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Metempsicosis, apoteosis y perdurabilidad literaria 1
Las Metamorfosis de Ovidio concluyen con una sphragís (XV 871-879) en la que se augura la permanencia del poeta en el poema mediante la descripción de un proceso que, como se ha dicho repetidamente, constituye la última de las transformaciones narradas en la obra.
No se trata, sin embargo, de una metamorfosis del cuerpo, como lo son la mayoría de las previamente recopiladas por el Sulmonés, y esto ha llevado a algunos autores a hallarle un precedente en mutaciones de otro tipo como la metempsicosis propugnada por Pitágoras (XV 153 ss.) o como las apoteosis de determinados mortales relatadas en los libros XIV y XV.
Hay, sin embargo, diferencias sustanciales entre la metempsicosis y la apoteosis, y entre estas y la perduración literaria tal como la concibe Ovidio en los versos finales.
En las páginas que siguen intentaremos precisar las características de las dos primeras a fin de poder apreciar debidamente la naturaleza de la última.
Es sabido que no fue el Sulmonés el primer escritor antiguo que compuso una erudita recopilación de transformaciones míticas, aun cuando los datos de que disponemos para sopesar cuánto pudieron deber sus Metamorfosis a las μεταμορφώσεων συναγωγαί helenísticas que las precedieron son desesperadamente escasos.
Sí podemos decir que, al darle a su trabajo más ambicioso el título griego de Mεταμορφώσεις, o Metamorphoseon libri XV, siguiendo las huellas de Partenio de Nicea 2 y de Teodoro 3 -y no el de Ἑτεροιούμενα elegido por Nicandro de Colofón 4 o el de Ἀλλοιώσειϛ preferido por Antígono 5 -, el autor romano actuó en estricta coherencia con el planteamiento del tema del poema que hallamos en el proemio: in noua fert animus mutatas dicere formas / corpora (I 1-2).
En efecto, Ovidio dirige desde los primeros versos nuestra atención hacia los cambios de 'forma' (μορφή) sufridos por los cuerpos, mucho más que hacia el hecho de que los seres devengan 'otros' (ἕτεροι, ἄλλοι) que los que antes eran.
Tanto es así que en el sintagma mutatae formae puede leerse, tal como hará el poeta desterrado en las Tristes (I 1.117, III 14.19; cf. I 7.13), una suerte de versión latina del título del poema,'obra mayor' cuyo objeto está constituido por una larga y heterogénea serie de cambios prodigiosos que afectan a la forma exterior, es decir al cuerpo (maius opus, quod adhuc sine fine tenetur, / in non credendos corpora uersa modos, Trist.
Ahora bien, ¿el hecho de que los procesos narrados consistan en lo que el latín posterior denominará transformationes,6 más bien que en inmutationes o alterationes7, significa que hay algo en los entes cuyo cuerpo sufre la mutación que subsiste a esta?
La respuesta explícita a esta pregunta se hace esperar hasta el último libro8, que incluye una elaborada disquisición teórica acerca de un sustrato -el anima o spiritus-que permanece idéntico bajo los noua corpora (XV 165-172): omnia mutantur, nihil interit: errat et illinc huc uenit, hinc illuc, et quoslibet occupat artus spiritus eque feris humana in corpora transit inque feras noster, nec tempore deperit ullo, utque nouis facilis signatur cera figuris nec manet ut fuerat nec formam seruat eandem, sed tamen ipsa eadem est, animam sic semper eandem esse, sed in uarias doceo migrare figuras.
Estas palabras forman parte del discurso pronunciado por Pitágoras ante Numa Pompilio, y con ellas el sabio griego -en quien se ha querido ver un trasunto del autor de las Metamorfosis 9 -, a la hora de persuadir al rey romano de las bondades del vegetarianismo, revela la doctrina de la transmigración de las almas, que constituye una manifestación particular de la ley uni-versal por la que todos los seres animados e inanimados están llamados a mudar de forma (XV 454-458): caelum et quodcumque sub illo est, inmutat formas, tellusque et quicquid in illa est. nos quoque, pars mundi, quoniam non corpora solum, uerum etiam uolucres animae sumus, inque ferinas possumus ire domos pecudumque in pectora condi.
No es dable, empero, hallar en estos pasajes un principio explicativo de la totalidad de la transformaciones narradas por Ovidio a lo largo de su obra, ya que, como ha afirmado Myers 1994, p.134, «the Pythagorean theory of metempsychosis... uses language that clearly resembles that of metamorphosis (15.172 in varias... figuras), and yet describes a process completely different from Ovidian metamorphoses» 10.
Enseña el Pitágoras de Ovidio que el intercambio de almas entre hombres y animales es bidireccional (XV 167-168), y en este punto sus enseñanzas concuerdan perfectamente con las versiones clásicas de la doctrina de la metempsicosis expuestas por Platón en el Fedro (249b) y en la República (X 620d).
En las Metamorfosis, en cambio, la transformación de animales en hombres, como ocurre en el caso de las hormigas de Egina (VII 614-671), constituye una rareza, mientras que los ejemplos del proceso inverso son abundantísimos.
Pero ni en estos casos ni en aquellos, también muy numerosos, en que los humanos devienen seres de 10 El que el discurso de Pitágoras pueda funcionar como «un sugestivo evocador de la idea de metamorfosis» (Martínez Astorino 2009, p.
65) no nos autoriza a pasar por alto las diferencias entre metamorfosis y metempsicosis que, como han señalado autores como Fränkel 1945, p.
Superadas tanto esta lectura filosófica como la lectura paródica que le opuso Segal 1969, pp. 278-284, en la que abundó Miller 1994, la crítica reciente se ha inclinado por interpretar en sentido metaliterario el sermón del de Samos, entendido ya como reflejo (Holzberg 2002, p.
V. también Gärtner, 2004, pp. 4-5. los reinos mineral o vegetal11 se hace mención de un anima o spiritus que permanezca en el nuevo cuerpo12.
¿Qué fue del anima del impío Licaón cuando, al escapar de la ira de Júpiter, adoptó la apariencia de un lobo (I 232-239)?
¿Quedó acaso el anima de Aglauro en la piedra en que se convirtió por oponerse a Mercurio (II 819-832)?
¿Subsistió el anima de Dafne bajo la corteza del laurel en que se vio transformada cuando huía de Apolo (I 548-552)?
Nada nos dice al respecto el narrador de las Metamorfosis, que sí se preocupa de consignar los rasgos físicos o de carácter que perduran en las nuevas formas 13.
Puede incluso que el animal, la planta o la piedra surgidos de la mutación hereden el nombre del personaje transformado14, o que la historia de este explique el comportamiento de aquellos15 -y en buena medida descansa sobre tales correspondencias el ingenioso artificio de las etiologías ovidianas (Myers 1994, pp. 37-40)-, pero a eso suelen reducirse los vestigios de la existencia precedente.
Los prodigiosos cambios narrados por Ovidio afectan a mucho más que a la apariencia exterior -forma, facies, figura, species-16, ya que la alteración del cuerpo suele llevar aparejada la pérdida de la identidad del ser que la sufre.
Son notables por excepcionales los casos en los que, como les sucederá al Lucio de Apuleyo y al Gregor Samsa de Kafka, los personajes ovidianos conservan la consciencia anterior bajo su nuevo aspecto: Ío, Calisto y Acteón se mantienen dolorosamente conscientes durante el transcurso de sus transformaciones temporales, pero dejan de serlo una vez que estas han tocado a su fin17.
Así, mientras que la metempsicosis es un proceso abierto por el que un alma individual va sucesivamente migrando de cuerpo en cuerpo sin dejar de ser la misma (semper eandem, XV 171), la metamorfosis se produce por regla general de un vez para siempre, sin que a la mutación corporal subsista una parte espiritual que permanezca idéntica a sí misma, sin que del humano transformado reste mucho más que su historia 18.
El dualismo que, en la constitución del ser humano, opone un elemento inmortal -el anima o spiritus-a uno mortal -el corpus-no es, pues, una concepción pertinente para explicar la mayoría de las transformaciones relatadas por Ovidio 19.
Hay, empero, una especie muy particular de metamorfosis -la apoteosis-cuya narración en el poema del Sulmonés sí está informada por esta dicotomía.
Así, la transformación de un ser humano en dios suele ir precedida por la eliminación del elemento mortal o corporal 20 a fin de que quede purificado el elemento inmortal, que en los casos de Hércules y de Eneas se denomina respectivamente pars melior (IX 269) y pars optima (XIV 604) y en el de Julio César anima (XV 846) 21.
No debemos, sin embargo, perder de vista que la causa de las mutaciones de este tipo no se halla en una ley natural de aplicación general como la de la metempsicosis, enunciada por Pitágoras, sino en un deus ex machina antropomorfo como el que, a lo largo de la obra, opera a menudo en las metamorfosis míticas (Little 1970, p.
La divinización es, en efecto, un privilegio que se otorga de manera excepcional y a instancias de dioses que pretenden beneficiar con tan alta merced a sus favoritos 22 -sea a modo de compensación por los sufrimientos que a estos les ha infligido otra divinidad, sea a modo de premio merecido por el ejercicio de su propia uirtus 23 -, y que a menudo intervienen por sí mismos o mediante persona interpuesta en el procedi-miento de purificación24.
A procesos transfor mativos diversos corresponden, pues, causas diversas, y esta es, a nuestro juicio, una idea clave para comprender cabalmente los últimos nueve versos de las Metamorfosis.
Mediante la sphragís con la que culmina el poema25, el poeta anuncia en primera persona su propia transformación (XV 871-879):
Frente a la opinión, bastante extendida, de quienes han visto en el proceso aquí descrito una especie de apoteosis26, otros han preferido entenderlo más bien como una reencarnación (Hardie 1995, p.
Y el pasaje está, desde luego, informado por un dualismo análogo al postulado previamente a propósito de la metempsicosis y de la apoteosis, el cual llena aquí de evocaciones una formulación que estaba ya in nuce en la sphragís del libro I de los Amores (ergo etiam cum me supremus adederit ignis, / uiuam, parsque mei multa superstes erit, 15.41-42) 27.
En las Metamorfosis, Ovidio pronostica la división de su propio yo entre una parte mortal -corpus (573)-y una parte inmortal -pars melius (575)-que no consiste ya en un elemento espiritual llamado a reencarnarse en otro cuerpo o a elevarse de la naturaleza humana a la divina tras la muerte de este, sino en la poesía de Ovidio en general y en la obra concreta que con estos versos culmina en particular28.
Podríamos, pues, pensar que la metempsicosis y/o la apoteosis funcionan en estos últimos versos como metáforas de la perdurabilidad literaria -entendiendo que el poeta predice que él mismo, tras la extinción de su cuerpo, se reencarnará en su poema, y/o que será divinizado como poema-, si las radicales diferencias que se dan entre las causas de los distintos tipos de mutación no nos invitaran a relativizar los paralelismos.
No estamos, en rigor, ante una reencarnación, puesto que la transformación que ahora nos ocupa no obedece al cumplimiento inexorable de una ley natural de alcance general; al contrario, la pervivencia del autor en su obra se anuncia más bien como caso único en un mundo gobernado por la ley del cambio perpetuo 29.
Y no estamos tampoco ante una apoteosis análoga a las de Hércules, Eneas, Rómulo, Hersilia y Julio César, puesto que, a pesar de que el ascenso a los astros de una parte del ser humano depurada del elemento mortal evoca este modo particular de mutación, falta aquí la presencia activa de un dios que desencadene el proceso y lo dirija en su desarrollo 30.
Y esta ausencia resulta tanto más llamativa cuanto que la divinidad es mencionada en el pasaje no como causa de la supervivencia de la obra recién terminada, sino como un impedimento superable.
Aun cuando no quiera verse en el Iouis ira del v.
871 una velada alusión a la cólera de Augusto 31, sino más bien una figura por el rayo, entendido como fenómeno natural destructor 32, resta firme el hecho de que el nombre de Júpiter comporta aquí una amenaza -física, si no política-para la perduración del poema, y no una garantía de esta.
2, que aplicó al análisis de las Metamorfosis la theologia tripertita varroniana, podría decirse, pues, que la pervivencia de la poesía no halla fundamento ni en la theologia naturalis de los filósofos, en la que sí puede encuadrarse la ley natural de la metempsicosis 30 Incluso en la consagración poética de Cornelio Galo (Verg., Ecl.
VI 64-71), en cuya relevancia como modelo de la de que él considera apoteosis de Ovidio ha insistido Martínez Astorino (2009, pp. 58-60), interviene directamente el apolíneo coro de las musas, al igual que lo hacía en el célebre pasaje de Hesíodo (Th.
VI 70) remite expresamente el suyo, siguiendo un modelo rechazado abiertamente por Ovidio en Ars I 25-28.
31 La equiparación de Augusto a Júpiter, que se encuentra ya en el libro I (168 ss.) y es retomada en el XV poco antes del final (857-860), no tiene por qué quedar del todo anulada tras el v.
Huelga decir que Iouis ira comporta insoslayables referencias a Augusto en las Tristes (I 5.78, III 11.62), en las cuales Ovidio insiste en que las Metamorfosis habían quedado inacabadas por causa de su condena III 14.23).
No nos parece, en consecuencia, desdeñable la hipótesis según la cual la sphragís, añadida en el exilio, entrañaría una desafiante alusión al Príncipe, contemplada ya por Korn y Ehwald 1898, p.
Pero también se podría contemplar la posibilidad de que el epílogo, escrito poco antes de la relegatio del poeta, haya contribuido a acrecentar, si no a desatar, la cólera de Augusto.
Hacemos, en todo caso, nuestras las cautelas de O'Hara 2007, pp. 128-130, quien deniega la posibilidad de interpretar de manera no ambigua las Metamorfosis en clave antiaugustea a partir de la sphragís.
118, y Wheeler 2000, pp. 149-150, han querido hallar aquí una referencia intratextual al episodio del diluvio (I 260 ss.). tal como ha sido enunciada por Pitágoras, ni en los dioses antropomorfos de la theologia fabulosa, que son, en cambio, los responsable directos de la mayoría de las apoteosis relatadas a lo largo del poema ovidiano.
El tono general de la sphragís es, sin embargo asertivo, tanto que la resuelta predicción formulada mediante el uiuam final resulta apenas atenuada por la condicional que la precede 33.
El hecho de que la certeza de la supervivencia del poeta a través de su obra no halle un fundamento sólido en la filosofía ni en la mitología -carencia a la que podría sumarse la amenaza política posiblemente implícita en el Iouis ira-no debe, pues, llevarnos a afirmar con Myers 1994, p.
Las últimas palabras de las Metamorfosis son más bien propias de un poeta que está seguro de que va a pervivir en su poema.
Mas esta seguridad descansa sobre una garantía que no es de orden natural, como la ley de la metempsicosis, ni fabuloso, como el privilegio por el que los dioses confieren a sus predilectos la apoteosis 35.
¿En qué se basa, pues, el conven-33 La μείωσις inherente al siquid habent ueri uatum praesagia del v.
879 resulta, de hecho, bastante menos creíble que, p. ej., la presente en el si quid mea carmina possunt virgiliano (Aen.
Funciona aquí un modo atenuado de ironía que, como ha precisado Galinsky 1975, p.
Además, la diatriba lucreciana de Pitágoras contra las falsedades cantadas por los uates (XV 153-155) pierde fuerza desde el momento en que, como ha notado Martínez Astorino 2009, p.
76, la elevación del vate Ovidio «sobre los astros» (super alta... / astra, XV 875-876) supera la del filósofo de Samos «por los astros» (per alta / astra XV 147-148), superación que tiene su correlato en el ámbito de la theologia ciuilis en la medida en que, como han señalado Moulton 1973, p.
249, deja asimismo atrás al sidus Iulium en que ha sido transformado el divinizado Julio César (Met.
34 Lectura que O'Hara 2007, pp. 114, 127, ha matizado poniendo el énfasis en la inconsistencia que se produciría entre esta actitud y el resuelto uiuam con el que concluye la sphragís.
35 La lectura de Wickkiser 1999, pp. 137-139 -suscrita por Martínez Astorino 2009, pp. 74-75-, que halla en la inmortalidad del poeta la culminación, en una estructura de priamel, de las apoteosis de Eneas, Rómulo, Julio César y Augusto, adolece, a nuestro juicio, de falta de atención a esta circunstancia.
Si esta no ha de ser producto de la naturaleza ni del favor divino, ¿dónde tendrá su causa?
¿Qué puede hacer eterno a un poeta?
La respuesta a esta pregunta se halla condensada en el fama... vivam con que concluye la sphragís, y destacada mediante la colocación de estos dos bisílabos al final de los dos últimos hexámetros del poema.
El poeta pervivirá «por obra de la fama», y el ascenso de la tierra al cielo, literal en las apoteosis de Hércules, Rómulo, Hersilia y Julio César, se revela en su caso como un modo figurado de referirse a este tipo particular de pervivencia, ya empleado en célebres pasajes por los poetas augusteos de la generación anterior a la de Ovidio 36.
De hecho, los más notorios precedentes de la sphragís que nos ocupa se hallan, como es sabido, en las Odas de Horacio 37.
Veremos, sin embargo, en seguida que el efecto obtenido por el Sulmonés mediante la manipulación de ideas heredadas del Venusino es profun damente anti-horaciano.
Horacio, tras haber descrito en un primer momento su propia consagración poética como un proceso de apoteosis en el que divinidades como las ninfas y las musas desempeñaban, junto con Mecenas, la parte activa (Carm.
I 1.29-36), había optado en las sphragîdes de los libros II y III de las Odas por formulaciones en las que la autonomía de la perduración literaria se enfatizaba de manera creciente 38.
Y es sabido que el ferar de Ovidio (Met.
XV 876) repite el ferar de Horacio (Carm.
II 20.1), y que el legar de Ovidio (Met.
XV 878) evoca el dicar de Horacio (Carm.
Hay, sin embargo, diferencias que nos parece fundamental subrayar.
Porque el ferar de Horacio tiene un agente claro (penna, Carm.
II 20.2) cuya mención preludia la descripción de una futura -y extraña-metamorfosis del poe-36 P. ej. me... tollere humo (Verg., G. III 8-9), me fama leuat terra sublimis (Prop.
174 llamó la atención acerca de la presencia de este recurso en Apolonio Rodio y en la épica romana arcaica.
38 De la metamorfosis del poeta en pájaro sin concurso de agente divino alguno (Carm.
II 20) Horacio había evolucionado hacia un planteamiento mediante el que, si bien hace equivaler la perduración literaria a la eternidad de Roma, afirmaba su propio mérito equiparándose de manera velada con el príncipe, lo cual ha hecho ver Galinsky 1996, pp. 352-355. ta en pájaro 39, mientras que el ferar de Ovidio carece de él 40; y el legar de Ovido tiene, en cambio, un agente del que carecía el dicar de Horacio, y que hace que, en su formulación final, la afirmación de la perdurabilidad literaria en la sphragís de las Metamorfosis se aparte resueltamente de la órbita del Venusino.
La divergencia no estriba tanto en que Ovidio diga legar donde Horacio había dicho dicar 41 como en el hecho de que este legar se haga depender de un agente que no es otro que ore... populi (Met.
En concurrencia con el doble significado de la expresión ore legi -'ser leído por la boca', pero también'ser recogido (el espíritu de un moribundo) en la boca' 42 -, la alusión al epitafio de Enio (uolito uiuos per ora uirum, Var.
18 Vahlen), trasmitido por Cicerón (Tusc.
I 34) y evocado por Virgilio (uictorque uirum uolitare per ora, Georg.
No está, sin embargo, claro que entre la inmortalidad literaria afirmada en el epitafio y la transmigración de las almas, empleada como figura de la sucesión poética -la reencarnación de Homero en Enio-al comienzo de los Anales (5-15 39 La identificación del poeta con un pájaro puede remontarse, como advirtió Stewart 1967, p.
7, precedentes romanos en el epitafio de Enio (Var.
18 Vahlen) evocado por Virgilio en las Geórgicas (III 9), pero no por ello deja de ser llamativo el modo en que Horacio prefigura con lujo de detalles físicos su propia metamorfosis en ave.
249, este verbo, en la medida en que recuerda expresiones como fertur,'se dice', o ferunt,'dicen', esté ya apuntando al fama del v.
490, ore legar debe referirse a la lectura en voz alta, que era la habitual en la Antigüedad;v.
La relación de cuasi equivalencia entre el hecho de que se hable de un poeta (dici) y el hecho de que este sea leído (legi) se halla, por lo demás, en las Tristes: cumque ego praeponam multos mihi, non minor illis / dicor et in toto plurimus orbe legor.
42 El locus classicus sobre el que se basa esta traducción se halla en las dolientes palabras pronunciadas por Ana ante Dido moribunda: extremus si quis super halitus errat, / ore legam (Verg., Aen.
165, ha encontrado, por su parte, en la alusión a Enio al final de las Metamorfosis una expresión de la filiación literaria por la cual Ovidio se constituiría en sucesor del fundador de la epopeya latina en hexámetros.
Vahlen), se dé un paralelismo estrecho 44.
Parece que, en todo caso, Ovidio entendió uolito per ora como una manera figurada de decir 'soy leído', y que al escribir ore legar se decantó por expresar aquí literalmente lo que en el epitafio de Enio veía expresado de modo traslaticio 45.
El desmantelamiento de la metáfora eniana del vuelo refleja, de hecho, la operación llevada a cabo por el Sulmonés a lo largo de la sphragís de las Metamorfosis, en la que se ha referido primeramente a la perdurabilidad literaria mediante la habitual metáfora del ascenso a los astros (super alta perennis / astra ferar, XV 875-876) para optar al fin por el sentido literal: ore legar populi (XV 877).
Para un poeta como Ovidio, expresiones como 'volar','subir al cielo' o, en definitiva,'sobrevivir' (uiuam, XV 879) no pueden significar otra cosa que 'ser leído', y él mismo termina por decirlo sin ambages, una vez desplazada la metáfora ascensional que, por el dualismo que le había imprimido (corpus / pars melior), evocaba aquí procesos ordinarios y/o extraordinarios de transformación como eran, respectivamente, las metempsicosis y las apoteosis.
La sustitución del lenguaje figurado por el literal resulta, además, reforzada por el hecho de que Ovidio, al optar por un verbo pasivo e introducir, en consecuencia, un complemento agente (ore) donde Enio había introducido un complemento circunstancial de lugar (per ora), pone el énfasis no tanto en la pervivencia del poeta por sí mismo como en la responsabilidad que cabe en esta a los lectores 46.
Y estos son designados colectivamente no como uiri,'va-44 Aun cuando tal paralelismo existiese, la evocación de la reencarnación de Homero en Enio, que se había entrelazado con la célebre historia de las sucesivas existencias de Pitágoras -y será objeto de la burla de Persio (cor iubet hoc Enni, postquam destertuit esse / Maeonides, quintus pauone ex Pythagoreo, VI 10-11), acerca de la cual v.
45 Mediante una operación inversa a la llevada a cabo en Carm.
II 20 por Horacio, cuya metamorfosis en pájaro constituye, como bien intuyó Lida de Malkiel 1952, p.
55, una especie de dramatización de la metáfora que informa el epitafio de Enio.
46 Los paralelos más cercanos de esta formulación ovidiana se hallan no tanto en la poesía del exilio (in ora, Trist.
II 6.34 ) como en Marcial, que llega incluso a pasar de la construcción pasiva (ore legor multo, III 95.7) a la activa (me tamen ora legent VIII 3.7). rones'47, sino como populum,'pueblo' 48.
95) ha observado que la que para él es una suerte de reencarnación de Ovidio en sus lectores se perfila como una versión democrática de la reencarnación de Homero en Enio, y ha abundado recientemente en esta idea al glosar ore legar populi como «circulation in a mass market», y llamar, en consecuencia, la atención sobre la paradoja final de un poema que, aunque henchido de elitismo calimaqueo, pretende una amplia difusión entre el pueblo (2012, pp. 166-167).
Ha orillado, sin embargo, la importancia que, para la cabal comprensión del pasaje, tiene a nuestro juicio la soterrada polémica urdida por el Sulmonés contra el odi profanum uulgus horaciano (Carm.
En el primer poema de las Odas (I 1.29-32), Horacio había pintado su consagración poética como una apoteosis causada por'las hiedras, que son premio de las frentes doctas', que hacían que el poeta se mezclara con los dioses al tiempo que coros de ninfas y sátiros lo separaban del pueblo:
El Sulmonés, en cambio, no sólo no ha querido prefigurar su inmortalidad como una apoteosis propiciada, como es habitual, por fuerzas divinas -ni tampoco como una metamorfosis corporal como la descrita por Horacio en la sphragís del libro II-, sino que le ha atribuido el poder de dar la inmortalidad al populus despreciado por el Venusino, y no a los dioses ni al príncipe.
Ni este es garantía del éxito de la obra, como lo será en autores posteriores -entre los que destaca frente a Ovidio Valerio Flaco, por la neta oposición que plantea entre los populi horacianamente desdeñados y el pa-trocinio imperial 49 -, ni la eternidad de Roma da por sentada como término de comparación seguro para la perduración literaria, como ocurría en Virgilio y en Horacio 50.
Ni la theologia naturalis, en la que puede encuadrarse la doctrina de la metempsicosis, ni los dei de la theologia fabulosa, que otorgan la apoteosis a los diui de la theologia ciuilis, ni, en fin, estos últimos son causa de la perpetuación del poeta en el poema, que es una inmortalidad de orden especial respaldada únicamente por el favor del público lector 51.
Desentrañada la metáfora ascensional, esta afirmación concluyente de la permanencia de la poesía, entendida literalmente como producto de una relación 49 En el proemio de las Argonáuticas, el tópico de la elevación de la tierra al cielo se asocia con la idea horaciana del apartamiento del vulgo, y ambos se hacen depender del favor del príncipe a quien invoca el poeta: eripe me populis et habenti nubila terrae, / sancte pater, ueterumque faue ueneranda canenti / facta uirum. /... /... nunc nostra serenus / orsa iuues, haec ut Latias uox impleat urbes (I 7-12, 20-21).
Estacio, por su parte, concede en la sphragís con la que augura la perduración de su Tebaida un lugar particularmente relevante a un lector cualificado que no es otro que Domiciano: iam te magnanimus dignatur noscere Caesar, / Itala iam studio discit memoratque iuuentus.
50 Frente a la perfecta relación de simultaneidad entre permanencia política y perduración literaria postulada por Virgilio (dum domus Aeneae Capitoli immobile saxum / accolet imperiumque pater Romanus habebit, Aen.
IX 448-449) y por Horacio (dum Capitolium / scandet cum tacita uirgine pontifex), así como por el propio Ovidio en los Amores (Tityrus et fruges Aeneiaque arma legentur, / Roma triumphati dum caput orbis erit, I 15.25-26) y en las Tristes (dumque suis victrix omnem de montibus orbem/ prospiciet domitum Martia Roma, legar, III 7.51-52), en la sphragís de las Metamorfosis se opta, como bien hizo notar Rosati 1979, pp. 119-120, por la espacialidad en lugar de por la temporalidad: quaque patet domitis Romana potentia terris, / ore legar populi.
No se dice aquí que el poema durará tanto como Roma sino que se leerá a lo largo y ancho del imperio, y esta modificación es coherente con la idea, formulada por Pitágoras (XV 420 ss.), de que todos los pueblos se hallan sometidos a la translatio imperii, norma general con respecto a la cual el romano no tendría por qué ser una excepción.
51 Idea expresada con toda claridad en la sphragís que cierra el libro IV de las Tristes evocando el final de las Metamorfosis: siue fauore tuli, siue hanc ego carmine famam, / iure tibi grates, candide lector, ago (10.131-132).
La falsa modestia notada por Ciccarelli 1997, pp. 89-90 en estos versos es, sin embargo, prácticamente imperceptible en la sphragís de las Metamorfosis. |
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En este trabajo se analizan las combinaciones de argumentos posibles con el verbo cogo.
Su semán tica se organiza en tres ámbitos,'reunir(se)' -cogo 1-;'obligar' -cogo 2-; y'recaudar -extorsionar' -cogo 3-, que dan lugar a varios Marcos Predicativos.
Algunas de las combinaciones se explican a partir de los rasgos del verbo (cogo 1 y cogo 2), pero otras parecen colocaciones ('varear aceitunas','recaudar dinero').
La sintaxis es la de un verbo transitivo prototípico con un argumento de Dirección (en cogo 1), que se proyecta como un evento infinitivo en el ditransitivo causativo -cogo 2-.
La sintaxis de cogo 3 refleja una conceptualización alternativa de la dinámica de fuerzas.
La relación conceptual entre los MPs se encuentra en la faceta de 'coacción' en el verbo, que se complementa con la de 'oposición de resistencia' en el complemento, lo que lo sitúa en un ámbito claro de causatividad.
Palabras clave: complementación verbal; cogo; causatividad; sintaxis latina; semántica latina.
Objetivo, estructura y corpus Este trabajo analiza la relación entre la semántica y la sintaxis en el verbo cogo.
Trata de responder a dos preguntas: la primera se refiere al número de Marcos Predicativos (MPs) que es preciso formular para explicar la sintaxis y la semántica de todos los casos que se documentan en un corpus.
La segunda consiste en averiguar cómo puede explicarse la gama combinatoria de esa pieza léxica.
Para responder a la primera cuestión, se analizan los datos con respecto a un conjunto de factores (posición sintáctica, características léxicas y funcionales, codificación sintáctica) y se proponen los MPs.
La investigación sobre la segunda cuestión parte de la hipótesis de que, al tratarse de una sola pieza léxica, debe de haber alguna semántica común que, a lo largo de la historia de este término, haya permitido la diversidad de complementos que admite.
El análisis se basa en los 392 casos de formas activas y pasivas que atestigua el corpus de la Base de Datos REGLA 2, complementado con búsquedas para aspectos concretos en otros autores del corpus digitalizado de PHI (versión 5.3).
El modelo lingüístico del que parto es el que se recoge en Lehmann 2006Lehmann, 2014, que pone en relación el dominio cognitivo-conceptual de la escena que representa un verbo y sus argumentos con el dominio gramatical, es decir, con la forma en que la lengua codifica los participantes del dominio conceptual.
El modelo de MPs representado es el que se encuentra en Dik 1997, ilustrado para el latín en Pinkster 2015, cap. 4.
Para el análisis de los ejemplos del corpus he procedido a organizarlos en tres grupos, que incluyen las 14 acepciones que ofrece el OLD.
Agradezco a los miembros del equipo sus comentarios y sugerencias.
2 La BD REGLA (acrónimo de Rección y Complementación en Griego y Latín) es una aplicación informática ideada para analizar la complementación obligatoria de predicados verbales en griego y latín.
Se ha construido en el marco de los proyectos mencionados supra.
El corpus está formado por Cato, Agr.;Caes.,Gall.;Cic.,Catil.,Dom.,Mil.,Mur.,Off.,S. Rosc.,Sest.,Verr.;Colum.;Liu.,Ou.
Aunque es incompleto, es consistente con los resultados obtenidos por todos los investigadores que trabajan con los verbos analizados en la BD y resulta suficiente como sustento de las conclusiones.
terio para esta organización tiene en cuenta en qué lugar de la estructura sintáctica aparecen los participantes conceptuales y con qué marcas se codifican.
En términos generales, al primer grupo lo caracteriza una construcción transitiva, con un argumento segundo (A2) de carácter no humano y un A3 que representa diversas formas de Dirección-Destino; el segundo grupo tiene una estructura sintáctica bitransitiva, con un A2 prototípicamente humano y un A3 prototípicamente Acción; el tercero tiene una construcción sintáctica transitiva donde A2 está ocupado por nombres que desig nan bienes materiales (formas de pago) y un A3 de carácter humano codificado como Origen (como la de los verbos de 'pedir', p.e. quaero).
El estudio más detallado de cada uno de estos grupos muestra hasta qué punto son importantes las propiedades del argumento seleccionado, que, en algunos casos forma parte indisoluble de la construcción predicativa (colocaciones).
En cuanto al tratamiento de los datos en voz pasiva, distinguiré las formas pasivas que tienen un correlato en activa y las que no lo tienen y constituyen en sí un MP diferenciado.
La estructura del trabajo es la siguiente: en § II se analiza cada uno de los respectivos grupos de datos en su aspecto semántico y sintáctico, proponiendo para ellos sus MPs.
En § III se analiza la relación de unos MPs con otros; la relación se investiga buscando los aspectos comunes que presentan esos esquemas, las combinaciones con adjuntos, etc. Por último, en § IV se resumen las conclusiones del trabajo.
Los casos de cogo en este corpus -391x -se distribuyen en los tres grupos de designación que se ofrecen en el cuadro A: El grupo 1 contiene los ejemplos transitivos de referencia más física y material:'recoger (frutos)' o'compactar(se) (líquidos)'; en el corpus representa menos de la cuarta parte de los casos, a pesar de recoger los grupos 1-10 del OLD.
El grupo 2 es el de la coacción, (11-13 del OLD); contiene los datos causativos 3 y es el más frecuente.
Al grupo 3, que aparece en el OLD dentro del grupo de 'recoger', apartado 5b, se le atribuye grupo aparte por la construcción sintáctica.
Se analiza a continuación cada uno de ellos.
ii. marCos prediCativos de cogo 1.
Los casos prototípicos de este grupo, que son antiguos (los primeros están en Catón), son acciones transitivas que comportan un A1 humano (Sujeto) y un A2 no humano (Complemento Directo, CD) 4.
Entre las acciones transitivas, se documentan esencialmente dos tipos: un Agente recoge frutos (de los árboles) (1); un agente -por lo general, un magistrado o un cargo militar-reúne entidades colectivas (tropas, multitudes o ejércitos) (2) y (3) 5.
El primero es un Agente Directo, porque actúa físicamente sobre el objeto; el segundo es un Agente Indirecto, porque su actuación no es física y directa, sino indirecta, parecida a una orden:
(1) si gelicidia sunt, cum oleam coges, triduum atque quatriduum post oleum facito («si ha helado cuando recojas la aceituna, haz el aceite a los tres o cuatro días», Cat., Agr.
(2) his initis consiliis..., naues in Venetiam,... quam plurimas possunt, cogunt («una vez tomadas estas decisiones, reunen en Venecia la mayor cantidad de naves posible», Caes., Gall.
3 Considero causativos solo los datos bitransitivos, de Ac.
OD + Infinitivo prolativo (o sus variantes).
4 El modelo de oración y las funciones semánticas que se emplean en este trabajo son las propuestas en Torrego y de la Villa 2009.
5 La pluralidad o carácter colectivo del CD se relaciona con la función sémica del preverbio (López Moreda 1987, p.
No hay datos en mi corpus del grupo 14 del OLD,'recopilar evidencias, creer', otra extensión metafórica de la recogida material que trata López Moreda 1987, p.
(3) cum ciuitas... armis ius suum exsequi conaretur multitudinemque hominum ex agris magistratus cogerent («cuando la ciudad intentaba conseguir su derecho con las armas y los magistrados estaban reuniendo una multitud de hombres desde los campos», Caes., Gall.
Con esta misma estructura sintáctica de verbo transitivo se documenta también un caso de actividad mental controlada (4) y uno de Proceso-Estado no controlado (5).
(4) honestam uitam... in unum diem coge («una vida honesta... comprímela en un solo día», Sen., Epist.
(5) quos omnis eadem cupere, eadem odisse, eadem metuere in unum coegit («a todos los que ha unido (en un solo punto) el desear lo mismo, odiar lo mismo, temer lo mismo», Sall., Iug.
Considero (4) una actividad mental porque designa un pensamiento consistente en un compactamiento de la entidad CD.
Se trata de una extensión metafórica en la que la entidad a la que se aplica (uitam, en este caso) se concibe como si estuviera constituida por partes internas que pueden moverse hasta juntarse unas con otras ('compactarse') adoptando una nueva forma indicada en el resultado, que se codifica de la misma manera que el destino (in + Ac.)6.
Volveremos sobre esto más adelante.
Por último, el caso de (5) lo trato como un Estado porque designa una equiparación de personas producida por compartir una propiedad, codificada como Sujeto (cupere, odisse, metuere), que puede analizarse como una causa por la que los seres humanos se «equiparan» (que es otra forma de unirse relacionada también con el preverbio; cf. n.
Este caso puede tratarse como una alternancia diatética (cambian de posición en el MP las entidades, sin cambiar la voz gramatical del verbo) en la que la causa de la equiparación ha ascendido a Sujeto; por esa razón, el movimiento, huella del verbo ago, se aprecia de forma muy abstracta, puesto que el ejemplo designaría un tipo de estado resultante del proceso de 'juntarse'.
Aparte de la alternancia que supone el ejemplo (5), las variaciones semánticas del CD producen tipos de designación diferentes y significados diferen-tes: cuando el CD es concreto y contable (o colectivo formado por entidades contables, que no tienen partes internas), el verbo designa la idea de'recoger, reunir'; cuando se trata de una sustancia concebida como un conjunto de partículas internas, designa la situación de'coagular, compactar, comprimir' 7.
Pasiva de cogo 1 Hay dos clases de ejemplos de pasiva en el corpus: unos son paralelos a las variantes activas; así, los casos de (6) y ( 7) son las correspondientes a (1)-( 3).
(6) olea, ubi matura erit, cogi oportet, quam minimum in terra et in tabulato esse oportet («la aceituna, cuando está madura, conviene recogerla, y tenerla en tierra y en entablado el menor tiempo posible», Cato, Agr.
(7a) postquam omnes Belgarum copias in unum locum coactas ad se uenire uidit («después de que vió que todas las tropas de los belgas reunidas en un solo lugar venían hacia él», Caes., Gall.
(7b) idem facit Caesar equitatumque omnem,... quem ex omni prouincia et Haeduis atque eorum sociis coactum habebat, praemittit («lo mismo hace César y a toda la caballería... que tenía reunida procedente de toda la provincia y de los Heduos y sus aliados, la envía delante...», Caes., Gall.
Hay otros ejemplos pasivos, que se ilustran en (8)-(10), para los que no está tan claro que pueda encontrarse la forma activa correspondiente:
(8) commentarios in angustum coactos ego uero componam («yo escribiré unos comentarios resumidos (= compactados en un breve espacio»), Sen., Epist.
39.1). ( 9) Sensus honestos et magnificos habes non coactos in sententiam sed latius dictos («tienes delante ideas estimables y brillantes no compactadas en una sentencia, sino expresadas en más extensión», Sen., Epist.
El ejemplo (8) podría considerarse la versión pasiva de casos del tipo de (4) -uitam honestam in unum diem coge -, con un Agente compar-tido entre el verbo principal componam y el participio coactos; sin embargo, los casos como (9) y (10) enfocan más bien hacia el Resultado de procesos no controlados o donde el Agente no interesa (el A2 cambia a la forma que designa el complemento preposicional); este Resultado se codifica de la misma forma que el Destino en ejemplos como (2)8.
Este tipo de casos aparece solo en pasiva y, particularmente el que representa (10), no permite la recuperación de ningún Agente: parecen procesos de cambio de los que Pinkster 2015, § 5.19 llama autocausados; para estos casos propondré un MP diferente del transitivo.
No es esperable que la alternancia representada por el ejemplo (5) se documente en pasiva.
El resumen del espectro semántico de cogo 1 se representa en el cuadro B:
Agente D(irecto), I(ndirecto), Ø = componente no recuperable, Prop=Propiedad 1.3.
Lo más interesante de la sintaxis de este grupo es el estatuto que ha de darse en el MP a los componentes de Dirección-Destino, codificado como in + Ac., que aparecen con cierta frecuencia en uno de los MPs del verbo cogo y parecen obligatorios en otros.
La presencia de este componente induce a interpretar una escena en la que el destino de las entidades que se reunen se presenta como un componente implicado, que solo se proyecta de forma explícita cuando aporta información específica9.
Se trata del complemento preposisicional que propongo como A3.
En ejemplos como los de (1) no aparece nunca, probablemente porque, aunque la escena conceptual de recoger frutos conlleva siempre el lugar en el que se guardan, la gramática no codifica esa información, porque está suficientemente clara o no es relevante.
En cambio, en datos como los de (2) un componente expresando el lugar al que se desplaza el CD está implicado siempre, pero solo aparece explícito en algunos casos (8 de los 70, es decir, (11,6 %) (cf. cuadro A)).
En ejemplos como (3) se documenta un complemento de Procedencia-Origen, codificado con ex + Abl., con una frecuencia parecida a la de Dirección-Destino: se explicita en 10 casos sobre 70 (14,5%; cf. Cuadro A).
No he encontrado ningún ejemplo donde se documenten las dos, lo que podría indicar que son variantes alternativas, y eso, a su vez, podría ser un indicio de que en ese grupo de datos opera una deixis interna en un verbo que describe situaciones en las que el Agente no se desplaza: la Dirección se aplicaría cuando el lugar es distinto a aquel en el que se encuentra el Agente, mientras que el Origen sería la información cuando el lugar de destino es aquel en el que se encuentra el Agente.
Nótese que el Destino que se adjunta a este tipo de datos designa un espacio físico, externo a las entidades que se trasladan, y esto indica, a su vez, que esas entidades se representan como un todo, cuyas partes son fijas, no pueden descomponerse, a diferencia de lo que se observa en el tipo siguiente, la variante /-concreto/.
En la variante /-concreto/ (ejemplos (4)-( 5)) se observa un componente codificado igual que el Destino (in + Ac.), pero de léxico abstracto: no se trata de un espacio físico, sino de una propiedad de la entidad que actua como CD; así, con uitam en (4), la propiedad sería el «tiempo», que está también en in unum diem: el resultado de esta combinación es compactar un tiempo en otro más breve.
En otros la propiedad es la forma o el tamaño (commentarios in angustum, sapores in unum, sensus in sententiam).
Lo interesante en estos casos es que la expresión de ese componente, que designa un Resultado, se hace parte esencial en el MP, porque la información que proporciona es imposible de deducir; el hecho es que, de los 10 ejemplos de este tipo que documenta el corpus presentan explícitamente el Resultado 8 de ellos.
Los más representativos están en Séneca y se han ilustrado en (4)-(5).
La frecuencia de componentes de Dirección / Procedencia en los datos de reunión física es del 26 %; en las variantes abstractas la frecuencia sube al 90 %.
Por la implicación en la escena conceptual, opto por considerarlo argumento del MP.
Los MPs que recogen los casos de cogo 1 se representan en (11), donde (11a) y (11b) son Acciones, (11c) un Proceso y (11d) un Estado: El MP (11c) incluye la alternancia activa de ejemplos como (4) y la pasiva de ( 8)-(10).
Cogo 2:'obligar','hacer que' (acción-proceso causativos)
El segundo grupo de datos es el más frecuente y prototípico, aunque no el más antiguo: cogo 2 corresponde a una acción o proceso causativo de coacción (López Moreda 1987: 184).
Presenta tres Argumentos: A1 es un Agente o una Causa externos, que fuerzan una actuación o un proceso no deseado o no previs to; A2 es el Afectado por la coacción, y es, a su vez, el primer argumento del evento 2 subordinado (A1 2 ); el A3 es el evento al que impulsa el A1; puede ser una Acción que se realiza contra la voluntad de A2 o un Proceso no controlado.
Esta estructura semántica triple se proyecta en una estructura sintáctica bitransitiva, donde el A2 es el Acusativo CD y el A3, un infinitivo o sus variantes (ver infra).
La estructura bitransitiva es una de las que adopta la expresión de la causatividad en Latín (Lehmann 2006, p.
Heluetii) («según su costumbre, los helvecios obligaron a Orgétorix a defenderse encadenado», Caes., Gall.
I 4.1) (12b) dein utrique alteris freti finitumos armis aut metu sub imperium suum coegere («por último, a los vecinos de ambos lados del estrecho les obligaron con las armas o el miedo a someterse», Sall., Iug.
(12c) cum tanta praemia ciuitates ui atque imperio uirgarum ac mortis metu... dare coactas («cuando las ciudades han sido obligadas por la violencia y por el poder supremo y por el miedo a la muerte y a los azotes a dar tales premios», Cic., Verr.
II 3.143) Los ejemplos de (12) ilustran el tipo de casos donde intervienen dos agentes, el A1, Agente de la acción causativa, y el A2, Agente del evento subordinado causado.
Representan los casos donde la coacción es más fuerte, aquella en la que se bloquea el control del A2 Afectado y se contraviene su voluntad (nótese la presencia del adjunto de Manera ui en (12c), que subraya el carácter no deseado de la situación subordinada).
Pero este tipo de semántica, donde el A1 tiene control sobre A2 y éste, a su vez, sobre la acción subordinada, no es el único que se encuentra con cogo 2.
El corpus analizado muestra una gama de compatibilidad que expresa desde el polo de coacción más fuerte (el ilustrado en ( 12)) a uno mucho más débil, donde la combinación verbo-complementos no expresa coacción ('obligar'), sino únicamente una causación fuerte ('hacer que') 10.
Un ejemplo de este tipo se ofrece en (13):
(13) quae (sc. radices) et frigore infestentur et caloribus maiorem in modum aestuent ac uehementer sitire matrem in ortu Caniculae cogant («estas (las raíces) son atacadas por el frío y aún más se recuecen con el calor y a la salida de la Canícula hacen pasar mucha sed a la madre», Colum., IV 8.1) La situación que se describe en (13) no admite una lectura de coacción porque la construcción completa no es una acción causativa, sino un proceso: el A1, radices, puede provocar una consecuencia, pero no puede actuar para buscarla, porque carece de voluntad; en A2 sucede lo mismo, porque es una planta que únicamente puede sufrir un efecto; además, el evento subordinado, sitire, no es una Acción, sino un Estado.
Los dos tipos ilustrados en (12) y (13) son los dos polos extremos de una escala, de forma que, hipotéticamente, cuanto más alejada esté la caracterización léxica (A1 y A2 /humano/, A3 / Acción/) y funcional (Agentes con control y voluntad) de los componentes del prototipo, más débil será la coacción y viceversa.
Puesto que esta varia-ción se aprecia en la caracterización léxica de los tres argumentos voy a analizar cómo son los datos de REGLA a este respecto.
(i) Caracterización semántica de A1 La semántica del A1 muestra, según los datos analizados, que la proporción entre humanos Agente y abstractos Causa-Motivo es de aprox.
Están analizados como abstractos los A1 de ejemplos como ( 14), eventos como (15) y el término lex en ( 16):
(14a) omnis dies omnis hora quam nihil simus ostendit et aliquo argumento recenti admonet fragilitatis oblitos; tum aeterna meditatos respicere cogit ad mortem («cada día, cada hora nos muestra qué nadería somos y con alguna prueba reciente nos advierte que nos hemos olvidado de la fragilidad; entonces a los que habíamos planeado eternidad, nos obliga a volvernos a mirar a la muerte», Sen., Epist.
(14b) nam si necessitas facere cogit, prius,... extirpari debet («si no hay más remedio que actuar (lit: si la necesidad obliga a actuar), primero debe extirparse», Colum., III 11.4).
(15a) quae res eum nocte una tantum itineris contendere coegit? («qué asunto le forzó a cubrir tanto camino en una sola noche?», Cic., S. Rosc.
(15b) nam si neglecta cruditas est, et inflatio uentris et intestinorum maior dolor insequitur, qui nec capere cibos sinit et gemitus exprimit locoque stare non patitur, saepe decumbere et uolutari cogit («pues si no se hace caso de la mala digestión, sigue no solo una hinchazón del vientre, sino también un dolor de tripa muy fuerte que no le deja tomar alimento, y arranca gemidos y no soporta estar quieto, y le obliga a tumbarse a menudo y a revolverse», Colum., VI 6.3). ( 16) ut illos lex magis quaedam accusatoria quam uera male dicendi facultas de uita L. Murenae dicere aliquid coegerit («a ellos una cierta ley acusatoria más que una verdadera posibilidad de criticar les ha obligado a decir algo sobre la vida de L. Murena», Cic., Mur.
Todos los casos en los que A1 es abstracto presentan un A2 de carácter humano (o animal, como (15b)) y un evento de la clase Acción, y su interpretación solo difiere del prototipo fuerte en que la coacción que se produce no es directa (no hay intervención de A1 sobre A2, sino motivación); la actuación de A2 está motivada, no directamente causada12, pero sigue habiendo en ella una contravención de su voluntad; tal vez sea por esto menos fuerte, pero sigue siendo una coacción.
Parece, por tanto, que la caracterización de A1 no es decisiva para mitigar la coacción.
(ii) Caracterización semántica de A2 La caracterización semántica de A2 en más del 96% de los casos corresponde a seres humanos que, además, son Agentes del evento subordinado A3.
El A2 es el que resulta Afectado por la coacción y por frecuencia representa el prototipo de A2 en cogo 2.
En el 4% restante de ejemplos, A2 no está representado por un ser humano, sino por un elemento abstracto, como en (17), o por un animal, como en ( 18):
(17a) animum enim cogo sibi intentum esse nec auocari ad externa («fuerzo, pues, a mi mente a concentrarse y a no dejarse distraer con llamadas externas», Sen., Epist.
(17b) itaque (sc. mens) cogenda est ut incipiat («así, hay que obligar a la mente a empezar», Sen., Epist.
50.9). ( 18) quidam hominis urina tepida rigant ora, et tamdiu conprimunt dum eas (sc. gallinas) amaritudo cogat per nares emoliri pituitae nauseam («algunos les irrigan la boca con orina humana tibia y se la mantienen un rato cerrada, hasta que el amargor las fuerce a echar por la nariz la nausea de la pepita», Colum., VIII 5.21).
En ejemplos como (17), el A2 contiene un término parcialmente correferencial con el A1 (animum, mens, fides): el alma, la mente, la lealtad son partes de la persona que actúa como Sujeto.
El resultado es que también pueden interpretarse como expresiones de coacción, aunque la coacción sea au-to-impuesta (es parecida a una diátesis reflexiva «me obligo a mí mismo»), porque también se produce una contravención de la voluntad o, al menos, de la tendencia no motivada; quizá son menos fuertes que las coacciones físicas porque describen eventos abstractos, pero no se diferencian del prototipo más que en eso.
En (18) el A2 es un animal y el evento hacia el que se le fuerza, un proceso no controlado.
En casos como éste no puede hablarse de coacción, porque el A2 no tiene voluntad ni control sobre el evento; la manipulación del Agente sobre el Afectado es fuerte y directa, pero la equivalencia de estos casos no puede establecerse sobre el verbo 'obligar', sino sobre'hacer que, forzar' (que en español, admite CD concretos, como 'puerta', o eventos no controlados).
En un caso como éste no hay propiamente coacción, sino causación fuerte.
En todos los datos analizados hasta aquí la estructura semántica y la sintáctica se solapan de la misma manera: el A1, Agente-Causa-Motivo, se codifica como Sujeto, el A2, Afectado y Agente del evento subordinado, como CD, y el A3, evento subordinado, como infinitivo prolativo o sus variantes 13.
Sin embargo, hay en el corpus algunos datos interesantes en los que el componente que codifica el CD no es el A1 del evento subordinado (A1 1 ), sino el A2 1; en estos casos el evento aparece en voz pasiva.
Se trata de datos como (19):
CD del verbo, a pesar de no ser los Afectados por la coacción, y no Sujetos de una posible oración de AcI.
Lo que quiero hacer notar aquí que en estos casos el Afectado por la coacción no está explícito ni puede estarlo, sino que hay que recuperalo del contexto general.
(iii) Caracterización de A3 (evento subordinado) La caracterización léxica del A3 está en relación con las características del A2 y del A1.
Cuando la combinación es doblemente agentiva, es decir, cuando el A1 es humano y el A2 también lo es, el evento es una Acción (como dicere causam en (12a) o dare en (12c)) o un Estado controlado.
Hay otros ejemplos donde el evento parece no controlado, pero la falta de control es solo aparente.
586). ( 21) Inter eius modi uiros et mulieres adulta aetate filius uersabatur, ut eum, etiamsi natura a parentis similitudine abriperet, consuetudo tamen ac disciplina patris similem esse cogeret («entre hombres y mujeres de tal calaña se encontraba un hijo suyo adulto, de forma que a él, aunque la naturaleza le arrastraba lejos de parecerse a su padre, el trato frecuente y el aprendizaje le hacían a la fuerza parecido a él», Cic., Verr.
II 5.30). ( 22) illa (sc. superuacua) sunt quae togam conterunt, quae nos senescere sub tentorio cogunt («las cosas superfluas son las que nos desgastan la toga, las que nos obligan a envejecer bajo la tienda de campaña», Sen., Epist.
En el ejemplo de (20), el Estado no controlado que en otros casos representaría esse meam matrem se comporta como Estado reversible y controlado, como muestra la copresencia de si neuolt: equivale a «reconocer que es mi madre».
Cuando A1 no es humano, sino un motivo abstracto, como en (21) consuetudo y disciplina, el A2 puede no controlar el evento designado por A3 (esse similem).
Este evento equivale a la designación de un comportamiento motivado más o menos voluntario; según se interprete como más o menos posible la controlabilidad de los motivos que llevan al CD a 'parecerse al padre', más control o menos puede atribuirse a ese estado.
Igualmente el proceso aparentemente incontrolado de ( 22) -senescere sub tentorio -, está indicando por metonimia la idea de mantenerse en el ejército durante años (para conseguir bienes materiales), que sí es un evento controlado.
Estos datos muestran que la estructura semántico-sintáctica de este verbo lleva al evento subordinado a adaptarse a las condiciones del lugar funcional que ocupa.
El evento que corresponde a un A2 /animado/ (animal) suele ser intransitivo, aunque siempre es dinámico; con respecto al control, depende de la interpretación que se haga de ese rasgo en los animales: puede tenerlo (decumbere, uolutari, (15b)) o no tenerlo como (18) -per nares emoliri pituitae nauseam-.
Por último, cuando el A2 es abstracto, parcialmente correferencial con el A1, el evento puede ser una Acción pero también una experiencia mental, resultado de un proceso (intentum esse en (17a)).
El espectro semántico que combina con cogo 2 se resume en el cuadro C: El último tipo de pasivas que se documenta se corresponde al grupo presentado ya en (19).
Se trata de casos en los que el Sujeto de la versión pasiva de cogo es el A1 de un evento subordinado intransitivo, poco o nada controlable; es poco controlable en (25), donde el Sujeto se ve afectado por un resultado no deseado (como indica inuitus); no hay ningún control en (26), donde el Sujeto de cogitur es insitio, que es, a su vez, A2 de coniungi:
(25) qua re quis est qui existimare possit huic nouo pontifici,... non et lin- guam obmutuisse et manum obtorpuisse et mentem debilitatam metu concidisse, praesertim cum... fierique particeps inuitus alieni sceleris cogeretur...? («por eso, ¿quién podía pensar que a este nuevo pontífice no se le había enmudecido la lengua y se le había entorpecido la mano y se le había debilitado la mente por miedo, al haberse visto obligado a hacerse partícipe sin querer de un crimen ajeno?», Cic., Dom.
135). ( 26) haec enim tutior et certior est insitio, quoniam, etsi proximo uere non comprendit, sequente certe, cum increuit, coniungi cogitur et mox a matre reciditur («este es, pues, el injerto más firme y más seguro, porque, incluso si no prende la primavera inmediata, a la siguiente, con seguridad, al crecer, se ve forzado a unirse y al poco se separa de la madre mediante un corte », Colum., IV 29.13).
En consecuencia, todas las pasivas que se documentan tienen un correlato semántico-sintáctico en activa.
Las más atípicas, las de (25)-( 26), donde la estructura semántica del evento subordinado es menos prototípicamente tran-sitiva que en las otras, muestran el carácter bitransitivo del verbo cogo 2 en todos los casos, lo que hace innecesario proponer un MP diferenciado para ningún esquema de la voz pasiva.
Los aspectos más interesantes de la sintaxis de cogo 2 causativo son, en mi opinión, dos: a) su carácter fuertemente bitransitivo, que se manifiesta en la presencia obligatoria de un Acusativo CD, sea cual sea la estructura semántica de los datos, y b) la codificación del evento subordinado, que lo encuadra dentro de la prolatividad-finalidad. a) La presencia obligatoria del CD la deduzco de la exclusividad de las construcciones personales de pasiva comentada más arriba15.
Este hecho se afianza, igualmente, con los casos de complementación de ut + Subj. que presentan un Acusativo proléptico, como (27); el Acusativo proléptico se comporta con respecto al criterio de la pasiva igual que un CD16, como muestra la comparación de ( 27) y ( 28):
(27) uniuersa multitudo atrocitate rei misericordiaque commota senatum clamore coegit ut isti simulacrum illud Mercuri polliceretur («toda la gente, conmovida por la atrocidad del hecho y por la compasión, obligó con su clamor al senado a que prometiera a ese aquella imagen de Mercurio», Cic., Verr.
II 4.87). ( 28) senatus cum temporibus rei publicae cogitur ut decernat ut alterae decumae exigantur («el senado, cuando por las circunstancias del estado se ve obligado a decretar que se reclame un segundo diezmo», Cic., Verr.
Es importante señalar que de los 11 ejemplos en los que se documenta complementación de ut + Subj., aparece un prolativo en 7 (4 en activa y 3 en pasiva).
Hay dos razones añadidas para este análisis: por un lado, el hecho de que este tipo de frases sean exclusivamente coacciones indirectas, en las que la expresión explícita de un afectado receptor de la coacción es imposible; prueba de esto es que no se documente ningún caso del tipo de ( 29):
Si frumentum ocupa la casilla del CD, es lógico que una frase como (29) no sea posible, porque el verbo no tiene lugar para un Afectado en Acusativo ni tampoco en Dativo, puesto que este verbo no admite esa construcción.
La segunda razón es que este análisis concuerda bien con ciertos casos de construcciones personales como (30), comparables a las de otros verbos causativos de estructura y comportamiento similares, como los de (31), para iubeo, y (32) para prohibeo, donde aparece como Sujeto un A2 del evento subordinado, como frumentum en (19a), y un infinitivo en pasiva:
(30) quemadmodum subtemen insertum, quod duritiam utrimque conprimentis tramae remolliat, spatha coire cogatur et iungi («de la manera en que el hilo insertado, que afloja la tirantez de la trama que comprime por ambos lados, es obligado mediante la espátula a juntarse y a unirse», Sen., Epist.
(31) eo ipso tempore quo M. Antonius ciuium suorum uitae sedebat mortisque arbiter, M. Antonii frater duci iubebatur ad supplicium («en el mismo momento en que Marco Antonio se asentaba como árbitro de la vida y la muerte de sus conciudadanos, se ordenaba que el hermano de M. Antonio fuera llevado a suplicio (lit.'el hermano de M. Antonio era ordenado ser llevado')», Sen., Dial.
(32) nam idem per brumam negat recte putari uineam; quae res quamuis minus laedit uitem, merito tamen fieri prohibetur («pues el mismo dice que no es correcto que se pode una viña durante el invierno; esto, aunque perjudica menos a la vid, se prohibe que se haga con razón (lit:'es prohibido ser hecho')», Colum.
Los hechos mostrados ponen en evidencia que la estructura de complementación de cogo 2, como la de los demás verbos causativos acusativos, es compacta y está sintácticamente bastante integrada, lo que conlleva más implicación semántica entre el verbo y sus complementos, en el sentido que propone Givón 1980Givón, 1990, pp. 525-26;, pp. 525-26;537-584; el verbo toma como CD propio un elemento semánticamente relacionado con el evento subordinado y este papel sintáctico sirve, probablemente, como elemento integrador en la sintaxis de unos verbos que expresan rasgos relacionados con la dinámica de fuerzas (cf. Talmy 2000, p.
Según la situación concreta que el verbo esté configurando, el lugar del CD lo ocuparía bien el agente del evento subordinado, si existe; bien el A2 de ese evento, si se configura una situación en la que el Agente subordinado (afectado por la coacción) no está representado17. b) En cuanto a la función semántica del evento subordinado, la codificación de las variantes del Infinitivo18 como OS de ut + Subj. (cf. (28), supra), ad + Gerundio (33), ad + Ac. con nombres de evento (34) apunta inequívocamente hacia función Fin, que vuelve a ser probablemente una representación del Destino-Dirección cuando se trata de un evento:
(33) nec enim cibi sed oblectamenta sunt ad edendum saturos cogentia («pues no son alimentos, sino caprichos que fuerzan a comer a los que no pueden más», Sen., Epist.
(34) tantam hominum inprudentiam esse immo dementiam ut quidam timore mortis cogantur ad mortem («tanta imprudencia de los seres humanos es profunda locura hasta el punto de que algunos son forzados a la muerte por el miedo a la muerte» Sen., Epist.
Las variantes semánticas del verbo cogo 2 se recogerían en los siguientes MPs de (35): NB: El subíndice 1 representa el evento subordinado (A1 1 es el A1 del evento subordinado y A2 1, el A2 del evento subordinado).
Cogo 3:'Reclamar / exigir dinero de, exigir' (acción causativa) He agrupado como tercer tipo de datos, cogo 3, aquellos en los que el CD es una entidad que designa 'bienes materiales' (dinero, grano, impuestos) y el A3 contiene una entidad humana codificada como Procedencia-Origen, como la que presentan los verbos de 'comprar','pedir' y otros (emo, peto + Ac + ab-Abl /humano/).
En los diccionarios, los casos de este tipo están recogidos entre aquellos que denotan 'recoger' (cf. OLD (s.v.
5b)), pero el análisis de los ejemplos del corpus muestra que, como en el caso de los frutos, no se trata de una recogida cualquiera, sino específicamente de dinero,'detrayén dolo' de alguien -eso sugiere la codificación de A3 /humano/ con marcas de Procedencia-Origen-, para designar tanto el pago de impuestos como las extorsiones.
En todos los ejemplos de mi corpus la fuerza de coacción es bastante explícita (cf. el adjunto per uim ac metum en (36)), aunque este hecho puede deberse al tipo de corpus analizado (en REGLA este tipo se documenta casi exclusivamente en los discursos contra Verres que tratan de la extorsión de Sicilia), pero se asocia también a la simple recaudación de impuestos (cf. OLD s.v.
El hecho de que un CD como 'dinero' se combine con un verbo como cogo probablemente tiene que ver con una conceptualización determinada del dinero y de los impuestos.
El concepto de 'detraer dinero' que sugiere la codificación de esta estructura probablemente responde a la idea de que los impuestos no se pagan por iniciativa propia, sino por obligación, ya proceda esta de una institución o de un extorsionador.
En consecuencia, en el caso de cogo 3, la combinación se explica a partir del rasgo de coacción añadido a la posición que ocupan en el MP los participantes en la escena conceptual.
La uniformidad léxica de cada participante, además de las características léxicas del A2 (pecunia y otros sustantivos comparables), hacen pensar en una colocación20, que supone una extensión del significado del verbo.
El esquema podría representarse como en ( 40 Este MP tiene características de un verbo causativo y recoge una escena conceptual con una dinámica de fuerzas inversa a la de cogo 2; se representa en (41), donde las flechas indican la orientación de la fuerza:
(41a) cogo 2: A /hum/ Agente cogere ---> B /hum/ CD ---> C /evento/ Destino.
(41b) cogo 3: A /hum/ Agente cogere <---C /dinero/ CD <---B /hum/ Origen.
iii. reLaCión entre Los mps
Los datos que se han analizado a lo largo del trabajo presentan, a primera vista, una dispersión de significado bastante notable desde una perspectiva sincró nica.
Sin embargo, cuando se repasan las posibilidades combinatorias completas del verbo buscando qué rasgos permiten explicar la relación de unas con otras, se pueden encontrar, en mi opinión, relaciones posibles de explicar mediante procesos metafóricos del tipo de los que proponen concepciones cognitivas como las de Lakoff y Johnson 2003 (ver sobre todo cap. 12 y 13).
Lo primero que llama la atención al observar las posibilidades combinatorias del verbo cogo es que el verbo base del que deriva es el que López Moreda 1987, pp. 141-144, propone como ago I 'mover', puesto que la huella semántica de movimiento es la que se encuentra en todas las combinaciones del compuesto (com-ago > cogo).
La idea de 'mover' ('hacer mover') personas o cosas hacia un sitio para reunirlas o equipararlas (gracias a la aportación sémica del preverbio com-, García Hernández 1980, pp. 140-141, López Moreda 1987, p.
182) está presente de forma obvia en la mayoría de los datos, aunque se aplica por distintos procesos metafóricos a situaciones con diferentes grados de abstracción: al cambiar la naturaleza del CD y la naturaleza del lugar, cambia la manera de este movimiento y su resultado final.
(i) La idea de movimiento causado se encuentra en todos los casos analizados en cogo 1 que designan movimiento físico, tanto en las acciones transitivas de 'recoger frutos' (cogo 1 en (11a)) como en las de 'hacer confluir' en un lugar (cogo 1 en (11b)); sin embargo, no se aprecia tan automáticamente en los procesos que sufren las sustancias que se compactan ('coagular','espesar', etc., cogo 1 en (11c)).
Seguramente estos usos se han generado como el resultado de una metáfora en la que el movimiento se produce en el interior de una sustancia, aplicado a las partículas que la componen, dando como resultado su reunión en un conjunto; los medios tecnológicos actuales nos permiten conocer e incluso percibir que eso es exactamente lo que sucede en muchos procesos de ese tipo.
En algunos casos, como se ha indicado más arriba, este compactamiento da lugar a una nueva forma que se codifica igual que el lugar donde confluye la reunión: es el componente con la función de Resultado, codificada con los mismos morfemas que la función Dirección-Destino (in + Ac.: commentarios in angustum coactos, sapores in unum).
El léxico que presenta este componente Resultado expresa una propiedad compartida con el propio A2, que puede referirse al tamaño (commentarios in angustum coactos), al sabor (sapores in unum), al tiempo (uitam in unum diem) etc. Estos procesos se conciben sin agente, por lo que este tipo de designación se codifica en una alternancia pasiva del MP, que presenta el A2 como Sujeto y nunca un Agente, ni siquiera genérico.
En las combinaciones de cogo 1 con colectivos humanos (naues, multitudo, exercitus, cf. (11b)) la idea de movimiento está también clara, pero, a diferencia de las combinaciones mencionadas más arriba, las entidades objeto de impulso tienen movilidad propia -son entidades animadas, incluyendo el caso de naues, donde entiendo una metonimia con quienes hacen que se muevan -y con ella son capaces de responder a la intervención de su Agente; la fuerza implicada para provocar el movimiento no se aplica directamente, como en los ejemplos de recoger frutos, sino indirectamente: la fuerza no es física, sino mental (algo parecido a la fuerza de una orden), pero sigue siendo esencial en la configuración léxica de la combinación.
Por esta razón, este grupo de datos se encuentra en una situación intermedia entre las acciones transitivas y las causativas bitransitivas, de las que se diferencian porque
En este trabajo se han analizado los tres grupos sintáctico-semánticos en que se han agrupado los datos de cogo que se documentan en el corpus y se han estudiado las características de la complementación, buscando qué propiedades del verbo justifican la variedad de complementos con los que aparece.
En la primera estructura sintáctica, cogo 1, los A2-CD dan lugar a tres alternancias semánticas de las acciones-procesos transitivos:'reunir','compactar','compactarse en' (con otros tantos MPs); el primer caso se encuentra específicamente con 'frutos' (puede ser una colocación); también con seres vivos con movilidad propia (tropas, gente); el segundo, se obtiene de la combinación con líquidos (concreto no contable), cuyas partículas se mueven internamente para dar lugar al compactamiento; el tercero, con sustancias o entidades abstractas que se combinan con una forma de resultado.
Además, se encuentra otro MP alternante con el grupo de 'compactarse', el de 'equiparar'.
Sintácticamente todas estas formas pueden recogerse en varios MPs transitivos en los que un componente Destino (en alternancia con Origen, en las variantes de movimiento material) se concibe como argumento (A3), aunque no se explicite con excesiva frecuencia.
Cogo 2 designa una situación causativa de coacción, con una designación semántica que va desde la coacción fuerte hasta la causación en función de ciertas características léxicas del A2 (que es, a su vez, un argumento del evento subordinado), que aparecen combinadas con las del A3.
Lo más interesante de este verbo en relación con su sintaxis se encuentra en el hecho de que el verbo siempre toma como CD uno de los participantes del evento subordinado: el primero, si es una acción transitiva en la que el Agente es el destinatario del impulso (Orgetorigem causam dicere); o el segundo, cuando no hay destinatario conocido, porque es genérico y no se explicita.
En este último caso el infinitivo aparece en pasiva (frumentum dari).
Esta característica la comparte con los verbos causativos acusativos.
En el caso de cogo 3 el verbo y el complemento se co-seleccionan, en una una construcción de Ac.-ab + Abl. referida específicamente a la obtención (forzosa) de dinero.
La disposición formal de los tres participantes sitúa la entidad humana como Origen y el CD siempre contiene bienes materiales.
Toda la gama de complementación que presenta el verbo cogo es compatible con dos facetas de su léxico: la de 'movimiento impulsado' y la de 'fuerza de resistencia'; sobre estos rasgos se explican tanto las colocaciones |
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Una cuestión ampliamente debatida desde principios del siglo XX es si el mitraísmo romano tiene algún tipo de conexión con el culto a Mithra1 iranio, o si, por el contrario, simplemente comparten el nombre de una divinidad y el culto mistérico romano es uno más de los ritos de iniciación que se van popularizando en la antigüedad grecorromana desde el siglo V a.
C. El mayor defensor del vínculo entre el culto al Mithra iranio y la religión mistérica de época romana fue Cumont 1900, quien defiende que el mitraísmo de época romana es la evolución del mazdeísmo iranio, amalgamado con cosmología caldea y conceptos filosóficos griegos2.
Ciertamente, la ausencia de cualquier mención a la tauroctonía en nuestra fuente principal para el conocimiento del Mithra iranio, el Yašt 103, y la importancia de los elementos astrológicos del culto mitraico romano han sido puestos de manifiesto como objecciones a la teoría de Cumont 4.
Una corriente completamente contraria a relacionar el mitraísmo romano con el culto a Mithra iranio fue inaugurada por Gordon 1975, quien, tras realizar una profunda crítica a las teorías de Cumont, piensa que los misterios mitraicos carecen de relación con el zoroastrismo.
Esta crítica fue continuada por Clauss 2000, quien considera que los misterios mitraicos tuvieron su origen en la ciudad de Roma o en el puerto de Ostia.
Del mismo modo, Beck 2006 piensa que los misterios mitraicos romanos son una creación completamente occidental.
Para estos autores, el eje argumental de la discusión sobre el origen iranio u occidental de los misterios mitraicos se centra en la ausencia de concomitancias entre el Mithra iranio y el Mitra romano tanto en los aspectos iconográficos cuanto en lo que sabemos sobre el ritual.
Uno de los episodios míticos del Mitra romano que está mejor ilustrado por la iconografía5 y por los textos 6 es el nacimiento de Mitra de una roca.
35 defiende que este nacimiento tiene que ver con la leyenda de Perseo, nacido en una cámara subterránea, y que Mitra fue «forced out of the rock as if by some hidden magic power».
Sin embargo, el nacimiento de Mitra de una roca presenta una posible relación con el Yašt 10, que fue puesta de relieve por Vermaseren 1951.
En dicho himno el dios aparece resplandeciente en la cima del monte Harā, identificable con la cordillera del Alborz, desde la que contempla todo el país de los arios.
La importancia de ese pasaje para entender el origen del mito ha sido puesta de relieve sobre todo por Burkert 1979, quien ha señalado el paralelo del nacimiento de Agdistis, narrado por Arnobio y el nacimiento de Mitra de una roca del relato de Pseudo-Plutarco7 con el mito hitita en el que Kumarbi escupe el semen de Anu sobre una roca, de la que nace Ullikummi, un gigante de diorita (CTH 345).
El paralelo del texto hitita con otras leyendas similares de Anatolia y el Cáucaso está bien documentado por de Jong 1997, p.
El autor que explota mejor desde el punto de vista comparativo dichos textos es Mastrocinque 2009, p.
74-81, incluyendo los mitos de fecundación de una roca protagonizados por Mitra y el monte Diorfo, por Júpiter y la roca Agdo y por Hefesto y Atenea para concluir de manera plausible que «la combinación de la tradición órfica y platónica de los sueños y las contemplaciones de Crono con la tradición anatolia de la fecundación de la roca podría haber dado lugar a la tradición del nacimiento en la tierra de un dios inteligible, hipercósmico, que podía solamente ser pensado».
Si bien la fuerza argumental de la línea comparativa permanece intacta tras los trabajos de Burkert, de Jong y Mastrocinque y refuerza la idea de que el mitraísmo romano es una combinación de elementos tradicionales indoeuropeos (no solo iranios), más elementos órficos y neoplatónicos, hay algunos elementos de la comparación que permanecen sin explotar y otros que quizá no estén bien integrados en la comparación.
Por ejemplo, en el mito anatolio de Ulikummi, el ser que nace de la roca es un monstruo que poco tiene que ver con el Mitra romano, que es un dios de salvación 8.
La subida al monte Harā de Mithra en el Yašt 10 no constituye en sí misma el nacimiento del dios.
Cuando es Mitra el dios que engendra en la leyenda transmitida por Pseudo-Plutarco, lo que nace es un héroe que posteriormente fracasa en su combate con Ares.
El ser nacido del semen de Júpiter caído sobre la roca Agdo, según la narración de Arnobio, es Agdistis, un ser hermafrodita, furioso y cruel, algo similar a lo que sucede con Erictonio, nacido del semen de Hefesto derramado sobre la tierra, quien tiene rasgos monstruosos, si seguimos el relato de Apolodoro.
Todos estos detalles pueden ser comparados para restituir una antigua teogonía indoeuropea, pero a mi modo de ver deben ser perfilados y los datos han de ser mejor integrados.
Aumentaremos los elementos susceptibles de ser comparados, incluyendo datos procedentes de la tradición india, en concreto, el himno RV VII 33, en la que el semen de Mitra-Varuna derramado en un jarro da lugar al nacimiento de Māna, padre del ṛṣi Vasiṣṭha.
Asimismo, perfeccionaremos los datos procedentes de los testimonios hititas: tal como resulta del análisis que hace Bernabé 2009 de la teogonía hitita, combinando tres textos, el Canto de Kumarbi, el Canto de Plata y Ea y la Bestia, cuando Kumarbi devora el falo de Anu 9, éste predice que engendrará cinco dioses 10.
Parece que de la cabeza de Kumarbi nace KA.zAL, que Bernabé identifica con Ištar.
Además, de manera natural «por el buen lugar» nacen el dios Tesub y el río Aranzah.
Como Kumarbi ha escupido el semen de Anu sobre la montaña Kanzura, de esta nace el dios [Suwal]iya, identificable, de acuerdo con la profecía de Anu, con Tasmisu, hermano y visir de Tesub (CTH 344).
Finalmente, de la profecía recogida en Ea y la Bestia (CTH 351), se deduce también el nacimiento de zababa.
Por tanto, los elementos de la comparación que plantearemos se pueden resumir en la siguiente tabla: 9 En la importancia y difusión que adquiere el mito de Kumarbi en la literatura hitita puede haber tenido una notable importancia la existencia de un mito parecido en la literatura mesopotámica, con el prestigio cultural que le era inherente.
Se trata del «Prologo del Torneo del Verano contra el Invierno», de la que se conservan diversos testimonios de comienzos del II milenio a.
C. Estos textos contienen una variante cosmogónica según la cual el dios Enlil hundió su pene en la «región montañosa» dejándola preñada del Verano y del Invierno (v.
En dichas representaciones iconográficas, Crono duerme sobre una roca y no es casualidad que Mitra nazca luego de una roca.
El carácter progenitor de Ahura Mazdā es más complejo de deducir del pasaje del Yašt 10 que nos interesa, pero la expresión recogida en el Yt.
10.12 (50) en donde se dice que Ahura Mazdā ha instaurado a Mithra en una residencia upairi harąm bǝrǝzaitīm «más allá del Harā, la brillante montaña», nos permite deducir que Ahura Mazdā actúa como progenitor de Mithra en su renacimiento al otro lado de la montaña donde se sitúa el Más Allá de la geografía mítica avéstica.
El segundo tipo de dios progenitor es un dios joven, de cualquiera de las últimas generaciones de los dioses de acuerdo con las teogonías indoeuropeas.
Este sería el caso del Júpiter que asalta a Cibeles según el relato que recoge Arnobio de Sicca, Nat.
El problema es que dicha violación queda en grado de tentativa y el semen del dios se derrama sobre la piedra llamada Agdo: voluptatem in lapidem fudit.
La piedra queda preñada del semen de Júpiter y pare un ser llamado, a partir de su madre, Agdistis.
En cambio, en Pausanias (VII 17.10), zeus tiene una emisión seminal durante su sueño y su semen cae en el suelo, algo que recuerda vivamente al sueño del Crono-Saturno de los relieves de los mitreos.
Otro dios joven cuyo semen cae accidentalmente en la tierra para dar lugar a un héroe es Hefesto.
El relato está recogido en Apolodoro III 14.6.
Igual que en el relato de Arnobio, Hefesto fue poseido por un deseo sexual irrefrenable por Atenea: εἰς ἐπιθυμίαν ὤλισθε τῆς Ἀθηνᾶς, καὶ διώκειν αὐτὴν ἤρξατο.
Ella presentó resistencia hasta que el dios eyaculó en su pierna: ὁ δὲ ἀπεσπέρμηνεν εἰς τὸ σκέλος τῆς θεᾶς.
Finalmente, del semen caído en el suelo nació el dios Erictonio13.
En un tercer grupo de divinidades progenitoras nos encontramos con el propio Mitra.
La leyenda conservada por Ps.-Plu.
XXIII 4 es fácilmente comparable con las transmitidas por Apolodoro y Arnobio.
No es el deseo sexual frustrado el que lleva a Mitra a masturbarse y derramar su semen en una piedra -πέτρᾳ τινί-, sino τὸ τῶν γυναικῶν γένος μισῶν «el odio por la estirpe de las mujeres».
En cualquier caso, de la piedra fecundada nace Diorfo14.
En el RigVeda los dos dioses Mitrā-Varuṇa se masturban como consecuencia del deseo que experimentan por la ninfa Urvaśī, RV VII 33.11: utāśi maitrāvaruṇó vasiṣṭhorváśyā brahman mánasó'dhi jātáḥ «y tú, Vasiṣṭha, eres hijo de Mitrā-Varuṇa, nacido del poder mental provocado por Urvaśī» y mezclan su semen en una jarra, de la que nace Māna, que engendra al sabio Vasiṣṭha: RV VII 33.13: satré ha jātāv iṣitā́ námobhiḥ kumbhé rétaḥ siṣcatuḥ samānám / táto ha māńa úd iyāya mádhyāt táto jātám ŕ̥ ṣim āhur vásiṣṭham «Mediante una gran ofrenda de soma, gracias a las adoraciones, excitados, ambos en común derramaron su simiente en un jarro.
De allí surgió Māna, y de él se dice que nació el sabio Vasiṣṭha».
La combinación del semen de dos dioses no es algo nuevo en la tradición indoeuropea: se produce también, mediante ingestión, en el mito hitita y en la teogonía de Hesíodo, donde un dios varón traga el falo de otro de un mordisco: la ingesta del falo hace que se combinen el semen de uno y de otro 15.
En una versión posterior, recogida en el Vāsiṣṭhadharmaśāstra XXX 11, el sabio Vasiṣṭha, deseoso de recobrar el cuerpo que había perdido, quiso, por consejo de Brahmā, nacer de la semilla vital de Mitrā-Varuṇa sin el concurso de una mujer.
Se amplía el discurso del himno védico, si bien la ninfa Urvaśī aparece como causa del deseo sexual de Varuṇa.
En cualquier caso, el semen de los dioses se deposita en la jarra, de donde nacen Agastya y Vasiṣṭha 16.
Mitra puede interpretarse como su propio progenitor, en la medida en la que es responsable de su renacimiento como dios protector de los arios cuando sube al monte Harā.
Así podríamos interpretar el pasaje del Yašt 10.4 (13) en el que se identifica como el primero de los dioses que sube al monte Harā: yō paoiriiō mainiiauuō yazatō / tarō harąm āsnaoiti «el primero de los Yazatas que ha franqueado las cumbres del Harā».
Allí, enriquecido, se convierte en el observador y valedor de todos los arios: adāt̰ vīspǝm ādiδāiti / airiiō.š ̣aiianǝm sǝuuištō «allí, enriquecido, tiene ante sus ojos todos los territorios que ocupan los arios».
La iconografía nos da una información más clara sobre el renacimiento de Mitra: en un sello sasánida datable en los siglos IV-V d.
C.17 podemos ver cómo Mitra surge del monte Harā, representado de modo globular, y, en su nueva y gloriosa transformación, se aparece, rodeado por un halo de rayos, a un adorador que le venera con los brazos levantados.
El nacimiento de una montaña es la constante de casi todas estos mitos: entre los hititas es la montaña Kanzura, el monte Diorfo en Pseudo-Plutarco, el monte Agdo en Arnobio, la famosa Petra genetrix en la iconografía del nacimiento del Mitra romano.
Mithra es instaurado por Ahura Mazdā en el monte Harā y allí experimenta una suerte de renacimiento.
Apolodoro no da ningún nombre especial a la piedra de la que nace Erictonio.
Un interesante paralelo textual entre los textos de Arnobio, Pseudo-Plutarco y los textos hititas es remarcar que la montaña cumple los meses de embarazo: Teogonía col I 47, si bien muy fragmentario, formaría parte de la enumeración formular en los textos hititas de la cuenta del embarazo: ITU 7 KAM-aš ti-ya-at «llega el séptimo mes»; Arnob. mense... decimo; Ps.-Plu. μετὰ τοὺς ὡρισμένους χρόνους; e incluso pare gritando en Arnobio (et mugitibus editis multis prius).
En cambio, en la versión del mito recogida por Pausanias, el semen de zeus no cae en una roca, sino en la tierra.
La única diferencia esencial la encontramos en el RigVeda, donde el depositario del semen de Mitrā-Varuṇa es un jarro.
Sin embargo, también tenemos un paralelo interesante en la iconografía romana: en los mitreos de Salona y Ostia18 aparece en relación directa con Mitra un ánfora, que se interpreta como símbolo de fecundidad, pero que podría tener una relación con el propio nacimiento del dios.
La montaña (o el jarro) quedan preñadas al recibir el semen divino en la mayoría de los mitos, al menos en los más explícitos.
El mito avéstico, alta-mente elusivo, no contiene ninguna referencia a un acto sexual, sino que parece que la intervención de Ahura Mazdā es esencial para el renacimiento de Mithra.
En el nacimiento del Mitra romano a partir de la Petra genetrix no conocemos ningún detalle de actividad sexual.
La fecundación de la montaña da lugar, tras su debido tiempo, según especifican Pseudo-Plutarco y Arnobio, a un parto prodigioso, del que nacen los distintos dioses o héroes.
El tema de la intermediación femenina es seguramente el que mayores divergencias suscita en los textos.
No se nos cuenta nada en los textos hititas, mientras que en Pseudo-Plutarco se dice explícitamente que el dios Mitra odia la estirpe de las mujeres.
Tampoco habla en el texto avéstico de ninguna intervención femenina, si bien el nombre femenino del monte Harā y textos posteriores de autores armenios así lo harían suponer (Vermaseren 1951: 285).
Está, sin embargo, muy claro en el texto védico, donde el poder mental (manas-) de Mitrā-Varuṇa se proyecta hacia la ninfa Urvaśī en forma de deseo sexual.
En las leyendas recogidas por Apolodoro y Arnobio, el intento de violación de Atenea y Cibeles, respectivamente, es lo que provoca la emisión seminal de Hefesto y Júpiter.
En el relieve del mitreo de Poetovio se ve a una diosa o una mujer delante del Saturno dormido sobre la roca, que podría simbolizar también un agente femenino que provoca el deseo sexual del dios (Mastrocinque 2009: 75).
Vermaseren (CIMRM 1593) describe dicha figura como «a Victoria flies towards him», lo que pondría en relación la generación de Mitra con su carácter de dios vencedor, esencial dentro de la religión mitraica romana.
El nacimiento de la roca puede ser observado por testigos o por auxiliares especiales que asisten al parto.
En el texto hitita comentado por Bernabé (2009: 27), Teogonía col. II.73-84, las Gulses, las divinidades hititas que controlan el destino de los dioses y de los hombres, asisten al parto, cosiendo primero el cráneo de Kumarbi por donde ha salido KA.zAL (col. II.74: še-eku-e-er ta-ar-na-aš-ša-an D Ku-mar-bi-in) y luego asistiendo (col. II.79: ḫaaš-ša-nu-e-ran-an) al parto «natural» («por el buen lugar» col. II.
84: a-aššu-wa-az pí-e-da-az) de Tesub, del Aranzah y de Suwaliya-Tasmisu.
El nacimiento de Mitra Petrogénito es asistido por dos personajes vestidos a la manera persa que pueden ser identificados con Cautes y Cautopates, dado que en algunas casos llevan sus atributos, las antorchas 19.
Aunque la presencia de estos auxiliares se produce solo en nueve monumentos de un total de ciento dieciocho, su paralelo con el mito del parto de la montaña Kanzura los convierte en un interesante testimonio20 de un elemento configurativo del mito del parto de la montaña.
En la tradición indo-irania, mucho más centrada en las implicaciones rituales del mito, el auxilio al nacimiento del dios viene dado por los propios sacrificios, indispensables para cualquier modificación que tenga lugar en el universo en el que se mueven los dioses.
Esto queda claro en RV VII 33.13: satré ha jātā́v iṣitā́ námobhiḥ «mediante una gran ofrenda de soma, gracias a las adoraciones».
En Yt 10.12 (51) es el ritual llevado a cabo por los otros Amǝša Spǝṇta el que completa el sacrificio de Ahura Mazdā para que Mithra se instaure en el monte Harā: yat̰ kǝrǝnāun amǝš ̣ā.spǝṇta / vīspe huuarǝ.hazaoš ̣a / fraorǝt̰ fraxš ̣ni auui manō / zrazdātōit̰ aŋuhiiat̰ haca «mientras que los otros Amǝša Spǝṇta se dedican a cumplir los ritos, de modo unánime y concorde, con aplicación, sabiduría y concentración, con confianza en el rito».
En verdad, donde el mito muestra mayores discrepancias es en el número, nombre y tipo de seres nacidos en este singular parto y posiblemente esto es lo que ha dificultado su interpretación desde un punto de vista comparativo.
Ni siquiera su condición divina es equiparable: mientras que en la tradición avéstica nace (o más bien, renace, o se transforma) Mithra, una divinidad ciertamente importante, en el mitraísmo este mismo personaje se convierte en el máximo dios salvador.
La tradición griega nos narra mitos en los que intervienen semidioses, como Diorfo o dioses con una importancia más bien local, como Agdistis; por el contrario, Erictonio es el héroe fundador y civilizador de Atenas y termina por ser divinizado.
En la tradición védica, del semen derramado por Mitrā-Varuṇa nace Māna, el padre de Vasiṣṭha, uno de los ṛṣis más importantes.
El mito hitita es el más complejo pero, a la vez, el que proporciona -a mi modo de ver-las claves para resolver el enigma.
El embarazo del monte Kanzura en el mito hitita da nacimiento a cinco dioses: KA.zAL, que recibe los epítetos UR.SAG-iš LUGAL-uš «héroe, rey», una divinidad soberana que Bernabé 2009, p.
26 identifica con Ishtar a partir, sobre todo, del texto conocido como Canto de Plata (CTH 364); esta divinidad, igual que Atenea, que nació de la cabeza de zeus, nace por la cabeza de Kumarbi.
En segundo lugar, «por el buen lugar» nace Tesub, que también recibe el epíteto UR.SAG-iš.
A continuación, nace el río Aranzah, y en cuarto lugar Suwaliya, identificado con Tasmisu, hermano y visir de Tesub, que igualmente recibe el epíteto UR.SAG-iš.
Finalmente, en el texto Ea y la Bestia (CTH 351) col. III 35-44, se identifica el quinto y último nacimiento del monte Kanzura, zababa, dios de la guerra.
Dos de ellos son grandes dioses de la nueva generación de los dioses hititas.
Un tercer dios, Tasmisu-Suwaliya, es una divinidad menor o auxiliar.
Completan el elenco las divinidades que no reciben el epíteto UR.SAG-iš: un dios río y el dios de la guerra, que además tiene siempre una nota siniestra.
El carácter anómalo del parto de la montaña provoca que el ser nacido de ella sea, de un modo u otro, también anómalo.
No nace un niño, sino un joven, en el mito de Diorfo (νέον) y en la iconografía de Mitra Petrogénito.
Parece que la misma condición de ser desarrollado está presente en el difícil parto de la montaña Kanzura, que por ello necesita ser suturada por las Gulses.
La condición variable de lo parido lleva a que uno de los dioses nacidos del monte Kanzura sea el Aranzah, un río.
Erictonio nace con forma de serpiente.
El parto de un ser adulto del mito indoeuropeo permite que la tradición avéstica reinterprete con más facilidad el mito como un renacimiento o una glorificación de un dios ya existente.
La multiplicidad de partos del monte Kanzura contenida en el mito hitita nos permite explicar un elemento importante en la comparación de los distintos mitos del dios que nace del monte: su carácter positivo o negativo.
De entre los cinco dioses hititas nacidos del Kanzura, tres son descritos como UR.SAG-iš y claramente tienen un carácter positivo: KA.zAL, Tesub y Tasmisu-Suwaliya.
El río Aranzah seguramente es positivo, si bien el carácter fragmentario del texto no nos permite identificar un epíteto.
Por su parte, zababa tiene rasgos más bien negativos y no recibe el epíteto UR.SAG-iš.
Es decir, el parto múltiple del Kanzura engendra dioses con rasgos también múltiples y esa diversidad está recogida en las otras tradiciones indoeuropeas, seleccionando la variante positiva o negativa, dependiendo del dios que nace de la montaña.
29, la unión de la simiente de un dios celeste, Anu, y de un dios ctónico, Kumarbi, es lo que dota a los dioses nuevos que nacen de la combinación de ambas estirpes de un gran poder.
Claramente negativos son los rasgos de Diorfo: lleno de hybris, tiene la osadía de retar a duelo a Ares, lo que lleva a su prematura muerte.
Sin embargo, el hecho de que los dioses hayan querido su metamorfosis en una montaña -devolviéndole, de alguna manera, a su origen materno-le dota de un final no completamente infeliz y le concede la eternidad.
Con rasgos positivos y negativos se presenta Agdistis.
En la versión de Arnobio aparece caracterizado por una fuerza sin control (huic robur invictum et ferocitas animi fuerat intractabilis), y por una líbido desmedida, fruto de su condición bisexual (nsana et furialis libido et ex utroque sexu).
La combinación de ambas anomalías le hizo pernicioso para la creación (non deos curare, non homines, nec praeter se quicquam potentius credere terras caelum et sidera continere), lo que llevó a Baco, según la misma narración de Arnobio, a eliminar una de sus dos naturalezas, castrándolo.
Sin embargo, en la narración de Paus.
El carácter bisexual de Agdistis es la combinación de su procredor paterno, un dios masculino y celeste, y de su progenitor materno, la tierra, una diosa ctónica y en la tradición indoeuropea no tiene un carácter negativo, sino generador y positivo 22.
Algo parecido sucede con Erictonio, quien, si bien nace con rasgos serpentinos que enloquecieron de terror a las hijas de Pandrosio hasta el punto de llevarlas a suicidarse arrojándose de lo alto de la Acrópolis de Atenas, luego se convierte en un héroe fundador y civilizador.
Lo que indiscutiblemente une el mito en su variante indo-irania y la refección que de él hace el mitraísmo romano es la selección de rasgos únicamente positivos en el dios que nace de la roca.
Ya hemos vistos que quien nace del semen de Mitrā-Varuṇa depositado en el jarro en la tradición védica es el padre del sabio Vasiṣṭha, uno de los siete grandes ṛṣis de la tradición védica y uno de los dos mortales (junto a Bhava) al que le está dedicado un himno del RigVeda.
Su condición de gran ṛṣi le convierte en un benefactor para la humanidad, rasgo que comparte con el Mithra avéstico y el Mitra romano.
La subida de Mithra al monte Harā marca claramente su transformación, en virtud de la máxima voluntad de Ahura Mazdā y de los sacrificios de los restante Amǝša Spǝṇta, y su conversión en el dios que vela desde las alturas por el bienestar de los arios.
En cierto modo, la subida al monte Harā es una suerte de renacimiento del dios, propiciada por la condición celeste que tiene la montaña en la geografía mítica avéstica.
La condición sutil propia de la literatura avéstica, centrada en el aspecto ritual, permite relacionar esta ascensión y transformación del Mithra con el mito del nacimiento de un dios a partir del semen derramado por un dios progenitor sobre una montaña.
En la adaptación romana del mito, el nacimiento del Deus saxigenus se integra, con el mito del Taurophoros en el Transitus Dei o paso del dios entre dos mundos, por lo que no es descabellado entender que el nacimiento de Mitra Petrogénito representa en sí mismo, igual que en el pasaje avéstico, una suerte de regeneración física y espiritual 23.
En conclusión, los materiales comparativos subrayan el carácter indoeuropeo del mito del dios que nace de una montaña y el carácter transformador que tiene dicho nacimiento, plasmado de modo literario y cultual en la subida del Mithra avéstico al monte Harā y su conversión en benefactor máximo de los arios, que está en las raíces la leyenda mitraica del nacimiento de Mitra Petrogénito, quien nace como un joven lleno de fuerza para realizar el sacrificio del toro.
Sin duda, dicho mito indoeuropeo es reinterpretado por una tradición filosófica muy posterior para dar lugar a una religión de salvación. |
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La súplica a Hera en el 'Poema de los Hermanos' de Safo ἀλλὰ καὶ πέμπην ἔμε καὶ κέλ[η]`ε ́σθαι πόλλα λί ̣σσεσθαι ̣ βασί ̣λ ̣η ̣αν ̓́Η̣ ραν ἐξίκεσθαι τυίδε σάαν ἄγοντα νᾶαν Χάραξον 1
A la discusión en distintos foros de Internet que se desencadenó de inmediato en enero de 2014 al comunicarse el hallazgo se sumaron muy pronto nuevas publicaciones: Burris, Fish y Obbink 2014 (trata de otros fragmentos), West 2014 (en concreto el de los Hermanos corresponde a Fr.
Aspectos más puntuales han sido abordados en ZPE 191 y en otras publicaciones, tan sólo los citaremos en la medida en que interesen para la cuestión aquí abordada.
Esta contribución fue aceptada para su publicación varios meses antes de que el libro de Bierl y Lardinois 2016 viera la luz.
Agradecemos a J. Rodríguez Somolinos que nos haya facilitado la lectura de dicha obra antes de las últimas pruebas, pues así hemos podido señalar aquellos puntos en que nuestra investigación coincide con alguno de los autores que más recientemente han escrito sobre el tema.
Mas (conviene)2 que me envíes y me exhortes a suplicar mucho a Hera soberana que aquí regrese trayendo, salva, una nave Caraxo.
Tal es la encarecida súplica dirigida a la reina (basílēan) 3 Hera para que el hermano de Safo, Caraxo, regrese en una nave intacta 4.
Más si cabe cuando por dos veces en el poema, antes y después, se menciona a zeus: en la primera estrofa conservada completa para afirmar que él y todos los dioses conocen la verdad de las noticias que a Safo llegan, y en la cuarta para sostener que resultan afortunados y muy dichosos aquellos cuyo sino troca el rey del Olimpo a partir de las penalidades.
Además la tercera estrofa afirma que la calma sigue a la tempestad, una referencia que parece cuadrar más a zeus que a Hera.
Pero lo cierto es que a quien dirige sus muchas súplicas es a ella en ésta, la segunda estrofa conservada.
Este punto ofrece un interrogante cuando menos curioso al filólogo clásico: ¿Por qué precisamente a Hera?
Veamos si podemos esclarecer un poco la cuestión.
Para empezar, no es la única ocasión en que Safo nombra a la esposa de zeus en un contexto similar.
Incluso la aparición de este nuevo poema permite aquilatar una hipótesis de trabajo que nos habíamos planteado respecto a otro fragmento sáfico, el 17 V 5, aquél en que se rememora cómo los Atridas se detuvieron en la isla de Lesbos a su regreso de Troya para suplicar a Hera, zeus y Dioniso.
Por más que se mencione a la tríada, bien conocida también por un poema de Alceo (129 V.) 6 así como por otras referencias de los antiguos, es clara la preeminencia de Hera 7: es la primera deidad mencionada ya en la primera estrofa (verso 2)8, a continuación se recuerda el episodio de los Atridas, y de vuelta al presente, pese a lo lacunoso del texto y las diferentes interpretaciones, tanto West (2014, p.
423) aceptan la propuesta de Milne que reconstruye el nombre de Hera en el último verso, una invocación que en bella composición de anillo cierra el poema 17 V. Sin embargo, al ser las dos últimas estanzas demasiado fragmentarias, incluso con las nuevas aportaciones, tan sólo podemos imaginar por qué razón acude Safo a Hera.
Se ha supuesto una petición semejante a la de Agamenón y Menelao, esto es, vientos favorables para un viaje desde Lesbos.
Al ser tan frecuentes las idas y venidas de las muchachas de su círculo, parece probable, por más que no haya nada en el texto que lo confirme10.
No hay nada tampoco a favor de otra hipótesis, la que nos formulábamos nosotros en voz baja antes de aparecer este nuevo fragmento, que el viaje atañera a su hermano11.
Nada hay definitivo y en ese resbaladizo terreno de las conjeturas hemos de dejarlo, pero al menos este nuevo poema pone de relieve que cuando está en juego el ansiado regreso de Caraxo, Safo dirige sus súplicas a Hera.
El poema 17 V. precisamente es único por mostrar una versión del nóstos de los Atridas sin parangón en otras fuentes.
El testimonio lesbio12 está ligado a uno de los santuarios más famosos de la isla, presumible escenario de sus famosos concursos de belleza y acaso punto clave en la proyección panhelénica de sus poetas13.
Con estos datos en mente merece la pena preguntarse si constituye también una singularidad sáfica el implorar protección a la reina de los dioses en circunstancias semejantes a la evocada en el Poema de los Hermanos.
Creemos que no es así, sino que justamente se inscribe en una tradición bien asentada 14.
Para demostrarlo es vital situar dicha petición en el contexto más amplio de los mitos y la religiosidad helénica, en concreto, revisar el papel de Hera en aquellos relatos que ofrezcan un paralelo válido, que pongan de manifiesto la relación de la diosa con la navegación y las tempestades.
Y esto no para reavivar la periclitada cuestión de una Hera, diosa del aire 15, sino para que el indagar en dichos episodios nos permita entender mejor las razones de su actuación y, por ende, iluminar el ruego de Safo 16.
Es éste un examen cuyo desarrollo nos demoraría demasiado.
El lector interesado en los detalles de ese análisis podrá seguirlos en otra contribución más minuciosa bajo el título «Hera, señora de las galernas».
Aquí nos limitaremos a resumir sus conclusiones prescindiendo de variantes, notas y referencias bibliográficas que allí podrán ser consultadas.
Pasajes míticos como el envío de tormentas contra Heracles a su regreso de la primera guerra de Troya y contra Paris y Helena en su huida, la fabricación de la nube que burla a Ixión o el famoso eídolon de Helena ponen de manifiesto que cuando Hera maneja los fenómenos atmosféricos lo hace con un claro objetivo, la defensa del matrimonio.
Por su parte, lances más breves en los que Hera se sirve del trueno o la bruma para apoyar a Agamenón, los más célebres como la ayuda prestada a Jasón en su paso de las Rocas Planctas y las Errantes y, por el contrario, el despliegue de medios con que dificulta el viaje de Eneas están al servicio de la legitimidad de la soberanía.
Mito y rito caminan muchas veces de la mano.
Los episodios aludidos se corresponden con referencias textuales y testimonios arqueológicos que inciden en la protección que Hera dispensa en los viajes por mar a larga distancia.
No vamos a entrar aquí en la cuestión de si el dominio que ejerce Hera sobre los fenómenos atmosféricos se debe a la mera asociación con su esposo y hermano, zeus17, o si estamos ante un resquicio que permite atisbar la situación indoeuropea, aquella en la que el dios del cielo y el de la tormenta son dos figuras distintas 18.
Aquí y ahora lo que nos interesa subrayar es que sus intervenciones responden a un claro objetivo, el perfecto desempeño de las funciones que tiene asignadas en la estructura bien fraguada con la que a nosotros se nos presentan los mitos griegos: Hera, esposa de zeus, diosa del matrimonio, es también la soberana que protege al rey legítimo (Jasón, los Atridas); a su vez, persigue a quienes la ofenden atentando contra el patrocinio de una u otra faceta (Heracles, Eneas), incluso ambas a la vez (Paris desdeña su belleza y promesa de poder y además comete adulterio).
De esa manera la diosa garantiza la unidad familiar y la soberanía.
Tras esta rápida mirada a las funciones y actuaciones de la diosa, volvamos los ojos al poema que nos ocupa.
Si no hemos errado en nuestro análisis, si las tempestades, la protección o el impedimento de la navegación son un instrumento en las manos de Hera a favor de la legitimidad, quizás podamos encarar el nuevo fragmento sáfico desde esta perspectiva, el mito como paradigma: al igual que a los héroes a los mortales les conviene granjearse el favor de la diosa y evitar su ira.
Safo impetra el auxilio de Hera «reina, soberana» (basílēan v.
Cabría apuntar entonces que, a juzgar por los paralelos míticos enumerados, los temores de la hermana podrían abarcar un ámbito más allá de lo que hoy prosaicamente llamaríamos el pronóstico del tiempo.
La travesía implica atravesar un mar siempre proceloso 20, en el que Hera puede causar bien o mal.
Con su súplica acaso la poetisa confía en que la reina de los dioses ayude a Caraxo, precisamente porque las relaciones que mantiene con la famosa hetera bien podrían haber desagradado a la diosa, como la disgustaron en su día las de Alejandro y Helena, modelo ésta no de mujer casada, sino de la adulta que expresa la seducción que encarna Afrodita.
Por tanto, al rogarle «muchas veces o mucho» lo que pretende Safo es que Hera lo devuelva a su patria, sano y salvo, cualidad que en el poema se aplica a la nave que conduce.
Y, de hecho, así debió conseguirlo, pues otro poema presupone un segundo viaje de Caraxo a Egipto que también inquieta a la hermana.
171 s. con otras referencias) pide a Cipris que Dórica encuentre áspera a la diosa y no pueda jactarse por segunda vez de que el deseo la alcanzó de nuevo, en otras palabras, que no vuelvan a prosperar los amoríos de la hetera con Caraxo.
Ésa es, desde luego, la súplica que corresponde al área de influencia de Afrodita, como la que le dirige en el Poema de los Hermanos ha de responder al ámbito de Hera.
El trasfondo mítico aquí apuntado junto con la importancia extraordinaria de la reina de los dioses en Lesbos nos ayudan, al menos, a nosotros a calibrar mejor la súplica de Safo.
Ella, Safo, lo espera, según la propuesta de Whitmarsh 2014, como Penélope a Ulises, mutatis mutandis naturalmente.
En verdad no sería descartable esa hipótesis de leer el poema como un juego sobre el más famoso de los nóstoi, cuando preci-samente -añadimos nosotros-el fragmento 17 V. revela una versión única del que atañe a los Atridas que también acudieron al templo de la diosa 21.
Eso no invalida el contexto que hemos intentado iluminar para explicar que sea ella, Hera, precisamente la invocada, la diosa que detentaba un puesto tan destacado en el santuario lesbio.
Es más, incluso, rizando el rizo, y teniendo en cuenta la mención en la estrofa final del otro hermano, Lárico, y el deseo de que se convierta en un hombre 22, nos atreveríamos a completar esa hipótesis y señalar que Lárico, el hermano pequeño, es comparable a Telémaco 23, ambos en el paso de la juventud a la madurez.
De otro lado y sin apartarnos demasiado de ese ámbito familiar reconstruido en clave metafórica, las conclusiones a las que conduce nuestra indagación y que transitan por caminos diferentes a los hollados por Polignac 1993 vienen a darse la mano con las apuntadas por este autor a raíz de su análisis de las ofrendas votivas de barcos a Hera: la diosa protege el universo doméstico, la perpetuación del oikos 24, garantiza su estabilidad, así como el movimiento del viaje que amplía y enriquece.
21 El elemento coincidente con la épica homérica es que según el relato de Néstor en Od.
III 169 fue en Lesbos donde decidieron la ruta que iban a seguir.
207 en que la madurez y el matrimonio que presumiblemente aguardan a Lárico (cf. Lardinois 2016, p.
180) son facetas en el área de control de Hera.
323, quien subraya que el propio Caraxo debe concluir sus ritos de paso con una boda adecuada en Lesbos, ve en él un modelo para el círculo sáfico del futuro novio (p.
9 s. menciona a Telémaco en relación con Lárico, «inert and submissive, rather like Telemachus at the start of the Odyssey before Athena activates him».
121 ss. acoge esa propuesta, pero acorde con su lectura yámbica del poema le confiere un tono ofensivo.
13) y señala otras sugerentes correspondencias: Safo -Penélope, Dórica -Calipso o Circe.
290, convencida de que los hermanos parecen «tipos», prefiere comparar a Lárico con Paris.
180 no se muestra de acuerdo con la supuesta crítica a Lárico que sostienen Martin y Stehle, pero sí defiende que tanto él como Caraxo son probablemente caracteres ficticios (p.185).
4 insiste en la unidad del hogar que pese a la apertura del mundo femenino, representado en el poema por Safo y verosímilmente su madre, en Lesbos gira en torno al varón: Caraxo, ausente, Lárico, aún menor.
190 recoge el comentario de Nünlist 2014: la súplica sugiere problemas también en casa, no sólo en el mar, y añade: «Hera is asked to bring about relief and safety for both sides, the voyager and those awaiting him».
176 las tormentas que amenazan a Caraxo también pueden aludir a las dificultades que atraviesan en casa.
316 ss. no descarta un uso político metafórico de la nave y propone otros significados simbólicos: amoroso y místico. |
Reflexiones sobre la génesis del sistema del lenguaje versificado, con especial atención al origen tanto de las formas métricas como de la medida de dichas formas.
En dos ocasiones me he ocupado de diversas cuestiones y aspectos implícitos en la distinción entre sistema y realización en el lenguaje versificado.
En una de ellas 1 ponía el acento en los distintos planos o niveles que procede distinguir en el análisis de algo tan complejo como es la expresión lingüística en verso.
En la segunda 2 precisaba algunas facetas de lo ya expuesto, insistiendo más en las raíces que todos estos modernos enfoques de la cuestión parecen tener en la teoría antigua, más en concreto, en la antigua doctrina rítmica.
Evidentemente cuanto allí quedó dicho no es, ni mucho menos, todo lo que hay que decir acerca de este asunto, sobre todo, moviéndonos como nos movíamos en el plano de las meras sugerencias y dentro de los límites materiales de una colaboración a un volumen colectivo y de un artículo de revista.
Como ya quedó allí sugerido, otras muchas facetas de tan fecunda cues-EM LXX 2, 2002 3 A propósito de lo cual escribía Schönberg: «hay que tener en cuenta que nuestro oído hoy no reacciona simplemente a las condiciones naturales, sino que está condicionado por ese sistema que con el tiempo ha llegado a ser una segunda naturaleza.
Apenas podemos hoy gradualmente evadirnos de esa cultura, de ese producto artístico, y la reflexión sobre la naturaleza puede tener un valor teorético sin por ello producir inmediatamente frutos artísticos.
Sin duda tión quedaban pendientes de tratamiento, a la espera de una ocasión oportuna y un marco adecuado en que desarrollarlas.
A lo largo de los años que desde la publicación de aquellos trabajos han transcurrido he tenido ocasión de comprobar la efectividad de aquel sistema de niveles de análisis en el estudio de los versos latinos, tanto en un planteamiento sincrónico del sistema métrico, sus principios, sus formas, sus unidades, etc., como en el estudio diacrónico de las formas versificatorias latinas hasta llegar a la versificación acentual e incluso, si es el caso, a la romance.
Hoy vuelvo sobre el tema, con la intención de realizar algunas precisiones a aquel sistema de niveles, y lo hago desde un enfoque diacrónico o, más en concreto, diacrónico retrospectivo, tratando de apuntar nada menos que a lo que pudo ser la génesis, la constitución de dicho sistema de niveles.
Se trata, ni más ni menos, de volver, ahora desde esta perspectiva, sobre una cuestión medular en la métrica antigua, una cuestión planteada desde hace milenios: el problema de la naturaleza y el origen de un sistema tan rico y complejo como el de la versificación greco-latina y la no menos ardua problemática de la configuración de los sistemas de doctrina que desde hace veintiséis siglos se han perfilado en torno a él y, por supuesto, de la relación mutua entre aquellas formas de versificación y estos sistemas de doctrina.
Dos realidades que conviene dejar bien distinguidas desde el principio: el verso y la métrica, la realidad de los hechos y los sistemas doctrinales que tratan de explicarlos.
Dos realidades distintas, pero evidentemente interrelacionadas y más de una vez, sobre todo para quienes se han enfrentado a los hechos con siglos de distancia, mutuamente condicionadas.
Bien sabido es que a veces una interpretación de la realidad se consolida y llega a adquirir un peso suficiente como para ser confundida con la propia realidad, constituyendo una especie de segunda naturaleza; es lo que nos ocurre, por ejemplo, con el metro, una unidad convencional de medida de longitud tan arraigada en nuestra cultura que ha cobrado entre nosotros carta de naturaleza y condiciona nuestra propia percepción de la longitud.
Y otro tanto cabría decir de la hora, como medida convencional del tiempo.
O también probablemente del sistema tonal en la música occidental 3. un día volverá a recorrerse este camino, robando nuevos secretos a la naturaleza.
Sin duda también las nuevas conquistas se estilizarán en otro sistema, pero primero habrá que quitar del camino el viejo sistema»: Schönberg 1974, p.
Petulante arrogancia sería por mi parte pretender entrar en este campo con el ánimo de quien trae en las manos la panacea para todos los males y la solución para todos los problemas; a poco que se conozcan éstos y la compleja historia de las múltiples soluciones que se les han propuesto se tiene enseguida conciencia de que difícilmente se puede hacer brillar sobre ellos la luz de una verdad absoluta y definitiva.
Bien es verdad que el que hoy aborda estas cuestiones juega ya no sólo con la ventaja de muchos siglos de tradición doctrinal, sino, sobre todo, con la de más de dos centurias de eminentes estudios sobre el problema y, más aún, con la ventaja añadida del aire fresco que por todo este paisaje han hecho correr desde el siglo XIX los avances de un comparativismo rigurosamente positivista y los nuevos enfoques científicos de los últimos decenios, que han cuajado en una doctrina firme sobre la versificación indoeuropea.
Aun así, no acudo aquí tanto con la certeza de poder aportar soluciones cuanto con el ánimo de sistematizar problemas.
Si tal sistematización supone un nuevo paso hacia las anheladas soluciones, podré dar por bien cumplida mi tarea.
De sistema se trata; esto ha de tenerse bien en cuenta.
Los versos, como toda la lengua, son un sistema.
Y su estudio ha de plantearse necesariamente sistemático, estructural, si se prefiere.
Sistemático en el más estricto sentido de la palabra, es decir, abordando, de un lado, la realidad en toda la amplitud y complejidad de su sistema y limitándose, de otro, a la estricta realidad del objeto estudiado.
De cualquier tipo de desajuste o desvío en este planteamiento viene, sin duda, una buena parte de tantos males y problemas como han aquejado siempre al estudio de la métrica y de la versificación.
Verdad es que dichos males provienen también (y no sólo ahora, sino desde que la métrica empezó a conformarse como tal disciplina en las mesas de trabajo de los filólogos helenísticos) del propio objeto de estudio, complejo siempre y, para nosotros, excesivamente avaro en materiales muchas veces.
Pero más de un escollo se habría sorteado si un objeto de semejante dificultad hubiese sido siempre abordado en su marco justo y en las condiciones de sistematicidad antes aludidas; si no se hubiesen planteado aspectos parciales con desatención del resto de las facetas; si no se hubieran abordado los EM LXX 2, 2002 4 Ante enim carmen ortum est quam obseruatio carminis: IX 4, 115. hechos desde perspectivas ajenas a la entidad esencial de los mismos; si no se hubieran adoptado con un apriorismo poco científico posturas sistematicistas o antisistemáticas que sacrifican parte de la realidad en aras del mantenimiento de un sistema teórico que parece dar razón de la otra parte; si no se hubieran confundido y mezclado indiscriminadamente los distintos planos o niveles en que, según hoy se acepta, se mueve la compleja realidad del lenguaje versificado.
Partiendo, pues, como hipótesis de trabajo de mi personal visión del sistema de funcionamiento y análisis de los versos (de un lado, la "Forma rítmica", la "Forma métrica" y el "Esquema", como distintos grados de generalidad y de abstracción en el sistema; de otro, la "Composición" y la "Ejecución", como dos planos distintos en la realización de aquel sistema), voy a afrontar una vez más dicha estructura de niveles, ahora desde una perspectiva histórico-genética, más en concreto, desde el doble punto de vista del origen de las propias formas y del establecimiento de una teorización sobre dichas formas.
Bien claro ha de quedar desde el comienzo, como primera premisa, el que primero fueron los versos y luego la métrica.
"Antes, en efecto, surgió el carmen que la observación del carmen", afirmaba ya Quintiliano 4, expresando así un principio que tomaría luego Wilamowitz como uno de los puntos de partida de su Griechische Verskunst: «Der Vers ist alter als seine Messung» 5.
El verso, pues, es anterior a su propia medida.
La métrica, el metro, no es otra cosa que medida y, como tal, teorización, interpretación de una realidad previa, la realidad que se mide.
La distinción es clara, si bien históricamente, en la contingencia histórica, y más en este caso en que lo que se mide es sonido que se realiza en el tiempo (es decir, algo motriz y temporal), la medida va íntimamente unida a la propia percepción de lo medido (el ritmo es algo a la vez producido y percibido) y puede empezar desde muy pronto a condicionar en cierto modo la propia entidad de lo medido.
Pero no es exactamente en este punto de la percepción del ritmo (y de si preferentemente se produce o se percibe) donde pretendo moverme, sino en el de que la constitución de una doctrina métrica propia-mente dicha e incluso la configuración de una teoría rítmico-métrica en el sentido más amplio, musical, del término, es algo históricamente posterior a la existencia de una realidad, de unas danzas, de unos cantos, de unos módulos de recitado, es decir, de unas formas; y dichas formas, al menos aquéllas que se pueden considerar más antiguas u originarias, son anteriores a las correspondientes medidas, a la métrica.
En este sentido se establece ya un parámetro necesario para la valoración y el estudio de los hechos: la necesidad de distinguir, dentro de lo posible, entre formas anteriores a la métrica y formas posteriores a la métrica y, por tanto, susceptibles, en principio, de haber sufrido en su constitución el condicionamiento de la propia medida, del propio sistema teórico ya establecido.
Por los datos históricos a nuestro alcance (datos tanto en lo referente a los propios versos, como en lo que respecta a la constitución de los sistemas teóricos de rítmica y de métrica) podemos aceptar sin graves riesgos de error que esos materiales "premétricos" hay que buscarlos en todo caso entre aquéllos que parecen remontables a una etapa preliteraria o, si se prefiere, a una etapa pregráfica, de literatura exclusivamente oral.
La dificultad radica, lógicamente, en que dicho material prehistórico, preliterario, premétrico, sólo nos es accesible en cuanto que nos permiten reconstruirlo los materiales que, desarrollados a partir de él, se han conservado en época histórica.
El origen de las formas métricas
El deseo de reconstruir esa prehistoria ha estado siempre presente, de forma más o menos explícita, en los estudios de métrica.
Desde sus primeros pasos la métrica se ha planteado, de un modo u otro, la cuestión del origen, de la génesis de todas aquellas formas que estudiaba.
No otra cosa hacían los metricólogos alejandrinos desde sus teorías sobre los métra prwtótupa o sobre la špiplokÉ.
Se apuntaba así a las categorías generales y primarias; pero se trataba de reconstruir ese pasado y ese origen a partir del sistema teórico posterior, a partir de y en función de unas "medidas" y de unas categorías rítmicas, lógicamente, posteriores a la propia realidad cuyos orígenes se pretendía alcanzar.
Algo similar hacían los seguidores de la otra corriente o sistema métrico antiguo, el "pergameno" o "varroniano", que, puede que como una desviación o incluso degradación del sistema alejandrino y dando cabida en sus planteamientos a principios y factores histórico-literarios, interpretaba todas West, 1973b, p.
179. las formas versificatorias como derivadas del hexámetro dactílico y del trímetro yámbico, los cuales, a su vez, remontaban a un ancestro común, cuya génesis trascendía ya las fronteras de lo histórico y se instalaba en lo mítico.
En la métrica moderna, casi desde sus primeros pasos, ha seguido abierta la cuestión del origen de las formas métricas: a todo lo largo del siglo XIX y a comienzos del XX se constata, desde una actitud romántica y una mentalidad historicista, una búsqueda incesante, y casi se podría decir que apasionada, del verso original, del Urvers.
Para este verso primigenio, célula generadora de todas las formas posteriores, se hicieron una y otra vez propuestas, pero siempre desde la perspectiva "aposteriorística" del sistema teórico: como en la métrica antigua, se partía del propio sistema teórico, es decir, de la interpretación posterior, de "la medida", para llegar a "lo medido", a la realidad previa a dicha medida y a dicha interpretación.
Los estudios de Meillet dieron un giro definitivo en este campo y abrieron la puerta a planteamientos más positivos y objetivos, que se propusieron centrarse en la constatación de los datos que ofrece la realidad y tratar de analizarlos sin los prejuicios de ningún sistema teórico previo; por esa vía han discurrido luego las propuestas de Jacobson, de Watkins, de Cole, de Pighi, de West, de Nagy, etc.
Como resultado de todos estos estudios llevados a cabo por la senda del comparativismo positivista se reconoce hoy con fundamento la existencia ya en tiempos muy antiguos en la comunidad lingüística indoeuropea de una lengua poética 6 y de una versificación con unas catacterísticas determinadas.
Poniéndolas en relación con las de otros pueblos o culturas, se han reconocido en el establecimiento de dicha versificación unas fases de desarrollo coherentes: desde la simple repetición de frases (frases-verso) no isosilábicas, a la fijación de la longitud (número de sílabas) de dichas frases, a la regulación de las cadencias y a la posterior regulación retrógrada del resto del verso, a partir de la cadencia hasta llegar a conformar un esquema silábicocuantitativo fijo.
Junto a dichos principios rítmicos generales, se han reconocido como comunes a estos pueblos indoeuropeos, y por ende remontables a fases muy antiguas, unos cola típicos originarios, con unas dimensiones y características definidas.
Cola que posteriormente, y ya en el plano de los desarrollos más o menos locales de las distintas ramas de la familia indoeuropea, fueron germen de nuevas formas versuales a base de procedimientos bien reconocidos, como la yuxtaposición, la ampliación por detrás o por delante y la expansión interna.
Buen ejemplo de todo este proceso de diversificación local de aquella herencia indoeuropea lo dan las tres tradiciones versificatorias griegas: la eolia, la jonia y la doria.
Cola y formas versuales que, por otro lado, muestran ya desde el principio, en toda la comunidad indoeuropea, unas tendencias claras en lo que se refiere a su empleo o funcionamiento en la composición poética: empleos estíquicos, modelos concretos de agrupación estrófica, etc.
Simultáneos y paralelos a estos avances en el conocimiento de la primitiva versificación indoeuropea por el camino del comparativismo han sido los logros, no menos importantes y no menos decisivos para la cuestión que aquí nos ocupa, en el estudio de la dicción formular como procedimiento aún vivo en los estadios más antiguos de la versificación griega que conocemos.
Todos estos estudios, encabezados por Parry y sus discípulos y con recientes aportaciones significativas como las de Nagy, han apuntado siempre a la misma diana a la que nosotros apuntamos aquí y ahora, es decir, al paso desde el lenguaje natural al literario, de la frase al verso, de las unidades rítmico-lingüísticas "naturales" (la sílaba, la palabra, la frase) a las unidades rítmico-lingüísticas "artificiales"; en una palabra, desde la "fórmula" a la "forma métrica".
La génesis del sistema de niveles
Pasemos, pues, a reconsiderar desde este panorama, desde este estado de la cuestión, todo el sistema de niveles que desde hace tiempo venimos reconociendo dentro del lenguaje versificado y tratemos de ver, de un lado, qué se puede aportar desde este método de análisis a dichos planteamientos y, de otro lado, qué nos dicen tales planteamientos métricos actuales para nuestra estructura de niveles, en concreto, para su génesis y constitución.
De la "fórmula" a la "forma métrica".
Evidentemente, el punto de partida es el lenguaje o, incluso yendo más allá, la voz humana.
Lo cual no es otra cosa que decir in principio erat rhythmus: la uox en tanto que sonus es temporal, motriz y, por ende, rítmica, ya que es un proceso sonoro discontinuo.
Esa uox humana es el principio, la clave, el punto de apoyo y de arranque tanto del sistema lingüístico como del sistema musical.
Me refiero a la que los antiguos denominaban uox articulata, la analizada y analizable, y, en consecuencia, útil para la comunicación; claramente distinguida de la uox confusa.
Ambos sistemas, el lingüístico y el musical, se basan en la uox, en unos materiales sonoros producidos por la laringe humana.
El lenguaje, en cuanto que sustentado sobre un material sonoro, es necesariamente temporal y lineal; y, en cuanto que proceso sonoro discontinuo, se halla articulado en una serie de unidades de producción, una serie de unidades rítmicas "naturales" o "primarias" como la sílaba o la frase o, como en el caso de nuestras lenguas, la palabra.
Son esas unidades rítmicas "primarias" naturales la base de cualesquiera otras unidades rítmicas "secundarias" o "artificiales; ellas son el punto de partida de donde en último término arranca cualquier reelaboración rítmica con fines "poéticos" o artísticos y, en definitiva, todo el proceso de la versificación.
7 La configuración de cualquier sistema versificatorio, como es bien sabido, no hay que verla de otro modo que como un proceso de estereotipación o "estilización" 8.
Desde el seno de la lengua, de acuerdo con su ser, con su estructura y sus posibilidades, se fijan las denominadas "fórmulas", que son el primer paso en este camino.
Una fórmula es un segmento de cadena hablada con una forma y un contenido, segmento que ha quedado potenciado en virtud de circunstancias varias que lo han hecho especialmente llamativo, es decir, han hecho que en él se concentre la atención; en tal segmento está mostrando el lenguaje su capacidad de atraer sobre sí mismo la atención de hablantes y oyentes, o sea, su función poética, Sin duda alguna, este proceso desde la lengua normal a la forma métrica no es otro que el proceso por el que surge el lenguaje literario, el lenguaje 9 Luque 1998.
Desde la lengua coloquial a la poética o literaria se va pasando por esas etapas intermedias de fijación y estereotipación, es decir, por el estadio de las fórmulas, que no es otro que el del carmen, o sea, el del lenguaje marcado (¿cortado [carmen < carpo], organizado en trozos?), que llama así la atención sobre sí mismo.
De ese carmen, en cuanto que "habla marcada" frente al habla normal, como "fórmula eficaz", germen del canto, de la danza, de la música instrumental, del verso, e incluso de la prosa artística, ya me he ocupado en otra ocasión 9, atendiendo a la vez tanto a las modernas concepciones como a los antiguos puntos de vista al respecto.
Y debajo de dicha "habla marcada" subyace un proceso de fijación y segmentación que se produce de acuerdo con una serie de factores, como son unos condicionamientos psicológicos o antropológicos, unos principios rítmicos básicos y, por supuesto, la propia naturaleza de la lengua.
Entre los condicionamientos psicológicos cabría mencionar, de un lado, el hecho de que unas necesidades vitales de especial importancia (la caza, por ejemplo) o unas vivencias especialmente intensas (como la muerte, la guerra, el amor) hacen que se graben en la mente unas expresiones lingüísticas relacionadas con ellas; y esa especial atención lleva a la repetición 10, lo cual es ya en sí un principio rudimentario de retorno rítmico, de verso, en el más estricto sentido del término.
De otro lado, no hay que olvidar la realidad psicológica de que la mente humana concentra una especial atención en los finales de frase; algo que sin duda está en la base de que sea en esos finales donde antes o con mayor fuerza se han empezado a consolidar unos patrones formales fijos, unas cadencias.
Entre los principios rítmicos hay que recordar que los ritmos básicos se sustentan sobre las tres relaciones aritméticas básicas: los tres λόγοι (Çσος, διπλάσιος y oμιόλιος), que son también los que sustentan las tres relaciones harmónicas fundamentales: el unísono, la octava y la quinta.
Estos principios están sin duda en la base de la fijación de fórmulas rítmicas, cuyos elementos se relacionan "rítmicamente" entre sí según uno de estos λόγοι.
Y, en lo que se refiere a la lengua, huelga decir que la fijación de esas fórmulas y, en su caso, de las formas rítmico-métricas se ha hecho siempre, por supuesto, de acuerdo con la naturaleza de dicha lengua, de acuerdo, sobre todo, con sus unidades rítmicas naturales y, en último término, con su estructura prosódica, que, al fin y al cabo, es la que ofrece los materiales sobre los que dichas formas se van a sustentar.
Así, pues, a partir de las fórmulas y en virtud de su capacidad de transformación, de variar alguno de sus componentes sin alterar su estructura rítmica, se pueden llegar a constituir las formas métricas o rítmico-métricas: podremos decir que una forma está consolidada, que ha concluido el proceso de estereotipación, cuando en la conciencia colectiva de la comunidad hablante haya quedado fijado y grabado el patrón rítmico de una primitiva fórmula, desligado ya de las palabras concretas de donde se originó y dispuesto para ser cumplimentado o "realizado" a base de cualesquiera otras.
Podríamos imaginar a este propósito algo así como lo siguiente:
"cántan las áves" >: Fórmula "cántan los níños" >: Fórmulas variantes: "córren las áves" > "córren los níños" > ~ ~ ~ ~ ~: Forma métrica "nácen las flóres" "viénen las núbes" "césa la llúvia" etc., etc.
Se trata de unas frases, de unos patrones fraseológicos que por un motivo u otro se han hecho relevantes y cuya relevancia hace que se los ejecute con una especial atención, con un énfasis especial en lo lingüístico y oral, énfasis que puede incluso expresarse en una especial tensión corporal que se manifieste en una gesticulación concreta y movimiento concreto, es decir, en una especie de danza; puede incluso que unas expresiones de este tipo lleguen incluso a ser acompañadas por unos instrumentos que las apoyen y subrayen.
Todos estos factores contribuirían, a su vez, a dar nueva relevancia a dichas frases, que terminarían así fijándose y haciéndose "tradicionales", a la vez que generarían unos patrones rítmico-métricos, los cuales, con su propia dinámica, terminarían regulando la nueva fraseología no tradicional.
Fraseología tradicional y forma rítmico-métrica tradicional serían correlativas en su origen, aunque luego cada una evolucionara por su cuenta.
En el punto de arranque la "fraseología tradicional" establecería y a la vez regularía los patrones rítmico-métricos por la fuerza de lo precedente; pero, a su vez, estos 11 Nagy 1974, pp. 196 y 216;1990, p.
Por "catalexis" se entiende la abreviación de una unidad rítmico-métrica a base de eliminar la sílaba final y hacer que la penúltima, al convertirse en final, adquiera la posibilidad de breuis in longo, es decir, se convierta en una posición indifferens. --La "acefalia" supone desde una perspectiva sincrónica la eliminación de la primera sílaba de una unidad métrica. --"Ensamblaje" (Dovetailing) se denomina el fenómeno según el cual un corte de palabras al final de una unidad métrica salta una posición adelante y pasa después de la primera sílaba de la unidad siguiente (Nagy 1974, pp. 279 ss.).
patrones rítmico-métricos fijados evolucionarían dinámicamente por sí mismos y se constituirían en reguladores de la nueva fraseología tradicional que se va introduciendo.
Llegando a ser una estructura de pleno derecho, el metro puede así desarrollarse independientemente de la "fraseología tradicional" de donde surgió; es incluso posible que las leyes del metro, una vez desarrolladas, puedan difuminar e incluso borrar aspectos de la verdadera fraseología que originariamente los engendró, si dichos aspectos no hacen juego ya con el metro que se ha establecido 11.
Fase de tradición oral.
Una vez establecidas unas formas métricas o rítmico-métricas, que conoce y comparte la comunidad lingüística o cultural, podemos empezar a hablar de la existencia de un sistema métrico o rítmico-métrico, distinto de su realización.
Se trata de algo aparte del habla normal: un conjunto de formas rítmico-métricas "artificiales", distintas de las unidades rítmicas naturales de dicha habla normal.
Se trata, en otro sentido, de unas estructuras formales nuevas, que comparten los miembros de la comunidad lingüístico-cultural como un elemento más de su conciencia colectiva, y que constituyen algo abstracto, disponible para su realización concreta en un momento concreto por uno(s) de los miembros de dicha comunidad.
Estas estructuras formales no hay que concebirlas como algo ya fijado y consolidado, sino in fieri, a caballo, por así decirlo, entre la fórmula, la frase y la auténtica "forma rítmico-métrica" tal como luego la entendemos.
Unidad básica en la estructura rítmica de este primitivo canto o lenguaje versificado es el colon 12.
Tanto en la tradición eolia, como en los dáctilo-epítritos de la doria se trata de unos cola fundamentales relacionados entre sí por catalexis y/o acefalia, con posibilidad de expansión interna coriámbica o dactílica y ampliables o combinables entre sí con o sin ensamblaje 13.
15 Con sus respectivas variantes acéfalas y/o catalécticas.
Especialmente importante parece haber sido un primitivo colon octosilábico indoeuropeo, germen de cola dímetros básicos como el gliconio en la tradición eolia o el prosodíaco en la dáctiloepítrita (los cuales, a su vez, muestran estrecha afinidad con las grandes formas de la tradición jonia, como el hexámetro dactílico, el dístico elegíaco y el trímetro yámbico).
Ambos dímetros griegos, gliconio y prosodíaco, y otros muchos como el dímetro yámbico, o el trocaico, o el coriámbico, o el trocaico-coriámbico o el coriámbico-yámbico 15, son el resultado de diversas regularizaciones progresivas en sentido retrógrado, es decir, desde la cláusula hacia el comienzo 16.
El griego además, en este sentido, se caracteriza frente al indio por su marcada tendencia a fijar una pluralidad de patrones rítmicos autónomos, en vez de manejar como aquella lengua una estructura rítmica única y versátil, capaz de albergar en su seno múltiples variantes.
Las respectivas variantes de estos dímetros a base de siete o nueve sílabas se entienden sincrónicamente como variantes acéfalas, catalécticas o hipersilábicas.
Pero la evidencia comparativa ha demostrado que diacrónicamente no hay que entenderlas como derivadas de los dímetros octosilábicos, sino como herencia paralela junto a ellos.
Se trata simplemente o bien de formas independientes de ocho y siete sílabas cuya igualdad rítmica en la cláusula ha dado la impresión de que en el heptasílabo se ha producido la pérdida de la sílaba inicial; o bien de octosílabos y heptasílabos coincidentes rítmicamente en el comienzo y que han sido asimismo interrelacionados a base de la supuesta pérdida de una sílaba final; o bien de octosílabos y eneasílabos cuya igualdad rítmica en la parte inicial los ha relacionado suponiendo la adición de una sílaba al de ocho.
Aquí, aunque se trate de "formas rítmico-métricas" en trance de consolidación, cabe ya distinguir entre "forma métrica" y "forma rítmica", ésta última como nivel más abstracto, del que aquélla es una de las posibilidades, la que la expresa a base de parámetros lingüísticos.
Estas "formas" (rítmicas y métricas) constituyen un rudimentario sistema, susceptible de realización oral; aún no hemos llegado a la fase de realización escrita para la poesía o para la música.
En ese sentido, en la realización de este sistema no hay aún distinción entre la "composición" y la "ejecución".
En esta fase de tradición oral podríamos representar estos niveles del siguiente modo: Forma rítmica SISTEMA:
Forma métrica - --------------------------------------------------------REALIZACIÓN: Composición-Ejecución
Separo el sistema de su realización mediante una línea discontinua para indicar que, sobre todo en las primeras fases, hay que concebirlo como algo aún no consolidado por completo, no del todo independiente de la "composición": en esas primeras etapas de la expresión artística oral todavía funciona a pleno rendimiento la "dicción formular" y cabría reconocer en las "formas" una falta de consolidación como tales.
No distingo entre "composición" y "ejecución" puesto que aún no hemos llegado a la fase del poeta o compositor, cuya obra es ejecutada luego por otro; estaríamos todavía en la fase de los aedos-rapsodas, en la que cada "ejecución" sería a la vez un acto de "composición".
El paso a la poesía escrita
Este paso supondría la distinción entre el plano de la "composición" y el de la "ejecución", aunque tampoco hay que ligar exclusivamente dicho paso a la escritura; la fijación de un texto puede ser fruto también de una tradición oral, en la medida en que una "composición" determinada se fija y se transmite de memoria de un lugar a otro, de una a otra generación.
En cualquier caso, lo fundamental es la fijación, oral o escrita, de un texto, de una "composición", que es respetada por los demás, dando así lugar a una tradición.
En ese momento la figura del compositor o poeta queda distinguida de la del recitador o ejecutante.
Esto supone en el plano del sistema la consolidación de unas "formas"; supone igualmente el establecimiento de dos niveles claramente diferenciados en la realización del sistema.
Esta nueva situación podríamos representarla del siguiente modo:
Forma métrica _________________________________________ Composición REALIZACIÓN:...................
Ahora hay que suponer unas "formas" más fijas; como he dicho, la tradición (oral y, sobre todo, escrita) contribuye a dicha fijación.
Por ello separo con una línea continua el sistema de la realización, las "formas" de la "composición".
Represento, en cambio, con un trazo distinto la separación entre "composición" y "ejecución"; considero, en efecto, que la separación entre "formas" y realización no es del todo igual a la que media entre "composición" y "ejecución": ambas tienen en común solamente el pasar de un nivel más general a otro más concreto, pero la "composición" significa dar cuerpo a algo abstracto como es la "forma métrica" a base de materiales lingüísticos concretos (sílabas, palabras, frases); la "ejecución" supone sólo la concreción que en cada momento se lleva a cabo, en forma oral o escrita, de dichos materiales lingüísticos versificados.
Ésta sería, por tanto, la estructura de niveles en una época que podríamos llamar "protoliteraria" e imaginar como "preteórica".
"Preteórica" con todo tipo de salvedades y precauciones, pues, si, como acabo de repetir, la escritura debió de contribuir a la fijación de las "formas", no hay que olvidar que esa misma escritura tuvo que entrañar un proceso de racionalización de dichas "formas" y, con ello, un inicio de análisis, de "medida" de las mismas.
Análisis y medida que hay que suponer cada vez más necesarios, en tanto en cuanto se vaya asentando la distinción entre compositor y ejecutor.
En una palabra, en este proceso de fijación de las "formas" y de su transmisión desde un compositor a otros ejecutantes hay que reconocer ya en germen un futuro "sistema métrico".
Lo cual nos sitúa ya en puertas de una nueva fase.
Desde el punto y hora en que empiecen a interpretarse y medirse de alguna manera las formas, es decir, desde el momento en que empiece a conformarse un sistema teórico, hay que tener en cuenta un nuevo factor en nuestra estructura de niveles de análisis.
En efecto, ya no se parte simplemente de una "forma rítmica", sino de una "forma rítmica racionalizada, interpretada, medida".
Lo cual es una precisión que, lejos de ser banal, no se podrá nunca perder de vista: porque en lo sucesivo quienes compongan un poema en dicha "forma" lo hacen conscientes de dicha "medida"; porque, en virtud de ello, dicha "medida" ha podido desde muy pronto condicionar, mediatizar, no ya sólo la "forma rítmica" y la "forma métrica", sino incluso la "composición" y la "ejecución"; porque desde nuestra actual perspectiva, para inter-17 Luque 1995, pp. 258 ss.
pretar la "forma", puede ser tan necesario el conocimiento de la propia "forma" como el de la(s) medida(s) o interpretación(es) de que fue objeto.
Por todo ello, en adelante hay que hacer entrar esta "medida" en nuestra estructura de "niveles", que habría que concebir así: En lo que atañe a este nuevo factor de la "medida", debemos aún hacer varias precisiones, como, por ejemplo, sobre su propia entidad (qué entendemos exactamente por "medida"); sobre su historia; sobre sus aciertos y desaciertos; sobre su relación (condicionante y/o condicionada) con el resto de los niveles.
Por "medida" entendemos una interpretación, un análisis racional de la "forma rítmico-métrica", es decir, una división y una racionalización.
Supone reconocer en ella un λόγος, una ratio, una organización: a) percepción o reconocimiento en cada "forma" de una dimensión determinada; b) percepción o reconocimiento en el interior de cada "forma" de determinados factores de regularidad, bien unos patrones silábicos fijos en ciertos lugares (los finales, por ejemplo), bien una serie de unidades menores recurrentes que la constituyen y la "miden" (lo cual, a su vez, contribuye a potenciar la regularidad: en efecto, la conciencia de dichos patrones recurrentes propicia la regularidad de los mismos y de su recurrencia).
Es lo que debió de ocurrir con los primitivos cola octosilábicos, al irse fijando como dímetros, o con las formaciones más largas surgidas a partir de ellos por expansión interna, dactílica o coriámbica.
Es, sobre todo, lo que ocurrió en la versificación jónica, que, frente a la eolia, en cada forma propició un único tipo de intervalo, simple o doble, entre los tiempos marcados, optando así por series regulares bien del tipo -% -% -%..., bien del tipo -% % -% % -% %...
17. c) percepción o reconocimiento de un λόγος, de un principio de organización interna en dichas unidades menores.
d) reconocimiento de diversos tipos o géneros (γένη) en dichas unidades, según dicho λόγος interno (dactílicos, anapésticos / yámbicos, trocaicos / peónicos).
Observable en los dáctilo-epítritos de Estesícoro.
Como la contracción de vocales consecuente a la caída de fonemas intervocálicos, la 4.1.2.
En otras palabras, la "medida" es una descomposición, una διαίρεσις:
a) de la "forma" en unidades de medida; b) de dichas unidades de medida en partes: una marcada y otra no marcada, y, c) como consecuencia de ello, la distinción de varias especies (εÇδη) dentro de cada género (γένος), según la posición inicial o final de las partes o tiempos marcado (T) y no marcado (t): dactílica / anapéstica; trocaica / yámbica; peónica "primera"/ peónica "cuarta".
Supone incluso esta "medida" en su interpretación racional de las "formas" el reconocimiento de la posibilidad de ruptura de dicha racionalidad como un factor racional más: es la aceptación de lo -λογον / irrationale, o sea, la convención de la ruptura ocasional del λόγος dominante en unas determinadas "formas".
El establecimiento de la "medida" conlleva importantes implicaciones o consecuencias teóricas como las siguientes: 4.1.4.1.
Distinción entre ritmo (kυθμός) y materia sujeta a ritmo (kυθμιζόμενον).
a) Reconocimiento de aquél como instancia más abstracta y como "forma" (εÉδος) organizadora de la materia (àλη) b) Reconocimiento de distintos elementos o factores "ritmables", sometibles a ritmo (kυθμιζόμενα), como variedades de la materia (àλη) que se somete a la forma (εÉδος) del ritmo (kυθμός): el habla o la dicción (λέξις), la melodía (μέλος) y el movimiento corporal (κίνησις σωματική).
En este sentido, el verso (μέτρον), cantado o no cantado (es decir, con o sin μέλος) es una materialización del kυθμός a base de elementos del habla, de la λέξις.
c) Reconocimiento de que en la λέξις, en cuanto que kυθμίζόμενον, se realiza el kυθμός sobre la base de la distinción de dos tipos de sílabas, largas (μακραί, longae) y breves (βραχείαι, breves); distinción que, por supuesto, se basa en la realidad prosódica de la lengua.
Establecimiento de la convención de que una sílaba larga y dos sílabas breves son intercambiables en lugares convenidos.
Dicha convención es el resultado de un largo proceso que parece haber comenzado por la innovación 18 de contraer dos breves en una larga (!), una innovación que no haría más que reflejar en el verso fenómenos de la lengua común 19.
20 Atestiguada también en Estesícoro, aunque limitada en principio a las posiciones en que una larga alternaba libremente con una breve, como, por ejemplo, la inicial del prosodíaco.
Luego, poco a poco, se habrían reforzado mutuamente ambos fenómenos, desde el punto y hora en que empezaran a ser considerados equivalentes y se distinguiera cada vez menos entre! y #, dando lugar a lo que se ha denominado "river of dactyls" 21.
El reconocimiento de dicha equivalencia y la extensión de dicha convención supone una consolidación de las formas métricas, que asumen autonomía y dinámica propia al margen de las frases de donde surgieron.
Conlleva además tal reconocimiento la distinción entre ritmo (kυθμός) y "ritmopea" (kυθμοποιία), es decir, entre un ritmo y sus diversas posibilidades de manifestarse, entre una "forma rítmico-métrica" unitaria y las diversas concreciones que admite.
Dicho en otras palabras, el reconocimiento de que, sin que se rompa el λόγος ni el εÉδος de un segmento rítmico, el kυθμός o sus unidades se pueden manifestar de distintos modos, pueden adoptar apariencias distintas (σχήματα).
En virtud de ello, segmentos aparentemente distintos, como - ́ % %, - ́ -, % ́ % -, % ́ % % %, o como % - ́ y % % ́ %, son reconocidos como equivalentes, en cuanto que manifestaciones o variantes (σχήματα) de una misma unidad rítmica: respectivamente, un compás τετράσημος (de magnitud cuatro) con λόγος Çσος y ritmo descendente (T t) o un compás τρίσημος con λόγος διπλάσιος y ritmo ascendente (t T).
Esta distinción entre kυθμός y kυθμοποιία va relacionada, como he dicho, con el reconocimiento de la intercambiabilidad de una sílaba larga y dos breves, aunque también con el de la presencia de variantes "irracionales" (-λογοι, es decir, fuera del λόγος) o con el de la indiferencia cuantitativa de determinados lugares o posiciones, como la final.
Para mí, en esta interpretación de la génesis o establecimiento de la estructura de niveles que me he propuesto, resulta todo esto de una especial relevancia.
En efecto, el reconocer que un mismo ritmo, una misma "forma rítmico-métrica", puede manifestarse de distintos modos (σχήματα) supone la introducción de un nuevo nivel en dicha estructura, el nivel del "esquema", es decir, de las distintas posibilidades de variación convenidas dentro de una misma "forma".
En esta reinterpretación a posteriori no dejan de producirse inconsecuencias como la que se observa en diversas variantes cuantitativas del antiguo octosílabo/heptasílabo con sus respectivas cadencias "brusca" y "suave": así, mientras que ~ -% -~ -% ~ y ~ -% -~ -~ se han reinterpretado como variantes acataléctica y cataléctica de una misma forma (el "dímetro yámbico"), ~ ~ -% % -% ~ y ~ ~ -% % -~ han seguido siendo entendidas como dos formas independientes (el "gliconio" y el "ferecracio").
Se reinterpretaron así como posteriores formas que en realidad eran anteriores, en cuanto que menos regulares: es, por ejemplo, el caso del colon % % -% -% --reinterpretado como "dímetro jónico a minore (% % --% % --) con anáclasis" (es decir, inversión rítmica), en lugar de ver en él un antecedente aún no regularizado del "dímetro jónico a minore" normal.
Nuestro gráfico ha de ser entonces reelaborado en los siguientes términos: 4.1.4.4.
Surge asimismo en todo este proceso de "medida" la distinción entre metro (μέτρον) y ritmo (kυθμός), entendido aquél como una especie de éste: aquél como algo medido, definido, con unos límites; éste como una secuencia indefinida.
Supone, como he dicho, la "medida" de las "formas rítmico-métricas" una interpretación racional de las mismas; interpretación que lleva a interrelacionarlas unas con otras y a organizarlas en un sistema lo más coherente posible: a) Se reconocen así interrelacionadas las "formas" con un mismo μέγεθος, λόγος y/o εÉδος: por ejemplo el hexámetro, tetrámetro, etc. dactílicos frente al trímetro, dímetro, etc. yámbicos.
b) Y no sólo esto, sino que se intensifican procesos a los que antes me he referido, como el reconocer como una misma "forma", y reinterpretarlas como variantes sincrónico-funcionales, "formas" que diacrónicamente eran independientes.
Tal es el caso de "formas" que terminan interrelacionadas en virtud de la denominada "catalexis" (con sus diversas variantes: catalexis, braquicatalexis, hipercatalexis) 22, de la "acefalia", de la "anáclasis" 23, etc.
Finalmente la consolidación de esta "medida" con todo lo que entraña de racionalización y sistematización, y con todo el aparato teórico que se 24 Sobre la problemática general de las antiguas doctrinas rítmico-métricas, cf. Luque 1987, pp. 15 ss.
De todo ello me he ocupado en ocasiones anteriores: Luque 1986;1994, pp. 13 ss.;1995, pp. 239 ss.;26 Luque 1987, pp. 9 ss. articula en torno a ella, con todo lo que supone de plena conciencia de las formas, tiene una consecuencia práctica casi inevitable: la regularización progresiva de dichas formas métricas "medidas", es decir, racionalmente interpretadas.
La historia de dicha "medida" resulta para nosotros siempre difícil y tortuosa, conociéndola como la conocemos casi exclusivamente por lo que de ella nos han transmitido fuentes tardías 24.
En tales condiciones dicha dificultad aumenta al tiempo que pretendemos remontarnos hacia atrás y aún más si queremos reconstruir su génesis y sus primeras etapas.
Aunque con diverso sentido en cada momento, hay que pensar siempre en una estrecha relación entre teoría y práctica; de la praxis tuvo que surgir la teoría, la cual, una vez consolidada, se convirtió en un condicionante continuo de aquélla.
Hay que reconocer igualmente un núcleo doctrinal anterior a la escuela propiamente dicha; baste recordar una serie de términos técnicos del tipo de πούς, βάσις, etc. o denominaciones de pies (yambo, espondeo, crético, dáctilo) o de versos (gliconio, asclepiadeo) que denotan claramente un carácter "preescolar", frente a otros, probablemente posteriores, que traslucen el ambiente de la escuela (Çσος, διπλάσιος, tríbraco, anfíbraco, trímetro, hexámetro) 25.
Hay que tener en cuenta, para valorar en sus justos términos la teoría, los avatares por los que fue pasando la propia realidad del verso y las circunstancias, presupuestos, perspectivas, etc. con que se llevó a cabo en cada momento su análisis o interpretación teórica.
No es lo mismo en este sentido la teoría métrico-rítmica conformada en el seno de las τέχναι μουσικαί, a partir de la observación y la experiencia directa de una ejecución "musical" de las mismas, que las doctrinas métricas que, sobre la herencia de dicha antigua rítmica musical, se consolidan luego en manos de los filólogos alejandrinos, que, con unos intereses y una óptica distinta, estudian quizá las mismas formas, pero ya sólo en su realización escrita, sin tener además el referente directo de su antigua ejecución 26.
Y además de todo lo dicho, no hay que olvidar la enorme fuerza de la tra- Luque 1994, pp. 104 ss.;1995, pp. 12 ss. dición en la transmisión de estas doctrinas de maestros a discípulos, de modo que dicho corpus doctrinal hay que concebirlo como una corriente que fluye sin cesar, recibiendo la herencia establecida e incorporando a la vez a su caudal las nuevas aportaciones y perspectivas, las cuales en ocasiones se mezclan a lo anterior indiscriminadamente, dando lugar a todo tipo de desfases, anacronismos, inconsecuencias y malentendidos.
Una cosa es lo que supone para la medida una primera "fase orquéstrica", en la que la propia gesticulación y danza, unida a un acompañamiento instrumental más o menos complejo, es la que ha potenciado las primitivas fórmulas contribuyendo a su fijación en unas formas rítmico-métricas fijas y a la vez ha puesto las bases para que se tomara conciencia de la "medida" de dichas formas.
Otra cosa es la consolidación de toda esta medida e interpretación de unas formas ya más o menos establecidas en una "fase musical", en la que dichas formas, como auténticas formas de la μουσική, toman cuerpo ordinariamente a base de la conjunción de los tres kυθμιζόμενα, la λέξις, el μέλος y la κίνησις σωματική.
La λέξις entonces, aunque sea lo primero que salte a la vista de quien analiza aquellas formas, aparece siempre reforzada por los otros dos componentes.
Otra cosa es la interpretación de dichas formas cuando ya la λέξις se ha ido desligando del μέλος y del movimiento corporal y se trata de unos versos recitados, no cantados.
En esta fase "métrica" las formas se hallan más expuestas al peso y a la presión del lenguaje, puesto que ya no tienen el refuerzo de la música o de la danza.
Otra cosa, finalmente, es la interpretación de dichas formas, con otros intereses y perspectivas, los del lenguaje escrito, al margen no ya sólo de su musicalidad original, sino incluso de su oralidad.
Por no hablar de la "medida" ya consolidada y transmitida de generación en generación e incluso trasvasada, junto con las formas, a otra lengua y a otra cultura; o de los avatares de las formas y de su medida cuando con el tiempo cambia incluso la base lingüística que las había sustentado.
Sin ir más lejos, en el propio principio de medida y en la unidad básica de dicha medida, el pie o compás, se pueden apreciar distintas etapas 27, cada una de las cuales ha ido dejando en este caudal de la doctrina rítmico-métrica sus propios principios y terminología: una etapa "orquéstrica" en que la me-Luque 1995, pp. 327 ss. y bibliografía allí mencionada, en especial los estudios de Leo y Leonhardt 29 Luque 1995, pp. 52 ss.
30 Por ejemplo, la interpretación de los pies "jónicos" no como pies simples del γένος διπλάσιον (2/1: % % --, --% %), sino como compuestos, a base de un "espondeo" y un "pirriquio". dida es el paso de danza, el pie; una etapa "poético-musical" en que la música (y el ritmo, en consecuencia) se halla íntimamente ligada a la dicción (λέξις), lo cual lleva a medirlo por sílabas, y a concebir el pie como una entidad lingüístico-musical; una fase "rítmica", que se inicia con Aristóxeno, cuando se aisla el ritmo como instancia abstracta por encima de los materiales sometidos a él, se lo concibe como "ordenación del tiempo" y se lo mide en unidades mínimas temporales (los χρόνοι πρώτοι), concibiendo, en consecuencia, el pie como una entidad o magnitud rítmico-temporal; y finalmente una fase "métrica" en que, olvidados progresivamente los principios de la rítmica y reducida cada vez más la teoría métrica a la descripción de los versos escritos desde la óptica de la gramática, se vuelve de nuevo a la sílaba, considerando el pie como un mero patrón silábico, más o menos anquilosado y sin sentido rítmico.
No hay que olvidar tampoco las dos corrientes que se aprecian en época helenística en la configuración de la teoría métrica, los dos sistemas métricos, como se los suele denominar, el "alejandrino" y el "pergameno", aunque, de suyo, el auténtico sistema sea propiamente el primero.
Ambos, con independencia de la cuestión largamente debatida de la prioridad temporal de uno u otro y por encima de sus concomitancias, suponen dos grados distintos de proximidad o, mejor, de alejamiento respecto de las doctrinas rítmicas de donde partieron 28.
Los desfases, inconsecuencias e irregularidades que ha supuesto para la teoría métrica toda esta trayectoria saltan a la vista.
A los malentendidos, confusiones e incluso errores que entrañó el paso de la doctrina rítmica a la doctrina métrica y el alejamiento progresivo de ésta última, como disciplina filológica, respecto de la rítmica musical de donde tomó origen ya me referí en otra ocasión 29: trajo, por ejemplo, consigo este alejamiento confusiones entre "formas" y "esquemas", no distinguiendo debidamente entre auténticos pies o compases de verdadera entidad rítmica y variantes accidentales ("esquemas") de dichos pies; tal, por ejemplo, el caso del reconocimiento del denominado "pirriquio", que tanto condicionó la posterior interpretación y clasificación de los pies métricos 30.
Trajo asimismo confusiones entre la can-Son los dos únicos que reconocen, por ejemplo, Aristóteles o Cicerón.
Luque 1994b, pp. 9 ss. tidad silábica y los valores temporales de los tiempos rítmicos (los χρόνοι μονόσημοι, δίσημοι, τρίσημοι, etc.) o entre el ritmo y la ritmopea, lo cual llevó a hablar, con un criterio meramente visual o gráfico (la posición de la sílaba breve), no ya sólo de un pie "epítrito" (con λόγος ¦πίτριτος, 3/4, entre sus dos tiempos: -% | --), sino de cuatro: uno "primero" (% ---), otro "segundo" (-% --) otro "tercero" (--% -) y otro "cuarto" (---%); algo similar a lo que ocurrió con la adición de dos peones más (el "segundo" % -% % y el "tercero" % % -%) a los dos únicos auténticos: -% % % y % % % -(con λόγος oμιόλιος, 2/3 o 3/2, entre sus tiempos) 31.
Desajustes por el estilo trajo consigo a la "medida", a la doctrina métrica, la evolución histórica de la propia poesía o versificación, por ejemplo, el paso desde una poesía cantada a otra recitada, mientras que la rutina escolar o la fidelidad a la tradición mantenían en la teoría los principios de antes, sin adaptarlos a la nueva realidad: seguían así en vigor, más o menos anquilosados, conceptos y términos propios del canto o de la música en una doctrina que ya se proponía "medir", ante todo y sobre todo, versos hablados; de ahí, por ejemplo, la pervivencia de principios musicales, como el de la isocronía de las unidades (las sílabas, los pies, etc.), en un medio como el lenguaje, ajeno en buena medida a ellos.
Este mismo desfase entre la práctica y la teoría, entre el "verso" y su "medida" tiene lugar, ahora en sentido inverso, cuando en la práctica filológica o en la enseñanza escolar se analizan y "miden" con criterios de la época unos textos que conservan formas versuales que corresponden a realidades muy distintas, propias de la poesía o de la música de tres, cuatro o cinco siglos antes.
El anquilosamiento de una "medida" rutinaria, escolar, desconectada casi por completo de la realidad fónica, rítmica, de los versos que mide, da como frutos conceptos y términos como los de "pentámetro dactílico" 32, para definir un período de dos cola "hemíepe" de dos pies y medio cada uno, o los de "septenario", para denominar versos que, de suyo, son octonarios catalécticos.
Términos como éstos ponen de manifiesto, como digo, el distanciamiento que de la forma rítmico-métrica puede alcanzar la "medida".
Un distanciamiento similar da a entender el hecho de que, en aras de un sistematismo a ultranza, unos versos como los eólicos, de naturaleza silá-33 Cf.
Luque 1994, pp. 27 ss. bico-cuantitativa, se interpreten con frecuencia a lo largo de toda la historia de la métrica como si fueran versos cuantitativos, de pies, del tipo de los yámbicos, dactílicos, etc. de la versificación jonia.
No menos desaciertos ha traído consigo en la historia de la métrica una insuficiente distinción de niveles: es lo que ocurre, por ejemplo, cuando no se distingue debidamente entre "cesura", algo propio de la "composición", y "juntura", algo que, como ocurre en el pentámetro, pertenece a la "forma".
No es ajena dicha confusión a problemas tan sangrantes como el del papel del acento en la versificación latina (en época clásica nunca pertinente en el nivel de la "forma", pero sí importante en el plano de la "composición") o el denominado "problema del ictus"; de tantos quebraderos de cabeza como ha producido esta cuestión se habrían evitado muchos si se hubiera distinguido correctamente entre la "marca rítmica", algo propio de la "forma rítmicométrica", y cualquier golpe (ictus), vocálico o mecánico, que trata de reproducirla en el momento de la "ejecución" 33.
La "medida", en cuanto que interpretación de la "forma rítmico-métrica", va, por naturaleza, referida, ante todo y sobre todo, a ella; en este sentido, el proceso de definición de las "formas versuales" se identifica por lo general con el proceso de establecimiento de una determinada "medida": no otra cosa ocurrió, por ejemplo, con la consolidación a partir del primitivo octosílabo indoeuropeo de "formas" como el gliconio, el dímetro yámbico, el dímetro trocaico, etc; cada una de ellas corresponde a una peculiar regularización de dicho octosílabo, lo cual, en último término, se identifica con una determinada "medida" de aquella originaria unidad isosilábica.
Y otro tanto, mutatis mutandis, cabe decir en la constitución de otras muchas "formas", como las de los períodos largos, a partir de otros más cortos, a base de adiciones, extensiones o expansiones internas.
Pero la íntima relación que guardan entre sí "forma" y "medida" no quiere decir que ésta última no mantenga relación también, más o menos estrecha, con los demás niveles de funcionamiento del lenguaje versificado.
Los "esquemas", por ejemplo, reflejan directamente la "medida" que se hace de cada "forma".
Piénsese, por ejemplo, en la tendencia a la claridad y pureza rítmica de las cadencias, de los pies finales en los períodos jónicos o de las sílabas últimas de los versos eólicos.
Recuérdense asimismo las diferencias que supone en las variantes "esquemáticas" de una "forma" el hecho de que dicha "forma" se mida por pies (versos dactílicos) o por dipodias (versos yambo-trocaicos y, en parte, anapésticos).
Y no sólo en estos niveles del sistema se deja sentir la "medida", la interpretación que se hace de cada "forma"; también la realización de dicho sistema se hace eco en múltiples aspectos de dicha "medida".
Basta tener en cuenta, por ejemplo, las diferencias en la "composición" (fraseología, tipología verbal, cantidad fija o indiferente de las sílabas finales, etc.) de determinados versos eólicos según se entiendan, se "midan", como cola (como miembros, de una unidad métrica superior, la estrofa, que actúa como verdadero período métrico) o como períodos autónomos, tanto si, en este caso, siguen integrados en la unidad estrófica como si se independizan del todo y pasan, como pasó el falecio, a un uso estíquico.
Otro tanto cabe decir de las cesuras, diéresis, zeugmas, etc. consagrados en la norma de "composición" de períodos como el hexámetro o el trímetro yámbico; no es descabellado pensar que en un sentido histórico o genético tales fenómenos responden al proceso de configuración (de "medida") de dicha "forma" métrica a partir de otras unidades menores, que muchos de esos cortes articulatorios son la herencia de las soldaduras que estructuraron la "forma" en cuestión, que las que llegaron a quedar como cesuras empezaron siendo "junturas".
Tenemos incluso posibilidad de comprobar este proceso en los octonarios y septenarios del teatro romano republicano, que en su "composición" reflejan los dos estados de consolidación como tales períodos y, en último término, las dos "medidas": como dos cola o incluso períodos unidos por una "juntura" o, ya en un estadio más avanzado, como un período único con sus dos cola, ya fundidos y perfectamente ensamblados, separados por una simple cesura.
La propia "composición" de estos versos o del senario yámbico en este teatro republicano se hace eco en múltiples aspectos (sobre todo en la tipología verbal o en la relación acento-tiempo marcado) de la "medida" que de ellos tiene presente el versificador: una medida que, aunque monopódica, no deja de recordar la antigua dipódica del teatro trágico griego.
Y, ya más adelante, ¿cómo olvidar, por ejemplo, la posible influencia de la "medida" en la fijación de determinadas normas en la "composición" de versos como los eólicos, en la cual se llegaron a establecer unos cortes fijos y a anquilosarse unos cola que terminaron condicionando la propia evolución acentual de dichos versos o la creación de versos nuevos a base de los denominados cola libera, de acuerdo con los principios de la denominada procreatio metrorum? 34 Mis colegas y amigos, Francisco Fuentes, Pedro Pablo Fuentes y Carmen Hoces han tenido a bien leer el original de este trabajo, que resulta así deudor de sus consejos y observaciones.
Hasta en la "ejecución" de los versos se deja evidentemente sentir la fuerza de la "medida".
Es lo que podemos comprobar en la Antigüedad tardía y en épocas posteriores, cuando, perdido ya el sentido de la cantidad silábica, los recitadores y, sobre todo, los maestros en la escuela pretenden comunicar y poner de relieve la "medida" de los versos a base de una ejecución artificiosa que trata de remedar la antigua pronunciación a base de acentuar los tiempos marcados; esto que ya lo hacía el gramático Sacerdote a finales del siglo III es lo que luego se ha seguido haciendo y se hace aún en la recitación de los antiguos versos 34. |
Con este cuarto volumen se culmina un proyecto, necesario desde hacía tiempo en el ámbito de los estudios bíblicos, que se inició en 2008 con la publicación del primer volumen de la primera versión española de la Biblia griega, más conocida como Septuaginta, dedicado al Pentateuco, y que se ha ido completando con el volumen II (Libros históricos, 2011) y el III (Libros poéticos y sapienciales, 2013).
Varios son los autores que han participado en este volumen, dirigido por los dos reconocidos investigadores del CSIC, N.
La versión española sigue el texto de J. ziegler (1967) para el Libro de los Doce profetas, para el Libro de Isaías, el Libro de Jeremías (ziegler, 2013), el Libro de Baruc (ziegler, 2006), el Libro de Lamentaciones (ziegler, 2013), la Carta de Jeremías (ziegler, 2006), el Libro de Ezequiel (ziegler 1952), y el texto de J. ziegler, O. Munnich y D. Fraenkel (1999) para el Libro de Susana, Daniel y Bel y la serpiente.
El texto de la Septuaginta en determinados libros proféticos presenta una edición distinta y novedosa de la del texto masorético, lo que es precisado en la introducción individual y en las notas correspondientes.
Conscientes de que nos hallamos ante una obra colectiva y, por tanto, con diversidad de estilos y sensi bilidades a la hora de traducir, hay que reconocer sin embargo que el resultado es una prosa bien elaborada y ágil, o una versión versificada, como ocurre en el caso de Lamentaciones.
Siguiendo el esquema de los volúmenes anteriores, precede al texto de cada una de las traducciones una breve introducción en la que se analiza el título, fecha y lugar de traducción, carácter literario, estructura y contenido, la traducción en lengua griega, las principales ediciones, la recepción del texto, la traducción española y la bibliografía específica.
Aunque son diversos los autores que participan en este volumen, al igual que se ha venido haciendo en los anteriores volúmenes, se intenta mantener una uniformidad en la traducción y en el sentido de las notas a pie de página.
En general, estas notas aportan sinónimos u otros significados posibles de los términos griegos traducidos; en unos casos se hace constar el vocablo hebreo y las posibles dife rencias en su versión griega; en otros un hápax o términos de difícil comprensión.
Resulta de interés el caso de las omisiones que el traductor griego ha realizado sobre el original hebreo (por ejemplo, p.
Son numerosos los casos en que se explican las dificultades de verter al griego un término «difícil» hebreo (por ejemplo, p.
En estos comentarios a pie de página suele anotarse el vocablo en grafía hebrea, aunque en ocasiones se transcribe (116, b).
Lo mismo ocurre en el caso del griego, con casos donde se precisa la palabra griega (81, b), mientras que en otros no se reproduce el término como tal.
También se cita en algunos lugares, donde la complejidad o falta de claridad del texto así lo precisa, la traducción de Teodoción y la Pesitta o versión siriaca (336, b).
Da la impresión, en ocasiones, de que hay notas con precisiones innecesarias, como cuando se indica un anacoluto (265, c).
Es, en mi opinión, el caso de Jeremías (pp. 246 y ss), o en Ezequiel donde en muchos lugares se anota «literalmente...», «es decir...», «o...».
Asimismo, al citar la bibliografía en las notas se siguen sistemas no uniformes, en unos casos se cita de forma abreviada y en otros de forma extensa.
En algún lugar incluso la referencia está incompleta (por ejemplo 406, d, ó 415, a).
Como ya hemos señalado en las reseñas de algunos de los volúmenes anteriores, nos hubiera gustado poder contar con índices de nombres, pasajes, etc., que hubieran Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 completado esta versión española de una de las versiones de la Biblia, que ha tenido una gran importancia en el desarrollo del judaísmo y creación del cristianismo.
No me queda más que elogiar la conclusión de este trabajo en equipo, que ha venido a llenar una carencia importante en las versiones españolas de la Biblia y en sus estudios, en especial en el contexto del judaísmo helenístico, en el que hunde sus raíces el cristianismo primitivo.
El presente volumen forma parte de la colección «Biblioteca della tradizione classica» de la antigua y prestigiosa editorial Cacucci de Bari, que amplía con esta obra su catálogo destinado a los interesados por la historia política, cultural y literaria de la Antigüedad.
La autora es la investigadora calabresa Carmela Laudani, quien presenta un amplio y voluminoso trabajo sobre el panegírico en honor del emperador Constantino, pronunciado en Roma en el 321 por el rétor Nazario.
Una breve precisión: el título de la obra puede inducir a error, ya que no estamos ante una nueva edición del panegírico de Nazario, sino ante un estudio del autor y de la obra, ya que Laudani sigue la edición crítica de Doménico Lassandro1, un gran estudioso de los panegíricos galos de los siglos III y IV.
Dos grandes bloques aparecen claramente diferenciadas en la presente obra: por un lado la amplia Introducción, de unas cuarenta páginas, en la que se analizan aspectos históricos, textuales y literarios del panegírico.
Es reseñable, en este apartado, el excelente estado de la cuestión del que hace gala la investigadora, con un conocimiento selectivo de monografías y ensayos sobre los panegíricos latinos en general, y en particular éste de Nazario.
Una segunda parte, el cuerpo central del volumen, cerca de 400 páginas, se dedica al comentario del texto a partir de la edición de Lassandro, anteriormente citada.
En este apartado la autora desarrolla un amplio examen del texto desde el punto de vista literario y filológico, pero sin abandonar en ningún caso las explicaciones históricas.
Cierra la obra un breve índice de los principales términos y conceptos, sin duda útil, pero, en nuestra opinión, incomprensiblemente escueto.
Se acompaña de una bibliografía amplia y fundada, tanto de las ediciones existentes del discurso, como acerca de los estudios sobre el mismo.
El recopilador de la colección de panegíricos latinos, donde se encuentra este discurso, podría ser otro orador galo, Latino Pacato Drepanio.
T. D. Barnes, recientemente, ha señalado como hipótesis la existencia de dos colecciones anteriores a la de Pacato.
La primera comprendía siete discursos pronunciados entre los años 289 y 310, del quinto al décimo en el orden del manuscrito, y posteriormente otra colección integrada por los discursos cuarto, como marco inicial, que correspondería al discurso de Nazario, y otro que cerraba la colección con el número duodécimo, del año 3132.
Muchos editores han optado por la numeración tal y como aparece en el arquetipo, y es la que sigue este libro.
Otros en cambio, entre ellos É.
Galletier en su edición de la colección Budé, escogieron una numeración de tipo cronológico; en estas ediciones el panegírico de Nazario ocuparía el décimo lugar3.
Retomar una vez más el estudio del panegírico de Nazario, viendo la extensa bibliografía al respecto, puede parecer poco útil, sin embargo una simple lectura apresurada nos demuestra lo erróneo de tal suposición.
Es cierto que existen ensayos sobre el discurso en cuestión, pero ninguno tan amplio y sistemático.
Estamos, pues, ante un enorme y concienzudo trabajo, que abarca toda la estructura compositiva del discurso, y demuestra que, desde el punto de vista formal, nos hallamos ante un discurso que supone la madurez del género, opinión contraria a la de algunos estudiosos contemporáneos, que consideraban esta pieza oratoria un tanto reiterativa y de poco interés estilístico.
Por otra parte, indagar nuevamente en el discurso de Nazario es reconocer el importante interés de dicha fuente para comprender la genealogía del poder de Constantino.
El valor historiográfico viene dado por ser una de las fuentes más importantes sobre el bellum Maxentianum, guerra que se dirime en Italia entre los dos aspirantes al Imperio de Occidente, Majencio y Constantino.
Ahora bien, el elogio a Constantino es relevante historiográficamente no sólo por darnos a conocer la coyuntura histórica, sino también por la finalidad del mismo: celebrar las quindecennalia del Emperador y las quinquennalia de sus hijos, los césares Crispo y Constantino.
Tal objetivo crea un nuevo argumentario sobre las bondades de mantener una línea sucesoria en la persona de los dos hijos de Constantino, aspecto relevante para adentrarse en la Herrscherideal tardoimperial.
La Introducción recoge diversos contenidos, los dos primeros relacionados con el autor y su obra, y con el género del panegírico.
Sobre estos dos puntos poco nuevo se puede añadir, únicamente -como hace la autora-reunir las distintas opiniones existentes; tal es el caso al referirse a la vida de Nazario, dado que las escasas fuentes contemporáneas, Ausonio y Jerónimo, e indirectamente algunas otras posteriores haciendo referencia a su hija Eunomia, no facilitan nuevas especulaciones.
Sin embargo en torno a la concepción religiosa del rétor y a su posible adscripción cristiana, la investigadora calabresa, al mismo tiempo que recoge el debate existente, da su punto de vista al afirmar que no es descartable la adscripción cristiana de Nazario, pero de manera inteligente afirma la vía muerta que supone averiguar la fe del orador a través del discurso, dado que las reglas del género son bastante rígidas y no permiten indagar sobre ese particular.
La pertenencia de Nazario a la escuela de Burdeos no parece tampoco que sea unánimemente reconocida, ya que algunos estudiosos fijan su cátedra en Roma, lejos de la influencia de la escuela ausoniana.
La autora se hace eco de éste y otros debates; es de destacar que en la mayoría de las ocasiones presenta las distintas propuestas sin tomar partido por ninguna de ellas, aunque en algún caso no duda en posicionarse, tal es el caso de la hipótesis de Barnes anteriormente reseñada (p.
De todas las maneras, en esta primera parte, echamos en falta mayores referencias a los otros panegíricos que conforman la colección de los XII Panegyrici Latini, más aún porque existe un epígrafe que versa sobra la evolución del género, desde Isócrates a Menandro, aspectos de sobra conocidos que se podrían haber obviado.
Algunos de los epígrafes de esta Introducción, especialmente aquellos que tratan sobre el papel que juega el género epidíctico en la construcción de la ideología imperial, son los más interesantes desde un punto de vista historiográfico.
Ahora bien, leyendo las opiniones de Laudani no podemos por menos de hacernos una pregunta de base: ¿qué función cumplen los panegíricos? o, en otras palabras, ¿dichos discursos sirven para difundir un consenso imperial programado?
No parece que la autora sostenga la función publicitaria de dichos discurso, no estando muy de acuerdo cuando algunos empleamos el término propaganda para referirnos al papel del género áulico, alegando la modernidad de dicho concepto.
De todos modos convendría recordar que el término propaganda es empleado también en la teoría política en el sentido de una búsqueda de la persuasión con una intención política e ideológica.
Similar, creemos, a la finalidad ideológica de los panegíricos, que consiste en establecer un discurso justificativo de las acciones imperiales, las cuales redundan en el mantenimiento de la Roma Aeterna.
Todo ello nos obliga a interrogarnos sobre el grado de intencionalidad y repercusión de dichas orationes.
La respuesta no puede ser única, ya que es posible que en algunos casos estos discursos generen de forma original un nuevo consenso ideológico.
En otras ocasiones los panegíricos servirían para divulgar propuestas ideológico-políticas surgidas en la propia corte imperial.
Cabe por último pensar que en la mayoría de estos discursos, por no decir en todos, se combinarían elementos propios del orador con clichés retóricos y con argumentos Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 salidos desde la propia cancillería imperial4.
El estudioso francés Guy Sabbah, en uno de los trabajos más certeros que se han escrito sobre la función de los panegíricos, afirmaba que estos, al mismo tiempo que ejercicio retórico e instrumento de persuasión estética, servían también para imprimir en la conciencia y en la memoria de los oyentes un programa, una ideología política5.
La autora no está de acuerdo con las propuestas de que los panegíricos conformen una opinión pública, siendo más remisa a considerar la finalidad política colectiva de estos discursos, aunque no duda en declarar que el discurso de Nazario configura y sostiene algunas de las piedras angulares de la política imperial (p.
Un brillante ejemplo de esta propuesta lo encontramos en el epígrafe cuarto, donde Laudani examina tres episodios enunciados por Nazario (14.16, 18.2-4 y 31.1), en donde el mito se combina con la historia.
Los tres episodios buscan mostrar la excepcionalidad del Príncipe a través de la construcción de un ideal imperial.
Los sueños y hechos portentosos de Constantino, amparados por su numen, sirven para agrandar su figura y justificar la llegada de una nueva dinastía.
Brevemente, y por lo que respecta a aspectos formales que están recogidos en la Introducción, cabe destacar el apartado referente a la fijación de la trama ideal del dis curso (p.
27-35), el cual se configura en torno a un elenco de virtudes, resumidas en aquellas que caracterizan al buen militar, junto a otras prototipo del buen gober nante; estas últimas aparecen en clara contraposición con los vicios del tirano, encarnado en la persona de Majencio.
La autora destaca, de forma inteligente, una serie de campos metafóricos: la contraposición entre la luz, Constantino, y las tinieblas, Majencio.
Otro de los espacios metafóricos, a los que hace alusión Laudani, es el vestíbulo del palacio imperial (p.
32), mientras para los anteriores príncipes es la frontera física y simbólica del poder, para Constantino desaparece tal límite, al romper la barrera y mostrarse visible y cercano, como magistralmente describe Nazario (V 2): qui tam optas totus uideri quam ceteri recusabant.
Los últimos epígrafes de esta excelente Introducción dan cuenta, por un lado, de las fuentes y modelos del discurso y, por otro, de la técnica literaria empleada por Nazario.
En relación al primer aspecto la autora sintetiza los principales trabajos sobre la composición del discurso; asunto que desde muy pronto captó la atención de los estudiosos.
Los ecos de las Catilinarias de Cicerón, o de otros autores, Virgilio, Lucano, Plinio o el propio Menandro, forman parte del elenco de fuentes que construyen el encomio.
La técnica literaria, el último punto de la Introducción, es analizado a través de diversos ejemplos que muestran el gusto clásico de Nazario, en algún momento de «sapore ciceroniano», tal y como lo define la autora (p.
Un canon clásico que los panegiristas, y otros escritores tardíos, se empeñaban en imitar, pero que no les impedía la utilización de términos postclásicos, y que el cuarto panegírico usa de forma amplia, ocupando uno de los primeros lugares por la frecuencia en su empleo.
El bloque fundamental del presente volumen es el comentario pormenorizado de los distintos parágrafos que componen el texto de Nazario.
La labor de la investigadora en este apartado es inmensa, haciendo gala de una pulcritud digna de elogio.
De manera paulatina y precisa expone la composición literario-retórica, el modelo constructivo de cada uno de los parágrafos del panegírico, así como el sentido ideológicohistórico del discurso, todo ello desde una correcta lectura filológica y literaria.
Se acompaña dicha disección con amplias referencias bibliográficas de los contenidos literarios e históricos.
Tal vez se pueda objetar que el análisis literario y filológico tiene un mayor peso que la labor historiográfica, aunque esta no se descuida, pero no adquiere, para nuestro gusto, la relevancia que debería.
Evidentemente para la investigadora calabresa las connotaciones políticas e históricas son contempladas, pero al desarrollar un análisis pormenorizado es obligado que se diluya la globalidad en favor de respuestas particulares y contextuales; hubiera sido de agradecer una breve conclusión interpretativa de carácter histórico-ideológico para finalizar el libro.
En suma, la obra de Carmela Laudani creemos que resultará de consulta obli gada para todos aquellos que quieran acercarse a la retórica tardía de Occi dente, muy especialmente si se pretende profundizar en los panegíricos galos en ge ne ral y en el discurso de Nazario en particular.
La autora ha puesto al alcance de los inte re sados un material inestimable.
No podemos por menos que hacer nuestras las palabras de Domenico Lassandro en el prólogo, destacando el rigor filológico, el conocimiento histórico y la sensibilidad literaria de la obra.
Aunque pueda parecer que una obra didáctica en la que se propone un léxico básico de dos mil palabras no requiere mayores exigencias científicas, no crea el lector que el objetivo de la autora es sencillo: «Se trata... de tomar las 2000 palabras más frecuentes del latín dividiéndolas en secciones que guarden una relación frecuencial correcta entre ellas, y de organizar todo ello desde el punto de vista etimológico» (p.
Las fichas, elaboradas en torno a la palabra más representativa, no necesariamente la más frecuente de su familia, tienen una composición compleja.
Constan de siete secciones: El lema; la raíz indoeuropea y su significado; la palabra frecuente o representativa, que se sitúa en uno de cuatro niveles de frecuencia, correspondientes a las 250 palabras más frecuentes, a las 250 y 500 siguientes y a las 1000 últimas; las palabras latinas de la familia y de la misma raíz indoeuropea; una frase latina ilustrativa; palabras españolas que continúan las latinas; palabras inglesas y alemanas de la misma raíz indoeuropea o con la misma base latina.
Los cinco primeros apartados están relacionados con la frecuencia.
La raíz indoeuropea facilita la comprensión del significado latino primario y la conexión con posibles parientes en otras lenguas.
Las frases están tan bien elegidas que no solo contextualizan el contenido de las palabras, sino que ilustran su construcción sintáctica y no pocas veces diferencias sinonímicas o contrastes antonímicos.
Aunque predominan grandes autores, como Plauto, Cicerón, Virgilio y Ovidio, las obras de que se extraen pertenecen a cualquier género literario y época de la latinidad antigua, según puede verse en el índice de autores y pasajes.
Dado el carácter didáctico del libro, no habría estado de más dar el significado principal de las demás palabras latinas, incluso cuando parece transparente; y con no menor razón de las palabras inglesas y alemanas.
Ello contribuiría a reducir el aspecto enumerativo y esquemático de las fichas.
Entendemos que se trata de una obra inicial que merece ser continuada y perfeccionada en futuras ediciones.
Y en ese sentido añadimos aquí alguna sugerencia.
Una ficha modelo, por bien cumplida, es la del adjetivo plenus (pp. 216-217) y el contramodelo es la de su antónimo inanis, del que no se da, como si se hiciera caso de su significado de 'vacío', más que el adjetivo y una frase de Marcial.
¿Por qué no se ha acompañado de los varios derivados y compuestos que pueden verse en el diccionario de Ernout & Meillet?
Además, dos de ellos están presentes al menos en español (inanición, inanidad) e inglés (inanition, inanity).
Ese adjetivo es la negación de la base del sustantivo ānus, cuyo significado fundamental ha de ser el de 'cerco de contención o retención', anterior a los especiales atestiguados de'esfínter, ano' o 'grillete' y, por supuesto, a los de carácter ornamental de'anillo, sortija' que tienen los diminutivos anulus y anellus.
Como insomnis es sine somno ('insomne, sin sueño'), inanis equivalía a sine ano:'sin cerco de contención, destapado' y, consiguientemente,'vacío'.
II 7.9) hace el juego etimológico cum tribus anellis... inani (= sine anellis) revela la conciencia que tiene el poeta de su significado etimológico.
Ingens, al que se dedica una breve ficha, sin otros datos que los de su significado («muy grande...») y su relación con magnus, que algunos han tratado de elevar incluso al orden etimológico, deberá ser colocado en la ficha de egere'estar necesitado, en la indigencia' (p.
En efecto, según hemos sostenido en la ponencia sobre el in-privativo en el coloquio mencionado, ingens no es sino la negación del participio egens: *in-igens > in-gens; esto es, non egens ('no falto'), en contraste con ind-igens ('necesitado'), que lleva el preverbio lativo in-reforzado por el elemento -do-.
El salto significativo de 'no falto' al superlativo 'muy grande' se da en alas de la litotes, por la que, aun diciendo menos, se entiende más.
Eso es lo que, a propósito de non te rationis egentem (Verg., Aen.
Por otra parte, echamos en falta el verbo texere 'tejer', cuya frecuencia de uso e importancia cultural están fuera de duda.
El telar es una fuente fecunda de irradiación metafórica, como prueba el copioso trasvase de palabras al escritorio: el texto y su trama se hilan con la pluma, como si esta fuera una aguja.
Merecería constituir lema propio, pero también se podría agrupar con tegere, si se acepta que aquel es un desiderativo en -so de este.
En efecto, si nos remontamos a épocas en que el vestido era habitus, lejos de la cambiante moda hodierna, comprenderemos la necesidad de tejer para cubrirse, sin afanes ornamentales.
Así debió de comenzar la acción de texere, como un 'desear cubrirse', con un largo recorrido antes de llegar al tejido artesanal e industrial6.
Alabamos el gusto de la autora de organizar el conjunto de la ficha desde la perspectiva etimológica, pues desde ella se entiende mejor la diversificación polisémica de las palabras.
Muchas veces ocurre que el valor etimológico no es el más común y entonces, salvo que se disponga de una raíz de contenido claro, puede tener cierta dificultad averiguar el significado primario.
Por ello, siempre será un buen procedimiento seguir hacia atrás la evolución morfológica de la palabra.
P. ej., laetus, cuya frecuencia de uso es bien constatable, encabeza su ficha (p.
Convendría aducir la forma activa de este, más elemental que la deponente, con su significado'estercar, abonar', y añadir el sustantivo laetamen ('estiércol'), bien conservado en el it. letame, para caer en la cuenta de que laetus significó en realidad'estercolado, abonado' y, consiguientemente,'fértil', antes de trasladarse de la tierra al ánimo de las personas ('alegre').
En suma, al buen criterio seguido por la autora de enlazar frecuencia de uso y etimología de las palabras solo le falta, en nuestra opinión, explicitar un poco más las relaciones significativas dentro de cada familia etimológica, para convertir este libro en un atractivo instrumento de aprendizaje del léxico básico.
Por lo demás, la utilidad de esta primera edición, tanto para los estudiantes de latín antes de acceder a la universidad como una vez en ella, es indiscutible.
Universidad Autónoma de Madrid Baños Baños, José Miguel, Las oraciones causales en latín, Madrid, Escolar y Mayo, 2014, 203 pp.
Con esta monografía, un trabajo muy ambicioso, riguroso y maduro, se pone de manifiesto que la lingüística española, y concretamente la referida a las lenguas clásicas, vive un muy buen momento en el contexto internacional, gracias al gran esfuerzo de un nutrido grupo de investigadores desde hace años.
Entre ellos está el Dr. Baños, que ha dedicado toda su vida académica a la sintaxis latina, y plasma en esta obra de lectura amena y provechosa sus muchos años de estudio de las causales a lo largo de toda la antigüedad.
También incluye la Vulgata, que resulta a veces muy esclarecedora para comprobar los valores de las conjunciones por comparación con el griego, algunas referencias al latín medieval y a las lenguas modernas, que ponen de manifiesto que no hay tanto continuidad con el latín, como paralelismo en los procesos de nacimiento de conjunciones causales.
Partiendo de los presupuestos de la lingüística funcional y teniendo muy en cuenta todo lo que se ha dicho en los estudios sobre las oraciones que expresan causa de diverso modo en latín, el autor toma de los estudios tipológicos y la lingüística cognitiva, así como de los estudios que abordan la expresión de la causa en otras lenguas, todo lo que puede ayudar a sistematizar la causa en latín y comprobar el grado de validez de la teoría recepta.
Gracias a esta amplitud de miras y a una búsqueda y revisión adecuada de textos el autor logra desmentir algunas afirmaciones no fundamentadas y, sin embargo, aceptadas.
Por ejemplo, en la página 53 sostiene que non quo es la forma originaria de introducir una causal negada, contexto sintáctico que después fueron ocupando Son especialmente relevantes las cuestiones que se abordan en los tres primeros capítulos, sobre las que el autor arroja mucha luz y hace importantes aportaciones, como la relación entre causalidad y subordinación causal, la distinción entre causalidad implícita y explícita, la diferencia entre causales internas o del enunciado y externas o de la enunciación -las cuales a su vez pueden ser epistémicas o ilocutivas-.
También es destacable la clasificación -inseparable del estudio del proceso de gramaticalización-de las conjunciones causales primarias de origen relativo (quod, (non) quo, (non) quin y quia) e interrogativo (cur, quare), frente a las secundarias de origen temporal (quoniam, quando, cum, dum, ubi, postquam), modal (ut, sicut, tamquam), condicional (siquidem) y cuantificativo (quatenus).
Sin embargo, el capítulo I.4 otorga demasiada importancia a los conectores discursivos (nam, enim), que no parecen tener valor causal en los pasajes aducidos, ya que, por ejemplo, en el texto 13a de la pág. 25 nam se traduce por 'pero'.
De la misma forma el tratamiento de cum, dum, ut, siquidem, quatenus, etc., tal y como se presenta, resta peso al capítulo IV, dedicado a quod, quia y quoniam, que es el núcleo fundamental del libro.
No obstante, se pone de manifiesto que, cuando nos salimos de las conjunciones de contenido semántico específico, es difícil sistematizar la subordinación en latín.
Por otro lado, el excelente apartado «Latín y lenguas romances» (III.1.2), del que se concluye que en estas lenguas hay, más que una continuidad con el latín, un paralelismo en los procesos de nacimiento de conjunciones causales, habría encontrado mejor acomodo dentro del capítulo V sobre la evolución diacrónica.
Dentro del capítulo IV, titulado «El sistema de las oraciones causales en latín clásico», se hace un análisis exhaustivo de quod y se explica cómo, sin dejar de introducir oraciones completivas o temáticas, pasa a expresar oraciones causales internas que expresan un hecho factivo; de quia, conjunción sintáctica y semánticamente más marcada que quod en latín arcaico y clásico que también introduce causales internas, y de quoniam, especializada en causales externas, tanto epistémicas o explicativas como ilocutivas o enunciativas.
En este capítulo se ilustran las diferencias entre las conjunciones trabajando con los niveles de integración sintáctica, la focalización, el orden de palabras y el alcance de la fuerza ilocutiva, la negación y la consecutio temporum.
No obstante, aquí habría necesitado espacio el análisis presentado anteriormente, de quando, una de las pocas conjunciones especializadas en la causa, concretamente externa, según el profesor Baños.
El capítulo V, centrado en la evolución diacrónica de las conjunciones causales en latín, es muy enriquecedor, ya que pone de manifiesto que a lo largo del latín se van apuntando cambios que a veces se mate- Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 rializarán con el paso del tiempo.
También se habla de la aparición de las locuciones conjuncionales eo quod, pro eo quod, propter quod y pro quod.
Como es normal en una obra extensa y que quiere abarcar muchas cuestiones, se puede encontrar alguna incoherencia, por ejemplo, se traduce de forma diferente siquidem en los pasajes recogidos desde (82a) a (85) -que además en el ejemplo 82b se transcribe si quidem sin ninguna explicación-; en el índice el capítulo III.2.2. se llama «Otras conjunciones causales de origen relativo: quo, quin», pero en el interior, página 50, se llama, de forma más acertada «Otras conjunciones causales de origen relativo: (non) quo, quin» -ya que estas formas siempre aparecen en oraciones negadas-; en ocasiones -como en los pasajes ( 86)-( 88)-la traducción de un mismo término es diferente y eso puede entorpecer la correcta comprensión de lo que se quiere transmitir.
Con todo, el trabajo es un hito en el estudio de la sintaxis latina y resulta muy útil, tanto para el conocimiento de las causales en una época determinada del latín, como para entender la evolución del sistema desde época de Plauto hasta la última etapa de la lengua latina.
Y, además, explica muchos aspectos de las causales en las lenguas románicas.
Es muy loable el gran esfuerzo que supone la búsqueda de ejemplos en amplios corpora y su análisis profundo, a pesar de que no se explicita de qué ediciones se toman los ejemplos ni se hace referencia a lecturas discrepantes.
Las conclusiones finales, cimentadas en los textos y en estudios teóricos válidos para la lengua latina, son claras y cumplen a la perfección su papel.
También ayudan mucho recapitulaciones parciales, como por ejemplo la de la página 61, al final del capítulo III.3.1, y los múltiples cuadros de frecuencia, que corroboran con datos los argumentos y ponen de manifiesto que hay unos usos más prototípicos y otros que lo son menos, pero pueden ser explicados porque el contexto es ambiguo o porque se está operando un cambio en el sistema.
La bibliografía, que abarca desde trabajos del siglo XIX hasta estudios muy recientes, es muy completa y permite al lector hacerse una idea del rigor con el que se ha abordado la monografía.
El índice de pasajes latinos, dado que éstos son muy numerosos, resulta muy útil en el caso de que alguien desee comprobar el análisis que el Dr. Baños hace de un texto concreto.
También es muy de agradecer el índice de materias, donde se incluyen incluso conjunciones en distintas lenguas modernas (because, parce que, perché, porque, etc.), construcciones como laetor quod/quia o conceptos gramaticales no solo en español, también en inglés (cleft-constructions, foreground).
En resumen estamos ante un trabajo de referencia, en el que se apuntan algunas cuestiones que aún han de ser investigadas en profundidad, no solamente para la sintaxis latina, sino para la sintaxis en general, que seguramente animará a que en el futuro se aborden investigaciones similares de tanta profundidad sobre otros aspectos de esta disciplina lingüística.
Carmona, David, La escena típica de la epipólesis.
De la épica a la historiografía, Quaderni di Seminari Romani di cultura greca, Roma, Quasar, 2014, 296 pp.
Ἐπιπώλησις tiene, como significado básico, la acción de recorrer un lugar.
El término fue empleado por los gramáticos antiguos para referirse a Il.
IV 223-418, sección del poema en la que Agamenón marcha por su campamento arengando a distintos caudillos y a sus tropas.
La epipólesis es una escena típica de la épica y por ello el libro que se reseña analiza el motivo partiendo de sus apariciones en la Ilíada.
Sin embargo, este no es un estudio sobre épica sino sobre retórica y sobre la epipólesis como tipo especial de parénesis (se la podría calificar de 'arenga en movimiento'), heredada de la poesía heroica, aclimatada a la historia por Tucídides y recurrente en el género hasta Amiano.
El trabajo se inscribe dentro de una línea de estudio impulsada en la Universidad de Extremadura por el profesor Iglesias zoido, director de la tesis doctoral del autor del libro.
La Introducción (pp. 1-28) indica la falta de un estudio de conjunto sobre el tema y plantea ciertas consideraciones metodológicas.
Como subraya Carmona, se deben definir los rasgos de la epipólesis en tanto que escena típica con marcas formales propias y delimitar el corpus de sus apariciones en la épica y la historiografía, tomando en consideración las arengas en estilo directo y las que adoptan otras formas discursivas.
El autor subraya el papel de Tucídides en la adaptación del motivo épico al género historiográfico; el resultado fue la creación de un nuevo procedimiento retórico-literario basado en la realidad histórica, cuyas características como escena típica esboza ya esta Introducción, así como los distintos criterios según los cuales cabe clasificar de forma funcional sus apariciones.
La sección segunda (29-97) detalla las manifestaciones del motivo en la Ilíada y Tucídides.
En el caso de la épica se propone una clasificación de los tipos de epipoléseis, se discute su función narrativa, el papel central del general-soldado y el contenido de estas escenas.
El capítulo trata luego el paso del motivo de la épica a la historiografía.
Se comenta que el introductor de la escena no fue Heródoto sino Tucídides y se discute cómo formalizó este la epipólesis en su Historia de la guerra del Peloponeso; reviste especial importancia aclarar la función que cumplen sus epipoléseis en el contexto de las batallas y las diferencias frente al modelo homérico: como señala Carmona, esas diferencias se deben al interés de Tucídides por mantener el equilibrio entre lo narrado y lo realmente ocurrido en el combate.
La parte tercera del volumen (pp. 99-182), la más extensa, estudia la epipólesis en los historiadores posteriores a Tucídides, griegos y romanos.
El capítulo señala que las plasmaciones del motivo variaron a lo largo del tiempo en aspectos como la extensión y clasifica tipológicamente las epipoléseis según su proceso de emisión y recepción, el momento en que acontecen o el contexto espacial (el desplazamiento de la arenga se produce en tierra o en el mar, sin que ello limite los movimientos de quien la pronuncia).
El apartado concluye señalando las diferencias entre otras arengas y la epipólesis, más exhortativa y apegada a la situación concreta, lo cual justifica a su vez la importancia que le otorgan los historiadores para introducir dramatismo en la narración.
En continuidad con ello, el apartado siguiente (pp. 183-231) tiene por tema la relación entre la epipólesis y la enárgeia, el procedimiento retórico con el que los oradores (y otros autores) crean en sus receptores la ilusión de que asisten en persona a los sucesos.
La mayor importancia concedida a la epipólesis en los historiadores imperiales (Tácito y Apiano ante todo) se relaciona, según Carmona, con su capacidad de producir enárgeia y con la mayor presencia de la retórica en la historia postclásica; en este sentido las realizaciones del motivo le conceden además un papel creciente a la figura del general, que se convierte en catalizador de esa ilusión de enárgeia.
La breve sección de Conclusiones (pp. 233-236) sintetiza los resultados más importantes del análisis anterior en cada uno de sus pasos; más aún, termina apuntando (236) cuáles son los campos posibles por los que podría proseguir esta línea de investigación.
Completan la obra una amplia lista de ediciones citadas y de bibliografía secundaria (pp. 237-256), un apéndice que incluye un corpus analítico de las epipoléseis de la Ilíada, los historiadores y la épica imperial (pp. 257-282), más un índice doble de nombres y conceptos (pp. 283-288).
Esta reseña solo planteará una objeción a un volumen que constituye una aportación rigurosa e indudable.
Aunque el texto surge de la tesis doctoral del autor (La epipólesis en la historiografía grecolatina, Cáceres 2009), parece que se prefiere obviar este hecho: esa tesis, citada por Carmona en otros trabajos como 'inédita' (cf. Myrtia 28 [2013], p.
292), no figura en la bibliografía de este.
Pero la deuda del libro con la tesis original sigue siendo evidente pese al proceso de reescritura.
Por citar un ejemplo, en una monografía quizá no es preciso incluir una lista de ediciones utilizadas (237-240) salvo que se traten cuestiones de crítica textual.
La obra de Carmona atraerá a un público diverso y por ello es bienvenida.
El análisis de la epipólesis como motivo en la Ilíada es una aportación a los estudios sobre las escenas típicas de la épica.
La epipólesis como tipo de arenga recogida en la historiografía grecolatina tiene interés para los estudios de este género y, por supuesto, de la retórica.
También desde el punto de vista de la teoría de la literatura el ejemplo estudiado es relevante como caso práctico de cruce de géneros en unas circunstancias históricas y culturales concretas.
En un sentido más específico, el Se trata de la oposición entre el pensador y «los muchos», se oponen también «los inexpertos» y «los que experimentan», pero siempre a partir de un conocedor de la lengua común: de ella, que está incorporada en el alma, extrae el conocedor la doctrina correcta.
Hay un camino que le lleva al Pensamiento y la Comprensión, bien que sea trabajoso.
Pero en seguirlo colaboran el Pensamiento y la Naturaleza (no en el caso de «los muchos»).
No se trata de un conocimiento chapucero.
Hermosa exposición, en Heráclito falta, me temo, lo que hoy sabemos sobre la organización de los distintos elementos lingüísticos para crear nuevos sentidos y palabras.
La autora explica la conexión del alma humana con la physis o naturaleza, habla también de su muerte.
La autora se emplea a fondo, creo que con buen éxito, en traducir en términos comprensibles por el lector actual las propuestas, a veces difíciles de seguir, del filósofo, sobre la physis o naturaleza, que incluye al hombre y el mundo, la estructura en profundidad del Todo, el Ser y el Hacerse y la conclusión final del Todo, Πάντα.
Dentro de él están los capítulos dedicados a la guerra (evolución, diríamos), la muerte, los contrarios y sobre todo (pp. 182-187): Ἓν πάντα.
Y queda el capítulo V (pp. 189-207) sobre el famoso fragmento ἓν τò σοφóν (Β 41, Β 50b y Β 108, que dice que es igual lo vivo y lo muerto, lo despierto y lo dormido, lo joven y lo viejo: de lo uno se pasa a lo otro y al revés.
En fin, comparando este libro y por ejemplo, la edición de Marcovich de Heráclito, que supuso en su tiempo un gran avance, se ve cómo va ganando la finura de los análisis de fragmentos tan difíciles como importantes en la historia del pensamiento.
Pero ya anuncié y repito ahora (aunque parezca ser pro domo mea) que me gustaría que el lector interesado comparara también este libro con mi artículo en Emerita 41, 1973, pp. 1-43 («El sistema de Heráclito.
Estudio a partir del léxico»).
Los temas coinciden en buena medida y la autora lo cita en su Bibliografía final, pero no lo usa.
Quizá por la lengua en que esta escrito, el español.
O porque yo, que coincido en buena medida, hablo de teoría del léxico griego y estas teorías no están muy difundidas.
El tema del origen del léxico usado por Heráclito es desde luego interesante y, prescindiendo de la vanidad de autor, añade cosas sobre el origen y las relaciones dentro del léxico griego, con las variantes que recoge o introduce Heráclito.
Como tantas cosas que publicamos en España, esta queda desatendida a veces.
Pero no era este lugar para introducir una comparación con el nuevo, exce lente libro que acabo de comentar brevemente.
Galindo Esparza, A., El tema de Circe en la tradición literaria: de la épica griega a la literatura española, Murcia, Universidad de Murcia, 2015, 493 pp.
Esta obra presenta un estudio muy completo de la figura de Circe, sus diferentes interpretaciones y variaciones, partiendo del relato homérico, hasta la literatura moderna; abarca así veintinueve siglos de producciones literarias en las que la autora analiza cómo Circe se ha visto reflejada de muy diversas formas, se ha ido transformando según la intención de cada autor y adaptándose a los tiempos y los distintos géneros literarios.
Aunque hace especial hincapié en la producción española, hay que señalar que el libro ofrece más de lo que a primera vista parece anunciar el título, pues trata también autores como Cesare Pavese, Cortázar, Maquiavelo, La Fontaine o Dante.
El libro está muy bien organizado, en amplios capítulos, que a su vez se dividen en subapartados, lo que facilita su lectura y consulta.
Los cuatro primeros capítulos tratan sobre el tema de Circe en la literatura griega: los tres primeros profundizan en las narraciones extensas donde la hechicera desempeña un papel principal (La Odisea, las Argonáuticas de Apolonio Rodio y el Grilo de Plutarco) y que, a su vez, han servido de inspiración para reelaboraciones posteriores.
El cuarto capítulo comienza con un breve estudio de Circe en la cerámica griega, para luego centrarse en las referencias y alusiones a esta figura mitológica en autores griegos como Esquilo, Crisipo, Porfirio, Eustacio o Ateneo.
Tras estos primeros cuatro capítulos incluye unas breves conclusiones, donde encontramos algunas reflexiones sobre la figura de Circe en la literatura griega.
La autora, además de centrarse en los tipos de exégesis que se han dado al episodio de Circe, ha tenido en cuenta en cada momento qué elementos o motivos del mito han cobrado mayor importancia.
Entre ellos destaca el tema de la metamorfosis de los compañeros de Odiseo, que suele ser interpretada como símbolo de la intemperancia de los hombres que se dejan llevar por sus instintos animales, frente a Odiseo que se resiste y representa, así, el raciocinio y la moderación.
Destaca también que, en cuanto a los rasgos de Circe en la literatura griega, el que queda más patente es su condición de bruja, su magia, que a menudo suele ser reinterpretada como símbolo de su poder sobre los hombres para atraerlos y hacer que se olviden de todo.
El quinto capítulo está dedicado a la presencia de Circe en la literatura latina.
Da preeminencia a Virgilio y Ovidio, pero recoge otros muchos testimonios organizándolos en relación al género o tipo de tratamiento que dan del mito: tratamientos exegéticos y humorísticos (Horacio, Séneca, Petronio, etc.) y épicos (Livio Andronico, Valerio Flaco y Estacio).
Al final del capítulo incluye también unas conclusiones: los latinos conciben a Circe como una hechicera romana y llegan, incluso, a tomarla como símbolo de la transición a la romanización en autores tan importantes como Virgilio, Ovidio o Valerio Flaco.
La raíz de esta concepción está en la localización de la isla de Eea, donde vivía Circe, en la costa de Italia.
Por otro lado, la dimensión mágica de Circe se multiplica como herencia de los intereses helenísticos (sobre todo de Apolonio Rodio) y la figura cobra una nueva dimensión como paradigma de amante despechada, muy lejana ya de la fuente homérica.
El sexto capítulo trata sobre autores medievales y del Renacimiento.
Muchos de ellos, especialmente influidos por la literatura latina, acaban ofreciendo una visión negativa y moralizante de la hechicera, entre ellos destaca Boecio.
La autora se centra también en los manuales mitográficos que en esa época solían ofrecer un Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 tratamiento cristianizante y evemerista de Circe: General Estoria de Alfonso X, las obras mitográficas de Bocaccio, las Mythologia de Conti o la Philosofia Secreta de Pérez Moya, que recopilaba y traducía las anteriores.
Por último menciona los tratamientos literarios del mito que parten de la versión homérica como son la Divina Comedia de Dante y la Oda IX de Fray Luis de León, y los que parten de Plutarco, como Maquiavelo, Gelli o Villalón.
Según las conclusiones de la autora, la Circe de esa época es maga y seductora, como ya aparecía en la literatura latina, pero con la gran diferencia de que ha pasado de ser un paradigma de heroína enamorada a la representación de una mujer pecadora o, incluso, una meretriz.
Ulises pasa a ser la encarnación del creyente cristiano que, gracias a su fe, supera las tentaciones que Circe encarna.
Los capítulos séptimo y octavo se centran respectivamente en el tratamiento de Lope de Vega y de Calderón de la Barca.
Lope sigue manteniendo la imagen negativa introducida por el cristianismo, pero la humaniza convirtiéndola en amante desdichada digna de compasión.
Por su parte, Calderón presenta a una Circe que ha perdido ya todo rasgo divino y, sin embargo, integra las características propias del Barroco: es hermosa, lasciva, hechicera y malvada.
Es la oponente del héroe, que en clave de comedia representa la audaz enamorada, y en el auto mitológico se identifica con la Culpa.
En el noveno y último capítulo estudia la imagen de Circe en la literatura contemporánea.
Hace una breve revisión de esta figura en la narrativa universal, donde dos son las visiones más habituales: o bien aparece como seductora perversa (Ezra Pound, Joyce) o como una mujer incomprendida (Pavese, L. Ortiz).
Después se centra en la tradición española propiamente dicha y organiza su estudio por géneros: teatro (C. O'Neill), narrativa (Blasco Ibáñez, Benjamín Jarnés), poesía (Ayala, Olmedo, Cantizani, Ugidos).
Por último dedica una apartado a la literatura hispanoamericana, dentro de la narrativa dando especial importancia a Cortázar.
Cierra el libro un pequeño capítulo de conclusiones finales, donde encontramos una valoración en conjunto de todos los datos que la autora ha ido recogiendo, centrándose en el enfoque y recorrido literario del mito de Circe a través de los siglos y las transformaciones que ha ido sufriendo.
Para terminar me gustaría señalar que desde el punto de vista formal el libro está muy bien estructurado, prima la claridad, con una bibliografía muy completa (aunque quizá la subdivisión de ésta en distintos apartados, dependiendo de si se trata de obras colectivas o individuales, es poco práctica) e índices muy útiles: de nombres de personajes, de autores citados, de lugares y de temas.
Sin embargo podría echarse de menos un índice más concreto de pasajes citados, al menos en lo que a los autores griegos y latinos se refiere.
El libro se abre con un prólogo sobre Eurípides y sus obras conservadas, sus antecedentes en Esquilo (hay en aquél tanto herencia como innovación), los mitos y su realidad histórica (en contraste, tantas veces), lo inesperado (final trágico, pero también final feliz), los cantos ciprios como fuente, para seguir luego con las obras conservadas una a una, desde la página 17: desde la Alcestis del 438 a las Bacantes del 405 y el drama satírico El Cíclope, de fecha incierta.
Siguen «Algunas conclusiones» en p.
Luego hay una muy amplia «Bibliografía Auxiliar» y unos copiosos Índices.
Trata Eurípides en Alcestis el tema de la mujer que ocupa el primer plano en rendir honor al marido, al que resucita, y une esto con tratamientos popularistas de las relaciones de mujer y esposo -que no mantiene la fidelidad prometida-y te mas casi de drama satírico en las intervenciones de un Heracles glotón y pintoresco, pero que salva a la heroína.
Eurípides busca vías dramáticas nuevas.
En Medea Eurípides lleva para siempre a su culminación el tema de la mujer enamorada y de su enfrentamiento con el hombre que la traiciona, también de su horror ante el espectáculo; y el de las quejas por el trato que las mujeres reciben, no sin que el poeta deje huella de su repulsión por ello: es un mundo nuevo dentro de lo humano.
Estas son algunas de las huellas del nuevo mundo euripídeo.
En Los Heraclidas nuestro poeta demuestra su habilidad en un tema de pasiones y venganzas unido al de los hijos de Heracles.
En el Hipólito aparece ya directamente el tema del amor de las mujeres, de Fedra por Hipólito, y el resto del drama.
Están bien descritos, luego, el de Andrómaca, el de Hécuba, otros dramas femeninos más.
Son, estos y otros, dramas bien conocidos, así como otros nuevos o que reciben nuevos tratamientos, por ejemplo el de Electra, que ahora aparece como la hija abandonada por su madre, miserable.
Eurípides introduce estos nuevos temas.
No hay grandes posibilidades de nuevas presentaciones en el caso de otros temas, pero sí en el de los que podríamos llamar novelescos, como el de la Ifigenia en Táuride o el de la Helena, que resulta que no había ido a Troya y ofrece nuevas posibilidades para el tratamiento del amor: del amor inesperadamente feliz, quién lo diría, un descubrimiento por parte del poeta.
Nuestro autor describe estas novedades y creaciones de Eurípides.
Otra más, por ejemplo, en el Ión, donde Eurípides critica al dios Apolo, que abandona a su hijo.
Y también hace ver cómo Eurípides se atreve a rehacer, en las Fenicias, las historias de la guerra contra Tebas en que perecen hermano y hermano; y el de Orestes, enloquecido, una nueva visión del drama de la casa de los Atridas, ahora mirado cara a cara, sin envolturas tradicionales.
Luego, estando ya Eurípides exiliado en Macedonia, al final de la guerra del Peloponeso, tenemos otra obra novelesca y cruel, la del sacrificio de Ifigenia en Cálcide antes de zarpar la flota para Troya: Eurípides coloca sentimientos cambiantes entre antiguos y modernos en aquellos antiguos griegos que Eurípides se inventa para poner a la luz la multiplicidad de los sentires de los hombres.
Y terminamos con Bacantes, la última tragedia, la más admirada como exposición de lo más íntimo del ser humano, de las propias bacantes.
Ciertamente, no se puede pedir a una exposición como esta grandes novedades, pero es fiel y tiene un espectro muy amplio.
La exposición termina con el Cíclope, la audaz conversión de un relato de piratas griegos y pueblos salvajes en un relato lúdico.
El libro termina, como ya dije, con una amplia bibliografía y unos índices que lo hacen muy manejable.
Movellán Luis, Mireia y Verano Liaño, Rodrigo (eds.), E Barbatulis Puellisque.
Actas del II Congreso Nacional Ganimedes de Investigadores Noveles de Filología Clásica.
Habis, Anejo 1, Sevilla, Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 2015, 284 pp.
Entre las actividades que la Asociación Ganimedes de investigadores noveles de Filología Clásica viene promoviendo desde el año 2013 se encuentra la realización de un encuentro anual para doctorandos de Filología Clásica, en cualquiera de sus vertientes tradicionales, a saber, lingüística griega, latina e indoeuropea, literaturas griega y latina, Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 tradición clásica y humanismo, bizantinística, latín medieval, crítica textual de textos grecolatinos y paleohispanística.
Éste es un espacio en el que los jóvenes investigadores pueden exponer sus trabajos e investigaciones más recientes.
Se da pie, pues, con esta iniciativa a la promoción de la comunicación y el impulso del intercambio de ideas entre los futuros doctores, contribuyendo a la experiencia en la participación en este tipo de eventos y la difusión de los estudios realizados y líneas de investigación.
Hasta la fecha bajo el auspicio de la Asociación Ganimedes se han realizado tres congresos, Madrid (2013, con publicación de las actas en Estudios Clásicos, Anejo 2, 2014), Sevilla (2014) y Vitoria-Gasteiz (2015), a los que habría que sumar un cuarto que se celebrará en marzo del presente año en Valencia.
Desde un primer momento la participación de doctorandos procedentes de diferentes universidades españolas ha sido elevada, con cifras que van en aumento año tras año y superan ya holgadamente el medio centenar.
En el volumen que reseñamos están recogidas veintidós de las más de cincuenta comunicaciones presentadas en el II Congreso de la Asociación Ganimedes, que tuvo lugar los días 13, 14 y 15 de marzo de 2014 en Sevilla.
Se trata de concisas contribuciones (huelga decir originales) con un alto grado de especialización y madurez investigadora, sobre temas muy diversos y concretos, relacionados con algún aspecto de la Filología Clásica.
La calidad de su contenido viene avalada por el hecho de que todas las contribuciones de la publicación han sido sometidas a un proceso de revisión por parte de distintos miembros de la comunidad universitaria española.
Las comunicaciones contenidas son de muy diversa índole por lo que su ordenación y clasificación no siempre está clara.
Se sigue un criterio temático, acertado en general, que, por otra parte, es el habitual en este tipo de publicaciones que abarcan una temática muy amplia.
El volumen está dividido en cuatro secciones: I. Estudios Indoeuropeos y Religión Griega (pp. 13-48); II.
Filología Griega, que cuenta con dos subapartados, IIa.
La primera de estas secciones contiene las contribuciones de ángel López Chala y Rebeca Leal Eimil, con estudios sistemáticos e innovadores de corte principalmente lingüístico, sobre el valor semántico de la desinencia *bhi en galo y el origen Anatolio del dios Apolo respectivamente, y Ma Victoria Vaello Rodríguez con una atractiva y documentada argumentación acerca de la relación del dios Dioniso y las fiestas Anteas.
Un segundo apartado, dedicado a la Filología Griega, está subdividido en dos epígrafes.
Especialmente interesantes resultan las cinco comunicaciones del primer bloque dedicado a la lingüística griega, que atienden y combinan, cuando se requiere, distintos dominios, fonética, métrica, dialectología, lexicografía, morfosintaxis y pragmática, con una perspectiva original e innovadora.
Aquí se incluyen los trabajos de Paloma Guijarro Ruano sobre la rentabilidad de [w] en las inscripciones métricas; Alberto Pardal Padín sobre la formación de la crasis; Rodrigo Verano Liaño sobre Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 la caracterización dramática del discurso en Platón; Aarón Balda Baranda con un análisis pragmático del discurso en Dionisio de Halicarnaso, y Susana Dubois Silva con un estudio lexicográfíco concreto en Coluto.
Un segundo subapartado recoge las contribuciones referentes a la literatura griega.
Se incluyen aquí estudios literarios de diversa índole, lexicográficos (Raquel Fornielles Sánchez), textuales (Sandra Rodríguez Piedrabuena), intertextuales (Mirella Movellán Luis y álvaro Ibáñez Chacón) y codicológicos (Silvia Fornás Riesco), en los que se manifiesta un uso muy abundante y fiel de las fuentes originales.
Bajo el tercer epígrafe, Filología Latina, aparecen cinco artículos de temática diversa.
Encabezan el apartado dos estudios puramente literarios sobre la Eneida de Virgilio, como son el de Liliana Ramos Cruz y Javier Sánchez García.
El meritorio artículo de Blanca Rodríguez Belló contiene una argumentada discusión y actualización metodológica sobre el estudio del latín regional.
Y, por último, se incluyen los estudios de intertextualidad y tradición clásica de Aday Pérez-Santana y Rocío Martínez Prieto, respectivamente.
Termina este volumen con un apartado que recoge cuatro contribuciones relacionadas con la tradición y recepción clásicas.
Se trata de un capítulo muy innovador y bien documentado que atiende a manifestaciones artísticas tan variadas como el teatro de Unamuno (Fernando Pérez Lambas), la novela de Francisco García Pavón (José Ignacio Andújar Cantón), el cine «de romanos» (Oskar Aguado Cantabrana) y el comic de Alan Moore (Carlos Sánchez Pérez).
No podría acabar esta reseña sin mostrar el merecido reconocimiento al esfuerzo invertido en el cuidado y corrección de la edición, lo que se traduce en una obra de prosa clara, fácil de leer, con una estructura homogénea bien definida en las distintas contribuciones y sin apenas erratas.
Como no habrá pasado desapercibido a ningún lector atento, para quien suscribe, las contribuciones aquí contenidas son muy valiosas por su contenido y calidad.
Pero, además, al ser primicias, también son una muestra del prometedor futuro de la investigación filológica en este país, y eso, a pesar de que, como suele decirse, «el tiempo no acompaña».
Moreno Soldevilla, Rosario -Martos, Juan (eds.), Amor y sexo en la literatura latina, Huelva, Universidad de Huelva, 2014, 267 pp.
La Universidad de Huelva nos obsequia con un libro colectivo de muy amplio espectro en torno a temas del amor en sus circunstancias varias y ello dentro de la Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 Literatura latina, pero también la griega y la descendencia de ambas en las Literaturas occidentales.
De unos temas el libro pasa a otros en fechas y lugares varios de los mundos latino antiguo a otros varios de aquéllos derivados o que de alguna manera se enlazan con ellos en torno a tópicos amorosos varios y a otros conexos.
Y pasándose de tópicos populares a estudios sobre las relaciones entre amor y sexo, amor y matrimonio, prostitución, variantes sociales en diversas edades.
Esta multiplicidad de puntos de vista se ve ya en el primer capítulo, el de Laguna Mariscal (p.
19 ss.) sobre los munera amoris, esa práctica universal, que rebasa con mucho el ambiente latino.
Y continúa en el segundo, de Miryam Librán Moreno (p.
57 ss.), sobre los temas de la avifauna en el amor, que en parte vuelven a los regalos de amor, que a su vez nos traen la belleza de las aves y se entrelazan con temas eróticos en Catulo, Marcial, Ovidio y otros latinos más, pero también en Safo.
Y pasándose de ave a ave, se llega a las de mal agüero, y de temas naturalistas a los convencionales que introducen los poetas.
En el tercer capítulo se pasa a la especulación sobre amor y sexo, de la mano de Rosario López Gregoris, que se centra en el tema del amor y el matrimonio, que siempre ha puesto en marcha especulaciones varias: en qué medida son cosas comunes o no (p.
Y se introduce el tema del amor libre, sobre todo en la comedia latina.
Un tema especial es el de la renuntiatio libertatis y seruitium amoris (p.
117 ss., por Juan A. Estévez Sola), otro el del desamor (p.
131 ss., por J. A. Bellido) en Propercio, Ovidio, Plauto (miles gloriosus), Catulo.
No podrán ponerse en duda la profundidad psicológica y los múltiples puntos de vista de los antiguos poetas latinos y sus modernos intérpretes.
Una desviación, en cierto modo, del tema hacia sectores fronterizos está en el estudio de los límites del officium de la clientela (p.
153 ss., J. C. Tello), algo pro piamente romano; mientras que el tema de la prostitución como castigo está estudiado (J. Martos, p.
163 ss.) en un contexto amplio, romano (la comedia) y griego (la novela).
Siguen luego estudios que llamaríamos monográficos, así el de la traducciones españolas de Marcial (p.
181 ss., J. Fernández Valverde) y los diversos procedimientos que usan sus autores para traducir los pasajes «comprometidos».
Y el de una serie de procaces epigramas latinos conocida como Hermaphroditus y editada por primera vez por Forberg en Siena hacia 1425: se trata de reelaboraciones de antiguos epigramas eróticos latinos.
Concretamente, el libro que reseñamos anota una traducción del cap. VI del De figuris ueneriis de Forberg, un Manual de Erotología Clásica que utilizaba estas fuentes.
Su tema son las tríbadas.
La verdad, no veo muy clara la oportunidad de insertar este texto dentro de estudios sobre la verdadera poesía erótica latina y no latina.
Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 El hecho es que el libro contiene una serie de buenos estudios sobre poesía erótica las más veces latina pero acompañada de una ejemplificación más amplia en cuanto a fechas y lenguas.
En resumen: el libro aporta mucho al conocimiento del tema, sin pretender, de otra parte, ser un estudio exhaustivo ni en temas ni en documentación.
Nos encontramos ante un libro póstumo del admirado profesor López Eire, dedicado a un tema del que ningún estudioso del mundo clásico puede dejar de valorar sus posibilidades didácticas y su fascinación entre las nuevas generaciones.
Menos formadas para adentrarse en los laberintos de la dialectología o en general de la lingüística en los que tanto brilló su autor, sin embargo resulta mucho más fácil que degusten la variedad de las intrincadas sendas de la mitología por las que nos introduce tanto Antonio López Eire como Henar Velasco, a la que asoció a su proyecto y que, tras la muerte prematura del primero, culminó el trabajo.
Resulta por tanto necesario dar la bienvenida a una obra que puede promover que el amor por el mundo clásico anide en las nuevas generaciones.
Se trata de un libro contundente, más de 800 páginas de las que 690 son de texto, 40 de una nutrida bibliografía, casi otro tanto de índices y algo más de cuadros genealógicos.
No se trata de un diccionario, probablemente más fácil de hacer, por contarse con una larga tradición de ellos.
Por el contrario, nos hallamos ante un programa ordenado que engarza los relatos mitológicos según un hilo que distingue dos conjuntos: dioses y héroes.
A los dioses se dedica la segunda parte del libro, a los héroes la tercera parte, ambas de 300 densas páginas cada una.
Se ha optado por una clasificación desde luego coherente, a pesar de que esa pasión genealógica griega de entroncar linajes aristocráticos con héroes y dioses lleve en ocasiones a que unas y otras categorías se entremezclen.
Quizá un enfoque más sensible a las agendas de estudio de la sociología del mito hubiese podido derivar en una estructura diferente.
Pero los autores privilegiaron los relatos en sí mismos frente a las interpretaciones, una opción que puede resultar muy fructífera para los nuevos lectores para los que acercarse a la autenticidad de la raíz de la mano de quienes conocen los textos de modo magistral (recordemos las traducciones de la Ilíada y de la Odisea de López Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 Eire convertidas en «clásicas»), es un regalo.
Y además, para los lectores con una sensibilidad más teórica, que gustan de conocer cómo se ha enfrentado la interpretación de los mitos a lo largo del tiempo, los autores no han escatimado toda una primera parte del libro, que abarca casi 70 páginas y que introduce este complejo tema.
En suma se trata de un libro imponente, no exento de una erudición que se expresa en sus casi 2700 notas a pie de página y que deambula por la variedad de relatos ofreciendo pinceladas que en ocasiones se adentran hasta en el análisis de los ritos o en la comparación.
Además es necesario evidenciar el profundo conocimiento que demuestran los autores de una bibliografía que por lo numerosa, resulta inabarcable.
Por tanto nos hallamos ante un libro que puede satisfacer tanto el deseo de conocer de quienes se adentran de modo novel en el estudio de la mitología griega, como de quienes buscan ahondar en sus intrincados caminos.
Al tratarse de una obra cargada de referencias a textos, a bibliografía, indica ulteriores pasos en los que el lector más avezado puede satisfacer esa sed de conocer que la mitología, quizá en mayor medida que otros campos de estudio, potencia.
El workshop organizado por el grupo de investigación internacional Graecapta, celebrado en Pamplona en el 2012, dio como resultado esta obra publicada en un número especial de Talanta, la cual ha sido editada con esmero por María Pilar García Ruiz (Universidad de Navarra) y Alberto J. Quiroga Puertas (Universidad de Granada).
El volumen, que contiene las contribuciones de los participantes en el workshop, presenta uno de los temas menos tratados en la revista, la literatura del imperio romano tardío, y se centra en los textos historiográficos y retóricos que mejor representan la alteridad lingüística y cultural de la época.
Isabella Gualandri (Università degli Studi di Milano) y Alberto J. Quiroga Puertas son los encargados de iniciar y concluir esta obra con una introducción y artículo final que aportan una clara sensación de uniformidad y cohesión a este trabajo, el cual se completa con varios índices y una extensa bibliografía.
Los temas giran en torno a la importancia del bilingüismo y del biculturalismo en una época en la que las partes occidental y oriental del Imperio Romano se estaban distanciando.
Sin pretensiones de exhaus tividad, los autores ex- Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 ponen distintos ejemplos de alteridad lingüística y cultural en importantes autores de historiografía y panegíricos de los siglos IV y V, como Eusebio de Cesarea, Pacato Depranio, Libanio o Amiano.
Los autores, los cuales ofrecen un contenido notable y un acertado tratamiento de la materia, aportando siempre alguna novedad en el campo de estudio de la literatura historiográfica y panegírica, son los siguientes: José B. Torres Guerra (Universidad de Navarra), Diederijk Burgersdijk (Radboud University), Roger Rees (University of St Andrews), Alberto J. Quiroga Puertas (Universidad de Granada), Gavin Kelly (University of Edinburgh), María Pilar García Ruiz (Universidad de Navarra), álvaro Sánchez-Ostiz (Universidad de Navarra) e Isabella Gualandri (Università degli Studi di Milano).
Los dos primeros capítulos de la obra giran, desde dos perspectivas distintas, en torno a la figura y obra de Eusebio de Cesarea.
En el primero, José B. Torres Guerra establece un juego comparativo entre Eusebio-Amiano y Constantino-Juliano.
Con ejemplos bien seleccionados de la obra de los dos historiadores, el autor recurre a varias menciones sobre el bilingüismo de los emperadores y explora la idea de que Amiano pudo haber conocido la Vita Constantini de Eusebio.
Diederijk Burgersdijk firma el segundo capítulo y, en él, se centra en el aspecto laudatorio de la Historia Augusta y de la Vita Constantini a través de las cartas.
El capítulo, bien construido en varias secciones y completado con tres tablas de datos, presenta numerosos detalles de la época elegantemente conectados con la figura de Constantino.
Roger Rees dedica el tercer capítulo a la figura de Pacato Depranio.
En un detallado análisis del discurso a Teodosio pronunciado en el año 389, el autor demuestra hábilmente la estrategia retórica utilizada por el orador, repasando las diferentes posturas que adopta respecto a la idea de alteridad a lo largo del discurso, a lo que acompaña con distintos ejemplos cuidadosamente seleccionados de la obra de Pacato.
Tomando un punto de vista distinto, Alberto J. Quiroga Puertas también explora la idea de alteridad, esta vez, en la obra de Libanio de Antioquía.
En este trabajo, igualmente organizado en varias secciones, el autor estudia la representación de la figura del bárbaro en los panegíricos de Libanio como la representación de las ideas del autor en torno a la polaridad existente entre lo bárbaro y lo helénico.
Amiano vuelve a aparecer como protagonista de los dos capítulos que vienen a continuación.
El autor del primero, Gavin Kelly (University of Edinburgh), se centra en la consciente utilización del acento griego por parte del historiador Amiano en sus obras.
Como apunta el autor, hace falta mucho trabajo en este campo, comenzando por un estudio centrado en la utilización de la lengua latina por distintos autores de la época.
De cualquier manera, el análisis que se lleva a cabo del latín utilizado por Amiano y los ejemplos seleccionados han sido, sin duda, un acierto.
De distinto enfoque es el siguiente capítulo, firmado por María Pilar García Ruiz, en el que explora la sintaxis utilizada por Amiano para presentar el episodio en el Emerita LXXXIV 2, 2016, pp. 363-390 ISSN 0013-6662 que el joven césar Juliano es acusado de conspiración en la corte de Constancio II por Marcelo, el magister equitum et peditum.
A través de la comparación con las obras del mismo Juliano y Libanio, y con numerosos ejemplos, la autora demuestra la intencionalidad presente en las palabras de Amiano. álvaro Sánchez-Ostiz toma como objeto de estudio uno de los panegíricos escritos por Claudiano: el encomio en honor a Manlio Teodoro.
Tras una breve introducción donde se expone la estructura del poema citando pasajes del texto original, nos encontramos distintos apartados en los que el autor analiza hábilmente la parte ecfrástica de esta obra, que resulta un claro ejemplo de bilingualismo.
El autor demuestra a través del estudio del lenguaje, que evoca claramente a Lucrecio, y las referencias a la literatura filosófica de Cicerón, la unión de dos tradiciones, que Claudiano pone a disposición de la función política que desempeña la obra.
Centrándose igualmente en la figura de Claudiano, Isabella Gualandri analiza los prefacios de varias elegías para demostrar que, a pesar de la intención del autor de presentarse como romano adoptando su lenguaje y valores, es posible hallar elementos de influencia griega, principalmente del poeta griego Píndaro.
Como se ha anunciado, Alberto Quiroga concluye la obra con un breve capítulo en el que contextualiza la obra y resume la aportación de los distintos estudiosos al campo de la literatura de la antigüedad tardía. |
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It aims also at describing the semantic, syntactic and pragmatic features of both adverbs Cómo citar este artículo / Citation: Conti, Luz 2017: «Sobre la expresión del esfuerzo y de la aproximación: Análisis de μόγις y μόλις en Griego Antiguo», Emerita 85 (1), pp. 1-25.
Los diccionarios de Griego Antiguo presentan μόγις y μόλις como formas con un origen distinto, pero con unos significados y un funcionamiento idénticos 1.
Ambos adverbios, que expresan el esfuerzo como noción básica, se emplean también como expresión de nociones del tipo à peine o barely 2. μόγις, documentado ya en Homero, concurre en autores de época clásica y en autores tardíos con el adverbio μόλις, más reciente.
Poco a poco, μόλις se impondrá a μόγις y sobrevivirá en Griego Moderno como forma única 3.
El análisis semántico de μόγις y μόλις ofrecido por los diccionarios se corrobora en un primer acercamiento a los autores de época clásica, ya que en este período los dos adverbios son empleados como formas aparentemente sinónimas.
En efecto, μόγις y μόλις funcionan como adverbios de modo, en concreto, como expresiones de la noción de esfuerzo (1), y también como adverbios de aproximación (tipo casi o apenas) (2).
Ahora bien, el significado exacto de μόγις y μόλις en su uso como expresiones de aproximación es difícil de determinar sin un análisis detallado de los datos, análisis que no encontramos en los diccionarios.
En (2), por ejemplo, no podemos asegurar si el adverbio indica que la frontera imaginaria de lo que el autor considera un abastecimiento suficiente se ha bordeado, se ha al-1 Hay acuerdo unánime en que μόγις y μόλις tienen un origen distinto.
Más problemática es su posible conexión con formas de otras lenguas indoeuropeas.
Así, Chantraine 1992 2, s.u., plantea la posibilidad de que μόγις, μόγoς y μoγέω estén relacionados con el adjetivo smagùs 'pesado', del lituano.
Por otra parte, relaciona μόλις con μῶλoς'trabajo, fatiga' y con lat. mōlēs'masa, carga'.
Beekes 2010, s.u., sin embargo, se muestra muy escéptico ante una y otra hipótesis.
piedades semánticas, sintácticas y pragmáticas de los dos adverbios en este uso.
Asimismo, se analizarán las posibles diferencias funcionales entre uno y otro adverbio.
Palabras clave: μόγις; μόλις; adverbios de modo; adverbios de aproximación; adverbios de foco; mitigadores; análisis del discurso; sintaxis del Griego Antiguo.
canzado o se ha traspasado ligeramente.
Por lo demás, en este pasaje, como en otros muchos, tampoco se excluye una interpretación de μόλις como expresión de esfuerzo, lo que ilustra la dificultad de diferenciar un uso de otro:
Al avanzar bajo la lluvia y cruzar el río a duras penas, llegaron tarde.
En esta guerra la Hélade apenas / a duras penas se ha abastecido de suficiente infantería.
En el análisis de μόγις y μόλις, la bibliografía especializada ignora algunos aspectos importantes, que serán abordados en el presente trabajo.
Asimismo, este análisis ayudará a establecer posibles diferencias en la evolución de uno y otro adverbio.
Para que los resultados del análisis del funcionamiento y del desarrollo de μόγις y μόλις sean significativos, hemos seleccionado obras de diferente cronología y diferente género que nos ofrecen un número total de ejemplos bastante elevado.
Se trata de la Ilíada y la Odisea, las tragedias completas de Esquilo, Sófocles y Eurípides, las comedias de Aristófanes y las Vidas paralelas de Plutarco.
Habida cuenta del reducido número de ejemplos de μόγις con el que contamos, hemos acudido a las obras de Heródoto, Lisias, Platón y Demóstenes para comprobar si en ellas los usos de μόγις como adverbio de aproximación coinciden con los que muestra μόλις en las obras seleccionadas para este trabajo.
Como se irá indicando en el texto de cada epígrafe, hemos encontrado ejemplos claros de μόγις para todos lo usos de μόλις, salvo para el de mitigador.
Por lo tanto, a excepción de este último supuesto, las conclusiones a las que lleguemos en el caso de μόλις serán extrapolables a μόγις.
ii. uso de μόγις y μόλις como adverbios de modo En los autores seleccionados, μόγις y μόλις se emplean con frecuencia como expresión del esfuerzo que ha de empeñar un agente para desarrollar o culminar una acción verbal6.
En todos los casos, factores ajenos a él -o bien sus propias limitaciones-dificultan a este agente cumplir su voluntad.
Sin embargo, a pesar de los obstáculos, la cumple:
El gentío contenía a duras penas al doliente anciano, ansioso por salir de las puertas dardanias.
A duras penas, no sin angustias, conseguimos poner en fuga al ejército argivo.
(E., En un segundo grupo de ejemplos, algo menos numeroso que el anterior, μόγις y μόλις se integran en la descripción de estados de cosas puntuales que no presuponen necesariamente el control de un agente7.
Nos hallamos ante situaciones que tienen lugar a pesar de unas dificultades previas que hacían poco previsible su cumplimiento.
Como vemos en los siguientes pasajes, ni encontrar un objeto, ni sobrevivir a la bravura del mar son actos controlables en sentido estricto.
Pueden ser el resultado de una acción controlada y voluntaria, pero también, como se explicita en (6), fruto, sobre todo, de la feliz intervención del azar:
Pues a duras penas he encontrado el sujetador en la penumbra.
Solo ha quedado la quilla, sobre la cual nos salvamos a duras penas, gracias a un inesperado golpe de suerte, Helena y yo.
(E., Aunque se trata de un aspecto muy sutil, es fácil comprobar cómo en todos los pasajes que hemos comentado hasta ahora el estado de cosas descrito en la oración se cumple con éxito o es un éxito en sí mismo, a pesar de todos los obstáculos presentes o pasados.
Tenemos también otros ejemplos, sin embargo, en los que el contexto nos impide suponer la presencia de un agente cuyos esfuerzos obtienen el resultado deseado.
De hecho, en las oraciones que tratamos ahora el sujeto no puede analizarse como un agente, sino como un experimentante que apenas domina sus sentimientos o sus reacciones.
En los siguientes versos Tecmesa cuenta al corifeo cómo Ayante va volviendo a la realidad después de su ataque de locura.
Evidentemente, el enfermo no controla su paso del delirio a la cordura: Tampoco en el siguiente pasaje de la Ilíada podemos ver en Ares a un agente.
El dios, insultado y amenazado en el campo de batalla por Atenea, recibe la ayuda de Afrodita.
Como podemos observar, el estado de cosas descrito en la oración de μόγις está muy próximo a su incumplimiento.
Este es, como veremos a continuación, el rasgo distintivo de μόγις y μόλις en su uso como adverbios de aproximación:
Afrodita, hija de Zeus, lo cogió de la mano y se lo llevó entre atropellados sollozos; apenas podía respirar / respiraba a duras penas.
Pasemos, por último, a analizar un uso de μόγις y de μόλις interesante8.
Como vemos en los siguientes pasajes, el estado de cosas descrito en la oración se desarrolla o culmina con dificultades, como cabía esperar.
Ahora bien, estas dificultades no proceden de factores externos o de las limitaciones del agente, sino de su propia falta de voluntad; estamos ante un agente que actúa en contra de sus deseos o de sus impulsos:
Después de verse coaccionado por muchos flancos y oponer resistencia, la sacrificó a su pesar (sc. a Ifigenia).
A mi pesar abandono la idea de actuar: no hay que luchar en vano contra el destino.
1105(S., Ant. -1106) ) El uso de μόγις y μόλις como complementos del sintagma es muy poco frecuente y parece estar limitado a sintagmas adjetivales.
De hecho, en el material seleccionado para este trabajo solo hemos encontrado el siguiente ejemplo de μόλις9:
Lo que resultaba difícilmente creíble a quienes lo estaban viviendo.
17.5) También es muy poco frecuente el empleo de μόγις y μόλις con complementos10:
(Decía) que incluso sus allegados tendrían auténticas dificultades para reconocer el rostro de un hombre mientras sopla una flauta.
El análisis de μόγις y μόλις en su uso como adverbios de modo nos permite concluir que ambos funcionan regularmente como complementos no inherentes del predicado y solo de forma excepcional como complementos de un sintagma, en concreto, de un sintagma adjetival.
En su funcionamiento como complementos no inherentes del predicado, tanto μόγις como μόλις se integran no solo en la descripción de estados de cosas claramente controlados por un agente, sino también en la de estados de cosas poco controlables.
Hemos de tener en cuenta, sin embargo, que la entidad designada por el sujeto, de carácter humano, ejerce siempre cierto control -o al menos intenta ejercerlo-sobre la acción verbal11.
El estado de cosas descrito en la oración es concebido como un éxito, ya que surge, se desarrolla o culmina a pesar del efecto de dificultades presentes o pasadas12.
Ahora bien, en algunos casos, ese éxito es muy ajustado: las dificultades que entorpecen el surgimiento, el desarrollo o la culminación del estado de cosas descrito en la oración lo sitúan muy cerca de su incumplimiento.
Son estos contextos los que propician la evolución de μόγις y μόλις hacia adverbios de aproximación.
En los últimos años los adverbios de aproximación han recibido mucha atención en las lenguas indoeuropeas modernas.
En el caso de las lenguas indoeuropeas antiguas, sin embargo, todavía queda trabajo por hacer13.
El concepto de adverbio de aproximación fue acuñado por los lingüistas a partir del trabajo de Lakoff 1973, quien llamó la atención sobre la existencia en las lenguas de hedges, es decir, de elementos que aumentan o disminuyen la precisión denotativa del término al que complementan14.
Los numerosos estudios publicados recientemente sobre las expresiones de aproximación tanto en lenguas indoeuropeas como en lenguas no indoeuropeas han permitido precisar varias propiedades semánticas, sintácticas y pragmáticas que definen estos elementos frente a otros15.
Como veremos a continuación, μόγις y μόλις también presentan estas propiedades:
Escalaridad: Las expresiones de aproximación tienen un significado escalar que sitúa el contenido denotativo del elemento al que se refieren en un punto de coincidencia total con él o en un punto cercano a él, que puede incluirlo o excluirlo16 (cf. Tiene tres años exactamente / Tiene alrededor de tres años / Tiene apenas tres años / Tiene casi tres años) 17.
2. orientación argumentativa: Desde un punto de vista pragmático, las expresiones de aproximación tienen una orientación argumentativa que puede ser positiva o negativa18.
La orientación argumentativa es positiva cuando la expresión de aproximación y el elemento al que se refiere guían al receptor del mensaje hacia la misma conclusión.
una vez expuestas las propiedades semánticas, sintácticas y pragmáticas de las expresiones de aproximación en lenguas de diferente filiación genética, pasemos a describir el funcionamiento de μόγις y μόλις.
Uso de μόγις y μόλις en dependencia del predicado verbal
Muchos son los pasajes que admiten un análisis de μόγις o de μόλις tanto en términos de expresión de esfuerzo como en términos de expresión de aproximación25.
Ahora bien, cuando el estado de cosas descrito en la oración es claramente incontrolable o, de presentar cierto grado de control, el contexto excluye la existencia de un agente preciso, la interpretación como adverbio de aproximación cobra más fuerza:
(13) πόσον δ ́ ἀπείργειν μῆκος ἐκ γαίας δόρυ; | ὥστ ́ ἐξορᾶσθαι ῥόθια χερσόθεν μόλις. -¿A qué distancia de la playa hay que situar la embarcación? -A la que apenas se vean desde tierra firme los movimientos del agua.
1268(E., Hel. -1269) ) Muy evidentes son los casos en los que la oración describe un estado de cosas netamente incontrolable y presenta como sujeto una entidad inanimada.
Aunque otros autores también ofrecen datos de μόγις26, los autores seleccionados para este trabajo solo documentan ejemplos de este tipo en el caso de μόλις:
Fue herido por una lanza en la mano.
Además, la coraza apenas bastaba para parar los otros proyectiles y los embates de las manos, pues iba recibiendo el impacto de numerosas jabalinas y lanzas que traspasaban el escudo.
Cuando escudo y coraza se resquebrajaron, Dión se desplomó.
(Plu, Dio 30.9) La información que nos ofrece el contexto en este pasaje nos permite determinar las características de μόλις -que también parece compartir μόγιςcomo expresión de aproximación: En su uso en dependencia del predicado el adverbio indica el cumplimiento mínimo del estado de cosas descrito en la oración.
La orientación argumentativa de μόλις es negativa, pues evoca en el receptor del mensaje la idea de que el estado de cosas al que se hace referencia ha estado a punto de no cumplirse, aunque, de facto, se cumple.
Así pues, la orientación argumentativa de μόλις es negativa, pero su polaridad es positiva, al menos en la mayor parte de los contextos (cf. infra).
De hecho, en la narración de Plutarco vemos cómo la coraza está a punto de ceder, pero sigue intacta hasta un rato después.
uso de μόλις como mitigador
En el material seleccionado, Plutarco nos ofrece un ejemplo en el que cabe analizar μόλις como adverbio de mitigación, es decir, como adverbio que modifica el valor epistémico de la predicación, reduciendo su posible valor de verdad27.
El uso con predicados verbales que expresan pensamiento, conocimiento y opinión es muy característico de las expresiones de mitigación, pues son este tipo de contenidos los que más se prestan a que el hablante disminuya la fuerza asertiva de sus palabras, introduciendo cierta vaguedad, cierta inseguridad, ya sea real o fingida, sobre lo que está diciendo.
En este pasaje en concreto, el autor se sirve de μόλις para formular como una duda cautelosa lo que es, en realidad, una certeza: Plutarco está convencido de que Teseo, si hubiera sido juzgado, no se habría librado del cargo de parricidio: Como vemos, en su uso como mitigador μόλις tiene una polaridad negativa, no positiva, lo que da lugar a una realización contrafactual.
Tal y como nos indica el contexto, no podemos entender μόλις οἶμαι como creo algo, aunque con dudas, sino como me cuesta creer, es decir, no creo.
Aunque en las obras analizadas solo hemos encontrado el ejemplo que acabamos de comentar, el uso de μόλις como mitigador se documenta ya en época clásica.
Se trata, eso sí, de un fenómeno poco frecuente, lo que podría explicar que no se mencione ni en diccionarios ni en gramáticas:
Hasta tal punto es distinta mi opinión, que me cuesta pensar que no fueran destruidos completamente si llegaran teniendo bajo su poder otra ciudad tan grande como Siracusa y, asentándose en nuestras fronteras, continuaran la guerra contra nosotros.
VI 37) Este uso de μόλις no ha de entenderse como un hecho excepcional, pues también en otras lenguas indoeuropeas adverbios con un significado próximo se emplean como expresiones mitigadoras.
Este es el caso, por ejemplo, de vix, cuya polaridad es también negativa en pasajes como el siguiente:
Me cuesta creer que saque de toda la subasta cincuenta ases.
1161) En Griego Antiguo, el cambio de polaridad unido al uso como mitigador no es un fenómeno exclusivo de μόλις.
También se observa en σχεδόν.
Si bien la polaridad de σχεδόν es, por lo general, negativa 29, en su uso como mitigador es positiva 30.
Así, en pasajes como el siguiente el hablante utiliza el adverbio para formular como falta de certeza lo que es, en realidad, un conocimiento claro de una situación dada.
Helena sabe, obviamente, que Menelao la odia, pero finge no estar segura:
Aunque casi estoy segura de que me odias, quiero hacerte una pregunta.
(E., Es más que probable que el cambio de polaridad que observamos en algunos adverbios cuando se utilizan como mitigadores se enmarque en el problema general de la polaridad de las expresiones de cortesía positiva o negativa.
Así, en las preguntas retóricas, por ejemplo, el hablante utiliza oraciones afirmativas cuando intenta prohibir algo y oraciones negativas cuando lo que intenta es dar una orden 31.
La expresión de la polaridad contraria a la que sugieren las marcas gramaticales de la oración parece ser, pues, un fenómeno frecuente en las lenguas indoeuropeas cuando se trata de ser cortés o descortés.
Uso de μόγις y μόλις en estructuras subordinadas
Cuando se integran en oraciones subordinadas o en estructuras de participio, μόγις y μόλις expresan con frecuencia una noción de ligera anterioridad respecto al estado de cosas descrito en la oración principal:
En cuanto vieron las capas color púrpura, se dieron cuenta de que eran enemigos.
En cuanto fue alcanzado por una jabalina desde lejos (sc.
29.8) me tenía, y con polaridad positiva en otras, como Casi me gusta más esa falda que la que te has probado antes.
El impacto del uso como mitigador en la polaridad de los adverbios de aproximación es un aspecto interesante que merece un estudio detallado.
Se trata, sin embargo, de una cuestión que no podemos abordar aquí.
31 Pensemos, respectivamente, en oraciones del tipo ¿Estás fumando con el niño aquí? y del tipo ¿No le regañas por lo que acaba de hacer?
Sobre el uso de οὕτω(ς) como expresión de modalidad deóntica en preguntas retóricas, cf. Conti 2014, pp. 34-40 Las estructuras de participio en las que se utilizan μόγις y μόλις pueden ser concertadas, como en (20), o no concertadas, como en el ejemplo siguiente:
Apenas fueron rechazados aquellos, corrieron en busca de los que escoltaban a Pirro.
En las lenguas indoeuropeas modernas, los adverbios de aproximación con un significado próximo al de μόγις y μόλις expresan también en estos contextos una noción de ligera anterioridad 32.
Estamos, pues, ante un fenómeno extendido que corrobora el funcionamiento de μόγις y μόλις como expresiones de aproximación. algunos de ellos 35.
Se trata, además, de puntos o tramos que no se sitúan en el punto final de la escala en la que se integran.
En combinación con expresiones numéricas, μόλις presenta el contenido del elemento al que se refiere como un punto de una escala que se alcanza e incluso puede llegar a superarse, aunque muy ligeramente 36.
Dada su orientación argumentativa negativa, μόλις enfoca la cantidad denotada por este elemento desde los puntos inmediatamente inferiores a él, no desde puntos superiores.
El hablante, que considera muy baja la cantidad denotada por el elemento al que se refiere μόλις, la aproxima a cantidades aún más bajas.
En el siguiente pasaje, por ejemplo, se nos refiere la diezma de un número determinado de personas.
La cantidad que resulta de esa diezma es tan baja, a ojos del autor, que la presenta al receptor del mensaje desde la perspectiva de las cantidades más bajas que colindan con ella: los supervivientes de la epidemia estuvieron a punto de ser menos de la décima parte del total 37: El valor de μόλις es también muy claro en el siguiente ejemplo: El autor cree que el miedo de los siracusanos fue tal, que el número de quienes apoyaron a Timoleón estuvo a punto de no llegar a los tres mil, una cifra muy baja, habida cuenta del número total de ciudadanos:
Llegada esta noticia con rapidez a Siracusa, los siracusanos se acobardaron de tal manera ante la dimensión de las fuerzas, que de tan ingente número38 apenas tres mil tuvieron ánimo para tomar las armas y unirse a Timoleón.
25.4) Sin embargo, los ciudadanos que siguieron a Timoleón no bajaron de tres mil, como nos revela el propio Plutarco un poco más adelante.
Tras la deserción de mil de los cuatro mil mercenarios que formaban parte del ejército, las fuerzas finales del corintio constan de seis mil hombres:
Los mercenarios eran cuatro mil.
Y de ellos desertaron por el camino nada menos que mil atemorizados ante la idea de que Timoleón no estaba en su sano juicio, sino que la edad lo hacía delirar, pues con cinco mil infantes y mil jinetes estaba avanzando contra setenta mil enemigos.
25.5) El uso de μόλις en combinación con indefinidos universales negativos se documenta en el siguiente pasaje de Las Vidas paralelas:
Cuentan que cogieron a un sátiro y le preguntaron a través de muchos intérpretes quién era.
Pero como no articulaba apenas nada inteligible, sino que emitía una voz salvaje, una auténtica mezcla entre el relincho de un caballo y el balido de un macho cabrío, lo dejaron marchar para librarse del mal agüero.
27.2) El contexto nos permite suponer que entre los sonidos que emite el sátiro los intérpretes son capaces de descifrar alguna palabra, aunque no consiguen encontrar el sentido de lo que dice.
El autor, que cree que el número de términos que llegó a entenderse fue insignificante, lo aproxima a cero mediante μόλις.
Ahora bien, μόλις eleva ligeramente el valor de la cantidad en la que incide, lo que supone que el indefinido negativo pase a designar una o varias unidades 39.
La orientación argumentativa de μόλις, unida a su significado y a su polaridad positiva, explican por qué el adverbio no se documenta con indefinidos universales positivos 40.
Para empezar, el hablante parte de la idea de que la cantidad que está designando es baja, o incluso muy baja, por lo que no tiene sentido que se refiera a ella aproximándola al total de un número posible de unidades.
Además, la cantidad que complementa μόλις se alcanza -e incluso puede superarse-de forma regular; no tiene sentido, por tanto, combinar un adverbio que genera la expectativa de que se puede superar una cantidad determinada con una forma que designa el total de un número dado de unidades.
Pasemos al uso de μόλις en combinación con expresiones temporales.
En todos nuestros ejemplos, el adverbio incide en términos que denotan, bien el momento en el que surge una nueva situación, bien el momento en el que culmina una situación que hasta entonces estaba en desarrollo 41.
Vemos, pues, cómo μόλις se integra en la descripción de estados de cosas télicos, ya sean puntuales o no 42:
¡Mirad, muchachos, a la mejor de las anguilas!
Aunque se la echaba en falta, no ha llegado hasta el sexto año 43.
Como eran pocos para 39 En español, los adverbios del tipo apenas, a los que García-Medall 1993 denomina excesivos, activan siempre la polaridad positiva, incluso cuando se emplean en oraciones de polaridad negativa (García-Medall 1993, p.
Este parece ser también el caso de μόλις, salvo en su uso como mitigador.
40 Hemos buscado la combinación de μόλις y μόγις con indefinidos universales de polaridad positiva en doce autores de diferentes épocas.
No hemos encontrado ningún ejemplo.
41 Es previsible que en combinación con expresiones de tiempo que denoten otras nociones el significado de μόλις sea diferente del que describimos aquí.
43 El sexto año desde el comienzo de la Guerra del Peloponeso. despojar a muchos y se iban topando con grandes riquezas, no erigieron el trofeo hasta el tercer día después de la batalla.
29.4) La orientación argumentativa negativa de μόλις explica su significado en estos contextos: Según indica la información contextual en todos los casos, μόλις presenta la expresión temporal en la que incide como un punto límite por debajo del cual no habría surgido -o, en su caso, culminado-el estado de cosas descrito en la oración.
Así pues, en contra de lo que tal vez cabría pensar en un primer momento y en contra de lo que se observa cuando el adverbio incide en expresiones numéricas, en los contextos que ahora analizamos μόλις no aproxima el período de tiempo denotado en cada caso a fracciones de tiempo inmediatamente inferiores44:
No solo ellos se mantuvieron en su puesto y lucharon, sino que también sus hijos y sus mujeres fueron abatidos oponiendo resistencia hasta la muerte, de modo que la batalla no terminó hasta la media noche.
18.4) Al igual que en su uso en dependencia del predicado verbal, en estos pasajes μόλις subraya la dificultad con la que surge o culmina una situación, pero incide en el tiempo que ha supuesto tal dificultad: si hubiese transcurrido algo menos de tiempo del que denota la expresión temporal, la situación descrita en la oración no habría podido surgir o culminar.
Aunque el material analizado en este trabajo no nos proporciona ningún ejemplo, otros autores sí documentan el uso de μόγις y μόλις en combinación con expresiones de lugar.
En el siguiente pasaje, μόγις incide en un sintagma preposicional que expresa el punto final de un movimiento.
Como vemos, el adverbio presenta este punto como una frontera que se alcanza, aunque ha estado a punto de no alcanzarse.
En este caso concreto, esta frontera no se rebasa:
Ellos (sc. los griegos) los guiaron hasta Delos (no más lejos), pues tenían mucho miedo de todo lo que había más allá, ya que no conocían esas regiones y creían que había hombres armados por doquier.
Las diferencias que observamos entre el uso de μόγις y μόλις en dependencia del predicado y en dependencia de un tipo determinado de sintagma se explican claramente si partimos del significado originario de los adverbios como expresión de esfuerzo y de dificultad.
Este significado propicia un desarrollo de μόγις y μόλις como adverbios de aproximación mediante los cuales el hablante sitúa al receptor del mensaje en la idea de que el estado de cosas que está describiendo ha estado a punto de malograrse o de tener lugar en unos términos distintos.
Si los adverbios inciden en el predicado verbal, lo sitúan próximo a su inexistencia o su incumplimiento.
