofármacos15, como apreciamos en la figura 2.
En ese sentido, también identificamos un proceso de repetición en la oferta entre la mayoría de los laboratorios nacionales que colocaron avisos en estos años, tendencia más recurrente en el caso de las «vacunas y los sueros».
Publicidad del laboratorio «Instituto Biológico Córdoba»
Ahora bien, al referirnos a la evolución del sector o de la industria nacional no sugerimos que los capitales o insumos tecnológicos y humanos especializados fueran exclusivamente de origen nacional.
Más bien pensamos en una producción desarrollada en este espacio.
Las condiciones de estructuración de la industria farmacéutica argentina, sobre todo la existencia de un marco regulatorio liberal en el sector habría favorecido las inversiones privadas ligadas al aporte inmigratorio y de capital extranjero.
Estos factores, de acuerdo a Campins y Pfeiffer, favorecieron también la «transmisión de un saber-hacer empresarial u organizacional» (2011, p.
Más allá de la evolución ascendente de la cantidad de publicidades de iniciativas nacionales en el marco de una década marcadamente favorable en la vida económica del país16-con expansión en la capacidad de compra del mercado interno- (Gerchunoff y Llach, 1998b, p.79), vemos incrementarse la presencia de anuncios de laboratorios internacionales.
Estos laboratorios extranjeros se encontraban insertos en el mercado argentino desde fines del siglo XIX, fundamentalmente a través de representantes o casas comercializadoras, como fue el caso de Bayer17.
La distancia entre la tecnología biológica y la química marcaría una enorme separación entre la industria farmacéutica nacional y la extranjera.
Así como la investigación biológica permitió el desarrollo de los sueros y las vacunas, el camino abierto por la tecnología de la síntesis química jalonó el éxito comercial al sector farmacéutico suizo y alemán (Campins y Pfeiffer, 2011, p.
Históricamente, este desarrollo tuvo a los laboratorios alemanes como especiales protagonistas, encontrando máximos beneficios en el caso de la «Casa Bayer».
La presencia de esta última empresa alemana fue permanente en la revista desde comienzos de nuestra segunda etapa, ofertando productos medicinales de naturaleza sintética o semisintética como la «Gandiollina» (homeostático interno), las reconocidas «Tabletas Bayer de Luminal» (hipnótico y sedante, específico contra la epilepsia)18; el «Canadrast» (hemostático uterino y remedio vascular)19, entre otros.
El largo recorrido del laboratorio Bayer constituye un caso representativo del exitoso derrotero de la industria química farmacéutica alemana en el mercado de medicamentos de todo el mundo occidental.
Esta trayectoria, frente al incipiente camino andado por las iniciativas nacionales durante estos años, explicaría también las distintas estrategias de construcción publicitaria de una y otras.
Atendiendo a las publicidades nacionales identificamos operaciones ligadas a destacar la inserción institucional de los profesionales a cargo de los laboratorios productores.
Como sugiere la figura 2, estas estrategias estaban dirigidas a generar en los médicos/clientes más confianza en torno a la oferta, de acuerdo al reconocimiento de los profesionales a cargo de los laboratorios en cuestión20.
En estos discursos publicitarios, se muestran tramas que sugieren una intención manifiesta por profundizar la comunicación con los médicos, colocándolos en un lugar protagónico.
Desde ellas se procuraron entrelazar las nociones «productos-laboratorios-profesionales-tratamiento».
En términos textuales, el enunciado del laboratorio Zimasa constituye un ejemplo profundamente representativo, al sostener que las aplicaciones de su «(...) producto constituyen para el médico el más eficaz y racional tratamiento»21.
Los recursos del lenguaje que imperan en los discursos publicitarios nacionales, son de tipo apelativo.
En el caso del Instituto Biológico Córdoba, se solicita a los médicos un ensayo de los productos ofrecidos por el laboratorio22.
Estas formas apelativas de la comunicación publicitaria, contrastan con aquellas estrategias imperativas articuladas por el laboratorio Bayer, tal como puede leerse en la figura 3: «prescríbase Novasurol 'Bayer'».
Publicidad de laboratorio «Bayer»
La publicidades de la empresa alemana se estructuraron alrededor de tres ejes claramente estratégicos que dan cuenta de la importante consolidación que tenía la empresa alemana -y su casa comercializadora de Buenos Aires- en el mercado analizado.
Además de las estrategias del lenguaje ya referidas, el logo o escudo de Bayer fue una constante en cada uno de los anuncios en que fueron promocionados la firma alemana y sus productos.
La cantidad y la organización de la información en el espacio publicitario priorizó un estilo despojado, donde sólo aparecieron datos clave, que habrían tendido a agilizar su lectura-consumo.
De manera convergente, en cada uno de sus anuncios, se listó un amplio conjunto de productos que Bayer ofrecía a ese mercado, todos y cada uno de ellos nombrados con denominaciones comerciales de fantasía.
Ello, seguramente constituía una estrategia para posicionarlos en el universo mental del público.
En la figura 3, observamos las tramas textuales y gráficas delineadas23.
El anuncio del laboratorio Mulford procedente de Philadelphia, Estados Unidos, constituye un ejemplo de articulación de estrategias intermedias entre los casos de las iniciativas nacionales y la alemana.
La figura 4 muestra que el laboratorio presenta una especie de logo identificatorio, combinado con el lema: «Laboratorio para la conservación de la vida» 24, mientras que suministra copiosa información sobre los productos que ofrece, los que al igual que en el caso de los laboratorios nacionales, se limitan a sueros y vacunas.
Publicidad de laboratorio «Mulford»
En este caso, las orientaciones reseñadas responderían a un contexto en el que los laboratorios de Estados Unidos se mostraban en condiciones, en el contexto de su posición ascendente en el concierto internacional, de procurar estrategias publicitarias más renovadas o «modernas», no ligadas a la práctica de legitimar su oferta a partir de los profesionales médicos o químicos farmacéuticos.
Detrás de estos dispositivos publicitarios se alzaba un proceso histórico mucho más complejo que remitía al panorama de tensiones y reposicionamientos en el concierto internacional como consecuencia del final de la Gran Guerra.
Estrictamente hablando, las publicidades abordadas no permiten observar la competencia de Francia y Alemania por reinsertarse en los mercados médico-científicos, luego de que la Gran Guerra pusiera en suspenso su presencia en las latitudes latinoamericanas (Romero Sá y da Silva, 2010).
No obstante, la aparición en el mercado analizado de la oferta publicitaria de producción especializada generada desde estos países europeos y desde Estados Unidos resulta significativa.
La presencia en la revista de avisos de la «Química Industrial Bayer» es constante durante esta segunda etapa en estudio, consolidándose en la tercera etapa, lo que verosímilmente mostraría un interés por reabrir y sostener mercados para la producción farmacéutica germana.
En cuanto a los laboratorios franceses, a pesar de las históricas afinidades entre este país y la Argentina, no hallamos publicidades colocadas directamente por estos laboratorios, sino a cargo de agentes representantes.
En el caso seleccionado nos referimos a la empresa «Lafage», con domicilio comercial en Buenos Aires.
En relación a la presencia de los laboratorios franceses, a partir de la figura 525, destacamos en estos años la introducción de las ilustraciones como una novedad gráfica sin precedentes en las publicidades colocadas en la «Revista del Círculo Médico».
Publicidad de laboratorio «Del Dr. Russel»
La utilización de las ilustraciones constituye una operación gráfica original de esta etapa introducida al mercado en estudio de la mano de las iniciativas francesas.
También serán un tópico recurrente en los avisos colocados desde fines del 20' y durante la década del 30'.
A partir de fines de la década de 1920 se destacaron interesantes innovaciones gráficas, que dan cuenta de un nuevo momento en lo que se refiere a estrategias publicitarias en un mercado de productos especializados complejizado en un momento de inusitado crecimiento y jerarquización de la publicación médica de Córdoba.
A medida que avanzan los últimos años de la década del 1920 observamos tres rasgos notables en la revista local.
El número de suscriptores y por tanto de consumidores profesionales de la revista se incrementa notablemente.
Este crecimiento se produce en el marco de un proceso de consolidación institucional de los médicos egresados de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba (Rodriguez, 2006).
Ahora bien, marcamos el cambio más radical cuando la Revista deja de estar ligada exclusivamente al Círculo Médico de Córdoba.
La publicación paso a partir de 1929 a poseer una doble pertenencia institucional, con el Círculo Médico de Córdoba y con la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional26.
Inclusive, en este nuevo momento, cristalizado en parte en el nuevo nombre de la Revista, «Revista Médica de Córdoba», aparecen filiales científicas de la publicación en Buenos Aires.
Toda una gama de consecuencias parecen derivarse de esta nueva situación.
Por un parte, como se infiere de los propósitos expresados por los médicos promotores de la articulación institucional con la Facultad de Medicina de Córdoba, este paso estaba dirigido a jeraquizar la revista como medio de desarrollo y difusión de la ciencia médica desarrollada en Córdoba.
Para estos profesionales la colaboración de la Universidad era indispensable para ello, «(...) mancomunados por un ideal superior de trabajo metódico y dominados por la exigencia de elaborar una cultura original, propia (...)
Córdoba debe tener ya su Revista médica»27.
En este nuevo contexto la publicación ampliaría de manera inusitada su jerarquía e influencia en el campo profesional médico, inclusive en la Argentina toda.
Por supuesto en ese movimiento se dejaban atrás aquellos años en la publicación era sostenida predominantemente por los ingresos generados por la colación de avisos.
Sin embargo, el proceso en el que se restringen exclusivamente las publicidades a productos de uso médico, desapareciendo los avisos que promocionaban productos o servicios distantes de la medicina científica, ya estaba en marcha durante la mayor parte de la década de 1920.
Ahora bien, desde finales de la década del 20 hasta 1938 las dinámicas se aceleraron y profundizaron, ampliándose el número y la variedad de publicidades de distintos medicamentos, apareciendo por primera vez los avisos de insumos médicos especializados (tecnología médica).
La definición de estos años como de consolidación del mercado responde a estos notables procesos de avance, crecimiento y complejización en materia publicitaria.
Pero así como estas dinámicas no pueden leerse sin reconocer la reconversión y jeraquización de la revista médica de Córdoba, tampoco la configuración resultante puede ser inteligible sin señalar la nueva realidad industrial argentina y su impacto en la farmacia y el sector médico especializado.
Ello ya es visible durante toda la segunda mitad de los años 20' y, en los últimos años de esa década, momento en que se inaugura todo un panorama de novedades en el plano de las políticas económicas, caldeadas de manera particular alrededor de las consecuencias de la crisis de 1929, mismo año en que la revista se ve sometida a transformaciones radicales.
Por estos años, identificamos un panorama que se extenderá hasta finales de nuestro periodo de estudio, caracterizado por el cierre de los mercados externos y el inicio de un proceso de expansión y desarrollo industrial, en el marco de una política explicita de sustitución de importaciones (Rofman y Romero, 1997, p.157).
Estas dinámicas contribuyen a explicar el aumento de las iniciativas nacionales en el sector farmacéutico.
Las concesiones de comercialización exclusiva se convirtieron en laboratorios, los que —protegidos por la política aduanera propia de la década del 30— generaron las condiciones ideales para competir con la producción local (Armus, 2007, p.
Como parte de estos cambios,a partir del año 1927 identificamos la primera oferta de aparatología de uso médico colocada aún en la «Revista de Círculo Médico».
En este sector, de forma más acentuada que en el farmacéutico, los anuncios potenciaron estrategias dirigidas a resaltar el valor de una «producción nacional».
La publicidad de un «(...) nuevo establecimiento fabril (...)» con casa matriz y comercial en la ciudad de Córdoba, orientado a la fabricación de «(...) cualquier tipo y modelo de aparatos (...)»28 permite observar cómo este tipo de iniciativas intentaría construir un discurso de competencia con las empresas de las grandes potencias industriales tecnológicas de aquel momento.
Como ilustramos en la figura 6, se habría estado constituyendo una estrategia dirigida a mostrar una imagen sólida de aquel establecimiento fabril, no sólo como «el más importante de Sud América», sino también como un plausible abastecedor de un mercado extremadamente especializado y, hasta ese momento, prácticamente monopolizado por la oferta extranjera.
Desde la publicidad, se sostiene que el establecimiento fabril estaba «(...) en condiciones de poder fabricar cualquier tipo y modelo de aparatos a la altura de las mejores marcas europeas»29.
Publicidad de la empresa «Lutz Ferrando y Cia»
Otra lectura de este anuncio nos lleva a identificar que aunque la publicidad construye una idea de competencia con los desarrollos de procedencia extranjera, se promocionaba los Raxos X Víctor, es decir, «Víctor X-Ray Corporation», comercializados por la «General Electric» de Chicago, Estados Unidos, representada en Argentina por sucursales de aquella empresa en Buenos Aires y en las provincias del interior del país.
Posiblemente, a través de dicha referencia, vislumbraríamos los límites de la producción y la oferta nacional.
Desde la perspectiva que nos ofrece la revista local, el desarrollo tecnológico a nivel de la aparatología médica especializada venía encontrando un actor central en el ascendente desarrollo de los Estados Unidos, hallándose Francia completamente al margen de dicho mercado.
Alemania también ocupaba un espacio visible desde las publicidades en análisis.
En algunos avisos se ofertaban aparatos de raxos X de aquel origen, fabricados por las reconocidas industrias «Siemens, Reinger y Veiffe»30.
Sin embargo, como se lee en la figura 731 del anuncio de la sucursal de «Ray Corporation» en Buenos Aires, la tecnológica que fuera creada en el país de América del Norte, en este caso el «Tubo Coolidge», marcó adelantos tecnológicos de vanguardia en esta área médica diagnóstica.
Publicidad de la empresa «Victor X-Ray Corporation»
El sector nacional orientado a la producción de estos insumos médicos especializados, estando insertos en una lógica íntimamente ligada a los adelantos tecnológicos del momento, habría atravesado restricciones altamente significativas en su desarrollo.
Es que la expansión de la producción argentina de la década del 30' se caracterizó por las escasas inversiones en desarrollos tecnológicos, marcando así un proceso industrial definido por su estrecha dependencia de los insumos extranjeros (Rofman y Romero, 1997, p.178 a 182).
Esta parece ser la lógica restrictiva que habría afectado las posibilidades de consolidación de la producción de la aparatología médica del país, límite que se refleja en los anuncios abordados.
Distinto habría sido el derrotero que sigue la industria farmacéutica nacional en esta etapa.
No es que esta rama industrial no fuera dependiente de los insumos extranjeros, sino más bien que este sector se habría beneficiado de una política de exportaciones sin regulaciones estrictas.
Según los aportes consultados, dicho régimen le otorgó la posibilidad de vender en el mercado externo, productos elaborados con materias primas importadas.
El sostenimiento de este tipo de lógicas hasta que terminó la Segunda Guerra Mundial32 habría permitido el aumento de las exportaciones de medicamentos a lo largo de la década del 30' (Campins y Pfeifer, 2011, p.
30), infundiendo un impulso extraordinario a este sector nacional.
Visualizamos este desarrollo expansivo en la profusión de nuevos laboratorios que promocionaban sus productos en la revista y en un universo de nuevos productos farmacéuticos ofrecidos al mercado.
Dan cuenta de esta dinámica la permanencia de anuncios de muchas iniciativas que ya publicitaban desde la etapa anterior, como el Instituto Biológico Argentino; Productos Soubeiran & Chobet; Laboratorios Delfino; Instituto Biológico Córdoba; Compañía Científica Americana Zimasa; S. A. Super Limitada Buenos Aires y, la aparición de los avisos de «nuevos emprendimientos» como el Laboratorio Otto, el Instituto Biológico Argentino «Dessy», el Instituto Bioquímico de la Droguería La Estrella33, Alberto Roemmers & Cia.34, el laboratorio cordobés APOTARG, el Laboratorio Endocrino Argentino, de Merck Química Argentina S.A. y el Laboratorio «De Santo» 35.
En esta nueva etapa, los laboratorios nacionales ingresarían en una dinámica de relativa competencia en un mercado de productos complejizado.
Por ejemplo, mientras que los laboratorios locales promocionaban el «Magnaurol» -para el tratamiento de las afecciones pulmonares36 —y el «Apobron Quinina— para la neumonía y la gripe-, Bayer, promocionaba la «Novalgina» —para resfríos y gripe— y, los representantes comerciales de los laboratorios franceses anunciaban el «CRYOGÉNINE LUMIERE», también contra la gripe37.
Otra de las novedades en materia de oferta nacional fue la aparición de vitaminas y complejos de minerales.
Desde el ámbito nacional, la Merck Química Argentina S.A. publicitaba la vitamina «B1»; Bayer, hacía lo suyo con la vitamina «C» y los distribuidores de SQUIBB & SONS promocionaban un complejo de calcioterapia, producido por este laboratorio de New York38.
De manera convergente, durante los años finales de la década de 1920 -y más decididamente en la siguiente- se identifica una etapa de transformaciones fundamentales en las operaciones gráficas y textuales.
Durante la década del 30', las publicidades de los laboratorios locales se habrían «modernizado», siguiendo el patrón que ya venía siendo definido por los avisos de las empresas extranjeras desde la etapa anterior.
Las diferencias que median entre unos avisos y otros constituyen indicios del sostenimiento de la relativa distancia que históricamente venía distinguiendo la presencia en el mercado entre las publicidades de los laboratorios nacionales y las de sus homólogos extranjeros.
Posiblemente, este trecho se vincula a la larga trayectoria de los laboratorios europeos y norteamericanos, la que los fue posicionando como «grandes competidores» durante nuestro período de estudio (Campins & Pfeiffer, 2011, p.
Los laboratorios nacionales construyeron sus estrategias publicitarias incursionando en un conjunto de «nuevas» operaciones y elaboraciones, especialmente por el uso de las ilustraciones.
Este es el caso del anuncio del laboratorio nacional «Otto» (figura 8) en el que se presenta el dibujo de un ojo con la tipografía de la droga superpuesta, que representaba a la vez el laboratorio y la parte del cuerpo objeto de interés terapéutico39.
Publicidad de laboratorios «Otto»
La articulación de este tipo de estrategias constituye una novedad al considerar las publicidades de laboratorios nacionales, no obstante, parecieran responder a una lógica embrionaria si la comparamos con las introducidas por los representantes —«Deshayes y Bruel»— de los laboratorios franceses para la misma época.
El este último caso, los anuncios poseen una estructura de organización interna donde cada unidad de aviso se hallaba dividida en cuatro partes iguales y en cada una de ellas se promocionan un laboratorio francés diferente y medicamentos distintos.
Como ilustramos a partir de la figura 9, las estrategias gráficas se destacaron por poseer un estilo despojado y simple, con dibujos sumamente elaborados a partir de la utilización de una importante paleta de colores y acompañados de frases cortas y de mensajes concisos.
Las representaciones de las enfermedades y de las drogas están centradas en unos dibujos que parecen buscar construir analogías entre «lo real» (medicamento) y «lo simbólico» (las representaciones del remedio y su efecto).
Publicidades de los representantes «Deshayes y Bruel»
Otra de las novedades de esta etapa fue el uso del color.
Una vez más, el caso francés constituye el ejemplo más estilizado e innovador en la utilización de este recurso, estrategia que en las publicidades de los laboratorios nacionales parece desdibujada.
La figura 10 es bastante concluyente acerca de lo que entendemos como límites para aprovechar las potencialidades asociadas al uso de color.
Publicidad de laboratorio «Apotag»
Las propagandas de los laboratorios de origen estadounidense cuando utilizaron ilustraciones, dispusieron de un estilo de dibujo hiperrealista que por su configuración gráfica crearía la sensación de una fotografía del producto.
Como apreciamos en la figura 11, el nombre del laboratorio –SQUIBB & SONS, radicado en New York- aparece en la misma representación gráfica del envase del insumo medicamentoso y no en el cuerpo mayor de la publicidad40.
Este recurso textual y gráfico parecería priorizar la visibilidad del medicamento ofrecido más que la del laboratorio productor.
Publicidad del laboratorio «SQUIBB y SONS»
En el caso de Bayer, las publicidades profundizan en la estructuración de un uso del espacio interno cada vez más despojado de palabras, donde el logo adquiere una centralidad hasta el momento desconocida.
Asimismo, toda la publicidad parece pensada para causar sensaciones basadas en el propio impacto visual de las ilustraciones, claramente asociadas al efecto de la gripe y el resfrío sobre la entereza de los hombres, representados por los pinos alineados, como se grafica en la figura 1241.
Publicidad del laboratorio «Bayer»
Nótese que la gran mayoría de los anuncios considerados, ya fueran de origen nacional o extranjero, reconocían y acompañaban el proceso de ascendente especialización de la medicina y de los médicos.
En las publicidades consideradas adquiere especial visibilidad la disposición de estrategias de comunicación con la elite médica, ahora sí como el único interlocutor de los anuncios.
Esta tendencia también pudo apreciarse en las continuas referencias de las publicidades de los laboratorios nacionales al ofrecimiento de «muestras médicas y literatura especializada».
En la figura 8 ello se enfatiza alrededor de la promoción de productos oftalmológicos; en la número 10, se prometen muestras y literatura para que los médicos puedan ampliar su conocimiento técnico-científico de los productos promocionados.
Esta práctica en un mercado complejizado se habría hallado facilitada por la cercanía geografía entre los profesionales y los laboratorios nacionales y locales.
Hemos analizado la conformación del mercado de publicidades de productos médicos especializados a partir de documentos y avisos de lo que inicialmente se conoce como la «Revista del Círculo Médico de Córdoba», mostrando una compleja trayectoria histórica donde lo local, lo nacional e inclusive lo internacional se articularon de manera particular.
Dimos cuenta que los ritmos y rasgos en la conformación del mercado publicitario, las dinámicas de afirmación de las publicidades nacionales y locales (de Córdoba) en un mercado tradicionalmente monopolizado por «lo extranjero» remitieron al entramado de desarrollos de la industrialización argentina y del sector farmacéutico nacional en particular, como a las trasformaciones devenidas en el marco de las dinámicas de competencia internacional de la posguerra.
Ahora bien, mostramos cómo estos procesos o condiciones históricas de producción no podrán explicarse satisfactoriamente sino es a partir de considerar la trayectoria de la publicación médica local.
Desde este cambiante escenario de variables hemos definido distintos momentos en la constitución del mercado en estudio.
Desde la creación de la Revista del Círculo Médico en 1912 y hasta 1920 nos hemos referido a un momento inicial en que la revista parece ser objeto de estrategias publicitarias provenientes de un universo mucho más amplio de productos y servicios que el ligado a los medicamentos y los insumos médicos especializados.
De acuerdo a los escasos sostenedores de la publicación local fueron decisivos los recursos provenientes de la colocación de avisos principalmente los de las parteras y los sastres, aunque también de las Farmacias, Boticas y Droguerías.
Desde 1912 y durante los primeros años de vida de la «Revista del Círculo Médico de Córdoba», los productos y servicios ofertados se hallaron ligadas a un proceso que se ha denominado como propio del saber-hacer de los boticarios.
Sin embargo, aparecen claros indicios del lugar fundamental que tenían las fórmulas farmacológicas europeas en el mercado de medicamentos comercializados localmente.
Luego de iniciada la Primera Guerra Mundial, el sector químico farmacéutico de producción nacional fue evolucionando en el marco de las restricciones «naturales» a las importaciones.
Sin embargo, las consecuencias de dicho proceso de incremento en el número y variedad de estas iniciáticas no se habría trasladado a la colocación de avisos; de manera verosímil la revista aún no habría constituido una vía de entrada atractiva al mercado orientado a los profesionales de Córdoba o del interior de la Argentina.
A pesar que durante la mayor parte de la década de 1920, la publicación médica continuó dependiendo institucionalmente del Círculo Médico y los recursos financieros para su sostenimiento seguirían descansando en los ingresos de suscripciones y particularmente de la colocación de avisos publicitarios, el mercado en estudio atravesó una transformación, tendiente a su posterior consolidación como tal.
En esta segunda etapa se habría producido un relativo incremento en la influencia de la publicación en el medio científico local y posiblemente del interior nacional, cristalizada en parte, en la ampliación y especialización de la agenda de temas y asuntos de interés que se trabajaban desde la revista y, en parte, en el continuo y sostenido aumento de los suscriptores médicos.
En ese marco, las publicidades seleccionadas nos permitieron dar cuenta de una etapa ligada a un primer avance en el proceso de relativa afirmación de los laboratorios e iniciativas industriales desarrolladas a nivel nacional, e inclusive a nivel local (de Córdoba).
Se colocaron por primera vez avisos que publicitaban aparatología médica especializada y, se visualizó también un aumento considerable de las publicidades colocadas por laboratorios franceses, alemanes y estadounidenses en el marco de las tensiones devenidas luego del fin de la Primera Guerra Mundial.
Durante la década de 1920 encontramos un mercado publicitario especializado que ingresa en una dinámica ascendente.
Sin embargo, desde fines de dicha década y hasta 1938 el proceso se consolida en el marco de la profunda jerarquización e incremento de la influencia que atravesó desde esos años la «Revista Médica de Córdoba» que, al articularse con la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional -pasando a poseer inclusive filiales científicas en Buenos Aires- adquirió mayor visibilidad inclusive fuera del plano local.
La aparición de numerosos laboratorios y nuevos productos medicamentosos y el sostenimiento en el mercado de muchos de los ya identificados desde 1920, da cuenta de un proceso de consolidación de la oferta nacional y de su inserción en el mercado de productos especializados orientados a los médicos del interior nacional.
Esta orientación, se ligó a una etapa de mayor especialización en el sector farmacéutico argentino que se produjo al calor de la articulación explicita de políticas económicas de sustitución de importaciones en el país.
Si bien la brecha visible desde los avisos entre «lo extranjero» y lo «nacional» pareció estrecharse durante nuestra tercera etapa, las mismas aún perduraron en materia de productos ofrecidos y en cuanto a la complejidad de las estrategias textuales y gráficas como estrategias de competencia publicitaria.
Los laboratorios extranjeros marcaron lo que podría considerarse una vanguardia en la utilización de recursos en la elaboración de los avisos desde fines de la década del 20' hasta 1938.
Este patrón que ya venía siendo definido por los avisos de las empresas extranjeras desde la etapa anterior pareció marcar las tendencias que seguían durante los años de la década del 1930 los laboratorios nacionales.
Claro que estas iniciativas articularon un discurso en el que apelaban constantemente a lo nacional en clara referencia a los procesos de industrialización puestos en marcha a nivel nacional, visibles aún con sus limitaciones tecnológicas y macroeconómicas en las ofertas y los discursos publicitarios hallados en el caso bajo análisis.
Remarcar el carácter particular de nuestro estudio de acuerdo a ciertas coordenadas históricas nos advierte de la importancia de abandonar cualquier pretensión de extrapolar mecánicamente los procesos analizados hacia otras realidades del interior nacional.
Más bien, nuestra investigación, en gran medida exploratoria, ha procurado potenciar la capacidad explicativa de la historia para abrir valiosos interrogantes que permitirán profundizar en el estudio de las complejas dinámicas que habrían definido la conformación de los mercados publicitarios médicos en el interior de la Argentina y en el país todo. |
Recientemente, el historiador de la ciencia David Knight ha publicado un libro titulado Voyaging in Strange Seas: The Great Revolution in Science (2014) sobre una temática semejante a la del libro de la historiadora Joyce Appleby, profesora emérita de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA) y antigua presidenta tanto de la Organization of American Historians como de la American Historical Association.
Ambos libros recurren a un tópico tan apasionante como maltratado, la expansión europea y la modernidad científica.
Ninguno de los dos será recordado como un clásico sobre esta temática.
Knight repite una historia ya conocida.
Appleby quiere ir más allá sin apenas lograrlo.
Sin embargo, el estudio de Appleby supera en sensibilidad y rigor histórico al libro de Knight, un intento desafortunado por vincular el mundo de los grandes viajes ultramarinos con la Revolución Científica.
El entretenimiento no lo es todo.
A priori, Shores of Knowledge quiere ser un libro más sofisticado.
Su objetivo, al igual que su prosa, es muy plausible.
Hay quienes lo ven como una lúcida explicación de transmisión cultural, desde Cristóbal Colón hasta Charles Darwin.
Appleby se pregunta si aquellos temas que la historiografía ha considerado tradicionalmente como los márgenes del conocimiento tuvieron alguna influencia en la emergencia de la ciencia moderna y lo que la autora llama su imaginación científica.
Este es un libro sobre algunas de las categorías más importantes de la modernidad y que llegaron a Europa a través del descubrimiento de nuevos mundos, como la curiosidad, la sorpresa, el testimonio y el cuestionamiento de la autoridad de los antiguos.
En otras palabras, se trata de una historia sobre las motivaciones epistémicas que dieron lugar a la expansión europea y, en consecuencia, al nacimiento de la ciencia moderna, donde la historia natural ocupa una posición central.
Predomina un tono divulgativo y novelado y tal vez por ello se echa de menos un mayor aparato crítico que alimente la indagación.
El lector curioso que desee ir más allá de las generalidades enciclopedistas echará en falta una bibliografía más completa, predominantemente de corte anglosajón, y que supere de una vez por todas antiguos mitos historiográficos como la existencia de la Escuela de Sagres, la difícil vinculación de Enrique el Navegante con la cartografía árabe en su intento por dominar Marruecos (p.
6) o, incluso, aquella idea que sostiene que fueron los ingleses en el siglo XVIII los primeros en establecer contactos en todas las partes del mundo gracias a su dominio del Pacífico.
Este mismo lector reconocerá rápidamente la erudición de la autora y percibirá también su gran habilidad para relacionar y sintetizar aspectos aparentemente dispersos.
En general, estamos ante un libro desconcertante por un motivo principal.
Y es que la autora se pone en la piel de sus protagonistas e intercala continuamente viejos tópicos – muchas veces agotados – con nuevas y prometedoras ideas.
Entre estas últimas destacan, por citar sólo algunas de las más llamativas, los motivos que provocaron las transformaciones que sufrió el mundo de la cristiandad después de la apertura del viejo continente; el valor otorgado a la curiosidad que despertó el nuevo mundo natural; el fenómeno de la sexualidad y el significado de la desnudez tras los descubrimientos geográficos; o el legado intelectual heredado de la longevidad de los imperios ibéricos, así como las puertas que abrió para los estratos menos educados de la sociedad.
El mundo ibérico es precisamente el tema del primero de los ocho capítulos que componen el libro.
No resulta habitual encontrar una publicación que dedique más de dos páginas a España y Portugal.
Aquí Appleby lo hace, y lo hace recorriendo la obra de lo que ella llama los escribas del Nuevo Mundo, véase Gonzalo Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas, Hernán Cortés y Bernardo de Sahagún, entre otros.
Y lo hace, sobre todo, tomando como eje de su argumentación tres ingredientes principales: España, América y la historia natural.
Al margen de las páginas introductorias, Portugal y su vasto imperio marítimo merecen poca o ninguna consideración por parte de la autora.
Lo mismo ocurre con otras ciencias de la expansión, como la cosmografía, la cartografía o la navegación, tratadas en el capítulo dos.
En este primer capítulo, Appleby describe cómo el Nuevo Mundo encontró sus escribas, cuyos intereses giraron hacia la inspección, comparación, categorización y explicación de los fenómenos naturales.
Según Appleby, esta empresa comenzó con los mencionados escribas, con autores y no con exploradores y aventureros.
Este despertar de la curiosidad multiplicó las posibilidades de los estratos menos educados de la sociedad, toda vez que habían sido excluidos de los círculos escolásticos y humanistas.
En el segundo capítulo, dedicado al descubrimiento de la otra mitad del globo, el mundo ibérico sigue siendo el protagonista, esta vez en forma de viajes de exploración posteriores a Colón, como aquellos llevados a cabo por Américo Vespucio, Vasco Núñez de Balboa y, sobre todo, Fernando de Magallanes y (su escriba) Antonio Pigafetta, todos ellos socorridos por los mapas de Martin Waldseemüller, Matteo Ricci, Diogo Ribeiro y Gerardus Mercator.
De acuerdo con Appleby, los cronistas de estas expediciones y de sus hallazgos, como Pigafetta, fueron quienes inspiraron a un grupo de editores e impresores a especializarse en la colección, ilustración y publicación de estas aventuras hacia lo desconocido.
El tercer capítulo asume el problema epistemológico de conciliar la existencia de otros seres humanos con la premisa cristiana que dictaminaba que todos los seres vivían bajo el juicio de un único Dios.
Appleby vuelve una vez más sobre los cronistas y tratadistas de la expansión, tales como Richard Hakluyt, Giovanni Battista Ramusio, Pedro Mártir de Anglería, Walter Raleigh, Hans Staden, Jean de Léry, Michel de Montaigne, Theodor de Bry o Thomas Harriot, a cuyas obras les otorga tanto mérito como a los propios viajes, narrativas que circularon ampliamente por la Europa moderna y que fueron incluso satirizadas por Jonathan Swift en 1726 con Los viajes de Gulliver.
Con todo, la autora no pretende sino destacar la aportación de la novedad descrita por estas figuras a la modernidad.
Esto es, las novedades del Nuevo Mundo provocaron nuevos hábitos de pensamiento, nuevos interrogantes que necesariamente reorientaron la cultura europea hacia el conocimiento de la naturaleza.
Nadie escapaba al atractivo de la novedad.
El capítulo cuatro pone de manifiesto el interés de la realeza y de los príncipes europeos por lo nuevo, caso de Cosme II de Médici, Gran Duque de Toscana, Enrique II de Francia y Carlos I de España.
También aquí, Appleby hace un recorrido por aquellos naturalistas y coleccionadores europeos que con su conocimiento del mundo natural entraron en discusión con los autores del mundo clásico, como Francisco Hernández, Ulisse Aldrovandi, Carolus Clusius, Juan Mauricio de Nassau-Siegen, John White, Jan Swammerdam y Melchisédech Thévenot, entre muchos otros.
Según Appleby, todos ellos encontraron al teórico que les faltaba, Francis Bacon, a quien presenta como alguien agradecido al papel desempeñado por los descubrimientos geográficos, pues estimularon el interés por los objetos naturales.
La nueva filosofía experimental promovida por Bacon sirve a la autora para abordar a algunos de los personajes más representativos de la Revolución Científica, como Robert Boyle, Robert Hooke o Isaac Newton.
El quinto capítulo relata la transición que se produjo entre los primeros naturalistas improvisados y los expertos que llevaban a cabo sus investigaciones sobre el terreno.
Los expertos naturalistas tuvieron la necesidad de crear métodos de trabajo más rigurosos que les permitiera hacer frente al mundo natural.
Encontramos disputas acerca de la generación espontánea y las dificultades de replicar el experimento.
Aquí, los actores no son otros que Lineo, José Celestino Mutis y el conde de Buffon, naturalistas que vistieron a la ciencia con sus zapatos modernos hacia la segunda mitad del siglo XVIII mediante la organización y la categorización de la investigación en el campo.
Aquellas cuestiones que inicialmente iban dirigidas hacia el ser humano, las plantas y los animales del Nuevo Mundo eran redirigidas ahora, con los expertos, hacia el dominio total de la naturaleza.
Como es sabido, las comparaciones entre especímenes del Viejo y Nuevo Mundo dieron lugar a fructíferas investigaciones.
La verdadera forma de la Tierra es el tema del sexto capítulo, donde el problema de la determinación de la longitud cobra una especial dimensión.
La historia natural deja paso a la geodesia que, según la autora, aportó una gran mejoría en el mundo de la ciencia.
De nuevo, los intentos por imponer el orden sobre la proliferación de información en determinadas sociedades europeas supusieron un reto para la ortodoxia religiosa.
En este sentido, la curiosidad que movió a exploradores, viajeros, naturalistas y a sus lectores se había aliado ahora al chauvinismo como forma de rivalidad nacional que de alguna forma reemplazó a las enemistades religiosas que antes habían dominado Europa.
En este capítulo Appleby saca también a escena a autores y proyectos centrales de la Ilustración europea, como la Encyclopédie (1751) de Diderot y D'Alembert, o como los sistemas filosóficos de Montesquieu, David Hume y Adam Smith, entre otros.
Este capítulo representa un claro ejemplo de la capacidad sintetizadora de la autora para ordenar problemáticas, ideas y geografías aparentemente desvinculadas.
En el capítulo siete llegamos al Pacífico, el océano del siglo XVIII, cuya exploración combinó las ambiciones imperiales con la curiosidad científica.
Según Appleby, la ciencia sirvió al Estado para adquirir posiciones estratégicas en el Pacífico.
En esta historia no podían faltar las hazañas de dos ilustres navegantes, el conde de Bougainville y James Cook.
El conocimiento es tratado aquí como una dádiva ilustrada al alcance de unos pocos, como un signo de autoridad y como una peligrosa fuente de legitimidad de una entidad sobre otra.
En el octavo y último capítulo – bajo el título Humboldt y Darwin en el Nuevo Mundo – Appleby relata el proceso que llevó a la Europa moderna desde el despertar de la curiosidad y el surgimiento de la novedad hasta la precisión científica.
A pesar de que según la autora los científicos amateurs aún ocupaban un lugar destacado, las necesidades de conocer, controlar y dominar el mundo natural llevaron a figuras ilustres como Humboldt y Darwin a la creación de nuevos y sofisticados parámetros de investigación.
De nuevo, dos héroes cambiaron el rumbo de la historia hacia el progreso de las sociedades humanas.
En definitiva, Appleby parece reducir el desarrollo de los logros de la modernidad científica europea al despertar de la curiosidad y a la brillante imaginación científica de algunas figuras ilustres con un deseo ilimitado de conocer como consecuencia de la expansión europea y de los descubrimientos geográficos.
Según Appleby, este deseo de conocer, que a lo largo de los años fue adquiriendo un cariz más y más sofisticado en términos metodológicos, fue la característica principal de la ciencia moderna.
Sin embargo, esto deber ser considerado como parte de la verdad, pero no toda la verdad.
En la forma y en el contenido esta es ya una historia conocida, con bastantes tintes eurocéntricos y triunfalistas y con un tono excesivamente teleológico.
Recurrir a los márgenes o a las vías desestimadas del conocimiento para buscar las razones de ser de la modernidad es sin duda una idea muy aceptable y prometedora.
Sin embargo, los márgenes del conocimiento europeo van más allá del mero deseo de conocer y de una historia protagonizada por héroes como Colón o Galileo, en tanto que personas con una curiosidad ilimitada.
Si como márgenes consideramos por ejemplo los descubrimientos del Nuevo Mundo – y esto es lo que hace la historiadora Joyce Appleby – entonces las conclusiones deberían ser otras mucho más ambiciosas y tendrían una importante dimensión social y de escala (global), y una dimensión menos subjetiva, local y aislada.
Moverse en los márgenes es tan apasionante como complejo y Appleby no siempre lo consigue. |
en el Archipiélago Canario.
Nos hemos centrado en los relatos de testigos canarios más que en los datos burocráticos y administrativos.
Tenemos constancia de la difusión de la vacuna en las islas.
Finalmente, hemos puesto de relieve el papel determinante y
Xavier de Balmis y Berenguer (1753-1819), en el Archipiélago Canario 1, se ha basado, en líneas generales -y sin descuidar otras fuentes-en los datos proporcionados por el Archivo General de Indias (AGI) y por la Gaceta de Madrid 2.
Nosotros, sin preterir las otras informaciones, centraremos nuestra atención en lo que nos cuentan los propios testigos canarios, coetáneos de la arribada y estadía de la Real Expedición.
Y fundamentalmente por tres motivos.
De una parte, para intentar satisfacer el anhelo que expresa una nota final de uno de los expedientes del Archivo General de Indias:
Se echa de menos en el expediente todo lo perteneciente a la llegada de Balmis a Canarias, el Reglamento para la Junta Central de Vacuna y demás tareas de la Expedición en dichas islas 3.
De otra, porque los datos han sido consignados por los burócratas de la Corona a más de 2.000 kms. de Canarias, es decir, ab extra de Canarias y preciso es retomar la historia ab intra de Canarias, a partir de lo que nos narran los canarios en y desde Canarias.
En suma, se trata de dar una visión más intrahistórica de lo que fue y supuso la visita de la Real Expedición en Canarias.
Finalmente, para sazonar y endulzar el formalista y oficial dato administrativo y burocrático con la lozanía y frescura del relato de lo visto, oído y vivido.
----1 Dos son a nuestro juicio los trabajos fundamentales sobre el tema: BÉTHENCOURT, A. de, «Inoculación y vacuna antivariólica en Canarias (1760-1830)», en MORALES, F., ed., (1985), V Coloquio de Historia Canario-Americana (1982), vol. II, Madrid, Ediciones de la Excma.
Mancomunidad de Cabildos de Las Palmas de Gran Canaria y del Excmo.
Sobre la Real Expedición en conjunto, cf. DÍAZ DE YRAOLA, G. (1948), La vuelta al mundo de la expedición de la vacuna, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos; RAMÍREZ, S. (2002), La salud del Imperio.
La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, Madrid, Doce Calles/Fundación Jorge Juan; y BALAGUER, E. y BALLESTER, R. (2003), En el nombre de los niños.
Este último libro cuenta también con una edición electrónica: www.aeped.es/balmis/libro-balmis.htm.
Por último, es muy útil el portal de internet de la Fundación Francisco X. Balmis y del Rotary Club de Alicante: www.balmis.org.
Extracto General de la Expedición filantrópica de la Vacuna.
Como importante detalle previo a los preparativos de la llegada de la Real Expedición, conviene señalar que Canarias conocía ya el método de Jenner y lo había puesto en práctica con éxito.
Nos lo cuenta el propio III Vizconde del Buen Paso, Don Juan Primo de la Guerra, natural de La Laguna:
Mi madre ha hecho vacunar al chico de la criada Nicolasa, le hizo la inoculación y le ha asistido don Domingo Saviñón.
Se le han presentado tres viruelas mayores que las comunes, y que forman debajo un tumor de alguna consistencia.
Ha seguido su curación con la misma felicidad que los demás niños del país, en quienes se ha ejecutado este descubrimiento 4.
Y también nos dice el portuense Don José Álvarez Rixo, alcalde del Puerto de la Cruz de La Orotava (actual Puerto de la Cruz) en diversas etapas que trájose a este Puerto el pus de la vacuna por primera vez en dicho año de 1803, por suscripción de los vecinos pudientes, vacunándose trescientos noventa y cinco niños, antes que la hubiese remitido nuestro Soberano... y se continuó esta benéfica operación en abril de año siguiente de 1804 5.
En relación con los pasos previos de la Real Expedición y en lo que afecta a nuestro Archipiélago, consta que en el proyecto de Balmis, aprobado el 23 de junio de 1803 y titulado Derrotero que debe seguirse para la propagación de la vacuna en los dominios de Su Majestad en América se contaba con difundir la vacuna en las Islas Canarias:
En un paquebot destinado a este fin se saldrá del puerto de La Coruña, dirigiéndose a la Isla de Tenerife, llevando vacunado a uno de los niños que han de ir a este objeto para establecer en ella la práctica de la vacunación, y que pueda propagarse a las restantes Islas Canarias 6.
5 ÁLVAREZ, J. Memorias de los sucesos más memorables acaecidos en el Puerto de La Orotava en este siglo XIX, cap. III, manuscrito.
6 Instrucción del 23 de junio de 1803 firmada en Aranjuez por la Junta de Cirujanos de Cámara y dirigida al Ministro de Gracia y Justicia, Don José Antonio Caballero.
Además, en una Real Orden, por la que se anuncia la Real Expedición, se insta al recién nombrado Comandante General de Canarias, el Mariscal de Campo Don Fernando Cagigal de la Vega, Marqués de Casa Cagigal, a que procurase persuadir con su ejemplo al buen recibimiento de la expedición... dando las disposiciones que le dictase su celo, comunicando a su tiempo lo que resultase 7.
Don Fernando se convierte en el director de operaciones.
Deberá conseguir vacunar el máximo número de personas, en especial las pertenecientes a las clases más menesterosas y numerosas, durante la estadía de la Real Expedición en el puerto.
Conservará y distribuirá algunos vidrios de linfa vacunal por el Archipiélago, repartiendo unos pocos ejemplares del libro traducido por Balmis 8.
Cagigal orquestó una eficaz campaña de mentalización y propaganda.
Reunió a las autoridades de la isla en su propio palacio y, fruto de esta junta, se decidió invitar a los cabildos de las distintas islas para que prepararan con tiempo todo lo necesario.
Pidió al cabildo de La Laguna que pagase el alquiler de una inmueble en condiciones -será la futura casa de vacunación-, digno y capaz de alojar y mantener a los niños y al equipo sanitario de la expedición 9.
Dicha casa se ubicará en Santa Cruz para que en el futuro se haga cargo el médico del Hospital Militar en lo tocante a la vacunación.
El cabildo encargó a los regidores Don Francisco de Tolosa y Don José de Monteverde que preparasen todo lo necesario 10.
Unos días más tarde volvió Don Fernando a convocar en su palacio a todas las autoridades y notables isleños, dictando un discurso patriótico, exhortando a desechar cualquier desconfianza del pueblo, teniendo en cuenta que sus ideas y conocimientos están muy lejos de ver el bien; y las innovaciones jamás fueron bien admitidas.
La costumbre manda al común de los hombres y casi siempre tenemos por mejor lo que practicaron nuestros abuelos 11.
---- Emitió además un bando que fue profusamente difundido, cuyo comienzo rezaba así: «Pueblos de todas ellas (las islas) corred a presentar vuestros inocentes hijos a los brazos de la salud...»12.
Dicho bando, impreso en gran formato y expuesto en los lugares acostumbrados, sobre todo en las puertas de las iglesias y en los mercados, exhortaba a que se mandasen los niños para ser vacunados, encomiando y explicando la importancia y trascendencia de las vacunaciones 13.
Sólo tenemos datos fehacientes que nos hablan de que la vacuna llegó a las islas de Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote y La Palma, aunque en un informe de la Junta Superior de Medicina se afirma que alcanzó a las siete islas del Archipiélago Canario 14.
A continuación nos detendremos en los pormenores y avatares acaecidos al respecto en las cuatro islas citadas más arriba.
Al atardecer del día 9 de diciembre de 1803 la corbeta María Pita, de 160 toneladas de desplazamiento, enfilaba la rada del puerto de Santa Cruz de Tenerife, fondeando en torno a las 20 horas 15.
La bienvenida fue calurosa y entusiasta, pues fue recibida con el mayor aplauso por aquellos habitantes, estimulados del ejemplo y exhortaciones del Comandante General de Canarias Marqués de Casa-Cagigal 16.
Así lo relata Antonio de Béthencourt:
En medio del entusiasmo general, el Marqués de Casa-Cagigal recibe con ternura en el embarcadero el primero de los niños coruñeses.
El resto de las autoridades, por estricto orden jerárquico, repetían hasta 22 veces la operación.
Fueron rendidos honores militares a la expedición y se organiza una comitiva para dirigirse a la casa habilitada.
El cortejo, amenizado por la banda de música del Batallón ----de Canarias, avanzaba en medio de vivas y aplausos, cohetes y las salvas del Castillo principal.
Ceremonia y alegría fueron compatibles esta vez con eficacia: a pesar de ser noche cerrada, una hora más tarde estaban vacunados diez niños pertenecientes a las mejores familias 17.
Entre las varias causas de este buen recibimiento, pueden sugerirse al menos dos: se conoce ya la vacuna jenneriana en el Archipiélago y el clima ilustrado de las autoridades tanto civiles como eclesiásticas es elevado, superior tal vez al propio de la península 18.
Y como prueba de nuestros asertos recogeremos aquí un soneto que compuso uno de los grandes ilustrados tinerfeños, Don José Viera y Clavijo:
Carlos Cuarto, Gran Rey, pues que es humano forma una expedición, jamás oída, que asegure a sus súbditos la vida, y extirpe el cruel imperio de un tirano.
Quiere que corra el mundo americano y haga escala en Canarias á la ida: de niños es la tropa, que aunque herida, la pólvora inmortal lleva en un grano...
A Santa-Cruz llega el baxel triunfante, y Casa-Cagigal, que la fortuna del hombre y de las islas hizo amante.
Con la solemnidad más oportuna, Saca en sus brazos al primer infante, y enseña rendir cultos a Vacuna 19.
Dejemos ahora que los contemporáneos canarios nos cuenten sus impresiones sobre las actividades de la Real Expedición.
Álvarez Rixo nos dice que será este año memorable en los anales de este pueblo y de los demás de esta Provincia por haber llegado a Santa Cruz el 10 de diciembre la Corbeta Española ---- El testimonio de Primo de la Guerra, coetáneo estricto de la escala de la Expedición, es más jugoso:
Mi hermana me dice en carta de hoy de haber llegado al mismo puerto el correo de España y de hallarse todavía en Santa Cruz la expedición de niños que de orden del rey pasan a la América para que se propague la inoculación de la vacuna.
Los niños mencionados, que son veintidós, fueron recibidos con varios honores militares y la música del batallón.
Además de ser correspondientes estos obsequios a las circunstancias de esta empresa, el comandante general se habrá prestado a ellos con la complacencia que le es propia en los actos de beneficencia y humanidad22.
Viendo Balmis la entusiasta colaboración de los tinerfeños, se ofreció a subir a vacunar a La Laguna, para evitar que padres e hijos tuviesen que bajar hasta Santa Cruz.
Pero estuvo todavía varios días en Santa Cruz vacunando a destajo 23.
Prosigue Primo, hablándonos del bando dictado por el Comandante General:
Yo fui a La Laguna el sábado próximo por la tarde, creyendo ver en dicho pueblo las personas que componen la expedición de la vacuna; pero éstas permanecen en Santa Cruz.
Ayer se fijó en las plazas principales de la ciudad un bando del comandante general convocando a los habitantes de las islas a participar de este beneficio.
Contiene una relación circunstanciada del destino de la expedición y del amor paternal con que el soberano se ha dignado enviarla a sus expensas.
Las expresiones en que está concebida son dictadas por el mismo jefe.
El marqués de Villanueva me ha regalado un ejemplar de este bando24.
----Y nos explica que el 26 de diciembre subieron a La Laguna los médicos del equipo de Balmis:
En efecto subieron ayer por la mañana los médicos españoles [peninsulares] de la expedición.
Hubo en todo el día un numeroso concurso de niños que fueron vacunados, llevando los españoles [peninsulares] apuntados el nombre de cada uno, sus padres y el lugar de nacimiento.
No subió ayer el director Balmis, a quien se espera hoy que es el día destinado para función de iglesia 25.
Cuenta que ha tenido en sus manos el tratado de Moreau, traducido por Balmis:
He visto un tratado de la vacuna escrito en francés y traducido al castellano por el director de la expedición philantropica don Francisco Javier de Balmis.
Es una colección de las experiencias hechas sobre este descubrimiento.
La historia de su invención, reflexiones sobre sus utilidades y la práctica de su inoculación.
Contiene los prólogos del autor y del traductor, el retrato del doctor Eduardo Tenner (sic), descubridor de la vacuna en el condado de Gloucester y una estampa que representa el carácter y progresos de estas viruelas, impreso el libro en Madrid en el presente año 26.
Nos relata además una interesante y gráfica anécdota:
Y pasa a narrarnos la solemne celebración litúrgica del día 27 de diciembre, fiesta de San Juan Apóstol y Evangelista, en la Iglesia de La Concepción de La Laguna: que por todos fue oída con sumo gusto.
Elogió al profesor don Domingo Saviñón, a cuya instrucción y conocimiento dijo que podrá dejar confiada la continuación y conservación de la vacuna en esta ciudad.
Allí habló de este descubrimiento desde su origen en Gloucester hasta su actual estado, las contradicciones que ha sufrido y la importancia de su práctica, el derrotero de la embarcación y la ternura con que los reyes aún con lágrimas pusieron a su cuidado el desempeño de este encargo, siendo su voluntad que se extendiese hasta las Filipinas.
Balmis y sus compañeros, poco después de la comida, se volvieron a Santa Cruz, donde los esperaba el comandante general para inoculación de algunos niños que han venido a vacunarse de la isla de Canaria [Gran Canaria].
Yo me hallé a la función de iglesia y permanecí en la casa con los demás convidados hasta la despedida de la expedición 29.
Hemos visto que en este texto se alude a la llegada de varios niños grancanarios el 27 de diciembre.
En efecto, ya desde la llegada de la Real Expedición, Casa-Cagigal pidió que las autoridades de cada isla enviasen a Santa Cruz un grupo de niños para ser inoculados, brazo a brazo, y después garantizar la conservación de la linfa:
haciendo que saliese de cada una algun barco para esta [isla de Tenerife] con niños y facultativos, que volviendo los unos inoculados y los otros instruidos en la práctica de la vacuna la comunicará a sus paisanos 30.
En nuestro Archipiélago la Real Expedición se financió gracias a «donativos voluntarios del Reverendo Obispo, y las suscripciones del vecindario» 31.
Pero para terminar con las donaciones voluntarias Casa-Cagigal propuso dos soluciones.
La primera y más eficaz era la aplicación de una cantidad determinada de los propios y arbitrios de las siete islas prorrateada a proporción de los fondos de cada una.
La segunda consistía en el establecimiento de un juego de lotería quedando sujeta la suerte a las extracciones de Madrid, a cuyo fin ofrece formar un plan, que precava el fraude 32.
---- Finalmente, se optó por la primera por ser la más sencilla y asequible.
Concluidos ya los extremos relativos a la organización de las pequeñas expediciones a la isla de Tenerife y de la financiación total, volvamos al relato de Primo de la Guerra.
Nos dice que Según me escribe mi hermana, estuvo bien desempeñada la función de acción de gracias celebrada en la plaza de Santa Cruz en el día de Inocentes por la expedición de la vacuna.
Dice también que por la noche se puso víctor en la casa del Comandante General 33.
Y he aquí el víctor, compuesto por Don Pedro Murga, presbítero de Santa Cruz de Tenerife:
A Carlos Cuarto, el Rey más ilustrado y de la más cordial filantropía, propagar por el Orbe competía el remedio de un mal inveterado.
Carlos con el «corpax» en su reinado de la viruela atroz la tiranía va a extrañar de su inmensa monarquía, sin olvidar el suelo afortunado.
Nivaria, pues, consagra su montaña, qual Avila y qual Calpe por coluna al que de la hidra triunfa y de su saña y nunca olvidará que la vacuna se la remite el Hércules de España, por el jefe en quien funda su fortuna 34.
Finalmente, el día de Reyes de 1804, la Real Expedición zarpa hacia Puerto Rico:
Se hizo á la vela de esta rada con rumbo á Puerto-Rico la corbeta María Pita, conductora de la expedición marítima de la vacuna, después de haber practicado el Director y demás individuos que la componen, tres operaciones generales en los 27 días que residieron en esta isla 35.
Casa-Cagigal escribió a la Audiencia y al Cabildo, explicando que podía quedar asegurada la vacuna fresca, conservándose largo tiempo en estas Islas, «si todos contribuimos a ver realizadas las paternales intenciones», por lo que enviaban algunos vidrios con linfa y cuatro ejemplares del tratado de Moreau.
Unos cuantos niños fueron enviados desde Gran Canaria con sus padres, como hemos visto más arriba, ocupándose el cabildo lagunero de los gastos36.
Sin embargo se había rumoreado que los niños no iban a regresar, sacándolos la Real Expedición del Archipiélago.
Por lo cual, el Comandante General tuvo que disipar los bulos en una carta para que pudiera organizarse la pequeña expedición, porque los mal intencionados, los ignorantes, los excesivamente tímidos habían esparcido voces en ocasiones que traen graves perjuicios a la causa pública.
Entre otras, como la de que esta Expedición debe llevarse niños de estas Islas.
Y ella, aunque es falsa, aterra a los padres que ignoran que S. M. no quiere que se verifique sin su consentimiento37.
Se fletó una embarcación para trasladar a Santa Cruz siete niños acompañados de sus padres, los cuales fueron generosamente gratificados por el Obispo Don Manuel Verdugo Albiturría 38.
Así nos lo cuenta Bosch: LANZAROTE Las indicaciones del Comandante General surtieron cumplido efecto en el buen ánimo de los lanzaroteños, los cuales colaboraron de buen grado, pues tenían benéficos sentimientos, gratitud y aprecio por el interés que el Soberano tomaba en su bien..., y discernimiento para comprender que era bueno, cuando en otras nuestras Islas tuvo sus contradicciones, efecto de ideas rancias y tercas 40.
Una singular obrita de teatro, fechada en Teguise el 16 de marzo de 1804, compuesta por el Dominico Fray Bernardino de Acosta, y titulada La Vacuna o Patriotismo Lanzaroteño, nos proporciona los principales pormenores de lo que ocurrió en esta isla en relación con la vacuna.
Así, explica que, con los donativos de varios clérigos, Don Bartolomé de Torres Teniente de Milicias, siendo aun Alcalde mayor, determinó mandar a cinco Niños a Santa Cruz para traer á esta Ysla la Vacuna, y vencido el primer obstáculo, qual era el de asignar una Cantidad al Facultativo que debía acompañarles (pues este se ofrecio voluntariamente y sin interés alguno) trató de vestirlos, y equiparlos con la mayor decencia, para cuyos costos, y los de mantenimiento en Santa Cruz se le agregaron los Señores Beneficiados Dr. Dn.
Antonio Cabrera, y Dn.
Domingo de la Cueva, Dn.
Josef Fco Comisario del Santo Oficio, Dn.
Josef Fco de Armas Ayudante mayor de Milicias, y Dn.
Carlos Ramírez y Casañas, quienes con la misma generosidad y Patriotismo han suplido también, todos los de los preparativos del recibimiento 41.
Y pasa ya a hablarnos del recibimiento de los niños ya de vuelta:
Al alborear del dia, dio fondo en el Puerto de Arrecife el Buque que conducía los Niños vacunados, tiró dos Cañonazos, y otro dos al pasarlos á la Lancha; los que fueron correspondidos con tres, por la Goleta nombrada la Barbara, propia de Dn.
Josef de Armas: la misma repitió otros tres ál desembarcar en el Muelle, y el mismo numero ál pasar por la Casa de dicho Señor 42.
Continúa relatando la calurosa bienvenida e indica cómo fueron vacunados otros niños:
---- Luis Cabrera, el Subteniente Dn.
Josef del Castillo, y otros muchos sugetos de los principales, y mandaron una Falua para desembarcarlos, esperando en las primeras gradas del Muelle, acompañados de un número tan grande del Pueblo, que lo ocupaba en toda su longitud.
Alli los recibieron en sus brazos, hasta la Carroza, que para este obgeto había hecho y adornado el referido Dn.
Josef de Armas, en la qual pasaron con tan lucido acompañamiento á la Parroquia, y habiéndose cantado un Te Deum, solemne, fueron llebados á la Casa que les tenían preparada y adornada con la mayor decencia...
A las siete de la noche se vacunaron por el Dr. Dn.
Pedro Suarez, cinco niños, lo que se celebró con un cañonazo por la referida Goleta la Barbara, y al siguiente dia se hizo la misma operación en otros tres 43.
Unos días más tarde, los niños fueron llevados a Teguise, la capital de la Isla donde, después de una misa solemne en la parroquia y el canto del Te Deum, se vacunó a más niños: Finalmente, Fray Bernardino reconoce la inestimable tarea realizada por los médicos:
No olvidaremos el merito que hán contrahido con la Patria, y humanidad los Señores Dn.
Cristóbal de la Cueba.
El primero aunque no es patricio há querido dar prueba del desinteres con que debe exercer su facultad todo buen Profesor de Medicina quando se trata de socorrer a la humanidad, y del amor que yá profesa á estos naturales que le han elegido por su Medico Titular; y el segundo porque conociendo la fuerza de los Vinculos que le unen con la Patria, abandonó sus propios intereses en un estado que a qualquiera otro hubiera hecho ---- 43 Ibid., Nota 5a, pp. 194-195.
Excitados por tan nobles sentimientos se ofrecieron á acompañar los Niños, y lo executaron hasta su retorno conservando el fluido vacuno á pesar de las indispensables contrariedades que ofrecen los viages en la estacion presente 45.
Nos cuenta Don Juan Primo de la Guerra gráficamente que desde el 6 del corriente salió de Santa Cruz la expedición de la vacuna.
Su primer destino es la isla de Puerto Rico.
Después han llegado a Santa Cruz algunos niños enviados de la isla de La Palma para la inoculación de la vacuna.
Se dice que damas de aquella ciudad [Santa Cruz de La Palma] se esmeraron en adornarlos; que traen gorras, bordadas en ellas las armas de la isla y que han sido muy bien recibidos.
Los niños vacunados por los profesores de la expedición han pasado la erupción felizmente 46.
¿Qué es lo que ocurrió en la isla bonita para que se diera tal retraso?
Porque en Santa Cruz el Síndico Personero Don Esteban Martín Pintado había redactado un informe sobre las medidas que debían tomarse: Recibido el informe, el Cabildo acordó nombrar al cirujano revalidado y titular de esta isla don Matías de Sáseta para pasar a Santa Cruz con el objeto indicado, y se comunicó al Síndico para que puesto de acuerdo con los individuos de la Junta de Caridad designase el número de niños expósitos que se debían de mandar 48.
El Sr. Regidor Don José Sánchez se ofreció a ir voluntariamente a acompañar y cuidar a los niños que el Sr. Alcalde mayor eligiese además de los expósitos, y el Ayuntamiento volvió a acordar:
He visto un exhorto del beneficiado de la ciudad de La Palma animando a sus feligreses para que enviasen a Tenerife los niños para recibir el beneficio de la vacunación, el cual parece formado sobre ideas exactas e ilustradas, que hacen honor a aquel eclesiástico.
El comandante general, constante en la protección y fomento de la inoculación de la vacuna, ha establecido en la plaza de Santa Cruz una casa destinada a suministrar al público este preservativo.
No estoy impuesto en su régimen ni en los fondos destinados a su subsistencia.
También he oído que el profesor don Domingo Saviñón ha escrito un plan en que propone algunos medios para la conservación de la vacuna en la provincia de Canarias 52.
De todo lo dicho hasta ahora bien puede colegirse que la estadía de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en nuestro Archipiélago cumplió sus objetivos.
Canarias fue el auténtico banco de pruebas de la Real Expedición.
Además, la experiencia adquirida en Canarias fue de gran utilidad a la hora de afrontar los diversos problemas en las siguientes escalas.
Prueba de ello es el texto que introduce la Real Cédula del 26 de enero de 1805, en la que se expide un reglamento para generalizar la inoculación de la vacuna, tal como se hizo en Canarias:
Excitado el amor paternal del Sr. D. Carlos IV hácia sus vasallos con el egemplo de lo que se había hecho en Canarias al arribo de la expedición maritima, destinada á propagar en los dominios de Indias el admirable descubrimiento de la vacuna, é informado de que el fluido se extingue y pervierte confiando su conservación al cuidado solo de los facultativos que lo manejan, tuvo á bien resolver que en todos los hospitales de las capitales de España se destinase una sala para conservarlo y comunicarlo á cuantos concurriesen á disfrutar de este beneficio, y gratuitamente a los pobres, practicando las operaciones por tandas periódicamente y en corto número de personas proporcionado al de los que naciesen de ordinario en cada capital.
Para que tuviesen cumplido y pronto efecto sus soberanas intenciones sobre tan importante asunto, se previno de Real órden á la Junta superior de Cirugía, cuando no se habia creado aun la superior gubernativa de Medicina, que se propusiese el correspondiente reglamento, teniendo presente y adoptando del formato para Canarias lo que fuese mas análogo á la península 53.
La estancia de la Real Expedición en el Archipiélago Canario dejó una gran huella y no sólo en los aspectos relacionados con la higiene pública, sino también en otros, que podríamos llamar sociológicos.
Así, aun habiendo partido ya la expedición vacunal, todavía se celebró una conmemoración de su venida en la villa de La Orotava.
Nos lo cuenta el propio Don Juan Primo de la Guerra:
Dícese que en la villa de La Orotava espérase una función de iglesia en acción de gracias por la vacuna y que los caballeros de aquel pueblo tratan de tener una reunión social para celebrar este beneficio de Dios y del rey 54.
Y concluye más adelante reseñando la propia celebración:
El Domingo 5 del corriente se verificó en la villa de La Orotava la función de aquellos caballeros en celebración de la vacuna.
Tuvieron la música del batallón de Canarias; de La Laguna fueron también algunas personas y la concurrencia fue en la casa donde murió don Francisco Benítez, en frente del Colegio 55.
Pero no todo fueron parabienes.
El escribano del Puerto de la Cruz José Álvarez Ledesma se convirtió en un enemigo declarado de la vacuna, pues estimaba que el proceso no sólo contravenía las leyes de la Naturaleza sino la voluntad de Dios y el orden sobrenatural, pues vacunar suponía resistir la voluntad del supremo Hacedor.
Sabemos, sin embargo, que rectificó más adelante, vacunando a alguno de sus hijos en el brote de 1828 56.
55 Mis amados hermanos: no miréis como una cosa extraña y ajena de nuestro ministerio el asunto particular de que vengo a hablaros.
El interés de los pueblos es también el de sus pastores, y desgraciados de aquellos que miran con indiferencia los medios saludables con que se pueden evitar las calamidades públicas.
Penetrado de estos justos sentimientos, yo os vengo a anunciar que la Divina Providencia, de cuya voluntad absoluta pende exclusivamente la ilustración del entendimiento humano, se ha compadecido en fin de los estragos espantosos que por tantos siglos ha causado sobre la Tierra el azote terrible de las viruelas y que ha inspirado a los hombres un medio tan sencillo como eficaz para evitarlo.
No soy el primero que se ha valido del sagrado ministerio de la predicación para dar a los hombres esta noticia saludable.
La Europa respeta la memoria del párroco de Brum en Gebing, pueblo inmediato a Viena, que anunció a sus feligreses este admirable descubrimiento y les persuadió su práctica.
En Ginebra se han valido del mismo medio para instruir a los pueblos en un objeto tan importante y la Francia le ha adoptado también, después de haber asegurado sus sabios que este nuevo descubrimiento tenía toda la certeza necesaria para que los ministros del Culto le anunciasen y persuadiesen a sus pueblos.
Así yo no hago más que unir mi débil voz a la de tantos párrocos amantes de la humanidad y deciros que no desperdiciéis, ni aun miréis con indiferencia un beneficio tan particular, que no puede venir de otra mano que de la del Padre de Misericordia.
Acordaos, mis amados parroquianos, de aquellos días de horror y de tristeza, de aquellos años de 1787 y 88 en los que el funesto contagio de las viruelas nos arrebató una parte muy considerable de nuestros conciudadanos y en los cuales, no sólo las madres vieron a sus tiernos hijos pasar en un instante de sus dulces brazos a los de la muerte, sino también las esposas a sus amados esposos y éstos a aquéllas, muchas veces con el fruto de sus entrañas.
Acordémonos de aquellos días de luto y consternación general y hagamos por no presenciar otra vez, ni que presencien jamás nuestros descendientes, una escena tan lastimosa.
Hagamos venir a la isla y propagar en ellas la vacunación, beneficio admirable que la Providencia nos ha concedido y que, según el voto unánime de todas las naciones cultas, es una operación maravillosa y un fenómeno extraordinario por medio del cual se pone en el hombre sin el menor peligro un preservativo eficaz contra aquel contagio, que tantas veces ha llenado los sepulcros.
Un descubrimiento tan feliz merecería, sin duda, la empresa de ir a lo último de la Tierra, a buscar este precioso antídoto y mostrar nuestro reconocimiento a aquellos hombres que han trabajado en descubrirle y propagarle, pero nuestro piadoso Monarca ha prevenido nuestros deseos de modo sabio y generoso.
Ha formado una expedición marítima, compuesta de profesores hábiles y tiernos niños que lleven por todos sus dominios este fluido bienhechor: ¡Conquistadores de la Tierra, hombres feroces e inhumanos que habéis formado tantas expediciones sangrientas con el fin de adquirir en la Historia un nombre ilustre, los humanos harán odiosa a las generaciones futuras vuestra memoria, al paso que honrará a Carlos IV por una expedición pacífica y bienhechora, cuyos primeros héroes son veintidós inocentes que llevan sucesivamente en sus brazos no el hierro destructor, de que no son capaces, sino el consuelo y alivio de la Humanidad!
Esta interesante expedición ha llegado ya al Puerto y Villa de Santa Cruz, donde fue recibida con todas aquellas demostraciones de amor que las almas sensibles tributan sin esfuerzo a la beneficencia y todo el primer Jefe de esta Provincia se ha llenado de un piadoso entusiasmo y, como ha expresado su corazón noble y generoso, ha llevado en sus brazos al primero de aquellos inocentes que llegó a tierra, llevándole en ellos hasta su casa.
También ha convidado al Ilustre Ayuntamiento de esta Isla para que envíe niños que reciban en aquel puerto tesoro inestimable que deberán repartir en todos nuestros pueblos.
Mis hermanos, a un Jefe tan celoso de nuestro bien, llamémosle el amigo de los isleños, que su alma grande y benéfica entienda muy bien esta expresión de nuestro reconocimiento, pero por más justos que sean aquí los elogios y demostraciones de gratitud, no gastemos en ellos tan preciosos momentos: las almas generosas sólo quedan compensadas cuando se reducen a la práctica sus intenciones benéficas.
Prudentes y celosos Magistrados, llevad pues a su debido efecto vuestros proyectos de patriotismo, sin perdonar los medios que sean necesarios para conseguir un tan deseado fin.
Ministros del Santuario, empleemos todo nuestro celo en desterrar las preocupaciones que la ignorancia o la malicia puedan presentar en nuestros pueblos al beneficio singular de la Providencia.
Acordémonos que Jesucristo, pudiendo autorizar su misión divina con señales maravillosas en el Cielo, como lo pedían los judíos carnales, prefirió autorizarla con señales de bondad y compasión sobre los hombres mismos curando milagrosamente sus enfermedades.
Acordémonos que del mismo modo autorizaron su misión los Apóstoles que le sucedieron en la propagación del Evangelio y que si nosotros, después del establecimiento de la Iglesia, no tenemos necesidad de los prodigios para autorizar la nuestra, debemos hacerlo con ejemplos de humanidad.
¿Y se nos puede presentar, acaso, una ocasión más oportuna para dar un testimonio auténtico de que somos ministros de una Religión cuyos caracteres de humanidad y beneficencia le dan una prueba ilustre de su verdad?
¡Dichosos nosotros si podemos, con nuestro celo y caridad, ahorrar a las generaciones futuras las lágrimas que las presentes han derramado a causa de aquel terrible contagio!
Tiernas y amorosas madres, padres cariñosos, no dudéis un instante del beneficio que la Providencia nos dispensa por manos de nuestros Soberanos.
No deis oídos a los ignorantes y preocupados que siempre levantan el grito contra cuanto no conocen.
Estos son unos hombres inhumanos que, como se vean libres del peligro, les importa poco la existencia de los demás y que con pretextos frívolos, que nada prueban sino su ignorancia y su ninguno interés por la Humanidad, se oponen a que libremos de los brazos de la muerte una multitud de inocentes, que son muy acreedores de toda nuestra compasión.
Decidles que no es ésta una inoculación semejante a la que se practicó pocos años en esta Isla que aunque a la verdad tienen sus ventajas, no debe compararse con la vacunación, que ni aun merece el nombre de incomodidad.
No temáis, pues, entregar vuestros hijos para conducirles al Puerto y Villa de Santa Cruz a recibir allí el beneficio de la Providencia.
Yo os aseguro que volverán en triunfo a hacer de él un presente magnífico a sus padres.
No temáis los gastos que esto os pueda ocasionar, que nuestro Monarca lo ha prevenido todo y, según la expresión sublime de nuestro Comandante, «el corazón magnánimo de nuestro Rey no pide otra recompensa de nuestra parte que el que admitamos el beneficio que dispensa».
Y vosotros, hombres generosos y benéficos amantes de la Humanidad y amigos de la Patria, cooperad hasta su logro en una empresa tan digna de vuestras almas sensibles, a fin de que la posteridad no sepa, sino por la Historia, los estragos de aquel funesto contagio que nos ha hecho derramar tantas lágrimas.
Y Vos, Dios benigno y bienhechor, bendecid los días de nuestros Soberanos por su paternal amor hacia nosotros.
Recompensad las tareas del primer Jefe de nuestras Islas; las de nuestros Magistrados, las de nuestros amigos.
Conceded la prosperidad y la paz a aquellos esposos que han formado el generoso designio de enviar sus tiernos hijos a que nos traigan vuestro precioso beneficio.
Velad en fin, Padre bondadoso, sobre estas inocentes criaturas en su navegación, como también sobre aquellos que han traído a nuestras Islas el don de vuestras manos y que van a llevarle a unas tierras muy remotas.
Mandad, ¡oh Padre de la Naturaleza!
Ordenad a las tempestades que miren como sagrado el bajel que les conduce e imponed silencio al Mar para que el bramido de sus olas no asuste a aquella inocencia bienhechora.
Bendecidnos a todos y, si es conveniente a nuestra eterna salvación, concedednos la salud pública, que es el mayor de nuestros beneficios temporales.
Por último, también Don Juan Primo de la Guerra se hace eco del exhorto de Don Manuel Díaz: |
Redescubriendo a un filósofo híbrido: Georges Canguilhem
La obra del filósofo y médico francés Georges Canguilhem (Castelnadaury 1904- Marly le Roy 1995) conoce en la actualidad un extraordinario revival.
Este se produce tanto a escala nacional francesa como internacional, y con un radio interdisciplinar, involucrando a especialistas de las más diversas materias (genetistas, ecólogos, neurocientíficos, biotecnólogos, médicos, sociólogos, psicólogos, historiadores de las ciencias, filósofos).
Este despegue del interés se inició poco antes de su fallecimiento, y queda testimoniado en la multiplicación de coloquios sobre su pensamiento, monografías en forma de libros o de números de revista, traducciones de sus escritos a diversas lenguas y centros de investigación y documentación que llevan su nombre (Le Blanc, 2003, p.
Hasta mediados de la década de 1990, Canguilhem era considerado un filósofo relevante pero "menor" (Bouveresse, 2011, p.
8), destacando por el magisterio que ejerció sobre pensadores más conocidos, como Michel Foucault, Pierre Bourdieu o Louis Althusser y su círculo.
Más que un filósofo en el pleno sentido de la palabra, se le consideraba como un autor con una obra relativamente reducida, muy confinada en el terreno específico de la historia de la medicina y de las ciencias de la vida, encuadrado en la denominada "escuela de epistemología histórica francesa" (Cavaillés, Koyré, Bachelard, Foucault).
Los estudios existentes, poco numerosos hasta los años noventa, lo presentaban como heredero del tipo de historia de las ciencias forjada por Gaston Bachelard (a quien sucedió en 1955 como director del Institut d'Histoire des Sciences et des Techniques de la Sorbonne) y como maestro de Michel Foucault, cuya tesis de Estado dirigió en 1961.
Su propia contribución como epistemólogo e historiador de la medicina y la biología, quedaba así un tanto desdibujada entre el análisis bachelardiano de las ciencias físicas y químicas, y los estudios "arqueogenealógicos" de Foucault sobre las ciencias humanas.
Esta situación comenzó a cambiar radicalmente a partir de 1994.
En esa fecha, la editorial neoyorkina Zone Books publicó una extensa antología de textos suyos (Delaporte, 1994), dando así a conocer su obra al público anglosajón, pues hasta entonces sólo se habían vertido al inglés dos textos de Canguilhem, On the normal and the pathological (1978) e Ideology and rationality in the history of life sciences (1998).
De hecho, el público norteamericano, cuya tradición en epistemología estaba dominada por la filosofía analítica, importada a través de Wittgenstein y de los exiliados del Círculo de Viena,1 sólo se había interesado por Canguilhem a través del magisterio que este había ejercido sobre Michel Foucault, cuyos textos conocían un verdadero "boom" en Estados Unidos, desde la década de los ochenta.
Pero lo novedoso de esa antología es que contenía una completísima bibliografía crítica sobre Canguilhem, realizada por su discípulo Camille Limoges.
Pues bien, en esa bibliografía se incluía a la referencia a más de 100 trabajos de Canguilhem, publicados entre 1926 y 1939, la mayoría artículos de revista y recensiones (en algunos casos firmados con seudónimo), pero también tres libros, uno de ellos un manual (Traité de logique et de morale, 1939, redactado junto a Camille Planet); en los otros casos se trata de escritos breves.
El primero, redactado junto a Félicien Challaye, vio la luz en 1932, con el título La paix sans aucune réserve.
El segundo fue encargado en 1935 por el Comité de Vigilances des Intellectuels Antifascistes y se tituló Le fascisme et les paysans.
La casi totalidad de ese corpus había pasado desapercibida para la crítica, que rutinariamente databa hasta entonces la primera obra de Canguilhem en 1943, su tesis de medicina, defendida en la Universidad de Strasbourg, replegada en Clermont Ferrand durante la ocupación.
El propio Canguilhem, por otro lado, siempre había guardado silencio sobre esa primera etapa intelectual suya.
Se ponía así al descubierto un "Canguilhem perdido" (Braunstein, 2011), un "Canguilhem antes de Canguilhem" (Braunstein, 2000), de modo que la que se estimaba como su opera prima era en realidad una investigación de madurez.
La bibliografía publicada por Camille Limoges puso sobre la pista a toda una serie de investigadores, empezando por Jean François Braunstein, y continuando con una larga serie de estudiosos (Yves Schwartz, Elisabeth Roudinesco, Dominique Lecourt, Pierre Macherey, Xavier Roth, François Dagognet, François Delaporte, Guillaume Le Blanc, Claude Debru, Camille Limoges, Gilles Renard, Guillaume Pénisson, Cyryaque Ebissienine)2 que, desde la segunda mitad de los noventa, han iniciado una reinterpretación a fondo del legado filosófico de Georges Canguilhem.
Este proceso culminó recientemente con el inicio de la publicación de sus Oeuvres Complètes (5 volúmenes previstos), por la editorial Vrin.
El primer tomo, que vio la luz en 2011, contiene precisamente ese "corpus de juventud", Écrits philosophiques et politiques 1926-1939, con la inclusión de varias introducciones y estudios realizados por algunos de los especialistas que se han mencionado.
Todas estas iniciativas desplegadas a raíz del descubrimiento del "Canguilhem perdido", han llevado a replantear por completo el significado de su obra.
Canguilhem ya no es tenido en cuenta simplemente como un historiador de la biología y la medicina, ni siquiera como un epistemólogo de estas disciplinas.
Hoy se le considera como un filósofo en el pleno sentido de esta palabra, de modo que, no sólo se pone al descubierto su pretensión de fundar una antropología filosófica (Saint-Sernin, 1996, Le Blanc, 2002, Debru, 2004) a partir de las disciplinas biomédicas, sino su vocación de filósofo práctico.
Es decir, los aspectos morales y políticos (e incluso estéticos) aparecen como los elementos nucleares de su programa filosófico, desde un fuerte compromiso con los valores universales de la justicia y la igualdad.
El análisis de este dilatado itinerario juvenil, hasta hace poco desconocido y que llega prácticamente a la cuarentena de Canguilhem, se ha llevado a cabo en dos trabajos recientes.
El primero es una obra colectiva, publicada en 2013, que recoge los trabajos presentados en el Coloquio "Un entre-deux-guerres philosophique: la formation de Georges Canguilhem", celebrado en París VIII, el 14 y 15 de junio de 2012.
El segundo recoge la tesis doctoral de Xavier Roth sobre la génesis del pensamiento de Canguilhem, recientemente editada por Vrin.
En el primer caso se recoge casi una veintena de trabajos realizados por estudiosos procedentes de los cinco continentes.
Su denominador común es la exploración de los escritos del Canguilhem joven, evitando al mismo tiempo la tentación de explicar toda la obra posterior del filósofo partiendo de esa etapa inicial.
Los coordinadores del volumen distribuyen las distintas intervenciones en seis grandes secciones temáticas.
La primera ("Philosopher") incluye dos aportaciones (Macherey, Vauday), dedicadas a dilucidar los rasgos de la actividad filosófica en el joven Canguilhem.
Macherey insiste en que la filosofía constituye para Canguilhem una tarea normativa, no destinada a producir verdades sino a considerar el valor de la verdad (la ciencia) en relación con otros valores (la técnica, el arte, la moral, etc).
La instancia desde la que se ejerce ese examen normativo sería para el primer Canguilhem, formado en el idealismo kantiano de sus maestros (Alain, Lagneau), el espíritu.
Pero desde finales de la década de los treinta, este sería reemplazado por la vida.
Aquí se entiende el perfil híbrido del filosofar de Canguilhem, no centrado en pensar a partir de los grandes autores de la tradición filosófica, sino del material suministrado por saberes ajenos a la Historia de la Filosofía.
Vauday, por su parte, subraya las coincidencias tempranas de filosofía y medicina en el joven Canguilhem.
En ambos casos se trata, no de enunciar grandes leyes explicativas, sino de diagnosticar, de evaluar condiciones siempre singulares.
La segunda sección ("Pacifisme et Résistance") se dirige más bien hacia la trayectoria política del pensador de Castelnaudury.
¿Cómo explicar su tránsito, mediada la década de 1930, desde el pacifismo de Alain hacia el compromiso con la Resistencia?
Renzi Ragghianti indaga las bases del pensamiento político de Alain y rastrea su dilatada presencia en los textos del primer Canguilhem.
Georges Navet, por otro lado, muestra de qué modo una filosofía rebelde contra la sumisión a los hechos, en línea con Alain, pero al mismo tiempo sensible respecto a las singularidades históricas, frente al esencialismo de Alain, condujo a Canguilhem hacia la Resistencia.
La tercera sección ("Le Penseur et le Saltimbanque") incluye una serie de colaboraciones que conectan las decisiones políticas del primer Canguilhem con su temple filosófico como formador del juicio.
Laurence Cornu relaciona el viraje intelectual del joven pensador, matriculándose en la Facultad de Medicina cuando era profesor de filosofía en un liceo de Toulouse, con su inflexión política, renunciando al pacifismo.
En ambos casos se constata una toma de partido por las fuerzas que resisten a la muerte, una opción por la vida humana, concretada en el compromiso médico y antifascista.
Emmanuel Péhau muestra de qué modo el servicio militar funcionó en Canguilhem como una experiencia crucial, que a contrario, le puso al descubierto las exigencias de una vida realmente humana, afrontada como conquista de uno mismo mediante la forja del propio juicio.
Didier Moreau cierra este apartado con un artículo que desentraña con minuciosidad la pedagogía filosófica del Canguilhem temprano.
Esta apuntaba a elevar la experiencia humana hacia el ideal de justicia, más allá de toda apelación a una naturaleza dada en el hombre.
La cuarta sección ("Contre le culte du fait: critique de la psychologie et des sciences humaines") contiene un conjunto de aportaciones centradas en el diálogo del joven Canguilhem con las ciencias del hombre, y en particular en su confrontación con la psicología.
Jean François Braunstein, uno de los mejores conocedores de la obra canguilhemiana, reconstruye, mediante el estudio de los textos de juventud, la génesis de los argumentos de Canguilhem (epistémicos y morales) frente a la psicología del comportamiento.
Se recomponen así las continuidades y deslizamientos que conducirán a las influyentes intervenciones de madurez, de 1956 y 1980 respectivamente, donde el filósofo francés se despacha contra esta disciplina.
Alejandro Bilbao, por su parte, pone de manifiesto cómo el psicoanálisis, a diferencia de la psicología conductista, gozaba de la estima de Canguilhem, cuya antropología de lo negativo no dejaba de coincidir con las aportaciones freudianas.
Rachid Dehdouh insiste en este mismo asunto, trayéndolo a la actualidad.
Hoy en día, el psicoanálisis y la psicología cognitiva escaparían a la crítica canguilhemiana, que ve en la psicología una "escuela de sumisión a los hechos".
Aurore Jacquard da término a este apartado contrastando las críticas de la psicología realizadas respectivamente por Canguilhem y Lacan.
Ambas parecen abrir un mismo modo de pensar la subjetividad, situado más allá de la psicología introspectiva y del conductismo.
El quinto apartado ("Les valeurs de la vie, la médécine, la biologie") se sitúa ya en el momento del desplazamiento canguilhemiano desde el idealismo hacia el vitalismo.
Mazarine Pingeot enfatiza la importancia del artículo de Canguilhem sobre Descartes y la técnica (1937), tanto para la interpretación de la obra cartesiana como para la elaboración de una filosofía que recalca la precedencia de la técnica sobre la ciencia.
Cristina López, por su lado, evoca a Foucault para explicar por qué el vitalismo de Canguilhem rompe los márgenes de la filosofía del sujeto.
Esta constituye un obstáculo para comprender los nexos que vinculan a la vida misma, en sus bases moleculares, con el conocimiento biológico.
Lucie Rey se retrotrae sin embargo a la obra del cirujano René Leriche, mostrando, más allá de las críticas de las que fue objeto por parte de Canguilhem, la filiación spinozista de ambos pensadores.
Elena Donato, finalizando este bloque, en uno de los trabajos más interesantes del volumen, reconstruye la teoría canguilhemiana de la creación, insinuada ya en la década de 1930, y pone al descubierto una subyacente estética en el pensamiento de Canguilhem.
Los ensayos que componen la sexta y última sección ("Canguilhem, historien des sciences"), lidian ya con problemas que nos devuelven la imagen de un Canguilhem más familiar, epistemólogo e historiador de las ciencias.
Todos ellos relacionan los planteamientos canguilhemianos con los de autores próximos.
Pierre Cassou-Nogués, por ejemplo, considera que las tesis de Estado y complementaria, defendidas por Jean Cavaillès en 1938, inauguran esa radical conversión histórica del kantismo, que la propia epistemología de Canguilhem prosiguió, con sus propios medios, en el ámbito de las ciencias de la vida.
François Delaporte traslada la discusión desde Cavaillès hasta Foucault.
Polemiza con la lectura de Canguilhem efectuada por Étienne Balibar.
Según este, la diferencia foucaultiana entre "estar en la verdad" y "decir la verdad", deforma, para uso propio, lo que habían sugerido Koyré y Canguilhem a propósito de Galileo.
Delaporte desmiente a Balibar; Foucault comprendió y se atuvo perfectamente al distingo que realizó su maestro.
Abundando en la pista foucaultiana, Monique David-Ménard encuentra el eje que vincula el quehacer filosófico de Canguilhem y de su discípulo de Poitiers, con la epistemología kantiana.
Del mismo modo que el pensador de Königsberg, sus modernos secuaces franceses articulan el filosofar a partir de un doble movimiento: el gesto escéptico, poniendo al descubierto las ilusiones con las que debe romper la razón para constituirse, y el gesto crítico, trazando los límites dentro de los cuales conceptos (Canguilhem) y enunciados (Foucault) funcionan dibujando una forma de racionalidad específica.
Aunque todos los estudios reunidos en el volumen comparten el mismo interés por redefinir el alcance filosófico de Canguilhem a partir de la interpretación de su obra de juventud, queda patente la dispersión temática que preside el conjunto.
Esto no sucede en la monografía publicada por Xavier Roth.
Producto de una tesis doctoral defendida en 2010, bajo la tutela de Claude Debru y Camille Limoges, en su investigación se asiste a la gestación de Canguilhem como uno de los grandes filósofos del siglo XX.
En efecto, Canguilhem se ocuparía de los problemas clásicos de la filosofía, pero esa condición de filósofo quedaría encubierta por los medios intelectuales utilizados, sustentados en estudios de historia de la ciencia y epistemología, sumamente circunscritos y específicos.
De ahí lo enigmático de una obra aparentemente modesta que ha influido decisivamente en pensadores de la talla de Foucault, Bourdieu o Althusser; lo sorprendente de un autor ocupado con asuntos teóricos muy especializados y poco dado a efusiones sobre las vivencias y el compromiso, que sin embargo se involucró hasta los tuétanos en la Resistencia.
De ahí también lo chocante de una reflexión sobre la medicina que, pese a remitir a un saber biomédico periclitado en muchos sentidos (el de las décadas de 1940 y 1950), sigue conservando una extraordinaria vigencia y actualidad.
Semejante condición paradójica es el punto de partida del trabajo de Roth.
Este introduce el problema realizando una introducción general a la filosofía de Canguilhem.
Esta se identifica en lo esencial con una historia de las ciencias asentada a su vez en una filosofía de la medicina que afronta la vida como creación de valores.
El cometido del libro consiste en trazar la génesis de este concepto vertebral; el de "normatividad biológica".
Sin negar las fuentes biomédicas alemanas de esta noción en Canguilhem (Goldstein sobre todo, pero también Uexküll, Herxheimer, Von Weiszacker, Jaspers), se insiste en que el encuentro fecundo con la tradición teutónica sólo fue posible a partir de la previa formación filosófica recibida.
Se tratará entonces de restaurar esa herencia filosófica viendo cómo la categoría de "normatividad vital" y por extensión, todo el proyecto teórico de Canguilhem, se arraigan y a la vez se separan de aquélla.
Ese legado en el que se formó Canguilhem es el del neokantismo francés, conformado principalmente en torno a la dinastía compuesta por Lachelier, Lagneau y Alain.
No se trata sólo de unos textos, sino de todo un "estilo de pensamiento" (Fleck), lo que se conoce como el "análisis reflexivo".
En la primera parte de su estudio, Roth delimita los perfiles y los jalones de este estilo, a través de un conocimiento exhaustivo de la producción juvenil de Canguilhem, tanto la publicada como la inédita, y de la difícil familiaridad con las obras de sus antepasados teóricos.
Analiza así el modo en que la conversión antropológica de la epistemología kantiana marcó decisivamente las disposiciones filosóficas de Canguilhem.
Lagneau y Alain impulsaron un filosofar emplazado en la estela de Kant, que consistía en preguntarse, ante toda experiencia dada (perceptiva, cognitiva, técnica, artística, etc.), cuáles eran sus condiciones trascendentales de posibilidad.
Estas quedaban fundadas, en último término, sobre la actividad sintética del espíritu, identificada con la facultad de juzgar, esto es, con la posición de valor que unifica lo dado y que está presente, según estos autores, ya en el nivel de la percepción.
Alain le dio a la analítica trascendental kantiana un giro decididamente moral.
El juicio denotaba la dignidad del sujeto, cuyo empeño era la ordenación, esto es, la evaluación de una materia de suyo caótica e indiferente.
Se consagraba así la oposición entre el espíritu y el mundo.
Todo el énfasis en la condición normativa del quehacer filosófico, toda la rebelión frente al determinismo de cualquier índole, presentes en Canguilhem, encuentran aquí su raíz.
Roth efectúa, con minuciosidad de orfebre, la reconstrucción de los vericuetos conceptuales y personales que vinculaban al joven Canguilhem con esta herencia del kantismo francés.
Tras esta primera parte en la que se da cuenta de la filiación de Canguilhem con sus maestros kantianos y se ofrecen las primeras pistas sobre sus desplazamientos respecto a este legado, se abre un capítulo de transición.
En este se despliega una visión sintética del cambio experimentado en la trayectoria de Canguilhem.
Este trastocamiento le llevaría a separarse del idealismo kantiano de formación sin dejar por ello de conservar, como instancias permanentes, algunos de sus motivos inspiradores.
Una clave para comprender este cambio la suministra el comentario entusiasta de Canguilhem publicado a raíz de la aparición de Les mots et les choses (1966), de Michel Foucault.
En ese texto, el maestro parecía advertir en el libro del discípulo una explicación profunda de su propio tránsito desde el idealismo kantiano hasta el vitalismo.
En el decurso de la episteme moderna, las condiciones de posibilidad de la experiencia dejaban de consistir en la unidad sintética de la apercepción, esto es, en la actividad juzgadora de un sujeto pensante, de un Cogito.
Entre mediados de la década de 1930 y en el transcurso del siguiente decenio, Canguilhem llegó a identificar las condiciones a priori de la experiencia, ya no con el sujeto, sino con la vida afrontada como creación de valores.
El Cogito dejaba así su lugar a un trascendental objetivo y empírico, la Vida, un proceso que Foucault había examinado en la mencionada obra, a escala del pensamiento occidental.
Pues bien, tras esta suerte de flashward que nos hace saltar hasta 1966, la segunda parte de la monografía de Roth se dedica a recomponer paso a paso, delimitando cuidadosamente sus distintas etapas, ese proceso de ruptura de Canguilhem respecto a su herencia kantiana.
En realidad se trata de un desplazamiento, pues el problema nuclear se mantiene constante, y no es otro que el de la unidad de la experiencia.
¿Qué es lo que unifica la experiencia y sus distintos registros valorativos?
El retrato que se efectúa de esta evolución dista de ajustarse a una imagen lineal.
Si Lagneau había mostrado que el entendimiento como facultad teórica se subordinaba al juicio como decisión evaluadora, Canguilhem iba a subrayar, tras el largo rodeo reflexivo de los años treinta sobre la precedencia de la técnica y la creación, que la medicina constituye un saber normativo, sustentado en el acto de juzgar, que se corresponde a su vez con la propia actividad normativa del viviente.
Este viraje del entendimiento al juicio y del juicio a la acción, tiene también su vertiente práctico-política.
Canguilhem fue un fiel seguidor del pacifismo de Alain, pero la nueva deriva hacia lo concreto –que el filósofo de Castelnaudary compartía con su unidad generacional, hacia la primacía de la acción respecto a los principios teóricos, le llevó a desarrollar una sensibilidad por las singularidades históricas de la que su maestro carecía.
Aquí se sitúan el interés y a la vez las reticencias de Canguilhem respecto al marxismo, que llegaron a su momento más intenso en 1935, con la publicación de Le fascisme et les paysans, y que Roth examina con mucho detenimiento.
Aquí se localiza, asimismo, la proximidad vivida por Canguilhem en Toulouse, con los republicanos españoles y su experiencia del fascismo y la guerra.
Esto sería decisivo, según Roth, no sólo en la biografía política de Canguilhem, con la renuncia al pacifismo, sino también en el modo de plantear el problema de la unidad de la experiencia.
Aquí se entroniza también el encuentro con Cavaillès y la decisión de involucrarse activamente en la Resistencia.
En su exposición, Roth considera cruciales para marcar la distancia de Canguilhem con Alain, las reflexiones del primero sobre la técnica y la creación, publicadas en los últimos años treinta y comienzos de los cuarenta.
La técnica, guiada por exigencias vitales, implica desbordar la voluntad de verdad dictada por el entendimiento; se funda en ficciones, en errores que sólo ex post facto serán denunciadas por el pensamiento científico.
Esta prioridad del error y de la ficción era inadmisible en el programa filosófico de Alain y del análisis reflexivo.
El paso siguiente consistirá en identificar la vida y sus necesidades ("exigencias del viviente") como raíz de ese movimiento de construcción y destrucción de ficciones, que en último término caracterizará a la historia de las ciencias biológicas.
En esta pendiente, Canguilhem se encontrará con la epistemología bachelardiana y su primado del "error", la "rectificación" y la "ruptura epistemológica".
Por otro lado, la identificación de la "vida" como actividad sintética ordenadora de la experiencia cobrará forma en el concepto clave de "normatividad vital".
Roth reconstruye con rigor y meticulosidad esta travesía, deslindando los principales debates, las convergencias y las divergencias, revisando algunos tópicos (la relación del tronco Alain-Canguilhem con el vitalismo de Bergson) y polemizando sobre otros (poniendo en tela de juicio la sobredimensionada influencia de Goldstein, de Marx o de Nietzsche sobre Canguilhem).
Se trata sin duda de una historia internalista, centrada en delimitar las filiaciones y las transformaciones conceptuales (sobre todo en el eje constituido por Lagneau, Alain y Canguilhem), pero que no deja de evocar la relación de éstas con las alteraciones en la biografía política de Canguilhem y con la atmósfera cultural y social del momento.
Sería no obstante conveniente completar el estudio histórico-conceptual de Roth con un estudio sociogenético que explorara a fondo la formación del habitus filosófico de Canguilhem en el entrecruzamiento de los universos sociales e intelectuales, al modo en que Moreno Pestaña (2006) lo hizo con Foucault.
Pero esa es otra tarea.
Los dos textos comentados pueden servir de acicate para una recuperación hispánica de la obra de Canguilhem.
De hecho ya existen algunos signos del renovado interés por su obra en los países de lengua española.
Desde hace unos pocos años, la editorial bonaerense Amorrortu, está publicando las principales obras de madurez del filósofo, aún no vertidas en nuestra lengua,3 y comienza también a proliferar la literatura secundaria.
En nuestro país, quitando el caso aislado de algunos historiadores de la medicina (Laín Entralgo y sobre todo Felipe Cid), este autor sólo empezó a interesar a partir de la década de los 70, leído desde la exégesis que hacían de él los discípulos del filósofo marxista Louis Althusser como forjador de una epistemología de bases materialistas.
Posteriormente, las referencias a Canguilhem han venido sobre todo de parte de los comentaristas españoles de la obra de Foucault, dado el eco extraordinario que ha conocido en nuestro país el pensamiento de este último.
Curiosamente, una filosofía como la de Canguilhem, identificada explícitamente con un "vitalismo racionalista", que tantas similitudes guarda, en su filosofía de la vida como "aventura", de la técnica, del perspectivismo, de la ética "deportiva" (Braunstein, 2011: 118) y en su antropología, con el "raciovitalismo" de Ortega y con la filosofía médica de Laín Entralgo (Montiel, 2008), no ha sido hasta ahora estudiada en España por sí misma.
Ya es hora de que esto cambie. |
Reseña del libro "Diálogo del colorado (Salónica, 1601).
Interpretación académica de la escarlatina"
Interpretación académica de la escarlatina.
Edición, introducción y notas de Pilar Romeu Ferré, Barcelona, Editorial Tirocinio, 2014, 303 pp.
Como hizo notar el maestro Karl Sudhoff en su Erstlinge der pädiatrische Literatur (1925), los primeros incunables dedicados a las enfermedades infantiles (Paolo Bagellardo, 1472; Barholomëus Metlinger (1473) y Cornelius Röelans, 1485), sirvieron de modelo a las monografías que, a lo largo del siglo XVI, se publicaron en Europa y que, no en pocas ocasiones, iban ligadas a la de las enfermedades de las mujeres.
Valga, como ejemplo, la parte pediátrica de la obra de Damián Carbó (1541) o el Libro de las enfermedades de los niños (1551) de Lobera de Ávila.
Pese a su indudable interés, la mayor parte de los contenidos de dichos incunables eran reelaboraciones de obras anteriores, como las de Sorano de Éfeso, Pablo de Egina, Rhazes o Muscio.
La obra de Daniel de Ávila se inscribe en otra línea.
En efecto, en los años de transición del Quinientos al Seiscientos y en las primeras décadas de este último siglo, comienzan a aparecer un tipo de obras que, compartiendo parte de los rasgos de la tradición de los textos monográficos renacentistas, sobrepasan el nivel de la pura recopilación y comentario de textos anteriores, para ofrecer un tipo de obra en la que se estudian, de forma sistemática y ordenada, las características que un médico necesita conocer de estas edades de la vida, utilizando todos los saberes de la medicina galénica tradicional estudiados a través de las ediciones y traducciones directas de los textos clásicos que el humanismo renacentista había proporcionado y añadiendo una importante parte procedente de su experiencia personal, como pusieron de relieve López Piñero y F. Bujosa ( 1982), en su monografía sobre los tratados de enfermedades infantiles en la España del Renacimiento.
El caso de la obra de Luis Mercado, en especial, el De puerorum educatione, custodia et providentia (1611), resulta paradigmático.
El Diálogo del Colorado (1601) que Pilar Romeu Ferré, una excelente investigadora en temas sefardíes nos ofrece, es una obra singular, consagrada a la escarlatina, de la que solo se conoce un ejemplar ubicado en la Biblioteca Ets Haim de Ámsterdam, inscrita en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, desde 2003.
Se trata de una de las pocas obras aljamiadas que se conservan de los siglos XVI y XVII.
La edición crítica que realiza la autora es una transliteración de la aljamía hebraica en caracteres rasíes.
El volumen forma parte de la colección "Fuente clara.
Estudios de cultura sefardí" de la editorial Tirocinio, dirigida por la propia Romeu.
El volumen va precedido de un extenso estudio introductorio en el que da noticia del autor, de la imprenta y del lugar de edición.
Junto a ello, establece una detallada caracterización del texto del Diálogo, sus características tipográficas, gráficas y ortográficas, el tipo de lengua de los diálogos y los criterios de edición.
Las 160 páginas que ocupa el texto del Diálogo del colorado, que la autora subtitula "interpretación académica de la escarlatina", va seguido de una sección de "complementos" que incluye las variantes de los nombres, un útil glosario de términos ordenados por orden alfabético, índices onomástico y geográfico y, finalmente, la bibliografía.
Ni el autor ni la obra aparecen en las tradicionales recopilaciones bibliográficas sobre textos pediátricos como la de Friedrich Meissner, Grundlage der Literatur der Pädiatrik (1850) o las historias de la pediatría de ámbito internacional que prestan especial atención al periodo objeto del libro de De Ávila (G. Still, 1931; Albrecht Peiper, 1955) o españolas como la de Luis S. Granjel ( 1965).
23) que el Diálogo ha sido reseñado o catalogado en pocas ocasiones en las bibliografías y repertorios sobre tema sefardíes y en los estudios relativos a los médicos de origen judío o converso – como en el clásico trabajo de Friedenwald (1967)- que durante todo el siglo XVI practicaron su oficio en Europa o América, lo que supone un interés añadido a la edición de la obra que nos ocupa.
Los datos biográficos del autor que Romeu ha podido reconstruir, son escasos pero muy significativos.
Médico, procedente de la Península Ibérica, `probablemente descendiente de judíos conversos, reconvertido al judaísmo y, por tanto, de origen cristiano nuevo reconvertido en judío nuevo.
Formado en la Facultad de Medicina de Salamanca debió formar parte del exilio obligado de tantos otros judíos de la Península y se instaló en Salónica, parte en aquel momento del Imperio otomano, donde había una importante colonia itinerante de médicos marranos y donde se supone residió hasta el final de sus días.
El género utilizado por De Ávila es el propio del diálogo, un recurso didáctico muy utilizado en obras renacentistas, en el que intervienen elementos ficcionales tales como la caracterización de los personajes y su cualificación y competencia en la materia objeto del diálogo.
En este caso, los protagonistas son los catedráticos salmantinos Bravo de Piedrahita (quien posee el mayor grado de auctoritas) y Rodrigo de Soria.
El tercer personaje que se incorpora a la conversación es el propio autor.
Las prolijas argumentaciones incluyen un número de citas que Romeu cuantifica en cerca de doscientas, y que van desde Sorano o Aecio a autores modernos, claro exponente y reflejo de una muy vasta erudición.
La autora hace un esfuerzo de identificación de todos y cada uno de ellos en las notas a pie de página (p.74-90) que acompañan al capítulo "Catálogo de los auctores que en este libro se alegan".
El mal colorado, al que se alude en el título y a lo largo de la obra, era la forma usual de designar lo que, a partir del siglo XVIII, se denominará escarlatina en fuentes españolas, aunque con anterioridad el término aparece ya en autores del siglo XVI (el male di scarlatina de Tommasino de ́Bianchi, llamado Lancelloti) y como Febris Scarlatinae en Thomas Sydenham (1676).
La autora hace una muy pertinente incursión en los principales diccionarios y terminologías (Covarrubias, Diccionario de autoridades, Ballano, entre otros), para estudiar la evolución del término y su contenido semántico.
Precisamente en el estudio monográfico y detallado de esta enfermedad "nueva", confundida hasta el periodo moderno, con otras patologías infecciosas que cursan con lesiones exantemáticas como el sarampión y la viruela, es que encontramos rasgos de modernidad en la obra de Dávila.
Él mismo se atribuye el ser el primer nosógrafo de la misma ("es pues, enfermedad nueva incógnita a los antiguos y modernos autores", p.
107) y hay un interés claro en la individualización, el estudio en profundidad de todas y cada una de las facetas de la enfermedad, desde sus causas, a las señales para su diagnóstico, régimen dietético y tratamiento.
En ocasiones se menciona la experiencia práctica como criterio para tomar determinadas decisiones terapéuticas (como el uso de las sangrías, p.
En suma, una importante aportación que permite poner al alcance de los investigadores un texto que, junto al interés intrínseco de la propia obra al tratarse probablemente, del primer tratado aljamiado publicado que se conoce, abre el camino para nuevas interpretaciones sobre tradición y modernidad, historia de las nosografías pediátricas, su significado en el periodo moderno y otras cuestiones. |
Reseña del libro "Un evolucionista en el Plata: Florentino Ameghino"
Un evolucionista en el Plata: Florentino Ameghino.
El naturalista argentino Florentino Ameghino (1854-1911), autor de una serie de contribuciones fundamentales al conocimiento de las faunas de vertebrados fósiles de Sudamérica, se ha convertido en todo un símbolo de la ciencia de su país, más allá de sus méritos, innegables, como investigador.
Reivindicado como la primera gran figura de la ciencia patria con proyección internacional, en unos años en que la joven nación pugnaba por abrirse paso en el concierto mundial, Ameghino, como activo difusor del evolucionismo, fue además invocado como portaestandarte del positivismo triunfante sobre la superstición por parte de aquellos cenáculos ideológicos proclives a tales discursos.
Igualmente, fue ridiculizado inmisericordemente por los antievolucionistas, que sacaron jugoso partido de algunas especulaciones no demasiado bien argumentadas y de ciertos errores científicos, a veces muy claros, otros bastante más discutibles, que le fueron recurrentemente imputados al personaje.
Contradictorio en su actitud existencial y en su pensamiento, vehemente en su proceder público y en su vida privada, con una innegable capacidad de liderazgo y una invencible tendencia al victimismo, Ameghino es un autor que exige aproximaciones llenas de matices y, por eso mismo, enormemente atractivo para un biógrafo bien dispuesto a captar los alambicados entresijos de una personalidad que escapa a las caracterizaciones apresuradas.
Así ha planteado su libro Adrià Casinos, catedrático de Zoología de la Universidad de Barcelona con una acreditada trayectoria así mismo como historiador de la biología.
A lo largo de catorce capítulos (más un decimoquinto de bibliografía), Casinos nos ofrece un acercamiento a Ameghino en el que combina acertadamente el trabajo de síntesis sobre literatura secundaria (que para el sujeto de estudio ya alcanza un volumen nada despreciable) con el contraste sobre el análisis de la correspondencia mantenida por el naturalista argentino a lo largo de su vida científica.
En ese sentido, aunque efectivamente la obra se fundamenta en las contribuciones originales de otros autores, la vertiente dialéctica de la misma viene garantizada por el recurso a la fuente primaria epistolar.
Los apuntes específicos sobre los meollos biológicos y paleontológicos de los temas estudiados por Ameghino, a cargo de quien, a la postre, es un especialista en biología evolutiva con notables virtudes de divulgador, permiten abrir el horizonte comprensivo a los lectores que pudieran perderse en la vorágine de los problemas de nomenclatura, taxonomía y estratigrafía.
La estructura narrativa, aun teniendo su cañamazo básico en el propio curso vital de Ameghino, se permite constantes excursos entre épocas.
Es cierto que, en ocasiones, el lector puede verse un poco despistado al ver cómo se yuxtaponen aspectos de la obra de Ameghino que tienen una coherencia temática, pero que suceden en momentos diferentes de su vida; pero, no obstante, entendemos que vale la pena ese pequeño precio, pues el libro en su conjunto resulta mucho más unitario y coherente de lo que hubiera resultado de seguirse estrictamente el curso vital del protagonista.
Los dos capítulos finales van más allá de dicho curso, al analizarse en ellos, por un lado, la construcción del mito ameghiniano en Argentina, tras su muerte, y por otro, la influencia de sus ideas en España.
Casinos ha conseguido una aproximación, pues, actualizada y equilibrada de Ameghino, en su condición simultánea de investigador, divulgador, coleccionista, reivindicador de la ciencia argentina, organizador científico en relación con la gestión de expediciones y museos, etc. Las luces y las sombras del personaje aparecen en todo momento bien perfiladas; sin caer en la hagiografía, se logra ponderar la importancia innegable de sus contribuciones; sin deslizarse hacia el desdén, se consigue una descripción veraz de los errores de todo tipo en que incurrió.
El interés del libro, en todo caso, trasciende al conocimiento centrado en el propio Ameghino, por cuanto ofrece mucho a la reflexión en torno a los discursos transnacionales en la ciencia contemporánea, al explorar las jerarquías implícitas y explícitas entre naciones, los usos políticos e ideológicos asociados, las redes de comunicación que se van estableciendo, las apropiaciones y aculturaciones pertinentes, y cuantos factores alteran el tradicional discurso sobre centros y periferias, tan creciente y justamente contestado.
Universidad CEU Cardenal Herrera |
Reseña del libro "La revolución de las batas blancas.
La revolución de las batas blancas.
El conflicto profesional protagonizado por el personal ayudante técnico sanitario (ATS) entre 1976-1978 es el tema central de este libro.
Este "homenaje (como la autora lo denomina) a todas las enfermeras y enfermeros que participaron en el conflicto... profesionales y ciudadanos...que querían una sanidad mejor", se lee como una historia de lucha, reivindicación y movilización de recursos de un colectivo sanitario inmiscuido todavía en su proceso de profesionalización.
El libro habla de quienes ante un país con altas cifras de mortalidad infantil, accidentes de trabajo y un sistema sanitario deficiente que contaba con un personal de enfermería formado por estudiantes de ATS y religiosas no tituladas, lucharon por avanzar hacia un estado de bienestar moderno.
Unos sanitarios que constituyeron, según el prologuista de este libro Nicolás Sartorius, el antecedente de las movilizaciones en contra de la privatización del sistema sanitario de estos últimos años.
Para esta reconstrucción histórica, la autora ha contado con un bagaje académico y profesional extraordinario, revistas profesionales, prensa y archivos propios y personales de otros protagonistas del conflicto.
Su implicación como miembro de la Coordinadora Nacional, movimiento asambleario que gestionó el conflicto desde Madrid, la resuelve con solvencia con un proceso hermenéutico objetivo y no iatrocéntrico.
El contexto político, económico, social y sanitario de la Transición Democrática española sintetizado en el primer capítulo, aporta los elementos más significativos del deficiente panorama laboral de los profesionales de la salud.
Las reivindicaciones ciudadanas en general y de ciertos colectivos en particular (ATS, médicos internos residentes, personal de centros psiquiátricos...) se reconstruyen dando visibilidad, también, a la participación activa de las mujeres en el proceso democrático, habitualmente ausente en el discurso histórico.
La autora glosa las asociaciones formadas por mujeres más relevantes que desde los años 70 y desde muy distintas sensibilidades políticas e ideológicas, lucharon por resolver problemas ciudadanos y adquirir un rol protagonista que vislumbrara los primeros aires de liberación femenina en nuestro país.
A medida que el libro avanza, el protagonismo lo adquiere el colectivo de ATS como agente de su avance profesional y del cambio sanitario, social y democrático.
El capítulo sobre la reivindicación del nivel académico universitario y la modificación de sus planes de estudios profundiza en uno de los núcleos del conflicto.
La autora deja ver cómo el superar la segregación por sexos de la enseñanza y conseguir la enfermería universitaria fueron fruto de unas estrategias profesionales y retórica de persuasión que, alimentadas por unas indudables motivaciones sociales, aunó a unos 75.000 profesionales de la enfermería española en aquel trienio de la Transición.
En otras palabras, la enfermería se enfrentaba al proceso de delimitar una nueva identidad profesional basada en el conocimiento experto y científico que consideraba eran los "cuidados enfermeros", que le permitiera alcanzar el estatus profesional deseado.
Otro problema fundamental que es analizado en el libro es el conflictivo proceso de unificación de las tres organizaciones que velaban por los intereses gremiales de estos sanitarios: colegios de ATS masculinos-practicantes, ATS femeninos-enfermeras y ATS especialistas en ginecología y obstetricia-matronas.
Este trabajo evidencia que el modelo de segregación por sexo y titulación supuso un obstáculo para la profesionalización de la enfermería mixta.
Las distintas posiciones e intereses que defendían cada uno de los colegios profesionales, en numerosas ocasiones irreconciliables, fueron resueltos gracias a la propuesta de unificación de la Coordinadora Nacional.
El resolver esta situación de división repercutió, también, en otros aspectos profesionales tan fundamentales como la propia denominación, identidad y modelos profesionales de referencia.
La enfermería actual, concluye Concha Germán, ha permanecido en el compromiso humanístico, goza de mayores responsabilidades técnicas y conocimiento científico (doctorado), como se defendió en el conflicto.
Las mujeres y hombres ATS que vivieron este periodo de movilizaciones sin precedentes consiguieron aportaciones esenciales de las que nos beneficiamos los profesionales actuales.
Aunque por su estilo divulgativo parece el relato de un conflicto profesional, este trabajo es un análisis pormenorizado de un episodio fundamental del proceso de profesionalización de la enfermería española, que en otros países de Europa ni se ha planteado o se ha resuelto de distinta manera.
Hasta la publicación de este trabajo, este capítulo ha permanecido olvidado para los y las historiadores de la Enfermería, tal vez, como apunta la autora, por querer poner más distancia temporal o invisibilizar una época todavía gris de la historia de España.
Este pudo ser el desafío cuyo resultado es este libro que llena un hueco en la historiografía de la enfermería española contemporánea.
Departamento de Enfermería y Fisiatría |
Reseña del libro "El sueño de la Argentina atómica.
El sueño de la Argentina atómica.
A casi treinta años de la primera edición de El secreto atómico de Huemul (1985), el libro de Mario Mariscotti que narra los 'accidentados' comienzos de la actividad nuclear en Argentina, poco se ha escrito hasta el momento sobre ese campo de conocimientos y la institución que, desde 1950, asumió la coordinación y el control de las investigaciones nucleares realizadas en el país: la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).
En este sentido, el ensayo de Diego Hurtado tiene el doble mérito de indagar en un terreno poco explorado desde la literatura académica y ser el primer trabajo que -con una mirada histórica y atenta a la influencia de los contextos políticos nacionales e internacionales- logró una aproximación al proceso de desarrollo nuclear argentino que tuvo como epicentro a la CNEA.
Si desde el punto de vista metodológico, El sueño de la Argentina atómica puede relacionarse con la obra de Mariscotti1, desde el punto de vista de los objetivos y supuestos que guían el trabajo, el libro de Hurtado guarda una relación implícita con la preocupación señalada por él en La ciencia argentina (2010), acerca de la falta de estudios dedicados a reconstruir y reflexionar críticamente sobre las trayectorias de las instituciones que componen el campo científico-tecnológico local.
En esta perspectiva, su último ensayo es también una contribución a los estudios sociales de la ciencia y la técnica que, además de introducir al lector en la historia de la energía nuclear en el país, extrae de ella las experiencias asociadas a una política tecnológica con capacidad de proyectarse al presente para "dar batalla a la dependencia cultural y económica" (Hurtado; 2014: 301) en ese ámbito.
Fruto de nueve años de trabajo, el texto se estructura en cinco capítulos organizados temáticamente, una Introducción y un Epílogo.
En el primer apartado, el autor presenta los conceptos y la perspectiva teórica desde la cual examinará el proceso de conformación de un régimen tecnopolítico alrededor de la actividad nuclear, cuyo inicio en el país se remonta a mayo de 1950 cuando, a través de un decreto presidencial, Juan Domingo Perón creó la Comisión Nacional de Energía Atómica.
Ya en las primeras páginas del libro, Hurtado advierte sobre el papel central del Estado en el impulso de estrategias de institucionalización y en la necesidad de situar el desarrollo nuclear argentino en el marco de las relaciones centro-periferia, según el planteo de Immanuel Wallerstein.
Del sociólogo norteamericano, el físico e historiador de la ciencia, tomará también la noción de "semiperiferia" para distinguir entre los países periféricos, a aquellos con capacidad industrial "impulsada por -e integrada a- procesos de desarrollo dependiente" (Hurtado; 2014: 21).
A la luz de esta teoría, todo el ensayo de Hurtado podría leerse como la historia de los condicionamientos políticos y económicos impuestos a la Argentina por las potencias -en especial, por Estados Unidos- para frenar su proceso de autonomización tecnológica en materia nuclear, y los esfuerzos del país sudamericano por mantener la independencia de decisiones sobre el mejor camino para alcanzar el desarrollo.
Además del contexto internacional y la centralidad que en el análisis cobra la emergencia de un mercado para las tecnologías nucleares, el libro introduce también otra dimensión analítica sin la cual sería imposible entender la conformación del régimen tecnopolítico argentino: la de la política interna y su influencia sobre los diversos actores que, según Hurtado, componen la cultura nuclear.
Inspirado en el pensamiento de Jorge Sabato, figura central de la CNEA en los años sesenta, el autor examina la "evolución" de dicha cultura a partir de la interacción de tres sectores clave en los procesos de desarrollo: el Estado, la estructura productiva y la infraestructura científico-tecnológica.
A lo largo del ensayo -sin perder de vista las relaciones entre centro y periferia- Hurtado analizará de qué manera los cambios en el vínculo de esos tres factores repercutieron en la configuración del régimen tecnopolítico.
Uno de los rasgos que -en la perspectiva del autor- singularizaron el proceso de desarrollo nuclear, es el que el propio Sabato describió como la capacidad del sector de promover la industrialización en otros ámbitos del sistema productivo, aspecto que en el libro se relaciona con la categoría de enraizamiento para referir a los puentes establecidos entre la industria nuclear y la industria nacional y a los efectos económico-sociales que produjo dicha sinergia.
Asimismo, la orientación industrialista y la defensa de la autonomía tecnológica son descritas al comienzo del ensayo como componentes ideológicos centrales de la cultura nuclear.
El otro rasgo que permite a Hurtado plantear la excepcionalidad del desarrollo "atómico" en relación a otras trayectorias institucionales del campo científico-tecnológico, refiere a su capacidad de configurar una trama organizacional para producir tecnologías capital-intensivas, en medio de las crisis y los avatares económico-políticos que signaron al país en el período bajo estudio (1945-2006).
Orientadas a satisfacer objetivos e intereses nacionales, dichas tecnologías y sus condiciones de producción en un contexto semiperiférico, remiten al concepto de frontera tecnológica local, con el que Hurtado "cierra" su propuesta teórica para dar lugar al análisis del proceso de configuración del régimen tecnopolítico nuclear, al que caracteriza en tres etapas sucesivas que no se corresponden, sin embargo, con la delimitación temática de los Capítulos: la etapa de crecimiento, diversificación y enraizamiento (1950-1982); la de retroceso y desarticulación de la actividad (1983-2002); y la de reactivación del campo, iniciada en 2003 y todavía en curso.
El capítulo 1 comienza en 1945 -a fines de la Segunda Guerra Mundial- con la conformación de un mercado internacional de tecnología nuclear y las primeras iniciativas del gobierno peronista (1946-1955) para dar un marco institucional a la actividad atómica en Argentina.
El fallido Proyecto Huemul encabezado por Richter para obtener energía por el proceso de fusión controlada, la creación de la CNEA y del Instituto de Física de Bariloche (1955), constituyen algunos de los hitos señalados por Hurtado en el camino hacia la institucionalización.
El apartado culmina en 1958 con la referencia al primer logro tecnológico de la CNEA -la construcción del reactor experimental, RA-1- que posiciona al país como uno de los más avanzados en materia nuclear en toda Latinoamérica, y lo lanza a la carrera contra Brasil -su "rival" hasta los años ochenta- por el liderazgo regional en el sector.
Más allá de estos hechos, de gran trascendencia, el capítulo describe también las condiciones o contextos políticos que los hicieron posibles.
En otras palabras, como explica Hurtado, en época tan temprana como los años cincuenta, pueden rastrearse los elementos que -hacia 1960 y 1970- constituirán los pilares de la tecnopolítica nuclear: el perfil industrialista y la defensa del acceso autónomo a la tecnología, que el autor identifica con los "componentes propios de la orientación [peronista]" (Hurtado; 2014: 83).
Los capítulos 2 y 3 describen el proceso de enraizamiento del régimen tecnopolítico y la influencia que tuvieron en su 'consagración' las premisas "desarrollistas" y el pensamiento de Jorge Sabato.
En ese marco de crecimiento sectorial, el autor señala cómo los vaivenes del contexto socio-político argentino2 no impactaron sobre las líneas de desarrollo de la CNEA que, en ese período, fue protagonista de una serie de logros; entre ellos: la construcción de la primera central de potencia -Atucha I- y su puesta en marcha, en 1974; y los estudios de factibilidad para instalar la segunda central nuclear.
Como aspecto clave del proceso de enraizamiento, ambos capítulos dedican parte del análisis a subrayar las interacciones entre la infraestructura científico-tecnológica y la estructura productiva, a partir de la puesta en vigencia de lo que Sabato denominó la "apertura del paquete tecnológico", para referir a los modos de participación de la industria local en los proyectos nucleares que, como las centrales de potencia, aún no podían construirse con el "know-how" propio y debían ser importadas "llave en mano".'Abrir el paquete' no sólo garantizaba la participación industrial, sino la posibilidad de adquirir -en el mediano plazo- los conocimientos requeridos para alcanzar la autosuficiencia tecnológica.
A diferencia de los anteriores, el capítulo 4 plantea la primera alteración en el rumbo y los componentes ideológicos del régimen tecnopolítico, a raíz del impacto que produjo en el sector el ascenso al poder de la última dictadura (1976-1983).
No obstante, como explica Hurtado, dicho viraje coincidió -paradójicamente- con un período de aceleración del plan nuclear que -en el marco de una economía orientada hacia las finanzas y una política "anti-estatista"- mantuvo algunas de sus premisas fundamentales y alcanzó metas trascendentes como el éxito en la fabricación de los elementos combustibles para las centrales nucleares o la tecnología para enriquecer uranio.
Ahora bien, la contradicción entre la política económica de la dictadura y la política tecnológica e industrial impulsada desde la CNEA resultó, para Hurtado, ser "aparente" pues bajo el gobierno militar "el desarrollo nuclear pasó a ser funcional a los intereses de grupos económicos concentrados" (Hurtado; 2014: 17).
Aún "si se pudiera decir [que la] CNEA había conservado sus códigos de identidad [era] evidente que [durante la dictadura] había mutado como institución.
El espejismo de que había permanecido inalterada frente a la drástica mutación estructural del contexto socioeconómico [era] refutado por la propia reconfiguración de los mecanismos de vinculación del plan nuclear con ese contexto macroeconómico" (Hurtado; 2014: 232).
En el capítulo 5, el autor describe el proceso de retracción de la actividad nuclear entre 1983 y 2002 y su correlato en el régimen tecnopolítico.
Si bajo el gobierno de Alfonsín (1983-1989), el principal condicionante al desarrollo sería el contexto de ajuste económico y limitaciones presupuestarias extremas, durante el gobierno de Menem (1989-1999), la deuda externa y las políticas de "achicamiento del Estado" provocarían el "desguace" del sector nuclear y el desmembramiento de la CNEA (1994) en tres entidades autónomas: la NA-SA3; encargada de la operación de las centrales nucleares, el ENREN-ARN4, dedicado al control y fiscalización de la actividad nuclear; y la CNEA "residual", limitada a las funciones de investigación, promoción y desarrollo.
A pesar del clima económico adverso que signó las décadas de 1980 y 1990, Hurtado rescata las experiencias exitosas de otros "actores nucleares" -surgidos bajo la última dictadura- que, como INVAP5, iniciaron una serie de exportaciones de tecnología a otros países de la periferia.
El capítulo finaliza con la mención al período de recuperación de la actividad atómica y con una lectura positiva del plan de reactivación nuclear lanzado en 2006 por el gobierno de Néstor Kirchner.
En la visión del autor, el relanzamiento supuso la emergencia y resignificación de los componentes centrales del régimen tecnopolítico "como si, en términos políticos e ideológicos, los años noventa no hubieran ocurrido" (Hurtado; 2014: 291), salvo por la firma de los Tratados de Tlatelolco y de No Proliferación (TNP) -entre 1992 y 1994- que marcó un giro en la política exterior sobre el tema nuclear, al reemplazar las instancias locales de legitimación de la actividad por las normativas internacionales.
de Hurtado, nos deja así un análisis de 60 años de la actividad nuclear nacional, fundado en una robusta y exhaustiva base documental y la riqueza del enfoque del autor que lejos de ser meramente historicista y contemplativa, concita a la acción, en la medida en que presenta el desenvolvimiento de la actividad nuclear argentina como un ejemplo a tener en cuenta en la batalla contra la dependencia cultural y económica.
Resulta sin embargo inevitable que la extensión del período analizado conlleve alguna tendencia a la generalización conceptual y a la consiguiente pérdida de oportunidad de problematización de ciertas dimensiones que aparecen a priori como muy ricas en la construcción de lo que el autor llama la "cultura nuclear".
Tal es el caso por ejemplo, de la mirada al interior de la cultura organizacional de la CNEA que no se agota en las visiones estratégicas de los grandes hacedores de la actividad sino que se nutre también de las acciones y pasiones de quienes sostuvieron esas visiones en el día a día de la actividad institucional.
Este y otros aspectos de la relación entre política científico-tecnológica y cultura institucional ameritan futuros abordajes académicos.
Para quienes tomen la posta, el libro de Hurtado se convierte en una obra de consulta obligada. |
Reseña del libro "El hospital de la transfiguración"
Se traduce ahora tardíamente –muy tardíamente, pues firma la obra en 1948- la primera novela de Stanislaw Lem, un vibrante relato de las vivencias en un hospital psiquiátrico en la Polonia ocupada por los nazis.
El protagonista nos narra al comenzar sus páginas un viaje al entierro de un familiar, viaje en tren como Fernando Marías señala bien en la introducción.
El tren tiene un papel sin duda esencial en la narración, lo lleva a la muerte y a su familia, al manicomio, al desenlace final.
El entierro al que acude lo conmueve con sentimientos diversos, siente –vive- la familia, la patria, la naturaleza; todo aquello se confunde, la guerra viene a destruirlo, el horror a la invasión alemana.
Y la muerte refuerza el horror, muerte que también es tema central de la novela.
Nos describe la negación que de ella hacía el agonizante, la seguridad que el diagnóstico proporciona (la ciencia parece proteger), el llanto del moribundo, la supresión de la memoria.
La anormalidad de la muerte, de las muertes, de los agónicos.
El conoce bien la medicina por su biografía, nos describe la carrera, los estudios, la insensibilidad que el estudiante médico adquiere, también junto con el sentido de la vida y la verdad.
La amistad es importante entre estudiantes, como la que le facilita su contrato en el manicomio.
Un centro hospitalario triste y sombrío, en el que hasta el Cristo se ennegrece.
En la entrada se observa un "Christo transfigurato", que anuncia el hospital de la transfiguración, en el interior un cristo negro, sin color como el propio manicomio.
En la narración la naturaleza y sus colores y mutaciones contrastan de forma terrible con los interiores de la institución.
Colores, muchos colores llaman la atención en estas páginas, mostrando la excelente capacidad de observación del autor.
Colores que se toman de la naturaleza, del cambio de las estaciones, como en La linterna roja de Zhang Yimou.
Colores que contrastan con la fijeza y monotonía del manicomio y que predicen los colores espaciales de las descripciones futuras en sus obras de ciencia ficción.
Junto a los colores nos describe tipos, personajes de enfermos o de profesionales.
Los diagnósticos, las historias clínicas, los tratamientos se suceden, las caras y las actitudes de los médicos, también.
Los círculos del infierno, el establo de Augías, el Gólgota, Aqueronte son términos que nos muestran la institución como averno.
Sus conocimientos médicos le permiten presentar diversos cuadros clínicos, médicos caricaturizados y terribles tratamientos.
O bien, la falta de tratamientos.
Hay mucha influencia de la medicina alemana, así en los diagnósticos, aunque tampoco se olvida de la herencia francesa.
El viejo director, ya débil pero al fin heroico, recuerda las lecciones de Charcot, pero ante el psiquiatra nazi que va a eliminar a los pacientes, considerados peligrosos o al menos molestos, lanza la brillante figura de Bleuler.
Recuerda que los internados son enfermos, no personajes inútiles y desahuciados, como bien se sabe en la gloriosa tradición germana.
El manicomio es sin embargo también refugio frente al exterior, un islote en el mar peligroso, como pudo serlo para Althusser en sus internamientos.
Un mundo al que no han llegado todavía los nazis, en donde se buscan otras verdades.
Está el amor, está la ciencia, está la salvación.
Nuevas estructuras de recuerdos, de sueños.
Son interesantes los estudios que se realizan allí por sus médicos, algunos son intervenciones crueles, otros son lucubraciones sobre el hombre de genio y la creatividad.
De esto se ocupa un extraño médico, que al huir al fin del hospital solo se preocupa por salvar sus páginas.
Es un tema importante, así para Kretschmer y Jaspers, también en el monumental diccionario con tantas ediciones de W. Lange-Eichbaum titulado Genie, Irrsinn und Ruhm.
Está escribiendo el psiquiatra imaginado de esquemas y árboles genealógicos, de enfermedades y hormonas en héroes y santos.
Hay conferencias y disertaciones, también microscopios que permiten ver bacterias que se confunden con paisajes.
Se habla en una sesión de la añoranza de los esquizofrénicos por el mal pasado, se quiere definir una "nostalgia de la demencia".
Se trata de un enfermo que necesita comida, asienta el autor.
Otra enferma es fingidora para evitar los campos de concentración.
Unos enfermos se muestran con visiones religiosas, o blasfemas, alguno hay que recita la Ilíada.
Otros que afirman su salud, también un artista escultor, o bien un prodigioso calculador.
Los tratamientos pueden ser bromuro, escopolamina, barbitúricos, morfina, baños fríos, camisa de fuerza, celdas de castigo, choques con insulina, o bien eléctricos.
Aparecen los tests psicotécnicos con origen en los Estados Unidos, o bien algunas operaciones arriesgadas.
Entre los enfermos, o más bien, entre los refugiados aparece un decano y rector que ha sido apartado por los invasores alemanes, se trata de una eminencia en electroencefalografía.
Otros personajes conectan con el exterior, con el mundo que está ocupado.
Hay así heridos de guerra, o bien proletarios resistentes que se encargan de una central eléctrica.
Para el autor, que tanto negoció para conseguir la edición, suponen la vida verdadera, el Atlas que sujeta el mundo.
Entre los "invitados", entre los asilados están personajes que son protegidos, para los que el centro es refugio.
Ese psiquiatra rector y decano ahuyentado por los invasores.
O un interesante poeta, drogadicto, semialienado, que parece presagiar los rumbos literarios posteriores del autor.
Huye de la realidad, busca mundos nuevos, inventados, lejanos.
Se reflexiona sobre la literatura como droga, espionaje, espejos, o huidas, olvidos y salvaciones.
Medios de huida se plantean, tales como tocar la flauta, coleccionar mariposas, reflexionar sobre el hombre de genio, buscar grietas por donde escapar, aunque sea a la locura, al manicomio, a un mundo de fantasmas.
Los críticos y los médicos –se nos dice- hacen falsos diagnósticos.
Sin duda, estamos en una Montaña mágica, que se cita.
Y también es mencionada otra de las cumbres de la literatura del siglo, Ulises de Joyce.
El padre inventor del protagonista afirma que el pasado (la memoria), se puede recrear, también el futuro.
Llegan los nazis, contra obreros, judíos y enfermos.
El director intenta esconder a los pacientes, se destruyen archivos y falsifican papeles, un médico planea el suicidio, algún otro escapa.
Un partisano intenta llevarse algunos enfermos, a los demás los liberan.
Son perseguidos y exterminados los pacientes, el hospital queda para las SS mandado por el cirujano de origen alemán, quien practicaba dudosas intervenciones tal vez en nombre de la ciencia.
Instituto de Historia, CSIC |
Hay libros que por su temática, su metodología, su narrativa, la tradición historiográfica en la que se insertan, por los objetivos que sus autores proyectan en ellos e, incluso, por su recepción, forman parte de una determinada disciplina científica.
Hay otros que por todo ello y por alguna cosa más ayudan además a construir, y a veces a reconstruir, la propia disciplina.
Este es el caso del libro de la historiadora de la ciencia portuguesa Marta Macedo, Projectar e Construir a Nação, publicado en noviembre de 2012 en Lisboa y en portugués.
Y este es el caso también de la Historia de la Ciencia y la Tecnología en Portugal en los primeros años del siglo XXI.
Dentro de la relativa corta hoja de vida que la historia de la ciencia atesora en nuestro país vecino, el libro de Macedo no es una publicación más, sino que representa una prueba firme y sólida del renovado cuidado con el que un pequeño grupo de historiadores portugueses ha decidido contarnos la historia científica de su país.
Esta historia, al contrario de lo que han reflejado las corrientes historiográficas anglosajonas y centroeuropeas más desconfiadas, no tiene desperdicio, y menos aún si la leemos desde España, compañera de tantos viajes, también durante el Ochocientos.
Algunas, además, tienen varios, como 'construir': «la construcción del espacio se confunde con la construcción del propio Estado-Nación» (p.
Todas ellas responden a una elección afortunada para describir el proceso de construcción del territorio y transformación del paisaje portugués durante la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en el período liberal.
En palabras de la autora, este estudio no trata sino de demostrar hasta qué punto la tecnología decimonónica se convirtió en un símbolo de la Nación portuguesa de cuño liberal.
A medio camino entre la historia de la arquitectura y de la ingeniería, la historia de la ciencia y la tecnología, la geografía y la ordenación del territorio e, incluso, la cultura visual y la historia de la fotografía, este trabajo de investigación pretende poner de manifiesto que también en países de la vieja Europa tan agrodependientes como Portugal, «la ciencia y la tecnología, inscritos en el territorio, son elementos esenciales para la experiencia de la modernidad y la construcción de la nacionalidad» (p.
Si bien el territorio – como proyecto político liberal –, los ingenieros formados en la Escola do Exército de Lisboa y los fotógrafos conforman el caldo de cultivo de esta narrativa, son los puentes – considerados construcciones civilizadoras –, las locomotoras, las vías ferroviarias, los insecticidas para combatir la temida filoxera, los túneles, los periódicos, las estaciones experimentales agrícolas del valle del Duero, los puertos de mar, las maquetas y los álbumes fotográficos del paisaje portugués los elementos tecnológicos que protagonizan este libro y que, de alguna forma, generaron un proyecto de futuro en el imaginario colectivo portugués, desde la clase política liderada por el Conselho de Obras Públicas hasta las clases iletradas.
Todos estos ricos y complejos ingredientes sirvieron como sofisticados «vehículos de colonización» territorial y alimentaron, sin ninguna duda, la retórica nacionalista infundida por la misión patriótica y civilizadora de los ingenieros portugueses.
El objetivo era transformar a un país vinatero en una moderna economía de mercado a través de infraestructuras de transporte.
Las políticas del Estado no intentan sólo gobernar, sino también civilizar y en ese sentido las obras públicas ocupan un lugar central.
«Un Estado civilizado tiene la necesidad de llegar a todas las partes de su territorio» (p.
Según Macedo, «al construir el territorio, los ingenieros iban construyendo la Nación» (p.
21) portuguesa en el plano económico, político y cultural.
Es en esta frase donde reside la mayor contribución de la primera monografía de Marta Macedo, un libro que nos cuenta con un tono homogéneo y equilibrado una historia a la vez científica y política sin tensiones y altibajos aparentes, un resultado poco habitual.
Tanto es así que en algunas partes del libro tenemos la sensación de que tecnología, política, ideología y cultura son una y la misma cosa.
Son muchas las virtudes de la obra de Macedo.
Se trata de un trabajo muy bien documentado, capaz de dialogar con algunos de los autores más representativos de la historia de la ciencia, como Norton Wise o Theodore Porter, entre muchos otros.
Sigue de cerca las ideas de Antoine Picon y Marc Desportes acerca de la indisociabilidad del moderno Estado-Nación y la construcción del territorio, pero también los estudios de Tiago Saraiva sobre las capacidades de la tecnología para inventar una nueva «cultura compartida».
El libro de Macedo consigue discutir problemas globales de la epistemología contemporánea, como son la objetividad, la cultura de la precisión, el constructivismo cultural, la circulación de conocimiento, el poder de las imágenes o las formas de estandarización de las sociedades modernas a partir de un caso de historia local.
Al final del camino, cuando ya nadie la espera, la fotografía se cuela en el relato como un visitante inadvertido que asume el papel de construir la imagen nacional del Portugal ochocentista.
El proceso de colonización del territorio portugués del siglo XIX no acabó con la colocación del último tramo de vía ferroviaria.
«El nuevo territorio nacional, ordenado y productivo, tenía que hacerse visible para poder formar parte de los espacios imaginados que construyen una nueva identidad nacional [...]
Era necesario producir y hacer circular imágenes del Duero.
De este modo, durante la segunda mitad del siglo XIX, los fotógrafos se van transformando en actores casi tan importantes como los ingenieros.
Al final, ambos comparten un mismo proyecto para el país.
Ambos quieren construir una nación.
Pero mientras los últimos fabrican el territorio, los primeros interpretan y traducen esa nueva realidad, inventando la imagen del paisaje» (p.
Situar a un país periférico como Portugal en el mapa de la historia de la ciencia no es una tarea fácil, nunca lo ha sido.
Macedo lo hace con una escritura elegante, fresca, tersa y aguda, ácida por momentos y contenida en otros.
En resumen, el lector encontrará en este ejemplar un texto perfectamente articulado, muy bien hilvanado, donde ni sobra ni falta nada, aderezado con sesenta y una fotografías que iluminan la escritura, como quien proyecta su mirada y sus esfuerzos en el horizonte de una disciplina y contribuye a construirla, como quien diseña el plano de su propia casa. |
Reseña del libro "Psicoanálisis en estado de sitio"
Psicoanálisis en estado de sitio.
La trayectoria de la autora de este trabajo pone en evidencia, una vez más, los valiosos aportes que pueden llegar a surgir en la zona de contacto entre dos campos disciplinares.
Formada como psicóloga en Chile y con un Magíster en Psicoanálisis en la Universidad de Paris 8, actualmente candidata a Dr. en Historia en la Universidad de Chile, Silvana Vetö ha hecho coincidir su interés por la historia y por el psicoanálisis en este y en otros trabajos recientes.
De este trabajo en particular ha resultado una obra que se inscribe con pleno derecho en el campo historiográfico de los saberes psi en el contexto latinoamericano.
Puesta en el contexto nacional chileno la obra es señera, en la medida en que la historia del psicoanálisis en Chile, hasta la publicación de este trabajo, no había desbordado la circulación restringida en revistas especializadas del campo de los saberes psi y siempre abordando el tema como parte de una discusión de relevancia y de defensa corporativa.
Psicoanálisis en estado de sitio inaugura una línea de investigación en el ámbito chileno, la de la historia de su psicoanálisis.
Y es la historia de su psicoanálisis - del de Chile - debido que el trabajo documenta y expone un fragmento de esta historia con vocación de historiografía genealógica de cuño foucaultiano, al develar los discursos alternativos que van quedando ocultos bajo los enfoques empoderados y poniendo en relieve las condiciones de recepción, apropiación y recreación del psicoanálisis en Chile.
Las facetas de interés que el trabajo ofrece no se limitan en todo caso a la historia del psicoanálisis en Chile, sino que, debido a los eventos que constituyen el núcleo central de su narrativa, son interesantes y relevantes para el campo de la memoria y los derechos humanos.
Combinando la investigación documental con la historia oral, el texto pone ante el lector el caso de la detención y desaparecimiento del Dr. Gabriel Castillo Cerna, en el contexto de la violencia política de la dictadura cívico militar pinochetista.
En el momento de su detención el Dr. Gabriel Castillo era un activo miembro de la comunidad psicoanalítica agrupada en la Asociación Psicoanalítica Chilena, entidad reconocida por la International Psychoanalitical Association.
Castillo era médico psiquiatra y había alcanzado la calidad de "egresado" del Instituto de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica chilena.
Desapareció el 11 de Octubre de 1976, probablemente por detención realizada por agentes de seguridad de la dictadura chilena.
Su nombre es uno/a más de la ignominiosa lista de detenidos desparecidos durante la dictadura chilena.
La documentación y puesta en contexto de este acontecimiento criminal hubiesen bastado para justificar una investigación historiográfica de la autora.
Con todo, la obra no es en rigor ni una biografía del Dr. Castillo ni tan sólo una crónica de los eventos luctuosos que rodean su desaparición, sino que principalmente una historia de la manera en que la comunidad psicoanalítica institucionalizada en Chile elaboró el hecho de que uno de los suyos fuese víctima de la violencia política en un contexto de dictadura militar.
La obra se constituye así en una crónica de la borradura y olvido de la persona de Castillo en el seno de la institución que agrupaba oficialmente a los y las psicoanalistas chilenos.
Con un juicio que queda al lector realizar, lo que documenta inapelablemente el trabajo es una doble desaparición del Dr. Castillo: la de su persona, a manos de agentes de seguridad del Estado y la de su memoria, por parte de la Asociación Psicoanalítica de Chile.
La obra está articulada en torno a una introducción y cinco capítulos que abordan aspectos del proceso anteriormente descrito.
Los aspectos que cada capítulo va develando en torno al suceso central que motiva el trabajo tienden a producir el efecto de cajas chinas: en cada nuevo marco de análisis se van integrando elementos que nos incitan a la comprensión de un acontecimiento particular en el contexto de la historia de la violencia política y de lo que la autora llama "las políticas del psicoanálisis"; esto es, de las definiciones teórico prácticas del psicoanálisis en la formación del psicoanalista, la praxis particular de la disciplina y el comportamiento de la misma en los contextos autoritarios.
El primero de los capítulos del libro aborda específicamente estas cuestiones, poniendo en producción operativa en relación al caso particular que aborda el trabajo, los tres niveles de relaciones entre lo político y el psicoanálisis descritos en la obra de Stephen Frosh de 1987, The politics of psychoanalitics.
Tales niveles son el de las teorías psicoanalíticas y sus supuestos antropológicos y normativos, el de la aplicación del psicoanálisis a cuestiones políticas, el de la práctica psicoanalítica y el de los grupos de poder que se oponen al interior del movimiento psicoanalítico.
En el segundo capítulo se aborda una reconstrucción de los eventos relacionados con la desaparición del Dr. Gabriel Castillo, aportando elementos de su biografía, intereses, trayectoria académica y de las acciones legales seguidas por sus parientes y cercanos ante la justicia chilena ante con posterioridad a su desaparición.
En esta sección se señalan también aspectos relativos a un posible cuadro psiquiátrico cursado por el Dr. Castillo en la época de su detención, un aspecto del que las estrategias de olvido y borradura de su memoria harán uso, de manera trágica podríamos decir, tratándose de profesionales de la "salud mental".
De manera muy acertada, esta sección aporta también algunos datos sobre las distintas fases en que se fue desarrollando la represión política en el país.
En el capítulo tercero se abordan, siguiendo el sentido laxo de lo político, las políticas de la Asociación Psicoanalítica Chilena frente a la desaparición del Dr. Gabriel Castillo.
Tales políticas pueden resumirse en la indiferencia.
En términos institucionales y frente a la enfermedad y desaparición de Castillo la mencionada institución no llevó adelante ninguna acción frente a la justicia, a los organismos internacionales, a los comités de defensa de los derechos humanos organizados por instituciones religiosas ni tampoco ofreció ni dio ningún tipo de apoyo a la familia del desaparecido.
La autora documenta aquí, en contra de argumentos retrospectivos de algunos miembros de la Asociación, la intensa y efectiva relación de Castillo con la institución durante años y hasta pocos meses antes de su desaparición.
Con una estrategia metacognitiva, y llevada hacia ello por los testimonios que va recogiendo, la autora analiza las represiones, lapsus y olvidos a los que se somete la memoria del Dr. Castillo en el seno de la institución oficial psicoanalítica chilena.
Sin mellar la gravedad de la desaparición de Gabriel Castillo, nos atrevemos a calificar como tragicomedia el "homenaje" que le habría rendido la Asociación Psicoanalítica de Chile a Castillo en 1999: 23 años después de su desaparición, 9 años después del fin de la dictadura y en un contexto de blanqueamiento de la imagen institucional frente a las presiones derivadas de la realización del 41° Congreso Internacional de la International Psychoanalitical Association, que se realizó en Santiago de Chile a mediados de 1999.
En este capítulo se realiza también un acucioso análisis de la elusión y borradura de que ha sido objeto la memoria del Dr. Castillo en el campo de la historiografía del psicoanálisis, dado que este campo ha estado dominado por la memoria institucional y la defensa corporativa.
Como señala la autora, la memoria de Castillo en este campo ha sido objeto de un "gesto de maquillaje".
En los capítulos 4 y 5 del trabajo, la obturación se abre hacia la comprensión de "las políticas del psicoanálisis" en el contexto del desarrollo del psicoanálisis en la escena mundial (capítulo 4) y en el de su recepción y apropiación en la escena chilena (capítulo 5).
De estos dos capítulos se deriva una comprensión del enfoque teórico antropológico predominante en el psicoanálisis chileno entre las décadas del 60 y del 80.
Este recorrido comienza con el capítulo cuatro, que funge bien como una breve historia de las políticas del psicoanálisis o, como señala la autora, de su "despolitización", tratando desde los intentos de Freud por fijar su legado hasta las disputas entre Anna Freud y Melanie Klein, pasando por las formalizaciones y restricciones a la formación de psicoanalistas y el repaso de las vertientes freudo marxistas.
En el contexto chileno, el capítulo 5 documenta las condiciones de apropiación del psicoanálisis en el país, las relaciones entre psicoanálisis y el ámbito universitario y las etapas por las que ha pasado la institucionalidad psicoanalítica en Chile, destacándose el predominio del un enfoque kleiniano en la teoría y en la práctica.
Tal enfoque se entiende - a partir del trabajo - como el de un marco rígido en la práctica psicoanalítica, provisto de una actitud neutra e "indiferente" por parte del analista, en el que todo contenido no es sino contenido de la fantasía dirigida al analista y en donde, por lo tanto, los ecos de la realidad social circundante son escuchados sólo en la medida en que vehiculan fantasías para el análisis o sirven para volver sobre las relaciones objetuales tempranas del paciente.
El peso del enfoque kleiniano y de otros desarrollos teóricos, prácticos e institucionales analizados en este capítulo, habrían generado, según la autora, una institución psicoanalítica, entre otros aspectos, "subsumida en si misma" e intentando salvar siempre el psicoanálisis aun a costa de su irrelevancia, dentro de la cual, la desaparición de uno de los suyos no habría logrado sacarla de su mutismo.
Como ya se señaló, este texto inaugura una línea de investigación de rigor historiográfico en torno a la historia del psicoanálisis en Chile, toda vez que se trata de uno de los primero intentos, sino el primero, por realizar una historia del psicoanálisis más allá de los márgenes corporativos.
Por otra parte, dentro de un panorama local dominado por la historia política y la historia social, resulta de interés acercarse a esta obra, que plantea aquellos "otros temas", que la gran política y las grandes transformaciones sociales tienden a ignorar.
La tarea de reconstrucción de la memoria del Dr. Gabriel Castillo Cerna, llevada adelante por este trabajo, se posiciona como una respuesta historiográfica, pero no por ello menos ética y vital, a la sutil tarea de olvido y de culpabilización de la víctima llevada adelante por la Asociación Psicoanalítica Chilena.
En este plano, el trabajo de Silvana Vetö puede ser comprendido como aquellas acciones individuales que Elizabeth Jelin designaba como protagonizadas por "emprendedores de la memoria" 1.
Asumiendo explícitamente en la introducción al cuerpo principal del texto tanto el objetivo del conocimiento histórico como el de la ética, Silvana Vetö ha hecho con este trabajo un emprendimiento de la memoria y por la memoria de un psicoanalista chileno víctima de la violencia política.
Tal como lo señalara Tzevan Todorov, la historiografía puede reincorporar energías revalidándose como ciencia moral y ética, sin por ello caer en el relativismo, el ánimo de la denuncia o el proceso jurídico.
Un aspecto llamativo del trabajo es el juego de espejos que se produce al llevar adelante un análisis historiográfico que comprende, en algunas secciones, la estrategia de psicoanalizar el psicoanálisis.
Así, el mismo saber que se pone en marco de su historia genealógica se usa para su propia deconstrucción.
De ello se derivan indudables aciertos, pero también cierta recursividad del discurso sobre si mismo y una validación objetivante de aquello que se pone en cuestión por consideraciones genealógicas y culturales.
Estimo también que frente a la crítica acerba de la institucionalidad psicoanalítica chilena (totalmente justificad a mi juicio), se desprende por otro lado la idea contra fáctica de la posibilidad de un "psicoanálisis otro".
De la profunda crítica hacia la institucionalidad psicoanalítica chilena, se infiere un genuino aprecio por las posibilidades emancipatorias del saber psicoanalítico, que sin plegarse sobre si mismo, pudiera dialogar con la historia, la política y las subjetividades en desarrollo en el entorno social.
La obra es lo suficientemente clara y expositiva para que tanto el psicoanalista, como el politólogo, el estudioso de la memoria o el historiador puedan llegar a comprender la situación del desarrollo del psicoanálisis en Chile y las complejas relaciones entre política y psicoanálisis en relación a un caso particular, ocurrido en el contexto de la dictadura militar.
Finalmente, la idea de ver el trabajo de Silvana Vettö a la luz de un concepto dramatúrgico, tiene sentido toda vez que la obra va iluminando progresivamente biografía personal, trayectorias institucionales y genealogías de saberes en un entramado que sin menoscabar la gravedad del hecho central, se lee con el impulso que provoca el interés casi orgánico por lograr una comprensión de los sucesos que rodean y siguen a la detención del Dr. Castillo.
Saliendo de los límites de una caja para avistar el panorama de la siguiente, una gestalt (inestable como todas) nos espera al final de texto.
Hay, estimo, junto a otros méritos de importancia para un obra historiográfica como esta, un indudable mérito estructural y narrativo al proporcionar los insumos necesarios para propios de un insight o "anagnórisis" (reconocimiento) que permitiría, tras un doloroso proceso como el de arrancarse los ojos que nada advirtieron, poner nuevos ojos en el cráneo de un psicoanálisis que no podía ver la evidente gravedad de lo que ocurría frente a su mirada; mirada insólitamente incapaz de la mínima imaginación moral y de la ética fundamental para seguir insertos, no ya en el trabajo sobre el sufrimiento humano, sino en la humanidad.
Marcelo Javier Sánchez Delgado |
Ciencia, agricultura y saberes locales en América Latina y el Caribe: nuevas perspectivas
En las últimas décadas existe un creciente interés entre los historiadores de la ciencia por el estudio de la producción y circulación del conocimiento y las prácticas a diversas escalas (local, regional, nacional, imperial y global).
Particularmente, los historiadores de la ciencia cuentan con un campo fértil de indagación dentro de los estudios interesados en el análisis de los espacios donde se produce la ciencia y de los actores involucrados en su quehacer; análisis que subrayan que el conocimiento científico y sus prácticas son locales y que se determinan por medio de un complejo proceso de negociación, lo cual establece una relación mucho más compleja entre centros y periferias (Latour, 1987; Haraway, 1988 (14), pp. 575-599, Ophir y Shapin, 1991, pp. 3-21; Golinski, 1998; Knorr, 1999; Livingstone 2003; Secord, 2004; Raj, 2007).
La imagen de la región como receptora pasiva de saberes y prácticas ha sido ampliamente cuestionada y nuevos estudios demuestran la participación activa en la construcción de una ciencia moderna más abierta que trasciende la tradicional dicotomía entre centros y periferias.
El estudio de la producción y circulación de los saberes y prácticas agrícolas en general y científicos en particular, es una asignatura apenas explorada para los historiadores de la ciencia y el medioambiente latinoamericanos y caribeños (Fernández Prieto,2013, pp. 789-797).
Asimismo, se ha atendido mucho al conocimiento tradicional indígena, pero existen otros agentes históricos que ejemplifican el modo en que las comunidades locales organizaron su espacio productor (hacendados, agricultores, compañías trasnacionales, etc.)
Inspirada en estas ausencias, invité a un grupo de especialistas de reconocido prestigio para concebir América latina y el Caribe hispano como un espacio donde se produjo un conocimiento agrícola tropical que interactúo con otras prácticas y saberes desarrollados a escala global.
Igualmente, parece conveniente llevar estos debates al campo de la academia española y dialogar entre un grupo de estudiosos sobre una temática poco explorada para Latinoamérica y el Caribe y con formaciones diversas: historiadores agrarios, ambientales, de la ciencia y geógrafos.
Así, pues, a partir de estudios de casos centrados en el espacio latinoamericano y del Caribe hispano, el monográfico tiene como objetivo principal explorar la construcción y difusión de los saberes agronómicos y las prácticas científicas desarrollados en contextos locales para responder a diversos problemas ecológicos y económicos afrontados por la agricultura en el trópico entre los siglos XVIII y XX, coincidente con la consolidación del modelo agroexportador para la región latinoamericana y caribeña.
Se insiste, además, en el papel de la agencia como mediadora para ilustrar el valor del intercambio a diversos niveles (global, regional, local).
Los autores atienden a la multiplicidad de agentes socioeconómicos (institucionales y privados) que intervinieron en ello, así como a las diversas conexiones a través de los circuitos del saber.
Esto permitirá un análisis comparativo de mayor alcance y contenido en la creación del sistema de conocimientos científicos agrícolas que desdibuje las fronteras entre metrópolis y colonias, local y global.
Asimismo, este monográfico es importante para emprender estudios sobre la participación del mundo colonial y poscolonial en la creación y difusión de saberes y prácticas científico-agrícolas.
Para ello se subraya la idea de que cada región tropical productora, incluyendo zonas de América Latina y el Caribe, fueron clave en la construcción, adopción y aplicación de procedimientos científicos.
Al mismo tiempo, se enfatiza el valor del intercambio y la interconexión entre estas regiones.
Así, se considera una visión más abierta de la participación de la ciencia y la práctica en la agricultura, más allá del debate tradicional de centro versus periferia.
Los autores del monográfico dialogan con diversos enfoques Commodity Histories, Biological Exchange Studies y Knowledge Exchange Studies.
Antonio Ortega Santos fue el primer doctorando en historia ambiental que tuvo España.
A lo largo de su trayectoria profesional, como profesor de la Universidad de Granada, se ha convertido en uno de los principales interlocutores válidos sobre historia ambiental española y latinoamericana.
Ortega en su texto propone emplear el concepto «decolonial» para analizar las continuidades y discontinuidades de los saberes ambientales a los que considera actores protagonistas de procesos históricos como, por ejemplo, epistemicidio; así, explora las consecuencias que supuso la llegada de los saberes europeos sobre las identidades territoriales preexistentes.
En su caso, atiende al valor de la agencia de los jesuitas en el proceso de experimentación e hibridación de los saberes con los pueblos nativos de Baja California Sur.
El autor señala a los oasis sudcalifornianos como depósitos de saberes ambientales, un término que resulta fructífero para emprender estudios futuros de mayor alcance para la recuperación de saberes y prácticas locales sobre el manejo de los recursos naturales, cuestión trascendental en las agriculturas de plantación tropical conectados al mercado mundial y, por ello, con graves consecuencias medioambientales sobre sus ecosistemas.
Judith Carney es profesora de geografía en la Universidad de California, Los Angeles.
Ella es pionera dentro de los estudios que exploran las trazas de la diáspora africana en América y en el mundo Atlántico.
Los enfoques Biological Exchanges Studies describen la transferencia de plantas y animales, pero no de saberes.
En esa dirección, Carney argumenta la transmisión de saberes llevados por los esclavos a Luisiana, Brasil y México.
El texto parte de una versión anterior publicada en inglés, pero desconocida para el mundo hispanohablante.
Sobre esa base, la autora introdujo importantes modificaciones y su texto fue traducido por Natalia Santamaría Laorden, talentosa profesora de la Universidad de Ramapo, New Jersey.
En su estudio, Carney demuestra el rol fundamental de la agencia de los esclavos en la creación de un sistema de conocimientos en la producción del arroz que sentó las bases de la riqueza de Carolina del Sur, un sistema formado por técnicas y habilidades traídas por los esclavos a partir de su previo conocimiento del mundo tropical.
La lectura de este texto ofrecerá herramientas metodológicas útiles para llevar a cabo análisis comparativos entre sociedades coloniales de plantación esclavista.
Para el caso de Cuba, por ejemplo, este tipo de estudios constituye una asignatura pendiente.
Rafael Marquese es un experimentado historiador agrario y de la historia de la esclavitud en Brasil.
En este texto, Marquese analiza la transformación y degradación ambiental provocada por un sistema de administración del paisaje establecido por los propietarios para controlar el trabajo de los esclavos en las plantaciones cafetaleras.
En el, recoge las visiones del naturalista francés Auguste de Saint-Hilaire y del agrónomo holandés C.F van Delden Laërne para dibujar el antes y después del boom agroexportador cafetalero sobre los agroecosistemas brasileños.
Este texto tuvo una versión inicial publicada en Brasil.
Sin embargo, se considera oportuna su publicación en el monográfico por dos razones.
Por un lado, para su divulgación entre un público académico hispano-hablante; por otro lado, porque ofrece un enfoque alternativo a los trabajos de Judith Carney, resultando otra mirada valiosa dentro de los estudios de la historia de la esclavitud y de la agencia esclava en la formación de los saberes agrícolas.
Humberto García Muñiz es un reconocido historiador azucarero del Caribe.
Su texto destaca la importancia de las revistas azucareras como fuentes por excelencia y poco exploradas para la historia de la industria azucarera tropical.
Estas revistas son consideradas como agentes del saber y de prácticas azucareras en formación, centradas en aspectos relacionados con la economía, medioambiente, comercialización, tecnológico y científico de la producción azucarera.
Dicho en otras palabras, en sus páginas se trazan las historias de vida y sus relaciones en las diversas fases de la caña de azúcar, desde su cultivo y producción hasta la comercialización, aspectos centrales de los enfoques de las llamadas Commodity History.
García Muñiz traza también los recorridos de múltiples hombres de azúcar a los que acuña el sugerente término de «trotamundos del azúcar», entre diversos circuitos del saber.
Siguiendo la historia del azúcar, mi trabajo indaga sobre las sugar companys como foco de creación y circulación de saberes a nivel global, pero también dentro de Cuba.
En el texto empleo el término de «saberes híbridos» para definir una zona de frontera entre el conocimiento generado por los productores azucareros locales y el nuevo know-how llevado por los norteamericanos a la isla, tras el fin de la guerra hispanoamericana de 1898.
Teresita Levy es una especialista de la historia de la ciencia agrícola de Puerto Rico.
Su texto estudia el proceso de extensionismo agrícola, acorde con el modelo de Estados Unidos, como agente y motor del cambio agrícola en Puerto Rico en el contexto del boom agroexportador latinoamericano y caribeño entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX.
Ella atiende particularmente a la consolidación de la ciencia dentro del cultivo del tabaco a partir de un marcado interés por parte de los agricultores.
Dentro de los estudios denominados Indigenous Knowledge, una de las asignaturas pendientes es precisamente la poca atención prestada a otros agentes locales como, por ejemplo, los agricultores.
Ello hace de su texto una importante contribución al dossier.
Por último, Claiton Marcio da Silva es un historiador de la ciencia brasileño.
Su trabajo aborda el proceso de negociación entre organismos internacionales y nacionales atravesados por intereses y tensiones imperiales y locales.
Para ello, sigue la siempre controversial figura de David Rockefeller y de los actores locales.
Concretamente, analiza la puesta en marcha de los proyectos de la agencia estadounidense American International Association for Economic and Social Development (AIA) en las provincias de Sao Paulo y Minas Gerais.
La participación de Estados Unidos en América latina y el Caribe se ha estudiado casi siempre desde la mirada del imperialismo económico, científico y ecológico ejercido por éstos sobre la región.
Sin embargo, este texto reflexiona sobre la activa participación local en la reorientación y negociación para la implantación de los modelos estadounidenses en Brasil, cuyo resultado no siempre fue exitoso.
En definitiva, los estudios de caso iluminan sobre el papel mediador de diversos agentes socioeconómicos, muchas veces ignorados dentro de la historia de la ciencia.
Ello abre líneas de investigación fructíferas para sociedades latinoamericanas y caribeñas.
Deseo agradecer al comité de redacción de la revista, a los evaluadores anónimos y, sobre todo, a los autores, que me han permitido llevar a buen término este proyecto colaborativo y disfrutar de este viaje virtual por la región latinoamericana y caribeña. |
Se analizan los más importantes debates y decisiones sobre Salud Pública de los Diputados de las Cortes en el Trienio Liberal.
Se resalta la participación de médicos poco conocidos como los Dres.
Antonio García y García y José Francisco Pedrálvez y se revisan las posturas del Dr. Mateo Seoane.
El proceso de profundas transformaciones sociales que tuvo lugar en los países de Europa occidental desde finales del siglo XVIII, produciendo el hito sobresaliente de la revolución francesa de 1789, se manifestó en España con toda su potencialidad en dos periodos muy precisamente identificados por la historiografía de este país: el de las Cortes generales y extraordinarias de Cádiz (1810-1814) y el del Trienio Liberal (1820-1823).
El trasfondo de esta dinámica transformadora fue la confrontación de las estructuras sociales, económicas y políticas del Antiguo Régimen estamental y absolutista que preva-lecían en Europa y su sustitución por sociedades fundamentadas en la ideología política del liberalismo y la doctrina económica del libre mercado.
Los dirigentes liberales españoles que accedieron a Cortes generales y extraordinarias de Cádiz, donde lograron constituirse en mayoría política, emprendieron tentativas de reforma en las que anidaban principios y conceptos que han sido considerados como los fundamentos del Estado moderno español que se conformó a lo largo del siglo XIX.
Después de un interregno de seis años debido a la interrupción del sistema constitucional, tiempo durante el cual reasumió el poder absoluto el Rey Fernando VII, las Cortes del Trienio Liberal intentaron plasmar en códigos los principios liberales que habían enarbolado las Cortes de Cádiz, cuyos rasgos esenciales quedaron consignados en la famosa Constitución política de 18121.
Además de otros temas de vital importancia para el Estado moderno en gestación, tales como las relaciones internacionales, el código penal, la reorganización de las fuerzas militares o la política de instrucción pública, estas Cortes del Trienio Liberal debatieron intensamente acerca de la mejor manera de enfrentar las amenazas epidémicas y de organizar coherentemente la atención sanitaria en todo el país.
En este artículo se analizan las principales tentativas de reforma en Salud Pública que emprendieron dichas Cortes.
Se hace énfasis en las discusiones ideológicas y científicas que enfrentaron a los dirigentes liberales con aquellos otros que mantenían un mayor apegamiento ideológico y político a las estructuras sociales heredadas del Antiguo Régimen.
Para ello se confrontan discursos parlamentarios y textos que dan cuenta del pensamiento de estos distintos actores o en los que pueden interpretarse influencias notables de su pensamiento político y/o científico.
La adecuada comprensión del contexto histórico en que se dieron estas discusiones hace necesario conocer, como antecedente clave, el debate y las decisiones que sobre el tema adoptaron las Cortes generales y extraordinarias de Cádiz.
Algunas apreciaciones al respecto fueron hechas en un artículo publicado en Colombia, por lo que se obvia repetirlas en este trabajo2.
La investigación utilizó fuentes primarias constituidas por los Diarios de Sesiones de Cortes (D. S. C.) del Trienio Liberal, por documentos oficiales de las Cortes o del Gobierno de la época, así como por libros y artículos publicados en esos años que abordan temas relacionados con nuestro objeto de estudio.
LOS DEBATES Y LAS PRINCIPALES INICIATIVAS SANITARIAS EN LAS CORTES DEL TRIENIO LIBERAL
El 6 de Marzo de 1820 el mismo Rey que había reasumido el poder absoluto y ordenado cesar la vigencia de la Constitución de 1812 decidió que se convocaran Cortes3 y comunicó su voluntad de jurar la misma Constitución gaditana de la que seis años atrás había renegado4.
De esa manera volvieron a estar vigentes también las disposiciones que sobre organización del ramo de la salud habían aprobado las Cortes generales y extraordinarias de 1810-18145.
Con el nuevo período de apertura política llegaron también nuevos intentos de reforma de la organización sanitaria por parte de las Cortes del Trienio Liberal, integradas en su mayoría por dirigentes liberales dispuestos a continuar la lucha contra la institucionalidad del Antiguo Régimen.
A pesar de que el Trienio Liberal se caracterizó por la agudeza de las confrontaciones ideológicas y políticas entre los dirigentes liberales y los partidarios de la continuidad del Antiguo Régimen, los Diputados liberales que constituían mayoría en estas Cortes tuvieron conciencia de la necesidad de articular reformas institucionales modernas que dieran respuesta a los cambios ocurridos en las condiciones de existencia y en la mentalidad de los españoles.
Así, lograron adentrarse en el debate de un amplio espectro de reformas sociales entre las que estuvieron las referentes a la Salud Pública.
En la generalidad de los temas tratados por las Cortes del Trienio Liberal su punto de partida fue lo que ya habían hecho las Cortes de Cádiz 6.
Igual ----ocurrió en lo referente a la Salud Pública.
Su tarea parlamentaria iba a caracterizarse por resolver en instrumentos jurídico-legales los principios sanitarios que habían esbozado incipientemente sus copartidarios en las Cortes de Cádiz.
Veremos a continuación cuales fueron los debates más destacados y las principales iniciativas sanitarias que emprendieron sus Diputados.
Los conceptos sobre las bases administrativas y científicas para un código sanitario El riesgo de epidemias y la necesidad de precaverse contra ellas le señalaron a las Cortes del Trienio Liberal desde los inicios mismos de sus sesiones una de las mas importantes prioridades.
Se temía especialmente que ocurrieran nuevos brotes de fiebre amarilla, que desde 1800 había azotado repetidamente distintas regiones del país.
La última epidemia había ocurrido muy recientemente, en 1819, y había afectado especialmente a Cataluña y regiones adyacentes 7.
Pero se temía también que la peste bubónica, que afectaba entonces a los países del norte de África, pudiera ser introducida al país.
Había, pues, suficientes motivos de preocupación como para estar alerta.
El 14 de Junio de 1820, pocos días antes de que las nuevas Cortes iniciaran sus sesiones, el nuevo Gobierno liberal a través de la Secretaría de Gobernación de la Península (a cargo de Don Agustín Argüelles) expidió un Decreto real por el que advertía sobre los riesgos de generalización de algu-----7 Entre la bibliografía útil sobre las epidemias de fiebre amarilla en las primeras décadas del siglo XIX, véase: ARÉJULA, J. M. (1806), Breve descripción de la fiebre amarilla padecida en Cádiz y pueblos comarcanos en 1800, en Medinasidonia en 1801, en Málaga en 1803 (...), Madrid, Imprenta Real; MELLADO, B. (1811), Historia de la epidemia padecida en Cádiz el año de 1810, Cádiz, Imprenta de don Josef Niel.; BAHÍ, J. F. (1821), Relación médicopolítica sobre la aparición de la fiebre amarilla, a últimos de Julio y principios de Agosto de 1821, en las tripulaciones de los buques del puerto de Barcelona, y sus progresos en la Barceloneta e introducción en la ciudad.
Mataró, Imprenta de Juan Abadal.; SALAMANCA, J. M. (1822), Observaciones médicas, sobre el contagio de la fiebre amarilla y su introducción en esta ciudad en varias épocas, desde el año de 1800 hasta el pasado de 21, Granada, Impreso por don Francisco de Benavides; GUIJARRO OLIVERAS, J. (1948), «Aportación al estudio histórico de la fiebre amarilla», Anuario de estudios americanos (Tomo V), pp. 363-396; RICO-AVELLO Y RICO, C. (1953).
Fiebre amarilla en España (Epidemiología histórica).
Revista de Sanidad e Higiene Pública.
(Política y sociedad entre la peste y el cólera).
Madrid, Seminarios y Ediciones; CARRILLO, J. L. y GARCÍA-BALLESTER, L. (1980), Enfermedad y sociedad en la Málaga de los siglos XVIII y XIX, Málaga, Universidad de Málaga. nos brotes epidémicos locales.
Por consiguiente, consideraba necesaria la conformación de una comisión que estudiara la situación y propusiera la actuación más conveniente 8.
A esa comisión, que debía estar compuesta «de los profesores más acreditados de medicina y de sugetos instruidos en la navegación y viajes hechos a países donde, por haberse sufrido iguales desastres, se han adoptado medidas sabias y eficaces para precaverse de ellos», se le encomienda en ese Real Decreto que:
(...) estienda su parecer respecto de lo que deba egecutarse provisionalmente para impedir en el momento la renovación de los tristes acontecimientos del año anterior, y lo que haya de hacerse mas adelante con un sistema fijo e inalterable: que indique además dicha comisión el estado en que se hallen las Juntas de sanidad, los lazaretos y demás establecimientos de esta clase; fondos y rentas que tienen, su inversión, sobrantes, o déficit, y cuanto puede conducir a dar claridad a tan importante materia.
Como se deduce, el nuevo gobierno tenía gran preocupación por la situación sanitaria del país e intentaba conocer de manera precisa los recursos sanitarios de diverso tipo con que podía contar para hacerle frente.
Mediante Real Orden del 20 de Junio de 1820 se nombraron los miembros de esta comisión, a la que nos referiremos como la Comisión de Salud Pública del Gobierno.
Fueron ellos los Sres.
Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, Eugenio de Arrieta, Antonio Hernández de Morejón, José Antonio Coll, Francisco Fabra y Soldevilla, Antonio Siles, Manuel Díaz Moreno y Joaquín María Ferrer.
Todos los miembros de esta comisión desempeñaron un papel muy destacado en la Salud Pública española en la primera mitad del siglo XIX.
El nuevo gobierno se proponía acertar con sus reformas a la organización sanitaria y confiaba su orientación a personalidades de gran prestigio.
Queremos mencionar especialmente el protagonismo cumplido por el Dr. Ruiz de Luzuriaga 9, quien ejerció gran influencia en el pensamiento sanitario español y presidió esta comisión.
----8 Gobernación de la Península.
Real decreto, acordando las medidas oportunas para impedir se propague en la península la peste de Levante que tantos estragos causa en África.
9 Este médico nació en 1763 en Villaró, provincia de Vizcaya.
Estudió medicina en París y Edimburgo (en esta ciudad con la guía del célebre Dr. William Cullen) y además tuvo estadías de perfeccionamiento en Londres, Glasgow y Montpeller.
Se formó, pues, en los Los temores que había en el país por la amenaza de epidemias y por la escasez de recursos públicos para afrontarlas, se hicieron realidad muy pronto.
En un Real decreto expedido el 1o de Julio de 1820 10 (cuando ya estaban reunidas las nuevas Cortes), el Rey anunció que una epidemia 11 había atacado a la Isla de Mallorca y abrió una suscripción para recibir recursos económicos que permitieran ayudar a sus víctimas.
No cabía duda que el tema sanitario tenía que estar entre las primeras prioridades de las nuevas Cortes.
Así fue entendido y por eso tempranamente se comenzó a pensar en que era necesario elaborar un código sanitario para ordenar convenientemente las acciones del gobierno, ajustándolas a los nuevos ímpetus modernizantes y a las más avanzadas ideas científicas.
La primera legislatura comenzó el 26 de Junio de 1820 y el 1o de Julio siguiente se instalaron las Cortes.
Muy poco tiempo después, el 13 de Septiembre, el Diputado Manuel López Cepero expresó ante el plenario de éstas su concepto de que era necesario que el Congreso se pusiera en el trabajo de aprobar un código sanitario con el que se pudiera superar el vacío normativo existente y se afrontara exitosamente las amenazas de epidemias.
Presentó la siguiente proposición, que fue aprobada: En la sustentación que el mismo Sr. López Cepero hizo de su proposición desveló claramente la provisionalidad que hasta entonces habían tenido las medidas que se adoptaban cuando surgía alguna epidemia, y propuso en cam----principales centros Europeos donde las doctrinas de la experimentación científica se estaban consolidando como las bases del conocimiento médico.
Para otros datos biográficos, véase: FABRA SOLDEVILLA, F. (1822), Elogio histórico del Doctor en Medicina Don Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, Madrid, Imprenta de León Amarita.
10 Real Decreto, abriendo una suscrición general en la península para el socorro de los lugares infestados en la isla de Mallorca.
11 Según se desprende de lo comentado por M. y J. L. Peset, se trataba de la peste bubónica, que se había instalado en Mallorca después de muchos años de estar ausente de España.
12 Diario de las sesiones de Cortes.
bio un criterio bastante importante: permanencia y continuidad en las acciones para precaver futuros brotes 13.
En el debate de esta proposición varios Diputados manifestaron la necesidad de que las Cortes presionaran sobre el Gobierno para que emprendiera las acciones que se sugerían, pues por muchos años se había estado a la espera de un código de tal naturaleza sin que nunca se hubiera obtenido.
El Diputado Francisco Cavaleri fue uno de quienes se expresó en ese sentido 14.
De esa manera comenzaba a dirigir las críticas contra la vieja herencia de provisionalidad en las disposiciones sanitarias y a reclamar renovación, orden y constancia en las estructuras administrativas encargadas de la lucha contra las enfermedades.
Este espíritu iba a estar presente en el transcurso de todos los debates posteriores, como podremos comprobarlo.
Quedaba claro que las Cortes tenían una perentoria responsabilidad frente a la sanidad y la oportunidad de hacer una obra legislativa que contrastara palmariamente con la pasividad de los gobiernos anteriores.
Para ello era necesario definir los principios administrativos y los conceptos científicos capaces de soportar ese cometido.
Las primeras ideas en esa dirección fueron presentadas con motivo de la discusión de una propuesta, hecha por el Gobierno a través de la Secretaría de Gobernación de la Península, para que se conformaran bajo una misma estructura administrativa los ramos de beneficencia y sanidad 15.
Omitiremos muchos de los detalles del debate sobre esta propuesta, que finalmente fue rechazada por las Cortes, y nos concentraremos específicamente en las ideas que fueron surgiendo acerca de las bases administrativas en que debía asentarse la organización sanitaria como ramo independiente.
Aunque la propuesta del Gobierno fue rechazada, la mayoría de los Diputados acogían los principios con los que se venía organizando los diferentes ramos de la administración pública: centralización y profesionalización.
El Gobierno deseaba que tanto la sanidad como la beneficencia estuvieran sometidas al «régimen de una sola dirección y juntas subalternas».
En esta fórmula sintética presentada para la organización unificada de esos dos ramos se reproducía sectorialmente la idea que presidía sus intentos de reformar de manera general la organización del Estado: creación de estructuras centralizadas ----13 Idem.
15 Esta propuesta fue presentada a las Cortes mediante un oficio del 16 de Oct. de 1821 por el Sr. Ramón Feliú, Secretario de la Gobernación de la Península.
Véase: D. S. C. Legislat. extr.
Madrid, Imprenta de J. A. García. p.
con delegación de responsabilidades a nivel provincial y local.
Se buscaba dar coherencia a las funciones del gobierno y así lograr «un sistema uniforme de administración y régimen» para todo el país 16.
Estos conceptos implicaban además la aceptación de la necesidad de contar con funcionarios profesionalizados, dotados de conocimientos técnicos especializados y responsables del desempeño de sus funciones.
En general estas ideas no producían mayores sorpresas pues hacían parte de los criterios centrales de la política liberal-burguesa para la reforma del Estado.
El país no podría proyectarse a la modernidad y al progreso si no se contaba con personas que tuvieran conocimientos específicos sobre cada área de la actividad social, basados en los adelantos que la ciencia venía logrando.
Había que desterrar de la administración pública la costumbre de poner al frente de los asuntos a personas carentes de experiencia y habilidades, sostenidas exclusivamente por los favorecimientos del poder.
Fue precisamente en la exaltación de la necesidad de conocimientos especializados en lo que se basó la mayoría de los Diputados para oponerse a la propuesta de unificación que hacía el Gobierno.
En este debate fueron surgiendo algunas de las más valiosas exposiciones de los Diputados sobre la organización de la sanidad, que muestran que en la mentalidad de la época y de los actores políticos españoles había una interesante tendencia modernizante del Estado.
Las Cortes encargaron del estudio inicial de la propuesta a sus comisiones de Salud Pública y Beneficencia, las que debían presentar un informe conjunto.
A pesar de que el dictamen mayoritario de la reunión de esas dos comisiones rechazó la propuesta gubernamental, en su sustentación no queda duda de la confianza que depositaban en la especialización de conocimientos para organizar eficientemente la función estatal 17.
Decían en uno de los apartes de su pronunciamiento que «convendrá igualmente que sean diferentes los individuos de las Diputaciones provinciales y Ayuntamientos que se elijan para formar las diferentes juntas [de beneficencia y sanidad], ya por la diversidad ----de calidades y conocimientos que se requieren, ya por la diferencia y multiplicidad de ocupaciones en dichas juntas, sobre todo en los primeros años»18.
En otro de los apartes completaban su argumentación a favor de la especialización utilizando un tono irónico, en el que sin embargo se advierte lo difícil que es establecer los límites del concepto de integralidad cuando se aplica a la problemática de salud como uno de los componentes del bienestar.
Decían en el dictamen:
(...) ¿quién no ve que siendo el bien público de los españoles el objeto de todos los ramos y administraciones del Estado, por esta misma razón convendría reunirlos todos en unas mismas manos, y agregar a la Dirección de sanidad y beneficencia hasta el estado mayor y las inspecciones del ejército, pues el objeto de éste es también hacer bien a los españoles librándolos de sus enemigos interiores y exteriores?19.
Cuando la cuestión fue discutida en el plenario de las Cortes, el diputado Seferino Lagrava, firmante del dictamen mayoritario, presentó algunos argumentos juiciosos sobre las responsabilidades que debían cumplir las Juntas de sanidad.
Con ellos se sobreponía al imperante esquema restrictivo de limitar el accionar de estas Juntas a la mera prevención de las epidemias.
Su argumentación contiene, igualmente, la idea de que el código sanitario que aprobaran las Cortes debía conllevar el compromiso con la continuidad y persistencia en la ejecución de políticas sanitarias.
Las Juntas de sanidad no se establecen solamente para auxiliar a los Ayuntamientos en la extirpación de las enfermedades contagiosas, sino para precaver éstas, y combatir las endémicas estacionales y aún comunes de los pueblos, las fiebres hospitalarias, castrense, carcelaria y demás que suelen originarse de la falta de ventilaciones, limpieza de aguas estancadas y de alimentos insalubres; a cuyos fines deben levantar los planos topográficos de su respectivo país, hacer sus observaciones a las Juntas superiores, recaudar fondos y establecer los lazaretos en la mejor forma posible, sin aguardar a tener ya encima al enemigo para prepararse sin defenderse20.
Había aquí una idea diferente, más amplia, de la política de sanidad; se extendía hasta precaverse de las enfermedades llamadas endémicas u originadas por factores locales.
Asimismo consideraba necesaria la especialización en el ----conocimiento y por eso argumentó a favor de la división técnica del trabajo de la siguiente manera:
Las comisiones no ignoran que todos los conocimientos humanos pueden considerarse como eslabones de una misma cadena, y que de consiguiente, el descubrimiento de una verdad puede contribuir más o menos próximamente al descubrimiento de otra; pero querer de aquí inferir que para llegar a éste resultado no esté mucho más expedita la mente cuando se dedica exclusivamente a un solo objeto que cuando se distrae a muchos, es querer luchar contra la experiencia, y sentar principios opuestos a la práctica de todos los cuerpos científicos y literarios (...).
21 El Dr. Lagrava fue acompañado en sus puntos de vista por otros diputados, entre ellos el Sr. Fernández Gascó quien insistió en la responsabilidad que las Juntas de sanidad debían tener en la prevención no solo de las epidemias consideradas exóticas (la peste bubónica y la fiebre amarilla) sino también de aquellas «que nacen y se propagan entre nosotros, como son el sarampión, las viruelas, la disentería, las fiebres hospitalaria y carcelera, etc.»22.
Enfatizaba la importancia de los conocimientos especializados y derivaba en consecuencia «la necesidad de los profesores médicos en las Juntas de sanidad, únicos a quienes, como depositarios de la preciosa ciencia de conservar la salud, se suponen los conocimientos necesarios al efecto» 23.
Sin embargo queremos hacer notar particularmente los aportes del diputado y médico Dr. Antonio García y García, quien también era partidario de mantener la separación de los ramos de sanidad y beneficencia.
No solo se refirió a la utilidad que tenía el auxilio de la investigación científica en la resolución del polémico problema de la contagiosidad o no de la fiebre amarilla, sino que presentó el esbozo de una metodología de investigación en la que identificamos la importancia que le atribuía a la búsqueda objetiva de datos y a la comparación de esos datos para poder deducir conclusiones útiles a la Salud Pública.
Destacamos esto porque allí está presente una fina comprensión de los fundamentos con los que la ciencia aspiraba a encontrar soluciones, no solo a los problemas de la naturaleza, sino también a los de la sociedad.
Después de plantear el imperativo de que se adoptaran medidas vigorosas para evitar que el comercio introdujera contagios exóticos, reclamaba:...es menester que se ocupen [quienes cuiden de la preservación del contagio] en resolver una importantísima cuestión, que aún no se ha resuelto en los veintiún años ----que hemos sufrido la fiebre amarilla, a saber: si ésta, cada vez que aparece en nuestro suelo, trae su origen inmediatamente de los países en que es indígena, o si se produce en él por causas locales. (...)
Pero cuales serán los datos que nos podrán poner en estado de resolver cuestiones de tanta trascendencia?
No encuentro otros que las descripciones topográfico-médicas más exactas con las correspondientes observaciones meteorológicas de los pueblos de América y de la Península en que se ha padecido la fiebre amarilla, y de los que han estado libres de ella.
De sus reciprocas comparaciones resultará el conocimiento de las condiciones necesarias para producir, propagar, impedir la entrada, y destruir las causas de la calentura de que se trata 24.
En estas palabras del Dr. García aparece una mentalidad científica que también habían expresado médicos prestigiosos como el Dr. Juan Manuel de Aréjula, quien reclamaba el contraste objetivo de datos para poder extraer conclusiones acerca de cualquier hipótesis 25, o el Dr. Francisco Piguillem demandando investigaciones objetivas que superaran las especulaciones y conjeturas que por tanto tiempo habían predominado en la medicina al amparo de los «sistemas médicos» 26.
Abundando sobre lo que ya había expresado, el Dr. García presentó un valioso argumento con el que hacía evidente que por razones científicas era necesaria una estructura centralizada para dirigir el ramo de la sanidad.
Con esa postura ayudaba a esclarecer el tema que a nuestro juicio era el más importante en el debate: la centralización como mecanismo organizativo para imprimirle regularidad y consistencia a la gestión estatal.
Sin un organismo central capaz de integrar datos y conformar una visión de conjunto para tomar decisiones en una perspectiva nacional, resultaban inútiles e intrascendentes los estudios médicos locales.
Pues bien, el Dr. García aportó sus argumentos de esta forma:
Pero se dirá que estas descripciones [topográfico-médicas] deben hacerse por las academias, colegios y otros establecimientos de medicina, y que la Dirección y juntas de sanidad solo deben entender en lo económico-político, y de ningún modo en esta parte científica.
Por poco que se reflexione sobre las cosas necesarias para ----24 Idem, p.
Madrid, Imprenta Real.; ARÉJULA, J. M.; AMELLER, C. F.; COLL, J. A. (1811), Copia del informe hecho por la comisión médica sobre la fiebre contagiosa que se padeció en Cádiz el año de 1810.
Estudios sobre la fiebre amarilla, Madrid, Ministerio de Sanidad y Consumo, p.
Véase: PIGUILLEM, F. (1820), Opúsculos clínicos del Doctor Dn.
Francisco Piguillem, Barcelona, Imprenta de Silverio Lleyxá. p.
XXVIII. la formación de las topografías médicas, se verá que las academias y demás corporaciones de medicina solamente podrán formar las de aquellos pueblos en que se hallen establecidos, y a lo más las de los que habitan sus corresponsales, quedándose innumerables por describir: además de que carecen de un centro común en donde se reúnan todas para hacer las comparaciones y deducciones necesarias al plan deseado de reglas sanitarias, por el que se impidan los rigores de éste cruel azote de la humanidad.
No queda, pues, otro medio sino el que se establezcan juntas municipales y provinciales de sanidad, que se ocupen en éste interesantísimo objeto, bajo la inspección de una Dirección general27.
En el conjunto de su exposición queda claro su diseño administrativo.
Una Junta de sanidad con responsabilidad nacional debía proponer al gobierno la política de sanidad y presentar el presupuesto requerido, velar por la sanidad del Reino, producir los reglamentos que debían orientar el trabajo sanitario en todo el país y hacer que se cumplieran las leyes sanitarias.
Las juntas provinciales harían observar las leyes y reglamentos a la Juntas municipales.
La información de retroalimentación y los consolidados anuales de la gestión completaban, en síntesis, su esquema.
El Dr. García era consciente de que estaba proponiendo una innovación, en apoyo de la cual no había antecedentes de que asirse.
En la aventura apuntaba por buscar la especialización de conocimientos.
«¿No será más conforme a una razón ilustrada dividir estos trabajos [los de sanidad y beneficencia] entre varios sugetos, formando varias direcciones y juntas? «se preguntaba.
Y respondía él mismo: «En efecto, más fácil será encontrar individuos instruidos en las materias pertenecientes a uno u otro asunto, que quien reuna las que son propias de cada uno de los dos»28.
El programa metodológico que la ciencia estaba reclamando era la parcelación del objeto de trabajo para poder profundizar en su conocimiento.
Si se quería que las ciencias progresaran había que renunciar a la ilusión universalista de conocer de todas las amplias esferas en que la investigación había logrado penetrar.
Sin duda fue este diputado quien mejor expresó los términos en que debía concebirse la organización centralizada de la sanidad.
Resumió su idea de la necesidad de armonizar las decisiones políticas y las investigaciones científicas así:
Se insiste en que la cuestión es puramente económico-política y no médica; ¿pero podrá discurrirse el modo de dar reglas y economizar gastos para precaver a los pueblos de la fiebre amarilla, sin los conocimientos médicos necesarios a la re-----solución de los problemas propuestos en mi discurso?
Es claro que no, y por tanto la cuestión es económico-político-médica 29.
Nos hemos detenido en las consideraciones del diputado Antonio García porque, como ya lo hemos insinuado, vislumbró conceptos bastante sólidos frente a lo que debía ser la sanidad pública.
Miremos esta otra apreciación suya sobre el alcance de la sanidad, que contrasta con la estrechez de lo dicho sobre el mismo contenido por otros diputados:...son establecimientos de sanidad las clases y academias de medicina, los hospitales, lazaretos, Juntas de sanidad y semejantes.
Sería de desear que todos ellos se pudieran dirigir por una misma corporación; pero no hallándonos en situación política, económica ni literaria, proporcionada para establecimientos de éste orden, renuncio dar tanta extensión a los de sanidad.
Pudieran limitarse a los conducentes para la preservación de la fiebre amarilla, peste de levante y otros contagios exóticos, y para la indagación y modo de extinguir las causas de las enfermedades endémicas de cada pueblo, y epidémicas indígenas del Reino...
30 Ha de mencionarse también como muy notoria la defensa que del concepto centralista para la organización de la sanidad hizo el Diputado de las Cortes en la legislatura de 1820-1822, Dr. José Francisco Pedrálvez.
Veamos el contexto en que lo hizo.
Durante el debate del proyecto de código sanitario presentado por la comisión de Salud Pública de esa legislatura al plenario de las Cortes, el recientemente nombrado Secretario de la Gobernación de la Península (Sr. Francisco Fernández Gascó) se opuso a la Dirección general de Salud Pública que se proponía aduciendo que ella embarazaría la acción del gobierno y deprimiría su autoridad.
Argumentaba que el servicio que pudiera prestar esa Dirección bien podía encomendarse a una sección de su despacho 31.
Dijo además que esa Dirección tenía el defecto «de tener a sus órdenes una porción de Juntas subalternas, que si bien pueden ser necesarias en tiempo en que reine la fie-----29 Idem, p.
30 Idem. bre, su permanencia continuada no me parece nada conveniente, porque en cierta manera es crear nuevas autoridades, que aunque se dice que estén sujetas a las Diputaciones provinciales y Ayuntamientos, al fin componen dependencias aparte» 32.
El diputado Pedrálvez respondió detalladamente a cada uno de los puntos de vista expresados por el Sr. Secretario haciendo notar que había sido el mismo Gobierno, por medio de su anterior Secretario de Gobernación 33, el que había propuesto las ideas generales que la comisión presentaba como proyecto.
Pero sobre todo queremos destacar el argumento con el que defendió la creación de una estructura con responsabilidad central y delegaciones en las Provincias y los Ayuntamientos:
Y esas juntas municipales ¿no han de tener quien las dirija?
Ese arco del templo sanitario ¿no ha de tener la piedra-clave que lo cierre y asegure? ¿se ha de dejar la elipse sin concluir, para que se venga abajo el edificio?
Pues esta Dirección general es el punto céntrico a donde van a parar todos los radios que vienen de los distintos puntos de la periferia 34.
Nos ha producido mucha satisfacción encontrar que en aquellos tempranos años del siglo XIX los Dres.
García y Pedrálvez argumentaban coherentemente la necesidad de la centralización para organizar la Salud Pública del país.
En contraste, hemos tenido alguna desazón con las posturas adoptadas por el Dr. Mateo Seoane sobre este tema.
Lo hemos encontrado inconsistente y vacilante en esta materia, que llegó a ser precisamente la base fundamental sobre la que se erigieron las reformas sanitarias progresistas de los países europeos en ese siglo.
Su apoyo a la propuesta traída por el proyecto de código sanitario de crear una Dirección central parece residir en razones solo circunstanciales, pues afirmaba que no simpatizaba con las tendencias centralizadoras que primaban en la época.
He aquí su argumento:
Siento infinito entrar ahora a defender la propuesta de la Dirección general: yo había creído, y a mi parecer con sobradísimo fundamento, que esta cuestión no debía entrar en la de la totalidad, pues el proyecto puede quedar sin Dirección bien completo; ----32 D. S. C. Legislat. extr.
Tomo I. (1872), Madrid, Imprenta de J. A. García. p.
33 Se refiere al Sr. José María Moscoso de Altamira Quiroga, quien fue Secretario de Gobernación de la Península entre el 28 de Febrero y el 7 de Julio de 1822. pero arrastrado por lo que he oído y con sobrada extrañeza al Sr. Secretario de la Gobernación, no puedo dejar de responder a S.S.: sus observaciones deben haber sorprendido tanto más a la comisión, cuanto si puso la Dirección general de sanidad en lugar de la actual Junta suprema, fue a excitación del anterior Gobierno, y cuanto tenía fuertísimos motivos para creer que éste debía profesar en este punto las mismas opiniones 35.
Aquí el Dr. Seoane no aparece como quien pudiera estar en disposición de liderar transformaciones administrativas de la Salud Pública con el tono centralista que lo hizo Gran Bretaña durante la llamada revolución victoriana de la administración pública y que produjo, entre otras, la importante Ley de Salud Pública de 1848.
La certeza de su contradictorio posicionamiento frente a este tema de central importancia en el debate queda patente en estas palabras, contrarias a las ideas de centralización en general:
Nadie más opuesto que yo al sistema de centralización, tan acreditado, no solo entre nosotros, sino en todo el continente; nadie más opuesto a ese sistema, que estableciendo una especie de cuarteles generales donde va a parar todo lo concerniente al gobierno hasta de los intereses más locales, entorpece la marcha de las autoridades subalternas, traba la acción del mismo Gobierno, y le hace poco a poco arrojar de si la carga que la naturaleza misma de los asuntos le había impuesto 36.
La explicación que agregó el Dr. Seoane de su apoyo a la creación de la Dirección general, bastante extraña por cierto, parece mostrar una fácil inclinación a terminar apoyando lo consuetudinario aún a costa de las propias convicciones.
Por estas razones hubiera yo desechado la propuesta de esta Dirección, si no hubiese creído que sin ella el proyecto de sanidad tendría la misma suerte que el de beneficencia, que por falta de unidad en las Juntas no se ejecuta, y si hubiera podido persuadirme de que el Gobierno podría arreglar el sistema económico de sanidad en medio de sus vastas atenciones.
Dudo esto, y me persuado firmemente de que acostumbrados ya como estamos a centralizarlo todo y a estar en una tutoría perpetua de autoridad, el proyecto no se ejecutará si no hay una expresamente encargada de su ejecución, una que, libre de otras atenciones, pueda facilitar al Gobierno la pronta resolución de materias tan trascendentales 37.
La confrontación de opiniones entre contagionistas y anticontagionistas
En aquel temprano debate de la primera legislatura de las Cortes del Trienio Liberal en que el diputado López Cepero demandó que el congreso se pusiera en plan de aprobar un código sanitario para superar el vacío normativo que existía, también se manifestaron opiniones que dejaban claramente establecido que uno de los más importantes temas sobre el que iba a gravitar el debate del código sanitario que se estaba requiriendo era el de la contagiosidad o no de la fiebre amarilla.
Fue el diputado José Moreno Guerra quien introdujo rápidamente la polémica.
Compartía con el Sr. López Cepero el reclamo imperioso de que se dotara al país de un código sanitario y en consecuencia definió inmediatamente las bases sobre las que en su opinión debía levantarse:
(...) digo que este es un negocio el más grave que se puede proponer al Congreso.
Aunque estoy dudoso en los medios que deban adoptarse, y aunque hay algunos médicos que creen que la fiebre amarilla o epidemia se reproduce y se ha hecho ya endémica en España, yo soy de contraria opinión.
De consiguiente, me parece que las medidas sanitarias deben dirigirse a impedir que venga de fuera38.
Dejaba así establecido su programa de control epidémico, de evidente raigambre contagionista.
Después de que en la misma intervención narró que las epidemias de 1800, 1804, 1813 y 1819 habían sido introducidas por navíos procedentes de América, añadió, en consecuencia, donde debía ponerse el énfasis:
(...) las medidas sanitarias deben dirigirse a que no entren; pero si están ya dentro deben aplicarse las convenientes para cortarlo. (..)
Es sabido que la fiebre no se propaga sino por contacto, y la amarilla menos que la de levante: la atmósfera jamás se contagia: por consiguiente, apoyo la indicación del Sr. Cepero [López Cepero], con la advertencia de que el Gobierno tenga presente que el objeto principal debe ser el de impedir la introducción de la fiebre, más bien que el cortarla, ni curarla, ni acordonarla después que esté ya en la Península 39.
Aunque en esta primera legislatura de las Cortes no hubo nuevos debates de interés sobre temas sanitarios, el diputado Moreno Guerra dejó establecido un claro mojón que señalaba por donde iban a discurrir las polémicas.
La discusión científica que había en la época sobre el origen y propagación de las ----epidemias, especialmente las de fiebre amarilla, entraba en las consideraciones de los diputados.
Aunque articulada con otros temas e intereses claves para la sociedad burguesa en ciernes (tales como la persecución del contrabando o el rechazo de los impedimentos a la actividad comercial y la libre circulación de las personas), la división de los médicos de todo el mundo entre contagionistas y anticontagionistas acompañó el debate sanitario en el Trienio Liberal 40.
Las diferentes opiniones que había en el medio científico español sobre la contagiosidad o no de la fiebre amarilla están representadas convenientemente por las memorias enviadas a consideración de las Cortes por algunos de los más prestigiosos médicos de la época.
Obviamente su intención era influir con sus conceptos sobre la orientación que las Cortes le dieran a la lucha antiepidémica.
A continuación se reseñan las muestras más ilustrativas de los puntos de vista enfrentados sobre esa materia.
La primera es la Memoria enviada por el Dr. Bartolomé Mellado, titulada Consideraciones sobre el origen e introducción de la fiebre amarilla en las provincias meridionales de la Península.
En el informe presentado al plenario de las Cortes por su comisión de Salud Pública 41 se refiere que en esta Memoria el Dr. Mellado considera la fiebre amarilla como una entidad contagiosa que se introducía desde América por medio del comercio 42.
Otras dos memorias científicas remitidas a las Cortes que queremos destacar por la nombradía de sus autores fueron las de los Dres.
El primero de ellos era un médico español que había participado activamente en la lucha contra las epidemias de fiebre amarilla en las provincias del sur y el segundo era un prestigioso médico francés, miembro de la Junta suprema de sanidad de París.
En su concepto ante el plenario de las Cortes la comisión de Salud Pública 43 que revisó estas obras resaltó que los dos autores «han sido de los pocos que dentro y fuera de España han tenido la firmeza de advertir a los Gobiernos y a todos los amantes de la humanidad contra el torrente de la opinión vulga, que dicha fiebre o tifo icterodes es debido y comunicado a los habitantes de uno o más pueblos por causas locales que se desenvuelven en ciertas circunstancias, y no llevado de una parte a otra en barcos, personas o efectos comerciales de éste o del otro género, que es lo que se ha llamado contagio» 44.
Los elogios que hizo la comisión de estos médicos no eran casuales.
Su propio punto de vista se orientaba en la dirección de las teorías anticontagionistas.
En su dictamen hacen mención de la división que entonces había entre los médicos y científicos más prestigiosos del mundo respecto del origen y difusión de las enfermedades epidémicas, pero no dejan duda de su predilección por las opiniones de quienes atribuían la enfermedad a causas locales relacionadas con las condiciones de la atmósfera 45.
Nos interesa resaltar su inclinación a oponerse a la idea de transmisión de la fiebre amarilla por el contacto directo entre las personas o a través de fomes, que constituían la esencia de las teorías contagionistas, pues tras su in-----comodidad con la teoría contagionista había otras razones importantes que quedaron igualmente manifiestas en el informe: su preocupación por los obstáculos que las disposiciones de interdicción sanitaria, apoyadas en la idea del contagio, interponían a la marcha fluida de la actividad comercial.
La comisión consideraba que el Gobierno debía emprender cuanto antes los esfuerzos necesarios para esclarecer las dudas sobre el modo de difundirse la fiebre amarilla, auxiliándose con la opinión de los más notables científicos del país.
Solo resolviéndose el dilema de si la enfermedad era exótica o local podía cimentarse bien el reglamento general de sanidad.
(...) la cuestión mas importante y la más altamente política que puede ofrecerse a la consideración de un Cuerpo legislativo en la época presente, es la que pueda contribuir a salvar la mayor y más preciosa parte de la población de las naciones, ahorrar a la Hacienda pública millones de gastos en cordones, lazaretos, espurgos y cuarentenas, y evitar al comercio marítimo y terrestre una infinidad de trabas, vejaciones y pérdidas tan temibles como la misma fiebre con que solo pueden compararse los abusos y horrores cometidos a pretesto de sanidad 46.
Llama bastante la atención el surgimiento tan temprano en el pensamiento español de conceptos como el de «causa local» de las enfermedades epidémicas y el de la necesidad de oponerse a las cuarentenas y expurgos por ser obstáculos para el comercio y la industria.
Recordemos que en Gran Bretaña y Francia estas ideas apenas estaban empezando a consolidarse y que solo hasta 1848 tuvieron su primera aceptación legal al aprobarse en Gran Bretaña la famosa Public Health Act de ese año.
En la primera legislatura de las Cortes, que concluyó el 14 de Febrero de 1822, no se alcanzó a aprobar ninguno de los dos proyectos que hasta entonces se habían elaborado y publicado: el de la comisión del Gobierno 47 y el escrito por la Comisión de Salud Pública de las Cortes 48.
Correspondió a los diputados elegidos para la nueva legislatura que se iniciaba el día siguiente 15 de Febrero asumir la tarea, para lo cual confiaron la presentación de un nuevo proyecto, que recogiera los aportes de la anterior legislatura, a una también nueva comisión de Salud Pública que fue integrada por los Sres.
47 Proyecto de ley orgánica de sanidad pública de la Monarquía española, formado por la comisión nombrada en Real Orden de 20 de Junio de 1820.
Madrid, Imprenta de Albán y compañía.
48 Proyecto de reglamento general de sanidad, presentado a las Cortes estraordinarias de 1822 por su comisión de Salud Pública (1822), Madrid, Imprenta de Albán y compañía.
Pedrálvez, Mariano Lagasca, Mateo Seoane, Pablo Montesino, Agustín López del Baño, Nicasio Tomás y Ramón Salvato 49.
Algunos días después esta comisión fue completada con los Diputados Ramón Trujillo y José Pumarejo 50.
La nueva comisión de Salud Pública presentó y mandó imprimir su propio proyecto el día 29 de Abril de 1822 con el título de Proyecto de código sanitario para la monarquía española 51, aunque con la salvación de voto por parte de los diputados Trujillo, Salvato, Pumarejo y López del Baño con respecto a la propuesta de creación de una «Dirección General».
Los diputados Seoane, Salvato y Montesino hicieron lo propio en relación con las disposiciones penales que incluía el proyecto.
Esta circunstancia nos avisa que ni aún en la propia comisión había completo acuerdo sobre su contenido y anticipa las dificultades que pasaría en el plenario de las Cortes.
Cuando en el mes de Octubre de ese mismo año se hizo la discusión de esta propuesta en el plenario de las Cortes, emergió plenamente y con mayor agudeza el gran desacuerdo que había sobre las medidas sanitarias basadas en la presunción de contagiosidad de la fiebre amarilla.
Estas disensiones condujeron finalmente a su desaprobación y a que el Trienio Liberal terminara sin haber podido cumplir con su propósito de dotar al país de un código sanitario moderno.
En adelante mostraremos los rasgos más sobresalientes de la discusión.
Apenas había comenzado la discusión en el plenario de las Cortes cuando el diputado Francisco Javier Istúriz puso en duda la solidez de la edificación del proyecto por haberse construido sobre las dudosas bases de la contagiosidad de la fiebre amarilla.
Opinaba que lo que allí se proponía era perjudicial, costoso, inútil e impracticable porque la población siempre había logrado burlar ese tipo de disposiciones.
Además calificaba las sanciones penales que incluía el proyecto contra los infractores con la expresión nada ambigua de «draconianas» y contrarias «al benéfico sistema que nos rige».
Su pensamiento queda sintetizado en estos renglones:
Así, preveo que si las Cortes admiten este Código sanitario, que en mi modo de ver no hace otra cosa que establecer una nación sanitaria dentro de la Nación española, no se llevará a efecto, porque sus medidas son impracticables e inadmisibles, y creo decretarán una cosa inútil y gravosa por lo costosa que ha de ser 52.
---- El diputado Elías Álvarez arreció en la misma dirección del Sr. Istúriz.
Hizo eco a las dudas existentes en el mundo científico sobre la contagiosidad de la fiebre amarilla y dijo que «para mi nunca ha estado menos despejada esta incógnita que en el día» 53.
No cabe duda que estaba haciendo crisis todo el aparato del aislamiento, de la reclusión de los contagiados, de los lazaretos y de los cordones sanitarios.
Ante la carencia de datos irrefutables que probaran la teoría del contagio, el diputado Álvarez no tuvo dificultades para demandar desafiantemente: «Yo me contentaré con preguntar a los señores profesores si nos dan una verdadera prueba de la existencia del contagio» 54.
También el diputado Cayetano Valdés expresó su convicción de que la fiebre amarilla no era contagiosa y habló extensamente de los males que provocaban las medidas de aislamiento, especialmente las terrestres, así como de la inutilidad práctica de ellas por la permanente predisposición y necesidad de las gentes a transgredirlas.
Aunque dijo que mientras existiera la opinión general del contagio «es menester tratar de disminuir sus malos efectos, ínterin se resuelve el problema que es menester decidir»55, esa expresión más bien parecía un formalismo porque toda su intervención estuvo orientada a criticar duramente la propuesta de código sanitario tal como estaba concebida.
Para este diputado las medidas de sanidad provocaban en los hábitos de vida de las poblaciones alteraciones tan contrarias a la forma común de vivir de las gentes, que era imposible esperar que no se intentara eludirlas.
Por eso, explicaba, hay tantas violaciones a las normas sanitarias.
«Es, pues, enteramente imposible que los pueblos pierdan sus relaciones y sus conexiones»56, decía.
Todos estos argumentos, arropados por el debate acerca de la contagiosidad de la fiebre amarilla, eran sin ninguna duda la expresión de una creciente rebelión contra la arbitrariedad y las vejaciones de las disposiciones de control sanitario, que se asociaban con el despotismo político del Antiguo Régimen.
Rebelión que de otra parte se correspondía bien con la demanda de libertad de comercio e industria en que insistían los representantes de la nueva clase burguesa que buscaba acomodo en las estructuras de poder.
El diputado Casas [seguramente se trata de Miguel Sánchez Casas] asimilaba las medidas de aislamiento para el control de las epidemias a la represión y la vejación.
57 Reclamaba que hubiera compasión con los infectados, llamando la atención ----acerca de que en nombre del propio miedo a la muerte se puede llegar a atropellar hasta la muerte, injustamente, a otras personas.
El origen principal de los males que se experimentan en los pueblos apestados es la dureza y crueldad de los pueblos no apestados; y así, he oído decir, y en mi opinión es cierto, que el más temible fenómeno de las enfermedades llamadas contagiosas son las Juntas de sanidad.
El terror que inspiran es incalculable, y esto solo puede conocerlo el que lo ha pasado.
No hay hombre, por más valiente que sea, que pueda verlo con indiferencia: los mismos militares, acostumbrados a ver la muerte de cerca, en éste caso no duermen ni sosiegan; y así, entiendo yo que el objeto de las leyes sanitarias debía ser el de desvanecer este terror, a consecuencia del cual no hay hijos para padres ni padres para hijos 58.
No menos interesante es su conclusión, en la que clama por la solidaridad con los enfermos y presenta una propuesta que puede encuadrarse dentro de la idea de humanizar la tarea sanitaria:
Pues esto es lo que se verifica y se verificará siempre [las vejaciones asociadas a las medidas tradicionales de control sanitario], y el motivo que tengo para creer que este reglamento con toda su extensión será lo mismo que todos los demás, y que lo que debe hacerse es persuadir a los hombres que estos males no son tan temibles, porque lo que más importa es socorrerse y asistirse mutuamente 59.
Por parte de los defensores de las bases contagionistas del proyecto y de su dureza sancionatoria se destacó especialmente el Dr. José Francisco Pedrálvez.
Toda su armazón argumental partía de creer que la fiebre amarilla era contagiosa y que la única manera de librarse del contagio era evitando cualquier tipo de contacto con los infectados.
Juzgaba que su introducción en España había ocurrido precisamente por falta de controles.
Por eso no se podía tener consideraciones con quienes infringieran las normas del aislamiento.
Las bases del código sanitario no podían ser otras que la severidad de las leyes.
Dijo el Sr. Pedrálvez en defensa del proyecto:
Alégase que las leyes son duras.
¿Y dónde está la dureza de las leyes?
¿Qué mayor dureza, se dice, que la pena de muerte?
Pregunto yo ahora: esa pena de muerte ¿no se aplica al asesino, al incendiario y al ladrón de gavilla?
La introducción del contagio a un pueblo, ¿no es un mal infinitamente mayor que ninguno de los dichos?
El daño hecho a la sociedad ¿no se tiene por la verdadera medida del ----58 Idem.
Cómo no se quiere que sea castigado el que quita el bienestar, los bienes, la salud y la existencia a tantos? (...)
El derecho público, pues, es el que dicta esta ley, dura si se quiere, pero necesaria e indispensable, y yo añado, útil y saludable.
Porque es necesario que entendamos que las leyes sanitarias no son simplemente leyes punitivas, sino preventivas, y una pena fuerte evita el crimen más bien que una suave60.
Los otros médicos que eran diputados en esta legislatura mantuvieron su apoyo a la teoría del contagio y a la orientación general de las normas contenidas en él, aún cuando matizaron sus apoyos resaltando la mayor suavidad de este proyecto con respecto a anteriores normas.
Así, el Dr. Ramón Trujillo recordaba que los países más desarrollados tenían normas sanitarias de precaución contra el contagio y que esa costumbre debía mantenerse también en España hasta que se aclarara definitivamente la disputa científica sobre el contagio.
Veía en la propuesta que se estaba discutiendo cambios significativos en relación con lo que existía anteriormente61.
El Dr. Pablo Montesino defendió el soporte contagionista del proyecto diciendo que «lo que resultaría de sancionar el principio del no contagio, sería que cuanto se ha hecho y se puede hacer respecto a reglamentos de sanidad vendría a ser inútil, porque cabalmente esa es la base de donde se han de sacar consecuencias para lo sucesivo»62.
Para el también médico y diputado Dr. Agustín López del Baño el proyecto estaba depurado de las arbitrariedades y las vejaciones que contenían las disposiciones anteriores y lo consideró como un instrumento útil en tanto no se demostrara fehacientemente la no contagiosidad 63.
No encontramos ninguna intervención del médico Dr. Mariano Lagasca en los plenarios de las Cortes de los meses de Octubre y Noviembre de 1882, que fue cuando se sometió a discusión el texto del proyecto de código sanitario.
Sin embargo en el anterior mes de Mayo de ese mismo año, con motivo de un debate sobre presupuesto para sanidad, se había mostrado categóricamente convencido de la teoría del contagio en estos términos:
Señor, es menester persuadirse de que el modo de evitar tantos males son las medidas rigurosas, el que haya sabios que no oculten la verdad: entonces no nos vendrán con esas cantinelas indecentes, que asesinan, de decir que la fiebre amari-----lla no es contagiosa.
Asesinan, Señor, y propagan entre millares de incautos el infortunio 64.
Por su parte la participación del médico Dr. Mateo Seoane en el debate sobre las bases del proyecto de código sanitario fue muy intensa, pero en ocasiones bastante ambigua.
Consideraba que las leyes tiránicas y arbitrarias de control sanitario inspiradas en la teoría del contagio estaban relacionadas con los intereses políticos del absolutismo y que por tanto en un régimen constitucional y democrático eran necesarios cambios radicales de enfoque.
Sin embargo cuando se discutió el proyecto de código sanitario en el plenario de las Cortes expresó que debían aceptarse las bases contagionistas sobre las que se había erigido, argumentando que aún no había sido demostrada fehacientemente la no existencia del contagio y que todas las naciones del mundo seguían adoptando medidas drásticas de control para prevenirse de las epidemias.
Veamos algunos apartes de sus intervenciones al respecto.
El 20 de Junio de 1822, apoyando la necesidad de que se hicieran estudios científicos que pudieran aportar pruebas sobre la no existencia del contagio, explicó que el miedo a las epidemias había impuesto la necesidad de adoptar leyes tiránicas, disculpables solo por la necesidad absoluta de adoptarlas en tanto no se esclareciera el tema en debate.
Después de hacer aquella salvedad, relacionó de manera categórica los intereses políticos del absolutismo con la teoría del contagio y fustigó la amenaza militar que Francia fraguaba (en acuerdo con los demás países de la Santa Alianza) contra el régimen constitucional español, estableciendo sus fuerzas militares en los Pirineos con el pretexto de interponer un cordón sanitario contra la fiebre amarilla.
Nada, por otra parte, podrá ser más glorioso para los españoles que el tomar la iniciativa en los trabajos que exige la resolución de esta disputa importante, y en los experimentos de los cuales debe salir la luz que ha de hacer ver cual es en si una de las cuestiones más dignas de la atención de los hombres.
Dejemos a los déspotas el que mirando el contagio como un medio útil en política, desdeñen el bien de la humanidad; dejemos a ese Gobierno caduco que quiere edificar en el siglo XIX un trono nuevo sobre cimientos góticos, que admita contagios sin fin para tomar de esta creencia ridículos pretestos y organizar ejércitos que bajo el título de cordones sanitarios ataquen esa libertad que a su despecho va propagándose con más actividad aún que la fiebre que tanto muestra temer...
65 ---- Sin embargo, en la sesión de Cortes del 19 de Octubre de 1822 expuso que dadas la circunstancia de que no estaba demostrado con datos científicos irrebatibles la no existencia del contagio y de que todas las naciones mantenían en vigencia medidas drásticas para repelerlo, era necesario acoger las bases contagionistas sobre las que la Comisión de Salud Pública, de la cual él hacía parte, había elaborado el proyecto.
En esta ocasión, después de manifestar que «mis opiniones son casi enteramente opuestas a las que ha procurado demostrar el señor Pedrálvez» 66, quien en la presentación del proyecto ante el plenario de las Cortes había hecho una extensa disertación mostrando hechos que en su opinión hacían irrebatible la existencia del contagio de la fiebre amarilla, el Dr. Seoane continuó diciendo:
Es demasiado cierto, por desgracia, que la gran cuestión de que se trata está aún por decidir de un modo irrevocable: es verdad que no solo están divergentes las opiniones de los médicos sobre esta materia, sino que son absolutamente opuestas entre sí: es cierto, en fin, que por un efecto de esta divergencia, aún los mismos individuos de la comisión estábamos muy poco acordes sobre éste punto tan principal; pero esta misma oposición, esta misma divergencia fue la que nos hizo decidir por suponer la existencia del contagio, creyendo que obligados como legisladores a no separarnos del camino trazado por las opiniones reinantes sin una certidumbre material en contrario, debíamos esperar que experimentos indudables nos hiciesen adquirir esta certidumbre para dar el gran paso que reclama el interés de la humanidad 67.
Seoane vinculaba las arbitrariedades que tradicionalmente habían estado ligadas a las medidas de control sanitario con la práctica política connatural al absolutismo.
A pesar de esto, no encontrando aún que la ciencia diera certezas de la no existencia del contagio, aceptaba que hasta tanto ello no ocurriera debía seguirse haciendo lo que hacían la generalidad de los países.
Otra consideración importantísima tuvieron también presente los individuos de la comisión al examinar la gran cuestión de que se trata: todas las Naciones toman en el día las más enérgicas medidas para repeler el contagio, y esta conformidad tan general debe hacer mucho más delicada la resolución de proclamar su no existencia.
----Es verdad que esta cuestión se ha hecho ya tan diplomática como médica: es verdad que la mala fe de algunos Gobiernos, aterrorizados por el pavor que les infunde la propagación de ciertas ideas, les ha empeñado a atribuir sus disposiciones hostiles hacia estas ideas como opuestas solamente al contagio, que procuran acreditar hasta por los medios más injustos y repugnantes: es verdad que la comisión no puede ignorar las maquinaciones escandalosas con que un Gobierno vecino, tan enemigo de la luz como amigo de opiniones rancias, ha intentado acallar a los partidarios del no contagio, para que se vuelva a mirar como un axioma la opinión contraria; mas (...) [la comisión] no creyó poseer todo el cúmulo suficiente de datos irrecusables para oponerse a la creencia general, sancionada por la costumbre y por la autoridad 68.
Se percibe la repugnancia de Seoane por tener que aceptar el argumento de que otros países europeos tenían establecidas normas contra el contagio, siendo que precisamente en esos momentos Francia tenía desplegada en los Pirineos una fuerza militar amenazante contra los liberales españoles, pretextando que se trataba de un cordón sanitario para prevenirse del contagio de fiebre amarilla.
Pero, añadió, «mientras no disipen experimentos indestructibles las sombras que la ofuscan actualmente, la humanidad sufrirá el resultado de errores nacidos de la ignorancia y sostenidos por las preocupaciones».
Como hemos visto, el Dr. Seoane mantenía un estricto apegamiento al rigor científico aunque resultaran contrariadas algunas intenciones llevadas in pectore y aconsejadas por las propias convicciones políticas.
A pesar de sus apasionados argumentos contra el absolutismo, no hallaba prudente dar el paso atrevido de legislar como si no existiera el contagio.
No cabe duda que no se acomodaba bien por aquellos días con la teoría del contagio, pero no encontraba que su propia opinión estuviera suficientemente demostrada.
Seoane se aferraba tenazmente a los dictados del pensamiento científico que le exigían plena demostración de los hechos estudiados antes de aceptarlos como ciertos.
Esta actitud la mantenía en medio de unas condiciones de pugnacidad en que el apasionamiento por las ideas políticas había llevado a que se buscara la diferenciación partidista en torno a un asunto que debía resolverse científicamente, según lo han presentado Mariano y J. L. Peset 69.
Se vivía un ambiente en que no se sopesaban equilibradamente las diferentes hipótesis científicas, sino que se tendía a la formación de facciones.
Pero también es irrefutable que ese apegamiento a los dictados científicos constreñía a Seoane para participar decididamente en la erradicación de unas «cons----- tumbres y autoridades» que producían grandes atropellos a la población.
En este caso la fidelidad a la ciencia contribuía al éxito político de la arbitrariedad y el atropello.
Dicha contradicción debió angustiar inmensamente a Seoane.
Por eso, la siguiente pregunta que podía surgir se la hizo a sí mismo: «¿por qué la comisión se ha atrevido a presentar un proyecto cuya base confiesa ella misma ser tan dudosa?
¿Por qué no ha aguardado a que se decida de un modo irrevocable la opinión que debe seguirse en materia tan importante, para presentar un trabajo fundado en bases indudables?».
Su explicación fue que el país urgía de alguna norma que diera orientaciones sobre lo que debían hacer las autoridades cuando se presentaran epidemias, porque no se disponía de ella y esa falencia proporcionaba oportunidades a que campeara la arbitrariedad como hasta entonces venía ocurriendo.
En otros términos, consideraba que era un mal menor tener algunas normas aunque fueran establecidas sobre bases todavía inseguras, que no tener ninguna.
Aún cuando el argumento suena bastante débil como soporte para la puesta en marcha de una política pública, que por su propia naturaleza influye poderosamente sobre la vida de grandes colectivos, es por lo menos bastante franco.
Veamos las propias palabras de Seoane:
Es doloroso decirlo, pero la comisión no puede prescindir de declarar que lo que la ha obligado más y más a presentar su trabajo es el ver que no existe en esta nación, tan fecunda en leyes inútiles y aún perjudicialísimas, una que haga conocer a las autoridades hasta donde llega su poder en medio de un pueblo contagiado, y el ver que esta falta es causa de la arbitrariedad más horrible. (...)
La arbitrariedad más escandalosa y repugnante ha resultado de este abandono: cada Junta de sanidad se forma una ley particular distinta de la que rige a sus vecinas: cada gobernante se erige en déspota sin responsabilidad; porque ¿por dónde exigírsela?
En una palabra, el desorden que acompaña a la aparición de una epidemia es infinitamente peor que todas las pestes juntas...
70 Nos hemos detenido en estos detalles de los argumentos de Seoane y de la comisión de Salud Pública que propuso el proyecto de código sanitario porque ellos son una bonita muestra de los complicados caminos por los que discurren en muchas ocasiones las decisiones políticas y los hechos históricos que forjan el porvenir de las sociedades.
Aunque no había certezas científicas del no contagio, en los países europeos occidentales más avanzados se cami-----naba rumbo de la desinstalación de las legislaciones sanitarias armadas en la concepción contagionista.
Mientras tanto España no se atrevía a la misma andadura.
Seoane, por su parte, solo atinaba a reiterar el argumento del «orden» en el último y conclusivo párrafo de su exposición:
(...) todo es menos horrible que dejar hasta en manos de las autoridades más subalternas la facultad de suspender todos los derechos sin ley alguna que señale hasta donde debe llegar su poder y desde donde debe principiar su responsabilidad en las circunstancias más críticas 71.
Las contradicciones que afrontaba Seoane se le presentaban a sí mismo de manera difícil.
En otro de los apartes de su intervención expresó: como hemos dicho, está expresada también en el voto particular, suscrito conjuntamente con los diputados Montesino y Salvato 74.
Terminemos diciendo que a pesar de todos sus esfuerzos, el conjunto de contrariedades que hemos repasado dieron al traste con la intención de las Cortes del Trienio Liberal de aprobar un código sanitario.
Pronto volvió a cambiarse la situación política del país con la derrota de los liberales por parte de las fuerzas afectas al Antiguo Régimen apoyadas por las tropas francesas.
La reinstalación de Fernando VII en el poder absoluto desde el 1o de Octubre de 1823 postergó por muchos años la reforma liberal de Salud Pública en España.
Hay otros importantes debates e iniciativas de las Cortes del Trienio Liberal sobre Salud Pública que es conveniente reseñar brevemente.
Un tema de gran notoriedad fue el relativo a la reforma de la Beneficencia, para lo que las Cortes aprobaron el Decreto XL de 27 de Diciembre de 1821 75, en el que se adoptaron importantes decisiones relacionadas con la Salud Pública.
Hemos hallado allí una iniciativa bastante importante con respecto al tratamiento de los locos.
El respeto democrático por las personas como un valor liberal asumido comprometidamente permitió que las Cortes del Trienio Liberal introdujeran un articulado que proscribía el maltrato hasta entonces habitual y que se indicaran algunas pautas para la constitución de una red de hospitales para enfermos mentales en todo el país.
Había allí una evidente superación de las maneras crueles con que tradicionalmente se había venido afrontando la enfermedad mental.
La decisión de organizar su asistencia sobre la base de un tratamiento humanitario se proyectó como uno de los más progresistas enfoques de la atención de los locos en los países europeos 76.
Otras decisiones que merecen anotarse son las referidas a la organización de la sanidad militar.
Hemos encontrado en el Decreto sobre las bases bases ----74 Véase: «Proyecto de código sanitario para la monarquía española», en: LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1984), cit., p.
75 Véase en: Colección de los Decretos y Órdenes Generales expedidos por las Cortes extraordinarias, que comprende desde 22 de Setiembre de 1821 hasta 14 de Febrero de 1822.
76 CARDONA, A. (2001), «La racionalidad centralizadora de la Beneficencia y la asistencia de los locos en la España del Trienio Liberal», Frenia, Vol.
de organización de la sanidad militar 77, y en los reglamentos de Medicina 78, Cirugía 79 y Farmacia 80 del cuerpo de sanidad militar una clara muestra del modernismo administrativo de las propuestas liberales.
Estas normas contuvieron un conjunto coherente de disposiciones en que se plasmaron los principales componentes de un diseño moderno de organización y definición de funciones, en que se advierte fácilmente lo que un siglo después Frederick W. Taylor y Henri Fayol teorizaron como «principios científicos de la administración».
Los dirigentes liberales de principios del siglo XIX hicieron notables esfuerzos por organizar la Salud Pública española con coordenadas bastante progresistas, que pudieron significar un importante posicionamiento de este ramo en relación con los otros países europeos si el regreso del absolutismo no les hubiera impedido continuar su búsqueda.
En medio de las importantes discusiones e iniciativas que las Cortes llevaron a cabo, hemos encontrado con satisfacción que algunos médicos poco reconocidos por la historiografía exteriorizaron conceptos muy coherentes sobre los rumbos que debía tomar la salud Pública moderna: los Dres.
Antonio García y García y al Dr. José Francisco Pedrálvez.
En contrario, hemos tenido alguna desazón con la participación del Dr. Mateo Seoane en algunos temas.
Creemos que futuros estudios deberían profundizar en el pensamiento y obra de estos diputados *.
----77 Decreto XVII de 23 de Diciembre de 1822, Bases de la organización del servicio de sanidad militar.
En: Colección de los Decretos y Órdenes generales expedidos por las Cortes estraordinarias, que comprende desde 3 de Octubre de 1822 hasta 19 de Febrero de 1823.
Impresa de orden de las mismas.
Tomo X. Madrid, Imprenta de Don Tomas Albán y compañía. pp. 61-62. * Reconocimientos: al Dr. Rafael Huertas García-Alejo por sus orientaciones y su amistad; al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España, por su acogida; a los funcionarios de la Biblioteca del Senado (Madrid-España) por su generosa ayuda; a la Universidad de Antioquia por su apoyo. |
Diálogo de saberes ambientales entre Europa-América.
Agroecosistemas oasianos en Baja California Sur s. XVIII-XX1
Desde hace más de dos siglos, las Comunidades Oasianas de Baja California Sur han estado viviendo en intima conexión con su medio ambiente.
Con la llegada de los Jesuitas se produjo un intenso proceso de exterminio biocultural de los saberes sociambientales de esas comunidades, repoblando estas huertas y llanos con población -en muchos casos colonos- procedentes del sur de España-, redimensionado la identidad territorial como ranchera que gestionó los ecosistemas bajo pautas de autosuficiencia y subconsumo, dadas las fuertes constricciones socioambientales de agroecosistemas sudcalifornianos.
A inicios del siglo XXI, las comunidades oasianas luchan contra la pérdida de sus saberes comunitarios, enclavados en edenes de enorme potencial biocultural, rescatando y manteniendo los cultivos traídos con la llegada de los jesuitas.
Este marco nos permite describir un proceso de colonización de los ecosistemas a lo largo de los dos últimos siglos.
INTRODUCCIÓN: BAJA CALIFORNIA SUR.
GEOGRAFÍA DE UNA PAISAJE DE CONTRASTES: MAR Y ARIDEZ
Con 1,300 km de longitud, Baja California es la segunda península más larga del mundo y una de las más esbeltas (140km de ancho en promedio).
Ubicada en el noroeste de México, en su mitad septentrional se localiza el estado de Baja California y en la mitad meridional el estado de Baja California Sur.
La península está flanqueada en sus dos costas por vastos espacios marinos: el Golfo de California al este y el Océano Pacífico al oeste.
La une al continente una pequeñísima porción de tierra que representa solamente el 4% del total del perímetro peninsular, lo que prácticamente la convierte en una isla, como bien refleja la Figura 1.
Este carácter insular no sólo se debe a estar separada del macizo continental por mares de difícil navegación, sino que por tierra la separan del resto del mundo vastos y despoblados desiertos cuya travesía sigue siendo ardua y tardada.
Península de Baja California Sur
A lo largo de su historia, este severo aislamiento impuso a sus habitantes considerables desafíos.
Para la sociedad colonial implicó una extrema dificultad para establecerse, ya que no solamente demoraron en ello diecisiete décadas, sino que una vez establecidas las misiones y los pueblos, la ocupación del territorio tuvo fuertes constricciones ambientales.
A la sociedad decimonónica, compuesta en su mayoría por rancheros, el aislamiento les llevó a desarrollar estrategias de adaptación a un tipo de vida casi en autarquía.
La Península de Baja California se ubica entre las latitudes 23°N y 32°N, donde se localizan las grandes zonas desérticas del hemisferio norte (ver Figura 1).
Por este hecho, la otra característica dominante de la geografía regional es la aridez.
Ésta se manifiesta con un déficit de agua superficial y la escasez (e irregularidad) de precipitaciones.
En términos generales el clima peninsular es caliente y seco, sólo hay tres pequeños ríos.
En verano, las temperaturas pueden llegar hasta 50°C durante varios días.
La región recibe en promedio menos de 250mm de lluvia al año.
Éstas ocurren generalmente en forma torrencial entre junio y octubre, puesto que están asociadas a la incidencia de tormentas tropicales.
También se registran lluvias invernales que son menos abundantes y violentas, y se conocen en la región con el nombre local de equipatas.
En la península las limitaciones hídricas causantes de la aridez son agravadas por el aislamiento, magnificando los retos que los pobladores han enfrentado a través de originales estrategias fundamentadas sobre un denominador común: la disponibilidad permanente de fuentes agua.
Sin la intervención del ser humano, en las zonas áridas ese fenómeno sólo ocurre en los humedales conocidos comúnmente como oasis.
Pero con base en esa denominación común, un grupo de científicos del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (CIBNOR) (Maya et al., 1997) localizó en la península 184 oasis, de los cuales: 93% (171) se encuentran en Baja California Sur, 48% son oasis típicos, ya que tienen aguas superficiales visibles y 52% son oasis atípicos, con arroyos de temporal.
En ese estudio se describen las características bióticas y abióticas de estas ínsulas de humedad, que son espacios de excepción en el marco de una zona árida, lugar idóneo para el desarrollo de actividades humanas tales como la agricultura y la ganadería.
Esos humedales son también áreas de refugio y atracción para una gran variedad de especies (endémicas o no), fungiendo también como estaciones de reabastecimiento para especies migratorias (Lluch Belda, 1997).
Otra característica geográfica de la Península de Baja California es su accidentado relieve.
Longitudinalmente es recorrida por una cadena montañosa de origen volcánico formada por macizos llamados sierras, cuyas cumbres pueden fluctuar entre 1,000 y 2,000 msnm.
Sus numerosas cañadas son surcadas por arroyos con cauces secos la mayor parte del año, que llegan a formar avenidas de agua durante las lluvias torrenciales, pero en los que se encuentran las pozas y los manantiales que forman los humedales-oasis.
Desierto Sonorense como unidad fitogeográfica que se caracteriza por el número y la variedad de formas de vida que allí se encuentran, por la diversidad de sus comunidades vegetales, y por sus temperaturas elevadas (Shreve y Wiggins, 1964).
Se han reportado más de 2,895 especies y subespecies de plantas (Wiggins, 1980), que tienen la fisonomía de un desierto de cactáceas muy variadas que coexisten con árboles pequeños y arbustos.
Por arriba de los 300 msnm y hasta los 800, es común encontrar reminiscencias de lo que fue un bosque tropical caducifolio y, por arriba de los 1,400 msnm, se encuentra un bosque de pino-encino.
La vegetación riparia que prospera en las cañadas más húmedas se caracteriza por la presencia de palmares, principalmente palma azul (Erythea armata), palma de taco (Erythea brandegeei) endémica a Baja California Sur y palma real (Washingtonia robusta); también es común encontrar palmas datileras, introducidas en el siglo XVIII por los misioneros jesuitas en los oasis bajacalifornianos.
Acompañando a los palmares se distribuyen álamos (Populus spp.) y sauces (Salix spp.).
En los cañones más elevados se encuentra una variedad de pequeños ambientes relictos (incluso con helechos arborescentes y orquídeas) (Wehncke et al., 2010).
A pesar de los rigores que la naturaleza bajacaliforniana ha impuesto al poblamiento humano, la región ha sido habitada constantemente desde hace más de diez mil años.
Hasta finales del siglo XIX, cuando fue posible la perforación de pozos, la vida humana dependió completamente de las fuentes de agua de esos humedales y oasis, lo que les otorga un papel central en la historia ambiental bajacaliforniana, protagonizada desde la colonización jesuítica a inicios del siglo XVIII.
Luego fue reemplazada por una cultura ranchera, anclada en la autosuficiencia, austeridad y aprovechamiento variado e integral de la diversidad biótica y abiótica que hunde raíces en los saberes aportados por los jesuitas junto a lo aportado por los usos indígenas en un contexto de bioregión mediterránea.
NUEVAS EPISTEMOLOGÍAS PARA DECOLONIZAR LA HISTORIA SOCIOAMBIENTAL
¿Podemos mirar con ojos no occidentales/occidentalizados, ni vinculados a los discursos colonizadores procesos socioambientales acaecidos en los dos últimos siglos en el contexto latinoamericano?
Miradas que rompan con el egocentrismo epistémico, y que pongan de relieve que existieron y existen otros saberes que pueden amparar nuevas miradas futuras para la coevolución sociedades humanas y medio ambiente.
Pero el proceso de apropiación colonial asentó y consolidó un proceso de "ordenación" de las fuerzas naturales mediante la imposición de prácticas productivas y extractivas propias de una europeización de los agroecosistemas (Escobar, 2011; Gudynas, 2011).
Como bien indica Santiago Castro-Gómez, (2011, p.
351), desde el siglo XVII, el estado colonial impreso en la huella de los Borbones, transitaba no a la búsqueda de apropiación de territorios sino también por la correcta y eficaz gestión de las poblaciones y territorios ya poseídos, mediante la ruptura simbólica y metabólica de los conocimientos y saberes de estas poblaciones.
Aníbal Quijano (1991, 1999, 2000, 2001) denota que «colonialismo» supone una relación política y económica en la que la soberanía de una nación o pueblo descansa en el poder de otra nación, lo que convierte a esta última en imperio; mientras que «colonialidad» refiere a un conjunto de patrones de poder de larga duración que emergieron con el colonialismo pero definen la cultura, las relaciones intersubjetivas, la distribución del trabajo y la producción de conocimientos más allá de los estrictos límites de las administraciones coloniales.
Sobre esas diferencias, Grosfoguel (2012) apunta:
El colonialismo es más antiguo que la colonialidad (...)
Lo nuevo en el mundo moderno-colonial es que la justificación de dicha dominación y explotación colonial pasa por la articulación de un discurso racial acerca de la inferioridad del pueblo conquistado y la superioridad del conquistador (Grosfoguel, 2007).
79) señala que el discurso hegemónico del modelo civilizatorio se articula a través de una estructura triangular entre la «colonialidad del saber», la «colonialidad del poder», y la «colonialidad del ser».
Por ello es necesario descolonizar esas tres esferas.
Esta es la esencia de la crítica decolonial o perspectiva de la modernidad/colonialidad, que se ha ido conformando a partir de las críticas que desde la noción «colonialidad del poder» hizo Aníbal Quijano (1991) a la «teoría del sistema mundo moderno» propuesta antes por el sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein (1984, 1998, 2006) y de forma conjunta y colaborativa en un trabajo posterior (Quijano y Wallerstein, 1992).
La crítica decolonial plantea que tras el fin del colonialismo y las administraciones coloniales se ha consolidado un sistema-mundo donde la epistemología occidental domina sobre el resto de las epistemologías.
En ese sentido interesa destacar, como apunta Grosfoguel (2012) que la jerarquía epistémica del sujeto de enunciación occidental en el sistema-mundo moderno/colonial adquiere múltiples manifestaciones, de las cuales se pueden destacar las siguientes (Farrés, 2013): formación de clase global particular donde van a coexistir y organizarse una diversidad de formas de trabajo (esclavitud, semiservidumbre, trabajo asalariado, producción mercantil-simple, etc.) como fuente de producción de plusvalía mediante la venta de mercancías para obtener ganancias en el mercado mundial; una jerarquía etno/racial global que privilegia a los occidentales sobre los no-occidentales (Quijano, 1991; 2000, 2001; Mignolo, 2000b); una jerarquía ecológica global donde se privilegia el concepto de "naturaleza" occidental (donde la naturaleza es siempre pasiva, exterior a los humanos e instrumental para un fin) con todas las consecuencias nefastas para el medio ambiente/ecología planetaria y se descartan otras formas de entender el medio ambiente y la ecología (donde las personas son parte de la ecología y la «naturaleza» es un fin en sí mismo).
En cuanto a la «colonialidad del poder territorial», definida siguiendo a Mignolo (2000a) como el ámbito de la intersubjetividad en que cierto grupo de gentes define qué es territorialmente correcto y, por lo tanto, sustentan el poder de enunciación, esta se ejerce tanto en los escenarios territoriales globales como en los locales.
Esta colonialidad territorial es eficaz generando jerarquías en el territorio que tienen como apoyo genealogías de saber desde la primacía de las epistemologías occidentales.
Desde el paradigma del Imperialismo Ecológico de Crosby (1999) se auspiciaba —con amplio seguimiento historiográfico posterior— una visión de las nuevas Europas como un proceso de colonización biótico, estático, impulsivo y no procesual.
Si tomamos como uno de los puntos de referencia más cercano a Dunmire (2004) la imagen de la llegada de estos frutos, árboles, cultivos, son resultado de flujos globales que circunnavegan la tierra desde siglos atrás, con un tamiz de enorme trascendencia como es el mediterráneo en el que se combinaron civilizaciones, grupos humanos y saberes híbridos que germinaron en otros mundos, en otras Europas.
Este proceso es el que aquí pretendemos complejizar con una mirada decolonial, ejemplificando esos oasis un buen laboratorio para el estudio de la agrodiversidad global y en un futuro, del impacto del antropoceno en la cuasi desaparición de la especie humana a manos del cambio climático.
OASIS-HUERTAS EN BAJA CALIFORNIA SUR (MÉXICO) EN EL SIGLO XVIII
La colonización de las tierras peninsulares de Baja California Sur se llevó a cabo diecisiete décadas después de que se realizara el Primer Auto de posesión por Hernán Cortés en 1535.
Los únicos capaces de enfrentar el reto que implicaba la aridez y el aislamiento fueron los jesuitas, que en 1697 iniciaron y consolidaron el arduo proceso misional.
Este proceso de colonización aplicado al territorio que se pone de manifiesto en la Figura 2 nos describe visualmente como lograron fundar 18 misiones con esfuerzos aún mayores.
La principal determinante para el establecimiento de una misión fue la disponibilidad constante de agua, la que sólo hallaron en los humedales.
La práctica agrícola era indispensable para alimentar a misioneros, colonos y neófitos, pero también para ayudar en el proceso de aculturación de los indígenas.
Desde su llegada a la primera fundación permanente, dedicada a la virgen de Loreto, hecha en 1697 en un paraje del golfo de California al que los indios denominaban Conchó, los misioneros y sus auxiliares no pararon de buscar sitios propicios que cumplieran con los requisitos necesarios para realizar su tarea transformadora.
Tal como lo hacía ver un jesuita:
Resultaba, pues, lógico que los primeros misioneros, que se alimentaban al principio con los granos y carnes que trajeron consigo de Sonora y Sinaloa, sobre la otra costa del mar, estuviesen ansiosos de implantar la agricultura y ganadería en California para poder mantenerse en lo futuro, no sólo a sí mismos y a sus sucesores, sino también a los soldados, marineros, californios enfermos y catecúmenos (Baegert, 1989, p.
Los indios que frecuentaban los parajes de la sierra de la Giganta habían tenido contacto con los extranjeros desde 1684, cuando el padre Eusebio Kino, acompañando a Isidro de Atondo y Antillón había explorado su ladera occidental (Mathes, 1965, 1970).
Un largo y errático trayecto histórico de entrada al territorio sudcaliforniano que se sustentaba en los abastecimientos desde la contracosta, ante el carácter inhóspito e improductivo del nuevo lugar ocupado por el asentamiento jesuítico —no exento de un amplio apoyo financiero—.
El contacto, primero colaborativo, de los nuevos pobladores con cochimíes, guaycuras y pericúas auspiciaba encontrar los aguajes de aprovisionamiento de agua en los que asentar las misiones como lugar sagrado pero también como unidad de producción, abastecimiento y consumo.
¿Cuál fue el proceso de «colonialidad de saberes» que verificó en el territorio sudcaliforniano?, ¿Cómo llegaron los cultivos «europeos» que conformaron las huertas oasianas?
¿Hasta donde llegó ese proceso?
Son sólo algunas de las preguntas que vertebran este texto pero que nos permiten afirmar que la llegada/intrusión de cultivos, saberes hidráulicos y modelos agrícolas supuso una europeización del patrón territorial a largo plazo.
La manifiesta aversión de los Jesuitas para con el espacio sudcaliforniano, se sustentaba en la inviabilidad de una producción agrícola siempre deficitaria de suelos y agua, forzando la importación de bienes de la contracosta, sobre todo del Valle del Yaqui del que provenía el maíz y trigo a Baja California.
Para ello se «crearon suelos», diseñaron sistemas hidráulicos compuestos por acequias, presas y diques, se importaron patrones de cultivo mediterráneos presentes en el tiempo hasta el día de hoy como acredita el último apartado de este artículo.
Misiones-Huertas como estrategias de colonialidad del territorio que refleja la Figura 2, al implicar —tras la ardua trayectoria histórica hasta el definitivo asentamiento— un control decisorio sobre los individuos, conocimientos y formas de actuar de las comunidades autóctonas, subsumidas en unos nuevos agroecosistemas mediterráneos.
Tomemos algunos ejemplos de este proceso.
El informe enviado por el Jesuita Josep de Mora en 1704 nos evidencia este proceso de colonización del territorio sudcaliforniano para la producción agropecuaria (Venegas, 1757, p.
Las fanegas de tierra que actualmente tiene, y siembra de trigo esta misión son ocho: Para maiz, tiene cinco fanegas largas de tierra, y esas estan sembradas este año, aunque regularmente se siembran solas tres, segun los años, y la gente que puede trabajar.
Para chicharos, garbanzos, y frijol tiene como diez y seis almudes de tierra, atendiendo á los almudes de semilla que caben en dicha tierra: y asi han reguladas las tierras de trigo y maiz lo que se tendrá presente para quando hablemos de las tierras que no tienen agua (AGN: IC, Vol.
A la altura de 1734 en la Misión de San José de Comondú, el Jesuita José de Vicente nos muestra un patrón de cultivo más complejo, más sujeto a una diversificación productiva y adaptativa a los suelos creados y a un manejo altamente preciso y eficiente del agua como bien escaso en su origen que no en su potencialidad (citado en Venegas, 1757, p.
Tiene un pedaso de tierra de tres a quatro almudes sembrado de caña dulce, donde coge la panocha para su gasto, y suvenir a otras necesitadas. = Una viña que consta de mil ochocientas veinte y nueve parras, distribuida en seis pedasos, quatro de ellos esta contiguos al cerro en tierra que no puede darsele mejor destino: los dos restantes estan en tierra llana pero es dificil ajustar si ocupan una, ó mas fanegas de tierra, por quanto nunca se han sembrado de otra cosa y por eso no se pone aqui el punto fixo.
Tiene, ciento, y seis pies de olivos; distribuidos en dos partes, y en tierra pedregosa, situados en las faldas de los cerros.
De ellos un año coge azeyte y otros no. = Ciento, quarenta y tres granados con chico, y grande, nuevos y viejos; nueve sapotes blancos; onze limones; ocho guayabos; diez naranjos con grandes, y chicos; tres palmas de dátiles; dos limas; un aguacate; un durazno; trescientas, y catorce higueras; ochocientos, y quarenta pies de platanos; y todos estos arboles frutales estan plantados en los sanjas, y ragaderas...
Esta pormenorizada descripción de un paisaje agrario, similar al que encontramos en la actualidad como manifiesta la última parte de este texto, nos evidencia una colonialidad de los saberes agrarios por parte de los colonizadores.
A partir de la fundación de la misión de Loreto en 1697, los misioneros y sus auxiliares supieron casi enseguida que los espacios al occidente y al norte de Loreto estaban poblados por numerosas bandas de grupos que eran denominados por los catecúmenos como «cochimíes» (Venegas, 1757).
Habida cuenta del número importante de «rancherías», como los misioneros llamaban a las bandas de nativos, así como de la existencia de agua permanente, en 1708 se llevó a cabo la fundación de un establecimiento misional, con el nombre de San José, cerca del arroyo de Comondú «distante de Loreto treinta leguas al noroeste, y situado en el centro de las montañas, casi a igual distancia de ambos mares» (Clavijero, 1975, p.
Esta localización en muchos momentos fue infructuosa, forzando a la relocalización a posteriori en aras a una mayor idoneidad para los cultivos traídos de la península.
Fue lo que ocurrió en Comondú: el primer sitio elegido presentó serias dificultades para las labores agrícolas.
Se tomó entonces la decisión, en 1736, de mover el asentamiento unos 48 kilómetros al suroeste, hacia un paraje que había sido en un principio «pueblo de visita» de la misión de San Francisco Javier, llamado San Miguel.
En 1737 la misión de San José fue movida por tercera y última ocasión al sitio, que también había sido pueblo de visita, con el nombre de San Ignacio, unos tres kilómetros corriente arriba del arroyo, bajo la categoría de pueblos de visita (Vernon, 2002, p.
Entre 1699 y 1720 ya habían sido fundadas siete misiones más, de las cuales, San Francisco Javier, en la sierra de La Giganta, San Juan Bautista Ligüig hacia la costa del golfo de California y La Purísima Concepción, más cercana al Pacífico, además de la misión rectora de Loreto, estaban permanentemente relacionadas a través de una red de caminos que se abrió trabajosamente gracias al esfuerzo indígena bajo control y coerción de los jesuitas.
Y es que la concepción que los religiosos y sus auxiliares tenían de las tierras californianas era muy pobre, tal y como lo asevera Miguel del Barco:
Puede decirse en general que su temple es seco y caliente con exceso, y que la tierra es quebrada, áspera y estéril, cubierta casi toda de tierras, pedregales y arenas inútiles, escasa de lluvias y de manantiales, y por eso poco a propósito para ganados y del todo inepta para siembras y árboles frutales si no hay agua con qué regarlos con frecuencia (Del Barco, 1980, p.
Dos cultivos fueron básicos en las misiones californianas: el maíz y el trigo.
El primero tuvo gran importancia para la evangelización, ya que los misioneros lo utilizaban para atraer a los indígenas y también para retenerlos en la misión mientras eran adoctrinados.
Al respecto, los jesuitas, como los misioneros que les siguieron en la tarea colonizadora de la Antigua California, estaban persuadidos de que, por pocas posibilidades agrícolas que tuviera, toda misión debía ofrecer alimento a sus habitantes.
Así lo establece el padre Jaime Bravo:...
Hasta ahora sólo la última misión del norte, del nombre de San Ignacio, ha podido con sumo trabajo coger anualmente el maíz que necesita, y ni le sobra ni tiene capacidad de tierra y agua más que la muy precisa para su manutención.
Otra misión ninguna hay que pueda, con sólo lo que siembra y coge, mantenerse de maíz sin que necesite de mar en fuera; ni tampoco hay ninguna que haya omitido diligencia a todo costo y trabajo, como que es el principal medio para el bien de los pobres indios, los más miserables de cuantos habrá en todo el mundo3...
En San José de Comondú, la transformación de los terrenos requirió tanto de la continuidad en el abastecimiento de agua, así como por la sedimentación de los terrenos, construidos ex profeso.
A pesar de ello, con el tiempo la misión logró buenas cosechas, como la reportada en 1755, que constaba de 900 fanegas de trigo espiguín y casi 500 de maíz.
De sus viñas y olivares se llegaron a obtener más de 70 botijas de vino y algunas de aceite4.
Por otro lado, el ganado llegó con el tiempo a ser uno de los recursos más importantes de la Antigua California, pues a los pocos años de la fundación de Loreto, evento para el cual el padre Salvatierra había llevado "un caballo, diez carneros, cuatro cabras con su macho y cuatro lechoncitos"5, el ganado menor ya alcanzaba el millar de efectivos.
Llegó un momento en el que el ganado caprino se hizo montaraz, llamado "cimarrón", y superó con mucho en cantidad al que se conservó bajo el control de los auxiliares misionales (Del Río, 1974, p.
En el inventario que dejó el padre Francisco Ynama cuando fue expulsado de su misión junto con sus compañeros jesuitas en 1767 se establece para Comondú la posesión de 198, entre caballos, yeguas y potros; 69 mulas, 24 becerros, 22 burros, 840 ovejas de lana y 235 de pelo6.
Con el propósito de modificar la política de exclusividad en la toma de decisiones que habían tenido los ignacianos, la corona española determinó que los bienes y las tierras misionales fueran administrados por la milicia.
No pasó mucho tiempo sin que se descubriera lo desacertado de la medida, puesto que las tierras dejaron de cultivarse, el ganado se sacrificó sin control y se desatendieron todos los trabajos de conservación que tanto preocupaban a los antiguos fundadores del sistema misional.
Entonces se rectificó y fueron los misioneros, ahora de la Orden de San Francisco, quienes se hicieron cargo de esos aspectos.
Cuando a su vez los franciscanos dejaron los establecimientos para ir a las poblaciones de la Alta California, los dominicos pasaron a hacerse cargo de las ya exiguas y debilitadas poblaciones de la península.
Hacia la época en la que habían de retirarse de las misiones de la Antigua California, tenemos un reporte del franciscano Juan Ramos de Lora, quien describe así las posesiones de la misión de Comondú:...
No tiene esta misión rancho de ganado mayor vacuno por no haber en todo el aquel territorio paraje en que poder situarlo, por lo escabroso de él; pero tiene los bueyes necesarios para cultivar las tierras y algunas pocas vacas para cría que mantienen la misión.
Tiene también las mulas y los caballos necesarios para el giro de la misión y matanzas de ganado.
También tiene dos ranchos o pastorías para crías de ganado menor, de que tiene de una y otra especie, y mayormente de lana, un número competente de cabezas.
Las siembras que aquí se hacen son bastantes para poder mantener sin escasez a los indios y aun, cuando se logran bien, socorrer a otras misiones más pobres...
Este estado de abandono de las huertas misionales no oscurece que el trabajo de apropiación por gente de la milicia, agricultores emigrados de diversos lugares de México y la Península Ibérica a lo largo del siglo XVIII, de muchas de las huertas asociadas a la ganadería extensiva bajo el nombre de ranchería —retomado de la denominación que los jesuitas aplicaron a las formas indígenas de ocupación del territorio— fueran y han sido el sostén de un patrón de cultivos que perduró hasta hoy día en los oasis sudcalifornianos.
A esta continuidad dedicamos la última parte de este artículo.
PALMERAS, OLIVOS, VIDES E HIGUERAS.
MIRADAS DESDE EL PRESENTE A LOS FLUJOS DE AGRODIVERSIDAD EN LOS TERRITORIOS OASIANOS
Esta transformación biótica de alto impacto sobre la estructura original de los oasis nos ha dejado un rastro hasta el tiempo presente.
En los trabajos de campo desarrollado en los últimos años hemos atendido a la dinámica histórica de la agricultura sudcaliforniana, su inserción en mercados globales-regionales, la conversión de sus patrones de cultivo hacia lógicas de intercambio comercial generando como secuela el abandono de la agricultura de subsistencia y la pérdida de la centralidad de los oasis huertas en el sistema agrario, al amparo de la creación de nuevas áreas de expansión agrícola orientadas a lógicas mercantiles, sustentadas bajo el abastecimiento de agua extraída de los acuíferos por bombeo gracias a tracción de fuerza animal y cada vez más dependiente de combustibles fósiles (Lassépas, 1859; Ortega Santos, 2011, 2013).
En este contexto general, las huertas ubicadas en los oasis funcionan con base en un sistema de agricultura estratificada, donde el dosel es ocupado por palmas datileras y de taco (Washingontias) y por debajo de éste se encuentran plantaciones de olivos, cítricos, vides de uva misionera y otros árboles frutales perennes, intercalados con espacios abiertos donde se siembran cultivos anuales.
Estos incluyen variedades históricas como habas y chícharos, pero también cultivos comerciales tales como cebollas, chiles y ajo.
Mientras que la extensión de las huertas y de las acequias se ha transformado con el tiempo, muchos de estos campos contienen variedades antiguas que han sido cultivadas por varias generaciones de agricultores: primero los neófitos indígenas, luego los rancheros que les siguieron y actualmente las familias de los residentes de los oasis que atienden los campos.
Los rancheros que se hicieron cargo de la gestión de los oasis después de la expulsión de los jesuitas, construyeron su cultura con base en los conocimientos de los indígenas sobre la flora local, las prácticas agrícolas introducidas en los oasis e incorporaron a éstas nuevas especies en las huertas de los oasis y generando una cultura identitaria territorial oasiana (Cariño, 1996; Cariño y Castrorena, 2007, Cariño, 2011, 2013).
Los cultivos perennes que llegaron a la Península siguieron caminos largos y tortuosos para llegar a estos "destinos finales".
Los cultivos como los cítricos y el taro, cruzaron el continente asiático o viajaron por vía marítima a España (Ramón Laca, 2003; Dunmire, 2004).
Las palmas datileras, granados, olivos, higos y uvas, vinieron de la Península Arábiga, África del Norte y de la región Mediterránea; fueron transportados a España por los musulmanes (Nabhan, 2012).
Estas especies cruzaron el océano Atlántico como semillas, esquejes en vivo o plantas, hasta llegar a la costa este de México.
Algunas especies, como el coco y el mango llegaron directamente a México por el Océano Pacífico, en los Galeones de Manila (Mukherjee, 1953; Zizumbo-Villarreal, 1996).
Otras especies nativas de las Américas, como la chirimoya, granadilla, agave, nopal, nopalillo, guayaba, papaya y zapote, fueron transportados a través del Golfo de California hasta los oasis de la Baja California.
Los estudios realizados en los oasis agrícolas de Egipto, Omán y Baja California muestran que los oasis, que contienen colecciones de especies complejas, son sitios únicos para la conservación in-situ formal e informal, tanto de los cultivos como de los conocimientos tradicionales (Altieri y Merrick, 1987; Geubauer et al., 2007; Nabhan, 2007; Nabhan et al., 2010).
Asimismo, la diversidad agrícola y el conocimiento tradicional que existe en estos sistemas activos son recursos para el futuro de la humanidad y para el de los sistemas naturales (Hammer y Teklu, 2008).
Para conocer los patrones de persistencia de la agrobiodiversidad, se pueden tomar (Nabhan et al, 1982, Nabhan et al, 2010; Rouston 2012) doce de los quince oasis agrícolas habitados por los jesuitas en 1768, año en el que fueron expulsados de la península de Baja California (ver Figura 2).
Los doce oasis aparecen enumerados en orden geográfico de norte a sur son: San Francisco Borja de Adac (SB), Santa Gertrudis (SG), San Ignacio Kadakaamán (SI), Nuestra Señora de Guadalupe (GU), Santa Rosalía de Mulegé (MU), La Purísima Concepción (LP), San José / San Miguel de Comondú (CU), San Francisco Javier de Viggé Biaundó (SJ), San Luis Gonzaga Chiriyaqui (SLG), Nuestra Señora de los Dolores (LD), Santa Rosa de las Palmas/Todos Santos (TS) y Santiago de los Coras (SC), cuya posición aparece reflejada en la Tabla 1.
Datos de los oasis y las misiones jesuitas de Baja California
El principal propósito de la huerta es la producción de alimentos para el consumo interno y también pueden proveer forraje para el ganado, los agricultores cultivan, cosechan y transportan la cosecha y el forraje para los animales, o bien conducen a los animales a la huerta para que coman directamente el rastrojo entre los periodos de cultivo.
Para determinar el alcance de la introducción de los cultivos originales a la Península durante la época jesuita, se pueden rastrear información en los archivos del Museo del Estado de Arizona, el Archivo General de la Nación (AGN), en el Distrito Federal, y el Archivo Histórico de Baja California Sur, Pablo L. Martínez (AHPLM), en La Paz.
Los primeros inventarios completos de las especies, las descripciones de la superficie agrícola y de los cultivos anuales y perennes de las misiones jesuíticas, se encuentran en una serie de registros de los misioneros dominicos.
La mayoría de los frutales registrados en estos inventarios eran ya árboles maduros, lo que significa que fueron plantados durante la administración de los jesuitas en la Península, lo que verifica su papel pionero y fundamental en la introducción de técnicas agrícolas y cultivos en las misiones.
Este inventariado de la llegada de los cultivos de la mano misional aparece precisado en la Tabla 2.
Cultivos introducidos antes de 1774 según registros misioneros jesuitas, franciscanos y dominicos
Se pueden utilizar registros históricos, escritos y dibujos de los misioneros jesuitas Miguel Del Barco (1980) y Juan Jacobo Baegert (1989), considerándoles como fuentes primarias —fragmentarias— para los inventarios históricos de especies agrícolas y prácticas introducidas durante la época de su trabajo misional.
Los escritos de Francisco Javier Clavijero (1975), que escribió en ese mismo período, también dan información acerca de la agricultura de las misiones de Baja California, aunque este misionero nunca visitó la Península y sus obras proveen solamente una descripción parcial.
Ya en la época contemporánea, Harry Crosby (1994) y Vernon (2002) ofrecen la colección más completa sobre datos agrícolas legados en los escritos de los misioneros jesuitas, así como descripciones de la agricultura en las misiones hacia finales del siglo XX.
Los primeros escritos originales sobre inventarios y descripciones que se incluyen todas las misiones de Baja California, fueron realizados por el misionero franciscano Francisco Palou en 1772.
Estos escritos fueron recogidos y traducidos por Engelhardt (1908) y describen el estado de los campos después de la expulsión de los jesuitas.
Los cultivos introducidos por los misioneros jesuitas, como se ha señalado por estos autores incluyen uvas, higos, granadas, aceitunas, dátiles, limas, limones, naranjas y plátanos, como cultivos perennes, y trigo, maíz, cebada, habas, garbanzos, arroz, algodón, sandías, melones, calabazas, cebollas, remolacha, ajo, camote, tomate, lechuga, rábanos y pimientos, en cuanto a los cultivos anuales.
Los inventarios cuantitativos más completos son los del dominico Vicente de Mora (1774 y registran 21 especies de cultivos perennes en las huertas de las misiones que completan un panorama de cultivos destinados a uso agroalimentario muy complejo que se refleja en la Tabla 3.
Total especies de cultivos perennes alimenticios en los oasis-huertas
En el Oasis de Los Comondú se registran 241 huertas oasis, con un total de 89 especies de cultivos perennes, pertenecientes a 74 géneros y 36 familias.
Los géneros con más especies representados fueron Citrus (13 especies diferentes más los híbridos), Prunus (5 especies), Annona (4 especies), y Morus (3 especies).
Entre las familias, Rutaceae (16 géneros), Rosaceae (10 géneros), Moraceae (6 géneros), Anacardiaceae (4 géneros), y Anonaceae (4 géneros) tuvieron el mayor número de géneros representados.
Sólo tres especies fueron encontradas en los doce oasis: Naranja dulce (Citrus sinensis L. (Osbeck)), palma datilera (Phoenix dactylifera L.) y guayaba (Psidium guajava L.).
Ocho especies se encontraron en 11 de los 12 oasis: las tres anteriormente mencionados y limón (Citrus × aurantiifolia (Christm.)
Las siguientes especies más frecuentes (presentes en 10 de los 12 oasis) fueron papaya (Carica papaya L.), lima dulce chichona (Citrus limettioides Tanaka), plátano (Musa × paradisiaca L.), olivo (Olea europaea L.), y nopal (Opuntia ficus-indica (L.)
Esta última especie es un poco más problemática, ya que algunas de las plantas eran claramente Opuntia × ficus-indica o tal vez una especie de Opuntia distinta.
Casi un tercio (31 spp.) de las especies en total fueron documentadas en uno de los doce oasis.
Todos Santos fue el oasis que tuvo el mayor número de especies de cultivos perennes alimentarios (79) y de familias (35) también.
Santiago de los Coras, igualmente en el sur de la Península tuvo el segundo mayor número de especies (48) y familias (24).
Todos Santos y Santiago tuvieron el mayor número de especies misionales (19/21).
San Ignacio tenía 18 especies misiónales, San Javier 17, y Mulegé y Santa Gertrudis 16 de las 21 especies misiónales registradas en total.
Todos los oasis tienen especies perennes de cultivos provenientes de la época misional, y todos tenían más de 10 especies misionales con excepción de San Luis Gonzaga, que con sólo 5, presentó el menor número de estas especies.
Este panorama de las especies perennes y su presencia en los espacios oasianos, estudiados en la singularidad de cada uno, se pone de manifiesto en la Tabla 4.
Presencia/Ausencia de las especies de cultivos perennes
Dos especies que se encuentran en las huertas, plantadas y cosechadas activamente como cultivos alimentarios, son nativas de la Península, se trata del cerezo nativo (Prunus serotina Ehrh. var. virens (Woot. y Standl.)
McVaugh) y de la uvalama (Bumelia peninsularis Brandegee) (Delgadillo, 1998, León de la Luz et al, 1992).
Veintiuna especies son nativas de México continental y/o de América Central y el Caribe, se trata de: pimienta (Pimenta dioica (L.)
H.E. Moore & Stearn), papaya (Carica papaya L.), ciruelo español/ciruela roja (Spondias purpurea L.), nopal (Opuntia ficus-indica), nopalillo (Opuntia cochenillifera (L.)
P. Royen), zapote negro (Diospyros digyna Jacq.), zapote blanco (Casimiroa edulis Llave & Lex), tepeguaje (Leucaena leucocephala (Lam.) de Wit) y vainilla (Vanilla planifolia Jacks) (Dunmire 2004; Janick y Paull 2008)7.
Esta revisión de especies es más amplia que los inventarios de 1771 y 1774, demostrando así que la diversidad agrícola de Los Comondú no sólo se ha mantenido, sino que ha aumentando, marcando la continuidad de colonialidad de saberes ambientales extendida en el tiempo contemporáneo, como revela la Tabla 5.
La persistencia de especies misionales indica que los oasis misionales de la península, funcionan como reservas de la agro-biodiversidad.
Como bien indica la Tabla 5, en el caso del Oasis de los Comondú, la continuidad pervivencia de las especies misionales ha supuesto una transformación antropogénica de larga escala para el agroecosistema, continuando la forma de colonialidad de los usos agrícolas bajo la permanencia de cultivos «importados» en la época de la colonización, subsumiendo otros saberes vinculados a la subsistencia, anclados en los grupos indígenas, erradicados de la centralidad de la formas de reproducción de la población sudcaliforniana.
Especies perennes del oasis de Los Comondú
Este artículo reflexiona sobre el valor histórico ambiental de los oasis sudcalifornianos en cuanto depósito de saberes ambientales mutados como transferencia desde Europa a América, y como resultado de la labor de experimentación e hibridación con los saberes de los pueblos nativos de Baja California Sur.
Estos pueblos transitaron hacia la agricultura en pleno siglo XVIII con la llegada de los jesuitas que convirtieron las misiones en unidades de producción y consumo con la implantación de un sistema de cultivos altamente europeizado, particularmente con la irrupción de cultivos mediterráneos de la mano de la colonización de los jesuitas.
El establecimiento de misiones en la Antigua California fue un proceso difícil y lleno de contratiempos.
Si sólo analizáramos el resultado de todo ese esfuerzo con respecto a la evangelización y transformación cultural de los neófitos indígenas podríamos llegar a la conclusión de que fue realizado en vano.
Sin embargo, debemos reconocer que los establecimientos misionales, en su mayor parte, fueron la simiente de los posteriores poblados de la península; entre ellos Los Comondú.
De igual forma, una buena parte de las especies vegetales y animales traídas por los misioneros a estos territorios contribuyó a crear nuevos paisajes y a sostener a los pobladores que poco a poco fueron tomando la decisión de quedarse y tratar de prosperar.
Los cultivos de trigo y maíz, las palmas datileras, los frutales, la vid y los olivos, además de vacas, cabras y ovejas, constituyeron los principales ingredientes de este paisaje agrícola, que fueron construyendo los pobladores de San Miguel y San José de Comondú, los pueblos herederos de la extinta misión.
Los operarios del sistema misional, además de realizar trabajos para adaptar cada especie que introducían, lograron acondicionar los espacios agrestes para crear huertos y sembradíos que habrían de perdurar mucho tiempo después de concluida su labor transformadora.
A esta perdurabilidad histórica pretende responder, por un lado, este artículo, evidenciando como los flujos de agrobiodiversidad han tenido una enorme adaptabilidad en agroecosistemas de enorme vulnerabilidad ambiental, los oasis sudcalifornianos.
Por otro lado, este texto propone una mirada de la perspectiva decolonial que puede ser útil para los análisis de las continuidades y discontinuidades de los saberes ambientales, trazando la pervivencia e injerencia de estos saberes coloniales como actores protagonistas de procesos históricos de ecocidio y, sobre todo, del epistemicidio que supuso la llegada de los saberes europeos sobre las identidades territoriales preexistentes.
El estudio se inserta igualmente dentro de los estudios sobre el intercambio colombino iniciados por Alfred Crosby.
En este caso, analiza la introducción de cultivos y animales desde Europa con la transmisión no sólo de saberes sino que también de la agencia de los jesuitas en este proceso. |
El origen africano del cultivo del arroz en Las Américas
El arroz no empezó a ser cultivado en las Américas sino hasta el periodo del comercio transatlántico de esclavos.
Para el siglo XVIII este cultivo ya se había establecido extensamente en plantaciones desde Carolina del Sur hasta Brasil.
Cultivado por esclavos así como cimarrones, tanto para la subsistencia como para la exportación, el comienzo de la cultivación de arroz en las Américas invariablemente se ha atribuido a los dueños de plantaciones europeos.
Este artículo presenta evidencia del importante papel que desempeñaron los africanos en establecer la cultura del arroz en el Nuevo Mundo.
Este trabajo se enfoca sobre el arroz africano (Oryza glaberrima), personas esclavizadas de África occidental para quienes este cultivo era un alimento básico, y un sistema de conocimiento indígena sobre el arroz con características idénticas entre el Atlántico africano y americano.
Un estudio comparativo de usos del suelo, métodos de cultivo, procesos de molienda y tradiciones culinarias ilumina el tema de la difusión de la cultura africana de arroz a las Américas, así como la labor que desempeñaron los esclavos de África occidental en liderar el cultivo de arroz para eventualmente convertirlo en un alimento básico de subsistencia en el Nuevo Mundo.
El canto religioso afroamericano "Anda por el agua" recuerda el pasaje a la libertad que la división del Mar Rojo proporcionó a los israelitas esclavizados.
También sirve como metáfora significativa para examinar el cultivo de arroz y sus orígenes en las Américas.
A diferencia de en la canción, los niños de África fueron conducidos a través de las aguas turbulentas de la esclavitud africana al cautiverio.
Los esclavos de África Occidental trajeron con ellos un conocimiento del sistema indígena que establecería el arroz como el cultivo de subsistencia en una amplia región, desde Carolina del Sur a los trópicos de Sudamérica.
El arroz es el único cereal que exige abundantes cantidades de agua.
Quienes lo cultivan andan a través de humedales para su cosecha.
El agua es, además, esencial para preparar el cereal para su consumición.
El arroz llegó a las Américas en barcos de esclavos, que hacían la travesía transatlántica, como provisiones para sus supervivientes.
El cultivo, el procesamiento y la preparación del arroz representan una forma de conocimiento significativa establecida por los esclavos en las Américas.
La importancia del arroz en la cocina de la diáspora africana pervive incluso hoy en día en las recetas de la memoria y la identidad cultural a través del Atlántico Negro.
La diáspora africana se extendió a las plantas y a las personas.
El arroz llevó a la difusión de las plantas africanas y a sistemas agrícolas que dieron forma al ambiente, las preferencias en las comidas, economías, resistencia e identidad cultural en la era de la esclavitud en las plantaciones.
Durante el siglo dieciocho, al arroz producido por la mano de los esclavos convirtió a Carolina del Sur en la economía de plantación más rica de Norte América.
La base de esta poderosa economía se hallaba en los esclavos del África Occidental, que estaban calificados para el cultivo del arroz en medio ambientes agrícolas de diversa naturaleza.
Al arrojar luz sobre los orígenes africanos del arroz de Carolina en las primeras décadas del asentamiento de la colonia en 1670, este ensayo propone un análisis político-ecológico de la historia del arroz en las Américas.
El ensayo enlaza la transformación del paisaje regional con los sistemas de conocimiento indígena, las relaciones de poder, las luchas sobre el proceso de trabajo, la resistencia y la negociación.
Mientras que los propietarios de las plantaciones de Carolina se apropiaron del conocimiento del cultivo y el proceso del arroz de aquellos familiarizados con él, la mano experta de los esclavos les proporcionó la posibilidad de negociar un proceso de trabajo sustancialmente diferente al que era propio en las plantaciones de los esclavos.
La emergencia de un sistema de labores en el trabajo en el sur de Carolina ofrece evidencia indirecta de la agencia africana en el establecimiento del arroz en la región occidental del Atlántico.
DE ARROCES Y ESCLAVOS
La mayoría de los americanos desconocen que el sistema de plantación más lucrativo en Norteamérica no estaba basado en los cultivos tradicionalmente asociados con la esclavitud (el algodón y el azúcar) sino con el arroz, del que hubo una demanda extraordinaria en la Europa del siglo dieciocho.
El cereal se usaba para fermentar cerveza, hacer papel y se convirtió en condimento apreciado por la clase media de la Europa católica para acompañar el pescado los viernes de vigilia y durante Cuaresma.
Los esclavos familiarizados con el cultivo del arroz en África Occidental acompañaron a los primeros propietarios de las plantaciones que llegaron a Carolina del Sur en 1670.
La cosecha del arroz estaba bien establecida en la colonia para la década de 1690 y la transición del cereal a cultivo de plantación se completó a comienzos del siglo dieciocho.
Fue, precisamente, el sistema de plantación de arroz lo que creó la riqueza para permitir que Carolina del Sur, antes de la guerra civil, liderara la secesión de la Confederación de la Unión.
Antes de la guerra civil, se cultivaba el arroz en el espacio de cuarenta millas de la costa Atlántica, a lo largo de humedales de dieciséis ríos, desde la frontera entre el Norte y el Sur de Carolina al río de St. Mary, que separaba Florida de Georgia (figura 1).
Hasta la década de los 70, la historiografía de la economía del arroz en Estados Unidos atribuía, de forma rutinaria, los orígenes del cereal a la agencia de los propietarios de las plantaciones.
Los documentos de la historia sobre el arroz de Carolina encomiaban a los primeros propietarios por descubrir cómo cultivar una planta tropical que no se cultivaba en sus propios países y por desarrollar un sistema de cultivo ingenioso tan apropiado a los pantanos de Carolina (Doar, 1970 (1936); Heyward, 1937; Salley, 1919, pp. 3-23).
Esta visión fue seriamente cuestionada en 1974, con la publicación del libro Black Majority del historiador Peter Wood.
Wood sostenía que los plantadores de Carolina, de origen inglés y francés hugonote, no tenían experiencia previa cultivando arroz.
Era muy poco probable que ellos, de manera independiente, hubieran desarrollado las técnicas sofisticadas necesarias para cultivar un cereal en el agua.
Al final del siglo diecisiete, cuando el Sur de Carolina se convirtió en una colonia, no estaba disponible un conocimiento detallado de los sistemas asiáticos de cultivo.
Los únicos habitantes de la colonia que tenían experiencia en el cultivo del arroz eran los esclavos originarios de la zona de cultivo del arroz de África Occidental en la costa norte de Guinea.
Fue en los esclavos de Carolina, mantuvo Wood, donde hay que encontrar los orígenes del arroz ya que ellos sólo poseían el conocimiento necesario, la experiencia y las habilidades necesarias para el cultivo del cereal.
Wood se enfrentó a la escasez de crónicas históricas en el periodo colonial temprano en general y a los orígenes del arroz, de manera específica.
Aunque pudo documentar referencias a esclavos cultivando arroz como comida básica en sus parcelas de subsistencia durante el periodo colonial temprano, la crónica escrita no atribuye a los esclavos un papel de tutor en el establecimiento del arroz.
Por supuesto, hay que considerar que la esclavitud como sistema no reconocía la contribución de sus víctimas.
A pesar de que las investigaciones de Wood (1974) resultaran en una visión renovada sobre el papel africano en dar forma a los humedales plantados con arroz, todavía persistían dudas sobre si los propietarios de las plantaciones recluyeron a esclavos de la región de arroz del África Occidental para ayudarles a desarrollar una plantación que los propietarios eran capaces de reconocer por si solos, o si los esclavos nacidos en África iniciaron el cultivo del arroz en el Sur de Carolina a través de sus esfuerzos por desarrollar un cultivo para su propia subsistencia.
Un enfoque político-ecológico que analice paisajes agrícolas y relaciones de poder permite acercarse a esta compleja cuestión.
Implica reconsiderar la manera en la que los historiadores han visto el arroz.
En lugar de considerar el cereal como una mercancía a ser consumida y vendida, se examina el arroz como un sistema de conocimiento indígena cuya expresión en diferentes medio ambientes fue mediada a través de relaciones de poder en el espacio geográfico.
Cambiar el aparato analítico desde el que concebir el arroz, de una mercancía a un sistema de conocimiento, arroja luz sobre el uso de la tierra y el cultivo del cereal durante la época de la esclavitud transatlántica, a la vez que facilita la recuperación de los orígenes culturales de su cultivo en Carolina del Sur.
La argumentación de este ensayo está apoyada en tres formas de investigación: un trabajo de campo en los sistemas de arroz de África Occidental, una revisión de materiales históricos y de archivo relacionados con la historia del arroz y un examen interdisciplinario en botánica, arqueología y lingüística histórica sobre la antigüedad del arroz africano.
El campo de trabajo en los principios de tratamiento del suelo y el agua de los sistemas de arroz africanos revela las consideraciones sociales y ecológicas que han dado forma a la cultura del arroz en la región por un largo periodo1.
Los materiales históricos y de archivo establecen la presencia de la cultura del arroz, en un tiempo anterior a los viajes marítimos europeos, así como la presencia de los medios ambientes agrícolas plantados en el Sur de Carolina en el periodo colonial temprano.
Una comparación entre los sistemas de arroz del Atlántico africano y americano revela la importancia de las relaciones de poder para dar forma a la difusión del cereal, el modelo de la cultura del arroz en la colonia de Carolina y el proceso de trabajo de la plantación.
CRÓNICAS HISTÓRICAS DE LOS SISTEMAS DE ARROZ EN EL ATLÁNTICO AFRICANO
Aunque el arroz se cultiva en unos 20 microambientes diferentes en África Occidental, un estudio en el tipo de agua que influye el cultivo revela tres amplios medios agrícolas: el que depende de la lluvia, el pantano en tierra adentro y el terreno inundable por las mareas.
El sistema dependiente de la lluvia se refiere al arroz que se cultiva únicamente con las precipitaciones, generalmente en áreas en la que las lluvias exceden los 1000 milímetros por año.
La simiente del arroz se planta directamente en la tierra.
El pastoreo del ganado forma una secuencia importante rotacional en este sistema dependiente de la lluvia; una vez que se ha cosechado el cultivo, el ganado pasta el rastrojo, consiguiendo fertilizar el suelo con su movimiento.
El sistema del pantano en tierra adentro se refiere al cultivo del arroz en áreas que reciben agua complementaria, de un plantado de arroz en otro pantano o de medio ambientes que se benefician de reservas de agua como corrientes subterráneas.
Las parcelas de terreno pueden ser sembradas directamente o trasplantadas.
El tercer sistema, el terreno inundable, recibe agua de las mareas mientras que el depósito aluvial anual aumente.
En los ríos de agua dulce, el terreno inundable se siembra directamente; sin embargo, los terrenos cerca de la costa pueden ser trasplantados en el caso de que la salinidad cree un problema.
En muchas áreas del África Occidental, estos tres sistemas de cultivo de arroz tienen lugar en un terreno de pendiente que accede a diferentes fuentes de agua.
Plantar arroz de esta forma reduce el riesgo de subsistencia a la vez que diversifica el problema del estancamiento en el trabajo que resultaría si sólo se emplease un sistema de producción.
Las crónicas históricas dan cuenta de la antigüedad de estos sistemas en África Occidental al mismo tiempo que revelan los aspectos sociales y ecológicos duraderos del cultivo de arroz africano.
Para 1460, los portugueses habían completado la exploración de la Costa Norte de Guinea, la región densamente poblada de Senegal a Liberia que serviría como foco del comercio de esclavos.
Durante los próximos siglos, los marineros llamarían a esta región la Costa de los Cereales o la Costa del Arroz, después de que se especializara en la producción de cereales, como mijo, sorgo y arroz.
Siguiendo el paso de los portugueses, otras naciones europeas también dependieron del excedente de producción de cereales africanos para reabastecer provisiones.
Para aquellos barcos que viajaban a lo largo de la costa africana occidental, el canal al sur del río Senegal les llevaba a una región abundante en cereales.
En el este de Liberia, el cultivo de cereales se convirtió gradualmente en el cultivo de raíces como ñames.
Bajos en proteína y propicios a perecer en viajes largos, este tipo de cultivos resultaron menos significativos como alimentos de primera necesidad que los cereales.
Aunque las referencias a la costa norte de Guinea evocan imágenes del comercio de esclavos atlántico, el término "Costa de los Cereales o Costa del Arroz" no lo hace.
Y, sin embargo, los sistemas de agricultura occidentales africanos produjeron excedentes de cereal que alimentaron las densas poblaciones desde el Senegal hasta Liberia que los europeos esclavizaron después.
Estos excedentes, abastecieron a los barcos de esclavos que iban a las Américas a través del Atlántico.
Las carabelas portuguesas que viajaban al sur del río de Senegal comenzaron las narrativas (los comentarios) sobre el arroz que también atrajeron la atención de marineros europeos.
En 1446, décadas antes de que los barcos llegaran a la India, Stevam Alfonso llegó a la desembocadura de un gran río—probablemente, el Gambia—donde encontró el cultivo del arroz en pantanos de tierras bajas: "Se encontraron con un río de anchura y entraron en él con las carabelas... encontraron mucha de la tierra sembrada y muchos campos sembrados de arroz" (Eanes de Azurara, 1899, pp. 263-264).
Alvise da Cadamosto, que llegó al río de Gambia en 1455 y en 1456, se dio cuenta de la importancia del cereal en la dieta de la región (Crone, 1937, p.
Las islas de Cabo Verde emergieron como un centro comercial fundamental para la expansión transatlántica del comercio portugués.
Los barcos en viajes transatlánticos salían hacia allá en el otoño y el invierno con los vientos dominantes del noreste y siguieron hacia el sur por la corriente canaria, antes de continuar a Brasil, África Occidental o la India.
Para el comienzo del siglo dieciséis, el cultivo del arroz ya se había desarrollado en Santiago, la isla de los archipiélagos más apta para la agricultura, así como otras plantas africanas como el sorgo, el mijo y los ñames (Ribeiro, 1962, pp. 143-147; Duncan, 1972, p.
Los alimentos de primera necesidad africanos aseguraron la subsistencia a los esclavos que las cultivaron y se convirtieron en excedentes para los barcos portugueses.
El arroz apareció en las listas de alimentos de los barcos que se dirigían a la América portuguesa en 1514, mientras que una crónica de 1530 da cuenta de la exportación deliberada de la semilla de arroz de Santiago a Brasil (Brooks 1933, p.
Las referencias a las compras de arroz aumentan en las últimas décadas del siglo decimoséptimo con la llegada de barcos de otras naciones europeas de la Costa Norte Guineana y el aumento del comercio de esclavos transatlántico (Davies, 1970; Rodney, 1970, p.
Por su proximidad a las rutas de navegación, los primeros sistemas africanos de arroz mencionados en crónicas portuguesas fueron los procedentes de las mareas localizados a lo largo de los humedales del río de la costa norte de Guinea (Fernandes, 1951, p.
Un sistema de cultivo de marea en particular, practicado cerca de los estuarios costeros de Gambia, Guinea-Bissau y Guinea, recibió especial atención.
Se le conoció como "arroz mangle", basado en el nombre de la vegetación que se limpió para permitir el cultivo agrícola en la zona.
Este fue el más productivo de todos los sistemas de arroz africanos—su única desventaja fue la entrada potencial de agua marina, que depositaba una capa no deseada de sal en el campo cultivado.
Para limitar esa posibilidad, los granjeros del arroz mangle diseñaron un sistema elaborado de manejo del agua.
Cercaron el pantano de arroz mangle con diques para impedir que llegara el agua de las mareas marinas.
La construcción de canales, compuertas y presas permitieron el manejo del agua mientras que la lluvia se usaba para desalinizar la tierra.
Esta sofisticada transformación del paisaje produjo cometarios europeos considerables, incluso cuando ciclos de precipitación escasa resultasen en una tierra demasiado salina para el cultivo y el abandono temporal de los arrozales (Gomes, 1959 (1456), pp. 42-46).
Los ciclos de precipitación también influyeron si los arrozales se sembrarían directamente como era costumbre o se trasplantarían.
En los años en los que se retrasó el comienzo del ciclo de lluvias, la siembra de semillas se estableció primero en pantanos internos para comenzar su crecimiento antes de ser replantados en el perímetro del mangle, una vez que comenzaran las lluvias.
En 1594, más que un siglo antes de que un sistema similar diera forma a la economía de plantación de arroz del Sur de Carolina, el comerciante luso africano André Alvares de Almada escribió que los granjeros del arroz mangle "estaban cultivando sus cosechas en los depósitos del río y con un sistema de diques habían usado las mareas para su propia ventaja" (Rodney, 1970, pp. 20-21).
La descripción de Almada y los comentarios de otros observadores europeos no deja lugar a duda sobre las habilidades del África Occidental para cultivar arroz irrigado.
Habían desarrollado y estaban practicando una cultura del arroz irrigado tan desarrollada como la que se encuentra en Asia en ese periodo.
Según se desarrollaba el comercio de seres humanos, los informes de los marineros revelan la conciencia europea de los grupos étnicos que formaron las sociedades de arroz mangle en la costa norte de Guinea.
El sistema baga fue esbozado y descrito para la posteridad por Samuel Gamble, que esclavizó la costa guineana de Conakry en 1793 (figura 2):
Los Bagos son unos expertos en cultivar el arroz y de una manera muy diferente a cualquiera de las naciones de la costa a barlovento [Sierra Leona].
El país que habitan es mayoritariamente de marga y pantanoso.
Sembraron primero el arroz en los estercoleros y elevaciones de sus pueblos; cuando llega a 8 o 10 pulgadas, lo trasplantan a "Lugars" [campos] hechos para ese propósito que son pantanos bajos y llanos, en un lado... tienen una reserva que pueden llenar con el agua que quieran, [por otro lado]...hay un desagüe para que puedan sacar la que quieran (Littlefield 1981, pp. 93-95).
La comparación de Gamble del arroz de mangle con otros sistemas plantados en Sierra Leona también revela una concienciación europea de que el arroz que buscaban para la compra se cultivaba en diferentes ambientes, con frecuencia en una pendiente del paisaje.
Esto era evidente ya en un periodo mucho más temprano en los comentarios del geógrafo de Ámsterdam, Olfert Dapper.
Basándose en información dada por los mercaderes holandeses que operaban en la costa a barlovento en la región entre Sierra Leona y Liberia, cerca de 1640, Dapper ofreció información clara sobre los tres sistemas de arroz africanos.
Su informe se enfocaba en el modelo de plantación de arroz en una pendiente del paisaje en la que el agua del río sobrante se convirtió en el cultivo de arroz para pantanos internos y elevaciones humedecidas por la lluvia:
Los que son trabajadores pueden cultivar tres campos de arroz en un verano; sembraron el arroz primero en un terreno bajo, por segunda vez en un terreno más alto y por tercera...en tierra alta, una vez al mes después de la anterior, para no tener todo el arroz maduro al mismo tiempo.
Eso les hubiera dado dificultades para cortar el arroz por cortarse mazorca a mazorca o caña a caña—una labor agotadora.
Esta es la práctica más común en todo el país.
El primer arroz o arroz temprano, sembrado en zonas bajas y húmedas... el segundo, sembrado en una tierra un poco más alta...el tercero, sembrado en tierra alta...
Los comentarios de Dapper del siglo diecisiete revelan un entendimiento abarcador de los medios agrícolas más importantes en el África Occidental.
Los comentarios tempranos europeos sobre el arroz, hechos desde el barco o en breves estadías en tierra, describen usualmente sólo la porción baja de la pendiente del arroz, la sección que podían ver los marineros fácilmente como los humedales o los sistemas de arroz mangle.
Pero según los europeos establecieron fuertes y centros comerciales a lo largo de la costa norte de Guinea durante el siglo diecisiete, entraron en contacto con otros sistemas de producción que usaban los excedentes de arroz para la venta.
Otras características de la cultura de arroz del África Occidental que atrajeron la atención incluyeron el sistema del uso de tierra agrícola/pastoral y la organización social de la producción del cultivo.
El comerciante de esclavos Francis Moore, que trabajó en el río de Gambia durante la tercera década del siglo dieciocho como un distribuidor para una compañía inglesa, dio cuenta del cambio estacional en el uso de la tierra entre granjeros y pastores en los humedales del río, apuntando que la tierra del arroz durante la estación seca se convertía en pasto de ganado (Moore, 1738).
Después de la cosecha, el ganado pastaba el rastrojo y su movimiento incrementaba la fertilidad del terreno, que volvía a cultivarse con arroz durante la época de lluvias.
Desde un periodo temprano, las crónicas europeas mencionan los aspectos relativos al género de la cultura de arroz del África Occidental, especialmente el papel de las mujeres en el cultivo del arroz y su procesamiento.
Al hablar sobre las compras de comida de los negociantes holandeses en el Cabo Mount, cerca de la frontera de Liberia con Sierra Leona en 1624, Samuel Brun escribió "por el arroz sólo querían corales de vidrio para sus esposas, porque el arroz es un bien de las mujeres" (Brooks, 1933).
En la misma década en el río de Gambia, Richard Jobson ofreció una descripción detallada del papel de la mujer en procesamiento del arroz: "Estoy seguro de que no otra mujer puede hacer tal servidumbre: con unos palos grandes que llamamos morteros, golpean y limpian el arroz y todos los otros cereales que comen.
Al escribir sobre Sierra Leona en 1680, el comerciante de esclavos Jean Barbot observó: "La tierra abunda en mijo o maíz blanco [sorgo] y en arroz que es su comida principal.
Las mujeres golpean el arroz en troncos de árboles que tienen pequeños agujeros" (Hair, Jones y Law, 1992, p.
Medio siglo más tarde, Francis Moore observó que el arroz era únicamente un cultivo de mujer: "Todos los pueblos tienen dos campos comunes de tierra despejada: uno para su maíz [inclusive mijo y sorgo] y el otro para el arroz...Los hombres trabajan el terreno del maíz y las mujeres y las niñas, el del arroz" (Moore, 1738, p.
El cultivo del arroz mangle, sin embargo, con frecuencia requería una división de labor basada en el género, los hombres se concentraban en limpiar el terreno y las mujeres eran responsables de usar la azada, quitar las malas hierbas y trasplantar el cereal (Golberry, 1803).
Estas crónicas revelan que el cultivo del arroz estuvo generalizado en la costa norte guineana cuando llegaron los portugueses a mediados del siglo quince.
Los portugueses no introdujeron el cultivo del arroz ahí, a partir de sus viajes a Asia, como defenderían historiadores más tarde, sin ningún sentido crítico.
Las tres formas principales del cultivo de arroz en África Occidental (el que depende de la lluvia, el pantano en tierra adentro y el terreno inundable por las mareas) antecedieron a su llegada.
LA ANTIGÜEDAD DEL DESARROLLO DEL ARROZ AFRICANO
Fue en el delta del Río Negro en Mali donde los hablantes de las lenguas Mande hicieron una contribución significativa a la prehistoria africana al cultivar el arroz africano (Oryza glaberrima).
Sólo en el siglo veinte se desarrolló y probó esta hipótesis.
Las crónicas tempranas portuguesas que mostraban que el cultivo del arroz estaba ya establecido en la costa del África Occidental cuando llegaron en el siglo quince se había borrado de la memoria durante cuatro siglos de esclavitud atlántica.
Al comienzo del colonialismo europeo desde el final del siglo diecinueve, los académicos atribuían, rutinariamente, la presencia del arroz en África Occidental a la introducción del arroz procedente de Asia por los portugueses (Ribiero, 1962).
Estas perspectivas fueron reexaminadas cuando botánicos franceses, que trabajaban en el oeste de Sahel donde se originó glaberrima, observaron características inusuales del cereal que sugerían que era de una especie diferente.
El reexaminar las colecciones botánicas extraídas de la costa norte de Guinea durante el siglo diecinueve probó que esos especímenes de arroz también compartían el color rojo y unas características determinadas.
Se estableció un consenso científico más amplio sobre el hecho de que el arroz glaberrima es una especie diferente, cultivado de manera independiente en África Occidental, para la segunda mitad del siglo veinte2.
Como consecuencia del tardío reconocimiento de que el arroz también era indígena de África Occidental, la investigación languideció en los esfuerzos para determinar el periodo de cultivo del arroz.
Durante la década de los 70, el botánico francés Roland Portères hizo el primer esfuerzo para datar la antigüedad de la cultivación del arroz africano.
Basándose en la datación por radiocarbono de los asentamientos megalíticos localizados en humedales dejados por cursos de ríos antes existentes, atribuyó el cultivo de glaberrima a hace unos 3500 años (Portères, 1976, pp. 409-452).
La investigación arqueológica reciente de Susan McIntosh establece la presencia del cultivo de glaberrima entre 300 antes de Cristo y 300 después de Cristo en el delta interno del río Niger en Mali (McIntosh, 1995).
No se ha conducido ninguna otra investigación arqueológica todavía en la región del arroz del África Occidental, que se extiende de Senegal a Liberia y tierra adentro más de mil millas al Lago Chad en el país moderno con ese nombre (figura 3).
El desarrollo de la producción de hierro en la región durante el primer milenio después de Cristo sin duda contribuyó a la difusión del arroz africano en un área vasta de África Occidental.
Artículos agrícolas duraderos, hechos de hierro, facilitaron el despeje del bosque, permitiendo así la difusión del arroz a bosques de hoja caduca en zonas montañosas y a estuarios costales de mangle, localizados al sur y suroeste del Río Negro.
LA HISTORIA DEL ARROZ EN CAROLINA DEL SUR
En ningún otro lugar de las Américas fue tan importante el papel económico del arroz como en Carolina del Sur.
Según el testimonio de John Stewart uno de los primeros colonos, el cultivo del arroz por los esclavos para su subsistencia había comenzado en la primera década de asentamiento de la colonia de Carolina en 1670 (Wood, 1974, pp. 57-58).
Para la década de los 90, el cereal ya se cultivaba para su exportación.
En la víspera de la Revolución americana, las exportaciones anuales de Carolina del Sur excedían los sesentaiséis millones, haciendo del arroz el primer cereal que se comercializó globalmente.
Unos cien esclavos africanos acompañaron a los primeros europeos que llegaron a Carolina del Sur desde Barbados en 1670.
Desde ese periodo en adelante, Carolina del Sur se convirtió en una colonia con mayoría negra.
Mientras que los esclavos cultivaban el arroz de la colonia y las exportaciones de índigo, también cultivaban los cereales para la subsistencia y eran consumidos por los dos, blancos y negros.
Siguiendo un modelo similar al de las Islas de Cabo Verde, los esclavos de la región de arroz del África Occidental plantaban su alimento de primera necesidad favorito durante el periodo más temprano del asentamiento en Carolina del Sur.
Las crónicas históricas indican múltiples introducciones de la semilla del arroz entre 1685 y el principio de la década de 1690, unas deliberadas y otras casuales.
Dentro de los tipos de semilla cultivados tempranamente en Carolina del Sur había uno de color rojo: "uno llamado Arroz Rojo, en contraposición al blanco, del rojo de su cáscara o piel [salvado] aunque los dos se limpian y se ponen blancos" (Salley, 1919, p.
El color rojo diferencia el glaberrima del arroz asiático sativa3.
Es bastante probable que el arroz africano entrara a la colonia en barcos de esclavos en el periodo de asentamiento temprano de Carolina del Sur.
Al escribir al principio del siglo veinte, cuando los académicos creían que el arroz se originaba únicamente en Asia, el historiador del sur A.S. Salley relacionó los tipos de arroz cultivados más tempranamente con los capitanes de barcos que llevaban la semilla a la colonia de sus viajes a Asia.
Sobre lo que llevaban los barcos durante la mitad de su trayecto alrededor del mundo a Carolina del Sur, el tipo de cargamento que llevaban y dónde paraban en el viaje desde Asia, su comentario guarda silencio.
La aparición del cereal se presenta simplemente como intercambios deliberados de semilla entre caballeros bien viajados.
Una crónica que sobrevive del periodo de asentamiento temprano sugiere, incluso, otro mecanismo para la introducción del arroz a la colonia, uno que probablemente estableció el glaberrima.
El arroz entró a la colonia como una provisión sobrante en los barcos de esclavos:
un barco Portugués llegó, con esclavos del este, con una cantidad de arroz considerable, al ser la provisión del barco: este arroz lo tomaron alegremente los Carolinos a cambio de un suministro de su propio producto.
Este cargamento inesperado fue distribuido, lo que renovó el espíritu de la empresa, pero no fue suficiente para suministrar la demanda de aquellos que hubieran querido plantarlo (Collinson, 1766, pp. 278-280).
La mención de la abundancia de arroz como la provisión del barco de esclavos hace poco probable que su fuente fuera otra que África Occidental.
Este arroz era definitivamente el glaberrima y probablemente la fuente del tipo rojo de arroz mencionado entre esos que se cultivaban en la década de 1690.
El arroz africano figuraba entre los tipos cultivados más tempranamente y probablemente liderara, bajo el cuidado de los esclavos, el establecimiento de cereal en la colonia, primero para la subsistencia y después para el comercio.
El arroz llevado a bordo de los barcos de esclavos sirvió como semilla, pues parece haber sido comprado por esclavos en la costa africana occidental como arrozal (con cáscaras incluidas).
La evidencia de archivos disponible, aunque escasa, sugiere que el cereal fue entonces molido para su consumición por las esclavas africanas.
En una entrada de un diario a bordo del barco de esclavos Mary, que salía de Senegal y está fechado el lunes, 10 de junio de 1796 se lee: "los hombres [la tripulación] empleaba esclavos y personas diversas para las tareas necesarias en el barco... las mujeres limpiaban arroz y molían maíz para los pasteles de maíz" (Donnan, 1930-1935 (1932), pp. 121, 376).
Los barcos de esclavos aparentemente dependían de las habilidades de procesamiento de las mujeres esclavas para moler el arroz y preparar comidas a través del comercio triangular.
Henry Smeathman, un observador del negocio de esclavos en Sierra Leona al comienzo de la década de 1770, ofrece una historia desgarradora sobre el papel de las mujeres esclavas al moler el arroz a bordo de los barcos de esclavos:
Qué escena de miseria y angustia es un barco cargado de esclavos cuando llueve.
El rechinar de las cadenas, los quejidos de los enfermos y el hedor de todos es casi insoportable...se tiran a dos o tres esclavos por la borda un día sí y otro no cuando mueren de fiebre, flujo, sarampión, todos juntos como gusanos.
Todo el día rechinan las cadenas o el sonido del armero que sujeta con remaches a un pobre diablo que acaba de llegar a los grilletes pesados y mortificantes.
Las mujeres esclavas en una parte del barco golpean el arroz con morteros para limpiarlo y cocinarlo4.
Mientras que los esclavos de Carolina continuaron plantando "arroz de Guinea" en sus jardines para la comida hasta principios del siglo diecinueve, la economía de exportación de Carolina se había cambiado hacía mucho tiempo al arroz asiático (Drayton, (1802) 1972, p.
El arroz sativa es más rentable que el arroz africano pero, de manera significativa, no se rompe tan fácilmente como el glaberrima con la fresadora mecánica.
Sólo el procesarlo a mano con un mortero, como lo han hecho siempre las mujeres africanas, minimiza el problema de romper el glaberrima.
La emergencia del cereal como un cereal de exportación dependió de aprender cómo manejar a mano el arroz con el mortero, una habilidad que introdujeron las mujeres esclavas.
La introducción de los aparatos mecánicos de mediados del siglo dieciocho para mejorar la productividad del trabajo de esclavos aseguró el dominio del arroz asiático en los mercados de exportación.
LA TRANSFERENCIA DE LA TECNOLOGÍA AFRICANA A LA CULTURA DEL ARROZ DE CAROLINA
Una evaluación de las crónicas de archivo y fuentes secundarias revela los numerosos antecedentes africanos a la producción de arroz en Carolina.
Hay una correspondencia asombrosa entre sistemas de trabajo de la tierra.
Una forma de cultivo, procesamiento y métodos de cocina idéntica emergieron en la colonia, basados en instrumentos y artilugios de la cultura del arroz.
Incluso el sistema de trabajo que apareció en las plantaciones de Carolina, como se discute en la próxima sección, sugiere la agencia africana en el desarrollo del cultivo.
A pesar de la naturaleza fragmentaria de la historia temprana sobre el arroz en la colonia de Carolina, los tres tipos de sistemas de arroz son evidentes para 1730.
El cultivo inicial del arroz como cereal de subsistencia se planteó como complemento con la crianza de ganado.
El arroz alimentado por la lluvia, que crecía en boques despejados, fue común al principio del siglo dieciocho.
Los esclavos talaban pinos para leña y extraían el alquitrán, el betún y la resina que se vendían para sellar los barcos (Otto, 1989).
La carne de res también se convirtió en mercancía para la exportación como carne salada para los viajes transoceánicos en la época de navegación.
Siguiendo el modelo africano, el sistema de arroz alimentado por la lluvia se desarrolló como parte de un uso de tierra rotacional para el ganado.
Algunos de los esclavos que llegaron a Carolina del Sur sin duda poseían un conocimiento de ambas cosas, el cultivo de arroz y la crianza de ganado, puesto que los rebaños estaban muy difundidos por la costa norte de Guinea y se ha planteado a Carolina del Sur como una fuente posible de la tradición de los ranchos de Norteamérica.
El aumento dramático de esclavos en las primeras décadas del siglo dieciocho—de tres mil en 1703 a veintinueve mil en 1739—proporcionó a los propietarios de la plantación la fuerza de trabajo suficiente para limpiar pantanos y desarrollar una economía floreciente al cultivo de arroz en pantanos en tierra adentro de alto rendimiento (Wood, 1974, pp. 143-145).
El cultivo de arroz en los pantanos interiores involucraba incautar agua de la lluvia para la saturación del suelo conjuntamente con fuentes derivadas de manantiales subterráneos, capas freáticas o riachuelos.
Este sistema de arroz proporcionaba control sobre las inundaciones y un drenaje en épocas críticas del ciclo de cultivo.
El objetivo era inundar la maleza y reducir el trabajo de limpieza (Heyward, 1937).
Una lógica y sistema idéntico caracterizaban el cultivo del arroz en los pantanos de tierra adentro.
Una de las referencias más tempranas al significativo cambio en el uso de la tierra en la producción del arroz de Carolina apareció en 1738.
Un documento sobre la venta de una tierra por William Swinton de Winyah Bay, en Carolina del Sur revela el énfasis cada vez mayor en el arroz cultivado por las mareas: "cada uno [de los campos] contiene tanto caudal, que daría para dos campos y 20 negros, se llena de agua dulce con cada marea y, por lo tanto, no está sujeta a sequías"5.
Este cambio a las orillas inundables de los ríos (conocido como el arroz de las mareas) permaneció como la base para la bonanza económica de la región hasta la desaparición del cultivo de arroz después de la Guerra Civil.
Aunque la creación de una plantación por mareas requería enormes cantidades de trabajo, una vez puesta en marcha el tiempo que se pasaba en quitar las malas hierbas se redujo, en comparación a antes, debido a la inundación controlada del río.
John Gerard William de Brahm, inspector de la colonia a mediados del siglo XVIII, reportaba que un esclavo era, entonces, capaz de encargarse de cinco acres de terreno, en lugar de los dos acres que típicamente se plantaban en el cultivo de arroz tierra adentro (Brahm, 1971, pp. 61-131).
Los propietarios de las plantaciones sabían que muchos de sus esclavos habían cultivado arroz, antes de convertirse en esclavos; eran conscientes, también, de qué grupos étnicos africanos se especializaban en su cultivo.
Este conocimiento provenía de su contacto sostenido con los esclavos al dar forma a la frontera de Carolina y su dependencia en cultivar alimentos de primera necesidad para su supervivencia mutua.
Los anuncios de periódico revelan esta conciencia, al anunciar ventas inminentes de esclavos que estaban familiarizados con la cultura del arroz.
Un periódico de Charleston anuncia la venta de 250 esclavos "de la costa de arroz y de a barlovento, valorados por su conocimiento de la cultura del arroz".
Semejante conocimiento sobre los esclavos arroja luz sobre la clara preferencia de los propietarios de plantaciones de Carolina por esclavos de Gambia y la costa a barlovento (Sierra Leona) —dos zonas de arroz significativas de la costa norte de Guinea durante el periodo crucial del desarrollo del arroz cultivado en base a mareas en el siglo dieciocho.
Como su prototipo (el sistema de arroz mangle), un propietario de plantación de Carolina observó que la plantación de marea era una 'enorme máquina hidráulica' que dependía de un "aparato de niveles, puertas, cajas, canales, paneles, zanjas que necesitan habilidad y coherencia para funcionar" (Doar, 1970, p.
Los esclavos de la zona del arroz del África Occidental que poseían este conocimiento de ingeniería se convirtieron en la fuerza de trabajo preferida para transformar los humedales de los pantanos en campos de arroz productivos.
La preparación de un humedal para el cultivo de arroz seguía principios significativamente parecidos a aquellos del sistema del arroz mangle.
Primero, los esclavos construían diques alrededor de terrenos en forma rectangular de las marismas.
El campo de arroz estaba lo suficientemente protegido para prevenir que cayera encima el agua de la marea.
La tierra que se quitaba en el proceso resultaba en un canal adjunto, mientras que las compuertas que se construían en los diques operaban como válvulas para las inundaciones y el drenaje.
Cuando se abría en marea alta, el agua entraba para inundar el campo.
Al cerrarse en marea baja, el agua quedaba en la cosecha.
Al abrirlo otra vez en marea menguante, el exceso de agua salía de la tierra.
El agua del río entraba en diques secundarios.
El sistema funcionaba exactamente igual que el arroz mangle en África.
En las plantaciones de Carolina, a las compuertas de les llamaban "trunks", por haber dependido las colonias, al principio, del método africano para hacer circular agua en el perímetro del arroz.
Se construían a partir de troncos de árbol huecos con un tapón que se ponía en un extremo antes de ser reemplazados por puertas que colgaban en vertical en el periodo colonial (Hilliard, 1978).
Este es exactamente el sistema de control de agua que todavía se usaba en la producción de arroz mangle en África Occidental.
Otros artefactos también arrojan luz sobre los antecedentes africanos.
La azada es el artículo agrícola primario usado a través de toda la zona de arroz del África Occidental.
Indispensables para el trabajo de las mujeres en la cultura de arroz africana, hay dos versiones, una larga usada para la preparación del campo y otra corta para el trabajo más minucioso y para desherbar.
Grabados y pinturas diferentes sobre las plantaciones de arroz americanas del periodo colonial representan esclavos, generalmente mujeres esclavas, que llevan o están trabajando con la azada larga.
Las crónicas escritas sobre la cultura del arroz de Carolina mencionan también el uso de azadas cortas, de cuatro y ocho pulgadas de longitud, para el trabajo minucioso de los terrenos (Lewis, 1958).
Otras tres técnicas de las plantaciones de Carolina también revelan los antecedentes africanos.
Las mujeres sembraban arroz por toda el África Occidental.
Esto también era trabajo de las mujeres esclavas.
El sembrado también incluía echar semillas a la tierra en las zanjas y usar el pie para cubrirla.
Un origen africano es también evidente en un segundo, aunque menos común, método de sembrado, que conllevaba cubrir las semillas en arcilla antes de plantarlas.
La técnica es similar a la que se practicó durante mucho tiempo en África Occidental, donde las mujeres envolvían las semillas en estiércol de ganado y/o barro para protegerlas contra pájaros, insectos y parásitos microbianos.
Una tercera práctica de cultivo africana se adoptó en las plantaciones de Carolina.
Esta práctica consistía, según un plantador, en que el arroz se sembrara directamente en el agua dulce de los humedales, en lugar de trasplantarlo (Allston, 1846, pp. 320-327).
Otro grupo de técnicas que subrayan la importancia de la pericia en la materia de las mujeres esclavas en la historia del arroz de Carolina es la manera de moler y cocinar el arroz.
Durante la mayor parte del periodo colonial, el arroz fue molido en un mortero de madera a mano y aventado en cestas que se llevaban en la mano.
Hasta la llegada de los artefactos mecánicos conducidos por el agua, durante la segunda mitad del siglo dieciocho, el molido del arroz se hacía de la forma africana con un mortero de madera, a mano y de manera vertical, de la misma manera que las mujeres han procesado la comida de manera tradicional en todo el continente africano.
El procesamiento del arroz también conlleva el desquite de las cascarillas que no se pueden ser digeridas, un proceso conocido como aventar.
En la región africana del arroz, el aventar implica poner el arroz que ha sido molido a mano, una mezcla de granos y cascarillas vacías, en cestas circulares y poco profundas.
Los granos y las cascarillas se rotan dentro y se tiran al aire, lo que deja los granos con la cascarilla más pesada dentro de la cesta.
La economía del arroz del Sur de Carolina seguía este mismo método.
Incluso el mismo estilo de tejer las cestas usadas para aventar mostraba un origen africano, como ha establecido Dale Rosengarten.
En un análisis comparado de las tradiciones de tejer cestas africano y nativo americano, Rosengarten enlaza las cestas hechas para aventar con una tradición derivada del África Occidental.
Las cestas de los indios del sureste empleaban un diseño hecho de trenzas o sargas, que tienen unos orígenes diferentes.
Las cestas para aventar, en contraste, tenían formas de bucle.
A través de un análisis de los estilos de tejido en las colecciones de cestas en museos de Europa y Norte América, Rosengarten localiza el prototipo de la cesta para aventar en la región de Senegambia en África, que aparecía en múltiples comentarios europeos sobre la cultura del arroz desde el siglo dieciséis (Rosengarten, 1997).
Los métodos para cocinar el arroz revelan asociaciones adicionales con África.
La cocina de plantación de Carolina prefería la separación entre los cereales, de la manera en que los platos de arroz africanos se cocinan típicamente.
Los platos de arroz de manera similar se cocinaban con habichuelas (el plato de "hoppin' John", basado en frijoles de ojos negros, una planta africana) y con frecuencia añadían ocra, otra planta nativa de África.
Las mujeres africanas también desarrollaron un método de cocina del arroz de cocerlo a medias, otro nombre para el arroz "converted", que hoy en día se vende bajo el nombre de "Uncle Ben 's Converted Rice".
Esta evaluación de los métodos, artefactos y prácticas de cultivo y proceso revela la transferencia de un sistema entero de la cultura de arroz del África Occidental a la colonia del Carolina del Sur desde el final del siglo diecisiete.
A través de grupos étnicos especializados en el cultivo del arroz y el conocimiento especializado de las mujeres, el arroz se enraizó en el borde occidental del océano Atlántico.
La importancia del conocimiento del arroz y su difusión de acuerdo al sexo es un recordatorio riguroso de cómo la esclavitud desmontó un sistema de cultivo africano para servir las necesidades de la economía de exportación de plantación.
En los sistemas africanos, el cultivo del arroz en medios agrícolas diversos aseguró la subsistencia y redujo el atascamiento de las labores de trabajo.
La historia del arroz de Carolina revela cómo el uso de la tierra cambió como respuesta a la demanda del mercado de exportación y la disponibilidad del trabajo de los esclavos.
Aunque estaba basado en sistemas de conocimiento de las mujeres, un análisis de la cultura del arroz de Carolina muestra que la división del trabajo basada en género, característica de la producción en África, también cambió con la esclavitud, según se enseñaba a los chicos el cultivo y las técnicas que tradicionalmente habían aprendido las chicas.
Algo más que el cultivo del arroz se enraizó en las Américas: un sistema de conocimiento indígena africano que se aplicaba tanto a los campos como a la cocina estableció el cultivo del arroz en las Américas y el cereal que pervive como fundamental para la identidad cultural entre los descendientes de los esclavos que plantaban arroz.
LAS PLANTACIONES DE ARROZ Y LA DIVISIÓN DEL TRABAJO
Al intentar establecer los alimentos de primera necesidad favoritos en los pantanos que lo permitían, los esclavos enseñaron a los propietarios de las plantaciones cómo cultivar y moler arroz y cómo poner en práctica el complicado sistema de control del agua que representó una transformación masiva del paisaje.
Pero al asignar agencia a los esclavos, queda una duda fundamental.
¿Por qué transferirían los esclavos un sistema de conocimiento de un cereal cuyo cultivo les haría permanecer cinco meses al año en pantanos de malaria y les obligaría a trabajar un número de horas infinitas esforzándose a moler con la mano el cereal para su exportación?
La respuesta probablemente tenga que ver con el sistema de trabajo que caracterizaba las plantaciones de arroz.
Un sistema de trabajo poco usual, que no era característico de otros sistemas de plantación americanos, surgió en las zonas de cultivo de arroz de Carolina del Sur y Georgia.
Se le conoció como el trabajo por "tareas" para distinguirlo del otro sistema más extendido en la esclavitud, el trabajo por "bandas".
En el trabajo por bandas, los esclavos eran forzados a trabajar del amanecer al anochecer.
El sistema de tareas en las plantaciones de arroz sin embargo, asignaba a cada esclavo una tarea en los campos de arroz.
Sin desestimar todas las exigencias de trabajo del sistema de labores, para los robustos físicamente, sanos y jóvenes, el sistema de labores significaba que, cuando acababan su tarea, el tiempo que quedaba en el día le pertenecía al esclavo.
El completar la tarea significaba tener la oportunidad para dedicar una porción de cada día a actividades que mejoraban la comida de subsistencia como plantar en los jardines traseros, pescar y poner trampas.
Al contribuir a la nutrición de todos, estas actividades podían mejorar la subsistencia, nutrición y supervivencia de los esclavos de manera crucial.
Está documentado que la división del sistema de trabajo por tareas existía ya desde 1730 en Carolina del Sur, tempranamente en el periodo colonial y en un momento en que se estaba desarrollando el trabajo para crear las plantaciones por marea (Morgan, 1972, pp. 563-599).
La aparición, entonces, de un sistema de trabajo diferente que no era el típico de la plantación de los esclavos en las Américas en las plantaciones de arroz del Sur de Carolina en el periodo colonial temprano añade evidencia indirecta del importante papel africano en el desarrollo del cultivo del arroz ahí.
El conocimiento del cultivo del arroz, un sistema agrícola indígena de África Occidental, conocido de algunos de los esclavos del sur de Carolina, proporcionó a los esclavos la habilidad de negociar los términos de su cautiverio.
En este sentido, entonces, el sistema de trabajo por tareas puede ser visto como lo que permitió a los esclavos una resistencia parcial a las demandas diarias de su esclavitud durante el periodo colonial, cuando las relaciones de trabajo entre los esclavos y los que les esclavizaban no se habían consolidado todavía.
La frontera quedaba abierta todavía y la posibilidad de escapar como esclavo fugitivo o escapar a las comunidades de los nativos era todavía bastante real.
Sin embargo, según la esclavitud se consolidó después de la revolución americana y el cierre de fronteras bloqueó los caminos de escape a la Florida Española, la labor también se incrementó, lo que minó las ventajas conseguidas con la negociación de periodo colonial temprano.
El trabajo por tareas, entonces, en las décadas finales de la esclavitud en los campos de arroz no era muy diferente del sistema de trabajos por grupos de otras plantaciones del Sur.
Carolina del Sur y Georgia no son los únicos ejemplos documentados del cultivo por agua de marea fuera del África Occidental.
El cereal también se plantó a mediados del siglo dieciocho en Maranhão, Brasil con esclavos importados directamente de la región del arroz de Guinea-Bissau (Correira, 1983).
Aunque las plantaciones no pueden compararse con la producción de Carolina, el papel africano en la transferencia del cultivo del arroz al Nuevo Mundo se extendió más allá del sistema de exportaciones.
Los esclavos en el Caribe francés cultivaron el arroz con frecuencia en jardines de subsistencia, que estaban plantados al lado de las plantaciones de café y arroz (Morrissey, 1989).
En una fecha tan temprana como 1579, un becario español en Tabasco, Méjico escribió comentarios sobre el cultivo del arroz en una zona en la que había esclavos africanos para la producción del tabaco ("Relaciones de Yucatan", 1898: vol. 1, núm. 11).
Los esclavos fugitivos de Surinam basaban la subsistencia de sus comunidades fugitivas cultivando arroz en pantanos en tierra adentro, establecidos fuera de la zona de plantación del azúcar- una región similar a las tierras bajas de la costa del golfo de Méjico que eran plantadas por los esclavos fugitivos (Price, 1992).
Mediante la esclavitud y las comunidades de esclavos fugitivos, los africanos de occidente llevaron su cultura del cultivo del arroz a toda la América tropical.
La cultura del arroz representa un sistema de conocimiento indígena africano que acompañó a la esclavitud en las Américas, a las plantaciones de Carolina del Sur, como el cereal de provisión preferido en el sur de Estados Unidos, Brasil y Cuba; como alimento de primera necesidad para los esclavos fugitivos en las Guineas, Brasil, Méjico, Centroamérica y el Caribe.
Y el arroz continúa como alimentos de primera necesidad en muchas de estas áreas hoy en día entre granjeros de descendencia africana mixta.
El arroz forma, además, una parte crucial de mucha de la cultura culinaria asociada con la diáspora africana: El Hoppin' John de la cocina de Carolina, el "gumbo" de Luisiana, los moros y cristianos (arroces y habichuelas) de Cuba y el gallo pinto de Nicaragua.
Central a la identidad cultural del Atlántico Negro, el arroz representa un legado importante de África Occidental en las Américas.
Su historia en el Atlántico occidental revela que las plantas africanas tuvieron un lugar prominente como provisiones en los barcos de esclavos, así como en intercambios informales de semillas que permitió a los esclavos establecerlas como forma de subsistencia.
Representa una manera loable de transferencia de tecnología, bajo condiciones de trabajo forzado difíciles de imaginar.
En la historia compartida de esclavitud, comenzó la diáspora africana.
Pero la diáspora africana fue una de plantas y de personas, cuya historia sólo hemos comenzado a explorar. |
Paisaje, esclavitud y medio ambiente en la economía cafetalera brasileña: Vale do Paraiba, Siglo XIX
El artículo analiza las estrategias de administración del paisaje y del trabajo adoptadas en las plantaciones esclavistas del Valle de Paraíba a lo largo del siglo XIX.
Sostiene que la presencia masiva de la población africana esclavizada, en un contexto local y global muy turbulento, marcado por la competencia entre los diferentes productores mundiales para el control de este artículo y por la intensificación de la resistencia esclava, condujo a la adopción, por los propietarios esclavistas, de las formas de administración del paisaje en sus haciendas que buscaron restringir la autonomía de los esclavos en el proceso de trabajo y, al mismo tiempo, explotar al máximo su capacidad de trabajo.
En el momento de la crisis de la esclavitud en la década de 1880, estos patrones históricos se volvieron contra los propios esclavistas, que sin embargo lograron mantener el dominio sobre la tierra por medio de una reconfiguración específica de las formas de explotación agraria.
En enero de 1822, de regreso a la ciudad imperial de Río de Janeiro después de explorar en varios viajes científicos las zonas del sur y centro-sur de Brasil, el naturalista francés Auguste de Saint-Hilaire había señalado que parte de su colección recogida en las provincias de Río de Janeiro y Minas Gerais se había echado a perder.
Aburrido, pero resignado, decidió emprender su último viaje antes de regresar a Francia.
Así, entre enero y mayo de 1822, volvió a cruzar los caminos de herradura que atraviesan la Serra do Mar, el valle del río Paraíba del Sur y la Serra da Mantiqueira en dirección al sur de Minas Gerais, teniendo la oportunidad de viajar por el Caminho do Comércio, abierto hacia unos años con el objetivo de articular la entonces sede del imperio portugués con la zona de producción de alimentos en las tierras altas de Mantiqueira.
Aparte de las idas y venidas de los muleteros y los parajes en el camino, otros dos puntos merecen el registro del naturalista, ya malhumorado.
El 2 de febrero, después de ganar los primeros contrafuertes de la Serra do Mar, escribió: "el terreno sigue siendo montañoso y cubierto de bosques vírgenes".
Al día siguiente, a orillas del río Paraíba: "nada extraordinario en el camino.
La tierra sigue siendo montañosa y cubierta de selva virgen".
Cuatro de febrero, después de cruzar el río: "siempre montañoso y boscoso".
Día cinco, cerca de la futura ciudad de Valença, "continuó las montañas y los bosques.
Poco antes de llegar al pueblo se puede ver desde lo alto del pico de la montaña vasta extensión de tierra, observando todas las montañas lados cubiertos de bosques".
Entre este punto y la aduana del rio Preto, en la frontera con Minas Gerais, 6 de febrero: "para llegar al río Petro, donde se cruza es montañoso y cubierto de tierra bosque virgen, y cuando en alguna cresta alta se puede ver gran extensión de tierras, sólo se notan los bosques y las montañas."
Sesenta años más tarde, cubriendo la misma región en la dirección este-oeste, ahora en cómodos vagones de ferrocarril y no en los lomos de mulas, el agrónomo C.F. van Delden Laërne vio un paisaje completamente diferente.
Nacido en Batavia, Java, con amplia experiencia agronómica del terreno en la posesión holandesa de las Indias Orientales, Laërne visitó entre los meses de septiembre de 1883 y abril de 1884 las regiones de café de las provincias de Río de Janeiro, Minas Gerais y São Paulo.
De regreso a Holanda, escribió lo que se considera como una de las principales fuentes para la historia global de la economía cafetalera, al comparar sistemáticamente el coloso brasileño con las otras zonas productoras del artículo, Java en particular.
Su relato fue inmediatamente traducido al inglés y francés, y contenía un bonito mapa sobre las dos grandes zonas cafetaleras de Brasil (ver figura 1).
En amarillo, la "Zona de Santos", esto es, el Oeste de la Provincia de São Paulo; en rojo, "la Zona del Rio" (el puerto de Rio de Janeiro ha sido anotado con la cruce), esto es, el Valle de Paraíba.
Las líneas en negro indican la red de ferrocarriles.
Tal como en la narrativa de Saint-Hilarie, la monotonía siguió para establecer el tono del relato de Laërne, pero en otro diapasón.
"La parte del valle de Paraíba", escribió él,
que abarca los distritos de Barra Mansa, Piraí, Vassouras, Valencia y Paraíba do Sul, en Brasil es considerado ya que se ha agotado la mitad.
Un viaje a través de esta región es la cosa más triste que puedo imaginar en un país tropical.
Por mucho tiempo, el tren pasa por colinas desnudas, guarnecidas por gigantescos vassourais cenizas, reliquias deplorables de las plantaciones de café una vez tan espléndidas que se puede decir que produjeron oro, (Laërne, 1885, pp. 282-283).
La última frase proporciona la clave para comprender lo que sucedió en la región.
Cuando Saint-Hilaire lo cruzó en 1822, el café brasileño empezaba el arranque que pronto iba a situar a Brasil como el mayor productor de este artículo en el mercado mundial.
El valle del Paraíba do Sul, o simplemente Vale do Río Paraíba, con tierras en las fronteras de las provincias de Sao Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais, ha sufrido un cambio completo en el transcurso de dos generaciones: relativamente desocupado en 1800, cincuenta años después adquiriría el carácter de una típica zona de plantación esclavista, movilizando grandes cantidades de trabajadores cautivos para explotar sus recursos naturales.
De hecho, el proceso de ocupación del valle de Paraíba mantuvo estrecha relación con la trata transatlántica de esclavos.
El enorme volumen del tráfico entre 1811 y 1830, cuando desembarcaron en los puertos del centro-sur de Brasil Imperio aproximadamente 560.000 africanos esclavizados, suministró la fuerza de trabajo original para las primeras plantaciones de café del valle (Florentino, 1995, p.
59; véanse, también los números actualizados en www.slavevoyages.org).
En los tres años siguientes a la aprobación de la ley de 7 de noviembre de 1831, el tráfico —ahora ilegal— fue residual, dado que el decreto fue leído por los contemporáneos como una medida que iba ser efectivamente cumplida.
La práctica sistemática de la trata, equivalente a las cifras de 1820, se reanudó sólo después de 1835, en gran parte como resultado de las acciones de los terratenientes esclavistas y sus representantes políticos en el Parlamento Imperial, quienes comenzaron a exigir en los espacios de discusión pública la anulación de la ley de 1831 (Mattos, 1987; Parron, 2011; Youssef, 2010).
Entre 1835 y 1850, en la medida en que fueran desembarcados en el centro-sur de Brasil aproximadamente 546.000 africanos esclavizados ilegalmente, se expandían las grandes haciendas de café en el Valle.
Esas grandes propiedades cafetaleras, con más de un centenar de cautivos cada una, fueran las responsables del grueso de la producción brasileña a lo largo del siglo XIX (Salles, 2008; Marquese & Tomich, 2009).
Cuando se terminó definitivamente la trata transatlántica de esclavos, la demografía de las principales ciudades y villas del Valle de Paraíba Medio, el corazón de la economía cafetalera brasileña, demostró la estrecha correlación entre una actividad y otra.
Basándose en los informes de los presidentes de la provincia de Río de Janeiro, Robert Slenes (2000, p.
214) estimó que, en el municipio de Vassouras en 1850, "el 72% de los esclavos, el 60% del total de los negros y morenos y un 49% de toda la población eran africanos".
Estos datos han sido corroborados por estudios que cuantifican la presencia de esclavos africanos en las testamentarías de Vassouras, Paraíba do Sul y Bananal.
Sus autores indican claramente la presencia de una típica demografía de plantaciones esclavistas, es decir, la concentración de esclavos en grandes unidades con amplio predominio masculino y la fuerza de trabajo compuesta de mano de obra en edad productiva óptima (Gomes, 2006, pp. 163-78; Salles, 2008; Moreno, 2013; Fragoso, 2013).
Dicha información plantea el problema del papel de la esclavitud en la conformación del paisaje cafetero del Valle del Paraíba.
Además del hecho evidente de que fueron los brazos de los africanos y sus descendientes los que habían derrumbado los bosques, plantados los arbustos, cosechados los cultivos, beneficiaron y construyeron las imponentes casas de vivienda monumentales de las haciendas cafetaleras de los propietarios, algunas de las cuales siguen en pie, la cuestión se refiere a un punto que ha llamado la atención de los especialistas en la última década, a saber, la agencia africana en la configuración del paisaje del Nuevo Mundo.
Una de las obras más importantes en este campo es sin duda la de la geógrafa Judith Carney.
Mediante el estudio de la implantación de la cultura del arroz en las Américas, especialmente en las tierras bajas de Carolina del Sur, Carney intentó demostrar cómo el conocimiento desarrollado originalmente en la costa de África Occidental y trasplantado en los buques negreros por los propios africanos esclavizados fue decisivo para el éxito de la actividad en el Nuevo Mundo (Carney, 2001).
Basándose en este punto, que no obstante ha sido criticado y debatido Eltis, Morgan & Richardson, (2007), véase también el fórum de AHR Exchange (2010), Carney propuso con el también geógrafo Robert Voeks, un amplio programa de investigación para examinar las marcas de la diáspora africana en el paisaje brasileño, sobre todo el legado de los africanos en el manejo de los "recursos alimenticios para la subsistencia, a la supervivencia, la resistencia y la identidad propia" (Carney y Voeks, 2003, pp. 141).
Estos dos geógrafos recuerdan, además del caso del arroz, una gran variedad de plantas y alimentos con significados medicinales y religiosos, ambientadas con éxito en Brasil por los esclavos africanos y sus descendientes.
Por fin, en un libro más reciente escrito con Richard Nicholas Rosomoff, Carney amplió su perspectiva original para comprender el conjunto de legados africanos en el paisaje agrario de las Américas (Carney & Rosomoff, 2009.
La interpretación que quizás puede servir para el arroz y otras plantas, sin embargo, no lo sirve para el café, un arbusto igualmente originario del continente africano.
El plan propuesto por Carney y sus colegas puede conducir a la reificación de los productos agrícolas que los africanos trajeron de su continente, si el contenido específico de las relaciones sociales que se estructuran a partir de la explotación de estos productos en el paisaje no se examina adecuadamente.
Es importante que, por un lado, operemos con una comprensión sustantiva de paisaje, que sea capaz de evitar los problemas que contienen tanto el tratamiento puramente morfológico de la escuela Carl Sauer, como los de la revisión culturalista defendida por Denis Cosgrove.
La tarea, por lo tanto, es investigar las relaciones concretas entre la producción material del paisaje y sus esquemas de representación visual, lo que necesariamente requiere que analicemos de forma integrada las estrategias de gestión del mundo natural y la gestión del trabajo.
Concibiéndose el paisaje como morfología, como ambiente construido y como representación, se posibilita examinar cómo el paisaje ha estructurado las relaciones laborales y, al revés, cómo las relaciones de trabajo estructuran el paisaje (Mitchell, 1996, pp. 1-35).
Por otro lado, esta perspectiva sustantiva del paisaje también nos permite evitar un límite relativamente común del campo de la historia ambiental, es decir, el tratamiento de la naturaleza y de la sociedad como entidades binarias ontológicamente apartadas (Moore, 2011, pp. 1-2).
La región de Valle de Paraíba durante el siglo XIX se caracterizó por la presencia abrumadora de la esclavitud negra.
La organización del proceso de trabajo esclavo en sus plantaciones de café implicaba vectores específicos de transformación del paisaje; con el tiempo, un medio ambiente significativamente alterado por la devastación ambiental (debido a las estrategias señoriales de la gestión del paisaje y de la mano de obra) modificó las condiciones históricamente dadas a la reproducción de las relaciones sociales esclavistas.
Este artículo busca captar este doble movimiento en dos momentos diferentes, y por eso, se divide en dos partes.
El argumento principal es que la presencia masiva de esclavos africanos en el Valle de Paraíba, en un contexto local y global bien turbulento, marcado por la competencia entre diferentes productores globales por el control de este artículo y por la intensificación de la resistencia esclava en el plano local, llevó a la adopción, por los hacendados esclavistas, de formas de administración de los paisajes de sus propiedades que intentaban restringir brutalmente la autonomía de los cautivos en el proceso de trabajo y, al mismo tiempo, explotar al máximo su capacidad de trabajo.
En el momento de crisis de la esclavitud en la década de 1880, estos patrones históricos se volvieron contra los propios dueños de esclavos, que sin embargo lograrían mantener el dominio sobre la tierra por medio de una reconfiguración específica de las formas de explotación agraria.
A pesar de lo que su nombre podría indicar, la especie arabica del cafeto es originaria de las zonas montañosas de bosques de Etiopía.
A principios del siglo XVI, los mercaderes musulmanes estimularon con éxito la aclimatación de la planta en el extremo sur de la Península Árabe, que empezó a ser cultivada intensivamente por los agricultores del Yemen.
Hasta finales del siglo XVII, la producción y la comercialización del producto se mantuvo en régimen de monopolio musulmán (Tuchscherer, 2003).
Las familias campesinas intentaron reproducir las condiciones originales del cafeto: la siembra se produjo en la sombra de grandes árboles; en el manejo de la planta, los cafetos ni eran restringidos en su altura (lo que iba a llamarse "contención" en Cuba) ni eran podados, alcanzando alturas promedio de entre 4 y 6 metros; durante la cosecha, se extendían colchonetas debajo de los pies y los árboles eran sacudidos, por lo que sólo se desprendían los frutos maduros; el proceso de secado se daba en las propias esteras utilizadas en la recogida de los frutos, ahora expuestas al sol; finalmente, la separación de la pulpa y del grano del pergamino se realizaba en molinos de piedra (Maria Rodrigo & Boloix, 1817, pp. 165-168; Caldeira, 1843, pp. 10-11; Tuchscherer, 2003, p.
Como se puede ver, en tal modelo la producción era necesariamente restringida.
Cuando los holandeses y los franceses tomaron posesión de la comercialización de la planta, con el fin de abastecer la creciente demanda metropolitana, buscarían adaptar el cultivo a una gran escala, con una organización de trabajo muy diferente de los patrones campesinos del Yemen.
Esto ocurrió todavía en el espacio del Océano Índico, antes de que la producción cafetalera se cruzara para el Atlántico (Campbell, 2003, p.
Jean-Louis Dulac Alléon, al publicar su Mélange d'Histoire Naturelle en 1754, registró que en la isla de Bourbon (hoy Reunión), los cafetos eran plantados en línea y contenidos cuando llegaban a la altura de un hombre adulto.
Las razones fueron dictadas por el uso de mano de obra esclava: la contención facilitaba la cosecha, "debido a que sus ramas más altas son del tamaño de los esclavos", mientras que la plantación en hileras paralelas, además de dejar "muy agradable y vistosa la perspectiva de la finca", facultaba a su amo "ver fácilmente la labor de todos sus esclavos" (Alléon-Dulac, 1800, pp. 128, 138).
Dicho manejo —la siembra en líneas con contención de los arbustos— estuvo presente en todas las áreas esclavistas del Atlántico que produjeron café a gran escala en el siglo XVIII, es decir, Martinica, Suriname, Jamaica y en particular Saint-Domingue.
Después de la década de 1790, a raíz del vacío creado por la revolución de los esclavos en esta última colonia y el aumento de la demanda en las zonas centrales de la economía mundial, aparecieron en el mercado mundial nuevas zonas productoras del artículo, como Cuba y Brasil.
Las técnicas desarrolladas por los poderes coloniales holandeses, británicos y francesas fueron difundidas en la América portuguesa, a través de las traducciones, desde los primeros años del siglo XIX, destacando la notable colección O Fazendeiro do Brazil, publicado en once volúmenes entre 1798 y 1806 por el fray José Mariano da Conceição Veloso (Marquese, 1999, pp. 121-131).
En uno de los volúmenes relacionados con el café, Veloso publicó el tratado de P.-J. Laborie, productor esclavista de café de Saint-Domingue que se refugió en Jamaica y que, apenas dos años antes, había publicado la primera edición de su libro en inglés (Laborie, 1800).
Al largo del siglo XIX, el manual de Laborie fue considerado como la más importante publicación agronómica sobre el tema (Marquese, 2009).
Aunque sea difícil documentar la transmisión de las técnicas mediante el examen de la recepción de las publicaciones contemporáneas, se puede afirmar que la combinación siembra en líneas / contención de los cafetos fue adoptada en Brasil tan pronto despegó la industria del café a gran escala.
En la medida en que, en la década de 1820, eran fomentadas las grandes haciendas cafetaleras en el Valle de Paraíba, se acopló, al aprendizaje progresivo de las técnicas agrícolas, la construcción de un conocimiento local.
El movimiento puede ser rastreado por medio de las publicaciones agronómicas.
Hasta 1835, los escritos sobre el café publicados en Brasil solamente propagaron las técnicas de las Antillas, la mayoría de las veces sacándolas de O Fazendeiro do Brazil, pero sin referirse específicamente a la producción en rápido proceso de crecimiento en el Valle de Paraíba.
Los únicos autores que escribieron directamente sobre la producción brasileña entre los años 1820 y 1830 fueron algunos viajeros extranjeros que estuvieron en las provincias de Río de Janeiro, São Paulo y Minas Gerais (Marquese, 1999, pp. 157-167).
En 1836, sin embargo, salió a la luz el primer trabajo escrito en base a la experiencia acumulada en la producción de café en Brasil.
Su autor, el padre José Joaquim Ferreira de Aguiar, entonces con 31 años de edad, había vivido durante cinco años en la gran hacienda cafetalera Desengaño Feliz, en Valença, Rio de Janeiro, observando cuidadosamente las técnicas desarrolladas localmente.
Su objetivo, para traerlas al público, fue precisamente indicar su distinción en relación a las técnicas del Caribe.
El Valle de Paraíba presentaba condiciones ambientales ideales para el cultivo del café.
En realidad, la región así llamada compone una cuenca entre las laderas de Sierra de Mantiqueira al norte, y la Sierra do Mar, al sur (altitudes variables entre 1600-800 metros sobre el nivel del mar; las coordenadas básicas son 22o40'/ 21o50' Latitud, 45o15'/ 42o00' Longitud, por tanto, al sur de la zona intertropical de América del Sur).
Los afluentes del río Paraíba (río Negro, río Pirai etc) corren en rieles diagonales al plato principal de la cuenca, entre pequeños contrafuertes que también reciben en los topónimos locales el nombre de sierras.
La topografía del Valle de Paraíba se caracteriza por los llamados mares de morros, pequeñas elevaciones redondeadas —de ahí el nombre de "medias-naranjas"— formadas por los procesos de acción morfo climáticos intensos en sus tierras de origen granítico, basáltica y gnássicas muy antiguas (Ab'Sáber, 2003, pp. 45-64).
En estos suelos pobres se ha formado la gruesa cubierta de la Mata Atlántica, un vasto bosque tropical que cubría a principios del siglo XVI casi toda la costa norte-sur de Brasil, abarcando la mayor parte de las actuales provincias de Espírito Santo, Río de Janeiro, Minas Gerais y São Paulo.
La calidad del suelo poco contribuyó para la constitución de la Mata Atlántica.
Por el contrario, fue la cobertura de vegetación que había formado el suelo en la cuenca del río Paraíba do Sul.
La continua caída de las hojas bajo la densa sombra de la copa de los árboles, y seguidamente mineralizadas por insectos, hongos y bacterias, dio origen al humus tan valorado por los agricultores.
27), "el bosque creció y se extendió sobre un sustrato orgánico generado por él mismo."
Las demandas específicas de la especie arabica del cafeto en términos de precipitaciones (1300-1800 mm/año), de temperatura media anual (20 a 24oC) y de tierra (el suelo no podría ser seco o húmedo), se cumplieron en la topografía de los mares de colinas cubierta por la Mata Atlántica (Dean, 1996, p.
195), algo que así fue bien observado por el Padre José Joaquim Ferreira de Aguiar a principios de los años de 1830.
La práctica local por él anotada demostró que los suelos adecuados para el cultivo de café eran los existentes en las colinas de medias-naranjas, típicas del paisaje del Valle y cubiertas de bosques vírgenes; las plantaciones de café en las tierras bajas, aunque frondosos, rindieron pocos frutos.
La preparación del terreno se daba por la tala y quema de los bosques, lo que no implicaba un gasto excesivo de tiempo de trabajo y posibilitaba el crecimiento vigoroso de árboles de café.
La plantación seguía líneas verticales desde la parte superior de la colina hasta su base, distantes unas de las otras de catorce a dieciséis palmos (3m a 3,5 m), dependiendo de la calidad de la tierra; en los tres primeros años de la plantación de los árboles, el amplio espacio entre las hileras era aprovechado para el cultivo de maíz, frijol y yuca, con el doble objetivo de garantizar sombra a los pies recién sembrados y mantener a los esclavos trabajando productivamente en la labranza de comestibles.
En el manejo, el cafeto era contenido cuando alcazaba la altura de diez pies (2,2 m) para facilitar la recolección de frutos y evitar romper las ramas en la operación de la extracción; el deshierbe, a su vez, se realizaba tres veces al año.
Como el rendimiento decreciente de los cafetos viejos, con más de dos décadas, no compensaba el coste de manejo, a cada año había que recurrir a la plantación de nuevos cafetales, a una tasa de 10% de los árboles existentes en la finca (Aguiar, 1836, pp. 6-11).
Una rápida comparación con el manual de Laborie sirve para entender acerca de lo que estas técnicas se habían apartado de la norma del Caribe.
En el Saint-Domingue pre-revolución, era una práctica común que los agricultores plantasen los arbustos en quincunces, "cuya ventaja es para unirse a las filas, y por lo tanto ganar terreno" (Laborie, 1800, p.
El espaciamiento patrón transmitido por Laborie (1800, p.
Si leemos la tabulación preparada por Laërne (1885, p.
25), es posible notar que, en la distancia mínima señalada por Aguiar, había cerca de 5.100 matas por alqueire.
¿Cuál fue la lógica de esta aparente pérdida de la tierra en el Vale do Paraíba?
En primer lugar, hubo una relación directa con la cantidad de tierra virgen disponible en Brasil, sin términos de comparación con la oferta relativamente escasa de este insumo en las islas caribeñas.
El punto central, sin embargo, se refiere a la organización del proceso de trabajo.
La alineación vertical de los arboles, con amplio espacio entre las hileras, obedeció a la regla de la visualización como un medio de control de los trabajadores, algo que ya se había adoptado desde el Índico, pero que adquirió un nuevo significado en las haciendas en el Valle.
En la zafra o en el deshierbe, cada esclavo se asignaba en una fila de arbustos, comenzando a trabajar en las cimas de las colinas hasta llegar a su base: el mayoral o capataz en la parte inferior tendría el control visual total sobre las actividades, observando (en el caso del deshierbe) si la línea de esclavos seguía el mismo ritmo dictado por los trabajadores de las puntas, o (en el caso de la recogidas) si se cosechaban todos los árboles o si les dañaban (Aguiar, 1836, p.
Las plantaciones cafetaleras de Brasil combinaban así las dos formas básicas de organización del proceso de trabajo esclavo presentes en otras regiones de la plantación del Nuevo Mundo: las cuadrillas bajo mando unificado y el sistema de tareas individualizadas ("gang system" y "task system", conforme los términos del análisis de Morgan, 1988).
Sin embargo, el sistema de tareas adoptada en el Valle de Paraíba se apartó significativamente del empleado en las unidades de café del Caribe.
Laborie, teniendo en cuenta la práctica local en Saint Domingue, documentó que se requería de los esclavos en los años de buena cosecha la recoja de una tarea determinada, dejando al cautivo el disfrute del tiempo libre después de su cumplimiento (Laborie, 1800, pp. 216-217).
Aguiar, a su vez, compuso su manual en el momento exacto en que los agricultores de Brasil innovaban en esta área:
cada trabajador así puede cosechar por día tres a tres y medio, y hasta cuatro alqueires en años de abundancia [RM – alqueire, aquí, es una medida de volumen, y no de área]; las mujeres generalmente son más diestras en este servicio.
Algunos agricultores tienden a conformarse con tres alqueires, dejando a retirarse del trabajo si se presenta en cualquier momento; sin embargo, otros hacendados pagan más de esa tarea, si el trabajador se mantiene a cosechar todos los frutos hasta el final: mucho conviene que los mayorales deben tener cuidados de no permitir que se coseche la fruta aún no madura, porque no pueden hacer un buen café; ni tampoco que se desfolien o que se rompan las ramas al coste de la futura cosecha.
Algunos agricultores, sin embargo, para que no se den segunda carrera a los cafetales, pronto cosechan todos los frutos incluso los aún poco maduros, y afirman que, siguiendo el procedimiento en los secaderos con los bien maduros, no hay diferencia apreciable al final entre unos y otros; lo que, por tanto, es digno de tomar ventaja, (Aguiar, 1836, pp. 12-13).
Es posible leer en esta cita tres modos distintos de la organización del trabajo en los procedimientos de cosecha.
En los dos primeros casos, la tarea a ser cumplida por el esclavo se fijó en tres alqueires, con una estricta supervisión del mayoral para evitar la recolección de los frutos no maduros.
La diferencia entre los dos estaba en la forma de estimular al trabajador esclavizado, asignándole tiempo libre si el esclavo había cumplido la tarea (sistema corriente en las Indias Occidentales), o con una recompensa monetaria en caso de que recogiera la cuantía mínima exigida.
En el tercer método, lo que importaba al hacendado esclavista era antes la cantidad que la calidad de la fruta, con la máxima economía de trabajo: con la cosecha de frutos verdes y maduros, era evidente que la cuantía recogida para cada esclavo en años de buena zafra sería considerablemente mayor que los tres alqueires usuales.
Documentos posteriores dan cuenta de que el tercer procedimiento se convirtió en la norma en el Valle de Paraíba.
Véase, por ejemplo, el caso del más famoso manual agronómico de la región, escrito por el poderoso señor de esclavos Francisco Peixoto de Lacerda Werneck, el Barón Pati do Alferes, publicado originalmente en 1847 en las páginas del Auxiliador da Industria Nacional, reunido en un libro en este mismo año y reimpreso con adiciones en dos ocasiones después de la muerte del autor, en 1863 y 1878:
La cosecha varía de acuerdo con su abundancia; si es desigual, un recogedor no puede a veces tomar dos que uno a tres alqueires; pero si él hace todo madura, entonces la tarea debe pasar de cinco, seis y siete fanegas alqueires.
A horas de medida a la puesta del sol, el administrador debe estar presente con el fin de castigar a los que no dieran a la tarea, que debe gradarse al estado del café y las fuerzas del individuo.
Uno de los mejores expedientes que yo he impuesto en principio, cuando mis esclavos no sabían recoger el café, y que yo he tomado muy buen resultado, fueron los premios; por ejemplo, marcaba cinco alqueires como una tarea, diciéndoles que el que lo superaba tendría por cada cuarta 40 réis de gratificación; con este engaño que se observó fácilmente, yo obtuve de los esclavos siete alqueires, que más tarde se estableció como regla general, (Werneck, 1985, p.
Las variaciones bienales en los rendimientos de los cafetales eran muy comunes en el Valle de Paraíba, como siempre ocurría cuando los árboles se plantaban sin sombreado (Matiello, 1991, pp. 18-19).
De todos modos, se destaca el hecho de que la tarea mínima en un buen año sea significativamente superior que el registro de diez años antes por Aguiar.
También se subraya la mensuración individual de las tareas, establecidas por el administrador con base en su evaluación sobre el volumen de la cosecha; aunque la cosecha se llevaba a cabo en cuadrillas, el castigo o la recompensa se aplican individualmente a cada trabajador.
Por último, en un pasaje en el que la arrogancia señorial se manifiesta sin rodeos, se observa que el incentivo para el incremento de la recolección más allá de la cuantía mínima sería en dinero.
Hay múltiples registros de la segunda mitad del siglo XIX que demuestran la extensión de la práctica de pagar dinero en efectivo como incentivo para que los esclavos cosechasen por encima del mínimo fijado por los administradores (Stein, 1990, p.
En julio de 1854, al hablar en el Senado Imperial de Brasil sobre el origen de su fortuna, Honório Hermeto Carneiro Leão (el futuro marqués de Paraná) aclaró a sus colegas que su origen estaba en la explotación "racional" de sus esclavos, es decir, en la imposición de una pesada carga de trabajo: "si yo hice cosecha tan abundante, no es porque he empleado a gran número de brazos; hay hacendados que tienen el doble y aún más, y sin embargo, obtienen menos.
No tengo en la hacienda [de Lordello, en el actual municipio de Sapucaia, Rio de Janeiro] de más de 150 esclavos entre grandes y pequeños; pocos empleados libres; pago a mis esclavos lo que cosechan en los días de guarda, y el exceso de sus respectivas tareas en los días de servicio."
Treinta años después, Laërne escribió que en el Valle de Paraíba el estipendio monetario se adoptó para "fomentar el esclavo que cosechó más.
Como regla, él gana 200 réis por alqueire para los primeros cuatro o cinco semanas de la temporada, suma que se eleva a 240 réis por alqueire en el resto de la cosecha."
Cuando la zafra era abundante, la cosecha se extendía a los domingos, y, por lo tanto, el trabajo de los esclavos se debía remunerar.
¿Por qué los hacendados brasileños se encontraron con la necesidad de estimular a sus esclavos con ganancias monetarias en caso de trabajo excesivo?
Aparte de los esfuerzos de los cautivos para ampliar sus márgenes de autonomía en relación con sus amos, a través del ejercicio de una economía propia que abarcaba no sólo a sus cultivos sino que también todos los ingresos extras que quizás podrían amasar, debemos recordar las particularidades del proceso de producción del café.
La cosecha (recogida y procesamiento) era el cuello de botella de la actividad, el punto que determinaba el tamaño ideal de la fuerza de trabajo en la hacienda (Gorender, 1985, p.
49) fue claro en ese sentido al escribir que el productor cafetalero "que se establece debe calcular cuidadosamente y sólo extender los brazos a la proporción de cultivos que puede tener".
Los caficultores del Vale de Paraíba, sin embargo, transfirieron esta ecuación al límite.
Por un lado, el esquema de administración del paisaje que ellos adoptaron (plantación alineada verticalmente con amplio espacio entre las hileras), facilitó la estricta supervisión de los grupos de esclavos que trabajaban al unísono, en el deshierbe y la cosecha; por otro lado, la adopción en la cosecha de un método de gestión que combinaba el trabajo colectivo, la recogida indiscriminada de los frutos y la mensuración individual les facultó la imposición de elevadas tajas de trabajo a los cautivos.
En Saint-Domingue, se le asignaba a un esclavo de campo generalmente entre 1.000 y 1.500 matas de café, lo mismo que se imputaba a los esclavos jamaicanos (Geggus, 1993, p.
En los años 1830 y 1840, con la especialización progresiva de las explotaciones en el Vale do Paraíba, el importe asignado a los trabajadores esclavizados aumentó sustancialmente.
El diplomático suizo Johann Jacob von Tschudi, al visitar la zona de Cantagalo, Rio de Janeiro, en 1860, pudo consultar el libro de notas de un hacendado con datos desde mediados del siglo.
Nos interesan aquí los datos para el período 1847-1850, cuando salió en el mercado editorial de Brasil el manual de Lacerda Werneck.
Tschudi constató que, en aquella finca, cada cautivo de campo cultivaba 3.934 matas de café, una cantidad sorprendente a la vista de los padrones antillanos anteriores (Tschudi, 1980, p.
No es de extrañar, pues, que en los años de cosecha abundante (en aquella hacienda de Cantagalo, la productividad media era de 64@ por mil matas de café, mientras que el Caribe la productividad no era de más que 30@ por mil matas), hacendados y administradores adoptasen una serie de incentivos para dar cuenta de la cosecha y el procesamiento, entre los que se destacó el pago por recoja extra y trabajo los domingos.
Esta tasa de explotación del trabajo esclavo fue sin duda uno de los factores que impulsarían el café brasileño y le garantizarían el dominio absoluto en el mercado mundial del producto de la década de 1830 en adelante (Marquese y Tomich, 2009).
En respuesta a un marco económico internacional competitivo, que requería constante aumento de la productividad para mantenerse en él, pero también frente a una mayoría demográfica de esclavos africanos jóvenes refractarios al comando señorial, los propietarios del Valle de Paraíba adoptaron estrategias de la organización del proceso de trabajo con el objetivo de aumentar su grado de control sobre los esclavos, haciéndoles trabajar cada vez más, pero con pequeñas oportunidades para el usufructo de una economía propia.
Tal fue la lógica subyacente de un patrón de administración del paisaje que implicaba tan grande pérdida de los recursos naturales.
La aprehensión simbólica de este modelo por los señores esclavistas se puede observar en una famosa pintura parietal de fazenda Resgate (ver figura 2), ubicada en Bananal, São Paulo, compuesta en la segunda mitad de la década de 1850 por José María Villaronga.
Empleando un dispositivo que se encontraba en los orígenes renacentistas de la pintura de paisaje, el pintor catalán abrió la "ventana" del comedor de la casa de vivienda para observar las líneas verticales de las plantaciones de café perfectamente simétricas y distanciadas, cuyo producto fluyó como la forma natural, sin la necesidad del trabajo humano, en las arcas de su propietario (Marquese, 2010).
Pintura parietal en trompe-l'oeil del comedor de la hacienda Resgate, Bananal, São Paulo, c.1860; fotografía de Reinaldo Funes Monzote, noviembre de 2005.
Los esclavos pueden haber desaparecido de la pintura de Villaronga, pero estaban allí, trabajando en las plantaciones de café de Manoel de Aguiar Vallim, dueño de la Resgate.
Trabajando, enriqueciendo a los demás propietarios del Valle de Paraíba y resistiendo.
El historiador norteamericano Stanley Stein, basado en entrevistas realizadas en la década de 1940 con los antiguos esclavos para su libro sobre Vassouras, ha descrito en páginas admirables lo cotidiano del trabajo diario en el campo, siempre impulsado por el cántico de los jongos.
Las cuadrillas de esclavos trabajaban entre las hileras de café bajo la supervisión constante y amenazadora de los mayorales, "pero si la vigilancia se aflojaba, los trabajadores aprovechaban la oportunidad para moderar la actividad mientras que los hombres y mujeres encendían sus pipas o se recostaban en sus azadas para momentáneamente limpiar el sudor" (Stein, 1990, p.
La burla de los esclavos era algo bien conocida para los propietarios, así como los esfuerzos de ellos para tomar el control del proceso de trabajo.
Esos esfuerzos a menudo tomaban a los mayorales y capataces como cómplices, que así trataban de aliviar tensiones inherentes a su función.
Los hijos de Antonio Clemente Pinto (Barón de Nova Friburgo), asumiendo la fabulosa herencia de su padre que murió en 1869, compuesta por quince haciendas y más de dos mil esclavos en las villas de Cantagalo, St. Fidelis y Nova Friburgo (Rio de Janeiro), prepararon un documento muy detallado para estandarizar la administración de las diversas unidades cafetaleras de la familia.
Semejante en el contenido de las prescripciones a los manuales agrícolas coetáneos, el escrito firmado en febrero de 1870 era no obstante más detallado cuando se trataba de los enfrentamientos con los esclavos.
En cuanto a la cosecha, por ejemplo, el documento declaraba que la tarea iba a ser establecida por el administrador de cada una de las haciendas al término de la jornada de trabajo, dictando a cada uno de los esclavos durante la inspección llevada a cabo en el patio de los secaderos antes que ellos fuesen encerrados en los barracones; al día siguiente, el propio administrador iba a inspeccionar las cestas recogidas individualmente para verificar si la tarea se había cumplido.
El objetivo de la prescripción era, sobre todo, la calidad de la autoridad en el campo: en los términos de la normativa, "debe desterrarse la idea de que el mayoral poco tiene que hacer en la cosecha por esta hacerse a la tarea, pues del contrario el dueño de la hacienda nunca más necesitará de la autoridad del mayoral" ("Intruções gerais", 2002, p.
La acomodación entre mayorales y esclavos derivaba, en parte, de la práctica de distribución de los esclavos de campo en cuadrillas (en portugués, ternos).
En las grandes unidades de café del Valle de Paraíba, con equipos de esclavos de campo con más de 50 individuos, la cadena de comando se componía generalmente del administrador general de la hacienda, de los mayorales de secaderos y de campo, y de los capataces (en portugués, feitores de roça), los últimos por lo general reclutados entre los propios esclavos.
Laërne, que observó cuidadosamente las propiedades de los hermanos Clemente Pinto en el área de Cantagalo, escribió que cada capataz era responsable por el control de ternos compuestos por 20 a 25 esclavos, hombres y mujeres; cada grupo tenía un(a) cocinero(a) esclavo(a), que preparaba las comidas en los cafetales; cuando trabajaban juntos, los diferentes ternos eran supervisados directamente por el administrador (Laërne, 1885, p.
Forzado por sus patrones para extraer mucho esfuerzo de los esclavos, los capataces y encargados no obstante tuvieron que negociar con ellos todos los días en los trabajos en los cafetales (Machado, 1987, p.
Hay un caso de especial relevancia a los objetivos de este artículo.
El 17 de octubre de 1866, el mayoral portugués Manoel Duarte Simões fue asesinado en la hacienda del comendador Venancio José Gomes da Costa, en la parroquia de la Sagrada Familia de Tinguá, Vassouras.
Esa era, sin duda, una propiedad muy problemática.
Su dueño fue, en distintas ocasiones, presidente del cabildo de Baependi, en el sur de Minas Gerais; en octubre de 1866, él no estuvo de Vassouras.
Simões fue contratado apenas dos semanas antes de su asesinato, en plena fase final de la cosecha de café, para reemplazar el mayoral Francisco Bernardes da Costa, que sin embargo continuó residiendo en las tierras de la hacienda.
A lo largo de las investigaciones del proceso criminal, algunos de los esclavos dijeron que Francisco Bernardes había sido despedido por pasar por alto el hecho de que cautivos de la hacienda estaban robando café para cambiarlo por ron y tabaco con Jerônimo Siqueira de Vasconcelos, otro antiguo mayoral de la propiedad antes de su adquisición por el comendador Venâncio, y que también permaneció como residente en sus tierras, con una pequeña venta.
Francisco Bernardes, sin embargo, expuso una explicación distinta.
En sus palabras, él había renunciado al cargo "porque no podía soportar los esclavos y tolerar sus excesos."
"Cuando mayoral de la hacienda del comentador Venancio", continuó, "a menudo caminando por los campos, yo encontraba café oculto y botellas de aguardiente (...), en los propios barracones los negros se emborracharon; la astucia de ellos era tal en las noches los esclavos sacaban las tablas del suelo de los barracones y así salieron a comprar aguardiente y vender el café que robaron".
Su juicio sobre el asunto era perentorio: "todos los esclavos son generalmente mal educados, desobedientes y rebeldes de cumplir con sus obligaciones."1
De todos modos, fuese Francisco Bernardes despedido por su patrón o renunciado al puesto por libre voluntad, el contraste entre su modelo de orden y el de Manoel Duarte Simões aparece en casi todos los testimonios de los esclavos.
Según Barbara Maria da Conceição, que realizaba el trabajo doméstico en la casa de Jerônimo Siqueira, "a los esclavos no les gustaba Simões, porque no les perdonaba, y estaba siempre encima de ellos, gustando los esclavos más de Francisco Bernardes, a quien estaban acostumbrados pues no los castigaba, los dejaba en el campo y se iba a dormir y los negros hicieron lo mismo."
El relato más significativo para este análisis, sin embargo, se encuentra en otro punto.
Duarte Simões, al asumir el cargo de mayoral, no sólo prohibió —usando el látigo— los contactos de los esclavos con Jerônimo Siqueira, sino que también trató de imponer una nueva urgencia al ritmo de trabajo para la cosecha de café en su fase final.
La tarea pactada entre los esclavos y el antiguo mayoral Francisco Bernades fue de três alqueires.
Duarte Simões empezó requiriendo que los esclavos "dieran tarea de cuatro alqueires y los que no lo dan serían castigados" (testimonio del esclavo Adão).
El día antes de su asesinato, Duarte Simões mandó clavar un poste de castigo en el terrero delantero de los cafetales en recoja, indicando claramente lo que pretendía hacer con los cautivos que no cumplían con las nuevas reglas de trabajo.
Este episodio demuestra (en la figura de Francisco Bernardes) la camaradería o la acomodación que podían surgir en los contactos cotidianos entre los mayorales de las plantaciones y los esclavos, pero también indica (en la figura de Duarte Simões) las tensiones involucradas en los esfuerzos para aumentar la producción de café.
En resumen, la asombrosa proporción de matas de café por esclavo de campo impuesta por los hacendados esclavistas del Valle de Paraíba, tuvo que enfrentar la dura oposición de sus cautivos que, con las armas disponibles, resistieron como pudieron a la demanda de trabajo de sus amos.
La correlación social de fuerzas en el Valle de Paraíba era sin embargo profundamente asimétrica: la proporción plantas de café / esclavos expresaba exactamente ese cuadro social, significando que los señores de esclavos promovían, en un sólo movimiento, el agotamiento de los recursos naturales y humanos al servicio de la acumulación de capital.
De hecho, a pesar de todas las acciones de la resistencia esclava, los métodos de gestión del trabajo y el paisaje agrícola allí empleados constantemente reafirmaban el poder señorial.
En la estrategia de destrucción "controlada" de los recursos forestales, los cafetos plantados en alineación vertical se mantenían productivos para un máximo de 25 años, pero sus rendimientos disminuyeron notablemente a partir de 15 años.
Para mantener los niveles estables de producción, fue necesario plantar constantemente cafetos en los bosques talados, con el fin de sustituir los arbustos viejos e improductivos a punto de ser convertidos en pastizales (Fragoso, 1983; Laërne, 1885, pp. 253-382).
Este esquema agronómico devastador, adoptado conscientemente por los propietarios de las haciendas, que combinada la continua expansión de los desmontes, el plantío vertical alineado con el amplio espacio entre las hileras de café, el trabajo colectivo en el deshierbe y el sistema de tareas en la cosecha para compensar la falta de mano de obra, se prolongó hasta bien entrada la década de los ochenta, en el contexto de la crisis terminal de la esclavitud en Brasil.
En sus últimas dos décadas, en la medida que la esclavos envejecían, la tierra virgen escaseaba y disminuía la productividad de las plantas, la carga de trabajo aumentó considerablemente para los trabajadores esclavizados.
En su visita al Valle del Paraíba entre 1883 y 1884, Laërne quedó impresionado con el increíble ritmo de destrucción de los bosques, el agotamiento de los suelos en las zonas de más antigua actividad cafetalera, y sobre todo con las tasas de explotación del trabajo.
Laërne (1885, pp. 294-295) estimaba que entre doce y quince años, la pérdida de la cobertura del suelo con las lluvias, debido a la plantación alineada verticalmente en las colinas de media naranja, era de 20 a 35 cm, es decir, un tercio de la capa media de humus existente después de la tala y quema de bosques vírgenes; no fue un accidente, por lo tanto, que la producción y el valor de mercado de las plantaciones de café se desplomaran después de esta edad.
Después de tres décadas, la cobertura de los suelos originalmente cultivados con cafetales desapareció por completo.
Y, con ella, la propia posibilidad de mantenerse la actividad cafetalera esclavista en el tiempo.
Con el aumento de los precios del café en los años 1870, la plantación de nuevos cafetales se aceleró, incluso en las zonas antiguas con menor disponibilidad de tierras vírgenes.
la pasión por la plantación [de café] ha sido tan violenta que en la mayoría de los distritos de la zona de Río, un esclavo tiene que hacerse cargo de más de 7.000 matas, (Laërne, 1885, p.
En sus entrevistas con hacendados y administradores, el agrónomo holandés observó que un esclavo era capaz de coger el pico de la cosecha de ocho a nueve alqueires de café, es decir, el triple de la tarea anotada por el padre Aguiar en la década de 1830 y lo que se consideraba como la norma por los esclavos del comendador Venancio en la acción violenta contra el mayoral Manoel Duarte Simões en 1866.
El historiador Robert Slenes (1986, pp. 139-140), citando esas mismas palabras de Laërne, avanzó la hipótesis de que, en zonas del Valle con pocos recursos forestales, los hacendados que no habían optado, en los años setenta, a emigrar a las fronteras cafetaleras del Oeste de São Paulo, la Zona da Mata de Minas Gerais o el Sur de Espírito Santo, adoptaron la estrategia de "incrementar la velocidad con la que consumían sus tierras y plantaciones."
En el Valle de Paraíba del siglo XIX, las posibilidades materiales de que los africanos en la diáspora y sus descendientes recreasen conocimientos agrícolas traídos de África fueron muy restringidas.
En el paisaje de la producción cafetalera, la agencia africana, tal como fue concebida por Judith Carney, pocas posibilidades tenían de prosperar.
El problema, sin embargo, permanece abierto con respecto a la economía y cultivos propios de los esclavos.
Con base en los conocimientos históricos disponibles, es posible decir que no hubo aporte africano sustantivo en esa esfera, en el sentido indicado por la geógrafa.
Hay evidencia consistente de que los productos de elección para los esclavos para cultivar en sus conucos y jardines fueron los que eran elegibles para la venta en el mercado, es decir, el café y el maíz, exactamente los productos que sus amos les obligaban a cultivar durante la semana (Silva, 1984, p.
Pero también es posible afirmar que, en sus cultivos propios, la organización del trabajo siguió una lógica muy diferente que la impuesta por los propietarios de lunes a sábado.
Los historiadores han documentado muy bien la oposición de los esclavos al trabajo en cuadrillas bajo estricta vigilancia.
Más importante es el hecho de que los crecientes actos de insubordinación esclava después de la segunda mitad de la década de 1870, a menudo se expresaren como un ataque directo al sistema de cuadrillas, estrictamente articulado, en el paisaje, al plantío alineado vertical de los cafetos (Stein, 1990, p.
Las soluciones de administración del paisaje analizadas en este artículo colapsaron con el fin de la esclavitud, y de hecho ellas fueron parte crucial de la propia crisis de la institución, así como lo fueron las manifestaciones crecientes de resistencia esclava (Stein, 1990, pp. 253-265).
37), la dificultad de los propietarios del Valle de Paraíba para atraer inmigrantes europeos a sus haciendas los habían llevado en los 1880 a aferrarse aún más al trabajo esclavo, y una de las razones centrales para la incapacidad de enganchar los trabajadores libres extranjeros era exactamente la disminución de la productividad de sus cafetales, lo que quiere decir la degradación ambiental causada por la tala constante de los bosques mediante la plantación alineada vertical y el abandono de los cafetales viejos.
En otros términos, lo que antes era condición para la expansión productiva se convirtió en límite.
El fin de la esclavitud trajo, además de la reconfiguración de las relaciones de trabajo con el colapso del sistema de cuadrillas, un profundo cambio en el paisaje agrario.
Como hemos visto a lo largo del artículo, el café, un árbol de origen africano, trabajado por esclavos africanos y sus descendientes, llevó a la construcción del Valle de Paraíba como una región histórica.
En la última década del siglo XIX, mientras que hacendados y antiguos esclavos, ahora liberados establecían nuevos acuerdos en los sistemas de aparcería y colonato, un tercer vector de africanización del paisaje ganaba impulso en el Valle.
Ese vector se hizo presente desde que las primeras plantaciones de café fueron abandonadas a mediados del siglo XIX.
El capim-gordura (Melinis multiflora) que invadió las tierras devastadas por el café, llegó precisamente desde el continente africano (Dean, 1996, p.
152) señala que "la tierra en la hierba preceden el ganado", es decir, la formación de pastos fue resultado de la devastación del medio ambiente, al no ser una consecuencia de la introducción de la nueva actividad de pastoreo.
Y, así, imponer una vez más su dominio sobre el paisaje y los hombres.
Pero este es un tema a ser examinado en otra ocasión. |
Las Publicaciones Comerciales (Trade Journals), fuentes fundamentales para las historias azucareras del Caribe: Le Journal des Fabricants de Sucre, The Sugar Cane y The Louisiana Planter and Sugar Manufacturer
Este ensayo destaca la importancia de las publicaciones comerciales de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX (trade journals) dedicadas al azúcar de caña como el estadounidense Louisiana Planter and Sugar Manufacturer, el francés Le Journal des Fabricants de Sucre, y el británico The Sugar Cane.
Su abundante y confiable cobertura sobre la producción, el procesamiento y el mercadeo de este producto básico o mercancía tropical, es decir, la cadena de mercancías, las convierten en fuentes indispensables para el estudio del azúcar en el Caribe.
El trabajo se centra en un estudio de caso del Louisiana Planter and Sugar Manufacturer al explicar su gestación e internacionalización, clientela, y analizar su cobertura del Caribe, en particular Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, con referencias al Caribe danés, francés, holandés e inglés.
Una de las fuentes más importantes para la investigación histórica de la agroindustria de la caña de azúcar en el Caribe la constituyen las revistas comerciales (trade journals), que se originaran en las metrópolis imperiales durante la segunda mitad del siglo XIX y continuaron existiendo hasta el siglo XX.
Sin embargo, la historiografía azucarera caribeña, con excepción de Beachey (1957), Iglesias García (1998), McAvoy (2003) y García Muñiz (2010), no se ha referido a ellas con el rigor y frecuencia que merecen, aún cuando es probable que el azúcar haya sido una de las primeras mercancías o de los productos básicos tropicales [URL] con esta clase de publicación.
Dicha situación sorprende porque estas revistas comerciales sobre el complicado y competitivo mundo de la producción y comercio de los azúcares y las mieles, ofrecen información valiosa, la mayoría de las veces confiable, para los involucrados en este negocio de carácter mundial.
Por lo regular, estas revistas se centraron en los aspectos económicos, ambientales, comerciales, tecnológicos, técnicos y científicos de la producción de azúcar de caña, en particular los aspectos de su cultivo y transportación a la fábrica central (usine, en francés), manufactura de mieles y azúcar centrifugada o cruda (96o), refinación, y venta de refino (en general, los dos primeros procesos, en el Caribe, y los dos últimos, en la metrópolis).
Los autores de los artículos eran, en su gran mayoría, especialistas del tema en cuestión.
Su clientela fue también cualificada (propietarios de plantaciones, colonos, fabricantes de maquinaria agrícola y manufacturera, químicos, ingenieros, administradores de centrales y refinerías, corredores de azúcar, banqueros, financieros, casas de seguros, entre otros), probablemente vinculada o relacionada a la producción, la transportación o la venta del dulce, y muchas veces en competencia entre sí.
Con cierta regularidad, estos destinatarios se tornaban en corresponsales, al enviar cartas y notas informativas y aclaratorias desde sus centros de trabajo en el Caribe o en la misma metrópoli.
No fueron revistas de circulación popular por la especialidad de su tema y porque se subvencionaron por suscripción y enviaron por correo.
Es probable que la fuente de financiación más importante fuera los anuncios de fabricantes de maquinaria e implementos para el cultivo de caña y su manufactura en dulce, de casas de corredores de azúcar, ingenieros consultores y otros muchos de esa índole.
Este ensayo es un estudio de caso de la revista azucarera Louisiana Planter and Sugar Manufacturer (LPSM), cuya publicación se extendió de 1888 a 1929.
En este analizamos los orígenes del LPSM, su cuerpo editorial, su expansión e internacionalización, y las diferentes secciones principales del órgano, con énfasis en su cobertura de las Antillas hispanas: Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana.
También hacemos breves referencias a los territorios franceses, ingleses, holandeses y daneses, así como a otros aspectos fundamentales de la producción, procesamiento y mercadeo del azúcar de caña.
A manera de trasfondo, se discuten, hasta temprano en los 1900, las otras dos revistas azucareras comerciales previas más importantes: Le Journal des Fabricants du Sucre: organe politique de la sucrerie indigéne et coloniale (LJFS), publicada en París, Francia, de 1864 a 1948, y The Sugar Cane (TSC), publicada en Manchester, Gran Bretaña, de 1869 a 18981.
El valor de estas revistas radicó en la amplitud y profundidad de su cobertura geográfica y temática.
En el caso de las revistas británica y francesa se publicaron artículos y noticias (aunque no exclusivamente) sobre la agroindustria cañera de sus colonias tropicales o, y en el caso del LPSM, de países en la esfera de influencia del imperio estadounidense, como Cuba y la República Dominicana.
La revista francesa, el LJFS, cubrió principalmente su agroindustria remolachera indígena y de otros países europeos de clima templado.
Como se puede ver en la ilustración 1, la relación entre los productores metropolitanos y coloniales en el mercado interno francés no era amistosa.
El azúcar de caña dominó el mercado mundial durante la primera parte del siglo XIX, pero la de remolacha aumentó de 14.3 por ciento en 1850 a un 69 por ciento de la producción mundial en 1889.
En 1913, como consecuencia de la eliminación de subsidios a la producción y exportación del azúcar de remolacha en Europa, estaban más o menos parejas (Crespo, 2006).
En los EEUU, el azúcar de remolacha tuvo su propulsor mayor en la persona del Dr. Lewis S. Ware, quien por 30 años editó, de su peculio, la revista The Sugar Beet.
Otra contribución suya importante fue la acumulación de una colección de 12,000 volúmenes sobre azúcar de caña y remolacha, la cual donó al Franklin Institute, de Filadelfia (Palmer, 1918), que, a su vez, la enriqueció por un sinnúmero de años.
En ella, se encuentran colecciones casi completas del LPSM, LJFS y TSC, acompañadas de otros trade journals azucareros y una gran cantidad de libros especializados en estos productos básicos agrícolas2.
La colección completa del LPSM (Vol.
83, 1929) está disponible en papel en la National Agricultural Library en Washington, D.C., y en línea en el Hathi Trust Digital Library [URL], del Vol.
Por su parte, la colección completa del TSC (Vol.
El LJFS se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia de 1874 al 1948, y en Wayne State University del Vol.
Cabe recordar las revistas publicadas en países tropicales, cultivadores de caña y productores de azúcar, cuya excelente calidad son un reflejo del grado de desarrollo de la agroindustria y el conocimiento tecnológico de la sacarocracia local en cierta coyuntura.
Tres de ellas merecen ser consultadas: la Revista de Agricultura, del Círculo de Hacendados de Cuba, Timehri, the Journal of the Royal Agricultural and Commercial Society of British Guiana [URL], y el Hawaian Planters' Monthly3.
En cada una se incluyen referencias, incluso testimonios, de experiencias en los otros territorios productores.
LE JOURNAL DES FABRICANTS DU SUCRE – UNA REVISTA AZUCARERA FRANCESA
El LJFS se fundó en 1860 por Jean-Baptiste Dureau, quien fue gerente de una refinería en Nantes y de centrales azucareras en Ardonne, Arras, Bourdon y Sarlieve, Francia, y plantador en Luisiana, EEUU (Palmer, 1914).
Esta no fue la primera publicación francesa del azúcar.
Durante un año antes circuló el Bulletin des Sucres françaís et étrangers, de la Agence Agricole.
A la muerte del fundador, su hijo Georges se hizo cargo del LFJS hasta que la vendió a La Societé de Publications Industrieles et Agricoles en 1919, aunque continuó como editor.
El LPSM afirmó que "la alta posición lograda por los Dureau con su revista durante los últimos 50 años ha sido prácticamente la base sobre la cual la literatura francesa del azúcar se ha levantado" ("Journal", 1919).
Como adelantamos, el plato fuerte del LJFS fue la agroindustria remolachera europea, pero también cubrió las colonias caribeñas francesas y de otras metrópolis.
Desde su primer número, fechado el 12 de abril de 1860, M. P. L. Fernández, un plantador de Cuba, publicó cifras del costo de producción en diferentes haciendas y de las exportaciones azucareras de la isla ("Le Journal", 1865).
El reformista agrícola gallego-cubano, Ramón de La Sagra, autor de los 13 volúmenes de la Historia física, política y natural de la isla de Cuba (1838-1857), fue otro de sus colaboradores.
A principios de 1865, de la Sagra contribuyó desde París, con dos artículos, posiblemente desconocidos hasta ahora, sobre la separación del cultivo de la caña y la fabricación de azúcar (Sagra, 1865a, 1865c).
También polemizó por carta con Cristóbal Madan, "uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis sacarócrata" (Moreno Fraginals, 1986), sobre su opinión del impacto de la abolición de la esclavitud en la producción azucarera (Sagra, 1865b)4.
Su última contribución fue sobre la Junta de Información de 1867, encargada de proponer reformas al régimen político, administrativo y económico de Cuba y Puerto Rico, de la cual era miembro designado (Sagra, 1867).
En el entre siglo, varios artículos sobre Puerto Rico, de la pluma del ponceño (hijo de corso) Mathieu Lucchetti, de la Compagnie des Sucreires de Porto Rico, propietaria de la Central Fortuna, ofrecen un análisis hasta el presente desconocido del impacto de los problemas del cambio de moneda, del mercado y de los estragos del huracán de 1899, en los años de transición como colonia del imperio español al estadounidense, de 1895 a 1905, año en que muere ahogado.
THE SUGAR CANE – UNA REVISTA AZUCARERA BRITÁNICA
El TSC comenzó su publicación en la ciudad industrial de Manchester, Gran Bretaña, en 1869, para llenar el vacío en la prensa inglesa (metropolitana y colonial) de "un órgano especial" que sería "el medio de comunicación entre los interesados directamente en el crecimiento de la caña y la manufactura del azúcar en todas las partes del mundo".
Sostuvo que los intereses de los plantadores coloniales y los refinadores británicos no eran contradictorios, así que "ambos serán igualmente representados en estas páginas" ("Address", 1869).
Ya se hizo claro que, por su dependencia en el producto, incluiría cuestiones de importancia para el Caribe colonial británico, pero también sobre otros intereses azucareros donde estuvieran presentes el capital y la maquinaria británicas.
Su fundador, Alfred Fryer, tuvo conocimiento directo de la producción y refinación del azúcar de caña ya que invirtió en plantaciones en Antigua y por ser socio administrador de la refinería Fryer, Benson & Foster en Manchester.
Hizo nombre como el inventor del Fryer Concretor, un producto que no tuvo aceptación en el mercado, y defendió el libre comercio con la misma furia que atacó los subsidios e impuestos.
La cubierta del TSC contó con el apoyo de corresponsales que informaron desde países con una agroindustria significativa de producción azucarera.
De Puerto Rico, colaboraron de los 1870 's a los 1900' s, entre otros, M. Lee, Santiago [James] McCormick, Roberto Graham, Gustavo Cabrera y Richard H. Burton.
Este último, un británico proveniente de St. Vincent, "con una experiencia de 30 años como plantador práctico, en todos sus grados, capataz, gerente, apoderado, propietario", fue el principal corresponsal (Burton, 1874) y hasta ahora sus contribuciones han pasado inadvertidas.
Las factorías centrales, que tienen su origen en la agroindustria remolachera europea y que se replican primero en Guadalupe y Martinica, fueron su tema favorito y uno de los más debatidos en la época (Schnakenbourg, 1984).
Sobre estas, aportó con dos informes: uno de las usines en Martinica en 1874 (Burton, 1875a, 1875b), y otro sobre la maquinaria y el funcionamiento de la Central San Vicente, la primera en Puerto Rico, construida en 1873 por Leonardo Igaravídez y equipada con maquinaria francesa Cail (Burton, 1874)5.
Sus escritos, traducidos al portugués por J. José Carneiro da Silva, sirvieron de guía para la construcción de la primera factoría central en Brasil, localizada en el distrito de Quissama, Rio de Janeiro.
Carneiro de Silva afirmó: "El origen de la Factoría Central en Brasil se deriva de The Sugar Cane"(Carneiro Da Silva, 1877).
En Jamaica, Burton no tuvo suerte con el fracaso del proyecto para establecer la compañía "The Jamaica Central Sugar Factories Company (Limited)" ("Central", 1874).
Por su importancia en la época, las referencias a las construcciones de factorías centrales en distintos países —prácticamente todas las Antillas, Argentina, Brasil, Ecuador, EEUU (Florida, Luisiana y Texas), Guayana Británica, México, Perú y Surinam— se repiten en el LJFS, TSC y LPSM durante las últimas décadas del siglo XIX y principios del siguiente.
Sobre Cuba, el TSC reprodujo unas cartas privadas de Moriz [Maurice] Weinrich, publicadas primero en el Organ des Central-Vereins für Rubensucker-Industrie, de Austria, probablemente por sus vínculos anteriores con el azúcar de remolacha.
En ellas, Weinrich escribió que "no hay duda de que nos vamos rápido a la ruina" por la guerra civil, que lleva 10 años, y por los impuestos exorbitantes a las exportaciones de azúcar (Weinrich, 1881).
Muy poco y breve se publicó sobre la República Dominicana, por lo menos hasta la primera década del siglo XX.
En 1892, se informó que la sequía había causado una baja en la producción, de 30,000 a 18,000 toneladas de azúcar, de las cuales 12,000 provenían de San Pedro de Macorís, "que se está convirtiendo en un sitio importante aunque 10 años atrás era solo una villa pesquera insignificante" ("Santo Domingo", 1892).
No podía faltar el controvertido William L. Bass, quien, ya vendido su Ingenio Consuelo en San Pedro de Macorís, se anunció como un "experto en plantaciones de azúcar de caña", y el TSC lo refrendó al decir que "no había duda que estaba cualificado para dar consejo desde un punto de vista práctico" (TSC, 1902).
Pocos años más tarde publicó en los EEUU unas revistas contra el Trust del Azúcar, The Gator y The Sugar Sentinel.
No todas fueron noticias tecnológicas o económicas.
A fines de octubre de 1879, el TSC informó que en la colonia danesa de St. Croix, tras la expiración de sus contratos de trabajo, unos trabajadores se levantaron y asesinaron a un plantócrata y dos policías, e incendiaron varias plantaciones y negocios.
El desorden se controló con fuerzas de seguridad de St. Thomas y de dos naves, una francesa y la otra británica ("The Outbreak", 1879).
GESTACIÓN DEL LOUISIANA PLANTER AND SUGAR MANUFACTURER
Al momento del número inicial del LPSM en 1888, el TSC era la única revista en inglés y tuvo una tirada mensual.
Según alegó el LPSM, esta publicación estaba "bajo el patronazgo de algunos manufactureros de maquinaria" y se dedicaba "solamente al lado mecánico y muy poco al agrícola" ("Twenty", 1913).
El LPSM tuvo como patrocinador al Louisiana Sugar Planters' Association (LPSA), también la organización fundadora breves años antes de la Escuela Azucarera Audubon y una estación experimental (Heitmann, 1987).
Comenzó y se mantuvo como un semanario "técnico, de corte educativo con el propósito de sostener y promover la industria azucarera de la caña en el mundo, que lleva una década en decadencia ante la competencia avasalladora del azúcar de la remolacha" ("Twenty", 1913).
La LPSA ubicó el LPSM bajo el control editorial, gerencial y corporativo de John Dymond (1836-1922).
Al igual que los fundadores de LJFS y TSC, este tenía experiencia práctica en la industria cañera ("John Dymond", 1922).
Canadiense de nacimiento, Dymond se crió en Ohio y más tarde se radicó en Nueva York.
Allí estableció la sociedad Dymond & Lally, que llevó a cabo múltiples negocios en azúcar y café en esta ciudad y Nueva Orleans.
En 1868, tras la Guerra Civil, la sociedad adquirió las plantaciones azucareras de Belair y Fairview en Luisiana; Dymond se mudó allá para atenderlas.
Ese fue el comienzo de su legendaria vida como plantador.
Fue el primero en varios aspectos de la industria en el estado como: la instalación del tranvía ligero para transportar caña, el pesaje de la caña al llegar a los molinos (lo que permitió establecer una base de determinación de costo), la introducción del polariscopio en la fábrica, la instalación del primer molino de seis rollos, y la instalación de un condensador seco al vacío.
Fue, además, el responsable de obtener los servicios expertos del agrónomo Dr. W. C. Stubbs para la estación experimental de Audubon Park.
Incursionó en la política por el Partido Demócrata.
Favoreció la supremacía blanca, la autonomía del estado y el proteccionismo en cuanto al comercio internacional.
Incluso, se le nominó, aunque declinó, la candidatura para la gobernación.
A la larga Dymond no tuvo mucho éxito en la política, pero sí aprovechó sus lazos con los plantadores de Luisiana y con los pares de la agroindustria en otros paralelos para obtener información de primera mano.
Así identificó y obtuvo colaboraciones regulares de corresponsales, muchas de las cuales eran de los "trotamundos del azúcar" (sugar tramps) de Luisiana (García Muñiz, 2010), y otras de los más prominentes conocedores y científicos de la época, algunos de los cuales mantuvieron columnas regulares por muchos años.
Entre ellos, se destacaron Georges Dureau, editor del LJFS; Robert Hennig, editor del Deutsche Zuckerindustrie de Berlín, Alemania; P. Boname, de la Estación Experimental de Mauricio, y Tomás Delorme y Allain, del Diario de la Marina, La Habana, Cuba.
También contó con los Sres.
Willet y Gray, de la revista neoyorquina de estadísticas azucareras Willet & Gray, e informes semanales de los corredores de azúcar, M.G. Wanzor & Co. (más tarde de Lamborn & Co., Inc.), así como varios colaboradores del New York Journal of Commerce.
Truman G. Palmer, experto en la industria azucarera de remolacha, cubrió las incidencias legislativas y ejecutivas en Washington, D. C., y de producción y mercadeo en Europa.
Otro corresponsal, S. G. Ruegg, que escribía desde Europa, publicó, entre otras, una serie informativa sobre manufactureros británicos de maquinarias como David Cook & Son, Mirrlees Watson & Company, de Glasgow, y Fawcett, Preston & Co. Ltd., de Liverpool (Ruegg, 1922a, 1922b, 1922c).
Desde Queensland, Australia, colaboró A. E. Lavis, vinculado a la estación experimental donde trabajaba el respetado Dr. Walter Maxwell.
C. G. Heisier, de Honolulu, fue el corresponsal de las Islas Hawái.
El Dr. H. Prinsen Geerligs, una reconocida autoridad holandesa, inicialmente químico azucarero que hizo su fama en la agroindustria azucarera en Java, colaboró sobre Europa y con ensayos cortos científicos e históricos, como el informe sometido a la Liga de las Naciones en 1929 (Prinsen Geerligs, 1929).
El Dr. Harvey D. Wiley, principal promotor gubernamental de la fallida autosuficiencia sacarina de los EEUU en el siglo XIX, mejor conocido por el Pure Food and Drug Act de 1906, fue un corresponsal irregular, como muchos otros expertos azucareros, químicos e ingenieros azucareros.
Las suscripciones al LPSM llegaron de Europa, Australia, Egipto, India, Sudáfrica, Mauricio, Java; las Filipinas, las colonias caribeñas británicas, danesas, españolas, francesas y holandesas; México; la Guayana Británica; Surinam; Argentina; Brasil, y las islas Hawái en el Pacifico.
El semanario llegó a tener una circulación en unos 40 países.
Una muestra de su éxito fueron los dos intentos de replicarlo, uno en Queensland, Australia, y el otro, en México, ambos fundados por dos corresponsales suyos ("Our Anniversary", 1904).
El primero, The Sugar Journal and Tropical Cultivator, tuvo una tirada mensual y parece ser que duró de 1892 a 1905.
Del otro, el Mexican Sugar Planter, no hemos logrado identificar las fechas ni ubicar siquiera un número.
INTERNACIONALIZACIÓN: CUBA, MÉXICO, NUEVA YORK, BRASIL Y LA RADIO
El 1ro de febrero de 1913, el LPSM inauguró una sucursal en La Habana.
Irene A. Wright, quien ya llevaba un año con variadas contribuciones publicadas, fue nombrada a cargo de la oficina.
Nacida en el estado remolachero de Colorado, EEUU, Wright se graduó de Stanford University, California, y estaba radicada en la ciudad, donde colaboraba con el Diario de la Marina y el Havana Post.