Si inciden en una cantidad numérica o en una frontera espacial, las enfocan desde la perspectiva de una cantidad más baja o de un punto geográfico anterior, lo que habría supuesto un índice de éxito aún menor.
Si los adverbios inciden, por último, en el tiempo necesario para que una situación surja o culmine, lo presentan como un período extenso por debajo del cual dicha situación no habría surgido o culminado.
En cualquier caso, nos hallamos ante una visión negativa de una realidad que el hablante sitúa próxima a otra realidad posible que, a sus ojos, sería aún peor 45.
En su uso en el sintagma como expresiones de aproximación, μόγις y μόλις admiten un análisis como adverbios de foco 46.
Los adverbios de foco destacan un elemento entre varios posibles, convocando de forma automática 45 Algunos autores han llamado la atención sobre el componente evaluativo de determinados adverbios de aproximación, es decir, sobre su uso por parte del hablante como instrumento para expresar el juicio positivo o negativo que le merece el estado de cosas que está describiendo.
69, por ejemplo, atribuye al adverbio almost un valor evaluativo positivo, que identifica con un talante optimista del hablante, y a barely, uno negativo, que se corresponde, en su opinión, con un talante pesimista.
No descartamos que μόγις y μόλις tengan un componente evaluativo negativo en Griego Antiguo.
46 Aunque parece que los adverbios de foco también pueden incidir en unidades sintagmáticas mayores, en las lenguas indoeuropeas su uso en el sintagma es el más claro y, además, el más frecuente.
Dejamos de lado, pues, la cuestión del posible funcionamiento de μόγις o μόλις como adverbios de foco con un alcance sintáctico mayor.
La discusión sobre el alcance sintáctico de los adverbios de foco no parece estar aún resuelta.
El lector encontrará diferentes puntos de vista en autores como Quirk et alii 1985, pp. 604 ss.;König 1991, pp. 17 ss. y Sudhoff 2010, pp. 73 Además de las peculiaridades de orden pragmático que acabamos de esbozar, los adverbios de foco -y también los de aproximación-presentan también otro rasgo, de carácter sintáctico, que los define frente a los llamados adverbios prototípicos 50.
Nos referimos al empleo frecuente como complementos de sintagmas nominales, pronominales y preposicionales.
Como sabemos, los adverbios prototípicos se emplean de forma casi exclusiva como complementos de sintagmas verbales, adjetivales y adverbiales.
En lo que respecta a μόγις y a μόλις, hemos de tener en cuenta, además, su escasísimo empleo como complementos de un sintagma cuando funcionan como adverbios prototípicos, es decir, en su uso como expresiones de modo 51, que contrasta claramente con la frecuencia de su empleo en el sintagma cuando expresan aproximación.
Aunque muestran cierta movilidad, los adverbios de foco suelen preceder al término en el que inciden.
Algunos adverbios de foco, aunque no todos, pueden situarse también tras el término al que se refieren 52.
En el caso de μόγις y μόλις, el material analizado no ofrece ejemplos de un uso en posposición, pero sí de un uso sin contigüidad con el sintagma en el que inciden y de un uso en el seno de un sintagma constituido por una forma nominal y un modificador 53:
Como el día amaneció nublado, creyeron que iba a llover, por lo que no se llevaron el cadáver hasta las nueve.
El análisis de μόγις y μόλις llevado a cabo en el presente trabajo permite extraer las siguientes conclusiones:
En su funcionamiento como expresiones de modo, μόγις y μόλις designan, por lo general, el esfuerzo con el que un agente o un experimentante desarrolla la acción verbal.
De forma marginal, el esfuerzo expresado por μόγις y μόλις responde a la propia falta de voluntad del agente, que asume en contra de sus deseos el desarrollo de la acción verbal; este uso no se documenta en Homero, pero sí en los autores posteriores seleccionados para 51 Cf. § II.
52 Según muestran Martínez Vázquez 2014 y Martínez Vázquez y Ruiz Yamuza en prensa, la movilidad de los adverbios de foco en Griego Antiguo parece ser mucho mayor que en las lenguas indoeuropeas modernas.
Este es un aspecto que supera los límites de nuestro trabajo y, que, por tanto, dejamos de lado.
A diferencia de μόγις y μόλις, otros adverbios de foco, como ἔτι, sí se emplean con cierta frecuencia en posposición (cf. Conti 2015, p.
218). este trabajo. μόγις y μόλις también se integran en la descripción de estados de cosas apenas controlables y en la descripción de estados de cosas incontrolables que son, básicamente, el resultado de la acción controlada y voluntaria de un agente.
En estos casos, las dificultades que entorpecen el surgimiento, el desarrollo o la culminación del estado de cosas descrito en la oración pueden situarlo muy cerca de su incumplimiento.
Son estos contextos, que ya observamos en Homero, los que propician la evolución de μόγις y μόλις hacia expresiones de aproximación.
Los ejemplos inequívocos de μόγις como adverbio de aproximación se documentan en fecha posthomérica.
En el material analizado, el uso de μόγις como expresión de aproximación solo se observa en estructuras subordinadas, lo que parece responder al escaso número de datos con que contamos.
De hecho, ya desde Heródoto encontramos ejemplos en otros contextos que apuntan a que el funcionamiento de μόγις es idéntico al de μόλις, con la salvedad, quizá, del uso como mitigador, que podría ser exclusivo de μόλις.
No sería sorprendente que μόλις, más reciente, hubiera desarrollado algunas peculiaridades ausentes en el caso de μόγις.
En lo que respecta al porcentaje de ejemplos que admite un análisis de uno y otro adverbio como expresión de aproximación, en el material seleccionado para este trabajo las cifras son las mismas: en torno a un veinte por ciento del total.
Este porcentaje, aproximado, dada la posibilidad de un doble análisis en algunos ejemplos, es muy semejante al que presentan otros adverbios en Griego Antiguo en sus usos no prototípicos.
Como expresiones de aproximación, μόγις y μόλις se emplean como complementos no inherentes del predicado, como complementos de la predicación y como complementos del sintagma; también se emplean en oraciones y en estructuras subordinadas.
En dependencia del predicado verbal y del sintagma, los dos adverbios tienen una orientación argumentativa negativa, pero una polaridad positiva.
En su uso como complemento de la predicación, μόλις funciona como mitigador.
Mediante μόλις el hablante formula como duda cautelosa lo que es, en realidad, una certeza, pues está convencido de la falta de contenido de verdad de la hipótesis o de la situación a la que se está refiriendo.
En estos contextos, la polaridad de μόλις es negativa.
El cambio de polaridad vinculado con el uso como mitigador también se observa en otros adverbios de aproximación.
En su uso en el sintagma, μόγις y μόλις se asocian con elementos que pueden ser concebidos como puntos o como fracciones bien delimitadas de una escala, pero no como tramos con fronteras difusas entre todos sus puntos o entre algunos de ellos.
En estos contextos, μόγις y μόλις admiten un análisis como adverbios de foco, es decir, como adverbios que enfatizan el elemento en el que inciden y lo contrastan implícitamente con otras alternativas.
Cuando se integran en oraciones subordinadas o en estructuras de participio, μόγις y μόλις expresan una noción de ligera anterioridad respecto al estado de cosas descrito en la oración principal.
La dificultad de determinar si μόγις y μόλις funcionan como expresiones de modo o como expresiones de aproximación se observa, sobre todo, en el uso de uno y otro adverbio como complementos no inherentes del predicado.
Solo se excluye un análisis de μόγις y μόλις como expresiones de modo en los casos en los que no cabe atribuir al sujeto el más mínimo grado de control ni sobre el estado de cosas descrito en la oración ni sobre el estado de cosas previo que ha desembocado en él; en estos contextos, uno y otro adverbio solo pueden interpretarse como expresiones de aproximación.
En su uso en el sintagma, por el contrario, el funcionamiento de μόγις y μόλις como expresiones de modo presenta unas características bien distintas de las que se observan en su funcionamiento como expresiones de aproximación.
Así, en su funcionamiento como expresiones de modo, μόγις y μόλις solo inciden en adjetivos, al menos en los autores analizados, mientras que en su funcionamiento como expresiones de aproximación inciden en sintagmas nominales, pronominales y preposicionales, pero no en sintagmas adjetivales.
Además, en su funcionamiento como expresiones de aproximación μόγις y μόλις admiten un análisis como adverbios de foco, análisis que no parece pertinente cuando funcionan como expresiones de modo. bibliografía |
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Proponemos una nueva interpretación del discurso primero de la colección de Lisias, Defensa por el homicidio de Eratóstenes; pensamos que el adulterio que causó la muerte de Eratóstenes fue consentido y, por tanto, se trata de un caso que está más cerca de la prostitución que de la seducción de una joven esposa por un casanova.
Creemos que así se explican mejor muchas de las circunstancias de las que se nos habla en la narración y la argumentación del discurso.
Se pone en relación esta interpretación con la normativa legal conocida que incide en la prostitución y los trabajos recientes sobre la prostitución en Grecia, incluida la de mujeres ciudadanas, que debía de ser más frecuente de lo que suele pensarse.
Palabras clave: Lisias; prostitución; adulterio; oratoria; ciudadanía.
Cómo citar este artículo / Citation: Cortés Gabaudán, Francisco 2017: «¿Seducción o prostitución?
Lisias, Defensa por el homicidio de Eratóstenes», Emerita 85 (1), pp. 27-48. * Trabajo realizado en el marco del Proyecto de investigación FFI2015-67475-C2-1-P, del Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia financiado por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.
Agradezco las sugerencias que Marco Antonio Santamaría Álvarez me ha hecho que han mejorado sustancialmente el trabajo; también las correcciones de estilo de Rosario Cortés Tovar.
En ese contexto, pensamos que la interpretación habitual del primer discurso de la colección atribuida a Lisias, uno de los más leídos de la oratoria ática, debe ser revisada.
Para llegar a esta conclusión proponemos un nuevo análisis del texto a partir de la reconstrucción de los argumentos de la parte acusadora en el pleito, contra la que intenta defenderse el cliente de Lisias.
Creemos que por diversos prejuicios, en los que no vamos a entrar, la interpretación moderna de este texto ha dado un crédito excesivo a Lisias y a su cliente, cuando todo estudioso de retórica (o de derecho) sabe que siempre hay que sospechar de la presentación de los hechos que hace un abogado, aunque este se llame Lisias y escriba muy bien en griego. dionisio de Halicarnaso lo sabía bien cuando afirmaba que Lisias nos engaña y roba la verdad de los hechos 1.
resumen de la narración de lisias y sus debilidades
El propio relato de los hechos que Lisias puso en boca de Eufileto, § § 6-26, tiene muchos puntos débiles que le restan, pensamos, credibilidad; sin embargo, sigue sustentando la interpretación tradicional del caso.
Este es su resumen, creemos que objetivo.
Eufileto trataba a su mujer recién casada con consideración, pero con vigilancia, que se relajó a partir de nacimiento del primer hijo.
Este hecho y el comportamiento intachable de su esposa explicaban esa relajación.
Poco después, la esposa salió a la calle con carácter excepcional para el entierro de su suegra y fue vista por Eratóstenes que la sedujo con la intermediación de la esclava doméstica de Eufileto; a partir de ahí los encuentros sexuales tenían lugar en la propia casa familiar, en la planta baja (con acceso directo a la calle), donde habían instalado al bebé nacido de su matrimonio con el pretexto de que era más cómodo lavarlo allí; con ese motivo la madre del pequeño dormía oca-sionalmente también allí para amamantarlo y evitar así que llorara y molestara el sueño de Eufileto.
La primera vez que esa situación llamó la atención del confiado marido fue cuando un día llegó a una hora inesperada del trabajo en el campo y el niño, que estaba en la planta baja, se puso a llorar; con esa excusa su madre bajó a darle de mamar para acallarlo (en realidad, como supo después Eufileto, para proseguir un encuentro con su amante que la llegada inopinada del marido había interrumpido).
Antes de bajar, la mujer, para evitar ser sorprendida con su amante, dejó encerrado al marido en la planta alta con el pretexto de evitar que solicitara favores sexuales de la esclava, cosa que ya había intentado.
El marido se durmió a continuación plácidamente porque estaba cansado de las faenas del campo; a pesar de eso oyó ruidos extraños de puertas en la planta baja que la mujer justificó después diciendo que se había apagado el candil y había ido a pedir lumbre a casa del vecino.
Por la mañana el marido reparó en que su esposa tenía la cara pintada cuando debía guardar luto por la muerte de un familiar.
A pesar de estos indicios, suficientes para sospechar sobre el comportamiento de su mujer, Eufileto solo empezó a hacer indagaciones a raíz de lo que le contó una anciana enviada por otra mujer, seducida también por Eratóstenes, a la que este había dejado de frecuentar por la nueva relación con la mujer de Eufileto.
Por su propia esclava (que le contó la verdad para evitar ser torturada) este se enteró de que su mujer cometía adulterio regularmente con Eratóstenes en su propia casa, en la planta baja, también de que era la esclava quien hacía llorar al niño para justificar que la mujer bajara allí y abandonara a su marido.
Eufileto pidió a la esclava que buscara alguna estratagema para que él fuera testigo directo de los hechos. unos cinco días después, se encontró casualmente, al regresar por la tarde a casa, con Sóstrato, un amigo suyo, y lo invitó a cenar.
Concluida la cena y despedido el amigo, Eufileto se fue a la cama y se durmió plácidamente.
Coincidió que ese día vino por la noche Eratóstenes a dormir con la mujer de Eufileto y entonces la esclava, según lo acordado, despertó a Eufileto. él salió de casa en sigilo y fue a buscar a distintos amigos por si Eratóstenes se ponía violento al ser sorprendido en flagrante delito de adulterio.
Encontró a unos amigos durmiendo en casa y a otros no. Finalmente llegó un grupo numeroso y sorprendieron a los adúlteros en la cama.
Según la ley de adulterio que permitía dar muerte al adúltero en flagrante delito, Eufileto mató a Eratóstenes en presencia de sus amigos que actuaron como testigos de que el homicidio había sido legítimo según esa ley.
Como vemos, Eufileto en su propio relato de los hechos, admitía muchos detalles que perjudicaban seriamente su línea de defensa: que los encuentros
Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 27-48 ISSN 0013-6662 doi: 10.3989/emerita.2017.02.1613 sexuales con Eratóstenes habían tenido lugar de forma reiterada en su propia vivienda desde mucho antes del homicidio ( § 34 πολλάκις εἰσεληλυθότος εἰς τὴν οἰκίαν τὴν ἐμήν), que su mujer dormía frecuentemente abajo con acceso directo a la calle para amamantar al niño ( § 10 πολλάκις ἡ γυνὴ ἀπῄει κάτω καθευδήσουσα ὡς τὸ παιδίον, ἵνα τὸν τιτθὸν αὐτῷ διδῷ καὶ μὴ βοᾷ), que salía y entraba por la noche de casa ( § 14 ἐρομένου δέ μου τί αἱ θύραι νύκτωρ ψοφοῖεν, ἔφασκε τὸν λύχνον ἀποσβεσθῆναι τὸν παρὰ τῷ παιδίῳ, εἶτα ἐκ τῶν γειτόνων ἐνάψασθαι), que su mujer había aparecido maquillada y no para su marido, ( § 14 ἔδοξε δέ μοι... τὸ πρόσωπον ἐψιμυθιῶσθαι y § 17 ἔδοξέ τέ μοι ἡ γυνὴ ἐψιμυθιῶσθαι), que su vivienda era pequeña ( § 9 οἰκίδιον) por lo que resultaba inverosímil que no se percatara de lo que sucedía en ella con frecuencia y de forma reiterada.
Eufileto nos cuenta en detalle ( § § 12-13) qué ocurrió una noche en que llegó a casa antes de lo esperado y el amante, Eratóstenes, estaba en la vivienda: la mujer pretextó el llanto del bebé para volver con su amante a la planta baja y dejó encerrado a su marido con llave arriba con la justificación de que había intentado aprovecharse de la esclava otras veces.
Pero, ¿qué pasaba en los otros encuentros, frecuentes y reiterados ( § 34 πολλάκις), de los amantes en la vivienda familiar?
¿Se citaban de noche aprovechando el sueño de Eufileto a pesar de que las puertas, la del patio y la de la calle, podían hacer ruido, como ya hemos comentado, o lo hacían de día, cuando Eufileto iba a trabajar al campo con el riesgo evidente de que los vecinos denunciaran los hechos a Eufileto?
Era cuando menos difícil de creer que solo por facilitar el cuidado y aseo de un bebé una mujer casada durmiera en la planta baja de la vivienda familiar con acceso libre a la calle2 y la justificación que se da es débil ( § 9 ἵνα δὲ μή, ὁπότε λοῦσθαι δέοι, κινδυνεύῃ κατὰ τῆς κλίμακος καταβαίνουσα) puesto que la mujer disponía de una esclava doméstica que era quien tenía que bajar y subir el niño o el agua, no la mujer de Eufileto.
Eso iba frontalmente contra las normas del recogimiento femenino a las que se alude en este mismo discurso y en otros de Lisias3.
El motivo del despecho de otra adúltera como causa de la denuncia por la que Eufileto se entera por fin de qué ocurre en su casa es poco verosímil o al menos choca también con el recogimiento propio de las mujeres casadas en Atenas: esa mujer no solo habría sido adúltera, sino que estaría persiguiendo a un antiguo amante.
Además, resulta que Eratóstenes, siendo muy joven ( § 37 νεανίσκον), ha tenido tiempo de seducir a otras muchas mujeres ( § 16 Ἐρατοσθένης... ὃς οὐ μόνον τὴν σὴν γυναῖκα διέφθαρκεν ἀλλὰ καὶ ἄλλας πολλάς).
No se nos da ningún motivo de por qué la esclava se prestó a ser intermediaria y encubridora del adulterio, cuando una esclava se debía a su amo y sabía que cuando este se enterara del adulterio, la primera perjudicada iba a ser ella por no haberlo revelado en su momento.
Maquillarse la cara era un prolegómeno para un encuentro sexual y una mujer ateniense decente solo podía hacerlo para su marido; quien lo hacía para otro hombre era considerada una prostituta.
No hay argumento que pueda justificar que la mujer de Eufileto tuviera la cara pintada por la mañana en una noche en la que no había dormido con su marido; Lisias, de hecho, no lo intenta4.
Todos estos detalles, admitidos por Eufileto en su narración, dañan muy seriamente su defensa, pero lo más importante es lo que gira en torno a la premeditación que era el principal argumento que usó la parte contraria.
reconstrucción y refutación de los argumentos de la acusación
Aunque solo conservamos el discurso de una de las partes, el que compuso Lisias para Eufileto, se puede reconstruir con bastante precisión el conjunto de argumentos de la otra parte, la acusación5, a partir de la propia narración y la argumentación del discurso que conservamos, sobre todo en la refutación
Los familiares de Eratóstenes sostenían que no era aplicable la ley que invocó Lisias en la defensa, la que decía que el homicidio era legítimo si se sorprendía al adúltero in fraganti 6, porque hubo premeditación 7 en cuanto que el adulterio era conocido y consentido por Eufileto desde mucho antes, lo que equivalía a decir que prostituía a su mujer; si esto era así no era aplicable la ley que disculpaba el homicidio en caso de adulterio 8; la acu-6 La discusión sobre moikheía y su correspondencia con nuestro concepto de adulterio es lo que más interés ha suscitado a los estudiosos de derecho ático en este discurso; sobre el particular, cf. Todd 2007, pp. 46-49, con las referencias bibliográficas más importantes, entre las que destaca la de Schmitz 1997; de acuerdo con la interpretación legal que nos ofrece Lisias en el discurso, la seducción (adulterio oculto) era considerada una ofensa mayor que la violación.
La lógica es que la seducción, al quedar oculta, comprometía la legitimidad de los hijos, mientras que la violación no. Sobre el particular, los trabajos de Cole 1984, pp. 101-102 y Cohen 1993, por citar solo algunos.
105, compara la legislación aquí citada con la que aparece en las Leyes de Platón (874c), donde solo se puede matar al violador y no al adúltero porque este actúa con consentimiento de la mujer.
7 Todd 2007, pp. 136 y ss., habla sobre si hubo «entrapment», si Eratóstenes fue sorprendido en adulterio porque fue inducido al encuentro con la mujer de Eufileto la noche en que murió, es decir, víctima de un montaje, como lo probaría la presencia de los amigos convocados por Eufileto para ser testigos del homicidio, hecho sobre el que acusación y defensa están de acuerdo, o si, además, como afirma la acusación (y no admite la defensa) la esclava fue a buscar a Eratóstenes esa noche para que acudiera a una falsa cita amorosa.
No cabía usar el pretexto de la ley sobre moikheía para matar a un ciudadano sin más, tenían que concurrir circunstancias muy especiales para que el homicidio fuera legítimo.
La ley era aplicable, pensamos, si el marido sin conocimiento previo del hecho sorprendía al adúltero en pleno acto, pero no si el adulterio era conocido de antes; cf. Viano 2011, p.
117, que considera esencial para la legitimidad del homicidio por adulterio que no hubiera premeditación.
Si, como ocurrió en el caso que nos ocupa, Eufileto conoció los hechos con anticipación, hubiera debido buscar el apoyo de las instituciones públicas para detener al adúltero y someterlo a juicio, es decir, debiera haber usado el procedimiento de la apagōgē contra malhechores (κακοῦργοι); sobre el particular, cf. Todd 2007, pp. 123-125; esta sería la ley de la que se habla en § 29, según Paoli 1950, p.
8 Según el Contra Neera, no era aplicable la ley de homicidio legítimo si la supuesta adúltera ejercía la prostitución, tal como señala la ley citada en D. 59.67, οὐκ ἐᾷ ἐπὶ ταύτῃσι μοιχὸν λαβεῖν ὁπόσαι ἂν ἐπ' ἐργαστηρίου καθῶνται ἢ πωλῶνται ἀποπεφασμένως, «no permite (la ley) considerar a alguien como adúltero en caso de (mujeres) que están establecidas en un prostíbulo o se venden de forma manifiesta» (en el texto de dilts 2009, que no acepta la interpretación de Johnstone 2002, p.
sación también insistía en que Eratóstenes fue esa noche a casa de Eufileto porque fue a buscarlo la esclava de este.
La premeditación es sobre lo que gira la discusión entre acusación y defensa; Eratóstenes, venían a decir, fue víctima de una trampa en la que el adulterio se usó como pretexto y coartada de un asesinato y no porque Eratóstenes fuera sorprendido en la cama con la mujer de Eufileto.
Eufileto, como estamos viendo, admitía en su narración y argumentación muchas circunstancias que perjudicaban seriamente su línea de defensa porque, probablemente, sabía que la parte contraria contaba con testimonios creíbles; quizá, aunque es poco probable, el de su propia esclava, que estaba al corriente de todo9; y casi con toda seguridad el de los vecinos que observaban entradas y salidas de la casa a altas horas de la noche y que sabían, mucho antes de que se produjera la muerte de Eratóstenes, que la mujer dormía en la planta baja y recibía visitas masculinas.
En alguno de estos testimonios se debía de afirmar que se podía ver a veces a la mujer de Eufileto con la cara pintada, que es un dato muy relevante y que incide con fuerza en la sospecha de prostitución.
En su narración Eufileto se ve obligado a mencionar este hecho que intenta neutralizar citándolo como una prueba de su ingenuidad porque sabe que existen testimonios concretos en ese sentido.
Eufileto acepta en su narración de los hechos que supo del adulterio por lo menos cuatro o cinco días antes del homicidio ( § 22) y que, cuando se enteró por su esclava de lo que sucedía en su casa, lo mantuvo oculto (exigió que la esclava guardara absoluto silencio, § 21) para poder sorprender al supuesto adúltero.
Admite, como hemos comentado ya, que los encuentros sexuales entre su mujer y Eratóstenes tenían lugar en su propia vivienda, que no eran hechos esporádicos sino reiterados.
Para la acusación la escena en que Eufileto sorprendió a Eratóstenes con su mujer en la cama fue un montaje cuidadosamente preparado para tener testigos de un homicidio que pretendía que se calificase como legítimo invo- cando la ley del homicidio legítimo.
En esta línea, la acusación sostenía que Eufileto cenó la víspera del homicidio con su amigo Sóstrato porque había planeado matar a Eratóstenes esa noche, y, decían, mandó a la esclava en búsqueda de Eratóstenes para que, este, engañado, acudiera a su casa de madrugada; Eufileto convocó con antelación a testigos (probablemente a través de Sóstrato) y de hecho, como mínimo, hubo cuatro en el momento en que Eufileto dio muerte a Eratóstenes, puesto que en la narración de los hechos ( § 24) los separa en οἱ μὲν πρῶτοι εἰσιόντες y οἱ δ' ὕστερον, con plurales para ambos grupos 10, pero probablemente fueron muchos más ( § § 23-24 καὶ ἀφικνοῦμαι ὡς τὸν καὶ τόν... παραλαβὼν δ' ὡς οἷόν τε ἦν πλείστους). de ahí el interés de los familiares de Eratóstenes en demostrar que Eufileto consentía que su mujer tuviera relaciones con otros hombres en su propia casa y que eso no era algo pasajero, sino que ocurría desde hacía tiempo y era conocido por los vecinos y no solo por la esclava.
Si esto era así y la acusación tenía razón, es fácil pensar que Eufileto obtuviera algún beneficio (lo más probable es que fuera económico) de la actividad de su mujer y por ello creemos que la explicación más simple y verosímil es sospechar que prostituía a su mujer, o que al menos eso es lo que argumentó la acusación, parece que con pruebas bastante contundentes.
Evidentemente esto no quiere decir que fuera una prostituta corriente, que buscara clientes en la calle, ni que su vivienda fuera un prostíbulo; en casos como este de una mujer casada que lleva una vida familiar aparentemente normal, usamos prostitución en el sentido de que mantenía ocasionalmente, a cambio de algún tipo de compensación, encuentros sexuales con hombres que no eran su marido y que este era conocedor y beneficiario de los hechos 11.
Hasta hace unos años parecía inimaginable que un ciudadano ateniense prostituyera a su mujer pero hoy sabemos que la prostitución era un negocio importante y extendido en el mundo antiguo y que esa situación era posible 12.
Evidentemente, veinticinco 10 de hecho, la narración hace suponer que eran tantos que no cabían en la alcoba y por eso muchos de ellos vieron la escena desde fuera; así lo interpreta por ejemplo Hamel 2016, posición 222 en la versión digital.
11 Sobre los problemas de la distinción entre prostituta pornē y cortesana hetaira, cf. Cohen 2015, pp. 33 y ss.
12 Estamos de acuerdo con la crítica de davidson 1998, pp. 73-108, en contra del «two types model» en determinados estudios sobre la mujer antigua, modelo según el cual no había un espacio intermedio entre mujer casada y prostituta corriente.
En la colección de discursos judiciales que conservamos aparecen referencias claras a mujeres casadas que se prostituyen, siglos después no sabemos qué es lo que ocurrió con exactitud, pero creemos que la versión de la acusación es mucho más verosímil que la de la defensa, el discurso de Lisias que conservamos.
En nuestra interpretación, el caso de la mujer de Eufileto sería muy similar al de Fano en el Contra Neera 13, muy conocido entre los estudiosos de la prostitución en Grecia, del que trataremos más adelante.
Lo que contraargumenta Eufileto contra estos sólidos indicios de premeditación es que sus amigos han testificado que Eufileto no los encontró en su casa esa noche cuando fue a buscarlos ( § 42-43), pero al ser testimonios de sus propios amigos su fuerza probatoria era muy débil.
Nos dice que si hubiera habido premeditación se habría concertado con sus amigos y no habría ido inútilmente a buscar a personas que no estaban en sus casas, pero la acusación lo que decía, con mayor verosimilitud, es que ese fue el objetivo de su cena con su amigo Sóstrato, cena que Eufileto se ve obligado a admitir que tuvo lugar precisamente la noche del homicidio ( § 22); él insiste en que fue algo casual y que no sirvió para preparar el homicidio porque la presencia de Sóstrato en su casa hubiera alejado al adúltero ( § 40).
No parece un argumento de mucho peso puesto que, de hecho, según su propio relato, ocurrieron ambas cosas: Sóstrato cenó con él y Eratóstenes acudió a casa de Eufileasí en el discurso demosténico, atribuido a Apolodoro, Contra Neera (d.
59), y en el tercero de la colección de Iseo, Sobre la herencia de Pirro; se citan más adelante los pasajes concretos.
Existen referencias al adulterio en otros oradores, Isoc.
14 se alude al repudio de una mujer casada por adulterio, concretamente porque Alcibíades joven (el hijo de Alcibíades) la visitaba libremente como si fuera su hermano, pero en realidad se comportaba con ella como su marido; conservamos el título de un discurso de Lisias sobre un caso de adulterio, el discurso 27 de los fragmentarios en la edición oxoniense de Carey 2007.
La frontera entre adulterio y prostitución de ciudadanas pensamos que es casi imposible de trazar.
22.61 se alude también a una ciudadana que ejerce la prostitución.
Sobre que tanto ciudadanos como ciudadanas se prostituían en Atenas en mayor medida de lo que se piensa, cf. Cohen 2015. pp. 70 y ss. o Glazebrook 2006b, haciendo uso de distintos indicios, como imágenes de vasos, alusiones en literatura, etc. 13 Neera era una mujer que se comportaba como si fuera una hetera ὡς ἂν ἑταίρα οὖσα (d.
Quizá el ejercicio de la prostitución de la mujer de Eufileto no era tan manifiesto, no estaba a disposición de cualquiera (οἱ βουλόμενοι πλησιάζειν, D. 59.19), pero sí hacía negocio de su cuerpo (ἠργάζετο τῷ σώματι en D. 59.20) y cobraba a quien estuviera dispuesto a ello (ἐμισθάρνει τῷ βουλομένῳ ἀναλίσκειν, d.
Véase el comentario a estos pasajes de Glazebrook 2005, p.
170. to esa noche. después ( § § 37-38), sospechosamente, argumenta que mandar hacer venir a Eratóstenes hubiera supuesto premeditación y maquinación si el adulterio no se hubiera consumado, sin embargo, dice, habría sido legítimo hacerlo si el adulterio ya se había producido.
Como, en efecto el adulterio sí se había consumado y Eufileto era conocedor de ello, pone claramente en cuestión lo que él mismo dijo antes y le da verosimilitud en este punto a la acusación.
Para la defensa de Eufileto, sin embargo, era fundamental convencer al jurado de que la víctima, Eratóstenes, acudió por propia iniciativa ( § 23), y no con el pretexto de una falsa cita amorosa.
La interpretación que hace de por qué despidió a su amigo Sóstrato es menos creíble que la que hace la acusación: según él sería un indicio de que no hubo premeditación porque si hubiera sabido que esa noche iba a venir Eratóstenes habría insistido en que Sóstrato se quedara para tener ayuda frente al adúltero; la acusación daba una explicación mucho más sencilla y directa: la cena con Sóstrato sirvió para preparar el homicidio, por ello, Sóstrato, después de cenar, se marchó en búsqueda de otros amigos que sirvieran de refuerzo y fueran testigos de que Eratóstenes estaba cometiendo adulterio con la mujer de Eufileto; mientras tanto este, para asegurarse la presencia de Eratóstenes esa noche en su casa, mandó a su esclava a buscarlo diciéndole que la mujer de Eufileto estaba disponible esa noche.
Eufileto ( § 42) nos dice después que premeditación hubiera sido preparar a criados, convocar a amigos por si Eratóstenes estaba armado y para tener testigos: todo eso es lo que él mismo nos ha contado en la narración que ocurrió y sobre lo que ha presentado testigos ( § § 29, 42).
Eufileto tiene mucho interés en su relato en acortar los tiempos, en retrasar el momento en el que se enteró por fin de lo que sucedía en su casa para restar credibilidad al argumento de la acusación de que ha habido premeditación cosa que anularía o restaría la pretendida legitimidad del homicidio por aducir adulterio.
Por ello se nos dice que solo pasaron cuatro o cinco días desde que se enteró del adulterio de su mujer hasta el homicidio de Eratóstenes ( § 22 διεγένοντο ἡμέραι τέτταρες ἢ πέντε), pero cuatro o cinco días son ya suficientes días para validar la tesis de la acusación.
La acusación probablemente sostenía que Eufileto tuvo amplio margen de tiempo para resolver la situación sin matar a Eratóstenes y que el adulterio flagrante se usó como pretexto para legitimar la muerte de Eratóstenes y nada tuvo que ver con los motivos reales del homicidio.
Eufileto, por el contrario, en su narración de los hechos intenta demostrar que Eratóstenes, a pesar de su juventud ( § 37 νεανίσκον), era un adúltero consumado14.
Su homicidio había servido, según él, no solo para vengar su honor particular sino el de otros ciudadanos y, de alguna forma, los valores morales de la ciudad, en algo fundamental como era la legitimidad de los hijos.
No es fácil de interpretar la ventaja que la acusación intenta conseguir del testimonio de ciudadanos que vieron a la mujer de Eufileto en compañía de la madre de Eratóstenes en la fiesta de las Tesmoforias ( § 20); quizá se pretendía demostrar que la familia de Eratóstenes, esto es, la parte acusadora, sabía del adulterio con antelación y no hizo nada por evitarlo15.
Quizá sencillamente pretende hacer patente que la mujer de Eufileto no era considerada por las ciudadanas atenienses ni adúltera ni prostituta puesto que participaba en las Tesmoforias en las que solo podían tomar parte mujeres casadas decentes 16.
uso de la etopeya para rebatir argumentos de la acusación
Lisias, como buen maestro de retórica, intentó construir la defensa de un caso, en nuestra opinión, muy débil17, haciendo uso de la etopeya.
Y lo hizo tan bien que hoy se sigue leyendo este discurso tal y como Lisias pretendió que lo interpretaran los jueces.
El hecho de que la mujer durmiera abajo y con acceso directo a la calle, un elemento central de la acusación en la línea de insistir en la premeditación y en que las relaciones de la mujer de Eufileto con otros hombres eran consentidas, se convierte en una muestra de comprensión y afecto del marido preocupado por el bienestar de su mujer y de su hijo, que facilita que la madre amamante al bebé por la noche.
Que entrara y saliera de noche gente de la vivienda familiar se transforma en prueba de la ingenuidad de un marido confiado (Todd 2007, p.
51) que cree la versión de la mujer que le cuenta que se apagó el candil.
Que apareciera su mujer por la mañana con la cara pintada, a pesar de que el matrimonio no había compartido el lecho, Lisias lo disimula como una muestra de que Eufileto era un marido muy confiado, incluso tonto ( § 10, οὕτως ἠλιθίως διεκείμην).
Tanto que se dejó encerrar en el piso de arriba de su propia vivienda, situación que Lisias justifica como una escena de celos de la mujer, que no quiere que el marido se aproveche de la esclava; Eufileto, por su buen carácter y naturaleza confiada, se somete a la autoridad de su mujer.
También, según él, fueron celos, en este caso de una antigua amante de Eratóstenes, lo que desencadenó que se enterara de lo que estaba ocurriendo en su casa.
Si invitó a Sóstrato a cenar la noche en que de madrugada tuvo lugar el homicidio se debió a que sabía que su amigo no tenía nada de comer en su casa ( § 22, εἰδὼς δ' ἐγὼ ὅτι τηνικαῦτα ἀφιγμένος οὐδὲν {ἂν} καταλήψοιτο οἴκοι τῶν ἐπιτηδείων); una vez más la bondad de Eufileto y su concepto de la amistad se intentan poner como pantalla de la acusación de premeditación de la parte contraria.
La etopeya positiva que construye Lisias a favor de su cliente, Eufileto, se contrapone a la etopeya negativa por la que se insiste en la maldad y daño social que supone una persona como Eratóstenes.
Como hay interés en que la responsabilidad de la mujer de Eufileto se difumine, toda la culpa recae en el muerto, en Eratóstenes, el seductor profesional que va rompiendo corazones de mujeres casadas, no solo de la mujer de Eufileto, sino de muchas más ( § 16 οὐ μόνον τὴν σὴν γυναῖκα διέφθαρκεν ἀλλὰ καὶ ἄλλας πολλάς), a pesar, como se ha señalado ya, de su juventud.
Este comportamiento de Eratóstenes es un auténtico peligro para la ciudad porque está poniendo en cuestión la legitimidad de los hijos de muchas familias atenienses y la mano homicida de Eufileto en realidad ha sido la de la ley ( § 26 οὐκ ἐγώ σε ἀποκτενῶ, ἀλλ' ὁ τῆς πόλεως νόμος y § 27 ἐκεῖνος τούτων ἔτυχεν ὧνπερ οἱ νόμοι κελεύουσι τοὺς τὰ τοιαῦτα πράττοντας).
118) están de acuerdo en que sorprende que Lisias no recurra a emociones o sentimientos como explicación del comportamiento de Eufileto. de hecho, no se usa la cólera como motivación, a lo más que se alude es al castigo que exigen las leyes ( § 4, καὶ οὔτε ἔχθρα ἐμοὶ καὶ ἐκείνῳ οὐδεμία ἦν πλὴν ταύτης... πλὴν τῆς κατὰ τοὺς νόμους τιμωρίας).
En realidad, la estrategia defensiva de Lisias consiste en transformar la ofensa particular de Eufileto en una ofensa pública a la comunidad, en palabras de Viano.
otros motivos del homicidio
No sabemos qué motivos adujo la acusación para justificar que Eufileto quisiera matar a Eratóstenes de forma premeditada; aparentemente Eufileto solo perdía con la muerte del cliente de su mujer.
Si el adulterio fue un pretexto, ¿cuáles fueron los motivos reales del homicidio?
Es difícil saberlo y nos movemos en un terreno muy conjetural.
El propio Eufileto refuta que el dinero estuviera en cuestión, ya desde el principio del discurso ( § 4); después afirma que Eratóstenes antes de morir estuvo de acuerdo en llegar a un pacto económico ( § § 25-26), cosa que hubiera sido la forma normal y esperada de solucionar la situación (Roy 1997, p.
50) y no matando al adúltero, en una escena tan teatral como la que nos cuenta.
Se vuelve a aludir a la cuestión económica en la refutación ( § 44 οὔτε εἰ ταῦτα διαπραξαίμην, ἤλπιζόν ποθεν χρήματα λήψεσθαι).
Como estamos viendo, no hay que creer demasiado lo que dice Eufileto y esta insistencia en afirmar que el dinero no fue motivo nos incita a pensar lo contrario.
Creemos que en § 44 puede estar la clave de lo que realmente ocurrió, cuando Eufileto argumenta que no se había materializado ninguna denuncia contra él por parte de Eratóstenes (οὔτε γὰρ συκοφαντῶν γραφάς με ἐγράψατο... οὔτε ἰδίας δίκας ἐδικάζετο) 18, pero en el mismo contexto nos dice que, de haber existido esa denuncia, podría haber supuesto la expulsión de Eufileto de la ciudad (οὔτε ἐκβάλλειν ἐκ τῆς πόλεως ἐπεχείρησεν).
En esa misma sección admite él mismo que de hecho se producían amenazas de muerte por hechos de esa naturaleza (ἔνιοι γὰρ τοιούτων πραγμάτων ἕνεκα θάνατον ἀλλήλοις ἐπιβουλεύουσι).
Eufileto está dándonos pistas, creemos, de cuál pudo ser el motivo real del homicidio.
En realidad en estos casos de prostitución de mujeres casadas ciudadanas (o consideradas como tales) 19, el chantaje podía ir en ambas direcciones; el responsable o kýrios de la mujer podía verse envuelto en un proceso con graves consecuencias, entre ellas la pérdida de sus derechos 18 Sobre la diferencia entre γραφή y δίκη en este contexto y sobre el uso del aoristo e imperfecto, cf. Todd 2007, p.
Además podía ser acusado de proxenetismo, proagōgeía, o inducción a la prostitución, que según Esquines entrañaba castigos máximos 21.
En el otro sentido al cliente de una mujer casada que se prostituía se le podía amenazar con aplicarle leyes que permitía matar al adúltero 22 o detenerlo para iniciar un proceso contra él.
59.87, donde se presenta el texto de una ley de adulterio (νόμος μοιχείας) que implica que el marido de una adúltera reconocida debe divorciarse de ella bajo amenaza de atimía y se prohíbe a la adúltera acudir a ceremonias religiosas públicas; en caso de ser sorprendida en esa circunstancia puede ser vejada solo con el límite de que no muera; en Aeschin.
1.183 se habla de una ley similar, quizá una versión más antigua puesto que se atribuye en este caso a Solón, llamada del decoro de las mujeres (γυναικῶν εὐκοσμία) en la que no se habla de divorcio o atimía pero se formula la misma prohibición de asistir a ceremonias religiosas públicas y se prohíbe a las adúlteras adornarse (κοσμεῖσθαι); en caso de incumplimiento también se especifica que el límite de vejamen contra la adúltera es la muerte, cf. Todd 1993, pp. 277-278.
Esta legislación sobre adulterio es aplicable también a cualquier ciudadana casada que obtiene beneficio económico a cambio de actividad sexual.
1.13 se alude a un νόμος ἑταιρήσεως, también citado en D. 22.21, por el que se perseguía al kýrios que prostituyera a un hijo, hermano, sobrino, etc., pero parece que se aplicaba solo a prostitución masculina, que según Todd 1993, p.
107, nota 5, estaba más regulada que la femenina.
Para el caso de ciudadanas que se prostituyen, cf. Cohen 2015, pp. 115-119; a partir de Glazebrook 2006a, que cita una ley de Solón que impedía la proagōgeía (proxenetismo o inducción a la prostitución), de la que hablan Esquines y Plutarco (Aeschin.
23.1-2); el texto de Esquines dice τὸν [νόμον] τῆς προαγωγείας, τὰ μέγιστα ἐπιτίμια ἐπιγράψας, ἐάν τις ἐλεύθερον παῖδα ἢ γυναῖκα προαγωγεύῃ, es decir, se incurría en riesgo de graves condenas por prostituir a un niño o una mujer (libres o ciudadanos); además las leyes de Solón, según Plutarco, prohibían prostituir (en el texto, literalmente πωλεῖν) a las hijas o las hermanas excepto si era conocido que ya no eran vírgenes (πλὴν ἂν μὴ λάβῃ παρθένον ἀνδρὶ συγγεγενημένην); no habla, según Glazebrook, de las casadas porque debían divorciarse, como se ha comentado en la nota anterior.
Sobre los peligros en este contexto legal en que incurría el cliente de una mujer libre que ejercía la prostitución fuera de un burdel, cf. McGinn 2014, pp. 86-87.
22 En Lisias, 13.66, se dice de Agorato: διαφθείρειν ἐλευθέρας ἐπεχείρησε, καὶ ἐλήφθη μοιχός• καὶ τούτου θάνατος ἡ ζημία ἐστίν; es decir, que fue sorprendido en intento de adulterio con mujeres libres o ciudadanas y que la pena es la muerte, si se había consumado el adulterio.
Lo que decía la ley (citada en d.
23.53 y a la que se alude en el propio discurso que nos ocupa, § § 30-31) es que un varón puede matar al sorprendido manteniendo relaciones sexuales con su mujer, madre, hermana, hija o concubina; y especifica que se refiere a mujeres que pueden procrear hijos libres, por tanto, se refiere a mujeres ciudadanas; cf. Cohen 1993, p.
Estos posibles chantajes bidireccionales aparecen también en el Contra Neera a propósito de Fano, la hija de Neera (Hamel 2003, pp. 95 ss.)., que actuaba como su kýrios23, tendió una trampa a un ciudadano de Andros, Epéneto (que ya antes había sido amante de Neera), y logró que acudiera a una residencia campestre donde lo sorprendió en la cama con Fano, según Estéfano cometiendo una ofensa que designa como adulterio24 (en una escena muy parecida a la del caso que nos ocupa).
Retuvo a Epéneto a la fuerza y le pidió en compensación treinta minas, medio talento, una cantidad muy considerable; hasta que no dio garantías de que pagaría no lo liberó; al verse libre, lejos de pagar lo prometido, acusó a Estéfano por detención ilegal con el pretexto de adulterio.
Epéneto reconocía que había tenido relaciones con Fano pero no que hubiera cometido adulterio ( § 67) porque Fano era prostituida por su madre (Neera) de forma manifiesta y usaban la vivienda familiar con ese fin.
Epéneto hizo uso de una ley que protegía que un ciudadano fuera detenido por una acusación de falso adulterio ( § § 66-67), lo que indica que era una circunstancia suficientemente frecuente como para que estuviera legislada25.
Estéfano tuvo miedo de ser acusado de proxeneta (πορνοβοσκῶν en § 68) y prefirió llegar a un acuerdo económico por mil dracmas (diez minas, un tercio de la cantidad que reclamó al principio) con lo que compensaba tanto las relaciones sexuales que había mantenido hasta la fecha con Fano, como futuros encuentros26.
Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 27-48 ISSN 0013-6662 doi: 10.3989/emerita.2017.02.1613 citada en ese pasaje del Contra Neera, el marido (o kýrios de la adúltera), tras detener al adúltero y obtener una garantía pecuniaria de él mediante garantes (que es exactamente lo que obtuvo Estéfano de Epéneto), debía presentarlo ante los thesmothétai y en caso de que probase el adulterio podía vejar físicamente en el propio tribunal al adúltero sin puñal, es decir con el límite de la muerte.
Pensamos que la situación que se nos cuenta entre Estéfano y Epéneto a propósito de la hija de Neera puede ser una situación similar a lo que pretendió Eufileto al convocar a sus amigos como testigos; su intención no fue tanto matar a Eratóstenes como hacerle chantaje y obligarle a pagar una cantidad importante de dinero; algo salió mal y Eratóstenes acabó muerto.
Con la muerte de Eratóstenes Eufileto perdió la posibilidad de cobrar dinero, como él mismo dice, y además dejó a su mujer en muy mala situación al hacerse público el adulterio 27. otra hipótesis es que Eratóstenes supiera demasiado, de ahí la frase de § 44 οὐδὲν ὃ ἐγὼ δεδιὼς μή τις πύθηται ἐπεθύμουν αὐτὸν ἀπολέσαι que, si la leemos retóricamente e interpretamos que ocurrió exactamente lo contrario, estaría diciéndonos que en realidad Eratóstenes sabía algo y por miedo a que fuera conocido Eufileto lo mató.
la prostitución de ciudadanas en atenas
Pongamos todo esto en el marco de lo que sabemos sobre la prostitución en Atenas, tema sobre el que se ha trabajado mucho en los últimos años 28.
En primer lugar hay que señalar que la prostitución era una actividad bastante extendida y que daba lugar a muchos procesos; en la propia colección de Lisias hay varios discursos que inciden en el tema 29.
Está claro que la mayor parte de las prostitutas que trabajaban en establecimientos dedicados a esa función eran esclavas (Hamel 2003, p.
5; Cohen 2006, pp. 102 ss.), pero eso no impedía que también hubiera mujeres casadas que se prostituyeran30, mujeres que no ejercían en prostíbulos, sino en lugares mucho más discretos, como su propia vivienda31. desde esta perspectiva, la mujer seducida de la que se habla en este caso ( § 15) es muy posible que fuera otra mujer que ejercía también la prostitución en circunstancias parecidas a la mujer de Eufileto.
No cabe duda de que la pobreza debía empujar a ciudadanas a ello32; hay que pensar que en condiciones normales bajo la supervisión de un varón, el kýrios correspondiente; en este caso el propio marido33.
El hecho de que la mujer que cobraba por mantener encuentros sexuales fuera ciudadana y estuviera casada suponía que los precios eran mucho más altos que los que podía cobrar una prostituta normal (esclava), como señalan Halperin (1990, pp. 107-109) o Cohen (2015, p.
19) argumentan que el adulterio con beneficio económico para el marido debía de ser una práctica más extendida de lo que se piensa.
64-65), la ciudadanía de Fano, la mujer a la que prostituye su kýrios, Estéfano (que es su padre o quizá padrastro), fue puesta en cuestión por su anterior marido Fástor en su divorcio, aunque el caso no se vio en los tribunales porque Fástor y Estéfano llegaron a un acuerdo (Hamel 2003, pp. 84-85; Glazebrook 2006b, 130-132).
En el discurso tercero de Iseo sobre la herencia de Pirro la ciudadanía de la mujer que se prostituye parece que se pone en duda precisamente a partir de esa circunstancia.
En el caso que nos ocupa, todo induce a pensar que la mujer de Eufileto era ciudadana, aunque no se diga expresamente 35.
Quizá habría que plantear la cuestión al revés: una mujer casada al prostituirse ponía en cuestión su ciudadanía36.
Nowak (2010, pp. 187-190), a partir del famoso Contra Neera ( § 67) explica cómo el adulterio o moikheía no se podía esgrimir si la mujer actuaba como prostituta.
En casos como el que nos ocupa, el procedimiento para determinar que una mujer era prostituta era lo que Nowak llama flagrancia.
Eso es lo que debieron testimoniar los vecinos 37: que en la planta baja de su vivienda entraban y salían hombres o que se había visto a la mujer de Eufileto con la cara pintada.
59.67), como hemos visto ya, también se amenazó a Epéneto, el cliente de Fano, la hija de Neera, con la ley de adulterio y se argumentó que no era aplicable porque Fano ejercía la prostitución de forma manifiesta en un lugar conocido como tal (ergastērion), que tanto en nuestro caso, como en el de Neera, es una estancia de una vivienda particular con fácil acceso a la calle 38.
Es decir, que los clientes de ciudadanas prostitutas tenían que tener cuidado porque era fácil que para conseguir más dinero se les amenazara con aplicarles la ley de adulterio.
Como observación marginal a lo que nos ocupa, podemos señalar que, si es cierta nuestra interpretación, en el texto de Lisias se mencionan probablemente dos mujeres ciudadanas que ejercen la prostitución, la mujer de Eufileto y la mujer despechada que denuncia la situación a Eufileto ( § 15) a través de la vieja celestina ( § 15 πρεσβῦτις ἄνθρωπος).
Esta otra mujer se entiende que también es ciudadana (puesto que en § 16 se dice διέφθαρκεν ἀλλὰ καὶ ἄλλας πολλάς, pero sobre todo porque se utiliza referido a ella también el verbo μοιχεύω en § 15).
51, los maridos que prostituían a sus mujeres usaban a las esclavas domésticas para tareas de celestineo y existía competencia y rivalidad por asegurarse el negocio.
En nuestra interpretación, tanto la esclava doméstica de Eufileto ejerce ese tipo de funciones como también la vieja que denuncia la situación a Eufileto.
En nuestro estudio hemos puesto de relieve las debilidades de la posición de Eufileto.
Así, el hecho de que en una vivienda muy pequeña durante un período largo de tiempo no se diera cuenta de que su mujer tenía encuentros sexuales con Eratóstenes, favorecidos además porque dormía con frecuencia en la planta baja y no con su marido; el hecho de que ella u otras personas entraban y salían de madrugada de la casa; el hecho de que la mujer de Eufileto 38 Tal como señala Glazebrook 2011, pp. 35-36, ἐργαστήριον era un término genérico, aunque quizá tenía un uso oficial más restrictivo, para un prostíbulo con varias mujeres (esclavas mayoritariamente) ejerciendo la prostitución; evidentemente, ni en el caso de Neera ni en el de la mujer de Eufileto nos estamos refiriendo a un negocio de ese tipo.
El término aparentemente más indicado para el caso que nos ocupa es οἴκημα que pasó de 'habitación' a 'alcoba para encuentros sexuales', con la posibilidad de que intervinieran mujeres ciudadanas ἀσταί en negocios mucho más discretos que los prostíbulos o πορνεῖα, cf. Glazebrook 2011, p.
La asociación de οἴκημα con la prostitución está muy clara en Is.
Cuando demóstenes acusa a la madre de Esquines de prostituirse hace uso de otro término para indicar dónde tenían lugar los encuentros sexuales, κλεισίον, D. 18.129, citado por Glazebrook 2011, p.
Eufileto, también de forma muy sospechosa, cenó con su amigo Sóstrato justamente la noche en que Eufileto mató a Eratóstenes (según la acusación para preparar la encerrona como consecuencia de la cual murió), sin que la contraargumentación tenga mucha fuerza.
Por todo ello nos parecen más verosímiles las tesis de la acusación, avaladas probablemente por testimonios de vecinos, en el sentido de que Eufileto desde hacía mucho tiempo (y no solo cuatro o cinco días antes de los hechos) consentía que su mujer tuviera relaciones con otros hombres en la vivienda familiar y por eso la mujer dormía en la planta baja.
Creemos que la acusación tenía muchos motivos para sostener que Eufileto preparó minuciosamente la presencia de testigos la noche en que tuvo lugar el homicidio y por ello cenó la víspera con su amigo Sóstrato; dadas esas circunstancias, Eufileto ordenó a su esclava doméstica que hiciera venir a Eratóstenes a su casa la noche en que se produjo el homicidio con el pretexto de un encuentro amoroso y la presencia de Eratóstenes en casa de Eufileto la noche de los hechos no fue un hecho fortuito.
Sin embargo, pensamos que es poco probable que el objetivo de Eufileto fuera dar muerte a Eratóstenes porque poco beneficio podía sacar con ello; nos parece más verosímil pensar que intentara hacerle chantaje económico, objetivo para el que la presencia de sus amigos era también importante.
Creemos, por ello, que la acusación de premeditación de la acusación se centraba sobre todo en que Eufileto sabía y consentía desde mucho antes del homicidio que su mujer tenía relaciones con otros hombres y no tanto en que hubiera decidido matar a Eratóstenes.
Por todo ello, puestos estos datos en el contexto de lo que hoy sabemos sobre la prostitución en Atenas, pensamos que el famoso discurso primero de Lisias es en realidad un pleito con un trasfondo, creemos que bastante claro, de prostitución, que enlaza y presenta interesantes paralelismos con otros casos ya conocidos con referencia a prostitución de ciudadanas como el discurso Contra Neera o el tercero de la colección de Iseo. |
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Este trabajo analiza de qué manera dos relatos de la tradición indirecta de la vida de Alejandro Magno, Plutarco (Alex.) y Pseudo Calístenes (recensión β), reelaboran el momento de la fundación (ktísis) de la capital egipcia, Alejandría.
Se intentará demostrar cómo ambas versiones retrabajan la transmisión de las fuentes e in-scriben en su propio relato la importancia de la letra escrita y del conocimiento libresco (que caracteriza a la ciudad en el período helenístico y romano) en las circunstancias literales y literarias de la fundación.
De esta manera, el mundo imperial se pre-dice en el origen de la gran ciudad y favorece una imagen de continuidad con el legado de Alejandro en el imaginario de las Alejandrías literarias.
Palabras Clave: Alejandría; ktísis; Plutarco; Pseudo Calístenes.
A diferencia de otras ciudades antiguas, Alejandría, la capital egipcia, gozó de prestigio y reconocimiento como centro de civilización desde tiempos muy cercanos a su fundación en el año 331 a.
C. 1 Casi simultáneamente, la Alejandría histórica dio lugar a la Alejandría literaria en los testimonios de la tradición directa, i.e. los escritos de los ʻcompañeros' (hetaîroi) del rey macedonio, donde se mencionaban los orígenes de la pólis.
Poco después, durante la época ptolemaica, esos relatos alimentaron los detalles, entre históricos y fabulosos, de las composiciones poéticas de las Alexandreías Ktíseis (Fundaciones de Alejandría), que circulaban como piezas autónomas y que constituían una práctica frecuente entre los autores de la Gran Biblioteca: así se deduce de los fragmentos de cinco Ktíseis (de Náucratis, Cnido, Cauno, Rodas y Lesbos) pertenecientes a Apolonio de Rodas, además de una Alexandreías ktísis (según un escolio de Nicandro) donde el mito fundacional incluía serpientes venenosas nacidas de la sangre de la Gorgona, evidente helenización de una versión egipcia sobre el origen de la ciudad 2.
Simultáneamente, proliferaron los relatos de fundación en prosa, integrados en narraciones más amplias, donde se destacaban las nuevas características monumentales de la edificación urbana.
Ya en tiempos del Imperio, el tópico de la descripción de la capital helenística devino en motivo frecuente en la enseñanza de los ejercicios retóricos: Aftonio, en sus Progymnásmata (s. IV d.
C.), ofrece como modelo de ékphrasis tópou el recorrido por su acrópolis.
El esplendor de la Alejandría literaria durante sus primeros siglos abarca una asombrosa cantidad de géneros (relatos de viajes, novelas eróticas, historiografías, biografías, paradoxografías, descripciones geográficas, 1 Acerca del debate sobre la fecha exacta de la fundación (si fue en el mes de enero o abril) y los diferentes calendarios (egipcio, ptolemaico, romano) que intervienen en la datación, véase Jouanno 2002, p.
2 El tópos literario de la ktísis tiene antecedentes en la poesía arcaica, aunque siempre incluido en composiciones más extensas: poesía épica, elegía, himnos, epinicios, peanes, drama, etc. Al respecto, Dougherty 1994 plantea que es en época helenística cuando este motivo se convierte en un género poético autónomo, según los fragmentos conservados de ktíseis de Apolonio y Calímaco.
La consolidación del género está ligada a dos razones, una histórica y la otra literaria: a) por la política de fundación de ciudades iniciada por Alejandro y seguida por los diádocos en el oriente mediterráneo; b) por el interés de los poetas alejandrinos en clasificar la poesía anterior, reunida ahora en la Biblioteca, y en celebrar las acciones de los reyes que impulsaban el desarrollo cultural en la metrópolis helenística.
Para un estudio de las Ktíseis de Apolonio como género autónomo, véase Sistakou 2008.
Para una visión de conjunto de estas obras y su innovación crítica meta-literaria, véase Whitmarsh 2004, pp. 122-138. encomios) y aún perdura cuando la supremacía intelectual de la ciudad y su grandiosa arquitectura han perdido notoriedad frente a otras urbes del mundo romano.
Si la Alejandría histórica deja ver, en las sucesivas construcciones y destrucciones, todas las luchas del proceso de sometimiento al poder de Roma, la Alejandría literaria, por su parte, ofrece un tópos que favorece el imaginario de la articulación cultural entre el mundo helenístico y el mundo imperial.
La metrópolis de Alejandro es modelo de civilización a imitar en los comienzos del Imperio, cuando Diodoro de Sicilia (s. I a.
C.) la considera la primera entre las ciudades del «mundo habitado» (οἰκουμένη) 3.
Y es incorporada como parte de la romanidad cuando, casi dos siglos después, Elio Arístides asegura, en su Elogio a Roma, que Alejandro fundó la capital con el fin de que los romanos tuvieran la gloria de conquistar la ciudad más grande después de la suya 4.
La asimilación de la urbe egipcia al presente romano se percibe también en las reelaboraciones de los relatos de fundación por parte de los autores imperiales, i.e. la tradición indirecta, como es el caso de la Vida de Alejandro de Plutarco (Plu., Alex.) y de la Vida y Hazañas de Alejandro de Macedonia del Pseudo Calístenes (Ps.
Callisth.), también conocida como Novela de Alejandro 5.
Ambos textos, enraizados en tradiciones narrativas muy diversas y con variantes significativas en la anécdota, presentan, no obstante, dos rasgos comunes: la justificación de las características de Alejandría en la figura del macedonio y la relación del destino cultural de la pólis con las circunstancias literarias o literales de su fundación.
Pero menos se ha advertido de qué manera el mundo imperial se in-scribe en los relatos de fundación de Alejandría y reelabora las versiones de ese hecho histórico imprimiéndole el signo civilizador de la letra griega y del libro (Mestre 2008) que es, para los pepaideuménoi de estos siglos, el verdadero legado del gran Alejandro y su metrópolis.
El bíos de Plutarco es un claro exponente de esta forma discursiva donde la comprensión de los eventos históricos está ceñida al êthos del personaje biografiado, como lo explica el propio autor en el conocido prólogo a esta Vida.
En un estudio anterior 7 hemos afirmado que, de las ktíseis conservadas en las fuentes imperiales griegas y latinas 8, la versión plutarquea es decididamente libresca en el sentido material y simbólico del término.
Este bíos se desarrolla según una lógica narrativa que, conceptualmente, podemos calificar de helenística: vincula «palabras y hechos» (lógoi kaì érga) como una metonimia de causa/consecuencia que proyecta lo que Alejandro lee (Homero, en primer lugar, tragedias y ditirambos, Alex.
Las lecturas del macedonio justifican sus acciones en la medida en que la grandeza de sus actos se alimenta de la grandeza de la paideía que lo ha formado: basta recordar, en el parágrafo 8 dedicado a la educación del héroe, el énfasis dado a sus cualidades lectoras y el episodio de la «Ilíada de la caja» 9, copia del poema homérico que Alejandro consideraba la fuente de su virtud guerrera (τῆς πολεμικῆς ἀρετῆς ἐφόδιον, Alex.
8.2) y que guardaba, junto con la espada, debajo de la almohada donde dormía.
Pero más aún: el Alejandro de Plutarco no sólo se educa e inspira en Homero sino que toma literalmente los versos de los poemas para comprender su propia realidad.
Así, cuando llega a Troya (Alex.
15.7-9), busca la lira de Aquiles, aquella con la que el Pelida cantaba las hazañas de antiguos guerreros en el canto IX de la Ilíada.
Esta interpretación literal reaparece en el parágrafo 26, dedicado a la fundación de la metrópolis.
Efectivamente, la complementariedad de los términos lógoi kaì érga es el rasgo propio del período helenístico, que se materializará en la construcción de Alejandría y en su monumental proyecto libresco.
Plutarco, desde la distancia temporal que le da su propio siglo, logra convertir ese cambio cultural en el principio narrativo de la Vida de Alejandro y, especialmente, del relato de la fundación 10.
La concepción helénica que Plutarco tiene del macedonio es coherente con el lugar asignado a la fundación en el periplo del viaje.
El rey llega a Egipto y funda Alejandría antes de emprender la travesía al templo de Amón, primer momento de inflexión en el bíos que marca la creciente orientalización geográfica y subjetiva del macedonio.
Ahora bien, el parágrafo 26 dedicado a la estancia en Egipto no sigue, como otras veces, un criterio cronológico: no relata directamente la fundación de la ciudad que es, según el orden fijado por Plutarco, la primera acción que Alejandro realiza allí.
Por el contrario, introduce una digresión donde cuenta la anécdota de la lujosa caja que estaba entre los bienes de Darío y en la que Alejandro decide proteger su tesoro más valioso, Todo el pasaje es muy significativo ya que permite ver cómo entiende el Queronense aquel hecho y cómo matiza literariamente ese momento que él considera el inicio de una nueva etapa: el acto de la fundación de Alejandría.
Gracias al sueño anticipatorio, Alejandro no construye la ciudad meramente sobre un tópos geográfico egipcio sino sobre un tópos poético griego.
Alejandría queda, así, fundacionalmente concebida como una realización material de la paideía. otra vez, lógoi kaì érga, exactamente en ese orden, es el motivo estructurante en la visión plutarquea de Alejandro.
De allí que las cualidades del héroe civilizador se deriven de su condición de lector de la épica homérica.
En el sueño, Homero recita unos versos, según conviene a la figura del poeta oral por excelencia en la cultura griega.
Pero lo cierto es que el episodio encierra un giro de concepción helenística que modifica la herencia de la tradición clásica ya que Alejandro descifra quién es ese anciano de venerable aspecto por sus lecturas de los poemas homéricos: otra vez, el reconocimiento viene dado por la letra o, mejor dicho, por el conocimiento literal de la poesía.
Es un juego de desciframiento que gira sobre el acto de la lectura en diferentes niveles, el anecdótico y el enunciativo, ya que seguramente Plutarco espera que el instruido lector del bíos también reconozca la procedencia de esos versos.
El matiz oral queda, así, subordinado al conocimiento libresco y a la memoria acopiada a través de la lectura.
Podemos decir que, con el Homero del sueño de Alejandro, la función de la Biblioteca ha comenzado.
El matiz literario y literal de la fundación modifica todos los detalles de la anécdota.
Un ejemplo es la ékphrasis de la diagramación de la ciudad que, si bien sigue fuentes anteriores11, ahora queda ligada al episodio del sueño.
Dice Plutarco que con cal sobre la negra tierra12 se trazaron sobre una base circular dos líneas rectas cerca de los bordes, de manera que el diseño resultaba «como la figura de una clámide» (ὥσπερ ἀπὸ κρασπέδων εἰς σχῆμα χλαμύδος, 26.8).
Efectivamente, el contorno aproximadamente rectangular de la metrópolis es el más verosímil y es el que reproducen, hasta hoy, las reconstrucciones de los planos hipotéticos de la Alejandría helenística 13.
Pero aquí no sólo se destaca esa información, posiblemente histórica, sino el tratamiento dado para lograr que el perímetro urbano sea evidente y, a la vez, significativo a los ojos del lector: la ciudad es como una clámide y así el recurso de la ékphrasis tópou sella, asimismo, una identidad cultural.
El Homero del sueño, que es el Homero literal de los textos, indica un lugar y Alejandro pide que se diseñe la forma de la ciudad (διαγράψαι τὸ σχῆμα τῆς πόλεως, 26.7) acomodada al sitio y entonces surge la forma de la clámide.
La imagen urbana queda asociada no sólo a aspectos topográficos sino también poéticos y Homero deviene «un maravilloso y muy sabio arquitecto» (θαυμαστὸς καὶ σοφώτατος ἀρχιτέκτων, 26.7), completándose el acto fundacional entre el poeta y el rey.
Finalmente, se cuenta el célebre episodio de la utilización de harina para delinear el perímetro de la edificación y la llegada de la multitud de pájaros que descienden y devoran el dibujo, lo que será interpretado por los adivinos como el presagio de la abundancia y el cosmopolitismo de la ciudad14.
Pero también aquí el término τροφός, ʻsustento' (Alex.
26.10), referido a la ciudad nutricia, conlleva el signo propiciatorio de la paideía que marca todo el pasaje.
En esta versión helenizada de los acontecimientos, nada dice el autor de otras circunstancias, ya sean históricas o fabulosas, que integren elementos locales, como p. ej. el enclave de habitantes nativos llamado Rakotis, sobre el cual se asienta la nueva construcción.
Tampoco nombra ningún episodio del conquistador con serpientes, historias que pueblan otras versiones de época helenística e imperial, como la ktísis de Apolonio (según Nicandro) y las recensiones α y β del Pseudo Calístenes.
Particularmente, esta ausencia es interesante ya que la serpiente, en este contexto, es un símbolo de Amón y Plutarco lo explicita cuando menciona las diferentes versiones sobre los hechos extraordinarios que signaron el momento de la concepción del héroe: primero, el rayo que cae sobre el vientre de olimpia, como acto de gestación divina; luego, el sueño de Filipo, donde ve que sella el vientre de su mujer con la imagen de un león; y finalmente, en Alex.
2.6 y 3.1-3, el relato mítico que atribuye la paternidad de Alejandro al dios libio Amón, el cual se había unido a olimpia transformado en serpiente (germen narrativo desarrollado en la Novela).
Pero, nuevamente, el orden de las versiones sobre la concepción crea una visión helenizada del momento, ya que al dar cuenta de la afinidad de olimpia con los ofidios se cuenta que: primero, se vio que un ser superior en forma de serpiente copuló con ella y a partir de allí Filipo comenzó a evitar su trato erótico (Alex.
2.6); segundo, la reina, impulsada por un fanatismo bárbaro, llevaba grandes serpientes en los tirsos y coronas de sus rituales órficos y en honor a Dioniso (Alex.
2.7-9); tercero, Filipo, tras haber visto el portento (τὸ φάσμα...
3.1, retoma lo dicho en 2.6), manda a consultar al oráculo de Delfos, donde se le dice que rinda honores a Amón y que perderá el ojo con el que vio al dios-serpiente unirse con su mujer (Alex.
Esta disposición tiene dos consecuencias en el relato: en primer lugar, se vincula la serpiente, ya sea por la vía ritual órfica o dionisíaca ya sea por la vía oracular Delfos-Amón, a las tradiciones religiosas helénicas.
A su vez, la figura bárbara de olimpia aparece no sólo como una bacante frenética sino que despierta reminiscencias homéricas, asociando su rol de mujer a lo extranjero, lo erótico, la magia y los animales.
De este modo el episodio de la concepción queda sumido en una atmósfera mítica, muy conveniente al imaginario heroico de los antecesores familiares de Alejandro: Aquiles, Heracles y Dioniso.
Por otro lado, la omisión de la serpiente en el parágrafo 26 tiene un efecto directo y es que desarticula el motivo de la fundación de Alejandría de otro hecho trascendente de Alejandro en Egipto: la visita al templo de Amón.
Así, esos dos momentos se vuelven consecutivos en el relato biográfico pero no están ligados sustancialmente entre sí, a diferencia de lo que sucede en Pseudo Calístenes, donde hay una relación necesaria entre uno y otro.
Es evidente la intención de Plutarco de evitar el matiz local egipcio en este momento, en especial si, como afirma el propio autor, seguía una fuente alejandrina para su versión de la ktísis: Heraclides Lembo, autor del s. II a.
102), quien transmite la versión del sueño homérico de Alejandro.
La palabra, entonces, que rige todo el relato biográfico es continuidad: de la Grecia arcaica y clásica al reinado macedónico y, luego, al Imperio Romano.
Para ello heleniza la figura de Alejandro y ese signo identitario se expresa en la impronta libresca de la fundación de la gran pólis.
Tal herencia libresca es la que toma a su cargo Roma, en la visión del autor: no es otro el sentido de la imagen en la Vida de César (Caes.
49), el bíos paralelo a Alejandro, del general romano que arriesga su vida para rescatar unos libros mientras ocurre el incendio de la ciudad que, según Plutarco, destruye la Gran Biblioteca.
Vida y Hazañas de alejandro de Macedonia.
La versión del Pseudo Calístenes, en cambio, ofrece otro tipo de reformulación donde la clave es la imagen circular de la inmortalidad e implica la magia, la religión y la cultura letrada.
A medio camino entre la historia y la fábula, la Novela fue escrita (en la primera versión conservada) por un autor alejandrino en el s. III d.
C. y se la ha asociado al renacimiento del culto de Alejandro promovido por la dinastía de los Severos.
No obstante, el material narrativo que dio lugar a la fábula debe haber tomado forma en época helenística, pocas décadas después de la muerte del macedonio (Stoneman 1994, 2008, Jouanno 2002).
Como se trata de una obra de tradición abierta, existen cinco recensiones procedentes de diferentes momentos históricos: del período helenístico la recensión α y del período proto-bizantino las recensiones β, λ, ε, γ (Jouanno 2002).
La más antigua, donde es predominante el elemento egipcio, es la recensión α; sin embargo, nos interesa considerar principalmente la versión de ktísis que ofrece la recensión β, datada en el s. V d.
C., y que ha sido considerada la reescritura griega de α 15.
Se trata de una versión más reducida y desprovista de la exaltación y del colorido local de aquella, debido a que el autor de β no era de origen egipcio y sus lectores probablemente tampoco, lo que le da al texto un sesgo helenístico-romano, en sentido amplio.
En principio, ambas recensiones de la Novela introducen el rasgo bibliófilo de Alejandro, como expresión metonímica de su pertenencia a Egipto, desde el momento de la concepción del héroe: el relato del sueño de Filipo es más complejo que el dado por Plutarco y una de las variantes es que, antes de sellar el vientre de su mujer, al rey le pareció, literalmente, «ajustarlo con papiro del Nilo» (καταράπτειν βίβλῳ Νειλώᾳ, β Ι 8.13) 16.
La presencia del término he bíblos es reveladora ya que congrega varios sentidos complementarios: la planta de papiro, la tira hecha con su tallo y el rollo de papiro procesado como material de escritura.
Cada una de estas significaciones funciona en distintos niveles en la estructura de la novela.
En un plano más inmediato y anecdótico, cuando el rey pide al intérprete una explicación del sueño, éste alude a la planta que crece en aquel país 17 y es una imagen indicial, entre otras de este pasaje, del futuro viaje de Alejandro hacia Egipto.
Ahora bien, según la Novela, Alejandro es hijo del rey egipcio Nectanebo, quien huyó de su tierra y, hospedado en la corte macedónica, se une a olimpia disfrazado del dios-serpiente Amón, de manera que el viaje de Alejandro es, 15 La recensión α nos ha llegado en tres versiones: el manuscrito griego A (Parisinus Graecus 1711), la traducción latina de Julio Valerio (s. IV d.
C.) y la traducción armenia (s. V d.
La recensión β, en cambio, se nos ha transmitido en nueve manuscritos griegos (P, K, S, Q, B, M, F, V y L).
El límite en la datación de β está dado, principalmente, por la traducción armenia, cuyo autor utiliza esta fuente para completar las lagunas del texto en A. Aunque debe advertirse que la recensión β no reescribe directamente la única versión conservada del texto griego, el manuscrito A, sino que en determinados pasajes coincide con la versión dada por Julio Valerio y la traducción armenia.
Por esta razón se ha supuesto que sus innovaciones no son tales, sino que pueden proceder de una tradición más antigua o alternativa de α.
Para la caracterización de las fuentes seguimos a Jouanno 2002, p.
Para un análisis de las recensiones y sus variantes hasta la Edad Media, véase Stoneman 1996.
50: «que yo envolvía el vientre con una hoja de papiro» 17 Ps.
«Acerca de por qué tú la envolviste en una hoja de papiro, verás.
En ningún lugar se produce el papiro a no ser en Egipto.
Por tanto, la simiente es egipcia,...» en realidad, un regreso, un nóstos.
Ahora, en un plano más profundo y simbólico, la polisemia de bíblos en tanto libro o rollo de papiro para la escritura más la referencia a Egipto anticipa la dimensión cultural de la fundación de Alejandría y de su biblioteca 18.
Del mismo modo, la imagen de la serpiente, ya no sólo como la encarnación del dios Amón sino como símbolo del propio Alejandro y su ascendencia egipcia, da unidad al relato ficcional de principio a fin.
Y el huevo de esa serpiente es, simultáneamente, el universo y Alejandría.
Así se manifiesta tres parágrafos después, en otro hecho anticipatorio de Filipo cuando, sentado en el jardín del palacio, unos pájaros descienden hasta allí y uno de ellos deposita un huevo en su regazo.
Del huevo sale una serpiente que rodea la cáscara y, al intentar volver a entrar al cascarón, muere.
La interpretación del adivino es la siguiente: βασιλεῦ, ἔσται σοι υἱός, ὃς περιελεύσεται ὅλον τὸν κόσμον πάντας τῇ ἰδίᾳ δυνάμει ὑποτάσσων, ὑποστρέφων δὲ εἰς τὰ ἴδια βασίλεια ὀλιγοχρόνιος τελευτήσει. ὁ γὰρ δράκων βασιλικὸν ζῷόν ἐστιν. τὸ δὲ ὠὸν παραπλήσιον τῷ κόσμῳ, ὅθεν ὁ δράκων ἐξῆλθεν. κυκλεύσας οὖν τὸν κόσμον καὶ βουλόμενος ὅθεν ἐξῆλθεν εἰσελθεῖν, οὐκ ἔφθασεν ἀλλ' ἐτελεύτησεν. (β I 11.8-13) Rey, tendrás un hijo que ha de dar la vuelta al universo entero sometiendo a todos a su propio poder, pero al regresar a su reino, al cabo de pocos años, perecerá.
El ofidio es un animal regio, y es una imagen del universo el huevo, de donde ha surgido la serpiente.
Ya ves que, después de dar la vuelta al universo y queriendo regresar allí de donde había salido, murió antes de lograrlo 19.
Más allá de las reminiscencias a la cosmogonía egipcia que subyacen en este pasaje20, la serpiente y el huevo cobran en la Novela una significación propia acerca del mundo civilizado y su centro helenístico.
La circularidad del retorno a Egipto, progresivamente, se va concentrando en el regreso a la ciudad que funda, ya que al final del relato, la muerte de la serpiente-Alejandro, ocurrida en Babilonia, encuentra su residencia y hogar definitivo en el monumental Sôma de la capital egipcia 21.
Esta alusión implícita al futuro centro cultural es aún más marcada en una variante de este pasaje en la recensión α, donde se cuenta que al momento del presagio del pájaro y la serpiente, Filipo se hallaba «absorto en unos libros eruditos» (ἐν φιλολόγοις βιβλίοις γενομένου αὐτοῦ, α I 11.1.3).
Tal circunstancia, inserta en este contexto anticipatorio, representa más una predicción de las cualidades de Alejandro que una caracterización del propio Filipo.
Su valor proléptico se confirma, además, con la reaparición de los pájaros, las serpientes y su senmundo ordenado.
Para un abordaje más completo de la simbología divina de la serpiente en el antiguo Egipto, véase Vázquez Hoys y Poyato Holgado 1991.
21 La circularidad simbólica, no geográfica, del viaje de Alejandro resulta de ese matiz de regreso y de cierre de un ciclo que el periplo cobra en la Novela.
Este matiz es señalado en varios pasajes.
En primer lugar, en la inscripción en la estatua del rey Nectanebo, cuando éste huye hacia Macedonia ante la llegada de los persas (I 3.14-16): «El rey que ha huido regresará (ἥξει) de nuevo a Egipto no más viejo sino rejuvenecido, y someterá a nuestros enemigos los persas».
Los egipcios, al no comprender el sentido del oráculo, lo escriben (γράφουσιν, I 3.16) en la base de la estatua de su rey.
Cuando Alejandro llega a Menfis y es coronado rey, ve la estatua con su epígrafe (ἐπιγραφήν, I 34.5), reconoce la imagen de su padre y se devela el oráculo en el momento de su cumplimiento.
En segundo lugar, la Novela remarca el sentido de ciclo, cuando Alejandro carga sobre sus espaldas a Nectanebo muerto (I 14.39-41): «Es un estupendo milagro de la providencia que Nectanebo, siendo egipcio, recibiera honras fúnebres en Macedonia en una tumba griega (Ἑλλαδικῇ ταφῇ), mientras que Alejandro, que era macedonio, había de recibir honras fúnebres en una tumba egipcia (Αἰγυπτιακῇ ταφῇ)».
Luego, las predicciones en parte formularias de Serapis (I 33.9) y de Sesencosis (III 24.4) mencionan nuevamente la tumba (τάφος) que recupera y especifica la imagen anticipatoria de la serpiente y el huevo en I 11.8-13, ya que esta tumba es la ciudad de Alejandría, y finalmente, el Sôma Alexándrou, donde se deposita el cuerpo momificado del héroe en III 34.
Más allá del origen egipcio, el sentido de circularidad que cobra el nóstos de Alejandro se conecta estrechamente con el sentido universal de su figura regia de kosmocrátor.
Εn el manuscrito L de la recensión β (García Gual, 1995), se halla una anécdota fabulosa a partir de la metáfora del huevo y la serpiente cuando Alejandro, subido a unas aves gigantes, remonta los cielos y observa el mundo desde arriba.
Ve entonces una enorme serpiente enroscada y, en el medio de la serpiente, un círculo: el círculo es el mundo y la serpiente, el mar que lo rodea.
En este episodio, la coexistencia de pájaros, serpiente y huevo reiteran la imagen de Alejandro como dominador del mundo y como conquistador de imposibles. tido de imagen cósmica durante la fundación de Alejandría, como veremos enseguida.
En el periplo general, la Novela ubica la ktísis en un recorrido asombroso (I 28-34), muy diferente al de Plutarco: Alejandro llega a Egipto no por la ruta que bordea la costa oriental del Mediterráneo sino después de haber conquistado Italia y haber sido coronado «Rey de los romanos y de toda la tierra» 22; entonces atraviesa el mar hacia el sur y, avanzando por el norte de África, arriba al templo de Amón en Libia.
Después sigue su ruta hacia el este, funda Alejandría y visita Menfis, donde es coronado faraón 23. otras fuentes antiguas (D.S. XVII 52; Curt.
IV 8), coinciden en que la fundación de la capital se produjo después de la expedición al templo de Amón; y según algunos especialistas, ése es efectivamente el orden más verosímil de ambos episodios (Stoneman 2008, p.
No obstante, como siempre sucede en la Novela, los datos históricos son reelaborados en clave paradoxográfica y es el elemento mágico-religioso el que favorece el sincretismo de las tradiciones egipcias y helénicas.
Alejandro consulta al dios siguiendo la tradición griega de recibir la aprobación divina antes de fundar la ciudad: Deseaba además recibir del dios un oráculo acerca de dónde fundar una ciudad con su nombre, para que la ciudad conservara su memoria eternamente.
Callisth., β I 28-29: «Los jefes de los romanos le envían, a través del general Marco, una corona de perlas y otras de piedras preciosas con este mensaje: «Nos sumamos a coronarte, Alejandro, rey de los romanos y de toda la tierra (Ἀλέξανδρε βασιλεῦ Ῥωμαίων καὶ πάσης γῆς).»
55, considera que debió haber existido una coronación de Alejandro como faraón de Egipto y que, por lo tanto, la anécdota de la novela del Pseudo Calístenes puede ser históricamente cierta.
62, en cambio, explica que se trata de un anacronismo del autor que atribuye a Alejandro momentos de la coronación establecida en tiempos de Ptolomeo y que estaban ligados a la tradición ritual faraónica egipcia. la visión de que Amón, anciano, de áurea cabellera, con cuernos de carnero en sus sienes, le decía: «oh rey, a ti Febo, el de cuernos de carnero, te anuncia: si quieres rejuvenecerte en inholladas edades, funda una ciudad ilustre en la isla de Proteo, sobre la que se establezca como soberano el propio Eón Plutonio, que hará voltear en torno a sus cinco colinas el universo infinito».
La visión maravillosa de Plutarco aquí ha cambiado: ya no se da en el mismo lugar de fundación ni es Homero quien, retrospectivamente, actualiza la paideía en el presagio.
Ahora, la visión ocurre en el templo y es el híbrido Amón-Febo, con cuernos de carnero en la cabeza, quien da su mensaje en prolijos versos hexámetros, como corresponde a la tradición oracular helénica.
La pólis cobra, a partir de entonces, dos cualidades nuevas: el número cinco 24 y su sentido concéntrico, como un núcleo en torno al cual gravita el kósmos.
En efecto, el número cinco reaparece en el momento de la fundación (I 32).
La versión transmitida por β es sensiblemente más reducida que la que transmite α y su carácter sumario le ha valido el desinterés por parte de la crítica: aquí ha desaparecido la gran cantidad de topónimos de las poblaciones nativas y de los canales que ocupaban el sitio de la nueva edificación, los detalles de la construcción e incluso otros sucesos que le ocurren a Alejandro allí 25.
No obstante, se mantiene el episodio de los pájaros y la división de la ciudad en cinco sectores denominados con las cinco primeras letras del alfabeto griego: ἐκέλευσεν οὖν κτίζεσθαι τὴν πόλιν. θεμελιώσας δὲ τὸ πλεῖστον μέρος τῆς πόλεως Ἀλέξανδρος καὶ χωρογραφήσας ἐπέγραψε γράμματα πέντε· ΑΒΓΔΕ· τὸ μὲν Α Ἀλέξανδρος, τὸ δὲ Β βασιλεύς, τὸ δὲ Γ γένος, τὸ δὲ Δ Διός, τὸ δὲ Ε ἔκτισε πόλιν ἀμίμητον. ὑποζύγια δὲ καὶ ἡμίονοι εἰργάζοντο. ἱδρυμένου δὲ τοῦ πυλῶνος τοῦ ἡρῴου ἐξαίφνης πλὰξ μεγίστη ἐξέπεσεν ἀρχαιοτάτη πλήρης γραμμάτων, ἐξ ἧς ἐξῆλθον ὄφεις πολλοί. (β I 32.8-13) 24 Al respecto García Gual 1995, p.
80, propone dos interpretaciones de las cinco colinas (πενταλόφοις) del oráculo: puede aludir a los cinco elementos cósmicos de la religión persa o a las cinco partes de la ciudad.
Ésta última nos parece la asociación más clara en el texto porque reaparece el número cinco en la designación de los sectores de la pólis y, en el parágrafo 33, se habla nuevamente de las colinas del lugar (ἐν τοῖς ὑψηλοῖς λόφοις..., I 33.1).
25 Para un análisis de las diferencias en los relatos de fundación de ambas recensiones y de la constatación histórica de algunos topónimos mencionados en α, remitimos a Jouanno 2002, pp. 70 y 248.
Así que ordenó fundar la ciudad.
Al poner los cimientos en la mayor parte de la ciudad y delimitar su terreno, Alejandro hizo inscribir en ellos cinco letras: ΑΒΓΔΕ.
La Α por «Alejandro», la Β por «rey» (basileús), la Γ por «linaje» (génos), la Δ por «de Zeus» (Diós), la E por «fundó» (éktisen) una ciudad inigualable.
Bestias de carga y mulas eran utilizadas en las faenas.
Al edificar el portón del templo se desplomó un enorme y antiquísimo entablamiento recubierto de letras.
Bajo él salieron muchas serpientes que se deslizaron reptando por las entradas de los edificios en construcción.
Ambos momentos de la ktísis (transmitida por β), basados en información histórica, conforman una unidad narrativa trabajada a nivel ficcional y saturada de implicancias míticas que integran el episodio en el periplo novelesco de Alejandro, reforzando la unidad del relato.
Así como en el pasaje de la diagramación en Plutarco cobraba importancia el sello de identidad poética (homérica) y cultural de la forma de la clámide, en Pseudo Calístenes la delimitación de la ciudad está dada por límites geográficos y nominales: la longitud (límites occidental y oriental) abarca desde el río ʻSerpiente' hasta el río ʻBuena Fortuna'26.
Estos topónimos aluden a canales cuya existencia real ha sido atestiguada en la ciudad antigua.
Pero lo significativo es que lo que β pierde en información localista lo gana a favor del sentido novelesco de esa significación nominal, enfatizando la coherencia interna de la narración27.
Ha sido Paschalis 2007 quien, en su estudio comparativo de las versiones griegas y latinas de la Novela, ha señalado que los topónimos en la recensión β tienen menos significación geográfica que ficcional, ya que cobran una dimensión semántica dada por la lógica inventiva del relato.
En continuidad con este planteo, creemos que los topónimos que delimitan la ciudad explican la presencia física y la trascendencia simbólica de los animales presentes en esta versión de la ktísis: Drákon, la serpiente, relacionada siempre con Alejandro conquistador, y Agathodaímon, la deidad protectora del futuro cultural de la nueva pólis.
Este episodio se complementa con el siguiente, cuando Alejandro ordena señalar el perímetro y se relata el prodigio de los pájaros (I 32.1).
De todas las variantes que este evento tiene en las fuentes indirectas, Plutarco y Pseudo Calístenes ofrecen la misma versión: son los pájaros que comen el dibujo de la harina los que presagian la abundancia y prosperidad de la ciudad 28.
La presencia de las aves reaparece en otras fuentes imperiales (V. Max., Curt., etc.), incluso se ha defendido el valor histórico de ese supuesto prodigio, con las aves del lago Mareotis que frecuentemente llegan a la ciudad (Le Roy 1981).
Sin embargo, como ocurre con los demás elementos, esa presencia cobra una connotación diferente en el co-texto de la Novela: en la interpretación del presagio, reaparece la idea centrífuga de Alejandría, ya que los hombres nacidos en la ciudad se esparcirán como los pájaros que «viajan en torno al mundo civilizado» 29.
Le Roy 1981 ha reconocido los planos simbólicos implicados en esta versión de la ktísis: el aire, representado con los pájaros; el plano humano, con la harina; y el plano subterráneo, con las serpientes tutelares.
Ahora, se ha enfatizado el aspecto literal que cobra la ktísis y la denominación de los sectores de la ciudad con las cinco primeras letras del alfabeto griego: ΑΒΓΔΕ.
Este dato histórico 30 es reelaborado ficcionalmente por el novelista, quien transforma la secuencia alfabética en un acrónimo que narra el acto de fundación: «La Α por «Alejandro», la Β por «rey», la Γ por «linaje», la Δ por «de Zeus», la E por «fundó» una ciudad inigualable».
En el paso de las letras como unidades asignificantes a las letras como narración, el texto enfatiza el gesto fundacional del rey: Alejandro inscribe las letras (ἐπέγραψε γράμματα) en los cimientos.
En consecuencia, la versión paradoxográfica de la fundación de Alejandría crea una imagen literaria que resume toda una época: la ciudad se edifica sobre la letra griega escrita en sus bases y, de ese modo, el alfabeto ahora también simboliza el enciclopedismo que, como ha explicado Sirinelli 2001, distingue el proyecto de Alejandría y de sus edificios en la dinastía ptolemaica.
La escritura griega deviene la clave de la universalidad: ese es el ideal alejandrino que alimenta la Gran Biblioteca.
De hecho, este relato ficcional postula, en clave narrativa, la nueva tradición cultural griega que funda Alejandro en el momento que funda la ciudad.
La reiteración de los grámmata en el episodio siguiente de las serpientes, tal como nos ha llegado, parece una incorporación particular de la recensión β.
En la versión de α, una vez iniciada la construcción, Alejandro mata una serpiente que aterrorizaba a los obreros y retardaba la edificación de la ciudad (I 32.6).
Luego, cuando se construye el templo, presumiblemente dedicado al Agathós Daímon (Jouanno 2002, p.
75), salen desde un arquitrabe serpientes benéficas que entran en las casas (Ps.
En la recensión β, la muerte de la serpiente desaparece y la versión del templo presenta una pequeña variante: en la edificación se produce el derrumbe de un entablamento de piedra muy antiguo inscripto con letras (γράμματα), debajo del cual surgen serpientes que entran en las obras en construcción.
El texto recuerda, entonces, que esos animales son respetados como garantes de la protección tutelar del lugar, como agathoì daímones (ὡς ἀγαθοὺς δαίμονας, I 32.16).
La modificación es mínima, pero a nuestro entender, significativa.
Es claro que la presencia de las serpientes en este pasaje tiene un valor positivo y que favorece la imagen de Alejandro como héroe sauróctono 31.
La pregunta es, en todo caso, ¿qué hacen las letras en este asunto y de qué grámmata se trata?
La secuencia narrativa nos muestra, en el episodio anterior, la inscripción en las bases de la ciudad de cinco grámmata, letras griegas.
Lo interesante es que el texto favorece el equívoco y, en este caso, la ambigüedad es productiva: por un lado, se edifica un nuevo templo y, en este preciso momento, se derrumba una parte cubierta de letras y de allí surgen las serpientes tutelares.
La anécdota condensa el encuentro entre pasado, presente y futuro, el fin de un dominio que se continúa en el comienzo de otro, y esa imagen está centrada, además, en la continuidad de las letras (la cultura escrita, los grámmata) y las serpientes, que aseguran la fortuna de la metrópolis.
De modo que los nombres de los ríos, que dan la demarcación geográfica de la ciudad, ahora cobran significación en la anécdota, con la mediación de los signos escritos.
Este motivo se reitera en otra variante de β, que cierra la ktísis con un elogio de Alejandría (I 33).
El rey, siguiendo el oráculo de Amón (que el texto cita nuevamente aquí), busca en las colinas el templo de Sérapis y rinde sacrificios al dios que vigila la ciudad y el universo infinito: la repetición léxica que se da tanto en el oráculo de Amón como en el voto de Alejandro (τὸν ἀτέρμονα κόσμον, β I 11.12) es el signo literal del cumplimiento del oráculo32.
Además, el augurio propicio del águila que traslada las ofrendas del sacrificio desde el altar nuevo hasta el altar antiguo de Zeus y Hera (sincretismo textual de los dioses Sérapis e Isis), conduce a Alejandro hasta los viejos obeliscos que tenían «inscriptas unas letras jeroglíficas» (κεχαραγμένα γράμματα ἱερογλυφικὰ, α I 33.24).
Allí la divinidad le revela a Alejandro: πολλοὶ δὲ βασιλεῖς ἥξουσιν εἰς αὐτὴν οὐ πολεμήσοντες ἀλλὰ προσκυνῆσαι φερόμενοι. σὺ δὲ ἀποθεωθεὶς προσκυνηθήσῃ νεκρὸς καὶ δῶρα λήψῃ ἐκ πολλῶν βασιλέων πάντοτε. οἰκήσεις δὲ αὐτὴν καὶ θανὼν καὶ μὴ θανών. (ex. vers.) τάφον γὰρ ἕξεις αὐτὴν ἣν κτίζεις πόλιν. (β I 33.28-33) Muchos reyes acudirán a ella, no para guerrear, sino invitados a rendirle sumisión.
Tú, convertido en dios, serás adorado después de muerto y recibirás presentes de numerosos reyes siempre, y habitarás la ciudad muerto y no muerto.
Porque tendrás como tumba la ciudad que fundaste.
Este oráculo, que en la versión de α es dado al rey mediante la aparición del dios, en β aparece como mensaje escrito: son las letras las que guardan celosamente la predicción sobre el futuro glorioso de Alejandría.
Si se consideran los episodios de la recensión β, se advierte que esa secuencia (I 30-33) forma una unidad simbólica, donde los datos históricos se saturan de connotaciones ficcionales en función de un relato mítico de fundación: el oráculo de Amón; la diagramación dada por los canales Drákon y Agathodaímon; las aves que devoran la harina; la circularidad de la oikouméne; los grámmata que se inscriben en la base de la pólis; los viejos grámmata en continuidad metonímica con las serpientes tutelares (agathoì daίmones); la reiteración del oráculo de Amón y su contrapartida, el oráculo de Zeus-Sérapis, grabado en letra (egipcia).
Más acá y más allá de la ktίsis, la novela recupera la preeminencia de la capital helenística que guarda el cuerpo inmortal del héroe y la memoria letrada 33.
Ya avanzado el tercer y último libro, Alejandro consulta el espíritu del emperador Sesoncosis para preguntarle sobre su futuro.
La imagen le da la bienvenida llamándolo «afortunado: Pues tienes un nombre inmortal, por haber fundado en Egipto la muy admirada Alejandría» (β III 24.8-9).
Cuando el macedonio pregunta cuántos años vivirá, la imagen no responde pero le asegura (β III 24.13-5): τὴν μέντοιγε κτίζεις πόλιν περιφανῆ πᾶσιν ἀνθρώποις, πολλοὶ βασιλεῖς ἐπιβήσονται τοῦ ἐδαφίσαι αὐτήν. οἰκήσεις δὲ αὐτὴν καὶ θανὼν καὶ μὴ θανών. τάφον γὰρ αὐτὴν ἕξεις ἣν κτίζεις πόλιν.
«Has fundado una ciudad muy ilustre entre todos los hombres.
Muchos reyes la atacarán con intención de arrasarla, pero tú la habitarás, después de muerto y sin morir.
Tendrás como tumba la ciudad que fundaste».
Este presagio de estructura formularia reitera el dado por Sérapis en I 33.28.
En ambos se hace alusión a los futuros basileîs que acudirán a la ciudad, pero con intenciones diferentes, según uno u otro oráculo.
El primero menciona a los reyes que irán a la ciudad, no a guerrear sino a rendir culto divino (προσκυνῆσαι) al cuerpo de Alejandro; el segundo advierte que muchos reyes intentarán arrasarla (ἐδαφίσαι).
Ahora, la primera referencia incluye no sólo a los Ptolomeos, que impulsarán el culto divino del héroe y construirán el Sôma Alexándrou, sino que se extiende a los emperadores romanos quienes, movilizados por la imitatio Alexandri, llegarán a la capital egipcia para rendirle tributo al cuerpo del macedonio.
C. Finalmente, el vaticinio sobre las continuas revueltas que sufrirá la ciudad que guarde el cuerpo de Alejandro advierte, otra vez en clave mágica, acerca de las fisuras políticas, religiosas y étnicas no resueltas del ideal cosmopolita y multicultural del sueño helenístico.
La Novela se cierra con la lista de las Alejandrías fundadas por Alejandro35 que, en su enumeración asindética extienden y multiplican, con su nombre, el alcance universal de la empresa del macedonio.
El afán de universalidad de la ciudad, de metrópolis de todo el mundo habitado (μητρόπολιν δὲ οὖσαν ὅλης τῆς οἰκουμένης, I 34.25), es una herencia que Roma continúa y hace suya36.
Sin embargo, la palabra οἰκουμένη en la Novela delimita ese territorio de conquista ficcional que incluye Roma y la pre-dice: la kosmópolis alejandrina se carga de un sentido anticipatorio, donde Roma puede reconocerse y a la vez perpetuarse como urbs mundi.
Así, la ktísis se convierte en el motivo que articula y cohesiona todas las peripecias increíbles de Alejandro.
El viaje dibuja un nóstos en espiral, como los anillos de una serpiente narrativa (Egipto-Macedonia-Egipto/ Alejandría-Babilonia-Alejandría), que asegura la inmortalidad del nombre de Alejandría como centro del universo, como kosmópolis, y esa inmortalidad está fundada en la letra escrita y en el sincretismo cultural.
En conclusión, ambas versiones imperiales de la ktísis de Alejandría imprimen en el origen de la ciudad las marcas de la cultura letrada que ella misma gestará para los tiempos venideros.
Sin embargo, entre Plutarco y Pseudo Calístenes no sólo son recognoscibles fuentes directas y gérmenes narrativos comunes que, no obstante, cobran diferentes alcances en uno u otro, sino la proyección de ese mundo libresco.
Mundo que tiene en Plutarco a uno de sus exponentes más reconocidos, con la fuerte impronta helénica de ese proyecto, y en el Pseudo Calístenes (β), una muestra tardía de aquella cultura, que subyace en la Novela aunque sin exhibir ya una comprensión cabal de los conocimientos (egipcios, persas, griegos, romanos, etc.) que la formaron (De Polignac 2003).
Sin embargo, el olvido del sentido más erudito, en la recensión β, no es una pérdida sino un cambio de significación en favor de la coherencia novelesca, que logra un héroe más universal a medida que deviene más fabuloso: un héroe autorreferencial, cuyas características le son dadas por las aventuras ficcionales que el escriba (tras el nombre del Pseudo Calístenes) cuenta y agrega y corrige y olvida y reinventa.
Acerca de la impronta libresca que ese héroe y la ciudad que fundó tienen, valga el testimonio de las sucesivas copias, reescrituras y traducciones de la Novela de Alejandro en el imperio romano, bizantino y en el Medioevo. |
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C.) compuso sus Epistulae Morales1 al final de su vida, en algún momento entre su retiro de la vida pública como amicus principis en el 62 d.
C. 2 Probablemente son su última obra y han sido consideradas como la culminación de su labor filosófica, un intento de sintetizar y transmitir la doctrina estoica sobre cómo vivir bien 3, doctrina que se encuentra esbozada de manera más difusa en el resto de sus escritos filosóficos, y tratada menos directamente en sus obras dramáticas.
En comparación con la correspondencia ciceroniana -uno de sus principales modelos literarios-, el corpus epistolar de Séneca es limitado, tanto en su cronología como en cantidad 4: ciento veinticuatro cartas en veinte libros han llegado hasta nosotros, todas escritas por Séneca y dirigidas a Lucilio, un miembro del orden ecuestre, procurador de Sicilia, a quien Séneca dedicó también otras dos obras, Naturales Quaestiones y De prouidentia.
La tendencia a considerar las Epistulae Morales como ensayos 5 con fórmulas epistolares adosadas al comienzo y al final de cada carta ha comenzado a revertirse en los últimos años y varios estudiosos han dedicado sus esfuerzos a poner de relieve la fundamental inscripción de la colección en el género epistolar 6.
Aunque la cuestión de si las Epistulae constituyen un genuino intercambio de correspondencia entre Séneca y su destinatario es aún
Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 95-115 ISSN 0013-6662 doi: 10.3989/emerita.2017.05.1611 objeto de debate7, no resulta plausible pensar que fueron escritas solo para Lucilio, dada su abarcadora agenda filosófica y su aspiración a alcanzar un público más amplio, e incluso a la posteridad, a quien Séneca dice dirigirse especialmente 8. uno de los problemas a los que debe hacer frente el estudioso de Séneca es el hecho de que, a pesar de que éste escribió voluminosamente y en primera persona, lo que sabemos sobre su vida es muy poco9.
En efecto, si hay una característica que diferencia al epistolario senecano del de Cicerón (uno de sus principales modelos genéricos, según ya señalamos) es que las cartas de Séneca guardan un elocuente silencio respecto de sus condiciones socio-históricas de producción y circulación, pues nada mencionan sobre Nerón, ni sobre el papel que Séneca desempeñara primero como magister o praeceptor y luego como amicus principis.
Las Epistulae son, con todo, la obra más rica en detalles personales de todo el corpus senecano, pues una exigencia básica del género epistolar es revelar los rasgos de carácter del escritor10.
Sin embargo, en la colección epistolar senecana lo biográfico -sea que se trate de la propia vida del escritor o de sucesos de la vida del destinatario o de otros amici11 -sólo irrumpe a condición de que sea ejemplar 12.
Como es sabido, el proyecto de la obra como un todo es instar a Lucilio a emprender un serio examen de sí mismo y un distanciamiento reflexivo de la vida política.
Examinarse a sí mismo en términos de fortalezas y debilidades es una condición sine qua non para vivir bien realizando progresos hacia el ideal estoico de la perfección racional o bona mens.
A lo largo de las Epistulae se insiste en el hecho de que este autoexamen no puede ser llevado a cabo por el proficiens en forma solitaria o sin una guía externa 13.
Los modelos son necesarios, sea bajo la forma del sapiens estoico o de paradigmas históricos como Sócrates o Catón, en la medida en que estas figuras ejemplares proveen al ego actual (occurrent self) de un estándar o «identidad normativa» con la cual llevar a cabo el autoexamen (Long 2009, p.
26). de acuerdo con esto, varios trabajos insisten en señalar el lugar central que el discurso ejemplar en tanto práctica cultural ocupa en la obra de Séneca, en general, y en las Epistulae, en particular14.
430, ha caracterizado la colección epistolar senecana como «one long rich exemplum».
Por su parte, Mayer 2008 analiza la funcionalidad de los exempla históricos en toda la obra de Séneca e indica que, a diferencia de lo que ocurre en las tragedias y en sus otras obras en prosa, en las Epistulae, a excepción de las Ep.
24 y 71, Séneca hace poco uso de uno de sus recursos literarios predilectos, esto es, la agrupación de exempla en listas15.
Por su parte, Inwood 2009 sostiene que la novedad de las Epistulae -en las que Séneca da a la filosofía estoica una forma que no se deriva automáticamente de sus modelos griegosreside en el hecho de que en ellas el ego epistolar parece tener una particular predilección por citar su propia experiencia como exemplum, cuestión que ya había sido advertida por Edwards 1997, p.
Sin embargo, Inwood no problematiza estas incursiones del ego epistolar en el ámbito de la ejemplaridad por considerarlas como una «natural» consecuencia del género 16.
Asimismo, Roller 2016 muestra que, si bien Séneca explota sistemáticamente esta práctica cultural distintivamente romana, esto es, el uso de exempla como modelos de acción en el presente, las Ep.
94 y 108 someten este discurso a un examen crítico que arroja luz sobre sus deficiencias, aunque en ningún momento se sugiere abandonarlo.
Este breve estado de la cuestión tiene como propósito sugerir que la idea de que el ego de las Epistulae se construye a sí mismo como exemplum -aunque ha sido insinuada por algunos estudiosos-parece requerir un examen más detallado.
Antes de proponer nuestras hipótesis para la Ep.
30, parece oportuno ofrecer aquí un rápido repaso de las instancias en las que el texto hace mención explícita de la necesidad de que el proficiens elija a un otro como figura idealizada, conforme a la cual modelar la propia vida: en la Ep.
11.8-10 el ego epistolar señala que buena parte de las faltas (peccatorum) pueden evitarse si uno se imagina bajo la mirada de un custos o paedagogus.
Puede tratarse de paradigmas históricos como Catón o Lelio o «de alguien cuya conducta, palabras y semblante, espejo del alma» (et uita et oratio et ipse animum ante se ferens uultus) «te resulten agradables» (tibi placuit).
Más adelante, en la Ep.
29.6, se señala que, «una vez que haya progresado hasta el punto de tener respeto incluso de sí mismo» (cum iam profeceris tantum ut sit tibi etiam tui reuerentia), Lucilio «podrá despedir al preceptor» (licebit dimittas paedagogum).
Mientras tanto, habrá de protegerse con el ascendiente (auctoritas) que ejerza alguien sobre él, ya sea Catón, Escipión, Lelio o «cualquier otro cuya sola presencia lograría suprimir los vicios de los depravados» (alius cuius interuentu perditi quoque homines uitia supprimerent).
32.1, el ego asume directamente el papel de paedagogus: «vive como si yo fuera a oír qué haces, más aún, como si yo fuera a verlo» (sic uiue tamquam quid facias auditurus sim, immo tamquam uisurus).
Finalmente, en la Ep.
52.7 se reitera la idea de que, dado que el camino hacia la sabiduría está plagado de obstáculos (imus per obstantia), el proficiens ha de buscar ayuda no sólo entre los presentes, sino también entre los antiguos (adiuuare nos possunt non tantum qui sunt, sed qui fuerunt).
Aunque Bartsch señala que los exempla que Séneca nos propone son siempre personajes idealizados del pasado17, consideramos que, en las Epistulae, el ego epistolar construye su ethos discursivo bajo el signo de la ejemplaridad, apropiándose activamente de este tipo de discurso18, cuestión que ilustraremos a partir de un análisis de la Ep.
30. dado que en las cartas se reitera la idea de que la proximidad de la muerte ofrece una prueba definitiva del carácter de un individuo 19, analizaremos la Ep.
30, en la que el ego epistolar ofrece una descripción de cómo un amigo, ya anciano, Aufidio Baso, enfrenta de manera ejemplar su trance final.
Por lo demás, la idea de la muerte como un espectáculo edificante es conspicua en varios textos latinos, donde morir es configurado como un proceso activo, que constituye un acto social de comunicación con los vivos caracterizado por su capacidad para revelar el verdadero carácter de quien muere (Edwards 2007, p.
Si consideramos las Epistulae de Séneca en su conjunto puede afirmarse que aprender a morir bien (bene morior, Ep.
61.2) es uno de los ejes vertebradores del epistolario.
En efecto, el hilo conductor de estas 124 cartas de variada extensión dirigidas a Lucilio es la recurrencia de determinadas preocupaciones e imágenes, entre las cuales la muerte figura de manera prominente21. dado que sabemos que el epistolario es una obra estructurada a modo de «red entrelazada» (Cancik 1967, Maurach 1970) y, por lo tanto, el orden en que están dispuestas las cartas es significativo, conviene detenerse brevemente en el contexto más inmediato de la Ep.
30: está precedida por la Ep.
29, que es la última en ofrecer una cita de Epicuro, Metrodoro, o de algún otro seguidor de Epicuro como forma de cancelación de una pretendida deuda con Lucilio, e inaugura una breve serie de cartas que omiten el pago de pequeños regalos (munuscula, Ep.
10.5) o deudas sin comentario alguno.
Esta breve serie termina cuando el ego epistolar se rehúsa a acceder al pedido de Lucilio de reanudar esta costumbre al comienzo de la Ep.
Si recordamos que en la Ep.
6.5 se señala que el camino (iter) hacia la sabiduría es largo (longum) a través de los preceptos (per praecepta), pero breve y eficaz (breue et efficax) a través de ejemplos (per exempla), puede considerarse que la Ep.
Ahora bien, a pesar de que en la Ep.
30 se promueve explícitamente el exemplum de Baso, según veremos, el ego epistolar también se configurará como un modelo de alguien que está aprendiendo a morir bien, aunque su ejemplaridad operará de un modo diferente a la de Baso: mientras que Baso aprende de manera directa, por su propia experiencia, sobrellevando el debilitamiento extremo de su cuerpo y glosando este proceso y su significado, el remitente se presentará en proceso de aprendizaje de la misma lección (cómo morir bien) a la distancia, observando y haciendo un registro textual sobre la experiencia de Baso y su propia reacción ante ella.
Atendiendo a que debe haber no sólo un registro, un monumentum, que visibilice la acción que se propone como ejemplar (Roller 2004), sino también un agente que se proponga realizar dicho registro puede considerarse que el ego epistolar, con el concurso de la escritura 25, logrará con esta carta dirigir la atención del lector hacia su propia ejemplaridad, con vistas a forjar un retrato positivo y memorable de sí mismo.
La muerte de Baso en La Ep.
30: entre eL spEctaculum y eL ExEmplum La Ep.
30 se abre sin preámbulos epistolares o referencias al destinatario, y va directamente al grano: el primer párrafo es una vívida introducción no sólo de Baso sino también del libro cuarto de las Epistulae: Bassum aufidium, uirum optimum, uidi quassum, aetati obluctantem 26.
Como puede apreciarse, establecimiento de exempla (XII 2.30).
Este aparente triunfo de las acciones sobre los textos no implica, sin embargo, que sea posible prescindir de los textos para dar perdurabilidad a las acciones.
24 Es interesante el modo paradójico en que en la figura de Baso confluyen praecepta y exempla.
En efecto, en 30.14 el ego epistolar presenta a Baso, un exemplum explícitamente promovido a lo largo de la Ep.
30, siguiendo los praecepta de Epicuro.
25 Es preciso señalar que este interés por registrar el modo en que un individuo enfrenta la muerte de ningún modo es exclusivo de Séneca, sino que forma parte de un fenómeno de mayor alcance: «...Rome in the first and early second centuries CE was characterised by a vogue for death literature.
Baso es presentado como uir, término ligado etimológicamente a uirtus 27, que posee connotaciones militares.
La uirtus de Baso, con todo, es de una índole especial, pues no se dirime en el campo de batalla sino en una lucha abstracta y desigual contra el deterioro de su propio cuerpo 28.
Por otra parte, esta imagen de Baso en combate evoca un tipo de muerte arquetípica en Roma: la del gladiador en la arena 29.
Asimismo, esta introducción puede considerarse clave por establecer la delicada tensión entre spectaculum y exemplum 30 que el ego epistolar sostendrá a lo largo de toda la carta 31.
29 La imagen del gladiador es empleada más adelante en esta misma carta ( §8), como un modelo para hacer frente a la muerte con la disposición mental adecuada, a pesar de la profunda ambivalencia que los escritores romanos miembros de la élite experimentaban hacia ellos (para referencias a la brutalidad de los munera en las Epistulae, cf. Sen., Ep.
La fascinación de los miembros de la élite por la figura del gladiador ha sido interpretada como una respuesta a su cambio de posición bajo líderes autocráticos: cf. Barton 1993.
31 A propósito de esta tensión, cf., p. ej., Sen., Ep.
66.4, en la que se alude a un amigo, Clarano, como exemplar.
El párrafo siguiente establece un contraste entre el cuerpo senil de Baso (in senili corpore, §2), cuya debilidad (imbecillitas, §2) es comparada con un navío maltrecho (nauigio dehiscenti, §2) 32 y con un edificio carcomido (in putri aedificio, §2), y el estado de su espíritu:
La distancia con que Baso puede considerar su propio fin como si no fuese propio es resultado de la acción liberadora de la filosofía, capaz de eliminar el principal obstáculo que impide a los hombres vivir la clase de vida que la naturaleza quiere para ellos: el miedo a la muerte 34. de hecho, puede considerarse que aquí se alude a la definición socrática de la filosofía como constante preparación para la muerte, pues la cogitatio mortalitatis o meditatio mortis es identificada por el Sócrates platónico como el acto que define al filósofo 35.
Esta meditatio mortis es explícitamente equiparada con una meditatio libertatis en la Ep.
26, donde se señala que quien aprendió a morir, desaprendió la esclavitud (qui mori didicit seruire dedidicit, §10).
Asimismo, vemos aquí que el spectaculum de la propia muerte está puesto en abismo: Baso spectator es contemplado por Séneca, que, a su vez, es contemplado/ 32 El imaginario del viaje por mar, incluyendo sus técnicas y, sobre todo, sus peligros, presenta, junto al del combate y al de la medicina, la coherencia de un esquema, cuyo simbolismo se aplica tanto al plano de la vida ordinaria como al de la vida moral.
El tratado senecano De tranquillitate animi pone el foco en el miedo a la muerte, considerándolo como una emoción profundamente desestabilizadora, que, en caso de no ser controlada, puede trastocar completamente la vida: male uiuet quisquis nesciet bene mori (11.4).
Séneca recuerda esto en Marc.
23.2: inde est quod Platon clamat: sapientis animum totum in mortem prominere...Al mismo tiempo, puede considerarse que aquí se evoca también la muerte de Sócrates, que funcionará como una suerte de guion o arquetipo para muertes «filosóficas» subsiguientes, en especial, para el paradigmático suicidio de Catón el joven, a pesar de que éste, a diferencia de Sócrates, no fue condenado a muerte sino que optó por darse muerte a sí mismo.
Para una evocación de la muerte de Catón en las Epistulae, cf. Sen., Ep.
24.6-8. leído por Lucilio y por el lector moderno.
Este recurso permite trazar un paralelo no sólo entre la mirada y la lectura, implicando al lector en el juego, sino también entre Baso y el ego epistolar, cuya primera presentación en el texto, según vimos, se da a través del verbo uidi que abre la carta.
Sin embargo, dado que, siguiendo el modelo del Fedón, en lo sucesivo el foco estará puesto en el discurso de Baso y no en el sufrimiento físico que padece36, en adelante el ego epistolar irrumpirá en el texto mediante ocurrencias del verbo audio (audiebam, §9; audio, §15).
El paralelo entre Baso y el ego epistolar se insinúa de hecho desde el inicio mismo de la carta, a partir de la referencia a la debilidad crónica (semper infirmi corporis et exsucti fuisse, §1) y vejez (senectus, §1) que afectan al cuerpo del amigo 37.
Este paralelo se ve reforzado en el párrafo 2, pues la comparación entre el cuerpo senil de Baso y un edificio carcomido establece una relación de intertextualidad interna entre esta carta y la Epistula 12, con la que concluye el libro primero de las Epistulae.
En efecto, allí el ego epistolar exhibe su propia senectus, que se le presenta metaforizada bajo la forma de una uilla arruinada por el paso del tiempo 38.
Con todo, es interesante que Séneca no mencione explícitamente su vejez en esta carta, sino que ésta emerja como un efecto de la lectura continua del epistolario.
26.1, por ejemplo, había señalado: inter decrepitos me numera et extrema tangentes.
Aquí, sin embargo, el ego epistolar rehúsa insertar comentarios sobre su edad avanzada y se refiere a la vejez más como spectator a la distancia que como alguien que padece los achaques que trae aparejados.
En la carta que nos ocupa el ego entreteje su descripción del comportamiento y dichos ejemplares de Baso con sus propias meditaciones. de acuerdo con esto, señala que la muerte por vejez se distingue de otros tipos de muerte por no dar lugar a la esperanza: alia genera mortis spei mixta sunt (Ep.
Esta acumulación es rematada por una lapidaria conclusión: nil habet quod speret quem senectus ducit ad mortem (Ep.
30.4). otra singularidad de la muerte por vejez es que ocurre en forma suave y «en cámara lenta»: nullo genere homines mollius moriuntur sed nec diutius (Ep.
Esta lentitud 39 habilita acaso la posibilidad de ofrecer no sólo una performance ejemplar de la propia agonía, sino también de convertir esta misma agonía en ocasión para la indagación ética 40:
Varios elementos son aquí dignos de nota: en primer lugar, dado que los escritores romanos suelen comparar la vida con una obra o un banquete 42, es decir, con un proceso estructurado con una conclusión inevitable, el ego epistolar pone el acento en la puesta en escena que Baso hace de su propia muerte (id agit) 43.
Con todo, según podemos advertir, explotando las diferentes valencias de uidere/-eri (verídica o ilusoria) 44, el simulacro del funeral de Baso 39 Más adelante se señala que morir de viejo requiere una lenta animi firmitas (Ep.
La imagen del banquete es evocada más adelante en esta misma carta: iam uero si cui contigit ut illum senectus leuiter emitteret, non repente auulsum uitae sed minutatim subductum, o ne ille agere gratias diis omnibus debet quod satiatus ad requiem homini necessariam, lasso gratam perductus est (30.12).
es presentado no como una realidad sino como producto de la actividad interpretativa de ego epistolar (uidebatur mihi).
Esta referencia al aparente funeral de Baso recuerda también otro pasaje de la Epistula 12 antes mencionada, focalizado en la teatralidad literal de los funerales de un cierto Pacuvio (Ep.
12.8), quien ningún día dejó de celebrar su propio entierro.
Si bien ensayar mentalmente la propia muerte es un ejercicio recomendable para el proficiens como recordatorio de que la muerte puede llegar en cualquier momento, la necesidad que Pacuvio tiene de repetir a diario este rígido ritual apotropaico configura a este personaje como un exemplum e contrario.
12 presenta a Pacuvio como alguien que, lejos de haber aprendido cómo morir bien, reconciliándose así con su propia mortalidad, es un esclavo del miedo a la muerte45.
La intertextualidad interna con la Epistula 12 contribuye así a reforzar la ejemplaridad de la actitud asumida por Baso ante su próxima muerte, spectaculum que nada tiene que ver con despliegues altisonantes. otra cuestión destacable en este pasaje es el hecho de que el ego epistolar se configura como una pieza fundamental para el registro y recreación de la performance discursiva (de morte multa loquitur) que Baso hace de su propia muerte 46.
Esta demora del texto en desvelar el hecho de que Baso es seguidor de las enseñanzas de Epicuro puede explicarse como una tentativa de focalizar la atención del lector en lo dicho y no en la identidad filosófica del emisor, preocupación que también remite al cierre de la Epistula 12, donde se señala que las mejores cosas, sea quien fuere que las haya enunciado, son «patrimonio común» (communia) 49.
Hay, además, otro sentido en que el discurso de Baso es communis50 y, así, dos veces en la Epistula 30 el ego epistolar pone de relieve el hecho de que el contenido del discurso de Baso no presenta nada nuevo51, anticipándose tal vez a que el lector podría considerarlo remanido.
La identidad verbal entre el discurso de Baso y otros discursos sobre la muerte, sin embargo, no constituye un menoscabo de su auctoritas, en la medida en que Baso habla de una muerte próxima.
Puede pensarse que la auctoritas de Baso y su ejemplaridad se proyectan no sólo hacia la Epistula 30, único registro de su discurso, sino también hacia el ego epistolar52.
En este sentido, vale la pena detenerse en el párrafo 7, en el que se establece una clara jerarquía:
En efecto, aunque es posible leer y escuchar discursos sobre la muerte, el de Baso tiene la mayor auctoritas, en la medida en que habla de su muerte próxima.
Por otra parte, aunque de acuerdo con esta jerarquía, leer un texto sobre un comportamiento ejemplar no puede tener la misma auctoritas que contemplar el exemplum mismo, el ego epistolar ofrece su registro textual como una experiencia directa al lector, y así consigue transferir la auctoritas del discurso de Baso hacia su propio texto, condición sine qua non para dar perdurabilidad a la performance de Baso 53. otra cuestión que incrementa la auctoritas de este registro textual es la exhibición por parte del ego epistolar del hecho de que Baso fue sometido a una dilatada pesquisa.
Es decir, Baso es un exemplum «probado».
La dificultad de distinguir un comportamiento ante la muerte verdaderamente virtuoso, internamente motivado, de una actitud ante ella que surja como resultado de presiones externas justifica el seguimiento minucioso que el ego epistolar ha hecho de Baso:
Al presuponer que la entereza con que Baso sobrelleva su vejez y muerte próximas declinará con sus fuerzas, el ego epistolar anticipa la desconfianza del lector, quien podría sospechar que el comportamiento ejemplar de Baso podría sufrir un quiebre a medida que el fin se aproxima 55.
Lo que se destaca, 53 Asimismo, puede considerarse que la jerarquía aquí establecida anticipa lo preconizado en la Ep.
52.8 con respecto a cuál ha de ser el criterio clave para elegir a alguien como modelo entre los presentes: eum elige adiutorem quem magis admireris cum uideris quam cum audieris.
55 La locuacidad y las abstracciones filosóficas previas a la muerte podían ser consideradas como una cobarde postergación.
Cf., en este sentido, Tac., Hist.
II 47, pasaje en el que se refiere la muerte de otho: Plura de extremis loqui pars ignauiae est.
en cambio, es la inmovilidad de Baso, que, al igual que Sócrates, se mantiene en todo momento igual a sí mismo 56, haciendo frente a su muerte próxima con espíritu sereno (aequo animo, según lo preconizado en la Ep.
El valor de la compostura de Baso se ve incrementado notablemente entonces pues la vejez hace que su muerte se prolongue en el tiempo.
Podemos pensar, además, que el texto propone a Baso como un nuevo tipo de héroe, que entrega a la posteridad no una hazaña ejemplar, sino su propia inacción, su ausencia de una respuesta desesperada, emocional, ante las dolorosas demandas de la enfermedad.
El cierre de la carta enfatiza que ha sido la materialidad de la escritura la que ha hecho posible registrar y dar perdurabilidad a la actitud asumida por Baso ante su muerte próxima, apuntando así a la ejemplaridad del propio texto, no sólo a del escritor 58.
En efecto, el ego epistolar concluye su texto con una broma que nos recuerda que estamos leyendo una carta: sed uereri debeo ne tam longas epistulas peius quam mortem oderis. itaque finem faciam: tu tamen mortem ut numquam timeas semper cogita.
Es notable que la muerte efectiva de Baso, al igual que los detalles de su sufrimiento físico, se sustraigan completamente del registro que hace el ego epistolar 59, como si lo único que importara verdaderamente fuera el discurso que 57 La idea de que la proximidad de la muerte ofrece una prueba definitiva del carácter de un individuo se encuentra también en Lucr.
Para un ejemplo de esta fascinación por los detalles, cf. Sen., Ep.
éste pronuncia sobre su muerte próxima, su condición de texto viviente, capaz de eclipsar otros discursos leídos u oídos sobre el mismo tema60.
Por otra parte, al subrayar la necesidad de cerrar la carta (finem faciam), el ego epistolar refuerza una vez más su paralelo con Baso, en la medida en que ambos están «terminando algo», aunque Baso lo hace oralmente y Séneca por escrito, con lo cual sugiere que la vida y la escritura son coextensivas e incluso intercambiables61.
Si se concede que el ego epistolar se configura como exemplum a lo largo de esta epistula cabe que nos preguntemos cuál podría ser la ventaja de esta autopresentación. una primera respuesta que sugerimos es que se trata de un procedimiento que resulta redituable para negociar la propia identidad y asegurarse un lugar en la memoria colectiva, hecho que se ve reforzado si se atiende a que Séneca refiere explícitamente su intención de publicar las Epistulae62.
La cualidad de monumentum de la palabra escrita, con su capacidad de llegar a amplias audiencias a través del espacio y del tiempo, asegurando así el renombre del autor, proveía un vehículo muy conveniente para revisar, ajustar o corroborar la persona presentada en la vida pública63,
Puede pensarse, incluso, que una característica central del exemplum, su carácter extraíble y, por lo tanto, «citable» 64, podía contribuir a la propagación de la imagen que el ego epistolar deseaba forjar de sí mismo: una imagen de sí fundamentalmente espiritual y libresca, que dejaba por completo en la sombra a su persona política.
Esperamos entonces que nuestro análisis haya mostrado que, a pesar de que el ego epistolar no se pone en esta carta en primer plano como exemplum 65, su propio comportamiento, tal como es aquí presentado, es tan ejemplar como el de Baso.
En efecto, mientras que Baso se instruye sobre cómo morir bien dedicándose a mantener conversaciones filosóficas con sus amigos sobre la necesidad de no temer a la muerte, el ego epistolar se presenta también como alguien que está aprendiendo a morir bien visitando y conversando con Baso, describiendo estas visitas y reflexionando sobre ellas.
Así, mientras que Baso spectator ha estado contemplando su propia muerte como si fuese ajena, el ego epistolar ha estado observando esta muerte modélica como si fuera un simulacro o ensayo de su propio y esperado fin 66. actúa y en lo que comunica, es decir, un yo «performativo».
Vale aclarar que esta característica no es privativa de Séneca sino que forma parte del papel que juega la mirada en la constitución de la identidad en Roma.
64 Recordemos que el sustantivo exemplum deriva del verbo eximo «to take out, extract» (cf. OlD, s. u.1).
65 Podemos suponer que su evidente fracaso como consejero áulico de Nerón debilitaba sus credenciales para actuar como magister y presentarse a sí mismo como exemplum de manera directa.
66 El círculo se cierra si consideramos el testimonio de Tácito sobre el modo ejemplar en que Séneca enfrentó su propia muerte (Tac., ann.
XV 60-64), si bien no podemos descartar cierta circularidad en este testimonio, dado que la propia obra de Séneca es el intertexto más evidente de la narración de Tácito.
En todo caso, lo que sí es evidente en la narración de esta muerte «filosófica» es la fuerza prescriptiva del exemplum que los textos de Séneca han contribuido a forjar. |
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fuentes, método, contenido y estructura del pasaje*
XII 1.: the passage's sources, method, content and structure Análisis e interpretación del pasaje de las Etimo logías y de los términos tratados, incluyendo la corrección de lecturas, y el texto revisado.
Señalamos sus fuentes, y explicamos la metodología y la concepción lingüística del autor respecto a la etimología y el significado de las palabras.
Según la estructura subyacente y armazón científico en que se sustenta el texto, Isidoro distingue los asnos y caballos salvajes (onagri y equiferi) de los domésticos (asini y equi).
Divide los asnos en burros de menor tamaño para trabajar (aselli), y en asnos grandes (asini Arcadici), y los caballos en una clase vulgar para el tiro de carros (ueredus), que incluye una variedad de menor tamaño (mannus), y otra clase de caballos nobles de silla, de la que menciona ocho razas según su origen geográfico.
De los híbridos menciona el mulo (mulus), el burdégano (burdo) y el cruce de onagro y asna.
Palabras clave: caballo; asno; poni; onagro; salvaje; mulo; burdégano; garañón.
Cómo citar este artículo / Citation: Pascual Barea, Joaquín 2017: «Los équidos en Isidoro de Sevilla (Orig.
Me propongo explicar el pasaje sobre los équidos en su conjunto, y algunos de sus términos más controvertidos, a partir del análisis de su estructura y contenido en el contexto de la tradición literaria sobre el tema, y teniendo en cuenta las innnovaciones derivadas de la adaptación de las fuentes a la situación histórica y lingüística de la España visigoda, y al planteamiento y propósito de la obra.
Pues el autor alteró el orden lógico de algunos términos debido en parte a su empeño por ofrecer el origen de los nombres más que su verdadera forma y significado, y por hacerlo solo en el lugar que creía oportuno, así como por la falta de tiempo y de fuerzas para revisar la obra, como refiere a Braulio de Zaragoza1.
Fuentes principales del pasaje
Consciente del valor e importancia de su labor, Isidoro recopiló2 y seleccionó los datos esenciales sobre los équidos y sobre el origen y significado de la terminología relativa a ellos a partir de una docena de obras escritas desde la Antigüedad hasta su tiempo, de las que son las más recientes las que usa de forma directa.
En este pasaje 3 no cita ninguna de sus fuentes, aunque transcribe de forma casi literal frases de obras de Paladio, Solino, Jerónimo y Vegecio, y toma definiciones y explicaciones de los comentarios y textos gramaticales de Servio y Festo 4.
El tratado de agricultura de Paladio 13.7) le proporciona parte del esquema general y noticias sobre las cualidades del asno (40) y sobre las características que deben reunir los buenos caballos en hechura y belleza, en conducta y en colores (45)(46)(47)(48).
A la lista de quince nombres de capas (48), procedente de la más numerosa de Paladio con ligeras alteracio-nes5, añade cinco nombres en las explicaciones de cada color: spadix y feni catus a propósito de badius, glaucus mal definido a partir de Servio como de ojos brillantes en lugar de 'tordo grisáceo', y calidus y petilus referidos a caballos con determinadas manchas.
Sustituye el adjetivo de época imperial russeus derivado de russus 'rojo' por el clásico y poético roseus; a partir de la grafía etimológica myrteus corrige en mirteus la forma murteus propia del latín, de la que Pascual 2015, pp. 99-101 considera derivado el correspondiente término castellano morcillo con el sufijo de diminutivo a partir del color negro violáceo del fruto del arrayán (murta); en esa categoría incluye canus mencionado por Paladio en la siguiente; cambia candidissimus en candidus anticipándolo a albus; después de niger omite pressus, que solo menciona a propósito de mirteus; entre las capas variadas omite las formas raras abineus o albineus 'blanquecino', canus cum quouis colore 'cano con cualquier color', spumeus 'espumoso' y maculosus 'lleno de manchas'; llama cinereus 'gris ceniza' al murinus 'gris ratón', y omite obscurior 'más oscuro'.
La colección de hechos asombrosos de Solino (XXVII 27; XLV 6; XXVII 18) le proporciona noticias sobre el onagro (39) a partir de Plinio (Nat.
VIII 108), sobre el comportamiento del caballo en la guerra y respecto a sus amos (43), y sobre el conocimiento del movimiento del caballo a partir de las orejas (47), de lo que también trata Plinio Nat.
VIII 49; los comentarios al Antiguo Testamento de Jerónimo, junto a una traducción latina del tratado ginecológico de Sorano, sobre la reproducción artificial en los équidos, ovejas y humanos, y sobre la influencia ejercida en el aspecto de las criaturas por las imágenes que ve la madre durante la concepción (57-58 y 60); el de Servio y sus adicionadores a las obras de Virgilio (Aen.
I 1), sobre el llanto de los caballos y su capacidad para predecir el futuro (43), la definición de los colores spadix o fenicatus (49), glaucus y giluus (50), albus y candidus (51), y mirteus (53), y la frase final sobre el jefe del rebaño (61), que no iba referida a musmo sino a tityrus; Vegecio (Mulom.
III 7.1), sobre las razas de caballo más y menos longevas (44); Plinio (Nat.
III 27.7), la definición de mannus y su equivalente en la lengua vulgar (55); el tratado de veterinaria de quirón (795), el color calidus (52).
Otros datos remontan en parte y de forma indirecta a los agrónomos que menciona junto a Paladio en Orig.
II 7.15 trató sobre los tipos de équidos y sus usos (56); Virgilio (Aen.
III 83, 86, 88; VIII 80) de un buen caballo (45-46); Columela VI 27.1 trae una división tripartita de los caballos (56), explica los dos tipos de mulo y de asno (VI 37.2-4 y VII 1.1), y trata otras cuestiones que Isidoro conoce sobre todo a través de Paladio (61), como la rápida aceleración y frenado de los caballos (47), referida a los potros por el gaditano (VI 29.4).
Algunos glosarios medievales recogen noticias, como las etimologías de asellus (38) y de caballus (42), que si no están tomadas de esta obra de Isidoro, podrían proceder de una fuente común hoy desconocida.
iii. etimología y signiFicado Isidoro (Orig.
I 29) justifica que no es posible conocer la etimología de todas las palabras cuando son nombres arbitrarios o procedentes de lenguas desconocidas.
Pero siempre que puede, más que su significado ofrece su supuesto origen mediante distintos procedimientos, de los que en este pasaje solo faltan las explicaciones ex contrariis, ex uocibus y ex origine 7.
Explica a partir del latín las etimologías de asinus, caballus, badius, guaranis, dosina y ueredus, que en realidad proceden de otras lenguas, y tampoco acierta al atribuir un origen griego a mauro y mulus 8.
Al derivar caballus de cauus, ba dius de uado y equus de aequus o aequo se basa en cambios fonéticos que no experimentaron estos términos hasta época imperial o tardía.
Por contra, suele ofrecer significados más fiables de las palabras cuyo origen no explica, como mannus, giluus, guttatus, candidus, albus, petilus, calidus, mirteus y burdo.
Refiere los significados de glaucus, giluus, albus, mirteus y mannus mediante la cópula est o sunt, sobreentendida en el caso de guttatus y de candi dus; y mediante los verbos appellantur o dicuntur seguidos de qui o quae en el caso de petili y calidi y de bigenera (mulus y burdo).
Indica los sinónimos o glosas con los pronombres ipse e idem seguidos de et: badium... ipse est et spadix; dosina... idem et cinereus.
Para las variantes vulgares emplea las construcciones uulgus uocat (eranem) y quem uulgo dicunt/uocant (guara nem y brunicum).
Expresa la causa con la preposición propter y sobre todo con las conjunciones quia y quod, si bien esta causa solo es tal en el caso de los compuestos bigenerum y sonipes, que no implican ni derivación ni barbarismo o forma corrupta (Orig.
I 32); la causa está sobreentendida en guttatus y scu tulatus a partir del sentido figurado de gutta como punctum y de scutum como orbis.
Como si fueran compuestos explica la supuesta causa (quia, quod) de canum a partir de CA(ndido)N(igr)VM, por constar el color cano de pelos blancos y negros, y de uarium a partir de V(iae imp)ARIVM colorum.
Combina derivación y causa al unir la preposición a con quia, propter quod y quod: asellus a sedendo... quia; caballus... a cabo propter quod; mulus... a greco... quod.
Aunque solo conste la conjunción causal, la derivación también está presente en las explicaciones de equus, badius, eranis, dosina (junto a la glosa cinereus) y ueredus.
Con la preposición a explica la derivación de spadix, junto a la glosa fe nicatus (49), creyendo erróneamente que spadica es nominativo de la primera declinación en la antigua lengua griega de Sicilia, en lugar del acusativo en esa variante del dialecto dórico, como consta en el comentario a Virgilio (georg.
III 82) que figura entre los escritos de Probo, y en el texto de Gelio (II 26.8-10) que constituye la fuente de la explicación.
Mediante el verbo interpretatur y las conjunciones explicativas quippe y enim ofrece la etimología griega y significado de onager de forma acertada, y de forma errónea de mauro y mulus, esta última transmitida en un pasaje corrupto que corrijo y explico en Pascual 2016b, pp. 30-32.
XII 6.28) atribuye correctamente al griego el término glaucus, que aquí quiso explicar de otro modo con la conjunción explicativa nam9.
Explica correctamente Arcadicus a partir de la región griega, combinando origen y causa al jugar con el doble valor de derivación y lugar de donde del sintagma ab Arcadia.
Recurre a las diferencias (Orig.
I 31) en el caso de candidus/albus10, e implícitamente de petilus y calidus como dos tipos de color de caballo con manchas blancas, de mirteus frente a ceruinus como dos colores rojizos oscuros (púrpura y marrón), y en cierto modo de mirteus frente a fenicatus como dos colores púrpura (oscuro y claro).
Presenta como supuestas formas corruptas asellus por aseddus, dosina por de asino, e implícitamente guaranem por eranem, y considera brunicus un neologismo (barbarolexis) del que procedería la forma buricus, que no menciona por creerla erróneamente más vulgar y tardía.
En otro pasaje (Orig.
IX 1.6-7) contempla cuatro etapas en la historia del latín: la primitiva en que habrían sido compuestos los cantos de los salios; la latina durante el reinado de Latino y los reyes etruscos en que se redactaron las leyes de las XII tablas; la romana o clásica de los poetas Nevio y Virgilio y de los oradores Catón y Cicerón; y la mixta desde época imperial hasta su tiempo, que sufrió la corrupción formal y la irrupción de neologismos de otras lenguas.
Pero en este pasaje no distingue las dos primeras etapas, pues su referente fundamental es el latín clásico, actualizado con términos de la cuarta etapa para adaptar el contenido a su época.
A esta última etapa debía de atribuir las formas asociadas al sustantivo uulgus y al adverbio uulgo (guaranis/eranis y brunicus), y quizás dosina, mauro y burdo.
En una de las dos primeras etapas tal vez situaba aseddus; pues aunque Lindsay y André editan asedus como origen de asellus a partir de los códices XgYK, aseddus (38) tiene el apoyo de otros más fiables (TUVWCDH) y de varios pasajes en que Isidoro explica de forma similar la etimología de subsellium y sella (Orig.
Parece entender uadius como el étimo de badius, y quizás ueredus como una forma arcaica frente a la clásica mannus y la tardía brunicus/buricus.
iV. esquema general del pasaje y clases de équidos
El propósito principal de la obra era transmitir el conocimiento heredado de interés general, finalidad práctica que cumplió mucho más allá de los límites cronológicos y geográficos del reino hispano-visigodo.
En este pasaje ofrece de forma concisa la información disponible siguiendo un esquema que contempla dos especies y los cruces entre ambas.
Para interpretar algunos términos resulta clarificador el paralelismo implícito entre la exposición sobre asnos y caballos.
Con todo, debido a su prestigio e interés social, dedica mucha mayor atención a los caballos, sobre los que trata además de su edad, cualidades y principales razas nobles.
Omite datos que considera superfluos, como los ejemplos de Alejandro Magno y de Julio César, citados por Solino (XLV 6, 9-10) y antes por Plinio (Nat.
VIII 154-155) a propósito de caballos que no aceptaban a otro jinete a sus lomos, aludidos con el indefinido aliqui 'algunos' en lugar del sinónimo aliquot de Solino.
Al explicarlos, agrupa los colores con sus variantes de brillo y claridad en tres gamas según el predominio del tono rojizo o alazán, blanquecino o claro, y negruzco u oscuro, además de las capas de varios colores que sitúa entre la clara y la oscura.
Por ello altera el orden de la lista inicial en este otro: 1, [2, 3] 7, 6, 12, 10, 11, 9, 8, 14, 5, 4, 15, 13, y también para tener en cuenta dos versos de Virgilio, y asociar a través de aeranis, dosina y μαῦρος los colores oscuros ceruinus, cinereus y niger con los neologismos guaranis, dosina y mauro, que designan el garañón, el caballo salvaje y el berberisco.
Implícitamente, también el mannus o buricus 'poni' es asociado al color pressus o brunus 'pardo' a través de brunicus11.
Comienza tratando del asno y el caballo de forma conjunta, estableciendo su función común de cabalgadura, y su distinta índole o inteligencia, y clasificándolos según unos mismos criterios según los nombres de cada tipo de ellos, su condición de animal doméstico o salvaje, y su distinto tamaño y función, para terminar tratando de los resultados de la unión de asnos y caballos.
Aunque solo menciona el caballo salvaje a propósito de un supuesto sinónimo del color cinereus (56), diferencia el asno y caballo domésticos (asinus y equus) del asno y caballo salvajes (onager y equiferus), y dentro del asno (40) y caballo (56) domésticos al más grande o noble (asinus Arcadicus y equus generosus) del vulgar de menor tamaño y destinado al trabajo (asellus y mannus).
Por tanto, el contenido general viene a ser este: I. asnos: nombres, índole y clases según origen, tamaño y función (38)(39)(40).
Híbridos: de asno y yegua (mulo), de caballo y asna (burdégano), de onagro y asna, de otros géneros de animales (57-61).
Y este sería el esquema en latín de las dos principales especies de équidos y sus cruces: La estructura del pasaje, basada en asnos y caballos, determina que la tercera categoría de caballos (56) sea en realidad el resultado de cruzar asnos y caballos (mulo y burdégano), donde cabe incluir el híbrido de onagro y asna.
El tecnicismo bigener, procedente de Varrón (rust.
II 8.1) y de Verrio Flaco a través de Festo, se refiere pues al cruce de caballo con asno, mientras que Columela (VI 27.1) aplicaba el adjetivo mularis a los caballos para engendrar mulos, con lo que la división tripartita del caballo queda en Isidoro en bipartita como en los asnos.
Así pues, a pesar de que el orden de la exposición esté en ocasiones alterado, y de la desigual extensión que dedica a asnos y a caballos, en ambos casos subyace una misma estructura.
Ambos fueron empleados por el hombre como animales de silla y de tiro, aunque según las falsas etimologías propuestas fuera el asno el que tomara su nombre del verbo sedere 'sentarse' por haber sido domesticado antes que el caballo; y al sustituirlo este en esa función, tuvo que tomar su nombre equus de equus porque se escogían equiparables en aspecto y velocidad para ser uncidos a las cuadrigas, explicación posterior a la generalización de la pronunciación monoptongada de /ae/ en época imperial.
Después de distinguir el asinus Arcadicus del asellus, que era el de menor tamaño empleado comúnmente para trabajar (40), trata igualmente del equus empleado en las carreras frente al caballus, que había sido el término clásico para referirse a un caballo de trabajo, aunque él lo emplee como sinónimo de equus según el uso propio del latín tardío, mientras que buricus y ueredus designarían los caballos vulgares de trabajo y transporte.
El sinónimo poético sonipes, empleado en el hexámetro desde Lucilio y Accio, no tiene correspondencia en el asno, pues si asellus aparece más en verso que en prosa desde época clásica 12 hasta su tiempo, más que a razones métricas o estilísticas considero en Pascual 2016a que se debe a que los poemas suelen referirse al asno de trabajo y no al asno garañón.
La cualidad con que distingue al caballo del asno es la inteligencia, pues del asno destaca su torpeza y falta de raciocinio para resistirse al dominio del hombre (38), donde tardum alude al intelecto más que al paso 13, que es muy ligero en los asnos salvajes (57).
Entre otras razones, la escasa inteligencia del asno está justificada por el empleo figurado de asinus (Plaut., Pseud.
IX 92) referidos a una persona estúpida.
Esa supuesta estupidez le permite además justificar que asellus derive de sedeo 14, al ser la causa de que el hombre pudiera montar primero al asno, aunque el caballo acabara siendo el animal de silla por excelencia: priusquam equos caperent, homines huic presidere ceperunt, puntuación corroborada por gloss.
Del caballo resalta por contra su sagacidad (43), que en algunos aspectos considera similar e incluso superior a la del hombre.
I 273) sí refiere la lentitud del burro de trabajo: tardi... agitator aselli.
14 Con la coincidencia de sonidos juega Ovidio (Ars 543-544): senex pando Silenus asello / uix sedet.
32.9) y otros autores que equiparaban los caballos con los asnos y con los mulos como carentes de intelecto, Isidoro lo presenta como el animal con cualidades más humanas, de acuerdo con la tradición de los autores grecorromanos y sus comentaristas prolongada en la sociedad visigoda.
Ilustra esta condición casi humana con los centauros de la antigua Mitología como si fueran cruces de hombre y caballo, si bien en otro lugar explica que eran hombres a caballo (Orig.
Sí acepta la noticia de Servio y Plinio sobre los caballos que lloran la muerte de sus amos, interpretando como real una ficción poética de Virgilio (Aen.
XVII 426), sin más fundamento real que las lágrimas que los caballos derraman por causas físicas.
Siguiendo una doctrina común en la Antigüedad greco-latina, tanto en el asno como en el caballo distingue Isidoro la variedad doméstica de la salvaje, a la que llama respectivamente onager y equiferus (39 y 54), y le aplica los adjetivos ferus15 y agrestis16.
Trata del equiferus a propósito del color cinereus 'gris ceniza', que relaciona con el neologismo dosina al suponerlo derivado de de asino por ser un caballo con color 'de asno'.
Frente a la escueta referencia al asno de raza para engendrar llamado arcádico (40), Isidoro (44) recoge la división de Vegecio (Mulom.
3.7.1) en caballos longevos y de vida más corta (norteafricanos e hispanos), a los que añade una tercera raza de la Galia.
Las palabras frequens opinio est («es una opinión frecuente») debieron de ser transmitidas por error, pues en Vegecio formaban parte de la siguiente frase («que a los de los bárbaros no se debe dar la medicina de brebaje alguno»): Aetas longaeua Persis, Huniscis, Epirotis ac Siculis, breuior Hispanis ac Numidis.
Cabría interpretar el texto de Isidoro refiriéndolas a los caballos de vida corta o mejor a todo el párrafo, pero no a la supuesta fama de los caballos galos como traduce André 1986, p.
Los antiguos galos tuvieron caballos aptos para la guerra, pero sobre todo caballos baratos para cargar, tanto al lomo como tirando de carros18.
Si Isidoro podía incluir los caballos gálicos (gallici) entre los caballos nobles, que en la Antigüedad no se destinaban a cargar (Sen., Dial.
X 18.4), se debe a que consideraba propia de estos la función de cargar al lomo, frente a la raza vulgar que solo era apta para el tiro de carros pero no para la monta (56).
Pues es la silla lo que caracteriza a la clase noble, sea como cabalgadura en los combates (preliis) o llevando cargas (oneribus), no para los honores (ho noribus) como propone André 1986, p.
79 a partir de la lectura de solo tres códices (CBY 1 ), provocada por la grafía honeribus que empleaba Isidoro 19, ya que en el diccionario que constituye el libro décimo, el orden alfabético impide suprimir la /h/ inicial (Orig.
Isidoro omite las noticias previas de Vegecio (Mulom.
3.6.1-4) sobre otros caballos nobles por ser de menor interés o utilidad: los de guerra de Turingia, Burgundia, Frigia, Sarmacia y Dalmacia; los de Armenia y Sofena para montar, y los capadocios para carreras de carro.
Además de las dificultades para adquirir esos caballos, los escrúpulos religiosos le llevan a condenar esas antiguas carreras siguiendo a Tertuliano (Orig.
En cierto modo, las siete razas que menciona bastaban para abarcar las principales regiones productoras de caballos en su tiempo: el Nordeste de Europa (Vgnici), Asia (Persici), Grecia (Epirotae), Italia (Siculi), Hispania (Hispani), África (Numidae) y la Galia (gallici).
Además refiere una octava raza de caballo noble, pues el caballo mauro (55), como propuse en Pascual 2009, pp. 165-183, debe de corresponder a la raza berberisca del noroeste de África, más pequeña que la de los númidas.
Isidoro trata de explicar mauro como si hubiera sido el nombre del caballo de color negro.
Pero maurus nunca significó en latín 'negro' u 'oscuro', sino 'procedente o relativo a Mauretania', y el adjetivo para designar el caballo negro siempre fue niger, también en esta obra (Orig.
El adjetivo μαῦρος sí significaba 'negro' en la lengua griega común hablada en su época, a la que distingue en otro lugar (Orig.
IX 1.4-5) de los cuatro dialectos griegos de la Antigüedad, cuando llamaban al color negro μέλας (Orig.
151 la acepten para el color del caballo, la etimología de mauro a partir del griego bizantino es tan infundada como la de Maurus a partir de la tez negra de los bereberes por el calor del verano, que vuelve a repetir (licet Mauri ob colorem a graecis uocentur) a pesar de conocer otra teoría más próxima a la realidad procedente de Salustio (Jug.
17-18), según la cual Maurus sería una deformación de Medus en boca de los libios o africanos (Orig.
Estrabón (XVII 3.7) consideraba Maurus una palabra autóctona, referida a una tribu bereber dominante en otro tiempo y extinguida por las guerras; pero Mauri y Μαυρούσιος probablemente sean préstamos de la forma púnica Mahourim o Mauhaarim 'occidentales' 20, con la que los cartagineses llamaban a los bereberes del noroeste de África.
XIV 5.10) tal vez remonte a unos versos de Manilio (IV 729-730) basados en un juego de palabras entre el étnico latino Maurus y el adjetivo griego μαυρός de la forma primitiva ἀμαυρός con el significado de 'oscuro' o 'poco visible': Mauretania nomen / oris habet titulumque suo fert ipsa colore.
La etimología de Maurus a partir del griego bizantino también podría proceder de un escolio al sintagma concolor indo / Maurus de Lucano (IV 678-679), donde el étnico latino aparece vinculado al color oscuro de la piel21 a partir de ese mismo juego de palabras bilingüe propio de poetas, pues como señala Endt 1908, pp. 294-307, son numerosas las citas de Lucano en este libro y en el resto de las Etimologías que deben de proceder de escolios y comentarios.
Isidoro no emplea admissarius 'garañón', referido al caballo y al asno semental por Varrón (rust.
II 7-8) y por Paladio (I 13-14) pero que había caído en desuso en el habla, ni trata esta función.
Pero tanto guaranis en su época como asinus Arcadicus desde el siglo I designaban el asno y el caballo semental, aunque él asocie estos nombres a un color de caballo y a una clase de asno.
Pero su significado debía de ser 'semental', que como indica Sofer 1975, p.
22, es el étimo del castellano garañón y de sus equivalentes en otras lenguas romances.
Justifica el nombre asinus Arcadicus en que los primeros asnos grandes y altos se exportaron desde Arcadia, pero teniendo en cuenta que se opone al pequeño asellus destinado al trabajo, cabe deducir que se refería sobre todo al garañón.
El asinus Arcadicus22, que en tiempos de Varrón (rust.
II 1.14) era todavía el asno grande de Arcadia muy apreciado como garañón, pasó a designar el asno garañón de cualquier procedencia, como en un hexámetro de Eugenio de Toledo (Anth.
I 387.3 Meyer): Mulus ab Arcadicis et equina ma tre creatus «Mulo engendrado de arcádicos y de madre equina».
Viii. équidos Vulgares y pequeños para trabajar en el campo
Mientras que el sintagma asellus Arcadicus figura en prosa y en verso en la obra de Columela o a él atribuida (VII 1 y X 344), Isidoro designa con asellus una categoría de asno vulgar más pequeño (asinus minor) empleado para trabajar en el campo, frente a la de mayor tamaño -empleada para montar y para engendrar-que denomina asinus Arcadicus.
Esta división se basa en Columela (VI 37.3-4 y VII 1.1) y en Paladio (IV 14.3-4), quienes como explico en Pascual 2016a, oponen el pequeño asellus al asinus grande usado sobre todo como admissarius o garañón para criar mulos.
Como en los asnos, Isidoro distingue dos clases principales de caballos domésticos: una noble para la silla, identificable con las razas ligeras propias de zonas cálidas, y otra vulgar para el tiro, correspondiente a las razas pesadas de ponis y palafrenes de las zonas septentrionales de Europa.
Con todo, los ponis también se usaron como cabalgadura, y una misma raza de caballo podía servir para cualquier función mediante la selección, el adiestramiento o la castración.
El poni o raza de caballo más corto de estatura y longitud (equus breuior), llamado en latín clásico mannus 23 y luego buricus -mal corregido aquí en brunicus-(55), es pues el equivalente de la clase de asno llamada asellus (40), hasta el punto de que en castellano el asellus 'borrico' terminó apropiándose del nombre de buricus, si bien burro aún designa el poni en el dialecto asturiano occidental según Corominas y Pascual 1987-1991, t.
En la lectura caballus antea cabo (42)24, el adverbio temporal de los códices parece implicar que cabo fuera un sustantivo arcaico de la tercera declinación, fruto quizás de un cruce -más que de una sonorización tardíaentre los sustantivos capus y capo para el 'gallo castrado' y la antigua acepción de caballus como 'caballo castrado' (Mart.
Pero en el pasaje de Isidoro no aparece la idea de castración ni es compatible con la causa que ofrece a continuación basada en la forma concauet25 (escrita por Isidoro con cabet como en TUVY 1 ), aunque sí aparece de forma explícita en algunas glosas26; y aunque cabría interpretar cabo como un sustantivo derivado del verbo cauare escrito cabare, tal explicación no cuenta con el refrendo de texto alguno. un poco más adelante hallamos una etimología basada en esa misma confusión de /u/ y /b/ en posición intervocálica (Orig.
XII 8.4): Sca brones uocati a cabo, id est caballo, quod ex his creentur, donde cabo procede del ablativo del adjetivo cauus, interpretado como sinónimo de caballus a partir de la expresión virgiliana (Aen.
II 260) cauo robore 'roble hueco' explicada en glosarios como equo ligneo27.
Esta etimología aparece también en la lectura caballus antea a cabo de los códices T y B, donde no creo que la preposición a fuera añadida por los copistas ope ingenii, pues la frase carece de sentido («caballo se dijo antes de cavo»), ni que tomaran la expresión de esta explicación, pues en ese caso habrían suprimido el adverbio temporal.
Más bien pienso que la preposición fue suprimida por otro u otros copistas para dar algún sentido a la frase («caballo se dijo antes cavón»), y que la dificultad de interpretación procede de una mala lectura antea en lugar de autem.
Vienen a corroborar mi hipótesis la frase caballus autem a cauo pede dictus en la edición de Clark 2006, p.
Cabe pues considerar la explicación de cabo como derivada de la de cauus a partir de una mala interpretación.
Isidoro ignora otros términos clásicos para referirse a un caballo vulgar de tiro, pues solo recoge el sentido figurado de canterium (Orig.
XX 16.5) menciona el caballus sagmarius, que alude a una de sus funciones propias como caballo de carga o albardón, de donde el italiano somaro, el catalán y aragonés somera, y el vasco zamari para este caballo grande y lento: sagma... unde et caballus sagmarius, mula sagma ria30.
Y emplea caballus como sinónimo de equus, lo que tal vez influyera en que al caballo noble le asigne también la función de cargar al lomo, que en la Antigüedad era propia del caballus y otros iumenta pero no del equus.
El hápax brunicus es un nomen fictum creado por algún gramático para explicar buricus a partir del adjetivo del latín visigodo brunus relativo a un color oscuro, ya aducido por Sofer 1975, pp. 67-68.
Si en el habla tardía llegó a producirse esa metátesis favorecida por un cruce con brunus, los resultados romances, siempre derivados de buricus, corroboran que es este el término que Isidoro trata de explicar.
La posición de brunicus a continuación de mauro explicado como 'negro' indica que Isidoro asocia la etimología de brunicus a otro color oscuro, más bien 'pardo' que 'castaño oscuro' como en su resultado en inglés brown o alemán braun, que como refiero en Pascual 2015, pp. 105-108, es una capa propia de los asturcones y de otros ponis.
Isidoro presenta ueredus como una forma perteneciente a un estadio cronológico más antiguo (ueredos antiqui dixerunt) que el caballo más pequeño mannus.
Ambos podían ser caballos trotones (tollutarii) apropiados para montar durante un viaje (uectorii), función en la que destacaron los manni del norte de Hispania llamados Asturcones, cuya forma de correr fue adoptada por caballos de otros lugares y razas, como testimonia Vegecio a propósito del caballo tottonarius y colatorius (Mulom.
Corresponde a uno de los cuatro tipos de caballo de Varrón (rust.
II 7.15), no válido para la guerra, para las carreras, ni para la cría de mulos, sino para el transporte como cabalgadura con silla además de tirando de un carro (uectorios... ad ephippium aut ad raedam) 32.
Esta función uectoria del mannus o buricus y del ueredus se basaba en que tenían un paso más cómodo para el jinete y más seguro para el carro, debido tanto a sus patas más cortas como a su carácter menos fogoso, por ser de sangre fría.
Sin embargo, desde época tardía la silla o cabalgadura, usada ahora también para llevar cargas al lomo33, se consideró propia de la clase noble de caballos, mientras que la clase vulgar se destinaba al tiro.
El adjetivo uulgare no alude a una calidad inferior como en Columela, sino a que lo empleaba el vulgo en el trabajo, frente a la función militar y el prestigio social del caballo noble propio de la clase social elevada.
El adjetivo breuiores designa el tamaño pequeño de los ponis, aunque en cierto modo cabría entenderlo referido en general a la proporción o forma más rechoncha de los caballos braquimorfos, incluyendo a los ueredi entendidos como caballos de tiro de acuerdo con la etimología propuesta, y referidos a esos caballos robustos propios sobre todo del centro y norte de Europa 34.
Pues tanto en el pasaje como en la realidad, el poni y el caballo de tiro constituyen dos variedades de distinto tamaño de un mismo tipo de caballo de parecidas proporciones y origen común, oriundas del norte de Europa, y muy aptas para el tiro y en general para el trabajo, frente al caballo ligero de zonas más cálidas.
Y aunque cada término tenía su propio significado y etimología, manni y ueredi pertenecían al género de caballos que Isidoro llama vulgar y gregario para el transporte (uulgare atque gregarium ad uehendum).
Ofrece dos supuestas etimologías de ueredus basadas en que originariamente habría servido para llevar o tirar (ueho) de los carros (reda), o porque iba por los mismos caminos por los que iban los carros.
El sintagma uias publicas que refiere al ueredus lo hallamos referido al mannus o buricus en un texto de San Jerónimo (in eccles.
X 5-7 = PL XXIII 1093B) que podría ser una de las fuentes del pasaje: dignitate perflati uias publicas mannis terant 35.
Marcial (XII 14.1 y XIV 86.1) mencionaba el ueredus como un caballo rápido para ir a cazar y con silla de montar, pero más tarde fue sobre todo el nombre del caballo de posta, empleado en el correo oficial del Imperio; el pequeño mannus fue más usado en viajes cortos (Hor., Carm.
III 27.7), pues corría sin sacudir la espalda, tanto cabalgando como tirando de un carro, especialmente por personas ricas (Lucr.
En el siglo IV, Ausonio (Epist.
2.7) asociaba mannus y ueredus como dos tipos de caballo apropiados para viajar: uel celerem mannum uel ruptum terga ueraedum («o un poni veloz o un palafrén de espalda rota»).
Pero Isidoro va más allá al agruparlos dentro de la misma clase de caballo.
iX. équidos cruzados e Híbridos: mulos, burdéganos y crías de onagro y asna Isidoro emplea bigener para referirse al animal nacido de dos especies distintas, y reserva hybrida para el cruce de jabalí con cerda, que en latín valía para el cruce entre la variedad salvaje y la doméstica de cualquier especie (Plin., Nat.
VIII 213), cruce que también era designado con el término latino semiferus. utiliza el término mulus con la acepción técnica de 'animal nacido de asno y yegua', mientras que para el 'animal nacido de caballo y asna' utiliza el neologismo de época imperial burdo (61), equivalente de los términos hinnus o hinnulus de Varrón (rust.
Isidoro solo refiere uno de los ocho cruces teóricamente posibles de ecebros y onagros con caballos y asnos, el de onagro y asna, que podría considerarse hybrida o semiferus aunque sea el resultado de cruzar dos especies distintas; a partir de un controvertido pasaje de San Jerónimo añade que da un asno veloz (asinus uelox ex onagro et asina).
Puesto que las razas híbridas y mezcladas se deben a la intervención del hombre, recoge además el efecto en el feto de mostrar imágenes de ejemplares hermosos a yeguas y a otras hembras (ovejas, palomas y mujeres) en el momento de concebir, y refiere otros cruces entre distintas especies de animales: jabalíes con cerdos, oveja con cabrón, y cabra con carnero37.
Parte de la estructura del pasaje está oculta por una metodología basada en la recopilación de citas, que son ordenadas atendiendo a la etimología real o supuesta de determinados nombres más que a su significado y a la exposición ordenada del contenido.
Pero algunas cuestiones pueden resolverse teniendo en cuenta que Isidoro partió de un mismo esquema para el asno y el caballo, propio de un tratado naturalista sobre animales.
Pero mientras que explica onager ('asno salvaje') frente a asinus ('asno doméstico'), y asinus Arcadicus (que designaba el 'asno garañón' aunque solo trate su etimología) frente a asellus ('burro vulgar'), en el caso del caballo trata del caballo garañón (guaranis), del salvaje (equiferus) y del vulgar (mannus y ueredus) en relación a nombres de colores, al igual que en el caso del caballo mauro ('berberisco').
Ese mismo interés lingüístico justifica las formas ficticias aseddus, (a)eranis y brunicus.
Al explicar los nombres de colores, los ordena en rojizos, claros, variados y oscuros a partir de una fuente desconocida, alterando el orden de la lista previa tomada de Paladio.
El empleo de caballus como sinónimo de equus permite entender que explique caballus a partir del adjetivo cauus referido a equus por Virgilio, y que generalice al equus la función de llevar cargas (honeribus) propia del caballus.
Buena parte del pasaje acumula textos no siempre acertados de escritores y gramáticos, pero en conjunto constituye una valiosa síntesis y actualización terminológica y científica.
Isidoro organiza noticias de épocas diversas, de autores paganos y cristianos, y de obras tan distintas como los poemas virgilianos con sus comentarios y la literatura técnica y científica; incorpora neologismos y explicaciones a partir de fuentes no siempre conocidas; omite los términos y contenidos menos claros o de menor interés, y ocasionalmente altera la forma y el significado etimológico o en la lengua que ofrecían las fuentes.
Algunos lemas (38, 41-42, 52-56, 59) contienen indicios de que pudo servirse de obras y extractos perdidos con datos no documentados antes 38, y en los que ya habrían sido sustituidos términos desusados, como hinnus por burdo, y eliminados otros.
En mi exposición y en la edición del pasaje en apéndice propongo correcciones respecto a la edición de André, tales como aseddus en lugar de asedus (38), autem a por antea (42), ideo por idem de acuerdo con el sentido (53), honeribus por honoribus (56), Hana por Ana y μύλος por uel que traspongo con las tres palabras previas a la oración causal que sigue (57), coitum por coitu conforme a la sintaxis latina (58), y lecturas de otros códices, como maximi... clunes por maxime clunis siguiendo a Paladio (45), dicunt por di xerunt (50) y dosina por dosinus (54), y sigo otros criterios gráficos y de puntuación 39.
Tampoco considero necesario interpolar splendidum (50), color (55) y dicitur donde se puede sobreentender est 'existe' (57), ni corregir eo rum en earum (60), que puede referirse a uultus o quales o a un neutro genérico ('esas cosas').
Tanto estos criterios de edición como el tipo de análisis de este artículo podrían aplicarse con resultados parecidos a otros pasajes del libro XII, sobre todo del capítulo primero sobre el ganado. bibliograFía apéndice: teXto reVisado 38. |
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Dos supuestos testimonios del vino de Saguntum
en Juvenal y en Frontón
Juvenal parece referirse a la cerámica saguntina, cuya baja calidad era proverbial en la tradición epigramática y satírica.
El pasaje de Frontón sería un ejemplo más de la confusión, en la tradición manuscrita, entre Saguntum y Zacynthos y entre Saguntinus y Zacynthius.
Palabras clave: Juvenal; Frontón; Saguntum; Zacynthos; vino; lagona.
Cómo citar este artículo / Citation: Hernández Pérez, Ricardo 2017: «Dos supuestos testimonios del vino de Saguntum en Juvenal y en Frontón», Emerita 85 (1), pp. 141-152.
Dos pasajes de la literatura latina del siglo II d.
C. -pertenecientes a una sátira de Juvenal (V 24-29) y a una carta de Frontón (134.23 ss. van den Hout 1988 2 ) y recogidos como fuentes de la Hispania romana en FHA VIII, pp. 279 s., 299 s. y en THA III, pp. 326 s., 340-se han considerado como referidos al vino de la antigua Saguntum y se han aducido como testimonios que confirmarían, no sólo que dicho vino se exportaba a la ciudad de Roma como el testimonio de la arqueología demuestra (es especialmente revelador el hallazgo de una misma marca anfórica que contiene el topónimo en ablativo Sacynto = Sagunto tanto en el territorio de Saguntum -CIL II 6254 9 -como en Roma -CIL XV 2632-)1, sino que además se conocía allí con su propia denominación de origen: uinum Saguntinum; como dice Aranegui 2004, p.
C. la denominación saguntino para un vino común era utilizada por parte de escritores latinos» 2.
Ahora bien, creo que ambos pasajes, si se examinan atentamente, no pueden ser tenidos por testimonios absolutamente válidos al respecto.
Veamos primero, por seguir un orden cronológico, Iuu.
Un vino que ni la lana sucia se avendría a soportar.
Verás a los convidados convertidos en coribantes.
Los insultos son el preludio, pero enseguida te pones a blandir borracho las copas y te limpias las heridas con una servilleta roja de sangre, cada vez que entre vosotros y la cohorte de libertos se entabla una bulliciosa batalla a golpes de garrafas saguntinas.
Estos versos son el inicio de la descripción de un banquete en el que el anfitrión humilla a sus clientes ofreciéndoles bebida, comida y vajilla de ínfima calidad, en contraste con las exquisiteces que él se reserva para sí mismo.
Se dice, en primer lugar, que el vino servido a dichos clientes es de la peor calidad; para lo cual se recurre a una muy expresiva hipérbole que da a entender que era incluso peor que el vinagre (v.
Hasta aquí, es evidente que Juvenal no indica el origen de dicho vino.
A continuación relata, parodiando la dicción épica, cómo los clientes y los libertos del anfitrión, una vez borrachos, se enzarzan en una pelea empleando como armas arrojadizas dos elementos de la vajilla: los pocula y las lagonae, indicando mediante la adjetivación Saguntina... lagona (ablativo instrumental, singular colectivo) que éstas eran de Sagunto.
Aquí sí hay una referencia explícita a la antigua industria saguntina, pero -al menos a primera vista y si las palabras en cuestión las entendemos en su sentido propio-no a la del vino sino a la de la alfarería y, en particular, a uno de sus productos: la lagona 4, recipiente panzudo y de cuello estrecho (análogo a una garrafa o a un cántaro), empleado en las comidas para verter el vino directamente en las copas 5.
La despectiva mención del origen de este utensilio -el adjetivo Saguntina sirve para insistir en la baja calidad de la vajilla puesta a disposición de los clientes, por oposición al lujo de la usada por el anfitriónse inscribe en una tradición epigramática, como evidencian tres epigramas de marcial en los que la baja calidad de la cerámica saguntina -no bien identificada arqueológicamente 6 -se nos presenta como proverbial 7.
La interpretación que, de estos versos, acabo de dar es, en mi opinión, la más fácil y coincide en lo esencial con la de los principales comentaristas modernos de Juvenal, quienes, ajenos a la investigación sobre el vino de la antigua Sagunto, no han visto en Saguntina... lagona más que la mención de un producto de su alfarería 8, pese a que ya en la Antigüedad hubo quien supuso que había 1898), p.
75 s. 4 Esta palabra, antiguo préstamo del griego λάγυνος, se presenta en los textos latinos con diversas grafías: lagona, laguna, lagoena, lagena, lagyna, lacuna.
Ello parece contradecirse con la noticia de Plin., Nat.
«Saguntum». aquí una mención del vino saguntino y de su mala calidad, como un escolio antiguo -que parece remontarse a un comentario de finales del s. IV-atestigua (Schol. in Iuu.
V 29, ed. Wessner 1931): ciuitas Spaniae, in cuius territorio malum uinum nascitur ('ciudad de Hispania en cuyo territorio se produce vino malo').
Este escolio, por cuanto sitúa geográficamente la ciudad de Sagunto añadiendo una información sobre la mala calidad de su vino, sugiere que Saguntina... lagona significa 'garrafa de vino saguntino' y parece suponer que se trata del vino malo referido anteriormente (v.
Según creo, esta antigua interpretación es cuestionable (como trataré de demostrar a continuación), y dicha información sobre el vino de Sagunto no necesariamente tuvo que estar basada en un conocimiento previo del escoliasta, sino que pudo ser un mero recurso ideado por él para explicar su suposición de que Juvenal se refiriese aquí, despectivamente, al vino saguntino.
Pero empecemos nuestra discusión reconociendo, como tovar 1989, p.
287, que estamos ante un caso de posible ambigüedad: «Saguntina... lagona puede ser interpretado como'botella (de barro) de Sagunto', o bien como alusión a vino malo» 9.
Para poder entender que Juvenal se refiera aquí al vino de Sagunto, habría que suponer: a) una metonimia del continente por el contenido, por la que lagona estuviera en vez de uinum, como en mart.
IV 69.3 (diceris hac factus caelebs quater esse lagona) y X 45.6 (non facit ad stomachum nostra lagona tuum) 10, lo que justificaría una interpretación como la de Aranegui 1992, p.
37, cuando parafrasea el pasaje en cuestión en estos términos: «el vino de Sagunto [...] los comensales lo utilizan para lanzárselo de unos a otros en plena diversión» 11; o b) que el adjetivo Saguntina se refiera, no propiamente a la lagona, sino al vino contenido en ella, de modo que el sintagma Saguntina... lagona equivaldría a Saguntini (sc. uini) lagona ('garrafa de vino saguntino'), esto es, a una construcción con genitivo de contenido, en la que no habría ninguna ambigüedad (como, p. ej., en mart.
Laletanae nigra lagona sapae).
Un uso como éste es el que, por el contexto, hay que reconocer en mart.
Paralelos como los que acabo de traer a colación -sobre todo los últimos, en los que el sustantivo lagona está adjetivado por un etnónimo-servirían para demostrar la posibilidad de que en el sintagma Saguntina... lagona haya una referencia al vino saguntino.
Pero pueden hacerse varias objeciones a ello si, además de las posibilidades de la lengua, se considera atentamente tanto el contexto en el que dicho sintagma aparece como la tradición literaria.
Un uso metonímico de lagona en vez de uinum es difícil de aceptar aquí, y no ya porque lo lógico sea suponer que en una pelea las «armas» arrojadizas fuesen objetos contundentes (como eran los pocula y las lagonae), sino porque el uso de los diferentes elementos de la vajilla como proyectiles es un tópico en las narraciones de las peleas simposíacas: baste traer a colación, como paralelos más próximos, la narración ovidiana de una pelea simposíaca de la mitología, en la que se enfrentaron los lápitas y los centauros (ou., met.
XII 235-244), y, sobre todo, la mención que, de esa misma pelea, hay en mart.
II 457) 13 y de la que Juvenal parece depender directamente en el v.
29 del pasaje en cuestión (pugna Saguntina feruet commissa lagona).
Que Saguntina... lagona signifique 'garrafa de vino saguntino' parece más probable, pero ello sería incongruente también con la tradición literaria: precisamente con esa tradición epigramática a la que me he referido supra, que está muy bien atestiguada en marcial -de cuyos epigramas satíricos tanto depende Juvenal-y que consiste en referirse despectivamente a la cerámica (no al vino) de Sagunto 14.
Creo, pues, que es preferible ver un uso propio tanto del sustantivo como del adjetivo en el sintagma Saguntina... lagona, entendiéndolo como «garrafa saguntina» (esto es, fabricada en Sagunto), del mismo modo que en mart.
IV 46.9 (et nigri Syra defruti lagona «y una garrafa siria de negro vino cocido») el etnónimo Syra se emplea propiamente para indicar que la lagona era una garrafa de vidrio soplado de Siria 15.
Cabría como mucho la posibilidad de que, por ser prover-bial -al menos según dicha tradición epigramática y satírica-la baja calidad de la cerámica saguntina, Saguntina... lagona significara «garrafa como las saguntinas», esto es, «de baja calidad»: de ser así, se trataría de una expresión análoga a Saguntina fames, empleada por Ausonio, Epist.
22.43, para referirse a una hambre extrema (como la que los saguntinos padecieron durante el asedio de su ciudad) 16.
Bien distinto es el problema que veo en el pasaje de Frontón, 134.17 ss. van den Hout 2a ed., perteneciente a la primera carta (quizá del año 162) del corpus epistolar titulado De eloquentia por Niebuhr y dirigido al emperador marco Aurelio:
[...] es hora de examinar, en primer lugar, cuál es tu opinión acerca del vocabulario.
Dime, por favor, lo siguiente: pese a que sin ningún esfuerzo ni empeño por mi parte se me ocurrieran espontáneamente palabras algo elegantes, ¿opinas que debería despreciarlas y rechazarlas? ¿o es que, por cierto, me prohíbes rastrear con esfuerzo y empeño palabras elegantes pero, al mismo tiempo, me autorizas a recibirlas en el caso de que me lleguen espontáneamente, precisamente como menelao al banquete, sin autorización ni invitación mías?
La verdad es que prohibir eso es absolutamente duro e inhumano: casi lo mismo que si a un huésped que te acogiera con vino de Falerno, que por ser producto de su finca hubiera de sobra en su casa, le pidieras un vino cretense o un saguntino, que, siendo malo, tuviera él que ir a buscar y comprar fuera de casa.
Frente a la puntuación de van den Hout y de los demás editores al final de este pasaje (... quod, malum, foris...), basada en la suposición de que malum esté empleado como interjección de maldición o indignación ('¡diablos!','¡maldita sea!'), he quitado las comas porque prefiero entender, como Hof-mann 1985 2, p.
360, que está empleado como adjetivo, con el que Frontón subraya la mala calidad de los dos vinos extranjeros mencionados por oposición al buen vino de Falerno: el uso de malum como interjección se da siempre después de un pronombre interrogativo o exclamativo (cf. ThLL, VIII 236, 56 ss.), nunca después de un relativo, que es lo que aquí hay; obsérvese, además, que -según el análisis sintáctico y la puntuación que defiendo-estamos ante la construcción consistente en la inclusión dentro de la proposición de relativo de un adjetivo en función predicativa y referido al antecedente (cf. Kühner y Stegmann 1988, II, p.
311 s.): Cretense... uel Saguntinum, quod malum..., en paralelo con la secuencia inmediatamente precedente: Falerno... quod... natum...
Pero, en cuanto al asunto que ahora nos ocupa, veo en este pasaje un problema gráfico-fonético y de crítica textual, por el que puede cuestionarse su supuesta validez como testimonio del vino saguntino. me parece bastante probable que el segundo de esos dos vinos extranjeros mencionados por Frontón sea, no el de Sagunto, sino el de la isla griega de zacinto, como ya orelli 1830, p.
170 -en una de sus emendationes al texto frontoniano, que no ha sido aceptada por ningún editor posterior-observó: «Vinum Saguntinum intellige Zacynthium; nisi sic scribendum», lo que quiere decir que se trata, no del vino de Sagunto, sino del de zacinto, ya sea porque Frontón empleara Saguntinus, -a, -um como etnónimo de zacinto, ya sea porque la tradición manuscrita hubiese alterado la forma Zacynthium transformándola en Saguntinum.
La primera explicación podría aceptarse si se admite que -como yo mismo traté de demostrar 17 a propósito de Cato, Agr.
8.1, donde ficos Sacontinas parece equivaler a ficos Zacynthias «higueras zacintias»: cf. Plaut., merc.
943: Hospes respondit Zacynthi ficos fieri non malas-el etnónimo de zacinto podía presentarse, al menos en el latín arcaico, bajo dos formas distintas: Sacuntinus (o Sacontinus, con el vocalismo que aparece en los códices del texto de Catón) y Sacuntius (escrito Zacynthius desde la época clásica); lo que concuerda con una noticia de Prisciano (gramm.
Keil II 36, 20), según la cual los ueteres escribían Saguntum (yo preferiría la variante Sacuntum, lección de dos de los códices colacionados por Keil) para transcribir Ζάκυνθος 18.
De ser así, es posible que Frontón, conforme a su tendencia ar-caizante, recuperase la forma arcaica Sacuntinus -que quizá siguiese viva en la lengua popular-pero con una g en vez de c (Saguntinus), que pudo estar motivada (si es que no estamos ante una confusión de la tradición manuscrita) por la misma razón -pero en sentido inverso-por la que, en vez de Saguntum, se emplearon formas artificiosas y helenizantes como Sacynto (ablativo) (en la marca anfórica de CIL II 6254 9 y CIL XV 2632, a la que me he referido supra), Zacynthos (Iuu.
I 22.3): para subrayar la supuesta vinculación de Sagunto con zacinto, la que -según la leyenda-había sido su metrópolis.
Lo mismo cabe decir de la forma empleada por Salustio, Hist. fr.
Keil I 143, 9 s.), como etnónimo correspondiente a Saguntum: Saguntius, -a, -um, resultante, según parece, de la imitación de Ζακύνθιος (el etnónimo de Zacinto).
Ahora bien, quizá la otra explicación posible, que es precisamente la menos complicada, sea más probable: esto es, que se trate de un error de transmisión, habida cuenta que los topónimos Saguntum y Zacynthos (-us), así como sus etnónimos respectivos, Saguntinus y Zacynthius, se confunden a menudo en la tradición manuscrita: cf., p. ej., las lecciones Sagunto en vez de Zacyntho y Saguntumque en vez de Zacynthumque en Liu.
208, donde la tradición manuscrita da la lección bituminis Saguntini, quod est natura liquidum, que en la edición de Sconocchia 1983 se corrige leyendo Zacynthii y no Saguntini, aceptando la conjetura de Rhodius 1655, p.
294 («lege omnino zacynthii»), basada en testimonios como Plin., Nat.
XIII 741, 15 Kühn (ἀσφάλτου ὑγρᾶς, Ζακυνθίας) 19 -téngase en cuenta también la lección Zacontini de dos testimonios de tradición indirecta, que es análoga a Sacontinas (= Zacynthias) de Cato, Agr.
312 s., «sembra potersi spiegare come una fase intermedia del processo di corruzione che ha portato alla "normalizzazione" Saguntini». tales confusiones se debieron a la gran semejanza fónica existente entre ambos topónimos y entre sus respectivos etnónimos: por el proceso llamado criba fonológica por Troubetzkoy 1949, pp. 54-56, Ζάκυνθος y Ζακύνθιος (transcritos en latín clásico como Zacynthos (-us) y Zacynthius) sonaban respectivamente Sacuntos (-us) y Sacuntius en boca de los hablantes latinos, y así es como tenían que escribirse en el latín arcaico 20, antes de que empezaran a utilizarse los dígrafos PH, tH y CH y las letras Y y z 21. también el mito de la fundación de Sagunto por colonos procedentes de zacinto, basado precisamente en la semejanza existente entre ambos topónimos, debió de contribuir a que se produjeran dichas confusiones.
Hay, además, en el contexto un argumento que, añadido a los que acabo de aducir, demostraría que la posibilidad de que Saguntinum esté en vez de -o equivalga a-Zacynthium es mucho mayor. tengamos en cuenta que Frontón expone aquí su posición con respecto al delectus verborum o 'selección del vocabulario' -lo que fue su principal preocupación retórica-concluyendo con un símil que debe entenderse como una defensa del uso de palabras genuinamente latinas frente a la importación de palabras griegas 22: por oposición al vino de Falerno, que simboliza el rico y buen patrimonio léxico del latín, los dos vinos malos y de importación mencionados a continuación representan las palabra extranjeras, que -habida cuenta de cuál es la polémica planteada y de que se trata de la lengua literaria latina, en la que no cabría la consideración de la influencia de una lengua extranjera que no fuese el griego-deben entenderse, en particular, como palabras griegas.
Es por ello por lo que en un símil como éste resulta más adecuado, en mi opinión, oponer al buen vino de Falerno -vino de Italia y, por tanto, nacionaldos malos vinos griegos, el de Creta y el de zacinto, que uno griego (de Creta) y otro de Hispania (de Sagunto).
Además, la baja calidad de ambos vinos griegos 23 está bien atestiguada en la literatura antigua: el de Creta era un vino de pasas (passum) poco apreciado en Roma, a juzgar por lo que de él dice marcial, XIII 106.2:... mulsum pauperis esse solet («suele ser el vino mulso del pobre») 24; y el vino de zacinto -el que ahora nos interesa-sabemos que era considerado malsano por la noticia de Ateneo, I 33b Kaibel: ὁ δὲ Ζακύνθιος καὶ ὁ Λευκάδιος διὰ τὸ γύψον λαβεῖν καὶ κεφαλὴν ἀδικοῦσιν («el vino de zacinto y el de Léucade, por contener yeso, también hacen daño a la cabeza») 25.
Se analizan dos pasajes de las Metamorfosis de Ovidio y se sugieren propuestas de enmienda. * El presente artículo, elaborado en los primeros meses de 2015 en la Academia Americana de Roma y en la Biblioteca Vaticana gracias a una beca del Ministerio de Educación, se inserta en el Proyecto de Investigación FFI2013-42529, financiado por el MICINN, Gobierno de España.
El texto y aparato crítico, así como la propia argumentación pertenecen al comentario crítico textual que actualmente preparo sobre el libro XIII de las Metamorfosis.
Los manuscritos, agrupados por bloques cronológicos, así como las ediciones se citan de forma abreviada, siguiendo las propuestas disponibles en http://www.uhu.es/proyectovidio/ esp/index.html.
El texto de Planudes se cita por la edición de Papathomopoulos-Tsavare 2002.
884, perteneciente al episodio de la muerte de Acis a cargo de Polifemo, el ms. M (s. XI 2 ) nos deja la extraña lectura is motus (M 2 sobreescribe «s. angulus»), en la que -us está escrito sobre algo borrado y hoy ilegible; V2 (s. XI 2 ) y un grupo de recentiores dan ex saxo, grafía que recibió la aprobación de R. Ellis al hallarla sobreescrita como corrección de est saxo en O10 2 (s. XIV ex ), sobre el muy discutible argumento de que «est, proves ex not e to be right» (ap. Simmons 1889, p.
Vitr., VIII 6.8, pero para e saxo cf. e.g.
II 16); en N (s. XI ex -XII in ) la lectura e saxo está escrita sobre algo borrado que tal vez podría haber sido is motus pero que hoy resulta imposible de determinar con una mínima fiabilidad.
883), conjetura que sí ha sido seguida por Ehwald, Magnus y otros editores hasta nuestros días.
Riese, por su parte, editó hic iactu en su 1a edición, aunque dejando abierta en sus notas la posibilidad de leer alternativamente is iactu (1872, p.
XXVI) que la parádosis e saxo era corrupción de ex iactu a través de una grafía ʃacxo.
Por último, Hellmuth (1880, pp. 28-29) comienza señalando lo inaceptable de la expresión angulus e saxo en lugar de angulus saxi y a continuación aborda las limitaciones de las propuestas de Merkel y de Riese, sobre todo en lo relativo a los pronombres mostrativos y fóricos, para a continuación proponer la interesante conjetura angulus exiguus, estilísticamente lograda por la yuxtaposición significativa exiguus totum, que él apoya en paralelos como VIII 337: longa paruae, XI 506: inferno summum, o XII 495: in hunc omnes unum.
Además, el adjetivo podría evocar el modelo virgiliano (Aen.
Por lo que respecta a la doble adjetivación de angulus, Hellmuth recuerda que ésta no es obstáculo cuando uno de los adjetivos tiene valor local, para lo que compara dextera Sigei, Rhoetei laeua profundi / ara Panomphaeo uetus est sacrata Tonanti, y XV 443: externum patria contingat amicius aruum.
Desde el punto de vista paleográfico la conjetura es creíble respecto de e saxo, aunque Hellmuth, tratando de dar cuenta de la lectura de M, explica la corrupción a partir de una repetición de extremus, del verso anterior, lo que habría forzado a los copistas a rehacer el texto, siendo el copista de M el más «audaz» en su reconstrucción, pero esto no deja de ser una forma de reconocer que no se sabe cómo pudo escribir aquel copista lo que escribió.
La propuesta de Hellmuth, más fina que las de Merkel y Riese, tiene sin embargo el inconveniente de ser redundante, pues la expresión extremus angulus tiene ya la precisa finalidad de indicar que lo que cayó sobre Acis fue una parte exigua -un borde, un pico-de la porción de monte arrancada por Polifemo.
Aun así, sigue siendo evidente que e saxo no va bien porque, como acertadamente señalaba Hellmuth, aquí tendría que equivaler a un simple genitivo («ungewöhnliche adnominale partitive e», según Bömer 1982, p.
448, sin más argumentación), y eso no es aceptable en el latín de Ovidio (y tampoco tiene sentido como separativo ni dependiendo de peruenit ni de angulus), pero además porque e saxo es una expresión rara y limitada a la prosa con la sola excepción de este pasaje y porque aparece sospechosamente cerca de e monte (v.
Del mismo modo, is motus podría ser glosa de un participio, pero en este caso concertado con el sujeto de obruit, como eiectus (aunque con el sentido de 'arrojar violentamente' Ovidio prefiere eiectare: cf. II 231, V 353), exactus (véase Bömer 1976, pp. 214 y 265, coment. a IV 734 y V 171), excissus (aquí con el sentido de 'arrojado': cf. e.g.
IV 23.3), exceptus (aquí,'recibido') o inmissus.
La lectura de M (y tal vez -recuérdese-de N a.c.) también podría ser deformación gráfica o bien glosa de un participio del tipo euoluens (cf. XII 519), inuolitans, intortus, o de una locución como in gyrum/-os, i.e. «aunque llega hasta él el extremo del borde girando» (cf. e.g.
41) en el episodio homérico que le sirve de modelo (Od.
IX 537-538): αὐτὰρ ὅ γ ̓ ἐξαῦτις πολὺ μείζονα λᾶαν ἀείρας / ἧκ ̓ ἐπιδινήσας, una rotación de la roca lanzada por Polifemo que se corresponde al conocido movimiento de taladro con el que Odiseo y los suyos le habían hundido la estaca en el ojo (Od.
No encuentro, sin embargo, ningún pasaje dentro o fuera de la obra de Ovidio que avale con suficiente nitidez ninguna de estas propuestas, por lo que de momento me limito a señalar como corrupto el texto transmitido.
El segundo pasaje objeto de discusión está en el v.
890 y puede tener, como veremos, alguna relación con el anterior.
La lectura ampliamente mayoritaria de los manuscritos es moles tacta, que también ha sido adoptada por una mayoría de editores (uid. app.), tanto entre las ediciones más antiguas como por parte de Heinsius en su 1a edición (1652), y muy especialmente desde que Magnus la recuperara con el discutible argumento de que se trata de un «toque mágico» (1914, p.
449), lo que en todo caso habría necesitado de un agente más explícito (véase Hill 2000, p.
358; todos con dudas respecto de la lectura).
El último editor que la ha mantenido ha sido Tarrant, quien sin embargo muestra (2004, p.
406 in app.) sus dudas sobre ella y sus simpatías por fracta («fort. recte»; una posición inversa vemos en Lemaire 1822).
Copistas y editores han sentido la necesidad de glosar el participio, lo que es indicio de que no se encuentran del todo cómodos con él.
Así, por ejemplo, en N 2 encontramos sobreescrito unda, en M2 2 vemos a sanguine (sanguine en V9 2 ) y en Fe 2 leemos ab aqua.
Regius, por su parte, no especifica el origen del contacto (1493, ad loc.): «Tum rupes percussa aperitur».
Otra de las variantes mejor atestiguadas es fracta, que no fue llevada a su texto pero sí recibió el beneplácito («bene») de Heinsius (1659, pp. 354-355) y que fue editada por Gierig (1807, p.
303) por comparación con XII 488: fractaque dissiluit percusso lammina callo, y con Verg., G. IV 410: in aquas tenues dilapsus abibit, pasajes ambos de muy escaso valor probatorio (cf. Luck 2009, p.
Esta lectura ha sido aceptada por algunos editores hasta nuestros días.
362) cree que de ella surgió tracta y de ésta a su vez tacta.
El problema es que fracta dehiscit es una redundancia que delata el origen espurio de fracta (cf. rupta en el ms. P41).
Otra variante interesante, la de grafía más cercana a tacta, es iacta, que he encontrado tan sólo en B2Ld Sp Rd y que debió de encontrar Planudes en su antígrafo, pues tradujo βληθεῖσα.
Esta lectura recibió la aprobación de Glareanus (Glar.-Long.
547) y fue llevada a su texto por Heinsius en su 2a edición a partir de la paráfrasis «iactis in altum molibus» (1659, p.
355), paráfrasis desde luego innecesaria frente a la más simple de Glareanus.
Mucho menos creíble resulta la variante tracta, pues la piedra fue arrojada, como se dice en el v.
883 (mittit), y no arrastrada (compárese además la variante acta).
187) la atestigua en varios de sus manuscritos y esta variante recibió la tímida aprobación de Ellis, quien la había encontrado de nuevo en O10 (ap. Simmons 1889, p.
Otras variantes transmitidas son tecta, tanta, facta, capta, tincta, cuncta o certa.
Semánticamente cercana a tanta y, más aún, a cuncta está la variante tota, que he encontrado en A3 y en To y que Tarrant (2004, p.
72 la recoge in app., aunque no la lleva al texto ni la menciona en su comentario: p.
Si paleográficamente es viable, tiene además a su favor la yuxtaposición significativa tota dehiscit.
Muy desafortunada, en cambio, fue la propuesta taetra de Merkel para su 2a edición (1875; en 1850 había editado fracta).
La parádosis tacta tal vez nos permitiría sugerir torta (i. e. torta > tarta > tacta), pues la roca fue arrojada (cf. IV 709-710: quantum Balearica torto / funda potest plumbo medii transmittere caeli; epist.
IV 158: ueniant proaui fulmina torta manu), quizá incluso con efecto giratorio, tal como apuntábamos más arriba en nuestra discusión sobre e saxo.
Ante las limitaciones de tacta me inclino entre dudas por iacta como variante más probable tanto por el significado como por la grafía, que habría dado lugar a tacta y a las demás a partir de ésta. |
El artículo muestra y estudia tres nuevos fragmentos de las Metamorfosis de Ovidio hasta ahora desconocidos localizados en Italia, en el Archivio di Stato di Trento.
propio Munari 2, como por los muy exhaustivos registros de Frank T. Coulson 3.
Un nuevo elenco publiqué yo mismo hace unos años con otros 53 manuscritos más 4.
El objetivo de este artículo es dar a conocer otros tres fragmentos de las Metamorfosis procedentes del Archivio di Stato di Trento, no relacionados hasta ahora en ninguna nómina, con el interés añadido de que, aun del s. xiv, son los testimonios más antiguos conservados en dicha ciudad, pues los hasta ahora conocidos lo son del s. xv: el Tridentinus 1364, Museo Castello del Buonconsiglio, Monumenti e collezioni provinciali, del año 1426, relacionado por Munari con el no 382, y el Tridentinus Bibl.
Los fragmentos que relaciono, todos usados para la encuadernación de otros códices, son los siguientes 6:
Lo citaré por la sigla Td.
Lo citaré por la sigla Td2.
Lo citaré también por la sigla Td2.
Td es un manuscrito 7 en pergamino, del s. xiv o incluso de finales del s. xiii, de 235 x 405 mm con los extremos plegados hacia adentro para formar una cubierta con el refuerzo de una hoja acartonada.
El texto conservado comienza en Ou.
XI 595 Phoebus adire potest: nebulae caligine mixtae, y concluye en XII 161 inque uices adita atque exhausta pericula saepe, según consta en la catalogación reciente del archivo tridentino 8.
Sin embargo el texto contiene realmente desde XI 595 a XI 634 excitat artificem simulatoremque figurae, y no como podría pensarse hasta el final del libro XI 795 aequora amat nomenque tenet, quia mergitur illo.
Ni comienza en XII 1 Nescius adsumptis Priamus pater Aesacon alis, sino en el v.
Pueden verse todos los manuscritos aquí: 6 Adopto el modelo de cita recomendado por Coulson 1988.
7 Para la historia del manuscrito véase Manus Online, Censimento dei manoscritti delle biblioteche italiane, consultado en línea por última vez el día 26 de abril de 2016.
8 Véase la nota anterior.
Estos datos nos invitan a pensar en un bifolio que contendría una columna por folio con unos 40/41 versos.
Además, aunque en su descripción figura como cc.
1r-2v, realmente faltaría por comprobarse qué habría en 1v y 2r, vuelto y recto que al quedar en el interior de la cubierta no son visibles por habérseles pegado la hoja acartonada de refuerzo.
Lo cual solo nos deja la posibilidad de que el fragmento que se ha conservado respondiera a la estructura de un binión más un folio suelto.
El texto se encuentra bastante deteriorado, bien por lo desvaído de la tinta en algunos casos, sobre todo al final de las líneas, donde ha coincidido el pliegue de refuerzo, bien por algún que otro agujero en el pergamino.
Su colación es la siguiente9. aequant, ya desde Heinsius; XII 122 fatus con M, lectura admitida como potior desde Heinsius en su edición de 1652, si bien no compartida por todos los editores; 124 repulsa frente a reuulsa, donde los potiores se dividen, en este caso alineado frente a MN.
Es el caso que lleva a Heinsius en X 57 a conjeturar reuulsa frente al mayoritario relapsa, teniendo repulsa en otros cinco manuscritos10.
La alternancia reuulsa / repulsa la encontramos también en la Psychomachia de Prudencio, v.
889 o quotiens animam uitiorum peste reuulsa (otro ejemplo parecido en Plin.
En 158 longaue MN Td: longaque Ω de nuevo Td se alinea con MN, en una lectura que desde Heinsius 1652 ningún editor se ha abandonado Td2 es un manuscrito11 en pergamino, del s. xiv, de 255 x 370 mm. La ficha catalográfica le atribuye estar escrito en dos columnas, cuando en realidad lo está en una sola.
De hecho 5194/1572-I y 5194/1572-II formaron parte en su día de un solo manuscrito escrito a una sola columna por la misma mano en todos los casos, con correcciones de una segunda mano coetánea o muy poco posterior, y con una uniforme caja de escritura de 30 versos por página, por lo que debe denominárseles bajo la misma sigla.
No descarto que pudiera haberse escrito en la segunda mitad del s. xiii.
En la actualidad aparecen como dos hojas pegadas por el pie para formar la cubierta de otro manuscrito, de modo que tenemos cuatro columnas enfrentadas dos a dos.
En medio de las columnas se pueden observar los agujeros practicados en su día para su encuadernación cuando formaban parte de un único manuscrito de las Metamorfosis.
150: pluma fuit plumis in auem mutata uocatur; a su izquierda otra columna también del libro VIII, que incluye desde el v.
463 coepta quater tenuit: pugnant materque sororque, hasta el v.
La ficha catalográfica le atribuyem, en cambio, del v.
Su colación es la siguiente:
P Td2 • Armeniae] armenieque NU Td2: armenieue Su colación es la siguiente: alternancia conceptual bastante habitual, especialmente favorecida por tener el mismo número de sílabas y la misma estructura métrica 13.
La uaria lectio del v.
467 et modo nescioquid similis crudele minanti (roganti Td2), parece haber sido atraída desde III 240 et genibus pronis supplex similisque roganti, En XIII 442 el verso reviste un final parecido: exit humo late rupta similisque minanti.
Y de nuevo encontramos la misma lección roganti por minanti, esta vez en el manuscrito Bernensis Bibl.
Tarrant no registra variante alguna en estos finales.
De nuevo se alinea con MN en inque de 474 frente a perque de U Σ, aunque en V 621 sí siga a U: sparsisque U F 3c LP: sparsis Td2(corr. marg.
Td2 2 ) con buena corrección de la segunda mano, que también añadió el omitido ferens.
Otra buena lectura es la de V 641 grata meae, donde si bien no se alinea con MN, sí lo hace con otros potiores, en este caso incluso con el fragmentario Urbinas de mediados del s. x.
Td2 2 ) frente al habitual indicere, es otro ejemplo más de cómo los verbos duco y dico se mezclan promiscuamente, como en Tib.
IV 2, o en el propio Ovidio, Epist.
El tiempo verbal en 111 implerit NU Td2, puede considerarse potior.
De hecho en un caso muy parecido (Corip., Ioh.
I 475) Schenkl conjeturó implerit por el impleret manuscrito 15.
A la vista de las variantes que muestran los fragmentos tridentinos podemos concluir, en primer lugar, que los fragmentos analizados remontan, a la vista de los acuerdos con variantes de los manuscritos más tempranos, a un estadio de transmisión localizable entre los siglos x y xi, y en segundo lugar, que la lectura de estos viene a confirmar un principio bastante consolidado en los estudios de crítica textual del opus magnum ovidiano, a saber, que ninguna variante puede ser condenada sobre supuestos estemáticos debiendo todas ellas ser sopesadas a la luz del conjunto de la transmisión textual del sulmonés: otra de las formas en las que sigue vivo. pectoraque] corporaque B8.
Para el significado de las siglas de los manuscritos señalados véase: 13 Para el comentario crítico textual del libro XIII véase Rivero L, A Textual Commentary on Book XIII of Ovid's "Metamorphoses", de próxima aparición, y en él la entrada en el Index of notable textual Phenomena: "Alternation of bisyllables of the type uulnus-pectuscorpus-tempus": 78; 267; 536; 693.
Otro ejemplo se encuentra en Catull.
LXXVI 22: expulit ex omni pectore laetitias, donde el ms. Escorialensis, ç iv.
Los casos podrían multiplicarse.
Petschenig reconoce su deuda con Schenkl en la p. xii de la praefatio. |
Las ideas que aparecen en este artículo deben atribuirse únicamente a su autor y no necesariamente son compartidas por otros miembros del equipo de lexicógrafos que, bajo la dirección del Prof. F. R. Adrados, elaboran el Diccionario Griego-Español (DGE) en el Instituto de Filología del C.S.I.C. Para los principios en que se basa este diccionario véase la introducción del volumen I,
El objetivo de este trabajo es presentar algunas ideas y propuestas sobre la práctica de la lexicografía griega y analizar las posibilidades de incorporación al trabajo específico en lexicografía del griego antiguo de algunos planteamientos recientes en la lexicografía de otras lenguas, especialmente de las lenguas modernas, así como en otras disciplinas de la Filología Griega.
Para comenzar, conviene precisar los límites del trabajo posible en lexicografía del griego antiguo y para ello resulta necesario detenerse un momento a plantearse qué tipos de diccionario son factibles en el caso del griego antiguo 1.
Para una lengua moderna viva, es decir, para lo que se suele denominar una lengua "de informantes" por oposición a una lengua "de corpus", podemos establecer una distinción entre diccionarios generales y diccionarios segmentales 2.
Los diccionarios generales se ocupan del léxico de una lengua en su conjunto, aunque pueden tener diferente cobertura y extensión en función de que intenten ocuparse únicamente del vocabulario central ("core vocabulary") de esa lengua o bien incorporar más términos de las zonas periféricas.
Por definición en una lengua viva resulta imposible compilar un diccionario total, pues la creación léxica es un proceso vivo que da lugar continuamente a nuevas palabras.
La segunda clase de diccionarios la integran los diccionarios especiales, cuyo ejemplo más característico lo constituyen los diccionarios técnicos, que normalmente pretenden abordar de forma exhaustiva parcelas muy concretas del léxico de una lengua y, además, normalmente dejando fuera precisamente el vocabulario central conocido y compartido por todos los hablantes de esa lengua.
Aquí se incluyen también los diccionarios de los diferentes registros, los diccionarios de jergas, etc.
¿Cuál es, en función de esta clasificación, la situación del griego antiguo?
No hay ningún problema con los diccionarios de este segundo tipo.
Obras como las clásicas de Thompson sobre los nombres de pájaros y peces 3, o las de Mügler sobre la terminología geométrica y óptica 4, entre otras muchas son bien conocidas.
Entre los proyectos importantes actualmente en curso clasificables dentro de este tipo se encuentra, por ejemplo, el Lexicon Vasorum Graecorum dirigido por P. Radici Colace 5.
Sin embargo, en el ámbito de la Filología Clásica es muy frecuente un tipo de diccionario que no encaja en ninguno de esos dos tipos, el Diccionario de Autor, de Género Literario o de un conjunto de obras.
Se trata de un tipo de diccionario especial en tanto que limita el objeto de su estudio pero, por regla general, incluye también ese vocabulario central de la lengua en la medida en que lo haya utilizado el autor en cuestión.
La mayor o menor extensión hacia la periferia del vocabulario de una lengua que se dé en estos diccionarios dependerá del propio autor y del tipo de obras cuyo léxico se recoge, pues Arquímedes y Euclides, por ejemplo, por el propio contenido de sus obras, utilizarán un léxico más técnico y, por tanto, más alejado hacia la periferia, que, por ejemplo, los novelistas griegos.
En cuanto a los diccionarios generales, el planteamiento que se suele hacer en las lenguas modernas no es frecuente en el caso de la lexicografía griega contemporánea.
Los diccionarios de cobertura limitada no suelen seleccionar el léxico del que se ocupan en función de criterios como la frecuencia de aparición, sino por el criterio de los autores griegos "más importantes", es decir, aquellos habitualmente leídos y comentados en las clases de griego.
Por referirme a un ejemplo español bien conocido, el diccionario de J. M. Pabón 6, el utilizado habitualmente en España en los últimos años para el aprendizaje del griego en sus niveles elementales, selecciona el léxico de los poemas homéricos, Heródoto, Tucídides, las obras mayores de Jenofonte, algunos diálogos de Platón, Sófocles, Anacreonte, Esopo, tres discursos de Demóstenes, algunas obras de Luciano y la totalidad del Nuevo Testamento.
Y esta es la práctica habitual, de modo que estos diccionarios se convierten en una variante del tipo que acabamos de describir en tanto que vienen a ser la suma de varios diccionarios de autor.
En el caso del griego antiguo, frente a lo que afirmábamos para los diccionarios generales de las lenguas modernas, sí que resultaría concebible, en principio, la realización de un diccionario total, dado que nos encontramos ante una lengua de corpus, por inmenso que pueda ser un corpus como el del griego aun ateniéndonos a unos límites como los que maneja el Diccionario Griego-Español (DGE), que aspira a cubrir todo el léxico griego desde época micénica hasta el siglo VI d.C. Sin embargo, este hecho no debe producir la ilusión de que se puede compilar ese supuesto diccionario total, pues el propio carácter de lengua de corpus y, por tanto, de testimonio limitado supone que haya parcelas del léxico griego que no se nos han conservado o que sólo lo han hecho de forma muy limitada.
Esto es lo que Sobre las fases de elaboración de un diccionario véase también Haensch et alii, ob. cit. en n.
8 Sobre la historia de los diccionarios de griego véase J. López Facal, «Historia de la lexicografía griega moderna» en: Introducción a la lexicografía griega, Madrid, 1977, pp. 107-142.
Ramos, Diccionario del español actual, 2 vols., Madrid, 1999. ocurre, por ejemplo, con el léxico coloquial, el léxico dialectal de la mayor parte de los dialectos griegos o léxicos técnicos como el de la agricultura, el náutico o el del trabajo del metal.
Un diccionario que pretenda abarcar la totalidad del léxico griego conservado presentará, por tanto, lagunas debidas a la propia documentación que nos resulta posible manejar.
Fase de recopilación de materiales
Para comprender adecuadamente la investigación en lexicografía griega hay que plantearse también cuáles son las relaciones entre los tres tipos de diccionario a los que he aludido más arriba, lo que, además, nos hace adentrarnos ya en la primera de las tres fases en que los estudios sobre lexicografía suelen dividir el proceso de elaboración de un diccionario: la recopilación de materiales, a la que deben seguir después las de organización de esos materiales y su presentación al usuario del diccionario 7.
Para la recopilación de materiales el lexicógrafo cuenta con dos tipos de fuentes primordiales: las fuentes directas y las fuentes indirectas.
Las fuentes indirectas son los trabajos lexicográficos anteriores, pues en lenguas como el griego contamos con una larga tradición lexicográfica que se remonta a la Antigüedad misma.
De esta manera, un diccionario como el DGE se inserta dentro de esa tradición y tiene como su antecesor inmediato el que a la espera de su propia finalización sigue siendo hoy por hoy el diccionario más completo de griego antiguo, el de Lidell, Scott y Jones 8.
En la lexicografía de las lenguas modernas donde, salvo brillantes excepciones como el reciente Diccionario del español actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos 9, es tradicional la utilización de diccionarios anteriores, que a veces se ve completada por un trabajo de revisión directa de algunos textos, pero, en cualquier caso, lo primordial es la recopilación a partir de las fuentes indirectas.
En el caso de la lexicografía griega, precisamente uno de los rasgos que distinguen a la lexicografía científica moderna es que ésta hace uso de las fuentes indirectas como punto de partida de la investigación, pero los significados y referencias se comprueban en las fuentes directas, que en esta caso, por la propia naturaleza del objeto de la investigación son 10 Sobre la utilización de las fuentes indirectas en lexicográfica histórica véanse las reflexiones a propósito del inglés de N. E. Osselton, Chosen Words (Past and Present Problems for Dictionary Makers), Exeter, 1997 [reimpr. corregida], pp. 137-147.
Remito para ello al artículo de C. Serrano, «Historia de la lexicografía griega antigua y medieval», en: Introducción a la lexicografía griega, Madrid, 1977, pp. 61-106.
12 Naturalmente esta afirmación no se refiere a las palabras que claramente deben su existencia a un error en la tradición manuscrita. siempre fuentes escritas, los textos.
De todas formas, antes de abordar en qué consiste el "trabajo de campo" en lexicografía griega conviene detenerse a considerar cuáles pueden ser los criterios de utilización en un diccionario general del griego antiguo de las fuentes indirectas antiguas, es decir, de la propia tradición lexicográfica antigua del griego 10.
La tradición lexicográfica antigua del griego es enorme y de una gran complejidad y se plasma fundamentalmente en dos tipos de realizaciones: los léxicos o glosarios, por un lado, y los escolios, por otro.
No abordaré aquí la cuestión de la historia y las relaciones entre los diferentes léxicos antiguos conservados, de enorme complejidad y que desbordaría con muchos los objetivos de este trabajo 11, sino que ahora me interesa señalar en qué medida se pueden y se deben utilizar estas fuentes antiguas indirectas en la elaboración de un diccionario general del griego antiguo.
Aquí podemos distinguir diferentes casos, que merecen, lógicamente, tratamientos diferentes: a) La palabra sólo se encuentra atestiguada en léxicos antiguos. b) El sentido sólo se encuentra atestiguado en los léxicos antiguos. c) La aparición en un léxico es anterior a otra documentación. d) La aparición en un léxico es posterior a otra documentación.
Va de suyo que un diccionario general del griego antiguo debe recoger todas las palabras que únicamente se encuentran atestiguadas en los léxicos antiguos, ya que debemos suponer que formaban parte del caudal léxico de la lengua, solo que por azares en la transmisión textual del griego únicamente se nos han conservado en esas obras 12.
Los ejemplos pueden multiplicarse, pues Hesiquio o Pólux, por citar dos de los principales lexicógrafos antiguos, nos han transmitido abundantes palabras que sólo conocemos gracias a ellos, en algún caso con el testimonio adicional de otra obra lexicográfica, como el Etymologicum Magnum.
Baste señalar, en el comienzo de la letra eta, palabras como 2γάνεα, 2γανές, 2γάνεος, oγνευμένως, oδυλισμός o oδυόφθαλμος.
El segundo caso resulta ya más problemático, puesto que hay que plantearse la pregunta de si el sentido que transmiten los lexicógrafos existió realmente o simplemente se debe a una mala interpretación del significado de la palabra en los textos literarios.
Esto resulta especialmente frecuente en el caso de palabras homéricas para las que los lexicógrafos antiguos ofrecen interpretaciones que no se corresponden con las admitidas hoy en día.
En casos como éste el lexicógrafo debería hacerse eco de la interpretación antigua, pero dejando claro que no se trata de otro sentido de la misma palabra sino simplemente de una interpretación diferente.
Así, por ejemplo, muchos de los gramáticos antiguos (Hdn.Gr.2.236, Orio s.u. §θειρα, Epim.Hom.Il.1.311, Hsch. s.u. εAEθεÃν, EM 306.47G., Eust.773.26, entre otros) interpretan las formas de §θω como un presente de εÇωθα 'estar acostumbrado','soler', mientras que modernamente se suele preferir una interpretación alternativa, que también cuenta con apoyos en la tradición antigua (cf. §θειq φθείρει, ¦ρεθίζει) y que supone entenderlo como derivado de una raíz *wedh y con el sentido de'devastar, destruir'.
Aunque se prefiera esta segunda interpretación un diccionario general del griego antiguo no debería dejar de recoger también la primera.
Otro caso similar, pero a la vez diferente, se da cuando no parece que el sentido que atribuyen los lexicógrafos a una palabra se pueda derivar de su utilización en los textos, lo que, naturalmente, hace que también resulte necesaria la inclusión de ese otro sentido.
Así sucede, por ejemplo, con una palabra como ¦λέφας, cuyos significados 'marfil' y 'elefante' están abundantemente atestiguados en la literatura griega y que puede referirse también a un tipo de piedra, probablemente el marfil fósil (Thphr., Lap.
37), y a una clase de copa o cuerno para beber (Damox.
Pues bien, a estos sentidos hay que añadir el de 'lana blanca' que únicamente conocemos por una glosa de Hesiquio, donde, s.u. ¦λέφαντα, se nos da la interpretación λευκ §ρια, que resulta necesario recoger.
El tercer supuesto, que la documentación en los lexicógrafos sea anterior a la documentación en otro tipo de textos, tampoco ofrece ninguna dificultad: necesariamente habrá de recogerse ese testimonio dentro del artículo o del apartado del artículo que corresponda, y generalmente en cabeza del mismo, de modo que el usuario del diccionario pueda acceder a la información de que ésa es la aparición más antigua documentada de la palabra griega en ese sentido.
Este supuesto no es en la práctica demasiado frecuente, aunque sí se puede ofrecer algún ejemplo como γλυκύφωνος'de voz dulce, suave', 13 Sobre el trabajo de campo en lexicografía véase H. Béjoint, «On field-work in lexicography», en: R. R. K. Hartmann (ed.), Lexicography: Principles and Practice, Londres, 1983, pp. 67-76. atestiguado ya en Pólux (Poll.
2.113) pero que en textos literarios no se encuentra hasta Atanasio de Alejandría (Ath.Al.
El cuarto supuesto, en cambio, es el que queda más abierto a una cierta discrecionalidad en el tratamiento de las citas procedentes de lexicógrafos.
En general, el criterio que habrá de seguirse es de la frecuencia de aparición de la palabra.
Así, en palabras de alta frecuencia en los textos griegos conservados resulta claramente innecesaria la inclusión de las referencias a los lexicógrafos antiguos.
Nada aporta a un diccionario general de griego antiguo, por ejemplo, incluir las citas de Hesiquio referidas a palabras como oδύς, μθος o μμαρ, por limitarnos a algunos ejemplos claros de la letra eta.
En cambio, sí que puede resultar interesante añadir al final de palabras de baja frecuencia la referencia a los lexicógrafos, que, en el caso de hápax de los trágicos o los cómicos, por ejemplo, sirve en cierta medida para corroborar la propia existencia de la palabra aunque la interpretación que ofrece el lexicógrafo antiguo realmente no añada nada desde el punto de vista de la interpretación y de la traducción de la palabra en cuestión.
Esto sucede, por ejemplo, con palabras como κωμåδοπο(ι)ητής 'autor de comedias', que leemos en Ar., Pax 734 y en Poll.
O también τριτοστάτης, referido al que se encuentra el tercero en el coro contando a partir del corifeo, palabra que aparece en la Metafísica de Aristóteles (Arist.Metaph.1018 b 28) y que sólo vuelve a estar atestiguada en toda la literatura griega en Pólux (Poll.4.106) aparte de en los propios comentaristas de Aristóteles.
Paso ahora a ocuparme de lo que con toda propiedad podemos llamar el "trabajo de campo" en lexicografía griega, es decir, el estudio directo de los textos.
En la lexicografía de las lenguas modernas se ha hablado de "trabajo de campo" para referirse a la recopilación de materiales léxicos a partir del estudio directo de la utilización que los hablantes de una lengua hacen de ella 13.
En lexicografía griega, naturalmente, el "trabajo de campo" lo constituye el análisis de los textos de todo tipo que han llegado hasta nosotros.
Para este trabajo de campo constituyen una guía las fuentes indirectas, es decir, las obras lexicográficas anteriores (ya sean diccionarios, índices o concordancias) y los estudios particulares de léxico.
Resulta fundamental, por tanto, para la elaboración de un diccionario general de Para la relación de las obras más importantes en este terreno remito al trabajo de actualización de J. Rodríguez Somolinos, «La lexicografía griega en los últimos años», Estudios Clásicos 100, 1991, pp. 83-118, así como al apartado dedicado a la "lexicografía especial" en el libro de D. Lara, Iniciación a la lexicografía griega, Madrid, 1997, pp. 18-35.
Para los léxicos de autores y obras tenemos ahora el libro de P. Boned -J.
Rodríguez Somolinos et alii, Repertorio bibliográfico de la lexicografía griega, Madrid, 2000, con sus actualizaciones en la página web del DGE [URL]. griego el manejo de todos esos instrumentos que se ocupan de forma especial de parcelas del léxico de una lengua 14.
A estos instrumentos que podríamos denominar "tradicionales" hay que añadir una herramienta de gran potencia tanto por la amplitud de autores que abarca como por el soporte en que aparece.
Se trata, naturalmente, del índice del Thesaurus Linguae Graecae de Irvine, el TLG.
La aplicación de la informática al trabajo lexicográfico es ya una realidad y de su utilización específica en el campo de la Filología Griega son una buena muestra los últimos volúmenes del DGE 15.
Esta fructífera aplicación de las herramientas informáticas a la investigación en lexicografía puede desarrollarse todavía más, ya no únicamente para poder aumentar la documentación de palabras de baja frecuencia y para la localización de hápax que hasta ahora no habían sido recogidos en los diccionarios de griego, sino para sistematizar e introducir criterios en la selección de materiales en palabras de gran frecuencia.
Me limitaré a ofrecer un ejemplo: las posibilidades de utilización del TLG en la selección de locuciones y clichés, para lo que pueden servirnos de referencia los métodos de trabajo que se están poniendo en práctica en las lenguas modernas.
En un interesante trabajo sobre el procesamiento informático de los corpora textuales para la investigación en lexicografía Martin, Al y van Sterkenburg16 se han ocupado, entre otras cuestiones, de este problema y las ideas que allí ofrecen son, en mi opinión, muy aplicables a la investigación del griego antiguo.
En el estudio de las lenguas modernas cada vez es más frecuente trabajar sobre corpora textuales, lo que, para el tema que nos ocupa, implica no dejar la selección de locuciones y clichés al criterio del redactor o de la persona encargada de preparar los materiales para la redacción, con base únicamente en su propia competencia lingüística, o a la autoridad de la tradición lexicográfica.
Los criterios que se manejan para determinar la existencia de una frase hecha, locución o cliché están basados en la frecuencia de aparición, que ha de ser significativamente superior a la frecuencia esperable.
En lexicografía, no sólo del griego, sino en general, los autores citados señalaban que hasta ese momento ése había sido un método de investigación no demasiado explotado, debido, principalmente, a la ausencia de buenos corpora y a las dificultades para procesar volúmenes de información como los que requieren estas investigaciones.
Sin embargo, hoy en día los corpora están disponibles para las principales lenguas y las mejoras en la velocidad de los procesadores informáticos hacen que resulte un tipo de investigación completamente viable.
Kornelius17 ha planteado para el caso del alemán incluso la metodología para la realización de un diccionario electrónico de giros y frases hechas.
Sin llegar a esos extremos, para el trabajo en un diccionario general del griego, la existencia del TLG permite plantearse investigaciones en esta línea, que permitirían una aproximación mucho más sistemática al tratamiento de las unidades superiores a la palabra dentro de los lemas de alta frecuencia.
A efectos prácticos, habría que dar los siguientes pasos para poder desarrollar estas investigaciones de una manera eficaz:
Estudiar cuál es la distancia máxima, medida en número de palabras, a la que normalmente aparecen las palabras que pueden formar un cliché con la palabra base o de referencia.
Por ejemplo, normalmente un genitivo aparecerá dentro de un radio de cinco palabras respecto del nombre al que determina.
Una distancia Como se ve, no planteo en ninguna de las fases la lematización de las formas que se encuentran en el radio de palabras en cuestión y esto por razones de índole teórica y práctica.
Desde el punto de vista práctico hoy por hoy resulta imposible realizar una lematización automática y, además, salvo excepciones muy puntuales, una ordenación alfabética de las formas acompañada de la indicación de la frecuencia con la que aparecen dentro de ese radio bastará para que el lexicógrafo pudiera tener una visión de conjunto de la frecuencia de cada palabra (no ya de sus formas).
Por otra parte, la mayoría de las veces la lematización de las formas no resulta necesaria, ya que si se trata de clichés o frases hechas el término que nos puede interesar estará siempre en el mismo caso (complemento directo de un verbo en acusativo, genitivo que acompaña a un nombre, etc.). quizá ligeramente mayor habría que considerar para un verbo con su complemento.
Dependiendo del tipo de relación sintáctica que pueda existir entre las palabras habrá que tener en cuenta en ocasiones que la segunda palabra puede aparecer tanto por delante como por detrás de la palabra de referencia o bien, sólo delante o sólo detrás.
Una vez determinado ese radio, partiendo de las apariciones de la palabra base, las cuales pueden localizarse a través del índice del TLG, mediante la realización de la programación necesaria, se extraen a un fichero de forma automática las palabras incluidas en ese radio.
A partir de ese fichero y utilizando alguna de las herramientas informáticas ya disponibles para la elaboración de índices, hay que realizar un cómputo de la frecuencia de aparición de las palabras dentro de ese radio y ordenarlas por orden decreciente de frecuencia de aparición.
Las situadas en los primeros niveles de frecuencia, excluyendo, en su caso, artículos, preposiciones o conjunciones, serán las que con más probabilidad constituyan clichés y locuciones 18.
El lexicógrafo debe seleccionar las citas que, de acuerdo con los criterios habituales, considere más importante incluir para documentar la locución o cliché en cuestión, así como, ya en las fases de organización y presentación del artículo, decidir si debe o no aportar una traducción e incorporar las locuciones y clichés con las citas que considere adecuadas en el lugar apropiado del artículo.
Veamos con un ejemplo concreto cuál es la repercusión que esta metodología puede tener para el trabajo en lexicografía griega.
En el LSJ dentro del lema ¦κπληρόω no se recoge ninguna de las citas de algunas de las expresiones más frecuentes en las que se utiliza este verbo.
Naturalmente, dado el momento y los medios con que se contaba cuando se redactó ese diccionario no resultaba esperable que se pudiera hacer un tratamiento estadístico de las apariciones de esa palabra en toda la literatura griega, lo que, como acabamos de ver, actualmente sí es posible y resulta, por tanto, exigible en una obra lexicográfica que aspire a constituirse en referencia.
Hoy en día, en cambio, no puede concebirse la redacción del lema ¦κπληρόω sin que en él se recojan, entre otras, las siguientes expresiones: a) χρείαν ¦κπληροØν.
La expresión significa 'satisfacer una necesidad','cumplir una función' y puede aparecer tanto con el complemento directo en singular como en plural.
Realizando una búsqueda que sólo ha tenido en cuenta las palabras en un radio de cinco palabras por delante y por detrás de las diferentes formas del verbo ¦κπληρόω ha resultado que la expresión es utilizada más de veinte veces en los autores y obras que constituyen el corpus del DGE: Galeno, Oribasio, Arístides Quintiliano, Basilio de Cesarea, Clemente de Alejandría, Orígenes, Proclo, Simplicio, Pseudo-Macario, Juan Filopono y los escolios a los Trabajos y días de Hesíodo.
Veamos algún ejemplo más de la aplicación de esta metodología con otro verbo, ¦κτελέω.
En este caso entre las expresiones que no podrían faltar en un diccionario general de griego antiguo se encuentran las siguientes, localizadas con los mismos criterios de búsqueda que para el verbo anterior: EM LXX 2, 2002 a) §ργον ¦κτελεÃν 'realizar una acción'.
Se encuentra al menos cuarenta y cuatro veces en los autores y obras citados por el DGE, entre ellos Homero, Hesiodo, Sófocles, Teócrito, Galeno, Luciano, Dion Crisóstomo, Apiano, Eutecnio y Clemente de Alejandría.
Pero en este "trabajo de campo" en lexicografía griega hay un tercer elemento fundamental que en absoluto se puede descuidar: el estudio de los propios textos.
Aquí voy a detenerme a realizar un excurso para intentar mostrar las repercusiones que sobre la lexicografía griega tienen los avances en otras áreas de la Filología Griega y que obligan a que ésta se encuentre en permanente actualización y tenga que seguir de cerca los resultados alcanzados en ámbitos muy diversos.
Voy a ocuparme de la Crítica Textual y Edición de Textos y dejo para otra ocasión la Sintaxis.
La elección de estas dos áreas no es caprichosa ni debida al azar, sino que está en función de las tres fases de la investigación en lexicografía a las que aludía antes: la crítica textual y la edición de textos inciden fundamentalmente en el momento de recopilación de los materiales y la sintaxis en la de organización y presentación de los materiales.
Crítica textual y edición de textos y sus repercusiones en el trabajo en lexicografía
Analizaré a continuación algunos ejemplos concretos de las repercusiones que para el trabajo en lexicografía griega tienen los avances recientes en crítica textual y edición de textos.
Los ejemplos podrían multiplicarse, pues, afortunadamente, el número de ediciones críticas publicadas en los últimos años es considerable, como lo muestra, sin ir más lejos, la renovación de ediciones que ha habido que hacer para el DGE en los años transcurridos entre la publicación del volumen I y el volumen III y los suplementos necesarios para cada nuevo fascículo 19.
He elegido, por tanto, ediciones y textos que sirvan para ejemplificar casos y circunstancias diversas.
Uno de los textos literarios más importantes publicados en los últimos tiempos es el papiro de Estrasburgo 1665-1666, que contiene parte del libro I de la Física de Empédocles 20.
La identificación del texto y su atribución a Empédocles han sido posibles gracias a las coincidencias en algunos pasajes con fragmentos del poema conservados por la tradición indirecta.
El texto ha supuesto un importante avance en el conocimiento del pensamiento de Empédocles y ha servido para dilucidar algunos problemas discutidos acerca de su cosmología, pero ahora, dejando de lado cuestiones tan interesantes como ésas, me centraré en sus aportaciones a la lexicografía general del griego antiguo.
Para ello he analizado en detalle el texto del papiro y creo que las aportaciones más significativas se refieren a las palabras que analizaré a continuación.
Comenzaré en primer lugar por los hapax, de los que el papiro aporta dos concretamente:
1. •μπελοβάμων 'que está sobre la vid'.
Ya era conocido otro hápax en -βάμων en Empédocles, πτεροβάμων 'que se desplaza con ayuda de sus alas', referido a las pájaros, que es, precisamente, el texto para el que ahora tenemos el testimonio del verso c8 del papiro de Estrasburgo.
Otros compuestos en -βάμων aparecen en la tragedia, donde nos encontramos con πεδοβάμων 'que marcha por el suelo' (A.Ch.591), λεοντοβάμων 'que se apoya sobre patas de león', calificando a una σκάφη 'bañera' (A., Fr.
225), Êπποβάμων 'que se desplaza a caballo' (A., Pr.
805 y S., Tr.1095) y σκηπτοβάμων 'que está sobre el cetro', dicho del águila de Zeus (S., Fr.
El papiro está roto justo detrás de •μπελοβα[, por lo que no sabemos a qué sustantivo calificaba.
Los editores restituyen βοτρύν a título de ejemplo.
Es el mismo tipo de compuesto que ya estaba atestiguado en otro hápax empedocleo, βαρύνωτος 'de espalda pesada', referido a las conchas marinas.
Los compuestos en κραται-aparecen ya en los poemas homéricos (κραταιγύαλος 'de poderoso hueco', referido a la coraza; κραταίπεδος 'de poderoso suelo') y siguen siendo utilizados por los poetas del siglo V: καρταίπους 'de fuerte pie' (Pi., O. 13.81), κραταίλεως 'de fuertes rocas' (A., A. 666), κραταίπιλος (A., Fr.
430) o κραταίβολος 'que dispara con fuerza' (E., Ba.
Tampoco en este caso sabemos a qué sustantivo calificaba este adjetivo, pues el papiro está roto justo detrás.
En cuanto a las palabras de baja frecuencia que ahora amplían su testimonio, tenemos: entendida como las "pinzas" del Escorpión (Arat.89, 232, etc., Ptol.Tetr.24, etc.).
Éste es, además, un caso muy interesante, pues, en realidad, lo conservado en el papiro es lo siguiente: ]χηλαι.[ ].λιεργαβο.[ ]...[ Con la ayuda de la tradición indirecta, los editores reconstruyen: πρÂν χηλαÃς σχέτλι' §ργα βορς πέρι μητίσασθαι El texto conocido anteriormente, conservado por Porfirio (Abst.2.31.4-5 = Emp.B 139) es: πρÂν σχέτλι' §ργα βορς περ χείλεσι μητίσασθαι En principio, tendríamos la tentación de suponer que χείλεσι 'con sus labios', metonímico para designar a la boca, es más adecuado que el χηλαÃς del nuevo papiro y que la lectura del papiro se explica por itacismo y por lectura del diptongo -αι-como /e/.
Sin embargo, he escrutado el papiro a la búsqueda de algún caso de itacismo y no los hay, por lo que más bien hay que pensar que la confusión fonética y la banalización del texto se han producido en la transmisión indirecta, de modo que la palabra χεÃλος 'labio' no se puede atribuir a Empédocles.
6. πολυβενθής 'muy profundo'.
La palabra es homérica.
Aparece calificando al mar, λς, en Od.
En el papiro de Empédocles el texto está perdido a partir de la -θ-de esta palabra, por lo que no sabemos a qué sustantivo calificaba, aunque seguramente se tratara de ΔÃνος, como sugieren los editores.
7. πολυπήμων 'muy doloroso'.
En el texto de Empédocles califica a κρσις, en referencia al dolor que causa la mezcla que lleva al Torbellino de la destrucción.
Hasta el momento los únicos testimonios antiguos de la palabra se encontraban en los Himnos Homéricos (h.Cer.
Los editores interpretan el adjetivo en sentido pasivo,'mezcla sujeta a muchos dolores', pero este sentido pasivo del adjetivo no es antiguo ni frecuente.
De hecho, sólo se atestigua en Manilio (1.8.5, 4.49), por lo que es preferible entender el adjetivo en el texto de Empédocles en su sentido más habitual.
Aparte de testimonios epigráficos como epíteto de dioses, este adjetivo aparece varias veces en el drama clásico referido a "padres" (S.Fr.788, A.A.327) o calificando al lecho, λέκτρον, en E.Rh.920, aunque también puede tener el significado de 'congénito','nacido así', como en S., OC 150, en referencia a que su ceguera no lo es.
Por último, también resultan muy interesantes otras dos palabras para las que este papiro de Estrasburgo nos atestigua nuevos significados.
El significado es nuevo para el adjetivo verbal en -τός, aunque ya estaba atestiguado en el verbo ßπερβαίνω (Heraclit.
En el texto de Empédocles se aplica a βένθεα, en referencia, según señalan los editores, al momento en que predomina la Discordia y se adentra incluso en el pequeño reducto reservado al Amor, aunque el significado que ellos proponen no es exactamente éste, pues lo interpretan como 'ocupar de manera delictiva','penetrar ilegalmente y con violencia', en relación con algún pasaje clásico (E., Med.381-383), en que el verbo ßπερβαίνω tiene ese sentido.
No me parece que esa intepretación tan específica se pueda deducir del contexto en el caso del texto de Empédocles.
La palabra estaba atestiguada en un pasaje de Areteo (Aret., SD 2.13) en el sentido de 'crecimiento' (¦ς φØμα ζω−ς), pero lo más habitual es que se refiera a "algo que crece" y, específicamente, su uso más extendido es en medicina EM LXX 2, 2002 21 Homero, Iliada, ed. y trad. de J. García Blanco y L. Macía, Madrid, 1991 y 1998.
Parece natural que las nuevas publicaciones de textos literarios conservados en papiros aporten nuevos materiales de interés para el trabajo en lexicografía.
Sin embargo, la repercusión de las nuevas ediciones de textos sobre la investigación en lexicografía no se limita únicamente a casos como éste.
Incluso textos tantas veces editados y cuyo estudio podemos decir sin exageración que supuso la fundación de los estudios filológicos -me refiero, claro está, a los poemas homéricos -cuando se revisan críticamente y se elaboran nuevas ediciones, para las que ahora pueden tenerse en cuenta, además de manuscritos adicionales a los utilizados en la editio maior de Allen, también un número importante de papiros que conservan parcialmente su texto, aportan materiales que un diccionario general de griego debe, necesariamente, tener en cuenta.
Ciñéndome ahora a la Iliada, la aparición de dos nuevas ediciones, una de ellas todavía en curso de publicación, tiene consecuencias directas para la lexicografía.
Las ediciones a las que aludo son la bilingüe de José García Blanco y Luis Macía 21, que llega de momento hasta el canto IX, y la teubneriana de Martin L. West 22.
El número de papiros que conservan partes de la Iliada alcanza actualmente casi el número de seiscientos cincuenta 23.
La edición española supone, además, la incorporación al corpus de manuscritos manejados para el establecimiento del texto de varios ejemplares de los monasterios del monte Athos no manejados por Allen.
He procedido a realizar una colación completa para el libro I de la Iliada de las ediciones de García Blanco y Macía y de West entre sí y con el texto oxoniense de Allen como aproximación sistemática a las repercusiones que para la investigación en lexicografía homérica y lexicografía general del griego antiguo suponen estas nuevas ediciones.
Fundamentalmente habría que señalar las siguientes divergencias:
García Blanco y Macía recuperan para el verso 5 la lectura δαÃτα (ac. de δαίς'festín, banquete'), frente al dat. πσιν que imprimía la edición de Allen.
ΔαÃτα es lectura zenodotea según el testimonio de Ateneo (I 12e) frente al πσιν de los códices.
La elección entre una y otra variante ha dividido a la crítica moderna.
La primera tiene a su favor ser la lectio difficilior frente a un banal πσιν.
De aceptarse supondría añadir un segundo testimonio homérico a δαίς referido al alimento de animales, que aparece en Il.
Tanto García Blanco y Macía como West optan por escribir τάρ en vez de τ' -ρ en el v.
8 y en otros lugares, siguiendo las indicaciones de Herodiano y Apolonio Díscolo.
De forma semejante, en el v.
En el verso 59 García Blanco y Macía y West imprimen πάλιν πλαγχθέντας, esto es, dos palabras, frente a παλιμπλαγχθέντας de la edición de Allen, que hacía lo mismo en Od.
XIII 5, siguiendo a casi todos los códices.
Esto suponía la necesidad de incluir en los diccionarios de griego un lema παλιμπλάζομαι 'estar errante de nuevo', si bien ya en el Lidell-Scott-Jones se indicaba que era preferible leer la secuencia como dos palabras separadas, a pesar de la discusión suscitada ya en la antigüedad, según muestra el EM s.u.
Las nuevas ediciones implican, por tanto, eliminar este lema y citar, en todo caso, estos pasajes en el lema πλάζω.
En los versos 74 y 86 West lee Διίφιλε, en una sola palabra, frente a Δι φίλε, transmitido por los códices.
La primera lectura aparece en muchos autores antiguos (v.
Διίφιλος), por lo que tampoco carece de autoridad.
76 West lee το γάρ en vez de una sola palabra, τοιγάρ, como Allen 6.
I 97 la lectura aristarquea, aceptada por Allen, era: οÛδ' Ó γε πρÂν ΔαναοÃσιν •εικέα λοιγÎν •πώσει (y éste antes no apartará de los dánaos la odiosa peste).
Sin embargo, la lectura que ofrecen los papiros para este verso, que coincide en este caso con la vulgata de los códices medievales y el texto de Zenódoto y que aceptan tanto la edición de García Blanco y Macía como la de West, es: οÛδ' Ó γε πρÂν λοιμοÃο βαρείας χεÃρας •φέξει (y éste antes no alejará las pesadas manos de la peste).
Para la lexicografía esto supone, por un lado, cuestionar y limitarse a citar en todo caso como variante, una de las apariciones en la épica homérica del adjetivo •εικής, que no es palabra excesivamente documentada en la literatura griega.
Por otro, incorporar un interesante uso figurado del adjetivo βαρύς calificando a χεÃρες 'manos', en línea con otros usos homéricos en los que este adjetivo califica a sustantivos como -τη o §ρις (v.
Y, además, la utilización figurada del sintagma χεÃρας •φέξειν, que en la forma χεÃρας •φέξω conocíamos ya en un uso real en Od.
XX 263, donde Telémaco se refiere a la protección que otorgará a Odiseo, disfrazado aún de mendigo, frente a los pretendientes.
Al final del verso 350 Allen seguía la lectura aristarquea ¦π' •πείρονα πόντον, frente a la lectura de los códices, papiros y algunos escolios: ¦π οÇνοπα πόντον.
Esta última lectura permite añadir un ejemplo más de la utilización del adjetivo οÉνοψ referido al mar, como en Il.
Aunque se trata de palabras sinónimas y métricamente equivalentes conviene señalar la alternacia entre los genitivos ©δέων (de aδος) y ©δρέων (de aδρα) en los vv.
541: se plantea el problema de escribir •πονόσφιν junto o separado, es decir, de tener un lema •πόνοσφι o bien incluir las citas en el lema νόσφι.
562 ni García Blanco y Macía ni West aceptan la lectura del papiro PColumb.8.197 que tiene ¦κ en vez de •πό en la secuencia •πÎ θυμοØ μλλον ¦μο §σεαι, lo que permite ponerlo en relación con Il.
Sin embargo, la aparición de nuevas ediciones no supone necesariamente un avance, desde el punto de vista de la lexicografía, en relación con todas las palabras del texto editado y, como ya ha quedado implícito en las consi-composición.
Tomemos otro ejemplo de las Euménides, en este caso el v.
Aquí es el espectro de Clitemnestra el que está hablando, en una de las escasísimas intervenciones de fantasmas en el teatro griego, para instar a actuar a las Euménides y vengar el crimen cometido contra ella por su hijo Orestes.
El verbo simple, κατιλλώπτω no es que sea muy frecuente, pero sí que se lee un par de veces en los textos griegos conservados, concretamente en un fragmento del cómico Filemón y en AP 5.200, aparte de en los lexicógrafos.
En la Antología Palatina el verbo está en uso absoluto, sin complemento, pero, en cambio, en el fragmento de Filemón (Philemo 115) transmitido por Clemente de Alejandría (Paed.3.73.1) lleva un complemento en dativo: παρακολουθοØντά τινα ταύτ® κατιλλώπτειν "uno que (las) seguía y miraba maliciosamente a ésta (la esclava)".
El sentido del verbo que pronuncia Clitemnestra, en función del contexto y del significado del verbo simple, no ofrece dudas; significa 'burlarse'.
El problema es que los códices no presentan ¦γκατιλλώψας, sino ¦κκατιλλώψας, es decir, un compuesto con ¦κ-en vez de ¦γ-.
Comencemos por señalar que las confusiones entre los compuestos con estos dos prefijos son frecuentes tanto en los manuscritos medievales como en los papiros e inscripciones, por lo que nada tendría de extraño que aquí tuviéramos un caso de ella.
Sin embargo, creo que hay razones que hacen innecesaria la corrección de Turnebus en su edición parisina de 1552, aceptada por West.
En efecto, la única justificación que habría para tal corrección es que parece más natural que sea un compuesto con ¦γ-el que lleve un complemento en dativo, ßμÃν, como sucede con mucha frecuencia con los verbos formados mediante el preverbio ¦ν-.
Sin embargo, creo que tal corrección es abusiva frente a la lectura de los códices, ¦κ-, ya que el propio verbo simple κατιλλώπτω, según muestra el uso que de él hace el cómico Filemón se construye con dativo, por lo que tampoco hay nada de extraño en que se construya también con dativo de la persona que es objeto de la burla su compuesto con ¦κ-, un preverbio ¦κ-que, además, recordémoslo, no necesariamente es separativo, sino que con tanta o más frecuencia añade al verbo simple la idea de perfectividad, de acción realizada hasta el final o por completo, como parece ser el caso.
En efecto, Clitemnestra reprocha a las Euménides que Orestes se está burlando completamente de ellas.
Así pues, nuevamente parece que no hay que conformarse con el texto editado, sino que el lexicógrafo debe recoger el texto de los códices.
Para finalizar estas consideraciones me detendré en otro caso llamativo con el que nos encontramos en el último volumen de las tragedias de Eurípides de la edición oxoniense de Diggle, aparecido en 1994 y que contiene el texto de Helena, Fenicias, Orestes, Bacantes, Ifigenia en Áulide y el Reso.
1368 de Ifigenia en Áulide está hablando Ifigenia y dice, según el códice L (Laurentianus plut.
32.2, de principios del siglo XIV), que es testimonio único para el texto de esta tragedia de Eurípides: Se podría argumentar quizá que la corrección del editor tiene a su favor paleográficamente el hecho de que no necesita añadir ni eliminar letras, sino tan solo realizar una transposición de la α al final de la palabra.
Sin embargo, introduce así un hapax, innecesariamente a mi juicio.
Ninguna forma del adjetivo εAEσακουστέος está atestiguada en ningún texto griego conservado.
Pero es que, además, la corrección parece a todas luces innecesaria.
El texto de los códices ofrece un imperativo aoristo plural εAEσακούσατε 'escuchad', cuya única particularidad reside en que está dirigido a una sola persona, Clitemnestra.
Sin embargo, esto dista mucho de ser un caso único y sin paralelos en la tragedia clásica, donde esta utilización del plural por singular es frecuente.
Así, Stockert, autor de una edición con traducción y comentario detallado de esta tragedia 25, publicada en 1992 (y que, por tanto, Diggle hubiera debido conocer, ya que el tercer volumen de sus tragedias de Eurípides es del año 1994), señala paralelos meridianos como S.OC 1104, donde se lee: προσέλθετ', ì παÃ, πατρί.
Por otra parte, ¿cómo debemos entender esa forma εAEσακουστέα que plantea Diggle?
Desde luego no como femenino referido a Clitemnestra, puesto que ya existe un complemento en genitivo regido por ese verbo, τäν ¦μäν λόγων.
Habría que pensar, entonces, que nos encontramos ante el neutro plural usado en forma impersonal, es decir, intepretar el texto como: "madre, hay que prestar atención a mis palabras".
El neutro plural en -τέα puede utilizarse en la lengua clásica en esta función, pero no deja de ser una rareza frente a las formas en -τέον, que son las que aparecen habitualmente.
En definitiva, la conjetura del editor introduce un hapax, implica entender una construcción enrevesada y da un sentido peor que el texto de los códices en el contexto de la tragedia, donde la apelación directa de Ifigenia a su madre a través del imperativo y no de un impersonal es más comprensible y viene, además, corroborada por el vocativo μ−τερ que le precede.
Así pues, nos encontramos con un caso en que el lexicógrafo ha de plantearse si incluir o no en su diccionario una palabra que, en realidad, es creación de un editor moderno y que esperemos que posteriores ediciones de Eurípides eliminen del texto.
Los ejemplos mostrados creo que bastan para hacer ver cómo el lexicógrafo en su investigación no puede hacer un uso ciego de los textos clásicos, sino que, aparte de la necesaria selección de ediciones canónicas que caracteriza a la lexicografía moderna y que son la referencia precisa para Véase D. M. T. Farina, «The bilingual lexicographer 's best friends», Lexicographica 12, 1996, pp. 1-15.
También son muy útiles a este respecto las reflexiones y observaciones que la constitución del corpus sobre el que desarrollar la investigación, el lexicógrafo no tiene más remedio que estar atento y seguir el progreso de la investigación en crítica textual y edición de textos para hacer un uso adecuado de las ediciones que no le lleve a excluir palabras bien formadas y que cuentan con el apoyo de la tradición manuscrita frente a las arbitrariedades en que pueda incurrir un editor en un pasaje determinado.
Fases de organización y presentación de los materiales
Retomo ahora el hilo conductor relativo a las diferentes fases de elaboración de un diccionario y paso a ocuparme de la organización y presentación de materiales porque, aunque conceptualmente la distinción es clara y a nivel teórico conviene diferenciarlas, en la práctica lexicográfica, en la redacción de artículos, lo habitual es que se aborden de forma conjunta.
La organización y presentación de las traducciones, citas y referencias que se incluyen en un artículo exigen un esfuerzo de sistematización y formalización que permitan, por un lado, que la distribución de los diferentes apartados sea lingüísticamente correcta y coherente y, por otro, que el usuario del diccionario pueda encontrar de forma fácil y rápida la información que le interesa.
Con todo, los recientes debates y propuestas en lexicografía general han apuntado una serie de problemas que, en mi opinión, resulta también necesario plantearse para el caso de la lexicografía griega y que pueden traducirse en un refinamiento aún mayor de los métodos a la hora de seleccionar y organizar los materiales que se incluyen en cada artículo concreto.
Repasaré a continuación algunas de estas cuestiones.
Necesariamente en un diccionario bilingüe como el DGE uno de los aspectos fundamentales lo constituyen las traducciones que se ofrecen en la lengua de salida, el español, de las palabras de la lengua de entrada, el griego antiguo.
El problema que se le plantea al redactor de un artículo es que a la hora de ofrecer una traducción ha de tomar posición entre dos tendencias contrapuestas: ofrecer una explicación del significado de la palabra, de gran poder explicativo, pero que no resulta directamente utilizable en la traducción de un texto, o bien, ofrecer una traducción utilizable directamente en contexto pero cuyo poder de explicación siempre será más bajo 26.
He adaptado al caso concreto del griego antiguo las observaciones que a propósito de los diccionarios bilingües inglés-francés hace A. Duval, «La métalangue dans les dictionnaires bilingues», Lexicographica 2, 1986, pp. 93-100, así como las reflexiones de Farina en el artículo citado en n. anterior. combinación de estos dos extremos nos permite establecer una escala de gradación entre cuatro términos:
1. equivalente de traducción (directamente insertable en la traducción, bajo poder explicativo), 2. equivalente de traducción ideal (directamente insertable, alto poder explicativo), 3. equivalente explicativo (poco insertable), 4. explicación de significado (nada insertable).
Salvo los afortunados casos en que se encuentra un equivalente de traducción ideal, es decir, en el caso específico de un diccionario griego-español, un equivalente español de una palabra griega que se puede utilizar directamente en una traducción y que, además, permita comprender el alcance semántico del término griego, el redactor de un lema del diccionario debe decidir normalmente entre ofrecer un equivalente de traducción, con lo que pierde en poder de explicación, o bien ofrecer un equivalente explicativo, que no resulta directamente utilizable.
La reciente experiencia de la redacción de los compuestos de δυσ-, que aparecerán en el volumen VI del DGE, ha puesto de manifiesto bien a las claras este problema.
En bastantes de esos compuestos, si se hubiera optado por un equivalente de traducción, es decir, una palabra directamente utilizable en la traducción de un texto griego al español se hubiera caído con frecuencia en un general y vago "difícil, dificultoso".
Para precisar más, en cambio, ha habido que recurrir a una explicación que no resultaba ya directamente utilizable en la traducción seguida de un texto.
Antes de pronunciarme a favor de una u otra solución y de ofrecer alguna propuesta, conviene recordar cuáles son los posibles objetivos del usuario de un diccionario bilingüe de griego antiguo 27:
El primero, lógicamente, es buscar una palabra desconocida en griego o un significado desconocido de una palabra.
Pero no debemos olvidar que un usuario de un diccionario bilingüe también recurre a él para buscar la mejor forma de expresar en español una palabra griega conocida.
Este segundo aspecto es importante porque obliga a plantearse algo más que el "significado" de una palabra, dado que la De los trabajos recientes el fundamental es el de T. Szende, «Problems of exemplification in bilingual dictionnaries», Lexicographica 15, 1999, pp. 198-228.
Hay también ideas interesantes en J. L Orduña, «La función definitoria de los ejemplos: a propósito del léxico filosófico del Diccionario de Autoridades», en: Así son los diccionarios, Lérida, 1999, pp. 99-119, esp. pp. 103-105. redacción final de un artículo del diccionario ha de permitir al usuario realizar las asociaciones y transformaciones necesarias entre las dos lenguas para conseguir su objetivo, a lo que han de contribuir también los ejemplos y las traducciones de los ejemplos que en él se recojan.
En este sentido, creo que se puede intentar un equilibro entre los polos "equivalente de traducción" (poco explicativo pero directamente insertable) y "equivalente explicativo" (poco insertable) ofreciendo en cabeza del artículo el equivalente explicativo e incluyendo ejemplos traducidos en el cuerpo del artículo donde se utilice el equivalente de traducción, con lo que el usuario tiene acceso al mismo tiempo a los dos tipos de informaciones que puede necesitar y para las que recurre al diccionario: la explicación de un término que desconoce y la palabra castellana que puede utilizar para realizar una traducción.
Así, por ejemplo, el sentido general frecuente de δύνω como verbo de movimiento intransitivo es 'penetrar en','adentrarse en','introducirse en'.
Sin embargo, si se incluye bajo ese lema la cita τÎ àδωρ τÎ •πÎ τäν ßετäν κατ τ−ς γ−ς δØνον [URL] Mete.56.6) no está de más ofrecer la traducción contextual "el agua de lluvias que se filtra en la tierra" para ofrecer al posible usuario el más matizado 'filtrarse' En relación con esta cuestión paso a ocuparme de los "problemas de ejemplificación en los diccionarios bilingües", tema sobre el que ha habido bastante bibliografía en los últimos tiempos 28.
Naturalmente, los problemas que hay que abordar a la hora de seleccionar las citas en un diccionario general de griego antiguo no son exactamente los mismos que en el caso de una lengua moderna, de entrada porque aquí no se plantea el debate sobre si los ejemplos pueden ser creación del propio lexicógrafo o éste ha de tomar siempre sus ejemplos de otras fuentes.
En la lexicografía del griego antiguo, además, existen una serie de autores, como pueden ser Homero, Hesiodo, los líricos arcaicos, los trágicos, Platón, Aristófanes, Hipócrates o Aristóteles, entre otros, a los que, debido a la propia tradición de estudio que arranca de la Antigüedad y a la importancia de estos autores dentro de la literatura y la cultura griega, es obligado citar dentro de un lema si la palabra en cuestión ha sido utilizada por ellos.
Con todo, sí que existen problemas similares a los que ha de afrontar la lexicografía de las lenguas modernas a medida que aumenta la frecuencia de aparición de una palabra en la literatura griega antigua, pues de las múltiples apariciones que puede haber de una palabra dentro del mismo autor hay que seleccionar cuál o cuáles se citan y de cuáles se ofrece el contexto.
Y de forma similar hay que proceder a la hora de decidir entre las citas de unos y otros autores.
Para seleccionar los ejemplos se pueden manejar, por tanto, criterios similares a los que se emplean en los diccionarios de lenguas modernas, como son los siguientes.
Los ejemplos deberían servir para: a) dar al lector frases en las que el significado de la palabra quede más claro por el contexto; b) mostrar la palabra utilizada en su contexto; c) recordar al lector la existencia de locuciones y clichés.
Es decir, la selección de citas debe cumplir dos funciones principales: ejemplificación y desambiguación semántica.
Los tres principios citados, además, se pueden subsumir bajo un planteamiento general, pues, como señala Szende 29, los ejemplos nunca deben ser gratuitos ni un mero adorno, sino que deben incluir información complementaria.
Cumplir el tercero de los objetivos a los que acabo de aludir, es decir, ocuparse de las locuciones y clichés dentro del artículo, supone importantes dificultades a la hora de su tratamiento lexicográfico, que se agravan en el caso del griego antiguo dado que, claro está, no tenemos hablantes cuya conciencia permita distinguir qué es un cliché y qué no. Messelaar, en un interesante libro titulado La confection du dictionnaire général bilingue 30, plantea cuatro criterios para decidir qué unidades superiores a la palabra deben incorporarse dentro de un lema: a) La existencia de oposiciones interlingüísticas a la hora de producir enunciados sinónimos, como puede ser, por ejemplo, la presencia de términos que no se esperarían desde un punto de vista lógico pero que, sin embargo, se ven favorecidos por el uso.
Esto implica, para un diccionario general de griego, la necesidad de recoger clichés del tipo καλÎς κα •γαθός, cuyo significado no se puede obtener meramente combinando los significados de las dos palabras coordinadas "bello" + "bueno", sino que requiere a la hora de traducir recurrir a expresiones como "una persona de bien", "una bella persona" o, como aparece en el LSJ, "a perfect gentleman".
Un caso especial es el de las paremias, puesto que lo más frecuente es que para expresar una misma idea se recurra a términos y expresiones diferentes en la lengua de entrada y de salida.
Así, una expresión como ¦λέφαντα ¦κ μυίας ποιεÃν, literalmente "hacer de una mosca un elefante" debe ir 31 Sobre los problemas que plantea la inclusión de clichés y frases hechas me parecen especialmente interesantes los siguientes trabajos: P. Bogaards, «À la recherche de collocations dans le dictionnaire de langue étrangère», en: R. Lorenzo (ed.), Actas do XIX Congreso Internacional de Lingüística e Filoloxía Románicas, vol. II Lexicología e Metalexicografía, La Coruña, 1992, pp. 179-184.; R. H. Gows, «Idioms and collocations in bilingual dictionaries and their Afrikaans translation equivalents», Lexicographica 12, 1996, pp. 54-88. acompañada también de su equivalente en español, o sea, "hacer un castillo de un grano de arena". b) La identidad de las construcciones en ambas lenguas (la de entrada y la de salida) y la limitación en el número de combinaciones que son posibles lógicamente.
Así, aunque no se incluya en un diccionario en el lema θύρα una expresión como ¦π ταÃς θύραις τ−ς ́Ελλάδος ¦σμέν (X.An.6.5.23) no se dificultará su traducción e interpretación puesto que en español "estar a las puertas de" tiene el mismo sentido. c) El hecho de que la palabra clave de la locución o cliché no se pueda traducir de algunas de las formas que se dan en el encabezamiento del artículo.
Así, sucede con frecuencia que la utilización de un acusativo interno con juego etimológico en griego implica la necesidad de variar la traducción del verbo al español aunque el sentido siga siendo el mismo, por lo que resultará conveniente incluir la expresión acompañada de su traducción.
Por ejemplo, como traducción general del verbo νοσέω, y dejando ahora de lado los usos figurados, habrá que ofrecer "estar enfermo", pero en el caso de νόσον νοσεÃν habrá que especificar como traducción "sufrir una enfermedad", "padecer una enfermedad", puesto que la expresión "estar enfermo de una enfermedad", aunque sería posible en español, no es la habitual. d) La probabilidad de una traducción incorrecta.
Así, por ejemplo, en el lema δυνατός, la inclusión de la cita τς ναØς πάσας, Óσαι μσαν... δυναταί (Th.7.60) necesita ir acompañada de la traducción "todas las naves que estaban en estado de uso", puesto que el sentido general bajo el que se ha de subsumir la cita es el 'fuerte','resistente', sentido que tiene el adjetivo cuando va referido a cosas.
Así pues, estos criterios resultan válidos para seleccionar qué locuciones y clichés se incluyen y cuáles no, pero, como señalaba, en el caso del griego seguiríamos teniendo el problema de qué métodos y criterios podemos utilizar para identificar esos clichés.
Sin embargo, en § 2 ya expusimos cómo se puede intentar solventar este problema 31.
A lo largo de este trabajo he intentado realizar algunas propuestas que contribuyan a mejorar el trabajo en lexicografía griega a partir de los logros ya alcanzados en esta materia.
En mi opinión para el adecuado progreso en esta área de la Filología Griega se debe producir una convergencia entre, por un lado, los aportes procedentes de la lexicografía general o del trabajo en lexicografía fuera del ámbito del griego antiguo y, por otro, los avances en Por mencionar tan solo un ejemplo en un área diferente del griego, la interrelación entre lexicografía y arqueología e historia se pone claramente en evidencia en el trabajo de C. P. Biggam, «Grund to hrof: aspects of the Old English semantics of building and architecture», en: J. Coleman -C.
J. Kay (eds.), Lexicology, Semantics and Lexicography, Amsterdam y Filadelfia, 2000, pp. 103-125. otras áreas de la Filología Griega y las Ciencias de la Antigüedad, en general.
En este trabajo este último aspecto ha quedado ejemplificado con la crítica textual y de forma similar se podría analizar cómo líneas de investigación recientes en la sintaxis del griego antiguo se pueden aprovechar para el trabajo en lexicografía griega, al igual que los avances y aportaciones en áreas como la Arqueología y la Historia, que resultan fundamentales para la redacción de los artículos de realia 32, la Dialectología o los Estudios Literarios, por mencionar tan solo algunas.
El trabajo lexicográfico no puede concebirse como una actividad cerrada sobre sí misma, sino que debe incorporar todas estas aportaciones sometiéndolas, claro está, a su propia metodología. |
No se dirá con la suficiente insistencia que la utilidad de una obra científica depende en buena medida de la calidad de sus índices.
En este sentido, el profesor Fernández tampoco ha escatimado esfuerzos.
Quien lea o consulte este volumen encontrará al final del mismo, además del índice general, otros cinco (bíblico, de textos de Orígenes, de obras de la Antigüedad, de autores modernos, de temas tratados en las notas) que le facilitarán la consulta de esta obra clave en la literatura griega cristiana y la tradición cultural occidental.
Entre los autores cristianos de la Antigüedad Orígenes (185-ca.
254) ha sido, a lo largo de la historia, una figura tan celebrada como discutida.
Considerado herético en algún momento por creencias que defendió (la preexistencia de las almas) y por otras que no compartió (la metempsicosis), su obra fue objeto de censura.
Por ello, una parte sensible de la misma no se conserva en el texto griego original sino en la traducción latina de Rufino de Aquilea, quien procuró suavizar las afirmaciones más polémicas del alejandrino.
Uno de los textos de Orígenes que padeció la censura fue el tratado cuya nueva edición y traducción castellana se reseña ahora, el Περὶ ἀρχῶν o De principiis, obra transmitida de manera íntegra en latín y parcialmente en griego.
El texto es clave en cuanto primer intento de dotar de una base filosófica al Cristianismo.
Más aún, Sobre los principios tuvo una importancia cultural básica: lo que dice el texto sobre el modo alegórico de interpretación de la Sagrada Escritura (cf. IV 2) se aplicó en la Edad Media a la hermenéutica de la literatura pagana.
Así esta pudo ser leída en esos siglos en sentido cristiano, lo cual garantizó a la postre su transmisión.
El autor del trabajo, Samuel Fernández (Pontificia Universidad Católica de Chile), expone primero, en una extensa, cuestiones como la biografía de Orígenes, el sistema de su tratado, la fiabilidad de la traducción rufiniana o el método crítico seguido a la hora de establecer el texto griego y latino de la obra.
Se ha de tener en cuenta que lo que se conserva en griego del Περὶ ἀρχῶν originario son, ante todo, dos fragmentos extensos (III 1; IV 1-3,11) llegados hasta nosotros por haber sido incluidos en la Filocalia (I 1-27; 21), la antología de Orígenes preparada por Basilio de Cesarea y Gregorio Nacianceno en el s. IV; en algunos pasajes se han transmitido también otros fragmentos en la lengua original gracias a escritores que citan el Περὶ ἀρχῶν, por ejemplo el emperador Justiniano.
Pero, en la mayoría de los casos, para acceder al texto de la obra se ha de acudir necesariamente a la versión de Rufino, pues de otra traducción latina preparada por san Jerónimo solo se conservan fragmentos.
Para que el lector se oriente en relación con la estructura de una obra tan extensa es útil la consulta del índice pormenorizado que transmiten los códices de Rufino (cf. pp. 1039Rufino (cf. pp. -1048)), aun cuando el valor del mismo pueda ser discutible según aclara el editor en el estudio introductorio (pp. 64-77).
Según indica Fernández, allí donde se conserva el texto griego se edita primeramente el original del alejandrino acompañado después de la versión del de Aquilea, quien en ocasiones amplía el texto conservado a través de la Filocalia; así sucede, por ejemplo, en IV 3,10-11, donde Rufino traduce dos párrafos que Basilio y Gregorio no incluyeron en su antología, posiblemente por parecerles doctrinalmente sospechosos.
En el resto de la obra (de hecho, en la mayoría del texto) Fernández ha de editar la traducción de Rufino y, donde sea pertinente, adjuntar a esta versión los fragmentos de Jerónimo o de otras autoridades.
Para la edición del texto así configurado se han tenido en cuenta las ediciones previas, entre las cuales es de referencia obligada P. Koetschau, Origenes Werke.
Fernández afirma en p.
82 la fiabilidad de la colación de los códices latinos efectuada por Koetschau.
Aun así, el editor también ha recurrido a la autopsia de los mismos (in situ o mediante copias) y ha efectuado una colación personal de parte de los manuscritos latinos y, también, de cuatro códices de la Filocalia.
El resultado de esta labor filológica es una nueva edición crítica del De principiis, un auténtico avance en el conocimiento del texto que se presenta, además, acompañado de tres aparatos, de los que uno es, lógicamente, el crítico.
Como novedad se aporta, donde es oportuno, un aparato específico de fragmentos que ofrece información sobre partes del texto transmitidas por otras fuentes y los motivos para integrarlos en la edición del Περὶ ἀρχῶν; en este punto es de destacar el avance frente a Koetschau, quien fue proclive a admitir en su texto fragmentos hipotéticos que quizá deban ser considerados más bien como loci paralleli.
En tercer lugar se incluye un aparato de testimonios que detalla las citas literales incluidas en la obra de Orígenes, en su mayoría citas de la Sagrada Escritura; la mención de las alusiones se reserva para el amplio cuerpo de notas que acompañan a la traducción en las páginas impares.
Sobre las características de la traducción y los criterios seguidos en la misma habla el editor en el capítulo final de la.
En relación con este asunto se ha de subrayar, ante todo, que la versión de Fernández posee una enorme solidez, fruto de todo su trabajo de investigación acerca de Sobre los principios.
No es, por cierto, la primera traducción del tratado publicada en castellano, pues en 2002 vio la luz otra (Alfonso Ropero (trad.), Lo mejor de Orígenes: tratado de los principios, Terrassa) que Fernández no menciona en el lugar correspondiente (p.
52), donde sí habla en cambio de la meritoria edición bilingüe griego-catalán que preparó J. Rius-Camps para la Fundació Bernat Metge (Orígenes.
Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 Comienza el primer capítulo con la datación del autor y de la obra (pp. XV-XXV), para la cual se inclina F. N. por la datación temprana, esto es, situada en los primeros decenios del s. V, aunque sin afirmarlo categóricamente: «Marciano viviría, pues, entre finales del s. IV y comienzos del s. V d.
El capítulo 2 (pp. XXI-XXXIII) sirve para encuadrar el conjunto del De nuptiis Philologiae et Mercurii indicando sus características fundamentales, su índole y relación con otras obras literarias, su estructura, estilo, marco alegórico y fuentes poéticas.
En el tercer apartado F. N. pasa revista a las que han sido consideradas fuentes para los dos primeros libros, que constituyen el marco alegórico de la obra, mientras que en el cuarto, se hace lo propio con los libros de las siete artes liberales.
Se advierte que este tema se tratará con más amplitud en los volúmenes correspondientes al Trivium y Quadrivium (p.
El capítulo quinto se consagra a la repercusión y fortuna que ha tenido la obra en la posteridad.
Este apartado también fue tratado por el propio F. N. en un trabajo suyo anterior2.
Una de las contribuciones destacables de esta sección es el estudio de la repercusión en las artes plásticas de las alegorías de las bodas místicas de Filología y Mercurio y las siete artes liberales.
El capítulo sexto, el más amplio de la introducción (pp. XIX -CXI), incluye los aspectos más relevantes del texto, comenzando por los manuscritos.
F. N. hace una sucinta descripción de los 30 mss. que ha empleado para el establecimiento del texto, con los que supera todas las ediciones críticas anteriores del texto y también se detiene en los tres mss. conocidos del texto conservados en España, de escaso valor para el establecimiento del texto, aunque uno de ellos, (Escurialensis Q I 14) también es colacionado.
Igualmente detalla minuciosamente las ediciones de Marciano Capela desde la princeps hasta las más recientes, así como las traducciones, comentarios y estudios hechos en España.
En el último capítulo de la introducción F.N. establece los principios editoriales que han guiado su edición crítica y traducción.
En primer lugar, informa de la exhaustividad en el cotejo de los manuscritos, ediciones y comentarios que ha considerado importantes para el texto.
Esto incluye la colación de todos los comentarios y ediciones desde el humanismo hasta ahora (p.
CXIII), lo cual por si solo es de un enorme valor e ingente esfuerzo.
En segundo lugar, explica que su edición y traducción ofrece un texto legible para un lector sin pretensiones en crítica textual, pero al tiempo está dotado de un aparato crítico extensísimo en el que se detallan no solo las variantes más relevantes de los mss. colacionados para el establecimiento del texto, sino además las formas textuales seleccionadas por las ediciones más relevantes, así como las conjeturas de los estudiosos más destacados del texto del De nuptiis.
También declara F. N. haber incluido más de 50 conjeturas propias.
La introducción tiene como cierre una extensa bibliografía puesta al día en el momento de la publicación del volumen (pp. CXV-CLIII), en la cual es difícil indicar alguna ausencia significativa.
La edición crítica y el aparato, así como la traducción con notas en páginas enfrentadas, según las pautas habituales de la colección, ocupan las 160 pp. duplicadas que siguen a continuación.
Esta segunda parte del volumen se abre con el habitual INDEX EDITIONVM ET COMMENTATIONVM que incluye todas las ediciones desde la princeps, además de un gran número de estudios del texto en el rango que abarca desde el Humanismo hasta nuestros días, tal y como declara F.N. en el capítulo 7 de su introducción.
Sigue el CONSPECTVS SIGLORVM que lista los 30 mss. que sirven para establecer el texto.
La amplitud en el número de mss. que ha empleado F. N. -todos excepto uno antiquiores-rebasa con creces todas las ediciones anteriores, pero además el editor ha incorporado comentarios y conjeturas, ya sea en el texto o en el aparato crítico o notas, de enorme valor que hasta la fecha no se habían tenido en cuenta en otros trabajos semejantes.
Finalmente F. N. ha enmendado en más de 50 loci el texto cuando ha considerado el texto transmitido por los testimonios no satisfactorio.
Así, el primer locus se encuentra en el himno inicial (Mart.
1.1), en el cual F. N. conjetura vales frente a diversas variantes de la tradición como habes o conjeturas de otros como aves.
En muchas de sus conjeturas añade de forma sintética una breve explicación, aunque en algunos casos resulta algo difícil de interpretar.
El aparato crítico por lo exhaustivo y extenso resulta a veces difícil de seguir.
En todo caso, desde el punto de vista de la crítica textual este trabajo de F.N. supone una valiosa contribución para un mejor conocimiento del texto del De nuptiis Philologiae et Mercurii.
Con respecto a la traducción F. N. ha optado por respetar, según él mismo declara, la semántica, la sintaxis y la concisión del verso en las partes poéticas de la obra.
La lectura de la traducción para los lectores que tengan como finalidad fundamental acercarse por primera vez en nuestra lengua a la obra de Marciano Capela resulta una tarea fácil y grata con la versión proporcionada por F. N. Este por si solo es un gran logro de esta edición.
Creemos que se trata de una traducción muy meritoria, pues refleja de una forma muy fiel el estilo cambiante de Marciano Capela que fluctúa entre un estilo seco y conciso a otro recargado y barroco a lo largo de toda la obra y también de los dos primeros libros.
También reproduce en nuestra lengua con acierto uno de los vocabularios más ricos, variados y exclusivos que podemos encontrar en latín en una sola obra, pues el léxico de Marciano Capela incluye no sólo una extensísima lista de hápax y rariora, sino además una enorme variedad de registros que afectan desde los de las lenguas técnicas de las siete artes liberales tratadas en la enciclopedia, hasta los tecnicismos propios de la filosofía, la religión o el derecho.
Este espinoso asunto ha sido resuelto con acierto por F. N. Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 Como resumen de esta reseña querría destacar que se trata de una importante novedad editorial que debe interesar a muchas clases de lectores: estudiosos de Marciano Capela -por descontado-, estudiosos de la crítica textual, del neoplatonismo y de la filosofía, de la literatura de la Antigüedad Tardía, de la literatura alegórica, entre otros.
F. N. acerca uno de los textos más difíciles de los últimos siglos de la latinidad tanto a un público general como a estudiosos y especialistas de diversos aspectos de la filología o de la Antigüedad.
El presente volumen es la reelaboración para su publicación como libro de la tesis doctoral de la autora, leída en la Universidad Gabriele d'Annunzio de Chieti-Pescara en 2008.
En principio es un trabajo de historiografía lingüística dedicado a desentrañar la evolución de la llamada «ley (o sistema) de Caland» desde su enunciado a nuestros días.
En paralelo, el objetivo del libro debate sobre conceptos que son nucleares para la morfología indoeuropea, como son los de «ley», «sistema», «regla» o «liga sufijal».
Willem Caland observó en 1892 que a algunos adjetivos avésticos en -ra-y -males correspondía un primer miembro de compuesto en forma abreviada caracterizados por una vocal -i-: av. rec. tiγra-'afilado' aparece como primer término de compuesto bajo la forma tižio: cf. tižiiaršti-'que tiene la lanza afilada'.
El propio Caland amplió al año siguiente la observación al védico, por lo que el sistema se postulaba para el grupo indo-iranio.
Wackernagel formula varios paralelos convincentes en griego: por ejemplo, frente al adjetivo ἀργός 'brillante', nos encontramos un compuesto ἀργικέραυνος 'de rayo resplandeciente', por lo que convierte el sistema Caland (llamado a partir de entonces ley o sistema de Caland-Wackernagel) en una característica heredada del indoeuropeo.
El propio Wackernagel define el fenómeno como una «ley» pero entendida como una «regla composicional».
El sistema definido por Wackernagel entraba de lleno en las variaciones de formaciones de palabras propias del indoeuropeo y no solo afectaba a los compuestos de primer elemento terminado en -io sino también a los sufijos *-yes-, *-isto-, *-tero-, *-es-y *-mo-.
En los años'20 del siglo XX, Bloomfield integró el sistema de Caland dentro del concepto morfológico del supletivismo.
La integración del sistema Caland-Wackernagel en un sistema más restringido definido como «ley» llevó a Fraenkel a relacionar la organización de la formación de palabras con la heteróclisis *-r/n-.
Esta explicación fue aprovechada por Benveniste para desarrollar un sistema en el que los adjetivos en *-ei-, grado cero *-i, como primeros miembros de un compuesto, alternaban con los elementos de la heteróclisis, *-r/n-, eventualmente tematizados para formar adjetivos. durante los años'50 del siglo XX, independientemente de los trabajos sobre diversas etimologías que se explican mediante las relaciones que reciben el nombre genérico de Caland, las reflexiones más teóricas proponen un sistema de relaciones genéticas combinado con un sistema asociativo, que une las formaciones adjetivales en *-u, *-ro, *-no entre ellas y con los comparativos: esta es la propuesta de Seiler.
Son dignas de mención las explicaciones diacrónicas formuladas por Kuryłowicz y Szemereny.
Para el primero, la *-i de los compuestos se trataría de un elemento opcional, carente de significado, procedente de los adjetivos de tema en *-i y que luego se extendería al sufijo del comparativo.
El segundo integra su explicación dentro del sistema de síncopas indoeuropeas que propone como explicación morfológica para otros fenómenos del indoeuropeo, como los nominativos sigmáticos, de modo que la síncopa de un sufijo de adjetivo en *-i-ro establecería el vínculo entre el primer elemento de los compuestos en *-i-y los adjetivos de los diversos sufijos del sistema Caland.
Partiendo de los datos del indio, Leumann propone en 1968 la existencia de una «liga sufijal» de carácter sincrónico que agrupa elementos paralelos conectados por la etimología y por la función y que son derivados de una misma raíz.
La autora señala la importancia y el carácter pionero de un autor mucho menos conocido que los anteriormente citados, Léon Parmentier, en la formulación del productivo concepto de «liga sufijal».
Por su parte, en 1971 Watkins retoma el tipo de explicación de Kuryłowicz para proponer que la llamada «ley de Caland» es un fenómeno derivativo condicionado por características de tipo morfofonético: las distintas derivaciones no parten de la raíz, sino de una formación primaria que pierde su sufijo originario: tanto la *-i de los compuestos como los distintos sufijos son de carácter secundario.
Una de las autoras que más ha trabajado sobre el sistema de Caland ha sido Bader, que integra los diversos elementos del sistema dentro de su compleja explicación de la heteróclisis, heredera del concepto de sufijos alternativos formulada en los años'30 por Benveniste; la obra de Bader marcará de un modo decisivo trabajos posteriores como el dedicado a los adjetivos griegos en -u de Perpillou.
En los años'70 del siglo XX Nussbaum escribe su tesis dedicada a la «ley de Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 Caland»: establece la existencia de sufijos centrales, los sufijos adjetivales *-ro-, *-u-, *-ent-e *-i, el sufijo nominal *-es-y el sufijo verbal *-eh1-, y de sufijos marginales: *-mo-y *-no-; todos estos sufijos son homogéneos desde el punto de vista funcional, puede aparecer de manera simultánea en potencia y tienen un carácter primario, según Nussbaum.
Todas estas contribuciones marcarán la evolución del concepto «sistema de Caland» en los años posteriores, en particular los trabajos de Hamp, Schinder o Pinault.
El sistema de Caland permite interpretaciones etimológicas nuevas de nombres de persona del griego, como la que hace Nagy del NP Ἀχιλ(λ)εύς <*Akhí-lāṷos, cuyo primer elemento sería una variante Caland en -i de gr. ἄχος 'dolor', por lo que sería un compuesto bahuvrīhi con el significado 'que tiene un λάος sufriente', o algo así; dicha constatación trasciende la mera aplicación lingüística del sistema de Caland y entra de lleno en los mecanismos de la lengua poética indoeuropea: podemos comprobar hasta qué punto esto ha sido productivo en el libro How to kill a Dragon de Watkins; lo importante de estas propuestas es la conclusión de que el sistema de Caland permanece operativo en la lengua poética de las distintas lenguas indoeuropeas.
La aplicación de Caland a distintos dialectos indoeuropeos ha sido productiva en trabajos como los de Patrizia de Bernardo sobre el celta, Rix y Adiego sobre las lenguas sabélicas o Neri sobre el germánico.
En tiempos más recientes, un artículo crítico de Meissner (1998Meissner (, 2006) ) pone de relieve que las reconstrucciones que apelan al sistema de Caland integran dentro de un mismo parámetro de análisis elementos que pertenecen a sistemas cronológicos enormemente diversos y lo hacen como si elaboraran una reconstrucción sincrónicamente coherente.
Los trabajos más recientes intentan integrar el sistema de Caland a la luz de los conocimientos de lingüística general y de tipología lingüística.
En ese sentido, recientes trabajos de Balles y de Meier-Brügger proponen que el sistema sufijal de Caland se corresponden con una semántica típicamente adjetival y es coherente con un sistema en el que los adjetivos todavía no se habían desarrollado plenamente en la protolengua.
En una dirección opuesta trabaja Rau (2009), quien propone que el indoeuropeo en el que se desarrolla el sistema de Caland es una lengua con adjetivos básicos bien desarrollados, abiertos y productivos y que se trata, en definitiva, de un subsistema derivacional basado sobre la raíz en que un cierto grupo de adjetivos sustituye regularmente a un cierto subgrupo de sufijos.
El libro finaliza con un capítulo de conclusiones, en las que se repasan las hipótesis reseñadas durante el largo estado de la cuestión y se analiza la virtualidad analítica del sistema (o ley) de.
Sigue a esto una relación de definiciones en orden cronológico (págs. 249-277), la Bibliografía, un índice léxico y un índice de autores.
La primera edición de este libro se publicó hace más de veinte años en una editorial y en una colección diferentes3.
Se trata de la versión abreviada de una tesis doc toral de igual título defendida en la Sorbona en 1987.
Claro y bien escrito, estudia el significado y evolución de καιρός, incluidos sus derivados y compuestos, desde Homero hasta Aristóteles, con capítulos especiales sobre los usos técnicos de médicos, histo riadores, retóricos y oradores.
El método filológico está aplicado conforme a la gran tradición francesa.
La autora presenta los pasajes pertinentes siempre con el contexto necesario para la comprensión correcta, los analiza con finura, extrae de ellos todos los matices y sabe situar lo que dicen en el marco general de la historia de las ideas.
Como siente la necesidad de captar bien en francés lo que encuentra en griego, discute, precisa y corrige las versiones de los textos, lo cual hace del libro un instrumento valioso para los traductores, cuya labor será facilitada por el índice de pasajes mencio nados y comentados.
El lector hallará, sin duda, en esta obra muchas de las cualidades de la directora de la tesis, la profesora J. de Romilly, autora del prefacio que la encabeza.
Ella y su antigua discípula mantuvieron una estrecha amistad durante largos años, trabajaron mucho en defensa de los estudios clásicos y escribieron juntas un atractivo librito4.
En el BAGB 2011, pp. 1-9, puede leerse el sentido recuerdo que la profesora Trédé-Boulmer dedicó a la memoria de la que fue su maestra.
La primera figura como tercer apéndice al capítulo I: «Métis et kairos», pp. 82-89.
18) había señalado que el libro de J.-P. Vernant y M. detienne6 sobre μῆτις renovó en su día el interés por καιρός, porque mos traba que el arte de aprovechar la ocasión era cualidad característica de la inteligen cia astuta y viva.
Juan antonio Álvarez-Pedrosa núñez
de μῆτις en Homero y Píndaro.
En realidad, sin embargo, la etimología de la palabra no planteaba dudas.
El trabajo de Ch. de Lamberterie se refiere a otra cosa.
Propone que en las secuencias en que una laringal iba seguida de oclusiva sonora (= sorda glotalizada, según la teoría glotálica) y seguida de consonante, desaparecía sin alargar una vocal anterior.
La diferencia de vocalismo entre μέδω y μήδομαι sería uno de los casos que podrían explicarse como extensión analógica de esta oposición distributiva:
Tanto esta propuesta como la teoría glotá lica distan de haber alcanzado consenso unánime.
La escueta exposición de la profesora Trédé-Boulmer (p.
86 s.) es insuficiente en este punto.
250 s., está inserta al final del capítulo IV, dedicado al και ρός en la política, para señalar que los dos fragmentos del discurso de Hipérides hallados recientemente en un palimpsesto de Arquímedes atestiguan una confrontación sobre el concepto de καιρός muy semejante a la que se encuentra en la controversia entre De mós tenes y Esquines, lo cual sugiere que el tema debía de ser habitual en los discursos políticos de la época.
Hay, sí, incorporaciones en las listas bibliográficas del final del libro, pero el texto y las notas no contienen nada nuevo.
Es excepcional la noticia bibliográfica incluida en p.
48, a propósito de los compuestos hipostáticos, sobre la publicación de una tesis doctoral prevista para 20158.
No he visto tampoco referencia alguna a trabajos recientes que inciden directamente sobre el tema del libro, como Ph.
Se recogen en este volumen un total de 32 trabajos presentados a lo largo del XIV Coloquio Internacional de Lingüística Latina, celebrado en Erfurt en julio de 2007.
Como ya viene siendo costumbre en las actas de estos coloquios, las contribuciones se agrupan por materias y, una vez más, la sección más fructífera corresponde a la sintaxis y pragmática.
Ofrecemos a continuación una descripción amplia y, dentro de lo posible, ordenada del contenido.
En el primer apartado, Lexicología, encontramos ocho trabajos.
Algunos están dedicados al estudio de un término en un autor concreto, como el de P. duarte (11-23), sobre el papel del término diligentia, en el vocabulario pliniano de la crítica del arte, para la elaboración de un juicio estético, o el de P. Lecaudé (59-76), que pone de manifiesto la traducción casi sistemática, en las primeras traducciones de la Biblia, de δύναμις por uirtus.
A. Sánchez Manzano (103-113) dirige su atención también a un solo término, pero en un determinado tipo de obras, concretamente analiza el sentido de intentio en la retórica y en la filosofía. desde otra perspectiva, B. García Hernández (35-43) revisa los desiderativos con sufijo -(es)so para fijarse en la evolución de texo, mientras que F. Foubert (25-34) aborda el estudio del léxico de un autor determinado, Julio Valerio, y revisa la selección de vocabulario que, con vistas a una elaboración estilística, hace este autor en sus Res Gestae Alexandri Macedonis.
Otros autores se centran en un campo semántico, así lo hacen como M. Poirier (93-101), que se ocupa del vocabulario de la envidia y los celos, A. Ma.
Martín Rodríguez (79-92), que revisa el problema de las lagunas léxicas a través del campo verbal de la donación, o M.-A. Julia (45-58), que observa el supletivismo en el proceso de 'comer' (ēsse reemplazado por mandūcāre) desde el latín a las lenguas romances.
El segundo apartado está dedicado a Fonología y Fonética y reúne cinco trabajos muy diferentes entre sí, B. Adamik (117-1130) dedica el suyo al acento de palabra latino clásico que, en su opinión, debe ser identificado más bien con una especie de acento de intensidad débil o acento de tono; P. M. Suárez Martínez (173-180) ofrece pruebas de que la cesura, considerada durante mucho tiempo causante, entre otros fenómenos, del alargamiento que suele presentar la sílaba breve anterior, es en realidad un hecho métrico independiente; el artículo de E. dupraz (131-143) trata de la construcción del sistema de los demostrativos y examina los empleos de las formas provenientes de *is en itálico común ofreciendo hipótesis sobre episodios de gramaticalización en la prehistoria de las lenguas itálicas; M. Morani (163-172) plantea la dificultad de establecer cuál es la forma regular del acusativo plural en los sustantivos y adjetivos de la tercera declinación en los textos clásicos, que unas Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 veces aparece en -is y otras en -es, y E. Magni (145-162) examina sincrónica y diacrónicamente algunos de los problemas que conciernen a las formas de gerundio y gerundivo, como el origen de las formas en -nd-del latín, el uso como alomorfos de infinitivo y como participios atípicos y la no prioridad de uno sobre otro.
El tercer apartado acoge diecinueve trabajos sobre diferentes cuestiones relativas a Sintaxis y Pragmática.
Comenzamos con el de M. D. Joffre (287-299), quien, como continuación de los estudios que viene realizando sobre la deixis, examina en esta ocasión, basándose esencialmente en el Pro Caelio de Cicerón, los empleos que produce el deíctico iste.
En el trabajo de F. Rovai (423-435) se pone de relieve que una serie de fluctuaciones de género (corius / corium), que se observan ya en latín arcaico, se limitan a contextos sintáctico-semánticos específicos, son paralelas a la armonización semántica del latín tardío y parecen más una distinción de casos que fluctuaciones de género.
Kircher-durands (321-339) intenta identificar la categoría del adjetivo en latín, siguiendo el modelo del análisis que Coes realiza desde el francés moderno; el corpus de análisis es el libro primero de La Guerra de las Galias.
Son varios los trabajos que abordan el estudio del verbo desde diferentes puntos de vista, entre ellos está el de G. Calboli (229-242), quien investiga el razonamiento lingüístico de los estoicos sobre los modos verbales, explica lo que los antiguos pensaban y, para las divergencias entre unos y otros, remite a autores actuales poniendo relieve en qué es necesario respetar las opiniones diferentes.
En su artículo, M. Lenoble (349-359) reflexiona sobre las características sintácticas de las pasivas impersonales cuando provienen de verbos transitivos como cognoscitur, que en latín clásico no están documentadas con un acusativo objeto y es frecuente encontrarlo con un complemento de sustitución ('de + ablativo').
El trabajo de C. Moussy (391-400) plantea, a partir del estudio del verbo curare -aunque en el título, pero solo allí, alude también uitare-, el papel que juega la semántica en las variaciones casuales de algunos verbos, generalmente transitivos, que presentan, sin embargo, una construcción en dativo.
S. Kiss (341-347) pone de relieve la tendencia que, desde el principio del latín y mucho más en latín tardío, tienen los verbos pronominales a reemplazar a los pasivos a la hora de crear intransitivos (diuiditur es sustituido por se diuidit en lugar de por diuisus est) e identifica los verbos responsables de la extensión de esta construcción pronominal así como el deslizamiento semántico que conduce a la gramaticalización de estas perífrasis.
J. Dalbera (243-255) estudia, limitándose al género narrativo, el valor de ciertas formas marginales del perfecto latino (memini, odi, consueui, noui) que, traducidas sistemáticamente como presente, escapan al funcionamiento general y prototípico del perfecto latino. d.
Longrée (361-372) reflexiona sobre la doble interpretación existente para el sintagma demisso capite y propone dos explicaciones concurrentes, el significado del participio de perfecto en -tus y el hecho de que en un ablativo absoluto el participio de perfecto puede funcionar como predicado o como atributo.
El objetivo del trabajo Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 de E. Marini (373-389) es, partiendo de las clases semánticas de los predicativos definidos por verbos soporte, sentar las bases para la creación de un léxico gramátical de los verbos soporte latinos (ferre, gerere, facere) a fin de establecer, para cada uno de ellos, la lista de sustantivos predicativos con los que se combina y la clasificación sintáctica de las construcciones inventariadas.
Analiza las locuciones litem facere y grates/gratias agere.
Encontramos también varios trabajos que acometen el análisis de diferentes tipos de proposiciones, como el de O. Álvarez Huerta (183)(184)(185)(186)(187)(188)(189)(190)(191)(192) Breve, pero densa y extremadamente útil es esta introducción al teatro griego antiguo, obra de dos estudiosos de origen universitario del teatro griego que han perfeccionado su conocimiento del mismo mediante numerosas puestas en escena, sobre todo en España y Grecia, de la tragedia griega antigua.
Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 deberían estudiarlo también los espectadores, con frecuencia indoctos, así como los autores de adaptaciones y puestas en escena, con frecuencia apoyados por buenos actores y prácticos en la puesta en escena, pero que más bien aportan cosas propias buscando el propio lucimiento y no son demasiado doctos en el teatro antiguo.
desprecian a los «profesores» (es decir, a nosotros), a los que realmente sabemos de qué va la cosa.
Yo sufro mucho en sus espectáculos, más suyos que griegos, en realidad he renunciado a verlos 9.
Y sin embargo ha habido buenas representaciones de teatro griego antiguo en España, paralelas a las que se hacían en Siracusa bajo la égida de Giusto Monaco en Siracusa y otros lugares.
Yo mismo soy testigo de la gran aceptación por el público en toda España, también de las Comedias de Aristófanes: desde cuando yo paseaba, en fecha ya remota, representaciones estudiantiles por toda España, llevando como directores a José María Saussol y luego a Manuel Canseco.
Luego contemplaba las representaciones de Segóbriga, hoy desaparecidas, y otras más en Itálica, Barcelona, etc. La Hécuba puesta en escena en Barcelona, en Julio del 2015, puesta en escena por Navarro y López, cuya publicación Tragoedia Graeca reseño aquí, es una gran excepción de excelencia.
Navarro y López, aparte de continuar con puestas en escena difíciles, han creado en Sagunto un Museo de la Escenografía Greco-Latina y han publicado el libro que comento, que abre los ojos al espectador de la tragedia antigua, dándole una buena información.
Pero paso al libro: a su descripción sucinta, inteligente, clara, de la tragedia griega.
9 ss.) expone sus fuentes, con los datos antiguos sobre los teatros, pinturas o dibujos en cerámica y otras obras de arte.
Habla luego de la tragedia, comedia, música, danza, canto antiguos; de las Grandes dionisiacas, hace la descripción del espectáculo.
13) describe las representaciones, el público, los actores; el decorado y otros elementos.
17) los textos teatrales: la tragedia, estructura y forma, vestuario, atrezzo; el coro y su actuación; las máscaras.
30 ss.) es el de los autores antiguos, se inicia a su conocimiento con datos muy claros, hay buenas exposiciones de los tres grandes trágicos (obras, pensamiento, estilo).
41 ss.) los dioses, sobre todo los más importantes en el teatro.
El siguiente capítulo (p.
47 ss.) es sobre los personajes: los masculinos más notables, los femeninos luego.
9 Sobre este problema y sobre la problemática general de la puesta en escena del teatro antiguo remito a mi trabajo «Las representaciones clásicas en España: algunas reflexiones y experiencias», en Del teatro griego al teatro de hoy, Madrid, Alianza Editorial, 1999, pp. 323-342 (recogido; los trabajos se publican en francés, en consonancia con el deseo expreso de ofrecer un primer estudio de conjunto en lengua gala sobre el escrito de Favorino.
Los doce trabajos se distribuyen en dos grandes apartados.
El primero, «Le dossier papyrologique», se centra en cuestiones papirológicas.
Abre la obra Marganne, directora del CEdOPAL (Centre de documentation de Papyrologie Littéraire), con «Le dossier papyrologique de Favorinos d 'Arles» (13-24), estudio en el que se revisa toda la documentación papirológica relacionada, de una forma u otra, con Favorino.
Los tres trabajos siguientes son también estudios de papirología que discuten diversas cuestiones relativas al soporte material de Sobre el exilio, transmitido en el verso de un papiro cuyo recto contiene documentos administrativos de la región de Marmárica: «Observations sur la forme, l'état du support et la mise en page du P. Vat. gr. 11 v » (N. Carlig, 25-30), «Signes et corrections dans le P. Vat. gr. 11 v (Favorinos d'Arles, Περὶ φυγῆς)» (G. Nocchi Macedo, 31-47), «Les documents administratifs du recto du P. Vat. gr. 11» (A. Ricciardetto,[49][50][51][52][53][54][55][56][57][58][59][60][61][62][63][64].
La primera colaboración de E. Amato («Adversaria inédits de Wilhelm Schmid au De exilio de Favorinos (avec un appendice sur Otto Immisch)», 65-71) varía la temática tratada hasta aquí y presenta las observaciones inéditas al texto de Sobre el exilio de W. Schmid, quien prestó su colaboración a G. Vitelli y M. Norsa en la preparación de la primera edición de la obra (Città del Vaticano, 1931); un breve apéndice añade las conjeturas al texto Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 propuestas entonces por O. Immisch.
Amato firma también el último artículo de esta sección, el más extenso del conjunto («Pour l 'histoire de l' achat et de la publication du P. Vat. gr. 11: incursions dans la correspondance du Card.
Giovanni Mercati», 73-98), que reconstruye la historia del descubrimiento del tratado a través de la correspondencia intercambiada entre los editores y el cardenal Mercati, prefecto de la Biblioteca Vaticana.
En la segunda sección del libro («Le dossier littéraire et philologique») se tratan cuestiones relativas al contexto cultural y literario del Περὶ φυγῆς.
El lector se encuentra primero con la colaboración de un experto en bilingüismo como B. Rochette («Favorinos et ses contemporains.
J.-C.», 101-122), el cual, a la vez que indica que Favorino debía de ser de origen heleno, reivindica la inserción perfecta del orador celta dentro del mundo bilingüe y bicultural del S. II d.
C. Holford-Strevens recuerda después, en «L' exil de Favorinos eut-il réellement lieu?» (123-132), los motivos por los que no cabe argumentar de forma concluyente si el 'yo' del discurso coincide o no con el autor y, por tanto, si Favorino estuvo realmente exiliado en Quíos.
P. P. Fuentes («Le Περὶ φυγῆς de Favorinos à la lumière des fragments de son devancier Télès», 133-144) lee el escrito del sofista a la luz de lo que se conserva de un ejemplo anterior de la literatura del exilio, el Περὶ φυγῆς del filósofo cínico Teles (S. III a.
C.), diatriba que debía de presentar diferencias notables frente al Sobre el exilio de Favorino.
El trabajo de Lucarini («Sur le texte du Περὶ φυγῆς de Favorinos d 'Arles», 145-160) muestra algunos de los puntos débiles de las dos últimas ediciones de la obra (A. Barigazzi, Florencia 1966;A. Tepedino Guerra, Roma 2007) y discute su texto en veintinueve pasajes selectos.
Amato vuelve a tomar la palabra («Favorin.,Ex. col. 1,(25)(26)(27) Mucius?», 161-167) para proponer que el nombre Mucio (Μούκιος) presente en el papiro debe de implicar una confusión del autor por Marcio (Μάρκιος), nombre que se referiría a C. Marcio Coriolano, quien tiene en común con los otros personajes que se citan (Empédocles y Heracles) su condición de exiliado.
Por último, J. Schamp («Un guide de voyage pour Favorinos et Thémistios», 169-178) comenta la realización del motivo del viaje en el texto de Favorino y un pasaje de Temistio que manifiestan, a su vez, su dependencia de Homero y Platón.
Se echa en falta un índice temático que facilite la consulta del libro, sobre todo en lo que se refiere a su segunda parte.
En otro orden de cosas habría sido también conveniente que los editores hubiesen procurado establecer una mayor interrelación entre los artículos.
Para apreciar mejor las características del papiro habría sido oportuno incluir también alguna imagen del mismo, tanto del verso (donde se transmite el tratado) como del recto (documentación sobre la Marmárica).
Fragments) en Les Belles Lettres, prepara, en colaboración con M.-H. Marganne y J. Schamp, la nueva edición crítica del De exilio que se ha de publicar, con traducción y comentario, en la misma Collection des Universités de France.
El acierto del volumen reseñado permite confiar en el buen resultado de esta nueva empresa.
Con la constancia y puntualidad acostumbrada los estudiosos de la Universidad de Urbino continúan produciendo sus autorizados trabajos sobre comedia plautina.
En esta reseña comentaré los últimos volúmenes publicados (XVI-XVIII), a la espera de la inminente aparición del dedicado a Trinummus.
En 2016 asistiremos también a la culminación de la serie con la celebración de la vigésima Lectura, dedicada a Truculentus y la fragmentaria Vidularia.
Justo el año en el que se ha producido la triste pérdida del iniciador de esta fértil y sólida escuela, Cesare Questa, a la edad de 81 años.
Todas las Lecturae Plautinae Sarsinates siguen una estructura bien definida, que incluye los siguientes apartados: un breve presentación, a cargo de Renato Raffaelli y Cesare Questa, en la que se da noticia del desarrollo de las jornadas de las que surge el volumen respectivo, un resumen de la comedia estudiada firmado, por el primero (me referiré a estos textos cuando presente el último de los libros reseñados), y dos apartados de estudios, divididos en «relazioni» y «communicazioni».
El volumen XVI, dedicado a Pseudolus se abre con el texto de Roberto M. danese titulado «Lo Pseudolus e la costruzione 'perfetta' della drammaturgia plautina» (pp. 15-52).
Se trata de un pormenorizado estudio de las claves argumentales de esta comedia, valorada allí como el símbolo definitivo del arte plautino y la síntesis del teatro cómico occidental, en el que danese demuestra una particular agudeza tanto Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 para las evidencias filológicas, como para los aspectos dramatúrgicos.
El trabajo concluye con un acertado análisis de la comedia musical A Funny Thing Happened on the Way to the Forum (en origen un musical de Broadway y posteriormente una película dirigida en 1966 por Richard Lester, que se estrenó en España con el título de Golfus de Roma).
Como señala danese, el hecho de que el protagonista de este filme tenga el nombre de Pseudolus es síntoma inequívoco del carácter emblemático de este personaje plautino, epítome de la producción del sarsinate.
Por su parte, Guido Arbizzoni aborda en «Intorno allo Pseudolus: appunti sull 'imitazione plautina nella commedia italiana del Rinascimento» (pp. 53-72) la fortuna de Poenulus en el teatro cómico renacentista italiano, escasa a pesar de constituir una de las comedias más genuinamente «plautinas».
Además de la versión vulgarizada que se conserva, Arbizzoni estudia las comedias compuestas a modo de «mosaico» que toman algún elemento del Pseudolus (Cassaria de Ariosto, Calandra de Bibbiena, Mandragola y Clizia de Maquiavelo, etc.), aunque no su argumento, para llegar finalmente a una obra finisecular, Trappolaria de Giabattista della Porta, que reescribe Pseudolus «contaminándolo» con un episodio de Persa.
El análisis es muy completo y meritorio, por cuanto ofrece una sistematización aplicable a toda la recepción renacentista de la comedia plautina.
También Roberta de Piccolo dedica su trabajo a la pervivencia de Pseudolus, en esta ocasión en una obra contemporánea.
El trabajo resulta muy valioso en tanto que reivindica la obra de dos autores singulares, en cuyas personalidades indaga, y por ofrecer, en forma de apéndice (pp. 105-127), la partitura de la obra, que permanecía inédita.
Cabe lamentar, sin embargo, que sea escaso el espacio que se dedica al estudio propiamente dicho de esta versión o a aspectos como el acierto de su musicalización o a su vinculación con el original, cuyo desarrollo habría sido esperable en una obra con una orientación tan marcada como la que nos ocupa.
El volumen incluye además tres comunicaciones.
En la primera de ellas, «determinando un ruolo: immo e improvvisazione nello Pseudolus» (pp. 131-137), Christopher Bungard vincula el empleo estratégico del marcador del discurso immo, usado por parte del esclavo para corregir la posición del interlocutor (p.
133), con los juegos metatetrales sobre la improvisación o el seguimiento del papel por parte de los personajes.
Si bien sus conclusiones resultan plausibles, habrían sido necesarias más evidencias para apuntalarlas.
Salvatore Monda, por su parte, ofrece en «L 'inseguimento di Ballione nello Pseudolus» (pp. 139-159) un completo y muy documentado estudio de las «escenas de seguimiento» (Verfolgungsszene) en las que un personaje interpela y persigue a otro que se niega a prestarle atención.
Partiendo de la escena apuntada en el título, Monda no solo la compara con escenas similares de otras comedias, individualizando sus claves definitorias, sino que ofrece una interesante hipótesis sobre el tipo de música que se utilizaría en ellas.
Cierra el volumen la contribución de Alba Tontini, que lleva por título «Il codice Holkham 298 e lo scompaginamento Pseudolus/Poenulus» (pp. 161-174).
En ella se describe el mencionado manuscrito, el único en el que se han insertado bloques de versos de Poenulus antes del final de Pseudolus, y se ofrece una convincente explicación para esta anomalía: la descompaginación de ciertos folios de dos cuaterniones en el manuscrito del que Holk.
El decimoséptimo volumen de las Lecturae corresponde a Rudens y en él se ofrecen cinco contribuciones a cargo de otras tantas estudiosas.
Corresponde a Rosario López Gregoris el primer puesto con «Appunti sulla teatralità della Rudens.
En este trabajo se propone la autora estudiar la manera en que Plauto se sirve de los sentidos físicos para crear, simultáneamente, ficción dramática y efecto de realidad.
A través de un certero análisis semántico del empleo de un número amplio de términos que evocan los sentidos de la vista, el tacto o el gusto, López Gregoris concluye que Plauto, por medio de un uso muy medido del léxico que estiliza e intensifica la «fisicidad» del texto, consigue que su público experimente las mismas sensaciones que sus personajes.
A continuación, Marianna Calabretta desgrana en «Per una 'regia' della Rudens» (pp. 45-70) las alusiones que ofrece el texto de Rudens sobre la escenografía necesaria para la representación de la obra y los movimientos de los personajes en escena.
Además del innegable valor que para los clasicistas tiene este trabajo, rico en referencias anticuarias, denso y muy ilustrativo, sus conclusiones deberían ser tenidas muy en cuenta en cualquier puesta en escena de Rudens que se haga en lo sucesivo.
El siguiente artículo, «Varietà e singolarità della Rudens (con prove di traduzione)» (pp. 71-87), firmado por Renato Raffaelli, repasa varias escenas cómicas de la obra, ilustración de su variedad, y ofrece unas traducciones al italiano muy meritorias.
Su presentación estuvo acompañada del recitado de los fragmentos elegidos a cargo de la compañía teatral La resistenza della poesia que sin duda enriquecieron una contribución de la que solo podemos leer un pálido reflejo.
Finalmente, Isabella Valeri compara el original con una recreación renacentista.
«La Piovana del Ruzante e la Rudens» (89-106) se centra en la determinación de las principales diferencias estructurales entre ambas obras, divididas, por comodidad expositiva, en dos categorías: las que surgen de una intervención directa sobre la trama de Rudens y las que se deben a añadidos de personajes y situaciones procedentes de otras comedias plautinas.
A pesar de la minuciosidad con la que se detallan esas diferencias, el trabajo resulta excesivamente descriptivo y se echa en falta una mayor profundidad en el análisis.
El libro concluye con una única comunicación: «Il Camerario e la Rudens: tracce 'materiali' del lavoro nei codici plautini B e C» (pp. 109-123), firmada por Giorgia Bandini.
Se estudia allí de manera muy solvente el modo de trabajo de Camerarius (Joachin Kammermeister), autor de la edición más importante del Renacimiento de las 20 comedias de Plauto.
A través del ejemplo de Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 Rudens, Bandini aborda las marcas de separación de actos y escenas, y ejemplifica cuatro posibles soluciones en el procedimiento del humanista a la hora de abordar las discrepancias entre los manuscritos que manejó.
La tercera de las Lecturae publicadas últimamente está consagrada a Stichus e incluye cuatro «relazioni» y dos «comunicazioni».
En «Io è un altro: identità dimezzate, raddoppiate, confuse nello Stichus di Plauto» (pp. 15-36), Maria Cristina Zerbino indaga en los juegos lingüísticos alusivos al problema de la identidad, que asume en la comedia plautina una triple vertiente (según las denominaciones de la autora): las identidades demediadas, las identidades redobladas y las identidades confundidas.
Todas las escenas de Stichus analizadas como ejemplo de esas tres posibilidades se caracterizan por un uso peculiar de los pronombres, que pone a prueba la regularidad de la gramática.
El estudio, por lo demás muy completo (recoge ejemplos de otras obras en las que se observan esos procedimientos), adolece de cierta desmaña en el manejo de conceptos y métodos de análisis lingüísticos, que podría haberse paliado con la consulta del brillante trabajo de Benjamín García-Hernández Gemelos y sosias.
La comedia de doble en Plauto, Shakespeare y Molière (Madrid, Ediciones Clásicas, 2001).
En su contribución, «Stichus, commedia di situazione» (pp. 37-53), Gianna Petrone recupera las conclusiones de su obra Morale e antimorale nelle commedie di Plauto: ricerche sullo Stichus (Palermo, Palumbo, 1977), en la que pone en duda la perspectiva tradicional según la cual esta comedia carece de trama como tal, constituyendo más bien una sucesión de escenas más o menos autónomas aglutinadas bajo el tema común de la «casa».
Petrone plantea que, además de una comedia de situación, Stichus es una comedia de relaciones en la que las crisis familiares experimentan una metamorfosis cómica.
A través de un sucinto repaso a la comedia se ofrecen interesantes claves interpretativas que vinculan las distintas partes y ayudan a comprender su estructura global.
Con su habitual acribia, Salvatore Monda analiza en «Stichus siue Neruolaria: origini, sviluppi e fortuna di una congettura» (55-65) el problema de los comentarios de Festo que en De uerborum significatione citan dos versos de Stichus atribuyéndoselos a la comedia Neruolaria, no incluida en el corpus varroniano.
Tras hacer un repaso detalladísimo y crítico de todas las propuestas realizadas hasta la fecha, Monda defiende la hipótesis que considera esta cita un error y propone un origen en la posible existencia de un corpusculum formado por un rollo que contuviera en secuencia alfabética Neruolaria y Stichus.
Aunque podrían ser otras las soluciones a este enigma, la hipótesis resulta sólida y convincente.
El análisis de tradición clásica corre en esta ocasión a cargo de Guido Arbizzoni, quien se ocupa de «Lo Stico tramandato da Martin Sanuto» (pp. 67-84).
Tras exponer las características de las vulgarizaciones ferrareses del siglo xvi, se analiza la anómala métrica del Stico vulgarizado, para abordar después brevemente el texto escénico, el argumento y los personajes, así como las correspondencias con el original plautino, presentadas en una tabla.
Alba Tontini ofrece una nueva muestra de su erudición y su dominio de la tradición manuscrita en «Il lavoro filologico degli Umanisti nello Stichus» (pp. 87-99).
A través de ejemplos de Stichus procedentes de distintos manuscritos se ilustra el trabajo llevado a cabo por los humanistas con las comedias para cuyo estudio había habido menos tiempo.
Como complemento de la contribución anterior, en «In margine ad un' indagine sul codice Vindabonense del Pontano: gli interventi nello Stichus» (pp. 101-112), Giorgia Bandini, confronta cuatro variantes presentes en el códice W (o Vindabonense) que no aparecen en S (conservado en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo del Escorial), procedentes de un mismo modelo.
Como se ve, la transversalidad de los acercamientos reunidos en torno a esta serie de estudios sobre la comedia plautina (análisis literarios y dramatúrgicos, de semántica, léxico, pragmática, tradición clásica, crítica textual...) constituye uno de los puntos fuertes del trabajo que se dinamiza desde la Universidad de Urbino y ofrece una imagen cabal de la riqueza y vitalidad de los estudios plautinos en la actualidad.
Me referiré por último a otro libro reciente, también a cargo de Renato Raffaelli, Tuttoplauto.
Un profilo dell'autore e delle commedie, que, aunque sea claramente dependiente de la serie de Lecturae Plautinae Sarsinates, se diferencia de los anteriores en planteamiento, objetivo y público.
Como señala el propio Raffaelli en el prólogo, la idea de este libro surgió de la constatación de una carencia en el panorama editorial: una obra que presentara de manera sucinta y asequible una introducción a la figura de Plauto y su obra a un lector no especializado.
Para ello, Raffaelli ha aprovechado los resúmenes de cada comedia que había venido publicando al comienzo de cada Lectura bajo el título de «A proposito di...» desde la dedicada a Mercator, completándolos con los que faltaban.
Todos estos resúmenes, que constituyen el grueso del libro («I profili delle commedie», pp. 47-145), van precedidos de una traducción del argumento acróstico (salvo en las comedias que lo han perdido: Bacchides y Vidularia) y de la indicación del lugar escénico.
Bastan entre cuatro y seis páginas para exponer detalladamente el argumento de cada obra sin escatimar en spoilers.
Los resúmenes son amenos e incluyen en la mayor parte de los casos textos latinos y dinámicas traducciones italianas; sin embargo, aunque útiles, estos textos obvian en muchas ocasiones algunas claves de lectura que podrían haber sido muy provechosas para un público general (que no es el asistente a las Lecturae para el que se concibieron originariamente).
A este respecto son ejemplares las introducciones a cargo de Rosario López Gregoris en las Comedias completas de Plauto y Terencio que reseñé en estas mismas páginas (Emerita 83/2 [2015], pp. 386-388).
Cabe destacar, en todo caso, que se prescinde en estos resúmenes de los tics del texto académico, que sí están presentes, sin embargo, en la primera parte, «Un profilo de Plauto» (pp. 9-46).
Se trata de un texto redactado por el propio Raffaelli en colaboración con Cesare Questa, que fue originariamente publicado en una Historia de Sársina Emerita LXXXV 1, 2017, pp. 169-193 ISSN 0013-6662 («Plauto di Sarsina: un profilo», en A. donati [a cura di], Storia di Sarsina, I. L'età antica, Cesena, Stilgraf, 2008, pp. 221-252) y se recupera ahora con ciertos retoques y evidentes actualizaciones.
En 35 apretadas páginas Questa y Raffaelli pasan revista a los principales aspectos de la vida y obra de Plauto, y a los problemas con los que se enfrenta el estudioso de sus comedias.
Y ello se hace de manera, en general, asequible y entretenida.
La recuperación de este texto ofrece desde luego una buena ocasión para disfrutar de nuevo del magisterio de Questa.
Sin embargo, en atención al objetivo del libro, cabría haberse hecho alguna modificación algo más drástica.
Así, se habría conseguido un resultado más didáctico, si se hubiera prescindido de los datos más técnicos o marginales, interesantes fundamentalmente para los filólogos, y se hubiera hecho más hincapié en otras cuestiones imprescindibles para la cabal comprensión del hecho cómico antiguo que, por lo general, quedan confinadas en las notas al pie y no siempre resultan suficientemente claras.
Las páginas dedicadas a los metros, por ejemplo, resultan, en su estado actual, absolutamente ininteligibles para alguien sin formación clásica. de nuevo el siempre espinoso asunto de la divulgación de nuestros contenidos, con la que deberíamos estar más familiarizados.
En el prólogo de este libro, Renato Raffaelli se despide de la dirección del Centro Internazionale di Studi Plautini, al frente del cual ha estado un buen número de años.
Este hecho, junto a los acontecimientos mencionados al comienzo de esta reseña, podría percibirse de manera pesimista como el final de una época.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad: las contribuciones de estos autores continuarán guiando el avance de los estudios plautinos (en un plazo breve se publicará póstumamente la edición de Pseudolus a cargo de Cesare Questa) y las contribuciones tanto de los investigadores consolidados como de las más jóvenes que han participado en estas últimas Lecturae certifican su subsistencia.
Estas últimas, que representan el necesario recambio generacional, asegurarán sin duda la continuidad de la excelencia de la escuela urbinate a la que tanto deben los estudios sobre la comedia de Plauto.
Universidad Autónoma de Madrid
Historia, religión y sociedad
Reguera Rodríguez, Antonio T., La medida de la tierra en la Antigüedad, León, Universidad de León, 2015, 346 pp.
La aparición de un libro dedicado a la geografía antigua, y en particular a la denominada geografía matemática, elaborado desde el ámbito académico de la geografía constituye en principio una excelente noticia, dado el carácter claramente marginal de esta clase de temas en la agenda de los geógrafos, que parecen haber primado su dedicación, con todas sus razones, hacia trabajos más estrechamente relacionados con la sociología o la cartografía espacial y digitalizada, vinculados más directamente al mundo que nos rodea.
No resulta así nada extraño que la mayoría de las obras consagradas a la geografía antigua en general o a sus más ilustres representantes procedan casi exclusivamente del campo de los estudiosos del mundo antiguo en general, tal y como puede apreciarse en la larga lista de trabajos de esta índole que han ido apareciendo desde el año 2016), el trabajo principal con los textos legados por la Antigüedad implica de lleno el ejercicio filológico con todas sus habilidades.
Aparte de las obras de Estrabón y Tolomeo, que han llegado hasta nosotros en un grado de conservación y trasmisión aceptable, hemos de vérnoslas con autores de naturaleza fragmentaria incluido el genial Eratóstenes al que solo podemos acceder a través de las supuestas citas conservadas en autores posteriores con todos los problemas de reelaboración, reducción e incomprensión que comporta dicha práctica, en un complicado ejercicio que debe reconstruir esta cadena de saberes a partir de fuentes anteriores no conservadas y en buena parte también desconocidas.
El presente libro, aparentemente bien trazado y concebido en su intención de proporcionar un panorama completo de la evolución del pensamiento geográfico acerca de esta vertiente más científica de la geografía, choca, sin embargo, con esta barrera, a veces ciertamente impenetrable de la erudición clásica y muestra inevitablemente algunas de sus fragilidades.
Quizá debido a la existencia de una cierta lejanía de las competencias de su autor, la necesaria familiaridad con los autores clásicos deja mucho que desear.
Se detectan de esta forma algunas lagunas preocupantes como la manera de citar a los autores antiguos, adjuntándoles el título de la obra (que encima no es el original) sin necesidad por tratarse de la única que existe, como es el caso de Heródoto y sus Nueve libros de la Historia (página 22 n.
4), o adjudicándoles un título que no es el que le corresponde como la Histotia de diodoro (página 115 n.
24), por no mencionar citas excesivamente generales y nada académicas como las de Platón, al que se le atribuyen unas Obras completas en lugar de mencionar el diálogo concreto (página 33 n.
2) que parecen extraídos de algunos repertorios de conjunto sin mayor valor en un trabajo de estas características.
Tampoco se corresponde con una obra de esta envergadura el uso inapropiado de determinados términos clave como ecúmene, clímata o excerpta que cambian misteriosamente de género al pasar al castellano.
Por el contrario las dos siguientes que corresponden a neutros plurales aparecen en femenino, así la clímata (página 145) y la excepta (en la 168) culminada esta última con unas excertas (sic) medievales (página 225).
No existe tampoco el rigor esperado en la transcripción de los nombres griegos con un Cleanthes (sic) (página 35) o una Sardinia (página 98) que comparte espacio más adelante con la más adecuada Cerdeña.
No parece tampoco muy adecuado en una obra de esta índole que las cuestiones de significación terminológica se diriman remitiendo a diccionarios de uso casi escolar, tanto de latín como de griego (Pabón, página 186 y Blánquez en página 176).
Más grave nos parece la utilización de algunos conceptos equivocados como que se confunda edición con traducción (página 87 n.
50) o la impresión que produce en algunos momentos de que considera los epígrafes que figuran en las traducciones como obra directa del autor original cuando se trata en realidad de simples aclaraciones divisorias del texto realizadas por los traductores y en consecuencia no se puede argumentar con ellos como hace el autor en repetidas ocasiones (páginas 143, 144, 145, 199).
A todo ello se añaden además otras deficiencias como el empleo de algunos conceptos historiográficos desfasados y más que cuestionables en la actualidad como el de 'talasocracias griegas' (página 33), o el lema de la transición del mito al logos (que solo se produjo de manera tan efectiva en el título de la obra de Wilhelm Nestle) (página 56), o la denominación de rey a Gelón en lugar de tirano (página 164).
Un capítulo aparte merece la utilización de una bibliografía escasamente actualizada recurriendo en muchas ocasiones a obras de carácter muy general que resultan del todo irrelevantes en un libro de estas características.
Señalamos así la ausencia de dos monografías fundamentales sobre Eratóstenes como las de Germaine Aujac 2001 o la de Klaus Geus 2002 o las traducciones anotadas de Tolomeo obra de Berggren 2000 o las más recientes de Eratóstenes y Estrabón a cargo de duanne Roller 2010 y 2014.
Faltan también especialistas destacados en el estudio de estos geógrafos como Biraschi, Prontera o dueck para Estrabón o el monumental comentario sobre los fragmentos de Posidonio a cargo de Eddelstein y Kidd 2004.
Se echan igualmente en falta libros fundamentales como el de Peter Fraser, Ptolemaic Alexandria 1972 o el conjunto de trabajos sobre la esfera de Aujac 1993.
En cambio encontramos citados a pie de página obras completamente desprestigiadas como la de Benjamin Farrington (citada en páginas 24 y 34), algunas ya obsoletas como la Historia de Grecia de Bengtson (página 136), la de Abel Rey (página 208) o la de Bethe (página 138) e incluso curiosidades como la obra general de Carl Sagan, Cosmos (página 145), la Historia de la Antigüedad de Paul Petit, utilizada como manual de curso en Historia antigua hace ya muchos años (página 210) o la Enciclopedia Salvat (página 310).
Se mencionan también con demasiada frecuencia como referente científico las introducciones a las traducciones utilizadas que en la mayoría de los casos no cumplen esta función dado que no estaban pensadas en esa dirección.
El libro posee también algunas erratas de escasa consistencia salvo el Comas que figura en el pie de imagen de la página 287 y todavía nos preguntamos cuál es el sentido de incluir las ilustraciones escogidas que resultan del todo irrelevantes a la materia tratada con escasísimas excepciones.
Creemos que se ha perdido una excelente oportunidad de llevar a cabo una monografía general sobre el tema, que resulta necesaria, y que esta se hubiera elaborado desde el terreno de los geógrafos.
Sin embargo los descuidos señalados, indicadores de las lógicas lagunas en la formación de un geógrafo, nos conducen a constatar un hecho lamentable pero también inevitable, el de que solo los estudiosos de la Antigüedad provistos de las habilidades y competencias específicas necesarias podrán abordar con las debidas garantías un tema como el de la geografía antigua, marginado hasta ahora, por lo que vemos con cierta razón, por el colectivo de los estudiosos de la geografía.
Universidad de Alcalá de Henares |
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Como se ha dicho el plomo apareció dividido, en sentido vertical, en tres fragmentos, posiblemente siguiendo las líneas de antiguos pliegues.
Al primer fragmento, es decir, al izquierdo puesto que la escritura es dextrorsa, le falta un trozo triangular en la parte superior derecha y otro similar de menor tamaño en la inferior; ambas esquinas izquierdas están quebradas.
El fragmento central tiene pérdidas triangulares en sus cuatro esquinas, mayo res las superiores que las inferiores.
La forma del fragmento derecho se aproxima al cuadrado.
Aunque también quebrado en sus cuatro esquinas, en particular en la inferior derecha, ha perdido proporcionalmente menos texto.
Sin embargo, y aunque todos los fragmentos conservados han sufrido consi de rablemente en su superficie y tienen partes casi o completamente ilegibles, es éste el menos legible (figs. 3 y 4).
Las dificultades de lectura explican que demos una edición diplomática seguida de comentarios críticos en los que señalamos las interpretaciones posibles.
La probabilidad de esas sugerencias varía considerablemente, como se deduce del comentario a las lecturas y del comentario general al plomo.
La lectura se basa en la autopsia detenida de Javier de Hoz en el Centro Arqueológico de Ruscino, hoy Centro Rémy Marichal, teniendo a la vista el dibujo realizado por Remy Marichal en el que Isabelle Rébé introdujo modificaciones a medida que se avanzaba en el examen (5-7/4/2006); en un excelente juego de fotografías, tanto de los fragmentos completos como de detalles, realizado por Rémy Marichal; en radiografías obtenidas en 2007, que por desgracia, al estar el texto inscrito por ambas caras con prácti camente todas las dificultades de un palimpsesto, sólo han permitido añadir un par de signos a lo captado por los procedimientos más tradicionales; en nueva lectura del
El trabajo sobre el plomo sufrió interrupciones durante 2013 y 2014 debidas a las labores de restauración y a compromisos de Javier de Hoz, tras lo cual se incorporó a la investigación María Paz de Hoz.
A1: ]AIX[ no es seguro.
La primera letra parece una alfa con travesaño partido, pero eso es anómalo, y la tercera quizá sea una lambda; en vez de ]EΔ̣ E[ podría leerse ]EΛ̣ E[.
A2: La rho de ΣΕΠΡ̣ no está del todo clara ya que la inclinación del círculo no es la esperable, pero es la letra más probable tanto paleográfica como lingüísticamente.
]+ΕΙΠΕΝ: en la radiografía no se ve nada en el lugar de +; en las fotos hay dos trazos verticales, largo el primero, corto el segundo, entre los que podría intuirse sin seguridad un trazo oblicuo.
Podrían corresponder a una Π o una N.
A4: I en KA[I]TO∆[ corresponde a una ruptura en la que sólo podría haberse perdido esa letra.
A5: AΛΛ+(+?)I: parece ser AΛΛΗΙ porque se distinguen claramente dos trazos verticales próximos entre sí, aunque el horizontal se ha perdido.
Entre eta y iota hay un espacio suficientemente amplio para un signo, pero en el que no debe de haber existido más que un corto trazo oblicuo alto; difícilmente puede corresponder a una letra.
Como en varios otros casos, debe de haber mucho espacio entre letras.
ḤΝΑΛEΞEAI: la H está en el espacio entre la rotura y la grieta, por lo que aparece deformada, pero es bastante clara.
A4-A7: en el espacio final de estas líneas hay restos seguros de escritura pero imposibles de identificar; sería posible que correspondieran a nume rales o marcas, pero no hay ningún indicio seguro.
B1: Tal vez haya restos de Η en el comienzo conservado de la línea.
A continuación hay una Ι, o una T si se ha perdido la parte superior del signo, y la mitad inferior de una línea vertical que podría ser cualquiera de las letras que contienen ese trazo.
La lectura Ε̣ ΛΕΥEIΣ̣ no ofrece dudas a pesar de estar quebrada la línea en su parte superior.
La ómikron posterior se reconoce bien aunque está rota en su parte superior, pero los restos que la rodean, aunque son sin duda la parte inferior de varias letras, no permiten restituciones.
B3: La ny que aparece tras la laguna es muy clara, aunque su tamaño es muy inferior al de las restantes letras.
Β5: ]+?I: en la radiografía sólo se advierten mordeduras en el plomo; en las fotos se ve un extremo de trazo que puede pertenecer a casi cualquier letra.
IΚΟΣTΟΙ+[: en la radiografía se superponen trazos de A y B. Parece leerse claramente IΚΟΣTΟΙA, pero en realidad la supuesta A es ΙΛ de la cara A.
+? [probablemente letras perdidas]: delante del pliegue se ve <, que difícilmente podría ser parte de Σ.
En la radiografía detrás del pliegue se aprecian restos, quizá de O, Θ o, más difícilmente, Σ.
En la fotografía se intuye un círculo.
No es imposible que se trate de deformaciones del plomo.
B6: Entre Ρ y Ι hay una hendidura que no debe ser confundida con una letra.
Paginación de la escritura
Las dos caras están escritas de tal forma que para pasar a la lectura de la segunda hay que voltear verticalmente el plomo siguiendo un procedimiento 204
La cara B parece ser la segunda escrita, puesto que bajo la línea 5 queda un espacio de dos o, tal vez, tres líneas en blanco, con la excepción de al menos tres signos al comienzo de la línea 6.
El fragmento primero parece conservar a su izquierda el corte original, lo que implica que conocemos los comienzos de línea.
Tanto en el fragmento primero como en el segundo quedan también restos de lo que parece el corte horizontal original, de forma que tenemos el comienzo de la cara A y el final de la cara B. Sin embargo, la parte inferior del plomo, en la que quedan cortadas algunas letras tanto de la última línea de A como de la primera de B, no corresponde en ningún punto a un corte original y no podemos deducir cuántas líneas se han perdido, aunque, dada la longitud del plomo y el carácter habitualmente rectangular y alargado de estos documentos, no es probable que sean más de dos o a lo sumo tres.
El número de letras perdidas en un determinado segmento es difícilmente calculable con exactitud ya que los espacios entre letras y la anchura de éstas en las partes conservadas son muy irregulares.
Tampoco podemos garantizar que los comienzos de línea conservados correspondan a un comienzo de palabra ya que, aunque en varios plomos se hace coincidir final de línea con final de palabra, no ocurre así en todos.
De hecho es muy poco probable que en el plomo figurase una de las poquísimas y en general tardías palabras griegas que comienzan por ΣΕΠ-(A2), aunque hay una hipótesis económica para admitir un comienzo de línea: que se trate del pronombre personal de segunda singular.
En A3 HΓO-nos da un buen comienzo de palabra, mientras que con HTO-, muy improbable aunque no totalmente imposible, no tendríamos otra alternativa que una forma ática con grafía simplificada de -TT-es decir ἡττο, jonio ἠσσο-.
Por otro lado, es claro que en A4 y A6 coinciden comienzo de línea y de palabra, y que lo mismo podría ocurrir en A5 y A7.
El lugar del hallazgo indica que el dialecto es jonio, lo que, como veremos, confirma algún detalle del texto.
El alfabeto lo es sin duda, ya que encontramos casos seguros de eta con valor vocálico y al menos un ejemplo de omega.
Además se utilizan los signos complementarios Χ para /khi/ (A2, B3) y Ξ para /ks/ (A5).
En cuanto a la cronología, las circunstancias del hallazgo no proporcionan ningún contexto fechable, por lo que nos vemos obligados a depender de la paleografía y de algunos rasgos ortográficos, criterios no enteramente fiables.
Daremos prioridad en la comparación a los documentos del mismo tipo, cartas sobre plomo, seguras o probables, cuyos signarios recogeremos en otra publicación en cuadros que los presentan en orden cronológico 9: 10 9 Para facilitar las referencias utilizamos, aparte de siglas conocidas como SEG, LSAG, y las citas de nuestra bibliografía, Decourt (= J. C. Decourt 2014), usado como referencia para las cartas sobre plomo.
86) porque la publicación no permite pronunciarse sobre la fecha.
La convención utilizada para la cronología es la siguiente: VI = siglo; p = primera mitad; s = segunda mitad; 1 2 3 4 = 1 er cuarto, 2o, etc.; in = comienzos (ineunte); * = fecha con confir mación arqueológica.
206 Hay que tener en cuenta que la fecha de esos documentos es a su vez muy imprecisa en la mayor parte de los casos, ya que son pocos los que proceden de un contexto arqueológico conocido (marcados con * en el cuadro), y que las apreciaciones de sus editores sólo pueden ser consideradas, en el mejor de los casos, hipótesis razonables.
Su procedencia es, además, muy variada; incluso si nos atenemos a grandes regiones, hay que distinguir al menos el Ponto, ática y el extremo Occidente, a las que habría que añadir, aunque peor representadas, Calcídica y Sicilia11.
La escritura de nuestro texto es, además, muy descuidada, como muestran muchos signos, y en particular la theta de la línea B4.
A pesar de todo ello, resulta claro ya en una primera lectura que no estamos ante un texto arcaico, lo que en escritura excluye la primera mitad del s. V. Aún así utilizaremos en la comparación LSAG 455.K, fechado en el segundo cuarto del s. V, además de las cartas sobre plomo posteriores.
La mayor parte de los signos no son significativos porque sus diferencias formales no implican variantes sino tan solo realizaciones ligeramente desiguales, debidas a la dificultad del material y a la diversa pericia de los escribas.
Insistiremos sólo en los casos en que podemos hablar de variantes definidas de un mismo signo.
Es significativo que nuestro plomo utilice la theta con trazo horizontal interior 12, lo que la diferencia de los restantes documentos comparables, en los que encontramos punto - Decourt 19,17,15,4,11,18 (no hay ejemplos en 21-o, en los del s. V, cruz -Decourt 5 y 10-.
Lo esperable sería el punto, y la variante utilizada es el rasgo más moderno del plomo, que podría apun tar al siglo III aunque no hay en él otros rasgos cronológicamente compa rables.
Por lo demás, theta y ómikron, en la medida en que están formados básicamente por un círculo, son difíciles de trazar sobre materiales duros; es habitual que, como aquí, el círculo no se cierre, aunque la theta formada por dos toscos semicírculos mal encajados resulta sorprendente.
Por el contrario, resultan arcaicos algunos ejemplos de ýpsilon de forma V (única en Decourt 11, 5 y 9, ninguno de ellos anterior al siglo V) junto a la forma clásica (cf. Decourt 17).
La ómikron tiene punto interior, lo que podría ser de interés para la datación, pero no contamos con paralelos claros.
Aparece ya en época arcaica en inscripciones cuidadas sobre materiales duros, en las que parece que se ha utilizado un compás que ha dejado marca en el centro.
Posteriormente el punto es imitado en inscripciones en las que no se justifica y parece meramente ornamental 13.
El trazado de la letra aquí es muy descuidado y se confunde con el de theta, de la que se distingue por el trazo horizontal de ésta.
Menos significativo es el último trazo de pi, más corto que el primero (cf. Decourt 21, 15, 4, 11, 5, 9 -con tendencia a la forma clásica y tardía-, Decourt 42, ocasionalmente Decourt 17), que puede encontrarse en epigrafía lapidaria incluso hasta época helenística y vuelve a ponerse de moda en época imperial.
Sin embargo, en Decourt 19, de comienzos del s. IV, sólo aparece la forma más moderna de pi.
El único ejemplo seguro de omega corresponde al tipo que podríamos llamar «con alas», común en el s. IV -Decourt 15, 4 y 11-, pero no desconocido antes -Decourt 5 y 18-.
Aparece también en Decourt 10, más ancha de lo normal y con alas cortas, en Decourt 19, alta (cf. 9), en Decourt 21 con alas pero con tendencia a una posición alta, y en Decourt 42, pequeña con variantes muy cursivas.
La chi en forma de cruz se encuentra también en Decourt 9 y 42.
En conclusión, la hipótesis más razonable es una fecha en el s. IV a.
C., más probablemente en su segunda mitad, sin que se pueda precisar más y sin que se pueda excluir totalmente el final del s. V o la primera mitad del III.
Como veremos, los rasgos lingüísticos, dialecto jonio con algunos rasgos de koiné, apoyan una cronología del s. IV.
Propuesta de edición y traducción
Como justificamos en el comentario ( § 6), proponemos la siguiente transcripción y traducción.
Aun conscientes de sus amplios márgenes de error debidos al estado del plomo y lo hipotético de algunas propuestas, creemos que el intento de reconstrucción merece la pena teniendo en cuenta los paralelos disponibles de documentos en plomo arcaicos y clásicos relativos a transacciones, que siguen ciertas pautas comunes, y los paralelos lingüísticos que ofrecen los espacios disponibles, a veces muy limitados y por tanto con un número escaso de posibilidades:
A: Herophilos? hizo saber a Neaichmos? que tú en primer lugar renunciarás (/pedirás?) ---producido (/ traído), pensando (él) mandar también 91 [---]; el dinero, si también esto (hace falta? / lo tiene él?), no lo recogerás en otro (sitio?), [ ---]; te ordena estar presente [complemento de lugar / complemento de tiempo]; él ---a aquel.
B: [NP?] te ordena apartar [tantas / otro adjetivo especificativo] prensas de vino; el cambio (pago?) que lo tenga él o bien que te lo reclame a ti (que se lo pidas tú?).
Te ordena poner como ingreso lo que constituye ---alternativamente:
[NP?] te ordena apartar [tantas / otro adjetivo especificativo] prensas de vino como pago (cambio?); que las tenga él o bien que te lo reclame a ti.
A1: Exempli gratia puede suplirse Ἠ̣ ρό[φιλος Νε]α ̣ίχ ̣ [μῳ.
En realidad sólo podemos presumir la presencia de un nombre propio que podría ser el del autor de la carta y sujeto de un verbo cuyos restos plantean problemas, y la del nombre propio del destinatario.
Si en vez de ΕΔ̣ Ε se lee ΕΛ̣ Ε (posible como ya se ha dicho) podría suplirse ἔλ ̣ε[ξεν], un verbo más adecuado a la primera línea de una carta, especialmente si en efecto las dos primeras palabras son un nombre propio en nominativo y otro en dativo en función de complemento indirecto, que naturalmente tendría que ser distinto de Νεαίχμος por razones de espacio, ya que no habría que restituir ἀπ].
Si el verbo es realmente ἀπ]έ δ ̣ε[ιξε o ἀπ]έδ ̣ε[ξε] (forma de koiné o jonia) hay un problema de sentido.
El más probable sería 'puso de manifiesto', aunque parece excesivamente solemne en esta clase de documentos.
Otra alternativa sería que el nombre personal se refiriese al receptor, tanto si iniciaba el texto (Decourt 2) como si iba precedido de ὦ, que, aunque muy difícilmente, podría haber estado en el fragmento perdido al comienzo del plomo.
En este caso sería probable una identificación del autor de la carta inmediatamente después, aunque no necesariamente a través de un nombre propio (Decourt 23).
Por tanto, aunque serían posibles los NNP mencionados en dat. y nom. respectivamente, hay otras posibilidades.
A2: dada la rareza de los comienzos en ΣΕΠ-, es más probable que se trate del ac. del pronombre de la 2a persona singular, σέ, cuya función puede ser la de sujeto de una oración de infinitivo si, como el contexto hace probable, ἀ]π ̣ειπΕν es el infinitivo de aoristo εἰπε(ῖ)ν y no la forma personal εἶπεν.
En este caso podría sorprender la grafía dada la fecha del plomo, pero tenemos testimonios bastante tardíos de /ē ̣/ así transcrita.
En cuanto a la restitución del preverbio, los diversos sentidos de ἐπειπεῖν y ὑπειπεῖν no resultan muy adecuados para un texto de estas características; un ac. o un neut. pl. de tema en -π, es decir -π(α), tampoco parece posible; la mejor solución es ἀ]πειπε(ῖ)ν, de entre cuyos diversos sentidos es difícil decidir a falta de un contexto claro.
Por su parte ἀ]νειπε(ῖ)ν no proporciona un sentido satisfactorio en su sentido de'proclamar, anunciar...' aunque sí quizá en el muy raro de 'pedir'.
ἠρ̣ [ y ]ε ̣χθεν pueden integrarse, dado el espacio disponible, como ἦρ [ἀνεν]εχθὲν, pero no se ve un sentido aceptable.
A3: La lectura del comienzo (HΓOΜ̣ +[) parece segura y, aunque la línea podría iniciarse con un artículo o un relativo femeninos en nom. sg., en el contexto es muy improbable, al igual que una lectura ἡττο-(cf. supra).
Se trata por tanto probablemente del verbo ἡγέομαι, que significa 'pensar' y también, aunque con el preverbio ἀπο-, que no parece tener aquí,'referir','afirmar','mantener' (DGE s. u. ἀφηγέομαι).
La grafía representaría /o/ larga cerrada, mientras que /e/ larga cerrada se representa en ἀποστειλ-14.
Aunque en un texto jónico se esperaría ἠγεόμ[ενος] o ἠγεύμ[ενος], dada la fecha del plomo (supra) no es imposible una contracción ática y una grafía arcaizante.
En ]+ΕḄΟ̣ [.]ϙα la presencia de qoppa ante una alpha y a finales del s. V a.
C. o posteriormente sólo puede entenderse como numeración alfabética, bien atestiguada ya en esta época.
La letra perdida ante ϙ -aunque no se pueden descartar dos letras-podría corresponder a una de las centenas, por lo tanto x91 o 91, pero difícilmente podría encontrarse tras una indi cación de millares.
Delante del numeral esperaríamos una referencia a unidades de cuenta, pero lo conservado resulta críptico.
βόα en su sentido habitual de 'bueyes' no parece adaptarse al contexto.
El término podría equivaler a σάλπη (LSJ: atestiguado en Aristóteles sobre todo),'salpa' (pescado de la familia de la dorada).
Esta equivalencia sólo aparece en Pancrat. ap. Ath.
VII 321f, pero Hesiquio dice que a este pescado (box salpa) también lo llaman βοῦν.
Sin embargo, la posibilidad de que se mencionen aquí 91 salpas, es altamente improbable por el contexto, a no ser que el numeral se refiera a una unidad de peso o medida, y el nombre del pescado a pescado desecado o pasta de pescado.
Precisamente en otro documento en plomo (Decourt 5, Lattes) se mencionan dos oktanioi de pasta de pescado, y en el óstrakon de Kerkinitis (Decourt 33) el remi-tente dice al destinatario que lleve los pescados secos a la casa.
Hipotéticamente en occidente se podría haber utilizado el término βοῦς para un tipo de moneda o para moneda en general, tal como ocurrió en el ática (DGE C II 3), aunque el tipo monetal del toro, a pesar de que existe en la zona,15 no es frecuente.
La lectura «91 unidades monetales» daría, desde luego, un sentido satis fac torio.
A4: La ny de ἀργ ̣ ύριο ̣ν está claramente escrita bajo la línea, sin duda por olvido anterior del escriba, aunque extrañamente entre la iota y la ómikron y no detrás de la ómikron.
El contexto no permite precisar la forma verbal, que podría ser una segunda persona del futuro medio sin contracción o, menos probablemente, un subjuntivo aoristo, que debido a la metátesis de cantidad en jonio tiene la desinencia -εαι < *-ηαι, o ya muy impro bablemente un subj. aor. arcaico sin alargamiento analógico.
Tampoco queda claro el sentido, aunque 'recoger' parece lo menos improbable a pesar de la voz media (cf. testimonios de este uso en voz media en DGE s. u. ἀναλέγω).
El mismo verbo (aunque en otra acepción) aparece con la partícula negativa e igual elisión en una inscripción de Teos del s. V a.
A6: Teóricamente sería posible κελεύει(ς), es decir, «encarga» (imp.), «él encarga» o «encargas», pero el contexto parece exigir una 3a pers. ind.: κελεύει σε παρεῖν[αι --]; detrás de παρεῖν[αι podría suplirse un nombre de lugar o un complemento de tiempo.
A7: Se esperaría la forma jonia κεῖνος, pero en estas fechas podría ser ya la forma ática, usada por ejemplo regularmente por Heródoto.
B1: La relación de esta línea con A7 es incierta, pero podría continuar con la indicación de órdenes que el autor transmite al destinatario de parte de un tercero.
Por ello, y aunque no se puede excluir la lectura κ]ελέυεις, nos parece más probable una lectura de tercera persona singular del verbo seguida del esperable sujeto de la oración de infinitivo: la segunda persona singular del pronombre en acusativo.
B2: ληνο[ὺς ἀπ]α ̣λλάσσεσθα [ι]. ληνός (ἡ) puede ser cualquier tipo de objeto en forma de tubo, o un hoyo o agujero.
A estas acepciones, que figuran en el LSJ (s. u.), se pueden añadir las específicas de 'tumba' y 'canalización de agua', ambas frecuentes en los testimonios epigráficos (cf. PHI ).
Sin embargo, dado el contexto del plomo, lo más probable es que se trate de algo en forma de tubo, o de cubas de vino donde se prensa la uva, acepción atestiguada en PCair.Zen.
Cf. los adjetivos ληναῖος y ἐπιλήνιος referidos a Dióniso en D. S. III 63 y en Orph., H. 50.1 respectivamente, las famosas fiestas Λήναια dedi cadas a Dióniso en Atenas, el μέλος ἐπιλήνιον (canción de pisa) en Callix.
V 199a), o los ὕμνοι ἐπιλήνιοι en Anacreont.
Aunque atestiguado en testimonios tardíos, fundamentalmente cristianos, es muy frecuente el término ληνοβάτης 'el que pisa la uva en el lagar', cf. LSJ s. u.
ἀπαλλάσσεσθαι 'apartar', parece referirse a una orden para que el receptor de la carta no incluya en la transacción una mercancía, en concreto ληνο[ύς, o para que se las reserve con un objetivo preciso.
Las diversas posibilidades de segmentación de ΑΛΛΑΓΟΝ parecen quedar reducidas a una: el hápax ἄλλαγον.
Una segmentación ἄλλα ΓΟΝ o ἀλλὰ ΓΟΝ queda descartada porque la grafía γõν por jonio γῶν (ático γοῦν) es improbable en este texto; además la combinación ἀλλὰ γοῦν es tardía y muy poco apropiada al estilo de este tipo de documentos.
La presencia de hápax en estos plomos no es rara. ἄλλαγον posiblemente sea un substantivo de la misma raíz que el verbo ἀλλάσσω que se encuentra justo antes, cf. ἀλλαγή y ταγός / τάσσω.
El sentido de la línea sería «que apartes / selecciones [tantas] cubas de vino; el cambio / pago ---».
La oración, formada por infinitivos en quiasmo (ἔχεν [αὐτὸ]ν ἤε σωυτὸν α[ἰ]τιήσεαι), continúa dependiendo del verbo de orden de B1; como hemos visto y veremos en B4, en el plomo hay diversas referencias a esa tercera persona que parece ejercer cierta autoridad sobre los interlocutores de la carta.
ἔχεν: infinitivo del verbo ἔχω con uso de la grafía para representar la vocal larga procedente de una contracción (cf. ἀ]πειπEν en A 2).
La forma σωυτόν (= σεαυτόν), que no tiene paralelos, puede ser un error por la forma jonia σεωυτόν, analógica de σεωυτοῦ (< *σέο αὐτοῦ) (M. Lejeune 1972, § 347), pero también una contracción irregular (cf. át. σαυ τόν) posible en una palabra gramatical (ἐμωυτόν parece atestiguarse en A. D., Pron.
El pronombre cumple aquí seguramente la función de complemento directo del verbo siguiente.
α[ἰ]τιήσεαι: 2a pers. sg. de futuro medio de la forma jonia αἰτίημαι.
La forma sin contracción final es la esperable en jonio.
B4: es quizá la secuencia más clara del plomo; la mencionada tercera persona ordena que se ingrese «lo que...», que quedaría definido en la línea si guiente.
ἔσο[δον] posiblemente con la forma jonia εσ-(.
El término εἴσοδος, además de otras acepciones, tiene en epigrafía la de 'ingresos'.
Aparte de las referencias en DGE s. u.
II 7, cf. los frecuentes testimonios en Delos en los ss.
La forma jonia se encuentra con el mismo significado en Tera (IG XII 3.
Para βάλλεσθαι con el sentido de'pagar / dar dinero' cf. DGE s. u. βάλλω II 1.
3, con referencias de papiros aunque todas d.
C. Cf. ἐπιβάλλω en el sentido de imponer un dinero como multa en Woodhead 1997, 56, l.
B5: una posible lectura para parte de esta línea sería ποι[εῖ κατὰ τὸ ε]ἰκός: ποι[εῖ en sentido matemático de 'constituir una cantidad' o 'producir'.
Para la expresión κατὰ τὸ εἰκός referida a la necesidad de que el arconte basileus deposite el dinero de una multa, cf. la inscripción ya citada Wood head 1997, 56, l.
Las últimas letras parecen ir seguidas de un amplio espacio en blanco.
Quizá correspondan a un dat. sg. de un tema en dental, participio de perfecto o no. El espacio podría deberse al deseo del escriba de dejar netamente aislado el final del texto en la línea siguiente, de forma que sería posible ὅ τι, introduciendo el complemento de ποι[εῖ.
Es más probable, sin embargo, que ese aparente espacio en blanco estuviera escrito.
B6: la línea se reduce a tres letras a las que posiblemente seguían otras, como máximo seis, quedando la casi totalidad en blanco.
Si el final de la línea anterior está en blanco podría tratarse de una indicación sobre el contenido del documento, nombre propio o común, como tenemos ejemplificado en varios plomos.
Si tras el plegado del plomo esta parte de la cara B quedaba al exterior, podría tratarse de una palabra breve o abreviatura bien definida por un pequeño espacio en blanco.
No hay paralelos en esta clase de textos para una firma.
Si por el contrario πρι[ depende del contenido de la línea anterior, ὅ τι πρὶ[ν ἔλεγε] (ἔλεξε / εἶπον) nos parece la lectura más probable a juzgar por el número de letras posibles y el contexto tanto sintáctico como semántico: «lo que dijo antes».
La identidad jonia del alfabeto ya ha sido comentada (supra, p.
Los rasgos lingüísticos confirman que se trata de un texto jonio: jonico-áticos son los casos de /a:/ transformada en /e:/ (ἄλληι), mientras que más específicamente jonios serían ese mismo paso tras /i/ (α[ἰ]τιήσεαι B3), y σωυτόν (B3), ἔσο [δον] (B4) y ἀπ]έδε[ξε] si fuese la lectura correcta y no ἀπ]έδε[ιξε (A1).
Puesto que se trata claramente de un texto jonio, lo transcribimos como psilótico.
La fonética que refleja la ortografía no contradice la fecha probable según la paleografía, sobre todo contando con un cierto conservadurismo del jonio masaliota y ampuritano, aunque tampoco es del todo coherente puesto que, como hemos visto, hay posibles rasgos de koiné.
Llama la atención, aunque dada la escasez de datos podría ser pura coincidencia, que las vocales largas cerradas resultado de contracción (ἀ]πειπε(ῖ)ν, ἔχε(ι)ν, ἡγο(ύ)μ[ενος]) se representen, de acuerdo con una ortografía conservadora, con la breve correspondiente, mientras que las que son resultado de alargamiento com pen satorio lo hagan con la grafía normal postarcaica para la larga cerrada (ἀ]ποστεῖλ[αι], παρεῖνα[ι]) 17; el acusativo [α]ὐτο(ύ)ς (A7) es poco probable y es preferible la lectura [α]ὐτός 18.
17 Aceptamos que se trata de un alargamiento compensatorio, es decir una forma atemática *es-nai, como confirman otras formas dialectales (ἔμμεναι, ἔμμεν).
Hay autores que prefieren pensar en una forma temática *ehenai < *esenai.
La postura adecuada en un manual es dejar la alternativa abierta, como hace Sihler (1995, p.
18 La diferencia de notación condicionada no sería extraña teniendo en cuenta que en algunos dialectos hay indicios de distinta articulación de las largas procedentes de contracción y las procedentes de alargamiento.
El vocabulario, como es frecuente en este tipo de textos, presenta algunas particularidades. ἄλλαγον (B2) es un hápax; βάλλεσθαι (B4) con el sentido de'pagar/dar dinero' sólo está atestiguado en época avanzada (cf. supra), aunque la razón posiblemente se deba a la ausencia de ciertos tipos de textos hasta tarde y no a una cuestión de cronología lingüística.
Tenemos atestiguado un numeral milesio (A3), lo que es normal en la época del plomo y nos lleva a plantearnos la posibilidad de la presencia de otros numerales en las letras legibles pero no interpretables, teniendo en cuenta, además, que en esta clase de textos son frecuentes las indicaciones numéricas.
Como en el caso de otros textos similares es difícil, por no decir imposible, valorar en términos generales e históricos la lengua de un documento perteneciente a un registro que nos es prácticamente desconocido y que evolucionaba, sin duda, más rápidamente de lo que nos permiten ver los textos literarios.
Ni en el comienzo ni en el final del texto quedan restos que puedan relacionarse con los formularios de la correspondencia (Decourt 2014) o los contratos.
Tan sólo cabe pensar que las letras incompletamente visibles al principio, ḤPO[, corresponden a un nombre de persona (cf. comentario).
Siguiendo el modelo de otras cartas, esperaríamos que el nombre fuera seguido de un saludo como χαίρειν (Decourt 21, 22) o χαίρειν καὶ ὑγιαίνειν (Decourt 4?, 18?), o de una expresión como ἐπιστέλλει (Decourt 15, 17, 23) «envía (una carta), da instrucciones», en el espacio perdido de 3 cm largos que venía a continuación.
Otra posibilidad, quizá más acorde con los pocos restos conservados, es la que ofrecemos en el comentario (cf. supra).
La identificación del texto como carta es muy probable debido a la al parecer reiterada mención de instrucciones (A6, B1, B4) y a la frecuente presencia del pronombre de 2a pers. sg. (A2, 6, B3, 4?).
En cualquier caso, parece que estamos ante un documento de carácter económico, como en general en las tablillas de plomo no religiosas, por la mención de ἀργύριον (A4), ya que cualquiera de sus sentidos,'moneda' o 'plata' 19, de los que el primero es el más probable sin que la falta de contexto permita precisar, apun-ta en esa dirección.
Otros términos compatibles o que apuntan a un documento comercial son ληνο[ύς (Β2), ἔσο[δον] en relación con βάλλεσθαι, si la primera palabra está correctamente suplida (Β4), y quizá ἄλλαγον (cf. supra).
También es normal en los documentos eco nómicos la presencia de numerales.
La referencia a una transacción es muy probable en ]ΠΟΣΤΕΙΛ[ (Α3), [ἀ]ποστεῖλ[αι] o [ὑ]ποστεῖλ[αι], una forma de infinitivo aoristo de ἀποστέλλω,'enviar', o, menos probablemente en este caso, ὑποστέλλω, verbo con un preverbio cuyos muchos sentidos implican siempre la idea de reducir o limitar.
Encontramos ἀποστέλλω en Decourt 35 (Nikonion, óstrakon) con referencia a alguien que debe ser enviado; Decourt 29 (Olbia póntica; carta en óstrakon) con referencia a un caballo, y en Decourt 2 (Olbia gala; carta en óstrakon) anunciando el envío de una carta.
Cf. las cartas en plomo Decourt 21 (Torone) y 39 (Panticapeion).
El plomo de Ruscino en el contexto regional Como hemos visto, el texto parece ser una carta o en todo caso un mensaje con instrucciones, y se refiere sin duda a una o varias transacciones mer cantiles.
Los paralelos que se pueden citar para un documento de estas características son abundantes, tanto en el contexto griego más próximo, es decir occidental, como en el conjunto del mundo griego.
En occidente tenemos una probable carta de Agde perdida y de la que no existe una lectura fiable (Decourt 4)20, la carta marsellesa de Megistês a Leukón para que suelte amarras (Decourt 3), la probable carta fragmentaria de Rhode (Decourt 13) y las cartas de Ampurias (Decourt 9, 10 y 11), dos de ellas seguras, la tercera probable.
Hay que citar además, aunque no sean cartas, el doble texto de Lattes (Decourt 5) con una anotación y un texto enigmático, en parte comercial, en parte invocación, y el conocido plomo de Pech Maho (Decourt 8), recordatorio de una transacción realizada.
No son muchos testimonios en términos absolutos pero sí lo son teniendo en cuenta la rareza de la conservación de láminas de plomo antiguas, excepto en las condiciones particulares de las defixiones.
Parece pues que el uso de láminas de plomo para cartas y documentos comerciales era corriente entre los griegos de Occidente de origen foceo, como al parecer también lo era entre los del Mar Negro 21.
Era una conclusión a la que podíamos llegar incluso antes de la aparición de la mayor parte de los documentos con que ahora contamos, ya que la epigrafía ibérica, no sólo en alfabeto griego sino también en escritura paleo his páni ca22, nos ofrece un rico conjunto de plomos que, a pesar de que su lengua sea incomprensible, derivan claramente del uso foceo a juzgar por sus rasgos formales, por la frecuencia de numerales y nombres propios, y por la estructura de algunos de ellos, que indica su carácter de cartas.
Henry, A. 1991: «A lead letter from Torone», Αρχ.Εφ., pp. 65-70. de Hoz, J. 1979: «Escritura e influencia clásica en los pueblos prerromanos de la Península», AEA 52, pp. 227-250. de Hoz, J. 1989: «La epigrafía focea vista desde el extremo occidente», Actas del VII Congreso español de estudios clásicos (Madrid, 20-24 de abril de 1987) III, Madrid, pp. 179-187. de Hoz, J. 1999: «Metales inscritos en el mundo griego y periférico y los bronces celtibéricos», en Villar, F. y Beltrán, F. (eds.), Pueblos, lenguas y culturas en la Hispania prerromana.
P. 2014: Inscripciones griegas de España y Portugal, Madrid.
Jordan, D. R. y Traill, J. (eds.) 2003: Lettered Attica. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. * La idea sobre el origen «correlativo» de la palabra latina talio es fruto de las clases de Lenguaje Jurídico Romano que hemos impartido durante más de tres lustros en la Facultad de Derecho de la UAM, en coordinación con el área de Derecho Romano, a cuyos profesores, en particular a E. Varela Mateos y A. Fernández de Buján, siempre estaremos agradecidos.
El presente trabajo lo hemos realizado en el marco del proyecto de investigación Semántica latino-románica (Referencia: FFI2012-34826), subvencionado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
Una primera versión fue expuesta en la Tavola Rotonda Temi di lingua e di diritto romano a confronto dentro del 17th International Colloquium on Latin Linguistics,
La ley romana del talión y su base correlativa: antigüedad e innovación*
La ley del talión suele entenderse como un «ojo por ojo».
Sin embargo, la norma romana dista de ser tan concreta y estricta como la del texto bíblico.
Sin excluir la opción de membrum pro membro, la interpretación de los testimonios latinos se inclina por penas equiparables y no iguales, materialmente, al daño causado.
El análisis lingüístico de talio, derivado del indefinido talis, y de la estructura correlativa (quale scelus, talis poe na) en que surge, conduce a ver en ese sustantivo femenino de acción un neologismo de referencia proporcional que favoreció la evolución hacia penas sustitutorias menos cruentas.
Para comprender el espíritu de la ley del talión, es necesario tener
In order to understand the spirit of the ¿Será talio uno de esos notables arcaísmos del texto legal?
Por las interpretaciones que refieren la palabra a la costumbre bárbara y cruel de despedazar partes del cuerpo humano como compensación de las dañadas por otro, así lo parece.
Sin embargo, convendrá analizar junto con su contenido el origen de la expresión, por ver si esa interpretación se corresponde tal cual con el concepto fundamental.
La ley del talión, establecida a mediados del siglo V a.
C. en las XII Tablas, es una ley arcaica, al menos desde el punto de vista cronológico.
Su denominación ha tenido tal éxito que talión se llama ordinariamente a otras normas análogas, pero bastante más explícitas en la indicación de compen saciones miembro por miembro.
Se trata de normas elementales y a la vez detallistas que prescriben castigos materialmente iguales al daño causado, como las que aparecen en diferentes formulaciones del Antiguo Testamento:
en cuenta su letra y esta consiste, ante todo, en el indefinido talis como correlativo de qualis referido al delito.
Palabras clave: talio; etimología; correlación; proporcionalidad; delito; pena.
Pero si se hubiera seguido su muerte, dará vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal.
En efecto, el «ojo por ojo» bíblico se ha llamado tradicionalmente ley del talión y esta aplicación, sin la menor salvedad, del nombre talión a la norma hebraica no ha beneficiado en absoluto la interpretación de la norma jurídica romana.
Ahora bien, ¿era el talión exactamente un ojo por ojo, un miembro por miembro?
Tal como está formulada la ley, no dejaba de serlo en una época en que las prácticas cruentas seguían en vigor.
Pero en las XII Tablas no solo hay constancia de penas sustitutorias, menos crueles y más civilizadas, como la compensación económica, sino que, si nos atenemos al origen de la palabra, entenderemos que talio se limita a proponer penas equiparables al daño inferido.
La ley en cuestión, fijada en la tabla VIII, ha sido transmitida entre otros por el lexicógrafo Pompeyo Festo en un fragmento que le merece un breve comentario:
Afirma Verrio que en la Ley de las XII tablas (VIII 2) se hace mención del talión de este modo: «Si le rompiera un miembro y no hay pacto con él, se aplicará el talión».
Y no indica qué puede designar; creo que porque es conocido, pues la ley permite un castigo equiparable.
Roto un miembro, prevalece el acuerdo entre las partes, en el que sin duda se incluyen penas sustitutorias.
Y si el acuerdo no ha lugar, se aplicará el talión.
¿Se deduce de ahí que este consistía necesariamente en romper otro miembro al culpable?
No lo creemos, pues en la referencia de esta palabra también caben penas sustitutorias no detalladas.
Observemos que Festo lamenta que su antecesor Verrio Flaco no explique qué quiere decir la palabra talio.
Y entiende que si no lo hace es porque era bien conocida, pues la ley permite la equiparación (permittit... parem) del castigo.
Si el talión romano consistiera en una pena materialmente igual al daño causado, Festo no se habría preguntado id quid significet.
En cambio, su cuestión cobra sentido si está pensando en la referencia genérica que permite conmutar el tipo de pena, con tal que esta sea equiparable y proporcionada.
De hecho, en el fragmento cuarto de la misma tabla se fija una cuantía de veinticinco ases por faltas y agresiones menores:
Si llega a cometer una falta, serán veinticinco ases de pena.
El riesgo que tiene la pena pecuniaria es que si se fija una cuantía y no se actualiza con arreglo a la devaluación de la moneda, la falta o delito puede salir prácticamente gratis, de manera que la infracción de la norma se presta al ridículo.
Tal es el caso del insolente Lucio Veranio que en tiempos de Aulo Gelio (20.1.13) se permitía escarnecer a hombres libres, para que a continuación su esclavo les entregara la compensación prescrita de veinticinco ases.
Bastante más costosa resultaba la rotura de un brazo.
Y en el fragmento tercero, transmitido por el jurista Paulo, además de la norma anterior, se recoge otra sobre daños físicos en que se impone también una pena pecuniaria:
Si con la mano o con un bastón ha fracturado un hueso a un hombre libre, sufre la pena de 300 sestercios, si a un esclavo, de 150.
Evidentemente, la compensación de membrum pro membro no daba lugar al abuso descrito por Gelio.
La fractura de un miembro se castigaba con igual lesión desde la disposición 197 del código de Hammurabi («si un hombre ha fracturado el hueso de otro hombre, fracturarán su hueso»); asimismo en el Antiguo Testamento, como podrá verse en el texto del citado en el capítulo final (24).
El establecimiento de la sanción económica en época decenviral no es óbice para que también pudiera aplicarse el riguroso membrum pro membro, como parece desprenderse del siguiente fragmento de las Origines de Catón transmitido por Prisciano, en el que se dice expresamente que la fractura de un hueso, lo mismo que la rotura de un miembro, se castigaba con el talión ejecutado por el pariente más cercano:
Si alguien ha roto un miembro o fracturado un hueso, el pariente más próxi mo aplica la venganza del talión.
Aunque, según pensaba Mommsen, Catón haría referencia al derecho de una ciudad latina, esa delegación de la venganza sería usual también en Roma 1.
Por otra parte, la discrepancia de esta norma con respecto a la distinción entre la rotura de un miembro y la fractura de un hueso, hecha en los fragmentos segundo y tercero de la tabla octava (supra 3 y 5), no ha dejado de crear dificultades interpretativas a la crítica2.
Ahora bien, de nuevo la contradicción es solo aparente, pues se toma talio en el sentido estricto de membrum pro membro, limitación que por su propio origen no tenía la palabra, según proponemos aquí.
Al contrario, la sola introducción de talio representa una novedosa apertura referencial, gracias a la fuerza correlativa que aporta la base del indefinido talis.
un vocabulario técnico como el jurídico, poco abierto en principio a recibir elementos ajenos.
Y es que tanto los argumentos morfológicos como los semánticos y sintácticos abogan por el origen interno5.
En lo atinente a la formación sufijal, lo que dice Leumann a propósito de sustantivos verbales abstractos en -iōn-formados sobre adje tivos en -i-(communio, consortio) tiene pleno sentido para el tratado aquí: «tālio «Vergeltung mit Gleichem» (tālis, Korrelat zu quālis); danach dupl-io XII tab.»6.
Acierta Leumann al señalar la correlación con qualis; pero por ello mismo ¿acaso es talio exactamente una compensación «mit Gleichem» y, como acepta De Vaan, «with the same»?
Ahí ambos fuerzan el contenido de la base talis7.
La identidad de delito y pena era una cuestión debatida ya en la antigüedad.
Aulo Gelio le dedica un amplio comentario en el último libro de las Noctes Atticae.
Por boca del filósofo Favorino se plantea si, además de la crueldad del castigo, es posible una ejecución justa del talión (executio iustae talionis) por la dificultad de lograr, rompiendo miembros corporales, una compensación pareja (rumpendi pariter membri aequilibrium) en las mismas condiciones de intencionalidad y sin cometer excesos que den lugar a una cadena recíproca de taliones (reciprocatio talionum).
Su interlocutor, el jurisconsulto Sexto Cecilio, al contrario, reclama un juicio menos riguroso de leyes antiguas que han perdido vigencia y que han variado según las circunstancias políticas e históricas (14-22).
Este mismo más adelante (33-38) admite la disparidad del talión (quoniam talioni par non sit talio) y la dificultad de conseguir que sea una respuesta exacta (talionem parissimam); pero alaba su capacidad disuasoria, la posibi-lidad de evitarlo mediante un pacto y finalmente el sometimiento al veredicto de un juez que puede acabar imponiendo una sanción pecuniaria:
Pues si el reo que no había querido llegar a un pacto, no se atenía al talión ordenado por el juez, una vez estimado el perjuicio, el juez lo condenaba a pagar una suma de dinero.
Y así, si al reo le había parecido el pacto penoso y el talión cruel, el rigor de la ley venía a parar en una multa pecuniaria.
Por lo que hemos visto ya en la breve explicación de Festo (3), la palabra que mejor define la esencia del talión es el adjetivo par, pues la ley permite un castigo equiparable (parem uindictam).
Sin embargo, Aulo Gelio insiste, tanto en la intervención del filósofo como en la del jurisconsulto, en que tal pena no era par, pariter, y mucho menos parissima respecto del daño infe rido:
Pues a quien otro le ha roto un miembro, si quisiera rompérselo él aplicando el talión del mismo modo, pregunto: ¿acaso podría lograr el equilibrio de romper el miembro en medida pareja? (9)... quoniam talioni par non sit talio...
Es verdad, querido Favorino, que es muy difícil conseguir un talión absolutamente equitativo.
Gelio, en su defensa del talión, trata de destacar que esta norma no suponía la reproducción exacta de la ofensa o lesión inferida; lo que le lleva a negar por tres veces, como acabamos de ver, la «paridad» entre ambas.
Ello parece contradecir la definición anterior de Festo (3), basada preci samente en el adjetivo par.
Tal contradicción, más aparente que real, resulta de la relajación conceptual que permiten ciertos sinónimos.
En efecto, par puede definirse como aequus, aequalis o aequabilis, según hace Cicerón:
Par: lo que es igualable para todos.
No es extraño, pues, como observan Ernout -Meillet, que par vaya unido a menudo también a aequus, similis o idem 8.
Ahora bien, en nuestra opinión, par difiere de aequus y aequalis como similis se diferencia de idem.
Y de acuerdo con esta distinción, la dificultad de aplicar el talión reside en reproducir un castigo que sea exactamente igual (aequus, aequalis) o idén tico (idem) al daño causado; pero puede ser perfectamente equiparable (par) o similar (similis).
Y esa es condición suficiente para ser equitativo y justo 9.
En el siguiente texto de Quintiliano se ponen de manifiesto, en nuestra opinión, las dos condiciones primordiales del talión: su equiparación e indeterminación.
Se confirma, en efecto, la idea de que par ('equiparable, equitativo') es el adjetivo más adecuado para definir el talión.
Pero además la expresión et talia que deja abierta una serie sinonímica, como si fuera un et cetera, revela el valor indefinido de la base de talio, de manera que la referencia de este sustantivo, siendo en todo caso equiparable, no es en principio determinada (11) Iustum omne continetur natura uel constitutione; natura, quod fit secundum cuiusque rei dignitatem.
Todo lo justo se clasifica en natural o convencional; es natural lo que se hace según la dignidad de cada cosa.
De este tipo son la piedad, la buena fe, la 8 DELL 2001, s. u. par.
9 La laxitud en la aplicación de los conceptos de igualdad y semejanza en la distinción de los sinónimos, definidos por los rétores y gramáticos romanos como uerba idem significantia (Quint., Inst.
IX 3.45-46), ha metido a los estudiosos modernos en una polémica aporía.
Por creer que la expresión latina quiere decir «palabras que significan lo mismo», hay quienes han terminado concluyendo que los sinónimos no existen y solo hay parasinónimos.
En realidad, la definición de Quintiliano solo quiere decir «palabras que designan lo mismo», esto es, palabras que en contexto pueden tener la misma referencia, como los cuatro verbos que sirven de ejemplo a la definición anterior: abiit, excessit, erupit, euasit («se ha ido, se ha marchado, ha salido, ha escapado»).
Los cuatro, referidos a la huida de Catilina, designan el mismo hecho, pero tienen, evidentemente, distintos significados, significados que no pasan de ser semejantes y, por tanto, sinónimos 1997, pp. 15-16; 2012, pp. 59-63). continencia y otras tales.
Añaden también lo que puede ser equiparable.
Pero esto no se ha de considerar precipitadamente; pues tanto la violencia contra la violencia como el talión no tienen nada de injusto contra el que actuó primero; y puesto que las acciones son equiparables, no por ello es también justa la que precedió.
He ahí, pues, cómo las cosas equiparables (pares) son tales (talia) y cómo el talión es 'tal' en cuanto que es equiparable a la acción agresora que lo precedió; pero, a diferencia de esta, no deja de ser una acción equitativa y, en cuanto que se consideraba justa, se estableció como norma.
Nueve siglos después de la fijación de las XII Tablas, el poeta Draconcio, en su condición de jurisconsulto, insiste en esa equiparación entre pena y delito:
Si una sentencia equi tativa condena a quienes tienen una culpa comparable.
Pues bien, ese ideal de equidad en la imposición de la pena había sido preconizado, según venimos sosteniendo, desde la ley del talión por la propia expresión talio y el valor correlativo de su base etimológica talis.
La base correlativa de la talio
Por talión suele entenderse una norma cruenta y arcaica, cuya práctica se remonta sin duda mucho más allá de la época decenviral.
En esa primera fase, según ocurre también en otros derechos primitivos, debía de exigirse con mayor rigor el membrum pro membro como castigo del malhechor.
Aun sin excluir este, la introducción en las XII Tablas del sustantivo abstracto talio, -onis, formado sobre el adjetivo tālis, supuso consagrar el cambio de la pena violenta, como réplica exacta del daño recibido, por otra equiparable.
Eso es lo que permite entender la definición asidua de tālio por el adjetivo par, según hemos visto en el capítulo anterior, y es la conclusión a la que cabe llegar desde la base del indefinido talis como correlativo de qualis.
El talión como reacción es talis y lo es como respuesta a una acción agresora que es qualis.
Es la cualidad de esta la que determina la paridad de aquella, como si dijéramos cual es el delito tal será el castigo.
Por ello, el talión no solo es una norma arcaica que admite castigos sustitutorios del membrum pro membro, sino que su nombre surge de una estructura lingüística antigua que se establece entre una forma de base relativa (qualis) y otra correlativa (talis), según se ve en el ejemplo siguiente en el que Cicerón expresa cierto pensamiento platónico:
I 9.12).... que, cuales fueran los ciudadanos principales en el estado, tales solían ser los demás.
Esta estructura bimembre, heredada del indoeuropeo y bien conservada en los lenguajes técnicos, como el jurídico y el administrativo, se manifiesta en formulaciones pronominales y conjuntivas diversas, a menudo con sentido proverbial10: ( 14) qui... is: Cui prodest scelus, is fecit (Sen., Med.
El que sale beneficiado cometió el delito.
Si tomo por modelo a unas cobardes, entonces tú pagarás el coste del error.
Cometida una falta o producido un delito, surge la pregunta: qualis poena?
Sin concretar el castigo, no hay respuesta más adecuada que la corre lativa: quale scelus talis poena.
Ese es el orden sintáctico antiguo: primero el relativo de cualidad y a continuación el correlativo.
La disposición en que el elemento relativo (qualis) precede al correlativo (talis) no dejó de invertirse en el curso histórico de la lengua latina, sobre todo en los niveles expresivos próximos a la lengua oral: talis poena quale scelus.
Este nuevo orden se consolidará en las lenguas románicas, según vemos en los textos siguientes y sus traducciones:
Ni un siervo mío ha hecho jamás una acción tal cual la tuya por mí.
Espero con vehemencia tu carta y sin duda tal cual la deseo en gran manera.
No obstante, en romance se mantiene sin dificultad el orden antiguo, si se elimina el elemento relativo en beneficio de la repetición del correlativo, como marcador único:
A tal delito tal castigo.
De tal padre tal hijo; de tal palo tal astilla.
Se trata del orden lógico de sucesión por el que el delito antecede la pena impuesta o el padre precede como modelo al hijo, etc. Y dentro de ese orden el relativo o cualquiera de sus variantes (qualis, si...) introduce el antecedente y el correlativo (talis, tum...) el consiguiente:
Si precediesen los delitos, seguirían las penas.
Es asimismo el orden que corresponde a la estructura informativa del tema como soporte conocido y del rema como aporte novedoso11.
El delito, pues, da la medida de la pena en el plano judicial, como si ambos se equi libraran en la balanza de la justicia: el primero indicado por qualis y el segundo propuesto como talis.
Esta imagen del emblema de la justicia puede dar una fiel idea de la variación referencial de talio como pena equiparable al delito.
El sustantivo talio, pues, lleva en sí desde su origen la fuerza estructural de la correlación bimembre que hemos explicitado de forma ideal en quale scelus, talis poena («cual el daño, tal la pena»).
Es más, nada de particular tendría que el adjetivo talis, asociado a un sustantivo como damnatio (talis damnatio «tal la condena»), tomara de él el sufijo de acción para crear el nuevo sustantivo talio.
Si volvemos a la formulación decenviral (Si membrum rup it... talio esto), observamos que lleva en sí el cruce de dos estructuras correlativas: la de si... (tum) y la de (qualis)... talis.
Dada la recurrencia de la prótasis condicional en el estilo legal, parece obvio que haya ocurrido así.
Por lo demás, la segunda partícula de la correlación con dicional si... tum... (si... entonces...) contiene el mismo radical que talis, de manera que su sustitución es obvia.
Cabe añadir que las correlaciones cualitativas son normales en la lengua jurídica, de forma explícita en esta sentencia sobre el objeto en litigio:
Cual es, cuando se reclama, tal debe darse.
Y de forma implícita puede verse en la siguiente consideración de Tertuliano sobre la calidad de los juzgados y la sentencia que merecen de quien los condena.
No es casualidad que en el lugar en que podía aparecer el correlativo tales, que no deja de tener origen deíctico12 antes que fórico, aparezca el verbo demonstrat:
Cuáles somos, (tales) lo demuestra el propio que condena.
Comenzamos nuestra exposición señalando el detalle de miembro por miembro en el talión que se prescribe en el Éxodo bíblico (2) y antes de concluirla aducimos un texto del Levítico, en el que se pone de manifiesto su estructura correlativa:
Al que haya inferido un golpe a cualquiera de sus conciudadanos se le hará como él ha hecho: pagará fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; será obligado a recibir una lesión tal cual la que ha infligido.
Si se compara el texto latino con el griego de Septuaginta y con el hebreo, se comprueba que en estos hay correlación adverbial, mientras en el latino es adjetiva.
En cambio, en un texto análogo del código de Hammurabi no hay correlación 13.
Los dos adjetivos del texto latino (qualem... talem) determinan el mismo sustantivo maculam, que representa el efecto producido por el golpe o lesión.
Por tanto, se está todavía en la fase primitiva del talión, en que la pena es la misma que el daño causado.
En cambio, el sustantivo talio, como innovación de las XII Tablas, abre la puerta a penas distintas que sean equiparables.
Por más que la palabra talio no aparezca, detrás de la correlación latina qualem... talem se adivina el pensamiento romano de Jerónimo y la conciencia etimológica que tiene del sustantivo 14.
Los juristas romanos eran conscientes de que el rigor extremo engendra mayores agravios (summum ius summa iniuria).
Desde la primera gran fuente jurídica se observa la tendencia a huir de la crueldad extrema sin llegar a la benignidad evangélica.
El agredido no tiene por qué pagar en la misma moneda al agresor, sacándole ojo por ojo, diente por diente, ni tampoco ofrecerle la otra mejilla, para que repita la agresión (Vulg.,.
Hay soluciones más civilizadas como la que promueve la auténtica ley romana del talión que frente a la igualdad en la reacción viene a imponer, gracias a una certera creación léxica, el criterio de equidad, el de una pena equiparable y proporcional al daño inferido.
13 He aquí, a este propósito, los datos que nos ha suministrado nuestro colega Rafael Jiménez Zamudio, incluidas la observación y las traducciones: «Lev.
24.19-20 καὶ ἐάν τις δῷ μῶμον τῷ πλησίον, ὡς ἐποίησεν αὐτῷ, ὡσαύτως ἀντι ποιη θήσεται αὐτῷ· (Rahlfs 1979). «y si alguien hace un reproche a un conciudadano, tal como a él hizo, de igual modo se le hará».
Es curioso que no se hable de «lesión» sino de «reproche, censura» que es lo que significa μῶμος.
De hecho Jerónimo lo traduce por maculam.
Posiblemente el griego haya querido emplear una palabra que conserva una clara homofonía con el hebreo mum cuyo significado cubre los valores de «censura» y «lesión».
La transliteración del texto hebreo es: weish ki-yitten mum ba ̔mito ka ̓aser ̔asah ken ye ̔aseh lo (Elliger y Rudolph 1966/77).
«Y si un hombre produce una lesión a su conciudadano, como ha hecho, así se hará con él».
Las disposiciones 196 y 197 del código de Hammurabi (Hammurapi), escrito en paleobabilonio, dicen (Borger 1979): 196) shumma awīlum īn mār awīlim uhtappid īnshu uhappadū «Si un hombre ha reventado el ojo del hijo de otro hombre, reventarán su ojo» 197) shumma esemti awīlim ishtebir esemtashu ishebbirū «Si un hombre ha fracturado el hueso de otro hombre, fracturarán su hueso».
14 Es de notar que la formulación similar del ojo por ojo en Deut.
19.21 va precedida también del indefinido talis referido al delito (ut... nequaquam talia audeant facere: «para que... en vano se atrevan a cometer tales acciones»).
Confirmado el origen correlativo del término jurídico talio, cabe decir de él que, aunque surgió en una época arcaica, desde el punto de vista jurídico y lingüístico es realmente innovador.
Pese a su base adjetiva, es un sustantivo de acción como lo es damnatio en la designación de la condena.
Y en lo ati nente a su contenido jurídico, supone franquear la barrera del membrum pro membro relativizando la naturaleza de la pena respecto del delito, pero sin perder su equiparación y sin romper el equilibrio que exigía la justa compensación.
La imagen de la balanza (lat. libra bilanx), en cuyos platillos (lat. lances) se coloca el delito como quālis y la pena como tālis, en busca del deseado aequilibrium, parece haber estado muy presente en tal corre lación.
La base indefinida talis transmite a su derivado talio la función fórica característica de un correlativo.
Su referencia, necesariamente elástica, permite no solo variar la pena, siempre que sea equiparable al delito, sino incluso aplicar la palabra a la compensación por un beneficio, según el elocuente testimonio de Isidoro de Sevilla:
El talión es la semejanza de castigo, por la que alguien sufre un daño tal como el que ha causado.
Esto está establecido, en efecto, por naturaleza y por ley, para imponer un castigo semejante al que ha producido una lesión.
De ahí también viene lo de la ley: «ojo por ojo, diente por diente».
Pero el talión se establece no solo para devolver una ofensa, sino también para recompensar un beneficio.
Es, pues, expresión común del agravio y de la buena acción.
El Hispalense, al final de la Antigüedad, mantiene viva la conciencia etimológica de talio, puesto que lo explica por medio de taliter en corre lación con el ut comparativo; en consecuencia, no habla de castigo igual, sino semejante (similitudo, similis).
A continuación cae en la contradicción de insertar el ojo por ojo bíblico, con lo que casi arruina su argumento.
Pero supera con creces su error dejando constancia del doble vuelo de talio, como compensación negativa por un agravio o positiva por un beneficio.
Todo ello viene a confirmar la presencia de la base indefinida de talis en el sustantivo.
No puede quedar, pues, más claro que talio representa la superación de la igualdad radical de la pena respecto del delito, mediante su paridad y equiparación.
Proporcionalidad o desproporción de las penas han sido siempre tema de debate, un debate que se renueva cada vez que se plantea la reforma de un código penal.
Conocido y visto el delito, la cuestión es qualis poena?
Y la respuesta obvia: quale scelus, talis poena.
La creación técnica de talio, como derivado de talis, tuvo la virtud de establecer el principio de propor cio nalidad, con independencia de la concreción de la pena.
Esa es su gran novedad: situar la pena como entidad equiparable en el orden teórico y abstracto de un sistema correlativo.
Y así, desde su base indefinida la talio ofrecía un marco conceptual y referencial abierto que permitía evolucionar, de la pena rigurosamente igual al daño inferido, a una pena sustitutoria más civilizada, sin renunciar a la equiparación con el delito.
Por su datación antigua, talio podrá considerarse un vocablo arcaico entre los muchos que contienen los fragmentos de las XII Tablas; a ello no ha dejado de contribuir su identificación posterior con el ojo por ojo.
Como norma arcaica, se le ha endosado el sentido estricto de membrum pro membro, característico del texto bíblico.
Puede decirse que en principio la justicia, al menos en el ámbito privado, se administraba en especie (brazo por brazo, ojo por ojo), como se comerciaba en especie (una vaca por cinco ovejas, pongamos por caso).
El prototipo de especie mercantil en el mundo romano fueron los animales domésticos, el ganado: lat. pecu.
Tal es el sen tido etimológico del derivado pecunia antes de convertirse en dinero contante y sonante y de emplearse como sustituto pecuniario en la transac ción comercial y también en el arreglo judicial 15.
Ahora bien, mientras pecunia no dejó de llevar consigo el referente del comercio pecuario, talio superó desde el propio nombre, por su origen gramatical e indefinido, la barrera concreta del membrum pro membro para situarse en el nivel abstracto en que tenían cabida penas equiparables.
Así pues, el análisis lingüístico permite reconocer en talio, mejor que un arcaísmo, un antiguo neologismo de concepto genérico y referencia amplia que vino a representar un gran avance en la humanización de la norma consuetudinaria del ojo por ojo.
Para comprender el espíritu innovador de la ley del talión, histó- |
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De esta manera Aristóteles diferencia con claridad entre el ejemplo, que, igual que la inducción o ἐπαγωγή, demuestra a partir de los casos concretos y par ticulares, y el entimema, que, del mismo modo que el silogismo de la dia léctica o συλλογισμός, demuestra de manera deductiva a partir de premisas de validez comúnmente aceptada (Rh.
La relación entre el ejemplo y el entimema, establecida así en el libro I de la Retórica, se complica, sin embargo, en el libro II cuando Aristóteles presenta el ejemplo como una de las fuentes de las que puede derivar el entimema.
En concreto, en el libro I Aristóteles explica que el entimema se puede desarrollar a partir de dos fuentes: lo probable (εἰκός) y el signo (σημεῖον) (Rh.
En cambio, en el libro II afirma que «los entimemas se enuncian a partir de cuatro (lugares) y tales cuatro son la probabilidad, el ejemplo, la prueba concluyente y el signo» (τὰ ἐνθυμήματα λέγεται ἐκ τεττάρων, τὰ δὲ τέτταρα ταῦτ' ἐστίν, εἰκὸς παράδειγμα τεκμήριον σημεῖον, Rh.
No obstante, esas dos afirmaciones, en las que se mencionan dos o cuatro fuentes para los enti memas, no son contradictorias entre sí, porque, como se ha explicado, los tekmēria o 'pruebas concluyentes' son un tipo de sēmeîa y los ejemplos son «un modo concreto de hacer verosímil una probabilidad», pues los ejemplos permiten llegar a la generalidad a través de un procedimiento inductivo y «esa generalidad a la que se llega no es más que una probabilidad (εἰκότα) establecida no como ἔνδοξα, sino como un principio general sugerido y hecho verosímil por uno o más ejemplos» 3.
En definitiva, el ejemplo puede ser ambas cosas, esto es, un tipo de razonamiento equiparable a la inducción y también una fuente de entimemas, en el sentido de que proporciona la premisa mayor en la que éstos se basan o verifica la validez de ésta 4.
De hecho, esta doble función puede explicarse por el doble valor que el término παράδειγμα tiene en la Retórica y que se per-2 Para la Retórica de Aristóteles sigo la edición de Ross 1959 (reimpr.
4 La inducción en el Órganon presenta una doble función similar a la que tiene el ejemplo dentro de la Retórica.
El caso concreto que presenta el estagirita es el de Dionisio, del que se dice que pide una guardia porque pretende la tiranía.
Para dar consistencia y, sobre todo, credibilidad a esa afirmación, se mencionan los casos parti culares de Pisístrato, Teágenes y otros, que antes que Dionisio pidieron una guardia con esas intenciones.
A la luz de esos hechos del pasado, la afir mación sobre Dionisio se torna creíble, aunque éste todavía no ha manifestado explícitamente sus intenciones.
En este pasaje Aristóteles utiliza el término παράδειγμα para referirse a dos cosas diferentes: de un lado, a todo el proceso de inferencia que parte de unos casos particulares para demostrar otro caso particular (Rh.
1357b30) (en este sentido el término παράδειγμα se refiere al tipo de razonamiento equiparado a la inducción y relacionado en pie de igualdad con el enti mema), y, de otro lado, a cada uno de esos casos particulares concretos que se aducen para probar el razonamiento (Rh.
1357b34) (aquí el παράδειγμα es una fuente del entimema y, por tanto, está subordinado a éste).
Dada esa doble acepción del término, la crítica ha tendido a diferenciar entre ambos significados manteniendo el término parádeigma para designar el conjunto del proceso de inferencia y recurriendo al vocablo illustrans para designar al caso concreto con el que se demuestra un illustrandum5.
Pero al explicar cómo funciona el ejemplo -lo que Aristóteles hace, como se acaba de ver, a través del caso de Dionisio-, se suscita, además, otra cuestión relevante.
Efectivamente, Aristóteles afirma antes de exponer el caso de Dionisio que en el παράδειγμα se parte de un caso concreto para llegar a otro caso concreto, es decir, en el ejemplo se da una relación de la parte con la parte (Rh.
Esto, sin embargo, entra en contradicción con la definición de la inducción, en la que se parte de casos concretos para llegar a lo universal (Top.
Esta diferencia entre παράδειγμα e inducción o ἐπαγωγή, dos razonamientos que Aristóteles ha presentado como equivalentes, es puesta de manifiesto en los Analíticos Primeros por el propio filósofo, quien explica, además, que la inducción demuestra a partir de todos los casos concretos y el ejemplo sólo a partir de algunos (APr.
Así pues, el hecho de ir de la parte a la parte, limi tándose, además, sólo a algunos casos concretos y no a todos, es un rasgo específico del ejemplo, que lo diferencia de la inducción 7.
No obstante, al presentar el caso de Dionisio, Aristóteles concluye el pasaje recurriendo a la siguiente afirmación general: «Por consiguiente, todos estos casos quedan bajo la misma proposición universal de que quien pretende la tiranía, pide una guardia» (πάντα δὲ ταῦτα ὑπὸ τὸ αὐτὸ καθόλου, ὅτι ὁ ἐπιβουλεύων τυραννίδι φυλακὴν αἰτεῖ, Rh.
Que Aris tóteles finalice con una proposición universal su explicación sobre el funcionamiento del παράδειγμα sugiere que éste utiliza lo particular conocido para establecer lo universal y después aplica lo universal a la nueva situación particular o illustrandum.
Es decir, el παράδειγμα va, efecti va mente, de lo particular a lo particular, pero lo hace pasando por lo universal, aunque sea sin explicitarlo.
Así, el παράδειγμα, entendido como proceso de inferencia, implica una argumentación doble, pues supone una primera parte inductiva, en la que a partir de casos concretos (illustrantia) se llega a una proposición universal, y una segunda parte entimemática, que parte de esa proposición universal establecida como premisa mayor hasta llegar a la demostración del nuevo caso concreto (illustrandum).
Explicado detalladamente el proceso comienza con una inducción, cuyo esquema general es el siguiente: 1) A es B; 2) A es C; 3) Entonces, B es C. Aplicado este esquema al caso de Dionisio, el razonamiento es como sigue: 1) Pisístrato, Teágenes y otros piden una guardia.
2) Pisístrato, Teágenes y otros pretenden la tiranía.
3) Entonces, quienes piden una guardia pretenden la tiranía.
En esta primera parte del razonamiento, inductiva, se extrae, por tanto, una proposición general, que se acepta como probable sobre la base de los ejem plos concretos aportados.
Posteriormente, esa proposición se utiliza como premisa mayor de un razonamiento entimemático, cuyo esquema es el de ello se encuentra en el prolegomenon al Sobre los estados de la causa de Hermógenes de Tarso atribuido a Eustacio (prolegomenon 15 de Rabe), que dice lo siguiente: ἡ δὲ ἐπαγωγὴ τοῦ παραδείγματος διαφέρει, ᾗ τὸ μὲν παράδειγμα ἐκ τῶν μερικῶν τὰ μερικὰ πιστοῦται, ἡ δὲ ἐπαγωγὴ ἐκ τῶν μερικῶν τά καθόλου (Rabe 1995(Rabe [1931 1 ], p.
7 Sobre la inducción en Aristóteles, véase, entre otros, Fritz 1964. siguiente: 1) A es B; 2) C es A; 3) Entonces, C es B. Aplicado al caso de Dionisio, el razonamiento es el siguiente:
1) Quienes piden una guardia pretenden la tiranía.
2) Dionisio pide una guardia.
3) Entonces, Dionisio pretende la tiranía.
El παράδειγμα, por tanto, al ir de lo particular a lo particular implica la sucesión de una inducción (que va de lo particular a lo universal) y de una deducción (que lleva de lo universal a lo particular).
Estas cuestiones han sido discutidas ya en numerosas ocasiones8.
Menos atención se ha prestado, sin embargo, a la relación que existe en la Retórica entre el ejemplo o παράδειγμα y el concepto de semejanza (τὸ ὅμοιον) 9.
La idea de semejanza es fundamental en la obra aristotélica en su conjunto 10, pues «la observación de lo semejante» (ἡ τοῦ ὁμοίου σκέψις, Top.
105a26) 11 es una de las cuatro principales maneras de crear razonamientos (cf. Top.
Pero, además, τὸ ὅμοιον es central en la teoría poé tica de Aristóteles, pues no en vano ésta gira en torno al concepto de μίμησις y a la capacidad del autor para imitar, es decir, para crear algo semejante (Po.
En la Retórica el concepto de la semejanza es desde el primer momento fundamental para diferenciar entre ejemplo y entimema, pues, como Aristóteles explica, el ejemplo demuestra «a base de muchos casos semejantes» (ἐπὶ πολλῶν καὶ ὁμοίων, Rh.
1356b14), mientras que el entimema utiliza unas premisas para obtener «algo diferente de ellas» (ἕτερόν τι, Rh.
La relación de lo semejante con el παράδειγμα o ejemplo se remarca aún más cuando Aristóteles precisa que el παράδειγμα establece una relación no «de la parte con el todo, ni del todo con la parte, ni del todo con el todo, sino de la parte con la parte y de lo semejante con lo semejante» (οὔτε ὡς μέρος πρὸς ὅλον οὔθ' ὡς ὅλον πρὸς μέρος οὔθ' ὡς ὅλον πρὸς ὅλον, ἀλλ' ὡς μέρος πρὸς μέρος, ὅμοιον πρὸς ὅμοιον, Rh.
Efectivamente, en el ejemplo se establece una relación de semejanza entre dos (o más) proposiciones, de la cuales una es más conocida que la otra, de manera que la más conocida (illustrans) confiere credibilidad a la más novedosa (illus trandum) (Rh.
Que exista, por tanto, una relación de semejanza es esencial para que se pueda dar el παράδειγμα.
Esta relación de semejanza, que está en la base misma del παράδειγμα, es probablemente la causa de la peculiar clasificación que ofrece Aristóteles de los tipos de ejemplos.
La Retórica a Alejandro, manual retórico con temporáneo a la obra aristotélica13, considera que el contenido del παράδειγμα es siempre histórico, pudiendo estar formado por hechos acaecidos en el pasado o en el presente (Rh.Al.
Aristóteles, en cambio, en su Retórica clasifica los ejemplos en función de su contenido, lo que le permite distinguir entre ejemplos que parten de hechos acaecidos (sean lejanos o recientes) y ejemplos inventados o ficticios, entre los que incluye la parábola (παραβολή) y la fábula (λόγος) (Rh.
Aristóteles considera los ejemplos reales más útiles, pero los inventados tienen una ventaja, y es que en ocasiones, cuando es difícil encontrar hechos reales similares al que se pretende demostrar, es fácil crearlos (Rh.
De hecho, para crear parábolas y fábulas lo único que se necesita es, según dice el propio Aristóteles, «que uno sea capaz de ver la semejanza» (ἄν τις δύνηται τὸ ὅμοιον ὁρᾶν, Rh.
Curiosamente en Poética 1459a7-8 el estagirita también dice que «metaforizar bien es ver bien lo semejante» (τὸ γὰρ εὖ μεταφέρειν τὸ τὸ ὅμοιον θεωρεῖν ἐστιν) 17, de manera que se puede colegir que para Aristóteles crear parábolas y fábulas es equiparable a metaforizar bien.
Efectivamente, el concepto de semejanza hay que ponerlo necesariamente en relación con el de metáfora (Top.
En efecto, la metáfora hace de alguna manera cognoscible lo significado gracias a la semejanza [pues todos los que metaforizan lo hacen de acuerdo con alguna semejanza].
Y la metáfora es definida en Poética 1457b6-7 como «el traslado de un nombre de una cosa al de otra cosa» (μεταφορὰ δέ ἐστιν ὀνόματος ἀλλοτρίου ἐπιφορά).
Este traslado puede ser de cuatro tipos: del género a la especie, de la especie al género, de la especie a otra especie y por analogía (Po.
Se obtienen así cuatro tipos de metáforas, aunque en el libro III de la Retórica, en el que Aristóteles se ocupa de las figuras del estilo y vuelve a prestar plantea hechos completamente ficticios, situados en ocasiones en un mundo irreal.
42, la parábola es «an analogy whose illustrantia are drawn from the real everyday world» y se diferencia del ejemplo histórico, primero, en que describe las actividades de tipos de personas y no de individuos específicos, y, además, en que puede ser hipotética.
Aristóteles añade, además, en la Retórica que la metáfora se basa en una relación de semejanza no evidente, lo que iguala la comprensión de una metáfora con la práctica de la filosofía, que también se basa en la capacidad de percibir semejanzas (Rh.
Las metáforas, como ya se ha dicho antes, hay que obtenerlas de cosas apropiadas, pero no evidentes, igual que en la filosofía es propio del sagaz establecer la semejanza (de dos cosas), aunque sean muchas las diferencias.
Pues bien, la comparación o símil, denominada en griego comúnmente εἰκών 23, es incluida por Aristóteles dentro de la metáfora (ἔστιν δὲ καὶ ἡ εἰκὼν μεταφορά· διαφερει γὰρ μικρόν, «La imagen es también una metáfora, pues se distingue poco de ella», Rh.
1406b20), ya que, como ésta, establece un vínculo de semejanza entre dos términos (Rh.
En concreto, aunque la relación entre ambos conceptos es en cierta medida confusa 24, la diferencia entre el símil y la metáfora (entendida ésta como la metáfora basada en la analogía) está fundamentalmente en hacer explícita o no la conexión gramatical entre los dos elementos comparados (Rh.
Así, «se lanzó como un león» (ὡς δὲ λέων ἐπόρουσεν) es un símil, mientras que «se lanzó león» (λέων ἐπόρουσε) es una metáfora.
Por eso probablemente Aristóteles se refiere al símil como «metáforas con falta de una palabra» (μεταφοραὶ λόγου δεόμεναι, Rh.
1407a14-15) o como «una metáfora que sólo se diferencia por un añadido puesto delante» (μεταφορὰ διαφέρουσα προθέσει, Rh.
1410b18), unas explicaciones que han generado una gran controversia respecto a su interpretación exacta 26.
Ahora bien, el símil, que se denominó, como ya se ha dicho, prefe rentemente εἰκών, recibió también otras designaciones en Grecia.
En concreto, a partir de Platón, el símil empezó a ser designado también como παραβολή o ὁμοίωσις 27.
Por tanto, el término παραβολή, con el que Aristóteles se refiere a un tipo específico de παράδειγμα ficticio, era utilizado en la época para designar la comparación.
Sobre el símil como elemento retórico, cf. McCall 1969.
215, resulta confuso que Aristóteles considere el símil como un tipo de metáfora cuando al mismo tiempo entiende la metáfora como un recurso basado en la percepción de similitudes.
De hecho, la relación entre símil y metáfora no se percibe de la misma manera en todos los tratados.
Así, por ejemplo, mientras para Aristóteles el símil es una forma alargada de metáfora (Rh.
25 Esta distinción entre εἰκών y παραβολή permite a Aristóteles diferenciar en la Retórica entre dos tipos de comparación, pues εἰκών designa la comparación como recurso estético y es un tipo de metáfora 28, mientras que παραβολή hace referencia a un recurso argumentativo y para Aristóteles es un tipo de παράδειγμα 29.
Ahora bien, queda sin explicar por qué Aristóteles considera la παραβολή, comparación argumentativa, como un tipo de ejemplo, entendido éste como el equivalente retórico de la inducción dialéctica 30.
¿Implica la comparación también una inducción retórica?
Por supuesto, el símil o comparación implica, igual que el παράδειγμα, una relación de semejanza entre dos comparata.
Sin embargo, muchos autores han restringido el término παράδειγμα a aquellos casos en los que el contenido es histórico y han hablado de símil en aquellos otros en los que el contenido no es histórico 31.
El propio Quintiliano recoge esta situación (Inst.
190, la comparación es un medio para des cribir lo conocido, pero, además, «may also be used... to apprehend the unknown by li ke ning it to something known or familiar», lo que recuerda la definición que da Aristóteles del πα ράδειγμα, en el que se dan dos proposiciones, una más conocida que otra (Rh.
30 En los tratados de retórica griegos tardíos, y más claramente en la tradición latina, el ejemplo es concebido también como un recurso ornamental.
31 Apsines, por ejemplo, en su manual de retórica recoge la diferencia entre comparación y ejemplo de la siguiente manera: Παραβολὴ παραδείγματος τούτῳ διαφέρει, ὅτι ἡ μὲν παραβολὴ ἀπ' ἀψύχων ἢ ζῴων ἀλόγων λαμβάνεται... τὰ δὲ παραδείγματα ἐκ γεγονότων ἤδη λαμβάνεται προσώπων (6.1 Dilts -Kennedy = Spengel 1853, pp. 398-399).
En consonancia con esta extendida visión, Lausberg 1966 (reimpr.
356, explica en su manual de retórica que en sentido estricto se habla de exemplum cuando el contenido procede de la ficción poética y la historia, «de suerte que a la similitudo en sentido estricto le quedan solamente los dominios de la naturaleza y de la vida humana en general (no fijada his tóricamente)».
Pero lo cierto es que, como pone de manifiesto Klein 1992, p.
El tercer género de medios, que desde fuera cabe aducir a la causa, es el que los griegos llaman parádeigma -ejemplo-, de cuya denominación se sirvieron tanto en sentido general para toda yuxtaposición de cosas similares como en particular para aquellas semejanzas, que se apoyan en el autorizado testimonio de los hechos históricos.
Nuestros autores latinos han preferido por lo común la denominación de semejanza (similitudo) para lo que los griegos llamaban propiamente parabolé, y la de exemplum para esto segundo -'parádeigma'-, aunque también 'exemplum' es algo semejante y lo seme jante es un exemplum.
Frente a esos autores que restringen el παράδειγμα a los ejemplos de contenido histórico, Aristóteles opta en la Retórica por una concepción amplia del παράδειγμα, en el que, junto al ejemplo histórico (τὸ λέγειν πράγματα προγεγενημένα), incluye la parábola y la fábula.
Al hacerlo así, el estagirita enfatiza el hecho de que todas esas formas comparten el rasgo esencial de fundamentarse en una relación de semejanza.
Sucede, sin embargo, que Aristóteles ha creado un sistema donde la retórica es antistrofa de la dialéctica y donde el ejemplo es el equivalente retórico de la inducción.
La metáfora, en cambio, se fundamenta en la analogía 33.
Y analogía e inducción, aunque se basan en la percepción de una semejanza, no son exactamente la misma cosa 34.
Una diferencia que Aristóteles parece encontrar entre la analogía y la inducción deriva de la existencia de dos maneras de captar las semejanzas.
Efectivamente, en Tópicos 108a7-18 Aristóteles distingue entre la semejanza establecida entre cosas de distinto género (τὴν δὲ ὁμοιότητα σκεπτέον ἐπί τε τῶν ἐν ἑτέροις γένεσιν) y la que se advierte entre cosas del mismo género (τὰ ἐν τῷ αὐτῷ γένει ὄντα).
Los ejemplos que proporciona de cada uno de estos casos apuntan a la analogía y la inducción respectivamente.
Así, un ejemplo de semejanza entre cosas de distinto género sería: «como el conocimiento es a lo cognoscible, así la sensación es a lo sensible» (οἷον ὡς ἐπιστήμη πρὸς ἐπιστητόν, οὕτως αἴσθησις πρὸς αἰσθητόν, Top.
108a9-10), donde se percibe con claridad la fórmula A: B = C: D propia de la analogía.
El segundo modo de percibir la semejanza consiste en buscarla entre cosas del mismo género, por ejemplo, dice Aristóteles, en el hombre, el caballo y el perro.
Este modo de proceder, en el que se busca lo común a partir de los casos particulares del mismo género, apunta a un procedimiento inductivo 35.
De hecho, en la explicación del παράδειγμα Aristóteles dice que, «cuando se dan dos (proposiciones) del mismo género, pero una es más conocida que la otra, entonces hay un ejemplo» (ὅταν ἄμφω μὲν ᾖ ὑπὸ τὸ αὐτὸ γένος, γνωριμώτερον δὲ θάτερον ᾖ θατέρου, παράδειγμά ἐστιν, Rh.
Así pues, parece que se percibe la semejanza dentro del mismo género a través de la inducción, mientras que la semejanza entre cosas de distinto género se establece mediante la analogía.
No obstante, la analogía, basada en la semejanza entre elementos de distinto género, implica la existencia de un elemento común entre éstos que los vincula en último término genéri camente, como se ha señalado en numerosas ocasiones 36.
Otra diferencia entre la analogía y la inducción la expone Aristóteles en Tópicos 156b14-18: τοῦτο δ' ἐστὶν ὅμοιον ἐπαγωγῇ, οὐ μὴν ταὐτόν γε· ἐκεῖ μὲν γὰρ ἀπὸ τῶν καθ' ἕκαστα τὸ καθόλου λαμβάνεται, ἐπὶ δὲ τῶν ὁμοίων οὐκ ἔστι τὸ λαμβα νόμενον τὸ καθόλου, ὑφ' ὃ πάντα τὰ ὅμοιά ἐστιν.
36, considera que la copa y el escudo pertenecen al mismo género, pues ambas se pueden subsumir en una categoría mayor.
Lo explica con mayor claridad Calboli Montefusco 2004, p.
Esto es semejante a una comprobación, pero no idéntico: pues en aquélla se capta lo universal a partir de los singulares, mientras que, en el caso de los semejantes, lo que se capta no es lo universal bajo lo que están todos los semejantes.
Es decir, en la analogía la semejanza percibida no conduce al establecimiento de una proposición universal, en tanto que en la inducción, que se basa en un rasgo común entre elementos del mismo género, la apreciación del rasgo semejante lleva a establecer una proposición de validez universal.
Esta diferencia deriva probablemente en gran medida del número de elementos con los que ambos razonamientos operan.
Esto es, la inducción demuestra, en teoría al menos, a partir de todos los casos concretos.
Puesto que todos esos casos concretos pertenecen al mismo género, lo que se percibe como común a todos ellos podrá ser establecido de manera general como un rasgo del género.
Ahora bien, la analogía, que establece un vínculo entre un número limitado de elementos de distinto género, permite hacer una afirmación que se aplica sólo a esos elementos en los que se ha percibido la semejanza, pero no puede extrapolarse a otros elementos de forma automática, salvo que previamente se advierta que comparten el mismo rasgo de semejanza.
Ahora bien, el ejemplo, aunque es presentado como una inducción, no demuestra a partir de todos los casos concretos, sino sólo a partir de algunos de ellos (recuérdese que éste es un rasgo que, según advierte Aristóteles en APr.
Por lo tanto, la proposición extraída del ejemplo no tiene el mismo grado de validez que la que se extrae de la inducción.
Dada esta diferenciación entre inducción y analogía, la pregunta que surge nuevamente es por qué Aristóteles incluye la parábola y la fábula dentro del παράδειγμα.
¿Implican también una inducción retórica al igual que el ejemplo histórico?
¿No implican, más bien, una relación entre elementos de distinto género y, por tanto, una analogía?37.
Para responder conviene prestar atención a los casos concretos que Aristóteles expone para ilustrar esos tipos de παραδείγματα (Rh.
El ejemplo histórico que proporciona Aristóteles en el libro II de la Retórica al explicar los diferentes tipos de ejemplos que existen (Rh.
1393a30-1393b4) tiene una estructura que concuerda plenamente con la que se ha señalado como propia del παράδειγμα, pues no en vano tanto al explicar el ejemplo en la Retórica (Rh.
68b38-69a19) 38 Aristóteles pone como modelo siempre un ejemplo histórico, lo que evidencia que también para él éste es el principal tipo de παράδειγμα 39.
El razonamiento en este caso, por tanto, tiene una primera parte inductiva, en la que a partir de los casos de Darío y Jerjes, que pasaron a Grecia tras hacerse con Egipto, se llega a una afirmación de carácter universal:
1) Darío y Jerjes toman Egipto.
2) Dario y Jerjes pasan después a Grecia.
3) Entonces, quienes toman Egipto pasan después a Grecia.
A este razonamiento le sigue la parte deductiva, con la que se demuestra el illustrandum:
1) Quienes toman Egipto pasan después a Grecia.
2) El Rey (Artajerjes) quiere tomar Egipto.
3) Entonces, cuando consiga tomar Egipto, el Rey (Artajerjes) pasará a Grecia.
Y este razonamiento justifica la argumentación de que hay que impedir que el Rey tome Egipto, para evitar un posterior ataque a Grecia.
Las parábolas, en cambio, son explicadas por Aristóteles de la siguiente manera (Rh.
En este caso, aunque los elementos que se comparan no pertenecen claramente al mismo género, también se puede reducir la parábola al esquema anterior.
Así, se puede establecer una primera parte inductiva: 1) Atletas y marineros realizan una actividad que requiere preparación.
2) Atletas y marineros son elegidos por su capacidad para realizar la actividad que les corresponde.
3) Entonces, quienes realizan una actividad que requiere preparación son elegidos en función de su capacidad para llevarla a cabo.
Y esta primera parte inductiva se puede aplicar posteriormente al illustrandum de la siguiente manera: 1) Quienes realizan una actividad que requiere preparación son elegidos en función de su capacidad para llevarla a cabo.
2) Los magistrados realizan una actividad que requiere conocimientos.
3) Entonces, los magistrados han de ser elegidos en función de su capacidad para el cargo.
Ahora bien, lo cierto es que tanto en el ejemplo histórico como en la parábola el razonamiento en dos pasos es posible únicamente porque existen, al menos, dos illustrantia, que permiten extraer una proposición universal, que luego se aplica al illustrandum.
De hecho, si los illustrantia se redujesen en cualquiera de esos ejemplos a uno solo, ese razonamiento en dos pasos no sería posible.
Por eso probablemente Aristóteles explica en la Retórica que, cuando el ejemplo sigue a un entimema y funciona como testimonio, con uno solo es suficiente (Rh.
Dichos como epílogo actúan como testigo y el testigo es siempre convincente.
Por esta razón, al que los coloca delante le es luego preciso hablar mucho, mientras que al que los pone como epílogo le basta con un solo ejemplo, ya que un testigo honesto, incluso uno solo, es útil.
De esta afirmación se puede colegir que, cuando del ejemplo depende la argumentación posterior, lo recomendable es proporcionar más de uno, como hace Aristóteles generalmente.
De hecho, del número de casos que se aporten dependerá en gran medida el grado de fiabilidad.
Esto se percibe bien en el caso de la fábula o λόγος, de la que Aristóteles curiosamente proporciona dos ejemplos, aunque con un único illustrans cada uno, en lugar de un ejemplo con dos illustrantia, como hace en el caso del ejemplo histórico y la parábola.
Las fábulas son la de Estesícoro sobre Fálaris y la de Esopo sobre el demagogo (Rh.
Esta última cuenta la historia de una zorra llena de garrapatas, que rechaza la ayuda de un erizo para quitárselas, explicando que esas garrapatas ya están ahítas, pero, si el erizo se las quita, acudirán otras que estarán sedientas.
Esta situación se aplica a la defensa de un demagogo, ya enriquecido, en Samos, que, en caso de ser ajusticiado, dejará espacio a otros, todavía sin enriquecer.
El razonamiento implicado en esta fábula, por tanto, se puede reducir a la fórmula A: B = C: D propia de la analogía, que se concreta en este caso como zorra: garrapatas = Samos: demagogo 40.
En este caso, como sólo hay un illustrans, no es posible un razonamiento inductivo-deductivo, pero, puesto que, como ya se ha dicho antes, entre los términos que se comparan en una relación analógica existe una semejanza que los vincula en cierto modo de manera genérica, sí que se puede establecer 40 Sobre el razonamiento implicado en este pasaje, cf. Calboli Montefusco 2000, pp. 39-42.
La misma estructura A: B = C: D se percibe en la otra fábula aportada por Aristóteles, la de Estesícoro sobre Fálaris, que se materializa de la siguiente manera: caballo: hombre = habitantes de Hímera: Fálaris. una proposición universal.
Así, la zorra y el pueblo de Samos se pueden incluir dentro de la categoría común de quienes son víctimas de una relación parásita que consideran preferible mantener41.
Y sobre esa base de vinculación genérica, se puede construir un razonamiento inductivo que lleva al establecimiento de una proposición universal, lo que explica que la fábula pueda verse también como un tipo de παράδειγμα: 1) La zorra y Samos tienen parásitos 2) La zorra y Samos prefieren aguantar a los parásitos, para no recibir otros nuevos.
3) Entonces, quienes tienen parásitos prefieren aguantarlos para no recibir otros nuevos.
Concluyendo, la metáfora y la imagen o εἰκών son recursos estilísticos con una función meramente descriptiva y ornamental y se fundamentan en una relación de semejanza que no lleva a ninguna proposición ulterior.
El ejemplo histórico, la parábola y la fábula, por su parte, también se basan en una relación de semejanza, pero son recursos argumentativos y en su caso cabe la posibilidad de extraer inductivamente una proposición de validez más amplia, lo que justifica que para Aristóteles puedan ser considerados tipos de παράδειγμα.
La diferencia entre inducción y analogía parece clara en el ámbito dialéctico y teórico, pero en el ámbito retórico y práctico se colapsa, funda mentalmente por dos razones.
En primer lugar, porque, en la medida en que el παράδειγμα opera a partir de un número limitado de illustrantia, sin necesidad de ser exhaustivo (APr.
69a17-19) y, además, yendo de la parte a la parte, se acerca a la analogía, como más de un autor ha puesto de manifiesto42.
En segundo lugar, porque, en la medida en que toda relación de semejanza implica siempre una cierta vinculación genérica entre sus miem bros, se puede decir que la analogía, a pesar de relacionar elementos de distinto género, se acerca a la inducción retórica y a la posibilidad de generar premisas |
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Palabras clave: bendición; agradecimiento; saludo; fórmula conversacional; pragmati cali zación;
Las fórmulas di te ament! y di tibi dent quae uelis! pertenecen a un nutrido grupo de expresiones de carácter religioso que, como resultado de su uso mecanizado, llegaron a desarrollar funciones discursivas diferentes a la esperable de su semántica.
Ejemplos de este fenómeno son la fórmula ita me di ament!, que intensifica la fuerza ilocutiva asertiva (Amph.
597: Sos.... neque, ita me di ament, credebam primo mihimet Sosiae)1, o, en enun ciados enfocados hacia el destinatario, el sintagma si te di ament, que aparece como refuerzo en avisos o recomendaciones irónicas, que pueden esconder una amenaza (Mil.
En estas fórmulas, cuyo sentido propio las vincula en origen con las creencias de los hablantes2, el ritual propiamente religioso (de bendecir, maldecir, invocar a la deidad, etc.) ha sido sustituido, a través de un proceso de pragma ticalización3, por un valor comunicativo muy fijado (saludar, aseverar, ame nazar...) que permite interpretarlas como fórmulas con versa cionales4.
Claridge y Arnovick (2010, pp. 179-182), dan cuenta de los mecanismos que están detrás de esta evolución: las fórmulas sufren una desemantización (parcial) y cierta fijación formal, a la par que cambian de categoría grama tical y empiezan a operar sobre otro ámbito del texto (todo el enun ciado, un segmento del discurso, etc.).
Lo más destacable es que la pragma ticalización genera una nueva función y un nuevo significado, derivados no tanto del contenido como del contexto de uso y las intenciones del hablante.
Entre las fórmulas de origen religioso más comunes se puede mencionar las bendiciones y las maldiciones, como tibi di faciant bene! (p. ej. Mil.
En este trabajo, nos ocuparemos de las primeras, que suelen asumir más de una función pragmática y discursiva5.
Cabe destacar en primer lugar los casos con predominio del significado léxico, es decir, las bendiciones entendidas propiamente como actos desiderativos.
Así se interpretan las palabras de Pséudolo dirigidas a Simia (1a-b), pese a estar teñidas de una fuerte ironía:
231-232) Como acabamos de ver, dentro de la unidad dialógica mínima (el par adyacente)7, la bendición puede tomar tanto una posición iniciativa (1b), como de réplica (1a).
Además, en posición reactiva la bendición, de acuerdo con Unceta Gómez 2010, p.
627, es frecuentemente empleada como una rutina lingüística para expresar gratitud (1c)8, siendo este un fenómeno presente en algunas lenguas europeas modernas (p. ej. esp. que Dios te bendiga / te lo pague; pol.
Ahora bien, dos fórmulas de bendición (di te ament! y di tibi dent quae uelis!) adquieren también en el corpus plautino una función discursiva adicional: la de saludos, que, aparte de constituir actos expresivos9, permiten la apertura del diálogo.
Esta supuesta redistribución de la función pragmática (a través de adquirir una función discursiva) tampoco resulta extraña si la comparamos con ciertas evoluciones paralelas en las lenguas europeas: las fórmulas de bendición son empleadas actualmente por algunas comunidades de hablantes bien para saludar (alem. austr.
Grüss Gott!), bien como despedida (ing. good-bye! < God be with ye!, esp. ¡adiós! < ¡a Dios [te encomiendo]!).
En el caso del latín plautino, el empleo de las fórmulas di te ament! y di tibi dent quae uelis! en la apertura dialógica, tal como intentaremos demostrar en las páginas que siguen, está supeditado a ciertos rasgos de mentalidad romana.
16) Consiguientemente, si una misma fórmula conversacional aparece con una función pragmática diferente de la propia e incluso en una posición dentro de la cadena dialógica diferente de la que suele ocupar, este proceso se ha de explicar a través de los elementos de la nueva situación comunicativa que han causado que esta expresión lingüística sea también funcional y apro piada fuera de su entorno acostumbrado.
Dicho de otra manera, lo insti tucional nos servirá para arrojar algo de luz sobre lo situacional10.
ii. reCiproCiCidad, interCambios y retribuCiones
Por lo general, los dioses mencionados en las fórmulas de origen sacral arriba presentadas realizan una función intermediadora entre los parti cipantes del acto comunicativo; a saber, son instrumentos de la sanción socio-religiosa implícita en actos de habla como juramentos (ita me di ament!), amenazas (si te di ament), maldiciones (di te perdant!) o bendi ciones (di tibi faciant bene / dent quae uelis!, di te ament!).
De tal manera, el favor o la hostilidad divinos se conciben como un «objeto» de transacción discursiva, la base para crear y negociar, a lo largo del diálogo, las relaciones interpersonales entre los hablantes.
Un momento crítico del proceso comunicativo es, sin duda, la apertura dialógica, cuya parte formularia no solamente facilita el paso a la fase media11, sino que también aporta información sobre las imágenes sociales de los interlocutores12.
Los papeles que los participantes negocian durante el saludo, a su vez, determinan el tipo de interacción que irán desarrollando.
751-752) Las formas lingüísticas utilizadas por el lenón Lico (la fórmula di te ament! junto con un tratamiento nominal) despiertan la desconfianza de su interlocutor, quien se esperaba, al parecer, una apertura dialógica algo más neutra o, por lo menos, no tan marcadamente cortés.
Así, Agorastocles ha sido capaz de diagnosticar la actitud y las intenciones comunicativas del lenón incluso antes de empezar el diálogo propiamente dicho: Lico iba a conseguir sus objetivos conversacionales a través de una cortesía estratégica que, dadas las circunstancias del encuentro, a ojos de su interlocutor ha parecido ir más allá del simple ritual de saludo13.
Gracias al comentario metapragmático de Agorastocles (magis me benigne nunc salutas...), llegamos a saber que uno de los elementos que no esperaba en la réplica del lenón es la fórmula de bendición, aparentemente algo más elevada y cortés que un simple salue!
Mucho más armónica y recíproca ha de ser considerada la escena de salutatio entre dos esclavos, Tóxilo y Sagaristión, que parecen parodiar el lenguaje amistoso de sus amos14:
( Ambos interlocutores no solamente se devuelven el saludo, sino que también responden a cada acto conversacional con formas lingüísticas equivalentes: la simetría comunicativa va paralela a la simetría de las relaciones interpersonales.
Si atendemos ahora a la caracterización lingüística de las fórmulas de origen sacral, hay que destacar el uso recurrente de los verbos dare y amare, que codifican las conceptualizaciones romanas de sus prácticas religiosas.
Al analizar la fórmula de juramento ita me di ament!, Griffe 1985, pp. 294-295, arguye que este verbo amare ha de tener un significado algo más espe cializado que evoca la reciprocicidad en las relaciones entre los dioses y los creyentes: la benevolencia divina a cambio de la devoción humana.
De ahí que el amare romano (distinto de nuestra noción del 'amar' cristiano o ro mántico) no se aleje demasiado de la idea del intercambio explicitada en las fórmulas que contienen el verbo dare.
En consecuencia, el antiguo concepto romano de amicitia, la base de las relaciones sociales, presupone un sistema basado en prestaciones que llegó a constituir una red de expectativas mutuas (cf. Verboven 2011, pp.411-412) Cuando el frívolo siervo menciona la muerte, su interlocutor lo interpreta como algo ominoso, hasta que Líbano neutraliza su propia maldición convirtiendo sus palabras en un buen deseo: se autocorrige matizando que se refiere a la muerte de la mujer de su amo.
A cambio de esta evidente «deferencia», Deméneto promete (dono te) librar a Líbano del castigo.
El agradecido esclavo, a su vez, pronuncia la fórmula gratulatoria di tibi dent quaequomque optes, evocando la futura recompensa divina, lo cual el anciano aprovecha como una buena ocasión para recaudar la deuda: Deméneto quiere que el interlocutor, a cambio, le preste... atención (redde operam mihi).
Esta breve secuencia dialógica ejemplifica muy bien el mencionado sistema romano de prestaciones recíprocas, descrito por Benveniste 1966, p.
322, como una de las instituciones de las sociedades indoeuropeas: los bienes recibidos (munus) conducen a la obligación (onus) de recompensar-los con el fin de restaurar el equilibrio de poderes.
Consi guientemente, la cadena de favores (expresiones de beneuolentia) y retribuciones (expresiones de gratia) entre Deméneto y Líbano podría ser infinita si no fuera por la fórmula gratulatoria 15.
Hacer que los dioses inter vengan en el sistema de prestaciones tiene una ventaja desde el punto de vista de la interacción: el anciano promete a su esclavo un buen tratamiento, mientras que este se lo recompensa con una bendición, según la lógica: «me has dado tú: que te lo devuelvan los dioses».
Es aquí donde Deméneto, en contra de las convenciones de cortesía, prolonga la cadena de los favores e insiste en que su deuda sea saldada por el mismo Líbano hic et nunc: «yo te he dado, devuélveme tú (ahora)».
La apertura dialógica como acto que entraña un riesgo para la imagen tanto del iniciador del contacto como para la de su interlocutor, necesita de estrategias comunicativas que, desde el estudio clásico de Brown y Levinson 1987, se conocen con el nombre de cortesía positiva (apreciativa) 16.
El recurso más convencional es declarar beneuolentia hacia el interlocutor, deseándole buena salud, como forma de invitar a entablar la conversación.
No podemos obviar, por tanto, que el saludo prototípico es un acto desiderativo (p. ej. salue!, saluos, -a sis!), sobre cuya base podrían forjarse fórmulas con verbos performativos (te saluto!, te iubeo saluere!).
En cualquier caso el saludo, normalmente, implica otro saludo (contrasaludo), con el que forma un par de adyacencia, pero, como vemos en (5), a veces basta con que el saludado exprese su gratitud:
Pese a que la réplica de Colibisco no puede ser considerada un saludo propiamente dicho, deja entrever la motivación del hablante para emplear en esta posición la fórmula de bendición multa tibi di dent bona!
Es interesante notar que el saludado explicita la razón que le ha llevado a realizar un 15 Cf.
Para un análisis de la amicitia en Plauto, entendida como un inter cambio de favores, véase Burton 2004.
16 La cortesía positiva está relacionada con las necesidades del hablante de ser apreciado por su interlocutor, por ejemplo, a través del reconocimiento de la imagen social positiva que este va creando a lo largo de la interacción (Brown y Levinson 1987, p.
70). acto gratulatorio17: este es el esquema canónico del agradecimiento en el lenguaje plautino18.
De ahí que consideremos (5) un caso puente en la evolución que estamos comentando: el acto de gratitud se solapa, en dicho par adyacente, con la reacción convencional a la salutatio, es decir, el contrasaludo.
Si ahora volvemos a la iniciación del diálogo de (2) y (3), entenderemos mejor el mecanismo que ha provocado la redistribución de la función pragmática de las bendiciones di te ament! y di tibi dent quae uelis! como fórmulas de saludo.
Significativamente, aparte de la escena de salutatio de (5), en ningún otro ejemplo de apertura dialógica dichas expresiones necesitarán de una justificación para tal acto de habla.
Por último, cabe concluir que, gracias al empleo de fórmulas especializadas en el acto de habla gratulatorio, se destaca (y, en el caso de di tibi dent quae uelis!, se explicita) la concep tua lización de par adyacente del saludo como un intercambio de prestaciones (munus-onus) 19.
La Tabla 1 ilustra las posibles interrelaciones de los actos que subyacen a la apertura dialógica: el acto optativo (la bendición) constituye la base del acto gratulatorio, mientras que este último, en ciertas posiciones, puede ser reinterpretado como un contrasaludo.
Este proceso resulta aún más diáfano, si recordamos que el saludo (iniciativo) también deriva de un contexto desiderativo.
De ahí que sea más fácil explicar la equivalencia resultante entre el imperativo fosilizado salue! («que tengas salud») y las bendiciones («que recibas la benevolencia de los dioses»).
A continuación, nos proponemos interpretar esta cadena de actos implícitos (secundarios) en las fórmulas del tipo di te ament! desde una perspectiva diacrónica, lo cual nos facilitará la posible motivación para la redistribución de su función pragmática: del acto optativo y gratulatorio hasta la respuesta al saludo.
En los apartados que siguen, analizaremos los usos de dichas fórmulas trazando, por separado, sus particularidades situacionales.
iii. anáLisis de Las fórmuLas de saLudo: La bendiCión Durante mucho tiempo, en las aproximaciones teóricas a los saludos (y la comunicación fática en general), dominó el prejuicio de que se trataba de signos lingüísticos desprovistos por completo de contenido proposicional 20. ciado de sentido desiderativo del tipo salue!, salueto! o saluos/ -a sis!21: estas fórmulas, pese a conllevar diferentes significados interac cionales, aparecen en ambas posiciones del par adyacente, por lo cual deben considerarse como las formas más comunes.
Por otra parte, expresiones algo más artificiosas como iube o te saluere!
Amphitruo uxorem salutat laetus speratam suam) funcionan únicamente como la primera posición del par.
Frente a esto, las fórmulas de bendición, con algunas excepciones significativas, se encuentran exclusivamente en posición reactiva dentro de la pareja adyacente de la salutatio (véase Tabla 2).
El resto de sus características se pondrá de relieve en el estudio contextual de sus testimonios.
A diferencia de las fórmulas de saludo más especializadas y automatizadas, la expresión di tibi dent quae uelis! (iii) presenta en las comedias plautinas un considerable nivel de variación léxica y morfosintáctica.
Aparte de la variación en el orden de palabras (p. ej. tibi dent / dent tibi), se constatan fluctuaciones en la morfología verbal (dent / dabunt/ duint)22 o en la selección léxica (ueli[ti]s / optes/ exoptes; quae/ quaequomque).
En conse cuencia, es difícil determinar una versión canónica de la fórmula.
Por añadidura, tampoco la función pragmática parece influir en la selección de la variante lingüística, puesto que las fórmulas de bendición propiamente dicha (i) o con fuerza ilocutiva secundaria gratulatoria (ii) presentan la misma variabilidad.
En el contenido proposicional de la fórmula, diferentes uerba optandi constituyen variantes expresivas: desde el neutro uelle hasta exoptare.
Igual de significativo parece ser el uso del subjuntivo en la subordinada (quae-[quomque] uelis / optes / exoptes), pese a que algunos comentaristas lo consi deren un ejemplo de assimilatio modi 25.
En contra de esta inter pre tación, compárense los siguientes pares adyacentes:
687 está recogida en dos lugares distintos dada su ambigüedad, señalada ya en el apartado anterior.
El lenón Dórdalo no usa la fórmula di dent quae velis! en la réplica inmediata al saludo de su interlocutor, pese a que toda la secuencia funciona como una apertura dialógica.
Por lo demás, el pasaje tiene un marcado carácter lúdico, si bien la interacción entre Dórdalo y Tóxilo no deja de ser algo enigmática (véase la explicación en el comentario de Woytek 1982).
25 Bennett 1910, pp. 305-314, trata de explicar -un tanto forzosamente-cada irregularidad del uso de subjuntivo en Plauto por una atracción «mecánica» de los modos en la oración prin cipal.
Por lo demás, Bertini 1986, ad loc., a la hora de comentar el pasaje de Asin.
45 (di tibi dent quaequomque optes), lo explica a través de la asimilación de modos, citando a Lindsay 1907, p.
El comentarista no matiza, sin embargo, que Lindsay 1907, p.
67, se decide por esta solución tras cierta vacilación.
252, cuando se refiere a la fórmula de saludo di duint tibi, Philto, quaequomque optes (Trin.
436-7), concluye con seguridad que la forma de subjuntivo optes está influida por el arcaizante duint.
En ambos casos el hablante expresa una gran desesperación a través de una automaldición (di me perdant!), que resulta cómicamente desau to matizada en boca de su interlocutor: en vez de una exclamación emotiva, la fórmula es entendida al pie de la letra como un acto optativo.
Ahora bien, en (6a) el uso del indicativo (... quae optas) tiene carácter anafórico por referirse directamente al discurso precedente de su interlocutor.
Melenis (6b), a su vez, resulta ser mucho más sarcástica y malévola, puesto que a través del uso del subjuntivo (quodquomque optes) quiere que se cumplan todos los deseos del joven Alcesimarco: tanto el que acaba de expresar, como los futuros.
Del mismo mecanismo parecen servirse las fórmulas de saludo que, sin excepción, se formulan en subjuntivo hipotético independiente.
Para evidenciar el diferente tono de estas variantes, compárense los diálogos en ( 7) y ( 8), que que presentan intercambios entre un joven y un anciano.
Las fórmu las iniciativas en ambos casos marcan un registro diafásico oficial con refe rencias en 3a persona, perteneciente al código escrito 26.
Sus respectivas res puestas, tal como podíamos esperar, también resultan formales, siendo por lo gene ral el tono del par adyacente en (7) más elevado.
El joven Lesbónico, dirigiéndose al anciano Filtón, escoge la forma arcaizante duint, lo cual po dría interpretarse como su intento de adaptarse al registro del interlocutor27.
Aquí también habrá que mencionar la apertura dialógica paródica entre dos esclavos (9), comentada ya al principio de este artículo (véase también infra 18b).
En suma, se puede constatar que en estas escenas de salutatio el bien recibido es devuelto: las expectativas mutuas de quien saluda y del saludado quedan satisfechas.
Otro caso es el de (10), donde el esclavo Epídico da la bienvenida a su colega Tesprión, cuando este acaba de regresar de una misión militar.
El contexto de la interacción, por tanto, es muy específico: el equilibrio interpersonal deja terreno al complejo ritual de dar la bienvenida.
El recién llegado ha de ser saludado con un ritual complejo: un saludo principal, la expresión de la alegría por la llegada (saluom [te] aduenire gaudeo), la pregunta por la salud y la invitación a comer, mientras que él mismo tiene pocas obligaciones para con su interlocutor.
La fórmula de bendición usada por Epídico como respuesta a un simple salue!, por tanto, pone de manifiesto la falta de reciprocidad en la bienvenida, así como la falta de respuesta a la muestra de cortesía positiva formulada en términos de alegría por la llegada del interlocutor.
Esto, a su vez, se comprueba en la otra parte de la apertura, cuando Tesprión tiene que recordar a su interlocutor cuál debería ser el subsiguiente paso conversacional (quid ceterum?).
Existen, por último, casos donde una interpretación literal del saludo (como un acto optativo) sirve como un recurso cómico.
Así, tras romper lúdicamente las convenciones lingüísticas, se comprueba la existencia del mecanismo que fue base de su fijación.
Este fenómeno humorístico (praeter exspectationem) viene recogido en los pasajes de (11) y ( 12 Algún matiz gratulatorio de la fórmula se podría detectar en (11), dado que el soldado fanfarrón está reaccionando a las blanditiae de Milfidipa, quien lisonjeramente le llama «guapo» en la identificación.
En la boca de Filenia ( 12), a su vez, la bendición no parece desempeñar otra función más allá de un contrasaludo 28.
Como conclusión, cabe señalar que los saludos di tibi dent quae uelis! y sus variantes aparecen en conversaciones de cierta formalidad, sobre todo, entre dos ciudadanos cultos ( 7), (8).
Siempre que en la interacción aparece un personaje de clase baja (esclavo, sirvienta o lenón), es evidente el empleo paródico o irónico de la fórmula ( 9)-( 12), que a veces consigue marcar distancias con el interlocutor.
Así habría que explicar el único uso de este tipo de saludo en el lenguaje femenino en (12).
Otro contexto recurrente es el ritual de la bien venida después de un largo y peligroso viaje ( 9), (10): aquí también nos en con tramos con rasgos de un contacto más bien formal y ceremonioso.
Con viene subrayar, por último, que ninguno de estos casos excluye defi niti va mente la interpretación como acto gratulatorio de la bendición, apre ciación que resulta reforzada por la posición reactiva de la fórmula di tibi dent quae uelis! (y sus variantes) en todas los testimonios recogidos.
Ello, añadido a la escasa fijación formal, hace que su funcionamiento como respuesta a un saludo no difiera sustancialmente desde un punto de vista nocional de las fórmulas análogas para expresar agradecimiento.
Ahora bien, solamente en (8), ( 9) y (11) el contexto inmediato de la apertura dialógica admite una doble interpretación de su función como fórmula de contrasaludo y expresión gratulatoria.
28 Si bien dabunt di quae uelitis uobis! usado por Filenia es un ejemplo de fórmula de contrasaludo elaborada, la intención de la joven cortesana es realmente marcar distancia con los dos interlocutores de baja condición social, que resultan molestos.
La fórmula conversacional di te ament! se encuentra únicamente en las come dias de Plauto, donde asume las siguientes variantes:
717) La versión canónica (i) di te ament (x9) presenta variantes morfológicas con formas de futuro aseverativo29 o modificada con adverbios intensificadores (iv) bene o plurumum30.
En cuanto al orden de constituyentes no marcado (S = di; O = te; V = ament), tan solo en una variante (ii) se encuentra un esquema SVO, aparentemente sin cambios para su significado interaccional.
La mayor extensión léxica (v) acompaña siempre a un empleo cómico.
156, apunta que, en el habla cotidiana, el pronombre personal te debía de ser proclítico: de ahí su frecuente localización al principio del verso 31, donde experimenta un ictus natural (dit'ament).
Asimismo, cabe presentar la distribución de la fórmula dentro del par adyacente.
En la mayor parte de los casos aparece en posición reactiva ( 13)-( 16), regularmente con la identificación del destinatario (p. ej. di te ament, Megadore).
Entre los usos más regulares se puede enumerar los siguientes pasajes: De acuerdo con lo que sugerían las palabras de Agorastocles, recogidas en (2), la fórmula di te ament!, igual que su equivalente di tibi dent quae uelis!, habría de ser considerada un mecanismo potencial de cortesía posi tiva.
Efectivamente, en los pasajes localizados predominan los contextos mar cada mente apreciativos: conversaciones amigables entre vecinos (13) 32, entre jóvenes durante un banquete ( 14) y en forma de una ceremoniosa bien ve nida, entre dos miembros de la élite, después de un largo viaje a casa (15a-c).
En boca de los personajes de extracción baja (esclavo, parásito, lenón), la fórmula implica un efecto paródico o constituye un uso estratégico de una salutatio de tono elevado.
32 En el caso de la salutatio en (13) disponemos del testimonio de Euclión de que los turnos anteriores de su interlocutor incluyen marcas de la cortesía positiva (Aul.
Podemos, por tanto, dar por supuesto que el contrasaludo del mismo anciano se ha adecuado a este tono: de ahí la elección de la fórmula di te ament!
Un ejemplo de lo último encontramos en (16a), donde el parásito Ergásilo se autoidentifica como un sirviente empático (ego, qui tuo maerore maceror) y, a la vez, un compañero hambriento (ossa atque pellis sum misera) del hijo de su interlocutor.
El rebuscado saludo di te bene ament! formaría parte de la estrategia usada por el esclavo para sonsacarle al anciano Hegión una invitación a cenar a cambio de consuelo y compasión (cf. Capt.
El uso paródico se hace visible en el turno de Gripo (16b), quien a la fórmula artificiosa añade una identificación sarcástica y una postura conversacional agresiva en el resto del diálogo 33.
El siguiente pasaje (17a) es un ejemplo de una interacción formal (en un contexto financiero) entre dos personajes de extracción baja.
En el ámbito profesional (entre un leno34 Capadocio y un tarpezita Licón) los interlocutores se tratan como iguales según su propia percepción, sin recurrir al sarcasmo ni a la agresión verbal, si bien su salutatio no contiene otras marcas de cortesía positiva como en ( 13)-( 15).
Por lo tanto, di te ament! funciona aquí como un mecanismo de comportamiento político en contextos formales.
Este uso formal pero no propiamente cortés reaparece en (17b), donde el cocinero Cilindro intenta entablar conversación con Sósicles (Menecmo II), a quien ha confundido con Menecmo I, el amante de su ama.
De ahí que use el saludo más corriente e informal (salue!) acompañado de una identifi ca-ción nominal (Menaechme).
Su interlocutor, llamado por un nombre que no es el suyo, cumple igualmente con el ritual de la apertura dialógica, pero su elección de la fórmula de bendición, posiblemente, ha de ser interpretada por parte del parásito como un gesto de distanciamiento 35.
A saber, un saludo más elaborado y, potencialmente, más cortés funciona aquí como una indica ción del rechazo del contacto que se pretende cercano, según trasluce salue!
Si tomamos en cuenta que, en todos estos pares adyacentes de la salutatio, la fórmula di te ament! ocupa la posición reactiva, podría reco nocerse en su uso cierto contenido residual de agradecimiento.
Ahora bien, recordemos que en la comedia romana di te ament!, a diferencia del otro saludo que incluye a los dioses di tibi dent quae uelis!, no se atestigua con más funciones discursivas que la de saludo.
Las bendiciones con más semejanzas léxicas y semánticas (Pseud.
231-32: te Iuppiter / bene amet), no obstante, pueden ser empleadas con sentido gratulatorio.
Este significado adicional de la salutatio en cuestión sería especialmente reconocible en las réplicas a las expresiones de alegría del tipo saluom te (ad)uenire gaudeo! (15) y en los saludos e identificaciones emotivos y menos convencionales ( 13), ( 14).
Por lo demás, el matiz de agradecimiento seguramente no sería tan perceptible en di te ament! como en di tibi dent quae uelis!, tal y como se ha defendido en el apartado anterior.
Otra particularidad de esta fórmula consiste en su capacidad de ocuparaunque solamente en tres variantes-una posición iniciativa.
Esta aparente irregularidad fue señalada también por Forberg 1913, pp. 27-28, quien, sin embargo, no le da ninguna explicación, atribuyéndola a la libertad del estilo plautino36.
Por lo demás, este autor insiste en tratar tanto di te ament! como di tibi dent quae uelis! como fórmulas reactivas (formulae resalutandi), señalando su origen en las expresiones de agradecimiento.
A nuestro modo de ver, no obstante, esta variación va más allá de una irregularidad estilística, lo que demuestra claramente un paso ulterior en el proceso referido aquí como repragmaticalización.
Es significativo notar que estos casos no difieren en nada de los que acabamos de analizar (con la fórmula de bendición en la réplica: ( 13)-( 17)).
Ambas aperturas (18a-b) transcurren de una manera incluso más armónica, tanto en lo que atañe a la simetría de los actos (saludo + identificación nominal), como en la introducción de small talk preliminar (ut uales?, quid agis / agitur?)37.
Algo totalmente opuesto ocurre en un último ejemplo de di te ament! iniciativo (18c), donde un Pséudolo borracho y triunfante, hacia el final de la obra, es saludado por su amo Simón.
De hecho, podemos acceder directamente a las intenciones del anciano Simón que subyacían en su manera de empezar el diálogo:
1290-1291a) El senex duda de qué tipo de actitud le conviene más en la interacción con su esclavo, para no tener que pagarle el merecido premio.
Finalmente, decide tratar con su interlocutor amablemente (blanditer adloquar), llevado por la esperanza de que, así, conseguirá ablandar al arrogante Pséudolo.
La única respuesta del esclavo es un eructo directo en la cara.
El tono elevado del saludo, por tanto, es frustrado por su reacción grosera y puramente fisio lógica.
Para terminar, hemos reservado algunos casos de desautomatización de la fórmula, que es un fenómeno típicamente plautino e, indirectamente, da fe de su estatus de cliché lingüístico con alto grado de pragmaticalización, si bien su contenido proposicional sigue siendo transparente.
Son las siguientes aperturas de carácter lúdico: En (19a) Pegnio consigue el efecto cómico cuando, al saludar a Sofoclidisca, convierte la expresión de respuesta al saludo de su interlocutora en una autobendición 38.
Sincerasto, a su vez, recurre a una fórmula incompleta (19b), dejando en suspenso todo el acto del saludo para constatar, al final, que ninguno de los interlocutores se merece la bendición divina.
En el presente artículo nos hemos ocupado de dos fórmulas conver sacionales, rutinizadas y especializadas funcionalmente, que, a resultas de un proceso de pragmaticalización, han dejado de lado parte de su contenido proposicional para desempeñar funciones de tipo pragmático (y discursivo).
En particular, nuestra atención se ha centrado en un paso más avanzado de este proceso, a saber: los casos en los que se desarrollan empleos derivados de las fórmulas preexistentes, que implican una posible redistribución (adicional o exclusiva) de las funciones pragmáticas básicas.
183, creemos razonable reconocer como diferente al de pragmaticalización un proceso que afecta a elementos que tienen función pragmática previa, que denominamos repragmaticalización (pragmaticalización secundaria) o, más exactamente, redistribución de la función pragmática39.
Este planteamiento se basa en la presuposición de que algunos actos comunicativos vinculados con ciertas formas lingüísticas rutinizadas constituyen la base de otras funciones pragmáticas de alguna manera dependientes de su fuerza ilocutiva original.
Así, hemos visto que los actos de bendición en el lenguaje de la comedia romana llegaron a funcionar -entre otras posibilidades-como una expresión de gratitud.
Existen fuertes indicios de que, partiendo de este significado interaccional, las fórmulas di te ament! y di tibi dent quae uelis!, presentes únicamente en Plauto, se espe cia lizaron en la función de respuesta a un saludo.
Por otro lado, tras analizar todo el material recogido podemos presentar algunas conclusiones de índole teórica acerca del proceso de reprag maticalización.
Si recurrimos a los casos de las expresiones rutinizadas, aquí comentadas, como rasgos que caracterizan un proceso de redistribución de la función pragmática podemos reconocer un mayor grado de: I. desemantización II. desinstitucionalización III. fijación léxica (paradigmática) IV. fijación sintagmática (a nivel global) V. libertad posicional (a nivel local) Las fórmulas de bendición, especializadas primero en la fuerza ilocutiva gratulatoria, en su nueva función como saludo sufren una desemantización ulterior (I): la total desvinculación del contexto religioso.
Si bien el origen de las fórmulas y su significado proposicional, incluso sincrónicamente, no dejan de ser transparentes, parece razonable pensar que los del tipo di te ament! perdieron el carácter performativo de una bendición propia mente dicha, convirtiéndose en una convención de cortesía.
Cabe matizar, sin embargo, que el contenido religioso, por decirlo de alguna manera, mantiene una presencia latente, al alcance de los usuarios, lo cual queda demostrado por los casos de desautomatizaciones lúdicas de las fórmulas, p. ej. ( 11), ( 12), (19a-b).
Dada su transparencia léxica, cada saludo expresado mediante una bendición puede fácilmente recuperar su sentido pro posicional.
Con la desemantización se relaciona, asimismo, el diferente grado de desinstitucionalización (II).
El contexto gratulatorio se ha debilitado, dejando de ser palpables los conceptos de favor y deuda contraída: dentro del par adyacente de la salutatio, las prestaciones recíprocas consisten en declaraciones de beneuolentia simbólicas y rutinarias.
Ahora bien, tal como hemos señalado, la fórmula di tibi dent quae uelis! sigue siendo ambigua, debido tanto a su fijación en el turno reactivo, como al hecho de que uno de sus testimonios (5) puede considerarse un contexto puente entre el acto gratulatorio y el saludo.
Tampoco el parámetro de la fijación paradigmática (III) demuestra que la mencionada expresión haya sufrido una fuerte repragmaticalización.
Con todo, se ha de notar cierta tendencia hacia la fijación léxica en la función de saludo: la variante di tibi dent quae uelis! parece algo más frecuente, mientras que, en la nueva función, la fórmula prescinde de la frase subordinada causal (quom...), en la que se suele explicitar el objeto de gratitud en los empleos puramente gratulatorios.
La fijación léxica de di te ament!, por otro lado, parece casi absoluta, alejándose significativamente de otras variantes de las expresiones de bendición.
Hay que señalar, no obstante, que el material a nuestra disposición es escasísimo y, desa fortunadamente, no podemos recurrir a ningún contexto de transición.
Lo que nos ofrece el lenguaje plautino es una fórmula de saludo totalmente especializada: di te ament!
A pesar de la sistematicidad con la que aparece, su función pragmática debió de sufrir una redistribución paradigmática hasta cierto punto similar a la de otras rutinas lingüísticas de bendición (como di tibi dent quae uelis!).
Ahora bien, en el caso de di te ament! ha operado el último parámetro: la mayor libertad sintagmática dentro del par adyacente (IV).
Si bien ambas fór-mulas, como nuevos mecanismos de saludo, sufren una redistribución posicional a nivel global (en la apertura dialógica), únicamente di te ament! puede aparecer tanto en la réplica como en la iniciación del par adyacente de la salutatio.
Así, en la evolución de esta expresión rutinaria, visiblemente más especializada en la nueva función discursiva, se deja notar una tendencia a extender su uso como saludo universal (en cuanto a la posición en el par adyacente) a costa de ciertos matices adicionales (p. ej. gratu latorios), tal y como se representa en la Tabla 2.
Claro está, este último parámetro no es en absoluto obligatorio y únicamente concierne a unidades pragmáticas que, aparte de la redistribución de su función interpersonal, hayan sufrido un cambio de categoría.
Los dos procesos de pragmaticalización (primaria) y repragmaticalización se pueden considerar como un continuum de desemantización, desinsti tu ciona lización y desarrollo de contenidos pragmáticos.
Para terminar, conviene matizar que este mecanismo de redistribución de la función pragmática concierne principalmente a las fórmulas de bendición reana lizadas como saludos.
Incluso las mismas expresiones aquí tratadas, pese a tener un origen y un empleo discursivo similares, difieren bastante en cuanto a los principales parámetros apuntados (I-V).
Aun así, entre las con-clusiones se puede encontrar muchos puntos en común con las generalizaciones de Claridge y Arnovick (2010).
A nuestro modo de ver, reconocer un caso de posible repragmaticalización e intentar explicar su motivación, desde el punto de vista institucional (socio-cultural) y situa cional (pragmático), entraña un mayor rigor científico y, a la par, facilita una información más completa acerca de las rutinas comunicativas reflejadas en las comedias de Plauto. bibLiografía |
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El opúsculo Sobre el juicio y el principio rector (en adelante, Iudic.)1, atribuido a Claudio Ptolomeo (ca.
C.), pertenece a una larga tradi ción filosófica relativa a la posibilidad de conocimiento, determinado por el llamado κριτήριον τῆς ἀληθείας.
Todavía en época imperial la discusión sobre la naturaleza y los límites del criterio de verdad era un problema filosófico, heredado de la filosofía de época helenística2.
El origen del término κριτήριον se halla en el ámbito judicial y había sido utilizado ya por Platón a partir de este contexto3.
Ptolomeo, siguiendo la recomendación aristotélica de usar comparaciones en la argumentación4, dispone todas las instancias que intervienen en el conocimiento a la manera de un tribunal de justicia: objeto del juicio (τὸ ὄν), instrumento (λόγος), agente (νοῦς), medio (αἴσθησις) y objetivo (ἀλήθεια) (Iudic., 5.5-14) 5.
Distingue, además, dos facultades en el ser humano relativas al instrumento y al medio: la percepción (δύναμις αἰσθητική) y la razón (δύναμις λογική).
La primera contiene los sentidos y la φαντασία, «impresión y transmisión hasta el intelecto».
Por su parte, a la facultad racional, específica de los hu manos, pertenece el habla y el pensamiento.
El pensamiento (διάνοια), a su vez, es una racionalidad interna (λόγος ἐνδιάθετος).
En su segunda parte, el opúsculo trata del ἡγεμονικόν, «lo mejor y más valioso» que en este sentido se localiza en el cerebro (15, 22.1-6), como Platón; pero también se puede hablar de él en el sentido de funciones anímicas y entonces debe entenderse localizado en todas las partes del cuerpo, sobre todo en el corazón, como los estoicos6.
En general, el aparato conceptual ptolemaico no entraña la exactitud de otras escuelas filosóficas.
La búsqueda de fuentes del tratado arroja por ello conclusiones diversas: desde un predominio de la orientación peripatética hasta la Estoa media, a lo que hay que añadir fuentes epicúreas y escépticas 7.
Los mejores acercamientos a Iudic. son los de Long (1989), Tolsa (2013) y Schiefsky (2014) 8, pero se trata de panorámicas generales sobre el problema del criterio.
Nuestro objetivo aquí es centrarnos tan sólo en la perspectiva que sobre el lenguaje toma Ptolomeo, cuestión no baladí en el esquema argumental del opúsculo.
Ello es índice de cómo en época imperial las relaciones entre lenguaje y filosofía seguían estando presentes desde su discusión en el Crátilo platónico y los sofistas.
Ptolomeo debe moverse en un contexto en el que las distintas escuelas filosóficas ya han desarrollado sus propios términos técnicos.
Su propio acercamiento a la cuestión en Iudic. pasa por la idea del lenguaje como instrumento de la razón emisora, προφορικὸς λόγος, al servicio del juicio.
Para ello afronta los problemas de la relación entre pensamiento y habla, los elementos constitutivos del lenguaje, la terminología apropiada para el juicio y el origen del lenguaje.
Tales apreciaciones están articuladas, como es normal en este autor, en un estilo complicado y apuntan concretamente, quizás a través de fuentes intermedias (como Antíoco o Aristón) 9, a Aristóteles y el epicureísmo.
Los excursus sobre el lenguaje ocupan secciones entre los capítulos 2-6 de la edición de Lammert, cuyo texto y paginación seguimos aquí, y se ubican tras la presentación de los elementos del criterio y la distinción entre λόγος ἐνδιάθετος y λόγος προφορικός por un lado, y el estudio del cuerpo / alma junto con el capítulo dedicado a las propiedades del ἡγεμονικόν, por otro.
En lo que sigue, hemos dividido el texto en cuestión en unidades temáticas, que tienen naturaleza de pequeños incisos en el discurso epis temológico del tratado.
Los elementos del lenguaje: Iudic.
Tolsa rastrea la influencia sobre el opúsculo ptolemaico de uno de los discípulos de Antíoco, Aristón de Alejandría.
8 Long 1989 y Schiefsky 2014 son presentaciones generales del opúsculo ptolemaico y no se detienen en la cuestión del lenguaje; por su parte, Tolsa 2013 se centra, siguiendo a Long, sólo en la influencia epicúrea sobre la misma.
Verlinsky 2005 es una comparación con Epi curo de Iudic.
En 2.2, Ptolomeo había establecido que de las cinco instancias en el acto de juzgar, la verdad y el intelecto (νοῦς) serían los límites.
Percepción y razón son intermedios.
Se plantean por tanto dos facultades, la facultad de la percepción y la racional, a la que pertenecen pensamiento y habla (διάνοια, διάλεκτος).
Los animales irracionales poseen sólo la primera de las facultades, y esta reserva de la facultad racional para el hombre es com partida por Ptolomeo con la tradición aristotélica 10, con la consecuencia de que el lenguaje significativo (o articulado) es privativo de éste 11.
En todo caso, Iudic. separa dos esferas: la sensitiva y la racional 12.
Por lo demás, la distinción entre los dos tipos de λόγοι (ἐνδιάθετος y προφορικός) es ampliamente conocida por otras fuentes 13.
Boll apuntó a un origen estoico, pero su origen exacto no es localizable por más que apunte a Platón 14: según Teón de Esmirna (72.24 ss.
Para Ptolomeo, la relación entre ambos es la de «imagen», εἰκών, de los elementos del último respecto del primero, al modo en que Aristóteles en De interpretatione hace a la φωνή seguidora de la διάνοια 16.
Según Ptolomeo, el hablar es símbolo 17 de la voz, lo que lleva al mismo tex-10 Arist., de An.
414b18, por ejemplo, aunque con terminología diferente en autores estoicos, pitagóricos o neoplatónicos.
12 Lo cual recuerda la dualidad τὸ λογιστικὸν καὶ νοερὸν μέρος / τὸ αἰσθητικὸν καὶ ἄλογον de Tetr.
23 (con otras fuentes), quien postula que la distinción fue utilizada por los estoicos en su debate con los académicos, y Mansfeld 2005, pp. 373, 378 ss., n.
Pero, al igual que en Aristóteles, también el texto ptolemaico es poco claro, pues la conexión entre habla y voz no parece guardar prima facie una relación simbólica; además, φωνή parece tener un matiz diferente en su oposición a φθόγγος.
Por lo demás, que el habla «transmita» a los demás lo pensado es otro locus communis, cf. Sch.
A continuación, Ptolomeo articula la conocida tríada sonido-voz-len guaje, que tiene su antecedente más relevante en Aristóteles así como en el Περὶ φωνῆς τέχνη de Diógenes de Babilonia 19, tal y como es transmitido por Diógenes Laercio (VII 55 = SVF III 20), que a juicio de Ax habría recibido el influjo peripatético 20.
Ax 2000a ha estudiado profusamente las relaciones y el significado de estos términos en las fuentes antiguas; baste aquí mencionar que Aristóteles se detiene principalmente en esta distinción al hilo de los sonidos animales (p. ej., HA 488a31 ss.).
La relación entre Aristóteles y la propia distinción de Diógenes de Babilonia queda clara, por ejemplo, en la aceptación del segundo de la φωνή como πληγὴ ἀέρος (cf. de An.
Diógenes modifica el esquema aristotélico proponiendo, en lugar del mero ψόφος como punto de partida, una φωνή que puede ser simple ἦχος, mientras que si es articulada es la propia del ser humano.
Este tipo de φωνή ya es λέξις según Diógenes, a la que define como φωνὴ ἐγγράμματος, de manera similar a Aristóteles en Int.
104 El vínculo icónico entre νοῦς -φθόγγος, ἔννοια -φωνή y διάνοια -διάλεκτος establece una tríada en los elementos del lenguaje que difiere de los vistos en Aristóteles y Diógenes 23.
Ptolomeo coincide con Aristóteles en la situación intermedia de φωνή, mientras que Diógenes la colocaba como mero aire golpeado, que podía llegar incluso a ser ἐγγράμματος o puro ἦχος.
Desde este punto de vista es similar al aristotélico ψόφος, explicable por una mayor capacidad significativa del término φωνή.
I 4, Ptolomeo denomina φθόγγος a aquel ψόφος que entra en el sistema de oposiciones de la escala musical; pero en otras fuentes peripatéticas, φθόγγος es «nota» como algo primario e indivisible (Adrasto, ap. Theo Sm.
De este modo, Ptolomeo tenía a su disposición una tradición peripatética que hacía del φθόγγος el elemento primario 25, además del propio significado que ya tenía de mero sonido (cf. Pl., Phlb.
Y su vinculación a νοῦς lo define como cualidad humana 26, siendo ambos límites tanto de la intelección como de la comunicación.
Por su parte, φωνή también es «voz» en Harm.
En la parte dedicada al sonido en De anima establece una gradación similar entre ψόφος y φωνή (420b5, 11), de suerte que en los animales la φωνή se produce cuando el sonido es emitido en una parte determinada del cuerpo (cf. Lo Piparo 2003, p.
Efectivamente, la vinculación entre el modelo aristotélico y el ptolemaico de Iudic.
2 pasaría por la capacidad física del ser vivo de emitir sonido (que sería ya φωνή si se asocia a una representación, φαντασία), vinculada a la ἀρτηρία además de a otros órganos [URL]., cf. Aud.
I 3 p.9.4-6 D. Las causas de la agudeza o gravedad en las voces son diferentes en Aristóteles y Ptolomeo: el primero las relaciona con la temperatura del aire (GA 788a, Pr.
XI 13), mientras que el segundo las condiciona a las longitudes (Harm.
24 Lo importante para Harm.
I 4 respecto a φθόγγος es que se trata de un sonido deli mitado (διωρισμένοι, p.10.11) pero al mismo tiempo es aquel ψόφος que tiene un tono determinado y discernible: 10.19, ὅτι φθόγγος ἐστὶ ψόφος ἕνα καὶ τὸν αὐτὸν ἐπέχων τόνον.
25 Se trata del conocido paralelismo entre gramática y música, presente en multitud de fuentes (Pl., Crat.
1053a12 ss., etc.), que incluso puede incidir en otros elementos, como la comparación de φθόγγος con los elementos primarios en geometría y aritmética.
I 1, 3.2 D., Ptolomeo sitúa ψόφος como el fenómeno primario, lo que es una reformulación de la definición de φωνή de Diógenes así como un locus communis en la tradición musical (cf. Ps.
(800a1-3) la percusión es la causa de φωναί y ψόφοι (la otra explicación peripatética es la velocidad de propagación del aire, cf. Pr.
Ptolomeo comienza su gradación con el mero sonido, ahora ψόφος (imagen del νοῦς), seguido de φωνή como imagen de la ἔννοια.
Así, también en el λόγος ἐνδιάθετος existiría una suerte de gradación νοῦς -ἔννοια -διάνοια, sin una fácil correspondencia con el par νοῦς -αἴσθησις como «principios y elementos» (4, 7.7)28; por su parte, había establecido que la διάνοια era una de las dos partes de la facultad racional junto al habla (διάλεκτος)29, y de la ἔννοια dirá en 6.18: ἡ δ' ἔννοια τῇ μνήμῃ καὶ ἀναγραφῇ τῶν ῥηθέντων (sc. ἔοικε), -lo que parece ser una versión de la ἐμπειρία de Aristóteles en APo.
100a 4-b530 -, permitiendo que el contenido de las impresiones sensibles pueda ser transmitido.
Otra obra ptolemaica con doctrina gnoseológica, Harmonica, contiene correspondencias casi ver batim 31.
III 5, 96.21 ss. pertenecen al μέρος νοερόν (junto con φαντασία, δόξα, λόγος y ἐπιστήμη): La principal diferencia entre ambos textos es la inclusión de la φαντασία en la parte racional, dado que en Iudic. forma parte de la δύναμις αἰσθητική (5.18-21).
La relación icónica no hace sino señalar la prelación del λόγος ἐνδιάθετος en el acto de juzgar.
Más adelante Ptolomeo dirá que el lenguaje es «instrumento» (6.3), y consecuentemente su claridad y precisión serán reflejo de la claridad en el resultado del juicio.
Si en Iudic. la gradación da cuenta de planos lingüísticos sucesivos, en Harm. ocurre lo mismo con los elementos integrantes del sistema musical: la idea subyacente es que el «aparato» epistemológico (de procedencia aristotélico-estoica) que acepta de un modo laxo puede organizar y clasificar cualquier objeto estudiado por una disciplina.
Por lo demás, estamos ante términos técnicos de la koiné filosófica helenística 32.
Ptolomeo establece una relación icónica entre νοῦς, ἔννοια y διάνοια, y φθόγγος, φωνή y διάλεκτος, respectivamente 33.
La idea es la de una gradación que establece dos planos, el interno y el lingüístico: ἔννοια funciona de manera intermedia como recuerdo y recapitulación de las impresiones recibidas, que serán expresadas mediante el lenguaje: en ello no sólo sigue a Aristóteles (Int.
Por otro lado, la aportación ptolemaica de la «imagen» de lo hablado respecto a lo pensado funciona como introducción a su idea (cf. infra, 4.3 ss.) de que en el origen del lenguaje hay un componente natural, físico, seguido de otro convencional una vez se desarrolla la sociedad 35.
Ptolomeo es crítico con una visión únicamente convencionalista (cf. 5.4), que conduce a una dialéctica perturbadora de la correcta κρίσις.
La idea subyacente es que la mera concepción convencionalista y erística (como le parecería la de los estoicos) del lenguaje no permitía establecer un puente simple entre el entendimiento y la realidad: como dirá después, un λόγος περὶ λόγων y no περὶ πραγμάτων.
Pero la idea de «imagen» entre lo hablado y lo pensado contiene más ecos: εἰκών parece ser el término ptolemaico para expresar la inmediatez que Epicuro -cuyas ideas sobre el origen
Quintiliano ofrece una interesante concepción de ἔννοια, que vincula a λέξις, de manera semejante a como Ptolomeo lo hace con φωνή, el equivalente a la λέξις de Diógenes de Babilonia; aquí el vínculo es la «imitación» (μίμημα), frente a la «imagen» (εἰκών) ptole maica.
33 del lenguaje están, como veremos, bajo las de Ptolomeo en Iudic.
4.3 ss.-establecía entre objeto y significante mediante la πρόληψις (cf. D. L. X 33), un concepto que asegura la igualdad en la «preconcepción» de las cosas a todos los hombres 36.
Y, de otro lado, funciona como la tra ducción ptolemaica del σύμβολον de Aristóteles y su tratamiento y extensión en sus comentaristas 37.
En cuanto a la noción ptolemaica de διάλεκτος, mientras que Diógenes la entendía como variante regional (λέξις κεχαραγμένη ἐθνικῶς τε καὶ Ἑλληνικῶς), Aristóteles la entiende como «lenguaje», voz articulada y significativa propia del hombre 38 según se desprende de HA 535b1 ss.; ésta es la idea que aparece en Iudic.
La definición aristotélica es la de HA 535a30 (διάλεκτος δ' ἡ τῆς φωνῆς ἐστι τῇ γλῶττῃ διάρθρωσις), mientras que Ptolomeo insiste en el término σύμβολον siguiendo a De interpretatione 39.
En otros pasajes peripatéticos también se hace seguir a διάλεκτος a partir de φωνή, como en Pr.
898b30, o se afirman las letras como παθήματα de la φωνή, de suerte que Ptolomeo no haría sino completar el último nivel:
Que διάνοια sea la «imagen» de διάλεκτος no extraña si se recuerda que este último término sirve para, a través de los σύμβολα τῆς φωνῆς, pronunciar a los demás lo pensado, τὰ διανοηθέντα.
El siguiente esquema comparativo recoge las diferencias entre Ptolomeo y sus precursores: Finalmente, Ptolomeo opone los pares δόξα-οἴησις / ἐπιστήμη-γνῶσις en un esquema tradicional en la filosofía griega 40.
En la versión ptolemaica pertenecen al λόγος ἐνδιάθετος en las dos maneras en que puede operar, tal y como especifica más adelante (12, 18.11-14 y 14, 21.8 ss.).
La distinción ya está en Platón (R. 479d ss., 509d-511e), y Long ya señala el uso por los escritores de época imperial de ἐπιστήμη o γνῶσις en el sentido de la estoica κατάληψις 41.
La oposición ptolemaica οἴησις / ἀμετάπιστος se encuentra en Arr., Epict.
III 14.8; pero para Ptolomeo se trata de una formulación general de la oposición entre un conocimiento indubitable provisto por las ciencias, que operan sobre un dominio físico cambiante de un modo limitado 42, sobre lo que vuelve en Alm., I 1 (I 6.11-21 H.) al calificar de εἰκασία, «conjetura», a la teología y la física por sus características no perceptibles y cambiantes respectivamente.
En cambio las matemáticas proveen de un conocimiento «seguro e indubitable», βεβαίαν καὶ ἀμετάπιστον 43.
Términos usuales y origen del lenguaje: Iudic.
Ya Boll (1894, pp. 79-82) señaló las coincidencias entre la doctrina del conocimiento ptolemaica y la de los peripatéticos según S. E., M. VII 217-226 (donde ἐπιστήμη tiene siempre τὸ ἀκριβὲς καὶ ἀδιάπτωτον) y donde «el intelecto no es capaz por naturaleza de examinar las cosas prescindiendo de la razón» (ibíd., 226). ἀλλὰ καὶ ἀπόντα· καὶ μὴ αὐτὰ μόνον, ἀλλὰ καὶ τὰς ἑαυτῶν πρὸς ἕκαστα διαθέσεις.
Justo cuando Ptolomeo declara su intención de explicitar cómo funcionan νοῦς y αἴσθησις, hace un excursus (προσπαραμυθετέον) para exponer su defensa de un lenguaje no técnico, dado que todas las distinciones subsiguientes dependen en última instancia de un lenguaje filosófico.
Ptolomeo comienza estableciendo la utilidad de los términos usuales de cara a la investigación sobre el criterio.
La misma discusión se encontraba ya en Aristóteles (Top.
VIII 496 K.) 44 acerca de la terminología médica alejada de la práctica real; según Tolsa 45 Ptolomeo estaría criticando aquí la que podría ser una de sus fuentes, Aristón de Alejandría (cf. fr.
6b36 ss., p.188), quien inventó algunos términos al hilo de su comentario a Arist., Cat.
7a4 ss., en el sentido de la necesidad de un lenguaje alejado de tales formas 46.
Quizás no haya que ir tan lejos y recordar que ya Aristóteles había establecido en Top.
140a3 ss. que el uso de términos no habituales es motivo de oscuridad en la definición 47, e incluso (como Ptolomeo hará después, cf. infra) asocia también la oscuridad a la homo nimia.
Pero aunque Aristóteles es un texto subyacente a Iudic., este tratado participa más bien de un milieu en el que los científicos de tipo más práctico, como Galeno o el mismo Ptolomeo, abogaban por un uso laxo de los términos técnicos 48 (como método contra los ataques escépticos), con el añadido de un aporte epicúreo alejado de las sutilezas dialécticas.
IX 7.4 K. nuación en el origen del lenguaje, el tratamiento epicúreo de éste es bien aceptado por Ptolomeo.
Un ejemplo de la posición epicúrea sobre el tema se observa en Erotiano (Vocum Hipp. coll., 34.13-24), y el mismo Epicuro alude a la cuestión en Nat.
Además de las προλήψεις, pues, el conocimiento halla trabas en οἱ πολύτροποι ἐθισμοὺς τῶν λέξεων, «los múltiples usos de las palabras», lo que evoca el período, en la doctrina epicúreo-ptolemaica del origen del lenguaje, a la πολυχωρία τῶν ὀνομάτων (Ptolomeo).
De acuerdo con Long, la expresión epicúrea implica: a) el uso de un término en más de un sentido (es decir, homonimia), y b) el uso de términos generales, con múltiple referencia (polisemia).
Siguiendo la interpretación de Long, la conexión directa entre las προλήψεις y los términos rápidamente comprendidos y sin ambigüedades implica un uso legítimo de tales términos 50.
Aquí sin duda encontramos la base para la posterior alusión ptolemaica (infra, 6.1) a los fenómenos de ambiüedad lingüística.
¿Qué entiende Ptolomeo por términos habituales?
En 4.2 serían las «palabras usadas por la mayoría» 51.
Más allá de la influencia epicúrea, la defensa de un lenguaje habitual conecta con el momento «natural» en la génesis del lenguaje, y arroja una luz negativa sobre la excesiva creación de palabras en la segunda fase de tal génesis.
Rebasa además al epicureísmo en el sentido de que no se trata de κενοὶ λόγοι (D. L. X 37-38: términos lo suficientemente amplios como para ser ambiguos), sino de términos con amplio peso en la filosofía.
Por otra parte, los términos naturales aseguran no sólo no tener que «legislar» sobre ellos, sino también la relación «icónica» entre juicio y expresión.
Por tanto, es evidente que este deseo de un lenguaje no técnico no parece seguirse ni en Iudic. ni en Harm.: ambas (como otras de nuestro autor) incorporan muchísimo léxico técnico filosófico de escuelas diversas, sobre 49 Cf.
Aristóteles, en el pasaje citado de Tópicos, había ejemplificado con términos poéticos de Platón el cómico.
6.10 ss.) reconoce la necesidad de optar por un léxico conocido o uno abstruso. todo estoica, sin pretensión de exactitud52; en 5.4 Ptolomeo defiende sólo la utilidad de la terminología.
Desde luego éstas no son «palabras vacías» y quizás no son «las más fáciles de seguir para la mayoría», como se postula infra en 6.2; pero su uso indeterminado conlleva el riesgo de polisemia que explí ci ta mente Ptolomeo quiere superar en 6.1.
En otras palabras, se trata de un léxico técnico que se vuelve «habitual» cuando es compartido por todas las escuelas filosóficas post-helenísticas y se vuelve ambiguo.
La originalidad de la metáfora judicial en el juicio filosófico probablemente limitaría su ambigüedad a juicio de Ptolomeo.
En cuanto al origen del lenguaje, Long 1989 y Verlinsky 2013 han señalado que la presentación ptolemaica sigue de cerca la de Epicuro (Ep.
Herod. = D. L. X 75-76) en lo que es claramente un compromiso entre convención y naturalismo 53.
De acuerdo con Luhtala 54 la introducción por Aristóteles en De interpretatione del término σύμβολον cancela la teoría de la imitación (naturalismo) del Crátilo platónico, y si esto es correcto Ptolomeo no estaría siendo muy congruente ahora con la sección anterior donde sí aceptó que σύμβολα era lo equivalente a διάλεκτος, y que correspondía a τὰ διανοηθέντα (es decir, una perspectiva no naturalista).
Epicuro articula su tesis en dos momentos históricos: ἐξ ἀρχῆς μὴ θέσει γενέσθαι, y después κοινῶς, correspondientes a los ptolemaicos φυσικῶς y κατὰ τὴν... ἐφαρμογὴν συνθέσεώς τινος respectivamente, y referidos a la creación individual 55 seguida de la social.
Ptolomeo acepta, como los epicúreos, el origen colectivo del lenguaje una vez formada la sociedad (Lucr.
V 1015 ss., sobre todo 1041 ss.), que deriva, como también en el caso de Epicuro (X 76), hacia la variedad lingüística basada en la diversidad humana (Iudic.
Por tanto Ptolomeo recoge en 4.3 la doble naturaleza (convencional y natural) del lenguaje de Epicuro 56.
Ahora bien, ¿por qué acepta la doctrina epicúrea?
Ptolomeo estaba comprometido con la doble naturaleza del lenguaje dado su rechazo filosófico a la dialéctica (tal y como era entendida por los estoicos) y su opción por un lenguaje natural y fluido como se verá en 6.1-2.
Por otro lado, la teoría de Epicuro está destinada a explicar que la fase conven cio nalista del lenguaje evita ambigüedades y redundancias 57.
Por último en esta sección presenta (4.6) las consecuencias de la abundancia léxica, lo que en el bosquejo sobre el origen del lenguaje lleva a «establecer leyes» o «nominar» (ὥσπερ νομοθετεῖν).
El establecer leyes sobre el lenguaje como un componente de la filosofía hace referencia muy probablemente a la dialéctica estoica (cf. D. L., VII 46-48 = SVF II 130) a la que alude aquí irónicamente Ptolomeo (τὸ μέγιστον φιλοσοφίας), pero tales leyes también estaban ya presentes en la doctrina aristotélica.
La actitud opuesta es, por supuesto, la de los epicúreos (cf. D. L. X 31 y Cic., Fin.
Las disputas de palabras: Iudic.
335 Us.]) transmite una visión naturalista de Epicuro en la lengua.
Ptolomeo se ocupa a continuación del valor de las palabras y su uso en filosofía.
Antes, en 5.3-4, ha destacado -como preparación-el valor del silencio, reduciendo drásticamente el papel del lenguaje hablado frente al λόγος ἐνδιάθετος.
La interpretación de tal apreciación del silencio según Tolsa58 es que, si el lenguaje no es convencional porque de algún modo refleja la estructura de la realidad, éste ayuda a transmitir el resultado de la investigación pero no lo investigado en sí mismo59.
De cualquier forma esto se compadece con la renuencia ptolemaica a νομοθετεῖν y a la indiferencia terminológica que se desprende de 5.6.
De nuevo Ptolomeo se apoya en una tradición que fluye desde los pitagóricos y Platón hasta Filón de Alejandría60.
El núcleo del pasaje que nos ocupa es el problema en el uso de las palabras.
Vuelve veladamente a la discusión presentada supra en cap. 4 acerca de la poca importancia de la terminología técnica, algo que aceptaba con Galeno y que Tolsa 2016 reconduce a una fuente posible de Ptolomeo, Aristón; Long 1989 y también Tolsa 2016 ven una velada influencia de Antíoco de Ascalón 61.
Si la idea es que es el λόγος ἐνδιάθετος el aspecto más importante, la charla sobre el significado de los términos es irrelevante.
También aquí nos encontramos el subtexto de Epicuro (Ep.
Herod. = D. L. X 38) cuando privilegia que «en cada vocablo atendamos a su sentido primero y que no requie-ra explicación, si es que hemos de tener un término al que referir lo que se investiga, se discute o es objeto de opinión».
El pasaje ptolemaico, con todo, es difícil de interpretar, y además a juicio de Boll es lacunoso.
La oposición αἱ μέν / δηλοῦσαι δέ está referida bien a φωνο μαχίαις, bien a un aludido λέξεις.
Si lo entendemos bien, habría: a) palabras o discusiones sobre las palabras, inútiles para la filosofía, en las que se investiga sobre su uso extendido o no, así como si tienen significado.
Es posible que en este punto Ptolomeo tuviera in mente la discusión sobre palabras como βλίτυρι o σκινδαψός, manejadas por los comentaristas de Aristóteles como ejemplos de reunión silábica sin referente 62 (lo que tiene sentido si se piensa en la alusión posterior de Ptolomeo a las sílabas); o incluso los κενοὶ λόγοι de Epicuro; b) palabras o discusiones propias de la filosofía: esto se daría cuando las palabras sí significan (o tienen un refe rente: δηλοῦσαι), y su uso es entonces requerido para la κρίσις 63.
En este caso el significado es investigado por su convencionalidad (aunque el len guaje tenga, como se explicitó en 4.5, una parte originaria de creación na tu ralista).
Éste es el marco de la aceptación de los «términos acostum bra dos».
Pero ahora pueden ocurrir dos cosas: b.1) llegar a las definiciones (ὁρισ μοί) con un resultado vacuo, o b.2) centrarse en el significado, lo que no contribuye a la κρίσις, quedándose aquél como objeto del λόγος y la διά νοια.
El ataque a la pura «definición» (ὁρισμός) vuelve a llevarnos tanto a Aristóteles como a la doctrina epicúrea.
Ya se ha señalado cómo Aristóteles, en Tópicos, establecía como causa de oscuridad en la definición tanto la homonimia como el uso de términos no habituales.
Por su parte, en el texto citado de Cicerón (Fin.
I 22) 64 se hace referencia a Epicuro por «abolir las definiciones», y no enseñar «nada acerca de las divisiones y particiones».
De acuerdo con Aristóteles (Ph.
184a23-184b14) una definición «divide» en sus particulares sentidos (ὁ δὲ ὁρισμὸς αὐτοῦ διαιρεῖ εἰς τὰ καθ' ἕκαστα) y Filópono (in Ph.
63 La κρίσις es la parte correspondiente, en el κριτήριον, a οὗ ἕνεκεν: cf. Iudic.
De acuerdo con Ptolomeo (5.5), las φωνομαχίαι 66 que llegan tan sólo hasta las definiciones, son vacías y no dan en el blanco, de modo que lo esencial es lo que se quiere significar y no con qué términos se hace 67.
En lo que respecta al significado, para Ptolomeo, que sigue a Epicuro (cf. D. L. X 38) 68, la discusión sobre aquél no aporta nada al juicio siendo objeto de pensamiento y razón.
Como Ptolomeo explicita (cap. 3), el λόγος es el κρινόμενον y su instrumento es la δόξα.
Sexto Empírico había dividido las escuelas filosóficas por sus criterios en torno a la verdad (M. VIII 11-13): mientras que los estoicos sí incorporan a su investigación la verdad, los epicúreos se atienen al significante y al objeto, y según Sexto fían lo verdadero y lo falso a la expresión (περὶ τῇ φωνῇ τὸ ἀληθὲς καὶ ψεῦδος ἀπολείπειν) 69.
Esta opción forma parte, con matices, de la posición de Ptolomeo sobre la cuestión.
66 Un raro término que sólo parece ser usado (en su correspondiente forma verbal) por Sexto Empírico,H. II 195; cf. Arist.,SE 182b23.
67 Cf. infra cap. 6, una defensa de los términos comunes y la «palabra para la cosa» más bien que «palabras para las palabras», de acuerdo con Epicuro (D. L. X 37, «las cosas que subyacen a las palabras», τὰ ὑποτεταγμένα τοῖς φθόγγοις): cf. Ptolomeo vuelve a evitar la vana discusión sobre terminología y persigue sólo la clarificación.
Se trata aquí de otro tópico tanto filosófico como gramatical: la ambigüedad del lenguaje.
Por ejemplo, los tipos de ἀμφιβολίαι están bien estudiados por los estoicos (véase D. L. VII 62 y 193), y Galeno, en De captionibus (XIV 582-598 K.) se hace eco de ellas en su preocupación por el significado (única virtud del lenguaje frente a otras supuestas como la musicalidad o la caligrafía); pero la ventaja de la claridad terminológica ya era defendida desde Aristóteles (Rh.
Como era inevitable, Ptolomeo es consciente de los problemas de la homonimia y de la polisemia, a los que no concede un carácter irresoluble: basta con añadir los matices correspondientes (προσπαραμυθουμένοις ἕτερον τι τῶν ἰδίων τοῦ σημαινομένου) 71.
Además de entender una referencia de Ptolomeo a las Cate gorías aristotélicas como hace Tolsa 72, podemos suponer también subya ciendo Tópicos, donde a la oscuridad de la homonimia sigue la del léxico no habitual.
Más bien nos encontramos por un lado ante una postura frente a la exactitud demostrada por los estoicos en su recuento de las ἀμφιβολίαι (de hecho, en el esquema del origen-evolución del lenguaje esbozado supra en 4.3-6, en la segunda etapa Ptolomeo había establecido que erróneamente los hombres «dispusieran leyes» ante la abundancia léxica, incluso más allá de las necesidades del λόγος προφορικός); por otro lado, ante el hecho de que Ptolomeo sigue aún en la senda epicúrea de despreocupación por la resolución de los sofismas o ambigüedades, tal y como Cicerón señala (Fin.
No obstante, ello no hace más clara la cuestión de la relación entre las palabras y las cosas.
El mismo Epicuro (D. L. X 37-38) privilegiaba, es cierto, «lo que subyace a las palabras» para, acto seguido, referirse al «pri mer pensamiento (suscitado) por cada palabra», sin necesidad, añade, de «añadir más pruebas».
La inmediatez de la primera idea -o si se quiere, acepción-del término evitaría no llegar a una investigación interminable, pues suprime la discusión terminológica 73.
224, Ptolomeo emplea un término utilizado por la Academia nueva en su sentido técnico, ἀπερίσπαστος (cf. S. E., M. VII 166) para caracterizar la supresión de las disputas terminológicas.
Ello viene asociado con la importante noción de «continuidad», τὸ ἐφεξής (en la lectura, pero sobre todo en la intelección).
Esta continuidad, que elimina las disputas «en los términos de las discusiones», también se da a nivel silábico (ἐν ταῖς συναφαῖς τῶν συλλαβῶν): un término fácil o acostumbrado no sólo facilita su lectura o emisión, sino que además se integra fácilmente en el discurso, evitando las φωνομαχίαι (producto de la necesidad de un silabeo lento, lo contrario de τὸ ἐφεξῆς) y, de paso, elimi nando la necesidad de las definiciones.
Tal estrecha relación entre signi ficado, definición y silabación se leerá también en Filópono, in Ph.
Ptolomeo sigue el modelo epicúreo mostrado por Cicerón (Fin.
I 22) y va contra la insistencia estoica en la definición (cf. D. L. VII 60-62), pero también aboga por evitar un juicio erróneo derivado de un lenguaje no natural.
Tolsa 75 considera esta referencia a las sílabas como una crítica velada a las Categorías aristotélicas, dado que en 4b20-37 dice el Estagirita: ἔστι δὲ διωρισμένον ἀριθμὸς καὶ λόγος: el lenguaje es una cantidad (ποσόν), y se refiere explícitamente al lenguaje hablado (Ptolomeo: διάλεκτος).
Aristóteles afirma que cada sílaba está separada en sí misma 76; los comentaristas de Aristóteles se centran en el hecho de que el ensamblaje silábico de una palabra no adquiere su coherencia por el significado de la palabra, pues términos como βλίτυρι (carentes de significado) pueden ser descompuestos en sílabas 77.
En tal discusión no entra Ptolomeo, pero esta perspectiva es equivalente a su rechazo de la definición en tanto que análisis.
Se puede observar esquemáticamente las oposiciones establecidas: (término no empleado por Ptolomeo): en D. L. X 33 leemos que la conexión entre la pronunciación de un término y su representación mental es directa (cf. Long 1971, p.
74 Una expresión eco de la que recoge Diógenes Laercio sobre Epicuro en X 31, τὴν διαλεκτικὴν ὡς παρέλκουσαν ἀποδοκιμάζουσιν· ἀρκεῖν γὰρ τοὺς φυσικοὺς χωρεῖν κατὰ τοὺς τῶν πραγμάτων φθόγγους.
El lenguaje como herramienta
Ptolomeo concluye su excursus sobre el lenguaje (6.3) aludiendo a su carácter meramente instrumental, y pasa a la consideración de los «ele mentos del criterio», percepción y pensamiento:
dérese que los estoicos asignan la verdad o falsedad a las propo siciones, no directamente a los hechos: cf. S. E., M. VIII 11) 80.
Aquí reside su originalidad: centrándose en los objetos mismos, a los que va dirigida la κρίσις, acepta el valor de los significantes lingüísticos sólo si no provocan ambigüedades al no tratarse de términos usuales; pero mientras que para Epicuro ambos extremos (significante y referente) están al mismo nivel 81, para Ptolomeo el papel del lenguaje es auxiliar y la verdad puede alcanzarse en silencio.
Por último, respecto a la doctrina estoica Ptolomeo no acepta los λεκτά: éstos son caracterizados en todas las fuentes como incorpóreos, y Ptolomeo se apoya en un pragmatismo de corte epicúreo en el que el análisis lingüístico no tiene cabida (de acuerdo con 7.2, uno puede observar la dife rencia entre dos cosas aunque su terminología se cambie «mil veces»).
El informe de Sexto Empírico (M. VIII 12) iguala la cosa significada con el enunciado: la verdad o falsedad se traslada al enunciado, con lo que, según Ptolomeo, se llega a las «definiciones» y a cuestiones de λόγος y διάνοια, pero no de κρίσις.
El mismo Sexto alude a la opción de Epicuro, la de confiar tan sólo en la expresión (τῇ φωνῇ) 82.
Pero según él habría otra posibilidad (que considera «mera invención de escuela»), la de quienes sitúan lo verdadero «en la actividad del pensamiento».
Es en esta opción inverosímil para Sexto donde debemos probablemente situar a Ptolomeo. |
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En este artículo estudiamos el uso del ejemplo histórico desde la perspectiva retórica en la ora toria de Elio Aristides.
Los estudios al respecto se han dirigido hasta ahora a cuestiones pro pia mente históricas y de Quellenforschung.
Nosotros parti mos, sin embargo, de la deter mi nación de los componentes persuasivos del discurso, en general, y del ejemplo (παράδειγμα), en particular, por el sistema de la Retórica.
Analizamos, luego, cómo determinados temas y motivos históricos consti tuidos en παραδείγματα, esto es, en modelos y precedentes del pasado con valor retórico, se integran tanto en el tejido argumentativo como estilístico del discurso.
El ejemplo histórico que analizamos aquí es el conformado en el Panatenaico con lo que sucedió en Atenas en el año 491 a.
Palabras clave: Elio Aristides; Retórica; ejemplo histórico; Guerras Médicas; heraldos.
Aunque el empleo en el discurso de παραδείγματα o ejemplos del pasado his tó rico o legendario para justificar o valorar por comparación una determinada deriva de la acción presente o futura es tan antiguo como la propia literatura griega 1, es Aristóteles quien fundamenta en la teoría y en la práctica su uso retórico al integrarlo en su esquema de pruebas (πίστεις) o medios para conseguir la adhesión a través del λόγος, persuasión que procede de la argumentación discursiva (Rh.
El παράδειγμα o ejemplo sería para el Estagirita una estructura argumentativa inferencial, un método de razonamiento y de prueba similar a la inducción lógica (ἐπαγωγή) en el que se aduce algún caso o casos parti culares conocidos que sirven para inferir o para fundamentar la regla o enunciado propuesto por el orador (Rh.
Y para esa argumentación por el ejemplo, la historia, por su prestigio, conocimiento generalizado y valor paradigmático, es una gran fuente de contenidos para el orador en la operación retórica de inuenire (Caballero 2015): el recuerdo en el discurso de un hecho o de un personaje conocido del pasado puede encajar perfectamente en la estrategia argumentativa del orador con vistas a la persuasión.
Se trataría de invocarlo como precedente para justificar una tesis; o podría inducir a la identificación entre aquel suceso o aquel personaje del pasado dotados de prestigio y los del presente sometidos a la causa, de manera que ambos reciban la misma valoración, o, simplemente, suceso y personaje se aducirían como modelos para excitar a una acción o a un comportamiento similar.
Es por ello por lo que Aristóteles también reconoce lo útil que es para el orador el conocimiento de «las historias de aquellos que escriben sobre las acciones de los hombres» (Rh.
Aristóteles es estrictamente contemporáneo de los grandes oradores áticos del siglo IV a.
C.; sea o no por retroalimentación, el uso de ejemplos históricos está ampliamente extendido en sus discursos 2 y los maestros de retórica, con sus codificaciones, sus estructuras, sus normas y sus consejos, debieron contribuir a ello.
Isócrates, justamente, el más influyente de estos maestros (Nicolai 2004), menos especulativo y más práctico, había incor porado y reconstruido en sus discursos, que servirán de modelos para el aprendizaje de sus discípulos, no sólo episodios de naturaleza histórica, sino también consideraciones relativas al modo de integrar en la estructura argumentativa del propio discurso dichos episodios.
Es programático, en este sentido, el exordio del Panegírico, donde el rétor ateniense dice que los hechos pueden expresarse de muchas formas en los discursos e, incluso, podrían ser alterados e interpretados de distinta manera si el καιρός lo requiere (Or.
Lo que antes podía haber sido un empleo intuitivo y circunstancial de un tema o personaje histórico con vistas a la comparación con el caso en cuestión, ahora queda formalizado e integrado conscientemente en la estructura argumentativa del discurso, algo que se aprenderá y practicará en la escuela.
La historia, de hecho, tendrá un gran prestigio y una amplia presencia en el currículo de las escuelas de retórica, que, a través de ejercicios (progymnásmata) como la etopeya, la descripción o la narración, contribuirán por añadidura a fijar en la memoria personajes y hechos históricos relevantes (Nicolai 2007).
Es interesante señalar que el florecimiento de las escuelas de retórica en las épocas helenística y romana, reconocida la utilidad de la historia y de la historiografía para suministrar ejemplos, llevó parejo el incremento de manuales sintéticos de contenido histórico (ático, Cornelio Nepote, Varrón), epítomes de obras históricas de grandes dimensiones (Polibio, Salustio, Tito Livio), colecciones de excerpta (Polibio) o colecciones de hechos y dichos memorables (Valerio Máximo) con el objetivo de favorecer su aprendizaje y su uso en los ejercicios de escuela y en los discursos reales o ficticios.
Sea como fuere, la paideía retórica reforzó el interés por el ejemplo histórico y afectó a su práctica, de manera que los rétores privilegiaron también su uso como instrumento didáctico y como recurso elocutivo.
Esto es, si el exemplum histórico había servido, sobre todo, como instrumento funcional para la persuasión (probare / mouere), con los nuevos tiempos van a prosperar también sus funciones didáctica, como herramienta retórica para mostrar una línea determinada de comportamiento (docere), y estética, como procedimiento expresivo que agrada y divierte a un auditorio deseoso de escuchar y leer historias y anécdotas del pasado (delectare).
Es por lo que Cicerón y otros rétores incluyen también el exemplum no sólo en la fase de la inuentio y la probatio, sino también en su exposición de la elocutio y de la ornatio, clasificándolo dentro de las figuras retóricas 3.
Él mismo, sabedor de su valor retórico, como no podía ser de otra manera, hizo un amplio uso del exemplum histórico en sus discursos.
Pues bien, constatamos que el rétor Elio Aristides, uno de los representantes más relevantes de la llamada desde Filóstrato «Segunda Sofística» (VS I 481) 4, hace en sus discursos un uso frecuente del ejemplo histórico.
El interés de la crítica, sin embargo, se ha dirigido a cuestiones propiamente históricas y de Quellenforschung, y son escasos los trabajos que se dedican a estudiar su función y empleo prácticos y su encaje en el tejido argumentativo y estilístico del discurso.
Estudiar, en efecto, la presencia del ejemplo histórico desde la pers pectiva retórica en la oratoria de Elio Aristides es el objetivo del proyecto que en estos momentos estamos desarrollando.
En él, partiendo de la determinación de los componentes persuasivos del discurso, en general, y del ejemplo, en particular, por la Retórica, llevamos a cabo, primero, una recopilación, clasificación y estudio individualizado de los motivos y temas históricos de los que se vale Elio Aristides en sus discursos.
Analizamos, luego, cómo dichos temas y motivos constituidos en παραδείγματα, esto es, en modelos y precedentes del pasado con valor retórico, se integran tanto en el tejido argumentativo como estilístico del discurso.
En este trabajo vamos a presentar el estudio de uno de esos motivos históricos conformado en ejemplo.
Se trata de un suceso que, en principio, podría parecernos de tipo secundario, pero que tanto en las fuentes histo riográficas como en la oratoria de nuestro rétor tiene, como vamos a com probar, su relevancia.
Se trata de lo que aconteció en Atenas en el año 491 a.
Es Heródoto la fuente primera del suceso y el relato de lo que a su juicio sucedió lo refiere en diversos momentos de su Historia.
En el libro VI, capítulos 48-49, Heródoto da la noticia del envío de heraldos (κήρυκας) a todas las regiones de Grecia para demandarles, en nombre de Darío, «la tierra y el agua», que era, siempre en términos de superioridad, la fórmula típica de la diplomacia persa en sus relaciones con otros pueblos para pedirles formalmente su sumisión (Walser 1975).
Pero Heródoto nada que lo trata dentro de las figuras de pensamiento (Rh.
IV 62), y también se hará eco de ella Quintiliano en su Institutio Oratoria V 11.5.
4 La bibliografía que debate esta denominación y su alcance es muy abundante.
Borg 2004 y Whitmarsh 2005 ofrecen útiles estados de la cuestión. cuenta, de momento, de la respuesta de los atenienses a los heraldos, sino que el relato se interrumpe, como por otra parte es habitual de la técnica narrativa de Heródoto, para introducir por asociación de ideas una larga digresión sobre el origen de la diarquía espartana y otras cuestiones de la política interestatal griega.
Hasta el capítulo 95 no se retoma el hilo de la historia tras la digresión; pero tampoco se refiere nada de la suerte de los heraldos de Darío.
Hemos de esperar hasta el libro VII y cuando se está narrando ya la Segunda Guerra Médica con Jerjes para saber cuál fue la respuesta de los atenienses a las exigencias del persa.
En efecto, es ahora Jerjes quien envía en el año 481 a.
C. nuevos heraldos a Grecia para exigir «la tierra y el agua»; pero, a diferencia de lo que hizo su predecesor, los únicos lugares a los que no envió emisarios fueron Atenas y Esparta.
Y Heródoto explica la causa:
Y por cierto que Jerjes no despachó heraldos a Atenas y Esparta para exigir la tierra por la siguiente razón: años atrás, cuando Darío envió a sus heraldos con idéntica misión, los atenienses arrojaron a quienes les formularon dicha exigencia al báratro y los espartanos a un pozo, instándoles a que sacasen de allí la tierra y el agua y se la llevaran al rey.
[2] Ésa fue la razón de que Jerjes no despachara emisarios para plantearles su demanda.
En ese sentido, no puedo especificar qué desgracia llegó a sucederles a los atenienses por haber tratado así a los heraldos, como no sea que su territorio y su ciudad fueron saqueados; con todo, creo que ello no ocurrió por ese motivo.
(Traducción de C. Schrader) Por fin sabemos cuál fue la respuesta de los atenienses y la de los espartanos: ambos dieron muerte a los heraldos de Darío y ambos come tieron, a ojos de Heródoto, un acto sacrílego además de escabroso 5, un crimen contra las leyes no escritas de todos los hombres que debía ser castigado por la divinidad.
Las consecuencias para los atenienses no puede concretarlas, aunque apunta, con alguna duda, que consistió en el saqueo que sufrió Atenas poco después.
Las que sí narra con todo detalle (capítulos 134-137) son las consecuencias que de este acto se derivaron para los espartanos: el asesinato provocó «la ira de Taltibio», por lo que Esparta no conseguía obtener presagios favorables en sus consultas.
Para expiar el sacrilegio, Esparta envió a Jerjes dos voluntarios (Espertias y Bulis) para que fueran ejecutados; pero el rey persa, refiere Heródoto (VII 136.
2), «dando muestras de magnanimidad, les dijo que no iba a imitar a los lacedemonios; pues, si ellos habían conculcado las normas vigentes entre todos los humanos al acabar con unos heraldos, él no incurriría en el crimen que les imputaba».
Aunque tras el perdón del rey, «la ira de Taltibio» se aplacase momen táneamente, cuenta el historiador (VII 137.1-2), ésta «al decir de los lacedemonios, se reavivó mucho tiempo después, durante la guerra entre los peloponesios y los atenienses; hecho éste que, en mi opinión, posee, donde los haya, un carácter sobrenatural.
Pues que la ira de Taltibio se abatiera sobre unos mensajeros, y que no se aplacase hasta haber obtenido una reparación, es algo que lo exigía la justicia».
C. explicaría otro suceso acaecido durante la Guerra del Peloponeso que estalló en el 431 a.
C. Y es que en la mentalidad griega de la que se hace eco Heródoto un acto atentatorio contra las leyes no escritas no puede quedar impune (doctrina de la némesis).
Y el asesinato de los heraldos de Darío que, como todos los mensajeros, gozaban de inviolabilidad y, por lo tanto, estaban bajo la protección divina de Hermes, el mensajero de los dioses, y del propio zeus (Wéry 1966, Mosley 1973), constituía un crimen de suma gravedad.
Después de Heródoto, los autores que refieren la historia de la ejecución de los heraldos de Darío, aparte de Elio Aristides, son Plutarco y Pausanias, aunque cada uno con sus particularidades.
Plutarco recoge el suceso en la biografía de Temístocles (6.
Este es su escueto relato: ἐπαινεῖται δ ̓ αὐτοῦ καὶ τὸ περὶ τὸν δίγλωττον ἔργον ἐν τοῖς πεμφθεῖσιν ὑπὸ βασιλέως ἐπὶ γῆς καὶ ὕδατος αἴτησιν.
[4] ἑρμηνέα γὰρ ὄντα συλλαβὼν διὰ críticos del carácter artificial del episodio y que la reacción ateniense habría sido inventada tras conocerse la respuesta de los espartanos (cf. infra).
Es muy celebrado lo que hizo con el traductor cuando la embajada del rey para pedir tierra y agua.
[4] Pues apresó al intérprete y lo hizo matar me diante decreto, por atreverse a emplear la lengua griega para órdenes de los bárbaros.
(Traducción de A. Pérez Jiménez) En primer lugar, el polígrafo de Queronea nada refiere aquí de la suerte de los heraldos, a los que cita no con el término griego correspondiente (κήρυκες), sino con un nada comprometido ἐν τοῖς πεμφθεῖσιν ὑπὸ βασιλέως.
Tampoco se dice si esos enviados lo fueron por el rey Darío o por Jerjes, en cuyo caso el hecho se llevaría hasta el 481 a.
C. y estaría desmintiendo la información de Heródoto (VII 133).
No obstante, nada impediría pensar que el hecho aquí aludido sea el del año 491 a.
C., pues, aunque Temístocles obtendría su mayor fama por el éxito de Salamina, ya tuvo influencia en la política ateniense mucho antes, como reconocen sus biógrafos (Nepos, Them.
C. y, precisamente, los trabajos para reforzar el Pireo, pieza fundamental de la estrategia marítima de Atenas impulsada por él, se iniciaron bajo su magistratura (Th.
Y, lo más novedoso, de la historia se ha expurgado cualquier mención al crimen sacrílego cometido por los atenienses, porque el ejecutado ahora es el intérprete que se ha atrevido a usar su voz en beneficio de los enemigos; y lo ha sido, al parecer, mediante un decreto votado en la asamblea por los atenienses a propuesta de Temístocles, el personaje cuya astucia política, capacidad de influencia y enorme previsión está ejem plificando Plutarco en su biografía con rápidas anécdotas de esa clase.
Desde luego, la ejecución de un intérprete, por muy deplorable que sea, no puede ser comparada con el asesinato de los heraldos y, en ningún caso, su responsable debía responder ante la divinidad.
Por cierto, Cornelio Nepote, autor latino de otra moralizante Vida de Temístocles en el siglo I a.
C., no transcribe nada del episodio de los heraldos ni del intérprete ni de la intervención del general ateniense.
No sabemos de dónde ha podido sacar Plutarco la versión del suceso con la aparición del intérprete.
Para esta anécdota, como en muchas otras ocasiones, el polígrafo no cita su fuente (Ramón Palerm 1992, pp. 32-40).
El verbo que la introduce, ἐπαινεῖται «es muy celebrado», sugiere que pudo leerla en algunas de esas colecciones de hechos célebres, máximas y dichos proverbiales de personas principales que estaban tan difundidas y eran tan del gusto de la época y de las escuelas de retórica.
En ellas se asociaban personajes famosos con hechos famosos (o infamantes), sin el permiso de la historia o retorciendo la propia historia en beneficio de la propaganda (Piccirilli 1987); ahí se había concitado toda una tradición que se remontaba hasta la época de los personajes en cuestión, habida cuenta de sus más que conocidas rivalidades familiares y políticas, contando unos y otros con sus respectivos detractores o aduladores (Ghinatti 1970).
Pausanias, en fin, sí menciona el episodio de los heraldos de Darío en su Periegesis; y lo hace en el libro III 12.7, con ocasión de la descripción de la tumba de Taltibio en Laconia.
Cerca del Helenio muestran el sepulcro de Taltibio; también enseñan los aqueos de Egio sobre el ágora un sepulcro, que dicen que es el de Taltibio.
La cólera de Taltibio por el asesinato de los heraldos que fueron enviados a Grecia por el rey Darío para pedir la tierra y el agua se manifestó en todo el pueblo de Lacedemonia y en Atenas sólo individualmente en la casa de un tal Milcíades, hijo de Cimón.
Milcíades fue el responsable de que los heraldos que vinieron al ática murieran a manos de los atenienses.
(Traducción de Ma Cruz Herrero) Y también aquí hay novedades.
Frente a la información que nos suministraba Heródoto, sentenciado el asesinato de los heraldos en Atenas y en Esparta como un crimen sagrado, la cólera de Taltibio recae ahora sobre los espartanos en su conjunto; pero, en el caso de los atenienses, sólo en la casa de Milcíades, a quien se le hace responsable de que sus conciudadanos dieran muerte a los heraldos.
Como en otros muchos casos, tampoco nos es posible conocer la procedencia de la información de Pausanias y si ésta era escrita, suministrada por las muchas fuentes directas o indirectas que consultó para la composición de su Periegesis, u oral, oída con ocasión de su visita al lugar que describe (cf. Kalkmann 1886, Segre 2004, Akujarvi 2005).
Desde luego, su fuente de información en este pasaje no es Heródoto; el periegeta se hace eco de una versión de los hechos que, por un lado, exculpa a los atenienses como colectivo de tan execrable crimen, y, por otro, señala como responsable a Milcíades, el glorioso general de Maratón.
En esa atribución tan directa del crimen algo habrá tenido que ver también toda esa literatura denigratoria del personaje que, como en el caso, de Temístocles, habría empezado a circular en propia vida de Milcíades.
Cornelio Nepote, que escribe igualmente una Vida de Milcíades, obvia también el episodio de los heraldos al relatar la invasión del ática por parte de las tropas de Darío.
Pues bien, veamos qué hace el rétor Elio Aristides con toda esta información histórica (y, probablemente, mucha más que no ha llegado hasta nosotros), apta para elaborar exempla que, a buen seguro, estaba disponible y se aprendía en las bibliotecas y en las escuelas de retórica de la época.
El episodio de los heraldos aparece mencionado en el Panatenaico (Or.
I Lenz-Behr) 6, el discurso panegírico que, como era de esperar en un rétor de su categoría, Elio Aristides dedica a Atenas, porque la admiración por el pasado, tan propia de la cultura del momento, llevaba aparejada la admiración por Atenas, la ciudad de más prestigio cultural de las de toda la Hélade (Bowie 1981, p.
Nuestro rétor no se limita a exponer las cualidades y las virtudes de la ciudad siguiendo el orden de lugares comunes más o menos prefijado por la tradición retórica (D. H., Rh.
También aduce las pruebas necesarias que justifican la existencia en el elogiado de las cualidades y virtudes que se ensalzan.
Y aquí es donde entra de lleno nuestro tema.
Pues la historia, como hemos dicho, por su carácter paradigmático, ejemplificador, derivado de su conocimiento generalizado y su prestigio, se adapta perfectamente a esa necesidad.
Elio Aristides, en efecto, despliega una amplísima erudición histórica en este discurso que pronunció ante los atenienses con ocasión de sus fiestas panateneas 7.
7 No hay un criterio unánime sobre cuándo fue pronunciado el Panatenaico y si fue realmente pronunciado alguna vez.
333). justifican y encarecen su papel de cabeza de la Hélade y su des tino como educadora de todos los griegos, ocupan la mayor parte del dis curso y se extienden desde los párrafos 75 a 316 (de 404 párrafos en total)8.
El episodio de los heraldos de Darío se encuentra, como corresponde, entre los ejemplos históricos extraídos de las Guerras Médicas (Or.
Así lo declama Elio Aristides para probar que Atenas, por su excelencia, era la ciudad que más le importaba y le preocupaba al persa en sus planes de invasión de la Hélade:
Y, en primer lugar, el recorrido realizado por la Hélade de los heraldos enviados por él [Darío] y por el rey que le sucedió, exigiendo la tierra y el agua, comenzó por esta ciudad, y todo lo discutían con la vista puesta en ella.
En sus mensajes a los helenos y cuantos de continuo enviaban a los lugartenientes nada había sino Atenas, como si fuera lo mismo hablar de la ciudad de los atenienses y de la Hélade; y no sólo hablar, sino que también sucedería de hecho que, si uno sometía esta ciudad, tendría todas las ciudades.
Y, por su parte, cuanto a su vez debía ser utilizado y deliberado sobre el conjunto de la situación, todo lo examinaba la ciudad colocándose desde el principio ella misma al frente de los helenos.
E inmediatamente desde ambos bandos, desde el de los persas y desde el de los atenienses, se forjaba la guerra; el uno con amenazas e intentonas, la otra plantando cara y venciendo directamente en sus réplicas.
Y por ambas partes se comprobaba que la guerra de atenienses y persas era una guerra por la Hélade, unos intentando ocuparla y otros impedírselo.
En aquellas circunstancias, pues, los hechos fueron inferiores a las palabras -pero digo que los hechos de los otros fueron inferiores a vuestras palabras-y un decreto mejor que un trofeo resultó victorioso para el recuerdo, victorioso a la vez en palabra y hecho.
En efecto, fue inmediatamente señero en dos sentidos, no sólo por la votación a mano alzada, como una ley, sino también por la ejecución de los mensajeros.
Y al que interpretó los escritos le concedieron una votación más a mano alzada, para que, puesto que era heleno, tuviera además la imagen del juicio; pero lo mataron también a ése, por pensar que no era propio servir a los bárbaros ni siquiera con la voz.
La firmeza le sobrepasó, pues no tuvieron por digno que un colono de la ciudad se convirtiera en intérprete del enemigo natural contra la propia ciudad y los helenos.
También, así pues, lo arrojan al báratro, de forma que otros anunciaron al rey las respuestas, y no pudo saberlas de los que habían sido enviados.
Pero el rey se movía ya de forma más que evidente, y, de un lado, ordenaba a sus lugartenientes que prepararan desde ese instante grilletes, aumentándolos en cuantos creía que eran los atenienses, para que ninguno de ellos escapara sin cadenas, y disfrutando con su cólera mientras fue posible; de otro lado, disponía a sus multitudes a unos unas tareas y a otros otras.
A partir de este momento los heraldos ya no pisaron la Hélade y enviaba entonces la expedición anunciándose a sí misma.
(Traducción propia) En su reelaborado relato, Elio Aristides parece intentar conciliar las diferentes versiones del suceso.
Con Heródoto está de acuerdo en que los heraldos persas fueron ejecutados en Atenas y precipitados al báratro.
Pero esto se dice indirectamente mediante los verbos en plural y los adverbios inclusivos (el término κήρυκες 'heraldos', sólo se utiliza directamente en la primera y en la última línea del ejemplo, casi a modo de Ringkompostion); porque quien adquiere protagonismo es el decreto votado y aprobado por la asamblea, máxima representante del régimen político de Atenas, que condena a los heraldos y, con la imagen de un juicio, también al intérprete griego por prestar su voz al enemigo; y en esto concuerda con Plutarco, pero sin citar a Temístocles ni a ningún otro ateniense famoso: no parece muy oportuno en un discurso que ensalza y evidencia las virtudes de Atenas en su conjunto.
De hecho, los nombres propios de los gloriosos Milcíades, Aristides, Temístocles, Pericles, Cimón, etc. brillan por su ausencia en el Panatenaico.
Elio Aristides conocía, sin embargo, la versión con la participación que en la decisión sobre el trato dado a los heraldos persas habían tenido Milcíades y Temístocles.
Lo comprobamos en otro discurso de nuestro rétor: el que lleva por título A Platón en defensa de los Cuatro (Or.
III Behr), que no es ya un elogio (al menos no es un elogio explícito), sino un discurso pretendidamente forense en el que el sofista hace gala de una de las prácticas más queridas de la retórica de su época al polemizar de manera ficticia con un personaje de referencia como es Platón.
Aquí, Elio Aristides se erige en abogado defensor de los cuatro generales atenienses más célebres (Milcía des, Temístocles, Cimón y Pericles) contra las acusaciones que el filósofo les lanzó en el Gorgias por boca de Sócrates.
En efecto, entre la prolija argumentación que despliega para rebatir los cargos del filósofo contra Milcíades y Temístocles, por malos gobernantes y peores consejeros de la ciudad (Grg.
519a), aporta como ejemplo histórico la implicación de estos generales en el episodio de los heraldos.
Pues si hubieran tenido por digno salvarse entregando las armas o llegando a un acuerdo con los heraldos o eligiendo como señor al rey de los persas en lugar de las leyes, yo al menos no habría creído que se debía felicitar ni a los que les persuadieron por sus discursos ni a los que se dejaron persuadir por su salvación, sino que en verdad les podría yo llamar servidores y remeros a jornal, como los barqueros, no sólo, si lo prefieres, como los timoneles.
Pero si, comenzando por los propios heraldos y la respuesta que recibieron, advertían a los atenienses que debían ejercitarse para el combate por la libertad de los helenos y no dejar las filas del buen juicio, no arrojando las armas ni cediendo a los miedos, sino tomando las armas y superando los miedos, y más bien considerando terrible e insoportable este único miedo, ceder ante hombres inferiores y abandonar la dignidad patria, si tenían por digno que con estas palabras y con esta disposición debían presentarse en el momento en que se decidía todo y aceptar lo que sucediera como si en ambos casos por igual fueran a obtener provecho, no veo qué servidumbre innoble implica eso o de qué modo se parecen a los cálculos de un timonel.
(Traducción propia) En el caso de Temístocles, que es el general en cuya defensa emplea Elio Aristides más palabras, el relato es más detallado e incluye la ejecución del intérprete griego.
Hasta aquí, pues, dio los más importantes consejos y nada puede criticarle Platón; antes bien, si no le hiciera un encendido elogio, me parece que no tendría manera de no sentirse avergonzado.
Pues es evidente que no sólo condujo a los atenienses a esa decisión y los alineó en esta resolución, sino que también a los demás helenos que participaron en los hechos él fue el único hombre que los fortaleció y los estimuló al máximo, y que los persuadió, a unos voluntariamente y a otros contra su voluntad, a ser hombres buenos y útiles a sí mismos.
Él fue quien dio tales respuestas a los heraldos que vinieron de parte del rey para tratar sobre la tierra y el agua, que a todos los griegos les fue posible aprender qué clase de respuesta hay que dar a los bárbaros que llegan con esas intenciones.
Y no se paró ahí por la libertad, sino que incluso hizo ejecutar al intérprete, acusándole de haber prestado su voz al persa, como cualquier otra cosa, en contra de los helenos.
Con todo, ¿qué había de malo para los atenienses en saber lo que significaban las palabras y, una vez sabido, haber deliberado?
Pues no era aquél quien les hacía las propuestas ni les forzaba a ellas.
Pero, sin embargo, él [Temístocles] consideraba hasta ese extremo que no debía ser servil ni, en efecto, era apropiado escuchar cosas semejantes.
(Traducción propia) En un discurso de tipo forense y cuando se trata de dar pruebas factuales de descargo, los hechos han de personalizarse y eso es lo que hace Elio Aristides, adecuando el suceso a este nuevo contexto y atribuyéndoselo en exclusiva (εἷς ἀνὴρ οὗτος) a Temístocles en su objetivo de dar ejemplo de fortaleza a los atenienses y al resto de los griegos.
Así que conocía esta versión del episodio, bien que se elimina la mención del decreto votado en la asamblea y el asesinato de los heraldos del rey (τοῖς κήρυξι τοῖς παρὰ τοῦ βασιλέως) queda diluido.
Frente a Heródoto, por otro lado, el orador afirma que hubo heraldos enviados a Atenas tanto por Darío como por su sucesor (Jerjes), aunque al final parece contradecirse: ἐκ δὲ τούτου κήρυκες μὲν οὐκέτι ἐφοίτων εἰς τὴν Ἑλλάδα.
Pero este ἐκ δὲ τούτου debe referirse sólo al tiempo de la Primera Guerra Médica, porque, ciertamente, estos heraldos del rey los encontramos otra vez mencionados en el Panatenaico entre los ejemplos extraídos de la Segunda Guerra Médica, con Jerjes como rey de los persas:
Y él [Jerjes] marchaba así removiéndolo todo, agregando a su ejército a tantos cuantos encontraba por el camino, y había encogido de miedo a tribus y a ciudades y a todas las razas tanto de Europa como a todos las de Asia, y ante su desplazamiento se doblegaban, como las cosas livianas, con gran temor.
Pero la ciudad se mostró, por el contrario, diferente; y no era posible admirar más a Jerjes por su soberbia, que a la ciudad por no admirar nada de lo de éste.
Ella, tras haber estallado tal tumulto por toda la tierra y decidiéndose el destino de ambos continentes en la Hélade, resistió, como baluarte y fortaleza, comenzando desde el principio a mostrar sus propias cualidades.
Primero, en las escaramuzas por los mensajes y en las intentonas fue tan superior en prudencia y tanto distó de asustarse ante los despliegues de aquellos insólitos temores, que ni siquiera hubo necesidad ya de un decreto con respecto a estos temas, sino que, como si ganara vigencia aquel solo decreto general de tiempos de Darío, de que ninguno escuchara a los bárbaros antes de conceder una asamblea, hizo desaparecer a los mensajeros con sus vestidos y adornos y fue la guía de esta respuesta para los griegos sensatos.
(Traducción propia) Hubo heraldos, por lo tanto, también enviados por Jerjes a Atenas; y la ciudad respondió de la misma manera que lo hizo en tiempos de Darío y sin que fuera necesario un nuevo decreto.
Se evita, no obstante, el término 'matar' y el término 'heraldos' y se utilizan ahora un eufemístico ἀφανίζει y un menos marcado τοὺς ἀγγέλους 9.