Por su cuenta, publicó una revista mensual agrícola, The Cuba Magazine ("Our Havana Office", 1913).
En agosto de 1913, durante la celebración de su 25° aniversario y a cinco meses de abrir la sucursal de La Habana, el LPSM sorprendió con la publicación de El Mundo Azucarero, una revista mensual en español "de la cubierta del frente hasta la de atrás" ("Aviso", 1913)6.
De hecho, fue la primera revista comercial en castellano dedicada a un producto agrícola tropical (Brand, 1948).
En febrero de 1914, Wright cesó en sus funciones y fue reemplazada por A. Hall, un "hombre del azúcar", graduado de la escuela de Audubon, con tres años en la estación experimental de Tucumán, Argentina, y un buen dominio del español ("Our Havana Office", 1914a).
Tres años más tarde, H. A. Granary lo sustituyó.
En diciembre de 1920, este último renunció a su vez para comenzar como asistente del gerente general del Central Hershey, construida por los intereses chocolateros de Milton Hershey, de Pensilvania, EEUU.
R. G. Tillery, un técnico azucarero con muchos años de experiencia con la Cuban American Sugar Co., comenzó como nuevo gerente ("A Change", 1920).
En julio de 1924, se anunció que el ingeniero azucarero, Wiley D. Stephenson, con 18 años en la industria azucarera de Luisiana y siete en Cuba, se encargaría de la sucursal de La Habana ("Our Havana Office", 1914b).
En julio de 1914, el LPSM abrió una oficina en Ciudad México.
Se esperaban "vastos negocios" pues "en los pasados dos años no se hicieron reparaciones ni mejoras en las fábricas porque las condiciones amenazadoras lo hacían imposible".
Ahora, con "la llegada de la paz", comenzaría "un renacer tremendo de la actividad manufacturera azucarera, en especial por los altos precios del azúcar causados por la guerra europea" ("Office", 1914).
En 1919, el LPSM se expandió a la ciudad de Nueva York, con el nombramiento de John S. Dennee como representante de sus dos publicaciones: el LPSM y El Mundo Azucarero.
Nativo de Nueva Orleans y graduado de Tulane University, Dennee fue empleado del Southern Railways en sus oficinas de Boston y Nueva York.
También laboró en Hawái, México y las Filipinas ("John S. Dennee", 1919).
Al año, el mayor G. C. Comstock, también de Luisiana, recién llegado de la guerra, fue nombrado jefe de la oficina en Nueva York.
Parece ser que no tenía mucha experiencia porque se esperaba que "se hiciera rápido un amplio círculo de amigos y conocidos entre los hombres del azúcar en Nueva York, que se han convertido en numerosos, competentes y progresistas agentes de la industria azucarera en el mundo" ("Major", 1920).
A la muerte de Dymond en 1922, su hija Florence se hizo cargo del LPSM y se anunció la adición al cuerpo editorial de los doctores F. W. Zerban y W. R. Dodson (Dr. F. W. Zerban, 1922; Dr. W. R. Dodson, 1922).
El primero, graduado de la Universidad de Munich, sucedió al Dr. C. A. Browne como químico de investigaciones en la Estación Experimental de Audubon Park.
También estuvo vinculado a otras estaciones experimentales en Lima, Perú, Tucumán, Argentina, y la Estación Experimental de la Asociación de Productores de Azúcar de Puerto Rico.
El Dr. Dodson, doctorado en química de Harvard University, fue profesor en Louisiana State University (LSU) y botánico en la Estación Experimental de Luisiana, además de ser decano de la Escuela de Agricultura de LSU.
A mediados de 1922, se nombró al Dr. R. E. Blouin como editor en jefe.
Nacido en Baton Rouge, se graduó de LSU con una licenciatura en ciencias en 1891 y una maestría en ciencias en 1892.
Su experiencia de trabajo en investigación era "impresionante": fue químico asistente (1891) y químico (1898) en la Estación Experimental Estatal de Luisiana, y director de la Estación Experimental de los Plantadores de Azúcar de Hawái (1900) ("Our Editor-in Chief", 1922).
El Dr. Blouin continuó con la política de expansión del LPSM hacia Latinoamérica.
En 1924, estableció una sucursal en la Rua da Quitanda, Río de Janeiro, Brasil, a cargo de su representante, el Dr. Joao Brazil Silvado.
La justificación fue "el rápido desarrollo e importancia de la industria azucarera de Brasil nos ha llevado a tener un representante directo en este país" ("Our Brazilian Office", 1921).
Pero fue más allá de establecerse físicamente para cubrir las noticias de los principales países productores hemisféricos.
El 22 de marzo de 1924, a petición de productores de azúcar en Suramérica y el Caribe, comenzó la transmisión diaria de informes sobre el mercado azucarero por la estación radial Westinghouse KDKA, de Pittsburgh, en el horario de 7:40 p.m. a 8:00 p.m.
En sus 41 años de existencia, la fortaleza del LPSM, en comparación con las otras revistas azucareras, fue su cobertura de los más variados aspectos de la agroindustria cañera.
Se puede afirmar que cubría todas las etapas de la cadena de mercancías o productos básicos (commodity chain) tropicales al incluir noticias sobre la producción, el procesamiento y el mercadeo del azúcar (sin llegar al consumo) (Talbot, 2002).
La producción en el trópico era su fortaleza, especialmente los territorios que eran su lema desde el 1920: "Esta publicación circula dondequiera que se produzca azúcar pero principalmente en Cuba, Porto Rico (sic), Luisiana, México y Hawái" (LPSM, 1920).
Sin embargo, las secciones de esos países no agotaron su cubierta porque incluía noticias sobre ellos en otras partes del semanario.
Hay temas relacionados a la compra y venta del dulce, como los asuntos controversiales de las tarifas y los precios de venta a los refinadores, que son recurrentes.
Muy notable fue que desde temprano, a cinco años de su descubrimiento en 1879, comenzó a seguirle la pista a sustitutos del azúcar como la "sacarina" y al "valzin", también llamado "dulcin" en honor a la Dulcinea de Don Quijote ("A New Substitute..." 1893 "Former...", 2003).
Los lazos personales y profesionales de Dymond (y sus sucesores en el cuerpo editorial) con el personal técnico, administrativo y gerencial de centros azucareros en todo el mundo le dieron una ventaja sobre cualquier otra publicación similar al obtener acceso continuo a información privilegiada.
La enorme mayoría de esos lazos provenían de la práctica de este personal azucarero en la agroindustria del dulce de Luisiana, o por sus estudios en LSU.
Un ejemplo temprano fue una extensa carta de Frank Coombs, químico residente en el Ingenio Elizalde, en Isabel, Cuba, fechada el 17 de marzo de 1893, en la cual se refería a las discusiones sobre el uso de sacos o toneles en el empaque de azúcar cruda; las ventajas en tamaño, cantidad y calidad del guarapo de la variedad Cristalina sobre la Red Cavengerie, y las diferencias del proceso de defecación con cal, incluyendo referencias comparativas a sus experimentos pocos años antes en la Central Calumet, de Luisiana (Coombs, 1893).
En otra misiva, informó que en Matanzas visitó la refinería de mieles de los Sres.
Bea, Bellido & Co., que con maquinaria de Weston y Westinghouse, se prestaba a comenzar operaciones ("Private Advice 's", 1893).
Esa singular conexión humana se manifestó en las menciones directas de los "trotamundos del azúcar" en el LPSM a su regreso estacional al lar nativo.
Breves oraciones al pie de la página del semanario se dedicaron a los trabajadores especializados como L. Litty, encargado de calderas "con muchos años de experiencia", quien "retornó a su casa en Nueva Orleans...de la Usine St. Madelaine, Trinidad, [y Tobago] donde estuvo empleado en la pasada zafra" ("Personal", 1912).
Un examen del número de la primera semana de enero de 1905 revela más de 50 solicitudes de empleo, entre ellas, un químico jefe y también un azucarero disponibles para Puerto Rico, Cuba o México, o un tal F. D. Millet, de Lucy, Luisiana, como herrero y ruedero ("Situations Wanted", 1905).
A estos "trotamundos del azúcar" aplica el dicho que "no paraban la pata", pues muchos se trasladaron de zafra en zafra al continuar de Luisiana a la del Caribe, México, Centro o Sur América, y a veces a la de remolacha en EEUU, ya que una seguía a la otra en el calendario agrícola.
Los hermanos Boyd, hijos del presidente de LSU, T. D. Boyd, son muestras ejemplares de estos "trotamundos del azúcar".
T. D. Boyd, hijo, fue nombrado a cargo de las centrales en manos de la Cuban Sugar Plantations Inc., del National City Bank, en Cuba, como consecuencia de la debacle de precios de los 1920 ("Thos.
Antes trabajó en Calumet y Shadyside (Luisiana), Central Tinguaro (Cuba), Ingenio San Antonio (Nicaragua), Central Constancia y United Sugar Companies (México), y la South Porto Rico Sugar Company (Puerto Rico y República Dominicana).
Su hermano, Overton, laboró en la industria remolachera de California; la azucarera de Cuba, México, Haití, y República Dominicana, de donde describió a su padre un dramático asesinato de un ingeniero civil de Luisiana por los gavilleros (García Muñiz, 2010).
Su último trabajo fue en la esfera de influencia azucarera británica al ser nombrado como tecnólogo azucarero a cargo de la estación experimental del Imperial College of Agriculture en Trinidad y Tobago ("Overton", 1957), un reconocimiento al valor de las investigaciones realizadas en Luisiana.
Desde allí publicó en el LPSM, a raíz de la muerte de Sir Francis Watts, un ensayo sobre la enorme contribución de este "científico pionero...quien sin duda ha hecho más que ninguno de sus colegas en mejorar las condiciones agrícolas y de cultivo en las Indias Occidentales" británicas (Boyd, 1924).
En el caso de Cuba, la primera sección se tituló "La Habana", firmada por "T. D.," (probablemente Tomás Delorme y Allain), pero desde el 1913 apareció el "News Letter From Our Havana Office", con una cantidad y calidad de información, inclusive de rumores, impresionantes.
Cada entrega semanal de Irene Wright contenía variadas informaciones según el periodo del año azucarero: desmontes de tierras, aperturas o cierres de centrales; compras, reparaciones y adiciones de maquinaria; visitas de técnicos y personalidades; nuevas experimentos de equipos de labranza, cultivo y de manufactura; asuntos ferroviarios; migraciones de boricuas, jamaiquinos y haitianos; paros de estibadores; ventas y precios de azúcares; nuevos libros publicados; noticias del clima, en otros muchos temas.
Además, el LPSM incluía artículos individuales valiosos como, por ejemplo, el olvidado informe del multifacético Nöel Deerr a la Secretaría de Agricultura, Comercio y Trabajo, titulado "The Cane Sugar Industry" (1914a, 1914b), reproducido en El Mundo Azucarero y republicado por Zanetti, Venegas Delgado y García Muñiz (2001).
En diciembre de ese año, el LPSM se preguntaba la posibilidad de la expansión de la caña en las sabanas de la parte oriental, tal como había acontecido en las Guayanas ("Cuba 's", 1913).
Sobre las fundiciones cubanas de maquinaria, se publicó un artículo descriptivo de Manuel Galdo & Co., empresa radicada en la ciudad de Cárdenas, en la provincia de Matanzas, donde "la manufactura de maquinaria azucarera, junto con el diseño, equipamiento y levantamiento completo de la fábrica azucarera era su principal especialidad" ("The Shops", 1917).
En septiembre de 1920, en plena "Danza de los Millones", Granary escribió un informe sobre las nuevas construcciones de centrales y refinerías, las reorganizaciones de las compañías azucareras, y los cambios de propietarios "como nunca antes se había hecho en la historia de Cuba" (Granary, 1920).
Hubert Edson, un conocedor como pocos de la industria de Luisiana y el Caribe, publicó en 1928 un breve ensayo sobre las ventajas de la refinación del azúcar en Cuba y no en los EEUU (Edson, 1928).
La importancia de la mecánica (extracción del guarapo de la caña que se obtiene por la trituración de los molinos) y de la química (calidad de la sucrosa obtenida del guarapo de la caña) en el proceso de elaboración de azúcar son temas muy discutidos en el LPSM.
Estas siempre fueron acompañadas con referencias históricas y a las últimas investigaciones y experimentos en variadas centrales de distintos países azucareros.
En 1923, el reputado químico Guilford L. Spencer, de la Cuban American Sugar Co., reconoció que el gran avance tecnológico fue el desarrollo de los molinos, pero argumentó que "la moderna factoría de caña está controlada químicamente en cada etapa de la manufactura" y se requiere que los superintendentes y sus asistentes "tengan buen entrenamiento químico" (Spencer, 1923).
La cobertura de Puerto Rico fue fácil para el LPSM.
La isla era más pequeña que Cuba, y tenía mayor presencia y peso de los "trotamundos del azúcar"; además, el control imperial directo de los EEUU le favoreció.
Su cubierta de la Guanica Centrale, siempre la más grande de la isla y la más grande del mundo en un momento, fue excepcional al publicar noticias e informes detallados de su maquinaria y funcionamiento, como los de D. L. Thomson (1904) y John Bovell (1911), este último en el West Indian Bulletin, órgano del Imperial College of Tropical Agriculture.
Además, las fotografías del central y su maquinaria fueron excelentes, como usualmente eran las publicadas en todos sus números.
La sección de "Letter from Puerto Rico" abarcó los temas principales y su seguimiento a lo largo de los años, lo que permite estudiar la expansión del capital estadounidense por medio de la compra de centrales boricuas en la agroindustria.
Sobresalen varios trabajos individuales, como el de George W. Rolfe, de MIT, sobre la manufactura del azúcar, y otro del agrónomo J. T. Crawley sobre la cuestión agrícola (Rolfe, 1912; Crawley, 1913).
Su cubierta de las centrales puertorriqueñas fue frecuente y pormenorizada.
Por ejemplo, en 1926, el LPSM revelaba que el Central Mercedita, de la ponceña familia Serrallés, refinó un azúcar granulada por el proceso "Suchar", que se llamó "Snow White" ("Standard", 1926).
A pesar de los intentos de William L. Bass, la República Dominicana, a diferencia de Cuba y Puerto Rico, no tuvo acceso preferencial al mercado estadounidense hasta los 1960 (Bass, 1902).
Con todo y eso, la mayoría de su industria estuvo en manos estadounidenses desde fines del siglo XIX, pero con una producción mucho menor que las otras Antillas hispanas hasta casi la década de los 1940's. El personal azucarero de Luisiana, aunque presente, no fue sustancial.
Las noticias a fines del siglo XIX son esporádicas, aumentan un poco en las primeras dos décadas del siglo XX y en los 1920 ya son frecuentes, aunque cubren básicamente el tonelaje producido.
La mayoría informaban de la provincia de San Pedro de Macorís, aunque la Central Romana, en la provincia colindante de La Romana, era su favorita.
En 1900, H. Garnett, tachero oriundo de la Guayana Británica, informó que "no hay control científico en la factoría, pero la maquinaria, casi toda americana, es muy buena" y agregó que cada vapor de Puerto Rico llega cargado de inmigrantes prestos a trabajar en la caña porque un huracán "destrozó los cultivos" en esa isla (Garnett, 1900).
Doce años más tarde, "Dominican" (1913) afirmó que la inestabilidad política no afecta la producción azucarera porque "75 o 85 por ciento de los trabajadores son importados de las diferentes islas que rodean el país".
Se mencionaron, a modo de ejemplo, dos casos de compra de maquinaria azucarera estadounidense: Hugh Kelly & Co., Central Porvenir, un cuádruple efecto Lillie y F. A. Vicini, General Industrial Co., of Santo Domingo, un horno Fisher de quemar bagazo ("Big", 1912; "Fisher", 1912).
A principios del siglo XX, con capital estadounidense, volvió a renacer la industria azucarera en Haití.
En febrero de 1918, A. J. Greif, presidente de la Haitian American Sugar Co., "un viejo y querido hombre azucarero de Luisiana", estuvo pendiente al embarque de una factoría de azúcar a levantarse en Haití ("Louisiana", 1918).
Esta empresa contrató a cuatro mujeres químicas de Luisiana para hacerse cargo del laboratorio, la segunda vez que esto sucedió en el mundo predominantemente masculino azucarero ya que la primera fue la Guanica Centrale en 1911 cuando Greif era administrador de esa factoría ("Louisiana", 1920).
En un editorial, el LPSM acogió con favor la incorporación de esta empresa en Nueva York porque "desde la Revolución Francesa hace 120 años, la tierra ha permanecido sin cultivar y tiene un valor bajo en el mercado" ("The Redivivus", 1916).
Por su parte, el Caribe colonial británico tuvo buena acogida en las páginas del LPSM.
Las secciones de "Barbados" y "British Guiana" predominaron, la primera por ser la primera sugar island inglesa y por la gran aportación de John R. Bovell a las variedades de caña.
No sorprende, entonces, que en 1919 el Dr. C. A. Browne, el padre de la historia de la química en los EEUU, redactó expresamente para el LPSM un extenso artículo de su visita a Bovell, entonces director de Agricultura de Barbados (Browne, 1919).
Ya antes, en 1897, el LPSM publicó una narración de un barbadense, probablemente blanco, de "un día en una plantación de azúcar en Barbados" (A Barbadian, 1897).
Sobre la Guayana Británica, Wieting & Richter, Ltd., una compañía de importación y exportación, establecida en la segunda mitad del siglo XIX, todavía hoy en operación en la capital Georgetown, publicó por muchos años un informe de las zafras que incluía "the market", "sugar making", "weather and cultivation", y "labor".
En este último apartado, a fines de 1904, comentó que, aún con sequía, había una demanda para trabajadores en el Esequibo y agregó que "el primer barco de culíes de la temporada, el Lena, trajo 500 inmigrantes, y el Clyde 325 inmigrantes, y que el Moy probablemente va a traer 500 inmigrantes, para un total de 1,334, un número que se queda corto de lo solicitado" (Wieting & Richter, 1904).
Al fallecimiento de Carl Wieting, el LPSM afirmó que, con información suministrada por John Dymond de la industria arrocera luisianense, este puede considerarse como el fundador de la próspera producción arrocera de los indo-orientales, a la que se dedicaban al terminar sus contratos en la caña de azúcar ("Carl Wieting", 1875b).
Trinidad y Tobago ocupa un tercer lugar y la cobertura fue de la primera isla ya que en la segunda, las plantaciones desaparecieron como resultado, entre otros factores, de la abolición de la esclavitud.
El "trotamundos del azúcar", Frank Coombs, que publicó sobre Cuba en 1893, reapareció en 1898 con una extensa descripción de la agroindustria trinitaria que incluyó los aspectos agrícolas, laborales, propiedad y administración, hornos y calderas, molinos, clarificación, y tachos al vacío En ella estableció comparaciones con las agroindustrias de Cuba y Luisiana y la acompañó con impactantes fotografías de las casas de vivienda del plantador y de los "culíes", los tipos de trabajadores "culíes", y el pesaje de una carreta de caña.
Al igual que en la Guayana Británica, "el asiático importado —el culí indo-oriental— es el soporte, en ambos, el campo y la factoría:
Prácticamente todo el trabajo manual bruto es realizado por culíes, que están dentro de la factoría, en las clarificadoras, los filtros, las centrífugas y los tanques de mieles.
Las mujeres culíes, al igual que los niños mayores, también trabajan en el campo y la factoría (Coombs, 1898).
El LPSM se mantuvo al tanto de otras publicaciones de dentro y fuera del Caribe, como, por ejemplo, el Havana Weekly Report, Financial News (Londres), New Orleans Weekly Picayune, Kew Bulletin (Gran Bretaña), y Revista Azucarera de Cuba, de los cuales reproducía artículos.
En 1919, reprodujo un informe publicado en el West India Committee Circular, que trataba sobre las condiciones de trabajo de los inmigrantes de las Islas de Sotavento a la República Dominicana, con la conclusión de que la mayoría se radicó en San Pedro de Macorís y que "el trabajador se siente como en su casa en las plantaciones" ("Labor", 1919).
De igual forma, las publicaciones del Caribe conocían del LPSM.
A fines de 1913, el LPSM informaba que la revista La Lucha, de La Habana, reprodujo el 17 de noviembre su editorial "El azúcar blanca en Louisiana" que apareció en El Mundo Azucarero.
Finalmente, una investigación con el LPSM, como fuente tiene que examinar la sección "New York".
En ella, se incluían variadas noticias sobre distintos aspectos del negocio azucarero que se llevaban a cabo en la urbe, donde se encontraban las oficinas centrales de muchas empresas ubicadas en el Caribe, de los corredores y compradores de azúcar, y manufactureros de equipos, y de las refinerías importadoras de los azucares de la región, en especial la American Sugar Refining Company, conocida como el Trust del Azúcar, en Brooklyn ("New", 1910).
Hoy día, la programada demolición de esta "famosa e infame" refinería para la construcción de complejos de apartamentos de lujo ha causado furor porque es necesario "proteger las estructuras históricas que identifican lo que somos", entre los que "tienen" y los "que no tienen" (Sawa, 2014).
Además, estaban los bancos que financiaron las empresas, agencias de seguros, líneas marítimas, laboratorios y un sinfín de otras actividades relacionadas con esta mercancía tropical.
Las visitas de los propietarios de empresas (estadounidenses y caribeños) y los asuntos a tratar se mencionaron con frecuencia.
Todavía se carece de una investigación histórica de la relación de la ciudad de Nueva York con la gama de actividades de la agroindustria azucarera del Caribe.
Una sección de esa historia debe estudiar el papel del New York Sugar Trade Laboratory, fundado en 1908 a instancias de John Arbuckle, en un momento competidor de Henry O. Havemeyer, para dirimir las discrepancias entre productores y compradores sobre los resultados de la polarización de los azucares crudos informados por los químicos sobre la misma muestra (Zerban, 1924).
En 1924, en una edición especial y separada, el LPSM, publicó The Reference Book of the Sugar Industry, e incluyó dos artículos directamente pertinentes al Caribe: "La agricultura y manufactura de la caña de azúcar en Jamaica", por F. M. Kerr Jarret (1924), y "Las tierras vírgenes abandonadas en Cuba," de J. R. Zell (1924).
No deja de extrañar que las revistas azucareras, como el LPSM y otras mencionadas en este ensayo, no hayan sido más aprovechadas en investigaciones sobre las historias azucareras del Caribe, especialmente cuando en el Caribe hispanohablante, el renglón azucarero fue sustantivo de la segunda mitad del siglo XIX hasta por lo menos, la década de 1960 (Zanetti Lecuona, 2012).
Se puede especular que, por su enfoque empresarial, su público se circunscribiera al de los negocios azucareros, por lo cual no se conocieron fuera de ese círculo mercantil.
Además, por ser de ese mundo, es posible que no se les considere como fuentes confiables.
A nuestro entender, esto último es poco probable.
Si no lo fueran, su recepción hubiera sido agria en el mundo de la producción y mercadeo del dulce y no lo hubieran tomado en cuenta.
Su durabilidad es evidencia de la confianza de su clientela ligada a la producción y la venta del azúcar en la gran mayoría de su contenido.
Las revistas azucareras han sido una fuente poco explorada que abren o complementan un amplio espectro de temas para diversos y variados estudios del azúcar en el Caribe, entre otros, de historia ambiental, económica, empresarial, tecnológica y social.
Algunos estudios serían aquellos referentes a los circuitos (entrecruzados) imperiales del azúcar, la ciencia y tecnología, la difusión del conocimiento práctico y científico y de innovaciones técnicas, el origen y evolución de los capitales azucareros, el desarrollo de las empresas individuales azucareras, el crecimiento de esta agroindustria en países particulares, los mercados de fuerza de trabajo, el papel de la esclavitud, las protestas y huelgas obreras, las migraciones, los asuntos gerenciales, la competencia entre países productores y entre países compradores, mercados nacionales y el mundial, el papel regulador de los estados, la competencia de azúcar de caña y de remolacha, el desarrollo de los sustitutos como la sacarina, el papel de los corredores de azúcar y las refinerías, la banca y los seguros, patentes y muchos otros.
En suma, el LPSM ofrece un espectro de noticias y análisis útiles sobre los intereses involucrados directamente en la producción y mercadeo del azúcar de caña en el Caribe, y su consulta ofrece acceso a valiosa información usualmente de gran valor a los investigadores. |
Saberes Híbridos: Las Sugar Companys y la moderna plantación azucarera en Cuba
Desde los estudios sobre la producción y difusión del conocimiento, este texto explora el encuentro e intercambio entre prácticas y saberes locales y globales dentro de la plantación azucarera entre los siglos XIX y XX, un proceso definido como "saberes híbridos".
Este artículo también se hace eco de los estudios que ven en la región como modelo de referencia interterritorial.
La historia de la industria azucarera tropical en general y cubana en particular, ha estado indisolublemente vinculada a las compañías privadas azucareras trasnacionales (sugar companys o sugar trust) a lo largo del siglo XX.
En una mirada de larga duración, las compañías azucareras fueron también testigos de dos procesos trascendentales para la historia política de Cuba: el tránsito de colonia a república mediada por la primera ocupación norteamericana en el país (1898-1902) y de república a revolución (1902-1959).
Las ruinas que hoy podemos ver en el campo cubano de muchos de los centrales -fábricas azucareras- implantados por las sugar companys y antiguos buques insignias de modernidad, reflejan el actual declive de la principal industria cubana.
La actuación de las compañías azucareras cuenta con una amplia literatura que parte de diversos enfoques historiográficos y temáticos para América latina y el Caribe.
Varios estudios subrayan la participación de las compañías azucareras trasnacionales como instrumentos del imperio estadounidense en la región (Zanetti y García, 1976; Pino Santos, 1960; Pérez, 1983).
Otros trabajos consideran la influencia clave de Estados Unidos y las empresas azucareras para el desarrollo y la modernización del Caribe hispano (Ayala, 1999; Nadel, 2007).
Para los historiadores ambientales y de la ciencia, las compañías azucareras son un ejemplo paradigmático de imperialismo ecológico a partir de las consecuencias negativas de su uso intensivo de los recursos naturales latinoamericanos y caribeños (expansión del latifundio y el monocultivo, mayor degradación ambiental, etc.)
Cuba es un terreno poco explorado por parte de los estudios centrados en el lugar y la práctica para documentar la construcción de una ciencia más abierta que trascienda las fronteras entre centros y periferias, local/global (Chambers y Gillespie, 2001, pp. 221-240).
En particular, destacan los trabajos de McCook (2002a y 2009) y Raby (2012) que analizan el papel de las estaciones experimentales agronómicas y biológicas en el Caribe para la formación de los estadounidenses en la ciencia tropical.
No existen estudios, sin embargo, sobre las compañías azucareras trasnacionales como foco de producción y diseminación de saberes y prácticas científicas a diversos niveles (global, regional, local).
Sin embargo, estas empresas ilustran la forma en que un grupo de agentes socioeconómicos ponen en marcha diversas agendas de investigación, experimentación e intercambio agrícola; un estudio pendiente en la historia de la construcción de los saberes y prácticas de la ciencia azucarera tropical.
En el caso cubano, las compañías azucareras privadas suplieron la ausencia de una estación experimental gubernamental dedicada exclusivamente a la industria azucarera.
Se convirtieron, pues, en las agencias mediadoras para desarrollar e intercambiar programas globales de modernización agroindustrial fundados en el manejo local de los recursos naturales.
Por ejemplo, ensayaron y difundieron variedades e híbridos cañeros y de fertilización adaptados a la productividad y/o erosión de los suelos cubanos.
A la vez, en su seno se formaron expertos que contribuyeron al conocimiento de la ciencia agrícola global.
Desde los estudios sobre la producción y difusión del conocimiento, este texto explora el encuentro e intercambio entre prácticas y saberes locales y globales dentro de la plantación azucarera1 entre los siglos XIX y XX, un proceso definido como "saberes híbridos" 2.
La metáfora híbrido sugiere la multiplicidad de los agentes socioeconómicos que intervinieron en el proceso de renovación de la plantación, pero también alude a las tensiones que se producen en zonas de frontera y de intercambio cultural.
La irrupción acelerada de las sugar companys y del capital norteamericano en la mitad este de Cuba visibilizó una zona de frontera entre el antiguo núcleo de la industria azucarera colonial del occidente y los nuevos espacios abiertos a la producción azucarera en el este.
Es decir, una línea entre un know-how agroindustrial validado en las condiciones ambientales y económicas locales de producción y la experimentación práctica desde, al menos, finales del siglo XVIII y otras fuentes de conocimiento y prácticas asociados a la historia agroindustrial y empresarial de Estados Unidos.
De igual modo, la plantación del siglo XX pone de manifiesto la existencia de una difusa frontera entre el conocimiento amateur y el experto, entre el laboratorio y el campo.
Este artículo también se hace eco de los estudios que ven en la región como modelo de referencia interterritorial (Vetter, 2005 y 2011).
Para ello, se siguen las actuaciones de dos figuras representativas del mundo azucarero entre los siglos XIX y XX.
Por un lado, el hispano-estadounidense Manuel Rionda y Polledo, un viejo conocedor y activo testigo de la modernización de la industria azucarera colonial; por otro, el estadounidense William Cornellius Van Horne, presidente de la Cuba Company, símbolo de las nuevas prácticas introducidas por Estados Unidos.
Rionda y Van Horne ejemplifican, en este sentido, dos tipos de know how que confluyeron en la plantación azucarera de inicios del siglo XX en los que se entremezclaban las viejas redes clientelares coloniales y el nuevo contexto poscolonial, más favorable a la actuación de las corporaciones transnacionales.
En el primer apartado se describe el modelo productor del occidente adaptado al deterioro de las condiciones ambientales y económicas y su posterior trasvase como referente hacia la mitad este de Cuba.
En el segundo apartado se subrayan los conocimientos y prácticas asociados, sobre todo, a la moderna agricultura y al modelo agroindustrial estadounidense.
OCCIDENTE CONQUISTA EL ESTE DE CUBA
Los estudios regionales distinguen tradicionalmente entre la Cuba A, coincidente con el occidente azucarero y más desarrollado y la Cuba B, situada en la mitad este del territorio (figura 1), más diversificada, pero más atrasada (Pérez de la Riva, 1968, pp. 22-39, 1975 y 2004; Venegas, 2001).
Desde el enfoque de la historia de la ciencia, este apartado sostiene que la región del occidente aportó el know how azucarero validado en las condiciones locales ambientales y económicas de producción y en la experimentación práctica de múltiples agentes socioeconómicos (hacendados, reformadores agrícolas, ingenieros, agentes de casas comerciales y de maquinarias, etc.).
Así, el occidente productor cubano actuó como "isla del saber" 3 para difundir conocimientos y prácticas agrícolas hacia la mitad este de Cuba.
Rionda y Van Horne ilustran este proceso en las nuevas plantaciones azucareras a través de la propagación de variedades e híbridos cañeros, el uso de abonos, así como la reapertura de las antiguas conexiones y redes coloniales dentro de los circuitos azucareros globales y locales.
La provincia de Santa Clara fue el límite entre el occidente azucarero y el este más diversificado hasta inicios del siglo XX
La amplia documentación generada por las compañías de los dos empresarios ha sido objeto de interés para diversos estudiosos.
Robert N. Lauriault describe la construcción del central Francisco Sugar Company, propiedad mayoritariamente de Rionda, desde una perspectiva crítica con la participación norteamericana y la conversión del colono independiente en un proletariado rural (Lauriault, 1994).
Este autor resalta aspectos sobre agricultura, medioambiente y sociedad local, si bien alejados del enfoque de la historia de la ciencia.
Otros textos señalan las complejas redes trasnacionales y locales que tanto William Van Horne como Manuel Rionda forjaron a lo largo de trayectorias empresariales.
El estudio de Juan Carlos Santamarina es, probablemente, el más completo sobre la participación de Van Horne y la Cuba Company en la modernización de la industria azucarera de la mayor de las Antillas (Santamarina, 1995 y 2001, pp. 75-90).
Muriel McAvoy es la biógrafa por excelencia de Manuel Rionda y sus negocios azucareros hasta el triunfo de la revolución cubana (McAvoy, 2003).
Gillian McGilliwray explora la documentación acerca de las relaciones entre campesinos, colonos y hacendados en la formación del estado republicano cubano en el contexto de procesos políticos similares en América latina y el Caribe, en particular el fenómeno del caudillismo (McGilliwray, 2009).
Sin embargo, ningún trabajo observa la actuación de los dos empresarios como agentes socioeconómicos para la difusión de las prácticas y saberes que caracterizaron la agricultura azucarera en Cuba.
Los estudios subrayan que las nuevas plantaciones repitieron los patrones culturales del occidente, consistentes en la alta adaptabilidad biológica y económica de la caña de azúcar al clima tropical y el aprovechamiento de la renta forestal (ocupar zonas boscosas como garantía de los altos rendimientos) (Moreno Fraginals, 1978; Santamaría, 2001; Funes, 2004).
Las evidencias demuestran una estrategia empresarial que combinó el tradicional sistema de cultivo antes descrito y otro modelo de agricultura científica puesto en marcha en el occidente para responder a las condiciones de declive productivo, al ser este espacio el soporte de la preeminencia en el mercado mundial del azúcar de caña durante el boom agroexportador de la segunda conquista ambiental y económica latinoamericana y caribeña entre 1840 y 1930 (Topik y Wells, 1997).
En 1870, el asturiano Manuel Rionda y Polledo siguió la ruta trazada por las redes familiares en el camino hacia las Américas (McAvoy, 2003, p.
Francisco, el mayor de los hermanos, se había convertido en próspero comerciante y propietario de ingenio en Matanzas, la principal zona azucarera a mediados del siglo XIX y epicentro de la "revolución industrial cubana", caracterizada por la adopción en las fábricas azucareras de tecnologías y personal procedentes de los centros industriales de Inglaterra y Estados Unidos (Tomich y Funes, 2001, pp. 75-120; Curry-Machado, 2011).
Menos atendida por los estudiosos fue la revolución agrícola varietal que complementó la transformación industrial con la introducción de la variedad de caña de azúcar Cristalina, originaria de Java, en sustitución de la variedad Otahiti.
Las dos formaban parte de los usuales intercambios globales de variedades azucareras entre los productores tropicales pero, para Cuba, fue una clara señal del nuevo momento que atravesaba la industria azucarera del occidente.
Alrededor de 1790, la introducción y propagación de la variedad de caña Otahiti garantizó la expansión de la industria azucarera por todo el occidente para ocupar el lugar dejado por la colonia francesa de Saint-Domingue en el mercado azucarero mundial de finales del siglo XVIII.
Es decir, su difusión se debió a la estrategia de la elite local conocedora del valor productivo demostrado por esta variedad en las tierras caribeñas, más que a factores ambientales (McCook, 2002a, Fernández Prieto, 2005).
Los debates alrededor de la degeneración de la caña Otahiti y la sustitución por la Cristalina incluían, en cambio, variables tanto económicas como ambientales: la decadencia productiva y la erosión de los suelos cubanos.
El cultivo de la caña de azúcar Cristalina respondía mejor a los terrenos cansados del occidente cubano, era más resistente a las plagas y enfermedades agrícolas y de alta productividad.
A partir de entonces dominó los campos azucareros.
La primera guerra independentista de los Diez Años (1868-1878) interrumpió otro momento fundacional para la adaptabilidad de la agricultura azucarera a la mayor degradación productiva de las condiciones medioambientales.
La aplicación de la química para aumentar los rendimientos agrarios fue, quizá, la principal certeza de la entrada de la agricultura científica en Cuba asociada a factores ambientales.
El naturalista gallego Ramón de la Sagra (1863) y el agrónomo habanero Álvaro Reynoso (1862) veían en la aplicación de los abonos el símbolo de los nuevos tiempos abiertos al triunfo de la ciencia sobre el empirismo y la rutina; su introducción indicaba también los límites productivos en aquellos terrenos sobreexplotados por el azúcar.
Los dos constataban la conversión de los hacendados en experimentadores prácticos de diversos tipos de abonos para mejorar la productividad de sus cansadas plantaciones.
Así, sus introductores y difusores (hacendados, agentes de las casas de abonos, etc.) fueron constructores de un know-how validado por Reynoso en el manual científico azucarero escrito en 1862, un manual que fue otro ejemplo de los intercambios globales entre los productores tropicales al seguirse sus doctrinas en Java y Brasil.
Un año después, en 1863, el hacendado Miguel Aldama fue noticia al realizar por vez primera en Cuba ensayos con el arado de vapor sistema Fowler en su ingenio "Concepción", cuyos resultados no fueron entonces satisfactorios.
La compañía inglesa, con sede en Leeds, fue una de las principales constructoras de maquinaria tropical, cuya presencia en la isla databa de una década anterior.
Las críticas de los productores por no adaptar su tecnología a las condiciones locales pusieron en valor al trópico como un espacio clave para la fabricación in situ de las tecnologías de la agricultura tropical, sobre todo porque las casas de maquinaria de los centros industriales correspondían a la agricultura templada (Fernández Prieto, 2013, pp. 789-797).
La llegada de Rionda a Cuba coincidió con la revolución azucarera en el occidente y con la guerra independentista.
Gracias a los vínculos tejidos por su hermano Francisco con Georges S. Hunt, dueño de Eagle Sugar Refinery radicada en Portland, Maine, se trasladó a Estados Unidos para estudiar en la Abbot School de Farmington.
Con posterioridad fue agente de la filial norteamericana de la casa inglesa Czarnikow, MacDougall & Company en la década de 1880.
Muy pronto su habilidad empresarial destacó entre los círculos azucareros de Wall Street, donde sería conocido como "el rey del azúcar".
El fin de la guerra independentista evidenció la crisis económica de la industria azucarera.
Para la historiografía sobre Cuba las soluciones fueron la transformación del antiguo ingenio en central, que separó la parte agrícola de la esfera industrial, la introducción de procesos de producción continuos, la descentralización de la oferta de caña en manos de los colonos tras la abolición de la esclavitud (1886) y el empleo del ferrocarril para extender las plantaciones hacia zonas vírgenes (Dye, 1998; Iglesias, 1999; Santamaría, 2001).
Todo ello es cierto, pero la crisis económica y ecológica selló un tercer momento clave para la consolidación de la agricultura científica en el modelo productor de la región occidental de Cuba (Fernández Prieto, 2005 y 2008).
La disminución sostenida de los rendimientos agrícolas, el escaso crecimiento y aspecto enfermizo de la planta, la necesidad de realizar resiembras a los cuatro o cinco cortes (en lugar de los veinte que duraba un cañaveral en tierras vírgenes), fueron algunas cuestiones que los hacendados y colonos del occidente cubano afrontaron para competir con los restantes países azucareros de finales del siglo XIX.
Surgió así un grupo importante de reformadores agrícolas y de hacendados que crearía, entre otras instituciones, la Escuela de Agricultura del Círculo de Hacendados.
Asimismo, la revista La Nueva Era retomó la necesidad de emplear los arados de vapor para sustituir la fuerza de trabajo.
La publicación reconoció las imperfecciones de los primeros arados, si bien fueron modificados sobre el terreno por los propios fabricantes ingleses Fowler y Compañía, eliminando los inconvenientes.
En 1891, Francisco y Manuel Rionda, junto a los inversores ingleses y norteamericanos, apostaron por el central Tuinicú (figura 2), pero la irrupción de la segunda guerra independentista de 1895 destruyó la plantación y aplazó las expectativas de sus dueños (Collazo, 2002, pp. 535-558).
En el verano de 1899, un año después de la primera ocupación norteamericana en Cuba, Manuel Rionda y Polledo reactivó su andadura en el negocio azucarero con capital británico y estadounidense, erigiendo en las tierras compradas por su hermano, en el sur de Camagüey, el central Francisco Sugar Company (figura 3), en honor a su hermano ya fallecido (Archives of Bragha Brother Collections y Archivo de las Tunas, Cartas entre Francisco y Manuel Rionda).
Para ello, emplazó al administrador de ingenios Gabriel Menocal que construyera el central con todos los adelantos técnicos y científicos y que, sobre todo, fuese rentable: «Vamos a ver si entre Ud. y yo levantamos un Ingenio a la moderna y lo mejor y lo más económicamente posible.
Todo el mundo nos va a estar mirando y es necesario que demos lecciones» (Archives of Bragha Brother Collections, Manuel Rionda Polledo, incoming correspondence 1896-1917, Serie 1, Box 14, Folder 15).
La primacía de Cuba en el mercado azucarero mundial a lo largo del siglo XIX, aportaba el pedigrí para impartir lecciones al mundo, un mundo azucarero que se entendía en clave global, aunque también, muy probablemente, Rionda se refería a Cuba y Estados Unidos como actores socioeconómicos principales del tejido empresarial y político.
En este contexto entraba en escena William Cornelius Van Horne (figura 4), presidente de la Canadian Pacific Railroad entre 1889 y 1899.
Van Horne se interesaba en la construcción del ferrocarril en la Guayana británica.
Su visita a Cuba, en 1900, lo convirtió en artífice de la conquista azucarera del occidente hacia el este cubano.
Van Horne y otros accionistas constituirá en New Jersey la Cuba Company con vistas a instalar el ferrocarril que conectara la Habana con Santiago de Cuba, lo cual posibilitaba no sólo ampliar la frontera del azúcar, sino que también abrir nuevos negocios agrícolas e industriales durante la expansión imperial estadounidense.
La compañía tuvo una amplia representación en los negocios de la isla y desarrolló varias estrategias para facilitar el acceso de nuevos inversores norteamericanos.
En 1904, la compañía invirtió 4 millones de dólares para poner en marcha plantaciones de azúcar e ingenios.
Así, en 1906 se erigió el central Jatibonico y en 1909 el Jobabo (figura 5), situados los dos entre Camagüey y Santiago de Cuba, en el extremo este de la isla de Cuba.
Según Santamarina los dos centrales producían en torno a 145.000 toneladas de azúcar por año, cuya producción en gran escala fue facilitada por el ferrocarril y por las grandes extensiones de tierra que poseían.
Por ejemplo, el Jobabo, considerado el coloso azucarero del sur de las Tunas, contaba con 3.013 caballerías aunque no todas cultivadas.
Para Santamarina los dos ingenios fueron establecidos por Van Horne como un experimento que demostrara las ganancias que ofrecía el oriente cubano para el negocio azucarero (Santamarina, 2001, pp. 75-90).
Por su parte, Manuel Rionda, a la muerte de Czarnikow y tras la retirada de McDougal, refundó la firma inglesa bajo el nombre Czarnikow Rionda Company, y con capital financiero estadunidense.
En 1907, Rionda fundó la Cuban Trading Company y en 1912, la Manati Sugar Company (figura 6), conformada por la unión de los centrales Tuinicú, Francisco, Elia, Céspedes y Manatí.
En 1915, Manuel Rionda dirigió la Cuba Cane Sugar, creada para hacer frente al aumento de la demanda del azúcar provocada por la I guerra mundial (Santamaría 2001, p.
Fue considerada en su época la mayor empresa azucarera del mundo.
Los caminos de Rionda y Van Horne convergieron en algunos aspectos para modernizar sus centrales y plantaciones durante el inicio del siglo XX en qué ellas se observa el occidente como modelo productor y los puntos de conexión con antiguas casas y agentes empresariales establecidos en la Cuba colonial, así, por ejemplo, en el sector de la fabricación, Rionda recuperó la casa comercial Pesant y Krajewski, gracias a la amistad previa con J. M Clark, el agente de ellos en Matanzas.
Rionda ordenaba que le enviasen a sus oficinas de Nueva York muestras de caña y sacaran fotografías de todas las operaciones agrícolas para convencer a los inversores norteamericanos.
Asimismo, se valió de planos y mapas con todos los cañaverales numerados para seguir todas las operaciones (figuras figura 7a y figura 7b).
En este sentido, él atendió a la cuestión de la distancia que debía mediar entre los surcos y entre las semillas a la hora de efectuar las siembras, lo que era de particular importancia entre los hacendados cubanos de los siglos XIX y XX, ya que la caña tendía con cierta frecuencia a no crecer ni ahijar lo suficiente como para que el campo cerrase pronto.
La práctica local en el occidente fue sembrar la caña de azúcar a una distancia conveniente para que al crecer las plantas casi se tocaran sus puntas.
Con ello, los cultivadores garantizaban mantener la humedad del terreno y controlar el crecimiento de las malas hierbas.
El reformador agrícola Francisco de Zayas creó un sistema de siembras conocido por su nombre a finales del siglo XIX.
Rionda siguió en algunas de sus plantaciones el "sistema Zayas" porque había dado resultados en los campos viejos, pero en los terrenos vírgenes lo más usual fue la siembra a surco corrido, pues daba mayores rendimientos en el primer corte y las cañas maduraban más uniformemente.
Favorable a la introducción de métodos científicos aplicados al cultivo, insistía una y otra vez: "Deseo una fabrica balanceada que tenga maquinaria pero igual que cuide la pobreza de la tierra" (Archives of Bragha Brother Collections, Manuel Rionda Polledo, incoming correspondence 1896-1917, Serie 1, Box 14, Folder 15).
Teniendo en cuenta el corto recorrido de la industria azucarera en la región, la estrategia dejaba al descubierto la rápida degradación de los suelos productivos.
La práctica general de las plantaciones de Rionda fue sólo de cinco cultivos porque luego los campos acusaban pobreza de la caña y disminuía la sacarosa.
Rionda analizó las cañas en varios distritos buscando la de más alta y más baja sacarosa con vistas a identificar de donde procedía la mejor para extender las plantaciones.
Su preocupación era ¿por qué no se hace una investigación científica para aumentar la calidad de nuestras cañas y nuestras tierras?
Rionda quería la opinión de varios expertos porque era consciente de que más pronto que tarde sus campos estarían exhaustos y las tierras perderían fertilidad.
Su espejo era Cienfuegos, la zona más desarrollada hasta entonces; Rionda reconocía que "ellos estaban robando a la naturaleza, extendiendo plantaciones y como consecuencia los plantadores luchan por tener cañas en sus ingenios" (Archives of Bragha Brother Collections, Manuel Rionda Polledo, incoming correspondence 1896-1917, Serie 1, Box 14, Folder 15).
Rionda también se declaró ferviente partidario de la fertilización.
En este sentido, siguió las experiencias con el empleo de abonos llevadas a cabo en el ingenio Portugalete (figura 8), propiedad del español Manuel Calvo, para introducirlo en sus plantaciones.
En 1905, a la muerte de Calvo y siendo propietario Claudio López Bru, la publicación Cuba Agrícola, destacó los ensayos realizados en dos colonias tributarias del central con un fertilizante ideado por ellos bajo el nombre de "Fertilizante de fuerza doble para la caña de azúcar Portugalete núm. 6".
Este abono también fue probado en las colonias de Rionda.
Igualmente Rionda promovió el uso de modernos implementos.
En el caso del central Tuinicú el problema radicaba en la descarga de la caña dentro del conductor.
Se realizaron tres intentos de aparatos descargadores pero resultaban caros.
El ingenio Portugalete volvió a estar en el centro de su atención, y así, su sobrino Leandro y el propio Van Horne fueron testigos de los ensayos en dicho ingenio para observar el funcionamiento de los aparatos descargadores de caña ideados por M. V Cuervo, ingeniero civil, quien había estado de acuerdo con las sugerencias realizadas por los dos al soporte para los volteadores.
Rionda también recomendó el uso de portátiles para el acarreo de la caña, ya que las carretas muchas veces causaban la prematura destrucción de los campos.
En las primeras décadas del siglo XX se repitió la experiencia con el arado de vapor, esta vez el ingeniero inglés Charles McLeod fue el encargado de ponerlo en marcha en el central Jatibonico en 17 caballerías de tierra y 43 cordeles.
Para McLeod este método de preparar la tierra resultaba más barato y de mayor eficacia.
A ello se opuso, sin embargo, el comisionado de tierras de la compañía J. M Galdós, porque en la práctica demostró que no sólo era caro sino que el arado dejaba de trabajar durante gran parte del tiempo a causa de la lluvia y de otros obstáculos.
Galdós aconsejaba mejor comprar la caña, o el uso de mulas en vez de bueyes que eran más lentos; práctica generalizada entre los productores y colonos (Archives of University of Maryland, Cash Requirements 24 May 1911-31 Jan 1912, C-29 (2)).
Los reportes de McLeod fueron, asimismo, objeto de sospecha por parte de Messer, Fowler y Compañía, cuya presencia en el Caribe databa de mediados del siglo XIX.
Esto reflejaba que no siempre hubo desplazamiento de las viejas por las nuevas empresas y conexiones transnacionales, sino que, en ocasiones, se erigirían como "autoridades" en la validación de los experimentos.
La compañía además introdujo los carros portátiles para el transporte de la caña desde la plantación a la romana.
No obstante, al final optó por la tradicional carreta tirada por bueyes, porque las ruedas de los carros terminaban por depauperar más el terreno.
En 1915, Rionda indicaba a Leandro que se interesara en las pruebas de fertilización realizadas por McLeod porque pensaba que estaba en el camino correcto y era una excelente manera de diversificar sus negocios.
Hay otro aspecto de interés en la agencia de los empresarios y de las sugar companys para la modernización de la plantación.
Ellos se convirtieron en espacio de resistencia entre la permanencia de la variedad de caña de azúcar Cristalina y la propagación de los híbridos cañeros en los años 1920.
Los historiadores documentan que los cubanos culparon a la labor del empresario azucarero norteamericano Edward Atkins de la introducción y difusión del virus del mosaico de la caña de azúcar que amenazó seriamente la industria azucarera tropical a mediados del siglo XX (Agete, 1940; McCook, 2002a).
La correspondencia y otra documentación ponen de relieve la constante experimentación de los productores en la búsqueda de variedades e híbridos cañeros más productivos y resistentes a las plagas y enfermedades.
Los empresarios y las compañías azucareras transnacionales ensayaron con diversos híbridos hasta comprobar que el más adaptado a los suelos cubanos era el POJ2878, logrado en la Estación Experimental de Java.
Un estudio más detallado demuestra que su adopción respondió, sin embargo, a la cuestión de evitar riesgos más que a la supuesta debilidad de la caña Cristalina.
NUEVAS PRÁCTICAS Y SABERES CIENTIFICOS IRRUMPEN EN CUBA
La investigación científica agrícola y la figura del experto cobró relevancia dentro del modelo agroindustrial de finales del siglo XIX.
Estos dos elementos se consolidaron con la entrada de los saberes y las prácticas empresariales utilizadas por las sugar companys en sus plantaciones.
Rionda y Van Horne eran empresarios y no agrónomos, su labor consistió en apoyar la ciencia e introdujeron por vez primera en el mundo azucarero cubano los laboratorios y estaciones experimentales en los centrales.En este apartado se analiza la formación del experto, en este contexto la creación de laboratorios y jardines de aclimatación, así como la utilización de los ferrocarriles para apoyar la circulación interterritorial de los científicos, agrónomos y otros expertos en sus respectivos estudios de campo.
La importancia del personal formado en los conocimientos agronómicos y en la experimentación práctica para dirigir el cultivo se puso de relieve en Cuba a finales del siglo XIX.
Los hacendados hispano-cubanos y los reformadores agrícolas defendieron que fuesen estos especialistas los encargados de dirigir las transformaciones en la agricultura cañera.
Muchos propietarios recurrieron a los ingenieros agrónomos graduados en la Escuela de Agricultura del Círculo de Hacendados; así, por ejemplo, el central Caracas contrató los servicios del agrónomo Juan Bautista Jiménez.
La participación de este especialista se generalizó, no obstante, en la primera mitad del siglo XX y estuvo no exenta de tensiones imperiales, científicas y empresariales.
Para Rionda la figura del experto fue fundamental para la reestructuración de la industria azucarera.
Rionda reprodujo, inicialmente, el clásico sistema de redes familiares y clientelares forjadas en la colonia para encontrar el experto; en esto se muestra muy enfático:
Lo único que yo deseo es que mis sobrinos continúen dando satisfacción a nuestros amigos y aguantando o aumentando el pabellón que se ha levantado aquí de una casa española y por españoles entre americanos.
Rionda describía un hombre local que supiera sobre el crecimiento del azúcar, que conociera los problemas laborales y el lenguaje de Cuba.
Se le propuso, sin embargo, al citado Gabriel Menocal, un administrador de ingenios en Nicaragua a las órdenes de la casa Pesant y Krajewski.
En este sentido, Robert Lauriandt menciona que la elección de Menocal fue política porque dependía de la aprobación de Alfred Pesant (Lauriault, 1994).
Además de política, era eminentemente una respuesta comprometida con las redes establecidas en el mundo azucarero de finales del siglo XIX.
La labor de Menocal no satisfizo a Rionda quien, sólo un año después, colocó en su puesto a Francisco Coma, abogado catalán.
Poco tiempo después, los accionistas de la compañía impusieron a un especialista norteamericano.
En 1915, Rionda recomendaba a la Cuba Cane que empleara en la plantación a un joven químico con experiencia en los ingenios de Luisiana, así como en Niquero y Narcisa, pertenecientes a Fowler, y en su central Manatí.
Aun así, Rionda envío a su sobrino Leandro a Estados Unidos para graduarse como ingeniero mecánico y, con posterioridad, lo colocó al frente del central Manatí.
En la búsqueda de personal local comprometido con Cuba Van Horne no tuvo problema.
Para ello creó un laboratorio agrícola y de fabricación que fungiría, desde el inicio, según las normas de Estados Unidos, si bien acorde con el contexto local.
Todavía sin explorar, una de las principales diferencias de las compañías azucareras modernas con respecto al central de finales de la colonia, fue la creación de laboratorios en los que se entrelazaban el campo y la investigación.
Estos laboratorios fueron el lugar donde se formarían y se crearían una sólida reputación un personal experto en la agricultura azucarera tropical.
Los dos centrales de Van Horne instalaron laboratorios dirigidos por especialistas tanto en la fabricación como en la plantación, encargados de supervisar las labores del ingenio.
La Cuba Company contrató los servicios del agente industrial Paul Karutz, un químico alemán, y más tarde de William Craib, quienes publicaron numerosas ponencias para establecer ingenios y otros negocios agroindustriales en el este de Cuba.
Es poco conocido que una de las indicaciones de William Van Horne a Paul Karutz fue la creación de una estación experimental en terrenos del central Jobabo (Archives of University of Maryland, Cash Requirements 24 May 1911-31 Jan 1912, C-29 (2)).
Karutz, inspirado por las estaciones estadounidenses, proponía sembrar árboles en el central para hacer atractiva la finca no sólo a turistas e investigadores sino también como laboratorio para estudiantes, agricultores y colonos interesados en aprender e informar acerca de la moderna agricultura tropical, con énfasis en la caña de azúcar.
William Van Horne insistía, en cambio, en la realización de experiencias con cultivos que encontraran fácil salida en el mercado norteamericano como, por ejemplo, el maíz indiano, la alfalfa y el algodón.
Van Horne subrayaba que quería un jardín de experimentación (garden-plot) para asegurar el ideal de Cuba como huerta de Estados Unidos.
Karutz no se preocuparía por el dinero, sino por la forma en que pudiera ser practicable.
Van Horne se hizo eco de las posturas defendidas por ciertos sectores del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) interesados en desarrollar la nueva botánica económica para detectar oportunidades y riquezas agrícolas en los territorios recién adquiridos.
Karutz pidió literatura al USDA porque estaban haciendo experimentos para mejorar las semillas y los métodos de los campesinos cubanos.
La Estación practicó numerosos experimentos con el cultivo del maíz, algodón, cítricos y otras plantas comerciales.
Algunas de las variedades de maíz obtenidas fueron enviadas a Estados Unidos y Argentina; así, por ejemplo, Karutz envió fibras de henequén a la fabrica Raffloar, Ersbloh Co. para pulsar el mercado europeo.
También algunos agrónomos cubanos observaban con agrado una diversificación de la agricultura que rompiera el monopolio del azúcar en el país (Balmaseda, 1890).
Uno de los aspectos que más atención ha tenido de los historiadores de las field sciences es la formación del experto, ya que depende más de la improvisación para responder a las contingencias y condiciones propias del lugar, a diferencia del científico de laboratorio, considerado el canal ideal para conducir la ciencia (Kuclick y Kohler, 1996, pp. 1-14).
En los laboratorios de la Cuba Company trabajó Noel Deer, considerado el historiador por excelencia de la industria azucarera tropical del siglo XX (Zanetti, García Muñiz y Venegas, 2001, pp. 57-154).
Deer escribió uno de los libros más importantes sobre la historia de la industria azucarera basado en la experiencia práctica de sus diferentes estancias en los sitios productores.
En un escrito de 1911, Deer se autodefinía como un aficionado formado al calor de la experiencia y de la observación en el lugar, a la vez que en el estudio de las ciencias aplicadas a la agroindustria:
En el ámbito de la industria azucarera tropical y el estudio de la construcción de las ciencias aplicadas al campo, las palabras de Deer ilustran la difusa frontera entre el laboratorio y el campo, entre la práctica y la teoría, entre el amateur y el experto y, sobre todo, ponen de relieve la importancia del trópico como espacio para la formación de un personal especializado en la ciencia agrícola tropical.
Seguir a Deer también ejemplifica las conexiones globales al formarse en diferentes distritos azucareros del Caribe y del Sur de Pacífico.
Para entonces, la vía ideal para legitimar la autoridad de los expertos azucareros eran los viajes y estancias en los centros azucareros de todo el trópico.
Por otro lado, sus relaciones con los agrónomos y científicos formados en Cuba arrojan luz sobre las interacciones de las prácticas de estos expertos con el personal local, un tema igualmente pendiente dentro de la historia de la ciencia centrada en el lugar y la práctica.
Francisco B. Cruz, ingeniero agrónomo graduado en la colonia en la Escuela de Agricultura del Círculo de Hacendados y, con posterioridad a la fundación de la república de Cuba en 1902, nombrado jefe del departamento de agricultura de la Estación Central Agronómica desde 1904 hasta 1940, mantuvo correspondencia con varios agrónomos azucareros extranjeros.
Deer fue uno de ellos, pero no siempre Cruz encontró su apoyo, a diferencia del grupo de científicos, agrónomos y patólogos norteamericanos que dirigió la Estación en los primeros años de fundada (Fernández Prieto 2013, pp. 789-797).
Van Horne y la Cuba Company respaldaron el auge de los centrales del este, incluido el caso de la construcción del Manatí (Santamarina, 2001).
A nivel interterritorial, la construcción del ferrocarril por William Van Horne documenta otro tipo de circulación para el Caribe hispano, inspirada en el modelo norteamericano.
Vetter (2008, pp. 598-612 y 2011), por ejemplo, estudia en Estados Unidos el papel de los ferrocarriles en el establecimiento y apoyo de sitios del conocimiento, creando estaciones experimentales y como soporte de los viajes de los científicos.
En Cuba, Van Horne no sólo creó estaciones experimentales y jardines de aclimatación sino que también apoyó las expediciones de agrónomos, botánicos y científicos de la Estación Experimental, así como los viajes de los expertos locales y extranjeros.
Un proceso similar tuvo lugar con la United Fruit Company y las compañías de navegación, cuestión que excede a este texto.
La multiplicidad de agentes y sus interacciones dibuja una ciencia más abierta en un tema de particular importancia para el mundo colonial y poscolonial.
En esta mirada el Caribe hispano es una asignatura pendiente, la industria azucarera cubana continuó imparablemente los "caminos del progreso", incluido su parte agrícola, poco atendida por la historiografía sobre Cuba.
El desarrollo de las plantaciones en el este demostró que la región azucarera del occidente transfirió saberes y técnicas agrícolas dentro de Cuba, porque los problemas ecológicos y económicos fueron iguales y las soluciones aplicadas en el occidente validaban el éxito.
Las dos compañías fueron, asimismo, focos del saber y de innovación agrícola, muchas de sus actuaciones reflejaron tensiones entre nuevos y viejos saberes, nuevos y viejos actores, e incluso miradas imperiales y locales.
La formación de expertos azucareros puso de relieve un proceso de negociación con otros saberes considerados amateur y no un desplazamiento.
En el campo cubano estos se convirtieron en imprescindibles para un saber que interactuó con los locales.
Los fondos de las sugar companys son un caudal de información para la historia de la ciencia y del ambiente poco explorado.
A partir de su estudio más minucioso se podrá conocer la forma en que la ciencia azucarera global se conformó con prácticas y saberes diversos, pero acordes con el manejo de los recursos locales. |
El tabaco se convirtió en un importante producto de exportación para Puerto Rico después de la ocupación norteamericana de 1898, debido a las inversiones en su estudio científico: el cultivo eficiente, la estructura económica y el mercadeo.
La experimentación científica y la aplicación práctica de los descubrimientos en las fincas tabacaleras ofrecieron un campo de saber para establecer relaciones cooperativas significativas entre los cultivadores, los científicos en Puerto Rico y EEUU, y el gobierno insular y federal.
El compromiso de los puertorriqueños en la ciencia del tabaco, incluyendo su apoyo por la investigación, las demandas continuas para fondos y una legislación agrícola beneficiosa, así como la adopción de la tecnología agrícola moderna, demuestra que éstos no eran pasivos frente a los rápidos cambios económicos de entonces.
Por el contrario, ellos eran activistas políticos, usando las garantías democráticas disponibles dentro de la estructura colonial de los EEUU para mejorar su situación económica.
La investigación y experimentación científica tuvieron un profundo impacto en el desarrollo de la agricultura en Puerto Rico a comienzos del siglo XX.
La hoja de tabaco, entre otros productos agrícolas, fue incluido en la estructura tarifaria colonial de los Estados Unidos como un producto libre de arancel.
Como resultado de esta ventajosa oportunidad de participar en el mercado estadounidense, los agricultores en las regiones montañosas de la isla convirtieron el cultivo del tabaco en la actividad económica más importante entre 1900 y 1940.
Empezando en 1900 hasta 1929, el cultivo del tabaco se expandió rápidamente y consistentemente.
Entre 1907 y 1917, el tabaco fue el tercer producto comercial más importante en la isla, después de la caña de azúcar y el café.
En 1918, el tabaco sobrepasó al café, convirtiéndose en el segundo producto más importante, posición que ocupó hasta 1940.
El valor de exportación del tabaco ascendió en 1920, cuando representó el 38% del valor de todos los productos comerciales agrícolas, comparado con productos de la caña, los cuales representaron el 25% ese mismo año (Menéndez Ramos, 1933 y 1934).
El cultivo del tabaco no era solo importante para el comercio, sino que servía también como una crucial fuente de ingresos para la población rural.
Adicionalmente, la venta de la hoja y la manufactura de los productos tabacaleros eran esenciales para los ingresos del gobierno insular, proporcionando hasta el 30% de los ingresos del estado durante los años 1930 (Esteva, 1942b, p.7).
En definitiva, la importancia del tabaco como producto para el mercado estadounidense, para el bienestar de la población rural, y como fuente de ingresos para el estado insular aumentó espectacularmente entre 1900 y 1940.
Este artículo argumenta que el desarrollo del tabaco como producto de exportación rentable ocurrió, en parte, porque los científicos, los agricultores tabacaleros y el gobierno insular y federal apoyaron la ciencia del tabaco, desde la investigación hasta la aplicación práctica de los descubrimientos científicos.
Los funcionarios del gobierno de Puerto Rico, tanto puertorriqueño como norteamericano, creían que el principal obstáculo para la expansión continuada del sector agrícola era la falta de sofisticación en las técnicas agrícolas.
Por tanto, instauraron un plan de desarrollo rural basado en la aplicación racional y práctica del conocimiento científico.
Los científicos puertorriqueños y americanos, quienes ya estaban enfocados en los problemas particulares del cultivo de la caña, comenzaron un estudio agronómico detallado de la planta del tabaco, incluyendo su ciclo de vida, plagas y enfermedades, para determinar las variedades adecuadas para el terreno de Puerto Rico y los mejores métodos de cultivo.
El gobierno insular tenía que difundir dicha información; después de todo, los descubrimientos científicos solo serían útiles si éstos resultaran en cambios prácticos en los métodos de cultivo.
Por ende, las autoridades insulares en Puerto Rico, con la asistencia del gobierno federal de Estados Unidos, establecieron el Departamento de Agricultura y Trabajo y financiaron el desarrollo de estaciones de experimentación agrícola.
Estas instituciones eran las responsables tanto de la investigación en el laboratorio como de la aplicación práctica de la tecnología agrícola en las fincas, y crearon un programa de instrucción para agricultores que consistía en demonstraciones en fincas experimentales, visitas a fincas individuales y diseminación en medios de prensa (incluyendo medios impresos y la radio) para acercar la investigación a los campos de cultivo.
Los agricultores del tabaco, al igual que otros cultivadores en la isla, participaron en un proceso de intercambio científico, asistiendo a las presentaciones y demostraciones en las que aprendían nuevas técnicas agrícolas, aplicando estas técnicas en sus fincas y cabildeando ante la legislatura insular para obtener financiación para la investigación relativa al tabaco.
Los legisladores insulares, ante la insistencia de los agricultores del tabaco y otros miembros de la Asociación de Agricultores Puertorriqueños, presionaron al Congreso de los Estados Unidos para incluir a Puerto Rico en las leyes que apoyarían la ciencia agrícola1.
Cuando las agencias del gobierno federal no podían cumplir con las necesidades de investigación del sector tabacalero, los cultivadores presionaron a la legislatura insular para establecer instituciones independientes dedicadas a la investigación del tabaco.
La Comisión Para Proteger el Tabaco de Puerto Rico y el Instituto de Tabaco, ejemplos de dichas instituciones, se establecieron con el apoyo financiero del gobierno insular y la cooperación de las comunidades científicas federales e insulares.
Los grupos científicos en Puerto Rico y Estados Unidos también estaban interesados en mejorar las condiciones de vida en las áreas rurales de la isla, donde la gente vivía en la «pobreza y enfermedades atroces» (Clark, 1930c, p.
La producción agrícola aliviaría, según los funcionarios de gobierno, el desempleo crónico en el campo al emplear familias en las fincas y en el proceso manufacturero.
Además, el aumento del cultivo de frutas y vegetales contribuiría al bienestar de las familias, no solo por proveer la nutrición necesaria para una vida saludable, sino que también por ser una fuente posible de ingreso familiar.
Los científicos, con el apoyo de los funcionarios del gobierno federal e insular, reconocían que el progreso agrícola requeriría una inversión en el estudio de los métodos de explotación agrícola avanzados y en los temas socioeconómicos que afectaban la vida diaria de los agricultores.
Por consiguiente, la ciencia del tabaco se amplió para incluir tanto los estudios económicos que investigaban el acceso al crédito, la propiedad de la tierra, y las cooperativas de mercadeo, así como los estudios sociales que trataban temas sobre las condiciones de vida rural y la nutrición adecuada.
La ciencia del tabaco ofreció un campo para establecer relaciones cooperativas entre los agricultores, los científicos y el gobierno insular y federal.
El desarrollo y la aplicación práctica de la ciencia del tabaco demuestran que, mucho más que observadores de un cambio económico rápido, como el del sector tabacalero, los puertorriqueños estaban aprovechando los programas federales e insulares que mejorarían su situación económica.
La ciencia del tabaco ayudó a los tabacaleros a cultivar de manera eficiente, asegurar un mayor rendimiento por cuerda, y a proveer sustento para sus familias.
EL COMIENZO DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
El interés en la investigación científica no era algo nuevo a comienzos del siglo XX, ni era un fenómeno del sistema colonial estadounidense establecido en la isla después de 1898.
Las últimas tres décadas del siglo XIX se caracterizaron por un interés sin precedentes en el estudio científico (Becerra de Weierich, 1969, p.
Durante este período, la Corona española canceló o redujo los impuestos de importación aplicados a la maquinaria agrícola.
Además, comenzaron a circular folletos instructivos por toda la isla, en los cuales se describían nuevas técnicas agrícolas.
Este interés, combinado con las nuevas oportunidades brindadas por la disminución de las restricciones de la Corona española, culminaron en 1888 con el establecimiento de dos estaciones agrícolas (una en Bayamón y la otra en Mayagüez) dedicadas al estudio de las plantas, los insectos, la tierra y el agua, el entrenamiento de capataces para trabajar en las fincas, y la distribución de máquinas para el cultivo.
Las dos estaciones también tenían a cargo el estudio del tabaco para mejorar la calidad de las cosechas (Clark, 1930c, pp. 47, 102).
Estos cierres no invalidaron el interés de los puertorriqueños en utilizar la ciencia para mejorar la agricultura.
Por ende, cuando la inversión estadounidense en la agricultura puertorriqueña se tradujo en nuevas posibilidades para la investigación científica, los agricultores puertorriqueños estaban entusiasmados por participar en ellas.
El Departamento de Agricultura de Estados Unidos estableció rápidamente una estación agrícola en Mayagüez y los científicos que trabajaban allí estaban principalmente interesados en los experimentos diseñados para encontrar nuevos productos agrícolas apropiados al clima y la topografía de Puerto Rico.
La diversificación del sector agrícola de Puerto Rico no era de interés para los cultivadores de caña ya establecidos, quienes procuraban investigaciones científicas especializadas en la caña (McCook, 2001, p.
Así, la Porto Rico Sugar Growers Association fundó la Estación Experimental de Río Piedras en 1910, una institución de investigación científica que se dedicaría solamente a temas del cultivo de la caña (Díaz de Acín, 1967, pp. 165-188).
En este momento, la Estación contaba con un personal de seis científicos y un edificio para laboratorios y oficinas (Lugo y Arroyo Aguilú, 2001, p.
Si bien la estación continuaba enfocada en la caña, los científicos estaban bajo la presión de otros agricultores, quienes querían investigar cultivos diversos como, por ejemplo, el tabaco, los cítricos y el café.
De hecho, J.T. Crowley, el director de la estación durante sus años iniciales, indicó que muchos agricultores querían establecer subestaciones dedicadas a la investigación de otros cultivos fuera de la caña y señaló el «cordial espíritu de cooperación» que encontró entre ellos (Crowley, 1911, p.
Para esta fecha, aunque el cultivo del tabaco se había expandido a casi todas las municipalidades de Puerto Rico, era en las municipalidades de las zonas montañosas en el este de la isla donde se cultivaba el 65% de la cosecha anual2.
Precisamente, debido a que la estación estaba en una tierra limítrofe con Caguas, la municipalidad de mayor cultivo de tabaco, el proyecto de investigación del tabaco fue el segundo en establecerse en la Estación y el estudio sistemático de los problemas del tabaco comenzó en 19123.
En 1914, la Junta de Comisionados de Agricultura, el organismo responsable por la Estación Experimental, decidió que la institución no debía ser propiedad exclusiva de los agricultores dedicados a la caña y que debería ser una organización del estado insular.
De este modo, la estación se donó al gobierno insular y la transferencia fue aprobada por la legislatura puertorriqueña el 28 de marzo de 1914.
Se cambió el nombre de la estación a Estación Experimental Insular (EEI), un cambio que reflejaba el mandato de que «tiene que haber una ampliación de las actividades de la estación para incluir otros cultivos puertorriqueños» (Board of Commissioners of Agriculture, 1915b, p.9).
LA ESTACIÓN EXPERIMENTAL Y LA INVESTIGACIÓN DEL TABACO
La investigación sobre el cultivo del tabaco se expandió inmediatamente y se registró un aumento en el número de científicos dedicados al estudio de todos los aspectos del sector tabacalero, desde la plantación de semilleros hasta el proceso de manufactura.
John A. Stevenson, un patólogo del tabaco, estudió la enfermedad del moho de los puros que tendía a aparecer varios días después de la manufactura (Board of Commissioners of Agriculture, 1915b, p.41).
R. T. Cotton estudió el ciclo de vida de los escarabajos, la pulga del tabaco, considerada «el peor enemigo del tabaco» (Board of Commissioners of Agriculture, 1916c, p.86).
Un año después, Cotton estaba a cargo de la plantación de un lote experimental de tabaco en las tierras de la Estación Experimental Insular (Insular Experiment Station of Puerto Rico, 1917, p.
En 1917, los científicos del tabaco estaban ocupados estudiando las lapas, y detallaron un plan de acción para tratar el problema (Insular Experiment Station of Puerto Rico, Department of Agriculture and Labor of Puerto Rico, 1919a, p.
En breve, el tabaco se convirtió en un proyecto tan central para la EEI como la investigación de la caña de azúcar, lo que refleja el aumento de la importancia del tabaco como producto comercial para la exportación.
La Ley Orgánica del 2 de marzo de 1917 creó el Departamento de Agricultura y Trabajo (DAT), colocando la responsabilidad del bienestar del sector agrícola en manos del estado insular (Camuñas, 1917a, p.
Uno de los principales objetivos del DAT era «aumentar y mejorar la producción, mejorar las prácticas [agrícolas] existentes y presentar otras nuevas que contribuyeran al desarrollo económico de la isla» (Camuñas, 1917a, p.
Para cumplir con estos objetivos, la Resolución Conjunta no.18 firmada en noviembre de 1917 formalizó la ya fuerte relación entre el DAT y la Estación Experimental Insular al transferir la jurisdicción de la Estación al DAT (Díaz de Acín, 1967, p.
La transferencia tenía sentido a nivel administrativo, ya que existía una gran cooperación entre los científicos de la EEI y los del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos.
La cooperación era continua y los científicos americanos viajaban con frecuencia a las estaciones agrícolas de la isla para adiestramientos, demostraciones y experimentos.
Por ejemplo, E. E. Barker, un científico en el Departamento de Reproducción de Plantas en la Universidad de Cornell, visitó Puerto Rico en 1920 para realizar experimentos de selección de semillas en las zonas tabacaleras (Insular Experiment Station of Puerto Rico, Department of Agriculture and Labor of Puerto Rico, 1921c, p.
Los científicos americanos también actuaban como personal de la EEI.
Durante el tiempo en el cual George N. Wolcott trabajó como entomólogo de la EEI, por ejemplo, se realizaron los primeros estudios sobre el gusano de candela en 1922 (Insular Experiment Station of Puerto Rico, Department of Agriculture and Labor of Puerto Rico, 1924e, p.
Igualmente, los científicos puertorriqueños participaban en todos los aspectos de la investigación del tabaco en la estación como líderes de proyecto, personal auxiliar y en puestos administrativos de alto nivel.
J. A. B. Nolla se unió al personal de la EEI a comienzos de 1920 y para 1926 estaba a cargo del laboratorio de las fincas de tabaco (López Domínguez, 1929b, p.
Carlos Chardón, quizás el investigador agrícola más importante y quien será eventualmente hacedor de políticas económicas y canciller de la Universidad de Puerto Rico, comenzó su actividad como funcionario público trabajando en experimentos de tabaco en la EEI.
Dicha participación en la vida científica de la isla por parte de los científicos tanto americanos como puertorriqueños sugiere que las agencias agrícolas federales estaban tan interesadas en la modernización de las prácticas agrícolas como las insulares, y que los científicos de la isla y de Estados Unidos estaban en constante comunicación.
La colaboración entre el DAT y la EEI fue crucial para la implementación de los descubrimientos científicos en todas las áreas rurales.
Ambas instituciones no solo ahondaban en todos los aspectos del estudio científico, sino que estaban también involucradas en la popularización de los «métodos modernos de agricultura».
El informe anual de 1920 de la EEI señaló que «lo mínimo que la gente de Puerto Rico puede exigir de su estación experimental es un contacto íntimo y constante con las necesidades y prácticas de agricultura que determinan nuestra producción; la satisfacción de los primeros y la explicación, confirmación o corrección de los segundos, y la sustitución por otros más modernos y convenientes» (Camuñas, 1919c, p.
Los científicos afiliados con el DAT y la EEI aceptaron la orden de «contacto íntimo y constante» con seriedad.
En 1920, los inspectores agrícolas realizaron 3.761 visitas en toda la isla en las cuales valoraron las condiciones de vida, el número de cuerdas dedicadas a cada cultivo, el promedio cosechado por acre y los precios pagados por los cultivos (Gandía Córdova, 1920, pp. 518-519).
Estos inspectores también asesoraban e instruían a los agricultores sobre los últimos métodos de control de plagas y enfermedades, la aplicación más productiva de los abonos y ofrecían ideas sobre la comercialización de sus cultivos efectivamente.
La instrucción ocurría de manera individual, o en conferencias impartidas a un grupo por los inspectores agrícolas.
Probablemente, los participantes eran agricultores del tabaco interesados en aprender la aplicación de los descubrimientos científicos para mejorar la calidad y la cantidad de sus cultivos.
Los agricultores tabacaleros esperaban que un mejor producto contribuyera a un mayor precio en el mercado.
A partir de 1920, un cambio de actitud se tornó evidente en la comunidad científica y en las agencias gubernamentales que trataban con la agricultura.
Los científicos, tanto como los funcionarios del gobierno afiliados con ellos, reconocieron que la investigación agrícola y la implementación práctica de los descubrimientos científicos solo garantizarían un cultivo saludable, y que la verdadera modernización y el desarrollo agrícola sostenido requerirían la participación de otras agencias y la mejora de la infraestructura económica y física de la isla.
Los científicos agrícolas, con el apoyo del DAT, comenzaron a presionar en la legislatura insular y federal para obtener fondos adicionales que permitieran realizar estudios de las condiciones económicas y sociales en todo Puerto Rico.
El alto costo del transporte de los productos agrícolas desde el interior de la isla hasta las instalaciones de transporte marítimo, el establecimiento de estructuras adecuadas de crédito agrícola, la escasez de madera combustible y materiales para la construcción rural, y la falta de organizaciones para facilitar el mercadeo de los productos agrícolas fueron factores importantes para el éxito de una cosecha tabacalera, tanto como el tipo de semilla sembrada (Insular Experiment Station of Puerto Rico, Department of Agriculture and Labor of Puerto Rico, 1920b, p.
Asimismo, estaba bajo escrutinio el bienestar de la población rural en cuanto a nutrición, salud, e higiene.
Esto marcó el comienzo de la expansión de la misión de la EEI, de una organización puramente dedicada a la investigación agrícola a una interesada en la modernización de las áreas rurales y el desarrollo generalizado de la agricultura puertorriqueña.
La década de 1920 fue de crecimiento para la Estación Experimental Insular.
F. A. López Domínguez, director de la EEI durante este tiempo, observó que «el interés del público en el trabajo de la Estación y el deseo general despertado en el cultivador inteligente de mejorar los métodos y procedimientos, han creado una demanda de más y más cooperación por parte de la Estación con los cultivadores, e incluso los industriales de la isla, en forma de ayuda directa para la inmediata solución de sus problemas cotidianos» (López Domínguez, 1926a, p.
Este interés tuvo como resultado la creación de un programa de educación en el que los científicos visitaban fincas para enseñar a los agricultores nuevas técnicas de cultivo.
Estas fincas podían ser privadas, prestadas por sus dueños interesados en aprender nuevos métodos agrícolas, o podían ser tierras administradas por la EEI y designadas como «fincas de demostración.»
Debido al reto que constituía difundir la información a los agricultores principalmente analfabetos, las visitas a las fincas eran la manera más eficaz para la difusión de conocimientos científicos.
Para los agricultores de tabaco, las fincas de demostración constituían una oportunidad de ver por sí mismos el éxito de los métodos agrícolas modernos, tales como la protección de los semilleros con tela, el uso de cantidades apropiadas de abonos, el curado adecuado de la hoja y los métodos de almacenamiento.
Aquellos que no podían viajar a las fincas de demostración aprovechaban las visitas a las fincas privadas por parte de los científicos de la EEI y de los especialistas del Departamento de Agricultura.
Durante estas visitas, los científicos y agentes del DAT demostraban nuevas técnicas de siembra, respondían a preguntas sobre los programas del gobierno para la agricultura, y hablaban sobre las condiciones del mercado para cultivos particulares.
La participación de los agricultores en dichos programas era constante y demostraba la voluntad de experimentar con métodos mejores de cultivo y técnicas científicas modernas que podrían ofrecerles mejores ganancias.
El informe de 1929-1930 de la EEI señaló que «los cultivadores han aprovechado más las oportunidades de servicio ofrecidas por la Estación» (Insular Experiment Station of Puerto Rico, Department of Agriculture and Labor of Puerto Rico, 1924f, p.
Una breve discusión de los cambios en el rendimiento promedio de la hoja de tabaco por cuerda en las regiones tabacaleras desde 1910 hasta 1940, ilustra el impacto de los programas de la EEI en el cultivo del tabaco.
Los especialistas del tabaco de la EEI habían señalado la disminución de los minerales del suelo después de una cosecha de tabaco y la mala calidad de la semilla de tabaco en toda la isla como dos problemas inmediatos a resolver.
Los experimentos con diferentes tipos de fertilizantes, así como los experimentos en la reproducción de plantas comenzaron en 1916 y continuaron hasta 1938 (Cotton, 1917, p.
El objetivo era aumentar el rendimiento por cuerda hasta un promedio de 800 libras para que se pudiera reducir el número de cuerdas utilizadas para el tabaco.
Esas tierras disponibles se podrían destinar a otros cultivos tales como los vegetales, los tubérculos y las frutas (Agricultural Experiment Station, College of Agriculture and Mechanic Arts, University of Puerto Rico, 1939d, p.
Además, «nuevas variedades con mayor capacidad de rendimiento, buena calidad y resistencia a las enfermedades, permitirían al cultivador restringir sus fincas a las tierras más fértiles sin reducir su producción total» (Agricultural Experiment Station, College of Agriculture and Mechanic Arts, University of Puerto Rico, 1939d, p.
Los científicos de la EEI, quienes habían tenido éxito en los experimentos en las fincas de la Estación, compartieron las nuevas técnicas con los agricultores de las regiones tabacaleras.
Luego de trece años de experimentación, el informe de la EEI de 1923 indicó que el cultivo de tabaco era más rentable y que la «selección de variedades más productivas, mejores métodos para los semilleros y las fincas, el uso de fertilizantes y la adopción de métodos de control de las enfermedades y del daño causado por los insectos han logrado maravillas» (Insular Experiment Station of Puerto Rico, Department of Agriculture and Labor of Puerto Rico, 1924f, p.
La mejora en el rendimiento se debía a los cambios en el uso de abonos, semillas u otros métodos generales de cultivo.
Además, un 81% de todas las municipalidades en donde se cultivaba tabaco aumentaron su rendimiento por cuerda entre 1910 hasta 1940, un logro destacable que evidencia la efectividad de los programas de la EEI.
Este aumento generalizado del rendimiento por cuerda indicaba que no eran solo dos o tres fincas enormes las cuales adoptaron métodos científicos agrícolas, sino que de hecho también un gran número de fincas de pequeña escala – la mayoría de las fincas tabacaleras medían menos de 10 cuerdas – los adoptaron también.
LA EXPANSIÓN DE LA EDUCACIÓN CIENTÍFICA Y EL SERVICIO DE EXTENSIÓN AGRÍCOLA
El éxito de los programas para aumentar el rendimiento de hoja por cuerda demostró a los científicos que las visitas de los agentes a las fincas eran el mejor método de instrucción científica.
La expansión de dichos programas de educación dependía del presupuesto asignado para la Estación Experimental, el cual se había tornado problemático desde su traslado al gobierno insular en 1914.
Hasta 1917, cuando se colocó a la EEI bajo la jurisdicción del Departamento de Agricultura y Trabajo, los fondos para su operación provenían de la tesorería insular, aunque algunos experimentos eran financiados por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos y sus afiliados.
Hubo muchos intentos de hacer frente a la falta de un presupuesto estable para las operaciones mediante el establecimiento de impuestos sobre materiales para la explotación agrícola, tales como los alimentos para el ganado y los fertilizantes, pero la estabilidad no se conseguía y el presupuesto variaba anualmente.
La ayuda permanente llegó en 1931, cuando la Ley Smith-Lever de 1914 se extendió a Puerto Rico gracias al continuo cabildeo de la Asociación de Agricultores Puertorriqueños.
Esta ley federal asignó fondos para la divulgación de los programas de investigación agrícola realizados en universidades a través del Servicio de Extensión Agrícola.
La ley se aprobó en la legislatura puertorriqueña en 1934, y en ese momento el Departamento de Agricultura insular transfirió la jurisdicción de la EEI al Colegio de Ciencias Agrícolas de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez.
El cambio de jurisdicción significaba que la EEI podía aprovechar los fondos garantizados por la legislación Hatch-Adams y Smith-Lever y que por primera vez, la EEI de hecho tendría un presupuesto operativo independiente de los fondos reunidos por la imposición tributaria (Díaz de Alcín, 1967, p.13)5.
Hasta 1944, la estación recibiría un presupuesto de hasta $25,000, y luego un aumento anual de $5,000 en virtud de la ley (Agricultural Experiment Station, College of Agriculture and Mechanic Arts, University of Puerto Rico, 1935, p.
Se cambió nuevamente el nombre de la EEI a Estación Experimental Agrícola del Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas de la Universidad de Puerto Rico (EEA).
Los fondos federales permitieron a la Estación Experimental Agrícola, en colaboración con el Servicio de Extensión Agrícola, hacer frente finalmente a la declaración sobre ampliar la misión, desarrollada en la década de 1920 y estudiar «los muchos problemas económicos que afectan el bienestar de los cultivadores y la industria agrícola de Puerto Rico» (Cook y Otero, 1937, p.
Se creó una División de Economía Agrícola para investigar estos problemas.
Los estudios comenzaron inmediatamente e incluyeron la disponibilidad de créditos e hipotecas, recibos y gastos de las pequeñas granjas, y la eficiencia de la mano de obra de la granja.
Estos estudios contribuyeron a la comprensión de los problemas socioeconómicos que afectaban a los cultivadores del tabaco y también al sector agrícola en su totalidad.
Ello reflejó un interés de la comunidad científica de la isla y el continente en mejorar las condiciones de vida de los puertorriqueños en las áreas rurales.
El Servicio de Extensión Agrícola experimentó un período de próspera actividad desde 1936 hasta 1940, ya que fueron los Agentes de Extensión Agrícola, tales como agrónomos profesionales, los que estuvieron encargados de divulgar las nuevas investigaciones de la Estación Experimental Agrícola.
Cada agente fue asignado a un distrito en particular, constituido de varias municipalidades.
Una vez en su distrito, los agentes organizaron Juntas de Cultivadores que ayudarían a los agentes para formular un plan de educación científica ajustado a un área en particular.
En las regiones tabacaleras, por ejemplo, los agentes del Servicio de Extensión asistían a los agricultores con la aplicación de fertilizantes, la preparación de semilleros, el manejo de las plagas y las enfermedades, y el mercadeo de su producto (Servicio de Extensión Agrícola, Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas de la Universidad de Puerto Rico, 1938, pp. 7-8).
El primer informe oficial del Servicio de Extensión Agrícola, comentaba que «un 50% de todas la granjas recibieron la visita de los Agentes de Extensión Agrícola... [como parte de] los programas de educación y servicio para mejorar las condiciones sociales y económicas de las zonas rurales» (Servicio de Extensión Agrícola, Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas de la Universidad de Puerto Rico, 1938, p.
Los agentes realizaron demostraciones de técnicas agrícolas, explicaron a los agricultores la continuamente alterada legislación federal o insular para que pudieran aprovechar los programas agrícolas, y hablaron sobre las preocupaciones ambientales, tales como la conservación de los suelos, la erosión del terreno, y la calidad del agua.
El número de visitas realizadas por Agentes de Extensión Agrícola, al igual que el número de hogares individuales y granjas, se triplicó entre 1936 y 1940.
Cientos de miles de hombres, mujeres y niños participaron en los Programas de servicio de extensión, no solo en las demostraciones en las fincas, sino que también visitando una oficina del Servicio de Extensión Agrícola, ofreciéndose como líderes comunitarios para implementar programas o sumándose a los Clubs 4-H, los programas específicos para la juventud del Servicio de Extensión Agrícola.
Desafortunadamente, no es posible distinguir las visitas que se realizaron únicamente a hogares y cuáles fueron a las fincas en tierras cultivadas.
Debido a que el Servicio de Extensión Agrícola defendía que la finca estaba intrínsecamente unida al hogar, los datos sirven para observar el nivel de actividades de educación científica en las zonas rurales.
Los datos sugieren que el contacto entre los científicos y el público era verdaderamente constante y cercano.
El declive de los precios del tabaco en la década de 1930 y las dificultades generalizadas enfrentadas por los puertorriqueños de las zonas rurales durante la Gran Depresión, tuvieron como resultado la concentración de la investigación científica en los cultivos de subsistencia.
Al mismo tiempo, los fondos apropiados para la investigación específica del tabaco comenzaron a disminuir.
El interés científico, como se señaló antes, se había extendido a otras áreas socioeconómicas y el dinero se desvió a otras industrias agrícolas, tales como el ganado, las aves y los lácteos.
Para 1940, la mayoría del trabajo realizado por la EEA y el Servicio de Extensión Agrícola se limitaba a los estudios socioeconómicos o proyectos para aumentar el cultivo de subsistencia (Agricultural Experiment Station, College of Agriculture and Mechanic Arts, University of Puerto Rico, 1941f, p.
En 1941, ante la posibilidad inminente de que los Estados Unidos se involucraran en el conflicto armado en Europa, se ordenó al Servicio de Extensión Agrícola «el desarrollo de una intensa campaña en toda la isla en la que se demostrara a los cultivadores la necesidad de plantar productos de subsistencia a mayor escala para el uso en su granja y también para satisfacer las exigencias del mercado local» (Rodríguez Géigel, 1941, p.
El enfoque en la investigación y la educación relacionadas con la subsistencia redujo dramáticamente los fondos para la investigación del tabaco.
A fin de mejorar la situación, los agricultores tabacaleros, con el apoyo de la Asociación de Agricultores, presionaron incesantemente ante el gobierno para proteger al sector tabacalero, realizaron campañas de prensa negativas que mostraban a los funcionarios del gobierno como abusivos e indiferentes ante la grave situación de los cultivadores y se unieron a organizaciones agrícolas que sabían cómo presionar y manipular las burocracias insulares y federales6.
El resultado de tanta presión fue el establecimiento de instituciones dedicadas, entre otros objetivos, a la continuación de la investigación científica en el tabaco.
LA COMISIÓN PARA PROTEGER EL TABACO Y EL INSTITUTO DEL TABACO
La legislatura puertorriqueña estableció la Comisión Para Proteger el Tabaco de Puerto Rico el 18 de febrero de 1929, bajo la supervisión de una junta ejecutiva constituida por «cultivadores de tabaco de buena fe» (Comisión Para Proteger el Tabaco de Puerto Rico, 1930, p.
La Comisión estaba comprometida a apoyar cualquier esfuerzo para que el sector tabacalero siguiera vigente como fuente de ingresos para los agricultores del área montañosa.
El primer punto de la agenda de la Comisión era establecer juntas locales en cada municipalidad en la que se cultivaba tabaco (Comisión Para Proteger el Tabaco de Puerto Rico, 1930, p.
Los cultivadores de tabaco participaron activamente en el establecimiento de estas juntas locales y tan solo un año después de la constitución de esta Comisión, operaban juntas locales en todos los distritos tabacaleros.
Las juntas asistían a la Comisión para brindar información sobre las condiciones de los cultivos durante el período de la cosecha, la cantidad de cuerdas cultivadas y el rendimiento esperado por cuerda; información que la Comisión entonces publicaba en Circulares y distribuía a través de la isla.
La Comisión también debía llevar a cabo una «encuesta del problema del mercado del tabaco en Puerto Rico, estudiando los métodos de cultivo y la administración agrícola, y realizando todos los estudios conducentes o necesarios para proteger y mejorar las condiciones agroindustriales del tabaco puertorriqueño» (Comisión Para Proteger el Tabaco de Puerto Rico, 1930, pp. 16-18).
Una parte importante de la encuesta se volcaría en un censo tabacalero detallado en el que se incluirían los nombres de los cultivadores de tabaco, los acres plantados, los abonos usados y las cantidades, el número de fincas de curación, el rendimiento promedio por cuerda y el costo promedio de una cosecha.
Con la ayuda de los especialistas en tabaco de la Estación Experimental Agrícola, la Comisión organizó fincas experimentales para realizar pruebas de producción comparativa de variedades de tabaco que eran más resistentes a las enfermedades y de mejor gusto en general.
Al igual que la EEA, los objetivos de la Comisión eran más amplios que el descubrimiento científico e incluían un estudio del desarrollo y la administración de las cooperativas de tabaco que existían en los Estados Unidos, así como un continuo examen de la situación del mercado mundial para el tabaco puertorriqueño.
Debido a que el presupuesto operativo de la Comisión dependía de las contribuciones de los agricultores tabacaleros, la Comisión se convirtió en una carga económica para los cultivadores.
El ingreso de una cosecha de tabaco era apenas suficiente para pagar a los jornaleros y cubrir el contrato de refacción.
Pedir a los pequeños productores que donasen los pocos recursos monetarios que tenían era un problema.
La Comisión influía continuamente ante la legislatura insular para obtener aumentos en la asignación de fondos para la investigación del tabaco, argumentando que era injusto cargar a los individuos con la financiación de la investigación cuando esto era el deber del estado insular.
La Comisión pervivió hasta 1936, pero con fondos tan limitados que su trabajo se vio restringido a informes semanales sobre el estado de la industria y a la cooperación con esfuerzos legislativos dirigidos por la Asociación de Agricultores Puertorriqueños.
Los agricultores tabacaleros, decepcionados con el destino de la Comisión, solicitaron nuevamente el apoyo de la Asociación de Agricultores Puertorriqueños.
Los cultivadores reconocían la importancia de continuar las investigaciones científicas sobre los problemas del tabaco y, junto con la Asociación, presionaron a la legislatura puertorriqueña para establecer una institución cuyo único propósito era patrocinar la investigación que aliviaría los problemas económicos y agrícolas de los agricultores tabacaleros.
El Instituto de Tabaco de Puerto Rico se constituyó a través de la Resolución Conjunta no. 15 de la legislatura puertorriqueña el 22 de julio de 1935, como agencia del gobierno bajo el liderazgo de una junta ejecutiva constituida por el Comisionado de Agricultura y Comercio, y dos cultivadores de tabaco y dos industriales del tabaco designados por el Gobernador de Puerto Rico, bajo el consentimiento del estado insular (Nolla, 1937, p.
A diferencia de la Comisión, que dependía de las contribuciones de los cultivadores de tabaco, el Instituto obtendría su presupuesto de una apropiación insular.
El dinero adicional provendría de un impuesto de 15 centavos por cada quintal de tabaco vendido en la isla (Esteva, 1940a, p.
El Instituto tenía tanto objetivos agrícolas como industriales.
Su misión agrícola era encontrar una «solución a los problemas relativos al cultivo de tabaco» y «la manipulación del cultivo después de la cosecha».
Para hacer esto, el Instituto estableció ramas de investigación en agronomía, química, patología y genética.
Por su parte, la misión industrial era investigar «los posibles mercados y nuevos usos para el tabaco».
El Instituto también era responsable por la promoción de «legislación que beneficiara a la industria del tabaco en su totalidad» (Esteva, 1940a, p.
La Estación Experimental Agrícola colaboró con el Instituto desde sus inicios.
En 1935, la Universidad de Puerto Rico cedió 12 cuerdas de tierra al Instituto para establecer una planta física.
Una nueva construcción, financiada con dinero de la Administración Federal de Asistencia para Emergencias, alojaba la oficina del Director, una sala de conferencias y laboratorios de química, genética y patología (Nolla, 1937, p.
Al igual que la EEA, el Instituto estaba comprometido a la amplia difusión de los descubrimientos científicos.
Para cumplir con este compromiso, el Instituto instauró una biblioteca con copias de publicaciones sobre agricultura que trataban el tema del cultivo de tabaco, tales como la revista Tobacco y la Revista de Agricultura de Puerto Rico, así como artículos académicos presentados en conferencias locales e internacionales (Esteva, 1940a, pp. 26-27).
El Instituto se convirtió en la voz de la industria tabacalera en la legislatura.
Debido a la preocupación sobre la autenticidad del tabaco que se vendía en Estados Unidos, bajo la etiqueta de «Tobacco from Puerto Rico» (Tabaco de Puerto Rico), el Instituto presentó con éxito una legislación que regulaba dicha etiquetación.
La ley no. 16 se promulgó el 10 de junio de 1939 y estableció que solo el tabaco que en realidad se hubiera cultivado en Puerto Rico podría etiquetarse como tal (Esteva Jr., 1940a, p.
Algunos de los esfuerzos legislativos del Instituto no tuvieron éxito.
Por ejemplo, el Instituto patrocinó el proyecto de ley no. 718 para establecer un sistema de clasificación uniforme para el tabaco para cigarrillos.
El propósito de la ley era proteger a los agricultores de la clasificación arbitraria de sus cultivos por parte de los distribuidores, compañías tabacaleras y financieros.
Aunque el proyecto de ley contaba con el fuerte apoyo de los agricultores, se enfrentó a una fuerte oposición por parte de los compradores de la hoja y nunca llegó a debatirse en la legislatura.
La capacidad del Instituto de lograr el cambio se vio disminuida por el continuo declive del sector del tabaco.
Aunque tanto la Comisión como el Instituto tuvieron éxito en continuar la investigación científica enfocada en el tabaco, el sector agrícola (y los fondos para el desarrollo y apoyo del sector) pronto entrarían en un período de declive permanente.
El colapso económico en la década del 1930, cambios en preferencias del consumidor a fumar cigarrillos en vez de cigarros, la destrucción de cosechas por huracanes y tormentas, y el interés del gobierno insular en buscar alternativas industriales para el desarrollo económico de la isla contribuyeron a que el sector tabacalero careciera del apoyo insular y federal para la continuación de los programas económicos y científicos que lo protegían.
La difusión del conocimiento científico en las áreas rurales de Puerto Rico fue un proyecto colaborativo entre la comunidad científica, los agricultores puertorriqueños y el gobierno insular y federal.
La aplicación práctica de los descubrimientos de investigación científica en las fincas tuvo un profundo impacto en las áreas rurales de Puerto Rico entre 1910 y 1940.
En las regiones tabacaleras de Puerto Rico, los científicos demostraron que la selección de variedades más productivas de tabaco, el mantenimiento de mejores semilleros, el uso de los abonos adecuados y la adopción de métodos de control de las enfermedades y las plagas de los insectos lograban un cultivo más lucrativo.
La ciencia del tabaco mejoró exitosamente la calidad del producto y aumentó el potencial de ganancia de los cultivadores.
Los agricultores tabacaleros adoptaron nuevas técnicas como resultado de estos esfuerzos y se involucraron en un proceso colaborativo de intercambio científico: la Estación suministró nuevas tecnologías agrícolas y los cultivadores prestaron sus fincas para la aplicación práctica de estas tecnologías.
Su organización como fuerza política y su participación en el proceso científico fueron cruciales para garantizar que la investigación dedicada al tabaco continuara frente a la disminución de fondos por parte del gobierno insular.
Su constante presión a la legislatura insular, con la asistencia de la Asociación de Agricultores Puertorriqueños, se tradujo en el establecimiento de la Comisión Para Proteger el Tabaco de Puerto Rico y del Instituto de Tabaco.
La legislatura federal no escapó de la presión política de los cultivadores de tabaco, quienes lograron ganar la extensión de las leyes agrícolas federales que garantizaron los fondos para la investigación científica en Puerto Rico.
A través de su participación en la ciencia del tabaco, desde las fincas hasta las salas de la legislatura insular y federal, los cultivadores de tabaco se convirtieron en agricultores modernos, preocupados por la utilización de la tecnología de cultivo más eficiente para aumentar su rentabilidad y, de este modo asegurar el bienestar de sus familias.
Más importante aun, el éxito de la ciencia del tabaco demuestra que los legisladores, científicos y agricultores puertorriqueños aprovecharon la nueva relación colonial con los Estados Unidos para acceder a fondos de investigación científica, crear instituciones y participar en programas federales que mejoraban la posibilidad de cultivar lucrativamente productos para el mercado estadounidense.
La ampliación de los objetivos de la Estación experimental agrícola para incluir la economía del hogar, la administración de la granja y el desarrollo de la infraestructura rural demuestra que había interés no solo en maximizar la eficiencia de los cultivos sino también en la modernización de la sociedad rural, y en consecuencia, Puerto Rico en su totalidad.
Estos amplios programas socioeconómicos no eliminaron, sin embargo, la miseria en las áreas rurales de Puerto Rico.
La naturaleza volátil de un sector agrícola dependiente de las fluctuaciones internacionales de oferta y demanda, combinado con las continuas reducciones de la financiación para la investigación agrícola y la educación, contribuyeron al impacto limitado de los programas de modernización rural.
De todos modos, la participación de los cultivadores en programas científicos demuestra claramente que los puertorriqueños comprendían el papel de la ciencia en la modernización de la isla y que participaron por voluntad propia y con entusiasmo en la experimentación científica y su aplicación práctica en las fincas. |
Ciencia y saberes locales en la posguerra: la Asociación Internacional Americana para el Desarrollo Económico y Social (AIA) y los programas de modernización de la agricultura en Brasil (1945-1961)
Este artículo discute la actuación de la Asociación Internacional Americana para el Desarrollo Social y Económico (AIA) en Brasil.
Contemporánea de la emergente ideología de la modernización, la AIA estudió los posibles proyectos adecuados para la América Latina, en especial Brasil y Venezuela.
Inspirada en las experiencias norteamericanas del crédito rural, el extensionismo, entre otras estrategias de desarrollo, la agencia procuró adaptar estos modelos a las condiciones locales, partiendo de la base de que, desde el punto de vista de la AIA, los proyectos exitosos en Estados Unidos, si fueran adaptados, tendrían también éxito en los países en desarrollo.
Sin embargo, las experiencias en la provincia brasileña de Minas Gerais demostraron grandes dificultades de ejecución.
Las interpretaciones acerca de la agricultura y del medio rural en Brasil, desde los tiempos de la Colonia Portuguesa (1500 a 1822), del Imperio (1822 a 1889) y de la República (1889), hasta llegar a la Segunda Guerra Mundial (1945), se destacan por diferentes proposiciones, aunque con una característica común: el retraso.
Según algunos políticos, intelectuales, agrónomos y agricultores prácticos, la herencia portuguesa en la agricultura brasileña estaría amparada en características como la devastación ambiental, el latifundio, las prácticas agrícolas primitivas y la agricultura extensiva.
Sumado a estas drásticas características, está el hecho de que la población mestiza tenía poca adhesión al trabajo rutinario, predominando la herencia indígena y afrodescendiente, orientada sobre todo a la subsistencia.
Consecuentemente, aunque los recursos naturales eran y siguen siendo abundantes, la población rural y las técnicas agrícolas adoptadas a lo largo de los años no coinciden con los proyectos de desarrollo de la nación.
Con la creación de espacios de ciencia, a partir del período del Brasil Imperio, entre 1822 y 1889 (intervalo entre su independencia de Portugal y la conformación de República que es hoy), la tónica modernizante pasó a constituir parte del vocabulario de los pensadores de la agricultura en Brasil, aunque los proyectos para alcanzar tal modernización hayan sido divergentes entre si.
Los paradigmas europeos, principalmente el francés y el alemán, dominarían el discurso durante las primeras décadas del siglo XX, dominando, sobre todo, en el ámbito de la Escuelas Superiores Agrícolas.
Luego, la experiencia de los norteamericanos alcanzaría todo el territorio nacional, reemplazando el modelo europeo.
El argumento central de este artículo aborda como el proceso de americanización de la agricultura ganó espacio como consecuencia del alineamiento político entre Brasil y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.
En su implementación a lo largo de los años cincuenta, sin embargo, el contexto local favoreció la reorientación de diversos proyectos.
Así, este texto problematiza el proceso de construcción de un modelo hegemónico para la agricultura brasileña, iniciado con la actuación de agencias internacionales y más tarde institucionalizada por el Estado Brasileño.
De este modo, se busca evidenciar las relaciones de poder presentes en los organismos de decisión política, la inserción de la agronomía en este proceso y el vínculo con los agricultores brasileños.
Para ello, el presente artículo está dividido en tres secciones que abordan: 1) las relaciones políticas entre Brasil y Estados Unidos; 2) la actuación de los dirigentes políticos, agrónomos y las experiencias de modernización de la agricultura en la década de 1950; y 3) los impactos para los agricultores y rumbos posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
BRASIL Y ESTADOS UNIDOS: COOPERACIÓN TÉCNICA EN AGRICULTURA POS 1945
El mundo de mañana, brillante con la promesa de una vida mejor necesita nuevas carreteras para el avance de la ciencia y la tecnología a través de los obstáculos de la lengua, la raza y las costumbres.
AIA es una manera de estrechar estas brechas entre las personas para que los beneficios de la ciencia y las nuevas tecnologías puedan propagarse más ampliamente sobre la tierra.
La afirmación de Nelson Rockefeller sobre la American International Association for Economic and Social Development (AIA) —la agencia filantrópica ideada por él mismo y por algunos de sus compañeros de los tiempos de guerra— refleja presupuestos característicamente iluministas, dentro de los cuales la ciencia y la tecnología serían consideradas las formas más adecuadas de llevar sus progresos a las más diferentes naciones, junto a eso, a una forma de acción característica de la post Segunda Guerra.
El antropólogo colombiano Arturo Escobar sostiene que especialistas de las Naciones Unidas volcados en el objetivo de diseminar políticas económicas promulgaban en 1951 que el progreso económico no sería posible sin que las viejas instituciones sociales, las diferencias de clase, raza y credo fuesen desechas (Escobar, 1965, p.
En algunas circunstancias, el liberal e internacionalista, Nelson Rockefeller atendía a impulsos semejantes a los de los críticos del New Deal y aislacionistas, como el conservador y senador Republicano Kenneth Wherry.
De acuerdo, con el historiador Michael E. Latham, Wherry durante la guerra fue un "proponente típico de una campaña para modernizar el mundo" a la imagen de los Estados Unidos (Latham, 2003, p.
De cierta forma, Wherry no era el único en pensar que el liberalismo, el capitalismo y la democracia deberían corresponder a un grado para ser alcanzado por otras sociedades.
Muchos investigadores asumieron esta concepción de modernización como un instrumento político, como Kenneth Kadow, socio de Rockefeller en la creación de la AIA, en 1946 le escribía en la misma línea: "Si nosotros en los Estados Unidos creemos en la economía, política, filosofías sociales y prácticas que nos han hecho una gran nación, es nuestro deber y el privilegio de hacer todo lo que podamos de una manera concreta y práctica para trabajar con otros pueblos del mundo hacia los logros de objetivos similares o igualmente satisfactorios" (AIA, 1946, p.
14) Sin embargo, si el énfasis de Wherry recayó sobre China, Nelson Rockefeller, Kenneth Kadow y los demás miembros de la AIA trataron de orientar sus acciones hacia la América Latina.
Según el historiador Michael Adas, aunque el término "modernización" fuera raramente utilizado antes del final de la Segunda Guerra Mundial, tarea semejante fue realizada por misioneros, educadores e ingenieros que promovieron cambios culturales, políticos y económicos en China, Filipinas y América Latina en aquellas décadas (Adas, 2003, p.
En los primeros años del siglo XX, de acuerdo con el historiador Thomas O'Brien, la actuación de las corporaciones norteamericanas en países de Latinoamérica dejó su marca en las relaciones entre el sector público – representado por las elites latinoamericanas – y la iniciativa privada, influyendo en este proceso de modernización (O'Brien, 1996, p.
En este sentido, la AIA ejerció una especie de vanguardia en la posguerra al emprender un tipo de cooperación técnica pautada en principios que serían institucionalizados en programas de asistencia técnica como, por ejemplo, el Point Four1 del gobierno de Harry Truman.
El discurso inaugural del referido presidente el 20 de enero de 1949, estuvo marcado por el entendimiento de que sería necesario que los Estados Unidos fuesen un elemento activo en el auxilio a la modernización de los demás países, conllevando la industrialización, urbanización, crecimiento de la producción material, de los niveles de vida con ideales educacionales y culturales modernos.
Otro aspecto relacionado con este ideal fue justamente la necesidad de desarrollar técnicamente la agricultura (Escobar, 1965, p.
20) Sin embargo, si se considera este momento del discurso de Truman un marco fundacional de la difusión de los ideales de modernización, se debe tener en cuenta que agencias como la AIA ya desarrollaban estas premisas desde 1946.
En las décadas de 1950 y 1960, en el contexto de la Guerra Fría, las proposiciones del Point Four y posteriormente de la Teoría de la Modernización se tornaron un poderoso modelo de análisis y prescripción.
Para Michael Latham, la Teoría de la Modernización se ha convertido en la más influyente manera de entender el mundo y direccionar su futuro (Latham, 2003, p.
A diferencia de la ideología imperialista del giro del siglo XIX o del Destino Manifiesto, las acciones de agencias internacionales como la AIA, estarían más próximas a un discurso benevolente.
En este contexto, la participación de las agencias se caracterizaría no solo por la simple distinción de recursos procedentes de las colonias para los países colonizadores sino que de la ciencia y de la tecnología y todos los beneficios que deberían ser distribuidos "ampliamente en la tierra", de acuerdo con las palabras del propio Rockefeller.
La utilización de estos beneficios como instrumento político efectivo —una ideología acorde con la sugerencia del historiador Michael Latham— prometía encontrar la manera más adecuada para que las visiones de cambios sociales y progreso pudiesen garantizar un nuevo orden, y, con eso, los Estados Unidos dispondrían en los países en proceso de descolonización o desarrollo, un modelo involucrando una determinada concepción del capitalismo, liberalismo y democracia (Latham, 2003, p.
Todo esto, junto a la idea de modernización, incluso aquella aplicada a la agricultura y al medio rural en los países de Latinoamérica.
Así se discutirá cómo los principales actores de este proceso establecieron procesos de negociación, involucrando agencias internacionales, políticos y también agentes de modernización como, por ejemplo, los ingenieros agrónomos.
DIRIGENTES POLÍTICOS, AGRÓNOMOS Y ALGUNAS EXPERIENCIAS DE MODERNIZACIÓN DE LA AGRICULTURA BRASILEÑA EN LA DÉCADA DE 1950
Este apartado explora las formas en que se desarrollarían los principales programas de cooperación técnica entre la AIA y las instituciones brasileñas.
No obstante, el foco de atención se centra en las dos principales experiencias con participación de la AIA: la primera de ellas se realizó en el interior de la provincia de São Paulo, en las ciudades de Santa Rita do Passa Quatro y de São José do Rio Pardo, iniciadas formalmente en 1949 y 1950, respectivamente y finalizadas a mediados de 1956; la otra experiencia se considera la de mayor éxito de la AIA en Brasil, o sea, la creación de la Associação de Crédito e Assistência Rural (ACAR)3 en diciembre de 1948, con la cooperación del gobierno de Minas Gerais.
La experiencia de la ACAR se expandió en las décadas siguientes por todo el territorio nacional, durante y después del gobierno de Juscelino Kubitschek (1956-1961).
Elaboración del autor con la colaboración de Everton Gabriel Bortoletti
Las experiencias del SAPS, de Santa Rita y São José, así como otras pequeñas actividades, generalmente no son abordadas por la producción bibliográfica que trata sobre el tema.
Así, un importante momento de la negociación y adecuación entre una agencia internacional e instituciones brasileñas se deja de lado.
Como consecuencia, la bibliografía evidencia los consensos establecidos, pero se borra muchas veces el proceso anterior de negociación y los posibles conflictos.
Un ejemplo sería el argumento defendido por la periodista directamente vinculada a la AIA, Martha Dalrymple, que es retomada por otros autores, como Cary Reich y José Paulo Ribeiro.
Todos ellos sostienen la aceptación de representantes brasileños con relación a las "ideas de Nelson Rockefeller" (Dalrymple, 1968; Reich, 1996 y Ribeiro, 2000).
En este apartado, se analizan las negociaciones entre la AIA y las administraciones provinciales o municipales en dos provincias brasileñas, São Paulo y Minas Gerais: en la primera provincia, los programas desarrollados en dos ciudades, Santa Rita do Passa Quatro y São José do Rio Pardo, se proponían articular tanto la administración provincial como la municipal, y también hacendados y empresarios.
En definitva, era un acuerdo con el ayuntamiento de estos municipios que se prorrogó posteriormente, requiriendo el apoyo de la administración provincial.
Por su parte, Minas Gerais inició su programa de manera inversa, o sea, constituyendo un programa a nivel provincial y buscando ampliar cada año geograficamente su radio de actuación con el apoyo de los ayuntamientos.
Otra diferencia reside en el hecho de que en el interior de la provincia de São Paulo, la actuación de los programas se realizó por una oficina de la AIA, que reunía los recursos de la agencia filantrópica y contaba con el apoyo de administraciones provinciales, municipales y de empresarios.
En Minas Gerais, una agencia compuesta de una Junta de Administración mixta, involucrando tanto técnicos norteamericanos como brasileños, pero, también, políticos brasileños, se organizó y reunió los esfuerzos de la AIA y gubernamentales para la modernización de la agricultura.
La experiencia paulista (de São Paulo) se ha limitado a la instalación de dos oficinas en las ciudades citadas y finalizó sus actividades en 1956 por falta de apoyo financiero y político.
Minas Gerais, empero, inició con un pequeño programa que fue ampliado, alcanzando la mayor parte del territorio del estado al inicio de la década de 1960.
Si las experiencias paulista (de São Paulo) y mineira (de Minas Gerais) de actuación conjunta entre la AIA y los gobiernos locales poseen semejanzas en lo que se refiere a la adopción de prácticas involucradas en la agricultura, también se sabe que el proyecto mineiro se llevó adelante en el sentido de la nacionalización durante el gobierno del presidente Juscelino Kubitschek (1956-1961).
Con vistas a exponer el programa paulista para, enseguida, abordar las posibles diferencias y semejanzas entre los programas, este tópico discutirá como existía una diferencia entre la visión de trabajo de la AIA y de los gobiernos locales que resultó en la extinción del programa en 1956.
En otras palabras, la elite política de la provincia de São Paulo entendía que la estructura de investigación agrícola existente desde antaño ofrecía condiciones para emprender un proceso de modernización de la agricultura; sin embargo, la AIA legitimaba su actuación tratando de demostrar que existían diversos problemas para solucionar desde la cuestión de un posible agotamiento de los recursos naturales hasta las técnicas y tecnologías aplicadas al proceso de producción agrícola.
No obstante, los discursos de la AIA y de los representantes locales se asemejaban durante los primeros años de los programas desarrollados en Santa Rita do Passa Quatro y en São José do Rio Preto, principalmente en el gobierno de Adhemar de Barros (1947-1951) y en parte del período en que Lucas Garcez (1951-1955) estuvo frente al poder ejecutivo provincial (Cotta, 2008, p.
En tanto, los proyectos de expansión e intensificación de estos programas van alejando a los actores, haciendo que la actuación de la AIA se centre cada vez más en la provincia de Minas Gerais, mientras que los paulistas se apoyan en sus programas preexistentes4.
La conclusión de un programa experimental de la AIA, intitulado Livestock and parasite control investigations and demonstrationsy, que actuaba en diversas provincias, entre los cuales figuran São Paulo y Minas Gerais, garantizó que la continuidad de estas actividades fueran realizadas por otro proyecto, el de número 8, intitulado Brazil, community services program.
Este proyecto se inició en Santa Rita do Passa Quatro, pero también originó el acuerdo con el gobierno de Minas Gerais, que a su vez posibilitó la reacción de la ACAR el 6 de diciembre de 1948.
A pesar de que en 1946 la AIA estableció una oficina central en la provincia de São Paulo, administrada por Robert Hudgens y teniendo como principal responsable técnico el norteamericano John B. Griffing, que dirigió la Escola Superior de Agricultura e Veterinária, en Viçosa (Minas Gerais), entre 1936 y 1939.
El 1 de agosto de 1948 se iniciaron las negociaciones entre la AIA y el ayuntamiento de Santa Rita con la intención de establecer un proyecto cooperativo.
Las negociaciones involucraron no solo el alcalde sino que también los hacenderos de la región.
Con estrategia de convencimiento, la AIA realizó ensayos demostrativos (demonstration work) supervisando el control de las garrapatas bovinas el 29 de agosto de 1948; pocos días después, el 4 de septiembre, se firmó un acuerdo de asistencia técnica entre la agencia, el ayuntamiento de Santa Rita y los hacendados locales (AIA, 1949, s. p.), incluyendo, posteriormente, otras agencias.
Con relación a las negociaciones políticas, si el inicio de la década de 1950 fue marcado por la posibilidad de consonancia de proyectos, a la mitad de la misma década los anhelos del AIA y de los políticos del estado se distanciaron.
Por ejemplo, el 21 de diciembre de 1951 la AIA firmó un convenio con las Secretarías de Educación, Salud y Agricultura de la provincia de São Paulo para dar continuidad a los programas de cooperación técnica en los municipios de Santa Rita y São José (From Walter Crawford to Wallace Harrison, 1954, p.
Previsto hasta el 31 de diciembre de 1956, el acuerdo dejaría para la Secretaría de Agricultura la responsabilidad de realizar proyectos como clubes de economía doméstica e implementación de silos-trinchera.
De la misma manera, las demás secretarías mantendrían los proyectos, y, tal como el primer proyecto, deberían posibilitar un proceso de expansión de estas actividades para otros municipios de la provincia.
A su vez, la AIA dispondría la orientación técnica para las actividades agrícolas desarrolladas en los dos municipios, así como, en otros, si se ampliase el área de actuación.
Con esto, la AIA podría diseminar y orientar en otros municipios las "técnicas modernas de agricultura como aquellas demostradas en Santa Rita y São José".
Las actividades se mantendrían por la AIA por tiempo suficiente hasta que la Secretaría de Agricultura pudiese asumir las responsabilidades de la continuidad del proyecto.
Sin embargo, el 11 de mayo de 1954, Mr. Crawford declaró: "las agencias de la provincia no han cumplido con su parte del acuerdo, que era para expandir el trabajo hecho por la AIA en Santa Rita y São José hasta otros veinte municipios".
Tampoco "hay otros municipios de que serán capaces de hacerlo".
En función de esto, Crawford negoció para que los programas fuesen realizados por las tres secretarías mencionadas, solo por un periodo de dos años (From Walter Crawford to Wallace Harrison, 1954, p.
Incluso colaboradores de Nelson Rockefeller, como Renato Costa Lima, crearon dificultades para los trabajos de la AIA, de acuerdo con João Napoleão Andrade (Andrade, 1982, p.
De esta forma, si el gobierno de São Paulo no demostraba actitudes de apoyo conforme el deseo de la AIA, los miembros brasileños de la ACAR y el gobierno de Minas Gerais estaban "ansiosos por continuar y ampliar la labor" (From Walter Crawford to Wallace Harrison, 1954, p.
Así, propondrían, la apertura de diez nuevas oficinas locales y una oficina regional por año.
En consecuencia a eso, la actuación de la AIA en la mitad de la década de 1950, estaba cada vez más direccionada para que los gobiernos locales cuidasen los proyectos iniciados por la agencia, principalmente en São Paulo.
También, con la reducción del presupuesto para 1955-56, la acción de la AIA estaría posiblemente más concentrada en actividades que pudiesen llevar adelante sus objetivos de desarrollo.
Aguardando por la aprobación del acuerdo, Renato Costa Lima sugirió que las operaciones de la AIA siguiesen adelante en conjunto con la Secretaría de Agricultura.
Según Henry Bagley, no obstante, para la AIA, la entrada de un nuevo gobernador en las elecciones y la nueva composición de la Asamblea Legislativa dejarían dudas en cuanto a la continuidad del proyecto (From Henry Bagley, 1955, p.
Como forma de resaltar los resultados de su trabajo, la AIA necesitaba apoyo político adecuado para demostrar la real diferencia entre tradicional y moderno.
Y, el programa de Minas Gerais traería mayores resultados, haciendo que en 1956, refiriéndose a los programas paulistas, la AIA "no quería poner más dinero en ellos" (From Henry Bagley, 1955, p.
Al contrario de la imagen de São Paulo, en cuanto la provincia brasileña más desarrollada económicamente, Minas Gerais, en cambio, se amparaba simbólicamente en una autorepresentación de "estagnación económica", y los vientos de la industrialización que soplaban con uno de los presidentes de Minas, João Pinheiro (1890, 1906-1908), fueron retomados con mayor intensidad con el fin de la Segunda Guerra Mundial, articulando la agricultura a la necesidad de crecimiento industrial.
Como ejemplo, el Gobierno de Milton Campos (1947-1950) desarrolló actividades relacionadas con la producción agrícola y de investigación como la institución de la Universidade Federal de Viçosa (antigua Escola Superior de Agricultura e Veterinária, la ESAV), la Escola Média de Agricultura, entre otras.
Otra iniciativa fue el establecimiento del Ensino Agrário Ambulante, durante el gobierno de Milton Campos, que "desarrolló trabajo discreto, pero eficiente, yendo a las más lejanas regiones del estado, llevando al medio rural grande cantidad de pequeños implementos agrícolas, nociones técnicas de agricultura y pecuaria, películas educativas, medicinas y asistencia médica" (Dulci, 1999, p 78).
Sin embargo, actividades semejantes fueron desarrolladas por la ACAR que, en poco tiempo tuvo un mayor alcance que el Ensino Agrario Ambulante.
Por lo tanto, la ACAR representó la necesidad de las elites mineiras al llevar adelante un proceso de industrialización que estaba mejor consolidado en São Paulo.
Si un análisis tradicional puede apuntalar que el proceso de modernización agrícola es externo, o sea, inicial con el acuerdo de la AIA y el Gobierno de la Provincia de Minas Gerais, la discusión aquí propuesta parte del principio que, al revés, existían procesos de modernización de la agricultura iniciados en Minas Gerais – con énfasis en la industrialización – durante la primera mitad del siglo XX.
Una de estas experiencias, de la segunda mitad de la década de 1920, fue realizada en la ESAV, que vendría a ser llamada posteriormente de Universidade Federal de Viçosa.
El proceso de industrialización, por el cual se entiende también el papel de la agricultura en este proceso, fue desarrollado a lo largo de las primeras décadas del siglo XX.
Así, el argumento de este trabajo apunta que la propuesta de Nelson Rockefeller no era totalmente rara al escenario político y económico mineiro.
La articulación entre agricultura e industria en Minas Gerais encuentra en las diversas corrientes políticas de la provincia una forma de explicación.
Entonces, de forma subyacente a esas corrientes, se podría pensar en tradición agraria mineira, que de acuerdo con José Murilo de Carvalho, "puede ser vista como ibérica": "tomándose el vocablo como significado, en el mundo privado, apego a la tradición, a la jerarquía, a la religión, a la familia, a la moderación, al trabajo."
Estas representaciones persistentes en lo que se refiere principalmente al mundo rural mineiro, son complementadas con otras características en el espacio público, aún de acuerdo con el autor: "aceptación de papel predominante en el Estado en relación a la iniciativa individual, énfasis en la cooperación en oposición a la competición, aversión al conflicto, tendencia para resolver las divergencias por arreglos consensuados, preferencia para la conservación en vez de cambio."
Representantes de esta tendencia, predominante entre la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, serían Silviano Brandão, Venceslau Brás y Bias Fortes.
Con ellos, el mantenimiento del orden agrario no representaría exactamente industrialización.
Sin embargo, no fue esta elite agraria o sus representantes los que introdujeron los proyectos de modernización de la agricultura en aquel estado.
Irónicamente o no, sería otra tendencia – más urbana e industrial que tendría en João e Israel Pinheiro y Juscelino Kubitschek expresión de destaque –, la responsable de iniciar e intensificar este proceso.
Estos políticos tendrían la conciliación con las elites agrarias, la base para la implementación de un modelo de modernización industrial en Minas Gerais.
João Pinheiro, presidente de la provincia de Minas Gerais por un pequeño período en 1890 y entre 1906 y 1908, "aunque se haya llegado a un acuerdo con los propietarios rurales y se haya basado parte de sus propuestas en la modernización de la agricultura, a través del uso de nuevas tecnologías, traía también planes de industrialización."
68) Así, João Pinheiro, que tenía como interés principal el proceso de industrialización, se convirtió en un referente en los procesos de modernización de la agricultura.
Después de caracterizar el período como "crítico", principalmente por la interpretación de estancamiento económica del estado, João Pinheiro organizó en 1903 el Congreso Agrícola, Industrial e Comercial.
Así, la idea de recuperación económica fue desarrollada por las elites mineiras con la intención de emprender un plan de desarrollo económico y social, buscando evidenciar que la provincia de Minas Gerais había declinado económicamente después del ciclo del oro.
El siglo XIX, entonces, fue interpretado por el concepto de "estagnación" (Dulci, 1999, p.
39) En las décadas de 1930 y 1940 esta idea fundamentó las acciones de la política económica, Benedito Valadares, interventor nombrado por Getúlio Vargas entre 1933 y 1945 "fue responsable, en materia de política económica, del inicio de un cambio definitivo de Minas hacia la industrialización".
De esta forma, después de la crisis de 1929 "la provincia tenía que encontrar nuevas fuentes de riqueza, la misma preocupación de João Pinheiro" (Carvalho, 2005, p.
Valadares tuvo en su administración el apoyo del ingeniero Israel Pinheiro, hijo de João Pinheiro.
Israel inició su carrera política a nivel provincial cuando asumió la Secretaria de Viação, Obras, Agricultura, Indústria e Comércio de Minas Gerais, nombrado por Valadares en 1934.
Israel Pinheiro fue responsable de la división de esta secretaría – una de Viação e Obras Públicas y otra de Agricultura, Indústria e Comércio – y posteriormente organizó y presidió la Companhia Vale do Rio Doce, invitado por Getúlio Vargas en 1942 (Pinheiro Filho, 2005, pp. 8-9).
De acuerdo con Otávio Dulci, la búsqueda de nuevas fuentes de recursos y las necesidades de desarrollo "fueron inspiradas por dos imágenes distintas de la economía de la región y su integración al sistema nacional.
Inicialmente dominado, el diseño de una economía altamente diferenciada con una agropecuaria fuerte como base de una industria que se quería agilizar".
La idea de especialización productiva ganó importancia en un segundo momento, cuando "los esfuerzos se centraron en la industria en expansión, y dentro de este, en el sector de bienes intermedios" (Dulci, 1999, p.
De esta forma, si el gobierno del interventor Valadares influyó en el proceso de industrialización, un antiguo opositor de Getúlio Vargas y elegido gobernador por la União Democrática Nacional (UDN), Milton Campos, dio continuidad a este proceso cuando en su gobierno fue elaborado el "Plano de Recuperação Econômica e Fomento da Produção", en 1947.
La iniciativa del gobierno Milton Campos se tornó "la primera experiencia de macroplanificación en escala regional en Brasil".
Este plan, "por sus orientaciones centrales, sobre todo el énfasis en la modernización equilibrada de la industria y de la agricultura, la traducción de lo que se podía llamar modelo udenista de modernización, en contraste con el modelo pessedista, que se realiza a continuación con Juscelino Kubitschek" (Dulci, 1999, p.
Si el argumento de Dulci distingue los modelos de desarrollo udenista y pessedista, la creación de la ACAR representó una continuidad entre el gobierno de Milton Campos (UDN – 1947-1950) y de Juscelino Kubitschek (PSD – 1951-1955), que nacionalizó el programa durante su mandato como presidente (1956-1961).
Según el agrónomo y extensionista José Paulo Ribeiro, el responsable de la continuidad del programa fue João Napoleão de Andrade que había convencido al gobernador Juscelino Kubitschek: "al comienzo de su mandato, el gobernador Kubitschek, influenciado por personas o grupos, estaba por decidir si terminaba o no con la ACAR".
De esta manera, "antes de tomar la decisión final llamó al Palácio da Liberdade a su amigo de partido John Napoleón Andrade, con amigos en los Estados Unidos, explicándole lo que pensaba y solicitando que el mismo estudiase el tema."
Durante la Guerra, Andrade estuvo en los Estados Unidos, ya que su familia era exportadora de cristal de roca y, "durante su estadía en aquel país, tuvo la oportunidad de conocer el servicio de extensión rural y otros servicios de apoyo a la agricultura, pues, como hacendado en el municipio de Sete Lagoas, estaba interesado en el tema."
Ante las consideraciones del emisario João Napoleão de Andrade, Kubitschek sería no solo seguido con el programa ACAR, sino también apoyando totalmente la iniciativa (Ribeiro, 2000, p.
Más que una iniciativa aislada, es necesario pensar que la permanencia de la ACAR se conciliaba con los proyectos de las dos corrientes políticas.
Esto porque la agencia minera evidenciaba un tono conciliador entre los dos proyectos: si para los udenistas los programas de la AIA desarrollados en Minas Gerais representaban la modernización de la agricultura en una relación que podría volverse más empresarial, en el sentido de que el productor rural pasaría cada vez más a diversificar la producción, para los pessedistas estos programas no influirían en la estructura agraria.El programa extensionista nació de la relación con los pequeños agricultores, en la década de 1960, por ejemplo, la Extensión Rural pasa a ser utilizada como instrumentos de los grandes propietarios.
IMPACTOS PARA LOS AGRICULTORES Y REORIENTACIONES
Mientras que la noción de industrialización se articulaba a la agricultura, el medio rural todavía era caracterizado por la ACAR como un espacio a ser modificado.
Así, en la década de 1950, con el inicio de los trabajos extensionistas, "el hombre rural" era interpretado como "retraído y de naturaleza sospechosa, aislado en su medio ambiente por la falta de medios de comunicación y de intereses comunitarios".
Este hombre "ha vivido al margen del progreso agrícola".
Si la ACAR diagnosticó el medio rural de tal forma, esas condiciones, de todo modo, serian culturales y, por lo tanto, posibles de sufrir modificaciones.
En esta línea se concebía que, "por una reacción psicológica natural, [el agricultor] no se apresuraba en abandonar los métodos de trabajo de rutina y anticuados".
Y eso no solo se daba apenas por una resistencia natural, sino también "por la deficiencia de los métodos de orientación y enseñanza que se han aplicado a las zonas rurales" (ACAR, 1959, p.
Se ha evaluado, entonces, que con métodos adecuados, "nuestro hombre rural" cada vez más se ha "demostrado dispuesto a avanzar y ampliar sus conocimientos".
Así, el "hombre rural quiere progreso", sentenciaría un informe del ACAR (ACAR, 1957, p.
Fueron muchos los intentos de hacer que el agricultor mineiro "progresara".
Ajustar estos métodos de trabajo y tecnología sería de fundamental importancia para que el hombre del campo alcanzara estos objetivos.
Mientras que al principio de los años 1950 el crédito y la asistencia técnica constituían el principal modelo de actuación, supervisando la atención de pequeños propietarios, a fines de aquella década los objetivos eran más osados: la "educación tecnológica impulsa el progreso" (ACAR, 1960, s.p.), o sea, a través del trabajo de las agencias como la ACAR podría ser posible alcanzar determinados objetivos económicos y sociales.
Por ello, el término "progreso" significaría un estado ideal a ser alcanzado, es decir, "zonas rurales totalmente desarrolladas, habitada por gente educada con un nivel de vida razonable" (ACAR, 1959, p.
48), necesitando acabar con posibles trabas: "a veces, el aumento se logra por los agricultores en la producción de cultivos [...], a veces la satisfacción de una ama de casa cuyos hijos tienen salud y apariencia, a veces una mejor vestimenta, hecha por manos una vez inhábiles y rudas, hoy ágiles y caprichosa, ahora la construcción de una vivienda en sustitución a una cafua aún indigna hasta de este nombre" (ACAR, 1959, p.
Les cabía a los agentes de la ACAR "la introducción en el medio rural de las prácticas modernas de agricultura y economía doméstica" y esto implicaría "la adopción de equipos y elementos a veces desconocidos" de parte de los agricultores.
Teniendo en cuenta que no habían elementos disponibles o que los mismos eran considerados muy costosos, la ACAR entonces "se compromete en comprar en las fuentes de producción, otorgándoselo a los agricultores a un bajo costo" (ACAR, 1959, p.
Los principales productos eran filtros de agua, fertilizantes químicos, semillas seleccionadas, insecticidas, pulverizadores y máquinas agrícolas.
Con el espiritu de superar el aislamiento de las poblaciones rurales, la ACAR trató de introducir una serie de actitudes objetivando el desarrollo de la agricultura.
Teniendo como objetivo acercar a los agricultores a las propuestas de la ACAR en este período, la manera adoptada para iniciar un proceso de cambio fue la introducción de elementos técnicos y/o tecnológicos también para los jóvenes, que serían considerados elementos de conducción del proceso de cambio social (ACAR, 1959, p.
De acuerdo con la propuesta de la ACAR, fue necesario articular un trabajo que integrara la Extensión de las áreas de la salud y educación (universidades y escuelas) y que fuera realizado en colaboración con los gobiernos municipales, provinciales y nacionales.
En otras palabras, si en las relaciones "macro" la gran cuestión estaba en como vencer las resistencias políticas para iniciar y legitimar el trabajo, como fue el caso del SAPS o de las experiencias paulistas, en un nivel "micro", lo que se pondría en escena eran las discusiones sobre cómo conducir un proceso de cambio social.
"Se trata de un personal autorizado para ello", por ende, "consciente de su misión que lleva a las familias rurales de los logros modernos de la ciencia y de la técnica, la investigación y la experimentación en el campo de la agricultura y de la economía doméstica" (ACAR, 1959, p.
La que se tornó símbolo del trabajo extensionista de la ACAR seguía el modelo norteamericano y era constituida por dos agentes, generalmente un técnico agrícola o ingeniero agrónomo y una persona con instrucciones en economía doméstica, teniendo en consideración la dificultad en contratar profesionales con formación en Economía Doméstica en Brasil.
Sumado a eso, estaba el famoso Jeep: "dos extensionistas y un jeep" era la frase que demostraba un ideal para los extensionistas, por encima de cualquier otra cosa.
La relación propiedad-hogar estaba contemplada en las actividades específicas de los extensionistas y ellos eran llevados a las lejanas propiedades rurales con el auxilio del Jeep Willys, muy utilizado en la Segunda Guerra Mundial.
Ese modelo experimentado a lo largo de la década de 1950 – con contornos fuertemente civilizadores, tanto por la tradición del FSA como del extensionismo – y con profundas alteraciones en las décadas siguientes, no fue aceptado sin resistencias.
Aunque a nivel provincial la AIA contase con el apoyo del gobierno mineiro para la creación de la ACAR, a nivel local las relaciones se establecieron de formas variadas.
Son muchos los ejemplos de que el trabajo fue bien recibido por entidades representativas de los productores rurales, por políticos y por la Iglesia Católica.
No obstante, con la apertura de diversas oficinas cubriendo gran parte del estado de Minas Gerais, aun en la década de 1950, el poder local también marcó el compás de las actividades de crédito y extensión rural.
Inicialmente, la profesión de ingeniero agrónomo en Brasil se formó bajo un clima de "apoliticismo" y "neutralidad", ubicándose como clase reunida en torno de los ideales de modernización de la agricultura.
Aún en el inicio del siglo XX, la opción de los agrónomos para la aplicación de los conocimientos considerados modernos, no estaba hecha para una pequeña propiedad.
En la segunda mitad del siglo XX, ese modelo se ajustó a las nuevas necesidades de producción y mantenimiento de la estructura agraria.
Así, emergen diferencias que apuntan cada vez más al argumento de que los programas agrícolas no fueron simples modelos importados, pero, reformulados.
Un ejemplo de ello, es que el trabajo extensionista en los Estados Unidos estuvo cada vez más vinculado a la intensificación de la capacidad productiva de determinadas áreas – como en el ideal norteamericano de transformar el desierto en jardín – sobre todo de pequeñas propiedades afectadas por la erosión, evento muy común, principalmente después de 1929.
La aplicación de los ideales extensionistas en Brasil, mientras tanto, buscó adaptarse a las condiciones locales de la estructura agraria.
Solo al final de la década de 1950 el tema de la reforma agraria ha sido introducido en ACAR, posiblemente porque eran tiempos en que esa discusión tomó formas irremediables a nivel nacional, principalmente en los años que antecedieron el golpe militar de 1964.
Si en 1961 el Presidente de la República invitó a los "eminentes patricios" de la ACAR, para unirse al ex gobernador y entonces senador Milton Campos, a hacer parte de una comisión de trabajo para estudiar el Estatuto da Terra (Libro de Actas, 1961, s.p.) la ACAR poco se involucró para modificar la estructura agraria en el periodo estudiado.
Por otro lado, también sería equivocado pensar que, en este periodo, la actuación de la agencia fue vinculada a los latifundistas, lo que fue, de hecho, más frecuente después de 1964, bajo el control de los militares sobre el sistema ABCAR.
Es posible afirmar que, en la década de 1950, el poder local trató de ajustarse al programa de Crédito y Extensión Rural a las condiciones históricamente establecidas en determinadas comunidades.
En otras palabras, la ACAR y los representantes del conocimiento técnico, en contacto con grupos políticos, económicos y religiosos, necesitaron negociar para legitimarse y hacer efectivo sus programas de acción.
De acuerdo con el antropólogo norteamericano Charles Wagley, Minas Gerais era caracterizada por ciudades con una población de menos de cinco mil habitantes, lo que favorecía el prestigio religioso, fruto de su formación histórica (Wagley, 1965).
Primeramente, la ACAR estableció una disciplina rígida sobre sus técnicos.
Actuar políticamente era prohibido a todos los extensionistas, bien como otras reglas eran destinadas exclusivamente a las mujeres: vestir pantalones largos, no fumar o incluso casarse.
La religiosidad no se constituyó en regla, pero, también provocó conflictos, como se verá adelante.
Los mecanismos de control ejercidos fueron introducidos por los norteamericanos.
Según la psicóloga Rita Hilarina Gomes Nelson, "ellos eran muy exigentes, querían que todo estuviera [hecho] bien.
Cuando trabajábamos, nosotros íbamos a las propiedades y no podíamos aceptar almuerzo ni regalos, eso era prohibido.
No podíamos involucrarnos con política, era apenas trabajo mismo" (De Paula, 2005, p.
Los representantes locales no dejaron de auxiliar el trabajo de la ACAR.
El alcalde de la ciudad de Poté, João Ferreira de Oliveira, por ejemplo, "fue [considerado] el alcalde más progresista, [pues] abrió varias carreteras con máquinas para que la ACAR diera asistencia a los productores."
Otros alcaldes contribuyeron con muebles para diversas oficinas.
La conciliación marcaría las relaciones políticas en determinadas localidades, como en la municipalidad de Candeias.
El alcalde de la ciudad, José Pinto de Resende, miembro de la UDN, "transfirió todo el poder de apoyo al servicio de la ACAR al concejal William Viglioni, entonces perteneciente a la bancada del Partido Trabalhista Brasileiro (PTB), partido de oposición al Alcalde Municipal" (Projeto Memória, 2005c, p.
Nestor Lamounier, ex concejal en la época de instalación de la oficina del ACAR (1955), narró que los concejales "tuvieron que votar un proyecto para liberar recursos destinados a la adquisición de los muebles para la oficina de la ACAR.
El proyecto fue aprobado por unanimidad por la Cámara."
De esta forma, aún de acuerdo con Lamounier "iniciaba allí, con la instalación de la ACAR, el progreso del municipio."
En Santa Lúcia, por ejemplo, la ACAR realizó acuerdos con la municipalidad y comerciantes locales, pretendiendo solucionar el problema de una familia que no tenía acceso al agua potable en su propiedad, desarrollando parásitos: "el compromiso del Ayuntamiento [sería] dar la mano de obra para captación del agua" (Projeto Memória, 2005d, p.
En 1951, en la comunidad de Martins Guimarães, la relación entre la ACAR y la Iglesia Católica era marcada por la colaboración de curas.
De acuerdo con la narrativa de un ingeniero agrónomo no identificado:
Había sólo unas pocas casas y una iglesia y la población local no aceptaba la ACAR porque pensaba que era comunista y que podía llevarles cosas de la población de los Estados Unidos.
Tenían prejuicios en mezclar frutas con leche.
Así que, con la ayuda del cura Guarino, la ACAR hizo una ensalada de frutas y después de una misa el cura "obligó" la gente a comer la ensalada de frutas y beber la leche.
La población con miedo del cura comió la ensalada sin lugar a dudas y acabó disfrutando y perdió el miedo a la mezcla de frutas.
Con esto comenzó a disfrutar de todos los frutos que se estaban desperdiciando (Projeto Memória, 2005a, p.
Por otro lado, no faltaban ejemplos de que muchos conflictos surgieron de la relación entre la política local y la ACAR.
Amenazas de desalojo, cambio de local o de mobiliario sacado, cedido por la municipalidad a la oficina de la ACAR hicieron parte del repertorio.
En el municipio de Poté, la oficina local fue inaugurada en 1955.
El extensionista Odelson Gomes da Silva, más conocido como Deca, relató que "para el cargo de auxiliar de oficina [de la ACAR] hubo un concurso local, y él fue el único que aprobó.
Como era adversario político del Alcalde Omar Afonso, este le dijo que si tomase posesión, llevaría los muebles de la oficina de ACAR" (Projeto Memória, 2005b, p.
Se cuenta, sin embargo, que el alcalde no realizó tal acción.
Volviendo a los documentos de la época, encontramos en un periódico local del pequeño municipio de Paraguassú una noticia bastante curiosa, publicada en 1959.
La noticia se había apurado en decir que la ACAR no cerraría su oficina en el municipio, "Podemos asegurar que es absolutamente infundado el rumor de que la ACAR cerrará su oficina en esta ciudad por falta de interés de nuestras autoridades y de la gente por sus servicios."
Noticia curiosa que al negar, casi confirma los conflictos latentes.
No se tiene la posesión de documentos sobre los desdoblamientos posteriores en la ciudad.
No obstante, son indicios de la complejidad de relaciones entre los representantes y la ACAR, la sociedad y el poder local.
Esa complejidad exigió que, en diferentes municipios, muchas de las acciones fueran reorientadas.
Cuando en el trabajo de campo, objetivando la legitimación frente a los agricultores, los extensionistas necesitaban lidiar con resistencias políticas, religiosas y de aquellos a quien requerían asistencia técnica, los agricultores.
Caracterizado como un estado religiosamente conservador, la figura del cura ejercía gran influencia en el medio rural mineiro, conforme ha señalado por el antropólogo norteamericano Charles Wagley.
En enero de 1954, en el municipio de Machado, el cura Pedro Strabelli fue informado acerca de que la extensionista Zélia Rodrigues, que actuaba en la comunidad, era protestante de la iglesia presbiteriana.
En una demostración de poder sobre "su" comunidad, el cura realizó la denuncia a la ACAR, pidiendo que la misma fuera despedida por no estar de acuerdo con los preceptos religiosos del local.
De acuerdo con el ingeniero agrónomo Domingos Machado, "el cura reconocía el buen trabajo" de Zélia Rodrigues, "pero no admitía su presencia en el municipio por ser presbiteriana".
En ese sentido, Strabelli "pidió a la ACAR la dimisión de la referida empleada y puso la población católica en contra [ella], creando un clima insoportable para el trabajo.
Para solucionar el problema, [Zélia] fue transferida a fines de marzo de 1954" (De Paula, 2005, p.
Aun sin despedir una de sus más expertas funcionarias, la ACAR necesitó ceder, pues necesitaba del apoyo de la Iglesia Católica para realizar sus actividades.
El extensionista Aldo Borges, colega de Zélia Rodrigues, concurrió, por la UDN, al puesto de concejal en el mismo municipio de Machado, contrariando, en realidad, las orientaciones de la ACAR de "no involucrarse con política".
Cuenta la historia que la candidatura del extensionista causó verdadera "convulsión social", una vez que la ACAR se vio vinculada en la disputa política histórica entre dos familias tradicionales de la región.
Según el relato de la época, "el hecho se agrava por disputas políticas entre la UDN y el PSD, que se convirtió en pelea de familia, dividiendo la población de la ciudad: por un lado, el alcalde Gustavo Carneiro Dias, el hermano de la secretaria de la oficina local y jefe de la UDN y por otro, por el PSD, Felicitando Dr. Vieira, colega y amigo del Gobernador y cuñado de la secretaria de la oficina local."
Ese conservadorismo político de grupos locales parece estar latente en el conflicto afrontado por el extensionista de la ACAR.
Sus funcionarios buscaron formas de solucionar la cuestión.
Según el extensionista Geraldo Machado, como forma de evitar conflictos más grandes, la Polícia Militar de las ciudades cercanas fue reunida para intervenir en el conflicto: "el clima político era insoportable y para mantener el orden público el Batalhão da Polícia Militar, con sede en Lavras, fue transferido para el municipio.
La situación llegó a tal punto que el Supervisor Regional cuya oficina tenía su sede en Varginha, no pudo ir más a Machado, con lo cual la oficina no sigue la filosofía de la ACAR."
Aun con la intervención directa de la ACAR, en el momento en que el Directorio se resolvió por la dimisión de Aldo Borges, el acuerdo político entre el entonces gobernador Juscelino Kubitschek con la AIA enfrentó una serie de problemas en función de este episodio.
Así, "después de larga discusión sobre el tema por el Director de la AIA, Mr. Crawford, que vino de los Estados Unidos y el Gobernador de la Provincia, el problema ha sido resuelto, manteniendo la oficina funcionando" con dos nuevos supervisores (De Paula, 2005, pp. 25-26).
Desde la mitad de la década de 1950, la AIA insistía en demostrar la intención de dejar la dirección de los trabajos bajo el dominio de los brasileños, pero, en igual medida, percibían que a ellos les gustaría que los norteamericanos siguieran conduciendo la ACAR: "los miembros brasileños de la ACAR se niegan a admitir a si mismos que AIA nunca va a dejarles que hagan el trabajo de ACAR (From Walter Crawford to Louise Boyer, 1958, p.
La justificación para Juscelino Kubitschek, y otros que también pensaban de esa forma era la de que la ACAR, con los norteamericanos en la dirección, estaría distante de las cuestiones políticas, lo que le daría un aire de "neutralidad".
En la percepción de Harry Bagley, Juscelino Kubitschek "y otros líderes de Minas siempre han insistido en que la manera de mantener la ACAR fuerte, y hacerla más fuerte, es dejar la dirección actual en manos de la AIA [...] [que] se ejecutará la ACAR como un programa técnico, separado de la política" (Excerpts from letter, 1955, s.p.).
Luego, un grupo de brasileños tenía la intención cada vez más fuerte de asumir la responsabilidad.
El sustituto de Crawford, el norteamericano de Nuevo México, Santiago Apodaca tenía una relación conflictiva con el extensionista brasileño Geraldo Machado en función de la diferencia de concepción de administración del ACAR.
Fue exigido, mediante los conflictos, la reorganización de las actividades: Apodaca fue transferido para el ABCAR en 1956, como jefe de la Subdivisión Técnica, permaneciendo como miembro de la Junta Administrativa, pero no en el cargo de Director Ejecutivo, ocupado ahora por Crawford.
Geraldo continuaría como Director Asociado de la ACAR, pero teniendo Crawford y Bagley como una especie de superiores directos, con la intención de ser oídos antes que cualquier decisión fuera tomada.
3) En la opinión de Walter Crawford, "Machado ha demostrado ser deficiente en habilidades directivas y en los aspectos de las relaciones humanas del trabajo" en el momento en que "existe una tendencia aislacionista de los mejores técnicos de ACAR lejos de ABCAR, otros programas estatales y la orientación técnica extranjera" (From Walter Crawford to Louise Boyer, 1958, p.
El presente texto discutió cómo la actuación de la AIA en Brasil se caracterizó por un intenso proceso de negociación entre 1946 y 1961.
Esa agencia heredó un know-how aun en los tiempos de la Segunda Guerra, con el trabajo del Office (la Oficina) y amplió gradualmente sus proyectos y su área de actuación tanto en Brasil como en Latinoamérica, y otros países durante los veinte y un años de funcionamiento de la agencia.
Contemporánea a la emergente ideología de la modernización, la AIA buscó detectar cuales eran los posibles proyectos adecuados para la América Latina, en especial Brasil y Venezuela.
Inspirada en las experiencias norteamericanas de crédito rural, el extensionismo, entre otras estrategias de desarrollo, esa agencia trató de adaptar dichos modelos a las condiciones locales, teniendo en cuenta que, en la visión de la propia AIA, los proyectos que tuvieron éxito en los Estados Unidos también lo tendrían en los países en desarrollo, siempre y cuando fueran adaptados.
Proyectos que involucraron intensos debates (FSA) o un largo proceso de consolidación (Extension Service) en aquel país fueron vistos entonces como una manera de abrir los caminos para alcanzar objetivos semejantes de cambio social, económico y político.
Con eso, la transformación de las sociedades latinoamericanas en naciones democráticas, liberales y de economía capitalista auxiliaría en el mantenimiento o en la ampliación de los negocios económicos y políticos norteamericanos, protegiendo tales intereses de la creciente "amenaza comunista".
Los debates internos en los Estados Unidos apuntaban hacia una posible depresión debido a las altas tasas de producción agrícola durante el período de la guerra y por consecuencia, la apertura de nuevos mercados y la consolidación internacionalista en forma de cooperación internacional podría dar un nuevo aliento para la economía norteamericana.
Nelson Rockefeller sería indicado como uno de los responsables del mantenimiento y de la ampliación de los intereses económicos y políticos en Latinoamérica, aun con el cierre del Office.
Desde esa perspectiva, uno de los instrumentos para la continuación de ese proyecto sería la constitución de una agencia filantrópica, la AIA.
Por otro lado, no se puede dejar de notar que la confianza en la ciencia y la tecnología hace parte del mismo proyecto, en el cual filantropía y difusión de conocimientos técnicos funcionan como sinónimos, y, por lo tanto, se diferencian de prácticas colonialistas.
Sin embargo, tratando de interpretar el proceso no solo como la imposición de determinados proyectos de la AIA para el país, se busca demostrar que los procesos de negociación para la implementación de determinados programas fueron intensos: mientras algunos proyectos recibían mayor apoyo de instituciones o grupos políticos, otros no se desarrollaban de la manera esperada, indicando aquí la importancia de la participación de los diferentes grupos políticos brasileños en el "éxito" o no de un determinado programa.
Por ende, si la AIA encontraba apoyo gubernamental para la fundación de una agencia de crédito y asistencia técnica como el ACAR en Minas Gerais, por otro lado, programas como el SVA o incluso la experiencia paulista no ejerció la influencia deseada frente a los gobiernos federal y paulista respectivamente.
Con eso, al iniciar la década de 1950, la AIA desarrollaba de forma intensificada los programas en Brasil: uno en el interior de la provincia de São Paulo, pautado en el extensionismo rural, y otro en Minas Gerais, con influencia de trabajos en crédito bajo la supervisión de la Farm Security Admistration.
Aunque los programas paulistas tuvieron una buena aceptación al principio, los grupos políticos del estado prefirieron apoyar el mantenimiento de otros programas entonces existentes como la Casa da Lavoura.
En Minas Gerais, por otro lado, el gobierno del estado estableció relación con la AIA para la creación de la ACAR, y aun con dificultades iniciales en la excepción, el programa fue amparado por los grupos políticos justamente por estar en consonancia con los ideales de industrialización en el periodo.
Sin embargo, la estrategia de modernización de la producción agrícola en Minas Gerais presentó resistencias a nivel local, cuando de la ampliación de las oficinas de la ACAR: políticos tradicionales o curas se relacionaron de forma conflictiva, aunque en otras ocasiones los mismos actores locales legitimaron el trabajo de la agencia de crédito y asistencia técnica.
Además, los "paquetes" pensados originalmente no obtuvieron el éxito esperado, como en la ocasión en que los candidatos a mutuarios de la ACAR presentaron un perfil totalmente distinto al pretendido por la agencia y que, sumándose a las dificultades de liberación de crédito para los productores rurales, llevaron la ACAR a la estrategia de "matar hormigas" para "crear buenas relaciones".
La expansión del modelo de la ACAR para otras provincias de Brasil y la creación de la ABCAR involucró un proceso conflictivo con agencias formadas bajo la influencia del Punto Cuatro – del cual contradictoriamente Nelson Rockefeller era uno de los representantes, como el ETA, y casi excluyó la AIA del proceso de fundación de la agencia nacional. |
Caso optassem por quartos particulares, pagariam diariamente 400 réis. |
Escepticismo, teología y ciencia: el caso del movimiento terrestre
La tesis de la omnipotencia divina, según la cual Dios puede hacer cualquier cosa que no entrañe contradicción, fue usada por los teólogos bajomedievales como argumento escéptico contra las pretensiones de conocimiento de los físicos.
La astronomía, una ciencia matemática, se limitaba a construir modelos de datos respetando los supuestos aceptables por la física que a su vez se debían subordinar a la teología.
En el siglo XIV, el teólogo Nicolás de Oresme comparó los argumentos a favor de la rotación terrestre y a favor del giro de los cielos.
Siendo un experto matemático y filósofo natural, concluyó la mayor plausibilidad de la primera hipótesis, aunque el escepticismo teológico lo llevó a considerar esas razones insuficientes y a declarar su falsedad por motivos bíblicos.
La situación cambió en el siglo XVII.
En primer lugar, la Reforma indujo entre los católicos un mayor fundamentalismo; en segundo lugar, los argumentos físicos de Galileo a favor del movimiento terrestre y su refutación del esquema ptolemaico por las fases de Venus hacían insostenible la equidistancia escéptica respecto a ambas posiciones; en tercer lugar, la falta de competencia científica de los actores eclesiásticos llevó a condenar a Galileo y declarar el heliocentrismo falso y formalmente herético.
Decía Hegel que los grandes hechos se dan dos veces en la historia y Marx comentaba que «una vez como tragedia y otra como farsa» 1.
Pero no siempre es así, sino que en ocasiones ocurre al revés y una comedia se repite como tragedia.
Examinaremos los argumentos escépticos contra el movimiento terrestre de los teólogos Nicolás de Oresme por un lado y de Roberto Belarmino y Urbano VIII por otro, con la finalidad someter la filosofía natural a los dictámenes de los teólogos.
La diferente estatura intelectual del primero respecto a los segundos, unida a la amenaza de la Reforma, es lo que convirtió una farsa inocua en una tragedia.
Hacia mediados del siglo XIV, Nicolás de Oresme usó el escepticismo para minar la credibilidad en la ciencia natural y subordinarla a la teología, aunque lo hizo con conocimiento de la ciencia de su época a la que contribuyó notablemente.
Planteó la posibilidad del movimiento terrestre sin pretender hallar la verdad, sino «por diversión» (Oresme 1968, p.
Pero discutió con penetración los argumentos a favor de la rotación de la Tierra o del giro de los cielos, concluyendo la plausibilidad de la primera hipótesis, aunque acabó rechazándola por mor de la Biblia, según la cual el orbe «está seguro y no se mueve» (Salmos 93.1).
Pero casi tres siglos más tarde, el examen del movimiento de la Tierra con nuevos argumentos empíricos y matemáticos por parte de Galileo terminó en tragedia merced a argumentos escépticos y bíblicos de teólogos y papas que poco entendían de cosmología científica.
LA POSIBILIDAD DEL MOVIMIENTO TERRESTRE
La consideración de la posibilidad de atribuir el movimiento diurno a la Tierra en lugar de a las estrellas fue abordada por Juan Buridán hacia mediados del siglo XIV.
En ese momento, no se discutió el movimiento anual en torno al Sol usado por Aristarco de Samos e ignorado por los medievales, sino tan sólo el movimiento de rotación.
Los escolásticos conocían el sistema de Heráclides del Ponto2, según el cual, la Tierra rota en el centro del universo mientras que el Sol gira en torno a ella con Mercurio y Venus a modo de satélites.
En el siglo IX, Escoto Erígena añadió Marte y Júpiter circunsolares.
Esta rotación de la Tierra central es la que discutieron los escolásticos parisinos.
Suponer la rotación terrestre implicaba eliminar el movimiento diario al Oeste común a las estrellas fijas y a las errantes (los planetas, el Sol y la Luna).
En la astronomía ptolemaica, no menos que en la cosmología aristotélica basada en el primitivo sistema de Eudoxo y Calipo (Metafísica XIII, 8), la esfera de las estrellas gira cada día al Oeste y todos los demás astros errantes tienen también este movimiento común hacia el Oeste; de ahí que salgan y se pongan diariamente3.
Pero poseen además un movimiento propio al Este, cada uno según un período particular, lo que hace que sus ortos y ocasos vayan variando día a día.
Pues bien, lo que plantea Buridán es si se pueden salvar las apariencias suponiendo la rotación diaria de la Tierra hacia el Este y eliminando el movimiento común de todos los demás astros4.
Basándose en la relatividad visual, Buridán señala que las apariencias del ciclo nictémero se generan igualmente roten los cielos o la Tierra, siendo un modelo de ello la experiencia de dos barcos que se cruzan en un mar encalmado: «si alguien se mueve en un barco e imagina que está en reposo, al ver otro barco que esté realmente en reposo, le parecerá que el otro barco se mueve»5.
Por supuesto, señala que en el caso de que sea la Tierra y no el cielo la que se mueva, los demás cuerpos celestes mantendrán asimismo sus movimientos propios al Este, más lentos cuanto más alejados del centro, hasta llegar a la esfera de las fijas dotada de la mayor perfección, por lo que le corresponde el reposo.
Al mantener los movimientos propios al Este, se producen los diversos aspectos (distancias angulares) que presentan unos respecto a otros (contra la objeción de Alberto de Sajonia).
De este modo tanto la rotación celeste como la terrestre cubren deductivamente los mismos fenómenos.
La astronomía era una disciplina matemática que no entendía de materiales ni de fuerzas, sino tan sólo de la construcción de modelos que, mediante movimientos circulares y uniformes, permitiesen deducir los fenómenos astronómicos; esto es, «salvar las apariencias».
El asunto de los motores y materiales era competencia de la filosofía natural, por lo que la astronomía debería subordinarse a ella para saber qué supuestos se podían proponer para generar las apariencias6.
Buridán no se ocupa de astronomía propiamente, sino de cosmología y aporta a favor de la hipótesis del movimiento terrestre un argumento armónico y otro metodológico.
El armónico es la disminución de la velocidad de los movimientos propios a medida que se alejan del centro.
La Tierra imperfecta se mueve en el centro con máxima velocidad y los astros la disminuyen cuanto más alejados de ella se encuentran, hasta terminar con el reposo de la esfera más noble de las estrellas fijas.
Por su lado, el principio de economía aconseja mover menos cosas y menores: más fácil resulta mover a la pequeña Tierra que a los cielos inmensos y, mientras que la Tierra es sólo una, las esferas que se ahorran con su rotación son ocho, pues se eliminan las diarias del Sol, la Luna, los cinco planetas y las estrellas fijas.
No obstante estas ventajas, Buridán señala serias dificultades para la hipótesis, esta vez de naturaleza física7.
Una de ellas es el argumento tradicional de que si la Tierra rotase, sentiríamos una resistencia del aire mucho mayor que cuando cabalgamos, ya que París se movería a una velocidad enorme8.
No obstante, la objeción se salva suponiendo que la parte baja del aire se mueve con la Tierra y el agua9, extremo que elimina asimismo un supuesto calor derivado del movimiento, ya que no es el movimiento en sí quien lo produce, sino la fricción con otro cuerpo en reposo.
Sin embargo, hay un viejo argumento físico contra el movimiento diurno que a Buridán se le antoja incontrovertible.
Si se lanza una flecha hacia el zenit, tras el ascenso cae de nuevo a la zona desde donde se lanzó, mientras que si la Tierra se moviese, en el tiempo que tarda la flecha en subir y bajar, el lugar de la Tierra en que se encuentra el arquero se habría desplazado al Oriente una distancia considerable y la flecha caería varios kilómetros al Oeste, cosa que no se observa.
La solución anterior, que el aire se mueve con la Tierra, no es aquí suficiente para anular el efecto teórico, ya que en los tiros de flechas con viento lateral, éste arrastra un tanto a la flecha, pero no a su misma velocidad, con lo que debería seguir apreciándose una desviación a Occidente.
Téngase en cuenta que la idea de inercia como conservación del movimiento sin necesidad de una fuerza continua no estaba aún disponible y que todo movimiento constante es un efecto que exige una causa constante.
De esta manera, la flecha sólo puede acompañar a la Tierra si es arrastrada por el arquero o el aire, y mientras el primero puede hacerlo con eficacia sujetándola rígidamente, el aire sutil sólo ofrece un moderado arrastre, con lo que «el ímpetus violento de la flecha ascendente resistirá al movimiento lateral, de modo que no se moverá tanto como el aire».
En resumen, la experiencia visual no distingue entre ambas posiciones y los argumentos metateóricos de economía y perfección de la quietud favorecen el movimiento terrestre, pero la física de proyectiles refuta la rotación.
Es de notar que Buridán, filósofo natural de la facultad de Artes que no pareció interesarse por pasar a la facultad superior de teología, no prestó atención a cuestiones religiosas, cosa que hizo Oresme.
Éste fue un notable teólogo y matemático que ahondó en los argumentos de Buridán para concluir con una salida de tono, como si el asunto fuese un pasatiempo sin importancia.
Oresme desarrolla su argumentación científica en tres partes10.
En primer lugar, arguye que no se puede demostrar con «experiencia alguna» que no se mueva la Tierra, en segundo lugar, que tampoco se puede hacer tal cosa «por razonamiento» y, en tercer lugar, que se pueden aportar razones (persuasiones) a su favor.
En los dos primeros puntos Oresme añade novedades respecto al tratamiento del problema por parte de Buridán: una refutación de la objeción física del primero y un tratamiento sensible del espinoso problema de las Escrituras.
Comienza refutando los tres argumentos contrarios basados en la experiencia que discutiera Buridán.
El primero, que «nous voions sensiblement» que el Sol, la Luna y muchas estrellas salen y se ponen diariamente (Oresme 1968, p.
520), se elimina recurriendo al modelo de los barcos, pues: «el movimiento local sólo se puede percibir sensiblemente en tanto se vea que un cuerpo se mantiene de manera distinta respeto a otro» (Oresme 1968, p.
522), con lo que la experiencia sólo nos dice que la Tierra y los cielos poseen un movimiento relativo.
El segundo argumento del viento del Este se neutraliza asimismo mediante la suposición de que el aire inferior se mueve con la tierra y el agua, usando también el modelo del barco: en la cabina, dónde el aire se halla encerrado, le parecerá al piloto que el aire no se mueve.
El tercer argumento que había convencido a Buridán, se refuta ahora originalmente ilustrándolo asimismo mediante el modelo del barco.
La idea fundamental es que la flecha posee dos movimientos combinados, uno hacia arriba y otro transversal hacia Oriente.
Pero ahora, frente a lo que creía Buridán, no es que el aire arrastre a la flecha (con lo que ésta se hurtaría un tanto a su empuje lateral), sino que ésta «se mueve al Este muy aprisa junto con el aire a través del que pasa y con toda la masa de la parte inferior del mundo, ya descrita, que se mueve con movimiento diurno» (cursivas añadidas)11.
Por eso la flecha retorna al lugar del que partió, pues todo se mueve a la vez de manera igual.
Esto se puede comprobar en un barco que navegue rápidamente al Este: si movemos la mano verticalmente siguiendo el palo, parecerá que traza una línea recta hacia abajo, cuando en realidad se desplaza simultáneamente de manera lateral.
Lo mismo pasa con la flecha.
Sería un despropósito ver aquí un atisbo de la idea de inercia, pues la Tierra, el aire y la flecha se mueven a Oriente por algún motor no especificado.
Oresme no hace un análisis de las causas, sino sólo de los efectos.
Pero sin duda considera el conjunto de los cuerpos terrestres como parte de un sistema con movimiento común12.
Por tanto, frente a Buridán, Oresme concluye que «no puede haber experiencia alguna que demuestre que son los cielos y no la Tierra los que se mueven con movimiento diurno».
Tampoco hay argumentos de razón contra el movimiento terrestre, como que entonces toda la astronomía y buena parte de la física sería falsa.
La astronomía se sostiene, ya que los aspectos y movimientos relativos son los mismos en ambos casos.
Pero el argumento racional más poderoso, que el físico Buridán no toca pero sí el teólogo Oresme, es que las Escrituras afirman que no se mueve la Tierra13.
Esos textos se neutralizan señalando que sus expresiones se acomodan al modo de hablar de los humanos, como cuando se dice que Dios se enfada o se aplaca, o que las nubes cubren el cielo (Salmos, 146: 8), cuando es el cielo el que está encima de ellas14.
Finalmente y en tercer lugar, Oresme aduce argumentos que favorecen conceder el movimiento a la Tierra, como el recurso a la simplicidad y economía de Buridán.
Recuerda que, según Aristóteles, «Deu et nature ne font rien pour nient», no hacen nada en vano (Oresme 1968, p.
534), por lo que resulta indeseable mover los cielos cada 24 horas, pues de hacerlo así habría que dar a todos los astros dos movimientos contrarios, uno diario al Oeste y otro propio al Este sobre dos ejes diferentes, y además el movimiento común habría de ser rapidísimo.
Por el contrario, el movimiento de rotación de la Tierra es sólo uno y menos rápido.
Además, si se confiere movimiento a la Tierra, se elimina la novena esfera (la del movimiento diario) dejando tan sólo la octava de un grado al siglo hacia el Este para la precesión de los equinoccios15.
Aunque ni la experiencia ni la razón demuestren que se muevan los cielos y repose la Tierra, y aunque haya razones de simplicidad y economía para preferir el movimiento terrestre, todos sostienen, y yo lo creo, que es él [cielo] y no la Tierra el que se mueve: Deus enim firmavit orbem terre, qui non commovebitur, a pesar de las razones en contra, ya que son creencias [persuasions] que no se concluyen de manera evidente.
Pero teniendo en cuenta cuanto se ha dicho, se podría creer que es la Tierra y no el cielo la que se mueve, ya que no es evidente lo contrario.
No obstante, a simple vista, eso parece tan contrario (o más) a la razón natural como todos o muchos de los artículos de nuestra fe.
Así pues, lo que he dicho por diversión [esbatement] puede ser de este modo valioso para refutar y rebatir a quienes quisieran impugnar nuestra fe con razonamientos16.
Así pues, la argumentación de Oresme no se orienta a establecer cuál es la constitución del cosmos, sino a mostrar que el conocimiento del mismo es siempre incierto y sólo cabe argüir científicamente de modo inconcluyente, posición escéptica que sirve de paso para la apología de la fe17.
La diferencia epistemológica de Buridán y Oresme se conecta con sus respectivas áreas profesionales y sus intereses disciplinares.18 Hemos visto cómo Oresme, tras exponer con agudeza los argumentos en favor del movimiento terrestre, termina afirmando arbitrariamente que son los cielos quienes giran basándose en un salmo y en la tradición, aunque creyese que en cuestiones naturales las Escrituras se adaptan al modo de hablar común.
La finura crítica en cuestiones naturales contrasta con la aceptación simplista de la tradición.
No obstante, su escepticismo es genuino, pues tanto el movimiento de la Tierra como el de los cielos no son susceptibles de demostración, sino de persuasión.
Por su parte Buridán, el filósofo natural, diagnostica con agudeza la oposición entre su campo de especialización y el de los teólogos que imponen su autoridad:... algunas personas, deseando dedicarse a la teología, negaron que pudiéramos tener conocimiento de [fenómenos] naturales y morales.
Por ejemplo, no podríamos saber que se mueve el cielo, que el Sol es brillante y que el Sol es caliente, pues tales cosas no son evidentes, ya que Dios podría aniquilar todo eso y no es evidente para ti que quiera o no aniquilarlo, por lo que no es evidente para ti que existan.
O bien incluso podría Dios detener el cielo o quitar la luz al Sol o el calor al fuego.
Finalmente, dicen que no es evidente que sea de hecho blanca la piedra que ves que es blanca, puesto que incluso sin piedra ni blancura Dios puede crear en tu ojo una imagen del todo semejante a la que ahora tienes del objeto, por lo que juzgarías lo mismo que ahora, a saber, que hay aquí una piedra blanca.
De ese modo el juicio sería falso, por lo que no podría ser cierto y evidente y, en consecuencia, ni siquiera ahora sería evidente porque no es evidente para ti que Dios lo quiera o no. (Buridán 2000, 8: 44, p.706 y sig. Cf.
La oposición entre física y teología cristalizó en el siglo XIII con la introducción de posiciones escépticas acerca de las verdades demostradas de la ciencia aristotélica.
Como es sabido, Aristóteles trataba de exponer como conclusiones necesarias lo que le parecía que era el caso, construyendo un marco teórico en el que pretendía poder encajar cuanto creía saber.
Su concepción demostrativa de la ciencia, más propia de la geometría que de la física, consistía en partir de principios indemostrables proporcionados por una inducción infalible19, a partir de los cuales se demuestran lógicamente las conclusiones.
Obviamente hay poca ciencia efectiva de este estilo en el corpus aristotélico que, en su mayor parte, se dedica a la labor dialéctica de desbrozar el terreno mediante la discusión de opiniones ajenas y la propuesta tentativa de las propias.
En cualquier caso, lo que se llamó en la Edad Media la demonstratio potissima partía de los principios universales para demostrar silogísticamente la conclusión, mediante una relación causal necesaria entre la esencia de sujeto y el atributo.
De este modo, la ciencia de los filósofos naturales entrañaba una necesidad que se imponía a las opiniones de los teólogos.
De ahí que se desarrollasen tesis escépticas acerca de la posibilidad del conocimiento demostrativo, a fin de combatir el determinismo en la interpretación de la naturaleza y de la acción de Dios que llevara a la doctrina averroísta de la doble verdad.
Las condenas del obispo Etienne Tempier en París en 1270 y 1277 vinieron a poner fin a la tesis de la doble verdad y al carácter necesario de la ciencia demostrativa, subrayando que la omnipotencia absoluta de Dios podría haber hecho cualquier cosa que no entrañase contradicción, de manera que es condenable afirmar la eternidad del mundo, la imposibilidad de su movimiento rectilíneo o de la pluralidad de los mundos, la unicidad del entendimiento, la pluralidad de los primeros motores, etc. (232 en total)20.
Ciertamente la omnipotentia absoluta se ha limitado a un orden dado concreto (la omnipotentia ordinata), pero tal orden es contingente y no necesario, por lo que no caben demostraciones que coarten la capacidad divina de hacer cualquier cosa no contradictoria.
De este modo, demostrar una tesis física (como la rotación terrestre) entrañaría poder probar que su negación ('la Tierra no rota') entraña contradicción, ya que de lo contrario Dios podría haberlo hecho.
En cualquier caso, el uso teológico de la omnipotencia sirvió para limitar escépticamente las pretensiones de la ciencia más que para alentar la investigación de lo que de hecho la acción divina ha tenido a bien hacer con su omnipotencia.
Cobró entonces relieve la idea de que las pruebas en cuestiones naturales se reducirían a establecer meras conexiones deductivas, no causales, entre ciertas suposiciones plausibles y sus consecuencias.
En 1271, en el momento de las condenas de Tempier, se publicó la traducción de Guillermo de Moerbecke del comentario de Simplicio (siglo VI) al De caelo, lo que puso en circulación la idea de que lo que único que se consigue en física es derivar los fenómenos (salvar las apariencias) a partir de ciertas hipótesis, como en astronomía, «sin afirmar categóricamente que esos diversos mecanismos existen de hecho en los cielos» 21.
Otros diversos factores contribuyeron al escepticismo en cuestiones científicas al final de la Edad Media22, como la postura contraria a la certeza demostrativa expresada en las Summulae logicales de Pedro Hispano, muy leídas desde el siglo XIII al XVI, y especialmente la filosofía de Ockham y el nominalismo que reforzaron en el siglo XIV la oposición de la teología a la presunción de certeza de la filosofía.
El empirismo radical y la oposición al descubrimiento de relaciones causales limitaban el conocimiento natural a la intuición de lo singular, lo que por más que permitiese captar la concurrencia de hechos particulares, no justificaba la inferencia de relaciones causales.
La ciencia demostrativa de la naturaleza no es posible, ya que las verdades que caracterizan al conocimiento científico sólo se dan en el campo de las matemáticas, la lógica, la teología y la metafísica, que es donde se pueden obtener conclusiones necesarias de premisas evidentes.
En la filosofía natural sólo caben enunciados condicionales y meras posibilidades lógicas derivadas de la potentia Dei absoluta.
Por más que a la sensibilidad actual le parezca una buena cosa la negación de verdades incontrovertibles en física y su sustitución por meras conjeturas falibles al gusto de los popperianos, su efecto en las condiciones de la universidad del siglo XIV no fue alentar la indagación natural, sino que llevó a imaginar posibilidades puramente lógicas sin pararse a considerar cuáles son reales (que es lo que les interesará a Copérnico y Galileo unos siglos más tarde), reforzando así el dominio de la teología sobre la ciencia natural.
La amenaza de la condena de cualquier afirmación empírica general pendía sobre los físicos.
Así vemos a Buridán pedir disculpas por su teoría de que, puesto que la Biblia no dice que los astros sean conducidos por ángeles, sus movimientos podrían explicarse por los impetus que les fueron impartidos por Dios en la creación, los cuales se perpetuarían indefinidamente en un medio sin resistencia: «Pero no lo digo positivamente, sino de modo que pueda recabar de los maestros en teología lo que les quepa enseñarme en estas cuestiones acerca de cómo se producen estas cosas...»23.
Buridán, el filósofo natural, confía en los sentidos y la posibilidad de la inducción de los primeros principios indemostrables de la ciencia cuando se observa su cumplimiento en muchos casos (in pluribus singularibus), no siendo ninguno negativo.
Todo ello bajo la hipótesis de que rige el curso normal de la naturaleza (el impuesto por la omnipotentia Dei ordinata), aunque la absoluta pueda romper ese orden cuando le plazca deteniendo el Sol o convirtiendo el agua en vino.
Ex suppositione, pues, «nos es posible comprender la verdad con certeza» 24.
Aunque Buridán consideraba que el conocimiento natural podía progresar indagando las causas naturales en el curso ordinario de la naturaleza, Oresme tendía a subrayar el engaño de los sentidos hasta el despropósito, como al aseverar la imposibilidad de conocer la posición de los astros por la refracción atmosférica, renunciando a investigarla (Oresme 2007), y al borrar la distinción entre natural y sobrenatural: puesto que sólo hay una verdad y la revelación se conoce mejor que la ciencia, la teología impone sus límites a aquélla.
El problema del escepticismo es que acaba incurriendo en la credulidad por falta de criterios epistemológicos.
De ahí que los escépticos mitigados (los radicales no escriben ni afirman nada) acaben creyendo cualquier cosa que les guste.
El escepticismo de Oresme va acompañado de una credulidad sin cortapisas en la tradición.
Por ejemplo, como vimos, el mundo u orbe que no se tambalea de los Salmos es precisamente la Tierra y no el universo, el orbe celeste o cualquier otra estructura que pudiera componer el cosmos; y la ausencia de tambaleo es justamente ausencia de rotación y no de agitación sismológica o de otro tipo.
Su manera de argumentar no es consistente, pues frente a las ciencias ocultas, la magia o la astrología, recurre a argumentos científicos y matemáticos, mientras que frente a las ciencias ordinarias esgrime argumentos escépticos basados en consideraciones teológicas o epistemológicas (Grant 1988).
La magia y la astrología de la que quería defender a su rey no le interesan por diversos motivos particulares25.
A pesar de que niega las operaciones mágicas suponiendo sin ninguna prueba la existencia de causas naturales para sus portentos, al llegar a las ciencias ordinarias, su escepticismo descree de la posibilidad de llegar nunca a las causas e incluso al conocimiento de los datos, como las razones entre los períodos y distancias de los astros.
Su crítica a la astrología servirá de ejemplo26.
El análisis clásico de los factores del movimiento de Aristóteles venía a señalar que los movimientos (V) eran directamente proporcionales a los motores (F) e inversamente como las resistencias (R).
Esa opinión, en principio plausible, chocaba con el resultado indeseable de que, aunque la resistencia fuese mayor que la fuerza, la razón F/R sería positiva.
Para evitarlo, Bradwardine había propuesto una nueva formulación según la cual F'/R' = (F/R) v'/v, donde v'/v es la razón de las razones F'/R' y F/R. Este es el punto de partida del De proportionibus proportionum, donde Oresme desarrolla con originalidad el problema de relacionar razones con exponentes fraccionarios, racionales o irracionales, explicando el modo de manejar cualquier tipo de magnitudes continuas como velocidades, espacios, tiempos, volúmenes, etc. Una de las proposiciones argumentadas (aunque no estrictamente demostrada) es la Conclusión X de la Parte III que afirma que «Dadas dos razones desconocidas, lo más verosímil es que sean inconmensurables, pues si se proponen muchas [razones] desconocidas, lo más verosímil es que cualquiera sea inconmensurable con cualquier otra».
El argumento viene a decir que, a medida que consideremos conjuntos mayores de razones entre enteros (mayores que 1), si tomamos dos de ellas y las relacionamos exponencialmente, aumenta asimismo el porcentaje de exponentes irracionales respecto al de racionales27.
El resultado de este argumento es que, dadas dos distancias atravesadas por movimientos continuos cuyas razones son desconocidas, lo más probable es que sean inconmensurables, y lo mismo cabe decir de los tiempos.
Por ejemplo, si desconociésemos la razón entre los tiempos de dos movimientos uniformes, lo más probable es que los tiempos de esa razón sean inconmensurables, de donde se sigue que es probable la inconmensurabilidad del día y el año, y lo mismo para cualesquiera pares de movimientos celestes (Oresme 1966, pp. 302-303).
En Ad pauca respicientes, por ejemplo, aplica estas conclusiones a la astrología para demostrar que sus predicciones no pueden ser exactas y que por tanto los astrólogos no pueden conocer el futuro.
No se critica que los astros influyan sobre los acontecimientos terrestres, algo que nadie niega en esta época, sino que estos se puedan predecir.
Después de todo, Aristóteles consideraba que las generaciones y corrupciones eran cíclicas (De gen. et corr.
Pero ahora sabemos que los tiempos y los desplazamientos son probablemente inconmensurables, por lo que los aspectos celestes (oposiciones, conjunciones y demás disposiciones angulares) nunca retornan cíclicamente ni en el mismo punto.
Así, la doctrina del Gran año, según la cual cada 36.000 años los astros retornan a las posiciones iniciales reiniciando los cambios cíclicos, no es nada probable.
Los eventos celestes, siendo únicos e irrepetibles, no pueden constituir las prótasis de las predicciones astrológicas.
Las apódosis pueden derivar de aquellas posiciones, pero la conexión no se puede tabular ni conocer.
No obstante, el requisito de que la recurrencia de los aspectos sea predecible con toda exactitud es una exigencia desmedida.
En efecto, desde los caldeos se sabe cómo predecir eclipses de Luna computando las oposiciones del Sol y la Luna (que no tienen por qué ser alineaciones exactas de los centros de los tres cuerpos) y las distancias de ésta al nodo (que no tienen por qué ser nulas).
Aun así, los eclipses y las Lunas llenas y nuevas se predicen aceptablemente bien con mucha antelación, aspecto que afecta a las mareas y posiblemente a los lunáticos28.
Este ejemplo simple de cómo los movimientos sinódicos astrales se repiten cíclicamente y producen sus efectos en la Tierra sin precisión matemática absoluta podría ser tomado como modelo de los influjos astrales posibles que, como las mareas, son efectos físicos de posiciones matemáticamente computables con mayor o menor precisión.
Si «la primera parte de la astrología [esto es, la astronomía de posición] es una ciencia especulativa y matemática, muy noble y excelente», pudiendo ser «adecuadamente conocida, aunque no con precisión puntual», no se ve por qué no se podría decir lo mismo de la astrología, al menos por lo que respecta al argumento de la inconmensurabilidad.
No es de extrañar que el buen rey de Francia siguiera rodeado de astrólogos y que el arte perviviese aún durante siglos.
Sean cuales fuesen lo motivos ideológicos del rechazo de Oresme del movimiento terrestre, la magia y la astrología, ciertamente estudió profunda y originalmente las cuestiones antes de declarar su opinión.
Y si sus compromisos teológicos lo condujeron a negar lo que su razón refrendaba, no dejó de discutir los problemas con pleno conocimiento de causa, algo que no cabe decir de los miembros italianos de la curia a comienzos del siglo XVII.
BELARMINO Y URBANO VIII SOBRE EL MOVIMIENTO TERRESTRE
El segundo acto del escepticismo teológico contra la cosmología científica se produjo a principios del siglo XVII, más de dos siglos y medio después, en un contexto diferente no sólo histórico y político, sino especialmente matemático y físico.
En primer lugar, la astronomía copernicana se había presentado como una reforma realista de la astronomía clásica que hasta entonces no había tenido empacho en vadear las consideraciones físicas para proponer construcciones geométricas capaces de generar los fenómenos.
Con ello, Copérnico atacaba las licencias geométricas ficticias, pues dar una explicación correcta de los fenómenos, salvar efectivamente las apariencias, dependía de partir de supuestos verdaderos, pues sólo partiendo de la verdad, lo deducido de los principios habría de ser necesariamente verdadero29.
Por otro lado, los argumentos de los matemáticos (los astrónomos) no se subordinan a la filosofía ni menos aún a la teología, pues la matemática es una disciplina técnica y precisa que es necesario dominar («las matemáticas son para los matemáticos»).
De ella depende nuestro conocimiento de la realidad cosmológica y no de los teólogos «charlatanes que, aun siendo ignorantes de todas las matemáticas, presumiendo de un juicio sobre ellas por algún pasaje de las Escrituras» (Copérnico 1973, p.
5), se oponen temerariamente a las conclusiones científicas, como fue el caso de Lactancio, apologista célebre pero matemático nulo, quien se reía de quienes afirmaban que la Tierra era esférica30.
En segundo lugar, a principios del siglo XVII, convivían cerca de media docena de esquemas cosmológicos alternativos, cuya comparación y evaluación resultaba insoslayable.
La ficción instrumentalista popularizada por Osiander en su prólogo al De revolutionibus, aunque eficaz para paliar las inevitables conmociones físicas, filosóficas y teológicas del copernicanismo, no podía durar mucho.
Los sistemas de Ptolomeo, Copérnico y Kepler, más los esquemas de Brahe y otros seguidores de Heráclides, (que nunca pasaron de meras ideas y no dieron lugar a una teoría astronómica operativa) podrían ser geométricamente equivalentes, pero no lo eran físicamente, por lo que el principio de relatividad óptica de Oresme ya no bastaba.
Las fases de Venus descubiertas por Galileo mostraban la falsedad de los presupuestos clásicos de la astronomía ptolemaica, mientras que la precisión de la astronomía kepleriana mostraba la superioridad de la ordenación copernicana con los nuevos recursos matemáticos de los movimientos no uniformes y elípticos de sus dos primeras leyes.
A partir de la segunda década del siglo, era inevitable la decisión procopernicana de los astrónomos matemáticos sin ataduras ideológicas como las de los jesuitas, pues de ese modo se aclaraba el orden de los planetas, se eliminaban epiciclos y deferentes atribuidos a los planetas interiores y exteriores por el movimiento de la Tierra, y se explicaban trivialmente muchos detalles misteriosos de los modelos ptolemaicos, como la retrogradación de los planetas exteriores en la oposición y la dependencia de la Luna y todos los planetas del Sol31.
Y no sólo eso, sino que el reto copernicano alentó el desarrollo de una nueva física inercial capaz de acomodar el movimiento terrestre y el comportamiento de nuestros graves y proyectiles, tarea en la que destacó Galileo, quien además explicó algunos efectos observables como resultado del movimiento terrestre32.
Con ello, el problema no era ya el de dar explicaciones causales necesarias (demonstratio potissima) de los fenómenos, sino comparar cómo resolvían los problemas las diversas cosmologías para evaluar cuál era superior.
La situación científica y epistemológica era radicalmente nueva, pero las autoridades eclesiásticas que intervinieron no eran ya escolásticos eruditos, duchos en matemáticas y filosofía natural no menos que en teología, como Oresme o Zúñiga, sino aficionados a la cultura humanística superficial, como Maffeo Barberini, o teólogos fundamentalistas sin formación matemática ni ganas de adquirirla, como Roberto Belarmino.
ASTRONOMÍA BÍBLICA Y ESCEPTICISMO CIENTÍFICO
Galileo expresó su convicción copernicana al final de La gaceta sideral de 1610 y en varios lugares de la Historia y demostraciones sobre las manchas solares de 1613 (Opere III-1, p.
La defensa del copernicanismo contra lo que parece decir la Biblia aquí y allá llevó en Febrero y Marzo de 1615 a las denuncias de Lorini y Caccini33.
La de este último llevó su tiempo y al cabo de un año, el 23 de Febrero de 1616, una comisión de once consultores teólogos sin mayores conocimientos de astronomía dictaminó que la opinión copernicana era científicamente estúpida y absurda («stultam et absurdam in philosophia»), la tesis de quietud del Sol era formalmente herética y la del movimiento de la Tierra, «errónea en la fe» (Opere XIX, p.
Que teológicamente el copernicanismo contradiga o no la letra de la Biblia no nos preocupa ahora tanto como la declaración sin argumentos de que es científicamente falsa, como se publicó finalmente en el Decreto del 5 de Marzo34.
En este momento no se condenó a Galileo, una figura famosa y reverenciada en toda Europa, sino sólo el copernicanismo.
También se prohibieron tres libros que lo defendían, unos hasta su corrección (el de Copérnico y el de Zúñiga) y otro sin paliativos (la Carta de Paolo Foscarini sobre la opinión de los pitagóricos y de Copérnico).
No se mencionaron explícitamente las obras de Galileo, pero «se prohíben, condenan y suspenden» todos los demás libros que digan lo mismo.
Un par de días después del veredicto de los consultores, el Papa ordenó a Roberto Belarmino que advirtiera a Galileo del dictamen y de que por tanto debía abandonar el copernicanismo, cosa que hizo el día 26 de Febrero, sin que Galileo protestara y sin que personalmente tuviera que abjurar ni se le impusiera penitencia alguna (Opere XIX, pp. 321-22; Belarmino 1984, p.
El Decreto no explica las razones por las que el copernicanismo es falso, pero Belarmino, cardenal miembro del Santo Oficio y consejero teológico de la Santa Sede, había señalado algunas pistas un año antes.
El 12 de Abril de 1615 escribió una carta a Foscarini35 en la que señalaba que él y Galileo deberían usar la hipótesis copernicana como una suposición útil y no como una verdad, tal como hiciera Copérnico, porque de esa manera «se salvan mejor las apariencias que con excéntricas y epiciclos» 36.
Con ello muestra no haber leído a Copérnico, pues parece creer que las excéntricas y epiciclos son cosa de Ptolomeo, cuando, como señala Galileo, Copérnico también los usa.
Su contraposición de Ptolomeo con Copérnico no es cualificada.
Tras afirmar que todo lo que dice la Biblia es verdad, aunque no se trate de cuestiones de fe y costumbres, ya que lo dice Dios, señala un tanto incongruentemente que si alguna vez se diese una demostración verdadera del movimiento terrestre, entonces ya verían los teólogos qué hacer con las Escrituras.
Pero no cree que ello sea posible, ya que de que el copernicanismo explique los hechos no se sigue que sea verdad, por lo que haría falta una demostración directa por otros medios.
Obviamente no hay demostraciones de ese estilo en la ciencia empírica.
Galileo respondió a este reto añadiendo a las razones matemáticas nuevas pruebas físicas del movimiento terrestre con su teoría de las mareas.
Pero, como bien señala en el comentario a la carta, su postura como científico no es que se crea que el esquema copernicano es la verdad, sino que no se le niegue lo que se concede al geocentrismo: la posibilidad de discutirlo para comparar los méritos relativos de ambos.
La pretensión de que Belarmino y Pio V se pusieran a estudiar astronomía no era muy realista, pero ciertamente no era justo exigir al heliocentrismo una demostración positiva (aparte de su capacidad explicativa de los hechos) mientras se condescendía con el ptolemaismo que había sido refutado por las fases de Venus.
Que las consecuencias del heliocentrismo sean ciertas no es una demostración de que la teoría sea verdadera, pero «es aún más cierto que el otro sistema ordinariamente aceptado ni siquiera es capaz de dar razón de las apariencias».
No necesitaba leer a Popper para saber que el geocentrismo «es sin duda falso, del mismo modo que está claro que éste [el heliocentrismo], que se corresponde muy bien [con las apariencias], podría ser verdadero» (Opere V, p.
Belarmino ya había hablado de cosmología al comentar los seis días de la creación en sus Lectiones Lovanienses, dictadas de Octubre de 1570 a la Pascua de 1572.
Pero no trató las cuestiones cosmológicas mediante matemáticas y observaciones, sino citando la Biblia que en realidad no se ocupa de la constitución del cosmos, aunque diga de pasada cosas más o menos peregrinas al respecto.
Eso lo llevó a desestimar a Aristóteles y a distinguir tres partes: la atmósfera terrestre, el cielo de los astros y el cielo empíreo de los bienaventurados.
Rechazó la teoría aristotélica del éter incorruptible por las alusiones bíblicas a un único cielo ígneo y fluido37 en el que los astros vagan libremente «con movimiento propio, como aves por el aire o peces por el agua» (Belarmino 1984, p.
19), sin mecanismo alguno que explicase sus movimientos38.
Desde los tiempos de Platón, la astronomía había consistido en reducir los movimientos irregulares de los astros a combinaciones de movimientos uniformes y circulares fáciles de describir y computar matemáticamente.
La idea de Belarmino de que los únicos movimientos reales de los astros son los aparentes significaba renunciar a la astronomía.
Por ejemplo, tradicionalmente el movimiento diario de las estrellas al Oeste se explicaba mediante la octava esfera que giraba uniformemente en torno a los polos celestes, mientras que la precesión de los equinoccios se acomodaba por el movimiento regular de otra esfera con un movimiento de casi un grado al año39.
La ocurrencia de Belarmino de que las estrellas nadan o vuelan libremente sin ser movidas por una esfera de éter, planteaba serios problemas a la hora de explicar por qué giran todas en líneas paralelas al ecuador celeste y con velocidades decrecientes en función de la distancia al polo de giro, como si en realidad estuviesen fijas en una esfera40.
Por otro lado, no veía la necesidad de introducir otra esfera para la precesión porque su período de entre 36.000 y 49.000 años (según el cálculo ptolemaico y el alfonsí respectivamente) le parece «ridículo e increíble» porque «el mundo no va a durar tanto» 41.