La mención del episodio, mucho más escueta que antes, viene después de insistir Elio Aristides en el coraje de la ciudad frente al soberbio avance de Jerjes, y su actitud la expresa entre símiles con la amplificación 10 cualitativa que se merece; pues, cuando los demás ante su avance «se doblegaban, como las cosas livianas, con gran temor» (εἶκεν ὥσπερ τὰ κοῦφα σὺν πολλῷ τῷ φόβῳ) -obsérvese también el polisíndeton del párrafo que evoca la agitación provocada por Jerjes-, ella sola se resistió «como baluarte y fortaleza» (ὥσπερ ἔρυμα καὶ πρόβολος), y con acciones como la de los mensajeros «fue la guía de esta respuesta para los griegos sensatos» (τοῖς εὖ φρονοῦσι τῶν Ἑλλήνων ἡγεμὼν τῆς ἀπο κρί σεως ἐγένετο).
Por supuesto, a diferencia de Heródoto, en ningún caso se insinúa consecuencia negativa alguna del acto para Atenas, sino todo lo contrario.
Y lo que pasó en Esparta con la venganza de Taltibio no interesa tampoco en un Panatenaico.
Que Elio Aristides conoce directamente la obra de Heródoto, al que menciona por su nombre en otros discursos y con el que polemiza directamente en el Discurso egipcio (Or.
XXXVI Keil), no cabe duda.
Que conozca la obra de Plutarco, es más dudoso, y es más probable que ambos hayan leído en las mismas fuentes directas o indirectas la versión de la ejecución del intérprete griego junto con la de los heraldos persas.
En cualquier caso, como orador que es, se permite no dar citas literales proce dentes de sus fuentes historiográficas sobre los sucesos que refiere en el discurso.
Son los hechos, que seguramente se sabía de memoria, los que se glosan con las interpretaciones y los aditamentos retóricos propios de un elogio.
Hay que señalar, y esto resalta más aún la audacia de Elio Aristides, que este episodio no se menciona en ninguno de los discursos en que Isócrates elogia a Atenas 11 ni en el resto de la tradición encomiástica conser vada, que incluye a los llamados discursos epitafios 12.
El suceso queda así integrado como ejemplo histórico en la estructura argumentativa del discurso (lógos).
Pero el Panatenaico es un estupendo modelo de oratoria epidíctica, del que sacaron sus ejemplos algunos trata distas posteriores sobre el género, como Menandro el Rétor 13, o al que imitaron directamente otros autores de encomios de ciudades incluso hasta el Renacimiento, re laciones diplomáticas entre estados.
El mensajero sería un término menos marcado y se uti lizaría, con carácter general, para el que transmite una noticia.
10 Sobre la amplificación como recurso retórico propio del discurso epidíctico, véase infra.
IV) y Panatenaico (Or.
13 Menandro el Rétor será quien fije, en el siglo III d.
C., la teoría retórica del elogio de ciudades (Sobre los géneros epidícticos I 344-367); se sirve para ello del análisis de toda como el que Leonardo Bruni le dedicó a Florencia 14.
Y el que estemos ante un discurso epidíctico implica que el orador ha de cuidar especialmente la expresión, porque -como decía Aristóteles-«el estilo del discurso epidíctico es el más literario» (Rh.
Por ello, cuando clasifica los procedimientos más adecuados para lograr la persuasión del oyente en cada tipo de discurso, el Estagirita considera la αὔξησις 'ampli ficación' 15, procedimiento eminentemente expresivo, como la especie más apropiada para el discurso epidíctico, pues trata asuntos sobre los que hay acuerdo, de manera que sólo falta rodearlos de importancia y belleza: μέγεθος περιθεῖναι καὶ κάλλος (Rh.
Esto se consigue, por ejemplo, -afirma Aristóteles-diciendo que «fue el único que hizo algo, o el primero, o con pocos, o el que tuvo más parte, pues todas estas circuns tancias son bellas» (Rh.
Ya sorprende, de antemano, la extensión que Elio Aristides dedica a narrar un suceso en principio poco transcendente de las Guerras Médicas; y esto ya es en sí mismo una amplificación por congeries o acumulación de ideas.
Son igualmente frecuentes los adjetivos, aposiciones y expresiones de carácter valorativo, algunas de sabor poético e integradas en bellas estruc turas paralelas y antitéticas: πυκναὶ, περὶ τῶν ὅλων, ἅπαντα, καιροῖς ἔργα λόγων ἡττήθη, ψήφισμα τροπαίου κρεῖττον εἰς μνήμην ἐνίκησεν.
Son relevantes también para la amplificación el políptoton del término referido a la victoria: νικώσης, ἐνίκησεν, νικῆσαν; o la epanórtosis que no hace sino ponderar la idea pretendidamente rectificada: ὡς ταυτὸν ὂν εἰπεῖν τὴν Ἀθηναίων πόλιν καὶ τὴν Ἑλλάδα, καὶ οὐκ εἰπεῖν μόνον..., ἐν ἐκείνοις μέντοι τοῖς καιροῖς ἔργα λόγων ἡττήθη -λέγω δὲ τὰ τῶν ἄλλων ἔργα λόγων τῶν παρ ̓ ὑμῖν-...
Pero lo esencial, como en el resto del discurso, es señalar a Atenas como «la primera» o «la única» en todos los sentidos: ἀπὸ ταύτης τῆς πόλεως ἤρχετο, καὶ πάντα πρὸς ταύτην διελέγοντο, ἦν ὅτι μὴ Ἀθῆναι, ὡς ταυτὸν ὂν εἰπεῖν τὴν Ἀθηναίων πόλιν καὶ τὴν Ἑλλάδα, ἀπ ̓ ἀρχῆς προτάξασα τῶν Ἑλλήνων ἑαυτήν,...
Hay, en consecuencia, y como no podía ser de otra manera, preocupación estilística en el relato del episodio por parte de Elio Aristides, que consigue rodear el suceso de importancia y belleza mediante las diferentes realizaciones léxicas, sintácticas y figurales de la amplificatio.
Y después de todo lo expuesto, los historiadores modernos ponen, sin embargo, en duda la propia existencia del hecho y niegan la historicidad de la embajada de Darío a Atenas en el 491 a.
163): los atenienses se encontraban en guerra abierta con los persas desde las revueltas griegas en Asia, y el intercambio previo de mensajes se habría producido antes de la expedición de Atenas a Sardes y del saqueo de la ciudad (498 a.
No tendría sentido que Darío despachara heraldos a Atenas con un ultimátum y una vez enviada la misión de castigo de Mardonio (492 a.
C.) para vengar ese acto, que tanto había irritado al rey persa (cf. Hdt.
Jerjes sí que habría enviado heraldos antes de su expedición en el 481 a.
C. a las ciudades griegas, incluida Atenas, donde sólo habría salido mal parado el intérprete 17.
Los espartanos, entonces, los habrían ejecutado para mostrar al resto de los griegos su absoluta lealtad a la causa aliada contra Persia.
Conocida la reacción espartana, los atenienses habrían ideado post eventum esta historia para propagar que ellos no fueron menos y que, si los espartanos los habían echado al pozo para que sacaran el agua, ellos los habían precipitado al báratro para que cogieran la tierra, interpretando literalmente y con sarcasmo la fórmula persa exigiendo sumisión.
Heródoto habría cometido, así pues, un 17 Algo similar a lo que hicieron los atenienses con otra embajada persa en el año 479 a.
C.: despacharon a Muríquidas, el emisario de Mardonio con las nuevas propuestas de paz una vez sometida el ática, y lapidaron al buleuta Lícides que propuso aceptar la oferta y someterla a la consideración de la asamblea (Hdt.
Por cierto, que esta lapidación, con otra cronología y con otro personaje, la mencionan también Demóstenes (Sobre la corona 204) y Licurgo (Contra Leócrates 122). doble error al conocer esta historia en Atenas e incluirla en su obra: escribir que se enviaron heraldos en el 491 a.
C. y que Jerjes no envió heraldos ni a Atenas ni a Esparta en el 481 a.
C. Otros historiadores (Kraft 1964, Sealey 1976) siguen confiando, no obstante, en las fuentes historio gráficas y admiten la historicidad de la embajada a Atenas en el 491 a.
C., que Darío habría enviado, como escribe Heródoto (VI 48.1), para saber si los atenienses y los eretrios iban a presentar batalla o no, aunque la expedición de Mardonio ya estuviera en marcha.
E incluso el hecho de que los atenienses precipitaran a los heraldos persas al báratro es plausible, como fruto de la reacción popular porque Egina, en guerra no declarada desde hacía tiempo con Atenas, sí hubiera entregado «la tierra y el agua» a los persas, temiendo los atenienses una alianza que inclinara el conflicto en favor de los eginetas.
Otra cosa son las reelaboraciones propagandísticas del suceso y los aditamentos literarios, que, haberlos, como estamos comprobando, los hubo.
El episodio de los heraldos sería en el Panatenaico de Elio Aristides, así pues, desde el punto de vista retórico un ejemplo histórico en el marco de una estructura argumentativa que fundamenta en casos concretos el enunciado general del orador; un ejemplo bien traído y adaptado, como aconsejaba Isócrates, al objetivo del discurso, que no es otro que elogiar la primacía de Atenas en el favor divino y en los asuntos humanos por la filantropía y el coraje que ha demostrado.
Pero también se revela su valor estético mediante el recurso retórico de la amplificación en la narración del suceso, con el objetivo tanto de desarrollar y alargar el asunto (amplificación extensiva / cuantitativa) como de realzar la idea, darle importancia y sobrevalorarla (amplificación intensiva / cualitativa).
El orador, al utilizar la amplificación, desencadena en el público una «vivencia valorativa estética» (Lausberg 1975, § § 71-73) con vistas a conseguir que el oyente participe y se deleite como espectador de las bon dades estéticas de las palabras pronunciadas y emita un juicio, como quería Aristóteles, sobre la habilidad oratoria del orador.
De paso, y especialmente en el caso de la oratoria epidíctica que nos ocupa, el ἦθος 'carácter' del orador y su consecuente credibilidad se sustenta ante los oyentes no solo en su cualificación retórica, sino también en los amplios conocimientos que exhibe de la historia, que es capaz de aportar en esta época -no hay que olvidarlo-un plus de emotividad (πάθος), porque los ejemplos históricos no sólo agradaban al público, que esperaba con expectación esta parte del discurso (Bowie 1981, p.
203), sino que también les hacía sentirse, evocando su glorioso pasado, parte de la comunidad helena al apelar a una cultura compartida e identitaria frente a la realidad política romana (Bowie 1981, Gascó 1992, Saïd 2006, Desideri 2014).
Ade más, en esas circunstancias, la historia, convertida en memoria histórica, podía adoptar un sentido de desafío frente al poder establecido.
Por eso Plutarco, en sus Consejos políticos, llega a aconsejar que no se hable de Maratón, Platea y Eurimedonte más que en las escuelas de los sofistas, «ejemplos que inducen al pueblo a inflarse y envalentonarse inútilmente» (Moralia 814 C).
Pero eso no figura en la agenda política de nuestro sofista, que en su discurso A Roma (Or.
XXVI Keil), contrapunto del Panatenaico, vino a proclamar que sólo en el marco de la estabilidad que garantizaba el Imperio romano la cultura griega podía seguir desarrollándose (Cortés 1995, Caballero 2007).
Lo de «matar al mensajero», en fin, que ninguna responsabilidad tiene en lo que comunica por muy trágico que sea, ha tenido 18 y sigue teniendo todavía entre nosotros una fuerte carga legal y también emotiva.
Cuánto más no la tendría para una mente tan piadosa y timorata como la de Elio Aristides, a quien le debió de impactar aquel asesinato de unos heraldos en su querida y ejemplar Atenas; por ello ha debido de elegir el episodio conscientemente para el argumentario retórico de su discurso, a pesar de no figurar en la tradición encomiástica de la ciudad y después de dejar otros muchos hechos sin mencionar, como reconoce él mismo, para contar los más notables (Or.
Y es que los heraldos, cuya insignia era el caduceo, ejercían su oficio bajo la protección de los dioses, en general, y de Hermes, en particular, que fue el dios -no lo olvidemos-que, según nuestro sofista, trajo la Retórica a los hombres para su beneficio por encargo de zeus (Or.
De ahí que aplicara todo su oficio retórico en narrar el episodio de la manera más conveniente y lo adornara y lo reinterpretara, o sea, justificara en su nuevo contexto literario. |
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Estado de la cuestión
En 1993 me propuse hacer una revisión de un oscuro capítulo de la morfología latina que afecta a la cantidad de la -u de nominativo, vocativo y acusativo de los nombres de la cuarta declinación.
En los manuales de morfología al uso se alude a la posibilidad de que esa cantidad haya podido ser tanto larga como breve, por más que una comparación con palabras equivalentes de otras lenguas nos hubiera hecho esperar una cantidad solo breve 1. el que lee genu digitis, de acuerdo con buena parte de la tradición manuscrita, pero que los editores unánimemente rechazan en favor de la lectura genu et digitis que exhiben dos manuscritos y que se considera lectio potior.
Si es así, como parece, no puede saberse la cantidad de la -u, pues va ante vocal y métricamente no cuenta.
Los gramáticos modernos han propuesto también otros textos en los que encuentran que la -u tiene una cantidad larga.
Ahora bien, después de haber examinado atentamente todos esos textos3, creía acertado concluir que ninguno de ellos podía ser considerado sin discusión como prueba fehaciente para afirmar que la -u de aquellas formas tiene una cantidad larga.
En efecto, unas veces la tradición transmite lecturas que invalidan el testimonio y otras veces las formas implicadas pueden interpretarse como ablativos, donde la cantidad larga, en consecuencia, estaría plenamente justificada, pues es la que cabe esperar.
Así las cosas, frente a quienes buscan un origen extraño en la cantidad larga de esa -u, como que procede de un antiguo colectivo o de un arcaico morfema de dual4, es comprensible que algunos gramáticos, como A. Ernout 1953, p.
64 s., sostengan la hipótesis de que la -u de estos neutros puede ser indistintamente larga o breve.
Por mi parte, a la vista de los testimonios de los gramáticos antiguos, que se inclinan mayoritariamente por considerar que la -u era breve, mientras que quienes consideran que es larga lo hacen bajo el prejuicio no justificado de que esos nombres son aptota; y a la vista también de que los testimonios aportados por los gramáticos modernos tampoco resultaban concluyentes para probar que la -u es larga, no encontraba argumentos que impidieran la deducción de que, si no había datos métricos concluyentes de que era larga, ex contrario tenía que ser, como cabía esperar, breve5.
Datos que parecen decir lo contrario
Pero en un artículo publicado en 2002, L. László ponía en duda buena parte de mis razonamientos y concluía, sobre la base de un análisis convencional función circunstancial con valor instrumental, propia del ablativo con cantidad larga que, en consecuencia, tenía que ser: «Afareo salta a lomos del enorme Bienor, no acostumbrados a llevar a nadie sino a él mismo, y se aferró a sus flancos con las rodillas y, echando hacia atrás su cabellera, sujeta con la izquierda...».
138, de acuerdo con mi interpretación de este otro pasaje de Ovidio:
Otro sí le sirve de prueba, a pesar de que ya lo había analizado yo de otro modo en mi trabajo anterior:
XI 858-860) László considera que mi interpretación de sagittam como objeto directo también de tetendit es una nueva consecuencia de nuestro «a priori line of thought»: en su opinión, el verdadero objeto de tetendit es cornu, con una -u larga.
Finalmente, presenta un nuevo pasaje, que no había sido tenido en cuenta hasta ahora, en el que cree descubrir la prueba definitiva de que la -u es larga.
Se encuentra en un poema titulado Nux, que para unos es anónimo y para otros es atribuible a Ovidio:
Ou., Nux 105-106) En este pasaje, que podríamos traducir como «Mas a mí ni el granizo, odiado por los rudos granjeros, ni el viento o el sol o el hielo me resultan dañinos», nos encontramos con la forma gelūue, que es claramente un nominativo y que parece aportar, en consecuencia, la prueba definitiva de que la -u de nominativo, vocativo y acusativo singular de los nombres neutros de la 4a declinación es auténticamente larga.
Sin embargo, estimo que eso está bastante lejos de ser así y que es necesario hacer algunas consideraciones, antes de inclinarnos por esta posibilidad: las evidencias de cualquier testimonio, por muy claras que nos parezcan, pueden a veces ser también muy engañosas, si no se analizan convenientemente7.
Consideraciones sobre los nuevos datos
Hagamos, pues, esas consideraciones y hagámoslas ciñéndonos a los tres argumentos añadidos por László para probar lo contrario, que la -u es larga, sin insistir en los argumentos que antaño proponíamos, y en los que me reafirmo; y no porque esté empeñado en adaptar mi interpretación de los textos al hecho de que la -u de esas formas tenga que ser breve, sino porque considero que la literatura, y más la poética, puede obligarnos a hacer interpretaciones difíciles de los textos que no haríamos con los prosaicos, justamente porque se escriben a veces con dificultades que son las que los hacen poéticos.
Descubrir esas dificultades y ponerlas de manifiesto es una tarea del filólogo, por muy «untenable» que puedan parecer: el lector sabrá considerar si, con los argumentos esgrimidos, se sostienen o no.
Comencemos, pues, por lo que afecta al pasaje de Virgilio, Aen.
En efecto, yo había interpretado que el objeto de tetendit no era cornu, con una -u larga, como una lectura descuidada del pasaje podría inducir a pensar, sino la sagittam que la Tracia acaba de sacar de su carcaj; de esta manera, cornu sería un complemento en ablativo que indicaría dónde la Tracia tensaba la flecha; y no tiene nada de extraordinario que la hubiera tensado en el arco.
Y aduce otros pasajes en los que se ve -dice-que las expresiones cornu tendere y arcum tendere son tecnicismos, como Verg., Aen.
IX 606 tendere cornu; VII 164 tendunt arcus; VIII 707 arcum intendebat; IX 665 intendunt arcus; XII 815 contenderet arcum; en ellos se debería estimar, considerando que cornu equivale a arcus, que cornu desem peña la función de objeto directo, lo mismo que arcum.
En respuesta a esta interpretación, debo confesar que no comprendo bien el razonamiento de László; no acabo de comprender por qué sagittam no puede ser el objeto directo de deprompsit, de tetendit y de duxit en una construcción de tres verbos coordinados entre sí, cosa perfectamente normal en latín: la Tracia sacó una flecha de su carcaj, la extendió sobre su arco y la tensó mucho (deprompsit sagittam... cornuque [eam] tetendit et [eam] duxit longe), «hasta que los curvados extremos del arco se acercaron entre sí».
Naturalmente, se entiende que «tensar mucho la flecha en el arco» es una expresión metafórica, puesto que es obvio que lo que tensó fue la cuerda en que apoyaba la flecha.
Por otra parte, si László considera que la expresión tendere cornu es un tecnicismo, es porque parece que la ha interpretado como un equivalente de tendere arcum, lo que no es posible probar con los textos que aporta.
De hecho, la única fuente en la que se encuentra semejante expresión no es la más adecuada, puesto que viene precedida claramente de unos spicula que son el verdadero complemento directo de tendere:
IX 605-606) lo que podríamos traducir así: «De niños, están atentos a la caza y baten los bosques; su juego es domeñar caballos y tensar dardos en su arco».
Dicho de otra manera, tendere cornu, con una -u larga, no es lo mismo que tendere arcum.
Y, a la inversa, la expresión tendere sagittam y tendere sagittam cornu / neruo / arcu, es muy habitual, como se puede ver en pasajes como estos: Verg., Aen IX 590 intendisse sagittam; X 131 neruoque aptare sagittas; Hor.
Gracias a estos ejemplos se demuestra no solamente que es perfectamente posible que en el texto de Virgilio que analizamos sagittam sea el objeto directo de tetendit, sino también que cornu, como habíamos supuesto, es un ablativo.
En el pasaje de Ovidio, Met.
Parece revelar un cornu con -u larga con la función de objeto directo que sería, en consecuencia, un acusativo.
Sin embargo, László lo descarta porque la -u se encuentra en un lugar del verso que coincide ante cesura y porque sería, pues, posible interpretar esa -u larga como un alargamiento prosódico.
Por mi parte, podría acogerme a ese mismo argumento y descartar también la validez del pasaje; sin embargo, prefiero impugnarlo por otro motivo: ¿debe leerse el texto tal cual aparece en las ediciones o debe escogerse la lectura cornum que recogen los aparatos críticos?
Porque si no hacemos esto último, preferir la lectura cornum, nos encontraríamos con que este sería el único ejemplo en que se produciría semejante alargamiento en una terminación vocálica de una palabra decli nada.
En efecto, a pesar de que parecen llamativos y equiparables al aducido por László alargamientos de palabras como amor, -que, pauor, pectoribus, etc. (v.
49 s.), en que las sílabas que se convierten en largas en el contexto son claramente breves, no se encuentra, sin embargo, ningún otro pasaje en que una palabra terminada en vocal final breve, que se oponga morfológicamente a la misma vocal larga (como puellă / puellā) se alargue (ante cesura o no) sin provocar consecuentemente un cambio morfológico y, por supuesto, sintáctico, salvo este de Ennio, que parece ser la excepción:
III 139) donde el nominativo aquila termina en -a larga y requiere una explicación particular8.
Tales alargamientos tienen lugar, al menos en el hexámetro latino, en palabras cuyo significado morfológico no depende de un cambio de con un claro, pero métricamente inútil, acusativo en -m al final del verso que no deja duda ni en cuanto a su forma ni en cuanto a su función.
Analicemos ahora el tercer testimonio probatorio que aduce László 2002, p.
Se trata de un verso del poema Nux en el que un nogal cuenta las desgracias que, por diversas razones, jalonan su vida.
Así, además de las propias de su situación, al borde del camino, con los inconvenientes que ello conlleva cuando los viandantes que pasan a su lado se detienen para coger sus frutos, o cuando los niños se divierten lanzándole piedras o haciéndole muescas, se añaden las derivadas de las inclemencias del tiempo en las cuatro estaciones.
Es entonces cuando aparece el verso en cuestión (5).
El análisis métrico no deja, en efecto, ninguna duda de que la -u de geluue es larga; por otra parte, el análisis sintáctico parece mostrar a las claras que se trata de un nominativo en coordinación con grando, uentus y sol; en fin, el contexto precedente no deja tampoco lugar a dudas acerca de la interpretación morfológica que hay que dar a geluue: no puede ser sino un nominativo en -u larga.
Tenemos, pues, un único pasaje claro en el que un nombre neutro en -u aparece en nominativo y con cantidad larga.
¿Debe decirse, en consecuencia, que estamos ante la prueba definitiva que permite afirmar que la -u de los neutros de la cuarta declinación latina es larga en nominativo, vocativo y acusativo singular?
Parece que se debería responder que sí...
Sin embargo, voy a responder que no.
Hay que hacer algunas matizaciones.
Digamos, primeramente, que resulta llamativo que ningún poeta latino haya empleado antes de su aparición en el citado poema Nux alguno de esos nombres neutros en -u en una posición métricamente clara y no ambigua, que correspondiera sin ninguna duda a un nominativo o a un acusativo.
¿Pretendían jugarnos una mala pasada a los latinistas de muchos siglos después o que discutiéramos entre nosotros?
En mi opinión, nunca utilizaron tal forma porque nunca supieron a ciencia cierta cuál era la cantidad de esta -u del nominativo / acusativo de singular; nunca tuvieron un modelo claro de declinación que les permitiera utilizar estas formas sin miedo 10, máxime cuando la cuarta y la quinta declinación no formaban parte del catálogo habitual de declinaciones, restringido, como en el modelo griego, a tres, y mucho más restringido aún en el caso de las formas neutras, que conformaban un puñado de apenas nueve nombres, algunos de los cuales tenían un uso escasísimo; solo mucho más tarde los gramáticos se dan cuenta de la existencia de esas dos declinaciones extra 11.
Cuando, en estas circunstancias, los poetas tuvieron verdadera necesidad de usar esos nombres neutros en nominativo o en acusativo de una manera clara e inequívoca, los declinaron siguiendo el modelo de la segunda declinación, como lo prueban, además de textos como el (8) en acusativo, otros ejemplos como este, donde gelus aparece así en nominativo:
He ahí por qué la tradición gramatical posterior se ha mostrado tan dividida a propósito de la cantidad de -u: para unos era larga, puesto que, no 10 Algunos casos de ignorancia gramatical de los propios romanos son bien conocidos.
Uno de los más célebres es el consejo que ofrece Cicerón a su amigo Pompeyo cuando este le pregunta si en el frontispicio de su teatro dedicado a la Victoria debía escribir consul tertio o consul tertium.
Pompeyo había consultado previamente a los más sabios de Roma, pero no se ponían de acuerdo.
Por eso consulta a Cicerón, quien, no queriendo ofender a aquellos sabios, contesta a su amigo que lo mejor es que escriba tert, abreviado, para evitar el problema (Gell.
11 Tal como subraya Mariner 1983, pp. 407-410, la 4a y la 5a fueron las últimas en ser reconocidas, lo que explica su posición en la descripción que hacen los gramáticos de ellas. encontrando en textos métricos más que formas largas de ablativo, creían que estos nombres eran aptota, es decir, nombres con una sola forma de declinación o indeclinables; para otros, era breve, porque, a pesar de la falta de testimonios métricos explícitos, su conciencia de la lengua les decía que esos nombres eran diptota, es decir, nombres con dos formas distinguidas por la cantidad de la -u final.
El autor de Nux habría considerado que la forma gelu era un aptoton y, ya que había pasajes claros en que su cantidad era usó la palabra terminada en una -u larga dándole el valor de un nominativo erróneamente o, mejor dicho, confundido por la ignorancia, aunque, eso sí, se aseguró de utilizarla en un contexto sintáctico que no dejara lugar a dudas acerca de la interpretación que, fuera cual fuera la cantidad de la -u, había que hacer de ella, o sea, la de un nominativo.
Para ello se sirvió de una construcción reiterativa a base de partículas coordi nantes: nec grando... nec uentus... solue geluue.
En consecuencia, estimo que la forma gelū que aparece en el poema Nux representa el error de un poeta, una decisión equivocada, una excepción, tal vez influenciada por la escuela de su época o por una mala interpretación de los textos precedentes, que proviene de una ignorancia histórica.
Ningún otro poeta se había atrevido antes, que sepamos, a emplear las formas de nominativo / acusativo de estos nombres en situaciones no ambiguas; siempre los habían utilizado en posiciones que, a pesar de que invitaban a interpretarlos como tal, dejaban, sin embargo, abierta la posibilidad de ser interpretados como ablativos, lo que justificaba siempre una cantidad larga.
Cuando quisieron expresar de manera no equívoca que eran nominativos o acusativos, no dudaron en declinarlos según el modelo de la segunda declinación, con la -s de nominativo y la -m de acusativo características.
Pero tampoco ningún otro autor siguió el ejemplo propiciado por Nux: la tentativa resultó un fracaso, al igual que fracasó la audacia de Ennio al hacer de aquilā, en el verso mencionado (7), un nominativo en -ā.
Por lo demás, de lo que acabamos de decir se deriva un posible nuevo argumento a interpretar con vistas a establecer la autoría del poema Nux.
En la introducción a su edición del poema, M. Pulbrook 1985, pp. 29-39, desmonta razonablemente los 14 argumentos esgrimidos por A. G. Lee para concluir que el texto no era de Ovidio y se afana en intentar probar que sí pertenece a Ovidio.
Pero ninguno de esos argumentos se basa en aspectos métricos; tampoco los que aporta Pulbrook para intentar probar la autoría de Ovidio.
Pues bien, que aparezca este gelu con -ū en nominativo podría considerarse como un in- |
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Osiris envuelto con la piel del cervatillo celeste: nota sobre D. S. I 11.4
De la misma manera, P. Bertrac e Y. Vernière añadían a la hipótesis de la confusión entre la piel de cervatillo y aquella del leopardo o guepardo de los sacerdotes egipcios (Fig. 1), que la envoltura mencionada por Diodoro también podría haber sido influenciada por la nébrida dionisíaca3.
Aunque distintos son los animales cuya piel es llevada en representaciones dionisíacas, la perteneciente a cervatos aparece con bastante frecuencia en imágenes de Ménades y el propio Dioniso, con un significado que podría remitir a la adquisición de las cualidades del animal por parte del portador, para así poder hacer frente a las serpientes 4.
En relación a la noticia sobre Osiris transmitida por Diodoro, resulta especialmente llamativo que la envoltura del dios sea una piel, además de un cervatillo, y que el autor transmitiera una supuesta confusión entre este animal y un leo pardo/guepardo.
La influencia conceptual y formal del indumento sacerdotal egipcio decorado con estrellas parece plausible, puesto que la asociación de las manchas de ambos animales a los astros pudo ser fácilmente asimilable (Fig. 2) 5.
Sin embargo, no es menos cierto que el simbolismo cósmico del atuendo de Osiris se encuentra en la esencia misma del dios y fue representado en su iconografía hasta época romana (Fig. 3) 6.
En cualquier caso, ¿por qué Diodoro menciona una piel de cervatillo y no uno de los mencionados felinos, también muy presentes en la esfera dionisíaca y más fácilmente equiparables?
Primeramente cabe mencionar que, aunque no sea un aspecto osiriano tan extendido como aquel de su sudario, su manto y la red de fayenza con los que el dios aparece frecuentemente ataviado, encontramos algunos testimonios religiosos en los que se cuenta que Osiris era envuelto con una piel.
Podemos citar algunos ejemplos: un papiro de época ptolemaica en el que es aludido como envuelto con la piel de un carnero 7, un papiro fechable entre finales del periodo ptolemaico y principios del romano donde la propia piel de Anubis es un indumento osiriano 8, o un papiro mitológico de la dinastía XXVI, procedente del norte de Egipto, en el que son las vísceras del dios, transportadas en el interior del toro Mnevis, las que son envueltas con pieles de felino (?) y bovino 9.
De este modo, teniendo constatada la envoltura de Osiris con la piel de distintos animales en los textos religiosos, quedaría por encontrar algún testimonio más concreto que determine el posible origen del atuendo osiriano en Diodoro.
En este sentido, podemos recurrir a los rituales de ofrendas de telas en los templos egipcios.
En ellos, especialmente en época grecorromana, nos encontramos con que uno de sus elementos más característicos era el uso de una barca con popa en forma de cabeza de órice para denominar textual y visualmente a los textiles 10.
En este contexto, P. Derchain estudió la relación entre estas ofrendas, la embarcación y el ritual de sacrificar un órice al dios Socar, uno de cuyos resultados era la elaboración y ofrenda de un indumento hecho con la piel del animal 11.
El sacrificio se basaba en un episodio mitológico ritualizado vinculado con el ciclo lunar 12, en el que se evocaba la derrota del dios Seth a manos de Horus, hijo vengador del occiso Osiris: Titre: je t 'apporte l' ennemi de l'oeil comme frappé.
La importancia religiosa y la utilización del atuendo ritual procedente del órice sethiano pudieron ser similares al caso de la piel del cervatillo dionisíaco y la adquisición de sus poderes mágico-religiosos.
Se ofrecería la piel del enemigo vencido de Osiris, cuyas cualidades serían absorbidas por aquel que la portase.
Este tema de la adquisición de las características de los animales llevando alguna de sus partes, también aparece en Diodoro en relación a Anubis y Macedón, quienes son considerados hijos de Osiris: En lo concerniente a la pervivencia real del indumento hecho con su materia prima original, creemos que, aunque en un principio el sacrificio del órice pudiera resultar efectivamente en la manufactura del atuendo, tema presente todavía en los templos de época grecorromana, en algún momento de la historia egipcia pudo perderse el uso original y pasar a ser un elemento figurado o recreado mediante otros materiales 15.
Precisamente, en los casos en los que se han conservado las pieles de guepardo y leopardo de los sacerdotes 16, se trata de productos elaborados con lino y pintados simulando los detalles de la piel de dichos animales 17.
Esta circunstancia tendría relación con la conocida prescripción ritual relativa a la esfera religiosa egipcia, según la cual únicamente podía ser usado el lino impoluto en la confección de los atuendos rituales: ἐσθῆτα δὲ φορέουσι οἱ ἱρέες λινέην μούνην καὶ ὑποδήματα βύβλινα· ἄλλην δέ σφι ἐσθῆτα οὐκ ἔξεστι λαβεῖν οὐδὲ ὑποδήματα ἄλλα 18 (...) οὐ μέντοι ἔς γε τὰ ἱρὰ ἐσφέρεται εἰρίνεα οὐδὲ συγκαταθάπτεταί σφι· οὐ γὰρ ὅσιον. ὁμολογέουσι δὲ ταῦτα τοῖσι Ὀρφικοῖσι καλεομένοισι καὶ Βακχικοῖσι, ἐοῦσι 14 D. S. I 18.1.
Como mencionábamos arriba, existe una tradición relativa a la piel de Anubis como hijo de Osiris siendo utilizada como prenda religiosa (cf. n.
15 Como ocurrió también con la práctica de envolver a los difuntos con pieles documentada para tiempos predinásticos; cf. Stevenson 2009.
Al igual que se hace explícita la prohibición de la lana, dicho veto pudo suceder también en relación a todo tipo de pieles en un momento difícil de precisar, y estar vinculado al simbolismo del origen de las materias primas: la inmortal tierra o los impuros animales 20.
Volviendo a la noticia de Diodoro, y teniendo en cuenta todo lo anterior, no creemos que sea casualidad o una confusión que el animal que se liga a Osiris sea un cérvido.
Aunque la piel estrellada pudo tener su origen en la tradición egipcia de los atuendos sacerdotales de guepardos / leopardos celestes, no es menos cierto que Egipto contaba con una larga tradición en el uso de telas celestes con decoración estrellada de la que participaban las propias pieles de los grandes felinos 21.
Esta consideración cósmica la ostentaría la piel del órice por su vinculación al dios Seth.
Finalmente, en relación a la asimilación entre los órices y los cérvidos en el marco de la religiosidad egipcia de época romana, esta no sería extraña dado que en algunos de los territorios mediterráneos donde los cultos a Isis y Serapis se asentaron, se constata la ofrenda de ciervos y animales similares por influencia del culto de ártemis Efesia 22.
Es de suponer que dicha circunstancia se produciría también por la necesidad de encontrar sustitutos similares a los animales africanos que no estaban disponibles en dichas regiones para ser ofrendados.
En resumen, creemos que la noticia transmitida por Diodoro en relación a Osiris envuelto con la piel de un cervatillo celeste, está influenciada por una antigua tradición egipcia que remite a la envoltura religiosa del dios con la piel de distintos animales.
En concreto, el autor siciliano podría haber recogido una información relativa al indumento resultante del ritual egipcio del sacrificio del órice, animal que se identificaba con su enemigo Seth, y de quien Osiris recogería sus propiedades divinas vistiéndose con su piel.
Todo ello en el marco de su asimilación a Dioniso con la nébrida. |
han leído con gran atención el presente trabajo.
Cualquier posible error se debe exclusivamente el autor del mismo.
La doble naturaleza -poesía e instrucción -del poema didáctico ha provocado desde la antigüedad una larga polémica sobre la auténtica finalidad de este tipo de composiciones: ¿instruir o deleitar?, ¿docere o delectare?
Esa tensión entre búsqueda de una instrucción y búsqueda del deleite también se observa en el poema de Opiano 1.
Por una parte, existe un objetivo que va más allá de lo meramente estético, -de una poesía por la poesía -, lo que implica que, como hemos estudiado en otro lugar 2, partes importantes de las Haliéuticas estén concebidas como un medio de alabanza y justificación del poder del emperador.
Pero, por otra parte, no hay que olvidar que la obra se integra en la tradición poética helenística, uno de cuyos objetivos fundamentales fue la composición de admirables ejercicios de erudición poética 3.
De hecho, el poeta cilicio es consciente de que su principal aportación era la forma poética de su obra y lo deja patente a lo largo de varios pasajes: al comienzo del libro III señala que los dioses lo han alzado para ser delicia (τερπωλήν) y cantor entre los cilicios 4.
Y de modo más concreto, si cabe, al comienzo del libro IV, resuelve el famoso dilema horaciano sobre la finalidad de la poesía al otorgar al prodesse una posición secundaria con respecto al delectare.
De hecho, aparece la idea de regocijarse con los "deleites del mar" (εAEναλί®σι... τερπωλαÃς) y la imagen de las Musas como propiciadoras de la exposición del poeta como un dulce manantial (γλυκ× νμα), que se dirige en primer lugar a los oídos (οÜασι) y en segundo lugar a los corazones (πραπίδεσσι) 5.
Esos aspectos formales, que, a la vez que deleitan a los receptores de este tipo de poesía, sirven para mostrar la erudición de su autor, están también inevitablemente condicionados por una larga tradición poética previa.
Si, desde el punto de vista del contenido, las Haliéuticas no pueden entenderse sin el término de comparación que proporcionan obras como el De sollertia animalium de Plutarco y La historia de los animales de Eliano 6, desde el punto de 7
Un amplio análisis de los procedimientos de composición de los poemas didácticos grecolatinos en las pp. 879 ss. vista de la forma, este poema no puede analizarse sin el concurso de la poesía didáctica griega y romana anterior.
De hecho, aunque sea una obra escrita en griego, muchas de sus características y elementos formales no se habrían desarrollado si autores de la talla e influencia de Lucrecio o Virgilio no hubieran emprendido un camino propio, reinterpretando algunos de los componentes más destacados del género didáctico.
En este sentido, E. Pöhlmann 7 señaló en su momento la existencia de una influencia de la poesía didáctica romana sobre la estructura del poema de Opiano de Cilicia.
Sin embargo, sus apreciaciones se circunscribían básicamente al empleo del principio de los singula prooimia, es decir, la existencia de un proemio para cada uno de los libros del poema, consecuencia casi inevitable de la ampliación del poema didáctico de uno a varios libros propiciada a partir de Lucrecio 8.
Teniendo en cuenta estas dos cuestiones planteadas, tanto el objetivo de delectare como el peso de la tradición, en las páginas siguientes vamos a analizar la estructura y algunos elementos estructuradores del poema de Opiano, poniéndolos en relación con la poesía didáctica grecolatina previa y, en especial, con el influyente modelo poético y erudito proporcionado por las Geórgicas de Virgilio.
Estructura y elementos estructuradores de las Haliéuticas.
En primer lugar, con respecto a la estructura de las Haliéuticas, hemos de señalar que Opiano desarrolla lo que Pöhlmann denomina "forma ampliada del poema didáctico" 9.
La mayor parte de las obras didácticas griegas estructuraban el tema tratado en un solo libro.
Esta forma reducida, cultivada desde Hesíodo, no necesitaba organizar en exceso el contenido: el proemio suele ser una composición independiente del resto; la ordenación interna solía conseguirse por medio de simples asociaciones de ideas; y el final era abierto.
Frente a esta situación, y ya en época romana, el De rerum natura lucreciano estableció un segundo modelo más complejo compuesto por va-10 Cf.
Otros análisis detallados de la estructura del poema, teniendo en cuenta diversas perspectivas e intereses, se encuentran en R. Keydell, «Oppianos», R.E. XVIII, I, cols.
El desarrollo de este nuevo tipo de poema, con la consiguiente expansión del contenido, obligó a los poetas didácticos a prestar una mayor atención a la estructura interna de su composición.
Así ocurre en la obra de Opiano, que no opta por seguir el modelo griego de un solo libro, vigente hasta la obra de Dionisio Periegeta, sino que, en busca de éxito, adopta una característica propiamente romana.
En este sentido, ya R. Keydell 10 señaló que uno de los elementos más importantes del genio creador de Opiano residía en una adecuada estructuración del contenido general de su obra con la vista puesta en mantener constante la atención del lector a través de una continua variación (Abwechslung).
Ese sería el motivo por el que, por ejemplo, habría enmarcado el "monótono" libro III (en el que se describen los ardides de los peces) entre dos libros que desarrollan temas atrayentes y claramente contrapuestos entre sí: el libro II, dedicado a describir la lucha a muerte entre los animales marinos, y el libro IV, en el que se describen los efectos de Eros sobre las criaturas del mar.
Por el mismo motivo, Opiano habría reservado el último libro para introducir por primera vez la descripción de la pesca de un animal tan emblemático como la ballena, cuando su posición previsible hubiera sido el libro III junto a los demás procedimientos de pesca.
De este modo, aumentando la importancia de la presa y por lo tanto la de su apresamiento, proporcionaba a su obra un grandioso final.
Teniendo en cuenta el interés que Opiano prestó a la ordenación artística del contenido de su obra, a continuación vamos a analizar algunos de los elementos a los que ha recurrido el poeta cilicio para estructurar los diversos aspectos ictiológicos tratados en su poema, con la vista puesta siempre en la amenidad y en aportar un contenido variado y atrayente.
Veremos, además, cómo Opiano ha seguido en aspectos muy importantes el modelo aportado por Virgilio en sus Geórgicas.
El proemio inicial de la obra: índice temático.
Entre las diversas funciones de los proemios que introducen los poemas didácticos grecolatinos (invocación a las musas o a las divinidades relaciona- 11 Cf. en este sentido, por sólo citar algunos ejemplos destacados, Arat., 17-18; Nic., Alex.
3 ss. o Lucr., De rerum natura, I 24 ss.
Sobre los elementos que caracterizan los proemios didácticos grecolatinos cf. el trabajo de E. Romano, «Costanti del proemio didascalico nella poesia greca e latina», ALGP 14-16, 1977-79, pp. 249-257, quien retoma algunos de los loci principales de los proemios épicos (indicatio, dispositio, recordatio, causa, dedicatio, commendatio, scriptor de se ipso loquens, inuocatio numinis) señalados en su momento por G. Engel, De antiquorum epicorum, didacticorum, historicorum prooemiis, Diss.
Un estudio muy detallado de los proemios épicos imperiales, con abundante bibliografía y planteamiento de cuestiones-clave, lo proporciona M. Brioso, «Los proemios en la épica griega de época imperial», en M. Brioso y González Ponce (edd.), Las letras griegas bajo el imperio, Sevilla, 1996, pp. 55-133.
12 En este sentido, cf., por ejemplo, el proemio de Ars Amatoria, en concreto I 35 ss., en donde se anuncia con precisión el contenido de los dos primeros libros que conforman una unidad temática dirigida a instruir a los jóvenes de género masculino.
13 "Qué es lo que hace fértiles las tierras, bajo qué constelación conviene alzar los campos y ayuntar las vides a los olmos, cúal es el cuidado de los bueyes, qué diligencia requiere la cría del ganado menor y cuánta experiencia las económicas abejas, desde ahora, oh Mecenas, comenzaré a cantarte".
Traducción de T. Recio García en P. Virgilio Marón, Bucólicas, Geórgicas, Apéndice Virgiliano, Madrid, Gredos, 1990, p.
257. das con el tema desarrollado, mención del destinatario de la composición, intervención del autor introduciendo cuestiones poéticas o biográficas), la indicación del tema e, incluso, el resumen del contenido es una constante presente en la mayor parte de los casos 11.
No es extraño, por lo tanto, que la sección inicial (1.1-12) del proemio del libro I (1.1-79) de las Haliéuticas esté dedicada a ofrecer al lector un ajustado resumen del contenido general de la obra.
Aunque otras secciones de este proemio (como la larga σύγκρισις, 1.12-55, entre distintos tipos de caza y pesca) llamen más la atención en primera instancia, lo cierto es que, siguiendo la línea emprendida por Pöhlmann, hemos observado que hay una serie de elementos que muestran significativos puntos de contacto entre el texto de Opiano y el proemio de otras obras didácticas romanas, entre las que se destaca el poema virgiliano 12.
Opp., H. I 1-12: zΕθνεά τοι πόντοιο πολυσπερέας τε φάλαγγας παντοίων νεπόδων, πλωτÎν γένος zΑμφιτρίτης, 14 "Las razas del mar y las esparcidas formaciones de peces de todas clases, nadadora raza de Anfitrite, me dispongo a contarte, Antonino, suprema majestad de la tierra: cuántas criaturas habitan el líquido lleno de oleaje, dónde cada uno habita, sus húmedos apareamientos y sus húmedos nacimientos; y la vida piscícola, sus hostilidades, sus amores y sus ardides; y las multiformes trampas del sagaz arte del pescador, cuantas los hombres han ideado contra los invisibles peces.
Como semidioses (los pescadores) surcan con osado corazón el no conocido mar y escrutan las profundidades no observadas a simple vista y con sus artes distribuyen los espacios del mar".
18 Este, por otra parte, es el proceder habitual en la mayor parte de las composiciones poéticas imperiales.
Sólo hay que tener en cuenta a Lucano con respecto a Nerón o a V. Flaco con respecto a Vespasiano, por poner sólo dos ejemplos.
En primer lugar, se observa que el poeta prescinde de cualquier referencia a las musas o a otras divinidades en los primeros versos del poema, frente a lo que fue un elemento clave del género, tal y como se comprueba, con distintas variantes, en el caso de Hesíodo con respecto a las musas 15, Arato con respecto a Zeus 16 o Lucrecio con respecto a Venus 17, en cuyos casos el proemio se acababa convirtiendo en un auténtico himno y en donde el poeta reclama ayuda e inspiración.
Frente a este proceder, bien establecido en la tradición literaria previa, Opiano ha preferido actuar en este punto clave del poema de un modo similar al instaurado en la literatura latina por Virgilio, quien en sus Geórgicas reservó este lugar privilegiado a Mecenas.
En esta misma línea, Opiano ha preferido citar al comienzo del poema al emperador M. Aurelio 18, a esa "suprema majestad de la tierra", a la que ofrenda el contenido de su obra 19. poema y el que no haya referencia a la ayuda divina.
21 Con respecto a ésta y a otras apreciaciones en relación a la estructura del poema virgiliano cf. las observaciones y referencias bibliográficas citadas por T. Recio García, ob. cit., pp. 235 ss.
Hay que señalar, no obstante, que la apelación a la πότνα Θεά y a otras divinidades marinas aparece en los vv.
1.73-79 y que, de un modo similar a la miel de la copa de Lucrecio, el propio Opiano considera que los versos que ellas animan suponen un dulce manantial (4.8-10).
Con todo, lo cierto es que se comprueba claramente que esta invocación proemial a las musas no es más que un elemento fosilizado que ha sido desplazado a una posición secundaria por el creciente papel desempeñado por la figura imperial.
De hecho, la importancia que da el autor al elevado receptor de su obra es tan grande que Opiano reitera la dedicatoria en los proemios de otros libros del poema 20.
E, incluso, un pretendido canto al poder omnímodo de los dioses, como es el que pretende hacer Opiano en el proemio del libro II (1-41), queda matizado con ese deseo final de que todos esos poderosos dioses, tanto los que moran en el mar como los que habitan en la tierra o en el aire, tengan un corazón complaciente hacia el portador del cetro y hacia su glorioso linaje.
En segundo lugar, el proemio de Opiano ofrece un resumen tan detallado de su contenido que resulta casi inevitable ponerlo en directa relación con el proemio de las Geórgicas virgilianas.
De hecho, sus cinco primeros versos muestran el plan trazado por el autor latino para la composición de la obra.
Las expresiones segetes y terram uertere aluden a la agricultura propiamente dicha (libro I); ulmisque adiungere uites, a la arboricultura (libro II); cura boum... cultus pecori, al ganado mayor y menor (libro III); y apibus... parcis, a la apicultura (libro IV).
De este modo, la obra es dividida en cuatro apartados tradicionales 21.
Al igual que ocurre en el caso de Virgilio, el proemio de Haliéuticas ofrece un ajustado resumen, libro por libro, del contenido de la obra: vv.
1-3: Presentación general del tema ("las tribus del mar" }Εθνεα y "las tropas de peces de todas clases" φάλαγγας παντοίων νεπόδων) y dedicatoria del poema. vv.
4-5: Al indicar su hogar y dónde habitan, sus matrimonios y sus nacimientos, el poeta anuncia el contenido del libro I. Así, en primer lugar (I 80-473), las tribus del mar son distribuidas según el lugar en donde viven, siguiendo una clasificación topográfica que puede retrotraerse hasta Aristóteles (H.A. I 1.488 b ) y que se encuentra tam-bién en la fragmentaria haliéutica atribuida a Ovidio.
El libro acaba precisamente con una referencia a los apareamientos (I 474-584) y a los cuidados dispensados a la prole (I 585ss). v.
6: remite al libro II, dedicado a explicar dos facetas de la vida de los animales marinos: sus enemistades ( §χθεα, II 43-641) y, en mucha menor medida, su buen entendimiento (φιλότητας, II 642-663). v.7: remite al libro III, dedicado a los ardides (βουλάς) de los peces para eludir su apresamiento. vv.
7-9: adelantan el contenido del libro IV, en donde el poeta describe diversos procedimientos de pesca, en los que son puestas de manifiesto las astutas trampas del sagaz arte del pescador, que aprovecha los efectos del amor y de la pasión sobre el comportamiento de las bestias marinas para apresarlas. vv.
9-12: el proemio acaba con una exaltación de la figura de los pescadores, que son considerados como δαιμόνιοι, lo que coincide con el contenido del libro V, auténtico canto al poder del hombre sobre el medio marino.
Con tan detallado proemio, al igual que ocurría en Geórgicas, el receptor del poema de Opiano obtenía una clara imagen del contenido general de la obra.
Como novedad en este segundo caso, hay que señalar que los términos elegidos por Opiano adelantan también el modo en que el tema será analizado, ya que la materia es resumida empleando palabras que, habitualmente, suelen referirse al comportamiento de los hombres.
Así, }Εθνεα, φάλαγγες, γάμοι, γενέθλαι, §χθεα o φιλότητες llaman inmediatamente la atención del lector, al que ya se está avisando de que los peces y la pesca serán estudiados de modo que su comportamiento sea puesto en paralelo con la vida de los hombres 22, lo que de manera más concreta es desarrollado en otro de los elementos más característicos de esta obra: el símil.
La estructura general del poema.
Los puntos de contacto entre los poemas de Opiano y Virgilio no sólo afectan al modo en que se presenta el contenido temático de la obra, sino también a la estructura general concebida para su desarrollo y a algunos de los recursos empleados como elementos introductorios y de transición entre las diversas secciones del poema.
En cuanto a la primera cuestión, como es bien conocido, en el proemio de las Geórgicas no sólo se anuncian los principales temas que serán tratados a lo largo de la obra, sino que también Virgilio adelanta temáticamente 23 Según K. H. Pridik, «Vergils Georgica: Darstellung und Interpretation des Aufbaus», en ANRW II 31.1, 1980, pp. 500-548, el primer bloque de la obra, formado por los dos primeros libros, estaría terminado en el año 37, en el que se publica el De re rustica de Varrón, cuya influencia sobre los siguientes libros sería palpable.
25 En el caso de Virgilio, al final de los libros I y III, nos encontramos ante episodios con un contenido negativo como es el anuncio de las señales premonitorias de la guerra civil tras la muerte de César (I 464-514) y la descripción de una peste que provocó una enorme mortandad animal (III 474-576).
en este prólogo las dos partes en las que se divide su composición: la primera, formada por los libros I-II que están dedicados al mundo inanimado y al de las plantas 23, y la segunda, constituida por los libros III-IV, dedicados al mundo animado.
En el caso de Opiano, los libros I-II conforman una unidad de tipo biológico sobre la vida de los peces, frente a los libros III-V, que conforman una segunda sección de tipo técnico, dedicada al arte de la pesca.
No obstante, esta división, según señala Effe 24, también puede ser un reflejo del modo en que organizaban su contenido otras obras didácticas dedicadas a la pesca e incluso manuales en prosa que versasen sobre el mismo tema.
Por otro lado, cada una de las dos partes del poema virgiliano cuenta con un proemio y, sobre todo, con un epílogo positivo: al final del libro II (458-542) se canta a la felicidad de los labradores y a la sencillez de la vida campestre; el final del libro IV es un canto al poeta Cornelio Galo, amigo de Virgilio, que luego fue sustituido por el epilio del divino Aristeo (IV 317-558).
También las dos partes de Haliéuticas cuentan con epílogos de índole similar.
Así, mientras los libros I, III y IV terminan de un modo abierto 25, los libros II y V cuentan con epílogos que desarrollan temas significativos relacionados con las autoridades imperiales a las que se dedica el poema.
De este modo, al final del libro II, 664-684, se desarrolla el tema de la restauración de la justicia en el orbe romano con la intención de ensalzar el reinado actual de Marco Aurelio y de su hijo y se termina (II 685-688) pidiendo a Zeus constante protección y guía.
En el final del libro V (V 675-680), de manera paralela a lo desarrollado en el libro II, el poeta le desea al emperador que la tranquilidad acompañe siempre a todo lo relacionado con sus actividades marinas y ruega a Posidón que conserve sin sacudidas los más bajos cimientos de la tierra.
De entre todos estos epílogos, el más llamativo es el del libro II de las Haliéuticas, con el que se cierra la primera parte del poema, y donde se describe un orbe romano martirizado por la guerra y la discordia, al que el justo reinado de Marco Aurelio aporta paz y concordia.
Es evidente, como ya hemos estudiado en otro lugar 26, que el tema de "las Edades del Mundo", con una tradición en el ámbito de la poesía didáctica grecolatina que se retrotrae hasta Hesíodo, es el elemento clave que permite entender el sentido y finalidad del pasaje.
En su interpretación, además, es decisivo el cambio de rumbo dado por Virgilio al tradicional proceso de degradación de las edades 27, al instaurar la posibilidad de una nueva edad de oro encarnada por la paz que trae al mundo (sumido en una edad de hierro) la autoridad imperial.
Es evidente que Opiano, interesado en las evidentes implicaciones políticas derivadas de esta orientación, sigue la estela virgiliana en su tratamiento del tema 28, pero lo es mucho más si tenemos en cuenta su posición estructural en la obra y si la comparamos con elementos de la estructura de las Geórgicas.
De hecho, este pasaje proporciona un precioso ejemplo del modo en que Opiano habría utilizado y adaptado el modelo proporcionado por el poema de Virgilio.
En efecto, la auténtica finalidad de este epílogo, y por extensión de la mayor parte del segundo libro de Opiano, se entiende si tenemos en mente la sección final de los libros I (I 466-497) y IV (IV 559-566) de Geórgicas, es decir, el abrupto final del libro I y el final absoluto del poema, ambos claramente relacionados.
En la primera, I 466-497, el poeta pasa revista a las calamidades que han azotado los tiempos recientes, tras la violenta muerte de César.
En la segunda, I 498-514, el poeta hace una súplica a los dioses indígenas a favor de la victoria del joven príncipe y de una futura restauración de la paz en el orbe romano, que se encuentra en peligro tanto en el norte (Germania), como en el este (la zona del Éufrates), como en el interior (las ciudades vecinas).
De este modo pesimista, pero con la visión de una leve esperanza, acaba abruptamente el libro I. El segundo epílogo de Geórgicas al que nos referimos (IV 559-566) supone la confirmación de esa esperanza, presentándose el poeta junto a la dulce Parténope en un momento en el que precisamente César ha conseguido la victoria en la región del Éufrates.
Pues bien, lo que ofrece Opiano en II 664-684, al final de la primera parte de su obra, como cierre del relato que hace a lo largo de todo el libro II sobre las discordias y hostilidades entre las criaturas marinas, es una conjunción de lo expresado en ambos pasajes virgilianos (es decir, la época de discordia y la solución aportada por el emperador), ahora trasvasado al nuevo contexto del justo reinado de Marco Aurelio.
Curiosamente, hay una relación más directa con el final de los libros I y IV que con el epílogo del libro II de las Geórgicas (II 458-542), ese canto a la existencia tranquila y sin preocupaciones de los labriegos, en donde hay alusiones directas al tema de las edades del mundo29 y cuya imitación, en principio, habría sido lo más adecuado desde el punto de vista estructural.
Es evidente, sin embargo, que el elemento clave que conecta el pasaje de Opiano con los de Virgilio no es el simple tratamiento del tema de las edades, sino su reconversión en un panegírico de la labor pacificadora del emperador.
Esa relación no sólo se justifica por el tratamiento de un tema similar (los conflictos civiles y exteriores del imperio y la figura imperial que los resuelve), sino que Opiano ha recurrido a una serie de alusiones poéticas que adquieren todo su valor si comparamos este pasaje con los de las Geórgicas.
Así, Virgilio, en 1.505-512, concreta los padecimientos de esa edad de hierro surgida tras el asesinato de César en dos ideas fundamentales: la primera, que entre los hombres se ha trastocado la ley divina de lo justo y de lo injusto (1.505-6); la segunda, que por todo el mundo dominan las guerras y las formas más variadas de crimen (1.507 ss.).
Del mismo modo, son esas dos las ideas claves señaladas por el autor griego: en primer lugar, Opiano afirma que la diosa Δίκη hasta hacía poco tiempo no tenía trono entre los mortales (II 664-6); en segundo lugar, que la raza humana es desgastada por las guerras y por los crímenes de los hombres (II 666-669).
Lo importante de ambas ideas es el remedio proporcionado por la autoridad imperial, que así se coloca por encima del tema principal desarrollado en cada uno de los poemas didácticos: en el caso de Virgilio (1.507-9), el que esa situación tan terrible provoque que no haya ningún honor para el arado, que los colonos estén apartados de los campos y que las hoces se fundan en espadas.
En el caso de Opiano, la culminación del relato de las enemistades perpetuas entre 30 las criaturas marinas, al afirmar que no es extraño que la diosa Justicia habite lejos del mar (II 664-5).
Pero el elemento más significativo que fundamenta la relación de los dos pasajes virgilianos con el epílogo del libro II de las H. es el papel jugado por la inclusión en ambos casos de varios accidentes geográficos que sirven para definir el espacio físico concreto en el que domina la guerra y la discordia.
En el caso de Virgilio, sólo se habla del Éufrates, de la Germania y de las ciudades vecinas (I 509-510).
Es decir, el poeta habla de las fronteras al este y al norte y de la discordia civil.
Por su parte, Opiano, con la intención de magnificar la labor de pacificación llevada a cabo por Marco Aurelio, muestra un cuadro significativamente más amplio en el que son citadas todas las fronteras conocidas del imperio (II 677-679): la zona de los celtas, de los iberos y de Libia junto con los márgenes de los ríos Rin, Istro y Éufrates.
De entre estos tres ríos, el más importante desde el punto de vista poético para entender la relación entre Virgilio y Opiano es el Éufrates.
En efecto, R. Scodel y R. F. Thomas 30, en una breve nota, señalaron el hecho de que este río fuera mencionado sólo tres veces en toda la obra virgiliana (G. 1.509; 4.561 y Aen.
8.726) y, sobre todo, que en los tres casos apareciera en la misma posición: el sexto verso contando a partir del final del libro correspondiente.
Ambos autores veían en este proceder una directa influencia de un pasaje del Himno a Apolo de Calímaco, II 108, donde el poeta helenístico utiliza una perífrasis al referirse al "río asirio": zΑσσυρίου ποταμοÃο μέγας kόος.
Siguiendo esta línea, R. Jenkyns 31 ofrece un análisis más detallado de esta cuestión, señalando que las tres referencias al río Éufrates están insertas en un contexto de alabanza a César Augusto 32, lo que demuestra que este proceder difícilmente puede ser una simple coincidencia en la obra de un autor tan cuidadoso y detallista como Virgilio 33.
Así, dentro del ámbito de Geórgicas, la aparición del río al final del libro I avisa del grave peligro que supone el Este para Roma (Éufrates insurgente).
Por el contrario, su aparición 34 A todo ello hay que unir el famoso pasaje de los laudes Italiae, II 136-176, en donde el poeta, desde su presente y en tono panegírico, señala que César mantiene alejados de Roma a los pueblos de Oriente.
35 Si nos fijamos en los últimos versos de los libros I y II del poema virgiliano, observamos que la mención del "dulce puerto" de H. II 684 está íntimamente relacionada, como si se tratase de una especie de respuesta, por una parte, con respecto a la imagen de las cuadrigas desbocadas con las que Virgilio cierra abruptamente el libro I (512-14), lo que le sirve al poeta para establecer una comparación con el mundo azotado por Marte, y, por otra parte, en relación a la metáfora que pone fin al segundo libro y a la primera parte del poema (II 551-2): al final del libro IV muestra a un César victorioso en ese mismo Este 34 (Éufrates domeñado).
Es más, para fundamentar de manera aún más clara el hecho de que no es fortuita la aparición de este término siempre en la misma posición (sexta línea desde el final), y que aparezca unido a un panegírico, Jenkyns aduce un pasaje del poema didáctico de Ovidio, Ars Amatoria, I 177-228, en donde al final de un propempticon, cuyo tema es el elogio de Augusto y la campaña de Gayo César contra los Partos, aparece también nombrado el río Éufrates seis líneas antes del final de la sección correspondiente.
Nos encontramos, por lo tanto, ante un proceder muy similar al seguido por Virgilio y que seguramente está inspirado en la lectura de su obra.
Pues bien, como hemos señalado ya, en H. II 664-684, Opiano, seguramente con la vista puesta en este tratamiento poético instaurado por Virgilio, (y cultivado posteriormente por otro autor tan influyente como Ovidio), también ha incluido una alusión al río Éufrates en un pasaje que, al igual que ocurría en los casos ya citados, es un panegírico que ensalza la pacificación del imperio, que en este caso se ha logrado gracias al "excelente padre y al espléndido retoño" (II 283: θεσπέσιός τε πατ¬ρ κα φαίδιμος Ðρπηξ), Marco Aurelio y Cómodo.
Con respecto a su posición concreta, el término Éufrates aparece situado en el verso décimo contando desde el final del libro II.
No obstante, si tenemos en cuenta la unidad temática constituida por los versos II 664-684, observamos que, al igual que ocurría en Ovidio, el río aparece citado en el sexto verso a partir del final de la sección, en concreto en el verso II 679, única vez que aparece en todo el poema de Opiano, con todo lo que implica esta elección consciente por parte del poeta.
De este modo, el poeta cilicio habría concebido el grueso del epílogo del libro II de tal manera que el verso II 684 constituyese el auténtico final del tema tratado a lo largo de la mayor parte de este libro (desde el verso II 43 hasta el II 684) e incluyese lo que parece una auténtica fórmula de transición 35 a través de la "tras recorrer innumerables vueltas ya es hora de desatar los cuellos espumeantes de los corceles".
36 Teniendo en cuenta la orientación del tema de las edades desarrollado por Opiano en el epílogo del libro II, los puntos de contacto con la normativa retórica expuesta por Menandro (377.10-30) son evidentes.
En ambos casos, el objetivo final es destacar la prosperidad y la paz actual de las ciudades del imperio (¦ν τούτοις ¦ρεÃς τς εÛετηρίας, τς εÛδαιμονίας τäν πόλεων), el respeto a lo divino (εÛσέβεια δ¥ o περ τÎ θεÃον) y lo justo (τιμαÂ δ¥ κατ τÎ προσ−κον) y el hecho de que Roma no tiene miedo ni a bárbaros ni a enemigos, que han sido domeñados (οÛ δεδοίκαμεν βαρβάρους, οÛ πολεμίους).
En consecuencia, ¿qué otras súplicas hay que alzar al poder divino que aquellas dirigidas a proteger al emperador? (τί δ¥ μεÃζον αAEτεÃν παρ τäν θεäν ́ βασιλέα σώζεσθαι;).
Por todos estos motivos, lo lógico es que el final del epílogo del βασιλικÎς λόγος haya de ser una plegaria a la divinidad (εÛχ¬ν παρ θεοØ).
cual virtualmente se pone fin a la primera parte del poema: ¦κ τäν μοι γλυκ×ς Óρμος •νακτορίης πεπέτασται gracias a cuyo gobierno ahora se abre para mí un dulce puerto Con el empleo de esta imagen, quedaba perfectamente cerrado el tema de la Justicia, motivo principal de este epílogo: después de señalar que no es extraño que la Justicia habitara lejos del mar (II 664-5), el poeta afirma orgulloso que ahora esa misma Justicia, la diosa Δίκη, comparte el hogar y la casa de los hombres (II 680-3), gracias al gobierno actual de ambos emperadores, que constituye un dulce puerto para el poeta (II 684).
Los versos II 685-688 son un ruego a Zeus y a los hijos de Urano para que protejan y aporten dicha a las figuras imperiales y forman parte de una estructura superior que tendría como función, en primer lugar, cerrar la composición que se abría desde el final del proemio (II 38-42: súplica de protección a los dioses del Olimpo) y, en segundo lugar, establecer un directo paralelo con el final de la segunda parte de la obra (V 675-680), en donde hay otra súplica en la que se solicita la protección de Posidón.
Además, aparte de estas razones de tipo estructural, Opiano habría añadido estos versos siguiendo la costumbre establecida por la normativa retórica que regulaba la composición de un panegírico imperial.
En efecto, el "discurso imperial" o βασιλικÎς λόγος, tal y como lo recoge el rétor Menandro, terminaba con un epílogo en el que necesariamente se incluía una plegaria por medio de la cual el orador pedía a la divinidad que perdurase larguísimo tiempo su imperio y que éste pasase a sus hijos 36.
Teniendo en cuenta que Opiano convirtió el final del libro II de sus H. en un auténtico panegírico de la autoridad imperial, sería lógica la inclusión de esta plegaria, elemento que, por otra parte, resultaría rentable desde el punto de vista del favor imperial al que aspiraba su autor cuando presentó su poema a Marco Aurelio.
Lo más importante, desde el punto de vista de la comparación con el proceder de Virgilio, es que, si dejamos a un lado los versos en los que Opiano desarrolla la súplica a Zeus (II 685-689), nos encontramos con que el río Éufrates ahora sí aparecería colocado en el sexto verso a partir del final de esta sección del poema (II 664-684), concebido como una fina y erudita alusión literaria al proceder seguido por Virgilio en sus Geórgicas.
Además, a la hora de poner en contacto la inclusión del Éufrates en ambos poemas, no hay que olvidar que existe en este sentido un paralelismo contextual innegable entre Virgilio y Opiano, lo que fomentaría la íntima identificación del segundo con el primero.
Como sabemos gracias a sus Vitae, como la escrita por Donato (91-95) o la Bernensis (12), Virgilio, tras un largo periodo compositivo de siete años, leyó sus Geórgicas a Octavio el año 29 a.
C., en la ciudad de Atela, al volver el futuro Príncipe de su campaña en Oriente.
Opiano, por su parte, presentó su poema a Marco Aurelio hacia el año 180 d C., tras volver victorioso de varias campañas a lo largo de las fronteras del imperio, entre las que se destacó, por el evidente riesgo de confrontación civil que supuso, el sofocamiento de la rebelión de los ejércitos romanos de Oriente al mando de Avidio Casio37.
A la vista de estos datos, creemos que hay demasiadas coincidencias contextuales para que el poeta cilicio no tuviera presente la obra didáctica de Virgilio y, en concreto, el papel (político y poético) jugado por la frontera oriental que representaba el Éufrates.
De este modo, hemos comprobamos cómo Opiano ha seleccionado y adaptado los aspectos que más le interesaban de la estructura del poema virgiliano, tomando del final del libro I y IV de Geórgicas los elementos encomiásticos de la labor pacificadora de la autoridad imperial para elaborar los rasgos principales del epílogo del libro II de Haliéuticas.
2.2.4.Pero detengámonos en otro pasaje en el que también se percibe la influencia de las Geórgicas y que creemos que desempeña una importante función estructural en las Haliéuticas.
Es bien conocido que Virgilio, al final de la primera parte de las Geórgicas (II 551-2), insertó una fórmula de transición gracias a la cual se propicia el cambio de tema de una parte a otra del poema.
El poeta latino ha escogido una metáfora tomada del ámbito de las carreras de caballos del circo, recurriendo a la comparación tradicional entre Pero, claro, lo cierto es que cabe la duda de que el descanso al que se refieren unos y otros autores sea de diferente naturaleza: Virgilio y Ovidio hablan claramente del reposo del poeta antes de continuar su labor, mientras que Opiano parece referirse más bien a la tranquilidad de la nave del estado que gracias al emperador habría encontrado un puerto seguro.
Sin embargo, si ampliamos nuestro campo de investigación, comprobamos que un análisis más detallado de los primeros versos del libro tercero de Opiano nos revela la existencia de otra fórmula de transición complementaria que, al igual que ocurría en el caso de Virgilio, está tomada también del mundo de las carreras de caballos, propiciando la misma comparación entre poeta y auriga que ya hemos observado en Virgilio y Ovidio.
En este caso, el poeta griego ha recurrido a un motivo literario especialmente útil para sus intereses y que, por otra parte, cuenta con una tradición que puede remontarse hasta Homero.
Así, al comienzo del libro III de las Haliéuticas, el poeta pide precisamente a Hermes, al que llama "la mente más astuta entre los inmortales" (v.
10: κέρδιστον ¦ν •θανάτοισι 48 νόημα), es decir, al dios de la μ−τις o inteligencia por la añagaza 49, que le conduzca recto a la "meta" de su canción:
La elección del término homérico νύσσαν (la meta a la que continuamente se refiere Ovidio 51 ) amplía significativamente el sentido del pasaje, que desempeñaría, de este modo, una importante función estructural en el marco de la obra.
La traducción de este término como "meta" o "punto final" de un recorrido, tal y como lo han entendido los tres traductores del texto de Opiano 52, no permite profundizar en sus interesantes implicaciones intertextua-(p.
240: «meta de mi canción») y Fajen (p.
Como señalan Liddell-Scott-Jones ad. loc., este término sería sinónimo de καμπτήρ (turning-post), o de la στήλη de la que habla Sófocles en Electra 720 y 744.
En el mundo romano, el término meta designa el hito o columna cónica situada en el extremo de la spina del circo.
Scholia in Theocritum, París, 1849, pp. 213-364, ad. loc. 55 En el caso de Ovidio, hay una clara diferenciación entre el mojón entendido como punto sobre el que el carro da la vuelta (meta; cf. Ars III 396: metaque feruenti circueunda rota, "...y de la meta en cuyo derredor ha de girar la rueda impetuosa") y el punto que marca el final del recorrido (ultima meta, cf. Amores III 15.2: raditur his elegis ultima meta meis, "mis elegías tocan ya la meta final"). les.
Y es que la elección del término νύσσαν al comienzo del libro III (única vez, por cierto, que aparece en todo el poema de Opiano, con todo lo que ello implica a la hora de haber sido seleccionada) no es fortuita y va más allá de la idea de una simple transición.
Más que a la "meta" de la obra, entendida como el punto final de la misma, pensamos que el poeta se está refiriendo a algo mucho más concreto y adecuado para resaltar la transición entre ambas partes del poema.
El poeta, siguiendo el gusto de la Segunda Sofística por recuperar términos en desuso, estaría haciendo un empleo claramente erudito del vocablo homérico y, por lo tanto, con el término νύσσα se estaría refiriendo a algo tan concreto como es el mojón colocado en el extremo de un circuito, sobre el que los carros que participaban en una carrera daban la vuelta para volver hacia la otra punta 53.
El poeta cilicio, por lo tanto, estaría recurriendo a un elemento claramente relacionado con las imágenes de las cuadrigas empleadas por Virgilio al final de los libro I y II de Geórgicas.
Es decir, en el proemio del libro III, que abre paso a la segunda parte las Haliéuticas, el poeta le estaría pidiendo a Hermes, al dios de la μ−τις, que le sirva de guía y que, como si se tratase del auriga que conduce una cuadriga, enderece su labor poética en el momento en el que comienza el segundo tramo del poema.
Así lo entendieron los escoliastas del texto de Opiano 54, que acudieron a términos como Òρμήν (impulso, salida) o •ρχήν (comienzo) para aclarar a los posibles lectores el sentido 55 de ese νύσσαν que en el siglo II d.
C. se había convertido en un término erudito Todo ello, además, enmarcado en un pasaje que está lleno de referencias al empleo de la μ−τις tanto por parte de los pescadores (v.
13-14: -γρης παντοίης) como por parte del dios Hermes y de su hijo, el Pan de Corico, que con engaños (v.
18: δολώσας) causó la muerte al terrible Tifón (vv.
56 Que el término homérico νύσσα estaba en la mente de los autores eruditos de época imperial como un elemento clave unido a una competición deportiva, preferentemente de carros de caballos, lo observamos en la obra de Quinto de Esmirna.
De hecho, en sus Posthoméricas este término aparece empleado únicamente en el libro IV que, no por casualidad, está dedicado a relatar otros juegos fúnebres, en este caso los celebrados en honor de Aquiles.
En este libro, a lo largo de varios pasajes, Quinto hace un uso del término νύσσα similar al que hizo Homero en el libro XXIII de su Ilíada: IV 195-6 (carrera a pie entre Teucro Telamonio y Áyax), IV 507 ss. (carrera de carros), IV 550-1 (carrera de caballos).
En todos estos casos, el término νύσσα no designa la meta, sino el punto de partida (•πÎ νύσσης) o el mojón sobre el que dan la vuelta los caballos para continuar la carrera (¦π νύσσ®).
Los términos con los que se designa el final de la carrera son otros: τέλος δρόμου (IV 193) o τέρματα (IV 199).
Y es que la relación que se establece entre la utilización del término νύσσα y la guía solicitada al dios de la μ−τις conecta directamente este pasaje de Opiano, que introduce el relato de las astutas mañas del arte de pescador, con otro pasaje paradigmático en la literatura griega sobre el empleo de la μ−τις y elaborado precisamente en torno a una carrera de carros.
Nos referimos al conocido episodio de la carrera en la que participó el hijo de Néstor, Antíloco, en Ilíada XXIII 327-344, competición celebrada en el marco de los juegos fúnebres en honor de Patroclo 56, y que el joven ganó precisamente gracias a su μ−τις, lo que le permitió adelantar a sus competidores al dar la vuelta con su carro en el circuito fijado previamente.
En esta competición, Néstor aconseja a su hijo emplear la μ−τις para contrapesar las peores condiciones de sus caballos, poniéndole tres ejemplos de astucia (XXIII 315-318): la del leñador, la del piloto de una nave azotada por los vientos y la del auriga.
El punto clave del empleo de la μ−τις del auriga es precisamente el momento en el que el carro ha de dar la vuelta al mojón (νύσσα) colocado en uno de los extremos del recorrido.
Este es el elemento clave que permite establecer la conexión pensada por el poeta cilicio y dirigida, como no podía ser menos, a un público erudito y buen conocedor tanto del texto homérico como de la obra virgiliana: al igual que hizo Antíloco en su carrera, ahora el poeta, como si se tratase de un auriga que conduce el carro de su inspiración, va a comenzar otra vuelta o desarrollo en su particular recorrido por la haliéutica, dedicando en el libro III una especial atención a la astucia y artimañas empleadas por los pescadores.
El trenzado de relaciones intertextuales se percibe aún más complejo si volvemos nuestros ojos hacia las Geórgicas, ya que este mismo texto homérico es el claro referente al que ha recurrido Virgilio para componer un pasaje del libro III, (103-112), en el que, al hablar de la elección de un caballo semental (III 72-122), inserta la descripción de una veloz carrera de carros de caballos conducidos por jóve-nes que sólo piensan en ganar y a los que sólo les preocupa la victoria 57.
En conclusión, con el empleo de un término tan marcado literariamente como νύσσα se consiguen, por lo tanto, dos objetivos.
En primer lugar, al igual que hizo Virgilio en sus Geórgicas, Opiano deja patente el cambio de tercio en la exposición de la materia (abriendo camino a la segunda parte del poema), utilizando una imagen, tomada del ámbito de las carreras de caballos, especialmente apreciada por los poetas latinos.
En segundo lugar, emplea un término claramente alusivo, que hace referencia a una ocasión paradigmática en la que se empleó decisivamente la μ−τις 58.
Y es que el pasaje, por otra parte, está plagado de referencias a elementos y características de la μ−τις, como los artificios de los pescadores, dotados de una mente prodigiosa y los variados procedimientos de pesca, que son el grueso de lo que viene a continuación.
El repaso que hemos realizado de algunos de los elementos formales con los que Opiano ha organizado y dispuesto el contenido de su poema didáctico nos muestra que el autor cilicio compuso una obra con una estructura muy elaborada, sobre la que la poesía didáctica previa ejerció una innegable influencia.
De hecho, pensamos que la obra de Opiano de Cilicia es un magnífico ejemplo de la evolución del poema didáctico en la antigüedad grecoromana.
El poema didáctico se convierte así, en un magnífico exponente de la interconexión entre la literatura griega y latina, siguiendo los pasos marcados por Reiff 59.
Como se señala en este trabajo, con respecto a la poesía existe un proceso en el que, en primer lugar, se produce la interpretatio de los precedentes griegos; en segundo lugar, la imitatio; hasta que, por medio de una personalidad renovadora, se procede, en tercer lugar, a la refundación del género y se llega a la etapa de aemulatio.
Lo interesante es que, en el desarrollo de algunos géneros poéticos, esa tercera fase puede convertirse en fuente de imitación para la literatura griega de época imperial, con lo que este proceso no se detiene en el mundo romano, sino que provoca fértiles mez-clas e interconexiones entre ambas literaturas.
Eso es lo que ocurre en las Haliéuticas.
En concreto, hemos comprobado la influencia que ejercieron sobre la estructura del poema de Opiano una serie de elementos que se convirtieron en característicos de la poesía didáctica romana, como la composición ampliada a lo largo de varios libros, frente al que había sido el modelo característico de la poesía didáctica griega desde Hesíodo hasta Dionisio Periegeta.
Pero, sobre todo, hemos destacado a lo largo de nuestro trabajo el hecho de que la influencia mayor procede del modelo establecido por las Geórgicas de Virgilio y que fue seguido en elementos concretos por autores posteriores como Ovidio.
Aparte de las cuestiones destacadas en su momento por Pöhlmann (sobre todo con respecto al empleo de los singula prooimia)60, hemos señalado otros aspectos que afectan íntimamente a la estructura general de la obra, especialmente a la relación entre el final de los libros I y IV de Geórgicas y el del libro II de Haliéuticas.
Por último, y claramente unido a la imagen empleada en el epílogo del libro II de las Geórgicas (II 541-2), hemos destacado la existencia de un importante elemento de transición entre ambas partes del poema de Opiano, construido sobre la utilización erudita del término homérico νύσσα, lo que permite establecer una comparación entre auriga y poeta.
En un trabajo anterior ya analizamos el tratamiento optimista y contemporáneo del tema de las edades por parte de Opiano de un modo claramente coincidente con la interpretación virgiliana, ahora hemos puesto de manifiesto otras conexiones con respecto al modo en que está estructurada la obra.
Opiano tuvo presente poemas didácticos romanos como las Geórgicas a la hora de componer su propio poema y adoptó algunos de los elementos estructurales adaptándolos a sus propios objetivos.
De este modo, el poeta cilicio se nos presenta como un magnífico conocedor de la larga tradición literaria griega, pero también como un admirador de una de las más grandes obras de la tradición poética romana, que, a fin de cuentas, a las alturas de finales del siglo II d.
C., nuestro poeta cilicio también sentía como propia. |
La colección Alma Mater de textos clásicos griegos y latinos continúa su intenso ritmo de producción con nuevas ediciones bilingües que constituyen un tesoro para los estudiosos de la Antigüedad.
En este caso se trata de la primera edición española del texto griego y ha merecido el premio del Ministerio de Educación a uno de los libros mejor editados de 2016.
La Introducción, detallada e ilustrativa, ofrece discusiones sobre lengua, estilo, fecha de composición.
Por ejemplo, en V 1.11, trata la cuestión de la equivalencia entre μετά con genitivo y σύν con dativo.
La cita intenta demostrar que el ático del autor no es tan puro como suele considerarse, dado que es la segunda opción la canónica.
Parece pues tener muchos elementos de diversa procedencia dialectal o estilística.
Por otra parte, las referencias históricas se conjugan con los problemas de composición de cada parte, con lo que la cuestión filológica adquiere trascendencia para la interpretación historiográfica, por ejemplo, para los complejos años.
También atiende a las omisiones, que es necesario rellenar con el uso complementario de otras fuentes, afortunadamente abundantes, en historiadores, algunos fragmentarios, o en oradores.
Se complementa con la enumeración de papiros y códices y con el stemma.
Hay además notas ilustrativas que señalan para lelismos de autores como Diodoro y que dan datos de acontecimientos presupuestos por el autor o de personajes conocidos por otras fuentes, así como localizaciones geográficas.
También en las notas, por ejemplo, en II 3.2, González Castro hace interesantes comentarios sobre los oligarcas.
En cuanto al texto, tiende a conservar la lectura de los manuscritos con pocas excepciones.
Sólo admite algunas correcciones, como en I 1.23, igual que las demás ediciones, la de Bergk: κᾶλα (las maderas) por καλά.
Algunos párrafos, sin embargo, merecerían al menos algún comentario, como I 2.1, donde la referencia a los peltastas podría ser objeto de una nota, como hace la mayoría de los editores, dado que se trata de un texto con dificultades de lectura, no sólo de traducción.
Asimismo, en Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 VII 1.25: «el polemarco que había llegado a ser espartiata», acepta la lectura de los manuscritos, frente a correcciones como las de Marchant: «el espartiata que había llegado a ser polemarco», que parece más coherente con las prácticas espar tanas.
El texto de I 4.13 presenta problemas de lectura que no hace constar González Castro.
La cuestión parece bastante importante, acerca del juicio y la imagen de Alcibíades ante los atenienses.
En I 7.33, sería interesante haber hecho constar los problemas de la frase: «al no haber sido capaces de cumplir las órdenes a causa de la tempestad», que suprimen algunos editores, como Marchant, que la incluye entre corchetes, mientras que otros señalan los problemas en nota, dada la incongruencia de la acusación.
De admitirse la frase habría que aclarar que se trata de una argucia dialéctica de Euriptólemo, o de un artificio del propio Jenofonte.
En general, la traducción es impecable desde el punto de vista gramatical y estilístico.
Habida cuenta, sin embargo, de que se trata de la obra de un historiador que puede ser utilizada por muchos estudiosos de Historia Griega en diversos niveles de experiencia, con mayores o menores conocimientos de la lengua original, que pueden o no ser capaces de cotejar el texto castellano con el griego, a pesar de las ventajas que ofrece la edición bilingüe, a veces se presentan lecturas que pueden inducir a cierta confusión, sobre todo cuando se usa una terminología excesivamente modernizante o que prescinde de ciertas matizaciones importantes para comprender la realidad histórica tratada.
Uno de los casos más significativos es el de la traducción de δῆμος, por ejemplo en I 1.27, como «partido democrático», como hacen otros traductores, como Guntiñas y Brownson («democratic party»), mientras que otros han preferido «el pueblo», «le peuple» (Hetzfeld), «the commons» (Krentz), «the people» (Marin cola).
González Castro usa mucho la expresión tanto en traducción como en notas para referirse a los conflictos sociales dentro de las ciudades entre δῆμος y ὀλίγοι.
No cabe duda de que para un lector moderno crea una distorsión cuando se trata de una sociedad en la que no se han inventado los partidos políticos.
Del mismo modo, en II 3.13, traduce πονηρούς como «malos ciudadanos», como Hetzfeld y Guntiñas, lo que priva al texto de matiz social, sobre todo cuando se trata de la contraposición con los oligarcas.
Brownson por ejemplo usa scoundreles, que equivale a «villanos», que, como en castellano, une a la connotación moral la social.
Paralelamente, en II 3.15, traduce καλοὺς κἀγαθούς como «los honrados y buenos»; mientras que para otros la expresión alude a nobles o aristócratas, todo ello según el vocabulario del Pseudo-Jenofonte.
En II 4.21, traduce ἑταιρία como «amistad», que pierde sentido político correspondiente a los grupos oligárquicos que actuaban en la Atenas democrática.
En VII 1.23 traduce αὐτόχθονες por «autónomos», cuando se trata de una manifestación del orgullo de la autoctonía, similar a la de los atenienses, los que no procedían de las invasiones.
Guntiñas incluso se apoya en Heródoto y Tucídides sobre la autoctonía de los arcadios.
Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 Sin duda, la excelente edición de González Castro tendría mayor proyección en el gremio de los historiadores con algunas de las matizaciones indicadas, pero no deja de ser una joya en el panorama de los estudios clásicos de la España actual.
A pesar de las dudas sobre su autenticidad y las críticas de algunos estudiosos modernos por su contenido y su estilo, el De Platone et eius dogmate, el más extenso de los opúsculos filosóficos atribuidos a Apuleyo, que ya en el título se presenta como una recopilación sistemática de las teorías del maestro (dogmata), es una obra de gran importancia para conocer la historia del platonismo en lengua latina, en particular del denominado medioplatonismo1, al ser uno de los pocos testimonios seguros llegados hasta nosotros de dicho movimiento en latín2.
Por eso el trabajo de Elisa Dal Chiele, profesora del Dipartimento di Filologia Classica e Italianistica de la Universidad de Bolonia, supone una magnífica oportunidad para revisar y arrojar algo de luz sobre algunos de los problemas que este tratado aún sigue planteando.
A continuación, se incluye, en forma de notas al final al texto de la traducción italiana, un exhaustivo comentario de los dos libros que nos han llegado del De Platone (pp. 123-160).
Cierran el libro una amplia bibliografía (pp. 161-182), constituida por los códices y las ediciones citados y las traducciones del De Platone a lenguas modernas (todos ellos en orden cronológico) -donde no se mencionan las dos traducciones españolas aparecidas hasta ahora, las de A. Camarero en la UNAM (1968) y la nuestra, que abarca toda la obra filosófica apuleyana, publicada en Gredos (2011)-, amén de una amplia relación de estudios (en orden alfabético), divididos en estudios sobre el De Platone y «Otros estudios».
Inexplicablemente, no se incluye ninguna clase de índices, recurso éste de indudable utilidad en obras de estas características.
Respecto al tratado, en la Introducción la autora dedica una atención preferente a las cuestiones referidas a la autenticidad y datación de la obra (pp. 23-29), a los aspectos estilísticos y léxicos (pp. 33-42) y a su pervivencia (pp. 42-49).
También es destacable el espacio que dedica a los aspectos biográficos y al contexto en que se sitúa la figura de Apuleyo (pp. 9-16).
En cambio, nos sorprende que no haya dedicado un apartado específico a la exposición sistemática de los contenidos doctrinales del De Platone -algunos de los cuales son originales de su autor 4 -, para lo cual el lector se tiene que remitir a las notas que componen el comentario.
Uno de los principales problemas que aún sigue suscitando el De Platone es el de su autoría, juntamente con el De mundo, tratado con el que comparte un buen número de rasgos estilísticos y léxicos que les diferencian de las obras de autoría apuleyana segura (De deo Socratis, Floridas, Apología y Metamorfosis), de ahí la atención que el libro dedica a la lengua y al estilo del De Platone.
Además, ambos tratados, frente a las obras de atribución segura, se sirven de estructuras métricas cuantitativas y acentuales (cursus mixtus) y del fenómeno conocido como Schein prosodie 5, lo cual supone un problema para confirmar la autoría apuleyana de los mismos, pues ambos 3 En la edición de Dal Chiele la subdivisión de los parágrafos sigue de manera particular la edición de Hildebrand (Lipsiae 1842).
4 Cf. al respecto el apartado «Contenido doctrinal» de la Introducción que precede a nuestra traducción del tratado, pp. 97-121.
5 La Scheinprosodie es una licencia métrica consistente en permitir que la sílaba final de la penúltima palabra se pueda medir como breve, siempre que esta sea larga por naturaleza, no por posición.
Sobre esto, cf. A. Axelson, «Akzentuierender Klauselrhythmus bei Apuleius.
Bemerkungen zu den Schriften De Platone und De mundo», Vetenskaps-Societeten i Lund, Årsbok 1952, pp. 3-20. son fenómenos observados normalmente en la prosa posterior a Apuleyo6.
En fin, en ambas obras también se han puesto de relieve un cierto número de deficiencias y errores en el contenido y en los aspectos lingüísticos, de forma que en opinión de algún autor, como Redfors, ambas parecen más propias de un com pi lador torpe que de un filósofo y rétor cultos.
A todas estas dudas Dal Chiele responde, en primer lugar, que toda la tradición es unánime en atribuir a Apuleyo ambas obras.
Además, entre las fuentes usadas en el De Platone hay tres autores muy frecuentados por el madaurense, a saber, Plauto, Salustio y Cicerón.
También en el manual se tratan cuestiones que también aparecen en las obras de atribución apuleyana segura, como el catálogo de atributos divinos (Plat.
I 191), la definición de las estrellas errantes (Plat.
I 201) o el papel preeminente concedido a los démones, seres de naturaleza aérea, intermediarios entre los hombres y los dioses.
En cuanto a las deficiencias de contenido señaladas por la crítica, Dal Chiele las atribuye al carácter didáctico del tratado -con él se pretende acercar a un público latino no especialista en las enseñanzas del maestro-, mientras que las deformaciones doctrinales se explicarían porque ya estaban presentes en el corpus de fuentes utilizadas para la redacción del manual7.
La falta de referencias explícitas a Platón -algo en principio sorprendente-se debería a que el propio Apuleyo se pretende presentar a sí mismo como auctoritas platónica de absoluta con fianza.
El propio uso del cursus mixtus -por el progresivo abandono del sistema cuantitativo y la creciente difusión del sistema acentual-, según algunos autores, constituiría una prueba a favor de la autenticidad de Plat. y Mund.
Y, en fin, aunque el análisis lingüístico y estilístico del De Platone y del De mundo no aporta pruebas decisivas para determinar la autenticidad de ambas obras, al menos demuestra que fueron escritos por la misma persona.
Otra de las cuestiones más controvertidas que suscitan ambos tratados es la de su datación, que Dal Chiele sitúa en la madurez de su autor (después del 167)8, y que Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 relaciona con una posible actividad de Apuleyo como maestro de retórica en Cartago al final de su vida.
A modo de conclusión, es indudable que el trabajo de la profesora Dal Chiele supone una contribución de primer orden al debate sobre los problemas que aún siguen abiertos respecto al De Platone et eius dogmate.
Además, la claridad y respeto al original de su traducción, junto al importante aparato de notas que constituye su comentario, ayudará a acercar al lector interesado una obra que, no lo olvidemos, a pesar de las deficiencias en él observadas y la escasa originalidad que a menudo se le atribuye, constituyó uno de los pocos recursos de los que la intelectualidad del Occidente medieval, desconocedora del griego, disponía para acceder a las teorías platónicas.
En este libro Francisco Rodríguez Adrados resume la teoría que ha defendido a lo largo de toda su carrera científica sobre las diferentes fases del indoeuropeo.
El punto de partida de la teoría es la necesidad de replantear la reconstrucción del indoeuropeo a raíz del desciframiento del hetita, a principios del siglo XX.
En aquel momento se observó que esta lengua presentaba, o mejor dicho, no presentaba ciertos rasgos morfológicos que sí se dan en el resto de lenguas indoeuropeas.
Así por ejemplo, se advierte que el hetita no distingue entre masculino, femenino y neutro, sino entre animados y no animados.
También que únicamente cuenta con un tema verbal, es decir, es monotemático, y no tiene tema de aoristo y de futuro.
Aquellos autores que consideran que la reconstrucción del indoeuropeo de Franz Bopp es la correcta sostienen que si el hetita no dispone de una morfología tan completa como el resto de las lenguas indoeuropeas es precisamente porque ya ha perdido determinados rasgos morfológicos.
Adrados por el contrario considera in correcto este planteamiento y reivindica la recons trucción de diferentes fases del indo europeo, progresivamente más complejas, y no un indoeuropeo unitario.
de una compleja tradición textual, donde las anotaciones al margen o entre líneas de los copistas antiguos acabaron por integrarse en el texto.
En la página 67 se listan una serie de características lingüísticas que aún se conservan en las diferentes lenguas indoeuropeas, empezando por las anatolias, y que parecen remontar a una época anterior.
Algunas de estas características son las raíces monosilábicas -que en ocasiones presentan alarga mientos con valor nominal o verbal-, los elementos prosódicos, las formas consis tentes en una raíz con alargamientos o duplicaciones de ella misma, el orden de palabras con valores sintácticos, los adverbios monosilábicos, las preposiciones, los pronombres, las conjunciones, etc.
La segunda fase del indoeuropeo sería la que el profesor Adrados denomina Indoeuropeo II (IE II) o monotemático.
Está representado por el hetita y por otras lenguas anatolias.
Uno de los rasgos morfológicos más llamativos de estas lenguas, perteneciente al sistema nominal, es la ausencia de género.
También se dan otros rasgos morfológicos, como la parcial coincidencia del nominativo y genitivo singular temático, la fluctuación entre varios temas, etc. De este modo, el llamado IE II constituiría un indoeuropeo de transición entre el I y el III.
Para Adrados, en esta fase es posible observar cómo se están construyendo los rasgos morfológicos del IE III; en su opinión «there is considerable fluctuation in everything» (p.
Por otra parte, el verbo en hetita es por regla general monotemático: tiene un presente radical, temático o no y derivativos con sufijos, muchos de los cuales se recons truyen para el IE III.
El aoristo, el perfecto, el futuro, el subjuntivo o el optativo, el número dual y otras formas son inexistentes.
En este punto, el profesor Adrados suma la hipótesis de que el etrusco es una lengua anatolia y por lo tanto perteneciente en origen al IE II o monotemático.
Adrados es consciente de que aún hay una gran discrepancia sobre la filiación lingüística de esta lengua, ya que muchos autores sostienen que se trata de una lengua no IE.
En las páginas 88-89 se lista una serie de características lingüísticas del etrusco, semejante, según el autor, al anatolio; en opinión de Adrados, si estas se analizan desde el punto de vista del indoeuropeo se llega a la conclusión de que nos encontramos ante una lengua indoeuropea monotemática y por lo tanto perteneciente al IE II.
A continuación, se tratan la creación y desarrollo del indoeuropeo III (IE III) o politemático.
En la página 95 se enumeran algunas características que aparecen en este nuevo estadio del indoeuropeo, como con por ejemplo la distinción del subjuntivo o el optativo del tema de presente o la del indicativo atemático con desinencia ø frente al subjuntivo con alternancia e/o, etc. El IE III cabe dividirlo a su vez en IE IIIA, al que pertenecen las denominadas lenguas del este, como son el védico y sánscrito (y más tarde los dialectos prácritos), el avéstico y el antiguo persa, el griego y algunas otras lenguas menores.
A este grupo hay que añadir las lenguas balto-eslavas.
Por otra parte, las lenguas del oeste, como las lenguas celtas, germánicas o itálicas pertenecen al IE IIIB.
Estas presentan ya una flexión pronominal, nominal y verbal más extendidas que las anatolias: nombres, adjetivos y pronombres presentan hasta un máximo de ocho casos, (a veces hasta con tres números diferenciados), los verbos tienen hasta cuatro temas (presente, futuro, aoristo y perfecto) y muchos de ellos no solo con indicativo o imperativo, sino también subjuntivo, optativo y formas nominales.
Por otro lado, este IE IIIA politemático no ha reducido los temas de pretérito a dos, como hizo el IE IIIB, el cual floreció en Europa.
En la página 101 se cita una serie de elementos que, por un lado, son comunes entre el griego y el antiguo indio y que, por otro, han sido eliminados en ambas lenguas.
Posteriormente, también se tratan las lenguas iranias, cuyas características son muy similares a las del antiguo indio, el balto-eslavo y, por último, se dedica un breve espacio al armenio, frigio y albanés.
En cuanto al estudio del IE IIIB, se tratan los diferentes rasgos morfológicos comunes de las lenguas itálicas, con especial atención al latín, también las lenguas celtas y las lenguas germánicas, donde se pone más énfasis en el gótico.
En estas páginas se tratan aspectos de la flexión nominal y pronominal así como de la conjugación verbal.
Este apartado se cierra con un estudio del tocario A y B, lenguas que el autor trata también en un capítulo diferente, puesto que no sólo presentan ciertas inno vaciones en sus declinaciones, que en ocasiones coinciden con las lenguas del oeste estudiadas dentro del IE IIIB, sino que también ha mantenido algunos arcaísmos, como, por ejemplo, en el sistema verbal, que no dispone de subjuntivo.
La última parte de este libro está dedicada a lo que F. R. Adrados denomina Indoeuropeo IV (IE IV).
Dentro de esta fase del indoeuropeo se clasifican aquellas lenguas que actualmente se consideran «modernas».
En este capítulo se citan y examinan lenguas como el griego, que ha ido simplificando desde época bizantina su morfología nominal y verbal, las lenguas romances, procedentes del latín, en las que las declinaciones han desaparecido, como el español, el francés o el italiano, y las lenguas germánicas, como por ejemplo el inglés.
Así, y como se adelanta en el título del libro, el autor nos presenta, en primer lugar, la progresiva creación de la morfología en indoeuropeo, representada por el IE I y sobre todo el IE II, en segundo lugar, la culminación y auge de la morfología indoeuropea, que está representada por el IE III, y, por último, su decaimiento, que tiene lugar en el IE IV, en el que se incluyen las lenguas modernas que han simplificado su sistema morfológico, tanto nominal como verbal.
Casos claros de ello son por ejemplo, el griego moderno, el español o el inglés.
Aunque este libro contiene hipótesis del profesor Adrados que perma necen abiertas a la discusión, ello no empaña el gran valor de esta obra, conclusión y resumen de numerosos estudios a lo largo de varias décadas en las principales revistas y editoriales especializadas en lingüística indoeuropea.
Sin duda contribuirá a difundir las ideas del autor en ámbitos académicos a veces demasiado reacios Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 a acep tar cambios de modo de pensar de tanta envergadura como los que aquí se pro ponen.
La lengua de Homero resultaba extraña y difícil de entender para los griegos de cualquier época.
Ni siquiera los gramáticos sabían qué significaban algunas expresiones bien asentadas en los poemas.
La evolución de Grecia en la Antigüedad, con su atomización política y dialectal y con el espíritu dialéctico que rige en buena medida el nacimiento de los distintos géneros literarios, apreciable, por ejemplo, en la voluntad de alejarse de los artificios de los poetas que manifiesta Tucídides, había convertido aquella lengua en una especie de fósil, cuyos precedentes se habían perdido u olvidado y que careció de una verdadera continuidad.
A la explicación del sentido de algunos de esos términos de difícil interpretación dedica Le Feuvre (LF) este magnífico libro, con cuya reseña quiero contribuir al homenaje a J.L. García Ramón, amigo y compañero de tantos años.
La presencia de términos aislados, sea porque hubieran caído en desuso y no se conocieran fuera de aquella épica, o porque dentro de ella su frecuencia era escasa y los contextos no permitían determinar su sentido con exactitud, había de dar lugar a errores de interpretación.
La de Homero podría parecer a veces una lengua extran jera, pese a que, salvo πρόχνυ, todos los términos estudiados por LF son de etimología griega, aunque su evolución pudo transformarlos hasta el extremo de ocultar su origen.
Esa doble situación, aislamiento y dificultad de reconocer la forma originaria, habría hecho que muchos de esos términos fueran reinterpretados sincrónicamente, ya por deducción a partir de los contextos, ya por paronimia con términos más usuales.
Desmotivación, reinterpretación y reanálisis son los procesos que presiden esa evolución y que LF describe con rigor, profundidad, sensatez y honestidad científica en dieciocho términos homéricos.
Una vez incomprensibles (desmotivación), las palabras son objeto de dos procesos.
Uno es el de reinterpretación, de carácter semántico.
La palabra adquiere un nuevo significado, generalmente por influjo del contexto, para acercar la forma de la palabra a su nuevo valor y que hace difícil la restitución del sentido original si los propios aedos fueron los responsables de esa modificación, que puede ser interna (εὐρυοδείη < εὐρυεδείη por pérdida de conciencia de su relación con ἕδος) y exter- Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 na, casi siempre por efecto del sandhi (ἔχεν ἥδυμος < ἔχε νήδυμος).
El otro es el de reanálisis, morfosintáctico, que consiste en una segmentación incorrecta.
Se produce por similitud con palabras conocidas (ἄργυφος < αργ-υφος, mal relacionada con 'blanco' por su similitud con ἀργός), por errónea identificación de los compo nentes (καμμονίη,'alabanza', olvidada la relación con μένω,'resistencia, aguante') o por incorrecto análisis sintáctico (παρήορος,'el caballo de fuera', analizado como predicativo a partir de un contexto, XVI 471, que permite ese análisis y rein terpretado como 'tendido a lo largo').
En su Introducción (1-59) recuerda que, según Platón (Alc.
II 147c), Homero es δύσγνωστος pero no ἄγνωστος, difícil, pero no imposible de entender y se declara partidaria de aplicar el principio Ὅμηρον δι ̓ Ὁμήρου σαφηνίζειν, de Aristarco, porque el hecho de que todos los autores, clásicos y postclásicos, y todos los gramáticos y estudiosos coincidan en la interpretación de un término no garantiza que esa sea la correcta, ya que la reinterpretación puede haberse producido en el propio texto de Homero, aunque en algún caso ello implica una crítica a Aristóteles.
Reconoce, sin embargo, que la solución correcta está ya, a veces, perdida en el maremágnum de comentarios antiguos, en explicaciones de algún gramático, de Eustacio o de los escolios, fuentes que LF utiliza con solvencia y provecho.
Esas afirmaciones y esos principios parecen aceptables y lo es también la reivindicación de la obra de Leumann, quien, como ella, aplicaba aquella máxima aristarquea y que fue tan injustamente tratada por cierta crítica.
Enuncia también los principios de reinterpretación, que se produce casi siempre después de Homero, principios que pueden actuar de forma independiente o combinada.
Son estos la homonimia (δαίφρων, entendido como 'belicoso' a partir de ἐν δαΐ (λυγρῇ), pero relacionado con διδάσκω y, por tanto,'conocedor') y la paro nimia, base de tantas etimologías populares (ζείδωρος, φυσίζοος erróneamente relacionados con ζωή, pues tienen que ver con ζειαί), que afectan a palabras aisladas, y otros que afectan a sintagmas, hemistiquios o versos enteros, como la permutación contextual, que interpreta el sentido de un adjetivo desconocido aplicado a un sustantivo como equivalente al de otro conocido, la glosa y la reduplicación, que permiten que un adjetivo de sentido desconocido se tome como explicación de otro conocido que le precede, la diferenciación contextual, que se da cuando una misma palabra presenta dos sentidos diferentes en contextos diferentes y el naturalismo, que se produce cuando a un término de sentido oscuro se le da un significado basado en la experiencia.
En cuanto al objeto, alcance y método de su estudio, abarca palabras reinterpretadas en Homero y, en algunos casos, en autores clásicos, pero no en los postclásicos, porque estos, dice, pueden verse influidos por polémicas filológicas de su época.
Su corpus de trabajo será una selección basada en criterios filológicos (si hay dudas antiguas), morfológicos (si forma y significado del término no se corres pon den) y semánticos (si el sentido de una palabra es inconciliable dentro de Ho mero o entre Homero y los autores clásicos); en cuanto a su método, será fijarse ex clu sivamente en Homero, atendiendo al contexto y a la cronología relativa y apli cando un análisis lingüístico moderno, desechando las teorías de los gramáticos antiguos.
El estudio tiene tres partes: en la primera (62-303) se analizan ocho términos (χλούνης, ἐνώπια, μόρφνος, εὐράξ, προμνηστῖνος, ἀλέγω y compuestos en -ηλεγής, ἀκεστός y πρόχνυ) con alteración del significado pero no del significante; en la segunda (306-530), seis (ἐπίκλοπος, ὁπλότερος, αἵμονα θήρης, ἐυκλεῖας, ἑλίκωπες ἕλικας βοῦς y ἀγέρωχοι) con alteraciones del significante y del significado dentro del límite de palabra y en la tercera (533-640), cuatro (μάψ, προθέλυμνος, ἀσφάραγος y ἐντυπάς) donde la alteración sobrepasa ese límite.
El procedimiento de análisis consiste en señalar, en primer lugar, el ejemplo base donde el valor inicial aún podría verse; luego, ejemplo(s) donde el contexto o cualquiera de los principios de reinterpretación mencionados permite el reanálisis y, por último, ejemplo(s) ya reanalizado(s).
Semejante proceder conlleva algunos problemas.
Uno es el reconocimiento de fases diferentes en los poemas, algo en principio aceptable, tratándolas como etapas claras, sucesivas e independientes, pero que obliga a invocar hechos mal o escasamente documentados para reconstruir fases anteriores a la final; en algún caso, incluso, con mezcla de elementos de varias fases para su explicación: me refiero, por ejemplo, a la explicación de ἐντυπάς, que incluye la presencia de la forma eolia de ὑπό y una elisión rara en Homero pero común en ático.
Hay que decir, sin embargo, que LF es consciente de la escasa firmeza de semejantes bases, cuya reconstrucción es muchas veces solo teórica.
Otro es el escaso número de datos en los que apoyar sus conclusiones dentro de Homero: algunas veces falta el contexto de partida, o el reanalizable, o la situación se produce entre ejemplos de los dos poemas; el sustento material de su análisis es escaso y cabe preguntarse si el conocimiento de todos los ejemplos sería tan generalizado entre todos los aedos como para permitir la generalización del sentido reinterpretado.
También es discutible la cuestión de cómo traducir los términos reinterpretados.
Ella es partidaria de emplear tanto el sentido adquirido como el original y critica que muchas traducciones actuales y los comentaristas antiguos atribuyan un solo significado para cada significante.
La suya es una propuesta tan respetable como criticable: la versión final del texto es el resultado sincrónico de una evolución diacrónica y debe interpretarse como un conjunto en el que se han unificado las posibles etapas en las que se configuró; de hecho, la propia LF procede de ese modo al reclamar su derecho a considerar el hexámetro en el estado que se presenta en Homero, sin atender a fases anteriores sobre las que solo cabe especular y en las que podría suponerse que la forma del hexámetro coexistiría con la de las palabras luego reinterpretadas.
Habría sido interesante conocer su opinión acerca de cómo traducir ἀμύμων en Od.
I 29, referido a Egisto, y ἥρως en Od.
Se aportan los ejemplos, homéricos y no homéricos, así como las referencias a otras palabras de su raíz y a su etimología.
Su amplitud es tal que una atención detallada a todos ellos o incluso a una selección sobrepasaría el margen que cabe esperar en una reseña; sin embargo contamos con la ventaja de que los principios de reinterpretación y reanálisis pueden funcionar por igual en cada uno de los capítulos, aunque lógicamente algunos fenómenos son más normales en unas partes que en otras.
Esa situación se ve perfectamente reflejada en este trabajo, cuya interconexión entre capítulos y ejemplos estudiados es constante y donde la lectura de cualquiera de sus partes permite adquirir una idea cabal del contenido general, de modo que una breve referencia a alguno de ellos bastará, en mi opinión, para conseguir ese objetivo.
Es este un libro que puede leerse por capítulos sin que ello implique perder de vista la cohesión del conjunto.
He aquí una selección de sus análisis.
(1) ἐπὶ χλούνην σῦν ἄγριον ἀργιόδοντα (IX 539), está mal entendido como 'jabalí castrado' desde Aristóteles por una incorrecta interpretación sintáctica, que hizo asociar χλούνην a ἄγριον ἀργιόδοντα, considerando a todo el conjunto epíteto de σῦν (principio de glosa).
La palabra, en realidad, es de la raíz de χλοή,'verdura', y debería interpretarse como régimen de ἐπί: «envió un jabalí salvaje, de blancos dientes, al huerto».
Ese análisis está en uno de los numerosos comentarios o escolios homéricos, pero la autoridad de Aristóteles ha pesado mucho.
(2) En la interpretación de αἰετόν... μόρφνον θηρητῆρα (XXIV 315-316) como adjetivo referido al color,'oscuro, sombrío', del águila, también ha influido el estagirita y algunos gramáticos antiguos: un escolio recoge la correcta, de Herodiano, que asocia el término con μάρπτω,'arrebatar, rapiñar'.
En este caso habría actuado el principio de similitud paradigmática, por el cual se habría considerado semejante el sentido de XXI 252 αἰετοῦ... μέλανος τοῦ θηρητῆρος al del ejemplo citado.
(3) Un caso de aparente sencillez es el de la interpretación de ἐπίκλοπος (XXII 281 y tres versos de la Odisea).
La verdadera forma de esa palabra fue ἐπίπλοκος, relacionada con πλέκω y no con κλέπτω, una metátesis de la que son responsables los contextos en que aparece y los personajes a quienes se asocia.
La relación con 'decir','palabra' está presente en esos ejemplos y el paso del significado'urdidor (de palabras)' al de 'astuto','tramposo' es el resultado de una homonimia secundaria entre aquellos dos verbos: el disimulo inherente a κλέπτω y la aplicación del adjetivo a Odiseo favoreció la reinterpretación como 'mentiroso','ladrón mediante palabras'.
(4 y 5) Los casos de ἐυκλεῖας (X 281) y ἑλίκωπες Ἀχαιοί y ἕλικας βοῦς (varios ejemplos) pueden agruparse porque ambos están relacionados con la estructura del hexámetro.
En el primero, la reinterpretación (una incorrecta asociación con κλέος) ha producido problemas métricos, pues hay que medir como largo el final -ας, donde el acento demuestra que es breve.
Propone que esa forma recubra a ἐυκλη(F)ΐς, las naves 'de buenas chumaceras', cuyas dos últimas sílabas eran largas (-ηΐς < -ηFινς), reinterpretado en -ειας por paronimia con κλέος.
En el segundo, la dificultad métrica habría sido la causante de la reinterpretación: en el Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 sintagma ἑλίκωπες (-ας) Ἀχαιοί (-ούς), (x7 en la Ilíada) la similitud con ὤψ sería responsable de la declinación (atemática) del compuesto y de la interpretación del término en relación con la vista, una epitetización rara, señala con razón LF, para gentilicios.
La interpretación correcta ha de partir de κώπη,'remo': son los aqueos que «hacen girar sus remos», pero la paronimia con ὤψ y la enorme frecuencia de sus términos (piénsese en compuestos como γλαυκῶπις o βοῶπις) ha producido la mala interpretación semántica y la modificación formal de los esperables ἑλίκωποι, -πους, con vocal larga final, en los reanalizados ἑλίκωπες, ἑλίκωπας por necesidad métrica. ( 6) Termino este escueto muestrario con un ejemplo en el que la reinterpretación y el reanálisis proceden de una incorrecta segmentación de la cadena en una forma antigua cuya conciencia podría haberse perdido ya antes del propio Homero.
Es un caso de sandhi más complejo que el de νήδυμος, mencionado al principio, y sobre el que no muestra una seguridad absoluta.
Me refiero a ἀσφάραγος (XXII 328), que procedería de un mal corte a partir de ουδαραπασφαραγος, segmentado como οὐδ' ἄρ' ἀπ' ἀσφάραγος en lugar del correcto οὐδ' ἄρα πᾶς φάραγος.
El caso recuerda, dice LF, a la fantasmal «Lady Monthegreen» (a partir de «laid ihm on the green» de una cancioncilla inglesa) o a que nosotros pensáramos que «Sorolla» era la cocinera de algún convento o entendiéramos «al ver tocar lo sagrado» a partir de «Alberto Carlos Agrado».
En una excelente Síntesis (641-697) se resume, primero, el verdadero sentido de los términos analizados y se declara con absoluta honestidad cuál de esos análisis es seguro, cuál casi seguro o muy probable y cuál es simplemente probable o plausible, sea por las condiciones del término, o sea por la insuficiencia de apoyos de la interpretación propuesta.
Se atiende luego a distintos aspectos, como a) la distri bución de ejemplos entre los poemas, con el esperable predominio de ejemplos iliádicos, b) las características del término reinterpretado en función de su fre cuencia, de sus rasgos fonéticos, morfológicos, sintácticos, morfosintácticos y léxicos, así como al influjo de la métrica en los procesos, c) a los tipos de error del reanálisis, semánticos, sintácticos y de segmentación, d) a los razonamientos analó gicos que guían la remotivación, e) a la evolución de los términos reinterpretados y f) a la fecha en que se habría producido la reinterpretación.
Unas excelentes tablas cierran este apartado.
Las Conclusiones (699-711) cierran el estudio con una sucinta pero clara exposición en la que se insiste en varios aspectos muchas veces repetidos a lo largo del trabajo.
La impresión general del libro es de gran solidez.
Son abrumadora mayoría los casos en los que quien esto escribe lamenta no haber pensado en las soluciones que propone LF y a veces comprueba satisfecho que ha traducido algún término conforme a sus propuestas antes de conocerlas; y aunque algunos análisis parecen excesivamente forzados, habría sido muy bienvenida su opinión acerca de casos extremos como νυκτὸς ἀμολγῷ o μερόπων ἀνθρώπων.
Siempre es posible también poner reparos por Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 alguna carencia bibliográfica, pero no caben en la parte principal, donde no se echa en falta ningún título importante y se encuentran, en cambio, referencias a trabajos difíciles de encontrar, como uno de J. Almirall (1994) publicado en las Actas del VIII Congreso Nacional de Estudios Clásicos.
Sus posibles carencias están en la cita de las ediciones de Homero, donde la de West (2000) es la más reciente, y en la de traducciones, para las que señalamos el caso extremo de la primera nota al capítulo XIII, donde se citan algunas traducciones para ἑλίκωπες Ἀχαιοί, entre ellas las de Murray (1924) y Monti (1894), pero ninguna al español, que las hay: buenas y modernas.
En cualquier caso, la impresión global es muy positiva y algunas explicaciones, como la de ὁπλότερος y αἵμων, que achaca a los editores antiguos que confundieron las formas jonias, con psilosis, con las áticas, dotadas de espíritu áspero e in fluenciadas por términos áticos corrientes (ὅπλον y αἷμα, en esos casos), son verdaderamente convincentes.
Es de justicia, pues, reconocer todos los méritos y aciertos de este excelente trabajo, que ha de constituir un útil de obligada consulta para cualquier nuevo estudioso, traductor o intérprete de Homero.
Luis m. maCía apariCio
Universidad Autónoma de Madrid
Dos congresos celebrados en Basilea (2014) y en Nueva Orleans (2015) están en la génesis de este libro, colaboración de un amplio elenco de los mejores especialistas.
La lectura y comentarios que han podido intercambiar entre ellos antes de entregar sus contribuciones a la imprenta, además de la extraordinaria labor de los editores así como de un anónimo reseñador de la editorial y otro anónimo lector dotan al libro de una trabazón y una solidez difícilmente alcanzable en otras circunstancias.
En verdad el volumen es coral, fruto del debate abierto, de la revisión de propuestas, enriquecido con aportaciones mutuas y externas.
Lo encabeza la descripción de los nuevos hallazgos a cargo de Bierl y Lardinois: plantean su trascendencia al arrojar nueva luz sobre la poesía sáfica e invitar a reflexionar sobre su quehacer, su auditorio, su contexto, sus formas de repre sentación.
A partir de ahí la obra se articula en tres partes, la primera dedicada a «Safo en los nuevos fragmentos».
Dirk Obbink ofrece una nueva edición de los fragmentos, con un rico aparato crítico y traducción.
Su objetivo no es resolver todos los problemas, sino ofrecer un texto de referencia y discusión.
En un segundo artículo aborda la procedencia y autenticidad de los papiros y profundiza en los textos, un análisis que sobresale por su pulcritud y la cautela en las conclusiones.
El inconformismo, el no dar nada por supuesto, la crítica presiden el artículo de Joel Lidov «Songs for Sailors and Lovers»: centrado en la estructura de varios poemas, puntilloso en los usos lingüísticos, avanza propuestas muy interesantes sobre el grado de dramatización (personal y comunitaria) y el contexto de representación (ceremonias de vuelta a casa y matrimoniales en un festival en el témenos de Hera).
Los nuevos hallazgos en verdad invitan a revisar teorías anteriores y así Richard P. Martin argumenta a favor de una Safo yámbica, se centra en el «Poema de los Hermanos», pero advierte también de la importancia de ese enfoque para su recepción en Roma.
Las relaciones entre la Grecia Arcaica y el Próximo Oriente son estudiadas por Kurt A. Raaflaub: bien documentado sitúa en una nueva perspectiva las aventuras de Caraxo en Egipto y las tiranías cuya derivación oriental niega.
Ewen Bowie a la pregunta de cómo llegaron las canciones de Safo a formar parte el repertorio masculino del simposio responde que acaso ése fuera el primer contexto para algunas de ellas, una argumentación coherente, pero cuya propuesta final de enmendar el texto del «Poema de los Hermanos» despierta más reticencias.
Este poema es el objeto de estudio de toda la segunda parte.
André Lardinois discute con gran claridad la cuestión de la autenticidad, la tradición biográfica sobre Safo y sus hermanos hasta concluir que probablemente son caracteres ficticios, un tema de gran trascendencia para la interpretación de la poesía arcaica, su transmisión y pervivencia.
Deborah Boedeker aborda el por qué de la súplica a Hera, cuestión que también hemos tratado nosotros (Emerita 85 (2), 2016, pp. 343-351; Myrtia 31, 2016, pp. 31-54) y que le conduce a subrayar su faceta de diosa marítima, a matizar su papel junto a zeus y a advertir lo apropiado de su deseable inter vención.
A Dirk Obbink también le interesa el regreso de Caraxo: en un artículo muy rico, utiliza los ecos de la tradición latina para la posible reconstrucción de la primera estrofa y tiene presentes no sólo todas las posibilidades de creación, sino las que favorecieron su perdurabilidad y repetición.
Anastasia-Erasmia Peponi ofrece una sugerente reflexión sobre las mitopoéticas de lo doméstico, cuyos paralelos abren ventanas interesantes tanto para la contextualización originaria de los poemas como las audiencias futuras y la proliferación de historias en torno a Safo.
Leslie Kurke, fascinada por la combinación de lo cotidiano y las resonancias míticas en los nuevos fragmentos, considera tanto esos modelos como las esferas de género.
Eva Stehle centra su lectura en Lárico y en las «verdades que le canta» su hermana.
A Llewelyn Morgan le atrae más la recepción del poema en Roma.
Perfecta en su exposición y trascendencia para la transmisión posterior, la transición a la tercera parte del libro corre a cargo de Anton Bierl, que compara el «Poema de los Her manos» y la «Canción de Cipris».
Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 Él mismo es el encargado de abrir esa tercera parte: reconstruye el contexto y sentido de la «Canción de Cipris» en un artículo muy bien elaborado y pleno de propuestas sobre la puesta en escena originaria y secundaria en el simposio.
Sandra Boehringer y Claude Calame se sumergen en el vértigo del amor desde la doble perspectiva de estudios de género y sexualidad de una parte, y enunciación y pragmática de otra.
Renate Schleiser sitúa el poema en el conjunto de la producción sáfica como teoría poética del amor en miniatura.
Mientras Diane Rayor reimagina varios de los fragmentos a través de la traducción.
La obra se cierra con tres artículos a cual más interesante sobre el Fg.
J. Lidov clarifica los problemas y posibilidades de la primera estrofa.
Stefano Caciagli explora las circunstancias míticas y rituales del santuario de Messon, la relación con el «Poema de los Hermanos», la audiencia y ocasiones de representación.
Un cúmulo de preguntas bien formuladas y ricas sugerencias.
G. Nagy toca también varias de esas cuestiones, pero le interesa sobre todo la expresión del afecto fraterno, su resolución del interés de la audiencia en ese sentir atormentado es brillante, bien hilada, perfectamente contextualizada en la poesía sáfica, los ámbitos coral y simposíaco así como el gran festival de Hera en Lesbos hasta culminar en la propuesta etimológica del nombre de Safo como 'hermana'.
Obra monumental a la altura de la expectación suscitada por los nuevos fragmentos.
De consulta imprescindible para el estudioso, con guiños modernos en algún título («All you need is love») y paralelos inesperados (P. de Hooch, Jane Austen, La Traviata).
La colección Il Convivio de la editorial véneta Marsilio pretende acercar al público general los textos grecolatinos, tanto antiguos como tardoantiguos, en ediciones económicas, y un tanto escolares, donde al texto original limpio, sin aparato crítico, se le confronta una versión italiana despojada de notas, que quedan relegadas a un capítulo posterior.
Uno de los textos clásicos incorporados recientemente a la colección son las Epístolas de Horacio -aunque solo el libro I-, que se unen así a los Épodos del poeta de Venosa, comentados por Alberto Cavarzere, con traducción poética de Fernando Bandini (2001 3 = 1997 2 = 1992).
El autor, profesor de literatura latina de la Universidad de Roma «La Sapienza», vuelca en el estudio preliminar (pp. 9-41) su hondo conocimiento del poeta augús teo, ya demostrado en ensayos precedentes, en particular el volumen La satira e il poeta.
En realidad, este estudio preliminar consta de dos partes bien diferenciadas.
En la primera, la más original («La battaglia nello stagno.
Distacco e giocco nel libro delle Epistole», pp. 9-26), el autor desarrolla, en forma de ensayo, y sin notas ni citas eruditas, su visión personal del Horacio del libro I de las Epístolas, un Horacio cuarentón, cargado de expe riencia, que con la epístola en verso, un género poético nuevo, explora los grandes temas morales de la filosofía, en una continua búsqueda de nuevas perspectivas, a veces sorprendentes, sobre los hombres y sobre las cosas, en un intento por alcanzar un punto de equilibrio entre las pasiones y el ascetismo, un distanciamiento de las cosas que no sea estéril inmovilidad, sino más bien un estado de ánimo libre y creativo, a veces hasta alegre, sin obligaciones de fidelidad hacia ninguna escuela, maestro o autoridad.
La segunda parte de este estudio preliminar («Nota sul primo libro delle Epistole», pp. 27-41) no es más que el consabido estudio introductorio donde se aclaran los diversos aspectos de la obra estudiada: datación, título, género literario, pensamiento filosófico, destinatarios de las epístolas, temas y argumentos, etc., más un brevísimo capítulo final sobre la transmisión manuscrita y la crítica textual horaciana.
El texto latino reproduce el del filólogo magiar István Borzsák (Leipzig, Teubner, 1984[= Madrid, Coloquio, 1988]), excepto en cinco pasajes, amén de que el autor adopta un estilo de puntuación diferente y sigue un criterio personal en la elección de las variantes ortográficas.
Ahora bien, en ningún momento se justifica o razona la elección de la edición base escogida.
¿Por qué no la Teubneriana de Shakleton Bailey (Stuttgart 1985) o la italiana de Paolo Fedeli (Roma: Istituto Poli grafico e Zecca dello Stato, Libreria dello Stato, 1997)?
De los cinco pasajes en que el autor se aparta de Borzsák, coincido en cuatro de ellos: I 5.17 inertem (inermem Borzsák); 12.29: defundit (defudit); 16.15 (et, iam si credis, amoenae (etiam, si credis, amoenae);17.31 chlanidem (chlamidem Borzsák).
No obstante, no comparto la atetización del v.
I 6.74, donde se aplica a los niños que van a la escuela.
El autor lo considera «con ogni verosimiglianza interpolato», porque está fuera de lugar y no se adapta ni a los iuuenes (pero adultos) ni mucho menos a los senes del v.
Todo lo contrario cree mos.
Con el humor e ironía que caracteriza al Horacio epistolar, Horacio repite tal cual este verso con evidente intención satírica, porque todo el público de jóvenes y viejos que frecuenta el Pórtico de Jano vienen a ser como un grupo de aplicados escolares que con sus bolsas y libretas acude al Foro a aprender la lección crematística dictada por los banqueros.
El papel docente de los banqueros queda subrayado por los términos pro-docet (un hápax acuñado como calco del gr. prodidáskein = palam docet) y dictata; y el papel discente Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 de los improvisados alumnos con recinunt (cf. Ep.
I 18.13, ut puerum saeuo credas dictata magistro reddere) y el indudable sabor escolar del repetido v.
Defendieron la autenticidad de este verso Fea, Doederlein, Fritzsche, Schmid, Vahlen, Kiessling, Vollmer, Lejay, Villeneuve y Fairclough.
También lo defendió A. E. Housman (The Classical Papers, Cambridge, 1972, p.
En este conocido locus plus quam desperatum el autor opta, con prudencia conservadora (pp. 121-122), por mantener en el texto latino la lectura transmitida por el grueso de los manuscritos, pese a la dificultad sintáctica que entraña (supino con valor final regido por ducere), frente al texto alternativo preferido por algunos editores modernos cessantem ducere somnum (Bentley, Shakleton Bailey, Fedeli), si bien hay que reconocer que para este locus hay casi tantas conjeturas como editores.
El autor arriesga la suya propia, documentándola, en el comentario ad loc.: celeri indulgere choreae (p.
Lástima que no optara por elaborar una edición crítica.
La traducción al italiano respeta la subdivisión en versos del original, pero no pretende ser poesía, sino tan solo una prosa a veces preñada de cadencia rítmica que sugiere, al menos a trechos, el aliento y los movimientos del sermo hexamétrico horaciano.
Tras el texto latino y la traducción italiana sigue el «Commento» (pp. 115-175), donde tras una brevísima introducción a cada epístola se da cabida a unas pocas y escuetas notas, las imprescindibles, que arrojan luz y algo de erudición, ahora sí, sobre los pasajes más oscuros.
Cierra el volumen una sucinta y aseada Bibliografía (pp. 177-182), donde se recogen tanto las principales ediciones y comentarios de la obra completa de Horacio, como las parciales de las Epístolas, así como los estudios horacianos más pertinentes para una mejor comprensión de la producción epistolar horaciana.
Castro Sánchez, José, Himnodia hispánica.
Introducción, tra duc ción, índices y notas por José Castro Sánchez, con la cola boración de Emilio García Ruiz.
El libro que reseñamos constituye una aportación muy importante a la liturgia y a la filología latina.
Se trata de la primera traducción a nuestra lengua de la Himnodia hispánica y ha sido llevada a cabo por un gran especialista en la materia, el profesor Castro Sánchez, con la colaboración del profesor García Ruiz.
Muchos son los tra-bajos del Dr. Castro en este campo, entre ellos, la edición de estos himnos, publicada en Brepols en 2010.
Edición y traducción forman un conjunto valioso e inseparable.
En el primer apartado de la Introducción, «El corpus de himnos y sus autores», el autor se ocupa de cuestiones como la definición de himno, la liturgia de la que formaban parte y el momento en el que se cantaban.
Justifica la elección del término «hispánica» para denominar esta himnodia, y explica que el número de 210 composiciones que la integran corresponde a los himnos que el jesuita Blume aceptó como «de autenticidad mozárabe» (sin embargo, no todos los estudiosos, como indica el autor, están de acuerdo con este número).
También hay dudas sobre la datación y autoría de los himnos.
En cuanto a la datación, tras exponer los argumentos de Pérez de Urbel, Díaz y Díaz y Szövérffy, se concluye que la mayoría de los himnos habrían entrado en nuestra liturgia antes de la invasión árabe.
Y en cuanto a la autoría, la mayoría son anónimos; en pocos himnos hay acuerdo en relación al autor.
El segundo apartado se dedica a «Los himnos.
Comienza con un breve recorrido por los cantos religiosos en la Iglesia Oriental, hasta llegar a los himnos de la Iglesia Bizantina y Occidental.
Se destaca el papel de Juvenco y su Historia evangelica, primer intento de himnodia litúrgica en Occidente, pero se reconoce que Hilario, Ambrosio y Prudencio, así como muchos himnodas de la antigüedad tardía y del Medievo -la mayoría anónimos-, fueron quienes ejercieron mayor influencia en la posteridad.
En las páginas dedicadas a la himnodia de los siglos V-VII se destaca la falta de testimonios en el s. V (debido a la destrucción de códices por las invasiones bárbaras), y ya en los siglos VI y VII, el auge cultural que supuso la llegada de los visigodos a Hispania y el importante papel que desempeñaron las grandes figuras de la Iglesia visigoda, siendo en esta época cuando se compusieron la mayoría de los himnos.
En los siglos VIII-XI la invasión árabe supuso la ruptura de la estructura política de la España visigoda, pero no una ruptura cultural; la cultura mozárabe continuó la tradición cristiana antigua, y también continuaron los himnos; autores destacados fueron Eulogio y álbaro.
En el siglo XI (1080) se sustituyó el rito hispano por el rito romano, lo cual supuso el final de la liturgia y de la himnodia hispánica.
En el siglo XVI, se explica, en un intento por recuperar la antigua liturgia, el Cardenal Cisneros encargó al canónigo Alfonso Ortiz la edición de un Misal y un Breviario mozárabes; serían reeditados por Lesley (Roma, 1775) y por el Cardenal Lorenzana (el Breviario en Madrid, 1775 y el Misal en Roma, 1804).
Se habla, en último lugar, del significado de los himnos.
El profesor Castro sostiene, teniendo en cuenta la bibliografía especializada (Dom Brou, Messenger y Fontaine), que los himnos son ante todo expresión de reli giosidad, piedad y culto, y que los cristianos de los primeros siglos hicieron de ellos para defenderse de la herejía Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 y atacarla.
Con este fin, recuerda, san Hilario importó los himnos de Oriente, y san Ambrosio los desarrolló y perfeccionó.
Son una muestra significativa de la síntesis entre la cultura latina pagana y la cultura cristiana, y síntesis de una triple herencia de tradiciones hímnicas, judía, griega y latina.
Pero también sus elementos narrativos los relacionan con la tradición épica, que se percibe sobre todo en los himnos de los mártires, los nuevos héroes cristianos.
Por otra parte, la himnodia cristiana continúa no solo las tradiciones himnódicas de la antigüedad clásica y tardía, sino también la tradición poética bíblica, siendo esencial la continuidad entre salmodia e himnodia.
La función religiosa del himno es, además, catequética, pues, como dice Fontaine, proclama el misterio de la Trinidad y el de la persona de Cristo.
El tercer apartado, «Nuestra traducción», informa de que es la primera y de que se ha realizado, salvo alguna excepción, sobre el texto latino editado por el profesor Castro; es en prosa y en ella se ha buscado, ante todo, la fidelidad al texto original.
El cuarto apartado informa de las «Traducciones anteriores» de algunos himnos, y el último, de algunas «Erratas y cambios de lectura».
La Bibliografía, acompañada de útiles abreviaturas, se divide en: «Léxicos y glosarios», «Instrumentos electrónicos», «Fuentes» y «Obras secundarias».
La traducción de los himnos es, sin duda, la parte esencial del trabajo.
El corpus de himnos está dividido en cinco grupos, siguiendo la clasificación de Blume (Propio del tiempo; Común del tiempo; Propio de los santos; Común de los santos, y En ocasiones varias).
La traducción, como anunciaba el profesor Castro, es en prosa y ajustada al texto latino, correcta y fiel, no buscando elegancias que no se hallan en el original.
Está acompañada de abundantes notas explicativas, que abarcan toda clase de cuestiones y que facilitan y enriquecen la comprensión de cada himno, así como de unos índices que ayudan al lector e indican, a la vez, la naturaleza del trabajo llevado a cabo.
Para concluir, podemos afirmar que el resultado de todo el trabajo realizado es un libro que aporta conocimiento, y que, sin duda ninguna, era muy necesario, por lo que supone una importantísima aportación.
Ana María Aldama nació en zaragoza, y se licenció y doctoró en Filología Clásica en la Universidad Central de Barcelona.
Tuvo a Virgilio Bejarano como maestro.
En los años 80 del siglo pasado comenzó a trabajar en la Universidad Complutense de Madrid, después de una primera experiencia docente en la capital de Aragón a partir de 1974.
Participó muy activamente en numerosos proyectos de investigación, de los que me gustaría traer a colación aquí uno centrado en las fuentes para la historia y la civilización hispanovisigoda, cuyo investigador principal fue el visigotista Luis Agustín García Moreno (Universidad de Alcalá de Henares), o distintos proyectos de la Complutense como las Fontes Hispaniae Antiquae, el léxico de la Chronica Adefonsi Imperatoris y del De institutione uirginum de San Leandro, o la edición y estudio de los florilegios latinos conservados en España, todos ellos de gran interés y relevancia científica contrastada.
Dicen los editores («Preámbulo», página 19): «Son casi un centenar los colegas y amigos de universidades nacionales y extranjeras que han participado en este homenaje con sus colaboraciones, dando así testimonio del extraordinario aprecio que Ana María despertaba».
Resulta, pues, difícil, dar noticia en una reseña de todas y cada una de los 76 trabajos presentados por ese centenar de estudiosos.
La ordenación de los mismos no es temática, sino por orden alfabético del apellido inicial de cada autor, de modo que es Zoa [sic] Alonso quien inaugura la nómina de colaboradores, que clausura Irene Villarroel.
Después del artículo de esta última estudiosa figura, fuera ya del ámbito alfabético, una auténtica monografía, titulada De floribus florilegiisque Barcinonensibus, que da cuenta a lo largo de 135 páginas del fondo antiguo ad hoc de la Biblioteca de la Universidad de Barcelona; firma tan valioso inventario, que tanto hubiera complacido a Ana María, un grupo de nueve estudiosos coordinado por E. Artigas.
A título informativo y asumiendo los riesgos comunicativos que entrañan las listas demasiado largas, creo obligado citar los nombres propios que median entre las citadas Alonso y Villarroel, pues representan la plana mayor de la Filología Latina en nuestro presente académico y en esa disciplina: Ma.
F. del Barrio, Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 Eurípides, autor que propiamente hablando no es un filósofo, pero a través de cuyas tragedias se filtra un interesante sistema de pensamiento y la crítica de algunas de las tradiciones más arraigadas.
Además, Las Bacantes, la obra en la que el capítulo se centra, es un testimonio fundamental para la comprensión e interpretación de una de las religiones mistéricas más importantes, el dionisismo.
El libro se abre con un capítulo de Casadesús en el que ofrece una panorámica del uso y adaptación que la filosofía hizo del vocabulario mistérico: comienza con filósofos presocráticos (sobre todo Pitágoras, Parménides, Empédocles y Herá clito) que a través del lenguaje mistérico pretenden legitimar sus concepciones filosóficas al ponerlas en relación con los dioses y el proceso iniciático.
Continúa con Platón, a quien está dedicado el grueso del capítulo; muestra cómo el filósofo toma el vocabulario mistérico para explicar la filosofía y el acceso al mundo de las Ideas.
Para Platón el filósofo es comparable al iniciado, cuyo proceso de purificación del alma equivaldría al proceso de eliminación de la ignorancia para acceder a la verdadera sabiduría.
Para terminar se ofrecen una serie de reflexiones sobre el uso que los estoicos, sobre todo Crisipo, hicieron del vocabulario iniciático.
El siguiente capítulo, a cargo de Bernabé, versa sobre la postura de Aristóteles hacia las religiones mistéricas: al contrario que Platón, que transfiere el proceso iniciático a su sistema filosófico, Aristóteles considera que los misterios carecen de cualquier valor instructivo o de adquisición de conocimiento.
Para él la iniciación es una experiencia emocional y psicológica, no racional, cuyo único valor es la preparación moral del hombre ante la muerte, pero no ofrece ningún conocimiento filosófico.
Siguen tres capítulos dedicados exclusivamente a Platón: en el primero de ellos, De Castro se ocupa del Gorgias de Platón, sobre todo en relación al juicio al que las almas son sometidas tras la muerte visto como el momento decisivo en que el alma debe enfrentarse desnuda a sus actos anteriores.
Estudia el papel de la retórica en relación a ese juicio y concluye que Platón la concibe como un instrumento que debe usarse para clarificar la verdad y servir a la justicia, no para intentar enmascarar actos injustos.
El capítulo contiene una sugerente interpretación de algunos de los puntos más complicados del diálogo, pero se echa de menos algo de bibliografía que la apoye y documente.
Por su parte, Gómez Iglesias se centra en la utilización que el filósofo hace del vocabulario mistérico y la adaptación de los conceptos que sustentan la iniciación eleusinia, especialmente en el Fedro y en el Banquete.
En esta visión platónica de la filosofía como un proceso iniciático, el Amor, un elemento ajeno a la religión de Eleusis, desempeña un papel fundamental.
Para Platón es el Amor el que inspira a los filósofos y les permite acceder, mediante el recuerdo del conocimiento previo, a un plano superior donde se aprehende la Belleza y la Verdad.
Blanco Rodríguez trata sobre los elementos órficos que pueden ser encontrados en la base de ciertas teorías filosóficas platónicas: la concepción del alma como la Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 verdadera esencia del hombre y su origen divino, el desprecio por el cuerpo o la necesidad de llevar a cabo una purificación para acceder a la salvación.
El filósofo adopta y adapta esas creencias de modo que, en su sistema de pensamiento, la purificación del alma no a través de los ritos y preceptos religiosos que proponen los órficos, sino mediante la práctica de la filosofía, y la salvación consistiría en alcanzar la Verdad y el Conocimiento.
Sin embargo es notable el desprecio que el filósofo muestra hacia aquellos que vendían sus servicios, como los magos o los orfeotelestas, para purificar las faltas individuales.
Platón aprecia y adapta la esencia de las creencias órficas y sus ritos, pero desprecia a aquellos que los utilizan para enriquecerse.
Los siguientes tres capítulos se centran en dos de los filósofos neoplatónicos más importantes, Proclo y Jámblico: sobre el comentario de Proclo al Timeo de Platón, prestando especial atención a los elementos órficos y pitagóricos que pueden rastrearse en él, trata Bordoy.
Analiza la relación entre filosofía y religión en el neoplatonismo, especialmente en los puntos en que Proclo intenta conciliar afirmaciones platónicas y órficas aparentemente contradictorias, concibiendo a Orfeo como un poeta superior al resto por su valor teológico.
La presencia de elementos pitagóricos y del Demiurgo en el diálogo platónico sería el punto de unión entre la filosofía y la religión con respecto a las ideas cosmogónicas.
De Garay analiza también la relación entre filosofía y religión en el pensamiento de Proclo, pero se centra en la concepción de los dioses: Platón critica la visión tan mundana que de ellos se da en los mitos, incluidos los órficos, pero Proclo intenta explicar que Orfeo, que era un gran teólogo, se expresa de manera simbólica.
Hermoso examina la difícil cuestión de la relación entre teúrgia y filosofía en el pensamiento de Jámblico, quien considera que el camino hacia lo divino consiste en la práctica de la filosofía entendida como meditación sobre lo Bello y comprensión de los símbolos y los rituales religiosos dispuestos para la liberación y purificación del alma.
Parte claramente de la concepción platónica en este sentido.
El siguiente capítulo difiere del resto al centrarse en las Bacantes de Eurípides y no en una obra considerada propiamente filosófica.
Navarro ofrece una inter pretación de la tragedia centrada en el concepto de sabiduría que en ella se ofrece.
La venganza de Dioniso y su enfrentamiento con Penteo significa un conflicto de valores: el coro expone que la piedad hacia los dioses es una sabiduría mayor y más verdadera que lo que los hombres consideran que es lo sabio.
Opone el cono cimiento humano a la fe en los dioses, considerando a esta última muy superior a la hora de alcanzar la verdadera felicidad.
La verdadera sabiduría, según el coro, es ser prudente y honrar a los dioses.
Los ritos dionisíacos ponen a sus fieles en comunión con la naturaleza y la divinidad, pero al igual que el propio Dioniso, sus efectos pueden tener un lado oscuro para quien no los acoge de la manera debida.
El mejor ejemplo de ello es ágave: poseída por el furor dionisíaco piensa que ha obtenido un gran logro al matar a un león con sus propias manos, feliz transporta su cabeza a la ciudad para que todos la puedan admirar, pero Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 cuando recobra sus sentidos se da cuenta de que lo que creía ser un león era en realidad su hijo.
La exultante felicidad pasa a ser la más grande de las desdichas.
Muestra así Dioniso que no hay perdón para quienes le ofenden y no aceptan su culto.
El último capítulo, a cargo Santamaría, trata sobre la presencia del Protógono órfico en algunos de los escritos platónicos.
Hace un repaso de las teogonías órficas (las Rapsodias, Jerónimo y Helanico) donde es citado y descrito este dios primordial.
También estudia los testimonios clásicos y helenísticos al respecto (laminillas, himnos órficos, Papiro de Derveni, Hipsípila de Eurípides, las Aves de Aristófanes, etc) para finalmente centrarse en el mito de Aristófanes en el Banquete de Platón y, por último, ponerlo en relación con el Demiurgo platónico con el que guarda significativas semejanzas.
Traza una serie de paralelos entre Protógono (en las Rapsodias y el Papiro de Derveni) y el primitivo andrógino del Banquete y se ñala que probablemente ambos podrían partir de una misma fuente órfica perdida.
Al reunir esta colección de trabajos, el libro ejemplifica muy bien cómo las religiones mistéricas y la filosofía tuvieron una importante relación ya desde los filósofos más antiguos, pero sobre todo gracias a Platón.
Resulta un trabajo variado, pero con una unidad temática clara, que ofrece teorías muy interesantes tanto desde el punto de vista de la filosofía como desde el del estudio de las religiones.
Según exponen los editores en el prólogo (pp. ix-xii), esta obra colectiva se propone trazar, con una perspectiva multidisciplinar, las líneas de interacción entre las culturas locales y los pueblos que ejercieron su dominio en el Asia Menor de la Antigüedad, en especial persas y griegos, pero sin olvidar el repunte de prácticas cultuales acaecido durante el período Imperial romano.
Cada uno de los diez capítulos en que se articula el volumen pone el foco en un culto o templo de un área determinada, en un grupo de cultos en una ciudad concreta, o en el mismo culto en varias partes de Asia Menor.
La pervivencia de prácticas y mentalidades religiosas que hundirían sus raíces en épocas preclásicas, o que incluso podrían remontar al período hetita, recibe una atención especial, como el propio título del volumen evoca con su alusión al dios de la Tempestad anatolio.
Se trata de una revisión de los cultos fluviales en el período grecorromano de Asia Menor, su contexto social, propósito y rituales a asociados.
Parker toma distancias con respecto a posibles continuidades anatolias, aludiendo también a la importancia de la influencia persa zoroástrica, frigia -a propósito de Marsias-o incluso de la propia tradición grecorromana de los cultos fluviales.
Carlos Molina Valero ofrece en «What do we know about the Letoon?
A Study of a Sanctuary during the Period of Achaemenid Rule over Lycia» (pp. 15-45) un nuevo estudio de la inscripción trilingüe de Janto (Xanthos).
Un detallado análisis del texto arameo, en especial de su onomástica no semítica, consigue aportar signi ficativos avances.
Sopesando los datos en su contexto político-religioso, y teniendo en cuenta la preexistencia de un culto al «Rey Caunio» en Janto, el autor atribuye la iniciativa de la inscripción -por razones sobre todo políticas-a los propios ha bi tantes de Janto.
A la ciudad-santuario de Comana Póntica dedica Luis Ballesteros-Pastor su bien documentado artículo «Comana Pontica in Hellenistic Times: A Cultural Crossroads» (pp. 47-73), en el que se refleja una densa y variada acumulación de estratos ideológico-religiosos.
La ciudad se estructuraba en torno al templo de Ma, una antigua divinidad protectora hurrita en cuyo culto destacaba lo que Estrabón (XII 3.36) parece asimilar a la «prostitución sagrada» de Corinto.
Bajo el poder romano parece resurgir la imagen lunar, oscura y guerrera, de la antigua Diosa anatolia.
Christina G. Williamson, en «A Carian Shrine in a Hellenising World: The Sanctuary of Sinuri, near Mylasa» (pp. 75-99), estudia el santuario del dios cario Sinuri poniendo de relieve las συγγένειαι, arraigadas en la estirpe y articuladas en torno a los santuarios.
Complementado con cuatro fotografías, un mapa y un plano del santuario, el estudio supone una muestra a pequeña escala de cómo el ritual llega a vertebrar una comunidad a lo largo de los siglos.
Mustafa H. Sayar describe, en «The Temple on Uzunoğlan Hill in Smooth Ci licia» (pp. 101-116), el conjunto monumental de la colina de Uzunoğlan, a caballo de la Cilicia Campestre y la cordillera del Antitauro.
Destacan un relieve neoasirio de Salmanasar III, una inscripción de Tarcondimoto II Filopátor, y otra que menciona al zeus Ceraunio.
Quince excelentes ilustraciones acompañan al texto, que no comenta ni la tentadora pervivencia onomástica anatolia -el famoso rey Tarkondemos de Mira-ni la continuidad del culto al dios de la Tempestad luvita, helenizado como Κεραύνιος.
De mayor calado filológico es la contribución de Aitor Blanco-Pérez, «Mên Askaenos and the Native Cults of Antioch by Pisidia» (pp. 117-150), en la que aborda, sobre todo con criterios de análisis epigráfico, el culto de la divinidad lunar anatolia Μὴν Ἀσκαηνός en el santuario de Antioquía de Pisidia.
Aunque ya se documenta desde época helenística, todas las inscripciones parecen datar del período imperial.
En este contexto destaca el análisis de la práctica cultual descrita por el Emerita LXXXV 2, 2017, pp. 359-385 ISSN 0013-6662 verbo τεκμορεύειν, probablemente relacionada con el ámbito frigio y el culto de la ártemis anatolia.
A una variante local del culto a Mên dedica Marijana Ricl, de la Universidad de Belgrado, su artículo «The Cult of Meis Axiottenos in Lydia» (pp. 151-169).
Nuevas inscripciones hasta ahora inéditas permiten profundizar en el culto al dios lunar lidio Μεὶς Ἀξιοττηνός.
En la antigua Axiotta -cerca de la actual Mağazadamları-Meis era venerado bajo la advocación de «celeste» (Οὐράνιος), una divinidad lejana a la que se invocaba por medio de un ἄγγελος o de un Θεῖον.
A pesar de su título, la contribución de Hasan Malay y Cumur Tanrıver, «The Cult of Apollo Syrmaios and the Village of Parloai near Saittai, North-Eastern Lydia» (pp. 171-184) es más filológica que arqueológica.
Consiste sobre todo en una cuidada edición, incluyendo breve comentario y traducción, de cinco nuevas inscripciones, acompañadas de su correspondiente fotografía, datadas entre los ss.
María-Paz de Hoz nos ofrece, en «The Goddess of Sardis: Artemis, Demeter or Kore?» (pp. 185-224), una cuidadosa reevaluación de los materiales relevantes para la identificación de la Diosa de Sardes.
Datos como la ausencia de ártemis del registro epigráfico en el siglo I d.
C. y la aparición de la «Diosa de Sardes» con su arcaica iconografía anatolia son ponderados por la autora en el contexto de los sin cretismos y rivalidades político-cultuales de época helenística e imperial, decan tándose finalmente por la pervivencia de la ártemis Sardiana.
La última contribución, a cargo de Juan Pablo Sánchez Hernández, «Sipylene: The Mother Goddess of Mount Sipylus» (pp. 225-245), rastrea de forma ejemplar la sorprendente historia del culto a la Diosa Madre del monte Sípilo (Σίπυλος), el actual Manisa Daği, junto a Magnesia (hoy Manisa), al nordeste de Esmirna.
Excavada en su rocosa ladera norte se encuentra un gran relieve antropomorfo del s. XIV a.C., acompañado de dos inscripciones en jeroglífico anatolio (AKPINAR 1 y 2).
La posterior asociación de la montaña con Tántalo fue el origen del culto a la Diosa Madre Sipilena; asimilada a Deméter y Rea, llegó a ser divinidad tutelar de la ciudad (πρὸ πόλεως) de Esmirna y de toda la Jonia.
Hemos advertido tan solo un puñado de erratas: p.
35,'έπιτυχὼν' (por 'ἐπιτυχὼν') Un índice (pp. 249-255) temático, de nombres propios y de palabras culmina esta elegante colección de estudios, magníficamente editada y que sin duda será de gran utilidad y provecho para filólogos clásicos, historiadores y anatolistas.
josé virgiLio garCía trabazo
Universidad de Santiago de Compostela |
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Hace cuarenta años Brioso Sánchez publicaba su esencial trabajo sobre la métrica externa de Teócrito, el análisis cuantitativo más completo que se ha realizado sobre ella1.
Casi veinte años después, Marco Fantuzzi complementó este estudio con un análisis de la métrica interna del poeta helenístico2.
Se puede afirmar que entre los dos artículos agotan el enfoque formal sobre el hexámetro de Teócrito desde el punto de vista metricológico.
Si hasta no hace mucho esto implicaba que el estudio cuantitativo de los Idilios estaba razonablemente completo, ciertos cambios en nuestra comprensión de los metros griegos sugieren que en realidad este no es el caso.
A partir de los trabajos de Nagy 2000y 2010, Lascoux 2003y David 2006, he buscado demostrar que el acento tonal del griego antiguo, que los manuales de métrica sostienen regularmente que no cumplía ninguna función en la composición poética3, en realidad sí la tenía (cf. Abritta 2015).
En otras palabras, que los diferentes tipos acentuales de palabras eran distribuidos en forma deliberada por los poetas respetando ciertas tendencias.
Esta nueva perspectiva sobre la poesía antigua sugiere que los trabajos mencionados al comienzo deben ser complementados con uno que analice el metro de Teócrito desde el punto de vista acentual.
Este estudio pretende dar los primeros pasos en esa dirección4.
El proyecto presenta dos grandes problemas.
El primero, que no contamos con una serie clara y simple de principios métrico-acentuales del hexámetro que sea posible contrastar entre los diferentes Idilios o entre los Idilios y otros poemas.
He decidido que para solucionar este inconveniente la mejor estrategia es seleccionar algunos aspectos de la distribución de acentos y contrastarlos en los diferentes textos del corpus teocríteo.
En otras palabras, compensar la ausencia de reglas con un estudio de la distribución efectiva de determinados tipos acentuales.
Es, por supuesto, menos certero analizar la proporción de circunflejos en un determinado punto del hexámetro que la incidencia de diéresis bucólica, no porque un dato sea más concreto u objetivo que el otro5, sino porque existe una larga tradición ritmicológica que permite dar sentido a una incidencia mayor o menor de diéresis bucólica, pero nada equivalente que facilite la interpretación de un porcentaje mayor o menor de circunflejos.
Si del aspecto descriptivo del presente trabajo puede esperarse con buenos motivos que sentará bases sólidas para un estudio amplio de la métrico-prosodia6 de Teócrito y quizás de la poesía helenística en general, del aspecto explicativo sólo pueden surgir especulaciones e hipótesis que deberán ser corroboradas en un trabajo más extenso sobre el hexámetro y los metros griegos.
El segundo problema importante para el proyecto que se encara es la clasificación de los distintos Idilios.
Es bien sabido que esta colección incluye una variedad de, a falta de una palabra más precisa, géneros poéticos.
Los autores que han realizado análisis formales de estos textos (métricos o lingüísticos) los han agrupado sobre la base de determinados rasgos.
Gow 1952, p. lxxii, es el ejemplo clásico de clasificación por dialectos: el editor identifica cinco grupos que se distinguen por un uso mayor o menor de dórico, épico, jónico y eólico, además de por su carácter genuino.
Di Benedetto 1956 presenta el primer inconveniente de esta clasificación: en el grupo que Gow consideraba constituido por «poemas genuinos en dórico» hay en realidad un subconjunto constituido por poemas en dórico más bien puro y poemas en dórico matizado con elementos del lenguaje épico.
Pero incluso con esta corrección la cuestión permanece abierta y, como observa Hunter 1996, pp. 31-38, son muchos los problemas para una clasificación dialectal.
Una estrategia alternativa sería utilizar criterios temáticos, pero además de la volubilidad de semejante estrategia, no es posible acomodar todos los Idilios en un conjunto reducido de grupos bien definidos.
Hunt 2009 argumenta por una división entre poemas bucólicos (Id.
I-VII, X-XI) y poemas no-bucólicos, que puede resultar útil, pero deja de lado diferencias muy evidentes de tono entre, por ejemplo, el Id.
Si para un análisis narratológico o literario la ampliación de la categoría «bucólico» es interesante, parece adecuado afirmar que, por decirlo de algún modo, los diferentes estados de ánimo de los personajes que toman la voz en los Idilios podrían haber tenido correlatos formales que la agrupación temática mayor no permitiría detectar.
Esto no es decir que estos correlatos efectivamente existieran, sino que ante la posibilidad de que existan no es posible apoyarse en una agrupación temática.
La clasificación métrica sería probablemente la más adecuada.
Sin embargo, el contraste entre los trabajos de Brioso Sánchez y Fantuzzi sugiere que no está libre de inconvenientes, dada la diferencia entre los autores en la clasificación de los Id.
Por lo demás, agrupar los Idilios para su análisis pareciera implicar adoptar una determinación a priori sobre aquello que se busca concluir.
De acuerdo con mis datos, por ejemplo, el Id.
XIV tiene una incidencia de diéresis bucólica de 69,57%, mientras que el Id.
XV de tan sólo 45,64%: el primero está más cerca de los poemas bucólicos 7 que el segundo 8.
Sin embargo, Brioso Sánchez los considera como parte del mismo grupo y Fantuzzi (p.
247) afirma que están relaciona dos.
Naturalmente, la incidencia de diéresis bucólica no es el único criterio utilizado por los autores o utilizable, pero el fenómeno sugiere que, incluso entre poemas que parece verosímil considerar dentro de un cierto grupo genérico, puede haber diferencias considerables a la hora de analizar los datos.
Y es en este punto donde los dos problemas mencionados se imbrican.
Al analizar la métrica o el dialecto de los Idilios es relativamente sencillo identificar qué debe rastrearse.
Sin embargo, no hay un criterio definido para saber qué rasgos métrico-prosódicos (si los hubiera) diferencian un poema de otro, y por eso analizar los textos en grupos pre-determinados implica el riesgo de perder algunas distinciones clave.
Por supuesto, realizar un estudio pormenorizado tiene otros costos, en particular las dificultades que conlleva trabajar con un conjunto grande de textos.
En este punto de la investigación, no obstante, he preferido acotar la cantidad de pruebas a agrupar los Idilios.
Tanto los datos analizados como las herramientas utilizadas son las provistas en https://greekmps.wordpress.com.
Las tablas desarrolladas para este trabajo se publicarán también online (en https://empgriegos.wordpress.com/ datos-experimentales/preliminares-para-un-analisis), no sólo para garantizar la accesibilidad de los números sobre los que este estudio se basa, sino también para ofrecer una cantidad de información que no es posible incluir en los acotados límites de un artículo.
El modelo fonético del griego antiguo está hoy en un nivel de desarrollo considerable, aunque diversos problemas permanecen abiertos 11.
El punto de inflexión fundamental en la historia de este modelo está en los trabajos de Allen 1967de Allen y 1973 (entre otros) (entre otros), donde se busca demostrar que el acento tonal griego consistía en un movimiento melódico constituido por un ascenso del tono seguido de un descenso posterior que podía realizarse en la misma sílaba del ascenso (circunflejo) o en la siguiente (agudo), donde ocupaba la mora vocálica de una sílaba breve o las dos moras de una larga.
Devine y Stephens 1991 y 1994 complementan este estudio con un análisis de los textos con notación musical (que Allen también había tomado en cuenta) demostrando, entre otras aportaciones, que un contorno tonal puede completarse en un enclítico y que el descenso del tono no es sólo una nivelación con las sílabas no acentuadas (como propuso Allen), sino que de hecho llega a un nivel melódico más bajo que ellas.
Este último fenómeno coloca a la parte descendente del contorno acentual en una posición distinta a la que tendría si fuera nada más que una nivelación.
El esfuerzo extra de bajar el tono destaca la sílaba portadora del descenso como una sílaba acentuada de pleno derecho.
A partir de esta observación, David 2006 reinterpreta la clasificación antigua de palabras basada en los términos βαρύς y ὀξύς sobre la base de la hipótesis de que una parte de la contonación constituía la prominencia acentual principal: cuando el descenso del tono ocupa una extensión mayor que el ascenso (en los casos en que ocupa las dos moras de una sílaba larga después de un acento agudo, como en τήνᾱ en Id.
I 1 o ἄγωνται o I 9) la palabra es βαρύς.
Por mor de la sim-11 Presento aquí solamente aquello del complejo campo de la fonética reconstruida del griego antiguo que sirve a los fines de este estudio.
Probert 2003, pp. 97-124, presenta un resumen de una parte de la historia del área. plicidad, denominaré a este tipo de prominencia (sílaba larga post-agudo) «declive barítono» o «declive».
Cuando ocupa una extensión igual o está ausente (en el caso de las formas oxítonas), la palabra es ὀξύς (como en ἁδύ y πίτυς en I 1).
Los antiguos tenían también una categoría ὀξύβαρυς, que usualmente se identifica con el circunflejo 12.
Las formas perispómenas y properispómenas, sin embargo, son clasificadas por David dentro del grupo de las βαρύς, en la medida en que se considera que en ellas la prominencia tonal estaba sobre todo en el descenso del tono 13.
Aparte de estos grupos regulares, hay una categoría de palabras para la cual existe evidencia de que tenían un comportamiento peculiar: las formas paroxítonas de final trocaico con penúltima sílaba con vocal breve cerrada por una consonante líquida o nasal 14, como ἐόντι (Id.
En este grupo el descenso del tono se completaba aparentemente en la consonante de la coda, dando a ésta un sonido similar al de un circunflejo.
Deberá ser, por lo tanto, considerado por separado en los análisis que siguen.
Para otros aspectos más específicos del análisis he seguido las líneas que pueden hallarse en https://greekmps.wordpress.com/prosodical-bases.
Como punto destacado debe notarse que en todos los casos he tomado las palabras en la forma que aparecen en el metro, no en su forma aislada.
Así, las formas con elisión han sido contadas en su forma elidida (es decir que ἄλγε' en Id.
I 19 es considerada como un disílabo trocaico paroxítono del grupo descripto en el párrafo anterior, no como el trisílabo proparoxítono que es la forma aislada -ἄλγεα -) y las palabras con sílaba final cerrada con las cantidades que tienen efectivamente en el metro (συρίσδες en συρίσδες• μετὰ... en Id.
I 3 no es un trisílabo de final trocaico, sino un trisílabo de final espondaico con prominencia βαρύς en última).
Asimismo, el análisis no se restringe a las palabras lingüísticas, sino que abarca también las palabras métricas.
13 Existe una interpretación alternativa a la de David que conserva las categorías ὀξύς y βαρύς como él las clasifica.
Βαρύς (palabra que identifica un sonido fuerte y bajo) sería utilizado para formas donde había coincidencia de acento y prominencia rítmica (sobre el ritmo en griego cf. Devine y Stephens 1994, pp. 117-156 y 195-215) en la totalidad de una sílaba (el circunflejo y el descenso del tono post-agudo en una sílaba larga comparten invariablemente este rasgo).
Las categorías ὀξύς y βαρύς no serían así estrictamente tonales, sino que señalarían rasgos rítmico-tonales (algo que, por lo demás, está implicado en la propuesta de David).
14, con sus referencias.
5.28 ha sido contado como una sola palabra con declive barítono en última (pero véase la n.
Interpretación de las marcas acentuales en la lectura de la poesía
Incluso con un modelo fonético bien definido (incluso con uno mucho mejor definido que el que tenemos), el problema de cómo eran ejecutados los acentos en la lectura o el canto de la poesía persiste.
Es una cuestión bien conocida en el análisis de la lírica15, pero no así en el caso de los textos considerados usualmente como «recitativos».
Dada la complejidad de este tema, he determinado resolverlo para este trabajo en forma axiomática: se interpretará que los acentos eran ejecutados con su tono natural, quizás de manera algo más enfática o marcada que en el lenguaje cotidiano, pero sin modificaciones tonales significativas.
Debe notarse que este principio de análisis no compromete demasiado las conclusiones que se obtengan: dado el acuerdo general en la disciplina respecto al carácter recitativo de la poesía hexamétrica, es dable pensar que no había en ella una composición melódica especial.
Aunque esto no impide que en ciertos casos, quizás en forma extemporánea, los cantantes ejecutaran un verso en un tono ligeramente diferente al que los acentos de las palabras sugerirían, parece razonable asumir que esto no sucedía de manera regular.
Provista la extensión disponible para este trabajo, me concentraré en él en dos ubicaciones clave del hexámetro: el tercer y el sexto pie.
Aunque un análisis de la distribución de acentos así restringido dejará necesariamente dudas sobre el alcance de las conclusiones a las que se llegará, no es plausible en este punto realizar un estudio más amplio.
Por lo demás, como se verá, las hipótesis que irán surgiendo a lo largo del trabajo sentarán las bases para uno más detenido sobre cada Idilio o conjunto de Idilios, o eventualmente para una continuación del presente que considere otros datos además de los que se presentarán aquí.
En todo caso, el material para concretar ambos proyectos está disponible online.
Tipos de acento en el tercer longum La primera ubicación que se estudiará es el longum del tercer pie, en la ubicación de la cesura central del hexámetro.
Además de la importancia de esta sílaba, existe evidencia de que a lo largo de la historia del metro fue cambiando la manera en que se la reforzaba acentualmente: La fluctuación, como puede verse, es significativa, pero ciertas tendencias destacan.
Los números de los Id.
XVIII y XXIV se aproximan a los de Calímaco y, de hecho, se muestran más lejos de Homero incluso que este autor (aunque la diferencia se morigera si se añaden los números de la tercera columna a los de los circunflejos).
Esto contradice en cierta medida las observaciones de Fantuzzi,, que afirma que los poemas bucólicos (v. n.
7) son los más calimaqueos.
XXIV muestre una tendencia «moderna» no sorprende: ya Brioso Sánchez (passim) había señalado que es en la «épica» donde Teócrito se muestra más cercano a Calímaco20.
XVIII pertenece a un grupo que en general se considera más conservador que el resto.
Nótese que en este punto la contradicción se exacerba particularmente: no sólo este Idilio es más cercano a Calímaco que a Homero, sino que es el que más se aleja de Homero de todos.
Puede verse también en la tabla que los poemas bucólicos no muestran uniformidad entre sí.
Existe, sin embargo, un punto en donde la mayoría de ellos se vincula: un uso más frecuente de circunflejos que Homero y Calímaco y uno menor de declives.
Esto es claro en los Id.
I, III, VI (tres poemas que además comparten un porcentaje alto de agudos en la cuarta columna) y, aunque no lo he hallado clasificado como bucólico, el Id.
XIV (que no comparte la preferencia por agudos, sino más bien lo contrario).
Su aparición en este grupo no debería sorprender: aunque no tiene ambiente bucólico, comparte con otros poemas de la colección que sí lo tienen la temática de las quejas de amor y los problemas de los enamorados 21.
Es interesante notar que en los diez versos finales de este texto, que constituyen un pequeño encomio a Ptolomeo, hay siete declives y tan sólo dos circunflejos, es decir, porcentajes más próximos a los del Id.
XVb o el VII (ver abajo).
Otros Idilios muestran lo que podría llamarse un criterio «mixto».
En algunos aumenta el porcentaje de declives con respecto al modelo homérico (como en los Id.
XVIII y XXIV), pero no disminuye el de circunflejos, sino que la diferencia está en la caída del número de agudos.
Esto es válido para los Id.
VII, XIII y, en menor medida, II 22.
Otro grupo (el de los Id.
V y X) parece presentar el fenómeno inverso: aunque tienen un aumento en el porcentaje de circunflejos, no disminuyen el de declives; de nuevo, la diferencia está en la fluctuación en la cantidad de agudos.
Los datos que ofrece el Id.
XV son particularmente interesantes: mientras que en la parte dialógica (Id.
XVa) el estilo es similar al del Id.
I y otros, con un alto porcentaje de circunflejos y un nivel más bajo que el homérico de declives (aunque sin el aumento en el número de agudos), en el canto a Adonis (Id.
XVb) los porcentajes se modifican notablemente, aproximándose a los del Id.
La diferencia es sutil pero significativa y puede haber contribuido a crear un tono diferente para esta sección del poema.
Recuerda también que las exigencias del estudio cuantitativo, que hacen muy difícil subdividir cada texto para su estudio detallado, pueden estar haciendo que se pierdan variaciones internas en el tono que podrían ser importantes para el poeta 23.
Del resto de los poemas, los Id.
XII, XVII y XXII son a grandes rasgos homéricos o están entre los números de Homero y Calímaco, y el XI se aproxima mucho a los datos de este último.
IV es quizás el más peculiar de la tabla, pero la diferencia con el resto de los poemas bucólicos se morigera algo cuando se considera el alto porcentaje en él de formas con agudo en sílaba cerrada.
Si se cuentan éstas con los circunflejos, el estilo de este texto es similar al del Id.
Los datos observados en esta sección pueden ser rechazados como accidentales por aquellos que consideren que la no adecuación de muchas de las asociaciones descubiertas a los grupos tradicionales sugiere que son puramente aleatorios.
Sin embargo, como ya se ha hecho notar, dentro de esos grupos hay diferencias más que significativas de tono, y es dable imaginar que es precisamente en el tono donde el poeta manifestaría estas distinciones.
Por lo demás, no hay un apartamiento completo de los datos presentados de las apreciaciones estándar sobre la colección: los Id.
I, III y VI muestran una vinculación entre sí y una menor con los Id.
IV, V y X, mientras que los Id.
XVI, XVII y XXII se asocian en su proximidad a los números homéricos.
Es importante notar, más allá de estas consideraciones, que la acentuación del tercer longum no puede constituir por sí misma un marcador suficiente para el estilo de un Idilio, por lo que el estudio debe ser complementado con el análisis de otras ubicaciones.
Otro punto cardinal del hexámetro es el sexto pie.
En este caso, tanto el longum como el biceps resultan importantes para un análisis métrico-prosódico, en la medida en que el último acento del verso puede estar en cualquiera de los dos.
La diferencia está en la forma de la palabra final: si es trocaica, el acento estará en el longum, si es espondaica, estará en el biceps24.
A fin de no multiplicar las tablas, a continuación analizo el tipo de acento final del verso, independientemente de su ubicación efectiva.
En otras palabras, los acentos considerados en la tabla I.3 pueden estar tanto en el longum como en el biceps25, pero son siempre el último de la línea26.
Tipo de acento final en el hexámetro de Teócrito por Idilio, en Homero, Calímaco y Nono.
Se incluyen palabras trocaicas, espondaicas y monosílabos acentuados.
Final» incluye, además de los circunflejos, las formas trocaicas paroxítonas con penúltima cerrada por resonante (cf. sec. I.4).
Se muestra el porcentaje por fila entre paréntesis.
Nuevamente, la fluctuación es considerable, pero en este caso algunos aspectos de la distribución parecen más marcados que en la tabla I.3.
Nótese en particular que los Idilios bucólicos muestran en general (la excepción es el Id.
I, que es el que más se aproxima al sexto pie de los no-bucólicos -ver infra -; cf. sin embargo la sec. II.3) un porcentaje de declive final mayor que Homero y Calímaco y (junto con el Id.
XI) que el resto de los poemas 27.
Este grupo también se destaca por un uso mucho menos frecuente de agudos finales (un promedio de 8,64% frente a uno de 16,84% del resto), lo que sugiere una cierta tendencia a buscar un final de verso con tono descendente.
Destaca en el grupo el Id.
VI, si se considera que es uno de los que mayor porcentaje de circunflejos en el tercer pie tiene.
En este breve poema se observa una combinación frecuente de acentos en los dos pies que cierran cada parte del hexámetro en un orden tonal descendente, es decir, un primer colon terminando en un tono más alto que el segundo28.
Es un fenómeno sobre el que se volverá más abajo.
Los Idilios XVb y XVI comparten con los recién analizados el uso más frecuente de declives, pero no muestran uno demasiado reducido de agudos, sino más bien una baja considerable en el de circunflejos (frente al resto de la colección).
XVI la explicación podría tener que ver con la época de composición29: quizás Teócrito había definido e l estilo de la bucólica en este periodo y lo respeta mayormente en este texto, con la salvedad de que hace un uso más regular de agudos para individualizar el tono del encomio (además de las diferencias en el tercer pie, donde el Id.
XVI sigue el estilo homérico).
XVb el aumento en el uso de declives puede tener un doble objetivo: diferenciarse de la parte dialógica del poema (con un porcentaje alto de circunflejos en el final del verso como en el final del primer colon; cf. sec. II.1) y darle al canto de Adonis un tono que podría ser interpretado como más grandilocuente.
XIV y XVIII, destacan dentro de la colección por el bajo porcentaje de declives finales y, sobre todo, el alto de agudos30.
En el caso del primero, el dato contrasta c on lo observado en la sec. II.1 sobre su afinidad con el tono de los Id.
I, III y VI; quizás la diferencia sirve para dar al poema un sonido distinto a estos.
Por lo demás, el uso frecuente de circunflejos y agudos en sílaba cerrada en el tercer pie (40% de los versos del poema entre los dos tipos), combinado con un uso frecuente de circunflejos y agudos finales daría al texto una suerte de melodía sostenida en tono alto.
Esto mismo pero en forma mucho más marcada se observa en el Id.
La regularidad del tercer pie con declive barítono y el alto porcentaje de agudos finales implica un tono siempre ascendente para los versos de este epitalamio, coherentes con un poema que tiene carácter celebratorio 31.
El resto de los poemas de la colección muestran lo que podría denominarse un estilo propio de Teócrito: un porcentaje de declives más bajo que el de Calímaco y Homero, un uso más frecuente de circunflejos y uno de agudos en que fluctúa entre el 10% y el 20%.
Algunos poemas se aproximan al estilo bucólico (como el Id.
X, el XVII o el XXIV, donde la diferencia está en el porcentaje de declives), otros (como el Id.
XII o el XVa) al de los Id.
XIII y XIV, pero en general no hay textos que se destaquen especialmente en este grupo.
Como rasgo general, parece plausible afirmar que Teócrito prefería una mayor variación en su poesía no-bucólica entre versos de tono ascendente y versos de tono descendente, si el alto porcentaje de circunflejos en el sexto pie puede ser tomado como indicio.
El análisis del sexto pie sugiere nuevamente que el corpus de Idilios exhibía una diversidad notable de estrategias, pero refuerza la idea de que dentro de él hay ciertos usos que se repiten.
En este caso, los Idilios bucólicos muestran una mayor uniformidad que en el estudio del tercer pie.
XIII, XIV y XVIII se destacan también por el alto porcentaje de agudos finales.
Una vez más, la diferenciación de las dos partes del Id.
XV sugiere una adecuación del tono al tema o, en otras palabras, una utilización del aspecto métrico-prosódico de la composición para dar, a falta de una mejor expresión, una cierta coherencia auditiva a los diferentes poemas y a las diferentes partes de cada poema.
Los datos analizados hasta ahora sugieren que en algunos Idilios había una tendencia a dar a los versos un tono ascendente desde el comienzo al final y en otros un tono descendente32.
Si esto era efectivamente así, es dable pensar que tendría consecuencias que trascienden la simple proporción de acentos en las diferentes ubicaciones del verso: algunas combinaciones se favorecerían para generar la percepción del ascenso o descenso de la melodía, mientras que otras se evitarían para prevenir lo contrario.
II 41 ἀντὶ γυναικὸς ἔθηκε κακὰν καὶ ἀπάρθενον ἦμεν «hizo [de mí] en lugar de esposa una mujer desdichada y no más una doncella», donde el declive central y el circunflejo final darían a la línea un sonido que podría ser percibido como un ascenso.
A la inversa, en un Idilio como el XVIII, donde se ha observado una preferencia por finales en tono alto, quizás se evitarían versos como Id.
I 20 καὶ τᾶς βουκολικᾶς ἐπὶ τὸ πλέον ἵκεο μοίσας «y llegaste a lo máximo de la poesía pastoril», donde después del circunflejo central se concluye con un declive en la última sílaba.
Para verificar si de hecho este tipo de fenómenos se observan en el texto conservado, he realizado una serie de análisis sobre cada poema que pueden hallarse en los documentos publicados online.
La cantidad de tablas y datos implicados impide reducir los resultados al tamaño necesario para introducirlos en el espacio de este artículo.
Sin embargo, dado que los números están disponibles para su consulta, no hay motivos para no estudiarlos aquí.
Una prueba fundamental para analizar si hay algún tipo de correlación acentual en un Idilio es la verificación del valor Ω entre dos variables: presencia de circunflejo o declive en el tercer pie y presencia de circunflejo o declive en el sexto 33.
A través de una serie de pasos intermedios, esto permite llegar a una tabla como la siguiente, para la que utilizo el Id.
I como ejemplo: Tabla I.4.
Correlación entre tipo de acento en el tercer longum y tipo de acento en el sexto pie en el Idilio I de Teócrito.
Se incluye el porcentaje del total de versos analizados en la tabla entre paréntesis.
Cada celda muestra una combinación posible de acento en el tercer pie y acento en el sexto pie; la primera, por ejemplo, muestra que hay 14 versos en el Id.
I con un circunflejo en el tercer longum y un circunflejo en el sexto pie 34.
Hay cuatro valores Ω posibles para esta tabla (dependiendo qué conjunto de variables se combinen; el número concreto del valor varía pero su interpretación no), pero el que se usará aquí es el que estima la diferencia en la posibilidad de la combinación circunflejo-circunflejo frente a circunflejodeclive sobre la posibilidad de la combinación declive-circunflejo frente a declive-declive.
En otras palabras, cuánto más posible es hallar la combinación circunflejo-circunflejo respecto a la combinación circunflejo-declive de lo que es hallar la combinación declive-circunflejo respecto a la combinación declive-declive.
Para llegar a ese número se estima la razón de circunflejos en el tercer longum entre los dos tipos de acento en el sexto pie, con la segunda columna como divisor (14/14=1) y lo mismo para los declives en el tercer longum (16/44=0,36... o algo más de un declive en el tercer longum con circunflejo en el sexto pie por cada tres declives en el tercer longum con declive en el sexto pie).
El primer número se divide por el segundo, lo que da la razón de razones (el valor Ω), que en este caso es 1/0,36...=2,75 35.
Este resultado implica que es bastante más probable (2,75 veces más probable) hallar en el Idilio I de Teócrito un verso como el 13 ὡς τὸ κάταντες τοῦτο γεώλοφον αἵ τε μυρῖκαι «donde encuentras esta pendiente y los tamariscos» (circunflejo-circunflejo) que uno como el 5 αἴ κα δ' αἶγα λάβῃ τῆνος γέρας, ἐς τὲ καταρρεῖ «si aquel toma la cabra como premio, [la chiva] te caerá [a ti]» (declive-circunflejo), lo que puede resultar extraño si se toma en cuenta que hay 14 del primer tipo y 16 del segundo, pero es perfectamente coherente si se considera la distribución relativa con versos como el 20 (declive-circunflejo; citado más arriba, al principio de esta sección) y el 1 Ἁδύ τι τὸ ψιθύρισμα καὶ ἁ πίτυς, αἰπόλε, τήνα «Dulce es el susurro del pino aquel, cabrero» 36 (declive-declive).
En otras palabras, dada una cierta cantidad de versos con declive y circunflejo en el tercer pie, el poeta evita la combinación declive-circunflejo o, si se quiere, favorece la combinación 34 A partir de este punto, para simplificar la exposición, utilizaré la nomenclatura «circunflejo-circunflejo» para esta combinación y el mismo modelo para el resto («declive-circunflejo», por ejemplo, aludirá a los versos con un declive barítono en el tercer longum y un circunflejo en el sexto pie).
36 Para la traducción de este verso repongo el sentido que se completa con el siguiente. circunflejo-circunflejo.
Esto corrobora la hipótesis ofrecida arriba de que en la bucólica hay una búsqueda de un cierto tono descendente.
El fenómeno se repite de manera clara en los Id.
III (Ω=6), XI (Ω=3,67) y XVI (Ω=9,07), con una salvedad: mientras que la distribución de porcentajes del total en los Id.
III y XI es similar a la del Id.
I, en el XVI se observa un uso mucho más frecuente de la combinación circunflejo-circunflejo (36% de los casos, contra un 12% del III y 8,16% del XI).
En otras palabras, aunque la tendencia a evitar el ascenso del tono persiste, no parece haber una búsqueda tan marcada de un tono descendente.
Como se ha notado ya, el Id.
XVI parece compartir con los Idilios bucólicos diversos rasgos que lo diferencian de otros poemas, pero conservando una cierta individualidad que también los distingue de aquellos.
Si la explicación de esto es, como se ha señalado, la época de composición del poema o debe buscarse una motivación más deliberada, es un tema que debe quedar para otros trabajos.
Los valores Ω del resto de los Idilios bucólicos no parecen favorecer la hipótesis presentada37.
Sin embargo, un análisis más detallado permite inferir que esto es producto de una cierta variación en la estrategia compositiva en ellos, y no de una diferencia real de estilo.
En efecto, todos los poemas del grupo muestran un valor porcentual para la combinación declive-circunflejo (es decir, tono ascendente) más bajo (Id.
Nótese que los valores de hecho son marcadamente más bajos en general que el porcentaje en el Id.
I (18,18%), donde el fenómeno se verificó en forma contundente.
Dos poemas se vinculan por sus bajos valores Ω, el Id.
XIV (0,267) 38, que indican que en ellos es casi cuatro veces más probable que se encuentre un declive en el tercer longum combinado con un circunflejo en el sexto pie que dos circunflejos en esas dos ubicaciones (lo inverso a lo observado en el Id.
Del segundo se ha notado en la sección II.2 que parece mostrar una tendencia al mantenimiento del tono, lo que no parece del todo coherente con esta observación.
En todo caso, el rasgo más peculiar de estos textos es su variabilidad acentual: aunque ambos tienen niveles porcentuales bajos de la combinación circunflejo-circunflejo, son los poemas donde menor diferencia hay entre las otras tres.
XIV tiene los porcentajes más altos de la colección de acentos cruzados (30,30% de declive-circunflejo y 27,27% de circunflejo-declive) y el más bajo de la combinación declivedeclive (36,36%).
Como puede verse, la tendencia en este texto es a utilizar casi en la misma medida este conjunto de combinaciones.
X tiene un porcentaje más bajo en la combinación circunflejo-declive, es mucho más variado que cualquier otro de la colección (excepto, obviamente, el XIV).
Por último, el valor Ω del Id.
XVIII no puede calcularse porque no hay en él ni un solo caso de combinación circunflejo-circunflejo.
Sin embargo, los datos de la correlación acentual sugieren que la hipótesis de una tendencia al tono ascendente ofrecida en la sec. II.2 es correcta: sólo 11,76% de los versos analizados muestra la combinación estrictamente descendente (circunflejo-declive), y el porcentaje de líneas con la combinación ascendente (declive-circunflejo) es el tercero más alto de la colección (29,41%).
Puede concluirse este apartado, por lo tanto, indicando que, aunque, como se ha observado en la n.
33, es necesario revisar todos estos resultados con estudios que incluyan la totalidad (o al menos la mayor parte) de los versos de cada poema, las pruebas realizadas hasta aquí corroboran las propuestas realizadas en las secciones anteriores de este artículo.
Por los motivos señalados al comienzo de este trabajo, es difícil saber en qué medida los análisis realizados serán verificados conforme avance la investigación métrico-prosódica de la poesía griega antigua en general, del hexámetro en particular y especialmente del hexámetro helenístico.
A medida que se descubran las reglas (si las había) que regulaban la distribución de los acentos en las distintas formas o ubicaciones de los versos, es posible que ciertos aspectos del metro de Teócrito resulten menos (o más) extraños o peculiares.
Establecido eso, la variedad de estrategias compositivas dentro de la colección de Idilios (reconocida ampliamente por la interpretación literaria, la lingüística y la metricología) sugiere que los resultados obtenidos son realmente producto de determinaciones deliberadas del poeta.
Los poemas bucólicos (I, III-VII), aunque con fluctuaciones internas, sobre todo en la distribución acentual del tercer pie, parecen haberse caracteri-zado por un tono descendente desde el final del primer colon al final del segundo.
Dos interpretaciones de esto son posibles: que el autor buscaba dar un tono más grave o grandilocuente a este tipo de poemas, quizás un tono más propio de una lamentación (asumiendo que la melodía descendente generara semejante tono), o que la línea descendente fuera una manera de demarcar más claramente un verso de otro, lo que quizás daba un cierto carácter «rural» a los poemas.
Si se toma en cuenta que la poesía alejandrina sofisticada hace uso mucho más frecuente del encabalgamiento que el hexámetro tradicional arcaico, es plausible que la demarcación de cada línea con un tono descendente contribuyera a generar un sonido alejado de la sofisticación contemporánea a Teócrito.
XI, que es considerado bucólico por muchos autores, no ha mostrado en el estudio métrico-acentual la peculiaridad que su métrica interna exhibe.
Aunque, como otros, tiene un tercer pie que no responde al estándar que parecería establecer el Id.
I, muestra la misma correlación entre los finales de cada parte que éste y por lo tanto podría decirse que tiene una distribución acentual «bucólica».
Esto no resulta particularmente sorprendente.
Más interesantes son los datos que corresponden al Id.
Se ha notado a lo largo del análisis que este poema comparte rasgos con los bucólicos, pero siempre con algún tipo de desplazamiento que lo diferencia.
No puede dejar de verse en esta estrategia compositiva a un poeta que busca distinguir el estilo individual de un texto del de sus otras composiciones.
Si esto es porque el Id.
XVI fue escrito en la misma época que la poesía bucólica o por otros motivos, no puede ser considerado aquí.
XXIV ha demostrado ser el más «moderno» de toda la colección, con una distribución acentual en el tercer pie que por momentos se parece más a la de Nono que a la de Calímaco, por no mencionar a Homero, y un sexto pie propiamente teocríteo.
La crítica ha interpretado este poema como un típico tratamiento helenístico de un tema mitológico, y la forma en que Teócrito lo compone contribuye a reforzar la idea de que busca alejarse lo más posible de las formas tradicionales.
XVIII muestra una estrategia diferente para diferenciarse del resto de la colección y quizás de la tradición que los precede.
El uso frecuente de agudos finales combinado con una cantidad notable de declives barítonos en el tercer pie da a esta composición un cierto tono ascendente, que también se observa en el análisis de la correlación acentual.
El carácter celebratorio del texto parece poder explicar este fenómeno, pero quizás este estilo de melodía ascendente fuera propio del epitalamio.
X han aparecido asociados recién en el último conjunto de pruebas realizado, que los muestra como poemas que hacen uso de una considerable variabilidad acentual.
Aunque la vinculación entre ambos puede sostenerse desde otras perspectivas (cf. Cairns 1970), las diferencias en la distribución de acentos efectiva tanto en el tercer como en el sexto pie sugieren que es necesario ser precavidos y no apresurar conclusiones sobre la base de un único resultado.
XV ha mostrado en el estudio del tercer y del sexto pie una tendencia a variar la técnica compositiva cuando el contenido del poema cambia.
En XVb, el canto a Adonis, tanto en el final del primer colon como en el final del segundo hay un aumento en la proporción de declives barítonos.
De hecho, en esa sección no hay un solo ejemplo de combinación circunflejo en el tercer longum y circunflejo en el pie final.
Más allá del valor que tendría en sí misma para señalar el cambio entre las secciones, la dirección de la diferencia puede sugerir que el uso más frecuente de declives daba un tono más elevado a la poesía (¿quizás un tono más moderno?).
Un estudio más detenido de este texto y quizás de otros en donde haya un giro similar es necesario para corroborar esta hipótesis.
He realizado algunas observaciones aisladas sobre los Id.
El primero parece mostrar algunos rasgos calimaqueos, pero con peculiaridades propias, como un uso menor de agudos en el tercer pie y un sexto pie teocríteo.
XIII ha probado ser un texto con singularidades notables (cf. las n.
XII y XVII tienen un tercer pie homérico, pero traicionan las expectativas en el sexto, donde muestran la distribución característica de otros poemas no-bucólicos de la colección (más circunflejos y menos declives).
Lo mismo puede decirse del XXII, con su tercer pie calimaqueo pero su alto porcentaje de circunflejos finales.
Como se señaló al comienzo, lo importante de este estudio no eran tanto las interpretaciones de los datos sino su presentación.
Más allá de lo mucho que podría decirse a partir de los números que se han expuesto y estudiado y de lo mucho más que podría agregarse con los que no lo han sido, de lo analizado parece poder extraerse con cierta certeza una conclusión: el estudio métrico-acentual de la poesía de Teócrito merece un lugar en la lectura de su poesía tan importante como el que tienen el metricológico y el dialectal. |
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En el presente trabajo nos proponemos investigar las apariciones de πλάσμα en las Vidas paralelas de Plutarco.
Analizaremos los sentidos y matices del término en diferentes pasajes de la obra (entendido como'ficción, engaño, fingimiento', etc.), con el fin de relacionar nuestras conclusiones con las teorizaciones de Plutarco acerca del problema de la verdad en la narrativa histórica.
Palabras clave: Plutarco; Vidas paralelas; plásma; ficción
Key words: Plutarch; Paralell Lives; plásma; fiction entendiendo que su recurrencia en diversos contextos nos puede acercar a una mayor comprensión de los sentidos que encierra.
La decisión de trabajar con dicho corpus está basada en el interés explícito que Plutarco muestra respecto de una discusión todavía vigente sobre la ficcionalización de los hechos históricos e incluso de la imposibilidad de hacer historia sin recurrir a un tipo de discurso, si no ficcional, al menos anclado en las estrategias retóricas y literarias propias de los textos fic cionales1.
En efecto, Plutarco ha declarado en diversas oportunidades a lo largo de su obra biográfica las dificultades que se vio obligado a sortear a la hora de escribir sobre hechos pasados que, de tan antiguos, carecen de fuentes que permitan su comprobación, motivo por el cual se ven mezclados con tramas legendarias2.
Ha manifestado también cuán difícil es trabajar con el discurso histórico, dado que éste se compone de relatos parciales, exagerados o directamente mendaces, pues los historiadores falsean la verdad ya con la intención de beneficiar o perjudicar a un personaje ya con la intención de hacer dicha verdad más atractiva por medio de artilugios retóricos3.
En definitiva, Plutarco no se presenta como un autor inocente respecto de dichas cuestiones sino que las problematiza y las pone en evidencia ante su público lector.
Por tal motivo, pues, es que nos parece pertinente abordar en Vidas paralelas un análisis del concepto de πλάσμα, dado que podemos establecer relaciones con las opiniones teóricas de Plutarco vertidas en la obra y completar así una posible aproximación al concepto de ficción del autor y sus vínculos con la narración de hechos históricos.
LOS SENTIDOS DE ΠΛAΣΜΑ: ANÁLISIS DEL CORPUS
El diccionario LSJ define πλάσμα en primera instancia como 'cualquier cosa formada o moldeada', ateniéndose de este modo a su origen etimológico, emparentado con el verbo πλάσσω/πλάττω,'formar, modelar' (Beekes 2009, Chantraine 2009).
A partir de este sentido también puede querer decir'imagen, figura' y hasta 'obra' (Ar., Au.
También significa'engaño, falsificación' de modo general (D. XLV 29) y, aplicado a un discurso u obra literaria,'fingimiento' o 'ficción', sobre todo por oposición a 'historia' en tanto discurso verdadero y por oposición a 'mito', en tanto discurso no verdadero ni verosímil (Xenoph.
Existe también otro sentido cuasi técnico del término, aplicado a las composiciones artísticas: así, en el ámbito de la retórica se puede hablar de πλάσμα para hacer referencia al 'estilo' de un autor (Phld., Rh.
Por otra parte, hay en retórica un uso vinculado con la idea de engaño previamente mencionada, pues se suele aludir con πλάσμα a un tipo de discurso muy trabajado, afectado, exagerado (Thphr., HP IV 11.5, Quint., Inst.
No queremos aquí arribar a ninguna conclusión, sino tomar estas ideas como punto de partida para el análisis de las Vidas.
Como primer dato debemos mencionar que el sustantivo πλάσμα ocurre once veces en nuestro corpus4, de modo que será posible relevar exhaus tivamente todos sus contextos.
Para llevar a cabo una exposición ordenada, hemos agrupado las apariciones de acuerdo con los sentidos afines, que pasamos a analizar.
Un primer grupo de apariciones está conformado por el uso de πλάσμα como 'ficción' desde el punto de vista discursivo y, más específicamente, narra tivo.
Así se encuentra empleado, por ejemplo, en Thes.
28.2, donde se refiere un episodio de la vida del héroe relacionado con las amazonas:
28.1-2) En efecto, estas son las cosas dignas de recordar acerca de las amazonas.
Pues el poeta de la Teseida ha escrito sobre el levantamiento [de las amazonas]: que Teseo se casó con Fedra, Antíope y las amazonas que la vengaban lo atacaron y que fueron heridas por Heracles, parece eviden temente mito y ficción 5.
El término aparece en una ditología pleonástica con μῦθος, por lo que el sentido se emparenta con este último, adjudicando al hecho poca credibilidad.
En efecto, es notoria la manera displicente con la que Plutarco trata esta versión ficticia, de la que simplemente refiere los núcleos narrativos centrales (casamiento, ataque) y sus protagonistas (Fedra, Antíope, Heracles), sin interés en desarrollarla 6.
Asimismo, resulta intere sante que Plutarco parece tener una actitud reticente respecto de todo el episodio de las amazonas (capítulos 24-28), pues en numerosas oportunidades esboza sus reparos, presentando versiones distintas o contradictorias sobre los hechos (Φιλόχορος καί τινες ἄλλοι λέγουσι [...] οἱ δὲ πλείους, ὧν ἐστι καὶ Φερε κύδης καὶ Ἑλλάνικος καὶ Ἡρόδωρος [...]
Βίων δὲ καὶ: 26.1-2), manifestando la poca seguridad de algunos de ellos (ἔργον ἐστὶ πιστεῦσαι: 27.2) y la extrañeza de otros (θαυμαστὸν οὐκ ἔστιν ἐπὶ πράγμασιν οὕτω παλαιοῖς πλανᾶσθαι τὴν ἱστορίαν: 27.6); por momentos prefiere tomar distancia del relato, adjudicando lo dicho a «algunos», «ciertos», o utilizando expresiones impersonales (Μενεκράτης δέ τις, 26.1; ἔνιοι, 27.6, λέγεται, 27.8) y, por otros, presenta pruebas o deducciones racionales de las distintas versiones, a fin de ofrecer seguridades ante tanta confusión (μαρτυρεῖται, 27.2; μαρτύριόν ἐστιν, 27.7; δεικνύουσι, 27.8) 7.
El episodio del casamiento y del ataque es, entonces, una ficción literaria, porque se trata de un relato que carece de veracidad y, por ende, debe ser soslayado.
5 El texto griego es el de Perrin 1919; las traducciones son nuestras.
6 Presenciamos una aceleración del relato, lo que en narratología se llama sumario (cf. Genette 1972, p.
Pelling 1980 explora estas variaciones narrativas de Plutarco en función del método de composición de su obra.
Un gesto equivalente se evidencia en Alex.
46.2; allí Plutarco utiliza πλάσμα para desmentir la versión de la mayoría de los autores (οἱ πολλοί)8 sobre la relación entre Alejandro y Talestris, reina de las amazonas, pues opone la versión de otros tantos9, quienes «dicen que esto es ficción» (πλάσμα).
A tal punto desestima Plutarco dicha invención, que ni siquiera refiere sus detalles y ofrece a continuación dos pruebas en contra.
Primero, la correspondencia de Alejandro, en la que no aparece referido el hecho (46.3).
Luego señala cómo, mucho después, el escritor Onesícrito lee de su Historia el episodio de las amazonas ante Lisímaco y éste, al escucharlo, pregunta «¿Y dónde estaba yo?» (46.4), burlándose, de algún modo, de la veracidad del hecho, dado que ni él, como presunto testigo, puede corroborarlo.
Finalmente, Plutarco ofrece su propia reflexión, en donde sugiere que dicha ficción no es digna de confianza: «En efecto, si alguno considera estas cosas confiables o no confiables, no disminuye su admiración por Alejandro»10.
Aún más elocuente es el pasaje que hallamos en Cor.
32, donde aparece el sustantivo πλάσμα en medio de un excurso de tipo filosófico pero también metaliterario: Plutarco presenta un episodio teñido de superstición al que califica de «inesperado» y «producto de la acción divina», esto es, la visita de Valeria y otras mujeres a la casa de Volumnia, la madre de Marcio, y de Virgilia, su esposa, para suplicar que intercedan ante éste para poner fin a la guerra, lo que finalmente consiguen (Cor.
Ahora bien, resulta curioso que la narración del pasaje es dilatada por Plutarco11, quien dedica un extenso preámbulo para enmarcar su carácter dudoso o ficcional.
Primero, menciona la embajada de los sacerdotes al campamento de Coriolano, lo que sirve para establecer la índole religiosa del conflicto, detalle no menor, en tanto que la ficción aquí presentada reside precisamente en la creencia o no de la acción divina (32.2).
En segundo lugar, compara el hecho con episodios similares en Homero, dando así un nuevo rodeo, sin relatar aún el hecho concreto: «se produjo un hecho similar al que muchas veces refiere Homero y que no con- En las acciones imprevistas y azarosas y que requieren de cierto impulso emocional y excitación, [Homero] no hace que el dios lo impida sino que hace que provoque la decisión, y tampoco hace que produzca el movimiento sino que impulsa las representaciones que nos guían, con las cuales no hace a la acción involuntaria sino que da principio a la voluntad y añade que tengamos coraje y esperanza.
Pues o hay que apartar por completo a la divinidad de toda causa y principio de nuestras cosas o podría haber alguna otra forma con la cual ayuden y asistan a los hombres, no, seguramente, moldeando nuestros cuerpos ni manejando ellos mismos nuestras manos y pies según es preciso, sino despertando el elemento activo e intencional de nuestra alma con ciertos principios, representaciones y designios, o, por el contrario, disuadiendo y deteniendo.
La calificación de 'ficción' y 'mito' está aplicada, entonces, a las narraciones homéricas que atribuyen a los dioses la posibilidad de insuflar cierta energía en los mortales para que éstos realicen una acción determinada.
Es más que evidente que el interés de Plutarco en tanto moralista está en rescatar aquello que de responsabilidad humana hay en las decisiones, de modo que es lógico que la idea de la insuflación divina sea descrita en términos de «ficción» (incluso literaria, si se quiere, en la medida en que es Homero el ejemplo que se ofrece).
La narración del hecho puntual se da luego de este extenso preámbulo.
Allí volvemos a encontrar la mención de la intervención divina, porque se señala que primero las mujeres habían asistido a los templos y altares de Roma para suplicar a los dioses que detuvieran la guerra.
Entre ellas se hallaba Valeria, hermana de Publícola, quien, inspirada por la divinidad (οὐκ ἀθείαστον: 33.3), decide ir a la casa de la madre de Coriolano para pedirle intercesión ante su hijo.
Se desarrolla a continuación el discurso directo de Valeria frente a la madre y la esposa de Coriolano, en donde reconoce que se han congregado allí no por decisión humana (οὔτε βουλῆς ψηφισαμένης οὔτ' ἄρχοντος κελεύσαντος: 33.5) sino porque la divinidad las impulsó (ὁ θεὸς ἡμῶν... ὁρμὴν παρέστησε: 33.5).
Luego de esto, las mujeres se dirigen hacia Coriolano, quien las recibe extrañado (34.3: ἐθαύμασεν, nueva mención a lo curioso del fenómeno) y pretende en un principio mantenerse en su postura, un rasgo típico de la personalidad del héroe12, lo que refuerza la idea de que el hecho es completamente inesperado.
Coriolano escucha a su madre, quien termina convenciéndolo, apelando también a la mención de la divinidad, lo que otorga cohesión a todo el episodio (εὔχεσθαι θεοῖς: 33.5) 13.
En resumen: si Plutarco le adjudica a Valeria un tipo de accionar «similar al que muchas veces refiere Homero», luego de haber sentenciado sobre la falta de veracidad de dichos relatos de intervenciones divinas, la versión de este hecho pretendidamente histórico también debe ser cuestionada o puesta en duda14.
En este sentido, creemos que no es difícil interpretar la generalidad del pasaje como una reflexión metaliteraria respecto de la presencia del accionar de los dioses en las narraciones históricas, dado que es un tema que preocupa al biógrafo, como ha demostrado en diversas oportunidades 15.
Por último en este grupo incluimos un pasaje de Nic.
13, en el contexto de los preliminares de la expedición a Sicilia durante la Guerra del Peloponeso.
En el medio de la deliberación respecto de emprender o no el ataque, Plutarco comenta las distintas manipulaciones de los oráculos y los mensajes de la divinidad: algunos, como Alcibíades, anunciaban (προὔφερε: 13.1) que, según predicciones antiguas, Atenas obtendría gran gloria en Sicilia; otros consultaron al oráculo de Amón y volvieron trayendo como respuesta (χρησμὸν κομίζοντες: 13.2) que Atenas vencería a los siracusanos, mientras ocultaban (ἔκρυπτον: 13.3) las predicciones que no eran favorables.
Nótese que en estos casos Plutarco pone en evidencia que los presagios son transmitidos o silenciados (a través de las expresiones que ya marcamos en griego), lo que a nuestro juicio responde a su intención de destacar la dimensión narrativa que comportan 16.
De todas formas, aunque es posible ya advertir la ficcionalidad de estos oráculos debido a la manipulación que se ha ejercido sobre ellos, Plutarco emplea el término πλάσμα para uno de esos presagios, en particular, la historia que inventan los habitantes de Delfos con la intencionalidad de desalentar la partida hacia Sicilia.
Según éstos, unos cuervos se habían acercado a la estatua de oro de Palas, la picotearon durante días y arrojaron al suelo el fruto de la palmera que también era de oro (13.5).
El cierre de este breve relato es el siguiente: «Dijeron que estas cosas eran una ficción de los delfios, persuadidos por los siracusanos» (ἔφασαν εἶναι Δελφῶν πλάσματα, πεπεισμένων ὑπὸ Συρακουσίων).
Nos importa, pues, señalar el componente discursivo del engaño de los delfios, esto es, la narración sobre el prodigio y su difusión y, por tal motivo, nos decidimos a incluirlo junto con los otros ejemplos de πλάσμα que ya analizamos, es decir, un relato de hechos probablemente no ocurridos, inventados, inverosímiles y, por ende, dudosos.
Πλάσμα como fingimiento o engaño teatral
Analicemos ahora los pasajes que reflejan el segundo sentido que se puede desprender del término πλάσμα en las Vidas:'fingimiento','treta','engaño' o 'artificio', aunque tampoco estarán ausentes los matices que se sugieren en los casos antes vistos, como veremos.
Un ejemplo de ello lo constituye el pasaje que hallamos en Alc.
23.3-6) Se ganó... el favor del pueblo y los engañó 17 con su modo de vida lacónico, de suerte que, viéndolo rapado al ras y lavarse con agua fría y acostumbrado a comer el pan y el caldo negro [i. e., de los espartanos], no lo creían y se preguntaban si alguna vez tuvo este hombre en su casa un cocinero, si vio un perfume o si pudo tocar una clámide milesia.
Pues esta era, como dicen, una de sus muchas habilidades y maquinaciones para cazar a los hombres: acomodarse y asimilarse a las costumbres y formas de vida, cambiando su modo de ser más rápido que el camaleón, excepto que aquel, según dicen, no puede mudarse al color blanco.
Pero para Alcibíades, que pasaba por lo bueno igual que por lo malo, no había nada imposible de imitar ni imposible de emprender, sino que en Esparta se ejercitaba y era ahorrativo y taciturno; en Jonia era lujurioso, entregado a los placeres y despreocupado; en Tracia, borracho y aficionado a las carreras de caballos; estando con el sátrapa Tisafernes, sobrepasaba la extravagancia y magnificencia persa, y no cambiando tan fácilmente su forma de ser a otra, ni admitiendo toda mutación en su carácter, sino que, como no quería importunar a aquellos con los que se encontraba, con su naturaleza se escondía y se refugiaba en las actitudes y fingimientos que fueran adecuadas para ellos.
Esto está en consonancia con dos características fundamentales de la personalidad de Alcibíades: por un lado, el cultivo del aspecto físico y la imagen exterior (κάλλος τοῦ σώματος: 1.4; ἀρετὴν τοῦ σώματος: 1.6; σχήματος οὔτε μορφῆς: 2.5; πρὸς τὰ ἔξωθεν: 23.6), en lo que ya es un tópico de la tradición literaria acerca del personaje, connotado negativamente sobre todo gracias a Platón18.
Por otro, la forma engañosa en la que se comporta: es hábil en oratoria para enmascarar sus verdaderas intenciones (δυνατὸς ἦν εἰπεῖν: 10.4; ζητῶν δὲ μὴ μόνον ἃ δεῖ λέγειν, ἀλλὰ καὶ ὡς δεῖ τοῖς ὀνόμασι καὶ τοῖς ῥήμασιν: 10.4; Ἐν δὲ τοῖς τοιούτοις πολιτεύμασι καὶ λόγοις καὶ φρονήματι καὶ δεινότητι: 16.1) 19, traicionero (ἐβούλευε σύγχυσιν ὁρκίων: 14.3 ss.; προδότης: 25.7; προδοῦναι: 31.8), de naturaleza ambigua (τὴν τῆς φύσεως ἀνωμαλίαν: 16.9.7), manipulador y mentiroso (τὴν ἀπάτην καὶ τὸν δόλον: 14.12; παρακρουσάμενος: 17.6).
El fingimiento que denota entonces el término πλάσμα refiere a una manera de actuar, y no, como en los ejemplos anteriores, a un relato.
Este sentido se ve reforzado por el procedimiento de la ditología, dado que πλάσμα se emparenta aquí con σχῆμα, que además de'forma, figura' o incluso 'apariencia' puede querer decir 'mostración o fingimiento' (LSJ s. u.).
Un planteo similar hallamos en la descripción de Lisandro en su biografía, donde vuelve a aparecer el vocablo πλάσμα.
A quienes ansiaban un tipo de liderazgo sencillo y noble, Lisandro, comparado con Clicrátidas, les parecía taimado 20 y sofista, adornando con engaños muchos de sus hechos de guerra y magnificando la justicia cuando es beneficiosa y, si no era así, valiéndose de lo útil como si fuera bueno, creyendo que la verdad no es por naturaleza mejor que la mentira, sino definiendo el valor de cada uno según su utilidad y burlándose de los que consideraban indigno de los descendientes de Heracles hacer la guerra con traición, les aconsejaba: «Pues cuando no alcanza con la piel del león, hay que emparchar con la de la zorra».
Del mismo modo que lo planteado para el caso de Alcibíades, las apariencias y los engaños juegan un rol fundamental en esta biografía 21, razón por la cual no es coincidencia que en ésta también aparezca el término πλάσμα con el sentido de 'engaño'.
Analicemos, entonces, el pasaje en cuestión.
Lisandro había tenido conflictos con el rey Agesilao, motivo por el cual se ausenta de Esparta durante algún tiempo y se dirige al Helesponto para obligaciones de embajador (24.1).
Pero cuando regresa persiste el odio del rey (24.2) y Lisandro urde un plan (συγκεῖσθαι καὶ μεμηχανῆσθαι πρὸς μεταβολήν: 24.2) para que su ciudad vuelva a manos de los Heraclidas y de 20 πανοῦργος quiere decir primero 'malvado' (literalmente,'capaz de hacer todo') pero el diccionario también ofrece los sentidos de'inteligente, astuto, taimado' (LSJ), que, a la luz del contexto, nos parecen más apropiados.
21 Cf., a modo de ejemplo, la traición de Lisandro hacia los sublevados de Mileto a quienes les había prometido su ayuda (8), las astucias de distracción en la batalla de Egospótamos (10), la manipulación del elemento religioso durante el sitio de la ciudad de Afitis (20) o el supuesto dinero escondido en Delfos (18).
Acerca de la imagen engañosa de Lisandro cf. Stadter 1992, p.
Así describe Plutarco la actitud engañosa de Lisandro:
25.1-3) Como en una tragedia, elevando la maquinaria para los ciudadanos, elaboró y preparó oráculos y augurios píticos, porque no encontraba ayuda alguna en la habilidad de Cleón, a menos que aterrorizando y subyugando mediante el temor a la divinidad y la superstición condujera a los ciudadanos hacia sus argumentos.
Éforo afirma de él que intentó corromper a la Pitia y a la vez fracasó al sobornar a las sacerdotisas de Dodona por medio de Ferecles; que fue al templo de Amón y habló con los profetas, ofreciéndoles mucho dinero, pero ellos, ofendidos, enviaron mensajeros a Esparta para denunciar a Lisandro.
Entonces, como Lisandro no consigue nada mediante la persuasión del orador Cleón y el soborno, recurre a un 'plan','ficción' o 'estratagema' (πλάσμα) compleja y de gran elaboración:
25.4) Como el plan entero y la elaboración de esta ficción no era trivial ni había sido comenzado por casualidad, sino con muchas e importantes consideraciones, como en un teorema matemático, partiendo de premisas intrincadas y difíciles para llegar a la solución, nosotros lo pondremos por escrito siguiendo el discurso de un historiador y filósofo [sc.
Así como ocurrió en otras biografías, antes de presentar la narración concreta del hecho, Plutarco hace una especie de advertencia preliminar al lector respecto del carácter mendaz de aquello que se va a relatar.
Recién en el capítulo siguiente (26) se narra el hecho concreto: había en el Ponto una mujer que decía estar embarazada de Apolo; cuando nace el niño, llamado Sileno, Lisandro aprovecha la historia de su supuesto origen divino y va creando una estratagema en su favor (26.1), con la ayuda de un grupo de adeptos.
Así pues, consigue Lisandro que llegue de Delfos un oráculo y que éste se difunda por toda Esparta, comunicando que un hijo de Apolo será el único que podrá interpretar las escrituras oraculares que estaban en poder de los sacerdotes.
Uno de estos oráculos profetizaba sobre el gobierno de Esparta.
El fingimiento montado por Lisandro tenía, en definitiva, la finalidad de hacer que Sileno vaticinara que el rey debía ser elegido entre los mejores ciudadanos, lo que lo beneficiaba de modo directo, pues obviamente estaba incluido en dicho grupo de «los mejores».
Plutarco cierra la narración con una nueva metáfora teatral:
26.4.1-5) Cuando Sileno era ya un adolescente y llegaba su momento de entrar en acción, Lisandro canceló el drama por la cobardía de uno de los actores y colaboradores, porque cuando llegó el momento preciso de actuar, tuvo miedo y se echó para atrás 22.
Los términos asociados a esta ficción o πλάσμα (25.4) son variados; a lo largo del relato Plutarco hablará de 'mito' (μύθου: 26.1),'rumor' (φήμην: 26.2) y 'fingimiento' (πέπλασται: 26.3), pero parece privilegiarse el aspecto teatral, a partir de la comparación con la tragedia y la utilización de la μηχανή (25.1) en la introducción al hecho del capítulo 25 y, en el último pasaje citado, a partir de alusiones a la puesta dramática.
Primero habla concretamente de 'drama' (δράματος: 26.4) para describir la ficción de Sileno y a sus colaboradores los llama directamente 'actores' (ὑποκριτῶν: 26.4).
Asimismo, la acción es definida como πρᾶξις, término que hallamos en la canónica definición de tragedia de Aristóteles (Po.
1449 b 24-28: ἔστιν οὖν τραγῳδία μίμησις πράξεως...), y se utiliza el verbo ἐκπίπτω (ἐξέπεσε τοῦ δράματος en 26.4), que tradujimos por 'cancelar' pero que tiene el sentido técnico aplicado al teatro de 'silbar' o 'abuchear' una pieza o a un actor y, de allí,'echar del escenario' o 'fracasar', atestiguado también en Poética23.
Un último pasaje breve completa este sentido de πλάσμα como 'fingimiento': en Mar. 43, cuando el senado pide la vuelta de éste y de Cinna a Roma, Mario se niega al principio, aduciendo (pero sólo como una pose) que existía una restricción contra él.
(Mar. 43.3) Cina entró [en la ciudad] acompañado por una guardia, pero Mario, tras pararse ante las puertas, fingió mostrarse airado, diciendo que era un exiliado y que había sido echado de su patria por una ley, y que si alguno deseaba que él estuviera presente, era necesario disolver con otro decreto la ley que lo expulsaba, como si fuera un hombre seguidor de la ley y entrara en una ciudad libre.
Plutarco finaliza diciendo que, una vez que se pone en marcha aquello que Mario reclamaba (la reunión de la asamblea para hacer efectivo el sufragio), éste «abandona el fingimiento» (ἀφεὶς τὸ πλάσμα) y entra en la ciudad.
De lo expuesto hasta aquí podemos afirmar que hay algo de teatral en este segundo sentido de πλάσμα, si entendemos que las ficciones montadas no son discursivas solamente, como en el primer sentido analizado, sino que se registran en el plano de la acción.
Así pues, Alcibíades actúa como un extranjero, en tanto que toma las actitudes y las apariencias de los pueblos extranjeros; Lisandro dispone de actores y de una maquinaria similar a la teatral para sustentar la mentira acerca de Sileno, y Mario recurre a una pose fingida para afianzar su poder 24.
En esta instancia no debemos perder de vista que Plutarco, en consonancia con las ideas platónicas, tiene una visión un tanto negativa respecto del teatro25.
Nos interesa destacar aquí el aspecto moral de su crítica no sólo al teatro sino también a los actores, por cometer engaños y exageraciones, a partir de lo cual logran persuadir a su audiencia con métodos poco nobles, lo que queda sugerido en las biografías de Alcibíades, Lisandro y Mario, según vimos.
Πλάσμα como artificio oratorio
Introduzcámonos ahora en el estudio del tercer sentido de πλάσμα usado por Plutarco.
A diferencia de los anteriores, éste tiene un contexto específico, que es el de la oratoria.
Los testimonios que lo ilustran son Per.
Tanto en Per. como en Brut., el término está combinado en el sintagma πλάσμα φωνῆς, que puede ser traducido como 'modulación de la voz' o, mejor,'impostación de la voz', para conservar la idea de 'fingimien to' que subyace, como veremos.
Plutarco alude a todas aquellas cualidades que el personaje había cultivado por su trato con Anaxágoras y que causan admiración en los demás (5.1).
Entre ellas se destacan algunas que se relacionan con su imagen exterior, como el hecho de mostrar su rostro siempre serio (ἄθρυπτος), su marcha tranquila (πρᾳότης)26, una forma de cubrirse con el manto imperturbable ante cualquier emoción al hablar (πρὸς οὐδὲν ἐκταραττομένη πάθος ἐν τῷ λέγειν) y la impostación de su voz (πλάσμα φωνῆς), que era firme (ἀθόρυβον) 27.
El relato de Plutarco pone en evidencia que todos estos atributos son externos y, además, aprendidos: en efecto, se encuentran referidos en la sección de la biografía en la que de manera estereotipada se desarrolla la paideía del personaje, donde se describe su ejercitación en diversas disciplinas.
Ya desde el capítulo 4 se habla de los maestros de música de Pericles (Διδάσκαλον δ' αὐτοῦ τῶν μουσικῶν...
En el mismo capítulo, cuando Plutarco menciona la instrucción impartida por Anaxágoras (entre cuyos elementos se encuentra la 'modulación' o 'impostación de la voz' o πλάσμα φωνῆς), también destaca que dichos atributos son adquiridos, pues fue el maestro quien se los ha otorgado (περιθείς: 4.6), y en esto reside el fingimiento de su forma de hablar, es decir, en su carácter adquirido y no natural.
Por último, no debemos perder de vista la importancia de la retórica en la Vida de Pericles28, como una manera que tiene el personaje de influir en los demás, en donde la modulación de la voz resulta, desde luego, un elemento primordial.
15.2-3) Solo él era apto para manejar cada cosa de manera conveniente, principalmente, reduciendo la insolencia [del pueblo] y suavizando y calmando su malhumor, [valiéndose] de esperanzas y miedos, como de timones.
Y así mostró que la retórica, según Platón, es conducción de las almas y que su obra más grande es el adoctrinamiento de los caracteres y las pasiones, como si fueran ciertos tonos y sonidos del alma necesitados del toque de un instrumento adecuado.
34 queda aún más clara la idea de fingimiento de la expresión πλάσμα φωνῆς.
Allí se menciona que, para frenar una disputa entre Bruto y Casio, Marco Favonio (amante de Catón) irrumpe intempestivamente (βίᾳ δὴ τότε τῶν παρόντων διωσάμενος τὰς θύρας εἰσῆλθε) y recita 'con voz fingida' (μετὰ πλάσματος φωνῆς: 34.6)29 unos versos de Homero (Il.
I 259) que reproducen en discurso directo las palabras que Néstor dirige a Aquiles, a partir de lo cual podemos conjeturar que ese fingimiento de la voz tendría la intención de imitar, tal vez, la dicción del anciano.
A su vez observamos que todo el pasaje habla de la forma cínica con la que actuaba el personaje (τῷ δὲ κυνικῷ τῆς παρρησίας πολλάκις ἀφῄρει τὴν χαλεπότητα: 34.5), de su tono burlón (μετὰ παιδιᾶς: 34.5) y de sus características como filósofo más asociadas a lo pasional y a lo impetuo so (βίᾳ: 34.6) que a lo racional (οὐ λόγῳ μᾶλλον ἢ φορᾷ τινι καὶ πάθει μανικῷ: 34.4), lo que entendemos como un recurso cohesivo que refuerza el carácter afectado de la modulación vocal de Favonio en el episodio.
Por último, y en relación con otros usos de πλάσμα, entendemos que, con todo esto, Plutarco desliza cierta crítica a la intervención de Favonio, dado lo ridículo y patético de toda la escena 30.
Dejamos para el final los dos usos de πλάσμα que se encuentran en la biografía de Demóstenes, dado que en estos aparecen reflexiones acerca de la retórica y sus artilugios que pueden resultar de interés.
En el capítulo 9 aparece el término para hacer referencia al estilo oratorio de Pericles, que, según Plutarco, Demóstenes quería imitar: ἀλλ' ἔοικεν ὁ ἀνὴρ τοῦ Περικλέους τὰ μὲν ἄλλα μὴ πρὸς αὑτὸν ἡγήσασθαι, τὸ δὲ πλάσμα καὶ τὸν σχηματισμὸν αὐτοῦ καὶ τὸ μὴ τα χέως μηδὲ περὶ παντὸς ἐκ τοῦ παρισταμένου λέγειν, ὥσπερ ἐκ τούτων μεγάλου γεγονότος.
9.2) Pero parece que éste no consideraba otras cualidades de Pericles para sí mismo, mas sí se esforzaba e imitaba su fingimiento y simulación, que no era rápido ni improvisaba sobre cualquier tema, como si la grandeza de Pericles proviniera de estas cosas.
Corroboramos primero lo referido acerca del fingimiento de la oratoria de Pericles que apareció en su biografía; en este sentido, hallamos aquí el término πλάσμα en una ditología pleonástica con σχηματισμός, que entre las acepciones que registra LSJ, además de 'attitude' o 'expression', menciona el sentido negativo de 'assumption of manner' y 'pretence'.
Luego, del pasaje se desprende que las palabras o, mejor dicho, la forma de ejecutarlas, es para Demóstenes algo más importante que los hechos que representan, pues se sugiere que de allí surge para él la grandeza del general ateniense (ὥσπερ ἐκ τούτων μεγάλου γεγονότος).
Finalmente, se señala, como vimos en Pericles, que ese fingimiento es producto del trabajo y no una improvisación, lo que conviene también al estilo oratorio de Demóstenes.
En el capítulo 11 Plutarco refiere la siguiente anécdota: un hombre se acerca a Demóstenes para pedirle que lo defienda, pues ha recibido una paliza.
Éste le responde que no, pues entiende (a partir de su actitud poco convincente) que nada le ha pasado.
El hombre, esta vez con energía (seguramente indignado por la negativa de Demóstenes), le asegura que sí, que ha recibido una paliza, y recién entonces Demóstenes lo acepta, diciendo:'Ahora sí, por Zeus, estoy oyendo la voz (φωνήν) de un hombre ul trajado y golpeado' (11.3).
11.3) Tan importante consideraba que eran el tono y la actuación de los que hablan para la credibilidad.
En efecto, a la mayoría le agradaba su actuación de manera admirable, mas los elegantes consideraban su estilo de hablar bajo, vulgar y débil...
Aquí se entiende πλάσμα como una forma de hablar, pero no cualquier forma, sino la que es producto del trabajo del orador, quien ha elaborado su discurso, y es en ese sentido que es fingida o ficticia.
En efecto, en el parágrafo anterior a esta anécdota Plutarco ha dado cuenta de los ejercicios que realizaba Demóstenes para modular mejor su voz, como introducir pequeñas piedras en la boca, hablar continuamente casi sin poder respirar o practicar frente a un espejo (11.1).
No se trata de una emisión de voz común ni de un simple discurso sino que apunta a un uso muy específico del lenguaje, resultado de la técnica de un profesional de la palabra.
A la luz de estos dos últimos usos podemos volver al sintagma πλάσμα φωνῆς que había aparecido aplicado a Pericles y al personaje de Favonio en Bruto, para comprobar, como ya adelantamos, que en estos dos ejemplos también se trataba de una forma particular de hablar (de allí que la traducción que elegimos fuera'mo-dulación' o 'impostación de la voz'), si no afectada, sí trabajada y elaborada (en el caso de Pericles, por su instrucción retórica; en el caso de Favonio, por su imitación de las palabras de Néstor).
Hemos visto, entonces, tres sentidos de πλάσμα a lo largo de las Vidas paralelas.
Un primer sentido asociado con lo que podríamos llamar 'ficción literaria', es decir, narraciones inventadas y, en algunos casos, directamente increíbles o inverosímiles.
Un segundo sentido es el de 'engaño','treta' o 'ficción teatral', a partir de ejemplos en los que el fingimiento no es solamente una trama o relato inventado sino que conlleva además una actuación.
En tercer lugar, πλάσμα remite a una 'forma fingida o elaborada de hablar', producto generalmente de la técnica de un orador.
Presentaremos a continuación algunas conclusiones acerca de estos usos.
En primer lugar, hemos observado que las apariciones del término πλάσμα se encuentran reforzadas por campos semánticos que se asocian con él.
Así, aparece emparentado con sinónimos como μῦθος (Thes.
9) o términos y frases asociadas que complementan el sentido a partir del efecto cohesivo que genera: ἀπιστέω (Alex.
11), etc. Esto nos invita a pensar que el término no reviste un sentido técnico ni tampoco específico sino que adquiere su significación de acuerdo con sus contextos de aparición.
Por tal motivo, una lectura del corpus en conjunto es la que nos ha permitido arribar a las distinciones semánticas previamente mencionadas, sin perder de vista, de todas formas, que hay matices compartidos.
Por dicho motivo es que muchas veces resulta difícil llegar a una traducción que respete el sentido subyacente de 'fingimiento' o 'engaño' en todos los casos, según hemos podido observar.
Teniendo en cuenta lo dicho previamente, se observa también que los tres sentidos que hemos hallado parecerían dar cuenta de un esbozo de distinción de géneros literarios.
En el primer caso se trata de lo que podríamos definir de manera general como narrativa, pues son, efectivamente, simples relatos inventados31.
En los ejemplos recabados hallamos la particularidad de que son narraciones de carácter oral, como mitos, oráculos y versos de la épica homérica.
En el segundo caso, hemos advertido que πλάσμα se aplicaba puntualmente al género dramático, lo que Plutarco esboza de manera explícita a través de los recursos cohesivos ya mencionados.
Por último hemos visto el vínculo con el género oratorio, dado que se registra en contextos en los que se alude a las capacidades discursivas de los personajes en cuestión.
A nuestro entender, este variado panorama de géneros nos indica que Plutarco asocia la ficción con la literatura en general, sea ésta una simple narración, un drama o una pieza de retórica.
Sugerimos, pues, que πλάσμα no es solamente'ficción, fingimiento' o 'engaño' sino que también puede ser interpretado como un componente esencial de lo que el biógrafo entiende por literatura.
Asimismo, de las apariciones de πλάσμα analizadas se puede desprender que, más allá de las distinciones semánticas marcadas, Plutarco desliza -de forma más o menos explícita-un tipo de opinión negativa sobre él.
Respecto del primer sentido, se muestra contrario a las ficciones literarias, al punto de descartarlas (o reducirlas al mínimo espacio o relegarlas a un segundo plano), y hasta señalarlas como versiones que no deben ser creídas, por su falta de veracidad o de pruebas.
En el ejemplo de Thes.
28, Plutarco opone lo 'digno de recuerdo' (ἄξια μνήμης) a lo que él llama 'mito y ficción' (μύθῳ καὶ πλάσματι), dedicándole, por tal motivo, tan solo unas pocas líneas.
46, el episodio de Talestris denominado como ficticio apenas es referido e incluso Plutarco introduce un pasaje cuasi cómico en el que uno de los posibles testigos del hecho, Lisímaco, se ríe posteriormente, por no recordar haber estado.
32, el excurso filosófico respecto de la intervención de los dioses en las acciones humanas pone en evidencia la postura de Plutarco ante estos relatos ficticios, imposibles e increíbles (ἀδυνάτοις πλάσμασι καὶ μυθεύμασιν ἀπίστοις), lo que puede ponerse en vinculación con lo mencionado en Nic.
13 sobre la invención de oráculos para la manipulación de la masa.
Asimismo, la idea de πλάσμα como 'fingimiento' debe ser entendida en el contexto general de las biografías en las que aparecen: los personajes que se abocan a este tipo de ficciones, tretas o engaños son dignos de desconfianza, ya que basan su influencia frente a los demás en las aparien-cias por un lado y en el engaño por otro.
Sobre todo en los ejemplos de Alc.
25, Plutarco deja ver su crítica -basado en la doctrina platónica-del carácter mendaz, ambiguo y mentiroso de ambos personajes; tal vez no opina puntualmente respecto de los fingimientos o ficciones que llevan a cabo, pero se deduce del contexto general, tal como hemos visto.
Por otro lado, no debemos perder de vista que dichos fingimientos también ponen en cuestión la tarea del biógrafo, puesto que éste tampoco puede ofrecer certezas respecto de los personajes retratados, a causa de lo ambiguo de sus personalidades y de sus formas de actuar.
En el último sentido rastreado para πλάσμα ('fingimiento de la voz'), resulta más que evidente, también de acuerdo con el contexto de aparición, la intención de Plutarco de señalarnos la deficiencia del discurso retórico como portador de verdades y, por el contrario, establece claras asociaciones con la pose, la mentira y la manipulación del auditorio.
Recordemos, por ejemplo, la anécdota de Dem.
11, en donde se señala que, para la credibilidad, lo más importante es la forma de expresarse (allí donde aparecen los términos τόνον, ὑπόκρισιν y πλάσμα); la mención, en Dem.
9, del trabajo previo que requiere el orador para hablar sin improvisar, o el pasaje de Per.
5 en el que se entiende la modulación de la voz como un producto de la práctica sofística.
Por último, entendemos que πλάσμα para Plutarco es, ante todo, un concepto de tipo moral enraizado en su pensamiento platónico, que entra en tensión con el concepto de verdad.
Sólo sobre la base de esa concepción es que Plutarco entenderá la ficción, sea ésta simple narrativa, dramática o retórica.
Lo que es indudable es que el biógrafo no silencia dichas ficciones, sino que las hace parte de su propio discurso, enmarcándolas, acotándolas, contextualizándolas, con la intención de no contribuir aún más con las mentiras que proponen 32.
Haciendo esto, toma postura por un tipo de relato histórico que no desoye su tradición ficcional, mítica o literaria, sino que la incluye 33, en el mismo gesto que enriquece su propio planteamiento biográfico.
16: «la biografía se ha convertido, a lo largo del tiempo, en un discurso de lo au tén tico, y remite a una intención de veracidad de parte del biógrafo, pero la tensión permanece constante entre es ta voluntad de verdad y una narración que deba pasar por la ficción, y que sitúa a la biografía en un espacio, en un vínculo entre ficción y realidad histórica, en una ficción verdadera». |
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El texto de la uetus translatio
La translatio anonyma o uetus translatio del De insomniis aristotélico se realizó con anterioridad a c.
De antigüedad similar es el oxoniense Bodleian Library, Digby 103, códice facticio que, en lo referente a nuestra sección de interés, suele datarse a finales del siglo XII2; transmite los tratados aristotélicos sobre el sueño en ff.
128r-136v, bajo la rúbrica Aristotiles de sompno et uigilia et ea que in sompno diuinatione (128r), título ya presente quizá en el modelo griego usado para la traducción 3 (muy próximo a la familia ι de nuestro estema4 ).
Los tratados se hallan transcritos a continuación de una copia del Liber thesauri occulti compilado por Pascalis Romanus en 1165 (ff.
41r-58v) y de una copia del Liber sompniorum (= Achmetis Oneirocriticon) traducido del griego por el pisano Leo Tuscus en 1176 (término post quem para la transcripción de las secciones aquí analizadas; ff.
59r-127v); ambas obras se redactaron probablemente en Constantinopla, en el ámbito de la inteligencia italogriega más próxima a la cancillería imperial.
El último editor de la uetus translatio de estos escritos, Drossaart Lulofs (1943y 1947), no pudo seguramente -dadas las circunstancias-colacionar el Digby 103, que, pese a su antigüedad, ofrece un texto de calidad mediocre al igual que el Florianensis8.
Ambos ejemplares -de origen geográfico diverso-transmiten una traducción que debió de experimentar una difusión relativamente amplia y que debía de encontrarse en circulación desde hacía ya bastantes décadas.
Drossaart colacionó para su edición de Insomn. y Diu.
Som. tanto el Florianensis (sigla a en su aparato crítico) como los manuscritos Urb.
206 (b, ante 1253), muy temprano y relevante testimonio -con posible origen en Oxford, luego llevado a Italia-de los libri naturales9, Bruxell.
Atendió asimismo al comentario de Alberto Magno (A), redactado en 1256 y elaborado sobre la base de la uetus translatio, y a la noua translatio (N), dejando al margen de su consideración el comentario de Adamo de Buckfield (o Bocfeld) 12.
Drossaart no prestó atención especial -fuera de su aparato crítico-a los errores comunes entre los testimonios consultados (del tipo de 461b15-16, en p.
19: derelictum: de reliquis codd.) ni señaló indicios -incluidos marginalia o similares-de una posible interrelación o dependencia recíproca, en consideración seguramente de los procesos de contaminación que parecen subyacer en la transmisión conservada y que dificultan la elaboración de cualquier estema 13.
Según nuestra colación del Digby 10314, en el texto de Insomn. se observan varias coincidencias en error del Digbeianus (al que asignaremos la sigla D) con otros tres testimonios, invariablemente con el Bruxellensis c (bcd, acd y abc)15:
18): sensu a: sensuum Dbcd (cf. lín.
11) De los datos anteriores parece deducirse una particular afinidad entre el Digbeianus y el Bruxellensis (c), con el que podría hallarse emparentado a través de un ancestro común más o menos remoto.
En contra de esta hipóte-sis parecen hallarse los casos en que se produce coincidencia tan sólo entre D y a, pero se trata de omisiones breves y probablemente azarosas, trivialidades o, en algún caso, posible efecto de glosas 18.
La uetus translatio se mantiene anónima y sólo cabe especular sobre la identidad de su autor, ya considerado por Minio-Paluello como un traductor distinto de los conocidos en la época.
Se ha sostenido que su labor pudo llevarse a cabo en Constantinopla (si bien no cabe descartar, obviamente, otras posibilidades) y con anterioridad a la realizada por Jacobo de Venecia en el segundo cuarto del siglo XII, quien habría desistido de verter nuestros tratados (al igual que el De sensu) por hallarse ya traducidos por parte de quien Ricklin propuso denominar anonymus oneirophilus 19.
Por nuestra parte, creemos que cabe reparar finalmente en el colorido «calcidiano» de algunos de los términos empleados por el anónimo traductor (quizá a través del filtro de las Glosas de Guillermo de Conches de c.
115020 ), observación que puede relacionarse en principio con el hecho de que -como señaló Drossaart-se integre inadvertidamente una extensa cita de Calcidio en el Florianensis XI 649 (f.
Nos parecen relevantes al respecto los ejemplos siguientes, procedentes de los tres tratados aristotélicos analizados:
14-15) Si nuestra hipótesis es correcta, Constantinopla sería, ciertamente, el origen más probable para la Vorlage de la uetus, a juzgar también por la proximidad estemática de λ (modelo de Miguel de Éfeso para el comentario de nuestro tratado) y del propio Vat.
260; podría tratarse de un códice utilizado en el seno de un círculo erudito y, quizá, provisto de variantes 30.
Drossaart Lulofs señaló dos ejemplos de posible incomprensión del modelo por parte del traductor; las variantes implícitas en la versión latina no parecen hallarse, desgraciadamente, en los manuscritos griegos conservados:
18): uidentibus (ἰδοῦσιν) / scientibus (εἰδόσιν) habet N; el error pudo verse inducido por un simple itacismo, sin que influyera necesariamente el comentario de Miguel de Éfeso (cf. ed. Wendland, ad loc.: διὰ τὸ τὴν ὄψιν πάσχειν τι), -460b26 (p.
16-17): aspicientibus (βλέπουσι) / nauigantibus (πλέουσι) habet N. Un dato en el que recientemente reparamos y que no hemos visto consignado hasta ahora parece confirmar que un descendiente de nuestra familia ι, el modelo μ en nuestro estema, fue utilizado en un ámbito de influencia latina: el Marc.
1275-130031 y derivados de μ, muestran marcas escritas por una mano occidental (en el caso del primer códice mencionado) o transcritas por el copista griego a partir de un original con este tipo de signos (Vat.
La relación del Marcianus con ámbitos occidentales ya fue señalada por Rashed, al destacar los rasgos codicológicos que éste comparte con manuscritos latinos (doble columna, composición de seniones, etc.)
Como hemos indicado, el manuscrito ofrece además algunos signos marginales que pueden compararse con los usados en el círculo de Ioannikios -Burgundio de Pisa, probablemente en Constantinopla c.
1135-1140 (mano C 32 ), así como con los después usados por Guillermo de Moerbeke y, más tarde, por el franciscano Conradus Beginus para sus anotaciones en el Laur.
La datación de la escritura latina presente en el Marcianus (que sólo hemos visto atestiguada en dos palabras al margen del f.
178v, al comienzo del De somno et uigilia: De sompno) es difícil de establecer, si bien su ductus nos parece medieval y no humanístico 33.
El signo de parágrafo -o 'gamma capitular'-aparece normalmente en nuestro texto al comienzo de una nueva frase o sección, pero también en mitad de frase, como en el caso de 459b27 (f.
182rb, ante δ ̓ἀπάτητοι), de modo que la función de esta marca podría ser, como sugirió Vuillemin-Diem para el caso de Guillermo de Moerbeke, la de remitir más fácilmente a los folios de una traducción latina: «Sie werden eher verständlich [sc.
En el manuscrito aparecen asimismo otras marcas, como la de colon, parágrafo horizontal y vertical o trébol esquemático; la función de este último signo podría ser la de destacar pasajes (por ejemplo en f.
Una diminuta crux en el f.
182v podría quizá remitir a una variante textual (461a22: οὐκ ἐρρωμένα / χείρονα), acaso implícita en el Bruxellensis (deteriora / non monstruosa c).
Una marca similar de parágrafo se halla en el Vat.
253, transcrita probablemente por la mano del copista griego (ff.
Es un códice perteneciente al círculo de Bardales y quizá, como el Marcianus, al de Máximo Planudes 35.
Acerca de Ioannikios y la parte de los Parua naturalia contenida en el Laur.
10 Otras anotaciones marginales demuestran, en principio, que el Marcianus y el Vaticanus Gr.
258 también estuvieron probablemente en contacto.
Sobre la identificación de sus modelos sólo cabe especular.
Por desgracia, el uetustissimus Parisinus Suppl.
100 y, de hecho, parte del mismo manuscrito 36 -sólo contiene un fragmento de Hist. an.
Por otra parte, la ausencia de los tratados sobre el sueño en el Laurentianus 87.4 -del círculo de Ioannikios y Burgundio-en el lugar en que su presencia, quizá transcritos por la mano de C, era de esperar (a continuación del texto incompleto de Sens. y tras un folio en blanco -f.
209-que precede al cuadernillo vigésimo séptimo, antes de Mot. an. -tratado muy vinculado a los Parua naturalia 37 -y de Long.), debe explicarse todavía satisfactoriamente 38.
La atribución de la noua translatio a Guillermo de Moerbeke
No hay autógrafo o prueba documental que demuestre que Guillermo de Moerbeke (m. c.
1286) fue el autor de la noua translatio de estos tratados.
Ninguno de los manuscritos conservados de la uetus parece mostrar correcciones o anotaciones de su mano o se encuentra, en principio, ligado a su figura.
Por último, ninguno de los manuscritos le atribuye el texto mediante una inscriptio o un colofón.
La cronología de la traducción es igualmente desconocida; debe entenderse, con Lacombe, que se realizó antes de 1284, fecha del Vat.
Como se sabe, el Vindob. sirvió de modelo a Guillermo de Moerbeke para varias traducciones.
450, sólo es una hipótesis por el momento.
La traducción constituye en realidad una revisión de la uetus: una recognitio o recensio antiquioris translationis 40.
Drossaart Lulofs adujo varios argumentos lingüísticos en favor de la atribución a Guillermo de Moerbeke A veces el autor de la noua translatio parece pretender tan sólo una mayor proximidad al léxico o la sintaxis del griego: Somn.
El texto y la lengua de la noua translatio
Como era su costumbre, Guillermo de Moerbeke colacionó probablemente -para su revisión de la uetus-otro códice griego, quizá con el fin de rellenar las carencias del hiparquetipo β y algunas omisiones propias del modelo griego seguido por el traductor anterior (así en 458b2: τοῦτο om. uetus, hec habet N, 458b8: οὐδὲν om. uetus, nichil habet N, 459b10: ἔτι om. uetus, adhuc habet N, 461b15: πεπλασμένοι om. uetus, ficti [sc. ranunculi] habet N).
Por lo demás, resulta muy difícil ubicar estemáticamente el códice griego utilizado para la revisión.
Contenía variantes propias de la familia α 48 pero ningún error particular de esta familia; tampoco deja vislumbrar errores característicos de nuestra familia γ, aun cuando Guillermo de Moerbeke podría haber tenido acceso a códices pertenecientes a este grupo para otras traducciones 49; no obstante, su relación con α (o quizá con γ 50 ) parece suge-en Aristoteles Latinus Database, en similar contexto) / uiridem (probablemente 'amarillo').
Hay dos casos significativos de hápax en el De somno et uigilia.
Ya nos hemos referido a sensamentum en Somn.
6, también hallamos colliquamentum, para σύντηγμα, en Somn.
Con todas las limitaciones que quieran señalarse, Guillermo de Moerbeke parece haber ensayado, en suma, un retorno a la littera Aristotelis55, claro precedente del que, a su manera y con todas sus limitaciones, preconizaría mucho más tarde y modestamente, por ejemplo, nuestro Alonso de Cartagena.
De nuestro repaso en torno a las traducciones medievales del De insomniis aristotélico creemos que cabe deducir varias conclusiones.
La primera de ellas es que, sobre la base de cuanto ya dedujimos en nuestro trabajo de 1990, cabe afianzar la ubicación estemática del modelo griego utilizado por parte del anonymus oneirophilus para realizar la uetus translatio: un ejemplar del hiparquetipo β, particularmente próximo a la familia ι de nues tro estema y del que acaso se vislumbre todavía algún mínimo reflejo en las someras anotaciones latinas que hemos descubierto en los manuscritos -hermanos en cuanto a su filiación-Vat.
Todo ello apunta, desde diferentes perspectivas, a Constantinopla como posible origen de la recensión, si bien no cabe descartar la posibilidad de que la versión se realizase en cualquier otro lugar de Bizancio -o de fuera de Bizancio-con presencia de traductores al latín (quizá buenos conocedores del comentario de Calcidio al Timeo y sus derivados, como sugiere, según hemos indicado también, parte de la fraseología onírica empleada).
Por su parte, nuestra colación del manuscrito Digby 103 (finales del siglo XII) revela que se trata de un texto de calidad relativa (en cuanto testimonio de una traducción realizada quizá bastantes décadas antes y con amplia difusión), particularmente próximo -al menos en lo que a nuestro tratado se refiere-al texto del Bruxellensis II 2558 (sigla c en la edición de Drossaart Lulofs).
Por lo demás, todo parece corroborar la hipótesis de que la noua translatio de los tratados sobre el sueño fue realizada por Guillermo de |
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Nuestros «besos», nuestro «dar besos», nuestro «besar» se los debemos a Catulo.
Catulo es, en efecto, el primer autor donde aparecen el sustantivo basium -de donde «beso» y sus correspondientes en otras lenguas romances-, la expresión dare basia y el verbo basiare.
Tomándolos quizá de la lengua de su tierra natal 2, los empleó, en concreto, en un grupo de poemas, uno de los cuales en el Liber que ha llegado a nuestras manos es además el * El autor agradece las observaciones de los informantes anónimos y del consejo de redacción de la revista.
Luque, «Catulo epigramático», en preparación.
2 Su naturaleza ajena al latín la delataría la s intervocálica no proveniente de la reducción de un grupo -ss-(causa, quaeso, usus, etc.).
Su ausencia en la comedia republicana indicaría casi con seguridad que no era un término del latín coloquial.
primero donde figura el término Lesbia, el sobrenombre con que el poeta se refería a su amada (¿Clodia?) 3.
Me refiero al célebre poema número cinco, Viuamus, mea Lesbia, atque amemus: allí, en efecto, dentro de la expresión da mi basia aparece en plural, como de ordinario, el oscuro4 basium, que, -con unas connotaciones eróticas ajenas5, en principio, a sus competidores osculum6 (osculare, osculatio) o s auium7 (s auiolum)-, frente a lo que sucede en otros autores, se haría común luego en Marcial o Petronio, se extendería en época imperial como designación principal del «beso» y terminaría imponiéndose en las lenguas romances 8.
Este mismo basium (junto a sus derivados basiatio y basiare) lo recogen también el poema 7, una especie de variación sobre el 5 dentro del llamado «ciclo de Lesbia», y el 48, perteneciente al «ciclo de Juvencio».
Ya más lejanas se aprecian resonancias de estos versos en la estrofa 199-203 del epitalamio 61, aun cuando allí no aparece el término basium.
Los tres poemas 5, 7 y 48 tienen, pues, en común el girar en torno a dichos «besos» (basia) que, como síntoma o expresión del amor, se contabilizan o, mejor dicho, se consideran innumerables 9; las otras tres apariciones del término en Catulo parecen hacer de un modo u otro referencia a estos tres poemas: 8.18: quem basiabis? 10 16.12: uos, quod milia multa basiorum || legistis, male me marem putatis? 11; 99.16: quam quoniam poenam misero proponis amori, || numquam iam posthac basia surripiam 12.
Pues bien, de estos tres «poemas de los besos» vamos a hablar aquí, por supuesto, con plena conciencia de que poco se puede añadir a tantísimo como sobre ellos hay escrito.
Y lo vamos a hacer tomando como referencia el primero de los tres (primero, repito, en el orden del libro), el número cinco 13, que, a simple vista, se nos ofrece como una suerte de deliciosa improvisación 14, frente al más pensado poema 7, sin que ello, en modo alguno, quiera decir que carezca de elaboración artística 15.
He aquí el texto del que partiré, con indicación de la que, a mi entender, es su estructura interna y de otra serie de recursos 16 prosódicos, métricos, fónicos, léxicos, semánticos, morfo-sintácticos 17 que me parecen de especial relevancia:
A. a.1 ^Viuamus^, mea // Lesbi(a, atque ^amemus^, ↘ || rumoresque senum / seueriorum u ◊|| ♠omnes unius // ^aestimemus^ assis. ↓|| a.2. soles occider(e // et redire ^possunt: ↓|| 5 nobis, ↘cum semel // ^ occidit breuis lux↘, || sino el milia multa y el reproche de haber pedido besos a una mujer, una actitud pasiva impropia de un varón (parum me marem).
Sobre la historia posterior del basia mille en la literatura española, cf., por ejemplo, Arcaz 1989.
12 Junto a este basia del verso 16 -que, con el surripiam, en correspondencia con el inicial surripui cierra la pieza-se emplea en este poema (vv.
2 y 14) el diminutivo sauiolum (de s(u)auium).
771) ven aquí la posibilidad de una referencia metaliteraria general a dichos tres poemas.
13 Sobre dicho poema, cf., por ejemplo, el ensayo general (texto, tradición crítica, análisis, estructura, etc.) de Pennisi 1979.
Sobre su pervivencia en España, cf. Pascual 2016.
15 Sobre el particular, así como sobre los vínculos y diferencias entre los poemas 5 y 7, cf., por ejemplo, Segal 1968, p.
Poema de amor donde los haya, gira en torno a la primacía absoluta de dicho amor (uiuamus... amemus): el amor identificado con la vida18; el único sentido del vivir: amar es vivir, vivir es amar 19.
Es este el lema de la composición, enunciado claramente en el verso primero.
Vida de amor, amor de vida frente a todo lo demás: al margen de la gente y la moral establecida 20 (rumores senum seueriorum // omnes unius aestimemus assis 21 ); al margen incluso, en otro sentido, del inexorable curso del cosmos dentro del eterno ciclo de la naturaleza (soles 22 occidere et redire possunt // nobis...) 23, dada nuestra 24 efímera existencia frente a la eternidad de la muerte (nobis cum semel occidit breuis lux || nox est perpetua una dormienda) 25.
Y expresión de la entrega amorosa, entrega total, sin límites, son los besos: besos no solo incontables en el sentido de infinitos, de que no se pueden contar (como el transcurrir de los días y las noches 26 ), sino en el de que no se deben contar: irracionalidad de la pasión 27; mutua entrega sin cálculos ni condiciones en lo personal (conturbabimus, illa ne sciamus; subjetividad, intimidad frente a lo que digan los demás (ne quis malus); escrúpulo supersticioso ante el posible valor mágico-religioso de dicho número 28 (ne sciamus... ne sciat).
El poema, de este modo, se articula a base de una serie de contraposiciones entre elementos existenciales 29: vida y amor frente a la vejez y la muerte; sol y luz frente a la noche y las sombras; entrega apasionada frente al mezquino cálculo racional y la no menos mezquina vigilancia de los demás.
Los endecasílabos falecios, como es bien sabido, la forma métrica más frecuente en los poemas de la primera parte (los polymetra) del Liber catuliano, presentan aquí un «esquema» 30 cuantitativo completamente normalizado (las dos sílabas iniciales son siempre largas) y, dispuestos estíquicamente, son tratados como períodos, con indiferencia de la sílaba final (breve en 11) y ruptura de la sinafía entre versos (hiato en verso 2, que también termina en breve).
En el nivel de la «composición» tampoco se salen estos endecasílabos de la normalidad: casi todos se articulan en dos miembros de cinco y seis sílabas mediante un límite de palabra 31 en la quinta; sólo el 2 se articula en la sexta.
Destaca asimismo el cuidado con que son tratados los sonidos vocálicos (la a en el v.
1 32; la repetición de u y a en perpetua una dormienda) y consonánticos (las onomatopéyicas s y r en el verso 2): nótese, por ejemplo, el da mi, precedido inmediatamente por -mienda y seguido en el verso siguiente por dein mill-.
En cuanto a tipología verbal, obsérvense, por ejemplo, las dimensiones de los tetrasílabos perpetua o dormienda o el occcidit breuis lux con sus tres palabras de volumen decreciente y con el monosílabo final, raro, como en tantos otros versos, en los endecasílabos 33.
Hay un alto grado de regularidad en la distribución de los acentos de palabra; véanse los segundos hemistiquios, que, salvo en 2 y 5, se acentúan todos ~ ́ ~ ~ ́ ~ ~ ́ ~.
Añádanse a todo ello las frecuentes correspondencias léxicas entre versos o hemistiquios, algunas de las cuales he marcado en el texto.
De este modo, se hace notar, por ejemplo, el verso segundo, que, además de articulado en sexta sílaba y, por tanto, ajeno a la acentuación normal, destaca por diversos factores fónicos (recurrencia de fonemas que pueden tener un valor onomatopéyico), entre ellos la asonancia en -um de sus dos miembros, el segundo de los cuales lo ocupa el intensivo seueriorum cuya presencia la justifica más de uno metri causa 34.
En cuanto al fraseo, las «pausas» fuertes (↓) y débiles (↘), así como la entidad (modo, modalidad) de los verbos, dejan claramente establecidos diversos bloques.
Nótese en este sentido la correspondencia entre cum... dormienda (vv.
Todos estos factores ponen, a mi juicio, de manifiesto en el poema esta estructura general35:
Es dicha estructura el objetivo principal de mi trabajo, que, sobre todo y ante todo, pretende mostrar que en ella, como en la mayoría de los poemas catulianos37, se pueden reconocer sin dificultad las dos grandes partes en que de ordinario se organizan los epigramas: una primera, más extensa (A), y una final (B), breve, ingeniosa, sentenciosa que culmina todo lo anterior.
Esta «segunda parte» (B) se reduciría aquí a los dos últimos versos.
Los once anteriores (A), de acuerdo con el fraseo, los verbos, etc. parecen claramente organizados en dos sectores: a. (vv.
1-6), exhortativo, y b. (vv.
Los seis versos de a. aparecen, a su vez, divididos en dos bloques de tres 38 cada uno: a.1. (subjuntivos exhortativos) 39 y a.2. (contrastes: entre posibilidad -possunt-, con cierto matiz concesivo, y aserción, necesidad -dormienda-; entre el ciclo eterno de la naturaleza -soles... possunt-y la breve existencia humana -nobis-; entre la vida breve -breuis lux-y la eternidad de la muerte -nox perpetua-); bloques delimitados, entre otras marcas, por la presencia de unius y una en los respectivos versos finales 40.
Todo el sector sona a la tercera sciamus... sciat; de la intimidad de los amantes a la visión que de ellos pueda tener cualquiera nequis), el riesgo de la envidia o, mejor, el mal de ojo que pueda infligirle (inuidere possit) la maldad de la gente (nequis malus).
Más en concreto, si el verso 13 cierra el tema de los números, el 12 cierra el de la intimidad; conecta, en efecto, este final con el comienzo del poema, en concreto con el peculiar v.
2. rumoresque senum seueriorum, relevante, como he dicho, por diversos motivos: tanto allí como aquí los amantes, celosos de su intimidad, quieren prescindir de la opinión que de ellos y de su mutua entrega amorosa puedan tener los demás.
Y en ambos casos su actitud es desligar su amor del «qué dirán»: en el principio desdeñándolo (omnes unius aestimemus assis: nótese 52 la contraposición omnes-unius); ahora al final impidiendo que nadie en su maldad pueda hacerles daño.
Potencia, así, esta «punta» final del epigrama el sentido del poema enunciado ya en el primer verso: una vida de amor pasional sin mezquinas consideraciones personales ni vergonzantes represiones sociales.
Todo ello, eso sí, ateniéndonos a una articulación sintáctico-prosódica concreta, la que he marcado en el texto.
He de advertir, sin embargo, que en algún punto no hay unanimidad entre los estudiosos: conturbabimus, que, aparte su sentido general de 'perturbar','revolver' (turbare, perturbare, confundere, miscere, concutere: cf. ThlL, s. u.) 53, tiene como tecnicismo del lenguaje mercantil, de la contabilidad (sentido por completo pertinente aquí tras los recuentos que preceden o junto al fecerimus, otro empleo técnico, contable 54 -'totalizar','sumar'-de un verbo tan genérico como facere, similar al del español 'hace'), el de rem, rationes perdere, decoquere, solutionem impedire, desinere soluendo...
Y en tales casos conturbare parece haberse usado alguna vez como transitivo (Ter., Eun.
868 ita conturbasti mihi rationes omnes, ut...; pasaje, sin embargo, en el que se lo puede entender con su sentido genérico), con lo cual no es imposible en- 52 Cf.
tender illa con conturbabimus y puntuar, en consecuencia, conturbabimus illa, ne sciamus 55.
Pero el uso más frecuente de conturbare en contextos así fue como intransitivo (o, al menos, suprimiendo el posible complemento rationem o rationes), con el sentido de «formar el lío», «romper la cuenta», es decir, «quebrar», «declararse en quiebra», «hacer bancarrota»: Entendiéndolo así, Fordyce 56 y Thomson 57 puntuaron conturbabimus, illa ne sciamus, haciendo depender illa del sciamus siguiente y no del conturbabimus precedente; lo cual, añadiría yo, vendría favorecido desde diversos flancos: por la normalidad en latín del orden determinante-determinado, por la normal articulación interna de los falecios -en los que, como he dejado dicho, predomina el corte tras la quinta sílaba, corte con el que de este modo vendría a coincidir la articulación sintáctica-y por el homeotéleuton (-mus) con los miembros anterior y posterior, al que ya me he referido.
En ese caso, el fórico illa (basia) dependiendo de sciamus tendría el sentido de quanta o quantum y quedaría en conexión con, o, mejor dicho, pendiente de, el posterior tantum sciat... basiorum del verso 13.
Este ne sciamus podría dar a entender que contar los besos sería una provocación a Némesis y al mal de ojo 58, pero, sobre todo, introduciría en este preciso punto de la relación amorosa una racionalidad ajena por completo a la pasión; sería ponerle puertas al campo, marcarle límites a lo que no los tiene.
109, como Cornish 1913 (así como Y otro tanto ocurre con el posterior cum... sciat ("en cuanto sepa», «en la medida en que sepa»: si alguien supiera cuántos son los besos, tendría en sus manos a los amantes.
El inuidere en este contexto tiene, creo, el sentido no ya de «envidiar» sino de «echar mal de ojo» 59; así se deduce, como enseguida veremos del fascinare de 7,12.
Así se desprende igualmente de estas palabras de Plinio a propósito de la colocación de imágenes de Sátiros en los jardines:
Plin., HN XIX 50: hortoque et foro tantum contra inuidentium effasci na tiones dicari uidemus in remedio saturica signa.
En consecuencia, yo entendería el poema en estos términos:
Vivamos, Lesbia mía, y amemos y los rumores de viejos más que severos, todos en un solo as los estimemos.
Los soles caer y regresar pueden; nosotros, una vez que cae la breve luz, tenemos una sola noche perpetua por dormir.
Dame mil besos, luego cien, luego otros mil, luego unos segundos cien, luego sin parar 60 otros mil, luego cien.
Luego, cuando muchos miles hayamos hecho, quebraremos, para no saberlos; o para que nadie malo pueda echarnos mal de ojo, cuando sepa que tanto hay de besos.
Pasemos ahora a los otros dos poemas.
El primero de ellos, el séptimo, tiene vínculos muy estrechos con el que acabamos de leer: perteneciente también al «ciclo de Lesbia», es como he dicho, una especie de variación, una reelaboración «literaria», una retractatio 61, de aquella explosión emocional 62.
Así lo indicarían entre otras cosas la pregun- 59 Cf.
218. ta de Lesbia de la que se parte, pregunta que puede suponer el conocimiento previo del otro poema 63, o el tono erudito de los versos 3 ss., de corte alejandrino 64 y calimaqueo 65, que ponen de manifiesto el genio del doctus Catullus 66.
La diferencia entre ambas piezas radicaría no tanto en grado de apasionamiento cuanto en la perspectiva desde la que dicha pasión es abordada 67.
Los «endecasílabos» parecen menos regularizados que los del poema 5: aunque tratados, al igual que aquellos, como períodos autónomos (indiferencia de la sílaba final, hiato), uno de ellos (2) comienza por yambo; no presentan tampoco una articulación uniforme: cuatro la llevan en sexta sílaba 63 El quot... basiationes... sint del comienzo correspondería al tantum... esse basiorum con que se cierra el 5.
203 sidera multa, a propósito de la cual se introduce el tópico de los amores furtivos en el silencio de la noche).
En la primera de las comparaciones, la más erudita y de tono más claramente alejandrino y calimaqueo, destacan varias particularidades: la presencia de harena, en una atrevida expresión, más allá de lo habitual entre los latinos 74; el adjetivo lasarpiciferis -solemne compuesto hexasilábico que distorsiona la normal articulación del endecasílabo-, que, con su referencia a una planta medicinal, cobra especial relieve en el contexto 75.
El Iouis... aestuosus, que no hay por qué entender como una enálage, sino que, ligado directamente al dios, lo presentaría como ardiente enamorado 76, con clara alusión al amante del poema.
Oraclum, por su parte, dejaría también ecos del tono oracular 77 de la pieza y, más en concreto, de esta primera comparación.
En cuanto a la segunda comparación (vv.
7-8: quam sidera multa), referencia a las estrellas (cf. Platón, Euthd.
249 b, donde también se combina con la de la arena 78 ) como imagen de lo incontable, parece haber sido Calímaco el primer poeta en hacer uso de ella 79.
Catulo, además, ha engarzado con ello el tópico de los cielos que contemplan, cómplices, los furtivos amores humanos en el silencio de la noche (sidera... cum tacet nox, || furtiuos hominum uident amores) 80, algo que remitiría a la realidad de su furtiva y adúltera re- 74 Cf.
75 Usada contra la locura, podría relacionarse con el uesano del verso 10 y, en cualquier caso, remitiría a una concepción del amor como enfermedad; un mal de Catulo en este caso al que podrían poner remedio los besos de Lesbia.
Otro sentido distinto tendría el término en el contexto, si se considera el empleo de la planta como anticonceptivo: Johnston1993.
La medicina, por otra parte, tomada por la boca, vendría a sumarse a la larga serie de imágenes orales que se advierten en la composición: el oráculo, el nombre Battus, tal vez etimológicamente relacionado con un defecto del habla, el silencio de las estrellas, la maligna lengua de los curiosi: Bertman 1978.
El uesano del verso 10 podría encerrar connotaciones de «poseído», en cuanto que ardientemente enamorado como el propio Júpiter.
La parte A, encabezada por los asonantes mellitos oculos tuos 94, se formula a base de una prótasis condicional (si quis me sinat...) a la que responde (usque -usque 95, basiare -basiem) una primera apódosis, que alberga ecos (milia... trecenta) del poema 5 y una segunda coordinada (nec) con ella (pero que, a la vez, puede ser apódosis de la prótasis, negativa, que sigue: non si...), en la que el satur recuerda el satis superque de 7,2.
Cerrado así el período, se le añaden aún dos versos (5-6), parte B, que, posible prótasis de la apódosis del verso 4, como cierre culminativo del epigrama, refuerzan mediante una hiperbólica metáfora lo ya afirmado en dicho verso 4.
Destaca al final, en correspondencia con el basiationes de 7,1, el polisílabo osculationis 96, al que ya me he referido.
Esos melosos ojos tuyos, Juvencio, si alguien me dejara sin parar besarlos, sin parar hasta los trescientos mil yo besaría y nunca me parecería que iba a quedar saciado; ni si más prieta que las espigas secas fuera la mies de nuestro boca a boca.
Como epílogo, dos palabras sobre la estrofa 199-203 perteneciente al epitalamio final del poema 61.
Propiamente hablando, el pasaje queda fuera de nuestro campo, puesto que en él no se emplea el término basium; bien es verdad que dichos «besos» se podrían reconocer implícitos en el «juego amoroso» (ludus) al que se alude: 93 Ramírez 1988, p.
96 Presente también en Cicerón: Coel.
De acuerdo con la ya mencionada relación etimológica de osculum con os, oris y teniendo en cuenta la presencia del nostrae, me permito traducir nostrae osculationis por «nuestro boca a boca». ille pulueris Africi 200 siderumque micantium subducat numerum prius, qui uestri numerare uult multa milia ludi.
El trasfondo apotropaico, completamente oportuno en un canto de bodas, remitiría aquí al expresamente formulado (inuidere, fascinum) en los poemas quinto y séptimo.
La referencia comparativa (adynaton) a los dos elementos naturales, -los granos de arena del desierto africano y las estrellas (sidera)-, ausente en el poema 5, conecta los versos 199-200 con 7, 3-8.
El número (numerum... numerari) constituye aquí, como en 5 y en 7, el meollo de la estrofa.
Los multa milia son también los mismos de 5 (milia multa) y de 7 (basia multa) y de 16,12 (multa milia basiorum).
Ludi sería aquí 97 una suerte de colectivo: cf. el numerus... harenae de 7,3, así como el frumenti en Hor. serm.
Cf. asimismo numerus corporis en Lucr.
Subducat, dado que la frase relativa qui uult va en indicativo, ha de entenderse 98 no como subjuntivo potencial 99 sino como yusivo.
El sentido, por tanto, de la estrofa sería este: |
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Ovidio en el Oriente medieval
Se puede decir que en líneas generales el Imperio Bizantino fue refractario, o al menos indiferente, a la literatura procedente del legado clásico latino, situación que se vio favorecida por el hecho de que este legado no circulaba por Oriente.
Una excepción notoria a este panorama de distanciamiento y mutuo desconocimiento entre la literatura escrita en griego y en latín en la Edad Media la ofrece una figura de enorme calado intelectual, la de Máximo Planudes 1.
El famoso monje y filólogo bizantino (ca.
1305), responsable, entre otras cosas, de la supervivencia del Appendix de la Antología Palatina -conocido gracias a él como Antología Planudea-, tradujo del latín al griego ático algunas muestras representativas de la literatura latina: el Sueño de Escipión de Cicerón junto con el comentario de Macrobio 2, la Consolación de la filosofía de Boecio 3, los Disticha Catonis 4 y las Heroidas y Metamorfosis de Ovidio -los Disticha presentan una traducción métrica, mientras las dos obras de Ovidio fueron parafraseadas en prosa 5 -.
Hay indicios de que vertió igualmente al griego los carmina amatoria de Ovidio 6 y, además de estos autores paganos, tradujo el De Trinitate de San Agustín 7.
La traducción al griego de obras filosóficas o teológicas de la literatura latina puede entenderse como un modo de hacer accesibles en Bizancio algunos ejem-1 Aunque Planudes no fue ni el primer ni el único traductor bizantino de obras de la literatura latina: cf. Schmitt 1968; Salatrino 1988.
Antes que él su compatriota Manuel Holobolo (ca.
3 En Fodor 2010b puede verse una panorámica sobre esta versión, así como la bibliografía sobre las ediciones modernas de esta obra.
Dejamos de lado la problemática en torno a las traducciones de otros autores latinos que parecen haber sido atribuidas falsamente a Planudes.
La filología clásica ha utilizado instrumentalmente las traducciones de Ovidio sea como medio para reconstruir el texto latino en pasajes que en la transmisión manuscrita resultan dificultosos, sea para tratar de identificar el códice latino que sirvió de modelo a Planudes.
Un ejemplo de este tipo de aproximaciones puede verse en Michalopoulos 2003.
7 No es éste el lugar para abordar el problema de cuándo y de qué modo Planudes aprendió el latín.
En cualquier caso sus conocimientos de latín se han relacionado bien con su embajada a Venecia en 1297, a donde fue enviado por el emperador Andrónico II (pero es de suponer que en ese viaje ya sabría latín), bien con su estancia temporal en el monasterio del Cristo Akataleptos, que pudo ser -según descubrimientos arqueológicos recientes-el primer monasterio franciscano en Constantinopla.
La estancia del monje bizantino allí se produjo después de que los latinos abandonasen la capital en 1261 y podría haberle supuesto un estímulo para profundizar en la cultura latina (Wilson 1983, p.
96, propone que Planudes pudo acceder a las bibliotecas de las casas dominicana y franciscana en Constantinopla y que los monjes latinos de alguna de esas comunidades pudieron ser sus maestros de latín. plos paradigmáticos del pensamiento de Occidente8, pero la versión griega de la obra de Ovidio en un formato prosaico que es incapaz de reproducir la elegancia del poeta romano es difícilmente justificable, salvo que se piense que era el monto de información mitológica que ofrecía -en buena medida procedente de fuentes griegas-lo que hacía atractiva la lectura del texto ovidiano e impulsaba la iniciativa interpretativa de Planudes9.
Si centramos nuestra atención en el caso de las Heroidas, puede comprobarse que este ejercicio de interpretación tuvo una escasa resonancia en el ámbito bizantino, como pone de manifiesto el hecho de que de esta traducción de Planudes se conservan muy pocos testimonios manuscritos10 y que todos los códices conservados proceden del ambiente planudeo, lo que significa que con seguridad fue el propio Planudes quien emprendió la tarea de hacer circular su versión, que no trascendió más allá de esta iniciativa personal.
Pero, a pesar de esa circulación tan limitada del texto que certifica su modesta repercusión y a sabiendas de que nunca podremos dar una respuesta indiscutible al enigma de por qué Planudes eligió a Ovidio como objeto de su trabajo filológico, podemos legítimamente plantearnos la cuestión de la finalidad instrumental con la que pudo leerse a este autor latino en Bizancio en una traducción aticista en las décadas posteriores a la redacción de la versión griega planudea y ensayar alguna hipótesis explicativa ahora que los manuscritos comienzan a hablar.
La transmisión textual de la versión griega de las Heroidas
La transmisión textual de la traducción de Planudes de las Heroidas está enteramente clarificada.
Después de las conclusiones a las que llegaron -con Es importante tener en cuenta el dato de que en el s. XIV las versiones planudeas de Metamorfosis y Heroidas circularon juntas13: salvo en el caso del Barb. gr. 121 -el único para el que no tenemos la certeza de que contuviese en origen también la versión de las Metamorfosis-, los Vat.
Reg. gr. 132 (con Metamorfosis) y 133 (con Heroidas) estaban en origen encuadernados juntos, o dicho de otra manera, conformaban un único manuscrito; el Ambr.
Y III 13, con las Heroidas únicamente, es, como tendremos ocasión de ver enseguida, la segunda parte del actual Laur.
105, que contiene las Metamorfosis.
Sobre los cinco manuscritos del s. XIV directamente implicados en la transmisión de la versión planudea de las Heroidas contamos con información sea sobre su circulación por Bizancio, sea sobre su llegada a Italia en el período humanístico, o bien sobre ambos extremos.
Reg. gr. 133 puede destacarse que perteneció en la segunda mitad del s. XV a Baldassar Migliavacca, un discípulo de Andrónico Calisto, pero antes de su traslado a Italia el códice deja constancia de su paso por la Grecia bizantina en manos de al menos dos propietarios: un Γαβριὴλ Μαδοῦρος (cf. f.
1r) y, en pleno s. XIV, un hieromónaco Malaquías protopapas de Βήρα (cf. f.
A 119 sup., famoso por transmitir en el folio de guarda III unos versos heroicos de Planudes sobre la Geografía de Ptolomeo, pasó a finales del s. XV y principios del XVI por las manos de Giorgio Valla, Alberto Pio di Carpi y Marco Musuro, del que tiene algunas apostillas 15.
El Barb. gr. 121 presenta en su primer folio el exlibris en griego de un desconocido Antonio Lantos (Ἀντονίου Λάντου καὶ τῶν φίλων) 16.
En cuanto al Marc. gr. 487, de la primera mitad del s. XIV, es el único testimonio en el que a las versiones planudeas de Ovidio se han asociado varios textos gramaticales -de Máximo Planudes, Juan Glicis, Manuel Moscópulo y Gregorio de Corinto-, lo que apunta a un uso del libro en un ámbito escolar 17.
El manuscrito formó parte después del legado de Besarión a la República de Venecia.
Centremos nuestra atención, finalmente, en el Scor.
Y III 13, de principios del s. XIV, seguramente el menos conocido de los cinco testimonios 18 pero a la vez, desde la óptica de su utilización en época bizantina, el más interesante. en una época indeterminada, la versión griega de las Metamorfosis acabó en el primer cuarto del s. XV en poder de Antonio Corbinelli19 en Florencia, mientras que la segunda parte con la traducción de las Heroidas llegó a manos del embajador español en Venecia más de un siglo después, entre los años 1539 y 1546 20.
El códice ha pasado prácti camente desapercibido a los estudiosos de la filología bizantina, y también de la tradición clásica, pese a que su valor se ve notablemente incrementado gracias a una noticia que aportó Nigel G. Wilson en 1978: El Scorialensis y el Laurentianus están anotados por Demetrio Triclinio 21.
En lo que afecta al manuscrito de El Escorial, es claro que el ilustre filólogo tesalonicense lo leyó y revisó de principio a fin, señalando algunos pasajes con las marcas ὡρ(αῖον) / ὡρ(ᾷ) y ση(μείωσαι) / ση(μειωτέον) o llamando la atención sobre el contenido mitológico de algunas cartas de las heroínas -mediante frases que comienzan con las cláusulas τίνα, τίνες, ὅπερ, ὅτι o ἱστορία-o sobre su composición a base de figuras retóricas, o finalmente sobre la traducción por parte de Planudes de algunos versos de Ovidio mediante hexámetros y pentámetros griegos, pasajes que Triclinio señala sistemáticamente mediante el término ἡρωελεγεῖον 22.
Menos conocido es que el códice presenta en sus ff.
7r-39r numerosas anotaciones en latín, tanto en los márgenes como en la interlínea, de una mano del s. XIV, en una escritura que puede definirse como «bastarda de base cancilleresca».
Si esta escritura latina hubiese sido «humanística» no habríamos tenido duda en atribuirla a algún intelectual italiano que habría manejado el Scor.
Y III 13 en el s. XV en suelo occidental.
Pero tratándose de una escritura para cuya ubicación en el s. XIV no cabe duda 23, sólo podemos pensar que el manuscrito circuló en Bizancio en un ambiente específicamen-te helenófono en el que se precisaba, sin embargo, del conocimiento del latín o en el que se enseñaba el latín, o bien en un ambiente culturalmente complejo como era el de las islas mediterráneas de cultura y población autóctona griega bajo dominio de la Serenissima o de otras repúblicas italianas y por tanto con un sistema administrativo capitaneado por occidentales.
Cabe preguntarse en este punto cuál era la función de estas Heroidas «helenizadas» a la luz precisamente de las glosas latinas que el códice de El Escorial conserva tan generosamente.
Hasta ahora se ha contestado a esta pregunta sin tomar en consideración tales glosas y se han formulado dos hipótesis que afectarían de forma general a todas las traducciones de Planudes: la tesis formulada por Friedrich Fuchs en su trabajo clásico sobre la enseñanza superior en Constantinopla y la propuesta por Carl Wendel en su no menos clásica contribución sobre la figura de Máximo Planudes apuntan a que estas versiones podían tener una función y una recepción de carácter lingüístico y didáctico en el marco de la enseñanza del latín en Bizancio24.
Una función didáctica tendrían igualmente para Costas Constantinides y Nóra Fodor, pero no en el marco específico de las clases de latín, sino en el más general de la formación gramatical y retórica de los bizantinos25, de modo que las Heroidas habrían sido adaptadas al curriculum académico bizantino y serían utilizadas como textos ejemplificativos en el llamado «método progimnasmático».
Cabría objetar a esta segunda tesis el que difícilmente se explica que ningún bizantino concibiese la idea de recurrir a un texto de una cultura ajena para explicar las herramientas retóricas de su propia lengua.
Revisemos cuál es la naturaleza de las apostillas del Scorialensis -ciñéndonos a la Carta de Briseida a Aquiles (Her.
III)-para proponer una idea alternativa 26.
En primer lugar cabe constatar que las glosas marginales y las interlineales tienen la misma naturaleza.
Su ubicación en una u otra parte del folio responde a un mero problema de espacio.
Es claro que aquel que las insertó tenía a mano un manuscrito con el texto original latino de Ovidio, ya que las glosas no son otra cosa que una copia de pasajes literales, o de palabras aisladas pero que se corresponden siempre con el texto ovidiano.
Cuando los versos ovidianos se transcriben en el margen se hace respetando el orden de palabras, mientras que en la interlínea las glosas latinas se colocan ordenadamente encima de los términos griegos correspondientes y sin atender a la secuencia de palabras original de Ovidio.
Los ejemplos podrían multiplicarse pero son todos del mismo tenor.
En algunos casos excepcionales, además del término correspondiente en Ovidio se ofrece un sinónimo u otra palabra latina que puede también traducir el término griego en cuestión.
7v el anotador anónimo advierte que la conjunción ὡς puede corresponder a simul (Her.
III 9) o bien a postquam; en f.
7v que el adjetivo χαυνός puede traducir lenta (III 22) o bien pigra; en f.
8r que el adjetivo ξανθούς corresponde a fuluos (III 31) pero también a rubeos; en f.
8r que el participio neutro plural κατασπασθέντα puede significar direpta pero también destructa (III 45: la lectura habitual en los manuscritos es, sin embargo, diruta); en f.
8v que el sintagma τῆς ἐπιούσης ἡμέρας traduce crastina hora (III 57) o bien dies; en f.
8v que el adjetivo en dativo λαμπρῷ corresponde a rutilo (III 64) pero también a rubeo; en f.
9r que el verbo en imperativo ἐπηρεαζέτω tiene su pendant ovidiano en exagitet (III 77), pero podría traducirse igualmente con conturbet; en f.
9v que a ἀνακεκλίσθαι corresponde el infinitivo de perfecto iacuisse (III 117), que podría ser sustituido por el de presente iacere; o en f.
9v que a ἐπιπλήττειν corresponde increpuisse (III 118) pero también sonare29.
10r la expresión de Planudes οἱ θεοὶ ταῦτ ̓ ἄμεινον θεῖεν traduce la fórmula elíptica de Ovidio Di melius (III 125), pero el anónimo anotador apunta la fórmula extensa Di melius faciant.
Y ocasionalmente comete algún desliz, como cuando en un verso en el que Briseida reconoce que «un aplazamiento del dolor hubiese sido grato» (III 13) -poenae mora grata fuisset, que Planudes ha traducido con bastante libertad con un καὶ παντάπασιν ἐγένετ ̓ ἂν ἡ ἀναβολὴ μοι λυσιτελής obviando el término poenae-, el anotador cree que el adverbio παντάπασιν corresponde precisamente a ese sustantivo poenae30.
Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que -al menos con este volumen Scorialensis-no se enseñaba latín, sino que más bien se aprendía -seguramente de forma autodidacta-griego.
El testimonio de la versión griega de las Heroidas Scor.
Y III 13 no fue utilizado -después de su lectura en Grecia por parte de Demetrio Triclinio, a quien interesaba principalm ente, a tenor de sus apostillas, el contenido mitológico del texto y el modo en que Planudes vertió en metro griego algunos versos latinos-ni como manual de mitología, ni como libro de texto para la enseñanza del latín en Bizancio, ni mucho menos con vistas a la formación retórica en la escuela bizantina, sino como texto griego que, leído en filigrana con el original latino, servía a un occidental para aprender la lengua de la Hélade mediante el sen- cillo expediente de establecer correspondencias léxicas y sintácticas que permitiesen seguir el hilo de la narración 31.
Palabra a palabra, sintagma a sintagma, el anónimo aprendiz va añadiendo al texto planudeo supra lineam o in margine una traducción ad uerbum que procede del propio Ovidio 32.
La traducción literal como método de aprendizaje del griego por parte de los latinos está ampliamente atestiguada sobre todo en el período del humanismo y es muy conocido, en este sentido, el caso del monje Ambrogio Traversari, que aprendió de forma autodidacta el griego comparando pacientemente la versión griega y latina de los Salmos, pero obviamente debió de ser utilizada antes, sobre todo por parte de quien quizás no contaba con un maestro o con una escuela y aprendía por iniciativa personal 33.
Este particular uso de la obra de Ovidio requería el manejo del texto original latino -que no circulaba en Oriente, pero sí en Occidente-y había de responder a la necesidad de aprender griego -lengua que, en líneas generales, no se necesitaba y por tanto se desconocía en Occidente a la altura del s. XIV, pero que obviamente era la lengua de uso en Oriente-.
¿En qué lugar pudo entonces este aplicado lector dedicarse con tanto ahínco a la lectura de las Heroidas?
Sin duda en una parte de la geografía europea con un status especial -cultural y lingüísticamente mixto diríamos-a finales de la Edad Media, el de las colonias mediterráneas de las repúblicas italianas, y muy especialmente Creta, sometida al dominio veneciano desde 1211 hasta 1669.
No es casualidad que de esta isla, de población y cultura griega y religión ortodoxa pero con una burocracia administrativa latina dependiente de Venecia, proceda un modesto pero significativo número de manuscritos del s. XIV bilingües y a dos columnas, muchos de ellos con el De consolatione philosophiae de Boecio y la correspondiente versión de Planudes 34, o que otros manuscritos griegos que han circulado por Creta, sin necesidad de transmitir textos bilingües, muestren glosas marginales o interlineales latinas del s. XIV similares en su naturaleza a las de nuestro Scor.
Y III 1335 y escritas igualmente en una grafía con elementos cancillerescos36.
De Creta se conservan numerosos documentos notariales que ilustran sobre maestros de griego o de latín o sobre personajes que por su profesión sabían las dos lenguas o necesitaban aprender una de las dos37, y Agostino Pertusi ha destacado -a propósito de las traducciones bizantinas de autores latinos como Boecio, Ovidio, Cicerón o San Agustín-que «fu proprio su questi manoscritti, per lo più bilingui, che i Greci appresero il latino, ed i Latini, i nostri grandi umanisti (...) fecero i primi passi nell ́apprendimento del greco»38.
La historia de este Scorialensis ilustra con enorme claridad el intrincado itinerario de los textos y de los manuscritos griegos entre Oriente y Occidente y su no menos compleja utilización entre dos culturas que no siempre -y no en todas partes-se han sentido ajenas: tras su confección en Constantinopla en un milieu próximo al filólogo Máximo Planudes, su paso por las manos de otro filólogo ilustre, Demetrio Triclinio, que lo leyó con atención y lo anotó (quizá en Constantinopla o en Tesalónica 39 ), y su probable traslado a Creta, en donde un lector culto -un miembro de la cancillería ducal o de la burocracia véneta o quizá un maestro-lo utilizó para aprender griego usando como base el texto ovidiano en latín que le era mucho más familiar, la siguiente estación es fácil de sospechar: el Scorialensis pasó de la colonia a la metrópolis, Venecia, en donde lo adquiriría el embajador español Hurtado de Mendoza.
5) con una glosa en el margen lateral derecho autógrafa de Demetrio Triclinio en tinta más oscura (ὅπερ τὴν πατρίδα τῆς Βρισηίδος Ἀχιλλεὺς ἐπόρθησεν en alusión a la patria de Briseida, τὰ Λυρνήσια τείχη, Lyrnesia moenia, «las murallas lirnesias») y glosas latinas marginales e interlineales del s. XIV en tinta más clara. |
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El objetivo de este artículo es estudiar el episodio del combate de los trillizos que Silio Itálico inserta en el relato de la batalla del Tesino (Sil.
I 25) se analizan las variaciones que el poeta flavio introduce con respecto a su modelo.
La narración de Silio acentúa algunas características propias de la guerra civil, pero culmina con el elogio de los combatientes en una clara alusión al apóstrofe dirigido a Euríalo y Niso (Aen.
Esta táctica, aparentemente contradictoria pero totalmente deliberada, contribuye a definir el concepto de épica con respecto a sus predecesores Virgilio y Lucano y sus contemporáneos, especialmente Estacio.
Los textos similares que se analizan del autor de la Tebaida así parecen demostrarlo.
Palabras clave: Silio Itálico; Estacio; Épica; Intertextualidad; Guerra civil.
La evocación de la guerra civil en las Púnicas
Es un hecho conocido que las referencias y alusiones a las guerras civiles romanas son un tema esencial de la obra de los poetas épicos flavios1, y que el modo de su presentación se encuentra estrechamente vinculada con la forma de concebir el género épico.
Estacio elige un tema mítico, el de la saga tebana, convertida en arquetipo de las luchas civiles: fraternas acies (Theb.
Silio adopta una actitud distinta pues su proyecto de cantar el pasado más glorioso de Roma como tema para su épica histórica, descarta una cuestión tan conflictiva como las guerras civiles.
El proemio de su obra define un programa alejado de Estacio y especialmente de Lucano, como lo muestran los términos que compendian el objetivo de su poema: gloria (I 1) y decus (I 3) 2, opuestos al que condensa el contenido de la Farsalia: nefas.
Sin embargo, a lo largo del poema se encuentran claros indicios que permiten matizar esta opinión y entender que Silio refleja la imposibilidad de restaurar la epopeya romana histórica celebrativa prescindiendo del cuestionamiento que de ella realiza Lucano 3.
Esta dualidad se observa con más facilidad si tenemos en cuenta el carácter elástico del tiempo en la obra de Itálico (Dominik 2003, p.
Esto permite una fusión cronológica de distintas etapas de la historia de Roma, y favorece las lecturas alusivas de los acontecimientos narrados, de modo que el lector pueda con facilidad leer en paralelo episodios míticos e históricos de épocas diferentes.
La crítica ha reconocido una serie de recursos directos e indirectos de los que se sirve Silio Itálico para la evocación de las guerras civiles del final de la república y de las que él mismo vivió.
Las formas de evocación pueden ser muy sutiles y con ello polémicas, matizadas muy a menudo por la intertextualidad con Virgilio (Ganiban 2007) y, sobre todo, con Lucano4.
Entre los recursos utilizados se encuentran el uso de los nombres propios de protagonistas destacados de la guerra civil (McGuire 1997, pp. 136-144), el diseño de una serie de episodios de tal manera que evocan, de forma directa o indirecta, las guerras civiles dentro del relato de la Segunda Guerra Púnica.
Estos episodios están moldeados de acuerdo con características propias de guerra civil en los que destaca la densa relación intertextual con Lucano: el suicidio colectivo de los saguntinos5, la construcción de la batalla de Cannas, el eje central de las Púnicas, en clave de guerra civil siguiendo el modelo de Farsalia.
Este planteamiento ya se encontraba en Livio (XXII 41.6 y 44.5), quien entendía la discordia entre los generales y también la discordia dentro de la sociedad romana como elemento explicativo de la derrota de Cannas y de la mayoría de derrotas romanas6.
32, indica un tercer recurso para introducir el tema de la guerra civil en su obra: las repetidas alusiones a escenas de guerra civil de la Tebaida.
Por último, en el episodio del descenso a los infiernos de Escipión, el anuncio del futuro resulta absolutamente devastador; en cuanto que lejos del modelo de Virgilio, que anuncia la historia gloriosa de Roma y su culminación con Augusto, los únicos personajes del futuro de Roma que se presentan son los responsables de la guerra civil, precisamente aquéllos señalados por Lucano en el libro I de su Farsalia: Mario, Sila, Pompeyo y César (Sil.
En esa misma línea se encuentran las referencias al mito de fundación o a Rómulo mismo o su forma divinizada, Quirino.
La figura de Rómulo presenta unas características ambiguas por su condición de fundador de Roma, pero también de responsable, directo o indirecto, según las versiones, de la muerte de su hermano Remo.
El fratricidio se convierte en un antecedente simbólico de las guerras civiles8, como se observa en los escritores augusteos y en especial Horacio (epod.
De ahí que los combates entre gemelos, como el que estudiaremos, siempre sean susceptibles de evocar el mito del fundador de Roma y, en consecuencia, de la guerra civil10.
La lucha de los trillizos
Tomando estos hechos como punto de partida, y centrándonos en la obra de Silio Itálico, estudiaremos la escena del combate entre dos grupos de trillizos que se inserta en el relato de la batalla del Tesino (Sil.
El estudio de este pasaje y su comparación con otros textos similares, tanto de las Púnicas como de la Tebaida de su contemporáneo Estacio, nos permitirá determinar con argumentos sólidos el procedimiento seguido por Silio para incardinar los elementos propios de la glorificación de Roma con las advertencias y temores sobre la guerra civil vividas por él de forma tan cercana, así como observar la profunda reflexión sobre la propia obra poética y sobre la concepción polémica del género épico que plantea el autor y que se desprende del denso tejido de relaciones intratextuales e intertextuales presentes en su obra.
El inicio del libro IV de las Púnicas supone el comienzo de una sucesión de derrotas romanas que culminarán con la de Cannas en el libro X. Dichas derrotas son, en palabras de Marks 2010, p.
128, derrotas autodestructivas de Roma, y en ellas la idea de la guerra civil se encuentra muy presente11.
Si nos detenemos en el intertexto de Livio, y nos centramos en el contexto en el que se integra el pasaje del historiador romano (I 23), observamos un hecho digno de atención.
Livio, así como la tradición historiográfica romana, incluyen el enfrentamiento entre los dos grupos de trillizos en el marco de la guerra entre Roma y Alba Longa durante el reinado de Tulo Hostilio12.
Este combate se acuerda como solución menos cruel que la lucha general entre los dos ejércitos de ambas ciudades (sine magna clade, sine multo sanguine utriusque populi decerni possit...
La lucha se plantea en términos muy próximos a los de la guerra civil, y esto no solo en el relato del famoso combate, sino también en todo el episodio de la guerra contra Alba Longa, ciudad predecesora de la de Roma, en el que se inserta el episodio.
Los términos con los que define la lucha el historiador padu ano son muy claros: et bellum utrimque summa ope parabatur, ciuili simillimum bello, prope inter parentes natosque, Troianam utramque prolem, cum Lauinium ab Troia, ab Lauinio Alba, ab Albanorum stirpe regum oriundi Romani essent (Liv.
I 23.2) Más tarde el jefe de Alba, Metio Fufecio, se refiere a la relación entre Alba y Roma calificándola como: duos cognatos uicinosque populos (I 23.7).
Al parentesco entre los dos pueblos se suma la relación familiar entre los dos grupos de trillizos.
Tito Livio no habla de parentesco de Horacios y Curiacios; sin embargo, Dionisio de Halicarnaso (Ant.
Livio no reconoce dicho parentesco -aunque señala que no se sabe quiénes eran los romanos y quiénes los albanos-, pero sí establece lazos entre ambas familias en el final del combate, cuando el vencedor da muerte a su hermana, prometida a uno de los Curiacios (I 28.2).
Es decir, el historiador incide en la cercanía de este conflicto con una guerra civil 13.
El encaje del episodio en el nuevo contexto no es sencillo y por ello Silio se esfuerza en este empeño.
La elección de los trillizos espartanos, hijos de Jantipo, protagonista de la victoria sobre Régulo, conecta el episodio con la primera guerra púnica y, por ello, con el resto de la obra.
De este modo, se subraya la continuidad y los lazos genealógicos entre los combatientes de las dos guerras púnicas (Ripoll 1998, pp. 278-279), cuya máxima expresión se indica desde el inicio de la obra al señalar la relación entre Aníbal y su padre (I 70-140).
La idea de emulación de las hazañas paternas se destaca asimismo cuando señala la motivación para la lucha de los trillizos espartanos.
Por otro lado, con este recurso el episodio no queda aislado pues la figura de Régulo adquiere un protagonismo considerable en las Púnicas por su condición de paradigma de la fides romana frente a la perfidia cartaginesa14.
Igualmente trata de acomodar el combate a la tradición de la que parte, la histórica, y la épica, más allá de la utilización de motivos narrativos de una y otra.
La elección de gemelos procedentes de Alba remite directamente al texto de Livio y, así, a los orígenes míticos del relato.
Los nombres de los hermanos romanos (Virbius, Capys y Albanus) recogen la tradición mítica de Livio y la Eneida no hacen sino reforzar la conexión intertextual con dichas obras15.
Por otro lado, la elección de unos trillizos de origen espartano sitúa el combate en el ámbito de la leyenda de los orígenes en cuanto que recrea en este pequeño cuadro el enfrentamiento entre griegos y troyanos (o sus descendientes), conectando así el texto plenamente en la tradición épica.
Además, la procedencia de este grupo le sirve para recrear el paisaje lacedemonio, que traslada al lector a la patria de los Dióscuros, ejemplo de gemelos bien avenidos, como señala Mencacci 1994, p.
29; y ello tiene sus consecuencias para la interpretación del texto, como veremos: El ajuste de esta escena -muy célebre y, por ello, muy caracterizada-, a una batalla como la del Tesino exige algunas alteraciones importantes, aunque no todas las que practica Silio son estrictamente necesarias.
Una de las realizadas ha sido la de despojar el relato de toda presencia de espectadores y de las características de espectáculo anfiteatral 16.
Esta acción le permite centrarse en los aspectos concretos del combate y su ejecución.
Entre ellos destacan el afán de gloria (vv.
358-362) como motivación para la lucha y la estilización de la acción heroica a través del símil de los leones (vv.
372-379), un medio recurrente para la transformación del relato histórico en épico y una forma de anclaje en la tradición del género17.
Se reserva, en cambio, el autor para sí mismo el comentario de la acción con una intervención en primera persona en el apóstrofe final, en claro contraste con otro de los textos que comentaremos 18.
Pese a la importancia de esta modificación del texto de Livio que introduce Silio, creemos que se dan al menos otras tres de mayor calado.
En primer lugar, el texto original, caracterizado ya con rasgos propios de guerra civil, procedentes de su modelo principal, Livio, se inserta en el contexto de la guerra contra los cartagineses, esto es, contra el enemigo externo por antonomasia para los romanos, encarnados aquí en dos tríos, uno romano y otro griego, dejando fuera, en apariencia, evocaciones sombrías.
Es decir, reelabora el marco del enfrentamiento originario entre trillizos, el de la guerra civil.
La posibilidad de que el lector captara las connotaciones de guerra civil que poseía el texto original serían, sin embargo, muy considerables.
A ello contribuye igualmente la elaboración formal 19, pues, gracias a los juegos de simetrías y quiasmos con los que se construye este relato y la insistencia en el uso de los términos que indican la semejanza (aetatis mentes pares, paribus in armis, iunxere gradus, fratres)20, enfatiza la idea de la similitud a lo largo del combate y da prueba de la unidad entre el tema y los recursos formales que emplea.
En segundo lugar, la operación de transformación es aún más intensa en la reelaboración del desenlace del combate.
La lucha concluye con la muerte doble (iuncta mors) de la última pareja de gemelos, de modo que no queda superviviente alguno y tampoco un vencedor.
Esta modificación lo aleja totalmente del desenlace del combate de los Horacios y Curiacios (Sil.
I 25.8-13) y lo aproxima al resultado de otro tipo de combates, especialmente al de aquellos que se producen entre hermanos o personajes con una estrecha vinculación, aquellos que simbolizan la guerra civil21.
Mediante la transformación del desenlace del episodio con respecto a sus fuentes lo que consigue Silio es acomodarlo a un modelo de muerte contrario, en apariencia, a las expectativas que los intertextos tanto históricos como épicos generan; pero, evidentemente, se trata de una aproximación pretendida y buscada como pone de manifiesto un tercer hecho.
En efecto, este aspecto se acentúa con la culminación del episodio pues el final del combate se clausura con un apóstrofe en el que se elogian las muertes gloriosas de los trillizos.
Es una alusión manifiesta al famoso apóstrofe de Virgilio22 a Euríalo y Niso (Aen., IX 446-449: Fortunati ambo!
Si quid mea carmina possunt, / nulla dies unquam memori uos eximet aeuo, / dum domus Aeneae Capitoli immobile saxum / accolet imperiumque pater Romanus habebit), ejemplo de pietas reutilizado en el mismo sentido positivo en que lo emplea Virgilio 23.
No obstante, resulta sorprendente el recurso a este intertexto virgiliano en un relato que no encuentra ninguna semejanza en su estructura narrativa.
Igualmente llama la atención una vez más la introducción de un elemento perturbador en un contexto inesperado: en medio de la celebración de una acción cuyo carácter heroico se subraya por diversos medios, como hemos señalado más arriba.
Efectivamente, sirviéndose de la doble perspectiva temporal que el apóstrofe contiene, incluye una alusión a las guerras civiles posteriores (v.
397) con ciertas resonancias del apóstrofe que pone fin al combate entre Eteocles y Polinices (Theb.
XI 574-579: ite truces animae funestaque Tartara leto / polluite et cunctas Erebi consumite poenas! / uosque malis hominum, Stygiae, iam parcite, diuae: / omnibus in terris scelus hoc omnique sub aeuo / uiderit una dies, monstrumque infame futuris / excidat, et soli memorent haec proelia reges), en el que Estacio subvierte por completo el sentido del apóstrofe virgiliano 24.
Se trata de una alusión crucial a la hora de interpretar el pasaje, por la potencialidad metapoética así como por el alto grado de contraste y ambigüedad que introduce 25.
La densa intertextualidad virgiliana, que subrayan tanto Ripoll 1998, p.
279, como Hardie 1993b, y también la intertextualidad con su contem poráneo, son esenciales para explicar estas aparentes contradicciones 26.
Asi mismo, debemos tener en cuenta los aspectos intratextuales de las Púnicas como medio de interpretación.
En suma, consideramos que se establece en este texto un importante diálogo metaliterario con los predecesores y con Estacio, a través del texto clave de Virgilio.
El sentido de este diálogo se hace más evidente si tenemos en cuenta que los poetas flavios tienden a unir los comentarios sobre el valor conmemorativo de la poesía con los actos de suicidio, a diferencia de la práctica virgiliana que los reserva para las muertes heroicas a manos del enemigo, como afirma McGuire 1997, pp. 22-24.
Silio, en cambio, sigue en este caso la práctica virgiliana, con lo que este pasaje cobra un relieve especial 27.
Así pues, el episodio, en apariencia un combate más en medio de la batalla, con un carácter singular y mayor dramatismo por la condición de los contendientes, resulta relevante por las distintas circunstancias señaladas, pero adquiere todavía una mayor trascendencia por la vinculación temática que establece con la actuación de Escipión que se desarrolla a continuación, ejemplo asimismo de pietas, virtud esencial de la Eneida.
En efecto, la lucha y el epílogo del combate de los trillizos sirve de preparación y anticipación de la acción de Escipión, uno de los grandes protagonistas de la obra, que mejor ilustra esta virtud, en especial por la salvación de su padre en medio de la batalla (IV 401-479) 28, una acción descrita por Silio con una imagen plenamente virgiliana (II 721-723) 29.
Sin embargo, si consideramos que en el texto de Silio no hay ninguna referencia similar, la posible alusión de un pasaje al otro permite sostener la existencia de un diálogo que pretende establecer un neto contraste en el significado de ambos episodios.
El carácter especular de este tipo de combates que propone Hardie 1993b, p.
97, se cancela mediante el resto de recursos que potencian una valoración positiva del acto de los trillizos.
No obstante, no deja de evocarlo pues ambos episodios comparten la función de anticipar las guerras civiles posteriores y el combate final entre los hermanos, respectivamente.
En cuanto a las relaciones intratextuales, hay que destacar un pasaje, éste mucho más comentado, en el que Silio somete un suceso narrado por Livio (XXVIII 21) a un proceso de modificación similar al que acabamos de analizar.
Nos referimos al combate entre dos hispanos que se enfrentan por el trono en el contexto de los juegos ofrecidos por Escipión en honor de su padre y su tío (XVI 277-591).
Según la versión de Livio, los hispanos Orsua y Corbis son primos (patrueles); Silio, que no indica sus nombres, los convierte en hermanos gemelos.
A ésta se añade una segunda modificación que responde exactamente a la remodelación del combate entre los trillizos32, ya que, al margen de otros detalles, la lucha finaliza con la muerte de ambos contendientes, en vez de con la victoria de uno de ellos, la de Corbis en el relato histórico de Livio33.
Este segundo cambio es completamente acorde con el anterior, pues así consigue adaptarlo al paradigma de la muerte entre hermanos 34.
El elemento gemelar se inserta dentro de un esquema narrativo preciso y sustancialmente distinto, el de los hermanos enemigos en lucha por el reino, como muestra con claridad el epílogo, que remite al de Eteocles y Polinices en la Tebaida (XII 429-36) 35, sin olvidar la mediación de Lucano (I 550-552): nec, quos culpa tulit, quos crimina noxia uitae, sed uirtus animusque ferox ad laudis amorem, hi creuere pares ferro; spectacula digna Martigena uulgo 36 suetique laboris imago. hos inter gemini 37 (quid iam non regibus ausum? aut quod iam regni restat scelus?) impia circo innumero fratres, cauea damnante furorem, pro sceptro armatis inierunt proelia dextris. is genti mos dirus erat, patriumque petebant orbati solium lucis discrimine fratres. concurrere animis, quantis confligere par est quos regni furor exagitat, multoque cruore exsatiata simul portantes corda sub umbras occubuere. pari nisu per pectora adactus intima descendit mucro; superaddita saeuis ultima uulneribus uerba; et, conuicia uoluens, dirus in inuitas effugit spiritus auras. nec manes pacem passi. nam corpora iunctus una cum raperet flamma rogus, impius ignis dissiluit, cineresque simul iacuisse negarunt.
(XVI 529-48) El resultado de estas intervenciones lo convierte en un pasaje con un gran poder alusivo, acentuado por el hecho de que nos encontramos ante el único ejemplo de gemelos enfrentados que encontramos en la obra de Silio, poeta que parece sentir una verdadera predilección por las escenas de gemelos en la batalla, como afirma Mencacci 1994, p.
La similitud en la estructura narrativa ahonda la distancia en el contenido entre el enfrentamiento entre los trillizos y el de los gemelos hispanos, sin it look more like the fate of the Theban brothers.
36 Posible alusión a los gemelos Rómulo y Remo, de acuerdo con Ariemma 2008, p.
llegar a anular la posibilidad de interpretarlos como dos formas diversas de expresar el mismo anhelo de superación de la guerra civil o de señalar los peligros que subyacen en la victoria.
Si en el primer caso modifica a Livio con la intención de aproximar el relato a las coordenadas de la muerte entre hermanos, en el segundo realiza la misma operación de forma aún más evidente, y a la vez matiza su significado negativo mediante un comentario sin ambigüedades.
La sombra de la muerte de Eteocles y Polinices que ambos textos proyectan, el primero de ellos de forma un tanto contradictoria, el segundo de manera consecuente, es otro factor más de relación.
El contexto en el que se incluye el relato no es ajeno a esta operación en cuanto que la pietas, primero la de los trillizos, después la de Escipión, posee un valor funcional importante.
El segundo relato responde a principios similares poniendo como contrapunto a las disputas de los hermanos hispanos la buena relación entre Escipión y su hermano Lucio (vv.
Las diferencias con Livio nos invitan a leer este combate entre hermanos como oposición a la buena relación entre Escipión y su hermano, como afirma Marks 2005, p.
Si consideramos ahora el resto de las relaciones intertextuales con Estacio y tenemos en cuenta el vínculo entre el episodio de los gemelos hispanos y el combate final 39 entre Eteocles y Polinices (la actitud del público cauea damnante, XVI 532, la referencia a la ambición de poder como motivo de lucha, el combate mismo y el detalle de la pira funeraria cuyas llamas se separan, XVI 546-548: nam corpora iunctus / una cum raperet flamma rogus, impius ignis / dissiluit, cineresque simul iacuisse negarunt) 40, la relación paradójica que ya hemos señalado entre el final de los trillizos y el de Eteocles y Polinices se hace más visible: nec plura locutus concidit et totis fratrem grauis obruit armis... ite truces animae funestaque Tartara leto 38 Es precisamente en este contexto donde se encuentra la profecía de Marte sobre el futuro de Escipión (Sil.
39 Los ejemplos contrapuestos son como relatos especulares, cf. De este modo, la interpretación del episodio de los trillizos parece situarse en una encrucijada, ya que, por un lado, el relato evoca la contienda civil, por otro, en cambio, concluye con una exaltación de la virtud de los combatientes muertos, hecho, este último, que le confiere un significado contrario al del texto de Estacio, al que, no obstante, remite gracias al intertexto de Virgilio que comparten 41.
Como ha señalado con frecuencia la crítica, la inversión que el final del libro XI de la Tebaida hace de los versos que dedica Virgilio a Euríalo y Niso es evidente 42.
Del mismo modo, el uso como intertexto por parte de Silio Itálico (XVI 529-548) de este pasaje de Estacio (Ripoll 2015, p.
431) 43 permite extender a los gemelos hispanos, movidos por el regni furor (Sil.
XVI 540), la condena dirigida a Eteocles y Polinices por Estacio y entender su final como antífrasis del de Euríalo y Niso 44.
Así, la alusión, aceptada de modo general, del final de los trillizos al apóstrofe virgiliano, refuerza, por contraste, el significado positivo que pretende dar Silio a este enfrentamiento.
Y además encuentra una motivación para la reutilización del epifonema de Virgilio en una estructura narrativa que en nada se parece a la del original virgiliano.
Que Silio y Estacio recurran a un mismo intertexto en pasajes de contenido semejante y de 41 En este caso, según Ripoll 2015, p.
43 McGuire 1997, pp. 100-101, señala otros elementos claramente estacianos en Silio: la repetición de la terminología real (regibus... regnis), la colocación enfática de furorem y dextris, y el hipérbaton que destaca la expresión impia proelia.
489, entre esta inversión y el discurso a las almas de los saguntinos que les dirige Silio Itálico (II 696-698), parece oportuna, las implicaciones de su análisis no resultan tan convincentes.
En cambio, parece invertir el sentido de la despedida de Estacio a Eteocles y Polinices, cf. Venini (1970 ad Theb.
Si, de acuerdo con Bessone 2011, pp. 82-83, consideramos que los versos del apóstrofe virgiliano son los versos que tal vez mejor resuman el estatuto del género épico, parece claro que podemos entender que en el relato de los trillizos estamos ante una expresión programática de la obra épica de Silio contrapuesta a la de Estacio: una épica en la que la gloria militar y la celebración y conmemoración de las hazañas son posibles (Bessone, 2013: 92) frente a esa otra épica del nefas, que niega la posibilidad de celebrar la gloria bélica 45.
Conviene recordar que la lucha de los trillizos se plantea también como un acto heroico, una prueba de la uirtus guerrera, aunque en el apóstrofe final sea la pietas, siguiendo el modelo de Virgilio, la virtud destacada 46.
La repetición de uno de los términos claves del proemio de Silio (decus memorare laborum I 3) en el epílogo del combate (aeternum decus memori celebrabitur aeuo IV 398) refuerza dicha idea.
El paralelismo de los textos de Silio con otros similares de Estacio, especialmente con el apóstrofe a los Tespíadas (X 445), permite extender las relaciones intertextuales entre ambos poetas.
En la obra de Estacio se reproduce la relación intratextual de las Púnicas entre textos cuya idea nuclear es la oposición entre pietas e impietas que se encarna en las imágenes de la guerra civil.
Estacio pone en escena, por contraste, parejas de hermanos ejemplares que sirven de modelo opositivo a la pareja central enfrentada.
Es una forma de ilustrar que existen otras posibilidades, a la vez que recuerda que la amenaza de la elección de la peor opción siempre está presente.
Un ejemplo claro lo constituyen los gemelos Toante y Euneo.
Su actitud en el trascurso de los juegos fúnebres del libro VI de la Tebaida es contraria a la de los gemelos hispanos, pues compiten por no superarse 47; y remite expresamente a la pietas de los trillizos: Cedunt uincuntque, nec unquam / ambitiosa pios collidit gloria fratres (Theb.
Más cercano a los casos planteados es, sin embargo, el final de los gemelos Tespíadas 48: 45 Sobre el valor del episodio en Virgilio, cf. Hardie 1994, p.
46 Asimismo, induce la comparación entre ambos pasajes la presencia de la figura de la Pietas personificada en un momento anterior al combate decisivo entre los dos hermanos tebanos (Theb.
47 Esta armonía se diseña como antítesis de la discordia entre Eteocles y Polinices por un lado, y la de los gladiadores silianos por el otro, como afirma Ariemma 2008.
Estos hermanos ilustran una forma de acceso a la fama basada en una virtud excepcional, la piedad fraterna49, uno de los motivos de glorificación en una obra que no puede celebrar la gloria épica tradicional.
No obstante, encontramos un pasaje de Estacio que recupera de forma explícita el apóstrofe virgiliano en un contexto más próximo al de los jóvenes Euríalo y Niso.
Se trata del episodio de la muerte de los compañeros Hopleo y Dimas (X 347-448), cuyo inicio coloca la pietas como elemento clave: Inuida fata piis et fors ingentibus ausis / rara comes (vv.
Este pasaje se vincula con el texto de Silio especialmente a través del intertexto virgiliano al que recurren ambos51: La relación no sorprende en cuanto que existen una serie de motivos comunes que permiten la introducción de elementos distintos, pero cercanos, en los esquemas tradicionales.
Markus 2003, pp. 465-467, entiende que Estacio no puede ensalzar la gloria de héroes cuyo valor se manifiesta en una guerra fratricida, y subvierte así la ideología épica basada en la consecución de la gloria.
En episodios como el de Hopleo y Dimas no se celebra la gloria militar sino el acto de pietas 52.
Esta celebración posee la función de conectar con la tradición épica, por lo que parece destacar más la relación poética entre los personajes de Eneida y Tebaida que el elogio de la acción realizada.
El carácter explícito de la relación intertextual demuestra la solución de compromiso a la que llega el poeta de la Tebaida.
Esta explicación ayuda además a esclarecer las diferencias en la utilización del arquetipo virgiliano por parte de Silio y de Estacio; más aún si tenemos en cuenta que la elaboración del apóstrofe a Eteocles y Polinices es una inversión manifiesta del que Virgilio dedica a Euríalo y Niso.
El clímax de la Tebaida se plantea así como una inversión de la Eneida en un lugar clave y, con ello, se produce la negación del estatuto épico allí expresado en forma tradicional 53.
Silio Itálico, sin embargo, recupera, no sin ambigüedades, el modelo tradicional para glorificar a finaliza trágicamente.
La relación de este texto con el de Silio a través del intertexto virgiliano resulta evidente, pero cabe destacar que, a su vez, Silio construye otro episodio de salida nocturna con un sentido completamente opuesto (VII 279 ss.), como señala Littlewood 2013, pp. 290-91, en respuesta al de Estacio.
La interacción y el diálogo entre ambos autores son, por tanto, constantes y manifiestos.
52 Ripoll 1998, pp. 233-236, en su análisis de estos pasajes reduce a dos las formas de alcanzar gloria en el marco de la Tebaida: la muerte voluntaria estoica y un acto extraordinario de pietas.
53 Se ha destacado con frecuencia la interferencia de la tragedia en la épica de Estacio (cf. Bessone 2011), sin embargo conviene no olvidar, como señala Criado 1999, p.
161, que el pathos no es exclusivo de la tragedia y que «el género épico consentía y fomentaba, como la preceptiva aristotélica documenta, esta promiscuidad».
No vamos a entrar en la cuestión del valor metapoético de la alusión, para lo que remitimos al artículo de Río Torres-Murciano sobre las imitaciones del apóstrofe virgiliano en los poetas flavios (2009); sin embargo, sí nos interesa destacar la mayor proximidad a Estacio que al propio Virgilio en la formulación de la perduración de la propia poesía que señala el autor citado.
La falta de una inversión del paradigma virgiliano en el caso de los gemelos hispanos, que impide un paralelismo completo entre los textos de Silio y Estacio analizados, no impide, sin embargo, esta interpretación; es más, su inclusión podría entorpecerla, otorgando una importancia excesiva a un suceso con suficientes características de guerra civil y ecos que cualquier lector podría perfectamente percibir.
En ambos autores observamos un vínculo estrecho entre textos de considerable valor a la hora de determinar, por un lado, la concepción del género y sus formas de inversión (épica del nefas / épica de la gloria) de cada uno de los poetas expresada mediante el uso directo y antifrástico de un texto clave de la Eneida; por otro, la profundidad del diálogo intertextual entre ellos y con los predecesores que representan las dos concepciones de la épica señaladas: Virgilio y Lucano.
En la Tebaida el uso positivo del intertexto virgiliano posee una presencia importante, pero se mantiene en un nivel secundario; muestra la existencia de posibilidades alternativas (Bessone 2011, p.
85), aunque el enfrentamiento final entre los hermanos al que conduce la obra impregna el conjunto con la mancha del scelus, del nefas 54, permitiendo que los ejemplos positivos actúen tan sólo como elementos de contraste sin capacidad para debilitar la línea predominante 55, como prueba la inversión del famoso epílogo en el momento culminante de la obra: en Silio, en cambio, el carácter celebrativo es el prioritario según indica Ripoll 1998, p.
254; de ahí el recurso al intertexto virgiliano para un episodio como el analizado, si bien con matizaciones importantes.
La referencia, dentro del apóstrofe al comportamiento de los hermanos cesión poética entre los épicos posteriores a Virgilio, remitimos a Hardie 1993b, pp. 98-119, y Barchiesi 2000.
54 Si bien la interpretación optimista de la Tebaida postula que en el libro XII se interrumpe la influencia del nefas, no creemos que este hecho obstaculice la interpretación que venimos defendiendo en cuanto que, bien por responder a una visión pesimista del poeta, o bien por deseo de expresarlo en toda su crudeza para condenarlo antes de conjurarlo, la presencia del nefas y su punto culminante en el libro XI son indiscutibles.
Por ello, nos parece adecuada la valoración de Ahl 1986, p.
55 No pretendemos entrar en la discusión entre la visión optimista y pesimista sobre el final de la Tebaida, para lo que remitimos al resumen de la cuestión que realiza Bessone 2008, 2011, p.
128 venideros es una anticipación y una clara advertencia de las guerras civiles que se sucederán en Roma, en completa consonancia con los indicadores y referencias continuas a ella, que hemos señalado en el inicio de este artículo.
La reelaboración del combate de los trillizos responde a la dualidad que articulan las Púnicas, el carácter celebrativo de su contenido, el mayor de la épica latina (Ariemma, 2008), y el pesimismo respecto al futuro que se refleja en las referencias a las guerras civiles.
El ejercicio intertextual realizado por Silio se basa en la utilización de un doble método de evocación de la guerra civil con el fin de recordarla a sus contemporáneos (esto es, hacerla presente) y desmentir su inevitabilidad ofreciendo posibilidades distintas: por un lado, la conformación de los acontecimientos al modelo de lucha fratricida, y, por otro, la utilización de ejemplos que intentan demostrar la existencia de fuerzas capaces de cancelar u obstaculizar dicha fatalidad.
Esta aproximación es imprescindible para trazar sobre esta base una forma alternativa del género, una forma que ofrezca la posibilidad de la superación de ese mal que parece ser un trágico destino inscrito de la historia de Roma.
Esta dicotomía tiene sus consecuencias en la poética del autor, pues se traslada al modelo de épica que Silio escoge para su obra, y se inclina por la épica celebrativa pero la matiza de manera importante estableciendo así un fructífero diálogo con la tradición épica y con sus contemporáneos.
Del mismo modo que parece surgir una alternativa positiva en la Tebaida podemos decir igualmente que las Púnicas entreteje en medio de la glorificación los aspectos oscuros de la historia de Roma.
El pasaje escogido (IV 355-400) ilustra a la perfección esta idea, expuesta en otros episodios de las Púnicas, como se ha podido observar, porque conjuga ingredientes diversos y contradictorios que necesitan una explicación y concluye con una alusión virgiliana que posee un carácter programático: Se trata una declaración indirecta de la concepción del género épico en su conjunto y de la obra épica concreta que elabora Silio Itálico, cuyo programa poético dominante había quedado establecido en el prefacio (gloria, I 1) y repetido en el epílogo del pasaje analizado (decus, IV 398).
La utilización por parte de Estacio del mismo intertexto virgiliano tanto en su forma directa como inversa, enfatiza el carácter dialógico que posee dicha alusión y refuerza el valor programático que le hemos asignado.
La ausencia de la inversión de dicho intertexto en el final |
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En los Fastos la imagen de Rómulo resulta insuficiente para aludir a Augusto porque el Augusto contemporáneo de Ovidio ya no obedece al prototipo romúleo de nuevo fundador de la ciudad y se asemeja, en cambio, a Numa, rey consagrado a la paz, a los ritos y al conocimiento de los astros.
En este trabajo se estudia cómo influye la estructura de sucesión en la construcción del personaje de Augusto, con conclusiones sobre la construcción poética ovidiana de la historia: Ovidio
In this paper we study how this succession-structure influences the construction of Augustus as a character, with conclusions about the Ovidian poetic construction of history: Ovid * Este trabajo, versiones previas del cual fueron presentadas como ponencias y finalmente como conferencia en las "IV Jornadas Nacionales del Centro de Literaturas y Literaturas Comparadas" (FaHCE-UNLP, 4.
2016), se inserta en mi investigación como Investigador Adjunto del Conicet "La construcción poética de la historia romana en la poesía augustea: Virgilio y Ovidio".
Por consejo del evaluador anónimo, he ampliado las conclusiones (me ha parecido más adecuado insertar en ese sector, antes que en el inicio, la explicación sobre las perspectivas teóricas acerca de la historia que he sostenido en otros artículos).
Agradezco esta y otras observaciones que indudablemente han dotado de una mayor claridad a mi argumentación.
La crítica sobre los Fastos (y también la mera lectura atenta) ve en Rómulo y Numa dos prototipos de Augusto.
En las últimas dos décadas esta asociación ha tenido, no obstante, aproximaciones e interpretaciones dispares.
Están: 1. los que opinan que la ambigüedad en torno a la figura de Rómulo no concierne a su deificación y a su significación augustea 5; 2. los que consideran que toda la representación de Rómulo es crítica o irónica y que esta circunstancia, por ende, afecta a la representación de Augusto 6; 3. los que creen que en la obra hay cierta crítica al prototipo romúleo y que (o, también, porque) Ovidio pretende asociar a Augusto con Numa, un rey consagrado a la paz y al conocimiento de los astros, e incluso con el propio poeta 7; 4. los tradición caída en desuso (cf. Hinds 1992, p.
C. sobre los que trata en la primera parte de su artículo, «... are the contemporary numismatic parallel to Virgil 's heroic parade» (100) del libro VI de la Eneida, compuesto en el 23 a.
C. bajo la atmósfera de los Ludi Saeculares, que habrían sido planeados para ese año y luego postergados.
En ese desfile, Augusto se ubicaría entre Rómulo y Numa como un rey más, para asociarse con este último (cf. n.
77 del trabajo de Györi y n.
26 del presente trabajo), con quien, como hijo adoptivo de Julio César, estaba emparentado (v.
Garani 2014 que opinan que, aun asociando a Augusto con Numa, la posición del poeta podría ser ambigua 8.
Nuestra visión sobre estos personajes se acerca a la de los críticos alineados en los puntos 1 y 3.
Creemos que en los Fastos la imagen de Rómulo resulta insuficiente para aludir a Augusto porque el Augusto contemporáneo del Ovidio poeta ya no obedece al prototipo romúleo de nuevo fundador de la ciudad y se asemeja, en cambio, a Numa, rey consagrado a la paz, a los ritos y al conocimiento de los astros.
Esta circunstancia se dramatiza especialmente en la sýnkrisis entre Rómulo y Augusto (II 119-144) y en la sýnkrisis entre Rómulo y Numa a propósito del calendario, pasajes en los que la figura de Rómulo aparece censurada.
En este trabajo estudiaremos cómo influye la estructura de sucesión, i.e. el pasaje explícito (en términos de representación) de un prototipo o imagen a otro, en la construcción del personaje de Augusto, y analizaremos brevemente en sus conclusiones si, en términos de construcción poética de la historia reciente (según venimos estudiando en trabajos anteriores), se trata de una auténtica interpretación de la historia o de un artificio poético.
El libro III: de Rómulo a Numa
El libro III de los Fastos trata sobre el primer mes del calendario romúleo y el tercero a partir de la reforma de Numa, i. e. marzo, mes que toma su nombre del dios Marte.
El comienzo del libro pone en evidencia la sorpresa del poeta ante su obligación en términos compositivos, que era escribir sobre el mes de la guerra en un libro sobre el calendario, las causas y las constelaciones (Fast.
La hipotética pregunta de Marte obtiene, por ese motivo, una respuesta resignada y algo irónica del poeta: y lucreciana de la imagen de poeta / uates de Numa, dotada por la filosofía de una profunda significación política: «All in all, Numa is revealed to be standing in as both the poet and the emperor» (p.
24, opina que, al igual que en el caso de César, Augusto se asocia a Rómulo tomando distancia de sus «liabilities».
III 3-4)9 Quizás tú mismo te preguntes qué tienen en común el poeta y Marte: de ti recibe el nombre el mes que cantamos.
Nada más parece vincularlos.
Ese rechazo obedece desde el punto de vista poético a una recusatio que ha sido explicitada al inicio del libro I con el magistral hexámetro Caesaris arma canant alii: nos Caesaris aras, I 13 («que otros canten las armas de César; nosotros cantaremos sus altares») 10.
La historia que Ovidio elegirá referir a continuación es una historia en la que el dios no tuvo necesidad de armas: sus amores con la vestal Rea Silvia.
El consejo del poeta de imitar a Minerva y deponer por un tiempo las armas adquiere el tono de la ironía cómplice: inuenies et quod inermis agas, III 8 («sin armas también encontrarás qué hacer»).
En el incipit del verso que da comienzo a la historia, por la repetición del término inermis, se sugiere que el dios de la guerra es, además de un dios desarmado, un dios inofensivo (sentido derivado del término), presa del amor de una mujer: tum quoque inermis eras, cum te Romana sacerdos/ cepit..., III 9-10 («también entonces estabas sin armas/ eras inofensivo, cuando te tomó la romana sacerdotisa...») 11.
Sin embargo, la historia que se contará no será sólo una historia amorosa (o al menos una más), circunstancia que se aclara en el verso 10: Rea Silvia «tomó» al dios para que éste «diera a la Ciudad grandes semillas», i. e.
La posición activa de la vestal se asignará más tarde al dios, quien, como se lee en los versos 20-21, no se mostrará inofensivo: la ve, la desea y, sobre todo, la posee (potitur -20).
El relato se concentra luego en el discurso de la vestal y en las circunstancias del nacimiento y la crianza de los gemelos hasta llegar a su juventud.
En este punto, algunas de las caracterís- La justicia se aplica asimismo a quien pueda constituir una amenaza al poder establecido, como el propio Remo.
A diferencia de otras versiones de esa historia que concluye en el asesinato de Remo, se omite todo comentario ritual: moenia conduntur, quae, quamuis parua fuerunt, non tamen expediit transiluisse Remo.
(III 69-70) Se fundan unas murallas que, aunque fueron pequeñas, sin embargo no le habría convenido a Remo haberlas traspasado.
Si bien es la historia de Rómulo, por la conocida asociación con Augusto el lector podía (y puede, en efecto) vincular el rol de los gemelos y, posteriormente, el de Rómulo con el Augusto pacificador de la Guerra Civil; en el segundo ejemplo, Remo mismo, alusivamente, podría leerse como una anticipación de la amenaza al orden, según el prisma de la propaganda augustea.
Lo que, sin embargo, atenúa un poco las bondades de la asociación es cierta rudeza en la caracterización del personaje de Rómulo, que se pone de relieve de manera especial en el episodio del rapto de las Sabinas, donde el dios Marte apostrofa:... patriamque dedi tibi, Romule, mentem./ «tolle preces», dixi «quod petis arma dabunt.», III 197-198 («... te di, Rómulo, el carácter de tu padre.'Haz a un lado las plegarias', le dije,'las armas te darán lo que pides'») 12.
El dios está representado algo cómicamente; además la historia del rapto se cuenta a propósito de los Matronalia y en el final se exalta la pacificación, pero se percibe cierta reserva por parte del poeta ante la imagen de Rómulo, que se asocia ineluctablemente a la violencia de Marte.
Esta circunstancia, si decidimos leer el pasaje en clave augustea, repercutiría desfavorablemente en la interpretación del personaje de Augusto.
En el pasaje sobre la ordenación del calendario, que continúa un motivo ya tratado en el libro I, a propósito del mes de enero, el poeta, con un dejo de burla, nos muestra a un Rómulo pasional, que, celoso de los lazos de sangre, de cuya seguridad no permite que se dude, decide homenajear a su padre, no menos pasional que él, sin advertir que este homenaje conlleva un error astronómico, un calendario al que le faltan dos meses (III 73-78):'arbiter armorum, de cuius sanguine natus credor et, ut credar, pignora multa dabo, a te principium Romano dicimus anno: primus de patrio nomine mensis erit.' uox rata fit, patrioque uocat de nomine mensem:
dicitur haec pietas grata fuisse deo.'Árbitro de las armas, de cuya sangre se cree que he nacido y, para que se crea, daré muchas garantías, a partir de ti llamamos al comienzo del año romano.
El primer mes tendrá el nombre de mi padre'.
Se cumple lo dicho y llama al mes conforme al nombre de su padre.
Cuentan que esta muestra de piedad agradó al dios.
Se insiste otra vez en la violencia (arbiter armorum) y en la rudeza, no sólo de este Rómulo de quien Marte es padre y cómplice (cf. el desafío del verso 74 y el agrado del dios, en el 78), sino de aquellos tiempos primitivos de Roma, ignorantes de la oratoria y de la astronomía.
En un pasaje que puede ser leído como un intertexto y, sobre todo, como una respuesta al famoso pasaje de las artes Romanae que Virgilio incluyó en el discurso de Anquises de la Eneida (VI 847 ss.), el poeta escribe (III 101 ss.) 13: nondum tradiderat uictas uictoribus artes Graecia, facundum sed male forte genus: qui bene pugnabat, Romanam nouerat artem; mittere qui poterat pila, disertus erat.... libera currebant et inobseruata per annum sidera; constabat sed tamen esse deos. non illi caelo labentia signa tenebant, sed sua, quae magnum perdere crimen erat.
Grecia todavía no había legado las artes vencidas a los vencedores; era un pueblo elocuente, pero poco valiente.
Quien luchaba bien conocía el arte romano; quien podía arrojar dardos era elocuente...
Los astros corrían libres y sin ser observados a lo largo del año, pero les constaba, sin embargo, que eran dioses.
No comprendían los signos (astros) que se deslizan en el cielo, sino los suyos (estandartes), que era un gran delito perder.
En los versos que siguen el poeta mostrará respeto por la austeridad de esos primitivos habitantes, que honraban unos estandartes rústicos de heno; pero los versos que hemos citado reflejan una cierta censura, que se evidencia especialmente en el juego de palabras con signa y en la caracterización del rústico método de elocuencia romana, aunque probablemente también en su observación de que reconocían el carácter divino de los astros, sin una consecuente preocupación por su valor científico 14.
Obviamente hay también una alusión a Horacio, Ep.
En ese libro, el poeta, exclama (Fast.
Sin duda conocías más las armas que las estrellas, Rómulo, y era mayor tu preocupación por vencer a los pueblos vecinos.
No obstante, luego de estos versos excusa a Rómulo (vv.
31 ss.), explicando que fenómenos de la naturaleza (la duración del embarazo) o acontecimientos de la realidad (la duración del luto), justificaban la creencia en que el año duraba diez meses en lugar de doce 15.
Esta justificación se encuentra considerablemente ampliada en el libro III, lo que sugiere un matiz en la construcción de una imagen crítica de Rómulo, y, al igual que en el I, desemboca en Numa (III 151 ss.).
Sea instruido por Pitágoras -es decir, por la Graecia uicta-o amonestado por su esposa, la ninfa Egeria, Numa menses sensit abesse duos (152), «advirtió que faltaban dos meses».
Lo novedoso de este pasaje, a diferencia de su correlato del libro I, es la inmediata asociación con Julio César, caracterizado como ille deus tantaeque propaginis auctor, 157 («aquel dios y autor de una progenie tan grande -i. e.
III 155-160) Sin embargo, aun ahora el cálculo del tiempo era erróneo, hasta que entre muchas también ésta fue preocupación de César.
No creyó aquel dios y autor de una progenie tan grande parole di v.
Sin embargo, sugiere no hacer una lectura antiaugustea de la parodia, que sería, dice, ingenua.
La representación del poeta afirma que el paradigma de Rómulo ha sido superado por el paradigma de Numa, quien se vincula, a través del interés de César en la astronomía, con Augusto.
Permítasenos retomar lo dicho hasta el momento y agregar una idea para completar este apartado.
En los dos libros anteriores Rómulo es considerado separadamente en relación con Numa o en relación con Augusto, a través del artificio de la sýnkrisis.
Hemos comentado la comparación con Numa a propósito del calendario, que, con ciertas variaciones y amplificaciones -pero, sobre todo, con el agregado esencial de la referencia indirecta a Augusto-, se repite en el libro III.
La sýnkrisis entre Rómulo y Augusto ocurre en el libro II 16.
Si bien no se ahorran diferencias, son llamativas éstas que señalamos de manera especial (II 141-143): uis tibi grata fuit, florent sub Caesare leges; tu domini nomen, principis ille tenet; te Remus incusat, ueniam dedit hostibus ille.
A ti te es agradable la fuerza; bajo César florecen las leyes.
Tú tienes el nombre de señor; aquél, el de primer ciudadano.
A ti te acusa Remo; el perdonó a sus enemigos.
Este reinado caracterizado por las leyes y la clemencia se parece, en la tradición mítico-histórica romana al de Numa.
Podría decirse que Rómulo, en los Fastos, es vencido en las sýnkriseis particulares con Numa y con Augusto y que en esta última algunas características de Augusto lo acercan a Numa.
81, quien observa que, en la comparación de Augusto con Rómulo en ocasión de celebrar el aniversario del título conferido a Augusto (2 a.
C.) de pater patriae, se destruye la figura de Rómulo.
V. además la interesante interpretación de Galinsky, 2013, pp. 34 s., que comenta críticamente a Barchiesi: «These comments hit the mark, but there is even more to the passage (...).
As so often, he was having it both ways and that, I think, is one of Ovid 's targets here». libro III la comparación, la sýnkrisis entre Rómulo y Numa adquiere, por la estructura del libro, las características de una sucesión y, por la relación intratextual de Augusto con Numa en estructura de sýnkrisis (libro II), se entiende que, en esta sucesión de Rómulo a Numa, se está aludiendo de manera textual a la sýnkrisis de Rómulo y Augusto (no se trata, pues, de una cuestión meramente cultural, como señalamos al principio).
Para otorgar más énfasis, la referencia a Numa culmina, como hemos visto, en una referencia a César y a Augusto.
En consecuencia, Rómulo, en el libro III, aparece desdibujado y caracterizado con rasgos aun humorísticos, porque el poeta propone en este libro de manera programática la sucesión, en relación con el princeps, de un modelo mítico-histórico a otro.
No obstante, la conciencia de que el personaje de Rómulo era un prototipo de Augusto -y a la vez la propia estructura de sucesión-induce al poeta a matizar sus errores, luego de burlarse de ellos, y a que en la última historia contada en relación con Rómulo y con Marte, la referencia al rapto de las Sabinas a propósito de la fiesta de los Matronalia, se ponga el acento en la paz y el propio Marte aparezca como un dios de paz asociado a las madres (III 251-252): mater amat nuptas: matris me turba frequentat.
Mi madre ama a las casadas: la multitud de mi madre, pues, me frecuenta.
Esta causa tan piadosa me conviene especialmente.
Es lícito que se mantenga la asociación entre Rómulo y Augusto en la obra, pero hay que considerar que, cuando se advierten críticas o reservas a Rómulo, es precisamente porque aparece en una estructura comparativa que conduce a su dramatización en el libro III, en una estructura de sucesión: la plenitud de Rómulo-Augusto se halla en Numa-Augusto.
Hay, por otro lado, asociaciones entre Rómulo y Augusto que no pueden ser compartidas por Numa, como la apoteosis: en ese caso, no se observan críticas, precisamente porque la apoteosis posee valor cesáreo-augusteo 17.
Por último, está el motivo del asesinato de Remo, que aparece censurado en la sýnkrisis entre Rómulo y Augusto y en cierta manera justificado en los relatos del libro IV (fundación de la ciudad) y V (los Lemuria).
El tema es bastante amplio y merece un estudio separado 18.
Baste decir que Ovidio lo ha representado en términos menos críticos y pesimistas que, por ejemplo, Horacio en el Epodo 7.
En esta estructura sucesoria, elaborada cuidadosamente en un libro sobre el mes de marzo, asociado a Marte, el primer pasaje dedicado a Numa insiste en el motivo de la paz y en la gradual civilización del pueblo otrora rústico y belicoso (III 277-282):
Al principio agradó -a Numa-que los quirites excesivamente dispuestos a la guerra fueran ablandados por la ley y el temor de los dioses.
Luego se dictaron leyes para que el más fuerte no lo pudiera todo y se comenzaron a honrar con pureza los ritos tradicionales.
Se aparta la ferocidad y lo justo es más poderoso que las armas y causa vergüenza irse a las manos con un ciudadano.
La primera hazaña de Numa, conforme a esta nueva orientación, no se deberá a la fuerza, sino a la inteligencia: consiste en la propiciación del rayo, obtenida luego de un duelo verbal con Júpiter.
de la propia diferenciación entre historia y poesía que hace Aristóteles (Poet.
1451b): la poesía, a diferencia de la historia, que considera lo sucedido, se aboca a lo que puede suceder; por ende, la historia incluida en textos poéticos va a estar impregnada de artificio, de invención, de construcción20.
Como lo hemos formulado en otro trabajo, Esta circunstancia se hace posible por una distinción que, pese a lo que opinan Gowing y Wiseman, se plantea en términos de género, aunque sirve para iluminar el estatus especial de la poesía que representa historia frente a una equívoca equiparación de la labor del poeta y del historiador con la historia, y no, por cierto, para desestimar la representación poética de esa materia.
1451b), la historia se diferencia de la poesía porque, mientras la primera narra lo sucedido, la segunda se aboca a lo que puede suceder (οἷα ἂν γένοιτο); asimismo, la poesía, más filosófica y universal que la historia, se rige por el criterio de lo verosímil o lo necesario (κατὰ τὸ εἰκὸς ἢ τὸ ἀναγκαῖον).
Estas observaciones de Aristóteles nos permiten inferir que la poesía, cuando representa historia, pone el acento en una labor que prioriza la transformación, la construcción, de un modo que no puede encontrarse en la historia como forma dominante21.
En lo que respecta a la poesía augustea, estudios que tienen ya cuatro décadas 22 han demostrado que la etiqueta de régimen augusteo o de una ideología impuesta del principado no es del todo adecuada y que los poetas gozaron de libertad.
La idea de construcción poética sugiere que todo poeta augusteo ha sido capaz de construir una representación autónoma y más o menos diferenciada de las expectativas que la política depositaba en los escritores, atendiendo al modo como la historia podía insertarse más convenientemente en su obra.
No obstante, los poetas más comprometidos con las ideas augusteas (Horacio y Virgilio) tendieron normalmente a una construcción en términos de interpretación, a una imagen necesaria para la comprensión de la historia, mientras que en Ovidio y Propercio, menos comprometidos, la construcción es en cierto modo un juego literario, un artificio, aunque en ocasiones también puede aportar una interpretación lateral 23.
Así el final del libro VI de la Eneida, que representa la futura grandeza romana, culmina en el dolor de una mors immatura, la de Marcelo, lo que constituye un significativo juicio, una medular interpretación, en términos poéticos, acerca de la historia de Roma.
Como ejemplo de la segunda tendencia, Ovidio suele insertar la historia, en las Metamorfosis, conforme lo requiere la disposición de la trama, es decir supeditándola al mito y su dinámica y a la figura del poeta, con el cual la obra termina; no obstante, hay lugar para algunas interpretaciones laterales.
Citemos como ejemplo precisamente el caso de Numa, cuya relación con Pitágoras y con Augusto, en Metamorfosis, se define, a través de la imagen de la pax, como una progresión que culmina en el Augusto pacificador y restaurador por medio de la guerra (XV 483 s.; XV 822 s., 833 s.); no se descuida, pues, la esfera político-militar, más allá de que la última asociación de Numa, aun no descuidando la esfera político-militar, sea, mediante los motivos de la fama y de la pax, una asociación con el poeta (XV 1 ss.; XV 483 s.; XV 853; XV 877 ss.) 24.
En lo que atañe al presente trabajo, el lector tendería a creer que esa estructura sucesoria de Rómulo a Numa en la construcción de la imagen de Augusto, que concordaba, por lo demás, con las preferencias de Ovidio en los Fastos, puede entenderse como una interpretación del Augusto posterior a Accio, el de la pax Augusta, y a la vez como una interpretación de la historia de la Roma monárquica 25; pero los hechos concomitantes y posteriores, 23 Hemos analizado la construcción poética como artificio en los casos de Rómulo (Martínez Astorino 2017a), Numa (Martínez Astorino 2012) y César-Augusto (Martínez Astorino 2017b), particularmente en Metamorfosis.
En lo que respecta a Propercio, pensamos en los finales de III 18 y IV 11 y, en especial, en IV, 1, IV, 4 y IV, 9, pero la lista podría incluir otras elegías.
Sobre la construcción como interpretación, hemos tratado más el caso de Virgilio en su Eneida (Martínez Astorino 2014) que el de Horacio, aunque por supuesto es evidente la aplicación del concepto a este último poeta.
En cuanto al episodio de Cipo en Metamorfosis, parece constituir un caso especial de interpretación, según analizamos en Martínez Astorino 2017c, pp. 268-270.
25 Normalmente se está de acuerdo en que Metamorfosis y Fastos han sido compuestos entre el 2 y el 8 d.C. (en el caso de Fastos, la dedicatoria a Germánico parece corresponder a una revisión post-augustea del texto -cf.
31); sin embargo, mientras en Metamorfosis, |
La Ars grammatica que se atribuye a Julián de Toledo incluye dos párrafos (II 1.3-4) sobre los inventores de los respectivos alfabetos que desempeñaron un papel importante en las civilizaciones «letradas» en el ámbito del Mediterráneo.
En estos dos párrafos la información viene presentada en primer lugar bajo forma de preguntas y respuestas, después se da un exemplum poético.
El segundo exemplum reproduce el carmen 39 del maestro de Julián, Eugenio II de Toledo, este último texto basándose en la síntesis de erudición «pagana» y cristiana realizada por Isidoro de Sevilla.
La presente contribución reconstruye el proceso de condensación y codificación que condujo a los párrafos pertinentes dentro de la Ars grammatica de Julián de Toledo, y destaca conclusiones respecto al ambiente intelectual de la España del siglo VII.
Palabras clave: inventores de las letras; Julián de Toledo; Eugenio II de Toledo; Isidoro de Sevilla; condensación del saber cultural; «renacimiento isidoriano».
Cómo citar este artículo / Citation: Denecker, Tim 2018: «Condensing cultural knowledge in 7th-century Spain.
32, likewise stated that carmen 39 «retoma el elenco registrado en las Etimologías de Isidoro (1,3,5-1,4,1), al que adiciona una información presente en la Historia Gothorum (Goth. |
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Palabras clave: epígrafe latino; clavo mágico; África romana; latín vulgar; envidia; magia; apotropaico.
En excelente estado de conservación, salvo por la rotura del extremo de su punta, el clavo, de cabeza redondeada y decorada con una cruz, tiene cuatro caras, en dos de las cuales se grabaron sendos epígrafes en alfabeto latino y motivos geométricos aspados (figs. [1][2][3].
La procedencia y el contexto arqueológico de esta pieza son totalmente desconocidos, y hasta la fecha no existe ningún estudio sobre el objeto, con excepción de lo publicado en la página web de la propia institución 1, en la que es descrito como «a masonic nail» neogótico de los siglos XVIII-XIX d.
C., el cual podría haber estado relacionado con una taberna o un club social de bebedores.
Allí se ofrece la primera lectura de ambas incripciones (figs. 1-3), sin que se identifique la hipotética lengua en la que habrían sido compuestas ni, mucho menos, se ofrezca traducción alguna: a) Kabeneacceras b) bide bibe at cayde Pues bien, a partir de una autopsia del epígrafe y de su contextualización lingüística y cultural, proponemos aquí su identificación como un único texto perfectamente legible desde el latín vulgar y datable en los siglos IV-V d.
C., que probablemente procede del norte de la provincia del África romana.
Esta hipótesis no solo adelanta milenio y medio su cronología, sino que permite ofrecer un sentido inteligible para la inscripción y para la propia pieza, la cual pasaría a formar parte del heterogéneo conjunto de los denominados «clavos mágicos» greco-romanos, de morfología y funcionalidad variada, y cuyo número supera la treintena, aunque solo dieciseis de ellos presentan inscripción (Bevilacqua 2001; Alfayé 2014; Ead. e.p.)
La inscripción presenta ciertas características significativas, tanto en el plano de sus grafías como en el lingüístico, que la ubican en el ámbito del latín en época tardía.
Así, la utilización de ka en lugar de ca (i.e., kabe por caue) está perfectamente atestiguada en el latín de época imperial2 (López de Ayala 1989; 1991), y sin duda responde a un hábito de oficina epigráfica.
Por otra parte, el uso de acceras en lugar del clásico accedas3 (fig. 2).
La evolución de la d intervocálica a r es un fenómeno documentado esporádicamente en latín vulgar (pedes > peres) 4.
No hace falta insistir en la omnipresencia del betacismo, tan usual en el ámbito del latín vulgar desde el siglo I d.
C: kabe en lugar del clásico caue (fig. 2), o inbide por inuide (fig. 3).
De hecho, además del paralelo antes mencionado (AE 1945, 91), la forma inbide por inuide aparece documentada en un epígrafe de Carthago (CIL VIII, 24070) o en otro de Ostia, inbide/ calco (CIL XIV, 4757; AE 1928, 127); e inbidere por inuidere también se atestigua en una inscripción de la misma Carthago, aut more infelis aut ques/ d(ominu)s gubeat inbidere noli.
De hecho, estos ejemplos plantean problemas a la hora de interpretar la fórmula bibe, que podría ser leída como bibe, «bebe», o como uiue, «vive».
Sin embargo, la existencia de más de una decena de inscripciones norteafricanas de época tardoimperial en las que se produce la concurrencia del vocativo inuide + el imperativo uiue, cuya intelección como «vive» resulta inequívoca, nos lleva a considerar que esta es también la lectura más probable de nuestro bibe, tal como evidencian, entre otros, los siguientes ejemplos:
«Envidioso, vive (y) mira», en una inscripción de Aquae Flauiane, en la localidad argelina de Hammab (AE 1896, 73).
-Inuide uiue et uide, realizado sobre el dintel de una puerta de Aïn Soltane, Argelia, junto al que se grabó un falo (Sichet 2000, p.
-Virgini inuide uiue et uide plura, inscrito sobre un dintel encontrado en el foro de Aïn-Tebornok, Túnez (AE 1926, 27; Sichet 2000, p.
315, núm. 6) -Paienne uiuas cum tuis/ in [uid]e uiue et uide spes/ in deo, epígrafe realizado sobre el dintel de entrada a la mansio de Paternus, en Bou Namoussa, Argelia, y que se acompaña de una palma y un crismón (CIL VIII, 17460; Sichet 2000, p.
Dado que esta fórmula epigráfica profiláctica «inuide + uiue» se documenta exclusivamente en el África imperial romana5, parece razonable vincular nuestro clavo a ese horizonte cronológico y cultural, y atribuirle idéntica funcionalidad mágica protectora.
De hecho, también tiene un origen africano el epígrafe de Sitifis, en Argelia, donde se documenta exactamente la misma fórmula uiue et gaude que aparece inscrita en nuestro clavo: [D(is) M(anibus)] s(acrum) / Victoriais iu/bente domino / promisit et conple/uit Cresce(n)s PP cum su/is uiue et gaude cum /tuis et Donatais (AE 1972, 792) 6.
Es posible que estas fueran fórmulas tradicionales epicóricas que acabaran integrándose en textos mágicos y/o profilácticos cristianos y judíos, tal como muestran algunas de las inscripciones antes mencionadas.
Así pues, tanto las características fonéticas de la inscripción como los paralelos señalados permiten descartar totalmente una datación moderna.
Nos hallamos ante una desconocida inscripción de los siglos IV-V d.
C., compuesta en latín vulgar, y vinculada además con las producciones textuales apotropaicas tardoimperiales del norte del África destinadas a repeler el mal de ojo.
Todas ellas, como nuestro epígrafe, se dirigen al envidioso del bien ajeno, quien vive en una realidad emocional de permanente insatisfacción (Dundabin y Dickie 1983; Kaster 2003; Alvar 2014; Elliot 2016).
Baste traer a colación el texto de Publ.
Dolor animi est ex alienis commodis; la definición que ofrece de la envidia Aug., De Genesi ad litteram XI 14, como odium felicitas alienae.; las que aporta Cypr., De zelo, 3-4, 7, 9-10; o la inscripción de Thubursicum Numidarum (Argelia), α ω/ in(u)ide / quid laceras / illos quos cresce/re sentis tu tibi tortor / tu tecum tua (u)ulnera / portas, que traducimos como «envidioso, ¿por qué maltratas a aquellos que ves que prosperan?
Ahora bien, a diferencia de otras inscripciones profilácticas del Imperio Romano con idéntico fin, en las que se desea al envidioso todo tipo de males -incluida la muerte, como expresa un epígrafe de la ciudad de Roma, Cresco crepas / gaudeo ploras / inuide morere, «Yo prospero, tú rechinas; yo gozo, tú lloras, envidioso, muérete» (Ferrua 2001, núm. 72; Purcell 2004, p.
194) 7 -, en el horizonte provincial norteafricano se prefería desear a este una larga vida, para que así viera cómo el envidiado prosperaba y su dicha se acrecentaba.
No obstante, nuestra inscripción suministra al envidioso un consejo más amical y menos vengativo, «Ten cuidado, no te me acerques, envidioso, lleva tu vida y sé feliz», que también transmiten algunos de los epígrafes antes mencionados (Sichet 2000, pp. 304-343), como el ya señalado Inuide, uiue [et uidebis, intra exibis] melior (Sichet 2000, p.
ción realizada sobre nuestro clavo podríamos encontrarnos ante un texto de doble sentido, «Ten cuidado, no te acerques (a mí), envidioso, vive/bebe y goza», destinado igualmente a disuadir a los aojadores.
No obstante, reiteramos que la lectura «vive» resulta suficientemente satisfactoria y no hay por qué ver en ella mayor complejidad.
7 De la misma manera, parejos sentimientos se manifiestan en elegantes dísticos en CIL VI 24800 (= CLE 1299): (...) sed tibi inuide opto qui / ossucula mea hic sita esse / gemis morte tardata uiuas / aeger inops.
Éste sería el marco cultural y emocional del que forma parte el texto inscrito sobre el clavo que aquí se estudia (fig. 1), un objeto-soporte que poseía por sí mismo una valencia performativa profiláctica que paralizaba al adversario (Alfayé 2010), y cuya eficacia mágica frente al mal de ojo se veía reforzada por la realización de una inscripción destinada a disuadir al envidioso, y a repeler sus nefastas intenciones.
Por ello, consideramos que esta pieza debe ser incluida dentro del heterogéneo corpus de los «clavos mágicos» grecoromanos, con los que comparte la decoración geométrica aspada, aunque ninguno de ellos presenta un texto explícitamente dirigido contra los envidiosos (Alfayé 2014;e.p.).
Dado su tamaño, es posible que la pieza hubiera sido utilizada como un colgante con el que su portador esperaba alejar el mal de ojo y obtener seguridad (Alfayé 2014, p. |
Durante más de un siglo, el sufijo griego -mój/-moj ha sido objeto de multitud de estudios morfológicos, semánticos y comparativos.
A pesar de la abundancia de la bibliografía específica, quedan todavía por aclarar no pocas cuestiones.
Primero, y sorprendentemente, todavía no se ha llegado a una opinión general acerca de los criterios formales que, en los estudios morfológicos, deben presidir el análisis descriptivo de este sufijo.
Segundo, la mayor parte de los estudios semánticos ofrecen sólo un sentido muy poco definido para este sufijo.
Además, esos estudios tienen en cuenta un solo criterio formal (el acento) al analizar el contenido.
Por último, los estudios comparativos casi sin excepción tratan de reconstruir un tipo original único en -*mo-que parece ser inadecuado para explicar la situación histórica de los substantivos griegos en -mój /-moj.
Todo lo cual nos lleva a pensar que es oportuno volver sobre el tema. |
La presente es una nueva traducción al italiano de la carta VII de Platón, acompañada del texto griego de la edición de 1985 de Jennifer Moore-Blunt en Teubner (modificada en algunos pocos casos y sin aparato crítico) y de un comentario, cuya autoría suponemos (porque no se especifica) que coincide con la de
Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 que la verdadera enseñanza filosófica pudiera concluirse con una obra escrita, y, por otro, las ideas expuestas por Dionisio pertenecerían realmente a Platón mismo, no a él, de modo que estas no podrían considerarse una prueba del verdadero saber filosófico.
Así, Platón, hablando por una vez en primera persona, y en medio de una serie de consejos sobre el gobierno, inserta un discurso sobre el verdadero proceso del conocimiento, de dónde procede y de cómo lograrlo, en el que, al mismo tiempo advierte de los límites de la escritura.
Butti de Lima se extiende explicitando los distintos niveles textuales de la carta VII.
Primero distingue la parte admonitoria, en la que destaca el consejo como modo de comunicación filosófica y de autorrepresentación del filósofo.
En esta parte se señala el interés de Platón en advertir la necesidad de la buena disponibilidad del oyente, sin la cual el consejo carece de utilidad.
Después viene la parte narrativa y apologética, donde Platón relata los sucesivos fracasos de su acción política en Sicilia, atribuyendo esos fracasos a la cerrazón de Dionisio y de Dión, que se han negado a prestar oídos a sus consejos.
Como parte del relato apologético, Butti de Lima ve en la digresión filosófica inserta en él un texto compuesto con anterioridad al relato principal.
Una digresión que buscar explicar por qué Platón no puede aceptar a Dionisio como un verdadero filósofo, como un hombre que, para serlo, debería haber llevado un modo de vida que fuera la consecuencia de haber tenido una relación íntima con la verdad.
El problema de la verdad es precisamente el segundo tema principal de la carta que Butti de Lima pasa a tratar.
El primer modo en que se plantea este problema es el de la autenticidad de la carta.
Butti de Lima pasa rápida revista a todas las opiniones que desde el siglo XVIII se han ofrecido al respecto pero, con buen criterio, no toma partido por ninguna de ellas, sino que prefiere señalar las implicaciones que tiene aceptar o no la autenticidad platónica de la carta en su consideración para los estudios sobre el pensamiento platónico, y analizar las diversas ramificaciones que la cuestión de la verdad presenta en el texto mismo, partiendo de la consideración del yo «literario» de Platón, más allá de su yo como autor.
La primera de esas ramificaciones tiene que ver con la verdad del autor, distinta si éste se identifica o no con el yo del texto.
La segunda se refiere a la verdad del género literario, pues la verdad del texto está condicionada por su condición de texto epistolar, que exige un modo de expresión más íntimo y directo que otros géneros, que no excluye, por otro lado, la ficción, tanto en lo que respecta al autor, como al mensaje y al destinatario.
La carta pudo ser una gran ficción platónica, concebida como carta abierta en la que defender una determinada concepción filosófica y política, en la que todo lo demás serviría como mero marco literario.
Butti de Lima distingue también la verdad como historia y relato de sí mismo, es decir, la verdad del modo autobiográfico en que el autor presenta los hechos históricos vividos, en los que no es fácil distinguir la biografía de la historia.
Los consejos que aparecen en la carta son los mismos independientemente de la situación, el momento y los destinatarios, su verdad no depende de su éxito, sino que deriva solo de una ciencia política concreta y de las consecuentes ideas relativas a las leyes y al gobierno del estado, coincidan o no con las expresadas en otras obras platónicas, como la República o Las leyes.
Finalmente, Butti de Lima aborda el tercer tema, el de la crítica a la escritura y la concepción del conocimiento filosófico en la carta.
Esta concepción se expresa, para Butti de Lima, en dos momentos: el de la prueba a que Platón somete a Dionisio II para saber la disponibilidad de este para la enseñanza filosófica, y el de la digresión que explica el proceso del verdadero conocimiento filosófico.
El hecho de que Dionisio escribiera una obra que reflejaba las enseñanzas platónicas (además del hecho de que no cambiara de modo de vida) demuestra que no superó la prueba, ya que no entendió que el verdadero conocimiento filosófico solo se adquiere (si se tiene una buena disposición natural), en el ámbito de la comunicación oral y como resultado de una iluminación interior del alma, que lo hace personal e inexpresable.
Para Butti de Lima, esta constatación es también una expresión de autoridad de Platón mismo, quien afirma su propio poder como maestro y guía desautorizando a Dionisio por pretender poner por escrito lo inexpresable.
Butti de Lima continúa comentando la crítica platónica a la escritura, que para él toma la forma de una crítica al logos, pero que tiene un carácter secundario respecto del tema principal de la digresión filosófica: el proceso del conocimiento y la transmisión del saber.
Butti señala con profundidad y precisión los aspectos que intervienen en el verdadero conocimiento según Platón: los elementos del conocer, su movimiento dialógico, la buena naturaleza del que conoce y la iluminación del alma, explicando cómo interactúan y cuál es su papel en el proceso del conocimiento.
Finalmente, Butti de Lima termina la introducción con un apunte sobre la aparente contradicción que subyace al hecho de que la crítica a la escritura se exprese precisamente en un medio escrito, y sobre el hecho de que el autor de la carta no considere algo serio lo que se pone por escrito, ni aun cuando se trate de leyes, mientras que, en cambio, ofrece consejos políticos por este medio.
Se trata, en suma, de una introducción de carácter eminentemente filosófico, bien estructurada y fundamentada, que pone el acento en las principales cuestiones que aborda la carta, dejando de lado otras de carácter más histórico y literario.
La traducción de Maria Grazia Ciani es bastante ajustada al texto griego, si bien podría ser aún más precisa, pues no siempre se vierten todos los matices del original, tendiéndose además a la simplificación, lo que quizá pueda resultar en una traducción más fácil y legible, pero a costa de decir menos.
No obstante, nunca se cae en la paráfrasis y, en cualquier caso, reconozco que el grado de precisión deseable en este arte de la traducción es asunto debatible.
En cuanto a la traslación de la terminología filosófica, nada que objetar.
Quizá sea lo más valioso de la edición.
Ofrece toda la información precisa para la cabal intelección de la carta: se aúnan de forma clara los datos históricos, lingüísticos, terminológicos y filosóficos, y en cada caso se explican las ideas que van conformando la estructura del texto y el progreso de la argumentación.
Son abundantes también la referencia a pasajes paralelos o ilustrativos de autores antiguos, y adecuado el uso de la bibliografía secundaria pertinente.
Respecto de la bibliografía, el recopilador muestra estar al tanto de los trabajos más relevantes respecto de las cartas platónicas, aunque sea de lamentar el completo desdén de la literatura en castellano, algo poco justificable tratándose de la segunda lengua internacional del planeta.
Se trata, en resumen, de una buena edición, que puede leerse con provecho y cuya mayor utilidad, para el lector en castellano, es la interesante introducción y el completo comentario del texto, ya que para una buena traducción aquel puede recurrir a la de José B. Torres Guerra en Akal o a la bilingüe de Jorge Cano en Cátedra, que no le andan en absoluto a la zaga.
CARLOS MEGINO RODRÍGUEZ Universidad Autónoma de Madrid
Sexto Julio Frontino, De aquaeductu urbis Romae.
Las cana lizaciones de agua de la ciudad de Roma.
Estudio introductorio, traducción y notas de David Paniagua, Zaragoza, Libros Pórtico, 2016, 360 pp.
La edición de David Paniagua del De aquaeductu urbis Romae de Frontino, constituye la segunda traducción al castellano de esta obra, tras la que en 1985 publicara Tomás González Rolán en la Colección Hispánica de autores Griegos y Latinos.
En este caso, la nueva traducción toma como base la edición crítica publicada en 2004 por R.H. Rodgers, complementada con la realizada por F. Del Chicca ese mismo año.
La traducción del texto frontiniano de Paniagua, está acompañada de un completo estudio introductorio que ocupa casi un centenar de páginas, y que comienza con un preámbulo en el que se tratan dos temas fundamentales.
En primer lugar, la importancia de los acueductos en el ideario romano antiguo, concluyendo que, de las sobradamente conocidas palabras de Plinio (Nat.
16.1), se deduce que el acueducto ocupa una posición determinante en el aparato iconográfico de la cultura romana como marcador de identidad específica.
En segundo lugar, aborda la cuestión del título de la obra, o más bien su traducción; justificando la no utilización del concepto «acueducto», que en el vocabulario actual evocaría una construcción arcada, y su sustitución por «canalizaciones de agua», idea que considera responde mejor al significado original.
Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 La introducción continúa con un completo estudio biográfico de Sexto Julio Frontino, y un análisis de su producción literaria, esencialmente sus escritos sobre agrimensura, los Stratagemata y finalmente el De aquaeductu urbis Romae.
Tras tratar cuestiones relativas al título, fecha y estructura de la obra, analiza la finalidad de la misma, un tema largamente debatido por la historiografía.
Frente a los que destacan una finalidad política más o menos oculta (Rodgers 1986; Hodge 2000), Paniagua se encuentra entre los que sitúan la obra dentro del género de los comentarii, caracterizados por perseguir un fin esencialmente práctico, sobre todo de ordenar de forma coherente el conocimiento sobre un tema, aunque sin excluir por ello la propaganda inherente a la manifestación pública que implica la escritura.
El análisis de la obra continúa con la presentación de las fuentes empleadas por Frontino para la redacción del De aqueaductu, el estilo y un breve resumen de la tradición manuscrita, analizando los cambios historiográficos al respecto, hasta llegar a la teoría ampliamente aceptada hoy en día de que todos los ejemplares conocidos en la actualidad proceden de un único manuscrito, el de Montecassino.
Finalmente recorre brevemente las diferentes ediciones y traducciones de la obra.
Tras el estudio introductorio, se desarrolla el texto bilingüe del De aquaeductu urbis Romae, acompañado de un nutrido conjunto de notas destinadas tanto a esclarecer el texto, como a analizar diferentes tradiciones en la edición o traducción de apartados concretos.
Sí llama la atención que la traducción de Paniagua se aleja de determinadas nomenclaturas tradicionales para el estudio de los acueductos romanos, como ya se ha visto en relación al título, donde en vez de hacer referencia a «acueductos» utiliza el término «canalización», una decisión que se mantiene a lo largo de la traducción.
Otro ejemplo lo constituye el Aqua Virgo -nombre man tenido por Rodgers en su traducción al inglés1 y traducido por González Rolán como «Virgen» que se convierte en el «canal de la Moza».
Seguramente, lo primero que el lector nota al leer el libro es que su contenido excede el tema de su título: más que de una sintaxis, se trata de una morfosintaxis.
Esto se debe a la propia naturaleza problemática y deficiente de la escritura lineal B: para estudiar la sintaxis de los textos micénicos es preciso en primer lugar discutir la propia morfología del léxico que aparece en los documentos, cuya interpretación es a menudo controvertida.
El manual de Jiménez Delgado recoge esta doble dimensión de modo muy satisfactorio y presenta los datos de los textos clara y escrupulosamente.
El libro se divide en nueve apartados: I. Generalidades; II.
Uso de los casos; IV.
Pronombres y numerales; V. Adverbios, preposiciones, partículas y conjunciones subordinantes; VI.
Cate gorías verbales de voz, aspecto, tiempo y modo; VII.
Infinitivo, participio y adjetivos verbales; VIII.
Oraciones simples, coordinadas y subordinadas; IX.
Elipsis y orden de palabras.
En el primer apartado se estudia brevemente la bibliografía previa sobre sintaxis micénica y la naturaleza y características generales de los textos.
En el segundo apartado destaca el tratamiento del «número», pues pone de manifiesto la existencia del «singular distributivo», del «plural colectivo» y hace hincapié en el uso consistente del dual en micénico.
El apartado tercero, dedicado al uso de los casos, es particularmente comprometido debido a que, como es sabido, la lineal B no anota las desinencias casuales y la interpretación de los casos está sometida fundamentalmente al contexto.
Como el propio autor advierte, «se ofrece una descripción de los usos documentados de corte "tradicional"» (p.
45), por lo que encontramos apartados como «genitivo de precio», «genitivo de materia», «genitivo de procedencia», etc. En lo que respecta al acusativo, la interpretación de a 3 -ka-sa-ma /aiksmans/ en PY Jn 829.3 como un predicativo (p.
En el apartado del genitivo, sin embargo, no está tan claro que el sintagma a-pu ke-u-po-de-ja deba interpretarse como ἀπὺ χευσπονδείᾱς,'después de la ceremonia de libación' (p.
En efecto, no parece que ke-u-po-de-ja sea un derivado del verbo χέω, ni tampoco que a-pu tenga un sentido temporal como el que propone el autor (p.
El sufijo -e-jo/-a invita a pensar que se trata de un derivado en *-eyos del antropónimo ke-u-po-da que designaría a mujeres 'dependientes' de este individuo (cf. J. T. Killen, «ke-u-po-da e-sa-re-u and the exemptions on the Pylos Na tablets», Minos 27-28, 1992-1993, pp. 109-123).
De ser así, no sería necesario recurrir a una interpretación ad hoc del único testimonio no composicional de ἀπύ en micénico: la preposición conservaría aquí su significado propio de expresar procedencia.
Así, tras a-pu habría un dativo plural (ke-u-po-de-ja), salvo que los derivados en -e-jo puedan hacer referencia en singular a un colectivo de individuos, en cuyo caso podría ser un genitivo singular (¿o falta del escriba por gen. pl. *ke-u-po-de-ja-o?).
Es novedoso el tratamiento del dativo-instru mental (p.
83 ss.), ya que el autor propone que los considerados tradicio nalmente instrumentales plurales en -o de la serie Ta de Pilo son en realidad formas abreviadas sin la posposición -pi «en sintagmas en los que el sentido sigue quedando claro» (p.
Los que están fuera de esta serie los interpreta como formas en singular (p.
En la parte cuarta, centrada en el estudio de pronombres y numerales, el autor sugiere una interpretación πρότρις (cf. πρότριτα 'durante tres días') para po-ro-ti-ri que no parece muy satisfactoria dentro del contexto de KN Se 879 en el que parece que se describen las características de un carro.
Destaca en el trabajo la parte quinta, dedicada a un estudio sistemático de adverbios, preposiciones, partículas y conjunciones (pp. 111-147).
Las características de los textos hacen especialmente complicado el estudio de las partículas (pp. 128-146), cuyo análisis pormenorizado no había sido llevado a cabo hasta la reciente monografía de Bichlmeier (2014) y el presente libro.
Las partes sexta y séptima estudian el verbo.
Los textos micénicos limitan mucho el análisis de esta categoría y no abundan los trabajos generales sobre el asunto.
El examen detallado que aquí se ofrece profundiza en los usos del verbo y contribuye sin duda a su mejor comprensión.
No parece, sin embargo, que haya que ver un imperfecto de ἄπειμι en la forma te-ko-to-(n)a-pe (p.
El autor conoce bien la bibliografía, tanto la relativa a la lingüística como la que versa estrictamente sobre micenología.
Es un poco desconcertante que las llamadas a la bibliografía en el texto a veces se hagan solo mediante el primer apellido del autor (p. ej. p.
Además, es de agradecer que la inclusión de índices de palabras, de textos citados y de materias facilite un uso más eficaz del manual.
El libro de Jiménez Delgado es un instrumento de trabajo fundamental para micenólogos y helenistas que contribuye en buena medida a una mejor comprensión tanto de la sintaxis como de la morfología de los textos micénicos.
El esfuerzo del autor por dar coherencia a una enorme cantidad de textos cuyas características propias obligan a un análisis detallado del léxico y de sus relaciones sintácticas es encomiable.
Todos los ejemplos tratados están además traducidos al español, lo que constituye una enorme tarea en el que además el autor debe tomar partido por una interpretación u otra cuando existen varias posibilidades, algo que es consustancial a los textos micénicos.
Los lectores podemos felicitarnos por la aparición de este útil manual. de Oviedo primero tesis dirigidas por M. García Valdés y ahora el proyecto de L. Rodríguez -Noriega Guillén también han contribuido a esta pro ducción lexicográfica nacional, entre otros con el léxico que nos ocupa3.
El Léxico de los cómicos griegos fragmentarios de la transición entre los ss.
V -IV a.C. (Alcaeus Comicus -Theopompus Comicus) es un léxico por autores de veintiún comediógrafos que han escrito sus obras en Atenas entre los siglos V y IV a.C. Ellos son: Alceo el cómico, Amipsias, Arquipo, Aristomenes, Aristónimo, Autócrates, Cefisodoro, Crates Iunior, Demetrio I, Diocles, Epílico, Estratis, Eunico, Euticles, Fililio, Metágenes, Nicócares, Nicofonte, Platón el cómico, Policelo y Teopompo el cómico.
Esta obra sigue la metodología de la Introducción a la lexicografía griega de F. R. Adrados et al. (Madrid 1977), así como léxicos como el Léxico de los fragmentos de Epicarmo, volumen segundo inédito de la tesis de L. Rodríguez -Noriega Guillén (Oviedo 1993), y el Léxico de los fragmentos de Cratino de M. T. Amado Rodríguez (Santiago de Compostela 1993).
Una oportuna introducción general al autor precede cada léxico, esta incluye: datos biográficos, datación del poeta, temática de sus obras, características de su comedia, trayectoria poética, hápax y vocabulario destacado, tipos de metro y bibliografía selecta (ediciones, traducciones, estudios monográficos y comentarios).
La edición de referencia de los veintiún comediógrafos es Poetae Comici Graeci de R. Kassel y C. Austin (Berlín -Nueva York 1983-2001), aunque Verdejo no obvia ediciones anteriores.
El léxico recoge todas las voces de los fragmentos y tér minos no leídos con claridad, pero suficientemente reconocibles.
Además, contiene las palabras de los diferentes títulos indicando su pertenencia a un título (tít.).
En cuanto a la microestructura (pp. ix -xi), diez apartados se encuentran bajo el lema en un artículo: paralelos (PARAL.), frecuencia (FREC.) que incluye métrica, dialecto (DIAL.), prosodia (PROS.), acento (ACE.), texto (TEXT.), escolios (ESC.), significado (SIGN.), comentario (COM.) y variantes (VAR.)4.
Me llama la atención que Verdejo anota todas las variantes textuales más allá de lo ofrecido por R. Kassel y C. Austin, labor, sin duda, de gran minuciosidad.
Sin embargo, echo en falta una justificación de tal decisión.
La «lista de autores y obras antiguos, léxicos, inscripciones y papiros citados en abreviatura» (pp. xiii -xxvii) cubren quince páginas a doble columna, muestra de la exhaustividad con que se ha redactado el diccionario5.
Respecto a las abreviaturas Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 de autores, sigue el sistema propuesto por el DGE y ordena el listado por orden alfabético de las propias abreviaturas y siglas sin considerar los puntos, disposición útil para principiantes.
Sobre las ediciones de referencia de las obras, bastantes coin ciden con las del DGE, otras han sido adoptadas como tales por el autor.
A continuación se encuentran las «abreviaturas castellanas, latinas y griegas utilizadas en el texto» (pp. xxviii -xxix), relación en la que echo de menos una revisión6.
Completan la introducción «símbolos y acrósticos» (pp. xxxi)7, que etiquetan de manera clara y precisa el material al que acompañan, y «métrica» (pp. xxxiii -xxxv), que ofrece los tipos de versos documentados en el corpus, sus abre viaturas en el repertorio y los comediógrafos que los cultivan.
El léxico por autores (pp. 3 -685) comprende casi setecientas páginas a doble columna y la extensión de cada uno es variable, desde el de Crates Iunior (pp. 151 -154) al de Platón el cómico (pp. 305 -512).
Cinco índices multiplican el uso y utilidad del diccionario: 1.
Índice de títulos de las comedias en griego con un índice general y otro según autores (pp. 689 -692); 2.
Índice de palabras de todas las voces de los veintiún autores cómicos, relación muy bienvenida al tratarse de un léxico por autores (pp. 697 -731); 4.
Índice de fuentes por orden alfabético de autores con remisión a la fuente de cada fragmento y por orden alfabético de fuentes con remisión al pasaje del cómico (pp. 737 -756).
Cierra el libro la bibliografía moderna (pp. 757 -781), que suma un total importante de ítems consultados junto a, por un lado, la lista de autores y obras antiguos, léxicos, inscripciones y papiros y, por otro, la bibliografía selecta que ante cede a cada léxico.
Destaco la rigurosidad de la clasificación bibliográfica.
En cuanto a la redacción del léxico, han primado más los criterios gramaticales que los semánticos en la organización de SIGN.
Por otra parte, quiero subrayar la complejidad que supone trabajar con textos fragmentarios en los que la falta de contexto y las lecturas dudosas dificultan establecer el significado de las voces.
Por ello, el apartado COM. expone valiosas informaciones que complementan el signi ficado y ayudan a contextualizar el material.
Este apartado evidencia el profundo estudio realizado8.
La principal justificación que se le puede pedir a esta obra es por qué no se ha presentado el material de los veintiún comediógrafos bajo un mismo repertorio en Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 vez de separarlo por autores.
Este planteamiento complicaría la labor de redacción, pero mostraría los resultados de una manera más interesante.
El índice tres y las referencias a los artículos de otros cómicos suplen, en parte, esta disposición.
Finalmente, la edición del libro es impecable y ofrece una lectura fácil.
Este léxico continúa la labor lexicográfica española9 y es una consulta recomendable para los especialistas de este campo e indispensable para los estudiosos de la comedia.
Se inicia este merecido homenaje al lexicógrafo John Lee con una nota biográfica que pone de relieve su gran aportación al léxico de la koiné, que ha marcado profunda huella en la lexicografía del Nuevo Testamento y del griego bíblico en general, incluida la lengua de los papiros.
A este homenaje han contribuido los colegas que desde distintos ámbitos de investigación han prestado atención a problemas relativos al léxico.
A. Aejmelaeus en su artículo «Where Do Doublets Come From?
A Problem in the Septuagint of 1 Samuel» (9-20) considera que las dificultades para traducir al griego determinadas palabras hebreas como ,הרצ'la otra mujer','la rival', cuya acepción alternativa 'aflicción', θλῖψις, han podido crear un doblete de perplejidad en 1 Sam 1,6.
Este y algún otro ejemplo (1 Sam 15,3) muestran la influencia de los traductores judíos Áquila, Símaco y Teodoción.
La recensión o tradición kaige, que traduce el hebreoםג o םגו por καί γε, se presenta con mayor claridad en las secciones βγ y γδ (2 Sam 11,2 -1 Re 2,11 y 1 Re 22 -2 Re) de las cinco en que H. St. J. Thackeray dividió los libros de los Reinos.
Para definir la sintaxis de la locución el autor analiza la función de γε, presente en combinación con otras partículas en época Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 clásica y unida a καί en época romana; su uso creciente se completa con el uso de καὶ γάρ en el griego literario, en débil conexión con los círculos rabínicos.
Aitken compara traducciones equivalentes en otras lenguas y confirma el elevado registro literario de este lexema, reforzando la opinión de que la Septuaginta fue producida en círculos cultivados conocedores del griego literario.
Las glosas de dos manuscritos cristianos (Codex Ambrosianus = F y BnF Gr.
56) se pueden considerar testimonio de una fuente judía perdida (τὸ ἰουδαϊκόν) o ser una deliberada pista falsa.
El análisis del léxico de estas glosas en Génesis y Éxodo cuestiona su procedencia y muestra sus complejas conexiones, que se atribuyen tanto a diversas traducciones hebreo-griego posteriores al período tannaítico como a los estudios judeobizantinos de la Escritura reflejados en el Pentateuco de Constantinopla.
Sin negar que τὸ ἰουδαϊκόν pudiera estar en el origen de las glosas, se ha de aceptar que los escribas trataban con fuentes mixtas de traducciones judías, tanto hexaplares como no hexaplares.
Son tres los manuscritos procedentes del archivo de Zenón, cuyas formas verbales se analizan en este artículo: son los autógrafos de Zenón, de Amyntas y de Hierocles, datados entre 261 y 229 aEC.
Se trata de un borrador de una carta de Zenón a Pasicles, y de dos cartas dirigidas a Zenón, una de Amyntas y otra de Hierocles.
Estos textos-tipo se comparan con una selección de papiros de Zenón, autógrafos (13 papiros, 19 textos) y no autógrafos (14 textos).
Los modos y tiempos verbales, se explican en base a sus contextos y en el Apéndice 1 se presenta el análisis exhaustivo de todas las formas y su localización en los documentos escogidos.
El Apéndice 2 ofrece una concordancia de los documentos y su número en la base de datos Trismégistos (TM).
El fragmento (Ecl 2:13-2:23) es una página escrita a dos columnas, con la primera palabra hebrea de cada versículo.
Gentry expone un minucioso comentario crítico sobre el texto medieval del fragmento comparado con el de Septuaginta.
Asimismo analiza las conexiones con los fragmentos conservados de Áquila, Símaco y Teodoción, que son pocas y tenues.
Gentry sugiere que se trata de un texto de una comunidad judía que quiere transmitir en griego, en un griego popular difícil de datar, las Escrituras hebreas.
A partir de que Muraoka en su diccionario abre conexiones y alcanza mayor precisión para los términos geográficos y sus gentilicios, James entra a fondo en el farragoso campo de los nombres propios y muestra a través de numerosos ejemplos su uso semántico, que se desliza por las diversas formas que aparecen en la Septuaginta y el Nuevo Testamento principalmente.
El griego de Septuaginta ha adaptado semánticamente un buen número de palabras hebreas.
Es el caso de εὐλογέω con dativo, de escaso uso, limitado a la Septuaginta y a su literatura paralela, con el significado de'alabar, elogiar'.
Corresponde al hebreo ךרב usado en contextos de alabanza.
El verbo griego, normalmente con acusativo, presenta catorce casos con dativo.
No se trata, pues, de un semitismo (arameo ,)ל- sino de un contagio gramatical con el verbo ἐξομολογέω, ambos empleados simultáneamente con significados similares.
A pesar de que en su día Muraoka manifestó sus reservas frente a los criterios de la New English Traslation of the Septuagint (NETS), en este artículo escoge cuatro capítulos de cuatro libros significativos: Génesis 1, Isaías 34, Salmos 1, y 2 Macabeos 13, para exponer con agudos comentarios los aciertos y deficiencias de la traducción, y hace una llamada al debate, destacando el valor interpretativo del texto hebreo, base de la traducción griega.
Matización del concepto 'contexto' en literatura en la lengua original o en la lengua traducida como paso previo para determinar si se trata del 'significado' en sí o si por el contexto se hace 'referencia' a algo que se establece como 'nuevo significado'.
Pietersma toma como base de discusión la palabra ψυχή empleando el criterio de J. Lee para establecer un nuevo significado: «incontrovertible examples must be found».
Esta disciplina no habrá madurado hasta que esta cuestión fundamental de la lexicografía de Septuaginta no se resuelva.
La voz media de los verbos griegos y los verbos deponentes latinos coinciden en un significado activo de una forma pasiva.
Taylor cuestiona si la noción de 'deponente' tuvo su origen en la lengua griega o fue tomada del latín.
Recorre los gramáticos griegos desde el siglo I aEC hasta los tiempos modernos y concluye que era acertada la idea propuesta en el siglo XIX de que ἀποθετικός es una forma creada para corresponder a la deponens latina.
Devolver al latín esta idea, en sintonía con los matices de la voz media griega, es la resultante de este estudio.
Se presentan las monedas en las que aparece el término κτίστης en sus distintas formas en varias provincias romanas.
La numismática determina el uso de dicha palabra en tiempo y lugar y perfila su significado.
En la Biblia aparece ocho veces en la Septuaginta y solo un caso, objeto de este artículo, en el Nuevo Testamento.
Si bien términos como κτίζω, κτίσις y κτίσμα son exclusivos de la actividad creativa de Dios, el significado numismático de 'fundador' corresponde a κτίστης en 1 Pedro 4:19, descartando así la idea de 'creador cosmológico'.
La autora analiza los aciertos y deficiencias de diez entradas del LSJ y sugiere veinte nuevas entradas para el Suplemento; asimismo revisa veintitrés entradas ya presentes en la novena edición y expone problemas no resueltos en veintiuna palabras.
Aparte de la inevitable casuística, ofrece importantes observaciones y críticas para la construcción de un diccionario comprensible; para ello la historia de cada lengua debe estar presente en la obra del lexicógrafo.
Tov conjuga dos elementos complicados en sí mismos, el tratamiento de los nombres propios y los valores estadísticos.
Aunque su análisis indica tendencias, no convence la idea de reducir a porcentajes la formación de nombres propios, práctica no regulada, cuya diversidad excede la forma fijada en las ediciones y se extiende por toda la tradición manuscrita con marcadas diferencias.
Ian Young, «The Greek loanwords in the book of Daniel» (247-268), confirma los argumentos de S. R. Driver, matizados por H. H. Rowley para la datación del libro de Daniel en el siglo II aEC, basada en tres préstamos musicales griegos en la sección aramea (3:5).
La ausencia de dichos términos en la literatura griega anterior a Platón y la alta improbabilidad de que tales términos viajaran a Babilonia en el siglo VI aEC, aunque aparecen nuevas inscripciones que indican intercambios lingüísticos griegos en el período pre-exílico, hacen plausible la datación en época helenística.
Contando con que la fluctuación de tiempo y espacio para determinar texto y autor 'originales' de un libro es un elemento conflictivo, en Daniel 3 los tres préstamos son esenciales para establecer cualquier datación.
Varios apéndices completan esta obra.
Este es un libro con múltiples sugerencias esenciales o de gran utilidad, que lexicógrafos y traductores han de tener en consideración.
La aportación de John A. L. Lee a la configuración y renovación de los conceptos lexicográficos bien merece una obra como la presente que revitaliza esta compleja y extensa área filológica.
Estarán Tolosa, M.a José, Epigrafía bilingüe del Occidente romano.
El latín y las lenguas locales en las inscripciones bilingües y mixtas, Zara goza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2016, 756 pp.
II 131) para evidenciar la existencia en su tiempo de lenguas locales que convivían con el latín en los territorios de la periferia del Mediterráneo; y en este gran territorio no se solapaban únicamente formas de comunicación oral sino que algunos de los pueblos ribereños, como afirma Estrabón para referirse a los Turdetanos, tenían una grammatiké (Str.
III 1.6) y escritos que decían de seis mil años de antigüedad.
Esas y otras referencias de los autores antiguos al bilingüismo oral y escrito encuentran su demostración en los numerosos epígrafes que forman el cuerpo central de este libro, en el que conviven tanto las inscripciones como las leyendas monetales que durante varios siglos sirvieron para poner de manifiesto esa coexistencia lingüística del latín y las lenguas locales.
El libro se inicia con una reflexión sobre el fenómeno del bilingüismo en la antigüedad (p.
16) a la que sigue el cuerpo teórico de la obra, materializado en un capítulo denominado «La epigrafía bilingüe del Occidente romano» (pp. 26-94), que trata de la clasificación, cronología, soportes y distribución geográfica de los textos pero también de lo que de ellos se deduce en lo que se refiere a los grupos sociales implicados en estas prácticas de bilingüismo, así como de la antroponimia y características de la lengua y la escritura.
Pese a las dificultades que plantea una documentación tan heterogénea y dispersa desde el punto de vista geográfico, hay que aplaudir esta ordenación de la información disponible para ofrecer al lector una visión sintética del fenómeno, que preludia el detallado análisis de las evidencias.
La parte sustancial de la obra, desde el punto de vista de la cantidad de información recogida y, en consecuencia, de su extensión, está representada por el catálogo crítico de las inscripciones y leyendas monetales bilingües del Occidente romano (pp. 95-616), en una descripción que arranca en el centro de Italia y que, tras la Península Ibérica, alcanza el norte de África.
Cada sección (textos itálicos-latinos, etruscolatinos, venético-latinos, galo-latinos, lusitano-latinos, ibérico-latinos, líbi co-latinos y púnico-latinos) va precedida de un utilísimo mapa de dispersión de los testimonios.
Hay que objetar que se haya repetido el mismo mapa en pp. 198 y 226 para cartografiar las inscripciones venéticas, galas y la considerada «camuna» procedente de las proximidades de.
Esa duplicidad innecesaria confunde al lector, por parecer a priori un error de impresión.
La presentación de los testimonios de este corpus es extremadamente rigurosa y cada ficha contiene toda la información del soporte, topografía del hallazgo, bibliografía, etc. que habría que esperar junto a la transcripción del texto.
El orden de los datos en esa descripción no coincide con el empleado en las ediciones modernas del Corpus inscriptionum Latinarum, pero es homogéneo a lo largo de toda la obra, con lo que el catálogo es fácil de manejar.
Hay que destacar, porque no siempre es costumbre en determinados estudios epigráficos, la diferenciación entre la bibliografía directa de cada inscripción y la bibliografía referencial, que va precedida de la voz abreviada Cf.
La organización interna de las Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 referencias literarias de las inscripciones según este criterio -el empleado también de forma sistemática en CIL-es un objetivo a alcanzar en todos los estudios epigráficos.
Los testimonios de epigrafía bilingüe en la Península Ibérica ocupan tres capítulos de la obra (n.o 7-9, pp. 249-429), dedicados a las inscripciones lusitano-romanas, leyendas monetales e inscripciones ibérico-latinas y a las llamadas leyendas monetales "libiofenicias".
En una primera impresión, cualquier lector se verá sorprendido por la noticia de unas inscripciones bilingües lusitano-romanas: la explicación hay que buscarla en que, bajo esa denominación, se presentan aquí aquellas inscripciones votivas del occidente de la península Ibérica que, aunque redactadas en latín, muestran el probable mantenimiento de la lengua local en la declinación de los teónimos.
En lo tocante a los tres primeros testimonios citados (Sinoga, Lugo y Liñarán, pp. 251-255) se echa en falta el uso de un trabajo fundamental de M.a C. González Rodríguez10 en el que esos teónimos con radical Lug-/Lug-están sistematizados, y de las páginas que A. Tovar11 y J. Untermann12 dedicaron a esos mismos teónimos.
La autopsia directa muestra que en el altar de Sinoga debe leerse Arquieni, con nexo NI perfectamente visible, lo que obliga a buscar otra solución a la propuesta por la autora.
Si en el conjunto de las inscripciones con menciones de cognationes (pp. 286-292), aquí denominadas con el término tradicional de "organizaciones suprafamiliares" (p.
285) este elemento "se sigue declinando en la lengua local (-qum, -cum)" (así en p.
285), esas inscripciones deberían formar parte del catálogo y no haber quedado excluidas.
En el ámbito de las inscripciones ibérico-latinas (pp. 336-387) hay que resaltar el riguroso análisis de los testimonios presentados.
En este capítulo resulta especialmente valioso el apartado dedicado a las inscripciones excluidas del corpus (pp. 367-377), precisamente porque con ello se retira el «ruido parásito» que contamina con frecuencia las referencias a este tipo de inscripciones.
Pero no menos importante es el apartado dedicado a las inscripciones con «code-switching», es decir, a aquellas en las que el signario latino enmascara textos construidos en parte (por ejemplo, AE 1998, 743) o en el todo (MLH III G.12.4, de Ilici) con elementos ibéricos.
En este sentido, es muy relevante el contenido de los capítulos 8-9 y 11, en donde ahora disponemos de una visión global de un fenómeno ya conocido pero ahora definitivamente sistematizado.
Y hay que añadir que esa labor ha sido modélica y que, tras un libro que incide en su título especialmente en el concepto de «epigrafía», los estudiosos de la numismática encontrarán una herramienta muy útil.
En definitiva, estamos ante una obra rigurosa, bien estructurada y sólida desde muchos puntos de vista, que facilitará -y ese es siempre el objetivo final-los estudios epigráficos que se construyan sobre ella.
JUAN MANUEL ABASCAL PALAZÓN Universidad de Alicante
Podría decirse que el interés por la obra de Arato, en el curso de los últimos cien años, ha ido resurgiendo cíclicamente a la par que el texto del poema iba siendo objeto de una nueva edición, y que ello ha ido ocurriendo aproximadamente cada cincuenta años.
Fue referencia indiscutida durante más de medio siglo la edición de Ernst Maass (1893), que a su vez había superado con mucho las viejas ediciones decimonónicas.
El campeón moderno de los estudios arateos, Jean Martin, fijó un nuevo hito con su superior edición (1956), que él mismo -caso singular-volvió a superar (1998) casi al mismo tiempo que aparecía también otra meritísima edición, debida a Douglas Kidd (1997): una simultaneidad, por cierto, que ha deparado un debate filológico que sólo podemos calificar de estimulante.
En la estela de estas ediciones modernas, con sus progresos ecdóticos y sus amplios y sólidos comen tarios, no han dejado de surgir numerosísimos estudios sobre los más diversos aspectos: textuales, intertextuales, estilísticos, filosóficos, astronómicos, y cuanto puede encuadrarse en esa extensa provincia de las letras antiguas que llamamos «Aratea».
Al mismo tiempo, el poema arateo ha ido siendo vertido a nuevas lenguas modernas; citaré sólo a modo de ejemplo la italiana de M. Zoli (Carmagnola, Arktos, 1984), la española de E. Calderón Dorda (Madrid, Gredos, 1993), la catalana de quien suscribe la presente reseña (Barcelona, Fundació Bernat Metge, 1996), o la griega, en verso decapentasílabo, de Th.
Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 El estudio de Kharílaos E. Avgerinós del que nos ocupamos hoy -una versión mejorada y parcialmente revisada de la tesis de doctorado de su autor-no es simplemente uno más de los muchos trabajos dedicados a Arato en las últimas dos o tres décadas; bien al contrario, se trata de un análisis planteado con ambición, realizado con el máximo rigor y conducido con mano segura hasta una serie de conclusiones de gran trascendencia para el conocimiento de una obra sobre la cual podría parecer que se había dicho ya lo más importante.
Precisamente son méritos del presente libro la capacidad que su autor muestra para arrojar nueva luz sobre viejos aspectos que podían parecer zanjados, y el modo desacomplejado y sereno con que sabe retomar cuestiones aparentemente resueltas.
En lo esencial el estudio consta de dos partes claramente distintas.
En la primera se analiza con detalle y en profundidad los variados y ricos elementos -poéticos, científicos y filosóficos-que constituyen los modelos, presupuestos, influencias y antecedentes del poema de Arato.
El análisis pone de manifiesto la deuda del poeta con la ciencia de su tiempo, pero también, en relación a la concepción cosmológica, trazas de pensamiento presocrático, especialmente de Empédocles y Parménides, así como del de Platón y de la escuela peripatética; en cuanto al estoicismo, según Avgerinós, cabe aceptar también, en la misma medida, la presencia de algún influjo en el poema, pero en ningún caso hasta el punto de afirmar, como ha hecho con insistencia cierta tradición exegética, ya desde la antigüedad, que los Fenómenos son la creación de un poeta estoico.
Más seguras, según el autor, son las conexiones que pueden establecerse, aunque no exclusivamente, con un fondo de pensamiento órfico-pitagórico.
En la segunda parte del libro se estudia la presencia de los Fenómenos, y su influencia, en la posteridad.
Debe subrayarse el gran interés que aporta al estudio la perspectiva cronológica que en él se abre, por cuanto alcanza hasta los primeros tiempos de Bizancio; de ello y de la valiosa capacidad del autor por identificar un buen número de nuevos testimonios de diferentes épocas surgen considerables frutos.
Ha habido anteriormente estudios acerca de las razones de la enorme fama que el poema arateo consiguió en la antigüedad, pero ninguno de ellos había aportado tanta información, para un período tan prolongado -más de ocho centurias-y a la vez en una perspectiva tan amplia: autores paganos, judíos y cristianos, en los campos de la poesía, de la astronomía, de las artes plásticas.
Página tras página, Avgerinós da prueba de una agudeza crítica excelente en el análisis de datos de toda naturaleza; pero además es capaz de componer, a partir de los detalles, un cuadro de una coherencia y una solidez muy notorias.
Tras el recorrido largo y denso que el libro ofrece, los Fenómenos se revelan, con una claridad antes sólo intuida, como una obra de una influencia enorme y perdurable durante toda la antigüedad y aun más allá.
Leído en la escuela; conocido por muchos sólo por ciertos pasajes contenidos en antologías; traducido repetidamente al latín, pero sin embargo también ininterrumpidamente transmitido completo y en su forma original griega; Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 usado por los gramáticos, los filósofos, para el estudio de la astronomía, o para la exégesis homérica; empleado por los apologetas judíos, por los padres de la Iglesia, por ciertas sectas heréticas: los Fenómenos ven cabalmente justificada la condición de clásico que la fama a ellos asociada en la antigüedad proclama.
En adelante, cualquier consideración que quiera plantearse, tanto acerca de la compleja naturaleza del poema, como de la dilatada historia de su recepción, deberá contar obligatoriamente con los frutos de este esforzado trabajo, que a nuestro juicio merece el título de ejemplar.
Además de un muy extenso elenco bibliográfico, que ocupa una cincuentena de páginas, completan el libro un index locorum y, como prueba adicional de la exigente laboriosidad del autor, un índice de nombres propios, de términos y de conceptos, cuya gran utilidad no tarda en descubrir cualquier lector interesado en Arato.
El libro sobre Ovidio gira alrededor de tres ejes: Ovidio y las tradiciones literarias, la obra del poeta desde Amores hasta la obra del exilio, y la influencia de Ovidio en la posteridad.
La monografía sobre Los poetas de la libertad viene a ser una recopilación de no pocos artículos dispersos en revistas, actas y capítulos de libros, como el mismo autor indica en las notas (411-456), sobre Catulo, Propercio, Tibulo y Ovidio elegíaco.
En ambas obras el emérito Profesor de Heidelberg sigue a rajatabla su método de analizar la obra de los poetas latinos a través de una lectura detenida de los mismos y no con el apoyo inútil de inútiles teorías literarias.
Recuerdo cómo allá por el verano de 1994 me decía von Albrecht con orgullo en su casa cercana a Heidelberg que había leído todos y cada uno de los textos que comentaba en su Historia de la literatura romana.
Y a fe mía que eso se refleja en todos sus estudios literarios.
Los dos libros cuentan con una introducción-reseña a cargo de Francisca Moya de Baño.
La traducción de ambas monografías corre a cuenta de Antonio Mauriz Martí- Bajo el común denominador de la poesía latina cristiana en época tardoantigua se nos presenta un volumen que nace de la recopilación de veintidós publicaciones (en inglés, francés y alemán) que el prolífico estudioso Willy Evenepoel fue sacando a la luz a lo largo de más de treinta años.
Se articulan en torno a las figuras de Prudencio, Paulino de Nola y Draconcio, con extensiones y niveles de profundidad dispares, constitución lógica en una obra de naturaleza compendiadora: así, mientras que a Prudencio se consagra más de la mitad del trabajo, cinco son los estudios referidos a Paulino y solamente uno al tercero de los autores mencionados.
No obstante lo anterior, el volumen resulta adecuadamente cohesionado.
Su efecto unitario se acentúa gracias a las dos primeras contribuciones y a la decimosexta, que ocupan sus lugares respectivos de forma en absoluto azarosa.
La primera (una de varias no recogidas en L'Année philologique, «L 'étude de la poésie latine chrétienne de l' Antiquité», pp. 3-16) constituye un alegato a favor del estudio de la poesía cristiana más allá de Agustín de Hipona, tanto por su valor literario como por su calidad de testimonio del cristianismo tardío, a lo que se aducen las figuras de Juvenco y los citados Prudencio y Draconcio.
En pos de evitar una visión simplista relativa a su vínculo con la literatura clásica, Evenepoel apunta a la forma romana del cristianismo y a una influencia posterior que aún está por estudiar en profundidad, ya sea bajo el aspecto de la epopeya bíblica, el texto de base teodosiana o una literatura de cierta inspiración profana.
Estas ideas funcionarán como motivo recurrente en la mayoría de las aportaciones recogidas.
La segunda contribución, «The place of poetry in Latin Christianity» (pp. 17-42), dibuja el paso de la rusticitas paleocristiana hacia una forma poética que, aun necesitada de razones que la justifiquen, ya no se rechaza sistemáticamente.
Lactancio, Hilario de Poitiers o Sedulio sirven como muestra de este hecho, que se asienta en la presencia de un emperador cristiano y que late tras las obras que se tratan más adelante.
El estudio decimosexto (pp. 227-241), por fin, actúa de bisagra entre la obra de Prudencio y las de otros autores coetáneos de él como Gregorio Nacianceno.
Los himnos tercero, quinto y sexto del Liber Cathemerinon reciben sendos estudios detallados (núms.
Evenepoel muestra una sensibilidad especial para reconocer ecos silábicos y sonoridades entre versos.
Incide, asimismo, en el diálogo con textos clásicos, sus paralelismos y conexiones, sin olvidar el vínculo con obras posteriores hasta llegar a la actualidad, como es el caso de los himnos vespertinos.
Al profundizar en el Liber Peristephanon (pp. 111-141) alcanza una descripción dinámica que muestra con claridad la contraposición entre mártir y persecutor, en un ejercicio tendente no tanto al realismo como a un ensalzamiento de colores épicos.
En cuanto a los conceptos, se ofrecen interesantes exposiciones: la ratio como fuerza activa en la fides al negar el politeísmo (pp. 143-152), los lazos entre Romanitas y christianitas a los que se aludía en el estudio introductorio (pp. 165-177), la oposición entre las vías simplex y multiplex con sus matices (pp. 189-198) o la nueva integración de influencias grecorromanas en una noción de libertas que se desdobla entre aquella que permite elegir el bien sobre el mal (cristianos como libera secta) y la libertad del mártir sobre el cuerpo (pp. 199-211).
Tiene cabida incluso la pax Romana, trasunto de la unificación en Cristo con la unificación de.
Los Carmina natalicia de Paulino de Nola sirven para mostrar una estructura que se vertebra en torno a referencias internas (pp. 245-254) y en la que se vuelve a incidir sobre estilo, ritmo y articulación (pp. 279-292), así como en sus influencias y similitudes (por ejemplo, con la Vita ).
A la vez que de humor afable y cimentado en la Glaubensfreude, tan distinta de la típica realización paleocristiana (pp. 265-278), el texto de Paulino presenta gran dependencia con respecto a la Biblia: parecen interesarle los paralelos entre el Dios de Félix de Nola y el de los patriarcas del Antiguo Testamento, puesto que solo al poner el foco en el poder divino y en los milagros del santo se podría afrontar la presencia de las tropas de Alarico en.
Por último, en su único estudio centrado en Draconcio (núm. 22, pp. 315-329) se resaltan los ecos de Estacio, Catulo y, sobre todo, Ovidio en su De laudibus Dei, un texto que enfatiza lo sensorial y cuyo autor contempla desde los ojos de Dios, Adán y Eva las escenas representadas.
Completa el volumen casi un centenar de páginas (pp. 331-426) con bibliografía aparecida después de cada uno de los estudios en él contenidos.
No solo se organiza y revisa con un tratamiento exhaustivo y apasionado, sino que además se incluyen pequeñas presentaciones de temas.
Redondean la obra unos útiles índices de términos, pasajes e investigadores citados.
En conjunto, Evenepoel logra evitar repeticiones entre unos artículos y otros a pesar de alguna pequeña y razonable convergencia temática (los ecos de Ovidio en el himno III del Liber Cathemerinon son objeto parcial de los estudios cuarto Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 y décimo).
Muy claro en sus posturas, no duda en reconocer ciertas dudas (p.
217) o las limitaciones de algunos estudios (p.
227), lo que nunca es menoscabo de su labor global y tendencia al detalle (destacamos, p. ej., la conexión entre los versos de Draconcio y Proba, pp. 324-325).
La recurrencia a conceptos amplios del mundo antiguo constituye un sólido nexo entre trabajos caracterizados por su uniformidad expositiva y el diálogo vivo con otros autores (passim: pp. 179, 189, etc.) y con el lector (p. ej., p.
321), a quien se acompaña con un estilo siempre fluido y didáctico.
Universidad Complutense de Madrid
Historia, religión y sociedad
Gómez Espelosín, Francisco Javier, En busca de Alejandro.
En una nueva obra el profesor Gómez Espelosín indaga en la posibilidad real de reconstruir, desde una perspectiva histórica seria y fundamentada, la biografía de Alejandro, desprendiéndose de la tradición legendaria que le rodea.
Tras la presentación, donde se indican la finalidad y la estructura de la obra, nos adentramos, a lo largo de los tres primeros capítulos, "Un Alejandro elusivo", pp. 15-32, "La insoportable levedad de nuestros testimonios", pp. 33-74, y las "Historias antiguas de Alejandro", pp. 75-134, en la imagen polémica del monarca macedonio que responde a diferentes modelos: el héroe guerrero e invencible que conquistó hasta los extremos confines del orbe, el rey justo y generoso y también el déspota cruel y despiadado, capaz de perpetrar los crímenes más execrables, devastador implacable de todos los pueblos sometidos.
El autor repasa aquí las fuentes contemporáneas de Alejandro, como los discursos de los oradores áticos, divididos en apologistas (Esquines) y contrarios (Demóstenes) o la tradición botánica de su expedición (Teofrasto), y la curiosidad de que su figura está ausente en las obras conservadas de Aristóteles.
Indaga, además, acerca de los vestigios de la cancillería oficial de Alejandro y expone los elementos arqueológicos, artísticos, epigráficos y numismáticos referidos al conquistador.
Asimismo se apuntan las obras de otros autores coetáneos o inmediatamente posteriores, de los que apenas se nos ha conservado alguna evidencia.
Así, por tomar algunos casos, Calístenes; Efipo de Olinto, en su visión contraria a Alejandro; Anaxímenes de Lámpsaco con su énfasis en el ceremonial de la corte y los banquetes; Cares y Aristobulo, desde perspectivas más favorables; Onesícrito, que lo veía Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 como un filósofo dispuesto a difundir las ventajas de la civilización; Tolomeo que refleja destacadamente las campañas y Nearco y la importancia de su expedición por el actual Golfo pérsico, pero será, sin embargo, Clitarco, con su afición a los aspectos maravillosos y sensacionalistas, el más leído en las épocas helenística y romana.
Hallan hueco también Polibio, con un retrato no demasiado favorable, aunque mesurado y equilibrado, y la visiones favorables de Nicolás de Damasco y de Josefo.
En la literatura latina, por ejemplo, fue juzgado con severidad por Lucano, Séneca, Dión Casio y Eliano, y elogiado por Apuleyo.
En realidad, nuestra visión de Alejandro se sustenta sobre una tradición tardía: Quinto Curcio Rufo, Diodoro, Plutarco y Arriano.
Sin embargo, más allá de estos autores, Alejandro adquirió enseguida aspectos míticos y se fue desarrollando una versión de carácter más popular, que culminará con la redacción en el siglo III d.C. la denominada Novela de Alejandro del Pseudo-Calístenes.
Ello se vio favorecido por el hecho de que el macedonio parece haber perdido buena parte de su esplendor en época bajo imperial y en los albores del Cristianismo.
La Novela de Alejandro se convirtió muy pronto en el punto de partida de toda una fabulación posterior que traspasó toda clase de fronteras culturales.
Por ello, nos parece especialmente novedoso el cuarto capítulo de la obra, "La metamorfosis del héroe", pp. 135-180, donde se repasa la pervivencia de Alejandro en las más diversas literaturas posteriores al mundo grecorromano.
Si bien en la primera literatura cristina presenta una imagen negativa, particularmente en Orosio, el interés por Alejandro en la tradición judía se manifestó muy temprano en su imagen como rey y conquistador del mundo y dentro de la literatura sapiencial como discípulo de Aristóteles.
En el mundo bizantino fue considerado el perfecto emperador, el guerrero y el conquistador, reflejo de las preocupaciones del Oriente cristiano por el imperio sasánida, árabes y turcos.
La literatura siríaca constituye una de las más importantes del Oriente cristiano y ejercerá una enorme influencia en el ámbito islámico.
Dentro de la tradición persa destaca la visión predominantemente negativa de Alejandro, como un ser demoníaco, que se desprende de las tradiciones zoroástricas.
Una tradición que se transfigurará en el Islam, donde aparece como un sabio y un profeta y "espejo de príncipes".
El autor no olvida tampoco el Occidente europeo medieval y se refiere, incluso, a la tradición malaya.
Así quedó conformado un Alejandro mítico, alejado casi por completo de la realidad histórica, y, en consecuencia, a partir de la época moderna, se emprende la tarea de reconstruir la historia de Alejandro, con una vuelta a los testimonios antiguos, lo que se aborda en "La construcción moderna de Alejandro.
Alejandro fue en el Renacimiento en una fuente inagotable de reflexiones políticas.
Se repasan también autores como Droysen, Grote, Hogarth, Wilcken, Radet y Tarn y se incluyen finalmente los autores que han reconstruido la historia de Alejandro en una visión "minimalista" que pretendía eliminar explicaciones ele carácter romántico o ideológico.
Así, frente a la visión apologética de Hammond, Schachemeyr, Badian y Bosworth recogieron también los aspectos más autocráticos y oscuros.
Quizás en este capítulo el autor podría haber hecho una mayor referencia a la tradición hispana, El libro de Alexandre, el humanismo español -en el escudo de los Reyes católicos figura el nudo gordiano, los posibles paralelismos con la conquista de América hasta las obras actuales, por ejemplo, de Pedro Barceló, Adolfo Domínguez Monedero o él mismo.
Ciertamente no podemos reconstruir con exactitud el itinerario que siguió Alejandro, especialmente más allá de las Puertas Caspias y en los actuales Afganistán y Pakistán.
Se construyó para suplirlo un espacio artificial, sustentado en parte en la historia y en parte en fabulaciones legendarias.
Por ello, resulta particularmente apasionante el capítulo "Tras los pasos de Alejandro", pp. 233-272, donde se recogen la influencia de Alejandro y de su expedición en los autores antiguos, los primeros viajes occidentales, no exentos de tintes épicos, y los nuevos datos aportados por la arqueología, como Ai-Khanoum o Taxila.
Un apartado se dedica a "Los otros Alejandros", pp. 273-342, esto es, a la imitattio Alexandri, como modelo a imitar o incluso a superar, empezando por los diádocos y los posteriores reinos helenísticos.
Se mencionan los intentos de emulación o de superación, más o menos conscientes en la Romanidad, con los generales republicanos y Pompeyo, y Julio César, el oportunismo de Augusto, las imitaciones estrafalarias de Calígula, Nerón o Caracalla, la inspiración en Trajano, Alejandro Severo y Juliano, sin olvidar las más alejadas del Papado o incluso el imperio de Mali en el siglo XIII, el mundo islámico o Luis XIV y Napoleón.
En el último capítulo, "Anatomía de una obsesión: mitos antiguos y modernos" pp. 343-364, se analizan los principales elementos constitutivos de la leyenda de Alejandro, su fascinación literaria y personal, que posee también su lado negativo, la atracción fatal de un tirano cruel.
En definitiva, a pesar de todos los intentos recientes que tratan de recuperar su figura histórica, Alejandro nos sigue llevando a su legado conf1ictivo, polémico y cuestionable, a su modelo en parte mítico, superando las barreras de la historia, hasta convertirse en una obsesión permanente, casi inevitable.
Nacido de esta obsesión, por la reunión de aspectos tan diversos y tan apasionantemente diferentes de otras biografías o historias de Alejandro al uso, sin ser tampoco, sensu stricto, una obra historiográfica, este libro abre su hueco, propio y particular, en nuestra biblioteca alejandrina.
JOSÉ PASCUAL Universidad Autónoma de Madrid
«Un libro sobre los paisajes pánicos» así define Ma Cruz Cardete Del Olmo su obra y la idea que subyace en un análisis que parte de lo evidente (el dios) para alcanzar lo significativo (el paisaje): de Pan a los paisajes pánicos.
Este excepcional volumen combina con notable destreza la metodología de los estudios de Historia de las Religiones y de Arqueología del Paisaje.
La obra se articula en seis capítulos, precedidos de un prefacio y una introducción, y se cierra con un apartado de conclusiones al que siguen la biblio grafía y un índice de figuras.
El prefacio subraya la erudición y reflexión fecunda que el volumen hace sobre el paisaje, concebido como un instrumento de pensamiento eficaz y esencial para acercarnos a la Antigüedad.
El prólogo lo firma Pierre Bor geaud, quien en 1979 publicaba Recherches sur le Dieu Pan, la gran obra sobre Pan, todavía plenamente vigente.
En la Introducción se plantea por qué Pan y por qué los paisajes pánicos y se presenta un breve recorrido por los estudios sobre Pan desde finales del s. XIX.
El primer capítulo está dedicado al análisis de las implicaciones del paisaje para comprender la sociedad griega antigua y sus construcciones religiosas.
El paisaje se concibe como una construcción cultural a la que el ser humano dota de plenitud conceptual.
El capítulo constituye un excelente status quaestionis de las últimas tendencias de la Arqueología del Paisaje.
Como el libro versa fundamentalmente sobre el Pan griego, el segundo capítulo constituye un inciso en el que se analiza el recorrido de Pan desde el mundo medieval hasta el s. XX.
Se deconstruye la imagen del dios y se pasa revista al Pan medieval antagonista de Cristo, al Pan renacentista imbricado profundamente con la Arcadia, al Pan romántico de las mil caras, contradictorio y complejo, y al Pan pa gano del s. XX, que promete la liberación de los sentidos y representa la natu raleza salvaje.
El capítulo tercero se abre con un interesante análisis de los modelos teriomórfico y antropomórfico con que se representa a Pan iconográficamente.
Ambos coinciden en los cuernos de cabra que marcan la esencia mixta del dios y lo sitúan como dios cabrero y cazador que se mueve en espacios marginales, protege actividades como la caza, la ganadería y, en especial, la trashumancia de corta distancia y actúa como deidad central de los ritos de paso, aunando las esferas iniciática y expiatoria.
El leitmotiv del capítulo cuarto lo constituyen los vínculos entre la Arcadia y Pan, que se va configurando paulatinamente y favorecen procesos identitarios que comienzan en algunas poleis arcadias, pero acaban extendiéndose al resto de Grecia.
Como dios de fronteras, Pan tiene un papel importante en cuestiones de identidad y etnicidad.
Se examina también el impulso que supuso para el culto de Pan la Pentecontecia ateniense, en la que el dios sirvió como eje de cohesión socio-político y territorial.
A diferencia del Pan arcadio, que prefería los caminos solitarios, las montañas y las fronteras, el ático es venerado en una cueva, su hábitat preferido aquí y en Roma.
Al Pan dios de fronteras y de los límites se consagra el capítulo quinto.
La gran mayoría de santuarios o altares y cultos dedicados al dios se encuentran situados en los márgenes del territorio.
Su presencia ubicua en la chora sirve para definir el astu y construir los espacios de frontera de la polis.
Pan resulta un dios profundamente cívico que contribuye a desdibujar la frontera entre lo urbano y lo rural, entre lo salvaje y lo civilizado.
De los múltiples límites sensoriales con que se imbrica Pan se estudian la música, la sexualidad, la panolepsia y el pánico, así como su impacto en estructuras sociales, sistemas de organización política y económica.
La investigación termina con un examen sobre la evolución de Pan de divinidad local a figura universal.
Roma dio el impulso definitivo a su expansión gracias a la relevancia de las atribuciones pastoriles en el ámbito poético y al hecho de que la Arcadia era considerada por algunas tradiciones como patria de los primeros romanos.
Fue la imagen del Pan romano, amable, pastoril pero no necesariamente rudo, atento a las necesidades de los hombres e inserto en un paisaje bucólico, la que triunfó en la tradición occidental.
También la difusión de las ideas platónicas y neoplatónicas facilitó la progresiva transformación de Pan en el símbolo de lo divino y la representación del Universo.
El volumen se cierra con un apartado de conclusiones, un repertorio bibliográfico y un índice de figuras que revela el extraodinario catálogo iconográfico del libro.
Con acribía loable confronta también Cardete fuentes literarias y epigráficas a lo largo de la obra y por ello habría sido útil la inclusión de un índice de pasajes citados.
En cambio, clarifican enormemente la lectura los múltiples mapas e imágenes que jalonan el texto.
Mención especial merece también la exhaustiva bibliografía, que refleja el profundo conocimiento de la autora sobre los estudios del culto de Pan, la Arqueología del Paisaje y la historia y la religión griegas, citando siempre las monografías de referencia y las actualizaciones más recientes.
Cabe destacar además la ausencia casi total de erratas, salvo la colocación de algunos espíritus y acentos en términos griegos, debidos seguramente al proceso de impresión.
Detalles mínimos que no empañan en modo alguno la brillantez de la obra.
En definitiva, con una metodología acertada y un primoroso manejo de las fuentes, Cardete ofrece un cuadro completísimo de la diversidad de facetas del culto de Pan.
Por su erudición y rigor científico la obra está llamada a ser un referente indispensable para los estudiosos del dios en todas sus vertientes.
No en vano, uno de los mayores logros del trabajo es su capacidad de mostrar la complejidad de una El libro es fruto de la reflexión colectiva de un grupo de prestigiosos estudiosos pertenecientes a la red internacional Polymnia, dedicada al estudio de la mitografía.
Tres congresos celebrados en Ginebra, Lille y Lyon en 2011 precedieron a los trabajos que ahora se ofrecen.
La cuestión principal que los reúne es profundizar en los campos que cubre el vocablo mitografía.
En la Introducción se enfoca muy bien la cuestión termino lógica: desde los logopoioí y logográphoi de los primeros autores del s. VI a.
C. a las dificultades que entraña el concepto de mitografía y las cuestiones que fueron saliendo a la luz conforme se sucedían las intervenciones: autoridad, apropiación, mitología en construcción.
Al reflexionar sobre la forma en que los artículos enlazan unos con otros se recorre la disciplina desde sus orígenes hasta el Humanismo y los albores del s. XVII.
Una introducción muy bien hilada y plena de observaciones interesantes e información bien contrastada.
En verdad ésa es la esencia de la obra, formada por doce artículos.
A la cabeza figura R. Fowler, una aguda presentación de los pioneros, de sus rasgos en común y sus diferencias que se resumen en tres epítetos: Hecateo, el vate; Ferécides, el enciclopedista; Helánico, el científico.
Sigue a continuación A. Zucker, quien tras examinar la cuestión de los Paléfatos y optar por un autor único que vive en el s. IV a.
C., se muestra no tan interesado en reconstruir el texto como en estudiar la originalidad de su programa, singularizarlo y distinguirlo tanto de la mitología racionalista como del evemerismo.
Defiende un Paléfato antiaristotélico, cuya teoría del mito, programa, manifiesto teórico del prefacio y método de rees critura revisa y compara con el tratamiento médico (le califica como el primer «logopatologista»).
Para él Paléfato no pretende refutar los mitos, sino tratar su inverosimilitud y restablecer la confianza en ellos; en ese sentido su discurso es apologético.
Un salto en el tiempo nos conduce de la mano de D. Voisin a Partenio de Nicea: un estudio muy bien articulado demuestra cómo el aparente desorden no se debe Emerita LXXXVI 1, 2018, pp. 173-201 ISSN 0013-6662 al azar, sino a una deconstrucción deliberada que paradójicamente contribuye a la unidad según el principio de la uarietas, obra que es a la vez «oeuvre et ouvroir de littérature».
Brillante también resulta M. Martinho: el análisis profundo de pasajes de Ceneo y Linceo y sus fuentes resulta muy esclarecedor de la praxis de Higino, permite ahondar en la doble filiación mitográfica e historiográfica de sus comen tarios, insertarlos además en la práctica retórica de los progymnásmata, y así formular una hipótesis sobre el uso pedagógico y la finalidad retórica de las Fábulas.
Una mina de información para la exégesis mitológica encontramos en el examen de la Teología de Cornuto a cargo de A. Zucker: un denso estudio del fun cio namiento y el significado de la etimología en el contexto antiguo que destila erudición, agudeza y un conocimiento exhaustivo de Cornuto, del que está prepa rando una nueva edición.
Delattre propone una lectura de Sobre los ríos del pseudo-Plutarco más allá del comentario erudito: donde sólo se ha visto fidelidad y obediencia a las fuentes, él reconstruye una lectura ideal, activa, que no es mera compilación, sino creación, reflexión mitográfica que invita a reinterpretar incluso los nombres de autor incluidos en el texto como obra no de un falsario, sino parte del entra mado inventivo del redactor.
A. Deremetz ofrece un artículo fundamental para adentrarse en la complejidad del Comentario a las Bucólicas de Servio: dos autores, una larga y compleja tra dición textual y tres diferentes tipos de inserción de relatos míticos.
G. Besson, magnífica conocedora de la tradición manuscrita del Tercer Mitógrafo Vaticano, del que está preparando una edición, nos introduce en las fuentes del tratado, su juego intelectual y moral, el método de trabajo seguido por el autor -al que ella defiende con buenos argumentos como el pseudo-Albrecht-, la organización de la materia en una relectura de la mitología respetuosa de la tradición tardoantigua, pero abierta a las nuevas tendencias, sometida a la fe cristiana, pero con una visión casi «ecu mé nica» de los mitos paganos.
F. T. Coulson, resulta esencial para seguir el proceso de recepción y circulación del denominado Comentario «Vulgar» (s. XIII) a las Metamorfosis de Ovidio, para explorar este texto importantísimo en la Alta Edad Media, por el número de manuscritos, por el grado de auctoritas que ostentó, por los múltiples intereses del Comentario, lingüístico, narrativo, estilístico, y naturalmente por la exposición alegórica que acompaña a los relatos, las fuentes que utilizó, modeló y combinó.
Un poco posterior en el tiempo y con una estructura sin precedentes, J.-Y. Tilliette desvela cómo justamente el rasgo más innovador del Fabularius de Conrad de Mure (s. XIII), el orden alfabético, conlleva la descalificación de la obra como útil mitográfico.
Es la paradoja entre un método de exposición moderno y el proyecto timorato de un grammaticus.
Muy diferente es el autor estudiado por Ma C. Álvarez Morán y R. Ma Iglesias Montiel, Boccaccio.
Con maestría y excelente selección de ejemplos exponen la gestación y desarrollo de este libro de cabecera, que bebe en los anteriores, pero se erige en precursor de los manuales mitográficos renacentistas.
Las autoras analizan la estructura conforme a la tradición genealogista, la recopilación de variantes, el intercambio de conocimientos que Boccaccio mantuvo con Petrarca, lo que les permite tocar las fuentes clásicas e incidir en el hecho de que Boccaccio, gracias a Leonzio Pilato, fue el primer occidental en volver a comprender a Homero.
Se cierra el volumen con quien llegó a imponerse al resto, Conti.
Graziani juzga sus principios de inteligibilidad y la lectura que propusieron sus primeros traductores y comentaristas franceses.
Artículo esclarecedor del método de la Mito logía de Conti y esencial para entender sus propuestas hermenéuticas.
Doce artículos, muy distintos entre sí.
Lo son los temas y los autores que los abordan, pero todos de una altísima calidad científica. |
FERNÁNDEZ DELGADO, JOSÉ ANTONIO Y PORDOMINGO, FRANCISCA, La re tó rica escolar griega y su influencia literaria.
Edición a cargo de Jesús Ureña y Laura Miguélez Cavero, Salamanca, Ediciones Universidad de Sala manca, 2017, 853 pp. FERRE-MAESTRO, JUAN JOSÉ -KUNST, CHRISTIANE, HERNÁNDEZ DE LA FUENTE, DAVID Y FALBER, ELKE (eds.), Entre los mundos: Homenaje a Pedro Barceló. |
Una versión preliminar fue leída por mis colegas y amigos Antonio Alvar y Marco Antonio Santamaría, que me hicieron numerosas observaciones valiosas.
Los errores son, por supuesto, míos.
The cosmogony of Ovid's Metamorphoses and Orphic Rhapsodies El objeto de este artículo es analizar la cosmogonía de las Metamorfosis de Ovidio en el marco de la tradición literaria y filosófica de las cosmogonías.
Tras una reflexión sobre las cosmogonías en la literatura antigua, y sobre la función que tiene la ovidiana en el poema, se analizan el proemio de las Metamorfosis y diversos aspectos de la cosmogonía: (1) la descripción del estado inicial del universo y el concepto de Chaos, (2) la propuesta de consideración de un nuevo modelo griego: las Rapsodias órficas, (3) una referencia rápida al verso I 9, (4) una alusión al valor de iners, y (5) reflexiones sobre deus et melior natura, para acabar con algunas conclusiones.
Palabras clave: Ovidio; Metamorfosis; Épica latina; Textos órficos.
sófico sobre la naturaleza de las cosas), a una referencia, casi anecdótica, en la Égloga VI de Virgilio, y a nuestro poema, con alguna alusión muy breve en otros.
Se ha sugerido que los romanos tuvieron más relatos de este tipo, pero los olvidaron (Dumézil 1996, p.
50) o que no estaban dotados de una «imaginación mítica» (Latte 1926(Latte, p.
88; Bremmer 1993), mientras que Bettini 2012 piensa que los romanos no consideraron necesario conservar o crear historias de tipo antropogónico, teogónico o cosmogónico, aunque sí tuvieron sus propias historias sobre orígenes, diferentes de las del tipo «-gónico».
Se ha señalado, además, que la cosmogonía se consideraba como el tema poético más elevado y propio de lo que podríamos llamar «épica grande» (Keith 2002, p.
Sea como fuere, Ovidio aunque se asienta en la tradición romana, busca antecedentes de su cosmogonía en la tradición griega.
Por ello, la pregunta de por qué una cosmogonía en las Metamorfosis me lleva a una cuestión previa: qué sentido tiene una cosmogonía, en general, a la que trataré de dar una respuesta breve.
Como es bien sabido, una cosmogonía, en el ámbito literario de la Antigüedad, es un relato de cómo el mundo llegó a organizarse del modo en que lo conocemos, de la forma en que se configuró un estado de cosas que engloba el mundo físico, el mundo religioso y el mundo social (cf. Bernabé 2008, pp. 13-25).
Aunque hay grandes variaciones entre las cosmogonías conocidas, hay algunos rasgos generales que definen la mayoría de este tipo de relatos y que los hacen tipológicamente muy similares.
Suelen describir un estado inicial diferente en todo al mundo actual y un acto cosmogónico que desencadena un proceso de organización de ese estado inicial hasta llegar a la forma en que el mundo está ahora constituido.
A menudo el estadio inicial diferente es descrito en términos negativos, «no existía ni esto ni lo otro», y se insiste en la inexistencia de las realidades actuales, porque las cosas no se habían hecho distintas, condición de la existencia de un mundo ordenado.
Me referiré a este tipo de descripción como el «relato del todavía no».
En ámbito griego la organización del mundo no se concibe como una creación, sino como una ordenación, ya que el sentido literal de griego κόσμος, es el de «orden del mundo».
En las cosmogonías griegas, la materia constituyente de la construcción posterior preexistía, aun cuando fuera de manera desordenada.
Tras el acto cosmogónico desencadenante de la ordena-ción del mundo, el desarrollo posterior puede ser descrito, simplificando mucho las cosas, o bien como un proceso mecánico de diferenciación y posterior interacción de los seres diferenciados, o bien como la actuación de un ser divino ordenador de las cosas, al que solemos llamar con el nombre de «demiurgo» (término acuñado en este sentido por Filolao B 21, pero popularizado por Platón, R. 530a)1.
El caso es que se pasa de un estado informe, no clasificado y desordenado, a un cosmos organizado y que obedece a movimientos regulares.
Cabe preguntarse por qué los antiguos relataban cosmogonías, habida cuenta de que es obvio que no pretendían en absoluto indagar el origen del mundo con pretensiones científicas, al modo de la astrofísica actual.
Dado que el nacimiento del mundo era inaccesible a cualquier verificación, la razón para elaborar un relato cosmogónico debía basarse en otro principio (Bernabé 2008, pp. 13-25).
En efecto, una cosmogonía se postulaba a partir de la concepción que se tenía del mundo.
Se considera que las cosas son como son porque en el tiempo sagrado en que todo tuvo lugar se habían configurado de esa manera y no de otra.
Así que la idea que se tiene de la configuración del mundo se proyecta sobre el origen, para reconstruir una cosmogonía que justifica y contiene, in nuce o desarrollados, los principios y procesos que dieron lugar a la realidad actual, para que sea como es y no pueda ser de otro modo.
En otras palabras, la cosmogonía es etiológica (Myers 1994, p. vii).
La cosmogonía y el proemio
El propósito de Ovidio es sobre todo literario (Spörri 1959, p.
34), aunque también aborda literariamente temas filosóficos.
No es casual que los mitos de las Metamorfosis se encuadren entre una cosmogonía inicial, en el libro I, en la que se narra el proceso de modificación del estado originario del mundo para llegar a su configuración actual, y la larga referencia a Pitágoras, en el libro XV, con la exposición de la doctrina de la transmigración de las almas, una nueva formulación de la teoría de los cuatro elementos, así como de la constante transformación de las cosas y del nacimiento de los animales, se-guida de una reflexión sobre el surgimiento y el ocaso de las ciudades (XV 60-479), para terminar con la afirmación de la inmortalidad del propio poeta.
La cosmogonía y la escatología del discurso de Pitágoras son las bases ideológicas del tema fundamental de la obra que es la transformación de los seres.
La cosmogonía al comienzo del poema y el discurso «filosófico» conclusivo de Pitágoras en el libro XV establecen una especie de terreno «científico» de referencia en el que Ovidio sugiere que podemos leer sus historias míticas2.
Pienso que Myers no debería entrecomillar «filosófico» y «científico», ya que, en la época de Ovidio, la épica didáctica y la filosofía se habían aproximado mucho, no solo porque algunos escritos filosóficos estaban en verso (buenos ejemplos, ya en el s. V a.
C., son los poemas de Parménides y Empédocles, y más tarde, y en ámbito romano, el de Lucrecio), sino porque las ideas filosóficas habían ido incorporándose de forma creciente a los poemas mitológicos.
Podrían ponerse ejemplos como la Teogonía de Jerónimo y Helanico, que situaba en el origen de los tiempos al agua (ya no divinizada, no personificada)3, o las Rapsodias órficas, que presentan intrusiones científicas en muchos lugares.
Por todo ello prefiero definir la cosmogonía ovidiana como un tratamiento literario de temas filosóficos.
En el brevísimo proemio (I 1-4), Ovidio comprime en el espacio de cuatro versos una serie de sugerencias sobre el tema, la estructura, la poética y las implicaciones de su obra, como señala Barchiesi 2005, p.
Ovidio afirma que se le ha ocurrido hablar de las figuras transformadas en cuerpos nuevos, a partir de lo cual pide a los dioses, en tanto que partícipes de tales transformaciones, que le ayuden a presentar su poema desde los albores del mundo, esto es: se propone incluir una cosmogonía en el tratamiento de los relatos de transformaciones corporales.
Su invocación a todos los dioses es un tanto provocativa (al igual que lo es la brevedad y la atipicidad del proemio), ya que invocarlos a todos es como no invocar a ninguno.
Alvar 1997 apunta varios detalles en el proemio que traslucen una actitud decididamente antivirgiliana, como dicere, frente a cano en Aen.
I 1, o deducite, que evoca la conocida recusatio virgiliana de la poesía épica en el comienzo de la Ecl.
138 subraya también que una invocación tan genérica ligada a una cosmogonía, la unión del apóstrofe a los dioses y la referencia autorreflexiva a la propia obra hace pensar en la gran prosa filosófica tanto como en la poesía mitológica, y presenta un ejemplo del Timeo platónico (27b): «Ahora sería cosa tuya, Timeo, referirse a lo que sigue, según parece, una vez que hayas invocado, como es costumbre, a los dioses».
Aún más, in nova, las primeras palabras del poema, reivindican su novedad5.
La cosmogonía que Ovidio se propone narrar debe servir para justificar por qué se producen las transformaciones, tema central de su poema.
En tanto que transformación del mundo, da cuenta, en el origen del cosmos y de los tiempos (cf. tempora en I 4), de la presencia de la transformación como principio general y fundante, de modo que sirva de modelo de la modificación de las formas en el mundo así originado.
12, la propia cosmogonía es la primera metamorfosis.
Esta versión de la cosmogonía (Anderson 1996, p.
152) está puesta bajo el signo de la forma, vista como criterio fundamental para la existencia de los cambios; está claro que esta elección crea una profunda consonancia con el título y el programa mismo del poema de Ovidio.
Además, la cosmogonía se une con la historia posterior, tal como señala la expresión carmen perpetuum (I 4) para referirse a un poema sin interrupción, con vocación de unidad; se suele considerar el sintagma como un término técnico, traducción de Call., Aet.1 fr.
35 señala que perpetuum incluye además el sema que tiene que ver con la cualidad de eterno; de manera que el proemio apuntaría al epílogo en general y a la última palabra del poema, uiuam, en particular, lo que contribuye a evidenciar la decidida voluntad unitaria del conjunto de la obra.
De modo semejante, en el libro XV Ovidio se apoya en la teoría pitagórica de la transmigración de las almas para corroborar que lo que se modifica en 3.
Poemas monográficos helenísticos, como las Argonáuticas de Apolonio.
En esta obra se ponía en boca de Orfeo un poema cosmogónico, reiteradamente mencionado por los críticos (Bömer 1969, p.
148) como fuente de la cosmogonía ovidiana.
Obras filosóficas: bien entendido que, como ya dije, la discusión sobre si las pretensiones de Ovidio son científicas o literarias es en cierto modo un anacronismo.
Entre las obras filosóficas los estudiosos modernos aluden al poema Περὶ φύσεως de Empédocles; cf. Stephens 1957, pp. 46-62, quien cree que las ideas órficas de Empédocles han tenido gran influencia sobre Ovidio.
Ello es rechazado, con razón, por Boillat 1976, p.
5; es obvio que se trata de un parecido superficial: Ovidio menciona, como él, los cuatro elementos, pero la visión del cosmos en Empédocles es la de un ciclo eterno en el que los elementos se combinan y se separan a impulsos de φιλία y νεῖκος y en el que se generan etapas de unidad absoluta de estos en el Esfero y otras de separación absoluta.
Nada de esto tiene que ver con el relato de Ovidio.
26, los cuatro elementos eran la communis opinio de la época; de hecho lo son casi hasta el Renacimiento.
Se afirma que Lucrecio pudo haber sido fuente de Ovidio para el conocimiento de Empédocles y de otros presocráticos9.
También se habla de obras pitagóricas, cuyo influjo es obviamente más importante en el discurso de Pitágoras del l.
Y a menudo se invocan influencias estoicas: acerca de ellas, salvo casos específicos en que se menciona una referencia concreta, como Posidonio (Wilkinson 1955, p.
213, Dörrie 1959), es habitual la alusión no demasiado precisa al estoicismo, por ser un movimiento filosófico potente en la época y sin duda conocido en Roma.
Lämmli 1962, pp. 133-134 se muestra muy escéptico (creo que con razón) sobre la profundidad de la familiaridad de Ovidio con el pensamiento estoico.
La tradición órfica es invocada por algunos autores pero siempre en sus manifestaciones más marginales.
Es el caso de dos pasajes citados con frecuencia como fuentes en los estudios de la cosmogonía ovidiana, por una parte, la llamada ornitogonía de Ar., Au.
Paso, pues, a revisar con mayor detenimiento algunas de estas influencias, unas ya conocidas, otras, propuestas ahora.
El procedimiento será ir desglosando algunos de los diversos temas tratados en la cosmogonía, para ir señalando ejemplos paralelos, naturalmente sin pretensión de exhaustividad.
En concreto, me centraré en los siguientes aspectos: 1) la descripción del estado inicial del universo y el concepto de Chaos; 2) la propuesta de consideración de un nuevo modelo griego: las Rapsodias órficas; 3) una referencia rápida al verso I 9; 4), una alusión al valor de iners, que dará paso a 5) reflexiones sobre deus et melior natura, para acabar con alguna pequeña conclusión.
Como se ve, dejo a un lado otras cuestiones, alguna tan importante como la del origen del hombre.
El relato del «todavía no» (I 5-6)
El poeta introduce su relato sobre la cosmogonía con los dos versos siguientes 11:
Antes del mar y de las tierras y del que todo lo cubre, el cielo, era único el aspecto de la naturaleza en el orbe entero.
Ovidio recurre a un procedimiento descriptivo característico de las cosmogonías antiguas (aunque no la de Hesíodo), que es referirse al escenario 10 A este respecto resultan peculiares dos declaraciones de Barchiesi: cuando afirma que el modelo de la materia amorfa originaria postulada por Ovidio es una presencia sentida en el modelo cosmogónico (Barchiesi 2005, p.
146), añade que se encuentra en «tutti i più grandi esempi di cosmogonia presocratica... come pure gli orfici e la cosmogonia degli uccelli in Aristofane», pero no precisa a qué se refiere con «gli orfici»; en otro lugar (Barchiesi 2005, p.
135) asevera que «un avvicinamento di Ovidio alla tradizione orfica non stupirebbe», pero pone como ejemplo de tal acercamiento una expresión de las tardías Argonáuticas órficas 8 θυμὸς ἐποτρύνει λέξαι «mi ánimo me impulsa a hablar», que recuerda Ou., Met.
I 1 fert animus... dicere, pero una expresión muy similar se encontraba, en contexto no órfico, en A. R. IV 249: ἐμὲ θυμὸς ἐποτρύνειεν ἀείδειν.
11 Las traducciones de Ovidio son de Álvarez e Iglesias 1995, con mínimas modificaciones en algún caso. anterior del acto cosmogónico, lo que he definido como «relato del todavía no».
En esa descripción llamo la atención sobre el uso del verbo erat (I 6, 15, 16) que hace referencia a la materia originaria, sin indicar cuándo se inicia ese estado, lo que suele querer decir que este era indefinidamente antiguo (no eterno, porque tiene un fin cuando se produce el acto cosmogónico y se genera el mundo como hoy lo conocemos).
150), trae a colación excelentes ejemplos de otras respuestas a este desafío, como el comienzo del Enuma Elish babilónico: «Cuando en lo alto los cielos no habían sido nombrados y abajo el nombre de la tierra no había sido pronunciado... cuando ninguno de los dioses había aparecido, no se había pronunciado ningún nombre, ni se habían establecido los destinos»12, o como Ar., Au.
693-694: «A lo primero había (ἦν) Caos, Noche, el negro Érebo y el Tártaro anchuroso, pero tierra aún no había, ni aire ni cielo».
Aristófanes usa el verbo existencial en imperfecto (ἦν), pero no se refiere a una unidad originaria.
Es un pasaje cómico y parece que lo que el autor ha pretendido es más bien mencionar los elementos considerados primigenios en diversas cosmogonías, acumulándolos, como si presumiera cómicamente de su conocimiento de todos ellos, para presentar una situación que es a la vez todas y ninguna (cf. Pardini 1993, Bernabé 1995).
Por otra parte, como ya se dijo, se menciona a menudo en los estudios sobre fuentes de Ovidio un pasaje de Apolonio de Rodas I 496-498, en el que Orfeo recita una cosmogonía, más ejercicio literario que testimonio fidedigno de una versión órfica ortodoxa13: Cantaba cómo Tierra, Cielo y Mar en otro tiempo confundidos entre sí en una sola forma (μιῇ... μορφῇ), por una funesta disputa se separaron cada uno por su lado.
Orfeo hace referencia al «todavía no», cuando afirma que el cielo, la tierra y el mar eran una sola forma, esto es, que no existían todavía realidades dis-tintas.
Es interesante la presencia de μορφή, que se corresponde con el uso ovidiano de forma en I 17 (cf. formas en I 1).
También se cita en este contexto (Wheeler 2000, p.
28, OF 66.1, con bibliografía) Eurípides, Melanipa la sabia, fr.
484 Kannicht, donde se alude a una cosmogonía que parte de una situación originaria en la que el Cielo y la Tierra formaban una unidad indistinta:
No es mía la historia, sino la supe por mi madre: que el cielo y la tierra eran una sola forma (ἦν μορφὴ μία) y cuando uno de otra se separaron, todo lo produjeron y lo sacaron a la luz árboles, seres alados, fieras, los que nutre el mar y el género de los mortales.
Hallamos de nuevo el uso del verbo ἦν y una referencia a la forma (μορφή).
El elenco de los seres del mundo se produce tras la separación que los dota de formas distintas a cada uno, por lo que antes no existían.
En las Metamorfosis, el contenido enunciado en I 5-6 se desarrolla en la descripción poética y plástica de I 10-20, en los que, en resumen, se señala en imperfecto la inexistencia en ese escenario precósmico de elementos que serán básicos en el orden cósmico.
Primero, el sol (Titan en I 10) y la luna (Phoebe en I 11), entidades con las que el poeta, a la vez que se refiere a la carencia de luz del estado primigenio, señala la falta en él también de elementos marcadores del transcurso del tiempo: el del año, y el día, indicados por el sol, el del mes y la noche, marcados por la luna.
Así pues, se deduce de lo expuesto que en la situación precósmica no solo no existían seres diferenciados, sino que tampoco existía el tiempo.
Con la mención de tierra (Tellus I 12), a la vez parte del cosmos y elemento, Ovidio pasa de los cuerpos celestes al catálogo de los elementos: tierra, agua y aire (I 13-16); en cuanto al fuego (el esperable cuarto elemento), probablemente lo considera aludido por las referencias a la luz (lumina I 10 y lucis I 17) y al sol.
Se advierte que, para designar los elementos, Ovidio oscila entre las denominaciones mitológicas, como Amphitrite I 14, y las puramente físicas como terrarum I 14, tellus I 15-16, pontus I 15, unda I 16 y aer I 15 y 17.
Esta intromisión de los nombres divinos de alguna forma compensa, como señala Barchiesi 2005, p.
146, la falta de la referencia a una teogonía tras la configuración del mundo, como es de regla en las cosmogonías precedentes, de Hesíodo en adelante.
Siendo esto cierto, no lo es menos que esta alternancia en los nombres comunes y los teónimos tiene un claro precedente en el poema de Empédocles, quien denomina sus «raíces» (que nosotros traducimos por «elementos») tanto con nombres divinos como puramente físicos14.
Con la frase nulli sua forma manebat (I 17) Ovidio hace una nueva transición, ya que pasa de los elementos a los contrarios típicos de una cosmogonía: frío-calor, humedad-sequedad, blandura-dureza, peso-liviandad (I 19-20), que evocan la forma en que se escinden estos contrarios del apeiron, la materia confusa originaria, en Anaximandro, según Simp., in Ph.
24.13 (A 9 DK): Anaximandro... dijo que el «principio», o sea, el elemento de los seres es lo indefinido (ἄπειρον)...
Dice que este no es agua ni ningún otro de los llamados elementos, sino una naturaleza distinta, indefinida, de la que nacen todos los cielos y los mundos que hay en ellos....
Así que no concibe la generación como una transformación del elemento, sino por la segregación de los contrarios, a causa del movimiento eterno...
Los contrarios son: caliente-frío, secohúmedo y los demás.
Según Ovidio, los elementos y los contrarios se encontraban en discordia porque coincidían en un solo cuerpo (corpore in uno I 18, que recoge unus uultus de I 6), sin forma, lo que quiere decir, en confusión, y por tanto no podían configurar un mundo ordenado.
La expresión de I 17 nulli sua forma manebat «para ninguno permanecía su propia figura» es una referencia filosófica que, unida a las frases anteriores nos permite describir la materia primordial de Ovidio como una mezcla inextricable compuesta de elementos y cualidades en conflicto entre ellos y no sujeta a forma.
En I 7-9 Ovidio denomina la situación originaria con el nombre de Chaos.
También lo hace dos veces más en Metamorfosis, y en otros lugares, bien como nombre común o como personificación 15.
Leamos la breve calificación que de él ofrece en Metamorfosis I 7-9: quem dixere Chaos: rudis indigestaque moles nec quidquam nisi pondus iners congestaque eodem non bene iunctarum discordia semina rerum. al que llamaron Caos, masa informe y enmarañada, no otra cosa que una mole estéril y, amontonados en ella, las semillas mal avenidas de las cosas no bien ensambladas.
152 señala cómo el uso de dixere pone en primer plano la presencia de la cultura griega en el acto fundacional de dar nombre al Caos primigenio, porque la palabra en latín es un préstamo (cf. la autorreferencia de Chaos en Fastos I 103 me Chaos antiqui... uocabant).
El antecedente griego más obvio es Hesíodo, en el verso de la Teogonía (116) que inicia una breve cosmogonía: ἤτοι μὲν πρώτιστα Χάος γένετ', «pues bien, lo primerísimo surgió Caos».
Pese a que en ambos casos se usa el mismo nombre, hay dos diferencias fundamentales entre el esquema de Hesíodo y el ovidiano.
Una es que, según Hesíodo, Χάος no era (ἦν), sino se produjo (γένετο).
No es, pues la materia originaria, sino algo que nace dentro de ella.
Mientras la mayoría de los escritores que tratan sobre la creación del mundo se imaginan un estado anterior y lo describen, tal narración se halla ausente del texto de Hesíodo, quien no dice ni cómo surge Χάος ni qué había antes, ni siquiera si había algo antes 16.
Por su parte, Ovidio convierte a Chaos de elemento nacido en entidad originaria y lo sitúa en el lugar de lo que se supone que habría antes de Χάος en Hesíodo, la materia originaria, describiéndola como confusa, desordenada y con movimiento convulso (cf. McKim 1985, p.
235 señala que, aunque Ovidio es el primer escritor conocido en interpretar Chaos como un estado confuso de la materia, la reinterpretación del término hesiódico pudo suceder antes, «dada la tendencia de los filósofos helenísticos a leer sus propios sistemas en los poetas prestigiosos», citando como ejemplo la interpretación del estoico Zenón de χάος como agua, vía χέεσθαι.
349 sugiere un precedente helenístico, que pudo influir sobre el canto de Sileno en la Egl.
VI de Virgilio, en G. IV 347 y en Ovidio, y considera (351) que Chaos en las Metamorfosis no es una fase meramente temporal, sino un aspecto permanente del mundo, pero ello nos lleva fuera de los límites de este trabajo.
28. vendría a ser la abertura que se produjo entre el cielo y la tierra17.
Aun siendo anacrónica, es la explicación antigua más próxima a la probablemente real.
Y es que el texto de Hesíodo resultaba tan poco claro, que dio pie a muchas interpretaciones erradas sobre Χάος en autores antiguos; por ejemplo, los estoicos creyeron que se trataba de 'agua', sobre la base de una relación etimológica con el verbo 'verter' (χέω) 18.
La falta de esta idea en Ovidio es una muestra más de la trivialidad con la que se han visto a menudo influencias estoicas en puntos esenciales de su cosmogonía.
Un pasaje que también ha sido aducido como paralelo del texto ovidiano es POxy.
Cuando el padre de los dioses deseó ansiosamente fabricarle a sus hijos un cosmos sin límites (ἀπεί[ρ]ονα κόσμον τευχέμεναι) como morada invulnerable para siempre, entonces el dios con su mente habilidosa decidió armoniosamente ponerle términos apropiados a todo.
Y es que temía que, al surgir entre unos y otros la discordia, la fuerza del éter inextinguible y la tierra ilimitada, así como el gran mar que se embravece con incesante oleaje se mezclaran otra vez con el Caos y en seguida se hundieran en la tinieblas.
Las coincidencias más relevantes entre el papiro y la cosmogonía de la Metamorfosis son la presencia de una divinidad ordenadora, interesada en evitar la vuelta a una situación originaria, llamada Χάος y concebida como materia oscura y confusa.
La relación entre ambas obras es sin embargo problemática, porque, mientras que Treu 1973, p.
Propuesta de un nuevo modelo: las Rapsodias órficas
Aún puede señalarse un nuevo precedente que no ha sido tomado en consideración; se trata de las Rapsodias órficas, poema del s. II a.
C., aunque se con-figuró sobre materiales más antiguos 19.
El poema, del que queda un número significativo de fragmentos (OF 90-359), comienza con una cosmogonía que describe un estado amorfo de la materia, anterior a su distinción, sigue con la actuación de un dios demiurgo que la ordena y configura, crea los seres humanos (tema ausente del poema hesiódico) y dedica un largo pasaje a la transmigración de las almas.
La fase anterior a la cosmogonía, tal como era descrita en el poema, puede reconstruirse a través de una serie de testimonios directos e indirectos: ya el primero de ellos es muy revelador (Hom.Clem.
VI 3.1): ἦν ποτε ὅτε οὐδὲν ἦν πλὴν χάος καὶ στοιχείων ἀτάκτων ἔτι συμπεφορημένων μίξις ἀδιάκριτος, «hubo un tiempo en el que no había nada, excepto el caos y una mezcla indistinta de elementos desordenados y amontonados» 20.
Aunque no es un fragmento literal, presenta semejanzas significativas con el texto ovidiano.
Se describe una situación pasada (ἦν) definida como caos y concebida como mezcla indistinta y desordenada de elementos.
Otros testimonios complementan al primero, como Hom.Clem.
El caos es definido como ingénito (lo que quiere decir que era, no que se produjo o nació, como en Hesíodo), la expresión «todas las cosas se hicieron» indica que es la materia de la que proceden todos los seres del mundo.
Se define, como es característico, negativamente: en él todos los contrarios estaban mezclados y no tenían forma.
Llamo la atención sobre el hecho de que se habla de cualidades: húmedo, seco, caliente, frío, lo que recuerda Ou., Met.
Se podría argumentar que en la descripción de la materia originaria de las Recognitiones pudo haber influencia de Ovidio, pero, aunque pudo haberla en el hecho de denominarla Chaos, no creo que la haya habido en su definición.
Me baso en el hecho de que un par de testimonios neoplatónicos, fieles transmisores de las Rapsodias, habla a favor de que el esquema de la materia confusa originaria procede de este poema21.
Por ello me parece que los teólogos y Platón se refieren al origen de las cosas increadas por el tiempo y afirman que la antigua disposición de las cosas siempre ordenadas era desordenada, errónea e indefinida.
Siriano es un neoplatónico y, por tanto, cree que Orfeo (al que en general llamaban «el teólogo», aunque la designación en plural puede incluir a Museo y otros poetas semejantes) era el modelo de las doctrinas de Platón.
El segundo es un texto de Proclo, in Ti.
I 386.2 Diehl = OF 105: «Y se le podría llamar "tiniebla interminable" en tanto que ha recibido una naturaleza sin forma.
Por eso también Orfeo presenta la materia según este mismo principio».
Incluso tenemos un hexámetro literal (OF 106): ἦν ἀδιάκριτα πάντα κατὰ σκοτόεσσαν ὀμίχλην, «todo era indistinto, en medio de una niebla tenebrosa», que presenta semejanzas con Ou., Met.
Es claro que los textos citados confirman que la atribución a la teogonía de las Rapsodias de una descripción del origen de las cosas a partir de una materia confusa es muy verosímil.
A esa especie de materia indefinida primordial el autor del poema la llamaba poéticamente «Tinieblas», «Niebla tenebrosa» y «Noche», insistiendo en su carácter oscuro e indefinido, pero no se documenta más que en las Recognitiones que la llamara Χάος.
Por ello pienso que no era ese el nombre que le daba el poeta órfico, dado que en el mismo poema, las Rapsodias, nace después, por la acción de Tiempo, un ser denominado Χάσμα (según otras fuentes Χάος), que parece corresponder etimológicamente al Χάος hesiódico y también funcionalmente en su valor de'abismo, abertura' (OF 111).
La forma más fácil de explicar este conjunto de datos es que Ovidio toma para la redacción de su cosmogonía la imagen de las Rapsodias de una materia originaria confusa y compuesta de los cuatro elementos y en la que no se habían separado los contrarios como caliente y frío, etc. -lo que apartaba su versión de la atomista de Lucrecio-, pero la denomina con el prestigioso nombre Χάος de Hesíodo, aprovechando que el significado de Χάος no resultaba claro, para asociar su poema al de otro poeta muy prestigioso de la Antigüedad.
De modo que, o bien es Ovidio el causante de que en la tradición posterior Chaos designara la confusión (Maurach 1979, p.
133, con bibliografía) o bien en la poesía helenística anterior a Ovidio se había intentado ya identificar el modelo de la materia confusa con Χάος como una evolución paralela, como sugiere Tarrant 2002, p.
349, lo que me parece menos verosímil.
El hecho es que nos encontramos esta situación consumada ya en el poema anónimo del Supplementum Hellenisticum, en Luciano 22, en las Argonáuticas órficas 23 y luego, incluso, en el vocabulario que aún usamos.
I 9 non bene iunctarum discordia semina rerum «las semillas mal avenidas de las cosas no bien ensambladas» evoca dos aspectos muy relevantes de la filosofía presocrática.
Por una parte, iunctarum traduce la idea de ἁρμονία que en griego comienza por ser un concepto de la carpintería (ensamblaje) 24, para adoptar en los pitagóricos (Arist., Met.
El segundo aspecto es semina, que evoca el postulado de Anaxágoras B 4 DK de que hay un intermedio entre la materia original y los seres actuales, a los que llama «semillas de todas las cosas», com puestas de todas las cosas en una determinada proporción, a las que da este nombre probablemente porque pensaba que, de igual modo que los seres biológicos se configuran a partir de determinadas semillas, también el proceso de formación de los restantes seres debía de ser similar (cf. Sider 2005, pp. 94-96, Curd 2007, pp. 43-47, 153-177).
Parece que Ovidio quiere decir que en esta materia caótica se encontraban los gérmenes de las cosas25.
Otro punto interesante de la definición ovidiana de Chaos, que no quiero dejar de apuntar, es iners (I 8), que, como señala Wheeler 1995, p.
13, se presta a un juego de palabras, ya que significa 'inactivo', pero también puede entenderse como sine arte.
Para apoyar su interpretación, Wheeler trae a colación el uso ovidiano de la misma imagen referida a las obras de Mirón que, antes de ser esculpidas, habían sido pondus iners... duraque massa (Ou., AA III 219-220).
De este modo, lo que distingue el caos del cosmos es la intervención del arte.
Ello me lleva a tratar la última cuestión: la del dios artesano que organiza el mundo como una obra de arte.
De los dos modelos de organización de la materia cósmica referidos al principio de esta exposición, el dios ordenador y la autoordenación, Ovidio escoge el primero.
95 pone el acento en que los modelos habitualmente señalados, como el canto de Orfeo en Apolonio de Rodas, describen la evolución del universo por causas físicas, mientras que Ovidio la presenta como obra de un artesano divino.
No obstante, creo pertinente hacer un par de precisiones.
La primera es que el relato ovidiano no carece de ambigüedad.
Ya es reveladora la frase de I 21 «un dios y una naturaleza mejor (deus et melior... natura) puso término a esta contienda».
La primera tentación para explicar sus orígenes es acudir a los estoicos.
266 compara el pasaje ovidiano con Arist., Protr.
18 Düring/Megino «nos generó la naturaleza y la divinidad» (cf. Cael.
Se trata probablemente de una hendíadis (Düring 1961, p.
144) que le permite a Ovidio crear una cierta ambigüedad.
Esta se mantiene en I 26-31, en que las masas de materia parecen operar por sí solas, sin intervención divina, como una reminiscencia de los presocráticos o incluso de Hesíodo.
Pero es solo un pequeño paréntesis, casi un espejismo, y el poeta vuelve enseguida a la imagen demiúrgica, por lo que podemos reinterpretar I 26-31 como una simple variación en la forma de narrar.
Los orígenes descritos por Ovidio están presididos por una potente teleología: todo obedece a un plan en que está previsto cómo van a desarrollarse las cosas, porque son organizadas por un dios inteligente (Barchiesi 2005, p.
El poeta habla imprecisamente de él: I 32 quisquis fuit ille deorum «quienquiera que fuese aquel dios», I 48 cura dei, I 57 mundi fabricator, y I 79 ille opifex rerum.
24 insiste en que estas propuestas son coherentes con formulaciones estoicas 27.
La «conexión estoica», sin embargo, debe ponerse en cuarentena o al menos no debe considerarse la más antigua ni la más relevante.
En primer lugar, la mención imprecisa de la divinidad era ya muy del gusto del s. V a.
En cuanto a las menciones del dios demiurgo (I 57 mundi fabricator, I 79 opifex rerum) hay también algunas observaciones que sugieren una menor relevancia de la influencia estoica.
44, quien señala que el dios de Ovidio no está en la materia cósmica, como creen los estoicos.
En segundo lugar, el hecho de que el dios demiurgo se encontraba ya en el Timeo platónico, obra a la que, como precisa Robinson 1968, pp. 256-260, Ovidio pudo acceder a través de la traducción de Cicerón.
96 lo señala como fuente.
Por otra parte, la imagen de un dios demiurgo era incluso conocida en fecha anterior a Platón, por la tradición órfica.
Hay un verso muy revelador en un Himno a Zeus que forma parte de varias teogonías órficas; en su forma más simple aparece en la citada en el Papiro de Derveni (datada en el VI a.
C.), pero luego conoce versiones posteriores y más amplias, hasta la de las Rapsodias, en el II a.
Zeus cabeza, Zeus centro, por Zeus todo queda bien configurado.
De este verso lo más interesante es la segunda mitad: Διὸς δ ̓ ἐκ πάντα τέτυκται; el verbo τεύχω expresa la actividad del artesano que trabaja con pulcritud y arte y su perfecto expresa resultado presente de una acción pasada29, de modo que el mundo es descrito por el poeta órfico como una obra de arte bien estructurada, acabada y perfecta, resultado de la sabiduría de Zeus, el artesano que lo ha configurado de acuerdo con un proyecto inteligente30.
En otros pasajes de la Teogonía de Derveni y de su comentario se pone de relieve la teleología que preside la acción de Zeus sobre el mundo31.
Aun aceptando todo lo dicho, creo que no le falta razón a Wheeler 1995, pp. 96 y 106, cuando señala que, aunque los términos tienen resonancias filosóficas, no hay un modelo filosófico específico para el esquema ovidianο de la creación del mundo, y que las diferencias con los modelos propuestos son mayores que las semejanzas.
40, considera que la mejor definición de este esquivo dios es la de McKim 1985, pp. 100-102, quien cree que se trata de un «dios de los filósofos» que diseña el cosmos de acuerdo con demandas de racionalidad.
97 ya había propuesto que la formulación de Ovidio es deliberadamente vaga, para presentar una versión de la creación acorde con el punto de vista mayoritario de sus lectores, pero no está claro que estos tuvieran demasiadas opiniones formadas sobre la creación del mundo, asunto que a los romanos les interesaba poco.
Por último, me pregunto si no habrá que ver en ese dios ordenador de la materia confusa por medio del arte un lejano trasunto del propio poeta que ordena artísticamente la materia poética.
Todo lo visto me lleva a concluir que la visión del origen del mundo que ofrece Ovidio en el principio de las Metamorfosis es sobre todo literaria, con tintes filosóficos y ecléctica.
Toma ideas y conceptos de fuentes tan prestigiosas como diversas, para elaborar un digno comienzo, serio y profundo, al gran poema que ha decidido componer y para situarlo en las formas de explicación del mundo en boga en la Roma de su tiempo y conocidas por un romano culto.
Limitándome a los aspectos más generales, de Hesíodo toma el esquema de una cosmogonía iniciada por Chaos, que se continuaba con la teogonía y aún con el Catálogo de las Mujeres en un carmen perpetuum, si bien cambia el significado de Χάος como 'abertura' y su condición de ser nacido en una materia originaria innominada, convirtiéndolo en el nombre de la propia materia confusa primigenia.
Además, elimina la teogonía (aunque deja alguna evocación de ella en las personificaciones divinas de su descripción).
De los influjos filosóficos parecen más determinantes, por una parte, Anaximandro, en lo que se refiere a la forma en que los elementos y, sobre todo, las cualidades, como frío y caliente, seco y húmedo, se segregaron de una materia indefinida; por otra parte, Platón y Aristóteles y antes que ellos, la poesía órfica, en lo que se refiere a la divinidad demiúrgica, ordenadora del mundo de acuerdo con un plan racional.
En cambio, las coincidencias con el estoicismo parecen menos relevantes ya que en casi todos los casos se encuentran antecedentes más antiguos para los rasgos señalados como estoicos.
Por otra parte parece que Ovidio tomó de las Rapsodias órficas el esquema de un origen del mundo consistente en una materia confusa, compuesta de cuatro elementos y en la que se encontraban sin separar las cualidades como seco, húmedo, caliente o frío, pero que fue luego ordenada por una divinidad demiúrgica (el poema órfico incluye dos creaciones, pero eso es otro aspecto, que Ovidio no hereda), que también crea los seres humanos.
En ese esquema se dedicaba un amplio espacio a la transmigración de las almas, con lo que se configuraba un carmen perpetuum de la cosmogonía a la metempsicosis.
La reencarnación (a la que se dedica Ovidio más en el l.
XV) es un sustrato ideológico muy útil para las metamorfosis, en la idea de que en uno y otro caso el alma acaba por encontrarse en un cuerpo distinto: la diferencia consiste en que en la transmigración el alma sale de un cuerpo para ir a otro, mientras que en la metamorfosis, el alma, que no se ve alterada, queda en un cuerpo que se transforma a su alrededor.
Debo precisar que Ovidio no sigue el esquema de la transmigración órfica, considerada como efecto de la culpa y expiación de los seres humanos que aludía en el mito de los Titanes, para adoptar la transmigración pitagórica, que era «aséptica», exenta de la idea de culpa y que formaba parte de la explicación del orden del mundo (Bernabé 2013).
Por ello pienso que presenta a Pitágoras y no a Orfeo como autor del discurso del libro XV.
Dicho todo eso, es evidente que la cosmogonía de las Metamorfosis no se agota con el análisis de sus fuentes, con las que Ovidio hace todo menos repetirlas servilmente, sino que constituye una pieza literaria de gran originalidad, creación del de Sulmona, quien sin duda fue consciente de lo que evocaba y de lo que innovaba y que se sintió tan satisfecho de su obra como para imaginar en el final de ella (XV 875-876) a la mejor parte de sí mismo elevada más arriba de los astros, viva a lo largo de todos los siglos. |
VII 517a8-521c1 conecta la alegoría de la caverna con el currículo de los filósofos gobernantes.
Aunque en el pasaje se desarrollan puntos claves para la comprensión de la finalidad del diálogo, no ha recibido aún la atención que merece ni de la crítica antigua ni de la moderna.
En él, (1) se defiende una concepción de la educación basada en la reminiscencia y en clara oposición a la sofística, (2) se define la posición de la Idea del Bien como el objeto de aprendizaje más importante y (3) se responde definitivamente a la pregunta de por qué los filósofos han de asumir el gobierno de la polis.
El pasaje del séptimo libro de la República, que sirve de enlace entre la alegoría de la caverna y la presentación del currículo que ha de cubrir la última etapa de la formación del rey filósofo, no ha recibido a lo largo de la historia de la tradición la atención que merece.
Esta afirmación no se limita a la crítica moderna.
El lugar tampoco ha sido recogido o parafraseado por la tradición indirecta.
Algunos críticos actuales lo consideran una simple introducción al proceso educativo 1, mientras que otros se han concentrado en las partes que podrían iluminar el estatus ontológico de la Idea del Bien (p. ej. 517b8-c1, 518c9-d1) 2.
El lugar no ha sido apreciado ni en su unidad ni en la importancia que tiene en la estructura de la obra, algo que para el conocedor del estilo platónico resulta a todas luces evidente, puesto que por su posición entre la alegoría de la caverna y el currículo de los gobernantes filósofos constituye el centro del omphalos del diálogo.
Una consideración integral es necesaria, pues en él se expone uno de los puntos más difíciles de comprender de la teoría política presentada en la obra -la contradicción existente entre la absoluta felicidad de la contemplación del Bien y la obligatoriedad de ejercer periódicamente las funciones de gobierno 3.
Aristóteles utiliza ya esa aparente contradicción para negar que los filósofos-reyes fueran realmente felices 4.
Dada la iteración del problema a lo largo de la República, es obvio que Platón no desconocía la dificultad y que ésta era un punto central en su teoría del filósofo gobernante.
Por eso, un texto que ofrece la solución definitiva desde el punto de vista de Platón debería haber obtenido mayor atención que la que se le ha prestado.
La sucinta interpretación que hace Sócrates de la alegoría de la caverna al comienzo del pasaje (VII 517a8-c5) sirve para indicar la importancia de los temas que van a tratarse a continuación: (a) la especificidad de la educación filosófica, (b) el estatus ontológico de la Idea del Bien y, por último, (c) la felicidad de los filósofos y su obligación de gobernar.
239-264, porque no ha visto ninguno de los problemas reales planteados por el texto.
Contrariamente a la tendencia a otorgar al proceso educativo descrito aquí un valor universal5, el decurso referido por Sócrates en el resumen del significado de la alegoría de la caverna se limita a la educación de los filósofos, tal como evidencia el hecho de que culmine en la visión o contemplación del Bien (ἡ τοῦ ἀγαθοῦ ἰδέα) 6.
La formación del filósofo se representa como un ascenso que convulsiona el alma hasta su adecuación al resplandor del mundo de las Ideas y, especialmente, a la ceguera que produce la contemplación inmediata del Bien hasta que el individuo se acostumbra a su brillo tras un difícil proceso de adaptación (cf. μόγις; 517c1)7.
En la descripción de Sócrates, se mencionan dos tipos de convulsiones (ἐπιταράξεις; 518a2) que producen la obnubilación: el cambio de la luz a la oscuridad y de la oscuridad a la luz8.
En el ascenso, el estado de desconcierto se produce cuando el educando es sometido al proceso dialéctico y obligado a responder, definiendo las ideas o los objetos que se le indican (515d2-5) 9.
Las dos convulsiones tienen un significado diferente.
El descenso representa el pasaje del orden al desorden, mientras que el ascenso significa lo contrario, la readquisición paulatina del orden, que culmina en la disposición óptima del alma producida por el contacto del intelecto con el Bien.
En el Timeo (43a4-44d2) puede encontrarse una respuesta a la forma en que Platón concebía este proceso.
Cuando el alma inmortal es atada al cuerpo se produce un caos en los circuitos de lo mismo y de lo otro que la constituyen y cae en la irracionalidad (ἄνους; 44a8).
A través del crecimiento y la educación, los círculos de lo mismo y de lo otro recuperan su recorrido natural.
La crítica a la pretensión de los sofistas de que ellos introducen el conocimiento en el alma desemboca en una referencia a la doctrina de la reminiscencia y, por ende, de la transmigración 10.
El alma posee en sí el instrumento y el conocimiento necesario, simplemente hay que tornarla completamente hacia el Ser y enseñarle a soportar su resplandor.
Sócrates denomina este arte περιαγωγή 11.
En un claro paralelismo con la sucesión de nacimiento, vida y muerte por la que pasa el alma, el proceso es asimilado al girar de una circunferencia que refleja la marcha del cosmos.
La educación no consiste en introducir conocimiento en el alma, sino en volverla de la forma más rápida y eficaz hacia el mundo inteligible y el Bien, arrancándola del universo sensible.
En este sentido, es importante comprender que paideia tiene aquí una significación muy distinta de nuestra 'educación', término que podría aplicarse sólo a las otras virtudes, pero no a la inteligencia (φρόνησις) 12.
La paideia platónica no forma, sino descubre, quita el velo con el que los discursos falsos han cubierto el alma.
La analogía entre visión e intelección puede ayudar a comprender el verdadero significado de las palabras de Sócrates.
El Timeo (45b4-d2) presenta una teoría de la visión según la cual ésta es producto del encuentro del fuego almacenado en los ojos con el proveniente del sol.
El choque produce la imagen del objeto que se transmite al alma.
Durante la noche, cuando desaparece el sol, la luz de los ojos también se apaga (45d3-6).
La 10 La relación con la teoría de la reminiscencia y la transmigración ya ha sido señalada por Adam 1902, II, p.
11 Desde el comienzo de la alegoría de la caverna Platón juega con este término.
Los prisioneros están impedidos de girar su cabeza (περιάγειν; 514b2).
El camino de ascenso comienza con la liberación del preso y el giro hacia la luz (515c6-8).
Es interesante notar que el término περιαγωγή aparece sólo cuatro veces en todo el corpus platónico, tres en este pasaje y una en el mito del Político (270a1) aplicado a las revoluciones del universo.
sustancia ígnea almacenada en ellos está emparentada con la luz solar (cf. ἀδελφόν, 45b6) y se activa por y alimenta de ella.
En el caso del intelecto, el conocimiento que almacena necesita coincidir con la «luminosidad» de las Ideas y del Bien para activarse y fortalecerse.
En caso contrario, terminaría desapareciendo y hundiéndose en las opiniones sensibles, algo similar a lo que le sucede al alma del mundo cuando no es directamente dirigida por el demiurgo (cf. Plt.
En ambos casos, el contacto directo es necesario para restablecer el orden.
La unión del intelecto humano con la Idea del Bien produce la activación de la inteligencia, que, atesorada en el intelecto, se va desgastando paulatinamente, si no se renueva periódicamente ese contacto.
Estas analogías tienen su equivalente en la teoría de la transmigración.
La senda de la ignorancia a la sabiduría se asemeja al pasaje de la vida a la muerte.
En el Menón, al explicar la teoría de la reminiscencia (81a10-e2), Sócrates la fundamenta en la transmigración porque las almas tienen vistas aquí y en el más allá todas las cosas13.
Allí establece Sócrates otros dos principios: el parentesco del alma con el universo y el conocimiento de todo que ésta posee (c9-d4) 14.
En el Fedón (72e2-76c13), con motivo de la segunda demostración de la inmortalidad del alma, se afirma la presencia del conocimiento en el alma, de una manera semejante a lo que sucede en el pasaje de la República objeto de este análisis.
Por medio de la reminiscencia, Sócrates demuestra que el alma es inmortal, porque sólo a través de la transmigración puede concebirse que los seres humanos sean inducidos a dar respuestas correctas sobre problemas matemáticos que desconocen (73a7-b2).
En el fragmento del Fedón hay una definición de la reminiscencia que explica la causa de la alternancia de los filósofos reyes en el gobierno de la ciudad: según Cebes la reminiscencia consiste en recordar aquello que se tenía olvidado por el tiempo y por no tenerlo ya ante la vista15.
El recuerdo que se produce en la anamnesis es el del mundo de las Ideas (74b4-75d5), tal como se sostiene en la República16.
Virtudes corporales e inteligencia
Tal como se pone de manifiesto en el apartado anterior, la noción de paideia está exclusivamente relacionada con la formación del intelecto, a la que se dedicarán las páginas del currículo de los filósofos.
Esta suerte de educación superior ha sido precedida en los libros segundo y tercero por la educación de las partes o especies inferiores del alma.
Sócrates deja en claro esta diferencia, estableciendo una nítida distinción entre aquello que Aristóteles llamará virtudes éticas y la virtud del intelecto, la inteligencia o phronesis.
La formulación que utiliza para referirse a las primeras indica una diferencia sustancial: Αἱ μὲν τοίνυν ἄλλαι ἀρεταὶ καλούμεναι ψυχῆς κινδυνεύουσιν ἐγγύς τι εἶναι τῶν τοῦ σώματος-τῷ ὄντι γὰρ οὐκ ἐνοῦσαι πρότερον ὕστερον ἐμποιεῖσθαι ἔθεσι καὶ ἀσκήσεσιν («Ahora bien, el resto de las denominadas virtudes del alma parecen ser algo casi corporal, pues en realidad no están presentes antes [en el individuo] sino que son introducidas [en él] posteriormente por la costumbre y la ejercitación»; R. VII 518d9-e2) 17.
Las virtudes a las que se está refiriendo son la valentía (ἀνδρεία) y la prudencia o templanza (σοφρωσύνη) que se corresponden con las virtudes del alma irascible y de la concupiscible respectivamente.
En el Timeo (41a7-42e4, 69c3-72d3), estos tipos de alma son caracterizados como mortales y son sustancialmente diferentes del alma inmortal, no sólo por las sustancias que las componen, provenientes de la chora, sino también por sus creadores, dioses menores diferentes del demiurgo.
Por eso, no se encuentran antes, sino que se añaden posteriormente (ὕστερον προσφύντα, 42c6).
El pasaje de la República pone de manifiesto que la única especie de alma indestructible e inmortal en sentido estricto es el intelecto ya que su estado o virtud, la capacidad de pensar (φρονῆσαι; 518e2), no fenece jamás (ὃ τὴν μὲν δύναμιν οὐδέποτε ἀπόλλυσιν; 518e4-5).
Esto establece también una diferencia específica con las otras clases de virtudes o partes de la virtud, a la manera de lo que sucede con las otras especies de almas.
Mientras que las virtudes éticas son producidas, o mejor dicho creadas, en las almas mortales (cf. ἐμποιεῖσθαι; 518e1 y οὐκ ἐνοῦσαι en la misma línea), la finalidad de la formación filosófica consiste en conducir de manera recta el intelecto que puede desviarse.
Hay un tipo de personalidad que es astuta, lista, pero carece de la virtud de la inteligencia porque la sensualidad arrastra sus almas hacia el mundo del devenir (519a1-b5).
Éste es un motivo recurrente en la obra platónica y está muy relacionado con la utilización de la dialéctica, pues Platón distingue entre dos tipos de actitudes, las simplemente erísticas -practicadas por los sofistas-y las bien dispuestas en la búsqueda de la verdad (cf. VI 499a4-9) 18.
La tendencia en uno u otro sentido ilumina también la diferencia sustancial entre los dos géneros de virtud.
El intelecto es alimentado por el Bien que es el que provee de la auténtica inteligencia.
Cuanto más se acerque el individuo a él, tanto mayor será su capacidad de 'visión' o, mejor dicho, de intelección, de identificar lo correcto, lo bello y bueno.
Las virtudes éticas son necesarias en este proceso, porque coadyuvan al desprendimiento necesario de las tendencias hacia lo sensible.
La carencia de práctica aminora y hasta hace desaparecer estas virtudes, mientras que el intelecto puede ser conducido a la verdad en cualquier momento (519b3-5).
La phronêsis se logra sólo a través de un largo proceso que supone la purificación de los lastres corporales (cf. μολυβδίδας; 519b1) 19.
La razón está expuesta en un conocido pasaje del Fedón (79c1-d7).
El alma inmortal utiliza el cuerpo en la percepción sensible y, en ese movimiento hacia la realidad física, el cuerpo la arrastra.
El contacto con el mundo sensible la conmociona, mientras que se ordena cuando no utiliza la percepción sensible ni el cuerpo y entra en contacto directo con el mundo inteligible.
Tal como se expresa reiteradamente en la República y, sobre todo, en este pasaje (517c4), el Bien es el que proporciona el estado ordenado al intelecto, su virtud: la inteligencia (φρόνησις) 20.
El texto del Fedón especifica que esta relación se produce por el parentesco existente entre el intelecto humano y la Idea del Bien (79d3), así como que la inteligencia se da en ese contacto con el Bien (d6-7)21.
Otro tema importante abordado en este pasaje es la posición del principio supremo en la estructura ontológica.
En diferentes contribuciones se ha sacado a colación el pasaje de 518c9, en el que Sócrates incluye de manera clara el Bien en el ámbito del Ser 22.
En diversos trabajos he defendido la trascendencia del Bien respecto del resto de las Ideas, pero he rechazado que trascienda el Ser 23.
Asimismo, he interpretado la filosofía platónica como una filosofía de la mente en la que el primer principio, la Idea del Bien/Uno, está emparentado con el intelecto pero es superior a él.
En un artículo reciente, Ferber y Damschen 2015 han intentado lo que denominan «a metaontological interpretation», dado que, según estos autores, la pura exégesis textual conduce a una controversia infinita.
Aunque el artículo aborda otras cuestiones importantes como el rechazo de la auto-predicación no sólo para la Idea del Bien, sino para las Ideas en general y la aplicación de la distinción que hace Espinoza entre un ens imaginarium y una chimaera a la Idea del Bien, voy a dejarlas apartadas en favor del problema de la trascendencia de la Idea del Bien.
La demostración de Ferber y Damschen tiene el inconveniente de no ceñirse a los textos, dado que, contrariamente a lo que sostienen los autores del trabajo (p.
201), en ningún lugar se afirma que el Ser (τὸ ὄν/τὸ εἶναι) contenga la forma del Bien (ἀγαθοειδές).
Con su demostración, Ferber y Damschen evidencian que ellos sostienen que el Bien trasciende el Ser, pero no que Platón haya interpretado de esa manera la relación entre Ser y Bien.
Ferber 2017-2018 ha intentado fundamentar muy recientemente la trascendencia del Bien respecto del Ser a través de la estructura hysteron-proteron característica de la ontología platónica, en la que lo anterior tiene una estructura ontológica diferente y separada de lo posterior.
Según esta interpretación el Bien no es un género común que englobaría todas las clases, sino el fundamento de todas ellas, superior y trascendente.
Esta interpretación es una petitio principii que no hace justicia a la noción de Ser como genus generalissimum, ya que la prioridad ontológica no excluye la relación género-especie 24.
Por el contrario, las denominaciones μέγιστα γένη (Sph.
185c3-4) muestran que la estructura ὕστερον-πρότερον, aun implicando una organización jerárquica desde el punto de vista de la prioridad ontológica, está encuadrada en la de la relación género/especie, e. d. en la inclusión en los genera generaliora de las especies más concretas.
En el doble camino que supone la dialéctica, el principium principiorum es no sólo el género más amplio y, por ello superior, sino también el último elemento 25.
En realidad, este artículo de Krämer presenta una cierta incoherencia, en la medida en que junto a esta caracterización del principio supremo añade, inopinadamente, la de «überseiend» (p.
61) o caracteriza reiteradamente τὸ ἕν como esencia (Wesen) de τἀγαθόν (pp. 62-68).
Si así fuera, el Bien no estaría por encima de la esencia, sino que tendría él mismo una esencia, dando pie al argumento del tercer hombre.
En sentido estricto, en ningún pasaje de la República y, especialmente, tampoco en VII 534b8-d1, se habla de una definición de la esencia de la Idea del Bien; cf. Lisi 2007a, p.
Una lectura de Plotino (En.
VI 8.19) muestra la dificultad filosófica de la interpretación de Krämer.
En general, la crítica identifica οὐσία y ὄν/εἶναι, cuando en el texto hay claras indicaciones de que Platón los está distinguiendo, por las siguientes razones:
Este giro no lo pueden entender los defensores de la trascendencia como una hendyadis, ya que esta figura requiere una diferencia de significado.
Tampoco οὐσίαν puede ser considerada un mero pleonasmo, dada la intensidad de la combinación de conjunciones coordinantes.
Sócrates utiliza dos compuestos de εἶναι para indicar la relación del 'ser conocido' y el ser y tener una esencia: en el primer caso, la relación es pasiva y el principio activo del ser conocido se encuentra ya en el objeto (παρεῖναι), en el segundo, se trata de una 'adición' el tener esencia y el hecho de ser.
Para describir este hecho, utiliza el verbo προσεῖναι, o sea añade ser, tienen una forma de ser añadida y, por tanto, inferior al Ser primero.
Sabemos que Platón utiliza el término οὐσία para designar generalmente las Ideas 26.
Es, por tanto, erróneo identificar aquí οὐσία y ὄν 27.
No deja de ser significativo que Proclo fuera en cierto sentido consciente del hecho que estoy señalando.
En sus Comentarios a la República parafrasea el pasaje, afirmando que el Bien está completamente más allá de la ousía y del Ser (ἐπέκεινα ὂν οὐσίας αὐτὸ καὶ τοῦ εἶναι παντελῶς; p.
En este caso el Bien es claramente trascendente a las Ideas y al Ser, algo que no sucede en el texto platónico.
109 habría hecho una distinción similar a la mía entre ousia y on.
No he podido encontrar nada semejante en la página indicada por Adam.
La identificación de οὐσία con ὄν es general.
217, aunque inmediatamente corrige su interpretación afirmando que Platón considera al Bien parte del Ser (ibid. 218).
28 Este pasaje de Proclo hace muy difícil utilizar el texto de su Comentario al Parménides, que Gaiser 1968, p.
530 s., ofrece como Testimonio (TP) 50, como una confirmación de la interpretación platónica de la trascendencia del Bien/Uno, tal como pretende Krämer 1997, p.192.
En el TP 50, Proclo cita un pasaje de Espeusipo que, como el mismo Gaiser reconoce en su comentario, indicaría la mezcla de las doctrinas de Platón con el pitagorismo ya en la Antigua Academia.
Otras razones reiteradamente repetidas indican que en la República el Bien no es trascendente al Ser.
En el pasaje objeto del presente análisis (518c9-10), Sócrates lo caracteriza como lo más luminoso del Ser (τοῦ ὄντος τὸ φανότατον).
Más adelante, lo califica de lo más feliz del Ser (τὸ εὐδαιμονέστατον τοῦ ὄντος; 526e3-4) y lo óptimo entre los seres (τοῦ ἀρίστου ἐν τοῖς οὖσι; 532c5).
También lo define como el punto final del mundo inteligible (ἐν τῷ γνωστῷ τελευταία; 517b8, τῷ τοῦ νοητοῦ τέλει; 532b2).
Por otro lado, la característica del Ser, afirma Sócrates en otro lugar, es ser completamente cognoscible, mientras que la del no-Ser es ser completamente incognoscible (V 477a2-3).
Es precisamente por esa razón que lo más cognoscible, el μέγιστον μάθημα (cf. VII 519c8-d1), es el Ser por excelencia, una Idea superior al intelecto, pero emparentada con él 29.
217 s., en ningún momento restringe Platón la capacidad de la dialéctica de llegar al conocimiento del Bien.
No puede verse, por tanto, en Platón una trascendencia de la unidad a semejanza de la postulada más tarde por el neoplatonismo 30.
La misma actitud del alma que es descrita en R.VI 508d4-9, indica que no hay ninguna distinción entre lo cognoscible y el Bien, sino que este último está incluido en esta esfera.
La intelección se produce cuando el alma se vuelve hacia la verdad y el Ser.
Es esa vuelta del alma la que le confiere intelecto.
La realidad está dividida en dos niveles, Ser y devenir, y no se afirma que haya nada que trascienda el primero.
Es más, implícitamente se le aplica al Bien el predicado de belleza (κάλλιον; 508e6; de Vries 1975, p.
El gobernante filósofo y su obligación de gobernar
La última parte de este pasaje está dedicada a un asunto central de la República, a saber, la renuencia de los filósofos a ejercer el gobierno como conditio sine qua non del buen gobierno.
Ya Aristóteles culmina su crítica a Calípolis, negando que en ella sea posible la felicidad de los gobernantes filósofos e, incluso, de toda la ciudad (Pol.
En el marco del diálogo, dar una explicación plausible que conjugue la felicidad particular del filósofo con la común de la ciudad es fundamental para poder refutar todas las impugnaciones a la justicia.
En general, las distintas interpretaciones 31 parten de la misma contradicción entre el interés particular del filósofo gobernante y el bien común y, en una u otra variante, confirman que el filósofo renuncia a una parte de la felicidad completa en favor de la ciudad que lo ha criado 32.
Ésta es la perspectiva, precisamente, de la objeción de Adimanto, que puede reducirse a la oposición privado/propio-común/público uno de los aspectos centrales de la teoría política de Platón 33.
Aunque se perciba la presencia de esta dicotomía, se la entiende a la manera aristotélica como la necesaria renuncia del individuo a su felicidad particular en pos de la de la comunidad como un todo 34.
Todas estas posiciones ignoran que donde rige el intelecto de manera absoluta el interés común y el privado coinciden.
Por otro lado, no hay que olvidar que el filósofo puede contemplar el Bien sin obstáculos o perturbaciones sólo porque existe un sistema social que le garantiza la tranquilidad necesaria en los períodos correspondientes.
No es ése el caso del filósofo en la polis habitual.
Otro malentendido surge de la suposición de que los filósofos deben ser constreñidos a gobernar.
Ésa es también la posición de Adimanto, pero no la 31 Para un panorama de las distintas posiciones sobre el tema, cf. de Luise-Farinetti 1998, pp. 107-120.
34 Un ejemplo contundente, en este sentido, lo constituye el trabajo de de Luise -Farinetti 1998.
Es imposible refutar en este marco todas las confusiones que creo que se acumulan en este breve pasaje (si he entendido correctamente el texto), pero baste recordar que el punto que precisamente se está discutiendo es la compatibilidad de los intereses individuales y de la felicidad individual con el interés y la felicidad de la ciudad en su conjunto.
La demostración debe, precisamente, explicar esa compatibilidad.
En caso de que no lo haga, la prueba habría fracasado para el mismo Platón.
Correctamente, por el contrario, juzga Cambiano 1988, p.
52. que explica Sócrates a lo largo de los pasajes dedicados a este tema.
En primer lugar, Adimanto apunta con su objeción a todo el estamento de los guardianes, mientras que la respuesta de Sócrates reduce el campo de la objeción a los guardianes filósofos, e. d. al reducidísimo grupo de gobernantes que se destacan desde su juventud por su naturaleza excepcional y son seleccionados para ser como auténticos dioses o semidioses 35.
Otro punto significativo en el tratamiento del problema es la distinción entre las descripciones que hace Platón de los filósofos en el mundo actual y aquellos que se encuentran en la mejor ciudad, dado que son situaciones contrapuestas y contrapuesta es su actitud con el compromiso político 36.
Sin embargo, para entender en su verdadero significado este problema, es necesario analizar las tres ocasiones en que se plantea de forma directa para intentar conocer cuál es la intentio auctoris, tomando todas las precauciones del caso y teniendo en cuenta que el resultado final será sólo una hipótesis.
El tema de la supuesta infelicidad de los guardianes tiene al menos dos ámbitos.
En primer lugar se encuentra la infelicidad genérica que supuestamente tendrían los guardianes en general; en segundo, la supuesta coacción que debe ejercerse sobre los gobernantes filósofos para que abandonen su contemplación del Bien.
Según Adimanto, los guardianes no pueden ser felices,
• porque carecen de la posesión y del usufructo de los bienes materiales que poseen los otros, algo que se supone que tienen los que van a ser felices en el máximo grado (μακαρίοις; 419a9) y • porque su posición social es inferior a la de los ciudadanos de la casta productiva, ya que son sus servidores con un salario para llevar sólo la tarea de vigilancia.
En el pasaje que estamos analizando, la referencia a los enjambres de abejas (σμήνεσιν; 520b6) es una clara alusión a ese tema (cf. Plt.
El problema se plantea de manera diversa en uno y otro caso.
37 No voy a entrar aquí en el problema de si Platón es coherente o no en su argumentación.
Este problema ha sido acometido en una serie de imprecisos artículos por investigadores anglosajones.
Sócrates añade una tercera objeción que los equipara a esclavos ya que sólo reciben la comida y no pueden ni emigrar, ni gastar el dinero en lo que quisieren como gastan los que parecen felices (420a2-7).
Es obvio que Adimanto utiliza una noción de felicidad que aún hoy es la vulgar, pero, más importante todavía, es que es la que Platón pone en relación con la tercera clase de alma, la apetitiva.
En la réplica de Sócrates no es tan importante que radicalice desde nuestra perspectiva la objeción de Adimanto cuanto el hecho de que le niega la calidad de amos a los guardianes y los convierte en esclavos, e. d. lo relaciona con la segunda clase de alma, la volitiva, que determina la categoría de amo o de esclavo.
En otras palabras, los guardianes no van a disfrutar de una supuesta felicidad basada en concepciones dependientes de las dos clases inferiores de almas.
• Los guardianes van a ser de esa manera felicísimos (εὐδαιμονέστατοι; b5). • La finalidad es que toda la ciudad sea feliz y no una clase38.
• La felicidad debe ser la adecuada a cada clase y a la función que ella cumple en la ciudad (cf. τὰ προσήκοντα; d4)39.
La réplica de Sócrates se adecua al momento dialógico en el que el punto principal consiste en la creación de un todo armónico, pero esto no implica negar que cada uno de los estamentos de la ciudad ha de lograr el mayor grado de felicidad posible.
La declaración al inicio del pasaje sobre la absoluta felicidad de los guardianes ha sido pasada por alto y la discusión se ha centrado en la idea de que la finalidad del proyecto es que toda la ciudad sea feliz y no sólo una clase.
Sócrates utiliza la noción de felicidad de Adimanto, más dirigida a las partes inferiores del alma, para negar que una clase pueda ser feliz por encima del resto.
En el caso específico de los guardianes, esto significaría la destrucción completa de la ciudad.
Por otro lado, está implícita la idea auténtica de felicidad para Platón que consiste sobre todo en el cumplimiento eficaz de la tarea propia que le ha asignado a cada uno el cuerpo social, una idea alejada del concepto popular del término 40.
El segundo tratamiento (V 465d2-466c5) se produce cuando Sócrates demuestra la importancia que tiene el comunismo de los guardianes para la felicidad de la ciudad y para ellos mismos.
La propiedad de todo en común reforzará la unidad de la ciudad y les dará una felicidad aún mayor que la de los vencedores de las Olimpíadas, pues tienen una victoria más bella y el poder público les otorga el alimento mejor.
En este pasaje Sócrates distingue, como no lo había hecho antes, dos concepciones de la felicidad óptima, una representada por una vida mesurada y firme y otra, la habitual, una creencia insensata e infantil (466b4-c3).
Por último, el tema se retoma en el pasaje que es el objeto de este artículo.
En él se resuelven los dos aspectos planteados por las objeciones hechas por Adimanto.
En primer lugar, la felicidad auténtica consiste en el fortalecimiento de la clase superior del alma a través de la contemplación y el contacto con la Idea del Bien.
El proceso tiene una estructura circular: el pasaje del mundo sensible al inteligible y el regreso del inteligible.
En el primer caso, es necesario aplicar la coacción para que el alma llegue finalmente al contacto con el Bien a través de un largo proceso educativo.
En el segundo, contrariamente a lo que se ha sostenido, se persuade a los filósofos de retornar a la caverna.
El término προσαναγκάζοντες (520c3) tiene un valor metafórico, como lo revela lo que sigue, puesto que se le dan argumentos relacionados con la πειθώ y no con la ἀνάγκη.
Su obligación con la ciudad surge del hecho de que han sido engendrados y educados por ella (520b5-c1; cf. Cri.
Están mejor educados y con mayor perfección que los filósofos que crecen de manera espontánea41 para el desempeño en la política y la filosofía42.
El ejercicio de la justicia hacia la comunidad es lo que perfeccionará su felicidad y reafirmará la unidad del todo, redundando en su propio beneficio.
Tal como lo dice expresamente Sócrates, el filósofo se desarrolla ).
La bondad que produce el contacto con el Bien impulsa a los guardianes a bajar al gobierno de la ciudad para ordenarla, como sucede al Demiurgo con la creación del mundo (Ti 29e1-2), y en función también de su propio interés que consiste en el mantenimiento del orden social.
La felicidad radica en la actualización de la virtud y no en el disfrute del placer en el sentido habitual del término.
Por ello, el ejercicio de la política es fundamental para la realización de la felicidad filosófica.
El análisis anterior ha puesto de manifiesto, creo, que en este pasaje se resuelven las claves del diálogo.
El pasaje es importante no sólo desde el punto de vista formal, dado que ocupa el centro estructural del omphalos del diálogo, sino porque indica también, a manera de enlace especular 44 con los libros segundo y tercero, cuáles son los presupuestos necesarios para alcanzar el conocimiento del Bien, a saber el estado ordenado o virtuoso del alma.
El predominio del intelecto sobre las partes apetitiva y volitiva es la misión que tiene que cumplir la primera parte de la educación.
Sólo cuando se ha alcanzado ese estadio puede comenzarse con la tarea de liberación del espíritu y su conducción hacia la contemplación del mundo inteligible.
Sin ese dominio, el alumno no puede seguir el arduo camino hacia el Bien.
Este apartado cierra, por tanto, la primera parte de la educación para abrir el camino al currículo de la educación espiritual.
Es interesante notar que en pocas oportunidades se ha tomado en cuenta cuál es el contenido concreto de la Idea del Bien, algo que es una de las exigencias de toda la argumentación de Sócrates.
Este hecho es especialmente significativo, si se tiene en cuenta que es el fundamento no sólo del orden y la unidad, sino también de la vida y de la providencia en el universo.
Por otro lado, ¿por qué el intelecto de los gobernantes filósofos recibe de la contemplación del Bien la capacidad de tomar las decisiones correctas en todas las eventuales circunstancias de los avatares del mundo del devenir político?
¿Es que el Bien los provee de un conocimiento futuro providencial o que da a su intelecto una mayor capacidad de comprensión y de dominio de las circunstancias internas y externas?
En ambos casos, si bien no se trata de un dios personal, es un principio interesado en el buen desarrollo de la historia y del cosmos.
En otras palabras, ¿en qué consiste la concepción platónica de la divinidad, que es el auténtico enlace entre el mundo humano y la realidad trascendente del universo inteligible?
El filósofo es un dios o como un dios porque su intelecto es el que está más preparado para abandonar este mundo y regresar a aquel de donde proviene.
Al elevarse por encima de la realidad sensible y alcanzar la contemplación del Bien, el filósofo se transforma y supera la simple condición humana.
Este encuentro lo transforma ontológicamente y es la finalidad de la paideia que se describirá a continuación en el resto del séptimo libro de la República.
No se trata de una mera experiencia intelectual en el sentido moderno y es por esa razón que el filósofo se convierte en la encarnación del primer principio y asume su tarea como rey de la comunidad política, un rey a la manera de los reyes heroicos de la tradición griega.
Como los héroes, el filósofo realiza una κατάβασις que no sólo lo pone a prueba, sino que también confirma la transformación ontológica que ha producido en él la Idea del Bien45.
En tanto reflejo de la Idea del Bien, el filósofo sirve de mediador y es fundamento de la unidad de la polis. |
En este artículo se explica, partiendo del tratamiento ovidiano de la Eneida de Virgilio, que la Eneida ovidiana, frente a lo que hasta ahora se ha venido diciendo mayoritariamente: que ocupaba desde el libro XIII 623 hasta el XIV 608, incluye parte del libro XIII, versos 623-690 y los libros XIV y XV 1-860 de las Metamorfosis.
La ampliación ovidiana se realiza mediante la materialización histórica de las profecías virgilianas.
durante por lo menos más de cuarenta años de que Ovidio finaliza su Eneida en el verso 608 del libro XIV 4.
Un ejemplo de ampliación lo tenemos en la apoteosis de César, que en la Eneida virgiliana ocupa los versos I 289-290: hunc tu olim caelo spoliis Orientis onustum / accipies secura, uocabitur hic quoque uotis, mientras que en el libro XV de Metamorfosis el relato de la apoteosis de César y los acontecimientos que lo preceden son objeto de los versos 745-851.
Ejemplo de variación: Ovidio en Metamorfosis cita Eneida X 475 (uaginaque caua fulgentem deripit ensem), con ligera modificación en la adjetivación, en el mismo libro y en el mismo número de verso (pendenti nitidum uagina deripit ensem, Metamorfosis X 475), y mientras que en la Eneida es una referencia marcial auténtica, el momento en que Palante va a enfrentarse a Turno, en el texto de Ovidio se refiere a una perversa relación sexual, la de Cíniras con su hija Mirra.
Una descripción de campo de batalla heroico es aplicada a un contexto erótico (cf. Smith 2011, p.
Centrándome a partir de aquí en la Eneida ovidiana, voy a detenerme poco en estas tres técnicas y voy a prestar más atención a una cuarta que también utiliza Ovidio y que creo que ha sido descuidada: la de despla zamiento y redistribución que señala Vial 2016, p.176.
Esto quiere decir que voy a comparar algunos fragmentos de la Eneida virgiliana con uno solo de los comprendidos en la hasta ahora considerada Eneida ovidiana y que lo haré fundamentalmente con algunos de esta última que no están en los versos XIII 623-XIV 608 de Metamorfosis porque han sido desplazados al libro XV y redistribuidos dentro de él.
Comenzaré por los tres primeros versos de la Eneida de Ovidio (XIII 623-625)
En ellos se recogen de modo sintético varios pasajes virgilianos y algunos de los Fastos de Ovidio5.
De los siete primeros versos de la Eneida virgiliana:
Arma uirumque cano, Troiae qui primus ab oris Italiam fato profugus Lauinaque uenit litora; multum ille et terris iactatus et alto ui superum saeuae memorem Iunonis ob iram, multa quoque et bello passus dum conderet urbem inferretque deos Latio; genus unde Latinum Albanique patres atque altae moenia Romae6, de los que la posición de Troiae entre las cesuras pentemímera y hepte mímera en Ovidio, la misma que en Virgilio, es un reclamo (cf. Baldo 1995, p.
315), toma el sulmonense uirum (Cythereius heros), fato (fata), deos (sacra) y genus unde Latinum / Albanique patres atque altae moenia Romae que es lo que, sin duda, está incluido en spem (cf. Baldo 1995, pp. 38-39).
Los versos de su propia obra son los que coinciden con, además de la mención literal del padre, el término euersam 10.
Esto, que podría no ser más que un ejemplo de intertextualidad combi nado con una intratextualidad dentro de la obra ovidiana, una muestra por tanto de aemulatio y virtuosismo por parte de Ovidio, tiene a mi juicio otra trascendencia y es la siguiente: la presencia del hado en los primeros versos de Virgilio relaciona claramente la existencia de Troya y la de Roma, de tal manera que la desaparición de la primera supone el nacimiento de la segunda, como señala Boyancé 1963, p.
54 (una profecía que relacionaba Troya con Roma la pronunciaba Casandra en la Alexandra del helenístico Licofrón, una de las fuentes utilizadas por Virgilio, cf. Quinn 1978, p.
El fatum de Eneida no representa sólo el destino de Eneas y los suyos; es también el de Roma y Augusto; esto, que introduce una novedad en la teleología augústea, supone una continuidad de la cultura de la época de Polibio y de Panecio recogida por Cicerón, que justificaba desde el estoicismo el imperio romano (cf. La Penna 2002, p.
5) Virgilio mira al futuro y a la misión de Eneas, y con unde (v.
6) revela tres etapas sucesivas: genus Latinum, Albani patres y moenia Romae.
133 señala cómo en estos versos Virgilio inicia la relación entre los acontecimientos pertenecientes al siglo XII a.
C. y la Roma histó rica, posterior por lo menos en cuatro centurias a los sucesos que constituyen la base de su poema, con, por último, la Roma de su época.
Ovidio, al recoger todo lo que acabo de indicar: la destrucción de Troya, el fatum, el uirum, los dioses y la spem que incluye todo lo que viene como consecuencia de la aventura de Eneas con sus dioses y que va a dar nacimiento a la Roma histórica y por tanto a la de Augusto, está mante niendo la teleología del poema virgiliano.
No comparto pues la afirmación de que en Ovidio contrahimusque uiros. uix prima inceperat aestas / et pater Anchises dare fatis uela iubebat, / litora cum patriae lacrimans portusque relinquo / et campos ubi Troia fuit. feror exsul in altum / cum sociis natoque penatibus et magnis dis, señalados por Baldo 1995, p.
38, como única fuente virgiliana para Ovidio XIII 623-625; todos los elementos que tenemos en esto versos están presentes en Virgilio Eneida I 1-7, II 721-24 y en los citados de los Fastos, mientras que de Virgilio III 1-12 están ausentes elementos fundamentales como uir y fatum y las consecuencias de la realización de la aventura de Eneas (Virgilio, Eneida I 5-7) contenidas en spem.
38, euertere es un verbo recurrente en Virgilio para describir la destrucción de Troya.
no está presente el sentido que muestra Virgilio por los aspectos históricos y misteriosos del mito (Galinsky 1975, p.
22), ni la de que es indiferente a los valores morales y políticos propagados en su época y expresados en la Eneida virgiliana (ibíd., p.
113, para Ovidio «in certain contexts, myth is part of history, and much of history has a mythical aspect»; es precisamente lo que ocurre en la última parte del libro XIV y en el libro XV.
Que en los primeros versos se acoja y se mantenga la idea teleológica virgiliana me parece importante y creo que hay que ver si en otros pasajes de Virgilio donde aparezca la misma idea recogidos por Ovidio, éste sigue manteniéndola.
Equivocadamente, a mi juicio, Tissol 1993 cree que Ovidio se centra de modo especial en la narración virgiliana de los libros III y VI porque, dada la abundancia de elementos proféticos en estos dos libros, con la eliminación de esos elementos el de Sulmona presentaba una versión paródica de su hipotexto, suprimiendo lo que para los lectores de su época sería esperable como característica virgiliana: la presencia de profecías.
La profecía de Héleno ocupa en el libro III de la Eneida de Virgilio los versos 374-462, pasaje que no puedo introducir aquí dada su gran extensión.
Lo que contiene es lo siguiente: anuncio de un largo viaje hasta llegar a Italia, indicación del lugar señalado para la fundación de la ciudad con la aparición de la cerda blanca, advertencia de que no tema la predicción de que se comerán las mesas, consejo de que eviten las ciudades habitadas por griegos, advertencia del peligro de Escila12 y Caribdis, anuncio del encuentro con la Sibila (cf. Baldo 1995, p.
106) y exhortación a que con sus hazañas eleve hasta los astros la grandeza de Troya.
Es cierto que en Met.
XIII 722-724 se alude someramente a la profecía del Priámida: pero no es menos cierto, a mi juicio, que la profecía con su contenido, así como la de Anquises en el libro VI virgiliano y la de Júpiter a Venus en el libro I del mantuano, recogidas por Ovidio en su libro XV, forman parte de la Eneida ovidiana.
Ovidio, cuyo proyecto es llegar con sus Metamorfosis hasta su época (ad mea perpetuum deducite tempora carmen I 4), el reinado de Augusto, no tiene más camino para ello que convertir en realidad las profecías teleo lógicas virgilianas; eso es lo que hace introduciéndolas como hechos históricos reales en parte de su libro XIV y en su libro XV, lo que le permite además, al desarrollar por extenso lo simplemente enunciado por el mantuano, no competir con él, decisión que señala Galinsky 1975, p.
Es la gran novedad de la Eneida ovidiana: desarrollar como historia lo que en Virgilio era sólo profecía; para ello recurre a la técnica del desplazamiento haciendo que los hechos profetizados se realicen, como tenía que ser, después de la apoteosis de Eneas que, como he dicho, ocupa los versos 581-608 del libro XIV 14.
Esta apoteosis, concedida por Júpiter a petición de Venus, es realizada por la propia Venus con la ayuda del río Numicio: hunc iubet Aeneae quacumque obnoxia morti abluere et tacito deferre sub aequora cursu. corniger exsequitur Veneris mandata suisque quidquid in Aenea fuerat mortale repurgat et respergit aquis; pars optima restitit illi. lustratum genetrix diuino corpus odore unxit et ambrosia cum dulci nectare mixta contigit os fecitque deum, quem turba Quirini nuncupat Indigetem temploque arisque recepit...
13 En el relato que sigue a estos versos se habla de Escila y Caribdis y se introduce a la Sibila, lo que puede hacer pensar a los conocedores de Virgilio que ambos episodios estarían en la profecía (sobre Escila cf. Baldo 1995, pp. 57-58 y 75 ss. y Hardie 2015, p.
Priámides Helenus evoca la profecía virgiliana de Eneida III 295 con su expresión Priamiden Helenum (cf. Baldo ibíd.,.
La profecía como tal se encuentra desplazada, como veremos, en el discurso de Pitágoras del libro XV (cf. Hardie 2015, p.
A partir del verso 609 de dicho libro, el XIV, se presenta muy brevemente el reinado de Ascanio en Alba (inde sub Ascanii dicione binominis15 Alba / resque Latina fuit..., vv.
Todo ello no es más que la realización de lo vaticinado por Júpiter a Venus en la Eneida virgiliana: los treinta años de gobierno de Ascanio en La apoteosis de Rómulo con la que finaliza el libro XIV se realiza a petición de Marte que recuerda a Júpiter la promesa de la elevación al cielo del hijo del dios de la guerra hecha en su día por el padre de los dioses (Myers 2009, p.
204 El último libro, el XV, comienza con la llegada del rey Numa 23, el sucesor de Rómulo; ella le sirve a Ovidio para relatar la leyenda de la fundación de encuentran un precedente en Virgilio (cf. Papaioannou 2005, pp. 110-111), bien de su propia invención, como el amor de Pomona y Vertumno, o recogidos de la tradición, como el de Ifis y Anaxárate.
Los restantes versos de la profecía virgiliana con los que ésta termina, los referidos a César y a Augusto, no los encontraremos hasta entrado el libro XV, al que han sido desplazados.
114 afirma que con Numa se inicia un nuevo comienzo, aunque los mitos griegos, como los de Míscelo, Hipólito y Esculapio, no desaparecen totalmente.
La... quantumque recordor dixerat Aeneae, cum res Troiana labaret, sucesión de estas historias dice que sirven al poeta para establecer una base sólida ideológica significativa para la historia de Roma al unir mitos griegos conocidos y tradiciones locales que dan un tinte nacional itálico.
Llama la atención (ibíd., p.
115) sobre el hecho de que Ovidio aparentemente no fija un marco de historia romana de Rómulo a Augusto con ausencia de mitos griegos; también Saint-Denis 1940 llamaba la atención sobre la presencia de fábulas griegas.
Para mí lo que ocurre es que a Ovidio lo que le interesa es presentar en este libro XV como historia solamente las profecías teleológicas virgilianas, historia que constituye el final de su Eneida y que sólo contiene lo vaticinado en dichas profecías, fundamentalmente en la de Júpiter a Venus.
Tiene razón Luck cuando afirma que la mitología de otra cultura ofrece un marco adecuado para olvidar la historia romana, la que a Ovidio no le interesa introducir en su obra.
Es cierta también la afirmación de que los romanos, incluidos los de la época de Augusto, no establecían una distinción clara entre historia y mito; por eso Ovidio contempla el asesinato de Julio César a la luz del mito (Luck ibíd., como hacía Virgilio en la Eneida y como también Tito Livio en algunos episodios de sus libros de historia (cf. Luck ibíd.,.
Téngase en cuenta también que los versos de Eneida I 283-285 colocados en la profecía entre Rómulo y César hablan de la conquista de Grecia [URL] lustris labentibus aetas / cum domus Assaraci Pthiam clarasque Mycenas / seruitio premet ac uictis dominabitur Argis) por lo que, a mi juicio, no resulta extraño que la historia de esos hechos sea sustituida por la presencia de mitos griegos introducidos y aceptados en Roma de cuyo acervo cultural formaban parte.
24 Ovidio siguiendo la tradición hace discípulo de Pitágoras a Numa Pompilio, aunque las cronologías de uno y otro no eran coincidentes (Saint-Denis 1940, p.
El neopitagorismo se había extendido entre la alta sociedad romana en época de César y de Augusto (Saint-Denis 1940, p.
294 s., el episodio de Pitágoras constituye una preparación del camino que conduce al final Julio-Augusto y la apoteosis de César es su ratificación.
25 Responde esto a una técnica típica de Ovidio señalada por Galinsky 1975, p.
220, consistente en utilizar motivos de Virgilio en contextos muy diferentes de aquellos en los que ocurren los episodios originales virgilianos, lo que constituye una uariatio.
Sobre el discurso pitagórico, cf. Hardie 2015, p.
486 recuerdo adecuado para mostrar la Roma ya fundada y su futuro y anunciar a César y su apoteosis.
El reclamo al episodio virgiliano del libro III es claro, ya que allí la profecía comienza como aquí con nate dea (cf. Hardie 2015, p.
El contenido de ambas profecías, expresado de forma totalmente diversa, no difiere en lo fundamental: Ovidio como Virgilio anuncia un viaje, y el lugar de la fundación de la ciudad; éste, indicado por el mantuano con la aparición de la cerda blanca, es designado por Ovidio como externum patrio... amicius aruum; la teleología de la fundación de Roma, que no se encontraba en lo vaticinado por el Héleno virgiliano, sino en lo anunciado por Júpiter a Venus en el libro I 275-277 y en palabras de Anquises en el VI 781-783, vaticinios que Ovidio fusiona aquí (cf. Miller 1994, p.
485), se presenta como realidad (urbem... cerno) y se completa con el anuncio de César y de Augusto de Virgilio I 286-296 y VI 781-784; estamos por tanto en presencia del cumplimiento de una parte y anuncio de otra de la teleología expresada por Héleno, Júpiter y Anquises.
295, el hecho de que la profecía aún no se haya cumplido totalmente es un recurso de Ovidio para dar la sensación de que ha pasado algún tiempo entre la predicción y su cumplimiento; personalmente creo que, dada la sucesión cronológica de los acontecimientos mantenida por Ovidio28, era necesario posponer la presencia de César y la realización de su apoteosis y no darla como realizada en el momento del reinado de Numa que es cuando tiene lugar la intervención de Pitágoras.
No es casual que el discurso del de Crotona esté introducido aquí; es otra versión de la escena que, con Anquises como protagonista, tiene lugar en el libro VI de la Eneida virgiliana29 y que, con un esquema diferente del virgiliano, ha sido desplazada, como otros episodios del mantuano, al libro XV, para formar parte de la Eneida ovidiana, de conformidad con el desplazamiento y redistribución que señalo más arriba como técnica compositiva de Ovidio.
Como hace Anquises en Virgilio, Pitágoras explica la naturaleza del mundo y la reencarnación de las almas y como él introduce un elogio de Roma, en Ovidio ya existente y no futura: Tras finalizar la historia de Numa, satisfecho con la información recibida de Pitágoras, y sus relaciones con Egeria, Ovidio introduce el episodio de Hipólito-Virbio (XV 497-551) 32.
El comienzo del episodio: Fando aliquem Hippolytum uestras si contigit aures, rememora los versos de Virgilio, Aen.
Virbio es un personaje cuya vida se divide entre Grecia y el Lacio; su nombre puede interpretarse como latino (uir + bis) o como griego (heros + bios), y él es un héroe de Eurípides transportado a Roma (cf. a este respecto supra la nota 23).
Entre este traslado y el de Esculapio se relata, tras la historia de Tages todavía de época real (Saint-Denis 1940, p.
Este pretor que, tras contemplar sus cuernos en las aguas del río y comprobar la realidad de los mismos, una vez recibido el anuncio de un harúspice de que se someterían a él como rey las ciudades latinas, huye del poder monárquico sobre la Vrbs, podría alegóricamente representar a Augusto en su rechazo de títulos como el de rex (Tac., Ann.
III 56.2) y dominus (Suet., Aug. 53)33 y como garantía, de palabra, de la continuidad de las antiguas instituciones.
Se ha llamado la atención sobre el hecho de que la introducción del episodio que sigue y que refiere el viaje de la serpiente que va de Epidauro a Roma34 llevando el nuevo culto de Esculapio (un ejemplo más de lo señalado supra en la nota 23), que habitará en un nuevo templo de la isla tiberina fundado el 1 de enero de 293 a.
2, en el 291), sea una invocación a las Musas, la única del poema, propia de un proemio y que no tiene una relación directa con la parte dedicada a Augusto.
El episodio es el único narrado por extenso (vv.
Otro pasaje de la profecía de Júpiter a Venus de la Eneida de Virgilio, desplazado por Ovidio, invierte el orden que las profecías presentaban en Virgilio; en la Eneida virgiliana, como es sabido, la profecía de Júpiter tiene lugar en el libro I, la de Héleno en el III y la de Anquises en el VI, mientras que en Ovidio las de Héleno y Anquises preceden a parte de la de Júpiter.
La redistribución ovidiana es la lógica ya que el propósito de Ovidio de llegar hasta su época exige que la profecía se presente como realizada y por tanto que la apoteosis de César y el principado de Augusto sean posteriores a cualquier episodio eneádico virgiliano del viaje.
Los versos que preceden a la muerte de César y su apoteosis, siguiendo la tónica ovidiana, presentan como realidad lo vaticinado por Júpiter en la Eneida virgiliana36: nascetur pulchra Troianus origine Caesar imperium Oceano, famam qui terminet astris, Iulius, a magno demissum nomen Iulo. hunc tu olim caelo spoliis Orientis onustum accipies secura; uocabitur hic quoque uotis.
Ovidio recoge los hechos históricos desordenadamente, introduciendo de forma aislada y en orden diverso al del mantuano la realización de las distintas predicciones de Virgilio.
El de Sulmona no es un sexquipedalis (Estefanía 2010, p.
La identificación del Iulius, una aposición del verso 288 de Virgilio (Iulius, a magno demissum nomen Iulo), la encontramos en el verso ovidiano XV 767 en palabras de Venus: quod de Dardanio solum mihi restat Iulo; téngase en cuenta que en el momento del nacimiento del César troyano que anunciaba el Júpiter virgiliano y antes de su muerte, no hay más Julio que César, como señala Ovidio, ya que Octavio sólo se convertirá en un Julio después de la muerte del dictador, no lo es por nacimiento (Estefanía 2010, p.
El verso I 287 virgiliano imperium Oceano, famam qui terminet astris está explicado en el XV 735 ovidiano plus est domuisse Britannos.
En época de César toda la parte occidental del imperio estaba en su poder (Fowler 1931, p.
288) y su límite, como ya señalaba Servio, era el océano.
Los despojos conquistados en Oriente por César, que en el año 46 a.
C. había celebrado el cuádruple triunfo sobre los galos, los alejandrinos, Farna- La apoteosis de César y su culto de los versos I 289-290 virgilianos (hunc tu olim caelo spoliis Orientis onustum / accipies secura...) son recogidos por Ovidio en los versos XV 746: Caesar in urbe sua deus est, 749 39: in sidus uertere nouum stellamque comantem, 818 y 819: ut deus accedat caelo templisque colatur tu / facies; y en los versos 760 y 761: Ne foret hic igitur mortali semine cretus, / ille deus faciendus erat, se señala la necesidad de que se realice esa apoteosis.
Es el requisito necesario para que Octavio adquiera la condición de hijo de un dios y esté relacionado, como lo estaba César, con la divinidad.
César es presentado como padre del príncipe, 39 La aceptación de Esculapio en Roma conecta directamente con la divinización de César (Myers 1994, p.
115) y con un homenaje a Augusto (Luck ibíd.); establece la diferencia entre un dios extranjero (Hic tamen accessit delubris aduena nostris, XV 705) y una divinidad de la ciudad, Julio César.
No es de extrañar que la translatio de Esculapio, dada su condición de héroe divinizado, precediese a la apoteosis cesariana, si se tiene en cuenta la relevancia que había adquirido en época augústea el canon de los héroes divinizados cuyo origen muy probablemente corresponda a la época de Alejandro Magno y documentado, además de en la pintura de los vasos, en la tradición literaria, como atestigua Horacio que incluye en él al divinizado Augusto en Odas III 3.9-18: hac arte Pollux et uagus Hercules / enisus arces attigit igneas, / quos inter Augustus recumbens / purpureo bibet ore nectar. / hac te merentem, Bacche pater, tuae / uexere tigres indocili iugum / collo trahentes; hac Quirinus / Martis equis Acheronta fugit, / gratum elocuta consiliantibus / Iunone diuis; la serie, como se ve estaba integrada por Pólux, Heracles, Augusto, Baco y Rómulo-Quirino; no es éste el único pasaje horaciano donde figuran héroes divinizados; por citarlos, el canon con diversas variantes se incluye en Odas IV 5.35 donde la divinización de Augusto es comparada con la de Cástor y Heracles; la serie es citada también en la oda I 12.
21-33 (Baco, Apolo, Heracles, Dioscuros, Rómulo) y en la IV 8.22-35 (Rómulo, Eaco, Heracles, Dioscuros y Baco; también en Epístolas II 1.5 y 10 (Rómulo, Baco, Cástor y Pólux, Hércules); Horacio, como se ve se olvida de Esculapio, cuya introducción en el canon se corresponde quizá con la época de Átalo III de Pérgamo (cf. Brugnoli y Stok 1992, p.
167 ss.). llegando Ovidio a llamarle incluso padre físico: genuisse (Álvarez e Iglesias 1995, p.