Los problemas que plantean las estrellas errantes son todavía mayores.
Tradicionalmente se suponía que los astros errantes (los planetas, el Sol y la Luna) participaban del movimiento diario y regular de las fijas, al que cada uno añadía su movimiento propio al Este.
El Sol caminaba casi un grado diario al Este, recorriendo los signos.
La idea de Belarmino es eliminar la composición de movimientos y decir que el Sol camina al Oeste como las estrellas sólo que un poco más lentamente, con lo que se retrasa respecto a las fijas, idea ya refutada en el Almagesto (Ptolomeo 1984, I.8, p.
46) que no parece haber leído, ya que el movimiento diario y anual se realizan sobre ejes distintos.
Además el Sol recorre la Eclíptica más rápido por el invierno, de manera que los astrónomos no se conformaban con el Sol medio y preferían explicar el movimiento solar mediante una excéntrica o un pequeño epiciclo.
De esta manera, computando los movimientos de las diversas esferas, se podía predecir la posición solar en el futuro, y combinando esos movimientos con los de los diversos círculos de la Luna, se podían predecir los eclipses lunares.
Con astros nadando libres, nada hay que computar.
Por otro lado, como el Sol y en gran medida todos los demás planetas, camina por la Eclíptica, que gira aparentemente con las estrellas, Belarmino supone que el Sol y los planetas trazan espirales a lo largo del año, sin que le preocupe cómo explicar esta conducta común42.
Si consideramos los movimientos aparentes de los cinco planetas, las cosas empeoran, pues sus movimientos son más irregulares que los de las luminarias y presentan estacionamientos y retrogradaciones, esto es, avances hacia Occidente contra el trasfondo de las fijas, cuando normalmente van hacia el Oriente.
Si decimos que se mueven a Occidente ora más despacio que las fijas, ora más aprisa, sin ofrecer una explicación matemática, se acaba la teoría planetaria y la física celeste, pues nada explicaría que los planetas exteriores aceleren en la oposición y los interiores, cada dos conjunciones.
Eso es algo que Ptolomeo hacía a su modo mediante un epiciclo, exigiendo que el radio del epiciclo de los exteriores fuese paralelo a la dirección al Sol medio y, en el caso de los interiores, que el centro del epiciclo estuviese en la dirección al Sol.
Copérnico, por supuesto, lo explica por el movimiento terrestre.
Belarmino no dice nada de las retrogradaciones y difícilmente podría convencer a ningún científico de que siguiese su camino impracticable, consistente en aceptar como reales los movimientos aparentes que no resultan computables43.
Obviamente le importaban más sus lucubraciones filológicas sobre expresiones oscuras de la Biblia que el estudio de la naturaleza.
En las Lectiones Lovanienses no aparece Copérnico y es muy posible que no hubiera oído hablar de él44.
Pero en 1615, tras la defensa galileana del heliocentrismo y sin estudiar el tema, Belarmino no dudó en decirle lo que tenía que creer y lo que podía defender.
El contraste de Belarmino con los teólogos escolásticos como Oresme o Zúñiga, que sabían de qué hablaban, no puede ser más llamativo.
Aunque Oresme acabe creyendo en la inmovilidad de la Tierra, su conocimiento de los argumentos en pro y en contra es notable; por el contrario, la ignorancia matemática de Belarmino sólo es comparable a su seguridad en una pseudociencia inconcluyente45.
Él lo sabe, pues ya señalara en 1570 que no es tarea del teólogo ocuparse de astronomía, pero como hay discrepancias entre los astrónomos, podemos seleccionar la teoría más concorde con las Escrituras.
No obstante, si se tornara evidente que se mueven los cielos y no los astros, «entonces ya se verá cómo interpretar las Escrituras» 46.
Aunque ni él mismo está seguro de sus elucubraciones escriturísticas, ello no le impidió amonestar a Galileo que sí sabía de qué hablaba.
La cuestión no era de argumentos sino de quién debe subordinarse a quién.
En 1621 Belarmino se fue al cielo a averiguar cómo se mueven los astros y un par de años más tarde ascendió a la sede pontificia Urbano VIII que no era teólogo ni matemático, pero amaba la cultura mundana.
Gracias a él, Galileo se decidió a defender el copernicanismo en un Diálogo sobre el flujo y reflujo del mar que creía poder derivar del doble movimiento terrestre.
No obstante, se le prohibió mencionar las mareas en el título y se le impuso un prólogo escéptico en el que se decía que ningún experimento podría decidir sobre el movimiento o quietud de la Tierra, opiniones ambas que el Diálogo debía tratar «de manera inconcluyente».
Este escepticismo impuesto remitía a la potencia absoluta divina, un argumento del que el papa estaba muy orgulloso y que conocemos por su teólogo personal, Agostino Oreggi, a quien llamaba «il mio Bellarmino».
Como el difunto Roberto Belarmino, Oreggi escribió sobre la creación basándose exclusivamente en las Escrituras y la patrística, subrayando asimismo la incertidumbre del conocimiento físico, la seguridad del teológico y los límites que éste impone a la ciencia (De opere sex dierum, 1632; cf. Bianchi 2001, p.
El argumento hubo de introducirse al final del Diálogo por orden expresa del Maestro del Sacro Palazzo, aunque el que apareciera en boca de Simplicio no gustó nada (Opere XIX, p.
El argumento viene a decir que, puesto que la potencia divina es infinita, un efecto dado puede deberse a mil causas que ni siquiera imaginamos, por lo que la ciencia nada puede afirmar.
Los tres grandes argumentos de Galileo a favor del movimiento terrestre eran las retrogradaciones y variaciones de distancia de los planetas (Opere VII, pp. 369-372), el patrón estacional del movimiento de las manchas solares (374-381) y las mareas y los alisios (450-466).
Se trata de tres tipos de efectos derivados del movimiento terrestre.
Pero esos efectos no demuestran nada si no queremos cometer la falacia de afirmación de consiguiente y negar que Dios pueda hacer lo mismo de otra manera.
Por ejemplo, en el caso de las mareas, no cabe dudar de que «Dios con su infinito poder y sabiduría podría conferir al elemento del agua el movimiento recíproco que comprobamos en él de una manera distinta que moviendo el vasto recipiente».
Negarlo sería «limitar y coartar la potencia y sabiduría divinas a una fantasía particular suya» (Opere VII, pp. 487 y 488).
El argumento se amplía un poco en la noticia que da de él Oreggi.
El papa, cuando todavía era cardenal, se lo habría expuesto a un Galileo que pretendía explicar muchos fenómenos con la movilidad terrestre.
Le preguntó si Dios no podría hacer que ocurrieran esas cosas con otra disposición de los astros y, sin esperar una respuesta, arguyó que «si dices que no, deberías probar que implica una contradicción que eso pueda suceder de un modo distinto a como lo has ideado, pues con su potencia infinita Dios puede todo cuanto no implica contradicción»47.
Según esto, sólo se podrían sostener proposiciones formales, como que los ángulos de un triángulo midan dos rectos, cuya negación entraña contradicción, pero no hay cabida para la ciencia empírica.
Lo malo de este llamado argumento es su excesiva potencia, pues puede aplicarse a cualquier afirmación empírica.
El argumento angélico es como la hipótesis de un genio maligno que puede engañarnos siempre, sin que haya refugio en el cogito o en la bondad divina.
No obstante, Galileo busca salir de las garras de la omnipotencia recurriendo a una imagen racional de la acción divina basada en la simplicidad.
Contestando a algunas críticas de Morin tendentes a justificar cualquier posibilidad anticopernicana por recurso a la omnipotencia (Dios podría hacer girar la enorme esfera de las fijas en un minuto, pues «quod qui negat, Dei omnipotentiam negat»48), señala que:
no investigamos lo que podría hacer, sino lo que ha hecho..., viendo que en sus operaciones tiende siempre a los procedimientos más fáciles y simples, por más que su potencia se manifestaría mejor en los más difíciles.
Por ejemplo, podría hacer los huesos de las aves de oro macizo, su carne más pesada que el plomo, con alas diminutas y con las venas llenas de mercurio, con lo que su omnipotencia brillaría más al hacerlos volar; sin embargo ha decidido hacer «los huesos, la carne y las plumas muy ligeras... para enseñarnos que gusta de la simplicidad y facilidad» (Opere VII, pp. 565-566).
Su oposición al argumento angélico queda patente en el Diálogo cuando, ante la declaración de Sagredo de que los argumentos favorables al movimiento terrestre son manifiestamente concluyentes, Salviati dice, siguiendo las indicaciones de los censores, que su intención no era resolver la cuestión del movimiento terrestre, sino «proponer las razones naturales y astronómicas» a favor de ambas posiciones, dejando a cada cual sacar la conclusión pertinente.
Pero se desdice inmediatamente al señalar que «ésta al final no habría de ser ambigua dado que, siendo necesario que una de las dos constituciones sea necesariamente verdadera y la otra necesariamente falsa, es imposible que (manteniéndonos en los límites de las doctrinas humanas) las argumentaciones aducidas por la parte verdadera no se manifiesten tan concluyentes como vanas e ineficaces las contrarias» (Opere VII, p.
En una palabra, no sólo confiamos en el principio de simplicidad en la naturaleza, sino que ante dos posiciones contradictorias (la Tierra se mueve/no se mueve), la falsedad de una entraña la verdad de la otra.
Como se sabe, eso le costó la condena y encarcelamiento de por vida.
Obviamente, el buen papa no aplicaba su argumento al geocentrismo, a la separabilidad del alma del cuerpo o a cualquiera otra de sus doctrinas predilectas, sino tan sólo a las opiniones novedosas que no encajaban con aquéllas.
Por eso no puede considerarse que el argumento angélico sea una tesis epistemológica acerca de la ciencia (Bianchi 2000, p.
Como se ha visto, el viejo argumento de la omnipotencia divina servía para atacar cualesquiera novedades que pusiesen en entredicho las supuestas evidencias de los teólogos: en el siglo XIII sirvió para oponerse a la filosofía de Aristóteles y en el siglo XVII, tras su adopción por la teología católica, para defenderla frente a las novedades copernicanas.
Los escolásticos del XIV consideraron con honestidad intelectual las razones sobre el movimiento terrestre o celeste, las discutieron con los mejores argumentos y, ante la plausibilidad de ambas posturas, Oresme optó cómodamente por la posición acorde con la interpretación tradicional de las Escrituras49.
Todo parecía un juego intelectual sin grandes riesgos.
Pero la comedia se tornó en tragedia cuando los argumentos físicos y astronómicos a favor del heliocentrismo debidos a Galileo obligaron a tomar una decisión teórica que los teólogos de la curia no estaban científicamente preparados para abordar.
No estando dispuestos a volver a la facultad de Artes ni a abandonar la posición de preeminencia que la teología, el saber en el que habían invertido sus años de estudio, pretendía tener sobre la ciencia natural, optaron por el camino más cómodo que les permitía su posición social: la condena de la ciencia y del científico. |
El periodismo médico en la periferia española durante el primer tercio del siglo XX: Aproximación a la biografía y obra de José Sánchez Pozuelos (Murcia, c.
Se estudia la trayectoria biográfica y la contribución de José Sánchez Pozuelos (Murcia, c.
1885-1936) al periodismo médico español del primer tercio del siglo XX, una época que en Murcia, como en el resto de España, fue un período de resurgir cultural y científico manifestado, entre otras cosas, por la edición de numerosas revistas médicas que pretendieron difundir entre los profesionales la producción científica más relevante, nacional y extranjera.
En ese marco el médico José Sánchez Pozuelos, perteneciente a la burguesía murciana que detentaba el poder político local, e identificado con ideologías de carácter conservador y religioso, interesado al mismo tiempo por sacar del atraso a su tierra, fundó y dirigió Murcia Médica (1915-1918) y Estudios Médicos (1920, 1924-34), revistas que se convirtieron en la herramienta de difusión de la actividad de la Real Academia de Medicina de Murcia, pero también de otros profesionales españoles, y de los trabajos más relevantes procedentes de diversas publicaciones nacionales y extranjeras; Estudios Médicos llegó a ser además la revista médica nacional de mayor tirada.
El ambiente de inestabilidad social que precedió a la sublevación militar de 1936 y el enfrentamiento bélico que le siguió truncaron el desarrollo de estas publicaciones y de los profesionales que las impulsaron.
1885 – 1936), hasta ahora desconocido, es un personaje clave para reconstruir la historia del periodismo médico y para comprender las estrategias de comunicación y de divulgación del conocimiento por parte de las instituciones médicas durante el primer tercio del siglo XX.
Sánchez Pozuelos fue fundador, secretario de redacción, redactor y director de Murcia Médica (1915-18), el primer órgano oficial de la Real Academia de Medicina de Murcia, y también fundó y dirigió el segundo órgano de la institución, Estudios Médicos (1920, 1924-34).
En este trabajo estudiamos la biografía de José Sánchez Pozuelos y la estructura y contenidos de Murcia Médica con el objetivo de comprender los esfuerzos realizados en comunidades periféricas, carentes de instituciones académicas o científicas relevantes, por incorporarse al ritmo general de España y Europa.
La revista Estudios Médicos ha sido objeto de estudio con anterioridad (López y Sáez, 2005; Pérez Gómez, 2011), por lo que solo nos referiremos a ella brevemente.
Partimos de la hipótesis de que ante la ausencia de instituciones que den cauce a la actividad científica, cobran relevancia las iniciativas individuales entendidas, claro está, en el marco histórico y social concreto en que se desarrollan (Olagüe, 2005; Carrillo, 2013).
Así cabe interpretar la contribución, en colaboración con otros profesionales, de José Sánchez Pozuelos.
Nacido hacia 1885 ejerció profesionalmente en Murcia, conoció el reinado de Alfonso XIII, la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1931) y murió al final de la Segunda República (1931-1936), en el mismo momento de la rebelión de parte del ejército contra la legalidad republicana.
Las circunstancias de ese periodo histórico marcaron la biografía de nuestro protagonista.
Para lograr nuestros objetivos se ha procedido al análisis de las revistas en las que participó Sánchez Pozuelos y se han utilizado como fuentes de información, además, la prensa diaria y los fondos documentales de los archivos Municipal de Murcia y General de la Región de Murcia.
La aspiración de Murcia de contar con una Facultad de Medicina para formar a sus profesionales y para que sirviera de motor científico, es antigua.
Sin embargo esta aspiración no se vería colmada hasta más de trescientos años después (Marset y Sáez, 2013).
El papel de las asociaciones y academias como impulsoras de la actividad científica en sus orígenes ha sido ya estudiado; por citar solo algunos ejemplos, véanse los trabajos de Rumeu de Armas (1980) o de Capel, Sánchez y Moncada (1988).
En Murcia, desde 1759 cuando apareció la primera Academia de Medicina, hasta 1969 cuando se puso en marcha la Facultad de Medicina, las sucesivas Academias intentaron ocupar ese espacio que la ausencia de la Facultad dejaba libre (Sáez y López, 2005; Sáez, Marset y Pérez, 2013; Sáez y Marset, 2013).
Estas Academias, como también hicieron el resto de las europeas utilizaron las publicaciones periódicas como medio de comunicación entre los profesionales y de difusión del conocimiento médico y de sus propias actividades (López Piñero, 1991).
La obra de Sánchez Pozuelos se inscribe en una trayectoria que se inició en el último cuarto del siglo XVIII, cuando aparecieron las publicaciones médicas seriadas en Murcia.
Las primeras fueron las Memorias editadas por la Academia Médica Murciense de San Raphael, existente en la capital desde 1759 y al menos hasta 1772 (Sáez Gómez, 1992).
En cuanto a publicaciones propiamente periódicas, la primera revista médica aparecida en la Región de Murcia fue La Unión de las Ciencias Médicas que ejerció como órgano de la Academia Médico-Farmacéutica de Cartagena desde enero de 1881 (Ferrándiz Araujo, 1994), casi ciento cincuenta años después de la primera publicación de estas características en España.
La Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia, sin embargo, no contó con un órgano de expresión hasta la iniciativa de Sánchez Pozuelos y otros profesionales a partir de una fecha tan tardía como 1915.
Sus iniciativas coincidieron con la inserción de la incipiente dinámica científica regional en los avatares de la ciencia española, ciencia que alcanzó sus cotas máximas en la Segunda República.
Una manifestación del dinamismo de todo este período fue el periodismo médico que se desarrolló en Murcia.
Entre 1881, momento en que apareció la primera publicación periódica de carácter científico sanitario unos años antes del nacimiento de Sánchez Pozuelos, y 1936, fecha en que murió nuestro protagonista, el periodismo profesional sanitario tuvo en Murcia unos años de auge, con la aparición de un total de 28 revistas, entre las que tuvieron un papel destacado las impulsadas por él (López, Sáez y Valera, 2002).
APROXIMACIÓN A LA BIOGRAFÍA DE JOSÉ SÁNCHEZ POZUELOS
Todavía no tenemos constancia de la fecha de nacimiento de José Sánchez Pozuelos.
Debió de ser hacia 1885, ya que se licenció en Medicina en Madrid en 1909 con la calificación de sobresaliente2.
La Universidad de Madrid, con las de Valencia y Granada fueron los centros donde se formaron los estudiantes murcianos hasta la creación de la Universidad de Murcia en 1915.
Padre de un niño3 y una niña4 en su dimensión privada, su personalidad pública se abrió a diversas actividades de carácter religioso, político (en parte ligada a la anterior), y también lógicamente, a una actividad profesional, científica e institucional como médico.
En lo que a sus actividades religiosas se refiere, le conocemos en 1913 como miembro de la directiva de la asociación católica «Patronato de San José Obrero», junto a otras personalidades, entre ellas el también médico Francisco Giner Hernández5.
Fue además Vocal de la Comisión de la Congregación Mariana del Patronato del Carmen en 19206.
En 1929 fundó la Asociación de Caballeros Carmelitanos7 de la que fue Presidente hasta su muerte en 1936; como tal en 1932 dirigió El Barrio del Carmen, periódico mensual editado por la mencionada Asociación8.
Sánchez Pozuelos se identificó ideológicamente con un partido conservador portavoz de la burguesía, bajo la dirección de Juan de la Cierva Peñafiel, alcalde de Murcia en 1895 y varias veces ministro11, y su hijo Juan de la Cierva Codorníu12.
La unidad de la burguesía murciana continuó durante toda la década de 1920-1930 en torno al «ciervismo» y al partido de Unión Patriótica que sostuvo la Dictadura y favoreció depuraciones políticas sobre algunos cargos y corporaciones poco afines (Rodríguez Llopis, 1999, pp. 430-7).
Posteriormente ingresó como concejal en el Ayuntamiento de Murcia (ver Figura 1) donde entre 1928 y 1930 tuvo responsabilidades de Alcalde interino16, Segundo Teniente de Alcalde17, Presidente de las Comisiones de Beneficencia y Sanidad, y de Hacienda.
En sus funciones de concejal actuó como interventor delegado en las Oficinas Sanitarias contra la Anquilostomiasis de las pedanías murcianas de Puebla de Soto, desde que fue inaugurada en mayo de 1928 (Guillamón, 1929, p.
En 1929 dirigió las obras de la nueva Casa de Socorro de Murcia en el Paseo del Malecón19.
En 1930 redactó el reglamento de Beneficencia y Sanidad que aprobó la Dirección General de Sanidad20.
Dentro de esta actividad política y social, en diciembre de 1928 aprovechó su revista Estudios Médicos para proponer al Ayuntamiento de Murcia la concesión de la Medalla de oro de la Ciudad22 a Juan de la Cierva Codorníu, José Pérez Mateos23, y Mariano Ruiz Funes García24.
José Sánchez Pozuelos, teniente de alcalde (a la izquierda) despachando en el Ayuntamiento de Murcia con el alcalde, Marqués de Ordoño.
Tras la muerte de Jaime Ferrán en Barcelona, Sánchez Pozuelos propuso, en la Sesión de 27 de noviembre de 1929 de la Comisión Permanente del Ayuntamiento de Murcia, que tanto una plaza de la ciudad como el Dispensario Antituberculoso Municipal llevaran su nombre25.
En 1930 inició una suscripción popular para costear un Homenaje al ingeniero Cierva Codorníu con la colocación de un busto en el Jardín de Floridablanca y una lápida de bronce, instalada en 1935, que dio su nombre a la conocida como Plaza del Rollo en la ciudad de Murcia26.
Terminó militando en Acción Popular Murciana, un partido de la derecha confesional católica integrado en la coalición CEDA -Confederación Española de Derechas Autónomas-(Moreno Fernández, 1996, pp. 459-69).
Sánchez Pozuelos formó parte de su dirección al menos desde 1933 (Moreno Fernández, 1987), y al iniciarse la Guerra Civil apoyó al ejército sublevado, por lo que fue juzgado27, condenado a muerte por rebelión militar28 y ejecutado el 16 de diciembre de 193629.
De la actividad profesional de Sánchez Pozuelos existe escasa información.
En junio de 1915 sustituyó a José Riquelme Paredes, médico Titular de Beniel, mientras estuvo en Granada por asuntos profesionales30.
Como la mayor parte de los profesionales del momento ejerció la medicina privada en Murcia31 y, al menos en 1920, obtuvo una financiación económica -250 pesetas- del Ayuntamiento de Murcia en consignación por vacuna32.
Desde 1922 era propietario de una Farmacia y Laboratorio (ver Figura 2) que regentaba su pariente Julio Sánchez Pozuelos33.
Publicidad de la farmacia Sánchez Pozuelos, ilustración de Luis Gil de Vicario.
Tampoco hay excesiva información sobre su actividad institucional.
En 1915 ingresó como Académico Correspondiente en la Real de Medicina y Cirugía de Murcia con el discurso «Algunas consideraciones sobre la fisiología del corazón».
Participó así mismo en la Sección Científica del Colegio Provincial de Médicos, de la que fue Vocal en 1920 y Secretario en 1921.
Muchos profesionales murcianos del período que nos ocupa, tras finalizar sus estudios de medicina adquirieron una sólida formación científica gracias al apoyo institucional que les proveyó de becas de estudio en España o en el extranjero.
Véanse por ejemplo los casos del cardiólogo Luis Calandre (Sebastián Raz, 2011), el histólogo Antonio Pedro Rodríguez Pérez (Rodríguez Ruiz, 2012), los psiquiatras Román Alberca y Luis Valenciano (Marset, 2008), los epidemiólogos Laureano Abaladejo García y Mariano Abril Cánovas, los traumatólogos Juan González-Aguilar y Manuel Clavel Nolla, el oftalmólogo Antonio Ros o el farmacólogo y cardiólogo Rafael Méndez, entre otros36.
Esa formación les permitió acceder a la Universidad o a instituciones públicas sanitarias y desde ellas desarrollar una amplia actividad profesional y científica.
Otros como Martínez Ladrón de Guevara (López González, 2012) o quien nos ocupa, José Sánchez Pozuelos, sin esa formación, al finalizar sus estudios se reintegraron a su tierra natal donde se dedicaron al ejercicio privado de la profesión, sin por ello renunciar a intervenir directamente en la evolución de la medicina y la sanidad, participando en las instituciones sanitarias (Sáez y López, 2005; Sáez, Marset y Pérez, 2013), impulsando publicaciones profesionales y científicas (López y Sáez, 2005), contribuyendo a los inicios de la formación universitaria (Valera, 2005) o implicándose en la gestión política.
La producción científica de Sánchez Pozuelos fue escasa, pues la mayor parte de sus publicaciones están relacionadas con su actividad social religiosa (p.e. el Reglamento de la Asociación de Caballeros Carmelitanos, impreso en Murcia en 1931)37 o con su actividad como responsable de revistas médicas, aspecto este que analizaremos en una sección aparte.
Sus publicaciones estrictamente científicas solo fueron tres, todas ellas fechadas entre 1915 y 1916, en la revista Murcia Médica (ver Figura 3), y relacionadas con la especialidad de Aparato Circulatorio en la que ejerció: a la primera (Sánchez Pozuelos,1915a) sobre arritmias, siguió otra para describir el tratamiento de un caso clínico de estrechez mitral (Sánchez Pozuelos, 1915b), y finalizó con la publicación de lo que fue su discurso de ingreso en la Academia de Medicina de Murcia (Sánchez Pozuelos, 1916).
Caricatura de José Sánchez Pozuelos realizada por Gil de Vicario.
JOSÉ SÁNCHEZ POZUELOS, PUBLICISTA
Si Sánchez Pozuelos no tuvo una amplia producción, en cambio no cabe duda de que la comunicación científica fue su auténtica vocación.
No se debe perder de vista que la obra de Sánchez Pozuelos se enmarca en la conocida como «edad de plata de la cultura española» y que, como ya señalaron López Piñero y Terrada (1991), coincide con el momento culminante del periodismo médico como medio de comunicación científica y profesional.
Consciente Sánchez Pozuelos de las posibilidades que ofrecían las publicaciones periódicas, en los primeros años de su actividad profesional se interesó por las publicaciones médicas, lo que le llevó a fundar y dirigir dos de ellas, Murcia Médica (1915-18) y Estudios Médicos (1920, 1924-34), que se convirtieron como ya se anunció en los primeros órganos oficiales de expresión de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia.
La iniciativa de Sánchez Pozuelos no es única en el panorama español, pero tampoco lo habitual.
Se ha demostrado que en este momento no es la iniciativa particular la que impulsa la mayor parte de las publicaciones científicas, sino instituciones y asociaciones varias entre las que, además, solo excepcionalmente se cuentan las Academias de Medicina (López Piñero y Terrada, 1991).
Murcia Médica, fundada en abril de 1915, fue una revista mensual que se definía como de «medicina, cirugía y especialidades».
En ella Sánchez Pozuelos figura como secretario de redacción y después como director.
Junto a él otros dos médicos: Antonio Guillamón Conesa como director y Juan Antonio Martínez Ladrón de Guevara en la administración.
Tras cuatro años de publicación desapareció en 1918.
En su declaración de principios afirma no perseguir fin lucrativo alguno y sí fomentar y estimular el estudio de la medicina38.
Para tal fin publicó artículos científicos seleccionados, bien originales bien de otras fuentes, tanto españolas como de otros países, además de informar de acontecimientos científicos y noticias de interés general.
También creó un premio al mejor artículo científico original, como hicieron en la misma época otras publicaciones similares.
Con el fin de dar una amplia difusión a su revista, los fundadores decidieron establecer unos precios de suscripción (5 pts. anuales) muy bajos, lo que suscitó una polémica en su tercer año de vida cuando otras dos revistas, que no ha sido posible identificar, insinuaron su relación con la industria farmacéutica.
Los directores de la publicación murciana reaccionaron con un artículo que detallaba cómo se administraba Murcia Médica, y exponía cómo habían conseguido gestionar una revista médica mensual con un precio de venta al público inferior a su coste material39.
A lo largo de sus cuatro años de vida la revista fue modificando tanto su aspecto como sus contenidos.
Así, en enero de 1916 dejó de diferenciar las funciones de sus promotores, que en adelante figuraron los tres como «directores fundadores», y se identificaron además como «Académicos corresponsales de la Real de Medicina y Cirugía de Murcia».
Por otra parte adoptó una nueva imagen que sería la definitiva y aumentó de cuarenta a sesenta las páginas de texto por número.
También renovó sus contenidos y comenzó a reproducir artículos completos de otras revistas y no solo reseñas como venía haciendo.
A partir de ese momento, bajo el título de la revista aparecerá como subtítulo la frase, en mayúsculas, «ÓRGANO OFICIAL DE LA REAL ACADEMIA DE MEDICINA Y CIRUGÍA DE MURCIA».
A este aspecto dedicaremos un apartado especial en el presente trabajo.
Fue Murcia Médica la primera de las revistas murcianas en presentar una redacción constituida por un grupo de médicos encargados cada uno de una especialidad.
Para coordinar este grupo de profesionales José Sánchez Pozuelos asumió las funciones de secretario de redacción.
Desde el comienzo la redacción estuvo formada por catorce médicos para trece especialidades diferentes.
Con el tiempo se incorporaron otras tres especialidades (dermatología, enfermedades de la nutrición y urología) y desapareció una (sifiliografía), con sus respectivos responsables (Palazón, Amorós y Egea, y Conejero respectivamente).
Para la especialidad de medicina general llegaron a sucederse hasta tres responsables (Rey Larramendi, Cano y Vinader).
El resto de especialidades (aparato circulatorio, aparato digestivo, aparato respiratorio, biología, cirugía general, electrología, ginecología, oftalmología, otorrinolaringología y pediatría) permanecieron con los mismos redactores desde el principio.
Otros dos aspectos son destacables en Murcia Médica: sus colaboradores y la iconografía.
La colaboración de Murcia Médica se incrementó desde veintinueve individuos al comienzo hasta cincuenta y dos que figuran en el último número, tras cuatro años de vida.
La relación de colaboradores aparece en la primera página, a continuación de la redacción, con indicación de sus apellidos seguidos de la localidad donde ejercían.
En enero de 1916 se introdujo otro apartado en esta parte de la revista, la colaboración americana que hasta el último número estuvo compuesta por los mismos tres médicos de Buenos Aires.
En septiembre de 1917 se incorporó el último colaborador a Murcia Médica; a partir de entonces y hasta noviembre de 1918, último fascículo que ha sido posible estudiar, figuran cincuenta y dos colaboradores, cuarenta y nueve españoles y tres americanos.
La distribución geográfica la lidera Madrid que aportó un 44%, le sigue Murcia con un 17%, Valencia con un 11%, Salamanca con casi un 8%, Buenos Aires con casi un 6%, y el resto con menos del 4% cada una.
En lo que a iconografía se refiere, cada número cuenta con páginas publicitarias, láminas con retratos de los colaboradores de Murcia Médica, y con láminas que ilustran los artículos.
Además la revista incluye entre el texto también caricaturas.
En Murcia Médica se publicaron 44 páginas con retratos de 46 autores (ver Tabla 1).
Las fotografías de los colaboradores están al principio de cada fascículo.
Son fotograbados de buena calidad, la mayoría de veces recortados y adheridos con cola a una hoja de papel normal de la revista.
Tan solo en tres ocasiones se imprimieron directamente en papel satinado de mayor calidad.
Se publicaron mensualmente sin interrupción y coincidieron con el autor del primer artículo de ese mismo número40.
Esta manera de dar comienzo al fascículo con el retrato del autor del artículo que abría ese número se da en otras revistas de la época en todo el territorio español, sirvan los ejemplos de La Clínica Moderna y de Clínica y Laboratorio de Zaragoza (Gastón Barcos y Ubieto Artur, 1996, 99).
Relación alfabética de retratos en Murcia Médica
Al igual que los fotograbados, las caricaturas aparecen con anterioridad en otras revistas médicas de todo el territorio nacional.
La serie se inició con los tres fundadores a los que siguieron los redactores y algunos colaboradores (ver Tabla 2).
Dieciocho de estos dibujos son originales de Luis Gil de Vicario (Sáez, Marset y López, 2008)41 y existe uno de diferente estilo y firma, la caricatura de Cano Soria en el número 31, cuyo autor no ha podido ser identificado.
Murcia Médica dejó de publicarse en 1918, por motivos desconocidos y aparentemente escindiéndose en tres nuevas revistas: Revista de Tisiología y Especialidades (1919-1926) -dirigida por Juan Antonio Martínez Ladrón de Guevara-, Estudios Médicos (1920, 1924-1934) -que dirigió José Sánchez Pozuelos-, y La Conferencia Médica (1921-1922) -bajo la dirección del tercero de los fundadores de Murcia Médica, Antonio Guillamón-.
Simultáneamente, Sánchez Pozuelos actuó como redactor responsable de «aparato Circulatorio» para otra revista murciana, Levante Médico (1928-1932).
Relación alfabética de caricaturas en Murcia Médica
Aunque Revista de Tisiología y Especialidades fue la primera de las sucesoras en publicarse, la heredera directa de Murcia Médica parece ser Estudios Médicos, que bajo la dirección de Sánchez Pozuelos mantuvo en su redacción a Guillamón y a Martínez Ladrón de Guevara, conservó el vínculo institucional con la Academia de Medicina de Murcia, que había establecido su antecesora, y mantuvo también la estructura de especialidades en la redacción.
Murcia Médica como Órgano de la Academia de Medicina y Cirugía de Murcia
Tras él se creó en la revista una nueva «Sección Oficial».
De esta manera la Academia de Murcia disponía de un espacio propio en el que se publicaron conferencias o discursos que hasta este momento se reunían con otros trabajos similares en la sección de «Academias y Sociedades Médicas».
Esta nueva «Sección Oficial» aparece en ocho números.
Era el Secretario de la Academia, con el visto bueno del Presidente, el responsable de su contenido.
Se trata en realidad del primer embrión de lo que después serían los Anales de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia; de hecho, en todas las ocasiones en que aparece la sección en la revista se incluye esa denominación como segundo título, antes del artículo publicado43.
Dos días después del nombramiento de Murcia Médica como órgano oficial, en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Murcia tuvo lugar la primera de una serie de conferencias que organizaron los jóvenes académicos correspondientes y directores de la revista44.
Tras un par de años de haber desaparecido Murcia Médica, José Sánchez Pozuelos retomó su actividad publicista y en 1920 puso en marcha una nueva revista mensual de medicina, cirugía y especialidades, Estudios Médicos (López y Sáez, 2005; Pérez Gómez, 2011).
Sánchez Pozuelos conservó como redactor jefe de Medicina a su antiguo colaborador Antonio Guillamón Conesa e incorporó como redactor jefe de Cirugía a Antonio Hernández-Ros (ver Figura 5).
También contaba en la redacción con Juan Antonio Martínez Ladrón de Guevara, que simultaneaba esta tarea con la de director fundador de Revista de Tisiología y Especialidades (1919-1926) y de Levante Médico (1928-1932).
La continuidad de la nueva revista con su antecesora, su carácter general, la distribución de sus contenidos en especialidades y su continuidad como portavoz de la Academia, le dieron una notable popularidad y difusión entre los profesionales de la Medicina.
Pero el comienzo no fue fácil y la publicación se interrumpió durante tres años, hasta recuperarse en 1924.
En el epígrafe de «colaboración» Estudios Médicos contó con doce médicos, todos con ejercicio en Murcia, excepto Cajal y Maestre.
La «redacción» incluía 58 profesionales de diversas localidades españolas, sobre todo Madrid y Barcelona, entre los que cabe destacar a personalidades como Decref, Fidel Fernández Martínez, Fernández Sanz, Marañón, Palanca o Piga Pascual.
Estudios Médicos representó a la Academia de Medicina de Murcia desde el primer número (y a la Academia de Higiene de Cataluña desde el 8 de mayo de 1925), e incluyó exclusivamente artículos científicos y discursos leídos en la propia Academia o en otras instituciones científicas.
No se estructuró, por tanto, en secciones.
Contó sin embargo con una publicación paralela que aparecía como Suplemento que, esta sí organizada en secciones (oficial, noticias, prensa profesional, sumarios y bibliografía) presentaba la misma información que cualquier otra revista profesional sanitaria de la época.
Estudios Médicos consiguió sobresalir en el conjunto del periodismo sanitario español, llegando a ser la revista médica de mayor tirada en España, al imprimir hasta seis mil ejemplares mensuales.
No existe un motivo claro que explique la desaparición sin previo aviso de estas revistas, pero muy posiblemente no fue ajeno a ello el ambiente de inestabilidad política y social que Murcia vivía en los años 30 del pasado siglo.
En Murcia, como en el resto de España, el primer tercio del siglo XX fue un período de resurgir cultural y científico que se manifestó, entre otras cosas, en el interés por la edición de numerosas revistas médicas que pretendieron difundir entre los profesionales la producción científica más relevante, nacional y extranjera.
En Murcia, una comunidad de economía agrícola, sin tradición científica y carente de Universidad hasta 1915 (precisamente el año en que también se funda la primera de las revistas que nos han interesado), el impulso a estas publicaciones procedió de la obra de médicos como el que nos ocupa en este artículo, José Sánchez Pozuelos.
Pertenecientes por nacimiento a la burguesía murciana que detentaba el poder político local, e identificados con ideologías de carácter conservador y religioso, al mismo tiempo se preocuparon por sacar del atraso a su tierra.
A diferencia de otros que adquirieron una sólida formación científica en instituciones nacionales y extranjeras y orientaron su actividad hacia la investigación, éstos se orientaron hacia el ejercicio privado de la profesión médica y materializaron su aportación en la creación de revistas que procuraron vincular a las instituciones (en nuestro caso la Real Academia de Medicina de Murcia).
De esta manera Murcia Médica (1915-1918) y Estudios Médicos (1920, 1924-34) se convirtieron en la herramienta de difusión de la actividad de esta institución murciana, pero también de los profesionales murcianos y españoles, y de los trabajos más relevantes publicados en otras revistas nacionales y extranjeras; la segunda de estas revistas llegó a ser la de mayor tirada nacional.
El ambiente de inestabilidad social que precedió al golpe de estado militar y el enfrentamiento bélico que le siguió truncaron el desarrollo de estas publicaciones y de los propios profesionales que las impulsaron.
Ninguna de las revistas murcianas sobrevivió a la Guerra Civil, Sánchez Pozuelos fue fusilado al iniciarse la guerra y muchos de los médicos mencionados más arriba tuvieron que marchar al exilio o sufrieron un auténtico exilio interior, marginados y relegados. |
A fines del siglo XIX los museos de historia natural crecían y se diversificaban en América Latina participando del «movimiento de museos».
En ese contexto se analiza aquí la influencia de William Flower y la denominada new museum idea, en la conformación inicial del Museo
exploración de los territorios nacionales, los museos colaboraron en el proceso de expansión y reconocimiento de las riquezas locales.
La recolección de objetos, su identificación y posterior exposición en los lugares consagrados a la ciencia fue una forma de reconstruir un pasado, hasta entonces desconocido, dando cuenta de la variedad de especies y de culturas que habitaron esas tierras favoreciendo el proceso de construcción de identidades nacionales.
La instrucción pública era otra de las funciones sustanciales de los museos, en la cual participaron también como parte de los proyectos modernizadores de los nuevos países para los cuales la educación era su perspectiva de futuro 2.
Sin embargo, al hablar de educación es preciso comprender el carácter que las perspectivas educacionales tuvieron en los distintos países latinoamericanos y profundizar el papel de estas instituciones.
Hasta hace pocos años atrás pocos historiadores se ocupaban de recuperar los fragmentos de las memorias de los museos latinoamericanos.
El conocido historiador y museólogo mexicano Morales Moreno consideraba que el campo de la historiografía sobre los museos, «no ha sido valorizado por los círculos académicos de la historia institucional.
Cualquier historiador que incursione en el campo de la historiografía aplicada a la museología -'museohistoria' difícilmente encontrará eco a sus ideas.
Ello se logrará cuando esta disciplina muestre sus recursos teóricos y metodológicos y acepte sin rubor, sus limitaciones» 3.
Sin embargo, en los últimos años la situación se ha ido modificando y los museos vienen siendo objeto de investigación de diversas áreas disciplinarias.
Así también la museología, como área -esencialmente interdisciplinar-de reflexión teórica y acción práctica ya está consolidada, si bien con diferentes trayectorias, en diversos países latinoamericanos.
Con esa denominación, «museohistoria», Morales Moreno se propuso abrir un espacio de reflexión «junto con la historiografía de la cultura, la etnohistoria, la sociología del conocimiento y la antropología social» 4 e inició su trabajo con la exhumación de fuentes documentales y análisis sobre los museos mexicanos.
Para el autor, ha faltado a los investigadores que tratan de la reconstrucción histórica de la cultura mexicana, una antología documental que ofrezca ----2 LOPES, M. M. (2003), «Museus e Educação na América Latina: o modelo parisiense e os vínculos com as universidades», en: Gouvêa, G. y otros (orgs.), Educação e Museu: a construção social do caráter educativo dos museus de ciências, Río de Janeiro, FAPERJ.
Editora Access, cap. 3, 3 MORALES-MORENO, L.G. (1994), Orígenes de la Museología Mexicana.
informaciones e ideas sobre «otra historia silenciosa: la que se ocupa de la acumulación significativa de objetos dentro de un espacio museográfico» 5.
Es en este sentido que en este artículo presentamos la necesidad de una profundización teórico-metodológica sobre la historia de los museos, en sus aspectos comunicativos, expositivos, educacionales y científicos.
Existe ya literatura interdisciplinar internacional en constante ampliación en estos últimos años, sobre aspectos históricos de las instituciones museológicas que puede ofrecer marcos de referencia fundamentales para análisis de este estilo.
Tal concepto -'museohistoria'-, aunque no muy explicitado, es indicador de una postura, a ser compartida y también a ser problematizada, porque a pesar de que Morales Moreno no lo menciona, innegablemente la idea nos remite a la obra clásica de George Brown Goode, y a un tipo de historiografía con la cual no concordamos.
Discutiendo para el caso norte-americano el lema del American Museum of Natural History, «For the people, for education, for science», George Brown Goode, que se tornaría el prominente secretario asistente de la Smithsonian Institution y responsable por su Museo Nacional, presentó un artículo «Museum-history and Museums of History» en el 3 th Annual Meeting de la American Historical Association, en Washington, en diciembre de 1888.
Éste se destacaría por ser considerado el primer artículo formalmente publicado sobre historia de los museos norteamericanos 6.
En ese artículo, que es ampliamente mencionado en la literatura de museos de la época, Goode ignoró el pasado museológico norteamericano afirmando que los museos anteriores a la década de 1870 reunían objetos al azar, sin ninguna preocupación científica o educacional, consistiendo en meros espectáculos destinados a la diversión pública.
Sus seguidores se multiplicaron por los museos de todo el mundo y no faltaron ecos de concepciones semejantes a esa en América Latina 7.
Identificada como 'criticismo profesional', por Oroz 8, la visión de Brown Goode ejerció profundas influencias en el pequeño corpus de historiografía de los museos norteamericanos.
Metodológicamente inapropiadas, pues no ---- 1888), «Museum-History and Museums of History».
7 Para el caso brasileño, es ejemplar en el mismo sentido la retórica de Ladislau Netto en la dirección del Museo Nacional de Río de Janeiro (Lopes, 1997).
estaban basadas en fuentes primarias ni secundarias, esas visiones desestimaron el primer siglo de historia de los museos norteamericanos.
Se afirmaba que no había un movimiento formal de museos anterior a 1870; que no fue formada ninguna organización profesional, ninguna revista oficial fue publicada, que no había porta-voces oficiales de los museos...
Entretanto, todo un conjunto de propietarios y directores de museos estableció sólidas redes de comunicación entre sí, «simultáneamente influenciados por los mismos factores culturales resultaba que estaban haciendo las mismas cosas, en el mismo momento por los mismos motivos» 9.
Desmitificando las ideas que databan de las últimas décadas del siglo XIX el origen del 'movimiento de museos' 10 en este país, y discutiendo el papel de los museos en la construcción de la nación -el compromiso americano-de 1740 a 1870, Oroz destaca la importancia que estas instituciones tuvieron en la educación del público y en la investigación científica, frente a la consolidación de las clases medias urbanas y al surgimiento de la profesionalización.
Así, tal como afirma Lopes 11 para 1870, el modelo de museo americano moderno aún presente, donde simultáneamente se educa y se investiga, estaba ya consolidado.
Evaluaciones críticas recientes 12 -que consideran tanto el trabajo de Oroz, como el de Sheets-Pyenson 13, así como también análisis que actualizan los estudios de Limoges 14 para el Muséum de Paris 15 y que no intentan desmerecer esos trabajos-, vienen llamando la atención sobre la importancia de avanzar en estudios sobre museos que, recuperando las diferentes fases de sus historias, consideren también con mayor detalle las especificidades de sus diferentes momentos.
En este sentido, nos resulta interesante pensar los museos como locales donde la cultura material es elaborada, expuesta, comunicada e interpretada, como propone Susan Pearce 16, analizando los 'sistemas museales', diferentes contextos por los cuales este tipo de institución pasó en su historia 17.
Profundizar el análisis de los diferentes 'sistemas museales' a través de los cuales se conformaron los museos del siglo XIX, incorporando consideraciones de orden política, ideológica, estructural, científica y educacional, presupone también, contemplar reflexiones sobre las colecciones y las redes sociales que se conformaron en torno de ellas.
Así, las colecciones museológicas acumuladas son muestra de las elecciones que se hicieron en el pasado y sus exhibiciones son formas privilegiadas de narrar públicamente ese pasado.
Tratar los museos desde esa perspectiva, implica identificar y desarrollar abordajes teóricos e históricos que pueden auxiliar esos procesos de análisis, buscando comprender la naturaleza de las colecciones, lo que son, por qué fueron hechas, lo que ellas podrían ser, qué papeles desempeñaron los conservadores y sus públicos y qué tipo de interacciones se procesaron entre esos conjuntos de elementos 18.
Perspectivas que identificamos con las discusiones también propuestas por Lorraine Daston 19 cuando discutiendo la 'sensibilidad factual' del origen de las colecciones y la construcción de las ciencias modernas, se preguntaba hasta qué punto las colecciones fueron marginales en esos procesos en los cuales la promoción de la causa de la Historia Natural se apoyó justamente en los materiales de referencia.
Sus preguntas: quién colectó, qué colectó, cuándo y por qué debidamente contextualizadas, son las que tendremos que repetir si queremos comprender, los procesos contemporáneos de construcción de museos científicos.
Delimitar aquí nuestras consideraciones sobre ciencias y educación en museos a las últimas décadas del siglo XIX y primeras del siglo XX, no significa ignorar contextos anteriores, ya que estos pueden contribuir para explicar más claramente incluso las demarcaciones internas del período en estudio.
De hecho, hay una necesidad fundamental de mejores periodizaciones para la historia de los museos en América Latina que ayuden a precisar el entendi----- miento de la idea de 'movimiento de museos'.
Aunque en la literatura internacional sobre museos, las periodizaciones sean temas recurrentes, esas fueron aún poco profundizadas en la museología latinoamericana.
Pensando entonces en 'sistemas museales', más que en divisiones cronológicas, períodos de administraciones de determinados directores o criterios propuestos de formas anacrónicas, nos interesa analizar los criterios demarcadores -y sus cambios-de permanencia de concepciones, conformación de colecciones, prioridades de investigaciones, y de construcciones de redes de sociabilidad, a través de las cuales colecciones, catálogos e investigaciones viajaron entre los constructores de museos.
Si bien es cierto que el origen del 'movimiento de museos' no data, ni en los Estados Unidos ni en América Latina, de las últimas décadas del siglo XIX20, fue en ese período cuando los museos establecieron sólidas redes de comunicación, entre sí, con sus diferentes públicos y se integraron a los procesos internacionales que Coleman21 caracterizó como el 'movimiento de museos'.
Analizando el panorama mundial de los museos entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, Laurence Vail Coleman, director de la American Association of Museums consideró la expansión sin precedentes de los museos de todos los tipos, por todos los continentes, como un verdadero 'movimiento social', marcado por el establecimiento de amplias redes de intercambios, que pusieron en contacto, de diferentes modos y en diferentes circunstancias, los museos de todo el mundo.
Coleman ya incluía los museos de Sudamérica en ese movimiento pues, a fines de la década del 20, ya había viajado por prácticamente toda América del Sur y elaborado un catálogo con sucintas descripciones de los museos sudamericanos22.
De hecho, más allá de sus intercambios de distinto orden, formalmente diversos museos latinoamericanos adhirieron a la American Association of Museums, como atestiguan los proceedings de su Congreso inaugural de 1906.
En diversas ocasiones, los museos latinoamericanos fueron referidos en la Museums Association británica.
En estos vehículos de integración, que fueron las asociaciones y sus periódicos, durante los años de 1898 a 1906 hay noticias de páginas enteras, breves notas, comentarios sobre los trabajos realiza-----dos y las publicaciones editadas por los museos de Valparaíso, La Plata, Buenos Aires, San José de Costa Rica, Paulista y Paraense de Brasil.
Por esas amplias redes de comunicación las colecciones, los catálogos, los investigadores, los conceptos y las innovaciones viajaban cada vez más rápidamente por el circuito de los museos.
Pasaron así a integrar una verdadera tradición de viajes.
Sus catálogos comenzaron a clasificar los museos; a construir tipologías; a comparar los museos entre sí en sus procesos de cooperación y disputas por hegemonías científicas, sociales, políticas de carácter nacional, regional e internacional.
En este proceso, discursos de figuras prominentes eran rápidamente traducidos, divulgados y discutidos sirviendo de base retórica o concreta para reorganizaciones de museos, pedidos de mayores presupuestos y disputas políticas.
Si en otros momentos ya destacamos la importancia de las redes de comunicación museológica que se establecieron entre estas instituciones latinoamericanas, se pretende aquí resaltar un aspecto específico de los múltiples intercambios internacionales mantenidos con museos europeos y norteamericanos.
Se trata, justamente, de los marcos de referencia que fueron adoptados para la organización de las exposiciones, de los modelos internacionales en que se apoyaron las propuestas de organización de los museos, las narrativas que los directores construyeron de sus propios museos y las manifestaciones de esas propuestas en sus musealizaciones locales.
Muchos de los registros de esas formas privilegiadas de narrar el pasado, de las elecciones expositivas hechas, sólo llegaron hasta nosotros a través de sus fragmentos conservados en catálogos, en guías de exposiciones, en impresiones de visitantes y, eventualmente, en imágenes.
Así, para contribuir para el entendimiento del significado de los procesos que caracterizaron el 'movimiento de museos' por todo el mundo, en especial en su dinámica latinoamericana, en lo que se refiere a cómo esos museos se integraron a estas amplias redes de comunicación e intercambios, tomamos como objeto de análisis el artículo «The museums of Natural History» de William H. Flower, director del Departamento de Historia Natural del British Museum (1884-1898) y presidente de la British Association for the Advancement of Science.
Consideramos, también, aspectos de la propuesta expositiva inicial del Museo de La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina, explicitada en el artículo «Rápida ojeada sobre su fundación y desarrollo» de Francisco Pascasio Moreno, ideador y director del museo de 1884 a 1906.
Cabe destacar que ambos artículos fueron publicados en el primer volumen de la Revista del Museo de La Plata (1890-91), el periódico que divulgaría los trabajos científicos de la institución.
¿POR QUÉ MORENO PUBLICÓ A FLOWER?
El 11 de septiembre de 1889, en Newcastle-Upon-Tyne, William H. Flower inauguró su presidencia de la asamblea de la British Association for the Advancement of Science, con un discurso sobre el papel de los museos de Historia Natural, en el siglo que se avecinaba.
El artículo de Flower fue traducido al francés y publicado el 28 de septiembre de 1889 -una semana después de su pronunciamiento-en la primera página de la Revue Scientifique (Revue rose), en la sección Enseignement des Sciences, una de las principales revistas de divulgación científica francesa de la época.
La traducción al castellano publicada, en la ya citada Revista del Museo de La Plata (1890-91), fue realizada directamente de la versión publicada en el Times al día siguiente de su pronunciamiento, lo que nos da un indicio de la amplitud de su divulgación.
En la versión publicada por Moreno, así como en la de la Revue Scientifique (a la cual Moreno atribuía graves errores) faltaban los párrafos iniciales y finales del discurso, en el que Flower hacía mención a los presidentes anteriores y a su propia nominación a la dirección de la British Association for the Advancement of Science, así como al renombre e importancia de la misma en el «mundo civilizado».
En los párrafos finales omitidos, Flower citaba algunos versos que resaltaban el plano divino que sustentaba la perfección de la evolución de las formas vivas de la naturaleza.
En el contexto local de las disputas científico-institucionales entre los naturalistas argentinos, Francisco Moreno y Florentino Ameghino, este último también comentaría el discurso de Flower en la sección «Revista Crítica y Bibliográfica» de su Revista Argentina de Historia Natural, en abril de 1891.
El conocido paleontólogo argentino, que había colaborado con Moreno para la fundación del Museo de La Plata, y trabajado allí por un corto período, consideró el discurso de Flower magistral, una obra «verdaderamente digna de el renombre del sábio que la ha producido» 23.
Recomendaba en tono irónico, en una crítica directa a Moreno, que le impedía por entonces hasta entrar en el Museo, que se inspirase en las recomendaciones de Flower para definir el destino de la institución, así como que reparase en la gran importancia que Flower atribuía al 'conservador', haciendo referencia explícita al director, en comparación con el edificio, las vitrinas y las propias colecciones.
Defendiendo su propia causa, ya que había construido su trayectoria de paleontólo-----go sin el reconocimiento oficial de un puesto de trabajo en los museos argentinos, Ameghino resaltaba las ideas de Flower de que el conservador y sus ayudantes eran la «vida y el alma de la institución», y agregaba que «en nuestros museos, es lo último que se piensa» 24.
En 1898, el propio Flower reprodujo ese artículo con el nombre Museum Organization, en el libro que editó con sus artículos 25.
Esa obra destaca la relación estrecha entre la construcción de la Historia Natural y los espacios museológicos que justamente abrigaron esas disciplinas.
Essays on Museums and other Subjects Connected with Natural History contempla siete artículos sobre museos, ocho sobre Biología General y cinco sobre Antropología.
En esa edición, el discurso de Flower se presenta dividido en los siguientes subapartados: Elección del tema; museos de la Antigüedad y de la Edad Media; los términos 'Historia Natural' y 'naturalista'; definición de un museo de Historia Natural; subdivisiones de las ciencias representadas en un museo de Historia Natural; objetos de museo; investigación e instrucción; métodos de organización de especímenes para estudio y para exhibición pública; etiquetas; textos-guías y catálogos; problemas biológicos actuales; evolución de los seres humanos; selección natural; supervivencia del más apto; dificultades que emergen de la imperfección de nuestro conocimiento.
A fines del siglo XIX, el recién inaugurado Museo de La Plata, integrante del circuito de museos que se ampliaba en el período, también se apropiaría de este discurso.
Moreno publicó el artículo de Flower con la explícita intención de establecer su referencia teórica sobre museos, buscando diferenciar su moderno museo del viejo gabinete de estudios 26 mantenido desde los años de 1862 por el consagrado naturalista prusiano German Burmeister en Buenos Aires 27.
El ideal de Moreno era consolidar un museo como el que Flower describía en su discurso.
«Este estudio encierra todo el plan de nuestro museo», afirmaba Moreno en su artículo «Rápida ojeada sobre su fundación y desarrollo», destacando la decisiva influencia del trabajo de Flower como conservador del Museum of the Real College of Surgeons de Londres 28, en su ---- propuesta de museo.
Durante su permanencia en Europa en 1880, Moreno conoció a Flower en el Colegio de Cirujanos y se encantó con su trabajo de organización del museo, de preparación de los objetos, reconociendo en la primera publicación del Museo de La Plata que «su obra me abrió los ojos sobre lo que debía ser un museo» 29.
Sin embargo Moreno no ignoraba que las condiciones de establecimiento de museos en la Argentina eran completamente diferentes de las europeas.
«Cuando tracé el plan de este establecimiento tuve siempre presente lo que allí vi pero no siempre se dispone de los elementos necesarios, ni siempre es el medio igual.
Lo que era posible en Londres, fue imposible exigirlo de la Plata, la ciudad que no existía cuando admiraba aquellas colecciones y hube de dar tiempo al tiempo para poner en práctica mi programa» 30.
Persiguiendo en la práctica los principios organizacionales de Flower, Moreno identificaba el Museo de La Plata en sus primeros años como «ya nacido» -términos de Flower-pero precisando aún de fuerzas para crecer.
En su «Rápida ojeada...», un completo informe de los primeros cinco años de actividades del Museo, Moreno repetidamente destacaba el carácter incipiente de su obra, atribuyendo a la falta de tiempo, presupuesto y personal las evidentes debilidades de la institución.
Por eso consideraba, reproduciendo las palabras de Flower, que «la verdad es que recién ha empezado la tarea» 31.
Por lo tanto muchas de las situaciones señaladas en el discurso de Flower como no deseables en los museos aún estaban presentes en La Plata «no por falta de buena voluntad sino de elementos» 32.
Sin embargo, inserido en un clima de confianza extrema en las posibilidades futuras del país en que vivían `los yankees del sur` a fines del siglo XIX, el optimismo de Moreno era grande.
Aunque acusado de megalómano por Ameghino 33 se sentía construyendo una gran institución para una gran nación, esperando abrigar, en el museo de la ciudad de provincia construida en el desierto, reuniones científicas internacionales, que harían justicia al pasado y al futuro austral americano: «Con todo esto, el Museo de la Província de Buenos Aires llenará su programa, sirviendo á nacionales y estranjeros en bien de las ciencias y de su progreso que tanto debe contribuir á que estas regiones americanas sean gran----- des en el futuro.
Una vez que los hombres de estúdio del Norte tengan conocimiento de los materiales que en estos países se han reunido para el mayor adelanto de las ciencias, hemos de ver iniciarse una reaccion favorable hácia Sud-América, bajo el punto de vista intelectual» 34.
Flower inicia su discurso haciendo una revisión del origen y de la evolución de los museos destacando la importancia de su transformación en espacios públicos vinculados al Estado, lo que les conferiría un nuevo papel a fines del siglo XIX: colaborar con la educación y con la investigación.
La importancia dada a esa doble función de los museos es central en el discurso de Flower.
En otro de sus artículos, «Modern Museums», Flower reconoce que estas funciones ya habían sido definidas en 1864 por Dr. John Edward Gray, entonces director del Zoological Department del British Museum en un discurso en la British Association.
Sin embargo, fue Flower quien logró plantear estas ideas no sólo en forma teórica sino aplicarlas en la práctica en el museo británico siendo, a su vez, adoptadas y copiadas por otros museos del país y del exterior.
Parte de la justificación para construir los nuevos museos que se organizaron a fines del siglo XIX, en Alemania, por ejemplo, se apoyaba justamente en esas ideas, basadas en el principio museístico según el cual las colecciones de investigación debían ser absolutamente separadas de aquellas destinadas a la exhibición pública 35.
Atribuida a diferentes científicos del área de museos, por investigadores del tema, tal idea se generalizó ampliamente en el período.
En Brasil, Ihering 36 afirmaba seguir, desde el inicio de la organización del Museo Paulista, al destacado zoólogo del Museo de Kiel, Karl Möbius (1825-1908) en su principio de separación de colecciones de estudio y de exhibición 37, cuya paternidad de la idea también es reconocida por Bragança Gil 38 a ----34 MORENO, F. P. (1890-1b), «Al lector», Revista del Museo de La Plata, tomo I, pp. III-VI.
36 Hermann von Ihering, naturalista alemán, director del Museo Paulista.
Por su parte Sheets-Pyenson 39 atribuyó a Agassiz en su ordenamiento del Museum of Comparative Zoology (MCZ), la prioridad en la formulación de esa proposición.
Investigación científica y educación constituyeron la articulación, la mayoría de las veces contradictoria, que marcó el mundo de los museos de ciencias naturales en la transición al siglo XX 40.
Musealizada en la propia organización de las exposiciones, tal articulación fundamentó toda una vasta discusión sobre concepciones y propuestas de separación de las colecciones de investigación y las de instrucción.
Flower dedicó gran parte de su discurso a pautar las condiciones que deberían regular la organización de las exposiciones de un museo que pretendiese cumplir ese doble objetivo.
Las mismas recomendaciones fueron retomadas y sintetizadas nuevamente en su discurso presidencial en la Museums Association en 1893, como los principios básicos que se consagraron como a new museum idea 41.
Incorporada a la obra de Flower esta idea se tornaría una referencia para el mundo de los museos, hasta por lo menos el final de los años 30, particularmente en el caso de los naturalistas del Museo Nacional de Rio de Janeiro en Brasil.
Aún en 1939, encontramos referencias a Flower, en el informe que Bertha Lutz, zoóloga del Museo Nacional de Rio de Janeiro, encaminó a Roquette Pinto -entonces director de la institución-sobre su viaje de estudios a los Estados Unidos.
Sin desconocer que el Deutsches Museum, de Munich, era considerado en la época «el pionero y realizador máximo de la teoría moderna del Museo», Bertha Lutz se refería a «una nueva teoría de Museo, sintetizada por la primera vez por la expresión the new museum idea, por Sir William Flower en Essays on Museums, que proponía como función del museo «difundir la instrucción y contribuir para el recreo intelectual de la masa del pueblo, y proporcionar al investigador científico la capacidad de examinar y estudiar detenidamente todos los ejemplares que constituían las colecciones del Museo» 42.
Con precisión, en el discurso publicado por Moreno, Flower discute también las cuestiones centrales de la época de especialización de la Historia Natural.
Consideraba feliz la introducción de la palabra Biología, ya 'aceptada de modo general' y la definía como los estudios de los organismos que se distinguen por ---- poseer el principio vital.
Afirmaba que la Biología estaba reemplazando en el ámbito científico al término «Historia Natural», pero dado lo enraizado que éste estaba en el lenguaje común proponía devolverle su sentido original en el que se hacía referencia a todos los fenómenos del Universo independientes de la acción del hombre.
Definía así un museo «puramente de historia natural» como aquel que tuviese «la colección de objetos que ilustren las producciones naturales de la tierra, y en el más amplio y verdadero sentido, todas las ciencias que tratan de los fenómenos naturales que puedan representarse por ejemplares de Museo» 43 y resaltaba que hasta el momento algunas áreas como la Astronomía, la Física, la Química y la Fisiología no estaban representadas en esos museos sólo por las dificultades «reales o imaginarias» de ser representadas mediante modelos.
En esta misma línea de preocupaciones derivadas de las delimitaciones disciplinarias, comentaba la confusión del uso del término Naturalista que «de manera irracional» estaba siendo usado como sinónimo de Zoólogo, como reflejo de la supremacía de la Zoología en muchos de los museos de Historia Natural de fines del siglo XIX.
Lamentaba, también, la persistencia de la separación de la Biología y la Paleontología, asociando ésta a la Geología, marcando así un límite entre las formas actuales y pasadas considerando importante superar esta concepción para conseguir una mejor enseñanza biológica.
Flower dedica la última parte de su discurso a los nuevos desafíos teóricos colocados por las «leyes que rigen la evolución de los seres organizados», a los «problemas que agitan los espíritus de todos los biólogos de la época actual, y cuya solución es esperada con ávido interés por un vasto círculo, círculo que coincide con la inteligencia y la instrucción del mundo» 44.
Depositando su confianza en la doctrina que establecía que «todas las formas existentes de la vida derivan de otras formas por un progreso natural de descendencia con modificaciones» 45 ponderaba las discusiones contemporáneas sobre los mecanismos de acción de las fuerzas evolutivas, no dejando de mencionar a Wallace, Huxley, Weismann, entre otros científicos involucrados en esas discusiones.
En el ámbito de los debates evolucionistas cabía a los museos desempeñar su papel de loci esenciales para la investigación 46.
Mejorarlos permi----- tiría avanzar en tales estudios: «Principiamos a saber algo de la forma y de la estructura de los cuerpos organizados.
Nuestros museos, cuando sean más completos y mejor ordenados, nos enseñarán mas aún sobre esto» 47.
Lo limitado del conocimiento científico alcanzado es otro de las preocupaciones de Flower quien cierra su discurso apostando a una perspectiva de progreso constante donde «una fuerza activa universal y bienhechora tiende, constantemente a la perfección del individuo, de la raza y de toda la creación» 48.
De hecho el darwinismo no sólo revitalizó los museos de entonces, sino que llevó a la creación de muchos otros, al contrario de lo que quisieron hacer algunas versiones de la historia de las ciencias de la vida, que dieron un peso exagerado a la idea de la transformación de museos en laboratorios y de la substitución de la Historia Natural por la Biología.
Evidentemente la Historia Natural, de disciplina abarcadora que era, se tornó a fin de siglo, sólo una más de las varias orientaciones que un biólogo podía seguir.
En verdad, exactamente cuando la historiografía consideró que la Biología salía del museo, apartándose de la sistemática y de la historia natural, dirigiéndose para una Biología basada en investigaciones de laboratorio, los museos experimentaron un crecimiento explosivo, por todo el mundo.
Es cierto que, mientras los museos continuaban conservando sus colecciones protegidas de la influencia desastrosa de la luz que dañaba los colores de sus ejemplares, nuevos y especiales edificios eran construidos para los laboratorios de los microscopistas, que exigían enormes ventanas para una amplia iluminación.
Presentar tales mudanzas como «la» transformación institucional en Biología es, tal como llama la atención Lynn Nyhart 49, no contemplar una visión del todo.
En las diversas universidades americanas o alemanas en que los nuevos laboratorios fueron construidos, la investigación en Historia Natural continuó, en parte, dentro de los nuevos laboratorios.
Los museos de Historia Natural no desaparecieron, sino que ganaron autonomía frente a los departamentos de Zoología de las universidades, como en el caso, del Museum of Comparative Zoology en Harvard 50.
Es también a esta discusión vigente en la época que se refieren las observaciones de Flower, respecto a la confusión de los términos Naturalista y Zoólogo.
Otro tema que mereció la atención de Flower en su discurso fue la división de las colecciones del British Museum en las de Antropología y Arqueología ---- y la construcción de un nuevo edificio para las de Historia Natural en torno de 1881, reflejando nuevamente la pérdida de hegemonía científica que sufrió el campo disciplinar.
Destacó también los recientes y promisorios descubrimientos de mamíferos cretáceos de Othniel Marsh que abrían, para la historia de la vida, campos inusitados de investigación.
Estas cuestiones entre otras, eran también las preocupaciones centrales de los museos latinoamericanos de final de siglo.
Por eso la traducción, publicación y referencias a este discurso en la Argentina.
Ciencias como la Paleontología, la Arqueología, la Etnografía, la Antropología ocupaban posiciones destacadas en las discusiones de entonces, apelando a la memoria, al origen, a la civilización y a la construcción de propuestas de las nacionalidades 51.
En lo que se refiere a la educación, Flower destacaba justamente la importancia de «reconocer el valor de esas instituciones como agentes del gran movimiento educativo de nuestra época» 52.
Pero se trata de entender de qué tipo de educación se está hablando.
El papel educacional de los museos en sí, no era, aún en aquella época, una cuestión nueva.
Si desde las colecciones renacentistas ya estaban implícitas sus misiones educativas 53, a partir de la organización del Musée d ́Histoire Naturelle de Paris, gabinetes, museos no pueden más ser encarados apenas como propiedades de príncipes o eruditos y se consolida el modelo de los museos al servicio de la instrucción pública, apoyados en la concepción de que la observación directa es la única fuente de conocimiento 54.
Así, las exposiciones de los museos amplían sus públicos, consolidan un papel educativo sustancial al permitir la confrontación directa del público con los objetos.
Esta idea es retomada en el nuevo contexto victoriano del discurso de Flower, sustentando nuevamente la importancia del aprendizaje a través de la percepción visual, para la incorporación de las masas urbanas a los procesos civilizadores de fines del XIX 55.
55 GARCIA, S. y PODGORNY, I. ( 2001), «Pedagogía y nacionalismo en la Argentina: lo internacional y lo local en la institucionalización de la enseñanza de la arqueología», Trabajos de Prehistoria, 58, 2, pp. 9-26.
piezas y esqueletos completos fueron fundamentales también para atraer el público, que se suponía incapaz de comprender el todo de un animal o de una cultura, apenas por la observación de los fragmentos, que podían bastar al especialista.
En esa época, en que la 'lección de las cosas' se colocaba como condición indispensable para la educación de la juventud y de las poblaciones urbanas iletradas, todos los museos de América Latina resaltaron la importancia también de los fines educativos de sus exposiciones 56.
Flower consideró que los museos estaban destinados a dos clases de 'hombres'.
Por un lado los museos deberían ser útiles a los estudiosos de la ciencia que deseasen 'progresar' en un área del conocimiento.
Así, una de las funciones de la institución era la preservación de las colecciones y particularmente de los materiales «tipo» imprescindibles para la comparación y la descripción de las formas de la naturaleza.
Cuando los museos se vincularon al Estado esta función, que fue extremamente subrayada en el período por los museos argentinos 57, remitía directamente a las propuestas de construcción de identidades nacionales apoyadas en políticas de preservación y valorización de patrimonios naturales y culturales.
Por otro lado, estas instituciones deberían volcarse a un público que «no tiene ni el tiempo, ni las ocasiones» 58, pero al que le gustaría conocer los caminos de la ciencia, aún sin formar parte de ella.
Para que el museo se tornase ese poderoso instrumento facilitador para la instrucción de un público no especializado -que se esperaba fuese cada vez mayor-la organización de las exhibiciones asumía un papel central, y ese tema ocuparía, entonces, buena parte del discurso de Flower.
Moreno, que afirmaba haber organizado las exposiciones del Museo de La Plata siguiendo principios darwinistas, de modo que «sus galerias debían guardar sin solución de continuidad desde el organismo más simple y primitivo hasta el libro que lo describe» 59, desde el primer momento incorporó en sus planos la idea de un museo que ejerciese la doble función de investigación ----56 Para consideraciones más amplias sobre esos parámetros en los museos latinoamericanos, particularmente en sus relaciones con las prácticas educacionales, tenemos como referencias de análisis, los comentarios acerca de la importancia del uso de la «imagen y de las cosas» en la educación, a finales del siglo XIX, basadas en las ideas de Froebel que hace IRINA PODGORNY en «De razón a facultad.
57 PODGORNY, I. ( 2000), El argentino despertar de las faunas y de las gentes prehistóricas.
Coleccionistas, Museos y estudiosos en la Argentina entre 1880 y 1910, Buenos Aires, Eudeba/Libros del Rojas.
En concordancia con los ideales de Flower, el Museo de La Plata debería ser «un museo de exposición, al mismo tiempo que un establecimiento de estudio» 60 respetando, según Moreno, algunas prioridades: «El Museo de instrucción, para el cual se reúnen tantos materiales, no será organizado debidamente hasta que lo esté el de «exposición», lo que es lógico» 61.
Su proyecto preveía la construcción de nuevas salas que abrigarían locales de trabajo para estudiantes y, una vez superadas las limitaciones financieras existentes, el ideal de Flower sería completado.
El «museo de exhibición» de Moreno buscaba atraer al público que parecía aún no valorizar los museos por desconocimiento o por falta de atractivos.
Así el poder de atracción de los objetos debería ser un criterio a priorizar a la hora de elegir cuáles serían expuestos y su disposición en las salas tal que pudiesen ser apreciados por el público.
«La primera impresión, si ésta no se impone por brillantes colores y bellas formas, es pálida y muchas veces se abandona; solo el contraste la excita, atrae la reflexión que resulta del porqué ese objeto sin vista se considera de mayor aprecio que los que tiene delante, y poco a poco, lentamente, la luz se hace en su espíritu, y ante este, un fragmento de hueso, una piedra informe, un tiesto viejo de origen y de tiempo desconocido, le revela fenómenos no soñados, que alimentan la fantasía humana, madre de todos los conocimientos» 62.
La confianza de Moreno en el poder educativo de sus exhibiciones era tan extrema, que suponía que éstas tenían el poder de apartar el «público inculto» de lugares y actividades consideradas inapropiadas.
Atento a la opinión de los visitantes que comenzaban a frecuentar La Plata y, en función de sus propias observaciones, afirmaba que «muchos concurrentes a este establecimiento vuelven con frecuencia y que algunos lo visitan todos los domingos» y que «para el pueblo inculto el Museo se ha convertido en un lugar de amena reunión; respetuoso, observa lo que contiene, se extasía ante una gallina con sus polluelos, un gato salvaje que sorprende una perdiz, etc. Y olvida la taberna que quizá lo lleve al crimen» 63.
Cumplir su función en la investigación y en la educación laica y popular -simbolizando como museo de Historia Natural el dominio del hombre sobre su medio natural y las potencialidades económicas del territorio-sería ----60 MORENO (1890/1), p.
fundamental también para que el Museo de La Plata contribuyese con el proyecto liberal de nación que se tenía en la Argentina de fines del siglo XIX 64.
Pero alcanzar el museo ideal de Flower, combinando las funciones científicas y educativas de los museos en las vísperas del nuevo siglo, demandaba seguir instrucciones precisas que incluían una buena administración, considerar las dimensiones de los edificios y la separación de las colecciones.
Para la investigación los objetos deberían ser «no sólo excesivamente numerosos, sino que deben ser presentados de manera que permitan su examen y la comparación de cerca y fácilmente» 65 mientras que, para las exposiciones públicas, se recomendaba especialmente no sobrecargar las vitrinas y seleccionar cuidadosamente los objetos a ser expuestos.
Así Flower afirmaba que «una exposición pública para ser instructiva e interesante no debe jamás ser recargada.
No hay verdaderamente razón para que así sea.
Tal exposición, hecha sobre pequeña o grande escala, no puede contener sino ejemplares elegidos, en vista de las necesidades de una clase especial personas que deben visitar las galerías, y el numero de piezas debe ser proporcionado al espacio disponible» 66.
Las galerías pretendían ofrecer a los visitantes las condiciones ideales para comprender las nuevas perspectivas científicas y el recién descubierto «orden de la naturaleza», pero para eso era fundamental abandonar la vieja concepción de «cuarto de reserva o almacén» 67 que aún predominaba en los museos de la época.
En las indicaciones de Flower no fueron olvidados los cuidados con la iluminación, el polvo y la humedad, así como también se destacaba la necesidad de identificar claramente los objetos.
Flower recomendaba el uso de etiquetas para proporcionar al visitante informaciones sucintas que deberían ser complementadas por catálogos y guías.
El «objeto explicativo» debería ser acondicionado para la exposición y el espacio, tan caro a los museos de la época, aparece como un requisito indispensable para una adecuada contemplación de los objetos.
Desde una mirada en perspectiva, Flower preveía que en el futuro un museo ideal, debería tener aún menos piezas en exhibición, de modo que «el visitante pueda darse cuenta de la maravillosa complejidad de las proporciones que pone cada especie en relación con el medio que la rodea» 68.
Moreno señalaba una y otra vez en su descripción del Museo de La Plata que su organización inicial era, en cierta medida, transitoria.
La necesidad de construir nuevos espacios era mencionada permanentemente como requisito para un mejor ordenamiento de las colecciones y como condición para poder conseguir su museo ideal.
«Desgraciadamente cuando concebí este establecimiento no pude darle las proporciones que debió tener, habiendo sido consideradas como exageradas aún las actuales, lo que impide que pueda ser tomado como un tipo perfecto de Museo.
No dudo que llegará bien pronto el día en que la importancia de sus colecciones hará necesaria su modificación ensanchando sus galerías y completando mi plan.
Recién entonces podrá prestar los servicios de un museo en el amplio sentido de esta palabra» 69.
La necesidad de renovación y de cuidado permanente con las colecciones era otro de los requisitos indispensables de un buen museo.
Para solucionar el problema del deterioro inevitable de los ejemplares expuestos, Flower proponía contar con «una serie suplementaria de ejemplares comunes que se reemplazarían fácilmente cuando se deterioren, para el uso de profesores y discípulos» 70.
A inicios del siglo XX, su frase ampliamente divulgada -«Un museo se asemeja a un organismo viviente; exige atentos y constantes cuidados» 71 -sería repetida por João Batista de Lacerda en la dirección del Museo Nacional de Río de Janeiro 72 y por Alfonso Pruneda 73, en su estudio sobre los museos presentado ante la Sociedad Mexicana de Geografia y Estadística de México, como argumento para defender la necesidad de renovación periódica de las colecciones 74.
El museo ideal de Flower debería reunir en una sola institución las colecciones nacionales que ilustraban las diferentes ramas de la ciencia y del arte «colocándolas en tal orden y yustaposición que, sus relaciones mutuas sean visibles y que las propiedades de cada una puedan servir á elucidar todas las otras» 75.
Para cumplir ese ideal el Museo de La Plata, como fiel heredero de los museos de Historia Natural, se propuso también incorporar al hombre y su obra, como expresión máxima de la evolución de las especies.
Por eso su exhibición comenzaba con las primeras formas de vida conocidas y terminaba en las salas de Bellas Artes.
Los comentarios sobre las concepciones de ciencia y educación de los constructores de museos durante la transición para el siglo XX evidenciaron que la investigación científica, los rumbos que tomaba la Historia Natural y las exigencias en torno de la ampliación del alcance de la educación popular fueron dimensiones inseparables del rol que se proponía para los museos en el nuevo siglo.
Destacan también su inserción en un marco teórico que contemple el significado de la comunicación pública de los museos, en la dualidad de papeles que asumieron como instituciones científicas y como espacios privilegiados de formación de las incipientes masas urbanas.
Este proceso se acelera y se profundiza hacia inicios del siglo XX en América Latina, alcanzando desde museos escolares hasta aquellas propuestas explícitamente relacionadas a la educación y a las prácticas técnico-industriales.
En diferentes contextos, connotaciones profundamente elitistas y de marcadas divisiones sociales, se mezclaron con propósitos de acciones democráticas y de acceso generalizado a la educación, donde los museos se presentaron como instituciones esenciales de comunicación y control.
Las actuaciones educativas y científicas, los papeles culturales, ideológicos y políticos de los museos latinoamericanos, necesariamente deben ser comprendidos de forma no disociada de los cuadros conceptuales más amplios en que se insieren los procesos museales, científicos y comunicacionales que acompañaron los museos públicos desde sus orígenes.
La perspectiva histórica también sobre el tema de la educación y de la comunicación en museos, puede ser una contribución relevante en el sentido de superar dificultades y ampliar proposiciones como las de Morales Moreno 76.
En verdad, la acumulación de experiencias en el área, los trabajos de evaluación sobre prácticas educativas y los estudios sobre públicos en curso en América Latina, ya están exigiendo la búsqueda de reflexiones innovadoras que señalen nuevas perspectivas de acción frente a los desafíos colocados actualmente para los museos.
A Alda Heizer, investigadora del MAST/RJ la referencia de la Revue Rose.
A Magali Romero y Jaime Benchimol, investigadores de la Casa de Oswaldo Cruz, por el documento de Bertha Lutz.
Margaret Lopes agradece al CNPQ por el apoyo a sus investigaciones y Sandra Murrielo a la CAPES. |
La maquinaria social y las ciencias humanas.
Pensionados de la Junta para la Ampliación de Estudios en la Europa de la razón tecnocrática
La creación de la JAE y su política de pensiones promovió no solo los elementos integrantes del discurso oficial, sino otros intereses ligados a los enfoques tecnocráticos de los problemas sociales difundidos en la Europa de la modernidad.
En este estudio exploramos este segundo efecto, no reconocido suficientemente, mediante el examen de la trayectoria y propuestas de diversos pensionados que viajaron entre 1909 y 1932 a Alemania, Inglaterra, Bélgica, Suiza y Francia.
El establecimiento de la Junta para la Ampliación de Estudios en 1907 sirvió, como se ha afirmado, para activar un programa de renovación científica que, según el ideario de Cajal, debía contribuir a la revitalización de la cultura española1.
Uno de los instrumentos de este plan fue la política de pensiones, cuyo propósito era poner en contacto los científicos españoles con colegas extranjeros y con laboratorios donde se empleaban los procedimientos de investigación más avanzados.
Pero junto estos ideales se promovieron otros que tenían que ver con la extensión de los enfoques tecnocráticos2 a las ciencias humanas y a la resolución de problemas sociales y políticos acuciantes.
Profesionales interesados en la educación, la orientación profesional y la planificación urbana, seducidos por la autoridad de las tecnociencias, pretendieron ofrecer soluciones que preservaran el orden social y evitaran el desarraigo de las multitudes, unas propuestas que se distanciaban tanto del crudo taylorismo como de las actitudes revolucionarias o de los elitismos displicentes.
Como mantenía el alemán Hugo Münsterberg, uno de los iniciadores de la psicotecnia en Europa y Norteamérica, se buscaba un campo de estudios neutral alejado tanto del capitalismo despiadado como de las posiciones sentimentalistas (Münsterberg, 1913, pp. 5-11 y 18-19).
Eran unas propuestas que debían asegurar la adaptabilidad de amplios colectivos a los marcos institucionales y económicos y que, según se pensaba, debían mejorar, al mismo tiempo, la percepción que de sí mismos tenían los nuevos sujetos sociales, habitualmente excluidos de un sistema que los ignoraba.
Tests, pruebas mecanizadas, aparatos normalizados, nuevas orientaciones pedagógicas y planificación urbana fueron algunos de los recursos ensayados para conseguir los propósitos mencionados3.
Procedimientos y rutinas que fueron asimilados por algunos profesionales españoles vinculados de una u otra manera a la formación técnica, cuyos intereses se vieron favorecidos por la política de pensiones de la JAE.
En este estudio seleccionamos una muestra de esos pensionados que en sus viajes4 a centros emblemáticos, como la Escuela de Decroly, la Escuela Normal Superior de Saint Cloud, la Universidad Industrial de Charleroi o el Instituto de Psicología Experimental de Leipzig, comprobaron la relevancia otorgada a las técnicas científicas tanto para el estudio de las capacidades mecánicas e intelectuales de los individuos como para conseguir el ajuste social de amplios colectivos a los nuevos modelos productivos, profesionales, de entretenimiento y de gestión industrial.
Como afirma Charles L. Sanford, «La principal cuestión cultural subyacente del periodo no era el hecho de si el hombre occidental pertenecía a la máquina, sino en qué condiciones» (Sanford, 1981, p.
Algunos pensadores y referentes de la inteligencia y el arte europeo de las primeras décadas del siglo XX habían cuestionado la relación de subordinación existente entre los sujetos y las máquinas, ya fuera por el sometimiento al ritmo de la producción industrial o por la admiración que provocaban (Irigoyen, 2002).
Uno de esos intelectuales, y también pensionado, fue Ortega y Gasset.
Cuando el filósofo español empleó la expresión «Europa es ciencia» en el discurso pronunciado en la Asociación para el Progreso de las Ciencias el año de su fundación (1908), quería decir que los logros técnicos y avances que observamos derivaban del cultivo del conocimiento científico (Ortega, 1908, p.
Esta insistencia en la subordinación de la tecnología a la ciencia, tiene como objeto, como se pone de manifiesto en alguno de los trabajos reunidos en Meditaciones sobre la técnica (1935), la relatividad de las labores dedicadas a la producción artefactual (Ortega, 2006, pp. 421-427).
Cuando relacionamos estas afirmaciones con las realizadas con anterioridad en La rebelión de las masas (1930) se desprende que en Ortega pervive una visión intelectualista y elitista que alienta un acusado desdén por el ejercicio técnico y especialmente por su poder de seducción (Ortega, 2006, pp. 564-567)5.
La técnica, entendida como un fenómeno propio de una época y como suma de ciencia e industria, era para el filósofo español una de las razones de la sociedad masificada (Esquirol, 2001, p.
Pero no todos los pensionados compartían este concepto de modernidad.
Los que examinamos en este trabajo, en cambio, se plantearon las «condiciones» de la pertenencia de los sujetos a las máquinas sin cuestionarse su dependencia o no de los artefactos.
Así, en el primer apartado llamamos la atención sobre algunos casos, como el de Lorenzo Miralles, Antonio Ballesteros y Luis Valerí, enmarcados en el mundo de la pedagogía técnica, que transmiten en las impresiones que reúnen en sus viajes su interés por las manifestaciones de la cultura tecnológica e industrial y, dentro de este marco, por los valores que se derivan de los programas educativos recreados en los centros visitados.
Como se verá, los pensionados destacan que ya en la escuela primaria se observa un interés por acercar el pensamiento a la acción y, en general, por poner en práctica actitudes antiintelectualistas, propósitos que consiguen dignificar las labores manuales y prácticas, tradicionalmente excluidas de las apreciaciones clasistas.
En el segundo apartado, nos ocupamos de diversos ejemplos relativos a la psicología aplicada y a la psicotecnia, disciplinas cuya finalidad era realizar aportaciones a la integración de las personas a los marcos sociolaborales y a la resolución de la conflictividad social atendiendo a procedimientos científicos.
Aquí se siguieron dos estrategias: la conversión de la pedagogía en una ciencia, mediante el examen en las fases tempranas del aprendizaje de las capacidades intelectuales y motrices, y la centrada en la orientación profesional, en la búsqueda de la ocupación idónea en función de las competencias de los individuos.
Como se mostrará, recibieron una influencia de esta visión basada en los modelos de la psicología experimental varios pensionados, entre ellos Eloy Luis André, José del Peso y Salvador Ferrer.
En el tercer apartado, por último, examinamos los casos de Rafael Campalans y Julián Besteiro en relación con la promoción de una estética utilitarista al servicio del planeamiento urbano y del acceso de las clases desfavorecidas a las viviendas y a los entornos a escala humana, siguiendo para ello los presupuestos de un ordenamiento racionalista de la ciudad.
En estas tres dimensiones, la educativa, la profesional y la residencial se observa la presencia arquetípica de modelos que enaltecen la eficiencia funcional tecnocrática como respuesta al creciente protagonismo de sujetos sociales animados por la expansión de la civilización industrial en Europa, Japón y Estados Unidos.
Unas posiciones que significaban una alternativa al cambio basado en la acción revolucionaria de la clase obrera o desarraigada y que se aproximaban, en cambio, a las actitudes moderadas y reformistas del socialismo y el liberalismo ya extendidas desde finales del siglo XIX y principios del XX.
A continuación, siguiendo la división establecida, ampliaremos estas indicaciones con detalles procedentes de los efectos, expresados en memorias y proyectos, que los desplazamientos a establecimientos de Berlín, Leipzig, Londres, París, Bruselas y Ginebra tuvieron en los pensionados.
LA FORMACIÓN TÉCNICA Y MORAL DEL NUEVO OBRERO
Desde la Ilustración, la educación técnica tenía dos propósitos: el economicista, centrado en el aprendizaje de instrumentos para rentabilizar los recursos naturales, y el moral, cuyo cometido era conseguir la integración social del individuo e incrementar su autoestima a través de la formación práctica y la atención a las habilidades (Pannabecker, 1980).
El segundo objetivo subrayaba la importancia de la técnica como elemento esencial del desarrollo humano.
Comprobaremos que en las pensiones concedidas por la Junta para la Ampliación de Estudios se canalizaron y promovieron en el campo de la pedagogía visiones particulares enmarcadas tanto en la retórica del beneficio nacional como en la de la regeneración de personas cuya vía para ser eficaz en los modelos de la economía productiva dependía básicamente de su capacitación práctica.
Teresa Marín, en La renovación pedagógica en España, afirma que en el sector de la educación se observan diversos periodos en los que hay un incremento apreciable en la concesión de pensiones (Marín, 1999, pp. 120-128).
El primero se explica por diversas causas, entre ellas las medidas sobre educación de adultos y la implantación en España de la Escuela del Hogar y Profesional de la Mujer, que influyó en el aumento de demandas a la Junta sobre estos temas.
El segundo está relacionado con la creación de los Institutos-Escuela y del Grupo Escolar Cervantes en Madrid.
El tercero nos interesa particularmente por su relación con la enseñanza técnica.
La causa que se señala para explicar la subida es la promulgación en 1924 del Estatuto de Enseñanza Industrial (Decreto-ley de 31 de octubre).
Este, según se apunta en el texto, regulaba la formación del obrero, que presentaba diversas peculiaridades y que no era reducible a la enseñanza regular proporcionada en el sistema de educación primaria o superior.
Además, estos hechos coincidían con la presentación en esos años del proyecto socialista de educación, en el que junto a otros cometidos se pretendía impulsar la enseñanza profesional y dignificar las actividades no intelectuales mediante la atención a los trabajos manuales.
Además del grupo beneficiados por las pensiones según las razones aportadas por Marín Eced, en el primer periodo encontramos a Lorenzo Miralles, profesor de una escuela de artes y oficios e interesado por aplicar en los niveles educativos primarios reformas que vincularan la enseñanza técnica con las demandas sociales6.
Este interés de personas con formación científica o técnica o bien con intereses en la educación práctica que iban más allá de la estricta aplicación profesional, aparecerá posteriormente reproducido, como se verá, en la tercera etapa, dentro del marco político ya aludido.
El mencionado Lorenzo Miralles era catedrático de Aritmética y Geometría en la Escuela Superior de Artes e Industrias de Almería cuando recibió la pensión para viajar en 1909 y 1910 a Francia, Bélgica e Inglaterra.
En la memoria que elaboró posteriormente aparecen algunos presupuestos que consideramos de interés.
Aseguraba allí que la ciencia no solo era imprescindible para la organización de la industria, la agricultura, la higiene, sino para otros cometidos como la «formación del espíritu», ideas que están activas solo en algunos centros de manera excepcional, como en la escuela de Decroly (Bruselas) y en el Bedales School (Petersfield, Inglaterra) (Miralles, 1911, p.
En Francia, asegura, se ocupó de las líneas generales del plan para la enseñanza primaria, así como de la educación de los profesionales, donde destaca la formación científica y técnica que reciben sus estudiantes, y en particular la atención que se dispensa a los trabajos manuales.
Describe después algunos detalles sobre cómo tienen lugar las «lecciones de cosas»: los temas que se tratan, qué cuestiones plantea el docente y los materiales que se emplean.
Para Miralles estas prácticas representan una forma de introducir las ciencias experimentales, unas materias que comprenden, teniendo en cuenta el plan completo de enseñanza elemental, además de diversas nociones elementales, la transformación de materias primas en elaboradas (curso elemental), agricultura (curso medio, 9 a 11 años, y superior, 11 a 12).
Añade que la agricultura se imparte en escuelas ubicadas en distritos rurales y que él mismo visitó una en Cheville provista de un jardín para el ensayo de abonos y la realización de prácticas (Miralles, 1911, pp. 159-169).
«En íntima relación con la enseñanza de las ciencias experimentales -afirma—, debemos poner el cultivo de la habilidad manual.
El alumno en la escuela dibuja, modela y maneja los útiles de carpintería; así que, al salir de ella, lleva materiales bastantes o para continuar sus estudios o para ingresar en la industria si es esta su inclinación» (Miralles, 1911, p.
Pero los procedimientos aplicados en la primera etapa, que refuerzan la capacidad de observación y experimentación individual y autónoma, se abandonan poco a poco hasta perderse en los niveles superiores.
La enseñanza superior presenta así diversas deficiencias.
Cuando visitó Bélgica la impresión fue diferente.
Sus escuelas experimentales proporcionaban una educación tanto general como técnica.
Elogia el sistema de enseñanza en el que las lecciones de cosas pasan a llamarse lecciones de observaciones y donde se fomenta el aprendizaje individual, la experimentación, la importancia del trabajo manual y las visitas a museos, fábricas y talleres.
Menciona como teóricos de referencia a Ovide Decroly, Jean Demoor, Alexis Sluys y el «utilitarismo científico» de H. Spencer (Miralles, 1911, p.
Este último se invoca en los procedimientos que se aplican especialmente en la Escuela de San Gil, lugar en el que para proporcionar una «educación manual integral» al futuro obrero se considera improcedente todo aquello que distraiga del interés inmediato, como las puras teorías, abstracciones, teoremas, reglas, etc. (Miralles, 1911, pp. 169-170) Particularmente le llama la atención el protagonismo que en la enseñanza tiene el «sentido muscular».
Cita aquí una conferencia de Decroly, en la que se insiste en la importancia de ejercitar el tacto, la habilidad manual, que es «asiento de muchos sentidos» y vía fundamental para la «educación y desarrollo del cerebro» (Miralles, 1911, p.
Análogas sensaciones de admiración le produjo su visita a Inglaterra, el país en cuyas manos estaba, según pensaba, el destino del mundo.
Una percepción que debía tener un reflejo en el sistema educativo.
Aunque sus impresiones no le defraudaron, el símbolo supremo del acierto en la formación primaria seguía siendo la Escuela de Decroly de Bruselas7.
La razón es que era el único lugar donde lo principal no era la lectura, escritura y las cuentas, como en la mayoría de los centros visitados, sino la observación de la naturaleza, los juegos, los ejercicios corporales y los trabajos manuales (el dibujo, el modelado, la jardinería, la carpintería, etc.)
La insistencia tanto aquí como a lo largo del texto en la observación y la experiencia directa como base insustituible del aprendizaje significaba que el conocimiento y, en particular el conocimiento técnico, era el resultado de un proceso de prácticas y ensayos personales.
Era pues posible una tecnología que se originara en los propósitos individuales y en sus inclinaciones naturales, no en los grandes proyectos.
Aún se manifiestan aquí los propósitos vinculados a la tradición de las artes y oficios, defendidos en el siglo XIX en contra de la pura producción estandarizada por pensadores como John Ruskin o William Morris.
Una visión que veremos reflejada en parte en el ideario que se asoció al desarrollo de los Institutos-Escuela españoles, ensayos de una nueva pedagogía que comenzaron su andadura en 19188.
Pero también constatamos un factor que se convertirá en una constante durante el periodo que estudiamos: el antiintelectualismo como forma de reducir las diferencias clasistas y dignificar las tareas manuales.
En los años 1924 y 1925 hubo un ambiente favorable a la educación técnica, y la Junta fue sensible a esas prioridades.
Comenta Teresa Marín que «La industrialización y los movimientos obreros -sobre todo la influencia del pensamiento marxista- habían creado en Europa escuelas técnicas de todo tipo.
La educación del obrero era uno de los objetivos a alcanzar.
De ahí que la formación profesional, el nuevo concepto de instrucción como factor de producción, la socialización de la cultura, las relaciones escuela-trabajo, etc., influyeran en el profesorado a la hora de solicitar sus pensiones y, en la Junta, a la hora de concederlas» (Marín, 1999, p.
Pero también cabe añadir otras consideraciones, en este caso señaladas por Álvaro Soto Carmona, que tienen relación con un acontecimiento ya mencionado, la promulgación en 1924 del Estatuto de Enseñanza Industrial.
El historiador indica que el Estatuto aprobado durante la Dictadura de Primo de Rivera fue la respuesta oficial a los cambios que se estaban produciendo en el sistema de producción, cada vez más condicionado por la lógica de la competencia, de la productividad, de la especialización y del maquinismo.
En este contexto se planteó como imprescindible la mejora de los procedimientos educativos, cuya finalidad era contar con trabajadores que se adaptasen a los cambios técnicos y a las nuevas tareas que surgían al aplicar la filosofía de la división del trabajo en las instalaciones industriales (Soto, 1989, pp. 207-244).
Probablemente también había que transmitir al trabajador una disciplina, que se asimilaba en el proceso de alfabetización general y de alfabetización tecnológica iniciado en las escuelas primarias y especiales.
Para Álvaro Soto, el propósito del Estatuto según los argumentos ofrecidos era reorganizar las enseñanzas industriales para acomodarlas a la nueva economía e igualmente evitar el desorden que las iniciativas locales y provinciales provocaban, en clara alusión a los proyectos de la Mancomunitat catalana.
Como parte de esta reforma se pretendía facilitar el aprendizaje de un oficio y ofrecer medios para que estos servicios llegaran al mayor número de obreros (Soto, 1989, p.
También se preveía la creación de institutos de orientación profesional, a los que nos referiremos más adelante.
Pero la ineficacia del decreto en la práctica fue uno de los motivos para que el 21 de diciembre de 1928 se promulgara el Estatuto de Formación Profesional.
Algunos beneficiados por la concesión de pensiones en los años citados fueron: José del Peso Sevillano, Rodolfo Tomás Samper9, Luis Castellá y Lloverás, Gervasio Manrique Hernández, Leonor Serrano Pablo10, Luis Valerí Sahis y Antonio Ballesteros Usano.
Las ideas y grandes propósitos de los interesados en la renovación de la pedagógica técnica no difieren en una medida significativa de lo ya expuesto al hablar de Miralles.
Encontramos así que la mayoría seguía sintiéndose atraída por las prácticas docentes de Francia, Bélgica y Suiza.
El idioma era sin duda uno de los factores determinantes para esas elecciones, pero también seguían influyendo las expectativas de encontrar un modelo alternativo y prometedor que suplantara el sistema español.
Los profesores e inspectores encontraron esas variantes ajustadas a sus preferencias en parajes atractivos.
Por ejemplo, en el extrarradio de París, a una hora del centro en vapor desde Pont-Royal, se encontraba la Escuela Normal Superior de Saint Cloud.
Lo más destacado de la institución era el carácter práctico de sus enseñanzas, la relevancia concedida a las «ciencias aplicadas» y la insistencia en la metodología activa:
los becados españoles que visitaron esta Escuela, ponderaron repetidas veces el antiintelectualismo y el sentido práctico de las enseñanzas que se impartían en Saint Cloud: Los gabinetes de Física, Química y Ciencias Naturales, en los que cada alumno tenía su mesa, su colección de frascos con los principales reactivos y su instrumental de experiencias (probetas, tubos de ensayo, matraces, tijeras, mecheros...), amén de los aparatos más modernos en una y otra ciencia, despertaban las más entusiastas alabanzas en propios y extraños (Marín, 1988, pp. 97-98).
Por su parte, de Bélgica, con un sistema descentralizado, debieron llamar la atención a quienes les preocupaban los entresijos de la formación profesional las escuelas-taller, donde la enseñanza se articulaba en torno al dibujo, los trabajos manuales y el preaprendizaje de un oficio.
Antonio Ballesteros, Inspector de Primera Enseñanza y favorecido con tres pensiones (1921, 1924-25 y 1936), escribió en la memoria redactada tras el segundo viaje palabras de admiración hacia los métodos belgas, donde destaca de nuevo la atención a la experiencia y la preparación profesional que recibe el estudiante:
Y de este modo, por la labor que la escuela realiza puede presentarse como modelo de habilidad y de inteligencia al obrero belga, así Bélgica tiene sus campos perfectamente cultivados, dando la Agricultura un máximo rendimiento y llega en su industria a esa perfección y esa esplendorosa prosperidad que coloca a esta nación ejemplar a la cabeza de los pueblos industriales del mundo (Ballesteros, 1925, p.
La formación científico-técnica ya no solo respondía a las inclinaciones naturales y a la natural evolución del individuo, o bien atendía a su formación espiritual-integral, sino que ahora estaba vinculada de igual manera a las demandas productivas y prioridades estatales, según se reconoce en el texto anterior.
La pensión de Luis Valerí Sahis11, concedida en 1925 para una estancia de tres meses en Francia, Bélgica y Suiza, estuvo vinculada a la promulgación del Estatuto citado12.
Así lo declara en el extenso documento de su solicitud, donde reproduce los ideales de la enseñanza técnica, presentes en los proyectos de minorías e instituciones destinados a cambiar la condición de las clases menos favorecidas en los siglos XIX y XX.
Comenta allí que «van a establecerse en España nuevos organismos de enseñanza, cuya transcendencia tanto en el orden social de mejoramiento de la clase obrera, como en el orden técnico de perfeccionamiento industrial es, a todas luces, de extraordinaria importancia»13 y, a continuación, recuerda los valores que acompañan a este aprendizaje: el estudiante recibirá «al mismo tiempo que una instrucción técnica general al principio y especializada más tarde [...] una educación moral que eleve su condición, inculcándole el principio del alto valor espiritual del trabajo»14.
Celebraba en su escrito que entre las autoridades gubernamentales se hubiera tomado conciencia de la nueva realidad que representaba el obrero industrial.
Su formación demandaba, según asegura, un nuevo tipo de metodología donde la atención a la experiencia fuera el factor más relevante.
El cambio que defendía no atendía solo a una dimensión, sino que, según las áreas de interés que menciona en el plan de su viaje, afectaba a una variedad de parcelas que rodeaban esas prácticas, como las relaciones escuela-industria, la organización de las cámaras de comercio, los sindicatos de obreros y los aspectos legislativos que afectaban a la regulación local del aprendizaje.
No solo se buscaba pues información sobre aspectos técnicos, sino también sobre los jurídicos y los sociales, sin los cuales posiblemente los primeros no se podrían atender adecuadamente.
Prestó atención especialmente al método francés, tarea que se llevó a cabo mediante entrevistas con patronos, obreros y personal perteneciente a sindicatos y cámaras (JAE, 1927, pp. 121-124).
Cuando ofrece detalles de su itinerario, no faltan, como en otras solicitudes, la mención a alguna institución emblemática, cuyo prestigio como un argumento más para reforzar los motivos del viaje.
Así en Bélgica destaca «la gran Universidad Industrial de Charleroi, monumento de sabiduría e institución ejemplar en todos los órdenes de la enseñanza profesional obrera» (JAE, 1927, p.
LA ADAPTACIÓN AL NUEVO ORDEN SOCIOTÉCNICO
Las ciencias humanas, según se demandaba, debían ofrecer una respuesta a los cambios que estaban teniendo lugar en el sistema de producción, distribución, venta y selección de personal, cambios que desde 1900 afectaron a la concepción de la gestión («management») empresarial e industrial.
Uno de los primeros intentos de esta aproximación científica fue el taylorismo, que tomó sin embargo como patrón de eficiencia la ingeniería y las nociones de mecánica15.
El prestigio de la tecnología, comprobado a través de los inventos que transformaban el mundo doméstico y el paisaje urbano, ofrecía ejemplos para confiar en los planteamientos anteriores.
Pero la crudeza de sus principios provocó un rechazo apreciable en medios artísticos e intelectuales, oposición que fue inmortalizada en dos clásicos de la historia del cine: Metrópolis, de Fritz Lang (1926), y Tiempos modernos, de Charlie Chaplin (1936).
En los círculos académicos se pensó que la vía más adecuada para tratar la adaptabilidad de los sujetos a los entornos mercadotécnicos era el examen psicológico, lo que intensificó el interés por las estimaciones centradas en diversas parcelas del sujeto, como la respuesta motora, la percepción, el aprendizaje y, sobre todo, la clase de estímulo que podía aumentar o disminuir la fatiga.
Pero comprobaremos que para explorar la adaptabilidad del ser humano a los entornos artificiales, esta alternativa no se desprendió de los modelos e imágenes mecánicas, procedentes de la tradición de la fisiología, la psicología experimental y la antropometría, con una clara tendencia a la disociación del sujeto.
También buscaron los pensionados en Europa evidencias para convertir a la pedagogía en una disciplina verdaderamente científica, rigurosa y precisa, y para ello mostraron una elevada curiosidad por las técnicas producidas en el seno de los laboratorios y los gabinetes (Sorbona, El Colegio de Francia, Universidad Libre de Bruselas, Leipzig...).
Igualmente aprendieron a usar los tests y los procedimientos psicotécnicos y psicométricos de la psicología experimental, con los que esperaban conocer con precisión las aptitudes y capacidades de los estudiantes y efectuar acertados procesos de selección de profesionales.
Esto significaba trasladar a la población procedimientos de autocontrol basados en las rutinas sociotécnicas.
En España llamamos la atención, primero, sobre dos personajes: Eloy Luis André, por su interés, en principio llamativo, por introducir la filosofía de la orientación ocupacional en los institutos, y Emilio Mira y López (1896-1964), quien si bien no puede considerarse propiamente un pensionado de la JAE (la solicitó pero no fue aceptada), sí fue comisionado en 1921 para visitar centros de orientación profesional y de psicología experimental europeos.
Mira representa un buen ejemplo de los esfuerzos por convencer a una población escéptica de las bondades de los procedimientos tecnocientíficos y de su aplicación al asesoramiento laboral.
Es decir, comparte intereses con otros expertos españoles de la psicología aplicada, además de haber colaborado con el grupo de Madrid en la elaboración del mencionado Estatuto de Formación Profesional.
Después, nos ocuparemos de otros pensionados que atendiendo a problemas similares concibieron proyectos de investigación propios.
El primero fue pensionado en 1909 por la JAE y fue catedrático de Psicología, Lógica, Ética y Rudimentos de Derecho en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid desde 191916.
Nunca profesó simpatías hacia los movimientos del krausismo positivista ni de los conservadores neoescolásticos.
En «El porvenir de la Filosofía científica en España e Hispano-América» explica los motivos de su viaje a Alemania, así como sus discrepancias con el fervor europeizante de los institucionistas (André, 1912).
Allí medita sobre la promoción de una especulación filosófica que tenga en cuenta los resultados de las investigaciones científicas.
Y añade: «Aquí, a Alemania, hemos venido con el propósito de buscar instrumentos e iteración para el propio trabajo en nuestro hogar y solar espiritual.
Esta ayuda y este apoyo no nos despersonaliza de ningún modo [...]
Nosotros, más modestos en nuestra labor, queremos indicar con esto, que el despertar a la vida espiritual de un pueblo, solo se logra haciendo percutir en su ámbito mental los fuertes aldabonazos y el poderoso murmullo del tráfago científico de otro, que le sirva de mentor».
Los «instrumentos» y el espíritu científico modélico al que se refiere tanto aquí como en su solicitud17 los había encontrado en la universidad de Leipzig, donde André asistió a cursos y seminarios y trabajó en el Instituto de Psicología Experimental junto a William Wundt (Müllberger, 2014).
Escribió entre otras obras un manual de psicología experimental, cuya cuarta edición incluye una parte dedicada a la psicología individual, donde se tratan cuestiones de psicología ocupacional.
De análogo interés es la colección de instrumentos perteneciente al laboratorio de psicología del instituto madrileño, donde trabajó André y que en la actualidad se conserva parcialmente (Rodríguez, 2012).
Conforman una muestra que remite a la tecnología de los recursos corporales y mentales, una tecnología diseñada para medir la inteligencia y las aptitudes técnico-prácticas.
El interés de los planteamientos de André consiste en que si bien por sus concepciones sustancialistas del alma no sigue los presupuestos de la ortodoxia wundtiana ni del positivismo estricto, introdujo en su Psicología experimental, manual empleado en sus lecciones, consideraciones teóricas relativas al estudio de la fatiga, uno de los conceptos básicos de los análisis sobre la adaptabilidad persona-máquina y de las comprobaciones acerca del rendimiento de los trabajadores en el espacio de la factoría (André, 1931, pp. 318-320)18.
Por otra parte, Emilio Mira, quien mantuvo un espíritu pragmático que valoraba la vertiente práctica y no la especulativa de la ciencia, llegó a ser catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona en 1933.
Después de constituida la Mancomunitat, el Museo Social creado en 1913 (y dirigido por un ingeniero industrial, J. M. Tallada) fue transformado en el Secretariado de Aprendizaje, destinado a modernizar las funciones del anterior organismo19.
Este dio lugar a dos instituciones: la Escuela de Trabajo o Universidad Industrial, cuyo cometido era la formación profesional y humana de aprendices y que dirigió Rafael Campalans20, y el Instituto de Orientación Profesional (IOP), donde entre otras secciones contaba con un laboratorio de psicofisiología, dirigido por Emilio Mira, y otro de antropometría cuyo jefe era Luis Trías de Bes.
En 1921, con motivo de la organización de la Segunda Conferencia Internacional de Psicotecnia21, es comisionado por el IOP para visitar los centros europeos más destacados de orientación profesional y de psicología experimental, como el laboratorio de Lahy, en París; de Decroly, en Bruselas; de Myers, en Londres; de Claparède, en Ginebra; de Lippmann, en Múnich; de Moede, en Berlín y de Ferrari, en Milán (Iruela, 1993, p.
Para difundir la existencia del IOP se llevó a cabo una campaña dirigida a la población en general y a las escuelas, en particular, en la que se informaba sobre sus servicios.
Se ofrecía asesoramiento gratuito a los jóvenes para que eligieran la profesión más adecuada a sus capacidades.
Cuando llegaban se les abría una ficha y se tomaba nota de sus características generales.
Después se procedía a la realización de pruebas en el Laboratorio Médico-Antropométrico, donde se determinaban sus aptitudes físicas, y también en el Laboratorio Psicométrico, donde se establecían sus aptitudes mentales.
Con los datos se informaba al individuo examinado sobre las competencias profesionales más adecuadas a su perfil (Saiz y Saiz, 1996, p.
Las pruebas específicas llevadas a cabo para medir las habilidades del sujeto consistían en el uso de diversos instrumentos, los cuales proporcionaban un valor de la fatiga, la inteligencia, el carácter, la emoción, la memoria y aptitudes especiales como la habilidad para la aritmética y para el dibujo.
Pero no siempre había coincidencia entre los resultados y apreciaciones del enfoque científico y el procedente de las empresas (Soto, 1989, p.
En general, los resultados de la política que pretendía vincular la escuela y los oficios no fueron brillantes.
Entre las razones ofrecidas destaca la desconfianza de los trabajadores hacia las iniciativas calificadas como burguesas puestas en práctica por la Mancomunitat.
En particular, se asociaban los procedimientos del IOP con las ideas relativas a la racionalización del trabajo y a una organización industrial científica, resultado del desmantelamiento del taller y de la aparición de la producción en serie (Iruela, 1993, p.
A través del sistema de pensiones, otros profesionales relacionados con la enseñanza (inspectores y maestros) ampliaron sus conocimientos en las áreas cubiertas por la psicotecnia.
Por mencionar unos nombres, en esta circunstancia se encontraron Rodolfo Tomás Samper, José del Peso Sevillano y Salvador Ferrer y Culubret, cuyas tareas como pensionados en Francia, Bélgica, Suiza y Alemania representan una buena muestra de ese interés.
Así, en 1924, Rodolfo Tomás, maestro, se dedicó, como revela el índice de los trabajos y estudios llevados a cabo22, a los sistemas de ocupación profesional.
Visitó escuelas, observó las metodologías de enseñanza profesional y participó en demostraciones y experimentos psicométricos realizados en laboratorios.
A su vuelta, inició un ensayo de orientación profesional con cerca de un centenar de alumnos en el Colegio y Talleres de Nuestra Señora de la Paloma (Madrid).
Por su parte, José del Peso23, recién nombrado Inspector de Primera Enseñanza, centró casi todos sus trabajos en el «Cabinet» de Orientación Profesional del admirado Instituto J. J. Rousseau de Ginebra.
Entre los trabajos enviados a la Junta, llama la atención el que lleva por título «Diferenciación psicológica de individuos de ambos sexos» 24.
Comenta en las líneas previas a la presentación de los resultados que:
Las observaciones realizadas por mí entre alumnos adultos de Centros de enseñanza que he frecuentado, y entre alumnos de las escuelas primarias, han llevado a mi ánimo la convicción de que existen profundas diferencias, no solo cualitativas sino también cuantitativas, entre las distintas manifestaciones espirituales de hombre y de la mujer.
Pero esta convicción no ha tenido otra base que la simple observación o intuición de los hechos o fenómenos que en torno a mí se han producido, lo cual hace que, a pesar de todo, no le conceda objetivamente otro valor que uno puramente provisional.
Mis ideas sobre el problema, demasiado apriorísticamente formado han sido últimamente reforzadas por las experiencias que, para resolver otros, he realizado o he visto realizar en los Establecimientos docentes que en Ginebra frecuento.
He querido hallarles una comprobación rigurosamente científica.
A ello me han movido no solamente las inquietudes personales que han despertado en mí las cuestiones psicológicas, sino cuestiones de orden político y social:
De día en día el feminismo en todos sus matices se desarrolla más en los pueblos, y este desarrollo va imprimiendo nuevos rumbos a las sociedades y modificando ostensiblemente su estructura material y espiritual.
Las opiniones sobre su influencia actual y futura en el dinamismo social son tan discordantes como apasionadamente defendidas.
Se han vertido raudales de tinta en elogios y en ataques.
Pero la inmensa mayoría de las palabras que tal problema ha provocado han salido del corazón y no de la cabeza.
La ciencia, que es la que únicamente puede esclarecerlo y orientarlo, no ha dicho aún la suya.
Y yo tengo un gran interés en conocerla.
Por tal razón he afrontado el trabajo que menciono en estas cuartillas.
Más tarde reclama la autoridad de «dos de las figuras más ilustres de las ciencias psico-fisiológicas: M. Claparède y M. Lipmann (sic)», quienes supuestamente le apoyan en sus investigaciones (ellos mismos han confeccionado sendos tests para estimar los matices que el sentido de lo cómico reviste en ambos sexos).
Añade finalmente que el trabajo no está sino en su fase inicial y que se espera que culmine en el futuro.
En los ensayos ya realizados, una de las experiencias consistió en la determinación del tiempo de respuesta en la lectura, en la denominación de objetos y en la asociación de ideas.
Se ofrecían a continuación los datos dispuestos en columnas.
Pero los resultados no permitieron, como indica Del Peso, aventurar conclusión alguna, debido según el autor al escaso rigor científico de las experiencias: los aparatos carecían de fiabilidad y no existía una interpretación clara sobre la respuesta de los sujetos.
Tampoco algunos designados por la Junta otorgaron una excesiva relevancia al conjunto de sus dedicaciones, a juzgar por la nota que escribió Martín Navarro25 el 28 de marzo de 192626.
El tercero de los mencionados anteriormente, Salvador Ferrer, también Inspector de Primera Enseñanza, disfrutó de la pensión entre 1932 y 1933, después de dos intentos anteriores.
Sus intereses, como los ya citados estaban centrados en la orientación profesional, la psicología experimental y las técnicas del trabajo.
Estuvo vinculado al Instituto de Orientación Profesional de Barcelona, hecho que se refleja en la memora enviada a la Junta y que lleva por título «Contribución de la Escuela primaria a la orientación profesional» (Madrid, 1926).
Allí hace una defensa del centro catalán y expone algunos de los problemas que en esos momentos preocupaban a los investigadores: la multiplicación de tests o la falta de un test general para medir la inteligencia27.
Para paliar esta dificultad, en el Instituto se había creado, como asegura, la «Hoja psicológica», muy apreciada en ambientes académicos.
Si Del Peso había concebido la esperanza de resolver algunos dilemas culturales a través de la tecnología vinculada a la psicología experimental, Ferrer no es menos ambicioso al proponer su «Estudio biológico y psicológico del niño», ponencia que presentó en la Asamblea de inspectores28.
Allí explicaba el propósito último de este trabajo: «[
] obtener conclusiones que sirvan para un fin utilitario en la máquina de la enseñanza nacional –es preciso que la Inspección de Primera Enseñanza se revista de un matiz técnico de que hoy carece».
Se defiende frente a quien quiera presentarlo como un fanático de los números o bien un reduccionista que separa las diferentes actividades del sujeto o contempla a éste de forma aislada.
No es esta, según insiste, su pretensión ni los números son la panacea, sin embargo sin ellos no obtendremos una «noción exacta del niño».
«Todas las demás expresiones no son despreciables, ni mucho menos, pero carecen de importancia fundamental, entre otras razones porque al ser empíricas dependen del momento psíquico de quien las emplea» Y esto quiere decir que para Salvador Ferrer los estudios deben consistir básicamente en «Medir [
] Porque la resultante de una medida dará siempre un dato concreto, controlable, dispuesto a ser comparado con otro dato».
Una tarea que remite a examinar la idoneidad de los tests, a determinar qué es exactamente lo que hay que medir y a establecer qué es un «niño normal» 29.
URBANISMO Y UTOPÍA SOCIAL
Desde la extensión de la revolución industrial, particularmente en Inglaterra, los intelectuales o intelectuales-empresarios advirtieron que la tecnología arquitectónica podía emplearse para aliviar la condición desfavorable de amplios colectivos.
Varios autores ya clásicos, como J. Bentham, W. Strutt y R. Owen hicieron aportaciones con la intención señalada (Pacey, 1980, pp. 237-250).
Siguiendo esta perspectiva, en España se intentaron llevar a cabo algunos proyectos que tenían un inconfundible componente utópico, basados algunos de ellos en la idea de la «ciudad-jardín» del socialista inglés Ebenezer Howard (Arias, 2003, pp. 53-57).
Centrándonos en el siglo XX, aunque con antecedentes en el anterior30, uno de los planes más destacados en el sentido mencionado fue el de la Ciudad Lineal de Arturo Soria.
En realidad, la primera piedra se puso en 1894 y comprendía un eje de 50 km. por 500 m, con una sola calle central de 40 m. de anchura y calles perpendiculares.
Todas las avenidas debían tener edificios bajos rodeados de árboles, con una huerta en la parte posterior y un jardín en la entrada.
Para evitar la impresión de «gueto», destinado a un barrio obrero, se diseñó con un propósito interclasista, también pensado para ubicar viviendas para personas con mayor poder adquisitivo y con servicios compartidos.
Otro de los movimientos con componentes próximos al socialismo que pretendió cambiar el sistema de acceso a las viviendas y la planificación urbana fue el autodenominado GATEPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el progreso de la Arquitectura Contemporánea, creado en 1930), interesado en el desarrollo de la arquitectura racionalista y el urbanismo funcionalista e higienista31.
Aquí prestaremos atención a las ideas y actuaciones de dos pensionados, Rafael Campalans y Julián Besteiro, cuyos planteamientos mantienen algunos puntos comunes con las concepciones vistas, en particular con los presupuestos de la estética utilitarista.
Rafael Campalans, ingeniero, pensador catalanista y militante socialista mantenía que con obreros ignorantes se alcanzaría la dictadura de un partido único, no una democracia social real32.
Junto a esta preocupación por la formación de los trabajadores, se interesó por la dimensión social de la arquitectura y el urbanismo.
En 1911 conseguía una beca concedida por la JAE para ampliar conocimientos de arquitectura industrial33.
El plan comprendía, según declara, relacionarse con ingenieros y arquitectos de Francia y Alemania en la materia mencionada; examinar las obras más notables de ambos países y asistir a cursos (particularmente los del prestigioso Lucien Magne, de la Escuela Nacional de Bellas Artes).
Estuvo disfrutando de la pensión 16 meses, ya que la solicitud inicial de un año fue prorrogada.
La primera etapa la dedicó básicamente a la asistencia a cursos y durante la segunda, junto a estas tareas, trabajó en talleres de construcción y también visitó barrios industriales y obreros, escuelas técnicas, obras urbanas, centrales de energía, museos sociales y ciudades obreras.
Aparte de estas alusiones poco precisas, poco más se conoce de sus viajes.
Se sabe que también estuvo en Austria, Bélgica, Suiza, Holanda e Inglaterra.
En París conoció a Jean Jaurés, diputado socialista en 1893, defensor de las causas obreras, pacifista y laicista, asesinado en las vísperas de la Primera Guerra Mundial.
Posteriormente realizó una pequeña estancia en Bélgica y se trasladó, asesorado por Jaurés, a Alemania, donde entró en contacto con la socialdemocracia y se interesó por la tecnología de ese país (Balcells, 1985, p.10).
Finalizó en febrero de 1913, con 26 años, y un año después fue nombrado técnico de la Mancomunitat.
Atendiendo de igual manera a las prioridades de la administración regional de Cataluña, fue designado director de la Escuela de Trabajo.
Unos puestos que compatibilizó con cargos en la industria privada.
Su visión de Barcelona en esos años es representativa de su pensamiento.
En un texto publicado en Revista Nova habla en contra de los planteamientos que la Exposición de Industrias Eléctricas, aún en proyecto34, ha alentado (Campalans, bajo el pseudónimo de Jaume deFrontanyà, 1914, p.
Destaca aquí su predisposición a la racionalización y ordenación del espacio urbano, idea que recuerda a la utopía foureriana y el falansterio como unidad arquitectónica y de convivencia, así como a los proyectos de las ciudades ideales.
Se queja en ese breve escrito de las individualidades y las genialidades, cuya obsesión es la construcción de arcos y puentes colgantes; de la falta de una ordenación general de la ciudad; del descuido de calles y barrios; de la inexistencia de barrios-jardines donde «pueda vivir dignamente el pueblo que trabaja».
E igualmente reclama la constitución de una Junta de la Gran Barcelona análoga a la Verband Gross-Berlin, la urbe alemana en la que probablemente esté pensando cuando se refiere a la conveniencia de fijarse en las ordenanzas municipales de una «ciudad civilizada».
En otros artículos dedicados particularmente a la estética arquitectónica revela algunos rasgos más de su mentalidad en esos años.
En «Problemas de estética contemporánea» (Campalans, 1913, pp. 617-618), publicado con anterioridad a «Barcelona, alma mater», se presentan los presupuestos que guían su actitud hacia estas expresiones de la tecnología.
Aquí ya rechaza, distanciándose de romanticismos y modernismos, las singularidades, así como la pretensión de confundir la arquitectura con un arte puro.
La ciudad moderna para él, lejos de ofrecer una imagen de unidad, es una amalgama de estilos y caprichos.
Cuando señala algunos ejemplos, como Notre Dame, el autor quiere hacer entender que estas construcciones son expresiones de una cultura, creaciones de un «alma colectiva».
Así, en el arquitecto-ingeniero, que no artista, deben prevalecer criterios de utilidad, racionalidad y –añadiríamos– de sociabilidad.
Entorn a l 'evolució de l' istil» (Campalans, 1915, pp. 14-15) apunta una concepción del progreso que contribuye a entender los temas examinados hasta ahora y a relacionar su visión con idearios socialistas.
El progreso humano, según Campalans, depende de la evolución social y de las producciones materiales, no es el resultado del perfeccionamiento del espíritu.
La conclusión del autor es que la arquitectura es arte aplicado y que esta acepción no significa una merma de su dignidad y nobleza: en la utilidad hay una cierta belleza.
Las preocupaciones de otro socialista, Julián Besteiro, beneficiado igualmente por la política de pensiones de la JAE, se inscribe en esta atención a la relación entre urbanismo y reforma social.
En 1909 viajaba a Alemania con la intención de trabajar en la Universidad de Múnich sobre el «Método de investigación de la Ética Científica, especialmente bajo la dirección del profesor [Theodor] Lipps».
Tras la solicitud de un permiso dirigido a la JAE para dedicar un semestre de permanencia en Leipzig y Berlín, el 11 de noviembre de 1909 se establecía en esta última ciudad, en este caso para trabajar con P. Bath.
Más adelante, consiguió la consideración de pensionado para estudiar lógica en París y en Berlín durante el verano de 1913.
Durante sus viajes no solo atendió a cuestiones académicas, sino que prestó atención a la realidad social y a los intensos debates existentes en esos momentos entre los representantes más notables de los movimientos obreros, adhiriéndose a la corriente de Karl Kautsky.
Como confesaba años más tarde en una entrevista concedida a la revista La Esfera (14 de diciembre de 1918), la experiencia de la estancia en Alemania fue fundamental para consolidar sus convicciones socialistas.
Durante la Dictadura de Primo de Rivera, además de su actividad política, Besteiro obtuvo nuevamente una pensión para realizar estudios en Inglaterra sobre la Worker's Educational Asscociation.
En la solicitud hacía ver que los conflictos económicos y sociales de la época demandaban soluciones en las que había que contemplar no solo las respuestas de la filosofía teórica representada por la lógica, sino otros factores relativos a las transformaciones sociales35.
Llegó a Londres el 25 de febrero de 1924 y allí se interesó por las políticas laboristas (en enero se había formado el primer gobierno laborista de la historia de Inglaterra), en especial por las medidas para facilitar el acceso a la vivienda de la población y por el funcionamiento de los sindicatos.
También se preocupó por los planes relativos a la higiene pública y, sobre todo, por las relaciones entre la Universidad y el mundo obrero.
En la conferencia pronunciada en la Casa del Pueblo de Madrid unos años antes, en 1920, ya había mostrado los principios de su ideario en los temas relativos al urbanismo, en los que se vinculaba la política de viviendas a la política social (Besteiro, 1920)36.
Posteriormente, en plena guerra civil se creó el Comité de Reforma, Reconstrucción y Saneamiento de Madrid, presidido por Besteiro, que entre otros trabajos elaboró un Plan Regional para la capital.
En su orientación, según se ha afirmado, influyeron los conocimientos de Fernando García Mercadal, representante del racionalismo arquitectónico e impulsor de la fundación de GATEPAC, la personalidad del propio Besteiro y su vinculación al ámbito cultural inglés (Terán, 1978, pp. 91-94).
Además de las medidas para revitalizar el deterioro de los barrios, estaba prevista la creación de zonas de recreo y esparcimiento popular (las llamadas Playas del Jarama) mediante el aprovechamiento de las márgenes de los ríos con playas artificiales y edificaciones de uso colectivo.
Hemos comprobado que, partiendo de la idea de Sanford que se exponía al principio, varios expertos, representantes de la cultura española y alentados por la política científica de la JAE, optaron por buscar en qué condiciones se contemplaba la pertenencia de las personas a las máquinas, actitud que no cuestionaba la imparable extensión de la civilización artefactual ni su conveniencia para satisfacer los deseos de las multitudes.
Para ello la pedagogía debía dejar de ser un arte y vincularse a la psicología experimental, ligada a su vez a un conjunto de técnicas de medición y de elaboración de tests37.
Unas prácticas que, en correspondencia con las variables que detectaban y medían los aparatos, representaban una naturalización de las capacidades y procesos humanos, contribuyendo igualmente a una taxonomización de las personas.
De esta manera se clasificaban las diferentes habilidades del individuo, práctica derivada de la crecente especialización social y de la división del trabajo.
También se buscaron soluciones en la educación elemental e intermedia que facilitaran el reconocimiento y la dignificación de la práctica.
Los pensionados con intereses en la formación técnica no solo pensaron que ésta era beneficiosa para la adaptación del trabajador a los cambios industriales, sino que de igual manera defendieron que se contribuía con su difusión a un cambio de mentalidad dentro de la sociedad: se eliminaban las actitudes clasistas y también las amenazas de una subversión social.
Junto a los propósitos anteriores, se extendieron diversos valores, como los sistemas descentralizados, las tendencias antiintelectualistas, la eliminación de la distinción entre pensamiento y técnica, la enseñanza manual, el contacto con la naturaleza y las fórmulas de la escuela-taller, la escuela-jardín, la escuela-granja, etc. Ideas que se sustentaban en las supuestas inclinaciones naturales del niño y en el racionalismo utilitario de la ciencia (enseñar a utilizar lo que sé o aprender utilizando).
Valores que podían convertirse en la base de una política reformista que aproximara sensibilidades liberales y socialistas.
En cuanto a los presupuestos de la psicología ocupacional, como afirma Francisco Villacorta, si bien se intentaba mantener una distancia con el taylorismo, se reconocían las virtudes del «enfoque tecnocrático de los problemas del mundo social, en contraposición radical a los enfrentamientos entre clases y a los mecanismos clásicos de abordarlos por parte de las políticas públicas» (Villacorta, 2012, p.
La adaptabilidad a la máquina se promovió de igual manera con la planificación de edificios y de entornos urbanos y naturales.
Las multitudes podían disfrutar de viviendas a escala humana rodeadas de árboles y jardines y también de amplios espacios de recreo, destinados al «ocio de masas», como las piscinas, parques deportivos y playas artificiales.
Ejemplo de esto último es la Playa del Jarama, cuyo proyecto buscaba atender a «los miles de almas que por los ferrocarriles de MZA y de Arganda, así como por los autobuses de Paracuellos, San Fernando y Mejorada salen de Madrid todos los domingos en busca del río Jarama que, por tener un cauce superior al del Manzanares, permite ser utilizado» (Sambricio, 2003, p.
Para humanizar los enfoques puramente mecánicos de los problemas, que contemplaban solo tiempos y movimientos, en la metodología psicotécnica se introdujeron otras variables, como las motivaciones, intereses, habilidades motoras, capacidad visual...
Pero sus logros fueron desiguales, como los proyectos mencionados a lo largo del texto, ya que como ocurre en los procedimientos ajustados a una epistemología tecnocientífica, las proyecciones y correlaciones solo pueden efectuarse a partir de elementos manipulables, medibles y detectables por los aparatos.
Estos definen condiciones muy generales, que no alcanzan a prever las situaciones específicas en marcos reales.
En la motivación y ánimo de los trabajadores, probablemente en su efectividad y dedicación, también influían otros factores culturales y relativos a las políticas empresariales y sociales no contemplados directamente en los artefactos, como las remuneraciones, las posibilidades de promoción, la regulación de los horarios, la formación, la seguridad y otras demandas laborales. |
La extensión del seguro de salud en Iberoamérica: una estrategia de política exterior del franquismo en la inmediata posguerra (1942-1959)
La dictadura franquista por motivos de estrategia política intentó influir en materia de seguros sociales, en especial en la cobertura de la enfermedad, en los países iberoamericanos durante las décadas de 1940 y 1950.
Los resultados de esta colaboración resultaron mediocres en la práctica y produjeron pocos avances reales, al margen de la imitación de las instituciones de gestión y algunos cursos de formación actuarial y estadística.
Este fracaso se debió en gran medida al propio atraso y debilidad del modelo de cobertura sanitaria de la dictadura franquista ahogado por un déficit financiero crónico y con graves limitaciones tanto en la cobertura de la población como en las prestaciones ofrecidas.
A partir de la década de 1960, una vez superada la etapa de aislamiento y autarquía, las autoridades franquistas redujeron su interés en la estrategia iberoamericana y comenzaron a mirar a Europa.
A principios de los años cuarenta España permanecía a gran distancia de las naciones más industrializadas en la adopción de programas de seguros sociales estatales.
En realidad, se encontraba más cerca de la situación de los países iberoamericanos que del grupo de países desarrollados que habían sentado las bases del Estado de bienestar antes de la ii Guerra mundial1.
Desde el punto de vista cronológico, se pueden distinguir dos etapas en el proceso de difusión internacional de los seguros sociales (Ritter, 1991; Usui, 1994).
Hasta la i Guerra mundial los seguros se difundieron de manera muy lenta y en la mayoría de los casos bajo regímenes de libertad subsidiada.
En esta primera etapa solo Francia, Dinamarca y Reino Unido llegaron a cubrir los cuatro riesgos fundamentales (accidentes de trabajo, pensiones, enfermedad y desempleo), aunque con cobertura limitada.
Sin embargo, durante el periodo de entreguerras se produjo un desarrollo acelerado en los seguros sociales, sobre todo en los países de la Europa occidental y otros países de colonización europea.
La historiografía ha destacado como principales factores de este despegue: el impacto de la i Guerra mundial sobre las demandas sociales, el fortalecimiento del movimiento obrero y el desarrollo de estructuras democráticas en muchos países.
Más tarde, la Gran depresión implicó una ampliación de las responsabilidades del Estado.
Norteamericana, promulgada por Franklin D. Roosevelt en el contexto del New Deal en 1935, supuso quizás la consagración internacional de esta tendencia.
Por otro lado, hay que destacar también la labor de instituciones internacionales como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Asociación Internacional de la Seguridad Social (AISS) en la difusión de los seguros sociales2.
Más adelante, la Carta Atlántica (1941), los Informes Beveridge (1942 y 1944) y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 1948 confirmaron esta tendencia, según la cuál «toda persona, como miembro de la sociedad tiene derecho a la seguridad social» (art. 22).
Finalmente, en el Informe OIT a las Naciones Unidas (1949) se describe la seguridad social como «un anhelo de los pueblos trabajadores del mundo, de que no se repitan los sufrimientos de la gran depresión anterior a la guerra».
En el núcleo de los países pioneros, todos ellos europeos (Reino Unido, Alemania, Dinamarca e Irlanda), a finales de los años treinta ya se habían implantado los cuatro seguros sociales básicos con elevada cobertura real sobre la población (Köhler y Zacher, 1982; Flora, 1983; Ashford, 1989).
En un segundo nivel encontramos otro grupo de países europeos que contaban con los cuatro seguros, pero mantenían unas tasas de cobertura moderadas (Noruega, Suecia, Holanda, Bélgica, Italia, Francia, Austria, Luxemburgo y Checoslovaquia).
El resto de países presentaban en el mejor de los casos sistemas incompletos, ya que habían cubierto algunos de los riesgos sociales básicos.
Este era el caso de España, que tuvo que esperar hasta después de la Guerra civil española (1936-1939) para implantar un Seguro Obligatorio de Enfermedad.
Por entonces, 25 países europeos, 6 países latinoamericanos, Japón y Nueva Zelanda habían logrado aprobar leyes para cubrir este riesgo (Herranz, 2010 y Murray, 2007).
De este modo, mientras en la Europa occidental posterior a la segunda posguerra mundial se desarrollaba un Estado del bienestar sostenido en bases democráticas, en España se ponía en marcha un primer Seguro Obligatorio de Enfermedad en 1942, vinculado a los intereses políticos de una dictadura fascista3.
Pero ¿cómo trató la dictadura franquista el tema de la cobertura sanitaria en sus leyes fundamentales?
Durante la Guerra civil, los principios básicos del gobierno sublevado quedaron definidos en el Fuero del Trabajo (1938).
Por lo que se refiere al periodo objeto de estudio en este artículo, solo encontramos dos referencias (Benjumea, 1990).
De un lado, los artículos 28 y 29 del Fuero de los españoles (Ley de 17 de julio de 1945) reconocieron el derecho de los trabajadores a la cobertura de los riesgos sociales y el compromiso del Estado para mantener instituciones de asistencia públicas o impulsar la creación de otras privadas.
De otro lado, los Principios del Movimiento Nacional (17 de mayo de 1958) ratificaron de nuevo el derecho de los españoles a los «beneficios de la asistencia social y los servicios sociales», aunque no contemplaron el derecho a la salud de manera específica.
Sin embargo, el Seguro Obligatorio de Enfermedad aprobado en 1942 se había convertido en la pieza clave de un discurso propagandístico paternalista de «justicia social» que trataba de amortiguar las tensiones internas del país en un marco de control de la población, represión laboral y pésimas condiciones de vida.
Nos referimos a un sistema de cobertura imperfecto que generaba graves problemas de equidad derivados de la desigualdad protectora.
Por ejemplo, el sistema dejaba fuera de su ámbito de prestaciones a sectores tan amplios de la población trabajadora como los activos agrarios, que representaban el 50,5% de la población activa total española en 1940 (Nicolau, 2005).
Además, el Estado se desentendió por completo de su financiación y se limitó a desempeñar un papel regulador, exigiendo las cuotas a quienes por ley estaban obligados a cotizar al sistema y regulando los pagos cuando el posible beneficiario cumplía las condiciones exigidas por la ley.
Por tanto, el régimen franquista defendía en última instancia el principio de autofinanciación del régimen social4.
En general, la mayor parte de los seguros sociales durante la dictadura franquista estuvieron costeados básicamente por empresarios y trabajadores, quienes destinaban un porcentaje de su raquítico salario a las cotizaciones y recibían unas prestaciones irrisorias, cada vez más depreciadas por la fuerte inflación del periodo.
En consecuencia, los trabajadores se convirtieron en las principales víctimas de las imperfecciones del sistema de previsión social franquista.
Este modelo protector careció además de dos pilares básicos en los modelos de cobertura social vigentes en los países de la Europa occidental tras la ii Guerra mundial: la universalización de las prestaciones y el carácter redistributivo desde el punto de vista social (Comín, 1996).
Más allá de los fines estratégicos del seguro en el interior del país, la dictadura lo utilizó también como herramienta clave en su política exterior en la inmediata posguerra, tratando de exportar el modelo a las naciones iberoamericanas políticamente más próximas al régimen.
Este artículo propone analizar este proceso poco conocido y estudiado en la historiografía española que ofrece una evidencia clara del papel de «Madre Patria» que la dictadura pretendía representar con los países latinoamericanos y un ejemplo de la maquinaria propagandística del régimen que pretendió dar lecciones de un sistema de previsión con graves problemas financieros y con una cobertura muy limitada.
LA POLÍTICA EXTERIOR DEL FRANQUISMO EN TORNO AL SEGURO DE ENFERMEDAD EN LA INMEDIATA POSGUERRA
La derrota de las potencias del Eje en la ii Guerra mundial obligó al franquismo a configurar una nueva estrategia en su política exterior.
Sin embargo, los aliados no olvidaron en la inmediata posguerra las simpatías mostradas por la dictadura española a los regímenes derrotados5.
La desconfianza mutua entre el gobierno franquista y los países capitalistas occidentales se tradujo en aislamiento diplomático y exclusión de algunos organismos internacionales como la ONU.
La tensa situación tampoco facilitó los contactos económicos con el extranjero.
Tras una década de aislamiento bajo el periodo autárquico que se prolongó hasta los años cincuenta, la dictadura franquista logró que las democracias occidentales pasasen por alto su alianza con el nazismo y lo integrasen en su sistema estratégico, a la sombra de la guerra fría.
Así, por ejemplo, Estados Unidos promovió la inclusión de España en la ONU en 1955.
Desde esta década, la política económica de la dictadura emprendió el camino de la liberalización económica, aunque sin renunciar a sus bases ideológicas y al control y represión de la población.
Dentro de este contexto, Franco trató de buscar alianzas políticas con los países de América Latina con el fin de que España pudiera volver a representar cierto papel en el marco internacional.
Aún siendo consciente de que ya no era posible volver al imperio territorial, la dictadura soñaba con recuperar el papel tutelar, la influencia política y la posición de liderazgo de España sobre los países latinoamericanos6.
En realidad, el interés del fascismo por convertir a España en «Madre Patria de la Hispanidad» ya aparece en las bases ideológicas de los grupos fascistas, sobre todo la Falange Española, durante la década de 1930.
Sin embargo, tras la Guerra civil, la idea de Hispanidad, directamente relacionada con el ansia de ser imperio, cobrará nueva forma, transformándose en un símbolo de la «nueva» España fascista y de su política exterior.
En consecuencia, la política iberoamericana pasó a representar un doble papel en la dictadura: un instrumento propagandístico para legitimarla en el poder, al identificarla con la España imperial defensora de los valores católicos, y una herramienta para ganar aliados, influencia exterior y lograr que el país fuese admitido de nuevo en la comunidad internacional.
La previsión social representó un papel clave dentro de esta política.
El Ministro de Asuntos Exteriores español, el falangista Alberto Martín Artajo (1945-1957), fue uno de los principales impulsores de la política exterior iberoamericana.
Recién llegado al Ministerio impulso la creación del Instituto de Cultura Hispánica (INC) en 1945, con el fin de proyectar la imagen de España y coordinar las relaciones culturales con el mundo hispánico7.
Durante los años cincuenta, en la sede madrileña del Instituto se multiplicaron las conferencias, seminarios, exposiciones y congresos en torno al tema central de las relaciones entre España e Iberoamérica.
A medida que se comenzaron a recuperar los contactos diplomáticos con el bloque occidental, la estrategia iberoamericana dejó de tener un papel central en la política exterior española, aunque el proyecto nunca se abandonó por temor a un nuevo rechazo8.
Al igual que otros muchos ámbitos, la política de seguros sociales fue utilizada por la dictadura como «un eslabón más de la cadena que hoy liga a los pueblos de Iberoamérica» 9.
En realidad, los países de la otra orilla del Atlántico ya venían colaborando entre ellos en este ámbito desde 1936, cuando los Estados miembros de la Organización Internacional del Trabajo suscribieron una resolución que establecía los principios fundamentales del derecho de seguro social para los trabajadores en América durante la conferencia de trabajo de Santiago de Chile10.
Dos años más tarde, quedó constituido un Comité Interamericano de Iniciativas en Materia de Seguridad Social con el propósito de que los gobiernos e instituciones de seguridad social de los países de América llegaran a constituir, con carácter permanente, un organismo de estudio, colaboración, información y acción teórica.
El Comité celebró la primera Conferencia Interamericana de Seguridad Social (CISS) en Chile, los días 10 y 16 de septiembre de 1942.
A este foro asistieron buena parte de los países del continente: Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Haití, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, y Uruguay, así como representantes de la Oficina Internacional del Trabajo, de la Oficina Sanitaria Panamericana y del Instituto Internacional Americano de Protección a la Infancia.
Entre sus principales objetivos podemos destacar: contribuir al desarrollo de la seguridad social en los países de América, cooperar con las instituciones y administraciones de seguridad social; emitir declaraciones, adoptar resoluciones y formular recomendaciones en materia de seguridad social; e impulsar la cooperación e intercambio de experiencias.
La dictadura franquista reconocía a finales de los años cuarenta que estos organismos venían realizando una importante labor en materia social, pero decidieron impulsar su propia red de cooperación con los países de América Latina bajo dos argumentos principales que teóricamente legitimaban su iniciativa.
Primero, la ejemplar previsión social española, que describían como un modelo digno de exportar.
En consecuencia, la experiencia española podía ser de gran utilidad para países con raíces culturales comunes.
Segundo, señalan que la participación de Estados Unidos como país miembro de la CISS suponía la presencia de «dos posiciones teóricas dispares en el terreno de los principios sociales y morales del seguro, lo que podría perjudicar los intereses del mundo hispánico»11.
Desde el «viejo solar católico de la Madre Hispana», España propuso a estos pueblos un nuevo foro para cooperar en el logro de mejoras sociales, sin el yugo de la América del Norte12.
El Ministro de Asuntos Exteriores (Martín Artajo) y sobre todo el Ministro de Trabajo (Girón) y los miembros del Instituto Nacional de Previsión (INP) y del Instituto de Cultura Hispánica se entregaron a esta labor durante los años cuarenta, a través de contactos diplomáticos y múltiples viajes por diversos países latinoamericanos.
Fruto de esta estrategia, se consiguió celebrar el I Congreso Iberoamericano de Seguridad Social en la sede del INC en Madrid en 195113.
Su principal objetivo era la cooperación entre los países iberoamericanos de las dos orillas del atlántico en materia de seguros sociales14.
En dicha reunión estuvieron representados Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, España, Filipinas, Haití, Paraguay, Perú, Portugal, República Dominicana, El Salvador, Uruguay y Venezuela.
Dos ausencias llaman poderosamente la atención, Estados Unidos y México, países que no habían reconocido al régimen franquista y con los que éste no mantenía relaciones diplomáticas, lo que pone en evidencia el carácter político de esta iniciativa.
Once de dichos países ostentaron delegaciones gubernamentales, ascendiendo el número de participantes en el Congreso a 166 representantes iberoamericanos y 294 españoles.
Como observadores, asistieron también enviados especiales de algunos países europeos (p.e.
Italia y Bélgica), miembros de la Asociación Internacional de Seguridad, Social y del Comité Iberoamericano de Seguridad Social y se contó con el respaldo explícito de la Oficina Internacional de Trabajo y de la Conferencia de Estados Americanos.15 Esta Conferencia resultó un éxito diplomático y político para una dictadura franquista donde coleaban los últimos signos de la autarquía y del aislamiento exterior.
El régimen aprovechó este escaparate para difundir propaganda sobre los grandes avances de España en materia de seguros sociales, sin reparar en que por aquellos años la mayoría de su población seguía bajo la soga del racionamiento, pésimas condiciones de trabajo y duras políticas represivas16.
No se perfilaron grandes novedades en las conclusiones de este primer Congreso, pero sí consiguió consolidar la iniciativa con la creación del Consejo Asesor de la Oficina Iberoamericana de Seguridad Social (OISS), encargada de organizar seminarios de estudios sobre terminología, legislación comparada y problemas de aplicación práctica de la seguridad social; convocar becas y cursos de formación destinados a profesionales iberoamericanos que deseasen estudiar en España el tema de los seguros sociales; y editar diversas publicaciones formativas y técnicas17.
El papel hegemónico que pretendía representar España se vio reflejado en los miembros que integraron inicialmente dicho Consejo, todos del mismo país, aunque los cargos serían rotatorios: Fernando Coca (Director General de Previsión) como presidente; Alfredo Sánchez Bella (Director del Instituto de Cultura Hispánica), vicepresidente; y como vocales Luis Jordana de Pozas (represente de la Comisión Iberoamericana de Seguridad Social del Instituto Nacional de Previsión), Hermenegildo Baylos Gorroza y Antonio Pedroso Latas (Instituto Social de la Marina), Antonio Correa Veglism (Servicio Nacional de Montepíos y Mutualidades Laborales) y Joaquín de la Vega Samper (Servicio de Reaseguro de accidentes de trabajo).
La Secretaría General con sede en Madrid quedó en manos de Carlos Martí Bufill, miembro del Instituto de Cultura Hispánica desde su fundación, lo que resultó clave para convertirlo en una de las personas más influyentes en la colaboración entre España y Latinoamérica, al menos en el apartado de los seguros sociales.
Carlos Martí Bufill (Girona 1915 – Madrid 2001), abogado de profesión, fue uno de los mayores expertos en materia de seguros sociales iberoamericanos en la España de la época.
Ejerció diversos cargos como Jefe Adjunto del Servicio Exterior y Cultural del INP, secretario general del INP, secretario de la Sección de Estudios Sociales del Seminario de Problemas Hispanoamericanos, vinculado al Instituto de Cultura Hispánica, entre otros.
Bufill fue uno de los principales impulsores de la OISS.
Actuó también como delegado de España en la Asociación Internacional de Seguridad Social en la década de 1960 y su prestigio internacional le condujo a presidir la comisión permanente de esta organización en 196918.
Fue un hombre polifacético, que realizó también una intensa labor publicista de los seguros sociales, tema sobre el que escribió varias obras como, por ejemplo, La Seguridad Social en los Estados Unidos de América, España y la Seguridad Social hispanoamericana, Presente y futuro del Seguro Social (1948), en el que dedica un capítulo al análisis del seguro social en Hispanoamérica.
Esta obra sería el antecedente de su obra de referencia El Seguro Social en Hispanoamérica publicado en 1949.
Bufill permaneció como secretario general del Consejo asesor de la Oficina Iberoamericana de Seguridad Social durante los siguientes tres congresos iberoamericanos de seguridad social con sedes en Lima (1954), Quito (1958) y Bogotá (1964)19.
En el primero de los foros participaron 21 países Iberoamericanos y 128 congresistas.
Fruto de estos primeros congresos se organizaron comisiones de trabajo, donde participaban grupos de técnicos españoles en seguridad social, que visitaron algunos países latinoamericanos como Bolivia y Ecuador con el fin de colaborar con sus gobiernos de cara a implantar o perfeccionar el seguro de enfermedad20.
En paralelo, se habían comenzado a celebrar los primeros cursos de cooperación técnica actuarial patrocinado por la Oficina Iberoamericana de Seguridad Social de España; el curso de racionalización y mecanización de administrativos de la Seguridad Social en Bogotá, patrocinado por el Instituto Colombiano de Seguros Sociales; o el curso de estudios sociales iberoamericanos en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander; a la vez, se comenzó a publicar la Revista «Acción», órgano oficial de la Organización, y valiosos volúmenes de que contienen todos los trabajos presentados a los congresos y cursos de cooperación21.
En el II Congreso Iberoamericano de Seguridad Social celebrado en Lima (Perú) en 1954 quedó aprobada la «Carta Constitucional de la OISS» con la asistencia de 21 países y 128 congresistas.
Para esta reunión fueron invitados, además de los gobiernos del mundo iberoamericano, otras entidades oficiales encargadas de la gestión de los Seguros Sociales, las Universidades y Escuelas Sociales o de Servicio Social encargadas de la enseñanza de las cuestiones sociales, así como diversos expertos, especialistas y profesores de los países iberoamericanos y filipinos.
Asimismo se habían invitado como observadores a miembros de la Organización de Estados Americanos, la Oficina Internacional del Trabajo, la Asociación Internacional de Seguridad Social, el Comité Interamericano de Seguridad Social y la Organización Mundial de la Salud22.
Los principales temas que figuraban en la agenda oficial del Congreso versaron en torno a las fórmulas y los resultados logrados en la aplicación de los Seguros Sociales en el medio campesino; los sistemas de financiación de la seguridad social y sus resultados; los problemas y soluciones para la conservación de derechos de los trabajadores emigrantes, los planes de enseñanza general de la seguridad social; y los sistemas para la formación profesional de técnicos23.
Además, hemos de destacar que fue en este Congreso donde se fundó la Organización Iberoamericana de Seguridad Social, cuya Secretaría General quedó establecida en Madrid y en manos de Carlos Martí Bufill24.
Cuando se celebró el Congreso de Quito en 1958, la OISS ya estaba consolidada.
En el discurso inaugural ofrecido por el Ministro de Trabajo español Fermín Sanz Orrió (1957-1962) señalaba el éxito de la Organización en la lucha por la justicia social en el mundo iberoamericano y en la colaboración entre países, tanto en el ámbito político como técnico y financiero en materia social25.
Dentro de la agenda del III Congreso de la OISS destacó el interés por impulsar «la firma de tratados multilaterales de extensión recíproca de los beneficios del seguro social en favor del afiliado que resolviere trasladarse de un país iberoamericano a otro» 26.
Entre los acuerdos tomados en Quito, destacaron dos.
Primero, el establecimiento de asistencia técnica y de servicios entre todas las instituciones de seguridad social de Iberoamérica y el reconocimiento recíproco de los derechos sociales de los trabajadores de los países que suscribieran el tratado de cooperación27.
Segundo, la creación del Centro internacional de formación de técnicos de la Organización Iberoamericana de Seguridad, con sede en el Instituto de Cultura Hispánica (Madrid)28.
En dicho centro, dirigido por Carlos Bufill, se celebraron cursos anuales durante los años sesenta, muy demandados por posgraduados y profesionales de las instituciones de seguridad social de los países Iberoamericanos estudiantes latinoamericanos.
El retorno progresivo de España a los organismos internacionales y la recuperación de sus relaciones diplomáticas, permitió a la directiva de la OISS, encabezada por Carlos Bufill, realizar una intensa labor propagandística e institucional de este organismo así como del papel de liderazgo ejercido por España.
Como parte de esta estrategia, se estrecharon contactos y se tomaron acuerdos con importantes organismos internacionales como la Organización de Estados Americanos, cuyo jefe de la División del Trabajo (Beryl Frank) visitó Madrid en 1957, o la División Social de la Organización Internacional del Trabajo, que envió representantes a Madrid en 1961 para dar una conferencia a Madrid en 1961 y conocer sobre el terreno la labor desarrollada por el Centro Internacional de Formación de Técnicos de la Seguridad Social29.
En 1961 la directiva de la OISS celebró una reunión extraordinaria en Madrid, impulsada por la «necesidad de una nueva política de seguridad social que responda a la preocupación por la nueva política económica» 30.
Por lo que se refiere a España, los cambios de gobierno de 1957 habían eliminado los residuos autárquicos y promovido el proceso hacia la liberalización económica y el saneamiento de los graves desequilibrios internos31.
El giro económico del país quedó consolidado con el Plan de Estabilización (1959), que supuso la aceptación por parte de la dictadura de la economía de mercado preponderante en el mundo occidental.
Por otro lado, los países iberoamericanos se enfrentaban con una coyuntura excepcional de desarrollo económico que debía ser aprovechada para desarrollar los seguros sociales.
Dentro de este nuevo marco, surgió una nueva estrategia sostenida en dos ideas básicas.
De un lado, se acordó que el derecho de Seguridad Social debía abarcar a la totalidad de la población laboral, considerándose independiente el hecho de encuadramiento en los sistemas de seguridad social.
En este caso, se hizo mención especial a los trabajadores del campo, que permanecían desprotegidos en la mayoría de países que había implantado seguros sociales.
De otro, se establecieron nuevos criterios para fijar la cuantía de las prestaciones económicas y sanitarias, con el objetivo de cubrir mejor las necesidades de la población32.
En el IV Congreso de la OISS celebrado en Bogotá en 1964 se ratificaron estas tendencias.
Allí participaron delegaciones de 17 países iberoamericanos, incluyendo España y Filipinas33.
En la clausura, el por entonces presidente de la República de Colombia, Guillermo León Valencia, reconocía la labor de España en el desarrollo de los seguros sociales en Iberoamerica.
En realidad, aunque la cooperación entre las dos orillas del Atlántico en el ámbito de los seguros sociales continuó hasta el final de la dictadura (1939-1975), desde finales de los años sesenta los países latinoamericanos fueron adquiriendo mayor protagonismo en el seno de la OISS34.
INFLUENCIA DE ESPAÑA EN EL ESTABLECIMIENTO DE LA COBERTURA DEL RIESGO DE ENFERMEDAD EN IBEROAMÉRICA
De lo visto hasta el momento, cabe poner sobre la mesa dos cuestiones principales.
En primer lugar, ¿estaban los países de América Latina tan atrasados en materia de seguros sociales como para que la dictadura franquista pudiese dar lecciones en esa materia?
En segundo lugar, dentro de este marco geográfico, ¿cuáles fueron los países que colaboraron más estrechamente con España en este terreno y por qué?
Respecto a la primera cuestión, entre las primeras muestras de seguridad social en América Latina deben mencionarse las leyes de accidentes de trabajo, donde encontramos como países pioneros a Guatemala (1906); El Salvador y Perú (1911); Argentina, Colombia y Venezuela (1915); Chile, Cuba y Panamá (1916); México (1917); Brasil (1919); o Uruguay (1920).
Sin embargo, esta legislación primaria, de reparación de daños frente al riesgo profesional correspondía en la mayoría de los casos a un seguro facultativo y privado, que dejaba al patrono en libertad de asegurarse o no contra el riesgo previsto tanto en compañía comercial, en mutua patronal como en una institución de seguro social35.
Más adelante, algunos países cambiaron su trayectoria hacia un seguro social integral que incluía diversas contingencias.
Si observamos los años de promulgación de las primeras leyes de seguros sociales (accidentes de trabajo, retiro, enfermedad-maternidad y desempleo), constatamos como 18 países habían aprobado las primeras leyes sobre la cobertura del riesgo de accidentes de trabajo antes de que la Guerra civil española terminase; 8 países habían legislado el seguro de pensiones y 8 países disfrutaban de algún tipo de cobertura sobre el riesgo de maternidad y/o enfermedad (Tabla 1).
Más tardío fue el establecimiento de normas legales en torno al seguro de desempleo, a excepción de algunos países como Chile, Uruguay o Venezuela.
En cualquier caso, América Latina ya contaba con experiencia en el campo de los seguros sociales cuando la dictadura intentó exportar su modelo de previsión social.
No obstante, parece que en la mayoría de los países de ultramar los seguros solo cubrían a colectivos profesionales concretos (trabajadores de ferrocarriles, funcionarios públicos...).
Esta tendencia comenzó a romperse en los años treinta cuando Ecuador, Chile, Perú y Argentina empezaron a adoptar regímenes generales del seguro social, al menos para algunos riesgos36.
Poco más tarde, en 1940, Venezuela implantó la Ley integral del seguro social obligatorio contra los riesgos de enfermedad, maternidad, accidentes de trabajo y enfermedades profesionales.
Primeras leyes de seguro aprobadas en América Latina
Los progresos en materia social se aceleraron en la década de 1940.
La I Conferencia Interamericana de Seguridad Social, celebrada en Chile en 1942 resultó fundamental en este avance37.
Las resoluciones conocidas con el nombre de «Declaración de Santiago de Chile» apostaban por la ampliación del Seguro Obligatorio de Enfermedad, «de manera que cubra a todos los obreros, empleados, artesanos, profesionales y pequeños comerciantes, así como sus familias.
Fruto de estas directrices, la mayor parte de países reformaron sus legislaciones sociales entre 1943 y 1950, ampliando la cobertura y prestaciones o estableciendo un seguro social único e integral.
Por el momento, desconocemos el grado de aplicación de esta legislación.
A finales de los años cuarenta, 16 países de la comunidad iberoamericana disfrutaban de un sistema de seguro social con tres criterios de aplicación a efectos de personas protegidas: países que centraron su sistema de protección en la población trabajadora considerada económicamente débil (Perú); países que incluyeron en su sistema de seguro social a los trabajadores independientemente de la cuantía de sus ingresos (Brasil, Costa Rica, Chile, Ecuador, Argentina, Méjico, Paraguay, Bolivia y el Salvador); o países de sistemas mixtos que combinaron los dos criterios anteriores (Venezuela, Colombia, Panamá y República Dominicana).
El predominio del criterio laboral explicaría en buena medida el hecho de que en la mayoría países latinoamericanos (y también en España) los programas de seguros sociales quedasen inicialmente en manos de sus respectivos Ministerios de Trabajo.
Como excepciones a esta regla tenemos a Perú y Brasil38.
Por lo que se refiere a la financiación, la mayor parte de los seguros sociales en latinoamérica estaban estructurados sobre la base de la contribución tripartita (Tabla 2)39.
A diferencia de la España franquista, eran muy escasos los países donde los Estados no participan en las cargas de los Seguros Sociales, bien de forma directa (cuota) o indirecta (subvenciones)40.
En algunos casos como el boliviano, el Estado creó o reservó impuestos para costear los seguros41.
En cuanto a la gestión de los seguros sociales, es posible diferenciar dos grupos de países.
En el grupo más numeroso encontramos los casos donde predominaba la administración unitaria del seguro social (que coexistía con algunas instituciones particulares) bajo la supervisión ministerial: Bolivia, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Panamá, Perú, República Dominicana y Venezuela.
En otros países como Argentina, Brasil, Cuba o Uruguay se mantenía una gestión heterogénea de los seguros bajo diferentes instituciones nacionales, cajas de previsión o compañías comerciales.
Financiamiento del seguro de enfermedad y sus variantes c.
En el ámbito de las prestaciones predominaba la heterogeneidad.
En particular, la prestación económica por la incapacidad temporal producida por la enfermedad estaba prevista en la mayoría de países, aunque con desigual grado de protección, entre el 25 y el 100% del salario, y siempre por periodo de tiempo limitado (Tabla 3).
En el caso de la maternidad, se contemplaba la ayuda económica y tres tipos de ayuda material: el subsidio por descanso, el subsidio por lactancia y el ajuar o canastilla.
En realidad, por lo que se refiere a la cobertura de la enfermedad, la mayoría de las prestaciones establecidas eran de tipo monetario debido a las dificultades técnicas y financieras para poner en marcha una red de instalaciones y servicios sanitarios.
A mediados del siglo XX en América Latina había escasez de médicos.
Una situación semejante presentaban el resto de países latinoamericanos.
El número reducido de profesionales se veía agravado por su concentración en las principales ciudades y la falta de interés económico y profesional en ejercer en las zonas apartadas de los respectivos países.
En consecuencia, parece claro que existía en todos estos países una gran diferencia entre el avance en el marco legislativo y su aplicación real.
Las prestaciones de enfermedad y maternidad en Latinoamérica a mediados de los años 1940s
Respecto a la segunda cuestión que nos planteamos sobre qué países colaboraron especialmente con España en el ámbito de los seguros sociales, hemos de destacar siete: Colombia, Bolivia, Ecuador, Honduras, Paraguay, Perú y Nicaragua.
A estas alturas de la investigación podemos apuntar dos razones que justificaron la mayor aproximación a este grupo de países.
En primer lugar, la dictadura franquista estableció contactos con aquellos Estados que introdujeron la mayor parte de los programas de seguros sociales, especialmente en el caso del riesgo de enfermedad, de manera tardía, solo a partir de los años cuarenta y cincuenta (tabla 1).
Se trataba, en general, del grupo de países con la renta más baja en América Latina durante aquellos años, donde la cobertura médica era escasa en la práctica y estaba mal coordinada, cubriendo solo a una pequeña parte de su población.
Dentro del grupo retrasado, Ecuador, Paraguay y Perú fueron más precoces al legislar el riesgo de enfermedad.
En 1935 Ecuador puso en marcha el Servicio médico del seguro social, que ofrecía prestaciones enfermedad y maternidad, aunque su cobertura resultó limitada43.
Más tarde, en julio de 1942 se aprobó la Ley del seguro social obligatorio que cubría el seguro de enfermedad y maternidad, invalidez, vejez, viudedad y orfandad y accidentes de trabajo y enfermedades profesionales.
Paraguay creó el Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social en 1936 y el Instituto de Previsión Social en 1943, pero hasta 1950 no amplió considerablemente los servicios sanitarios para los asegurados44.
1860 modificó la ley anterior e introdujo la cobertura de los riesgos de enfermedad no profesional, maternidad, accidentes de trabajo, enfermedades profesionales, invalidez, vejez y muerte de los trabajadores asalariados45.
Perú legisló pronto el riesgo de enfermedad, pero tardó en extender su aplicación.
Primero, creó la Dirección General de salubridad en 1903 y más tarde, en 1935, se fundó el Ministerio de Salud Pública, Trabajo y Previsión Social.
Un año después, en 1936, quedó establecido un seguro obligatorio de salud para obreros y trabajadores domésticos.
Finalmente, en 1948, se creó el seguro social del empleado y se abrió el Hospital del Empleado.
El Sistema Nacional de Servicios de Salud, el Consejo Nacional de Salud y los Consejos Regionales para coordinar su puesta en funcionamiento no quedaron establecidos hasta 197846.
Entre los países más tardíos en aplicar programas de seguros social encontramos a Nicaragua que aprobó su Ley de seguridad social en 1955, aunque hasta 1979 no se creó el Sistema Nacional Único de Salud47.
Poco tiempo después, Honduras, promulgó la Ley de seguro social (1959), a la vez que estableció el Instituto Hondureño de Seguridad Social, cuya responsabilidad descansaba en garantizar el derecho humano a la salud y a la asistencia médica48.
En el caso de Colombia prevaleció el modelo higienista hasta 1950.
Bajo este modelo la provisión de salubridad pública se limitaba a atender aspectos de carácter sanitario, mientras que la atención curativa y preventiva en salud tenía que ser financiada por los propios usuarios o por algunas instituciones religiosas de caridad49.
A mediados de los años cuarenta comenzó a cambiar la política sanitaria con la creación de la Caja Nacional de Previsión que atendía la salud de los empleados públicos y el Instituto de Seguros Sociales, que atendía a los empleados del sector privado formal50.
El segundo factor que influyó en la elección del grupo de países resultó determinante: el régimen político vigente y su grado de identificación con la dictadura franquista española51.
Los casos más claros son los de Colombia, Perú y Nicaragua.
Por otra parte, el resto de países vivieron en su mayoría una etapa de inestabilidad política, donde se alternaban breves periodos democráticos con revoluciones y dictaduras militares.
En este estadio de la investigación, al margen de la influencia en los organismos iberoamericanos de seguridad social ya explicitada, es difícil determinar la influencia directa del modelo franquista en la puesta en práctica del seguro de enfermedad en estos últimos países.
Sin embargo, hay constancia de la colaboración técnica en la puesta en marcha del seguro de enfermedad en el caso boliviano.
Aunque Bolivia aprobó una Ley de seguro social general en 1949 y una Ley de riesgos profesionales en 1950, estas leyes no se pusieron en marcha de forma inmediata.
La Caja Nacional del seguro social solicitó una Misión Técnica española en 1951.
La delegación técnica española fue enviada por la Oficina Iberoamericana de Seguridad Social.
Estaba compuesta por un actuario, un médico social, un técnico contable-administrativo y presidida por un jurista52.
Esta comisión trabajó durante tres meses en la Paz, preparó un texto unificado de las leyes anteriores eliminando aquellos contenidos que impedían su aplicación y prepararon las bases para la puesta en práctica, de forma gradual y progresiva, en especial del seguro de enfermedad y maternidad.
Al margen de esta influencia directa, es evidente que muchos de estos países adoptaron elementos de los seguros sociales españoles como la creación de un instituto autónomo que gestionara los seguros de forma similar al Instituto Nacional de Previsión español o la creación de cajas que gestionaban cada seguro.
En el caso boliviano este organismo fue la Caja Nacional de seguro social, en el paraguayo el Instituto de Previsión Social o en el caso ecuatoriano el Instituto Nacional de Previsión del Ecuador53.
Finalmente, la colaboración con los países señalados fue tan estrecha que fructificó en la firma de los primeros convenios generales sobre seguridad social con España en los años 1960.
Este fue el caso, por ejemplo, de Ecuador y Paraguay54.
La España franquista impulso la colaboración iberoamericana en materia de seguros sociales como parte de la estrategia para salir del aislamiento internacional al que se vio sometida en los años posteriores a la ii Guerra mundial tras su colaboración con los regímenes fascistas.
Con este fin, pretendió extender su modelo de previsión social, construido en base a unos planteamientos poco democráticos, sin un sistema de redistribución de la riqueza y basado en un modelo de cotización de gran coste para la mayoría de trabajadores por los países latinoamericanos.
Su influencia se basó en la creación de una nueva institución, la OISS, que mantuvo bajo su control mediante el establecimiento de sus organismos administrativos en Madrid y su dirección en manos de figuras políticas del régimen.
A pesar de que la mayoría de países iberoamericanos fueron miembros de la OISS y que participaron en los diferentes congresos celebrados durante las décadas de 1950 y 1960, la colaboraron bilateral de España en este ámbito resultó más cercana con aquellos Estados con un sistema de seguridad social más atrasado (Bolivia, Ecuador, Honduras, Paraguay, Colombia Perú y Nicaragua) y, en especial, con los tres últimos, cuyo régimen político dictatorial se encontraba más cercano a los planteamientos de la dictadura española.
A finales de los años sesenta, los resultados de esta colaboración se mostraban mediocres en la práctica y habían producido pocos avances en los países iberoamericanos, al margen de la imitación de las instituciones de gestión y algunos cursos de formación actuarial y estadística.
Esta escasa influencia real se debió en gran medida a las limitaciones y deficiencias del propio sistema de seguros sociales implantado en España que servía poco de modelo, puesto que estaba inmerso en sus propios problemas.
Basta recordar el déficit financiero crónico y la escasez de infraestructuras, derivados del sistema de cotización y de la falta de aportación estatal, o la limitada capacidad de cobertura tanto en porcentaje de población como en prestaciones.
A mediados de los años sesenta, una vez integrada en los organismos internacionales de la mano de Estados Unidos, el interés de España por mantener la estrecha colaboración en materia de seguridad social con los países latinoamericanos disminuyó.
Las autoridades volvieron la mirada hacia los países europeos e intentaron conseguir acuerdos de protección social para los emigrantes españoles en Europa. |
Anatomía de la monstruosidad: la figura del monstruo como objeto de la mirada médico-anatómica moderna
Este texto plantea un análisis de la sustitución de la categoría médica de monstruo por la de hermafrodita.
Para ello, se basa en el desarrollo de la anatomía humana en el siglo XVI y en el estudio de la relación fisiológica de los órganos del cuerpo a partir del XIX.
Se supondrá como necesaria la investigación anatómica cartesiana y su reflexión sobre el cuerpo para poder abrir el camino a la mirada fisiológica sobre la vida como preludio de la medicina legal y social.
EL MECANISMO DEL ALMA
Desde el momento en que el Renacimiento inicia el proyecto humanista encaminado a fundar el saber en el ser humano, la categoría de monstruo planea por los diferentes saberes como el elemento excesivo que no puede ser contenido en la base fundamental de las ciencias.
Será la medicina, concretamente la anatomía humana, una de las primeras disciplinas encargadas de establecer la demarcación entre persona y monstruo a partir de características anatómicas que permitan una definición científica del cuerpo humano.
Para encontrar el sentido de la irrupción de la categoría de monstruo en el saber científico del siglo XVI y XVII, no sólo debemos atender a los tratados de anatomía de la época, sino también al progresivo alejamiento entre alma y cuerpo que, desde una filosofía ya notablemente secularizada, se estaba llevando a cabo simultáneamente a la construcción teórica del sujeto moderno.
Los grandes tratados sobre monstruos del siglo XVII llevados a cabo por médicos y cirujanos de la época nos muestran toda una batería de deformidades anatómicas investidas con el componente de lo maravilloso (Daston, Park, 1998).
Son extraordinarias, responden en numerosas ocasiones a lo sobrenatural y atrapan la mirada fascinada de nuestra modernidad.
Será la época ilustrada la encargada de secularizar al monstruo, de neutralizar completamente su componente fascinante (Canguilhem, 1980) a través una taxonomía teratológica de la anormalidad anatómica (Saint-Hilaire, 1832).
Sin embargo, consideramos aquí que la Ilustración completa un proceso que se prefigura en el nacimiento de la razón moderna y, más concretamente, en el establecimiento de la subjetividad cartesiana.
Es el esfuerzo cartesiano por distinguir la mente razonable del cuerpo donde podemos entrever por primera vez un comienzo del proceso de naturalización de la deformidad a través de la anatomía mecanicista, que se opone a la mirada maravillada fundada en lo sobrenatural (Boaistuau, 1561).
Desde los primeros tratados modernos sobre monstruos, como el de Lycosthenes de 1557 o el de Boaistuau en 1561, que oponían la maravilla de la diferencia anatómica al saber médico propiciado por las disecciones, hasta el tratado de Saint-Hilaire en 1832, en el que se identifica monstruosidad con anomalía naturalizada, media toda la historia subterránea de las miradas y los enfrentamientos, de las proximidades y lejanías entre los monstruos y el saber que los define.
Es por ello por lo que en este texto se tratará de dar cuenta de algunos pasos esenciales en esta historia de la monstruosidad que nace en el momento en que el saber médico en ciernes la toma por objeto teórico y muere en el XIX, en el momento en que la medicina destila su verdad epocal: el hermafrodita.
A lo largo del siglo XV, el Renacimiento promueve una conexión entre arte, filosofía y medicina orientada al conocimiento del cuerpo humano.
El interés por los cadáveres y sus disecciones ya no es algo propio de médicos excéntricos que debían acudir al delito para hacerse con un cuerpo muerto, generalmente conseguidos con unas pocas monedas.
Pese a que la práctica de la disección prosperaba en el exterior de colegios y universidades desde el año 1300, rituales, cultos, autopsias con fines sanitarios u obstréticos (Park, 2006, p.
11), las disecciones académicas comienzan a cobrar protagonismo respondiendo, por una parte, a un interés artístico naturalista consistente en el conocimiento visual del interior del cuerpo humano.
Por otro lado, la medicina anatómica, que tradicionalmente había bebido de los hallazgos fisiológicos de Galeno a partir de disecciones animales1, comienza a girar su mirada hacia la posibilidad de comprender el mecanismo íntimo del cuerpo humano, con un particular interés por el cuerpo femenino: «L 'élucidation des secrets des femmes devint l' un des principaux objetifs des médecins» (Park, 2006, p.
Las primeras disecciones humanas documentadas y legales las encontramos en Italia a partir del siglo XIV— Mondino di Luzzi- aunque será a lo largo del siglo XV, de la mano de los maestros anatomistas de la escuela italiana, cuando encontremos una mayor profusión e interés de las autopsias, muchas veces públicas, realizadas en teatros anatómicos, algunas veces desmontables, en los cuales incluso se cobraba entrada, refrendando así su carácter espectacular.
A. Benedetti, B. De Carpi, G. Zerbi y Benivieni (Nogales, 2004, p.16) desarrollaron su investigación anatómica mostrando la importancia de la autopsia y la disección a la hora de comprender el fundamento del cuerpo, abriendo al mismo tiempo un terreno fascinante, anteriormente vedado y oculto, que era vivido como una ventana a lo desconocido, mezcla de sangre, muerte y ciencia: «La disección pública fue durante toda una época un espectáculo a la vez instructivo y edificante, que se efectuaba en invierno para retrasar la putrefacción: el cadáver siempre debía ser el de un criminal ejecutado» (Porter, 2004, p.100).
Sin embargo, la fascinación primera se va desplazando hacia el interés puramente científico.
La mirada que anteriormente era una mirada fascinada, mezcla de horror y curiosidad, va dejando paso a una visión objetiva, el ojo científico se posa sobre el cadáver haciendo abstracción de la sangre y bilis, contemplando cuantitativamente los órganos, humores, líquidos y conductos a través de los cuales el cuerpo que éramos funcionaba como una fábrica.
De tal suerte que a partir del siglo XVI la publicidad de tales disecciones comienza a caer en desuso.
La disección pasa a ser un elemento científico que debe realizarse únicamente para ojos versados en la ciencia médica.
Su significación comienza a medicalizarse.
Vesalio es, sin duda, la principal figura italiana del saber médico del siglo XVI.
Su contribución a la anatomía sólo fue comparable al tratado de Galeno.
La influencia de su trabajo se dejó sentir en toda Europa, llegando a Valencia, Alcalá y Salamanca a través de dos de sus discípulos, Pedro Jimeno y Luís Collado (García, 1976, p.55).
Una revolución anatómica tal no era posible sin la práctica cotidiana de la disección, que permitió a Vesalio acercarse como nadie lo había hecho al cuerpo humano, con una mirada que separa y objetiva al cuerpo, concebido ahora como fábrica.
Los 300 grabados de la gran obra de Vesalio, De humanis corpori fabrica, publicada en 1543, sintetizan esa particular mezcla renacentista entre hermetismo y cientificismo; el horror y lo sagrado conviven con el rigor apasionado por la descripción detallada, por el patetismo de las posturas, por la desolación de los rostros.
Imposible acercarse a los grabados de los desollados de un modo neutro.
Porque, justamente, el rigor científico por la descripción unido a la desolación por la muerte que provoca un cadáver sajado, va a reforzar una mirada que «olvida metodológicamente al hombre para considerar tan sólo su cuerpo» (Le Breton, 1990, p.
El cuerpo se separa definitivamente del ser humano al que pertenecía, abriendo una brecha entre anatomía y la antigua fisiología, entre estructura y función según el biologismo aristotélico.
La mirada anatómica lo toma como una totalidad ajena a la mente, como una fábrica de cálculos y tumores, de circulación y músculos, en definitiva, como una sustancia que requiere un acercamiento epistemológico radicalmente diferente a la mente.
El cuerpo entra de lleno en el terreno de la extensión, del mecanismo.
De ahí el conocido reproche que Vesalio realiza a Galeno y a todos aquellos que rechazan el arte anatómico de la disección en su Prólogo (Vesalio, 1960):
el único modo de conocer la fábrica corporal es a través de la observación directa.
No hay nada en el cuerpo que pueda ser comprendido por recurso a instancias ajenas al mismo cuerpo.
Ese resto ajado del ser humano que es el cuerpo debe comprenderse necesariamente desde el mismo cuerpo.
Cuando la Fábrica insistía en el imperativo metodológico de que la estructura humana sólo puede observarse en el hombre [...]
Vesalio presentaba una estructura del hombre en la que el hombre mismo, y sólo él, era su referencia y su medida [...]
Vesalio hacía del cuerpo humano el único documento verídico sobre la fábrica del cuerpo humano.
Al interesarse en la anatomía del perro o el mono a la vez que la del hombre, lo hacía para confirmar la diferencia de este último (Canguilhem, 2009, p.
Tanto las láminas de la Fábrica como al mirada anatómica de Vesalio nos emplazan ante la superación del paradigma renacentista, iniciando el camino hacia una nueva subjetividad en la cual se hace imperativo una definición precisa de la materia corporal que dé cuenta de la situación de la mente y el cuerpo en un universo que ha perdido las referencias escolásticas tradicionales y debe guiarse a través de una nueva razón científica.
Sin embargo, no basta con la mirada anatómica, no basta con la descripción fascinante de los mil nervios que pueblan el interior de nuestra fábrica-cuerpo.
El mecanismo debe ser explicitado totalmente, objetivamente, científicamente.
La retirada de la visión pública de las disecciones responden a ese envite del saber: afilar la mirada, comprender el mecanismo-cuerpo, despojarlo de todo excedente significativo, convertirlo en resto, en una máquina de huesos y carne.
Para ello se precisa, primero, dar el paso de la observación a la definición programática de qué es un cuerpo.
Y, en ese paso metodológico fundamental de la anatomía, es dónde se nos aparece como central la categoría de monstruo a partir del siglo XVI.
MONSTRUOS, TERATOLOGÍA Y SEXUALIDAD
En 1585 Ambroise Paré, uno de los principales cirujanos de su época, publica uno de los tratados más célebres sobre la monstruosidad: Monstruos y Prodigios.
Su obra se nos aparece como un repertorio fantástico de las monstruosidades del cuerpo, de los defectos anatómicos que forman el elenco de lo anormal anatómico.
Por primera vez, la mirada médica de un cirujano se enfrenta a la tarea sistemática de categorizar la anormalidad patológica.
No era la primera vez que los monstruos eran objeto de la literatura científica.
De hecho, durante el siglo XVI aparecen numerosos textos que hacen del monstruo su objeto principal, animados por una suerte de fascinación colectiva que se extenderá a lo largo del siglo entre los ambientes intelectuales alemanes y franceses, particularmente en aquellos influenciados por la influencia evangelista, por la reforma luterana o por el círculo de Wittenberg (Vega, 1995, p.
Sería posible establecer una categorización de los tratados sobre la monstruosidad dependiendo del modo de acercamiento al fenómeno.
Así, los tratados modernos de la primera mitad del siglo XVI, desde el De Prodigis de P.Vergilius en 1531 hasta el primer Wunderzeichen de Fincelus en 1556, constituirían un primer grupo que se definen por el intento de interpretar el prodigio sobrenatural que es el monstruo.
La interpretación es, en todos los casos, sobrenatural, siguiendo el esquema clásico que, desde la Edad Media con Isidoro de Sevilla y Tomás de Aquino, había concebido al monstruo o bien como un signo que advierte del porvenir o como un signo del diablo, en todo caso ligado a lo sobrenatural (Davidson, 2004, p.
Un segundo grupo de tratados se inauguraría con el Prodigiorum ac ostentorum chronicon de Lycosthenes en 1557, contaría con los textos de Boaistuau y Paré y se definiría como un intento de compilación de las figuras monstruosas que comienza a utilizar los caminos médicos para iniciar la naturalización de lo monstruoso.
Un tercer grupo de tratados, que ahondan en la naturalización de la monstruosidad, se inaugura con la obra Thaumatographia naturalis, del naturalista polaco J.Jonstonus en 1632.
Estos estudios desembocan, ya en 1832, en la última figura de los tratados monstruosos, ya plenamente naturalizados y por ello mismo condenados a su propia desaparición: el Traité de Tératologie, de I. G. Saint-Hilaire.
En España, destacan los tratados sobre monstruos de A. Torquemada, El Jardín de Flores Curiosas, en 1575, Curiosa y oculta filosofía, de E.Nieremberg en 1643, El ente dilucidado, de A.Fuentelapeña en 1643 y Desvíos de la naturaleza o tratado del origen de los monstruos publicado en Lima por el Dr. José Rivilla y Bonet en 1695.
Todos ellos participan de la ambivalencia entre lo sagrado y lo anatómico que Lycosthenes expresa en su obra.
Ambivalencia que será combatida parcialmente por las consideraciones médicas que se suceden de la difusión de la traducción española en 1603 de Monstruos y Prodigios de Paré.
La clave de los cambios de modulación de esta historia de los tratados monstruosos es, sin duda, el proceso de naturalización y la pérdida de protagonismo de lo maravilloso que sufre el tratamiento de la monstruosidad.
Sin embargo, no debemos atribuir dicha naturalización a un progreso de la razón fruto de la evolución del ser humano y de su conocimiento.
Otros elementos intervienen en este particular juego de la monstruosidad en el que se dan cita la medicina, la anatomía, el alma, la sexualidad y la normalidad.
Es por ello por lo que se tratará de ajustar convenientemente los motivos y los actores principales en este progresivo borrado y quizás transformación de la figura del monstruo en el universo del saber.
Uno de los primeros tratados modernos que intenta establecer un compendio de las monstruosidades es el de Pierre Boaistuau de 1561 quien, en su Historias Prodigiosas explicita el vínculo clásico y medieval entre el monstruo y lo maravilloso que recorre en mayor o menor medida la modernidad hasta la Ilustración.
Boaistuau explicita su negativa a que la posibilidad de que lo monstruoso sea explicado a través del saber anatómico y mecánico, inscribiéndose en la línea de Lyconsthenes, catalogando lo maravilloso y sospechando de quienes intentan reducir su signo fantástico a mera razón:
Será Ambroise Paré, pocos años después, quien comience a establecer la primacía de la mirada médica sobre el monstruo.
Los conocimientos anatómicos ya se encuentran lo suficientemente desarrollados como para ostentar un saber descriptivo del mecanismo del cuerpo y, precisamente, esa mirada positiva sobre la fábrica corporal es lo que permitirá una categorización de la anormalidad patológica que Paré ha contemplado como objetivo de su trabajo.
Sin embargo, debido principalmente al divorcio vesaliano entre anatomía y fisiología, la clasificación de la monstruosidad debe realizarse siguiendo un criterio puramente anatómico, evitando las referencias a la fisiología galénica.
Nada hay fuera del cuerpo que explique el cuerpo.
Salvo Dios, el demonio y la imaginación:
Las causas de los monstruos son varias.
La primera es la gloria de Dios.
La segunda, su cólera.
La tercera, la cantidad excesiva de semen.
Cuarta, su cantidad insuficiente.
Sexta, la estrechez de la matriz.
Séptima, el modo inadecuado de sentarse de la madre que, al hallarse encinta, ha permanecido demasiado tiempo sentada con los muslos cruzados y oprimidos contra el vientre.
Octava, por caída, o golpes causados a la madre.
Novena, debido a enfermedades hereditarias o accidentales.
Décima, por podredumbre o corrupción del semen.
Undécima, por profusión o mezcla de semen.
Duodécima, debido al engaño de los malvados mendigos itinerantes.
Paré divide a los monstruos en dos grandes grupos.
Lo realmente significativo de esta clasificación es que el criterio de ordenación parece responder a causas o bien naturales o bien sobrenaturales.
Sin embargo, si profundizamos en mayor medida en el particular bestiario de Paré, nos encontramos con que los tipos de monstruos pueden clasificarse, más allá de sus causas sobrenaturales, en función de la particular mezcla que los afecta.
Observemos algunos de los monstruos referidos por Paré: potro con cabeza humana, monstruo asombroso (con alas en lugar de brazos), niña con dos cabezas, dos gemelas pegadas, un hombre de cuyo vientre salía otro, niñas unidas por la frente, hombre con cabeza en el vientre, cerdo con cabeza de caballo, mujeres encintas de 20 hijos, hermafroditas, mujer que se convierte en hombre, hombre sin brazos, niño con rostro de rana, niño con cuerpo de perro...
Resulta evidente que la noción de mezcla atraviesa esta clasificación, y, de hecho, parece que la idea de Paré a la hora de pensar una causa natural de la monstruosidad apunta a ello.
En su clasificación pueden observarse dos tipos de mezcla: entre seres humanos y entre seres humanos y animales.
La mezcla con animales responde, según Paré, a elementos sobrenaturales cuya causa es atribuida a lo divino o demoníaco- y que forma parte de la tradición religiosa de la época.
Todavía Paré no puede obviar el elemento de lo maravilloso.
La fascinación que ejerce el monstruo en el siglo XVI empaña la mirada positiva de la ciencia médica que, sin embargo, trata de avanzar caracterizando aquello que se le escapa (Ancet, 2006, p.41).
A pesar del componente fantástico de la monstruosidad, Paré nos ofrece un intento de abordar el exceso propio de la caracterización del monstruo: la mezcla entre seres humanos requiere una explicación natural, esto es, anatómica.
Ya sea en la procreación o en la gestación, la causa que produce la mezcla entre seres humanos es perfectamente reconocible e incluso objetivable.
Desde este punto, la mirada anatómica de Paré va a centrarse en definir estos casos extraordinarios, tomando un hecho singular que resulta altamente significativo para la nueva mirada médica: el hermafroditismo.
La monstruosidad que pasa a ser objeto de los tratados del siglo XVI y XVII es aquella que pone en cuestión no sólo el orden anatómico humano, sino el orden del saber que se está constituyendo en torno a la figura del sujeto.
El verdadero monstruo es aquel que deja sin respuesta, que interrumpe el funcionamiento de los saberes encargados de fundar el sujeto moderno, de regular las conductas posibles del ser humano.
Es aquel que introduce lo sobrenatural en el decurso natural, privando de suelo a las reglas humanas establecidas sobre las bases de la naturaleza humana (Foucault, 2007, p.
Uno de los casos de mezcla humana que la mirada anatómica eleva a categoría central de la monstruosidad va a ser el hermafrodita.
Hasta el siglo XIX, podemos convenir que, en líneas generales, los hermafroditas pertenecen al ámbito de lo monstruoso:
En la Edad Clásica se privilegia un tercer tipo de monstruosidad: los hermafroditas.
Alrededor de éstos se elaboró o, en todo caso, empezó a elaborarse la nueva figura del monstruo que va a aparecer a fines del siglo XVIII y funcionará a principios del XIX (Foucault, 2007, p.73).
Hay, no obstante, que conceder excepciones a esta línea interpretativa, como son aquellas pertenecientes a la línea teórica galénica, (Daston, Park, 1998, pp. 11-19) en la que se mantenía la idea de que el hermafroditismo pertenecía al ámbito natural y no monstruoso (Laqueur, 1994, pp. 23-37).
El hermafrodita es tratado ampliamente en la obra de Paré, identificando diferentes tipos de hermafroditismo, todos ellos contemplados bajo la noción de mezcla entre hombre y mujer.
Esta mezcla va a convertirse en una de las transgresiones más complejas de manejar por parte de los saberes de las ciencias humanas que van desarrollándose.
El derecho no puede dar cuenta de lo extraordinario de la mezcla, la misma anatomía parece quedarse muda ante la posibilidad de un ser que represente la unidad de ambos sexos.
Será preciso que la anatomía profundice en el mecanismo humano, que comience a indagar en el carácter más íntimo de nuestra fábrica, que intente naturalizar al monstruo a través del análisis de la sexualidad: «Le monstre est à la fois l 'effet d' une infraction à la règle de ségregation sexuelle spécifique et le signe d 'une volonté de perversión» (Canguilhem, 1980, p.
Podemos observar el progresivo hundimiento en el análisis de la sexualidad por la utilización de todo un nuevo vocabulario antes prohibido.
La normalización del vocabulario sexual en los tratados médico-anatómicos responde a este hundimiento de la mirada analítico-quirúrgica en los usos y costumbres de la sexualidad de la fábrica del cuerpo.
Hasta tal punto la mirada médica se hunde en la sexualidad que, tal y como nos refiere Paré, es el cirujano, por primera vez y anticipando la medicina legal posterior, el encargado de elegir el sexo del hermafrodita: «Los médicos y cirujanos experimentados y entendidos pueden discernir si los hermafroditas son más aptos para ostentar y utilizar un sexo u otro» (Paré, 1987, p.
El criterio utilizado pasa por analizar los caracteres anatómicos del hermafrodita como el tamaño de los sexos, la voz y el aspecto, a partir de los cuales el cirujano debe decidir qué sexo es el predominante, llegando incluso, en ciertos casos, a anular la posibilidad de la práctica sexual con el sexo elegido a través de la cirugía (Paré, 1987, p.
Sin embargo, el cirujano no ostentaba el papel que posteriormente se le concederá y, en múltiples casos como los de sexo dudoso, se ponían en marcha mecanismos establecidos por el derecho canónico a través de lo cuales las autoridades eclesiásticas determinaban un sexo provisional que el hermafrodita debía respetar (Vázquez, Cleminson, 2013, p.
Si observamos a lo largo del siglo XVI y XVII la bibliografía dedicada al tema, nos encontramos con una profusión de los análisis anatómicos y médicos sobre los hermafroditas.
A la publicación por Caspar Bauhin de su De hermaphroditorum monstrosorumque (Bahuin, 1600), donde atribuye las causas del hermafroditismo a errores en la unión sexual, le siguen los tratados de J. Schenk (1608), y de F. Liceti (1616), que darán pie a toda un nuevo modo de observar el fenómeno de la monstruosidad en el cual el interés por la monstruosidad sexual y los nacimientos mostruosos perfilarán el camino posterior de la mirada médica sobre la sexualidad reproductiva y, por lo tanto, el fin de la categoría monstruo como elemento central en el XIX.
Será el tratado de I. Geoffroy Saint-Hilaire, Traité de Tératologie, en 1832, el último de los intentos de cartografiar la anormalidad según los dictados de la monstruosidad, a través ya de una explicación plenamente positiva y científica.
A medida que avanza la naturalización y consiguiente desaparición del monstruo, el hermafrodita es rescatado desde una mirada paralela y oblicua: la de la medicalización sexual.
Hasta su fin, la monstruosidad representó para médicos, cirujanos y anatomistas un enigma en el que se jugaba tanto la bondad de Dios como la lógica de la ley natural y el orden de lo humano.
La disección de monstruos fue practicada desde 1530 hasta mediados del XVII, únicamente sobre cuerpos hermafroditas o dobles.
El hermafrodita, el monstruo doble, objeto de fascinación durante siglos, fue objetivado a través del bisturí, intentando hallar una solución anatómica a un nuevo problema que en siglo XVII se iba abriendo paso una vez el cuerpo queda anatomizado.
Las disecciones y experimentación médica sobre los monstruos se extendió, fomentando el intento de reducir los componentes maravillosos y fascinantes de la monstruosidad.
El monstruo se convierte, progresivamente, en objeto enigmático de la investigación médica (Tort, 1980), pues en él se juegan la amplitud y el diseño de las definiciones de normalidad, sexualidad y reproducción, hasta llegar a desaparecer como objeto, disuelto en el cruce de miradas positivas e iluminadoras del saber.
Pero en el siglo XVII, el problema no se planteaba en estos términos.
Era más urgente y más próximo, de bordes gruesos que irán perfilándose.
El monstruo era un cuerpo anormal, y, en mecanicismo, nos podía ofrecer alguna cifra de la conexión entre cuerpo y alma.
Las monstruosidades, extravagancias maravillosas del orden natural, nos ofrecían todo un campo de experimentación para comprobar los avances del saber anatómico.
El monstruo nos lleva al cuerpo, el cuerpo al alma y el alma a la vida misma.
CUERPO, ALMA Y MECANISMO
En 1643 Descartes responde a una carta de la princesa Elisabeth afirmando que, lamentablemente, en su obra no se ha podido ocupar lo suficiente del cuerpo, habiéndose centrado, quizás en exceso, en hacer comprender el carácter de la mente y en probar la distinción entre sustancias (Descartes, 1988, p.
Sin embargo, pese a que Descartes no haya tratado hasta entonces el cuerpo de un modo sistemático, no podemos afirmar que haya sido desatendido, sino todo lo contrario.
En sus cartas a Mersenne de 1930, Descartes afirma haber comenzado los estudios y la práctica anatómica (Descartes, 1897a, p.
137) con el fin de intentar comprender totalmente el mecanismo del cuerpo, esperando aplicar dichos conocimientos a la tarea médica de prolongar la vida y encontrar remedios a las enfermedades —entre ellas, a la infección de piel que padecía el propio Mersenne.
En la quinta parte del Discurso, Descartes menciona un «tratado, que algunas consideraciones me impiden publicar».
Dicho tratado es El Mundo o Tratado de la luz, escrito en 1633, en el cual se trata particularmente el tema del hombre en tanto res extensa.
Evidentemente, tal y como Descartes menciona en las Cartas a Mersenne de fin de noviembre de 1633, febrero de 1634 y abril de 1634, las consideraciones que le impedían publicar tal tratado eran la condena de Galileo y la creciente suspicacia por el mecanicismo.
Descartes nunca publicará esta obra en vida— se publicó en 1664.
Pero supone un documento privilegiado para poder observar el análisis del cuerpo que Descartes realiza siguiendo los principios del mecanicismo y aplicando el saber anatómico —experimental— que había adquirido recientemente.