La escena de la apoteosis cesariana (XV 745-850) es análoga a la que tiene lugar en el libro I de la Eneida virgiliana teniendo como protagonistas a Júpiter y Venus (vv.
257-296); como en ella Venus se lamenta por la muerte que va a terminar con uno de los suyos, Julio César: aspice dicebat quanta mihi mole parentur insidiae quantaque caput cum fraude petatur, quod de Dardanio solum mihi restat Iulo (XV 765-767), tras de lo cual recuerda los sufrimientos anteriores de Eneas, objeto de sus quejas en Virgilio, lo que asocia sin duda ambas escenas: solane semper ero iustis exercita curis.............................................. nunc male defensae confundant moenia Troiae, quae uideam natum longis erroribus actum iactarique freto40 sedesque intrare silentum bellaque cum Turno gerere, aut, siuera fatemur, cum Iunone magis?...
Las palabras que en respuesta a los lamentos de la diosa pronuncia Júpiter, además de asegurarle que podrá llevarse al cielo a su César y que éste será honrado en los templos, introducen el relato de la venganza de su muerte por Augusto y los triunfos de éste: Módena, Farsalia, Filipos, la victoria sobre Sexto Pompeyo en aguas de Sicilia y sobre Antonio y Cleopatra: Solo después de que puso fin a las guerras civiles (positis... bellis, Virgilio I 291, pace data terris, Ovidio XV 832) ambos poetas celebran la activi-en los siguientes (834-837), como había hecho Virgilio, se muestra de acuerdo con la política dinástica del princeps:... inque future temporis aetatem uenturorumque nepotum prospiciens prolem sancta de coniuge natam ferre simul nomenque suum curasque iubebit.
La gran plegaria que ocupa los versos XV 861-870 y que ya no pertenece a la Eneida:
Di, precor, Aeneae comites, quibus ensis et ignis cesserunt, dique Indigetes genitorque Quirine Vrbis et inuicti genitor Gradiue Quirini, Vestaque Caesareos inter secreta Penates et cum Caesarea tu, Phoebe domestice, Vesta quique tenes altus Tarpeias Iuppiter arces, quosque alios uati fas appellare piumque esttarda sit illa dies et nostro serior aeuo, qua caput Augustum, quem temperat, orbe relicto accedat caelo faueatque precantibus absens parece ajustarse, a juicio de Barchiesi 1994, pp. 198-201, al hunc saltem euerso iuuenem succurrere saeclo ne prohibete... y expresa los deseos del poeta de larga vida para Augusto; se trata, dice Barchiesi ibíd., pp. 199 y 263, del uotum pro salute principis, un deber cívico de implantación reciente.
Divinidades invocadas como los dioses Indígites, Rómulo y Vesta presentes en Virgilio confirman la relación con la plegaria virgiliana.
Como conclusión creo que se puede afirmar que la Eneida ovidiana no está comprendida en los versos XIII 623-XIV 608 de Metamorfosis como se viene repitiendo por lo menos desde que se conoció la obra de Galinsky; se puede decir, creo, que la Eneida ovidiana ocupa desde el verso 623 del libro XIII hasta el final de dicho libro, además de los libros XIV completo y XV hasta el verso 860 y que el sulmonense dentro de su proyecto de llegar hasta su época, presenta como realizada toda la teleología de Augusto y de Roma expresada por el mantuano mediante profecías teleológicas.
Además, que no se debe afirmar como, por ejemplo, hacen Galinsky y Otis, que el tema de Troya en Ovidio no tiene relación con Augusto; no es casualidad que la llamada parte «histórica» de la Eneida del sulmonense presente grandes lagunas; son las mismas de la profecía virgiliana, que nos traslada de Eneas y Ascanio, pasando por los reyes de Alba, a Rómulo, César y Augusto.
Tampoco que la conquista de Grecia introducida en la profecía entre Rómulo y César (Eneida I 283-285) haya sido sustituida en Ovidio por mitos griegos trasladados a Roma y que con la historia de Cipo se aluda alegóricamente al dominio del Príncipe sobre el Oriente.
Por último puede decirse, creo, que la Eneida ovidiana mantiene el elogio y la censura del comportamiento del Príncipe que el autor de las Metamorfosis había encontrado en Virgilio. bibLiografía |
Este trabajo se ha realizado en el marco del proyecto Narrativas griegas de época imperial: formas y usos del texto en una sociedad libresca (FFI2012-34861) dirigido por F. Mestre y financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
The Ad adulescentes of Basil the Great Uno de los más influyentes Padres de la Iglesia, el capadocio Basilio el Grande, escribió una obra sobre el valor educacional de la literatura griega.
Por su contenido esta pieza quizás pretende marcar una nítida frontera entre cristianismo y paganismo; sin embargo, el análisis formal del texto revela claramente que su autor puede ser considerado un sofista cristiano o un cristiano entre los sofistas.
En este trabajo, trataremos de analizar de qué modo y con qué recursos formales Basilio dialoga con la tradición literaria griega, entendida como un depósito incuestionable de conocimiento, que puede imitar e incluso criticar, para adaptarla al entorno cultural del s. IV d.
C. y ponerla al servicio de sus convicciones teológicas.
Palabras clave: Basilio el Grande; Tercera Sofística; retórica; teología; paideía; literatura griega.
El estudio de la literatura griega en el marco intelectual de los primeros cuatro siglos de nuestra era debe incluir también la producción de autores cristianos, un colectivo entonces todavía relativamente reciente en el seno de la ya larga tradición helénica.
De esta, a juzgar por la educación recibida y porque escribe en griego, forma parte uno de los más influyentes Padres de la Iglesia, Basilio el Grande, cuya figura fue de gran transcendencia en la historia cultural de la antigüedad tardía, como ponen de relieve su biografía y una abundante obra escrita integrada por textos de distintos géneros y carácter, que constituyen un testimonio importante para conocer los avatares de la propia Iglesia en el s. IV d.
El objetivo de este trabajo no es contextualizar la vida ni la actividad de este obispo de Cesarea, en Capadocia, en el debate teológico de su época, sino aportar algunas reflexiones, desde el punto de vista literario, sobre su Πρὸς τοὺς νέους ὅπως ἂν ἐξ Ἑλληνικῶν ὠφείλοντο λόγων (A los jóvenes, para que saquen provecho de las obras helénicas), tomando en consideración los postulados de la llamada Tercera Sofística, tal vez la aproximación más novedosa a los estudios sobre la literatura griega tardo-antigua en los últimos dos decenios 2.
Con este nuevo cliché terminológico, no exento de controversia, se intentaba distinguir entre la literatura del s. IV d.
C. y las obras de los deuterosofistas a raíz de la aparición y plena consolidación del cristianismo, dado que permitía prolongar cronológicamente la fórmula filostratea y destacar, a su vez, la vigencia del prestigio pagano griego en el ámbito de la formación retórica y de la práctica oratoria, incluso en un nuevo contexto marcado por «une synthèse entre l 'Écriture et l' esthétique sophistique» 3.
La falta de acuerdo entre los estudiosos sobre el alcance y la pertinencia de hablar de una 1 Sobre el liderazgo eclesiástico de Basilio y para la lista más completa de sus obras consideradas auténticas, véase Fedwick 1981, pp. 1-19 y pp. XIX-XXXI, respectivamente.
Una síntesis reciente sobre el estado de la cuestión, con abundante bibliografía, puede encontrarse en Fowler y Quiroga 2014, pp. 1-30.
5 el término Tercera Sofística no debe constituir un problema en sí mismo: lo importante es reconocer las diferencias respecto de su antecesora, así como entre los textos que tal denominación engloba.
Tercera Sofística -especialmente en considerar qué autores debía incluir-, no eclipsa el hecho de que esa nueva etiqueta ha reorientado el estudio de una parte significativa de la literatura griega tardo-imperial que solo solía analizarse como fuente histórica, documental, para la investigación de tipo religioso, sin considerar su coincidencia temporal con el cénit de la retórica epidíctica 4.
Los autores cristianos manejaron las armas de la retórica con la misma habilidad y dominio que los paganos, y esa maestría no puede ser devaluada -al menos, desde un punto de vista estrictamente literario-por ir asociada a una determinada causa 5.
Por el contrario, este nuevo enfoque metodológico permite apreciar en su conjunto la cualidad intrínseca de las obras literarias tanto de autores paganos como cristianos y ofrece un panorama unitario en el estudio de la retórica cristiana tardo-imperial 6. señalado antes, el texto de referencia abordado aquí es una obra en la que Basilio dialoga con la literatura griega.
La fecha de su composición y el perfil del público receptor han centrado buena parte del debate crítico en torno a esta pieza, ya que en ella no hay ninguna mención explícita a hechos externos que permitan datarla, ni tampoco ninguna indicación precisa sobre la identidad de esos jóvenes a los que iría dirigida.
Tal vez por esa falta de referentes externos, se han ido proponiendo respuestas recíprocamente condicionadas a ambos interro gantes, al considerar, por ejemplo, que una composición temprana debía de tener necesariamente una intención distinta a si había sido escrita en una edad más avanzada -el obispo de Cesarea, no obstante, murió el año 379 con apenas cuarenta y nueve años-; o bien, si los destinatarios eran discípulos, necesariamente debía de ser una obra de juventud; o bien, si era producto de una reflexión madura, parte de su argumento parecía incoherente con la posición oficial esperable en un hombre del rango eclesiástico de Basilio.
Dicha oscilación -cuando no contradicción-en la interpretación del texto es por ella misma un indicio del interés por esta pieza tanto entre helenistas como entre exégetas cristianos, pues, en suma, ofrece elementos suficientes para reivindicar posturas encontradas entre unos y otros.
Así, cuando Moffatt8 defiende su composición en torno al año 362, interpreta que es una reacción contra el edicto de Juliano el Apóstata por el que se prohibía a los cristianos enseñar las letras paganas.
Otros estudiosos, en cambio, han preferido situar la redacción del escrito una década más tarde9; e incluso hay quienes han postulado una redacción en diversos momentos con el fin de salvar algunas de las dificultades antes apuntadas 10.
En cuanto a la identidad de los destinatarios, las propias palabras de Basilio han abonado la interpretación de que aconseja a sus sobrinos -jóvenes todavía-cuando en el capítulo inicial, justifica su intención y afirma:
En diálogo con la tradición
Tanto si Ad adulescentes fue inicialmente una conversación reducida al ámbito familiar y trasladada más tarde a un auditorio más amplio, como si sus destinatarios son unos jóvenes o un público erudito y ya formado, en esta obra es bien perceptible una finalidad prioritariamente pedagógica, no doctrinal, dado que en ella se constata una cierta ausencia de contenidos o de expresiones propiamente teológicas.
Basilio se propone presentar un método de selección de los valores de la cultura clásica que de manera habitual todavía eran impartidos en la escuela del s. IV d.
C., para que estos sirvieran de introducción y preparación adecuadas a la virtud y al conocimiento de las verdades cristianas 16.
De este modo, los autores paganos no son per se ni cuestionados ni devienen objeto de apología; por el contrario, su utilidad y provecho -así se justificaría el ἂν ὠφείλοντο del título-se centra en el valor formativo inherente al saber y al conocimiento contenidos y transmitidos en las obras de esos autores -en el título del opúsculo metonímicamente identificados con el Ἑλληνικῶν λόγων-, y que merecen ser considerados por su carácter estrictamente propedéutico para la única y auténtica vida desde una óptica cristiana, y que no es la vida humana, sino la otra vida, como de forma explícita afirma Basilio: Ad adul.
Nosotros, muchachos, sostenemos que esta vida humana no tiene en absoluto ningún valor, y en modo alguno consideramos como un bien -ni lo llamamos así-aquello que nos procura utilidad solo dentro de esta vida... sino que vamos más lejos en nuestras esperanzas y todo lo hacemos como preparación para la otra vida.
Lo que nos pueda ser útil para esa vida, decimos que hemos de amarlo y perseguirlo con toda nuestra fuerza, pero lo que no nos lleve a ella, hemos de despreciarlo por ser carente de provecho.
Es por este motivo que en Ad adulescentes deviene esencial y aparece reiterado el concepto de utilidad (τὸ χρήσιμον), ya que Basilio recomienda el estudio de la literatura griega pagana por razones éticas y no por razones estéticas o científicas18.
Por lo tanto, como la literatura clásica griega y los autores paganos nunca deben ser un fin en sí mismos, no es necesario condenarlos en su conjunto ni manifestar hacia ellos una actitud adversa e irreconciliable con los dogmas cristianos.
De este modo, frente al recelo de otros Padres de la Iglesia en relación con la cultura clásica y sus representantes 19, el obispo de Cesarea muestra una decidida voluntad de aprovecharlos por lo que de positivo puedan aportar 20: Ἀλλ' ὅτι μὲν οὐκ ἄχρηστον ψυχαῖς μαθήματα τὰ ἔξωθεν δὴ ταῦτα ἱκανῶς εἴρηται· ὅπως γε μὴν αὐτῶν μεθεκτέον ὑμῖν ἑξῆς ἂν εἴη λέγειν (Pero que las enseñanzas profanas no son inútiles para nuestras almas, sin duda, esto ya se ha dicho suficientemente.
Sin embargo, de qué modo debéis vosotros participar de ellas, a continuación habrá que decirlo, Ad adul.
Y en esa exposición -destinada a enseñar, pero también a convencer y, en igual medida, también a seducir-Basilio recurre a los modos de expresión utilizados por escritores paganos cuya utilidad reivindica por su saber y conocimientos (μαθήματα), inclusive tildándolos de ajenos (τὰ ἔξωθεν).
Así, en su estructura formal, el λόγος del capadocio responde a las cuatro partes tradicionales de un discurso, tal como prescriben los cánones oratorios y practicaron los sofistas: en el exordio o προοίμιον ( § 1) el autor justifica su intervención como guía y elogia la necesidad de un maestro; en la exposición o διήγησις ( § § 2-3) presenta el tema y la tesis defendida, es decir la lectura de los autores paganos es valiosa, siempre que la selección sea adecuada; en la demostración o ἐπίδειξις ( § § 4-9), como parte del discurso reservada a las pruebas, Basilio expone cómo debe ser utilizado el contenido de los textos paganos; y en el epílogo ( § 10) recomienda y exhorta, de nuevo, a prepararse para el verdadero fin mediante un buen uso de la cultura clásica 21.
Esta mera aproximación formal ilustra la estrecha relación entre cristianismo, sofística y retórica que anula una identificación apriorística de cristianismo como contenido y sofística solo como forma22.
En este sentido, en Πρὸς τοὺς νεούς esa frontera se diluye cuando, junto a la estructura de la obra, a su forma y modo de composición, nos fijamos también en algunos elementos de contenido, ya que estos revelan, en efecto, que su autor es «un chrétien 'parmi' les sophistes»23, o tal vez, como apuntábamos antes, un sofista cristiano.
Porque en esta obra se desarrollan argumentos en torno a temas como el papel y función del maestro-educador, los límites entre cristianos y paganos, los modos de estudiar a los autores griegos y el aprendizaje de la virtud a través de estos.
No son motivos del todo novedosos ni tampoco atribuibles en exclusiva solo al pensamiento de un autor cristiano, dado que cuestiones de educación o identidad están igualmente presentes en otros autores griegos de época imperial, sofistas o no, poco sospechosos de compartir el ideario cristiano.
Esta obra de Basilio marca una continuidad en la tradición literaria griega de cuño retórico y escolar, fácilmente reconocible cuando se analizan, por ejemplo, algunos de los recursos formales empleados en la construcción del texto.
Ello no obsta para que el obispo trace de modo muy eficaz el límite entre cristianismo y paganismo, pero, como no se trata de una obra exegética ni apologética, Basilio no se siente obligado a exponer en qué consiste la doctrina cristiana, e incluso renuncia de forma explícita a hacerlo en el contexto de esta obra: Τίς δὴ οὖν οὗτος ὁ βίος καὶ ὅπῃ καὶ ὅπως αὐτὸν βιωσόμεθα, μακρότερον μὲν ἢ κατὰ τὴν παροῦσαν ὁρμὴν ἐφικέσθαι, μειζόνων δὲ ἢ καθ' ὑμᾶς ἀκροατῶν ἀκοῦσαι (Pues bien, cuál es esa vida, dónde y cómo la viviremos, es una cuestión que requiere para abordarla mucho más tiempo que mi empeño presente, y para escucharla unos oyentes mayores que vosotros, Ad adul.
Por el contrario, insiste en que solo quiere explicar de qué modo los jóvenes pueden prepararse -acción descrita con términos como ἐκπαιδεύοντες o προγυμναζόμεθα, μιμούμενοι, propios de la formación sofística-de la mejor forma posible para alcanzar con plenitud la otra vida: Ad adul.
A ella conducen las Sagradas Escrituras que nos instruyen a través de sus misterios.
Pero mientras todavía por edad no es posible entender la profundidad de su significado, entonces en otros escritos, que no son del todo diferentes, como en ciertas sombras y espejos24, nos ejercitamos por el ojo del alma, imitando a los que se preparan en el ejercicio de las armas: estos adquieren su habilidad en la gesticulación y en la danza, y en los combates disfrutan del beneficio de su instrucción.
Es, pues, esa necesidad de un guía, un maestro, la que justifica la tarea emprendida aquí por el obispo de Cesarea y da razón de la forma ὅπως del título: no se trata de un qué, sino de un cómo.
Luciano, desde otra óptica y con distinta intención, en su Lexífanes presenta los peligros de una mala extracción en la cantera de la literatura griega, cuando se trata de obtener material para una instrucción anclada en la imitación de unos modelos.
El samosatense advierte en esta obra que una elección deficiente incluso puede tener repercusiones físicas, como le ocurrió a Lexífanes, un individuo con tal indigestión de palabras que precisó la ayuda de un médico.
Este, tras vaciarle el estómago, da con el remedio a su extraña enfermedad: Lexífanes debe volver a aprender -el verbo utilizado por Luciano es μεταπαιδεύω-como precaución para no caer de nuevo en manos de hombres ignorantes, capaces de educar solo en apariencia; por el contrario, debe dejarse aconsejar únicamente por quienes saben cómo orientar para adquirir y gozar de una plena y auténtica instrucción -de modo parecido también Basilio alude al fruto de la instrucción (τοῦ ἐκ τῆς παιδιᾶς... κέρδους, Ad adul.
Sópolis prescribe en su receta en qué consiste esa formación y qué autores debe incluir:
Si quieres realmente ser alabado por tus palabras y gozar de buena reputación incluso en público, huye y apártate de todas las expresiones de esta clase; empieza por los mejores poetas y léelos bajo la directriz de maestros; pásate a los oradores y, cuando te hayas familiarizado con su dicción, es el momento de acercarte a la de Tucídides y Platón, después de haberte ejercitado mucho no solo en la bella comedia sino también en la venerable tragedia.
Asimismo, la contraposición entre dos vidas -la terrenal y la eterna-y la referencia a las Sagradas Escrituras (Ἱεροὶ Λόγοι) sirve a Basilio para indicar, desde el inicio mismo del texto, una nítida separación entre nosotros (cristianos) y los otros (paganos) 25.
Esta inequívoca oposición de identidad recurre a lo largo del escrito formulada con distintas expresiones y enunciados, y todavía en el capítulo final el obispo la retoma de nuevo: Ἀλλὰ ταῦτα μέν που κἀν τοῖς ἡμετέροις λόγοις τελειότερον μαθησόμεθα· ὅσον δὲ σκιαγραφίαν τινὰ τῆς ἀρετῆς, τό γε νῦν εἶναι, ἐκ τῶν ἔξωθεν παιδευμάτων περιγραψώμεθα (Pero esto de alguna manera también en nuestras propias obras lo aprenderemos de forma más completa, aunque algún esbozo de la virtud, por el momento al menos, podamos trazarlo a partir de las enseñanzas paganas, Ad adul.
En estas palabras, es evidente que el conocimiento y la lectura de los autores paganos solo pueden ser atendidos como una formación externa -ἐκ τῶν ἔξωθεν παιδευμάτων-para llegar a comprender las enseñanzas sagradas y místicas; pero, al mismo tiempo, esa instrucción solo será provechosa si los jóvenes son capaces de conocer y distinguir entre ambos tipos de escritos -paganos y sagrados-o, al menos, están en condiciones de apreciar de forma ponderada sus similitudes y diferencias:
En efecto, si existe alguna afinidad recíproca entre los dos tipos de obras, podría sernos provechoso el conocimiento de ambos, y, si no, al menos el hecho de establecer paralelos y comprender la diferencia no es de escasa importancia para fortalecer el mejor.
Estos ejemplos ponen de manifiesto el carácter no dogmático del texto de Basilio cuya intención es también contribuir a que sus destinatarios puedan con juicio crítico servirse de la rica tradición griega -tal como reza el título de la pieza: ἐξ Ἑλληνικῶν λόγων-y de la sabiduría contenida en las obras de sus autores.
Por lo tanto, establecida y reconocida su utilidad desde la óptica de un pensador cristiano, Basilio debe ilustrar de qué modo será posible alcanzar ese fruto; y lo hace desde la cultura y competencia adquiridas durante su propia formación en la escuela del rétor.
Por ello, su exposición no ignora ni prescinde de los métodos y recursos expresivos propios de un erudito pagano, de un sofista, con quien ha compartido, en realidad, una misma escuela, un mismo entorno y ambiente cultural; y este es también el de los destinatarios de la obra de Basilio.
Así, del mismo modo que el público entendido presente en las declamaciones deuterosofísticas parti cipaba con el orador-sofista-escritor de una misma paideía, que no era otra que el conocimiento de la tradición literaria griega, también Basilio recurre ahora a ella como base de su creación literaria, pero sobre todo como vehículo necesario para hacer efectiva la utilidad de dicha instrucción.
La tarea a la que se aplica Basilio requiere de una recuperación de modelos clásicos como la que llevan a cabo los autores paganos en la creación literaria o en la declamación sofística desde los primeros siglos de nuestra era; y, en ambos casos también, esa recuperación es posible en aplicación de la doctrina de la μίμησις.
Sobre la base de la paideía, los referentes compartidos -un hipotexto común-son los que permiten establecer una comunicación literaria entre autor y público, aunque el autor emplee, con grados diversos de precisión, distintos mecanismos de identificación de ese hipotexto.
Y podemos constatar que Basilio maneja las mismas estrategias de comunicación que los sofistas y autores del s. II d.
C., si nos fijamos en los procedimientos de citación propios de la tradición griega que, por ejemplo, han sido analizados en el corpus lucianeo26.
De casi todos ellos se sirve también Basilio con bastante frecuencia en Ad adulescentes, donde señales genéricas del Y nosotros, si somos sensatos, sacaremos de ellos cuanto nos convenga y sea acorde con la verdad, y prescindiremos del resto.
Y como al recolectar las flores de un rosal, evitamos las espinas, del mismo modo cosecharemos de esos libros cuanto sea útil y evitaremos lo que sea perjudicial.
Por lo tanto, 27 Hom., Od.
28 Odiseo, cuyo encuentro con Nausícaa, según narra Homero en el libro VI de la Odisea, sirve a Basilio para amonestar que la auténtica virtud sobrevive a cualquier naufragio: el rey de Ítaca, a pesar de su desnudez, fue presentado por Homero como más respetable que los opulentos feacios, quienes incluso se fijaron en él deseosos de emularlo; cf. Ad adul.
29 Proteo, invocado por Basilio como ejemplo de quien supedita su intención y convicciones a las circunstancias; una actitud que debe ser rechazada y que será mejor aprendida «en nuestros libros» (ταῦτα μέν που κἀν τοῖς ἡμετέροις λόγοις τελειότερον μαθησόμεθα, Ad adul.
10.1-2). conviene ya examinar desde el principio cada una de las enseñanzas y adaptarlas a nuestro fin, ajustando -según el refrán dorio-la piedra a la soga 30.
Sin embargo, el de Cesarea no desperdicia la oportunidad de exhibir su competencia como crítico literario -un aspecto que también se encuentra en autores deuterosofísticos-, según puede observarse en distintos pasajes de Ad adulescentes.
Así, cuando mediante ejemplos tomados de certámenes musicales o atléticos Basilio pone en valor la importancia del ejercicio previo y constante para lograr la meta deseada 31, afirma que ni Sardanápalo ni Margites merecen ser imitados, cuestionando la autoría de Homero (εἰ δὴ Ὁμήρου ταῦτα) en los versos dedicados al héroe paródico por excelencia de la tradición griega:
¿Y nosotros, a quienes por nuestra vida nos aguardan premios tan admirables por su cuantía y grandeza que no pueden ser expresados de palabra, si nos echamos a dormir a pierna suelta y pasamos la vida sin acometer ningún riesgo, podremos alcanzarlos con una sola mano?
Si, en verdad, así fuera, la vida indolente tendría mucho más mérito, y Sardanápalo habría sido conducido a la felicidad el primero de todos, o incluso Margites, si quieres, aquél de quien Homero dijo -si es que los versos son de Homero-que ni araba, ni cavaba, ni hacía nada útil para la vida 32.
Los autores paganos también son tomados como antecedente de hombres que ya habían exhortado a no sucumbir ante las pasiones corporales.
Como muestra, Basilio recurre a Platón, comparándolo con el apóstol de Tarso, y cita textualmente un pasaje de República 498b: 30 El proverbio se halla recogido en CPG II, p.
31 Hay que recordar la importancia de los ejercicios escolares o προγυμνάσματα en el ámbito de la creación literaria y de la práctica oratoria; cf. En una palabra: ha de desdeñar completamente el cuerpo quien no desee revolcarse en sus placeres como en el cieno, o debe dedicarse a él en tanto en cuanto, dice Platón, preste un servicio a la filosofía, y sus palabras se asemejan a las de Pablo, el cual aconseja que no es necesario prestar ninguna atención al cuerpo para que no se desencadenen sus pasiones.
Asimismo, resulta interesante observar cómo la selección de Basilio implica también un distinto tratamiento dado a la poesía y a la prosa33.
A pesar de que el canon de la paideía clásica, junto a Homero, incluía en lugar preferente a Demóstenes y a Isócrates, el de Cesarea reconoce la función hedonística de la palabra poética y, en consecuencia, amonesta sobre la necesidad de tomar precauciones para proteger el alma, de modo que el deleite de las palabras (διὰ τῆς τῶν λόγων ἡδονῆς, Ad adul.
4.13) no oculte la maldad que estas puedan encerrar.
Por ello, considera que todas las acciones virtuosas, libres de excesos, identificables en los versos de los poetas siempre merecen ser imitadas, aunque también da por hecho que eso jamás será aceptable cuando los poetas griegos hablan de sus dioses:
Evidentemente no ensalzaremos a los poetas si representan a personajes que blasfeman o se mofan, o a apasionados amantes o a hombres ebrios, o si definen la felicidad en función de una mesa repleta de manjares o de cantos disolutos.
Menos que a todos acogeremos a los que hacen alguna reflexión sobre los dioses, y especialmente si la presentación que de ellos ofrecen da a entender que son múltiples y están en desacuerdo.
Estas restricciones, sumadas a una condena explícita de las representaciones teatrales, limitan los géneros y los autores que los jóvenes cristianos educados en la paideía clásica pueden recuperar de su bagaje formativo.
En cuanto a la prosa, Basilio advierte -retomando, en cierto modo, la concepción gorgiana de la retórica como cautivadora del alma34 -del peligro que representan quienes fabrican historias solo para entretener a sus oyentes (καὶ μάλιστ' ὅταν ψυχαγωγίας ἕνεκα τῶν ἀκουόντων λογοποιῶσι, Ad adul.
4.29-30); pero ante todo alerta sobre el proceder de los oradores, cuyo arte identifica con la mentira (ῥητόρων δὲ τὴν περὶ τὸ ψεύδεσθαι τέχνην οὐ μιμησόμεθα, ibíd.).
No obstante, en ambos casos, también ha de ser posible apropiarse (ἀποδεξόμεθα) de aquellos pasajes que alaban la virtud (ἀρετὴν ἐπῄνεσαν) y condenan el vicio (πονηρίαν διέβαλον), siempre que sea rechazado el mero placer sin rédito alguno para el alma:
Así pues, debemos participar de esta literatura siguiendo enteramente el ejemplo de las abejas.
Pues éstas no se dirigen de forma indiscriminada a todas las flores, ni pretenden llevarse todo de aquellas en las que se posan, sino que toman cuanto de ellas les es provechoso para su elaboración y renuncian a lo restante.
Y si nuestro comportamiento es sensato, recopilaremos cuanto de estos textos sea congruente con nosotros y acorde con la verdad, y haremos caso omiso de lo demás.
La utilidad que invoca Basilio como premisa ineludible en el uso y disfrute de las letras paganas, se presenta asociada a conceptos como verdad (ἀλήθεια) y sabiduría (σοφία), ya que -según él mismo reconoce-cuantos autores griegos gozan de una reputación de sabios inevitablemente incluyen en sus escritos -sean en prosa o en verso-una alabanza de la virtud.
Sin embargo, el ejercicio práctico de la virtud celebrada en los textos servirá al obispo como piedra de toque para discriminar entre paganos y cristianos, pues solo estos aplican realmente esa virtud en su propia vida:
Y casi todos los autores que sin duda gozan también de alguna reputación por su sabiduría, en menor o en mayor medida, cada uno según su capacidad, en sus libros han emprendido un elogio de la virtud.
Hay que dejarse persuadir por ellos e intentar demostrar durante nuestra vida sus palabras35.
A través de los ejemplos de autores paganos que han celebrado la virtud, se echa de ver también la variedad de fórmulas utilizadas en la construcción del texto, ya que el de Cesarea integra esos paradigmas en el discurrir de su obra mediante paráfrasis, citas literales o adaptadas, e incluso reelabora él mismo las palabras del autor evocado, como es práctica habitual entre los sofistas.
Hesíodo, Homero, Solón, Teognis y Pródico componen un primer canon de autores paganos en cuyas obras no es difícil encontrar -a juicio del capadocio-una auténtica exaltación de la virtud útil para el alma cristiana.
Sin embargo, desde un punto de vista formal, Basilio procede de formas distintas para introducir en el curso de su discurso a cada uno de estos cinco autores, haciendo gala de su técnica retórica.
Una cita de Hesíodo puede ilustrar cómo Basilio trabaja su propio texto 36.
En el capítulo cinco de Ad adulescentes, tras reiterar las ventajas de promover en los jóvenes un trato habitual con la virtud, el capadocio parafrasea Trabajos y días (286-292); unos versos que -como él mismo destaca-son por todos bien conocidos (τὰ ἔπη ἃ πάντες ᾄδουσιν, Ad adul.
5.10)37 y cuya finalidad -él interpreta-no es otra que conducir a los jóvenes a la virtud (προτρέποντα τοὺς νέους ἐπ' ἀρετήν, ibíd.) al ofrecerles la posibilidad de elegir entre dos caminos: uno arduo y otro sencillo.
La comparación de ambos textos revela la fidelidad semántica y léxica del texto basiliano con el original hesiódico, al cotejar en Ad Adulescentes la concurrencia de términos significativos en el contexto como ἱδρῶτος, ὄρθιον, ῥᾳδίως, λεία, σύνεγγυς:
Que el camino que conduce a la virtud es al principio escabroso, intransitable, repleto en extremo de sudores y fatigas y escarpado.
Por ello, debido a su pendiente no les es posible a todos ascender por él ni siquiera quien lo emprende, puede alcanzar fácilmente la cumbre.
Pero cuando se está arriba puede uno ver cuán llano y hermoso es, y cuán fácil y accesible en verdad, y más placentero que aquel otro que conduce al vicio, el cual, en palabras de este mismo poeta, se puede recorrer masivamente por su proximidad.
Yo que sé lo que te conviene, gran necio Perses, te lo diré: de la maldad puedes coger fácilmente cuanto quieras; llano es su camino y vive muy cerca.
De la virtud, en cambio, el sudor pusieron delante los dioses inmortales; largo y empinado es el sendero hacia ella y áspero al comienzo; pero cuando se llega a la cima, entonces resulta fácil por duro que sea.
También Luciano, siguiendo un modelo de larga tradición 38, utilizó la imagen de un doble camino para significar dos modos opuestos de entender el aprendizaje y la enseñanza de la oratoria.
En Maestro de oradores el instructor anticuado familiariza a sus discípulos con los mejores poetas y prosistas, aunque ello obliga a emprender un camino arduo y pedregoso huellas apenas visibles para llegar hasta Retórica.
En cambio, el paladín de la nueva oratoria recomienda elegir un camino más plácido para alcanzar con rapidez, poco esmero y menos esfuerzo, la cima donde se encuentra sentada la bella Retórica, acompañada de fama y riquezas, y allí incluso podrá desposarse con ella:
5.58) por su pensamiento; pero, al mismo tiempo, Basilio advierte de que esta es su versión (ὅσα ἐγὼ τοῦ ἀνδρὸς τῆς διανοίας μέμνημαι, Ad adul.
5.58-59), dado que no recuerda -dice él-los términos exactos (τά γε ῥήματα οὐκ ἐπίσταμαι, ibíd.)40, salvo que ya el de Ceos -entendemos que por comparación Hesíodo-prescindió del verso (ἄνευ μέτρου, Ad adul.
También Luciano, en el contexto de la actividad literaria y de la práctica oratoria, recurre al mismo patrón que propone Basilio: ante una encrucijada el acierto en la elección es prueba de excelencia para alcanzar la virtud.
El samosatense explica cómo él mismo se encontró en su juventud en la tesitura de escoger entre Escultura y Paideía.
En ambos pasajes del texto basiliano -en la paráfrasis hesiódica y en la imitación de Jenofonte-se trata de ilustrar que los autores paganos ofrecen pruebas innegables de cómo alcanzar la virtud, frecuentándola y relacionándose con ella: es el valor ético y moral que subyace en el texto de Hesíodo y en el de Pródico-Jenofonte el que debe ser extraído del aprendizaje retórico.
En cambio, en Luciano se ha producido una traslación de esos valores al ámbito estético, dominado y señoreado por Paideía-Retórica, en torno a la cual giraba la cultura griega en el s. II d.
C., cuando Paideía no era entonces mera instrucción, sino que simbolizaba una forma de vida que compromete e implica al individuo en su conjunto, como delatan las prometedoras palabras de Paideía al joven Luciano, todavía aprendiz de escultor: Somn.
Si me obedeces, primero te enseñaré muchas obras de los hombres de antaño y te contaré sus maravillosas acciones y relatos, y te haré experto, por así decirlo, en todo; y tu alma, precisamente lo que es más importante de ti, la ornaré con numerosos y excelentes adornos: prudencia, justicia, piedad, bondad, moderación, inteligencia, constancia, amor por lo bello y aspiración a lo más sublime; pues estas cosas son, en verdad, el puro ornato del alma.
Por otra parte, se ha señalado que un elemento propio de la Tercera Sofística fue también el gusto por lo biográfico y una cierta atención sobre el individuo 42.
Desde esta perspectiva, cabe preguntarse si Basilio tal vez quiso evocar en Ad adulescentes algo de su experiencia personal, de modo que él mismo deviene hilo conductor de su escrito erigiéndose en ejemplo de la tesis sostenida.
Así, al asesorar a unos jóvenes -esos ὦ παῖδες, que pueden ser reales, ficticios, discípulos o parientes-, rememora sus propios años de formación en la escuela pagana, cuya esencia seguía siendo en el s. IV d.
C. la frecuentación y lectura de los autores antiguos 43, para ayudarles a discernir cuánto de valioso y de menospreciable ofrecen:
No os asombréis de que, si vosotros que tenéis trato a diario con un maestro y estais relacionados con hombres eminentes de la antigüedad a través de sus escritos, os diga que por mi parte os ofrezco algo todavía más provechoso.
Esto es precisamente lo que vengo a aconsejaros: aunque habéis entregado a estos hombres el timón de vuestra inteligencia, como el de una barca, no es necesario que por siempre los sigáis allá donde quieran llevaros, sino que, habiendo recibido de ellos cuanto es útil, debéis saber de qué os conviene también prescindir.
Al mismo tiempo, Basilio quiere dejar constancia de que el aprendizaje derivado de esa literatura le permitió descubrir por sí mismo (παρ' ἑμαυτοῦ) todavía 42 Quiroga 2009, pp. 495-496.
Sin embargo, este motivo ya aparece en autores deuterosofísticos, como ejemplifican los Discursos sagrados de Elio Arístides.
43 Sobre la formación escolar posterior a la época clásica, véase Morgan 1998, pp. 50-89. algo más, porque fue útil y provechoso para su propia existencia en el camino hacia la virtud y que habría puesto en práctica en su etapa ascética.
Tal vez recuerda ese período de su vida cuando redacta los pasajes donde, con las enseñanzas extraídas de los antiguos, ejemplifica en qué consiste la fortaleza y la constancia, cuáles son las dificultades de la virtud auténtica -invocando como muestra una sentencia de Pítaco: χαλεπὸν ἔφησεν ἐσθλὸν ἔμμεναι (Ad adul.
Los pasajes analizados hasta aquí no agotan, pero creemos que ilustran de modo suficiente el firme anclaje de esta obra en la retórica griega y, en este sentido, avalan nuestro objetivo de ponderar el texto basiliano como escrito por un hombre de letras, un πεπαιδευμένος, sin supeditar su inter pretación, significado o función solo a las cuestiones cronológicas o de difusión ya señaladas.
Por el contrario, el opúsculo refleja una decidida voluntad de creación literaria por parte del autor, cuyo pensamiento, imbuido de retórica y tal vez incluso marcado con tintes autobiográficos, ilustra en un juego lúdico con la cultura.
Obra de un sofista de formación, Ad adulescentes constituye una prueba evidente del profundo arraigo de la educación retórica griega todavía en las formas literarias del s. IV d.
C., con independencia del origen o credo de sus autores, cuya educación -como la de los sofistas de Filóstrato-seguía condicionada por la paideía clásica.
A partir de los mismos modelos que sustentaron la creación literaria pagana del s. II d.
C., el cristianismo tendió a desarrollar una retórica propia adaptada a su particular discurso 45, dado que todo mensaje requiere un código reconocible por el público destinatario, oyente o lector, y, por lo tanto, no es la modalidad del discurso, sino su contenido, la novedad que aportan los autores cristianos 46.
No obstante, la peculiaridad del opúsculo de Basilio radica -a nuestro juicio-en la elección de una forma expresiva abierta.
Basilio, sin renunciar a sus ideas -o precisamente para mejor manifestarlas-elabora una composición de intención pedagógica que cuenta con paralelos entre los sofistas coetáneos al obispo, como Himerio 47, o anteriores a él, como Luciano 48.
En efecto, Ad adulescentes presenta puntos comunes con una λαλιά, una pieza menos formal y solemne que un discurso 49.
En su definición el rétor Menandro 50 destaca, precisamente, la gran utilidad de la charla como género para un sofista por su versatilidad, ya que en ella caben otras formas oratorias como la deliberativa y la epidíctica.
Las pautas compositivas, prescritas por Menandro relativas a la extensión, cualidades estilísticas o modo de tratar los hechos con sencillez, pero, al mismo tiempo, con la amenidad que aporta la mención de Homero, Hesíodo y los poetas líricos, dado que de todos ellos es posible extraer ejemplos, son seguidas por Basilio 51.
En efecto, Ad adulescentes es una obra cuidada, que destila, al mismo tiempo, un tono distendido y espontáneo conveniente para una pieza de apariencia conversacional, quizá desti-nada a ser difundida en un ámbito restringido, familiar o escolar 52, aunque ello tampoco es incompatible con una publicación de mayor alcance.
Como si de un ensayo se tratara, el texto de Basilio, relativamente breve, se focaliza en un único tema, presenta un nivel de lengua accesible, reconoce un grupo receptor y, sobre todo, trasluce que el autor ha elegido con plena conciencia el asunto que trata, con absoluta libertad para expresar, desde una profunda creencia en la paideía, su visión personal sobre la literatura griega pagana, como determinados vocablos y giros delatan a lo largo de la pieza 53.
Así pues, a pesar de su adaptabilidad a nuevos contextos, la retórica griega del s. IV d.
C., difícilmente puede ser considerada nueva ni tampoco aun segunda, como ilustra el texto de Basilio analizado; quizás mejor llamarla tercera, porque no es reciente, pero ha cambiado para consolidar ahora otras formas de pensar -una ῥητορικὴ μετανοοῦσα καὶ πιστεύουσα, tal vez así podría ser definida, sin ánimo alguno de parafrasear el programático pasaje de Filóstrato 54 -y, por lo tanto, todavía se muestra eficaz para proclamar también la enseñanza (καινὴν διδαχὴν λαλουμένη), anunciada por san Pablo 55. bibLiografía |
Aspectos parciales de este estudio fueron expuestos en el XLII (2013) y en el XLVI (2017) Simposios de la SEL.
Multifunctionality and polysemy: a syntactic, semantic and pragmatic description of Greek οὐδέ Οὐδέ muestra en griego antiguo una notable multifuncionalidad y polisemia de manera que resulta difícil su inclusión en las categorías sintácticas tradicionales.
Este trabajo constituye una contribución a su descripción sintáctica, semántica y pragmática, realizado en el corpus de las novelas griegas conservadas completas, cinco obras escritas entre los siglos I y IV en un griego aticista.
El análisis revela que οὐδέ tiene dos funciones en el marco discursivo: la de conector o colaborador en la conexión entre dos unidades discursivas; y la de modificador de un segmento discursivo al que señala como foco inclusivo.
Ambas funciones permiten incluirlo entre los marcadores o partículas discursivas.
Palabras clave: οὐδέ; adverbios conjuntivos; adverbios de foco; marcadores discursivos.
οὐδέ no aparece entre los σύνδεσμοι de los primeros gramáticos, como Dionisio Tracio o Apolonio Díscolo, seguramente porque ya era conside rado, como en la actualidad, la suma de δέ y de la negación asertiva οὐ1.
Sin embargo, οὐδέ coincide solo parcialmente con los usos de δέ.
La complejidad de su inclusión en las categorías gramaticales tradicionales se refleja en la falta de homogeneidad en los criterios con los que Denniston 1950, p.
190 ss. establece los apartados en que distribuye sus usos: (I) Connective, (II) Responsive (or adverbial), (III) Emphatic negative y (IV) Doubtful passages2.
En las gramáticas y los léxicos lo habitual es que aparezca como conjunción y como adverbio3, si bien algunos de sus usos no encajan en absoluto con la idea prototípica de esas categorías.
Este trabajo es una contribución a la descripción de οὐδέ aplicando nuevas perspectivas en el análisis lingüístico, realizada en un corpus tardío, el de las cinco novelas griegas conservadas completas, obras que fueron escritas entre los siglos I al IV siguiendo el ideario literario de la época, que establecía como modelos lingüístico-literarios las obras escritas en ático de la época clásica junto con otras, como las de Homero, cuya influencia fue constante a lo largo de toda la época imperial.
Hemos dividido el estudio 4 en dos apartados, atendiendo a las funciones que el término estudiado realiza: §II, en el que οὐδέ está implicado en la conexión entre dos segmentos discursivos expresados contiguamente en el eje sintagmático del discurso, y §III, en el que modifica segmentos discursivos convirtiéndolos en foco.
Incluimos en este apartado los usos en los que οὐδέ funciona ya sea como coordinante de unidades discursivas de la misma polaridad ( §1), o de polaridades diferentes ( §2), ya sea como colaborador de las marcas o procedimientos que establecen una relación coordinante ( §3) o subordinante ( §4) entre dos proposiciones.
En la mayor parte de las ocasiones en que οὐδέ desempeña funciones conectivas, coordina unidades discursivas que comparten identidad funcional, son del mismo nivel jerárquico y tienen polaridad negativa, conformando un sistema relacional copulativo que puede ser binario o múltiple.
Los segmentos discursivos coordinados por οὐδέ pueden ser segmentos de la oración (1) y (2), u oraciones (3) y ( 4).
(1) τότε οὖν ἕωθεν μὲν πρῶτος ἧκε Μιθριδάτης, δορυφορούμενος ὑπὸ φίλων καὶ συγγενῶν, οὐ πάνυ τι λαμπρὸς οὐδὲ φαιδρός, ἀλλ',..., ἐλεεινός• En efecto, ya desde la aurora había llegado el primero Mitrídates, escoltado por amigos y parientes, no demasiado brillante ni magnífico, sino tratando de inspirar piedad.
(2) ἐλέησον, ὅστις ποτ' εἶ, τὴν οὐκ ἐλεηθεῖσαν ὑπὸ ἀνδρὸς οὐδὲ γονέων• ¡Compadécete, quienquiera que seas, de quien no tuvieron compasión ni su marido ni sus padres!
Una variante de este tipo de coordinación son aquellos casos en los que οὐδέ aparece precediendo a las dos oraciones que relaciona, cf. (4).
Puesto que la corresponsión de polaridad afirmativa se construye con καί, οὐδέ sería la forma negativa correspondiente.
(4) Καλλιρόην δὲ ἡ μὲν βασιλὶς οὐκ ἤθελεν ἐπάγεσθαι• διὰ τοῦτο οὐδὲ ἐμνημόνευσεν αὐτῆς πρὸς βασιλέα οὐδὲ ἐπύθετο τί κελεύει γενέσθαι περὶ τῆς ξένης• A Calírroe, por su parte, no quería llevarla la reina.
Por eso ni se la recordó al Rey, ni le preguntó qué quería que se hiciera con la extranjera.
(Charito VI 9.4) En (4) διὰ τοῦτο introduce las dos consecuencias de que la reina no quisiera llevar a Calírroe, expresadas en sendas oraciones de polaridad negativa señalizadas ambas en su comienzo por οὐδέ, que muestra una función demarcativa.
Este uso plantea el problema de su distinción de οὔτε... οὔτε, también usado en la corresponsión negativa.
El griego antiguo es, por tanto, una lengua caracterizada por la coexistencia de dos sistemas de corresponsión negativa, frente al español, el francés o el latín, que poseen uno solo 9.
7 en los textos áticos de Lisias y Demóstenes ambos sistemas se diferencian en que οὔτε... οὔτε puede relacionar o bien componentes de la oración o bien oraciones completas, mientras que οὐδέ... οὐδέ solo se encuentra, como en (4), entre oraciones: el primero tiende, por tanto, a coordinar elementos de rango sintáctico inferior, frente al segundo que tiende hacia los superiores.
Además, en el sistema οὐδέ... οὐδέ no se da una relación recíproca entre las dos negaciones, sino que se utilizan independientemente 10, al contrario de lo que sucede con οὔτε... οὔτε, sistema este que se caracteriza por su simetría, un rasgo por el que se le considera el sistema corresponsivo habitual del ático 11.
661 En cambio, οὐδέ no explora el conjunto de los argumentos negativos posibles para saturar un dominio, sino que, como se puede apreciar en (3) y (4), marca la adición de un nuevo argumento, que puede pertenecer a un dominio diferente, acumulando elementos distintos y dejando abierta la posibilidad de añadir otros, de manera que construye un espacio negado abierto.
En los dos sistemas los segmentos informativos son coorientados, ya que apuntan en la misma dirección argumentativa; sin embargo, en el caso de οὔτε... οὔτε, como se puede apreciar en (5), todos los argumentos tienen una fuerza equivalente y el orden en el que se disponen en la cadena discursiva es indiferente.
En cambio, en el caso de οὐδέ, según Denizot, existen dos modelos, uno no jerárquico (no p, ni q) en el que los argumentos se añaden sin colmar el conjunto del dominio negado (es el caso de la «metralleta refutativa» de Lambert), y un modelo jerárquico («pas p, ni même q», no p, ni siquiera q): si en el primero la fuerza argumentativa de los segmentos añadidos no es siempre clara, aunque se aprecia una tendencia a situar al final los de menor relevancia argumentativa, en el segundo la situación en orden decreciente es clara, ya que el hablante pone al final el argumento menos esperado y, por tanto, el menos fuerte.
Esta fuerza decreciente en los argumentos no debe ser entendida en términos lógicos o semánticos, es decir, en relación con la extensión creciente o decreciente del referente; sino únicamente en términos argumentativos: el hablante añade mediante οὐδέ argumentos que son progresivamente más débiles, aunque el orden semántico de los segmentos informativos añadidos sea creciente o decreciente.
Por tanto, mientras que la aportación de οὔτε, cf. ( 5), al discurso es la coordinación de segmentos negativos que cierran un dominio negativo, de manera que el orden en que están dispuestos es indiferente, οὐδέ aporta un cúmulo en la negación, un efecto retórico que se aprovecha para situar al final los argumentos más débiles: en (3) y (4) el argumento primero (respectivamente: nadie va a sacar a Cariclea de la cueva en la que se encuentra encerrada y la reina no mencionó a Cariclea al rey) es el más fuerte, y los añadidos (en (4): ni yo volveré a ver el sol ni saldré a la luz; en (5): ni le preguntó qué quería que se hiciera con la extranjera) pertenecen a dominios diferentes y son más débiles argumentativamente porque están implicados en el primero.
El conjunto de los usos como conjunción coordinante copulativa de οὐδέ podrían resumirse en el siguiente esquema: οὐ(δέ) S1 οὐδέ S2 (οὐδέ Sn), donde S = oración o argumento del predicado.
Su traducción en todos los casos es «ni». οὐδέ añade segmentos discursivos del mismo nivel jerárquico que el precedente, con el que comparten polaridad e identidad funcional.
Desde un punto de vista informativo, estos segmentos están coorientados y conforman unidades de sentido de nivel local en el marco discursivo.
El hablante elige una estrategia refutativa basada en la acumulación de argumentos que no tienen que pertenecer al mismo dominio.
Esta estrategia facilita que los más débiles desde el punto de vista argumentativo estén situados en las últimas posiciones.
Aunque lo más frecuente es que el segmento discursivo al que se suma el introducido por οὐδέ sea de polaridad negativa, en algunos casos es de polaridad positiva.
Los estudiosos suelen limitar este uso al jonio (Heródoto) y a la poesía 13.
En estos contextos οὐδέ no funciona solo como coordi-nante copulativo, sino que también puede ser adversativo.
Aunque Denniston apunta que en ático se prefiere οὐ μήν, οὐ μέντοι, δ'... οὐ como balancing adversatives, ἀλλ'οὐ como eliminating adversative y καὶ οὐ as pure connective, su estudio de ese uso de οὐδέ se centra en los usos adversativos y todos los ejemplos que cita en los dos apartados que establece, (i) balancing adversative y (ii) οὐδέ for ἀλλ'οὐ, holding apart incompatibles, pertenecen a Homero, los líricos, los autores teatrales y Heródoto14.
En la novela, que es aticista pero que tiene también una importante influencia de Homero, hemos encontrado cinco usos en los que οὐδέ coordina segmentos informativos, siempre oraciones o enunciados, de los cuales el primero es de polaridad positiva; tres de ellos, cf. ( 6), ( 8) y ( 10), se encuentran precisamente en la novela de Heliodoro, la que recibió mayor influencia homérica.
¡Padre, esto es el comienzo de una injusticia, más aún, de una traición, si piensas irte y dejarme sola al cuidado de Teágenes!
¿No te das cuenta de que no es fiable el enamorado para la custodia...?
Y es que una vaca nada incluso mejor que un hombre: solo le ganan los pájaros acuáticos y los propios peces.
Y no perecería mientras nada a no ser que perdiera las pezuñas, caladas de humedad.
¿Por qué te atormentas tanto y llegas a esos extremos?
¿Por qué no conservas el juicio y dejas de estar a merced de las circunstancias?
No soy capaz de reconocerte ahora; siempre te he visto soportar con temple y nobleza las calamidades.
VI 9.3) (9) ἐπὶ ταύτας αὐτοὶ καὶ βαδίζουσι καὶ πλέουσιν, οὐδὲ ναῦς ἑτέρα δύναται πλέειν, ἀλλ' ὅσον ἄνθρωπον ἐπιβῆναι• Sobre estas lagunas, ellos lo mismo andan que navegan, pero no se puede navegar con ningún otro tipo de barcas salvo las que llevan un único tripulante.
¿Ayudar a una mujer impía?
¿Oponeros al tiempo a las leyes de los persas, al Gran Rey, a los sátrapas, a los dignatarios, a los jueces?
¿Compadeceos quizá porque no la haya quemado el fuego y atribuir erróneamente esa acción a los dioses?
¿(Pero) es que no vais a pensar con cordura dándoos cuenta de que eso precisamente es la prueba más palpable de que es una envenenadora y de que sus brujerías son tan grandes que incluso puede resistir la violencia del fuego?
VIII 9.18) En los tres primeros οὐδέ es pure connective en terminología de Denniston, dado que establece una coordinación copulativa similar a la que establecería καὶ οὐ.
En cambio, los dos últimos son adversativos 15.
Independientemente del tipo de coordinación que establecen, estos usos tienen una característica común: la proposición añadida por οὐδέ forma parte, junto con las precedentes, de un mismo movimiento argumentativo: en (6) Cariclea añade una razón más que apoya su tesis de que Calasiris no debe dejarla a solas con Teágenes; en (7) el narrador añade un argumento más para probar que las vacas nadan bien; en (8) Calasiris añade una recriminación más a Cariclea, en el marco de sus palabras de reproche por haberse dejado sumir en la desesperación; en (9) forma parte de la descripción del modo de vida de los pi-ratas, añadiendo una información en forma de corrección de una inferencia (la navegación es posible con cualquier tipo de barco) que el oyente podría extraer de la información anterior, y en (10) Ársace añade una razón más para tratar de impedir que el pueblo apoye a Cariclea.
La pertenencia a un mismo movimiento argumentativo, que οὐδέ muestra en los usos descritos en §1, se da también para los descritos en §2; y no es, en cambio, necesaria con otra formulación que permitiría también la conexión aditiva y adversativa, δὲ οὐχ, frecuente en transiciones temáticas, en las que las proposiciones implicadas no están orientadas en la misma dirección argumentativa: cf. ( 11), donde en la primera proposición con τοιαῦτα μέν se remite a la información anterior (la narración de los lamentos de Dionisio), que es la que se abandona para dar paso a un nuevo tópico, Χαιρέας δέ 16:
Pero no hay posibilidad de librarle del sacrificio.
Sería con toda seguridad una impureza (lit. «no sería puro») suprimir el sacrificio ritual tras una victoria, y tampoco el pueblo lo toleraría.
X 20.1) (13) «Ἐγὼ δὲ»... «τὸ γέρας τὸ προεμβατήριον τίνος ἕνεκεν οὐχὶ κομίζομαι;» «Ὅτι» ἔφη ὁ Τραχῖνος «οὐκ ᾔτησας• ἀλλ' οὐδὲ νέμησις οὐδέπω προὐτέθη τῶν εἰλημμένων.» -¿Y a mí, por qué no se me ha dado ya la recompensa, por haber sido el primero en abordar el barco? -Porque -contestó Tarquino-no la has pedido.
Tampoco, por otro lado, se ha hecho todavía la distribución del botín.
V 31.3) En ambos casos la relación de coordinación está establecida por la conjunción (καὶ, ἀλλ'), pero, además, οὐδέ remite al receptor a la anterior proposición negativa indicando que ambas forman el mismo movimiento argumentativo constituido, en (12), por las dos razones que apoyan la aserción «no hay posibilidad de librarle del sacrificio»: (a) que no sería puro y (b) que el pueblo no lo toleraría18; y en (13) por las dos causas de no haber dado la recompensa: (a) que no se ha pedido y (b) que no se ha distribuido todavía el botín.
Por otro lado, οὐδέ señala el argumento que introduce como el último de dicho movimiento.
En estos casos οὐδέ no funciona como adverbio prototípico19, ya que su significado no es nocional sino relacional: su función es precisar que el segmento informativo que introduce cierra un conjunto significativo formado por segmentos coordinados entre sí, que comparten naturaleza sintáctica, identidad funcional y polaridad negativa.
Los adverbios que pueden realizar funciones relacionales se reúnen en la actualidad bajo la etiqueta de «adverbios conjuntivos», una subclase de los marcadores conjuntivos20, bien conocidos en las lenguas modernas21 y que se han comenzado a estudiar recientemente en el griego antiguo 22.
Es bien conocido el δέ apodótico, que delimita el comienzo de una oración supraordinada o apódosis, tras una o varias subordinadas23.
Este uso de οὐδέ se remonta a los textos homéricos24 y en la novela se encuentra en Heliodoro, el autor que recibió mayor influencia de las obras épicas25, cf. ( 14) y ( 15): ( 14) Ἐπεὶ δὲ εὐήθης τις καὶ θρασὺς καὶ ἀπηνὴς ὢν ὁ νεανίας ἀπεῖπε τὰ πρὸς ἡμᾶς, οὐδὲ ἐκείνην οἶδα βιωσομένην.
Mas, ahora que ese insensato joven, tan temerario como obstinado, ha rehusado nuestras proposiciones, yo sé que ella no va a vivir.
VII 23.3) (15) οὐ γὰρ ὡς ἐπιδήμους ξένους ἀλλὰ φίλους λοιπὸν εὔνους τε ἐμοὶ καὶ γνησίους νενομικὼς βάρος οὐδ' ὁτιοῦν ἅπαν τὸ εἰς ὑμᾶς ἐσόμενον ἡγήσομαι• Pues yo, dado que no os considero huéspedes ocasionales sino amigos que seréis siempre sinceros y auténticos conmigo, tampoco consideraré una carga cualquier favor para vosotros.
VI 6.2) En ( 14) y ( 15) dos proposiciones forman una unidad de sentido mediante una relación causa-efecto que se establece por medio de una conjunción en ( 14), y un participio en (15). οὐδέ realiza la función sintáctico-pragmática de delimitar estas proposiciones de diferente jerarquía sintáctica.
Dado que en castellano no existe marca apodótica similar, en (14), donde la subordinada es de polaridad positiva, οὐδέ solo queda reflejado en la traducción por la polaridad negativa de la supraordinada; en cambio, en (15), donde la subordinada y la apódosis son negativas, οὐδέ, que está excepcionalmente postpuesto (como el simple δέ), establece un puente entre la polaridad negativa de ambas, reforzando la relación semántica que las une 26.
En este uso apodótico, οὐδέ, como en los usos de §3, no desempeña función sintáctica alguna en el marco de la predicación: de nuevo su signi ficado no es nocional, sino relacional, ya que recalca la relación semántica, sintáctica y pragmática que se da entre dos segmentos informativos de jerarquía diferente.
Es también, por tanto, un uso adverbial conjuntivo.
En los ejemplos de la novela οὐδέ aparece vinculado a la expresión semántica de la causaconsecuencia entre subordinada y principal27.
iii. usos de οὐδέ Como modifiCador
El uso mayoritario en la novela es el que aparece en léxicos y gramáticas como «adverbial» 28, si bien no funciona como adverbio prototípico, sino como modificador de un segmento informativo, su alcance, al que señala como foco.
El foco es una función informativa según la cual un segmento discursivo resulta destacado debido a que convoca en la mente del receptor las llamadas «alternativas», que son otros segmentos informativos susceptibles de ocupar en la cadena discursiva el mismo lugar que ocupa el segmento focalizado29.
El foco puede ser marcado por rasgos prosódicos, sintácticos o léxicos 30; entre estos últimos se encuentran algunos adverbios.
A diferencia de otros procedimientos de focalización, los adverbios comportan un significado propio por medio del cual establecen una relación específica entre el foco y sus alternativas.
Las relaciones básicas son dos: de exclusión o restricción, y de inclusión, expansión o adición: en la primera se afirma la realización del foco y se descarta la realización de alguna o de todas las alternativas; en la segunda se afirma la realización del foco y de las alternativas 31.
Algunos adverbios de foco, los escalares, presentan, además, una propiedad según la cual sitúan el foco en un extremo de la escala jerárquica en la que organizan los componentes del conjunto pragmático formado por el foco y sus alternativas 32. οὐδέ en la función de adverbio o partícula de foco comporta un doble uso: no escalar ( §1) y escalar ( §2).
Adverbio de foco no escalar
Pero desde ese punto su curso (del Nilo) en torno a este lugar se divide y un solo río se transforma en tres: dos que se separan, uno por cada lado, y le dan al paraje la forma de Delta, y el otro, que fluye igual que antes de la división.
Mas tampoco cada uno de estos ríos sigue así su curso hasta el mar, sino que a su paso por diferentes ciudades vuelven a dividirse, siendo cada uno de sus brazos mayor que los ríos de Grecia.
Sobre el concepto de foco en relación con la lingüística experimental, cf. Loureda et al. 2014.
En ( 16) el alcance o segmento modificado por οὐδέ es «cada uno de estos ríos»: la presencia del adverbio convoca en la mente del receptor la alternativa «el Nilo», con la que también se cumple la proposición en la que el foco va inserto: «El Nilo no sigue así (= sin dividirse) su curso hasta el mar».
A su vez, esta información no es desconocida para el receptor, sino que, verbalizada de un modo diferente, está contenida en el segmento informativo inmediatamente precedente, en el que se da cuenta de la división del Nilo en tres brazos.
Ἕλληνες δέ εἰσι μικραίτιοι καὶ λάλοι. περιβόητον αὐτοὶ ποιήσουσι τὴν πρᾶξιν, Καλλιρόη μὲν ὑπ' ἀλαζονείας ὅτι αὐτῆς βασιλεὺς ἐρᾷ, Διονύσιος δὲ καὶ Χαιρέας ὑπὸ ζηλοτυπίας. οὐκ ἔστι δὲ ἄξιον οὐδὲ τὴν βασιλίδα λυπῆσαι». -Tú me ordenaste, señor, tener cuidado de que nadie se diera cuenta, y fue una orden bien correcta...
Los griegos son puntillosos y charlatanes, y hablarían del asunto a todos los vientos: Calírroe por jactancia, porque el Rey la ama, y Dionisio y Quéreas por celos.
Y no conviene tampoco entristecer a la reina.
(Charito VI 6.8) En ( 17) el eunuco del Gran Rey elogia la prudencia del soberano, que ha ordenado que nadie supiera de su amor por Calírroe por dos razones, iniciadas ambas por δέ: (a) porque los griegos difundirían la noticia a los cuatro vientos (Ἕλληνες δέ...), y (b) porque no sería conveniente entristecer a la reina con la noticia de que su marido estaba enamorado de otra (οὐκ ἔστι δὲ...). οὐδέ focaliza el sujeto de la segunda, «entristecer a la reina», y convoca una alternativa, «(no conviene) difundir la noticia entre los griegos», que resulta ser, como en (16), una información ya expresada en el contexto inmediatamente anterior.
En este caso, dado que οὐδέ está detrás del predicado, se añade otra negación, οὐκ, para indicar la polaridad negativa de la proposición y no solo del segmento focalizado.
En ( 18) οὐδέ sigue a la marca prosódica de coordinación (asíndeton), la pausa fuerte, y va situado, como en ( 16) y ( 17) delante de su alcance, Pan; las alternativas son Semele, Ariadna y los demás dioses, para los cuales se cumple también la predicación en la que se encuentra el foco: que no habían sido olvidados, una información igualmente conocida porque acaba de ser explicitada en la información anterior.
En ( 16)-( 18) la relación sintáctico-semántica entre la proposición que contiene οὐδέ y la precedente está establecida por diferentes procedimientos de coordinación (ἀλλ', δὲ, pausa fuerte). οὐδέ modifica a un segmento de la proposición en que se encuentra y funciona como adverbio de foco inclusivo, porque supone la realización del foco y de sus alternativas.
Que las alternativas también se realizan es una información ya conocida por el receptor, porque está expresada en el contexto inmediatamente anterior, si bien verbalizada de modo diferente y siempre con polaridad positiva.
En otro grupo de usos, οὐδέ funciona también como adverbio de foco inclusivo, pero la alternativa que convoca es una información que ha sido dada al receptor no en el contexto inmediatamente anterior, sino en otro más lejano de la cadena discursiva precedente, cf. ( 19) y ( 20).
(19) περὶ δὲ τὴν ἕω μόλις ἐλεήσας μέ τις ὕπνος ἀνέπαυσεν ὀλίγον. ἀλλ' οὐδὲ τότε μου τῆς ψυχῆς ἀπελθεῖν ἤθελεν ἡ κόρη• πάντα γὰρ ἦν μοι Λευκίππη τὰ ἐνύπνια• Pero hacia el alba con trabajo el sueño, compadeciéndose de mí, me dejó reposar un poco.
Pero tampoco entonces quiso la joven alejarse de mi alma, pues Leucipa llenó todos mis sueños.
I 6.5) La presencia de οὐδέ, cuyo alcance es τότε (con el que se referencia el momento actual en el marco narrativo), implica que hubo otra ocasión en la que la joven no se alejaba del alma de Clitofonte, el narrador de este pasaje.
Esa ocasión aparece en el mismo libro, pero en un pasaje anterior, I.5, en el que se relata la llegada de la joven, el enamoramiento instantáneo de Clitofonte y la imposibilidad de conciliar el sueño por la permanente visión de esta en su alma.
Sigue a este pasaje una digresión sobre cómo las dolencias amorosas se agudizan con la noche y, tras ella, se encuentra (19), donde, por medio de la alternativa convocada por οὐδέ, el emisor actualiza en la cadena discursiva la información previa a la digresión.
(20) «ἐπεὶ δὲ οὕτως ἐβουλήθης, μίαν αἰτοῦμαι παρὰ σοῦ χάριν• μηδενί με ποιήσῃς μετ' ἐκεῖνον ἀρέσαι». πρὸς τοῦτο ἀνένευσεν ἡ Ἀφροδίτη• μήτηρ γάρ que, si él lo advirtió, también lo hicieron todos los demás.
Además de funcionar como adverbio de foco inclusivo, ya que supone la realización tanto del foco como de las alternativas, οὐδέ organiza el foco y alternativas en una escala en la que se gradúan las posibilidades de realización de la predicación y sitúa su alcance en el puesto más bajo de la misma, de manera que, si la predicación se cumple con dicho ítem, el más bajo de todos, se cumple también con todos los demás, que ocupan puestos más altos33.
La información convocada en las alternativas no tiene que aparecer necesariamente en el discurso previo, sino que, como en este caso, puede estar implícita en el contexto comunicativo.
El alcance de οὐδέ suele ser un término de la proposición34, ya sea un argumento del predicado, como en (21), ya sea una oración subordinada como en ( 22), o, en menor medida, la propia predicación, como en ( 23 La idea de climax que comporta este οὐδέ escalar favorece su uso en contextos como (24), en los que, a una proposición en la que se niegan la totalidad de posibilidades de realización de la predicación 36, se añade el seg-mento informativo que introduce οὐδέ, mediante el cual se confirma enfáticamente que la predicación no se realiza ni siquiera con la variable que menos dificultaría esa realización 37.
Y se quedaron a dormir allí, pues Dafnis juró que no dejaría a Cloe en manos de nadie, ni siquiera de su propio padre.
(Longus IV 36.3) Una variante de este uso son aquellos casos en los que οὐδέ tiene como alcance una prótasis condicional que contiene la condición más extrema que podría impedir la realización de la apódosis, cf. ( 25).
Estoy seguro, mi amadísima, que nunca, ni muerta, te has olvidado de mí.
V 8.4) El hecho de que οὐδέ acompañe al ítem más bajo de la escala que mide la realización de la predicación facilita que su alcance sean expresiones que denotan el grado más bajo de algo, como el tiempo mínimo, cf. Hld.
IV 8.1 οὐδὲ ὅσον ἐλάχιστον ὑπερθέμενος «no retrasándome ni lo más mínimo...» 38; o como οὐδὲ (...) ἀρχὴν 39 «ni siquiera en lo básico», cf. X. Eph.
VIII 16.4, locución que pasa a interpretarse como negación enfática: «en absoluto», «en nada».
La presencia de οὐδέ en estas expresiones sin duda favoreció su empleo en otros contextos como mera negación enfática 40, ya sea acompañando al cuantificador universal, como en Charito IV.5.10 τοῦτο γὰρ οὐδὲ ὅλως ἤθελε, «pues no quería (creerlo) en absoluto» 37 Ocasionalmente esa confirmación no aparece en una oración elidida, cf. Charito III 1.4 κωκύσασα δὲ ἡ Πλαγγὼν συνδρομὴν ἐποίησε, καὶ ἐφ' ὅλης τῆς οἰκίας ὡς τεθνεὼς ὁ δεσπότης ἐπενθεῖτο. οὐδὲ Καλλιρόη τοῦτο ἤκουσεν ἀδακρυτί.
Plangón, llorando a gritos, hizo que se reuniera gran número de gente, y por toda la casa se lloró al amo como muerto; y ni siquiera Calírroe oyó la noticia sin lágrimas.
Nótese que en las dos proposiciones se referencia el mismo evento (llorar Cuando funciona como adverbio de foco escalar, οὐδέ se encuentra delante de su foco, aunque ocasionalmente puede estar incluido en el sintagma focalizado, como en ( 27):
Deja de burlarte de mí, llamando diosa a la que ni siquiera es persona afortunada 42.
(Charito II 3.8) iv. reCapituLaCión οὐδέ es un término multifuncional y polisémico 43.
En los usos recogidos en §II desempeña una función conectiva entre segmentos discursivos expresados contiguamente en el plano sintagmático del discurso indicando que conforman una unidad de sentido de nivel local: a diferencia de δέ, οὐδέ nunca funciona en el plano estructural del discurso.
Cuando los segmentos relacionados comparten identidad funcional, nivel jerárquico y polaridad negativa ( §II.1) οὐδέ funciona como conjunción copulativa («ni») y señala 41 Es también bien conocido que οὐδέ como adverbio de foco escalar junto al numeral que indica la unidad o junto a los indefinidos dio origen a nuevos significados: οὐδὲ+εἷς,'ni siquiera uno' ='ninguno', cf., X. Eph.
I 2.8; οὐδὲ ὅστις 'ni alguno' ='nadie', X. Eph.
En algunas ocasiones, estas combinaciones se usan también como negaciones enfáticas, cf. Hld.
VII 9.4 οὐδ' ὁτιοῦν,'nada (en absoluto)'.
42 Entendemos que τὴν οὐδὲ ἄνθρωπον εὐτυχῆ es el objeto directo de ὀνομάζων y que θεὸν es predicativo.
Otro análisis posible, en el que el complemento directo fuera τὴν pronominal no está avalado por ningún uso similar en la novela, cf. Betta et al. 1993, ad locum.
43 Como decíamos en la Introducción, este trabajo se ha realizado aplicando nuevas perspectivas en el análisis lingüístico.
Sus resultados deberán ser contrastados con estudios similares en otros corpora.
que ambos apuntan en la misma dirección argumentativa44, produciendo un efecto acumulativo muy eficaz en la refutación.
Cuando los segmentos relacionados no son de la misma polaridad ( §II.2), οὐδέ funciona también como conjunción de coordinación entre proposiciones que forman parte de un mismo movimiento argumentativo, si bien la naturaleza semántica de la coordinación depende del contexto y se traslada a las lenguas modernas de modos diversos, como conjunciones copulativas («y no»), adversativas («pero no») o una pausa fuerte («no»).
Cuando la relación semánticosintáctica está establecida por otros medios ( §II.3 y §II.4), οὐδέ funciona como adverbio conjuntivo: si las proposiciones están relacionadas por una conjunción de coordinación ( §II.3), οὐδέ precisa que el segmento informativo que introduce cierra un conjunto significativo, formado por segmentos coordinados entre sí, que comparten naturaleza sintáctica, identidad funcional y polaridad negativa («tampoco»); si las proposiciones relacionadas son de distinto nivel jerárquico ( §II.4), οὐδέ refuerza la relación semántica, sintáctica y pragmática que se da entre ellas («no», «tampoco»).
En todos los usos de §II, οὐδέ va situado delante del segmento discursivo que relaciona o correlaciona.
En §III se recogen los usos en los que οὐδέ modifica a un segmento proposicional al que convierte en foco. οὐδέ funciona como focalizador aditivo o inclusivo, ya que indica el cumplimiento del foco y de las alternativas que convoca ( §III.1, «tampoco») y, en algunos casos, es, además, escalar ( §III.2, «ni siquiera»), ya que conlleva una instrucción valorativa del segmento focalizado con respecto a sus alternativas.
En todos los casos en que funciona como adverbio de foco οὐδέ es un eficaz instrumento de refuerzo de la coherencia discursiva, ya que relaciona la nueva información contenida en el foco con otra dada anteriormente o presente en el contexto comunicativo.
En la gran mayoría de los de los usos descritos en §III.3, οὐδέ va situado delante de su foco.
Teniendo en cuenta las dos funciones que οὐδέ realiza, podría ser incluido entre los marcadores o partículas discursivas, entendidos como una clase funcional que agrupa a elementos heterogéneos que desempeñan funciones |
Desde Varrón a Prisciano, los gramáticos latinos se interesaron por la acumulación de los sufijos diminutivos (-ulus, -culus, etc.), relacionándola con frecuencia con los grados de comparación y, por ende, con un aumento de la función diminutiva.
En las gramáticas latinas antiguas, el tratamiento de los diminutivos era heterogéneo: desde una perspectiva semántica se destacaba su cercanía a los grados de comparación -en tanto representan la disminución de la esencia de un nombre-y desde una formal se clasificaban como derivados -en tanto se derivan de nombres primitivos-.
Aunque la mayoría de los gramáticos relaciona el diminutivo con el comparativo y el derivativo, existen
Although most grammarians relate the diminutive to the comparative and the derivative, there are significant differences in * Un avance parcial de este artículo fue presentado por J. Burghini en las VIII Jornadas de Cultura Grecolatina del Sur & III Jornadas Internacionales de Estudios Clásicos y Medievales «Palimpsestos», Bahía Blanca, Argentina.
Sus autores han contado con financiación del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Proyecto de Investigación FFI2014-52808-C2-2-P) y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet, Argentina).
Agradecemos las indicaciones, especialmente bibliográficas, de los revisores anónimos.
Los sufijos -*ko-y -*lo-fueron muy productivos en la lengua latina 1, en especial en la formación de diminutivos, dado que, mediante secuencias sufijales (por ejemplo, -culus > -ko-+ -lo-) 2, variantes contextuales 3, combinaciones y reduplicaciones, dieron lugar a múltiples composiciones (-ulus, -ellus, -illus, -culus, -cellus, -ellulus, -cellulus, etc., cf. Leumann 1977, §282, 1 El sufijo -*lo-se utilizó para formar algunos sustantivos y adjetivos derivados de verbos (tumulus < tumeo; pendulus < pendeo) y para los diminutivos de adjetivos y sustantivos (regulus < rex); mientras que -*ko-(acompañado en general de i/ī, aparece como -icus/-īcus) forma adjetivos, como ciuicus (< ciuis), cf. Baldi 2002, pp. 304-307.
Dada la ingente bibliografía sobre el diminutivo y los grados de comparación, y habida cuenta de los limitados objetivos de este artículo, las referencias bibliográficas son necesariamente selectivas en lo que se refiere a estudios de tipo general.
Los citados a los largo del artículo pueden completarse con las clásicas obras de Hanssen 1951y Hakamies 1951, y actualizarse con el reciente trabajo de López Gregoris 2016, con abundante bibliografía).
2 La recursividad sufijal en la formación de diminutivos es muy frecuente en las lenguas; véase al respecto, por ejemplo, Dressler et al. 2015, pp. 266-267, referido al lenguaje infantil.
3 Por ejemplo, -ellus es resultado fonético regular del sufijo -*lo-añadido a temas en n-o -r.
Así: *puer-lo-s > puellus.
De ahí puella, en origen, un diminutivo, cf. Prisc., Gramm.
A partir de estos casos se hace un reanálisis por el cual surge un sufijo -ellus/-ella, por ejemplo, en agellus < *agro-los, cf. Baldi 2002, p.
Cómo citar este artículo / Citation: Burghini, Julia y Uría, Javier 2018: «Los grados del diminutivo: una doctrina confusa en la gramática latina antigua», Emerita 86 (2), pp. 327-348. diferencias notables en el caso de los «grados del diminutivo».
El presente artículo constituye la primera historia completa de la doctrina de los grados del diminutivo en la gramática latina.
Palabras clave: gramáticos latinos; diminutivo; comparativo; derivación. the treatment of «diminutive degrees».
Key-words: Latin grammarians; diminutive; comparative; derivation. para el origen y la historia de los diferentes sufijos y su combinación con diferentes clases de palabras y tipos flexivos).
Gracias a ellas se puede obtener un aumento de la función diminutiva (Haverling 2011, p.
227), algo que no escapó a la atención de los gramáticos latinos, que, desde Varrón a Prisciano, comentaron esta riqueza, con frecuencia poniéndola en relación con los grados de comparación4.
En esos comentarios se centrará el presente artículo, que deja a un lado, por tanto, la espinosa cuestión del origen de los sufijos diminutivos y su relación con otras formaciones5.
Las alusiones que Varrón en su De lingua Latina hace a los grados de comparación y a los diminutivos son tratadas sistemáticamente por Manfredini 2007, quien, sin embargo, prescinde de seguir la recepción de esa doctrina en los gramáticos tardíos.
Por su parte, el ya citado Haverling 2011 sí recoge los testimonios tardíos, pero no profundiza en su análisis, que cae fuera del objetivo de su contribución.
Por ello, el presente artículo constituye la primera historia completa de la doctrina de los grados del diminutivo en la gramática latina antigua, incluyendo la inexcusable referencia a los precedentes griegos.
En las artes grammaticae el tratamiento de los diminutivos tiene, en general, un status mixto: con algunas variantes doctrinales que inmediatamente veremos, desde un punto de vista semántico se destaca su cercanía a los grados de comparación (son contrapunto de estos en tanto representan la disminución de la esencia de un nombre), y desde un punto de vista formal se clasifican como nombres derivados, dado que se derivan de nombres primitivos (Fournier 2013, p.
Esa doble relación se observa, de hecho, en la posición que, en la mayor parte de las artes grammaticae6, ocupan los diminutivos dentro de las species nominum; y es que o bien se sitúan, como en Carisio y Dosíteo, en el tercer puesto entre los nombres derivados 7, o bien siguen, como en Prisciano y Dionisio Tracio, a comparativo y superlativo 8.
Cuando ocupan una posición diferente, siempre parece deberse a reelaboraciones hechas con diversas finalidades: así, parece claro que el que comparativo y superlativo se releguen en muchos casos al final de la lista se debe al amplio excurso que al respecto suelen hacer los gramáticos, un excurso que, situado en el medio, daría lugar a una ruptura demasiado severa de la enumeración.
No obstante, aunque el parangón con el derivativo y el comparativo es hecho de forma más o menos explícita por la mayor parte de los gramáticos, existen diferencias de detalle, seguramente debidas a la diferente comprensión que unos y otros hicieron de sus fuentes.
En el caso de los grados del diminutivo, las diferencias llegan a ser notables, como veremos.
Desde un punto de vista moderno no sorprende en absoluto la relación de nombres derivados y diminutivos, ya que estos se caracterizan precisamente por un sufijo asociado a un sentido de minoración, disminución o, secundariamente, afecto o desprecio 9.
Suponen, pues, un tipo específico de derivado nominal, y como tal aparecen en las clasificaciones que leemos en Dionisio Tracio (D. ), o Prisciano (Gramm.
Sin embargo, existe una tradición diferente en la que el diminutivo adquiere una relevancia especial hasta el punto de situarse al mismo nivel que el derivativo, en lugar de como un subtipo de este.
Esta tradición está claramente representada en un capítulo de los instituta artium de Probo 16), en el que se señalan tres ordines nominum: positio ('mons'), deriuatio ('montius, montanus'), deminutio ('monticulus').
Esos tres ordines -se nos dice-son posibilidades de los nombres, que, sin embargo, al igual que los grados de comparación (sic uti et in gradibus conlationis), no tienen por qué hallar expresión en todos los nombres: así, por ejemplo, pater tiene derivados (patrius y paternus), pero no diminutivo, mientras que de canis no se conoce derivado, pero sí diminutivo (catulus).
Que esta tradición paralela (¿genuinamente latina?) debió tener un cierto arraigo e influencia lo muestra el hecho de que en la exposición del propio Donato (Don., Gramm.
615.1-4 H.) sobre las species appellatiuorum, tras el par corporalia-incorporalia encontramos el trío primae positionis ('mons schola') -deriuatiua ('montanus scholasticus') -deminutiua ('monticulus scholasticulus').
A la vista de ello, cabe plantearse si no hay en realidad la misma serie en el siguiente pasaje de Carisio:
por ejemplo, habla de valor peyorativo y usos afectivos; de forma más sistemática, la distinción y relación de los valores denotativos y connotativos se explica en López Gregoris 2016.
10 A diferencia de Barwick, Keil había preservado la lectura del Neapolitanus (montanus montaniculus), ciertamente más congruente con scholasticus scholasticulus, y que, a diferencia de mons monticulus, no entra en conflicto con el anterior absolutis nominibus ni con el resto de adjetivos que completan la lista de ejemplos.
A diferencia de la de Donato, la serie carisiana introduce antes del diminutivo las clases de derivativos típicos del nombre propio: los patro nímicos (Pelides, Aeacides) y los posesivos (Peleius, Aeacius), que habrían sustituido a los derivados de apelativos (montanus, scholasticus) que esperaríamos para una serie iniciada con los primitivos mons y schola 11; esa secuencia sí aparece, en cambio, en Diomedes y Dosíteo (este último da en este punto el mismo texto que el Anonymus Bobiensis):
por el adjetivo, que algo o alguien la posee en un grado mayor; por ello, con mayor frecuencia forman parte de estructuras comparativas en las que interviene, además del marcador de grado o sufijo comparativo propiamente dicho («degree/parameter marker»), el llamado primer término de la comparación («first term of the comparison», «comparee or topic of comparison»), el adjetivo al que se añade el sufijo («parameter or predicate»), una partícula comparativa («standard marker or pivot») y un segunto término de la comparación («second term of the comparison», «standard of comparison») 13.
Como en español, también en latín la comparación de grado se limita a adjetivos y adverbios, de tal manera que incluso cuando se fuerza su aplicación a sustantivos, estos son, de hecho, convertidos en adjetivos 14.
No en vano los gramáticos latinos, que consideraban la comparación un «accidente» del nombre, la utilizaban para dirimir el estatuto de palabras ambiguas como nombres/participios del tipo sapiens, prudens 15.
Por el contrario, el diminutivo, aunque comparte con el comparativo la formación sufijal, se forma preferentemente sobre sustantivos (secun da riamente también sobre adjetivos) y no participa de ninguna construcción sintác tica peculiar.
Por ello, la sufijación diminutiva se considera más un pro cedimiento derivativo que flexivo, a diferencia de la sufijación comparativa 16.
Esa distinción, sin embargo, no es patente en la gramática antigua.
En efecto, ni siquiera en Varrón, que discute en detalle la diferencia entre flexión (declinatio naturalis) y derivación (declinatio uoluntaria), está claro a cuál de los dos procesos se asignan los comparativos y diminutivos, cuando se mencionan juntos en el libro VIII: clinationum genera sunt quattuor, unum nominandi ut ab equo equile, alterum casuale ut ab equo equum, tertium augendi ut ab albo albius, quartum minuendi ut cista cistula.
VIII 52 aparecen coordinados para ejemplificar los tipos de declinatio de los nombres comunes-en un esquema anterior (Ling.
VIII 14) constituían subdivisiones de las relaciones lógico-semánticas que se establecen entre nombres derivados y sus primitivos (concretamente, de las que expresan un cambio del mismo objeto, que se diferencian de aquellas derivaciones que suponen cambio de objeto).
En cambio, no se deduce necesariamente de Ling.
VIII 52 que la derivación ab equo equile era, para Varrón, uoluntaria mientras que las otras tres eran ejemplos de declinatio naturalis, es decir, de flexión 19: esa distinción no parece estar en la mente de Varrón cuando escribe el párrafo 52 20.
Es difícil asegurar cuál sería la postura de Varrón respecto a diminutivos y comparativos en relación con los derivativos, dado que estos últimos suscitaron una gran controversia desde el final de la República, testimoniada tanto en el De lingua Latina como en el De analogia de Julio César 21, y, más tarde, en Plinio.
Testimonios posteriores hacen pensar que no existió un acuerdo al respecto: así, mientras Pompeyo parece admitir una cierta regula-ridad en los diminutivos22, en Carisio se asimila la irregularidad de derivativos y diminutivos23, en un pasaje en el que no está en cuestión, como en Varrón (Ling.
VIII 7924; cf. IX 74), la irregularidad entendida en términos de «defectividad», es decir, la que, al igual que los comparativos, tienen los diminutivos al formar, ya cero (cadus), ya uno (lectus lectulus), ya dos «grados» de disminución (cista cistula cistella); antes bien, lo que el pasaje de Carisio pone de relieve es la variedad sufijal de los diminutivos, que hace imposible predecir de manera analógica (por la ratio) qué forma adoptará el diminutivo de una palabra.
A diferencia de la anterior, esta otra vertiente de la irregularidad de los diminutivos no es, en latín, trasladable a los comparativos (que se forman casi sin excepción con el sufijo -ior, -ius), y solo de forma limitada a los superlativos (para los que el sufijo -issimus es de uso mayoritario en compa ración con la reducida extensión de -mus y -errimus).
Hay que hacer notar al respecto que en griego la situación que describen los gramáticos es más uniforme, pues tanto para comparativos y superlativos como para diminutivos se señala la variedad de formaciones.
Τῶν δὲ συγκριτικῶν τύποι εἰσὶ τρεῖς, ὁ εἰς τερος, οἷον ὀξύτερος βραδύτερος, καὶ ὁ εἰς ων † καθαρός, οἷον βελτίων καλλίων, καὶ ὁ εἰς ων, οἷον κρείσσων ἥσσων Comparativo es el que presenta la comparación de uno respecto a otro del mismo género, como «Aquiles es más valiente que Áyax», o de uno respecto a muchos de distinto género, como «Aquiles es más valiente que los troyanos».
Los tipos de comparativos son tres: en -τερος, como ὀξύτερος ('más rápido'), βραδύτερος ('más lento'); en -ων puro, como βελτίων ('mejor'), καλλίων ('más bello'), y en -ων, como κρείσσων ('mejor'), ἥσσων ('peor') 25. asimismo, del superlativo se describen dos τύποι: D.T. 12.
Superlativo es el empleado en una comparación para la intensificación de uno con respecto a muchos.
Sus tipos son dos: en -τατος, como ὀξύτατος ('rapidísimo'), βραδύτατος ('lentísimo'), y en -τος, como ἄριστος ('el mejor'), μέγιστος ('el más grande').
Del diminutivo, solo se menciona la definición semántica y nada dice de sus τύποι, aunque de los ejemplos se deduce que el gramático los contempla, dado que presenta ejemplos con los sufijos «regulares» del diminutivo en griego (-ίσκος e -ιον) y con un tercero, -αξ, que se encuentra más frecuen temente asociado a un valor peyorativo (especialmente aplicado a personas) que a uno diminutivo26: D.T. 12.
Diminutivo es el que expresa una disminución del primitivo sin comparación, como 'hombrecito','piedrecita','jovencito'.
Los tipos formales del diminutivo griego, reducidos por Dionisio Tracio a tres 27, serán sensiblemente ampliados por comentaristas de su manual.
D. T. 227.7-24 (cf. 376.6-24 y 539.4-14) se distinguen seis sufijos masculinos (-ων, -ίων, -αξ, -ας, -σκος, -λος), tres femeninos (-ω, -ις, -σκη), y un solo neutro en -ον, del que se reconocen seis variantes (diez en 376.17-24) según la sílaba precedente: -νι-ον, -δί-ον, -ρι-ον, -δρι-ον, -λι-ον y -φι-ον.
Sin embargo, pese a la variedad y cantidad de sufijos reconocidos, no se encuentra en los gramáticos griegos 28 una doctrina paralela a la que entre los romanos se desarrolló sobre los grados del diminutivo, y no por falta de ejemplos sobre los que construir una teoría similar 29.
A este respecto, es interesante recordar que Aristóteles, en su Retórica (1405b), aconseja la moderación en el uso de diminutivos, refiriéndose con ello a la innecesaria acumulación de sufijos, como la que había utilizado Aristófanes con intención satírica.
Por consiguiente, es plausible pensar que la recursividad sufijal en la formación de diminutivos era vista como algo ajeno a la lengua formal, y más propio de la lengua popular y de géneros extraños al canon 30.
Los grados del diminutivo
La posibilidad de que, al igual que el comparativo, también el diminutivo desarrolle dos grados es -ya se ha dicho-contemplada en primer lugar por 27 Parece evidente que la escasa representación de sufijos tiene que ver con los textos de referencia de la gramática griega, esencialmente Homero, cuya «evitación» de los diminutivos ha sido comentada desde la Antigüedad (por ejemplo, en Sch.
29 Caso, por ejemplo, de series como μεῖραξ 'muchacha' -μειράκιον -μειρακύλλιον (véase Leumann, 1953).
Por ello, no resulta extraño que nombres como Phronesium, Philocomasium, etc., tan típicos de la comedia latina, procedan de diminutivos griegos en -ιον, aunque es problemático saber si el espectador romano percibía ese valor.
30 Entiéndase esta apreciación en relación con la observación de Aristóteles y referida a los verdaderos diminutivos, sin tener en cuenta la abundacia de formaciones sufijales «diminutivas» en textos técnicos, por ejemplo (respecto a esto último véase López Gregoris 2005, con bibliografía, a la que puede añadirse Adams 1995, pp. 543-551).
Varrón, que la ilustra con el ejemplo cista -cistula -cistella en Ling.
VIII 79 (donde ya aparece la palabra gradus31 ), ejemplo al que añadirá caniscatulus -catellus en Ling.
IX 74, un pasaje en el que, además, reconoce -uti lizando de nuevo la palabra gradus-que lo normal es establecer no tres, sino solamente dos dimensiones de disminución (lectus -lectulus, arca -arcula).
180) que en Varrón la doctrina de los grados del diminutivo está inspirada por el inmediatamente precedente (Ling.
VIII 75-78) tratamiento del comparativo, con el que ya se había agru pa do en Ling.
VIII 52, al constatar los declinationum genera de los sus tan ti vos (tertium augendi, ut ab albo albius, quartum minuendi, ut a cista cis tula).
El contexto en que Varrón esboza la doctrina de los grados es el de la crítica anomalista a la aplicabilidad de la analogía a los nombres.
Es ese contexto el que facilita la construcción ideal de dos grados de disminución (paralelos a los dos grados de aumento que implican comparativo y superlativo), lo que da lugar a la abstracción de una estructura trimembre (a partir de ejemplos como cista -cistula -cistella) de la que, como antes se hace con los comparativos (Ling.
VIII 76, IX 72), se señala la defectividad, argumentando, por ejemplo, la inexistencia de un nigricolus que hubiera servido de primer grado de disminución de niger (nigellus sería, a la vista de cistella, el segundo grado) 32.
Otro aspecto interesante del planteamiento de Varrón es que asume la motivación semántica (magnitudo, gradus) de los grados de disminución, como se deduce de sus palabras en Ling.
IX 74 (Ad haec respondeo huiuscemodi uocabulis analogias esse, ut dixi, ubi magnitudo ani maduertenda sit in unoquoque gradu eaque sit in usu communi, ut est cista cistula cistella et canis catulus catellus, quod in pecoris usu non est), que implican el reconocimiento de una extensión parcial de la regularidad analógica, limitada a los casos en que la realidad permita la distinción de esos tres grados de tamaño (cista -cistula -cistella), algo que, según se reconoce de inmediato, no es precisamente lo más común, ya que la distinción de dos grados de tamaño (lectus -lectulus) se presenta como la más frecuente.
Da la impresión, pues, de que solo un pertinaz empeño por asimilar los grados de disminución a los de comparación es lo que conduce a señalar como regular (analógico) lo que resulta menos común en la lengua.
VIII 79 había señalado la serie triple como una posibilidad (cum possint esse terna) a partir de la cual se indicaban como irregularidades la falta del primer (macer -*macricolusmacellus) o el segundo grado (auis -auicula -*aucella) de disminución, con lo que se acababa concluyendo que en realidad este tipo de nombres se guiaba más por el uso que por la analogía (in hoc genere uocabulorum quoniam multa desunt, dicendum est non esse in eo potius sequendam quam consuetudinem rationem).
Esa motivación semántica sobre cuya existencia Varrón no parece dudar es precisamente la que genera cierto desacuerdo -rayano en la contradicciónen algunos de los desarrollos que los gramáticos tardíos hacen de la doctrina de los grados.
De ello nos ocuparemos a continuación.
Comencemos advirtiendo que no todas las artes grammaticae se ocupan de la doctrina de los grados, sino que esta es enunciada solamente en Donato y sus comentaristas, en Consencio y en Diomedes, con ecos más tardíos, ya fuera de los manuales, en Macrobio y en los comentarios de Donato a Terencio.
No está representada, en cambio, en el denominado grupo de Ca risio.
El enunciado básico de la doctrina puede ejemplificarse con el texto de Donato, que tiene paralelos en Consencio y Diomedes, con ligeras variantes y un cierto desarrollo (significativo en Diomedes): Don., ut mons, schola; alia deriuatiua, ut montanus, scholasticus; alia diminutiua, ut monticulus, scholasticulus. diminutiuorum Los tres textos (con la salvedad señalada para Diomedes en n.
3) parecen resaltar la paradoja que supone que una disminución formal conlleve aumento del número de sílabas; da la impresión de que subyace la presunción de que el acrecentamiento de la masa fónica de la palabra debería ir aparejada (como de hecho ocurre normalmente en la serie positivo -comparativo -superlativo) no a una disminución sino a un aumento.
El carácter formal de la observación está garantizado por el uso de la palabra forma, que se refiere únicamente a la forma física, la apariencia formal (i. e., al significante35 ), y de ninguna manera puede confundirse con el significado o sensus36.
De hecho, es clara la relación de forma con la palabra griega τύπος, cf. Dionisio Tracio supra, (cf. Bécares Botas 1985, p.
En consecuencia, estos textos parecen querer decir que cada uno de los sufijos diminutivos (forma graduum) se disminuyen unos a otros, pero no se comprometen afirmando que ello implica una disminución mayor en el sentido 37.
En otras palabras, es posible que Donato, seguido por Consencio, eluda conscientemente la referencia al contenido (sensus) porque percibe que la disminución semántica no siempre acompaña a la formal: el tercer grado del diminutivo no necesariamente es «más pequeño» que el segundo grado 38.
67, la distinción entre los sufijos diminutivos -ulo/a-, -ello/a-(-illo/a), y -ellulo/a-(-illulo/a-) «was one of emotional nuance rather than one of progressively diminutive meaning» 39.
Lo que para el texto de Donato estamos simplemente deduciendo del uso de la palabra forma lo encontramos efectivamente argumentado en un texto posterior e independiente, debido a Macrobio, que comparte y hace explícita la idea de Donato en el siguiente pasaje:
-ciertamente más esperable en el contexto-sensus.
Con ello, la paradoja que se establecía únicamente en el plano del significante pasa a ser un conflicto de significante y significado: palabras con más masa fónica designan objetos con menor masa física.
Textos que ilustran esta idea, en cierto modo contradictoria -insistimos-con la del texto que comentan, son los de Servio y Pompeyo: Servio cambia la fraseología donatiana y afirma que los diminutivos reducen el sentido (sensum minuunt) y no siempre, aunque con frecuencia, aumentan en las sílabas.
No menciona de manera explícita que los grados del diminutivo son tres -de hecho, presenta un ejemplo binario, agnus agnellus-, y la mención al aumento de sílabas está relacionada con respecto al grado absoluto (i. e., el nomen primae positionis): los diminutivos reducen el sentido de la palabra primitiva y a veces aumentan el número de sílabas de esta.
De la misma manera, Pompeyo hace una interpretación claramente alusiva a lo semántico (quando sensus diminuitur), y, por lo tanto, poco fiel a Donato.
Tampoco habla de «grados» de los diminutivos, sino de dimi nu tiones, y menciona que en ocasiones se encuentran una segunda y tercera «disminución» (de sus ejemplos se deduce que piensa en casos como monticellus y monticellulus en relación con monticulus, que sería la prima diminutio).
Es interesante que destaque el uso donatiano del adverbio saepe en lugar de semper, y que aclare al respecto que, en ocasiones, aunque disminuya el sentido, el diminutivo puede tener el mismo número de sílabas que el primitivo.
Otros comentaristas de Donato permanecen más fieles a su fuente y no efectúan, al menos expresamente, la interpretatio semántica que hemos propuesto para Servio y Pompeyo.
Así, las anónimas Explanationes in artem Donati preservan insistentemente la palabra forma de su fuente:
Por su parte, en el comentario transmitido bajo el nombre de Sergio41, se adopta una fraseología (cum diminuuntur nomina) que no se compromete ni con la interpretación formal ni con la semántica: También da cuenta Sergio, al igual que Pompeyo, de la numerosa cantidad de diminutivos que pueden formarse a partir de un primitivo, y por eso justifica el hecho de que Donato establezca que solo hay tres grados para no mutiplicar interminablemente la disminución: ne in infinitum diminutio foede procederet.
Es cierto que, aunque los gramáticos suelen indicar nor mal mente dos grados, o a lo sumo tres, se encuentran en los comentaristas ejemplos de una quarta diminutio, representada por pauxillulum 42: Don., Ter.
Pero la doctrina de los grados del diminutivo parece extinguirse, al menos en la Antigüedad, con los comentarios y comentaristas de Donato.
Después del s. V, la monumental obra de Prisciano da de los diminutivos una visión similar a la que conocemos por Dionisio Tracio y sus escolios 43.
Y es que, 42 Respecto a esta formación véase la explicación de Fruyt 2005, p.
43 Prisciano se diferencia del resto de los gramáticos en dos aspectos fundamentales: 1) su definición del diminutivo es idéntica a la de la Τέχνη, siendo el único gramático que no solo retoma las mismas palabras (diminutiuum / ὑποκοριστικόν; diminutionem / τὸ μείωσιν; primitiui sui / τοῦ πρωτοτύπου; absolute / ἀσυγκρίτως; demonstrat / δηλοῦν) sino que incluso respeta la sintaxis oracional (cf. D.T. 12.32-33 [28.6-7 Uhlig]: ὑποκοριστικὸν δέ ἐστι τὸ μείωσιν τοῦ πρωτοτύπου ἀσυγκρίτως δηλοῦν); y 2) identifica y aísla cada una de las formae diminutiuorum (i. e., los sufijos diminutivos, cf. τύποι), y las divide según el género, al igual que los Scholia a Dionisio Tracio: Τύποι δὲ τῶν ὑποκοριστικῶν ἀρσενικῶν ἕξ / sunt igitur formae diminutiuorum masculini generis hae; Τῶν δὲ θηλυκῶν τρεῖς εἰσι τύποι / feminini autem generis hae; Τῶν δὲ οὐδετέρων μία μέν ἐστιν ἡ εἰς κατάληξις / neutrorum quoque sunt formae hae, un enfoque que no se encuentra en la gramática latina previa a Prisciano. pese a que reconoce y comenta la variedad de sufijos diminutivos, prescinde de conceptualizarlos como grados, con lo que parece verlos más bien como «variantes».
Es lo que parece deducirse del siguiente pasaje: Prisc., Gramm.
Que sepamos, la noción de «grados» del diminutivo no existe en los textos gramaticales griegos conservados, y es posible que ni siquiera llegara a desarrollarse en el ámbito griego, posiblemente porque los textos canónicos en que se fundamentó la gramática alejandrina no frecuentaban el uso del diminutivo.
En la gramática latina, el primero que los menciona y establece es Varrón, que realiza un tratamiento en cierta manera contradictorio al señalar la serie de tres como la teóricamente natural (por analogía con el comparativo, sin duda), pero la serie de dos (primitivo y diminutivo) como la más frecuente en el uso, admitiendo en todo caso que la multiplicación de formas tenía una motivación semántica, es decir, dependía de la posibilidad de establecer grados (tamaños) en la realidad.
Donato, Consencio y, quizás también, Diomedes establecen los tres grados del diminutivo, pero, a diferencia de Varrón, no observan entre ellos una aminoración semántica, sino una acumulación de sufijos diminutivos, probablemente porque reconocían en la propia lengua que la analogía de los grados del comparativo y del diminutivo se establecía solo en el plano formal y no en el semántico, como más tarde señalará expresamente Macrobio.
Algunos de los comentaristas de Donato no comprendieron cabalmente el pasaje donatiano comentado acerca de los tres grados del diminutivo, y realizaron una interpretación semántica de lo que en origen era una comparación estrictamente formal.
En ellos hay un interés por fijar un límite a la disminución.
Prisciano permanece ajeno a la doctrina de los grados y explica el diminutivo en términos similares a los que se leen en Dionisio Tracio y sus escolios.
Todo ello es prueba de la complejidad de la tradición gramatical antigua, en la que, dentro de una uniformidad de temas y taxonomías, los diferentes autores seleccionan, interpretan y comentan según sus intereses, su capacidad y su destreza. bibLiografía |
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El objetivo de este trabajo es analizar el uso de la origo en las fórmulas onomásticas de varios sellos de alfarero procedentes del valle medio del Ebro 1.
Su presencia en los timbres cerámicos es excepcional 2 y el conjunto de ejemplos es heterogéneo: dos sellos sobre fragmentos de dolia; una serie de estampillas sobre terra sigillata de Tricio; los vasos de paredes finas
En cambio, U. Espinosa 10 lo considera latino, a partir de los paralelos de Birro y Birronius 11, documentados como nomina; y Birrio y Birronianus, atestiguados como cognomina 12.
El personaje no tiene praenomen 13.
Según R. A. Luezas y M. P. Sáenz 14 es un indicio del origen indígena del individuo, mientras que para U. Espinosa 15 es fruto de la evolución de la fórmula onomástica romana y, concretamente, del paulatino abandono del praenomen.
La falta de una cronología precisa para el sello impide optar por una u otra opción.
Finalmente, la forma que se emplea del topónimo -el adjetivo gentilicio-es la misma (Segiensis) que aparece en el bronce de Áscoli (CIL I 2, 709) y la que utiliza Plinio (NH III, 24), que cita a los Segienses entre los populi estipendiarios del conuentus Caesaraugustanus 16.
Según R. A. Luezas 17 este sello atestigua la existencia de un alfar en Segia -tradicionalmente identificada con Ejea de los Caballeros (Zaragoza) 18 -en el que fabricaban dolia que llegaron hasta la ciudad de Vareia.
De ser cierto, implica el desplazamiento de estos grandes contenedores una distancia considerable, pues más de cien kilómetros median entre las dos localidades.
Una explicación alternativa sería que Porcio, originario de Segia, se hubiera trasladado a Vareia y hubiera ejercido allí de ceramista.
El segundo sello es rectangular y se conserva sobre un fragmento de dolium, concretamente está impreso en la pared, justo bajo el labio.
Procede de Manjarrés (La Rioja) y la lectura es:
Los vasos de Verdullus
El caso de Verdulo es singular por muchas razones y, como los anteriores, ofrece información de gran interés sobre el topónimo de su ciudad de origen.
En este caso J. Velaza35 sí ha empleado los datos que ofrecen los rótulos del En los textos estampillados predominan los nombres personales.
Las fórmulas onomásticas son más breves que las empleadas en la epigrafía lapídea, tanto por la diferente naturaleza de uno y otro tipo de inscripciones como por la necesaria concisión de las primeras.
Así, incluso al margen de los esclavos, los individuos que sellan las cerámicas no suelen incluir datos como filiación, tribu u origo.
En los ejemplos vistos hay fórmulas onomásticas compuestas por un nomen y un cognomen, como sucede en el primero de los dolia, y también tria nomina como los de Gaius Valerius Verdullus y Gaius Arruntius Lupus; en los sellos sobre sigillata se cuentan tria nomina, nomina más cognomina y cognomina.
La particularidad es que además de dichos datos en el conjunto de estampillas objeto de este trabajo se indica la origo 57.
Para señalarla se emplea el adjetivo gentilicio: Segiensis y Tritie(n)sis, que también es plausible reconstruir en los vasos de Verdulo (Cal[agurritanus] y [Calagu]rritanus).
Sin embargo, en el resto de ejemplos -sellos de Tricio, Labitolosa y mortero de Zaragoza-se emplean abreviaturas y, por tanto, no es posible saber si tras ellas también está el gentilicio o bien el topónimo de la ciudad 58.
En el caso de la terra sigillata de Tritium, el paralelo que ofrece el dolium de Manjarrés inclina a desarrollar las abreviaturas como gentilicio (Tritiensis), en cambio, en el ejemplar de Zaragoza, por el hecho de utilizar 55 Arruntius es un nomen documentado una docena de veces en Hispania; por su parte, de los cognomina que empiezan por Lup-, el mejor atestiguado en la península Ibérica es precisamente Lupus (Abascal 1994, pp. 85, 405-406).
58 Sobre las variantes empleadas para indicar la origo, v.
187) estima que esta diferencia es significativa, de hecho, considera que el nombre de la ciudad no indica la origo del individuo, sino que es la propietaria del alfar y signataria de un contrato de locatioconductio con Gaius Arruntius Lupus.
El motivo por el que se indica la origo en estas estampillas es incierto.
En la epigrafía lapídea, la principal razón es el desplazamiento del individuo fuera de su comunidad de origen.
Pero en el caso de los sellos son las cerámicas las que se desplazan y no sus productores; sólo pudiera aceptarse esta última interpretación para Porcius Birrus Segiensis como ya hemos tenido oportunidad de ver.
La función del sellado, por su parte, es un aspecto que ha sido largamente debatido por la investigación.
Una de las interpretaciones propuestas es que las estampillas tuviesen un valor publicitario, para dar a conocer un determinado alfar y su ubicación59.
Pero parece poco probable que este sea el objetivo de la generalidad de los sellos impresos sobre cerámica, tanto por el hecho de que no se selle sistemáticamente toda la producción como por el tipo de textos que aparecen en las estampillas, de carácter telegráfico, con gran cantidad de abreviaturas que no siempre son de evidente resolución, como pueden ejemplificar los propios sellos de Tricio.
Las estampillas parecen más bien constituir un lenguaje de marcas y signos, que no requieren de una lectura propiamente dicha, y destinado a controlar las cerámicas en los alfares y/o durante el proceso de distribución.
Es decir, su destino prioritario no era el de ser leídas por los consumidores, de ahí el uso, casi indiscriminado, de abreviaturas y el aspecto descuidado que, en muchas ocasiones, tienen estos epígrafes 60.
No obstante, el hecho de que se indique la origo del productor, que en algunos casos sabemos con seguridad que coincide con el emplazamiento de su alfar, introduce un elemento de duda.
Un ejemplo curioso a este respecto lo proporciona el centro productor de sigillata de Arezzo, pues en vasos de terra sigillata sudgálica aparecen sellos como Scottius fecit Aretinum y Rutenos fec(it) Aretinum, y, en otras producciones que con seguridad no proceden de dicha ciudad, se documentan los epígrafes Arretinum o Arret(inum) ueru(m) 61.
La primera impresión es que el mensaje de estos rótulos es publicitario, pues así parece indicarlo la presencia del topónimo.
Pero incluso en este caso es cuestionable, pues como señala G. Pucci 62, parece que Arretinum terminó por convertirse en un término genérico para denominar a la vajilla cerámica de barniz rojo 63.
Por su parte, los ejemplares de Tricio pueden parangonarse con lo que sucede en otros centros importantes de producción cerámica, en los que los alfareros indican en sus sellos el nombre de la localidad, como sucede en Cales en época republicana 64.
En conclusión y, a diferencia de lo que ocurre en la epigrafía lapídea, la origo en los sellos no parece implicar un desplazamiento del personaje fuera de su comunidad de nacimiento.
Pero la propia naturaleza de los textos impresos tampoco permite deducir con seguridad un fin publicitario para ellos, especialmente evidente cuando el nombre de la ciudad se oculta tras una abreviatura.
Por tanto, queda abierto el problema de determinar la razón de que estos ceramistas añadan a su nombre el de su comunidad de origen, en unos epígrafes que se caracterizan por su brevedad y por recoger fórmulas onomásticas más sucintas que las empleadas en las inscripciones sobre piedra.
Sólo para los rótulos de G. Valerio Verdulo, que a diferencia del resto emplea firmas intradecorativas, se puede intuir con cierta seguridad un carácter publicitario, pues sus singulares y característicos vasos, en ocasiones realizados ex profeso para conmemorar un evento concreto, parecen estar diseñados para que sus compradores se entretuviesen contemplando las imágenes que los ornan y los epígrafes que las acompañan.
En el caso de este personaje se intuye cierto orgullo por firmar su trabajo, objetivo para el que no emplea las marcas de fabrica al uso -de pequeño tamaño, impresas habitualmente en un lugar discreto (como el fondo de copas y platos) y con textos abreviados-sino rúbricas que forman parte de la decoración y en las que su nombre no está reducido a siglas o apócopes abruptas.
En definitiva, la mención de la origo en estos sellos introduce un elemento nuevo en el debate sobre el carácter publicitario o no de este tipo de inscripciones 65, si bien, como señala D. Manacorda 66, se impone en su análisis un estudio particular de cada tipo cerámico, que tenga en cuenta sus propias 62 Pucci 1985, p. |
«Reverencia igualmente al extranjero / y al ciudadano.
Todos igualmente / podemos padecer pobreza baja; / y la causa que le hace forastero / en tu tierra, podrá mañana hacerte / peregrino en la suya»...
Herrero de Jáuregui abre con acierto su estudio preliminar con estos versos del Pseudo-Focílides -que doy aquí en la traducción de Francisco de Quevedo, también incluida en el libro-; en efecto, la ética universalista que propugna este judío anónimo de la Alejandría del siglo I, oculto bajo el nombre de un poeta semilegendario de la Grecia arcaica, destaca por su rareza tanto en su propio contexto histórico como por desgracia en el nuestro.
Es verdad que, leído todo el poema, se trata desde nuestra óptica de un universalismo tristemente relativo -el poeta asume una estructura patriarcal donde el destinatario de los consejos es un varón rico (p.
30), condena la homosexualidad, tanto masculina como femenina (vv.
35), etc.-; con todo, la rareza histórica del enfoque, el hecho de que un miembro de una minoría se esfuerce por «fundamentar la identidad religiosa sobre una comunidad ética ideal, más que sobre la creencia teológica o la tradición cultural» (p.
8), justifica el empleo del término.
Desde el punto de vista formal, el libro resulta en su conjunto intachable.
En pequeños detalles habría podido ganar en accesibilidad para un público no estrictamente especialista, por ejemplo si las obras de autores antiguos no se citasen casi siempre sólo de forma abreviada: un listado de nombres completos de autores antiguos y obras en la bibliografía final habría puesto de relieve, además, el esfuerzo profesional realizado por el autor para reunir todas las fuentes relevantes para su estudio.
Del mismo modo, se reduciría cierta opacidad y se incrementaría la autonomía del volumen si los nombres de revistas especializadas se citasen plenamente desarrollados y no sólo con abreviaturas, puesto que, además, al figurar sólo en la bibliografía final, no parece que la consignación abreviada suponga un ahorro de espacio muy significativo.
Por otra parte, habría resultado apropiado regularizar la presentación Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 de los términos griegos en el texto español, y no unas veces transliterados y otras en alfabeto griego.
Pero estas minucias, por supuesto, no afectan a la calidad incuestionable del trabajo de Herrero de Jáuregui, del más alto nivel filológico, embellecido además por un cuidado editorial digno de encomio.
El librito, escrito y editado con esmero, ofrece una edición bilingüe del poema del Pseudo-Focílides acompañada de un material crítico de gran riqueza.
El estudio preliminar (pp. 7-54) acierta en su enfoque: sin renunciar a contribuir de forma sustantiva a la discusión científica, el autor aborda directamente lo esencial del poema sacándolo de la oscuridad de los círculos eruditos bajo una luz que lo hace muy atractivo para un grupo más amplio de lectores.
Trata sobre el espíritu general del texto, las cuestiones de datación y autoría, el género gnómico y parenético al que pertenece, su composición, temática y forma literaria, la presencia de tradición judía en él, su ética universalista, qué tiene de «secular» y qué de revelación religiosa, la historia ideológica de su recepción y los criterios filológicos seguidos en la presente edición.
La edición bilingüe de las Sentencias (pp. 55-81) adopta el texto griego establecido por Young (Leipzig 1971), preferido sobre la edición posterior de Derron (París 1986).
No obstante, el autor se aparta de Young en nueve pasajes en los que adopta propuestas de otros editores o bien lecturas de los manuscritos; estas elecciones se justifican en una serie de notas textuales (Apéndice III, pp. 97-104) que muestran un sensato juicio crítico y resultan en su mayoría plenamente convincentes.
Una de ellas (pp. 103-104) afecta a un aspecto tan capital como qué conducta «ultrajante» para la mujer se prohíbe en el v.
189: según argumenta Herrero de Jáuregui, la violación.
La traducción, como anuncia el autor, ofrece el «sentido original del texto griego en un español correcto y comprensible» (p.
53); apenas cabe apreciar alguna errata (en v.
173, ἔνδοθι σίμβλων, «dentro de sus nidos»).
Cada página abunda en pertinentes notas al pie sobre aspectos del contenido y sobre algunos versos interpolados.
Y sobre todo, debe destacarse también aquí que se trata de la primera traducción directa al castellano desde el griego, y la única literal, pues la versión de Quevedo, el único precedente conocido, es libre y amplificada.
El Apéndice I (pp. 85-89) ofrece, también en versión bilingüe, los fragmentos transmitidos bajo el nombre del «auténtico» Focílides de Mileto, que ayudan a entender las razones por las que el autor anónimo de las Sentencias pudo decidir ponerlas bajo su nombre.
El apéndice II (pp. 91-96) consigna los paralelos del Antiguo Testamento, y en menor medida del Nuevo, que pueden encontrarse para la mayoría de los versos del poema.
La versión en endecasílabos blancos que hace el poeta español de los hexámetros del Pseudo-Focílides Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 abunda por supuesto en amplificaciones y libertades, y añade igualmente pinceladas de ortodoxia, como cuando especifica que «sola el alma inmortal sin fin camina / (aunque tuvo principio)» (p.
En sus notas previas, Herrero de Jáuregui aduce las investigaciones más recientes para reivindicar que Quevedo tuvo presente el texto griego, y enmarca su versión en las coordenadas filosóficas del poeta, que vinculaba las Sentencias directamente con el estoicismo.
Antes de concluir me gustaría añadir algunos comentarios tangenciales sobre la historia de la recepción del texto en época moderna.
El juicio de José Escalígero (1540-1609) sobre la paternidad cristiana del poema, formulado en una de sus observaciones sobre el Chronicon de Eusebio de Cesarea por él reconstruido (Iosephi Scaligeri, Iulii Caesaris filii, Animadversiones in Chronologica Eusebii, Lugduni Batavorum, ex Typographia Thomae Basson, 1606, pp. 88-89), no excluye de entrada la posibilidad de una autoría judía («Denique, iste fuit homo Iudaeus, ni fallor, aut Christianus», ibíd., p.
88), aunque se inclina por un cristiano debido, en efectocomo señala Herrero de Jáuregui (p.
44)-, a los versos sobre la resurrección.
Pese a la considerable influencia de la opinión de Escalígero, la posteridad no dio por sentada una adscripción judeocristiana del Pseudo-Focílides: no sólo Quevedo, también un autor en las antípodas confesionales y geográficas del madrileño cita décadas más tarde el poema sin expresar ninguna duda sobre su autenticidad y refiriéndose a sus contenidos como consejos «cercanos a la piedad cristiana» («proxima pietati Christianae monita») provenientes expresamente de «gentiles»; se trata del noble polaco Stanislaus Lubiniecki (1623-1675), exiliado en Hamburgo por pertenecer a un grupo de protestantes que negaba la divinidad natural de Cristo -los llamados socinianos-, y que cita por extenso, en griego y en traducción latina, el pasaje del Pseudo-Focílides sobre conducta marital y sexual (en concreto, vv.
La cita se encuentra donde un lector actual no la esperaría: en la monumental obra de Lubieniecki sobre avistamientos de cometas, dos imponentes volúmenes lujosamente ilustrados presentes en la biblioteca de hombres como Isaac Newton (Stanislai de Lubienietz Lubieniecii Rolitsii, Theatrum Cometicun, duabus partibus constans, Amstelodami, typis Danielis Baccamude, apud Franciscum Cuperum, 1668; la cita del Pseudo-Focílides, en vol. I, pp. 80-81; véase en concreto p.
81 con sus notas marginales).
Por lo demás, la presencia del Pseudo-Focílides en una obra astronómica constituye un bonito ejemplo no sólo de los inadvertidos caminos de la recepción clásica, sino también de las implicaciones teológicas y morales que conllevaba la práctica de la filosofía natural en la Edad Moderna.
Las hermosas páginas de Grafton sobre las vidas irónicamente paralelas de José Escalígero y Jacob Bernays (1824-1881) sirven para profundizar en la historia de la interpretación del texto desde el punto de vista de la history of scholarship (Anthony Grafton, «Jacob Bernays, Joseph Scaliger, and Others», en D. N. Myers -D.
También muestran cómo para Bernays la reivindicación de la autoría judía del poema no parece que fuera un motivo de orgullo nacional, como podría deducirse de lo que escribe Herrero de Jáuregui (pp. 51-52); antes bien, para este filólogo alemán, escrupuloso cumplidor de la ley mosaica, «la historia de este pequeño producto judeo-helenístico refleja el destino que merecidamente cayó sobre toda la literatura judeo-helenística (...): el destino de no lograr influir en la vida espiritual de los pueblos, que se transforma a sí misma mediante oposiciones fuertes y que arrincona con desprecio todo esfuerzo por eliminar lo concreto a través del compromiso o la abstracción» (cito a partir de Grafton, «Jacob Bernays», p.
Herrero de Jáuregui merecerá el agradecimiento de muchos lectores por esta espléndida edición de las Sentencias, la primera española, ejemplo de excelente trabajo filológico primorosamente editado por Abada Editores.
Quince años admite en el Prefacio el profesor Moralejo haber necesitado para elaborar esta edición de las llamadas Obras Menores de Tácito, cuya publicación por la Colección de textos latinos y griegos viene a suponer, como él mismo recuerda no sin un punto de nostalgia, la coronación de una vida profesional dedicada al estudio y la traducción del gran autor latino.
Y a pesar de un trabajo que puede catalogarse ya de monumental, el catedrático de Alcalá ha afrontado esta tarea final con infrecuente humildad.
En el prólogo a la obra conocida como la Germania insiste sobre el hecho de que su edición presenta un texto revisado, no una edición crítica, aunque advierte de un aparato «recargado».
Esa exuberancia se excusa modestamente como si la sabiduría fuese sinónimo de duda: «servidumbre propia del editor que reconoce no tener la autoridad necesaria para decidir».
En estas condiciones, Moralejo dice contentarse con haber «proporcionado al lector un aceptable status quaestionis».
Bueno, ¡más que aceptable!
En realidad, esa afirmación hecha a propósito del texto original de la Germania podría servir para definir la naturaleza, y la grandeza, del conjunto de este trabajo, si no hubiera que corregirle además los términos de esa humildad: si bien exprime siempre la bibliografía de investigación, de la que está perfectamente al día, acá y allá ese editor compromete juicios y da noticia de observaciones e investigaciones propias que demuestran que no es en absoluto un mero compilador de la erudición ajena.
Los prólogos a cada una de las obras, así como los aparatos críticos y el impresionante dispositivo de notas, constituyen, en efecto, formidables 'estados de la cuestión', que disfrutarán y aprovecharán el estudiante y el especialista por igual.
En el repaso se incluyen, naturalmente, los asuntos más peliagudos y disputados que atañen a cada una de las obras, convertidos ya en grandes páginas de la historia de la filología latina: el género del Agrícola, el propósito e intención de la Germania o el debate sobre la autoría del Diálogo.
Pero a lo largo de sus más de quinientas bien cuidadas páginas (quizá con alguna errata más de las que merece un trabajo semejante) también se puede encontrar otras muchas cosas, desde interesantísimos estudios sobre la tradición etnográfica entre los antiguos o sobre las ideas decadentistas en Roma hasta notas biográficas de un buen número de tacitistas, como una breve y estremecedora biografía de Gudeman o un homenaje sentido al magisterio de Murgia.
Por su extensión (142 páginas) merece destacar el minucioso prólogo al Diálogo sobre los oradores y, dentro de él, el debate sobre las dimensiones de la célebre laguna.
Es en pasajes como ése en los que el lector comprende que la madurez de José Luis Moralejo alcanza todos los planos filológicos: más allá de su conocido (y premiado) talento como traductor, no sólo exhibe dominio de la historia o la teoría literarias y retóricas, sino de la crítica textual, la paleografía, la codicología y cualquier otra ciencia instrumental.
La decisión sobre los títulos de las obras no es trivial.
Ante textos para los cuales se han transmitido alternativas diversas e incluso se han consolidado ciertas convenciones, se ha optado por lo más cercano al original que se pueda reconstruir y por la traducción más ajustada a esa reconstrucción.
Esas decisiones son también indicios de la actitud filológica y el planteamiento general del estudioso: fidelidad insobornable a lo verdaderamente importante y amable independencia frente a las escuelas.
Añádase a eso que el profesor Moralejo escribe deliciosamente, con una sutileza y una ironía que prueba haber leído mucho y despacio a Tácito (en cierto momento se permite traducir luxuria como 'el desmadre', o considerar que los teatros de la Edad de Plata estaban «degradados por espectáculo plebeyos y de ínfimo gálibo artístico (al modo de tantos de la moderna TV)»), consiguiendo que el lector disfrute incluso en pasajes de tan densa y talmúdica arborescencia bibliográfica como la cuestión de los géneros en el Agrícola o la evolución del estilo de Tácito.
Al hacerlo, exhibe la complacencia políglota que se supone al buen filólogo clásico, recurriendo sin disculparse a media docena de lenguas europeas vivas y muertas, mientras demuestra en todo momento un respeto enorme por el castellano, al que rinde un impagable servicio.
Este trabajo culminante le ha permitido también al profesor Moralejo, en el prólogo de la Vida de Julio Agrícola, componer un retrato final de Tácito articulando los retales conocidos de una biografía que, a pesar de todo, no termina de arrancar al personaje de una penumbra ya legendaria.
La de Tácito resulta también una mente Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 extrañamente elusiva si hemos de representárnosla por este conjunto de obras cuya interpretación individual es complicada y la colectiva, más que difícil, me atrevería a decir que contradictoria: a través de ellas asoma un personaje que, en el Agrícola, sincero como nunca y hasta avergonzado de su propio comportamiento ante Domiciano, reclama para los romanos la libertad que niega cínica y resueltamente a los pueblos sometidos, como los britanos; abierto admirador de la libertas germánica y por tanto fustigador de la decadencia romana en la Germania, se me antoja sin embargo un autor demasiado irónico si es que ese punto de vista debe hacerse compatible con el de Materno y su desconcertante apología final del despotismo en el Diálogo.
Quizá eso pueda explicar por qué obras tan rabiosa y retorcidamente políticas reclaman muchas veces un análisis de la ideología de los propios filólogos que las ha tratado para poder así entender los caminos y meandros de nuestra ciencia.
Y antes de agotar los límites que se me conceden y quedarme sin espacio, permítanme terminar con una frase que sale del corazón más que de la cabeza y, admitámoslo, más propia del colega complacido que del reseñista crítico: felicidades, José Luis, por haber completado de manera tan irreprochable el proyecto de una vida.
Synchronic Patterns, Frequency Effects, and Prehistory, pp. 294-297 (Oxford, 2006), ponen el acento -nunca mejor dicho-en la semántica.
Suelen ser oxítonos los sustantivos deverbales abstractos (ἁρπαγή); son más propensos a la acentuación paroxítona los de significado más concreto (ἁρπάγη) o no deverbales (χώρα).
Este libro, cuyo autor ya había publicado artículos importantes sobre algunos de los problemas específicos que toca, es la versión revisada de una memoria de habilitación para dirigir trabajos de investigación, supervisada por Charles de Lamberterie y defendida en la ÉPHÉ de París en 2013.
Recogiendο el testigo de Probert, Dieu analiza exhaustivamente los datos del griego y de las otras familias indoeuropeas que preservan vestigios del acento heredado (indio antiguo, báltico, eslavo, germánico).
La primera parte de la obra está dedicada al griego.
En la introducción (pp. 7-42), Dieu redefine los conceptos imprecisos de «abstracto» y «concreto» como categorías difusas, cuyos prototipos (nomina actionis vs. nomina rei actae, instrumento, lugar, etc.) ocupan los extremos de un continuo.
También demuestra que el tipo ἁρπάγη es paroxítono solo en apariencia.
En realidad, su acentuación es recesiva (baritonesis), aunque condicionada por la ley de limitación.
El acento esperable del nom. pl. *ἅρπαγαι ha cedido en jónico-ático a la presión analógica del singular ἁρπάγη.
Dieu analiza luego los esquemas acentuales de las diversas formaciones del griego (pp. 43-284): sustantivos deverbales con vocalismo o apofónico o de otro tipo (χοή), sustantivos prefijados (προχοή) y compuestos (οἰνοχόη), derivados de nombres raíces, sustantivos y adjetivos, formas en -μη, -νη, -λη, -ρᾱ, -τη, *-ϝᾱ, -ιᾱ.
La sección concluye con sendos excursos sobre la acentuación oxítona de los neutros temáticos (tipo ζυγόν) (pp. 288-322) y los derivados en *-jă / *-jā- (pp. 323-362).
La transparencia semántica y, sobre todo, morfológica (grado *o apofónico) favorecen la acentuación oxítona: χοή, ἁρπαγή.
En cambio, la opacidad resultante de la debilitación o ausencia de relación con una base verbal («falta de motivación» en la terminología de Dieu) favorece la acentuación recesiva: cf. ἁρπάγη, χώρᾱ.
Se trata solo de tendencias con numerosas excepciones: cf. los oxítonos ὀροφή (ἐρέφω 'techar') con el significado concreto de 'techo' o ταφή (θάπτω 'enterrar'), que admite un sentido «abstracto» de acción ('sepelio') o uno «concreto» de lugar ('sepultura').
Cada sufijo sigue pautas propias.
En general dominan los oxítonos o hay equilibrio entre los dos tipos, pero con -ιᾱ y con -μη prevalece la baritonesis.
Dieu también descubre subregularidades dentro de determinadas clases léxicas.
Así, la acentuación oxítona domina en sustantivos «concretos» como los nombres de partes del cuerpo (κεφαλή, νευρᾱ, πλευρᾱ), que a veces tenían sentido colectivo (cf. φυλή 'tribu').
Los masculinos en -ης/-ᾱς son siempre barítonos.
El acento de los derivados en -της, menos predecible, responde a criterios similares a los de los femeninos en -η/ᾱ.
Suelen tener acento recesivo los compuestos (οἰνοπότης), los derivados inversos extraídos de compuestos (πότης) y los denominativos (ναύτης, πολίτης).
Son oxítonos los derivados de verbos secundarios (ἀγορητής, βουλευτής), mientras que los de verbos primarios son oxítonos (ποιητής, μαθητής) o barítonos (ψεύστης) en función de su grado de transparencia, aunque la distribución parece bastante caprichosa.
La obra termina con las listas de referencias bibliográficas y unos útiles índices de las leyes fonéticas y palabras estudiadas.
Ni el título de la obra ni un resumen tan escueto dan una idea cabal de la variedad y complejidad de las cuestiones que aborda Dieu.
Es admirable su dominio de los datos y de la amplísima bibliografía tanto sobre la cuestión nuclear como sobre multitud de problemas colaterales.
Dieu expone los problemas con honradez sin esconder datos incómodos ni explicaciones alternativas e hilvana sus argumentos con envidiable claridad.
Las conclusiones parciales de cada capítulo y las sucesivas recapitulaciones son útiles para una lectura lineal de la obra, pero, además, facilitan las consultas puntuales sobre palabras o tipos concretos con ayuda del detallado índice.
Las erratas son prácticamente inexistentes.
Podemos destacar algunas de esas cuestiones secundarias.
Dieu (pp. 266-284) desmonta contundentemente una conocida hipótesis de M. Scheller, quien postulaba un fenómeno de sinizesis -ίᾱ > -jᾱ́ en el registro coloquial para explicar el acento de oxítonos como σκιᾱ.
Para Dieu los sustantivos en -ιᾱ, de sentido «concreto» o colectivo conservan la acentuación original, mientras que el acento recesivo de los sustantivos en -ίᾱ se explica porque generalmente son derivados de sentido «abstracto».
No faltan las excepciones como los concretos οἰκίᾱ, καρδίᾱ y el colectivo φρᾱτρίᾱ.
Hay un interesante excurso sobre los neutros temáticos oxítonos (pp. 288-322).
Dieu, por así decirlo, deroga las leyes de Bonfante y Bartoli, que supuestamente convertirían en paroxítonos los oxítonos de final espondaico y yámbico respectivamente (p.
Se echa en falta, sin embargo, una explicación propiamente dicha del mecanismo que puso en marcha la retracción del acento.
De los datos del griego y los datos de las otras lenguas, que, por regla general, son más ambiguos, Dieu concluye que, salvo en báltico y eslavo, los factores fonéticos apenas cuentan para la acentuación de los sustantivos en *-eh2.
La reconstrucción de un prototipo *CóC-ā no está justificada.
El tipo original indoeuropeo era *CoC-éh2 oxítono.
Los pocos correlatos que comparten una retracción del acento en distintas lenguas (sobre todo, griego y avéstico), sugieren que el fenómeno pudo iniciarse en la protolengua, aunque luego se desarrolló de forma independiente en distintas ramas de la familia, con el griego a la cabeza.
Por ejemplo, *por(h2)-néh2 'venta' (cf. πέρνημι 'vender') habría evolucionado a *πορνή (cf. ποινή) y luego a πόρνη'mujer en venta, prostituta' con una retracción del acento acorde con el nuevo significado concreto (pp. 191-192).
Ahora bien, la semántica por sí sola no puede inducir un cambio fonético.
297) cree que la acentuación de χοή es la original, y que los sustantivos «desmorfologizados» (i.e. no analizables) tendieron a tomar un default recessive accent, pero no es evidente que el acento recesivo fuera el tipo acentual por defecto en griego.
Dieu (pp. 92-94) también rechaza una explicación de T. Bolelli, SIFC 24, 1950, pp. 91-116, quien achacaba la baritonesis de femeninos como βλάβη y πάθη a la analogía de los neutros βλάβος y πάθος.
Esta explicación choca con numerosos ejemplos de pares como εὐχή vs. εὖχος.
Para el védico, Dieu (p.
383) conjetura que el origen de la acentuación recesiva estaría en los nombres raíz monosilábicos de flexión histerodinámica con el acento en la desinencia de los casos oblicuos.
El esquema histerodinámico se habría transferido a los sustantivos bisilábicos en -ā cuyo nominativo era originalmente oxítono: nom. sg. íḍā'refresco, libación' vs. instr. sg. iḍā.
La hipótesis, sin embargo, no parece aplicable a otras lenguas.
Siguen algunas observaciones de detalle:
Dieu cree que ἀναρρόας tomó su acento del más común ἀναρροίας, que no encajaría en el final de un trímetro yámbico.
En realidad, la resilabación y la pérdida de ι de los diptongos οι, αι ante vocal no son fenómenos raros en los poetas áticos (cf. οἴει escandido u -o ἀεί por αἰεί).
Por ello, el paroxítono ἀναρρόη puede muy bien ser invención de algún gramático que malinterpretó una forma ἀναρρο(ί)ας.
P. 262: Dieu nota que en Ἱστίαιαν (Il.
II 537) la ι conserva el acento, pese a que no cuenta para la métrica.
En realidad, aunque la sinizesis implica el desplazamiento del acento, la grafía refleja la posición original.
Una incongruencia similar se observa en la acentuación de los manuscritos de poemas griegos medievales, en los que la sinizesis es un fenómeno corriente.
Tampoco es verosímil que la omisión de ι en, p. ej., hom. δῆμον por δήμιον refleje la palatalización de /m/ (cf. gr. mod. μια ['mɲa]), ni que fuera una anomalía prosódica que no se correspondía plenamente con el uso natural.
Las licencias métricas tienen siempre una base real, sea como residuo de fases históricas anteriores, sea como procesos difundidos desde el habla informal.
51: Sobre -ιος, -ιον > -ις, -ιν en griego tardío, véase ahora P. Filos en A. Pannayotou y G. Galdi (eds.), Ἑλληνικὲς διάλεκτοι στὸν ἀρχαῖο κόσμο.
P. 275: Dieu comenta que, en la evolución ποίᾱ (dór.) > át. πόᾱ, la consonantización de /i/ (sic) y la pérdida de la yod resultante provocó el desplazamiento del acento a la vocal del diptongo /oi/ y no al elemento final.
En realidad, no hubo tal desplazamiento: el tono iba sobre el núcleo del diptongo ([pói̯ aː]), aunque, tras una etapa de vacilación que atestiguan los papiros, en la ortografía se acabó imponiendo la marca acentual sobre la ι.
316-322: Dieu demuestra que el contraste acentual de nom. sg. masc. μηρός'muslo, pernil' / nom.-ac. pl. n. (colectivo) μῆρα'conjunto de muslos (para un sacrificio)' es anómalo y carece de paralelos.
Según él, μῆρα sería una variante métrica inventada por los aedos a partir del diminutivo μηρία de uso más frecuente.
Este habría transmitido a μῆρα la aversión de los diminutivos en -ίον hacia un acento desinencial.
Esta hipótesis es demasiado rebuscada para resultar convincente.
Es preferible partir de un colectivo oxítono *μηρά.
En la elisión de secuencias como δεινὰ ἰδών los antiguos gramáticos discutían si acentuar δείν' ἰδών, solución que se impuso en la norma, o δεῖν' ἰδών, con una aplicación sui generis de la ley de σωτῆρα (Probert, New Short Guide, p.
La acentuación de κατὰ μῆρ ̓ ἐκάη (Il.
Como en Homero la variante elidida era mucho más frecuente (5 ejemplos) que la forma plena (1 ejemplo), el circunflejo de μῆρ ̓ debió de extenderse abusivamente a μῆρα.
P. 346-352: Dieu cree que el genitivo perispómeno καυστειρῆς 'ardiente', epíteto de μάχης en Il.
IV 342 = XII 316, atestiguado como lectio difficilior en buenos manuscritos (v. l. καυστείρης) y que correspondería a un nominativo *καύστειρα, representa un arcaísmo acentual preservado en una forma fósil.
Sin embargo, el testimonio es endeble y la hipotética acentuación homérica transmitida por tradición oral antes de la creación de las marcas de acentuación, es indemostrable.
Más vale aceptar con Leaf el influjo del adjetivo καυστηρός.
P. 366: Dieu clasifica el verbo κλέπτω como primario.
En realidad, es un presente sufijado *klep-je/o-.
P. 513: La transcripción fonética empleada para la ley de Verner es engañosa: una evolución *h, *h w > *ǥ, *ǥ w es imposible.
Habría sido preferible utilizar *x, *x w.
P. 546-547: Los derivados en -τρᾱ del griego tienen acento recesivo en consonancia con su significado concreto casi general (cf. καλύπτρᾱ, ὀρχήστρᾱ).
Dieu ve una excepción en ῥήτρᾱ, pero las acepciones de este sustantivo ('acuerdo (verbal), decreto') difícilmente pueden considerarse abstractas.
Para concluir, el libro de Éric Dieu constituye una aportación muy valiosa a nuestro conocimiento del acento del griego antiguo y de su predecesor el indoeuropeo.
Se trata de una obra necesariamente compleja porque aborda una cuestión que no admite soluciones simplistas.
Su público natural son los especialistas en Lingüística indoeuropea, pero también será un instrumento precioso para los helenistas interesados en la «vida de las palabras» y la filología de los textos.
Este volumen recoge una selección de los trabajos presentados en un congreso internacional celebrado en 2014 en Burdeos sobre la categoría verbal del futuro en griego antiguo.
La selección incluye trabajos muy diversos, la mayor parte de ellos centrados en cuestiones concretas relacionadas con el tema de futuro, pero también trabajos más generales sobre sus valores en griego antiguo, medieval y moderno.
Los trabajos seleccionados se agrupan en tres secciones: en la primera se incluyen los trabajos relativos al griego arcaico y clásico, en la segunda los que comparan datos del griego antiguo y moderno, y en la tercera los relativos a los primeros estadios del griego moderno.
A estas tres secciones preceden una introducción gene ral al volumen y un trabajo calificado de «preludio».
Las referencias bibliográficas se citan al final de cada trabajo y cada uno de ellos va introducido por un resumen y las palabras clave.
Los trabajos están redactados en inglés o en francés, pero llama la atención que tanto el resumen como las palabras clave aparecen en las dos lenguas en cada uno de ellos.
También la introducción que encabeza el volumen aparece en las dos lenguas.
Es justo decir que, antes de la publicación de esta obra, la imagen que teníamos del tema de futuro en griego estaba bastante afinada tanto en lo relativo a sus orígenes, como a su evolución posterior y sus valores.
Con todo, este volumen permite avanzar en lo que sobre el futuro griego sabíamos, pues son muchas las cuestiones que se aclaran y no pocas las novedades.
El primer capítulo, el denominado «preludio», aborda la visión que los gramáticos griegos tenían sobre el futuro.
En general, su visión tiene una vertiente filosófica, la de la concepción del futuro por oposición al presente y al pasado, y otra vertiente formal, que, por ejemplo, les llevó a subrayar la relación (sungéneia) de aoristo y futuro.
Los capítulos correspondientes a la primera sección constituyen las dos terceras partes del volumen.
Crespo explica la formación de ἐσσεῖται / ἔσσειται en Homero y Hesíodo como futuro dorio, lo que se correspondería con el carácter panhelénico del dialecto épico arcaico.
Allan ofrece una visión cognitivista de la evolución semántica del futuro en -σω y de μέλλω + infinitivo, en virtud de la cual sus distintos significados se pueden entender como extensiones semánticas por subjetificación, el desarrollo por parte de un término de significados relacionados con la concepción subjetiva del hablante, o por inferencia pragmática, el desarrollo de significados de tipo pragmático relacionados con el sentido original en determinados contextos a partir de los cuales pueden generalizarse y reanalizarse como significados semánticos de pleno derecho.
De la Villa analiza los motivos que llevaron a la creación de un optativo de futuro; esta forma surge como marca de tiempo relativo que permitió expresar la posterioridad con el optativo oblicuo.
Kölligan aplica los criterios que distinguen las perífrasis verbales Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 a la construcción ἔρχομαι + participio de futuro, llegando a la conclusión de que los supuestos usos perifrásticos deben considerarse como usos figurados en virtud de la metáfora EL DISCURSO ES UN CAMINO.
Faure estudia las completivas de εἰ + futuro: estas completivas se dan con verbos que expresan sentimientos o evaluaciones y su gramaticalización combina la factividad de esos predicados con la incertidumbre propia de las subordinadas introducidas por εἰ.
Orlandini y Poccetti comparan el futuro perfecto latino y griego; mientras el latino está plenamente integrado en la conjugación, el griego solo se emplea en primera o tercera persona y es propio de registros elevados para expresar el compromiso del hablante con la veracidad del enunciado.
Pitavy estudia construcciones alternativas para la expresión del futuro: subordinadas de ὅταν, presente y aoristo pro futuro, así como adverbios temporales, especialmente αὔριον 'mañana'.
Rademaker establece los criterios que determinan el uso de condicionales eventuales (ἐάν + subjuntivo) y potenciales (εἰ + optativo) en los discursos de Lisias para establecer predicciones sobre el resultado del juicio: si el veredicto afecta a la sociedad ateniense, si el resultado es más o menos ambiguo, la mayor o menor fuerza jurídica de los argumentos del orador.
Tronci estudia la relación del futuro con la morfología media, más en concreto, la neutralización de la voz en los futuros deponentes y en el futuro pasivo, de la misma forma que esta se neutraliza en el aoristo pasivo.
Weiss revisa las distintas formaciones de futuro y sus valores (yusivos) en las Tablas de Heraclea, donde no solo aparece el denominado futuro «dorio», sino también futuros en -σοντι, -ίοντι y -σονται que el autor considera formas de la koiné redialectizadas.
Los capítulos de la segunda y tercera secciones son cuatro, dos por sección.
Sampanis hace un estudio comparativo del futuro y el subjuntivo de corte diacrónico, poniendo de relieve sus puntos de contacto desde el protogriego al griego moderno, especialmente en el terreno semántico.
Denizot y Vassilaki analizan el proceso de gramaticalización del adverbio τυχόν 'quizás' y su evolución desde el griego antiguo al moderno, especialmente su relación con los medios lingüísticos para expresar probabilidad.
Por último, Markopoulos estudia las formas de futuro recogidas en un diccionario multilingüe del s. XIV originario de Yemen, que aportan novedades muy interesantes sobre las perífrasis que darán lugar al futuro del griego moderno en el periodo bajomedieval, y Karantzola estas perífrasis en textos del s. XVI redactados en lengua vernacular, llamando la atención la gran variedad de formas que conviven en su corpus.
En resumen, este volumen reúne un variado conjunto de contribuciones sobre el futuro en griego que merece la pena tener a mano para cualquier consulta rela cio nada con este.
Más allá de que la calidad de las contribuciones varía, como suele suceder en obras colectivas, el resultado general es muy satisfactorio.
Las prin ci pa les críticas que pueden hacerse tienen que ver con la labor de edición del volumen.
En primer lugar, es absolutamente innecesaria la duplicidad de introducciones, así como de los resúmenes y las palabras clave de los capítulos.
También llama la atención que los trabajos de que se compone el volumen se presenten, formalmente, Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 como artículos de una revista, con los resúmenes, las palabras clave y un encabezamiento en la primera página con la colección a la que pertenece el volumen, título y páginas que ocupa.
Por lo demás, los autores no suelen citar, salvo de forma muy tangencial, otros trabajos que forman parte del volumen, a pesar de que ese tipo de referencias cruzadas habría resultado muy enriquecedor.
Asimismo, son frecuentes las erratas y la disparidad de soluciones formales entre los distintos trabajos; sirva como botón de muestra el encabezamiento del trabajo de Tronci («Le future en grec andien (sic) et son rapport au moyen»).
Por último, no todos los trabajos tienen la misma relación con el tema central, siendo el caso más llamativo el de Denizot y Vassilaki sobre el adverbio modal τυχόν.
josé migueL jiménez deLgado De los cuatro topónimos en -aria tenidos por plurales neutros (p.
158), los tres primeros -C(a)eraria, Cetaria y Colobraria-deben ser femeninos singulares, designando un lugar para la fabricación de cera y conservas de pescado, y una tierra abundante en culebras.
Deriva acertadamente Getares del ablativo plural Cetariis de Cetaria (p.
278), aunque sería el único topónimo peninsular en que la africada palatal sorda [ĉ], resultado de [k] ante [i, e], en lugar de conservarse (como Aroche de Arucci, Chipiona de Caepione, Lachipe de Lacippo, etc.), habría dado [x], resultado de [s] latina.
Pues el árabe andalusí contó con el fonema romance [ĉ], aunque al escribir recurriera al signo más próximo en árabe [š].
No es claro pues si el cambio se produjo en árabe o ya en latín, favorecido en todo caso por la analogía con otro término.
El catálogo, que será el objeto principal de consulta sobre la historia, documentación y otros datos de cada topónimo, ofrece de forma clara, precisa, escueta y de primera mano sus datos fundamentales, unos más conocidos y otros nuevos y originales (en algunos casos relegados humildemente a las notas a pie de página), así como análisis inspiradores para futuras investigaciones.
Además de nombres de ciudades, incluye hidrónimos y otros nombres propios geográficos, y topónimos menores como barrios, aldeas, fincas, alfares, etc. Solo cabe hacer alguna observación puntual sobre algunos topónimos:
La supuesta ciudad de Βαῖτις o Baetis (p.
226) creo que es un topónimo inexistente, fruto de una mala lectura por Italica en griego ( ̓Ιτάλικα) producida en los inicios de la transmisión manuscrita de Estrabón.
Pues, además de las razones paleográficas que explican dicha confusión, esta ciudad cumple como ninguna con lo que refiere Estrabón en ese pasaje.
III 7 debe corregirse en Gades), también registra Gadis Isidoro (orig.
XIV 6.7), referencia omitida en p.
De esta forma singular, propia del habla al menos desde el siglo VI d.C., derivaría directamente Qādis en árabe, de donde procede Cádiz, aunque la forma habitual en castellano hasta el siglo XVI fue Cáliz, pronunciación vulgar producida por analogía con el nombre común.
A partir de un controvertido pasaje (Plin., nat.
III 11) que sigue a ciudades hispalenses, considera que al Hispalensis conuentus (p.
326) pertenecían no solo Nabrissa, Colobana y Hasta, sino incluso Asido (Medina Sidonia), cuando todas ellas pertenecerían al Gaditanus.
Saudo (pp. 437-438) estaba exactamente en torno al actual cortijo de El Jaulón (Arcos de la Frontera), que deriva de Saudone(m) a través de la forma medieval Xaudón, como expuse a propósito de «Rutiliana, la villa romana de Rutilius, étimo latino del topónimo Ruchena» (Las raíces clásicas de Andalucía, Córdoba 2006, pp. 122-123).
Searo (pp. 439-440) no solo puede ser identificada con la ciudad estipendiaria de Siarum (Plin., nat.
III 11), sino también con el asentamiento próximo o inmediato de los ciudadanos Siarenses Fortunales (Plin., nat.
III 14), pues la segunda lista incluye topónimos supuestamente célticos, no de la Baeturia Celtica como podríamos creer.
Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 Y el que sean citados junto a los Callenses Aeneanici (localizables en término de Montellano), y justo antes de otros topónimos célticos tanto de la Beturia como del sur de Sevilla (Salpesa y seguramente Serippo) y de la Serranía de Ronda (Acinippo, Arunda y Saepone), corrobora que estaba en término de Utrera.
Además, el que Plinio cite Siarum entre Caura (Coria del Río) y Maenuba (Guadiamar) no implica que estuviera en la banda derecha del Guadalquivir.
La localización de Vrci en el municipio almeriense de Benahadux (p.
493) está apoyada por su resultado Chuche a partir de *Uche, con lo que sí contamos con el resultado castellano de Vrci (p.
El término Antigüedad aparece mal escrito en minúscula (pp. 133, 308), y en la entrada de Silurus mons (p.
448) se lee atediendo por atendiendo, pero no he hallado más erratas.
En suma, el libro constituye un valioso legado a las futuras generaciones, el fruto maduro de muchas horas de trabajo concienzudo, reflexión reposada y redacción cuidada sobre los topónimos antiguos de Andalucía, que será durante muchísimo tiempo la obra de referencia obligada sobre el tema. raya en el prefacio (pp. 9-13) qué hay de peculiar en un trabajo que, como indica en p.
9, persigue indagar lo que tiene de distintivo la biografía de Hermes presente en el texto y rellenar (cf. p.
10) lagunas observadas en la bibliografía previa.
Esta obra no pretende ofrecer un comentario al Himno tan pormenorizado como el de Vergados; el lector o investigador interesado seguirá acudiendo para ciertas cuestiones al estudio de este.
El libro de Sch. se divide en siete apartados.
El primero (pp. 15-31) traza un panorama genérico del cuerpo de textos conocidos de forma unánime como Himnos Homéricos, recalificados por la autora como'pseudo-homéricos' de manera un tanto redundante pues, si se habla de himnos 'homéricos', parece que ya se da a entender que no se los considera obra del autor de la Ilíada y la Odisea.
En estas páginas Sch. toma postura ante cuestiones clave (el himno como proemio, las peculiaridades de los Himnos Homéricos, la constitución del corpus en época helenística o sus criterios de ordenación).
El capítulo siguiente (pp. 33-50) trata sobre la datación del Himno a Hermes y propone una tesis novedosa: que el texto es en realidad una creación helenística que mantiene con los textos homéricos relaciones intertextuales similares a las que se aprecian en Apolonio de Rodas o Teócrito.
Seguidamente (51-55) se trata la cuestión del género del Himno a Hermes y se propone considerarlo un epilio similar a otros poemas épicos breves del Helenismo.
El sentido de la atribución del Himno a Homero se analiza en pp. 57-63 y se subraya la presencia igualmente importante de material hesiódico en la composición.
Una nueva sección (65-71) se refiere a la historia de la materia mítica del Himno a Hermes y trata, de manera sucinta, dos cuestiones centrales: el motivo del robo de ganado en la literatura griega arcaica (pp. 65-67) y los rasgos esenciales de la materia mítica de Hermes según este texto, los Rastreadores de Sófocles y la Biblioteca de Apolodoro.
Un nuevo capítulo (pp. 73-80) expone los rasgos centrales de la figura del dios destacados por el Himno: Hermes como inventor, ladrón, mago, orador y figura humorística.
Las seis unidades anteriores del libro funcionan de hecho, aun sin recibir tal nombre, como introducción a lo que es propiamente su núcleo, las páginas (pp. 81-291) dedicadas a analizar y discutir el Himno a Hermes.
Aunque Sch. indica que su comentario no tiene las aspiraciones del de Vergados, el lector encuentra en este libro respuesta suficiente a la mayoría de los problemas que plantea el poema.
Sch. discute tanto unidades mayores del Himno como grupos de versos, versos aislados o términos concretos.
Donde puede ser necesario se analizan y sopesan las variantes del texto.
Con todo, las informaciones sobre los problemas críticos o las propuestas de enmienda son selectivas.
Es especialmente interesante que, por coherencia con lo expuesto en el prefacio, el libro de Sch. destaque los paralelos con los textos hesiódicos y helenísticos.
Ahora bien, no resulta fácil rastrear esos paralelos porque el volumen no contiene un índice de pasajes citados.
Más aún, tampoco incluye otros índices seguramente básicos: habría sido muy deseable que acompañaran al libro instrumentos tan precisos como un índice de términos griegos y otro de carácter temático.
293, un listado de abreviaturas (es dudoso, por cierto, que sea necesario explicar qué significa «Nom.», «Acc.», «Gen.» o «Dat.»).
Cierra el volumen el apartado bibliográfico (pp. 295-314) en el que se incluye una sección de siglas, el listado de las ediciones de autores clásicos empleadas y la bibliografía secundaria.
Es tentador valorar el trabajo de Sch. por comparación con el de Vergados.
Sin embargo, resulta más ecuánime juzgar en sí misma esta nueva aportación.
A propósito de lo ya dicho acerca de los aspectos más novedosos y sugerentes de los capítulos introductorios se debe añadir que la hipótesis según la cual este Himno es un epilio helenístico habría precisado un análisis lingüístico más profundo y una comparación con el estadio de lengua presente en Apolonio y Teócrito.
El lector también habría agradecido que el comentario viniese precedido por un texto del Himno a Hermes.
Llama además la atención que algunas referencias incluidas en el cuerpo de la obra no aparezcan en la bibliografía; salvo error por mi parte, es el caso de «Penglase (1994)», citado en 15 y 16: nunca se explicita que se alude a C. Penglase, Greek Myths and Mesopotamia, Londres, 1994.
Por otra parte resulta fácil reprochar la ausencia de ciertos trabajos en la bibliografía de un libro que se reseña; con todo parece que, en relación con la ordenación de los Himnos Homéricos, no se debe citar solo a J. B. Torres («Die Anordnung der homerischen Hymnen», Philologus 147, 2003, pp. 3-12) sino que a esta referencia se ha de añadir D. Fröhder, Die dichterische Form der Homerischen Hymnen untersucht am Typus der mittelgroßen Preislieder, Hildesheim 1994.
La aparición del volumen de Vergados debió de representar un contratiempo para Sch.
Aun así, el mérito de su comentario es notable.
Si se hubiera dispuesto de la información precisa se podría haber elegido como tema de tesis el Himno a Apolo, del que aún carecemos de un comentario detallado.
Es de desear que tal libro se publique pronto y que investigaciones futuras desarrollen ideas de Sch. tan destacadas como que el Himno Homérico a Hermes es un poema helenístico.
Fronteras entre el verso y la prosa en la literatura helenística y helenístico-romana.
Homenaje al Prof. José Guillermo Montes Cala.
Edición de J. G. Montes Cala (+), Rafael J. Gallé Cejudo, Manuel Sánchez Ortiz de Landaluce y Tomás Silva Sánchez, Bari, Levante Editori, 2016, 784 pp.
La editorial Levante, de Bari (Italia), publica una colección de estudios y textos, rotulada «Le Rane», que ha dado albergue, con el número 62, a este volumen de homenaje a uno de los grandes helenistas españoles de última hora, José Guillermo Montes Cala, prematuramente fallecido en septiembre de 2014 a los cincuenta y tres años de edad.
Montes Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 Cala era uno de los más profundos conocedores de la literatura griega de época helenística, helenístico-romana y neohelénica, como puede comprobarse por su currículum científico, compilado por Rafael Gallé y M. Paz Fernández Montañez e inserto entre las páginas 23 y 43 del tomo que nos ocupa.
Como editor y traductor, por ejemplo, editó y tradujo el poema narrativo Hécale de Calímaco (1989) y trasladó a nuestra lengua Hero y Leandro de Museo (Biblioteca Clásica Gredos, 1994).
Autores como Calímaco, Apolonio de Rodas, Teócrito o Plutarco no tenían secretos para él, que les dedicó numerosos trabajos exegéticos, todos ellos urdidos con sabiduría filológica, probada erudición y una elegancia expositiva que los convertía en sabrosa lectura tanto para profanos como para connaisseurs.
Una lamentable pérdida la de José Guillermo, pues reunía en su persona las condiciones que concurren en el filólogo de raza y los atributos inherentes al humanista.
Enmudeció cuando todavía le quedaba mucho y bueno por escribir sobre las letras helenísticas, sobre la tradición clásica, sobre tantos otros temas que hubiese abordado si no se lo hubiera llevado la Parca tan alevosamente y tan temprano.
Los distintos artículos que conforman el homenaje van precedidos de un prólogo, redactado por uno de los editores, R. Gallé Cejudo, en el que se nos cuentan los pormenores y vicisitudes que acompañaron la gestación del libro.
Luego figuran el citado currículum de Montes Cala y tres espléndidos artículos del homenajeado que ocupan casi un centenar de páginas: «De Teócrito a Sannazaro; ego loquens en la bucólica» (pp. 45-68), «Πολλὰ ψεύδονται ἀοιδοί.
Poesía o verdad: la gran escisión» (pp. 69-88) y «La poética teocritea de las formas insertas» (pp. 89-135).
Después vienen los trabajos aportados por los tres editores del volumen, que constituyen auténticas monografías: «Textos de prosificación verificable en los 'Ερωτικὰ παθήματα de Partenio de Nicea», de R. J. Gallé Cejudo; «Epigrama y paradigma mítico: la transformación de un género», de M. Sánchez Ortiz de Landaluce, y «Mirabilia en prosa y en verso: sobre la poetización de contenidos paradoxográficos en la obra de los Opianos», de T. Silva Sánchez.
A continuación, y por riguroso orden alfabético, figuran las contribuciones de los participantes en el homenaje, desde el italiano Eugenio Amato («Spigolature coriciane (III)» hasta la británica Heather White, viuda de ese gigante de los estudios helenísticos que se llamó Giuseppe Giangrande («Textual Problems in Horace 's Satires»).
Entre Amato y White desfilan algunos de los nombres más justamente célebres del helenismo español, con la inserción de otros tres estudiosos italianos -F.
De Martino, E. Magnelli y A. Stramaglia-y del francés Chr.
Los estudiosos españoles son los siguientes: A. Bernabé, E. Calderón, I. Calero, J. Campos, J. A. Clúa, P. Fernández Camacho, J. A. Fernández Delgado, F. A. García Romero, M. García Valdés, D. Hernández de la Fuente, J. C. Iglesias, D. López-Cañete, J. L. López Cruces, J. A. López Férez, M.a P. López Martínez (y C. Ruiz-Montero), L. A. Llera, Á.
Ruiz Pérez, C. Schrader, J. Solís, E. Suárez de la Torre, Á.
Después vienen los abstracts de todos los artículos (pp. 745-757), una generosa y nutrida tabula gratulatoria (pp. 759-763) y un índice de autores y obras que presta mucha utilidad al manejo del volumen.
Entre las contribuciones al homenaje al Prof. Montes Cala, me gustaría destacar las calimaqueas, por aquello de que el de Cirene está alojado en una de las principales salas de mi edificio espiritual.
Christophe Cusset, por ejemplo, estudia con rigor y perspicacia «Les voix féminines dans les Hymnes de Callimaque», y Jordi Redondo los «Homerismos, dialectalismos y koinismos en la Hécale de Calímaco».
Me han interesado, asimismo, de manera muy especial los trabajos firmados por mis admirados Alberto Bernabé («Dioniso en Antímaco de Colofón»), David Hernández de la Fuente («Odysseus in Spanish Literature: Humanity on Stage»), Aurelio Pérez Jiménez («Dolor, miedo e incertidumbre de las madres argivas en Eurípides, Suplicantes 598-606»), Francisca Pordomingo («Al margen del canon: poesía helenística destinada a la performance») y Emilio Suárez de la Torre («Las epifanías de Atenea [selección]»), lo cual no quiere decir que la navegación por el resto del libro no haya supuesto para este reseñista una singladura a todas luces provechosa desde el punto de vista del aprendizaje filológico y del mero placer de la lectura.
No se merecía otra cosa nuestro llorado amigo José Guillermo Montes Cala. tal como fueron escritos; cuando la autora ha estimado oportuno añadir algo a lo dicho entonces, ha preferido relegarlo a un breve apéndice de «Addenda et corrigenda» (pp. 631-637); además, para comodidad del lector, en la primera nota de cada trabajo se ofrecen los datos de la primera publicación y en el cuerpo del texto se recoge la paginación original.
La recopilación está organizada en tres secciones.
La primera, dedicada a cuestiones metodológicas, incluye cuatro trabajos: I.
À propos de Diogène Laërce VI 72» (pp. 13-33), donde se postula una redacción estoica de un silogismo sobre la ley presente en la sección doxográfica laerciana de Diógenes el Cínico; II.
«Une liste de disciples de Cratès le cynique en Diogène Laërce VI 95» (pp. 35-40), cuya propuesta de atribuir una lista de discípulos a Crates en vez de a Metrocles ha sido respaldada por Marcovich y Dorandi, editores recientes de Laercio; III.
«Le livre VI de Diogène Laërce: Analyse de sa structure et réflexions méthodologiques » (pp. 41-193), un exigente panorama del libro vi de las Vidas laercianas donde se individúan sus fuentes directas e indirectas (entre las que destaca el papel crucial de Diocles de Magnesia, de quien Laercio heredó la armonización entre cinismo y estoicismo de Apolodoro de Seleucia y los rasgos cínicos de Antístenes) y se proponen análisis que trascienden la tradicional Quellenforschung, y IV.
«L 'Ajax et l' Ulysse d, edición crítica corregida acompañada de traducción de estos dos discursos atribuidos en la tradición manuscrita a Antístenes pero que, según G.-C., más bien parecen pastiches escolares que imitan su estilo.
Luis aLberto de CuenCa
La segunda parte agrupa cinco trabajos dedicados a la evolución y diversificación del cinismo en las épocas helenística e imperial: V.
«Le cynisme ancien et sa postérité» (pp. 243-259), que incluye una panorámica de la recepción moderna del movimiento; VII.
«Le cynisme à l 'époque impériale» (pp. 265-360), donde el rigor y la exhaustividad en el análisis de las fuentes y el conocimiento de la prosopografía filosófica permiten a G.-C. ofrecer un clarificador panorama de un período tan complejo del movimiento, y IX.
«Qui était le philosophe cynique anonyme attaqué par Julien dans son Discours IX?» (pp. 361-383), donde se propone reconocer a Máximo Hierón detrás del cínico anónimo atacado por Juliano.
La tercera parte incluye ocho trabajos que individúan los principios del cinismo (considerado por G.-C. una filosofía de pleno derecho), en los que la atención pormenorizada a cada cínico evita el riesgo fácil de extender a todo el movimiento lo que es característico de solo uno de sus representantes: X.
Cierra esta tercera parte el inédito XVII: «De la République de Diogène à la République de Zénon» (pp. 545-606).
Frente a R. Bees, quien en su reciente monografía Zenons Politeia (Leiden-Boston 2011) ha concebido la República zenoniana como un tratado de la época de madurez, libre de influjo cínico y exponente de la propuesta de «una forma de vida cosmobiológica» basada en la teoría física estoica de la οἰκείωσις, G.-C. reivindica la visión tradicional (sostenida ya en Les Kynika du stoïcisme) del influjo cínico en la obra y, asimismo, una interpretación ética de la misma.
De acuerdo con esta, el cinismo diogénico habría inspirado muchas de las medidas de la ciudad ideal preconizada por Zenón (pp. 587 s.), por más que en el fondo existan diferencias, como ocurre a propósito del cosmopolitismo (negativo en Diógenes, positivo en Zenón).
Otras medidas, como las de contenido sexual, la antropofagia/necrofagia y el parricidio, se explican en el marco de la teoría zenoniana de los καθήκοντα, que lleva a no condenar actos que se dan en la naturaleza, ya sea entre animales o entre extranjeros, y que no son ni buenos ni malos, sino indiferentes (ἀδιάφορα) y susceptibles de una explicación racional; algunos de ellos, los καθήκοντα περιστατικά, solo podrán darse en circunstancias especiales, fuera de las cuales serán παρὰ τὸ καθῆκον (pp. 589-604).
Finalmente, existe un grupo de leyes ni indiferentes ni convenientes, en la medida en que comportan violencia sexual; según G.-C., conviene estar alerta ante los testimonios de estas noticias, que provienen de informantes poco inocentes (como el epicúreo Filodemo) y, por tanto, adolecen de inexactitudes o, abiertamente, de distorsiones.
La autora suma a la exposición positiva de su interpretación su cuestionamiento de aspectos concretos de la interpretación de Bees.
A este trabajo sigue un epílogo, igualmente inédito: «Les origines du mouvement cynique» (pp. 607-630).
En él G.-C. ofrece, primero, un inventario de los testimonios, tanto seguros como posibles, del apodo perro (κύων) aplicado a Antístenes, a quien la autora considera no el fundador de una escuela cínica sino el iniciador del cinismo (p.
613), en la medida en que sin él nunca habría existido Diógenes.
A continuación, sitúa la aparición de la denominación perruno (κυνικός) en el período inmediatamente posterior a la muerte de Diógenes a partir de los testimonios de Menandro, Clearco de Solos, Epicuro y su discípulo Metrodoro de Lámpsaco.
Finalmente, analiza la polémica construcción del cinismo como escuela filosófica, datada entre finales del siglo iii y comienzos del ii a.
Historia, religión y sociedad Calderón Dorda Esteban y Perea Yébenes Sabino (eds.), Estudios sobre el vocabulario religioso griego, Madrid -Salamanca, Signifer Libros, 2016, 253 pp.
El libro recoge trece trabajos independientes y muy variados, publicados por orden alfabético de autor y no por afinidad temática.
Una breve presentación de José García López da razón del tema en el marco de la fenomenología religiosa, así como del origen de la obra, un proyecto de investigación gracias al cual ya se publicó, en 2011, otro volumen con el título de Eusebeia.
Ante todo hay que decir que leer este libro representa un auténtico placer, por la erudición y la singularidad de algunos temas y su concisión, que provoca en el lector ganas de seguir leyendo.
En algunos capítulos se numeran los párrafos, lo que permite seguir el curso de las ideas sin digresiones inoportunas.
Este sistema de redacción se echa en falta en otros, en que la redacción es más densa y menos atractiva para el lector.
Cada capítulo va seguido de extensa bibliografía actualizada.
Aunque la fotografía de la portada presente dos máscaras trágicas de hombre y mujer (cuya procedencia, un sarcófago helenístico, no se hace constar), sólo tres de los estudios están dedicados al teatro: Esteban Calderón Dorda trata sobre «La Religión en Sófocles: análisis conceptual y léxico», que completa otros estudios suyos más amplios, y se centra en la idea de temor y la σωφροσύνη, analizando los términos de εὐσέβεια y σέβας en unión con σωφρονεῖν.
Es interesante el esquema que establece entre los términos δίκαιος, para los hombres, εὐσεβής, para los dioses y ὅσιος, para los muertos, en el contexto cívico, así como el planteamiento de la δυσσέβεια de Antígona y el punto de vista de Creonte.
José Antonio Clúa Serena, en «Aeschylean Tragedy, Religion and Heuremata: Prometheus and Palamedes», vuelve sobre el mito de Palamedes, esta vez a partir de los fragmentos de Esquilo y del texto del Prometeo, ambos personajes vistos como primeros inventores.
Las sugerencias acerca de la idea de progreso son interesantes, aunque se echa en falta una conclusión o una respuesta más atrevida a las preguntas planteadas.
Ana C. Vicente Sánchez, en «Los nombres de Erinis en las tragedias de Esquilo» clasifica los diferentes apelativos de las Erinis en el conjunto de la obra esquílea y no solo en la Orestíada, según el tipo de ofensa infligida (a familiares, a divinidades o a extranjeros) y da razón de los términos, ya sean comunes (león, serpiente, perro) o propios (Alastor, Erinís), o compartidos con otros seres míticos (Gorgona, Moira).
Es uno de los trabajos que, por breves, saben a poco: los nombres de Ate, Moira o Ker abren un mundo de posibilidades no exploradas sobre la venganza divina y la Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 relación de Esquilo con la tradición ateniense (Ate en Solón, fr.1 G.-P.) o con el ritual ateniense (las Antesterias), o con la integración hesiódica de las fuerzas oscuras bajo el control de Zeus.
El término εὐσέβεια es abordado por varios autores desde ángulos distintos.
El profesor Calderón lo analiza junto con otros términos que indican piadoso o sagrado, a partir de Sófocles; por su parte, Marta González González, en «Reflexiones sobre la εὐσέβεια a partir de la epigrafía funeraria», retoma el término a partir de la epigrafía de época arcaica y clásica (hasta el s. IV a.
C.), y presenta la evolución de la idea del más allá y la disposición interior del individuo.
Finalmente, Vicente Ramón Palerm, en «Radicalmente impíos: los pares ἀσεβής/εὐσεβής; ἄσεπτος/σεπτός, ἄσεμνος/σεμνός» estudia la raíz *σεβ-y su campo semántico, con los términos derivados, los antónimos y el detalle de su uso en Plutarco y Luciano, de cuyos textos da un elenco muy ordenado y útil.
Los papiros mágicos griegos y la astrología son tema de tres trabajos.
Manuel García Teijeiro y Alejandro García Molinos, en «El vocabulario de los papiros mágicos griegos» emprenden la ardua tarea de sistematizar el contenido de los heterogéneos papiros mágicos y exponer los nombres, autoridades mágicas o ilustres, objetos y vocabulario mágico, procedimientos, etc. Los cuatro primeros extensos párrafos introducen al lector en lo que son estos papiros y especialmente lo que no son ni cabe esperar que sean.
Por su parte, Emilio Suárez de la Torre, Miriam Blanco Cesteros y Eleni Chronopoulou, en «A la vez igual y diferente: notas sobre el vocabulario religioso de los textos mágicos griegos», abordan valientemente la cuestión de la problemática distinción entre religión y magia en el mundo antiguo, toman partido y exponen, ordenadamente, las diferencias entre los términos ἄγγελος, δαίμων, μάγος y derivados, los conceptos de λόγος y πράξις, el vocabulario del sacrificio y los términos sobre la lengua y las fórmulas de la magia.
Aurelio Pérez Jiménez, en «Una apropiación oportuna: textos astrológicos griegos y vocabulario de los cultos mistéricos y místicos», a partir de los textos de Vetio Valente, analiza la terminología propia de los misterios (μύστης, τελετή, ἐπόπτης) y su adaptación a la doctrina astrológica, y en la segunda parte aborda la astrología a partir de tratados y prácticas, con su vocabulario técnico, la exigencia de secretismo, la terminología sobre iniciados y sacerdotes y la relación con los cultos mistéricos.
No podía faltar el tema hermético y egipcio.
Sabino Perea Yébenes, en «Una procesión de sacerdotes y libros "herméticos" en Alejandría (Clem.
Sentido y léxico religioso», aborda la procesión descrita en los Stromata de Clemente de Alejandría, con el acierto de publicar el texto griego y su versión al castellano.
El tema es innovador, puesto que el vocabulario de Clemente ha sido poco estudiado, y engloba otras cuestiones importantes, como las bibliotecas de los Emerita LXXXVI 2, 2018, pp. 365-390 ISSN 0013-6662 templos, el Egipto helenístico y la composición de las procesiones.
El estudio incluye el contexto de los escritos de Clemente y una sistematización muy documentada de su vocabulario específicamente religioso, con abundancia de notas que desbordan casi el cuerpo del artículo.
El mito también está presente en el libro: Ezio Pellizer, en «Βουπλανόκτιστος.
In margine al miti di fondazione nel mondo antico», trata el procedimiento mítico de fundación (héroe fundador, oráculo y prodigio) y la relación con determinadas dinastías antiguas que justifican su poder político en el mito fundador.
El trabajo, breve y ameno a la vez que documentado, analiza la estirpe de Télefo y Pérgamo (en los relieves del célebre altar de Pérgamo, en Berlín), la gens Iulia, Troya (Ílion) y Roma, Píndaro y Agrigento y otros mitos en Sicilia y Albania, a partir los topónimos correspondientes.
7 Bernabé» aborda el motivo del rejuvenecimiento de Esón en el ciclo de los Nóstoi, y sus paralelos mitográficos, desde Homero hasta Ovidio, las figuras de Medea y Circe, el significado de χρίω,'ungir', y la vejez (γῆρας) como piel que se despoja en el proceso de rejuvenecimiento mágico.
Es innovador el punto de vista adoptado por Ángel Ruiz Pérez en «El lenguaje del reproche divino en los oráculos délficos», porque aborda la comunicación del dios délfico en comparación con el lenguaje del Yahveh bíblico, y encuentra fórmulas que manifiestan una cercanía insólita en los dioses griegos, en los casos de preguntas mal formuladas o arrogancia humana.
El estudio abre posibilidades para continuar comparaciones parecidas entre la religión griega y otras religiones antiguas.
Precisamente la interrelación entre dos perspectivas religiosas distintas, la griega y la cristiana, es el enfoque del primer trabajo del libro, que se ocupa del Philogelos, un compendio griego de chistes y ocurrencias.
Tommaso Braccini, en «Ridere del sacro: sul vocabulario religioso del Philogelos», analiza términos como θεός o κύριος y su uso en algunos chistes de la obra, que cita en griego y traducción italiana, y concluye que corresponden a una obra griega en una época profun damente cristianizada, entre los siglos IV y V.
Un volumen que reúne un abanico de temas tan variados podría pecar de dispersión, sin embargo el lector tiene sensación de unidad, precisamente porque se abordan distintos puntos de vista de una realidad compleja como es la religión griega.
Los trabajos, aun sin proponérselo, se interrelacionan entre sí y se comple mentan.
Hay que destacar, en general, la amenidad del lenguaje utilizado: la erudición y excelente documentación de los autores no son obstáculo para que la lectura sea fluida y los textos comprensibles, es decir, es un libro apto para toda persona que estudie el mundo antiguo, aun sin ser helenista.
Contiene un mapa hispaniae rotulado en la primera página, la foto-dedicatoria del profesor Barceló en su gabinete, otros 2 mapas y 51 ilustraciones repartidas en diversos artículos; sendos prólogos, en español y en alemán, de los editores y una semblanza de los campos de trabajo del homenajeado, a cargo del profesor Jaime Alvar; asimismo una Tabula gratulatoria que contiene 165 nombres: de Alemania (35 son de Potsdam), España, Francia, Suiza, Bélgica, Austria y USA.
El homenaje se destina no sólo a conmemorar la jubilación docente de Pedro Barceló, sino también su sexagésimo quinto aniversario.
Los caracteres griegos, cuando aparecen, se leen bien, lo que es de agradecer, dada la falta de uniformidad en esta materia, a pesar de los esfuerzos.
El sistema de notas es mixto: en unos trabajos se recogen a pie de página y en otros con el sistema anglosajón.
El profesor Pedro Barceló es oriundo de Vinaroz, pero ha desarrollado su carrera académica en Alemania, donde ha ocupado hasta hace poco la cátedra (Lehrstuhl) de Historia Antigua de la Philosophische Fakultät en la moderna Universidad de Potsdam (1996Potsdam ( -2015)), así como recientemente otra de excelencia en la Universidad Carlos III de Madrid.
Más aspectos académicos, que puedan interesar al lector, se hallan en otros apartados: prólogo, semblanza y listado de publicaciones del profesor Barceló, así como en las manifestaciones de algunos titulares en su contribución.
Dado que la actividad académica del doctor Barceló se ha repartido, especialmente en los últimos tiempos, entre Alemania y España, contando con estancias en otros países, una obra-homenaje de estas características deviene inevitablemente en voluminosa, pero difícilmente exhaustiva, debido al gran número de personas con las que ha tratado el receptor del homenaje.
En la Tabula gratulatoria, el elenco de estudiosos/as alemanes es naturalmente el mayor, pero en la sección de trabajos se echan en falta, impremeditadamente sin duda, muchos nombres de estudiosos españoles de la Historia Antigua, los cuales han tratado académicamente con el profesor hispano-alemán homenajeado: pero a veces las cosas no pueden ser, o no se intenta que sean.
Los artículos de colaboración se reparten en cuatro grandes bloques temáticos, indistintamente en alemán o español, francés o inglés y por orden alfabético en cada uno de ellos, a saber: I. Religión y política en el mundo antiguo / Religion und Politik in der Antike, con doce artículos. -II.
Hispania en la Antigüedad / Spanien im Altertum, con siete trabajos. -III.
Recepción de la Antigüedad / Rezeptionsgeschichte der Antike, con ocho participaciones.
Los artículos tocan temas diversos y no ceñidos necesariamente a la Antigüedad Clásica.
Algunos pocos recogen un breve encomio al homenajeado, pero la mayoría entran desde un principio in medias res.
Hay artículos individuales y otros en colaboración, en los que se ha permitido que los contribuyentes se extendieran lo necesario.
Es de observar que la pluralidad nacional y temática de las participaciones está en estrecha relación con la actividad internacional del grupo de investigación Potestas (Potsdam-Castellón).
En fin, extendemos nuestra felicitación al profesor Pedro Barceló, ahora jubilado después de una larga actividad entre países y regiones, por el concurso variado de las personas que han estado presentes en este evento editorial, que tal vez haya abastado satisfactoriamente a sus promotores y al círculo en que se mueven los editores españoles: no deja, empero, de causar asombro que, entre las 17 contribuciones españolas (una de ellas en alemán), haya una sola de un catedrático hispano de Historia Antigua, ya fallecido, y que de la otra cincuentena de catedráticos españoles de la especialidad (en activo o jubilados en el último quinquenio) ningún otro haya participado.
Si se pretendía un homenaje al profesor Pedro Barceló por parte de la Historia Antigua española, no se ha logrado ni de lejos, y se echan de menos aportaciones a numerosos campos de estudio cultivados por el destinatario del libro. |
dad de Barcelona) el haber leído las versiones previas de este trabajo y sus valiosas sugerencias.
El centón es un fenómeno literario basado en la imitatio.
Lejos de ser una obra de arte -se trata, de hecho, de "poesia di scuola", a diferencia de la "scuola di poesia" en la que funda sus textos, en términos de R. Lamacchia 1 -, el Parafraseo algunas notas ya desarrolladas en «Sobre el centón...», art. cit. n.
75: «La parodia, en su calidad de imitatio, es transcripción de un texto previo, al que el nuevo evoca tanto en forma como en contenido, y sobre el que luego opera una modificación.
Podríamos hablar entonces de yuxtaposición de textos, el viejo y el nuevo, cuya significación centón deja, no obstante, un espacio abierto entre su técnica de producción textual y su modelo o pre-texto.
No estamos ante una simple copia o reproducción: implica un traslado y, por tanto, una distancia entre modelo y nuevo texto.
Analizaremos este fenómeno literario desde el punto de vista de la intertextualidad, indagando sobre cuestiones que atañen a su naturaleza imitativa 2.
Para ello, proponemos hacer un recorrido por diferentes grados de citación textual: la alusión, la cita propiamente dicha y el plagio, de manera que podamos ir definiendo el centón en relación a ellos y marcando sus límites.
Al hacerlo, tendremos en cuenta las implicaciones de la transcripción de un texto a otro.
Justamente éste es uno de los parámetros con que mediremos los distintos modos de citación textual: distancia o proximidad entre la palabra propia y la ajena 3, y grado de apropiación y re-atribución del texto trasladado a su fuente genuina.
Si consideramos la imitación como el procedimiento de base de cualquier fenómeno citativo -algo así como el "grado cero" en la repetición de textos -, podríamos decir que se trata de la reiteración de un texto en otro, y por lo tanto, de un tipo de intertextualidad.
En palabras de S. Hinds, «repetition, it is clear, always entails some alteration" 4: en efecto, la inclusión de un texto viejo en uno nuevo necesariamente conlleva una modificación que ya de por sí habla sobre una intencionalidad.
La reiteración tiene consecuencias sobre el significado del texto que se repite 5. varía en virtud de la actualización (...).
Esto apunta a la ya clásica teoría de E. Benveniste: cuando cambia el sujeto que habla, y, por tanto, también las coordenadas espacio-temporales de quien emite el discurso, cambia el sentido del enunciado, aunque éste sea exactamente el mismo que el emitido por el sujeto anterior.
El acto de enunciación de un discurso es único e irrepetible (...)».
El punto de partida del centón es, pues, la imitación.
Quizás la idea de transcripción la describe mejor, puesto que entre el objeto imitado y el resultado de la imitación existe, como hemos dicho, un recorrido, un desplazamiento desde un determinado lugar, tiempo y sujeto a otros distintos y, en consecuencia, una brecha que se abre entre ambos.
Este espacio entre los dos textos no queda vacío: se va llenando a medida que el sujeto que imita va delineando su discurso y adoptando una actitud respecto del modelo.
Podríamos decir, entonces, que se da una actualización de enunciados, desde el mismo momento en que toda descontextualización opera una modificación en el material trasladado, marcada por la intencionalidad de quien realiza el acto de imitación.
N. Jitrik dice que la imitación es "el primer nivel, el más arcaico de la intertextualidad (...); más allá, sus mecanismos se sutilizan y llegan a zonas de complejidad indiscernible.
Pero la imitación es el fundamento, y aparece ante todo como trasplante.
Una forma más social o educada de la imitación es la cita, que denuncia a la imitación como un defecto (...)." 6 El centón, en tanto transplante, deja atrás este primer nivel, esta especie de grado cero, tomando de la imitación las características inherentes al traslado y a la apropiación.
Efectivamente, al imitar el centón hace suyo un modelo, lo incorpora a su esencia pero actualizándolo, es decir, dándole las connotaciones que implica el hecho de que un texto sea repetido por otro sujeto en otro tiempo y espacio.
En el recorrido hacia las distintas formas de apropiación de la palabra ajena encontramos la alusión, que ocupa un lugar preponderante en la literatura grecolatina antigua.
"Istantanea cattura di un momento fecondo", definen Conte-Barchiesi, "superamento de la parola scritta", 7 la alusión es la forma más sutil de imitación, no una explícita mención sino un disparador que suscita evocaciones.
A través de las resonancias que es capaz de despertar en el lector competente, la alusión desafía verdaderamente la linealidad de la lectura, tornándola "dialettica e movimentata." 8 Toma de la imitación su carácter de transplante pero en una medida mucho más reducida y compleja, pues la modificación del material ajeno en el que se basa implica una reformulación y refuncionalización tales que el reconocimiento de la palabra ajena en el nuevo texto es a menudo imperceptible.
Por eso E. Löfstedt sostiene que la alusión pone en evidencia que la interpretación "is a question, not only of clarity, but also of shades of meaning." 9 Cuanto más sutil es y más ecos evoca en su recepción, más se aleja de la más simple forma de imitación, pues se ve enriquecida por una característica propia de toda literatura clásica: la ambiguitas, la ambivalencia, la plurivocidad.
Hinds ha puesto en relación de alusión dos fragmentos de la literatura latina con los que podemos ejemplificar, en los que se puede apreciar la evanescencia de la vieja palabra en la nueva, la imperceptibilidad de la resonancia: Catulo 85 y Ovidio, Amores 3, 11b, 33-4.
El famoso texto catuliano dice: El «effetto d 'eco senza materia di supporto», como llaman Conte-Barchiesi a la alusión imperceptible 10, es notable en la comparación de los dos fragmentos.
Ambos tratan el tema amor-odio propio de la elegía amorosa casi sin repetición palpable, y sin embargo se involucran mutuamente, muy difuminadamente forman una red de evocación en la que la sutileza y la complejidad suscitan un contexto común interpretable en términos de alusión.
Ciertamente el centón no forma parte de este tipo de intertextualidad.
Si pudiéramos establecer una línea de evolución en el préstamo de textos, en la cual el primer escalón estuviera ocupado por la más sencilla repetición, sin sutileza evocativa, con toda la materia de soporte al desnudo y una recreación reducida al mínimo, mientras que el último por la más evanescente y plurívoca alusión, el centón se ubicaría en las primeras etapas del proceso de enajenación textual y de transformación del material previo.
Su confrontación con la alusión denuncia su proximidad a la forma más banal de imitación, su 11 Para el Cento Probae utilizo la edición de C. Schenkl, Poetae Christiani Minores, CSEL 16, 1, Viena, 1888, pp. 568-609.
13 Véase el detallado análisis de las transformaciones semánticas en el centón de Proba que hace M. R. Cacioli, «Adattamenti Semantici e Sintattici nel Centone Virgiliano di Proba», SIFC 41, 1969, pp. 188-247.
14 Instancia utópica, pues un texto que imita lo hace por y para algo, tiene una mecanicidad y carencia de alto vuelo.
Sin embargo, aún el centón supone un paso más elaborado que la más baja forma de mimetización en virtud de lo que significa, implica y genera el proceso de reconstrucción y costura de versos, en virtud de sus consecuencias y también de su particular respuesta hacia el texto literario modelo y hacia otros textos sociales de la época: dignare Maronem / mutatum in melius diuino agnoscere sensu, sostiene la dedicatoria del centón cristiano de Proba.
Cuando Proba articula versos ajenos, la palabra virgiliana, recortada y reutilizada, adopta los tonos de la nueva ideología desde la que se enuncia:
XI 5) no hacen referencia ya, como en el texto virgiliano, al paladión, es decir, la imagen de Palas, ni a las ramas de la encina que Eneas dispone para el entierro de Mecencio, respectivamente, sino que han de leerse metafóricamente como una referencia a la cruz, el "símbolo sagrado", y, metonímicamente, como el "tronco", la "rama" con la que es construida.
A diferencia de la alusión, el centón repite hexámetros enteros o fragmentos de hexámetros de tal manera que la materia di supporto es no sólo palpable sino inmediatamente reconocible.
Pero, como vemos, el zurcido de versos genera un cambio, aún cuando la reiteración de los fragmentos que se toman prestados es fiel 13.
La imitación que se limitara a reiterar el texto modelo, sin intención de plagio, pero al mismo tiempo sin fuertes marcas de diferenciación (contextual, por ejemplo), no implicaría reelaboración del material que repite 14.
El EM LXX 2, 2002 intencionalidad, y por tanto la imitación despojada absolutamente de modificación -aunque sea insignificante y sólo consista en la mera reiteración -resulta inconcebible.
El concepto mismo de "mera reiteración" es ya en sí cuestionable.
15 A esto mismo se refiere Polara, ob. cit. n.
16 Véanse K. centón, mediante su proceso de sutura, va al encuentro intencionado de un efecto de choque, de cortocircuito, a través de un mosaico de textos cuyo significado global difiere de aquellos que le dan nacimiento 15.
Continuando por la vía de la imitatio, pero esta vez descendiendo a su escalón más bajo, hallamos el plagio 16.
Robo literario, copia mal intencionada, fraude, su práctica suscita una condena moral sobre quien lo ejercita en tanto intenta «to conceal or destroy its sources» 17.
Es la consecuencia de la propia limitación creativa, de la propia mediocridad e imposibilidad de generar una obra en términos genuinos y legales.
El plagio es la forma más vil y más abyecta de imitación, la más esclava de su modelo.
El vacío que deja la transcripción de un texto a otro se llena con una respuesta por parte del que plagia: la de admiración y reconocimiento de superioridad.
Pero a diferencia de la simple imitación, esta respuesta contrasta con la actitud del productor del discurso, que se maneja en términos ilegales: obnoxii profecto animi et infelices ingenii est deprehendi in furto malle quam mutuum reddere, sostiene Plinio 18.
Quien plagia no es indiferente a la superioridad del texto robado, lo quiere para sí, lo fagocita, se adueña de él, pero trata de borrar toda huella de lo ajeno mediante el ocultamiento de la verdadera identidad de su texto.
El centón limita con el plagio en dos puntos: en que es una transcripción casi fiel de su modelo, y en que manifiesta al mismo tiempo admiración hacia el texto que imita y una implícita imposibilidad de superarlo.
No obstante, el centón no es plagio.
No sólo difiere de éste en su fragmentarismo acentuado y sistemático, sino también en un punto esencial, que atenúa su culpa de ser reiteración: no oculta su fuente.
Precisamente, su primera intención es la de ser identificado como palabra ajena, se 19 Cito por la edición de S. Prete, Ausonius, Opuscula, Leipzig, 1978, pp. 159-69.
basa en la idea de la imitación declarada.
En esto el centón cumple con una de sus leyes: opusculum... de alieno nostrum, explica Ausonio 19.
Espera ser reconocido como otra palabra, en otro contexto, con otra intención.
El centón, verdaderamente, muestra su modelo, lo exhibe como una de sus partes principales, como la estructura básica desde la cual envía su mensaje y sobre la que manipula 21.
Resultaría, como bien observa Pavlovskis, sencillamente imposible ocultar una fuente semejante.
El programático reconocimiento del préstamo previene al centón de ser considerado un plagio.
A esto se refiere Cicerón cuando, en su breve diálogo ficticio con Ennio, lo insta a que acepte su deuda con Nevio: nec uero tibi aliter debet, qui a Naeuio uel sumpsisti multa, fateris, uel, si negas, surripuisti 22.
Lo que quiere decir Cicerón está claro: aún cuando Ennio se distancie de su predecesor y marque las diferencias con él, aún cuando haya incluido a Nevio entre los primitivos bardos y los faunos, aún así reconoce las bondades de su poesía, pues de otra manera no hubiera tomado prestado tanto de él.
Esta indudable imitación de Nevio previene a Ennio de ser tildado de plagiador.
Todos estos casos de enajenación textual forman parte del carácter citativo de todo texto, en diferentes medidas: cada caso difiere del otro por su proximidad o distanciamiento del objeto imitado, y por el grado de apropiación y re-atribución de la palabra ajena.
La alusión, sin exhibir, se propone suscitar su origen.
El proceso se da en un doble sentido: enajenación y reconocimiento de la palabra ajena, y por tanto, re-atribución implícita de esa palabra a la fuente de la que se ha nutrido.
La distancia entre textos es marcada, y esto lleva a que frecuentemente resulte complejo el reconocimiento de uno en el otro.
El plagio, por el contrario, es unidireccional: se apropia de lo ajeno sin intenciones de reconocerlo como tal ni de devolverlo a su verdadero autor.
El proceso es sólo de ida, sin re-atribución EM LXX 2, 2002 23 Utilizo la terminología de G. Genette, Palimpsestos.
La literatura en segundo grado, trad. de C. Fernández Prieto de la 1a edición francesa de 1983, Madrid, 1989, p.
14, aunque mi noción de intertextualidad es más acorde a la suya de transtextualidad.
24 Cuando hablo de "comillas" no me refiero específicamente al signo gráfico sino metafóricamente a toda marca o expresión textual que pueda funcionar como atribución a su fuente genuina de la palabra que se trae a colación. ni distanciamiento, lo cual permite al lector competente reconocer fácil e inmediatamente el hipotexto 23.
Entre las diversas actitudes del enajenador se encuentra una que, por distintas razones, marca una distancia inequívoca con la palabra ajena: la cita propiamente dicha, esto es, la enajenación entre comillas 24.
Una vez más, este tipo de incorporación de la palabra ajena parte de la imitación, que le otorga su identidad de reiteración y de transcripción, pero con una declaración expresa de que el texto señalado no es propio.
El camino es, al igual que con la alusión, de ida y vuelta, pues se apropia de la palabra ajena pero re-atribuyéndola a su dueño.
Sin embargo, este proceso de apropiación implica siempre, en mayor o en menor medida, una afirmación.
El texto ajeno significa algo, dice algo, desde el momento en que se lo hace parte de lo propio.
En palabras de G. Reyes: «Citar (...) no exime de la responsabilidad de la intención comunicativa; suscitar otra voz no es perder la propia, repetir es decir, en la medida que sea» 25.
Todo acto de apropiación supone una incorporación del otro al propio ser, y un proceso de asimilación en diversos grados.
El caso de la cita es quizás el más explícito, el que más exhibe ese proceso de inclusión, y así, ésta deviene una materia estática, pues su función es repetir uerbum ad uerbum, es decir, literalmente, lo dicho por otro, mientras que la alusión, al reelaborar el texto viejo, lo reformula.
El fragmento reiterado en la cita no deja de tener consecuencias para el texto en el que se lo incluye, como ya lo hemos notado, pero su función dentro del nuevo texto es comparativamente estática, a diferencia de la de la alusión, que gana mucho en dinamismo.
El centón es afín a la cita en cuanto a su intención de ser reconocido como texto ajeno dentro del propio, y comparte con ella una función más estática de la palabra ajena en la propia, la reiteración palabra por palabra, sin compleja o sutil reformulación.
A diferencia de ella, no posee marca textual explícita que haga referencia a su fuente, pero el proceso de aislamiento se produce a partir de la memoria del receptor.
En palabras de considerado cita o alusión y lo que podía derivar en plagio eran motivo de juicios de lo más variados, resultando muy difícil dirimir la cuestión a través de consensos comunitarios.
La imitación como reelaboración del material que se tomaba prestado estuvo siempre sujeta a la interpretación.
A. M. Guillemin, admitiendo las enormes dificultades para reconocer un plagio en la Antigüedad, propone como límite preciso a las indefinidas posibilidades de imitación el'gÓn, el certare.
Si la imitación es agonal, es decir, si supera o al menos compite con su modelo, la obra deviene incuestionablemente priuati iuris, como lo nota Horacio: publica materies priuati iuris erit, si / non circa uilem patulumque moraberis orbem, / nec verbo uerbum curabis reddere fidus/ interpres 33.
Si la imitación es servil, estamos ante furtum 34.
Sin embargo, una vez más vamos a parar a la interpretación y a la valoración como criterios de definición, sobre todo para aquellas obras que podrían no ser consideradas claramente lo uno ni lo otro, ni agones, ni imitaciones serviles.
Y la interpretación es una instancia comunicativa siempre abierta a nuevas consideraciones y siempre subjetiva.
Ciertamente, la memorización de versos facilitó el surgimiento del centón, pero lejos de ser un arma de doble filo, como opina Polara 36, y de comportar riesgos para la creación literaria, se convirtió ella misma en la garante de originalidad y de la integridad moral del poeta, pues funcionó simultáneamente como mecanismo contra el plagio.
Por otra parte, resulta interesante observar que en la misma noción de imitatio, que promovía la variación de la enunciación en torno a un número finito de enunciados, se encontraba el riesgo pero también el desafío: la misma dinámica de apropiación e incorporación de la palabra ajena generaba para los menos dotados la dificultad de variar sobre logros ya reconocidos unánimemente (difficile est proprie communia dicere..., asegura Horacio 38 ), pero para los mejores, es decir, para aquellos que, estimulados por el zÊlwj, lograban competir con el modelo, ofrecía la ventaja de un resultado doblemente meritorio y, sin dudas, mucho más complejo y rico en alusividad, sutileza y plurivocidad.
Como bien lo nota Hinds, esta tendencia a intertextualizar conscientemente las obras literarias hizo de la literatura latina no un reducido repertorio de reiteraciones sino un sistema enormemente más sensible a las posibilidades creativas 39.
El caso del centón es uno de aquellos que no admiten dudas a la hora de ser interpretado como composición agonal o como furtum, dado que la misma técnica deja claro que ni tiene la intención de plagiar, ni pretende igualar -mucho menos superar -a su modelo.
Estamos, justamente, ante uno de esos casos que sería complicado definir en los términos de Guillemin, pues va a parar a esa zona difusa de obras que no son ni una cosa ni la otra.
Ciertamente, por muy buena voluntad que se ponga a la hora de reivindicar su técnica de producción textual, el centón dista mucho de ser una obra que compita con su hipotexto.
Sin embargo, el juego de respuestas y el diálogo que establece con él y, en el caso de los centones cristianos, con los textos bíblicos, dan una mayor profundidad al espacio que deja abierto la transcripción de versos o fragmentos de versos.
Esto es algo que ya ha sido explorado hasta cierto punto por E. A. Clark y D. F. Hatch 40, quienes, EM LXX 2, 2002 41 Resulta sumamente interesante el análisis del centón de Proba a la luz de sus relaciones intertextuales con Virgilio y la Biblia, así como la observación de la dinámica de préstamos, lecturas e influencias recíprocas de tales textos.
Dejo aquí propuesto este tipo de análisis para futuros trabajos.
42 Véase Pavlovskis, ob. cit. n.
Without language it obviously does not exist, and an extraordinary fascination with language for its own sake is needed to engage in this kind of writing». centrándose en el Cento Probae, han demostrado que la técnica, aún cuando mecánica, deja entrever mucho más que una simple yuxtaposición de fragmentos, como las intenciones autoriales y la ideología que sustenta el texto, a través de la selección de pasajes virgilianos, la recurrencia a ciertos fragmentos a lo largo de una misma obra, la insistencia en determinados episodios bíblicos en detrimento de otros, la modificación, incluso, de relatos evangélicos 41.
Quizás la cuestión sobre la interpretación y valoración de los centones cristianos resida en cambiar la perspectiva desde la cual se los lee y analiza, tal como propone Pavlosvkis, dejando a un lado los parámetros clásicos -en comparación con los cuales salen siempre mal parados -e intentando no vernos afectados por el carácter tan contundentemente dependiente del hipotexto que tiene el centón 42.
Más bien cabría centrarse en el aspecto relevante de su llamada de atención sobre el lenguaje y sus posibilidades metatextuales 43.
Entre el préstamo declarado y la más desnuda reiteración, el centón es técnica imitativa e intertextual, y como todo fenómeno citativo, involucra una repetición con significado propio.
En el proceso de enajenación y re-atribución de la palabra ajena, la memoria desempeña un papel preponderante, pues funciona como garante de legalidad del préstamo, a modo de comillas.
El distanciamiento entre modelo y nuevo texto parece mínimo en los centones cristianos, pues la reiteración uerbum ad uerbum es evidente; pero si enfocamos el centón desde la perspectiva del encuentro y contraposición de ideologías y de intencionalidades, la distancia se ensancha.
La actitud del productor del discurso se asemeja en gran medida a la de aquél que cita, pues manifiesta respeto por su modelo al reconocer la palabra ajena en el propio discurso, y en cierto sentido también a la de quien plagia, al manifestar tamaña dependencia de la reiteración palabra por palabra, originada en la admiración y sacralización de los textos virgilianos.
La imitación fue base del sistema literario latino, y el centón se postula dentro del sistema como una exacerbación de las posibilidades citativas y como una comprobación paradójica de que aún en la reiteración existe novedad. |
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Como también se sabe, consonans es un calco semántico 1 del término griego σύμφωνον, empleado por lo general en género neutro por referirse, expresa o elípticamente, a los γράμματα o στοιχεῖα 2 que notaban los sonidos en cuestión, en tanto que el latino consonans y otros términos de su ámbito se nos presentan en femenino, en cuanto que referidos a las correspondientes litterae.
Ese principio gráfico de la descripción fonética se mantiene, pues, en una y otra lengua 3.
En la Grecia clásica parece haber existido especulación sobre el lenguaje ya en el siglo V a.
C., al amparo de la gran floración intelectual que lo caracterizó, especialmente en Atenas, desde los sofistas hasta Platón y su Academia, pasan-1 Según veremos más abajo, las primeras comparecencias de consonans en latín todavía no presentan el sentido técnico de «consonante».
La palabra, pues, ya existiría de antes en la lengua y de ahí que hablemos de calco semántico.
Creo que el fenómeno se corresponde exactamente con el que Hock 1991, p.
2 El término γράμματα se refiere más bien a las figuras de las letras (formadas por γραμμαί,'trazos') en tanto que στοιχεῖα (derivado de στοῖχος,'línea' o 'fila') parece hacer referencia al «empleo lineal» de los mismos (al parecer, en curiosa sintonía con la linéarité de la comunicación lingüística de Saussure; cf. Desbordes 1995, p.
19, cree que esa linealidad concierne más a su orden en el alfabeto que en la palabra.
Su traducción latina por elementum es etimológicamente oscura, pero según Ernout y Meillet 1965 4, s. u., «recubre en todas sus empleos el gr. στοιχεῖον», si bien parece que el de «'letra'/'sonido'» es el primario; al final, como de costumbre, queda la salida del «intermedio etrusco».
Sobre la historia de los términos aquí citados v.
3 No parece que ese principio de análisis requiera una especial justificación si se considera que la creación del alfabeto griego a partir de la escritura consonántica fenicia, la «invención genial» y verdadera muestra del «milagro griego» de la que habla Leroy 1973, p.
387, había sido una tarea de análisis fonológico inspirada por la que Alarcos 1968, p.
548, llamaba «orientación fonológica» de las escrituras fonográficas, y en particular de las alfabéticas.
CXIV, había escrito al respecto: «Los hombres que inventaron y perfeccionaron la escritura fueron grandes lingüistas y son ellos los que crearon la lingüística».
109, afirma: «es posible, pues, contentarse con estudiar la lengua en su forma escrita y, en realidad, ésa es la tendencia original de la Antigüedad y muy especialmente del ars grammatica»; en su p.
110 habla de «la adhesión a la letra que domina el pensamiento antiguo sobre el lenguaje»; y en p.
181 escribe que «el tema de las "letras inútiles" muestra que a su manera los romanos tenían conciencia de la naturaleza funda men talmente fonológica del alfabeto».
85: «Las letras sirven para distinguir fundamentalmente no sonidos percibidos como diferentes en la audición, sino sonidos percibidos como diferentes porque sirven para distinguir las significaciones; son los llamados fonemas».
do por el círculo de Sócrates4.
Y no es de extrañar que la reflexión sobre el mundo, la vida y la manera en que el hombre los contemplaba trajera consigo una reflexión sobre el medio por excelencia con el que podía expresar y fijar las percepciones resultantes: la lengua, y empezando por la manera de escribirla.
Las modestas aportaciones -si alguna merece tal nombre-que estas Notas pretenden ofrecer conciernen sobre todo a las primeras apariciones de los dos términos mencionados en su título y a sus inmediatos precedentes, asunto en el que nos parece que cabe precisar un poco algunas de las más o menos communes doctrinae vigentes en la actualidad.
En el Diccionario de terminología gramatical griega de V. Bécares (1985, s. u.), reconocido experto en gramática griega antigua, podemos leer: «σύμφωνα (γράμματα, στοιχεῖα): las consonantes, clasificadas por Pl., Cra.
39 ss.]5, pasaje este último en el que, en efecto, se enumeran los 17 (γράμματα o στοιχεῖα) σύμφωνα, que se corresponden con los sonidos que nosotros acabaríamos llamando 'consonantes'.
Dicho esto, cabe matizar los términos en que Bécares (1985, l. c.) introduce el lema citado, los cuales, a nuestro parecer, podrían dar a entender que ya Platón y Aristóteles hablaban de σύμφωνα (γράμματα o στοιχεῖα), lo que en absoluto es el caso, aunque, como luego veremos, uno y otro hablaron, con otros nombres, de esos sonidos que la Τέχνη γραμματική atribuida a Dionisio Tracio (siglo II a.
C.) sí llamó σύμφωνα.
Sin embargo, hay que reconocer que, leído con la debida atención, el citado lema de Bécares 1985 deja claro que esa sería, en principio, la primera comparecencia acreditada del término en cuestión.
Los στοιχεῖα en Platón y en Aristóteles
Con los citados Platón y Aristóteles proseguiremos nuestras precisiones a propósito de la historia de los términos que aquí nos interesan, pero lo haremos empezando por algunos de los estudios modernos dedicados a ellos.
84 s., en su Overview de la Lingüística Clásica, se ocupa en primer término de las ideas gramaticales recabables de los escritos platónicos, aunque sin entrar en detalles de las concernientes a los sonidos y sus denominaciones6, de las que luego sí nos ocuparemos nosotros.
Pasa luego a Aristóteles, y tras recordar, siguiendo a Hodvhaugen 1982, p.
33, que el précis que presenta en su Poética 20 es «el primer esbozo gramatical del griego que conocemos», y que recoge mucha de la información que proporciona Platón, afirma que divide «las letras» en «vocales, semivocales y consonantes (mudas)», lo que ya no corresponde con justeza a la realidad; pues la división de Aristóteles distingue, en efecto, tres clases, pero para él (Po.
20, 1456b25) «las clases de (la) letra» ([στοιχεῖου]... μέρη) son τὸ φωνῆεν, τὸ ἡμίφωνον y (τὸ) ἄφωνον, lo que se puede, e incluso se debe traducir por «(la letra) vocal, la semivocal7, y (la) muda»; a la tercera clase, pues, no la llama «consonante», como Taylor da a entender8, dado que se refiere estrictamente a la muta de los posteriores gramáticos latinos y, en términos modernos, a «la oclusiva».
La doctrina de Aristóteles -que tampoco pretendió pasar por «gramático»-sin duda recoge la que podemos considerar como heredada del siglo V a.
C. y que ya vemos esbozada en Platón 9.
En efecto, y como antes apuntábamos al comentar el Diccionario de Bécares 1985, en varios lugares, y sobre todo en un locus classicus de su Crátilo (424c), Platón se había ocupado de los sonidos de la lengua, si bien, como entonces era habitual, sub specie litterarum 10.
En él, Sócrates, discutiendo la idea de que la lengua imita «con las letras y las sílabas... la esencia de las cosas» 11, pregunta si no habrá que empezar por «distinguir las cualidades de las letras»; y aceptada su propuesta, y adoptando de nuevo la modalidad interrogativa propia de su mayéutica, distingue en primer lugar τὰ φωνῆεντα, término que ya nos suena; «después -dice-, de entre las restantes [distinguimos] según sus especies, τὰ τε ἄφωνα καὶ ἄφθογγα»; y ahí sí nos encontramos ya con un término que no conocíamos.
Tampoco él quiere dárselas de gramático, y por ello anota al respecto de los términos empleados: «pues así dicen los expertos en esas cosas», con lo que da a entender que en su tiempo ya se había desarrollado una cierta doctrina gramatical independiente de la filosofía, de la que no tenemos mayores noticias.
Antes de entrar de lleno en los problemas de interpretación del pasaje, bueno será dar un vistazo a cómo lo han entendido algunos traductores.
El traductor entiende, pues, que Platón propone una clasificación tripartita: «las vocales», «las consonantes o mudas» (nuestras «oclusivas») y «las que no son vocales ni mudas», clase que forzosamente debe englobar a las fricativas, líquidas y nasales; y no hay mayores reproches que hacer a esa traducción.
Sin embargo, hay que reparar en que a «las mudas» Platón no las llama simplemente ἄφωνα, sino ἄφωνα καὶ ἄφθογγα, una iunctura con la que habla de dos cualidades acumulativas de una misma clase, a saber «las mudas y carentes de ruido» 12.
En efecto, así ha de entenderse el ἄφθογγα del texto, término para el que no conocemos equivalente en el vocabulario habitual de la fonética antigua o moderna; pero el que no lo haya no permite, a nuestro entender, traducirlo sin más por «consonantes», como hace Fowler, pues el exacto equivalen-te griego de ese término, σύμφωνα, ni está en el texto ni es probable que ya estuviera en uso por entonces con tal sentido 13.
Muy similar es la versión española publicada por J. L. Calvo en el vol. II de los Diálogos de la fenecida Biblioteca Clásica Gredos: en ella, los ἄφωνα καὶ ἄφθογγα son «las consonantes y mudas», traducción que incurre en la misma licencia que la de Fowler.
Sin embargo, en su n.
134, Calvo nos remite a otro importante pasaje platónico sobre fonética: el de Filebo 18b-c, que también merece consideración especial.
De él tenemos versión española en el vol. VI de los Diálogos de la citada Biblioteca Clásica Gredos, a cargo de M. A. Durán.
De nuevo Sócrates, remontándose a la mítica doctrina del egipcio Teut, le atribuye el descubrimiento de las vocales y el de las que, aunque ἄφωνα, «participan sin embargo de algún ruido (φθόγγος)»14, las cuales han de ser, como en el Crátilo 424c, el conjunto de las actuales fricativas, nasales y líquidas (así como las dobles ζ, ξ, ψ), toda vez que «como tercera especie de letras» clasificadas por el egipcio solo quedan «las mudas» (ἄφωνα sin más).
Así, pues, con leves variaciones en el orden y en los términos de la descripción, en el Filebo nos encontramos con la misma doctrina que en el Crátilo.
Al inicio del apartado, y tratando de la λέξις ('dicción' o 'elocución'), el filósofo identifica al στοιχεῖον como su elemento básico (digamos que casi como «unidad de la segunda articulación») y lo define como «sonido indivisible» (φωνὴ ἀδιαίρετος), definición que no es válida para los grafemas de valor complejo como ζ, ξ o ψ.
La clasificación de Aristóteles es también tripartita: φωνῆεν, ἡμίφωνον y ἄφωνον, sin otra novedad, pues, que el segundo término, que agrupa a los sonidos que no son ni vocales ni mudos, y que sin duda la hacía más manejable que la plató-
La Τέχνη de Dionisio Tracio: ¿una gramática helenística?
Hasta aquí lo que nos cumplía decir de nuestro asunto en la doctrina de Platón y Aristóteles.
Y para dar el necesario paso adelante tomaremos pie en una nota (p.
73, n.128) de los autores de la versión española de la Poética que ya hemos comentado: «En tiempos de Aristóteles, la gramática no estaba constituida aún como disciplina científica encargada de definir los elementos estructurales del lenguaje o los principios de su funcionamiento.
Por ello, la doctrina gramatical que Aristóteles presenta en este capítulo y en el siguiente difiere considerablemente de la que ha llegado a nosotros a partir de la célebre Gramática de Dionisio Tracio, la cual tiene una notable aportación procedente del pensamiento estoico...».
En efecto, si bien se cree que «la lingüística helenística (siglos III a I a.
C.) es esencialmente o bien estoica o bien alejandrina» (Taylor 1995a, p.
85), también lo es que el auténtico Dionisio Tracio era alejandrino y discípulo de Aristarco.
Sin embargo, el propio Taylor (l. c.), tras señalar la muy distinta función que la gramática desempeñaba para los estoicos y para los filólogos de Alejandría -para unos, propedéutica de la lógica, para otros de la crítica literaria-, estima que las dos grandes corrientes de la ciencia del lenguaje helenística «difieren tanto como para ser incompatibles la una con la otra».
Desgraciadamente, como en tantas otras cuestiones de gramática antigua, carecemos de los testimonios deseables para hacernos una idea exacta de la situación a considerar.
Pero yendo a lo esencial, y dejando al margen por el momento problemas que pueden soportar una cierta dilación, es preciso constatar y subrayar una importante novedad que la Τέχνη llegada a nosotros presenta: la de una ordenación de los στοιχεῖα o γράμματα en la que las clases aristotélicas de los ἄφωνα y los ἡμίφωνα se funden en la de los σύμφωνα 21, de la que vendrá la de nuestras «consonantes» 22.
Mientras que las vocales se llaman así «porque realizan el sonido (φωνήν) por sí mismas» 23, la definición de las consonantes es negativa y en cierto modo más clara, pues «no tienen sonido por sí mismas, sino que realizan el sonido en combinación con las vocales».
A este respecto observa con acierto Belardi 1985, p.
72: «El punto de vista ha cambiado: ya no prevalece la consideración de los stoikheia en sí mismos y de su paradigma abstracto, sino la consideración de su "empleo sintagmático" concreto [cursiva nuestra]» 24.
No cabe duda de que esa partición entre sonidos susceptibles de pronunciación autónoma y los que no lo son -lo que viene a corresponderse con la capacidad de formar sílaba y la falta de ella-, relativamente fácil de captar, desempeñó un importante papel en la fortuna de que el concepto y término de σύμφωνον/consonans gozó en la posteridad.
Añadamos que en la taxonomía fonética de la Τέχνη, muy detallada, sobreviven como subclases de las consonantes las ya tradicionales «semivocales» y «mudas», y dentro de estas las relativamente novedosas de las «sordas» (ψιλά), las «aspiradas» (δασέα), distinciones ya genéricamente apuntadas por Aristóteles, y las «sonoras», a las que llama μέσα, en el sentido de «sonoras» ya comentado 25.
Una subclase de las consonantes forman también las 'dobles' (διπλᾶ) ζ, ξ y ψ, y otra las denominadas ἀμετάβολα ('invariables'), nuestras líquidas y nasales, a las que llama de esa manera por la curiosa razón
Como se ve, pues, en su mayoría denominaciones destinadas a hacer fortuna en la gramática occidental.
A este respecto ha llamado la atención la riqueza terminológica de la Τέχνη, en la que aparecen unos 150 nombres técnicos, «que abarcan la casi totalidad del vocabulario lingüístico occidental hasta bien entrado el siglo XX» (Taylor 1995a, p.
Es una quasi communis doctrina la de que la Τέχνη tiene un tono predominantemente estoico 26, aunque no sin contribuciones de la filología alejandrina, cuyo grado de sistematismo en cuestiones gramaticales aún es objeto de debate.
Por nuestra parte, no sabemos de ningún testimonio antiguo que acredite tal filiación doctrinal de la obra en cuanto a los στοιχεῖα y sí, en cambio, de alguno que invita, cuando menos, a una cierta prudencia a tal respecto.
En efecto, se ha venido considerando como exponente capital de la doctrina gramatical de los estoicos la obra de Diógenes de Babilonia (c.
C.), sucesor de Zenón al frente de la escuela e ilustre también por otros conceptos 27.
Diógenes expuso su doctrina en un tratado Περὶ φωνῆς 28 hoy perdido, del que tenemos una cierta idea por el resumen que Diógenes Laercio, en el siglo III d.
Según este autor (VII 57) 30, el de Babilonia distinguía entre los 24 γράμματα o στοιχεῖα 26 Valga como ejemplo la observación (p.
128) de los autores de la traducción de la Poética ya citada en la que se explican las diferencias entre la gramática de Aristóteles y la de Dionisio Tracio, el cual habría introducido «una notable aportación del pensamiento estoico».
72, al comentar la introducción del término σύμφωνον, la atribuye sin más detalles a «los estoicos y Dionisio Tracio».
F. Montanari, en su capítulo «Grammatici Greci» del Dizionario dirigido por F. della Corte (1990, p.
C., junto con los también filósofos Critolao y Carnéades, formó parte de la embajada ateniense que viajó a Roma para obtener el perdón de una multa impuesta a su ciudad.
30 Puede verse una traducción del pasaje en A. López Eire, Diógenes Laercio.
135 s., con texto griego (coincidente con el de la edición teubne-τῆς λέξεως siete vocales (α, ε, η, ι, ο, υ, ω) y seis ἄφωνα (β, δ, γ, κ, π, τ), pero sin hablar para nada -al menos Diógenes Laercio no lo hace-de la clase intermedia aristotélica de los ἡμίφωνα, a la que antes de él Platón había aludido -que no nombrado-con el τὰ μέσα que ya hemos comentado al tratar el pasaje de Filebo 18c 31.
Además -y dato no menos llamativo-, según esa noticia Diógenes tampoco contaba entre los ἄφωνα las aspiradas θ, φ y χ.
10 s., aborda esa cuestión: a su parecer, en un período que abarcaría en gros los siglos III a I a.
C., las «aspiradas» ya habrían evolucionado a «espirantes» (fricativas), por lo que ciertos gramáticos estoicos las habrían eliminado de la clase de los ἄφωνα.
Estima además, que la omisión no parece ser un olvido de Diógenes Laercio, toda vez que tal criterio es el que positivamente sostendría más tarde Sexto Empírico (siglos II-III d.
C., M. 102), tomando nota de la evolución experimentada por la lengua; por el contrario, la Τέχνη, sea cual sea su fecha, se habría mantenido fiel a la originaria doctrina alejandrina.
Sin embargo, no vemos que el lingüista francés dé una solución a la no menos intrigante cuestión de la omisión de las «semivocales» en el esquema comentado.
En fin, en todo caso, y esto es lo importante, parece que en cuanto a la clasificación de los sonidos la Τέχνη no muestra gran afinidad con lo que sabemos de las doctrinas estoicas, y que más bien habría que pensar en una pervivencia, aunque sea tardía, de las de la filología alejandrina 32. riana de Marcovich).
Solo tenemos que objetarle que traduzca ἄφωνα por «consonantes» y no por «mudas», y que en sus notas pase por alto la omisión de las aspiradas y de los ἡμίφωνα, algo que invita a preguntarse si ese texto nos ha llegado íntegro.
78, discutiendo los problemas que plantea ese término aristotélico, contempla la posibilidad de una clasificación originaria de solo dos términos, φωνήεντα / ἄφωνα, que se basaría en una oposición privativa.
Y cita a propósito un par de pasajes del propio Aristóteles y uno de Eurípides en los que sencillamente se oponen esos dos términos extremos; además, uno de Pl., Tht.
203b, en el que se afirma que la σῖγμα formaba parte de los ἄφωνα.
31 Así, pues, si el texto citado es de fiar, la presentación de los στοιχεῖα que hacía Diógenes no era tan «tradicional» como afirma Holtz 1981, p.
86, escribe: «unfortunately the one extant grammatical Téchne that Ahora bien, a estas alturas ya no es posible obviar por más tiempo la gran cuestión que se cierne sobre la Τέχνη llegada a nosotros bajo el nombre de Dionisio Tracio: la de su autenticidad, ya puesta en duda en tiempos antiguos y negada en los recientes, sobre todo en una serie de trabajos del italiano V. di Benedetto (1958, 1959, 1973 y otros).
Obviamente, y aunque ineludible, es un problema que supera con mucho las pretensiones de este artículo, que nada tiene que aportar a su resolución 33.
Lo esencial de la crítica formulada por Di Benedetto y otros estriba, como se sabe, en varias incoherencias que la Τέχνη presenta.
En primer lugar, la que existe entre su capítulo inicial, posiblemente auténtico, y la deriva que a partir de cierto momento toma su texto, apartándose del contenido anunciado en aquel.
Además, también parece haber ciertas contradicciones entre la doctrina que la Τέχνη expone y la que, según fuentes como Apolonio Díscolo y otros gramáticos, cabe atribuir al auténtico Dio nisio Tracio 34.
¿Qué sería entonces la Τέχνη que nos ha llegado?
Según sus detractores, una compilación de textos gramaticales no ya tardíos, sino hasta «de época protobizantina, del siglo IV d.
24), a la que su autor habría antepuesto «la célebre definición dionisiana» (Pagani 2010, p.
Es verdad, desde luego, que no hay testimonios de la obra hasta finales del siglo V d.
C. 35, y que ya en el siguiente se formularon a su autenticidad reparos que, como decíamos, han resurgido con fuerza en nuestros días.
A este respecto, como observa la ya citada Pagani 2010, p.
33 Sobre la cuestión de la autenticidad y hasta su fecha, ofrece un status quaestionis muy completo Pagani 2010, p.
395 recoge la posición de crítica máxima de Di Benedetto, que lo llevó a considerar espuria toda la Τέχνη transmitida salvo su § 1.
De entre los estudiosos que no la suscriben o la miran con escepticismo, cita a Erbse 1980, p.
Entre nosotros, y en fecha más cercana, Bécares 2002, p.
24 ss. ha defendido la autenticidad de, al menos, los § §1-6, como, según Pagani (2010, l. c.), también habían hecho Lallot, Swiggers y Wouters.
92 da por supuesta, aunque digamos que «a beneficio de inventario», la autenticidad de la Τέχνη; en todo caso, sí parece sostener la de los capítulos concernientes a los στοιχεῖα y a la sílaba.
También proporciona un buen resumen de la cuestión Householder 1995c, p.
267, en línea con bastantes otros estudiosos, escribe que «la Τέχνη no se convirtió en un libro de texto con autoridad hasta aproximadamente el siglo V d.
C. no citen su parte lingüística; es decir, parecen ignorarla por entero Quintiliano, Apolonio Díscolo, Hero diano y Sexto Empírico, aunque este último sí se hizo eco del capítulo inicial y programático (que critica abiertamente), como, al parecer, ya había hecho Varrón (cf. Pagani 2010, p.
En fin, distinguiendo lo que cabe distinguir entre los escombros dejados por la crítica, y prescindiendo incluso de la posibilidad, que algunos admiten, de que el § 6 de la Τέχνη, el dedicado a los στοιχεῖα, corresponda a su parte genuina (como hace Bécares 2002, p.
24) 37, cabe preguntarse qué quedaría de la obra gramatical y filológica del auténtico Dionisio Tracio.
Tomando pie en las contradicciones antes reseñadas entre la doctrina de la Τέχνη y la que otras fuentes atribuyen a Dionisio, la citada Pagani (2010, p.
404 s.) postula que nuestro gramático, si no fue autor de la Τέχνη, al menos «fue sin duda autor de un tratado sobre la γραμματική».
Para concluir con este apartado presidido por una incertidumbre que nos supera, lo más prudente nos parece, por así decirlo, situarnos en el peor de los casos; a saber, dar por sentado que, como no pocos pretenden, la parte lingüística de la Τέχνη sea una compilación más que tardía, incluido su § 6 (Περὶ στοιχεῖου), en el que veíamos la primera aparición de σύμφωνον.
Esta pasaría a ser así una más de las que se registran en los gramáticos griegos tardíos (Apolonio Díscolo 38, Herodiano 39, Hefestión 40, Sexto Empírico41...), entre los cuales la palabra ya parece ser moneda corriente.
Resultaría, pues, que, excluida la de la Τέχνη por las razones dichas, alguna de esas apariciones podría pasar a ser la primera documentada de nuestro término42.
Con ello, además, nos encontraríamos con un cierto «vacío histórico» 43 en la pesquisa que hemos venido realizando, al faltarnos el apoyo de la gramática helenística propiamente dicha.
Ahora bien, incluso en el supuesto dicho y aceptado de la no autenticidad de la Τέχνη, y según luego veremos, cabe establecer un seguro terminus ante quem para la recepción de σύμφωνον en la gramática romana: la aparición de su calco latino consonans en la Institutio Oratoria (I 4, 6, etc.) de Quintiliano, publicada hacia el año 95 d.
C., por la que parece razonable suponer que el término ya era una denominación técnica conocida en la Roma del siglo I d.
C., y, desde luego, no gracias a los gramáticos griegos antes citados, que resultan ser posteriores.
Sobre el autor de esa «importación» no caben sino conjeturas, pero se podría pensar en los gramáticos que van desde Elio Estilón, tal vez alumno de Dionisio Tracio, y su discípulo Varrón, hasta los del propio siglo I d.
C., como Verrio Flaco, Probo, Plinio el Viejo 44 o Remmio Palemón, probable maestro del propio Quintiliano, al que se atribuyó un ars grammatica tal vez derivada de Dionisio 45.
Nada podemos decir, a falta de noticias, de las doctrinas de gramáticos griegos de ese tiem-po como Tiranión, Asclepíades de Mirlea (otro discípulo de Dionisio Tracio) o Trifón.
Un outsider peripatético: Dionisio de Halicarnaso
Concluiremos nuestro recorrido por las doctrinas griegas sobre los στοιχεῖα con una que parece representar una cierta singularidad, al menos en relación con las ideas, presuntamente de estirpe estoica, que se dan por vigentes en su tiempo.
Dionisio de Halicarnaso, que enseñó en Roma en el último tercio del siglo I a.
C., no fue un gramático ni un filólogo, sino, aparte de historiador, un retórico, y autor de agudos ensayos estilísticos y literarios, un tertium genus a considerar aquí 46.
En su breve tratado Περὶ συνθέσεως ὀνομάτων (De compo sitione uerborum, 14 s.) 47, hace detalladas observaciones sobre la articulación de los sonidos, seguramente encaminadas a enseñar su correcta pronunciación.
En su clasificación de las mudas (las oclusivas), a las sonoras las llama μέσα, como hace la Τέχνη.
Pero, pese a sus descripciones articulatorias, a la hora de distinguir las vocales con respecto a las otras dos clases, ya apunta en él el criterio distribucional, pues afirma de las mismas «que pueden sonar de modo independiente», en tanto que las semivocales «se pronuncian mejor en compañía de vocales», y las mudas «no poseen en sí mismas sonido acabado ni semiacabado, sino que se pronuncian con ayuda de otras» 48.
Ahora bien lo que más nos interesa de la doctrina de Dionisio es la singularidad de que en su definición y clasificación de «las letras» se atiene a la que ya veíamos en Aristóteles, sin tomar nota de la innovación que, de ser auténtica la Τέχνη, habría que atribuir a Dionisio Tracio: la de la clase y denominación de los σύμφωνα para englobar a las «mudas» y a las «semiconsonantes».
Pero, naturalmente, y por las razones ya vistas, no cabe asegurar que ese término y clase ya estuvieran introducidos en su tiempo.
Sobre la importancia que a su entender tenía el texto del de Halicarnaso llamó la atención Kroll 1907, p.
91 ss., en un detallado análisis de su doctrina, que considera «muy buena», en cuanto que fundada «en bases científicas, es decir fonéticas»; y estima relevante que en el pasaje se cite como fuente a Aristóxeno (14.2), el músico peripatético discípulo del propio Aristóteles, extremo confirmado por alguno de sus fragmentos.
96 s.-habla también la terminología antigua, no influenciada por el estoicismo, que todavía no conoce los σύμφωνα (D. T. 11.1) 49, ni el ἀὴρ πεπληγμένος (p. ej. D. L. VII 55) 50, ni la ἄναρθρος ni la ἔναρθος φωνή; aquí στοιχεῖα todavía se entiende correctamente, mientras que Dionisio Tracio (p.
40) da la falsa explicación διὰ τὸ ἔχειν στοῖχόν τινα καὶ τάξιν...» 51.
En suma, como decíamos, las definiciones de Dionisio grupo ΓΡ como el grupo ΓΡΑ.
Si ese texto está sano, habría que pensar que para él el concepto de «sílaba» no está ligado a la fonación, sino a su sentido etimológico de «conjunto» o «manojo» de γράμματα.
Antes la había definido como «sonido sin significado, compuesto de una muda y de una letra con sonido».
Para él también lo tenían los ἡμίφωνα, como la Ρ, pero hay que reconocer que su definición no es afortunada, pues tampoco una muta era parte necesaria de una sílaba.
49 He aquí uno más de los pronunciamientos que llevaron a ver la Τέχνη como un exponente de la gramática estoica.
Huelga decir que Kroll la consideraba auténtica.
50 Kroll se refiere al texto ya comentado de Diógenes Laercio sobre Diógenes de Babilonia (primera mitad del s. II a.
135 traduce el sintagma por «aire percutido».
Recordemos, sin embargo, que la clasificación de los στοιχεῖα/γράμματα de Diógenes de Babilonia solo incluye los φωνήεντα y los ἄφωνα que ya veíamos en Platón y Aristóteles (y en éste, además, los ἡμίφωνα).
51 La definición que da la Τέχνη significa, según Bécares (l. c.): «se llaman también elementos porque forman series ordenadas», versión que nos suena un tanto «libre», aunque deje claro el poco acierto del que habla Kroll.
La de Dionisio de Halicarnaso (Comp.
14.1, trad. de Galán Vioque -Márquez Guerrero 2001): «... elementos o letras; letras porque se las representa con trazos [γραμμαῖς], y elementos [στοιχεῖα] porque toda voz tiene su primer origen en ellos y su análisis último acaba en ellos».
de Halicarnaso se atienen a las ya vistas de Aristóteles (Po.
20), y a la vista está que Kroll 1907, con cierto entusiasmo peripatético, las consideraba de mayor calidad que las que ofrece la Τέχνη, las cuales, por lo que se ve, ya consideraba vigentes por entonces.
La posición de Dionisio de Halicarnaso podría calificarse de «anacronismo» si es que hacía ya un siglo que por vía de la Τέχνη se había puesto en circulación el término σύμφωνον, no menos práctico ni bien fundado; pero ya hemos visto que eso no es probable en razón de las dudas ya comentadas sobre la autenticidad de la obra, cuestión en la que no nos atrevemos a sugerir que el dicho anacronismo52 pueda significar algo.
En resumen, nos parece más razonable conformarnos con recordar de nuevo que el de Halicarnaso, al ser un retórico, tal vez se habría mantenido al margen de las doctrinas gramaticales estoicas supuestamente en boga, permane ciendo fiel a las peripatéticas que su texto conserva; y que conforme a ellas habría tratado de los στοιχεῖα λέξεως cuando estimó necesario hacerlo53.
Ahora bien, la singularidad de Dionisio a este respecto no se queda ahí: es verdad que no habla de σύμφωνα, pero en cambio, en Dem.
43.7, utiliza un curioso sinónimo del término, συμφωνούμενα54, participio medio del verbo συμφωνέω,'sonar a un tiempo', al que incluso se ajusta mejor su calco latino consonans.
Y ya es hora de pasar del griego al latín.
La aparición del término consonans con el sentido que nos interesa, el del calco semántico55 que carga sobre él el sentido fonético de su antecedente griego ya tantas veces citado, se nos σύμφωνον de los Glossaria, pueden verse unos cuantos testimonios de la palabra sin referencia alguna a los sonidos de la lengua, anteriores y posteriores a los del sentido que nos interesa.
56 Palabra puramente latina, en la cual, y por serlo, la aspirada carecía de fundamento etimológico, como en bastantes otras que la asumieron.
En su caso, parece haber mediado una falsa etimología que la relacionaba con el gr. πολύχροος,'polícromo'.
57 Aunque parezca un poco rebuscado hacerlo, se podría pensar en que si el autor primero del precepto consideraba c y r como duae consonantes, sería porque ya suscribía la clasificación de Dionisio Tracio, y no las precedentes que hubieran hablado de una muta y una semiuocalis (muta cum liquida); pero cualquier conjetura al respecto sería meramente especulativa.
58 Como se sabe, del epítome de Festo, alfabéticamente dispuesto, se conserva más o menos la segunda mitad.
Del resto, como en el caso presente, tenemos noticia por los extractos del erudito carolingio Paulo Diácono.
Hay otro supuesto fragmento de Varrón, que recoge Funaioli 1907, p.
269 («241 [deest]»), de una Explanatio in Donatum (IV 519.33 Keil), en el que se le atribuye el precepto de que dentro de las consonantes los nombres de semiuocales deben empezar con e y los de las mutae terminar con e.
53 da por bueno el pasaje, tras afirmar que Varrón fue en Roma el primer erudito que estudió la subdivisión de las consonantes en semiuocales y mutae; pero, como hemos visto, no consta que utilizara el término consonantes.
En realidad, nuestra pesquisa mira, más que a una subdivisión, a la «integración» de las dos clases citadas en una sola.
Algo parecido habría que comentar a su F6 (p.152), basado en el Pseudo-Probo (Inst. art. IV 50.19-28 Keil), concerniente al mismo asunto; pero no parece que atribuya al propio César el término consonantibus del pasaje.
59 Aparte del ya citado ThLL, que constata que los primeros certa exempla corresponden a ese autor, me valgo aquí del Index uerborum y Concordancia de las Institutiones Oratoriae de era un gramático 60, pero «cuyo texto es nuestra mejor fuente para la gramática de principios del Imperio» (Taylor 1995a, p.
A partir de él, consonans toma carta de naturaleza en latín, y el propio ThLL advierte que «(aparece) tan frecuen temente que, prescindiendo de los gramáticos, bastará con aducir algunos ejemplos notables» 61.
Y así el término se mantuvo y se afirmó desde los gramáticos latinos tardíos hasta llegar a nuestros días 62.
No estará de más añadir que, si bien las primeras comparecencias ciertas de consonans en el sentido técnico, fonético, que nos interesa son las ya dichas de Quintiliano, el término ya aparece algo antes en latín, si bien en uso adjetival y con el valor general de «acorde», «unísono», «concordante» y similares, el que el ThLL define como simul sonans, concinens, y acredita con pasajes de Livio (consonante clamore, XXXVI 34.5); de Vitruvio (V 8.1 s., loci... consonantesque, glosado como συνηχοῦντας,'que hacen eco', en el ThLL); y también de Séneca el Viejo (fremitum consonantis turbae, Contr.
Así, pues, parece claro que el término ya existía en la lengua latina antes de asumir el significado de «consonante», y por ello nos reiteramos en que su caso puede considerarse como el de un calco semántico.
En fin, según información que agradezco a mi colega el Prof. José Antonio Pascual, de la R. A. E., el término «consonante» ya está bien acreditado en Quintiliano, de J. J. Iso Echegoyen y sus colaboradores.
En la obra veo registradas 16 comparecencias de consonans en sus diversas formas, y todas tienen el sentido de «consonante(s)», lo que da a entender que el término ya estaba bien instalado por entonces en la lengua latina.
109 s., que ya reseña su clara distinción entre vocales y consonantes.
Véase además su nutrido comentario a Inst.
102, donde afirma con razón que Quintiliano presenta en cuanto a los sonidos el Standardsystem de la gramática romana; pero es discutible su hipótesis, fundada en un fragmento inseguro ya citado (Funaioli 2007, fr.
241), de que el sistema se remonte a Varrón.
El resto de su comentario al pasaje proporciona noticias exactas y útiles para nuestra cuestión.
61 Por lo demás, las abundantes comparecencias en los gramáticos ya habían quedado suficientemente acreditadas al inicio del apartado del ThLL correspondiente a consonans (littera) (p.
483, 58 ss.), por los varios testimonios citados, en los cuales se la opone a uo calis y se señala de diversas maneras que la consonante precisa para su pronunciación de la vecindad de una vocal.
62 Puede verse también al respecto el excelente Lexicon de Schad 2007, p.
91, que confirma, amplía y sistematiza los datos del ThLL. |
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Cómo citar este artículo / Citation: Gallego, Julián 2019: «Demo de Pnix: la asamblea ateniense en Caballeros de Aristófanes», Emerita 87 (1), pp. 23-46.
Se estudia la representación de la asamblea en Caballeros de Aristófanes, considerando la coyuntura en que se escenificó y analizando la figura de Demo de Pnix.
Se indaga la conexión entre espacios que la obra forja y se postula una dialéctica entre líderes y Demo que enfatiza la autoridad soberana de éste, quien en definitiva los sometía a rendición de cuentas.
Se desarrolla finalmente un examen de los sentidos del término dêmos a partir de los debates modernos sobre el vocabulario político, resaltando la existencia de significados en tensión que, al igual que sucede con Demo como personaje cómico, designaban los conflictos que atravesaban al pueblo como cuerpo político.
Palabras clave: Atenas; democracia; Aristófanes; asamblea; dêmos.
esclarecer su efectiva toma de partido y determinar así su juicio concreto al respecto1.
Una escena que ha suscitado este tipo de enfoques es el diálogo entre Demo y el coro en Caballeros, donde ocurriría una mutación en la personalidad de Demo pero a quien de entrada los caballeros describen con rasgos semejantes a los usados hasta ese momento, que mostrarían su estulticia:
Coro: Oh Demo, hermoso es el poder (ἀρχήν) que tienes, pues todos los hombres te temen como a un tirano (ἄνδρα τύραννον).
Pero eres fácil de manipular y te gusta que te halaguen y te engañen (εὐπαράγωγος εἶ, θωπευόμενός τε χαίρεις κἀξαπατώμενος).
Te quedas siempre boquiabierto (κέχηνας) ante quien te está hablando y tu mente se ausenta aun estando tú presente.
Demo: Donde no está la mente es en vuestras melenas, si creéis que no estoy en mis cabales.
Esas tonterías las hago (ἠλιθιάζω) adrede.
Me gusta reclamar a gritos la comida, y quiero, por si me roba, criar a un solo líder (τρέφειν ἕνα προστάτην).
Y cuando está atiborrado, lo levanto y lo estrello (ἄρας ἐπάταξα).
Coro: En tal caso, haces bien, si en esa tu forma de ser hay tan buen seso (πυκνότης), como dices, si a propósito los crías como víctimas de sacrificios públicos (δημοσίους τρέφεις) en la Pnix, y luego, si no tienes alimento, al que de ellos esté bien cebado, lo sacrificas y te lo almuerzas.
Demo: Miradme, si no les busco las vueltas con pericia a quienes se las dan de listos y creen que me engatusan (ἐξαπατύλλειν).
A cada paso los vigilo, sin parecer que los veo robar (κλέπτοντας).
Después los obligo a vomitar (ἀναγκάζω πάλιν ἐξεμεῖν) todo lo que me han robado, metiéndoles como sonda el embudo de la urna de votación (κημὸν καταμηλῶν) 2.
Como era de esperar, los estudiosos han dado la merecida atención a este amebeo.
Sin anhelo de exhaustividad y haciendo caso omiso de importantes diferencias entre los análisis, cabe identificar una primera línea de interpretación que subraya la insensatez de Demo, sin cambios sustanciales a lo largo de la obra.
Ford 1965 plantea un contraste entre la estupidez de Demo en la primera parte de la comedia, que remitiría a la situación real existente, y la metamorfosis que él debería sufrir mediante un renacimiento intelectual, que quedaría representado por este pasaje.
Yunis 1996, pp. 57-58 piensa que para no herir a la audiencia Aristófanes busca equilibrar las críticas previas poniendo en boca de Demo la idea de que no es estúpido y sabe lo que hace.
44 indica que si bien Demo es representado como un amo cuyos sirvientes políticos pueden, metafó ricamente, ser tratados como animales a sacrificar y comer en un festival, no obstante, Demo es quien resulta ser esclavo de la kolakeía competitiva de los demagogos al ofrecerse en su aspecto político de asamblea como ámbito para la contienda.
Olson 2010Olson, pp. 66-67 (cf. íd. 1990) cree que, más allá de lo que expresan estos versos, para Aristófanes el pueblo como colectivo político es tonto y vive guiado por los líderes, que son en verdad quienes ejercen el poder.
Tsoumpra 2010, § 2.3-6, señala que en esta escena Demo no sufre transformación alguna respecto de su condición previa y la que muestra después, sino que sigue siendo alguien que depende de sus líderes y no alcanza a ser más sabio que al comienzo.
Otra línea de explicación, también con matices entre las posturas, percibe un sentido positivo en el rol de Demo.
Para Brock 1986, pp. 19-26 se trata del momento en que alcanza plena consciencia de su papel, lo cual ha de ser tomado en serio, ya que la solución debe provenir del propio Demo, reformándose a sí mismo, puesto que tiene parte de culpa por la situación vigente.
Según MacDowell 1995, pp. 106-107 estos versos muestran que, a pesar de sus puntos débiles y errores, Demo consigue triunfar en la asamblea por su honestidad y sentido común.
39 destaca que el verbo ἠλιθιάζω, usualmente vertido como 'actuar tontamente' o 'hacerse el tonto', tiene aquí el sentido de tontería juvenil más que una forma de actuación consciente; pero la política de Demo en sí misma no es tonta sino que parece haber una «teoría política rudimentaria detrás de sus acciones», cuyo límite, no obstante, es que solo actúa sobre los políticos una vez que ya han cometido sus tropelías.
Scholtz 2004, pp. 282-283, 289 formula su interpretación en un plano diferente: el interludio lírico hace advenir la stásis como recurso de la intriga cómica haciendo coincidir los intereses de la multitud (Demo) con los de la minoría (los caballeros) para desenmascarar a los de-magogos.
Para Rosen 2010, pp. 251-253 esta escena interpela a la audiencia para que reexamine la acción previa a partir de mostrar la omnisciencia de Demo, que sabe de antemano lo que sucede con las disputas entre líderes; así, la sátira resulta inocua para aquellos del público que ya conocen la situación.
Según Major 2013, pp. 77-79 Aris tófanes destaca en estos versos que la única forma de alcanzar la prosperidad es a través de los procesos deliberativos de la democracia, mediante el gobierno y el juicio de Demo, que debe participar y conducir, haciendo valer su parecer y afirmando su saber y liderazgo.
En fin, Schere 2015, pp. 41-42 sostiene que Demo representa a un sector amplio y heterogéneo, y de allí sus aparentes inconsistencias, lo cual no es comprendido por los caballeros que lo critican y subestiman.
Este amplio arco de posturas, algunas planteadas en un plano alusivo, otras concebidas de manera más metafórica, nos reconduce a la dificultad indicada: querer hallar cuál fue la verdadera postura política de Aristófanes; pero, por más que la tuviera como cualquier otro ciudadano, no se trata de deducirla para determinar si habla bien o mal del pueblo, o si lo critica pero luego lo disimula, etc. En efecto, más que responder con un sí o con un no a la cuestión de si Aristófanes fue partidario o adversario de la democracia, lo significativo es tratar de comprender los posibles efectos de pensamiento en el momento de la representación teatral que los enunciados pudieron generar acerca del agente político de la democracia.
En tal sentido, Lombardini 2012 plantea que en Caballeros existe una reflexión sobre el problema de la autoridad política a partir de la autoridad del discurso y el poeta cómicos, procediendo a una desinvestidura de esta última en el propio desarrollo de la trama.
Esto produciría una afinidad entre los rasgos de la autoridad cómica y los de la democrática, que recaía sobre los ciudadanos comunes que participaban en el proceso de decisión de la política, afirmando así la capacidad reflexiva de los integrantes del pueblo.
Dicho de otro modo, la comedia aristofánica desarrollaría un pensamiento de la política ateniense en relación con lo que denominaré proceso de subjetivación del agente, esto es, el empoderamiento del dêmos, a partir de la libertad e igualdad de palabra, el debate sobre las disyuntivas, la toma de decisión y la responsabilidad del acto y sus consecuencias.
En definitiva, el discurso cómico operaba como recurso de reflexión sobre este proceso de configuración del dêmos como sujeto político.
Esta línea de argumentación se encuadra en el debate acerca de la homología entre la reunión asamblearia y la audiencia teatral (cf. Gallego 2016), y cómo ambos espacios se alimentaban mutuamente.
Las reflexiones de Aristó-fanes sobre la práctica asamblearia destacan esta conjunción y permiten acceder así a un modo de pensamiento de la política democrática.
Rhodes 2004 ha examinado las comedias en las que se representa o se alude a un encuentro asambleario: Acarnienses (1-203), Tesmoforiantes (76-764) y Asambleístas (1-310), enfocándose en el modo en que Aristófanes refleja los aspectos institucionales de la asamblea y enfatiza su soberanía, cuya capacidad no era limitada ni por el Consejo ni por ninguna otra instancia de gobierno; la asamblea era hasta tal punto poderosa que los demagogos solo pudieron convertirse en líderes políticos a partir de ganarse su apoyo.
Rhodes 2010 analiza la representación de la asamblea en Caballeros (720-1260), con el fin de enmendar la omisión de su análisis en el estudio previo (donde solo citaba los vv.
El primer aspecto que resalta es que la convocatoria a celebrar asamblea y decidir se expresa en un lenguaje que recuerda el de los decretos asamblearios.
Los discursos de Paflagonio y Morcillero empiezan con imprecaciones que rememoran las que pronunciaban los heraldos al inicio de los encuentros o las plegarias que aparecen en los decretos.
Otros aspectos aluden a las prácticas al uso en Atenas, como la prerrogativa que se arroga Paflagonio de ser alimentado en el Pritaneo, honor que se confería por los servicios prestados a la ciudad, como el que recibió Cleón después de Pilos (Eq.
280-281, 719, 766, 1404); o el uso de guijarros para votar en los juicios, que en el siglo V aportaban los propios ciudadanos, y los embudos que coronaban las urnas de votación para conservar el secreto del sufragio de cada ciudadano.
Asimismo, cabe mencionar el hecho de conferir el honor de ocupar la proedría, asiento de privilegio en el teatro, como el que recibió Cleón por el triunfo en Pilos (Eq.
Ahora bien, en Caballeros un punto básico es la escenificación del pueblo ateniense en la figura de Demo y la del demagogo Cleón en la de Paflagonio3, que Kidd 2014, pp. 55, 69-70, exa mina como estructuras transparentes de sentido que una vez fijadas abren paso a desmontajes y desestabilizaciones paródicas, el libre juego de la lengua4.
Detengámonos primero en una de esas estructuras transparentes de sentido antes de considerar los desmontajes y desestabilizaciones.
Las alusiones a la figura de Cleón y la práctica demagógica (211)(212)(213)(214)(215)(216)(217)(218)(219) deben encuadrarse en la Guerra Arquidámica, cuando Atenas estaba sumida en la disputa entre los líderes sucesores de Pericles, según Tucídides (II 65.10), que al no sacarse ventajas y aspirar cada uno a ser el más influyente, empezaron a complacer al pueblo poniendo todos los asuntos en sus manos.
La coyuntura en que se representa Caballeros es en la situación posterior al triunfo en la expedición ateniense a Pilos-Esfacteria.
Esta victoria sobre los lacedemonios y las repercusiones favorables a Cleón son referidas en varias ocasiones (Eq.
Detrás de la imagen de bête noire que las fuentes nos brindan casi unánimemente sobre Cleón es necesario, pues, discernir su acción política concreta, que Lafargue 2013 y Saldutti 2014 han abordado recientemente con perspicacia.
Permítasenos ilustrarlo con el debate en una asamblea en el año 425/24 que deriva, precisamente, en el éxito militar en Pilos.
La descripción de Tucídides deja ver el funcionamiento de la asamblea y el quehacer del demagogo 7.
Cleón desacredita a unos informantes sobre lo que sucede en Pilos; pero al ser designado inspector para verificar los hechos, se ve obligado a proponer una expedición; ataca entonces a Nicias señalando que si los estrategos fueran hombres ya habrían concluido la misión y si él mismo estuviera al mando ya lo habría hecho.
La multitud se alborota contra Cleón; buscando obtener provecho, Nicias lo desafía a que se haga cargo de la expedición.
Cleón se excusa diciendo que él no es el estratego sino Nicias; pero la multitud apoya a éste y pone a aquél en evidencia.
A Cleón no le queda más remedio que aceptar el mando (IV 28.1-4).
Sin embargo, en estas condiciones va a saber sacar fuerzas de su posición de debilidad: hace que la asamblea vote su propuesta según lo que considera necesario para la misión y elige a Demóstenes, estratego que ya estaba en Pilos, para que lo acompañe cf. Ar.,.
De esta forma, por dos veces, cuando la opinión de la mayoría estaba por dar un mentís a sus palabras, Cleón capta la predisposición popular e interpreta desde el punto de vista político qué es lo se debe decir: ante la propuesta de enviarlo como inspector, lo cual lo conduciría a confirmar lo dicho por los informantes y quedar como embustero, señala que si los atenienses confían en las noticias entonces hay que enviar la expedición sin perder más tiempo; frente al desafío de Nicias para que actúe como estratego, acepta el mando, pide suficientes tropas, se hace secundar por un general experimentado y logra así en la arena política una victoria que prontamente se confirma con el desarrollo favorable de los hechos en la campaña militar (IV 39.4-40.2)8.
Este triunfo de Cleón en la asamblea, corroborado por los efectos positivos de la decisión adoptada siguiendo su propuesta, no debe perderse de vista como horizonte de lo que Caballeros refiere sobre el vínculo entre los demagogos y el dêmos, las condiciones para el liderazgo asambleario y la responsabilidad que recaía sobre los oradores al asumir el rol de dirigentes que aconsejaban acerca de la decisión que se debía tomar9.
Demo de Pnix: agente, espacio, asamblea
Siguiendo a Kidd, pasemos ahora a analizar en Caballeros los desmontajes y desestabilizaciones paródicas.
La escena no representa a una asamblea, evocando claramente el funcionamiento de dicha institución, pero la ekklesía se menciona como tal en cuatro ocasiones (Eq.
Cuando Paflagonio le pide a Demo que convoque a una reunión para que pueda decidir, Demo no se deja disuadir por la oposición de Morcillero a que el debate se desarrolle en la Pnix, y reafirma que la asamblea solo puede tener lugar allí (746-751).
Desde entonces el intercambio entre Paflagonio y Morcillero supone una reunión de la asamblea (763-1263).
Es cierto que en este caso no nos hallamos ante una oratoria de asamblea, pues la discusión se da bajo la forma del agón cómico 10; pero la situación es resuelta por el dêmos reunido en asamblea en la Pnix, que decide a partir del debate entre ambos demagogos a quién tendrá como líder 11.
¿Quién es Demo en Caballeros?
Apenas iniciada la pieza se lo identifica como el δεσπότης 'amo' de cuya casa salen dos οἰκέται 'esclavos' doloridos por los golpes recibidos, aparentemente con máscaras de Demóstenes y Nicias 12, lo cual remite a la idea de que se trata de un amo al que deben servir.
El nombre de Demo para este personaje propone un horizonte que atraviesa toda la obra: es el dueño que habita en la casa, al que no solo estos antiguos esclavos sino también los nuevos que pueda incorporar tienen que servir.
Su nombre, Δῆμος Πυκνίτης 'Demo de Pnix', se enuncia como habitualmente se designaba a un ateniense, identificando la localidad de procedencia a partir del modelo instaurado por Clístenes, según el cual un ciudadano debía ser registrado mediante la inscripción en su demo de origen fijando así su pertenencia.
Esto enfatiza de inmediato que la idiosincrasia de Demo viene dada por el lugar que ocupa en el espacio de reunión de la asamblea y que se trata de un sujeto que se configura en dicho ámbito, a la vez que se identifica con el mismo.
Según el primer criado: medio sordo.
Y la luna nueva pasada compró un esclavo (δοῦλον), un curtidor de pieles paflagonio, marrullero redomado y grandísimo calum niador.
El susodicho pielero-paflagonio se caló la forma de ser del viejo, se echó a los pies del amo y se puso a hacerle carantoñas, a halagarle, a adularle y engañarle (ᾔκαλλ ̓ ἐθώπευ ̓ ἐκολάκευ ̓ ἐξηπάτα) con la punta de los recortes del cuero, hablándole así: «Demo, toma un baño no más hayas juzgado un solo pleito, engulle, zampa, traga (ἐνθοῦ ῥόφησον ἔντραγ ̓), ten el trióbolo.
¿Quieres que te sirva un piscolabis (δόρπον)?»
La imagen no es diferente a la que aparece en boca de Morcillero justo después de que Demo determinase que la sesión de la asamblea solo podría celebrarse en la Pnix: «En casa (οἴκοι), el viejo es el más inteligente de los hombres, pero, cuando toma asiento en esa roca, se queda boquiabierto (κέχηνεν) como si estuviera ensartando higos» (Eq.
Como vimos al inicio (1111-1120), si bien parece haber una transformación en la caracterización que se hace de Demo a medida que va transcurriendo el diálogo con los caballeros, la impresión acerca de él que éstos exponen de entrada presenta rasgos muy semejantes a los que le ha asignado el primer criado en su descripción al comienzo de la obra: a pesar de ser temido como un tirano, Demo es fácil de manipular, adular y engañar y se queda boquiabierto (κέχηνας) ante los discursos de los oradores que buscan persuadirlo en la asamblea.
Este cuadro de situación es similar a la visión de Aristóteles (Pol.
1292a 2-30) sobre la democracia en que la multitud es soberana (κύριον... τὸ πλῆθος) pero no la ley.
Su argumento resalta que este empoderamiento de la multitud implica a la vez la soberanía de los decretos (τὰ ψηφίσματα κύρια), gracias al papel que desempeñan los demagogos; así, el pueblo deviene un monarca colectivo (μόναρχος..., σύνθετος εἷς ἐκ πολλῶν), con un poder despótico sobre los mejores (δεσποτικὰ τῶν βελτιόνων) y rodeado de aduladores (κόλακες), que para llegar a ser sus líderes presentan todos los asuntos ante el pueblo (εἰς τὸν δῆμον), situación comparable a la tiranía13.
El demagogo llega a ser el amo (κύριον) de la opinión del pueblo, porque la multitud le obedece (πείθεται).
Ya vimos esta misma cuestión en el pasaje de Tucídides (II 65.10) sobre la lucha por el liderazgo suscitada tras la muerte de Pericles, La visión de Aristóteles parece un certero compendio de los aspectos que se destacan en Caballeros de Aristófanes: la soberanía del dêmos que decide todo por medio de decretos en asamblea, eis tòn dêmon, según se lee en ambos textos; su rol despótico respecto de la élite tradicional (βέλτιστοι), o como despótes de los esclavos (¿Demóstenes y Nicias?) que salen de la casa de Demo y remitirían a dicha élite; la adulación de los líderes hacia el dêmos como modo de vinculación entre ambos; su preferencia por los demagogos, como ocurre con Paflagonio y Morcillero, que guían al dêmos y se hacen dueños de su opinión, quien a su vez parece dejarse engañar; la comparación con la tiranía planteada por ambos textos, o también el pueblo como monarca, al igual que lo indica el corifeo en Caballeros (1330, 1333) cuando dice que el dêmos es el monarca de la Hélade.