Posteriormente, Descartes, en la etapa del final de su vida, escribirá su Descripción del Cuerpo, el Tratado de las pasiones del alma, la Generationem Animalium, y los breves textos Remedia Vires Medicamentorum, y Anatómica (Descartes, 1897b).
Vemos entonces que el interés cartesiano por el cuerpo se extiende a lo largo de su obra, desarrollando una reflexión anatómica mecanicista que abrirá el camino a la mirada anatomofisiológica moderna (Peset,1973, p.
El Tratado del Hombre aplica los principios físicos generales de la extensión al cuerpo humano.
El cuerpo humano es analizado sin recurso al animismo aristotélico, pensado a la manera de un autómata cuyo juego de elementos internos mecánicos produce todas las funciones corporales.
Así, Descartes anula las referencias a las partes de alma aristotélicas que producían el movimiento y la vida misma (Descartes, 1897b, p.
Descartes no atribuye ningún principio exterior al cuerpo.
La sustancia extensa, autosuficiente y ontológicamente independiente, participa de la naturaleza mecánica de la física y, por lo tanto, la fisiología del cuerpo humano, las funciones de los órganos, se explican a través de la mecánica interna y la disposición de los órganos.
Incluso el principio de movimiento y el principio de vida son refractarios a la intervención del alma sobre el cuerpo: dependen del propio mecanismo corporal.
Es sin duda el saber anatómico el que le permite a Descartes aplicar el mecanicismo al cuerpo, encontrar sus propias leyes a partir de los movimientos involuntarios, su particular mecánica de vida en el fluir de la sangre y los llamados espíritus, semejantes a corrientes nerviosas.
A partir de estas consideraciones, Descartes va a plantearse diversos problemas: la nutrición, el movimiento y las percepciones.
A todos estos problemas responderá con explicaciones mecánicas fruto de la observación y experimentación anatómica.
En cuanto a la nutrición, los alimentos son fermentados en el estómago a través de un proceso químico y mecánico de agitación de partículas (calor).
Descartes explica el movimiento de la sangre a través del modelo circulatorio de Harvey, de la respiración y de la regeneración y crecimiento del cuerpo.
El sistema nervioso sigue un modelo hidráulico, semejante al circulatorio, y para Descartes, en conexión con el cerebro, es el causante del movimiento del cuerpo, tanto de los involuntarios (que únicamente se refieren al cuerpo) como de los voluntarios (que requieren la conexión alma–cuerpo a través de la glándula pineal, la cual se comunica con el cuerpo a través del mismo fluido nervioso).
Por otra parte, las percepciones son explicadas siguiendo el modelo clásico de la linealidad de transmisión de estímulo entre los órganos sensibles y la glándula pineal, la cual comunica al alma las informaciones captadas por el cuerpo.
La glándula pineal es afectada por las sensaciones transmitidas por los espíritus, que a su vez son informados por los órganos perceptivos.
La anatomía le ha permitido a Descartes aproximarse a una explicación mecánica del funcionamiento del cuerpo.
Sin embargo, en su afán por evitar las explicaciones fisiológicas que remiten a instancias ajenas al puro mecanismo, el cuerpo ha quedado reducido a un resto, a un autómata ajeno a la subjetividad, a un elemento más de la naturaleza extensa.
Se ha provocado un desplazamiento tal entre la mente y el cuerpo que Descartes se enfrentará en sus obras ulteriores a otra cuestión: el problema de la generación de la vida, el cual esconde otra pregunta mucho más incómoda para el pensador que más lejos llevó la mecánica fisiológica: la pregunta por la vida misma.
De la anatomía, entonces, Descartes abrirá la posibilidad de la pregunta por el motor de la vida, a través de las relaciones entre anatomía, fisiología y biología (Roger, 1963).
SANGRE, ORGANISMO Y VIDA: LA ANATOMÍA EN MOVIMIENTO
En el capítulo 65 de su Crítica del Juicio, Kant pone en marcha la tarea de distinguir entre mecanismo y organismo.
Su distinción será de suma importancia, pues apunta a la misma cuestión en la que va a desembocar la investigación cartesiana: la generación y la vida:
Un organismo, pues, no es sólo un máquina, pues ésta no tiene más que fuerza motriz, sino que posee en sí fuerza formadora y tal que la comunica a las materias que no la tienen (las organiza), fuerza formadora, pues, que se propaga y que no puede ser explicada por la sola facultad del movimiento (el mecanismo) (Kant, 1999, p.
Generar vida es aquello que demarca la separación entre organismo y mecanismo, aquello que nos permite elevarnos por encima del autómata y suponer que en el cuerpo humano hay elementos que no pueden ser explicados desde el modelo mecánico de la fábrica.
Sin embargo, para Descartes la explicación mecanicista de la vida pasa por desvelar los enigmas de la generación de la vida a través de la cartografía estática de la anatomía humana.
Será, como veremos, necesario el hundimiento cartesiano en el problema de la Generatio para que la anatomía se ponga en movimiento a través de la fisiología.
La formación de la vida desde el punto de vista cartesiano no contempla ningún alma que conforme, según el modelo aristotélico, el cuerpo que va generándose.
El proceso de generación es de naturaleza química, y se pone en marcha a partir de la afectación de la materia femenina por el principio masculino.
La excitación de la materia femenina por el principio masculino produce calor, esto es, agitación de partículas, que se expanden en el medio, extendiéndose y dilatándose, formando el corazón.
El corazón es, por tanto, el principio de la vida, y el organismo va constituyéndose a medida que se forma más sangre, que provoca una mayor presión en el circuito mecánico que se va creando, formando así arterias, venas, órganos, etc. El sistema sanguíneo es fundamental para formar el cuerpo a través de una suerte de auto-organización de la materia.
Vemos, entonces, que la función —la circulación de la sangre— precede al órgano —el corazón— y esta característica se extiende a toda la concepción genética cartesiana.
La posición mecanicista y estática a la hora de definir el cuerpo desde un punto de vista anatómico, lleva a Descartes a renunciar a la posibilidad de establecer la intervención divina en el caso de la generación.
El proceso de auto-constitución de la materia prescinde de explicaciones que no sean puramente físicas y, por ello mismo, lleva a la propia anatomía mecanicista a sus propios límites.
A pesar que Descartes afirme una y otra vez, tanto en su Descripción del cuerpo humano como en Los principios de la filosofía que la generación sigue un modelo estrictamente mecánico tal que es posible deducir la generación a partir de leyes físicas, su Generatio abre una brecha dinámica en el estatismo del mecanismo, poniendo en evidencia la aproximación entre autómata y organismo.
Si desde el paradigma del hombre mecanicista los órganos eran contemplados estáticamente como complejos mecanismos que desarrollaban una función determinada, la generación hace saltar por los aires el inmovilismo estático: los órganos se crean en un movimiento de flujo, bajo un modelo hidráulico, que resulta auto–finalista.
Parece que en ese movimiento bullente de la sangre, del calor excitado de repente por el encuentro entre dos principios, para Descartes no se exprese otra cosa que el vértigo de la vida.
La sangre se apelmaza, se contrae y expande y en su finalidad se coagula creando un órgano-mecanismo encargado de realizar y facilitar el dinamismo funcional, la finalidad del movimiento de flujo.
El movimiento de los fluidos crea las condiciones de posibilidad para su dinamismo.
Y el dinamismo es el principio mismo que anima todos y cada uno de los pasos de la embriología.
El mecanismo, entonces, queda regulado en su función por la intención íntima de lo dinámico, queda ensombrecido por el exceso dinámico.
La anatomía deja de ser el cuadro estático de la fábrica humana que Vesalio proponía, para ponerse en movimiento al dictado de la función dinámica, aunque todavía no podemos hablar de vitalismo, ni siquiera de un Descartes vitalista (Bibtol-Hespériès, 2002).
El cuerpo ya no es resto, se encuentra formado y atravesado por un impulso que lo forma, lo conforma en cada uno de sus órganos, huecos, humores, nervios.
Y, sin embargo, esa aparente finalidad de la vida no es atribuida al alma, a Dios, a leyes eternas, sino a una química enigmática de la materia.
Descartes prefigura la mirada científica sobre la vida, anticipa la fisiología moderna centrada en la función a partir de las consideraciones sobre el movimiento de partículas minúsculas que se agitan desde el momento en que comienzan a vivir:
Los errores, los monstruos, son errores químicos que no pueden ser atribuidos a leyes divinas.
Al igual que la locura, afectación de los negros vapores de la bilis, no puede ser atribuida a leyes sobrenaturales.
La naturalización de lo sobrenatural comienza a ser evidente, y comienza a planear en torno al concepto de lo irregular.
De hecho, en el momento en que Descartes hable de la generación de los sexos, contemplará como una irregularidad en el camino entre función y órgano el caso del hermafroditismo (Descartes, 1897b, p.
Al igual que la locura, la monstruosidad es la irregularidad que se produce en un proceso dinámico que debería autorregularse.
Un error de exceso de la vida misma ya naturalizada.
Todo parece ocurrir como si estuviesen entrelazadas la progresiva a aparición de la vida en el campo del saber y el paulatino borrado de la monstruosidad.
Como si los monstruos, enfocados desde el saber médico sobre la vida, sólo fuesen contemplados como errores.
Descartes comienza a entender a los monstruos y los hermafroditas como un error de generación —no un error moral, ni siquiera una consecuencia de una procreación desajustada como era el caso de A.Paré—, es decir, como un error del proceso dinámico autorregulado de la vida misma.
Es la vida la que hace a los monstruos errores, anormalidades (Canguilhem, 1980, p.
Y la prueba de tal cosa es el camino que en XVIII y en el XIX siguen tanto la fisiología como la monstruosidad.
El Siglo XVIII acelera la naturalización del monstruo desterrando, en su afán enciclopédico, todo resto de lo maravilloso.
Queda expuesto el monstruo, signo ya vacío, a la mirada escrutadora de la medicina.
La medicina, la ciencia, crecerá y se objetivará a partir de la fagotización de la rareza intrínseca al monstruo.
Esa extrañeza que antaño fascinaba, signo de dios o del demonio, o incluso de la propia imaginación desbocada, queda ceñida para siempre y de un solo golpe a la estricta fijeza establecida por el orden de lo natural.
Así lo evidencia el artículo de la Enciclopedia dedicado a los hermafroditas, que niega categóricamente su existencia asimilándolos a fantasías y supersticiones (Vázquez, 1997, p.
Aquello que no podía ser contemplado todavía como parte constituyente del orden natural y racional era, generalmente, desestimado, si bien no en todas las teorías médicas (Vázquez, Cleminson, 2011,p.
Los hermafroditas, hasta el siglo XIX, todavía se hurtaban a la mirada naturalizadora (Domurat, 2000).
De este modo, la monstruosidad es progresivamente naturalizada o negada hasta su posterior naturalización.
Es posible afirmar que el siglo XVIII es el siglo del gran rechazo de la monstruosidad, ejemplificada en la no asunción del hermafroditismo por parte de numerosas líneas teóricas ilustradas.
El monstruo no naturalizado sigue poniendo en cuestión el orden, transgrediendo la identidad que se va conformando, interrumpiendo los saberes fundadores de subjetividad.
Sólo en la medida en que el monstruo es utilizado para definir la norma, entendiéndolo como signo patológico, es posible asumirlo como error, como anomalía funcional.
El monstruo, entonces, ha pasado de ser un signo de lo maravilloso a un desafío para la medicina, de una nada fantástica a una anomalía funcional.
Y, cuando el monstruo se convierte en una anomalía funcional, su figura se borra dejando libre el terreno para que se forjen nuevas figuras que dibujen el límite del nuevo orden de la vida: el hermafrodita, el loco, el perverso, el delincuente.
El extremo de esta naturalización de lo monstruoso la encontramos en el célebre Traité de Tératologie de G. Saint Hilaire, en 1837.
La unión de la embriología epigenetista de Meckel y la anatomía comparada fundada en las series animales de Cuvier, permiten a G. Saint Hilaire establecer una nueva teratología que supondrá el fin de los compendios monstruosos.
Saint Hilaire domestica todo resquicio de lo extraordinario en el monstruo sustituyéndolo por la anomalía, llevando a cabo una clasificación según las reglas del método natural, utilizando una nomenclatura metódica, logrando, en definitiva, que la monstruosidad revele el secreto de su existencia, de sus causas, de sus leyes: la anomalía explica la formación de lo normal, ya que «le pathologique est du normal empêché ou dévié» (Canguilhem, 1980, p.
La monstruosidad, ahora plenamente categorizada por la mirada positiva, nos ofrecerá la clave de interpretación y definición de lo normal a partir de la idea de que lo patológico es un camino errado que nos marca el correcto.
Si obtenemos la desviación, obtenemos la norma.
El monstruo se convertirá, entonces, una vez naturalizado, en un objeto del saber normal, del saber encargado de establecer las bases de la normalidad.
Y, precisamente, es esta normalidad la que comienza a entreverse como base de la identidad.
El monstruo, nos ha ayudado a comprender quiénes somos en tanto sujetos normales y disciplinados, posibilitando la extensión del saber médico al marco jurídico, es decir, la medicina legal.
Ahora bien, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad del saber científico que han permitido que la ciencia traspase la opacidad del signo monstruo convirtiéndolo en el espejo anómalo de esos seres normales que somos?
El nacimiento de la biología, esto es, la instauración de la relación entre el individuo y la vida se revela como fundamental a la hora de conseguir una naturalización total del monstruo.
Porque el monstruo, considerado ya como anomalía que funda lo normal morfológico, confiere un valor total al éxito de la estructuración de la vida.
El monstruo se opone a la vida en tanto representa una distorsión, un no acabamiento de la forma, un fracaso de la generación.
El monstruo es la vida no viable.
La naturalización del monstruo implica el conocimiento positivo de las leyes de la vida, entendida ésta como un sistema cerrado y lógico de éxito generativo, que, a su vez, de manera implícita, casi subterránea, niega aquello contra lo que se levanta: un caos de «excepciones sin leyes» (Canguilhem, 1980, p.
La vida como sistema positivo de saber excluye, por tanto, aquello que discute su reino positivo.
Excluye aquello que la funda como sistema normativo, desterrando a la monstruosidad al reino de la anomalía, a partir de ahora elemento superfluo, excluido, encerrado, una suerte de anti-mundo poblado tan sólo de excepciones gimientes, encerradas a través del contorno del límite normativo que ellas mismas han inaugurado.
Y, aquellos últimos elementos de la monstruosidad que todavía resisten irreductibles a la mirada positiva de la vida, como es el caso del hermafrodita, van a ser expulsados de la antigua caracterización teratológica y, progresivamente, mientras permanecen ignorados y negados, van conformándose en una nueva relación con la vida y los saberes.
Los antiguos monstruos, todavía maravillosos, todavía inquietantes y perturbadores, desaparecen para siempre de la escena del saber.
EL SILENCIOSO CAOS DE LAS EXCEPCIONES
En 1561, para Pierre Boaistuau el monstruo era una ventana a lo maravilloso que jamás podría ser reducido a la positividad de la ciencia porque había algo en él que excedía las leyes humanas, esas leyes con las cuales los naturalistas intentaban dar cuenta de la realidad.
Los monstruos y lo maravilloso, lo demoniaco y lo fantástico surca la Edad Media entera como un signo mudo de la incapacidad humana para hacerse con el mundo entero.
No sólo con el mundo.
También con nuestro propio cuerpo.
Desde la perspectiva aristotélica y galénica mantenida hasta Vesalio, resulta imposible sacar a la luz positiva todos los secretos del cuerpo y del alma.
El desarrollo médico y anatómico, entonces, tomó una senda particular.
Separó el cuerpo del alma como único modo de entender los mecanismos íntimos del cuerpo.
Y el monstruo nació para la mirada analítica, ya no como excepción de la ley divina, sino como mezcla, como error, como enigma a solventar.
Lycosthenes, Paré y tantos otros comenzaron su particular categorización de la monstruosidad, en un intento de naturalizarla y concebirla bajo un prisma humano —racional, científico, positivo.
Los trabajos médicos de Descartes constituirán un punto de inflexión fundamental a la hora de pensar el cuerpo como mecanismo sin referencia a ninguna instancia trascendental, posibilitando así el progresivo hundimiento de la mirada científica y positiva en generación de vida.
El desarrollo de la fisiología permitiría naturalizar las anomalías monstruosas, tratándolas ya como una desviación de la norma, como la anormalidad que constituye la normalidad y, al mismo tiempo, es negada, excluida, encerrada: patologizada.
El saber médico va poblándose de anormalidades, a la par que va extendiendo sus raíces jurídicas y legales hacia la noción de vida que aparece en el momento en que individuo y población se unen en el mismo cuerpo orgánico a través de la sexualidad.
Y los antiguos monstruos, que ya tan sólo vivían en las antiguas teratologías, vuelven bajo el signo del hermafrodita para permitir el avance de la mirada médica, esta vez hacia la medicina social del XIX.
Desde esta perspectiva, aquellas silenciosas excepciones que la medicina legal había dejado en suspenso en su proceso naturalizador de la anormalidad, reaparecen con un nuevo sentido.
El hermafrodita, que había sido negado en su existencia por la razón ilustrada, que había sido resuelto por el dictamen del experto en la medicina legal, vuelve a presentarse como un enigma a resolver: el de la identidad sexual.
Es preciso delimitar los contornos exactos y positivos de la sexualidad, y, por lo tanto, apuntalar las desviaciones y anomalías que exhiben los hermafroditas.
Porque será la sexualidad el lugar en dónde a partir del siglo XIX se va a buscar las verdades más profundas de los individuos a partir de una profusión de discursos científicos acerca de la relación identidad-sexo – con el psicoanálisis como uno de los momentos más evidentes de esta centralidad de la pareja verdad–sexualidad.
La apertura de la vida que hay en el individuo permite un nuevo control sobre el cuerpo, sobre la verdad íntima de sí, al mismo tiempo que establece unos mecanismos de higiene y salud pública en virtud de su implicación con el organismo social.
El hermafrodita, antiguo obstáculo borrado por la definición de su identidad sexual que llevaba a cabo el experto-médico legal, reaparece como lugar privilegiado donde medir la relación entre verdad y sexualidad.
Habrá una verdad de la sexualidad, y esa verdad representará la identidad de un individuo que, en el siglo XIX, comienza a definirse primordialmente no por su cuerpo anatómico individual, sino por la unión entre su cuerpo y la especie.
A lo largo de esta breve historia hemos visto una desaparición de la monstruosidad maravillosa para dar pie a otro tipo de monstruosidad naturalizada— en la que ya no cabían los monstruos míticos, ni demonios, ni ecatónquiros, ni bicéfalos, ni sátiros.
Durante la Ilustración los monstruos fueron borrados por la necesidad de hallar unas reglas de la naturaleza que no contuviesen excepciones.
Las posibles excepciones fueron convenientemente categorizadas y naturalizadas hasta el límite de lo posible: locura, criminalidad, perversión.
Cuando la medicina se abre a la sexualidad proponiendo una verdad del ser humano que lo vincule con la especie, la misma necesidad de delimitar la normalidad rescata la figura muda del hermafrodita, aplastada por el experto legal, y la interroga para que desvele la verdad de su sexo.
La monstruosidad, entonces, se nos aparece durante la modernidad no como una categoría fija que ha sido tallada sin titubeos por la ciencia médica.
Más bien, podríamos entender a lo monstruoso como el silencioso caos de excepciones que se van oponiendo, sucesivamente, al orden natural establecido por los saberes modernos, particularmente médicos.
Las excepciones, sin regla alguna, sin ley, sin racionalidad que las guíe, se presentan como contra-conductas, como herejías, como desplantes existenciales a las reglas de formación, de comportamiento, de existencia, de salud.
Cuando el saber médico cambia, se afila, cuando hunde su mirada en un nuevo campo, modificando sus relaciones con el resto de saberes y con sus objetos, nuevas excepciones sin ley alguna pasan a poblar el caos de la anormalidad, el mundo otro dónde se agolpan, encerrados y dolientes, los fantasmas de una cultura.
El interés por la monstruosidad que ha traspasado toda la modernidad no es sino el interés por los fantasmas que constituyen el envés de la normalidad, el caos de excepciones que, encerrado y silenciado, acompaña a cada uno de las verdades producidas por los discursos sobre el saber.
El hermafrodita, uno de los signos de la monstruosidad en el XIX, se borrará a su vez cuando el discurso sobre la sexualidad adquiera su estatuto positivo de verdad, propiciando un nuevo caos de excepciones que, en siglo XX, tomará otros caminos cuando la medicina social pase a constituirse como una estrategia biopolítica y la noción de raza entre en juego.
Porque, en definitiva, como afirma Bataille (Bataille, 1970, p.
229), la incongruencia que el monstruo y todas y cada una de las excepciones supusieron para la mirada del saber médico, se manifiesta a nivel individual en cada comportamiento distinto, excesivo, soberano.
En la medida en que un comportamiento individual escapa a la norma común, el saber comienza a fijar el contorno de un nuevo monstruo, una nueva excepción, esto es, una subjetividad normalizada a prueba de excepciones.
Excepciones, aparentes desvíos de la naturaleza, que posibilitarán toda la nueva economía saber-poder que constituye nuestro aquí y nuestro ahora.
Aquí y ahora donde nuestros monstruos son historia. |
Medicina y política en Francesco Patrizi: El cuerpo de La Ciudad Feliz
La ciudad feliz de Francesco Patrizi ha sido casi siempre considerada como una obra perteneciente a la literatura utópica del siglo XVI o como una imagen filosófica de la Venecia real.
En este artículo mantengo, en cambio, que Patrizi ideó su Ciudad feliz para defender el modelo político aristocrático expuesto por Aristóteles en su Política y justificarlo con los principios de la medicina platónica que Marsilio Ficino había elaborado en su De vita.
Tal intento llevó a Patrizi a describir la ciudad como un cuerpo humano, recurriendo a los principios de la medicina hipocrático-galénica para explicar su funcionamiento y llegando a mantener que el orden de la ciudad es el resultado de la necesidad que tiene el cuerpo cívico de conserva la cantidad y calidad de sus espíritus naturales, vitales y animales.
Firmado por Patrizi, en 1553 se publicó en Venecia un volumen que contenía cuatro breves obras: La città felice; el Dialogo dell'honore, Il Barignano; Della diversità dei furori poetici y la Lettura sopra il sonetto del Petrarca.
Era la primera obra de quien, de allí a no muchos años, se convertiría en el primer titular de una cátedra extraordinaria de filosofía platónica.
Ya para entonces, cuando en 1577 Alfonso II d ́Este le ofreció en Ferrara aquella tan privilegiada y deseada posición, Patrizi se había convertido en un férreo detractor de la filosofía aristotélica y en un convencido defensor de la originalidad y supremacía de la filosofía del «divino Platón» 1.
En 1571 había publicado en Venecia el resultado de una de sus grandes empresas, las Discussionum peripateticarum... libri XIII, donde uniendo una ya madura concepción de la historia y una pasión por la lengua griega que, según él, se había despertado en su ánimo desde la más temprana adolescencia, intentaba demostrar a sus lectores que si algo bueno y útil había dicho Aristóteles, lo había tomado de Platón, cuando no de filósofos jonios y sicilianos, que a su vez habían heredado la filosofía mosaica2.
Las Discusiones eran el fruto maduro de un empeño determinado y tenaz, la pars destruens que Patrizi consideró necesaria para construir tras el derribo una nueva y total filosofía.
La edificación del nuevo palacio del saber tomó la forma de la Nova de uniuersis philosophia, aparecida en Ferrara, no sin pocas dificultades, en 15913.
En aquella voluminosa, densa y compleja obra, Patrizi culminaba el viaje que, con las alas de Platón, había emprendido ya en sus jóvenes años de estudiante en la Universidad de Padua.
Sus esfuerzos bien le hicieron merecedor de encontrarse entre los autores insignia de aquel renacimiento del platonismo que desde mediados del siglo XV y hasta bien entrado el XVII inundó el universo del saber.
Mas también es cierto que su merecida fama de platónico, unida a esa a veces obstinada, a veces descuidada, costumbre de la historia del pensamiento por presentar a los autores del pasado como si hubiesen nacido y transitado por el mundo con su obra ya preformada desde el nacimiento, ha oscurecido, por no decir ocultado, aspectos del pensamiento de Patrizi difícilmente explicables encerrándolos en los márgenes de la filosofía de Platón.
El autor de La ciudad feliz era un joven de veinticuatro años que apenas había abandonado sus estudios en la efervescente Universidad de Padua, donde entre buenas dosis de descontento por la enseñanza de sus maestros se había sentido seducido por los vientos neoplatónicos, pero distaba aún mucho de ser el Patrizi de la Nova de universis philosophia.
Cada uno de los textos que componen el volumen patriciano de 1553 se enfrenta a cuestiones de índole aparentemente muy diversa, tanto que el lector alejado del tiempo y lugar en el que Patrizi los escribió se puede sentir un tanto atónito y desconcertado al verlos, entre sus manos, encuadernados y formando parte de un proyecto unitario.
De la organización del estado a la poesía y su relación con la filosofía, de la reflexión sobre el petrarquismo al discurso sobre la virtud y el honor.
Mas apenas vamos concentrando la mirada en ese torbellino cultural que fue la República Véneta en el siglo XVI, percibimos la corriente de fondo que hacía que el vínculo entre todos aquellos temas fuese, en aquellos años, de tremenda actualidad.
Tanto que se ha llegado a decir de los textos del volumen de 1553 que no fueron sino «el secuaz ejercicio de un joven estudioso que estaba tratando de abrirse camino siguiendo los senderos que estaban de moda» 4.
Mas también es cierto que en aquellas páginas se encontraban ya apuntados, como si de un boceto se tratase, muchos de los que de allí a pocos años se convertirían en los principales nudos del pensamiento de Patrizi.
Y se encontraba bosquejado, sobre todo, su talante filosófico, su particular modo de abordar el estudio de la naturaleza, del alma, del ser humano, de la historia o de la poesía.
Cada uno de los escritos de la obra tiene una cierta independencia y brota de unas propuestas filosóficas que, haciendo un ejercicio un tanto detectivesco, se pueden reconstruir.
El lector puede llegar a una cierta página, detenerse y formarse una idea de los propósitos intelectuales de Patrizi.
Sin embargo, sería una percepción un tanto engañosa, pues son precisamente los vínculos que subterráneamente el autor teje entre un texto y otro los que les hacen cobrar un nuevo sentido.
En otras palabras, bajo esa aparente suma de textos inconexos, de exaltaciones y apologías ora platónicas, ora aristotélicas, ora petrarquistas, hay un plan general, un proyecto con una coherencia interna.
LA CIUDAD FELIZ, O LA ANATOMÍA DEL ESTADO
No es fácil saber qué es La ciudad feliz, ni adivinar cuál era su propósito, más allá del intento de su autor de presentarse a la república de las letras.
Quizá lo más inmediato, y así se ha hecho muchas veces, sea considerar aquella breve obra como una utopía, escrita en un momento de especial florecimiento de tal género literario.
No podemos excluir que el furor que la época sintió por la construcción imaginaria de estados y ciudades perfectas y virtuosas hiciese mella en Patrizi, como sucedió a muchos de quienes participaban de la vida cultural véneta.
De hecho, en 1548 se había publicado en Venecia, despertando elogios y aplausos, la traducción italiana de la famosa Utopía de Tomás Moro (1516).
Y entre 1552 y 1553, coincidiendo con la publicación de La ciudad feliz, Anton Francesco Doni (1513-1574), que había conocido a Moro y colaborado con Ortensio Lando en la preparación de la traducción italiana de Utopía, ofrecía al público su retrato de la ciudad utópica en I Mondi5.
Pero la ciudad a la que se refería Patrizi no tenía los rasgos de las ciudades imaginarias de las utopías, no era una isla lejana, ni un recinto amurallado, ni una urbe construida sobre suelo lunar, ni tenía cien puertas, ni forma de estrella.
No se describían ni sus edificios, ni sus templos, ni los lenguajes de sus ciudadanos.
No se ofrecía al lector como una alternativa posible y prometedora a lo ya existente, como un punto de fuga hacia el cual encaminar costumbres, educación y formas de gobierno.
O al menos aparentemente no lo hacía, pues cuando el lector llega a su última página y comienza la lectura del texto sobre el furor poético, empieza, como veremos, a entender hacia dónde quería volar Patrizi con las alas de las que hablaba ya en la dedicatoria.
Aun así La ciudad feliz de Patrizi se asemejaba más a un discurso legitimador de algo ya existente.
La propia ciudad de Venecia, han dicho algunos de quienes han negado a la obrita de Patrizi el carácter utópico6.
En el fondo, se trate o no de una utopía, lo cierto es que, como éstas, nacía de un clima de urgente necesidad por replantearse la estructura del estado y la organización de la sociedad civil.
Ya desde finales del siglo XIV los humanistas habían empezado a enfrentarse a los problemas que se derivaban de la transformación de los estados y las relativas formas de gobierno y en ese clima inquieto la Política de Aristóteles despertó un gran interés entre gobernantes, políticos e intelectuales7.
La traducción realizada por Leonardo Bruni en 1438 fue el inicio de una oleada de ediciones del texto aristotélico que inundó Europa.
A lo largo del siglo XVI, solo en la traducción de Bruni se hicieron cincuenta ediciones de la Política, lo cual se dejó sentir rápidamente en las propuestas acerca de las características que debían tener la ciudad y el estado8.
La obra de referencia en la época sobre la estructura de la ciudad, el De re aedificatoria (1452) de Leon Battista Alberti, consideraba que la forma de la urbe y la arquitectura de sus edificios debían corresponder al modelo político y que tanto este último como la ciudad debían estar al servicio del fin último del hombre: la felicidad.
Los humanistas insistieron en la importancia de desarrollar el proyecto aristotélico de fundar una política sobre una reflexión ética, sobre una filosofía de las virtudes humanas y civiles, de tal modo que, como para el propio Aristóteles, la Política había de ser concebida como una aplicación a la ciudad-estado del análisis sobre la virtud expresada en la Ética a Nicómaco.9 La felicidad, la eudaimonia, es, para Aristóteles, el bien supremo del hombre individual, pero lo es también de su asociación con los demás hombres, es decir, de la ciudad.
Y si en la ética nicomaquea la felicidad era el resultado de la vida virtuosa, en clave política la ciudad será feliz si su estructura y sus formas de gobierno están fundadas en la virtud.
El estudio de la ética había ido ganando cada vez más terreno y prestigio en las universidades italianas, tradicionalmente poco dadas al estudio de la teología.
A principios del siglo XVI la Etica a Nicómaco y la Política de Aristóteles y la República de Platón se exponían y discutían en las aulas tanto como en las academias literarias y las cortes principescas.
Francesco Robortello, profesor de Patrizi en Padua, enseñaba filosofía moral y en 1552, un año antes de la publicación de La ciudad feliz, había dado a la imprenta en Venecia una Disputatio in libros politicos Aristotelis, donde reclamaba para el filósofo la tarea de enseñar la política y donde defendía un programa político claramente inspirado por la idea aristotélica de que la organización de la ciudad ha de tener como objetivo máximo la felicidad, un bien que solo se puede conseguir practicando las virtudes contemplativas y especulativas.
Es curioso observar cómo a distancia de bastantes años, cuando Patrizi recordará en su carta autobiográfica a Baccio Valori sus años de estudiante en Padua, no mencionará a Robortello.
Casi diríase obsesionado con retratarse como un autodidacta, solo nombraba a los profesores que había escuchado y no le habían gustado.
Mencionar a Robortello habría desvelado su treta, dejando al descubierto que ni tan original ni tan pretendidamente autodidacta era10.
La adhesión a los principios de la ética y la política aristotélicas no planteó grandes problemas a quienes a partir del siglo XV apostaron por seguir la senda de Platón.
La salida a la aparente contradicción consistió, en gran medida, en acogerse a la idea de la única verdad: si Platón y Aristóteles en su República y en su Política, respectivamente, parecían contradecirse, las contradicciones debían ser solo cuestión de palabras, de interpretaciones, pero ajenas al fondo de la cuestión11.
Se imponía argumentar la conciliación y fue esta necesidad la que abrió la puerta a interesantes mezclas de temas platónicos y aristotélicos, a intersecciones entre la platónica idea del Bien y la perfección, la teoría del conocimiento, la derivación de todas las cosas del mundo de la divinidad, de los cielos y los astros, y el despliegue, la aristotélica práctica de las virtudes morales y políticas en el ámbito de la ciudad12.
El volumen que Patrizi dio a la imprenta en 1553 es una elocuente demostración de aquel necesario, y para muchos deseado, proyecto de conciliación entre una filosofía política defensora de un estado aristocrático y un entramado de temas platónicos que van de la poética a la cosmología, de la filosofía natural a la poética de la historia o a la retórica.
En este sentido, la obra del Chersino demostraba un talante muy afín al de los intelectuales vénetos que en tiempos del doge Andrea Gritti (1455-1538, en el poder desde 1523 hasta su muerte) empezaron a reflexionar sobre la posibilidad de erigir la razón política de la oligarquía véneta sobre una metafísica platónica13.
Ya en la dedicatoria de La ciudad feliz, dirigida a los hermanos Della Rovere, Urbano Vigerio y Girolamo14, Patrizi expresaba claramente cuál era su objetivo: «hacer menos duro el camino de ascenso a ese monte en cuya cima la felicidad ha situado el paraíso de sus delicias, al cual poquísimos hombres podrán llegar» (Città felice, p.
Ofrecía su escrito como si fuesen unas alas de Dédalo «con las cuales elevarse en vuelo siguiendo al divino Platón», que descansaba ya en aquel paraíso de beatitud15.
Pero a Patrizi no le interesaba la felicidad de las almas desprendidas de sus cuerpos, la felicidad de los muertos, sino la que se podía alcanzar en la vida terrena.
El hombre de carne y hueso, de naturaleza corruptible e imperfecta, no tiene garantizada en este mundo la felicidad, pero vagamente la recuerda.
Con un tono afín al de textos herméticos y emanantistas, Patrizi afirmaba que «del profundísimo abismo por la bondad de Dios surgieron en el principio todas las cosas, que a este bajo mundo derivaron».
El abismo de las aguas supracelestes del que todo fluía y emanaba no era sino el platónico mundo de las Ideas, el paraíso de la abundancia y la perfección (Città felice, p.
Recordar aquel originario estado de plenitud y no saber cómo recuperarlo era para el hombre terreno un tormento.
La oferta de Patrizi era aliviarlo mostrando el camino «para encontrar ese manantial y edificar una ciudad sobre la cual continuamente caiga y con sus felicísimas aguas bañe» (Città felice, p.
La ciudad feliz era solo el primer paso del duro y difícil camino de ascenso a aquellas misteriosas alturas.
Mas no nos dejemos embaucar por la reverencia a Platón, pues el propio Patrizi reconocía de qué estaban hechas aquellas alas: «de la disposición y estatutos que Aristóteles piensa que ha de tener una ciudad que aspire a ser feliz» (Città felice, p.
Había seguido punto por punto al Estagirita, permitiéndose, si acaso, dejar algún espacio a su propio ingenio para correr libremente.
Uno de esos espacios era precisamente su intento de síntesis entre la ética y la política aristotélicas y algunos elementos de la filosofía platónica, lo cual, como ya hemos visto, no era nada particularmente extraño ni escandaloso en los ambientes intelectuales en los que Patrizi se movía.
Otro espacio de libertad, en este caso mucho más original e interesante, era su explicación en clave naturalista de la organización y estructura que ha de tener la ciudad para ser feliz.
La felicidad es el sumo bien, la máxima aspiración del hombre y, «como sabiamente la describió Aristóteles [...], una operación según la virtud más perfecta, sin impedimento, a lo largo de toda la vida» (Città felice, p.
Se trataba de la concepción de la felicidad que Aristóteles había desplegado en su Ética a Nicómaco, donde criticaba sin ambages el modo en que Platón había entendido el sumo bien, prefiriendo, en cambio, una interpretación práctica, relacional, del bien y la felicidad18.
Ninguno de los dos eran, para Aristóteles, puras ideas, sino el resultado de una forma de actuar.
Una cuestión, en fin, práctica.
Y si la felicidad es una praxis, una operación, una forma de actuar, ésta solo se puede realizar en vida.
Los muertos no actúan.
Cierto que Aristóteles había hecho una clasificación de los bienes atendiendo a si solo pertenecían al alma o al cuerpo o al gobierno o influencia que el uno tiene sobre el otro, pero reconocía claramente que la felicidad, por mucho que sea una forma de actuar del alma, necesita de los bienes exteriores y de los instrumentos para alcanzarlos.
Además, y este aspecto resulta esencial para entender la reflexión de Patrizi, la felicidad es cuestión de una vida entera, no de momentos felices o afortunados; «una golondrina no hace verano», que se leía en la Ética a Nicómaco.
Es decir, solo se puede alcanzar la felicidad mientras se está vivo, y sólo se está vivo mientras alma y cuerpo se mantienen unidos.
En palabras de Patrizi:
En la tercera parte de la definición [de felicidad según Aristóteles], que es aquella que se refiere a la de una vida entera, se comprende el séptimo grado, común al cuerpo y al alma; pues solamente puede llegar a ser feliz aquel cuyo hilo de la vida se prolonga por todo el espacio del curso del humano vivir, por lo cual, si en su mitad fuese truncado, no podría él en modo alguno llegar al manantial del que hemos hablado (Città felice, p.
El hombre está compuesto de un alma inmortal, incorruptible y autosuficiente y de un cuerpo material, corruptible y perenemente necesitado de un alma que lo dirija y de bienes materiales que lo mantengan.
La vida, escribía Patrizi no sin ocultar su acuerdo con Platón, Aristóteles y todos los médicos y filósofos que de ello habían tratado, era la unión del alma y el cuerpo: «tanto tiempo vive el hombre, como el alma permanece unida al cuerpo, y el alma tanto se queda con él, como dura el vínculo que los mantiene unidos, y este vínculo son los espíritus, llamados por los mencionados filósofos y médicos, primeros instrumentos del alma» (Città felice, pp. 6r-v; el subrayado es mío).
Es este el núcleo de la propuesta de Patrizi, lo que hace de este aparente resumen de la política aristotélica un texto original y merecedor de atención, una reflexión ético política pero también una demostración del interés por la medicina y la filosofía natural.
La Città felice se convierte, gracias al concepto de «espíritu» como vínculo entre el alma y el cuerpo, y por tanto garante de la vida, en una naturalización del orden y el buen gobierno de la ciudad, que son los que permiten alcanzar la felicidad.
Aristóteles, en el libro I de la Política, había afirmado que el origen de la ciudad es una cuestión natural íntimamente ligada a la insuficiencia del hombre para autoabastecerse y mantenerse con vida (Política I 2, 1252b-1253a).
Estaba en esto de acuerdo con Platón, que en el Libro II de la República mantenía que el estado surge de la incapacidad del individuo para cubrir sus necesidades; de ellas se deriva el ejercicio de los diferentes oficios y cometidos en la sociedad, del de los labradores al de los artesanos o al de las milicias (República, II, 369a-376a).
Empieza el hombre por aparearse, decía Aristóteles, y procreando forma familias que a su vez se agrupan formando pueblos.
La misma insuficiencia del individuo, sumada a las diferencias de la naturaleza de cada uno de ellos, hace que siervos y padrones se necesiten mutuamente, estableciéndose una relación simbiótica.
Pero Aristóteles no había ido más allá en su afirmación del origen natural de la ciudad, dejando abierta la pregunta sobre el significado que atribuía al concepto de «naturaleza» cuando se refería a la organización política.
Parecía ser una idea contradictoria con la definición de lo natural que había establecido en su Física, donde lo natural es aquello que tiene en si mismo la causa de ser lo que es, en oposición a lo artificial, cuya causa es externa.
Y parecía ser contradictorio porque a lo largo de la Política se hacía patente que era el gobernante, el amo y no los siervos, quien organizaba y daba forma a la ciudad.
En suma, la ciudad estado, por mucho que tuviese su origen en una necesidad natural de los seres humanos, parecía más una máquina creada que un organismo «naturalmente» generado.
El desarrollo que Patrizi hace del naturalismo político aristotélico y de la sugerida analogía entre cuerpo y ciudad pretende dar respuesta a esta aparente contradicción: en un estado aristocrático los magistrados organizan la ciudad del mismo modo que las facultades mentales gobiernan al cuerpo, y no por ello la relación cuerpo-conocimiento se dice artificial20.
La idea central de La ciudad feliz es que toda la organización de la ciudad ha de estar al servicio de la generación y el buen mantenimiento de los espíritus.
Queda bien claro desde el principio que los espíritus de los que habla Patrizi son los mismos a los que se refería toda la tradición médica hipocrático-galénica, la misma que había estudiado en las aulas de la Facultad de Artes de Padua (Città felice, pp. 6r-v).
Lo cual no significa, como veremos más adelante, que Ficino quisiese limitar su concepción de los espíritus al puro tratamiento fisiológico, médico.
En consonancia con una concepción tripartita de las potencias del alma —animal, vital y natural— los médicos antiguos, desde Herófilo y Erasístrato, habían mantenido que cada una de aquellas potencias tenía sede en una parte del cuerpo.
La potencia animal se encontraba en el cerebro, la vital en el corazón y la natural en el hígado, si se refería a la nutritiva, o en los testículos, si relativa a la potencia generativa.
Galeno, recogiendo las ideas de los hipocráticos, dio forma a la descripción de un organismo regulado por espíritus de diferentes tipos, los cuales se originan en cada una de las tres partes del cuerpo y se corresponden, a su vez, con las tres potencias del alma.
Los alimentos ingeridos llegan al estómago y de allí pasan al hígado, donde a partir de un proceso de refinamiento del quilo se generan los espíritus naturales.
Estos últimos, mezclados con la sangre venosa, pasan del hígado al corazón, donde al mezclarse con el aire inspirado se generan los espíritus vitales.
Finalmente, los finísimos espíritus vitales pasan al cerebro, donde se produce un ulterior proceso de refinamiento de la sangre arterial que da lugar al grado más sutil del espíritu, los espíritus animales, de los cuales dependen las funciones psíquicas.
Estos espíritus, como los otros dos, son distribuidos también por todas las partes del cuerpo, en este caso a través de los nervios, y gracias a ellos se explican las sensaciones y las capacidades motoras21.
Lo primero, por tanto, que necesita la ciudad para aspirar a la felicidad es generar y mantener en buen estado los espíritus naturales.
O en otras palabras, necesita que los ciudadanos se alimenten: «tenga por tanto comida y bebida la ciudad si desea vivir y ser feliz» (Città felice, p.
Y si los alimentos más básicos y esenciales son aquellos que nacen de la tierra, «tendrá la ciudad necesidad de campesinos, de pastores y de agricultura», que habrán de ser hombres robustos y capaces de soportar el duro trabajo.
Pero sobre todo habrán de ser sumisos, tímidos, «siervos por naturaleza», como lo habrán de ser también todos aquellos trabajadores manuales, artesanos, molineros, carniceros, panaderos, cocineros, albañiles, carpinteros, herreros o picapedreros.
Todos aquellos, en fin, cuya misión en la ciudad es la generación de los espíritus naturales.
El escalafón más bajo de la jerarquía de la ciudad, del mismo modo que el estómago y el hígado son los lugares del cuerpo encargados de la generación de los espíritus más burdos (Città felice, pp. 6v-7v)22.
La analogía entre las partes de la ciudad y las partes y funciones del cuerpo permitía a Patrizi dar una justificación en clave naturalista del status servil de los trabajadores manuales, un tema en el que tanto había insistido Aristóteles en la Política.
Si la felicidad es una práctica de la virtud, al trabajador manual le está vedada por principio, «pues no es posible que se ocupe de las cosas de la virtud el que lleva una vida de trabajador o jornalero» 23.
Así pues, una vez aclarada la necesidad de los serviles trabajadores manuales para la generación de los espíritus naturales, se imponía, según Patrizi, conservar estos últimos e impedir que se corrompiesen.
Y de esta conservación serán ya responsables los auténticos ciudadanos libres: los comerciantes y mercaderes, los guerreros de los ejércitos y los magistrados, a los que habrán de sumarse los sacerdotes, cuya misión en la conservación de los espíritus queda, en la Ciudad feliz, un tanto relegada24.
Mas antes de atribuir competencias en la conservación de los espíritus, Patrizi explica las posibles causas de su corrupción, y son precisamente esas causas las que determinan desde el lugar en el que ha de situarse la ciudad o su extensión hasta la existencia misma de las leyes y de los jueces.
La dispersión de los espíritus suele deberse a dos cosas:
o porque todos, puros y naturales, salen del cuerpo, o porque dentro del cuerpo se corrompen.
Se corrompen dentro del cuerpo por el exceso de condensación o de rarefacción, o por una cualidad venenosa, contraria a su sustancia propia.
El exceso de densidad suele deberse al frío, tanto interior como exterior.
La rarefacción proviene fundamentalmente del calor, tanto intrínseco como extrínseco.
Y la cualidad venenosa también puede ser interior o exterior (Città felice, p.
Siguiendo la medicina galénica, según la cual la salud es el equilibrio de los cuatro humores —sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla— y éstos dependen a su vez de las cuatro cualidades aristotélicas —lo frío, lo caliente, lo seco y lo húmedo— Patrizi concluye que en ningún cuerpo sano el exceso de frío o calor pueden proceder del interior del cuerpo.
Los excesos de estas cualidades proceden del exterior, provocando el desequilibrio de los humores y la corrupción de los espíritus.
Para evitar estos males, que ponen en riesgo la unión de alma y cuerpo, es necesario ubicar la ciudad en un lugar donde frío y calor estén equilibrados.
La argumentación naturalista de Patrizi llega aquí al extremo de negar que quienes habitan en lugares demasiado cálidos, como Etiopía, puedan aspirar a la felicidad, pues corrompiéndose fácilmente sus espíritus, la vida no puede perdurar, y no perdurando la vida, no se puede practicar la virtud a lo largo de su entero camino (Città felice, p.
Evitar el exceso de condensación se conseguirá evitando el frío, y para ello serán necesarios los trabajadores manuales de la comunidad, que habrán de construir edificios, ropas o calzados25.
Mas también será preferible edificar la ciudad en lugares al reparo de los vientos fríos (cfr.
En cuanto a la venenosidad del aire, Patrizi no duda a la hora de definirla como el resultado de la corrupción o putrefacción del aire, que es el causante de las pestes y epidemias y que suelen producirse en lugares húmedos, paludosos, con aguas estancadas, poco ventilados y con árboles de hoja perenne.
Patrizi no estaba haciendo más que seguir los cánones de la medicina hipocrático-galénica en cuanto a las causas de la enfermedad, que podían ser internas o externas.
Estas últimas, a su vez, podían deberse a cuatro tipos de causas: una alimentación deficiente, las acciones del medio —tales como las heridas o traumatismos—, el clima y, por último, los venenos o miasmas.
En este punto de La città felice, la política aristotélica se unía claramente al hipocrático texto Sobre los aires, aguas y lugares, donde se insistía en la necesidad de elegir el lugar de la ciudad atendiendo a los efectos que el clima puede tener sobre la salud27.
Con los principios de la medicina hipocrático-galénica, Patrizi legitimaba así la elección que Aristóteles, en la Política, hacía del emplazamiento que ha de ocupar la ciudad ideal: un lugar alto y escarpado para preservar la salud (Política, VII 11, 1330a-1331b).
No sólo el exceso de calor o frío y los aires venenosos eran causa de enfermedad, y de hecho todos los tratados de medicina galénica dedicaban especial atención a todas aquellas enfermedades que nacen de una vida desordenada, de una alimentación desequilibrada o de heridas mal curadas.
Para evitar estos males que también acaban con los espíritus era necesario, escribía Patrizi, que existiesen en la ciudad «otro tipo de artesanos, que a estos males se opongan, y con cuya ayuda de su violencia nos liberemos.
Tales son los médicos físicos, los cirujanos y sus ayudantes barberos, los stuffaiuoli (quienes trabajan en las saunas) y los boticarios»28.
Bien es cierto, proseguía Patrizi, que no solo de enfermedad muere el hombre, pues también es posible que los espíritus vitales abandonen el cuerpo por una acción violenta, por un asesinato, en fin.
Y contra esto ni el médico ni la medicina pueden hacer nada.
En este caso la conservación de la vida queda en manos del ejército y de los gobernantes de la ciudad29.
El gobernante, el legislador, ha de ocuparse de la salud de su ciudad como el médico ha de ocuparse de la salud del cuerpo del individuo.
La ciudad es un gran cuerpo y el legislador, en cierto sentido, un médico de la ciudad, pues su fin último es mantener el orden para que la vida perdure y gracias a ella se pueda aspirar a la felicidad.
El magistrado ha de establecer las normas y leyes que mantengan en perfecto estado la máquina generadora de espíritus y que eviten su «corrupción» violenta.
Se habrá de preocupar del alma, pero antes que ello tendrá que dedicar sus esfuerzos legisladores a los bienes del cuerpo.
A partir de esta premisa, Patrizi retoma su discurso fisiológico para explicar la tarea y misión de gobernantes y magistrados, empezando por la procreación:
el cuerpo tiene su origen en la generación.
Y del cuidado de ésta deberá partir [el autor de las leyes].
Y dado que los hijos que vienen a la luz, salen de padre y madre, el legislador se deberá ocupar en primer lugar de éstos, pues concurriendo en la generación del hijo, según los médicos, el semen del padre y el semen y la sangre de la madre, para la rosbustez y fortaleza del generado, es necesario que el semen de ambos sea caliente.
Siendo como es, que según sea la causa, así será el efecto que de ella derive.
Sano será el semen que provenga de cuerpo sano, igual que será robusto si viene de robusto; y es robusto cuando en su estado natural es caliente, lo cual sucede cuando el hombre se encuentra en el estado y flor de su edad, lo cual en el hombre sucede entre los treinta y cinco y los cuarenta y nueve años y en la mujer entre los dieciocho y los cuarenta.
Y aunque las mujeres puedan generar desde los catorce hasta los cincuenta, no obstante antes de los dieciocho el semen y la sangre, a causa de la temprana edad, es muy débil y húmedo, y tras los cuarenta se enfría (Città felice, pp. 16r-v).
De modo que el legislador tendrá que estar bien atento a la edad en que sus ciudadanos se den al acto de generar.
Y no sólo, porque también deberá legislar sobre la época del año en la que los amantes se dan al sexo procreador, pues el frío del invierno debilitaría el calor del semen, y por tanto su calidad.
Y hasta de la hora, pues después de las comidas el calor del cuerpo está empeñado en la digestión.
De nuevo Patrizi se esforzaba en completar con argumentos fisiológicos lo ya mantenido por Aristóteles, pues sus palabras eran prácticamente una paráfrasis de lo afirmado por éste cuando en la Política decía que el legislador, en pos de la felicidad de la ciudad, ha de velar por la salud del cuerpo (cfr.
Lo que sigue, desde la atención que se ha de prestar al bienestar de las mujeres embarazadas para que alumbren ciudadanos sanos, al cuidado de los niños y su posterior educación, no era más, en efecto, que un breve resumen del Libro VII de la Política aristotélica.
Se insistía, como hacía el Estagirita, en la necesaria enseñanza de la gramática, la música y la pintura (cfr.
Città felice, pp. 18r-19r), las cuales el legislador se había de ocupar de que fuesen infundidas en el pecho de los jóvenes.
La música podía imprimir una cierta cualidad en el carácter, ayudaba a motivar al intelecto y pacificar el alma siempre según los diferentes ritmos (cfr.
Nada había en esta referencia a la música que evocase la platónica armonía del mundo, nada que hiciese sospechar algún vínculo con la interpretación médica, mágica y terapéutica de la música expuesta por Marsilio Ficino31.
Patrizi aprovechaba este comentario sobre la educación de los jóvenes para afirmar que todo el conocimiento procede de los sentidos, y que solo a partir de ellos se abre el camino al entendimiento, recordando aquella máxima aristotélica según la cual «nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu».
Pero aquí sí, el privilegio concedido a la vista y el oído, «los más nobles de todos los sentidos», y a partir de los cuales nace el deseo de conocer las causas y el causante de tanta armonía y belleza, evocaba sin lugar a dudas las palabras de Marsilio Ficino32.
En cuanto a la gramática, parece clara la influencia que debieron ejercer en Patrizi los comentarios de su profesor en Padua, Robortello, que además de insistir en la importancia de la educación de los jóvenes para construir un estado perfecto, se concentraba en la importancia de la retórica, la oratoria y la gramática33.
El cuerpo de la ciudad ideal, mantenido en vida gracias a los espíritus, estaba jerárquicamente organizado.
Este cuerpo aristocrático tenía rígidamente ubicadas sus potencias y funciones.
En su parte más baja y vil, pero no por ello menos necesaria y vital, se encontraban los trabajadores manuales, de naturaleza esclava e incapaces de gobernarse por sí mismos.
En la parte más alta de la pirámide, como en el cuerpo están el corazón y el cerebro, se situaban las milicias, y por encima de ellas los magistrados, y más arriba aún, en la cúspide, los sacerdotes.
Estos dos últimos estamentos eran los auténticos depositarios de la sabiduría, dedicados fundamentalmente a practicar la potencia «más sublime» del alma, la contemplación, y por tanto a ejercer las virtudes especulativas (Città felice, pp. 15v-16r).
A Aristóteles no le tembló el pulso a la hora de negar a los trabajadores manuales la posibilidad de aspirar a la felicidad, dado que la felicidad era la práctica de la virtud, y ésta sólo se podía alcanzar gracias al ocio y la contemplación, no llevando una «vida innoble y contraria a la virtud» como la de los agricultores y el resto de los trabajadores manuales (Aristóteles, Política VII 9, 1328b-1329a).
La ciudadanía y la felicidad eran derechos exclusivos de quienes no debían trabajar con sus propias manos.
Patrizi compartía sin ambigüedades esta cruel división: «Y diré, en fin, que nuestra ciudad tiene dos partes, una servil y miserable, la otra señora y beata, y esta es la que propiamente ha de ser llamada ciudadana»34.
UNA MEDICINA PLATÓNICA PARA UNA POLÍTICA ARISTOTÉLICA
Desvelada la clave aristotélica con la que Patrizi diseñó La ciudad feliz, queda preguntarse hasta qué punto era el fruto de un convencido platónico.
Resta responder a por qué Patrizi, tras ofrecer su obra al lector como unas «alas de Dédalo» para elevarse en vuelo tras el divino Platón, se lanzaba a una apología de la Política aristotélica.
Lo más fácil sería pensar que se trataba de una excepción a su platonismo, que en lo referente a la ética y la política, Patrizi se inclinaba más por la propuesta del Estagirita.
Y en buena medida es cierto, pues el Chersino apostaba decididamente, como muchos de sus coetáneos, por una estructura jerárquica y aristocrática del estado para la que la política aristotélica era un excelente modelo.
Pero La ciudad feliz no era una mera excepción, un paréntesis, una brecha aristotélica en una mente platónica.
El objetivo de Patrizi era caminar por la senda de Platón sin renunciar a la política aristotélica.
O mejor dicho, demostrar que la estructura oligárquica del estado propuesta por Aristóteles descansaba sobre una metafísica y una filosofía natural platónicas35.
La estrategia conciliadora puesta en marcha por Patrizi consistió en retomar el antiguo vínculo entre filosofía y medicina, pero dejando ahora de lado la filosofía natural aristotélica que había servido de base a la medicina galénica en las universidades medievales para apostar, en cambio, por una conciliación entre medicina y filosofía platónica.
Organización política, ética y medicina retomaban en La ciudad feliz un antiguo vínculo, una relación que ya había empezado en tiempos de los griegos.
Si la organización social y los principios éticos fueron un modelo para la medicina o en cambio esta última inspiró las teorías ético políticas, es una cuestión sobre la que mucho se ha discutido.
Sobre lo que no parece haber muchas dudas es que los filósofos presocráticos solo pudieron empezar a desarrollar su concepto de physis como un todo ordenado, equilibrado y regular, gracias a su privilegiada situación de testigos de un orden social y político.
Los médicos hipocráticos, a su vez, tomaron de los «fisiólogos» jonios y sicilianos su concepto de naturaleza, aspirando a basar en él la técnica médica entendida como un hacer sabiendo lo que se hace, como una intervención en la naturaleza fundada en el conocimiento de la naturaleza.
Como si de un círculo se tratase, Platón y Aristóteles volvieron sus ojos a las enseñanzas médicas de los hipocráticos para comprender las raíces de la política.
Difícilmente habrían podido evitarlo, siendo como era una medicina que había hecho de los conceptos de «naturaleza justa» (dikaíe physis) o de virtud (aretè) los pilares de su explicación de la salud y la enfermedad36.
Para los hipocráticos la salud era el buen orden de la naturaleza, tanto de la de cada cuerpo individual como de la polis.
Un cuerpo sano era aquel cuyo estado vital era justo (dikaios), así como la enfermedad, siendo un desequilibrio, suponía una ruptura de la justicia.
Y así pareció tenerlo bien presente Platón cuando en el Gorgias Sócrates, criticando la retórica de los sofistas, establecía el paralelismo entre la salud del cuerpo, de la que se ocupa la medicina, y la salud del estado, preocupación principal de los legisladores (Gorgias, 464a-465a); o en el Fedro, cuando explícitamente se refería a Hipócrates para afirmar que los cuidados del alma y de la virtud han de seguir el mismo método que el empleado por los médicos (Fedro, 270b-270c).
Son solo algunos ejemplos.
El siglo XVI fue una época de renacimiento de aquel antiguo vínculo entre filosofía y medicina.
La escolástica había insistido en la indisolubilidad ente la filosofía natural aristotélica y la medicina galénica.
Ahora le tocaba el turno al olvidado platonismo.
En 1516 Symphorien Champier publicaba en París su Symphonia Platonis cum Aristotele, et Galeni cum Hyppocrate, en un intento de demostrar la armonía entre los cuatro grandes.
Más allá de ciertas tensiones, los humanistas del siglo XV, profundamente preocupados por los problemas de la vida civil, siempre atentos a la especulación ética y los problemas del estado, fueron también los grandes estudiosos de la medicina antigua.
Angelo Poliziano, Giovanni Pico della Mirandola o Nicolò Leoniceno acumulaban en sus bibliotecas los textos de los médicos de la Antigüedad, los traducían con esmero y les hacían compartir espacio con las obras de Platón37.
El gran escollo que durante siglos había presentado la medicina galénica era el problema de la inmortalidad del alma, que el médico de Pérgamo había considerado resultado de las funciones del cuerpo, y por tanto mortal.
Tal conclusión coincidía, aunque por motivos diferentes, con la de Aristóteles, que definía el alma como forma del cuerpo.
Pero no olvidemos que en las universidades medievales la medicina galénica se estudiaba sobe todo en la versión dada por Avicena en su Canon, donde realizando una síntesis entre Galeno y Platón había defendido tenazmente la inmortalidad del alma.
En un ambiente intelectual tan preocupado por esta cuestión como fue la Italia de los siglos XV y XVI, el dualismo alma-cuerpo de Platón parecía ofrecer una senda prometedora.
Una senda que, por otra parte y quizá sin demasiado éxito, ya había intentado transitar el mismísimo Galeno cuando escribió el De Placitis Hippocratis et Platonis38.
De toda aquella corriente humanista de médicos de la virtud, la felicidad y la justicia, uno de ellos consiguió convertirse en la figura emblemática de la nueva medicina del alma: Marsilio Ficino.
Entre sus páginas encontramos la respuesta a por qué Patrizi escribió aquella Ciudad feliz en la que, tras prometer al lector una alas de Dédalo para seguir la senda de Platón, se dedicaba a parafrasear a Aristóteles.
Se podría incluso decir que su ciudad era la de Aristóteles explicada con la medicina de los espíritus de Marsilio Ficino, quien ya un siglo antes, en su De vita coelitus comparanda, había intentado demostrar cómo para poder alcanzar el conocimiento del bien y de la virtud había que prestar un especial cuidado a los espíritus del cuerpo39.
El objetivo del De vita era conservar la salud del sabio.
Ficino quería, por encima de todo, ser un médico del alma, pero en esta vida para cuidar el alma había que cuidar el cuerpo.
Ya llegaría el momento en el que el alma se separase del cuerpo y se pudiese librar de sus necesarios cuidados, pero la vida, como también recordaría Patrizi en su Ciudad feliz, es ese periodo transitorio en el que el alma está unida al cuerpo.
En este último se encuentran, encerrados y en continuo movimiento, los espíritus, que Ficino considera los primeros instrumentos del alma incorpórea y eterna.
Los filósofos, buscadores del bien y la verdad, escribía Ficino, se habían olvidado de los espíritus, que en realidad eran la herramienta con la que poder abarcar todo el universo (De vita, Libro I, cap.1, en Opera omnia, T. I, pp. 495-496).
Está claro que los espíritus de que hablaba Ficino entroncaban con la tradición médica hipocrático-galénica, pero no se limitaban a ella, teñidos como estaban de valores metafísicos, teológicos y cosmológicos40.
Ellos son los que vinculan el mundo de lo inteligible con el material y corpóreo mundo terreno, al hombre con el gran animal que es el mundo y que como el primero también posee un spiritus (De vita, Libro III, caps. 3-4, en Opera omnia, T. I, pp. 534-536), y gracias a ese vínculo el hombre puede recuperar el a veces olvidado origen de su alma, que no es otro que el mundo de las Formas.
Francesco Patrizi retomó, a distancia de un siglo, la filosofía médica de los espíritus de Marsilio Ficino para dar una explicación de la salud del cuerpo del estado41.
Daba así una respuesta a ese indefinido y poco claro origen natural de la ciudad del que habían hablado Aristóteles y Platón.
Pero la clave de lectura platónica y ficiniana de La ciudad feliz, dejando aparte guiños y promesas iniciales al lector, no se encuentra en sus páginas, sino en las de uno de los textos que le siguen en el volumen de 1553, el Della diversità dei furori poetici42.
Iniciaba este diálogo planteando la cuestión de por qué unos poetas eran más dados a una materia que a otra.
Algunos brillaban en el verso heroico, otros en el elegíaco, en el sáfico o el yambo.
En este caso la cuestión, decía Patrizi, «superaba toda la peripatética filosofía»: la respuesta se encontraba en Platón.
Ahora verdaderamente comenzaba el ascenso a las altas cimas que Patrizi había prometido en la dedicatoria de La ciudad feliz.
A su nuevo interlocutor, el señor Mariano Savello, ofrecía de nuevo las alas de Platón:
Y V. S. entenderá mejor esta explicación si, cogidas las alas de Platón, con ellas volamos hasta el Cielo, para poder allí, más de cerca y casi presencialmente, contemplar la razón de tan elevada dificultad.
Tome así pues V. S. estas alas y juntos emprendamos el vuelo desde aquel memorable y eminente lugar de Horacio: «Demócrito creyó que más vale el talento que el vil arte y desterró del monte de las Musas a los poetas cuerdos» (Diversità, p.
La cita de los versos de Horacio ponía sobre la mesa la intención de Patrizi: escapar de una concepción de la poesía entendida como pura técnica, del retrato del poeta como artifex, para abrazar la teoría platónica del furor.
No se podía ser buen poeta sin un halo de locura, «adflatu quasi furoris», como había escrito Cicerón, y con razón Horacio había excluido de Helicón, el escarpado monte consagrado a Apolo y las Musas, a los poetas sensatos.
Pero el poeta no era simplemente un loco, ni siquiera era un loco.
El furor muy a menudo es confundido con la locura, cuando en realidad es la auténtica sabiduría.
Patrizi retomaba así la teoría del furor poético expuesta por Ficino en su «De divino furore» 44.
El verdadero y buen poeta es aquel que une en su ejercicio de la poesía el furor y el ingenio.
Este último es la buena disposición para el aprendizaje, la capacidad de la inteligencia, rápida o lenta, despierta o adormecida (Diversità dei furori poetici, p.
El furor, por su parte, y «según nos enseña Platón en el Fedro», puede ser natural o divino.
Y si el natural depende de los humores del cuerpo, el divino, que puede ser a su vez poético, mistérico, profético o amoroso, desciende del cielo.
Entender cómo llega al poeta este furor pasa por aceptar que «todo este universo corpóreo está animado y gobernado por un alma racional y eterna y que los elementos inferiores también son movidos y agitados por similares almas» (Diversità dei furori poetici, 46r).
El gran problema era cómo explicar la unión de las almas, creadas por Dios en el mundo de lo inteligible, eternas e incorpóreas, con el cuerpo material de los seres naturales, astros y hombres incluidos.
Para ello Patrizi recurría a una antigua idea de los neoplatónicos y recientemente recuperada por Ficino: el «corpicello sottilissimo», (cfr.
Commentarium in Convivium Platonis, Orat.VI, cap. 4, en Opera omnia, cit., T. II, pp. 1342-1345), hecho de la misma substancia que los cielos y del cual se revisten las almas en el momento de su nacimiento.
Es el vehículo del alma, ese carro del que hablaba Platón en el Fedro y que en su travesía desde el mundo de lo inteligible hasta el mundo terreno se va impregnando de las virtudes de los astros, aprendiendo, por así decir, de las almas de los planetas, a las que los antiguos llamaron Musas45.
El corpicello eterero une lo inteligible con lo sensible e infunde en el hombre, aún sin éste ser consciente de ello, el conocimiento de las formas supremas.
En el momento del nacimiento, y durante la infancia, el hombre no recuerda los orígenes de su alma, pero después empieza a rememorar el mundo de las Ideas del cual procede.
El vínculo del alma con las musas es un vínculo de simpatía, una cadena que las liga para siempre, y dado que lo afín se atrae, las musas atraen a sí al alma despertando el furor (Diversità dei furori poetici, pp. 49r-v).
La inclinación del poeta a tratar una u otra materia está, pues, determinada astrológicamente y esconde la auténtica sabiduría.
El furor es el despertar del recuerdo del mundo de las Ideas, del mundo de la perfección y de la plenitud, del paraíso originario de felicidad de las almas.
Un furor que ha de ser estimulado y despertado por el estudio.
El auténtico conocimiento es una suma de arte y furor poético.
Patrizi había comenzado su Ciudad feliz describiendo ese estado de desazón de los hombres al recordar vagamente, en vida, una felicidad propia de ese paraíso de la abundancia y la perfección del que derivan todas las cosas.
Ofrecía su obra como una vía, un primer paso, para recuperarla.
Cobraba así sentido que describiese una aparente paráfrasis de Aristóteles como unas «alas de Dédalo» con las cuales volar siguiendo a Platón.
La explicación de la ciudad como una estructura al servicio de la conservación de los espíritus permitía entender la política como una medicina del estado, pero una medicina, en último término, al servicio del alma, como había pretendido Ficino en su De vita.
La política, y así lo recordará el propio Patrizi unos años más tarde en sus Diálogos sobre la Historia (1560), tenía también como fin último perseguir el estado de bienestar y felicidad.
Quedaba así tejido el vínculo entre medicina y política, entre el estado aristocrático de la política aristotélica y la platónica medicina de los espíritus y del alma. |
Biopolíticas en el mundo ibérico contemporáneo
Por la grandeza de la patria.
Acaban de ver la luz dos obras que marcarán el futuro de la investigación sobre el gobierno de las poblaciones en el mundo ibérico contemporáneo.
La primera tiene un radio de análisis más amplio, pues concierne a las distintas facetas de la biopolítica durante el régimen franquista.
La segunda se centra en un aspecto concreto, la eugenesia en Portugal, y su cronología principal coincide con el despliegue del Estado Novo salazarista.
La lectura conjunta de ambas monografías permite apreciar los perfiles comunes y las divergencias que afectaron a la administración de la vida en las dos dictaduras ibéricas, cuyos efectos perduran hasta la actualidad.
El trabajo de Salvador Cayuela constituye la primera exploración sintética y a gran escala de los dispositivos biopolíticos desplegados por el régimen franquista en el curso de su existencia histórica.
Como subraya Antonio Campillo en el excelente prólogo redactado para esta obra, el logro obedece a la adopción de una perspectiva trandisciplinar, que combina las aproximaciones de la historia, la sociología y la interrogación filosófica.
El enfoque, de inspiración teórica y metodológica foucaultiana, le permite al autor construir rigurosamente su objeto.
Este adopta la forma de una secuencia de configuraciones históricas complejas, donde se ponen en relación, de manera sistemática, tecnologías y racionalidades de gobierno aparentemente desconectadas entre sí: la política sindical e industrial, el cuidado de la infancia y la salud, las relaciones de poder imbricadas en el género y la sexualidad, los sistemas educativos y los medios de educación de masas, etc. Por otro lado, el trabajo se sustenta en una variadísima y exhaustiva consulta de la literatura secundaria, donde se eligen sabiamente los mejores estudios y los más pertinentes para el relato ofrecido.
Los mimbres conceptuales con los que se compone el cesto, aparte de Foucault, remiten a los Studies on governmentality (Dean, Rose, etc.) y a las tipologías elaboradas por Antonio Campillo, filósofo y catedrático de la Universidad de Murcia, en su obra Variaciones de la vida humana, tal vez el mejor libro sobre teoría de la historia que se ha escrito en las últimas décadas, y no sólo en nuestro país.
Así Cayuela divide su exploración en tres grandes dimensiones de la vida social: el orden de los bienes, el orden de los cuerpos y el orden de las creencias.
Este esquema tripartito se corresponde con la célebre distinción foucaultiana entre trabajo (esfera económica), vida (esfera biológica) y lenguaje (esfera simbólica o comunicativa).
La biopolítica sería entonces el arte de gobernar a los seres humanos en estos tres ámbitos constituidos como universos autónomos, de saber (ciencias humanas) y de poder (biopoder) en el curso de la modernidad.
Se trataría entonces de analizar los distintos mecanismos disciplinarios y reguladores que operan en estos tres espacios dentro de un régimen político que apunta a excluir, en todo su transcurso, el ejercicio democrático de la soberanía.
El reconocimiento de los programas de intervención ("conducción de conductas") y de las instituciones que conforman esos dispositivos biopolíticos se sustenta en una hipótesis nuclear.
Ya durante la misma Guerra Civil se constató que el nuevo régimen no podía apoyarse exclusivamente en la violencia; necesitaba legitimarse recurriendo a mecanismos biopolíticos forjadores de una forma de subjetividad peculiar, cuyas disposiciones, promovidas entre los españoles, permitieron apuntalar la existencia del franquismo, haciéndolo perdurable.
Estas disposiciones (desmovilización política, resignación, conformismo, aceptación estoica de las privaciones, ascetismo) encarnan lo que Cayuela bautiza como homo patiens.
Semejante figura antropológica no sólo contribuyó a asegurar la vigencia del franquismo, sino que su pervivencia, en muchos aspectos, llega hasta la España de nuestros días y ayuda a explicar, quizás, la pasividad de muchos ciudadanos ante el adelgazamiento de los derechos sociales.
Estos innovadores instrumentos de análisis (biopolítica y gubernamentalidad, esquema tripartito de los procesos, producción de subjetividades), se combina con una periodización clásica, que distingue dos etapas en el decurso del régimen: el primer franquismo, dominado por una biopolítica totalitaria, y el franquismo desarrollista, donde se reconocen las tentativas para adaptar los viejos dispositivos a una cambiante realidad social y económica, dando lugar a una biopolítica autoritaria.
La bisagra entre ambos momentos está representada por la aprobación del Plan de Estabilización en 1959.
No obstante, este umbral no marca una transición abrupta; Cayuela reconoce unos "periodos de engarce" entre ambos intervalos, en particular el situado entre 1950 y 1957.
El libro, redactado con claridad y coherencia impecables, se organiza a partir de las referidas distinciones conceptuales.
Tras la introducción, sobria y sin alardes teóricos –la buena teoría se advierte en la estructuración de los datos, se abre una primera parte dedicada al primer franquismo.
Siguen después tres capítulos dedicados a deslindar, en cada caso, los mecanismos disciplinarios y reguladores involucrados.
En primer lugar la esfera económica, dominada por la imitación de las políticas autárquicas arbitradas en Italia y Alemania; el intervencionismo en los procesos de producción y distribución y el sindicalismo vertical en el terreno de las relaciones laborales.
Como sucede en toda la travesía de este libro, su autor no sólo describe las redes de poder, sino también las "resistencias", las "contraconductas" desplegadas por los gobernados, incluso en los tiempos más recios y represores del régimen.
Otra estrategia acertada en la lectura propuesta consiste en no considerar los dispositivos como bloques monolíticos, al modo de los "aparatos" althusserianos, sino a la manera de "campos", aunque no se utilice expresamente este concepto.
Esto es, Cayuela no olvida señalar que los agentes (individuos, organismos) conductores son siempre múltiples, de modo que sus objetivos no siempre resultan coincidentes.
Aquí se hace notar, por ejemplo, la escisión entre los distintos sectores del falangismo o entre los falangistas y el polo del integrismo católico.
Se examinan muy de cerca, en este "orden de los bienes", máquinas de gobierno tan diversas como el sistema de racionamiento, las oficinas de colocación, la cartilla profesional, los sindicatos o los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores.
Se revisa también la política industrial y agraria,1 viendo el estraperlismo como un efecto no deseado de estos mecanismos.
En segundo lugar se pasa revista al gobierno de los procesos vitales en esa primera etapa.
Dispositivos como el Seguro Obligatorio de Enfermedad, la psiquiatría de Vallejo Nájera y López Ibor, la Obra del Auxilio Social, la persecución legal del aborto y la anticoncepción o la reglamentación de la prostitución, conforman una política racial de vocación eugenésica, sólo frenada por los principios del catolicismo, cuya "política del cielo" restringía la manipulación ilimitada de lo viviente.
En tercer lugar, le toca el turno al gobierno de las creencias, es decir, los entramados de inculcación simbólica que toman como blanco a las narrativas y a las representaciones.
Aquí se establece una diferencia entre medios de comunicación (con el destacado papel desempeñado por la Delegación de Prensa y Propaganda), organizaciones de encuadramiento (como el Frente de Juventudes y la Sección Femenina) y el sistema educativo, fuertemente controlado por la Iglesia en los niveles de la enseñanza primaria y secundaria.
La primera parte finaliza con un capítulo de síntesis, donde se expone el modo en que los distintos dispositivos descritos convergen para producir el homo patiens.
La segunda parte, dedicada a indagar la biopolítica del franquismo desarrollista, comienza de nuevo con el gobierno de los bienes.
Entre los primeros años de la década de 1950 y su final, con la aprobación en 1959 del Plan de Estabilización, se abre aquí un proceso de transición que va a marcar decisivamente el nuevo rumbo del régimen.
Los pactos con la Iglesia y la Administración estadounidense, la incorporación a los organismos internacionales, preludian las fundamentales reformas económicas emprendidas por los gobiernos tecnócratas a partir de 1959.
En este ámbito se abre paso una modalidad de gobierno protoneoliberal de las conductas.
En efecto; el Estado ya no dirige y planifica los procesos de producción, intercambio y distribución, sino que interviene disponiendo las condiciones para el funcionamiento del libre mercado; no regula las relaciones laborales sino que arbitra la negociación colectiva entre trabajadores y patronos.
Estas reformas propician también, aunque Cayuela no lo subraya, un capitalismo clientelar y de corrupción sistémica, que sólo salió a luz en casos contados, como sucedió con Matesa.
Este triunfo de la biopolítica totalitaria tuvo lugar también en el "orden de los cuerpos".
A finales de los años 50, el Seguro Obligatorio de Enfermedad comenzó a ser problematizado.
En las décadas posteriores evolucionó hacia un sistema de atención sanitaria, más próximo a la biopolítica social típica del welfarismo occidental.
Las prestaciones se financiaban mediante un entramado de cotizaciones asentado en la solidaridad comunitaria.
Se pasaba así de una lógica de la vigilancia higiénica, propia de los Estados Interventores de fines del siglo XIX, a una atención a las demandas de salud.
Pero este tránsito de la biopolítica social no se completó durante el franquismo.
La inexistencia de una reforma fiscal que permitiera sustentar estatalmente el sistema de la seguridad social, el peso del sector privado y de la Iglesia en la oferta asistencial y sanitaria o el hecho de que la cobertura distara de ser universal, alejaba la política socio-sanitaria franquista de la existente en Europa Occidental.
Cayuela construye también la evolución de los discursos y de las técnicas en el terreno de la psiquiatría; la suavización del eugenismo más agresivo; el rechazo del psicoanálisis, el éxito del electroshock y de las terapias conductistas, o la imbricación con las teorías jurídicas de la peligrosidad social (sobre todo en relación con la homosexualidad), son algunas de estas tendencias.
Los cambios de la fase desarrollista alcanzaron también a la conducción de las creencias.
La nueva realidad económica y social marcada por el crecimiento urbano, el despegue industrial y del turismo, la emigración a Europa o la gestación de una sociedad de consumo, obligaba a revisar los viejos mecanismos de adoctrinamiento.
Los cambios en el dispositivo censorial, tras la Ley de Prensa de 1966, la Ley General de Educación de 1970 o los trastocamientos de organismos como el Frente de Juventudes y la Sección Femenina auguraban una nueva era.
El despliegue estratégico del régimen, en todos estos temas, del económico al educativo, pasaba por adaptar las viejas maquinarias de gobierno a las nuevas circunstancias, preservando siempre el rechazo de la libertad política y la soberanía democrática.
La tentativa se saldó con un fracaso.
Los cambios pretendían legitimar el régimen apelando a las décadas de paz, al desarrollo económico y a las expectativas de movilidad social ascendente, en una coyuntura de creciente conflictividad laboral y universitaria.
Pero las nuevas estructuras desplegadas, en vez de propiciar una subjetividad ajustada a la vez a las exigencias políticas franquistas y a los nuevos tiempos, lo que hacían era incrementar las demandas y reivindicaciones de los gobernados, haciendo insostenible la vigencia de la Dictadura.
La reflexión sobre estas consecuencias no queridas engendradas por un sistema incapaz de hacer el recambio del homo patiens, ocupa el capítulo final de la segunda parte.
El libro se cierra con una interesante revisión sobre las aportaciones de la perspectiva biopolítica, adoptada en el libro, a la controversia historiográfica y sociológica acerca del supuesto carácter totalitario del régimen franquista.
Muy al tanto de la bibliografía existente sobre el asunto, Cayuela evita la alternativa que consiste en establecer una tajante distinción sustancial entre la gubernamentalidad franquista y la gubernamentalidad totalitaria, típica de los fascismos y el totalitarismo.
Rechaza asimismo la tendencia a referirse al franquismo como un ejemplo tout court de dictadura fascista.
Durante su primera etapa, la biopolítica franquista presentaba los caracteres propios de una gubernamentalidad totalitaria, apelando a la consideración del enemigo político como un enemigo biológico (el "biotipo" del "rojo"), y apuntando a un control ceñido de todos los aspectos de la vida humana.
Lo totalitario no sería el Estado, sino el "régimen",2 esto es, la lógica de los mecanismos disciplinarios y reguladores habilitados.
No obstante, este perfil totalitario del primer franquismo se ofrece con perfiles propios, específicos.3 El eugenismo agresivo, tecnológico y tanatopolítico de las políticas nacionalsocialistas o la veneración del Estado como modelador privilegiado de las conductas, al estilo stalinista, se verían limitados por la "política del cielo" de tradición ultramontana.
Por otra parte, desde mediados de los cincuenta, el régimen buscó nuevas vías de legitimación que lo alejaron de una vocación totalitaria pero que a la postre, lo hicieron insostenible.
El trabajo de Richard Cleminson, fundado en una ardua exploración de bibliotecas y archivos portugueses, combinando fuentes de muy diversa índole, trata de captar la singularidad de la eugenesia en Portugal durante la primera mitad del siglo XX.
Constituye la primera investigación de conjunto sobre la variante lusa del eugenismo, considerada dentro de un proyecto biopolítico de más vasto alcance.
El trabajo, cuyo rigor y precisión no menoscaban la amenidad con la que puede leerse, está estructurado en seis capítulos.
El primero, de carácter introductorio, presenta las decisiones metodológicas y adelanta las principales hipótesis puestas a prueba.
Previene contra las presentaciones esencialistas y retrospectivas que suelen hacerse de la eugenesia, donde esta aparece identificada con su versión nazi, punto final desde el que se evaluarían todas sus variantes planetarias.
Se opta en cambio por un enfoque relacional y nominalista, que no trata de imponer, sobre la realidad histórica considerada, un modelo ideal y universal de eugenesia, sino que se dedica a examinar las peculiaridades contextuales de la específica configuración estudiada.
Se exige también la descripción conjunta de prácticas y discursos, evitando la dicotomía entre enfoques internalistas y externalistas.
Se defiende, por último, una aproximación comparada, comprendiendo la singularidad del caso portugués en contraste y en conexión con otras formas de eugenesia más conocidas (Alemania, USA, Gran Bretaña), pero también en confrontación con modalidades más próximas (Latinoamérica, sur de Europa).
Ajustándose a estas premisas, se ofrece un completísimo estado de la cuestión, no sólo sobre la historiografía de la eugenesia en Portugal, que a menudo incurre en los prejuicios metodológicos denunciados, sino a escala internacional.
Se pone así, en tela de juicio y a la luz de la reciente proliferación bibliográfica, otra malhadada dicotomía: la escisión entre centro y periferia.
El segundo capítulo contextualiza el nacimiento de la eugenesia portuguesa.
Para entender este proceso hay que reconstruir el trasfondo de sensibilidades y programas biopolíticos auspiciados en el país luso desde las últimas décadas del siglo XIX: debates sobre la raza portuguesa y su degeneración, interés por la higiene matrimonial, la lucha antivenérea y la gestión de poblaciones.
No obstante, se pone mucho cuidado en distinguir estas tendencias respecto a la articulación de un orden discursivo explícitamente eugenésico.
Este sólo comenzó a gestarse a partir de la década de 1910, gracias a las intervenciones de Miguel Bombarda, Pires de Lima, Egas Moniz y Mendes Correia, pero también mediante el impulso recibido por instituciones como la Sociedad de Antropología y Etnología de la Universidad de Oporto y el Instituto de Antropología de Coimbra.
El tercer capítulo reconstruye con mucho tino el despliegue de la eugenesia en el país vecino, desde su reconocimiento en la segunda mitad de los años veinte, hasta su apogeo, con los primeros pasos dados para fundar la Sociedad Portuguesa de Estudios Eugenésicos (SPEE).
Se dilucidan las adaptaciones que las propuestas eugenésicas tuvieron que efectuar en el cuadro de un régimen dictatorial consagrado en el Estado Novo de Salazar.
Este, por un lado, marcaba las distancias respecto a las potencias del Eje, y por otro, sin renunciar a la anglofilia secular de la diplomacia portuguesa, trataba de utilizar y neutralizar el fascismo representado por el movimiento nacionalsindicalista luso.
En ese Estado, el tradicionalismo católico y antimoderno constituía una privilegiada fuente de legitimación.
Por eso las versiones más hereditaristas y raciales de la eugenesia, sostenidas por algunos de los representantes portugueses (en especial Eusebio Tamagnini, fundador de la SPEE en 1934, y en menor medida Mendes Correia), cedieron el protagonismo a un modelo higiénico-social, bien encarnado por las propuestas que recogía la Liga Portuguesa de Profilaxia Social (LPPS).
Estas resultaban más afines a las recetas pedagógicas que a la intromisión directa en los procesos reproductivos, más ambientalistas que hereditaristas, más recelosas ante el estatismo fascista y más conciliables, en suma, con los principios de la fe católica.
Por eso el debate acerca de la esterilización o la recepción de la biotipología, que hacía posible una eugenesia más individualizante y menos adherida a los grupos raciales, son objeto, en esta sección de un análisis pormenorizado.
La columna vertebral del libro se encuentra en el cuarto capítulo.
En este se sigue de cerca la evolución del discurso eugenésico en Portugal, desde la fundación de la SPEE hasta su disolución, hacia 1944-45, en el seno del Centro de Estudios Demográficos.
Aparte de relatar con detalle el proceso que condujo a establecer la sociedad eugenésica portuguesa, se ponderan las reacciones del mundo católico luso frente a las medidas de esterilización forzosa.
Esa necesidad de conciliar eugenesia y catolicismo, ya experimentada en el mundo latinoamericano, hace que la exposición se detenga en las relaciones entabladas entre los eugenistas portugueses (en especial Almerindo Lessa), y la Federación Internacional Latina de Sociedades Eugenésicas.
Cleminson recompone también la rica gama de variantes eugenésicas propuestas por los científicos portugueses, desde la versión más próxima al nazismo, encarnada por Ayres de Azevedo, hasta la modalidad más temperada, defendida por Barahona Fernandes, semejante a la sugerida entre nosotros por el inolvidable Antonio Vallejo-Nágera.
El siguiente apartado traslada al lector desde los discursos hasta las prácticas y las instituciones, siguiendo el rastro de las racionalidades eugenésicas en distintos organismos e intervenciones del régimen salazarista: puericultura, maternología, higiene familiar y educación física, vehiculadas a través de las organizaciones de mujeres, de jóvenes y de trabajadores, o por la acción del Instituto Nacional de Educación Física.
El capítulo se cierra con un análisis de la prolongación del pensamiento eugenésico en los campos de la serología, con un importante desarrollo portugués de la investigación sobre grupos sanguíneos, y de la estadística.
El capítulo quinto constituye sin duda uno de los momentos más logrados de esta monografía.
El proyecto biopolítico destinado a conformar nuevos sujetos dentro del Estado Novo era también un proyecto imperial, de modo que la producción de subjetividades metropolitanas era inseparable de la gestación de subjetividades coloniales.
La eugenesia era una pieza central de este dispositivo.
Disciplinas como la antropología e instituciones como la Escola Superior Colonial fueron enclaves determinantes en el crucial debate sobre el problema del mestizaje.
Más allá de posicionarse en contra (Tamagnini, Ayres de Azevedo), a favor (Lopo Vaz) o de defenderla bajo ciertas condiciones (Mendes Correia), lo importante de esta controversia fue el intento de instrumentalizar la política racial y colonial para "nacionalizar" a los colonizados y dar salida a una economía predominantemente rural, incapaz de alimentar a la población de la metrópolis.
En el capítulo sexto se ofrecen las conclusiones del trabajo.
Los difíciles equilibrios geopolíticos que caracterizaron al Estado Novo, próximo pero al mismo tiempo contrario al totalitarismo nazifascista (del que se alejaría progresivamente, a medida que avanzaba la Guerra), el peso del tradicionalismo católico y la proyección colonial de la nación, encuadran el perfil y el margen de actuación de la eugenesia portuguesa.
En esta coexistieron dos modelos, el hereditarista y racial y el higiénico-social.
El triunfo del segundo obedeció a los factores que se acaban de mencionar, inscritos en una política de población de marcada intención pronatalista.
Esto no significó, como recuerda el autor, que la eugenesia practicada en Portugal apuntara sólo a aumentar la cantidad y se despreocupara de la calidad.
El énfasis en la puericultura, en la acción del médico de cabecera para el consejo eugenésico matrimonial, en la educación física o en la selección y preparación de los colonos destinados a ultramar, revela también el interés por la calidad.
Cleminson subraya de cuando en cuando, las similitudes entre la eugenesia española de la era salazarista y su contrapartida en la España del primer franquismo.
En ambos casos, el discurso eugénico estuvo mediado por la influencia del tradicionalismo católico y por los propósitos pronatalistas de las políticas de población.
En las dos dictaduras triunfó una forma de eugenesia afrontada como higiene social, con el primado de los planteamientos ambientalistas sobre los hereditaristas, recelosa del intervencionismo estatal directo.
Esta opción se reflejó en las posiciones oficiales de ambos Estados acerca de medidas como la esterilización, el certificado matrimonial obligatorio o la prohibición de los matrimonios mixtos.4 El salazarismo y el franquismo compartieron también el afán, no tanto de movilización política de las masas, por eso ambos tendieron a neutralizar cada vez más a los elementos fascistas, sino de despolitización, creando ese modelo de sujeto conformista que Cayuela denomina homo patiens.
En el caso español, no obstante, a diferencia del portugués, no llegó a cuajar una sociedad eugenésica formalmente reconocida.
Es posible que en nuestro país, el mayor peso del catolicismo –la Constitución portuguesa reconocía un grado de separación entre Iglesia y Estado inexistente en España, y el hecho de que en el periodo republicano hubiera florecido una eugenesia de izquierdas (la secretaria de la Liga Española para la Reforma Sexual, importante enclave eugenésico antes de la Guerra Civil, fue la socialista Hildegart Rodríguez),5 excluyeran semejante iniciativa.
Por otro lado, si en Portugal, el desarrollo de la eugenesia encontró un fuerte acicate en el despliegue de una relevante política colonial, en España, más que el colonialismo,6 el factor mediador lo constituyó la Guerra Civil.
La eugenesia que, por ejemplo, representaba Vallejo-Nágera, era en cierto modo una continuación, con otros medios, de la labor de extirpación de un enemigo ideológico, pensado en términos biológicos, un proceso que se habría iniciado durante la "Cruzada".
En cualquier caso, la comparación detallada de ambos programas biopolíticos es una tarea que queda por hacer. |
Reseña del libro "El hombre prehistórico y los orígenes de la humanidad (Estudio preliminar de Carlos Cañete y Francisco Pelayo)"
El hombre prehistórico y los orígenes de la humanidad (Estudio preliminar de Carlos Cañete y Francisco Pelayo).
La obra que nos ocupa es ya el vigésimo segundo título de una arriesgada y, al parecer, exitosa empresa: la colección «Grandes Obras», de Urgoiti Editores, dedicada a la reedición crítica de títulos clásicos de la historia y la arqueología, obra de autores españoles o relacionados de alguna forma con España.
El que ahora revisamos es el cuarto vinculado con el ámbito de la arqueología; los anteriores se dedicaron a Pere Bosch Gimpera, Adolf Schulten y José Ramón Mélida, respectivamente.
Como en todos los títulos de la colección, la presentación está muy cuidada: buen papel, encuadernación en pasta dura y sobrecubierta.
Por hacer alguna observación crítica, digamos que podrían haberse elegido mejores imágenes tanto para la sobrecubierta como para el retrato de Obermaier (extrañamente recortado) que abre el libro.
Por otra parte, aunque la edición no es un facsímil (algo que se agradece), sí se reproducen, y con una calidad aceptable, las ilustraciones originales de El hombre prehistórico.
Por el contrario, son realmente útiles (y poco frecuentes en las publicaciones académicas españolas) los índices onomástico, toponímico y de materias que cierran la obra.
Como última anotación crítica, señalemos que se echa de menos la inclusión en la bibliografía (aunque solo fuere a título de inventario) de la edición facsímil que de El hombre fósil (la obra más ambiciosa y conocida de Obermaier) hiciera J. M. Gómez-Tabanera en 1985, con notas introductorias de H. G. Bandi, E. Aguirre y del propio editor.
Como en todos los títulos de la colección a la que pertenece, la reedición de El hombre prehistórico se acompaña de un estudio preliminar que permite contextualizar y valorar al autor y a la obra reeditada.
En esta ocasión, los responsables del muy extenso texto introductorio (172 páginas) son Carlos Cañete y Francisco Pelayo, buenos conocedores de la historiografía de la arqueología y de la ciencia en la España de la segunda mitad del XIX y la primera del XX.
El título del estudio es bastante ilustrativo de lo que ofrece: «Entre culturas y guerras: Hugo Obermaier y la consolidación de la Prehistoria en España».
No se trata de una biografía intelectual o académica, ni de un estudio particular y pormenorizado de El hombre prehistórico.
Teniendo en cuenta la ya extensa bibliografía disponible sobre Obermaier, los autores han optado por estudiar determinados aspectos de su obra que «se relacionan con corrientes de pensamiento y debates que tuvieron una especial repercusión en aquellos años» (p. x).
Tales ámbitos o temáticas son los relacionados con los debates sobre el «hombre terciario» y los eolitos, los conflictos entre evolucionismo y religión, el africanismo y la cuestión de los círculos culturales.
Antes de adentrarse en la revisión de esas cuatro cuestiones, los editores dedican el capítulo segundo a resumir, de forma quizás demasiado sintética, la biografía de Obermaier.
Aquí se incluye un apartado que repasa la recepción de El hombre prehistórico y los orígenes de la humanidad, tanto en España como en el extranjero.
Aunque esencialmente enumerativo y descriptivo, el texto es interesante, si bien no acaba de encajar bien con la breve biografía que le antecede.
El capítulo tercero se centra ya en el estudio de una de las polémicas más intensas que caracterizan la investigación en arqueología prehistórica y paleoantropología durante los años finales del XIX y el primer tercio del siglo XX: la autenticidad de los «eolitos» y la presunta existencia del «hombre terciario».
Como en el conjunto del estudio preliminar, los editores hacen gala de una notable erudición en la presentación del contexto historiográfico y de un enorme detalle, que en ocasiones casi llega a ser agobiante, en todo lo que se refiere a las referencias bibliográficas.
Queda constancia del rechazo de Obermaier a aceptar el origen humano de los eolitos y sus dudas sobre la existencia del «hombre terciario», dudas que también extiende a los famosos fósiles de Piltdown.
Como decimos, todos estos debates quedan adecuadamente contextualizados con la revisión del contexto investigador y académico en arqueología prehistórica, tanto internacional como español.
También se estudia la recepción de otra de las grandes obras de Obermaier, El hombre fósil, y se repasa nuevamente la información que sobre paleontología humana se incluye en El hombre prehistórico, quizás de forma un tanto redundante con lo apuntado en páginas anteriores.
El capítulo siguiente, sobre evolución y religión, es especialmente interesante, entre otras circunstancias por el hecho de que Obermaier fuera sacerdote católico.
De nuevo se explica y contextualiza adecuadamente la polémica, tanto dentro como fuera de España, aunque quizás en esta ocasión el análisis de la postura de Obermaier resulta demasiado escueto: prácticamente se pierde en medio de la gran controversia de la que participa.
Similar entramado explicativo presenta el capítulo quinto, sobre «Las Áfricas de Obermaier», aunque aquí los planteamientos de nuestro protagonista se revisan con más detalle, vinculándose de forma acertada con el entramado político y cultural español del primer cuarto del siglo.
Para el firmante de esta reseña, el sexto y último capítulo del estudio, «Obermaier y los círculos culturales», resulta el más interesante y el que mejor permite contextualizar y comprender el conjunto de la obra de Obermaier, más allá de concretos debates arqueológicos o paleontológicos.
Los editores hacen un rápido pero completo repaso a un buen número de conceptos, ideas, disciplinas, escuelas e investigadores que en la Europa continental de finales del XIX y comienzos del XX debaten sobre culturas y civilizaciones, centrándose, obviamente, en el ámbito austro-alemán.
Así, partiendo de la tensión articulada durante la Ilustración germánica entre el universalismo de la Cultura y la contingencia de las culturas (de cada pueblo o nación), presentan la obra de Ratzel y se centran en el análisis de las aportaciones que sobre estos temas realizan Frobenius y Spengler, desde la etnografía y la filosofía, respectivamente.
Todo ello confluye en la denominada Escuela de Viena, confesional católica, con los etnólogos Graebner y el P. Schmidt al frente.
Los postulados teóricos de esta corriente investigadora histórico-cultural, y su esquema explicativo de los círculos culturales, tienen una amplia y profunda influencia en la España del primer tercio del XX, tanto en contextos de investigación prehistórica como etnológica, gracias en buena medida a Obermaier, aunque el principal referente orientador proviene de las reflexiones críticas que Ortega y Gasset hace de la obra de Frobenius.
En cualquier caso, la forma en la que Obermaier recurre al complejo y no poco idealista modelo de los círculos culturales es igualmente inestable y en ocasiones contradictoria; de hecho, los editores citan el testimonio que sobre el esquema teórico de Obermaier deja Julio Caro Baroja en sus memorias, donde apunta que en realidad el sacerdote bávaro «era un evolucionista a la usanza de comienzos de siglo, ni más ni menos, muy unilineal y esquemático en sus conceptos».
Cañete y Pelayo van aún más allá, concluyendo que la contradicción que se manifiesta en el hecho de asumir «la necesidad de integración y promoción de estas ideas» (los círculos culturales) por parte de Obermaier y de plantear, al mismo tiempo, importantes objeciones a ese mismo modelo en buena parte de sus publicaciones, que finalmente resultaron «bastante acertadas», responde más al «interés y la oportunidad de las relaciones académicas» que a «dinámicas puramente intelectuales» (p. clv).
Por supuesto, tal circunstancia o proceder no es única o extraordinaria, y en modo alguno devalúa la obra de Obermaier; no obstante, es cierto que en determinados momentos y lugares las circunstancias sociales, políticas y académicas son más propicias para que se materialicen tales contradicciones, y esto es precisamente lo que ocurre en la España (social, política y académica) del primer tercio del siglo XX que acoge a Obermaier.
Para terminar, señalemos que estamos ante la reedición de un texto que quizás resulte ya demasiado alejado de los intereses y avances de la arqueología prehistórica del siglo XXI; no obstante, gracias al estudio introductorio de Carlos Cañete y Francisco Pelayo el volumen se convierte en un extraordinario documento para profundizar en la historia de la arqueología y la etnología europeas y españolas de comienzos del siglo XX.
Luis Ángel Sánchez Gómez |
Reseña del libro "El peruano y su entorno.
Aclimatándose a las alturas andinas"
El peruano y su entorno.
Aclimatándose a las alturas andinas.
Países como Perú, Bolivia, China, Etiopía, India y Nepal, entre otros, cuentan con poblaciones que viven por encima de los 2500 m.s.n.m.
Este contexto de gran altitud se caracteriza por la reducción del oxígeno, presión barométrica, humedad relativa, así como un aumento de la radiación solar y variaciones marcadas de temperatura en periodos cortos.
De las características anteriores, son los efectos de la reducción de oxígeno en la fisiología humana quien ha recibido el mayor énfasis en la literatura biomédica.
En el Perú, los estudios de fisiología de altura es la que manifiesta un mayor grado de especialización y excelencia, expresada en aportes científicos de relevancia mundial (Cueto, 1990).
El libro de Jorge Lossio que comentamos ahora, busca dos cosas importantes, desde el punto de vista médico e histórico-social.
Primero, muestra las orientaciones científicas sobre la vida en las alturas andinas, así como los efectos de la altitud en la salud mental y física de los pobladores de los Andes.
Segundo, trata de evidenciar como una orientación determinista acerca del papel del clima y geografía de los Andes, ha sido empleado como explicación para las «fragmentaciones sociales, subdesarrollo y el fracaso de varios proyectos nacionales» (p.
Nos preguntamos, ¿esto es cierto?
Lossio señala que esta percepción hostil de los climas de altura para la vida es resultado de un imaginario occidental y costeño.
El mismo autor nos dice: «probablemente muy diferente sería nuestra percepción si la cultura dominante fuera la andina, donde lo insalubre sería considerado el exceso de oxígeno del nivel del mar» (p.
Las representaciones sociales de lo saludable y no saludable juegan un papel importante en este tema.
Es así que este libro no se centra en lo eminentemente médico sino también en lo histórico y social.
El libro se encuentra divido en cinco capítulos.
El primer capítulo trata acerca de relación entre clima y desarrollo nacional.
Esta reflexión se fundamenta en el imaginario observado a fines del siglo XX acerca de la existencia de mejores climas para el desarrollo y avance de los pueblos.
Por un lado estaban los partidarios de la colonización de los climas tropicales de altura debido a que éstos prevenían enfermedades tropicales y los excesos de calor y humedad.
Contrario a esto, estaban quienes mostraban temor sobre los efectos de la poca oxigenación sobre las capacidades físicas y mentales de los futuros colonos europeos.
Esta última posición fue atacada por médicos y autoridades peruanas quienes veían con buenos ojos la colonización de regiones de altura por migrantes europeos, consideradas en esa época, según nuestro autor, como «una raza superior, capaz de alentar el desarrollo económico, político y social del Perú» (p.
Esta idea no se encuentra alejada de las motivaciones nacionalistas de la época.
En el capítulo siguiente, se pasa revista a la confrontación ideológica acerca del consumo de la coca en las alturas.
A inicios del siglo XX, e influenciados por ideologías europeas y norteamericanas, se iniciaron en el Perú campañas de erradicación del consumo de coca.
Esto, sin embargo, era rebatido por un sector de la comunidad médica, para quienes el consumo de coca era fundamental para la adaptación del hombre a las grandes alturas, además se argüía la imposibilidad del empleo de modelos extranjeros a una realidad cultural y geográfica distinta.
El tercer capítulo, analiza históricamente la idea de la existencia de una raza de las alturas.
Aquí es importante la figura del médico peruano Carlos Monge Medrano, quien propuso y popularizó la idea de la raza andina, a través de características físicas, anatómicas, sociológicas, comportamentales, demográficas y epidemiológicas particulares y distintas a los habitantes a nivel del mar.
Con esto Monge iniciaba un nuevo paradigma que serviría de guía para futuros trabajos de investigación (Cueto, 1990).
Es importante hacer notar que el planteamiento de Monge estaba influido por la cultura de su tiempo, donde, a inicios de 1920, la cultura andina en general busca ser reivindicada (Cueto, 1990).
La idea de la raza de altura dejo de tener popularidad al término de la Segunda Guerra Mundial.
Este declive fue seguido por la generación de evidencia acerca de diversos problemas médicos de las poblaciones andinas.
En el capítulo cuarto, Lossio, analiza la construcción de la llamada «enfermedad de altura» y «patología de altura», además de la relación entre el desarrollo minero y las enfermedades de altura.
En el primero de los casos, se hace referencia a «una serie de enfermedades causadas por la exposición a la hipoxia, entre ellas, el mal de alturas crónicas, el edema pulmonar de las alturas y el edema cerebral de las alturas.
La particularidad de estas enfermedades es que se curan inmediatamente una vez el enfermo desciende al nivel del mar» (p.
Es aquí donde, vuelve a aparecer el factor clima como explicativo de problemas de salud en las regiones andinas.
La obra es expresión de la preocupación e inquietudes de un estudioso de la historia de la medicina.
Así, en el quinto y último capítulo presenta algunas reflexiones acerca de la variación de la idea acerca del efecto del clima en la vida del hombre a lo largo de la historia.
El libro discute también la presencia de ciertos aspectos culturales que pueden afectar el funcionamiento fisiológico, actuando como amortiguador frente a las condiciones físicas que operan como factores de estrés ambiental en el organismo.
Los estudios son escasos, y no obstante, la complejidad e importancia del tema se sugiere la necesidad de la realización de estudios de cohorte en poblacionales nativas y no nativas, residentes en la altura, que traten de controlar factores nutricionales, socioeconómicos y genéticos que pudieran causar algún tipo de confusión con los resultados.
En las páginas del libro la medicina de altura se perfila como un conocimiento problemático en cuanto a su objeto de estudio y, por tanto, en relación a sus conclusiones.
El peruano y su entorno, constituye una lectura de gran importancia para médicos y científicos en general, que pueden encontrar en él información útil sobre áreas de interés en la actividad médica de altura.
Esta publicación aquí comentada se integra a trabajos previos, algunos de ellos ya clásicos, y otros olvidados.
Pero todos ellos, no son más que el aporte de los científicos peruanos a la ciencia, como resultado de un trabajo arduo, modesto, pero al mismo tiempo tenaz y perseverante, en una realidad muchas veces frustrante.
Universidad Inca Garcilaso de la Vega, Lima, Perú |
Reseña del libro "En la piel de un animal.
El Museo de Ciencias Naturales y sus colecciones de Taxidermia"
El Museo de Ciencias Naturales y sus colecciones de Taxidermia.
Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Ediciones Doce Calles, 2014.
En la piel de un animal es un libro que habla de metamorfosis: la que experimentó el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid para transformarse en Museo de Ciencias Naturales, la que sufrieron los animales al ser naturalizados y convertidos en piezas de colección, y la que vivieron los propios funcionarios y conservadores al enfrentar los problemas que implicaba el devenir diario del museo.
Con la mirada del zoólogo interesado en el coleccionismo de animales, Santiago Aragón busca vincular la historia de la ciencia con la de la museología para dar cuenta de los itinerarios que llevaron a las colecciones monárquicas del siglo XVIII a convertirse en un museo público del siglo XX, comprometido éste con los paradigmas que hasta hoy definen a tales instituciones: conservar, investigar, exhibir, divulgar e instruir, en este caso, sobre la naturaleza y la historia natural.
El hoy Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid ha sido, desde hace algunas decenas de años, objeto de observación e interés.
Su historia, estudiada principalmente en sus orígenes, ha motivado investigaciones que dan cuenta de los años posteriores a la adquisición, en 1771, del gabinete particular del guayaquileño afincado en París, Pedro Franco Dávila, quien dirigió las primeras iniciativas de acopio de las deseadas, y necesarias, colecciones monárquicas que mostrarían la diversidad y el potencial económico de la naturaleza perteneciente al territorio peninsular, insular y colonial español.
La historiografía que habla del Real Gabinete de Madrid, en el contexto de la ciencia ilustrada española, usualmente se ha ocupado de revelarnos de manera hagiográfica al coleccionista (Dávila), y de mostrarnos el coleccionismo natural como una práctica de dimensiones imperialistas, donde el Gabinete se configuraba como un centro de cálculo y acumulación de objetos coherente con la teoría del actor red de Bruno Latour.
Desde ahí, diversos autores nos han explicado las trayectorias de objetos emblemáticos como el elefante asiático y el megaterio americano, la problemática que enfrentaba la historia natural respecto a los sistemas de clasificación y la recién conocida naturaleza colonial, o las aportaciones que expedicionarios y naturalistas de todo el territorio hicieron a las colecciones monárquicas.
Y si bien todas estas historias nos han permitido atisbar la complejidad del proceso coleccionista del siglo XVIII, poco nos han dicho sobre la problemática que en la vida diaria supuso conformar y conservar una colección, o administrar y gestionar un gabinete hasta modelarlo como uno más de los llamados museos modernos decimonónicos.
En ese hueco historiográfico que soslaya las prácticas cotidianas del museo y sus actores se inserta la investigación de Santiago Aragón.
En un estudio que puede mirarse como una historia de largo aliento que va de la segunda mitad del siglo XVIII a mediados del siglo XX, el autor da cuenta de la problemática que se enfrentó en el Museo de Ciencias Naturales ante sus dos grandes mudanzas, las de 1895 y 1910.
Tomando como eje temático la naturalización de los ejemplares animales y los procesos de taxidermia y conservación a los que eran sometidos, Aragón coadyuva a la historiografía que se había quedado truncada al mirar con mayor detenimiento el devenir del Museo en el siglo XIX, y sacar a la luz la compleja red de actores en la que las colecciones se configuraron como puntos vertebradores de un quehacer común.
Para lograrlo, el autor no sólo se basa en fuentes documentales (correspondencia, facturas, nóminas, etc.) del Museo Nacional de Ciencias Naturales, sino que también recurre al potencial evocador de los animales expuestos en el Museo, y aprovecha su objetividad para plantear preocupaciones asociadas a problemas actuales más amplios como la caza y la extinción de ciertas especies.
Así, la interpretación de las fuentes está permeada por la mirada del zoólogo, que, con el riesgo de parecer anacrónico ante los ojos de los puristas, eventualmente enriquece el argumento histórico con terminología científica, datos y preguntas contemporáneos que ayudan al lector a comprender, desde el presente, las colecciones del Museo.
El capítulo I, titulado Animaluchos y monstruos, comienza relatándonos el momento en que la Junta del Museo debió enfrentar, en octubre de 1895, la primera mudanza inminente de las colecciones alojadas desde 1774 en el número 13 de la calle de Alcalá.
En una visión retrospectiva, Aragón nos habla del Real Gabinete de Historia Natural y nos explica la concepción de las salas, el origen de sus colecciones y la percepción de los responsables del Gabinete acerca de sus objetos, centrando su mirada en los primeros disecadores: Juan Bautista Bru, Francisco de Eguía y Pascal Moineau.
El capítulo II, Colecciones en construcción, explica el desarrollo de la taxidermia en el siglo XIX como una práctica que había entrado en el gusto popular debido, en primer lugar, a la comercialización y el conocimiento público del jabón de arsénico desarrollado en Francia por Jean-Baptiste Bécoeur, y en segundo, a las clases gratuitas que se daban en Madrid sobre el «arte de embalsamar».
Sin embargo, el argumento evita que nos formemos una idea simplista de la taxidermia, pues más allá de banalizar esta práctica, el autor exalta la complejidad de una disciplina que requiere de los saberes propios del naturalista, tanto como de las habilidades propias del pintor y el escultor; variables que le permiten moverse entre dos mundos (ciencia y arte) y que se reflejan en el trabajo de los disecadores del siglo XVIII y de José Duchen, Jefe del Laboratorio de Disecación del Museo en la época que el autor denomina «Periodo Graells».
El tercer capítulo se centra en La primera mudanza, aquella que llevó las colecciones naturales del edificio de la calle de Alcalá al recién terminado Palacio de Museos y Bibliotecas ubicado en el paseo de Recoletos.
En este apartado, Aragón se sitúa desde fuera para observar el posicionamiento de sus protagonistas en cuanto a la recepción de la noticia de una mudanza inminente.
Desde ahí, hace una pausa en la historia para analizar actas y oficios que le permiten mirar desde dentro las tensiones y discusiones generadas por la transición.
El cuarto apartado, Al público se lo debemos, explica la transición del Periodo de Mariano de la Paz Graells al de Ignacio Bolívar como director del Museo.
Aquí se habla de las problemáticas que enfrentaron los protagonistas para resolver los asuntos cotidianos relacionados con la financiación y el mantenimiento de sus colecciones y sus recursos museográficos, para mostrarnos lo que implica sacar a flote un proyecto museológico institucional de la envergadura del Museo de Ciencias Naturales.
El quinto capítulo, Los artífices del cambio, es su continuación.
En éste, el autor nos adentra un poco más en las prácticas y la vida cotidiana en esa época del Museo, nos habla de los aspectos implicados en la adquisición de ejemplares, los factores políticos, sociales y económicos que afectaban el devenir de la institución, y los problemas que provocaba en el Museo la ausencia de un taller de taxidermia.
Lo cual nos conduce directamente a encontrarnos con dos de sus principales artistas de la naturalización: los hermanos Luis y José María Benedito.
El capítulo VI está situado desde el título.
El laboratorio de taxidermia, nos relata las aportaciones de los Benedito en cuanto a las técnicas de montaje, representación y preparación de grupos biológicos.
Con ello, se nos muestra que las colecciones de animales resultan de sumar una serie de factores en los que interviene la caza, la recolección y la habilidad de los taxidermistas para rescatar, formar y conservar animales naturalizados.
Lo cual nos lleva de la mano a encontrarnos con la segunda mudanza que se explica en el apartado final, En los altos del hipódromo.
Aquí, el autor nos transporta a la actual sede del Museo Nacional de Ciencias Naturales en Paseo de la Castellana, y nos relata su devenir entre 1935 y el inicio de la Guerra Civil en el verano de 1936, centrándose en las movilizaciones que debieron sufrir las colecciones de animales, tanto como sus responsables (Bolívar y los Benedito), en los albores del conflicto armado, concluyendo, en un apartado final, con una reflexión a manera de epílogo titulado Unos objetos de perpetua actualidad.
En él nos plantea sus preocupaciones respecto al uso e interpretación actual de las colecciones de animales, y nos deja en la mente como colofón, un problema para pensar: el de aprender a utilizar estos objetos como instrumentos útiles para enseñar a entender y respetar la vida animal por medio de sus restos.
El libro de Aragón plantea una historia que privilegia la actuación de los protagonistas sobre la biografía de sus objetos, poniendo sobre la mesa cuestiones de orden más museológico que científico en los que la constante es la problemática de la administración del museo y la gestión de sus colecciones.
Esto, desde mi apreciación, es una aportación que ayuda a robustecer el vínculo entre la historia de la ciencia y la de la museología, inspirando la realización de futuras investigaciones que quizá responderán a otras preguntas, también interdisciplinarias.
Instituto de Historia, CSIC |
Reseña del libro "Industria del delito.
Historia de las ciencias criminológicas en Chile"
Palacios, Cristián y César Leyton (eds.).
Historia de las ciencias criminológicas en Chile.
Santiago de Chile, Ocho Libros/Museo Nacional de Odontología, Facultad de Odontología, Universidad de Chile, 2014.
"Una doble ola de horror y atracción (...) rodeó en el fin de siglo a esa figura sanguinaria y temida del delincuente, el enemigo primero de las tan pregonadas virtudes burguesas de la época"
Luis Maristany, El gabinete del doctor Lombroso.
El criminal se convierte, sin duda, en una de las figuras centrales de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, se insiste en que su número y maldad aumenta y en que es preciso exigir una mayor represión, un fortalecimiento del derecho que conduzca a un incremento del número de juicios y a una mayor dureza en las penas y en su aplicación.
Son tiempos de crisis económicas, de miserias y hacinamientos, que el honrado burgués debía combatir clamando por el retorno de los eternos valores morales.
El crimen debía ser sofocado, y para conseguirlo, para identificar peligrosidad social y criminalidad, era necesaria una moral que sancionaran las leyes que los gobiernos aprobaban, una moral capaz de aunar la «sensibilidad burguesa» —tópico de escasa o nula consistencia y fácilmente moldeable— con la «defensa social».
Una defensa social que consistía no solo en arbitrar medidas jurídicas, sino también, y esto es lo que más debemos destacar aquí, en justificar científicamente, la génesis de la criminalidad ocultando sistemáticamente la innegable repercusión de los cambios sociales sobre la delincuencia.
Existe una amplia historiografía en torno a estos temas, imposible de revisar aquí, a la que ahora se suma por derecho propio y de manera muy contundente y notoria esta Industria del delito, libro editado por los investigadores chilenos Cristián Palacios y César Leyton y que constituye, a mi juicio, una aportación particularmente relevante en muchos sentidos.
En primer lugar, porque viene a poner en el mapa historiográfico general, de manera inteligente y cabal, la realidad de un país como Chile que, situado en el sur del sur, tuvo siempre unas relaciones intelectuales y políticas con la ciencia europea que merece la pena destacar.
En este sentido, los esfuerzos que en los últimos años ha venido realizando César Leyton, junto con otros colegas chilenos en la formación, afianzamiento y desarrollo de una historia crítica de la medicina en Chile (con especial dedicación a la historia de la psiquiatría, de la medicina legal, de la eugenesia y de la salud pública), le han convertido en un referente internacional indiscutible.
El entusiasmo y capacidad científica y organizativa de Leyton se traduce ahora en este libro, que pretende ser el primero de una colección que estimule la reflexión histórica y crítica en torno a las teorías y prácticas científicas.
En segundo lugar, por la originalidad del diseño y la producción editorial, al que con seguridad no es ajeno el buen hacer de René Valenzuela.
El libro, editado con mucho esmero por «Ocho Libros» en colaboración con el Museo Nacional de Odontología de la Universidad de Chile, compagina textos originales de investigadores actuales con otros, que agrupan una selección de artículos de autores chilenos de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, lo que le confiere un valor sobreañadido de recopilación y publicación de fuentes muy significativas.
En tercer lugar, por sus propios contenidos.
Tras una breve pero muy clara introducción, en la que Leyton y Palacios explican con claridad sus objetivos, y en los que se intuye una evidente vocación de investigación – acción, el libro cuenta con dos capítulos introductorios que vienen a establecer un marco teórico general.
El primero de ellos, titulado «El papel de la ciencia en la configuración del criminal en el siglo XIX» y cuyo autor es el historiador español Ricardo Campos, ofrece una visión panorámica, muy solvente y documentada, sobre la construcción (médica) de la figura del loco-criminal; del criminal-loco y del loco como peligroso.
Campos plantea un recorrido por diversos conceptos psiquiátricos que fueron adoptados con mayor o menor fortuna por la ciencia forense y por los tribunales de justicia.
El análisis de nociones como monomanía y locura moral, degeneracionismo, criminal nato, etc., permiten a Campos explicar las evoluciones conceptuales desde el primer alienismo hasta la escuela positivista italiana, pero también las diferencias entre ésta y la escuela sociológica francesa.
Su profundo conocimiento de estos temas le permiten también analizar el paso de la preocupación por el «individuo» delincuente, que crea alarma social, a una inquietud más difusa, más inaprensible, relacionada con la llamada «mala vida», para terminar haciendo una reflexión en torno a la defensa social y a la prevención del delito, en la que la discusión del concepto de «peligrosidad» resulta fundamental.
En suma, un magnífico trabajo de síntesis que introduce coherentemente el conjunto de las aportaciones del libro que comentamos.
En un nivel similar de calidad e importancia epistemológica puede considerarse el capítulo que César Leyton Robinson dedica a «Ciencia y civilización liberal: la medición biológica como factor de conquista occidental.
Se trata, asimismo, de un texto panorámico con el punto de mira puesto en las estrategias biopolíticas de la colonización europea.
El tratamiento de la «cuestión indígena», las directrices científicas de la emigración blanca con objetivos de «mejoramiento» de la población, etc., son analizados por Leyton con precisión.
Eugenesia, educación, higiene racial, higiene colonial,...y como telón de fondo la «degeneración de las razas inferiores», justificación científica del prejuicio racial y cultural hacia los grupos subalternos y, sobre todo, de las acciones represivas sobre el «cuerpo del colonizado».
Doctrinas y prácticas asumidas por los gobiernos liberales latinoamericanos.
Leyton se maneja con soltura en el marco de los estudios culturales y aplica con acierto categorías de análisis, como la del Homo hygienicus, muy pertinentes para sus objetivos y consigue aplicar con éxito esa solidez metodológica a un texto muy claro y con unas evidentes virtudes pedagógicas.
El resto de los capítulos del libro corren a cargo de Cristián Palacios y se centran en el contexto chileno.
Palacios, buen conocedor de la historia de la criminología chilena, aborda diversos estudios de caso que ilustran su nacimiento e institucionalización.
Así, en «Siete lenguas: en busca del tipo criminal chileno», analiza el discurso del prestigioso psiquiatra chileno Augusto Orrego Lugo en torno al tipo criminal «bio-antropológico», realizado a partir de la figura de un delincuente que había asesinado a siete personas de las cuales conservaba sus lenguas (de ahí su apodo de «siete lenguas»).
La importancia del modus operandi, la frialdad del asesino, la elección aleatoria de sus víctimas, etc., y la importancia del caso en la configuración de toda una doctrina criminológica, recuerda en cierta medida, el papel que Garayo «el Sacamantecas» desempeñó en los orígenes de la criminología y la psiquiatría forense españolas.
Un capítulo importante de la historia de la criminología chilena es la que tiene que ver con «Las tecnologías de identificación policial.
El trabajo se centra en la recepción en el medio chileno de la antropometría y la dactiloscopia del francés Bertillon mejorada, esta última, por el argentino Vucetich.
El trabajo está muy bien documentado, con un manejo solvente de fuentes científicas y policiales, y también está convenientemente contextualizado en el plano nacional (la reforma policial de Vicuña Mackenna, por ejemplo) e internacional.
El resto de los trabajos contenidos en el libro abordan, desde distintas perspectivas, el famoso «Crimen de la Legación alemana» o caso Beckert.
Cristian Palacios en «Crónica Guillermo Beckert» narra la complicada historia del supuesto crimen del canciller alemán en Santiago de Chile, para en «La criminalidad no tan ignorada: Guillermo Beckert» extenderse en el impacto mediático del caso y del proceso.
No se trata aquí de dar detalles, ni de desvelar la conclusión de este caso criminal (para eso merece la pena leer el libro), pero sí de destacar la importancia que la medicina legal, y de manera particular la odontología legal, desempeñó en el mismo.
Este último aspecto es abordado en el capítulo que cierra del libro y que César Leyton escribe y titula «El secreto de mis dientes: modernidad y odontología legal en Chile, 1909-1976».
Destaca Leyton la aportación primordial del Dr. Germán Valenzuela Basterrica en la identificación del cadáver hallado en la legación alemana a través de su «carta dental», lo que contribuyó al esclarecimiento del crimen y al inicio de institucionalización de la odontología en Chile.
Esta tradición de odontología legal tuvo un papel estelar, mucho tiempo después y según el fino análisis de César Leyton, en la identificación del cadáver de la profesora y militante comunista Marta Ugarte, una de las «detenidas-desaparecidas» durante la dictadura de Pinochet.
Los trabajos de identificación dental del odontólogo Luis Ciocca, primero de la profesora asesinada y más tarde de otras víctimas del terrorismo de estado de la dictadura chilena, constituye, sin duda, un ejemplo de cómo la ciencia, en esta caso concreto, funcionó como un factor contrahegemónico para integrarse en la memoria social.
Aun así, el hilo conductor del libro es la denuncia de la criminalización de las clases populares.
Todos los trabajos recogidos en el libro tocan, de un modo u otro, la relación entre criminalidad y marginalidad urbana, miseria, hambre, etc. En suma, la indudable correlación entre crimen y sociedad, entre delincuencia y condiciones sociales.
Pero, como los autores revelan muy bien, dicha identificación fue con frecuencia ocultada en virtud de un discurso científico que estableció, de manera muy falaz, la existencia de un determinismo biológico que intentó explicar la predisposición «constitucional» de algunos sujetos y colectivos a la criminalidad.
El «tipo criminal» fue así etiquetado, patologizado, «animalizado» (deshumanizado).
Había que caracterizarle como «el otro» —peligroso, conflictivo, inquietante—, como alguien del que había que defenderse por todos los medios posibles para que no contaminara, ni dañara, a una burguesía instalada en el orden y la tranquilidad que otorga, también en la actualidad, la «decencia» de los pudientes.
Se genera así toda una «Industria del delito» y de la defensa social que justificó, y sigue justificando, la criminalización de los pobres, de las minorías étnicas o de los movimientos sociales, etc.
En suma, un libro importante no solo en el contexto chileno, sino para todos aquellos interesados en la historia de la criminología y de la medicina legal, en los discursos biopolíticos, en los estudios culturales y, sobre todo, en las contradicciones del estado liberal (y neoliberal).
Instituto de Historia, CSIC |
Reseña del libro "Las prisiones de la locura.
La construcción institucional del preso psiquiátrico"
Las prisiones de la locura.
La construcción institucional del preso psiquiátrico.
Las relaciones entre crimen y locura, entre cárcel y manicomio, han sido apuntadas frecuentemente por la literatura tanto psiquiátrica, como jurídica, histórica o sociológica.
Este libro de Omar Alejandro Bravo constituye, a mi juicio, una aportación relevante y original a esta compleja y transversal problemática, pues ofrece interesantes elementos para reflexionar sobre unas cuestiones que suscitan la preocupación de los profesionales, a la vez que tienen muy directas consecuencias sobre un colectivo concreto de ciudadanos (locos y delincuentes, pero ciudadanos al fin), convertidos en objetivo de políticas de defensa social.
Un colectivo que forma parte de ese "excedente social" que el sistema termina ubicando en una red institucional cuya función es aislar, etiquetar y controlar a sus integrantes.
Es obvio que en cualquier sistema de control social el principio de clasificación y distribución implica la existencia de "residuos", ya que siempre hay algo inclasificable, inasimilable, ineducable o irreductible.
El desertor (no el soldado indisciplinado), el débil mental (no el niño díscolo) o el criminal (no el infractor) serán, como nos explicó Foucault, residuos de la disciplina militar, escolar o jurídico-policial, respectivamente; y, naturalmente, el loco, el alienado, será considerado el residuo de residuos.
Pues bien, son los locos-delincuentes (residuos por partida doble), los protagonistas del libro que nos ocupa, unos sujetos "peligrosos" pero inimputables que serán recluidos bajo el llamado régimen de las "medidas de seguridad" y que darán lugar a la categoría de "preso psiquiátrico", una construcción social que Omar Alejandro Bravo analiza con solvencia y esmero.
Para ello recurre a herramientas metodológicas y hermenéuticas sin duda acertadas; por un lado, a la reflexión histórica con fines epistemológicos; por otro, a estudios de caso que permiten generar modelos interpretativos especialmente esclarecedores.
El extraordinario auge que la historiografía psiquiátrica ha alcanzado en las últimas décadas ha propiciado, en muy buena medida, que el problema de la criminalidad haya sido considerado, de manera especialmente fecunda, en sus relaciones con la locura.
Los pioneros trabajos de Foucault, y no me refiero tanto a la Histoire de la folie à l'âge classique (1961) sino al Moi, Pierre Rivière...
(1973) o a Surveiller et Punir (1975), están en el origen de toda una tradición historiográfica que ha pretendido mostrar de qué manera las relaciones entre crimen y locura desempeñaron un importante papel en la elaboración de nociones como la de peligrosidad social.
No se trataba sólo de dilucidar si determinados actos criminales podían haber sido perpetrados por un individuo con la mente trastornada sino, invirtiendo el razonamiento, si cualquier loco podría llegar a cometer un crimen.
De este modo, dichas conexiones entre crimen y locura aparecían como uno de los fundamentos del poder psiquiátrico, no tanto en términos de "verdad", sino de "defensa social".
La influencia de este planteamiento puede rastrearse en numerosas aportaciones aparecidas ya en los primeros años ochenta: La obra de Robert Nye, Crime, Madness and Politics in Modern France (1984); las de los españoles José Luis Peset, Ciencia y marginación.
Sobre negros, locos y criminales (1983), o Fernando Álvarez-Uría, Miserables y locos.
Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX (1983), o la del argentino Hugo Vezzetti, La locura en la Argentina (1983), son, sin duda, buenos ejemplos de la importancia de este tipo de trabajos.
Estas primeras aportaciones fueron muy útiles y establecieron marcos generales que permitieron, en décadas sucesivas, ir afinando en el conocimiento de las prácticas psiquiátricas y criminológicas concretas a través de estudios locales y comparados capaces de diferenciar los contextos geográficos, socio-políticos, económicos, etc. En nuestro medio, los trabajos de Ricardo Campos en torno al concepto de peligrosidad social manejado por los psiquiatras españoles de la primera mitad del siglo XX, son una muy buena muestra de este tipo de investigaciones que tienen como objetivo valorar el peso de los discursos y de las prácticas institucionales.
Estudios de caso que posibilitan, ante realidades concretas, la formulación de nuevas preguntas de investigación que amplían y replantean los límites de la reflexión y de la acción.
Estoy muy de acuerdo con el autor Omar Alejandro Bravo en que el concepto de peligrosidad es clave para entender el proceso de construcción social del preso psiquiátrico.
Las nociones de "responsabilidad" o "irresponsabilidad" del individuo que ha cometido un acto delictivo o antisocial, fue desplazándose poco a poco para ser sustituido por la noción de "peligrosidad social".
Los psiquiatras y criminalistas de la escuela positiva pretendían así conjurar el temor de los juristas y de la opinión pública de que un cierto número de delincuentes pudieran beneficiarse de informes psiquiátrico-forenses que demostraran, mediante el diagnóstico de un trastorno mental, la irresponsabilidad o la "responsabilidad atenuada" (otro concepto fuertemente discutido) de los reos.
Este va a ser uno de los ejes fundamentales del debate a lo largo de las primeras décadas del siglo XX; se hacía necesario, en el sentir de los criminólogos positivistas, cambiar las "viejas" leyes –el modelo basado en el derecho penal clásico- y adecuarlas a la "nueva" ciencia que ellos representaban.
"Psiquiatría nueva y leyes viejas", según reza el título de un conocido artículo del criminólogo argentino José Ingenieros publicado en 1914, constituyó el hilo conductor de un prolongado debate que, aunque con determinadas especificidades según el contexto que consideremos, se reprodujo insistentemente en Europa y América durante las primeras décadas del siglo XX.
Conocer el grado de libertad moral con el que se comportó un individuo al transgredir la ley había dejado de ser, para los representantes de esa nueva psiquiatría, la cuestión fundamental a debatir en las salas de justicia.
Lo importante para la comunidad, para que ésta se sintiera segura, era ahora establecer no los agravantes o atenuantes del delito, sino la posibilidad de que el delincuente fuera considerado un peligro para la sociedad.
Merece la pena destacar que este concepto de "peligrosidad social" tendrá su máxima expresión y aceptación a partir de los años veinte y treinta, cuando las aspiraciones de psiquiatras y criminalistas encuentren espacio tanto en los discursos considerados más avanzados y progresistas, algunos de los cuales llegaron de la mano de la higiene mental, como en los códigos penales de inspiración fascista como, por ejemplo, el código Rocco en la Italia de Mussolini (1930) o el código penal promulgado en la España en 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera y abolido por la Segunda República.
Conviene recordar, asimismo, que la Ley de Vagos y Maleantes, redactada por el prestigioso jurista socialista Jiménez de Asúa, se promulgó en 1933, durante el primer bienio de la Segunda República.
En cualquier caso, tanto en los discursos más liberales como en los más autoritarios, la peligrosidad social de los criminales se orienta –golpe de gracia dado por la escuela positivista al pensamiento preliberal de Beccaria- hacia la prevención del delito y las medidas de seguridad.
Con este telón de fondo, Omar Alejandro Bravo centra su análisis en la creación de los manicomios judiciales en Brasil y en Colombia, dos países latinoamericanos que conoce bien, y que de algún modo recogen y adaptan toda esa tradición histórica.
Los análisis de casos, correspondientes a sujetos en régimen de medidas de seguridad en una cárcel próxima a Brasilia, ofrecen una perspectiva diferente y muy esclarecedora de lo que supone el diagnóstico "peligrosidad".
Es evidente que la etiqueta diagnóstica ejerce una inusitada violencia sobre el paciente mental, todos sabemos la capacidad estigmatizante y cosificadora que puede llegar a tener un diagnóstico psiquiátrico, pero cuando este es el de "peligrosidad" (que, obviamente, no es un concepto psicopatológico), el juicio clínico pasa a ser una valoración moral y social que nada tiene de científico.
Pienso que esta peligrosidad social tiene que ver, al menos en buena medida, con las ansias de "seguridad" del estado liberal (y neoliberal).
La necesidad de mantener el "derecho a la propiedad", así como, en un sentido más general, el "orden establecido" propició que las medidas policiales y represivas primaran sobre las políticas sociales.
Pobreza, locura y criminalidad se dan cita en contextos sociales deprimidos y en las instituciones tutelares y de defensa social.
La seguridad se prioriza siempre sobre la salud en sociedades con desigualdades y déficit democrático, como las propiciadas por las actuales políticas económicas neoliberales.
El preso psiquiátrico no sería, en este sentido, una mera construcción ideológica –superestructural- sino también un producto de la estructura económica y social.
Finalmente, debo destacar que, siendo un libro académico, Las prisiones de la locura..., tiene un componente de denuncia importante, al poner de manifiesto tanto la burocratización de las instituciones, como el desajuste entre lo que es y significa el discurso legal, científico, político, etc., en torno a dichas instituciones y las prácticas cotidianas en su interior; dicho de otro modo, lo que aparentemente pretender ser y lo que realmente son.
Todo ello, situado en un marco teórico nada desdeñable en el que numerosos autores, como Foucault, Goffman, Deleuze, Guattari, Bordieu, pero también Adorno, Althusser, Gramsci o Arendt, entre otros, van desfilando por las páginas de este libro con toda naturalidad, sin alharaca, excesos, ni arrogancia intelectual, lo que denota no solo la excelente formación del autor sino su buen criterio a la hora de fundamentar sus argumentos.
Culmina la obra con la presentación de algunas experiencias alternativas de gran interés que pasan por construir nuevos espacios jurídico-institucionales que, con un cierto aire basagliano, limiten el discurso estrictamente medicalizado y que superen, de una vez por todas, el concepto de peligrosidad como elemento central de las teorías y prácticas en torno a las personas con sufrimiento psíquico.
En suma, podemos decir que este libro de Omar Alejandro Bravo viene a encuadrarse en esas dinámicas denominadas de investigación-acción: la identificación de un problema que crea una profunda insatisfacción y que es susceptible de ser analizado en profundidad y de ser resuelto mediante acciones o experiencias alternativas.
Por todo ello me parece un gran acierto editorial que, gracias a la iniciativa de Manuel Desviat, podamos contar en nuestro medio con este libro que, sin duda, será origen de nuevas reflexiones sobre cuestiones y problemáticas que nos afectan directamente aquí, en el Estado español.
La discusión sobre los ingresos involuntarios, los proyectos de reforma del Código Penal, las medidas de seguridad, el funcionamiento de nuestras propias instituciones y el endurecimiento de la reclusión psiquiátrica, la libertad vigilada, etc., etc., son asuntos candentes y con una alta carga ideológica sobre los que, sin duda, se seguirá debatiendo en nuestro futuro más inmediato.
Instituto de Historia, CSIC |
Los alienistas europeos debatieron intensamente las clasificaciones en psiquiatría durante el siglo XIX.
En este artículo revisamos las distintas opiniones sobre nosología publicadas por psiquiatras españoles durante ese período.
Los sistemas clasificatorios españoles se estudian en relación con aspectos sociales y teóricos relevantes.
Se toman en cuenta las implicaciones reales de esta discusión teórica en la asistencia.
En el siglo XIX se empieza a constituir el cuerpo de conocimientos de la psiquiatría moderna.
El desarrollo de esta disciplina vino acompañado de una explosión nosológica que reflejó las corrientes de pensamiento psiquiátricas que estuvieron en auge en cada período del siglo.
Este interés general por la clasificación tuvo como consecuencia una multiplicación de variantes que produjo una sensación de confusión generalizada.
Un buen ejemplo de esta situación lo encontramos en un texto de Kalhbaum escrito en su libro sobre la clasificación de las enfermedades mentales, que dice: «el tema de la división de las enfermedades anímicas empieza ya a pertenecer a los objetivos malditos de la investigación personalmente elegida».
Haciendo referencia a la discusión noso-lógica que se vivió en la psiquiatría alemana del momento.
Nombra Kalhbaum en su libro la opinión sobre el tema de algunos de los frenópatas contemporáneos más importantes: «Nasse compara ya en 1818 la incongruencia de las denominaciones en varios autores con la confusión lingüística en la construcción de la torre de Babel».
Flemming, al publicar su intento de división (1844), teme provocar, tan sólo con el título «una sensación de desaliento, duda y tedio, como la que de tiempo en tiempo, se origina con el hallazgo de la cuadratura del círculo por un matemático».
Baillarger, al postular una nueva forma de trastorno anímico y justo después de haber tratado el tema de la clasificación en general, se disculpa señalando: «no ignoro que, bien a menudo se repite y no sin razón que las distinciones nuevas, que tienden sin cesar a modificar las clasificaciones, son más a menudo nocivas que útiles al progreso de la ciencia» 1.
Vamos a ver las líneas más significativas de evolución en la nosología psiquiátrica del período.
En un momento inicial, Pinel y Esquirol establecieron un modelo nosográfico basado en la clínica.
Especialmente en el caso de Esquirol, se evidencia un gran esfuerzo para diferenciar cuadros psiquiátricos basados en exhaustivas descripciones que permitiesen diferenciar modos distintos dentro del cuerpo común de la locura.
Lanteri-Laura2 considera que en este primer período hay una definición de formas de manifestación de una enfermedad única.
Sin embargo, la diferenciación de la locura en especies, de acuerdo con Pinel, o los géneros descritos por Esquirol marcan la necesidad de hacer una distinción dentro de la unidad general con vistas al tratamiento y estudio de la alienación.
En un párrafo de su libro, Tratado de la manía, Pinel3 describió la importancia que daba a la idea de establecer distintas especies morbosas.
Por su parte, Esquirol señaló en su Tratado el «error de los prácticos que sólo han visto una enfermedad en todas las locuras que han combatido» 4.
----De hecho, esta ambivalencia entre los modelos nosográficos y antinosográficos ha sido señalada por diversos autores 5.
Pinel ha sido considerado un autor psicologicista, en el sentido de que consideraba la enfermedad mental como enfermedad del alma, no como la consecuencia de una disfunción orgánica del cerebro.
Los autores psicologicistas eran dualistas y consideraban los conceptos de mente y alma como virtualmente idénticos.
Esto daba lugar a importantes problemas.
Por un lado, el pensamiento cristiano tradicional no podía admitir una perturbación del alma.
Por eso, sólo podía considerar la locura como una alteración del sustrato material del alma, el cerebro, mediante un mecanismo no bien conocido.
De la misma forma, el funcionamiento espiritual podía afectar al cerebro 6.
Además, los tratamientos debían estar basados en los medios morales, ya que sólo estos afectaban a la esencia del proceso morboso de la locura.
Los autores espiritualistas perdieron peso en la segunda parte del siglo, a medida que el cientifismo fue cobrando interés entre los frenópatas 7.
Un hito dentro de la nosología psiquiátrica fue la obra de Bayle.
Con su trabajo sobre la parálisis general, estableció por primera vez en la historia de la psiquiatría una verdadera entidad nosológica, de acuerdo con el modelo anatomoclínico vigente en el momento.
Además del descubrimiento de una lesión específica, la parálisis general mostraba un modelo de enfermedad única con manifestaciones clínicas diferentes en el tiempo 8 y sirvió para extender la creencia en la eficacia de una metodología de trabajo, el estudio anatomopatológico del cadáver.
Con esto, los modelos tradicionales, basados en la enfermedad mental entendida como una variación cuantitativa respecto a la ----5 HUERTAS, R. (1999), « Nosología y antinosología en la Psiquiatría del siglo XIX: en torno a la psicosis única», Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 19, 69, pp. 63-76.
Nueva York, Johns Hopkins, p.
7 Autores como Eric Hobsbawn señalan la admiración de la sociedad de mediados del siglo XIX hacia el progreso científico y su tendencia a subordinarle cualquier forma de desarrollo intelectual.
Reproduce este autor en su libro un texto de 1861 del economista francés Cournot que observaba que «la creencia en la verdad filosófica se ha enfriado tanto que ya ni el público ni las academias gustan de recibir o dar la bienvenida a obras de esta clase, excepto como producto de la erudición pura o como curiosidad histórica».
La edición manejada es la traducción al castellano titulada Los fundamentos de la clínica.
normalidad se sustituyeron por las teorías ontológicas que consideraban la locura como un grupo diferenciado de enfermedades con distinta lesión anatómica 9.
De forma especulativa, aparecieron clasificaciones supuestamente basadas en lesiones anatómicas o funcionales que pretendían haber alcanzado el nivel de desarrollo del resto de las especialidades médicas.
Sin embargo, las críticas abundaron, ya que las salas de autopsias no daban las respuestas que muchos esperaban encontrar.
Las cuestiones sobre la etiología y patogenia de la locura encontraron varias propuestas.
El psiquiatra más destacado de la escuela alemana, Griesinger, defendió un modelo antinosográfico, que partía de que la locura es un proceso único de base afectiva.
Así, en un momento inicial aparecen los cuadros afectivos -manía y melancolía-; posteriormente los trastornos de la percepción y la voluntad y, si avanza el proceso, la demencia.
Este modelo estaba inspirado en la obra del frenópata belga Guislain, que propuso que el sufrimiento melancólico o «frenalgia» era la base de toda enfermedad mental.
Si se daban los factores causales suficientes, dicha frenalgia podía transformarse a la manía, parafrenia, epilepsia, delirio y demencia 10.
Por otro lado, el modelo etiológico, que triunfó en medicina con la teoría infecciosa de Pasteur, fue asumido en psiquiatría por la teoría de la degeneración.
Proponía que la enfermedad mental estaba producida por un proceso fundamental, la degeneración.
Se debía a la herencia enfermiza de los antecesores y, a su vez, determinados factores tóxicos como el alcoholismo podían agravar o estimular el proceso.
Estaba fuertemente condicionada por las teorías evolucionistas de Lamark y por factores ideológicos de tipo religioso.
Las distintas enfermedades se producían de acuerdo con las fases del proceso degenerativo.
En las sucesivas generaciones de afectados aparecían las distintas enfermedades mentales con el siguiente orden: en la primera generación se daba el predominio de lo que llamó «temperamento nervioso», y que se manifestaba por determinados síntomas como: irritabilidad, violencia y alteraciones de carácter; en la generación sucesiva se producían los cuadros epilépticos, histéricos e hipocondríacos; y en la generación siguiente la locura propiamente dicha 11.
Su discípulo, Valentín Magnan, adoptó un punto de vis----- ta aconfesional e incidió en aspectos claves para la nosología 12.
Entre ellos, destacó su interés por prestar una especial atención al curso y pronóstico de la enfermedad mental.
De hecho, la teoría de la degeneración fue una de las más influyentes en la psiquiatría europea de la segunda parte del siglo XIX.
La obra de Kalhbaum inició un momento clave en la clasificación psiquiátrica.
A diferencia de los criterios especulativos de otros autores, intentó establecer una clasificación basada en el estudio del comienzo de los cuadros, su curso y el desarrollo final.
Tomó como lema las palabras: «deseo observar la naturaleza, pero ser cuidadoso de no pensar» 13.
A partir de este principio definió la catatonia, como una entidad nosológica descrita gracias a la observación clínica, sin ningún presupuesto teórico subyacente.
Posteriormente, Kraepelin estuvo marcado por esta actitud «empíricoclínica» a la hora de establecer la distinción entre la demencia precoz y la psicosis maníaco-depresiva 14.
En este trabajo, vamos a estudiar las peculiaridades que la clasificación psiquiátrica tuvo en la psiquiatría española.
LA NOSOLOGÍA INICIAL DE LA ESCUELA ESPAÑOLA
Los psiquiatras españoles explotaron los modelos nosológicos provenientes de las escuelas europeas, especialmente la francesa.
Así, nos encontramos en la primera parte del siglo con una asunción acrítica del modelo de Pinel y, posteriormente, Esquirol.
Un ejemplo de esta tendencia la encontramos en un artículo de Ballarin, donde comenta una clasificación de la enfermedad mental tomada de los modelos de Esquirol y Pinel.
Respecto a la naturaleza de la clasificación opina: «todos los grupos de síntomas por los que se denominan las especies anteriores no constituyen más que diferentes grados de una misma enfermedad»; «la locura es el máximum o extremo de una pasión o de una afección; así lo cree el célebre Esquirol» 15.
Ya hemos comentado en la introducción que Esquirol y Pinel tuvieron una ambivalencia constante entre el ----12 Sobre los conceptos ligados a la teoría de la degeneración ver: HUERTAS, R. (1992), «Madness and degeneration.
13 La frase está tomada de: ZILBOORG, G. (1941) A History of Medical Psychology, Nueva York, Norton, p.
15 BALLARIN, F. (1835), «Memoria sobre el establecimiento de dementes de Zaragoza», Gaceta Médica de Madrid, 1, pp. 367-70; 374-8; 386-8. modelo nosológico y antinosológico, que asumieron los autores que introdujeron sus conceptos en nuestro país.
Un autor tan significativo como Rodríguez Villargoitia 16 señala, en 1847, el problema de lo limitado de las clasificaciones del momento para incluir toda la variedad sintomática de la enfermedad mental: «la nosología mental de los más célebres nosógrafos no basta para colocar todas las variedades que se observan en los establecimientos»; ¿a qué lugar corresponde en las clasificaciones a los ebrios, orgullosos, fanáticos, avaros y otros que frecuentemente se ven abandonados a la razón y se entregan a trascendentes desvaríos?» 17.
Sin embargo, en el artículo menciona los grandes grupos propuestos por Pinel y Esquirol, tales como: demencia, manía, alucinación e ilusión, sin que aparezca una propuesta nosológica diferente Esta defensa de los planteamientos tradicionales de la psiquiatría francesa continúa en distintos autores hasta la segunda parte del siglo.
Podemos encontrarla en el planteamiento nosológico de la ponencia de Quintana titulada «Pasión y locura» 18, donde se define la enfermedad mental de acuerdo con el principio clásico que Esquirol toma de la medicina ilustrada: la locura supone una pérdida de la razón por la imposibilidad de controlar las pasiones.
Dos facultades psíquicas: la reflexión y la voluntad, se convierten para el autor en las facultades psicológicas que caracterizan el pensamiento racional.
La salud mental está condicionada para Quintana por la medida en que estas dos facultades psíquicas están conservadas.
El peso que este autor concede a la voluntad le hace partícipe de una corriente de frenópatas para los que esta facultad era central a la hora de entender la vida psíquica.
Junto a los aspectos teóricos y clínicos, existieron factores profesionales e ideológicos que justifican el interés por los aspectos volitivos de la conducta por parte de la psiquiatría en este momento histórico.
El primero, extensamente estudiado en la historiografía 19, se basaba en el problema de la intervención forense del alienista, en cuanto a que un cri-----men sólo se consideraba como tal cuando al individuo se le suponía dueño de sus actos.
El alienista afirmaba poseer los conocimientos profesionales necesarios para determinar objetivamente si el reo era responsable o no. En segundo lugar, la religión católica tenía un gran peso social en España y su influencia se dejaba ver en el debate científico.
El libre albedrío y su afectación o no en la enfermedad psiquiátrica era una cuestión determinante, ya que la idea de pecado se sostenía en función de la capacidad de elegir del individuo 20.
Vemos cómo el modelo de clasificación de Quintana, aunque parte de la posibilidad de distinguir formas distintas, defiende que la locura es, en su esencia, un trastorno único, como la mayoría de frenópatas españoles de la primera mitad del siglo.
Se relaciona desde lo psicológico con el nuevo pensamiento fisiopatológico: la locura es un proceso dimensional y el grado de alteración de las variables psicológicas esenciales condiciona sus diferentes manifestaciones.
Ya desde las aportaciones de Claude Bernard a la medicina, se considera que los procesos orgánicos funcionales se desarrollan de forma continua, lo que encuentra una similitud en el campo de la psiquiatría con la hipótesis basada en el efecto patogénico gradual de las pasiones.
Así encuentra su justificación etiopatogénica la nosología de Esquirol.
Muchos otros autores expusieron sus propias clasificaciones de orientación psicologicista, sin que aportasen nada relevante respecto a las ideas de Pinel y Esquirol.
Por ejemplo, Aguilar y Calpe 21 defiende como propia una clasificación que divide a la locura en dos tipos.
En el primer grupo se afectan los sentimientos y los actos, lo que hace que la locura sea afectiva.
El segundo grupo incluye a los trastornos mentales solo afectados en el orden de las ideas, lo que hace que la locura sea intelectual o racional.
A este segundo grupo lo engloba bajo el término manía.
Dentro de este grupo, si predomina la exaltación tendremos una monomanía y una melancolía en el caso de que exista depresión.
En cualquiera de estas formas vesánicas la demencia puede producirse y se trata de una complicación desgraciada en el curso de la enfermedad y no parte de la evolución normal del proceso.
Al contrario de lo que veíamos en Quintana, Aguilar y Calpe no considera que la voluntad sea una facultad superior, responsable última de las acciones humanas.
Para él, los trastornos de esta facultad están relacionados con los ---- afectos y carecen de autonomía.
Un tema como este, el carácter primario o secundario de la voluntad humana, justificaba intensos debates en ámbitos académicos 22.
LA CLASIFICACIÓN DE LOS AUTORES ESPIRITUALISTAS
Uno de los mejores ejemplos de esta orientación teórica en la clasificación es el trabajo clásico de Crous y Casellas 23, catedrático de Patología General en la Universidad de Valencia.
Este autor propugna aquí como fundamento teórico para la clasificación frenopática un «somaticismo espiritualista», que sería una forma de eclecticismo entre las posturas más radicales sostenidas por autores materialistas y espiritualistas 24.
Si buena parte de la discusión teórica en las décadas previas se había basado en cuestiones de naturaleza filosófica, en la segunda mitad del siglo XIX había un desprecio generalizado a todo análisis especulativo.
La bandera ideológica del nuevo siglo la constituían los nuevos avances científicos y todos los intentos racionalistas se consideraban arcaicos.
Esto hacía que todo intento de clasificación psiquiátrica para ser veraz tuviera que estar apoyado por datos aparentemente empíricos y objetivos, como es el caso de la clasificación de Crous y Casellas.
Los autores tradicionales y conservadores defendían el dogma de la iglesia católica y consideraban peligroso y nocivo cualquier intento de cuestionarlo.
Uno de los asuntos más discutidos era la dualidad alma-cuerpo y cómo sostener esta dicotomía en el estudio de las perturbaciones psíquicas.
Por ello, los intentos laicos de reducción al materialismo eran rechazados por estos autores25.
Crous y Casellas intenta en su ensayo armonizar estos dos aspectos.
Vamos a ver con más detalle el fundamento de su clasificación.
----Comienza su trabajo criticando los dos fundamentos teóricos que sustentan las clasificaciones frenopáticas.
Por un lado, la corriente positivista, que piensa que reduce el análisis de la experiencia mental a su correlación con el sustrato anatómico sin recordar que «la enajenación es las más veces un padecimiento dinámico».
Por otro lado está la corriente espiritualista, que defiende que los padecimientos frenopáticos están producidos por una alteración en la parte volitiva, intelectiva o afectiva del alma.
Crous y Casellas considera reduccionista este punto de vista, ya que «hasta los filósofos griegos» reconocen en las manifestaciones psíquicas una influencia del sustrato orgánico.
Su postura la define como un estado intermedio entre los anteriores, que define como somaticismo espiritualista y que fundamenta en la filosofía de Santo Tomás de Aquino.
No es extraño el que Crous y Casellas escoja este fundamento teórico, ya que la orientación tomista en la psicología y psiquiatría españolas de la segunda parte del siglo fue una constante entre los autores de orientación espiritualista.
Es importante recordar en este sentido que el Papa León XIII en una encíclica de 1879 estimulaba la vuelta de los filósofos cristianos al pensamiento de Santo Tomás, como la réplica cristiana a las nuevas cuestiones propuestas por la ciencia frente al evolucionismo y la ciencia materialista alemana 26.
El tomismo propone un fundamento filosófico desde el catolicismo para entender el equilibrio mutuo entre el alma y el cuerpo y sus interacciones, que subyace el pensamiento de frenópatas católicos como Morel 27.
El vitalismo, la doctrina más importante de la medicina del siglo XVIII 28, fue el modelo al que los autores espiritualistas recurrieron para rechazar el ----Ludwig Bückner.
En sus conferencias sobre las relaciones de la teoría darwinista con la doctrina del progreso y la filosofía materialista, señala como uno de los principios irrefutables representado por las conquistas de la ciencia la certeza fisiológica de que el cerebro es el órgano del alma y el abandono en las ciencias de la naturaleza del principio vital, de la idea de las causas finales y en suma, de todas las fuerzas místicas.
26 Ver: CARPINTERO, H. (1994), Historia de la psicología en España, Madrid, EUDEMA, p.
27 Sobre la influencia de la filosofía de Tomás de Aquino a la hora de estudiar la interacción alma-cuerpo ver: BERRIOS, G.E. (2000), La etiología en psiquiatría.
En: LUQUE, R.; VILLAGRÁN, J., Psicopatología descriptiva: nuevas tendencias, Madrid, Trotta, pp. 561-562.
28 El vitalismo fue el resultado de la búsqueda de una vía intermedia entre el mecanicismo y el animismo para explicar los fenómenos psicológicos y patológicos y, en último extremo, la consistencia de la vida.
Rechazó la idea de seres vivos reducidos a complicadas máquinas físicas o químicas, así como el recurso al ánima o cualquier otro factor ajeno al organismo, e intentó dar razón de la peculiaridad de la vida, tanto en estado de salud como de enfermedad, por medio de una fuerza o cualidad intrínseca de la materia orgánica.
Fue base de reduccionismo materialista que veían en los modelos anatomopatológico y fisiopatológico de la enfermedad mental.
No fue una excepción Crous y Casellas y recurre a esta doctrina en su estudio.
El principio de vida que anima el organismo humano y que tiene facultades nutritivas, motoras, sensitivas e intelectivas es, para este autor, la esencia de la naturaleza humana.
De acuerdo con el tomismo, hay una interación continua entre el cuerpo y este principio vital, cuyo mecanismo debe estudiarse desde la ciencia.
Así, el reflejismo es para Crous y Casellas el mecanismo fisiopatológico por excelencia que justifica científicamente esta interacción.
Por su parte, las trasgresiones morales pueden actuar sobre la materia orgánica mediante otros mecanismos, aunque este autor carece de un modelo teórico que los explique.
En su clasificación, este autor cae en la especulación teórica para justificar su eclecticismo y llega a establecer correlaciones directas entre lesiones cerebrales y enfermedades psiquiátricas.
Así, postula que las ilusiones y alucinaciones se producen por afectación de los elementos sensoriales del nervio óptico; las locuras afectivas se deben a la afectación de la capa más superficial del cerebro y las locuras impulsivas se producen por la afectación de las células más profundas de la corteza cerebral.
En las monomanías el cambio producido por el delirio se limita a una pequeña esfera, tanto a nivel psíquico como a nivel de la extensión del daño en el cerebro.
Por otro lado, en las locuras generalizadas como la manía y la demencia, el daño reviste una amplitud explicable por la afectación de todas las capas del cerebro.
La orientación espiritualista para el estudio de la locura cayó en franca decadencia a partir de la segunda parte del siglo, en relación con el espectacular avance del somaticismo, como veremos en el siguiente punto del trabajo.
Aunque no todos los autores comparten la idea de que en la España del siglo XIX existieron escuelas psiquiátricas, sino más bien núcleos de actividad29, es bien conocido que el grupo de frenópatas catalanes fue uno de los más pujantes y prestigiosos en ese momento histórico.
----En aquel tiempo las clasificaciones de la locura se basaron en la población manicomial.
De esta forma, como en otros países, se excluyeron aquellos trastornos que quedaron incluidos en el grupo de las neurosis y se estudiaron las manifestaciones psíquicas que presentaban los pacientes ingresados en los asilos.
Así, hay una estrecha relación entre la estructura de la asistencia manicomial y la nosología psiquiátrica.
En Cataluña se fundaron las instituciones psiquiátricas privadas más importantes.
La primera fue el Sanatorio de San Baudilio de Llobregat, dirigido por Antonio Pujadas y Mayans, que fue estéril a nivel de producción científica y del que finalmente se hizo cargo Arturo Galcerán Granés 30.
Pero la institución privada más relevante fue el Manicomio Nueva Belén, dirigido por la que, quizás, sea la figura más prestigiosa del alienismo español del siglo XIX, Juan Giné y Partagás 31.
El ingreso en el manicomio debía estar justificado por el carácter científico y especializado de la institución.
Por ello, el modelo de la enfermedad mental tenía que acercarse a la ciencia moderna, especializada y eficaz, que se propagaba en los países europeos y diferenciarse del paupérrimo panorama asistencial de los sanatorios públicos.
Giné y Partagás 32 defiende un modelo médico de enfermedad mental que no sea distinto del de otras especialidades médicas: «decir que para los estudios frenopáticos es indispensable el conocimiento de las funciones de los centros nerviosos, equivale a enunciar una proposición que, si de algo peca, es de trivial» 33.
En este marco ideológico se asienta una psiquiatría que requiere de especialistas formados como en cualquier otra disciplina médica y de manicomios donde se introduzcan los adelantos técnicos requeridos para un diagnóstico y tratamiento adecuados.
Sin embargo, no resultaba ajeno a Giné y Partagás el hecho de que todavía no aparecían lesiones materiales en la gran mayoría de las enfermedades men----zos legitimadores, no siempre exitosos, de los primeros alienistas hace que se pueda hablar de «núcleo de actividad» antes que de escuelas.
Ver: HUERTAS, R. (2002), Organizar y persuadir, Madrid, Frenia, p.
30 Ver: ESPINOSA, J. (1966), La asistencia psiquiátrica en la España del Siglo XIX, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina, pp. 110-113.
32 Un buen estudio sobre la nosología en la obra de Giné y Partagás aparece en: DIÉGUEZ, A. (1998), «El problema de la nosografía en la obra de Giné y Partagás», Asclepio, 50 (1), 199-221.
33 GINÉ Y PARTAGÁS, J. (1876), Tratado teórico-práctico de frenopatología, Madrid, Imp.
tales34, por lo que la nosología no podía construirse de acuerdo con el modelo anatomoclínico de enfermedad.
De hecho, establece una clasificación de enfermedades con un modelo patogénico basado en un trastorno emocional básico, un desorden funcional como en los modelos de Griesinger y Guislain.
Así, la manía supone una exaltación de la afectividad y la inteligencia, sin delirio o con delirio general; la melancolía un predominio de los sentimientos tristes; la monomanía una «exaltación de los sentimientos expansivos» y el éxtasis: «suspensión de los actos intelectuales y estéticos con rigidez general».
Por último están las locuras patogenéticas, «sostenidas por agentes tóxicos».
Todas estas formas son susceptibles de tratamiento.
Sin embargo esto no sucede con el grupo de las demencias, ya sean de tipo primario o secundario a otra enfermedad mental, así como con los defectos frénicos como el idiotismo y la imbecilidad.
La obra de Guislain y sus «Lecciones orales sobre las enfermedades mentales» aparecen constantemente citadas en su Tratado.
La obra de Guislain es conocido que se trata de uno de los intentos más importantes de la psiquiatría del siglo pasado de sostener la hipótesis de la psicosis única.
Giné y Partagás, en el libro, oscila entre este modelo antinosológico y un acercamiento nosológico a la clasificación.
Por un lado, el fondo radical afectivo inicial propuesto por Guislain parece aceptarlo Giné en buena parte de su libro.
En este sentido, define la patogenia de la enfermedad mental de la siguiente forma: «del mismo modo que el dolor constituye la primera expresión de la enfermedad somática, la pena, la ansiedad, la tristeza o el mal humor suelen ser las manifestaciones iniciales del estado frenopático».
Sin embargo, la aproximación racional de Guislain para interpretar la clínica resulta insuficiente para Giné, que necesita justificar desde el punto de vista anatómico y fisiológico este proceso: «la causa inmediata de las perturbaciones psíquicas reside en las células afectivas de la capa cortical de los hemisferios»; «se ignora a punto fijo cuáles sean estas células, por más que haya motivos para suponer que están interpoladas e íntimamente enlazadas con las intelectuales.
Poseidas de eretismo nervioso, las células afectivas dominan a las intelectuales, las cuales a su vez participan de la conmoción que experimentan aquellas, para no percibir ni juzgar de manera anómala, esto es, según la forma del estado emocional dominante» 35.
Así, la observación clínica no se convierte en una base suficiente para la clasificación, sino que ha de haber un sofisticado aparato teórico basado en una fisiología y anatomía cerebrales definida.
La búsqueda ----de lesiones anatómicas diferenciadas y trastornos funcionales específicos parece más cercana a una actitud nosológica y encuentra su referente en autores alemanes como Meynert.
En relación con esto hay una diferenciación de géneros y especies de acuerdo con el modelo anatomo y fisiopatológico de enfermedad.
Esto hace que la parálisis general sea considerada como un género distinto y la locura de doble forma una simple complicación de la manía, en cuanto el criterio evolutivo no ha madurado en Giné y busca la afectación material subyacente como base nosológica.
De hecho, los frenópatas catalanes se sentían así más seguros de la calidad de su ciencia, en la medida que habían llegado a una frenopatología de orientación positivista y materialista.
A pesar de que parece adoptar un modelo científico y aconfesional, Giné y Partagás mantiene la idea tradicional de que el alma preside en último lugar el comportamiento humano al menos, quizás, como consecuencia de la necesidad de no crear conflictos ante una sociedad demasiado conservadora36.
Cuando habla en su Tratado sobre la voluntad, opina: «al pasar al terreno donde se dan los movimientos voluntarios, encontramos un punto donde no es posible no aceptar la actividad directa del alma y ese punto es la voluntad».
Decir que la voluntad está subordinada a la sensibilidad y a la inteligencia es enunciar una verdad; pero no es explicar ni la esencia ni el origen de esa fuerza, que en nada se parece a las que animan la materia»37.
Para Giné y Partagás la finalidad última de una clasificación es «proporcionar el mayor número posible de utilidades prácticas» 38.
Es decir, el diagnóstico correcto permite un tratamiento eficaz y la institución manicomial ha de clasificar a los enfermos en función de su patología, de modo que sean complementarias: «la clasificación se funda en las condiciones de la enfermedad.
En este punto es preciso abandonar toda idea especulativa y atenerse a las necesidades de la práctica.
Fácil es comprender los inconvenientes que resultarían para los enfermos si se hallasen constantemente reunidos los afectados de una misma categoría de enfermedades mentales», «el triste y taciturno, al lado del hablador tranquilo, y este junto al monomaníaco filosofante, equilibran, por el recíproco trato, sus individuales disposiciones frenopáticas» 39.
Sin embargo, las indica-----ciones del Tratado de Giné sobre la organización de los enfermos hace referencia antes a la manifestación conductual más grosera que presente el paciente que a cualquier sofisticación nosológica.
De hecho, en otro trabajo comentamos cómo los casos de Nueva Belen 40 se trataban atendiendo al síndrome clínico aparente y no a la etiqueta diagnóstica.
CLASIFICACIÓN DE GINÉ Y PARTAGÁS.
Géneros: manía, melancolía, monomanía, éxtasis, locuras patogenéticas.
Géneros: parálisis general, demencias propiamente dichas.
Orden: Defectos de desarrollo frénico.
Géneros: idiotismo, imbecilidad, retrasos mentales.
El discípulo más importante de Giné y Partagás es el ya citado Galcerán Granés.
Este autor lleva la actitud positivista de Giné a posturas mucho más radicales.
Un buen ejemplo de su pensamiento lo encontramos en sus comentarios a la traducción al castellano del Tratado de Psiquiatría del autor americano Hammond 41.
Critica la clasificación de este autor, cercana al modelo de Esquirol, por su falta de carácter científico y se hace defensor del uso en psiquiatría de los métodos en boga en otras ramas de la medicina, que llegaba a su apogeo con el comienzo de la aplicación sistemática del método experimental.
Es ilustrativo de esta actitud un trabajo de Galcerán Granés, donde resume la evolución histórica de la psiquiatría 42.
Recuerda en primer lugar la filosofía antigua, que consideraba a la locura como un ente ajeno al organismo y originado por la influencia de los espíritus que regulaban el psiquismo.
41 Hammond fue un prestigioso frenópata norteamericano, cuyo tratado de psiquiatría fue traducido en nuestro país.
Tratado práctico de la locura en sus relaciones médicas, Madrid, Imp.
le siguió la medicina griega, que trajo una psicología dominada por la metafísica.
Sin embargo, la teoría humoral propugnada por Hipócrates supone para Galcerán Granés el primer acercamiento hacia la vesania como una enfermedad del cuerpo.
Cree el autor que este primer paso se frena con la aparición del catolicismo y la filosofía escolástica, que ligan la locura a la idea de pecado.
Para Galcerán Granés la nueva medicina empezó con Pinel, que es el primer psiquiatra que concede a la locura la categoría de enfermedad y define como método de la ciencia la observación.
El siguiente paso fue la unión de la psicología y la fisiología en el estudio de la enfermedad mental.
Los autores que iniciaron este proceso empezaron a conocer los órganos donde se gesta la enfermedad y las relaciones funcionales que ligan a unos elementos con otros.
Sin embargo, no podían eliminar la idea clásica del valor de la subjetividad, un lastre para la mentalidad de Galcerán.
Así, por último, se llega al máximo desarrollo de la psiquiatría con la aplicación a este campo del método experimental.
En este estadio, puede definir la razón como: «la integridad y normal reciprocidad de las funciones cerebrales entre sí y entre los agentes internos y externos que con el cerebro tienen correspondencia».
Estas ideas marcan los principios ideológicos de la escuela positivista en psiquiatría, sostenida por las teorías positivistas de Comte, del que toma en el artículo su hipótesis sobre los tres estadios en el desarrollo del intelecto: el teológico, metafísico y positivo 43.
El intento de encontrar una clasificación que se ajuste a estos principios es una constante en Galcerán Granés, el autor del siglo XIX que más esfuerzo dedicó al problema de la clasificación en psiquiatría.
Su primera gran clasificación recibe el título de: «Responsabilidad civil de los enajenados».
Como el nombre indica, el problema de la psiquiatría forense se convierte en la justificación del trabajo.
Este fue leído por su autor en el Congreso Frenopático del Manicomio Nueva Belén de 1883 44 y publicado íntegramente el año siguiente ----43 Augusto Comte es el fundador de la filosofía positivista.
En el Diccionario de Ciencias Eclesiásticas encontramos la siguiente definición: «filósofo francés considerado como fundador de la filosofía positivista»«Considera todas las religiones como una ficción y niega todas las verdades metafísicas, diciendo que esta es una ciencia quimérica»«El método para llegar al conocimiento de la verdad es observar y clasificar los hechos particulares, sacando por inducción las leyes que presiden y determinan la existencia de los fenómenos sensibles, y nada es verdadero sino porque está garantizado por la experiencia y la inducción, que es la verdadera ciencia positiva.
Claro está que el sistema de Comte conduce derechamente al materialismo».
En: V.V.A.A (1885), Diccionario de ciencias eclesiásticas.
44 Sobre el desarrollo y contenido de este congreso se puede consultar: VILLASANTE, O. (1997),»Primer Certamen Frenopático Español (1883).
Estructura asistencial y aspectos administrativos», Asclepio, 49 (1), pp, 79-93.
en la Gaceta Médica Catalana 45.
Toda la clasificación gira en torno a la voluntad humana y en qué manera está condicionada en las diferentes patologías.
Para Galcerán Granés, la voluntad era la facultad psíquica más importante, de modo que era primordial definir, a partir de ella, los fenómenos psíquicos.
Ya hemos comentado la importancia que, para la psiquiatría del siglo XIX tenía esta facultad.
Si hasta ahora el libre albedrío era defendido por los autores espiritualistas como consecuencia de la independencia del alma, ahora Galcerán propone un modelo unitario y mecanicista, basado en la fisiología nerviosa 46.
La mentalidad fisiopatológica y la introducción de la física y la química como parte integrante del saber médico 47 son la base de la clasificación que estudiamos.
Está muy influida por los planteamientos del psicólogo francés Ribot, que introdujo en Francia las ideas del funcionalismo dinámico y los principios del evolucionismo de Jackson y tuvo una influencia clave en la psiquiatría catalana.
Su idea de la voluntad como una facultad superior que se localiza en la corteza cerebral, la zona evolutivamente más tardía, también fue asimilada por Galcerán Granés.
Partiendo de la base de que sólo podemos entender la voluntad como una facultad integrada con las otras, Galcerán Granés propone una clasificación de la enfermedad mental en base a los siguientes elementos: en primer lugar, los actos según sea su origen, cerebral o medular.
Después, las motivaciones de dichos actos, que considera el autor la esencia de la locura.
De hecho, piensa que los locos tienen plena conciencia de sus actos y de su valor moral; «son ----45 GALCERÁN GRANÉS, A. (1884a) «Responsabilidad parcial de los enajenados.
46 En una conferencia dada en Nueva Belen, Galcerán Granés dice: «el libre albedrío es una ilusión, y la causa de esa ilusión es la inconsciencia que tenemos, en muchos casos, de los motivos inmediatos de una determinada resolución.
Lo que sustituye al libre albedrío en el terreno de la actual ciencia es la volición.»«Con esto queda demostrado, que en vez de una entidad, de una fuerza material que dirija nuestras acciones con conciencia innata, además, de lo bueno y de lo malo que aquellas puedan realizar, es la volición un proceso puramente orgánico, mejor, un proceso cerebral, y como tal, un producto de correlación e integración de fuerzas materiales».
Es un ejemplo claro del pensamiento ateo y positivista del autor.
GALCERÁN GRANÉS, A. (1884b) «El determinismo en la voluntad y el libre albedrío: crítica de ambas teorías», Revista frenopática Barcelonesa.
517, la orientación fisiopatológica de la medicina entendió los trastornos funcionales como procesos energéticos o materiales, investigándolos respectivamente con los recursos de la física y la química. locos en cuanto a la valoración de los motivos que los han determinado» 48.
Este fundamento psicológico le lleva a formular una ley: la responsabilidad de las acciones humanas está en razón directa de la libertad de volición e inversa de la intensidad de los motivos 49.
Todo el proceso depende de la cantidad de energía de que dispone cada estructura cerebral que condiciona el proceso.
Hechos como el descubrimiento de Hemholz sobre la conducción eléctrica en el tejido nervioso y la ley de Fechner para medir la percepción de la intensidad de un estímulo creaban la ilusión de encontrar una psiquiatría científica que pudiera regirse con la misma fidelidad a un canon objetivo como ocurre con la química o con las matemáticas.
Los parámetros que hemos comentado permiten clasificar toda la patología mental.
Como ejemplo, veamos la concepción del autor de la demencia.
Se considera como un trastorno general por defecto de la voluntad.
Hay una descripción clínica del proceso en el tiempo: las emociones son menos vivas, la afectividad se extingue lenta y gradualmente; la indiferencia la sustituye y la apatía se impone.
El individuo tiene conciencia de este cambio progresivo y aunque no se lo explica le aflige profundamente.
Sus lágrimas son fáciles y frecuentes, se angustia y enoja por cualquier cosa.
Al avanzar la demencia, el grado de debilidad de la memoria es tan elevado que el enfermo olvida sus palabras y sus acciones inmediatamente después de cometidas.
Hay también una parálisis de la sensibilidad, el movimiento y la voluntad.
La debilidad de la memoria se debe a que la fuerza de las células cerebrales se integra más difícilmente con los agentes internos o externos.
El movimiento molecular nutritivo es deficiente, y por tanto la conservación de las impresiones y su poder de reproducción son pobres.
La distracción y la inatención son un corolario de la debilidad de la memoria.
Estos factores reunidos determinan una asociación incompleta o poco potente.
Las operaciones mentales no pueden ser elevadas o abstractas y sí concretas y automáticas 50.
49 Esta idea es análoga a la hipótesis, antes comentada, de la influencia de las pasiones como causa de la pérdida de la razón.
Así, cuando habla de las alteraciones de la voluntad por exceso, parcial y consciente escribe: «El representante fisiológico es la pasión.
Cuando las corrientes endoperiféricas propias de las pasiones llegan al cerebro, el individuo lucha, procura distraerse, pero al final cede».
«En estos enfermos, la sensibilidad orgánica, transmitiendo potentes corrientes, y el exagerado reflejismo cerebral, convirtiendo estas corrientes en la voluntad fatal, es lo único enfermo».
De todos modos, la clasificación más importante y citada de Galcerán Granés fue el «Ensayo de clasificación anatomopatológico de las vesanias» 51.
Comienza el texto hablando de la evolución que ha llevado la clasificación en psiquiatría.
En primer lugar para este autor, la nosología era puramente empírica, basada en el síntoma; después empezaron los frenópatas a basarse en la lesión anatómica y, por último, en la etiología.
Es decir, la nueva psiquiatría se había basado en el modelo hipocrático del síntoma hasta llegar a los nuevos autores, en los que destaca a Luys 52.
La clasificación de Galcerán Granés intenta ser una integración de las tres perspectivas.
Parte del principio de que todo síntoma se produce por: exageración, disminución o supresión del funcionalismo cerebral, con lo que las enfermedades se pueden clasificar por: su carácter irritativo, depresivo o destructivo.
Establece una división funcional y anatómica del cerebro: lóbulo frontal (intelecto-volitivo) y parieto-temporooccipital (sensitivo-sensorial), de modo que cada enfermedad mental supone la afectación de uno u otro lado.
A su vez, las enfermedades son localizadas o consecuencia de una lesión difusa, como en la idiocia o la demencia.
Se considera que la enfermedad mental es de tipo estático si se produce por un defecto anatómico visible como en la parálisis general y dinámica si se debe a una alteración funcional, básicamente el riego vascular.
Así, los supuestos descubrimientos biológicos hacen que podamos hablar de enfermedades mentales y no de síndromes.
Además, la clínica es explicable con criterios anatómicos o fisiopatológicos.
Con ello, se produce el salto de la observación clínica defendida por Pinel y Esquirol, de un contínuo en el que se podían distinguir géneros o especies, al estudio de enfermedades concretas y objetivables que se ajustan al método científico.
Si esto fue cierto en el caso de la parálisis general, en los demás trastornos fue algo puramente especulativo y racionalista, movido por la necesidad de defender la psiquiatría como una disciplina científica equiparable a las demás ramas de la medicina y que, por tanto, se beneficiaría de los avances médicos conocidos en la medicina clínica.
Como ejemplo, en su clasificación define las ideofrenias como: la exaltación maníaca, la manía general aguda y la melancolía delirante.
52 Luys fue un autor francés de orientación organicista que fue abundantemente citado en la prensa médica española de la época.
Fue traducido: LUYS, J. (1891), Tratado clínico y práctico de las enfermedades mentales, Madrid, Imp.
evidente del juicio y la asociación de ideas.
Supone como sustrato anatómico una lesión funcional irritativo-hiperémica, siguiendo a Luys, que afecta a vasos y células causando una lesión microscópica: la degeneración gránulograsoso-pigmentaria.
Las nuevas enfermedades mentales, como la locura sistematizada progresiva, también tienen un lugar en la clasificación.
Escribe que, aunque la anatomía patológica no es definitiva, dado que al principio predominan las alucinaciones que originan el delirio, cabe suponer que la dolencia asiente en los lóbulos esfenoidales y occipitales.
Es decir, hay una actitud empirista, según la cual sólo los datos observables son válidos para establecer una clasificación y se acepta que toda manifestación mental se correlaciona con una alteración anatómica o funcional.
Sin embargo, el trabajo está basado en hipótesis especulativas.
Así, por ejemplo, en la medida en que se relacionan los trastornos visuales y auditivos con los lóbulos occipitales y esfenoidales, cabría relacionar una alucinación con estas zonas.
Todo el proceso evolutivo de la enfermedad se describe como un proceso fisiológico bien determinado: «en el comienzo del mal, se encuentra el enfermo en estado permanente de eretismo psicosensorial, estado que, creciendo progresivamente de intensidad, determina un acceso de delirio general agudo con fuerte reacción mórbida y un aumento de la temperatura general y craneana, al tiempo que se produce una desasimilación exagerada de sustancias orgánicas, sobre todo nerviosas».»Andando el tiempo, pierde su enfermo su potencia mental hasta llegar a la demencia, significando que el proceso ataca cada vez más profundamente la sustancia cortical, destruyéndola»53.
Este proceso de análisis se extiende en el trabajo a todos los trastornos mentales conocidos.
Sin embargo, años más tarde, en la recopilación de sus lecciones de psiquiatría 54 reconoce que el estadio final de desarrollo de la medicina mental estaba lejos de llegar: «las aspiraciones de la actual ciencia no son otras que las de fundar una clasificación etiológica para todas las enfermedades; pero son aún de tal suerte las dificultades y tan limitadas las conquistas conseguidas, que hasta ahora es totalmente imposible llevarlas a cabo de una manera exclusiva».
«Son muchos más los inconvenientes que ofrecen las clasificaciones exclusivamente fundadas en el carácter sintomático o anatomopatológico, pues sobre no permitir sino bajo el punto de vista sintético, la aprecia-----ción de una sola contingencia de la enfermedad, supone esta un concepto relativamente insignificante en comparación con el que implica la condición de causa».
Al no tener un conocimiento claro del factor causal, «el concepto anatomopatológico debe, todavía en la época presente»«servir de fundamento de clasificación de las enfermedades que al sistema nervioso afectan» 55.
No es extraño su progresivo interés por las ideas degeneracionistas56, así como el esfuerzo constante en sus lecciones de buscar relaciones firmes entre los conocimientos neurobiológicos, los fenómenos clínicos y las teorías psicológicas asociacionistas y basadas en la teoría de facultades.
De hecho, la crítica presente en otros autores ya vistos sobre la falta de veracidad de las supuestas lesiones y trastornos funcionales está ausente en Galcerán Granés, que define un cuerpo de conocimiento nuevo y moderno que lo legitiman a él y a su escuela como la vanguardia científica de la nueva especialidad.
Si aún Giné y Partagás defendía el concepto de alma a través de la idea de voluntad, para Galcerán Granés todo fenómeno mental es consecuencia de alteraciones de la función orgánica: «donde quiera que la corriente nerviosa se detiene, que la célula está tensiva, allí empieza la voluntad.
Desde el instante que el movimiento molecular tensivo que caracteriza la atención se convierte en corriente, cúmplese fatalmente la voluntad»57.
El concepto de moralidad tradicional lo reformula de acuerdo con principios biológicos ligados al evolucionismo y al cientifismo moderno: «las acciones son moralmente buenas cuando tienden al fin de la conservación del individuo, de la especie o de la sociedad»58.
Otros autores han comentado el escaso apoyo presente en la literatura médica española de la última parte del siglo XIX a la doctrina de la degeneración 59.
Sin embargo, algunos frenópatas fueron acercándose a estas ideas en cuanto esta teoría proponía una clasificación etiológica y una explicación supuestamente científica de la enfermedad mental.
De hecho, se tradujeron abundantes artículos del máximo representante de la escuela, Valentín Magnan 60, donde se abordan importantes cuestiones nosológicas.
Así, en un artículo traducido en el Siglo Médico 61 hace una crítica a Morel por introducir supuestas entidades distintas, como el delirio emotivo 62 o la locura hipocondríaca 63, cuando el criterio de clasificación, antes que en diferencias clínicas, debe residir en el fondo patológico común: el desequilibrio del degenerado 64.
Hubo algunos amagos de clasificación con estos criterios en la psiquiatría española.
Ots Esquerdo, uno de los autores más prolíficos, fue un ferviente ----59 Ver: CAMPOS, R. (1998), «Teoría de la degeneración y medicina social en España», Llull, 21, 333-356.
60 Ver: REY, A. (1981) La introducción del moderno saber psiquiátrico en la España del siglo XIX, Tesis doctoral, Valencia, Tomo I, p.
62 Para Morel, el delirio emotivo no era una forma de locura sino una neurosis, una enfermedad de las emociones.
Correspondía a un tipo de idea fija y acto anormal cuya existencia no suponía una afectación de las facultades intelectuales.
63 La clasificación de enfermedades mentales de Morel (1860) se dividía en 6 grupos: degeneración hereditaria; degeneración por intoxicación; degeneración determinada por la transformación de ciertas neurosis: histérica, epiléptica e hipocondríaca; degeneración idiopática; locuras simpáticas y demencia.
64 Para Magnan, el desequilibrio es el mecanismo fisiopatológico fundamental en el proceso de la degeneración.
«Puede resolverse en los siguientes términos: destrucción o interrupción del desarrollo de ciertas partes; hiperactividad momentánea o permanente de otras; o disminución momentánea y duradera de la actividad de otras».
«Las consecuencias inmediatas de este desarrollo son: la supresión de ciertas funciones; el automatismo de centros hiperexcitados y la inhibición exagerada sobre los centros más válidos.
Toda esta serie de fenómenos se combinan, se suceden, de forma que la medicina asiste a una verdadera ataxia cerebroespinal».
Respecto a la nosología vigente en el momento la considera como insuficiente «a pesar de los grandes avances en la patogenia y la clasificación de la enfermedad mental» 65.
Esto le lleva a enunciar una clasificación propia 66.
Basa su clasificación en dos grupos: aquellos trastornos cuyo único origen está en la afectación degenerativa hereditaria y aquellos en que la disfunción procede de una causa externa, ya sea por tóxicos o por enfermedades orgánicas conocidas.
De hecho, Ots Esquerdo prácticamente copia el esquema nosológico de Magnan modificando dos elementos: incluye las formas neurósicas 67 en el primer grupo, que Magnan diferenció y desdobla el grupo de estados degenerativos en las formas pronunciadas y exageradas.
Con ello, enfatiza la idea de la degeneración como el mecanismo fisiopatológico universal en la enfermedad mental, de modo que los trastornos supuestamente causados por lesiones reconocibles en el cerebro no son sino otras formas degenerativas.
Ello acentúa la falta de límites entre enfermedad neurológica y psiquiátrica, en un momento en que la nueva neurología estaba viviendo un momento claro de expansión 68.
La diferencia entre las diversas enfermedades mentales no reside en la lesión específica que define a cada una, sino en el grado en que el proceso degenerativo ha llegado a producirse.
Con ello, la nosología psiquiátrica supuestamente llegaba al punto máximo de su evolución: basarse en la etiología y la fisiopatología.
Este planteamiento de la degeneración como el proceso que explica todas las formas de locura no fue compartido por la totalidad de los frenópatas de orientación degeneracionista.
Mateo Bonafonte, al hablar de la clasificación de la enfermedad mental, defiende los postulados del psiquiatra francés Regis 69.
Este autor divide la patología mental en dos grupos: en primer lugar, los no degenerados: «en ellos, los varios tipos de vesanias, manía, melancolía, ----65 OTS ESQUERDO, V. (1893), «Locura alcohólica», Siglo Médico, 40, 470-2.
67 En el siglo XIX, se entiende como neurosis aquellos trastornos mentales con lesión cerebral reconocible.
Ver sobre el tema: GARRABÉ, J. (1996), La noche oscura del ser, México, Fondo de Cultura Económica, p.
69 Regis fue uno de los autores más referenciados por los psiquiatras españoles en el primer tercio del siglo XX.
Escribió en varias ediciones su Prècis de Psychiatrie, que fue el manual más importante de la psiquiatría francesa del período y uno de los escasos tratados de psiquiatría traducidos en España.
Ver: POSTEL, J.; QUETEL, C. (1983), Historia de la psiquiatría.
México, Fondo de Cultura Económica, p.
730. locuras parciales sistematizadas, etc, prescindiendo de su origen y condiciones de herencia ya indicadas, se realiza la marcha del proceso con una pureza de síntomas que basta haberle leído una vez para que no exista duda, la sistematización es perfecta, y el megalómano no degenerado se identifica perfectamente con su papel y la transformación de su personalidad es completa» 70.
Después, tenemos el grupo de enfermos afectados por el proceso degenerativo: «en los degenerados, no existe tal sistematización, el megalómano rey o príncipe nos confiesa que es un jornalero que gana dos pesetas, pasa con facilidad del trastorno tipo manía al de melancolía y mezcla abigarradamente las ideas de persecución con las eróticas» 71.
Con esto, vemos que la degeneración deja de convertirse en el mecanismo único de producción de la enfermedad mental, que era una salida teórica extraordinariamente útil para salir de las graves dificultades que presentaba aplicar la medicina moderna al campo de la psiquiatría.
Así, queda delimitada al campo de los trastornos más complejos y que resultan más difíciles de encasillar.
Martínez Valverde señala los cuatro tipos posibles de clasificación en psiquiatría: las psicológicas, cuyo fundamento son los desórdenes psíquicos; las sintomáticas, cuyo fundamento son los síntomas; las etiológicas y las anatomopatológicas.
«Como se comprende a primera vista, las divisiones que aceptan el criterio sintomático y psicológico son defectuosas».
«Las clasificaciones etiológicas y anatómicas son las más científicas».
«El criterio anatomopatológico se halla con dificultades por ahora insuperables, porque son pocas las lesiones bien conocidas y determinadas».
En este sentido, la doctrina de la degeneración es la única que permite una clasificación etiológica, como sucede en la medicina interna con la patología infecciosa: «Morel fue el primero que comprendió el valor de tal base e intentó, fundado en ella, formular una clasificación causal, y desde entonces la inmensa mayoría de los autores le han imitado, siguiendo sus huellas» 72.
Este autor asume la diferencia entre síndrome y enfermedad: «hay en frenopatología varios estados, conjunto de síntomas, cuadros sindrómicos más o menos perfectamente definidos, que por muchos, casi por la mayoría, han sido estudiados como si fueran entidades nosológicas independientes».
Partiendo de esta base defiende la clasificación de Regis, distinguiendo la locura como accidente desgraciado en la vida de un enfermo previamente sano o la ---- consecuente al proceso degenerativo.
Respecto a este último mecanismo, dice en su libro: «estos trastornos, verdaderos vicios de organización psíquica, son expresión de anomalías orgánicas, comúnmente hereditarias».
Al menos, hay un proceso neurofisiológico determinado que se conoce como causante de los cuadros psiquiátricos más atípicos.
Todas estas sofisticaciones diagnósticas se movían dentro del campo de lo teórico.
Sin embargo, la aplicación en la clínica era muy limitada.
En una nota sin autor aparecida en el Siglo Médico 73 se indican los diagnósticos de los enfermos que ingresaron en el Hospital General de la Villa de Madrid el mes de Mayo de 1855.
Tres hombres padecían demencia, cuatro ----73 SIN AUTOR (1855), «Nota estadística de los dementes de ambos sexos que durante el mes de Junio ha habido en el hospital general de esta Corte», Siglo Médico, 2, 215.
fueron diagnosticados de idiotismo y dos de manía.
En lo que concierne a las mujeres, dos padecían alucinaciones, tres manía y una demencia.
González Navas 74, director del Manicomio de Toledo, comenta los pacientes y diagnósticos de los enfermos en los años 1858 y 1859.
En el primer año, dos enfermos padecen delirio agudo y sin fiebre; dos son diagnosticados de alucinaciones o ilusiones; trece enfermos reciben el diagnóstico de manía aguda con o sin delirio; catorce de monomanías de todo tipo; tres de melancolía; dos de demencia paralítica y uno de senil.
Ya en 1859, de 58 internos, uno padece delirio agudo febril, dieciocho padecen «manías de todo tipo»; tres padecen alucinaciones; treinta y dos están diagnosticados de monomanías; dos sufren de ilusiones; nueve de demencia y tres de imbecilidad.
Es decir, los esquemas diagnósticos son muy simples: no hay una distinción entre la alucinación y la ilusión como enfermedad o como síntoma y se nombran las monomanías o manías sin matices, como corresponde a un régimen de internado en que los aspectos terapéuticos están de lado.
En este sentido, Espinosa recoge en su libro la opinión de Ford sobre este manicomio:»no hace ningún honor a la ciencia ni a la humanidad.
La locura parece haber alterado al mismo tiempo el intelecto de los enfermos y haber oscurecido el de los que les atienden».
«Los internados están amontonados conjuntamente (el monomaníaco, el loco, la histérica) en una confusión miserable o encadenados como bestias salvajes y tratados incluso peor que los criminales, porque las pasiones de los más furiosos son enfurecidas por el trato brutal» 75.
Lorenzo Livianos y Magraner señalan en su libro sobre las historias clínicas de Perales 76 la importancia que para este frenópata tuvo el diagnóstico y tratamiento de los enfermos mentales.
Recuerdan los autores que Perales fue el artífice de los cambios asistenciales en el Hospital General de Valencia.
Este interés se refleja en los diagnósticos.
Junto con los grandes trastornos heredados de la nosología de Esquirol, en el diagnóstico de los casos suele señalar aspectos clínicos que considera relevantes para el tratamiento y hace especial hincapié en el curso de la enfermedad; si es aguda, crónica o evoluciona por fases.
Así, en un caso de monomanía se señala el carácter de gran----- deza 77, probablemente por el carácter ominoso para el curso de la enfermedad que se creía en la época que este tipo de delirio tenía.
Otro caso está diagnosticado de monomanía continua y crónica: «ni el sillón de fuerza, ni la camisa de igual nombre, ni la dieta prolongada, ni consuelos morales, ni oposición constante a sus ideas, ni conveniencia tácita o clara con ellas, baños de sorpresa, ducha según el método de Leuret, nada en fin ha bastado a conseguir el menor alivio» 78.
En la asistencia manicomial la evolución en el tiempo y la respuesta a los tratamientos es, quizás, el aspecto clave.
No es de extrañar que un hombre tan preocupado por el tratamiento de los enfermos mentales consignara de forma casi sistemática este tipo de datos en las historias clínicas.
En los casos clínicos del Manicomio Nueva Belén, un manicomio privado de élite, vemos que los frenópatas de la escuela catalana utilizan, de la misma forma que Perales, las grandes categorías diagnósticas: manía, melancolía, monomanía y demencia.
Hay un interés especial en considerar los aspectos relacionados con el curso evolutivo del paciente y se resaltan aspectos clínicos concretos que tienen que ver con la terapéutica.
Este interés por la cronología hace que autores como Rodríguez Morini 79 hablen de diagnósticos como la locura sistemática progresiva y el delirio crónico de evolución sistemática, basados en la patocronia.
Por otro lado, hemos estudiado 80 cómo en esta institución los tratamientos se centran en los grandes aspectos sindrómicos y no en los detalles diagnósticos.
Además, resulta evidente la ausencia de interés por aquellos aspectos teóricos y nosológicos que hemos visto anteriormente en autores como Galcerán Granés.
Sólo en determinados casos se introducen complejas justificaciones fisiopatológicas para explicar la utilidad de tratamientos que también se utilizaban en otros centros de forma generalizada.
En uno de los debates más intensos en la época, cómo debía ser el manicomio modelo, se discutía la importancia que la clasificación psiquiátrica debía tener en la estructura de un centro ideal.
Así, González Navas 81 dice que, en un manicomio, los enfermos deberían estar divididos en salas de curables y salas de incurables, condiciones que estaban lejos de darse en la insti----- tución que regentaba.
Su sucesor en el Manicomio de Toledo, Sánchez 82, comenta las pésimas condiciones en que recibe la dirección del centro: falta de enfermería, condiciones deficientes de higiene, falta de ropa de abrigo...
Destaca que no existe una distribución de enfermos por patologías, como sugieren la mayoría de los autores.
En referencia a Pinel y sus discípulos escribe: «al estudiar los manicomios se fijaron, como una de las partes principales, en la distribución de las secciones y en la conveniencia de separar a los enajenados según su forma de locura.
Comprendieron los inconvenientes que resultarían si se hallasen los afectos de una misma categoría de perturbaciones mentales, e hicieron su separación con arreglo a sus clasificaciones o a su manera de pensar en este punto» 83.
Simarro 84 escribe que un manicomio ha de organizar a los enfermos de acuerdo con su diagnóstico, especialmente en los centros de agudos.
Por otro lado, en los centros de crónicos debe predominar la actividad en común de los enfermos, como actividad rehabilitadora.
También destaca la importancia que deberían tener las unidades creadas para tratar patologías especiales, como imbecilismo, cretinismo, morfinomanía y alcoholismo.
Sin embargo, el hecho es que en su etapa asistencial como director del manicomio de Leganés no encontró ni pudo implantar estas condiciones y en un estudio se evidenció que los diagnósticos de sus enfermos se ajustaban, básicamente, a la nosografía de Esquirol 85.