Pero Demo de Pnix no solo es lo que de él se piensa, sino también cómo actúa, empezando por los lugares que va ocupando y cómo se apropia de cada uno de ellos a medida que los habita.
Varios análisis han subrayado estos aspectos señalando el problema de la actuación pública de Demo a partir del hecho de haber sido definido en relación con el ámbito doméstico.
Según Zumbrunnen 2004, pp. 670-672 = íd. 2012, pp. 93-96, la inteligencia de Demo en su hogar implica a la pluralidad de los ciudadanos en privado, de lo cual no se deduce que su actuación política colectiva en la asamblea sea igualmente inteligente.
Para De Luca 2005, pp. 3-13, 46-47, en la medida en que Demo es consciente de su propio poder, la interfaz entre lo privado y lo público encarnada en él se resuelve siempre en función de su propio interés, es decir, conforme a sus necesidades; pero estas dimensiones espaciales no son compartimentos estancos sino que, de acuerdo con la hipótesis de De Luca, la trama de Caballeros hace colapsar lo privado y lo público, ya que se trata de una democracia absoluta que genera el colapso absoluto de ambas esferas.
En su estudio del espacio aristofánico, Papathanasopoulou 2013, pp. 116-159, siguiendo la visión de De Luca, analiza cómo se retratan en Caballeros los mundos cívico y doméstico a partir de los usos y cambios en el espacio escénico que complican la alegoría: del oîkos sobre la escena al bouleutérion entre bastidores, nuevamente al oîkos, luego a la Pnix y otra vez al oîkos; la deliberada borradura de las fronteras espaciales ayuda a que los espectadores visualicen a Demo a la vez como individuo y como grupo, enfatizando así tanto el rol de los ciudadanos individuales cuanto el del pueblo como totalidad.
Demo se halla en su casa, que en los argumentos se identifica con la ciudad (A 1.3, 1.6)14.
En un momento de la acalorada discusión entre Paflagonio y Morcillero, ambos invocan a Demo a gritos; el primero indica que se debe ir a la asamblea; el segundo consiente con esto.
Los dos solicitan que salga de su casa.
Cuando finalmente lo hace, Demo les reclama que se larguen de su puerta, lo cual, por cierto, no ocurrirá.
Como ya vimos, Paflagonio le pide que celebre de inmediato una asamblea para que juzgue y decida por sí mismo, poniendo en Demo la capacidad de convocarla.
Morcillero acuerda con que la decisión le corresponde a Demo, pero no quiere que la contienda se celebre en la Pnix sino que desea concretarla en el ágora que es su lugar de crianza, como veremos a continuación y como él mismo indica cuando revela su nombre: «Agorácrito, pues me crié disputando (κρινόμενος) en el ágora» (Eq.
1257-1258); y tal vez también porque percibe que Paflagonio se ha hecho fuerte en la Pnix gracias al vínculo que ha desarrollado con Demo.
De todos modos, éste responde que en ningún otro lugar que no sea la Pnix puede realizarse la reunión de la asamblea.
Esto permite pensar en la existencia de tres espacios diferentes: la casa (4: ἐς τὴν οἰκίαν; 753: οἴκοι), que se ha interpretado como la ciudad pero que aparece estrictamente como el recinto doméstico de Demo, lo cual podría remitir a la idea de la pólis como un gran oîkos15; la Pnix, como lugar en que Demo adquiere su dimensión política concreta, en la medida en que la asamblea es el ámbito soberano de decisión de todos los asuntos de gobierno.
He hablado de tres espacios; en efecto, ¿cuál es ese sitio en que se hallan Paflagonio, Morcillero y Demo cuando éste franquea la puerta de su casa, en el que Morcillero pretende resolver el debate sin pasar por la Pnix?
Hay un juego entre el adentro y el afuera, una suerte de política de la casa y política de la ciudad 16, cuya politización ocurre en el caso de Demo por el hecho mismo de tratarse de un sujeto que decide, un agente que pone en claro que para poder hacerlo debe ocupar el espacio de la asamblea en la Pnix.
Pero existe a la vez un juego entre la parte y el todo, en una suerte de sinécdoque en que la parte que es la casa designa metonímicamente al todo que es la ciudad, dialéctica entre el todo y la parte que, como veremos al final, resulta precisamente constitutiva de la propia definición de dêmos.
Todo esto no excluye que, junto con la oikía y la Pnix, otro espacio aparezca también con potencia, reforzando la publicidad de la palabra y la acción políticas inherentes al propio hecho de que Demo es el personaje en torno al cual gira la trama.
Se trata del ágora, término que en forma sustantiva o adjetiva recorre Caballeros17, que es uno de los epítetos que reciben Hermes y Zeus (297, 410, 500), espacio en el que se halla presente Morcillero, puesto que es su lugar de crianza a partir de su condición de vendedor de morcillas (1257-1258; cf. 293, 636), y donde lo hallan los criados de Demo, desde el cual supuestamente se elevará a la posición de líder «del ágora, los puertos y la Pnix, sojuzgando al Consejo y echando a los estrategos, encarcelando, encadenando y putañeando en el Pritaneo» (147,(164)(165)(166)(167).
No se prescinde de calificar como πονηρός 'inferioridad' y γέγονας κακῶς 'nacimiento innoble' esta procedencia del ágora mercantil (181,218).
Área de mercado (677,1009,1245,1373) y también de edificios políticos, como el bouleutérion donde se reúne el Consejo representado en Caballeros (624-682), el ágora es claramente un espacio público, que en muchas ciudades continúa siendo el lugar de las reuniones de la comunidad para la toma de decisiones y para el espectáculo teatral 18.
Pero, como ha sugerido Loraux 1999, pp. 28-44, 120-137, por un doble movimiento, en Atenas la asamblea y el teatro se desplazan hacia la Pnix y al pie de la acrópolis, respectivamente.
Los enunciados cómicos evocan la separación de los tres espacios, pero a la vez la escena deviene el ámbito de una nueva fusión.
Esta intersección entraña la distinción de un espacio respecto de otro pero también su superposición.
Así, la casa de Demo, el ágora y la Pnix se enlazan entre sí y, metateatralmente, con el espacio del teatro de Dioniso en el que la comedia se representa.
Demo va ocupando cada instancia, que son sus partes, respecto de las cuales él encarna la totalidad.
De la interioridad doméstica de Demo dentro de su casa a su exteriorización pública en el ágora y la Pnix, lo que se manifiesta es la soberanía de la política democrática a través del proceso de convocatoria, desempeño y decisión final de la asamblea.
Debido a este modo de operar de la asamblea en la Pnix, los líderes devienen esclavos en la casa/ciudad de Demo: los dos esclavos antiguos, el nuevo esclavo Paflagonio y Morcillero son otras tantas figuras cuya permanencia como dirigentes políticos apoyados y votados por el dêmos solo puede ocurrir en virtud de su soberanía.
No importa que los esclavos o los caballeros, que parecen ser jóvenes de la aristocracia 19, acusen a Paflagonio y Morcillero, los nuevos políticos estudiados por Connor 1971, de engañar, adular o robarle a Demo, puesto que éste es quien decide el liderazgo.
Volviendo a la escena con la que iniciamos este artículo, esto es precisamente lo que se dice en Caballeros (1121-1150): Demo es quien encumbra a un líder con triunfos en la asamblea (lo alimenta: τρέφειν ἕνα προστάτην); pero esto es algo enteramente contingente y está siempre sometido al escrutinio popular, que llegado el caso le quita todo el apoyo y lo castiga (ὅταν ᾖ πλέως, ἄρας ἐπάταξα), por ejemplo, si roba (κλέπτοντα), poniéndolo en evidencia y decidiendo acerca de su conducta en la asamblea (lo alimenta como víctima para sacrificios públicos en la Pnix: ὥσπερ δημοσίους τρέφεις ἐν τῇ πυκνί); quien engaña (ἐξαπατύλλειν) al pueblo termina finalmente por rendir cuentas de sus actos ante éste (es obligado a vomitar: ἀναγκάζω πάλιν ἐξεμεῖν), quedando así sometido al veredicto de las votaciones democráticas (usando como sonda el embudo de una urna: κημὸν καταμηλῶν) 20.
A partir de los aspectos analizados con respecto a los vínculos entre líderes y pueblo, un factor que descuella es la cuestión del engaño, que no puede resolverse de modo unilateral afirmando que los oradores engañan a Demo o viceversa.
En efecto, como sugiere Hesk 2000, pp. 289-291, Caballeros de Aristófanes invita a la audiencia, de la cual Demo es una personificación cómica, a reflexionar sobre los inciertos límites y poderes de su soberanía y su propia autoridad para manipular como marca tanto de la máxima soberanía cuanto de una peligrosa ilusión.
En este sentido, los modos de habitar el espacio político permiten destacar que, con respecto a Demo, el demagogo se comporta adorándolo y engañándolo, mientras que Demo es un amo que juega al esclavo, hasta el momento en que decide mostrar su poder soberano reponiéndose en el lugar de amo21.
Si es posible invocar la dialéctica del amo y el esclavo, que el propio lenguaje aristofánico pone de relieve, es porque las posiciones activa y pasiva de los personajes no son irreversibles, que es la dificultad manifiesta de las interpretaciones sesgadas que concluyen, como ya hemos visto en Aristóteles (Pol.
1292a 26-27), que el demagogo se convierte en amo de la opinión del pueblo, porque la multitud le obedece.
En Caballeros, como expusimos, los líderes son caracterizados de entrada como doûloi de Demo que aparece en posición de despótes; pero en la medida en que los demagogos son capaces de halagar y adular a Demo como a un tirano y al mismo tiempo engatusarlo y embaucarlo con su retórica persuasiva para que haga lo que ellos le proponen, el amo se hace esclavo de sus esclavos.
Al decidir sobre si los líderes continúan o no, sometiéndolos a escrutinio y juzgándolos, Demo retorna al lugar de amo de sus esclavos, que quedan sometidos a su autoridad soberana.
Aunque parece tener una actitud pasiva, Demo finalmente obliga a los líderes a que rindan cuentas de sus actos, no teniendo él mismo que hacer una rendición de cuentas de los suyos porque es anypeúthynos.
Como se revela al final de la obra en boca de Morcillero: «No eres tú el responsable (αἴτιος), sino los que te engañaban (ἐξηπάτων) de esa forma» (Eq.
El dêmos y la ekklesía en Atenas
Sin duda, una ratificación del poder del pueblo se colige del hecho de que su actuación en la asamblea no quedaba comprendida en la rendición de cuentas (εὐθύνα): los magistrados eran regularmente sometidos a este procedimiento pero no la asamblea, que al ser soberana no tenía encima de ella ninguna autoridad de control.
Así, la responsabilidad quedaba circunscripta a la propia asamblea 22.
Según el autor conocido como el Viejo Oligarca, el pueblo solo asigna la responsabilidad (ἀνατιθέντι τὴν αἰτίαν) al individuo que somete una propuesta a votación cuando las consecuencias de lo resuelto por el pueblo son negativas, y acusa (αἰτιᾶται) al promotor de la decisión de haber actuado contra él para destruirlo; pero cuando son positivas el pueblo se atribuye a sí mismo la responsabilidad (αἰτίαν) ([X.], Ath.
En Tucídides (III 43.4), Diódoto revela que, al hacer su proposición, el orador se convierte en el único responsable (ὑπεύθυνος), mientras que el público no tiene que rendir cuentas (ἀνεύθυνος), de modo que si ocurre un error se castiga al autor de la iniciativa 23.
A partir de esto se ha llegado a la conclusión de que el pueblo era irresponsable24, pero cabe en verdad otra interpretación.
Los oradores conocían las reglas y debían construir su liderazgo siguiendo los procedimientos vigentes; al hacer una propuesta sabían la responsabilidad que asumían en caso de que fuera votada.
La asamblea se preservaba a sí misma como espacio político sometiendo el proceso de decisión a la prueba del resultado y habilitando la eventual enmienda de lo actuado a partir de identificar al autor de la moción, cuyo nombre se inscribía junto con la resolución votada en la asamblea.
Pero esto no supone que se diera un lugar concluyente al individuo, pues la fórmula usada tiene básicamente un carácter genérico: ὁ δεῖνα εἴπῃ 'un tal propuso'.
Se trata, en rigor, de un cualquiera, ya que la proposición quedaba supeditada a la decisión colectiva de la asamblea.
El nombre del impulsor de la iniciativa indica la carga de responsabilidad que el dêmos hacía recaer sobre quien actuaba como orador y ofrecía su palabra a la comunidad 25.
Si el dêmos era la ekklesía y si ésta era la reunión del cuerpo político que decidía por sí mismo, la responsabilidad puesta sobre el individuo que formulaba una moción actuaba como modo de reforzar la práctica en acto de la soberanía: en la indistinción de la asamblea, quien tomase la palabra debía promover una proposición con resultados positivos para no vulnerar la confianza del pueblo en sí mismo como cuerpo político.
Pero si esta convicción se quebraba, entonces, la identificación del autor de la medida adoptada no apuntaba a su individualización en el seno de la asamblea sino a su sanción a posteriori como promotor de un pensamiento perjudicial para los intereses de la comunidad.
Más que el carácter irresponsable del dêmos, en realidad, lo que pone de manifiesto la forma de imputar la responsabilidad al autor de una iniciativa es que, así como los magistrados quedaban sometidos a la euthýna, así también en la asamblea se imponía sobre los líderes el procedimiento de la rendición de cuentas.
Un asunto básico que subyace en la cuestión de la responsabilidad del dêmos es el sentido de este vocablo.
Para empezar a discernir los aspectos de este problema, es útil una reflexión de Finley 1973, p.
64, que alegaba que en una democracia directa como la de Atenas los ciudadanos no trazaban una línea divisoria tajante entre pueblo llano y élite gubernamental.
No obstante, en griego antiguo había diferentes vocablos para decir lo que hoy se entiende por «pueblo llano», según el sentido que quisiera dársele (πλῆθος, ὄχλος; también δημοτικοί, πένητες, πόνηροι, etc.); pero claramente δῆμος fue el término fundamental.
Como también indicaba Finley 1983, pp. 1-2, en este caso el problema radica en la polisemia de la noción, que remitía tanto al cuerpo de ciudadanos como un todo cuanto al pueblo común, los muchos, los pobres; los escritores griegos jugaban libremente con este vocablo echando mano a un sentido u otro, y muchos de ellos operaban sobre esta ambigüedad para criticar a la democracia.
Según Hansen 1978Hansen = íd. 1983, pp. 139-160, pp. 139-160, dêmos tenía cuatro sentidos: en el plano político-institucional se equiparaba con la ekklesía y se refería al pueblo reunido en asamblea; en una acepción más amplia denotaba a todos los atenienses o, lo que sería lo mismo, al estado ateniense; en su alcance constitucional era sinónimo de demokratía; desde el punto de vista social su uso connotaba a la gente común, el pueblo llano de Finley.
Pero el problema de los diferentes sentidos de dêmos no parece agotarse en esta enumeración, por muy abarcadora que se revele, pues si se presta atención existen contradicciones entre las diferentes acepciones.
La perspectiva de Hansen ha dado lugar a una controversia conceptual que gira en torno a la equiparación del dêmos con la ekklesía pero no con los dikastéria, en un sentido estrictamente político e institucional 26.
131 señala que si bien dêmos se asociaba frecuentemente con la asamblea y rara vez con los dikastéria, ello no significa que éstos no deban considerarse como representativos del pueblo como un todo.
Ober = íd. 1996, pp. 107-122, pp. 107-122, hace hincapié en un asunto realmente opinable: la idea de representación aplicada por Hansen, proponiendo en su reemplazo la noción de sinécdoque, una parte que refiere simbólicamente al todo.
De esta manera, tanto la asamblea como los tribunales serían partes del cuerpo cívico y ambas instituciones aludirían al dêmos como totalidad.
Para Hansen 1989b= íd. 1989c, pp. 213-218, la idea de representación solo puede ser aplicada a los dikastéria, ya que sus poderes se derivaban del dêmos ateniense -concebido como el estado-, pero no a la ekklesía que era el dêmos en su sentido institucional.
Recientemente, Blanshard 2004 ha coincidido con Hansen, y piensa que los tribunales dependían del dêmos como conjunto y estaban en una posición subordinada respecto de éste, lo cual entrañaba la existencia de una brecha entre comunidad y jurado, en parte reflejada en la riqueza de las discusiones recientes.
Anderson 2009, pp. 11-17 dice que la separación entre ekklesía y dikastéria se daba solo en términos de responsabilidad, ya que los poderes de ambos cuerpos eran manifestaciones de una autoridad única, unitaria y suprema, la persona ficta del dêmos.
Así, la relación entre éste y las instituciones no se definiría como una sinécdoque sino como una dependencia mutua.
La escisión entre la personalidad unitaria del dêmos y las personas «reales» que lo encarnaban en la vida pública es lo que se percibe en el carácter estatal y autónomo del aparato de ejercicio del poder.
Hansen 2010 responde a las críticas, revisa los problemas involucrados en su explicación y reafirma que el dêmos se equiparaba con la ekklesía con el significado de pueblo en asamblea.
El autor parece abandonar, además, la idea de representación aplicada a los tribunales y derivada de traducir ὑπὲρ τoῦ δήμoυ como 'en nombre de', aceptando que la traducción correcta es'en beneficio de/a favor de'; pero esto no cambia el núcleo de su argumento: la ekklesía no era representativa del dêmos sino que era el propio dêmos actuando como cuerpo de gobierno (Hansen 1987, pp. 96-97, 104).
Se puede colegir que esta ambigüedad, incluso este equívoco, alrededor del vocablo dêmos atestigua la dimensión política del asunto, pues en este contexto resulta claro que la política pasa a ser un atributo del pueblo.
Ciertamente, tras el nombre dêmos circula una indistinción entre el conjunto de los ciudadanos y las clases subalternas, así como entre el acto plebiscitario de la asamblea y la ley instituida por la constitución de un gobierno, ya que designa tanto a la comunidad entera como a lo que conforma la parte popular, tanto a la reunión asamblearia concreta como al andamiaje institucional de una organización que se considera como un estado, que en la Atenas democrática se nutría de las decisiones asamblearias.
Por cierto, estas definiciones de dêmos no son externas a la situación política ateniense, dadas por un observador que la trasciende y la contempla desde afuera, sino que son inmanentes a un mismo plano e inherentes a las condiciones de la política.
Siendo así, el equívoco del que hablamos no implica una falta de claridad conceptual sino la instancia misma de un conflicto irresoluble dentro del cuerpo político ateniense, hecho que adquiere expresión en las prácticas de reunirse en el espacio concreto de la asamblea para debatir y tomar decisiones en común.
Caballeros de Aristófanes representa bajo la máscara y la figura espacialmente situada de Demo de Pnix a un personaje que habilita, dentro de los límites de la escenificación, una serie de dualidades: entre el espacio político y el espacio doméstico, entre la totalidad de la pólis y la particularidad del oîkos, entre la exterioridad de la Pnix y la interioridad de la casa.
La yuxtaposición de entramados y la tensión entre los mismos quedan sintetizadas en la figura de Demo, cuya casa es la propia pólis y cuya política en la Pnix afecta al conjunto de sus partes, y vienen a poner de relieve que, al igual que el dêmos, este personaje cómico es un conjunto en conflicto consigo mismo; por eso puede aparecer como tonto que deviene sabio, como amo que juega al esclavo, como viejo que rejuvenece, como anypeúthynos que impone la euthýna.
Demo de Pnix es un conjunto, un colectivo, que se identifica con un lugar que es una colina, un sitio geográfico, pero sobre todo un espacio político que el pueblo habita apropiándoselo mediante la práctica de reunirse en asamblea.
Un colectivo, un espacio, una práctica: un colectivo político que solo se configura como tal al reunirse para habitar un sitio estipulado, que solo deviene un espacio político por el hecho mismo de dicha reunión, ambos términos, colectivo y espacio, constituidos como tales en virtud de una práctica política sintetizada bajo el nombre de asamblea.
Estos tres términos, colectivo, espacio y práctica, que Demo de Pnix viene a condensar en su configuración como personaje cómico, evocan en su solidaridad intrínseca una dimensión que se halla en exceso con respecto a la simple identificación con |
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El presente trabajo constituye un intento de analizar la partícula griega που desde una perspectiva novedosa.
En este sentido, se analizan los usos tradicionalmente considerados modales de la partícula, que originalmente significa'en algún lugar, en un sitio cualquiera', desde la perspectiva de los operadores de aproximación en el decir y de la de los operadores de atenuación o cortesía.
Este tipo de operadores se desarrolla, con frecuencia, a partir de elementos caracterizados por la indeterminación, como se ha observado en estudios aplicados a lenguas europeas modernas.
El artículo tiene la siguiente estructura: en primer lugar, se hará un breve repaso de los principales valores de la partícula, para abordar, después, las interpretaciones que se han dado a su supuesto uso modal.
En la tercera sección, se explican las características que definen a los operadores de aproximación en el decir y de atenuación o cortesía.
Como término de comparación, se toman las locuciones españolas «de alguna manera» y sus variantes «de alguna forma» y «de algún modo».
En la cuarta sección, se propone interpretar που modal como aproximante y atenuante (deno mi naciones alternativas a operador de aproximación en el decir y de atenuación o cortesía, respectivamente) en consonancia con otros usos no literales y, en la quinta, se explica la evolución de adverbio de lugar indeterminado a operador de aproximación en el decir y de atenuación, con ejemplos de esos valores.
Finalmente, se ofrecen las conclusiones pertinentes.
La partícula που como adverbio de lugar indeterminado y usos no literales
La partícula που es un derivado del tema indefinido-interrogativo indoeuropeo *k ṷ o/eh 2 -con una terminación de genitivo temática.
En griego antiguo, la forma interrogativa ποῦ se diferenciaba de la indefinida por el acento.
Ambas formas tienen un significado original de tipo local, como es habitual en jónico-ático para esa terminación de genitivo en formas adverbiales (la forma eolia equivalente a που es ποι, cf. Wackernagel 1895).
En resumidas cuentas, ποῦ equivale a esp.'¿dónde?', mientras que που significa'en algún lugar, en alguna parte'.
A partir de ese significado los diccionarios (LSJ; Bailly 2000; Montanari 2015) reconocen una serie de valores no literales que se pueden agrupar de la siguiente forma:
Como adverbio de aproximación o aproximativo, generalmente limitando cantidades expresadas mediante numerales y cuyo valor exacto se desconoce:
A unos veinte estadios de este hay otro río cuyo nombre es Diras1.
Este uso es especialmente frecuente en las Historias de Heródoto, pero también se documenta en otros autores:
Así pues, los mercenarios combatieron contra los cartagineses tres años y unos cuatro meses.
Como adverbio de probabilidad o posibilidad, asociado, por ejemplo, con adverbios epistémicos del tipo de τάχα e ἴσως'quizás, tal vez': S., OT 1116 τῇ δ ̓ ἐπιστήμῃ σύ μου | προὔχοις τάχ ̓ ἄν που, τὸν βοτῆρ ̓ ἰδὼν πάρος.
Es posible que tú me aventajes en conocimiento, si viste al pastor hace un tiempo.
Pero tal vez tu hermano ha venido en secreto.
A pesar de que los léxicos suelen subrayar esta asociación, que resulta un tanto redundante, es poco frecuente2.
Como refuerzo de otros elementos indefinidos:
Sucedió que se nos oponían no pocas circunstancias que dependen del azar y, hasta cierto punto, también la inexperiencia nos jugó una mala pasada en la que fue nuestra primera batalla naval.
(Asociado con τι, pronombre indefinido) 3.
La partícula που como operador modal de carácter epistémico: ¿certeza, probabilidad o posibilidad?
Como acabamos de ver en la sección anterior, tradicionalmente se ha considerado que la partícula που, además de como adverbio de lugar y como adverbio de aproximación, es una partícula de carácter epistémico que aporta un matiz de probabilidad o posibilidad a su oración difícil de traducir.
Aproximante con el que se aporta vaguedad o inespecificación a lo dicho (Schwyzer-Debrunner 1950, p.
Debe tenerse en cuenta que, en general, todas las interpretaciones giran en torno al valor epistémico de probabilidad o posibilidad.
En este sentido se puede entender la descripción de sus valores modales que ofrece Wackernagel 1895, p.
Más interesantes son las consideraciones que realiza Sicking 1993, p.
Partiendo de ese valor básico, Sicking observa que la partícula se puede usar como atenuante o aproximante, por ejemplo, para evitar la pedantería cuando se introducen proposiciones obvias, para facilitar la conversación o para aminorar la fuerza argumentativa de deter minadas afirmaciones.
Obsérvese que el valor básico atribuido a που modal entra dentro de la consideración de que expresa probabilidad o posibilidad, aunque se trata de un valor muy matizado, ya que con esta partícula no se pondría en cuestión la realidad o factualidad de su oración como sí se hace cuando se usan los adverbios epistémicos propiamente dichos.
Sea como fuere, la visión tradicional, en virtud de la cual που expresa probabilidad o posibilidad, encontraría cierto apoyo en las escasas consideraciones que nos han llegado de los gramáticos antiguos sobre el valor de la partícula.
Así, son varios los escolios platónicos en los que se glosa ἦ που como equivalente de ἴσως, σχεδόν'quizás, tal vez'3.
Esta equivalencia aparece reflejada en algunos léxicos bizantinos, como la Suda: ἦπου, ἴσως, σχεδόν. ἦπου δεόμενοι δυσωπεῖν (Iul., Or.
Sin embargo, en el Etymologicum Gudianum la equivalencia se da con adverbios evidenciales del tipo de ὄντως 'realmente' o ἀληθῶς 'verda deramente': ἦπου, ὄντως δὴ καὶ ἀληθῶς.
Ambas interpretaciones quedan recogidas en el Etymologicum Magnum, que aporta otras consideraciones que merece la pena reseñar:
Este inicia la oración, como en el siguiente pasaje de Heródoto: «Sin duda, forastero laconio, te maravillarías»; véase también en Homero: «Sin duda, se reirán».
Cuando se pospone, se corresponde con algo colocado delante.
Se corresponde de dos maneras: unas veces así «Si no confiara en el amo, ciertamente podría confiar en el sirviente», otras al contrario «Si el sirviente es digno de mi confianza, ciertamente su amo puede serlo también».
Tiene acento grave con el valor de πολλῷ πλέον 'mucho más' y de ἴσως, σχεδόν'quizás, tal vez'.
Se debe tener en cuenta, en primer lugar, que hay cierta confusión entre ἦ y ἤ (véase n.
La glosa πολλῷ πλέον se aplica a ἤπου, equivalencia que en los escolios platónicos se establece con ἤπουγε4.
La impresión es que se está combinando, por un lado, el valor de ἦ, partícula afirmativa 5 equivalente a ὄντως, y por otro, el de που, que equivaldría en ἦ που a δή o a ἴσως, σχεδόν, y en ἤ που a πολλῷ πλέον (ἤ 'o' es una conjunción disyuntiva).
Con todo, es dudoso que la identificación con ἴσως, σχεδόν tenga que ver con el uso epistémico de estos adverbios, cf. n.
En este sentido, Apolonio Díscolo considera que που, junto con θην, ῥα y νυ, equivale a δή, si bien no se trata de un conector, sino de un adverbio:
Se ha dicho que equivalen a δή y que son más poéticos.
Sin embargo, tienen una diferencia de construcción, pues δή, ἤ y αὖ no son enclíticos, mientras que θήν, νύ y ῥά sí lo son.
Se ha dicho, también, sobre που que no es una conjunción, sino un adverbio redundante.
Una glosa similar es la que recoge la Suda para δήπου: δήπου ὡς δή. «δήπου, como δή».
Es difícil interpretar esta equivalencia, pero llama la atención que la Suda considere que που es un añadido «expletivo» a la partícula δή al igual que Apo-De acuerdo con Koier, el argumento más importante para apoyar su análisis es la asociación de esta partícula con proposiciones cuya veracidad no puede ponerse en cuestión (Wackernagel 1895, p.
Es el caso de axiomas como el siguiente:
Un círculo es aquello cuyos extremos siempre distan lo mismo del centro.
También es frecuente el uso de la partícula cuando se enuncian hechos atribuidos a los dioses que, en una sociedad como la griega, no se ponen en cuestión:
I 178 εἰ μάλα καρτερός ἐσσι, θεός που σοὶ τό γ ̓ ἔδωκεν• Si eres muy fuerte, un dios te lo concedió.
Por otro lado, Koier destaca su frecuente colocación con otros elementos que indican factualidad como la partícula δή, que traduce por 'evidently' siguiendo a van Ophuijsen 1993, pp. 140-146, la partícula afirmativa ἦ y el adverbio πάντως con el valor modal de 'certainly'.
Especialmente frecuente es la asociación con ἦ y, particularmente, con δή, por lo que se suelen escribir los dos elementos juntos (δήπου):
«¿Dices tú -dijo-que el cangrejo es el que tiene los mejores ojos de todos los animales?
Por supuesto -dijo-, pues tiene los ojos mejor formados por su fuerza».
Otras asociaciones frecuentes de la partícula con valor modal redundarían en esa misma interpretación, especialmente su asociación con verbos de conocimiento, caracterizados por su factividad (Kiparsky-Kiparsky 1970) 8, y con verbos de lengua en primera persona, con los que el hablante se responsabiliza de la veracidad de lo que dice:
Φυλακὰς γὰρ δὴ διεστεώσας οἶδάς κου καὶ αὐτός, εἰ μὴ ἰδών, ἀλλ ̓ ἀκούσας• Explícanos tú mismo de qué manera entraremos en el palacio y atentaremos contra ellos, pues también tú sabes que hay guardias apostados en distintos lugares, si no porque los has visto, al menos porque lo habrás oído.
Dije, hace un momento, que siempre me he encontrado sin fuerzas para refutar esto, como también ahora lo estoy.
También es frecuente su asociación con la partícula γάρ, especialmente cuando introduce enunciados explicativos que contienen información accesible tanto para el hablante como para su interlocutor.
En este sentido, la co lo cación οὐ γάρ (δή)που indica, según Koier, que lo contrario a lo que se dice sería ilógico o, incluso, ridículo:
Nadie, Erixímaco -dijo Sócrates -votará lo contrario, pues ni yo podría negarme, ya que afirmo que no sé nada salvo lo relativo al amor, ni Agatón ni Pausanias, ni tampoco Aristófanes, que pasa todo su tiempo entre Dioniso y Afrodita, ni ningún otro de los que estoy viendo aquí presentes.
Este pasaje constituye parte de la respuesta de Sócrates a la propuesta de Erixímaco de que, una vez terminado el banquete, cada uno realice un discurso en alabanza del Amor.
Sócrates responde que la propuesta es muy apropiada, pues es conocido el interés por el Amor tanto por parte de él como del resto de participantes.
Recuérdese que Agatón y Pausanias eran amantes.
Operadores de aproximación en el decir y atenuación:
de alguna manera, de alguna forma, de algún modo En este trabajo se propone interpretar los usos tradicionalmente considerados modales de la partícula που como valores característicos de un operador de aproximación en el decir y de atenuación.
Como veremos, la consideración de esta partícula como un operador epistémico de probabilidad o posibilidad tiene más que ver con el desarrollo de usos similares a los de los aproximantes y atenuantes por parte de este tipo de operadores que con el uso de που como operador epistémico propiamente dicho.
Los operadores de aproximación en el decir son adverbios y expresiones adverbiales que indican que el hablante considera que un enunciado está expresado en unos términos que no son los más adecuados o exactos9.
Los operadores de atenuación son elementos similares, pero que el hablante usa para atenuar o mitigar la fuerza de su elocución.
Los motivos por los que el hablante busca mitigar su elocución pueden ser variados y han sido sistematizados por Briz y Albelda 2013.
Los elementos de carácter indefinido suelen desarrollar este tipo de funciones a partir de la vaguedad que supone la indefinición.
En el caso de los aproximantes, la vaguedad se proyecta sobre la forma en que se emite el enunciado y se reinterpreta como inexactitud.
En el caso de los atenuantes, esa vaguedad reduce la fuerza ilocutiva del enunciado, pues el uso de estos elementos supone que los términos en que se expresa no son del todo exactos, a pesar de que el hablante no los ponga en duda sino para convencer a su interlocutor, autoprotegerse (salvaguardar el yo), reducir el daño a la imagen del otro, evitar desacuerdos y tensiones, crear un ambiente informal, proyectar una imagen cercana o amenizar el discurso.
Una locución adverbial de carácter indefinido que se usa con estas dos funciones en español es «de alguna manera» y sus variantes «de alguna forma» y «de algún modo».
Esta locución es un buen término de compa ración por haber recibido una atención bastante pormenorizada en la biblio grafía y por ser una de las traducciones posibles de που, para cuyos valores no literales Montanari (2015, s. u.
B) da, por ejemplo, las siguientes posi bilidades'in some way, in some degree, about, probably, perhaps'.
Así, Fuen tes 2009, s. uu., considera estas locuciones operadores enunciativos cuya función es la de aproximativos en el decir (o aproximantes), esto es, la de indicar que «el término empleado no es el exacto, es una metáfora, un término genérico, o algo cercano o parecido a la intención comunicativa del hablante» (Fuentes 2009, p.
Asimismo, reconoce funciones atenuantes cuando el término al que modifican es descortés o fuerte argumen tativamente.
En este sentido, Llopis 2016 ha hecho un análisis porme norizado de los usos atenuantes de estas locuciones.
De acuerdo con la autora, el valor de indeterminación circunstancial de estas posibilita que asuman con frecuencia un valor de atenuación mucho más abstracto.
Sobre un amplio macrocorpus que engloba distintos géneros discursivos, Llopis ha comprobado que se usan como atenuantes, generalmente, como estrategia de autoprotección para salvaguardar el yo eludiendo o minorando respon sabilidades a la hora de tratar temas sensibles y, en menor medida, como recurso de prevención de posibles conflictos por la intromisión en el espacio del otro o de una amenaza a la imagen del otro 10.
Véanse los siguientes ejemplos de autoprotección y prevención respectivamente: mentalizan a otro contra su voluntad, en aras de los intereses de otras personas o de la colectividad.
(El hablante usa la locución con el objeto de mitigar la crítica que subyace a sus palabras).
Las dos funciones incluyen varios usos (Llopis 2016, p.
114), la de autoprotección: no expresarse de manera categórica, persuadir, cliché o convención retórica, amenizador de la conversación, modestia y evitar riesgos; la de prevención: atenuar críticas y mitigar hechos negativos.
Estos usos aparecen clasificados por función en Tabla 1.
Funciones y usos de los atenuantes.
-No expresarse de manera categórica -Persuadir -Cliché o convención retórica -Amenizador de la conversación -Modestia -Evitar riesgos Prevención -Atenuar críticas -Mitigar hechos negativos
Posición y alcance de που: de adverbio indefinido de lugar a adverbio de aproximación
Antes de analizar los supuestos usos modales de που desde la óptica de los operadores de aproximación en el decir y de cortesía, es importante señalar que estos usos son propios del dominio sintáctico-semántico de la claúsula, mientras que la partícula funciona como adverbio de aproximación cuanti tativa en el dominio del sintagma.
La partícula που es un elemento enclítico que ocupa la llamada posición de Wackernagel.
Esta posición fue definida, fundamentalmente, por el profesor alemán a finales del s. XIX (Wackernagel 1892).
Desde entonces, es muy amplia la lista de publicaciones que se han centrado en la posición de los clíticos, no solo en griego antiguo, sino también en otras lenguas indoeuropeas antiguas y modernas.
La última monografía sobre la cuestión en griego antiguo es la de Goldstein 2016, donde el autor defiende que la posición de Wackernagel es segunda posición de un dominio sintáctico que puede corresponderse con una oración, una cláusula o un sintagma y que, en el segundo caso, puede ir precedido por elementos extraclausales que no influyen en la segunda posición 11.
La partícula που funciona, con su valor local original, en el dominio de la cláusula, ya sea su núcleo un verbo en forma personal, un infinitivo o un participio, pero también en el del sintagma, según su incidencia semántica sea sobre una predicación o sobre un constituyente:
XVI 514 κλῦθι ἄναξ ὅς που Λυκίης ἐν πίονι δήμῳ | εἲς ἢ ἐνὶ Τροίῃ· Escucha, señor, que estás en alguna parte de la pingüe tierra de Licia o en Troya.
Si algo se ha llevado a cabo y ha tenido lugar en alguna parte fuera del país, es preciso que también haya un requerimiento dirigido a este.
De la misma manera, con los valores no literales, που puede funcionar en el dominio sintáctico de la cláusula o en el del sintagma.
Como adverbio de aproximación cuantitativa funciona en el dominio del sintagma, véase el siguiente ejemplo: Los usos tradicionalmente considerados modales son propios del dominio de la cláusula.
Mi hipótesis es que la partícula significa en los dos casos lo mismo, en términos abstractos «aproximación», pero que en el dominio del sintagma funciona como un adverbio de aproximación cuantitativa, mientras que en el dominio de la cláusula funciona como un operador de aproximación en el decir o de atenuación con alcance sobre toda ella.
En este sentido, es habitual que los elementos que desarrollan funciones discursivas pasen a funcionar en niveles sintáctico-semánticos superiores (Allan 2017).
Που modal como operador de aproximación en el decir y de atenuación
El desarrollo de valores no literales a partir de un significado local es un universal lingüístico.
En general, de un significado local se suelen desarrollar, en primera instancia, valores temporales, lo que no es el caso con la partícula griega που (Koier 2013, pp. 277-279).
Por otro lado, el empleo como adverbio epistémico de probabilidad o posibilidad tradicionalmente atribuido a που pivotaría sobre el valor indefinido de la partícula: ese valor se reinterpretaría como un valor de aproximación aplicado a la proposición, cuya factualidad pasa a ponerse en cuestión, de donde el sentido epistémico que finalmente expresaría.
Véase el siguiente ejemplo, acompañado de una traducción y una glosa que responden a la interpretación tradicional: De acuerdo con Schrader 1985, p.
57 la partícula indica que el propio Jerjes supone que no todos sus soldados tenían conocimiento de esos hechos, pues el Imperio persa era un mosaico de regiones, algunas de ellas muy remotas, y la Primera Guerra Médica no fue más que un acontecimiento de mediana importancia para los persas.
Obsérvese que, en general, el supuesto valor epistémico se suele explicar y traducir en términos más propios de los aproximantes y atenuantes (en el pasaje anterior κου se traduce por 'supongo', que es un hedge en la terminología de Caffi 1999de Caffi y 2007, pp. 97-114), pp. 97-114) 13.
Ello se debe a que, frente a adverbios como ἴσως o τάχα, es difícil entender que που afecte a la vericondicionalidad de su oración, sino que más bien matiza los términos en que se expresa.
La consideración de la partícula como un operador epistémico al mismo nivel que los adverbios mencionados se debería a que este tipo de operadores se puede usar también con valores similares con los que el hablante no pone en duda la factualidad de su oración, sino, precisamente, los términos de su expresión (Martí 2008, pp. 79-80; Verano 2016, pp. 139-140).
El solapa miento llega al punto de que un operador de modalidad epistémica como ἴσως desarrolla, asimismo, la función de aproximativo, cf. Ar., Pl.
1058 ἔχει γὰρ τρεῖς ἴσως ἢ τέτταρας «pues tiene unos tres o cuatro».
En este sentido, podemos observar, en griego antiguo, que no solo un adverbio indefinido como που o adverbios de modalidad epistémica como ἴσως 'tal vez' desarrollan valores propios de los operadores de aproximación en el decir y de atenuación, también adverbios aproximativos como σχεδόν 'casi' (Redondo 2015, pp. 175-178) o μόλις 'apenas' (Conti 2017, pp. 11-13).
Por lo demás, como hemos visto supra, el desarrollo de estas funciones por parte de που está ligado a su carácter indefinido, al igual que en el caso de la partícula holandesa ergens 'en alguna parte' (véase n.
6), mientras que en el caso de ἴσως tiene que ver con su significado epistémico y en el de σχεδόν y μόλις con su significado aproximativo, defectivo o negativo en el caso de σχεδόν y excesivo o positivo en el de μόλις (García-Medall 1993, pp. 159-164) -cuando που e ἴσως funcionan como aproximativos son neutros.
325 concluye, como ya hemos reseñado, que που tiene un valor epistémico de certeza con el que el hablante presenta su proposición como accesible a su interlocutor, porque se trata de información dada antes, de información que pertenece al conocimiento enciclopédico de ambos o de información que puede inferirse con facilidad a partir del cotexto o el contexto.
Koier explica esta evolución, de adverbio local indefinido a adverbio de modalidad epistémica, a partir de una implicatura conver sa cional en virtud de la cual se infiere del hecho de no ser específico sobre la localishields, que adscriben su afirmación a otra fuente o la desplazan a otra situación.
Las partículas con significado de vaguedad suelen emplearse como bushes (Llopis 2016, p.
Sobre el uso como atenuante de σχεδόν, con el que combina indicar «el grado de compromiso que el hablante tiene con la proposición» con comunicar «contenidos subjetivos que califican el acto verbal concreto que está realizando», véase Redondo 2015, pp. 176-177. zación que la información que da el hablante es plenamente accesible para su interlocutor.
Con todo, advierte que esta evolución se produjo en época prehomérica, por lo que no deja de ser especulativa.
Las conclusiones de Koier, basadas sobre un amplio elenco de tra ducciones y sobre las propiedades combinatorias de la partícula, ponen de relieve las contradicciones que subyacen a la visión tradicional sobre που como partícula modal que expresa probabilidad o posibilidad.
Sin embargo, no se compadecen con lo que los gramáticos antiguos nos transmitieron sobre dicha partícula 14.
Por otra parte, como la propia autora reconoce, el tratar de establecer los valores de un elemento con un significado tan abstracto como που a partir de traducciones es un tanto arriesgado y, de hecho, las traducciones suelen equiparar ese elemento con una amplia nómina de adverbios, partículas y expresiones parentéticas de diversos tipos, cf. supra.
Mucho menos subjetivo es tratar de establecer sus funciones a partir de sus propiedades combinatorias y, en este punto, llama la atención que που, adverbio epistémico de certeza, se combine con otros elementos que también aportan certeza, como δή, ἦ o πάντως.
En este sentido, las descripciones tradicionales consideran que που aporta a esas combinaciones una atenuación de la certeza que el otro elemento expresa, véase Denniston 1954, pp. 285-286, 267-268, sobre ἦ που y δήπου respectivamente, así como Wakker 1997, p.
Por último, el uso de που asociado con proposiciones cuya certeza no se discute, aunque posible, resulta tautológico, sobre todo, cuando es tan frecuente como en los diálogos platónicos.
También es relevante su frecuencia 14 Es difícil interpretar los escasos comentarios de los gramáticos antiguos sobre που que nos han llegado.
Por un lado, el carácter expletivo que le atribuye Apolonio Díscolo y, de forma menos evidente, la glosa de la Suda o la entrada del Etymologicum Gudianum es poco aclaratorio.
Por otro lado, la identificación de που con ἴσως, σχεδόν (en ἦ που) y con πολλῷ πλέον (en ἤ πού γε) es más compleja: en el primer caso, podemos entender que se debe a que los adverbios ἴσως y σχεδόν también podían usarse como atenuantes, mientras que en el segundo es posible que la identificación tenga que ver con la adición de un segundo miembro a la disyunción.
15 Un estudio específico de ἦ που puede encontrarse en Zakowski 2014, donde el autor propone traducir esta secuencia por'surely, no doubt'.
En una línea interpretativa similar, véase Bonifazi 2016, IV.4 §112. con formas de la primera persona de verbos de decir y saber, pues es frecuente, en las lenguas del mundo, que el hablante mitigue la fuerza asertiva de sus palabras o pensamientos (Conti 2017, p.
En mi opinión, los usos no literales de που giran todos en torno al valor etimológico de indefinición de la partícula (véase supra), pero tienen una explicación mucho más directa que la tradicional o la de Koier.
Con este valor la partícula desarrollaría, en una evolución ampliamente documentada en otras lenguas16, la función de adverbio de aproximación en el decir17.
Este tipo de marcadores se usan cuando el hablante no se compromete del todo o no está satisfecho con la forma en que ha emitido su enunciado:
En este caso Heródoto reproduce las palabras que se dirían los peonios a sí mismos, pero usa la partícula para indicar que las palabras exactas no tienen por qué coincidir con las que él les atribuye.
El desarrollo de un valor de aproximación es un desarrollo de tipo metafórico que pivota sobre el carácter indefinido de που, que originalmente indica posición en un lugar indeterminado.
Ese mismo carácter es el que motiva su uso como refuerzo de otros elementos indefinidos (véase supra), refuerzo que también se documenta en el caso de hol. ergens.
En general, la evolución de un adverbio local a marcador del discurso se puede considerar un caso de subjetificación, en virtud de la cual un término lingüístico se dota de significados de tipo metatextual relacionados con la actitud o la evaluación del hablante, cf. Traugott 2010.
Esta evolución ha debido de producirse a partir de contextos puente como los siguientes: En este pasaje, los jonios solicitan a los atenienses que sustituyan al espartano Pausanias en el mando de las tropas griegas que reconquistaron Bizancio a los persas por la actitud despótica de este.
En la oración condicional (ἤν που βιάζηται), la partícula που expresa que no importa el lugar en el que cometa violencia; si lo hace, Pausanias debe ser destituido.
El contexto es tan impreciso que la lectura de που queda abierta a otro tipo de interpretaciones no locales, cf. Koier 2013, pp. 179-187.
Así pues, cuando los Treinta condenaron a muerte a muchos ciudadanos, y no los peores, e impelieron a otros muchos a cometer injusticia, dijo Sócrates que le parecería inaudito si alguien que fuera pastor de un rebaño de vacas e hiciera que las vacas fueran menos y peores no estuviera de acuerdo en que es un mal boyero.
Es relativamente frecuente el uso de esta partícula cuando se citan las palabras de un autor (εἶπέ που ὁ Σωκράτης), palabras que pronunció en un lugar indeterminado o que se sitúan en un lugar indeterminado de su obra (Koier 2013, pp. 289-290).
En este contexto, se puede entender también que las palabras que se citan son aproximadas, como aproximado es el lugar en el que se pronunciaron o en el que aparecen recogidas18.
A partir de este valor de aproximación en el decir, la partícula se usa, asimismo, cuando el hablante no pone en cuestión la adecuación o exactitud de los términos en que se expresa, sino que mitiga su fuerza argumentativa.
Se trata de una implicatura del tipo de las incluidas por Traugott-Dasher 2001, pp. 34-35 en su «Invited Inferencing Theory of Semantic Change».
Estas inferencias invitadas tienen una base metonímica en virtud de la cual una expresión desarrolla significados contextuales relacionados con su sentido original que pueden generalizarse a otros contextos y, finalmente, reanalizarse como significados semánticos de pleno derecho.
Por lo demás, el desarrollo de significados intersubjetivos a partir de significados sub jetivos es habitual en este tipo de elementos, esto es, el desarrollo de sentidos relacionados con la actitud del hablante con respecto a su interlocutor a partir de sentidos relacionados con la actitud o evaluación del hablante 19.
De hecho, son estos usos de carácter intersubjetivo los que explicarían su asociación con proposiciones cuya certeza está fuera de duda o con otros operadores que el hablante utiliza cuando quiere subrayar la certeza de la proposición 20.
La evolución semántica de la partícula που aparece recogida esquemáticamente en Gráfico 1.
La partícula που con los valores tradicionalmente considerados modales es muy frecuente en los poemas homéricos y en los diálogos platónicos, así como en el drama y en los pasajes dialogados de Heródoto, pero, por ejemplo, está prácticamente ausente de los discursos de los oradores 21, véase Tabla 2, donde se recoge el número de ejemplos de που clasificados por tipo de uso (local, reforzando otras expresiones indefinidas, aproximativo, apro ximante y atenuante) en las obras de Heródoto, Sófocles, Aristófanes, Platón (Eutifrón, Apología, Critón, Fedón, Cratilo, Teeteto, Sofista y Político) y Demosténes.2 2 En este sentido, su distribución no se compadece del todo con los géneros en los que se ha observado que suelen usarse los denominados atenuantes en español (Briz y Albelda 2013; Llopis 2016) 23.
En general, los atenuantes son 22 De estos 18 ejemplos, 7 están en pasajes dialogados y 3 en oráculos.
23 propios de contextos formales y más abundantes en la prosa escrita que en el discurso oral.
No obstante, Llopis ha documentado el uso de «de alguna manera / forma / modo» tanto en géneros formales como en la conversación informal; además, encuentra que la locución «por decirlo de alguna manera» y sus variantes, que también funcionan como aproximantes y como atenuantes, se emplean más en entrevistas que en géneros formales.
Por lo demás, más allá de que el uso de la partícula griega sea más propio de textos dialógicos que de textos monológicos, se trata de textos literarios muy estilizados 24.
Sea como fuere, buena parte de los usos de που coinciden con los usos establecidos para los atenuantes por estos autores.
Véanse los siguientes ejemplos, todos ellos incluidos en Tabla 225: En la parte final de la tragedia de Edipo en Colono un mensajero vuelve a donde está el coro para anunciarle que Edipo ha muerto.
El coro pregunta cómo ha sucedido.
El mensajero responde que ellos mismos lo han visto marcharse de donde están para morir, afirmación que viene mitigada por el uso de la partícula, pues puede parecer no solo sorprendente, sino también chocante.
Se debe subrayar que no cabe interpretar που con sentido local modificando al participio παρών, primero por su posición (se esperaría más bien παρών που), luego porque el contexto deja perfectamente claro dónde estaba presente el coro.
Por lo demás, se trata de un ejemplo de la asociación de που con un verbo de conocimiento (ἔξοισθα), cf. Koier 2013, pp. 258-259.
Creo que soy digna, también yo, de saber lo que te que te angustia, Señor.
(Uso: persuadir) En este verso, Yocasta le pide a Edipo que comparta con ella los temores que alberga después de que esta le contara que, muerto Layo y tras aparecer el propio Edipo en Tebas, el único superviviente del asesinato del primero le suplicó que lo enviara al monte como pastor.
El uso de la partícula hace que el tono de la petición de Yocasta sea más sugerente.
Véase que, en general, Yocasta se dirige a Edipo con respeto, tratándolo de ἄναξ'señor, soberano'.
VI 98.1 Καὶ τοῦτο μέν κου τέρας ἀνθρώποισι τῶν μελλόντων ἔσεσθαι κακῶν ἔφηνε ὁ θεός• Y fue la divinidad la que, de alguna manera, produjo este hecho como una señal para los hombres de los males que iban a venir.
(Uso: convención retórica) Koier señala la frecuente asociación de esta partícula con oraciones en las que se atribuye una acción a la divinidad.
Podemos englobar estos casos en los que Llopis 2016, p.
115 califica como usos en los que este tipo de elementos sirven como cliché o convención retórica para hacer el lenguaje menos rígido.
97 Πρὸς τῶν θεῶν, ἄνθρωπε, ναύφρακτον βλέπεις, | ἢ περὶ ἄκραν κάμπτων νεώσοικον σκοπεῖς; | Ἀσκωμ ̓ ἔχεις που περὶ τὸν ὀφθαλμὸν κάτω; Por los dioses, hombre, tienes mirada de barco de guerra, ¿o es que buscas fondeadero después de doblar el cabo?
En cierto modo, tienes una badana para remos alrededor del ojo.
(Uso: amenizador) En este ejemplo, el uso de la partícula también tiene por objeto hacer el lenguaje menos rígido, pero, a su vez, es de carácter puramente interactivo para crear una atmósfera distendida que en el caso de la comedia aristofánica no está reñida con la mofa: Aristófanes compara los ojos de la máscara del personaje con los ojos por donde salían los remos de las trirremes.
Los postes que soportan las tablas, en el pasado, de alguna manera los colocaron los habitantes en común, pero después los colocan sirviéndose de la siguiente costumbre: los traen de un monte llamado Orbelo y cada vez que cada uno se casa coloca tres postes.
(Uso: evitar riesgos) La estrategia de autoprotección se basa en adelantarse a las críticas que puedan recibirse de parte del interlocutor.
En este caso, Heródoto describe el sistema de hábitat palafítico de los peonios del lago Prasíade: cuando Heródoto escribe, la plataforma sobre la que residen se apoya sobre postes que los hombres colocan cada vez que se casan, pero en el pasado, Heródoto hipotetiza que los postes debieron de haber sido colocados de forma solidaria, hipótesis que podría ser criticada o refutada.
¿Y con qué cara me presentaré ante mi padre Telamón?...
No es una carga soportable.
O tal vez me dirija contra la fortificación de los troyanos y, tras batirme solo contra ellos uno por uno y hacer algo útil, muera luego por fin.
Pero así podría agradar, en cierto modo, a los Atridas.
Eso no es una opción.
(Uso: atenuar críticas) En este caso, Áyax se pregunta cuál debe ser su reacción ante la ofensa que se le ha infligido al otorgar los jefes aqueos, Agamenón y Menelao, la armadura del fallecido Aquiles a Odiseo en lugar de a él mismo.
Una opción es seguir combatiendo contra los troyanos, lo que supondría agradar a los Atridas, algo que el propio Áyax rechaza acto seguido (οὐκ ἔστι ταῦτα).
De todas formas, la formulación de la frase (Ἀλλ ̓ ὧδέ γ ̓ Ἀτρείδας ἂν εὐφράναιμί που) incluye la partícula con el objeto de atenuar las críticas que él mismo se dirige en un monólogo en el que Áyax se desdobla para evaluar los pros y los contras de sus opciones. acusaciones de homicidio e impiedad.
La partícula se usa para mitigar las implicaciones negativas de que Sócrates se encuentre en dicho lugar.
La partícula που tiene un significado original «en alguna parte» de tipo local e indefinido, pero ya desde los primeros textos literarios se emplea con valores no literales que se han desarrollado a partir del local.
Tradi cio nalmente, se ha considerado que buena parte de estos valores era de carácter epistémico y que, con ellos, la partícula expresa probabilidad o posibilidad.
Recientemente, Koier ha rebatido la interpretación tradicional para llegar a la conclusión de que la partícula expresa, más bien, certeza.
En este trabajo hemos visto cómo los valores modales de που se pueden entender mejor desde la óptica de los operadores de aproximación en el decir y de atenuación: la partícula habría desarrollado, metafóricamente, usos como aproximante a partir del valor indefinido original por un proceso de subjetificación, usos con los que se emplearía, asimismo, como atenuante por inferencia pragmática en una evolución propia de este tipo de elementos (subjetivo > intersubjetivo).
Esos valores se compadecen con su uso como adverbio de aproximación cuantitativa o aproximativo, otro uso no literal derivado de su significado indefinido y que es propio del dominio del sintagma, mientras que las funciones discursivas de aproximante y atenuante son propias del dominio de la cláusula.
Frente a otros adverbios que desarrollan funciones discursivas similares, como el epistémico ἴσως o los aproximativos σχεδόν y μόλις, la evolución de που es comparable con la de hol. ergens, otro adverbio local de carácter indefinido que también presenta funciones (inter)subjetivas derivadas de ese valor indefinido. |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). * Este artículo ha sido elaborado en el marco de los proyectos de investigación FFI2017-87558-P (AEI/FEDER, UE) financiado por el MINECO, y «La magia aggressiva nel mondo antico: lessico e formulario dei testi in greco» de la Universidad de Florencia.
Más datos en https://www.progettomagia.unifi.it/vp-17-obiettivi.html.
La autora agradece a los evaluadores anónimos y al editor de Emerita sus sugerencias y su ayuda en la revisión del español.
Cómo citar este artículo / Citation: Chronopoulou, Eleni 2019: «Una inscripción mágica de Panticapeo única y los enemigos desconocidos», Emerita 87 (1), pp. 73-82.
En este artículo se estudia una inscripción mágica de la antigua necrópolis de Panticapeo que contiene inscrita diecisiete veces la palabra ἀνώνυμος junto a unas letras sin sentido aparente.
Se hacen unas observaciones sobre la lectura, unas anotaciones sobre las secuencias de las letras sin sentido y una nueva propuesta sobre su finalidad.
Palabras Clave: inscripción; mágica; Panticapeo; anónimos.
Una inscripción mágica de Panticapeo única y los enemigos desconocidos*
En el año 2011, en Panticapeo (actual Kerch en Crimea), en la cima del Monte Mitrídates, donde se encuentra la antigua necrópolis, se halló una inscripción que fue editada por A. Belousov y N. Fedoseev en el año 2014 1.
Como señalan los editores, se trata de una inscripción única y misteriosa a la vez.
Tiene 16 cm de longitud y su anchura oscila entre 2.5 y 6.5 cm. Está plegada cinco veces y el agujero que hay en su superficie indica que fue perforada con un clavo.
En esta lámina de plomo aparece inscrita múltiples veces, junto con unas letras sin sentido aparente, la palabra ἀνώνυμος.
La paleografía de la inscripción no revela mucho sobre la época de su producción y los editores proponen el siglo III a.
C.2 como fecha post quem.
El hecho de que sea de plomo, que esté plegada y que haya sido perforada, además de haberse depositado en un cementerio, son fuertes indicios de que se trata de una inscripción mágica, y con cretamente de una defixio.
Sin embargo, aunque el formato es típico de una defixio, el contenido resulta problemático, porque la repetición de la palabra ἀνώνυμος 'sin nombre','anónimo' no tiene paralelo entre los centenares de defixiones descubiertas hasta el momento.
Por lo que se refiere al texto de la tablilla, la transcripción que presento aquí está basada en el facsímil que aparece en la primera edición3.
Las diferencias de lectura se discuten más adelante.
Una primera observación es que la segunda columna está mucho más compri mida y las líneas no tienen correspondencia exacta.
En concreto: a) La sílaba ΟΡ que los editores ponen al principio de la l.
8 de la col. 2 (ΟΡ ἀνώνυμος), en mi opinión pertenece a la l.
4 de la col. 1, porque ΟΡ está antes de la línea recta que forman las letras iniciales de la col. 2. b) En la l.
2 de la col. 2, al lado de la palabra ἀνώνυμος, donde los editores ponen una interrogación, se ve claramente una A y una letra que contiene una parte de forma triangular, que puede ser una Δ, una Μ o incluso una N. c) En la l.
3 de la col. 2, la letra con el punto debajo tras la Ο tiene la forma de una Λ, con la segunda línea más corta.
Los editores la interpretan como una Ρ.
Sin llegar a rechazar totalmente esta propuesta, me parece poco probable, porque las otras Ρ que aparecen en la tablilla están escritas con el semicírculo muy redondo.
En esa misma línea, la μ está también sobrescrita y la transcripción tiene que ser ἀ[ν]ώνυ μος en lugar de ἀ[ν]ώνυμ ος, como proponen los editores. d) En la l.
4 de la col. 2, parece que al lado de ἀνώνυμος hay una Π̣. e) Una diferencia fundamental se da en las l.
Los editores transcriben la l.
No creo que haya espacio en la l.
4 para que quepan seis letras.
En el mismo espacio de arriba caben tres, quizá cuatro letras.
Mi opinión es que el escriba no tenía suficiente espacio en la l.
5 para terminar la palabra y utilizó el espacio libre arriba, como hizo también en la l.
3, donde la sílaba suprascripta μος se escribe entre las líneas.
En consecuencia, la palabra ἀνώνυμος aparece 17 veces y no 18, como sugerían los editores. f) En las ll.
8 y 9, donde leo Τ̣, los primeros editores interpretaban que hay una cruz.
La presencia de una cruz en este contexto es muy poco probable.
En otras laminillas (véanse los facsímiles en Wünsch) se puede apreciar que la χ algunas veces tiene la forma de una cruz4 o de una T, como se ve en una defixio de Sicilia5. g) En la l.
No excluyo la posibilidad de que AṬ pertenezca al final de la l.
La Ρ̣, tal y como aparece en el facsímil de la inscripción, me parece más una Ṭ.
Hay que destacar en esta inscripción las letras sin sentido aparente que acompañan a veces a la palabra ἀνώνυμος.
Parece que no están escritas aleatoriamente allí donde había un espacio vacío, porque entre la primera columna y la segunda hay bastante espacio, pero aparece sólo la sílaba ΟP en la l.
Desgraciada mente, como admiten los editores, no nos resulta fácil entender su función.
Es probable que sean abreviaturas o voces mágicas o, mejor, letras mágicas.
El paralelo más cercano y seguro que he podido encontrar (porque su lectura no presenta demasiados problemas) es el de DTA 11, que contiene una lista de nombres de víctimas.
Al lado de los nombres, en las ll.
2 y 3, aparecen las letras ΔΝ y MM respectivamente.
Wünsch los comentó del siguiente modo: «ΔΝ MM litterae additae uidentur, ut magicam augerent speciem».
Entre estas letras sin sentido que pueden tener valor mágico encontramos ΜΑΑΡ en una secuencia de uoces magicae en DT 38 y también en PGM XII 1686.
La perplejidad de los editores ante una pieza tan única está absolutamente justificada.
Para dar una explicación de este interesante hallazgo, proponen, no sin ciertas dudas, que la palabra ἀνώνυμος debe referirse a entidades intermedias y que la inscripción es una invocación a un daimon o a un nekydaimon 7.
Su conclusión se basa en dos argumentos principales: a) en la Antigüedad había divinidades cuyo culto se hacía bajo anonimato, así como seres intermedios o espíritus que se invocaban con nombres genéricos como ἄωροι ̔los que han muerto prematuramente', καταχθόνιοι ̔seres del mundo subterráneo', βιαιοθάνατοι ̔los que han tenido una muerte violenta ̓ o incluso ἀνώνυμοι 8; y b) la palabra ἀνώνυμοι, que aparece en un lote de doce hechizos judiciales parecidos, hallados en Kourion (Chipre), se emplea para referirse a dioses subterráneos 9.
Para reforzar su argumentación mencionan también una tabella iudiciaria de Olbia en la que se invoca a un espíritu desconocido empleando magia analógica.
La analogía es que «como nosotros no te conocemos, así Éupolis...» 10.
Basándose en el hecho de que los ejemplos análogos más cercanos resultan ser tabellae iudiciariae, formulan la hipótesis de que podría tratarse también en nuestro caso de una maldición de este tipo.
Sin embargo, hay que admitir que esta hipótesis choca bastante con la estructura establecida de las defixiones.
11 A veces los dioses eran tan conocidos por su dedicación en algo que no hacía falta ni mencionar su nombre en una invocación como en el proemio de la Ilíada donde la Musa es simplemente invocada por un θεά.
12 A veces su nombre era tan terrible y provocaba tanto miedo que preferían evitar pronunciarlo, como en el caso de las Erinias, a las que Eurípides llama ἀνώνυμοι θεαί (IT 944).
15 Hay que admitir que hay tablillas cuyo contenido sigue siendo dudoso.
Las secuencias de las letras que los editores han descifrado no coinciden con una secuencia de letras de la de que el defigens utiliza todo el espacio de la tablilla para invocar a diecisiete entidades diferentes o a la misma entidad diecisiete veces sin saber su(s) nombre(s) resulta problemática.
En los textos de Kourion se emplea la palabra en plural para agrupar todas las entidades de este tipo 16, como suele hacerse también con otro tipo de nombres genéricos y colectivos 17.
Es importante tener en cuenta que ninguna de las defixiones que tenemos hasta ahora de esta región 18 incluye una invocación a daimones u otro tipo de espíritus.
Por el contrario, hay numerosos ejemplos que contienen solamente los nombres de las personas contra las que iba dirigida la maldición.
Recientemente se ha publicado una defixio procedente de la misma necrópolis con una invocación a Hécate 19, fechada en el siglo V a.
C. Por el momento es la única en cuyo texto aparece también una invocación a una divinidad. b) La intención fundamental para la fabricación de una defixio es la de maldecir a alguien y provocarle daño.
Si no existe esta intención, no se puede clasificar como tal.
Por lo tanto es necesario que haya una víctima.
Aunque es cierto que existen tablillas que por su formato, contexto y soporte parecen una defixio, si bien su contenido es incomprensible, la inmensa mayoría de las tablillas de magia aplicada contienen los nombres de las víctimas, del mismo modo que los formularios marcan el espacio donde tiene que pronunciarse el nombre de la víctima con ὁ δεῖνα / ἡ δεῖνα, para que el usuario ponga el nombre de la persona a la que quiere maldecir o «atar» 20.
Incluso en la misma tablilla que los editores dan como el ejemplo análogo más próximo, las lengua griega o no son suficientes para que se logre una lectura.
En DTA 113, por ejemplo, se identifican las letras, pero no tienen sentido y Wünsch las consideró «litterae magicae».
16 Cuando la invocación implica una multitud de estos seres se utiliza la palabra en plural, e.g DTA 99: τοῖς χθονίοις πᾶσι, PGM IV 2731: τὰν Ἑκάταν σε καλῶ σὺν ἀποφθιμένοισιν ἀώροις, Suppl.Mag 45.3: ἐξορκίζω ὑμᾶς, δέμονες.
18 Están publicadas más de 40 inscripciones de Olbia y más de 30 de la región del Bósforo.
14, no todas las tablillas conservan escritos los nombres.
Algunas eran preparadas de antemano y se dejaba un espacio en blanco para añadir después el nombre de la víctima.
Si este era largo, se escribía muy comprimido o abreviado. víctimas son nombradas y claramente citadas.
En los casos de magia aplicada se observa que la composición de una defixio exigía la presencia de una fórmula mágica que contenía verbos con sentido de sujeción o atadura, siendo algunos de los más comunes καταδέω o καταγράφω, y al mismo tiempo los nombres de las víctimas se escribían en la tablilla, para que quedaran «atados» para siempre o durante el periodo en que la tablilla permaneciese escondida21. c) El término ἀνώνυμος aparece en nominativo.
Si se tratase de una invocación, sería de esperar que apareciera en vocativo22 o, en el caso de que hubiera un verbo de invocación o conjuro en la fórmula oral (que no aparece en la tablilla), el término tendría que ir en acusativo 23.
En las defixiones los nombres de las víctimas aparecen en nominativo cuando falta el verbo de la maldición24.
La estructura establecida de las defixiones apunta hacia hombres y no divinidades o seres intermedios como los aoroi o los biaiothanatoi.
Sería más plausible considerar que los ἀνώνυμοι son las víctimas del defigens, las personas contra las que se dirige la maldición.
Sin embargo, esta propuesta plantea también un problema: en la magia el nombre de la víctima tiene la máxima importancia para que sea efectiva la maldición.
Con el paso del tiempo se aprecia una mayor preocupación por la precisión en la identidad de la víctima, por lo que estos nombres van acompañados del nombre del padre o, más frecuentemente, de la madre, que, según Chaniotis, da la máxima precisión a la identidad de la víctima, dado que la madre es siempre segura, pero el padre no 25.
Pero hay que pensar que seguramente habría casos en que el defigens no conociera el nombre o los nombres de sus enemigos.
Muy característico es el caso de las llamadas «prayers for justice» o «judicial prayers».
En esta categoría de defixiones las «víctimas» que se supone que han provocado mal al defigens son desconocidas y en las maldiciones son mencionadas como «los que han robado», «ellos», «esta persona» «contra aquellos que» 26.
Son personas que han robado algo al defigens, le han hecho alguna acusación anónima falsa 27, declaran contra él en un juicio 28 o quizás el defigens teme que le hayan maldecido primero ellos.
Como se puede ver, para todos estos no se menciona el nombre y, cuando el que hace la maldición cree que sus adversarios son muchos, también se emplea el plural en vez de maldecirlos uno por uno.
Sin embargo, la estructura de nuestra defixio de Panticapeo parece que corresponde a una etapa de magia menos elaborada en lo que se refiere al texto de la tablilla.
Resumiendo, considero más probable que los anónimos de esta tablilla sean personas adversarias del defigens.
El hecho de que la palabra ἀνώνυμος se repita 17 veces puede significar tres cosas: a) que el defigens no conoce cuántos son sus enemigos y escribe todos los que caben en la tablilla; b) que había un único ἀνώνυμος y el defigens pensaba que con la repetición se reforzaba la maldición 29; o c) que sabía exactamente cuántos eran pero no conocía sus nombres.
En mi opinión, la primera opción es la más probable.
26 Una defixio muy interesante a este respecto es la de SEG XXX 326, en la que se pide a Hécate: «ata a los ladrones o al ladrón que robó las cosas mencionadas».
27 Aunque en general las acusaciones anónimas no eran admitidas ni en Grecia ni en Roma, seguramente habría casos.
28 E.g. en maldiciones encontradas en Mitilene hay listas de nombres y después frases como καὶ ὄσοι μελλέοι[σι] περὶ / αὔτων ἔρην ἢ πό̣ [ην] y καὶ ἄλλος ἤ τις μετ' α̣ [ὔ]των.
29 Hay maldiciones en las cuales se repite en la misma tablilla el nombre de la víctima o el resultado esperado, quizá con la intención de que sea más efectiva, como por ejemplo en SGD 22 donde Filóstrata es maldecida múltiples veces y la maldición de las partes de su cuerpo se repite cuatro veces.
También hay maldiciones contra la misma persona en más de una tablilla, como, por ejemplo, DTA 31i y 31ii. |
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El epitafio que Ovidio compone para sí mismo (Trist.
III 3.73-76) comienza con el adverbio hic, una posición que atrae inmediatamente la atención sobre la deixis.
El hecho de tratarse de una inscripción no real sino literaria determina el análisis de este aspecto tanto en este caso como en otros epitafios de poetas elegíacos; pero Ovidio complica la cuestión atribuyendo a este texto tres situaciones enunciativas distintas: la de un epitafio que figuraría exento en su futuro monumento funerario; la de la carta desde el exilio que dirige a su esposa, donde le comunica sus disposiciones fúnebres; y la de un poema dentro de un libro dirigido a su lector.
El solapamiento de las tres situaciones multiplica las posibilidades de iden tificar los referentes de los deícticos.
El resultado es la comprobación de que proba ble mente Ovidio explotó esta multirreferencialidad, lo que, además de mostrar su sofisticación, refuerza el carácter metapoético del epitafio.
Palabras clave: Ovidio; deixis; epitafios literarios latinos; metapoesía; titulus; libro poético.
La importancia de la deixis en el epitafio de Ovidio
Ovidio redactó su propio epitafio en Trist.
El poeta, tan enfermo en Tomis que se ve incapaz de escribir, dicta una carta para su esposa, que permanece en Roma.
Ve de cerca la muerte y teme que su cuerpo tenga que recibir sepultura en el lugar donde ha sido relegado; por eso solicita a su mujer que recoja sus huesos, los deposite a las afueras de Roma y coloque en su tumba el epitafio que él le envía: Las inscripciones funerarias compuestas por poetas para sí mismos, como es este caso, cuentan con una larga tradición previa, que se remonta a Nosis (AP VII 718) y fue prolongada por Calímaco (AP VII 415) o Meleagro (AP VII 417).
Se esperaba, de los epigramatistas especialmente, que los autores redactaran sus propios epitafios, con los que a veces cerraban sus libros de poesía (Dahlmann 1963, pp. 628-629).
Todos ellos se atribuyeron a los propios poetas.
En condiciones diferentes, integrados en poemas más amplios, aparecen epitafios en varios géneros poéticos latinos: en la elegía naturalmente, siempre consciente de su relación etimológica con la poesía de lamento (Maltby 1991, pp. 201-202), y en la épica y la lírica 3.
Ovidio dedica varios a seres distintos (incluido el papagayo de Corina) 4 además del suyo propio en Tristia.
III 2.27-30) incorporaron a sus poemas sendos epitafios para sí mismos 5.
Todos estas inscripciones comparten un rasgo común: no son reales; pero lo que las distingue de las auténticas no es el contenido, ni el verso, ni la expresión formal, ni siquiera el hecho, sin duda relevante, de que han sido compuestas en vida por la persona a la que se van a dedicar, sino sobre todo por una característica que se sitúa en el terreno de la pragmática: no son inscripciones exentas colocadas sobre un monumento funerario estable -sea este del tipo que sea-que el transeúnte encuentra en su camino, sino que 2 Las biografías literarias griegas también incluían epitafios teóricamente redactados por los propios poetas para sus tumbas.
Las inscripciones de Plauto y Nevio se consideran apócrifas; no hay tanta unanimidad en el caso de Pacuvio, aunque Dahlmann 1963, pp. 649-652 tampoco la juzga auténtica.
La proliferación de inscripciones insertas en obras poéticas en época augústea se ha relacionado con el auge «epigráfico» que en ese momento vivió Roma; cf. Nelis-Clément y Nelis 2013.
Lamentablemente en la elaboración de este trabajo no se ha podido tener en cuenta el libro Tombs of the Ancient Poets: Between Literary Reception and Material Culture, editado por N. Goldschmidt y B. Graziosi (Oxford 2018), publicado cuando la versión definitiva del artículo ya se había entregado.
14 enumera además del de Tristia estos: Ep.; aunque la inscripción de Ep.
2 aporta bibliografía útil.
Se citarán a lo largo del trabajo otros estudios que, a propósito de otro tema o con un enfoque más amplio, también son útiles para el epitafio de Tristia.
están desligadas de su situación propia y original; se han incluido en un poema cuyo soporte es un libro, un objeto también, pero de índole muy diferente 6.
En efecto, en un texto poético, por el hecho mismo de serlo, el marco referencial no está fijado de la misma manera que en un discurso no literario 7.
En este aspecto Ovidio ofrece una poesía de la mayor complejidad.
Para empezar, su juego no se reduce a una contraposición entre la situación pragmática real de un epitafio y la del poema en el que se inserta.
En realidad son tres las situaciones pragmáticas implicadas: la del epitafio; la de la carta -pues como tal se presenta-; y la del poema, que es parte de un libro cuyo soporte es un rollo de papiro -la materialidad del libro no es un factor desdeñable-.
En principio, siempre se trata de textos escritos y en todos los casos la recepción se produce a distancia del tiempo de codificación, como lo llama Levinson (1989, p.
En consecuencia, el emisor está siempre ausente, aunque se haga presente de alguna manera gracias a la lectura.
Cuando Ovidio redacta Trist.
III 3 está fuera de Roma y quiere volver allí, al menos una vez muerto; pero aunque consiga que sus restos mortales regresen, su presencia será un tanto limitada: un epitafio en una tumba es la expresión de una ausencia, como lo es una carta (aún más si no es autógrafa sino dictada, como señala Hardie 2002, p.
Esta cuestión se relaciona directamente con un problema nuclear en el análisis de la obra ovidiana en conjunto y en su poesía del exilio en particular, la tensión entre ausencia y presencia del poeta, tal y como ha establecido Hardie en Ovid's Poetic of Illusion 9.
Sin embargo, a 6 Dinter 2011, pp. 8-12 aborda la relación entre inscripción y literatura desde el marco teórico de la llamada «intermedialidad», que abarca desde la inclusión explícita de inscripciones (como es nuestro caso) a lo que él llama «medial quotations», que evocan el entorno epigráfico y que no siempre son fácilmente discernibles dentro del texto (estas constituyen su principal foco de interés).
La presencia de manifestaciones epigráficas más o menos explícitas, a semejanza de lo que ocurre con las écfrasis, señala el solapamiento parcial de dos sistemas semióticos distintos, expresión que toma de Barchiesi (1997, p.
278), lo que implica una reflexión autoconsciente sobre las diferencias propias de cada medio.
Ramsby 2007, pp. 5-7, sin embargo, descarta como presupuesto teórico la comparación con la écfrasis.
207: «El marco de referencia que conviene para las aserciones de los textos literarios no está fijado o, al menos, no lo está de manera unívoca».
8 Prueba de la importancia de esta cuestión en el libro III de Tristia es el primer poema, en el que no habla el poeta sino el libro cuando llega a Roma; cf. Newlands 1997, pp. 59-60.
17: «At the point when funerary epigrams are detached from his original function, released from their unique stone resting-place to circulate in indefinitely repro ducible pesar de este punto de partida común, las tres situaciones presentan diferencias esenciales, como veremos 10.
Confirman la importancia de estas cuestiones pragmáticas las palabras de Oomen (1987, pp. 143-144) referidas a la deixis de lugar y de tiempo y a sus diferencias según se trate de un acto enunciativo oral, uno escrito o uno poético: «En la comunicación oral, el destinatario sabe a qué tiempo se re fiere el ha blante, puesto que tanto él como el hablante están simul tá nea mente presentes, y conoce también normalmente el lugar en el que se encuentra el ha blante.
En la comunicación escrita, el hablante debe definir su localización en el espacio y en el tiempo si quiere hacer referencia a ella.
En poesía, sin em bargo, un hablante puede utilizar, y utilizará, el tiempo pre sente sin es peci ficar un punto de referencia al que sea posible referirse...; podríamos ha blar ahora de una multiplicación de las dimensiones del espacio y el tiempo».
Es especialmente interesante que Oomen esté hablando de la deixis de lugar y de tiempo porque Ovidio comienza así el epitafio: hic ego qui iaceo...; es una variante de las acostumbradas fórmulas hic situs est, hic iacet, o hic iaceo, aunque la forma verbal en primera persona es menos frecuente 11.
Pero su colocación constituye una ligera anomalía respecto a lo más habitual en las inscripciones latinas auténticas: Lassère (2005, I, pp. 230 y 240) apunta que este tipo papyrus copies, there arises a double absence, as the text now substitutes for the absent (or fictious) monument, itself a substitute for the presence of the once living person».
10 La coexistencia de tres actos enunciativos distintos y sus respectivas situaciones pragmáticas no es la única complicación: el hecho de que la carta se haya dictado a un tercero implica la existencia de otro acto enunciativo, esta vez oral, previo a la escritura.
Además, en la antigüedad la lectura en voz alta de un epitafio -prevista habitualmente en la propia inscripción: el transeúnte leerá en voz alta el texto-constituye al fin y al cabo otro acto enunciativo que «revive» de alguna manera la voz del difunto (Cf.
Y si el lector piensa que realmente Ovidio pronunció en voz alta estos versos al dictarlos, percibe en ellos una inmediatez inusual, como dice Hardie (2002, p.
289), pues al leerlos está reproduciendo el acto de habla del poeta, prestándole su voz.
Pero aquí nos limitamos a los actos escritos pues el acto enunciativo oral del dictado de la carta está de alguna manera subordinado al escrito; el escriba no es un auténtico receptor sino solo un intermediario entre Ovidio y su esposa, que sigue siendo la receptora.
Este hecho es relevante especialmente de cara al juego entre oralidad y textualidad, pero no tanto de cara a la deixis.
Otra cosa es la lectura prevista en voz alta del epitafio por parte del transeúnte; como veremos más adelante, en ella se producen cambios que sí afectan a la deixis.
Sobre esta cuestión, que afecta a la deixis de personas, volveremos más adelante.
de expresiones suele aparecer al final y no al principio.
Es pertinente señalar que hic ocupa también la posición inicial en el epitafio de Tibulo I 3 y en las dos inscripciones funerarias de Meta mor fosis: la de Faetón (II 327-328) y la de Cayeta (XIV 443-444) 12.
Además, también es notable que hic, aquí en una subordinada de relativo (en los otros textos ovidianos la oración no es subordinada), haya sido desplazado de su oración y separado de ella por el pronombre ego13, otro deíctico en lugar destacado, reforzado por el posesivo meo de primera persona, que ocupa la otra posición relevante, la última.
Así pues, todo coincide en destacar la importancia de la deixis.
Inevitablemente nos preguntamos por la identificación del referente de hic y de los otros deícticos, que no es necesariamente unívoca puesto que está determinada por el acto enunciativo correspondiente.
Dado que aquí están implicadas tres situaciones pragmáticas distintas para el epitafio -ligado a un monumento funerario, en el marco de la carta escrita a su esposa, y, final mente, contemplado dentro del libro III de Tristia-, nuestro propósito es analizar los efectos de este solapamiento y constatar si, como dice Oomen, existe una multiplicación de las dimensiones del espacio y del tiempo acorde con la enorme sofisticación y complejidad de Ovidio.
Identificación de los referentes de los deícticos
Cuando encontramos hic en los epitafios inscritos en los monumentos funerarios, es decir, en el lugar original en el que fueron colocados para cumplir su función, esencialmente conmemorativa, el referente del adverbio depende de la colocación del monumento que sirve de soporte: señala el emplazamiento de la tumba en la que está inscrito el texto.
Según la terminología de Diessel (1999, pp. 94-95) 14, hic sería un exofórico, un deíctico que apunta a una entidad ajena al discurso y que pertenece a la situación comunicativa en la que se encuentran ambos interlocutores, en este caso el propio Ovidio y el transeúnte que pasa delante de la inscripción.
A este se refiere el tibi del v.
75, cuyo referente sería el sujeto de las formas verbales de segunda persona en ese verso.
En cuanto a la deixis de las personas, el epitafio de Ovidio no se desvía en lo fundamental de uno auténtico.
Es cierto que comienza hablando en primera persona de sí mismo, aunque para hablar del muerto sea más frecuente el uso de la tercera persona; pero hay también ejemplos del empleo de la primera (Lascu 1971, pp. 215-216).
En los versos 73-74 Ovidio adopta para referirse a sí mismo procedimientos deícticos: el ego y el posesivo meo más las formas verbales en primera persona de iaceo y perii; pero la deixis, puesto que tiene un referente variable, no es suficiente para cumplir la función conmemorativa que se le supone y el poeta añade la información necesaria: su nombre y el elemento definitorio que quiere que se recuerde: tenerorum lusor amorum, Naso poeta.
75 el at imprime un cambio evidente: le sigue inmediatamente un pronombre de segunda persona (tibi) y dos verbos en segunda persona (transis, amasti) que apuntan al destinatario, sea este quien sea; en estos dos versos, las palabras que se ruega al transeúnte que pronuncie, Ovidio ya no se refiere a sí mismo a través de la deixis (procedimiento habitual en los epitafios reales, donde el destinatario pasa a ocupar la primera persona y el difunto la segunda 15: sit tibi terra leuis; ossa tibi bene quiescant 16 ) sino que recurre de nuevo a su nombre propio (Nasonis molliter ossa cubent) 17, con el que firmaba sus obras amorosas 18.
La ausencia de pro- cedimientos deícticos implica la ausencia de Ovidio de la situación pragmática prevista para el futuro.
Por otro lado, en los epitafios auténticos la segunda persona, que designa al receptor que está ante el epitafio y es capaz de leerlo, se convierte en el punto de referencia temporal del enunciado.
Incluso en aquellos casos en los que el verbo iaceo está en primera persona, el tiempo al que se refiere el presente no es el del emisor, sino el momento o los momentos cualesquiera en los que el receptor, la segunda persona, realiza la lectura de la inscripción y, en consecuencia, cumple con la función conmemorativa inherente al epitafio 19.
Esto solo puede suceder con un verbo como iaceo, que además de ser de estado es atélico: no incorpora la idea de un límite temporal para la acción.
De esta manera su mensaje seguirá siendo válido a pesar de que transcurran muchos años.
Pero la separación del texto de la inscripción del soporte al que en teoría se destina transforma este marco referencial.
Igual que el referente del hic ya no está determinado y puede variar 20, también los otros elementos de la deixis pueden verse afectados.
El epitafio forma parte de la carta, dictada a un tercero -su enfermedad le impide escribirla él mismo-, que dirige a su esposa dejando constancia de sus últimas voluntades.
El emisor es el marido, Ovidio, en el exilio; y la segunda persona y receptora, su esposa en Roma.
Por otra parte, los tiempos verbales de la inscripción se sitúan en un momento que aún no ha llegado cuando Ovidio escribe su carta.
Siempre considerando el epitafio dentro de este marco, el referente del hic está relativamente precisado por las instrucciones previas de Ovidio para que coloque sus restos mortales en una urna a las afueras de Roma, suburbano solo (v.
Dentro de la categorización de Diessel (1999, p.
96) hic es un anafórico: su referente se sitúa en el discurso previo.
Su posición destacada se debe a que el lugar de su sepultura es un elemento fundamental de su mensaje: sus huesos descansarán a las afueras 19 Svenbro 1988, pp. 53-73, especialmente 72: «La voix du lecteur est le référent éternellement renouvelable grâce auquel l 'inscription se réalise dans sa plénitude».
20 Curiosamente el epitafio de Ovidio se ha llegado a utilizar como si fuera real y se ha reubicado en lugares diferentes: p. ej., al pie de la estatua de bronce de Ettore Ferrari en Constanza, erigida en 1887; resulta irónico que un epitafio concebido por el poeta para su tumba en Roma acabara sobre un monumento en el lugar de su exilio.
Trapp 1973 sobre la historia de las leyendas surgidas alrededor de la hipotética tumba de Ovidio.
de Roma, y no en Tomis, un lugar perdido y alejado del mundo civilizado; después de muerto, Ovidio ya no será un exiliado y volverá a Roma.
En tercer lugar, la carta que incluye el epitafio es un poema que pertenece a un libro, Tristia III.
La situación pragmática de este acto de enunciación es diferente, por tanto, a la anterior.
Ovidio, como poeta, se dirige a un lector, que ha podido leer los poemas previos del libro III, o puede que lo haya leído ya una vez entero o incluso que ya conozca los cinco libros de Tristia; también es probable que haya tenido contacto con otras obras de Ovidio además de con el Ars y con las de otros poetas.
Como ya hemos dicho, la posición inicial del hic en este epitafio haría recordar al lector de poesía un poema de Tibulo (I 3), aquel en el que cuenta que durante una expedición con Mesala cae enfermo en Feacia, lo que le impide proseguir el viaje; imagina que la muerte le llega allí y que, alejado de su patria, su familia y su amada, va a recibir sepultura en tierra extraña; a la vista de ello compone un epitafio para esa ocasión (I 3.54-56): fac lapis inscriptis stet super ossa notis: HIC IACET IMMITI CONSVMPTVS MORTE TIBVLLVS MESSALLAM TERRA DVM SEQVITVRQVE MARI Puesto que se trata de una inscripción inserta en un poema, el hic inicial, como en el caso de Trist.
III 3, puede analizarse como anafórico, en este caso de Feacia (Tib.
I 3.3: me tenet ignotis aegrum Phaeacia terris).
Como en Ovidio, la posición del deíctico es acorde a la relevancia de su referente.
No hace falta decir que las situaciones descritas por ambos poetas son similares y que los contactos entre los dos poemas no se limitan a los epitafios: Tibulo y Ovidio están en un lugar lejano, alejados de la familia y de la patria, temen la muerte y que sus restos deban descansar allí.
Ovidio deliberadamente -a ello apuntan las enormes coincidencias (Huskey 2005)-evoca el poema de Tibulo y da vía libre a una nueva inter pretación del hic de su epitafio, que pasaría a indicar el lugar alejado en el que Ovidio vive desterrado, Tomis.
En este caso el adverbio sería un ejemplo del uso que Diessel (1999, pp. 105-107) llama 'recognitional': estos deícticos no se refieren a elementos del entorno de la situación comunicativa (exofóricos) ni a referentes previamente mencionados en el discurso (anafóricos), sino a entidades que no han aparecido antes en el texto pero que pueden ser identificadas gracias al conocimiento compartido por emisor y receptor.
Sin duda el interés de Ovidio es que el lector compare su inscripción con la de Tibulo; por eso hace comenzar la suya de la misma manera pero añade una nueva posible lectura del hic, para luego destacar el contraste entre la situación de Tibulo, que imagina su muerte en Feacia, una tierra que ofrece una imagen amable y con un toque de ficcionalidad gracias a la Odisea (Huskey 2005, p.
370), y sus propias circunstancias, en las que el lugar en el que teme morir se describe con tintes negros y es completamente real 21.
De manera similar, el lector de Ovidio podría recordar la inscripción funeraria, también encabezada por un hic, dedicada a Faetón en Metamor fosis.
Tras la desastrosa conducción del carro del Sol, las Náyades dan sepul tura a Faetón, que ha caído en un sitio muy alejado de su punto de partida, es más, en otro mundo distinto22, y componen su epitafio, que marca el lugar (Met.
quem procul a patria diuerso maximus orbe excipit Eridanus fumantiaque abluit ora Naides Hesperiae trifida fumantia flamma corpora dant tumulo, signant quoque carmine saxum: HIC SITVS EST PHAETHON CVRRVS AVRIGA PATERNI QVEM SI NON TENVIT MAGNIS TAMEN EXCIDIT AVSIS Gracias a esta inscripción, la madre y las hermanas del desdichado Faetón, tras recorrer el mundo entero, pueden localizar su tumba y llorarle.
La terrible suerte del muchacho, golpeado por el rayo de Júpiter, es similar a la de Ovidio, que recurre varias veces a esta imagen (fulmen) para referirse a su destino (Trist.
Y su muerte lejos de la patria representa una situación similar a la de Ovidio en el exilio (Trist.
III 3.3 y 13); la comparación entre ambos es explícita en Trist.
Todo ello constituye un segundo argumento a favor de la identificación de hic con el lugar apartado de su destierro.
Con aún más probabilidad el lector de Trist.
III 3 estaría en condiciones de percibir que algunas de las ideas y expresiones que Ovidio utiliza en su epitafio son variantes de fórmulas epigráficas funerarias que el poeta emplea en otros lugares de la obra para representar su situación de exiliado en ese momento, que él considera equivalente a la de un muerto.
La identificación de ambas circunstancias impregna toda la poesía del exilio y el vocabulario utilizado busca hacer visible esta imagen 24.
Eso es lo que ocurre con los verbos utilizados en los vv.
Iaceo, también en presente y en primera persona, ha aparecido poco antes (III 3.13) referido a su circunstancia de exiliado en un lugar apartado: lassus in extremis iaceo populisque locisque; y reaparecerá en IV 1.85: hic ego sollicitae iaceo nouus incola sedis 25.
En cuanto a pereo, no es un verbo muy frecuente en las inscripciones funerarias.
Pero, por una parte, evoca la elegía amorosa, puesto que los poetas lo han utilizado para referirse a los dolores producidos por el amor (p. ej., Prop.
Y por otra, Ovidio lo emplea en numerosas ocasiones cuando habla de su situación como exiliado en Tomis.
Y en el mismo poema III 3 (vv.
En estos casos, donde iaceo y perii -es sabido que pereo pertenece a esa clase de verbos cuyo perfecto, con valor resultativo, se traduce generalmente como una acción cuyo efecto se percibe en el presente (Ernout-Thomas 1972 2, p.
123)-se utilizan para hablar de su destierro, la deixis temporal remite al tiempo presente del emisor: Ovidio, cuando escribe III 3, es un muerto en vida.
¿Qué pasa con estas mismas formas verbales que aparecen en el epitafio?
Como ya dijimos, si formaran parte de una inscripción que se encontrara ligada al monumento funerario, se referirían, no al momento de la composición del texto, sino al de la lectura, sea cual sea.
Pero aquí se usan en un epitafio inserto en una carta que es un poema, en una situación pragmática diferente, así que el lector, llamado por la semejanza de la expresión empleada en el mismo poema para describir otras circunstancias, podría leer en los dos primeros versos del epitafio el presente iaceo y el resultativo perii como referidos, al igual que en los otros pasajes, al tiempo de codificación, es decir, al tiempo en el que está viviendo su exilio 27.
Esta interpretación puede contribuir a explicar la elección de Ovidio de la primera persona iaceo en vez de la más habitual tercera, iacet.
Tibulo no utiliza ni la primera ni la segunda persona en su inscripción de I 3, sino la tercera.
A diferencia de él, Ovidio redacta un epitafio en el que las personas están fuertemente marcadas: ego, meo, at tibi en posiciones relevantes.
Las formas verbales en primera persona otorgan al poeta una presencia que no corresponde a la de un difunto: en efecto, en el momento de redactar el epitafio, Ovidio es un muerto, pero aún en vida.
Por otra parte, la segunda persona que designa a su hipotético receptor (tibi qui transis... quisquis amasti), una fórmula de apelación al transeúnte característica de este tipo de inscripciones, no se refiere simplemente, como sucedería en un epitafio auténtico, a todo el que pase por allí.
Al pronombre le sigue no solo la habitual subordinada de relativo qui transis, sino otra -quisquis amasti-introducida por un relativo indeterminado que señala que el referente de la segunda persona alguna vez ha amado28 y, en consecuencia, es un probable lector de su Ars amatoria, en cuyo comienzo se emplea también un indefinido (Ars I 1-2)29: Si quis in hoc artem populo non nouit amandi, / hoc legat et lecto carmine doctus amet.
Incluso la remodelación de la habitual fórmula dic rogo de los epitafios transformada en tibi... ne sit graue... dicere, recuerda la petición que el propio libro hace a sus lectores en el primer poema (Trist.
La posible identificación de la segunda persona con un lector no del epitafio sino de su obra abre paso -nuevo ejemplo de multirreferencialidad-a otra lectura del deíctico hic basada en los versos que siguen al epitafio; estos se concentran en la función conmemorativa recurriendo a la iden ti fi cación, tan frecuente en los poetas augústeos, de los libros con monu mentos capaces de garantizar a sus autores la pervivencia (III 3.77-80): hoc satis in titulo est. etenim maiora libelli et diuturna magis sunt monumenta mihi, quos ego confido, quamuis nocuere, daturos nomen et auctori tempora longa suo.
Los textos básicos que ilustran esta concepción son de todos conocidos: Hor., Carm.
296 considera un modelo para el texto de Ovidio) y el propio final de las Metamorfosis (XV 868-879), del que solo reproducimos los dos últimos versos, donde se proyecta una imagen de presencia perpetua y una reencarnación del poeta en sus futuros lectores: ore legar populi, perque omnia saecula fama, / siquid habent ueri uatum praesagia, uiuam 30.
Como hemos dicho, el monumento fúnebre constituye un signo de la presencia ausente del muerto (Hardie 2002, pp. 81-84 y 91): la lectura en voz alta de la inscripción por parte del paseante revive la voz del difunto.
De manera similar, de cara a la función conmemorativa el lector es necesario en una obra poética.
Así pues, como en los otros textos, los libelli constituyen el auténtico monumentum que permitirá la pervivencia del poeta31.
En la comprensión del texto el término titulus es clave.
Este sustantivo empezó a usarse en época augústea (antes era poco frecuente, en la obra de Cicerón, p. ej., solo aparece dos veces).
En principio, denomina materiales que sirven de soporte a textos que indican o identifican algo o a alguien y probablemente a partir de ahí pasó a designar también esos textos de carácter presentativo (Moussy 1997, p.
En consecuencia, fue uno de los nombres empleados para las inscripciones y, puesto que estas con frecuencia servían para la presentación e identificación de objetos y personas, adquirió también el sentido de 'título honorífico' o 'distinción'.
Esta dualidad general -soporte material y texto-se extendió también al mundo del libro: se empezó a utilizar como sinónimo de index, el equivalente de los términos griegos sittybon o sillybos, para referirse a la etiqueta de un rollo de papiro 32; esta, que contenía los datos necesarios para identificar el contenido del volumen sin necesidad de abrirlo, se colgaba del umbilicus o se pegaba en la parte superior del papiro de manera que sobresaliera 33.
A partir de ahí denominó también el texto que figuraba en las etiquetas, que, por lo poco que se sabe, aportaba datos sobre el autor, el contenido o el título de la obra, a veces el número que ocupaba el rollo en el conjunto; es decir, no era estrictamente el título en nuestro sentido moderno sino todo aquello que valiera para identificar el rollo.
Ovidio utiliza titulus con frecuencia en el conjunto de su obra (62 veces); muy a menudo con el significado de 'distinción', título de gloria que un hombre posee y que por lo tanto lo define.
También alguna vez lo emplea con el sentido de 'inscripción' (Ep.
V 26 y XIV 128, p. ej.), acepción que aparentemente corresponde a Trist.
Además lo incluye en pasajes cuyo tema es el libro: estos son los primeros testimonios en los que designa la etiqueta e incluso el 'título' en su sentido moderno (Martelli 2013, p.
Conviene un análisis más detallado de estos casos.
Como empezaron a hacer otros poetas a partir de Catulo (1 y 22), Ovidio presta enorme atención al libro como objeto material que sirve de soporte a 32 El OLD distribuye sus acepciones en siete apartados; entre ellos aparece la acepción de 'título' y 'encabezamiento', pero no la propiamente de 'etiqueta', que, según Moussy, sería previa.
33 Los escasísimos restos conservados de libros en latín de esta época hace que todas las suposiciones sobre los rasgos materiales de los libros descansen en la hipótesis de que eran similares a los griegos, si bien hay conciencia de que al menos en la época augústea tenían sus propias particularidades.
En Tristia los rasgos materiales del libro se corresponden con su contenido y la apariencia de su autor: en I 1 el poeta se dirige a él, puesto que lo ha enviado a Roma, y le anima a recorrer sus lugares favoritos para así poder tocarlos con los pies de sus versos ya que no puede hacerlo con sus auténticos pies (Trist.
Explícitamente el libro es el representante de su autor (Trist.
I 1.55-57) y, como tal, su aspecto externo es acorde con la apariencia del poeta, un desdichado exiliado alejado de la civilización, marcado por la tristeza y el luto (I 1.3-14), y con el tipo de poesía que contiene, la elegía de lamento (Claasen 1990, pp. 111-112).
En el poema que encabeza este mismo libro III, Ovidio da un paso más al conceder voz al libro: este cuenta en primera persona cómo, llegado a Roma, es rechazado por todas las bibliotecas a las que intenta entrar y es excluido de los círculos culturales de la Roma augústea (Claasen 1990, Newlands 1997, pp. 58-59), como de hecho le ocurría a él mismo.
De nuevo la apariencia material del rollo corresponde a la condición de su autor y su obra, como ilustran Trist.
Está claro que en estos pasajes titulus pertenece al vocabulario del rollo de papiro, pero no se sabe si designa la etiqueta o el texto que se escribía en ella para identificar el libro, que no coincidía exactamente con el término moderno 'título'.
Realmente solo en dos ocasiones parece que titulus se refiere al texto: Ars III 343 (Deue tribus libris, titulus quos signat Amorum,...) y Pont.
I 1.16-17 (hablando del nuevo libro y comparándolo con Tristia: non minus hoc illo triste, quod ante dedit. / rebus idem, titulo differt).
En los demás casos es más probable que se refiera a la etiqueta, que al fin y al cabo parece una acepción previa (recordemos que los textos de Ovidio son los primeros en asociar el término al mundo librario, siendo index el vocablo habitual, Moussy 1997, p.
En este sentido interpretamos Trist.
I 1.7: nec titulus minio, nec cedro carta notetur; el poeta señala que el descuido y la miserable apariencia de su autor exiliado llega a afectar incluso a la etiqueta, que no será teñida con cinabrio, como ocurría con las de otros li-bros 35.
IV 13.7 es también claro:...ut titulum chartae de fronte reuellas,...
I 1.61 (nec te, quod uenias magnam peregrinus in urbem / ignotum populo posse uenire puta. / ut titulo careas, ipso noscere colore) no hay ninguna razón para interpretar titulus como otra cosa que la etiqueta que sirve para identificar el rollo; de hecho, la referencia al color parece indicar que se habla de rasgos externos del libro (prescindiendo de que color pueda adquirir un sentido figurado).
En cuanto a los otros pasajes no hay ningún indicio que permita concluir que titulus se refiera al texto presentativo de la etiqueta y no a esta en general 36.
No se demuestra tampoco que titulus se use para designar el título propiamente dicho sino que puede ser todo aquello que sirve para identificar el rollo.
Persiste, por tanto, la vaguedad característica del término, válido para el soporte material, sea cual sea, y el texto.
A este propósito es iluminador el texto de Trist.
III 1.9, donde dice el propio libro: Inspice quid portem: nihil hic nisi triste uidebis; el contenido triste es tan definitorio que pasará a ser el título de la obra.
Volviendo a III 3, comprobamos que titulus y libelli aparecen en el mismo verso, el 77.
Tras la afirmación hoc satis in titulo est la partícula etenim introduce una identificación explícita entre los libelli, en la posición final del verso, y un objeto físico, monumenta; ambos temas, libros y monumentos, constituyen un espacio apropiado para la presencia de la palabra titulus.
A la vista de lo expuesto, nuestra propuesta es que en el verso III 3.77 (hoc satis in titulo est) Ovidio juega con las múltiples interpretaciones del término titulus, que, como hemos visto, se basan fundamentalmente en su carácter presentativo: una distinción concedida a un hombre, una inscripción 35 Cf.
Caroli 1997, pp. 46-48, que repasa varios testimonios gráficos sobre las etiquetas coloreadas, como el fresco de Terencio Neo y su esposa.
36 Cuando el poeta anima al libro a contestar a los que lo rechazan que solo tienen que mirar el titulus para comprobar que no se trata del Ars amatoria (Trist.
I 1.67 «inspice» dic «titulum. non sum praeceptor amoris») tampoco hay nada que permita afirmar taxativamente que se refiera al título propiamente dicho y no simplemente a un texto que presenta al autor o a la etiqueta identificativa, que ya con su apariencia, sin color, como acaba de decir, marca su carácter triste.
I 1.109-110 (cetera turba palam titulos ostendet apertos, / et sua detecta nomina fronte geret) es nomina la palabra que se utiliza para designar el título propiamente dicho.
III 6.50 (fortunamque meam metuens, non uindicis iram / terrebar titulo nominis ipse mei) la presencia de ambos sustantivos se reparte de manera similar, como ocurre en Rem.
1: Legerat huius Amor titulum nomenque libelli: es incierto si titulum y nomen son sinónimos o si el primero se refiere a la etiqueta en la que está incluido el segundo.
Otros ejemplos similares: Trist.
En cualquier caso, el titulus, sea una inscripción o el texto que figura en una etiqueta de un rollo, debe ser breve, tal y como el propio poeta afirma.
Pero, en términos de epitafio, resulta chocante que Ovidio encargara a su esposa grabar con caracteres grandes estos cuatro versos, siendo su urna, como especifica en el v.
65, pequeña 41; sería difícil cumplir con estas instrucciones.
Esta incongruencia reduce el monumento funerario junto con su inscripción a un objeto no real, ilusorio.
Y lo cierto es que estos cuatro versos también parecen ser excesivos para una etiqueta, que, por lo que sabemos, eran de dimensiones reducidas (p. ej., 3,3 x 13,4 cm.) y contenían un texto escueto (Dorandi 1984y Caroli 2007).
Sin embargo, ya en otros lugares hemos visto que Ovidio utiliza figuradamente la apariencia externa del rollo de papiro; incluso, como hemos visto antes, apunta la posibilidad de que no lleve etiqueta (Trist.
I 1.61), aunque luego lo desmienta al comentar su apariencia.
En todo caso, el libro sí es un objeto real, que existe y está en las manos del lector, y, en consecuencia, a diferencia de su imaginado monumento funerario en las afueras de Roma, puede perfectamente cumplir su misión conmemorativa e inmortalizadora (Newlands 1997, pp. 59-60).
Un somero análisis de la deixis temporal del poema confirma esta diferencia: Ovidio utiliza verbos en futuro alternando con imperativos con proyección de futuro para describir su agonía, la tristeza de su esposa, o los honores que esta le rendirá, pero en los vv.
77-79, que se refieren a su libro, usa presentes (est, sunt, confido), que apuntan a que se trata de realidades existentes en el tiempo de la codificación 42.
Todo ello casa perfectamente con la preocupación que el poeta exhibe en Tristia por la recepción de sus nuevas obras, como recuerda Newlands (1997, p.
74), que señala que el libro III está impregnado de esta inquietud; empieza 41 Sobre la interpretación de este deseo, que el epitafio se inscriba en grandes caracteres, cf. Ingleheart (2015, pp. 299-300), que lee el contraste de su parua urna y de sus libelli con la monumentalidad material proyectada por el emperador como una respuesta al Mausoleo de Augusto.
Por otra parte, obsérvese que el diminutivo, utilizado por él mismo para sus obras elegiacas, corresponde al pequeño tamaño de su urna funeraria (parua), pero contrasta con la magnitud y prolongación de su efecto (maiora, diuturna magis).
42 A la vez la deixis de las personas en estos versos reproduce de alguna manera el juego entre presencia y ausencia ya señalado en el epitafio: confido en primera persona y los pronombres personales ego y mihi dejan paso a una referencia a sí mismo en tercera persona: daturos / nomen et auctori tempora longa suo, que se explica por la utilización de un infinitivo de futuro (daturos): en ese momento el poeta estará muerto y, por tanto, ausente. y acaba con poemas en los que el libro es el objeto esencial: III 1 (el libro, dotado de voz y trasunto de su autor, llega a Roma y es rechazado por las bibliotecas) y 14 (la carta a un amigo suyo que ha guardado sus libros).
En suma, si aceptamos la multiplicidad del término titulus, el deíctico hic podría referirse al libro mismo que el lector tendría en sus manos.
Nos encontramos ante un caso complejo: en principio, podría definirse como exofórico, el rollo de papiro equivalente al monumento funerario; pero, en virtud de las equivalencias descritas, el libro material representa la obra poética de Ovidio (en este caso, restringida al género elegíaco, algo sobre lo que volveremos luego), por tanto, no es algo ajeno al discurso: su utilización se podría describir como 'recognitional', según la terminología ya utilizada de Diessel.
Se está activando un conocimiento compartido entre el emisor y el receptor del poema: ambos saben que estos cuatro versos se han incluido dentro de una carta que es un poema, a su vez inserto en un libro con unas características poéticas y materiales determinadas.
A este lugar, a la poesía ovidiana y al libro que la contiene -el carácter conmemorativo depende de su existencia como libro-también se refiere el hic, el lugar donde 'yace' el poeta.
No resulta descabellado admitir semejante grado de sofisticación en Ovidio.
Como muestra puede valer el epitafio de Met.
XIV 443-444, que Eneas dedica a su nodriza Cayeta y que también comienza con hic: Este caso presenta una complicación añadida puesto que incorpora la presencia del texto de Virgilio, pero ofrece un excelente ejemplo de la multiplicidad de valores del deíctico (Hinds 1998, pp. 107-108).
Lo más sobresaliente es que aquí hic no solo resalta la importancia del lugar geo gráfico que debe su nombre a la tumba de la nodriza -no olvidemos que en Virgilio es una etiología que explica el nombre geográfico-sino que se aplica también al lugar que la aparición de Cayeta ocupa dentro de las Metamorfosis; y es relevante porque Ovidio ha introducido un cambio sustancial respecto a la Eneida: Virgilio menciona Cayeta -el lugar-al final del libro VI, en el v.
900, como el siguiente destino de Eneas tras salir del inframundo.
El libro VII comienza con la etiología del nombre (VII 1-4); así pues, la presencia de Cayeta está repartida entre el final del libro VI y el comienzo del VII, el centro de la Eneida.
En las Metamorfosis también hay dos alusiones a Cayeta pero están separadas por casi trescientos versos que ocupan las narraciones de Macareo: como en la Eneida, Eneas sale del inframundo y en ese momento Ovidio se refiere a Cayeta mediante una perífrasis (Met.
Pero su segunda aparición no se producirá hasta los versos en los que incluye su epitafio.
De esta manera Ovidio, reconociendo el lugar central de la Eneida, deliberadamente desarticula esa disposición.
Por tanto, hic adquiere el mismo valor doble que, según Hinds, había adquirido otro deíctico, nondum, en el v.
Ovidio hace notar que cuando Virgilio dice que Eneas se dirige a Cayeta, este lugar aún no se llamaba así, puesto que aún no había enterrado allí a la nodriza, según la etiología que sigue al comienzo del libro VII.
Pero a la vez indica que en su propia obra aún no va a aparecer la referencia a la muerte de Cayeta sino que habrá que esperar otros trescientos versos.
El nondum apunta a momentos distintos en niveles distintos: en el tiempo mítico, señalando la infracción en el relato de Virgilio; y en la secuencia temporal de su propia obra, donde rompe el decurso de la historia insertando los relatos de Macareo.
El análisis constata la multirreferencialidad de hic (visible también en otros deícticos de persona y tiempo) en el epitafio según la situación pragmática del acto enunciativo correspondiente: exofórico (cualquier lugar en el que se sitúe el monumento), anafórico (Roma si atendemos a la carta a su esposa),'recognitional' (si consideramos su pertenencia a un poema).
Pero la inscripción ofrece todavía algunos puntos llamativos.
Se ha señalado de manera prácticamente unánime que Ovidio limita en ella su quehacer poético a la elegía, en concreto a la amorosa, y omite las grandes obras.
En efecto, los versos resaltan esa faceta del poeta 43.
En primer lugar, el sintagma tenerorum lusor amorum (que reaparece en Trist.
IV 10.1) resume como lo esencial de su carrera la poesía amorosa de corte calimaqueo.
En segundo lugar, el nombre del poeta, Naso, es el que utiliza en sus obras de elegía amorosa.
Por otra parte, Ovidio se dirige a todo el que pase por allí en virtud de que alguna vez ha amado (quisquis amasti), lo que, como ya dijimos, define a este como lector de su Ars amatoria.
Asimismo, en el deseo que el transeúnte debe expresar -NASONIS MOLLITER OSSA CVBENT, una variante de la habitual fórmula sit tibi terra leuis-molliter se ha interpretado como una indicación del género elegiaco al que frecuen temente se atribuye el adjetivo mollis.
Se ha apuntado además la probable relación con las palabras que Virgilio pone en boca de Cornelio Galo en Ecl.
Por último, la alusión a su desgracia (quamuis nocuere, v.
79) pone de nuevo bajo el foco al Ars amatoria.
Si en su epitafio Ovidio, a diferencia de Tibulo, quiere reflejar una imagen literaria determinada (quizá influido por su conocimiento de otros epitafios literarios como los que supuestamente transmitió Varrón en el De poetis), está claro que buscaba la asociación de su nombre al género concreto de la elegía amorosa.
No resulta extraño si pensamos el cuidado con el que construyó su carrera y revisó su obra; podemos conjeturar que buscó cerrar un círculo: el comienzo y el final de su carrera están ligados a la elegía, una amorosa, otra de lamento, ambas estrechamente relacionadas (Hardie 2002, p.
En este sentido el carácter metapoético del epitafio -y la sofisticación del poema-se ve reforzado por la interpretación de un uso 'recognitional' que identifica el referente de hic como el propio rollo de papiro que el lector tiene en sus manos, a la vez imagen de su poesía y representante del autor.
Pero además esta interpretación fortalece el efecto irónico al ligar el epitafio al libro material: Ovidio, el poeta de la elegía amorosa, cuya desgracia ha surgido precisamente de su talento en este terreno,'yace' en este libro, un libro elegiaco, pero triste, tan triste que la etiqueta que sirve para identificarlo podría contener un epitafio; sin embargo, a pesar de su carácter fúnebre, visible incluso en su apariencia externa, este libro será capaz de conseguir que Ovidio, el poeta del amor, quede inmortalizado como tal (a pesar de Augusto). |
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En este trabajo se exponen y explican las diferentes referencias contenidas en la obra de Décimo Magno Ausonio tanto al personaje de Pitágoras como a algunos aspectos de su pensamiento, así como a otros personajes y contenidos éticos del ambiente pitagórico.
El conocimiento superficial y la naturaleza de las mismas hacen suponer que la recepción de Pitágoras y el pitagorismo en el occidente tardoantiguo era limitado y procedía más de una lectura de fuentes indirectas (biógrafos griegos o autores latinos, por ejemplo) que de la lectura de textos de esa escuela filosófica.
Por lo demás, esas referencias suelen ser de contenidos éticos bien conocidos, con frecuencia asimilables a los del estoicismo.
Palabras clave: Ausonio; Pitágoras; pitagorismo; ética.
Alusiones explícitas a Pitágoras y a los pitagóricos
La presencia de Pitágoras (ca.
C.) y los pitagóricos en la obra del poeta Décimo Magno Ausonio 1 es acusada pues, además de esporádicas alusiones, hay varios poemas directamente deudores del pensamiento pitagórico.
Esas alusiones, en efecto, salpican varios lugares de su obra, desde los epicedios compuestos en recuerdo de sus familiares hasta su correspondencia en los últimos momentos de su vida.
Así, en la carta dedicatoria a Símaco del Griphus 2, hay una rápida alusión al filósofo intencionadamente enigmática: quam multa enim de ternario sciens neglexi: tempora et personas, genera et gradus, nouem naturalia metra cum trimetris, totam grammaticam et musicam librosque medicinae, ter maximum Hermen et amatorem primum philo sophiae Varronisque numeros, et quicquid profanum uulgus ignorat.
En Parentalia 30.5, compara a su consuegra Pomponia Úrbica, una mujer de extraordinarias virtudes, con Alcestis, con Tanaquil y con la pitagórica Teano (Pythagorea Theano) 3.
En Commemoratio professorum Burdiga len sium 11, por otra parte, dedica al gramático Herculano, sobrino suyo hijo de 1 Para Ausonio, Prete 1978 (texto latino sin comentarios), Alvar 1990 (texto traducido al español con comentarios), Green 1991 (texto latino con comentarios), Combeaud 2010 (texto latino con traducción francesa y comentarios), Dräger 2011 (2016 2 ), 2012, 2015 (texto latino con traducción alemana y comentarios), además de otras ediciones mencionadas a lo largo de estas páginas y en la bibliografía final.
La posibilidad de que Ausonio haya podido componer este opúsculo siguiendo la obra perdida de Varrón De principiis numerorum, esa sí aparentemente relacionada con las ideas aritméticas de Pitágoras, es escasa (ib., p.
Pero no parece que la solución al enigma planteado en el poema haya que buscarla en el pitagorismo.
Πυθαγόρας), la sabia y virtuosa Teano, de Turio o de Metaponto, fue esposa de Pitágoras; según otras, tan solo discípula.
5 Pythagorei non tenentem tramitis rectam uiam), arruinando así su prometedor futuro.
Y en Technopaegnion 13.9 (Pythagorae biuium ramis pateo ambiguis Υ) 5, se alude a cómo la Υ representa la encrucijada pitagórica que se abre al iniciarse la vida adulta y en la que el camino de la derecha conduce a la virtud, mientras que el camino de la izquierda, el seguido por el joven Herculano, lleva al vicio, de acuerdo con lo que ya dejó dicho, en ocasión similar, el satírico Persio 6.
Mas conviene advertir que esta imagen, aunque parece ser un lugar común relativo a la doctrina pitagórica al final de la antigüedad, no se lee en ninguna de las vidas antiguas de Pitágoras 7.
De nuevo, el poeta bordelés acude en una de sus famosas cartas dirigidas a Paulino de Nola 8, en esta ocasión no a Pitágoras sino a Damón de Sicilia, uno de sus seguidores, cuya amistad con un tal Fintias, de acuerdo con el testimonio de Cicerón9, puso a prueba el tirano Dionisio II condenando a muerte a éste por un supuesto atentado.
La prueba consistió en dejar libre por un plazo determinado de tiempo al acusado, quedando garante Damón de su regreso al término de ese plazo.
Fintias volvió tan pronto se enteró del gesto de su amigo y mucho antes del momento fijado, ante la general admiración.
Pues bien, este ejemplo de amistad, semejante a otros como el de Orestes y Pílades, sirve a nuestro poeta para recordar a su discípulo el sagrado deber de respetar el vínculo que les ha unido por mucho tiempo y que, en el momento de escribir la carta, parece roto10.
El pitagorismo en Ausonio
Ausonio, como Horacio en Carm.
III 1.1 (odi profanum uolgus et arceo), se considera un iniciado, si no en algún misterio, si al menos en la sabiduría y la erudición.
Pero a partir de ella, a Ausonio tan solo parecen interesarle dos aspectos del pensamiento pitagórico: la cuestión de la reencarnación y la éti ca11.
La evocación que hace el poeta bordelés del asunto de la reencar na ción no es precisamente en un contexto demasiado edificante, pues se sirve de ese serio asunto para construir un epigrama de dudoso gusto 12 que dice así: Precisamente, al asunto de la brevedad expresiva en las respuestas dedica el poeta una égloga entera, bien conocida por lo demás pues, como otra de la que luego se dirá, forma parte también de la Appendix Vergiliana y de la Anthologia Latina 17.
Al margen de la discutida atribución, de los problemas textuales derivados de la deficiente transmisión, de la arquitectura retórica del poema (pues en su segunda parte se refuta lo dicho en la primera) y de la relación de algunos de sus tópicos con Quintiliano (cf. v.
3.81: murmura cum secum et rabiosa silentia rodunt) o incluso con algún pasaje evangélico (cf. Eu.
5.37: sit autem sermo uester'est, est: non, non'), queda la convicción del autor de que en el poema se plantea una cuestión típicamente pitagórica, a saber, la infinita versatilidad y la indispen sable utilidad de dos simples adverbios, el afirmativo y el negativo.
Pero se da la paradójica circunstancia de que, como es bien sabido, la lengua latina no dispone de uno de ellos, ναί (y por tanto non no puede funcionar como opuesto a un adverbio que no existe), como sí la griega, de modo que ya el título del poema en algunos manuscritos se expresa en griego, mientras que en el cuerpo del mismo, el adverbio afirmativo griego καί es traducido simplemente por est 18.
Por fin, conviene advertir que este poema no parece seguir ningún 17 Esta égloga aparece en relevantes manuscritos ausonianos, incluido el V (Leiden, Vos. lat.
F 111), en el que además se lee el título que evoca la textura pitagórica de su contenido: 18 De acuerdo con Winter 1979, esta égloga y la referida a los trabajos de Hércules (una traducción de Anthol.
Por lo que respecta a las aportaciones matemáticas de Pitágoras y los pitagóricos, el conocimiento que Ausonio parece tener de todo ello es escaso y apenas supera el listón de lo tópico, como ocurre en Epigrammata 15 20, donde recoge una sentencia atribuida por Jámblico a Pitágoras 21, a partir de la cual construye un breve epigrama de un solo dístico: aρχh δe τοι hμισυ παντoσ Incipe: dimidium facti est coepisse.
Debe advertirse, no obstante, que esa sentencia también fue evocada por Horacio (v.
Por fin, Dräger (desde 1998 y de nuevo con más argumentos en 2016) insiste en que el Mosella estaría estructurado en torno al número siete, pues en él se leen varias listas compuestas de siete elementos, al tiempo que la estructura del poema obedecería a grupos de siete versos o de múltiplos de siete; aunque pueda ser asumible esa afirmación, no resulta convincente, sin embargo, que ello sea debido a influencias necesaria e indubitablemente pitagóricas.
en I, pp. 382-384; Green 1991: XIV 17, pp. 103 En otro orden de cosas, Ausonio muestra también un conocimiento, si quiera sea convencional, del asunto del número perfecto -de nuevo, de raigambre pitagórica-, según acredita en Griphus22, en particular en los versos 50-54.
Para Ausonio el «número perfecto» parecería ser el seis, según puede desprenderse de Epist.
252 No obstante, ese pasaje no está exento de discusión pues Ausonio se refiere a él con el helenismo telios, no documentado en ningún otro autor latino antiguo y, por tanto, de difícil interpretación, de ahí que los distintos estudiosos que se han enfrentado a él, muestren otros textos más o menos paralelos.
Así Evelyn-White 24, siguiendo a Toll recuerda el siguiente pasaje de Marc.
Nam prior initium, medium finemque sortitur, et centrum medietatis ad initium finemque interstitiorum aequalitate congruit; y de acuerdo con él, sería el tres el número perfecto; a partir de él explica algunos de los versos siguientes pero no otros y menos la Epist.
Para Escalígero (y al parecer, pero no está nada claro, para Pastorino) era el seis.
Françon 25 sostiene que Ausonio recoge el significado tradicional, que se encuentra en los escritos de Nicómaco de Gerasa -a su vez inspirados en Euclides y otros matemáticos.
Para que / indignum coges?'; Serm.
II 1.29: Romani pensantur eadem / scriptores trutina) y en menor medida con Cicerón (cf. Off.
Interesa ahora señalar que las preguntas formuladas en los vv.
16-24 forman parte de los versos áureos (χρυσᾶ ἔπη 30 ) de los pitagóricos, evocados también con formulaciones similares en Cicerón (cf. De sen.
38: ita enim senectus honesta est, si se ipsa defendit, si ius suum retinet, si nemini eman cipata est, si usque ad ultimum spiritum dominatur in suos; un poco más adelante, en ese mismo capítulo, se señala la raigambre pitagórica de esa práctica: Pythagoreorumque more exercendae memoriae gratia, quid quoque die dixerim, audierim, egerim, commemoro uesperi), de nuevo en Horacio (cf. Serm.
Y, si hemos de creer a Diógenes Laercio 31, preguntas de ese tenor se las formulaba ya el mismísimo Pitágoras, aunque tampoco eran desdeñadas por los estoicos 32.
29 Para esta expresión, v.
La concepción del ser humano como un microcosmos se lee, v. gr., en Firm.
2, mientras que la convicción de que el universo es esférico está ya en Cicerón, ND 1.18: mundum ipsum animo et sensibus praeditum rutundum ardentem uolubilem deum.
Según Schmidt 1961, los conocimientos filosóficos de Ausonio eran limitados.
Este mismo espíritu pitagorizante, a veces indistinguible de otras éticas helenísticas, impregna también en buena medida el Epicedion in patrem 33 o también el Ludus septem sapientium 34.
Por fin, en una tercera égloga, Ausonio expone de manera más amplia y, al decir de algunos manuscritos, a partir de un original griego unas ideas éticas tan del gusto pitagórico como escéptico 35.
Conviene advertir que, por más que el título lo sugiera 36, este poema no es ni puede ser traducción de uno griego, por las referencias romanas que contiene a Juturna en el v.
19 y a las Guerras Púnicas en el v.
29, mas sí parece ser una versión amplificada de uno atribuido a Posidipo y que puede leerse en la Anthologia Palatina (IX 359) 37, al que, a su vez, contesta otro de Metrodoro (IX 360) 38.
El contenido del poema, en donde se trata el tópico de los βίοι -los tipos de vida-es bien conocido desde antiguo y se lee también en la poesía augústea (cf. Hor., Carm.
Ausonio, por su parte, trabaja el tópico con libertad, recurriendo a uariationes y ejemplificaciones, con frecuentes ayudas intertextuales, sobre todo de Virgilio (en especial, de la Eneida; cf. v.
4: turpis egestas y Verg., Aen.
12: dura rudimenta y Aen.
14: irasque insidiasque y Aen.
14: catenatosque labores y Mart., Epigr.
7.1: qualiter in Scythica reli gatus rupe Prometheus), etc. Más valor intertextual -aunque la autoría ausoniana de los vv.
51-62 es más que dudosa-tiene la mención de la sentencia recogida en los vv.
Merece también la pena subrayar en esta ocasión la alusión al supuesto final de Pitágoras y los pitagóricos (vv.
31-32), cuya estrecha relación resultó sospechosa a los habitantes de Crotona, de modo que incendiaron la casa en que se encontraban 40.
A tenor de lo expuesto, cabe concluir que Ausonio tiene un conocimiento superficial de Pitágoras y el pitagorismo (el exigible a un rétor instruido), que no alcanza más allá de unos cuantos tópicos transmitidos por diversas fuentes tanto griegas como latinas, particularmente referidos a cuestiones éticas, con frecuencia asimilados a otros procedentes del estoicismo.
No obstante, ha de subrayarse que gracias a esos tópicos no solo se perpetúa el conocimiento del filósofo griego y de su entorno, sino que la percepción que de él se tiene resulta muy positiva en el ambiente intelectual que Ausonio representa 41.
39 En el texto ausoniano transmitido por el manuscrito P y en sus apógrafos, esa sentencia latina va seguida de su versión griega (πρῶτον μὲν μὴ φῦναι ἐν ἀνθρώποισιν ἄριστον, / δεύτερον ὅττι τάχιστα πύλας Ἀίδαο περῆσαι) y tras el dístico griego se añaden otros versos que no son más que una refutación cristiana a la pesimista afirmación anterior, de inspiración teognidea (425-428; v. también Estob., Flor.
CXX 4; XCVIII 57); todo ello se encabeza con el marbete Haec quidem Pythagorica est apophasis secundum tale quod subiectum est distichon; tal anotación se entiende como un añadido tardío, ajeno al poeta de Burdeos.
41 McGowan 2014, § 19 concluye su comparación entre el pitagorismo de Ovidio, Ausonio y Marciano Capela subrayando cómo al poeta de Sulmona le interesa la figura del filósofo exiliado y su ética, mientras que para los dos escritores tardíos carece de interés la peripecia política de Pitágoras; a su vez, Ausonio se muestra más interesado por sus enseñanzas morales (de las que es paradigma el símbolo de la Υ), mientras que a Marciano Capela le atrae la figura del matemático y sabio inspirado por la divinidad, por lo que posee un lugar de pleno derecho junto a Homero, Platón, Aristóteles y los grandes pensadores griegos. |
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Estudio de la recreación de motivos amatorios clásicos en los Parentalia de Ausonio, funda mentalmente en los poemas 2 y 9, dedicados a su madre y esposa respectivamente.
relaciones familiares como de sus principios vitales, una colección que, en definitiva, constituye un retrato literario del propio autor 1.
Los poemas de este conjunto beben de diversas fuentes, con notables influencias de los epitafios tanto literarios como epigráficos -los Carmina Latina epi gra phi ca-, pero también de los elogia, el epicedio 2 y la laudatio funebris 3.
Sin em bar go, Ausonio también toma elementos de otros géneros literarios, como la elegía 4, y los incorpora de forma creativa y original al retrato de sus di funtos y, por tanto, a su visión de las relaciones familiares y afectivas que se desprende de él 5.
La tradición del epitafio y del elogio incluía el retrato estereotipado de las virtudes del difunto, entre las que se encuentran, en el caso de las mujeres, las conyugales y maternales.
171) también percibe ecos del epitalamio.
Sobre la influencia de la elegía amatoria en los Epigramas de Ausonio, cf. Uden 2012, p.
Sklenár 2005 lee el epigrama 20 de Ausonio, también dedicado a Sabina, a la luz de la tradición poética amatoria latina.
Para las interacciones entre la elegía latina y el epitafio, véase Fedeli 1989.
Precisamente por el variado elenco de relaciones familiares, la obra ha llamado la atención sobre todo desde la perspectiva de la historia social y la antropología (cf., por ejemplo, los estudios de Guastella 1980de Guastella, 1982)), pero también desde el punto de vista de la historia religiosa y cultural por la fiesta de los Parentalia (Dolansky 2011).
6 De los treinta poemas catorce están dedicados a las mujeres de su familia con distinto grado de parentesco: Parent.
El retrato más llamativo es el de Emilia Hilaria (Parent.
6): de inclinaciones varoniles, ejerció la medicina y nunca se casó.
Pero incluso en el caso de las mujeres casadas, dentro de los límites de la imagen de matrona romana, Ausonio retrata sus peculiaridades, como en Parent.
19, dedicado a su cuñada Namia Pudentila, que tuvo que administrar sola su hogar por la despreocupación pudicitia, si bien incorpora elementos de la elegía latina que, pese a su carácter puramente literario, contribuyen paradójicamente a dotar a estos retratos de mayor calidez y profundidad: el retrato que se hace de ellas está en consonancia con su rol tradicional, pero en estos poemas las mujeres aparecen no solo en el rol de madres y esposas.
La visión del matrimonio que ofrecen los Parentalia es la de la unión amorosa de dos personas que tiene como finalidad no solo la procreación de hijos libres sino también el afecto y la compañía.
Este trabajo pretende explorar la incorporación de motivos amatorios tomados fundamentalmente, aunque no exclusivamente, de la elegía latina en esta colección poética, con el fin de demostrar la vigencia y versatilidad del legado poético amoroso de la Antigüedad clásica 7, así como de indagar en la sutileza creativa del poeta bordelés 8.
Lecho conyugal y lecho fúnebre
Tras presentar la colección mediante un prólogo en prosa y otro en verso, el primer poema en que honra a uno de sus difuntos lo dedica Ausonio a su padre, mientras que el primer retrato femenino es el de su madre, Emilia Eonia 9.
Después de un primer dístico dedicado a su genealogía (Parent.
2.1-2), Ausonio detalla las cualidades tradicionales de una matrona.
El conjunto de todas las virtudes posibles de una esposa confluye en Emilia Eonia (uirtus... omnis): pudicitia, la tradicional dedicación al hilado, la fidelidad conyugal y el cuidado de los hijos 10, a lo que se añade aquí la combinación equilibrada de seriedad y alegría, de amabilidad y gravedad 11: de su marido; o Parent.
30, el último poema de la colección, en el que se dice que su consuegra murió poco después de su marido por no poder soportar la soledad.
El comentario general de Green 1991 es un buen punto de partida, pero es más recomendable para esta obra el comentario monográfico de Lolli 1997.
También resultan de interés la edición bilingüe comentada de la obra completa de Ausonio a cargo de Combeaud 2010, aunque no todos los poemas de esta colección se comentan con el mismo nivel de profundidad y detalle, y el comentario más reciente y com pleto de Dräger 2012.
En los versos 3-5 el retrato es absolutamente convencional, y podría encontrarse en el epitafio de cualquier otra esposa12 (cf. CIL 6.11602 Hic sita est Amymone Marci optima et pulcherrima / lanifica pia pudica frugi casta domi seda).
Asimismo, el pasaje no está exento de reminiscencias elegíacas: fama pudicitiae recuerda a Prop.
I 15.21, donde la frase se aplica a Evadne, paradigma de amor conyugal.
En el verso 6 el retrato se humaniza y se personaliza, si bien la combinación antitética de virtudes (grauitas comis laetaque serietas) es un recurso retórico muy común: cf. Nep., Att.
Pese a ello, en esa conjunción de severidad y amabilidad, de seriedad y alegría, se vislumbra un destello personal de afecto y amor materno-filial.
El poema se cierra con una vuelta de tuerca al concepto de la uxor del verso 3.
La esposa ideal no es solo la que guarda fidelidad al marido y se encarga piadosamente del cuidado de los hijos, sino que también ama al esposo, en vida y tras la muerte:
En efecto, en el verso 7 se destaca el amor conyugal, simbolizado por el abrazo entre los esposos, un abrazo post mortem, y el poema se cierra con una sutil referencia erótica al lecho conyugal.
Igual que calentó el lecho en vida, Ausonio desea a su madre que, tras la muerte, siga calentando la tumba compartida con el esposo.
304), con una breve nota estilística y una alusión bibliográfica sobre los enterramientos conjuntos, es demasiado escueto e insatisfactorio.
71) ofrece alguna pince lada literaria más, sin explorar del todo la fuerza del texto.
442) destaca el contraste entre el frío y el calor en contexto amatorio.
El Thesaurus Linguae Latinae recoge este ejemplo del verbo foueo en la acepción 4 (6.1.1220.10 [Vollmer]: «locum sedem tenere frequentare») con el sentido de 'habitar', pero no parece creíble que aquí Ausonio esté evocando sin más la ocupación del lecho y la tumba, sino que debe prevalecer el componente amoroso relacionado con el sentido primario de foueo (i.e. calefacio), como bien ha apuntado Lolli (1997, p.
El verbo foueo se aplica además al abrazo amoroso (ThLL, s. u. foueo, 6.1.1219.32-65 [Vollmer]: «de amplexu et amore, palpatione»), mencionado en el verso anterior y que simboliza a los esposos de la misma manera que el lecho conyugal.
Se trata de una evocación del amor matrimonial, pero no carente de erotismo, presente en la noción de calor y en la equiparación entre tumba y tálamo 15.
Esta equiparación aparece como leitmotiv recurrente en los Parentalia.
16 el poeta llora la muerte de Veria Liceria, la esposa de su sobrino Arborio:
Los versos 3-8 contienen una recusatio en forma de praeteritio: si tuviera que alabar su honradez (probitas), su belleza (forma), su reputación (fama), su fidelidad de esposa recatada (fidesque morigerae uxoris) y habilidad con el hilado (lanificae... manus) -nótese la coincidencia con las virtudes de Parent.
2-tendría que convocar la elocuencia de su bisabuelo, fallecido hace mucho tiempo.
De modo que tiene que ser él mismo quien pronuncie este lamento fúnebre (v.
El término querellas, apropiado para el lamento 17, evoca, como bien señala Valette (2016, p.
207), la elegía y anticipa el tono de los versos que siguen, que se centran fundamentalmente en el dolor de Arborio por la muerte de su esposa.
Los hijos del matrimonio se convierten en consuelo insuficiente para el dolor del marido (11 parua ingentis luctus solacia) e incluso en motivo de dolor y tormento (12 quo magis excrucias), probablemente porque el parecido con la madre avivaría su recuerdo en el viudo.
El verbo excruciare denota un sufrimiento extremo del alma, pero nos recuerda inevitablemente el motivo amatorio de la tortura de amor, desde el famoso poema 85 de Catulo 18.
El colofón del poema reafirma la idea del amor post mortem: la tumba de Veria se ha construido cerca del tálamo 19, para que no le falte el cuidado de su querido esposo (13-14).
Cura, como excrucia re, es un término amatorio de larga tradición 20.
El último dístico cierra el epitafio insistiendo en esta correlación entre sepultura y lecho conyugal, pues se equiparan el lugar de la noche de bodas con el sepulcro, de modo que se pueda decir que la difunta se encuentra allí más como despo sada que como enterrada (15-16).
La equiparación entre primus hymen y sedes sepulchri, así como entre nupta y tumulata, evoca el final de Parent.
2, donde torum y tumulum ejercían la misma función de lugar de encuentro entre los esposos 21.
Un final muy parecido leemos en los Epitaphia heroum, en cuyo poema 26 Políxena asegura que preferiría no haber sido enterrada -el peor de los destinos para un cadáver-antes que haberlo sido junto con Aquiles, ya que más que un entierro eso es una violación: 3-4 Non bene discordes tumulos miscetis, Achiui: / hoc uiolare magis quam sepelire fuit.
Como en el pasaje anterior, en el penúltimo verso encontramos un verbo cuyo posible sentido sexual (ThLL, s. u. misceo 8.1081.1-10 [Pfligersdorffer]: «speciatim in re amatoria») se confirma en el verso final en la correlación uiolare / sepelire, que recuerda, mutatis mutandis, a nupta / tumulata.
El último epitafio de los Parentalia en el que se equiparan noche de bodas y entierro es el dedicado a Emilia Driadia, tía del poeta, que murió prematuramente antes de desposarse: quam thalamo taedisque iugalibus inuida mors rapuit; mutauitque torum feretri uice exequialis honor (Parent.
No se trata, en cualquier caso, de una idea original de Ausonio: la figuración del funeral como boda es un motivo literario de larga tradición 23.
El funeral de la muchacha que no se ha casado se equipara con las celebraciones Antología Palatina (VII 330), cuyo protagonista, Máximo, ha construido un sarcófago para sí y para su esposa Calepodia, para poder seguir disfrutando de su amor (στοργήν) tras la muerte.
175), la primera vez que aparece en esta obrita este tópico del «paragone tra il talamo e il letto di morte».
Se trata, por otro lado, de un motivo recurrente en la poesía epigramática griega: así en AP VII 182, de Meleagro, Clearista muere en su noche de bodas: las flautas que entonaban el himeneo ahora acompañan el canto funerario y las antorchas que la acompañaron en la procesión nupcial ahora alumbran el cortejo fúnebre25, mientras que en AP VII 712 (Erina) sirven directamente para encender la pira funeraria.
En un epigrama de Antípatro de Tesalónica (AP VII 185) la difunta se lamenta de que no se haya encendido la antorcha que esperaba, la nupcial, sino la fúnebre, prendida por Perséfone.
La sustitución de la cámara nupcial por la pira cierra el epigrama AP VII 188 de Antonio Talo.
Antípatro (AP VII 711) culmina su epigrama sobre la desdichada Clináreta, muerta antes de su boda, diciendo que sus acompañantes, en lugar de golpear la puerta del tálamo, golpearon sus propios pechos, en señal de luto26.
En AP VII 186 Filipo describe la misma transformación de la música festiva en música de funeral por una joven fallecida antes de su boda.
Agatías Escolástico, un poeta griego tardío, recrea estos mismos tópicos en el epitafio de una niña de 14 años, cuyo nombre no se menciona: es el dolor de los padres que no han visto a su hija desposada lo que se resalta (AP VII 568).
Tampoco Emilia Driadia, la protagonista de Parent.
25, se ha casado, por lo que no se menciona ni al marido difunto, como en Parent.
2, ni al viudo, como en Parent.
16, ni el amor que continúa más allá de la muerte en la más pura tradición properciana.
El locus classicus de la boda-funeral en la literatura latina es Apuleyo, Meta morfosis IV 33, pero, como señalan Zimmerman et al. 27, los modelos literarios de esta idea se remontan a la Odisea (XX 307), la tragedia griega (S., Ant.
175) ofrece una serie de paralelos en inscripciones sepulcrales, fundamentalmente cristianas, que equiparan lecho conyugal y tumba en casos de enterramiento conjunto de los esposos: CLE 1571.
2, hay dos detalles más que merecen co mentario.
Foueo, como se ha mencionado, tiene carácter erótico.
Curio sa men te lo encontramos en dos ocasiones en la poesía de Tibulo relacionado con el triángulo amoroso de la auara puella, el pauper poeta y el rival o diues ama tor.
El rival suele ser mayor que el amante desdeñado, por lo que se presenta con la característica propia de la vejez, la frialdad frente al ardor del joven amante.
El uso de foueo, pues, llama la atención sobre esa contra dictio in terminis que supone la relación sexual entre la joven amada y el diues ama tor: Tib.
Como topos del motivo del amor en la vejez, los ancianos suelen caracterizarse como «fríos» 31, de modo que también el lecho de los ancianos se concibe como gélido e imposible de ca lentar 32.
Esta cualidad, la frialdad de la cama, también se aplica en la ele gía amatoria al lecho del amante solitario, privado de su ser amado por se pa ra ción, ruptura o fallecimiento 33.
2 subvierte todos estos ele mentos: el verbo foueo no se aplica al lecho de la infidelidad, como en Ti bulo, sino al conyugal; y frente a la idea de frialdad inherente a la cama de los ancianos, el calor se aplica no solo al tálamo, sino, más sorpren den te mente (teniendo en cuenta que la frialdad es connatural a la muerte 34 ), a la tumba.
30 Para la terminología amatoria del calor véase Moreno Soldevila 2011b.
31 En esta composición podemos distinguir las siguientes partes41: 1-4.
Presentación del tema: hasta aquí el lamento por la muerte de otros familiares.
Ahora recordará la muerte de su esposa.
Orígenes familiares y virtudes de Sabina.
Lamento del esposo viudo.
El tiempo no ha servido para curar la herida.
Comparación de Sabina con otras esposas.
Deseos de prosperidad y larga vida para los hijos.
Conversación final de los esposos tras la muerte del poeta (ambos en forma de ceniza).
El poema comienza con una alusión metaliteraria al resto de composiciones de la colección, señalando una diferencia de tono entre los poemas precedentes y este (hactenus... nunc): a los piis... modis de los epitafios anteriores se contrapone el dolor, el tormento, el golpe incurable por la muerte prematura de su esposa 42.
3) denotan el sufri miento por la pérdida de un ser querido43, pero son términos reconocibles para cualquier lector familiarizado con la elegía erótica latina y con la literatura amatoria en general.
Dolor es un término frecuente en contextos de amor no correspondido o en ausencia del ser amado, y es sinónimo de deseo, pasión, etc. 44 La condena a la crucifixión es una metáfora habitual rela cionada con el amor como tortura 45.
En cambio, el tercer sustantivo del verso, fulmen, no es un término tan evidentemente amatorio.
Aunque es la lectura de la tradición manuscrita, Peiper lo sustituyó por uulnus, una propuesta muy razonable, pues encontramos otros pasajes en la literatura latina en los que se hace referencia metafórica a la herida, que no se puede tocar porque duele, como imagen del sufrimiento, usualmente con el verbo tractare o algún derivado: Cic., Att.
En línea con los términos anteriores (dolor, cruces), el motivo de la herida de amor (uul nus amoris) 46 es uno de los más productivos de la literatura amorosa antigua y de todos los tiempos y aquí, conve nien temente, estaría aplicado a la herida provocada por la muerte de la esposa.
Pastorino y Green, sin embargo, prefieren nec contrectabile fulmen.
178) la conjetura «è inutile», porque fulmen significa «male fulminante»; Green considera que la lectura de los manuscritos es «a bold juxtaposition», y añade que la enmienda de Peiper «would gravely weaken the effect» (1991, p.
Como paralelo, sin embargo, aduce Ou., Pont.
Fulmen, es, sin lugar a dudas, una opción original e impactante.
El rayo se usa metafóricamente como desgracia (ThLL, s. u. fulmen, 6.1.1528.44-59 [Rubenbauer]) y puede relacionarse con poca dificultad con el dolor causado por una muerte repentina 48 de un ser querido: en su epicedio por la muerte de Glaucias, Estacio dice que ha tratado de consolar a padres de hijos fallecidos fulmine in ipso (II 1.30) 49, es decir, justo tras la pérdida.
El término también aparece en relación con la muerte en la Conso 45 Estévez Sola 2011, p.
48 Baste recordar la dedicatoria que encabeza la famosa «Elegía a Ramón Sijé» de Miguel Hernández: «En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería».
89) traduce fulmine como «disaster», y aduce como paralelos Stat., Theb.
La idea que se trasmite, según él, es «crushing power rather than suddenness». latio ad Liuiam (v.
579) la metáfora del rayo expresa «la dolorosa intangibilità del ricordo».
Pero también el rayo forma parte de la terminología amatoria, tanto en forma de metáfora como de símil, ambos relacionados con el tópico de la llama de amor 51.
Así, por ejemplo, en la Aegritudo Perdicae, el enamo ramiento de Pérdicas se equipara al rayo: 113-114 nam fulmine tactus / ar debat miser; en la Eneida el deseo sexual de Vulcano por su esposa se com para en un símil épico con el relámpago: Verg., Aen.
Fulmen, por tanto, no solo es una metáfora para el dolor por la pérdida de la esposa, sino que junto con dolor y cruces pertenece también al terreno de lo amatorio y contribuye a la caracterización del poeta viudo como enamorado apasionado y atormentado.
Por otro lado, los versos 3 y 4, que anuncian el tema del poema, nos recuerdan el principio de la elegía segunda de Lígdamo 52: nunc dolor atque cruces nec contrectabile fulmen, coniugis ereptae mors memoranda mihi (Parent.
Dolor se repite dos veces en este proemio 53: la pérdida de la amada provoca un dolor insoportable que hace que la muerte sea preferible o que puede provocar la misma muerte.
Es cierto que aquí Lígdamo describe una si-tuación de ruptura amorosa, no de fallecimiento, pero resulta significativo que el verbo empleado eripere se mueva entre los ámbitos de lo amatorio y lo fúnebre.
9.4) ~ erepta coniuge (Lígdamo 2.4, 30), no parece casual, y no será el único eco de esta elegía del corpus Tibullianum en el epitafio de Sabina: el poema de Ausonio parece, de hecho, una respuesta polémica al segundo dístico: 2.3-4 durus et ille fuit, qui tantum ferre dolo rem, / uiuere et erepta coniuge qui potuit.
Como se ha señalado, los ecos de Lígdamo en el poema ausoniano son recurrentes: Más que una coincidencia propia del campo semántico funerario, la repetición de la juntura coniugis ereptae en la misma posición del pentámetro (Lygd.
9.4) y la alusión al joven al que le arrebatan su amada sugieren que Ausonio se ha inspirado en la elegía clásica para dotar a su epitafio de irisaciones elegíacas y de un sentido particular.
La elegía de Lígdamo tiene dos partes diferenciadas: la evocación del dolor por la pérdida de Neera (versos 1-8) y la fantasía fúnebre del poeta55, que imagina a su vez el dolor de la amada cuando él muera y los rituales a los que someterá sus restos (versos 9-30).
Pero en el caso de Ausonio es la amada la que ha muerto y el poeta quien la sobrevive: los términos de aflicción que Lígdamo aplica a Neera en una fantasía imaginada (fleat, maesta, maereat), aquí los sufre la voz poética en la realidad (fleo, maestus, maereo... maereo).
La edad juvenil aparece en varias ocasiones en este poema (v.
También se alude al tiempo transcurrido desde la muerte: nueve olimpíadas, es decir, treinta y seis años 56.
En todo este tiempo el poeta afirma no haberse vuelto a casar (9 caelebs, 13 uita caelibe), y que el largo tiempo transcurrido no ha mitigado su dolor (9-10).
En el verso 10 se usa terminología que recuerda la imagen de la herida (crudescit... recens), comúnmente utilizada en relación con la muerte: Plin., Epist.
Además de la herida, se insiste en la idea de tortura con el término poena,'castigo', pero también 'tortura' (ThLL, s. u. poena, 10.1.2506.28-42 [Ottink]) 57.
57 Se han propuesto enmiendas para poena, como paene (cf. Hor., Epist.
V 1.21 cum plaga recens et adhuc in uulnere primo, donde el primer dolor de Abascanto por la muerte de Priscila se describe con los términos plaga recens y uulnere primo).
Ausonio contradice la idea de que el tiempo sirve para curar las heridas del alma mediante el uso de los mismos sustantivos con distinto predicado (sedauit ≠ grauiora facit), y todo el poema no es sino una refutación del pasaje ovidiano, pues es el propio poeta el que reabre su herida al llorar a la esposa tras el largo tiempo transcurrido.
No resulta baladí que, aun con intención polémica, Ausonio recurra a la poesía del destierro para describir su situación de vacío existencial.
Con terminología similar se refería el propio Ovidio al tiempo como Remedium amoris, con la imagen de la herida que se puede tocar (Ou., Rem.
125-126 cum sua uulnera tangi / iam sinet) y la comparación entre el dolor de una madre por la pérdida de un hijo y el dolor por la ruptura amorosa (Ou.,.
Pero una cosa es dar consejos desde la atalaya del praeceptor amoris, y otra muy distinta sufrir los embates de la vida.
El Ovidio del destierro habla precisamente de los efectos perniciosos del paso del tiempo sobre la moral del desterrado (Ou., Tr.
El pasaje siguiente es un lamento por la vejez en soledad, que se convierte en una tortura: en los versos 13-14 el poeta se lamenta del efecto perjudicial que han tenido los años de soledad.
De nada le ha servido la vida célibe a sus canas engañadas (deceptos... canos)59, porque a mayor soledad, mayor aflicción.
El poeta vuelve a incidir en la imagen de la tortura (torqueo)60 en su descripción de la soledad, que alimenta su herida.
La frase uulnus alit es puramente virgiliana y nos recuerda al sufrimiento de amor de la reina Dido: Verg., Aen.
Pero es interesante comparar el pasaje con el conjunto de la escena que se narra en la Eneida: todos descansan, pero la reina, impactada por el héroe y su relato, perdidamente enamorada, no puede dormir.
Junto con la herida aparecen en el verso 15 otros dos elementos amatorios relacionados con la soledad: el silencio y la frialdad del lecho: muta domus silet et torus alget.
En los dos casos las evocaciones son ambivalentes y oscilan entre lo amatorio 62 y lo fúnebre.
El paralelo más cercano a muta domus silet lo encontramos en el epicedio que del encuentro final de los esposos en la muerte se añade el recuerdo de Prop.
El final de este poema entronca con el de Parent.
2, al anticipar el reencuentro de los esposos tras la muerte.
Para él, este poema toca la tradición del amante abandonado, «the solitary lover, maddened by unrequited love, dishevelled and bowed down in pain» (ibíd.), pero la diferencia que encuentra entre Ausonio y Ovidio, Catulo y otros poetas de amor es el matrimonio: «he was mourning not merely the absence of his beloved, but the absence of his beloved wife».
No obstante, Ausonio no es el primero en combinar lo elegíaco y lo conyugal.
Como se ha mencionado, ya en la propia elegía amatoria clásica se combina el amor pasional elegíaco con el matrimonio, un proceso que se culmina especialmente en la elegía ovidiana del destierro y que tendrá desarrollos posteriores 69.
Si Ovidio equipara el dolor del exilio con el mal de amores 70, Ausonio aplica todas las imágenes del sufrimiento por amor a su desconsuelo por la muerte de su esposa y a su triste viudedad.
Podría decirse, entonces, que lo que separa a Ausonio de sus predecesores no es el trasvase de lo elegíaco al matrimonio, sino el papel que juega la muerte en la ecuación poética.
Si en los elegíacos el motivo del amor más allá de la muerte puede ser una suerte de fantasía que busca mover a la amada para la consumación del amor en vida (Tib.
También deben tenerse en cuenta para la evolución de la elegía post-ovidiana, sobre todo para la Silva 1.2 de Estacio, Rosati 2005 (especialmente p.
El fenómeno no se limita a la poesía: así en las cartas de Plinio encontramos la aplicación de motivos amatorios elegíacos a la relación del autor y su esposa: véase, por ejemplo y sin ánimo de exhaustividad, Ramírez de Verger 1997.
71 Aunque no exclusivamente: debe añadirse que en su poesía del exilio Ovidio también fantasea con la reacción de su esposa en su funeral, que contrapone a la vergüenza del destierro: cf. Ou., este tópico cruza el umbral de lo literario y se transforma en realidad.
El poeta no se imagina muerto, no fantasea con la idea de que su amada le llore en su funeral, sino que es él, vivo y anciano, quien llora la muerte de los suyos, incluidas su madre y su esposa.
Como hemos visto a lo largo de estas páginas, mediante el recurso a conocidos tópicos literarios relacionados con el amor y presentes en la elegía amatoria, entre otros géneros, Ausonio ofrece, paradójicamente, una versión de carne y hueso de sus sentimientos.
En el epitafio a su madre, el amor conyugal no es de cartón piedra -la repetición manida de la virtud de la matrona romana-, sino verdadero afecto y cercanía cálida de los cuerpos.
En el poema a Sabina, el poeta explora las bisagras semánticas entre lo amatorio y lo funerario para presentarse como un enamorado atormentado que no ha superado el dolor por la muerte de su esposa porque sigue sintiendo la herida del amor, a pesar del tiempo, a pesar de la edad.
Ausonio no siente pudor en presentarse como un senex amator, sino que insiste en el paso del tiempo y la soledad, replicando a los elegíacos: «sí, Lígdamo, uno puede seguir vivo si le arrebatan a la amada, pero para vivir una vida de tormento y soledad, pues el tiempo, cuando uno pierde a una esposa, no cura las heridas, Ovidio». |
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Igual que ocurrió hace poco con el Himno a Afrodita 1, de los cuatro «himnos ho méricos» mayores conservados el Himno a Hermes ha pasado de no disponer prác ticamente de un comentario actualizado -ya que la tesis doctoral de Susan C. Shel merdine, The Homeric Hymn to Hermes.
A Commentary, presentada en la Uni ver sidad de Michigan en 1981, aparte de tratar solamente de los 114 primeros versos, que se sepa no ha sido publicada2 -a contar con dos en el lapso de cuatro años, ambos originados asimismo en sendas tesis doctorales, el de Vergados3 y el que ahora será objeto de recensión: Julia-Maria Schenck zu Schweinsberg, Der pseu dohomerische Hermes-Hymnus.
Con lo cual, más allá de lamentar estos hechos de inflación en la investigación por falta de una planificación comunicativa de la misma, hoy que es tan fácil hacerlo (me refiero a informes de «work in pro gress» sobre tesis doctorales en curso, como el durante mucho tiempo incluido en el BICS de la Universidad de Londres sobre las tesis en marcha en Inglaterra e Irlanda, y que tal vez podrían compilar on line las distintas sociedades de estudios clásicos), y aun cuando es verdad que en el campo humanístico difícilmente pueden solaparse dos investigaciones sobre un mismo tema, también es de lamentar que ya solo el Himno a Apolo carezca de comentario, ya que el realizado por Chappell en 1995 es también una tesis no publicada de la Universidad de Londres, aparte de limitarse a la parte Delia del himno, y el libro de Richardson 2010 (XIII+272 pp.), aunque una excelente herramienta para las clases, no es realmente el amplio comentario que cualquiera de los tres himnos tratados (Apolo, Hermes y Afrodita) necesitaban.
En todo caso el presente comentario del Himno a Hermes parece querer desmarcarse de algún modo de los anteriores al autocalificarse de 'interpre tativo' (interpre tie ren der).
Una explicación de este adjetivo, en principio redundante para un comentario, así como del propio libro, parece querer darla la autora cuando, en el Prólogo del libro (p.
10 s.), se pregunta para qué un nuevo comentario del Himno a Hermes y responde diciendo que es justamente la cantidad de bibliografía existente la que ayuda a poner la mirada en aquello que para los filólogos debe ser lo primero: el texto; y conducir al lector y a los estudiantes a este ha sido la meta de su trabajo.
Para lo cual se ha preocupado por concentrarse en las cuestiones esenciales y omitir las superfluas, ofreciendo la explicación que le parecía correcta antes que citar muchas con el mismo o diferente significado.
Es además un comentario en lengua alemana, en la línea del usual y único durante mucho tiempo, el de Radermacher (1931), pero la no inclusión del texto griego, entre otras cosas, también lo diferencia del comentario en inglés de Vergados, el cual incluye texto con su correspondiente aparato crítico, un amplio aparato de paralelos formulares y otro de ecos posteriores, además de un sólido y extenso comentario, parte del cual fue aprovechado en el comentario que ahora nos ocupa.
Por otra parte, el texto griego de la edición de Vergados parte del ya muy elaborado de la edición y comentario de los Himnos Homéricos de F. Càssola (Milán 1975), mientras que el presente comentario se basa en el texto de la nueva edición de la colección Loeb CL (2003), de corte escolar, de los Himnos, Homerica y Vitae de Homero, a cargo de M. L. West.
Puesto que ningún comentario puede responder a todos los problemas, una tarea importante que según su autora el presente comentario se ha impuesto como meta ha sido rellenar las lagunas dejadas por los anteriores, tomando como punto de partida el texto del himno y sin hacer engordar innecesariamente la obra, a fin de facilitar su uso.
A continuación del Prólogo, el cual sigue al Índice y contiene, entre otras menores, las citadas indicaciones seguidas de los agradecimientos, el contenido es dividido, poco equitativamente, en siete secciones en pie de igualdad formal, de las cuales la última y, como es natural, la más larga con mucho (pp. 81-244) es el comentario, mientras que el conjunto de las seis anteriores constituye en realidad una introducción con sus secciones esperables.
Se cierra el libro con una lista de abreviaturas (p.
293) a la que sigue la relación bibliográfica.
De las seis secciones que componen la parte introductoria del libro, unas más y otras menos consabidas, la primera consiste en una visión panorámica de la colección de los himnos «pseudohoméricos» (concepto reiterado por la autora y que, usado sistemáticamente a estas alturas de su historia, resulta asimismo redundante) y contempla los siguientes aspectos: los Himnos Homéricos en el prisma de la mitología mesopotámica (con un saldo más bien negativo del H. a Hermes frente al H. Deméter o a Hesíodo y Homero, argumento ex silentio que es tomado por la autora (p.
16) como un punto de apoyo (¡sic!) para una datación tardía del himno), el concepto de himno en Platón (a la vez canto y relato en él contenido), los Himnos como proemios (en el sentido tucidideo de preámbulos a otro canto), la especial naturaleza de los Himnos Homéricos (de los cuales los largos introducen el relato sobre el dios, de naturaleza predominantemente etiológica, allí donde los breves se limitan a expresar deseos), la génesis del corpus de los Himnos Homéricos en el Helenismo (de la mano del desarrollo de los estudios filológicos ligados a la labor de la Biblioteca de Alejandría, sin que puedan precisarse ni las condiciones de su origen ni las circunstancias de la canonización del corpus), la ordenación del corpus de los Himnos Homéricos (por su extensión y no por las divinidades cantadas o por su cronología) y la transmisión manuscrita de los Himnos (mucho menos diversificada que la de las obras de Homero o Hesíodo pero sin que ninguna de las dos ramas de su tradición pueda ser preferida consistentemente a la otra).
La segunda sección introductoria se refiere a la datación del Himno a Hermes y contempla: el apoyo lingüístico (según la autora muchas palabras nuevas, que no cita, y en parte presentes en Apolonio Rodio y en Calímaco, las cuales apuntarían según ella a un origen del himno en época helenística), el apoyo histórico (nada concluyente, como ella misma reconoce) y un aspecto, el más ampliamente tratado y este sí sumamente original por inusitado, que es la posible consideración del Himno a Hermes como un producto del Helenismo a partir de una combinación de motivos cómicos, psicológicos y etiológicos así como de la supuesta reelaboración «intex tual» (p.
39, por intertextual supongo) de anteriores textos, concretamente el libro III de las Argonáuticas de Apolonio Rodio con su cómica caracterización de Eros y la caracterización del pequeño Heracles del Idilio 24 de Teócrito.
Ahora bien, en lugar de motivos genéricos ya Vergados había ofrecido en la introducción a su comentario una serie de pasajes tanto del libro III y otros libros de Apolonio como del Idilio XXV (no del XXIV) de Teócrito así como de otros autores helenísticos, pasajes que son taxativamente calificados por él de alusiones (al Himno); como también ofrece, entre una amplia serie de versiones posteriores del relato del Himno a Hermes, en primer lugar la expuesta en el drama satírico Ichneutai de Sófocles (de mediados del s. V a.
C.), cuyos paralelos textuales le hacen pensar que el trágico ha seguido de cerca la historia del himno; y para ello, se sobrentiende, este tiene que haber sido compuesto con anterioridad a esa fecha, la cual es por otra parte la idea más extendida 4.
En realidad los paralelos fraseológicos y léxico-semánticos de Ichneutai con el H. Hermes son bastantes más que los aducidos por Vergados y en conjunto harto expresivos de la dependencia del drama satírico con res-pecto al himno, según he podido mostrar en Fernández Delgado 2007, que Vergados y la autora del presente comentario no conocen.
La tercera sección introductoria trata del género del Himno a Hermes y aborda dos puntos: los subgéneros de los Himnos Homéricos y el H. Hermes como epilio.
Los primeros serían según la autora, que ahora parece corregir su explicación en I 3 sin advertir de ello, dos: himnos proemiales, que a su vez divide en proemios (los himnos breves sin parte narrativa) y «precantos» con relato, ambos tipos destinados a preceder un canto épico, e himnos narrativos autónomos o epilios (los cuatro largos), como denomina a estos adoptando una designación propia de la poesía helenística y no poco discutida5.
El segundo punto contempla el H. Hermes como epilio.
La cuarta sección discute, como antes decía, un tanto superflua y tardíamente aun cuando ahora tiene el mérito de aportar argumentos, la idea de Homero como autor del himno (la cual cuenta con testimonios que van desde el mencionado pasaje de Tucídides [III 104.4] hasta el s. III d.
C.) y a este mismo epígrafe añade otros dos de los cuales uno, «Homero como designación colectiva», no hace sino insistir en la idea del anterior, y el otro, por el contrario, es tal vez el que más hace sentir el exceso de economía con que la autora tiende a tratar estas cuestiones, a saber, en este caso, el componente homérico y el componente hesiódico en los himnos, si bien es verdad que la autora afirma no tratar los, por otro lado, muy abundantes ecos fraseológicos, sino ciertos rasgos del contenido.
Ecos fraseológicos, sin embargo, aunque particularmente incisivos, son las tres únicas correspondencias con la poesía hesiódica ofrecidas (p.
62), entre otras que se podrían aducir6.
Por esta razón, entre otras, tampoco me parece correcta la consideración, por parte de la autora (p.
61), de la dicción formular de la poesía hesiódica, la cual cuenta con su propio acervo fraseológico al margen del de la poesía homérica7, como una manifestación más del lenguaje común de la épica.
La quinta sección trata del material mitológico del himno y comprende el motivo del robo de las vacas en la temprana literatura griega (motivo, como bien dice la autora, de raigambre indoeuropea, bien representado en los poemas homéricos y que constituye un rito de iniciación a la madurez) y la materia mítica de Hermes y sus versiones, aspecto este que a su vez se subdivide en dos variaciones, corres pon dientes la una a Ichneutai de Sófocles y la otra, claramente más racional como era de esperar, a la Biblioteca de Apolodoro, más un resumen.
De forma similar a como ya hiciera a propósito de la datación del himno, J. M. Schenck (p.
70) toma en este caso la observación de Richardson de que la materia de Hermes es ideal para un drama satírico 8 como dato a favor de su propuesta de la prioridad cronológica de Ichneutai sobre la del himno, haciendo caso omiso de todos los argumentos que hablan en contra de ello, como antes he indicado.
El breve resumen final recoge los puntos comunes a las tres versiones principales del mito de Hermes y tiene sobre todo la ventaja de poner de relieve varios de los rasgos característicos del dios que en el relato del himno se dejan ver y que en la próxima sección introductoria, es decir la sexta y última -y acaso la más interesante-, serán objeto de consideración por separado, en gran parte sirviendo en su momento para acotar también diversas secciones dentro del comentario.
Por el momento los puntos señalados son: la inteligencia del dios, su capacidad de engaño, sus dotes técnicas y su inventiva, comprendida la invención de la música y su poder psicagógico.
Esa sección sexta de la introducción está dedicada pues al Hermes del Himno a Hermes y en sendos apartados se refiere al dios como: inventor, rasgo clave de su protagonismo e ilustración de su poder divino, cuyos hallazgos, de naturaleza etiológica y propios de un dios fundador de cultura y protos heuretés, son en primer lugar la lira y luego la siringe, así como nuevas técnicas del arte retórica, el fuego y el rito del sacrificio; como ladrón y mago, rasgo que lo diferencia de otras divinidades olímpicas y es resaltado ya desde el comienzo mismo del himno y materializado en el robo de las vacas de su hermano mayor Apolo en Pieria y el regreso a su cuna en Cilene de Arcadia, todo en la misma noche ¡la primera de su vida!, entrando en la morada por el agujero de la cerradura; como orador, que en sus discursos pone a prueba su astucia y su talento retórico, cuales son desplegados en su negativa a Apolo del robo de la vacas con el argumento de probabilidad de su infantilidad, en su discurso a Maya (v.
163-81) desviando la atención de su preo cupada madre o en su engañosa advertencia al labrador de Onquesto (v.
90-93), el único testigo ocular del robo; y como figura cómica, de modo que la caracterización tradicionalmente graciosa del dios es eventualmente transmitida en el himno tanto a su hermano Apolo como al propio Zeus.
El comentario del himno es también útilmente dividido en seis secciones, cada una con su título y un breve resumen orientativo, y en este sentido «inter pretativo», correspondientes a distintos episodios clave de la composición, compa ginados con los respectivos rasgos característicos del dios al mismo tiempo, a saber: «Hermes contempla la luz del mundo» (v.
1-19), conteniendo el proemio del himno con las circunstancias del nacimiento del dios y sus primeras hazañas recién nacido; «Hermes technita» (v.
20-61), con la espectacular invención de la lira a partir de un caparazón de tortuga, hallazgo que tan útil le será para la reconciliación con su hermano Apolo; «Hermes señor de los ladrones» (v.
62-141), con el robo de las vacas, que le convertirá en señor de los animales del mundo y es aprovechado por el poeta para desplegar muchas otras technai del protagonista y para prestar a este himno un tono cómico que lo diferencia de los otros; «Hermes rétor I: retórica en Cilene» (v.
142-312), sección en la cual el relato tras el robo de las vacas tematiza a este, motivando la acción de los personajes en forma de diálogo, primero entre Hermes y Maya, a cuyas quejas responde él no sobre el robo de las vacas sino sobre su gloria futura mediante una brillante pieza oratoria ensayo de sus posteriores exhibiciones, luego entre Apolo y el campesino de Onquesto recabando información sobre las vacas; «Hermes rétor II: retórica en el Olimpo» (v.
313-396), cuya escenografía deviene en la de un juicio sobre el robo de las vacas en el que, a instancias del padre Zeus como árbitro, Apolo, mediante un discurso de acusación emocionalmente exaltado y falto de objetividad, trata de convencer a aquel de que condene a Hermes, y este, en un calculado discurso sin par en el himno el cual ha sido calificado como «erste Verteidigungsrede der europäischen Literatur» 9, defiende su inocencia como probable y plausible apelando al argumento de su infantilidad, como ya hiciera antes, y a los sentimientos de Zeus como padre y como patrono de los necesitados; el juicio concluye no con la sentencia sino con una sonora carcajada del padre, preludio sin duda del futuro feliz de Hermes; y por último «Hermes psicagogo» (v.
397-580), sección en la que el sonido de la lira al ser tocada por Hermes y el efecto de la música adquieren gran significado para el desarrollo de la acción, transformando -como entre los Fea-cios el canto de Demódoco (Od.
VIII 45) o en el Olimpo el de las Musas hesiódicas (Th.
37)-la atmósfera entre los dos hermanos y mostrando a Apolo que Hermes es el Musagetes; admirado aquel se dispone a hacerse con el nuevo instrumento, Hermes formula su deseo del patronazgo del ganado y a cambio de la lira recibe también de Apolo la siringe, más adecuada a su nueva función, así como el cayado de oro.
Por lo que respecta al comentario en sí, en cuyo detalle lógicamente no podemos entrar, creo que el mayor elogio que de su utilidad puede hacerse es que, como promete su autora en la introducción, en gran medida intenta atender a aquellos aspectos del texto menos atendidos por el comentario de Vergados, erigiéndose así en un digno complemento, para usuarios de lengua alemana, del comentario en inglés del primero: piénsese que este, a diferencia del presente libro (317 pp.), además de un muy amplio aparato de paralelos formulares del epos y de un rico aparato crítico del texto a los cuales saca su correspondiente partido en el comentario, dedica a este casi 150 páginas más (de un total de XIII + 717 pp.) que el presente comentario y el número de entradas bibliográficas de las que aquel ha hecho uso es más del doble de las utilizadas por este.
La relación bibliográfica con la que se cierra el libro distingue, con buen criterio y de acuerdo con los hábitos editoriales de la tradición germánica, además de un primer apartado de siglas de los útiles bibliográficos más manejados, otro de las ediciones más importantes de los autores citados, incluidos Homero y Pseudo-Homero, aparte del listado de la «bibliografía secundaria».
De esta, si bien a primera vista podría pensarse que es bastante completa, no lo es tanto si se compara con la enorme relación de Vergados, y de hecho hay títulos cuya ausencia se echa claramente en falta, entre otros al menos los siguientes: Cantilena 1982; Cantilena 1986; Sowa 1984; Fernández Delgado 1990;o Fernández Delgado 2007.
Algo que también se echa de menos es la presencia al final del libro de unos Índices, al menos uno de autores antiguos y otro temático, que ayudaran al lector a orientarse y a hacer búsquedas a lo largo de una materia tan variada y rica en contenidos y referencias como es un comentario.
Por lo demás el libro está pulcramente editado y erratas he visto pocas: P. 12.
Professor Wilhelm Blümer, (coma en lugar de punto).
Concluyendo, aparte de aquellos puntos en los que he mostrado mi discrepancia, empezando por la propuesta de datación del himno en época helenística y por tanto posterior a Ichneutai de Sófocles, y cualquier derivación de esta que en el comentario pueda hacerse, en general considero que la presente obra es una aportación positiva y un útil instrumento de trabajo para cualquier inves tigación posterior sobre el Himno a Hermes.
Aunque menos ambicioso, com ple menta en diversos aspectos el espléndido comentario y edición de Vergados y, por si hoy esta distinción tuviera todavía sentido en el campo de la filología clásica, se erige en el comentario estándar en lengua alemana, demostrando así que, contra lo que pudiera esperarse, al menos en este caso un segundo comentario (o tercero o cuarto en algunas secciones) sobre un texto clásico en tan poco tiempo no ha sido en vano. |
La edición comentada de Ifigenia en Áulide de Eurípides llevada a cabo por Christopher Collard y James Norwood constituye el volumen veinte (y último) de las series dedicadas a Eurípides, que han ido saliendo a la luz durante un período de unos treinta años.
Los anteriores volúmenes fueron publicados dentro de los Aris and Phillips Classical Texts de Oxbow Books; la impresión de esta edición se ha transferido a la Liverpool University Press.
La publicación en dos volúmenes se explica no solo por el hecho de que Ifigenia en Áulide es una tragedia larga, sino por los numerosos problemas de atribución que plantea su texto, sospechoso de haber recibido amplios añadidos tras la muerte de Eurípides (lo que constituye un caso especial dentro de los estudios del texto de la tragedia griega); de hecho, solo unos doscientos de sus mil seiscientos veintinueve versos no han sido señalados como sospechosos o han sido suprimidos por alguien.
Unida a la labor de edición, la obra trata de proporcionar un comentario en lengua inglesa, pues, como señalan los propios editores en su Prefacio, los únicos comen tarios en inglés que quedan son la segunda edición de F. A. Paley, de 1880, el comentario breve y escolar de C. E. S. Headlam, de 1889, y la predominantemente edición crítica del texto de E. B. England, de 1891.
La obra, como ocurre con el resto de las series, proporciona una introducción, una bibliografía, una edición del texto griego, una traducción enfrente (en prosa, manteniéndose la disposición original de los versos solo en el caso de las estico mitias), un comentario y unos índices (General Index, Greek Index e Index Lo corum).
En la Introducción, los apartados habitualmente esperados -mito, dramatis personae, contexto político, coro, metro, texto, representaciones más tempranas y posterior recepción-aparecen tratados junto a otros más específicos, como es el caso del sacrificio, el panhelenismo, la armada y Troya como elementos extra escénicos; otras subsecciones de la Introducción tienen como tema la fortuna (τύχη), la necesidad, (ἀνάγκη), la fama (κλέος), el αἰδώς y la importancia que en la obra cobra el sentido Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 de la vista (con numerosas referencias léxicas al acto de ver y mirar).
Dentro de la necesaria concisión que estos apartados suelen adquirir en la Introducción de una edición comentada, no se echan de menos puntos significativos de la crítica moderna referida a Ifigenia en Áulide, salvo por lo que se refiere a la perspectiva de la crítica feminista y los estudios de género.
La ausencia de esta corriente crítica se deja sentir también en la bibliografía, que, por regla general (aunque no siempre), no contiene las referencias que se han citado en la Introducción a título completo, un criterio que creemos dificulta la consulta fácil de todas las referencias bibliográficas que aparecen en los dos volúmenes; por lo demás, estas son suficientemente amplias para una edición comentada.
La coinci dencia en el año de publicación (2017) suponemos que explica el que no se cite en la Bibliografía la monografía de Donald J. Mastronarde, Preliminary Studies on the Scholia to Euripides, California, California Classical Studies, que contiene valio sísima información relacionada con el tema; para empezar, una relación ordenada por criterios diferentes de los diferentes manuscritos de Eurípides.
Por lo que se refiere a la edición del texto, Ifigenia en Áulide se ha transmitido a través de dos manuscritos medievales, que datan del primer cuarto del siglo XIV.
Se trata del manuscrito Laurentianus 32.2 (L) y el Palatinus gr. 287 (P), ambos en Italia; el primero se conserva en Florencia, el segundo, en el Vaticano.
Se está generalmente de acuerdo en que P es una copia de L (una opinión sostenida también por Collard y Norwood), por lo que podríamos decir que la obra ha sobrevivido hasta época actual gracias a un único manuscrito.
A este habría que añadir los testimonios que ofrecen tres papiros, conservados en Leiden, Colonia y Oxford, respectivamente.
La edición de Collard y Norwood sigue básicamente la lectura que ofrece el manuscrito L y no se distancia mucho de la edición oxoniense de Diggle.
Además de la claridad y concisión con las Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 que el tema de la fijación del texto está expuesto en la Intro ducción, hay que decir que el criterio de tolerancia que preside la edición no es óbice para que en el comentario los editores desplieguen una exhaustividad notable, al ofrecer las opiniones y criterios anteriores que explican las dudas que el texto ofrece en numerosísimos pasajes (los editores lematizan con la palabra «Text» este apar tado en su comentario); esta edición se convierte así en una contribución de primer orden para quien quiera tener delante una visión contrastada del texto y de las lecturas de Ifigenia en Áulide que se han ofrecido desde antiguo, así como de sus interpretaciones.
Por lo que se refiere al comentario, además de lo dicho anteriormente sobre la fuerte presencia en el mismo de las cuestiones de autenticidad del texto (algo que contrasta con el espacio mucho menor dedicado a la métrica), las que tienen que ver con el comentario más estrictamente gramatical o de lengua aparecen recogidas, allí donde están presentes, bajo la palabra «griego» (Greek), facilitando así su localización.
Por lo demás, creemos que dentro de su amplitud el comentario tiende a la concisión, tanto en la elección de las cuestiones a comentar como en su tratamiento.
Inevitable es echar de menos aquí y allá una extensión mayor en la atención dedicada a determinados pasajes, sobre todo en los casos en que se trata de conceptos substanciales a la obra, como ocurre con aquellos asociados a los términos τὸ φιλότιμον y φιλοτιμία, por poner tan solo un ejemplo, que aparecen primero en el prólogo, verso 22 (en boca de Agamenón), y luego en 342 (Menelao), 385, 520 (Agamenón) y 527 (Menelao), dentro de un agón entre los dos Atridas que se prolonga tras la escena de mensajero que anuncia la llegada de Ifigenia.
No creemos, como sostienen los editores (así, a propósito del v.
22, ver pp. 251-252), que este concepto sea un minor issue en el debate entre Agamenón y Menelao, cuando estos oponen sus puntos de vista sobre el sacrificio de Ifigenia.
La corrección que llevan a cabo los editores de φιλότιμον por πρότιμον, en el v.
22, y el presentar como sospechoso el v.
520 (en el que Agamenón utiliza el término τὸ φιλότιμον para referirse a los adivinos), dan cuenta de cómo la fijación del texto va íntimamente unida en esta tragedia, quizá como en ninguna otra, a la interpretación del mismo; así, a pesar de las dificultades del texto en v.
22 y sobre todo en 342 (donde Menelao le echa en cara a su hermano querer «comprar» lo φιλότιμον), creemos que la lectura de τὸ φιλότιμον que ofrece el manuscrito L puede mantenerse, y que «el deseo de honor» es un concepto que en Ifigenia en Áulide, claramente al menos en el agón entre los dos Atridas, tiene detrás un debate sobre la ética de la competición verbal como medio de conseguir honor (el concepto se aplica en este agón, primero a Agamenón, luego a dos «lenguas poderosas», la de los adivinos, 520, y la de Odiseo, 527; por lo demás, las expresiones ἐκ μέσου en 342 y ἐν Ἀργείοις μέσοις en 528 creemos que apuntan también a la idea de competición).
La edición comentada de Collard y Norwood constituye un ejemplo consumado de obra en la que los problemas de crítica textual y de interpretación se presentan de manera lograda indisolublemente unidos, mostrando cómo los pasajes de autoría Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 discutida de Ifigenia en Áulide nos ayudan a reconstruir las diversas maneras en las que los personajes y el argumento de la obra han sido interpretados en épocas pasadas y en el presente.
Estos dos volúmenes que cierran las series constituyen un broche final brillante y, para los estudiosos de la tragedia de Eurípides, un instrumento de gran utilidad en el entendimiento de una tragedia que tantos retos plantea.
Relatos de milagros en la Alejandría bizantina, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2016, 254 pp.
N. Fernández Marcos, pionero en los estudios de incubatio cristiana, presenta en esta obra la primera traducción al español de los setenta relatos con curaciones milagrosas que escribió Sofronio de Jerusalén (ca.
550-639) en acción de gracias por la curación de una dolencia oftalmológica en el templo de los Santos Ciro y Juan, que, en su opinión, llevaron a cabo esos santos, según afirma en el último relato.
W. Lackner, y las colaciones de otros cuatro manuscritos fragmentarios, que han aparecido en menologios bizantinos.
La traducción es ágil y elegante y reproduce ciertos rasgos retóricos del autor de los milagros.
Aunque no puede reflejarse en la traducción, Fernández Marcos señala que Sofronio con frecuencia seguía a final de período la ley de acentuación del doble dáctilo, lo que da a su prosa una especial sonoridad.
Sofronio clasificó los relatos de acuerdo con la geografía: los 35 primeros relatan experiencias de personas de Alejandría, los 15 siguientes se refieren a egipcios y libios en general y los últimos 20 son milagros acaecidos a personas del mundo griego o bizantino.
Como señala el editor, estos relatos son una mina para el conocimiento de la incubatio cristiana, práctica muy popular en la religiosidad popular de los Asklepieia paganos, que se implantó con fuerza en el cristianismo bizantino, y que refleja cómo se enfrentaba el hombre de esa época a la enfermedad, a las terapias médicas y sacras, a sus propios ensueños y a lo sobrenatural.
Reflejan, asimismo, las disputas doctrinales y algunos rasgos del monacato de la época, así como la religiosidad del pueblo llano.
Para comprender mejor todo el potencial que encierran estos relatos de curaciones milagrosas acaecidas en Menute, debería alternarse su lectura con la obra de 1975 ya citada del editor, en la que estudia con prolijidad y rigor todo lo que atañe a la incubatio, enmarcándolo dentro del género literario al que pertenecen estos relatos.
Nos congratulamos por la traducción de esta colección de los Thaumata de Sofronio, que, además de deleitarnos, nos instruyen sobre la vida cotidiana de la Alejandría de los siglos VI y VII, sobre la religiosidad y medicina popular y sobre la suplantación de cultos en el cristianismo antiguo.
Nuestra felicitación al editor y traductor de los Thaumata y a Ediciones Sígueme por la pulcritud de su edición.
Bergua Cavero, Jorge, Pronunciación y prosodia del griego antiguo.
Guía práctica para la lectura de sus textos, Supplementa Mediterranea n.o 15, Madrid, Ediciones Clásicas, 2015, 122 pp.
El libro que nos ocupa busca ser una guía práctica para la pronunciación del griego antiguo en español.
Siguiendo la línea del inigualable Vox Graeca.
The Pronun ciation of Classical Greek de W. S. Allen (3a ed. 1987, Cambridge), que pre ten diendo ser una guía de pronunciación para angloparlantes terminaba siendo un pro fundo estudio sobre la realidad fonética del Ático clásico, Jorge Bergua Cavero ha emprendido la difícil tarea de proponer y justificar una pronunciación unitaria del griego antiguo dirigida a hispanohablantes, la cual, como es sabido, tiene mucho de convencional.
Así, tras un pequeño prefacio a cargo del catedrático Emilio Crespo, que además constituye un excelente resumen del libro (pp. 7-12), y una introducción del propio autor sobre la problemática general del tema (pp. 13-22), dan comienzo las tres partes, claramente diferenciadas, que constituyen el núcleo del volumen.
En la primera de ellas («Pronunciación», pp. 23-40) el autor hace unos comentarios al respecto de la pronunciación supuesta de cada consonante, vocal y diptongo en griego antiguo para, a renglón seguido, dar unas reglas generales sobre la pro nunciación recomendada en español.
La segunda («Prosodia», pp. 41-78) está consagrada a la prosodia del griego, es decir, a todo lo relacionado con la pronunciación en la cadena hablada, con especial atención a los problemas de las palabras clíticas en griego y su adaptación en la pronunciación en español.
Por último, la tercera parte («El ritmo en poesía: métrica y versificación») está dedicada a la métrica griega y a cómo abordar su lectura y recitado en español.
Tras unas breves consideraciones finales (pp. 109-112), el volumen se cierra con unos addenda (pp. 113-122): unas tablas-sinopsis de la pronunciación y acentuación recomendadas, un fragmento de prosa transcrito prosódicamente, y una pequeña bibliografía que incluye además referencias a diversos contenidos multimedia.
El trabajo de Bergua Cavero es ameno y fácil de leer, pero desde el punto de vista científico la obra tiene un defecto principal que es preciso señalar.
Como comprobará el lector avezado, apenas hay avances en las discusiones científicas ni actualizaciones bibliográficas con respecto a las obras de referencia en las respectivas materias que se discuten, de suerte que el aporte original del autor con respecto a las cuestiones de fondo que atañen al griego son muy escasas.
Así, como el propio autor reconoce (p.
16), el capítulo dedicado a la pronunciación bebe del clásico manual de Allen ya citado, y el dedicado a la prosodia del excelente trabajo de A. M. Devine y L. D. Stephens, The Prosody of Greek Speech (Nueva York-Oxford 1994).
La parte de prosodia debe mucho también a Ph.
Probert, A New Short Guide to the Accentuation of Ancient Greek (Londres 2003), y las discusiones de fondo del capítulo de métrica son de M. L. West, Greek Metre (Oxford 1982), Ancient Greek Music (Oxford 1992) e Indo-European Poetry and Myth (Oxford 2007).
Se echa también de menos un poco más de espíritu crítico al respecto de las ideas de estos autores.
Además, aunque la autoría de las ideas está siempre correc tamente atribuida, en ocasiones éstas son banalizadas o mal entendidas.
Así, en la discusión de las junturas del tipo ἀφ ̓ οὗ (p.
32), Bergua Cavero insinúa que es opinión de Allen que una pronunciación moderna [a'fu] recoge bien la aspirada del griego, cuando Allen quiere decir que en la pronunciación antigua [ap h ho:] la aspiración del pronombre es redundante dado que ésta está ya recogida por la aspiración en sandhi de la oclusiva precedente.
A este respecto la parte dedicada a la pro nunciación es sin duda la más deficiente de las tres.
Así, se asocia la vibrante geminada /ɾ:/ del griego con la vibrante alveolar múltiple del español perro /r/ (transcrita erróneamente [rr]), confundiendo geminada gráfica con geminada fonológica (p.
También se afirma que en español plasma ['plas.ma] /s/ ha sonorizado en [z] ante consonante sonora, insinuando que éste es un universal lingüístico (p.
30): como es bien sabido, el universal lingüístico de asimilación de una consonante trabada a la que sigue se refiere exclusivamente al punto de articulación, no al modo.
Otras afirmaciones de este capítulo en el cuadro exclusivo del griego también resultan incorrectas.
Así, se afirma que en griego antiguo el fonema /r/ en posición inicial «se ensordecía e iba siempre acompañad[o] de una aspiración perceptible».
En realidad, la relación causaefecto es la contraria: es precisamente el carácter sordo de /h/ (< *s y de *w a partir de una sobre gene ralización del resultado /rh/) el que provoca el ensordecimiento de la sonante.
En este primer capítulo, cada discusión va acompañada de una recomendación de pronunciación que calca las recomendaciones erasmianas que se pueden encontrar en cualquier manual de griego para alumnos de primero de bachillerato.
La decisión de atenerse a estas recomendaciones, que tienen mucho de convencional como el propio autor reconoce, no guarda a menudo ninguna relación con las conclusiones de la discusión precedente, por lo que en muchos apartados el autor tiene que buscarse todo tipo de coartadas para defender una posición que es claramente apriorística.
A las comprensibles dificultades de pronunciación de determinados fonemas griegos para un hablante del español esgrimidas, por ejemplo, para la pronunciación como fricativas de las oclusivas aspiradas /p h, t h, k h / (pp. 27-28) se añaden otros argumentos mucho más discutibles como la tradición para no pronunciar la iota suscrita de los diptongos largos (p.
Esta manera de proceder convierte la discusión previa a la pronunciación recomendada en español en meras notas eruditas.
El autor se habría ahorrado un buen número de páginas (y de errores) haciendo un simple cuadro con la pronunciación erasmiana recomendada y remitiendo sistemáticamente a Allen para las discusiones sobre la pronunciación original del griego para este capítulo.
La segunda parte, dedicada a la prosodia del griego, trata de la sílaba griega y sus tipos (pp. 41-50), así como del acento (pp. 50-78), donde ocupa una parte fundamental la discusión sobre los clíticos (pp. 59-77).
El aporte del autor se limita, de nuevo, a la comparación con el español, aunque en este caso los resultados no son del todo negativos.
En cualquier caso, y al igual que en el apartado anterior, las discusiones no suelen tener ninguna repercusión en las recomendaciones de pronunciación, que parecen de nuevo tomadas de antemano.
Aunque el defecto más grave, a mi juicio, de este apartado es la simplificación de los problemas discutidos, que procede del hecho de que el autor no distingue siempre con claridad acento natural (que una palabra sea Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 átona por naturaleza) de acento de enclisis (que una palabra átona reciba secundariamente un acento en la cadena hablada).
Así, se propone sin rubor alguno que en la pronunciación española del griego «sean siempre átonas las partículas monosilábicas con vocal breve: γε, νυν, περ, τε, y además τοι (todas sin acento en nuestros textos)» (!) (p.
En realidad, todas estas partículas son átonas por naturaleza, pero en la cadena hablada (¡en los textos!) pueden y suelen recibir un acento secundario de enclisis sobre ellas mismas y no forzosamente sobre la palabra anterior, siguiendo las conocidas normas de limitación del acento del griego.
Es decir, su carácter tónico o átono en la frase depende del contexto fónico circundante, y no de la naturaleza átona de las partículas.
Lo mismo con μέν, δέ, etc., tradicionalmente acentuadas en los diccionarios pero sin duda de naturaleza átona también.
Por último, Bergua parece defender extravagancias como que una frase en griego antiguo no puede terminar en partícula átona.
Así parece deducirse del hecho de que reivindique el carácter clítico de γάρ y de οὖν salvo en posición final, o que reconvenga a Horrocks por creer que δή puede ser una partícula átona a pesar de aparecer en frases como καὶ κατάπληξις μεγίστη δή, donde «conculcaría de forma flagrante la ley de limitación del acento» (?) (p.
La tercera parte, dedicada a la métrica y al ritmo en poesía (pp. 79-107), es sin duda la mejor de todas, y eso es así precisamente por la incongruencia que supone su punto de partida con respecto a las dos anteriores.
En efecto, es sorprendente la encendida defensa del autor de una entonación por ictus de la métrica griega aduciendo la máxima de que toda adaptación esforzada será mejor que ninguna en una obra en cuyas dos primeras partes se ha impuesto y ha sido defendido el convencionalismo más absoluto frente a la adaptación razonada.
Las discusiones de fondo de este apartado son también muy diferentes de las anteriores, y es evidente que el autor hace buen uso de una importante formación musical, siempre bien venida a la hora de hablar de tempos y de ritmos.
Así, tras unas páginas consagradas a la explicación y crítica de otros intentos más o menos logrados de «lectura interpretativa» del verso griego (pp. 86-89), Bergua comienza una encendida y convincente defensa de la lectura por ictus, es decir, marcando los tiempos fuertes de manera acentual, del verso griego.
El que escribe estas líneas aprendió con este método, ya hace muchos años, la métrica latina en las excepcionales clases de la Dra.
Ana Moure (Universidad Complutense de Madrid), lo cual supuso una auténtica revelación para quien hasta entonces no había conocido más método que aquel de contar pies y de escribir signos de largas y de breves encima de las vocales.
Si bien es cierto que no todos los versos griegos se prestan igual de bien a este tipo de lecturas, su interés pedagógico es indudable, y resulta encomiable que Bergua lo explique de manera clara y que anime a su uso.
En resumen, estamos ante un volumen muy desigual, con dos primeras partes prescindibles, poco originales, con demasiados errores y que no aportan demasiado Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 a la abundante bibliografía sobre el tema, y un tercer capítulo bastante más profundo, que despierta más interés y que deja traslucir un entusiasmo auténtico por parte del autor.
Este libro viene a demostrar que la derivación inversa, un tema de siempre relegado en la lingüística latina, es un fenómeno mucho más complejo y frecuente de lo que cualquier lector puede esperar.
Así se comprueba en la ingente labor de inves tigación que se concentra, a continuación del índice general, en cuatrocientas densas páginas (17-419).
A estas les siguen un índice de lemas según el orden textual, otro por orden alfabético, uno más de palabras por lenguas: latín, griego, indoeuropeo, romance, etc.; y finalmente treinta y una páginas de bibliografía.
Desde las primeras palabras de una Introducción que supera las ciento diez páginas (17-129), el autor (en adelante RG) pone de manifiesto que la derivación inversa (DI), sea nominal (DNI: *auicella > aucella > auca) o verbal (DVI: scribere > scriba), ha sido mal reconocida en latín, al menos en su gran extensión.
Lamenta RG que el gusto de M. Bréal por la explicación posverbal no haya tenido el seguimiento esperado; de hecho, los manuales recogen poco más que los casos consabidos de pugna, lucta, proba, etc. A la falta de interés de gramáticos y lexicólogos, se ha unido el afán de reconstruir étimos primigenios en indoeuropeo, cuando es posible explicar el origen de muchas palabras sin salir de la lengua latina.
En tal sentido, este es un libro revolucionario sobre un campo que hasta ahora ha sido casi un erial.
Como precedente notable, solo cabe citar la disertación de F. Brender, dirigida por M. Niedermann (Die rückläufige Ableitung im Lateinischen, Lausana, 1920).
Frente a las 235 formas tratadas por este, las analizadas por RG alcanzan la cantidad de 645.
Los derivados inversos, distribuidos en los dominios nominal y verbal, se producen por numerosos procedimientos, que se clasifican en treinta modelos (pp. 44-74): por truncamiento (DT: truncatus > truncus, -a, -um), depreverbación (contemnere > temnere), etc. Como lector, uno tiene la sensación inmediata de entrar en una materia lingüística que desborda, por su continua afluencia, cualquier límite previsible.
De repente se ve metido en medio de un bosque del que, por curiosidad e interés en los detalles y en el conjunto, no le gustaría salir hasta ver dónde y en qué para la proliferación incesante de la derivación inversa.
Pero la densidad de la exposición impone, necesariamente, la dosificación de la lectura.
Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 En contraste con este pormenorizado planteamiento, cierta atención que se prestó a la derivación posverbal latina a finales del s. XIX y la escasa relevancia que tuvo durante el XX dan lugar a que el estado de la cuestión se despache en cinco páginas (75-80).
Por el contrario, la DI ha encontrado el camino abierto entre los espe cialistas de latín vulgar que no han dejado de apreciarla en las lenguas románicas.
La gran novedad del libro de RG está en revelar que el fenómeno es muy temprano en la historia de la lengua latina.
No podía ser de otra manera, puesto que es producto popular y analógico; esto es, establecido un modelo derivativo, el hablante puede imitarlo espontáneamente, yendo hacia adelante (e-rad-ere > e-rad-icare) o hacia atrás (e-radic-are > radix).
Lo cual es una prueba más, entre otras muchas, de la continuidad que representa el latín vulgar desde la diferenciación inicial de la lengua latina hasta las lenguas románicas.
Esta concepción revolu cionaria de la cronología halla su asiento, precisamente, en la existencia del latín vulgar, tantas veces preterido, como si la lengua latina no hubiera sido otra cosa que el latín literario, trasmitido por escrito.
Los casos más o menos sencillos de DI no suelen ser difíciles de asumir.
Así, ¿cómo explicar el origen enigmático de causa, tradicionalmente entendido como base de la que deriva causari?
Pues invirtiendo el planteamiento: el sustantivo es el derivado inverso del verbo.
Entonces, ¿cómo se explica la procedencia de este?
Pues a partir de una formación frecuentativa *caut-ĭtari ('ocuparse de un asunto judicial') sobre el participio cautus ('avisado, atento, precavido').
El origen indoeuropeo directo del lat. cāseus puede parecer obvio, a la vista del aesl. kvasŭ 'bebida fermentada' y del s.-cr. kvâs 'leche agria'.
Sin embargo, RG propone como punto de partida interno la locución *lac percāssiare 'hacer queso' (< *percrāssiare 'espe sar', cf. percrāssus 'muy espeso'); de ahí saldría el derivado posverbal *cāssium 'queso', que se encuentra en Catón en la forma cāseum y en Cicerón en la de cāseus.
Siempre será posible reconstruir una raíz indoeuropea de tal o cual palabra; pero la propuesta etimológica anterior permite dar dentro del latín una explicación cabal de cāseus, partiendo de una unidad fraseológica del habla.
En la sólita perspectiva sincrónica se tiende a proceder de lo simple a lo compuesto y, sin mayor análisis, uno propondría la sucesión histórica: timeo > timesco > pertimesco.
Pero el segundo verbo es raro y tardío, a diferencia del tercero, y el primero carece de etimología, salvo alguna reconstruida ad hoc.
Así que no es extraño que RG sitúe Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 el último verbo en el origen del grupo y lo explique como una transformación de *per-trĕm-esco, con la misma disimilación de la segunda -r-que se ha visto en *percrāssiare.
La morfología léxica se impone, pues, a cualquier solución meramente fonética.
La audaz explicación que trata de fundar la prolija familia de lacere 'atraer' (allicere, elicere, pellicere, prolicere; lactare, allectare, delectare, electare, illectare, oblectare, sublectare, etc.) no sobre el verbo simple, sino sobre inlicere ('atraer, seducir') y el sustantivo inlex ('seductor','reclamo'), como transformación morfosemántica de implectere ('entrelazar') e implicator ('enredador'), puede sus citar dudas por la complejidad de su recorrido.
En cambio, compleja y plenamente convincente es la trayectoria inversa de imbuere ('imbuir') desde el participio imbūtus, como variante vulgar de *imbĭbūtus ('embebido', cf. it. imbevuto).
El nuevo verbo dará lugar a los derivados *imbŭttare e *imbŭttire y estos a los sustantivos regresivos *bŭtta'odre, bota' y *bŭttis, *bŭtticula 'botella'.
Establecido el parentesco entre las expresiones de 'embeber','embutir','bota' y 'botella', ¿cuántas barreras morfológicas y semánticas se allanan?
Es uno de tantos frutos de la DI que ayuda a descubrir lo que llamamos el ADN de una familia de palabras que, en este caso, no abandona la relación diatética 'continente' -'contenido'.
El rigor técnico y la claridad de la rica terminología empleada y en buena parte creada por el autor son los que convienen a estudio tan amplio y novedoso.
Algún detalle en el que discrepamos merece comentarse.
El adjetivo pré-latin, al igual que prelatino, tiene un uso bien asentado con el valor de 'anterior a la lengua latina'.
En este sentido, solemos hablar también de lenguas prerromanas; podría parecer más propio hablar, por una parte, de lenguas prelatinas ('anteriores a la latina') y, por otra, de civilizaciones prerromanas ('anteriores a la romana'); pero, dada la impli ca ción de lengua y cultura, ambos sinónimos tienen su razón de ser.
Lo que consideramos evitable, para no caer en ambigüedades y mayor confusión, es el uso de pré-latin como 'latin très archaïque', propuesto en la p.
37, y usado con cierta frecuencia después.
En su lugar, bien puede valer latín preliterario o más específicamente prearcaico o, mejor, protolatín.
Por lo demás, creemos que RG consigue su propósito de descargar la reconstrucción indoeuropea del fardo de propuestas etimológicas poco fundadas.
La lengua latina proporciona datos suficientes, a menudo procedentes del estrato vulgar, para examinar de otra manera el origen y desarrollo de buena parte de su léxico.
Como es de esperar, entre los seis centenares y medio de derivados regresivos presentados, no deja de haber casos que tienen explicación más o menos verosímil por otros procedimientos.
Estos resultados discutibles podrán ser convalidados o corregidos en trabajos más pormenorizados.
Lo que cabe destacar aquí es que, gracias a esta gran monografía, el autor ha logrado poner, por primera vez, la derivación inversa en el lugar que le corresponde dentro de los estudios latinos.
Sánchez Mañas, Carmen, Los oráculos en Heródoto: tipología, estruc tura y función narrativa.
La función de los oráculos en la estructura narrativa de las grandes obras de la historia de la literatura griega antigua es difícil de subestimar.
Su relevancia incuestionable se atestigua sobre todo desde la perspectiva historiográfica de la longue durée, desde la época arcaica hasta la tardía, si se tiene en cuenta, por ejemplo, el papel clave que desempeña en la épica.
Entendiendo la recitación de la épica homérica con un carácter responsivo, como hace Nagy, se repara en la impor tancia de la mántica apolínea en la Ilíada, que responde a lo sucedido casi como poesía oracular1.
Igualmente, en el último gran poema al otro extremo de la Anti güedad, las Dionisíacas de Nono, los oráculos se erigen en mecanismo básico de la estructura y la narración 2.
Ciertamente, el hecho de que la vía de transmisión del oráculo fuera la poesía hexamétrica creó una natural intersección con la épica, que ha sido muy estudiada tanto en el arcaísmo como en la antigüedad tardía, pero el resto de los géneros literarios griegos atestiguan también la omnipresente influencia de los oráculos y de la mántica que, por así decir, condicionan la manera de narrar de los griegos antiguos, como se ve en el propio papel que tienen en los mitos.
En cuanto a la prosa griega, el gran autor que nos viene a la mente inmediatamente al hablar de temas oraculares es el historiador Herodoto de Halicarnaso.
Ni él ni otros prosistas griegos fueron inmunes a los oráculos y supieron aprovechar la adivinación como base narrativa y recurso poderoso para trenzar sus historias y pensamientos, desde las Historias a los diálogos de Platón.
En el caso de Heródoto, se diría que los oráculos llevan un evidente peso narrativo, siguiendo por un lado los arquetipos del folklore sobre el cumplimiento
Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 de lo que estaba profetizado y la vanidad de los intentos humanos de resistirse al destino, pero, por otro, como elemento cultural marcadamente «helénico», frente a los otros pueblos, y que sirve de mecanismo fundamental en la narración a la hora de configurar el gran relato de las guerras greco-persas.
En el plan herodoteo de confeccionar un gran fresco histórico de los conflictos entre griegos y persas, aderezado convenientemente por otras historias intercaladas que convierten su lectura en un auténtico clásico literario impres cin dible, el recurso a las profecías, oráculos y santuarios mánticos se nos antoja, ya de entrada, un elemento indispensable para entender las Historias.
A estudiar exhaustivamente esa utilización se dedica ahora el libro Los oráculos en Heródoto: tipología, estructura y función narrativa de Carmen Sánchez Mañas, que recoge su tesis doctoral, presentada en la Universidad de Zaragoza.
Tal y como se puede ver desde su propio título y en el índice, el libro presenta una muy reco nocible estructura de tesis doctoral, siguiendo todas las convenciones académicas en la mejor tradición universitaria de investigación en filología griega en nuestro país: se basa en un corpus textual dado, se proporciona un buen estado de la cuestión, se parte de una hipótesis de trabajo, se da una metodología clara y, tras el trabajo a fondo sobre los datos recabados, se ofrecen unos resultados concretos.
La autora realiza a mi ver una investigación modélica, estableciendo claramente en los preliminares de su propuesta el objeto de análisis: los oráculos y su función en las Historias de Heródoto.
A continuación, en una primera etapa heurística, propone una recopi lación y sistematización de datos de las fuentes, en este caso el texto base de la investigación, extrayendo los episodios pertinentes.
En segundo lugar, siguiendo con las etapas fundamentales de toda investigación doctoral, pasa a una fase hermenéu tica que proporciona un análisis y una taxonomía de los materiales recabados para, en tercer lugar, aportar su crítica en comparación con otras fuentes primarias y secundarias y una interpretación completa, con una prosa ensayística encomiable.
Sánchez Mañas se propone, como se ha dicho, estudiar el papel de los oráculos en Heródoto realizando un seguimiento de cerca de la aparición de elementos mánticos en el curso de su narrativa, para lo cual se centra en la lectura de los diversos episodios y en la explicación posterior del engarce de estos en la parte concreta y, a la vez, en el plan global de la obra.
Para ello, la autora trabaja sobre la base de los principales trabajos del estado de la investigación, como se ve en la introducción, en el estado de la cuestión y en la actualizada bibliografía científica utilizada: entre otros, hay que mencionar los trabajos fundamentales de Parke o Fontenrose3, que han Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 devenido ya estudios clásicos en el tema de los oráculos, pero también las monografías de Thomas Harrison o Jon Mikalson, en general sobre la religión de Heródoto4, y Alexander Hollmann sobre los σημεῖα herodoteos5.
La monografía supone un avance en la investigación por centrarse, como objetivo principal y novedoso, en el examen analítico y exhaustivo de todos y cada uno de los episodios oraculares que aparecen en Heródoto.
Esto ya de por sí la convierte, a mi parecer, en una aportación fundamental para los estudios sobre este autor y sobre las funciones de la mántica griega, precisamente por lo que decíamos al comienzo, que a cualquier filólogo clásico al que se le mencione el uso de los oráculos en la prosa pensará inmediatamente en Heródoto.
Era una necesidad, pues, contar con un libro como este, que dedicara una atención monográfica a la investigación filológica sobre este tema particular.
Siendo este un objetivo claro y una aportación original al estado de la investigación, podría parecer demasiado ambicioso para arrojar resultados concretos si no siguiera una metodología estricta.
Pero la autora realiza un iter claro y bien estructurado en el trabajo, dividido en cuatro etapas bien explicadas que procuran un estudio de los oráculos en las Historias en atención a su estructura interna y, a la par, a la relación que mantienen los vaticinios con el pulso de la narración y con los personajes de la obra.
En primer lugar, se realiza el inventario de todos los oráculos en Heródoto, merced a una búsqueda léxica en las Historias de todas las palabras que significan o implican de alguna manera la noción de oráculo (θεοπρόπιον, λόγιον, μαντήιον, χρησμός, χρηστήριον).
En segundo lugar, la autora elabora una taxonomía de los resultados obtenidos en once categorías, según contexto, fuente, motivo, sede consultante, consulta, profeta, respuesta, formulación y desenlace.
De este análisis conjunto resulta la categoría superior de lo que Sánchez Mañas deno mina «modalidad», que le permite proponer una tipología de oráculos de Heródoto en cinco tipos y que se corresponden con cinco temáticas claras y clásicas de los oráculos, en general, que cumplen aquí su cometido también en el plano literario: se trata, pues, de estudiar los oráculos según sean de 1) tema militar y político, 2) tema privado, 3) tema cultual, 4) tema de colonización, y 5) tema de culpa y expiación.
A la par se divide la aparición de estos temas en tres tipologías -única, principal y subordinada-, lo que aporta aun más riqueza al análisis.
Como tercer paso, el libro establece el episodio oracular como unidad básica de análisis y en cuarto lugar presenta agrupados los episodios oraculares en modalidades y capítulos.
El total identificado y cuantificado por la autora en la obra Heródoto es de 101 episodios mánticos, que Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 son explicados y estudiados en el cuerpo de la monografía y a los que se dedica, como apéndice, un completo cuadro resumen a modo de catálogo ora cular.
Este iter investigador, de valiosa acribía, se constata a lo largo de los cinco capítulos en los que está estructurada la monografía, que esclarecen el uso y función de los oráculos en referencia a esas cinco temáticas de las modalidades mencio na das.
No solo hay oráculos tan conocidos y centrales como los de Creso, un verdadero ciclo oracular sobre los santuarios, con hondas implicaciones teológicas y culturales, o las fundaciones de ciudades, otro capítulo en sí mismo de gran riqueza, sino otros vaticinios menos típicos pero de gran interés, como el del parricidio de los pelasgios, amén de los dedicados a figuras clave de las Historias, como los de Temístocles, Milcíades, Leotiquídas, Periandro o Tisámeno.
En suma, me parece un libro muy valioso para la comunidad científica, que será una herramienta de referencia para los estudiosos del historiador de Halicarnaso: su catálogo de vaticinios y el útil índice lo convierten en una aportación importante y una referencia rápida y clara para quien busque saber más sobre cada oráculo, su contexto, su función y su sentido.
En un futuro, acaso una versión más liberada de aparato crítico de esta utilísima monografía pueda traducirse y publicarse en inglés.
Para una colección de monografías no dedicada exclusivamente a recoger investigaciones doctorales, en el único reparo que se puede plantear al libro, se debería suavizar de alguna manera la estructura de tesis tan evidente, desvistiendo un tanto el libro de sus ropajes académicos, para hacerlo más accesible a un público más amplio.
Con todo, estas convenciones son a la vez buena muestra de la seriedad y la solvencia del estudio que tengo el gusto de reseñar y recomendar vivamente en estas páginas, como una adición importante -un libro de referencia sobre el papel de los oráculos en Heródoto-para cualquier biblioteca de filología clásica.
david Hernández de la Fuente Universidad Complutense de Madrid Fernández Delgado, J. A. y Pordomingo, F., La retórica escolar griega y su influencia literaria, editado por Jesús Ureña y Laura Miguélez-Cavero, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2017, 853 pp.
Conocer el sistema educativo de una sociedad y de una cultura arroja, sin duda, mucha luz al conocimiento de la misma.
La civilización grecorromana que conocemos fue una civilización letrada desde sus inicios, una civilización donde educación y cultura tenían un papel primordial en todos los ámbitos, hasta el punto de que la educación (paideia) está íntimamente vinculada al ejercicio de la política, del mismo modo que el saber está directamente Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 relacionado con el poder.
Siendo este, desde la época clásica, el núcleo principal de la educación y de la escuela griega, va desarrollándose y poniéndose a prueba a medida que avanza el tiempo y que la propia civilización griega se consolida.
No es hasta que esa civilización está consolidada que su educación adquiere la plena posesión de sus métodos, sus programas y recursos; es decir, lo que empezó a generarse en época clásica no está plenamente asentado hasta el período posterior, la época helenística y, de ahí, por la simple inercia de los fenómenos educativos, normalmente muy rutinarios, en adelante se mantiene, sin cambios importantes, durante muchos siglos, prácticamente hasta el final de la antigüedad y más allá, en el período bizantino.
Sin embargo, no es fácil conocer exactamente cómo funcionaba la escuela en las sociedades de la antigüedad; por ello, no disponemos de estudios dignos de ser tenidos en cuenta sobre el particular hasta la publicación, en 1948, por el estudioso francés Henri-Irénée Marrou, del libro Histoire de l 'éducation dans l' Antiquité.
A este primer jalón, importantísimo pero en algunos puntos algo especulativo e incompleto -ya que se basaba fundamentalmente en la documentación literaria-, se añadirían los grandes avances en el estudio de papiros, muchos de ellos escolares como es bien sabido, que empezó a cobrar un auge significativo a partir de los años 60/70 del siglo pasado.
Por esta razón se da el caso de que una gran parte de estudios sobre educación griega se han vinculado, de manera natural, con la papirología.
José Antonio Fernández Delgado y Francisca Pordomingo, ambos catedráticos de la Universidad de Salamanca, son, sin duda, los estudiosos del Estado Español que se han destacado de una manera más evidente en estos campos de investigación, especialmente en los últimos veinte o treinta años, con un gran número de publicaciones, de organiza ción y participación en múltiples congresos de ámbito internacional, hasta el punto de ser ambos una referencia obligada para los interesados en el tema.
Por ello, es sumamente bienvenido el volumen objeto de esta reseña, que, editado por sus discípulos J. Ureña y L. Miguélez-Cavero, agrupa una selección de los trabajos sobre retórica escolar y su influencia en la literatura firmados por Fernández Delgado y Pordomingo, ya por separado cada uno de ellos, ya conjuntamente.
Este grueso volumen contiene, separados en dos partes que claramente responden a los dos enfoques -retórica escolar, por un lado, y la influencia de esta en la literatura, por otro-, una treintena larga de estudios -artículos científicos en revistas, capítulos de libro y ponencias de congresos, y también reseñas-cuya calidad por separado está por encima de cualquier discusión, pero que la reunión en un solo volumen de todos ellos aumenta exponencialmente la utilidad del libro, que está destinado a convertirse no solo en cita obligada para trabajos futuros, sino también en un buen punto de partida para un conocimiento bastante amplio sobre los aspectos más destacados de la huella de la educación en la cultura y civilización griegas -y romana-, y del funcionamiento del propio sistema educativo, con los distintos progymnasmata o ejercicios preparatorios de la escuela como estandarte.
De ahí que los formatos sean variados y no siempre coincidentes.
Este volumen se hace eco explícito del apartado de homenaje en la presentación de los editores -en nombre de todos los miembros del grupo de investigación capitaneado durante treinta años por los homenajeados-en las páginas siguientes al bien con feccionado índice analítico, así como por las páginas que siguen a la presentación, dedicadas a los curricula de Fernández Delgado, en primer lugar, y seguidamente de Pordomingo, y, por último por la Tabula Gratulatoria que cierra el volumen.
Aparte de estos apartados, necesarios en un volumen de homenaje, el resto del libro es, como se ha dicho, una magnífica selección, bien ordenada, que presenta cada trabajo con la referencia precisa, y excelentemente editada, de los trabajos de Fernández Delgado y Pordomingo; uno de los puntos fuertes del conjunto, es, sin duda, el amplio espectro internacional que abarca.
Este coherente compendio monográfico, además, viene acompañado por unos excelentes e imprescindibles índices -onomástico de autoridades, de papiros, y onomástico de autores modernos-que, junto con el índice inicial, facilitan enormemente el recorrido por un volumen de más de ochocientas páginas, y simplifican la tarea de leer y consultar, según las preferencias o intereses de cada uno.
A la valiosa aportación de Fernández Delgado y de Pordomingo, así ordenada y reunida, se añade el excelente trabajo de los editores que han tenido a bien homenajear a sus maestros de esta manera que será, además, de utilidad para otros muchos y de la comunidad científica en general.
Les felicitamos y nos felicitamos por ello.
González Vázquez, Carmen (dir.), Diccionario de personajes de la comedia antigua, Zaragoza, Pórtico, 2016, 530 pp.
Debemos a la incasable labor de la filóloga y teatróloga Carmen González Vázquez esta obra, que está llamada a constituir un hito en la difusión de la investigación en el ámbito del teatro, y que desde el principio, en sus planteamientos de partida, se muestra impregnada del profundo concepto del teatro como arte espectacular que caracteriza el trabajo de la citada directora.
Cabe señalar ante todo que se debe a sus dotes de organización y liderazgo el haber podido llevar a buen puerto un proyecto tan ambicioso, en el que ha implicado durante siete años a veintiséis investigadores de Universidades tanto españolas como hispanoamericanas con la finalidad de poner a disposición de un público que en nuestra opinión no se limita exclusivamente al Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 académico el resultado de las investigaciones sobre los personajes de las comedias griega y romana.
El elenco de investigadores colaboradores es manifestación de la seriedad con la que se ha desarrollado el proyecto.
Indicábamos que la orientación del diccionario está marcada por el concepto que del teatro tiene su directora, puesto que ha incluido en él todos los personajes que aparecen en escena, tengan o no texto lingüístico, en la idea, como ella misma asevera en el prólogo, de que «el texto escénico (la representación) es tan importante en teatro como el texto literario».
Consideramos un acierto que se hayan recogido juntos los personajes de la comedia griega y la romana (con excepción de la togata y la palliata por falta de suficientes testimonios, como bien señala la directora), puesto que la presencia conjunta de ambas comedias permite percibir mejor la relación existente entre ellas, así como la evolución que los personajes experimentan con el paso del tiempo y, lo que nos parece muy pertinente, el diferente enfoque según el autor.
Se trata del primer diccionario con tal amplitud, lo que le confiere un interés especial, puesto que es de utilidad para un público más amplio que el académico.
El investigador de comedia antigua, de teatro o en general de literatura clásica encontrará en él un primer acercamiento serio a los personajes, a partir del cual podrá profundizar, si lo precisa, gracias a la bibliografía a la que se remite.
Pero también va dirigido a un público más amplio, al interesado en el teatro o a los profesionales del teatro, que precisan información fidedigna, expuesta de manera clara y a la vez con competencia, y esto es lo que consigue sin ninguna duda este diccionario.
Es evidente que se ha producido un esfuerzo muy notable de sistematización y normalización de los materiales, a pesar del elevado número de autores, para que las entradas no fueran excesivamente dispares más allá de lo que es imprescindible por la diferencia misma que entraña la presentación de personajes protagonistas, secundarios con y sin nombre, figurantes con alguna relevancia en la acción y los que no tienen ninguna.
Las entradas se inician con el nombre en español del personaje, o con la designación del tipo en el caso de que no tengan nombre, su clasificación y entre paréntesis el nombre en latín o en griego, según el caso.
Cuando hay más de un personaje con el mismo nombre o del mismo tipo, se hacen tantas entradas como apariciones.
Tras la presentación, con indicación del lugar en que aparece, sus intervenciones, la caracterización que muestra en la comedia y las relaciones que establece con otros personajes, a los que se remite, se indica, si ha lugar, la bibliografía específica existentes sobre ese personaje.
Acaba la entrada con las iniciales del autor/a.
Se trata, pues, de una estructura claramente reconocible, habitual en los diccionarios de este tipo.
Más allá de alguna omisión, especialmente en el caso de personajes que aparecen en fragmentos, significativa, en todo caso, para los investigadores, pero no para el público más amplio al que también va dirigido este diccionario, puede ser un inconveniente el hecho de que la bibliografía específica no está siempre recogida en la Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 bibliografía final, que, como bien se señala, se trata de «Bibliografía general».
Este hecho nos hace abundar en la idea de que la obra está pensada tanto para investigadores, que podrán encontrar en los repertorios filológicos que todos conocemos esa bibliografía que se cita de modo abreviado, como para un público más amplio, especialmente los profesionales del teatro, para los que muy probablemente está de más la profusión de bibliografía.
El diccionario termina con unos índices muy útiles y la citada bibliografía, todo ello con una cuidada presentación y edición, en la que las esporádicas e inevitables erratas no dificultan la lectura.
Hemos tenido ocasión de comprobar que este Diccionario de personas de la comedia antigua está siendo utilizado por los investigadores de teatro clásico, que encuentran en él no sólo un instrumento útil para una información puntual que precisan de un personaje, autor u obra, sino que les permite llegar a una concepción más profunda de la obra dramática a través del estudio de sus personajes, y les ayuda a percibir la influencia de la dramaturgia clásica en la tradición clásica.
Pero, además, estamos convencidos de que la factura de esta obra, su accesibilidad para un lector no académico, la van a convertir también en obra de consulta de los interesados en el teatro en general y de los profesionales de las artes escénicas en particular, creando de este modo un puente más entre ambos mundos, el académico y el profesional, que no siempre han mantenido los contactos que sería deseable.
Valverde Sánchez, Mariano, El mito de Idomeneo y su tradición lite raria.
De la épica griega al teatro español del siglo XVIII, Thema Mundi 8, Madrid-Salamanca, Signifer Libros, 2016, 192 pp. Estamos ante un trabajo de lo que tradicionalmente suele llamarse Tradición Clásica, aunque en realidad debería utilizarse mejor el término Recepción Clásica, porque se trata de ir estudiando qué se ha hecho con un elemento cultural de la Antigüedad grecolatina que ha pasado a la tradición posterior.
Vistas así las cosas, el énfasis se pone donde más provecho produce: cómo se ha interpretado un viejo componente en contextos culturales muy distintos.
Este libro por fortuna sigue esta línea de trabajo.
Se centra en el relato mítico de Idomeneo, el rey cretense que se unió a la expedición griega contra Troya, donde alcanzó una notoriedad heroica destacada, aunque en su regreso las propias fuentes antiguas se diversifican, dando lugar a que algunas de sus variantes se conviertan en la tradición posterior en elemento central de su relato, visto, eso sí, desde ópticas éticas divergentes.
Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 En una primera parte el autor hace un análisis pormenorizado de las fuentes antiguas y establece la existencia de dos momentos generales: su participación en la guerra de Troya, y el regreso a Grecia.
Respecto a la primera etapa hay coincidencia en todas las fuentes, tanto textuales como iconográficas: Idomeneo presenta un perfil plenamente homérico de héroe esforzado.
Pero la situación cambia de forma radical en la segunda etapa: el regreso, donde se dan variantes de no menor importancia, desde un retorno feliz hasta uno accidentado por motivos varios: razones políticas o, sobre todo, por el cumplimiento funesto de un voto imprudente que le compromete a acabar con la vida de su hijo, variante ésta que arranca de Servio en algunos pasajes de sus Comentarios a la Eneida de Virgilio y que será la que termine imponiéndose en la recepción occidental.
Pero tal vez el contenido más novedoso del libro resida en las dos partes siguientes.
La segunda está dedicada al análisis de la presencia del mito de Ido meneo en la literatura francesa del s. XVIII, aunque previamente hay un apartado dedicado a rastrear su paso por la Edad Media, donde la variante de Servio está reco gida en varias obras mitográficas, en especial en el Manual de Boccaccio, aun que en otros casos se adopta la versión de Dictis y Dares, donde el regreso es plenamente feliz.
Ya dentro del s. XVIII francés destaca el empleo frecuente que Fénelon hace de este relato mítico en su Télémaque (1699), cuyo tema general engarza bien con el relato de Idomeneo y su infausto voto, que en esta ocasión adopta la variante trágica: la muerte del hijo a manos de su padre y la expulsión de éste a Salento.
Y este tratamiento trágico dará lugar, lógicamente, a que el mito de Idomeneo se convierta en argumento ideal para el Teatro, y más concreto de la tragedia.
Es el caso del Idoménée (1705) de Crébillon, que crea una trama más compleja puesto que al motivo del voto funesto se une el tema, también antiguo, de la traición política, y a todo lo cual se añade un componente nuevo: la peripecia amorosa, típica de la Tragedia clásica francesa, de la que la tragedia de Racine es un inequívoco ejemplo.
Y para terminar el excelente análisis de este rico contexto cultural el autor tiene el acierto de encarar el empleo que de este mito se hace en los libretos de ópera, un ámbito literario tradicionalmente muy descuidado pero que aquí adquiere el relieve adecuado.
La tercera parte general del libro está dedicada a la recepción del mito de Idomeneo en la producción literaria española de finales del s. XVIII, donde se aplica el mismo rigor filológico.
Señala como punto de arranque la presencia de este mito en la novela El Anténor (1788) de Pedro Montengón, que servirá de núcleo argu mental para algunas obras de teatro.
En primer lugar, el melólogo Idomeneo (1792) de Luciano Francisco Comella, que sigue de cerca una obra semejante de Salfi del mismo año, aunque Comella introduce una serie de innovaciones.
Más tarde Cienfuegos estrena otro Idomeneo en el que sigue más de cerca los moldes formales clásicos, aunque su intención última está en consonancia con el espíritu de la Ilustración.
El análisis que se hace de toda esta producción, en su mayor parte teatral, es meticuloso y sugerente.
Se estudian con rigor los elementos de la tradición, al tiempo que se pone énfasis en los nuevos enfoques derivados de los nuevos tiempos.
En definitiva, creo que estamos ante un ejemplo riguroso de cómo acercarse a este campo que llamamos Recepción clásica.
Universidad Nacional de Educación a Distancia
Historia, religión y sociedad
Del Freo, M. y Perna, M. (eds.), Manuale di epigrafia micenea.
El Manuale di epigrafia micenea es la última obra dedicada al griego micénico que ha de sumarse a una larga lista de trabajos dedicados a la micenología que han aparecido en los últimos años6.
Esta obra está editada por dos expertos micenólogos como son los profesores Maurizio del Freo, del CNR-ISMA, y Massimo Perna, de la Università degli Studi di Napoli Suor Orsola Benincasa, y en ella participan micénologos de reconocido prestigio procedentes de diferentes países.
El Manuale está dividido en dos volúmenes, y a su vez en distintas partes bien diferenciadas.
En una primera parte del primer volumen, identificada con la introducción, se tratan los aspectos generales de la civilización micénica y minoica y en ella se engloban sus orígenes, la cronología y los tipos de asentamientos palaciales de ambas civilizaciones (A. Franceschetti).
En esta parte también se dedica un capítulo a la inseparable unión entre el mundo micénico y Homero.
M. Wiemer proporciona diferente información relacionada con la arqueología micénica, incluso anatolia, e intenta reconciliarla con los datos que se encuentran en la Ilíada y la Odisea.
Tras la introducción comienza lo que podría considerarse una segunda parte de esta obra, aún incluida en el primer volumen.
En esta se tratan los diferentes sistemas de escrituras que antecedieron al Lineal B. M. Perna dedica un capítulo a los orígenes Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 de la escritura en el Egeo a través de la administración con las llamadas crétulas, herencia del Próximo Oriente.
A continuación A. Karnava trata diferentes aspectos sobre la escritura jeroglífica cretense y el propio M. Perna hace lo propio con la escritura Lineal A. En ambos capítulos se incluyen cuadros ilustrativos con los diferentes signos de escrituras, imágenes de los documentos y su tipología, cronología y perspectivas de desciframiento y lectura.
En el capítulo dedicado a la escritura lineal A también se dedica una parte a los conocimientos que se tienen sobre la fonética y morfología que esconde este sistema de escritura y la relación de este signario con el lineal B. Los siguientes capítulos están dedicados al sistema de escritura Lineal B y al griego micénico.
Esta sección comienza con un capítulo sobre el desciframiento del Lineal B por A. Franceschetti y continúa con varios capítulos escritos por M. del Freo donde se tratan diferentes aspectos de este sistema de escritura.
En primer lugar se hace una descripción de los tipos de silabogramas, su origen, los signos, abreviaturas, reglas de ortografía, etc. Toda esta parte está muy bien ilustrada con tablas y ejemplos.
A continuación se hace una presentación sobre la tipología de los documentos y cómo se realizaban.
Además se incluye una sección con datos cuantitativos sobre el origen de los documentos y sus tipos, todo ello bien ilustrado con tablas, mapas y gráficos.
Esta sección se enlaza con el capítulo dedicado a los lugares de hallazgos y a la cronología de los documentos micénicos, que incluye, una vez más, una serie de mapas donde se plasman de una manera muy satisfactoria los hallazgos en los archivos de diferentes palacios y sus cronologías.
Esta serie de capítulos concluye con uno dedicado a los escribas micénicos y a la organización administrativa de los centros palaciales.
A continuación, J. L. García Ramón dedica un capítulo al griego micénico desde un punto de vista lingüístico, tratando aspectos como su fonética, morfología verbal y nominal, donde propone el caso instrumental singular morfológicamente diferenciado del dativo.
También dedica una parte a la sintaxis micénica y la formación de palabras y derivación y composición nominal, para concluir con unos párrafos en donde se trata la posición lingüística del micénico con respecto al resto de dialectos griegos.
El primer volumen del Manuale termina con dos capítulos a cargo de M. del Freo.
En el primero de ellos se exponen los criterios de clasificación de los docu mentos micénicos y las reglas de transcripción.
Es un capítulo muy visual donde abundan tablas, esquemas e imágenes, que ayudan a una mejor comprensión de los temas tratados.
El último capítulo está dedicado a los instrumentos de trabajo existentes sobre los documentos micénicos: ediciones de los hallazgos de cada palacio, los índices directos e indirectos, léxicos, gramáticas, manuales y obras introductorias, obras dedicadas a los find-spots y escribas, actas de congresos, simposios y coloquios, revistas y recursos on-line.
La primera de ellas, que ocupa casi la totalidad del volumen, contiene 14 capítulos.
Cada uno de estos está dedicado al estudio de los textos micénicos según la información que está registrada en ellos.
H. Landenius Enegren realiza un estudio de las tablillas en las que hay registros de personal, explica algunas de ellas y los términos relacionados con esta temática.
F. Rougemont trata los textos que están relacionados con los animales y su cría.
Esta autora describe este tipo de textos, los logogramas y los tipos de animales que en ellos se registran con abreviaciones de significado incierto y discutido; también introduce problemas existentes como la dudosa interpretación de los logogramas *170 y *171 o la identificación de la figura del llamado collector.
J. Zurbach analiza los textos relacionados con los tipos de tierras y fincas rurales y términos como kiti-me-na o ke-ke-me-na.
S. Lupack analiza las tablillas de las series F-y G-donde se atestigua una actividad administrativa, incluso en algunos casos, religiosa, dedicada a la producción de aceites perfumados.
C. Varias estudia los textos en los que se registran metales (oro, plata, plomo y bronce), entre los que se encuentran los de la serie J-de Pilo como Jn 431 o Jn 829, tablillas que, entre otras, este autor analiza exhaustivamente.
Por su parte, C. Consani y M. Negri analizan la documentación de Pilo, Cnosos y Micenas donde se registran vasos, los cuales están representados con los logogramas comprendidos entre el *200 vas y *229 vas.
Nosch realiza un estudio de las tablillas de la serie O-de Tebas, Micenas y Cnosos, que están dedicadas a los productos textiles y a los tejidos, como la serie L-de Pilo y Cnosos.
M. Perna analiza exhaustivamente las tablillas más importantes relacionadas con la fiscalidad y su léxico, como por ejemplo las pertenecientes a la serie Ma de Pilo o las series Nc, Np y Mc de Cnosos.
También trata la importancia del logograma *146.
A. Bernabé estudia los textos relacionados con las armas y las armaduras, su léxico y los logogramas.
A continuación, este mismo autor dedica otro capítulo a las tablillas donde se registran carros y ruedas.
Identifica los tipos de ruedas y carros, el material con el que están hechos, su estado y situación administrativa, o, en el caso de los carros, cómo están ensamblados, entre otras características.
C. Varias trata los textos dedicados principalmente al mobiliario: la serie Ta de Pilo y las tablillas Tn 996 y Tn 316, tablilla que el autor analiza detalladamente puesto que se trata de un documento religioso muy discutido que contiene una lista de recipientes.
A. Bernabé y E. R. Luján analizan los textos que registran pieles y objetos hechos con pieles.
Principalmente se estudian las tablillas pertenecientes a las series Ub de Pilo y Sd de Cnoso, donde se registran diferentes tipos de bridas y el material con el que están hechas, entre otras cuestiones.
También se tratan los nódulos de Pilo y Tebas donde aparecen pieles y los logogramas de pieles.
M. Marazzi dedica un capítulo a la tipología y función de las crétulas en el mundo micénico.
En este se incluyen tablas con todos los registros y la tipología de las crétulas, se muestran imágenes Emerita LXXXVII 1, 2019, pp. 173-199 ISSN 0013-6662 de cómo es cada una de ellas y se presenta un mapa con la extensión y distribución geográfica de cada una de ellas, ubicándolas en los planos de los diferentes palacios en los que han aparecido.
Por último, J. Zurbach estudia los vasos que presentan inscripciones en Lineal B. La última sección del Manuale está dedicada a diferentes aspectos del mundo micénico.
M. del Freo trata la geografía de los reinos micénicos, la toponomástica micénica comparada con los poemas homéricos, los nombres de lugar egeos y del Próximo Oriente en los textos micénicos y los nombres de lugar egeos en las fuentes del Próximo Oriente.
C. V. Alonso hace una exposición sobre las relaciones entre el mundo micénico y Occidente.
P. Carlier dedica un capítulo al estudio de la sociedad micénica y analiza diferentes términos micénicos y la función que desempeñaban estos personajes en el mundo micénico.
J. Zurbach analiza la economía de los reinos micénicos mientras que M. E. Alberti presenta el sistema de medida micénico y sus equivalencias al sistema decimal internacional de medidas y pesos.
En último lugar, A. Franceschetti dedica un capítulo a la religión micénica y a su panteón a raíz del estudio de fuentes arqueológicas, iconográficas y textuales.
El Manuale se cierra con un glosario realizado por J. Piquero en el que se listan todos los términos micénicos que aparecen en la obra, excepto los antropónimos, su análisis morfológico, transcripción y significado.
Esta obra también incluye un índice de textos comentados y una amplia bibliografía al final de cada capítulo.
Como se ha descrito anteriormente, con el Manuale di epigrafia micenea se nos presenta una obra dedicada al estudio del griego micénico en todos sus aspectos, ejemplificado todo con una gran cantidad de textos y con la presencia de una multitud de imágenes, mapas y tablas.
Es por ello que esta obra está destinada a convertirse en un manual de referencia en los estudios de la Micenología, tanto para los ya iniciados en esta disciplina como para los que están comenzando a dar sus primeros pasos en los estudios de la Edad de Bronce en la cuenca del Egeo.
Universidad Complutense de Madrid |
La edición italiana, con traducción y comentario, de las comedias de Aristófanes alcanza su quinto número con este volumen, traducido, como todas las demás, por D. del Corno y editado y comentado por C. Prato, un conocido especialista en la métrica del gran cómico ateniense.
Italia es un país en el que abundan extraordinariamente las ediciones comentadas de autores clásicos, escolares y especializadas; allí han decidido integrarse en la mejor tradición de las ediciones comentadas inglesas, que son una herramienta de inapreciable valor para la docencia universitaria de aquellos autores, a la par que permiten a especialistas y a no especialistas acercarse o adentrarse en sus obras.
Se trata de una tradición que en nuestro país no ha arraigado, desgraciadamente, pues son contadísimas las ediciones comentadas de esta clase.
Dentro de tan amplio muestrario los volúmenes de la Fondazione Lorenzo Valla merecen por muchas razones el puesto de honor; en primer lugar, por su presentación material, unos libros perfectamente encuadernados, de muy agradable manejo y en los que la inteligente utilización de las cabeceras permite al lector saber en qué punto de la obra se halla en cada momento.
Pero hay razones más importantes para la alabanza de la colección y de este volumen, dedicado a Las Tesmoforias, que nos ocupa.
Y en ese sentido es de justicia referirse cuanto antes al excelente comentario de Prato, lleno de erudición propia y ajena, escrupulosamente reconocida con la oportuna cita de sus fuentes, entre las que los escolios y los comentarios de los antiguos ocupan en el de Prato el lugar de preeminencia que merecen, a diferencia de tantas otras ocasiones en que son silenciados, aunque ampliamente utilizados.
Particularmente me parece digna de mención la frecuencia con la que sus notas se dedican al comentario métrico de los versos, en orden a identificar tal o cual pasaje como propio de la comedia o como acabada parodia de tragedia y ditirambo, muy abundante en esta pieza por el protagonismo que en ella adquieren Agatón y Eurípides; también me parece un gran acierto su insistencia en señalar cómo el empleo de tal o cual ritmo o verso contribuyen a subrayar el tono de la acción o de la escena en que se integran en un sentido determinado.
Pero aparte de ese tipo de notas dedicadas a la métrica, que EM LXX 2, 2002 yo quiero destacar por razones de afinidad personal con esa parcela de la Filología, hay otras muchas que abordan los aspectos más variados que imaginarse pueda.
La sensación de solidez y autoridad que transmiten las notas de Prato es tal, que para quien haya traducido o comentado esta pieza antes de la publicación de este volumen resulta verdaderamente agradable y tranquilizador comprobar que aquél coincide con sus opiniones, y perturbador lo contrario.
El volumen consta de introducción, en la que se aborda el problema de la fecha y ocasión en que se representó esta comedia (pp. XI-XVII), la descripción de la fiesta de Las Tesmoforias a la luz de esta pieza (pp. XVIII-XXX) y la historia del texto y sus ediciones (pp. XXXI-VI) con un especial énfasis en la de Coulon, respecto a la cual se señalan las divergencias de esta edición (pp. XXXVI-IX); el apartado se cierra con una amplia Bibliografía (pp. XLIII-LXXXV).
Quede constancia desde este momento de mi más positiva opinión sobre él; no obstante, en el comentario que sigue de cada una de esas partes apuntaré algunas reservas y críticas que, a mi juicio, merece.
En el capítulo primero de la Introducción se discute si fue en las fiestas Leneas (hacia febrero) o en las Dionisias (hacia abril) del año 411 a.C. cuando se representó esta comedia, que junto con Lisístrata fueron las obras con las que Aristófanes participó en los concursos cómicos de ese año.
Prato se incluye entre quienes piensan que Las Tesmoforias fueron puestas en escena en las Leneas y Lisístrata, en las Dionisias.
Sus mejores razones para ello las encontramos en el Comentario: en su nota a los vv.
356-67 afirma que bajo la parodia del juramento previo a la asamblea femenina que hace la heralda se esconde una advertencia contra el peligroso curso de los acontecimientos políticos que culminarán con el golpe de estado oligárquico de la primavera-verano de aquel año.
Prato afirma que semejante aviso sólo es posible cuando aún hay tiempo para hacer frente al peligro y ello le lleva a la fiesta más temprana dentro de ese año para esta comedia.
Otro es el argumento que aporta al comentar el v.
Señala ahí Prato, con toda razón, el respeto con el que Aristófanes trata a sus enemigos (reales o fingidos) una vez muertos, como se demuestra en los casos de Lámaco, Agatón o Cleón, que merecen piadosas menciones en comedias representadas tras su muerte; a su juicio, semejante comportamiento entraría en contradicción con el desprecio que rezuma la mención de Hipérbolo y su madre en el pasaje citado.
Basándose en la interpretación de Wilamowitz acerca de Tucídides VIII 73, según la cual la muerte del demagogo se había producido al comienzo de la primavera del año 411, antes de las fiestas Dionisias, Prato señala la incompatibilidad entre el respeto por los muertos siempre manifestado por el cómico y esta desabrida mención de Hipérbolo, y apunta a las Leneas, antes de su muerte, como fecha de la puesta en escena de esta pieza.
Los argumentos de Prato son atractivos pero, a mi juicio, no totalmente concluyentes: Tucídides no es en absoluto preciso -él lo es muy raras veces -al mencionar el momento del asesinato en Samos de Hipérbolo, como parte de la agitación política que culminó en el golpe de estado, sino que lo incluye entre los acontecimientos de la "primavera" de ese año, sin más puntualizaciones, y yo creo que el reparto de las dos comedias entre las dos fiestas dionisiacas es más coherente con la situación política de Atenas en tan agitado año si situamos a Lisístrata, con su mensaje político evidente por muy disimulado que pueda quedar por su recurso a lo utópico, en las Leneas de febrero y a Las Tesmoforias, dedicadas a la crítica literaria, una obra menos comprometida en lo político, al menos de forma explícita, en las Dionisias, a las puertas del golpe de estado.
Todo ello, lo reconocemos, es opinable.
En otro capítulo describe pormenorizadamente la fiesta de Deméter y Core, las diosas Tesmoforias, que da nombre a la comedia, y lo hace apoyándose en los datos que esta pieza aporta: las comedias de Aristófanes son una ventana abierta de par en par sobre la vida cotidiana de la ciudad, y la que nos ocupa aporta más datos sobre aquella festividad exclusivamente femenina, su desarrollo y sus ritos, que ningún otro testimonio.
Muy completo e interesante resulta el apartado dedicado a la historia del texto y de las ediciones anteriores de Las Tesmoforias.
Prato le concede el lugar de honor a la edición de Coulon, con cuyo texto señala las diferencias del suyo; lamentablemente, sin embargo, la lista de las discrepancias no es completa (véase, por ejemplo, la falta de mención de diferencia textual en el v.
91) y ello puede confundir al lector, si está leyendo a la vez el comentario de Prato y una traducción basada en el texto de Coulon.
La Bibliografía es, a mi juicio, el apartado menos conseguido de la obra.
Pese a su amplitud, sus omisiones son numerosas y, en más de un caso, importantes; por otra parte, no resulta cómoda de manejar, con una excesiva atomización de apartados y con algunos títulos (como el de Breitenbach sobre la lengua de la lírica de Eurípides, incluido en el epígrafe dedicado a los estudios sobre Aristófanes y la comedia antigua) mal ubicados.
Sus omisiones resultan sorprendentes, teniendo en cuenta la ya señalada abundancia de citas eruditas que se encuentran en la parte del volumen dedicado al comentario.
Es inexplicable que no se mencione ninguna edición antigua ni moderna de los fragmentos de Aristófanes ni la edición en curso de los escolios aristofánicos emprendida hace años por Koster (Groningen, 1960-) y que ha de sustituir a la benemérita pero vetusta edición de Dübner; la ausencia de bibliografía en español es prácticamente absoluta y, creo, injustificable: apenas cita los trabajos de E. Domingo, sobre los coros, y A. López Eire, sobre la lengua del poeta.
Y entre las traducciones, sólo la ya antigua de Balasch al catalán.
Ocasión sobrada tenía para mencionar ediciones, como la de E. Rodríguez Monescillo (en curso) en ALMA MATER, o las excelentes ediciones comentadas de Las Ranas, de García López, y Las Asambleístas y Lisístrata de López Eire, estudios, como los que L. Gil ha dedicado al poeta y a su condición de testigo de su sociedad, y traducciones al castellano, que las había ya contemporáneas o anteriores a la de Balasch y que actualmente, parciales o completas, abundan en nuestro país y han contribuido a la difusión de la obra del gran cómico ateniense en él.
Pero en un libro como éste ni la Introducción ni, mucho menos, la Bibliografía y sus inevitables carencias son lo más importante ni la base para emitir un juicio sobre su calidad, sino que esa condición les corresponde a los apartados centrales: el texto, la traducción y el cometario.
Texto y traducción se presentan en páginas enfrentadas con numeración independiente, y bajo cada uno de ellos se sitúan sendos aparatos filológicos, el crítico y el de referencias, respectivamente.
El texto de esta comedia se encuentra sólo en un manuscrito antiguo, R, y en un apógrafo tardío suyo, G, a los que se suman cuatro papiros muy fragmentarios.
Las lecturas de esos testimonios directos más las de la tradición indirecta (escolios y comentaristas) y las conjeturas filológicas modernas ocupan el Aparato Crítico, mientras que en el Aparato de Referencias entran las propias de estos apartados, con una presencia destacadísima de Eustacio y los lexicógrafos antiguos.
En conjunto, la edición y sus EM LXX 2, 2002 aparatos filológicos resultan excelentes.
El respeto a R, el principal testimonio directo, es la norma, aunque algunas veces (véanse los problemas que ya señalaban los escolios para su texto en el v.
80, que hace día central de una fiesta de tres al tercero de ellos) ese texto es insostenible; pero no sería justo decir que la edición de Prato sea una simple transcripción de ese manuscrito, pues son muchos los casos, siempre comentados en la nota correspondiente, en que se aparta de sus lecturas para aceptar otras, sean de los escolios o de la Filología moderna.
En cuanto al Aparato de Referencias, completísimo en la presencia de Aristófanes en autores posteriores, me lo parece menos en la de autores anteriores a él, y concretamente entiendo que la referencia a Homero y el género épico en los versos del cómico se le escapa a Prato alguna que otra vez, como por ejemplo en la expresión contenida en el v.
211, un homerismo, a mi entender, pese a su apariencia de frase coloquial.
En cuanto a la traducción, creemos poder decir que es correcta y que su tono es el apropiado para una obra de este género, directo y comprometido, sin rehuir las expresiones más escabrosas, que en esta pieza abundan.
Como sucede con todas las lenguas, también tiene problemas el traductor italiano para sortear los obstáculos que el original le pone en el camino, sobre todo con los juegos de palabras, y aunque a veces (como en el v.
845, donde Del Corno no acierta, a mi entender, con una buena versión para la polisemia del término tókoj,'hijo' e 'intereses de un préstamo') fracasa en su empeño, consigue, en general, una acertada versión de la obra, muy agradable de leer.
Por otra parte, la compenetración entre el comentarista y el traductor es prácticamente absoluta: sólo hemos detectado un desacuerdo entre ambos en el v.
42, donde Del Corno opta por una construcción sintáctica que Prato rechaza explícitamente en el comentario.
Precisamente el comentario resulta, sin ninguna duda, lo mejor del volumen: amplio y documentado y, no obstante, sencillo, directo y agradable de leer.
Ningún aspecto, desde lo lingüístico a lo escénico queda fuera de sus numerosísimas notas, alguna de las cuales, señaladas ya en la traducción con un signo especial (>), son destacadas por el autor como indispensables para la cabal comprensión de determinados pasajes, una distinción relativamente innecesaria en un libro como éste, en el que no podría decirse de ninguna nota que sea superflua.
Ya he comentado la impresión de solidez y autoridad que transmiten, pero ello no excluye que se pueda apuntar alguna crítica, que no supone, en absoluto, mengua en la valoración general, completamente positiva.
Por ponerle, pues, algún pero, señalaría el posible descuido de Prato al no indicar que la Fedra a la que se alude en el v.
153 de esta comedia debía de ser la del Hipólito Velado, la primera versión, que no conservamos, del drama de Fedra e Hipólito que compuso Eurípides.
También es un descuido, sorprendente en un libro como éste donde tanto y tan bien se manejan los escolios, que no se recoja un comentario muy curioso, a mi juicio, de ellos acerca del v.
697, donde señala el escoliasta que la acentuación del tropaîon de Aristófanes pasará a ser trópaion, lo que supone una formulación avant la lettre de la llamada Ley de Vendriès.
En otro orden de cosas, me parece un error su aceptación de la presencia real en escena (en los vv.
279 y ss., por ejemplo) de una esclava que, como personaje mudo, acompañe a Mnesíloco en su subida a la Pnix para introducirse en la fiesta de las mujeres; es cierto que la alusión a ese personaje es explícita, pero creo que se trata de algo meramente convencional y que, en cualquier caso, estorbaría a la acción innecesariamente.
Por el contrario, no se deja engañar y con ello acierta por completo al rechazar (como indica Prato, siempre buen pagador de su deuda con las fuentes antiguas, ya lo dicen los escolios) que se utilice verdaderamente el ecciclema en las dos ocasiones (vv.
96 y 265) en que Agatón lo menciona: no hay verdaderamente utilización de la máquina giratoria, sino que su mención debe entenderse como una crítica al abuso que de ella se hace en ciertas piezas de Eurípides.
Estamos, en suma, ante un libro excelente al que las pocas notas negativas que hemos apuntado no le restan valor, una herramienta utilísima para la comprensión del complejo mundo del teatro de Aristófanes e imprescindible para la docencia del comentario de texto de ese autor en los niveles superiores.
LUIS M. MACÍA APARICIO Universidad Autónoma de Madrid
La retórica y teoría literaria antiguas ordenaban el dominio de la expresión en las áreas de la selección (šklogÉ), de la composición (súnqesij) y de los tropos y las figuras, distinción ésta que se refería al hecho de que la desviación (tropÉ) respecto a la forma natural (kuriología, katà fúsin) supusiese cambio en el significado (uerborum inmutatio) de las palabras o no. Además, dividían las figuras (sxÉmata) en figuras de pensamiento (sxÉmata dianoíaj, figurae sententiae) y figuras de dicción (sxÉmata lécewj, figurae elocutionis).
En un campo tan tecnificado como el que estamos considerando era de esperar la abundancia de tratados de esta naturaleza.
Así, en el volumen VIII de la colección de los Rhetores Graeci de Walz (1832-36) ya se recoge una buena docena y media de obras relativas a la doctrina de los tropos y de las figuras, de autor conocido o anónimos, algunos incluidos después en el tomo III de la selección de Spengel (1853-56), y que cubren un espacio temporal tan dilatado como el que se extiende entre un Trifón y un Querobosco, por citar nombres más conocidos.
Este Carmen de figuris que se nos ofrece ahora en renovada edición constituía el poema no 485 de la Anthologia latina de Riese (1870) y era conocido desde su primera publicación por Quicherat (1839-40).
Los primeros editores y estudiosos le habían supuesto una venerable antigüedad en virtud de sus muchos rasgos arcaizantes, pero lo que hace su anónimo autor (o autores) es versificar en su parte principal la obra De figuris de Rutilio Rufo, de época augústea, quien a su vez había traducido y adaptado al latín la obra de título semejante del rétor griego Gorgias el Joven, de Atenas, el maestro de retórica del hijo de Cicerón; un añadido al final del mismo Carmen, del mismo autor o de otro, reelabora la obra homónima del rétor Alejandro hijo de Numenio, del II d.C., que a su vez seguía a Cecilio de Calacte y sería fuente para rétores posteriores como Apsines o Tiberio.
El Carmen de figuris se abre con la declaración de su contenido: in lexi schemata (sin que se limite a las figuras de dicción); de su forma en trísticos o tercetos hexamétricos: trino uersu, y de la dedicatoria a un Messio, cuya identificación con el gramático Arusiano Messio, del s. IV, o con un Messius Severus prefecto de Roma en el 470, ha hecho oscilar en un siglo su cronología.
Continúa con la definición y ejemplos de comma, colon y periodos, las tres partes, o cláusulas, en que dividía la cadena discursiva la doctrina de la compositio; y sigue con idéntico tratamiento por orden alfabético, terceto a terceto, la serie de las figuras literarias EM LXX 2, 2002 desde la'náklasij o reflexio hasta el xarakthrismój o depictio.
El anexo final, menos ordenado, pero de estructura y estilo unitario con la parte primera, añade a las 48 primeras (no 46, como dice la A. p.
20) otras 12 figuras, siempre dando en un terceto la traducción latina del lema griego, la definición y los ejemplos, tomados por lo general de los autores clásicos.
Y el número de versos esperado el de 192 (y no 186), es decir, 64 trísticos, sumados a los sesenta de las figuras, el introductorio y los tres de las cláusulas.
Todas las cuestiones relativas a la tradición manuscrita del poema, a las implicaciones literarias e histórico -culturales, autoría, cronología, etc, son tratadas con detenimiento en la introducción.
La editora, con impecable técnica filológica, ofrece un texto depurado y fiable, mejorado con respecto a ediciones anteriores, que sólo habían contado con el único testimonio del Parisinus Latinus 7530, del siglo VIII, al que añade el del Casanatensis 1086, del IX, que le permite mejorar diversas lecturas anteriores.
El texto se completa con un excelente doble aparato crítico: de fuentes y lugares paralelos acompañando al propio aparato de variantes.
Continúa con un abundante comentario donde en minuciosa exégesis se encaran las cuestiones filológicas, lingüísticas y métricas suscitadas por el texto.
Se cierra el volumen con la bibliografía y tres útiles índices (analítico, de eruditos y de lugares citados).
Sin que sean desconocidos los tratados gramaticales y retóricos en verso, es difícil decidir si en el caso del Carmen de figuris se trata de un simple poema didáctico, pensado en y para la escuela (su escasa difusión manuscrita no permite suponerlo), o, mejor, dada su elaboración y estilo, de una obra de circunstancias que la dedicatoria a un personaje relevante nos permite suponer.
En todo caso, no puede decirse que nos encontremos ante una obra "menor" por su contenido.
El tema mismo de la figura trasciende los dominios primarios de la gramática y de las teorías retórica y literaria, del ornatus y de los colores rhetorici, para adentrarse en el terreno de la filosofía del lenguaje y de la historia cultural.
El recurso al sermo figuratus fue el procedimiento hermeneútico usual para salvar un texto, Homero o la Biblia, cuando condiciones cambiantes de recepción hacían obligado adaptar su sentido a las nuevas circunstancias.
Lucio Anneo Séneca, Epigramas, Introducción, traducción y notas de Roberto Heredia Correa, Universidad Nacional Autónoma de México, 2001, XCII + 41 pp.
Una vez más damos la bienvenida a un nuevo volumen de esta colección de autores griegos y latinos que, en este caso, contiene la traducción al español, por primera vez, de la colección completa de los 72 Epigrammata recogidos en la Anthologia Latina y atribuidos a Séneca.
El autor, Roberto Heredia Correa, había abordado con anterioridad otras obras menores como la Apocolocyntosis Diuii Claudii, también de Séneca (1979) y Fragmentos y poemas de Petronio Arbitro (1998) de quien ya había traducido el Satyricon (1997).
El estudio introductorio consta de tres partes: La primera «Origen de la colección», traza brevemente la historia de la atribución de los epigramas a Séneca desde los manuscritos más antiguos así como del número de los mismos que varía según los editores.
En segundo lugar plantea «El problema de la paternidad» y aporta, para ello, un completo y detallado estado de la cuestión en el que recoge las opiniones de los diferentes estudiosos de Séneca o de la literatura latina que han tratado del tema hasta el momento actual y que deja patente lo difícil que resulta tomar partido en uno u otro sentido.
Finalmente realiza un «Comentario» que orienta sobre los temas de los epigramas, pero también sobre el tono, lengua y estilo de los mismos.
Con buen criterio, sobre todo si se piensa en sus fines didácticos, la traducción se presenta enfrentada al texto latino que, según palabras del propio autor, se basa en la edición de C. Prato, Gli epigrammi atribuiti a L. Anneo Seneca, Roma 1964, teniendo también a la vista las otras ediciones de los epigramas.En cuanto a la traducción, realizada verso por verso manteniendo esta misma estructura en español, está bien hecha y es fiel al original latino, aunque esa fidelidad llevada hasta la obligación de mantener la misma estructura formal hace que, a veces, resulte un tanto forzada.
Texto latino y traducción cuentan con notas complementarias que, en el primer caso, aclaran cuestiones relativas al aparato crítico, pero también temas de sintaxis, morfología y semántica y, en el segundo introducen explicaciones de realia, no demasiado profundas, que facilitan la comprensión del texto.
La principal objeción que cabe hacer a estas notas es una cuestión más bien achacable a los editores, y consiste en la dificultad que supone su colocación al final y no a pie de página, en primer lugar las notas al texto latino y, a continuación, las referentes al texto español, lo que obliga a un continuo e incómodo ir y venir de páginas.
Cierra el volumen una «Nota bibliográfica» que agrupa, distinguiéndolos en 4 apartados, ediciones y estudios manejados por el autor y relativos a la obra y a Séneca.
Siempre es grato contar con trabajos como éste que sirvan bien para acercar una parte de la producción latina a posibles lectores con poco o nulo conocimiento de dicha lengua, bien para ayudar a los estudiantes a iniciarse en la comprensión de la misma.
Especialmente gratificante es cuando, como en este caso, se ofrece por primera vez reunido en nuestra lengua un material que, hasta ahora, sólo contaba con traducciones aisladas.
TORRES GUERRA, JOSÉ B., Himno homérico a Deméter.
La característica fundamental de esta nueva edición del Himno homérico a Deméter es, tal como reconoce su autor, el hecho de presentar por primera vez, confrontada con el griego, una traducción muy literal en la que se ha respetado escrupulosamente el contenido ajustado a cada verso; dicho de otra manera, se ha logrado mantener la versificación original del griego.
Con ello se ha pretendido, en la medida de lo posible, facilitar al estudioso una más exacta comprensión del texto, sin que esto suponga en absoluto menospreciar otras excelentes traducciones en prosa como, por ejemplo, la de A. Bernabé, Himnos homéricos.