Por otra parte, en un trabajo reciente se demuestra que, durante la segunda mitad del siglo XIX, los diagnósticos psiquiátricos presentes en las historias clínicas de Leganés no sólo pertenecen a la nosología de Pinel y Esquirol, sino que también incorporan otros diagnósticos procedentes de la escuela francesa, como la parálisis general, la demencia precoz o la locura de doble forma.
Además, a finales de siglo se fueron adoptando las nuevas categorías diagnósticas procedentes de la psiquiatría alemana.
Los autores señalan la contradicción entre este aparente virtuosismo diagnóstico y la pobreza de tratamientos, así como las deficientes condiciones higiénicas del centro, traducidas en una alta mortalidad 86.
----A finales de siglo, el tema asistencial más debatido era la conveniencia de ingresar a un enfermo en el manicomio o bien centrar la atención psiquiátrica en el domicilio del paciente.
Sanz y Gómez piensa que el criterio básico de decisión es que peligre la vida del paciente y de los que lo rodean.
Comenta: «el enajenado curable, en el momento en que su cerebro mejora»«al verse rodeado de otros pensionistas y entre los muros o verjas de un manicomio, sufre tal conmoción que, abulliándose, achicado, amilanado en sus decisiones, tal es su abatimiento que la recaída suele ser la resultante de todos estos procedimientos perjudiciales» 87.
Sin embargo, Pablo Llorach 88, director del Instituto Frenopático, importante institución privada catalana, piensa que es inútil cualquier tratamiento físico o moral fuera de la institución del manicomio.
Es decir, para las instituciones privadas el ingreso temprano era el factor pronóstico más importante para una buena evolución.
Escuder, como Sanz y Gómez, también considera que la única función de la institución manicomial es coercitiva: «los manicomios hoy cumplen en su mayoría la misión casi única de tener encerrados a los locos, aislándoles y separándoles del contacto de sus familias, que ordinariamente les perjudican.
Además, el loco suelto por las ciudades perturba, desordena y a veces atenta contra los demás.
Fue preciso meterlo donde no pudiera salir y molestar» 89.
En un manicomio eficaz, el tratamiento debería estar basado en el tipo de patología que sufre el enfermo.
Al respecto de este tema, escribe: «cada enfermo exige un tratamiento especial, grados de libertad diferente, distinta comida, diversa habitación».
«La cama de un epiléptico no debe ser igual a la de un melancólico.
El cuarto de un maniaco necesita un revestimiento elástico para que no se estrelle contra la pared.
Toda vigilancia es escasa con los suicidas.
¿En qué manicomio español se tiene el lecho para las histeroepilépticas?» 90 De hecho, las distintas patologías mentales requieren un tratamiento específico en cuanto a las manifestaciones conductuales más groseras, sin que los detalles diagnósticos sean de interés práctico.
Aun así, estas necesidades terapéuticas no se satisfacen en la asistencia pública.
---el nuevo milenio: una perspectiva histórica, Albacete, Universidad de Castilla la Mancha, pp. 149-162.
La clasificación psiquiátrica en España sigue, salvo en honrosas excepciones, de forma escasamente original las corrientes ideológicas europeas.
Principalmente la francesa, pero también autores como Guislain y Griesinger influyeron en frenópatas tan importantes como Giné y Partagás.
En la primera parte del siglo, la nosología está marcada por la influencia de Pinel y Esquirol, y los autores espiritualistas mantuvieron su influencia hasta la segunda mitad del siglo.
Factores como: el desarrollo del cientifismo, el carácter laico de la ciencia de la segunda parte del siglo y el desarrollo de especialidades como la neurología favorecieron las corrientes organicistas en psiquiatría.
Factores sociales, como la necesidad de ocupar un puesto de prestigio entre las nuevas especialidades médicas o defender la excelencia de la práctica privada no fueron ajenos a los modelos nosológicos, especialmente de los frenópatas catalanes.
La importancia de la etiología en Medicina y la falta de causas objetivas en los trastornos mentales pudieron favorecer la aparición de clasificaciones de orientación degeneracionista.
Algunos frenópatas españoles adoptaron de forma casi idéntica algunas clasificaciones significativas propuestas por la escuela francesa, con lo que dispusieron de un mecanismo patogénico que justificaba el trastorno mental, de acuerdo con la corriente positivista.
Por otro lado, todo este debate teórico estaba ajeno a la práctica asistencial.
Esta era precaria en la asistencia pública y escasamente sofisticada en la privada, ajena a las complicaciones nosológicas debatidas en la literatura.
Sin embargo, la falta de una organización manicomial basada en las distintas modalidades de enfermedad mental fue ampliamente debatida. |
Decía Michel Foucault en Historia de la Sexualidad que en la Antigua Grecia no existía la sexualidad.
Con ello pretendía señalar que el uso de la palabra sexualidad con las implicaciones de identidad social que en la actualidad le atribuimos era de escasa aplicación en los tiempos de Pericles.
Algo parecido puede afirmarse de el término discapacidad-calco del inglés disability- que se ha generalizado en los países de habla hispana para designar limitaciones físicas de origen congénito o adquirido que, o bien suponen una disminución funcional de las habilidades de la persona para desenvolverse en su vida cotidiana, o bien impiden la plena participación social por razones que van de lo estético a lo fisiológico.
La consolidación, desde finales de los años noventa, de esa rama de los Cultural Studies que ha dado en llamarse Disability Studies ha hecho llegar hasta nosotros una plétora de estudios que tratan de la discapacidad en periodos históricos que van desde la actualidad a la Historia Antigua.
Es sintomático que uno de los estudios mejor fundamentados, el ya clásico trabajo de Henri-Jacques Stiker Corpes Infirmes et société, haya sido traducido a la lengua inglesa con el título de History of Disability.
El libro editado por Sebastian Barsch, Anne Klein y Pieter Verstraete asume la tarea necesaria de explorar las condiciones de posibilidad de la categoría de discapacidad; The Imperfect Historian quiere, como hiciera Foucault con la sexualidad, mostrar desde cuándo puede hablarse de discapacidad sin incurrir en la anacronía.
Hay que felicitar a los autores por haber asumido la tarea incómoda de denunciar la ligereza y falta de pertinencia hermenéutica con que desde el otro lado del Atlántico se utiliza la categoría de discapacidad como una constante histórica, ocultando con ello la especificidad contemporánea de nuestros patrones de interpretación de la diferencia corporal, y forzando desde la perspectiva contemporánea, la interpretación de la realidad vital de personas que vivieron en el pasado y que hoy, desde nuestras categorías denominaríamos discapacitados.
Como Sebastian Barsch señala en el prólogo, el texto quiere conciliar la investigación histórica por sí misma con la comprensión participativa de la antropología, sin renunciar por ello a dar cuenta de las implicaciones políticas y sociales de esta categoría biopolítica que es la discapacidad.
Sin incurrir en la tentación ideológica de sustituir una verdad por otra-en la que en demasiadas ocasiones incurren los teóricos de los Disability Studies- el texto trata de dar cuenta de las condiciones de emergencia de un determinado régimen de verdad.
Lejos de las banalizaciones constructivistas de los Cultural Studies, este texto recupera el mejor historicismo foucaultiano y sitúa la categoría de la discapacidad en el horizonte hermenéutico que le es propio: el de la práctica clínica y el problema del veterano de guerra mutilado.
Con ello reconduce los excesos militantes de una producción escrita preocupada por orientar buenas prácticas y privilegiar la singular percepción de los Derechos Humanos de una parte del globo incorporando el rigor académico y la apertura a otras voces silenciadas.
Así la primera parte del libro se sirve sucesivamente de los términos de discapacidad -convenientemente entrecomillado- junto a los de asimilación e inclusión fuera de su horizonte hermenéutico; para designar los significados culturalmente ultrajantes que se vertían sobre los cuerpos que se apartaban de la norma en la Edad Media, al modo y manera que hiciera Foucault con la raza en Genealogía del Racismo.
Como es sabido, en este texto Foucault contrapone una acepción precientífica de raza -las etnias, pueblos que se definen por la lengua, usos y costumbres comunes- con la que a partir del siglo XIX propondrán el evolucionismo y las teorías degeneracionistas con un sentido netamente biológico, lo que más tarde denominará racismo de estado o racismo científico en Defender la Sociedad.
El primer capítulo de esta sección titulada Challenging methodologies, firmado por Peter Horn y Blanca Frohne argumenta de forma convincente que, si cabía hablar de algo así como la «discapacidad» en la Alta Edad Media y en la literatura de milagros del siglo XVI, era para referirse a formas de dar sentido y enfrentarse a la adversidad derivada de ser incapaz de atender las propias necesidades en un entorno hostil y teológicamente fundado.
A continuación el capítulo de Patrick Schmidt analiza el tratamiento periodístico de la discapacidad durante los siglos XVII y XVIII, y las razones por las que estos textos de mayor difusión expresaban una percepción positiva de la discapacidad, que no sería un destino peor que la muerte —fate worse than death— sino una situación preferible a su curación.
El autor señala que no hay evidencia concluyente en la documentación analizada que permita deducir la exclusión social como resultado inevitable de la ceguera.
A lo largo del capítulo el autor hace algunas incisivas críticas a los Disability Studies americanos, que si bien, en consonancia con la tradición de los cultural studies de la que forman parte han mostrado de forma convincente la instrumentalización narrativa de los cuerpos que se apartan de la norma en la literatura y el cine, no han conseguido probar el impacto de estas narrativas en la vida de las personas con discapacidad.
Algo parecido ya había intuido Francois Cusset en su libro French Theory cuando afirma que la recepción norteamericana del posestructuralismo francés se saldó con la eliminación del concepto de verdad y su reocupación por las pretensiones identitarias de las minorías.
La segunda parte del libro, que lleva por título: «Poder e identidad» aborda desde planteamientos foucaultianos rigurosos la discapacidad como un avatar concreto dentro de la historia política de los cuerpos.
Así, el primer capítulo de esta segunda sección, firmado por David Leenen utiliza el Krüppelsorge, sistema de asistencia social a los minusválidos alemanes surgido en los años 20 para elaborar una genealogía del sujeto discapacitado.
El texto muestra cómo la aplicación del poder disciplinario foucaultiano consigue, mediante sus efectos individualizantes y totalitarios, mediante la correlativa identificación de un colectivo de personas anteriormente dispersas a los que se adiestra en la economía del gesto para la superación de las deficiencias corporales, la aparición de una nueva forma de subjetividad: la del minusválido.
Siendo la disciplina una «modalidad del ejercicio del poder» que no puede identificarse con «ninguna institución ni con ningún aparato en concreto» y cuya función es la producción de «cuerpos dóciles» mediante la economía del gesto, el examen, y la vigilancia, el sistema de asistencia social para minusválidos alemanes hace aparecer a un nuevo colectivo, el de los lisiados, donde antes había personas aisladas con distintos grados de dificultades físicas, cuya diversidad interna hacía poco factible ninguna forma de control social.
Pero «el gobierno de los lisiados» al que se refiere Leenen tiene también consecuencias individualizantes que se cifran en un emplazamiento del cuerpo en coordinadas espacio-temporales que «determinan la conducta de los individuos, los someten a un cierto tipo de fijaciones o de dominación y consisten en una objetivación del sujeto».
Nos encontramos pues ante las tecnologías del poder.
El capítulo de Annemieke von Drenth se sirve de un estudio de caso: el de Ida Frye, primer caso de autismo diagnosticado en los Países Bajos en 1936.
La investigadora de la universidad de Leiden, apoyándose en la concepción reticular del poder de Michel Foucault y entendiéndolo como una red ubicua de relaciones que requiere personal médico pero no se agota en él, desarrolla un acercamiento novedoso al término de cuidado que lo descarga de su lastre moral, para convertirlo «en un entorno provisional de la agencia».
Siendo reconocibles sus orígenes en el cuidado pastoral en lo que tiene de dependencia individual y de relación que se prolonga durante toda la vida del individuo cuya custodia asume, la noción de cuidado de esta autora va más allá de ser un mecanismo disciplinario para ser un «conjunto heterogéneo que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones morales filantrópicas», en suma, un dispositivo, cuyos efectos son a la vez represivos y generadores de agencia y posibilidades vitales.
Como dice la propia autora en la página 76, «el desafío consiste en adentrarse en los procesos que hace que el cuidado sea a la vez facilitador y restrictivo».
Dentro de esta temática foucaultiana también puede incluirse el texto de Anne Klein From Biopolitics to the Ethics of Disability.
Me atrevería a señalar una discrepancia entre el objetivo de la autora: «dar cuenta de la transformación de los discursos y prácticas institucionales desde la biopolítica y una gubernamentabilidad autoritaria a una ética civil participativa, de la biopolítica a la ética de la discapacidad» (256) y la bibliografía escogida, Genealogía del Racismo.
Pues si lo que efectivamente se quiere glosar son los logros del movimiento prodiscapacidad internacional y su institucionalización creciente los textos de elección serían Seguridad, Territorio y Población o El nacimiento de la biopolítica.
En este mismo sentido abunda la caracterización del movimiento prodiscapacidad y el discurso decolonial, junto a la antipsiquiatría dentro del horizonte de la contrahistoria.
Los Disability Studies serían, siguiendo a Klein, y en plena lógica con lo expuesto por Foucault en Genealogía del Racismo «saberes sometidos» que habían sido descalificados como no competentes o insuficientemente elaborados: saberes ingenuos, jerárquicamente inferiores, por debajo del nivel de conocimiento o cientificidad requerido».
Comparto plenamente esta caracterización, aunque no conduce en mi opinión a una ética pública sino a una «guerra de razas».
Se agradecería una mayor justificación del isomorfismo entre el colonialismo y la práctica psiquiátrica que la autora se lanza a plantear.
Que no faltan razones para situar la discapacidad dentro de las luchas nietzscheanas de la memoria es algo que puede comprobarse acudiendo al capítulo de Sebastian Barsch «The Globalisation of Disability: rise and fall of Facilitated Communication in Germany».
Barsch muestra a través de su estudio de la Comunicación Aumentada que la noción de discapacidad, lejos de designar una forma aséptica de opresión social comparable a la raza o el género -como parece concluir Klein- es objeto de agrias disputas entre diversos grupos de poder.
Que el elemento normativamente indeseable de la discapacidad que el modelo social y los Disability Studies aseguran haber conjurado para siempre sigue estando presente puede constatarse- como señala Barsch- en las «jerarquías de la discapacidad» la brecha que a día de hoy sigue existiendo entre discapacidad física y mental.
El cambio de paradigma en la percepción del autismo que hizo posible la comunicación facilitada muestra en qué medida el estigma aún impregna la discapacidad cognitiva, y hasta qué punto la lucha por liberarse de él, recodificándola como motórica tiene implicaciones sociales.
El hecho de que los distintas facciones del colectivo de personas con discapacidad se disputen entre sí la etiqueta de discapacidad, que convenientemente vaciada de sus elementos molestos, les de acceso a los servicios sociales sugiere que la tematización de la discapacidad como guerra de razas podría ser adecuada.
Ocurre que de ser consecuentes con este enfoque foucaultiano estaríamos sustituyendo el modelo jurídico del contrato- la ética cívica que alaba Klein- por el de la guerra: en el que lo central es la posición relativa de las partes en el discurso.
El triunfalismo con que la autora describe el proceso hace que termine dando la vuelta al proyecto destacado por Foucault en Genealogía del racismo, que no era otro que sustituir la lógica del contrato por la de la guerra, esto es: «mostrar que la crítica local no necesita del beneplácito de unas normas comunes para afirmar su validez».
Tal vez sea esta la razón por la que a la autora se le hurten las especificidades del régimen de visibilidad y enunciación que se ha impuesto como consecuencia de la consolidación disciplinar de los Disability Studies y el sujeto político concreto sobre quien se han sobredeterminado el discurso académico y las reivindicaciones sociales del movimiento prodiscapacidad.
Según el acta fundacional de los Disability Studies, en la reunión del año 2002 de la Modern Language Association, su propósito es ser «el brazo académico del activismo prodiscapacidad».
De acuerdo con esta versión, la movilización prodiscapacidad se habría iniciado en 1968, fecha en que un grupo de estudiantes discapacitados encabezados por Ed Roberts fundaron the Rolling Quads en el campus de la universidad de Berkeley, y habrían alcanzado su punto álgido en el Stair Crawl que el activismo norteamericano celebró en 1990 en protesta por la denegación de la American with Disabilities Act (ADA) frente a las escalinatas del Capitolio americano.
La tercera parte de este libro, que lleva por título Travelling Knowlege tiene por objeto presentar el panorama internacional de esta movilización, pero no como el resultado de la expansión civilizadora del Disability Rights Movement sajón y sobre todo norteamericano, sino como un proceso de movilización que discurrió en paralelo con otras movilizaciones populares a lo largo y ancho del globo desde mediados de los años 60.
Así el capítulo de Gildas Bregain recoge las movilizaciones prodiscapacidad en España, Brasil y Argentina entre 1968 y 1982.
El texto da cuenta de los nada conocidos encierros del SEREM en la Coruña en 1976, de la actividad de asociación de ciudadanos discapacitados de Zaragoza a finales de los años sesenta, y más concretamente de la expansión de la fraternité Catholique des malades, que bajo el lema de «liberarse del paternalismo de los sanos» se estableció en Barcelona en 1957, y que se extendió gracias a la teología de la liberación por Brasil y Argentina.
Varios años antes que el UPIAS (Union of the Physically impaired against Segregation) el Frente de Lisiados Peronistas de Buenos Aires, planteaba sus radicales reivindicaciones sociales y laborales desde presupuestos marxistas.
En España, la asociación vinculada al partido comunista en la Minusválidos Unidos denunciaba la marginación laboral y educativa de las personas con discapacidad cuarenta años antes de que Robert Mc Ruer hablase de cripausterity.
Gilda Bregain muestra cómo la cultura política de estas organizaciones y la virulencia de sus manifestaciones durante los años 60 y 70 no tienen nada que envidiar a las que los teóricos de los Disability Studies muestran como las decanas del activismo prodiscapacidad: Independent Living y ADAPT.
Cabe saludar The imperfect historian como una contribución imprescindible para continuar el debate sobre la discapacidad en la academia, que más allá del determinismo del diagnóstico o del constructivismo al que el activismo apela como si fuese un sortilegio capaz de conjurar la desigualdad con sólo enunciarse, se pregunte por las condiciones en que se nos hace inteligible una categoría como la discapacidad, y por qué no, por la imbricación efectiva de cuerpos y desigualdad.
Es posible que no sea del agrado de quienes desde los Disability Studies aspiran a subvertir el diagnóstico médico en formulación identitaria, —Disability identity—.
Ojalá sirviera para convencerles de que las esencias a menudo ocupan el lugar que debería corresponderle a la dominación como caballo de batalla.
Tomarse a Foucault en serio no se limita sólo a señalar que los criterios de salud y plenitud funcional que definen la normalidad humana son conceptualizaciones de realidades orgánicas y vitales plurales y elásticas.
Hay que llevar su nominalismo hasta sus últimas consecuencias: si la salud y la funcionalidad son construcciones culturales a partir de constituciones estadísticamente frecuentes, la discapacidad, eso que se piensa como excepción de la norma también lo es.
Universidad del País Vasco |
Reseña del libro "Trans*exualidades.
Acompañamientos, factores de salud y recursos educativos"
Acompañamientos, factores de salud y recursos educativos.
En su columna en The Guardian del 18 de febrero de 2015, Owen Jones reflexiona sobre la importancia de las personas trans (sin asterisco) dentro de los movimientos LGTB a partir de la campaña de la asociación Stonewall a favor de los derechos de las personas trans.
Jones reconoce la centralidad trans dentro de las revueltas de Stonewall en 1969 y cita a la activista Juliet Jacques cuando afirma que gays, lesbianas y bisexuales deben luchar junto a las personas trans porque a todxs les ataca la misma gente.
Esta violencia afecta, aproximadamente, a la mitad de los 28000 alumnxs trans estimadxs en Gran Bretaña, que han contemplado la posibilidad de abandonar sus estudios, y al tercio que han sido acosadxs o agredidxs (Jones, 2015).
Dentro de este contexto internacional de reconocimiento de la centralidad de lxs personxs trans, se ha publicado en España Trans*exualidades con la intención de "poner a las personas trans* en el centro, como protagonistas (p.
21)" –en negrita y destacadxs.
Resulta de gran relevancia destacar ciertos aspectos visuales dentro la obra de Platero.
Ya en Intersecciones: cuerpos y sexualidades en la periferia (2012), editado por Platero, la primera experiencia de sus lectorxs comenzaba con la creación de un vínculo visual con la metafórica imagen de una maraña que dominaba la portada y se despedía en su contraportada.
En dicha imagen, se reflejaba "cómo cada una de las experiencias de una persona es fruto de la interrelación de muchas estructuras socialmente construidas" (p.
Dicho vínculo visual también resulta de especial relevancia en Trans*exualidades con la aparición de ese asterisco que reconoce a movimientos anteriores y, a su vez, aporta una nueva heterogeneidad; visibiliza nuevas vivencias, muchas de ellas relacionadas con el papel de las nuevas tecnologías, pero a su vez limita el lenguaje oral o la lengua de signos.
Y, sobre todo, plantea una apertura, como si fuera un pie de página, a una serie de posibilidades complejas que manifiestan "la necesidad continua de nombrarse más allá de las convenciones médicas y los marcos más conservadores" (p.
Además, la división física del libro en dos partes: "Trans*exualidades" y "Herramientas y recursos," esta última en páginas de color sepia, implica a sus lectorxs en el proceso de lectura, a apropiarse de él y convertirlo en una herramienta didáctica y de (auto)aprendizaje.
Estos elementos visuales contribuyen a la visibilización de términos o personas que quedarían ocultxs tras la rigidez de la hoja en blanco y una tipografía no marcada y presentan otro aspecto también clave en este libro: una voz que surge de las reflexiones del autor, pero también de sus conversaciones y encuentros con personas trans*, sus familias o profesores.
La voz autorial cede su espacio a otras voces, como las ilustraciones de Isa Vázquez, los mitos sobre las personas trans* que identifica Aitzole Araneta, las recomendaciones de Cristina Garaziabal a familias y profesionales, la historia de algunos referentes trans* del pasado por parte de Amaia Álvarez Uría y de Francisco García Ramos, y la voz de personas trans* y sus familiares, que aportan elementos biográficos en el proceso de acompañamiento que supone este libro.
La primera parte de la obra, "Trans*exualidades" se compone de cuatro capítulos de extensión variable.
El primer capítulo, y el más extenso, intenta dar respuesta a la pregunta "¿qué es la transexualidad?"
Para ello, recurre al término de "identidad trans*," que acoge a un grupo heterogéneo de personas bajo un término que reconoce la importancia de la diversidad de las personas trans* al mismo tiempo que recalca la posible coincidencia de necesidades para conseguir algunos objetivos de consenso.
Por otro lado, Platero destaca "la importancia de la capacidad de decidir de cada persona, así como el peso social negativo que recae sobre estas etiquetas, que hace que cada cual encuentre su manera de presentarse y de pensar sobre sí" (p.
También destaca su desarrollo del proceso de acompañamiento que, tal y como indica el autor, supone el planteamiento de cuestiones éticas, como puede ser el manejo de la confidencialidad, sobre todo, cuando se trata de menores.
Dentro de los tres enfoques de acompañamiento que analiza, destaca aquel que propone "trabajar con las familias y sus entornos para ofrecer apoyo y ayudar al niño a niña a establecer su identidad, crecer enfrentándose positivamente a los problemas que puedan surgir" (p.
Por un lado, dicho enfoque realza la importancia del contexto y una de las verdaderas funciones de este libro: acompañar a todas aquellas personas que pertenezcan al entorno, tanto familiar, como educativo de las personas trans*.
Por otro lado, considero que es destacable el hecho de que aborde de manera clara la experiencia de niñxs y adolescentes trans*.
Este capítulo ofrece clarificación de conceptos y herramientas para que puedan conocer a sus hijxs más allá de las expectativas y proyecciones previas, y la experiencia en primera persona de padres y madres de niñxs y adolescentes trans*.
El segundo capítulo se centra en los factores de salud y protección para que las personas trans* puedan enfrentarse a una violencia transfóbica que puede convertirse en una "transfobia interiorizada".
El enfoque interseccional propuesto por Platero supone "tener en cuenta tanto los privilegios como las vulnerabilidades a la exclusión, en función de la interrelación entre la clase social, el género, la diversidad funcional, la capacidad de pasar sin que 'se note', la etnicidad y otros indicadores sociales relevantes" (p.
A lo largo del capítulo, se hace énfasis en conceptos como la "conexión con otras personas," "seguridad" y "apoyo" por parte del entorno del niñx trans*, tanto en su familia como en los centros escolares, a través de acciones incluidas dentro de los documentos de gestión del centro.
Finalmente, presenta los testimonios de cuatro profesionales trans* -Kim Pérez Fernández-Figuares, Álec Casanova Ferrer, Ivana López Gay y Damián Esteban Díaz– para contribuir a eliminar algunos de los mitos e ideas erróneas en torno a las personas trans* que contribuyen a su discriminación.
El capítulo 3 analiza la "transfobia," que se puede manifestar de varias maneras: "desde la violencia física, discursos de odio, insultos, discriminación, exclusión, abandono e incluso también se refiere a una representación estereotipada y hostil en los medios" (p.
Para combatir dicha violencia transfóbica en contextos sociales, se proponen diversas acciones de prevención que se organizan en tres bloques.
Aquellas que el autor considera como "primarias" (pp. 218-220) incluyen las acciones que previenen la transfobia antes de que se dé en casos concretos, como pueden ser "reducir la discriminación sexista" o "visibilidad de aquellas personas trans* que pueden ser referentes positivos en los medios de comunicación, mostrando diferentes profesiones y trayectorias vitales".
Las medidas de prevención secundaria (pp. 220-221) parten del reconocimiento de esa transfobia existente y ofrece acciones para reparar las consecuencias de dicha violencia, como por ejemplo los "servicios de atención psicosocial a personas trans* y sus familias" o la "formación continua sobre sexualidad y transexualidad a profesionales en activo y también aquellos que aún están formándose en los distintos centros educativos superiores."
El tercer bloque de medidas va dirigido a las personas que se han visto afectadas por dicha violencia para intentar reparar sus efectos, como la "atención psicosocial a personas trans* en profesiones de riesgo que lo necesiten" o una "Fiscalía Antidiscriminación que aborde los casos de discriminación transfóbica" (pp. 221-222).
Finalmente, propone una serie de indicadores para detectar y prevenir la transfobia dentro del centro escolar.
El capítulo cuarto aborda lo que Platero considera el mayor reto al que se enfrentan las personas trans*: "el de ser escuchadas" (p.
271) y para ello presenta los resultados de su investigación a partir de entrevistas a familias de menores que no siguen las normas de género o que son trans*, con adultos trans* y con algunos profesionales dentro del campo de la educación, la medicina, la psicología y el trabajo social.
Las diversas preocupaciones de todos los entrevistados resaltan la idea de incertidumbre en aquellas personas que tienen que acompañar a sus hijxs y una necesidad de visibilizar sus realidades sobre las que hay muchos prejuicios.
Sin embargo, como concluye Violeta Herrero, miembro de la asociación Chrysallis, "realmente, si lo miro desde fuera, no hay mucha diferencia con las preocupaciones de otras madres con hijos no trans: SALUD Y FELICIDAD" (p.
La segunda parte del libro propone técnicas de dinámicas de grupo para una intervención educativa en el aula, especificando los objetivos de cada una de las actividades, indicando la importancia de adaptar cada propuesta a las características del grupo y resaltando que la utilización de una dinámica de grupo de forma aislada puede tener efectos contraproducentes, ya que podría "contribuir a reforzar estereotipos y prejuicios existentes" (p.
A continuación, presenta 20 actividades en las que se especifican sus objetivos, los participantes en dicha actividad, la duración aproximada, su desarrollo, algunas notas o sugerencias prácticas y el material de trabajo.
Parte de este material de trabajo está conformado por las quince fichas de trabajo incluidas en el libro.
Uno de los rasgos destacables de estas fichas es que parten de material accesible para cualquier persona que quiera aplicar dichas dinámicas: canciones, recortes de prensa, cortometrajes, viñetas, por lo que aquellxs docentes que así quieran, puedan adaptar actividades y fichas a la dinámica de sus grupos.
Los últimos apartados de esta segunda parte incluyen una breve biografía de cinco "referentes del pasado" Trans* en la historia de España, una selección de documentales, cortos, películas, literatura infantil y juvenil –tanto en español como en inglés–, novelas y ensayos, que permiten la elaboración de nuevos materiales y actividades.
Finalmente, se incluye un glosario con algunos de los términos claves en el libro.
Para concluir, quisiera destacar la honestidad de la propuesta de Platero, ya que cumple con creces con las promesas que aparecen de manera explícita en el título de este libro: ofrece indicaciones para el proceso de acompañamiento, describe los factores de salud y propone recursos educativos.
Y, sobre todo, plantea sin rodeos y sin miramientos ese trans* azul que encabeza la portada del libro, dotando a su obra de un alcance mucho mayor: visibiliza y da voz a un grupo heterogéneo de personas dentro de una sociedad diversa, se implica e implica a todos los miembros de la sociedad con dichas personas, ofrece un nuevo marco-paraguas en el que todxs cabemos, aun sabiendo que tiene sus limitaciones.
Como comenta uno de los personajes de una de las ilustraciones de Isa Vázquez ante una persona que ya no tiene caja en la que encasillarse, "a mí lo que me da es que pensar" (p.
Y este dar que pensar es un gran logro de Lucas Platero.
Universidad Autónoma de Madrid |
Cuando escribo estas líneas, a petición de la dirección de la revista, hace casi un año que Emilio Balaguer nos dejó, en Mayo de 2014.
Cuando camino por los pasillos del departamento que tantos años compartimos en el campus de Sant Joan d'Alacant aún me parece imposible que no vaya a salir de su despacho y hacer alguno de sus comentarios irónicos, legendarios entre los que hemos convivido con él.
Por una serie de cuestiones, relacionadas con los diferentes lugares en los que Emilio y Rosa Ballester desarrollaron su labor, las universidades de Valencia, Zaragoza, Alicante y, por último, la Miguel Hernández de Elche, he sido el que, tras sentirme atraido por su magisterio, más tiempo he permanecido junto a ellos.
Espero que todo el tiempo que lo permita la legislación universitaria.
¿Qué recuerdo de Emilio?
Tras 31 años de relación, por supuesto, muchas cosas.
Pero quiero resaltar la más importante, -me permitirá el lector-, una muy personal, que creo describe lo que fue Emilio Balaguer como historiador de la medicina en particular y como universitario en general.
Se trata del inicio de la peripecia que me llevó de alumno interno de Biología Celular a proyecto de historiador de la medicina.
Fue, cuando en tiempo de desolación, Emilio me acogió y me guió para hacer mudanza, con una gran generosidad intelectual y, sobre todo, personal.
Rosa Ballester y Emilio Balaguer, tras formarse como historiadores de la medicina, junto a José Ma López Piñero y Luis García Ballester, se incorporaron a la naciente Universidad de Alicante, tras unos años en la Universidad de Zaragoza, a inicios de los años 80 del pasado siglo.
Creo que como casi todos mis compañeros ignorábamos que había una asignatura de historia de la medicina en la carrera ¡Una maría un tanto inútil!
La impartían Emilio y Rosa.
No la afronté con disgusto.
Había pasado dos veranos de bachiller vaciando protocolos notariales, fascinado por el ímpetu investigador de mi profesor de historia, aunque esa actividad no me había llevado a las humanidades.
Me gustaban demasiado las ciencias, o eso pensaba yo.
Pero ese curso, ya totalmente clínico, me sumió en la zozobra.
Mi segundo año de prácticas hospitalarias me estaba convenciendo de lo errado de mi tiro al elegir estudios.
No era que no me gustase la medicina, es que no me veía en un hospital, ni sujeto al reduccionismo biologicista que me comunicaban mis profesores.
La angustia no me dejaba dormir y en mis insomnios me refugié en la literatura.
Leí Rayuela varias veces, como mandan los cánones, en diferente orden.
Frecuenté a Mujica Laínez, a Borges, a Octavio Paz, a Böll,.... hasta que, no recuerdo como, cayó en mis manos Sábato.
Tardé un poco en llegar a "Sobre héroes y tumbas" pero llegué, y mi angustia se concretó, mi soledad tomó forma y creció mi desolación.
Pero, Sábato había estudiado Física....
¿Se podía cambiar de caballo a mitad de carrera?
Yo no sabía cómo hacerlo.
Y ahí apareció Emilio.
No creo que nadie que la conozca deje de sentirse atraído por el talante universitario y personal de Rosa Ballester.
Pero he de reconocer que en aquel invierno de 1984, según iban alternándose Rosa y Emilio en las clases de Historia de la Medicina, fue este último el que me fue comunicando que otra medicina era posible.
Él no lo sabía al principio, claro está.
Yo era un alumno más.
Pero nos ofreció la posibilidad de hacer un trabajo de folk medicina y a él me acogí como un náufrago a una tabla.
Se trataba de un tema que no me resultaba familiar.
Emilio lo presentaba como algo fundamental para entender a los pacientes y como una forma de escudriñar la cultura.
Por fin algo más que los anticuerpos y el diagnóstico diferencial.
Tan fuerte me así a esa posibilidad de salvación que hoy dia la folk medicina sigue siendo, reevaluada y reformulada, una de mis principales líneas de investigación.
Inicié así mis conversaciones con Emilio, a apercibirme de su inteligencia, de su pasión por la historia, y también de su ironía, que entonces me aterraba, y que con el tiempo aprendí a disfrutar.
Salvé 5o de Medicina, como pude, con más insomnio, con más literatura, y al iniciar 6o me decidí.
Tenía que volver a Emilio.
La figura del alumno interno, tras mis escarceos con la Biología Celular, me permitió acercarme a la Historia de la Medicina.
Emilio me ofreció entonces hacer una tesina sobre folk medicina en la Vega Baja del Segura, en el marco de un proyecto financiado por el Fondo de Investigaciones Sanitarias de la Seguridad Social (FISSS).
Y vi el cielo abierto.
Me lancé con todo lo que tenía.
Lo martiricé con preguntas y dudas que contestó con paciencia y sonrisas, sabedor de que me estaba atrapando.
Logré sacar adelante el trabajo, con gran sufrimiento, cada vez más consciente de mis carencias.
Cuando me devolvió el borrador y me sonrió para darme el visto bueno creo que supe que Emilio no solo daba la aprobación a la tesina sino también, a mi intención de dedicarme a la investigación histórico-médica.
Emilio me puso bajo su protección, me buscó una beca de investigación del FISSS que me permitió incorporarme a la universidad en noviembre de 1985.
Posteriormente me aconsejó, como él aconsejaba, dándolo por hecho, solicitar una beca de Formación del Personal Investigador.
Diseñó mi proyecto de tesis sobre Medicina Doméstica en la España de la Ilustración y movió los hilos para que la comisión de la Universidad de Alicante que debía otorgar las becas, venciese su resistencia a dedicar una a la historia de la medicina.
Feliz, el 1 de enero de 1986 pase a ser el becario de Emilio y Rosa.
En poco más de año y medio Emilio me había dado una senda por donde andar, un camino que había perdido.
No escribiría hoy estas líneas si él no hubiera tenido la sensibilidad de dar cobijo a un joven perdido que no encontraba su norte ni en los laboratorios ni en las salas de los hospitales y que encontró su casa en los provisionales anaqueles del pequeño local que era la División de Historia de la Medicina de la Universidad de Alicante.
A partir de ese momento otros, muy importantes en mi vida, me apoyaron para seguir y salir adelante con la tesis y luego con sucesivos puestos docentes en la Universidad de Alicante: Rosa Ballester, Josep Bernabeu, hoy Catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad de Alicante; Francisco Bolumar, hoy Catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Alcalá; pero quien me enseñó la dirección fue Emilio.
Los años, muchos ya, en la Universidad Miguel Hernández de Elche, supusieron, lógicamente, una colaboración menos estrecha que la de aquellas dos últimas décadas del siglo XX.
Como su hijo, Pau Balaguer Ballester, dijo en su funeral, en lo cotidiano, especialmente en los últimos años, lo más elocuente de Emilio eran sus silencios.
Sin embargo, él seguía animándome, como cuando me persuadía para que participase más activamente en la gestión de la Facultad, quizá con la esperanza de que siguiese su estela, pues fue durante cuatro años Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Alicante.
Emilio quería seguir ayudándome en el camino.
Aún tengo una última conversación con la que quiero cerrar estas líneas.
Se produjo hace ya más de dos años, cuando su salud ya estaba muy comprometida y vino a felicitarme tras ser acreditado para el Cuerpo de Catedráticos de Universidad.
Me dijo, sabiendo lo poco optimista que soy, y las veces que me había tenido que ayudar a tomar distancia de mis preocupaciones: "Ves, todo vuelve a su lugar".
No lo entendí muy bien en ese momento, me pareció un sarcasmo, pero más tarde, sí.
Para él era 'casi' el final del sendero que me había mostrado hacía 30 años.
Me advirtió: "no te dejes birlar la cátedra que eres muy despistado".
Su socarronería de siempre, seguía ahí, como casi toda mi vida.
Al día siguiente de su muerte cuando pasé por su despacho solo pude sentirme huérfano. |
INTRODUCCIÓN: LAS CIENCIAS DE LA TIERRA Y LA HISTORIA DE LA GEOLOGÍA EN MÉXICO
En éste dossier se integran cuatro artículos que se presentaron y discutieron en el coloquio Geología para Historiadores, que tuvo como escenario a la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México, el 16 de diciembre de 2013.
El tema central de los trabajos es el estudio del interés público y privado por explorar el territorio mexicano en busca de recursos naturales que pudieran ser de utilidad para el desarrollo del país y el bien común de su población, en su etapa independiente.
De manera paralela, se destaca la elaboración de un discurso local y trasnacional que buscaba sistematizar los nuevos datos geográficos, astronómicos, meteorológicos, botánicos, mineralógicos y volcánicos, en un «cuerpo de conocimiento» que transitaba de los enfoques de la Historia Natural a la Geografía y la Geología como disciplinas modernas.
Los trabajos también analizan la práctica científica que desplegaron individuos, comisiones oficiales o empresas privadas en sus afanes por encontrar nuevos recursos en la corteza terrestre, ya que permite conocer a los actores involucrados, sus relaciones y redes, lo mismo que las condiciones sociales e institucionales en las que se generaban los nuevos conocimiento y su difusión más allá de las comunidades profesionales e instituciones de educación del país o del extranjero.
Los artículos tienen rasgos de originalidad en tanto que incorporan a sus estudios nuevos datos, fuentes y enfoques metodológicos, y abarcan distintos aspectos y problemas sociales, culturales y económicos del siglo XIX en México.
Los títulos por sí mismos desbrozan el camino recorrido en cada uno de ellos: Historia, literatura y ciencia en la exploración a las cavernas de Cacahuamilpa en el siglo XIX; La investigación geológica en la Comisión Científica de México; Entender la naturaleza para crear una industria.
El petróleo en la exploración de John McLeod Murphy en el istmo de Tehuantepec en 1865; y, Orígenes y fundación del Instituto Geológico de México.
En su conjunto, el dossier retoma el análisis de los conceptos, líneas de investigación y las fuentes de información que los profesionales de la ciencia, nacionales y extranjeros del siglo XIX, incorporaron al estudio de la geografía, la geología, la mineralogía, la paleontología, la estratigrafía y la estadística, para entender y explicar la realidad mexicana de su tiempo.
También se propone una serie de hipótesis relacionadas con el surgimiento en México de un nuevo entramado de relaciones culturales como sustento del proceso de institucionalización y profesionalización del saber geológico en México, y se plantean nuevas líneas de investigación especialmente en torno a la circulación del conocimiento, su recepción entre distintas comunidades y las relaciones de intercambio y colaboración entre diversas instituciones y países del mundo occidental.
José Alfredo Uribe Salas y Laura Valdivia Moreno abordan, desde la literatura y la ciencia, el interés que despertó en el imaginario social las cavernas de Cacahuamilpa como posible fuente de recursos naturales, como evidencia inigualable de la creación divina, como monumento de la naturaleza con gran valor estético para la recreación y el turismo o como el ámbito inmejorable para conocer los componentes físicos y químicos de los procesos de transformación de la tierra.
En el siglo XIX las cavernas de Cacahuamilpa atrajeron el interés y la curiosidad de políticos, gobernantes, diplomáticos, militares, viajeros, naturalistas y científicos, y cuya visión y testimonio quedó registrado en artículos periodísticos, obras literarias, loas poéticas, ensayos y monografías con tintes políticos y científicos.
Ese material se publicó en diferentes idiomas y logró posesionar a las cavernas como una de las más prominentes del globo terráqueo en el siglo XIX, y en un laboratorio de especulación e interrogantes para las ciencias de la Tierra.
En el último cuarto del siglo XIX, con la cobertura institucional de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE), el Instituto Médico Nacional y el Instituto Geológico Mexicano, los naturalistas, geógrafos y geólogos lograron marcar las fronteras con la literatura hasta adquirir una identidad disciplinar propia.
Luz Fernanda Azuela hace un recorrido fundamental de los estudios geológicos realizados por distintos viajeros que recorrieron el territorio de la Nueva España y México hasta el establecimiento del Imperio de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867) y la Commission Scientifique du Mexique (CSM) en el periodo de la intervención francesa.
La autora también analiza el desconocimiento que tenían los geólogos franceses del conocimiento local y la desconfianza epistemológica sobre los alcances de algunos de ellos que integraron a sus proyectos de investigación.
Esa bisagra analítica le permite profundizar en el contexto social del establecimiento de la CSM y poner en valor conceptual el estado del conocimiento sobre el que se configurarían los objetivos, metas y productos de la CSM en el estudio de la geología de México.
Se abordan, desde luego, los apartes que acercó la Commission Scientifique du Mexique para el reconocimiento y estudio de la realidad geológica mexicana, las relaciones asimétricas que establecieron con las comunidades locales, y la renovación de enfoques disciplinarios, en la teoría y en la práctica científica nacional.
Francesco Gerali y Paolo Riguzzi estudian la naturaleza y los objetivos de la comisión científica estadunidense, que a mediados del siglo XIX exploró la región del istmo de Tehuantepec en un escenario internacional apremiado por ubicar el mejor derrotero para la comunicación interoceánica.
Los estudios realizados reunieron una gran cantidad de información sobre la topografía, los recursos de fauna y flora, hidrográficos y geológicos de la región, y encontraron claras evidencias de recursos fósiles combustibles que podían explotarse con buenos resultados.
Discuten entonces la relación entre ciencia y economía en el horizonte del interés estadounidense por localizar e incorporar recursos naturales fuera de sus fronteras a las nuevas dinámicas de la economía.
Y sostienen que los informes y proyectos de explotación del hidrocarburo localizado en la región, representa «la primera combinación de exploración geográfica, medición topográfica, interpretación geológica y logística comercial del petróleo mexicano».
Lucero Morelos Rodríguez y José Omar Moncada Maya estudian el proceso de institucionalización de la geología en México con el cobijo del interés del Estado y el patrocinio de la Secretaría de Fomento, en la segunda mitad del siglo XIX.
Analizan con profusión distintos esquemas de organización previos que servirían de respaldo a la creación del Instituto Geológico Nacional en 1891, como la Comisión Geológica Mexicana (1888), y la conjunción de intereses entre la comunidad científica y las autoridades de gobierno para abrir un espacio en el que se estudiara con el rigor de las ciencias de la Tierra los recursos mineros, hídricos y los fósiles combustibles para su explotación industrial.
El estudio destaca el liderazgo de un grupo de profesionales decantados por el cultivo de las ciencias, como los ingenieros de minas Antonio del Castillo y José Guadalupe Aguilera, entre otros, en la profesionalización de la geología en México.
Los trabajos que se presentan en éste Dossier, constituyen una buena síntesis del interés que tienen los especialistas de la Historia de la Ciencia mexicana en recuperar, con una visión crítica, las plataformas públicas o privadas para la circulación del conocimiento, los mecanismos y espacios de promoción y sociabilidad del conocimiento, y por supuesto, la innovación de la práctica científica, que involucra a distintos actores sociales y poderes políticos y económicos, en el desarrollo de las ciencias en México. |
HISTORIA, LITERATURA Y CIENCIA EN LA EXPLORACIÓN DE LAS CAVERNAS DE CACAHUAMILPA EN EL SIGLO XIX1
En el presente artículo se realiza un inventario de los textos sobre las cavernas de Cacahuamilpa escritos en el siglo XIX, desde las vertientes literaria y científica, con el objetivo de dar a conocer los enfoques con que fueron abordadas y observar la contribución de dichos documentos a la propuesta de imaginario sobre la riqueza natural de la geografía mexicana.
En el aspecto literario, se observa la expresión del romanticismo mexicano y las reminiscencias de esta corriente en los viajeros enciclopédicos.
En cuanto al discurso científico, es notorio el esfuerzo por estudiar el territorio, encontrar materiales explotables y discutir temas más profundos, como la edad de la Tierra o la antigüedad del hombre en América.
En México varios lugares han despertado el interés de viajeros nacionales y extranjeros, pero el que posiblemente avivó más la imaginación en el siglo XIX e ingresó al imaginario colectivo como símbolo de las riquezas de este territorio fue la caverna de Cacahuamilpa, en el estado de Guerrero.
Su fama se extendió a Europa y los Estados Unidos, y pese al difícil acceso y el arduo camino para llegar, arribaron presidentes, gobernadores, políticos, cónsules extranjeros, hombres de ciencia, artistas, empresarios, mujeres distinguidas, decididos a recorrer en mulas o a pie el camino plagado de dificultades, con peligro de toparse con los forajidos que abundaban en la región.
De las excursiones realizadas existen constancias que los viajeros dejaron por medio de la pintura, la escritura y posteriormente la fotografía.
De estas formas de representación, en este artículo nos interesa estudiar la documentación publicada en el siglo XIX con referencia a las cavernas de Cacahuamilpa, con la intención de abrir un espacio para reflexionar, a partir de los actores y las publicaciones realizadas, sobre la forma como fueron percibidas en el imaginario colectivo y las contribuciones que gracias a su estudio se hicieron para la Historia Natural del país.
Para ello, realizamos una recopilación de los textos que se refieren directamente a las cavernas de Cacahuamilpa desde dos vertientes: la literaria y la científica; rescatamos documentación publicada en periódicos, revistas, monografías y memorias.
Como un apoyo imprescindible, revisamos las publicaciones del periodo en el acervo de la Hemeroteca Nacional de la Universidad Nacional Autónoma de México a partir del año de 1845, cuando aparece el primer registro sobre Cacahuamilpa, y hasta el año 1900.
Consideramos que el material contenido en esta base de datos es una muestra representativa de lo publicado a lo largo del siglo decimonónico en México.
Se contabilizaron un total de 161 referencias2 en el periodo señalado, en los cuales es posible observar que si bien se mantuvo la descripción de las cavernas a lo largo de esos 55 años, los discursos literario y científico variaron conforme se hizo más profunda la exploración.
En el aspecto literario, adicionalmente revisamos obras tanto independientes como de publicaciones en revistas o en periódicos, escritos en prosa o en verso sobre las grutas durante el periodo señalado, bajo la visión de que el imaginario puede entenderse como resultado de una compleja red de relaciones entre discursos y prácticas sociales; se trata de una producción colectiva en la cual las sociedades esbozan sus identidades y objetivos, y se expresa «por medio de símbolos, alegorías, rituales y mitos.
Estos elementos plasman visiones de mundo, modelan conductas y estilos de vida" (Baczko, 1994, p.
En el discurso científico observamos un notorio esfuerzo por estudiar el territorio, encontrar materiales útiles para la economía y discutir temas más profundos, como la edad de la Tierra o la antigüedad del hombre en América.
También se realizaron aportes al estudio de la Historia Natural en México, particularmente sobre la flora y fauna de las cavernas y de la región, su geografía, geología, paleontología y arqueología, sin olvidar que en otras latitudes el estudio temprano de esta caverna por parte de Dominik Bilimek es considerado uno de los primeros de tipo bioespeleológico, no solamente en México sino también en el mundo (Gunn, 2004, p.
Por otra parte, nos percatamos de que las cavernas de Cacahuamilpa pueden ser consideradas un microcosmos de lo que acontecía en el país, puesto que en la historia larga del siglo XIX se hace referencia a ellas en distintos acontecimientos de la vida política, cultural, económica, social y turística del mismo.
Sin embargo, en este artículo se profundiza en las dos vertientes señaladas, y se da una breve reseña de esto último.
La región norte del actual estado mexicano de Guerrero, que colinda con Morelos, está conformada por cerros calcáreos, en su mayoría de origen marino.
Geológicamente, se distinguen tres sistemas independientes de grutas y ríos subterráneos: el del cerro de la Estrella, situado en el centro del valle; el del cerro de Acuitlapan o del Tepozonal, ubicado próximo al extremo sur del valle; y el Sistema de Cacahuamilpa, que comprende «los cerros Gigante, Jumil y Cerro Grande o de la Corona, constituidos por calizas cretácicas (Formación Morelos) y lutitas calcáreas del Cretácico Superior" (Bonet, 1965, p.
La gruta denominada Cacahuamilpa, la de Carlos Pacheco y los cursos subterráneos de los ríos Chontalcoatlán y San Jerónimo se encuentran en el cerro La Corona, como si estuvieran divididos en dos pisos: en el inferior los cursos de los ríos y en el superior, las dos grutas (Bonet, 1965, p.
Se trata de una sola galería pero, debido a estalagmitas y trozos desprendidos de la bóveda, da la impresión de estar dividida en varias salas, que los visitantes han nombrado de acuerdo con sus características y cuyos nombres han variado con el paso de los años: 1.
El Chivo o del Pórtico; 2.
Del beso o de los enamorados; 4.
La trompa de elefante; 6.
Del pedregal del muerto; 13.
De la gloria y el infierno.
BREVE HISTORIA DEL LUGAR
El pueblo de Cacahuamilpa, cuyo nombre significa en náhuatl «sementera de cacahuate" (Orozco y Berra, 1855, p.
415) se encuentra en el actual municipio de Pilcaya, Guerrero.
En 1533, los frailes agustinos recién llegados a la Nueva España buscaban aquellos espacios en que franciscanos y dominicos todavía no habían instalado misiones, para realizar su labor evangelizadora, de modo que arribaron a esta región (Piho, 1991, p.
Se tiene registro de que el padre fray Agustín de la Coruña y el P. S. Esteban llegaron a la provincia de Chilapa el 5 de octubre de 1533, por órdenes del padre fray Francisco de la Cruz, para continuar la propagación de la religión católica.
Una vez ahí, fundaron y cuidaron más de 20 parroquias, entre ellas la de Cacahuamilpa, ubicada en la entonces provincia de México (Orozco y Berra, 1855, p.
En 1823 dieron inicio los esfuerzos de los ex insurgentes Nicolás Bravo y Juan N. Álvarez para crear una nueva entidad en la zona sudoccidental del país, pero fue hasta el 27 de octubre de 1849 cuando mediante Acta Constitutiva se conformó el nuevo estado —denominado Guerrero—, con municipios que habían pertenecido al Estado de México, Puebla y Michoacán.
El gobernador interino fue Juan N. Álvarez, quien después sería ratificado en su puesto, vía elecciones.
La zona donde se encuentra Cacahuamilpa pasó entonces a formar parte de la nueva entidad (INEGI, 1997, p.
Se atribuye el descubrimiento de la primera caverna de Cacahuamilpa a Manuel Sainz de la Peña Miranda, rico propietario de Tetecala, quien la conoció cuando los indígenas de la región lo ocultaron en ella durante una persecución (García Cubas, 1874, p.
Cabe mencionar que al decir descubrir, hacemos referencia al momento en el cual comenzó a difundirse su existencia, pues como se ha dicho, los indígenas de la región tenían conocimiento de ellas y, al parecer, Vicente Guerrero también las había utilizado durante la Independencia.
Lo cierto es que una vez develada su existencia, acudieron a conocerlas personalidades como: la marquesa Calderón de la Barca, la emperatriz Carlota, pintores nacionales y extranjeros, presidentes de México —como Ignacio Comonfort, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz—; gobernadores de Morelos y Guerrero; diplomáticos, políticos, militares y, por supuesto, naturalistas que trataron de estudiarlas, clasificarlas, explicar su origen y definir su antigüedad.
Gran parte de los viajeros dejó constancia de su visita ya fuera por medio de una descripción del lugar o tallando su nombre en el interior de la gruta.
El geógrafo Antonio García Cubas relata que cuando acompañó al presidente Sebastián Lerdo de Tejada en 1874, este último encontró la inscripción de doña Carlota, que decía: «Carlota llegó hasta aquí", y talló él mismo: «Sebastián Lerdo siguió adelante" (García Cubas, 1904, p.
Otro de estos viajeros fue el periodista y escritor Cecilio Robelo, cuyas descripciones de la caverna se publicaron tanto en España como en México, contribuyendo de manera decidida a su internacionalización.
Para él, las expediciones más notables realizadas en Cacahuamilpa hasta el año de 1886, en que las exploró, son las siguientes:
1835: La expedición exploradora compuesta por el barón de Gros, secretario de la Legación Francesa en México, don Manuel Velázquez de la Cadena, el barón René Pedreuville y don Ignacio Serrano, dibujante de la expedición.
1850: Los profesores de la Academia de San Carlos.
1855: El presidente de la República, general Ignacio Comonfort.
1869: El general Pedro Baranda, primer gobernador del estado de Morelos.
1874: El presidente de la República, Sebastián Lerdo de Tejada.
1879: Expedición científica compuesta por los ingenieros Mariano Bárcena, Miguel Iglesias y Gumesindo Mendoza, acompañados por los generales Carlos Pacheco, Jesús Lalanne, Jesús H. Preciado, Ángel Martínez y Feliciano Chavarría, y los señores Francisco Bulnes, el coronel Francisco Ramírez y Eugenio Cañas, entre otros.
1881: El presidente de la República, general Porfirio Díaz, acompañado de sus ministros, los señores generales Carlos Pacheco, J. Treviño, Lic.
I. Mariscal: del cuerpo diplomático, de los generales Ord y Frisbie y de otras personas «notables» (Robelo, 1886, p.
Cacahuamilpa en la prensa de México
Cuando en 1834 se dio a conocer la existencia de una gruta enclavada en la sierra, que posiblemente sería más bella y más grande que la famosa caverna de Mammouth, en Estados Unidos, algunos voltearon la vista hacia el pequeño pueblo de Cacahuamilpa.
Además del espectáculo natural, probablemente quienes acudieron primero lo hicieron en busca de minerales para explotar o de «guano», un fertilizante natural muy apreciado en esa época (Cortés Zavala y Uribe Salas, 2014).
Los viajeros registraron sus experiencias por medio de escritos que fueron publicados en periódicos, revistas e incluso formaron libros independientes, que las dieron a conocer no sólo en México sino también en Europa y los Estados Unidos.
La primera referencia que se tiene de la caverna en la prensa nacional corresponde al año 1845 y se trata de una pequeña mención a la misma, en la parte final de la descripción de los alrededores de Cuernavaca, firmada por Fidel —pseudónimo del político y escritor liberal Guillermo Prieto— en la Revista Científica y Literaria de México (Fidel, 1845, p.
La ausencia de registros anteriores a ese año nos hace suponer que durante la primera década posterior a su descubrimiento, la principal difusión sobre esta caverna fue realizada a través de monografías de los primeros viajeros y por medio de la expresión verbal.
En la figura 1, se observa la frecuencia de publicaciones sobre Cacahuamilpa por año, contenidas en la Hemeroteca ya mencionada5.
Al observar el continuum de lo escrito en la prensa, encontramos que en esos 55 años se hicieron 161 referencias directas o indirectas a Cacahuamilpa, entre noticias, descripciones, anuncios y comentarios, lo cual nos da un promedio de 2.92 por año.
Estos registros tienen tres puntos destacados, que a su vez se vinculan con sucesos políticos, naturales y económicos, respectivamente: la excursión del presidente Sebastián Lerdo de Tejada a la gruta en 1874; los derrumbes o hundimientos en las proximidades de Cacahuamilpa en 1879; y la utilización de las cavernas como símbolo del país ante intereses económicos extranjeros y nacionales.
En el terreno de la política el hecho más trascendente en el periodo fue el viaje del presidente Sebastián Lerdo de Tejada en 1874, como puede apreciarse en la Figura 1, donde se observa que dicho año tiene la mayor cantidad de registros, con 59 referencias directas encontradas, mismas que están encaminadas en tres direcciones: la reseña del viaje, la crítica a la figura del presidente por ausentarse de sus funciones y la parte científica de la expedición.
Esta profusión de notas sobre el tema es explicada en el periódico El Siglo Diez y Nueve, del 4 de marzo de 1874, de la siguiente manera:
Este incidente de la visita a Cacahuamilpa, ha dado margen á una prolongada polémica en la prensa, en la cual por más tiempo y papel que se haya gastado no han logrado los gobiernistas poner el hecho bajo un aspecto favorable, pues se los impide la terminante prescripción del artículo 84 de la Constitución, que solo permite la salida del presidente por motivo grave, y no lo es ciertamente el de una partida de placer proyectada cuando no pesaban aún sobre el señor Lerdo las sérias atenciones á las que hoy debe dedicarse con incansable afán7.
Los ataques fueron publicados por el político, escritor y general Vicente Riva Palacio en el periódico El Radical.
Por su parte, en los argumentos esgrimidos en defensa del presidente se dio peso a las ventajas científicas que este viaje tendría y que pronto podrían verse publicadas, dado que en la expedición habían participado naturalistas como Mariano Bárcena y el geógrafo Antonio García Cubas, quienes realizaron informes científicos que fueron publicados a la brevedad (Valdivia, 2013, p.
Esta justificación muestra el peso específico del tema científico en el discurso, en vísperas del último cuarto del siglo XIX, al destacar estos resultados junto con otros de carácter político, como la destitución del gobernador del estado de Morelos y la reconciliación entre el político liberal y magistrado de la Suprema Corte Ignacio Manuel Altamirano y el gobernador del estado de Guerrero8.
Por su parte, el viaje del presidente y general Porfirio Díaz en 1881 no recibió tanta atención por parte de la prensa, pese a que llevaba numerosos invitados —entre los que destacaba el ministro de España—, orquesta y otros acompañantes.
Además, cabe destacar que para la ocasión fue instalada, en forma temporal, energía eléctrica en la caverna (Robelo, 1886, p.
El segundo acontecimiento que recibió mayor cantidad de menciones por parte de la prensa fue el capítulo de los hundimientos o resbalamientos de terrenos cercanos a la gruta, dado que ocupó 15 de las 21 menciones que hubo en 1879.
Tras una lluvia torrencial y un «fuerte terremoto» algunos terrenos inmediatos al poblado de Cacahuamilpa se hundieron, de modo que se solicitó la participación de los hombres de ciencia del país para que realizaran un estudio que descartara posibles daños o peligros en la caverna.
Las menciones en prensa se deben al seguimiento de la expedición que acudió a revisar los daños, encabezada por Mariano Bárcena, en un afán por mantener al lector informado sobre los resultados de las pesquisas y la posibilidad de perder una de las joyas naturales más famosas del país.
Esta expedición, sin embargo, arrojó nueva información sobre el lugar, dado que se descubrió la segunda caverna, ubicada a unos cuantos metros de la primera, misma que recibió el nombre del general Carlos Pacheco, quien había acompañado a la expedición y a quien se dice que los indígenas de la región revelaron su existencia9.
Los registros que ofrece la prensa evidencian que el foco de las grutas estuvo en la simbiosis entre el interés científico por explorarlas y el económico por obtener algún beneficio de su explotación.
En las postrimerías del siglo el conocimiento emanado de la lectura y la curiosidad por conocer las grutas ya eran utilizados para atraer la atención de los extranjeros, de modo que fungieron como símbolo o representación de la riqueza del país.
Incluso se realizó una reproducción de la caverna que se pretendía llevar a la Exposición de París en 1900 y que fue utilizada para decorar el edificio del H. Ayuntamiento en la Ciudad de México, para la recepción de los médicos que participaron en el Segundo Congreso Médico Pan Americano en 1896, con sede en este país10.
Explotar en forma adecuada las grutas se requería inversión en infraestructura adecuada para recibir a los visitantes, como carreteras, hoteles, electricidad dentro de las cavernas e incluso un ferrocarril interior para recorrerlas sin tanta fatiga.
Como solución se constituyó en 1896 la Sociedad Explotadora de las Grutas de Cacahuamilpa, Sociedad Anónima, que apoyada por el gobierno realizaría las mejoras:
Se ha formado una sociedad anónima para explotar las célebres grutas de Cacahuamilpa, tan admiradas por los turistas.
En ese hermoso sitio, prodigio de la naturaleza, se va á llevar a cabo, próximamente, la instalación de la luz eléctrica, colocándose en las diversas grutas, y de manera proporcional, 200 luces de arco y 600 incandescentes, cuyo material está ya dispuesto.
Además, para que los visitantes puedan admirar mejor las bellezas de las grutas, se construirá en el interior de éstas un ferrocarril ad hoc, y una carretera desde Cacahuamilpa hasta el punto donde ordinariamente hace escala el Ferrocarril Interoceánico.
Las mejoras citadas deben quedar concluidas, á más tardar, para septiembre próximo, pues el señor Presidente de la República piensa visitar las grutas en unión de los congresistas médicos norteamericanos, que llegarán a México á mediados de dicho mes.11
Sin embargo, parece que la recién formada Sociedad Explotadora no alcanzó a terminar los trabajos, dado que en lugar de llevar a los médicos a Cacahuamilpa, se encontró la forma de llevar Cacahuamilpa a los médicos, como ya se mencionó.
Otras referencias en la prensa
Hubo noticias a destacar sobre las grutas, que si bien no recibieron la atención de las ya mencionadas por parte de la prensa y del público, revisten importancia para la historia del lugar, como la nota del 6 de julio de 1858 en el periódico La Sociedad, que informa que la Comisión de Arqueología nombrada en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, contemplaba entre sus primeras proposiciones solicitar a Xochicalco, Cacahuamilpa y Taxco vigilancia, para evitar la destrucción de los antiguos monumentos en sus respectivas demarcaciones.
Por otra parte, en las páginas de los diarios puede verse cómo en el imaginario colectivo ya ha incorporado la visión de la caverna como un lugar donde es fácil perderse o «enredarse», dada su extensión, que se creía era mucho mayor de la que en realidad posee.
Una muestra de lo anterior aparece en el periódico El Padre Cobos del 13 de mayo de 1869: « ¿En qué se parece el gobierno á la gruta de Cacahuamilpa?—En que tiene mil enredijos»12.
CACAHUAMILPA COMO OBJETO LITERARIO
La belleza de las grutas de Cacahuamilpa ha despertado desde tiempos prehispánicos la imaginación de quienes se han adentrado en ellas.
Leyendas sobre personas que se han perdido o que han encontrado refugio en este lugar, mitos relacionados con rituales de tipo religioso, han persistido en la memoria colectiva hasta nuestros días y, junto con las posteriores descripciones que han hecho viajeros y exploradores, las han vuelto recurrentes a punto tal que, como ya se dijo, en el siglo XIX fueron capaces de simbolizar la belleza, la abundancia y el misterio del país.
La leyenda más arraigada de origen prehispánico es aquella donde un jefe depuesto hizo que su hija desconocida interpretara, en la gruta de Cacahuamilpa, el papel de una deidad para reclamar, exitosamente, el retorno de su padre como líder del pueblo (Nosari, 1899, p.
Otra, más reciente, trata sobre un explorador inglés que al buscar fama y fortuna ingresó a la caverna acompañado solamente de su perro, pero ya nunca salió con vida; el can fue a buscar ayuda para su amo, pero como nadie comprendió lo que quería, regresó a morir su lado.
Años más tarde unos exploradores los encontraron y los enterraron ahí mismo, dando así nombre al Salón del Muerto.
Quienes primero escribieron sobre las grutas fueron, por supuesto, los viajeros que iniciaron el trayecto hasta ellas.
El escenario en que se desarrollaban estas exploraciones coincide con años realmente difíciles para la nueva nación mexicana.
Las disputas por el poder y por la definición del país que se deseaba, sucedidas entre distintos bandos —republicanos y realistas, conservadores y liberales—, acarrearon dificultades en todos los órdenes del gobierno.
Esto se refleja en las formas de expresión que se adoptaron, y que coincidieron con la corriente romántica, que llegó a México a inicios del siglo y se hospedó en la Academia de Letrán (1836-1856), donde a diferencia de Europa convivieron, sin mayores enfrentamientos, autores románticos con neoclásicos (Carabés, 1998, p.
El movimiento adquirió en este país características propias: además de la preponderancia del sentimentalismo, el interés por lo exótico, lo sobrenatural y la muerte, así como la exaltación de la belleza y la naturaleza, se tuvo como característica el nacionalismo, de modo que bajo esta impronta se produjo literatura consciente y dirigida hacia el progreso, aspecto que comulgaba bien con los ideales de libertad e identidad que propalaban los liberales.
Fue más adelante, con el denominado segundo romanticismo, cuando alcanzó su máximo desarrollo, con escritores como Guillermo Prieto, Ignacio Manuel Altamirano, Francisco Zarco, Juan de Dios Peza, entre otros, en el Liceo Hidalgo —formalizado en 1849—.
Estos autores buscaban establecer un sentido de nacionalismo por medio de la descripción del territorio y de sus costumbres (Perales, 1957, p.
Por otra parte, hubo viajeros europeos que siguieron la senda marcada por Alexander von Humboldt y llegaron al país que el sabio describió en su Ensayo político sobre el reino de la Nueva España como pródigo en riquezas que esperaban su explotación.
Al realizar sus viajes y retornar a sus países de origen, promovieron el conocimiento de la gruta de Cacahuamilpa entre los suyos, con lo cual también se dio la necesidad de orientar a los nuevos exploradores por medio de guías de viaje (Martínez, 2011, p.
De la conjunción entre romanticismo y viajeros al estilo Humboldt se derivaron obras que abarcaron, e incluso traspasaron, distintos géneros.
Entre los escritores del periodo que realizaron al menos una obra sobre Cacahuamilpa destacan: Francisco Zarco, Cecilio A. Robelo, Marco Arróniz, Pedro Robles, José Tomás de Cuéllar, Elvira Nosari; también personas cuyo oficio no era escribir pero por su posición fueron leídos, como madame Calderón de la Barca y el pintor romántico Eugenio Landesio.
De igual forma, desconocidos que después de visitarlas se animaron a enviar una carta a un amigo o un familiar, para describirlas, y que fueron publicadas en periódicos de la época.
Para el caso que nos ocupa, destacan la literatura de viajes, la narrativa, la poesía y la literatura científica.
La literatura de viaje o de viajeros recoge la necesidad de contar lo que se mira por primera vez, lo que resulta fascinante y se desea transmitir:
Un libro de viajes es, esencialmente, un libro descriptivo: se trata de fijar en la imaginación y en la memoria del lector una serie de elementos que hasta entonces le son ajenos.
Para ello se recurre a la descripción, a la acumulación de rasgos caracterizadores que a través de la semejanza o de la oposición van conformado una imagen captable y asimilable por el lector (Pierini, 1990, p.
Actualmente, y en parte gracias a los estudios desde la historia cultural, ha cobrado auge en Europa y en España el estudio de este género o subgénero literario (Alburquerque, 2011), pero en el siglo XIX los relatos de viajes eran consideradas inferiores en comparación con la novela o la poesía, y junto con «diarios, epistolarios, biografías y traducciones, quedaron reducidas a simples 'intermediarios', es decir, como ocasionales puntos de contacto entre distintos conjuntos culturales» (Cita de Gnisci, 2002, p.
Entre quienes escribieron relatos de viaje hacia Cacahuamilpa en el siglo XIX se encuentran tres mujeres: la marquesa Calderón de la Barca, la emperatriz Carlota y la profesora Elvira Nosari.
Sus textos se ubican, cronológicamente, pocos años después del descubrimiento de la primera caverna, en la parte intermedia del siglo y a finales del mismo, respectivamente.
Frances Erskine Inglis (1804-1882) —mejor conocida como madame Calderón de la Barca— llegó a México el 12 de diciembre de 1839 acompañando a su esposo, el marqués Ángel Calderón de la Barca, primer ministro plenipotenciario de España en este país.
Producto de su correspondencia durante los dos años que permaneció en territorio mexicano, publicó en 1843 un libro denominado Life in Mexico during a Residence of two years in that country, en Boston, mismo que dos meses después fue editado también en Londres (Bono, 2002, p.
En él describe, bajo su óptica, los paisajes de nuestro país y sus costumbres, entre ellos a la región de Cacahuamilpa.
Su libro se difundió en Europa, Estados Unidos —donde residía su familia, migrante de Escocia— y España, principalmente.
En México recibió críticas o fue ignorado por literatos de su tiempo como Ignacio Manuel Altamirano o Manuel Payno, porque consideraron que expuso algunos defectos de la cultura mexicana (Bono, 2002, p.
158); sin embargo, en la parte donde se refiere a Cacahuamilpa, su narración deja salir el asombro que sintió en este lugar, y mientras menciona su recorrido por las distintas salas, llega a la conclusión de que la caverna es indescriptible —«Unfortunately, it is indescribable» (Calderón de la Barca, 1970, p.
En la descripción que escribió sobre este viaje, narra cómo quedó asombrada por los paisajes que pasó en el camino, a punto tal que describe los pueblos de Coatlán del Río y Acapatzingo como «los más hermosos que yo había nunca visto» (Iturriaga, 1992, p.
De Cacahuamilpa nos dice: «También visité la hermosa cueva de Cacahuamilpa, una de las maravillas de este continente y puse mi nombre más allá del de Comonfort y de muchos otros, no quisiendo [sic] que el Imperio se quedara atras [sic] tampoco allá» (Iturriaga, 1992, p.
Sin embargo, al salir de la caverna le informaron sobre la muerte de su padre, el rey belga Leopoldo I, y su alegría se convirtió en pena.
Existen pocas referencias a la profesora Elvira Nosari13, pero sabemos que estudió en la Normal, fue profesora en la ciudad de Toluca y escribió al menos dos obras de teatro bajo su nombre verdadero, y otros textos y tratados bajo el pseudónimo de Mario Dill (Collet, 1995, p.
Ella publicó su relato «Un viaje a Cacahuamilpa», también de género epistolar, en el periódico El Mundo del 21 de mayo de 1899 y en un pequeño librito del mismo nombre y en ese mismo año (Nosari, 1899).
Las tres mujeres, en distintos momentos de la exploración a Cacahuamilpa, mostraron su admiración por el lugar.
Las tres eran cultas, educadas en Europa —aunque se desconoce si al momento de hacer el viaje Elvira Nosari ya había ido a estudiar en Roma a la Institución de María Montessori (Collet, 1995, p.
130-131)— y las tres utilizaron figuras lingüísticas como la comparación y la metáfora para describir el lugar, aunque con temor de no lograrlo de manera adecuada, como expresa Nosari: Nos dice: «...a pesar de que siempre he sido atrevida para todo lo que es escribir, tratándose de Cacahuamilpa tengo miedo; miedo de decir poco y de rebajar á tus ojos aquellas bellezas que ni las plumas orientales sabrían reproducir» (Nosari, 1899, p.
La marquesa Calderón de la Barca fue más allá, al decir que no había nada con lo que la caverna se pudiera comparar.
Sin embargo, vislumbra que a futuro será un «lugar de espectáculo»:
Como ya se dijo, los hombres letrados que tomaron sus plumas para bosquejar la caverna del recién formado estado de Guerrero, lo hicieron con la intención de perfilar una identidad mexicana a través de la descripción de costumbres, paisajes y cultura, como una forma de nacionalismo.
Este nacionalismo se tradujo en obras de viajeros como las escritas por Francisco Zarco y Cecilio Agustín Robelo, quienes decididos a cambiar la imagen negativa que algunos extranjeros llevaban en sus textos hasta otros países, escribieron con los objetivos ya comentados.
Francisco Zarco (1829-1869) publicó «La caverna de Cacahuamilpa» en Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas Mexicanas, del 1o de enero de 1852; se trata de una publicación dirigida a las mujeres, por lo cual las menciones al Creador son constantes.
De la misma manera, puede observarse la maestría del escritor al emplear la metáfora y la comparación:
Ya se descubren soberbias torres, grandiosos castillos, altísimas montañas blancas que parecen coronadas de nieve, árboles colosales de piedra, tumbas y mausoleos, figuras extravagantes, risueñas, sombrías...
Unas veces nos creemos entre las ruinas de un castillo de la edad media, otras en medio de un panteón y sobre los túmulos parece que los muertos se levantan con sus sudarios, otras las formas de las rocas son tan bellas como si hubiera una vegetación de piedra que produjera flores y hojas colosales (Zarco, 1852, p.
De la literatura de viajes se desprende un subgénero —o quizá ya un género nuevo— popularizado en Europa durante el siglo XIX por las editoriales Baedeker y Murray, en Alemania e Inglaterra, respectivamente, y que se separa de los otros relatos en tanto que sirve para facilitar a los viajeros su travesía: las guías de viajeros.
Los mexicanos se aprestaron a escribir sobre su país como una forma de contrarrestar los escritos de los extranjeros donde se presentaba una imagen no deseable, de modo que entraron en forma temprana a participar en este género, que poco a poco se fue definiendo (Martínez, 2011, p.
Desde esta trinchera escribió el poeta romántico Marco Arróniz (1828 o 1830-1858), quien en 1858 publicó en París su «Manual del viajero en México», en cuya introducción se explican los motivos por los cuales fue escrito:...solamente quisimos presentar á la vista del viajero todo lo que pudiese interesarle, y estuviera en relación con lo útil y pintoresco; refutando con ejemplos irrecusables á esos autores que se han ocupado ligeramente y con malevolencia de nuestra querida patria, la que, sean cuales fueren sus errores y desgracias, merece un tributo de admiración y respeto del mundo civilizado (Arróniz, 1858, p.
Como puede apreciarse en las páginas de esta guía, el tono que se utiliza es informativo, pues aunque no deja de utilizar figuras como la comparación o la metáfora, se describe en forma más objetiva y se proporcionan datos lo más exacto posible —para ese tiempo— de posición geográfica, caminos, transportes disponibles, entre otros.
Curiosidades de la República, comienza con la descripción de la caverna Cacahuamilpa, pues como dice:
Nada es tan digno de ocupar el primer lugar en este capítulo como la famosa Caverna de Cacahuamilpa, porque es la obra mas bella con que la naturaleza ha adornado á nuestra patria... debemos considerarla como la primera en su género, y llamarla Emperatriz de todas las cavernas...
Este manual, publicado en París, pondera la caverna de Cacahuamilpa como el más bello lugar de la República.
La objetividad con que habla de ella es tal, que insiste en llamarla caverna y no gruta o cueva, y hasta se detiene a explicar el porqué de esta denominación (Arróniz, 1858, p.
Por su parte, en 1866 Cecilio A. Robelo (1839-1916), miembro del Liceo Hidalgo, sigue este mismo camino al publicar en La América, periódico de España, un artículo que, debido a su tratamiento, puede considerarse una guía de viaje hacia Cacahuamilpa (Robelo, 1886, p.
Un mes después, se publicó también en México, en La Patria del 7 de febrero.
Deseamos destacar la novela Los plateados de tierra caliente, episodios de la Guerra de Tres Años, firmada por Perroblillos —pseudónimo de Pedro Robles) y publicada en 1891, debido a que abre un intermedio en la narración —todo el capítulo IV— para introducir íntegro un relato de viaje de Eugenio de Jesús Cañas (1848-1923), sobre su visita a la caverna de Cacahuamilpa.
La descripción que realiza este autor es más completa que las anteriores, en tanto que se remonta en la historia hasta la fundación del mismo pueblo; de la misma manera, proporciona datos geográficos sobre los lugares que van pasando, referidos no solamente a los aspectos de la naturaleza, sino también a la población, las construcciones y los plantíos que dejan atrás en su camino.
Cuando se adentran a la gruta, la narración continúa mostrando un alto grado de conocimiento del lugar, obtenido gracias a que Cañas acompañó a Mariano Bárcena en su expedición científica de 1879.
Internémonos por fin en ese dédalo sombrío, entre cuyas negruras se levantan, se confunden, blanquean a trechos, visibles a la luz solar que débilmente penetra en el primer salón, la multitud de monumentos de todas formas, unos distintos, los más cercanos; otros vagos, indeterminados, fantásticos.
Este primer salón se llama del Chivo; debe su nombre a aquella estalagmita, de cerca de un metro de altura, la primera a la izquierda entrando, que remeda harto imperfectamente la forma de aquel rumiante; hoy está mutilado; antes que los entusiastas turistas llevaran como recuerdo de su excursión fragmentos de él, merecía mejor su nombre.
La altura media de veinticinco a treinta metros que tiene la bóveda es la misma que conserva hasta el cuarto salón con algunas alternativas; su ancho varía entre cincuenta y cien metros hasta el mismo cuarto salón.
Perdida en la oscuridad, a la izquierda, y casi al comenzar a subir la falda de esa especie de montaña que divide el primer salón del segundo, la cual está formada de gradas cóncavas que en la estación de lluvias están desbordando agua purísima, hay una grandiosa estalagmita que generalmente pasa desapercibida por los visitantes; alumbradla, pero mucho, porque es muy alta y necesita verse en conjunto; es un monumento espléndido (Cañas, 1887).
A pesar de ser una novela, nos crea la idea de ser un «croquis» o un plano de las grutas en el cual vamos atravesando, sólo imaginando la belleza del lugar, pero observa que era necesario estudiar y cuidar este espacio.
«En las grutas de Cacahuamilpa» es el título del poema que José Tomás de Cuéllar (1830-1894) declamó durante la visita del presidente Porfirio Díaz a la caverna de Cacahuamilpa en 1881 (Cuéllar, 1856, p.
Inspirado en el paisaje e influenciado por la corriente romántica, la mayoría de sus versos relacionan de manera clara las grutas con la muerte o con la tumba —por su oscuridad y frialdad—; pero al mismo tiempo compara las estalactitas y estalagmitas con seres míticos griegos de gran belleza —sílfides—, de modo que en ese momento de tristeza y soledad también la felicidad está presente, porque el poeta puede estar con su sentimiento y lejos del bullicio que aturde:
Esta es mansión de paz, donde no suenan
los pensamientos que la mente llenan,
son pensamientos del Señor, benditos.
El aire frío en el peñón no zumba,
todo está quieto, solitario, inerte:
¡el funeral silencio de la tumba!
Sin embargo, su mente le crea conflicto en la penumbra, imagina seres aterradores y situaciones mortales entre la carmín iluminación de las teas.
La rebeldía de su espíritu lo llevó hasta ahí, y al encontrarse en zona tan peligrosa sabe que es igual de necesario este ímpetu para el país que se está conformando y del cual él forma parte.
El orgullo por la belleza irreal y aterradora de las grutas se hace presente, es el amor, la fascinación y el temor por la inmensidad de lo desconocido y al mismo tiempo tan propio.
Esa gruta es el alma del poeta y la de la patria, los dos en la búsqueda de la luz.
¡ESPLÉNDIDA mansión, recinto umbroso
de silencio y de paz augusto templo:
de tu imponente majestad ansioso,
extático y absorto te contemplo!
Este es el lugar de tétricas visiones
con que delira el mísero poeta;
con sus gigantes pálidos peñones,
con su aura muda, perezosa, quieta...
Hay más autores de la literatura nacional e internacional que se inspiraron en este espacio para crear sus obras y recrear con estilos literarios diversos la majestuosidad que los cinco sentidos captaban al adentrarse en ellas.
Pero es más constante, como puede observarse, el simbolismo manifiesto de la esencia del país que se erigía salpicado por los acontecimientos de cada época, desde los prehispánicos hasta la modernidad porfiriana de finales del siglo XIX.
En el imaginario social se magnificó su sobriedad pero también su grandeza; su origen bíblico en contraposición de fuerzas externas que habían actuado desde siempre; se buscaron los recursos naturales en la profundidad de sus cavidades y al final su utilidad fue para la recreación y el turismo de aventura que alcanzó gran popularidad desde entonces.
EL INTERÉS CIENTÍFICO POR CACAHUAMILPA
El interés por las cavernas de Cacahuamilpa que mostraron naturalistas, geógrafos y geólogos mexicanos y extranjeros en el siglo XIX, mucho tuvo que ver con las teorías que llegaban de Europa, ya que veían en ellas el universo propicio para sentir, describir, medir y explicar el origen y sentido bíblico de los accidentes naturales o las fuerzas físicas que provocaban accidentes geográficos y geológicos de esa magnitud.
Para unos, su majestuosidad y belleza era obra divina, para otros, los menos, el resultado de causas más terrenales que operaban al margen de la religión y la política, pero que había que conocer para explicar.
A lo largo del siglo XIX muchos fueron los intereses que movieron la curiosidad de individuos y grupos por conocer en persona lo que se decía en la prensa, o se comentaba en tertulias y ambientes académicos sobre la geografía, el paisaje y su posible origen y antigüedad.
Con el correr del tiempo el imaginario social y el refinamiento de un discurso que quedó impreso en narraciones románticas, poesía, artículos, ensayos, memorias y libros, contribuirían a hacer de este nicho geográfico y geológico el primer espacio natural protegido de manera oficial por sus particulares atributos en los tres reinos de la naturaleza, y porque los visitantes sustraían rocas y objetos arqueológicos de pobladores ancestrales del interior de la caverna, bien para sus colecciones o como recuerdo.
Era tal la afluencia de personas de todos los estratos sociales, que en 1858 la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE) denunciaba que «quienes entraban salían con pedazos de estalactitas»; esta situación los orilló a crear la Comisión de Arqueología, que tuvo entre sus primeros trabajos: «procurar que se reúnan cuantos datos sean posibles sobre el estado que guardan los antiguos monumentos del país, que acreditan, así la diversidad de razas que lo han poblado, como su cultura, su civilización y su alta antigüedad» (La Sociedad, periódico político y literario, 6 de julio de 1858, p.
Lo que publicaron los naturalistas, geógrafos y geólogos mexicanos con un valor científico, fue el resultado de programas más o menos institucionales que organizaron la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE), el Instituto Médico Nacional y el Instituto Geológico Mexicano, en el último tercio del siglo XIX y a principios del siglo XX.
El contenido de los escritos no deja duda del sentido utilitario con el que irremediablemente se acercaron a la caverna, aunque en los espacios de las sociedades científicas se aventuraran otras explicaciones relacionados con el aspecto teórico y los alcances filosóficos de los paradigmas en boga buscando el consenso entre los hombres de ciencia de su pequeña comunidad15.
Las cavernas como objeto científico
Años antes de que los profesionales de la ciencia mexicana concibieran la caverna de Cacahuamilpa como un problema científico, ésta ya había sido explorada con los mismos propósitos por dos expediciones francesas dirigidos por Jean Baptiste Louis, barón de Gros (1793-1870) y Dominik Bilimek (1813-1884), custodio de las colecciones del emperador Maximiliano en su etapa mexicana.
Sus resultados terminarían por atraer el interés de la comunidad científica mexicana e internacional.
La primera dio a conocer una pintura (Figura 2) de la caverna realizada por el propio Gros, en la que la representación del objeto científico quedó a la vista de todos en el año de 1835; la segunda exploró por primera vez la fauna y la flora de su interior.
Ambos estudios fueron publicados por la Commision Scientifique du Mexique, durante la intervención francesa (1863-1867), como parte de su programa de investigación (Gros, 1865, p.
Caverna de Cacahuamilpa, 1835, pintura realizada por el barón de Gros.
Pasados los años inciertos de la intervención norteamericana (1845-1847) y francesa (1863-1867), el maltrecho país había restituido las instituciones republicanas y asegurado un mínimo de certidumbre al mundo académico.
A partir de entonces los intereses de la pequeña comunidad científica mayoritariamente residente en la ciudad de México, caminaría de la mano de los gobernantes en las tareas más apremiantes que demandaba la sociedad mexicana: conocimientos y recursos naturales que contribuyeran al desarrollo y a su progreso económico.
Las cavernas de Cacahuamilpa que ya estaban bastante bien posesionadas en el imaginario social de dentro y fuera del país, como muestra de lo inconmensurable de su riqueza, diversidad biológica y belleza paisajística, atrajo el interés del presidente Sebastián Lerdo de Tejada en los días felices de la República Restaurada, que se aprestó a recorrer y a reconocer la zona como un mensaje al mundo civilizado de los nuevos tiempos.
El 15 de febrero de 1874 el presidente Sebastián Lerdo de Tejada salió de México con una comitiva conformada por gobernadores, diputados, secretarios, militares, periodistas y otras personalidades, con rumbo a la gruta de Cacahuamilpa, a donde llegaría el «martes á las ocho de la mañana» y donde permanecería hasta las cuatro de la tarde, hora en que volvería a Tetecala (El Siglo Diez y Nueve, febrero 15 de 1874, p.
Es decir, permanecieron ocho horas en ella.
Entre los acompañantes del presidente se encontraban: el periodista de corte liberal Alfredo Bablot (1827-1892), nacido en Burdeos, Francia, radicado en México a partir de 1849, y redactor del Federalista; Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), intelectual y magistrado de la Suprema Corte, y el naturalista y geólogo Mariano Bárcena (1842-1899), también redactor del Federalista (Bárcena, 1874, p.
Los tres también eran miembros de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (Morelos, 2012, p.
Este viaje tuvo repercusiones en el terreno político que no toca abordar en esta investigación (Barajas Durán, 2005, p.
309), lo que interesa es la discusión que se abrió en la SMGE sobre la exploración de las cavernas, y que comenzó con un telegrama que Alfredo Bablot envió a intelectual e historiador Manuel Orozco y Berra (1816-1881), justo cuando iba de regreso.
La discusión se recoge en las actas impresas en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
Según refiere el Acta Número 9 de las Sesiones de la SMGE, el 21 de febrero de 1874, en dicho comunicado el periodista expresaba sus impresiones sobre las cavernas, y decía que sus formaciones rocosas indicaban «una antigüedad mucho mayor que la de la creación del mundo, fijada en la Biblia» (Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1874, p.
Después de la lectura de esta parte del telegrama se desató una discusión en la que intervino principalmente Orozco y Berra, quien ya había visitado las cavernas, a quien esa opinión no le pareció suficientemente fundada.
«Habló en seguida del aspecto geológico, e intervinieron Ignacio Ramírez, Manuel Rivera, Ward Pool, Mandred y Rul».
El Acta Número 10 refiere que en la siguiente reunión se presentó el mismo Alfredo Bablot para reiniciar el debate.
Respondieron Orozco y Berra, Mariano Bárcena, Ignacio Ramírez (1818-1879) —escritor, poeta, periodista, abogado, político e ideólogo liberal, a la sazón presidente de la Sociedad— y el arquitecto ingeniero Manuel Sánchez Facio (1843-?).
Antonio García Cubas (1832-1912), intelectual y geógrafo, leyó una parte de su memoria sobre las grutas, y dado que la reunión se prolongaba, quedó en terminar de leerla en la siguiente sesión.
No obstante, los miembros de la SMGE tomaron el acuerdo de preparar una expedición científica a la brevedad, pero con los recursos y el tiempo suficiente para hacer estudios series y bien fundamentados sobre los temas debatibles.
Con respecto a la expedición, las actas de sesiones siguientes mencionan los preparativos, los fondos, los miembros: Gumesindo Mendoza, Francisco Jiménez, Lobato, Eufemio Mendoza, Vicente Reyes, Santiago Ramírez, Díaz Aguirre, Amado Chimalpopoca, Hill, Celso Muñoz y un fotógrafo (Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1874, p.
Pero el 30 de marzo del mismo año Ignacio M. Altamirano publicó en El Federalista una carta dirigida a Alfredo Bablot, donde explicaba que la sociedad había decidido posponer el viaje por varios motivos, entre ellos la ausencia de Mariano Bárcena y del fotógrafo; la falta de luces adecuadas para el interior de la caverna; el compromiso de buena parte de los comisionados con sus respectivas cátedras —varios daban clase en distintas instituciones—.
Faltaban también las secciones para formar el plano topográfico exterior y la que estudiaría la parte hidrográfica, entre lo más destacado (El Federalista, 29 de marzo de 1874, p.
La documentación nos dice que no se realizó la expedición.
Las razones pueden ser muchas.
Lo que queda más claro es que los que iban a participar en la expedición científica se sumaron a otros proyectos que sí eran oficiales, como la comisión encargada del viaje a Japón para medir el paso de Venus por el Sol, en la cual también participó Francisco Jiménez, o la comisión para el estudio de los temblores de Jalisco ocurridos en febrero del siguiente año, en la cual participó Mariano Bárcena.
Ambos proyectos diferían del de Cacahuamilpa en tanto que serían de utilidad al país.
El primero porque permitiría a México sumarse en una investigación de carácter internacional, en la que se esperaba se hiciese una contribución importante.
Y el segundo, la comisión para estudiar los temblores aportaría datos sobre las causas de dichos movimientos telúricos y sus posibles consecuencias (Moreno Corral, 1986; 1875).
En todo caso, la discusión que tuvo lugar en la SMGE entre febrero y marzo de 1874, después del viaje con el presidente Sebastián Lerdo de Tejada, pone en dimensión las preocupaciones teóricas y filosóficas de los mexicanos por temas de frontera en el campo de la geología.
Manuel Orozco y Berra había realizado una exploración de las cavernas en 1847 y publicado sus resultados en 1855, en el apéndice del Diccionario Universal de Historia y de Geografía, del cual fue coordinador.
Comenzó por definir que se trataba de una caverna, no de una gruta ni de una cueva:
Aunque el nombre de gruta se emplea comúnmente como sinónimo de caverna, se distingue ésta de la primera por la gran estensión y diversas estancias o salones que presenta, en lugar que la gruta se reduce á un salón ó estancia, las más veces no muy grande.
Tampoco debe confundirse la caverna con la cueva, porque ésta se considera como obra artificial y la caverna es una cavidad natural en el interior de la Tierra, que presenta cierta estensión y que se compone ordinariamente de una serie de estrecheces y ensanches, esto es, de una especie de estancias ó salones más o menos vastos, que se comunican por pasadizos más ó menos estrechos.
En cuanto a la descripción geológica que realiza del lugar, el geógrafo menciona el método actualista como el camino para explicar su formación:
No es fácil esplicar [sic] de un modo enteramente satisfactorio el origen y formación de estas cavernas; pero examinando y fijando la observación en los fenómenos actuales, se dan esplicaciones [sic] que convencen más, por estar fundadas en hechos y no en sistemas caprichosos (Orozco y Berra, 1855, p.
Por otra parte, puede verse su interés por encontrar fósiles —instrumentos para datar los estratos—, y sugiere que se realicen estudios paleontológicos del lugar.
Es menester comentar que dado que la exploración promedio a esta caverna se realizaba en ocho horas —después de las cuales había que regresar para evitar pasar la noche en ellas o en el peligroso camino frecuentado por asaltantes—, Orozco y Berra no contó con el tiempo necesario para hacer estudios más profundos.
Pero sí señala los rumbos para exploraciones posteriores: la búsqueda de fósiles, la determinación de su origen y la investigación relacionada con la datación del planeta.
¿Cuántos años tiene la Tierra?, fue la pregunta que lanzó a sus conciudadanos.
Antonio García Cubas, al igual que Orozco y Berra, era geógrafo, pero había realizado trabajos geológicos anteriormente, al igual que otros ingenieros contemporáneos (Almaraz, 1866, p.
El texto que entrego a la SMGE refiere, después de describir la topografía, la geografía, los sistemas de vegetación y fauna, sus aspectos demográficos, sociales y económicos de la región, que las bóvedas de la caverna son de piedra caliza, y que las ideas sobre el origen de su formación se encuentra dividida, dado que «unos la atribuyen a la acción de las aguas y otros a la plutónica».
Afirma que la existencia de dos ríos internos es la causa para que se crea que el agua ha sido el principal agente de su formación, pero él, apoyado en la observación de los terrenos adyacentes —que tienen «dislocadas y metamorfoseadas las capas calizas»—, cree que el origen fue una dislocación violenta del terreno (García Cubas, 1874, p.
El Acta número 11 reseña que tocó el turno a Mariano Bárcena leer su informe sobre la exploración geológica de Cacahuamilpa.
Después de una descripción mineralógica del camino y de la caverna, en la que describe los terrenos calizos que conforman el lugar, prosigue con el análisis geológico, para «determinar las épocas relativas de su formación y de los fenómenos que las han alterado» (Bárcena, 1874, p.
Bárcena en su estudio sobre Cacahuamilpa utiliza el término metamórficas en el mismo sentido que Lyell17, al explicar la existencia de pizarras arcillosas y las masas calcáreas en el terreno de la zona, «que en un principio fueron también sedimentarias», ahora «se encuentran trastornadas y removidas en diversas direcciones por la acción de las rocas ígneas».
Y pese a que solamente las observó unas horas, se formó «una idea muy general de sus caracteres» [sic], que no le impidió datarlas por la presencia de «conchas de nerinea» y otros restos fósiles paleontológicos, «como perteneciente al fin del período jurásico y principio del cretáceo» (Bárcena, 1874, p.
Después de explicar que los pórfidos traquíticos hicieron «su aparición en el tiempo cenozóico, tanto en América como en el antiguo continente», refiere «con bastante fundamento que la caverna se formó en el período terciario» (Bárcena, 1874, p.
Para ese entonces, el periodo denominado por Lyell como Terciario había sido rebautizado por Phillips como Cenozoico (todavía no se había creado el Cuaternario) (Fernández-López, 1997, p.
Por otra parte, Bárcena definió también los aspectos que debían investigarse en la expedición que organizaba la SMGE, pero como ya dijimos, no fue posible:
Obtener conocimiento topográfico de la montaña donde se encontraba la caverna.
Consultar los estudios realizados en el mineral de Taxco, para buscar los principales agentes del levantamiento de sus montañas.
Realizar un estudio topográfico de la caverna.
Realizar también un estudio geológico de la caverna y de las montañas ya referidas.
Finalmente, hacer algunas observaciones meteorológicas para compararlas con las que se han determinado en algunas grutas ya estudiadas (Bárcena, 1874, p.
En resumen, sobre las exploraciones a Cacahuamilpa en el siglo XIX puede observarse que, desde su descubrimiento en 1834, varias personas acudieron a explorar estas cavernas.
Entre ellas personalidades de la política, artistas que intentaron reproducir su majestuosidad, hombres de ciencia que trataron de ingresarlas en el inventario de la República mexicana al nombrarlas, definirlas, describirlas y explicar su origen.
También puede apreciarse que del encuentro con esta maravilla de la naturaleza se plantearon más preguntas: al adentrarse en sus pasillos, en sus galerías, al recorrer los intrincados laberintos se cuestionaron: ¿cuántos años tiene la Tierra?
Formulada por Manuel Orozco y Berra, quien la lanzó al aire en 1855, esta pregunta es una muestra de que los hombres de ciencia mexicanos también se planteaban cuestiones filosóficas, si bien es verdad que no dispusieron de los recursos o del apoyo para comprobar sus hipótesis.
Que Alfredo Bablot, un periodista, la haya vuelto a formular en 1874, cuando recién el debate sobre la edad de la Tierra había cobrado nuevos bríos gracias a la intervención del famoso físico británico William Thomson, es indicativo de que en la prensa científica se seguía este debate, como es el caso del Boletín de la SMGE.
En esta aproximación a los primeros trabajos de índole científica sobre las cavernas de Cacahuamilpa, puede observarse que la visión de cada explorador fue distinta.
Para Orozco y Berra era importante ingresarlas en el inventario de la República mexicana, por lo cual las nombró correctamente, tanto en general con la denominación de cavernas, como en lo específico, en lo tocante a la nominación de cada galería.
Describió el tramo recorrido e incluso trató de explicar su origen.
La exploración de Bilimek, optuvo por primera vez una visión integrada de la fauna y flora dentro de ellas, para catalogarla en el acervo del Museo Nacional.
A pesar de presentar su trabajo sobre las cavernas en el seno de una discusión sobre la edad de la Tierra, el material que García Cubas preparó no trataba de responder la pregunta señalada, sino más bien su valor residía en los aspectos geográficos.
Mariano Bárcena clasificó la formación de las calizas en el periodo terciario.
Si bien no se tenía bien definida la cronología de cada periodo, sí representa un aporte para el estudio del suelo mexicano.
Sin embargo, debe deducirse que se esperaba que la futura expedición, mejor organizada, pudiera ayudar a los miembros de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística a realizar alguna aportación de mayor importancia en la discusión que se tenía sobre este tema.
Pero fue pospuesta y finalmente cancelada la expedición de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en un periodo presidencial donde se apoyó la investigación científica —baste recordar que ese mismo año se realizó la expedición a Japón para medir el paso de Venus por el Sol, encabezada por el geógrafo Francisco Díaz Covarrubias y en la cual también participó Francisco Jiménez, considerado para integrar la comisión a las grutas de Cacahuamilpa—.
Al respecto, es preciso recordar que la SMGE ya había perdido su papel principal como institución científica, a causa de motivos políticos y con el nacimiento de la Sociedad Mexicana de Historia Natural en 1868, que poco a poco fue encargándose de la investigación geológica del país (Uribe, 2013a; 2013b).
Expediciones posteriores se realizaron, pero ya tuvieron otros objetivos.
La organizada por el Instituto Médico Nacional fue más bien de recolección de especies vegetales, para el estudio de las aguas y en general para aspectos relacionados con la medicina.
El que a inicios del siglo XX el Instituto Geológico Nacional y la Sociedad Geológica Mexicana haya retomado las exploraciones a Cacahuamilpa —concretamente en 1909—, manifiesta el interés de la comunidad geológica por estudiarlas y posibilita observar el conocimiento acumulado en más de 50 años.
Sin embargo, esto no subsana la suspensión de la expedición de 1874, puesto que los mexicanos perdieron la oportunidad de entrar en una discusión sobre el tema, que quizá les hubiera dado la posibilidad de tratar con sus pares europeos sobre un aspecto filosófico de la Geología como la edad de la Tierra, o sobre los procesos de formación de las cavernas o los fósiles contenidos en ellas para abordar otros problemas que para entonces ya estaban planteados como la evolución de las especies y la selección natural.
Aspectos en que se encontraban interesados y que tal vez les hubieran permitido realizar investigación «de punta» sobre los sistemas geológicos y sus métodos de investigación (Valdivia, 2013).
Con esto queda en evidencia el grado de afectación que los factores sociales ejercen sobre la investigación científica, y es también un ejemplo de cómo ésta no puede ser sustraída de su contexto.
Aunque algunos de los geólogos mexicanos que originalmente iban a formar parte de la expedición volvieron después a las grutas, el grupo ya se había disgregado y la discusión había perdido su fuerza inicial. |
LA INVESTIGACIÓN GEOLÓGICA EN LA COMISIÓN CIENTÍFICA DE MÉXICO
Durante el Imperio de Maximiliano (1864-1867) la ciencia mexicana experimentó cambios significativos en sus perspectivas generales y su enfoque metodológico, gracias a la participación de la comunidad científica local en los diferentes proyectos de investigación que se organizaron.
Por un lado destacaron las propuestas del propio Emperador, quien impulsó la práctica científica local mediante el apoyo a los proyectos en curso, al tiempo que promovía nuevas empresas de investigación.
Simultáneamente, Napoleón III ordenó al Instituto de Francia la organización de una expedición científica con el objeto de estudiar diferentes aspectos del país.
Entre los objetivos de la expedición francesa destacó la investigación geológica, que se abordó tomando como antecedentes los estudios efectuados por numerosos viajeros europeos en los años precedentes.
Este trabajo expondrá los principales rasgos de estos estudios y analizará los objetivos y alcances de la expedición durante su breve estancia en territorio mexicano.
LA INVESTIGACIÓN GEOLÓGICA EN MÉXICO COMO OBJETIVO LOCAL Y FORÁNEO
La primera mitad del siglo XIX mexicano fue un período de inestabilidad continua debido a las pugnas entre los diversos grupos políticos, que frecuentemente condujeron a la guerra civil, así como al asedio de las potencias intervencionistas.
La fragilidad del estado nacional facilitó la pérdida de casi la mitad del territorio durante la guerra con los Estados Unidos (1847-1848) y desembocó años después en la intervención francesa, que culminó con la imposición del imperio de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867).
Durante su breve gestión, Napoleón III ordenó al Instituto de Francia la organización de una expedición científica con el objeto de estudiar diferentes aspectos del país, entre los que destacó la investigación geológica, objeto de este ensayo.
Pese a las dificultades políticas y económicas que agobiaron al país en los años precedentes, los intelectuales mexicanos habían encontrado el espacio para desarrollar investigaciones científicas, que para el caso de la geología se explican en el artículo de Lucero Morelos de este mismo volumen.
Baste aquí señalar, que estuvieron vinculadas con el reconocimiento territorial y la industria minera, y que fueron promovidas por el gobierno y los particulares con diversos fines.
Simultáneamente, un numeroso contingente de viajeros europeos y norteamericanos habían recorrido el país con objetivos relacionados con las empresas mineras y colonizadoras que se establecieron después de la independencia, dejando testimonio de sus investigaciones en numerosos libros y artículos científicos, que fueron objeto de traducciones y reimpresiones en diferentes países.
De esta manera se dieron a conocer en el extranjero algunas características de la constitución geológica y la riqueza natural de México, que contribuyeron a suscitar el interés de las naciones extranjeras en el potencial extractivo del país.
Fue así que durante el Imperio de Maximiliano se valoraran los estudios realizados por «un pequeño número de observadores [extranjeros], entre los que [citaron] en primera línea, después de Alexandre von Humboldt, a Burkart, von Gerolt y Berghes» (Sainte-Claire Deville, 1865-1867, p.
37), como la base científica para el desarrollo de las investigaciones que se proyectaron en esos años.
La importancia que se confirió a dichas investigaciones en detrimento de la que se había efectuado localmente, implicaba desconfianza respecto a su «precisión científica» y su carácter «positivo», que no dejaron de manifestar.
Pero también es cierto que desconocían la calidad y extensión de los trabajos locales, en virtud de su restringida difusión en publicaciones exclusivamente nacionales, en contraste con la amplia circulación de los estudios europeos, que mencioné.
En este sentido, el conocimiento del territorio mexicano del que disponían era escaso y se limitaba a las regiones descritas en las obras de los viajeros, entre los cuales destacaba como fuente primigenia la del barón Alexander von Humboldt.
Esta apreciación obliga a una breve referencia a los trabajos realizados por los viajeros europeos, tomado como punto de partida la expedición de Humboldt y su estancia en la capital de la Nueva España, que otros estudiosos han analizado a profundidad, por lo que me limitaré a exponer sus principales logros en relación con las ciencias de la Tierra:
Después de sus experiencias en el cono sur, Alejandro de Humboldt llegó al puerto de Acapulco el 23 de marzo de 1803.
Se estableció en la Ciudad de México, en donde como menciona Moncada «el virrey Iturrigaray lo recibió y le abrió las puertas de oficinas y archivos, cerradas no sólo a otros extranjeros sino aún a los científicos novohispanos y peninsulares, y le facilitó un pasaporte que le permitió viajar por el reino sin ningún inconveniente» (Moncada, 2000, p.
Sus viejos compañeros de estudios de Frieberg, Andrés Manuel del Río, catedrático de Minería, y el propio Director del Seminario, Fausto de Elhúyar, pusieron a su disposición las instalaciones del Colegio para que realizara sus estudios.
Humboldt contó así con extraordinarias facilidades: información oficial privilegiada y colaboradores del más alto nivel, que le acompañaron en sus expediciones y le proporcionaron estudios, datos, colecciones naturalistas y mapas, con los que integró su Ensayo Político sobre el reino de la Nueva España (1807-1811) y su Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente (1807-1834).
En ambas obras aparecen las coordenadas geográficas de los lugares que visitó; se registran observaciones astronómicas y meteorológicas; se presentan mapas y secciones de los sistemas montañosos que recorrió, con información geológica inédita; y se hacen descripciones de fauna y flora, correlacionadas con el espacio geográfico en el que se ubican.
El Ensayo Político incluye además, un estudio detallado sobre las minas mexicanas, apoyado en abundantes datos estadísticos y pormenores sobre la explotación minera.
En relación con las ciencias de la Tierra, el viaje americano le proporcionó datos sobre las componentes del campo magnético terrestre, que posteriormente elaboraría; descubrió la corriente marina en la costa occidental de Sudamérica —llamada originalmente de Humboldt y hoy conocida como corriente del Perú—; fue pionero en los estudios que relacionan las regiones geográficas con la flora y fauna locales e hizo importantes contribuciones al desarrollo de la geología a partir de sus estudios sobre los temblores de tierra y los volcanes americanos, que aparecieron publicados en sus «Volcanes y cordilleras de Quito y México».
Respecto al último punto, fue invaluable su experiencia en México en donde presenció la actividad del Volcán Jorullo, de donde derivó sus conclusiones sobre el papel desempeñado por las fuerzas eruptivas en la historia y desarrollo de la corteza terrestre, que se consideraron decisivas para descartar definitivamente la hipótesis de los neptunistas.
También hizo contribuciones a la enseñanza de la geología en el Real Seminario de Minería, a través de su «Pasigrafía o Ensayo Geognóstico sobre el yacimiento de las rocas en los dos hemisferios», que incluyó Andrés Manuel del Río en su Tratado de Orictognosia (Río, 1832).
En lo que toca a la mineralogía, Humboldt dedicó todo un tomo de su Ensayo Político al estudio de los minerales mexicanos, tanto en lo que concierne a descripción física como en cuanto a los métodos de prospección, explotación, beneficio y amalgamación, así como a la organización del trabajo, la tecnología y los rendimientos de cada una de las minas.
Además del valor intrínseco de sus estudios, las obras de Humboldt promovieron el interés de científicos, exploradores e inversionistas, que viajaron a México después de la independencia y realizaron estudios de varias disciplinas científicas.
En particular, la década de 1824-1834 vio desembarcar viajeros vinculados con compañías mineras que pretendían establecerse en nuestro país, especialmente ingleses, seguidos por los alemanes y los norteamericanos.
La explotación minera en la variada y poco conocida topografía mexicana, exigía la atención de técnicos y científicos que efectuaran estudios sobre la geología de las diversas localidades mineras y de la potencialidad económica de los yacimientos, que financiaron los propios empresarios.
Una vez en México, los empresarios y exploradores enfrentaron las peculiaridades naturales y sociales del país, que les prodigaron materiales para escribir artículos y libros sobre sus experiencias, que acompañaron de registros y descripciones naturalistas, así como de mapas regionales, que con el tiempo conformaron un cúmulo significativo de datos científicos sobre la naturaleza y la constitución geológica de México.
Entre las empresas que se establecieron en esos años destaca la Compañía Alemana-Americana de Minas (CAAM), en la que participaba la propia «familia real prusiana» y sus directivos, Wilhelm Stein y Friedrich von Gerolt, se eligieron entre los secretarios del Ministerio de Minería de Prusia.
Stein fue nombrado «agente director de la compañía minera en México para que adquiriera minas y las explotara con la ayuda de otros alemanes», mientras que el ingeniero de minas Friedrich von Gerolt se integró al consejo directivo (Ward, 1981, p.
Todos los directivos de la empresa fueron individuos altamente capacitados en disciplinas relacionadas con la explotación minera, que realizaron investigaciones sobre el entorno natural en el que se establecieron y dejaron escritos de diversa índole y calidad científica: Stein, publicó en Heidelberg un artículo en el que se refiere a la «Mina de San Guillermo cerca de Perote» y se interesó por los meteoritos mexicanos, de los cuales habría tomado muestras que se analizaron en Europa (Enciso y Enciso, 1995, p.
J. C. Schmidt, quien sucedió a Stein, mantuvo una abundante correspondencia con sus compatriotas en la que comentó y corrigió los escritos de Humboldt, que calificó de «exageradamente positivos».
Y Carl Koppe, escribió una obra que «intenta dar una visión global del país siguiendo el modelo de Humboldt», con el apoyo de fuentes mexicanas y extranjeras contemporáneas.
Su valor parece haber radicado en su actualización de los datos estadísticos y políticos de México y la inclusión de parajes que Humboldt no visitó (Mentz, 1982, p.
Asimismo, algunos de ellos establecieron relaciones con la comunidad científica local y comenzaron a publicar en ambos lados del Atlántico los estudios científicos que emanaban de sus investigaciones.
En cuanto a las obras de mayor valor científico, la historiografía mexicana del XIX distingue las de Carl von Berghes y Friedrich von Gerolt2, como las primeras investigaciones post-humboldianas que contribuyeron al conocimiento de la geología de México.
Destacan aquí las primicias de la cartografía geológica mexicana, por su Carta geognóstica del Estado de México, en donde se ubicaron y caracterizaron los principales distritos mineros del antiguo estado de México (Crespo, 1903, p.
De acuerdo con de Cserna, «la versión original de este mapa con secciones fue publicada a colores en 1827, mientras que su texto explicativo apareció en los Erdmann's Annalen der Erd Völker-und Staatenkunde, en Berlín, en 1835» (Cserna, 1990, p.6).
Von Gerolt fue más prolífico que su coautor de la Carta geognóstica, pues entre 1825 y 1834 publicó 8 artículos sobre México de temas como yacimientos de litargio, metalurgia, perfiles geognósticos, volcanes y estudios geológicos de los distritos mineros —que incluían registros astronómicos, barométricos y mineralógicos (Aguilar y Santillán, 1898, pp. 92-93).
Su impacto fue considerable, ya que con excepción del que publicó en el Registro Trimestre de México, sus artículos, cartas y perfiles, aparecieron en dos o más revistas de editoriales europeas y americanas (Berlín, París, Heidelberg, Sttutgart, Düsseldorf, Bonn, Nueva York y México).
En lo que concierne a las relaciones de los alemanes con la comunidad científica local, von Gerolt figura entre los miembros correspondientes de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística desde 1838 (Alamán, 1947, pp. 104-106).
Carl von Berghes, por su parte, mantuvo una colaboración científica importante con el mineralogista mexicano José Ma. de Bustamante (m.
1834), de la que da testimonio la Descripción de la Serranía de Zacatecas, que Bergues completó con observaciones y comentarios, así como con «planos, perfiles y vistas» que trazó él mismo, para publicarla en 1834 bajo la rúbrica de Bustamante y su propia colaboración (Bustamante, 1834).
Otro beneficiario de los trabajos de Bustamante fue el mineralogista Joseph Burkart (1798-1874), a quien se debe la obra de mayor trascendencia científica sobre el tema que nos ocupa, escrita luego de una década de investigaciones en el país —que efectuó mientras dirigía la mina de Tlalpujahua—.
Se trata del libro Estancia y viajes en México en los años 1825 hasta 1834..., publicado en alemán en dos volúmenes (Burkart, 1836), con una dedicatoria al Barón de Humboldt y el propósito explícito de ampliar sus investigaciones de acuerdo con el programa que dejara delineado en el Ensayo Político del Reino de la Nueva España.
El trabajo refiere el intrincado y penosísimo viaje que emprendió Burkart entre San Blas y Tampico (Burkart, 1836, vol. 2, pp. 169-170), cuya minuciosa descripción introdujo a la literatura científica el paisaje de la franja comprendida entre los paralelos 22o y 23o.
Además ascendió al Nevado de Toluca y reconoció el Jorullo; visitó los basaltos de la Hacienda de Santa María Regla4 y buscó tenaz pero infructuosamente «la masa [meteórica] de Durango» mencionada por Humboldt.
Todas sus descripciones incluyen tablas, mapas, cortes, mediciones, registros y estadísticas, que corrigieron y completaron la visión de Humboldt sobre la geografía y la naturaleza mexicanas.
Y en lo que concierne a la geología, sus observaciones incluyen discusiones teóricas relacionadas con los caracteres mineralógicos y las condiciones estratigráficas de las rocas principales.
Pero la obra está lejos de limitarse a los campos de la mineralogía o la geología, ya que abarca estudios sobre los volcanes, los meteoritos, las fuentes termales, las ciudades, los distritos mineros y la arquitectura precolombina.
En relación con las localidades que visitó, Burkart incluye comentarios de orden sociológico y etnográfico, a la vez que atiende las condiciones orográficas, hidrográficas y climatológicas.
Así, la descripción naturalista de Burkart admite también al hombre: su aspecto físico, sus actividades, sus costumbres, sus relaciones sociales, sus enfermedades, sus «vicios» y sus talentos particulares.
Análogamente, su examen de las ciudades y poblaciones; de la desigualdad social y el orden político, conlleva la alusión al medio físico.
Estas características hicieron que la obra de Burkart tuviera un impacto de consideración en los círculos intelectuales, empresariales y políticos.
Sus investigaciones fueron ampliamente difundidas en México y en Europa fue leído y discutido por naturalistas, geógrafos, geólogos y mineralogistas.
En particular, durante la Intervención Francesa su libro fue evaluado por el geógrafo Louis Vivien de Saint Martín (1802-1897), quien lo equiparó con la obra de Humboldt y atribuyó a Burkart «los más grandes servicios para el estudio científico de los territorios mexicanos y el perfeccionamiento de su carta» (Vivien de Saint Martín, 1865, p.
Esta apreciación resume de alguna manera la opinión que se tenía en Europa sobre el estado de la investigación geológica en México, en la que se valoraban especialmente los estudios de los viajeros, mismos que recibieron una buena acogida a nivel local por sus contribuciones al estudio del territorio mexicano5.
EL PROGRESO DE LA GEOLOGÍA EN EL FRAGOR DE LAS GUERRAS
Mientras los peritos y viajeros ultramarinos exploraban nuestro país, el gobierno mexicano puso en marcha varios proyectos que involucraron estudios geográficos, geológicos y mineralógicos.
Destacan los trabajos del Istmo de Tehuantepec (1823-1826), de los alrededores de la Ciudad de México (1825) y de la frontera noreste de México y los Estados Unidos (1827-1831), que tuvieron por objeto «observar los rasgos naturales [de cada región]; obtener información geográfica y apuntar datos exactos para los mapas» (Mendoza, 2000, p.
De las tres, la del Istmo de Tehuantepec se convertiría con el paso de los años, en una de las regiones mejor estudiadas del país, por su presumible potencial para la comunicación interoceánica.
De la misma manera que el problema del desagüe en la Ciudad de México dio lugar al énfasis en el estudio de la Cuenca.
Entretanto, algunos gobiernos del interior efectuaron estudios regionales sobre la configuración del territorio y sus recursos naturales.
Pero cada vez se hacía más evidente la necesidad de contar con investigaciones de carácter general que sirvieran como fundamento para la planeación a largo plazo y la organización de la República.
Así surgió el proyecto de fundar una institución con los objetivos de construir la Carta de la República y levantar la Estadística Nacional y en 1833 se creó Instituto Nacional de Geografía y Estadística —actual Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE)6—, en donde se agrupó la comunidad científica e intelectual del país.
De ahí que desde los primeros números de su Boletín aparecieran artículos relacionados con el estudio de los diferentes tópicos que iban constituyendo el saber geológico, como disciplina científica.
Las actividades de la SMGE fueron afectadas por la inestabilidad política, aunque nunca se suspendieron, ni siquiera durante la guerra con los Estados Unidos (1846-1848), que contra todo pronóstico, supuso grandes adelantos en la geología.
Durante esos años se transformó en una Comisión de Estadística Militar, que continuó con las tareas de reconocimiento y cartografía, en las que se incluyeron algunos estudios geológicos.
Como es sabido, el conflicto bélico desembocó en una considerable pérdida territorial, que incluía Nuevo México y California, que sumado al de Texas —recientemente independizado y anexado a los Estados Unidos—, constituían más de la mitad del territorio mexicano7.
La guerra concluyó con la firma del Tratado de paz de Guadalupe-Hidalgo, el 2 de febrero de 1848, que ordenó la conformación de sendas Comisiones de Límites para efectuar los trabajos de delimitación en el campo (1849-1855).
Las tareas se llevaron a cabo en condiciones adversas para los mexicanos, ya que sus ingenieros contaban con un pobre instrumental, con frecuencia en malas condiciones, que contrastaba notablemente con el equipamiento científico de los estadounidenses (Tamayo, 2000, pp. 69-70).
De ahí que la Comisión mexicana se limitara a realizar trabajos cartográficos y topográficos, que aparecieron en sus informes y cartas.
También se apuntaron ahí algunas notas sobre la configuración del terreno, como «los cursos de los ríos, los arroyos y pantanos notables, así como de la dirección general de [los] lomeríos y los cerros aislados...»
Un cúmulo valioso de información, que permaneció inédito debido a las prioridades del Estado en aquellos años de inestabilidad y desgobierno.
En contraste, los comisionados estadounidenses acopiaran suficiente material para publicar una amplia bibliografía sobre sus observaciones físicas de la región fronteriza, que sólo en relación con Nuevo México sumaron un total de 19 obras publicadas que contienen descripciones y estudios geológicos de la región fronteriza (ACSM-1, pp. 266-275).
Los trabajos más valiosos se concentraron en el Levantamiento Emory (1857), que incluyó el estudio geológico de una amplia región situada, al norte y al sur de la nueva línea divisoria.
A juicio de Cserna este estudio hizo «contribuciones importantes al conocimiento de la estratigrafía, la paleontología y la petrografía de las partes septentrionales de México» y constituye el primer estudio geológico realizado en el país estadounidense que representa una aportación al patrimonio científico del mundo (De Cserna, 1990, pp. 8-9).
En el nivel local, incluso en los peores años el interés en el desarrollo científico de México se mantuvo a contracorriente.
En el terreno de la práctica destaca la formación de una Comisión para levantar la Carta Geográfica y Topográfica del Valle de México (1857), con el objetivo de alcanzar un conocimiento más completo sobre la ciudad de México y sus alrededores.
Las dificultades políticas impidieron que los trabajos alcanzaran la totalidad de los objetivos, pero se publicaron varios trabajos parciales, entre los que destaca la Memoria para la carta hidrográfica del Valle de México, que consigna algunos datos geológicos del área (Orozco y Berra, 1862, pp. 337-512).
Hubo también en estos años viajeros que realizaron investigaciones científicas en nuestro país, entre los que destaca el prolífico naturalista suizo Henri de Saussure, quien examinó las solfataras de la Sierra de San Andrés en el Estado de Michoacán y construyó la Carta de México representando el Valle de Anáhuac y su vertiente oriental (De Cserna, 1990, p.
Otro viajero que hizo contribuciones a la geología mexicana, fue William M. Gabb, quien incursionó en territorio mexicano como miembro de la California Geological Survey, en los años sesenta del siglo XIX, publicando un trabajo sobre los recursos minerales de Baja California, que tituló «Lower California» (1868).
También escribió sobre sus fósiles cretácicos y terciarios (1869), que luego completó con los de Sonora y Chihuahua (1872), que aparecieron por separado, en la serie de la Geological Survey, bajo los subtítulos de «Geology» y «Paleontology.»
Los demás se publicaron en los Proceedings of the Academy of Natural Sciences of Philadelphia.
Entretanto, el gobierno liberal bajo el liderazgo del Presidente Juárez (1861-1863), trataba de impulsar diversos proyectos que impulsarían el desarrollo científico del país9, que se vieron truncados por la invasión de las tropas francesas que apoyaron el ascenso de Maximiliano de Habsburgo como Emperador y la subsecuente guerra anti-intervencionista.
LA GEOLOGÍA DURANTE EL SEGUNDO IMPERIO
Cuando Maximiliano asumió el poder reconoció la necesidad de contar con una comunidad científica activa, como elemento indispensable para impulsar la modernización de su nueva patria.
En consecuencia, el Imperio recurrió a la plataforma de las escuelas locales de Medicina y Minería, así como en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, a las que brindó su incondicional apoyo a cambio de su participación en sus proyectos.
La respuesta de los intelectuales fue de asentimiento casi unánime, con la excepción de aquellos que tomaron las armas contra los franceses.
En cambio algunos consideraron el establecimiento del Imperio como fait accompli –cuyo futuro o duración era difícil de prever– y acataron el nuevo orden sin mayor resistencia.
Otros lo hicieron con entusiasmo debido al clima progresista que dominaba en la capital del país por el inesperado liberalismo de Maximiliano, que provocó la simpatía de los intelectuales moderados con las avanzadas propuestas del Emperador.
Así, los que estuvieron en una posición directiva —como el geógrafo e historiador liberal Manuel Orozco y Berra en el Ministerio de Fomento—, aprovecharon la disposición del monarca para mantener y promover los proyectos republicanos de modernización del país.
Como consecuencia, Maximiliano promovió con relativo éxito una serie de acciones de carácter científico, en las que se manifestaron los intereses de diferentes redes:
Unas de estas acciones consistieron en la revitalización de viejos proyectos locales como la Comisión del Valle de México y el proyecto del desagüe (Espinosa, 1902, p.
309), la Academia de Medicina y el Observatorio Astronómico y Meteorológico; otras, fueron propuestas novedosas como la formación de la Carta Geológica de los distritos minerales, o la localización geográfica y la descripción de monumentos arqueológicos.
Además hubo lugar para las aficiones personales del monarca, cuyo proyecto personal fue la habilitación del Museo Público de Historia Natural, Arqueología e Historia10, que encargó al entomólogo Dominich Billimeck (Azuela y Vega y Ortega, 2011).
Al mismo tiempo que se delinearon los proyectos científicos de Maximiliano, el Mariscal Bazaine, que encabezaba el ejército intervencionista, quiso aprovechar los talentos científicos bajo su mando para recabar información y desarrollar estudios sobre México.
Simultáneamente, Napoleón III —que no quería ser menos que Carlos X en Grecia y Luis Felipe en Argelia— ordenó la conformación de la Commission Scientifique du Mexique (1864-1867) bajo la dirección del Instituto de Francia, que se abordará en las siguientes páginas11.
El proyecto de la expedición francesa tenía claros objetivos expansionistas, que el emperador francés no se cuidó de ocultar, como puede observarse en la transcripción que hizo el ministro Victor Duruy de sus intenciones, en una carta dirigida al Presidente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística:
El Emperador, que nunca deseó llevar a cabo una conquista por las armas, tiene la noble ambición de conquistar su grandioso país para la ciencia.
Nuestros sabios van a marchar una vez más sobre las huellas de nuestros soldados, pero con mayor fortuna que sus predecesores del Instituto de Egipto.
Pues ahora encontrarán a su llegada, numerosos trabajos ya desarrollados y sociedades de sabios que están organizadas desde hace tiempo12.
Se trataba, como es claro, de analizar científicamente las condiciones del país en todos sus aspectos para lograr un eficiente control político y promover la efectiva explotación de los recursos naturales.
Por ello, el decreto de conformación de la CSM estableció como prioridad los estudios «sobre la geografía; la constitución geológica y mineralógica del país; la descripción de las especies animales y vegetales; el estudio de los fenómenos atmosféricos y de la constitución médica; el de las diversas razas, sus monumentos [y] su historia» (ACSM-1, p.
Temas, que se habían mantenido en la agenda de todos los gobiernos del país, por lo que abundaban los estudios locales desde el siglo XVI y existían avances sustantivos para las tareas que se emprenderían.
Los franceses lo reconocieron cabalmente, aunque como señalé, no se guardaron de expresar desconfianza respecto a su «precisión científica» y su carácter «positivo».
La Commission se dividió en cuatro Comités de acuerdo con la especialidad de los estudios e inscribió la geología en el de Ciencias Naturales y Médicas.
En las «Instrucciones Sumarias» que redactó, el Comité definió su objeto de estudio en los siguientes términos:
Desde el punto de vista de las ciencias naturales, la exploración científica de una región cualquiera comprende el estudio de las razas humanas que la han habitado desde el pasado hasta la actualidad; la descripción de las especies animales y vegetales actualmente vivas [y] de las extintas; la búsqueda de los elementos de la constitución del suelo; [y] la observación de los fenómenos geológicos que puede aún escenificar (Comité des Sciences Naturelles et Médicales, 1865, p.
Aunque el Comité reconoció la posibilidad de estudiar simultáneamente los aspectos «prácticos» de la naturaleza mexicana, advirtió que «los viajeros y los corresponsales de [la Commission] deberían [mantener como prioridad] el estudio puramente 'científico' del país».
20) El texto prosigue con los lineamientos generales que orientarían las expediciones y enseguida aparecen los instructivos de cada disciplina, que redactó por separado el especialista.
El instructivo de geología y mineralogía fue elaborado por Charles Saint-Claire Deville, quien inició sus disposiciones indicando que su meta sería la construcción de la carta geológica de México.
Aunque advirtió que como ésta representaba «el resumen gráfico» de la minuciosa exploración geológica del territorio, «la carta [...], sería el resultado de largos y perseverantes esfuerzos».
Sobre todo, porque dependería del «conocimiento suficientemente exacto de la topografía local» (Sainte-Claire Deville, 1865-1867, p.
Es decir, se trataba de un proyecto para el mediano plazo.
Entretanto, era preciso recoger «los datos generales sobre la constitución geognóstica del nuevo imperio mexicano, o si se quiere, ampliar y completar los que se deben a un pequeño número de observadores, entre los que habría que citar en primera línea, después de Alexandre von Humboldt, a Burkart, de Gerolt y de Berghes»19.
Y ordenó que sólo «en los casos particulares y para las regiones que presentaran un interés capital, ya fuera desde el punto de vista de los fenómenos eruptivos, o desde el punto de vista de la geología estratigráfica o palentológica», los expedicionarios podrían recurrir «al apoyo de los trabajos locales».
En estos casos, «convenientemente elegidos, agregó, se daría un gran servicio a la ciencia con la elaboración de monografías sobre las semejanzas y anomalías que se puedan observar entre las formaciones eruptivas o sedimentarias de América Central (sic) y aquéllas de Europa o de Norteamérica».
El geólogo francés manifestó su interés en «el estudio químico de las emanaciones volcánicas y la descripción de los restos orgánicos de los terrenos estratificados».
Y «en el mismo sentido, señaló, debe concederse mucha atención a una mina igualmente fecunda, pues ambas cosas juntas sólo han aflorado hasta hoy, en [el territorio de] México»20.
El «Instructivo» prosigue con la descripción de los diferentes tipos de terreno, que se habían identificado y la enumeración de los objetos de estudio que debían atender los expedicionarios.
Destacó aquí la identificación y estudio de las vetas metalíferas, «sin ninguna duda, la mayor riqueza natural de México»; de los veneros de aguas minerales y las «chimeneas volcánicas que forman los puntos culminantes del Nuevo Mundo»; demandó la formación de colecciones de minerales, como paso previo e indispensable para el estudio litológico; y enfatizó el interés en «recoger» meteoritos, o «por lo menos muestras» para su análisis en el laboratorio.
En todos los casos los reportes se debían acompañar de dibujos y fotografías cuando fuera posible.
A continuación Sainte-Claire expone las «recomendaciones generales», no sin antes aconsejar la «colecta de todos los datos existentes en el país, impresos o manuscritos [...] sobre la geografía, la topografía, la geología y la mineralogía de México».
(Comentario que indica la ineludible validación de las capacidades científicas locales, que previamente había despreciado).
Entre las recomendaciones destaca el dibujo preciso de las formaciones exploradas; la elaboración de esbozos de los cortes geológicos; el registro de observaciones barométricas y altimétricas con instrumentos específicos; la identificación in situ de las muestras minerales y paleontológicas, si fuera posible; y su etiquetación con todos los datos del lugar donde se encontraron.
En lo que toca a las minas, el geólogo aconsejó el acopio de los levantamientos de las minas ya explotadas, que efectuarían «los ingenieros locales».
Encomendó el examen minucioso del orden y la sucesión de las substancias de la veta y la colección de muestras, «especialmente de las especies cristalizadas» 21.
De las aguas minerales pidió su localización y análisis químico, igual que respecto a los volcanes, cuyas emanaciones había que determinar, lo mismo que sus temperaturas.
Y reiteró su interés en los meteoritos.
El «Instructivo» incluye detalles sobre el uso de los instrumentos adecuados y consejos para situaciones específicas, que no cabe enumerar.
Aunque sí vale la pena extenderse en el comentario sobre la trascendencia de la expedición sobre el desarrollo ulterior de la geología en México, pues el «Instructivo» simbolizaba la difusión de la metodología de frontera para la investigación geológica.
De hecho, la geología fue justamente el área de investigación en la que se efectuaron «los mejores y más amplios trabajos» de la CSM (Maldonado-Koerdell, 1965, p.
Desde luego, el crédito corresponde a los expedicionarios: los mineralogistas y geólogos E. Guillemin-Tarayre, Auguste Dollfus, E. de Montserrat y P. Pavie, quienes exploraron una amplia región del país e hicieron contribuciones significativas al conocimiento de la conformación geológica de los distritos mineros y a la determinación de la edad de algunas formaciones mexicanas.
ALGUNOS RESULTADOS DE LA COMMISSION SCIENTIFIQUE DU MEXIQUE
Tal vez el resultado más importante de los geólogos franceses fue su desempeño como instructores de los científicos locales que se sumaron a la expedición para llevar a cabo trabajos de campo y de gabinete.
Algunos fueron nombrados corresponsales en México por el Ministerio de la Instrucción Pública francés (Antonio del Castillo, Antonio García y Cubas, Francisco Jiménez, Manuel Orozco y Berra) y otros como Leopoldo Río de la Loza o Ramón Almaraz, simplemente figuraron entre los colaboradores.
En lo que concierne al alcance geográfico de sus investigaciones geológicas, éstas sólo pudieron efectuarse en áreas restringidas en virtud de la extensión de la guerra entre los ejércitos imperiales y republicanos.
Sin embargo, las regiones que alcanzaron a explorar incrementaron el reconocimiento territorial y los estudios geológicos del país, dando lugar a numerosos trabajos científicos.
Entre los más valorados por los geólogos mexicanos se puede mencionar el Coup d 'Oeil sur la Topographie et la Géologie du Mexique et de l' Amérique Centrale de Virlet d'Aoust, que Aguilera destaca por la descripción y fechamiento del «sistema de Anáhuac»; la identificación de los distintos tipos de terreno y de minerales del país.
Pone en relevancia sus aportaciones al estudio del metamorfismo y sus trabajos sobre los terrenos de origen meteórico (Aguilera, 1896, pp. 59-60).
Carron de Fleury publicó unas «Notas geológicas y estadísticas de Sonora y la Baja California...»
Y Pierre Laur escribió un tratado de 300 páginas sobre la metalurgia de la plata mexicana, que apareció en los Annales des Mines de París en 1871.22
Los expedicionarios de la Commission, por su parte, dieron a la imprenta numerosas memorias geológicas, de acuerdo con los lineamientos del Instructivo:
Sobre los volcanes, Auguste Dollfus y Eugène de Montserrat firmaron un estudio sobre el Nevado de Toluca y construyeron los cortes geológicos y el plano del cráter, mismo que acompañaron con un croquis geológico y topográfico de los alrededores de Toluca; y también fueron coautores de un trabajo sobre el Volcán de Colima.
Posteriormente los dos primeros hicieron un «Viaje geológico a las repúblicas de Guatemala y El Salvador», en cuyo reporte se refirieron brevemente al volcán de Tacaná, Chiapas e hicieron algunas anotaciones «sobre temblores y erupciones volcánicas» 23.
La región que exploraron incluye los estados de México, Puebla y Veracruz, desde donde se desplazaron al sureste para la expedición a Centroamérica.
De acuerdo con las instrucciones de Sainte-Claire, tuvieron el cuidado de anotar minuciosamente sus observaciones y trazar los cortes de sus travesías.
De ahí resultaron artículos sobre el trayecto de Veracruz a México, del que trazaron un corte que «sigue el desarrollo de la línea quebrada que pasa por México, Puebla, Orizaba y Veracruz» (ACSM-2, pp. 124-127).
También publicaron un estudio geológico a partir de los cortes de Naolinco a Huatusco, de Perote a Tehuacán y de ahí a Puebla, a los que se sumaron los cortes paralelos y transversales de la cordillera.
Este trabajo incluye la carta geológica del distrito de Zomelahuacan y el plano de las aguas minerales de los alrededores de Puebla (ACSM-2, pp. 363-403).
Respecto a los distritos mineros, Dollfus y Monserrat publicaron un estudio sobre el de Sultepec, que contiene tres apartados.
El primero se dedica a la geografía física (montañas, hidrografía y clima); en el segundo, titulado «Geología», se ocupa de la identificación de las formaciones geológicas, volcanes, aguas minerales «y emanaciones gaseosas».
Y bajo la rúbrica de «Mineralogía y fábricas metalúrgicas», el último se refiere a los filones metalíferos y las haciendas de beneficio.
El trabajo incluye 3 cortes geológicos de los derroteros de la expedición (ACSM-3, pp. 471-496).
El mineralogista Guillemin Tarayre, por su parte exploró el noroeste de México (Baja California y Sonora) y después de la caída del Imperio, parece haberse desplazado hacia los Estados Unidos, para integrar aquella región con los estudios geológicos y mineralógicos de la Alta California y Nevada.
Entretanto, viajó a Sinaloa, Chihuahua, Durango, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato, Jalisco, Hidalgo y México.
Fue el más prolífico de los expedicionarios, ya que entre los reportes que envió al Instituto de Francia —que se publicaron en los Archives—, destaca uno de 300 páginas sobre «la exploración mineralógica de las regiones mexicanas», en el que además de anotar los usuales datos sobre los distritos mineros, se ocupa de la temperatura comparativa de las aguas del Atlántico en las costas de América y Francia; incluye observaciones de asteroides y se refiere al meteorito de Casas Grandes24.
En 1870 publicó un libro sobre «La producción de metales preciosos en la América Septentrional», que completa con el mapa de «las dos Californias, Nevada y los territorios circunvecinos» y los cortes geológicos de California y Nevada, así como el de Baja California.
Contiene asimismo, un perfil geológico del país entre los dos océanos», que trazó durante su travesía de San Blas a Veracruz.
En todos los casos, Guillemin tuvo el cuidado de proporcionar una visión de conjunto que no dejó fuera los datos históricos ni las descripciones del paisaje y los pobladores.
Pero además, proporcionó información paleontológica, arqueológica y etnográfica de zonas que habían permanecido en el olvido —Casas Grandes, por ejemplo.
Todo ello complementado con las indispensables estadísticas económicas de las minas y de la región circundante (véase figura 1).
Los estudios geológicos de los Archives... se completan con los trabajos de otros estudiosos como Laur, al que me referí anteriormente25; y con los que discuten los reportes de los expedicionarios, que firmaron Sainte-Claire Deville y Combes26.
En total, los trabajos de la CSM llegaron a completar 3 gruesos volúmenes en los que se incluyen las actas de las sesiones de trabajo; los reportes de los viajeros y estudios extensos como los que he mencionado.
Otras investigaciones se dieron a la imprenta en la serie de la Mission Scientífique au Mexique et dans l'Amérique Centrale (1968), una elegante colección de grandes tomos en folio, profusamente ilustrada.
Mientras que los militares publicaron sus estudios en una serie por separado, L'Expédition au Mexique, donde apareció la Carta del Imperio Mexicano del General Gustave Niox (Niox, 1873).
A la productividad bibliográfica habría que añadir las colecciones y especímenes que fueron a dar a París para enriquecer el patrimonio cultural de Francia.
Tal vez el mejor indicador del volumen que acopiaron, fue el traslado del meteorito de Charcas —de 780 kg— que condujo Bazaine hasta el Museo de París.
Una metáfora material de las transferencias científicas y culturales que se verificaron durante el malogrado imperio. |
ENTENDER LA NATURALEZA PARA CREAR UNA INDUSTRIA.
EL PETRÓLEO EN LA EXPLORACIÓN DE JOHN MCLEOD MURPHY EN EL ISTMO DE TEHUANTEPEC, 1865
En 1851, John McLeod Murphy fue el oficial inferior de la Armada estadounidense encargado de redactar el informe hidrográfico en la expedición científica en el istmo de Tehuantepec, dirigida por el Mayor Barnard.
Durante su exploración, encontró varios criaderos y pozas de petróleo.
Años más tarde, en Nueva York, Murphy fue espectador interesado de la explosión de riqueza generada por la extracción del petróleo; el decidió volver a Tehuantepec para explorar más detenidamente las zonas.
Los resultados de su visita se plasmaron, en 1865, en un importante estudio de factibilidad acerca de la posibilidad de emprender la explotación petrolífera en la región.
Su estudio constituye la primera combinación de exploración geográfica, medición topográfica, interpretación geológica y logística comercial del petróleo mexicano; y representa una fuente hasta aquí no conocida y analizada.
El petróleo en México cuenta con una larga historia, no tan diferente de la de otras naciones productoras.
Durante siglos, tantos las civilizaciones autóctonas como el régimen colonial español han utilizado los petróleos —entendidos como bitúmenes líquidos y sólidos— en su estado natural o moldeándolos mediante el calor (Mazadiego Martínez et al., 2011).
Una variedad de fuentes atestiguan que, al igual que en otros países, el petróleo fue empleado como pegamento, aislante, combustible, cosmético, medicina.
La Corona española importó a Europa chapopote mexicano, pero este comercio era reducido en cantidad y limitado a la península ibérica (Gerali, 2013).
Por otra parte, en algunas áreas de Canadá y Estados Unidos al petróleo se le consideraba un peligro para los pozos de agua y de sal; y en México, las grandes chapopoteras causaban la pérdida de mucho ganado, engullido en las pozas de pez (Sánchez, 2009).
La chapopotera se puede considerar el símbolo histórico del petróleo en México; ningún otro país dispone, en su territorio, de una concentración tan elevada de pozas y lagunas —de dimensiones variables— desde decenas a centenares de metros cuadrados de superficie.
No obstante la gran disponibilidad de la materia prima, ello no había sido suficiente para estimular el uso, el comercio o el estudio científico del petróleo, en términos superiores a aquellos países donde este último escaseaba.
Si bien tuviese ciertas aplicaciones útiles, al petróleo durante mucho tiempo no se le consideró importante, por ser una materia prima de fácil sustitución.
En la primera mitad del siglo diecinueve, los minerales considerados cruciales para las modernas actividades productivas eran otros: carbón, hierro, cobre, plomo —y sus aleaciones, fruto di decenios de estudios y experimentaciones llevados a cabo por científicos y tecnólogos— que constituían insumos primarios para la fabricación de maquinarias, ferrocarriles, calderas y armamento (Gerali, 2012a).
La entrada del petróleo al círculo de los minerales de importancia comercial se afianzó a partir de los años sesenta del ochocientos, con la lenta construcción de un sistema de extracción y e refinación de tipo industrial (Frederick, 1866).
Justo en ese lapso, de forma paralela a naciones más desarrolladas, en México se hicieron intentos por activar la explotación.
Entre 1864 y 1865, en particular, hubo proyectos para dejar atrás la secular recolección manual del chapopote e introducir al sistema de la perforación mecánica para extraer fuertes cantidades del crudo (Gerali y Riguzzi, 2013).
En aquel momento, el nivel global del conocimiento acerca del petróleo se restringía a un número limitado de teorías y nociones empíricas incapaces de explicar sus mecanismos de formación y acumulación.
Y en México, la comunidad científica mexicana casi no había prestado atención al estudio del petróleo o al fenómeno de las chapopoteras, si se excluyen algunas observaciones sobre la posible relación con la actividad de los numerosos volcanes diseminados en el territorio (Morelos, 2012).
Planteamos aquí que el punto de partida de la moderna observación geológica y experimentación científica alrededor del petróleo mexicano, con el propósito di explotarlo de forma comercial, tuvo lugar en las planicies atlánticas del Istmo de Tehuantepec a mediados de los años sesenta.
En 1865, el ingeniero estadounidense John McLeod Murphy llevó a cabo una exploración extensa y detallada de los recursos petrolíferos del istmo, la primera realizada en México1.
Su viaje de estudio, de cinco meses, dio vida a una combinación pionera de exploración geográfica, medición topográfica, interpretación geológica y logística comercial del petróleo mexicano, que al mismo tiempo se tradujo en un informe muy detallado, y hasta aquí desconocido, sobre la presencia de hidrocarburos en la región.
En este ensayo se analizan el trasfondo, las razones y los alcances del estudio y exploración de Murphy en México.
El objetivo es explicar el significado de esta iniciativa científico-comercial, que no fue igualada, por amplitud y precisión, hasta los inicios industriales de la explotación del petróleo a comienzos del siglo veinte.
El trabajo se estructura de la siguiente manera: en las primeras secciones, se lleva a cabo la contextualización relativa al conocimiento sobre el petróleo en el istmo de Tehuantepec, la situación económica y política mexicana a mediados de los años sesenta del ochocientos, y la figura de Murphy.
En la segunda parte, se analizan las características, internas y externas, del informe realizado por Murphy; en la tercera parte, se examina el contenido del documento en relación con los descubrimientos del petróleo en la región y se presentan los aspectos más relevantes del análisis geológico.
Sigue un epílogo, que evalúa el impacto del informe, y unas notas conclusivas.
PRESENCIA Y CONOCIMIENTO DEL PETRÓLEO EN EL ISTMO
El Istmo de Tehuantepec es una región que se encuentra en la zona comprendida por los actuales estados de Oaxaca y Veracruz2.
Se localiza entre los límites del Golfo de México en su extremo norte, y por el Océano Pacífico en su extremo sur.
El borde este-sureste está delimitado por las cadenas montañosas centroamericanas —Macizo y Sierra de Chiapas, y por la plataforma de Yucatán; a occidente por las cadenas de la Sierra Madre Oriental y la del Sur.
El rasgo más visible de la geografía de la región reside en la corta distancia en línea de aire (alrededor de 215 kilómetros) entre los dos océanos, lo cual hizo pensar a estadounidenses y mexicanos que ofrecía ventajas inigualables para la localización de una ruta interoceánica.
A lo largo del siglo XIX, ellos se plasmaron en proyectos, por lo general efímeros, de construcción de caminos, canales, ferrocarriles (Glick, 1953).
La existencia de petróleo en el Istmo era conocida desde hace varios años, pero de forma esencialmente anecdótica y superficial.
En 1842 y 1843 la exploración del ingeniero italiano Cayetano Moro, por cuenta de un empresario local a quien el gobierno del presidente Santa Anna había otorgado la concesión para construir un canal navegable interoceánico, hizo mención fuentes de petróleo y aguas sulfurosas (Moro, 1844)3.
En 1844 la atención de autoridades y observadores se dirigió hacia la localidad de Moloacan, ubicada vente kilómetros al sur de la boca del rio Coatzacoalcos en el Atlántico, donde, después de un pequeño terremoto, de algunos volcanes de barro en la zona comenzaron a salir bitúmenes en ciertas cantidades.
Se dio primero la intervención de un médico alemán residente en la zona, quien realizó análisis químicos y calificó el petróleo como producto de calidad suficiente para utilizarlo a fines comerciales, vaticinando al mismo tiempo la posibilidad de un sismo catastrófico.
El gobierno mexicano a su vez, encomendó una exploración en la zona al conde Gómez de la Cortina (extraordinaria figura di erudito hispano mexicano) y a un militar, el general Orbegozo.
Los dos comisionados desmintieron rotundamente la previsión de terremoto, pero confirmaron la presencia de un «gran yacimientos de asfalto» en la zona; sugiriendo, al mismo tiempo, que se encargara a un experto en química y geología, Manuel Robles, la evaluación más precisa del recurso mineral (Gómez y Orbegozo, 1858).
Pero la propuesta no se plasmó en la práctica, y es muy elocuente acerca del interés efectivo por el petróleo que el informe de Gómez y Orbegozo, elaborado en 1844, se publicó sólo catorce años más tarde en el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
A mediados del siglo, tras la guerra con México y la transformación de Estados Unidos en una nación continental, se activó una política de expediciones científicas en América Latina, ejecutadas por la Armada estadounidense, con el objetivo de reconocer rutas de tránsito marítimo y fluvial, y proyectar el liderazgo estadounidense sobre ellas (Harrison, 1955).
En este marco, el interés por una ruta interoceánica que conectara los centros del este con la costa oeste, se dirigió hacia varias localizaciones centroamericanas, entre las cuales el Istmo de Tehuantepec.
Pero en este caso, fue una empresa la que financió y organizó una expedición científica, en 1850-1851, dirigida por el mayor John G. Barnard, del cuerpo de ingenieros de Estados Unidos.
Esta misión, integrada por un equipo de 54 ingenieros, tenía por objeto realizar el reconocimiento de la región del istmo y trazar la ruta de un camino interoceánico (Suárez, 2003).
El informe Williams de 1852, que presenta la memoria de la expedición, dio a conocer, de forma muy sintética, que se habían localizado dos manantiales de petróleo en la zona, en las localidades de Ishuatlan y Moloacan.
En cuanto a la primera, sólo se informaba que el recurso existía «en cantidad muy considerable» y en condiciones de pureza que volverían lucrativa su explotación.
En la segunda localidad, se asentaba la existencia de un manantial grande, «un área de muchos acres», añadiendo curiosamente que no era «necesario hablar de la importancia de esta producción espontánea que, «según dicen es inagotable» (Williams 1852, p.
Se trataba esencialmente de información genérica acerca de la existencia del recurso, científicamente poco relevante y no especialmente orientada a difundir o subrayar el valor comercial del hallazgo.
Así, la presencia de petróleo como elemento de la naturaleza del área compresa entre Moloacan, Acayucan y Minatitlán se fue repitiendo en varias recopilaciones y publicaciones.
Por ejemplo, el párrafo del informe Williams se reprodujo de forma textual en el complemento mexicano al Diccionario Universal, publicado en 18564.
Mientras que en un relato de viaje de 1860, que gozó de amplia circulación, como el del abad y científico francés Charles Etienne Brasseur de Bourbourg, sencillamente se anotaba la presencia de petróleo en Moloacan, como rasgo distintivo de la localidad (Brasseur, 1984).
El conocimiento superficial y la limitada transferencia de nociones entre México y los demás países en materia, volvía el petróleo mexicano en un recurso latente e ignorado, del cual era provechoso comprender naturaleza y e composición, para evaluar su posible papel en el naciente mercado petrolífero mundial.
En este marco, se insertaba el proyecto de Murphy.
Durante los primeros cuarenta años de vida independiente, ni la comunidad científica, los gobernantes o los empresarios mexicanos habían prestado atención a la cuestión del petróleo.
Pese a que se conocieran ciertas aplicaciones útiles, durante mucho tiempo no se le consideró importante, por ser una materia de fácil sustitución (Jiménez, 1840; Mellado, 1856).
El primer intento de poner en marcha lineamientos de una política petrolera nacional, regida por una legislación específica, lo emprendió Maximiliano de Habsburgo, quien gobernó a México en la breve etapa conocida como Segundo Imperio (1864-1867), y caracterizada por la guerra civil entre imperiales, apoyados por las tropas de Napoleón III, y republicanos, guiados por Benito Juárez.
La minería se consideró una actividad estratégica en la economía del Imperio de Maximiliano, y dentro de política dirigidas a la revitalización del sector, el petróleo fue considerado al mismo nivel de importancia que otros minerales industriales, como el carbón, el hierro o el cobre.
El gobierno imperial intentó estimular la inversión privada, y promulgó una legislación que reformaba en algunos puntos las coloniales Ordenanzas de Minería, y asignaba un estatus específico al petróleo (Riguzzi y Gerali, 2015).
Esto acontecía bajo el efecto demonstración del auge petrolífero en Pennsylvania, donde, tras el descubrimiento de Edwin Laurentine Drake en 1859, la producción de los pozos tuvo una expansión extraordinaria en unos cuantos años, que tiene pocos iguales en la historia de la explotación de recursos naturales (Brice, 2009).
En respuesta a los incentivos externos e internos, entre el noviembre de 1864 y el diciembre de 1865, en México se registraron sesenta y dos denuncios, con el fin de obtener concesiones para explotar el chapopote en todas sus variantes fluidas y solidas: petróleo, bitumen, alquitrán, betún, y asfalto.
La mayoría de los denuncios se ubicaba en la franja costera de los estados de Tamaulipas y Veracruz, reconocida como el lugar histórico del petróleo in México, ya desde la época colonial.
Los interesados en el nuevo sector petrolero, de nacionalidad mexicana, estadounidense, española, francesa, parecen ser inversionistas débiles o especuladores, interesados en la reventa de las concesiones, atraídos por los grandes márgenes de ganancia mencionados por la prensa, al informar sobre el boom petrolífero en la costa este de Estados Unidos.
Entre las vanguardias de los interesados en el petróleo en México figuró un personaje peculiar como el neoyorquino John McLeod Murphy, quien, como se ha visto, llevó a cabo una expedición pionera para localizar y estimar el potencial de los recursos petroleros del istmo.
Al estado actual de la investigación, no hemos podido definir con precisión los orígenes y el grado de autonomía empresarial de la misión de Murphy.
¿Se trataba de una expedición financiada o comisionada por terceros?
¿O de una iniciativa independiente de Murphy, quién miraba a involucrar posteriormente a inversionistas capaces de soportar los fuertes gastos exigidos por la explotación de los manantiales, que trascendían ciertamente su capacidad económica?
Dicho de otras formas, ¿era el neoyorquino un agente de intereses más grandes, o representaba una experiencia de wildcatting estadounidense en México?5.
En su informe, Murphy no ofrece información precisa al respecto, salvo decir que en enero de 1865 «revivió el recuerdo» de los yacimientos petrolíferos localizados en la expedición de Barnard, y que, en consecuencia, «acepté llevar a cabo una visita a México», lo que sugiere que alguien más la promovió y le ofreció dirigirla (Murphy, 1865).
En términos lógicos e históricos, el interés por una iniciativa de este tipo podía proceder de los círculos económicos neoyorquinos relacionados con las empresas petroleras o con la ruta interoceánica de Tehuantepec; pero también podía emanar del gobierno imperial de Maximiliano, en su intento por encontrar nuevas fuentes de riqueza.6 Pero, prescindiendo de esta cuestión, nos interesa subrayar como, a diferencia de otros actores interesado en el petróleo mexicano en estos años, Murphy no fuera un especulador en busca de ganancias fáciles, sino alguien que puso en juego su reputación como hombre de ciencia, militar condecorado y político, en un proyecto arduo y ciertamente riesgoso.
JOHN M. MURPHY, EL PERSONAJE
Reconstruir la trayectoria personal y profesional de Murphy (Ver figura 1) es pertinente, no tanto por la información biográfica en sí, cuanto por la posibilidad de evaluar si en su perfil había peculiaridades que contribuyan a explicar la originalidad y la primogenitura de su exploración en el campo petrolero mexicano.
Murphy nació en 1827 en Westchester County, Nueva York.
Fue cadete en la Academia Naval en Annapolis, y sirvió en la marina de su país como guardia de marina, desde 1841 hasta 1852.
En esta calidad, participó primero en la guerra con México, que lo vio operar en Veracruz y en Tabasco (1847); y luego, tomó parte en la expedición en el istmo de Tehuantepec, dirigida por el Mayor Barnard, siendo el oficial encargado de redactar el informe hidrográfico.
Entrenado en la ingeniería naval, fue autor de connotados manuales técnicos sobre barcos y navegación (Murphy, 1849; Murphy, 1860).
Tras dejar el servicio militar, en 1855 fue jefe ingeniero inspector de la Ciudad de Nueva York, y en 1857-1858 trabajó como ingeniero de construcción en el Astillero de Brooklyn.
Sucesivamente incursionó en la política, y en 1860-61 fue senador del Estado de Nueva York; una vez estallada la Guerra de Secesión, en junio de 1861 obtuvo el mando, con el grado de coronel, de un Regimiento de Ingenieros, parte de la Brigada de Ingenieros Voluntarios del Ejército del Potomac.
Renunció a su rango de coronel en diciembre de 1862 y tomó la comisión de teniente en la Marina de la Unión, hasta julio 1864, cuando volvió a Nueva York para trabajar como ingeniero civil.
En el transcurso de su carrera, Murphy desarrolló una conexión prolongada con el sur de México y en particular con el istmo de Tehuantepec.
Como se ha visto, tras el episodio bélico, tomó parte relevante en la expedición Barnard, y unos años después, fue contratado por otra empresa estadounidense interesada en construir un camino en el istmo; en esa función, realizó en 1859 la inspección y el levantamiento topográfico de los terrenos disponibles para transporte y colonización (Brasseur, 1984).
A partir de esta experiencia, escribió un ensayo sobre el istmo para el recién creado órgano de la American Geographical Society (Murphy, 1859).
Y, en 1865, como se ha visto emprendió la exploración petrolera7.
No hay información exacta sobre el surgimiento del interés de Murphy por el petróleo, o las conexiones con empresas o inversionistas especializados.
Desde Nueva York, sin embargo, Murphy fue espectador interesado de la explosión de riqueza generada por la extracción del petróleo: para 1864, ese estado era el segundo mayor productor de petróleo en la Unión, tras Pennsylvania.
La magnitud del negocio impactó sobremanera la economía del noreste de Estados Unidos, y en octubre de 1864 en la ciudad de Nueva York se fundó la primera bolsa petrolera.
Basado en su experiencia mexicana, él probablemente vio la oportunidad de una incursionar en la explotación del petróleo en el istmo de Tehuantepec.
Oficial de ejército y marina, ingeniero civil, político, explorador, geógrafo.
Este era el perfil de Murphy, un tipo de empresario de cultura científica, técnica y administrativa poco frecuente entre el promedio de los aventureros especuladores del petróleo.
LAS CARACTERÍSTICAS DEL INFORME
Después de recorrer la región del istmo, en julio de 1865 Murphy volvió a Nueva York con un importante caudal de datos e información que vertió en el informe Petroleum in Mexico, fechado en octubre, y que se publicó como un impreso de 28 páginas, en una edición privada, sin pie de imprenta ni notas editoriales (Murphy, 1865).8 Se trataba de un documento destinado probablemente a la circulación limitada en los círculos empresariales y financieros neoyorquinos, sin recurrir a los canales científicos o la divulgación en medios de más amplia circulación9.
En el escrito Petroleum in Mexico, Murphy hizo una descripción de los cinco meses de estancia en el país, basada en el orden cronológico de sus apuntes de campo.
Esta fórmula narrativa tiene analogías con el modelo típico de la literatura del viaje científico del siglo XVIII, en el que el autor relata el trayecto que lo ha llevado a un determinado sitio, describiendo geografía y morfología; enfoca su análisis sobre una 'curiosidad' natural en particular (un mineral, un tipo de roca y su lugar en la geología local, etc.), presente en aquella área, y luego en sucesión desplaza su mirada hacia nuevos focos de atención, hasta alcanzar la meta final del viaje (Wyse, 2007; Glover, 2010).
El texto de Murphy sólo difiere de este modelo —que obviamente no es absoluto— en un elemento.
El petróleo era su objetivo único y la gran mayoría de los análisis territoriales que lleva a cabo son propedéuticos a la localización de los bitúmenes en el Istmo y las perspectivas de explotarlos.
En el informe, Murphy localizó con precisión la posición de los depósitos petrolíferos incluidos en los territorios explorados, tanto en las zonas en que obtuvo la concesión como en otras áreas.
Bosquejó una verdadera ruta del petróleo en el istmo, de la cual proveyó numerosas coordinadas geográficas, y describió la morfología y la composición geológica de una amplia porción del territorio.
No obstante su interpretación de la geología de las zonas exploradas -fincada en un análisis geológico de superficie ejecutado con un limitado número de instrumentos de campo-no siempre sea suficientemente precisa, arroja luz sobre la probable extensión de los depósitos en el subsuelo, incluso en relación con las incursiones volcánicas que han marcado la secuencia estratigráfica del área.
En el escrito de Murphy, la interpretación del subsuelo tiene márgenes de incertidumbre, pero se basa en un estudio empírico; ello contrasta con la evaluación —minuciosa aunque en exceso optimista y confiada- de la logística de las vías de comunicación terrestres y fluviales, y de la facilidad de proveerse de varias materias primas necesarias para la realización de los proyectos de extracción y trasporte del petróleo hacia la costa del golfo.
Desde este punto de vista, el informe de Murphy tiende a exagerar la dotación de recursos naturales en la región y la posibilidad de aprovecharlos a bajo costo.
En este sentido, utiliza «las aseveraciones de un renombrado estadístico mexicano, el Sr. Iglesias» de 1833, para ejemplificar la gran dotación de recursos naturales y humanos del cantón de Acayucan, en el que se hallaba la mayoría de los descubrimientos de petróleo.
Y reproduce una enumeración de aldeas, haciendas y ranchos, animales, plantas, corrientes de agua y materiales, para asentar que no había escasez de recursos en el Istmo, aunque para «todo trabajo de tipo mecánico» había que recurrir a Estados Unidos.
Con esta expresión Murphy se refiere a un sistema de perforación estilo pensilvano —una sonda de hierro que percutía el terreno mediante el impulso de un malacate accionado por un motor de vapor.
En su visión, la riqueza de los recursos locales y la posibilidad de reclutar mano de obra a bajo costo iba a garantizar el abasto de madera para alimentar las calderas, y construir el derrick, o torre de perforación, así como las fibras para las cuerdas de los pozos.
En cuanto a maquinaria y herramienta, es de notar que en aquellos años los Estados Unidos dictaban las normas técnicas y controlaban el mercado; pero ello no ocurría debido a la acción de grandes empresas especializadas, sino por el gran número de pequeñas empresas artesanas, que producían bajo demanda todos los aparatos requeridos por los perforadores10 (Beeby-Thompson, 1916).
Las observaciones de Murphy sobre las características físicas de las sustancias bituminosas encontradas representan el primer testimonio de la variedad de los hidrocarbonados —como él mismo los define— del istmo.
En su estudio, identificó afloramientos de petróleo, numerosos pequeños lagos de bitumen denso y asfalto, así como depósitos de lignita.
Al mismo tiempo, remitió las muestras de muchos de estos minerales a Nueva York, para analizarlas en laboratorio, de manera que ya en el 1865 fue posible estimar las propiedades químicas y las posibilidades de refinar el chapopote del istmo, en función de obtener productos adecuados al mercado de la iluminación y de los lubricantes.
Para sopesar el valor efectivo del estudio de Murphy es preciso recordar la complejidad de la tarea.
Se trataba de localizar el petróleo en zonas aisladas, sin vías de comunicación y difíciles de recorrer, sin contar con una cartografía precisa, y que no habían sido objeto de la observación sistemática, sino de forma marginal.
En este sentido, el viaje de Murphy representaba un raro y afortunado acoplamiento entre interés económico y exploración científica.
El intento, logrado, de localizar terrenos petrolíferos para aplicar un nuevo modelo de investigación y explotación fue un evento significativo en la historia del petróleo en México, aunque sin aplicación.
Murphy propuso una conjetura sobre la medida aproximada de la superficie de las zonas petroleras del istmo:
Desde el principio, me percaté de la semejanza entre los ángulos de rumbo y buzamiento en los estratos geológicos, que se componen —en la sección oriental— de piedra caliza, arena y arcillas.
Lo que me llamó poderosamente la atención fue la constancia con la que todos los estratos indicaban la dirección del levantamiento; y desarrollando las líneas, hallé que se concentraban cerca del pico del volcán Tuxtla.
De hecho, eso no varió en ninguna de la exploraciones sucesivas, lo que me permitió detectar con cierta precisión no sólo el origen sino la zona que encierra todos los depósitos de petróleo en el Istmo.
El área en cuestión, tiene un radio promedio de 38 millas y está comprendida entre los meridianos de la Barra de Santa Anna al oriente, y el de San Martín a occidente, en la longitud 93 grados 49' 95'' y 95 grados 10' al oeste de Greenwich; mientras que su límite meridional se extiende hasta el paralelo 17 grados 37' de latitud norte.
Estos confines abarcan un área de alrededor de 460 millas cuadradas.
Comparando esta aportación con las fuentes técnicas y comerciales de comienzos de siglo XX, cuando México estaba despegando como productor de petróleo, y el istmo se volvió parte integral de esta dinámica, emerge la sorpresiva precisión de di Murphy con respecto a la distribución de los yacimientos en esta área.
En conjunto, y frente a los aciertos mencionados, la principal debilidad del informe residía en los alcances enormes del esfuerzo económico que planteaba, junto con la minimización de los costos y los obstáculos, así como la magnificación de los elementos favorables.
El párrafo siguiente, con el cual concluye Petroleum in Mexico muestra con claridad tales elementos.
El petróleo del Istmo, hasta su pleno desarrollo, tendría como mercados primarios a la costa del Golfo mexicano y las West Indies.
En la primera zona no habría obstáculos, mientras que en la segunda la proximidad otorgaría una ventaja notable sobre el comercio de Estados Unidos.
Debido a la ausencia de carbón, en México el uso del petróleo se está volviendo generalizado; y en el año pasado las importaciones alcanzaron la cifra de 30,000 barriles de aceite refinado11.
La apertura inmediata de la que se puede considerar como una de las regiones petrolíferas mas ricas a nivel mundial, se justifica con los siguientes elementos: la posición geográfica del Istmo de Tehuantepec; la salubridad de su clima; su cercanía a los puertos de Veracruz, Nueva Orleans, y de West Indies; la corta distancia entre los dos oceános, en virtud de la cual se puede manejar el comercio del Pacífico; la abundancia de mano de obra y de materiales; la liberalidad y respeto de las leyes de minería; (...); y las compromisos declarados tanto por el gobierno de los liberales como el del Imperio.
Es probable que Murphy, consciente de que sus recursos financieros no eran en absoluto adecuados para activar el desarrollo, desde cero, del potencial extractivo del istmo, buscara colocar su proyecto con los inversores en Nueva York, con tonos de exaltación promocional.
Ello explicaría la sobrestimación del mercado mexicano, el descontar el papel de la competencia del petróleo estadounidense, así como el énfasis con el que había descrito previamente la abundancia de las manifestaciones espontáneas de aceites y bitúmenes o su argumento acerca de la presencia de grandes depósitos subterráneos12.
Al mismo tiempo, su confianza en la posibilidad de aprovechar la opción del transporte fluvial para obtener un canal adecuado que conectara a los criaderos con la ciudad de Minatitlán, resultaba excesiva.
Al buscar petróleo en el istmo, Murphy entendió la necesidad de romper el cerco que la orografía ponía para el desarrollo de cualquier actividad de explotación, identificando la solución en los ríos y las lagunas, para llevar el petróleo hasta un centro como Minatitlán, desde el cual organizar el comercio del energético.
Pero el supuesto de la navegabilidad de los ríos, para embarcaciones del calado necesario para transportar cargamento de petróleo, era ilusorio.
EL VIAJE, LA EXPLORACIÓN Y EL ANÁLISIS DEL PETRÓLEO
Murphy viajó a México en enero de 1865 y permaneció hasta mayo del mismo año.
Llegó acompañado por su socio George S. Drew, un comerciante de Nueva York, con el objetivo de evaluar las posibilidades de iniciar su propio negocio del petróleo en el istmo de Tehuantepec.
Al mismo tiempo, reclutó para el viaje a un joven médico cirujano, el Dr. Marcus A. Bogie, que fungió de geólogo asistente.13 Es de notar que su exploración se valió de la colaboración de expertos mexicanos, en particular de un coronel del cuerpo de ingenieros, así como de otros personajes que acompañaron al grupo en diferentes partes del recorrido.
Más en general, Murphy estuvo abierto a la integración de los saberes locales sobre el territorio, mediantes el empleo de guías e informantes, y la realización de entrevistas con propietarios y autoridades locales.
Como hemos visto, Murphy no era un empresario petrolero, pero tenía la ventaja de contar con un conocimiento, de corte científico y profundo, del territorio, por haber participado en misiones geográficas y comerciales.
De forma significativa, su informe se abre asentando el nexo con la experiencia previa, el reconocimiento topográfico realizado en 1850-1851, durante el cual se habían localizado varios mantos de petróleo:
Pero sin que se le atribuyera valor comercial, más allá de la información acerca de su existencia como fenómenos mineralógicos.
Habiendo tenido a mi cargo la parte geológica de aquel importante reconocimiento, estaba yo familiarizado con los lugares en los que se presentaron.
En enero próximo pasado se revivió el recuerdo de tales yacimientos petrolíferos, y acepté llevar a cabo una visita a México.
Si en 1850 los criaderos de petróleo del istmo no habían despertado interés comercial, para 1865 el contexto económico del petróleo a nivel mundial planteaba la posibilidad de que tales recursos se convirtieran en riqueza potencialmente aprovechable en gran escala, y no solo para su empleo en los confines nacionales.
Murphy relata la acogida favorable y la protección recibida por las autoridades imperiales cuando entendieron que la búsqueda de petróleo era el motivo de su viaje.
Relata que a su llegada a Veracruz, se entrevistó con el Ministro de Fomento, Luis Robles, acerca de los propósitos de su visita.
El ministro le proporcionó cartas de recomendación para las autoridades, con instrucciones de facilitar los trámites administrativos en los denuncios de los depósitos de petróleo, por «orden especial del Emperador», interesado en el impacto de los descubrimientos sobre el sector productivo.
Su relato confirma el interés y la protección que el gobierno de Maximiliano otorgaba a los empresarios extranjeros que traían los capitales necesarios para revitalizar el estático sector minero mexicano, y diversificarlo, más allá de la explotación de los metales preciosos.
De esta forma, a través del Ministerio de Fomento y de las autoridades locales de Veracruz y Tehuantepec, Murphy sucesivamente no tuvo problemas para efectuar seis denuncios de terrenos petrolíferos, que se publicaron en el periódico oficial «Diario del Imperio», conforme a las Ordenanzas de Minería.
Los denuncios, que él y su socio Drew se repartieron de forma igual, se localizaron así: 1.
Hacienda de Almagra (véase mapa 1).
Localización de los denuncios de Murphy y Drew.
(Elaboración gráfica Mayelli Hernández)
Tras poco más de un mes de su arribo a México, Murphy zarpó del puerto de Veracruz con destino a Minatitlán, la pequeña ciudad que conectaba la extremidad sur del estado de Veracruz con el comercio internacional, gracias a la exportación de caoba y otras maderas.
¿Cuál era su equipamiento técnico?
Su texto nos informa que el traslado se emprendió «una vez conseguidos los materiales químicos y las retortas necesarias».
El geólogo austriaco Ami Boué en el primer volumen de su influyente obra Guía del geólogo, de 1835, hablando de la dotación necesaria para hacer un trabajo de campo formuló el precepto que los instrumentos del geólogo debían variar en función de la finalidad y la duración de los viajes, y después de la visita al país; y agregó que «en todos los casos, deben reducirse a lo estrictamente necesario, porque si he hecho una y otra vez la misma experiencia, la que si estás lleno de muchas cosas, estás cargando algo sin ninguna utilidad real» (Boué, 1835).
Lo que él definía como estrictamente necesario abarca martillos, picos, cinceles, lima, objetos punzantes, antorchas y cerillos, los mapas geográficos, la brújula, lupas, goniómetro, reactivos químicos, termómetro, inclinómetro, y no mucho más.
De hecho, Murphy se equipó con frágiles retortas y alambiques, muy probablemente de cristal o vidrio, que constituyen instrumentos de laboratorio más que de trabajo de campo (Gerali, 2012b).
Parece evidente, como confirma el mismo informe, que Murphy llegó al istmo con la intención de llevar a cabo análisis preliminares del petróleo, ya durante su exploración.
De todas formas, también remitió a Nueva York una amplia selección de muestras de petróleo por analizar.
Si bien Murphy explica al lector las seis áreas a explorar, no se plantea una meta final a alcanzar en un determinado plazo; se mueve en el territorio sin seguir, en apariencia, un plan establecido, empeñado en una exploración para identificar las fuentes de petróleo y los lagos de bitumen.
Por una parte, se apoya tanto en la cartografía existente, decidiendo al mismo tiempo generar sus propios mapas, gracias a la colaboración de sus ayudantes14.
Por la otra, recoge testimonios locales, modificando su recorrido en función de la información obtenida, descubriendo así nuevas manifestaciones de superficie que lo convencen aún más del gran potencial del istmo para el aprovechamiento del petróleo.
Coachapa: los mayores yacimientos del istmo
La primera localidad que Murphy visitó fue Coachapa, y el punto focal de la exploración fue la Laguna de Alquitrán, de la cual escribió lo siguiente:
Emprendimos el viaje a las Salinas de San Cristóbal, en el Rio Coachapa.
Recorrimos una distancia de cinco leguas corriente arriba hasta llegar al Paso de San Cristóbal.
En el radio de una milla al oeste existen vastas salinas y fuentes de sulfuro, que contienen abundantes cantidades de petróleo y otros bitúmenes, llevados en superficie de manera constante. (...)
El dueño de las salinas, me informó que la presencia de tales productos hidrocarbonatos15 constituye un problema, que obliga los operarios a removerlos de los pozos16.
Al día siguiente nuestro grupo, (...) se trasladó a la Laguna de Alquitrán, en la que se concentran los mayores yacimientos del istmo, como las exploraciones sucesivas demostraron. (...)
Abriéndonos camino a través del bosque denso por 2,500 pies, dimos la vuelta a la base de un elevado cerro de piedra caliza gris, repleto de grutas, y llegamos a la orilla del lago, en los llanos de Ojapa.
Este lago surge sobre un suelo aluvional denso y negro, cerca del declive del cerro, en el que se hallan calcite, carbonato de lima, fluorita, estalactitas, etc. Está rodeado de vegetación alta, y mide más de un acro.
A semejanza del lago de Trinidad, el círculo más externo es una superficie suficientemente compacta como para caminar sobre ella; pero el centro es suave y, bajo los rayos verticales del sol, brilla como pulido azabache.
En varios puntos, hay estanques pequeños de agua de colores iridescentes, y en otros el bitumen fluido burbujea, como en estado de ebullición permanente.
En ocasiones, las burbujas se agregan para formar pequeños conos altos dos o tres pies, con vapores, explosiones y desbordamientos.
Los yacimientos de petróleo del Istmo son conectados por debajo de la superficie, y como prueba se puede citar que cada vez que en la Laguna de Alquitrán se verifica una fuerte ebullición o una explosión espontánea, ésta se repite en todos los demás, aunque estén a cierta distancia los unos de los otros17.
Los olores que se desprenden de los lagos son iguales a los de los pozos petrolíferos y depositos bituminosos de Michigan y Canadá. (...).
Desde estos varios puntos de vista, los depósitos del Istmo tienen semejanza con los grandes lagos petrolíferos cerca de Santa Barbara, en California.
En la zona de Coachapa (véase mapa 2), Murphy halló elementos de superficie generalmente asociados con los depósitos de petróleo, como el gas de sulfuro de hidrógeno y agua sulfurosa.
El ejemplo del lago de Trinidad no es casual; el gran 'Pitch Lake', lago de Alquitrán de la Isla de Trinidad, era el que mejor describía el concepto de lago de gran tamaño, formado por el constante desbordamiento de petróleo, en la misma porción de terreno, en el trascurso de periodos largos y por consiguiente oxidado y solidificado per la acción del oxígeno (Forbes, 1958).
A continuación, comparó sus observaciones con las muestras de otros lagos norteamericanos, con notables alcances descriptivos.
Mediante tales ejemplos Murphy ofrece una explicación de lo que es realmente una enorme chapopotera, tanto al lector familiarizado con la literatura científica, como al lector desprovisto de conocimientos específicos.
La chapopotera, como hemos mencionado, era la expresión física predominante en México de la probable presencia de petróleo en el subsuelo adyacente18.
Explicar este fenómeno físico era la clave para dar a entender a los potenciales inversionistas estadounidenses de qué forma se presentaba el petróleo en la nación vecina.
Particular del rio Coachapa: las salinas de San Cristóbal y la áreas petroleras alrededor (Shufeldt, 1872)
En este punto del informe, el autor combina la observación naturalística con el análisis de laboratorio, para delucidar de qué forma el petróleo de esta area podía colocarse en el mercado de la refinación.
Al respecto, dio cuenta de los resultados obtenidos en los exámenes conducidos por el profesor S.R. Percy, del Médical College de Nueva York, sobre las muestras trajidas de la laguna de alquitrán en Coachapa:
Mediante el calentamiento cuidadoso esta sustancia se vuelve ligera, y puede trasvasarse de un recipiente a otro.
Contiene en su interior cierta cantidad de agua, que inicialmente dificulta la distilación (...).
En un examen se calentó una porción de aceite mineral en envases abiertos, hasta la eliminación de toda el agua; luego se tapó el envase y se procedió a la distilación.
Bajo este tratamiento, una masa de 25 libras de peso rindió un galón de aceite, así que una tonelada produciría 89,6 galones.
En una manipulación posterior se empleó un mejor método, y 25 libras de masa rindieron 9,5 pintas de aceite.
Mediante la distilación fraccionada, a 400 grados Farenheit, 100 parte de éste generaron: 17 partes de aceite de iluminación y 83 partes de aceite lubricante.
Tales resultados distaron de ser alentadores.
El petróleo recolectado presentaba dificultades para refinarse a raíz del nivel elevado de agua que contenía; además, en cuanto a rendimiento final, la proporción entre crudo y refinado era sustancialmente baja.
Simplificando las palabras de Murphy y trasformando todos los valores en decimales, es posible establecer que 11.4 kg de producto drenado de agua, producirían 5.4 kg di sustancia oleosa al llevarse al punto di ebullición.
Esta última cantidad, tras un proceso de destilación fraccionada19, que culmina en 212 grados Celsius, producían sólo 920 gramos de aceite iluminante; el residuo se clasificó como aceite lubricante, de hecho un aceite pesado, de bajo valor comercial.
Murphy, para matizar esta información desfavorable, intentó relativizar el resultado, afirmando que las muestras procedían de la superficie, pero que la laguna podía ofrecer mucho aceite mineral, «una fuente inagotable», de calidad superior a la de la muestra recolectada (Murphy, 1865).
Almagres y Cuapinoloya: los campos de fuego
A una distancia de 2 millas del área de las salinas de San Cristobal, en dirección Norte-Oeste, Murphy cruzó una cadena de colinas calcáreas (Cerros de las Salinas), que se extiende por las praderas hasta la ribera oriental del Coatzacoalcos, y forma parte de los límites septentrionales del Potrero de Ojapa.
En uno de los esperones de la cadena, situó a la villa de Almagres, mientras que en el otro ubicó el Cerro de Cuapinoloya.
En el margen oriental del declive están los depósitos de sal, sulfuro y petróleo (...), que agitan el lago de forma constante.
Las «agitaciones» son especialmente intensas durante la temporada de los Nortes, y cuando los volcanes de Orizaba y Tuxtla emiten gases.
Aproximadamente una vez al año la laguna de Alquitrán es objeto de combustión espontánea y la superficie entera se recubre con lenguas de fuego, acompañadas por masas de humo denso, que impregna el aire con fuerte olores bituminosos.
Una de estas combustiones tuvo lugar el día de nuestra visita (...), poco después de que nos retiramos, y se prolongó hasta después del ocaso.
Las flamas generaron un calor muy grande, y nubes de humo negro obscurecieron el cielo sobre el lago, ofreciendo un espectaculo que recuerda la descripción de los «campos de fuego» del Caspio.
Entre las tradiciones aztecas está la de venerar los fuegos generados por medios no visibles; y en los escritos de Heródoto, Elia, Strabo y Plutarco hay referencias a los incendios de Apolonia (Libia), Zakunthus y Ecbatana (Irán), que eran objeto de adoración supersticiosa en Oriente.
En cuanto a los fuegos en los lagos del Istmo, todas las localidades contiguas exhiben las huellas de de civilizaciones grandes y desarrolladas. (...)
Transcurrimos varias horas alrededor de la laguna, explorando, reconociendo y recolectando muestras(...)
De regreso a San Cristobal, me enteré que en el radio de legua y media desde la ribera del Coachapa, rumbo al sureste, existen otros seis lagos más pequeños, concentrados en un espacio de 300 acres.
Se les describe como muy parecidos al de Alquitrán, y sin duda se alimentan de las mismas corrientes.
La descripción puntual de la segunda etapa de la exploración se enriquece con el apunte histórico sobre la relación entre las poblaciones prehispánicas y la presencia del petróleo.20 Más relevante es el argumento, que Murphy reiteró en diferentes partes del informe, de la relación estrecha entre la actividad volcánica y el burbujeo de los lagos bituminosos; además, sostuvo la hipótesis del origen inorgánico — volcánico del petróleo mexicano, alineándose en esto con las obra y las teorías proporcionada medio siglo antes por Alexander Von Humboldt y el mexicano Andrés Manuel del Río.
Pero, salvo algunas referencias con escaso valor probatorio, no profundizó en las razones de su convencimiento.
Al finalizar esta sección, en la que se combinan observación científica y nociones históricas, Murphy se conectaba nuevamente con su objetivo primario: la exploración del área que en su denuncio llama de forma genérica Cuapinoloya, para comprobar la existencia de otros depósitos superficiales.
Moloacan, entre lignito y petróleo
Sucesivamente, Murphy y su equipo decidieron examinar el territorio al oriente de Moloacan, y se trasladaron a Ishuatlán, un eslabón más en la larga cadena de depósitos petrolíferos, que en texto presenta en estos términos:
Se trata de una capa de lignito y otras sustancias arcillosas, esquistos bituminosos, etc., entremezclados con materia orgánica, y situada al fondo de un barranco profundo a espaldas del Campo Santo.
La lignito tiene una estratificación horizontal, que remite a una era reciente de formación.
Su color es negro café, con cierta textura de residuos de madera, y al quemar desprende un olor empireumático.
Una cresta de marga yesífera y piedra arenisca gris recubre los estratos, y forma muchas torceduras.
Los componentes bituminosos de los enquistos sin duda se originan del petróleo21, y es probable que haya por debajo un manto de carbón obscuro.
El informe del Profesor Percy asienta que: este lignito es de color marrón obscuro, está compuesto por capas horizontales fácilmente separables, revestidas en varios puntos con sequióxido de hierro.
Mientras que, al distilarse en alambiques cerrados, arroja: Aceite parafinado, 14.04 partes; Agua amoniacal, 25 partes; Coke, 60.96 partes
Alrededor de quince años antes, en la Escocia central, el químico James Young, empezó una lucrativa actividad de refinación y comercio de aceite y gas para la iluminación mediante la distilación de bitúmenes que se desprendían del 'channel coal' de la mina de carbón de propriedad de su familia.
Este negocio se aunaba a la venta de coke, parafina mineral, y agua amoniacal —las dos últimas eran útiles en varios sectores industriales y civiles.
Justo cuando Murphy se hallaba en México, en Pennsylvania iba despegando el mercado de la parafina mineral derivada del petróleo— hasta entonces considerada como una impureza que obstaculizaba la extracción del crudo (Butt, 1983).
El análisis de Percy arrojaba resultados positivos en este renglón: la destilación ofrecía un rendimiento de cien por ciento de producto potencialmente comerciable.
Curiosamente, en el informe no hay comentario de satisfacción por este hallazgo, aunque en más de un punto se muestra interés por la posibilidad de emprender negocios paralelos.
Sayula y Acayucan: petróleo a baja profundidad
Una vez concluidos los preparativos para un nuevo recorrido, Murphy viajó hacia Sayula, una localidad de alrededor de 1,500 habitantes, a tres millas de Acayucan, omitida en el mapa del Mayor Barnard.22 En el camino recorrió las localidades de Cosoliacaque, Jaltipan, Soconusco y Acayucan.
Todas (...) se sitúan sobre lomas de arenas gruesas blancas, tiza y yeso, a cuyos pies transcurren numerosos pequeños caudales que contienen chapopote, turba y otras materias vegetales impregnadas con bitumen.
Con base en los indicadores de superficie que abundan en el distrito, no es arriesgado considerar que los pozos abiertos en casi cualquier punto del área en cuestión, arrojarán petróleo a una profundidad inferior a los 250 pies.
Murphy conjetura acerca de la existencia de un depósito petrolífero a una profundidad inferior a los 75 metros, pero sin proveer pruebas de ningún tipo.
En realidad, no es posible establecer la profundidad de una capa potencialmente productiva mediante una simple evaluación de la superficie; particularmente en un área de la cual se conocía solo marginalmente la topografía, y de la que se ignoraba casi por completo la geología.
Por lo que se refiere a Sayula, el informe ofrece la siguiente información:
Aquí, las fuentes de petróleo derivan en un barranco no tan profundo, a partir del lecho de un pequeño arroyo que cruza con rumbo N.N.W. y S.S.E. (...) di instrucciones al Coronel Castro, para que elaborara un mapa, y al Dr. Bogie para recolectar muestras, al mismo tiempo que yo me dedicaba a reconocer las características geológicas (...).
Por lo que se refiere propiamente al petróleo, el Dr. Bogie, que lo ha analizado en la medida de lo posible desde allá, asevera que es superior a cualquier otro en el Istmo, y se asemeja al aceite de los pozos de Guadalupe (...).
El análisis de las muestras recolectadas, de acuerdo al reporte del Profesor Percy, es el siguiente: «la masa aceitosa semi fluida, una vez separada el agua, contenía 87% de aceite pesado.
La distilación fraccionada de tal aceite a 400 grados F, produjo 21% de aceite de iluminación.
Mapeo, observación geológica, recolección de muestras, análisis preliminares: el pequeño equipo de Murphy no tenía quizás experiencia en materia de petróleo, pero era muy apto para el trabajo de campo.
Al cabo de pocas semanas, sus integrantes identificaron petróleo, bitúmenes y lignito, midiendo coordenadas, distancias y topografía del área y fijándolas en papel.
Durante la redacción de su informe, entre julio y octubre, Murphy siguió recibiendo información de sus asistentes; en particular de que el petróleo de Acayucan era de calidad parecida a la de la nafta ligera que fluía, de manera episódica, de una roca atrás del célebre santuario de la Virgen de Guadalupe, en las afueras de la Ciudad de México.
Sin embargo, el resultado de Percy, más preciso y confiable, mostró que si bien aquél petróleo rendía más del doble de masa drenada que el denso bitumen de las salinas, la cantidad de aceite de iluminación permanecía poco satisfactoria.
A lo largo de cinco meses en México, Murphy estrechó relaciones políticas, aseguró casi por completo las concesiones de explotación relativas a sus descubrimientos, y llevó a cabo la exploración petrolífera más importante en el México del siglo XIX.23 Dejó la región, a finales de mayo, para volver a Nueva York, dejando en el sitio al Dr. Bogie, y enviando sucesivamente a un ingeniero, para continuar la recolección de muestras (Murphy, 1865).
Su socio Drew y él consiguieron solo cinco de las seis zonas denunciadas y descritas en el informe, sin lograr los derechos de explotación sobre Moloacan.
Mucho más importante, es que, de todas formas, ninguna de las concesiones dio origen a trabajos de perforación o intentos de explotación.
Pese a que algunos diarios mexicanos, en mayo de 1866, reportaron que había empezado la explotación de una mina de petróleo en el istmo de Tehuantepec, «de abundancia maravillosa», eso parece responder esencialmente a una operación publicitaria, orquestada por el mismo Murphy, que en ese momento había vuelto a México, probablemente para defender las concesiones.24
Podemos inferir que, en vista del volumen muy grande de la inversión y los riesgos asociados, Murphy no consiguió convencer a los financiadores potenciales; y que las circunstancias mexicanas, con la intensificación del conflicto militar, que concluyó con la caída de Maximiliano y el triunfo del bando republicano en 1867, desdibujaron las perspectivas del negocio petrolero.
De hecho, la legislación del subsuelo, así como todas las concesiones petroleras asignadas por el gobierno imperial, fueron canceladas al restaurarse la república (Riguzzi y Gerali, 2015).
Por su parte, Murphy pareció abandonar el proyecto o perder interés en él, lo que podría avalar la posibilidad de que su misión en el istmo, más que una iniciativa individual, fuera por encargo de un grupo de inversionistas.
Ante el hecho de que el informe no fue suficiente a convencerlos de las perspectivas del negocio, a Murphy no quedaba más opciones que el repliegue.
Desde este ángulo, el hecho que el texto fuera un documento impreso, plantea la interrogante de por qué no circuló sucesivamente, por lo menos de forma parcial, ni recibió publicidad indirecta o mención en la prensa.
La única referencia del informe de Murphy, la ofreció, veinte años después, un documento elaborado por un funcionario del Department of Interior de Estados Unidos, sobre la producción, tecnología y usos del petróleo, que reprodujo una docena de líneas del informe de Murphy, para avalar la existencia de abundantes fuentes en México (Peckham, 1885).
La respuesta más plausible era que se tratara de un texto comisionado y por lo tanto vinculado por el derecho de propiedad.
Todavía en el agosto de 1867 el New York Times publicó un artículo sobre el petróleo en México, que evidencia con claridad la inspiración o la autoría de Murphy, por la presencia de algunas frases muy similares a las del informe, y por recordar (sin citar la existencia del informe) que la gran riqueza petrolera del istmo de Tehuantepec había sido cuidadosamente explorada, y adquirida en concesión, por él (New York Times, 11 de agosto de 1867).
Pero esta fue la última aparición pública del tema, y Murphy, pese a su regreso a México durante dos años como cónsul en Tabasco, dirigió su atención hacia otras cuestiones, como el estudio de las características de las fibras de ixtle (Department of Agriculture, 1869).
En 1869, obtuvo una patente de invención para un dispositivo de abertura y cierre de las latas de aceite mineral; y es de notar que aún en 1870, poco antes de fallecer, convencido de la existencia de petróleo en el istmo, Murphy volvió a efectuar el denuncio de varios criaderos de petróleo en Minatitlán, a través de representantes (Scientific American, 6 de noviembre de 1869; Riguzzi y Gerali, 2015).
Murphy era un individuo emprendedor y de gran cultura científica, perteneciente a la elite política neoyorquina, y que conocía muy bien el potencial económico del petróleo.
Su conciencia de la necesidad de estudiar la naturaleza del territorio y aprehender sus características para evaluar la riqueza del subsuelo, le permitió realizar una exploración científica.
Esto era todavía un sistema aún poco utilizado para buscar el petróleo, lo cual acerca su experiencia mexicana al nivel de otros países en donde la asociación entre ciencia e inversión empresarial había sido provechosa para la explotación de los hidrocarburos, tales como Estados Unidos, Rumania e Italia.
El problema principal, como hemos mencionado, es que su estudio permaneció sustancialmente desconocido.
Parece incuestionable que la difusión del informe hubiera generado un nuevo acervo de conocimiento geológico, geográfico y logístico.
Sin embargo, la oportunidad de incrementar los saberes aplicados al subsuelo mexicano permaneció inerte.
En la primera década del novecientos, la construcción definitiva del ferrocarril interoceánico de Tehuantepec, llevó al re-descubrimiento de varios pozos productivos, justo en algunas de las zonas identificadas por Murphy.
Y alrededor de Minatitlán se fue montando un complejo integrado extracción-refinación-transporte, con la construcción de una de las refinerías más importantes de México y un oleoducto (Garner, 2013).
Obviamente no es posible demostrar que la difusión del informe de Murphy hubiera significado acelerar el surgimiento de la industria petrolífera en el istmo.
El atraso industrial de México, los bajos niveles de consumo de petróleo, satisfechos a través de la importación de crudo estadounidense, la ausencia de una política específica (la primera legislación sobre petróleo es de 1901), fueron factores que en la segunda mitad del siglo XIX inhibieron el desarrollo del sector petrolífero en la república mexicana.
Queda sin embargo claro que John Mcleod Murphy, el mayor experto en la geología del Istmo en su tiempo, había interpretado con cuarenta años de adelanto varios puntos clave para la localización y explotación del petróleo de Tehuantepec. |
ORÍGENES Y FUNDACIÓN DEL INSTITUTO GEOLÓGICO DE MÉXICO
En este artículo se estudia la creación y los primeros trabajos de la Comisión Geológica Mexicana (1888), que daría paso al Instituto Geológico Nacional en 1891.
Su establecimiento replicó el modelo de los Geological Survey, instituciones impulsadas desde las primeras décadas de la centuria en los países más desarrollados económicamente y con vocación expansionista para la búsqueda, evaluación, conocimiento y levantamiento cartográfico de los recursos minerales y geológicos por manos expertas.
Este periodo se caracterizó por el significativo desarrollo de las ciencias químicas, la historia natural y la configuracion de nuevas especialidades, entre ellas la geología; también por el avance de los métodos empíricos que se complementaban con los fundamentos teóricos para explicar el origen de los minerales y la tierra por medio de la doctrina acuosa, del calor interno o el catastrofismo (Zittel, 1901).
Sugiere Bowler (1998) que en este lapso se atestiguó «la elaboración de un bosquejo completo de la historia de la Tierra donde la superficie entera quedó sometida al escrutinio científico».
El avance en estos conocimientos derivó en la iniciativa de las monarquías europeas modernizadoras para aprovecharlos para la instrucción de funcionarios y técnicos destinados a la explotación y dirección de las labores mineras, por medio de la fundación de Academias de Minas (Brianta, 2000).
Estas instituciones fueron creadas en Europa en la segunda mitad del siglo XVIII: Freiberg, Sajonia (1765), Banska Stiavnica en Austria (1770) y Almadén, España (1777).
En América el modelo alemán se replicó con la fundación del Real Seminario de Minería de México en 1792 (Izquierdo, 1958).
Para la historiadora Ursula Klein (2012), los graduados de las Academias de Minas representaron un nuevo actor, un «artisanal-scientific-expert», es decir, ingenieros científicos instruidos en la metalurgia, química, orictognosia o mineralogía, geognosia o geología y en la explotación de minas, capaces de hacer acopio de minerales, rocas, fósiles y meteoritos, profundizar en los aspectos geológicos y legales de los lugares visitados y levantar mapas.
La institución pionera fue dirigida por Abraham Gottlob Werner (1749-1817), considerado uno de los pilares fundamentales de la geología moderna, creador del sistema de descripción mineral por caracteres exteriores, de la teoría que explicaba el origen de los minerales conocida como Neptunismo y estimado entre sus contemporáneos como «el gran oráculo de la ciencias de la Tierra» (Hallam, 2008; Pelayo, 2001).
Varios de los personajes relevantes en las ciencias geológicas fueron sus alumnos.
Fue en el Real Seminario de Minería donde germinaron las comisiones geológicas que dotaron de infraestructura y sueldos a los ingenieros de minas que transitarían a geólogos estatales (Lundgreen, 1990).
Sus aportes al conocimiento de los recursos minerales del país pueden estimarse por los numerosos textos e informes desarrollados y por la importante labor en la representación gráfica del territorio, primero a nivel local, después a nivel regional y, finalmente, en un gran proyecto de construir la carta geológica de la República por una nueva institución: la Comisión Geológica Mexicana (1888), precursora del Instituto Geológico Nacional (1891).
En el presente texto se busca hacer un recorrido por las representaciones gráficas de la geología en México elaboradas desde comienzos del siglo XIX por hombres de ciencia, viajeros, ingenieros, militares mexicanos y extranjeros, que aportaron información relevante para el conocimiento de las riquezas minerales y geológicas del país y que sirvieron de sustento para la construcción de los primeros mapas minero y geológico generales de la República Mexicana en 1889 que debían exhibirse en la Exposición Universal de París de ese año; y también mostrar los derroteros que siguieron los geólogos oficiales para lograr su cometido.
EL SURGIMIENTO DE LA GEOLOGÍA Y LA EXPLORACIÓN DEL TERRITORIO MEXICANO EN EL SIGLO XIX
México es heredero de una práctica ancestral que se emparenta con una tradición científica de «hurgar en la tierra» en búsqueda de minerales, piedras preciosas, petróleo, fósiles, materiales de construcción, etc., que se remonta al menos 500 años atrás.
La relevancia de la industria extractiva ha sido tal que, desde su nacimiento como nación independiente, los diferentes grupos políticos gobernantes buscaron y ensayaron distintas alternativas de riqueza que fijaron como fundamento el patrimonio depositado en un suelo pródigo en minerales.
Esta búsqueda estuvo relacionada con el desarrollo de la minería académica, en la que concurrieron varios saberes, entre ellos la geologia, y cuya utilidad inspiró la creación de instancias para la instrucción científico-técnica, la exploración y la explotación de los recursos naturales.
Desde el siglo XVI México se había posicionado como el principal productor de plata en el mundo, aunque las primeras décadas de vida independiente transcurrieron en medio de continuas guerras entre los distintos grupos políticos, intervenciones, invasiones y la pérdida de más de la mitad del territorio nacional.
A partir de 1860, la actividad minera alcanzó un desarrollo importante mediante la diversificación de minerales de uso industrial; derivado de ese interés llegaron del extranjero diversas comisiones de exploración científica con la idea de estudiar e invertir en los recursos no renovables; asimismo, este crecimiento inspiró también a empresarios y al gobierno mexicano (Velasco, Flores Clair, Parra, Gutiérrez, 1988).
Durante el porfiriato (1876-1910) el escenario se presentó más viable para el despegue económico.
Fue un periodo caracterizado por un clima de relativa paz, de impulso al fomento gubernamental, que corrió en paralelo a la instrucción formal, lo que hizo posible la consolidación de una unidad legislativa, el tendido de caminos de fierro, la política de «puertas abiertas» a los inversionistas extranjeros y la centralidad en las instituciones educativas.
Especial interés reviste el Real Seminario de Minería, después Colegio de Minería (1821) y Escuela Nacional de Ingenieros (1867), toda vez que algunos de sus profesores, alumnos y egresados fueron los pioneros de la geología en México y formaron parte de las numerosas comisiones científicas y de exploración organizadas desde la segunda mitad del siglo XIX por la Secretaría de Fomento, Colonización e Industria (Bernstein, 1964; González et al., 1994).
Lo anterior puso en evidencia que durante el último tercio del siglo, se experimentó el funcionamiento recíproco entre la práctica del sistema educativo y la política económica de reconocimiento territorial y de exploración de los recursos naturales.
Con las riquezas depositadas en el subsuelo, el estímulo del gobierno federal y la cooperación del gobierno local, se auguraba el éxito2.
Un punto de partida lo representa la creación del Importante Cuerpo de la Minería de Nueva España, institución que comprendía al Real Tribunal de Minería y al Real Seminario de Minería o Colegio Metálico.
Esta escuela abrió sus puertas el 1o de enero de 1792 bajo la dirección del mineralogista Fausto de Elhúyar para la formacion de un cuerpo científico técnico encargado de la dirección y explotación minera (Ramírez, 1890; Izquierdo, 1958; Flores Clair, 2000).
En este espacio se ubica el inicio del proceso institucional de las ciencias geológicas en México con la creación de la cátedra de orictognosia, geognosia y arte de minas, el 27 de abril de 1795 por Andrés Manuel del Río.
Este profesor fue el autor del primer libro de texto para la enseñanza facturado en el continente que llevó por título: Elementos de Orictognosia o el conocimiento de los fósiles (1795), basado en la clasificación mineralógica de caracteres externos de Werner.
En esta última edición se integró la Pasigrafía geognóstica de Alexander von Humbolt, obra que «dotó de un lenguaje universal a las cartas y permitió de manera clara la representación de datos geológicos y cartográficos, por medio de letras, flechas, símbolos y abreviaturas para las formaciones y tipos de rocas» (Moncada, 2003).
Asimismo, este volumen estuvo acompañado de dos cortes geológicos que indicaban la superposición de las rocas en ambos continentes.
La obra del barón prusiano influenció e inspiró a numerosos viajeros y científicos extranjeros y nacionales que contribuyeron al estudio y a la representación gráfica de la geología mexicana, entre ellos destacan los trabajos del diplomático e ingeniero alemán Frederick von Gerolt, los ingenieros Carl de Berghes y Joseph Burkart, el botánico y geólogo Henri Guillaume Galeotti (1814-1858) y el explorador galo Eugéne Saint Clair Duport (1804-1882).
Galeotti publicó «Viaje al Cofre de Perote», así como la «Noticia geológica de los alrededores de San José del Oro» (1838), acompañada de la Carte géognostique des environs de Zimapan au Mexique, el Coup d ́Oeil sur la Laguna de Chapala, avec des Notes Géognostiques y en coautoría con Henri Nyst (1813-1880) la «Notice sur le Calcaire Cretacé des environs de Jalapa au Mexique» de 1839 (Aguilar y Santillán, 1908).
Correspondió al mineralogista y agente de la Compañía Alemana de Minas, Friedrick von Gerolt4 y al ingeniero mecánico de la misma, Carl de Berghes el levantamiento de la Carta Geognóstica de los principales Distritos Minerales del Estado de México de 1827, valorada como el primer mapa geológico del México Independiente impreso a color, que incluyó las elevaciones de los principales puntos sobre el mar en pies ingleses y la explicación de las haciendas de labor y de beneficio, rancherias, ojos de agua termales, distritos minerales, minas de oro, plata, cobre, fierro y plomo y una gama a colores que indicaba las principales formaciones de rocas (Gerolt, 1828).
Joseph Burkart (1798-1870), ingeniero alemán residente en México entre 1825 a 1834, arribó al país para ocupar el cargo de director de la compañía minera de Tlalpujahua y más tarde de Veta Grande.
Elaboró varios estudios sobre la explotación minera, la geología mexicana y confeccionó dos importantes cartas geológico-mineras, el Geognostische Skizze des Weges von Tlalpuhajua nach Huetamo dem Jorullo und Valladolid.
Cuatro años después, Burkart levantó el Mapa de las montañas de Zacatecas (Karte des Gebirges von Zacatecas).
Ambas cartas fueron integradas en su obra Aufenthal und Reisen in Mexico in den Jahren 1825 bis 1834, de dos volúmenes publicada en 1836 en Stuttgart y dedicada al barón de Humboldt, la cual contenía noticias diversas sobre el país, sus productos, el desarrollo de la ciencias, la importancia del conocimiento de las rocas, el estudio de los ópalos, sus brechas, los metales preciosos y la historia de las explotaciones.
Además este experto agregó y corrigió datos mineralógicos y petrográficos aportados por Humboldt y Gerolt y mantuvo a lo largo de su vida un sólido intercambio epistolar y de objetos científicos con el mexicano Antonio del Castillo (1820-1895) (Burkart, 1836; Maldonado, 1952; Mentz, 1980; Morelos, 2014).
Del Castillo (Figura 1) fue sucesor de Andrés del Río en la cátedra de mineralogía en el Colegio de Minería en 1846 y un ferviente promotor de la formación científico-técnica y práctica de los ingenieros de minas, toda vez que consideraba que esos profesionales no podían carecer de los conocimientos esenciales para el levantamiento de planos topográficos, geognósticos y petrográficos, de la geometría descriptiva por sus amplias aplicaciones a los planos petrográficos, los procedimientos del beneficio de metales, «donde los conocimientos de metalurgia y química tienen su aplicación» y, agregó:
la precedente enumeración rápida de las ciencias que desde luego tienen una aplicación inmediata y directa en la práctica de minas, son a mi ver las que forman el criterio y tópicos del buen ingeniero de minas.
Mas como resumen de su vasto saber, la geología viene a formar el último término de su larga y penosa carrera científica.
En fin, nosotros no podemos mas que emitir nuestros sinceros votos por el progreso de las ciencias industriales, como base de la prosperidad de las naciones (Castillo, 1843).
De estas fechas destaca el reconocimiento territorial en el Istmo de Tehuantepec relizado en 1842 por la Comisión Exploradora del Istmo de Tehuantepec, impulsada por José de Garay y sufragada por el gobierno de Antonio López de Santa Anna para estudiar la factibilidad de abrir una vía de comunicación interoceánica (Garay, 1844; Moro, 1844; Fernández, 1878; García de León, 1993).
En este tenor se ubica el Plano geológico de una Parte Austral del Istmo de Tehuantepec de 1843, que acompañó a la descripción geológica de la zona realizada por Andrés Manuel del Río y Manuel Robles como parte de la Memoria sobre el proyecto interoceánico en el Istmo de Tehuantepec (Moro, 1844).
Años más tarde, el ingeniero Agustín Barroso contribuiría con la Carta geológica del istmo de Tehuantepec formada por la Comisión Mexicana que exploró el Istmo el Año de 1871, bajo la dirección del ingeniero Manuel Fernández Leal, a escala 1: 500 000 y litografiada por Hipólito Salazar, así como el Geological map of the Isthmus of Tehuantepec (1871) del cirujano y geólogo naturalista John Crawford Spear (1838-1908), integrante de la expedición de la marina estadunidense a cargo del capitán Robert Wilson Shufeldt (1822-1895), autor de Reports of explorations and survey.
En el mapa destaca la gama de colores que indican la litología de la región y las noticias sobre manifestaciones de petróleo (Shufeldt, 1872; Fernández, 1879; Blanco y Moncada, 2011).
En términos administrativos también surgieron instancias de importancia capital que buscaron articular la política económica con el estudio de la naturaleza y geografía mexicana.
Entre las más importante se sitúa el Ministerio de Fomento, fundado en 1853, dependencia especial que tuvo bajo su cargo el avance de las industrias y su conexión con las ciencias.
Numerosos ingenieros científicos integraron las comisiones especiales y expediciones científicas organizadas por las corporaciones y por el aparato gubernamental.
Destacan así para el caso que nos atañe, la factura de productos científicos novedodos que realizaron sobre los temblores, sismos, fenómenos geológicos, levantamiento de cartas, perfiles y planos para el trazo del ferrocarril, la estadística, la minería y la geología.
En estas empresas elaboraron informes y valiosas memorias que contienen aspectos históricos del lugar estudiado, consideraciones sobre el origen de la tierra, la cronología geológica, el cauce de su ríos, manantiales, lagos, mantos acuíferos, la flora, la agricultura, el tipo de suelos, la constitución geológica, el tipo de rocas en relación a la explotación minera, las principales elevaciones, islas, pozos brotantes (ascendentes o artesianos), volcanes, grutas, cuevas y cavernas.
Por su parte el ingeniero aleman Federico Weidner, avencidado en México aparentemente desde 1850, elaboró ocho años después de su llegada el informe solicitado por el gobernador de Durango José de la Bárcena, que llevó por título, El Cerro de Mercado de Durango o compendio de noticias mineralógicas, geognósticas, históricas, estadísticas, y metalúrgicas del dicho cerro y la ferrería de San Francisco, el cual estaba acompañado de un mapa geognóstico de esa montaña que ofrecía una «idea de su configuración, orígen y relaciones con los cerros que lo rodean», una colección de fósiles, ordenados según sus caracteres mineralógicos y marcados con los número del 1 al 50, así como dos alhajas con piedras preciosas procedentes de esa cumbre (Weidner, 1858).
Por orden del gobernador de Sinaloa Plácido Vega, Weidner levantó la carta general de ese estado, obra que fue publicada por Joaquín de Mier y Terán, ministro de Fomento en 1868 (Olea, 1975; Ibarra, Ruelas, Carrillo, 1994).
También levantó el Plano topográfico de la ciudad de Culiacán, el más antiguo hasta hoy conocido, durante su visita a esa comarca en los meses de agosto y septiembre de 1861 por la Comisión Científica de Geografía, Estadística y de Deslinde de tierras de la que el ingeniero era jefe.
Sin embargo, la invasion francesa en el estado dio por terminadas los actividades (Orozco, 1871, 1881).
En 1882 imprimió en San Francisco una carta litografiada del estado de Sinaloa bajo el título Map of the State of Sinaloa, Mexico, from actual Surveys and reconnoissances, a escala 1:660,000.
Este mapa es el primero que contiene la división en distritos de ese estado, cuestiones geográficas, geológicas y de su naturaleza (Weidner 1882, 1884).
Destacan también los aportes hechos por Auguste Dollfus, Eugène de Montserrat, Paul Pavie, Guillemin Tarayre, de manera particular los elaborados para la Commission Scientifique du Mexique que dejaron «una obra de la mejor calidad» y su impronta en la práctica geológica (Maldonado, 1964; Soberanis, 1995).
Bustamante, Agustín Barroso, Juan N. Cuatáparo (ca.
El ingeniero Goyzueta fue delegado para realizar el plano y la memoria de la geología como parte de la Comisión de la Carta Hidrográfica y Geológica del Valle de México en 1861, bajo la dirección del ingeniero Francisco Díaz Covarrubias (1833-1889) (Orozco, 1864)5.
En esta fecha el director del Colegio de Minería, el ingeniero José Salazar Ilarregui (1823-1892) formuló un plan de trabajo «que entrañaba la solución de variadas cuestiones geológicas» por medio del conocimiento de los distritos de minas «bajo todas sus fases» y el cual se ejecutaría durante las prácticas de campo.
Con su elaboración se determinaría el enlace geográfico de los distritos y el estudio de los criaderos metalíferos para obtener una clasificación de los sistemas de vetas (Robles, 1866).
Para el cometido se formarían dos comisiones, una para Pachuca y otra para Guanajuato.
Sin embargo, dada la escasez financiera que atravesaba el erario tras la Guerrra de Tres Años (1857-1861) solamente se formó la primera a cargo de Del Castillo.
En el plan de Pachuca, el ingeniero efectuó el estudio de un gran número de datos existentes en la Escuela Práctica de esa ciudad, formó colecciones geognósticas y paleontológicas dispuestas y arregladas en el gabinete de geología.
Además, celebró un contrato con la Secretaría de Fomento en el que se comprometía a concluir las cartas y memorias geológicas que darían a conocer la formación geológica de los distritos de minas y su riqueza minera, en su variedad de especies metálicas, sales, combustible mineral y demás materiales para la industria.
Sin embargo, en 1863 se interrumpió el proyecto y la Escuela cerró sus puertas tras la intervención francesa.
Durante el Segundo Imperio vieron su continuidad las empresas de reconocimiento territorial y la reforma al ramo minero.
En esta tesitura, para Del Castillo era necesario preparar la carta geológica de la cual se carecía.
Para su realización era esencial la colecta de materiales, el adiestramiento de trabajadores que debieran ocuparse de ella y arreglar, preparar y clasificar las colecciones mineralógicas, geológicas y paleontológicas que establecimientos como el Museo Nacional y la Escuela Imperial de Minas resguardaban.
La carta, aducía Castillo (1870), además de ser un «monumento a la ciencia nacional», representaba un quehacer de utilidad pública, tanto por el desarrollo de la ciencia misma como por la necesidad de tener un conocimiento más acabado de la riqueza mineral.
Fue así que Del Castillo propuso a Luis Robles Pezuela, ministro de Fomento, la formación de la Carta Geológica de los distritos minerales del Real del Monte, Pachuca, El Chico, Capula, Santa Ana, Santa Rosa Tepenené; la de Guanajuato con los distritos que se comprenden en la carta del capitán James Vetch (1789-1869), quien fuera director de la Compañía inglesa de Real del Monte; la de Zacatecas, que incluiría a esa ciudad y el distrito de Veta Grande, la de los distritos de Fresnillo y Plateros y la del Valle de México para enlazarla con la serranía del Real del Monte.
Las cartas serían acompañadas de memorias explicativas de los detalles, con la descripción mineralógica de cada distrito; la que se completaría y clasificaría en el orden definitivo que resultara del conjunto de los trabajos.
Además, todas las colecciones recogidas serían enviadas a la Escuela de Minas.
El programa de trabajo, que estaba planeado para diez y ocho meses, no se llevó a efecto porque a Del Castillo le fueron encomendadas otras tareas, como los comentarios y reformas a las Ordenanzas de Minería pero sobre todo, por el estado de guerra entre las fuerzas republicanas e imperialistas (Ramírez, 1890).
En 1867, con el triunfo del gobierno mexicano sobre los imperialistas, la Escuela Imperial de Minas se transformó en Escuela Nacional de Ingenieros (ídem).
En esta institución, el profesor Del Castillo se consagró como titular en la cátedra de Mineralogía, Geología y Paleontología, la cual desempeñaría hasta 1895, año de su muerte.
Sus cursos se distinguieron por una nueva forma de enseñar la ciencia geológica, ya que en las prácticas de campo «acostumbraba llevar a sus alumnos a distintas partes del país con el fin de adquirir datos para la formación de una carta geológica de la República y colectar ejemplares de rocas y minerales» para enriquecer los museos o gabinetes de la Escuela Minería, del Museo Nacional y la suya propia (Aguilera, 1896).
Varias de estas aportaciones respondieron a las empresas de reconocimiento científico organizadas por las compañías de capital extranjero y la Secretaría de Fomento bajo los regímenes republicano e imperial, por los gobiernos estatales, como la Comisión para formar la Carta Geológica del Estado de México en 1874, a cargo de los ingenieros de minas Juan N. Cuatáparo y Santiago Ramírez (1836-1922), la cual representó el primer geological survey mexicano y por la Sociedad Mexicana de Historia Natural fundada en 1868, cuyo primer presidente fue el propio Del Castillo.
Este ingeniero, mejor posicionado en las elites científica y política republicanas, impulsó y promovió la consolidación institucional de la geología cuando la enseñanza y la certificación de los ingenieros científicos se hizo evidente, fundando la Comisión Geológica y después el Instituto Geológico Nacional, del que fue su primer director.
Estas instituciones inyectaron un gran dinamismo intelectual sobre la riqueza geológica del país que permitieron el nacimiento de las primeras descripciones geológicas modernas de varias regiones así como de mapas relativos a varios aspectos geológicos.
Durante el porfiriato se articularon los mecanismos para el despegue económico, la sanidad en el fisco, la política diplomática, la apertura económica a capitales extranjeros para las inversiones, la uniformidad legislativa, comercial y fiscal, la injerencia estatal en la localización de las riquezas naturales y en la enseñanza media y superior, que derivó en la centralización de un Estado nacional fuerte.
Fue un periodo de auge de la actividad científica que se tradujo en la formación de sociedades especializadas, la multiplicación de publicaciones, el surgimiento y fortalecimiento de las primeras instituciones de investigación y con ellas la designación de los hombres de ciencia dentro de estos espacios, cuyo estímulo radicó en ofrecer explicaciones de los fenómenos físicos y participar en proyectos de escala internacional encaminados al estudio de la naturaleza y sus recursos, interés que corrió paralelo a las empresas y corporaciones científicas y económicas de origen europeo, norteamericano y nacionales (Barnes, 1987; Saldaña y Azuela, 1996; Azuela y Guevara, 1998; Villegas, 2005).
Entre 1881 y 1891, la administración del general Carlos Pacheco (1839-1891) al frente de la Secretaría de Fomento se caracterizó por la introducción de una serie de innovaciones orientadas a la industrializacion del país, entre ellas la creación de la Sección 4a de «Agricultura y Minería», el control de la escuelas nacionales de estos ramos, la organización de corporaciones y comisiones de exploración temporales, la contratación de ingenieros para su desempeño, el apoyo para la fundación en 1882 del Instituto Geológico en la Escuela Nacional de Ingenieros y la petición que hiciera al Congreso de la Unión en 1886 y 1888 para su establecimiento (Morelos, 2014).
Diversas voces de la elite científica manifestaron la necesidad de crear comisiones para la exploración y el inventario de los recursos, por ejemplo, el ingeniero Pedro López Monroy (1878) advertía que de hacerse, «el fisco federal no tardaría en sentir benéfica influencia», toda vez que «las naciones más cultas invierten sumas considerables, y envían numerosas comisiones para la exploración de regiones conocidas y lejanas».
A tono con la política exploratoria de la Secretaría de Fomento, desde comienzos del decenio de 1880 la dependencia organizó empresas científicas en búsqueda de noticias de «la riqueza mineral latente del país», cuyo dominio pertenecía a la nación, para la explotación con fines comerciales de los yacimientos minerales, de carbón de piedra, bitúmenes y petróleo, pues la demanda del combustible fósil era imperiosa y con su ubicación se buscaba mitigar la destrucción de los bosques (Castillo, 1868; Dublán, 1878, 1898).
En este tenor se organizaron numerosas comisiones de corte temporal a lo largo y ancho del territorio mexicano con el fin de integrar un inventario y realizar la evaluación de los recursos para su exportación.
Sin embargo, se lamentaba el desconocimiento territorial y la falta de cartas geológicas y mineras de diversas regiones (Blanco y Moncada, 2011; Morelos, 2012).
Como se refirió líneas arriba, la petición más temprana que hemos encontrado sobre la fundación de un Instituto Geológico Nacional data de 1882, cuando el ingeniero Antonio del Castillo se desempeñaba como director de la Escuela Nacional de Ingenieros y catedrático de mineralogía, geología y paleontología y química.
El proyecto descansaba en el argumento de que la geología y sus ramas avanzaban con creces las que «manifestarán la utilidad y harán que se cultiven con más afán estas ciencias, fuente de riqueza de las naciones, que hasta ahora se han mirado por la generalidad con indiferencia», a pesar de su directa conexión con los servicios que hiciera a la industria (AHPM,1882/ IV/ 218/ doc. 1, f.
En mayo de 1882, Del Castillo envió un memorándum a su amigo el general Carlos Pacheco en el que le anunciaba que «ya existen en los salones de la casa de la Dirección de Minería, todos los materiales reunidos y ordenados, es decir, las grandes colecciones de rocas, de fósiles y de minerales; planos, perfiles y acopio de fotografías; de dibujos y de litografías de los fósiles animales o vegetales, que se han encontrado hasta ahora y que representan la paleontología mexicana; así como su flora fósil que ha producido el carbón de piedra» (AHPM, 1882/ IV/ 218/ doc. 1, fs.
Las actividades proyectadas en un inicio por el ingeniero Antonio del Castillo estarían abocadas de manera esencial a la construcción de mapas que ofrecerían una idea más fidedigna de los filones minerales, la antigüedad de las rocas y su tipo, así como su distribución en la geografía nacional.
Para la construcción de estos productos era imprescindible la organización de expediciones al campo y de estudios de gabinete, ambos de visos científicos e industriales.
Con el acopio de esos materiales se realizarían el bosquejo de la Carta general geológica de la República, cartas mineras geológicas de los más importantes minerales o distritos minerales del país, una carta carbonífera de la República, cortes geológicos longitudinal y transversal de todo el territorio de la República, una memoria sobre la estadística mineral del país y un atlas de la paleontología mexicana.
Estos productos estaban orientados a conocer la «riqueza pública, constituida en gran parte por la riqueza mineral; para el conocimiento del trazo y trayecto de las grandes líneas de ferrocarriles y para dar a conocer en Europa la minería, la geología y la paleontología mexicanas».
Trabajos todos ellos, «importantes unos para el país; y nuevos otros para la ciencia» (ídem).
Con lo anterior, Del Castillo buscaba probar que la casa de la Dirección de Minería habitada por él, era «verdaderamente la oficina en que se están ejecutando con método, orden y con los objetos a la vista de colecciones ya ordenadas y clasificadas, ocupando los tres salones principales de la casa, que tienen la luz y el espacio que se sugieren para su estudio y revisión y para la ejecución de tales trabajos por su naturaleza misma» (AHPM,1882/ II/ 213/ doc. 66, f.
Todo parece indicar que el proyecto contó con la venia de Carlos Pacheco, pues Del Castillo, como ingeniero en jefe, quedó facultado para elegir a dos de los ingenieros topógrafos ocupados en la formación de las cartas geográficas parciales, quienes levantarían las cartas geodésicas y topográficas y se encargarían de la formación de las carboníferas y geológico-mineras; tanto los sueldos y los gastos generados serían integrados en el presupuesto de las Escuelas de Ingenieros y Agricultura (ibídem, fs.
Del Castillo calculó las dotaciones del Cuerpo de Ingenieros del Instituto Geológico y los gastos de expedición en 4,000 pesos, de los cuales 2,800 pesos estarían destinados para los pagos del director ingeniero en jefe de las expediciones, que debía ser «minero, geólogo y paleontologista», dos ingenieros de minas geólogos, o geógrafos litologistas [sic] y mineralogistas, un ingeniero metalurgista, dos ingenieros topógrafos dibujantes para las cartas parciales a detalle, un dibujante y fotógrafo, un secretario contador y encargado de colectar y ordenar los datos de la estadística minera y 1, 200 pesos para los gastos de las expediciones.
Estas asignaciones se reducirían a la mitad cuando se efectuaran los estudios de gabinete y la redacción de las memorias (ídem).
Asimismo, en el proyecto se adjuntó una:
calca de la carta de este género que comprende la parte austral metalífera de la Península de la Baja California y para dar una idea de las mismas que formarán el Atlas Paleontológico Mexicano se acompañó de dos láminas ya litografiadas de las familias de los perezosos y de los carniceros fósiles que componen parte de la fauna cuaternaria de los grandes valles de México, otra lámina, pero en dibujo, de la flora fósil más característica del terreno carbonífero de Tecomatlán y Olomatlán (Puebla) y otras seis también en dibujos de los fósiles, moluscos, característicos de la gran formación cretácea de San Juan de Raya en Puebla (ibídem, f.
Algunos de estos trabajos fueron producto de la práctica de geología de 1881 realizada en la Escuela Nacional de Ingenieros dirigida por Del Castillo, entre los que se cita el Corte de N.O. a S.E. del Geyser de toba caliza, llamado Cuescomate: con desprendimiento intermitente de gas sulfídrico.
Descubierto en 1881 por Antonio del Castillo en los suburbios de Puebla, Rancho de Posada, de una escala de 0.01 por 1 metro, que también contenía una vista tomada sobre el borde del géiser de S. a N., ubicado cerca de Puebla, entre el Batan y la hacienda de Posada.
Del Castillo (1884) precisó que el «Cuescomate era un gran pilón hueco de toba caliza, sobresaliendo en la superficie del terreno con una cavidad elíptica subterránea en la base, y agua sulfúrea, con desprendimiento de gas sulfídrico.
Probablemente es un antiguo respiradero de gases y aguas cargadas de bicarbonato de cal, depositando la toba a manera de Geyser» (Figura 2).
También se elaboró el Plano de los pueblos de Cuatziyotla y Tepecatepetl, un corte geológico del Valle de Atlixco, Matamoros de Izúcar y terreno carbonífero de Ahuatlán, también en el estado de Puebla.
De modo que las prácticas de campo fijaron como propósito formar colecciones de rocas y fósiles de todas las localidades recorridas, y recoger «los datos necesarios para la formación de un bosquejo de la Carta geológica de la República» (AHPM, 1881/ I/ 212/ doc. 1, f.1v).
Los quehaceres del Instituto Geológico al interior de la Escuela de Ingenieros caminaban acorde a los estudios llevados a cabo en el gabinete de mineralogía, geología y paleontología de la misma, que para esa fecha había enriquecido sus colecciones mediante la compra de una «colección general de todas las partes del mundo» al Dr. Krantz, de Bonn, Alemania, uno de los más afamados vendedores de minerales en el mundo, que complementó la colección de ejemplares de minerales del país y permitía «apreciar su mayor o menor importancia industrial» (AHPM, 1882/ IV/ 218/ doc. 26, s/f).
En términos generales, los especímenes estaban ordenados con base a los caracteres externos dictados por Andrés Manuel del Río y la de especies mineralógicas por el sistema de James D. Dana (ídem).
Corte de N.O. á S.E. del Geyser de toba caliza, llamada Cuescomate: con desprendimiento intermitente de gas sulfrídico.
Pese a los esfuerzos de Del Castillo y al apoyo de Pacheco, en junio de 1882 la Secretaría de Fomento preparaba su mudanza de la Cámara de Diputados al edificio de Minería precisamente en la casa del director (Morales y Monroy, 2013).
En vista de ello, los materiales y objetos del Instituto Geológico se trasladaron en septiembre de ese año a «un salón que no tiene las condiciones que se necesitan para la continuación de los trabajos, y en él se acumularon los objetos en desorden» (AHPM, 1882/ II/ 213/ doc. 66, f.
Este cambio interrumpió de manera temporal las investigaciones científicas que había iniciado el Instituto bajo la guía de Antonio del Castillo.
A pesar de «la buena disposición en que se encuentra el C. Presidente para protegerlos, inspirado del interés con que ve dichos trabajos dirigidos de manera especial a la conclusión de un bosquejo de la Carta geológica del país» y los demás mapas, la fundación del Instituto implicaba, según el gobierno, la necesidad de estudiar con detenimiento el planteamiento, la reorganización y el personal que lo integraría, a través del estudio de los institutos geológicos europeos.
Este argumento fue derivado de la depreciación de la plata, que había provocado una gran crisis monetaria y mercantil entre los años de 1883-1886 y ante ese escenario resultaba imposible sufragar un gasto de esa naturaleza (AHPM, 1882/IV/218/ doc. 1, f.
Para octubre de 1883 surgió el proyectó para la creación de la Comisión Científica Mexicana bajo la dirección del célebre naturalista Alfonso Herrera (1838-1901), que fijaba como fines el establecimiento de un Instituto Geológico y de una Comisión Científica Central rectora de las exploraciones del territorio mexicano, existentes o futuras, bajo el punto de vista del estudio de la historia natural, arqueología, etnografía, lingüística, geología y de todo lo relativo a la flora, fauna y enfermedades reinantes.
La premisa de su organización era que «las naciones más civilizadas del mundo, sostienen perfectamente atendidos, establecimientos que pueden llamarse científicos-industriales, de la misma naturaleza que los proyectados».
El modelo de las instituciones de Estados Unidos había demostrado su utilidad ya que «las grandes comisiones dirigidas por el centro que forman las cartas geológicas de los territorios federales y de los Estados, estudiando a la vez la zoología y la botánica de las diversas localidades», habían beneficiado a las industrias y a la sociedad (Pacheco, 1887).
Asimismo, se planteó la formación de la Carta geológica general de la República, las cartas geológico-mineras de los principales distritos mineros del país, acompañadas de las memorias respectivas sobre estadística minera, y la carta de los materiales de construcción más útiles e importantes; las cartas zoológicas, botánicas, agrícolas y médico-climatológicas y la publicación anual de una memoria de los estudios de cada departamento.
Con estos dispositivos se podrían localizar importantes yacimientos y criaderos de minerales, materias primas para la construcción, desarrollar la industria minera, agrícola y la alfarería, cuya aplicación impactaría en las obras de ingeniería civil, disminuyendo los costos y los tiempos en su levantamiento.
No obstante, el proyecto no prosperó (ídem).
Así pues, a la malograda iniciativa de 1882 que hiciera Del Castillo, le siguió otra cuatro años más tarde cuando el secretario de Fomento, general Pacheco presentó ante el Congreso de la Unión el 26 de mayo de 1886 una petición para fundar el Instituto Geológico.
LA COMISIÓN GEOLÓGICA MEXICANA Y SUS PROYECTOS
Durante el primer tercio del siglo XIX, en los países más desarrollados económicamente y con vocación expansionista, se fundaron los primeros institutos geológicos (Geological Survey), dada la influencia de la Revolución Industrial que impulsó la búsqueda de minerales industriales y de fuentes de energía, tales como combustibles fósiles, carbón y petróleo, bajo el dominio del Estado.
Este modelo institucional se replicó por todo el orbe y tuvo como objetivos centrales la generación de infraestructura para las ciencias geológicas, la realización de la cartografía orientada a la investigación de la riqueza mineral, de recursos geológicos y a la generación de informes expertos, precisos y asépticos (Guntau, 1978; Secord, 1986; Figueirôa, 1997; Calvo, 2008).
En este tenor, el presidente Díaz emitió el 17 de diciembre de 1888 el decreto de fundación del Instituto Geológico Nacional, aunque en sentido estricto continuó laborando la Comisión Geológica Mexicana.
El precepto de ley establecía como fines del Instituto el estudio geológico del territorio nacional desde el punto de vista práctico, científico, técnico e industrial; formar y publicar la carta geológica de la República con su memoria respectiva; hacer y dar a conocer las cartas geológicas especiales y a detalle y estudios de regiones interesantes, especialmente de distritos mineros y montañas.
Además, debía establecer y preservar un museo geológico de la nación, con las colecciones clasificadas que sirvieran para la elaboración de las cartas y donde se pudieran ubicar los principales sitios mineros, entre otros datos.
Por su naturaleza, el Instituto estaría unido a la Escuela Nacional de Ingenieros y a la Escuela Práctica de Minas y Metalurgia de Pachuca (AHPM, 1888/II/232, doc. 11, f.
Su establecimiento iba aparejado al «consenso generalizado de las elites gobernantes sobre la conveniencia de promover el desarrollo de una industria nacional» (Beatty, 2003).
Además, tanto las Secretarías de Hacienda y Fomento consideraban que la verdadera fuente de riqueza de México residía en sus recursos naturales, entre ellos los minerales y los productos agrícolas, a los que era necesario promover y buscar las rutas para su venta e inversión.
Los objetivos centrales de la Comisión Geológica Mexicana fueron la formación y la publicación de los mapas geológico y minero de la República Mexicana con sus respectivas memorias, hacer y difundir mapas geológicos especiales y estudios de regiones interesantes del país, como fallas, cañones, cuencas, volcanes, grutas y sobre los distritos mineros, que debían exhibirse en la Exposición Universal de París en 1889.
El Bosquejo de una Carta Geológica de la República Mexicana fue diseñado para dar una idea general de las formaciones geológicas dominantes en México y, al mismo tiempo, servir de base para el trabajo más perfecto y detallado que se ejecutaría posteriormente.
Para su construcción, la Comisión Geológica adoptó como carta base la Carta General de la República Mexicana de 1863 de Antonio García Cubas publicada por la Secretaría de Fomento a la escala de tres millones; de ella se tomaron los contornos, las corrientes de agua y posición de los puntos principales de referencia que fueron necesarios para el levantamiento.
Sobre ella se trazaron los límites de cada una de las formaciones principales del país (Aguilera, 1896) (Figura 3).
Bosquejo de una Carta Geológica de la República Mexicana (1889).
Grabado por Erhard Hermanos 35 calle Denfert-Rochereau-París]
El Bosquejo fue la primera carta de su tipo en México y estuvo acompañada de un informe escrito con esmero, que enfatizaba en los planes y estudios geológicos de las regiones más interesantes del país, desde el punto de vista minero.
Con la explicacion de sus colores, «servía tan sólo para juzgar la extensión e importancia relativa de cada una de las formaciones en él consignadas, pero no daba idea alguna de la naturaleza de sus rocas, su situación y posición actual, así como de su valor, desde el punto de vista industrial» (ídem).
La Carta Minera de la República Mexicana buscaba mostrar la riqueza mineral que se guardaban en las entrañas de la tierra, atraer la inversión empresarial y elevar al máximo la explotación de los recursos naturales (Aguilera, 1905).
EL PERSONAL DE LA COMISIÓN GEOLÓGICA MEXICANA
La Comisión Geológica Mexicana estuvo integrada por un jefe o director, quien nombró a tres ingenieros topógrafos, dos dibujantes y paisajistas, dos geólogos auxiliares y un colector.
Todos los integrantes de la Comisión provenían casi en su totalidad de la Escuela Nacional de Ingenieros y alguno más de la Escuela de Agricultura (véase Tabla I).
El ingeniero Antonio del Castillo ostentaba el cargo de director y como era titular de la cátedra de mineralogía, geología y paleontología, le fue concedida una licencia con goce de sueldo para ausentarse de las clases durante el tiempo que durara la comisión para el levantamiento de los trabajos a exhibirse en París, percibiendo un sueldo de 250 pesos mensuales (AHPM, 1888/ I/ 231/ doc. 6, ff.
Integrantes de la Comisión Geológica Mexicana (1888)
El cargo de geólogo fue ocupado por el ingeniero José Guadalupe Aguilera (1857-1941) (Figura 4), discípulo de Del Castillo en la Escuela de Ingenieros donde obtuvo el título de ensayador y apartador de metales y donde se desempeñó como conservador y preparador de los gabinetes de química analítica y aplicada (1880-1886) y mineralogía, geología y paleontología en 1882 (AHPM, 1882/ II/ 216/ doc. 2, fs.
Al momento de su incorporación a la Comisión Geológica, en la que devengaría un sueldo de 200 pesos mensuales, laboraba como geólogo en la Comisión Científica de Sonora, tras una estancia en la Comisión Geográfico-Exploradora (1882-1884) como ingeniero geólogo y segundo naturalista, donde colaboró el general Victoriano Huerta.
Otro de los geólogos oficiales fue Baltasar Muñoz Lumbier (1856-1906) (Figura 5) quien obtuvo el título de ingeniero de minas en la Escuela Nacional de Ingenieros en 1878, al tiempo que se le nombró preparador de la clase de química analítica y aplicada (AHPM, 1879/ I/ 208/ doc. 9, f.
Francisco Garibay, al momento de su nombramiento en la Comisión era titular del gabinete de topografía y mecánica industrial en la Escuela Nacional de Ingenieros y para 1890 obtuvo el título de ingeniero topógrafo hidrógrafo (AHPM, ML 301 A, f.
Lamberto Cabañas, fue un ingeniero agrónomo egresado de la Escuela Nacional de Agricultura en 1885, a quien se le nombró geólogo, topógrafo y configurador (Figura 6 y Figura 7).
Ezequiel Ordóñez Aguilar (1867-1950) y Luis Gonzaga Becerril Carrillo se desempeñaron como dibujantes paisajistas donde percibieron un sueldo de 240 pesos mensuales.
Al momento de su nombramiento, Ordóñez ocupaba el cargo de conservador del gabinete de geología y mineralogía en la Escuela de Ingenieros (Figura 8).
En junio de 1890 fue nombrado catedrático interino de mineralogía, geología y paleontología y responsable de la práctica de campo (Rubinovich, Mendoza, Lozano, 1998).
Obtuvo el título de ingeniero topógrafo e hidrógrafo el 23 de mayo de 1893.
Mientras que Becerril era bibliotecario de la Escuela de Ingenieros y yerno de Antonio del Castillo (Morelos, 2014).
Francisco Brito fue nombrado escribiente y coleccionador de la comisión, donde percibió un sueldo de 120 pesos mensuales.
Ocupaba el cargo de mozo práctico de los gabinetes de mineralogía, geología y paleontología y materiales de construcción (ídem).
Para el cargo de escribiente y coleccionador interino se nombró a Juan Alonso con el sueldo de 120 pesos mensuales y para el cargo de dibujante topógrafo a Juan Orozco y Berra con un sueldo de 300 pesos mensuales.
Este personaje obtuvo el título de ensayador y apartador en 1881 en la Escuela de Ingenieros, fue pionero en la sismología en México e hijo del historiador y geógrafo Manuel Orozco y Berra (1816-1881).
Por desgracia se suicidó en agosto de 1890, luego de haber salido de prisión a causa de una riña con un albañil, a quien había dado muerte (Figura 9).
Como geólogo auxiliar se nombró a Joaquín Lorenzana Rivero, quien obtuvo los títulos de ensayador y apartador de metales en 1874 y el de ingeniero de minas en 1878, también en la Escuela de Ingenieros y luego de su participación en la Comisión se dedicó a realizar trabajos para particulares en Zacatecas, donde se distinguió en la política hasta 1894, cuando falleció.
Además, la nómina de personal incluyó a los inspectores de minas y al geólogo de la Comisión Geográfico-Exploradora con sus dependientes.
Para la ejecución de los trabajos, el Ministerio de Fomento y la Escuela de Ingenieros facilitaron la información contenida en sus archivos, referente a las expediciones científicas que precedieron a la Comisión Geológica, notas informativas, mapas y perfiles y las colecciones de rocas.
Además se dispuso de los fondos sobrantes del presupuesto de Escuela, con el fin de que iniciara sus tareas en tanto se le otorgaba una partida propia por la Secretaría (AHPM, 1888/ I/ 231/ doc. 6, f.
La sede de la Comisión fueron tres salones de la Escuela Nacional de Ingenieros donde instalaron los diversos departamentos de trabajo de gabinete y las colecciones que ocuparían durante seis meses, tiempo de duración de la comisión.
Para la ejecución de los trabajos, el Ministerio de Fomento y la Escuela facilitaron los instrumentos y aparatos, tales como termómetros de diversos tipos, microscopios, balanzas y herramientas (AHPM, 1897/ III/ 259/ doc. 16, fs.
Mientras se preparaban las cartas geológica y minera en México, Del Castillo y el ingeniero Jorge L. Rivero viajaron a Europa para asistir al IV Congreso Geológico Internacional en Londres en 1888, sesión en la que se eligieron a diversas personalidades del mundo científico para iniciar los trabajos de la comisión internacional relativa a la nomenclatura, la determinación de los nombres, la extensión de las divisiones y los colores que debían adoptarse en el mapa geológico de Europa; entre ellas se encontraba el ingeniero Del Castillo, en calidad de vicepresidente (Rivero, 1892).
La Comisión deliberó la unificación de colores y figuras que acompañarían las cartas; no obstante, fue hasta la 5a sesión del Congreso Geológico Internacional en Washington en 1891, cuando finalmente se homologó la gama de colores de las rocas fosilíferas, aunque la escala de colores propuesta para uniformar ese tipo de trabajos de manera incipiente databa de 1882, cuando se celebró el segundo Congreso Geológico Internacional en Bolonia.
Para la representación de las rocas fosilíferas en las cartas se estipuló que para el periodo Neoceno (N) se usaría el color naranja; para el Eoceno (E), amarillo; el Cretáceo (K) amarillo-verde; el Jura Trías [sic] (J), azul-verde; el Carbonífero (C), azul; el Devónico (D), violeta; el Silúrico (S), púrpura; el Cámbrico (Є), rosa y para el Algonquino (A), rojo.
Respecto a las rocas eruptivas, dominantes en el suelo mexicano, se adoptaron los colores, rojo y rosa, para designar las dos grandes series (Congrès, 1893; Aguilera, 1896).
Durante su estancia en Europa, los ingenieros mexicanos visitaron diversos establecimientos científicos, estudiaron su organización, las publicaciones, el desarrollo de las ciencias, las colecciones y fue allí donde Del Castillo se percató del interés que merecían los meteoritos, de los que México contaba con dos de las más grandes masas de fierro en el mundo, Chupaderos I y II.
Fue entonces cuando pidió autorización al gobierno mexicano para presentar además de los trabajos en preparación, un inventario de los meteoritos conocidos en México.
Fue tal el interés que despertaron, que los moldes fueron obsequiados al Museo de Historia Natural de París, y el destacado mineralogista vienés Aristides Brezina (1848-1909) coordinó la réplica para el Museo de Historia Natural de Viena, a cargo del escultor Johann Mayerhofer, para después ser copiadas en papel maché por M. Henstchel y fotografiadas por Hermann Bell (Ritter, 1891).
Por su parte, el profesor de geología del museo parisino Auguste Daubrée (1889), publicó una reseña sobre los trabajos presentados por Del Castillo en 1889, en la que afirmó que México junto con los Estados Unidos y Chile se citaban entre los países más dotados de las masas de fierro meteóricas encontradas en el mundo.
A su regreso a México, los comisionados ordenaron los materiales que se presentarían en Europa.
De regreso a París, Del Castillo ordenó la impresión de un millar de ejemplares del bosquejo geológico y otro tanto del mapa minero, bajo el cuidado de la casa Erhard, reconocida por la reciente edición que había hecho de la Carte géologique de la France dirigida por Ferdinand Fouqué y Michel Lévy, para su posterior distribución en el mundo científico (AGN, Fomento/ Exposiciones Extranjeras/ caja 1/ doc. 16, f.
El total de trabajos elaborados por la Comisión Geológica fue de 22, mismos que constituyeron la base para la formación del Bosquejo de una Carta Geológica de la República; quedaron compilados en un Catálogo que fue terminado en el mes de abril de 1889.
Se dividieron en tres grupos: cartas y planos, planos topográficos y vistas y paisajes geológicos.
Dentro del primer grupo se levantaron el Bosquejo de una Carta General Geológica de la República, el Plano geológico de los criaderos de fierro de la Ferrería de la Encarnación, el Plano geológico del Peñón de los Baños donde se encontró el hombre fósil prehistórico, el Plano geológico de la extremidad Sur de la Sierrita de Guadalupe con criaderos de Hafta (sic) y surtido de gas carbónico, el Plano geológico de una parte oriental de la Sierrita de Guadalupe y la Carta general Minera de la República Mexicana (ídem).
Por su parte, los planos topográficos elaborados por los comisionados fueron: Plano de la Sierra mineral de Techachalco en que están las minas Preciosa y Huchá con las Maaras del rededor, Plano de los cráteres-lagos de los Distritos de San Andrés Chalchicomula, Estado de Puebla, Plano de los criaderos de fierro magnético de la Ferrería de la Encarnación, Distrito de Zimapán, Estado de Hidalgo, Plano de Texalucan (colinas con restos de plantas fósiles fucoideas y el Plano de la región en que han caído los Meteoritos más notables de México con tres reproducciones por el procedimiento de Nigrosina.
En cuanto a las vistas y paisaje geológicos, éstos comprendieron un «Atlas de los paisajes y maaras de Alchichica, San Miguel Tecuitlapa, paisaje de Texaluca, cañada Morelos, del geiser de toba caliza llamado Cuescomate en la Hacienda de Posada, maara de Alxoxuca, maara "La Preciosa", maara Quecholaca, Atexcaqui y Xalapasco».
Las vistas al óleo fueron sobre los cráteres apagados entre la Hacienda de San Nicolás y San Isidro, de los cráteres de volcanes apagados de San Nicolás Xaltepec y Santa Catarina, de la cadena y montañas volcánicas al norte de la Hacienda de San Isidro, una vista al temple de la cadena de cráteres de volcanes apagados desde Santa Catarina a San Nicolás, una vista de la caldera (cráter de volcán apagado) cerca de la Hacienda de San Isidro, una vista al lápiz del cerro del Convento (criadero aurífero) en Tetela del Oro, una vista del Cerro de Ometepec al E. de Tetela del Oro (pizarra caliza con amonitas), la vista de una capa metalífera en la entrada a la labor de la mina del Teposan (criaderos de capas metalíferas estratificadas), de estratificación discordante de capas de pizarra en un corte del Ferrocarril Central Km.
72, Tula, vista de un corte natural de basalto en lajas y otra del Cerro del Peñón de los Baños en el Valle de México (ídem).
El jefe de la Comisión Geológica Mexicana además tenía la encomienda de «abrir un mercado provechoso para las minas de México, dando salida a sus productos de poco valor pero, muy abundantes, de algunos de sus distritos minerales próximos a las líneas de ferrocarriles o a sus costas», entre ellos los metales de zinc y plomo (ídem) y realizar el estudio práctico de las maquinarias y herramientas modernas para abrir pozos artesianos a «grandes diámetros», para utilizarlos en la inauguración de los trabajos prácticos de los ingenieros del Instituto Geológico de México «para la investigación de ello o capas de agua subterráneas brotantes, con objeto de proporcionar aguas de irrigación a los vastos y estériles suelos de los estados del norte», y también para que dichas maquinarias y herramientas pudieran servir en la investigación de las fuentes de gases naturales para combustible y alumbrado, «que en estos últimos tiempos se ha alcanzado en los Estados Unidos del Norte con grandes ferrerías y economía de alumbrado de ese país (ídem; AHPM, 1889/ II/ 234/ doc. 5, fs.
FUNDAMENTOS PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL BOSQUEJO DE LA CARTA GEOLÓGICA Y MINERA DE MÉXICO
La obra fundamental para la ejecución del Bosquejo de la Carta Geológica fue el Tratado de Geología de Albert de Lapparent, con el objeto de seguir la clasificación de Ferdinand Fouqué y Michel Lévy contenida en la Minéralogie micrographique.
Roches éruptives françaises (1879); con su publicación quedó manifiesta la importancia que la aplicación del microscopio tenía para el estudio de los elementos constitutivos de las rocas cristalinas (Fouqué y Levy, 1879).
También se utilizaron las colecciones de rocas y fósiles clasificadas y ordenadas hasta 1887 por José G. Aguilera en los Museos de Mineralogía y Geología de la Escuela Nacional de Ingenieros, haciéndose necesaria la revisión y reclasificación de acuerdo a los preceptos de Lapparent.
Para ello –escribe Aguilera–:
me serví de las localidades de los ejemplares para situarlos sobre la Carta, unida a las Cartas de las formaciones geológicas de los estados de Puebla, Tlaxcala, Oaxaca, Sonora y Veracruz, formados por el que suscribre, los que constituyeron el núcleo de los conocimientos de la geología del suelo mexicano, reduciendose así a menores proporciones los trabajos de campo que tenían necesidad de llevar a cabo para conseguir la representación en la Carta de más de un 50 por ciento de la superficie del país (Aguilera, 1896).
Igualmente se aprovechó la cartografía, literatura científica, libros, tratados, artículos, reportes técnicos e informes de las comisiones de exploración resguardados en los archivos de la Secretaría de Fomento y la Escuela Nacional de Ingenieros.
Se hizo uso de los itinerarios recorridos por el ingeniero José G. Aguilera cuando ocupó el cargo de ingeniero geólogo y segundo naturalista en la Comisión Geográfico-Exploradora, entre los años de 1882 a 1884, que cubrían porciones de los estados de Puebla, Veracruz, Tlaxcala, Oaxaca y Sonora, así como la Carta de Durango formada por el célebre Antonio García Cubas.
También se emplearon la Colección de Informes Geológicos (1870) formados por el ingeniero Mariano Bárcena, las cartas topográficas de las Comisiones de Límites entre México y Guatemala y los mapas de la Comisión Geográfico-Exploradora.
Además, el ingeniero Del Castillo, acompañado de Ordóñez y Cabañas, realizaron algunas expediciones a algunos de los principales minerales del Estado de México e Hidalgo; el director y Aguilera visitaron algunos otros del estado de Querétaro.
A Baltasar Muñoz Lumbier se le confió la exploración del estado de Chihuahua, la parte meridional de Sinaloa y la meridional de Sonora, y a Aguilera los estados de Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas, Veracruz y la parte oriental de San Luis Potosí y Durango (ídem).
EL INSTITUTO GEOLÓGICO NACIONAL Y EL PERFECCIONAMIENTO DE LA CARTA GEOLÓGICA DE MÉXICO
Los conocimientos mineros y geológicos fueron de gran interés para el presidente de la República, general Porfirio Díaz, pues el 22 de marzo de 1891 viajó al sur del país donde visitó algunos parajes del estado de Morelos y el mineral de Huitzuco en Guerrero, en compañía de Antonio del Castillo, el Secretario de Gobernación Manuel Romero Rubio y el senador Rosendo Pineda.
A su regreso, el primer magistrado dispuso que el 15 de abril de 1891 se reinstalara la Comisión Geológica, «que más tarde sería reemplazada por la creación de un Instituto bien organizado», para perfeccionar los espacios en blanco del Bosquejo de la Carta Geológica de la República Mexicana (1889) para exhibirla en la Exposición de Chicago de 1893, a mayor escala y con notables correcciones.
Fueron ratificados Aguilera, Muñoz, Ordóñez, Cabañas, Becerril y Del Castillo, a quien en ese mismo mes el gobierno francés le confirió la Cruz de Caballero de la Orden de la Legión de Honor.
(AHUNAM, Instituto de Geología/ caja 22/ exp.
Con el fin de perfeccionar el mapa se organizó una expedición geológica minera a la sierra del Estado de México, cuyo itineario rebasó las 120 leguas [500 km. aproximadamente] y quedó integrada por los ingenieros Antonio del Castillo y Lamberto Cabañas, para «recorrer y explorar una considerable serranía comprendida entre el mineral de Sultepec, Julúapan, El Cristo, Tlataya, el nuevo criadero de azogue de San Juan Amajaque, extendiéndose hasta Tiscaltepec y Xochicalco (minas de Agua Zarca), frente al cerro del Gallo, donde la serranía está interrumpida por la cuenca del gran río de las Balsas o Mexcala» (Castillo, 1891).
En esta expedición se estudiaron las rocas que componían esa extensión de terreno en su parte metalífera, que formaban un espacio en blanco de la carta geológica, y «que se ha llenado de rocas dominantes de la serranía, denominadas pizarras cristalinas, de gran interés para la ciencia pues su génesis u origen y época de antigüedad geológico» fue debatido en el Congreso Geológico Internacional en Londres, quedando abierta la discusión para la sesión en Washington en agosto de 1891, a la cual acudió Del Castillo y contribuyó con su hallazgo (ídem).
Aparte del estudio geológico se hizo el de sus minerales, en particular el de un nuevo criadero de azogue en la Cuadrilla de San Juan Amajaque, del que se desprendió que dicho criadero «era enteramente distinto de todos los demás de la República, y por su carácter de antigüedad geológica de la roca en que arma, parece ocupar una época de formación más antigua» (ídem).
El mineral era de cinabrio oscuro y bien podría llegar a ser un rico yacimiento comparable con los de mayor producción del Viejo y Nuevo Almadén, en España y Alta California, respectivamente.
Con su descubrimiento se podría bajar el precio del azogue y la minería mexicana tendría por consiguiente un aumento en su producción, pues el precio del metal fluctuaba con gran facilidad, lo que hacía más costoso el procedimiento de beneficio.
Es decir, el resultado útil de esta expedición fue doble, por un lado contribuyó a las ciencias y desde el punto de vista industrial, ubicó un yacimiento mercurial para el beneficio metalúrgico (Anónimo, 1891c).
Las ediciones al mapa geológico obligaron, como es natural, a perfeccionar y completar datos mediante el cotejo en la práctica de campo y la consulta de artículos y obras de reciente publicación.
Las adiciones y correcciones de datos completaron las noticias que se tenían sobre los distritos mineros, los meteoritos, la estratigrafía del terreno y orden de las rocas, la distribución geográfica de los depósitos de petróleo, chapopote y carbón, la fauna característica de las diversas edades, los fenómenos volcánicos, las principales elevaciones y sus alturas, los materiales de construcción y objetos diversos, las aguas sulfurosas o curativas y los datos petrográficos.
También se detalló el territorio mexicano y se determinó su edad, de acuerdo a la Carta Estratigráfica internacional vigente en ese momento.
Con la formación de la Carta Geológica de México, por primera vez se pudo apreciar en un solo documento la cobertura general de las distintas formaciones rocosas del país y las áreas donde se desconocía en su totalidad la constitución geológica (Castillo, 1891).
En suma, la importancia de la construcción del primer mapa geológico general de México es que mostraba ya la nomenclatura, la determinación de los nombres, la extensión de las divisiones y los colores que debían adoptarse en el mapa geológico de Europa que se estaba elaborando, y que habían sido presentados en el IV Congreso Geológico Internacional, celebrado en Londres en 1888.
Permitió tener un amplio conocimiento sobre las formaciones dominantes en el territorio y sus subdivisiones, proporcionó nuevos datos sobre la descripción y clasificación de las rocas, facilitó conocer la génesis de los yacimientos que las contienen y deducir indicaciones sobre la probable distribución de la riqueza mineral.
Pero, además, inspiró la elaboración de otros mapas de gran interés, como fueron la Carta estadística minera de la República Mexicana y la Carta de los meteoritos de México, ambas de 1893, productos novedosos para la industria minera y para el desarrollo de las ciencias geológicas y sus especialidades.
En palabras del ingeniero Gilberto Crespo y Martínez (1891):
[...] vasto campo de investigaciones se presentará al Instituto, y tendrá material suficiente para redactar memorias interesantísimas, pero nosotros quisiéramos ver que el principal objeto de sus trabajos fuera el estudio detenido de los minerales ya conocidos en la República.
El estudio geológico de nuestro territorio, un fin puramente especulativo es de recomendarse, la ciencia podrá adquirir nuevos descubrimientos y hallar numerosas comprobaciones de sus leyes, pero este estudio puramente especulativo, es propio de los países que se encuentran en su pleno desarrollo y que son ricos.
Distintos fines deben perseguirse en este plantel, pues ante todo deben estudiarse con escrupulosidad los Distritos mineros que se trabajan, tanto para dar a conocer su verdadera importancia y porvenir, como porque en ellos el estudio será más sencillo [...].
El Bosquejo de una Carta geológica, la Carta Minera de la República Mexicana y demás planos fueron valorados por la prensa capitalina y extranjera como trabajos útiles, por haber procedido «de la manera que lo hacen los grandes oficiales facultativos de estado mayor que comienzan primero por formar cartas estratégicas al 1/500,000 o al 1/320,000 para gradualmente llegar a hacer cartas tácticas al 1/60,000 o al 1/50,000 para venir por último a formar cartas de detalle a 1/10,000.
México ya tiene su Carta Geológica; le falta ahora completar este bosquejo», como indicó Alberto Samson, redactor de El Minero Mexicano (Anónimo, 1893).
A MANERA DE CONCLUSIÓN
La geología y sus representaciones gráficas modernas surgieron como una práctica profesional por parte de los ingenieros formados en el Colegio de Minería, después Escuela Nacional de Ingenieros y luego Comisión Geológica Mexicana.
En estos espacios, los ingenieros científicos contribuyeron al inventario de los recursos naturales y minerales de México, por medio de textos e informes y de una importante labor en la representación gráfica del territorio que finalizó en un gran proyecto de construir la carta geológica de la República.
Aunque fueron numerosos los actores que a lo largo de la primera mitad del siglo antepasado elaboraron mapas que ahora podemos calificar como aportaciones al conocimiento geológico de México, se tuvo que esperar hasta la segunda mitad para que, con apoyo del gobierno federal se estableciera una Comisión Geológica Mexicana (1888) que tuvo como objetivos formar la carta geológica de la República y hacer cartas geológicas de regiones interesantes, como distritos mineros y montañas.
Pero más importante, estas primeras cartas generales mostraban ya la nomenclatura, la determinación de los nombres, la extensión de las divisiones y los colores que debían adoptarse en el mapa geológico de Europa que se estaba elaborando.
El trabajo se perfeccionó con base en nuevas exploraciones por todo el territorio, la incorporación de estudios sobre el país elaborados por científicos extranjeros y los nuevos desarrollos teóricos de la disciplina.
La creación del Instituto Geológico de México significó un gran avance en el campo del desarrollo científico pues impulsó la entrada de nuevos temas como la petrología, la meteorítica o bien, promovió el cultivo de otras especialidades como la paleontología.
Además, los ingenieros científicos legitimaron su quehacer mediante el pago remunerado de su trabajo, el reconocimiento como expertos en cierta especialidad y la certificación de los saberes.
Representaron una minoría de la elite científica porfiriana, pues sus trabajos fueron de naturaleza aplicada que aspiraba a tener resultados.
En tanto geólogos oficiales, debían producir estudios, acumular conocimiento normalizado y seguir instrucciones o protocolos estandarizados, como parte de las instituciones públicas bajo la custodia del Estado.
En el lapso de 1881 a 1891 se ubican los orígenes y puesta en marcha del Instituto Geológico de México, que evidenció el enlace entre las políticas públicas y las iniciativas personales de los hombres de ciencia.
Este proyecto permitió a Antonio del Castillo y sus colegas entrar en contacto directo con los pobladores de las comarcas que recorrieron, conocer el suelo mexicano y legitimar su posición como expertos en los ámbitos local e internacional.
Asimismo, la construcción de las cartas evidenció cuan inexplorado se encontraba el país en las postrimerías del siglo XIX, pero también expresó de manera implícita que la modernización de los caminos a través del ferrocarril hacía posible transitarlo y llevar a cabo empresas científicas y económicas. |
Introducción: En torno al origen del primer alienismo
Existe toda una tradición historiográfica que identifica el nacimiento de la psiquiatría con la figura de Philippe Pinel (1745-1826), cuyo nombre quedó registrado como epónimo del origen de la especialidad.
Aunque investigaciones posteriores matizaron ese lugar mítico del clínico francés, en el imaginario colectivo se le sigue atribuyendo todo el crédito del origen de la medicina mental, tanto en lo referente a la famosa "liberación de los locos de sus cadenas" como, utilizando la expresión foucaultiana, del «nacimiento de la clínica (psiquiatría)», sin tener suficientemente en cuenta que dicho momento fundacional de la psiquiatría respondió a un proceso complejo que se desarrolló de manera más o menos simultánea en diversos lugares de Europa, en un marco intelectual (filantrópico e ilustrado) que propició una nueva forma de entender la locura y de actuar sobre el loco.
En efecto, se acepta situar el comienzo de una nueva especialidad médica —primero conocida como alienismo y luego como psiquiatría— orientada al estudio y tratamiento de la locura, hacia 1800, en París, en la época en la que Pinel, profesor de Nosographie de la Facultad de Medicina de Paris, fue designado director del hospicio de Bicêtre por el Comité de Salud Pública de la Revolución Francesa.
Sin embargo, como lo señala el historiador de la psiquiatría Jacques Postel (1981), la atribución exclusiva a Pinel de ese fenómeno histórico tiene algo de excesivo.
Efectivamente, corría a la sazón en Europa un viento de reforma social que también tuvo su expresión en el pensamiento médico sobre la locura; y esa corriente de opinión se plasmó antes, durante y después de la producción pineliana, en las obras y acciones institucionales de médicos de diversos lugares del viejo continente: Johann Christian Reil en Alemania, Vincenzo Chiaruggi en Florencia, Joseph Daquin en Chambery, William Tuke en "El Retiro" de York, J. Theodor Held en Praga y, tiempo después, F. Sabler en Moscú, entre los más importantes.
Todos ellos hicieron aportes a una nueva clínica de la locura, denunciaron la situación de los enfermos mentales y propusieron cambios y, en algunos casos, lograron plasmar experiencias en las que aplicaron los principios del Movimiento Filantrópico en coincidencia con las ideas de enciclopedistas y librepensadores del siglo XVIII que proponían una suerte de secularización de la caridad.
Sin embargo, el mérito de ese movimiento quedó ligado al médico francés: durante más de un siglo, gracias a los escritos laudatorios de su hijo Scipión y de su sobrino bisnieto René Semelaigne (1888), se difundió y se mantuvo el mito pineliano.
Aunque debe aceptarse también que la atribución a Pinel del acontecimiento que estudiamos también se debe, en gran medida, al lugar central que ocupaba Francia dentro de la cultura europea en los años de la Revolución Francesa y a que él logró sintetizar, como ningún otro de sus contemporáneos, los presupuestos de una nueva forma de concebir la locura y su tratamiento.
LA CRÍTICA DEL MOVIMIENTO FILANTRÓPICO A LOS HOSPITALES GENERALES: COLOMBIER Y DOUBLET
A lo largo de los siglos XVII y XVIII en Europa, los locos o bien eran cuidados por sus familias en condiciones muy precarias, tratados por la medicina con los métodos clásicos heredados de la tradición hipocrático-galénica combinada con los más diversos y iatrogénicos recursos, o vagaban por campos y ciudades mendigando la ayuda pública o bien eran recluidos, junto a prostitutas, ancianos indigentes, niños abandonados, delincuentes comunes y vagabundos en condiciones miserables en los Hospitales Generales —verdaderas prisiones con un alto índice de mortalidad y no pocas fugas— que habían creado las monarquías para sacar de circulación a los considerados "perturbadores" del orden social.
Los enfermos mentales formaban una suerte de casta estigmatizada como indigna de la condición humana.
Algunas de las instituciones que los albergaban eran visitadas por los curiosos a cambio de una propina para sus cuidadores.
En la Francia del Ancien Régime el encierro de los locos en los Hospitales Generales estaba legalmente pautado.
Las familias podían solicitar al soberano el encierro de sus deudos delirantes, furiosos, libertinos, pródigos, escandalosos, etc., por medio de la emisión de una Orden del Rey (Lettre de cachet), procedimiento expeditivo que conducía a la internación del señalado como enfermo.
En el caso de los sujetos errantes, generalmente indigentes y sin familia, era la autoridad policial, en Paris, o los intendentes en las provincias, quienes podían acudir a la autoridad real con el mismo propósito.
A comienzos del reinado de Luis XVI había irrumpido en la escena política un movimiento que, inspirado en el ideario de Jean-Jacques Rousseau, se definirá por "una repugnancia innata" a ver sufrir al semejante.
Era el denominado movimiento filantrópico que, en el marco de una creciente conflictiva política con la monarquía, al calor de las ideas divulgadas por los enciclopedistas y sinérgico con las reivindicaciones del Tercer Estado, desveló, entre otras denuncias, las miserables condiciones en las que se encontraban los recluidos en los Hospitales Generales del reino.
En 1776, cuando Jacques Necker sucedió a Turgot en el cargo de Primer Ministro, el problema de la asistencia estaba a la orden del día: para los filántropos la miseria era producto de las condiciones de vida de la sociedad y, por lo tanto, era ella quien debía reparar el mal que causaba, y el Estado, responsable de la política social, no podía abandonar la provisión de asistencia solamente a la caridad.
En ese tormentoso contexto social pre-revolucionario el ministro Necker designó, en 1780, a Jean Colombier (1736-1789) en el cargo de Inspector General de Hospitales civiles y Prisiones del reino.
Poco antes de su caída, Luis XVI, bajo la presión de severas denuncias presentadas por los simpatizantes del movimiento filantrópico, encomendó a Colombier y a su adjunto, François Doublet (1751-1795), la redacción de un informe sobre el estado de los locos internados en los Hospitales Generales del reino.
Como resultado de una gira por todas las instituciones de Francia destinadas a alojar alienados, ambos médicos presentaron, en 1785, su famoso texto: Instruction sur la manière de gouverner les insensés, et de travailler à leur guerison dans les asyles qui leur sont destinées, que sentó las bases esenciales del modelo del asilo terapéutico que se pondrían en práctica a principios del siglo XIX.
Un elocuente pasaje de la Instruction... da una idea de la miserable existencia en la que se encontraban las personas recluidas en los Hospitales Generales: "
millares de insanos son encerrados en las prisiones sin que nadie piense en el menor de los remedios.
El semiinsano que se confunde con el insano perdido; el furibundo con el loco tranquilo: a unos se los encadena, a otros se les deja en libertad en su cárcel; en resumidas cuentas, a no ser que la naturaleza acuda en su auxilio y los cure, el término de sus males es el de sus días, y desgraciadamente hasta entonces, la enfermedad no hace sino aumentar en lugar de disminuir" (Colombier y Doublet, 1785, p.
Pero las intenciones de reforma se vieron interrumpidas por la Revolución de 1789.
El informe de Colombier y Doublet, que fue ampliamente difundido por todo el reino, conserva una gran importancia histórica por ser el primer documento oficial de carácter reformador que, poco antes de producirse la Revolución, se ocupó de la situación de los enfermos mentales en Francia, indicando los criterios que la medicina de fines del siglo XVIII debía observar en relación a ellos.
A pesar de su breve vigencia, debido a la caída de la monarquía, la Instruction... tuvo una gran repercusión porque su contenido fue retomado por el Comité de Mendicidad de la Asamblea Constituyente.
Los miembros de ese estamento, sobrecogidos ante los miles de personas que habían alojado los Hospitales Generales entre 1768 y 1789, pusieron en práctica las recomendaciones de Colombier y Doublet, designando a Pinel en el hospicio de Bicêtre con la misión de reformarlo de manera acorde con las exigencias de los nuevos Derechos del Hombre instaurados por la Revolución (Weiner, 1999, pp. 109-110).
Sin embargo, antes de estudiar la obra de Pinel es necesario, a fin de tener una visión de conjunto de lo señalado antes, pasar revista a lo que estaba ocurriendo en otros lugares de Europa.
Tres décadas antes de la elaboración de la Instruction
de Colombier y Doublet, tuvo lugar una áspera polémica pública entre los médicos londinenses William Battie y John Monro.
A poco de comenzar su tarea como director del Saint Luke's Hospital for Lunatics de Londres1, el doctor William Battie (1703-1776) inició su prédica en defensa de un tratamiento más humano de los enfermos mentales que plasmó en su Treatise on Madness (1758), que fue la primera monografía médica inglesa dedicada al tema.
Adscribiendo a las ideas del Iluminismo, Battie abogó por una visión optimista sobre el modo de tratar los trastornos mentales, oponiéndose a la utilización indiscriminada de laxantes, eméticos y sangrías profusas e ineficaces habitualmente practicadas en el Hospital de Bethlem (popularmente llamado Bedlam), a la sazón la institución para alienados más antigua y conocida de Londres.
En su opúsculo, además de criticar los métodos utilizados en esa institución, a la que tachaba de reducto de la barbarie y la coerción, Battie denunció la práctica de permitir las visitas de los vecinos de la ciudad, quienes por unas monedas podían espiar las celdas en las que estaban recluidos los enfermos.
Se dice que durante su carrera, Battie había examinado a más de mil enfermos mentales por lo que no cabe duda de que debió acumular una gran experiencia clínica y de que su célebre libro constituyó un interesante ejemplo de teorización médica en torno a la explicación del desvío y la intensidad de las pasiones como causa de la locura.
Battie también abogaba en su obra por un trato más humano de los pacientes, proporcionándoles mejores condiciones de habitación en celdas aireadas, buena alimentación y distracciones mediante la visita de sus familiares y amigos.
Ese libro inglés marcó un hito decisivo en el enfoque médico de la enfermedad mental; y su promoción del optimismo terapéutico, a través del compromiso con el paciente, en lugar de la restricción u otras maniobras físicas, prefiguró el tratamiento moral que pusieron en práctica los Tuke en "El Retiro" de York, a finales del siglo XVIII, y que aplicó, inicialmente, Daquin en Chambèry y, finalmente, perfeccionaron Pinel y Esquirol (1772- 1840) en los hospitales de París.
El libro de Battie suscitó la inmediata y airada réplica del doctor John Monro (1715-1791), director, como su padre, del Bedlam.
Monro interpretó el escrito de Battie como un ataque a la memoria y buen nombre de su progenitor, y de él mismo y respondió inmediatamente con un texto intitulado Remarks on Dr. Battie's Treatise on madness (1758).
Pero, lo más importante, aparte del valor anecdótico de esa controversia, es que el cruce entre ambos médicos constituyó el primer debate acerca de la teoría de la locura y de su tratamiento en suelo inglés (Morris, 2008).
John Haslam (1764-1844), médico londinense, muy distinguido en su medio en razón de sus trabajos científicos y sus notas periodísticas, adquirió una gran reputación por su moderación en el tratamiento de los enfermos mentales.
En 1795 se hizo cargo de la botica del hospital de Bethlem, introduciendo los más modernos criterios científicos en la farmacopea del establecimiento.
Esa tarea le dio la oportunidad de observar, cotidianamente, el comportamiento de los pacientes internados en su libro Observations on Insanity With Practical Remarks on the Disease and an Account of the Morbid Appearances on Dissection (1798), en el que incluyó las descripciones detalladas de las enfermedades más habituales que sufrían, así como el resultado de las disecciones cerebrales de aquellos que morían.
Pero la trayectoria profesional de Haslam se vio marcada por un acontecimiento conflictivo.
En mayo de 1814, Edward Wakefield (1774-1854) un reformador y filántropo, miembro del Parlamento británico, realizó una visita de inspección al hospital de Betlhem y descubrió en una de sus celdas a un ciudadano norteamericano, de apellido Norris, encadenado por indicación de Haslam, quien lo juzgaba peligroso a partir de un altercado que había tenido con él, a un dispositivo de hierro que lo mantenía permanentemente desde hacía una decena de años en atroces condiciones.
Alertados por Wakefield varios miembros del Parlamento visitaron al paciente y estuvieron de acuerdo en que era un hombre racional y tranquilo.
Aunque liberado de sus ataduras el norteamericano, ya agotado físicamente por los malos tratos recibidos murió en el hospital pocos meses después.
El caso de Norris produjo una gran conmoción en la opinión pública y contribuyó al movimiento de reforma de los asilos del Reino Unido, plasmado en la legislación de 1828 que regularizó el funcionamiento de las instituciones para los enfermos mentales.
A la base de estas iniciativas estuvieron, precisamente, Edward Wakefield, William Hone, escritor político y editor, y James Bevans, arquitecto, quienes se preocuparon por la condición y el mal trato de los pacientes en los asilos y formaron un comité destinado a visitar a ese tipo de instituciones de todo el país y a confeccionar informes sobre los hallazgos (Andrews et al, 1997, pp. 415-435).
En 1798, otro médico escocés, Alexander Crichton (1763–1856), publicó An Inquiry into the Nature and Origin of Mental Derangement (1798) que fue traducido al holandés, alemán y, en parte, al francés.
La obra de Crichton, constituyó un antecedente singular para el nacimiento de la psiquiatría y ejerció una gran influencia en los pioneros franceses de la especialidad, como Pinel y Esquirol (Berrios, 2006; Charland, 2008).
LA EXPERIENCIA DE CHAMBÉRY Y EL PENSAMIENTO DE JOSEPH DAQUIN
En Chambéry, capital del antiguo ducado de Saboya (Reino de Piamonte-Cerdeña), Joseph Daquin (1732-1815) publicó, en 1791, la primera edición de su libro intitulado Philosophie de la folie, que tuvo una segunda edición, en 1792, en Paris, idéntica a la primera en su contenido, pero con una modificación en el título: Philosophie de la folie ou essai philosophique sur le traitement des persones attaqués de folie y, tres años más tarde, en 1804, una tercera edición "revisada, aumentada y apoyada en un gran número de observaciones".
En su obra, Daquin sostiene que la enfermedad mental debe ser tratada por medio del tratamiento moral, término que retoma Pinel, y comunica sus investigaciones sobre la influencia de la luna en la génesis de la locura.
Daquin falleció discretamente, sin que sus opiniones y propuestas terapéuticas sobre la locura alcanzaran una difusión particular.
La repercusión de la obra de Pinel opacó sus anticipaciones, sobretodo porque el gran maestro parisino, así como su discípulo Esquirol, nunca reconocieron la contribución pionera de Daquin.
Si bien, como lo afirma el historiador Claude Quétel (1987), es ocioso, y hasta incorrecto históricamente, discutir la preeminencia de Pinel en la invención completa del tratamiento moral, también es cierto que él no menciona la contribución de Daquin, la cual, por muy incipiente que fuera, no carecía de originalidad.
Como también es cierto que la Philosophie de la foliefue el primer libro consagrado íntegramente al estudio de la locura que se haya publicado en Francia.
VINCENZO CHIARUGI EN FLORENCIA
El Duque de la Toscana Pedro Leopoldo, promulgó, a finales de 1774, en el marco de profundas reformas sociales y administrativas que caracterizaron su gobierno, la primera ley sobre los enfermos mentales de Europa (Legge sui pazzi), que codificaba la relación de la sociedad con esas personas y el modo de su hospitalización.
Según ese decreto Real nadie, ni siquiera pagando, podía ser admitido en el Manicomio para su custodia o cura, sin previa certificación de la enfermedad firmada por médico y sin una licencia soberana para internarlo.
La nueva administración había realizado cambios y reformas en las instituciones florentinas destinadas a recibir enfermos mentales y, en ese proyecto incluyó el Regolamento dei Regi Spedali di Santa Maria Nuova e di Bonifacio, inspirado por Vincenzo Chiarugi (1759-1820) y puesto en vigencia en 1789, que constituyó la prolongación de las legge sui pazzi en el plano sanitario.
El Regolamento concebido por Chiarugi representó el primer texto en el que el reformismo del siglo XVIII se plasmó en una institución de ese tipo.
En la práctica, las directivas promulgadas fijaban como una prioridad, con un fin tanto ético como terapéutico, el respeto del enfermo bajo los aspectos físico y psicológico; lo cual significó la abolición de los malos tratos con pretensión curativa.
Cesaron así la inmovilización con cadenas —aunque se la mantuvo para los más agitados o con riesgo de suicidio empleando solo cintas de tela y muñequeras de cuero adecuadamente puestas para evitar heridas y dolor—, las sangrías profusas y/o repetidas y las inmersiones en agua fría; y, sobre todo, se dispuso la presencia constante de un médico en el hospital y la supervisión del personal auxiliar.
En su conjunto quedó fuertemente marcada la diferencia entre la finalidad sanitaria de la nueva institución y el objetivo meramente cautelar y segregatorio del antiguo asilo (Stagnaro, 2014).
En la misma época en la República de Luca se inauguraba, en 1773, el hospital de San Luca della Misericordia, y poco después el de Fregonaia, con el mismo propósito de mejorar la atención de los alienados.
Como afirma Georges Lanteri-Laura (1998), estos acontecimientos muestran que la tesis de Michel Foucault ubicando al "gran encierro" como el origen de la psiquiatría moderna debe ser revisada en ese sentido, y no puede tener la pretensión de dar cuenta de todo lo que se pensaba y pasaba en ese momento en la Europa de las Luces.
En 1793 se publicó en la imprenta de Luigi Carlieri el primer Tomo del libro de Chiarugi Della Pazzia in genere, e in specie.
Trattato médico-analitico con una centuria di osservazioni, al que le siguió, en 1794, un segundo volumen conteniendo los Tomos II y III, que fueron traducidos al alemán dos años después (1793-1794 [2014]).
Ese texto, que dejó marcado indeleblemente el nombre de Chiarugi en la historia de la psiquiatría, fue profundamente modificado por su autor para una segunda edición aparecida en Florencia en 1808.
Pero, para esa fecha, ya estaba circulando la primera edición del Traité médico-philosophique sur l'aliénation mentale ou La manie de Pinel (1800), y muy pronto a salir la segunda edición de esa obra (Pinel, 1809) que se había difundido por toda Europa.
Si bien el francés formuló una teorización del fenómeno psicopatológico más avanzada, el toscano llevó adelante una transformación hospitalaria más audaz y precoz, pero ambos fueron participes del movimiento médico europeo que revolucionó la recepción y el tratamiento de los enfermos mentales en la segunda mitad del siglo XVIII y los albores del siglo XIX (Stagnaro, 2014)
ALEMANIA: LAS RAPSODIAS DE REIL
Finalmente, en Alemania, los conceptos y argumentaciones incluidos en el famoso trabajo de Johann Christian Reil (1759-1813) de 1808, en el que defiende la creación de una disciplina médica independiente denominada Psiquiatría (Reil, 1808), se basaron en gran medida en sus Rhapsidien uber die Anwendung der psychischen Kurmethode auf Geisteszeruttungen (1803) Muchos de esos argumentos continúan siendo claves para definir la especialidad en el presente.
Reil reflexionó sobre sus aspectos principales e incluso planteó los derechos de los enfermos mentales, denunció los efectos del estigma que portan, defendió la creación de hospitales humanizados para ellos y enfatizó la responsabilidad del gobierno y la sociedad toda ante sus ciudadanos aquejados de esos trastornos.
Y, fundamentalmente, describió a la psicoterapia como un tratamiento esencial, tanto para las enfermedades mentales como para las somáticas, equivalente a los tratamientos farmacológicos y a la cirugía (Garrabé, 2008).
LA INTERPRETACIÓN DE LA OBRA DE PINEL
El libro de Gladys Swain Le Sujet de la folie (1977), y el publicado junto a Marcel Gauchet La pratique de l ́esprit humain, l ́institution asilaire et la révolution démocratique (1980), retoman la investigación sobre los orígenes de la psiquiatría, dedicándose a mostrar que los comienzos del saber psiquiátrico, alrededor de 1800, representan una fecha decisiva para las ciencias del hombre.
Los autores mencionados inauguraron una nueva interpretación sobre el tema de la sinrazón en el Occidente moderno, que M. Foucault había descrito como una vasta reducción al silencio que culminaba con la pretensión de la razón de proveerse una ciencia objetiva para el alienado.
La reconstitución que aportó Swain, del momento fundacional de la clínica psiquiátrica en sus términos exactos, nos ofrece una imagen profundamente diferente: allí donde la tradición veía un loco encerrado en la soledad de su delirio o la ceguera de su furia, los médicos descubrieron bruscamente un ser que no está cerrado a los otros ni a lo que le acontece.
Ni encierro en sí ni ausencia de sí en el alienado, sino una desgarrante presencia que se interroga sobre el sentido de su trastorno y una constante preocupación por el otro.
De allí la posibilidad de acceder a un intercambio terapéutico con ese sujeto que sabe algo de su alienación y se defiende contra ella.
En otras palabras, Swain y Gauchet pusieron el acento sobre el concepto fundamental de la empresa de Pinel: cualquiera sea el grado de locura del alienado, este último no está nunca completamente ajeno a sí mismo; el paciente no adhiere jamás totalmente a su propia alienación.
Es precisamente esa distancia entre el loco y su propia locura lo que hace posible en los hospicios de Bicêtre y La Salpêtriere emprender el "tratamiento moral"; ya que se podrá establecer con esa parte sensata del insensato el diálogo terapéutico.
Mientras Michel Foucault en su Histoire de la folie à l'âge classique (1961) hace de Pinel un heredero directo de toda una tradición, Swain y Gauchet subrayan, por el contrario, el valor de ruptura teórica de su propuesta.
Si bien es cierto que retirar a los locos del Hospital General para alojarlos en asilos específicos dio testimonio de una voluntad de exclusión, también debe reconocerse que ese aislamiento en las instituciones monovalentes constituyó a la locura como objeto teórico a parte entera.
Y es, entonces, en ese momento, en el que el loco devino el objeto de una verdadera investigación científica que se impuso la presencia de la parte inalienable de su subjetividad.
La sanción legal del nuevo orden de la locura
La obra clínica y terapéutica de Pinel se completó con una legislación que sancionó, diez años después de su muerte, el marco jurídico de la internación psiquiátrica.
Dos de los principales alumnos de Pinel, Esquirol y Ferrus (1784 - 1861) fueron los promotores de la famosa ley promulgada el 30 de junio de 1838 bajo la monarquía de Julio que reglamentó por más de 150 años en Francia (recién fue modificada en 1990) la hospitalización de los enfermos mentales en los establecimientos privados y públicos, su protección y la de sus bienes.
Inspirados en los ideales filantrópicos y humanistas del siglo XVIII se creó así una doctrina de la psiquiatría en Francia (que sirvió como modelo para numerosos países) con las siguientes características:
a) Creó condiciones decentes de recepción y de tratamiento para los enfermos mentales, imponiendo a cada Departamento geográfico de Francia la organización y la carga financiera de esas estructuras hospitalarias: los asilos de alienados.
b) Dictaminó una serie de medidas de protección social contra los riesgos de la peligrosidad de los enfermos mentales sobre la población general.
c) Reglamentó de manera precisa las circunstancias en las cuales un ciudadano podía ser encerrado en un asilo de alienados contra su voluntad, y las medidas de protección legal para la persona, tanto en lo relativo a sus bienes como a su libertad individual.
La ley de 1838 se propuso poner fin, definitivamente, a las prácticas brutales de tratamiento de la enfermedad mental que prevalecían hasta entonces.
Podría decirse, y a justo título, que dicho instrumento legal respondía, simultáneamente, más allá del espíritu humanista de sus mentores, a una lógica que puede calificarse de represiva; fundamentalmente creada para proteger al cuerpo social del efecto desestabilizador del trastorno social provocado por la locura.
Pero deberá reconocerse también que entre los beneficios novedosos que otorgó se cuenta la legitimación de la medicina para el tratamiento de la enfermedad mental.
En efecto, el reconocimiento legal del médico alienista y de la disciplina psiquiátrica revistió una importancia capital: la medicina limitada por una deontología profesional debió reconocer en el enfermo mental el derecho a la calidad de los cuidados que debía recibir y el respeto a su dignidad como persona.
EL PSIQUIATRA Y LA INSTITUCIÓN
La institución psiquiátrica formó así, desde su origen, parte indisoluble de un dispositivo terapéutico pensado para modificar la conducta desviada designada por Pinel y sus contemporáneos como alineación mental.
Su disposición edilicia, su estructura organizativa (médico jefe, enfermeros guardianes), la admisión, salida y circulación de sus internos ("secuestro" y encierro obligado hasta el alta decidida por la autoridad médica), sus actividades internas (clinoterapia, tratamientos biológicos, tratamiento moral, laborterapia, recreación y visitas dosificadas de los allegados), no surgió del capricho autoritario de sus creadores sino de una serie de maniobras terapéuticas enderezadas a modificar, a restablecer el estado previo de lucidez y razonamiento claro de los considerados enfermos de alienación mental.
Fue así como, en un entrelazamiento inextricable, la especialidad nació entre los muros del asilo del Ancien Régime, el cual se transformó, a su vez, en función de una teoría de la locura que lo utilizó como herramienta, en el hospital psiquiátrico.
A este respecto, en el prólogo a la obra Miserables y locos.
Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX, de Fernando Alvarez Uría, Robert Castel señala que "El nacimiento de la psiquiatría en el siglo XIX fue, sin duda alguna, una innovación considerable: la creación de una nueva institución —el manicomio—, de una legislación especial nueva, de un cuerpo de nuevos especialistas —los médicos psiquiatras—, de un estatuto del loco convertido ahora en enfermo, etc. En estas decisivas transformaciones, los historiadores de la medicina suelen ver de buen grado una «revolución» y el comienzo de una era radicalmente nueva.
La importancia del cambio no debe, sin embargo, ocultar que tal cambio reconduce determinados rasgos fundamentales de dicha situación y que estas permanencias tienen, por lo menos, tanto peso como las innovaciones, en la comprensión del significado del fenómeno.
Así, la necesidad del «aislamiento terapéutico», en cuyo nombre todo el nuevo sistema se pone en marcha, reconduce la segregación anterior de los alienados en los hospitales generales y en las prisiones; el estatuto de minoría legal del enfermo mental es homólogo al estatuto del condenado, tal como aparece en el código penal, puesto que tanto uno como el otro se ven privados de sus derechos; la tutela médica de la razón sobre la locura se ejerce con la misma buena conciencia que la tutela jurídica del juez sobre el delincuente, etc. La primera `revolución psiquiátrica ́, la que se produjo en el momento de Pinel [...] supone el paso de una lógica directamente represiva (salvaguarda del orden público – arresto – juicio – secuestro) a una lógica médico-humanista (interés del enfermo – aislamiento – ingreso en un establecimiento especial – tratamiento médico).
Sin embargo, «¿es lo mismo una cosa que otra?» —se interroga Castel— «en absoluto» —afirma— «se trata de un desplazamiento esencial que permite la emergencia de ese conjunto considerable de prácticas nuevas que van a desarrollarse bajo el label de la medicalización» (Castel, 1983, pp. 9-10).
Es necesario analizar más de cerca, con instrumentos historiográficos más adecuados, los conceptos que, cargados de un fardo ideológico frecuentemente no explicitado, tienden a presentar el nacimiento de la psiquiatría exclusivamente como una maniobra de apropiación de la locura en el campo de la medicina con fines de control social.
Un correcto estudio de los hechos puede permitirnos descubrir que el surgimiento de la especialidad, aunque no se desembarazó de ciertas dimensiones heredadas inspiradas en el miedo a la locura y su marginación, que estaban y están inscritos en nuestra cultura, constituyó una transformación positiva de la forma en que la sociedad occidental comenzó a ocuparse de la locura en las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX.
El Dossier monográfico que se propone en este número de Asclepio, pretende —sin agotar la lista de los protagonistas— a través de determinados estudios de caso: Joseph Daquin en el Piamonte, Alexander Crichton en Gran Bretaña, Vincenzo Chiarugi en Italia y Johann Christian Reil en Alemania, analizar la obra institucional y los conceptos centrales de esos autores, los cuales desempeñaron un papel central en el proceso que se pretende estudiar.
La tesis que este conjunto de investigaciones pretende sustentar es que las nociones que dieron lugar a la medicalización de la locura, al tratamiento moral y al inicio del movimiento alienista, se fue delineando desde mediados del siglo XVIII y que la psiquiatría surgió de nuevos conceptos y prácticas diversas y convergentes desarrolladas en diversos países europeos cristalizando, finalmente, en la obra de Pinel con la segunda edición de su Traité en 1809: punto de llegada y no tanto de partida del pensamiento médico moderno sobre las enfermedades mentales.
Este Dossier se originó en un simposio intitulado: «The birth of psychiatry: an European movement» celebrado en el marco del XVI Congreso Mundial de Psiquiatría realizado en Madrid en septiembre de 2014.
El éxito de convocatoria y las valoraciones de los asistentes nos han animado a escribir las ponencias allí presentadas.
Los autores, especialistas en historia de la psiquiatría, forman parte de la Red Iberoamericana de Historia de la Psiquiatría y llevan años trabajando y debatiendo conjuntamente sobre las relaciones entre historia y clínica en el ámbito de la psiquiatría. |
Vincenzo Chiarugi: La pazzia y el Reglamento de Bonifacio en los orígenes de la psiquiatría moderna
De su experiencia en esa institución para enfermos mentales surgen las dos obras aquí presentadas: 1) Della Pazzia in genere e in spece.
Trattato medico-analitico con una centuria di osservazioni, publicado en 1793, en él encontramos un tratamiento de la locura como unidad centrada en el término pazzia, que puede presentar tres aspectos clínicos: melancolía, manía y amencia, que recuerdan bastante a la alienación de Pinel, pero en la pazzia encontramos también la primera referencia a la concepción de enfermedad mental como entidad clínico evolutiva, y 2) Reglamento de Bonifacio, publicado en 1789, en donde expone el régimen institucional y jurídico de la pazzia.
Creemos que del análisis de estas dos obras se puede sostener que el pensamiento de Chiarugi está a la base de la conformación de la matriz disciplinar psiquiátrica moderna.
En el presente trabajo realizaremos una aproximación al pensamiento y la obra de Vicenzo Chiarugi quien impulsó en la Toscana una importante reconversión y reformulación del abordaje médico estatal de la locura en consonancia con los movimientos de reformas en la gestión de la locura ocurridos en Europa entre fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX.
Es importante destacar que, si bien existe una producción historiográfica en torno a su figura y la gravitación de su obra, desde los trabajos ya clásicos de George Mora en los años cincuenta del pasado siglo (Mora 1954, 1959a, 1959b) y la introducción del mismo autor a la edición inglesa de la obra de Chiarugi (Mora, 1987), pasando por los autores italianos que se han ocupado de él (Scapini, 1966; Stroppiana, 1976; Cabras, Campanini, Lippi, 1993; Pallanti, 1996; Lippi, 2008), y otros que abordan aspectos específicos de su obra (Lantéri-laura, 1994; Charland, 2014), o el análisis de su controvertida relación con Pinel (Grange, 1963; Gerard, 1998), su presencia sigue siendo hoy marginal en la mirada de conjunto que se tiene acerca del surgimiento de la psiquiatría moderna en Europa como oportunamente lo ha destacado Rafael Huertas (1999; 2005).
VINCENZO CHIARUGI, EL HOMBRE
Vincenzo Chiarugi nació en Empoli, localidad Toscana distante treinta kilómetros de Florencia, el 20 de febrero de 1759.
Su madre, Margherita Conti, murió en el parto y su padre, Antonio Gregorio Chiarugi, fue el primer médico en una familia de comerciantes de la ciudad de Prato cuyos orígenes se remontaban al siglo XIV.
Vicenzo realizó sus primeros estudios en Empoli y luego estudió en Pisa, en el Collegio Ferdinando, donde se doctoró en Filosofía y Medicina el 19 de mayo de 1779.
Realizó luego el año de práctica obligatoria en el Hospital de Santa María Nueva, en Florencia, obteniendo el 23 de junio de 1780 la licencia para ejercer la profesión.
En 1782 fue nombrado médico asistente, encargado de la guardia, en el Hospital de Santa María Nueva y en 1785 pasó a desempeñarse como médico superintendente del Servicio de Hombres del Hospital de Santa Dorotea en donde comenzó a tomar contacto con la locura y, durante esa experiencia, prohibió el uso de cadenas en la contención de los pacientes excitados.
En ese mismo año de 1785 nació su primogénita Margharita, fruto del matrimonio de Vicenzo con Migliorotta Ricci, instalándose entonces en la Via Pérgola de Florencia, cercana al hospital.
Durante el año 1786 participó de la renovación del Hospital de Bonifacio bajo las órdenes del Gran Duque Pedro Leopoldo; este proceso, al que Chiarugi adhiere fervientemente, se inscribe en el contexto de renovación de la legislación sobre la locura en Toscana iniciado con la promulgación de la primera ley sobre los enfermos mentales en Europa (Legge sui pazzi) de 1774.
Toda su labor clínica y sanitaria estará orientada en esta dirección y se plasmará en sus obras como veremos más adelante.
En 1788 fue nombrado Jefe de Servicio del nuevo hospital y poco después Director, cargo que ocupó hasta 1818.
En 1793 publicó el primer tomo de su obra más importante: Della Pazzia in genere, e in specie.
Trattato médico analítico con una Centuria di Osservazioni, y en 1794 aparecieron los dos tomos siguientes publicados en un solo volumen.
La obra, que tuvo una gran acogida, fue traducida al alemán en 1796 y presentó una segunda edición, profundamente modificada, en 1808.
En cuanto a su vida académica Chiarugi fue Profesor de Enfermedades Cutáneas y Mentales en la Escuela de Medicina de Florencia en 1802 y también Profesor Honorario de la Universidad de Pisa en 1810.
También tuvo importantes actuaciones como clínico y sanitarista.
En 1804, durante una epidemia de fiebre que azotó la Toscana, se le encargó ocuparse de ella y organizó las operaciones sanitarias necesarias para su resolución, volviendo a cumplir esta función durante una epidemia de tifus que aquejó a Florencia en 1817 (Stagnaro, 2014).
En 1806 pasó a ser miembro de la Sociedad Colombaria1, de la Academia Florentina2 y de la Sociedad Italiana de Ciencias, Artes y Literatura.
En 1807 ingresó al Colegio Médico Florentino, esta institución, que estaba organizada en tres secciones: Medicina, Cirugía y Farmacéutica, le permitió relacionarse con las autoridades científicas de la época.
En 1819 accedió al cargo de Superintendente de la Enfermería del Hospital de Santa María Nueva y se le encomendó la enseñanza de Fisiología, Patología y Terapéutica para el curso de especialización, en ese contexto confeccionó el reglamento de los exámenes que debían aprobarse para acceder a las matrículas de médico, cirujano y farmacéutico.
El reconocimiento a sus ideas reformistas hizo que fuera llamado como consultor durante la reforma del Instituto Hospitalario de San Servolo, en Venecia, transformado en el manicomio mixto central de Veneto, Dalmacia y Tirol (Stagnaro, 2014).
Fallece, a causa de una afección pulmonar ligada a la gota, y es enterrado en Florencia el 20 de diciembre 1820.
Finalmente, en 1929, es trasladado a la Iglesia de Santo Stefano degli Agostiniani, en su Empoli natal.
LA REFORMA ESTATAL DEL GRAN DUCADO DE TOSCANA (1770-1790): EL RÉGIMEN DE LA LOCURA Y LAS INSTITUCIONES
En 1745 Francisco Esteban de Lorena alcanza el trono del Sacro Imperio Romano-Germánico y toma el nombre de Francisco I, en 1747 nace en Viena su segundo hijo, Pedro Leopoldo, quien a la muerte de su padre, en 1765, hereda el título de Gran Duque de Toscana, mientras que su hermano mayor, José II de Austria, recibía la corona del Sacro Imperio.
Pedro Leopoldo llevó adelante la reforma administrativa y jurídica del Gran Ducado y, a la muerte de su hermano José II, dejó el Gran Ducado de Toscana y fue coronado emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y rey de Alemania e Italia con el nombre de Leopoldo II el 9 de octubre de 1790.
En poco menos de un año sumó también a su poder político los reinos de Hungría, Croacia y Bohemia.
Leopoldo II gobernó durante el momento más dificultoso para las monarquías ilustradas y reformistas europeas: la ocasión y los efectos de la Revolución Francesa; desplegó una intensa actividad política y diplomática para mantener la paz en sus reinos pero su gobierno no alcanzó los dos años muriendo el 1 de marzo de 1792.
En 1790, al asumir la corona del Sacro Imperio, Leopoldo II entregó el Gran Ducado de Toscana a su hijo Fernando III, quien lo gobernó hasta 1801 cuando Napoleón lo obligó a entregarlo a los Borbones de Parma formándose así el reino de Etruria compuesto por los ducados de Toscana y Parma; en 1807 desaparece el reino de Etruria y la Toscana pasa a ser gobernada por Elisa Bonaparte, en nombre del imperio francés.
En líneas generales las reformas apuntaron a dar un gran impulso a la economía, la agricultura, el comercio y la industria, a democratizar la administración y el manejo fiscal, eliminando privilegios y haciendo público el presupuesto estatal.
También a mejorar la calidad de vida de la población a través del desarrollo de las obras públicas y la modernización de servicios.
Con este propósito también se llevó adelante la reforma del Código Penal en 1786 (que abolió el delito de lesa majestad, la confiscación de bienes, el interrogatorio bajo tortura y la pena capital) y la reforma en la asistencia de los locos iniciada con la ley sobre locos de 1774 y que culmina con el Reglamento del Nuevo Hospital de Santa María Nueva y de Bonifacio, orientado por Chiarugi y promulgado en 17894 (Stagnaro, 2014).
Antes del inicio de la reforma de la asistencia de los locos existían en Florencia varias instituciones que albergaban enfermos mentales, aunque para la época que nos ocupa solo mantenían una función custodial y no terapéutica, la reforma modificó el régimen de asistencia de los locos e indicó el traslado de todos ellos al Hospital de Bonifacio.
Haremos una breve referencia ellas y luego nos ocuparemos del Hospital de Bonifacio y su Reglamento.
El Hospital de Santa Dorotea fue inaugurado en 1643 con la misión de albergar a los locos que hasta ese entonces eran encerrados de por vida en la cárcel de Florencia (Stinche), siendo un lugar pequeño, en poco tiempo tuvo problemas de hacinamiento y en 1753 los pacientes fueron trasladados a un antiguo hospital cerrado desde 1541, el Hospital de San Niccoló del Ceppo; finalmente y, en el movimiento de la reforma, Pedro Leopoldo decretó, en 1785, que todos los locos allí encerrados debían pasar al Hospital de Bonifacio, medida que se efectivizó en 1788.
El Hospital de Santa María Nueva fue fundado en 1288 y representó un ejemplo temprano y eficaz de atención de la salud en Europa, durante el gobierno de los Médici fue refaccionado y optimizó sus funciones.
En 1688 se construyó una pequeña unidad hospitalaria que se destinó como Pazziaria o Casa de Locos recibiendo solo varones, y, a partir de 1729, también se recibieron mujeres.
Al igual que en el caso anterior los pacientes de la Pazziaria de Santa María Nueva fueron trasladados al Hospital de Bonifacio durante la reforma.
El Hospital de Bonifacio tiene como antecedente la creación en 1377 del Ospedale San Giovanni Battista, construido gracias al aporte de Bonifacio Lupi de Parma (1316-1390) influyente político toscano.
Esta institución, que estaba destinada a albergar pobres e indigentes, se encontraba ubicada entre el convento de Santa María del Querceto y el Ospedale dei Broccardi, en 1436 ambos edificios fueron anexados al hospital y este comenzó a llamarse Hospital de Bonifacio en honor de su fundador.
En 1736 el Bonifacio devino exclusivamente depósito de inválidos trasladándose los enfermos a otros hospitales.
Finalmente durante el gobierno de Pedro Leopoldo esta institución fue totalmente refaccionada y ampliada transformándose en una unidad sanitaria ejemplar en el contexto de la reforma de la asistencia pública.
Se la subdividió en cinco servicios destinados a locos, incurables, enfermos de la piel, soldados e inválidos.
A partir del 19 de mayo de 1788 el Hospital Real de Bonifacio se ocupó de la asistencia de todos los enfermos mentales de Florencia bajo la dirección de Vincenzo Chiarugi contando, a mediados de ese año, con 569 pacientes internados.
Chiarugi recuerda, con estas palabras, ese momento fundacional de la reforma del régimen de la locura:
Cuando el deplorable estado del antiguo Hospital de Santa Dorotea, destinado a la custodia de los locos, le planteó a los poderes públicos la necesidad de procurar a estos miserables enfermos un mejor destino, fue emprendida, y en poco tiempo concluida, la construcción de una institución provista de todas las comodidades necesarias para favorecer su curación, o al menos para hacer su vida menos incómoda y atormentada.
Con el marco de una construcción dotada de una elegancia y una magnificencia verdaderamente palaciegas, se estableció un método en el mantenimiento y en la asistencia, tan preciso, seguro y ordenado, que ha recibido la admiración de los más cultos viajeros, de respetables personajes, y también de algunos monarcas, que han honrado el nuevo hospital con su visita, el cual recibió el nombre de Bonifacio, que heredó del antiguo asilo anexo de pobres e inválidos (Chiarugi, 1793, t I, p.
Reglamento del Nuevo Hospital de Santa María Nueva y de Bonifacio (1789)
Se trata de un documento de 416 páginas en el cual se desarrolla la historia, el inventario de equipamiento y bienes de ambas instituciones, el reglamento del personal, la organización de la Escuela de Medicina, el régimen institucional de abordaje y vida cotidiana de los locos hospitalizados y el régimen jurídico de su internación5.
Analizaremos aquellos aspectos más destacables en el contexto del presente trabajo.
La escuela de Medicina
El objetivo de la Escuela del Hospital de Santa María Nueva será proporcionar al médico clínico la instrucción teórico-práctica necesaria que no puede ser brindada habitualmente en una Universidad Pública, y formar un hábil cirujano tanto como un experto e iluminado especialista.
Con tal propósito se contará con ocho cátedras que se ocuparán de los siguientes temas: Medicina Práctica, Anatomía, Instituciones Quirúrgicas, Casos Prácticos de Cirugía y de Operaciones Quirúrgicas en Cadáveres, Obstetricia, Botánica y Materia Médica, Química y Farmacia (Reglamento, 2da.
Régimen de abordaje del paciente
Fue diseñada en el Santa María Nueva una nueva y detallada planilla de datos que debe fijarse en la cama del correspondiente enfermo indicando su nombre y apellido, lugar de origen, estado civil, tratamiento, nombre y apellido del médico tratante, fecha de admisión en el hospital y del comienzo de la enfermedad, diagnóstico y tratamiento de la misma, las órdenes y observaciones anotadas cotidianamente y el resultado del tratamiento hasta la completa curación o el detalle de la disección del cadáver en caso de muerte (Reglamento, Introducción, citado en Stagnaro, 2014, pp. 26).
Los principios del régimen institucional están centrados en el rechazo al uso de la violencia física, el confinamiento, el hacinamiento y la desprotección de los locos.
Para ello se dispone de una organización del espacio con amplias habitaciones y baños marmóreos higiénicos, con agua corriente en todo el edificio y aire puro y ventilado.
Posee también jardines y galerías abiertas con paseos arbolados para el descanso y esparcimiento de los pacientes con la expresa prohibición de visitas de curiosos.
La alimentación es sana y abundante (180 gr. de carne por día) y los internos están separados por sexo y grupos clínicos para su mejor asistencia y cuidado.
Se programan diferentes actividades, en cada caso según las indicaciones médicas, entre las cuales se cuentan las prácticas religiosas, paseos, excursiones en inclusive algunas tareas laborales.
La contención física, tan frecuente en esa época, solo está autorizada en situaciones extremas con ataduras de tela de algodón y brazaletes de cuero.
Régimen jurídico de internación
Los enfermos que se enviaban al Manicomio debían ir acompañados de una orden del Juez y del Alcalde, y de un certificado médico en el que se señalasen las causas de la enfermedad, el origen inicial, los síntomas y los principales aspectos relacionados.
Así, el Gobierno, el Ayuntamiento y los médicos se declaraban garantes, frente a la sociedad, de lo justo y conveniente del secuestro...6.
Trattato Della Pazzia: psicopatología, nosografía y clínica a fines del siglo XVIII en Florencia
En esta obra Chiarugi utiliza el término pazzia, que remite a locura en el uso cotidiano de la lengua toscana, con un sentido técnico para hacer referencia a enfermedad mental en general y muy cercano al término alienación, utilizado poco después por Pinel con los mismos fines.
Define entonces a la pazzia como un delirio crónico permanente, sin fiebre y en estado de vigilia, delimita así a la locura, en sentido médico, como una enfermedad unitaria y primaria diferenciada de los cuadros tóxicos y febriles y de las conductas oníricas.
Pero esta enfermedad mental se expresa en tres presentaciones clínicas diferentes y susceptibles de pasar de una a otra durante la evolución de un mismo paciente, se trata de la melancolía, la manía y la amencia.
Definida la pazzia como un delirio, lo primero que hace Chiarugi es delimitar el concepto de delirio y presentar sus géneros y características.
Para ello comienza con una declaración de principios: el hombre está constituido por res cógitans y res extensa, alma y cuerpo:
esa sustancia espiritual, inextensible, inalterable e indestructible que, junto con la otra parte, el cuerpo, material y caduca, concurre a la formación del hombre [7]8.
Y puesto que la unión de estas dos sustancias es tan estrecha que una apenas puede actuar sin que la otra sea afectada, es en consecuencia necesaria que, afectadas las funciones de una, también se deba alterar la economía de la otra [8].
La razón es un atributo del alma y organiza la relación del hombre con el entorno y consigo mismo en condiciones normales, para ello concurren el intelecto y la voluntad, en tanto cualidades del alma, y la imaginación y la memoria en tanto sus operaciones.
Mediante la razón el hombre compara las ideas y emite juicios, los cuales articulados constituyen el razonamiento.
Pero, a veces, sostiene Chiarugi, se produce una falla en este proceso debido a una alteración de la voluntad y a un error del juicio: "Este estado del Hombre, o sea, esta alteración del juicio, y en consecuencia del raciocinio, es lo que se llama Delirio, un estado que muestra como puede ser llevada la naturaleza humana al extremo más humillante..." [15].
Tenemos entonces que el delirio es producido por una alteración en las cualidades y operaciones del alma y por otro lado es el fundamento de la pazzia la cual, en tanto enfermedad, interesa a la materia corporal, se pregunta entonces Chiarugi, ¿Dónde estará la sede de los delirios?, ¿En dónde se dará esta interacción recíproca entre el alma y la materia?, la respuesta lo lleva a desarrollar su concepto de Sensorio Común:... la máquina que sirve para el ejercicio de las facultades respectivas es el Sistema Nervioso, del cual el cerebro es el centro y la fuente principal y única.
Esta víscera se compone de dos sustancias: Cortical y Medular, distintas y limitadas entre ellas" [22].... en el Cerebro radica un lugar de encuentro de estos orígenes nerviosos (cortical y medular), donde el Alma está probablemente presente, más que en las otras partes del Sistema Nervioso, y en la que debe razonablemente suponerse que se encuentra la sede de la comunicación de los movimientos nerviosos.
Este lugar es precisamente ese órgano... al que le he dado el nombre de Sensorio Común" [23].... el Sensorio Común reside donde termina la Sustancia Cortical y principia la Medular.
Allí es donde parece ser que el Alma tiene la relación más inmediata con el Cuerpo, y donde ella desarrolla y hace actuar sus facultades, como una Reina en su propio palacio [24].
De esta manera Chiarugi ubica en la materialidad del cerebro el origen de la locura en tanto enfermedad sin afectar la inmutabilidad del alma y considerándola sustrato de la operaciones mentales que están a la base del trastorno, una digna salida a las exigencias de un racionalismo más cercano a la Escolástica que a la Ilustración.
Definido así el Sensorio Común puede volver sobre la pazzia para conceptualizarla de la siguiente manera: "Las Locuras son errores del Juicio y del Razonamiento procedentes de una afección idiopática del Sensorio Común, sin acompañamiento de fiebre primitiva o de afección comatosa" [45].
Y luego precisa el estado de locura con un párrafo de llamativa similitud estructural con aquel otro famoso en el cual Esquirol, en 18389, describe el estar alucinado:
Podrá decirse loco con justicia al infeliz individuo de la especie humana que sin tener enfermedad febril o lesiones de los sentidos externos y fuera de las circunstancias del sueño, embriaguez y otras causas similares, demuestra tener sensaciones que no tienen otros en la misma situación, actúa o razona de una manera contraria a las sensaciones de las que tenemos razones para suponer que debería tener, y por último, está persuadido de un error, en sí mismo fácil de reconocer, que antes no lo habría engañado, y sin que la fuerza de la razón y el testimonio de los sentidos pueda convencerlo.
Esta pazzia o locura, causada por una alteración idiopática del Sensorio Común se expresa en esas tres formas fenoménicas ya mencionadas, melancolía, manía y amencia de las cuales quisiéramos dar ahora algunas precisiones nosográficas y clínicas.
En primer lugar, ¿A qué tipo de trastornos se refiere Chiarugi cuando utiliza estos términos?, veamos como los delimita:
Una forma de raciocinio erróneo parcial, dependiente de un falso principio puesto y, al mismo tiempo, adoptado como base del juicio, que actúa como un centro al que tienden todos los discursos correctamente conducidos y procedentes en sí, pero erróneos, porque dicho principio, del cual provienen, no se corresponde con la verdad.
El resto de las acciones y los razonamientos que no se relacionan con este principio corresponden a las nociones de la razón normal y a los testimonios de los sentidos [48].
Una desconexión general de ideas con respecto al presente, el pasado y el futuro, y sin distinción de las relaciones; acompañada por una rápida transición que va de una serie de pensamientos a otra, absolutamente ajena, una excitación y audacia inusuales, y por el impulso y la violencia en todos los juicios, que lo llevan a tener un lenguaje y un comportamiento muy coléricos y furiosos [48].
Una irregularidad o imperfección general, o casi general, en las operaciones del intelecto y de la voluntad.
Usualmente sin emociones precisas, ya sean de tristeza o de cólera, y con debilitamiento e imbecilidad en todas sus acciones [48].
Y en el siguiente parágrafo nos brinda, en un intento de alcanzar la mayor claridad conceptual, una definición desprovista de ropaje clínico que apunta a la esencia y diferencia entre cada una:
La Melancolía es una Locura parcial limitada siempre a uno o unos pocos temas relacionados entre sí [49].
La Manía es una Locura general acompañada de la audacia y el furor en las acciones voluntarias [49]10.
"La Amencia es una Locura general o casi general, con alteraciones en las capacidades intelectuales y volitivas, pero habitualmente sin emociones [49].
Pero, luego de estas claras definiciones, afirma que:... los síntomas de estos tres tipos de Locura a menudo se mezclan, se suceden y se reproducen recíprocamente [...] usualmente no pueden ser aislados individualmente con exquisitez y precisión en un individuo...
Esto quizás podría hacernos creer que [...] cada uno constituye más bien una presentación diferente de un fenómeno común a todos ellos [50].
Encuadra así las tres manifestaciones clínicas de la pazzia en el ordenamiento conceptual de la Psicosis Única, como lo habíamos referido anteriormente.
Respecto a la sucesión cronológica de las tres variedades, ya esbozada en el parágrafo anterior, dice: "...
Puedo asegurar que he visto, en la mayoría de los casos, que cada grado de Locura principia con la Melancolía, la que fácilmente pasa a Manía; al finalizar una, la otra se reproduce y finalmente de estas dos fuentes se origina la Amencia" [53].
Podemos reconocer aquí que Chiarugi, al igual que otros autores del siglo XVIII11, observa en su clínica, cotidianamente, el pasaje de melancolía a manía lo cual es interpretado, en el entramado de su psicopatología, siguiendo la lógica secuencial de la Psicosis Única.
Pero esta novedad, la de la importancia de lo diacrónico en la tipificación de la locura, no solo la encontramos en la sucesión de las variedades propuestas sino también en el encadenamiento temporal de los síntomas y de las circunstancias que precedieron a la aparición de los mismos, como lo describe en el caso de las manías: "...
Solamente combinando una observación diligente sobre el estado actual con conocimiento adecuado de las circunstancias que precedieron la Manía seremos capaces de decidir con certeza sobre la verdadera especie de enfermedad presente"[572].
Utilizando esta modalidad de observación centrada en la diacronía organiza el diagnóstico diferencial de los diferentes tipos de manía articulando los antecedentes con la clínica e incluso, en algunos casos, pronosticando la evolución esperable.
Analizaremos ahora las diferentes variedades de estas tres presentaciones (melancolía, manía y amencia) para luego poder tener una mirada de conjunto de su nosografía.
Al abordar el análisis de la melancolía (Cap.
I, Libro I, Segunda Parte: Especies de la Locura), Chiarugi afirma que:... la Melancolía radica... en esencia, (en que) la mente divaga sobre objetos reales y verdaderos, pero razona sobre ellos de una forma anormal...
[397].... el Hombre situado en esta convicción... se ve ubicado en tres estados diferentes relacionados con sus propias pasiones.
O bien son pasiones tristes y los individuos... se ven oprimidos por la tristeza y el temor, o bien se sienten estimulados o capaces de atemperarse entre sí, en cuyo caso sienten alegría o tranquilidad; o bien, finalmente, son mixtas; particularmente pertenecientes al odio, y es aquí donde aparecen las acciones de ira y de audacia desmedida [398].... llamaré Melancolías Verdaderas a todas aquellas acompañadas por la tristeza y el miedo [400].... he dado el nombre de Melancolías Espurias a todas aquellas acompañadas por la alegría o la tranquilidad [401].... he llamado Melancolías Furiosas a todas aquellas acompañadas por una audacia y una furia parcial [402].
Vemos entonces que al utilizar el término verdaderas para las presentaciones que cursan con tristeza y miedo respeta la clásica concepción hipocrática acerca de la melancolía pero al agregar las otras dos formas se impone el ordenamiento de Willis en locuras generales o parciales, quedando las melancolías consideradas como parciales, aclaración con la que cierra el capítulo: "...
Pero en cada uno de estos casos, la mente está fija en un solo objeto, o en varios relacionados... coincidiendo todos en el carácter principal." [404]
En el libro II, dedicado al análisis de la manía, realiza una descripción minuciosamente rica de los síntomas que se suceden en un orden determinado y que le permite proponer para ellos tres etapas: Acceso, Estado y Remisión operando con un criterio clínico evolutivo, como ya habíamos observado:
La audacia y la furia que acompañan el delirio general de la Manía forman el signo patognomónico de esta enfermedad, pero como hay tantos fenómenos que se unen y tantas son las modificaciones que sufre en su curso, creo conveniente dividir la enfermedad en tres etapas: de Acceso, de Estado y de Remisión, cada uno caracterizado por síntomas diferentes [556].
Se ocupa también aquí, al enumerar las causas de la manía, de proponer un ordenamiento o clasificación etiológica:
I. Manía Mental: la que se produce por la acción inmediata del Alma.
Manía Reactiva: la que surge del debilitamiento de la actividad de la potencia nerviosa.
Manía Pletórica: la que es producida por la plétora de sangre en el sistema vascular.
Manía Inmediata: la ocasionada por un estímulo actual, que produce inmediatamente en el Cerebro el depósito de materias morbosas.
V. Manía consensual: la que es originada por la afección de cualquier parte del organismo que tenga relación nerviosa con el Sensorio Común [554].
Al inicio de la presentación de cada una de estas cinco formas explicita más claramente su adhesión al criterio clínico evolutivo ya que, luego de afirmar la necesidad del conocimiento de las circunstancias que precedieron a los síntomas para decidir con certeza, afirma:
Pero como no siempre es posible tener informaciones preliminares como para formar una base sobre la cual razonar, será necesario tener en cuenta solamente los signos particulares, con el fin de establecer una probabilidad conjetural suficiente, con la que generalmente es necesario que se contenten los médicos sinceros y de mente abierta [573].
Estaría entonces claro, para Chiarugi, que el diagnóstico de certeza es posible de alcanzar si contamos con información suficiente sobre las circunstancias que precedieron la aparición de de un determinado cuadro, aunque contraste este principio con la realidad de la ausencia de información preliminar y por este motivo reduzca la veracidad del diagnóstico al nivel conjetural.
Finalmente el Libro III está dedicado a la Amencia la cual, a diferencia de la Melancolía y la Manía, es presentada como una afección irreversible y esto se debe a que: "... en la Amencia, la alteración del Sensorio Común de la cual dependen dichos razonamientos erróneos y los demás síntomas es tan crónica que a menudo es incurable"[740].
A la hora de precisar el origen del término y su configuración clínica afirma:... un hombre que se deja llevar por su instinto, por el hábito, por el apetito y no por la Razón, y que no muestra los efectos producidos en él por la potencia razonadora, o sea por la Mente, sufrirá una carencia de su condición humana; y por eso se le dará el nombre de Amente, o sea, sin Mente [739].... los individuos afectados advierten poco o nada lo que les ocurre y no son movidos por las pasiones que, en iguales circunstancias, conmueven a los hombres normales" [738].
Al analizar el conjunto de las Amencias reconoce en ellas dos variedades: aquellas en las cuales, a pesar de la marcada imperfección de las operaciones mentales, aún se observa una cierta movilidad y sucesión de ideas a las que llama Amencias Activas y aquellas en las que se observa una marcada lentitud en dichas operaciones a las que llama Amencias Defectivas.
Considera variedades de la primera Fatuidad, Necedad e Imbecilidad y variedades de la segunda Olvido y Estupidez.
AMENCIAS ACTIVAS: Fatuidad, Necedad, Imbecilidad
AMENCIAS DEFECTIVAS: Olvido, Estupidez
La reforma toscana del régimen de la locura, instituida por Chiarugi en Florencia, antecede en por lo menos una década a la llevada a cabo en Francia y resulta exitosa al menos hasta después de 1839 (Huertas y Del Cura, 2004), extendiéndose por más de cincuenta años.
El abordaje de la locura como problema médico realizado por Chiarugi en su Pazzia presenta una serie de conceptos que serán luego trabajados por diferentes autores a lo largo del siglo XIX, a saber, la unidad de la locura y la pluralidad de variedades (Alienación Mental), la secuencia regular y cronológica de aparición de las variedades en un individuo (psicosis Única) y la relación antecedentes —clínica actual— pronóstico, núcleo de la concepción de entidades clínico-evolutivas (enfermedades mentales).
Vemos en definitiva que la obra institucional y teórica de Chiarugi está en la base de las conceptualizaciones que la floreciente psiquiatría del siglo XIX desarrolló tanto en Francia como en Alemania e Inglaterra.
Si entre la una y las otras se pueden inferir relaciones causales o se trata solo de un efecto de época es un interrogante que estimula el renovado interés en la investigación de este período fundacional de la psiquiatría, como muy bien lo expresan Juan Carlos Stagnaro y Rafael Huertas en este Dossier. |
consideraba que había llegado el momento de superar los límites nacidos de la institucionalización de la filosofía, sociología e historia de la ciencia.
Según Hull, la adopción de una perspectiva interdisciplinar debía permitir una integración efectiva de las tres disciplinas en lo que en el ámbito anglosajón se vienen denominando Science Studies 1.
Aunque dicho trabajo aportaba ideas interesantes para una «arqueología de la frontera» (Shapin 1992: 335) entre dichas áreas, también promovía la falsa idea de que las tres disciplinas habían permanecido impermeables durante largo tiempo.
Como mostraremos en este artículo tomando como ejemplo el caso de la historia y la sociología de la ciencia, la realidad es que desde hace varias décadas las tres disciplinas han mantenido relaciones muy estrechas 2.
Desde su irrupción en el ámbito de las ciencias humanas, la historia y la sociología de la ciencia han establecido relaciones complejas que es necesario definir si queremos ----1 Para una introducción a los Science Studies ver: Kitcher 1998, Collins 2002.
2 La literatura a propósito de la relación entre las tres disciplinas es muy abundante.
Nos limitamos a proponer al lector alguno de los trabajos más interesantes: McMullin 1974; Shapin 1992; Brush 1995; Nickels 1995. comprender tanto su evolución como, sobre todo, su situación actual.
En primer lugar, conviene señalar que la aparición de ambas disciplinas es un fenómeno relativamente reciente.
Así por ejemplo, aunque ya en el siglo XVIII encontramos obras importantes como L'histoire des mathématiques de J. E. Montucla (1758) o L 'histoire de l' astronomie de J. S. Bailly (1775), no creemos que se pueda hablar de una historia de la ciencia sensu stricto hasta los inicios del siglo XX3, momento en el que se produce la institucionalización de la disciplina y en el surgen las primeras reflexiones críticas sobre el significado del concepto4.
Del mismo modo, aunque tanto Marx como Nietzsche crearon el espacio que posibilitaba su existencia, estamos de acuerdo con quienes (Bloor 1973) sitúan el origen de la sociología la del conocimiento científico en la obra de Karl Mannheim Ideologie und Utopie (Mannheim 1929) 5.
En líneas generales, las dos disciplinas se mantuvieron distanciadas hasta la década de los setenta.
La situación cambió con la aparición de The Structure of Scientific Revolutions (Kuhn 1962) y, sobre todo, con la publicación del libro de David Bloor Knowledge and Social Imagery (Bloor 1976).
Allí, Bloor presentaba su Strong Programme in Sociology of Knowledge, basado en la idea de que la sociología de la ciencia podía explicar la naturaleza del conocimiento científico atendiendo a sus variaciones históricas: «Nuestras ideas sobre el funcionamiento del mundo han variado mucho.
Esto es cierto tanto para la ciencia como para otras áreas de la cultura.
Dichas variaciones forman el punto de partida de la sociología del conocimiento y constituyen su principal problema» (Bloor 1976: 5).
Influidos por la sociología de Bloor, surgieron los trabajos de Barry Barnes, Donald ----MacKenzie o Michael Lynch, que pueden considerarse el germen de la Sociología histórica del conocimiento científico (Shapin 1982: 158).
Todos ellos incidían en la necesidad de considerar la dimensión contingente de los procesos sociales, políticos y culturales que determinan la formación del saber científico (Mulkay 1979; Knorr & Krohn & Whitley 1980; Collins 1982; MacKenzie & Wajcman 1985).
De este modo, desde mediados de los años setenta, la historia y la sociología de la ciencia comenzaron a establecer relaciones muy estrechas (Barnes & Shapin 1979; Golinski 1990; Shapin 1992; Pestre 1994) que se han prolongado hasta la actualidad.
Aunque ambas disciplinas han ampliado sus perspectivas, lo cierto es que la principal beneficiaria de esta simbiosis ha sido la historia.
Efectivamente, y este es el punto de partida de nuestro trabajo, desde inicios de los años ochenta, la historia de la ciencia ha experimentado una renovación profunda relacionada con la irrupción de enfoques sociológicos que, desde mediados de los años setenta, han propuesto una nueva definición de ciencia.
Por tanto, parece llegado el momento de poner sobre la mesa una inquietud que nos recorre desde hace tiempo: ¿Qué ha aportado la sociología de la ciencia a la renovación de la historia de las ciencias?
Tratando de responder a esta pregunta, el objetivo fundamental de este ensayo es analizar la contribución de la sociología del conocimiento científico a la renovación experimentada por la historia de la ciencia en los últimos veinte años.
Nuestra hipótesis es que lo fundamental de dicha aportación se resume en que los enfoques sociológicos promovieron una nueva definición de la actividad científica que permitió a la historia de la ciencia escapar del debate entre «internalistas» y «externalistas» en el que se encontraba atrapada.
Tomando como referencia el Strong Programme de Bloor, los sociólogos de la ciencia introdujeron una nueva concepción del conocimiento científico (Bloor 1973: 39) que generó modelos que permitieron superar la división entre «internalistas» y «externalistas».
Con objeto de desarrollar nuestra hipótesis, hemos apostado por una estructura bastante sencilla: En primer lugar repasaremos la historia de la sociología de la ciencia (Sociology of Scientific Knowledge, SSK). en segundo lugar, mostraremos cómo hasta los años setenta la historia de la ciencia se encontraba atrapada en la dicotomía historia externa versus historia interna.
Por último, analizaremos cómo la aportación de la sociología de la ciencia permitió escapar a la historia del rígido corsé dibujado por «externalistas» e «internalistas».
LA SOCIOLOGÍA DE LA CIENCIA: UNA INTRODUCCIÓN Como ya hemos indicado, fue Karl Mannheim quien sentó las bases de la moderna sociología del conocimiento en Ideologie und Utopie (1929).
En esta obra, publicada en el ambiente de tensión intelectual originado por la crisis de la República de Weimar, su autor dedicaba un extenso capítulo final a la sociología del conocimiento.
Convencido como estaba de la necesidad de estudiar con detenimiento los factores que condicionan el pensamiento humano, Mannheim propuso entonces una «sociología del conocimiento [que] se ha impuesto la tarea de resolver el problema de las condiciones sociales en que nace el pensamiento, al reconocer valientemente esas relaciones, al llevarlas al horizonte de la ciencia y al utilizarlas como comprobantes para las conclusiones de nuestra investigación» (Mannheim 1929: 231) 6.
Sin embargo, no fue hasta los años cuarenta cuando Robert K. Merton propuso el enfoque funcionalista de la sociología de la ciencia, considerado el primer paradigma de la disciplina.
En su tesis doctoral sobre el desarrollo de la ciencia moderna en la Inglaterra del siglo XVII, Merton (1938) atribuía al puritanismo como sistema de valores un papel decisivo en el desarrollo de la ciencia en Inglaterra.
La obra definía una concepción sociológica de la ciencia, comprendida como una actividad social construida sobre un conjunto de normas que le son propias y que la convierten en un sistema autónomo dentro de la sociedad.
Cuatro años más tarde, Merton definía las cuatro normas ideales (universalism, «communism», disinterestedness, organizad skepticism) que constituyen la «estructura social de la ciencia» o realidad interna de la ciencia entendida como analíticamente distinta del contenido cognoscitivo de la empresa científica (Merton 1942).
Tomando como referencia esta idea, Merton promovió numerosos estudios sobre la dimensión sociológica de la ciencia y, especialmente, sobre el papel de las publicaciones científicas como mecanismo dinámico de competencia fundamental de la comunidad científica (Merton 1968).
Un tercer momento corresponde a finales de los años sesenta y principios de los setenta.
En esa época, Gérard Lemaine participaba en varias investigaciones sobre la competencia entre científicos (Lemaine & Matalon 1969) y sobre las estrategias de investigación (Lemaine & Clemencon & Gomis & Pollin & Salvo 1977).
Quizá los trabajos más influyentes del período fueron los de Pierre Bourdieu y David Bloor 7.
El primero publicó dos artículos en 1975 y en 1976 en los que analizaba la especificidad del campo científico desde la perspectiva de un sociólogo de la ciencia (Bourdieu 1975; Bourdieu 1976) y donde anticipaba algunas ideas que desarrollaría más tarde en su Homo Academicus (Bourdieu 1984) y, especialmente, en su último curso en el Collège de France (Bourdieu ----6 Nótese que Mannheim consideraba que las ciencias naturales debían quedar excluídas del análisis sociológico: «El ideal de la ciencia natural, especialmente en su aspecto cuantitativo, se puede aislar de la perspectiva históricosocial del investigador (Mannheim 1929:253)».
De hecho, la ciencia natural debía convertirse, según Mannheim, en el modelo de la sociología del conocimiento: «La particularidad de la teoría del conocimiento que predomina hoy en día se vuelve ahora claramente demostrable por el hecho de haber sido elegidas las ciencias naturales como el ideal al que debe aspirar todo conocimiento» (Mannheim 1929: 253).
7 Aunque los trabajos mencionados de Bourdieu (1975de Bourdieu ( y 1976) y de Bloor (1976) se sitúan bajo el signo de la sociología de la ciencia, sus posiciones son distintas.
De hecho, en su último trabajo, Bourdieu (2001) se opone tanto al Strong Programme de Bloor como a la sociología de la ciencia de Bruno Latour por considerar que ambos constituyen enfoques puramente epistemológicos que ignoran la especificidad del campo científico, reproduciendo una imagen ideal de la comunidad científica.
Bourdieu quizá esté más cerca de otros enfoques como el de I. C. Jarvie que en su Concepts and Society consideraba que la sociología de la ciencia debe basarse en la idea de que fundamentalmente las creencias de la gente estarán en relación con sus intereses personales o de clase (Jarvie 1972: 132) 2001).
Según Bourdieu, «la sociología de la ciencia reposa sobre el postulado de que la verdad del producto -de un producto tan particular como es la verdad científica-reside en una especie particular de condiciones sociales de producción; es decir, más concretamente, en un estado determinado de la estructura y del funcionamiento del campo científico» (Bourdieu 1975: 91).
En cuanto a David Bloor, su enfoque es el resultado de los trabajos del grupo de Edimburgo en el seminario de estudio sobre la ciencia celebrado en la primera mitad de los años setenta.
Según Bloor, «todo conocimiento, tanto si se trata de ciencias empíricas o incluso de matemáticas, debería ser tratado en su totalidad como material de investigación» (Bloor 1976: 3).
A partir de esta idea, Bloor define los cuatro principios de su strong programme of the sociology of knowledge, construido para liberar a la historia de la ciencia del enfoque «presentista» que juzga los hechos del pasado a partir de lo que es «verdadero» y «falso» en el presente8.
A partir de la segunda mitad de los años setenta asistimos a una expansión notable de la sociología de la ciencia como disciplina (Ben-David 1981: 54).
David Bloor y Thomas Kuhn se convirtieron en la referencia de un grupo de jóvenes sociólogos e historiadores de la ciencia ingleses reunidos alrededor de la revista Social Studies of Science y la Society for Social Studies of Science.
Estos estudios surgieron en el punto de convergencia de dos grandes enfoques: la historia social de la ciencia y la sociología del conocimiento científico.
Desde este punto de vista, la actividad científica es contemplada como una cosmología que, a través del análisis sociológico, desvela las condiciones políticas y sociales de su constitución.
Junto a estos enfoques, a principios de los años ochenta aparecieron una serie de trabajos que pretendían analizar la práctica científica «telle qu 'elle se fait» («tal y como se hace»).
El primero en introducir esta línea de investigación (que, pese a su influencia sobre la historia de la ciencia, es un enfoque fundamentalmente sociológico) fue Harry Collins y su Empirical Programme of Relativism (1981Relativism ( y 1983)).
Tomando como útiles de trabajo métodos antropológicos y sociológicos, Collins propuso analizar la práctica concreta de los laboratorios científicos a partir de cuestionarios y de entrevistas a los actores.
Se trataba de una microsociología limitada a los pequeños espacios de producción de los «hechos científicos» que renunciaba a considerar la ciencia y la sociedad desde cualquier posición teórica previa.
El objetivo era mostrar que la actividad científica no puede deducirse ni de un nivel ideológico ni de una teoría del conocimiento, sino que responde a un ----proceso contingente de negociación entre actores.
A partir de los años ochenta, sociólogos e historiadores invaden los laboratorios en calidad de observadores y rompen con la idea de que sólo pueden hablar de ciencia los propios científicos (Knorr-Cetina 1981; Latour 1983; Lynch & Livingston & Garfinkel 1983; Lynch 1985; Pestre 1988; Knorr-Cetina 1999).
Sin duda, el más conocido de estos trabajos es el de Latour y Woolgar Laboratory Life (Latour & Woolgar 1979).
«Sobre la distinción historia interna-historia externa han corrido ríos de tinta.
Fue sostenida y defendida de diversa manera por filósofos e historiadores de las ideas, por sociólogos del conocimiento, por historiadores de la ciencia» (Rossi 1990: 182).
Con esta frase, Paolo Rossi resumía la polvareda provocada por una de las discusiones que con más intensidad sacudieron a la historia de la ciencia durante los años sesenta y cuyo eco se prolonga hasta hoy en día: la controversia entre «internalistas» y «externalistas» 9.
Para comprender el significado de la controversia, ofreceremos primero algunas definiciones de las dos posiciones para reconstruir posteriormente el debate que ambas sostuvieron.
En un artículo aparecido en 1968, Thomas Kuhn consideraba que la división entre «internalistas» y «externalistas» estaba tan extendida que la relación entre las dos perspectivas era el mayor desafío planteado a la profesión (Kuhn 1968: 134): «A veces parece haber dos clases distintas de la historia de la ciencia, que ocasionalmente aparecen bajo la misma envoltura, pero que en rara ocasión se relacionan entre sí firme y fructíferamente.
La forma predominante, llamada a menudo «enfoque interno», se ocupa de la sustancia de la ciencia como conocimiento.
Su rival más nuevo, a menudo llamado «enfoque externo», trata de las actividades de los científicos como grupo social dentro de una cultura determinada» (Kuhn 1968: 133-134).
Kuhn resumía de este modo ambas posiciones: En su formulación más radical, el «internalismo» defendía que la ciencia era una empresa intelectual independiente de las circunstancias políticas, sociales y culturales.
Por el contrario, los «externalistas» sostenían que la historia de la ciencia no podía comprenderse sin examinar las condiciones contextuales (sociedad, política, ideología) de las que depende.
De acuerdo con Georges Canguilhem, «el externalismo es una manera de escribir la historia de las ciencias condicionando un cierto número de acontecimientos -que se continúan a llamar científicos más por tradición que por un análisis crítico-a sus relaciones con los intereses económicos y sociales, con las exigencias y las prácticas técnicas, con las ideologías religiosas o políticas [...]
El internalismo consiste en pensar que no hay historia de las ciencias si no nos colocamos en el interior mismo de la obra cientí-----fica, para analizar desde allí los razonamientos a través de los cuáles intentar satisfacer las normas específicas técnicas o ideología.
Desde esta perspectiva, el historiador de las ciencias debe adoptar una actitud teórica en cuanto a aquello que es retenido como hecho de teoría, por consecuencia debe utilizar hipótesis y paradigmas de la misma manera que los propios científicos» (Canguilhem 1968: 15).
Estas son las dos posiciones que entraron en conflicto a principios de los años setenta.
Aunque ambas se habían perfilado algunos años atrás, lo cierto es que el primer gran enfrentamiento (la controversia entre Koyré y Needham) se produjo en un coloquio celebrado en Oxford en 1961(Combrie 1963).
Después, las reacciones se sucedieron: Rupert Hall defendió que los cambios fundamentales en la historia de la ciencia se producían en el plano teórico y que no dependían de elementos externos (Hall 1962), Christopher Hill consideraba que la ciencia era una manifestación cultural como cualquier otra (Hill 1965), L. Pearce Williams reiteraba que el historiador de la ciencia no necesita dominar los aspectos técnicos de la historia que estudia (Pearce Williams 1966), Imre Lakatos respondía que «la obra de aquellos «externalistas» (principalemente «sociólogos de la ciencia») que pretenden hacer historia social de alguna disciplina científica sin conocer a fondo la disciplina misma, no posee ningún valor» (Lakatos 1971: 43), Thomas Kuhn se expresaba en términos muy similares cuando consideraba que describir la historia de una ciencia sin mencionar los factores técnicos de los que depende era un error grave (Kuhn 1971).
En definitiva, el enfrentamiento entre unos y otros a lo largo de la década de los sesenta terminó por resumir dos posiciones difícilmente conciliables con respecto a cuestiones fundamentales como la autonomía de la ciencia, las relaciones entre ciencia y sociedad y las relaciones entre la historia y la epistemología.
El «internalismo», una perspectiva dominante
Basten estos ejemplos para demostrar la importancia de la dicotomía historia internahistoria externa hacia 1970.
Sin embargo, es importante señalar que a principios de la década de los sesenta los dos enfoques no mantenían una relación de igualdad: los «internalistas» dominaban con claridad la disciplina (Kuhn 1968: 133; Basalla 1968: XIV) y, de hecho, fueron ellos quienes acuñaron la expresión «externalista» para burlarse de los que pretendían derivar el desarrollo de la ciencia de su contexto histórico (Barber 1975: 107).
Como ha mostrado Steven Shapin, el dominio del enfoque «internalista» estaba relacionado con la estructura de la comunidad académica (Shapin 1992: 342): eran años en los que la influencia de Koyré en EE.
UU. era decisiva (Forman 1991: 78-79) y en los que historiadores «internalistas» como Charles Gillispie (en Princeton) o Rupert Hall (en Cambridge) controlaban el mundo universitario anglosajón 10.
----10 El propio Rupert Hall resumía la posición marginal del externalismo: «Es evidente que el camino hacia la historia intellectual es fuerte y universal.
Desde que en 1953 la revista Centaurus dedicase un número de artículos sobre las relaciones de la ciencia, ni un solo artículo que pueda ser considerado representativo de la interpretación sociológica de la historia ha aparecido en esa revista o en Isis, Annals of Science, Revue d'histoire des sciences, o The El «internalismo» como perspectiva historiográfica está en relación con determinadas filosofías de la ciencia como el positivismo y el inductivismo.
Este último, que Francis Bacon había expuesto en su Novum organum, está en la base de la tradición analítica que dominó la historia de la ciencia hasta la década de los setenta: «Según estas posturas, la búsqueda de conocimiento científico está determinada exclusivamente, o al menos prioritariamente, por valores tales como la verdad, la coherencia, la simplicidad y la capacidad predictiva y explicativa [...] la filosofía de la ciencia de los años treinta-sesenta ha respondido plenamente a este tipo de planteamientos que separaban estrictamente la ciencia y los valores no epistémicos» (Echeverría 1995: 44) 11.
El inductivismo consiste en determinar principios generales a partir de un cierto número de enunciados singulares, establecidos empíricamente.
El trabajo minucioso de un observador desprovisto de prejuicios permite ordenar el mundo y deducir los principios de su funcionamiento.
Desde este punto de vista, la ciencia se construye de manera acumulativa.
Los enunciados científicos, a condición de haber sido establecidos en las condiciones correctas, son definitivos puesto que el recurso a los sentidos les asegura su carácter de verdad irrevocable.
Desde esta perspectiva, la tarea del historiador es determinar lo que los anglosajones denominan the foundations de la ciencia moderna: establecer cuándo un descubrimiento se ha producido, cuáles son los antecedentes de la ciencia contemporánea en el pensamiento de otra época y quienes han sido los pioneros de cada disciplina.
Es una historia whig 12 compuesta de los momentos o «revoluciones» 13 que han contribuido ----al progreso del conocimiento.
Precisamente, son esas revoluciones las que permiten desenmascarar los errores (irracionales) de la tradición situándoles fuera de la historia de las ciencias (normalmente son colocados en la historia de la pseudo-ciencia o en la historia de las creencias).
Desde esta perspectiva, el contexto de la ciencia es secundario.
El autor que mejor resume el «internalismo» de este período es Imre Lakatos.
Influido inicialmente por Popper, Lakatos toma como referencia una conocida sentencia de Kant 14 que supone una relación de reciprocidad entre la historia y la filosofía de la ciencia y que pretende explicar cómo ambas disciplinas pueden aprender la una de la otra.
Sin embargo, la realidad es que Lakatos pone la historia de la ciencia al servicio de la filosofía al afirmar que se debe utilizar a la primera para resolver la elección entre las principales «metodologías 15 rivales» de la ciencia contemporánea: el inductivismo, el convencionalismo, el falsacionismo metodológico y su propia Metodología de los programas de investigación científica.
La historia de la ciencia es la referencia para decidir cuál es la metodología más adecuada, de modo que se debe preferir aquella «metodología según la cuál resulta interna y racional mayor parte de historia real de la ciencia y según la que resulten correctos más número de juicios de los propios científicos sobre la ciencia» (Hall 1971: 107).
En definitiva, la mejor teoría de la ciencia es aquella capaz de reconstruir de una manera más perfecta la práctica histórica real de la ciencia.
Según este enfoque, hay que distinguir entre una «historia interna» (tarea del científico) o explicación racional del desarrollo del conocimiento objetivo y una «historia externa» (tarea del historiador) que explica todo lo que no coincide con el metodología de partida.
La historia externa hace referencia a aquello que no se deja reconstruir racionalmente porque obedece a factores psicológico-sociales.
El propio autor explica la distinción: «La reconstrucción racional o historia interna es primaria, la historia externa es sólo secundaria, ya que los problemas más importantes de la historia externa son definidos por la historia interna.
La historia interna o proporciona explicaciones no-racionales de la rapidez, localización, ---progresivas de la verdad.
Así el pensamiento científico se asegura en el relato de sus progresos.
Aparece, esta historia recurrente, en los libros de ciencia actuales bajo fórmula de preámbulo histórico» (Bachelard 1951: 35).
13 Aunque la palabra «revolución» nos remite a la obra de Kuhn, también hace referencia a la importancia del concepto de discontinuidad en historia de la ciencias.
El primero en introducir la discontinuidad en la disciplina fue Gaston Bachelard en 1938 con la noción de obstáculo epistemológico.
De acuerdo con el filósofo francés, la ciencia no avanza gracias a una acumulación gradual de conocimientos, sino que siempre «se conoce en contra de un conocimiento anterior, destruyendo conocimientos mal adquiridos o superando aquello que, en el espíritu mismo, obstaculiza a la espiritualización» (Bachelard 1938: 15).
El obstáculo epistemológico bachelardiano enlaza con otros conceptos como el de revolución científica de Thomas Kuhn o el de metamorfosis de Ilya Prigorine (Prigorine & Stengers 1979: 34-35), que inciden en la importancia de las rupturas en la formación del conocimiento científico.
14 «La filosofía de la ciencia sin la historia de la ciencia es vacía; la Historia de la ciencia sin la filosofía de la ciencia es ciega» (Lakatos 1971: 11).
15 Por metodología, Lakatos entiende un conjunto de reglas para la evaluación de teorías ya elaboradas.
selectividad, etc, de los acontecimientos históricos interpretados en términos de historia interna; o bien, cuando la historia difiere de su reconstrucción racional, proporciona una explicación empírica de por qué difieren.
Sin embargo, el aspecto racional del desarrollo científico se explica completamente por la lógica propia del descubrimiento científico» (Lakatos 1971: 39).
En definitiva, y aunque Lakatos insiste en que toda reconstrucción racional de la ciencia debe ser completada por una historia externa, lo cierto es que esta última es secundaria porque (a) viene siempre después (en la formulación de cualquier problema «externo» hay que partir necesariamente de una definición de ciencia) y (b) tiene que dar cuentas de factores residuales no-racionales como la subjetividad y el error.
En definitiva, «la mejor metodología será la que consiga reducir al máximo la Historia de la Ciencia a historia interna» (McMullin 1982: 202).
De todo lo anterior se deduce que para Lakatos el conocimiento científico no depende de factores subjetivos como la autoridad, las creencias o la personalidad del investigador y, por tanto, la historia interna no debe examinar tales factores.
Dicha historia debe ser selectiva y hacer omisión del error y de la irracionalidad.
Los problemas en relación a las causas del falso conocimiento deben ser resueltos por el «historiador externalista».
En definitiva, los aspectos racionales de la ciencia pueden ser explicados sin referirse al contexto, mientras que las explicaciones sociológicas son confinadas a lo irracional.
La posición de Thomas Kuhn con respecto al i/e debate es más compleja que la de Lakatos.
Aunque Kuhn se inscribe dentro del «internalismo» dominante16, su trabajo fue decisivo para romper con la visión tradicional de la historia de la ciencia.
Kuhn profundizó en este problema en su ensayo The History of Science de 1968.
Allí, consideraba que había que diferenciar entre los primeros períodos en la evolución de una ciencia, donde las necesidades y los valores de la sociedad tienen una influencia mayor, y las etapas posteriores: «En los primeros momentos del desarrollo de un nuevo campo [...] los conceptos que [los científicos] aplican a solucionar problemas están condicionados en gran parte por el sentido común contemporáneo, por la tradición filosófica prevaleciente o por las ciencias contemporáneas de más prestigio» (Kuhn 1968: 143).
De este modo, toda vez la ciencia ha llegado a una cierta madurez (que Kuhn asimila a una madurez esencialmente técnica), la influencia de los condicionamientos sociales tiende a desaparecer (Kuhn 1968: 143).
En otras palabras, la madurez de una ciencia comporta un proceso de aislamiento con respecto a la sociedad17 que explica, según Kuhn, el dominio del enfoque internalista: dado que los científicos de una disciplina tienden al aislamiento, el desarrollo de dicha ciencia es naturalmente interpretado como algo independiente del contexto en el que se desarrolla.
Sin embargo, al final del mencionado artículo Kuhn concede una importancia considerable a los factores exteriores a la ciencia.
En su opinión, la autonomía de la ciencia de la que parte el enfoque «internalista» es falsa en lo referido a algunas cuestiones esencia-----les.
El asilamiento de una comunidad científica hace referencia a los conceptos y a la estructura de los problemas, pero hay cuestiones relativas al progreso científico que dependen de cuestiones no epistemológicas.
Kuhn habla de tres influencias externas que considera importantes: (a) la interacción entre las diversas disciplinas científicas, (b) la introducción de una nueva técnica, que puede modificar la percepción de los problemas que tienen los científicos hasta el punto de crear nuevas teorías y (c) las reformas institucionales, que pueden modificar el marco en el que la ciencia se construye.
Reformas de este tipo puede crear nuevos canales de comunicación entre las ciencias, así como introducir modificaciones fundamentales en la ordenación del campo científico.
Su conclusión es que aunque los enfoques interno y externo tienen una cierta autonomía son, en realidad, complementarios (Kuhn 1968: 144). análisis de la interacción entre ciencia y sociedad desde la perspectiva del materialismo histórico: «De hecho, ciencia y sociedad actúan recíprocamente una sobre otra en gran número de modos diversos: la tendencia a cargar el acento sobre uno y otro ha suscitado buena parte de la reciente discusión acerca de sus relaciones mutuas» (Bernal 1954: 53).
De este modo, Bernal anticipaba el «externalismo» de los años sesenta que examinaba el impacto que la ciencia ejerce sobre la sociedad (Berkner 1969, Rose & Rose 1969).
También fueron importantes los trabajos de Joseph Needham (1949Needham ( y 1969) ) a propósito de la influencia de la organización social sobre la actividad científica.
La irrupción del «externalismo» durante las décadas de los sesenta y los setenta también estuvo relacionada con la aparición de una serie de trabajos que, desde una posición más filosófica, analizaron la influencia de la ideología, el poder o el interés en la constitución del saber.
En líneas generales, dichos autores pretendían mostrar que «el poder produce saber [...] que poder y saber se implican directamente el uno al otro, que no existe relación de poder sin constitución relativa de un campo de saber, ni saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder» (Foucault 1975: 34).
En el caso de la historia de la ciencia, uno de los trabajos más influyentes fue el de Jürgen Habermas, que se incluía dentro de la crítica al cientifismo positivista de la Escuela de Frankfurt.
A pesar de que dicha crítica ya había sido formulada por Horkheimer o por Marcuse, su versión más elaborada fue Erkenntnis und Interesse (Conocimiento e interés), expuesta por primera vez en una lección inaugural en Frankfurt en 1965 (Habermas 1965) y convertida en un libro con el mismo título tres años más tarde (Habermas 1968).
De acuerdo con Habermas, las ideas son a menudo utilizadas para enmascarar la verdadera razón que nos incita a actuar.
Ese proceso se denomina racionalización cuando se trata del comportamiento de un individuo e ideología en el caso de una colectividad.
La existencia de estos procesos provoca que los científicos inventen mecanismos para evitar la subjetividad de la opinión, si bien se engañan cuando colocan la objetividad en el origen de su actividad: «las ciencias han retenido una cosa de la filosofía: la ilusión de la teoría pura.
Esta ilusión no determina la praxis de la investigación científica, sino sólo la comprensión que las ciencias tienen de sí» (Habermas 1965: 178) En el origen del conocimiento encontramos los intereses (personales o colectivos) que hacen posible la investigación y que determinan las condiciones de la posible objetividad.
Con su análisis, Habermas resumía alguna de las ideas fundamentales sobre las que se apoyó la perspectiva «externalista» de la historia de las ciencias: «Igualmente han surgido también nuevos frentes en el ámbito de la lengua inglesa a partir de la confrontación de la teoría de la ciencia con la historia de la ciencia.
Dicha problemática [...] se ha agudizado con la tesis de Kuhn acerca de la dependencia de las teorías mismas con respecto a los paradigmas.
Las reacciones [...] demuestran que la tarea de la reconstrucción racional de la historia de la ciencia no permite por más tiempo la renuncia cientifista al análisis lógico del contexto de aparición y contexto de aplicación de las teorías» (Habermas 1968: 300).
El «externalismo» de los década de los sesenta y de los setenta prolongó el eco de estas dos tradiciones.
En este sentido, los «externalistas» sostenían que la ciencia era una «parte de la cultura como cualquier otra» (Barnes 1974: 99) y que, por tanto, debía ser analizada en su contexto cultural de producción.
Para ellos, era sencillamente absurdo pensar que la ciencia era una entidad al margen del resto de manifestaciones culturales (Hill 1965) y, por consiguiente, la historia de la ciencia tenía la obligación de valorar tanto el impacto del pensamiento científico sobre la sociedad (Berkner 1969) como el de la sociedad sobre el pensamiento científico.
La historia de la ciencia en la encrucijada Recapitulando, durante los años sesenta la disciplina se encontraba en un impasse relacionado con el debate entre «internalistas» y «externalistas» y con el dominio de los primeros sobre los segundos.
En nuestra opinión, la situación se resumía en tres características: Una historia de la ciencia cada vez más alejada de la historia, una imagen estática de la ciencia y una definición del contexto científico construida sobre pesados metaconceptos sociológicos como interés o clase.
En primer lugar, el debate entre «internalistas» y «externalistas» remitía a una división más profunda: la secular distinción entre epistemólogos e historiadores o, si se prefiere, entre filósofos de la ciencia e historiadores de la ciencia.
La división entre historia interna e historia externa tal y como había sido expuesta por Lakatos proponía una partición que ha sido muy importante posteriormente: que la historia interna (primaria y esencial) quede para los filósofos de la ciencia, y que la historia externa (secundaria y residual) quede para los historiadores.
Las consecuencias de este argumento (desarrollado entre otros por Agassi 1963; Lakatos 1971; Worrall 1976o Laudan 1977) eran evidentes: «Al aceptar esta dicotomía, se actuaba, por un lado hacia una integral resolución de la historia de la ciencia en epistemología (en general un tipo de epistemología que privilegia el momento teórico respecto del experimental), y por otro, hacia una historia de la ciencia resuelta en una sociología de las instituciones científicas que tendían a descuidar completamente el análisis de las teorías» (Rossi 1987: 187).
De este modo se fortalecía la distinción entre las cuestiones a las que debía responder la historia interna de la ciencia (problemas epistemológicos) y aquellas otras que eran competencia de la historia externa (problemas históricos).
Esta división tuvo dos consecuencias: En primer lugar, la historia de la ciencia, al quedar bajo el dominio de los filósofos, consideraba secundarios los problemas historiográficos y se centraba en resolver cuestiones epistemológicas.
En segundo lugar, al considerar que su problema esencial era el conocimiento científico, esta historia interesaba especialmente a los científicos y no a los historiadores.
Esta manera de comprender la historia está relacionada con una imagen de la ciencia muy extendida en Occidente durante los últimos dos siglos y que sólo ha sido seriamente criticada durante los últimos cuarenta años.
Se trata de la definición de la ciencia como conocimiento verdadero, como saber universal que trasciende el tiempo, 19 como theoria ----19 De acuerdo con Paul Feyerabend, la ciencia se basa en la presunción de separabilidad modificada.
La presunción de separabilidad supone que «lo que ha sido descubierto por este método idiosincrásico y culturalmente dependiente (y que por lo tanto se formula y explica en términos idiosincrásicos, ad hoc, y culturalmente dependiente) existe con independencia de las (del griego θεωρία: «ver, mirar; contemplación, examen; observación; meditación, especulación, estudio»), como búsqueda desinteresada de la objetividad.
Aunque este discurso (elaborado desde el S. XVIII por científicos y filósofos) es anterior al debate entre «internalistas» y «externalistas», lo cierto es que la hegemonía del «internalismo» no hizo sino reforzar la idea de neutralidad y de autonomía de la Ciencia.
Por último, la consolidación de la dicotomía «internalismo»-«externalismo» tuvo como consecuencia una consideración estática del contexto científico, generalmente definido en términos de ideología o de interés.
Ambas nociones se refieren de modo un tanto vago a lo político, lo económico y lo social y permiten adscribir al científico (en tanto que individuo) o a los científicos (en tanto que grupo) a categorías no problemáticas.
Un caso paradigmático es el marxismo de los años cincuenta que interpretaba el contexto de la ciencia en términos de ideología.
Así, John Bernal basó su trabajo sobre la historia social de la ciencia (Bernal 1954) en la idea de la ciencia como una profesión culta tradicionalmente reservada a las clases superiores o a una minoría de individuos afortunados.
Según Bernal, esa limitación tuvo efectos fundamentales sobre el carácter de la ciencia como la consolidación de una élite alejada de las necesidades prácticas de la vida corriente o el profundo recelo de campesinos y clases trabajadoras hacia la actividad científica.
Este punto de partida llevaba a Bernal a enfatizar en exceso la idea de una ciencia necesariamente determinada por la lucha de clases: «La naturaleza clasista de la ciencia es tan universal que su mención en los círculos científicos suscita una asombrada sorpresa.
La opinión admitida es que la ciencia tiene vida propia, absolutamente independiente de las condiciones económicas o políticas.
Esto significa que el condicionamiento social, y particularmente el condicionamiento clasista de la tradición científica, es algo implícito que nunca aparece en la superficie» (Bernal 1954: 48).
En definitiva, la división entre «internalistas» y «externalistas» implicaba considerar el binomio «ciencia-sociedad» como una relación entre dos entidades estáticas separadas.
Como varios historiadores han señalado, a principios de los años ochenta asistimos a un movimiento de renovación de la historia de la ciencia relacionado con el desplazamiento del debate entre «externalistas» e «internalistas» (Rossi 1987: 187, Laudan 1992, Shapin 1992, Pestre 1995).
En este sentido, queremos retomar la pregunta que dio origen ---circunstancias de su descubrimiento» (Feyerabend 1989: 161).
Según esta presunción, los átomos existen al margen de su descubrimiento.
Sin embargo, este manera de proceder también forma parte de la tradición no científica (por ejemplo, según Herodoto, Homero no creó a los dioses sino que se limitó a enumerarlos).
En este sentido, según Feyerabend, lo específico del pensamiento científico es la presunción de separabilidad modificada que supone que «sólo las entidades postuladas mediante creencias razonables se pueden separar de su historia» (Feyerabend 1989: 165).
De acuerdo con este postulado, las entidades descubiertas por la ciencia existen al margen de las condiciones históricas y culturales de su descubrimiento.
a este trabajo (¿Qué ha aportado la sociología de la ciencia a la renovación de la historia de la ciencia?) para mostrar como una de las principales aportaciones de la sociología de la ciencia fue una nueva definición de la actividad científica que permitió a la historia escapar de la disyuntiva entre «internalistas» y «externalistas» en la que se encontraba atrapada.
En primer lugar, hay que señalar un hecho que puede parecer paradójico: Una parte importante de la sociología de la ciencia, especialmente la versión más conocida de Harry Collins y de Bruno Latour, se apoya sobre una metodología sociológica aparentemente alejada de la historia.
Al menos en primer momento, estos autores se introdujeron en los laboratorios y procedieron a su análisis sin hacer referencia a una ideología previa que determinase la producción científica.
Intentaron demostrar que la «ciencia» era resultado de procesos contingentes relacionados con multitud de microfactores (entre los que, evidentemente, podían incluirse los ideológicos) que sólo podían ser comprendidos en profundidad a través del estudio particular de cada caso.
Mostraron además que el consensus científico entre los especialistas (ese que posibilita lo que Kuhn denomina «ciencia normal») era en realidad fruto de una lectura retrospectiva a posteriori.
En definitiva, aportaron análisis sincrónicos y locales (el estudio del laboratorio en tanto que microespacio) que convertían a la sociología no tanto en una ciencia del tiempo, como en una ciencia del espacio (no en vano, hicieron suyos instrumentos propios del trabajo de campo de los etnólogos como conversaciones, entrevistas o la observación participante) ¿Por qué los análisis sociológicos fueron entonces tan importantes para la historia de la ciencia?
En primer lugar, porque parte de la sociología de la ciencia (especialmente aquella que se desarrolló a partir del Strong Programme de Bloor) se apoyaba directamente sobre el análisis histórico.
En segundo lugar, porque la sociología de la ciencia en su conjunto propuso una redefinición de la ciencia que posibilitó un cambio en la manera de comprender la historia de la disciplina, hasta entonces encerrada en el estrecho espacio definido por «internalistas» y «externalistas».
Este último punto es esencial: la sociología propuso una nueva caracterización de la ciencia que, necesariamente, tuvo repercusiones en la manera de escribir su historia.
Aunque se trata de un proceso complejo y en ningún caso homogéneo (la concepción de la sociología de la ciencia de Bruno Latour es, por ejemplo, distinta de la de David Bloor) 20, entendemos que puede resumirse en un triple movimiento: (a) un cambio en la propia definición de ciencia, (b) un cambio en la definición de la verdad científica (b) un cambio en la definición del científico.
En primer lugar, por tanto, un cambio in the very meaning of science.
Frente a la imagen de la ciencia dominante hasta los años sesenta (la Ciencia como theoria), la sociología propuso nuevas definiciones.
Por un lado, introdujo una modificación en la manera de pensar la ciencia en su pertinencia teórica.
El que mejor resume ese desplazamiento es Bruno Latour (1979) quien, frente a la epistemología que estudia «la ciencia ya constituida» («Ready Made Science»), reivindica una sociología que estudie «la ciencia que está haciéndose» («Science in the Making»).
Latour propone una disolución de las categorías «ciencia» y «sociedad» que han estructurado la comprensión de la práctica científica.
Para él, no existe ni «ciencia pura», ni «sociedad al margen de la ciencia»: Existen «actor-networks» que conectan a humanos con otros humanos, a cosas con otras cosas y a cosas con humanos.
En este sentido, el debate «internalismo»-«externalismo» debe ser abandonado porque pone en juego categorías que carecen de validez analítica: «ciencia» y «sociedad» no son más que categorías ideales y, por tanto, carece de sentido tomar como referencia su línea divisoria.
El tránsito de la Ready Made Science a la Science in the Making de Bruno Latour subraya un desplazamiento general promovido por los enfoques contestatarios de la sociología del conocimiento: la sustitución de la categoría «ciencia» por la de «prácticas científicas» (Schatzki & Knorr-Cetina & Von Savigny 2001).
De este modo, se abandona la Ciencia con mayúsculas equiparada a la theoria y el hacer científico pasa a definirse en tanto que praxis (del griego Πρακτική.-La ciencia práctica, la acción).
El énfasis en la definición de la ciencia como praxis tuvo consecuencias importantes para la historia de la ciencia.
Así por ejemplo, posibilitó la aparición de los análisis de controversias (Controversial Studies) aplicados en primer lugar a la actividad científica contemporánea.
Estos trabajos rompieron con la imagen estática de la ciencia mostrando la práctica cotidiana de la comunidad científica a través de los debates que la recorren.
En el caso de los análisis históricos de controversias, el objetivo era el mismo: alejados de la longue-durée de la historia tradicional, se trataba de comprender la historia de la ciencia en un momento concreto a través de los debates que permiten reconstruir la práctica científica.
Apoyándose en el concepto de simetría de Bloor, estos estudios escapaban de l'historie jugée (1951: 33) a la manera de Bacherlard e intentaban comprender dichas disputas sin recurrir a la racionalidad contemporánea (Shapin & Schaffer 1985: 11; Rudwick 1985: 3-16).
Aunque los trabajos más conocidos son The Great Devonian Controversy (Rudwick 1985) y Leviathan and the Air-Pump (Shapin & Schaffer 1985), la literatura de este género es abundante.
21 Por otro lado, la caracterización de la ciencia como el conjunto de prácticas que determinan la construcción del conocimiento ha posibilitado el desarrollo de una nueva historia de la técnica y de los instrumentos científicos.
22 Tal y como demuestra la proliferación de los verbos to make y to construct en los últimos años 23, es ahora cuando se generaliza la idea de que el conocimiento científico no es una realidad a la que se accede, sino una realidad que se construye.
En este sentido, la nueva historia de la ciencia propone desvelar la lógica instrumental (en la que se anudan experimentación, técnica e instrumentalización) que ha hecho posible dicha construcción a lo largo del tiempo.
Relacionado con este último movimiento, la conexión entre los sociólogos y los historiadores ha provocado un interés por la historia de las prácticas y de los experimentos 24.
Otros trabajos: interesantes son: Otto Sibum 1995; Chadarevian 1993; Ramsey 1992 23 Habría que señalar la recurrencia de expresiones del tipo How the Sciences Make Knowledge o Constructing Knowledge in the History of Science, título del número 19 de la revista Osiris correspondiente al año 1995.
24 Ver el número de Isis a propósito de «Artefacts and Experiments» (Volumen 79, Número 3, Septiembre de 1988) y los trabajos incluidos en «Thought Experiments: The Theoriti-ta» que consideraba el experimento como un procedimiento técnico encaminado a desvelar las regularidades del mundo natural, esta nueva historia define la acción de experimentar como el procedimiento de creación de los hechos científicos.
En segundo lugar, la sociología del conocimiento se apoya en una nueva definición de la verdad científica.
Frente a inductivistas y positivistas que elaboraron la imagen de la verdad como correspondencia de una realidad objetiva, la SSK (Sociology of Scientific Knowledge) se encuadra dentro de un corriente más amplia que define la verdad (y la producción científica en general) como convencional y contingente 25: «Si las explicaciones científicas estuvieran simplemente determinadas por la naturaleza de la realidad, ninguna aproximación sociológica a la producción y evaluación del conocimiento científico sería posible [...]
La sociología del conocimiento se construye sobre la apreciación de que las circunstancias contingentes afectan a la producción y evaluación de las explicaciones científicas» (Shapin 1982: 159).
Se produce por tanto un desplazamiento que conlleva la «historización» radical de la noción de Ciencia y que se apoya sobre la idea de que no hay ni una realidad, ni una lógica, ni unos criterios objetivos que determinen los hechos (facts) científicos.
En definitiva, la agenda filosófica de la sociología de la ciencia considera que las nociones de racionalidad, objetividad y verdad son normas convencionalmente adoptadas y reforzadas por grupos socioculturales (Friedman 1998: 240).
El punto de partida es, por consiguiente, el reconocimiento de factores históricocontingentes en la construcción de los hechos científicos.
Este enfoque supone un rechazo radical de la historia «internalista» que discriminaba entre lo que es científico y lo que no lo es tomando como referencia la racionalidad moderna.
Frente a ese modelo positivista, la sociología del conocimiento habilita un proyecto históricamente significativo que permite a los propios actores determinar que es lo que debe ser considerado científico y que es lo que debe ser excluido.
Esta nueva coyuntura hizo posible la aparición de trabajos importantes sobre la historicidad de la verdad y de la objetividad 26 como A Social History of Truth de Steven Shapin (1994).
En relación con esta modificación en la manera de pensar la ciencia, se produce un cambio en la concepción del científico.
La sociología de la ciencia ha contribuido de manera decisiva a poner en tela de juicio la imagen tradicional del científico, «que debe renunciar a cualquier poder, renunciar a cualquier participación en la ciudad, para adqui----cian 's Laboratoty» en el segundo volumen del año 1992 de PSA: Proceedings of the Bienal Meeting of the Philosophy of.
Para una introducción teórica al concepto de «experimento», ver los artículos de Ian Hacking (1998Hacking ( y 1992)).
Otros trabajos de interés son: Galison 1987; Gooding & Pinch & Schaffer 1989; McAllister 1996; Chalmers 2002; 25 La verdad como convención fue definida en primer lugar por Friedrich Nietzsche, donde la crítica de la verdad como correspondencia se relaciona con la idea de que «el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad.»
En la misma línea habría que situar a Wittgenstein y a Foucault.
26 La literatura sobre el tema es abundante.
Todo esto constituye la fábula que Occidente se cuenta a si mismo para enmascarar su sed, su gigantesco apetito de poder sirviéndose del saber» (Foucault 1973: 155).
La ciencia no se reduce a una actividad cognoscitiva encaminada a la resolución de problemas teóricos o intelectuales, sino que los científicos adquieren sus competencias a través de complejos procesos de socialización que ponen en juego determinados intereses dentro de la propia comunidad científica.
En otras palabras, hay una lógica inherente a cada comunidad científica sometida tanto a intereses personales y colectivos como a procesos de negociación y competencia.
En este sentido, la dicotomía «externalismo»-«internalismo» vuelve a mostrarse insuficiente.
Tanto la imagen del «científico autónomo» promovida por los «internalistas» (que supone que es «evidente que la ciencia, la cuál trata sobre la naturaleza, no puede estar determinada en sus contenidos por las relaciones sociales de los científicos», en: Gillispie 1959: 67) como la que pretende reducir su actividad a determinados intereses de clase, deben ser desechadas en favor de un estudio de cada comunidad donde los científicos que la componen sean considerados actores cuya racionalidad obedece a una multiplicidad muy flexible 27.
A MODO DE CONCLUSIÓN Este es, grosso modo, el esquema de cómo la definición de la ciencia propuesta desde mediados de los años setenta por la SSK permitió a la historia de la ciencia escapar del debate «internalismo»-«externalismo».
Aunque desde su aparición los científicos «internalistas» pretendieron impedir la «alianza» entre sociólogos e historiadores, ya en 1982 Steven Shapin señalaba que era demasiado tarde para negar la evidencia: una nueva sociología histórica del conocimiento científico (historical sociology of scientific knowledge) se había puesto en marcha.
Veinte años más tarde, la muestra ha aumentado tanto que una compilación como la ofrecida entonces por Shapin se antoja imposible.
Lo que pretendíamos en este ensayo era mostrar el desarrollo de una de las líneas fundamentales que a partir de los años setenta posibilitaron un movimiento de renovación de la historia de la ciencia.
Aunque en ningún caso se pueda limitar dicha renovación con la aportación de la sociología de la ciencia (otros movimientos como los Gender Studies o la Cultural History han sido fundamentales), lo cierto es que los enfoques promovidos por esta última se convirtieron en referencias importantes.
De este modo, la propuesta de Hull de integrar las hasta ahora separadas sociología, filosofía e historia de la ciencia (Hull 2000: 62) en un única disciplina (Science Studies) que nos permita una mejor comprensión del funcionamiento de la ciencia (Hull 2000: 63) es discutible.
Desde su especificidad, las tres disciplinas han establecido relaciones históricas complejas y fértiles que han provocado la aparición de nuevos e interesantes enfoques.
En este sentido, en lugar de promover una extraña fusión entre las tres, quizá haya llegado el tiempo de profundi----- |
De la filosofía de la locura a la higiene del alma.
La Philosophie de la folie (1791; 2a ed.: 1804) constituye uno de los antecedentes fundamentales de lo que más tarde se denominaría tratamiento moral.
Su autor, Joseph Daquin, fue médico en el Hospice des Incurables de la ciudad de Chambèry (antiguo ducado de Saboya; Reino de Piamonte-Cerdeña) desde 1788.
La obra recoge sus reflexiones sobre la naturaleza y las causas de la locura y se sitúa con claridad en las corrientes filantrópicas del fin de las luces; defiende en todo momento el trato humanitario a los orates, revisa los tratamientos tradicionales e introduce nuevas formas de terapia, entre las que destaca la prudencia hipocrática (e ilustrada) de la vis medicatrix naturae y la dieta, entendida como régimen de vida, como higiene del alma.
En definitiva, un análisis pormenorizado de la obra de Daquin, omitida por sus contemporáneos parisinos, nos permitirá valorar y reivindicar su importancia en el origen del alienismo.
Una década antes del famoso Traité médico-philosophique sur l'alienation mentale, ou la manie (1801) de Philippe Pinel, se publicó La Philosophie de la folie (1791)1 del médico saboyano Joseph Daquin.
Se trata de una obra importante y sin duda iniciadora de lo que muy poco tiempo después sería conocido como tratamiento moral.
La obra de Daquin ha sido escasamente considerada por la historiografía, más allá de algunos trabajos monográficos ya antiguos (Nyffeler, 1961; Caron, 1964) o de las breves, aunque obligadas, referencias a su figura en obras más o menos generales de historia de la psiquiatría (Gauchet y Swain, 1980, pp. 413-422; Shorter, 1997, pp. 25-26).
Joseph Daquin es, habitualmente, presentado —en ocasiones con tintes nacionalistas (Padovani, 1927; Ferrio, 1954)2— como pionero y precursor del tratamiento moral y, por extensión, del movimiento alienista, aunque pronto eclipsado por el esplendor de la obra pineliana.
A ello debió contribuir el propio Pinel, al ignorar absolutamente su aportación en contraste con el reconocimiento que siempre mostró hacia la obra de Alexander Crichton.
No deja de resultar significativo que la segunda edición de La Philosophie de la folie, publicada en 1804, esté dedicada «Au Docteur Pinel» y que, junto al elogio al Traité, Daquin se lamente de la ausencia en el mismo de cualquier alusión a la primera edición de su libro.
No cabe duda de que entre los «primeros alienistas», Daquin es posiblemente el más olvidado, menos influyente que Crichton (Weiner, 1999; Charland, 2008), como ya he indicado, y menos conocido que el florentino Vincenzo Chiarugi (Vanni et al, 1999).
Sin embargo, merece la pena revisitar su obra, en un intento no tanto de reivindicar su importancia en la historia de la psiquiatría, y mucho menos para oponer su figura a la del gran Pinel, pero si para valorar algunos aspectos de su obra que pueden ofrecer elementos interesantes en la reflexión sobre el nacimiento del alienismo.
UN HIJO DE LA ILUSTRACIÓN
Tras estudiar medicina en Turín, Daquin frecuentó las facultades de Montpellier y París, desde donde regresó a Chambéry, su ciudad natal, a ejercer primero en l'Hôtel-Dieu y, más tarde, a partir de 1788, en l'Hospice des Incurables, donde tuvo a su cargo a unos veinte enfermos mentales.
Su preocupación por dichos pacientes y la experiencia adquirida con ellos, le llevo a escribir y publicar en 1791 la obra citada anteriormente.
Daquin se sitúa con claridad en las corrientes filantrópicas del fin de las luces, defendiendo el trato humanitario a los orates, revisando los tratamientos tradicionales e introduciendo propuestas terapéuticas ciertamente novedosas.
El primer párrafo de La Philosophie de la folie contiene, en sí mismo, la voluntad programática de aunar medicina y filantropía:
Bajar a las celdas para observar y describir la economía animal desorganizada es una empresa desoladora.
¡Cuán triste es la ciencia que aborda la locura!
Quien la ejerce se ve obligado a examinar a individuos de su misma naturaleza que —no siendo sin embargo como él— parecen situarse en un estado intermedio entre el hombre y el bruto.
La medicina precisamente es la ciencia que, por desgracia, nunca colma su deseo de aliviar los males que sin cesar nos acechan.
Y siendo la profesión de médico muy penosa, mucho más lo será si debe visitar a personas cuyas funciones intelectuales están alteradas, si tiene que perder la razón, por así decirlo, con ellas y escuchar lo más extraordinario que el espíritu humano pueda engendrar y, sobre todo, si trata de cuidarlos, de encontrar remedios, quizá no para sanarlos completamente, pero al menos para aliviarlos y dulcificar una suerte acaso mucho menos compasible de lo que podríamos creer.
Porque no poseyendo el verdadero, el justo sentimiento de lo que son, los locos se muestran incapaces de reflexionar sobre su estado y de apreciar el alcance del infortunio en el que están sumidos (Daquin, 1791, p.
Se lamenta de la ausencia de tradición en la observación, estudio y tratamiento de los locos, lo que achaca al prejuicio de muchos médicos que, concibiendo la enfermedad mental como incurable, pensaban que «cuando un hombre da signos de demencia hay que encerrarlo enseguida porque puede perjudicar a sus semejantes o porque ya no puede servir para nada» (Daquin, 1791, p.
7-8) -lo que para un ilustrado no deja de tener un significado muy especial- y amplía su definición, explicando que «La locura en general es ese estado en el que el ejercicio de las operaciones del alma o del espíritu no se realiza completamente ni sigue siempre las leyes del orden natural» (Daquin, 1791, p.
Se trata, como puede apreciarse, de una definición filosófica que está próxima a la idea cartesiana del dominio de la razón sobre la materia, siendo la razón, aquella «facultad que la naturaleza ha provisto a cada hombre para conocer la verdad» (Daquin, 1791, p.
Junto a la razón, admite la existencia de otras dos operaciones o facultades del alma: la memoria y la imaginación, pero éstas se ordenan para que la primera —la razón— pueda reconocer la verdad3.
Las causas de esta «falta de razón» pueden, según nuestro médico, ser físicas y morales; entre las primeras destacan las «alteraciones orgánicas del cerebro», aunque reconoce que
«como las funciones de esta víscera están todavía poco definidas y como faltan conocimientos sobre este tema en medicina, todavía no se ha podido descubrir la influencia que las distintas partes de este órgano ejerce sobre cada una de sus operaciones» (Daquin, 1791, p.
Pero, junto a las inflamaciones, compresiones, rigidez o laxitud del cerebro y sus envolturas, hay que tener en cuenta la fuerza que adquiere el temperamento con el paso de los años, las pasiones de las que el ser humano es prisionero, pasiones que, al «estrechar los nudos que unen las ideas, al aflojarlos o interrumpirlos del todo, nos hacen caer en la locura» (Daquin, 1791, p.
Digno alumno de Montpellier, la pasión es para Daquin, como lo era para el primer Esquirol (1805), la causa de la enfermedad mental (Huertas, 2008).
Habrá, pues, que curar el alma como filósofo, tendiendo un puente entre las ciencias médicas y las ciencias morales, para que el médico, convertido en filósofo, pueda curar el cuerpo pero también el alma.
Se trata, claro está, de una percepción de las pasiones agitadas o desordenadas en tiempos de desorden.
La religión o la codicia, el orgullo o la ambición pueden perturbar la razón.
Las violentas luchas de la burguesía por sustituir a la nobleza, consiguiendo dinero, poder y honor se unen a las viejas angustias místicas.
Sin embargo, como nos advierte José Luis Peset, «la ciencia ha sustituido las creencias heredadas, colocando a la diosa razón en un nuevo altar.
Siguiendo a Tissot y éste a Rousseau, el saber también ha subvertido el orden natural y con él las mentes» (Peset, 2000, p.
Las pasiones pasan así a ser entendidas como fenómenos de la economía animal, susceptibles de ser observadas y estudiadas científicamente y al margen de cualquier especulación:
Cualquier tipo de pasión que afecta a los hombres puede considerarse la causa de su locura (...) el amor, los celos inseparables de este, la ira, la ambición, la venganza –que son pasiones ardientes- producen locos furiosos; mientras que la ternura paternal o filial, la de los esposos, la amistad (ese sentimiento dulce y apacible), los antojos, la religión, el estudio, la contemplación y las demás inclinaciones dulces, provocan por el contrario locos tranquilos, imbéciles, o causan locuras en las que el enfermo experimenta intervalos de tranquilidad, de buen sentido y razón (Daquin, 1791, p.
Al hilo de estas afirmaciones, cabe indicar que Daquin propone una clasificación clínica de la locura un tanto rudimentaria en la que admite diferentes grados entre las clases de alienación; así, describe locos furiosos y tranquilos, extravagantes e imbéciles, insensatos y dementes.
No se interesa demasiado por diferenciar manía y melancolía y se puede decir que tiene, al igual que sus contemporáneos Pinel o Chiarugi, una concepción «unitaria» de la alienación mental (Berrios y Beer, 1994; Huertas, 1999).
Sin embargo, en este proceso de medicalización de las pasiones no todos los comportamientos alejados de la razón fueron considerados patológicos.
Daquin dedica algunas páginas a la «delicada cuestión» del suicidio que contrastan fuertemente con lo que serán las tendencias conceptuales sobre el mismo en el alienismo más inmediato.
Para el saboyano el suicida no es un loco; es más, según su experiencia clínica, «los locos raramente atentan contra su vida» (Daquin, 1791, p.
Además, en la mayoría de las ocasiones, el acto suicida tiene unos ritos de preparación y ejecución que demuestran, en el sentir de Daquin, «ideas meditadas, estudiadas y tan bien unidas que anuncian un juicio muy sano y un razonamiento tan ajustado que en raras ocasiones, por no decir nunca, se encuentra en los locos» (Daquin, 1791, p.
El argumento es insistente y categórico: «el suicida no es un loco; es un cobarde y un vicioso, si consideramos la cobardía como un vicio del alma» (Daquin, 1791, p.
Cobardía, degradación, indigna debilidad,... del que no es capaz de soportar las dificultades y sucumbe ante ellas.
Para el pensamiento ilustrado, el suicidio deja de ser paulatinamente un delito contra Dios y contra el ser humano para ser considerado como un «asunto de libertad individual».
Es sabido que autores como Voltaire, Rousseau o Hume defendieron la libertad individual de las personas para disponer de su vida pero, a pesar de esta racionalización del acto suicida, resulta muy evidente su desasosiego hacia el mismo, entre otras cosas porque el suicida supone una afrenta a las ideas ilustradas y al tono -quizás falso o al menos matizado- optimista y progresista que se adscribe a la Ilustración.
Dicho de otro modo, el suicida viene a representar el fracaso del proyecto ilustrado, siendo el espíritu romántico el que, posteriormente, entenderá el suicidio como un escape del dolor, la amargura y la desesperación (Cuevas, 2006, p.
El alienismo francés sí establecerá una relación directa entre suicidio y enfermedad mental.
Pinel describió una variedad de melancolía con una «inclinación irresistible al suicidio» (Pinel, 1801, p, XXVIII; p, 146 y ss), y, aunque no faltaron los autores que postularon que el suicidio debía ser considerado «en todos los casos» como resultado de la alienación mental (Chevrey, 1816), fue finalmente Esquirol el que, según la expresión de Berrios y Mohanna (1995, p.
614), estableció la «visión estándar» sobre la definición y clasificación del suicidio, admitiéndose la existencia de unos actos suicidas propiciados por la patología mental y de otros sin relación alguna con la locura.
En todo caso, llama la atención la forma en que Daquin intuye y deja apuntado lo que muy pocos años más tarde constituiría un importante debate, mantenido durante todo el siglo XIX, entre los que consideraban, y los que no, que el suicido era «siempre» el acto de un alienado (Berrios y Mohanna, 1990).
Eran tiempos de fuertes conmociones sociales, de crisis políticas y de cambios culturales que pronto se relacionaron no solo con el aumento de los suicidios (Martínez-Pérez, 2001), sino con una nueva conceptuación de la locura en la que los viejos paradigmas se resistían a desaparecer y terminaron conviviendo con nuevos conocimientos que pugnaban por afianzarse.
En la obra de Daquin encontramos, en este sentido, desde reminiscencias de ancestrales interpretaciones astrológicas de la locura; eso sí, suficientemente racionalizadas y naturalizadas, hasta el esbozo de un claro pensamiento anatomo-clínico.
EN TORNO A LA CAUSALIDAD: DEL INFLUJO DE LA LUNA A LA LESIÓN ANATÓMICA
El interés de Daquin por la influencia de los ciclos lunares sobre la locura proviene de la obra del abate Giuseppe Toaldo (1770), matemático, meteorólogo y astrónomo de Padua.
Nuestro médico había traducido al francés el Ensayo meteorológico del científico italiano (Toaldo, 1784), en el que se apuntaba la relación entre las fases de la luna y «un gran número de enfermedades corporales» (Daquin, 1791, p.
Una correspondencia que Daquin pretende establecer también con las enfermedades mentales, recurriendo al seguimiento detallado de diez pacientes a los que «visitaba asiduamente con cada luna nueva, en cada primer cuarto, en cada plenilunio y en cada último cuarto» (Daquin, 1791, p.
Una minuciosa observación empírica mediante la cual Daquin considera probado que la Luna ejerce una influencia real sobre la locura.
Siguiendo a Toaldo, define puntos «afirmativos» (luna nueva y cuarto creciente), de mayor influencia sobre la locura, y puntos «negativos» (luna llena y cuarto menguante), en los que dicha influencia es menor.
Al contrario de las creencias populares en torno al poderoso influjo de la luna llena, Daquin asegura que «los primeros cuartos y los plenilunios son los puntos que ejercen menos influencia en la reiteración de los arrebatos de locura», ya que sus pacientes, «en esas etapas, estaban menos locos, más tranquilos y razonaban como si no hubieran tenido la mente alienada» (Daquin, 1791, p.
Excepción importante a esta regla general es la que representa la epilepsia, que sí recibía el influjo más directo de la luna llena.
Merece la pena señalar la observación descrita por Daquin de un paciente melancólico y epiléptico:
En el hospital de locos a mi cargo pude observar a un loco que también era epiléptico y sobre quien el influjo de la luna afectaba a sus ataques epilépticos.
Su locura triste, sombría y melancólica, era una simple alienación mental; pero la mayor desgracia de este individuo, digno de la mayor compasión; era que padecía todo a la vez, influyendo los puntos lunares afirmativos en la locura y los puntos lunares negativos en sus ataques epilépticos; quiero decir que, evidentemente, sufría también la influencia de las fases lunares más neutras (Daquin, 1791, p.
Finalmente, no todos los tipos de locura estarían sujetos al dominio lunar de la misma manera.
Las locuras curables o susceptibles de curación dependerían de la Luna mucho más que las incurables.
Estas ideas recuerdan, en cierto modo, la teoría hipocrática —retomada por Galeno y el galenismo medieval (Cooper, 2013)— de los días críticos, según la cual las crisis y las recaídas de determinadas enfermedades tenían lugar transcurridos periodos temporales fijos.
Asimismo, esta concepción «meteorológica» y, por extensión, «ambientalista» de la salud y de la enfermedad se relaciona directamente con la larga tradición hipocrática inaugurada por Sobre Aires, Aguas y Lugares y que explica el marco doctrinal de otras obras de Daquin, como su importante topografía médica de la región de Chambéry (Daquin, 1787), y otras obras sobre los efectos beneficiosos de las aguas termales (Daquin, 1772; 1777; 1808), objeto de reciente interés historiográfico (Carpanetto, 2008).
En todo caso, lo que más interesa señalar aquí es que, más allá de la exactitud o validez de tales observaciones empíricas, no cabe duda que los argumentos de Daquin están muy lejos de lecturas mágicas o esotéricas y mucho más cerca del talante científico de Newton —y sus estudios sobre la influencia de la luna en la amplitud y regularidad de las mareas—, de Descartes —y su calendario solar y lunar— y, naturalmente, del ya mencionado Toaldo, cuya influencia intelectual y científica es, como ya hemos visto, expresamente reconocida.
Dicho de otro modo, Daquin no se está refiriendo a la causa última de la locura, sino a su periodicidad, insistiendo en que ésta se produciría por un efecto puramente físico, de atracción o presión sobre la «sustancia medular» del cerebro y no por una «fuerza oculta».
En definitiva, no era el supuesto poder cósmico de la Luna la que influía en la locura, sino el efecto del ambiente, de la naturaleza, sobre la sensibilidad del cerebro (Stagnaro, 2013, p.
El cerebro aparece, como es lógico, como el órgano de asiento de la locura, así lo expresa Daquin cuando asegura que «el cerebro y el origen de los nervios son los más comúnmente afectados en la locura» (Daquin, 1791, p.
Por eso insiste, cambiando de registro, en la utilidad de las autopsias y los estudios post mortem pues, si bien entiende que la disección de cadáveres aun no había proporcionado información suficiente sobre las causas de la locura, considera que la búsqueda de la lesión debe formar parte de las prioridades de los médicos interesados por la locura.
Entre las causas físicas de la misma, le parece importante localizar e identificar las alteraciones orgánicas del cerebro, bien por inflamación de las fibras medulares o por cualquier tipo de compresión, bien porque son atacadas por la sequedad y la rigidez, bien por una excesiva debilidad y flaccidez (...), o incluso por la aparición de durezas en las membradas del cerebro» (Daquin, 1791, p.
Llama la atención la importancia que Daquin otorga a las alteraciones vasculares del cerebro (con vasos sanguíneos unas veces endurecidos y estenosados; otras dilatados y varicosos), pero sobre todo a las alteraciones de los senos y los ventrículos -que pueden estar «llenos de sangre negruzca» u ocupados por hidátides- y de las membranas encefálicas: «la duramadre está tuberosa y putrefacta; la piamadre, callosa, con doble espesor o triple de lo que debe ser» (Daquin, 1791, p.
Esta alusión tan directa a las meninges parece preparar el terreno de lo que, pocas décadas después y de la mano de Antoine-Laurent-Jessé Bayle y sus estudios sobre la aracnoiditis crónica en pacientes con Parálisis General Progesiva (Bayle, 1822; 1826), supondría la irrupción definitiva de la lesión anatómica en la comprensión de la enfermedad mental (Brown, 1994; Huertas, 2005, p.
De igual modo, Daquin advierte de la relación entre la locura y determinadas anomalías del cráneo, como el excesivo grosor de los huesos, el grado de osificación, la conformación de las suturas o la mayor o menor curvatura de la calota (Daquin, 1791, p.
No cabe duda que, a este respecto, se sitúa en la misma línea de pensamiento que asumirá Pinel (1801, p.
106 y ss) en la Sección III de su Traité, dedicado a «Recherches anatomiques sur les vices de conformation du crâne des Aliénés».
En suma, junto a un cierto empirismo clínico, la búsqueda de la lesión en los enfermos mentales es una característica importante del proyecto científico de Daquin.
Aun reconociendo que «a pesar de los progresos conseguidos [por la anatomía] en este siglo, no se ha ofrecido soluciones para las causas de la locura» (Daquin, 1791, p.
43), se muestra partidario de extender la práctica de la autopsia, insistiendo en las posibilidades que los hallazgos anatómicos podrían ofrecer para una mejor comprensión de la locura:
¡Cuán deseable sería que la anatomía pudiese descubrir en el cerebro las distintas lesiones que causan las diferentes clases de locura y cuáles son las partes alteradas tanto en el loco furioso como en el tranquilo, tanto en el extravagante como en el insensato, tanto en el imbécil como en el que simplemente está demente!
Téngase en cuenta que la obra de Daquin es posterior a la de Morgagni, De sedibus et causis morborum per anatomen indagatis (1761), pero anterior a la Anatomie générale (1801) de Bichat.
No es de extrañar, pues, que en La Philosophie de la folie, podamos identificar una voluntad de investigación anatomopatológica desde el convencimiento de que los hallazgos necrópticos debía ser útiles para entender los mecanismos fisiopatológicos y los síntomas clínicos en los enfermos vivos (Zampieri, Zanatta y Thiene, 2014), sin que aún haya cristalizado la estructura teórica que, a partir de los estudios de Bichat, Corvisat o Laënnec, dio lugar a la llamada mentalidad anatomoclínica (Laín, 1950).
Parece evidente que el pensamiento de Daquin, a pesar de su enfoque «filosófico», tiene una fundamentación «médica» innegable e imprescindible, en un sentido muy similar al que años más tarde argumentarán los principales representantes del movimiento alienista (Peset, 1993; Huertas, 1996).
LOS PROLEGÓMENOS DEL TRATAMIENTO MORAL
Desde el punto de vista del tratamiento, Daquin recomienda, aunque con mucha cautela, medios físicos tradicionales, así, considera que las sangría repetidas puedan agravar el pronóstico de la locura, prefiere los purgantes a los eméticos, y opina que el opio, en forma de láudano, y el alcanfor pueden ser adecuados por sus efectos narcóticos, aunque advierte que su eficacia depende mucho de la respuesta individual, siendo eficaz en unos pacientes y no en otros.
Al igual que Pinel, desconfía del eléboro, y recomienda los baños, fríos o calientes según los casos.
Sin embargo, considera que estos auxilios resultan muy limitados e insuficientes si no se añaden otros como el ejercicio, la dieta, la higiene, etc., concluyendo en que la higiene del alma es «la única que debe influir sobre la mente de estos enfermos, más que todos los agentes físicos empleados hasta el momento» (Daquin, 1791, p.
El régimen de vida se convierte en el gran recurso terapéutico de Daquin.
La recuperación de la tradición hipocrática y del poder sanador de la naturaleza —la vis medicatrix naturae o la natura morborum curatrix— es muy evidente en el pensamiento de Daquin, para el que el médico no ha de cumplir más que un papel de servidor o colaborador de dicha naturaleza —medicus autem naturae minister—.
Termina desaconsejando las pócimas, fórmulas y demás remedios de la farmacopea para indicar al práctico que:
se dirija (al paciente mental) con un espíritu observador, pendiente del progreso de la naturaleza, a fin de favorecerla, de ayudarla en sus pasos, cuando se sitúa ya en el buen camino, y que retroceda cuando se extravía; quiero que el médico se acerque con parsimonia instruida y reflexionada, que no recete en la primera visita del enfermo medicamentos enérgicos y demoledores incluso antes de que la enfermedad se haya desarrollado y, sobre todo, que no ofrezca, con la cabeza baja, remedios nuevos, cuyo mérito consiste en anunciarse en los papeles públicos y cuya eficacia estriba en dar dinero a esos voceros y falsos que se llaman inventores (Daquin, 1791, p.
Prudencia hipocrática e ilustrada, pocos medicamentos y mucha dieta, en el amplio sentido del concepto; esto es, como régimen de vida, como una higiene del alma en la que resultará imprescindible la dulzura en el trato.
Su espíritu filantrópico le lleva a insistir en que es necesario observar y escuchar a los locos.
Estamos aún lejos de una clínica de la escucha (Rigolí, 2001), ni siquiera del atisbo de una semiología de la subjetividad (Huertas, 2014), pero no cabe duda que, aunque su objetivo sea no tanto entenderles sino compadecerse de su infortunio, el contacto estrecho con los pacientes resultaría imprescindible para abordar el tratamiento de la locura.
Aun así, reconoce la necesidad de disciplina y advierte de la existencia de un punto conflictivo en la actitud a seguir ante los pacientes: «Para la curación de los locos debe existir (...) un término medio entre contrariar el objeto de su locura y lisonjearla» (Daquin, 1791, p.
51), que le aleja de Pinel para el que combatir la idea delirante es objeto prioritario del tratamiento.
Finalmente, en lo que se refiere al confinamiento de los locos, asegura taxativamente que «no se les debería encerrar», aseveración que se refiere exclusivamente al aislamiento celular ya que aboga por amplios espacios bordeados de muros, en los que personas cariñosas —«aunque fuerte y robustas, a fin de protegerles de su malicia, de sus caprichos y de sus violencias» (Daquin, 1791, p.
52-53)— estuviesen dispuestas a acompañarlos siempre y a vigilarlos constantemente.
Recuérdese que, aunque procedente de una tradición asistencial diferente, el papel atribuido al personal auxiliar para que acompañe, persuada y controle sin ejercer coerción explícita sobre los pacientes, fue fundamental en la formulación del non-restraint por parte de los británicos Robert Gardiner Hill (1839) y John Conolly (1856).
En la obra de Daquin se pueden identificar, pues, de manera sintética muchos de los principios de lo que muy poco tiempo se denominaría «tratamiento moral».
El aislamiento, pero también, la persuasión por el razonamiento, la dulzura en el trato, el régimen de vida, etc., permitirían manejar las pasiones.
Si la locura tenía una causalidad moral, el tratamiento debía perseguir el alivio moral de los pacientes.
Resulta interesante constatar que de las tres ediciones existentes de La Philosophie de la folie, la primera (1971) no tuvo subtítulo alguno; la segunda (1972) se tituló La Philosophie de la Folie ou Essai Philosophique sur le traitement des personnes attaquées de Folie, lo que indica la importancia que el autor otorgaba a los aspectos terapéuticos, pero especialmente significativo es el título secundario de la tercera edición (1804): Où l'on prouve que cette maladie doit plutôt être traitée par les secours moraux que par les secours physiques.
No olvidemos que esta última impresión es posterior al Traité de Pinel, no siendo descabellado pensar que la alusión directa -y programática- al tratamiento moral, ya desde la propia cabecera de la obra, tuviera una voluntad de confluir y asimilarse a la obra del parisino.
Como ya se ha indicado, es precisamente esta edición la que Daquin dedicó a Pinel, a la vez que le reprochaba su silencio.
El tratamieto moral tuvo, como se sabe, unos desarrollos diversos que, en Francia, alcanzaron probablemente su máxima expresión con la obra de François Leuret (1840) y los debates que esta suscitó (Huertas, 2001), pero lo que más interesa aquí es que el proyecto terapéutico de Daquin es muy similar, aunque con ciertas diferencias y matices, con el que nos encontramos en la obra de Ph.
Para Pinel, hijo de la Revolución, su «tratamiento moral» tiene mucho que ver con la «incorruptibilidad moral» de Robespierre, siendo su objetivo fundamental devolver al paciente su «responsabilidad moral», convencerle de su error y propiciar el retorno a su anterior identidad individual y social (Huertas, 1990, p.399)
Pinel, al igual que Daquin, no es partidario de la utilización profusa e indiscriminada de fármacos (purgantes, eméticos, etc.) que constituían una farmacia gótica poco efectiva e, incluso, perjudicial.
Advierte, por ejemplo, que el eléboro «puede producir a veces superpurgaciones violentas, vómitos pertinaces, convulsiones, inflamaciones de los intestinos, y aún la misma muerte (...) su administración se reducía a un ciego empirismo, ya que no estribaba en ningún fundamento sólido» (Pinel, 1801, p.
Y, al igual que Daquin, su hipocratismo le lleva a subrayar el carácter expectante que debe tener el acto médico, su potencial como ciencia de la observación y su confianza en el poder de la naturaleza.
Pero si en los primeros alienistas, y en general en la medicina ilustrada (Williams, 2002), puede identificarse un neohipocratismo muy evidente, hasta el punto de llegar a hablarse de «La revolución hipocrática de Philippe Pinel» (Peset, 2003), otras facetas del pensamiento clásico son recuperadas y reinterpretadas en esta época.
La Ilustración resucita el estoicismo para encontrar una ética laica que sustituyese a la cristiana.
En vez de leyes independientes, el philosophe busca guía y sentido en sí mismo, siendo un ser afectivo y racional, ya no un anima con solo elección racional.
La ley natural ya no puede tan solo basarse en preceptos, en principios racionales, sino también en sensaciones, sentimientos y pasiones.
Algunas ideas estoicas son fundamentales en la Ilustración, así el miedo a las pasiones, que deben ser dominadas.
Se debe vivir de acuerdo con uno mismo, de acuerdo con la naturaleza.
El estoico es el modelo del philosophe francés, pues cree en la sabiduría y en la salvación de los pueblos.
Esta concepción estoica del siglo XVIII tiene dos rasgos distintivos: el primero, es la insistencia en el autodominio; el segundo, la consideración del ser humano como parte integral de la naturaleza, desde el ámbito familiar y el compañerismo hasta la especie humana.
Se pretende justicia para toda la humanidad, así como una visión integradora de cuerpo y alma.
Virtud, sabiduría y naturaleza quedan igualadas.
La salud es acuerdo y obediencia a la naturaleza y, por tanto, con la sabiduría y con dios (Peset, 2003, p.
En suma, el «hipocratismo ilustrado» de Joseph Daquin, compartido por otros autores —y por Pinel de manera sobresaliente—, aparece como un elemento imprescindible, yo diría que inherente, en el nacimiento del alienismo que viene a completar, en buena medida, las visiones que en los últimos tiempos se han ofrecido de este proceso.
Con todo, merece la pena señalar cómo, en los años centrales del siglo XIX, el debate sobre quien fue el «creador de la ciencia de las enfermedades mentales» ocupó un cierto espacio en la literatura psiquiátrica con motivo de la publicación de una Notice biographique sur le médecin Daquin.
Su autor, Louis Guilland (1852) reclama la prioridad de las ideas de Daquin sobre las de Pinel con diversos argumentos; por un lado, hace notar el reconocimiento internacional de la obra del médico saboyano, recogiendo una frase del italiano Antonio Galloni, primer director del manicomio de San Lazzaro en Reggio Emilia (Mazza, 1975), en la que considera al «ilustre Daquin, predecesor de Pinel» (Guilland, 1852: 22).
Pero, por otro lado, arremete contra Pinel lamentado su ya comentado silencio con respecto a la obra de Daquin y, sobre todo, dejando en el aire la duda sobre la originalidad de su obra.
Sin llegar a acusarle de plagio, se pregunta «¿Por qué Pinel, que en el curso de su obra atribuye el nombre de manie a una especie particular de alienación, titula incorrectamente su Traité médico-philosophique sur la manie?
¿No tendría la idea del título más natural de Daquin Philosophie de la Folie, pero desistió ante una coincidencia comprometedora?»
Como no podía ser de otro modo, la Notice de Guilland no tardó en ser contestada desde el seno del alienismo francés.
Brierre de Boismont (1797-1881), en una conferencia pronunciada en la Société médicale d'émulation y publicada en los Annales médico-psychologiques, analiza la cuestión de la prioridad del «descubrimiento» del tratamiento moral.
Lo primero que argumenta es que, en lugar de disputar sobre dicha prioridad, lo primero que habría que hacer, prescindiendo de intereses nacionalistas, es estudiar los textos y compararlos (Brierre de Boismont, 1854, p.
De su lectura detenida de las dos obras, Brierre concluye en que, aun aceptando que Daquin precedió a Pinel en la puesta en marcha del llamado tratamiento moral y los mismos o muy parecidos proyectos de reforma asistencial, «el espíritu filosófico, la altura de miras, la firmeza en la ejecución, otorgan al Tratado del médico francés un valor que no tiene La Philosophie de la Folie» (Brierre de Boismont, 1854, p.
Aun así, Brierre no deja de lamentar el olvido al que había sido sometido la obra de Daquin:
se experimenta un doloroso asombro al ver la primera edición de Daquin, impresa en lengua francesa y a las puertas de Francia, ignorada por Pinel que cita a otros autores antiguos y contemporáneos.
Esta sorpresa aumenta cuando se constata el mismo silencio en la edición de 1809, en la Clinique de la Salpêtrière de 1807, y en las seis ediciones de la Nosographie, la última de 1818, máxime cuando Daquin había dedicado a Pinel la segunda edición de 1804, cinco años antes de la segunda edición del Traité médico-philosophique sur l'aliénation (Brierre de Boismont, 1854, p.
El profundo conocimiento que Brierre de Boismont demuestra tener de la obra de Pinel, a la que considera de mayor calidad y trascendencia que la de Daquin, no le impiden dedicar una agria crítica al «padre» del alienismo francés: «¿será verdad que en el corazón de los hombres más ilustres hay lugares secretos en los que se ocultan las debilidades de nuestra naturaleza (...) aquellas debilidades que imposibilitan pronunciar o escribir el nombre el rival, aquella que un autor moderno ha llamado la conspiración del silencio?»
Duras palabras, sin duda, y especialmente significativas si tenemos en cuenta que quien las estaba formulando era ya, en ese momento, una de las figuras más representativas del alienismo francés, llegando a ser co-editor de los Annales médico-psychologiques y presidente de la Société Médico-Psychologique, además de autor de obras relevantes, que le permitieron adquirir un gran prestigio internacional4.
En contraste, no podemos dejar de mencionar aquí la actitud opuesta que Brierre de Boismont mantuvo años más tarde, en 1864, con el psiquiatra italiano Carlo Livi (1823-1876), facultativo del manicomio de Siena y profesor de Medicina Legal e Higiene en su universidad.
Livi había publicado Frenologia forense.
Delle frenopatie considerate relativamente alla medicina legale (1863), que fue objeto de la crítica de Brierre de Boismont en la sesión del 29 de junio de 1863 de la Société médico-psychologique, en los siguientes términos:
Nos desagrada encontrar en este trabajo... una frase que podría ser ofensiva para Francia, si no la achacáramos a la efervescencia del amor patrio.
El señor Livi hablando de la reforma de la asistencia a los locos, reclama en términos bastante vivos este honor para Vincenzo Chiarugi, quien la habría anunciado ocho años antes que Pinel en su Trattato della Pazzia publicado en Florencia en 1793.
Él cita, además, a otro médico italiano, Daquin, quien escribió la Philosophie de la folie en 1791.
El señor Livi habría podido añadir también el nombre de Tuke, quien en 1792 hacía público su primer programa sobre el asilo de York, pero ¿en qué disminuye, como siempre diremos, la gloria de Pinel, si algún hombre de bien tuvo, contemporáneamente a él o algo antes, el pensamiento de mejorar la suerte de los locos y lo llevó a cabo?
Mencionar sus nombres es un acto de justicia: pero se debe reconocer que el genio de Pinel ha fecundado la idea y la ha introducido (aquí está lo importante) en la práctica (Brierre de Boismont, 1863, p.
Las aguas vuelven a su cauce, si es que alguna vez se salieron.
El gran Pinel y su obra aparecen, como no podía ser de otro modo, en la cúspide del alienismo y el desagravio a Daquin queda ahora suficientemente matizado.
Sin embargo, la réplica de Livi no se hizo esperar y en una «Carta abierta a Brierre de Boismont», publicada en La Nazione, reivindica a Chiarugi e insiste en que la acción filantrópica y liberadora de los locos en San Bonifacio de Florencia había sido previa a la de Bicêtre, y en que las ideas vertidas en Della pazzia resultaban, asimismo, pioneras en relación a las aportaciones posteriores del francés5.
No es este el momento de analizar las aportaciones de Chiarugi, pues en este mismo dossier hay otro artículo dedicado a este importante autor, pero sí merece la pena consignar la diferente consideración que para el alienismo francés tuvieron Daquin y Chiarugi pues, aunque los argumentos se repiten: «Pinel toma mucho de la obra de Chiarugi sin dignarse nunca a citar ni siquiera su nombre» (Livi, [1864] 2004, p.
119), el agravio comparativo entre uno y otro resulta evidente para Livi, cuando interpela a Brierre diciéndole que: «la justicia que Vos no negasteis hace diez años al súbdito italiano de Chambèry, ¿por qué negársela hoy al ciudadano italiano de Florencia?
¿Quizás presentíais que Saboya un día ya no sería nuestra?
En todo caso, y a pesar de polémicas y desagravios, lo cierto es que la obra de Daquin fue totalmente ignorada por los alienistas franceses.
Ni Pinel, como hemos visto, ni Esquirol le citaron una sola vez e, incluso, Casimir Pinel, según nos cuenta Claude Quétel, llegó a afirmar que «La Philosophie de la Folie es una obra que nueve de cada diez alienistas no han leído, y que no se encuentra ni en las librerías, ni en la biblioteca de la Facultad», lo que no deja de resultar, según el propio Quétel, al menos curioso para una obra que había conocido tres ediciones, todas en francés, una de ellas publicada en París (Quétel, 1987: 27).
Al margen de disputas con mayor o menor contenido nacionalista, no cabe duda que la figura de Pinel se ha mantenido como referente absoluto del nacimiento del alienismo.
Un tópico historiográfico al que no ha sido ajeno todo un movimiento de «devoción extrema» —de bondieuserie laica— hacia Philippe Pinel que, orquestado y mantenido en el tiempo por autores como Casimir Pinel (1859), editor de la correspondencia de su tio Philippe Pinel (Peset, 1991), o como René Semeaigne (1888; 1930), ha construido una hagiografía que, rozando el mito, tendió a silenciar e invalidar los logros de sus contemporáneos.
Una historiografía que ha alimentado durante mucho tiempo el «mito fundacional» del alienismo ligado al conocido «gesto» liberador de Pinel (Gourevitch, 1991; Weiner, 1994a).
Sin embargo, como es bien conocido, diversos autores han contribuido, en las últimas décadas, a reinterpretar la obra pineliana y su influencia.
No pocos trabajos, como los de Michel Foucault (1961), Gladys Swain (1977), Jan Goldstein (1987), o Dora Weiner (1999), entre otros, han ofrecido una visión diferente de ese momento crucial de la historia de la psiquiatría.
Hoy sabemos que Joseph Daquin en Chambèry, William Battie en Londres, Vincenzo Chiarugi en Florencia, William Tuke en York, Pinel en Paris, etc., desarrollaron en sus respectivas instituciones y establecimientos una labor médica y humanitaria que, desde luego, no puede atribuirse a nadie en exclusiva, sino a todo un proceso que se imbrica directamente con la revolución liberal en sus diversas versiones nacionales, resultando de gran interés analizar sus características propias y sus rasgos diferenciales.
Sin embargo, tampoco debe olvidarse que si las reformas de Pinel fueron similares y comparables con las de Daquin y otros alienistas contemporáneos —unas reformas para las que el parisino contó con la inestimable colaboración e, incluso, con el magisterio del celador Jean-Baptiste Pussin (Weiner, 1994b)—, su aportación específica a la clínica es muy superior a la del médico saboyano.
La clínica como «camino consciente y sistemático» (Bercherie, 1980, p.
15), que requería del método analítico de Condillac, de la historia natural como modelo de investigación y de la observación hipocrática para la descripción y clasificación de las enfermedades.
De lo que no cabe duda es que el fin de la luces crea un caldo de cultivo intelectual (ilustrado y filantrópico) que marca una nueva forma de entender la locura y de actuar sobre el loco.
La Ilustración y el posterior Romanticismo, propiciaron una nueva percepción del individuo que condujo, a su vez, a una nueva visión de la locura, decisiva en la creación de nuevas instituciones para locos y en la consolidación de un discurso científico-médico en torno a las enfermedades mentales (Kaufmann, 1995; Novella, 2013).
Este interés por el estudio del hombre (del ser humano) y, en particular, del hombre «alterado» dio lugar primero a las teorías sobre la locura, después a la preocupación por la asistencia al loco y, más tarde, a la teoría psiquiátrica propiamente dicha.
La decadencia de la vieja monarquía, la joven revolución y el brillante Imperio son etapas paralelas a estas novedades.
El ciudadano Daquin y el ciudadano Pinel coincidieron con mayor o menor fortuna en aquella etapa revolucionaria y fundacional de la psiquiatría. |
La pasión de Alexander Crichton
Alexander Crichton, nació en Edimburgo en 1763, se graduó en la Universidad de Leyden y completó su formación médica en Berlín, Paris, Stuttgart, Praga y Gotinga, vinculándose estrechamente con el ambiente social y cultural de esos prestigiosos centros europeos.
En el año 1798 publicó An Inquiry into the nature and origin of Mental Derangement (Investigación sobre la naturaleza y el origen del trastorno mental), única obra de su autoría dedicada a la locura.
En este artículo se analizan algunas cuestiones referidas al método general que aplica el autor para la concepción de su obra, sus contribuciones a la semiología de la mente, al análisis del proceso de envejecimiento y a la función de la atención, para detenernos, finalmente, en su conceptuación del mundo de las pasiones y de la locura que fueron retomadas por otros autores como Philippe Pinel y Dominique Esquirol, y que constituyeron un antecedente fundamental en el nacimiento de la psiquiatría.
Alexander Crichton nació en Edimburgo en 1763, cursó sus estudios de medicina en la universidad de Leiden, en la que fue discípulo de los cirujanos Alexander Wood1 y William Fordyce2, y se graduó en 1785.
Durante los tres años siguientes perfeccionó su formación en Alemania.
Esa etapa de sus estudios lo marco de manera indeleble y condicionó sus producciones científicas posteriores.
Durante el verano de 1786 estudió alemán en Stuttgart, luego pasó el invierno en Viena siguiendo las enseñanzas de Maximilian Stoll4, y en Halle, adonde vivió con la familia de su maestro Phillipp Meckel5, para después trasladarse durante casi un año a Berlín.
Weiner sostiene que la influencia de Kant, cuya filosofía conoció Crichton durante su estancia en Alemania, en relación a la oposición entre el mundo de la racionalidad y el de las pasiones definió la perspectiva de Crichton en referencia a la locura (Weiner, 1990).
En 1792, de regreso en Inglaterra, Crichton tradujo al idioma inglés el ensayo de Blumenbach «An Essay on Generation», libro de fisiología que lo inspiró para escribir, en 1798, An Inquiry into the nature and origin of Mental Derangement («Investigación sobre la naturaleza y el origen del trastorno mental»), posteriormente traducido al holandés, alemán y francés (Stagnaro, 2013).
En 1794, Crichton comenzó a trabajar en el hospital de Westminster como médico cirujano, donde también se dedicó a la enseñanza de la medicina y la química.
En mayo de 1800, al ser elegido miembro de la Royal Society, dejó su puesto en el hospital y, aproximadamente para la misma fecha, fue designado médico del duque de Cambridge.
Entre 1804 y 1819 desarrolló su práctica en Rusia, desempeñándose como médico de la familia real y adquiriendo gran renombre.
Los servicios que brindó al emperador Alejandro I y a la emperatriz María Feodorovna le permitieron ganarse la confianza y el afecto de los mismos.
En 1807 fue nombrado médico general del Departamento de Medicina Civil de Rusia y, tiempo más tarde, se le otorgo la Cruz de San Vladimiro por su contribución a la lucha contra la epidemia de cólera que asoló las provincias del sudoeste ruso.
Crichton se destacó también por sus estudios de botánica, arqueología, zoología, geología y mineralogía, e integró diversas sociedades en Inglaterra y en Rusia, como la Academia Linneana y la Royal Geographical Society.
Durante sus múltiples viajes por Rusia, Noruega, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, Hungría, e incluso la lejana India, el médico inglés se dedicó a recolectar y ordenar una importante colección de minerales.
Estas breves pinceladas sobre sus inclinaciones e intereses hablan claramente de un intelectual de espíritu inquieto dotado de una gran curiosidad por casi todos los aspectos de la cultura de su tiempo.
En 1842 fue nombrado miembro de la Royal Academy de Gran Bretaña, y a partir de ese momento dedicó todo su tiempo a la Academia y a la práctica médica.
Alexander Crichton falleció el 4 de junio de 1856 en Kent, y sus restos fueron inhumados en el cementerio de Norwood.
Crichton no fue un alienista sino que, como Chiarugi y Reil, fue un médico generalista y publicó un solo tratado acerca de la locura, el cual ha pasado prácticamente desapercibido en la literatura médica, a excepción de los especialistas en historia y epistemología de la psiquiatría (Weiner, 1990); vale la pena consignar, además, que su obra recién fue accesible para los lectores hispanoparlantes en el año 20137, ya que hasta ese momento solo se contaba con las ediciones inglesa, francesa y alemana.
Comprehending a concyse system of the physiology and pathology of the human mind and a history of the passions and their effects (1798)8 cuenta con más de 300 páginas y está dividido en tres libros:
Libro I: Investigación de las causas físicas del delirio (seis capítulos).
Libro II: Historia natural de las facultades mentales y descripción de las enfermedades que las afectan o sistema conciso de la fisiología y patología de la mente humana (ocho capítulos).
Libro III: Sobre las pasiones y sus efectos (seis capítulos).
En palabras del propio autor: «... en el primero investigo las causas físicas o corpóreas del delirio y otros trastornos de la mente.
En el segundo se investigan los diversos cambios mórbidos a los cuales cada facultad de la mente humana está sujeta, ya sea por esfuerzo intenso o por actividad desmedida original o adquirida.
Y en el último libro, trato las pasiones.»
194); y, diciendo más adelante: «me he concentrado demasiado quizás, en la fisiología de estas maravillosas afecciones de nuestra parte moral» (Crichton, 2013, p.
En el Libro I analiza una serie de argumentos a favor de una visión materialista de la mente, en el Libro II discute con Joseph Priestley (1732-1804) y su teoría del monismo materialista aplicando los argumentos animistas y vitalistas adquiridos en su paso por Gotinga y en Libro III (la parte más conocida del texto que presentamos) aborda la cuestión de la fisiología de las pasiones (Charland, 2008).
Como lo ilustran las breves notas biográficas de Crichton9, se puede afirmar que casi ningún aspecto de las ciencias de su época le era ajeno.
Afanándose en todos sus trabajos con una gran pasión, fue justamente en ese terreno, el de las pasiones, en el que podemos registrar su contribución más significativa al acervo de lo que más tarde se constituiría en la moderna psiquiatría.
Persona y tema se mezclan en este caso en forma imposible de separar, dando lugar entonces a una obra muy personal constituida con aportes provenientes de diversos contextos culturales, políticos y sociales.
En este artículo, y a manera de muestra de algunos de los diversos aspectos de una obra muy poco visitada10, se desarrollarán ciertas temáticas del corpus teórico crichtoniano: algunas cuestiones referidas al método general que aplica, sus contribuciones a la semiología de la mente, al análisis del proceso de envejecimiento y a la función de la atención, para detenernos, finalmente, en su conceptuación del mundo de las pasiones y de la locura11.
Ese recorrido tiene como objetivo acercar al lector interesado en estas cuestiones, en particular al hispanoparlante, una aproximación a esos aspectos de la obra de Alexander Crichton y subrayar su importancia, habitualmente soslayada, en relación con el nacimiento de la psiquiatría.
EL MÉTODO GENERAL EMPLEADO POR CRICHTON
En el prefacio de su Inquiry...
Crichton presenta el método general de su obra; su importancia radica en que solo adentrándose en él es posible acceder a una comprensión acabada del desarrollo teórico desplegado por el autor.
El interés por las llamadas enfermedades mentales, «oscura rama de la medicina» (Crichton, 2013, p.
192), como Crichton las denomina, proviene de la constatación de que los intentos de echar luz sobre su naturaleza habían sido, según el autor, insuficientes y más bien escasos; opinión que deja bien establecida en uno de los párrafos iniciales afirmando: «... el trabajo que presentamos hoy al juicio del público es un intento de reducir, bajo ciertos principios, un número de hechos sueltos que abundan en los escritos de médicos, metafísicos y filósofos de diferentes edades y de diversos países [...] en general se confiesa que los intentos de echar luz sobre su naturaleza real han sido insuficientes y, por ende, no han sido exitosos» (Crichton, 2013, p.
192)., dejando entender que en las cuestiones que va a tratar no tiene pertinencia solo la medicina sino que la metafísica y la filosofía también tienen parte en su dilucidación.
Este dato se debe tener muy en cuenta cuando se aborde, al final de este artículo, la problemática de las pasiones; aquí aparece de manera precoz la impronta germánica en su forma de encarar la presentación del texto, descartando de plano la posibilidad de que solo sea suficiente una mirada científica.
El autor plantea que el método que adoptó en todo el trabajo es el Análisis; entendiéndolo como el único criterio de prueba de la verdad, no solo en cuestiones de sentido externo sino también en objetos de razonamiento abstracto «ya que al realizar este tipo de investigación, cada componente o elemento constituyente debe ser examinado por separado; este es el modo más seguro de detectar errores, y como con él se aclaran todas las ideas complejas, en la medida que las partes individuales que las componen están claramente representadas en la mente, es el mejor modo de establecer resultados bien fundados» (Crichton, 2013, p.
Destacando, a continuación, que el éxito o el fracaso del Análisis dependerán del conocimiento previo de la persona que lo realiza, ya que requiere que quien emprenda la tarea esté familiarizado con la mente humana normal; debiendo el investigador aunar una visión clara y serena con la imparcialidad del historiador natural: «Obviamente se requiere que quien emprenda la tarea de examinar de este modo esta rama de la ciencia esté familiarizado con la mente humana en estado saludable, y que no solo sea capaz de abstraer su propia mente y ponerla fuera de sí mismo, por así decirlo, para poder examinar con la libertad y con la imparcialidad de un historiador natural, sino que también debe poder tener una visión clara y serena de cada causa que tiende a afectar las operaciones saludables de la mente y rastrear sus efectos.
Debe ser capaz de volver a la infancia y ver como la mente esta modelada por la formación recibida...»
Dora Weiner se detiene especialmente en este pasaje y lo relaciona, sagazmente, con las posteriores elaboraciones de Sigmund Freud (Weiner, 1990, p.
Luego de desmembrar el todo, descomponiéndolo en sus partes o elementos para observar las causas, la naturaleza y los efectos de las partes constitutivas del fenómeno en estudio, el investigador, explica Crichton, debe proceder en forma inversa: «Cuando el trabajo del Análisis está completo, queda la parte más útil y difícil, la de aplicar el resultado o el principio general para explicar y ordenar los hechos individuales» (Crichton, 2013, p.
Crichton relata que su interés por los trastornos de la mente humana se vieron reavivados a partir de recibir una publicación alemana, muy reputada en la época, que le fue recomendada por dos de sus mentores, los profesores Blumenbach y Arnemann12.
Se trataba del Magazine zum Erfahrung Seelenkunde compuesta por ocho volúmenes y dirigida por Charles Moritz y Salomón Maimón13.
Si bien, por un lado reconoce que la gran mayoría de los casos carecían de interés ya que eran enviados a los editores por distintas personas y no eran atrayentes para el profesional, por otra, el método desplegado en los mismos ejerció una profunda seducción en su espíritu debido a que en los mismos se describían casos de mentes alteradas contados en forma detallada y satisfactoria, como nunca antes había leído («... los alemanes prácticamente nos igualan en la debilidad por lo maravilloso, y debemos confesar que la Revista de Experiencia Psicológica contiene un amplio y rico surtido de materiales con los cuales este frágil deseo puede ser complacido.
Las historias de sueños proféticos, sorprendentes inspiraciones y advertencias ocupan gran parte de la obra e, independientemente de ellas, la larga y frecuentemente tediosa relación de los sentimientos morales de los sordos, la historia de los crímenes, etc., en general no le interesan al médico») (Crichton, 2013, pp. 191-192).
La gran admiración que profesaba hacia la cultura alemana era el facilitador que le permitía aprovechar esos aportes, que en esos tiempos eran soslayados por los galenos franceses, quienes excepcionalmente hablaban alemán y estaban más concentrados en sus propias elaboraciones.
Podría decirse que Crichton aportó el toque de observación clínica que faltaba a los casos de los filósofos-psicólogos alemanes, ya que estos no eran médicos.
El corolario del método estaría dado por un intento básico, pero dirigido, de organizar y cuantificar las observaciones y es justamente en ese punto donde radicaría la diferencia entre el médico y el filósofo: «Es esto, efectivamente, lo que distingue al hombre de ciencia del mero intelectual» (Crichton, 2013, pp. 193).
Entre los referentes teóricos de Crichton, con quienes ora se inspira y ora discute discute, caben destacar dos grupos, uno alemán y el otro inglés, que lo influenciaron de manera concreta; en el primero encontramos a Johann Augustus Unzer (médico y psicólogo, sensualista, que tuvo un gran ascendiente sobre los médicos ingleses), a Hermann Ewald (con su trabajo «Sobre el corazón humano») y a Karl Schmidt (filósofo y teólogo, reputado pensador kantiano).
En el segundo debemos subrayar a John Locke (pensamiento filosófico empirista, crítico al innatismo y al racionalismo para poner el eje en la experiencia concreta), a Thomas Reid (contemporáneo de David Hume, opuesto a Locke, influencio a la filosofía francesa de comienzos del siglo XIX) y Joseph Priestley (científico, teólogo, filósofo y educador, inventor del agua carbonatada y creador de la teoría del flogisto) (Stagnaro, 2013).
LA MENTE, EL ENVEJECIMIENTO Y LA ATENCIÓN
El Libro II, que será motivo de este apartado, intenta definir en su primera parte la naturaleza de la mente; aunque Crichton aclara desde el inicio que esa es una tarea ímproba («... como tratar de averiguar solo a través del pensamiento la naturaleza del Todopoderoso, si existió antes de los tiempos, o si Él mismo tuvo un comienzo») (Crichton, 2013, pp. 294).
Es importante remarcar que permanentemente, a lo largo de toda la obra, se hace mención a los límites del conocimiento humano, una apelación a una suerte de humildad epistemológica, bastante ausente en la mayoría de sus contemporáneos («... los límites de la razón humana están claramente marcados y pueden ser fácilmente discernidos por cada investigador, cualquiera sea el grado de entusiasmo con que lleva a cabo sus investigaciones, siempre y cuando su juicio no sea cautivado por la pasión del orgullo, o no este cargado del prejuicio extraño e inamovible acerca de que los poderes y la perfección del hombre no tienen límites») (Crichton, 2013, p.
294); la combinación entre el materialismo médico y la especulación filosófica alcanza su máxima expresión en este capítulo, debido al tenor de los temas que son abordados en el mismo.
Alertando contra aquellos que sacan conclusiones con demasiada rapidez, ya que la premura, dice Crichton, es enemiga del pensamiento; la transformación de conjeturas en hipótesis, en un tema tan delicado como la naturaleza de la mente «... no debemos quedarnos satisfechos con las analogías más imprecisas que parecen cautivar a los hombres de gran imaginación y abstenernos de investigarla más a fondo» (Crichton, 2013, p.
El autor discute con los investigadores de su época, sin privarse en ningún momento de criticarlos a través de una fina ironía «... algunos filósofos imaginaron que no había más de una clase de materia primitiva o elemental; y otros, al adoptar esta noción, parecen haberse regocijado de no estar ubicados en la escala de la naturaleza por encima de un pedazo de granito.
Sin embargo, cada hecho que nos brinda la experiencia se opone a dicha conjetura [...] la mente tiene facultades y principios, pero esta es una circunstancia que hasta ahora ningún escritor de psicología ha observado suficientemente») (Crichton, 2013, p.
La diferencia que establece entre facultad y principio de la mente es la que le permite avanzar en una interesante polémica con Priestley: «... las facultades modifican las impresiones sensoriales de varias maneras, proporcionándoles nuevas características y cualidades y convirtiéndolas en objetos de pensamiento y razonamiento [...] por otra parte los principios de la mente no modifican las impresiones sensoriales, que si son puestas en acción por ellos, y su acción se transfieren a las facultades...»)
La concepción de la ciencia que tenía Priestley concebía a la ciencia fue una parte integrante de su teología y, a lo largo de sus investigaciones, trató de fusionar el racionalismo de la Aufklarung con el teísmo cristiano; así como en sus obras de metafísica, se esforzó por combinar el teísmo con el materialismo y el determinismo (Tapper, 2002).
Partiendo de esta diferenciación Crichton avanza en la crítica de la obra del célebre científico, teólogo y filósofo inglés cuando sostiene enfáticamente que «... de todas las especies de materialismo, esa me parece ser la más absurda de todas, la cual se basa en la suposición de que el cerebro y la mente son una sola misma sustancia.
Sin embargo, esta doctrina es aceptada por quien ha agregado hechos más útiles a la ciencia y más adornos a la filosofía que cualquier otro escritor moderno».
La polémica adquiere ribetes muy personales, en tiempos donde las opiniones eran vertidas sin ninguna moderación: «A fin de demostrar el gran peligro de dicho razonamiento, o más bien de dichas aseveraciones (ya que no merecen llamarse razonamiento) solo tenemos que leer el trabajo del doctor Priestley al que se hace alusión y ver en que dilema cae por un modo similar de argumentación.
De hecho él niega que la solidez y la extensión sean cualidades de la materia, y las define como simples centros de atracción y repulsión.»)
La conclusión a la que arriba Crichton es, que un cerebro enfermo ocasiona trastornos en la mente, entendiendo por cerebro enfermo a aquel afectado por las alteraciones de la irrigación que se producen a partir de «... los casos de fiebres e inflamaciones generales y locales de distintas clases».
La mejoría siempre conlleva, según nuestro autor, una recuperación de las facultades mentales alteradas.
Finalmente y como corolario de su teoría de la mente finaliza diciendo: «... la conclusión que podemos sacar a partir de estos hechos es en favor del materialismo, y es que la mente no es la sustancia del cerebro, sino la sangre o los fluidos segregados de ella en el cerebro» (Crichton, 2013, p.
En las páginas dedicadas al proceso de envejecimiento cuestiona profundamente la teoría sostenida por la mayoría de los psicólogos de la época que afirmaba que a medida que nuestro cuerpo envejece y se debilita las facultades mentales decaen en forma irremediable; el desarrollo de algunas cuestiones en torno a la vejez se compadecen de la discusión acerca de la materialidad del alma que se viene comentando en este apartado.
En efecto, en palabras de Crichton: «... si se puede probar que la mayoría de las personas que ejercitan debidamente la memoria, la imaginación, el juicio y todas las demás facultades mentales, mejoran gradualmente su mente mientras su cuerpo va decayendo, es seguramente más que una prueba supuesta el hecho de que los elementos del alma (si se me permite la expresión) son muy distintos de los materiales que componen el cuerpo» (Crichton, 2013, p.
Para apoyar sus ideas cita al conocido Ensayo sobre la Ancianidad escrito por Marco Tulio Cicerón14, donde se pueden encontrar numerosos ejemplos de hombres cuyo intelecto se mantiene totalmente vigoroso luego de que sus fuerzas físicas han desaparecido casi por completo («Platón muere a los ochenta y un años mientras trabajaba en la elaboración de una obra.
Isocrates finalizó su Panathenaicus a los noventa y cuatro años de edad y su maestro Leontinus Gorgias trabajaba igual que cualquier hombre a la edad de ciento siete años») (Crichton, 2013, p.
Para dar más fuerza aun y potenciar sus argumentos selecciona algunos ejemplos más contemporáneos de ancianos lúcidos que grafican su pensamiento («...
Lord Mansfield, el Dr. Samuel Johnson, Voltaire, Erasmo Darwin, autor de Zoonomia y The Botanic Garden ¿no son pruebas directas de que la mente sigue mejorando luego de que el cuerpo comienza a decaer?
Sir Isaac Newton, cuando estaba cerca de cumplir ochenta años resolvió el famosos problema de las trayectorias, el cual había enviado Leibniz a este país con el objeto de hacer pensar al primer matemático de la época») (Crichton, 2013, p.305).
Con estos ejemplos de envejecimientos exitosos el autor intenta demostrar que «Para ser justos es necesario mencionar que, a pesar de que se puede probar que los fenómenos de la mente son muy distintos de los que parecen pertenecer al cerebro y a los nervios, no aclaran la duda en cuanto a la materialidad o inmaterialidad del alma ya que, a pesar de ser esencialmente diferente al cerebro, aun así puede ser materia» (Crichton, 2013, p.
A lo largo de toda la obra Crichton procura separar aquellas cuestiones que podríamos llamar científicas, que se sostienen por argumentos, de aquellas otras que el mismo denomina creencias, totalmente subsumidas a cuestiones inmanentes al mundo de la fe, alejado del mundo de las ciencias («... aquellos que piensan que no es materia, no basan su opinión en argumentos sino en creencias.
La evidencia de nuestros sentidos, la fuente principal del conocimiento, no nos enseña ningún hecho similar a esto.
La doctrina sobre las inmaterialidades es, por lo tanto, un tema de fe y no de razón»).
En este pasaje se advierte que el énfasis esta puesto en que los sentidos son la clave de todo intelección y de todo saber, y nada puede haber que vaya más allá de los mismos («... esta suposición lo lleva a investigar qué es eso llamado materia, y pronto descubre, si no es corrompido por ninguna hipótesis, que no puede obtener desde la experiencia una idea clara de su naturaleza real») (Crichton, 2013, p.307).
Las ideas que Crichton esboza acerca del fenómeno del envejecimiento no fueron rescatadas por los científicos que lo sucedieron, quedando más bien como especulaciones filosóficas (a la manera del malogrado Cicerón), permaneciendo sumergido dicho proceso en una continuidad de prejuicio que llega aún hasta nuestros días.
Para continuar, cabe una mirada al capítulo que se ocupa de la atención y sus enfermedades; en principio Crichton la reconoce como una de las facultades de la mente.
Para comenzar el autor formula la atractiva hipótesis según la cual plantea las diferencias cualitativas en cuanto a la capacidad de prestar atención por parte de los diferentes individuos; y se detiene, especialmente, en la predisposición que manifiestan algunas personas a experimentar ciertas pasiones o emociones (un anticipo del Libro III) y no otras: «... un hecho fácilmente comprobable por la experiencia diaria es que algunos hombres, debido a su organización o constitución corporal, son más propensos a ciertas emociones y pasiones que a otras como, por ejemplo, las emociones violentas de la ira y sus modificaciones, las emociones del temor, el deseo sexual y sus modificaciones, etc.»
Propone que ciertas direcciones de la atención, más allá de que «... a pesar de que los deseos y emociones a las cuales ciertos individuos están sujetos por la conformación original de los nervios, y que le otorgan, necesariamente, una preferencia a la facultad de la atención, especialmente entre los hombres más ignorantes y salvajes, y los llevan a involucrarse con los objetos que provocan estas afectaciones», pueden ser modificadas con la enseñanza y el aprendizaje aplicados con sabiduría durante la primera infancia.
El enfoque siempre es equilibrado, ya que siempre al bagaje biológico le suma los elementos provenientes de la vida de la persona («... nuestro modo de educación, nuestros pasatiempos, nuestra profesión y por otras relaciones cotidianas con el mundo externo») (Crichton, 2013, p.
Crichton describe, luego, lo que el denomina «enfermedad de la atención» y la caracteriza de la siguiente manera: «... surge en forma casual [...] es inducida también por problemas estomacales, por la clorosis y la hidrofobia [...] cada impresión parece generar agitación en la persona y un grado antinatural de inquietud mental [...]
Personas yendo y viniendo en un lugar, un ruido, una mesa que se mueve, una puerta que se cierra en forma repentina, el ligero exceso de calor o frío, mucha luz o muy poca luz, son causas que destruyen la atención constante en dichos pacientes, ya que es cautivada fácilmente por cada impresión») (Crichton, 2013, p.
El autor dedica varias páginas al tema de la educación, siendo muy crítico con la misma («... ¿no es frecuente que un niño sea sometido a la fatigosa tarea de cargar su memoria con meras palabras y que las facultades activas de su alma se tornen inertes...?»), llegándola a acusar de haber malogrado no pocos talentos que terminaron perdiéndose en «la fatiga mental o adquiriendo gran desagrado por la instrucción porque los estímulos adecuados que atraen su atención no se han descubierto a tiempo» (Crichton, 2013, p.314).
La formación, la enseñanza y el aprendizaje eran una de las obsesiones de Crichton y de su época, y aun en una sección del libro como ésta, dedicada a aspectos semiológicos y teóricos, abundan las reflexiones consagradas a la instrucción y sus consecuencias.
Es en esta línea que sostiene que en muy contadas ocasiones se tienen en cuenta los aspectos singulares de los individuos a la hora de definir su formación: «Desafortunadamente, sucede que el tratamiento mental de los niños, no solo en los colegios y en las academias, sino también en los hogares es, en general, el mismo para todos, y algo similar sucede con las niñas.
Pocas veces se tienen en cuenta las peculiares idiosincrasias o tendencias individuales» (Crichton, 2013, p.318).
Las descripciones que siguen están relacionadas con aquellos infantes que «requieren distintos objetos de estudio para poder llamar su atención en forma suficiente y ejercitar sus mentes en forma adecuadas».
Dice Crichton: «Todo profesor debe haber observado que para muchos las monótonas y difíciles gramáticas del latín y del griego son tan desagradables que ni siquiera el miedo a la varilla o el trato indulgente genera que presten atención.
Si se determina que un niño de esta disposición no es deficiente en cuanto a la comprensión natural, ¿Por qué se pierden tantos años en infructuosos intentos que seguramente son fastidiosos para el tutor y perjudiciales para los niños?
¿Un médico sabio consideraría que un tipo de alimentación seria apropiada para todo tipo de complexión?
Se puede ver que en general los niños con voluntad se interesan fácilmente por otras ramas del estudio.
Si ese es el caso, la inclinación natural de la mente no debería ser frustrada a la fuerza ni abandonada» (Crichton, 2013, p.
En este capítulo así como en los anteriores y en los subsiguientes los nervios y sus conexiones ocupan un lugar central en la obra crichtoniana, ya sea por déficit o por exceso están siempre involucrados en las diversas afecciones descriptas («Se ha comentado que la debilidad y el letargo del cuerpo son causas que debilitan la atención debido a que los nervios de dichas personas no transmiten las impresiones recibidas con el grado necesario de intensidad y claridad») (Crichton, 2013, p.319).
CRICHTON, PINEL, ESQUIROL Y LAS PASIONES
El Libro III trata sobre las pasiones y sus efectos, y es, sin duda, la parte más visitada y conocida de la obra de nuestro autor a pesar de que este fenómeno dista mucho de alcanzar la difusión que merece; este hecho estaría relacionado con que el énfasis puesto por el médico escocés en el estudio de las pasiones aparentemente influenció el pensamiento tanto de Pinel como de Esquirol (Weiner, 1999; Stagnaro, 2013); para Crichton la clave residía en una prolongada observación de los sentimientos de los pacientes, expresados en palabras, gestos o actitudes ya que esta estrategia era la única que permitía arribar a un diagnóstico, manteniéndose alejado de cualquier tipo de especulación.
En este punto podemos decir que los caminos del escocés y del francés se cruzan, ya que ambos proponían poner el foco en el paciente.
De todas formas Pinel va mas allá debido a la propuesta y a la sistematización del tratamiento moral, mientras que con su Inquiry...
Crichton realiza un aporte único y aislado al nacimiento de la especialidad.
De todas formas podemos decir que al intentar hacer desaparecer todo atisbo de juicio o de moralización se da un paso trascendental en la transformación del loco en paciente.
Los capítulos sobre la alegría, la tristeza, la melancolía, el miedo, la ira y el amor, pasajes clave para entender la concepción del autor acerca de las pasiones, constituyen un intento de desarrollar una psicopatología puramente fisiológica, y totalmente independiente de consideraciones éticas o morales.
En sus propias palabras: «... los moralistas y los metafísicos han escrito mucho, pero se han limitado solamente al ámbito moral y metafísico; las investigaciones que han realizado no son útiles para el médico [...] las pasiones deben considerarse desde un punto de vista médico y deben examinarse con el ojo de un historiador natural y la imparcialidad de un filósofo [...] no nos concierne si las pasiones se consideran afecciones naturales o antinaturales o morales o inmorales [...] son fenómenos cuyas causas naturales deben ser investigadas» (Crichton 2013, p.
Pinel conocía los postulados de Crichton16; esto queda demostrado en la introducción de la primera edición del Traité17, en 1800 (Pinel, 1988, pp. 37-56), donde el francés sostiene que el libro de Crichton es, en líneas generales, un trabajo profundo que propone fundamentalmente nuevas observaciones basadas en la moderna fisiología de la época, dedicando más de veinte páginas a desarrollar sus ideas al respecto del texto del inglés; Berrios sostiene que Pinel estaba profundamente impresionado por el hecho de que Crichton usara el concepto de pasión en su Libro III en forma fisiológica, no metafísica («... sin ningún tipo de referencias a la moralidad o a la inmoralidad») (Berrios, 2006, p.
Charland argumenta que lo que más impresiono a Pinel y a Esquirol fue el rastreo riguroso de la psicopatología de las pasiones, retomado por estos autores en sus propias elaboraciones acerca de cuál era el lugar de la pasión en la enfermedad mental; asimismo sostiene que la mirada de Crichton era puramente fisiológica, soslayando cualquier tipo de aporte filosófico, ético y moral, a pesar de tomarlos en cuenta (Charland, 2008).
Berrios problematiza en detalle la cuestión de las «nuevas observaciones», planteando en forma enfática que en el libro de Crichton no existe ninguna nueva observación (en el sentido de aporte personal u original), ya que todos los casos presentados fueron tomados prestados de la fisiología de Unzer y de la Revista de Experiencia Psicológica.
Nuestro autor comenzó a recolectar material para su libro a los treinta años de edad, hasta entonces su experiencia en diagnósticos de locura o en manejo de este tipo de pacientes era inexistente.
Berrios concluye (diferenciándose de Weiner) en que las influencias de Crichton sobre los franceses no quedan del todo aclaradas.
Pareciera que el escocés impresionó más a Esquirol que a Pinel, ya que el primero dispuso de tiempo para leer su obra antes de publicar su tesis, mientras que si bien Pinel conocía el trabajo de Crichton previamente a la publicación de la primera edición de su tratado, las ideas principales sobre las pasiones ya habían germinado en su mente con anterioridad a la redacción; y en la segunda edición del Tratado le dedica solamente dos páginas de la introducción, reduciendo drásticamente el reconocimiento y la valoración del trabajo del inglés (Berrios, 2006; Charland, 2008).
La tesis de Esquirol Des passions... publicada en 1805, nos remite desde su título a la obra de Crichton, que sin duda fue leído y estudiado detenidamente por el autor francés (Esquirol, 1805).
Un planteo que subyace a estos trabajos es el uso que se le podría llegar a dar a las pasiones en el tratamiento de los pacientes; Weiner plantea que Pinel y Crichton proponían que si el paciente comprendía sus pasiones erradas podía llegar a cambiar sus conductas, mientras que Esquirol proponía usar las pasiones como un tratamiento de shock que permitiera que el paciente recuperara la razón (Weiner, 1990).
Es tentador pensar a Crichton, siguiendo la opinión de Weiner, como el eslabón perdido entre la clínica francesa y la alemana ya que como se ha consignado antes en este trabajo, las vicisitudes de su formación le permitieron sintetizar y aplicar los aportes obtenidos en un modelo de pensamiento original que posteriormente no fue retomado por otros autores, a diferencia de la saga iniciada, continuada y profundizada por Pinel y Esquirol18.
De todas formas, consideramos que las relaciones, similitudes y diferencias entre estos autores están lejos de haber sido investigadas a fondo, creemos que es necesario avanzar aún más en la lectura crítica de Crichton, consideramos que sería adecuado intentar una sistematización (cosa que si se ha hecho con la obra de Pinel) debido a que existen numerosos matices que no han sido considerados; tal vez quien más se acercó a ello fue Charland, pero su trabajo se centra en el Libro III acerca de las pasiones (Charland, 2008), quedando el resto de la obra fuera de su foco de análisis. |
Los aportes de Johann Christian Reil al nacimiento de la psiquiatría
Las Rhapsodieen... de Johann Christian Reil (1759-1813), editadas en 1803, dieron un impulso decisivo para las reformas de la atención y el tratamiento de los enfermos mentales en Prusia.
Reil, profesor en la Universidad de Halle, sostenía que las causas de las enfermedades humanas no se pueden distinguir entre puramente mentales, químicas o físicas, sino que resultan de una esencial interacción entre estos tres dominios.
Además, formuló las bases de una nueva especialidad, a la que denominó psiquiatría, planteó los derechos de los enfermos mentales, denunció los efectos del estigma social que los afecta, defendió la creación de instituciones especializadas adecuadas para ellos, enfatizó la responsabilidad del gobierno y la sociedad toda ante los ciudadanos aquejados de esos trastornos y propuso a la cura psíquica como un tratamiento esencial, tanto para las enfermedades mentales como para las somáticas, en un plano equivalente a los tratamientos farmacológicos y a la cirugía.
Las ideas de Johann Christian Reil en relación a los derechos de los enfermos mentales, la creación de hospitales humanizados para ellos, la lucha contra los efectos del estigma que portan y la responsabilidad de los gobiernos y la sociedad toda ante esos problemas sanitarios y sociales, imprimieron un impulso pionero para las reformas de las instituciones prusianas dedicadas a los alienados hacia finales del siglo XVIII y primeras décadas del XIX.
Por otro lado, los conceptos y argumentaciones incluidos en su artículo de 1808 (vide infra) (Reil), en el que defiende la creación de una disciplina médica independiente denominada psiquiatría, basados en gran medida en su anterior y más conocido libro: Rhapsodieen über die Anwendung der psychischen Curmethode auf Geisteszerrüttungen (Reil, 1803) fueron centrales para definir la especificidad de la nueva especialidad que proponía.
Reil reflexionó sobre sus aspectos principales e introdujo la idea de la cura psíquica en la medicina, a la cual calificó como un tratamiento esencial, tanto para las enfermedades mentales como para las somáticas, equivalente a los tratamientos farmacológicos y a la cirugía1.
Johann Christian Reil, hijo del pastor luterano Johann Julius Reil y de Anna Jensen-Streng, nació el 20 de febrero de 1759 en Rhaude (Frisia Oriental).
En abril de 1779 Reil inició sus estudios de medicina en la Universidad de Göttingen, y luego los completó en la Universidad de Halle2, adonde tuvo como maestro de anatomía y cirugía a Phillipp Meckel (1755-1803), y de medicina a Johann Goldhagen (1742-1788).
El 9 de noviembre de 1782, culminó su carrera con una disertación sobre las enfermedades biliares (Tractatus de polycholia).
Poco después se trasladó a Berlín adonde siguió los cursos del Colegio de Medicina y Cirugía que estaba asociado al célebre hospital de la Charité; el mejor equipado y frecuentado por los más reputados médicos de Prusia.
Herz director, a la sazón, del hospital judío, había dictado, a principios de 1777, las primeras conferencias sobre el tema, introduciendo el pensamiento del filósofo de Königsberg en los círculos intelectuales de Berlín.
En 1783 Reil volvió a Rhaude y practicó la profesión, hasta que, en 1787, Goldhagen lo convocó para ocupar un cargo docente en la Universidad de Halle.
Seis meses después de comenzar su enseñanza fue promovido a profesor asociado, el año siguiente sucedió a su mentor en los cargos de profesor titular y director de la clínica universitaria y un año después obtuvo el cargo de médico oficial de la Municipalidad (Stadtphysikus).
En 1788 el flamante profesor contrajo matrimonio con Johanna Wihelmina Leveaux, miembro de una prominente familia, con la que tuvo seis hijos y con la que residió en Halle durante veintidós años (The Dictionary of Eighteenth Century German Philosophers, 2010).
En 1793, Reil ingresó a la más antigua sociedad científica alemana, la Academia Leopoldina Alemana de Ciencias Naturales, pero nunca ingresó a la Academia de Berlín.
Tras la derrota de Napoleón y su ejército en Rusia en el invierno de 1812, Prusia se separó de Francia y se alió con Austria, Rusia y Gran Bretaña.
Reil se sintió obligado a participar en los hechos políticos y militares que se desencadenaron y asumió el cargo de inspector de los hospitales de campaña al este del río Elba y director de los hospitales de Leipzig y Halle.
Entre el 16 y el 19 octubre 1813, tuvo lugar la batalla de Leipzig, también llamada la Batalla de las Naciones.
Ese episodio bélico en el que participaron 500.000 soldados de ambos bandos y dejó un saldo de cerca de 100.000 muertos, marcó el ocaso de Napoleón Bonaparte.
Los heridos y los enfermos fueron transportados a los hospitales de Leipzig, que fueron dirigidos directamente por Reil, quien contrajo el tifus, durante la gran epidemia que afectó a las tropas, y falleció el 22 de noviembre 1813 en la casa de su hermana en Halle a los 54 años de edad.
LA MEDICINA ENTRE EL VITALISMO ILUSTRADO Y LA NATURPHILOSOPHIE
Entre 1796 y 1815 aparecieron 12 volúmenes de los Archivos de Fisiología (Archives für Physiologie), fundada por el profesor de Halle, que fue la primera revista científica dedicada al tema.
El primer número de la revista incluyó el ensayo pionero de Reil, «Sobre la fuerza vital» (Von der Lebenskraft), en el cual rechazaba el animismo de Stahl (Cerezo, Montiel, 1985).
Además de los Archives für Physiologie, Reil impulsó la edición de otras dos revistas, de breve aparición: Magazin für die psychische Heilkund (que se publicó durante 1805), co-editada con el filósofo A. B. Kayszler (1769-1821), y Beyträge zur Beförderung einer Kurmethode auf psychischem Wege (Trabajos para la promoción de un método de curación por vía psíquica), co-editada con el filósofo J. C. Hoffbauer (1766-1827), también profesor en la universidad de Halle, que apareció entre 1808 y 1812 (The Dictionary of Eighteenth Century German Philosophers, 2010).
Durante sus últimos años en Halle, Reil se interesó en la neuroanatomía; al parecer estimulado por la enseñanza impartida en 1805 por el anatomista y frenólogo Franz Joseph Gall (1758-1828)3.
Realizó varios estudios sobre el cerebelo, y, entre 1807 y 1809, publicó trabajos en los que, entre otras observaciones, realizó la descripción de la corona radiata, del sulcus circularis, del lóbulo de la ínsula y de la vía del tronco cerebral que lleva la información sensorial desde los núcleos cuneiforme y grácil al tálamo denominada lemnisco medial, también conocida como la banda o cinta que lleva su nombre.
Por esos aportes, Reil ha sido considerado uno de los fundadores de la neurología (Binder, Schaller, Clusmann, 2007).
Por otro lado, sus textos sobre la fiebre y la terapéutica lo convirtieron en uno de los principales médicos internistas alemanes de su época.
Su interés en la hidroterapia lo llevó a abrir durante sus últimos años en Halle una institución —de las primeras en Alemania— dedicada a la aplicación de esa técnica.
Hacia el final de su carrera, en 1810, se trasladó a la recientemente fundada Universidad de Berlín invitado por Wilhelm von Humboldt (1767-1835), a la sazón ministro prusiano de la educación, quien consultó a Reil y a Christoph Hufeland (1762-1836) sobre la orientación que debía tener la educación médica, en Prusia y, en particular, en Berlín.
Reil abogó por una educación científica clásica.
En 1816, habiendo presenciado cómo mataban a los pacientes con largas enfermedades, generalmente por asfixia, publicó trabajos sobre el tema de la eutanasia, defendiendo el alivio del malestar agónico corporal y emocional, pero no la aceleración de la muerte (The Dictionary of Eighteenth Century German Philosophers, 2010).
Según Reil, para que la medicina se convirtiera en una ciencia, todas sus explicaciones debían basarse totalmente en causalidades eficientes y los poderes y las fuerzas debían entenderse como fundamentados en la materia misma.
La noción de «órgano del alma» (Seelenorgan), creada por Samuel Thomas Sömmerring (1755- 1830), (Sömmerring, 1796), enriquecida con sus investigaciones en anatomía, fisiología y neurología, fue utilizada por Reil como modelo en su intento de integración de la enfermedad mental y la enfermedad física.
La visión kantiana sobre la ciencia y la naturaleza tuvo, en efecto, una fuerte influencia inicial sobre el pensamiento de Reil; aunque luego sus trabajos mostraron un progresivo acercamiento a la Naturphilosophie de Friedrich von Schelling (1775-1854)4.
LA CREACIÓN DE LA PALABRA «PSIQUIATRÍA»
En la primera parte (1808) de la obra citada editada con Hoffbauer, aparece el artículo de Reil, Über den Begriff der Medizin und ihre Verzweigungen, besonders in Beziehung auf die Berichtigung der Topik in der Psychiaterie, en el que trata de la medicina y sus ramas, y en el que aparece por primera vez la palabra «Psychiaterie», que él mismo transformó años después en «Psychiatrie» (Marneros A, Pillmannn F, 2005).
La terminación «-iatría» (del griego iatros, «médico») demostraba, en la argumentación de Reil, que la psiquiatría formaba parte esencial de la medicina y no de la filosofía o la teología.
La génesis del nuevo vocablo se apoyó en numerosos argumentos teóricos y prácticos documentados en el mencionado artículo.
En efecto, las dos razones principales de Reil para establecer esa nueva especialidad médica fueron, en primer lugar, el principio de continuidad entre psique y soma; y, en segundo lugar, el principio de inseparabilidad entre psiquiatría y medicina.
De acuerdo con sus argumentos las causas de las enfermedades humanas no se pueden distinguir entre puramente mentales, químicas o físicas, sino que resultan de una esencial interacción entre estos tres dominios.
Con esa concepción del enfermar, Reil introducía los fenómenos mentales en el conjunto de la medicina e incluía en ella a las enfermedades mentales, oponiéndose a la pretensión de los filósofos de comprender a éstas últimas en una psicología filosófica.
Por otro lado, Reil estaba convencido de que la psiquiatría era una de las tres ramas mayores de la medicina —siendo las otras dos la farmacia y la cirugía (incluyendo en ella a la medicina interna)— sugiriendo, en consecuencia, en su tercera Rapsodia, que las escuelas de medicina debían otorgar diplomas de doctor en farmacia, en cirugía y en psiquiatría (Rapsodia 3, p.
Después del artículo de Reil, publicado en 1808, el término psiquiatría casi no fue utilizado hasta 1810, cuando su discípulo y sucesor, Christian Friedrich Nasse lo empleó como parte del título de las clases que dictaba en la Universidad de Halle (Psychiatrievorlesungen); y, diez años después, Johann Christian August Heinroth (1773-1843), introductor, a su vez, del término «psicosomático/a», introdujo por primera la palabra «psiquiatría» en un libro de medicina, el Lehrbuch der Störungen des Seelenlebens oder der Seelenstörung und ihrer Behandlung –aus rationaler Sicht5, de 1818.
LAS RAPSODIAS DE REIL UN APORTE A LAS BASES CONCEPTUALES DE LA «PSIQUIATRÍA»
En 1803, Reil publicó un libro por el que lo iba a recordar la posteridad: las Rhapsodieen über die Anwendung der psychischen Curmethode auf Geisteszerrüttungen.
Destinadas a aparecer en entregas semestrales en una revista inspirada por un teólogo y predicador luterano adherente al movimiento filantrópico, y amigo del autor, Heinrich Balthasar Wagnitz (1755-1838)6, las Rhapsodieen
fueron rechazadas debido a que el reducido espacio previsto para desarrollar el tema en dicha publicación volvían impracticable la publicación de un texto tan extenso (Weiner, 1990, p.
Reil optó entonces, no sin dirigir ciertas ironías a Wagnitz en la Introducción —a quien no obstante le dedica su obra— por hacer editar las Rapsodias en un solo volumen, por un librero de Halle.
El término Rapsodia empleado en el título ha llamado la atención de los autores (Garrabé, 2008)7.
El libro está dividido en 28 apartados o artículos, las Rapsodias, de diferente extensión, que completan un volumen de 504 páginas en el original (Reil, 1803).
Acerca de la reforma de las instituciones para enfermos mentales en Prusia
En la Rapsodia 18, el autor describe las miserables condiciones de las instituciones de la locura de la época y llama a la solidaridad con los sujetos recluidos en ellas.
Su argumento va más allá de la piedad, y conmina a los llamados cuerdos a sensibilizarse ante una desgracia a la que «estamos todos expuestos y no podemos evitar ni por el entendimiento, ni por el rango, ni por la riqueza».
En otras palabras, Reil exhorta a no estigmatizar al loco y apartarlo con crueldad e indiferencia porque lo que le ocurre es un desarreglo de una dimensión de lo humano que todos poseemos y que también podemos sufrir.
Al igual que otros médicos filántropos, como Battie, Colombier, Chiarugi, Esquirol, Pinel, Reil también denuncia las condiciones en las que viven y son tratados los enfermos mentales: «Encerramos a estas desdichadas criaturas como a criminales en el fondo de fosos, en prisiones desiertas, [...] más allá de las puertas de las ciudades, o en los subterráneos húmedos de las casas de detención, donde nunca entra la mirada compasiva de un amigo de los seres humanos, y los dejamos ahí, cargados de cadenas, para consumirse en su propia basura [...]
Los libramos a la curiosidad del populacho, y el guardia ávido de ganancia los arrastra, como a bestias raras, para divertir a los espectadores en juerga [...]
Epilépticos, dementes, charlatanes y sombríos misántropos flotan mezclados en el más completo desorden.
El mantenimiento de la paz y el orden reposa sobre principios de terror.
Varas, cadenas y prisiones están al orden del día [...]
En la mayor parte de las casas de alienados, las habitaciones son estrechas, asfixiantes, oscuras, superpobladas...».
Y acusa a los ricos y al gobierno de esa escandalosa situación «El hombre de negocios tiene cosas más importantes que tratar, y el Estado, como el fariseo, pasa frío e insensible».
En la Rapsodia 29 Reil, señalando los inconvenientes de mantener al loco en su ambiente habitual (coincide en la necesidad de la internación) por los estímulos que continúan perturbándolo y por carecer de medios adecuados para tratarlo, aconseja enfáticamente que «las instituciones públicas de locos deben ser la base del tratamiento de este tipo de enfermos».
Y describe enseguida los dos tipos de esos establecimientos con los que se debe contar según los objetivos a alcanzar: «Por un lado, son establecimientos de guarda y cuidado de los alienados incurables.
Estos establecimientos deben ser construidos de acuerdo con los siguientes principios: 1) cuidar y custodiar al alienado de manera que no se dañe a sí mismo y no dañe a otros; 2) ofrecerle todos los medios apropiados a su estado para que goce felizmente de su existencia; 3) finalmente, incitarlo a la actividad en la medida de lo posible».
El segundo tipo de institución debe estar destinado a «... liberar a los alienados subjetivamente susceptibles de ser curables de su enfermedad».
En consecuencia, se pregunta en la Rapsodia 2310: «¿Cómo se debe organizar una casa de alienados para que, siendo un establecimiento de cura, corresponda de la manera más perfecta posible a su finalidad?» y, a continuación, detalla toda una serie de características y recursos que deben tener los establecimientos de custodia y los de curación, destinados a los enfermos incurables y a los curables, respectivamente.
Enumera así una serie de características que deben tener los del segundo tipo:
«Debe ser construida de tal manera que todos los recursos necesarios para la curación de los enfermos estén disponibles».
Debe admitir solo a los enfermos curables.
El establecimiento debe contar con una organización y un personal para aplicar la «cura farmacéutica» y, «... sobre todo, el método de cura psíquica...».
Las instalaciones técnicas, deben ser como las de todo hospital, siguiendo los criterios de los doctores Marcus11, Howard12, y Krünitz13: «Los cuartos deben estar amueblados sencillamente, y ser calefaccionados»; la mejor disposición es la de una «... granja, que consiste en un edificio principal y varias casas dispersas alrededor de este.
«Un edificio en planta baja, —aconseja— con un sótano, tiene muchas ventajas con respecto a los edificios elevados» [...]
«Las ventanas están desprovistas de barrotes» [...]
«No hay ni candado ni cadenas en las ventanas o en las puertas, sino cerraduras con mecanismos que se cierren de tal manera que el enfermo no pueda abrirlas».
«... se dará al establecimiento el nombre más benigno que exista, se lo llamará establecimiento-pensión para enfermos de los nervios, hospital consagrado al método de cura psíquica...».
Su tamaño deberá ser pequeño y no albergar más de veinte enfermos.
«El establecimiento de alienados debe «...ofrecer posibilidades de trabajo en los campos, cría de ganado y jardinería».
En el establecimiento de alienados, cada uno debe, según su fortuna y su enfermedad, estar ocupado.
Se debe estimular la gimnasia física, el sueño, la limpieza, la vestimenta y el trabajo, y se debe prestar especial atención a las bebidas sanas y la alimentación adecuada.
«No debe permitirse nunca a los servidores que castiguen a los enfermos cuando se les dé la gana». [...]
«No se les permitirá ninguna barbarie respecto de estos desdichados, y se castigará y echará a todos aquellos que sean encontrados culpables.
Por la noche, cada celda de los alienados deberá ser visitada a cada hora.
Las visitas de extraños curiosos son inadmisibles en todo establecimiento de curación».
No debe haber distinciones en base a la clase social: «El rango no puede hacer diferencia».
Los hombres y las mujeres no deben estar separados; «...... pero esto debe ser todavía objeto de observaciones más precisas».
«Hay que prever finalmente un hospital particular en donde los alienados vayan cuando están afectados por diarrea, fiebre u otras enfermedades».
En Prusia, precisa Reil en la Rapsodia 2414, los enfermos mentales podían ser admitidos en los establecimientos que los recibían, luego de ser declarados alienados por medio de una decisión legal formal.
Sin embargo, Reil consideraba que eso podía retrasar innecesariamente el comienzo de los tratamientos empeorando el pronóstico.
A cambio de ese procedimiento proponía que se hiciera una admisión provisoria con un simple certificado del médico, dejando para un segundo tiempo las formalidades prescriptas por la ley prusiana.
Y agrega: «Las casas de alienados deben por lo tanto ser establecimientos públicos y estar ubicadas bajo la supervisión especial del Estado.
Las casas de locos privadas, tales como las que existen en Inglaterra, son peligrosas para la seguridad civil», porque pueden ser encerrados en ellas individuos que no están locos «víctimas de la codicia o la maldad de otro».
Según la preceptiva de la Rapsodia 2515, Reil propone que los establecimientos para enfermos mentales estén dotados de una administración exterior y otra interior; «... aquella se ocupa de las tareas más generales y económicas, ésta de las tareas particulares y técnicas», y debe incluir «... el enfermero jefe, el médico, los psicólogos y la gente de servicio» [...]
«El médico y el psicólogo son las primeras personas que deben poner en obra la cura de los alienados» [...]
«Pero como las dos ramas de la medicina, la rama psíquica y la rama farmacéutica, son de una amplitud tal que casi sobrepasan las fuerzas de un solo hombre, pienso que es recomendable utilizar en la casa de locos, para la cura de los enfermos, a dos personas a las que se llamará médico y psicólogo».
Los establecimientos para enfermos mentales debían, según el autor, ser lugares de formación e investigación: «...... podrían servir además de semilleros en los cuales los médicos debutantes serían instruidos en una rama difícil, la terapéutica de las enfermedades del alma.
Los alumnos servirían al mismo tiempo de auxiliares.
Los médicos establecidos harían conferencias acerca de las enfermedades del alma, el método de cura psíquica y la psicología empírica para el uso de la medicina práctica, y tendrían así la oportunidad de ilustrar sus conferencias teóricas por medio de ejemplos» (Rapsodia 2616).
En las últimas Rapsodias, 2717 y 2818, Reil, vuelve sobre el tema y coincidiendo con los presupuestos propios del movimiento filantrópico que recorría el continente, llama la atención sobre la necesidad de financiar las reformas que propone diciendo: «Falta todavía un aspecto de la cuestión que puede fácilmente ser nombrado pero difícilmente encontrado: el dinero necesario para la puesta en obra de estas ideas»; y hace responsable al Estado, «en tanto primer tutor de estos menores», de esa misión, proponiendo descargar sobre «los ricos herederos» tal contribución, despertando su «sentido cívico por medio de suscripciones y legados a los establecimientos» para alienados porque «... la felicidad del pueblo, en tanto fin supremo, debe circular entre todos los miembros de la organización».
La Terapéutica basada en la cura psíquica
Pero antes, en la Rapsodia 319, se ocupa de definir el concepto de terapéutica médica y clasificar los tipos que la componen.
El primer tópico queda despejado con la siguiente definición: «Los medios curativos son cosas que aplicamos sobre los cuerpos animales para intentar eliminar de estos las enfermedades.
Da lo mismo que esas cosas sean de naturaleza corpórea o incorpórea» [...] «que actúen por fuerzas mecánicas, químicas u otras».
En segundo lugar, para establecer un principio de clasificación de los métodos terapéuticos Reil propone dividirlos en los que actúan: 1) de manera química (alimentos, remedios y venenos, según los efectos que produzcan introducidos en el organismo); 2) de manera físico-mecánica, como son los medios curativos quirúrgicos, y, finalmente, 3) de manera psíquica, «cuando ocasionan, por una orientación determinada de las facultades del alma, representaciones, sentimientos y deseos, modificaciones en la organización20 que curan sus enfermedades».
En tercer lugar, observa que «... es factible que los efectos relativos últimos de todos los medios curativos, incluso los psíquicos, consistan en una modificación de la materia y de su estructura», es decir, que no solo las sustancias químicas y las maniobras quirúrgicas son capaces de modificar el organismo, como era obvio de entender, sino que la palabra y los fenómenos vinculares del enfermo con su medio tenían la misma potencia.
En otras palabras, al concebir a la persona sana y enferma de manera integral, entendida como una unidad psicofisiológica intrínsecamente funcionante, las nociones de la terapéutica debían modelarse sobre los mismos criterios volviendo inoperante la división entre medicamentos del cuerpo y medicamentos del alma.
La Rapsodia 421 comienza con una definición general: «Los métodos de cura psíquica son entonces las aplicaciones metódicas al ser humano de medios que actúan a primera vista sobre su alma, y que actúan sobre esta en la intención de hacer surgir la curación de una enfermedad [...] del alma o del cuerpo [por medio de] representaciones o conceptos comunicados, o por medios corporales, definición que el autor completa más adelante en la Rapsodia 622: «Las curas psíquicas son acciones ejercidas sobre el alma y destinadas a curar una enfermedad.
Están sacadas del dominio de la psicología experimental práctica».
Sin embargo, a pesar de presentar el nuevo método como un aporte no explotado por la medicina de su tiempo, Reil recuerda que en los escritos de Hipócrates, Aulo Cornelio Celso y Celio Aureliano y en la medicina árabe se encuentran fragmentos que demuestran que esa manera de abordaje, como nos lo enseñó Laín Entralgo (1958), no les era desconocida.
Pero advierte «Este método de cura no fue nunca elaborado como una disciplina propia, en un conjunto sistemático y en su relación con las ciencias que dependen de esta».
En relación a las nuevas concepciones sobre la locura y su tratamiento por métodos psíquicos, Reil se muestra muy crítico de Pinel, y en general de la medicina francesa: «El señor Pinel23 aprovechó la bella cosecha hecha en esta disciplina en la época de la Revolución. [...]
Su obra acerca de la locura es un verdadero despropósito, prolífico en ciertas partes pero enfermo en su conjunto, sin principios ni originalidad, aunque sí tiene suficiente presunción nacional como para pretender todo esto».
Es un poco más indulgente con los ingleses: «La segunda gran nación de la Tierra, que piensa con mayor modestia lo que dice acerca de sí misma, ha producido una cantidad de textos acerca de la locura, pero casi siempre son artículos banales.
Exceptúo al doctor Crichton, al cual hago llegar, de paso, mi mayor respeto.
El veterano en el arte de curar la locura, el doctor Willis, tiene la reputación de curar preferentemente por el método de cura psíquica; sin embargo, es tan modesto que conserva para sí mismo sus secretos» y, finalmente, reserva para su país la primicia según la cual «la locura debe ser curada antes que nada por el método de cura psíquica», poniendo como ejemplo de ello los aportes de Kloekhof24, Erhard25 y Langermann26.
Es llamativo que, a pesar de los duros términos con los que califica a Pinel, lo cita reiteradamente a lo largo de las Rapsodias.
Garrabé opina que quizás la crítica fuera dirigida a que Reil consideraba que Pinel no había logrado dar una base científica al tratamiento moral como la que él proponía (Garrabé, 2008).
En la Rapsodia 527 el autor advierte sobre las dificultades que debe enfrentar el desarrollo de la técnica de la cura psíquica.
En primer lugar es necesario que el médico posea cualidades especiales: «... no puede traducir en cifras o determinar por la medida y el peso la fuerza absoluta de sus instrumentos, como la fuerza de un torniquete o la cantidad de un polvo de ruibarbo» [...] debe improvisar las impresiones que ejerce sobre la facultad de representación y el deseo del enfermo, como lo exigen el azar y su genio dispuesto a improvisaciones vigorosas y sorprendentes».
En efecto, mientras que en otras «enfermedades del alma» el paciente acude a pedir ayuda, explica lo que siente y colabora con la cura decidiendo como «hombre libre» lo que recibe como tratamiento, «... el loco es incapaz de estas dos cosas.
Piensa y actúa como un niño, no se resuelve nunca libremente a la cura de una enfermedad de la cual no puede, por el hecho de que está loco, reconocer la existencia», es decir, carece de conciencia de su enfermedad y, por lo tanto, «debemos constreñirlo desde el exterior a que nos deje actuar sobre él».
Y concluye con que el método debe ajustarse a cada caso, adaptándose a la subjetividad de cada enfermo.
Pero allí no terminan las dificultades según Reil, ya que «... la propia enfermedad no tiene constancia.
La Rapsodia 628 constituye un interesante pasaje doctrinario respecto de la pertinencia epistemológica que Reil otorga a la medicina.
Con respecto a la psicología dice que muchos médicos la consideran una ciencia auxiliar, pero él considera que «bajo cierto aspecto, todas las disciplinas que atañen a la medicina son ciencias auxiliares [mientras que] bajo otro aspecto, todas le pertenecen», puesto que ésta no tiene un «dominio específico, limitado por sí mismo, como por ejemplo la astronomía [sino que] su finalidad plantea sus límites», admitiendo «por lo tanto diversos tipos de conocimientos como propios, cuando esos conocimientos conducen a la realización directa de su finalidad».
Entre ellos, los conocimientos psicológicos son indispensables a la medicina, argumenta Reil, porque la psicología29 «es una ciencia natural de una parte del objeto sobre el cual el médico debe actuar y al que debe por lo tanto conocer».
Entendiendo al hombre sano y enfermo desde un dualismo interaccionista («Las enfermedades del alma suscitan enfermedades corporales, las enfermedades corporales provocan enfermedades del alma»), Reil se pregunta: «¿Quién abarca la esencia del sustrato de las fuerzas del alma y del cuerpo?
¿Quién se atreverá a zanjar la cuestión de si es de naturaleza homogénea o heterogénea?».
En consecuencia Reil propone que «Una psicología para los médicos sería [...] un conjunto de conocimientos empírico-psicológicos establecidos teniendo constantemente en cuenta la influencia recíproca de las dos partes del ser humano, y que mantienen la más estrecha relación con la obra terapéutica».
Siguiendo un criterio terapéutico clásico Reil afirma al comienzo de su Rapsodia 730 que existen solo «dos caminos que permiten curar las enfermedades: o las borramos directamente, o eliminamos las causas que las engendran», y sostiene que «El delirio debe también ser curado según estas reglas».
Sin embargo, señala que si bien los recursos terapéuticos químicos pueden actuar sintomáticamente no logran el segundo objetivo, es decir, eliminar las causas del delirio: «los medios corporales estimulantes y apaciguadores no parecen ejercer en el órgano del alma una influencia parecida a aquella que ejercen en otras partes del cuerpo».
En la Rapsodia 831, Reil plantea la utilidad de las observaciones realizadas en el curso de las curas psíquicas, para comprender el funcionamiento mental.
Una serie de pasajes de esa Rapsodia hilvanan sugerentes anticipaciones al método psicopatológico: «Muy a menudo, el médico no era suficientemente filósofo y el filósofo no suficientemente médico como para elaborar la psicología en función de esta idea». [...] «... se puede obtener más provecho que el que se ha sacado hasta ahora de la locura de los enfermos colocados en las instituciones de locos.
Allí la encontramos sin máscara, y vemos lo que son y lo que pueden ser cuando los engranajes de la organización son presa del desorden».
En las Rapsodias 932, 1033, 1134 y 1235, Reil presenta algunas disquisiciones «naturalistas» de una psicología de las facultades, sobre «la conciencia, el discernimiento y la atención, este triunvirato de facultades del alma estrechamente emparentadas, que harán muy visibles sus desarreglos y sobre los cuales, por lo tanto, los medios de curación deben también dirigirse principalmente».
Comienza presentando a la conciencia de sí como «el producto de nuestras facultades del alma».
Esta función psicológica sería para Reil la responsable de anudar en una unidad los múltiples fenómenos presentes a cada instante en la conciencia.
Esta delicada función tiene asiento biológico: «... el edificio nervioso es el único vínculo animal que liga dinámicamente todos los otros órganos y les asigna la realización de un fin.
Por ello debemos investigar en él los fundamentos de la conciencia de sí».
El estado de la conciencia de sí y el discernimiento dependen del estado del sistema nervioso.
A partir de la Rapsodia 1336, Reil se interna en el estudio de la psicopatología de las enfermedades mentales.
Considera que las mismas son siempre resultado de una combinación, en grupos y series, de varias especies.
Esos grupos consisten, en parte, en enfermedades puras del alma, y, en parte, en enfermedades de diversa naturaleza producidas por múltiples causas.
Una perspectiva nosográfica aparentemente diferente a la unicidad pineliana de la alienación mental.
Además, «Las enfermedades del alma están más inclinadas a combinarse que cualquier otra enfermedad» y las reglas de combinación de las especies que las componen son indefinidas por lo que las especies se agruparán en grupos y series propias a cada individuo.
Por ello, el «... que las considere como entidades cae en la confusión cuando las encuentra ora bajo una forma, ora bajo otra».
En consecuencia, para estudiarlas recomienda definir sus elementos constantes, es decir, las especies que las constituyen.
En la Rapsodia 1437, en un pasaje que ilustra la crítica de Reil a los reduccionismos, tanto el psicológico de la psicología filosófica, como el biológico de los médicos, se prefigura el rol del nuevo especialista que propondrá unos años después, pero también la preparación para administrar los tratamientos del alma que todo médico debería tener para tratar el aspecto emocional causante de ciertas enfermedades estudiadas por la medicina general: «El simple médico del alma encuentra difícilmente el momento en el que puede actuar ventajosamente en el plano físico, desconoce la disposición patológica del cerebro, los estímulos corporales que lo excitan de manera obligatoria y terminan por alterar su dinámica normal.
El simple médico del cuerpo es completamente incapaz de curar los trastornos del espíritu», denuncia.
«Ver al empírico empecinado maltratar a sus enfermos mentales es un espectáculo indignante» [...]
«Él pretende rectificar las declinaciones de la facultad de pensar aclarando una sangre atrabiliaria y diluyendo humores espesos en el sistema de la vena porta, combatir el dolor moral con eléboro y los juegos de pensamiento aberrantes por medio de lavativas ¡Desgraciada la imagen de Dios que cae bajo tal reducción!».
En la Rapsodia 1538, Reil formula la teoría de la acción de la cura psíquica basándose en la correspondencia del funcionamiento orgánico del sistema nervioso con la emergencia de las funciones psíquicas.
Ubicado en ese momento de mutación de los saberes sobre el funcionamiento cerebral que se constituye en la segunda mitad del siglo XVIII y los comienzos del siguiente39, Reil entiende que los estímulos sensitivos y sensoriales provenientes del medio exterior y del interior del organismo, viajando por los nervios actuarán sobre el cerebro y éste los convertirá en representaciones y movimientos.
Los medios empleados en la cura psíquica mediante estímulos apropiados, dice, «... no pueden tener influencia sino en la periferia, en las terminaciones nerviosas de la sensibilidad general y de los órganos sensoriales».
En la ignorancia de lo que ocurre íntimamente en el órgano del alma el método de Reil se confina a modificar los inputs, generar cambios indeterminados en él («Todo el resto es actividad arbitraria del sistema nervioso») y obtener los outputs indicadores de recuperación de la salud: «Los medios psíquicos actúan por las acciones que suscitan en el sistema nervioso.
Las acciones del sistema nervioso modifican sus fuerzas, las acciones suscitadas por medios curativos las modifican de una manera tan determinada que la relación dinámica del órgano del alma, patológico en los trastornos de la mente, se ve rectificado, y que el objetivo de la curación es alcanzado».
La acción del médico en la cura psíquica debe hacerse contando con la aceptación del paciente, en algunos casos, o sin ella, en otros.
«Nuestros enfermos son responsables, o irresponsables.
Ambos tipos deben [...] ser tratados por un conjunto radicalmente diferente de medios».
Dejando de lado a los primeros, Reil se restringe a la cura de enfermos mentales a los que «Les falta la facultad de autodeterminación razonable.
Deben, por lo tanto, casi a cada momento, estar determinados por circunstancias exteriores que actúan sobre la sensibilidad, es decir, son obligados por la fuerza a hacer lo que deben hacer».
El método deberá entonces mediante inducción de placer o de dolor proporcionar castigos y recompensas.
Es decir, inducir una conducta apropiada a la norma siguiendo «... los mismos principios que deben dirigir a los padres en la disciplina de sus niños y al Estado en el gobierno de la masa popular, casi siempre irresponsable».
Irresponsabilidad fisiológica de la infancia, irresponsabilidad social de las masas, se igualan así a la irresponsabilidad de la irracionalidad de la locura en la época en que florece el modelo de la escuela prusiana.
El luteranismo tuvo a lo largo de la historia alemana una gran influencia tanto en la cultura como en la educación muy estricta basada en la disciplina, ética y obediencia.
Los medios psíquicos se definen por su efecto y no por su lo que son en sí mismos, por lo tanto pueden ser materiales o inmateriales.
I – Medios psíquicos «... por los cuales el médico modifica el cuerpo de una manera tan definida que el alma debe percibir sus estados por intermedio de la sensibilidad general, bajo la forma de placer o de dolor».
Estos recursos pueden ser variados.
1) Estímulos corporales placenteros: comidas sanas, movimiento, calor, limpieza, orden en el sueño, administración de opio o vino en pequeñas dosis, exposición al sol, fricciones delicadas, baños tibios, relaciones sexuales («Se puede satisfacer a los hombres por medio de una prostituta pública, con mayor dificultad a las mujeres, ya que estas se embarazan y pueden trasmitir el mal al fruto»).
2) Estímulos corporales displacenteros: a) aplicación de diversas noxas como, por ejemplo, una gran parte de los remedios, todos los venenos, muchas otras sustancias mecánicas o químicas, y la inoculación de diversas materias morbíficas; b) hambre y sed, por privación de alimentos y de bebidas, frío y privación del sueño; c) medios estornutatorios; d) vesicatorios, setones, moxibustión, amenazas o anticipos de hierro al rojo o cera de sellar ardiente que se hace gotear sobre las manos; e) flagelación con ortigas; f) cosquilleo intenso sobre la planta de los pies, chinches, hormigas u orugas aplicadas a la piel; g) inoculación de sarna; h) ducha gota a gota sobre la cima rasurada de la cabeza; i) golpes de fusta; j) duchas, precipitación al agua desde una barca o una balsa al río, o desde un barco al mar.
Esos estímulos corporales y otros, que excitan directamente por medio de la sensibilidad general todo tipo de dolores, están adaptados sobre todo al comienzo de la cura y al primer período de enfermedad.
Es necesario también tomar en consideración la receptividad del enfermo, observar su efecto, y no exagerar en ningún caso su empleo a fin de que este no degenere en barbarie40.
Para morigerar estos recursos coercitivos y hasta brutales (proscriptos por Pinel) una serie de preceptos que formula el autor encuadran su uso.
«No deben nunca ser acciones que siguen a una explosión de pasiones de aquel que castiga» [...]
«El castigo debe ser siempre prescripto según el juicio del enfermero y ser infligido de acuerdo con este» [...]
«No hay que permitir nunca que cualquier guardia golpee cuando se le dé la gana».
II – Estímulos de los órganos sensoriales: impresiones agradables o desagradables ejercidas sobre el olfato, el gusto, el tacto, el oído y la vista.
Se debe mencionar entre estos particularmente a la música.
III – «Signos y símbolos, y en particular la palabra y la escritura, que son [...] el vehículo por medio del cual nuestras representaciones, nuestras imaginaciones, nuestros conceptos y nuestros juicios, en tanto potencias exteriores, son transferidos al enfermo».
«Gracias a estos medios, podemos, en circunstancias favorables, comunicar al alma sacudidas idénticas a aquellas que buscamos producir gracias a los medios psíquicos de los dos primeros tipos».
El conjunto de los llamados medios psíquicos es así una amalgama de recursos sugestivos, más o menos violentos e inductores de miedo y sumisión para poner al paciente en situación de extrema dependencia respecto del médico quien lucha por persuadirlo y volverlo a la salud definida fundamentalmente por la recuperación de una conducta racional.
En el extremo de la imaginación Reil llega a proponer recursos sugestivos complicados:
«... cada casa de alienados podría tener [...] un teatro organizado con este fin, perfectamente utilizable, provisto de todos lo aparatos necesarios, máscaras, maquinaria y decorados.
Los oficiantes de la casa deberían estar suficientemente entrenados a fin de poder jugar cada papel, el de juez, de verdugo, de médico, de ángel venido del cielo y de muertos que salen de sus tumbas, según las necesidades particulares del enfermo, hasta el grado supremo de ilusión».
En las dos Rapsodias siguientes, 1641 y 1742, Reil intenta responder las siguientes preguntas: ¿Cuáles son las reglas por las cuales los medios de la cura psíquica deben ser adaptados a los casos patológicos individuales?
¿Cuáles son sus indicaciones y las contraindicaciones?
Las respuestas a las mismas apuntan una serie de preceptos que pueden inscribirse en la historia de los métodos psicoterapéuticos.
De entrada reconoce la magnitud de la problemática a enfrentar que obliga a «... un trabajo delicado, porque las fuerzas de los medios, la esencia de la enfermedad, su composición, sus relaciones con las causas alejadas y sus modificaciones individuales, nos son muy frecuentemente desconocidas».
En la Rapsodia 1843, Reil describe las etapas que debe recorrer la cura psíquica.
En la primera se los debe preparar para poder actuar «... psíquicamente sobre ellos y obtener algún beneficio».
Asimilando los trastornos del espíritu a las conductas infantiles el autor recomienda obligarlos a la obediencia «... como se obliga a niños a tomar un remedio».
Es imprescindible obtener, dice Reil, la convicción de que «La voluntad de sus superiores debe ser para él una ley tan fija e inmutable que no se le ocurrirá luchar contra ella como no se le ocurre luchar contra los elementos de la naturaleza» [ya que] «Al comienzo, los medios que suscitan el miedo son los que conducen más rápidamente al objetivo».
Se comienza por «... quitarle todo apoyo a fin de que se sienta completamente desamparado.
Se lo debe alejar de sus parientes, de los sirvientes que le obedecen, de su casa, de su ciudad natal; y llevarlo a una casa de locos adonde no conoce ni el lugar ni sus ocupantes», es el «secuestro» en la institución que propugnaba Pinel.
«Apenas los pacientes se tornan obedientes» de manera inmediata y perfecta, recomienda, «... toda imposición debe cesar y dar lugar a un comportamiento inverso actuando afablemente y premiándolos «... por medio de recompensas que le son agradables» y «... se está en condiciones de integrar la conducta del enfermo en un marco regulado.
Debe dormir, levantarse, lavarse, vestirse y trabajar a ciertas horas».
Los argumentos psicológicos del tratamiento son explicados por el autor de la siguiente manera: «Los medios por los cuales constreñimos a los enfermos a nuestras exigencias actúan al mismo tiempo sobre la conciencia de sí, el juicio y la atención», vinculando esos efectos con cambios en la materia cerebral: «Cuando las fibras cerebrales, muy irritables, son puestas en reposo, porque las fibras inertes son excitadas, el equilibrio normal en la dinámica del órgano del alma se recupera y la manifestación delirante desaparece».
Apenas obtenido ese estado en el espíritu del enfermo se deben aplicar estímulos más suaves que no hacen correr peligro (nadar, montar a caballo, «artes que puede aprender y en los cuales se lo puede mantener obligado»).
Citando lo que considera exitosos ejemplos, como los del hospital de Zaragoza o el asilo de York, al igual que muchos otros autores Reil recomienda que «En todas las casas de alienados, los enfermos deben estar obligados al trabajo», proponiendo progresar de «... los trabajos mecánicos y físicos» a las actividades artísticas (pintura, dibujo, canto, música) y los ejercicios intelectuales (juegos de construcción, rompecabezas, ejercicios de sentido por presentación de una serie de objetos) así como diversos ejercicios gimnásticos.
Por fin, se arriba a la posibilidad de introducir la palabra por medio de «... diálogos [en los que] hay que incitarlos a responder con precisión, empujándolos a relatar algo de ellos mismos, como ser escenas de su vida pasada» y hasta obligarlos a «... a llevar un diario íntimo en el que anoten todo lo que les sucede».
El autor comienza la Rapsodia 1944, por la enumeración de las causas (ya sean disposiciones que inducen lentamente y favorecen su génesis, o causas ocasionales que los producen directamente) de los trastornos del espíritu, dividiéndolas en dos categorías: a) las que responden al estado exterior del hombre y b) las que expresan estados interiores del hombre.
«Ambas, en tanto afectan al sistema nervioso», dice Reil, «... lesionan de manera determinada el funcionamiento normal del órgano del alma».
Dando por entendidas las causas exteriores porque considera que «Su relación con el delirio es simple y los medios de oponerse a estas son tan fáciles de encontrar que este tema no necesita ninguna explicación suplementaria», encuentra «Más difíciles y complejas [...] las relaciones que los estados interiores del hombre mantienen con los trastornos del espíritu».
Sin embargo, entendiendo que éstas deben buscarse en la naturaleza sensorial, moral e intelectual del hombre»45, Reil considera que todas las causas interiores del delirio son «... enfermedades del cuerpo representadas en el alma por la sensibilidad general, una irritabilidad extremadamente tensa del conjunto de la organización, casi siempre asociada a una sensorialidad predominante, enfermedades de los sentidos, instintos y pulsiones anormales, una falta de cultura o una cultura distorsionada del entendimiento, la superstición, el descreimiento, la exaltación, la santurronería, etc., que hacen desviar al hombre de la vía del sano entendimiento».
A continuación, en el intento de dar sustento a una teoría de las enfermedades mentales, profundiza la explicación de su concepción que prefigura una psicofisiología interaccionista.
Es así que debe partir del estudio de la vinculación compleja y dinámica entre el sistema nervioso y el alma.
Mientras el primero, merced a sus nervios sensibles y motores, algunos de los cuales están implicados en «la excitación de las pulsiones y de los instintos», hacen llegar las sensaciones internas y externas al cerebro que es «... el taller propiamente dicho del pensamiento y de la voluntad racional», el alma, «... se representa el estado de su cuerpo por el conjunto de todo el sistema nervioso, y el mundo por los órganos de los sentidos; y reproduce en un orden múltiple esas representaciones de la sensibilidad general y de los órganos de los sentidos, sin objeto exterior, esencialmente gracias a la colaboración del cerebro».
«En función de esos diferentes órganos aparecen representaciones de la sensibilidad general, de los órganos de los sentidos y de la imaginación.
Gracias a estas [el alma del sujeto] se vuelve consciente de su triple estado, de su relación con su cuerpo en cuanto suyo, con el mundo y con sus propias modificaciones, en la medida en que está obligada a pensar las representaciones en cuestión como estados subjetivos en ella misma».
En consecuencia, afirma Reil, las enfermedades de los nervios y, en particular, las enfermedades de los órganos que participan en primer lugar en la producción de las representaciones, pueden trastornar de manera diversa las funciones del alma, e incluso ocasionar la locura.
Ejemplos de ello son las modificaciones afectivas que en la pubertad, en los hipocondríacos y los onanistas.
Pero, «Las enfermedades de la sensibilidad general y de los órganos de los sentidos tienen una influencia aun más grande sobre el alma.
Estos estados son en sí mismos capaces de excitar el delirio.
Y suponiendo que no lo hayan producido, lo mantienen una vez que apareció», por lo tanto es necesario ubicar «... en primer lugar, entre las causas de la locura, a las enfermedades de la sensibilidad general».
De acuerdo con los supuestos de la anatomia animata de la época Reil atribuye a algunos centros y ciertos nervios, influencias relevantes sobre el órgano del alma.
La acción de estas estructuras nerviosas puede ocurrir consciente o inconscientemente y la complejidad de sus redes y conexiones explicar los efectos por simpatía y, por esa vía, ser la «... causa de las relaciones anormales [entre órganos alejados, como los esplácnicos y el cerebro, por ejemplo] que vemos aparecer en las enfermedades».
Señala, así, a los estímulos propios del sistema de la reproducción fuente de sentimientos, pulsiones y juegos de la imaginación (como se ve en la ninfomanía, la satiriasis, la pubertad, la gravidez, el celo en los animales, etc.), de la región frénica y del plexo solar
Las alteraciones perceptivas pueden causar la locura porque engañan al órgano del alma: «Los enfermos oyen sonidos de campanas, el silbido del viento, ven fantasmas, con una claridad que los hace parecer reales».
Los productos de la imaginación, dice Reil, se asemejan a las percepciones sensoriales y formula la hipótesis que los mismos utilizan las mismas vías orgánicas en sentido opuesto: las percepciones sensoriales van de la periferia al interior del cerebro y los productos de la imaginación lo hacen en sentido inverso.
Por fin, señala que a «los desvíos sensuales y morales» de las pasiones, causa muy frecuente de los trastornos del espíritu, se les debe otorgar una particular importancia ya que «Ninguna curación es posible sin conocimiento de esa causa».
Las pasiones violentas y transitorias («Uno se puede volver loco de alegría y furioso de cólera») pueden ser causa de la locura, pero lo son mucho más frecuentemente «... las pasiones persistentes y abrumadoras».
En la Rapsodia 2046, Reil, señalando que la terapéutica, en este caso la aplicación de la cura psíquica, tiene que partir de un diagnóstico lo más preciso posible, presenta su nosología de las enfermedades mentales.
Procediendo según los criterios de la taxonomía general, inspirada en la historia natural de Buffon, separa los géneros de las especies y las variedades.
A la delimitación de los primeros, aunque sugiere que quizás podrían reunirse bajo dos polos: asténicos y esténicos, le asigna poca factibilidad e importancia: «Dejo de lado los géneros en los que se reúnen las especies.
Porque lo que importa en primer lugar en la clasificación de enfermedades es la fundación correcta de objetos, y menos su puesta en serie».
Rechazando, en consecuencia, las opiniones nosográficas de autores como Arnold, Sauvages, Erhard, Schmid, Chiarugi y otros médicos, Reil recomienda el punto de vista de Hoffbauer, como una introducción al estudio de las especies, a las que «ordena según las diferentes facultades del alma que están lesionadas, sus relaciones recíprocas anormales y según la comunidad del alma con el cuerpo».
Reil no ignora que su propuesta nosológica puede no abarcar todas las formas de trastornos mentales, que está basada en síntomas que no son más que productos de la «lesiones de las facultades del alma» y no las enfermedades mismas, que la heterogeneidad de los síntomas es mayor que la de las facultades del alma, que la vinculación entre el alma y el cuerpo no está dilucidada suficientemente, que la posibilidad de una psicogénesis tampoco lo está («¿De dónde provienen los fantasmas que tienen la intensidad de las intuiciones sensoriales?»); y que para completar la complejidad de asunto «... debe agregarse que la variedad de las facultades del alma es tan diversa como lo son los individuos».
Operando de esta manera, con categorías de especies amplias y basadas en criterios generales, es decir, síntomas cardinales bien demarcados entre sí y no concomitantes se podía esperar, según Reil, que «la mayor parte de los casos deberían estar subsumidos bajo ellos».
En conclusión, afirma que «Las especies de trastornos del espíritu son lesiones específicas particulares de la dinámica del cerebro en relación con su función de órgano del alma, que deben hacerse reconocer por un conjunto de síntomas constantes»; por su lado «Las variedades nacen de la relación de la locura con sus múltiples causas lejanas, de la diversidad de su intensidad y de su duración, de su combinación con otras enfermedades del alma o del cuerpo y, por fin, de las modificaciones que sufre la enfermedad considerada abstractamente cuando afecta realmente a un individuo».
Al cabo de estas fundamentaciones el autor propone dividir las especies de la locura, en cuatro formas: delirio fijo, furor, idiocia y demencia.
1) Delirio fijo parcial, melancolía
«El delirio fijo consiste en una distorsión parcial de la facultad de representación en su relación a un objeto o a una serie de objetos homogéneos; distorsión que el enfermo no admite y que limita por ese hecho la libertad de su facultad de desear y la determina de manera obligatoria de conformidad con su idea fija».
«Los dos criterios, las ideas fijas y la convicción subjetiva que el delirio es cierto, son las características esenciales de esta enfermedad.
«Porque existen casos, afirma, de ideas fijas sin delirio», y pone como ejemplo casos que hoy se ubicarían entre las ideas obsesivas, las fobias de impulsión y las ideas hipocondríacas, es decir, aquellos que cursan con crítica por parte de la persona que las sufre pero ésta es impotente para evitarlas, aunque «no determinan completamente y necesariamente su comportamiento».
Para terminar menciona el delirio átono y el delirio agitado, que eleva a la categoría de especies, que no presentan ninguna idea fija determinada, aunque son producto de ellas.
En el delirio átono, cuya descripción evoca la catatonía de autores posteriores, «... el enfermo está inmóvil como una estatua, se mantiene de pie, sentado o acostado en un lugar, sin mover ni manos ni pies, con los ojos cerrados o mirando fijamente su entorno, breve y ansiosamente, sin percibir la relación entre las cosas».
2) Furor, frenesí, manía
«El carácter principal del furor, quizás el único, es una energía precipitada, sin reposo, tensa hasta el máximo grado, que se expresa por acciones aparentemente autónomas, pero sin ninguna conciencia de un fin producido por la sensibilidad o la razón, y que es el producto de una conmoción anormal de la organización».
Son actos aberrantes que no surgen de representaciones puras, ni de sentimientos que tengan una relación psíquica con ellos.
«El furioso actúa por una impulsión provocada por una lesión específica del organismo, que calificamos de ciega, porque no parte de una representación e ignoramos su origen».
«El enfermo nos parece locamente temerario, porque no tiene conciencia de los peligros y, por lo tanto, no le causan miedo.
Su impulsión nos parece furiosa porque destruye.
Un hombre que hierve de cólera representa un furioso en miniatura», ejemplifica Reil.
La enfermedad es de naturaleza aguda o crónica, según que se trate de una manía (Manie) o de un frenesí (Phrenesie).
«En su estado crónico tiene un tipo remitente o intermitente porque la organización no soporta largo tiempo y sin interrupción ese tipo de esfuerzos violentos».
El frenesí, «... en tanto enfermedad aguda, se orienta solo hacia la curación o la muerte, o se transforma en otra enfermedad».
Por fin, dentro de esta especie Reil incluye un cuadro distinguible por sus características particulares que denomina Furor sin distorsión, y que consiste, según el autor, en un furor simple, en su forma más pura.
En este cuadro que el autor le adjudica un particular interés médico-legal y que evoca la monomanía homicida descripta por Esquirol posteriormente.
Luego de definir a la idiocia como «... una distorsión y una debilidad general de las facultades del alma, sin furor y sin demencia, pero, sin embargo, muy cercana a ésta última», Reil reconoce la imprecisión de esta categoría en los siguientes términos: «Me percato muy bien de que la definición de idiocia es menos precisa que las de las otras especies.
Puede que no sea precisamente una especie, sino un caos de muchos estados específicos diferentes que he reunido bajo ese nombre», pero justifica su inclusión separada por razones clínicas evidentes: los idiotas, según el autor carecen de idea directriz en su pensamiento, se conducen con puerilidad y bizarrería; «... junto a la distorsión general se presenta una debilidad notable de todas las facultades del alma, y en particular de la facultad de juicio» [...] «de allí una cantidad de otros trastornos, inconstancia, distracción habitual, falta de discernimiento, tendencia al olvido» [y] «... sentimientos y emociones igualmente tumultuosos e incoherentes».
La noción de demencia («... astenia anormal del entendimiento») en la nosología de Reil abarca una serie muy variada («Mi concepto de la demencia es un concepto general.
Subsume toda impotencia del entendimiento, en tanto especie o sub-especie, ya sea que sea modificado de una u otra manera, que provenga de una debilidad propia del entendimiento o de impotencias de otras facultades del alma que actúan sobre el entendimiento») que van desde el cretinismo hasta las manifestaciones patológicas de la senilidad pasando por las consecuencias de múltiples enfermedades orgánicas, como así también la estupidez terminal de otras enfermedades mentales.
En otras palabras, la demencia, para el autor, es «toda disminución de la facultad del juicio, ya sea que dependa de una astenia del entendimiento [formación de conceptos, de juicios y razonamientos] en sí, o de una parálisis de ciertas facultades que deben secundar al entendimiento en sus funciones».
De tal manera que, «... dado que no se la define más que sintomáticamente, [...] ser el producto de enfermedades de diversa naturaleza que, en ese caso, junto al síntoma común de la demencia tienen sus caracteres específicos».
Clínicamente se observa que «La excitabilidad y la energía de las facultades del alma están, casi sin excepción, por debajo de lo normal.
Al menos la atención y el discernimiento están debilitados en todas sus sub-especies».
Es así que «Al demente le fallan la atención, el discernimiento y la conciencia de sí, en diversos grados» [...]
También los sentidos, la imaginación y la memoria están desprovistos de fuerza» y presentan apatía e inercia del deseo, «... no comprenden el valor del honor, de la posesión de objetos, de la salud, y de otros bienes» [...] «... están desprovistos de pasiones o se apasionan con una futilidad vacía y se divierten con juguetes sencillos».
Por otro lado, Reil establece una diferencia nosológica importante que tiene incidencia sobre la posibilidad de curación o mejoría: hay formas de demencia que dependen de una disminución de la excitabilidad cerebral (dinámicas) y formas que se producen por una lesión del cerebro (orgánicas) de tal manera que la demencia puede ser un síntoma o una enfermedad específica.
La demencia dinámica es transitoria (cuando «... nace de una desaparición pasajera de la vitalidad del cerebro»; por ejemplo, de conmociones cerebrales, pasiones violentas, frenesís y otras enfermedades nerviosas graves, fiebre vascular, etc.) o permanente, que tiene frecuentemente una causa desconocida, aunque puede ser causada también por «Todo lo que debilita notablemente el cuerpo: los placeres agotadores, los excesos de amor, la tristeza interior profunda, las sustancias narcóticas, la belladona, la jusquiame, y, particularmente, el opio en los opiófagos de Oriente, las bebidas espirituosas, las evacuaciones de sangre o linfa, el sueño prolongado, pueden entrañar la demencia» [...] la edad [...] «... ciertas anomalías de vasos y la constitución defectuosa de los huesos» [...]
«Los traumatismos sufridos durante el parto» [...]
«La hidropesía del cerebro, los hidátides, las conmociones cerebrales, la apoplejía, y los abscesos de meninges...» están asociados a la demencia.
Por fin Reil apunta que «Las revoluciones de la pubertad, las fiebres, las explosiones de furor, pueden curar la demencia», pero «Lo más frecuente es que la demencia sea incurable».
En las Rapsodias 2147 y 2248, Reil formula preguntas de una gran fineza clínica: ¿Qué son los intervalos lúcidos?
¿Cómo debe ser tratado el alienado durante la convalecencia?
¿Cómo deben ser prevenidas las recaídas de su enfermedad?
Con respecto a la primera pregunta el autor comienza por distinguir los periodos de remisión y los de intermisión (trastornos intermitentes del espíritu) de los intervalos lúcidos.
En los segundos hay una latencia entre los accesos patológicos pero nunca se arribó a una verdadera curación, la enfermedad permanece aunque los síntomas sean menos perceptibles, por así decir, y se agudiza periódicamente; aún cuando en algunos pacientes ocurra que parezca que «...hasta la traza más leve de enfermedad desaparezca», y, sin embargo «... la enfermedad vuelve, sea rápidamente con las mismas características, sea después de un período indeterminado».
Por lo tanto, Reil considera «... intervalos lúcidos solamente aquellos en los que la intensidad de la enfermedad cesa por un período bastante largo y no aquellos en los que los síntomas son menos perceptibles a causa de condiciones exteriores».
Los intervalos lúcidos pueden aparecer lentamente o súbitamente, ser periódicos o erráticos, más o menos largos y más o menos puros.
«Sin embargo, queda siempre, aún en los intervalos más puros, una desviación de la unidad de las fuerzas del alma reunidas en la unidad de la razón» [...]
«Es por ello que el intervalo lúcido se distingue de la curación».
El retorno de un acceso se anuncia por síntomas prodrómicos de tipo alucinatorio, delirante o de excitación: «Sus gestos, su actitud y los movimientos del cuerpo son inhabituales.
Fija su mirada hacia el cielo, habla solo, corre, se queda silencioso, pone una expresión de meditación o de circunspección.
Algunos muestran una exuberancia alegre, se vuelven charlatanes y estallan sin razón en carcajadas; otros, en cambio, lloran inmotivadamente, miran fijamente un punto y se hunden en sí mismos, sombríos y silenciosos».
Cuando el paciente sale de la institución Reil propone reforzar su autoestima, disminuir el autoestigma resultante de la internación que, aunque imprescindible para curarlo, siempre supone huellas traumáticas: «Hay que buscar representarle su enfermedad bajo un cariz menos peyorativo, tal como una fiebre elevada o una grave enfermedad nerviosa, ya que su verdadera imagen lo llenará de tristeza y espanto [...]
¡La simple idea de haberse encontrado internado en una casa de locos es de por sí horrible para un hombre dotado de discernimiento!»
Finalmente, en la última Rapsodia, la número 2849, reclamando para la medicina la aplicación de una ciencia natural del hombre, suma de la filosofía de la naturaleza en general, de la física de la naturaleza inorgánica, de la organomia, y de la psicología, Reil sentencia: «... he escrito este libro para el uso práctico, lo cual presupone hacerlo para un círculo limitado de personas con objetivos particulares, con experiencia y habilidades más o menos singulares y aisladas, mientras espero la luz que desde lo alto venga a iluminar estos todavía oscuros senderos empíricos».
Educado en la matriz del Siglo de las Luces, en la que se enraizó su ideario social propio del movimiento filantrópico europeo, Johann Christian Reil integró en su madurez la primera generación de los filósofos de la Naturaleza.
Sus Rhapsodieen..., apoyadas en experiencias de otros autores, agudamente conceptualizadas y sintetizadas por el médico alemán, constituyen un antecedente insoslayable en la construcción del andamiaje conceptual de la naciente especialidad médica, cuyo nombre definitivo se debe a la creación de Reil. |
Ciencia y público en la ciudad de México en la primera mitad del siglo XIX1
Entre 1821 y 1860 la Ciudad de México fue escenario de una gran diversidad de actividades de talante científico en las que participó un público heterogéneo que no estuvo restringido a las élites intelectuales y que estableció las bases de una cultura proclive a todo tipo de ciencias.
En este trabajo se examinarán sus rasgos a través de la exposición de las diversas actividades científicas de entretenimiento racional y espectáculos cultos que se ofrecieron en el ámbito urbano y que tuvieron como complemento los contenidos de las ciencias difundidos en las numerosas revistas literarias de la primera mitad de la centuria.
De esta manera, tanto hombres como mujeres con ciertos recursos económicos, tiempo libre, instrucción más allá de las primeras letras y hábitos de lectura, tuvieron la oportunidad de acceder a los contenidos y los valores de la ciencia de su tiempo, que ellos mismos extenderían a un público más amplio.
Las aproximaciones culturales a la historia de la ciencia han enfatizado que «todo hecho científico, toda teoría o toda práctica relacionada con el conocimiento de la naturaleza es un hecho cultural.
Tal y como también es social», y el caso mexicano no es la excepción (Pimentel, 2010, p.
La perspectiva cultural hace visible «el papel utilitario y práctico jugado por la ciencia moderna y la ayuda que suponía» para las élites culturales y políticas de los nuevos Estados americanos (Peset, 1987, p.
Estos grupos formaban parte activa de los públicos de la ciencia y se desempeñaron como promotores de su difusión hacia el conjunto de la sociedad a lo largo del siglo XIX, de manera que el estudio de las relaciones entre la ciencia y el público resulta indispensable para analizar el proceso de apropiación social de las representaciones y valores de la ciencia, así como las diversas formas de sociabilidad de contenido científico que se expresaron en la Ciudad de México durante el período.
Para abordar este tema puede tomarse como punto de partida el concepto habermasiano de esfera pública, especialmente en lo que concierne a la emergencia de nuevas formas de sociabilidad que se manifestaron en los salones, cafés, sociedades literarias, espectáculos cultos y otros lugares de reunión de los centros urbanos como la ciudad de México.
En estos espacios, caracterizados por su espíritu homogeneizante, se pretendía pasar por alto las distinciones derivadas del estatus social y la riqueza, ofreciendo a sus participantes la oportunidad de intercambiar ideas a través del uso de la razón.
Una de las manifestaciones más claras de la aparición de la esfera pública fue la proliferación de periódicos y manuscritos a partir del siglo XVIII, en donde se expresaba la «opinión pública», entendida como la voz de la sociedad civil.
En estos medios y como producto de las interacciones suscitadas en aquellos espacios surgió el discurso crítico, que se ocupó tanto de la discusión de las políticas gubernamentales, como del establecimiento de criterios para juzgar las obras artísticas y literarias, no menos que las novedades científicas.
Aunque la esfera pública habermasiana ha sido objeto de reconvenciones y ajustes muy pertinentes, también es cierto que en el ámbito historiográfico ha estimulado investigaciones novedosas en las últimas décadas, que han incluido el tema científico (Scott, 1980; López-Ocón, 1998; Broman, 1998; Lynn, 2001; y Bensaude-Vincent, 2009).
Esto en virtud de que la ciencia fue un elemento crucial en la cultura dieciochesca y decimonónica, que contribuyó a configurar algunas de las formas de sociabilidad de la época y fue a través de sus relaciones con el público que se delineó su autoridad discursiva respecto al conocimiento de la naturaleza.
La introducción de las categorías habermasianas al espacio latinoamericano no ha estado exenta de críticas y precisiones, que no abordaremos en este momento, sin dejar por ello de tomarlas en consideración.
En especial, nos parecen oportunas las propuestas de François-Xavier Guerra y Annick Lempérière, quienes prefieren hablar de «la pluralidad de espacios públicos» en donde se verificaron «las modalidades más intelectuales y etéreas de la comunicación y del intercambio de opiniones», a partir de las «relaciones personales, del vecindario, del parentesco y de la pertenencia a las mismas instituciones» (Guerra y Lempérière, 1998, pp. 10-11).
Pues en relación con la ciencia y sus diversos públicos, nos interesa manifestar tanto la pluralidad de los espacios científicos y los discursos que de ahí emanaron, como la existencia de una élite que los hizo suyos, con el objeto de hacer explícitos los valores y representaciones de la ciencia que luego hicieron parte de la opinión pública.
LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS Y EL PÚBLICO MEXICANO
A lo largo del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX la ciudad de México vivió un auge cultural en el que participó un activo grupo de individuos educados en las diversas aulas de instrucción superior de la Universidad, el Seminario Conciliar, el Seminario de Minería, la Academia de San Carlos y el Jardín Botánico, principalmente.
Se trataba de una colectividad similar a las que conformaban la República de las Letras de París, Madrid, Boston, Lima o Nápoles, entendida entonces como la «colección de los hombres sabios y eruditos» reunidos en torno a proyectos culturales.
En ésta se procuraba el «gobierno de muchos», frente al de uno solo como sucedía en la vida política internacional (Real Academia Española, 1734, Vol.
La República de las Letras se caracterizó por acoger a aquellos hombres que practicaban las materias del «árbol del conocimiento» y que se daban a conocer mediante impresos o manuscritos donde abordaban sus reflexiones, descubrimientos y polémicas en torno a un tema.
La denominación de letrado «englobaba a cuantos tenían algún contacto con ellas, ya fueran autores o no», tanto escritores como lectores que ocuparon en gran número este espacio culto (Álvarez, 2006, p.
Era el espacio de la «verdadera» democracia basada en el idealismo, de la misma manera que la esfera pública que antes definimos, pero subrayando ahora «la reconstitución de una nueva jerarquía [que ya] no descansaba en el nacimiento o la pertenencia a cuerpos o estamentos privilegiados sino en el capital cultural» (Guerra y Lempérière, 1998, p.
Dicho espacio intelectual era concebido como una red no formalizada de personas interesadas en distintas ramas del saber que se caracterizaban «por compartir públicamente el conocimiento y los contactos, y era a todas luces pública» (Munck, 2001, p.
Operativamente, la red se sustentaba en diversas reuniones, donde se reflexionaba sobre tópicos de interés común, que luego se divulgaban a un público más amplio a través de revistas y conferencias, a las que nos referiremos más adelante.
Aunque la República de las Letras se proclamaba como un espacio abierto, desde sus orígenes tuvo una serie de restricciones para la pertenencia, a los que se ha referido Hilda Sábato en relación con las élites argentinas.
A su juicio, este ámbito letrado tuvo como filtro de ingreso la «selección de méritos» a través de la demostración de las aptitudes de cada individuo, como la «buena pluma», el talento oratorio, los conocimientos eruditos, la conversación culta y las capacidades retóricas, características de una cultura letrada (Sábato, 2007, p.
En lo que concierne a su extracción social, estos republicanos pertenecían a los estratos medio y alto.
Sin olvidar en este punto a los funcionarios medios del servicio público, pues en las sociedades donde se retrasó el desarrollo económico basado en la industrialización y el comercio a gran escala, la inserción en la burocracia constituyó un mecanismo de movilidad social y la oportunidad para integrarse a los medios intelectuales (Hobsbawm, 2003, p.
De esta manera, algunos miembros de la mediana y alta burocracia y de las profesiones liberales formaron parte de las élites urbanas cultas.
En contraste con las élites culturales, el gran público estuvo conformado por hombres y mujeres de diversas edades; provenientes del ámbito urbano, semiurbano y rural; de clases media y alta; con diversos grados de alfabetización y de instrucción; anhelantes del progreso económico y social con miras al futuro; y con diversas orientaciones políticas.
En suma, este público contaba con los recursos económicos y el tiempo disponible para asistir con cierta asiduidad a los diversos actos y espectáculos científicos que se hicieron públicos en la ciudad de México desde el Siglo de las Luces y fueron los lectores de las revistas que abordaremos posteriormente.
LOS ESPACIOS INSTITUCIONALES DE LA CIENCIA EN LA CIUDAD DE MÉXICO
La conformación del círculo de letrados en México procede del período colonial y alcanzó su punto culminante en el período ilustrado, coincidiendo con la transformación urbana derivada de las reformas borbónicas del último tercio del siglo XVIII.
Éstas se sustentaron en un extenso aparato institucional, en el que destacaron los establecimientos científicos de patrocinio real y su vinculación substantiva con diversas entidades metropolitanas.
Las nuevas instituciones mantuvieron un carácter laico y funcionaron como moderna alternativa de la instrucción que se impartía en la Real y Pontificia Universidad de México.
Al tiempo que promovieron los intereses sociales y económicos de la Corona, en su seno se propagaron las novedades científicas de su tiempo y se crearon las condiciones materiales para la modernización de la práctica científica novohispana.
Pero más allá de la consecución de sus objetivos académicos, todos los establecimientos impulsaron nuevas formas de sociabilidad a través de la organización de actividades públicas de contenidos científicos, que dieron pie a su apropiación dentro de la cultura dieciochesca.
De esta manera estimularon la práctica del «entretenimiento racional» que estaba en boga en las capitales europeas, (Yanni, 2005, p.
24), que se desarrollaba en los confines de sus espacios arquitectónicos y proyectaba en el entorno urbano los valores de la ciencia, al mismo tiempo que establecía un fuerte vínculo entre sus contenidos epistémicos y la vida cultural, como ha explicado Antonio Lafuente respecto a las instituciones científicas madrileñas durante la Ilustración (Lafuente, 1998).
El caso novohispano mantuvo algunos paralelismos con el español, como se expondrá enseguida.
El Jardín Botánico de México expresó el propósito de «aficionar al cultivo [de esta ciencia] no sólo a los profesores de Medicina, Cirugía y Farmacia, sino también a todos los curiosos» (Cervantes, 1831, p.
Y después de una ceremonia inaugural que provocó cierta polémica, el Jardín se convirtió en un sitio de entretenimiento racional, igual que en un espacio de investigación y enseñanza, a cuyos actos públicos no dejaron de asistir las mismas élites que acogieron el Gabinete de Historia Natural durante su breve vida.2 El Real Seminario de Minería, por su parte, transmutó ocasionalmente en teatro científico a través de los actos públicos que involucraban el despliegue de instrumentos y máquinas para la ejecución de experimentos mecánicos o químicos ante los ojos expectantes de la sociedad novohispana.
También hubo actos públicos en el Real Colegio de Cirugía, aunque éstos recibieron un trato más discreto por su misma connotación.
Sin que por ello escasearan los curiosos, pues había oportunidad de presenciar anatomías bajo el sobrio régimen de la ciencia quirúrgica y en el parco ambiente del aula.
Todas estas actividades sirvieron para socializar los valores y representaciones de la ciencia, igual que para difundir su poder para manipular y ordenar los objetos naturales.
Esto era particularmente evidente en el Real Jardín Botánico y el Gabinete de Historia Natural donde la naturaleza mantenía un orden racional y estaba sujeta a tal grado de sumisión que se podían observar en un mismo sitio especímenes de territorios remotos y desconocidos (Véase Zamudio, 2011, pp. 39-41).
En el Seminario de Minería, por su parte, se hizo pública la artificialización de la naturaleza en el laboratorio y se pusieron a circular el método experimental y sus protocolos como imperativos para verificar hipótesis y extender el crédito de validez del conocimiento.
La importancia que tuvieron estas instituciones, igual que los valores que representaban, fue instrumental en su pervivencia en la época independiente.
No hubo gobernante que pasara por alto el interés de la ciencia para el desarrollo del país, ni alguno que quisiera prescindir de sus establecimientos.
Y de la misma manera se mantuvo el aprecio de la élite capitalina y los viajeros que visitaron la urbe luego de la ruptura revolucionaria.
Esto quedó de manifiesto durante la presidencia de Guadalupe Victoria (1824-1829), cuando se promulgó la primera Constitución del México independiente (1824), en cuyo artículo 50 de la Sección Quinta, De las facultades del Congreso General, se estableció que el Poder Legislativo tenía la prerrogativa de promover la ilustración: asegurando por tiempo limitado derechos exclusivos a los autores por sus respectivas obras, estableciendo colegios de marina, artillería e ingenieros; erigiendo uno o más establecimientos en que se [enseñaran] las ciencias naturales y exactas, políticas y morales, nobles artes y lenguas («Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos», 2005, p.
Este artículo constitucional reconoció la necesidad de fomentar los estudios científicos desde el Poder Legislativo Federal a semejanza del impulso que la ciencia española empezó a recibir desde las Cortes de 1810.
Esto sirvió como sustento de los proyectos culturales y educativos de los primeros gobiernos independientes.
Entre las iniciativas políticas para erigir nuevas instituciones científicas resaltamos que el 18 de marzo de 1825 el secretario de Relaciones Interiores y Exteriores, Lucas Alamán (1792-1853), dirigió una carta al rector de la Universidad, expresándole que el presidente Victoria había resuelto inaugurar el Museo Nacional en algunos salones del edificio de dicha corporación.
Éste estuvo constituido por las secciones de Historia natural, Antigüedades e Historia, en concordancia con las ideas de Ortiz de Ayala.
El primer conservador del Museo fue el Dr. Isidro Ignacio Icaza (¿?-1834), quien el 15 de junio de 1825 dio a conocer la misión de la nueva institución de albergar, exhibir y custodiar las antigüedades prehispánicas, los especímenes naturalistas representativos de México, los objetos de valor de tiempos coloniales y todas aquellas muestras de la inventiva moderna de los mexicanos (Vega y Ortega, 2014, p.
El proyecto presumía el cometido del Museo como soporte de la instrucción pública y su encargo de difundir los valores morales de la ciudadanía en génesis, expresando al mismo tiempo la voluntad del nuevo régimen de hacer públicos los tesoros que antes habían permanecido en los recintos palaciegos virreinales.
Esto último no fue pasado por alto por el público a quien estaba destinado y muy temprano el Museo fue objeto de gran cantidad de donaciones provenientes de diversos puntos de la República, como prueba del interés en la construcción de un espacio laico para la exhibición de los sagrados monumentos y tesoros patrios (Vega y Ortega, 2010, p.
Una exhibición, que fue acogida con tal entusiasmo por el público capitalino, que sus asiduas visitas al Museo llegaron a perturbar a los universitarios3.
Un segundo proyecto científico de menor alcance público, pero de mayor enjundia cultural, se puso en marcha en 1826 como se expresó en el periódico Águila Mexicana, cuando se anunció la inauguración del Instituto Nacional de Ciencias, Literatura y Artes, un establecimiento único en el país, que de alguna manera recogía la propuesta de Ortiz de Ayala que antes referimos.
La ceremonia tuvo lugar en el Aula Mayor de la Universidad, que hizo gala de suntuosos adornos e iluminación para acoger a sus distinguidos miembros y honorables invitados.
Los objetivos, expresados en el discurso inaugural de Andrés Quintana Roo, residían «no en enseñar o profesar una ciencia o arte en particular, sino [en] cuidar del adelantamiento y perfección de todas» (Ríos, 1994, p.
El Instituto operaría como un órgano director, consultor y censor de la cultura y la instrucción para todo el país, mediante la participación de 50 socios de número, 39 correspondientes a 16 estados, 23 del extranjero y 82 honorarios.
Se trataba de una iniciativa que manifestaba la disposición del gobierno para hacerse interlocutor de los letrados, que no desaparecería en los años sucesivos, aunque este proyecto no prosperó, como ocurriría con tantos otros durante el aciago diecinueve mexicano.
Respecto a las iniciativas científicas exitosas, en la siguiente década destacó la creación del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, fundado el 18 de abril de 1833 como una entidad dependiente de la Secretaría de Relaciones Exteriores e Interiores, donde se tomaron las primeras disposiciones para construir la Carta de la República y levantar la Estadística Nacional.
La monumental tarea convocó a los letrados de ese tiempo, quienes hicieron del Instituto la primera entidad que organizó la investigación científica, mientras operaba como el único cuerpo para el desarrollo y la práctica de las ciencias a nivel nacional (Azuela, 2003, p.
Y en el mismo año se abrió la Escuela de Medicina que substituyó a la Facultad de Medicina de la Universidad, cuya novedad radicaba en la integración de la Cirugía en la misma profesión, modernizando radicalmente su enseñanza.
Casi simultáneamente, se formaron las primeras academias médicas capitalinas, a las que nos referiremos más adelante.
En lo que concierne a sus relaciones con el público, las instituciones educativas que hemos venido mencionando continuaron con la tradición de efectuar exámenes de los estudiantes y disertaciones de catedráticos en los que se admitía la presencia de un auditorio dilecto.
Éstos se llevaron a cabo en las décadas de 1820 a 1850 en la Universidad, el Colegio de Minería, la Escuela de Medicina, el Jardín Botánico y el Colegio de San Ildefonso.
Y proporcionaron la oportunidad para las mujeres mexicanas, que no tenían acceso como estudiantes, y los jóvenes varones que aspiraban a convertirse en profesionistas, presenciaran la realización de experimentos y demostraciones con instrumental científico, como las que referimos en relación con el período ilustrado.
Se trataba de acontecimientos sociales de gran lustre en los que se combinaban los contenidos científicos con la expresión artística, ya que los discursos de los catedráticos y las demostraciones de los alumnos se completaban con intermedios musicales, como puede advertirse en la ceremonia de fin de cursos de la Escuela de Medicina (1846), cuando el catedrático de Química, Leopoldo Río de la Loza (1807-1876), presentó a las señoritas María de Jesús Zepeda y Guadalupe Berrueta, ambas de «la mejor sociedad», quienes complacieran al público cantando algunas arias de la ópera de moda, Ernani4.
(Archivo Histórico de la Facultad de Medicina, en adelante AHFM, 1846, leg.
De los muchos discursos pronunciados en aquellos actos, uno de ellos sirve para retratar la metamorfosis de las instituciones de instrucción superior en sedes de sociabilidad científica.
Éste correspondió a Joaquín Velázquez de León (1817-1882) y fue publicado en el Anuario del Colegio Nacional de Minería, órgano impreso de la escuela.
El reconocido catedrático inició su disertación preguntándose:
¿[si estaban] al alcance de [del Colegio] los grandes progresos que en los últimos años habían hecho las ciencias fundamentales y las auxiliares, de que era inconcuso debía estar instruido el [ingeniero] minero para no perder el tiempo y gruesos capitales en la ejecución de obras erradas y de proyectos inútiles que causaban a veces la ruina de las familias y atrasaban la industria principal de nuestro país?
Los asistentes no debían poner en duda la utilidad del estudio de la Geología y la Zoología entre los ingenieros por cuanto que rocas y animales, «seres inorgánicos y orgánicos estaban mezclados en las entrañas de la tierra, precisamente en el camino que con tanta dificultad emprendía atravesar el minero en sus investigaciones subterráneas».
El geólogo expresó que:
el conocimiento de los animales servía para determinar y clasificar los diferentes terrenos que se iban atravesando a medida que más penetraba el minero en el interior de la tierra y que del conocimiento y clasificación de estos terrenos dependía en innumerables casos el acierto y la economía de los trabajos de las minas, al poder fijar en qué formaciones podrían encontrarse los criaderos de las materias metálicas o no metálicas que se querían explotar, las aguas que depositadas en el interior de la tierra se querían utilizar en la superficie y multitud de incidentes y conocimientos que, aprendidos con aprovechamiento, tanto distinguían al teórico-práctico versado en estas ciencias del puramente empírico (Velázquez de León, 1849, p.
Como puede verse, las conferencias doctas sirvieron para legitimar la práctica científica y propagar sus valores, al tiempo que difundían la certeza de que la promoción de las ciencias coadyuvaría al progreso del país, una opinión que compartían las élites cultas con los gobernantes y que era indispensable extender hacia el gran público de la ciudad de México.
En todo caso, las instituciones educativas que hemos mencionado parecen desplegarse fuera de las fronteras de su objetivo disciplinar en la atención de un público más vasto y un propósito divulgativo que sin duda excedía sus objetivos pedagógicos.
Además, la mera presencia de sus establecimientos en el ámbito urbano dio fe de la importancia que se concedía a las ciencias y, años más tarde, los propios edificios que las albergaban se convertirían en hitos de connotación científica en el espacio citadino.
Un hecho que refiere nuevamente a la ciencia y sus públicos.
Como puede apreciarse, durante la primera mitad del siglo XIX la capital nacional contó con una infraestructura científica de carácter público de igual vocación aunque de menor calibre, que las grandes capitales del mundo.
De cualquier modo, las instituciones científicas gubernamentales tuvieron una relación suficientemente asidua con el público para sostener los pilares de una cultura proclive a las ciencias que tuvo otras expresiones, como referiremos enseguida.
LAS CIENCIAS EN LAS ASOCIACIONES CULTAS, LOS CAFÉS Y LAS TERTULIAS DE LA CIUDAD DE MÉXICO
Aunque las instituciones científicas que apuntamos presidieron la publicidad de las ciencias, hubo otros espacios de sociabilidad como las asociaciones letradas, donde éstas se promovieron.
624), estas asociaciones civiles representaban el ejemplo concreto de integración entre la inteligencia burguesa y los estamentos tradicionales del poder, reunidos con el objeto de impulsar la discusión crítica.
Por regla general, se trataba de organismos en donde no se hacía distinción entre ciencias, artes y humanidades, dando lugar a una cultura ilustrada que congregaba todos los ámbitos del conocimiento, en consonancia con el espíritu de las academias y asociaciones europeas de su tiempo.
Así que de la misma manera que ocurría en Europa, en el asociacionismo mexicano predominó la cultura burguesa, la influencia del racionalismo ilustrado y sus derivaciones y antagonismos románticos, así como el afán divulgativo, característicos de las agrupaciones dieciochescas.
Como en otros espacios, había inclinaciones moralizantes —y excluyentes— a partir de la imposición de las «buenas maneras» de la burguesía, como la puntualidad, la opinión crítica, la tolerancia intelectual, la moderación, el respeto mutuo, la utilidad frente a la ociosidad y el mérito personal (Peset, 2003, p.
Existía además una «idea común» basada en el deseo de saber y transmitir el conocimiento académico entre los «compañeros» (Comellas, 2003, p.
No fue extraño que entre los objetivos de las asociaciones se expresara la necesidad de instruir y moralizar a los sectores «populares» y a las «clases menesterosas», como mecanismo indispensable para el progreso de la sociedad mexicana y el adelanto material del país.
De manera que en el entorno asociativo, la ciencia operaba como «un conjunto de prácticas asociadas con la resolución de problemas» (Lafuente, 1998, p.
Éstas también desempeñaron un papel importante en el ámbito científico mexicano, ya que se convirtieron en espacios para la convivencia de los hombres de ciencia junto con historiadores, poetas y políticos.
Hubo también asociaciones que convocaron a los profesionales de alguna disciplina, como la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1833 hasta el presente), la Academia de Medicina de Mégico (1836-1841), la Academia Farmacéutica de México (1839) y La Unión Médica (1856-1858).
Otras agrupaciones culturales de la ciudad de México fueron el Colegio de Abogados, la Junta de Instrucción Pública, la Junta Directiva del Museo y el Jardín Botánico, la Compañía Lancasteriana, la Junta de Mejoras Materiales y la Academia Filarmónica Mexicana, organizada por José Mariano Elízaga (1786-1842) y que constituyó el primer conservatorio formal de Latinoamérica (Zanolli, 2000, p.
En términos generales, tal como ha advertido Capel, «en las sociedades creadas tras la independencia el objetivo más frecuente era el de adelantar y propagar [...] el reconocimiento del territorio nacional, la clasificación y el estudio de las producciones naturales [y] la descripción de la naturaleza en su aspecto exterior» (Capel, 1993, p.
Un ejemplo paradigmático de estos espacios de sociabilidad fue el Ateneo Mexicano que contó entre sus miembros a hombres de letras como Lorenzo de la Hidalga, José María Lacunza, José María Lafragua, Andrés Quintana Roo y José María Tornel, junto con destacados hombres de ciencia como Miguel Bustamante, Manuel Carpio, José Gómez de la Cortina e Isidro Rafael Gondra (Azuela y Sabás, 2009, pp. 84-87).
Los ateneístas se propusieron organizar conferencias y lecciones públicas gratuitas de diversas especialidades, pues entre sus objetivos destacaba «la instrucción del pueblo» 5.
Las cátedras fueron «muy concurridas por personas de todas edades, clases y condiciones, que con buena voluntad acudieron a este centro cultural para adquirir los conocimientos científicos o artísticos que les interesaban» (Perales, 1957, p.
A la par del desenvolvimiento de las agrupaciones cultas, la capital del país escenificó un aumento progresivo de establecimientos comerciales que facilitaron la sociabilidad de las élites, en donde se disponía de libros, periódicos y revistas por el precio de una taza de café o un vaso de vino.
La clientela tenía la misma composición social que los clubes, logias, academias, sociedades literarias o tertulias semanales que mencionamos (Díaz y de Ovando, 2003, p.
76), aunque cada uno de estos espacios tenía distintos patrones de sociabilidad.
A juicio de Agulhon, «la oposición entre el carácter comercial, público y abierto de un café y el carácter no lucrativo, privado y cerrado de una asociación» convivió en las ciudades de la primera mitad del siglo XIX (Agulhon, 2009, p.
Aunque el punto de contacto entre ambos espacios se daba cuando la clientela pertenecía a una agrupación que carecía de su propio salón para efectuar las reuniones, lo que sucedía generalmente en las primeras sesiones de ésta.
En estos espacios comerciales y de sociabilidad urbana se podía disfrutar de las horas de ocio entre bebidas estimulantes y cigarros, juegos de billar, cartas y dominó, lectura de periódicos y folletos, largas conversaciones entre amigos y concurrentes.
El público del café incluía también estudiantes de las escuelas superiores, en «su mayor parte solteros, y por lo tanto sin responsabilidades familiares [...], entre quienes se [impuso] el hábito del encuentro en los cafés, [que satisfacían] sus nuevas necesidades de sociabilidad en el marco de la comunidad de lugares» (González Bernaldo de Quirós, 2001, p.
Aunque se trataba de espacios esencialmente masculinos, también está documentada la existencia de cafés de carácter familiar a donde acudían mujeres y niños.
En todo caso, la literatura de la época ubica las tertulias cultas en los cafés, librerías y boticas, igual que en los salones y bibliotecas particulares y reseña la discusión de los temas de actualidad, la lectura en voz alta, amén del recital musical y la declamación poética.
Todo ello como complemento de otras prácticas eruditas, como el coleccionismo naturalista y el registro de observaciones astronómicas y meteorológicas, que se integraban al entretenimiento racional de las élites decimonónicas, como explicaremos a continuación.
LAS CIENCIAS Y EL ENTRETENIMIENTO PÚBLICO EN LA CIUDAD DE MÉXICO
Aparte de las tertulias y las veladas literarias, las distracciones de las clases privilegiadas incluían la asistencia al teatro para disfrutar operetas y zarzuelas; la participación en carnavales, mascaradas, bailes, ferias, corridas de toros y peleas de gallos; la intervención en los diversos ritos del calendario litúrgico; y la organización de paseos a las áreas ajardinadas de la ciudad, que en ocasiones desplegaron una modalidad cientifista.
Las ciudades decimonónicas de las grandes capitales contaron con áreas dedicadas a este entretenimiento citadino, concebidas por los «urbanistas» occidentales de la época como «espacios arbolados, recreativos, planeados de antemano para ser recorridos a pie, a caballo o en carruaje, que buscaban poner en contacto a los paseantes con la naturaleza» (Hernández Franyuti 2007, p.
En la capital eran populares la Alameda y los paseos de origen dieciochesco de Bucareli, Revillagigedo y Azanza, siguiendo la pauta del paseo madrileño de El Prado.
Además de la ocasión para encontrarse con sus conocidos, los paseos brindaban la oportunidad de respirar aire fresco -recomendado ampliamente por los higienistas- y de observar la naturaleza en plenitud, amén de la posibilidad de practicar el coleccionismo naturalista.
Esta última actividad era más recurrente en los paseos por los alrededores de las ciudades y las excursiones a bosques y montañas que disfrutaron las élites mexicanas del XIX, igual que las americanas y europeas y cuyo testimonio quedó plasmado en los contenidos geográficos y naturalistas de la literatura del período, así como en las revistas que analizaremos.
Las colecciones científicas privadas con frecuencia se generaron a partir del acopio que se llevaba a cabo en estos paseos y fueron un incentivo para la práctica científica amateur, así como para el desarrollo de formas de sociabilidad relacionadas con la clasificación y el canje de especímenes.
Uno de los testimonios que revela el amplio interés que los miembros de la República de las Letras tuvieron sobre el tema se encuentra en el diario de viaje de Brantz Mayer (1809-1879), abogado y secretario de la Legación estadounidense en México, entre finales de 1841 y los últimos meses de 1842, titulado México lo que fue y lo que es.
El texto resalta las colecciones privadas de José Justo Gómez de la Cortina (1799-1860), quien poseía un raro repertorio de armas antiguas y modernas de México y otras partes del mundo que exhibía a sus conocidos.
Además, éste había reunido «cierto número de interesantes documentos del país, junto con algunos cuadros originales y copias de los artistas más ilustres de las escuelas» europeas (Brantz, 1953, p.
Otro coleccionista era José Mariano Sánchez y Mora (1777-1845), ex conde del Peñasco, quien poseía un gabinete que constaba de cuatro secciones: Antigüedades, Historia Natural, Pintura e Instrumentos de ciencias físicas.
«Su colección de monedas con más de tres mil ejemplares, [era] sumamente valiosa, y su Gabinete de Mineralogía [era], sin disputa, el más selecto de la República Mexicana» (Mayer, 1953, pp. 357-358).
También Lucas Alamán fue conocido por sus colecciones botánicas y mineralógicas, la primera de las cuales era tan vasta que alcanzó para que el político hiciera un donativo a la Flora General del Globo de Agustín de Candolle (Alcocer, 1897, p.
Seguramente Alamán no fue el único que hizo donaciones de especímenes y colecciones a los museos europeos y estadounidenses, pues ellas formaban parte de la cultura coleccionista.
Ésta se conjugó con las visitas a los acervos públicos del Jardín Botánico, el Museo Nacional o el Colegio de Minería, como parte de las actividades sociales de las élites.
También fueron parte de ellas los globos aerostáticos, que habían surcado los aires de la Ciudad de México desde el Siglo de las Luces y que continuaban produciendo entusiasmo entre los capitalinos, tanto por sus connotaciones científicas como por su prodigiosa capacidad de vuelo.
En ocasión del ascenso programado para los días 2 y 3 de abril de 1842 en la plaza de toros de San Pablo, el estudiante del Colegio de Minería y tripulante del globo, Benito León Acosta, recibió el apoyo de los catedráticos de dicho establecimiento, convocados por el Ayuntamiento Constitucional de la ciudad de México.
En acatamiento de lo dispuesto se nombró a los catedráticos de Química, Manuel Herrera, y de Cosmografía y Delineación, Tomás Ramón del Moral, para «asegurar el buen éxito de la ascensión» (AHPM, 1842, caja 196, exp.
La función científica incluía la contemplación del procedimiento «químico para inflar el globo» construido por el estudiante, mismo que fue acompañado por «músicas militares para que [hacer] más agradable el espectáculo».
El público estuvo al tanto de las observaciones científicas que se llevarían a cabo durante el vuelo (Citado en Díaz y de Ovando, 1998, pp. 724-725) y tuvo el privilegio de atestiguar el despegue por el módico precio de un boleto, pero una vez fuera los confines de la Plaza de Toros el globo maravilló a todos los citadinos con el encanto de su vuelo.
Como puede verse, en la primera mitad del siglo XIX las ciencias fueron parte de la cultura urbana de las clases media y alta, que además participaban plenamente de la cultura escrita, que en aquellos años había crecido exponencialmente gracias a las novedades tecnológicas que abarataron los procesos editoriales, generando un desarrollo inédito en tal industria.
LOS CONTENIDOS CIENTÍFICOS EN LAS REVISTAS DE LA CIUDAD DE MÉXICO
La aparición de la prensa periódica estuvo estrechamente vinculada con la esfera pública, entendida como el medio por excelencia para propiciar las expresiones de la crítica y manifestar la opinión pública, fuera ésta política, artística, literaria o científica.
84), el nacimiento y ulterior expansión de la crítica que apareció en la prensa de los siglos XVII y XVIII en Inglaterra apuntó al nacimiento de un emergente juicio público que desafió el antiguo monopolio interpretativo del Estado y del clero.
De hecho, la transformación de la cultura misma en una mercancía, que se verificó el XVIII tanto en Francia como en otras regiones, hizo asequibles muchos bienes culturales a una colectividad más amplia, expandiendo las fronteras de la esfera pública burguesa para incluir un «público difuso» cuyos miembros sólo necesitaban estar alfabetizados.
En este sentido, las publicaciones periódicas que ahora examinaremos, representan un medio privilegiado para apreciar el papel que desempeñó la ciencia en la esfera pública mexicana.
Para abordar el tema de las publicaciones periódicas habría que reconocer sus orígenes en las gacetas de la primera mitad del siglo XVIII, aunque el surgimiento de una prensa propiamente crítica corresponde a una etapa posterior, cuando se dieron a la imprenta los periódicos de Ignacio Bartolache (1739-1790) y José Antonio Alzate (1733-1799).
El primero fue el editor del Mercurio Volante, en el cual la divulgación científica ocupó varias páginas y el segundo publicó en 1768 el Diario Literario de México, que más tarde cambió de nombre a Asuntos Varios sobre Ciencias y Artes, y para 1778 sacó a la luz la Gazeta de Literatura (Véase Saladino, 1996).
En relación con los lectores de estas publicaciones, es preciso reconocer que aunque su número era reducido y se limitaba a un dilecto sector de las clases medias y altas, sus aficiones sentaron las bases para una cultura lectora de impresos periódicos que se desarrollaría con gran dinamismo en todo el siglo XIX y que estaría acompañada por los esfuerzos alfabetizadores que se irían incrementando a lo largo de la centuria, igual que en otras latitudes.
La demanda generada por este público se satisfizo mediante el aumento del tiraje, variedad y formato de los impresos publicados por diversas imprentas de la ciudad de México, ya fueran periódicos, revistas, catecismos, almanaques, cartillas, manuales, folletos y calendarios (Suárez, 2005, p.
En lo que concierne a las revistas literarias6, las primeras décadas de vida independiente atestiguaron la existencia de un público suficiente para sostener los proyectos editoriales que se abrieron paso con la primera revista literaria mexicana, publicada en 1826 bajo el título de El Iris.
Periódico Crítico y Literario.
Se trataba de una publicación destinada para de «servir de distracción y diversión» al público, al tiempo que le proporcionaba instrucción, mediante una variedad de contenidos entre los que se contaban asuntos de Geografía, Historia, Astronomía, Física, Antigüedades, Química, Botánica, así como poemas, cuentos y relatos de viajes.
Su línea editorial no fue excepcional, ya que entre 1820 y 1860 las revistas de la ciudad de México contuvieron multitud de escritos referentes a las ciencias, de la misma manera que publicaron las voces de la opinión pública tanto en el orden político y religioso —antes vedado—, como en relación con la crítica literaria, artística y científica.
En cuanto al modelo editorial, las revistas mexicanas no fueron originales, sino que guardaron similitudes con las publicaciones extranjeras de la época, como las españolas El Artista, El Museo de las Familias y El Semanario Pintoresco Español; las francesas Le Cultivateur, Magasin Pittoresque, Le Mosaïque, Musée des Familles y Le Père de Famille; las inglesas The Penny Magazine, The Spectator y Register of Arts; la estadounidense The Family Magazine; y las Memorias de la Sociedad Económica de la Habana y El Quetzal, ambas de Cuba.
La prosa de las revistas se distinguió por una narrativa agradable y un vocabulario sencillo que apelaba al deleite de aquellos lectores que ocupaban algunas de sus horas semanales en su lectura, ya fuera para instruirse o entretenerse.
Aquí descollaron los prosélitos del romanticismo, que tuvo también una expresión científica que se plasmó en las revistas, «impulsado por estudiosos desencantados del reduccionismo mecanicista de la Ilustración y las limitaciones que exhibía para la investigación de la naturaleza» (Azuela, Sabás y Smith, 2008, p.
Aunque también es cierto que en las revistas en que se expresó esta corriente se advierten continuidades con un pensamiento racionalista e ilustrado.
Los intelectuales involucrados en la edición de las revistas procuraron hacer comprensibles al público mexicano los textos y autores más destacados, sin distinción de orígenes geográficos, propósito que hicieron explícito en los escritos introductorios que aparecieron en los primeros números de las revistas capitalinas.
Aquí conviene incluir un extracto del proyecto editorial de El Mosaico Mexicano, que expresó la intención de mostrar al público un cuerpo de escritos de gran calidad literaria en disciplinas científicas, humanísticas y tecnológicas y solicitó a los letrados su colaboración de acuerdo con las siguientes pautas: «El fin [de la revista estaba] reducido a dos palabras: la naturaleza y la industria.
Sobre estos objetos [admitirían] todos los artículos que [les] [dirigieran], con tal que [fueran] cortos y de algún interés, quedando este último sujeto a [su] calificación para darles o no lugar en [sus] columnas» (Los Editores, 1836, pp. 1-2).
Entre las revistas editadas en la ciudad de México en la primera mitad de la centuria, mencionaremos algunas que nos parecen especialmente ilustrativas, como el Registro Trimestre.
El Registro era contemporáneo de las primeras publicaciones especializadas como el Periódico de la Academia de Medicina de Mégico (1836-1842) y el Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (1839).
Todas ellas se caracterizaron por el alto número de contenidos científicos y el grado de especialización en el lenguaje, así como por su intención expresa de informar a los lectores sobre los adelantos de las disciplinas que formaban su objetivo editorial.
Dentro de las revistas de amplio espectro, tal vez la más paradigmática del género e indudablemente la de mayor enjundia de los años cuarenta fue El Museo Mexicano (1843-1846), cuyo cuerpo editorial estuvo compuesto por Manuel Payno, Guillermo Prieto y José María Lacunza, tres de los intelectuales más influyentes del siglo diecinueve mexicano.
El carácter de la publicación, que garantizó su amplia circulación entre las élites intelectuales, puede resumirse en los siguientes atributos: solidez ideológica (liberal); excelencia de sus autores y editores; y deliberada intención de incluir noticias y artículos científicos.
Estos últimos se refirieron especialmente a la geografía y la historia natural, aunque no estuvieron ausentes ni las matemáticas, la astronomía, la química, la medicina y otras disciplinas.
Como puede advertirse en los ejemplos expuestos, la divulgación de la ciencia fue uno de los objetivos editoriales de las revistas del período, que respondía a la demanda de un público inmerso en una cultura polifacética en la que no estaban ausentes los asuntos científicos.
Las revistas, en este sentido, hacían eco de las diversas manifestaciones de la cultura científica que hemos referido, completando la información adquirida en las exhibiciones y conferencias, igual que en los actos públicos de las instituciones de educación superior y en el Museo.
Como se ha podido ver en las páginas precedentes, la ciencia ocupó un lugar preponderante en la vida cultural de la capital mexicana durante el período estudiado.
Su desempeño rebasó el ámbito epistémico y alcanzó amplios sectores de la vida social, mostrando que:
«la ciencia no es solo un proceso cognitivo que da cuenta de los fenómenos naturales o sociales, sino implica una actividad humana colectiva, encarnada en artefactos materiales e inseparable de las configuraciones de la realidad social y de los ejercicios del poder» que se materializan en la ciudad (Pohl-Valero, 2012, p.
Las fuentes archivísticas, hemerográficas y bibliográficas analizadas permitieron reconocer las diversas manifestaciones culturales de la práctica científica en los espacios institucionales y en las aulas de instrucción superior, que abrieron sus puertas al público para difundir sus actividades mediante certámenes, discursos y la exhibición de colecciones y actos experimentales, no menos que a través de espectáculos científicos, como los globos aerostáticos, que excedían sus objetivos pedagógicos.
En todas estas actividades, igual que en las promovidas por las asociaciones cultas, los letrados fueron pieza clave de la conformación del entretenimiento racional, en el que la población entraba en contacto con una naturaleza domesticada que invitaba a la reflexión científica y se propiciaba la apropiación de los valores y representaciones de la ciencia.
Esto último fue particularmente vívido en su desempeño en los numerosos proyectos editoriales destinados a un público amplio, donde dejaron plasmados tanto sus ideales científicos, como su propósito de coadyuvar al progreso del país mediante la promoción de una ciencia útil.
Y de la misma manera, pusieron de manifiesto sus esfuerzos encaminados al robustecimiento de una opinión pública, en la que las manifestaciones científicas fueron innegables.
De esta manera, puede concluirse que dentro de la reducida escala que le permitieron sus posibilidades políticas y económicas, México participó del proceso general que se desarrollaba en otras capitales occidentales, donde la ciencia participó de la esfera pública y operó como elemento de un proceso civilizatorio, mientras se elevaba progresivamente como el discurso con mayor autoridad epistémica. |
En 1776, Pedro Franco Dávila, director del Real Gabinete de Historia Natural en Madrid, implementó una estrategia de adquisición de ejemplares naturales para ampliar las colecciones monárquicas.
En ella involucró a corresponsales, expedicionarios, eruditos y aficionados en América y Europa que debían enviar remesas de producciones naturales asociadas a una serie de índices e inventarios que documentaban los envíos y permitían controlar su tránsito hasta Madrid.
Este artículo explora el corpus documental generado alrededor de las colecciones de historia natural enviadas al Real Gabinete de Madrid y busca analizar su dimensión instrumental como herramientas indispensables para registrar y estabilizar la información sobre los diversos procesos, prácticas y actores implicados en el coleccionismo y la producción de conocimientos sobre la naturaleza.
Hay relaciones entre el gran almacén y el museo, entre las cuales el bazar es el eslabón intermedio.
La acumulación de obras de arte en el museo se asemeja a la de las mercancías allí donde, al ofrecérsele masivamente al paseante, despiertan en él la idea de que también tendría que corresponderle una parte.
Walter Benjamin, El libro de los pasajes.
Museo y almacén es una analogía que se repite con frecuencia cuando se observan con detenimiento algunas de las prácticas asociadas a uno y otro espacio.
Incluso si lo miramos superficialmente, no es gratuito ni inocente que la asociación de ambas acumulaciones de objetos se presente en nuestra mente cuando pensamos que tales objetos comparten, como dice Benjamin, el estatuto de mercancías en tanto bienes de consumo cultural o comercial.
Ahora bien, si vamos más allá y pensamos en las prácticas que se dan al interior de ambos espacios, veremos que contabilizar, describir, clasificar y supervisar son actividades compartidas que generan un corpus documental vinculado a la necesidad de controlar aquello que entra, sale, circula o se conserva almacenado o en su caso, expuesto.
En su dimensión práctica, que es la que lo origina, el corpus, formado por listas, descripciones e inventarios, tiene como finalidad estabilizar la información sobre los movimientos realizados alrededor de una colección.
Sin embargo, en una dimensión más bien teórica, los documentos del coleccionismo también pueden interpretarse como instrumentos de visibilización de lugares, personas, prácticas y procesos soslayados historiográficamente, o bien, como herramientas útiles para fabricar conocimiento fiable y dar fluidez a la comunicación entre las distintas comunidades científicas, como mediadores entre los distintos usuarios de una comunidad epistémica, o como intermediarios que muestran cómo entran en contacto e interactúan distintos regímenes de conocimiento (Schaffer, 2011, p.
Lo cual les confiere una dimensión instrumental asociada a lo que en algún momento se ha llamado «Tecnologías de papel» (Hess y Mendelsohn, 2010, p.
En el Real Gabinete de Madrid y sus colecciones de historia natural, que es el tema que enmarca este artículo, la documentación fue tan importante como los objetos mismos, pues las producciones naturales colectadas viajaban por mar y tierra sin la certeza de que llegarían en buenas condiciones a destino, lo cual implicaba que solo a través de la observación de las descripciones, clasificaciones y dibujos habría una posibilidad de (re)conocer y completar, en lo posible, al ejemplar y las pérdidas que pudiera sufrir3.
Las inminentes contingencias provocadas por el tránsito de la naturaleza entre su lugar de origen y los puertos de llegada en Europa hacían indispensable la producción de inventarios: una práctica propia de navegantes, viajeros y comerciantes que requerían de herramientas para controlar la circulación de objetos y mercancías, y que había sido adoptada por los naturalistas al enfrentar el reto de movilizar ejemplares para los gabinetes.
Un hecho que provocó que los inventarios migraran del área comercial a la intelectual, transformándose en instrumentos teóricos susceptibles de confrontar el conocimiento europeo sobre la naturaleza colonial con lo que en realidad se encontraba en los territorios explorados, además de una eficaz forma de retroalimentación4.
Los catálogos e inventarios de las remesas permitían un primer nivel de lectura, donde los lectores (usualmente los transportistas, y ciertamente, los destinatarios) podían obtener la información sintética del envío, basada en cifras y nombres.
Sin embargo la mirada analítica del coleccionista, habitualmente dirigida por preguntas específicas, permitía ir más allá para rescatar un conocimiento que cartografiaba el terreno y sus producciones, tanto como a los actores participantes en la red de adquisición de piezas.
Lo cual daba a las notas de remisión el carácter de mediadores entre distintos grupos de personas, y entre personas y grupos de objetos, mientras adquirían una plasticidad que ahora se considera como uno de sus principales atributos en cuanto herramientas epistémicas útiles para generar problemas de investigación5.
El potencial epistémico de los inventarios, emerge cuando tratamos de descubrir las diferentes capas de conocimientos, prácticas, procesos y actores que se esconden debajo de sus letras y números.
Un acto que implica un proceso de revelación en el que James Delbourgo y Staffan Müller-Wille (2012, p.710) nos piden observar a las prácticas de producción, porque ello nos permitirá vislumbrar cómo los ejercicios de escritura asociados a la ciencia, la administración y el comercio se amalgamaron para contribuir con el esfuerzo de reorganizar la labor científica, organizar los contenidos del mundo y registrar los procesos por los cuales se conocía y describía su contenido.
Prácticas que habría que apreciar como intrínsecas y permanentes del ejercicio de naturalistas y coleccionistas de producciones naturales6.
La documentación que resultaba de esas prácticas contenía visiones espaciales y temporales de la naturaleza, registraba prácticas relacionadas con procesos de intercambio y colección de objetos, mostraba ejercicios vinculados al reconocimiento social y se usaba como medio de difusión (o de presentación) de las identidades de los científicos (Delbourgo y Müller-Wille, 2012, p.
710), no obstante que la escritura de los naturalistas de gabinete fuera distinta de la de aquellos que recolectaban u observaban directamente en el campo; diferencia que al final resultó evidente en las circulares, misivas e instrucciones que desde la Corte se expedían para solicitar piezas para el Real Gabinete de Madrid, tanto como las notas e inventarios que los corresponsales remitían desde el campo con los objetos.
Los documentos cortesanos contenían una percepción de la naturaleza sustentada en los libros de historia natural, pero también influenciada por relatos de viajeros, navegantes y comerciantes que, por diversas razones, fabulaban o repetían dislates heredados de sus antecesores (Pimentel, 2003a, p.
Lo cual, en una comunidad científica preocupada por la precisión, la verdad y la razón, obligaba al destierro de errores, la confirmación de verdades a medias o, simplemente, la observación de lo desconocido, buscando evidencia material que ayudara a confrontar lo ya sabido con lo recién encontrado.
En ese esfuerzo se insertaba, sin duda, la conformación de colecciones para el Real Gabinete de Historia Natural de Madrid.
La iniciativa de crear una colección monárquica de historia natural tuvo un primer antecedente en 1752, cuando el marino Antonio de Ulloa mandó a las provincias y virreinatos hispanos una circular que solicitaba el envío de minerales y piedras preciosas para conformar el Real Gabinete de Minas7.
La solicitud, que se insertaba en la tradición de documentos normativos enviados por la Corona española para recopilar información de sus virreinatos, buscaba que los habitantes remitieran cualquier mineral digno pertenecer a una colección monárquica, no obstante que en sus líneas no se especificara con claridad el tipo de minerales requeridos ni las características de la documentación que debía acompañarlos.
Lo cual, tuvo como resultado que los habitantes de los virreinatos respondieran con objetos tan variados como plantas, semillas, «una concha con dos perlas»,8 «una piedra de cobre virgen de extraordinario peso y tamaño» 9 o «siete piedras de plata» 10 que a lo sumo estaban documentadas por alguna nota que especificaba el nombre del remitente, el lugar de procedencia, su nomenclatura local y una sucinta descripción del objeto.
Datos que en su momento no eran suficientes para hacer una verdadera historia natural de los ejemplares pero que, por el contrario, resultaron relevantes para el conocimiento del potencial del territorio al cual pertenecían, tanto como para diseñar una segunda estrategia de acopio más clara y consecuente con los objetivos de una colección imperial11.
La segunda iniciativa surgió después de que, en 1771, la Corona adquiriera el acervo conformado por el guayaquileño afincado en París, Pedro Franco Dávila, quien al ser nombrado director de la institución enfrentó la consigna de conformar para el Gabinete Real una verdadera colección monárquica que visibilizara el potencial natural de la Corona.
El mandato requería de estrategias diseñadas para motivar la participación de los habitantes en territorios hispanos y extranjeros, y eso llevó a Dávila a emprender una estrategia de adquisición de ejemplares basada en la redacción y difusión de un documento normativo que funcionara para involucrar a una gran cantidad de personas (aficionados, especialistas, eruditos y legos) en la formación del Gabinete.
El resultado fue la Instrucción Circular12 (véase imagen 1).
La Instrucción diseñada por Dávila como elemento protagonista de su estrategia de acopio apareció publicada en España por primera vez en las páginas del Mercurio Histórico y Político de Madrid de mayo de 177613 y, para asegurar un mayor alcance, fue enviada un mes después a las provincias, virreinatos e intendencias hispanos bajo el formato de un cuadernillo de veinticuatro páginas impreso por ambas caras.
Su contenido era un reflejo del conocimiento que a través de los años Dávila había adquirido como resultado de la correspondencia con sus pares y el intercambio con aficionados, tanto como de la lectura de libros de historia natural e informes sobre la naturaleza europea y colonial.
Lo cual era indispensable para saber con acierto y pedir con precisión el tipo de ejemplares que requería para sus colecciones; eso incluía desde especificar el nombre ordinario, las características y la ubicación geográfica de los ejemplares, hasta explicar los métodos para conservarlos y la forma de remitirlos al Real Gabinete.
Cada apartado de la Instrucción separaba y agrupaba por semejanza las producciones naturales de acuerdo con los cánones de la historia natural contemporánea.
Había una sección para el Reino Mineral, con sus respectivas «Tierras, Piedras, Minas, Sales y Betunes», otra para el Reino Animal, separado a su vez en cuadrúpedos, pájaros, insectos, reptiles, peces y conchas, y la última dedicada al Reino Vegetal, subdivido en petrificaciones.
Un apartado distinto solicitaba curiosidades del arte, específicamente «vestidos, armas, instrumentos, muebles, máquinas, ídolos y otras cosas de que usaron los Antiguos Indios, u otras Naciones».
Mientras que el apartado final, titulado «Modo de preparar y enviar todo lo que se pide» era un manual de métodos de conservación y embalaje14.
El texto, que comienza enunciando las producciones minerales solicitadas, se lee desde el inicio como una larga lista de formato horizontal que menciona, casi en su totalidad, el mundo conocido de las piedras, las minas, las tierras, las sales y los betunes.
Líneas como éstas «Las Tierras y Arenas son de diferentes colores, como blancas, negras, rojas, amarillas, azules, etc. Unas son puras, otras mixtas con ocres, con sales, azufres o betunes, con partes animales y vegetales, con polvos o pajitas de oro, etc.»,15 enlistaban en lo posible toda la taxonomía asignada a los especímenes requeridos por Dávila, no obstante que en la Instrucción el reino mineral se redujera sólo a tres páginas.
Contrario a lo que sucedía con los minerales, el reino de los animales aparecía más profuso que el anterior, y desplegaba en sus líneas una mayor cantidad y variedad de características, detalles particulares y lugares de origen.
El inventario se enriquecía en ese apartado con descripciones minuciosas de lo que se esperaba recibir, pues Dávila tenía la expectativa de que los lectores de la Instrucción le corresponderían al pie de la letra con sus encargos, lo cual era una variable que le obligaba a proveer la mayor cantidad de información posible si en verdad quería cumplir sus expectativas.
Esta minuciosidad se veía en ejemplares como el «Oso hormiguero de México», al cual Dávila enfatizaba que era «llamado por los Indios Izquiepatl»; o en «otra Ardilla muy rara de Nueva España» que el naturalista explicaba que tenía «pintas blancas sobre un color gris, que tiene la cola abierta o partida en cuatro colas, que parecen otras tantas ramas que salen de un tronco»16.
Los párrafos descriptivos, aunados a sus nombres autóctonos y coloquiales tenían como objetivo prefigurar en la mente de los lectores, la imagen de los animales solicitados.
Lo cual era necesario e indispensable si consideramos que los destinatarios de la instrucción poco o nada tenían que ver con su autor, que podían conocer los especímenes con nombres distintos, o que podían ser tan ignorantes como conocedores de la historia natural europea.
Variables que al final prefiguraban un lector heterogéneo y anónimo que muy probablemente ignoraría los nombres en latín o los sistemas taxonómicos al uso en Europa, tal y como explicaba Dávila en una nota al pie de la primera página17.
Pero las peticiones del director del gabinete, aunque eruditas, no siempre correspondían con la realidad y, en algunos casos, incluso pudieron haber contribuido a distorsionar o desviar la búsqueda.
Esto podemos verlo en tres ejemplos: las serpientes bicéfalas que Dávila pensaba no como monstruosidades sino como una especie propia de las costas de Malabar por el hecho de haberse conocido más de un ejemplar y por encontrarse descritas en las historias naturales de Aldrovandi y Seba; los cucuyos, insectos americanos que deseaba con especial interés porque había tenido noticia de «la luz tan clara y durable que despiden sus ojos en la oscuridad», de la cual se valían los nativos para iluminar sus aposentos permanentemente, «pues se ve alternativamente que cuando unos ocultan la luz, otros la manifiestan»; y el «Perro volador que se encuentra en la América Austral», del cual se decía que tenía «desde la cabeza hasta la extremidad del cuerpo una membrana extendida de ambos lados con la que vuela» 18.
Con los casos anteriores se puede inferir que parte de la naturaleza descrita en la Instrucción era, probablemente, un producto de los relatos de viajeros y no de la propia experiencia del naturalista, lo cual terminaba ayudando a difundir creencias comunes, aunque quizá, poco veraces, sobre lo que podía encontrarse en los territorios de ultramar.
Esto podría ser claro en el ejemplo del «Perro volador» que bien podía tratarse de un animal imaginario o bien de uno real que, al ser descrito solamente por palabras y sin referentes materiales o un nombre genérico que lo significara, derivó en el ser descrito que incluso puede imaginarse como un ente fantástico19.
De ahí que la necesidad de descartar o aprobar esas creencias permaneciera latente en la mente de los naturalistas, que buscaban en los animales naturalizados la prueba de confirmación de su existencia.
En consecuencia parecería que, Dávila, además de buscar el aumento per se de las colecciones, buscaba también contribuir al mundo de la historia natural con la evidencia material de aquello que sabía que existía en algún lugar del territorio español.
No obstante, si pedir y esperar la llegada de animales extraordinarios para aprobar y validar un conocimiento del cual se dudaba era una de las prerrogativas del director de un Gabinete monárquico, lo que se encontrara y enviara en respuesta a estas solicitudes fue el privilegio de sus corresponsales y recolectores, y eso se configuró como una variable definitiva en el proceso.
Nómina hecha de orden del Rey Nuestro Señor, por Dn.
Pedro Franco Dávila Director del Real Gabinete de Historia Natural.
Al estar en distintos puntos geográficos y tener contacto directo con la naturaleza, los corresponsales se enfrentaban a un mundo que poco o nada tenía que ver con el que desde la Corte prefiguraba Pedro Franco Dávila en su Instrucción.
Como naturalista de gabinete, su mundo estaba circunscrito a las paredes que resguardaban la colección y, de cierto modo, a él también.
Su trabajo residía en actos de gestión, reflexión, lectura, escritura y observación pausada, llevados a cabo en un ambiente cerrado, controlado y protegido lejano del campo que enmarcaba el trabajo de los corresponsales, quienes, por su parte, debían enfrentar las contingencias del mundo natural: lluvias, cambios climáticos, ataques de insectos, enfermedades, recorridos accidentados por lugares inhóspitos y demás situaciones propias de quien viaja y se adentra en la naturaleza.
En su devenir, los corresponsales, que podían o no ser también recolectores, observaban, conseguían, acopiaban y documentaban ejemplares con la presión de un tiempo dividido en tres momentos: buscar y cazar al animal; conservarlo de la mejor manera para que soportara el tránsito de varios meses hasta llegar a Madrid sin perder sus atributos físicos; nombrarlo y describirlo20.
Procesos que implicaban pericia y habilidad, pero que también requerían estrategia, inteligencia y visión; cualidades necesarias para reconocer la naturaleza que salía a su paso contrastándola con aquello que encontraban escrito en las solicitudes monárquicas.
La cantidad de variables implícitas en las prácticas de conformación de la colección monárquica era grande, y esto afectaba especialmente a los corresponsales, que pocas veces -o ninguna- podían asegurar que el ejemplar colectado llegara con las cualidades que esperaba el director del Gabinete, es decir, bien conservados, completos y con el menor deterioro posible.
Los fracasos en los métodos de conservación, los accidentes sucedidos durante la cacería y los malos manejos de las remisiones eran cuestiones que incidían y afectaban el buen estado de los ejemplares, y que, ciertamente, repercutían en el prestigio del corresponsal.
Por ello, quien realizaba el proceso de localizar, capturar y preparar debía, además, producir una documentación que sirviera no sólo para controlar el tránsito de los ejemplares, sino también para demostrar su trabajo, validar su conocimiento y justificar cualquier desperfecto del que no fuera directamente responsable.
Con esa finalidad surgieron los índices y catálogos o inventarios que enlistaban y describían el contenido de las remesas enviadas al Real Gabinete.
En España uno de los principales corresponsales de Dávila fue Cristóbal Vilella, pintor aficionado a la historia natural y residente en Palma de Mallorca que, desde 1773, enviaba importantes remesas de aves y peces principalmente.
Con ellas contribuyó en gran medida al reconocimiento de la naturaleza de las Islas Baleares, mientras daba cuenta de las prácticas y los procesos que había llevado a cabo para conformar y conservar sus ejemplares21.
En abril de 1778, dos años después de la emisión de la Instrucción Circular, Vilella envió a Madrid una remesa de nueve cajones con diversas piezas acompañadas de un extenso inventario que estaba hecho para describir más que para nombrar ejemplares.
En sus listas, el pintor numeraba y designaba los ejemplares por su nombre común, lo cual correspondía con el estilo de muchos otros naturalistas que por comodidad, ignorancia o falta de tiempo permanecían al margen de los problemas que la insuficiencia de los sistemas de clasificación al uso provocaba entre los naturalistas eruditos.
Sus descripciones se quedaban en el terreno de lo coloquial y tampoco configuraban problemas más complejos que informar acerca de los detalles necesarios para hacer una breve historia del ejemplar.
Las características morfológicas externas, los hábitos alimenticios, la forma de vida y el potencial utilitario de los ejemplares era lo que generalmente se decía sobre ellos, y quizá con eso bastaba para que en el Gabinete Real se les clasificara y ordenara en el sitio que les correspondía.
Por ejemplo, un macho cabrito, conocido en la isla como «Boch», era enviado con varias aves en el cajón número cuatro de esa remesa.
Vilella lo describía como un animal de color negro, de pelo raso, «con pintas blancas de barba larga», que se había «criado casero en la Villa de Santanyi, distante siete leguas de esta Capital [la de Mallorca]», y que había disecado «persuadido que tal vez en el R. Gabinete aún no lo tendrían y por ser bien conservado».
Sobre sus virtudes mencionaba que era comestible y que su carne la vendían «en la carnicería todos días, como y también la de vaca, carnero, oveja y cabra», y que «todas las guardas o manadas de cabras tienen dos machos cabritos de igual tamaño por servir de padres» 22.
En sus descripciones, el pintor-corresponsal nunca aludía a los autores paradigmáticos de la historia natural y evitaba en todos los casos usar los sistemas de clasificación habituales, mientras que los aspectos que resaltaba y validaba sin dudar eran su habilidad como gestor y recolector de ejemplares, más su práctica como disecador.
Esto se hacía evidente cuando explicaba los medios por los que había obtenido un animal y justificaba las circunstancias ajenas a él que en todo caso podrían afectar el buen estado de conservación de la colección.
Un ejemplo de ello era el número dos del mismo cuarto cajón: un buitre o voltó -en mallorquín-, descrito por Vilella como «el ave más grande de las de Rapiña que se crían en esta Isla», y que medía «de un cavo de ala al otro diez y siete [sic] palmos Mallorquines», tenía «el pico muy fuerte y puntiagudo, [y] las uñas fuertes y romas»23.
Se criaba en los «Peñascos más escabrosos de esta Isla», tenía la carne negra e inútil como alimento y hacía su nido con varios troncos de gran tamaño.
La forma en que lo había obtenido se explicaba en un par de líneas, donde el corresponsal enunciaba que el animal había llegado vivo a sus manos después de que un cazador lo encontrara en un arenal donde desollaban ganado, y le disparara «con escopeta, con bala, y ocho postas» rompiéndole el «hueso maestro de una ala» 24.
Lo cual era una información que, aunque breve, explicaba tres cosas: una, que para conseguir el ejemplar Vilella se había valido de un tercer recolector que en este caso era un cazador, pero que podía haber sido también un pescador o un buzo, como explicó en algún otro caso; dos, que ese recolector había cazado al animal sin preocuparse por lastimarlo demasiado, esto significaba que el cazador no tenía el sentido estético, científico y analítico necesarios para pensar en que un animal destinado a la investigación, la naturalización y la colección debía permanecer lo menos lastimado e incompleto posible;25 tres, que cualquier desperfecto en el ala no era su responsabilidad, o había sucedido antes de su posesión, lo cual lo exoneraba de cualquier acusación de brutalidad o descuido que pudiera denunciarse sobre el mal estado de las piezas.
En pocas palabras, el naturalista estaba dando cuenta de los actores y las acciones implicados en un primer paso del proceso de acopio de colecciones, pero también estaba manifestando entre líneas aquello de lo que él era o no responsable para justificar su crédito como naturalista.
El formato del inventario de Vilella seguía en partes el ejemplo de la Instrucción de Dávila, ya fuera al usar los nombres comunes o al ocuparse de mostrar una cartografía que ubicaba ejemplares útiles en lugares que podían situarse como potenciales fuentes de recursos naturales.
El diálogo entre los escritos de ambos naturalistas se completaba cuando Vilella reportaba a Dávila su práctica en los métodos de conservación.
Un proceso en el que tenía participación directa y se destacaba, pues era reconocido como un buen disecador debido, en parte, a su formación como pintor anatómico.
En su inventario, el pintor hacía explícito el haber aplicado los métodos de preservación de ejemplares prescritos en la Instrucción y afirmaba haber seguido las indicaciones en cuanto al uso de polvos y barnices recomendados por el director del Gabinete26.
Sin embargo, también explicaba sus percances, pues peces como la «musola» habían sido difíciles de disecar por «tener mucha carne gorda, con huesos fuertes y duros»27.
El problema de la conservación de ejemplares que aparecía en los inventarios de Vilella era uno de los temas de preocupación y ocupación entre naturalistas, corresponsales y recolectores, y desde ambos lados del Atlántico se manifestaba como uno de los factores decisivos para el envío de ejemplares.
Desde Nueva España, por ejemplo, la queja era similar.
Josef de Ibargoyen, Contador de Tabacos en la provincia de Guadalajara y corresponsal desde el virreinato, declaraba en el inventario que escribió para documentar la remesa de 13 cajones con producciones naturales, que no tenía «dificultad en adquirir animales particulares, pero [que] no hay quien sepa desecarlos», y que los poco expertos disecadores que había encontrado, apenas habían podido preparar un par de aves -alcatraces-, que mandaba aunque no duraran lo suficiente para soportar el traslado a Madrid28.
La remesa que Ibargoyen remitía al Gabinete Real en julio de 1783 respondía como la de Vilella al llamado que Dávila había emitido siete años antes,29 y las coincidencias entre los inventarios de ambas eran evidentes: tanto el novohispano como el mallorquín enumeraban sus ejemplares y los llamaban con nombres autóctonos, cartografiaban especímenes, daban cuenta de su práctica y mostraban la red de actores involucrados en el proceso de recolección.
En su inventario, Ibargoyen mostraba lo que a sus ojos era tan valioso, extraordinario y curioso, como para ser coleccionado en el Gabinete Real: piedras de plata y oro, cristalizaciones, minerales, piedras bezoares, mariposas, «excremento de caimán», «huesos de gigantes», conchas, caracoles, raíces y maderas petrificadas que en conjunto pretendían mostrar un fragmento de lo que podría llamarse naturaleza novohispana(véanse imágenes 2 y 3).
Así, Zacatecas, Tapalpa, Guanajuato, Coahuila, Sonora, Sayula, Guadalajara, Colima y varias otras regiones del norte de lo que hoy se conoce como México, se configuraban como regiones fértiles e incluso productoras de algunas monstruosidades y animales extraordinarios cuyo registro contribuía de algún modo con alguna de las varias fabulaciones que Dávila había plasmado en su texto.
Junto al «becerrito monstruoso de dos cabezas» y el «corderito de dos cabezas, seis pies y dos colas que estaba cubierto de lana y se la comió la polilla»,30 Ibargoyen enviaba también
La piel rellena de un animal que unos cazadores mataron pocos meses ha en un cerro inmediato a Cocula.
Dicen no haberse visto otro semejante; que tenía hocico largo y delgado, los dientes agudos, los ojos muy pequeños y redondos, y las uñas corvas y envainadas; que su carrera era poco veloz, y que perseguido por perros se volvía con furor para morderlos; añaden que su carne olía a pez o marisco.31
La pieza que evidenciaba la existencia de ese ejemplar raro llegaba, según decía una nota a bando, «muy maltratada [y] sin piel»32.
Lo cual evidenciaba el deterioro que los viajes causaban, mientras explicaba cómo el inventario llegaba sin un referente físico adecuado que materializara las palabras que dibujaban un animal que podría haber sido más o menos grande, feroz o fantástico.
El texto, que es tan descriptivo como un cuento, también narra una escena de caza en la que hay un contexto (actores, acciones y el uso de otros sentidos complementarios a la vista) que difería de los cánones de escritura encontrados en los libros de historia natural.
Un recurso que también Vilella usó al describir las cualidades de algunos ejemplares, como por ejemplo el Águila de mar, cuya carne no se comía por tener «sabor de marisco», o las condiciones de caza de un ave llamada «Corp» de la especie de los grajos, a quien un cazador mató con una escopeta después de esconderse en un hoyo cubierto de algas al que le hizo una abertura para poder apuntar y disparar al ave33.
Los inventarios de Vilella e Ibargoyen ciertamente tenían un estilo de escritura que se alejaba de la erudición sobria de algunos naturalistas europeos, pero no por ello perdían su valor científico.
Al dar cuenta de su propia práctica y buscar la validación a su ejercicio como corresponsales, disecadores o naturalistas aficionados, tanto el mallorquín como el novohispano evidenciaron la intervención de actores secundarios que, sabiéndolo o no, también formaron parte de una cultura de coleccionistas: cazadores, pescadores, nativos, teñidores y campesinos que compartían prácticas y saberes incorporados poco a poco en los distintos procesos de selección, recolección y conservación de ejemplares.
Pero estos detalles no siempre fueron documentados y, en el caso de algunos expedicionarios, como aquellos en Nueva España, lo que se plasmó en los inventarios que acompañaron sus remesas para el Real Gabinete se vinculó más al mundo de la erudición que al de las prácticas.
ÍNDICES, EXPEDICIONES Y CONSENSOS
Las expediciones españolas por América y las Filipinas habían iniciado en 1777 como parte de una estrategia monárquica que, entre sus múltiples objetivos políticos, sociales y científicos, tenía el de recopilar información y objetos naturales para el Gabinete Real.
Sus miembros, usualmente naturalistas, médicos, cirujanos, pintores y botánicos reconocidos, remitían sus hallazgos a Madrid con toda la frecuencia que les fuera posible.
En Nueva España, Martín de Sessé, Vicente Cervantes, José Longinos Martínez, Juan del Castillo y Jaime Senseve enviaron, desde marzo de 1789, remesas de cajones con ejemplares naturales, catálogos y dibujos del virreinato a la península34.
El naturalista de la Expedición, José Longinos Martínez, fue el encargado de seleccionar, colectar, conservar, describir y clasificar las colecciones de animales destinadas al Gabinete Real35.
Su consigna, entre otras cosas, debía cumplir con lo que José Pardo (2012, p.34) ha llamado «el esclarecimiento crítico de la difícil frontera entre lo imaginario y lo real», que era equivalente a erradicar con más contundencia las fabulaciones e ideas erróneas que permanecían en el marco de la historia natural.
Con esa premisa, los textos de Martínez y el resto de los expedicionarios debían situarse en el canon de las ciencias naturales y cumplir con el rigor que mandaba la adopción del sistema linneano como eje taxonómico en el Gabinete y el Jardín monárquicos.
Esto les llevaría a soslayar, en lo posible, la nomenclatura autóctona para realizar un ejercicio de clasificación en el que se demostrara su conocimiento de todos los sistemas al uso y su correcta aplicación, en caso de que el linneano no fuera suficiente para nombrar los múltiples especímenes novedosos que encontraran.
Las remesas que Martínez expidió para el Real Gabinete estaban documentadas regularmente por lo que él llamaba «nóminas», manuscritos que tenían el formato de listas de números y nombres que correspondían a los animales y dibujos que se hallaban igualmente numerados dentro de los cajones.
El índice que el naturalista mandó a José Clavijo desde Cuernavaca el 22 de abril de 1789 registraba una remesa con ejemplares pertenecientes a las categorías de Mammalia y Aves, y se dividía en dos partes36.
En la primera, el naturalista mostraba su conocimiento de los distintos sistemas taxonómicos y nombraba respectivamente a las especies que él consideraba reconocidas de antemano en los textos de Aldrovandi, Linneo, Catesby, Brisson, Klein y Hernández; mientras que en la segunda, los ejemplares enunciados eran los recién descubiertos por él, y sobre ellos proponía una nomenclatura acorde a Linneo y Hernández.
Así, términos como «Trochilus Purpureus.
200» identificaban si se trataba de una especie nueva o ya reconocida por los sistemas hernandino y linneano respectivamente37.
Las listas, de acuerdo con el método propuesto por Linneo, se podían leer verticalmente, de arriba hacia abajo, pero también, horizontalmente, de izquierda a derecha.
La lectura vertical refería los ejemplares, mientras que la horizontal daba cuenta del sistema de clasificación usado y la referencia a la página exacta donde dicho nombre se encontraba.
La remisión hecha en agosto de 1791, por otro lado, incluía un nuevo elemento: el dibujo de cada ejemplar.
Un documento más que serviría como referencia en caso de que el animal disecado se perdiera, cambiara su apariencia o simplemente se descompusiera.
La aparición de este nuevo instrumento de identificación implicaba un reajuste necesario en la documentación, por lo que la remesa ahora integraba una serie de índices que también debían controlar el tránsito de los dibujos.
A diferencia de la Instrucción de Dávila, que usaba una clasificación aristotélica y taxonomías coloquiales para designar los ejemplares que solicitaba, los inventarios de Martínez mostraban clasificaciones y series de nombres «científicos», normalmente escritos en latín, para referirse a los especímenes de las nóminas.
Lo cual era comúnmente entendido como un despliegue de erudición y una forma de validar su autoridad como naturalista.
Ya la Instrucción había servido para que Dávila mostrara su saber al enlistar todos los términos autóctonos conocidos, y los inventarios de los corresponsales habían ayudado a exaltar su capacidad como buscadores o conservadores de ejemplares; ahora los índices de Martínez se configuraban como un medio para exponer su conocimiento de los sistemas de clasificación, así como su capacidad para nombrar los ejemplares recién reconocidos en el territorio novohispano.
La validación de todos esos conocimientos y capacidades vendría después de que se evaluara lo escrito, se confrontara con lo que de antemano se sabía y se generara un consenso sobre el conocimiento que en todos los casos se manifestaba.
La documentación que acompañaba a los especímenes estabilizaba en palabras la materialidad de los objetos que se desplazaban, pero las mismas palabras, aunadas a los dibujos, consolidaban también los conocimientos tanto como los hallazgos que surgían en el proceso de recolección de ejemplares.
Al llegar a su destino, índices e inventarios dejaban de ser una herramienta práctica y de control para transformarse en instrumentos teóricos que desplegaban su dimensión epistémica y completaban un proceso de construcción de saberes sobre la naturaleza desconocida.
Si esos saberes alcanzaban la fase final de evaluación y consenso, entonces el proceso tendría como resultado el conocimiento fiable que tanto se buscaba.
La búsqueda de esa fiabilidad conducía, casi inevitablemente, a disputas sustentadas o provocadas con frecuencia por los contenidos de los inventarios.
En el caso de los expedicionarios novohispanos, el conflicto surgió alrededor de un índice escrito por Longinos Martínez hacia finales de 1789 para documentar un grupo de aves enviadas al Gabinete de Madrid38.
El naturalista había colectado en sus recorridos veinte aves novohispanas desconocidas por los sistemas taxonómicos al uso y, coherente con su quehacer, las había clasificado con una nomenclatura propuesta por él.
El expedicionario, así como otros estudiosos y aficionados de Europa y América, había comprobado con el tiempo y la práctica que los sistemas de clasificación eran insuficientes, y en el cumplimiento de sus objetivos debía ajustar e incluso, inventar, nuevas denominaciones para nombrar los ejemplares recién conocidos.
Los usos y las costumbres entre expedicionarios dictaban que antes de enviar las remesas a Madrid había que hacer un consenso entre ellos para acordar la clasificación de los ejemplares y obtener la aprobación del director, lo cual garantizaba que aquello que se escribía era correcto.
Sin embargo, en esta remesa específica Martínez actuó por su cuenta y remitió las aves sin cumplir con el protocolo39.
El hecho provocó que el director de la expedición, Martín de Sessé, se sintiera agraviado porque el naturalista había ignorado su autoridad tanto como la «cláusula con acuerdo del Director» 40.
En consecuencia mandó, el 13 de agosto de 1791, una misiva a la Corte dirigida al Marqués de Bajamar, pidiéndole que otros especialistas metropolitanos revisaran y corrigieran los inventarios del naturalista, pues su clasificación era arbitraria y poco tenía que ver con los textos que entonces se estaban trabajando.
Sessé argumentaba que los dibujos remitidos en el año ochenta y nueve tenían errores y que la denominación que Longinos había hecho de las aves ahí representados era errónea, lo cual representaría, a los ojos de «los inteligentes que pudieran verlas, sin estar instruidos de su capricho», el descrédito de la Expedición.
Por eso el director solicitaba que «Personas peritas» examinaran los documentos y le hicieran saber los resultados de su análisis para poder corregir con tiempo los manuscritos, de modo que ni la autoridad de su empleo ni las instrucciones cortesanas se vieran mermadas, pero sí se contrarrestara la «altanería» y la «insurrección» del naturalista41.
Anexo a esta carta, Sessé enviaba una lista comparativa donde contrastaba las clasificaciones hechas por ambos contendientes.
La nómina (véase imagen 4) estaba conformada por tres columnas: la primera era numérica y vinculaba los nombres con el espécimen remitido; la segunda era la taxonomía propuesta por el naturalista y la tercera era la nomenclatura corregida por el director.
El ideal era que ambas listas se contrastaran con el ejemplar, su dibujo y los libros de historia natural correspondientes para poder así llegar a un consenso y, por ende, a una nomenclatura definitiva.
La ventaja, en este caso sería que Sessé tenía los dibujos como referencia para realizar el contraste, aunque esto no significaba que las imágenes representaran con verdad las características necesarias e indispensables para realizar con precisión una clasificación.
Llevar esto a cabo era, por consiguiente, más complicado de lo que aquí se dice debido a la incidencia de varios factores.
Uno de ellos, y quizá el más importante, residía en el ejemplar mismo.
Nómina de algunas aves remitidas al Real Gabinete por la expedición Botánica de N.E. que conviene se examinen por hallarse en cuestión entre el Director y el Naturalista de ella.
Catálogo de los documentos de la Real Expedición a Nueva España del Archivo del Real Jardín Botánico.
Consideremos que para realizar la clasificación de un espécimen había que tomar en cuenta todos y cada uno de los rasgos morfológicos que, idealmente, deberían conservarse iguales a cuando el animal estaba vivo para evitar confusiones.
Pero esto no era lo usual.
Sabemos que algunos ejemplares llegaban después de haber sido cazados por terceros (como los de Vilella e Ibargoyen) y que a otros, como era lógico, no se les podía seguir y observar durante mucho tiempo en su estado natural, lo cual obligaba a los naturalistas a clasificarles después de haberlos matado e incluso, conservado.
La posible alteración que afectaría a las características físicas en el paso entre la vida y la muerte era una variable importante, pues la modificación de cualidades como el pelo, los bigotes, las aletas, las plumas y las patas representaba un aspecto sustancial al momento de definir las taxonomías y escribir sus historias naturales42.
Esto, por supuesto, tendría que tomarse en cuenta para evaluar la precisión en la nomenclatura propuesta por los expedicionarios, pues los ejemplares habían sido cazados y remitidos muchos meses antes de la carta de Sessé, y seguramente habrían sufrido pérdidas y variaciones que, no obstante, quizá podrían compensarse si los evaluadores observaban con atención los dibujos que se habían hecho de las aves.
No obstante los esfuerzos de Sessé para dejar claro quién de los dos expedicionarios tenía razón, la verdad es que hasta el día de hoy se ignora el resultado de esta disputa, aunque también es muy probable que no se haya llegado a conclusión alguna.
Al final de cuentas, en Madrid tanto como en México, Sessé y Martínez compartieron el crédito por los ejemplares que remitieron a nombre de la expedición, no obstante que al final de este problema terminaron trabajando por separado sin que su mérito como naturalistas se viese afectado.
Por otro lado, en el Gabinete Real de Madrid la cantidad de ejemplares que llegaban de los virreinatos y del mismo territorio insular y peninsular superaba las expectativas numéricas, así como al personal que podía encargarse de estudiarlas.
Lo cual, aunado a los posteriores problemas políticos sufridos en España en los últimos años del siglo XVIII y principios del siglo XIX, propició que muchos ejemplares se perdieran o permanecieran sin ser reconocidos y clasificados propiamente y que muchos documentos también se perdieran, dejando incompleto o desconocido el trabajo de todos los implicados.
LISTAS QUE VIENEN, LISTAS QUE VAN
Entre los siglos dieciséis y dieciocho, los naturalistas buscaron comprender y conocer el mundo asignando a las producciones naturales la cualidad de signos, referentes materiales a los que se les designaba un orden y un significado en función de sus características morfológicas.
El juego de desciframientos e interpretaciones que implicaba la transformación de un ejemplar en objeto de conocimiento, propició un proceso cognitivo en el que los especímenes sufrieron una metamorfosis que los convirtió en grafías, palabras y nombres que transformaban simbólicamente al complejo mundo natural en un libro.
La conversión, como era de esperarse, propició a su vez actos de representación y reconstrucción del mundo natural en los que jardines botánicos y gabinetes de historia natural se configuraron como grandes libreros que exhibían el tan esperado libro abierto de la naturaleza.
El viraje de la naturaleza a un conjunto de signos le imprimió en su momento una dimensión cultural y social: cada individuo vegetal, animal o mineral pasó a ser un sintagma del paradigma de la naturaleza.
Desde cada conjunto se estableció, a manera de sinécdoque, la totalidad del mundo exterior contenida entre las líneas de un inventario, las páginas de un libro o las colecciones de historia natural.
En el proceso de visibilización de la naturaleza y significación de las colecciones, la fase de documentación fue un factor esencial que generó prácticas de escritura poco exploradas: desde lo que se ha llamado «escritura de lo cotidiano» (Pardo, 2010, p.32), hasta textos más complejos (libros, catálogos, inventarios) que quizá pudieran considerarse un género dentro de la literatura científica.
Si bien varios historiadores han asumido que la producción de textos, impresos y manuscritos relacionados con la historia natural y sus colecciones era una práctica cotidiana y sistemática asociada al desarrollo de las ciencias, también se ha manifestado la idea de que en ese acto intervenían más factores que el puro interés por el conocimiento.
El estudio, la difusión y el desarrollo de las ciencias de la naturaleza fueron aspectos que formaron parte de los proyectos monárquicos para el avance del país y su población.
Con la intención de obtener el progreso individual y en consecuencia, el del Estado, desde la Corte española se diseñaron planes y estrategias que buscaron una correspondencia exitosa entre intereses políticos, ciencias y escritura para impulsar la instrucción pública de los habitantes.
Una idea que coincidía claramente con el pensamiento de Linneo, quien veía en el estudio de la naturaleza una herramienta para el desarrollo económico de los países.
El naturalista sueco proponía un método de acopio de información basado en la formación de listas e inventarios que no sólo ayudaban a identificar el orden en la naturaleza, sino que también propiciaban procesos cognitivos sobre quien las escribía tanto como sobre quien las leía y/o estudiaba a profundidad.
Según Staffan Müller-Wille e Isabel Charmantier (2012, p.744) el peculiar efecto cognitivo de las listas residía en dos aspectos: el potencial informativo acerca de lugares, instrucciones y límites, y el proceso que se llevaba a cabo para ordenar los ítems por nombre, sonido inicial, categoría o cualquier otro criterio.
Las listas y los inventarios fueron entonces herramientas indispensables para la circulación del conocimiento en su forma conceptual tanto como material y sus cualidades sintéticas permitieron la transmisión de información y la manipulación del saber que contenían estabilizado en palabras.
Sin embargo, esas palabras no eran suficientes para construir un conocimiento profundo en el contexto de un gabinete de historia natural, y la presencia de dibujos, tanto como de los objetos mismos eran fundamentales para completar el proceso de significación de la naturaleza.
De ese modo, en el contexto del coleccionismo natural las tecnologías de papel quintaesenciaron la comunicación entre la Corona española y sus posesiones, además de haber sido útiles para ordenar el mundo y configurar un entorno material que permitía generar, estabilizar e incluso, modificar el conocimiento43.
Los inventarios, los índices e incluso los dibujos fueron, como podemos ver actualmente, la única forma de preservar efectivamente las colecciones de animales que, después de tres siglos, existen aún como colecciones de papel. |
Subsets and Splits
No community queries yet
The top public SQL queries from the community will appear here once available.