El texto griego ha sido también editado por el autor, que, aunque no aspiraba a competir con ediciones más especializadas como la de Richardson, The Homeric hymn to Demeter.
1975, se ha tomado la molestia de revisar por sí mismo algunos papiros y manuscritos.
Un aparato crítico restringido pero suficiente se EM LXX 2, 2002 adjunta a pie de página con el texto La versión castellana se ve acompañada, a su vez, por un cierto número de notas que sirven para aclarar aquellos contenidos más problemáticos del Himno a Deméter.
Con ello se ha pretendido garantizar que toda su riqueza llegue incluso hasta los lectores menos especializados.
Remarcadamente extensa e interesante resulta la introducción de esta edición bilingüe (pp.13-43 de un total de 112).
Redactada por secciones, en ella se nos hablará tanto del lugar que ocupa el Himno a Deméter dentro de la colección de los llamados Himnos homéricos como del mito de las dos diosas (Deméter y Perséfone) y su relación con Hades, clave para entender su contenido.
Es interesante también el análisis pormenorizado sobre los vínculos de este mito con la importante institución de los misterios eleusinos...
Los datos sobre manuscritos y papiros, que atañen a la edición del texto griego, junto con una importante bibliografía (pp. 38-43) cerrarán esta introducción.
Tras el himno mismo y su versión castellana se nos facilita un pequeño comentario (pp.93-110) para aquellas cuestiones más amplias cuya extensión rebasaría en exceso el espacio reservado a las notas.
Un práctico índice de nombres propios pone fin a este interesante libro.
El libro puede considerarse como una introducción y colección de materiales para una futura edición de Babrio.
Consiste en una Introducción sobre los manuscritos y la relación entre ellos (pp. I-LIV) y un amplio comentario crítico a numerosísimas fábulas (pp..
Todo ello revela considerable trabajo, realizado a partir del estudio detallado de los manuscritos mismos.
Este estudio directo, a más del realizado con ayuda de fotografías, revela errores en las transcripciones anteriores, por ejemplo en las de Crusius y Perry (que no conocieron la de Knöll).
En cuanto al estudio de la estemmática y de las lecciones preferibles en cada caso, transcurre casi siempre en polémica con Luzzato, la última editora.
No hay duda de que el libro constituye un paso adelante en estos estudios.
Tras una cuidadosa bibliografía, Vaio explicita las fuentes de los Mythiambi: a) Ciertos breves papiros y las Fabulae ceratae Assendelftianae. b) La tradición medieval: el Atoo (A), con 122 fábulas ordenadas alfabéticamente de la alfa a la ómicron, donde se interrumpe; el ms. Morgan (G), ms. de la colección Augustana pero que a esta añade 31 fábulas coliámbicas, de ellas 4 no en A; y el Vaticano (V), que contiene 12 fábulas coliámbicas desconocidas fuera de él. c) La llamada perífrasis bodleiana (Ba Bb Bc Bd) que posee «evidence of choliambic fables possibly of Babrian origin».
El estudio estemmático de Vaio se aparta del de Perry, según el cual GBV vienen de un subarquetipo distinto del de A (Luzzato opina sustancialmente igual, yo me opuse en mi Historia de la Fábula Greco-Latina).
Los errores comunes a A y G, A y V que Luzzato establece le parecen a Vaio insuficientes para establecer el stemma general.
Y las alfabetizaciones ori-ginales no se reducen a solo dos, no cree por tanto en la existencia de un subarquetipo de GBV.
El estudio de los epimitios confirma esto.
En suma, no hay criterios mecánicos para establecer el texto: es necesario un estudio individual de cada pasaje.
Es esto exactamente lo que hace nuestro autor, con buen éxito según creo.
En lo que estoy en desacuerdo con Vaio es en que explícita o implícitamente establece la autoría de Babrio en toda la tradición fabulística coliámbica: la antigua, la medieval y la recogida en las paráfrasis también medievales.
En mi Historia de la Fábula Greco-Latina II, que él conoce y cita, me he manifestado en contra de esta idea.
En efecto, una parte de la tradición ajena al Atoo no puede ser de Babrio, en cuanto que deriva de un tratamiento diferente de ciertos temas frente al de las fábulas del Atoo.
Y en las paráfrasis hay huellas de fábulas a todas luces no babrianas, de diferente fuente (cf. mi Historia, pp. 334 s. y 444).
Para la Antigüedad tardía y la Edad Media bizantina "Babrio" era simplemente un sinónimo de "fábula coliámbica".
El Atoo y las demás fuentes proceden de alfabetizaciones de fábulas de Babrio y no de Babrio.
Las de este aparecían en fecha anterior en dos libros de ordenación no alfabética, conservamos efectivamente dos prólogos (¡el del libro II fue alfabetizado como una fábula más, en la letra mi, porque empezaba por ΜØθος!)
Los alfabetizadores añadieron a las fábulas de Babrio otras coliámbicas diversas.
Vaio no entra en este tema: en realidad su libro (y su futura edición) se refieren, mas que a Babrio, a la fábula coliámbica en su conjunto, sin hacer distingos.
Desde este punto de vista, el libro es valioso.
La fecha del nacimiento de Cristo es uno de los problemas de más difícil solución que se ha planteado la investigación bíblica e histórica.
Sin embargo, la dilucidación de esta cuestión es fundamental para llegar a un conocimiento exacto de toda la cronología de la vida de Cristo y, en parte, de la cronología temprana del cristianismo.
Son muchos los datos a tener en cuenta, como los de índole lingüística, histórica, social y cultural, pero la conjunción de todos ellos no siempre proporciona una respuesta convincente.
Actualmente se acepta que se puede situar esta fecha en el año 6 / 7 a. de C., pero no hay un acuerdo total al respecto, por lo que la cuestión sigue abierta.
El libro de G. Romaniello es prueba de ello, pues pone de manifiesto las dificultades que plantea un tema como éste que en los últimos años ha producido una abundante, por no decir interminable, bibliografía.
El autor de este libro pone en cuestión la fecha generalmente admitida para el nacimiento de Cristo, basada en los datos que ofrece el Evangelio de Mateo 2.1.
Propone, como punto de partida, dar mayor crédito al cómputo de Dioniso el Exiguo y a los datos que figuran en el Evangelio de Lucas 3.23.
El libro se compone, como indica su título, de dos partes.
La primera está dedicada a demostrar que los dos primeros capítulos del Evangelio de Mateo son apócrifos; la segunda a discutir los datos e hipótesis hasta ahora existentes sobre la fecha del nacimiento de Cristo y a proponer una nueva hipótesis.
Ambas van precedidas de una introducción en la que el autor EM LXX 2, 2002 nos desvela algunas de las líneas temáticas que va a seguir en su trabajo y nos ofrece un adelanto de los resultados a los que se propone llegar.
En la primera parte (pp. 21-113), se discuten los argumentos a favor del carácter apócrifo del Evangelio de Mateo.
Todos estos argumentos son internos y fácilmente deducibles del texto mismo: la cuestión de la genealogía de Jesús, su lugar de residencia en los primeros años de su vida, y, especialmente las diversas profecías (la de Oseas 11 y Jeremías 31.15, así como la relativa al Rey de los Judíos en Mateo 2.6 y la de Emmanuel), para finalizar con los aspectos heterodoxos de las creencias religiosas en Mateo 2.
En la segunda parte (pp. 114-205), el autor propone una nueva datación para el nacimiento de Cristo.
Discute diversos textos bíblicos, como el dato de Mateo 2.1, al que contrapone el de Lucas 3.1-2, referido al inicio de la misión pública del Bautista, y la cronología de Lucas 3.23, referida a la edad de Jesucristo al comienzo de su actividad pública.
También incluye el testimonio de fuentes no bíblicas, como el Testimonium Flavianum, referido al comienzo de la predicación de Jesús, y el primer censo de Quirino, legado en Siria en época de Tiberio.
Las conclusiones de Romaniello sitúan la fecha del nacimiento de Cristo en el año 1 d.
C. Sin embargo, para el lector es muy arduo seguir sus argumentos por la prolijidad de datos y por las continuas referencias a pruebas externas que tienen un dudoso valor para la solución del problema y que dificultan considerablemente la lectura del libro.
Se echa en falta un capítulo de conclusiones al final del libro en que se recojan, muy resumidamente, las diversas pruebas que el autor ha ido aportando para la construcción de su hipótesis y su posicionamiento claro al respecto.
Además, hubiera sido útil disponer de una bibliografía mucho más extensa, ya que el autor, en este apartado, cita sólo cinco obras que claramente resultan insuficientes para un tema que ha producido tanta bibliografía como éste.
Hasta ahora, la edición de referencia de los poemas que se atribuyen a Isidoro de Sevilla era la de C. Benson (Isidor-Studien, Múnich 1913, pp. 157-166).
Desde hace tiempo, sin embargo, se viene considerando necesaria la realización de nuevas ediciones de las obras de San Isidoro incorporando los avances de la crítica textual moderna con el fin de que sirvan de base para estudios lingüísticos y literarios de calidad.
La edición de José María Sánchez forma parte de este proyecto que está contribuyendo considerablemente a actualizar el ámbito de estudios isidorianos.
El volumen, que está encabezado por un prólogo de Carmen Codoñer, contiene una extensa introducción (pp. 13-205), la edición crítica del texto latino de los versos de Isidoro con su traducción española (pp. 207-235) y un breve comentario sobre diversas cuestiones literarias y de crítica textual (pp. 236-250).
El libro concluye con los útiles apartados de índices habituales en la colección del Corpus Christianorum.
En la introducción se abordan diversas cuestiones, especialmente la de la atribución del corpus de estos 17 poemas a San Isidoro, el valor literario de sus versos y su transmisión textual.
Ha merecido un amplio espacio en este volumen un balance de la situación de la poesía en España en época visigoda y la importancia literaria de Isidoro de Sevilla.
El editor aborda la antigua controversia sobre el verdadero papel de Isidoro en la composición de numerosos himnos transmitidos por la liturgia hispánica, como el Laus Cerei del Antifonario Mozárabe.
Pasa después a tratar la atribución a Isidoro de los 17 poemas que han sido objeto de este trabajo, aunque aún no está exenta de reticencias entre algunos especialistas.
Para el editor, son muy numerosos y de peso los indicios que llevan a pensar en Isidoro como autor de estos poemas; destacan entre ellos la procedencia española de los manuscritos y sus modelos visigóticos, el uso de la colección entre autores españoles como Eugenio y Julián de Toledo, y su pervivencia entre autores mozárabes.
También, siguiendo al editor, apunta al origen español de este corpus el aprecio que su autor muestra por escritores españoles emblemáticos como Prudencio y Juvenco, y la existencia de un titulus dedicado a Leandro, hermano de Isidoro.
En general, todos los datos inducen a pensar que estos poemas se han escrito en España a comienzos del siglo VII y que su autor debe haber sido Isidoro de Sevilla.
El segundo capítulo aborda el estudio literario de los versos.
El autor se ocupa en primer lugar del estudio de las fuentes literarias, como Marcial y diversos autores cristianos (pp. 37-74), tema siempre de primordial interés en el estudio de la obra de Isidoro.
En segundo lugar, el autor estudia la lengua y el estilo de los versos, que son aspectos fundamentales que contribuyen a clarificar los problemas de crítica textual.
Finalmente, el autor dedica unas palabras a la pervivencia e influencia de los versos de Isidoro en la literatura posterior, que se dejó sentir rápidamente dentro y fuera de España (baste recordar los estudios de Hillgarth sobre la temprana recepción de las obras de Isidoro en las Islas Británicas).
El tercer capítulo se ocupa del estudio crítico.
El autor describe detalladamente todos los manuscritos que utiliza en la edición crítica (unos 39), además de otros tres perdidos pero conservados en ediciones posteriores, y numerosas ediciones impresas anteriores, entre ellas la de Benson, que fue la de obligada referencia hasta hace poco.
La complejidad del contenido del corpus se ilumina considerablemente gracias a unas útiles tablas comparativas de los manuscritos (pp. 150-154) que facilitan el uso de la edición.
Después de haber realizado la clasificación de los manuscritos por familias, el autor ofrece un stemma codicum (pág. 164) que da idea de la compleja historia de la transmisión manuscrita de la obra, tanto por su amplia expansión geográfica como por el amplio espectro cronológico que abarca.
La edición crítica latina propiamente dicha (pp. 207-235) va acompañada de la traducción española.
Esto supone una innovación a destacar en la serie latina del Corpus Christianorum, dedicado casi exclusivamente hasta el momento a la edición crítica de obras en versión latina original.
La traducción española va acompañada de un aparato de fuentes, entre las que, a simple vista, destaca la obra de Marcial.
Las decisiones editoriales y los problemas de crítica textual se explican con detalle en el comentario (pp. 236-250) que sigue a la edición.
En resumen, esta edición constituye una importante aportación al conocimiento de la obra poética de Isidoro de Sevilla y tiene la ventaja, frente a la de Benson, de incorporar los más recientes avances de la crítica textual moderna.
Pero, además del interés de la edición crítica, hay que destacar que su introducción nos ofrece una visión interesante de la situación de la poesía en la España visigoda y de la capacidad de Isidoro de Sevilla como poeta y como recopilador, así como de su gran repercusión en la cultura española y europea posterior.
Así pues, este volumen es una prueba más de la excelente contribución que la investigación española está haciendo a la filología latina y, en especial, a la crítica textual.
También, con él, se reivindica la faceta poética de una figura tan importante para la literatura latina en 1 Por citar tan solo la obra de referencia básica para la semántica diacrónica, mencionaremos el libro de Dirk Geeraerts, Diachronic Prototype Semantics: a contribution to historical lexicology, Oxford 1997.
Un comité editorial de doce miembros, con el profesor Marcos Martínez a la cabeza, ha llevado a cabo la casi épica tarea de editar las actas del congreso internacional de semántica celebrado en la Universidad de La Laguna en 1997 y que, sirviéndose de la conmemoración del centenario de la publicación del Essai de sémantique de Michel Bréal, ha supuesto un repaso y una importante puesta al día de los logros alcanzados por esta disciplina lingüística a lo largo de todo el siglo transcurrido.
Del interés suscitado por el congreso y por la disciplina da testimonio ya de por sí el número de páginas que abarcan los dos volúmenes, que recogen nueve ponencias y un conjunto de más de ciento veinte comunicaciones referidas tanto a cuestiones generales de teoría e historia de la semántica como a estudios concretos sobre cuestiones específicas en lenguas particulares.
Los editores han distribuido las contribuciones en dos grandes apartados, uno con las ponencias y otro con las comunicaciones, éstas, a su vez, agrupadas en siete subapartados dedicados, respectivamente, al español, el francés, el griego, la historia y teoría semánticas, el inglés, el latín y un apartado final con las comunicaciones relativas a otras lenguas.
La variedad de enfoques y perspectivas desde los que se han abordado los estudios sobre el significado de las palabras que aparecen en estas actas es enorme.
Nos encontramos con estudios predominantemente descriptivos acerca de léxicos antiguos, estudios sobre el significado de palabras en un autor, sobre la evolución del significado de una palabra en una lengua, estudios de semántica léxica y de semántica oracional, estudios sobre afijos, problemas de semántica de los topónimos, estudios hechos desde perspectivas funcionales y estructurales, trabajos sobre etimología popular y un largo etcétera de aproximaciones que resulta imposible enumerar aquí.
Sí que me gustaría señalar, no obstante, que llama ciertamente la atención la escasa representación de trabajos realizados desde los planteamientos de la semántica de prototipos, lo cual, dado que los estudiosos participantes en el congreso han sido mayoritariamente españoles, es un indicio de la escasa atención que se ha prestado en nuestro país a esta importante corriente de estudio semántico 1.
Comenzando por las ponencias, en la primera de ellas, A. Bernabé («Problemas específicos de la reconstrucción semántica en indoeuropeo») aborda un importante problema de la lingüística histórico-comparada, el de la reconstrucción del significado.
En efecto, frente a las posibilidades claras de reconstrucción del significante de una palabra dadas las formas 2 Como complemento a este artículo puede consultarse también el trabajo de J. Mendoza, «Lexicografía indoeuropea: el problema de la reconstrucción de significados», en TÊj filíhj táde dÔra (Miscelánea léxica en memoria de Conchita Serrano), Madrid, C.S. I.C., 1999, pp. 407-416.
3 Sobre el problema de las lagunas léxica ha habido recientemente una interesante contribución de A. Fischer, «Lexical gaps, cognition and linguistic change», en J. Coleman -Chr.
J. Kay (eds.), Lexicology, Semantics and Lexicography, Amsterdam-Filadelfia, 2000, pp. 1-18, en la que el autor, dentro de un marco teórico cognitivista, propone como posible explicaciones de las lagunas las siguientes: saliencia psicológica, saliencia perceptiva y protipicalidad. correspondientes en varias lenguas emparentadas, la reconstrucción del significado choca con toda una serie de obstáculos, entre los que A. Bernabé señala la pertenencia del testimonio de las lenguas comparadas a niveles cronológicos diferentes, la utilización de textos que pertenecen a distintos niveles de lengua o el hecho de que en la mayoría de los casos operemos con raíces y no con palabras.
Como ejemplo de la metodología que se puede seguir para la reconstrucción semántica en indoeuropeo se analizan los diferentes verbos que significan 'atar' en indoeuropeo y se intentan establecer las diferencias de significado entre ellos 2.
La ponencia de E. Coseriu («Bréal: su lingüística y su semántica») responde a la efemérides que sirvió como punto de partida del congreso y supone un repaso de la contribución de Bréal al desarrollo de la lingüística moderna y, especialmente, de la semántica, contextualizando sus aportaciones dentro de las corrientes y el pensamiento de su época.
B. García-Hernández («Complementariedad intersubjetiva y secuencia intrasubjetiva.
Desplazamientos históricos») centra su ponencia sobre las dos clases semánticas a las que se refiere el título, que fueron propuestas por él mismo hace ya años y sobre las que se ha venido ocupando en sus trabajos.
Simplificando, la complementariedad intersubjetiva es la relación existente entre las acciones implicadas en una oración cuando cada uno de los actantes es elevado a la categoría de sujeto.
La secuencia intrasubjetiva se produce entre dos verbos referidos al mismo sujeto y que describen el mismo proceso pero desde puntos de vista diferentes.
Desde esta perspectiva cabe abordar de otro modo las variaciones en la expresión de la diátesis y el aspecto no por medio de diferentes formas gramaticales de un mismo verbo, sino por medio de verbos diferentes y, desde un punto de vista diacrónico, establecer tendencias generales de evolución según las cuales se producen con frecuencia desplazamientos de significado por los que un miembro de la clase pasa a tener el valor que tenía otro con el que estaba en relación de complementariedad intersubjetiva o secuencia intrasubjetiva.
«Acerca de las lagunas léxicas» trata la ponencia de H. Geckeler, es decir, sobre una importante cuestión de la semántica, el porqué de la existencia o, mejor dicho, de la inexistencia de términos allí donde parecería lógico o esperable que los hubiera en función de las relaciones con otros términos de la misma lengua.
Se trata de un tema al que el autor ha dedicado ya bastantes trabajos y en esta contribución pueden encontrarse algunas de sus ideas principales, fundamentalmente en lo relativo a los tipos de lagunas léxicas que pueden diferenciarse.
Geckeler opera con cuatro oposiciones: lagunas interlingüísticas/intralingüísticas, lagunas paradigmáticas/sintagmáticas, lagunas en la norma de la lengua/en el sistema de la lengua y lagunas perceptibles por los hablantes de la lengua/detectables por el lingüista 3.
B. Pottier («Innovaciones en las teorías semánticas») sintetiza en su ponencia algunas de sus principales ideas sobre lingüística y semántica e intenta dar una visión general de cuáles Algunas reflexiones interesantes, aunque con puntos ciertamente discutibles, pueden encontrarse en el artículo de Chr.
J. Jay (eds.), ob. cit. en n. anterior, pp. 53-68.
5 Para complementar estas ideas no está de más una reflexión sobre los problemas que surgen a la hora de establecer los límites entre un diccionario y una enciclopedia.
Véase A. Wierzbicka, «Dictionaries vs. encyclopaedias: how to draw the line», en: Ph.
W. Davies (ed.), Alternative Lingustics, Amsterdam-Filadelfia, 1995, pp. 289-315. son los componentes de un análisis adecuado de los mecanismos lingüísticos.
Comenzando por las dimensiones semánticas, distingue entre los varios tipos de semánticas (referencial, estructural, discursiva, pragmática...) y luego entre onomasiología y semasiología, para ocuparse a continuación del entorno de la comunicación, el paso de lo conceptual a lo lingüístico y, después, de las diferentes orientaciones teóricas, y acabar con la propuesta de un modelo ternario que, a su juicio, es el que cabe aplicar en la mayoría de los casos a las oposiciones lingüísticas.
La ponencia de F. Rodríguez Adrados («La semántica en el Diccionario Griego-Español») se centra en los planteamientos seguidos en la redacción del Diccionario Griego-Español que dirige.
Se detiene sobre cuestiones que afectan a la redacción de este diccionario pero que suponen puntos de reflexión general para la lexicografía, como la estructura ramificada de los significados, la distinción sistemática entre indicaciones de uso y definiciones o los tipos de indicaciones de uso, entre otras.
Ejemplica, además, con palabras griegas concretas como'gaqój, a±Ón o'lÉqeia cuáles son los criterios generales que sirven para establecer las grandes divisiones de significado dentro de un artículo.
Aborda, por tanto, un tema muy interesante y que no recibe tanta atención como debiera, el de la relación entre semántica y lexicografía 4.
¿Tendencia?») ofrece una aguda visión crítica sobre el surgimiento del pensamiento semántico de Bréal y las diferencias entre sus ideas previas publicadas de forma preliminar en un artículo de 1883 y lo que realmente se encuentra en su Essai de 1897, así como las dificultades a las que tuvo que enfrentarse a la hora de intentar establecer lo que para él podía hacer de la semántica una ciencia, la existencia de leyes, de las que en su Essai sólo consigue llegar a enunciar como tales dos.
R. Trujillo («Algunas observaciones acerca del referente») aborda otro de los grandes problemas de la semántica, el de la definición y el papel del referente, planteando la imposibilidad de su definición desde un punto de vista extralingüístico, mientras que en la última ponencia G. Wotjak («Relaciones entre significado léxico y configuraciones del conocimiento enciclopédico») se ocupa de este otro gran problema teórico 5.
Lógicamente, no podemos dar cuenta detallada del contenido de todas las comunicaciones, por lo que me voy a centrar sobre aquellas que más directamente pueden interesar a los filólogos clásicos para intentar dar una visión panorámica de su contenido.
Por lo que se refiere a las comunicaciones sobre la lengua griega, nos encontramos, en primer lugar, con estudios sobre palabras o expresiones concretas: el adverbio šggúj (C. Serrano), el término'nádosij dentro de la terminología médica (D. Lara), šchghtÉj (A. J. Fernández) o toÐnantíon / t'nantía como focalizador (A. Revuelta).
También hay estudios sobre prefijos y sufijos: -wma dentro de la terminología médica (P. Boned) y los compuestos con baqu-(G. Santana), así como sobre diferentes parcelas del léxico griego: el léxico filosófico (F. Casadesús), el léxico de la economía en cretense (A. Martínez) o el léxico del "tejer" y su relación con el Ømnoj (M. Sánchez).
Igualmente tenemos estudios sobre léxicos antiguos, como el de los verbos de "amar" en un glosario de sinónimos del siglo XIV (D. Martín), los procedimientos hermenéuticos que documentan los escolios y glosas de las tragedias de Esquilo (J. M.a Pérez) o la semántica de los Epimerismi Homerici (M.a J. Martínez).
A. Guzmán aplica la noción de skewing o desvío semántico al análisis de los textos griegos y los problemas que plantean para la traducción.
J. Peláez plantea de forma sintética la metodología seguida en la redacción de los lemas del Diccionario Griego-Español del Nuevo Testamento.
Por último, la comunicación de M. Martínez completa y amplía la aportación a la semántica que el autor ya había hecho en publicaciones anteriores y ofrece un panorama completo de lo ya realizado en la semántica del griego antiguo, atendiendo tanto a la semántica de la palabra como a la de la oración y el texto, e, igualmente, de los desiderata para que algún día pueda ver la luz un verdadero manual de semántica del griego antiguo.
En cuanto a las comunicaciones sobre latín, tenemos estudios sobre términos concretos, como dubito (M.a J. Roca), el significado de pax en Tertuliano (J. C. Simó) o los usos temporales de sintagmas con la preposición ab (T. Hernández).
También nos encontramos con estudios sobre la terminología teatral en latín (C. González), el léxico de Faventino (F. Hernández) o los términos que designan la locura (R. López), así como sobre los procedimientos para el establecimiento de differentiae en el Opus synonymorum de Alfonso de Palencia (C. Real).
A. M.a Martín se ocupa de los problemas semánticos que plantea la modificación de una base léxica por sufijación o composición, ejemplificando con el campo semántico de los verbos que significan 'dar' en latín arcaico y clásico, mientras que J. J. Batista y J. M. Pérez analizan los cambios producidos en la estructura de la subordinación entre el latín y el español.
F. García Jurado aplica los principios de semántica cognitiva de Lakoff y Johnson en sus Metaphors we live by al latín y a algunas etimologías castellanas.
Aunque se haya incluido entre las comunicaciones referidas al español, también hay que mencionar el trabajo de M.a J. López de Ayala y M. Conde sobre el léxico militar de Juan Ginés de Sepúlveda.
Referida tanto a latín como griego tenemos la comunicación de J. de la Villa, quien aborda el problema de la semántica de la sintaxis en griego y latín, centrándose como ejemplificación en el modo en que el léxico condiciona la gramática de los elementos nominales en estas lenguas.
También hay que mencionar la comunicación de E. Crespo, que, aunque tiene un planteamiento de tipo más teórico e intenta definir el concepto de "función gramatical", presenta en sus argumentaciones abundantes ejemplos griegos y latinos.
Estas actas suponen una contribución de primer order al progreso de los estudios sobre semántica desde el punto de vista general y, en el campo específico de los estudios clásicos, contienen un rico y variado conjunto de contribuciones sobre latín y griego que las convierten en indispensable punto de referencia para posteriores estudios.
Los estudios sobre el vocabulario filosófico griego deben contribuir al mejor conocimiento de los mecanismos que permitieron su formación y evolución.
No es éste un campo fácil EM LXX 2, 2002 puesto que exige el dominio de la filología y lingüística griega así como una notable sensibilidad filosófica.
Quizá sea esta doble exigencia la que explique la carencia, excepto estudios aislados y puntuales, de investigaciones sistemáticas que permitan adentrarse en un ámbito del vocabulario griego apasionante pero, en muchos aspectos, casi inexplorado.
Por este motivo, nos congratulamos por la publicación de este libro dedicado a estudiar en profundidad aspectos esenciales de la función desempeñada por el artículo en la formación y consolidación del lenguaje filosófico griego.
El autor, consciente de lo arduo y extenso de la tarea ha restringido, con buen criterio, su estudio a cuatro filósofos presocráticos: Heráclito, Parménides, Meliso y Anaxágoras.
La justificación de esta elección se repite en diversas ocasiones: se trata de aplicar un análisis metódico en esos cuatro autores para seguir la pista de la evolución del progresivo papel desempeñado por el artículo en la formación de la expresión filosófica.
Al lector no se le escapa, sin embargo, que la metodología propuesta puede ser trasladada a otros autores (en realidad a cualquiera de los filósofos que se expresaron en griego) con las mismas garantías de fiabilidad con que el autor del libro la aplica a los autores mencionados.
La universalidad del método propuesto es uno de los muchos atractivos que aporta al estudioso este libro.
Es también un acierto que el autor aluda continuamente a los antecedentes indoeuropeos, al griego homérico y a la koiné jónica con la intención de contextualizar las fases del proceso de articulificación y su posterior influencia en la formación de los primeros conceptos y expresiones que pueden ser reconocidas como "filosóficas".
En este sentido resulta ejemplar, y determinante para la comprensión de la posterior función del artículo en la formación del vocabulario filosófico, el análisis inicial y pormenorizado del contexto en que se enmarcan sus diversos usos pre-filosóficos.
Por este motivo, cuando el autor aborda directamente el análisis de la función del artículo en los cuatro filosófos presocráticos, el lector está ya advertido de las limitaciones y dificultades que, de un lado, ese uso incipiente comporta, y, de otro, de las significativas aportaciones (o, en su caso, carencia de ellas) que cada uno de esos filósofos hace en cada momento, como si de un eslabón de una cadena se tratara, en la consolidación del artículo como elemento definidor del abundante vocabulario filosófico.
Y en esto último radica la grandeza y utilidad de este libro: el seguimiento, paso a paso, del lento proceso que va conformando al artículo como un elemento definidor de la expresión filosófica.
La conclusión es que, si bien la función principal del artículo es la de substantivar adjetivos, participios, infinitivos y oraciones, cada uno de los autores analizado aporta un paso más en la gradual consolidación de esa función en el desarrollo del lenguaje filosófico.
El autor procede en cada caso de un modo sistemático y exhaustivo.
Rastrea con profusión de ejemplos la función del artículo, o la ausencia del mismo, en numerosos fragmentos y expresiones.
Se fija muy especialmente en la trasposición de adjetivos y participios a la función nominal, en la sustantivación del infinitivo y oraciones completas y la presencia o no del artículo acompañando cuantificadores de gran riqueza filosófica como Ÿn, pân y mhdén.
En este contexto, por poner un ejemplo significativo de gran utilidad, resulta muy atractiva la explicación de la sustantivación por elipsis del sustantivo al que acompañan, aplicando las tres fases propuestas por A. Briz en su estudio sobre ese fenómeno en lengua española.
Los resultados que se alcanzan tras la aplicación del mismo patrón metodológico a los cuatro filósofos presocráticos son muy sugerentes y convincentes.
Es más, en diversas ocasio-nes, el autor, desde la óptica de la función de la función del artículo, o su ausencia, brinda soluciones simples a problemas de interpretación que se antojan, desde la perpectiva de los estudios filosóficos, complejos o, incluso, casi irresolubles.
De Heráclito se destaca que éste, a pesar de que en su época el uso del artículo estaba plenamente desarrollado, y excepto en el caso de algunos adjetivos y participios traspuestos a la función nominal, no desarrolló la capacidad sustantivadora del artículo como lo comenzarán a hacer los filósofos posteriores.
El autor explica esta carencia por el carácter arcaizante, oracular y gnómico del estilo de Heráclito.
Muy interesante resulta también el estudio de la función del artículo en Parménides.
Se ofrecen, incluso, soluciones exegéticas brillantes a problemas de interpretación de expresiones particularmente confusas cuando el autor aborda la cuestión ontológica, al aprovechar Parménides, por vez primera, la capacidad transpositora del artículo en expresiones tan ricas filosóficamente como tò šón, tò mhdén o tò oÐk e: nai.
Expresiones que demuestran, en palabras del autor, que «el salto efectuado por Parménides con respecto a su antecesor Heráclito y los fisiólogos milesios es enorme: Parménides ha inaugurado la ontología o rama que se ocupa del ente, el ser y la nada».
A pesar de ello, el autor constata que, como en el caso de Heráclito, el estilo arcaizante y poético de Parménides afecta directamente al uso oscilante que éste hiciera del artículo.
Resulta por ello un acierto que el autor aborde el estudio de Meliso, seguidor y glosador de la filosofía Parménides que escribió en prosa, para obtener una mejor perspectiva de cual pudo ser la disponibilidad real del artículo en el filósofo eleata.
Se demuestra así, entre otras cosas, que la sustantivación de un adjetivo o participio en el jonio literario de la época exigía que fuera precedido de un artículo, algo que el estilo poético de Parménides no deja ver con claridad.
Finalmente, la elección de Anaxágoras se justifica por su posición histórica: un filósofo presocrático anterior a los sofistas introductor de la especulación filosófica en prosa jonia en Atenas.
Anaxágoras da un paso más en la sustantivación de adjetivos y participios quedándose a las puertas de lo que será, en palabras del autor, una «verdadera revolución expresiva y conceptual de la prosa» filosófica en manos de los sofistas, Platón y Aristóteles.
En definitiva, estamos ante un muy buen libro, imprescindible para quien quiera adentrarse en los entresijos de la formación del lenguaje filosófico griego.
Esta obra se erige así en un referente obligado para los estudiosos que quieran continuar en esta misma línea de investigación.
Libro interesante el de Lehmann, un indoeuropeísta de entre los más distinguidos.
Incide en un campo cada día más cultivado (pero no por todos): el del protoindoeuropeo (evoluciones diversas del Indoeuropeo brugmanniano) y el del preindoeuropeo, la etapa formativa que él coloca entre el 8000 y el 5000 a.
C., en el neolítico precerámico y antes.
Por supuesto, es un tema estudiado desde hace tiempo, quiero referirme a mis propios trabajos y a sus precedentes en Hirt, Meillet, Specht y otros más.
Lo más estimulante es que hay una tendencia a la coincidencia entre todos nosotros.
El libro de Lehmann aporta noticia y discusión de la moderna bibliografía arqueológica y comparatista (tema del nostrático).
Resulta en esto más bien conservador: no se adhiere a la EM LXX 2, 2002 hipótesis de Renfrew sobre un indoeuropeo procedente de los agricultores anatolios de hacia el 6000 a.
C. (sobre todo, por razones lingüísticas) y es bastante escéptico respecto a las de Dolgopolski y Greenberg sobre el nostrático: simplemente, porque no existen correspondencias fonéticas claras.
Dentro del protoindoeuropeo, Lehmann distingue etapas: en la final aparece la vocal temática, en una previa habría habido acento de intensidad, origen de los alargamientos vocálicos y el grado cero.
Pero el centro del libro está en el indoeuropeo anterior, que el llama preindoeuropeo: el que yo llamo IE I y II, previos al III que es el protoindoeuropeo o indoeuropeo brugmanniano y ciertos precedentes suyos.
Lo considera en bloque, sin dejar de marcar etapas en fonología, evolución de la flexión, etc. En conjunto lo caracteriza como una «active language» y piensa que en esto difiere su teoría de otras, entre las que cita sobre todo la de los IE I y II sostenida por mí y otros autores.
Y a Meid, que en realidad me sigue.
Yo no lo veo así: pienso que la determinación del complemento directo por la situación del nombre sin desinencias en la frase está ya en publicaciones mías varias (cf. por ejemplo últimamente «Towards a Syntax of Indo-European», IF 105, pp. 60-67.) e igual lo relativo al estativo.
Se trata, para mí, más bien de una cuestión terminológica.
Tampoco es nuevo el uso de la reconstrucción interna y de los "residuos", lo es más el de la tipología.
Hay diferencias, ciertamente, véase más abajo.
El libro intenta dar una descripción del PIE: en fonología (glotales, tres laringales, palatales, velares, labiovelares: estas y las labiovelares serían las más antiguas); en los nombres, clasificados entre los que tradicionalmente llamamos animados e inanimados; en la sintaxis sin gramática, apoyada en recursos de orden de palabras, entre otros; en los verbos "activos" de referencia, sin complemento, junto a los cuales había los estativos; la apenas distinción de nombre y adjetivo; las partículas y la morfología derivada a base de sufijos; el uso abundante de los participios; el léxico sujeto a "versión" (usos centrípetos y centrífugos, por ej. *bhero-ya 'traer' ya 'llevar'); etc.
Después vendrían evoluciones como las que llevan al desarrollo de los casos (según él, con ayuda de partículas), de la voz temática, del perfecto a partir del estativo, etc. Todo esto es más o menos original, las diferencias respecto a propuestas mías y de otros están sobre todo en la fonología y el léxico, apenas en la morfología.
Echo de menos algunas cosas.
Aunque se señalan criterios de antigüedad, no se especifican estratos concretos, como los míos: creo que son importantes, sobre todo la evolución desde el estadio preflexional al flexional monotemático y al politemático, estos dos ya dentro del protoindoeuropeo (son los que yo llamo IE II y III); tampoco habla de dialectos, que en la medida en que podemos reconstruirlos son ya, ciertamente, propios del protoindoeuropeo (sobre todo, del IE III).
Hablar de una "flexión verbal simple" en hetita y germánico (p.
33) es por lo menos confuso, creo que mezcla cosas diferentes.
Y echo de menos, sobre todo, el criterio estructural: cómo unos mismos alargamientos han producido sufijos y desinencias de sentidos diferentes en oposiciones diferentes.
No detallo, envío para todo ello, tras publicaciones mías anteriores, a mi Manual de Lingüística Indoeuropea (en colaboración), Madrid 1995-1998.
Creo que es algo esencial y, desgraciadamente, poco conocido.
Hace inútil acudir cada poco a aglutinaciones de partículas.
En suma, yo no veo gran originalidad en el establecimiento de un indoeuropeo "activo" y de una transición desde él a una "agreement syntax" y una flexión.
Es lo mismo que sabíamos, solo que dicho de otra manera.
Pero es interesante que, partiendo de puntos diferentes, coincidamos cada vez más en lo relativo al desarrollo del indoeuropeo a partir de una lengua sin flexión para llegar a una de tipo flexionado; y, dentro de esta, a diversos desarrollos sucesivos.
Dieron lugar ya al Indoeuropeo de tipo anatolio (IE II), ya a los posteriores (IE III), con desarrollos dialectales a su vez.
Hay luego en el libro aportaciones concretas, algunas, como las relativas al léxico y a la evolución del orden de palabras (de OVS a SVO), muy interesantes; otras, como las relativas a las glotales y laringales que, para mí al menos, son dudosas.
Libro estimulante, claro y bien escrito, creo que contribuirá a que nuestros estudios avancen en esta dirección.
Cosa por lo demás difícil de aceptar en ciertos círculos tradicionalistas: sobre todo en Alemania y aquí mismo entre los lingüistas influidos por esos círculos.
MURCIA ORTUÑO, FRANCISCO JAVIER, Sintaxis de las inscripciones griegas de Éfeso.
Las inscripciones de Éfeso constituyen el mayor corpus epigráfico de las ciudades griegas de Asia Menor.
Se extienden en el tiempo desde el s. VI a.C. hasta el abandono y total decadencia de la ciudad en el s. VII d.C., cuando sus pobladores se retiraron a la colina adyacente, en donde había estado emplazada la ciudadela micénica.
Constituyen, por tanto, un testimonio de enorme valor tanto para los historiadores como para los epigrafistas y filólogos en general, que ven documentados ampliamente más de mil años de la vida y la lengua de una ciudad de primera importancia en Asia Menor.
Los epígrafes que salieron a la luz durante las excavaciones austriacas comenzadas en el siglo pasado fueron editados desde 1906 en la serie Forschungen in Ephesos, cuyo último volumen salió a la luz en 1988, y que continua abierta.
La cantidad ingente de material epigráfico que sigue apareciendo es puesta en manos de la comunidad científica por los beneméritos responsables de la serie de Éfeso de las Inschriften griechischer Städte aus Kleinasien, (=IK, Bonn: 1972 -) con la máxima celeridad que el rigor filológico permite, sin incluir el extenso comentario que acompaña a otros corpora epigráficos.
La inmensa cantidad del material, el amplísimo tiempo que abarca y las condiciones en las que están disponibles los epígrafes para su estudio filológico deben ser tenidas previamente en cuenta para juzgar como se debe el esforzado trabajo de F.J. Murcia Ortuño (en adelante M.).
Hay además otro elemento que debe tenerse en cuenta para calibrar en su justa medida la dificultad de la empresa en la que se embarcó el autor del libro que reseñamos, y es la casi absoluta ausencia hasta hoy de otras sintaxis basadas en corpora epigráficos.
A la espera todavía del tercer volumen de la gramática de las inscripciones áticas de Leslie Threatte, dedicado a la sintaxis, y cuya aparición sin duda será un acontecimiento, son pocos los ejemplos de sintaxis dialectales.
La mayoría de las gramáticas de los dialectos o de los corpora epigráficos se detienen tras la morfología, en más de una ocasión tras prometer un volumen sobre sintaxis que nunca aparece.
Cuando el estudioso de la sintaxis griega se acerca a un nuevo dialecto, se encuentra generalmente con que el único material elaborado son los EM LXX 2, 2002 someros índices de notabilia gramaticales que, en el mejor de los casos, figuran como apéndice a determinados corpora.
Por ello, la aparición de una nueva obra que sirva para paliar este enorme hueco dentro de los estudios de la lengua griega es por sí un motivo de alegría para todos los interesados en la sintaxis griega.
El proyecto es por tanto ambicioso y arriesgado por muchos motivos.
El lector puede comprobar la estructuración de la obra en un completo índice de contenidos colocado al final del volumen.
Tras una introducción en la que el autor traza una panorámica de la historia de la ciudad, el grueso del libro es, naturalmente, el estudio de las cuestiones sintácticas (pp. 41-346).
A este siguen tres oportunos apéndices sobre la estructura de las inscripciones funerarias griegas (I); los epigramas funerarios (II) y la estructura de los decretos de concesión de ciudadanía (III).
Lo primero que llama la atención al comenzar a leer este libro es que no se dice una palabra acerca de la metodología empleada para el análisis y clasificación de las inscripciones: ello es tanto más chocante cuanto que se trata de una versión revisada de la tesis doctoral del autor (presentada en 1995), un tipo de trabajo en donde, a priori, se esperaría encontrar un tratamiento especialmente cuidadoso de los problemas de método.
El lector por tanto se queda sin saber qué criterios ha empleado el autor para revisar y seleccionar el material, y qué opciones ha tomado en los casos más problemáticos, lo que en un trabajo de corpus es bastante inusual.
Sobre la amplitud del corpus, el autor nos dice que se ha «ceñido a los textos epigráficos que se publicaron en Bonn», y el lector verá (para su desmayo) que tal afirmación debe tomarse literalmente, es decir, que ni siquiera cuando la lectura aparecida en IKEphesos ha sido corregida posteriormente en cualquier publicación posterior, se ha apartado el autor de esta edición.
De hecho, en vano buscará el lector en la bibliografía cualquier referencia al Supplementum Epigraphicum Graecum o las Forschungen in Ephesos, o cualquier corpus que pudiera aportar un paralelo a un uso poco claro, una traducción o un comentario gramatical.
Es la magra bibliografía también otro de los aspectos negativos del trabajo.
Pasemos por alto como si fueran defectos meramente formales el hecho de que las obras literarias (Anthologia Palatina, etc) se citan sin especificar jamás el editor (salvo para Frínico, por alguna razón); que las referencias están plagadas de erratas e inconsistencias, y que el sistema de abreviaturas no es, con frecuencia, el realmente utilizado.
Lo que resulta más descorazonador es que en este estudio de la lengua de Éfeso no se encuentre una sola referencia a cualquiera de las obras fundamentales que sobre sintaxis de la koiné han venido apareciendo en los últimos años (obra de Brixhe, Hodot, Horsley, Dover y un largo etcétera), por no mencionar estudios clásicos como el de Radermacher, que han sido igualmente ignorados.
Tan sólo López Eire, entre todos los estudiosos destacados de la Koiné, ha conseguido hacerse un pequeño hueco en este repertorio bibliográfico.
Como la bibliografía final está reducida a la más simple expresión (tres páginas escasas) y no se nos dice palabra sobre el método empleado, el lector no tiene forma de saber si el autor ha utilizado (como cabría esperar) la base de datos de inscripciones de Jonia de Donald F. McCabe recogidas en Packard Humanities Institute CD-ROM (Greek Documentary) 1997, Los Altos (CA), que recoge ejemplarmente ordenadas la mayoría de las inscripciones de Éfeso y constituye una muestra destacada de cómo compilar una base de datos de estas características.
En el cuerpo de la obra, el autor no se ha ceñido a unos cuantos problemas de sintaxis, ni ha intentado un enfoque nuevo de los mismos, sino que ha optado por seguir un esquema de las cuestiones principales tomado de la gramática más tradicional del griego clásico, y a colocar en los apartados correspondientes los ejemplos que ha estimado oportuno, o a llamar la atención sobre la ausencia o baja frecuencia de tal o cual rasgo.
Ello implica un tratamiento muy formal de todas las cuestiones y deja naturalmente fuera de consideración cuestiones de sintaxis que no son habitualmente tratadas en los manuales escolares (cohesión del texto, estudio de las anáforas, etc).
Sin embargo, no adivino por qué se ha omitido cualquier referencia a la sintaxis de las partículas.
A la hora de ilustrar cada construcción citada, M. anota con elogiable minuciosidad la fecha de la inscripción, da oportunamente una descripción del tipo de epígrafe, y cuando el material es abundante, puede repartirlo por épocas.
Sin embargo, el autor no intenta explicar la cronología de los testimonios, ni relaciona unos problemas con otros, y da la misma relevancia a cualquier inscripción por el hecho de haber aparecido en Éfeso, por lo que no resulta extraño que a lo largo de las casi 400 páginas del libro el autor no llegue a ninguna conclusión acerca de la lengua de las inscripciones de Éfeso, su evolución histórica, o su papel dentro de la evolución del griego y la koiné.
En este punto convendría aclarar que el lector se sentiría menos decepcionado si el presente trabajo, en lugar de presentarse como una sintaxis lo hubiera hecho como lo que realmente es, es decir, como un index syntacticus de las inscripciones de Éfeso.
La llamada "gramática tradicional" a la que se adhiere M. no constituye una escuela tan uniforme como para que no quepa hacer grandes diferencias de todo tipo entre los muchos tratamientos que han usado los gramáticos.
Desgraciadamente, el autor de esta obra no siempre ha elegido como guía el mejor tratamiento de los asuntos, ni su presentación resulta ser lo que parece a primera vista.
En ocasiones las etiquetas de la gramática tradicional están simplemente mal aplicadas.
Sin entrar a discutir la exactitud de una caracterización del "genitivo de tiempo" como un genitivo partitivo (p.
61, el mismo origen que se asigna al complemento de •κούω en p.
68), no creo que deban tratarse como diferentes manifestaciones de un mismo fenómeno construcciones tan distintas como el genitivo adnominal de Τατίαν μη(τέρα) ¦τ(äν) μh ́ IKEphes.
672.15 y el adverbal de θέας o[μερäν] πέντε ¦πιτελεÃν IKEphes.21.2.9, por no hablar de los genitivos en ©ορτάζειν δ¥... ©κάσ]του §τους τ¬ν Σε[β]αστ¬ν τοØ δω[δε]κ[ά]του μηνÎ[ς IKEphes.
26, que ni siquiera indican la extensión temporal, todos ellos puestos en pie de igualdad por el autor en p.
61, aunque generalmente son distinguidas por las buenas gramáticas tradicionales.
Al considerar la construcción de doble acusativo (pp. 53-54) el autor menciona tres posibles subtipos: la construcción de predicativo objetivo, la de "persona y cosa" y la que el autor llama de "acusativo adverbial".
En primer lugar, ya es manifiestamente anómalo considerar las construcciones predicativas como un tipo de doble acusativo (lo que llevaría a hablar de dobles nominativos en el caso del predicativo subjetivo, etc), como lo es que no se mencionen las otras construcciones posibles, aunque solo fuera para testimoniar su desaparición, si tal fuera el caso.
Pero todavía resulta más chocante encontrarnos con que el autor nos dice que estas construcciones sólo aparecen en textos públicos.
¿Significa esto que hasta la construcción predicativa ha desaparecido de los documentos privados?
Si el lector hace una búsqueda rápida, dentro de las inscripciones privadas, de algunas construcciones predicativas típicas, verá (sin ninguna sorpresa) que ésa no es, desde luego, la situación real: cf. la fórmula σ−μα τίθημι σο τόδε... en IKEph.1254 (epigrama funerario, s.f.), etc, etc. A continuación, y como único caso de la construcción de doble acusativo de "persona y cosa" cita M. τυφλο×ς •ναβλέπιν ποιεÃς, χωλο×ς πε[ρι]πατÃν IKEphes.46.2 (p.
54), que, como puede verse fácilmente, no es una construcción de doble acusativo.
Teniendo en cuenta que la tercera división mencionada de las construcciones de doble acusativo tampoco nos las presenta estrictamente tales, sino ejemplos de construcciones con un antiguo acusativo fosilizado en función adverbial (πολλά en ambos casos), resulta que el repertorio de auténticas construcciones de doble acusativo testimoniadas en Éfeso, según el recuento del autor, se reduce a cero.
Pero ¿es ésa realmente la situación?
Desmentir informadamente algunas de las sorprendentes aseveraciones categóricas de este estilo que aparecen en la obra requeriría el análisis de un buen número de inscripciones, pero otras pueden ser rápidamente refutadas con una búsqueda en el corpus digital de las inscripciones de Éfeso.
Por ejemplo la siguiente: «los nombres de festivales y competiciones de todo tipo siempre [sc. aparecen] con artículo» (p.
Son estos sólo unas pocas muestras de otro inconveniente de la obra, y es que el autor no nos deja conocer si los ejemplos que presenta lo son simplemente exempli gratia o constituyen el total de los ejemplos que él ha podido encontrar.
A pesar de que la forma de presentarlos sugiere lo segundo, en un buen número de casos es evidente que resulta ser lo primero.
Por otro lado, afirmaciones como la de que tal o cual construcción solamente se da en las inscripciones públicas, o en las dedicaciones, o en los epígrafes de tales siglos, pierden buena parte de su valor si el autor no nos dice (salvo vagas indicaciones en la sinopsis historica del comienzo) qué porcentaje de los textos tratados cae dentro de tales divisiones, o cómo se reparten por siglos, o siquiera qué principios ha seguido para clasificar las inscripciones.
En realidad, el autor ni siquiera nos dice de cuántas inscripciones consta su corpus.
Para la descripción de los fenómenos sintácticos el autor recurre a una caracterización rápida tomada de los manuales, pero que en ocasiones es difícil de entender, como cuando al hablar de los usos reflexivos afirma que «la voz activa subraya la actividad del sujeto, mientras la voz media representa una redundancia a la que tienden todas las lenguas» (p.
215), o cuando, para caracterizar el presente, comienza afirmando que «desde el punto de vista temporal es claro que el presente indica una acción que sucede en el momento actual, aunque sabemos que el presente se puede usar cuando hay desinterés por el rasgo tiempo» (p.
222) y sigue la explicación sin atender a la diferencia en el valor temporal según el modo.
Todo lector agradecerá el notable esfuerzo que M. ha hecho para dar el texto griego de la mayoría de los ejemplos que presenta, con el contexto necesario, y frecuentemente seguidos de la fecha estimada.
Sin embargo, no puede ocultarse la abundancia de erratas tipográficas en el griego: tomando como muestra las pp. 215-220, he contabilizado no menos de 2 erratas por página como media, dejando de lado las que hay en el español y el latín; otro tipo de erratas aparecen ocasionalmente, como es incluir δικάζεσθαι entre las formas de •δικέω (p.
219), los inevitables "bailes" de números en las citas (p.
273), etc. Hay además dos particularidades en la forma de presentar el texto dignas de resaltarse.
La primera es de orden meramente formal, y si se quiere, anecdótico: el autor sigue exactamente la edición de IK Ephesos de la que toma los datos, de modo que para unos textos usa, por ejemplo, iota adscriptum, y para otros iota subscriptum segun el criterio de los editores, con lo que en la misma página de este trabajo leemos τäι δήμωι y más abajo τ± βουλ± φιλοσεβάστå (p.
La segunda es más seria, y es una excepción a lo dicho anteriormente sobre ofrecer el texto tal cual lo presentan los editores.
Tratándose de textos en buena parte fragmentarios, es importante que el autor deje constancia de cuándo tenemos delante un texto que no ofrece problemas de lectura y cuándo se trata de conjeturas o reconstrucciones de los editores.
M. parece dar siempre como segura la reconstrucción de los editores, y así presenta, a veces como único o principal testimonio de la construcción discutida, un texto que depende en gran medida de la reconstrucción de los editores.
Aunque en varias ocasiones nos parece que esto se podría haber evitado, tal proceder es menos grave, y en ocasiones inevitable, siempre y cuando se indique hasta dónde llega el texto legible en la piedra y dónde empieza la reconstrucción de los editores.
Así es como con frecuencia ha operado el autor, pero en otras ocasiones, y sin explicación aparente, M. transcribe sin corchetes ni indicaciones editoriales de ningún tipo un texto como el que en la edicion princeps leemos así: ñς πρ]έπει το[×ς τÎν θεÃον οÉκον] ßμ[ν]οØντας IKEphes.
17.63, que se presenta como ejemplo de acusativo con πρέπω, una construcción, dicho sea de paso, para la que nunca se debía haber dado como paralelo oμς πρέπει βουλεύεσθαι Th.
Aunque el autor no se ha detenido apenas en cuestiones de semántica, la presentación del material a veces utiliza este criterio de clasificación.
Para ello se emplean a menudo categorías demasiado amplias para muchos propósitos, como la que incluye a •ξιόω entre los verbos de conocimiento (p.
Por el tipo de epígrafe y el caso del régimen está claro que los ejemplos de διαφέρω en pp. 70-71 no significan 'interesar', sino 'pertenecer', un sentido bien testimoniado en inscripciones (cf. DGE, s.v.).
A pesar de sus limitaciones, esta obra constituye un gran repertorio de datos, que será sin duda utilizado en otros estudios posteriores de sintaxis.
Es por ello tanto más de lamentar la falta de un índice de palabras, especialmente cuando una cuestión se trata fuera del lugar esperado.
57, por ejemplo, estudiando la "confusión entre casos" y bajo el epígrafe «acusativo por genitivo» se mencionan algunos interesantes ejemplos de βοηθέω con el complemento argumental tanto en genitivo (una construcción no documentada en los léxicos) como en acusativo.
Como es sabido, el complemento de βοηθέω se construye en dativo en época clásica, y ésta es la construcción predominante aún en las inscripciones cristianas de Éfeso (cf. p.
78) aunque en competencia (frecuente en buena parte de Asia Menor) con la construcción en acusativo, que este trabajo documenta bien (pp. 55-56).
Ejemplos en genitivo como los mencionados (cf. también p.
72) son realmente la excepción, por lo que, en atención a las fechas, deberían tratarse los ejemplos en genitivo como casos de genitivo por acusativo, o menos probablemente de genitivo por dativo.
Atendiendo al alto número de apariciones de la construcción en genitivo (7 ejemplos se mencionan en p.
72) no parece que se trate de una mera "confusión" de casos, sino de una manifestación del reordenamiento casual, que daba lugar a vacilaciones como la de IKEphes.1285.5, 15.
Cualquier persona interesada en la sintaxis dialectal y la de las inscripciones, en la evolución de la koiné, o incluso en el desarrollo del cristianismo o la religiosidad griega, encontrará interesante material este libro, que aporta una buena cantidad de datos nuevos, a menudo presentados por primera vez de forma sistemática.
Hubiera sido de desear un tratamiento y una presentación más rigurosos, incluyendo aunque solo fuera una somera cuantificación del material tratado.
El análisis de todo este material parece haber sido dejado por el autor para sucesivos trabajos.
Por ejemplo, el interés de los viajeros europeos por el griego moderno (IX 3), o la pronunciación del griego antiguo en los diferentes países en época moderna (IX 4).
A la relación del griego con otras lenguas se le dedica aproximadamente un centenar de páginas (533-644, además de las de la unidad VI, sobre la traducción en la Antigüedad).
2 Homero, por ejemplo, es estudiado en dos unidades diferentes (III 4 y VII 3).
Asimismo, la lengua homérica es el único dialecto literario incluido en la unidad G', sobre los dialectos, mientras que las demás lenguas literarias son estudiadas en VII, «Lengua y cultura» (véanse las razones dadas por Christidis en p.
La música griega, en el Apéndice II 9 (pp. 1051 ss.), podría figurar igualmente en la unidad VII, como la métrica, o, viceversa, la métrica podría haberse incluido entre los Apéndices.
No nos parece acertado separar la fonética, la morfología y la sintaxis de época clásica y época helenística (unidad II), por la dificultad a la hora de datar numerosos cambios lingüísticos.
No se ve muy bien por qué los temas sobre el léxico de VII.II y del Apéndice II (2, 3, 4, 5, 7), muy semejantes, son tratados en partes diferentes 3 El silabario chipriota es estudiado en II 3.
El acento es tratado al final del capítulo sobre la fonética de época clásica (IV 1, pp. 386 s.) y en uno de los apéndices.
Los diferentes cambios lingüísticos (fonéticos, morfológicos, sintácticos y léxicos), son tratados más de una vez.
4 Aunque a veces la introducción de un capítulo tiene la misma extensión que el capítulo mismo, como, por ej., es el caso de V 15, sobre la relación del griego con las lenguas celtas.
Tesalónica, Instituto de Estudios Neohelénicos, 2001.
El libro que nos ocupa es el primer tomo de un ambicioso proyecto: la Historia de la Lengua Griega desde los comienzos hasta nuestros días.
El presente volumen abarca desde la formación de la lengua griega hasta la Antigüedad tardía, aunque también incluye algunos capítulos dedicados a su evolución posterior hasta época moderna, que será el objeto de tomos ulteriores.
La obra (escrita en griego moderno, aunque está prevista una próxima edición en lengua inglesa) se distingue de las Historias anteriores por su carácter colectivo, por su gran volumen, y por la variedad de temas tratados, algunos poco usuales en manuales sobre la lengua griega 1, y otros cuyo contenido sobrepasa el ámbito de lo estrictamente lingüístico (por ej., la comunicación extralíngüística o la música griega).
En la obra intervienen 75 autores (45 griegos y 30 extranjeros), de diversas especialidades: lingüistas, epigrafistas, arqueológos, historiadores, etc. Cabe destacar los nombres de Cl.
Brixhe, J. Chadwick, R. Coleman, Y. Duhoux, D. Jordan, O. Masson, A. Panayotou, E. Voutiras, M. L. West, así como de los tres autores españoles: I. J. Adiego, J. Curbera y J. Méndez Dosuna.
El coordinador y autor de las introducciones parciales es Anastasios Ph.
El libro está articulado en nueve partes o unidades, más tres apéndices, cada una de las cuales reúne una serie de capítulos relacionados temáticamente, aunque a veces no se ve bien cuál es el criterio seguido en la distribución de algunos capítulos en sus respectivas unidades 2.
Dada la complejidad de la materia, más de una vez hay solapamientos y repeticiones: algunos temas son tratados en más de un capítulo 3, lo cual tiene sus ventajas (variedad de enfoques), si bien en ocasiones el lector puede encontrar afirmaciones opuestas sobre una misma cuestión.
El carácter colectivo de la obra explica un cierto desequilibrio en la extensión y calidad de los diferentes capítulos.
Todas las unidades (excepto la primera) van precedidas de una breve y útil introducción del coordinador 4.
La mayoría de los capítulos presentan al final una selección de textos ilustrativos (se echa en falta en VI 4, sobre la lengua homérica, y en II 9, sobre 5 En la p.
201 (fig. 29), la foto de la tablilla micénica está invertida.
6 Incluso el ejemplo escogido, el himno al sol de Mesomedes, se representa sólo con el sistema de notación actual. la koiné jónico-ática).
De gran utilidad son las numerosas ilustraciones, fotografías 5, y mapas (es de agradecer el catálogo de las pp. XIV-XV, y XVI-XVII, con las fuentes de procedencia).
Tras una introducción, que revisa los diferentes enfoques con que se ha estudiado la lengua griega, la primera unidad («El fenómeno lingüístico») trata diversas cuestiones de carácter general.
La unidad II examina la historia de la lengua griega sobre todo desde el punto de vista de los factores históricos y extralingüísticos: indoeuropeo, formación del griego, sistemas de escritura, lenguas prehelénicas (el capítulo sobre el eteocretense, por Duhoux, destaca por su claridad expositiva), edad oscura, época arcaica, dicotomía entre "griegos" y "bárbaros", época helenística y creación de la koiné.
III se ocupa de los dialectos.
Los mejores capítulos son el del macedonio (Panayotou) y el de los dialectos dorios (Méndez Dosuna).
El menos logrado, el de la decadencia de los dialectos griegos (V. Bubenik).
El capítulo del arcadio-chipriota (Panayotou) cae en el error común de atribuir al chipriota rasgos del arcadio no atestiguados en chipriota.
III 6 (Brixhe) presenta una serie de consideraciones generales y básicas sobre los dialectos griegos.
IV trata sobre la fonética, morfología, sintaxis y léxico del griego clásico (e. d., del ático) y de la koiné.
Destacan por encima de los demás IV 9 (M. Janse), sobre el griego del Nuevo Testamento, y IV 11 (A. Thompson) sobre la onomástica, aunque se limita a la antroponimia.
V estudia los contactos entre el griego antiguo y otras lenguas, especialmente el latín y el hebreo.
En la unidad VI (las traducciones en la Antigüedad), destaca VI 2.1 (G. Drettas), sobre los LXX.
Paradójicamente, el capítulo sobre la traducción del licio al griego, es mucho más extenso que el dedicado al latín.
VII.I («Lengua y cultura»), estudia principalmente las lenguas literarias.
Sólo tienen capítulos propios la poesía épica (su composición), la tragedia y la comedia; el resto de las lenguas literarias son estudiadas en un primer capítulo de carácter general.
Se incluye también, en palabras del coordinador, «una breve introducción sobre la métrica griega antigua», donde se echa de menos su relación con diversos fenómenos lingüísticos (sólo se tratan las implicaciones en la métrica del cambio de la naturaleza del acento).
VII.II estudia algunos léxicos especiales (esclavitud, democracia, religión...), y VII.III la evolución semántica de algunos términos (©λληνισμός, φιλοτιμία, παράδεισος, γιος, ψυχή).
VIII analiza tres aspectos de la actitud de los griegos ante la lengua (enseñanza, gramáticos, aticismo).
IX trata sobre los avatares del griego antiguo en época medieval y posterior.
Los Apéndices reúnen diversos temas más o menos relacionados con la lengua griega.
El Apéndice I trata sobre el acento, de nuevo, y sobre los signos de puntuación.
El Apéndice II trata sobre diversas lenguas técnicas o especializadas: proverbios, juegos de palabras, la lengua de los bárbaros, el lenguaje de los niños...
Hay que destacar por su calidad el capítulo sobre la lengua de las defixiones y papiros mágicos (Jordan-Curbera), y el dedicado a las epístolas (Jordan); este último se limita a las cartas en plomo, de las que presenta un útil catálogo con el texto de las publicadas hasta la fecha, con un excelente estudio, más epigráfico que lingüístico.
Se incluye un capítulo sobre la música griega antigua (Ap.
II 9), en el que apenas se tratan la terminología musical y los sistemas de notación 6.
En el Apéndice III 3 se estudian de nuevo los cambios lingüísticos, especialmente los debidos a la analogía.
La bibliografía de los diferentes capítulos aparece agrupada al final de cada unidad, y la de los apéndices, al final de todos.
Ello hace que su consulta durante la lectura sea bastante incómoda, ya que, en ocasiones, entre un capítulo y su bibliografía hay más de cien páginas (aproximadamente 150 en B', y 160 en Z', por ejemplo).
El lector hubiera agradecido encontrar la bibliografía al final de cada capítulo.
8 En él aparecen juntos antropónimos, étnicos y topónimos, personajes antiguos (aunque con la grafía griega moderna) y modernos, nombres griegos y no griegos.
Así, en la misma entrada están recogidos los nombres que comienzan por C, Ch y G, como Capua, Chadwick, y Gallía, o los que comienzan por H (hache) y por H (eta), como Halbherr y ́Ηπειρος.
Todo ello da lugar a cierta confusión.
9 En este último índice chocan algunas cosas: el grupo eolio está incluido dentro de los dialectos orientales; el arcadio-chipriota constituye una sola entrada, excepto las palabras en silabario chipriota, en una entrada diferente; dentro del grupo jónico-ático, el jónico y el ático figuran en una sola entrada (se supone que incluye también el cicládico), pero el eubeo en otra diferente, y da la impresión de que también el micénico se incluye dentro del jónico-ático.
10 Se emplean en todo el libro, desde luego, numerales griegos, que en esta reseña, salvo en este caso, han sido substituídos por los más familiares y cómodos ordinales romanos.
11 El cuadro está tomado de A. Sigálas, Ιστορία...
La sade (no 18) no tiene correspondencia en el alfabeto griego, mientras que a la sin (no 21) se le asigna el signo M, y el nombre de "σαν (σίγμα)", en contradicción con lo que se afirma en p.
214 («a la sade {sic!}, que se pronuncia [ts], los griegos la llamaron σαν, y a la σιν {sic!} la llamaron σίγμα»), lo que concuerda con la opinión más general.
La bibliografía resulta bastante desigual: excelente y actualizada en algunos capítulos, escasa o anticuada en otros.
6, sobre el eteocretense, donde sólo se cita un libro, del autor del capítulo (Duhoux), o en III 5, sobre la decadencia de los dialectos (Bubenik), con bibliografía muy anticuada.
Frente a las siete referencias bibliográficas de la Sintaxis de época clásica (IV 5, p.
Finalmente, hay un índice de términos y temas (pp. 1196-1213), donde formas griegas y latinas aparecen juntas.
Los errores de impresión son escasos.
430 aparece λέκυκα, en lugar de λέλυκα.
Hay algunas referencias erróneas: en p.
357 se dice παρακάτω, pero se remite a algo ya dicho; en la introducción a IX, p.
915, Christidis habla de IX 2.1 y IX 2.2, como si el capítulo estuviese dividido, y no es así; en realidad sólo hay un capítulo IX 2, y IX 2.2 de Christidis es en realidad IX 3; como consecuencia, en la introducción Christidis habla de siete capítulos IX, en lugar de ocho.
Hay que señalar igualmente algunos errores de contenido.
210, la tabla de correspondencias entre los alfabetos fenicio y griego es bastante deficiente, sobre todo las casillas 18 y 21 correspondientes a la sigma y a la sade 11.
227 se dice que se destinaba a la diosa Atenea "una sexta parte" de los impuestos paga-dos por los aliados, en lugar de "un sexagésimo".
Los errores son especialmente numerosos en el capítulo VII 2.
727, se dice que en Alcmán se conserva la v en posición inicial de palabra «como resultado de alargamiento compensatorio», y se cita como ejemplos μäσα y τãς •ρίστως (la afirmación es tan extraña que debe de tratarse de un error tipográfico); en p.
729 se incluye μμαρ entre los "aticismos" (!) de la lengua de la tragedia; en p.
732, como ejemplo de no retroversión en la lengua de Heródoto se cita πρήττω, en lugar de πρήσσω; en el comentario, bastante esquemático por otra parte, de los numerosos textos seleccionados al final del capítulo, se habla del genitivo -οιο como de un "tipo no contracto" (?), etc.
En suma, pese a los pequeños inconvenientes señalados, el resultado es una obra sólida, excelente en muchos aspectos, y de gran utilidad para los interesados en la historia de la lengua griega.
No queda más que felicitar al coordinador, A. Ph.
Christidis, y a su equipo de Tesalónica, y desear la rápida publicación de la versión inglesa.
MARISA DEL BARRIO AA.
París, Presses de l'Université de Paris-Sorbonne, 2000.
En este tomo de la colección Lingua Latina se publican las actas de la mesa redonda que sobre el tema expresado en el título tuvo lugar en Madrid, con ocasión del IX Coloquio Internacional de Lingüística Latina, en la primavera de 1997.
Contra lo que sería de esperar tratándose de actas, y contra lo que se observa en otros tomos de la misma colección, éste se acerca bastante al modelo ideal de los volúmenes colectivos, con su «avant-propos» sin firma (pp. 7-8), su introducción a cargo de M. Fruyt («La création lexicale: généralités appliquées au domaine latin», pp. 11-48), sus buenos índices (pp. 167-181) y su contenido estructurado en tres secciones, la última de las cuales («Création lexicale chez les auteurs», pp. 149-166) contiene dos artículos que no están en absoluto fuera de lugar en este tomo, pero que a mi juicio estarían mejor en una revista: «Création des mots chez Plaute», de Monique Crampon (pp. 149-154) y «La création lexicale chez Pétrone», de Renato Oniga (pp. 155-166).
Otros dos artículos componen la segunda sección, titulada «Création interlinguistique gréco-latine» (pp. 91-146): uno de Christian Nicolas («La néologie technique par traduction chez Cicéron et la notion de 'verbumexverbalité'», pp. 109-146), acerca de cuyo asunto publico una nota en este mismo tomo de EMERITA (pp. 205-212).
Con respecto a este artículo, me limitaré aquí a señalar que en dos casos las traducciones al francés que siguen a las citas de autoridades latinas se ajustan a los propósitos del traductor bastante más que al texto latino: non conuerti ut interpres, sed ut orator (Cic., Opt.
14) se vierte por «ce n 'est pas en interprète mais en linguiste que j' ai traduit», propinándole a orator una acepción verdaderamente nueva y sorprendente; en nos autem nouitatem uerbi non satis apti fugientes (Cic, Top.
35), la traducción «l 'incommodité de ce néologisme» escamotea lindamente la precisión non satis apti, que es a mi entender de capital importancia.
En cualquier caso, la más notable aportación de este trabajo es, probablemente, el término verbumexverbalité, que significa «le degré d 'iconicité du terme latin par rapport à son modèle grec».
En la misma sección, Frédérique Biville («Bilinguisme gréco-latin et créations éphémères de discours», pp. 91-107) presenta, por ejemplo, como caso de flagrante code-switching el híbrido factéon (Cic., Att.
En el artículo siguiente, Bernard Bortolussi («L 'infinitif substantivé», pp. 61-73), se propone mostrar que "infinitivo substantivado" es un rótulo que «recouvre en fait des phénomènes fort différents».
Y en el tercero y último de los artículos de esta sección («La préverbation en Latin tardif: à propos du modifié dehabere», pp. 75-87), Antonio María Martín Rodríguez empieza recordando la mudabilidad semántica de los preverbios, y termina reconociendo que tanto la formación como la desaparición del verbo dehabere pueden deberse a una diversidad de causas, concurrentes o no: en esencia, este artículo, como los dos precedentes, pone una vez más de manifiesto el hecho, ya antes notorio por ser patente, de que el léxico, y concretamente la "création lexicale", no es en absoluto regular, sino justamente todo lo contrario.
Esa es la conclusión a la que llegan el «avant-propos» de los editores de este volumen y Michèle Fruyt en el artículo introductorio («La création lexicale: généralités appliquées au domaine latin», pp. 11-48), cuyo último párrafo (pp. 44-45) me permito reproducir: «Le domaine du lexique bénéficia, durant les dernières décennies, de l 'élaboration de méthodes d' analyses plus rigoureuses.
Podría haberse dicho lo mismo en menos palabras con mucha más claridad, y proclamar que el léxico no se deja embutir en el ortopédico corsé de la regularidad, que impide el desbordamiento de la creatividad cuando no la asfixia.
Es decir, que, manejando en sus rigurosos análisis utillaje metodológico de precisión, y nociones tales como "mot de discours" y "mot potentiel", los lingüistas descubren que para el estudio del léxico el único enfoque válido y acertado es el que desde siempre han adoptado la Filología y la Lexicografía.
El autor toma en bloque la colección Augustana, como la más antigua de las conservadas, e investiga su contenido ético.
Etica práctica, destinada a indicar lo que se debe hacer o se debe evitar.
Sobre esta base expone algunas consideraciones sobre la esencia e historia de la fábula, dejando bastante desatendidos sus aspectos crítico y lúdico.
La considera, en términos generales, como un todo unitario, como pensamiento popular griego, ajeno a influjos filosóficos como el del cinismo u otros.
Evidentemente, hay rasgos comunes a toda la fábula, aunque habría que insistir en su adscripción a ciertas esferas: la de los yambógrafos y socráticos y la crítica popular del poder, primero; la de los cínicos y el pensamiento moralista de raíz socrática en general, después; incluso la de los cristianos, a veces.
Z. es ajeno a todo esto y a que no hay un foso entre ética popular y ética de las filosofías helenísticas.
Rechaza explícitamente el influjo cínico, que no fui el primero en descubrir y que es clarísimamente demostrable.
34) revela escaso conocimiento del tema.
42) que la Augustana refleja «la ética griega en general» hay que replicar que hay diversas éticas griegas y que las más de sus corrientes, sobre todo las populares, son universales más que griegas.
En fin, el libro revela erudición, pero creo que está mal planteado.
Sus constantes afirmaciones sobre temas que están o no están en la Augustana habría que referirlas, más ampliamente, a la fábula en general.
Muchas fábulas de la Augustana las conocemos ya en la tradición arcaica, clásica o helenística; y estas y otras de origen más reciente aparecen en el P. Rylands 493, entre otras fuentes, y en fabulistas como Fedro, Babrio, Aviano, etc. Por lo demás, los tres últimos pudieron poner insistencia o rehuir ciertos temas.
Pero la Augustana no tiene autor, es un agregado de estratos sucesivos que en una buena medida he reconstruido en mi Historia de la Fábula Greco-Latina.
La redacción de la Augustana que ha llegado a nosotros es tan solo la culminación, a fines de la Antigüedad, de una cierta línea de colecciones que introdujo sin duda retoques menores (como una cierta moralización), no más.
Se trata de una de las derivaciones de una colección helenística que derivaba a su vez, en suma, de Demetrio de Falero, recolector de la fábula clásica, y añadía fábulas, nuevas cínicas y no. O alteraba las antiguas.
Creo, pues, que pretender una visión plana de "la" Augustana, que no es sino el último resultado de una recogida de materiales varios a través de las edades, no es justo.
Se puede estudiar la fábula en globo, se pueden estudiar diversos fabulistas literarios, se puede estudiar el material tradicional de varias orientaciones que utilizan.
Pero no se puede estudiar ni una colección ni una fábula cualquiera, hoy, sin conocer su historia y el ambiente o los ambientes que refleja.
No hubo un creador de la Augustana que creara o recogiera libremente.
En fin, para la fecha de la Augustana a lo que digo en mi Historia de la Fábula Greco-Latina hay EM LXX 2, 2002 que añadir mi artículo «La fecha de la Augustana y la tradición fabulística antigua y bizantina», Prometheus 18, 1992, pp. 25-32 (citado, pero desatendido).
Esto no quita validez al estudio de diversos temas en la Augustana (en la fábula en general, diría yo): los agonísticos, las «lessons of survival», el kairós, el hábito, el «aprender por el sufrimiento», el trabajo, el límite, la reciprocidad (amistad y política, que dice que García Gual y yo no conocemos), sanciones y gratitud, etc. Se hallan reflexiones útiles.
Pero todo esto no puede ser separado ni de la «filosofía» popular y crítica, «anti-establishment», de fecha prehelenística (en la Comedia, etc.), ni de su continuidad en el pensamiento cínico y, luego, en el moralista en general, cuando la fábula pasó a ser material escolar.
No voy a discutir aquí en detalle mis diferencias, que dependen de que Z. continúa el estudio de las colecciones una a una, sin atender a su fecha, relaciones y orígenes.
He expuesto mis puntos de vista en trabajos que el autor hasta cita, pero no aprovecha: han dejado intacto su modo de proceder.
Esto era disculpable en Nojgaard que, de todos modos, avanzó ya cosas sobre las relaciones de la Augustana.
Cada vez lo es menos: y estudiar las colecciones aisladamente es aún menos justificable.
Y aislarlas a todas ellas de las diversas líneas de pensamiento griego (incluido el «popular») en las distintas épocas y escuelas, lo es menos aún.
¡Tenemos fábulas concretísimas en los socráticos, los cínicos, los epicúreos, los cristianos!
En fin, el libro puede resultar útil por su colección de materiales y por su bibliografía.
Pero deja pendiente la interpretación de dichos materiales: a qué colecciones o autores se refieren, a qué ambientes.
Sin conocer la historia de la fábula, no hay estudio posible de la fábula.
Según se lee en la «Introduction» del libro (pp. 7-17), el propósito del autor ha sido elaborar una buena introducción, de sólida base científica, a la figura y obra de Isidoro de Sevilla ( † 636) dentro de su contexto histórico y cultural.
Para ello, Fontaine estructura su estudio en cuatro partes: 1a «L 'espace et le temps de l' Espagne du sud» (pp. 19-83, cap. 1-3), historia política y cultural de la Bética desde la llegada a sus costas de los primeros navegantes orientales hasta el s. VI, a fin de que el lector comprenda el ambiente cultural que propició la aparición de una figura como Isidoro; 2a «Une vie mouvementée et bien remplie» (pp. 85-163, cap. 4-7), biografía de Isidoro de Sevilla (orígenes de su familia, importancia de la figura de su hermano el obispo Leandro en su educación, papel desempeñado por Isidoro al frente del episcopado de Sevilla, e influencia de éste como consejero del trono de Toledo), la parte más lograda del libro; 3a «Diversité et unité d 'une oeuvre originale» (pp. 165-279, cap. 8-12), presentación de las obras de Isidoro, agrupadas de acuerdo con una discutible división por géneros, mediante breves noticias descriptivas de sus contenidos; 4a «Catégories et valeurs de la pensée isidorienne» (pp. 281-400, cap. 13-18), estudio del pensamiento político y religioso de Isidoro, de su lengua y de sus métodos de trabajo, con un enfoque, no obstante, más filosófico que filológico.
Sigue un «Epilogue: les sillages européens d 'Isidore» (pp. 401-429), sobre la recepción de la obra y de la figura de Isidoro a lo largo de la Edad Media.
El libro concluye con ocho apéndices (pp. 431-486), entre los que destacan los dos primeros: el «Appendice I» (pp. 431-435) reproduce la edición de P. Galindo de la Renotatio librorum domini Isidori, acompañada de una traducción; y el «Appendice II» (pp. 436-437) incluye un índice de las obras de Isidoro con indicación de las últimas ediciones de cada una de ellas, así como de su fecha de redacción aproximada (en algunos casos discutible).
El autor reconoce igualmente en la «Introduction» (p.
10) que ha pretendido que su libro resulte de fácil lectura, y que por ello ha renunciado a incluir en él toda referencia a las inevitables discusiones de los estudiosos sobre algunos aspectos concretos de la materia tratada, lo que se pone de manifiesto en la ausencia de notas a pie de página y en la reducción de la bibliografía a unos pocos títulos incluidos al final de cada uno de los capítulos.
Tan legítimo es el procedimiento como discutible el uso que de él hace Fontaine.
Por un lado, un lector inocente puede creer que todas las afirmaciones del libro son universalmente admitidas: así, la identificación de la madre de Isidoro con la abadesa de nombre «Túrtura» del monasterio en el que profesaba su hermana Florentina, tesis únicamente del propio Fontaine (pp. 89-90); o la más que discutible datación tardía (de hacia 633) que se atribuye a las Sententiae isidorianas, de la que depende en buena medida la interpretación que se propone de este tratado (cap. 12).
Por otro lado, se advierte en la bibliografía una evidente sobreabundancia de trabajos del propio Fontaine, mientras que muchos estudios fundamentales de C. Codoñer, M. Reydellet, L. Robles o M. Rodríguez-Pantoja han sido dejados de lado.
Dentro del planteamiento general del libro, me llama también la atención que, al estudiar las distintas obras de Isidoro, Fontaine no haga referencia alguna al De haeresibus, si bien es cierto que el opúsculo identificado por A. C. Vega con el citado tratado (El Escorial, 1940) no es ciertamente la obra de Isidoro, hoy perdida.
Sin embargo, sí se ocupa Fontaine del Liber numerorum, pese a que también existen serias dudas sobre la paternidad isidoriana del tratado que bajo este nombre se le atribuye (a las que, por cierto, tampoco se hace alusión en el libro).
Señalo a continuación algunos pequeños errores por si pudiesen ser corregidos en una segunda edición: en la p.
1 del Epistularium de Braulio de Zaragoza, escrita por Isidoro (= epist.
173 se dice que Braulio de Zaragoza dividió en quince libros el texto de las Etymologiae que le envió Isidoro, y que con posterioridad a Braulio esta obra conoció una nueva división en veinte libros, sin embargo, los mayores especialistas en la tradición manuscrita de las Etymologiae han insistido en que la única división que se puede atribuir a Braulio es la de veinte libros; en la p.
177 se dice que el epítome de los Chronica que Isidoro incluyó al final del libro V de las Etymologiae finaliza en tiempos de Sisebuto, sin embargo, dicho epítome aparece fechado en 627/8, en tiempos de Suintila; en la p.
220 se dice que la segunda redacción de los Chronica se extiende hasta el décimo año del reinado de Suintila (año 631), y en la p.
229, que finaliza en el decimoctavo año del emperador Mauricio y en el séptimo del rey Suintila, en realidad la segunda redacción de esta obra concluye en el quinto año del reinado de Suintila (en 626), que Isidoro hace coincidir con el decimosexto del emperador Heraclio I (y no Mauricio); en la p.
307 se dice que Isidoro dio a conocer sus Sententiae a petición de Braulio de Zaragoza, idea que no sé de dónde ha podido tomar Fontaine, pues no se encuentra ni en P. Cazier ni en L. Robles, los dos principales especialistas de esta obra; en la p.
13 del Epistularium de Braulio un pasaje tomado en realidad de la epist.
408, en la lista de los autores medievales de las Islas Británicas que habrían conocido alguna obra de Isidoro, se incluye el Anonymus ad Cuimnanum, tratado que hoy día se cree más bien redactado en Bobbio; en fin, sin advertir de ello al lector, Fontaine ha incluido conjeturas propias en la reproducción de la edición de P. Galindo de la 1 Bursians Jahresbericht 285, 1944-1955, pp. 213-410.
Renotatio librorum domini, en la que además se han deslizado algunos errores como «tu diuinarum humanarumque rerum» (tu omnium diuinarum humanarumque rerum Gal.), o «coram eo Hispali gesta declarant» (acta Gal.).
La impresión final es que estamos más bien ante una obra de divulgación que ante un estudio novedoso en su terreno.
Pero lo más curioso es que en un libro que aspira a servir de introducción general a la vida y obra de Isidoro de Sevilla predomine hasta tal punto el enfoque personal de su autor en la selección y distribución de la materia, en los juicios emitidos y en la bibliografía recomendada, que el resultado de todo ello no pueda considerarse tanto un estado de la cuestión, como la visión particular que Fontaine tiene de la misma.
La obra de Apolonio de Rodas ha sido una de las más beneficiadas por el notable resurgimiento de los estudios sobre literatura helenística que ha tenido lugar en los últimos veinte años.
Este nuevo interés por las Argonáuticas se ha visto reflejado en una rápida sucesión de publicaciones en las que se ha tratado por lo general de rehabilitar tanto el valor literario del poema como la teoría poética de Apolonio.
Aparece, pues, en buen momento esta colección de artículos sobre las Argonáuticas, no sólo porque se hacía necesaria una visión de conjunto del estado actual de la crítica de nuestro poema, sino también porque, al haber remitido recientemente algo el ritmo de publicaciones, se presentaba una buena oportunidad para mirar atrás y examinar el trabajo realizado durante estos prolíficos últimos años.
En el primer capítulo R. F. Glei repasa la bibliografía sobre Apolonio de los últimos 50 años.
Este trabajo es complemento del bien conocido y mucho más detallado ensayo bibliográfico de H. Herter 1, donde se examinaban las publicaciones sobre Apolonio de Rodas aparecidas entre 1921 y 1955.
Aunque el trabajo de Glei está bien lejos de la exhaustividad y profundidad alcanzadas por Herter, su utilidad no es menor; principalmente porque el autor ha sabido concentrarse en los trabajos más significativos y más influyentes y, sobre todo, no ha eludido incluir esclarecedoros juicios de valor sobre esos mismos trabajos o las corrientes críticas que representan.
Así, leemos con pleno acuerdo de nuestra parte que Glei encuentra agotados ciertos temas de investigación como el carácter del heroísmo de Jasón, la supuesta rivalidad entre Apolonio y Calímaco, la recreación o imitación de la poesía homérica o la cronología relativa de la obra de Apolonio y la de Teócrito.
Como contrapartida Glei menciona positivamente los relativamente escasos trabajos de orientación sociológica o antropológica aparecidos en este periodo, en los que ve campos de investigación mucho más prometedores para el estudioso del poema, tales como la relación entre los varios discursos científicos helenísticos (historia, geografía, etnografía, medicina, navegación) y el discurso literario de Apolonio o la recepción y reinterpretación de las Argonáuticas entre los autores latinos y griegos posteriores.
En el lado negativo, hemos de citar que, si bien Glei admite que por el momento 2 Callimachus and His Critics.
Princeton, 1995. la edición de Vian ha de considerarse definitiva, concede todavía excesivo mérito a la edición de Fränkel, cuyos criterios y resultados deben tenerse ya por ampliamente superados y, por tanto, de dudosa utilidad.
Sigue una serie de capítulos donde se ofrece una visión general y debidamente actualizada de algunos de los problemas que han venido a ser tradicionales en las investigaciones sobre las Argonáuticas.
El capítulo de G. Schade y P. Eleuteri sobre la tradición manuscrita y papirológica del poema destaca por contener un examen de todos aquellos pasajes del poema para los que hay evidencia de una versión previa, la controvertida proékdosij, en donde se demuestra que las diferencias entre ambas versiones son de detalle y en nada afectan al carácter de la obra (pp. 30-33), una lista completa de los papiros que contienen fragmentos de las Argonáuticas (pp. 37-39) y un completo y actualizado stemma codicum para la tradición manuscrita medieval (p.
A continuación M. R. Lefkowitz ratifica sus conclusiones de trabajos anteriores sobre el carácter mítico y ficticio de los datos biográficos disponibles en la tradición antigua sobre Apolonio de Rodas, entre ellos su famosa enemistad con Calímaco.
Buena parte de este trabajo está dedicada a rebatir el libro de A. Cameron 2 en donde se atribuye cierto valor y fiabilidad a las biografías de los poetas helenísticos.
A. Köhnken, por su parte, reitera la prioridad cronológica, y, por tanto, la influencia de Teócrito sobre los episodios de Hilas y Ámico en las Argonáuticas, pero incluye igualmente un breve examen de la relación cronológica entre Calímaco y Apolonio por un lado y Calímaco y Teócrito, por otro.
En el primer caso reafirma la opinión generalizada de que Apolonio siguió a Calímaco, sobre todo en aspectos de dicción poética, pero en el segundo caso Köhnken refuta la opinion predominante y defiende, en lugar de una influencia mutua, la prioridad de Teócrito, cuyo tratamiento del amor de Polifemo por Galatea, por ejemplo, debe asumirse en el epigrama 46 de Calímaco (pp. 80-83).
R. Hunter examina en el siguiente capítulo la posición de las Argonáuticas dentro del género épico y su relación dinámica no sólo con Homero sino, en la medida en que esto puede apreciarse, con los poemas cíclicos.
Hunter destaca la importancia que tienen para Apolonio el mantenimiento de la continuidad narrativa y la inclusión en el poema de todos los episodios relevantes del mito, tal como sucede en los poemas cíclicos.
De ahí que en definitiva se incline por describir a las Argonáuticas como una especie de poema cíclico escrito, eso sí, al estilo "moderno" de Calímaco.
Aunque esta propuesta parece atractiva, no deja de ser un mero compromiso teórico que trata de combinar dos perspectivas críticas contradictorias: la vieja (y en su día heterodoxa) de K. Ziegler sobre el carácter "cíclico" de la épica helenística, de lo cual las Argonáuticas serían un ejemplo, y la moderna "calimaquización" del poema 3.
En un interesante trabajo que demuestra las grandes posibilidades de aplicar conceptos e ideas de teoría literaria moderna a la literatura antigua, M. Fusillo examina el papel del monólogo interior (en realidad los monólogos de Medea en el libro tercero) en la técnica narrativa de Apolonio.
El autor sostiene que ésta es una de las innovaciones introducidas por EM LXX 2, 2002 Apolonio en la poesía épica, contribuyendo a redefinir el género alrededor de las reacciones y conflictos psicológicos de los personajes y reemplazando así al pragmatismo de la narración homérica, que estaba centrada más bien en la concatenación causal y en la finalidad de las acciones narradas.
Esta postura crítica tiene el gran mérito de asignar a las Argonáuticas un lugar propio en la tradición y, sobre todo, en la evolución del género épico contribuyendo así a superar la cuestión de si Apolonio simplemente pretendía revivir la épica homérica o reinventarla siguiendo el modelo de Calímaco.
Los capítulos siguientes, escritos por B. Effe y M. Fantuzzi, examinan la relación de la lengua poética de Apolonio con la lengua de Homero.
Effe lo hace a través de un examen de los símiles, mientras que Fantuzzi estudia con cierto detalle el uso de frases formulares.
En ambos casos se reafirma la bien conocida tensión entre tradición e innovación que caracteriza el discurso poético de Apolonio.
Tanto el tratamiento de los símiles como el uso de frases formulares demuestran que Apolonio rehuye la imitación directa en favor de la alusión o de la variación.
Con el capítulo de A. Rengakos dedicado al estudio de los homerismos de Apolonio comienza tal vez la sección más innovadora y estimulante del libro.
En este trabajo se propone redefinir la figura de Apolonio como "poeta-filológo", poihtÈj Šmà kritikój, demostrando que las Argonáuticas no sólo son un poema épico, sino también una peculiar exégesis de los poemas homéricos, especialmente de los pasajes más oscuros o polémicos.
Si bien este enfoque conlleva el riesgo de convertir el estudio de Apolonio en un estudio diferido sobre Homero, tiene el mérito de reorientar la cuestión del homerismo de Apolonio, ya que la relación entre ambos poetas se define ahora no sólo en el contexto de una tradición literaria, sino también de una tradición filológico-crítica.
Esto supone una reevaluación del concepto de poesía en Apolonio a fin de incluir no sólo el aspecto literario y creativo, sino también el de investigación filológica.
De orientación teórica similar es el capítulo de D. Meyer, en el que se sostiene que uno de los objetivos de las Argonáuticas es integrar en el mito los conocimientos geográficos de la ciencia helenística.
De este modo la figura de Apolonio como poeta épico se sustituye por la mucho más dinámica y compleja de poeta-geógrafo, o más exactamente, poeta-investigador o poeta-erudito, puesto que el poema puede también leerse como contribución a otros campos de la ciencia helenística como la medicina, la náutica, la historia o la etnografía.
El estudio de Meyer implica de nuevo aplicar a la obra de Apolonio un concepto de poeta y de poesía que permita dar cuenta del ineludible carácter de exposición científico-crítica que exhiben las Argonáuticas.
Es de lamentar que no se incluyan en el libro otros artículos escritos desde esta misma perspectiva crítica, pero hay que reconocer también que la escasez de trabajos recientes sobre estos temas justifica la decisión de los editores.
Los capítulos siguientes tratan sobre la recepción de las Argonáuticas en la literatura antigua posterior, campo de gran fecundidad no muy bien trabajado hasta ahora.
D. P. Nelis da una visión actualizada de la influencia de Apolonio en Virgilio prestando atención no sólo a la Eneida, sino también a pasajes procedentes de las Églogas y de las Geórgicas (pp. 239-240).
E. J. Kenney estudia la relectura del personaje de Medea por Ovidio y F. Vian demuestra que Apolonio era bien conocido por poetas griegos tardíos como Quinto de Esmirna, Trifiodoro y Nono.
Estos dos últimos trabajos constituyen contribuciones fundamentales a campos prácticamente inexplorados y su inclusión en este Companion constituye un gran acierto.
Por contra, llama la atención que no se incluya un capítulo dedicado al poema de Valerio Flaco, que es el obvio ejemplo del interés y pervivencia de la obra de Apolonio entre los autores latinos.
Por último, en un trabajo innovador y atrevido J. K. Newmann, dentro del contexto de la utilización del mito de los Argonautas por el pensamiento colonial e imperialista de los reinos helenísticos, Roma y los estados modernos europeos, propone una relectura de las Argonáuticas como contestación a este uso del mito como propaganda ideológica.
Apolonio habría producido una versión antiépica y antiheroica del mito a fin de socavar la interpretación "oficial" del viaje de los Argonautas como prototipo de expedición guerrera y colonizadora.
El argumento más sólido en favor de esta teoría es el estudio de la ambivalente representación que, con ayuda de la ironía poética tomada del lenguaje de Calímaco, hace Apolonio del heroísmo de Hércules y, sobre todo, de Jasón (pp. 330-335).
El frágil y frecuentemente cuestionado liderazgo de este último, su dependencia de Medea y la traición de Apsirto bien podrían convertirlo en un modelo más que cuestionable para reyes y gobernantes con ambiciones expansionistas.
Sin embargo, no está claro que el heroísmo de las Argonáuticas sea prueba de una radical rebeldía intelectual e ideológica de Apolonio contra el imperialismo de los ptolomeos y menos aún que como consecuencia de tal rebeldía Apolonio perdiera su puesto al frente de la Biblioteca de Alejandría y tuviese que marchar al exilio en Rodas, tal como supone el autor (pp. 335-337).
Obviamente plantear hipótesis aventuradas como éstas tienen efectos desafortunados como resucitar cuestiones ya superadas como la validez de la tradición biográfica sobre Apolonio y, peor aún, se basan en ignorar interpretaciones sobre la poesía de Apolonio igualmente innovadoras pero mejor fundamentadas (como las de Rengakos y Meyer).
Los profesores de literatura griega de la universidad de Urbino coeditan un nuevo volumen monográfico de estudios sobre la figura de Medea bajo un título ambicioso y programático, «Medea en la literatura y en el arte».
Compuesto por una introducción de Gentili y diez estudios a cargo de diversos especialistas, entre ellos resulta destacado -ya desde la presentación del volumen en la contraportada -el estudio «Immagini di Medea» de Cornelia Isler-Kerenyi, única contribución de corte artístico que justifica el título compuesto, y se considera una innovación por presentar la imagen de Medea leída desde la figuración en un entorno eminentemente filológico y literario.
Junto a esta visión iconográfica, la figura de la hechicera se explora y se revisa en la diversidad de facetas que el personaje trágico presenta desde la épica arcaica hasta los tintes que adquiere en las recreaciones y reinterpretaciones dramáticas y cinematográficas en el siglo que dejamos atrás, centrándose en aspectos -en cierta medida novedosos -semánticos (análisis de términos) y antropológicos, como se reivindica en la introducción (p.10).
El análisis comienza por la Medea arcaica y preclásica, la Medea de los épicos y de Píndaro, contemplada en el estudio de P. Giannini como la maga extranjera que va acumulando "manchas" en una trayectoria vital que termina como matricida en Corinto.
La inevitable creación trágica de Eurípides centra el interés de cinco estudios a cargo de B. Gentili, C. Catenacci, A. Beltrameti, M. G. Fileni y A. Giacomoni, que se ocupan de explorar el conflicto de la esposa abandonada por Jasón desde diferentes puntos de vista.
Gentili, en una nueva EM LXX 2, 2002 síntesis, plantea el problema como una cuestión de enfrentamiento de dos díkai distintas: la de Medea, la díkh conyugal sancionada por Apolo, que resulta transgredida por Jasón, que se atiene a su díkh heroica, incurriendo de ese modo en una'dikía que se materializa en el abandono del lecho, hecho que Gentili considera central en el conflicto.
En la línea del análisis de los términos y sus valores, -y en un apéndice aparte -al hilo de la argumentación, discute una lectio del v.
151 y las razones para elecciones distintas.
El estudio de Catenacci se centra en el célebre y terrible monólogo de Medea (vv.
1021-1080), mientras las profesoras Beltrameti, Fileni y Giacomoni, respectivamente, abordan los distintos conflictos en los que se debate la protagonista al enfrentar de manera trágica amor conyugal y materno («Eros e maternità.
214-224)») y al enfrentar justicias diferentes («La díke di Medea e la díke di Trasonide»).
Y para terminar con la exploración de su figura literaria en el mundo clásico, dos estudios se ocupan de las restantes Medeas.
En primer lugar, M. R. Falivene, nos presenta en «Un' invincibile debolezza: Medea en las Argonautiche di Apollonio Rodio» a una enamorada vencida por el amor, privada de sus más terribles armas y "hablando el lenguaje de la lírica arcaica" (p.115), en la línea de Safo o Anacreonte.
G. Guastella, en cambio, analiza y compara en «Il destino dei figli de Giasone» las diferentes circunstancias conyugales que se presentan en Eurípides, en la versión de Séneca y en la Medea que dibuja el poeta Ovidio en el libro VII de las Metamorfosis y en la XII Heroida, con las implicaciones que tienen sobre la figura de los hijos, de los que ella, en las versiones latinas -y especialmente en Séneca -se desliga después de matarlos, porque siente que el divorcio y el abandono de Jasón la han hecho "desaparecer" como madre (p.
Para cerrar el panorama dramático-literario, el estudio se vuelve en «Tre Medee del Novecento (Alvaro, Pasolini, Wolf)» (C. Ieranò) hacia las versiones actualizadas de un dramaturgo, una novelista y un cineasta contemporáneos: Corrado Alvaro, Christa Wolf y Pier Paolo Pasolini, que abordan a la bárbara venida de la Cólquide básicamente como "la extranjera".
Y, como apuntaba al principio, junto a este recorrido literario se presenta el único trabajo incluido en la monografía que hace referencia a la imagen de Medea en las artes figurativas, en el que la conocida especialista en análisis iconográfico de escenas de pintura vascular, esboza un pequeño trabajo de síntesis panorámica de la imagen de Medea en la cerámica etrusca, griega y en la imagen romana (sin hacer una incursión completa en el conjunto de las representaciones de Medea en sarcófagos y pinturas parietales).
Una suerte de revisión que, además de presentar de manera cronológica y agrupada por tendencias y producción las imágenes de Medea en los distintos tipos de escenas que se pueden individualizar en la cerámica griega (con poco soporte gráfico), se centra especialmente en resaltar la imagen de una Medea -de nuevo -"extrateatral", "preeuripidea" y exaltada en su lado divino, mágico y sacerdotal, con conclusiones que no siempre aparecen bien fundamentadas.
El cuerpo de textos va acompañado de un índice de pasajes citados y otro de nombres antiguos, pero falta una bibliografía, y la colocación de las notas al final de cada capítulo sigue resultando, a mi entender, un poco molesto.
En conjunto, el volumen intenta presentar un nuevo enfoque, especialmente de "lecturas" semánticas, persiguiendo la figura de una Medea menos trágica y más prístina, indagando, de nuevo, sobre la maga y la extranjera que llega a reinar, en el deseo de aligerar el tópico tono trágico de la cruel "asesina de niños".
Como reza su contraportada, el estudio quiere «cubrir una laguna en los estudios italianos sobre Medea», y lo hace, aunque no llega a resultar tan definitivo y sugerente como algunos de sus prece-dentes: Medea.
Essays on Medea in myth, literature, philosophy and art, (editado por J. Clauss y S. Iles Johnston, Princeton, 1997), por citar un ejemplo.
Georg Luck, tras un título tan sugerente, ofrece la recopilación con una puesta al día mínima de veintiún artículos, reseñas y estudios varios que fue publicando desde 1953 a 1998 a los que se añade un trabajo sobre Apuleyo previamente no publicado.
Se trata por tanto de una serie de disiecta membra, de tamaños muy diversos (desde notas de investigación de 3 páginas a largos ensayos de 43) cuyo punto en común lo ofrece el enfoque sobre el tema religioso, la dedicación al mundo clásico y la lengua inglesa como vehículo de transmisión (el propio autor se ha encargado de la traducción de seis de sus artículos previamente publicados en alemán).
Aunque no está dividido por bloques de modo expreso, los diversos trabajos que componen el libro presentan un cierto orden temático que podríamos nombrar por el orden en que aparecen (sin que éste sea estricto): mysterica, philosophica, christiana y magico-hermetica.
En esta revisión no optaremos por seguir el esquema del libro sino por comentarlo en el orden de publicación de las contribuciones que incluye puesto que quizá así podamos desentrañar en algo los intereses de investigación de un estudioso que ha alcanzado una notoriedad desusada (que ha desbordado los ámbitos de los especialistas del mundo clásico) como consecuencia del impacto de su muy notable selección de textos comentados titulada Arcana Mundi (Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1985).
Se trata de un libro que ha sido traducido al alemán, italiano y también un decenio después de su edición inglesa al español para la editorial Gredos por Elena Gallego y Miguel Pérez Molina.
Ancient pathways comienza con una elogiosa reseña de 1953 en Gnomon a la obra maestra de E.R. Dodds, Los griegos y los irracional, en la misma revista y tres años después publicó Luck la reseña al Seelenführung de Paul Rabbow (la cuarta contribución de este libro); estos trabajos de juventud iustran el interés del autor por la filosofía y en particular la religión filosófica, línea de trabajo que encarará en sus publicaciones posteriores.
En 1956, entrando el autor la treintena, publica en la Harvard Theological Review un estudio sobre las implicaciones filosóficas y religiosas del Sueño de Escipión de Cicerón y en 1958 en el número 63 de Harvard Studies in Classical Philology, dedicado a Werner Jaeger, un artículo que estudia la figura de Paladas de Alejandría y la época entre paganismo y cristianismo en la que vivió este poeta-filósofo de adscripción ideológica elusiva.
Los siguientes cinco trabajos, de la década de los 60, fueron escritos en alemán; para el Homenaje a Walter Wili (Humanitas, Berna, 1960) ofreció un pequeño artículo dedicado a las Musas en la poesía romana y el mismo año, en Gymnasium, presentó una revisión sin aparato de notas sobre los dioses de Epicuro (a modo de deuda de amistad y discipulado con André Festugière).
En el Homenaje a Theodor Klauser (Mullus, Münster, 1964) disertó sobre la biografía antigua desde el paradigmático Suetonio a las primeras vidas de santos cristianas; este discurrir de paganismo a cristianismo, desde las opciones filosóficas clásicas a las de los pensadores de la Iglesia triunfante (y sus modos de expresión formales) será otro de los temas recurrentes en la investigación de Luck a través de los años.
En Archiv für Begriffsgeschichte ese mismo año EM LXX 2, 2002 publicará una decena de densas páginas sobre el significado de la palabra sapientia en el vocabulario latino (y la historia del término) y en el Homenaje a Marcel Renard (Hommages à Marcel Renard, Bruselas, 1969) un pequeño estudio sobre el rey Midas y los misterios basándose en Apuleyo.
Esta vía de investigación sobre lo mistérico fructificará en 1973 en un artículo notable sobre Virgilio y las religiones mistéricas publicado en American Journal of Philology (donde intenta recuperar y redimensionar la interpretación iniciática del sexto libro de la Eneida que realizó el obispo Warburton en 1737).
Los siguientes trabajos vuelven a ahondar en diferentes problemas de filosofía y religión: sobre Panecio de Rodas (AJPh 96, 1975); sobre el De fato de Cicerón (una nota de tres páginas AJPh 99, 1978); sobre Manilio y el estoicismo (en Mémorial André-Jean Festugière, Ginebra, 1984).
Ese mismo año retoma el tema de las vidas de santos para desarrollar una serie de comentarios a la Vida de Santa Macrina en el volumen editado por Andres Spiras sobre Gregorio de Nisa (The Biographical Works of Gregory of Nyssa, Cambridge, Mass., 1984) y en Euphrosyne en 1986 redacta una nota de 5 páginas sobre el fin del culto pagano en el diálogo Asclepio; confluían en este trabajo varios de los intereses de Luck en su investigación aquí reseñada: la filosofía de las transiciones (de paganismo a cristianismo), que se materializan en el mundo hermético y mágico, al que en esa fecha dedicaba sus intereses en lo que sería en 1985 Arcana Mundi.
De 1988 y también en Euphosyne será un pequeño artículo sobre la muerte de Lucrecio y su supuesta locura (que explicaría el suicidio a la par que desacreditaría a su escuela filosófica).
De 1989 es quizá el trabajo más sustancial de este Ancient pathways, publicado originalmente en el volumen auspiciado por J. Neusner, Religion, Science and Magic (Oxford University Press, 1989); en 43 páginas Luck hace una síntesis magistral sobre la teurgia en el neoplatonismo, sin renunciar a la perspectiva comparativa desde la que incluye referencias al uso de sustancias psicodélicas, al vudú, a la psicología.
En el corto prefacio de 1999 a Ancient pathways mantiene el autor que una vía para la comprensión de la magia es el estudio del uso de ese tipo de sustancias y acepta, además, el término enteógenos, popularizado por Gordon Wasson, para referirse a los psicodélicos con un uso de carácter religioso (citando el libro de R. Forte (ed.), Entheogens and the Future of Religion, San Francisco, 1997 -quizá conviene referirse al más reciente y traducido al español de Huston Smith, La percepción divina.
El significado religioso de las sustancias enteógenas, Barcelona, 2001, el título inglés es Cleansing the Doors of Perception).
Se trata de un tema sobre el que se ha escrito y se sigue escribiendo bastante (plegándose a una moda editorial muy distorsiva) y que plantea algunos problemas de método, pues en cierto modo intenta desentrañar pautas de comportamento religioso más allá de los contextos culturales (cuando no trata de explicar toda religión y toda humanidad por el consumo de sustancias psicodélicas como hace, de modo paradigmático R. Gordon Wasson -por ejemplo en La búsqueda de Perséfone.
Así todo se mezclaría y significaría lo mismo y la experiencia del adepto dionisíaco que estima que su dios radica en su interior se convertiría no sólo en clave para nombrar las sustancias en uso, sino en modelo director de la comprensión de todo este tipo de experiencias.
Éntheos y enteógeno presupone la presencia de un dios fuera y dentro del que usa la sustancia, por tanto se trata de la asunción de un lenguaje teológico que tiende a estimarse universal y por tanto a unificar arbitrariamente religiones y percepciones en un reduccionismo que probablemente resulte una perversión del método comparativo.
Siguiendo con los temas sintéticos sobre magia y hermetismo retoma Luck un trabajo sobre la doctrina de la salvación en los escritos herméticos (Second Century 8, 1991) y del año 1992 para el volumen 16 del Reallexikon für Antike und Christientum una síntesis, originalmente en alemán, sobre el humor en la cultura pagana y en la Iglesia primitiva; se trata del trabajo que cierra el libro que reseñamos, quizá porque es el que resulta más misceláneo y alejado de los intereses generales que presiden la obra.
De 1995 es «Recent works on ancient magic» que los lectores españoles ya conocíamos puesto que se publicó en primer lugar como una introducción especial en las páginas 9 a 28 de la traducción de la editorial Gredos de Arcana Mundi.
El trabajo previamente publicado que cierra cronológicamente el libro, corresponde al Homenaje a Günther-Christian Hansen (Dissertatiunculae criticae, Würzburg, 1998) y trata del tema de la transfiguración de Jesús desde un análisis filológico del vocabulario empleado para su descripción en los evangelios sinópticos.
Queda por citar un trabajo inédito que retoma el interés de Luck por las errancias y contextos mágicos y milagrosos descritos por Apuleyo.
El libro termina con cuatro minuciosos índices (de términos griegos y latinos, de citas y de nombres-temas) que le otorgan coherencia editorial de monografía.
Se trata de una obra miscelánea, que los criterios de propaganda editorial presentan como un complemento de Arcana Mundi, pero que quizá resulte decepcionante para tantos lectores no especialistas como tiene ese libro, interesados por la magia en general y no por las complejidades del quehacer de un investigador sobre los modos de pensar y creer del mundo antiguo a lo largo de casi medio siglo de dedicación.
El libro tiene aportaciones muy notables, que se agradecen recopiladas en un solo volumen, doblemente manejable por lo bien surtido de los índices.
Si se puede estar tentado de pensar que adolece de una estructura más coherente, hay que tener en cuenta que Luck no es un investigador ni monotemático ni aburrido, y que en la variedad de los senderos que ha andado y desandado radica el interés de muchas de las perspectivas que ha sido capaz de exponer, lejos de erudiciones enredosas y en la línea de sintesis muy clarificadoras.
FRANCISCO DÍEZ DE VELASCO.
Universidad de La Laguna.
El volumen objeto de esta reseña reúne las comunicaciones presentadas en el I Coloquio sobre la filosofía en época imperial, celebrado en Roma del 17 al 19 de junio de 1999, bajo el doble auspicio del Consiglio Nazionale delle Ricerche y de la Universidad de Roma La Sapienza, y organizado por el prof. Aldo Brancacci, editor del volumen, que enseña Historia de la Filosofía Antigua en la Univ. de Roma Tor Vergata, Depto. de Ricerche filosofiche.
Como indica el editor en el prólogo (pp. 9-11), a pesar del interés creciente de que viene siendo objeto la filosofía de época imperial -categoría que, como es sabido, se refiere convencionalmente a la producción filosófica que, desde los últimos decenios del s. I a.C., cubre los tres primeros siglos del Imperio -, y a pesar de que tal interés resulta totalmente justificado dada la enorme importancia de este período histórico en el pensamiento antiguo, no es habitual dedicarle grandes reuniones científicas de carácter nacional o internacional.
De ahí que esta publicación tenga ya de entrada un gran valor, aunque no pretenda en modo alguno un tratamiento completo y sistemático del período, lo que, por otro lado, debido a la riqueza y EM LXX 2, 2002 complejidad del tema, excedería los límites de un solo coloquio, mucho más de uno de reducidas dimensiones como éste.
De hecho, su organizador ha procurado más bien trazar los fundamentos de futuras discusiones, presentando algunos de los principales resultados de las investigaciones realizadas por especialistas de reconocido prestigio en las principales escuelas y tradiciones filosóficas de la época.
No en vano, el coloquio que está en el origen de esta publicación se presenta como el inicio de una serie regular de reuniones científicas sobre el tema de la filosofía en época imperial desde el punto de vista de las distintas escuelas y tradiciones.
Los interesados en este ámbito de estudio deberán, pues, en adelante prestar atención a la publicación de nuevos volúmenes, que sería deseable se produjera con la regularidad con la que se pone al día el estado de las investigaciones en otros campos relevantes de nuestros estudios.
En esta primera entrega se recogen ocho ponencias que atañen a una buena parte de las tradiciones filosóficas vigentes en época imperial: platonismo, aristotelismo, cinismo, estoicismo y pitagorismo, además de la ciencia hipocrática.
Del estoicismo (el de esta época, muy influyente, se suele denominar «neoestoicismo») se ocupa sobre todo A. M. Ioppolo, que se centra en Séneca (s. I d.C.), con un estudio titulado «Decreta e praecepta in Seneca» (pp. 13-36).
En él aborda una cuestión de gran alcance y muy debatida en el seno de la Estoa, la del grado de importancia que se debe atribuir a los preceptos de carácter particular (como distintos de los principios de carácter universal) en el aprendizaje de la filosofía.
Séneca intenta ofrecer su propia respuesta y lo hace en polémica con los puntos de vista de un estoico del s. III a.C., que fuera discípulo disidente de Zenón, a saber: Aristón de Quíos, quien, considerando inútiles los preceptos, apostaba por la enseñanza de tipo protréptico basada en el uso de exempla.
Ioppolo, como excelente conocedora de Aristón que es (cf. su libro publicado en 1980 en el marco de la misma colección), analiza con precisión y lucidez las argumentaciones de Séneca en favor de los preceptos, contra las opiniones de su predecesor.
El estudio resulta muy clarificador en el tratamiento de temas tan delicados como el de qué papel juega la naturaleza como fundamento de la acción moral y cuál es el método más apropiado para la enseñanza de ésta.
En su análisis, la autora da buena cuenta de la opinión de estoicos anteriores a Séneca.
Se podría quizá haber hecho intervenir también en el debate a otros que vinieron después, en particular a un estoico un par de generaciones posterior, Epicteto, que compartiría con Aristón una fidelidad a los puntos de vista cínicos que se hallaban en el origen de la ética estoica (se suele hablar en este sentido de «estoico-cínico»).
Es interesante sobre todo constatar cómo Epicteto, gran pedagogo, defendió, al igual que los peripatéticos, la existencia de un estatuto moral específico para el individuo que progresa en el conocimiento de la filosofía, oponiéndose a la posición de la Estoa ortodoxa, que no reconocía estado intermedio entre los del sabio y del necio.
La tradición cínica en la época es abordada por otro gran especialista, en este caso el mismo A. Brancacci, que se ha ocupado en sus investigaciones fundamentalmente de Antístenes, pretendido fundador de la secta en el s. IV a.C. (cf. en particular su libro publicado en 1990, de nuevo en el marco de la misma colección).
Aquí se centra en la figura de Enómao de Gádara, filósofo sin duda del s. II d.C., con un trabajo titulado «Libertà e fato in Enomao di.
Tras abordar el problema de los testimonios relativos a este cínico (se añade una útil y novedosa recopilación de los mismos en apéndice), de cuya producción conservamos sólo fragmentos, Brancacci intenta reconstruir el plan general de la obra de aquél Sobre el cinismo (que identifica con la titulada La propia voz del perro), afirmando que el autor proponía en ella una verdadera refundación del cinismo, basada en una tradición poco seguida con anterioridad (la representada por las tragedias y la República de Diógenes), propuesta que se dirigiría no sólo contra la tradición cínica de su época sino también contra buena parte de la tradición más antigua, bastante contaminada de estoicismo.
Según Brancacci, la idea clave de la obra en cuestión sería la libertad, definida no como šleuqería frente a la túxh ('fortuna') desafiada por el cinismo tradicional, sino como šcousía ('potestad') frente a la e ¶marménh ('destino') proclamada por los estoicos.
Sería para afirmar la potestad real del hombre de intervenir activamente en la escena de su existencia para lo que habría recuperado Enómao la antigua metáfora de la vida como un drama, que había sido utilizada en la tradición anterior para expresar otras alternativas (respecto a su empleo por parte de Bión y Teles, del s. III a.C., aparte del comentario clásico que cita Brancacci de J.F. Kindstrand -Uppsala, 1976, pp. 205-208 -, se puede encontrar una revisión crítica en el comentario que le dedicamos nosotros en Les diatribes de Télès, París, 1998, pp. 148-166).
Resulta, en fin, muy interesante la idea de Brancacci según la cual Enómao, además de ir contra el estoicismo de Crisipo, estaría proponiendo una revisión del cinismo mismo en busca de un sentido más auténtico, donde no resolvería la libertad, como hace la concepción cínica precedente, en'diaforía y aÐtárkeia, es decir, en una libertad interior, sino que, superando el intelectualismo socrático subyacente en dicha concepción, reconocería el poder del hombre para modificar la realidad exterior a través de acciones eficaces.
La tradición médica, por supuesto desde la perspectiva de su alcance filosófico, está presente en el volumen a través dos trabajos referidos a Galeno (s. II d.C.): en uno de ellos, M. Vegetti estudia el empleo que el célebre médico hace del Timeo de Platón contra la fundamental tesis platónica de la inmortalidad del alma o al menos de su parte racional («De caelo in terram.
Il Timeo in Galeno [De placitis, Quod animi]», pp. 69-84); en otro, L. Perilli hace un recorrido minucioso por la pervivencia filosófica de Galeno a través de los comentarios griegos de tendencia neoplatónica sobre las ideas de aquél acerca de los componentes elementales del hombre y del universo, así como de su interrelación («La fortuna di Galeno filosofo.
Se añade en apéndice una muestra de las aportaciones textuales del nuevo testimonio estudiado (conservado en un manuscrito de la Biblioteca de S. Marcos de Venecia) de los llamados Scholia Yalensia (ca. s. V-VI) publicados por P. Moraux en 1977.
La revisión del uso del concepto de "pitagorismo" en época imperial, es decir, del llamado "neopitagorismo", es objeto de un estudio de B. Centrone («Cosa significa essere pitagorico in età imperiale.
El autor, buen conocedor de la literatura pseudo-pitagórica dórica (cf. de nuevo en esta misma colección, 1990, su edición de los tratados éticos atribuidos a Arquitas, Teágenes o Metopo y compuestos sin duda entre los siglos I a.C. y I d.C.), realiza aquí un certero recorrido crítico por obras de una serie de autores de época imperial (filósofos como Moderato, Nicómaco y Numenio, pero también figuras más variopintas como Nigidio Fígulo y Apolonio de Tiana), donde con lo platónico se mezclan elementos "pitagóricos" o "pitagorizantes".
Siguen tres trabajos que conciernen a la exégesis platónica y aristotélica.
Del Timeo platónico de nuevo, ahora en su contenido matemático, se ocupa F. Ferrari («I commentari specialistici alle sezioni matematiche del Timeo», pp. 169-224).
Los dos últimos se ocupan de aspectos de la obra del peripatético Alejandro de Afrodisiade (s. II-III d.C.), célebre comentarista traducido como "friggitori") de Aristófanes (fg.
En una segunda parte M. Pellegrino aborda el estudio de aquellos fragmentos en que la utopía gastronómica, sin ser el tema dominante, reaparece en otros fragmentos, transmitidos también por Ateneo: Las Segundas Tesmoforiantes (frg.
581) de Aristófanes; Los Porteadores de Hermipo (frg.
63); El maestro de esclavos de Ferécrates (frg.
50); el Faón de Platón el cómico (frg.
Pellegrino da cuenta, en una breve y sustanciosa introducción, de las modernas teorías literarias y antropológicas más significativas sobre la utopía gastronómica.
La "grande bouffe" aparece bien como expresión de una literatura carnavalizada, según la teoría de Bachtin (pp. 33 ss.), bien como manifestación de un código que permite ser analizado como expresión de imágenes, costumbres, usos, representaciones, tendencias, anhelos y deseos de las gentes y sociedad de su época (Roland Barthes, pp. 37s.).
Pellegrino va desgranando y analizando detalladamente los temas dominantes de estas utopías gastronómicas: el del autómatos bíos, el del mundo al revés" y el "país de Jauja".
Junto a estos temas utópicos, el autor analiza otros de sentidos y significaciones diversas: la parodia de rituales religiosos en las Segundas Tesmoforiantes de Aristófanes; la burla de la famosa eÐkrasía ðrÔn en las Estaciones; la denuncia de la talasocracia ateniense en los Porteadores de Hermipo; la parodia de costumbres en el Maestro de Esclavos de Ferécrates; la literaria en el Faón de Platón Cómico; la abolición de la esclavitud en los Pluti o en los Persas de Ferécretes; o el desarrollo de los "temas odiseicos" como en las Sirenas de Nicofonte.
Temas todos ellos que se asocian al motivo de la utopía gastronómica.
Tras la introducción, Pellegrino pasa a la traducción y al comentario de cada uno de los fragmentos seleccionados.
Es aquí donde el autor da muestras no sólo de su profundo conocimiento de los textos, sino de una amplísima erudición sobre los más diversos temas, junto con una gran prudencia a la hora de editar e interpretar.
Con el comentario de Matteo Pellegrino el lector verá cobrar vida dramática a estos fragmentos que, sin él, se nos antojan, a veces, farragosos y repetitivos.
Cada fragmento va precedido de su traducción, impecable por lo general, así como de un intento de reconstrucción de los argumentos o, al menos, de los motivos dominantes de las obras, teniendo en cuento el resto de los fragmentos que el autor no edita ni comenta.
Poco hay que objetar al magnífico estudio que reseñamos.
16s. de las Fieras de Crates, en su rico comentario a la expresión tí dÊta toût' aÐtoîj pléon, correctamente interpretada como "Quale sará dunque il vantaggio che gli uomini ricaveranno da ciò?", se podría haber aducido un discutido paralelo de los Teoros de Esquilo (F 78 a v.
Tampoco queda claro cuál es la opinión definitiva del autor sobre la repartición de los versos 1-2 del frg.
16, ya que parece inclinarse en el comentario (p.
59) por la interpretación de Dindorf, Carrière, Bonanno, de dividir los versos 1-2 entre los personajes A y B, como cree también este reseñante, a pesar de los argumentos sintácticos en contra.
A propósito de los Mineros de Ferécrates (frg.
113) se suscita una infinidad de cuestiones, todas ellas muy bien discutidas por el autor.
Y para el comentario de este difícil y sugerente fragmento quizás hubiera sido pertinente tomar en consideración el tema de la méqh a±Ónioj, o pasajes como los de Ateneo VI 23 p.
9 4-1 relativos a las condiciones de explotación de las minas de Laurión así como a ciertos tópicos sobre dichas minas corrientes EM LXX 2, 2002 en Atenas.
Resulta difícil sustraerse a la idea de que en esta comedia no se hiciese alusión a la minería, al léxico especializado de la misma, a los tópicos habituales en Atenas sobre su riqueza fabulosa o las condiciones de explotación de las mismas.
El propio autor apunta en esta línea a propósito del sugerente comentario de la página 103 al uso del raro kolumbân.
En los Tagenistae de Aristófanes (fg.
520) quizás debería haberse hecho alusión no sólo a las etimologías sofísticas que intervinieron en la confusión de los Plutón y Plutos, sino también a lo que parece haber sido un auténtico cambio de mentalidad en las representaciones del más allá en el siglo Véase al respecto las sugerencias de Scherer, R.E. s. v.
Dejando de lado estos pequeños detalles, hay que reseñar que el libro está cuidadosamente editado y casi libre de erratas.
Nos ha llamado la atención la forma ¤stagálizon del fr.
176 de los Pluti de Cratino (repetida en comentario en la p.
51) en lugar del correcto ¤stragálizon, forma que reaparece correctamente en los Anfictiones de Teleclides (fr.
Una obra, pues, indispensable ya para el estudio de la comedia griega, especialmente de la'rxaîa, tanto por el rigor con que ha sido realizada como por la enorme abundancia de información que nos ofrece.
ANTONIO MELERO Universidad de Valencia
Aunque en principio pueda parecer atrevido estudiar los textos médicos latinos desde una perspectiva literaria, este tipo de análisis arroja interesantes datos acerca de su composición y permite combinar lo técnico y lo literario en unos escritos que, precisamente por ello, amplían y enriquecen el panorama de la literatura latina.
Es lo que demuestra el volumen del que nos ocupamos, correspondiente a las Actas del VI Coloquio Internacional sobre los textos médicos latinos antiguos, uno más, por tanto, de los celebrados periódicamente desde que fueron ideados al abrigo de la amistad en un lugar de la Provenza (cf. Ph.
Dedicado a la memoria de Mirko D. Grmek (École Pratique des Hautes Études, París), fallecido el 6 de marzo de 2000, el volumen que nos ocupa recordará siempre a quien lo consulte el extraordinario trabajo de este profesor, hombre a la vez de Ciencias y Letras, cuyas publicaciones, especialmente las dedicadas a la Historia de la Medicina antigua y medieval, son de obligada consulta para quienes nos dedicamos al estudio de los textos médicos.
La lectura de las treinta comunicaciones que reúne este libro, precedidas de una breve presentación de J. Pigeaud, y salidas de la mano y el buen hacer de especialistas procedentes de distintos centros, demuestra una vez más el alto nivel que alcanza la Filología Clásica en estos coloquios.
Esta lectura, sin embargo, debe ser atenta si se quiere llegar a apreciar a fondo estas aportaciones, tan densas y variadas, y que tratan aspectos muy puntuales que requieren buenas dosis de concentración para asimilarlos.
Algo que, en cualquier caso, intentan resolver los autores con precisas explicaciones y con la reproducción de fragmentos de textos que generalmente encontramos en todos los trabajos.
Precisamente esa variedad hace difícil su clasificación para quien intenta organizarlos mínimamente.
Si atendemos a su contenido, un criterio de clasificación puede ser distinguir aquellos artículos que prestan atención a un género literario (S. Boscherini, «La dottrina medica comunicata per epistulam.
Struttura e storia di un genere»; G. Maggiulli, «'Dinamidia' come genere letterario»; D. Crismani, «Elementi di descrizione in ricette mediche latine: un esempio»), de aquellos otros, más numerosos, que se centran en el análisis de recursos lingüísticos y literarios empleados en el proceso de elaboración de los textos.
En este segundo grupo, la mayoría se centran en autores y obras determinados.
Así, encontramos comunicaciones que tratan sobre los escritos médicos del primer siglo del Imperio romano: S. Contino, «Osservazioni critico-letterarie sul De Medicina di Celso»; F. Luthi, «Le De Medicina, une littérature chirurgicale?»; Ph.
25, 47-61)»; S. Sconocchia, «Le Compositiones di Scribonio Largo come letteratura».
Otros trabajos, sin embargo, aplican el análisis literario a textos más tardíos: M. Conde Salazar -Ma J. López de Ayala, «Recursos literarios en la obra de Teodoro Prisciano»; A. Debru, «Narrativité physiologique: le style de l 'Anonyme de Bruxelles»; B. Maire, «Les Medicinae de Gargilius: un manuel pratique aux ambitions littéraires?»; G. Marasco, «Littérature et réalité dans l 'oeuvre de Vindicien»; N. Palmieri, «Rhétorique et pédagogie dans les commentaires à Galien d 'Agnellus de Ravenne»; P. Paolucci, «Epistolografia medica e retorica epistolare.
I. Mazzini («Presenza e funzione della lingua e della letteratura poetiche profane in alcune opere mediche in versi del mondo antico») busca y señala procedimientos de técnica poética en fragmentos de literatura médica en verso procedentes de distintos períodos y autores (Nicandro de Colofón, Quinto Sereno, Marcelo Empírico y el Carmen de viribus herbarum).
Junto a los trabajos mencionados, hay, todavía en este segundo grupo, otros que están dedicados más bien a analizar recursos literarios particulares (I. Garofalo, «Comparaisons et exempla dans les commentaires latins de l' Ambrosianus G 108 inf. d 'Agnellus de Ravenne»; F. Stok, «Retorica ed etimologia nei trattati di Celio Aureliano»; A. M. Urso, «Procedimenti di rescrittura nei Gynaecia di Mustione»), y algunos estudian especialmente su presencia en los prefacios de las obras médicas (M. F. Buffa Giolito, «Topoi della tradizione letteraria in tre prefazioni di testi medici latine»; A. Fraisse, «Observations littéraires sur la Préface du livre I des Euporista de Théodore Priscien»; G. Viré, «Les préfaces de la Mulomedicina de Végèce comme témoignages littéraires»).
Finalmente dos trabajos se encargan de señalar la presencia de la medicina en la literatura (E. Wolf, «Médecine et Médecins dans l 'Historia Apollonii regis Tyri») o la literatura en la medicina (H. Von Staden, «The dangers of literature and the need for literacy: A. Cornelius Celsus on reading and writing»); otros dos, sobre la recepción de la medicina latina en forma y contenido, muestran que ésta sigue siendo siglos después objeto de exégesis y de creación literaria (C. Nativel, «Anatomie de l' oeil, rhétorique de l 'anatomie dans l' Historia anatomica humani corporis d'André Du Laurens (1593)»; J. Rojouan, «Morgagni, lecteur de Celse»).
Sólo una comunicación parece sobrepasar los límites del tema del coloquio, aunque trate sobre la lengua y la literatura técnica del campo del Derecho: J.H. Michel, «Les sources du droit romain et la littérature technique en langue latine».
Como acertado colofón, la aportación final de J. Pigeaud («Les textes médicaux comme littérature») presenta la figura del médico literato con varios ejemplos de distintos momentos históricos.
En cualquier caso, de la lectura atenta de estas Actas se extraen interesantes datos sobre este tipo de textos, que permiten comprender el proceso de creación de los mismos y las intenciones de sus autores en relación con su difusión y destinatarios.
Para recoger sólo algunos de ellos, dadas las limitaciones de espacio, se puede descubrir, por ejemplo, cómo el elemento literario puede contribuir a la solución de problemas de autoría (I. Garofalo) o ayudar a perfilar la condición profesional o no de los autores (M. F. Buffa Giolito).
En otra ocasión se encuentran, con acierto, las bases de la originalidad literaria de un autor -Plinio en este casoen lo que frecuentemente han sido motivos de crítica (Ph.
Se valoran también los procedimientos de recreación de ciertas obras médicas como elementos importantes de elaboración literaria en lo que atañe a contenidos o destinatarios (A. M. Urso), o se analiza, en el campo de la literatura médica escrita en verso, la presencia de elementos de poetización en las obras de contenido propiamente médico (I. Mazzini).
Incluso los trabajos más centrados en aspectos lingüísticos o textuales pueden arrojar luz sobre la fijación de autores y destinatarios (A. Ferraces) o subrayar rasgos de la indepencia de la literatura médica latina con respecto de la griega, como hace D. Gourevitch a partir de su estudio de determinados términos derivados en textos médicos.
Por otra parte, si desde el punto de vista formal la presentación de la edición es cuidada, no ha quedado libre de algunas erratas que, sin embargo, no crean en ningún caso problemas graves de comprensión.
En la Table de matières final falta la cursiva en los terminos latinos de la comunicación de P. Paolucci, y hay un error ortográfico en el título de C. Nativel (anantomica), aunque estos pequeños errores están ausentes, sin embargo, de las respectivas aportaciones.
El contexto y el tema del estudio permiten descubrir sin dificultad que en la contribución de F. Stock aparece 'Celso' por 'Celio' en la página 282 de la misma.
Por otra parte, están repetidas las páginas 271 y 272 correspondientes al artículo de S. Sconocchia.
Importante nos parece señalar que, en el resumen que precede al trabajo de I. Garofalo sobre los comentarios latinos de Agnellus de Ravena, se alude al manuscrito Latino Ambrosiano C 108 inf., referencia que vuelve a aparecer en la página 105, lo que motiva en el lector cierta confusión, pues el propio autor manifiesta que trabaja sobre el G. En el mismo trabajo, la referencia de la nota 1 (Palmieri 1984) no se identifica en la lista final de bibliografía (¿ 82 o 94?).
A pesar de estos pequeños deslices, podemos concluir, sin embargo, que estamos de nuevo ante un conjunto interesantísimo y de gran nivel filológico de buenos trabajos sobre un tema que viene ocupando ya desde hace un tiempo a algunos filólogos clásicos del panorama nacional e internacional.
Quien esto escribe está segura de que este nivel se mantendrá en reuniones y espera que pronto vea la luz el volumen correspondiente al VII Coloquio sobre los textos médicos latinos antiguos (Le parole della Medicina: lessico e storia, Trieste, 11-13 de octubre de 2001).
Ma TERESA SANTAMARÍA HERNÁNDEZ Universidad de Castilla-La Mancha
Recoge este volumen colectivo, tercero de la colección Lessico & Cultura (los otros dos monográficos), los trabajos que se presentaron en el Seminario sobre Letteratura scientifica e tecnica greca e latina que tuvo lugar en Messina del 29 al 31 de octubre de 1997 organizado por la Cátedra de Filología Clásica junto con la de Historia de la Filología y de la Tradición Clásica.
Quiere ser, como manifiesta en el prólogo su editora, una síntesis articulada de una serie de trayectorias científicas que se concretan en la creación y desarrollo de estructuras didáctico-científicas en esa provincia.
Los trabajos, un total de veintidós, se presentan divididos en cinco apartados, no alcanzo a comprender en base a qué criterios, y, salvo tres de ellos (el de Fabio Russo, «Elementi di cosmologia nei trattati latini di Giordano Bruno», el de Emilio Pinto, «Tecniche belliche e metafore nel De Constantinopolis obsidione de Giovanni Cananos», que estudian obras del siglo XV, y el de Vincenzo Ciancio, «La base filosofica del pensiero scientifico moderno», que se interesa sobre las fuentes clásicas de la física moderna), todos los demás están dedicados a desentrañar problemas de muy diversa índole en obras de época clásica o de la latinidad tardía de carácter técnico o científico.
La variedad temática hace muy difícil la agrupación de los mismos.
Algunos dedican su atención al léxico, es el caso de los trabajos de Giorgio Brugnoli («Perla»), que examina la sustitución gradual, desde mediados del siglo XIII, de margarita por perla / pella; de Philippe Mudry («Langue vulgaire ou langue technique: le cas de manducare chez les médecins latins»), donde se explica la dualidad de traducción de un mismo pasaje de Celio Aureliano por la diferente consideración del término como vulgarismo o como tecnicismo; de Fabio Stok («Il lessico del contagio»), que plantea el problema que supone para el traductor el hecho de que, en no pocos casos, textos griegos y latinos ofrezcan des-EM LXX 2, 2002 cripciones precisas del fenómeno del contagio, concepto que la cultura antigua ignoró, y de transmisión interindividual de enfermedades, en términos que resultan problemáticos a la hora de su traducción.
Para ello se pasa revista a la evolución en el uso de contagium y de cualquier otro lema relativo a enfermedades epidémicas; Antonino Grillo («Linguaggio tecnico-scientifico in carmi draconziani e pseudo-draconziani.
Per l 'esegesi e la sistemazione di diversi problematici»), a partir de algunas consideraciones sobre determinados loci de Draconcio y de Pseudo Draconcio, pone en evidencia las dificultades que surgen en la transmisión de la literatura científico-técnica y la influencia negativa que esto supone en la filología contemporánea.
Otro grupo de trabajos tratan de desentrañar el papel de algunas figuras retóricas o recursos estilísticos en este tipo de composiciones.
En esa línea se encuentra el de Rosa Santoroa («Percorsi stravaganti nellle Variae di Cassiodoro: dottrina, ideologia, digressioni»), quien analiza los excursus sobre la púrpura que encuentra en esta obra examinándolos dentro del tejido conectivo para valorar en qué medida se integran con el texto y definir los propósitos que la motivan; Paola Radici Colace («La metafora e il trattato») se propone demostrar que la metáfora, de la que hasta ahora se ha subrayado el aspecto formal de revestimiento del pensamiento, no actúa solamente sobre el léxico, sino que, incluso, produce contenidos doctrinales y, en muchas ocasiones, se ofrece como camino para la comprensión de conceptos científicos precisos.
En un tercer grupo podemos reunir los trabajos que intentan poner luz sobre conceptos científicos o técnicos de algún autor u obra.
Es el caso del realizado por Ubaldo Pizzani («Scienza e pseudo-scienza nel pensiero di S. Agostino») donde, a partir del análisis de un pasaje del De quantitae animae (27.53), intenta llegar a la compresión del concepto scientia para S. Agustín; el de Massimo Raffa («Il monocordo strumento musicale: recupero di un aspetto trascurato») analiza, a la luz de las fuentes, un aspecto descuidado de este instrumento musical, como es el del sonido, su naturaleza de 3⁄4rganon mousikón.
Andrea Serio («Un principio della fisica epicurea nell' ode oraziana II 5: l' ±sonomía») analiza la aplicación del fundamento principal de la física epicurea, la isonomia, al tema del tiempo en Lucrecio y Horacio, aunque ambos tienen una visión distinta con un único elemento común que es la interiorización.
Quintiliano e Séneca: due modelli didattici e lessicali a confronto») pone de manifiesto la estrecha relación entre Séneca y Quintiliano en cuestiones particulares educativas y éticas.
Otro grupo analiza en su estudio obras concretas desde diferentes ángulos, como Rosa Maria Lentini («Medicina a Bisanzio: Demetrio Pepagomenos»), que analiza detalladamente la técnica de composición, léxico, uso de fuentes, etc. de la obra médica de este autor para encuadrarla en la producción bizantina situada entre los ss.
6,7-112)») se fija en que este Onomasticon,a pesar de ser sustancialmente un largo elenco de lemas intercalados con citas y comentarios de carácter estilístico y exegético, presenta una estructura narrativa.
Antonio Zumbo («Ateneo 1,13 B-C e il 'Canone' degli autori alieutici»), reflexiona sobre cómo este canon deja al descubierto que, tras Opiano, con el que culmina este tipo de literatura, faltan nombres relevantes.
Antonio Grillone («Soluzioni tecniche e linguaggio di un geometra militare del III secolo: lo pseudo-Igino») realza el interés de este tratadito de agrimensura militar que parece ser el primer tratado de castrametatio existente.
Paola Paolucci («Ars medica e civilitas nella formula comitis archiatrorum di Cassiodoro») sigue de cerca la correspondencia entre las formulae de época tardo-antigua y altomedieval y algunas disposiciones legales.
Un quinto conjunto de trabajos analiza cuestiones referidas al género literario, como el de Eleonora Tagliaferro («Linguaggi oracoli a confronto e la satira di Luciano») que destaca las peculiaridades que presenta en Luciano la literatura oracular, aunque no constituye en sí un género literario.
Maria Silvana Celentano («Le regole della comunicazione: pragmatica e antichi manuali di retorica») que muestra la forma en que los cambios que se producen en la cultura greco-latina, en estrecha relación con la intertextualidad y la recepción del discurso, hacen coincidir el discurso retórico con todo tipo de comunicación verbal y el manual de retórica pasa a ser un instrumento técnico insustituible.
Por último nos encontramos con dos trabajos que intentan desentrañar rasgos propios romanos en obras que parten de originales griegos o se construyen a base de doctrinas griegas.
Sergio Sconocchia, («La praefatio di Scribonio Largo»), explica cómo la comparación entre esta praefatio y la de Celso que hacen varios investigadores, junto con él mismo, puede dar los rasgos específicos romanos de estos tratados técnicos influidos por el estoicismo y el cristianismo.
Anna Maria Urso («Autorialità e autonomia nelle Pasiones celeres e tardae di Celio Aureliano»), siguiendo las tesis mantenidas en anteriores trabajos, trata de profundizar sobre algunos puntos capitales para intentar demostrar que la obra se presenta como una reescritura en la que el traductor se apropia de los contenidos y de la estructura formal del modelo, actualizándolos e integrándolos de acuerdo con su propia cultura, con su experiencia personal y con la especificidad de su nuevo destino.
El volumen se cierra con un índice de autores modernos y otro de citas.
Es muy difícil intentar presentar unificado el mosaico multicolor que hasta aquí he ido desmenuzando.
Creo, sin embargo, que este lazo de unión se logra si, a modo de conclusión, aseguro que nos encontramos ante un conjunto de alto nivel científico y filológico que contribuirá, sin duda, a un mejor conocimiento de este tipo de literatura.
No se apagan los ecos de la interpretación, pretendidamente revolucionaria, que los componentes de la llamada escuela de Tübingen o de Milán (H. Krämer, K. Gaiser, G. Reale, Th.
A. Szlezák) dieron a los escritos de Platón.
Según estos autores, detrás del Corpus Platonicum, de los diálogos que han llegado hasta nosotros, se transparentaba un bloque de enseñanzas sistemáticas, trasmitidas en la Academia, y que constituía el verdadero contenido del platonismo.
Esta transmisión de saberes y de filosofía era resultado de la oralidad, de la práctica diaria, que juntaba al maestro y a los discípulos en el espacio real donde se hablaba.
Un texto de la Carta VII (341c) parecía confirmar el carácter esotérico de las doctrinas EM LXX 2, 2002 platónicas del que no "existe ni nunca existirá una obra escrita".
Es posible que por encima de las referencias textuales que permitan, desde los diálogos escritos, leer un doble fondo que ocultase con mayor claridad y coherencia el último sentido de lo dicho, el indudable carácter político de la docencia platónica permitía una cierta aproximación al modelo sectario de las comunidades pitagóricas.
Todas las razones que pudieran aducirse para este ocultamiento y elitismo de la sabiduría practicada en la Academia son, en mi opinión, un trompe-l'oeuil, que añade una serie de problemas innecesarios a la interpretación de los diálogos.
En primer lugar, porque el desplazamiento hacia una oralidad inexpresada e inalcanzable, hacia un sistema de verdades "más importantes", desliza a la filosofía platónica en un territorio escurridizo y mágico donde sólo puede encontrarse una justificación para su carácter aristocrático.
Pero eso no añade nada que no sepamos en el estudio de Platón.
Pretender, además, afinar el estudio de los diálogos desde la insuficiencia de la escritura y desde la proyección de un enfoque que nos lleva a una oralidad inaudita, es traicionar, hasta cierto punto, cualquier interpretación de los textos que, necesariamente, empieza en la semántica de la literalidad.
Sin este elemental principio se hace inconcebible la historia del pensamiento, la historia de toda escritura.
Kühn parte de la relectura de unos cuantos textos del final del Fedro, en el que parece no confiarse a la escritura el contenido de "mayor valor" -timiÓtera -que la filosofía encierra y que, se apoyan en la crítica a cualquier reflexión que pretenda "escribirse en el papiro", olvidando que la verdadera y única escritura es aquella que se hace "en el alma" del discípulo.
Esta tesis que aparece en el diálogo bajo una forma mítica y que, efectivamente, constituye una brillante y dura crítica al poder de las letras, no permite, según Kühn, fundar todo el complicado andamiaje teórico con el que se han entretenido los filólogos de Tubingen.
Para Kühn, la escritura sobre papiro es el reflejo de la enseñanza dialéctica y nos envía al arquetipo de la enseñanza oral.
El autor analiza, en función de los intereses de la retórica de la época platónica y de la dialéctica que los ejercicios socráticos manifestaban, los argumentos sustentados por Krámer y Gaiser.
La contraposición de la retórica tradicional y una "retórica mejor" que fundase en la reflexión su capacidad persuasiva, constituye la auténtica enseñanza filosófica que la praxis socrática alcanza.
Esta praxis es ya un ejercicio filosófico nuevo, puesto por Platón en boca de un incesante interrogador y cuestionador, como es la invención de Sócrates, ideal interlocutor entre otros "ideales" personajes.
La continuada reflexión sobre el lenguaje que se lleva a cabo en los diálogos suple, con creces, cualquier necesidad de leerlos como ramas desgajadas de un invisible tronco que inútilmente intentase sustentarlas.
El discurso razonado y argumentado es, pues, la "madre soberana" del diálogo que convierte, así, a las flotantes opiniones de los hombres en saber anclado, "escrito en el alma".
Sobre la idea de "mismidad" del alumno, de su búsqueda de inteligencia y verdad, sí se abre, entre las palabras del diálogo, un horizonte de filosofía, alumbrado desde ese juego reflexivo que con las palabras hacemos.
Por eso, es meritorio el empeño de Kühn, de mostrarnos, con argumentos más o menos rebuscados, la incoherencia de los defensores del "esoterismo" platónico.
No obstante, el esfuerzo del autor parece, en muchos momentos, injustificado y llega a plantearnos, una vez más, la cuestión de si la posible renovación hermenéutica de buena parte de los estudios de historiografía filosófica, puede andar sobre tan etéreos senderos.
En primer lugar porque toda la erudición gastada en el empeño de G. Reale y los profesores de Tubingen suena hoy, y nunca mejor dicho, a música celestial, desafinada y anacrónica, a pesar de tratarse de investigaciones relativamente recientes.
Y un poco gasto inútil es, también, el empeño del autor en enzarzarse en una polémica que hoy, creemos, carece en absoluto de interés.
EMILIO LLEDÓ CRIADO, CECILIA, La teología de la Tebaida Estaciana.
El anti-virgilianismo de un clasicista.
La monografía que ahora reseñamos es resultado del intenso trabajo sobre temas estacianos a los que la autora se dedica desde hace bastante tiempo y en los que ya con anterioridad había demostrado su competencia.
La complejidad formal y de contenido de la epopeya del napolitano dificultaron a los críticos la correcta exégesis de la obra, lo que dio lugar a interpretaciones múltiples, a menudo contrapuestas y excluyentes, e impidió precisar suficientemente la posición de Estacio en la historia de la épica.
Cecilia Criado en este libro intenta situar la Tebaida en el lugar de la tradición que le corresponde, a través del estudio de la maquinaria divina, con una metodología impecable en la que no falta el análisis riguroso del texto, de sus fuentes y de su entorno ideológico y literario, y el enjuiciamiento crítico de una extensa bibliografía sobre el tema con la perspicacia y agudeza que caracterizan a la autora.
Los objetivos quedan muy claros desde la Introducción (pp. 3-17), en donde también se hace una primera aproximación al tema y se adelantan algunos resultados.
La autora parte del virgilianismo confeso de Estacio para continuar con el análisis crítico de trabajos sobre el tema cuyas conclusiones están en su mayoría mediatizadas por las palabras del napolitano acerca de su posición literaria y por la atención casi exclusiva al aspecto formal de su obra.
Cecilia Criado considera que se ha exagerado la influencia de Virgilio y que, aun siendo ésta cierta, Estacio es un poeta de intertextualidad compleja, que toma elementos de la épica tradicional griega y latina, y en ese sentido es clasicista, pero que no puede sustraerse a la influencia estética e ideológica de su tiempo que le llevan a vulnerar algunos principios y planteamientos virgilianos: en ese sentido se puede decir que es anti-virgiliano.
El análisis de la maquinaria divina y del mundo moral demostrará la validez de este punto de vista y, una vez hecho esto, permitirá situar a Estacio en el lugar que le corresponde en la historia del género épico.
En el Capítulo I (pp. 19-139) se analizan exhaustivamente todas las intervenciones divinas en el poema, buscando sus precedentes literarios, para detectar las transformaciones en los contenidos y, lo que es más importante, determinar las variantes en la función narrativa de los dioses.
El estudio descubre que Estacio incrementa la presencia de divinidades olímpicas con respecto a las obras anteriores de tema tebano y esto se debe a imitación del proceder homérico y virgiliano.
Pero el objetivo moral que preside la reelaboración que hace el poeta de los contenidos edípicos coloca a estos dioses tradicionales en un papel de importancia secundaria, rebaja la funcionalidad que la tradición les atribuía y deja sus intervenciones, la mayor parte de las veces, en algo anecdótico y ornamental.
La efectividad que en la tradición correspondía a los olímpicos se traslada en la Tebaida a los dioses infernales, que si bien no son ajenos a la leyenda tebana, no tenían la importancia funcional que el napolitano les confiere ahora tal vez por influjo de la tragedia y de los gustos literarios de la época.
La confluencia de factores (tradición literaria trágica y épica, inquietud moral del poeta) se traducen en una contaminación de modelos que se adaptan de diferentes maneras, con más o menos fortuna en cada caso, y en la combinación de elementos heterogéneos y aparentemente incompatibles.
Esta génesis tan compleja, que incluye sobre todo materiales de Ovidio, Lucano y Séneca, además de Homero y Virgilio, hace imposible definir a Estacio con una única etiqueta simplificadora como algunos han pretendido.
El Capítulo II (pp. 141-230) analiza el papel de Júpiter y las Furias en la Tebaida con el fin de situar el universo moral estaciano en la tradición literaria y filosófica.
A la luz de los datos obtenidos de este análisis la autora somete a crítica toda la bibliografía sobre el tema, evidenciando los aciertos y puntos débiles de las diversas interpretaciones: psicologistas, maniqueístas, manieristas y sobre todo estoicistas, ya que el sector más amplio de la crítica hacía del poeta napolitano un seguidor fiel del estoicismo senecano.
Cecilia Criado demuestra que la superposición de modelos, fuentes y géneros de cronologías diversas, de teologías, filosofías y poéticas diferentes hace que en Estacio encontremos simultáneamente lo trágico del hado homérico y euripideo, la teodicea y la fatalidad lucanea, el providencialismo senecano y la teología ovidiana.
De ahí la inexistencia de un adjetivo único capaz de definirlo y, al mismo tiempo, la necesidad de cuestionar y matizar cualquier etiqueta tradicional que se le haya aplicado al épico.
De ahí también la aparente incongruencia de la Tebaida, de la que se ha llegado a decir que carece de fondo ideológico y que no es más que un alarde de habilidad formal.
Y decimos aparente, porque la supuesta incongruencia puede explicarse, y así lo hace la autora, siguiendo a Lévy-Strauss: «la obra literaria fagocita el mito, lo transforma, en virtud de procesos racionalizadores de corte alegórico, en algo distinto a su signifiado originario.
Estacio operaría en el mismo sentido, pero ya no con respecto al significado primigenio del mito, sino a la relectura literaria que toda la tradición épica y trágica le brindaba» (pp. 227-8).
El libro se completa con tres apéndices.
El primero (pp. 231-4) ofrece un breve comentario sobre la bibliografía dedicada a las interpretaciones políticas de la epopeya estaciana, tema inevitablemente aludido a lo largo del libro, pero que sobrepasa los límites del estudio de la autora.
El segundo apéndice (pp. 235-6) contiene unas notas bibliográficas sobre aproximaciones estoicistas al libro XII de la Tebaida, mientras que el tercero (pp. 237-8) trata sobre la arqueología mítica tebana en el proemio.
El compendio bibliográfico final recoge todo lo que se ha ido citando a lo largo del libro y su exhaustividad es una prueba más de la seriedad con la que la autora trabaja.
Se agradece además que haya añadido un Index nominum y un Index rerum, que tanto facilitan al lector la localización rápida, sobre todo después de una relectura que el libro merece sin duda alguna.
En definitiva nos encontramos ante una obra con interesantes aportaciones sobre la génesis y la posición de la Tebaida en la historia de la epopeya, realizado con un enfoque que puede ser discutible, pero con un rigor y profundidad que lo convierten en un referente imprescindible para futuros estudios estacianos. |
Sine carmine ullo, sine imitandorum carminum actu ludiones ex Etruria acciti, ad tibicinis modos saltantes, haud indecoros motus more Tusco dabant.
45: in Atellanico exodio). |
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época impide detectar con claridad la reciprocidad e intercambio de convenciones literarias entre estas dos formas básicas de composición formal.
Abordar, pues, el fenómeno de la prosificación desde algunas de sus facetas de estudio ha de ser entendido como uno de los procedimientos para identificar y entender también los mecanismos de creación literaria de al gunos de los géneros poéticos helenísticos peor conservados, como, por ejemplo, la elegía.
Los Ἐρωτικὰ Παθήματα (EP) de Partenio son una de las obras que a priori podrían estar mejor posicionadas para un estudio con esta finalidad 1.
Es, en efecto, una obra en prosa, datable en los límites de la época helenística, en la que se puede leer el reconocimiento expreso por parte del autor de que su fuente de inspiración está en la poesía y de que la finalidad principal de su obra es servir de base temática para una posterior versi ficación.
Además, esta afirmación es constatable desde el momento en que en el propio texto hay testimonios que conservan parte de la fuente poética de la que proceden o bien son fuentes paralelas que sirven al poeta para corroborar o desmentir una de las versiones transmitidas, pero en realidad le permiten crear un relato polifónico acorde con el nivel de erudición literaria de los contenidos 2.
Sin embargo, no se pueden obviar los presupuestos metodológicos que están contenidos en la carta dirigida a Cornelio Galo que encabeza a modo de prefacio dedicatorio o anatemático la obra de Partenio, y es cosa sabida que desde el punto de vista metaliterario este tipo de composición prologal está sujeta a una serie de tópicos y convenciones programáticas que pueden hacer tambalearse los posicionamientos literarios tradicionalmente asumidos con respecto a la obra de Partenio, incluido, claro está, que el resultado de la prosificación en el caso de los EP no es un texto final, sino intermedio destinado a convertirse en arsenal temático para una posterior versificación.
De hecho, ya hoy ni siquiera la propia dedicatoria a Cornelio Galo está libre de estas sospechas.
Παρθένιος Κορνηλίῳ Γάλλῳ χαίρειν Μάλιστά σοι δοκῶν ἁρμόττειν, Κορνήλιε Γάλλε, τὴν ἄθροισιν τῶν ἐρωτικῶν παθημάτων, ἀναλεξάμενος ὡς ὅτι μάλιστα ἐν βραχυτάτοις ἀπέσταλκα. τὰ Admitiendo que no se puede pasar por alto la posible ficcionalidad de esta carta-prefacio, ya que, aparte de los tópicos propios de este subgénero epistolar 3, la presencia de este prefacio casi paratextual no solo no implica que la obra esté concebida como meramente utilitaria o para uso privado de Galo, sino que la dedicatoria podría no ser más que un ostentoso aditamento, una pose editorial, pensada para allanar el camino a la obra 4, no se puede negar, no obstante, la trascendencia literaria de este brevísimo pasaje, no ya como punto de partida inexcusable para el estudio de la figura del poeta latino destinatario de la dedicatoria y, en general, del origen de la elegía erótica latina, sino como base teórica temática y formal de una importante parte de la poesía helenística hoy perdida.
μάλιστά σοι δοκῶν ἁρμόττειν, Κορνήλιε Γάλλε: el valor intransitivo que en este incipit tiene el verbo ἁρμόττειν pone de relieve que no hay intención de adoctrinamiento ni necesidad alguna por parte de Partenio de imponer un estilo literario determinado, sino que se da por sentado que Galo tiene una forma de hacer literatura ya consolidada, que ya es paradigma de una determinada tendencia y que, por tanto, es a quien con más acierto puede estar dirigida una colección como la presente.
En efecto, Galo es el poeta de los Amores y uno de los más destacados seguidores de los cantos de Euforión.
Nadie, pues, más apropiado que él para recibir la dedicatoria (nótese la posición estilísticamente privilegiada del adverbio μάλιστα) y el usufructo de este legado que no solo procede en su mayor parte de los autores del ámbito literario helenístico, sino que además tiene como elemento de cohesión la temática erótica 5.
Al margen del grado de ficcionalidad del pasaje, la privilegiada posición política de Galo y su prestigio literario -no se puede olvidar que fue ya en la época paradigma de la reutilización y adaptación al metro latino de los grandes poetas helenísticos-lo convierten en uno de los autores más adecuados para apadrinar (de forma real o ficticia) unos contenidos innovadores y posiblemente inéditos en las letras latinas.
Por otra parte, desde una perspectiva de análisis moderna, por más que su situación estuviera a la sazón más vinculada al ámbito geográfico itálico, la intencionalidad en la elección por parte de Partenio de un poeta latino está dando la clave de lo que va a ser esta nueva cultura poética helenístico-romana, al tiempo que podría estar indicando un paso del testigo en el relevo de lo que a la materia y al liderazgo en la creación poética se refiere.
Sabido es que Partenio va a ser referente y uno de los principales modelos para la nueva poesía latina, pero al mismo tiempo fuente de inspiración para los autores en prosa griega de época imperial. τὴν ἄθροισιν: aunque no es extraño verlos funcionando como sinónimos, la forma activa ἄθροισιν por ἄθροισμα ('colección') podría estar indicando una cierta participación de Partenio en el proceso de antologización.
Esto lleva al planteamiento de que no todos los contenidos eran válidos o adecuados (οὐχ ἁρμόττειν) o que, en todo caso, esta selección es la más apropiada, por lo que habría que preguntarse por los criterios que han primado para hacer la selección.
Es más que probable que el contenido («las pasiones amorosas») no haya sido el único, sino que se hayan tenido en cuenta otros factores 6.
En efecto, un análisis detenido de los distintos capí tulos demuestra que hay una clara intencionalidad de ofrecer las versiones paralelas de los distintos episodios o algunos detalles menos conocidos de los mismos.
El uso continuado de expresiones del tipo «esta historia se cuenta de diferentes formas» (διαφόρως δὲ ἱστορεῖται), «se cuenta también que» (λέγεται δὲ καὶ) o «se contaba también este relato» (ἐλέχθη δὲ καὶ ὅδε λόγος), etc. 7, y que la versión presentada se aleje significativamente de la de los grandes poetas clásicos o no sea más que un elemento puramente mar ginal omitido, desatendido o postergado por estos, todo ello parece apuntar en esta dirección.
Esta erudición es propia del género mitográfico, ámbito en el que hay que encuadrar el opúsculo parteniano, por lo que no es que a Partenio parezca no importarle que se produzcan divergencias significativas entre las distintas versiones, sino que es lo esperable en este tipo de obras al menos desde la Época Helenística (cf. los Catasterismos de Eratóstenes o la Biblioteca de Apolodoro).
Sirvan de ejemplo las dos versiones contradictorias del episodio de Córito (EP 34), en una de las cuales Córito es hijo de Enone y Paris, y en la otra de Helena y el príncipe troya-no8.
Se trataría, así pues, de un planteamiento programático similar al que Plutarco muestra en el prefacio del Mulierum uirtutes (2.243d) -tratado que, por cierto, compartirá algunos contenidos de la obra de Partenio-, donde el autor admite expresamente que va a excerptar anécdotas e historias inéditas.
τῶν ἐρωτικῶν παθημάτων: todo apunta a que de este sintagma pudo haber surgido en algún momento de la tradición manuscrita el título con el que se nos ha transmitido esta obra de Partenio, pero no ha habido consenso entre editores y estudiosos a la hora de verterlo desde la lengua griega.
En unos casos, la falta de un título reconocible en el códice y la polivalencia semántica del término πάθος han llevado a interpretaciones que, basándose en el valor neutro del término o de su derivado de πάσχω (en el sentido de lo acontecido) sencillamente lo omiten: Historiae poeticae (Gale 1675 y Wes termann 18439 ); y en otros solo resaltan el carácter amatorio de las historias: narrationes amatoriae (Legrand-Heyne 1798 y Teucher 1824), ἐρωτικοὶ λόγοι (Hirschig 1856 y Hercher 1858), Love Romances (Gaselee 1916) o Liebesleiden (Plankl 1947).
Sin embargo, ya desde la editio princeps de Cornario se opta por la acepción del término πάθος que lo aproxima más al concepto de νόσος (o νόσημα) o a los síntomas, padecimientos y afecciones que acompañan a esta dolencia.
Y precisamente el valor de παθήματα ('desgracias') para designar la temática esencial de la tragedia y de parte de la historiografía y la tendencia de Partenio a combinar paradigmas trágicos con fuentes y modelos historiográficos, llevan a Francese 1995, p.
49, a defender este significado como el más apropiado desde una posición programática.
Ahora bien, la presencia de historias con un final feliz o, al menos, un desarrollo o final doliente no del todo constatable, así como la utilización de la fórmula ἐρωτικὸν πάθος (y sus variantes morfológicas) para definir otras realidades literarias o fenómenos pasionales10, podrían estar sugiriendo otra acepción de πάθος, aquella que la define como un elemento no racional, opuesto al λόγος y al νοῦς11 o que no se puede adquirir mediante aprendizaje, esto es, opuesto a μάθημα 12.
Y es en este mismo sentido en el que aparece ya en títulos como Passions d'amour (Zucker 2008 y Biraud, Voisin y Zucker 2008) y mi propuesta amores apasionados.
ἀναλεξάμενος: dando por válido el valor genérico de 'reunir' del verbo, y el matiz reflexivo indirecto o dinámico-subjetivo de la voz media apuntado por Lightfoot 13, interesante es la precisión de Francese de que este es el verbo empleado para el trabajo de composición, de una selección escrupulosa y metódica del material, y no de la compilación aleatoria o precipitada 14.
En este sentido ya ha quedado demostrado que Partenio no solo trabajó con fuentes poéticas, sino también historiográficas y filosóficas.
Y si se parte de esta premisa, podría inferirse que, si la finalidad (real o ficticia) de la obra era la poetización posterior de los contenidos, no todos los contenidos eran válidos o al menos que, de los que eran válidos para la recreación poética, no todos podían mantenerse en su forma originaria, sino que durante el proceso de selección había que manipularlos previamente para hacerlos asumibles para la poetización, lo que de alguna forma está definiendo uno de los estadios metodológicos del proceso de prosificación.
ὡς ὅτι μάλιστα ἐν βραχυτάτοις: desde la editio princeps de Cornario este sintagma ha sido interpretado «quam maxime potui paucissimis».
Sin embargo, a la luz de la moderna crítica, no termina de quedar defini tivamente precisado si la máxima brevedad es el precepto que rige el proceso de selección o el del envío.
La posición zeugmática del sintagma entre el participio y el verbo pueden provocar esa indeterminación e incluso facilitar interpretaciones de compromiso del tipo «I have selected them and send them in as brief a form as possible» (Lightfoot 2009a).
Pero, de cara a elucidar el método parteniano de prosificación, no se debe, en absoluto, identificar la forma en que se hace el proceso de selección de las diferentes historias con la forma elegida para enviarlas al destinatario.
Desde el punto de vista gramatical la cuestión estriba en si ὡς ὅτι μάλιστα ἐν βραχυτάτοις está modificando circunstancialmente al participio ἀναλεξάμενος, a ἀπέσταλκα o a ambos15.
Pero sobre todo es importante definir la verdadera naturaleza de esa brevedad 16, porque, descartado que el ejercicio consista en la elaboración de un resumen o sumario 17, esta concisión o síntesis, que habría que enmarcar en la predilección por la práctica alusiva en la poesía helenística, no implica en absoluto que se vaya a producir una aparente contradicción con la declaración de intenciones que seguirá a continuación en este mismo prefacio (cuando asegura Partenio que las historias no están redactadas de forma íntegra en los poetas, pero que a partir de estas que envía Galo las va a conocer con todos sus detalles), ya que, aunque lo cierto es que en ningún caso se llega a una excesiva profusión de detalles, la lectura de las propias historias pudiera demostrar que en algunos casos la brevedad no es precisamente el rasgo principal del relato.
Por otra parte, si bien es verdad que hay relatos de apenas una decena de líneas, no menos cierto es que hay otros bastante más extensos y otros incluso en los que la duplicidad de contenidos o un excurso casi digresivo parecen contravenir el principio de la brevedad, por lo que ha de entenderse que en estos casos la amplificatio funciona como un procedimiento prosificador de tipo metodológico que se impone sobre el principio programático de la brevedad.
ἀπέσταλκα: es uno de los verbos específicos para el envío epistolar (DGE s. u. ἀποστέλλω I 1) y su uso es sin duda el preciso en el contexto y la ficción literaria que se ha adoptado.
Desde el punto de vista de la consideración genérica se trataría de un signo metalingüístico referente al soporte medial (epistolary self-consciousness para Rosenmeyer 2001, p.
298) junto con la fórmula de introducción.
Pero además el acompañamiento del regalo y la formulación del prefacio sobre el esquema genérico del anathēmatikón le imprimen el definitivo marchamo de carta segura.
Nótese en este sentido la diferencia, por ejemplo, con el pasaje antes citado de Plutarco, Tranq. anim.
1 (2.464f), de características literarias muy similares al de Partenio (en el sentido de que también se produce el envío de una antología de textos) y en el que, sin embargo, por querer dejar patente el sello inconfundible de la forma literaria del tratado se evita el empleo de este mismo verbo18.
Ahora bien, nada de esto implica -hay que insistir en ello-que se trate de una correspondencia real y efectiva y no del empleo de un recurso literario en el marco de la ficción epistolar.
La estructura sintáctica poco convencional de esta frase la han convertido en objeto de algunas intervenciones crítico-textuales de importante conside ra-ción.
E incluso cuando el texto no ofrece duda alguna sobre su forma y estilo al estudioso, es, sin embargo, su vocabulario en cierto modo polivalente el que ha dividido a la crítica.
La propuesta de Lehrs λελεγμένα, con la que pretendía salvar la presencia del poco esperable genitivo absoluto y que tuvo pronta acogida por parte de la crítica 19, ha sido también respaldada apelando al mejor contraste con el genitivo τούτων referido a la presente colección y con valor partitivo.
Pero este no es, en absoluto, un cambio de calado menor, porque afecta directamente a la naturaleza y esencia del material seleccionado y, por consiguiente, a la labor antologizadora de Partenio.
Y lo cierto es que el texto es sintácticamente asumible tal como ha sido transmitido.
Estructuras sintácticas similares están bien documentadas en la lengua griega y además el sentido generalizante (esto es, que afecta a todos los capítulos de la antología) del genitivo absoluto se adapta bien a la supuesta finalidad de la obra.
En caso contrario, habría que preguntarse y justificar convenien temente qué sentido tiene que la obra de Partenio sirva para completar solo los pasajes que no están bien narrados en los poetas, porque, si esto fuera así, el resto, los que están bien narrados, no tendrían cabida en la selección.
Directamente relacionado con lo anterior estaría la interpretación de μὴ αὐτοτελῶς, ya que las dos traducciones mayoritariamente propuestas (DGE s. u. αὐτοτελής V 4 y 1,'no de forma completa' y 'no de forma independiente'), ambas admisibles por la significación etimológica del adverbio, sitúan la labor del compilador en dos niveles de actuación muy diferentes 20.
Si se admite que los pasajes no están recogidos 'de forma completa', en el sentido de que en las fuentes de origen aparecen solo aludidos, la función de Partenio está más cercana a la línea de la reconstrucción literaria de las historias, los mitos o los episodios; mientras que si se admite que esos pasajes no están recogidos 'de forma inde pen diente' en las fuentes, es decir, concebidos como tema de una composición completa, sino engarzados con otros episodios, englobándolos o integrados en ellos, entonces la labor del compilador sería la de extractar dicho material literario.
No han faltado argumentos a favor de una y otra posibilidad y así, por ejemplo, el descubrimiento del pasaje del Tracio de Euforión (SH 415 i 12-21) y su cotejo con EP 26 (Apríate) podrían inducir a la primera opción; mientras que, por el contrario, ya Zimmermann aducía un pasaje de la epístola de Epicuro a Pitocles (85.10 = D.L. X 84), en la que el adverbio aparece con el segundo sentido ('independientemente') opuesto a κατὰ συναφήν ('en correlación').
Pues bien, sin que se pueda adoptar una postura tajante en uno u otro sentido, el estudio de los EP inclina la balanza hacia el lado de la segunda interpretación.
Cierto es que hay capítulos en los que Partenio podría estar dando información más completa sobre un personaje, mito o episodio hasta el punto de ofrecer más de una versión de los mismos (en ocasiones incluso contradictorias), pero en la mayoría de los casos el interés del poeta se centra más bien en dar a conocer la noticia, la versión o el personaje de forma independiente y sin excesiva información añadida, llevado más por la rareza, la excepcionalidad, la novedad o el sesgo erótico de la anécdota que por el prurito perfeccionista de la información detallada.
La presencia frecuente de fórmulas de inicio, como las ya citadas διαφόρως δὲ ἱστορεῖται, λέγεται δὲ καὶ o ἐλέχθη δὲ καὶ ὅδε λόγος, etc., que hacen referencia a la novedad de la versión ofrecida apoyarían este argumento 21.
Mucho más complejo y pertinente para el estudio del proceso de prosificación es la mención de «los poetas» (τῶν ποιητῶν).
La tradición manuscrita (a través de los escolios titulares o manchettes que encabezan la mayoría de los episodios), así como los estudios antiguos y modernos sobre la lengua y las fuentes de los EP han demostrado que Partenio se nutrió de fuentes poéticas, pero también de autores y obras en prosa de contenido historiográfico, paradoxográfico y filosófico 22.
Esta situación conduce inevitablemente al debate, ya presente en la Antigüedad, sobre «poesía en verso versus poesía en prosa» y si la denominación de ποιητής (y por añadidura ποίησις y ποίημα) solo sería válida para el autor que escribe en verso o para el que lo hace en verso y prosa.
Pero, como ya ha sido bien demostrado, al menos a nivel teórico el uso del metro no era lo que definía la auténtica condición de ποιητής, sino la μίμησις.
Y, por otra parte, los testimonios antiguos avalan que el término ποιητής, así como sus correlatos ποίησις y ποίημα, podían hacer referencia a escritores y obras en prosa 23.
Este mismo debate no tendrá más remedio que ser reabierto de nuevo a propósito del episodio de Leucone (EP 10), ya que la fuente más antigua de la que se tenga noticia para este episodio es el propio Partenio, según transmite Plutarco en Parallela minora 21 (2.310e) a propósito de Cianipo, donde se cita explícitamente al «poeta» Partenio (Παρθένιος ὁ ποιητής) como fuente del desenlace de la historia (Ibáñez Chacón 2014, p.
Queda, pues, la duda de si Plutarco se está refiriendo al de Nicea con el tratamiento genérico y por su condición de poeta, si está haciendo referencia a un texto poético hoy perdido o si se está refiriendo al texto de los EP 10 en ese sentido lato de ποίησις καταλογάδην o «poesía en prosa».
Quedaría, finalmente, por esclarecer de cara al proceso de prosificación y compilación llevado a cabo por Partenio el significado de τὰ πλεῖστα.
Descartada desde hace tiempo cualquier otra consideración morfológica que no sea el carácter adverbial de la forma, faltaría por definir cuál de las versiones propuestas ('con todo detalle','en su mayor parte','el máximo provecho', etc.) se acerca más a la idea transmitida.
Sin embargo, este tipo de interpretación se opone frontalmente al concepto de brevedad (ἐν βραχυτάτοις) o de 'notitas mnemotécnicas' (ὑπομνημάτιον) que se citará más adelante.
Precisamente por esa razón interpretaciones del tipo «un sumario de cada una» (Gaselee) o «hacerlas esencialmente comprensibles» (Zimmerman) parecen estar concebidas de una forma apriorística y adaptadas a partir de la supuesta funcionalidad de la obra.
Por ello, la interpretación que se refiere a la mayor parte de los episodios podría ser la más coherente con el conjunto 24.
Habría, no obstante, otra posibilidad no planteada hasta el momento, mucho más alejada de la preconcebida función utilitaria atribuida al prefacio parteniano, y que podría encontrar cierto respaldo en los tópicos que conforman el género dedicatorio.
Frente a la interpretación tradicional y funcional de que la obra ha de servir para que Galo conozca 'la mayor parte' (o 'con todo detalle') estas historias que no están ci-tadas de forma independiente (o íntegra) en las fuentes literarias, habría otra interpretación en el sentido de que son 'pasajes de repertorio' (se pueden encontrar en cualquier autor) y, aunque no se los haga llegar de forma completa (o aislada), no es un problema porque Galo (que es poeta doctus y conoce bien este material) reconoce ya la mayoría de estos que se le envían.
Esta interpretación, mucho menos convencional, está sin embargo más en consonancia con los tópicos dedicatorios y epistolares de modestia del tipo «estoy seguro de que lo conoces, pero aun así te lo envío» y en la línea, aunque aquí con inversión del tópico, del prólogo del Mulierum uirtutes plutarqueo (2.243d) citado anteriormente.
Porque lo que es un hecho incontrovertible es que salvo excepciones las historias de Partenio son muy poco conocidas y que ya en la Antigüedad el autor era paradigma de contenidos poco trillados25.
La medida elección del léxico y la precisa ordenación sintáctica de esta frase están al servicio de algunos de los elementos clave relacionados con el proceso compositivo.
El empleo claramente enfático del sintagma αὐτῷ τέ σοι παρέσται no puede ser ni casual ni baladí 26.
Más que apelar a la posible reciprocidad poética, en el sentido de que al igual que los poetas de donde han sido tomadas las historias, también Galo va a ser capaz de devolverlas a la forma poética 27, el empleo de una construcción tan enfática podría sugerir más bien la pertinencia exclusiva o la máxima idoneidad del poeta latino: Galo es el más indicado, ya dispone del material, ya conoce las historias y ahora le toca solo a él darle altura poética a esos contenidos.
En efecto, más que con el valor semántico que lo aproxima a formas como ἀποκαθίστημι (DGE s. u. ἀνάγω B I 2), el empleo de ἀνάγω en este pasaje está claramente implicado en el marco teórico-literario de la oposición entre la poesía y prosa y la degradación experimentada por el originario lenguaje poético para transformarse en el discurso en prosa (DGE s. u. ἀνάγω A II 1).
Esta idea, de raíces en las enseñanzas estoicas, de que en los orígenes de la lengua la primigenia expresión poética se despojó de su ornato, perdió el metro y se transformó así en el discurso en prosa, es concebida como un «descenso» del carro ornamental y sublime de la poesía y un envilecimiento a ras de suelo y al discurrir humillado a pie.
Queda abierta, además, la posibilidad de que el pasaje admita una interpretación diferente formulada en clave irónica y enmarcada en el ámbito de influencia de los tópicos de modestia propios de la literatura prologal, exactamente al mismo nivel semántico que en el pasaje siguiente en el que Partenio va a lamentar que sus composiciones no estén al nivel de exigencia literaria en el que acostumbra a moverse Galo.
Hay que tener presente que en el pasaje ya citado del prefacio de la Geografía de Estrabón (I 2.6) se recuerda que la prosa, al menos la más elaborada o la de factura más compleja, es imitación del lenguaje poético (ὁ πεζὸς λόγος, ὅ γε κα τασκευασμένος, μίμημα τοῦ ποιητικοῦ ἐστι).
Partenio, sabedor de la calidad literaria de su obra, estaría ironizando con la posibilidad de que Galo pueda mejorarla, volviéndola a elevar al carro de la poesía.
Resulta además significativo que las opciones que Partenio ofrece a Galo sean el hexámetro (entiéndase formas breves como el epilio) o el dístico elegiaco.
Esta reducida oferta métrica podría estar mostrando bien el gusto o las inclinaciones poéticas en el contexto histórico-literario de la Roma de la época (literatura amatoria, contenidos mitológicos o legendarios y preferencias por el hexá metro y el dístico elegiaco), bien una precisa identificación genérica entre forma y contenido, a lo que aparentemente contribuiría el hecho de que los pasajes métricos citados plenis verbis en la obra de Partenio corresponden a formas hexamétricas o elegiacas (cf. Parth.
Pero, si bien es verdad que ambas combinaciones métricas pueden ofrecer al poeta cierta va-riedad literaria desde el punto de vista de los contenidos (epilios, encomios, epicedios, formas catalógicas, etc.), lo cierto es que de alguna forma están coartando la creatividad del poeta.
Habría que entender entonces que esta oferta métrica está expresada con un valor genérico, en el sentido de que Galo puede adaptarlo a la forma poética que considere más apropiada.
En cualquier caso, no dejaría de ser un rasgo más de la condescendencia o del reto poético planteado por Partenio al poeta latino, sobre todo cuando se tiene noticia de que el de Nicea se caracterizó por el cultivo de variadas formas métricas: ἐλεγειοποιὸς καὶ μέτρων διαφόρων ποιητής28.
El sintagma final τὰ μάλιστα ἐξ αὐτῶν ἁρμόδια permite también una doble interpretación, una de las cuales, mucho más restrictiva, ha sido la que tradicionalmente ha contado con mayor aceptación.
Esta incidiría en la idea delimitadora de que o bien no todos los pasajes son útiles o apropiados para Galo, o bien no todos se pueden adaptar al verso épico o al dístico elegiaco, sino solo los motivos o las historias más adecuados de entre los seleccio nados.
Ahora bien, esta interpretación se contradice con la afirmación inicial del pasaje en la que se defendía la idoneidad específica de Galo (μάλιστά σοι... ἁρμόττειν) como destinatario de la colección 29.
Pero esta aporía podría salvarse con una interpretación no restrictiva del partitivo (ἐξ αὐτῶν) y desechando cualquier tipo de sinécdoque (pars pro toto) para ἁρμόδια.
Galo podrá utilizar el material al completo adaptándolo de la forma más conve niente (τὰ μάλιστα ἁρμόδια) al hexámetro o al dístico; podrá, pues, utilizar todos los pasajes de los EP en función de cómo se adapten mejor a una u otra forma métrica.
En todo caso, se admita una u otra interpretación, lo que sí lleva implícito este pasaje es un doble razonamiento: de una parte, que no todo el material de los EP procede de composiciones en verso épico o ele giaco, porque en ese supuesto se ha de entender que el trabajo de reubicación métrica o readaptación poética ya vendría dado; y, de otra, que el nuevo proceso de versificación o poetización, la «desprosificación», no es consi derada por Partenio labor de poco fuste y al menos exige el concurso de un experimentado poeta, un poeta capaz de devolver -retomando una vez más las palabras de Plutarco, Pyth. or.
24 (2.406e)-al lenguaje desnudo (τοῦ λόγου συναπολυομένου), de ornato simple y sencillo (τὸ ἀφελὲς καὶ λιτὸν ἐν κόσμῳ), su primigenio carácter impresionante y refinado (τὸ σοβαρὸν καὶ περίεργον).
Desde la perspectiva de la oposición prosa-verso y en sentido literal, se podría llegar a la conclusión errónea de que el término περιττόν define todo aquello que desde el punto de vista literario implica el tipo de poesía practicada por Galo y de lo que carece la selección de historias en prosa reunidas por Partenio, y de que además esta diferencia va a ser percibida por el poeta latino como prueba de la inferior calidad (χεῖρον) de la obra parteniana.
Sin embargo, una lectura menos literal demuestra que, aun siendo expresado en estos términos, no implica que el proceso de prosi ficación llevado a cabo por el de Nicea haya supuesto despojar las fuentes originarias de su condición de περιττόν, ya que no todas las historias proceden de fuentes en verso y de las que lo fueron no todas tenían que estar definidas por el mismo nivel de exigencia literaria.
Con respecto a la significación del término περιττόν, parece que hay una opinión unánime, aunque no tanto, sin embargo, a si su empleo en este pasaje es técnico.
Lo que sí parece estar claro es que el término (así como el más específico περισσολογία) tiene una significación retórica que lo vincula con el genus sublime (elaboratus, exquisitus) y con lo μεγαλοπρεπές y que lo opone a lo κοινόν y lo ἁπλοῦν 31.
Desde un punto de vista literario el término es definido como quod communem modum excedit, 30 La frase explicativa de γάρ que sigue y la forma de indicativo remitiendo en apariencia a un inusitado pasado han llevado a distintas propuestas de corrección del texto transmitido por el códice palatino.
La conjetura de Lehrs de la forma yusiva ἐννοηθῇς requería además una enunciación de la frase en forma negativa, de ahí las propuesta de inserción διὰ τὸ μὴ παρεῖναι del propio Lehrs o la de Sakolowski χεῖρον.
Sin embargo, Giangrande 2002, pp. 134-135, llamó la atención sobre lo innecesario de esta doble conjetura, ya que ἐνενοήθης es una forma de aoristo pro futuro (cf. Kühner-Gerth 1955, vol. I, p.
427) empleada en paralelo con las formas κατανοήσεις y παρέσται.
Además en la forma enunciativa transmitida la frase adquiere plena significación en el marco retórico en el que está concebida.
184, ofrece bibliografía sobre los estudios que han rastreado el término y que en conclusión lo definen como una insolita et communem loquendi sim-lo que in bonam partem sería lo selecto (lo opuesto a σύνηθες, δημιωστί o δημίως) y, en general, lo elegante, lo refinado, lo elaborado, lo erudito, lo excesivo e incluso extravagante, «la exquisita erudición sofisticada del gusto literario alejandrino» 32 y también la selección cuidadosa del detalle.
Esta última consideración, que asocia el término al campo semántico de la ἀκρίβεια y al género de la historia fabu laris, ha llevado a Wiseman 33 a relacionar este pasaje con el de la Vida de Tiberio (Suet., Tib.
70) en el que se describen los gustos poéticos e his toriográficos del emperador y a postular que la presencia del término en este prólogo es «the culminating proof of the equivalence of poetry and prose for a connoisseur of history as it was normally understood».
También se ha señalado con acierto la presencia del término en el epigrama helenístico de Teodóridas AP VII 406, el supuesto epitafio de Euforión donde el poeta es descrito como περισσὸν ἐπιστάμενός τι ποιῆσαι, y que podría estar defi niendo una marca de estilo.
Pero, a juzgar por los testimonios antiguos que lo relacionan con Euforión, esa misma marca de estilo podría estar compartida también por el propio Partenio.
Así, por ejemplo, en Luc., Hist.
57, queda constancia de ese estilo afectado compartido por Euforión y Partenio (y Calímaco).
También Suetonio, cuando describe los gustos literarios del emperador Tiberio (Tib.
70), asocia la figura de los dos poetas (junto con Riano) al estilo afectado y extravagante (adfectatione et morositate nimia obscurabat stilum) de sus composiciones latinas.
Así pues, Partenio es sabedor de que su maestría poética, si no es superior, está a la altura de la de Galo, por lo tanto, la frase solo puede ser entendida en el marco conceptual de la captatio benevolentiae propia de las convenciones y usos retóricos de la literatura prologal o de exordio.
Sin embargo, este aspecto no ha sido advertido así por la crítica cuando se sostiene que Partenio no puede apelar a los tópicos habituales de este tipo de recurso, porque no se dan las condiciones para ello, en el sentido de que no puede recurrir al topos de la incapacidad de acometer con solvencia la magni ficencia de su obra, porque en efecto la obra carece de ella, y las diferencias son tan acusadas con la excelencia poética de Galo que la comparación no ha lugar.
No se ha tenido en cuenta en ningún momento que Partenio está apelando a la complicidad y vanidad de un poeta pli citatem excellentia.
Sobre el valor positivo del término en Euforión se pronuncia Van Groningen 1953, p.
Pero lo que es ciertamente extraordinario es la prodigiosa utilización de los recursos habilitados por la retórica del exordio 35.
La retórica antigua establece diferentes procedimientos de actuación en función de los distintos exordiorum genera.
Y así, ante la difícil defendibilidad de un genus turpe prescribe un tipo de exordio especial basado en la insinuatio 36.
Los objetivos con respecto al interlocutor son los mismos que los del exordio normal: atentum parare, docilem parare y benevolentiam captare; pero las diferencias se establecen en los procedimientos (modi).
La insinuatio es una realización especial del exordium que consiste en influir sobre el inconsciente del interlocutor mediante una astuta utilización de los recursos psicológicos que se ejecutan a través de dos modi: cum dissimulatione y per circuitionem.
Partenio ejecuta con maestría ambos procedimientos apelando explícitamente a la vanitas (uno de los recursos del atentum parare) de Galo (ὃ δὴ σὺ μετέρχῃ), pero como ambos son sabedores de su mismo nivel de excelencia poética (lo que implícitamente equivaldría a ὃ δὴ ἡμεῖς -sc.
Galo y Partenio-μετερχόμεθα 37 ), al mismo tiempo es una apelación cum dissimulatione para ganarse intelectualmente al interlocutor (docilem parare).
De esta forma se explica con solvencia la presencia del paréntesis y del empleo tan sumamente enfático del pronombre, que tanto 34 Sobre el estilo poco cuidado de Partenio ya se expresaba Mayer G'Schrey 1898, aunque esta percepción está ya muy superada en estudios más modernos; cf. los trabajos contenidos en el libro de Zucker 2008.
50, había escrito en este sentido, alegando que la autocitación de Partenio en EP 11 (Bíblide) respondía a la consciencia de su maestría.
35 En este mismo sentido se ha pronunciado recientemente Voisin 2008, p.
Téngase en cuenta, no obstante, que el paso (ficticio o real) de los contenidos de Partenio a la poesía de Galo suponía no solo la versificación (en la que Partenio se considera y es considerado un maestro), sino un reto que implica el cambio de idioma y de literatura (del griego al latín, de una literatura a la otra), un terreno de la aemulatio en la que Partenio podía desafiar a Galo, sin entrar en competición directa con él.
37 La forma συνελεξάμεθα de la frase final podría estar apuntando implícitamente en esta misma dirección sociativa, aunque explícitamente sea un uso del plural auctoris.
habían sorprendido a la crítica38, pues lejos de ser una reverencia de Partenio ante las demandas estilísticas de Galo, no es sino una reivindicación (per circuitionem) de la exigencia poética de Partenio.
Por otra parte, una de las formas de manifestar el modus de la dissimulatio para captar la benevolencia del interlocutor es, precisamente, no pedirla39.
Partenio, en estricto cumplimiento del precepto, en ningún mo mento solicita de Galo la aquiescencia para su obra, sino más bien lo contrario, ya que por medio de un inteligentísimo circunloquio (per circui tionem) está ofreciéndole a Galo la posibilidad de alcanzar la excelencia poética.
En efecto, si se pudiera parafrasear este prodigio de la retórica del exordio, el colofón de este prefacio debería ser entendido así: «Tu y yo sabemos que soy un poeta igual de exquisito que tú, luego si tú te precias de buscar la excelencia poética, eso mismo es lo que yo hago.
Pues bien, estas notas que yo he reunido y que tú vas a considerar peores (es lo lógico, puesto que son unas notitas), son, sin embargo, la base de los contenidos que a mí me hacen alcanzar la excelencia poética, así que si las aceptas y te sirves de ellas podrán ser también para ti el punto de partida de una excelencia poética similar a la mía»40.
Como ya se ha indicado, la frase explicativa de γάρ introduce la razón por la que Galo va a considerar que la obra de Partenio no está a la altura literaria, a saber: se trata de una selección (συνελεξάμεθα) preparada a la manera de unos apuntes (ὑπομνηματίων τρόπον).
Más complejo resulta, sin embargo, adivinar el verdadero matiz con el que la coordinada καί introduce el re-mate final.
Para Giangrande se trata de un καί explicativum, que explicaría el motivo por el cual Galo debería formarse una opinión positiva acerca de las historias: la utilidad para sus propósitos poéticos (Giangrande 2002, p.
Pero no se debería descartar quizá cierto matiz adversativo, pues precisamente esa misma utilidad no las hace peores 41.
Por otra parte, desde el punto de vista del proceso de creación literaria y de la conversión de las fuentes en verso a prosa es fundamental el léxico empleado en esta frase y, en especial, el término ὑπομνημάτιον.
La falta de ejemplos significativos de la variante en diminutivo ha llevado a la crítica a poner el énfasis sobre la forma base ὑπόμνημα, un término muy bien estudiado, pero cuyo carácter ambiguo y polivalente pro picia el debate sobre su exacta interpretación 42.
Pues, aunque todo parece indicar que el término admite dos usos fundamentales, en los que se concentran los demás usos derivados o secundarios, y que serían uno más técnico desde el punto de vista de la teoría literaria y otro más generalizante basado en su significado etimológico, no está tan claro, sin embargo, que desde una perspectiva antigua realmente respondan a dos realidades diferentes y desde luego hay pasajes en los que difícilmente se podría discernir un uso del otro.
El uso técnico es aquel por el que ὑπόμνημα define un tratado o comentario histórico con unas señas de estilo específicas que lo mantienen al margen del genus sublime 43, esto es: una monografía discursiva escrita en prosa llana y que abarcaría ámbitos tan diferentes como el retórico, histórico, filosófico, artístico, mitográfico, paradoxográfico, etc. A partir de este uso se deriva un empleo secundario del término en el marco retórico de los tópicos de modestia al que recurren los escritores para referirse a un tratado u obra histórica con ciertas pretensiones literarias (cf. p.e.
El uso generalizante es aquel que toma principio en la etimología del término y designa todo aquello que sirve de recordatorio 44 y desde el punto de vista 41 Sobre el valor adversativo de καί, cf. Denniston 1970 2, p.
43 Cf. la descripción que Cicerón hace de los Comentarios de César (Brut.
44 Léanse usos tan dispares, por ejemplo, en D.S.: anales oficiales (I 4.4), monumentos (I 66.5), túmulo funerario (II 28.2), la piel de Égida (III 70.5), un tratado mitológico (III 67.4), etc. En cuanto a su condición literaria poco definida o no destinada a la publicación, cf. Voisin 2008, p.
55: escritos sin investigación (Brut.
53, literario definiría unas notas o apuntes de carácter mnemotécnico.
Pues bien, así ha sido entendido por lo general en el pasaje de Partenio, como un sumario de detalles de mitos y leyendas que pueden servir de recordatorio para un uso posterior en composiciones poéticas.
No está tan clara, sin embargo, la línea que separa esta acepción de lo que podría ser considerado un uso intermedio, a saber: un tratado o comentario escrito en estilo llano y preparado expresamente para asistir en caso de necesidad a la memoria.
Un ejemplo de este híbrido sería el tratado doctrinal al que se hace referencia en la carta séptima de Platón (Ep.
En cualquier caso, tradicionalmente ha sido asumido el empleo del término, opuesto estilísticamente a lo περιττόν, como un resumen sin pretensiones de desarrollo o unas notas cuyo objetivo es evitar sub conscientemente la forma artística 46.
Sin embargo, esa concepción del ὑπόμνημα como un opúsculo carente de estilo o erudición, que desatiende la forma y el contenido, es categóricamente desmentida por Luc., Hist.
16, donde se recoge la idea de que un ὑπόμνημα es ciertamente un com pendio (συναγαγών), pero critica severamente que esté desnudo de contenido y que pueda ser redactado de una forma pedestre y vulgar (ἐν γραφῇ κομιδῇ πεζὸν καὶ χαμαιπετές, nótese nuevamente el empleo de la terminología antitética frente al concepto de altura y sublimación del «carro» de la poesía).
Considera además que es el paso previo para que en un segundo nivel el documento sea dotado del ornamento y la sabiduría de un profesional realmente capacitado para ello.
Efectivamente, algo más adelante Luciano (Hist.
48) retoma esta concepción de la creación historio gráfica y vuelve a insistir en la importancia, no solo de la forma, sino también y muy especialmente en el contenido: primero hay que reunir el corpus de material, no preocupándose en demasía por el ornamento o la articulación del mismo, ya que eso forma parte de un segundo proceso, aunque sí hay que dotarlo de cierta confección formal (συνυφαινέτω) 47.
Así pues, lo que parece que hay que tratar de definir es cuál es esa marca de estilo que, no aspirando a lo sublime o a la altura de una prosa poética, confiere no obstante dignidad literaria al ὑπόμνημα.
Y en este sentido los últimos estudios sobre el ἀφελὴς λόγος o estilo sencillo de los EP parecen encaminados en la dirección correcta48.
La falta de tropos y figuras retóricas, la reducida extensión de las historias (sobre todo al final de la obra), la gramática simple y el orden de palabras cercano al sermo quotidianus, la aparente despreocupación por las cláusulas rítmicas y el hiato49, no dejan de ser las señas estilísticas propias de la ἀφέλεια retórica, que lejos de ser una falta de escrúpulo literario, consiste más bien en un deliberado estilo des preocupado o de una sencillez estudiada propia de un género o de quien, acostumbrado a bregar en la cúspide de la erudición poética, puede desenvolverse con absoluta solvencia en niveles estilísticos más modestos sin caer en el grosero estilo pedestre.
Por otra parte, no puede ser casual que dos de los referentes poéticos de Partenio, Calímaco y Euforión, compusieran también unos Hypomnémata50 y que, como bien ha estudiado Francese 1995, p.
461 (Pf.) de Calímaco -el único que, aunque transmitido por vía indirecta, tiene suficiente cuerpo como para poder extraer un juicio sólido, a juzgar por lo que transmite la fuente-el contenido pudiera estar muy cercano al de los distintos episodios de los EP.
Todo parece indicar que el uso del diminutivo, así como el giro indirecto (οἱονεὶ γὰρ ὑπομνηματίων τρόπον) y el plurale auctoris (συνελεξάμεθα) están igualmente al servicio del tópico disimu latorio o de modestia sobre el valor de la obra.
Por último, no debería pasarse por alto el matiz creativo que pudiera desprenderse de la forma verbal escogida: συνελεξάμεθα.
Interpretado tradicionalmente como 'reunir', en este contexto la forma podría estar, sin embargo, más cercana a la interpretación de 'redactar' 51.
Esta diferencia es ciertamente fundamental, porque, aunque la compilación lleve implícito un proceso de elaboración, no lo lleva de prosificación y nunca será lo mismo la selección o la compilación que la redacción o la composición de una nueva forma con respecto al original del que procede ese material, sobre todo si ese material procede de una fuente poética.
Así pues, en este sentido la forma συνελεξάμεθα estaría compartiendo los diferentes matices que ya se han señalado para la forma ἀναλεξάμενος52, pero desde luego mucho más próxima y en consonancia con el valor de la urdimbre compositiva que se deriva del empleo de συνυφαινέτω del texto de Luciano citado líneas más arriba (Hist.
A modo de conclusión, de la carta-prefacio que encabeza los EP se pueden deducir unas sutiles alusiones al proceso compositivo, así como al de selección y compilación de los relatos.
Sin embargo, dado que muy rara vez los textos programáticos y las instrucciones metaliterarias del periodo helenístico tienen un único nivel de significación, el análisis propuesto en estas páginas, lejos de resignarse a la simpleza de la información aportada en la estructura superficial, ha estado encaminado a desvelar cuáles podrían ser algunas de las claves interpretativas aludidas por el autor.
La utilitas explícita de la colección podría ser tan solo aparente desde el momento en que respondería a una pose literaria forzada por los tópicos programáticos o prologales y, en todo caso, habría que especificar que no se trata de un mero arsenal temático, sino de una peculiar antología de raros motivos literarios, versiones mitológicas, legendarias e históricas secun da rias o paralelas con respecto a las tradicionales, variantes prácticamente des conocidas o inusitadas destinadas a servir de punto de referencia y de ampliación temática para la poesía erudita, exclusiva y de alto grado de refinamiento practicada en selectos círculos poéticos herederos de la más culta tradición helenística.
Por otra parte, del hecho de ser un florilegio temático se puede inferir que no todo el material literario fue válido para el autor para confeccionarlo.
El hilo conductor de los distintos episodios es sin duda la temática amatoria y más concretamente las relaciones presididas por el πάθος erótico, pero, dado que hay capítulos con final feliz o en el que los amantes no han tenido que sufrir para consumar su amor, podría entenderse πάθος en el sentido del apasiona-miento, la irracionalidad o la perversión que alguno de los per sonajes experimenta llevado por el sentimiento amoroso, más que el su frimiento producido por este sentimiento.
Se puede inferir también del léxico empleado que no ha sido un proceso meramente compilatorio, sino que ha habido tratamiento y cuidado del material excerptado y que se ha puesto máxima atención en presentarlo de una forma abreviada, preservando el carácter alusivo que preside gran parte de la producción poética de Época Helenística.
Además, se trata de material literario preexistente, por lo que, incluso en aquellos casos en que la fuente podría ser la propia obra de Partenio (EP 11), no es necesario presumir que haya creación ex profeso para esta colección, sino más bien -y así parece confirmarlo el uso generalizado de fórmulas introductorias-la intención de ofrecer paralelos menos conocidos de historias tradicionales, versiones poco comunes o los detalles menos hollados de esas mismas historias.
No hay duda en lo que atañe a la finalidad poética (real o ficticia) de los distintos episodios de los EP.
Partenio, haciéndose eco de la tradicional oposición entre la composición literaria en verso y en prosa según la cual esta no fue más que el desarrollo ulterior de aquella por degradación, invita a Galo a dotar esos contenidos de altura poética y a auparlos (ἀνάγειν) de nuevo al carro de la poesía.
Para ello establece como vehículo formal el verso épico o el dístico elegiaco, en función de la más adecuada adaptabilidad de los contenidos, lo que de alguna forma significa preasignar los contenidos a formas concretas y, en aquellos casos en los que se reproducen plenis verbis los versos de una fuente poética, esa predeterminación es si cabe aún más forzada.
Pero, sin desestimar la interpretación en tono irónico que podría estar presidiendo la parte final de la carta-prefacio, y que apuntaría en el sentido de que difícilmente se pueden elevar a las alturas poéticas unos contenidos cuya erudición y exclusividad ya los ubican en las altas esferas de la composición literaria, lo que sí se confirma mediante la idoneidad de Galo como receptor de este material es la consciencia de que la «des prosificación» o la «repoetización» es labor compleja, solo al alcance de una élite y que exige el concurso de un poeta experimentado.
La frase final del prefacio es la que sin duda ofrece mayor información de carácter metaliterario, pero su significación va a ser muy diferente si en lugar de interpretarla como una recusatio -como se ha hecho tradicionalmente, forzando incluso el texto transmitido-se acierta a entender una sutil excusatio.
Partenio no está solicitando la benevolencia para una obra carente de méritos literarios, sino que, aunque está reconociendo que es una prosa que no tiene la naturaleza exquisita de la poesía practicada por los más eximios poetas (entre los que se cuenta también él), eso no implica, en absoluto, que sus «notitas» carezcan de excelencia, ni formal, ni menos aún de contenido.
La terminología técnico-literaria empleada para definir su obra pone sobre la pista de un tipo de composición monográfica, redactada en prosa y caracterizada por la ἀφέλεια retórica, es decir, por una sencillez elaborada, que aborrece el estilo pedestre y en la que no se permite descuidar los contenidos.
De hecho, su potencial valor como recurso mnemotécnico no deja de ser evocador del poder alusivo de la poesía helenística cuando está cumpliendo la labor de fuente literaria de otra obra, esto es: cuando se limita a aportar el detalle erudito y selecto a partir del cual el poeta doctus y memorioso debe reconstruir la historia literaria.
Y de la misma forma las citadas glosas del códice, así como expresiones del tipo τὰ μάλιστα ἁρμόδια, con la que se deja abierta la puerta de la adaptabilidad de los contenidos al verso épico o al dístico elegiaco, confir man que, además de la prosificación de fuentes poéticas, también hubo fuentes en prosa.
Ahora bien, en este sentido, y sobre todo teniendo en cuenta que se trata de prosa de alto valor literario, podría ser determinante la complejidad y el debate existente ya en el mundo antiguo para definir exactamente qué era poesía y más en concreto cuáles eran los límites de la prosa poética.
Y, por último, habría que insistir en la reflexión de que no alcanzar el grado de exquisitez (περιττόν) de la excelsa poesía helenística o neotérica no implica necesariamente desaliño formal y mucho menos de contenido, sobre todo cuando el valor literario que ha promovido que se lleve a cabo la prosificación reside en el atractivo y en el potencial poético de un material igualmente selecto y erudito. |
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XXIX 71) la culebra no es venenosa, pero puede llegar a serlo durante un período de tiempo por influjo de la luna (neque anguis uenenatus est nisi per mensem luna instigatus).
La lectura per mensem carece de sentido porque los ofidios permanecen en letargo durante la época invernal.
Por tanto, per mensem no puede hacer referencia a un mes cualquiera del año.
Un pasaje de Gargilio Marcial y un testigo de la tradición indirecta de la Naturalis Historia apoyan la corrección per messem.
De este modo, el pasaje en discusión se hace transparente y la doctrina de Plinio concuerda con la realidad: la culebra se vuelve venenosa en época estival, cuando tiene lugar la siega de la mies (messis).
Palabras clave: Plinio; Historia Natural; serpientes; tradición indirecta; enmienda del texto.
Un pasaje oscuro en las ediciones de Plinio
En un capítulo de la Naturalis Historia que expone los antídotos contra mordeduras de serpiente, todas las ediciones de la obra de Plinio dan el texto siguiente (Nat.
El pasaje resulta oscuro debido a la ambigüedad de la expresión per mensem.
La tradición manuscrita utilizada por los editores hasta la fecha sólo da variantes irrelevantes, si no banales: mensem R, mense VE, menses dT1.
El contexto permite inferir que el autor especifica un período concreto durante el cual la culebra deviene venenosa2.
Como unidad temporal de referencia adopta el mes, pero, en ausencia de mayor precisión, saber exactamente qué quiere decir nisi per mensem luna instigatus se antoja difícil.
Quienes han editado el libro XXIX de Plinio han hallado dificultad en el pasaje.
Sin embargo, en lugar de admitir un locus desperatus y marcar el segmento en cuestión con las correspondientes cruces, han preferido dar el texto sin más, aun sin haberlo entendido.
Mayhoff sugiere en el aparato crítico la posibilidad de que detrás de per mensem pudiese estar la lectura primo mense.
Aunque retiene también la lectura per mensem, Jones cree que la conjetura de Mayhoff podría ser justa y sugiere en nota a pie de página una explicación de naturaleza paleográfica.
En cuanto a Ernout, se limita a dar el texto y las variantes, sin mencionar siquiera las dificultades advertidas por sus antecesores.
Tampoco aluden al problema ni a posibles variantes textuales König y Hopp3.
Por su parte, quienes han intentado una traducción del pasaje, Jones y Ernout incluidos, han forzado sin excepción la frase problemática con el fin de darle un sentido que está todavía lejos de ser claro.
Hopp); «La culebra no es venenosa, salvo unos días al mes por influjo de la luna» (E. Tarriño) 4.
A juzgar por las propuestas anteriores, las traducciones del pasaje a lenguas modernas presentan, en general, un grado de oscuridad no menor que el de la propia frase latina.
Aún más, a excepción de Jones, los traductores incurren en un inconfesado vicio de copia.
Para sortear la dificultad, todos acuden a la versión del texto latino por Littré, ya sea mediante consulta directa o bien por vía indirecta, copiando unos de otros con pequeñas variantes, en un proceso de reutilización en cadena 5.
2019.14.1904 escaparon a la observación del redactor de la voz 'mensis' en el ThLL, que incluye este ejemplo entre los testimonios del término dudosos6.
Los reptiles en las fuentes antiguas: letargo invernal y agresividad canicular
Tal como ha sido editada hasta la fecha, la frase de Plinio es dificultosa, básicamente porque el giro per mensem, en singular, no delimita por sí solo un período específico y requeriría algún elemento adicional que el contexto no permite suplir.
El naturalista resulta menos impreciso en otros lugares en donde emplea la misma expresión.
En general, editores y traductores de Plinio no han prestado atención a un hecho real: al igual que otros reptiles, durante el período invernal la culebra permanece en letargo y es inofensiva.
Por contra, su actividad y su agresividad máximas coinciden con la época estiva 8.
Además de mencionar la naturaleza fría de las serpientes, convertida incluso en motivo literario, las fuentes antiguas describen con precisión ese doble período en los ofidios, el de letar-go y el de actividad, respectivamente 9.
El caso más notorio es el de Galeno, quien refiere que durante los meses fríos las serpientes se esconden y no comen, y que su veneno tiene tan poco poder que pueden ser manejadas sin peligro 10.
En cambio, según el propio Galeno, en la canícula el calor las abrasa hasta tal punto que no encuentran descanso 11.
Por su carácter explícito resulta oportuno citar por extenso uno de los pasajes concernidos, Loc. aff.
Por su parte, el propio Plinio (Nat.
XXXII 55) atribuye a la autoridad de un tal Trásilo la doctrina de que el calor atormenta a las serpientes cuando el Sol está en el signo de Cáncer, es decir, en cómputo actual de calendario, del 21 de junio al 22 de julio14.
De la información explícita de las fuentes antiguas, así como del hecho empírico de la permanencia de las serpientes en estado vegetativo en época invernal, se desprende una conclusión palmaria: la de que en el pasaje de Plinio per mensem no puede hacer referencia a un mes cualquiera del año.
Y ahí radica el problema de las traducciones arriba referidas.
Un pasaje de Gargilio Marcial
Es Gargilio Marcial, autor tardoantiguo al que la tradición manuscrita atribuye unas Medicinae ex oleribus et pomis, quien aporta un dato precioso para sanar e interpretar el paso pliniano15.
Entre las propiedades del serpol (serpillum) cita Gargilio su eficacia como repelente contra las serpientes.
En ese contexto afirma que los segadores (messores) lo añadían a la comida para evitar ser mordidos en caso de apoderarse de ellos el sueño (Garg.
La exhalación que desprende el serpol al arder repele las serpientes así como cualquier otra alimaña venenosa.
Esa es la razón de que a los segadores se lo mezclen también en la comida, para que, en la eventualidad de que rendidos de fatiga los venza el sueño, puedan descansar seguros y a salvo de las alimañas que en esa época suelen atacar con mordedura venenosa.
La mención de los segadores por Gargilio aporta información clave en relación con el pasaje de Plinio.
La siega del cereal (messis) tiene lugar en época estival, hasta el punto de que el mismo término designaba por metonimia el calor tórrido de la canícula y la canícula misma 17.
Dos elementos fundamentales en Gargilio -la actividad de la serpiente y el momento preciso del año-están presentes también en Plinio, con sólo corregir per mensem en per messem en la frase en discusión.
Si bien con empleo del plural en lugar del singular, el propio Plinio recurre otras veces a la misma expresión, como cuando indica que plantas como la tapsia (Nat.
XXIII 140) han de ser recolectadas durante el estío (per messes) con el fin de extraer su jugo para uso médico 18.
De modo que, además de la información derivada de Gargilio Marcial, la crítica interna conduce también hacia una enmienda per messem en Nat.
Un testigo de tradición indirecta de la obra de Plinio
Un testimonio de tradición indirecta incide también en la necesidad de corregir el texto de Plinio en este punto.
Se trata de las Curae quae ex hominibus atque animalibus fiunt (= Cur. anim.), un recetario médico resultante de una reelaboración de los libros 28-30 de la Naturalis Historia.
Su época de redacción debe de situarse hacia el siglo V, a juzgar por algunas coincidencias con el De medicamentis de Marcelo Empírico 19.
El capítulo 62, Curae quae ex angue fiunt, consta de veintitrés recetas, basadas en otros tantos pasajes en que Plinio hacía referencia a la culebra.
La primera receta tiene como fuente precisamente el pasaje pliniano en discusión: 17 OLD, s. u.'messis'; ThLL VIII 857.35-45.
Para la colocación de la obra en época próxima a Marcelo, Neque anguis uenenatus est nisi per mensem luna instigatus, et prodest uiuus conprehensus et in aqua contusus, si foueantur ita morsus.
La culebra no es venenosa a no ser [???] estimulada por la luna; y es eficaz apresarla viva, majarla en agua y aplicar un fomento en la mordedura.
Una deturpación sencilla: mensem es una hipercorrección de copista
Confirmada la lección per messem tanto por crítica interna como por cotejo con otras fuentes, el proceso deturpatorio deviene transparente.
La forma mensem es una hipercorrección de copista en un momento de la transmisión temprano, común en cualquier caso a los manuscritos utilizados por los editores hasta la fecha.
El error, banal en términos de historia de la lengua, se ha visto favorecido por la concurrencia de dos hechos evolutivos: la simplificación de consonantes geminadas y el enmudecimiento de n ante s desde la época más remota de la lengua latina.
La simplificación de las geminadas dio lugar al empleo indistinto de grafía simple o de geminada para consonantes realizadas ya comúnmente como simples21.
La caída de n ante s, por su parte, está documentada en latín desde los más tempranos testimonios epigráficos.
Pero mientras en la época clásica el conservadurismo de la lengua escrita hizo perdurar, como norma, el grupo ns, en época tardía y altomedieval se produjo un elevado grado de confusión, con la frecuente caída de n, pero también con su restitución artificiosa en palabras que carecían de la misma 22.
La documentación acerca de tales cambios es abundante.
Tratando de regularizar la grafía y adaptarla a la del latín clásico, la Appendix Probi postula a veces la recuperación de la n, como en la entrada 76 (ansa non asa) y en la 152 (tensa non tesa) 23.
En cambio, en otros casos, atendiendo al carácter advenedizo de tal consonante, defiende su supresión, como acontece en las entradas 19 (Hercules non Herculens), 75 (formosus non formunsus) o 123 (occasio non occansio).
Una hipercorrección similar está detrás de grafías como thensaurus, quadragensimus o profensore, entre otras atestiguadas con frecuencia en las fuentes24.
Ese doble fenómeno de la caída de n ante s y el de su restablecimiento inmotivado, en concurrencia con la simplificación de consonantes geminadas, daba lugar a situaciones ambiguas que, en el ámbito específico de la transmisión de los textos, cada copista resolvía de manera particular.
Dado que, a una sola pronunciación, -s-, podían corresponder tres grafías distintas, -s-, -ss-y -ns-, éstas eran susceptibles de ser utilizadas indistintamente por los copistas, según la intensidad de su formación o su grado de atención en el momento de copia.
En nuestro caso, en la práctica las formas mesem, messem y mensem eran pronunciadas del mismo modo y podían corresponder indistintamente al acusativo de mensis o al de messis25.
Y ese debe de haber sido el origen de la grafía per mensem, con empleo de s simple y adición de una n espuria, en Plin., Nat.
De acuerdo con los datos extraídos del aparato crítico de las ediciones de Plinio, para el término messis,'siega, cosecha, estío', además de la forma mensis aquí enmendada, en la obra del naturalista está documentada la propia grafía clásica, messis, y la variante sin geminada, mesis.
A su vez, el término mensis,'mes', se encuentra también atestiguado con las grafías mesis, messis y menssis26.
Todavía una precisión final
En el panorama de la transmisión de los textos antiguos en época altomedieval tanto el caso aquí estudiado como la obra a la que pertenece no constituyen excepción.
La misma confusión está atestiguada en la tradición manuscrita de otros autores.
Como ejemplos conspicuos caben ser citados pasajes de Manilio (III 598), de Nemesiano (Ecl.
Merece ser traído a colación también el caso de Columela, por cuanto tres manuscritos, que llevan las siglas S, A y R en la edición más reciente, dan en varios lugares la grafía mensem en lugar de messem y, a la inversa, messem en lugar de mensem27.
Con todo, en estricto rigor, antes que de deturpación o de faltas de copista, en casos como los citados sería más justo hablar de polimorfismo gráfico durante el acto de copia.
Tratándose de textos antiguos, cuya única forma de transmisión es a través de la escritura, es verosímil que dificultades como la originada por el acusativo mensem en lugar de messem sean tales sólo para nosotros, atentos como estamos a la forma escrita antes que a la realización oral de una palabra.
Pero dichas dificultades podrían haber sido menores, o incluso inexistentes, en el caso de los copistas altomedievales y sus coetáneos, que tendrían presente la pronunciación real del término.
Quizás para ellos la grafía del mismo, en cualquiera de sus variantes, tuvo una incidencia menor en cuanto a la comprensión de su sentido.
Al margen de esta precisión, que atañe a la transmisión del texto, pero no a su redacción primera, la corrección de la grafía mensem en messem en Plin., Nat.
XXIX 71 es obligada y necesaria, dada la época en que escribe el autor.
El texto debe ser restablecido como sigue: Neque anguis uenenatus est nisi per messem luna instigatus..., «La culebra no es venenosa a no ser por la época de la siega, cuando es estimulada por la luna...». |
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El artículo propone que algunas de las discontinuidades estructurales en el último libro de Amiano Marcelino se explican porque pertenecen a secciones que fueron añadidas al núcleo original del relato en una fase posterior de redacción y, por lo tanto, no dependen de la fuente principal: la digresión sobre los hunos y los alanos en XXXI 2, secciones concretas dentro de la narrativa militar (XXXI 6.7-8, 8.7-8, 15.10 y 13) y la nota fisonómica al final de la necrología de Valente.
Estas secciones no sólo no están perfectamente integradas en el flujo narrativo, sino que además añaden contenidos discordantes con los argumen tos principales en el libro XXXI.
Todo ello permite profundizar en la comprensión de la técnica literaria del historiador y de las aparentes incongruencias del último libro de la obra de Amiano.
Palabras clave: Amiano Marcelino; libro XXXI; fuentes, estructura y composición de las Res Gestae; excursos; narrativa militar; intertex tua lidad; fisonomía; caracterización de los personajes.
de los dioses por haber dejado sin sanción la muerte de Juliano14, y a los discursos XV y XVI de Temistio, que destacan las dimensiones nunca vistas de este suceso histórico 15, así como el discurso XXIV, que defiende la conveniencia de la política de pactos con los godos que estaba llevando a cabo Teodosio 16.
En consecuencia, el historiador, después de terminar el libro XXX, habría completado su obra añadiendo una versión latina de su monografía anterior, agregando y retocando algunos puntos, dejando en el texto, sin embargo, señales notorias de falta de revisión.
En su opinión, la continuidad de rasgos de estilo y de técnica literaria presentes en los libros XIV-XXX en el último libro sólo podría probar, en estricta lógica, que Amiano escribió efectivamente el libro 31, pero no explicarían las pequeñas incongruencias dentro de la estructura del libro, de la última héxada y del conjunto de los libros conservados.
Es decir, la presencia de una determinada coincidencia intertextual o de una auto-alusión en el libro final no permite inferir necesariamente que el libro 31 hubiese sido escrito después de los libros anteriores, como tampoco podría excluirse que hubiera sido añadido más tarde en un proceso de revisión que intentase armonizar el texto definitivo.
Sin duda, la hipótesis de Kulikowski presenta numerosos puntos sugerentes y aporta una explicación plausible de la especificidad del libro XXXI.
En su exhaustiva discusión analiza en detalle numerosos pasajes del último libro y extrae indirectamente implicaciones que afectan a la cohesión interna de la última héxada y por extensión de toda la obra de Amiano.
Si bien algunas de las interpretaciones concretas pueden ser discutibles o matizables, no se puede obviar que ha situado la parte final de las Res Gestae en una nueva perspectiva, abriendo una línea que permite seguir profundizando en la interpretación de la obra de Amiano.
En consecuencia, aun aceptando el planteamiento general de que pudo haber un subtexto o un borrador primario, de género monográfico, escrito o no por Amiano Marcelino originalmente en griego, pueden plantearse otras hipótesis complementarias que expliquen puntos concretos de su propuesta: por ejemplo, que Amiano utilizase más de una fuente principal para componer el último libro; que esa auto-fuente no fuera el ori-gen de todo el libro sino tan solo de partes nucleares a las que habría añadido secciones; o que el paso del original griego a la versión latina no hubiera sido una traducción pegada a la letra sino una versión literaria que amplificaba sustancialmente el original.
Complementariamente, podría resultar igualmente provechoso examinar si esas secciones añadidas tenían cierta extensión o constaban tan sólo de pequeñas apostillas o retoques.
El propósito de este trabajo no es discutir específicamente la existencia de una monografía escrita por Amiano, sino tomar como punto de partida que Amiano se sirvió como fuente principal para el libro XXXI de una monografía De Bello Gothico (a la que me referiré con la abreviatura DBG), para examinar si es posible detectar diferentes fases de redacción dentro del último libro de las Res Gestae, más concretamente, si se puede distinguir entre material original del DBG y material añadido por Amiano posteriormente.
La valoración de los resultados de este examen permitirá a su vez establecer conclusiones sobre la peculiar estructura del libro XXXI, lo que podría redundar en un mejor conocimiento de la técnica literaria del historiador en pasajes de otros libros.
Es preciso adelantar que algunas de las secciones del libro habrían sido añadidas con total seguridad, como es el caso del epílogo o de la transición de comienzo que enlaza con libros anteriores.
Asimismo, se puede deducir que otras secciones se habrían hallado ya en el opúsculo original, porque muestran diferencias notorias con el modo de tratar escenas o contenidos similares en libros anteriores, o porque presentan una explicación o valoración de los acontecimientos en torno al desastre de Adrianópolis y la muerte de Valente, que no se habían presentado en libros anteriores.
Por contraste, los argumentos para identificar que otras secciones habrían podido ser añadidas más adelante son diferentes en cada caso y no pueden atribuirse a un único rasgo de forma o contenido.
Por esa razón, este estudio dedica los siguientes apartados a tres casos diferentes en los que el historiador podría haber acomodado secundariamente contenidos sobre el núcleo original: el excurso sobre los hunos y los alanos, las escenas bélicas estereotipadas que muestran interesantes diferencias dentro del mismo libro, y, por último, el obituario de Valente en el contexto del relato de su muerte.
El excurso sobre los hunos y los alanos
Amiano dedica el capítulo 2 del libro XXXI a un excurso etnográfico de cierta extensión sobre la apariencia y las costumbres de dos pueblos, los hunos (2-11) y los alanos (17-25), a los que atribuye ser la causa de la desgracia de Adrianópolis.
Entre ambas descripciones hay una transición sobre los lugares que podrían haber ocupado los dos pueblos.
Al tratarse de una sección que comparte evidentes puntos de contacto con otras descripciones etnográficas en las Res Gestae, la presencia de este excurso podría indicar una composición continuada del último libro.
Kulikowski cuestiona este argumento, llamando la atención sobre las singularidades que la digresión de hunos y alanos tiene respecto a las incluidas en libros anteriores, en especial el que no incluya secciones sobre el contexto geográfico según el rígido patrón que ha utilizado en excursos anteriores17.
Por otro lado, no es de excluir que la monografía DBG incluyera un excurso de este tipo, si se piensa en el modelo de Dexipo, que, en la medida en que se puede inferir de los fragmentos conservados, incluía descripciones de asedios y discursos, así como posiblemente digresiones 18.
Sin embargo, esta misma particularidad puede deberse a que haya sido desligado intencionalmente de contexto geográfico, como es el caso del excurso sobre los sarracenos en XIV 14.
La finalidad de esta digresión es poner de relieve la singularidad de dos pueblos, cuyos rasgos son estrictamente opuestos a los de civilización o «romanidad».
En otras palabras, el excurso de hunos y alanos resulta diferente, al igual que el de los sarracenos, porque Amiano subraya que los pueblos descritos son en parte diferentes de los otros pueblos a los que se enfrentó Roma y presentan un tipo de amenaza nunca visto antes: su nomadismo.
El análisis de las fuentes y los contenidos en la presentación de los hunos muestra que el historiador ha combinado estereotipos del nomadismo con elementos fantasiosos, de modo que presenta una imagen literaria del «absolutamente distinto» que no persigue la precisión etnográfica 19.
Por esto mis-mo, se puede descartar que el excurso esté basado en un improbable conocimiento directo de los hunos o alanos 20.
Sin embargo, Amiano sugiere en el lector que él ha tenido conocimiento exclusivo, privilegiado y, por tanto, incomprobable, de aquello que describe.
Precisamente por esta razón, Amiano parece implicar indirectamente lo contrario al afirmar que los hunos son tan rápidos en sus ataques que llegan a ser invisibles (XXXI 2.8): Vtque ad pernicitatem sunt leues et repentini, ita subito de industria dispersi rarescunt et incomposita acie, cum caede uasta discurrunt, nec inuadentes uallum nec castra inimica pilantes prae nimia rapiditate cernuntur.
En este pasaje, un verbo de percepción visual en presente como cernuntur conecta la idea remota de los hunos con el momento mismo del lector; no obstante, resulta engañoso interpretar que esa inmediatez es consecuencia de la experiencia del autor y no un caso de «autopsia implícita» 21.
Es decir, no se puede desligar esta presentación de los pueblos nómadas de la reconocida tendencia del propio autor a sugerir una experiencia vívida y directa de lo narrado o de lo descrito para sugerir autoridad retórica a un punto de su relato que resulta incomprobable.
Otros ejemplos de este mismo recurso en el libro XXXI, en los que Amiano acompaña el relato de intensidad realista y sensorial, apuntan igualmente a que la hipérbole sobre la rapidez de los hunos no depende de una vivencia del autor.
Así, en XXXI 7.16 (... ut indicant nunc usque albentes ossibus campi), el historiador parece dar a entender que habría visitado tiempo antes el campo de batalla cerca de Marcianópolis 22, pero el detallado análisis de Kelly 23 muestra cómo la alusión a Virgilio y a Tácito 24 esconde sutilmente una polémica con la política teodosiana de acomodación de los godos después de Adrianópolis, puesto que nunc usque se ha de entender como un reproche a la situación de incuria a la que se había llegado, no a un improbable viaje del historiador.
Igualmente, los desmanes que llevan a cabo los godos tras recuperarse del episodio anterior están descritos como si el autor y el lector fueran testigos oculares de esas acciones abominables en XXXI 8.7 (tunc erat spectare cum gemitu facta dictu uisuque praedira...); sin embargo, la acumulación de detalles sangrientos es tópica, tal como muestra el carácter estereotipado de la descripción que se detalla en el apartado siguiente.
De manera similar, en XXXI 13.4 (... uidereque licebat celsum ferocia barbarum, genis stridore constrictis, succiso poplite aut abscisa ferro dextera uel confosso latere, inter ipsa quoque mortis confinia minaciter circumferentem oculos truces) Amiano agrega intensidad a un episodio concreto de la batalla de Adrianópolis, detallando cómo se podía percibir visualmente (uidere... licebat) el daño infligido a los godos añadiendo así dramatismo a ese instante.
Desde este punto de vista, parece incongruente que las primeras líneas del excurso hagan mención tanto de un supuesto recurso a fuentes literarias anteriores, como de la escasez de referencias a los hunos en testimonios antiguos (XXXI 2.1):
Por un lado, Amiano parece aludir con hanc comperimus causam 25 que ha basado su excurso en fuentes literarias: de hecho, se nota la presencia de Heródoto en partes de su descripción 26.
En esta línea, no sería ilógico que Amiano hubiese tomado su descripción fantasiosa de fuentes escritas anteriores, desconocidas para la posteridad, y que se haya limitado a trasladar ese material derivativo, sin que haya quedado posibilidad de comprobarlo.
Por otro lado, si el pueblo huno es apenas mencionado en testimonios anteriores (Hunorum gens monumentis ueteribus leuiter nota), el objeto de ese comentario parece más bien sugerir indirectamente que su descripción se basa en un conocimiento directo que, como ya se ha mencionado, no resulta creíble.
La analogía en este punto con el recurso que Amiano hace en otros puntos a la «autopsia implícita» para revestirse de un conocimiento superior o autorizado sobre la materia en cuestión27, permite suponer que, en el caso de esta particular colección de curiosidades sobre hunos y alanos, quiere infundir autoridad a sus contenidos más incomprobables.
Dos argumentos apuntan a que Amiano no sólo modela imaginativamente el excurso, sino que además lo incluye en una segunda fase de redacción.
En primer término, existe una importante incongruencia entre la justificación del excurso basada en que los hunos han sido la causa de todas las calamidades (totius autem sementem exitii et cladum originem diuersarum) y el papel más bien modesto, casi testimonial y anecdótico, que este pueblo tiene en el relato del resto del libro, apareciendo esporádicamente en 3.1, 3, 6, 8.4 y 16.328.
En segundo término, la función literaria que tiene en el relato es precisamente de cohesión temática y estructural con el relato anterior, sirviendo de punto de inflexión para introducir seguidamente la narrativa bélica que conduce a Adrianópolis29.
En definitiva, el excurso de los hunos y los alanos es un excurso con características peculiares, pero no esencialmente diferente de los precedentes en XIV-XXX.
Es más, resulta paradójico que el excurso insista en que hunos y alanos son enemigos completamente distintos, por ser esencialmente «anti-civilizados», cuando el punto de vista predominantemente subrayado en el libro XXXI y específicamente acentuado en 5.10-17 es que el desastre de Adrianópolis no fue un suceso sin precedentes.
Por último, las peculiaridades, como la ausencia de fórmulas de digresión y regreso al relato o la inusual colocación de los contenidos geográficos, pueden considerarse precisamente signos de una acomodación apresurada de este material secundario en el contenido principal del libro, tomado del DBG.
Viñetas estereotipadas en la narrativa militar
Por el propio carácter del libro XXXI, en el que la preparación del desastre de Adrianópolis centra el hilo conductor del relato, las descripciones de acciones bélicas dominan el relato salvo en los capítulos 1, 2, 5.10-17, 14 y 16.9.
Es importante subrayar que en estas secciones de narrativa militar el autor de las Res Gestae utiliza los mismos recursos estilísticos y de composición que en los libros anteriores, en especial las expresiones estereotipadas que no proporcionan información específica sobre el desarrollo concreto de una acción y contrastan con secciones sin elementos estereotipados que sí transmiten información específica 30.
A su vez, algunas expresiones vagas del relato pueden estar combinadas con unidades narrativas que sí aportan información precisa y relevante para el momento descrito.
En estricta lógica, tanto si las presentaciones mediante lenguaje estereotipado en el libro XXXI reflejan la realidad de los sucesos de manera verosímil31, como si son constructos secundarios de secciones para las que Amiano no disponía de información 32, la presencia de ese recurso no implica necesariamente que el libro XXXI fuera escrito realmente a continuación de los demás y no mucho antes, puesto que las coincidencias podrían haber surgido más tarde en el proceso de acomodación del material del último libro.
En esta misma línea, tampoco parece metodológicamente posible precisar si una determinada fórmula en el libro XXXI estaba ya en el hipotético DBG e influye, una vez vertida al latín, sobre la redacción de libros anteriores, o bien surge en el proceso de redacción de los libros XIV-XXX y Amiano la utiliza para cohesionar el texto que acaba de incorporar al final de las Res Gestae.
Sin embargo, sí se puede establecer que los pasajes en los que se tratan escenas típicas, pero no se detectan fórmulas descriptivas, sino información específica, responden a material original que Amiano no ha revisado ni nivelado estilísticamente.
Este es el caso de XXXI 13, en el que Amiano describe una multitud compacta en su narración de la batalla de Adrianópolis de manera ciertamente diferente a como lo hace más adelante en dos ocasiones al presentar el asedio de la ciudad en el capítulo 15.
A priori, dado que el relato de la batalla es el clímax que van preparando los capítulos anteriores, es de suponer que el capítulo XXXI 13 estuviera ya en el DBG en griego, si no en su totalidad, sí a grandes rasgos.
Es de notar que las líneas iniciales son inespecíficas y utilizan fórmulas que ya han aparecido en ocasiones anteriores para presentar el intenso intercambio entre los dos bandos de una batalla 33.
Por contraste, la información proporcionada por Amiano a continuación sobre la muchedumbre tan apretada, que se ve incapaz de movimiento y resulta blanco seguro de los disparos indiscriminados, es más específica y prescinde de alusiones como las que muestran secciones anteriores: steterunt improtecti pedites ita concateruatis manipulis, ut uix mucronem exserere aut manus reducere quisquam posset. nec iam obiectu pulueris caelum patere potuit ad prospectum, clamoribus resultans horrificis. qua causa tela undique mortem uibrantia destinata cadebant et noxia, quod nec prouideri poterant nec caueri.
En este caso, los proyectiles arrojados por doquier en medio de la polvareda resultaban necesariamente mortíferos (destinata cadebant et noxia), puesto que sus destinatarios no podían verlos ni evitarlos, precisamente porque la masa estaba estrechamente compactada.
La misma idea es retomada asimismo más adelante en el mismo libro XXXI, en dos pasajes distintos dentro del capítulo 15, durante el asedio de Adrianópolis después de la gran derrota.
En el primero, Amiano menciona cómo era imposible que los defensores romanos erraran sus disparos, incluso sin apuntar (uel temere missa) ante la apretada multitud de enemigos (XXXI 15.10):... et cuiusce modi tela in multitudine tanta, uel temere missa, cadere sine noxa non poterant, mientras que en el segundo es la codicia y el deseo de emulación lo que provoca Por consiguiente, se puede suponer por una parte que la materia tratada por Amiano en XXXI 13, que es el núcleo del libro XXXI, se hallaba en el original del DBG, mientras que el modo estereotipado de tratar una situación similar en el capítulo 15 sugiere que éste ha sido añadido y modelado más tarde en una fase de redacción diferente.
En ambos casos, sin embargo, el propósito del historiador al subrayar la estrecha cohesión y densidad de las tropas enemigas es destacar la superioridad numérica del contingente godo en aquellos eventos de los que Valente era en último término responsable: la batalla y en el asedio de Adrianópolis.
Es probable, por tanto, que Amiano haya expandido aquellas secciones que le permiten intensificar el contraste de las acciones de Valente con las de los emperadores anteriores, un punto de vista que resultaría añadido al integrar la monografía DBG en el conjunto de las Res Gestae.
No obstante, es necesario precisar que no toda información específica en el contexto de un relato bélico con profusión de fórmulas ha de proceder necesariamente del DBG, como corrobora el patrón descriptivo recurrente en 34 Cuya expresión depende a su vez de un motivo tradicional en la literatura latina y fácilmente reconocible por el lector, como atestiguan pasajes de Verg., Aen.
Otra expresión que concurre sin ser específica del motivo de la multitud densamente apretada es clamore undique sublato, imitada probablemente de Livio (véase Liu.
II 10.9; XXXVII 32.11; XXXIX 35.8). libros anteriores y bien conocido por la tradición historiográfica, que Amiano reutiliza en dos pasajes del libro XXXI (6.7-8 y 8.7-8) para describir las devastadoras correrías de los godos en Tracia.
Este patrón está basado, principal pero no exclusivamente, en tres motivos estereotipados: una multitud inocente sufre acciones atroces por parte de los vencedores; éstos no hacen distinción de edad o sexo entre sus víctimas; y éstas acaban siendo arrastradas como si fueran un rebaño de animales 35.
En el caso de XXXI 6, turbas de rebeldes godos, después de unirse a Fritigerno en Adrianópolis, vagan por Tracia y con la ayuda de desertores devastan el territorio, masacrando a sus habitantes, sin distinción de sexo o edad (sine distantia enim aetatis uel sexus); los niños pequeños son arrancados de los brazos de sus madres y asesinados, las viudas pasadas a cuchillo, y los jóvenes arrastrados en medio de los cadáveres de sus padres, mientras los ancianos se quejan del cruel giro del destino (XXXI 6.7-8):
Por su parte, algunos elementos de contenido y de expresión de este pasaje son recogidos a su vez en XXXI 8.7-8, que presenta un contexto parecido, pero al que Amiano añade nuevos matices 36: bat fera captiuitas manus. post quae adulta uirginitas castitasque nuptarum ore abiecto flens ultima ducebatur mox profanandum pudorem optans morte licet cruciabili praeuenire. inter quae cum beluae ritu traheretur ingenuus paulo ante diues et liber, de te Fortuna ut inclementi querebatur et caeca, quae eum puncto temporis breui opibus exutum et dulcedine caritatum domoque extorrem, quam concidisse uidit in cinerem et ruinas, aut lacerandum membratim aut seruiturum sub uerberibus et tormentis crudo deuouisti uictori.
En este caso, no se menciona la ausencia de discrimen sexus uel aetatis, sino que el historiador sustituye la explicación por una enumeración de feminas, grauidas, paruuli, matres, puberes, puellae acompañada de una expresión colectiva adulta uirginitas castitasque, que es paralela a los paruuli, matres, coniuges, puberes, pueri y senes mencionados en XXXI 6.7-8.
Por contraste, XXXI 8.7-8 acentúa más la presentación vívida a través de una fórmula de «autopsia implicada» tunc erat spectare y la percepción sensorial del terror sufrido por las víctimas:... impia tolerantibus multa... attonitas metu... audire lamenta... ore abiecto flens...
En esta misma línea de inmediatez sugerida indirectamente, la viñeta narrativa del hombre rico que es arrastrado como si de una bestia se tratase (beluae ritu traheretur), mientras lloriquea lamentándose de la despiadada Fortuna, parece propiamente contenido específico y concreto, pero sin duda está insertada para intensificar el momento dramático, por lo que ha de considerarse un añadido de la imaginación de Amiano 37.
Otros paralelos léxicos, como extorres / extorrem, amissas opes / opibus exutum o tracti sunt / traheretur señalan asimismo la interdependencia de ambos pasajes por alusión o, más probablemente, por compartir un mismo patrón presente ya en la tradición historiográfica latina 38 y en contextos similares de los libros XIV-XXX: XVI 11.9 (un comando de auxiliares con el tribuno Bainobaudes lleva a cabo un estrago entre los alamanes) 39; XVII 13.12 (Constancio vence y expulsa los limigantes) 40; XIX 9.2 (destino de los generales romanos capturados en 37 Kulikowski 2012, p.
38 Véase, por ejemplo, Liu.
40 Vixdum populis hostilibus stratis gregatim peremptorum necessitudines ducebantur humilibus extractae tuguriis, aetatis sexusque promiscui et fastu uitae prioris abolito ad Amida) 41; XX 6.7 (Sapor conquista Singara y expulsa a sus habitantes) 42; XX 7.15 (Sapor conquista Bezabde) 43; XXIV 4.25-26 (los romanos toman la ciudad de Maiozamalcha) 44 y XXIX 6.8 (los cuados devastan Panonia y Valeria) 45.
Estrictamente no se puede establecer con seguridad si Amiano compuso estas secciones de manera progresiva o regresiva, es decir, si las escenas de urbs capta y, por extensión, de muchedumbre llevada indiscriminadamente hacia la esclavitud en XXXI 6.7-8 y 8.7-8 son una amplificación modelada sobre escenas semejantes en libros anteriores o una acomodación de última hora de material original, o bien si aquéllas ya estaban en su monografía DBG desde una fase preliminar, de modo que las escenas semejantes en los libros XIV-XXX las toman como punto de referencia.
Es necesario destacar, no obstante, que Kulikowski detectó dos llamativas ausencias de referencia cruzada en XXXI 8: la mención de Saturnino en 8.3 que ignora su mención anterior en XXII 3.7 y la de Barzimeres en 8.9, presentado como si apareciera por primera vez, a pesar de haber sido nombrado antes en XXX 1.11 46, por lo que es probable que al menos el contenido general de la sección estuviera ya en la monografía DBG.
Sin embargo, en ambos pasajes, en el capítulo 6 y 8, Amiano ha adaptado un motivo conocido a un contexto inusual, trasladando el tópico de las consecuencias de un asedio o de una batalla a las infimitatem obsequiorum uenere seruilium et exiguo temporis interuallo decurso caesorum aggeres et captiuorum agmina.
Por contraste, en XIX 8.4 Amiano utiliza el motivo para describir los estragos sufridos por ambos bandos en el desenlace del sitio de Amida: pecorum ritu armati et inbelles sine sexus discrimine truncabantur.
57. razias de los godos en Tracia.
Éstos, al igual que los hunos y alanos del excurso analizado anteriormente, son un enemigo sin domicilio que, amparado en sus carromatos, representa una amenaza diferente para Roma.
Se podría considerar, por tanto, que ambos pasajes XXXI 6.7-8 y 8.7-8 pudieron ser un inserto posterior para cohesionar el relato con la idea del enemigo nómada.
El obituario de Valente
Estrechamente unidos con las dos versiones sobre la muerte de Valente, el obituario del emperador y la referencia al oráculo de Mimas completan el núcleo central del libro XXXI.
La necrología repasa las uirtutes y los uitia del Emperador recién fallecido y tiene como punto de referencia evidente de las notas necrológicas similares que Amiano ha insertado sobre los demás emperadores que han protagonizado su relato: tres más extensas, sobre Constancio (XXI 16), Juliano (XXV 4), y Valentiniano (XXX 7-9) y otras tres más breves, sobre Galo (XIV 11.27-29), Joviano (XXV 10.14-15) y Procopio (XXVI 9.11).
La de Valente muestra en efecto puntos de conexión con las otras seis, que siguen un patrón bien definido47, pero se diferencia de éstas al menos en dos aspectos dignos de mención48.
Por una parte, esta necrología es la más breve con diferencia en comparación con las tres más extensas, lo que podría deberse tanto a que habría sido escrita antes que el resto en el DBG, como a que fue incorporada más adelante como una expansión del material.
Por otra parte, las buenas cualidades de Valente (2-4) aparecen inesperadamente, puesto que no han sido detalladas antes en el relato, y son tratadas antes de lo uitia (4-6), en orden inverso al resto.
Esta estructura no permite en principio dilucidar si Amiano ha incorporado en este punto material de otra fuente, para equilibrar la nota final y acomodarla a lo que había hecho en los casos anteriores, o si el obituario del capítulo XXXI 14 pertenecía al material derivado de DBG.
Sin embargo, tres argumentos permiten inferir que el obituario, en su totalidad o en varias de sus partes, ha sido añadido más tarde a manera de arreglo o acomodo del relato a motivos que habían sido tratados ya en los libros XIV-XXX.
Si no existiera el contexto de las demás notas fisonómicas, se podría entender que la inclusión de este contenido sobre Valente estaba dictada meramente por la convención retórica, según la tendencia del momento 54, y resultaba natural en el DBG.
Sin embargo, se ha de tener en cuenta que otros rasgos destacados en el XXXI 14, en especial, la ignorancia de Valente, ponen de relieve que Amiano ha querido establecer deliberadamente un contraste de Valente con Juliano, cuya inteligencia precisamente, según afirma la nota fisonómica correspondiente, se reflejaba en la mirada XXV 4.22: uenustate oculorum micantium flagrans, qui mentis eius argutias indicabant 55.
Por tanto, resulta probable que también la nota sobre la apariencia física haya sido añadida en XXXI 14, para reenfocar el final de Valente desde el punto de vista de la comparación con Juliano 56 y, por ello, con los demás emperadores de las Res Gestae.
Dos detalles sobre la autoridad que el historiador da a su propio comentario merecen atención.
Por un lado, Amiano parece sugerir que habría visto personalmente el orzuelo de Valente cuando subraya que éste solo se advertía si se miraba de cerca 57.
Por otro, la apostilla final del obituario, que funciona prácticamente como una fórmula de regreso al final de un excurso (haec super Valente dixisse sufficiet, quae uera esse aequalis nobis memoria plene testatur), podría estar sugiriendo que Amiano tenía un recuerdo personal y directo de Valente como el que tenían sus contemporáneos 58.
Sin embargo, tal como se ha mencionado acerca del excurso sobre los hunos y alanos, la insistencia en el conocimiento directo de un suceso o materia por parte de Amiano no es un argumento incontestable para establecer de hecho que ese fuera el caso.
Sin duda, estas dos notas añaden autoridad retórica a una descripción que de otro modo resultaría fantasiosa y poco digna de crédito.
Como apunta Rohrbacher59, la tradición fisonómica interpretaba que un orzuelo era signo del destino fatal e inminente de su portador, lo que a su vez muestra que Amiano ha utilizado la nota sobre la apariencia física de Valente para aludir indirectamente a la incapacidad de éste para captar el significado de los presagios sobre su destino inminente.
Por último, en tercer término, la necrología se completa en los párrafos 8-9 con una nueva referencia al oráculo mencionado en XXIX 1.33, que había profetizado la muerte del emperador en las llanuras de Mimas (ἐν πεδίοισι Μίμαντος ἀγαιομένοιο Ἄρηος).
Valente había despreciado en primera instancia la profecía (ut erat inconsummatus et rudis, inter initia contemnebat), pero más tarde inquiere sobre su significado.
Los expertos le informan de que el oráculo se refiere a un lugar cercano a la ciudad jonia de Eritras, por lo que el emperador evita acercarse a Asia Menor.
Sin embargo, el oráculo se acaba cumpliendo en las llanuras de Tracia, pues un túmulo cercano al lugar en el que muere el emperador pertenecía a un noble de nombre Mimas: lapis affixus, incisis litteris Graecis, sepultum ibi nobilem quendam Mimanta ueterem indicabat.
Como discute Kulikowski 60 de manera detenida y convincente, esta referencia cruzada está insertada a posteriori para conectar artificial y superficialmente este pasaje del libro XXXI con el resto de la héxada final.
A su argumento se puede añadir precisamente que la nueva referencia al oráculo, inmediatamente después de la mención del orzuelo con sus propias implicaciones premonitorias de la muerte del emperador, introduce de manera forzada una cuestión que no había aparecido antes en este libro: la capacidad que pudo tener Valente de entender e interpretar los signos sobre su destino.
Aunque el primer capítulo del libro enumera los presagios y portentos que apuntaban a la derrota de Adrianópolis y al fin del emperador 61, sin embargo, no menciona cuál pudo ser la reacción de éste ante las advertencias que le podían proporcionar los expertos (1.2: quae uates auguresque praedixere ueridice).
Por contraste, Amiano trata con profusión de detalle e incluso un excurso científico las reacciones de Constancio ante el eclipse (XX 3.2-12) y el arco iris (20.11.25-30), de Juliano ante la aparición del genius publicus (XXV 2.4-6) y de Joviano ante la visión de un cometa (XXV 10.2-3).
Por tanto, la perspectiva de la incapacidad de Valente para interpretar signos, que es un aspecto específico de su ignorancia, ha estado ausente hasta que es rescatada en el final del obituario, en lo que con toda probabilidad es un añadido posterior que une de manera artificiosa las presentaciones imperiales anteriores con la de Valente para armonizar el conjunto.
Una vez discutidos los diversos argumentos, se puede afirmar que al menos los tres supuestos descritos no se hallaban en la primera fase de redacción del libro XXXI, sino que fueron añadidos por Amiano en una fase posterior: la digresión sobre los hunos y los alanos en XXXI 2, desarrollada con abundancia de detalles fantasiosos y dotada de la autoridad erudita impostada; algunas secciones breves dentro de la narrativa del libro, concretamente XXXI 6.7-8, 8.7-8, 15.10 y 13, que no proporcionan información específica y muestran coincidencias cercanas de expresión con otras descripciones contenidas en libros anteriores; y la nota fisonómica al final del obituario de Valente en XXXI 14.7-8, que sigue el mismo patrón que las notas similares a propósito de Constancio, Juliano y Valentiniano.
Los tres casos no están perfectamente integrados en el conjunto del libro XXXI desde un punto de vista formal, por falta de cohesión interna en el caso del excurso etnográfico, por no añadir información relevante en la narración bélica o por incoherencia entre los hechos de Valente y su necrología, al tiempo que aluden a contenidos que trascienden los límites del último libro y lo cohesionan con el resto de las Res Gestae.
Este análisis no ha cuestionado la tesis planteada por Kulikowski de una monografía escrita por el propio Amiano, sino que se ha servido de sus intuiciones para avanzar en el análisis de la singularidad del libro XXXI.
La hipótesis de una obra escrita en griego, en un género inusual en el momento y como respuesta intelectual a las reacciones antioquenas al desastre de Adrianópolis, insertada y acomodada más tarde en la trama a modo de epílogo por el propio autor, no puede evitar que algunos de sus elementos sean más especulativos que otros.
No obstante, esta conjetura ayuda ciertamente a comprender mejor el papel estructural del libro XXXI y el mérito literario de la obra historiográfica más ambiciosa de la literatura latina tardía.
Por último, si bien se han podido detectar signos de distintas fases de redacción en el libro XXXI, se ha puesto de relieve asimismo que el autor utilizó las fases subsiguientes para integrar el final dentro de un todo al que, de hecho, da sentido como proyecto literario.
Los relativos desequilibrios y discontinuidades en la estructura de las Res Gestae, las que afectan al libro XXXI y las que afectan a los anteriores, no obstan para percibir que Amiano tenía en mente desde el principio de su gran obra un contraste entre Estrasburgo y Adrianópolis, y un contraste entre Juliano, Constancio, Valentiniano y Valente.
Por lo tanto, a pesar de que pudiera haberse servido de una fuente principal anterior, compuesta o no por el mismo autor, el libro XXXI fue desde el comienzo una parte esencial de su proyecto literario para el conjunto de las Res Gestae, en el que pasajes de los libros anteriores anticipan pasajes del último y se entienden mejor teniendo en cuenta el conjunto. |
En la primera sección de este trabajo se someten a crítica las interpretaciones del pasaje de Ausonio pro puestas por Green (1991) y Lolli (1997) y se re fuer za la interpretación tradicional de praeter ius tum, al tiempo que se analizan otros aspectos de esta expresión.
En § 2 se investiga cómo lecturas al ternativas del pasaje de Ausonio, como la de fendida por Green o la conjetura de Barth a iustum (codd.) > nostrum (1624), son consecuentes con el co tejo de Mart.
VI 28.10, paralelo citado por esos es tudiosos según el texto de todas las ediciones antiguas y modernas (qui fles talia, nil fleas, uia tor).
Se razona que el texto e inter pre tación tradi cio na les de Ausonio y un texto repuntuado de Mar cial (qui fles, talia nil fleas, uiator, según pro puesta de Salanitro, 1996 / qui fles, tale nihil fleas uiator, se gún propuesta propia) son mutua mente cohe ren tes y se prestan apoyo filológico recíproco ( § § 2-3).
Palabras clave: Ausonio; Marcial; crítica textual; poesía funeraria; «motivo del quid pro quo»; muertes 'normales' y muertes prematuras; puntuación.
59), albeit without sorrow. |
El libro consiste en la edición y comentario verso a verso de la Hécuba de Eurípides.
Precede a la edición del texto griego una introducción (pp. 1-30) que trata sobre aspectos fundamentales que permiten ubicar y comprender la obra.
Lo hace de manera somera pero muy práctica al ofrecer una visión general que puede ser ampliada por el lector recurriendo a la bibliografía más específica y reciente que el autor ha ido incluyendo en cada apartado.
La introducción está, por tanto, subdividida en varios apartados.
Comienza con una breve presentación de Eurípides y una enumeración cronológica de sus obras.
Pasa después a los problemas de datación de Hécuba; los estudiosos varían en sus opiniones entre los años 425 y 419 a.
C. Battezzato expone brevemente una serie de datos (sobre todo ecos e intertextualidad con otras obras cuya datación es conocida) y establece como fecha más probable el año 424.
A continuación, hay un apartado titulado «Production» en el que se habla de dos importantes elementos en la puesta en escena de la tragedia: los actores (tres) y su reparto de personajes y una reconstrucción de los movimientos más destacados que tendrían lugar en escena acompañando a algunos de los momentos más intensos o significativos (entradas y salidas de personajes, gestos, etc.).
En el apartado siguiente presenta de manera muy resumida y clara el mito que Eurípides expone y señala los puntos que el trágico destaca más o varía de alguna manera.
Un poco más extensamente trata después sobre cómo el trágico plasma en esta obra tres conceptos muy presentes en el mundo griego relacionados con la reciprocidad (charis, xenia y philia) a través de las interrelaciones de sus personajes, en las que el sentido de la obligación y los valores aristocráticos establecidos por la sociedad desempeñan un papel preeminente.
Después se centra en la parte final de la tragedia, la venganza que Hécuba ejerce sobre Poliméstor una vez que averigua que este asesinó a su hijo Polidoro, que ella le había confiado, precisamente, a Poliméstor para que lo protegiera.
El Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 autor expone cómo a lo largo de las distintas épocas la actuación de Hécuba ha sido valorada desde el punto de vista moral más o menos favorablemente, al igual que los motivos que Poliméstor arguye para explicar haber dado muerte al hijo de Hécuba.
El autor recoge varios pasajes de la literatura griega, sobre todo de Heródoto, en los que niños inocentes son asesinados, que podrían servir de paralelo.
Sin embargo, como bien señala el autor, hay un dato en la propia tragedia que hace ver que la venganza de Hécuba resulta excesiva y merecedora de castigo: Eurípides hace que Poliméstor, en sus últimos momentos, profetice, inspirado por Dioniso, que Hécuba se converti rá en perra a su muerte y que Agamenón será asesinado por su esposa (pues este, invocado por el agonizante Poliméstor, había tomado parte del lado de Hécuba).
Luego, el autor presta atención a la recepción de la obra por autores, sobre todo, latinos (Enio, Pacuvio, Virgilio, Ovidio, Séneca, etc.), aunque también menciona el éxito que tuvo esta tragedia en época bizantina y cómo en el Renacimiento se tendió a la moralización del mito que representa.
Termina señalando algunos ecos de esta historia mítica en Shakespeare y citando bibliografía sobre adaptaciones y representaciones modernas de la obra.
Inmediatamente después dedica un pequeño apartado a explicar la transmisión del texto y otro a cómo ha reflejado esa información en la edición a través del apa rato crítico.
Concluye la introducción con una exposición general de la métrica de la obra.
La siguiente parte del libro es la edición del texto griego (pp. 31-70), que cuenta con un breve y selectivo aparato crítico (como el propio autor señala, este tipo de aparato es característico de esta colección, y por ello remite al lector (p.
25) a las ediciones de Diggle y Matthiessen para ampliar información si lo considera nece sario).
A continuación sigue el comentario verso a verso (pp. 71-256), en el que se tratan todo tipo de temas, tanto de contenido como de forma, pertinentes según el verso.
Añade paralelos con otros textos griegos y bibliografía en los casos nece sarios.
Estamos ante un comentario muy útil y amplio que permite comprender mejor el texto en muchos sentidos.
Al final del libro se incluye un apartado que recoge la bibliografía citada (pp. 257-278), que a su vez está organizado en tres subapartados: 1.
Ediciones y comentarios de otras obras griegas o latinas citadas en la introducción o en el comentario para establecer paralelos; 2.
Ediciones principales de Hécuba; 3.
Estudios sobre los diversos temas citados a lo largo del libro.
En general, es una bibliografía amplia y actualizada.
Cierran el libro dos índices: el primero es temático; en él se incluyen todo tipo de entradas, desde nombres propios hasta figuras retóricas, pasando por términos generales (como «democracia», «dioses», «lamento» o «sofistas»), además de pasajes Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 citados de obras griegas y latinas1.
El segundo índice, muy breve, recoge algunos de los términos griegos que el autor ha considerado más relevantes.
En conclusión, estamos ante una edición y un comentario de Hécuba muy útiles y actualizados, que además cuenta con una completa presentación panorámica de la obra.
Es un libro necesario puesto que de Hécuba no había ningún comentario reciente en inglés de estas características.
Sara Macías Otero ILC, CSIC
El libro de C. M., docente de Lengua y Literatura Latina de la Universidad de Trento y estudiosa de la fábula latina, es el no 86 de la prolífica serie Micrologus Library que la editorial SISMEL-Edizioni del Galluzzo, de Florencia, viene dedicando a textos y estudios de carácter digamos paracientífico de época antigua y su tradición, y de breve formato, entre los cuales se encuentra también un volumen editado por dicha autora este mismo año y sobre el mismo tema, con el título Animali parlanti.
En el presente caso, si bien su título sugiere complemento y tándem con el otro, en realidad se trata de la edición del único manuscrito cono cido (Parisinus Latinus 6503 y su versión griega), acompañada de traducción y un breve estudio de cada una de las 17 fábulas que componen el corpus de los lla mados Hermeneumata Pseudodositheana.
La edición del texto y su traducción vienen precedidas por un prefacio de M. Pastoureau (conocido especialista en emblemática de la École Pratique des Hautes Études de París), una introducción y un estudio de la obra y del texto más un conspectus siglorum.
Al texto y la traducción siguen el llamado comentario, unas conclusiones y una lista de la bibliografía citada más tres índices no menos útiles por tratarse de una obra breve, uno de autores, obras y loci citati, otro de animales y otro de los manuscritos citados.
A continuación, el prefacio se refiere a la circulación de las fábulas greco-romanas, en diferentes formas y gran número de versiones, en la Edad Media, a cuya categoría un poco heteróclita, la de los Hermeneumata Pseudodositheana, pertenece el conjunto de las diecisiete fábulas aquí editadas.
Son estos una especie de manuales de aprendizaje de griego para romanos o de latín para griegos, a medio camino entre el libro escolar y la guía de conversación, siendo los más antiguos anónimos, fechados en el s. III d.
C. y desde pronto atribuidos a un grammaticus muy mal conocido, Dositheus magister.
El texto de las diecisiete fábulas ahora editado se supone copiado en el s. IX y actualmente aquellas se hallan reunidas con textos medievales muy diferentes en el citado manuscrito, conservado en la Biblioteca Nacional de Francia.
La breve introducción del libro comienza por encuadrar la atención últimamente prestada al estudio de los Hermeneumata en el marco del renovado interés por las obras de carácter lingüístico-gramatical dentro de la revalorización de que ha sido objeto la literatura latina tardoantigua en los últimos decenios.
La crítica se ha concentrado en primer lugar en la lengua de los glosarios y colloquia contenidos en las diversas redacciones, como ya había hecho durante el Renacimiento, y en segundo lugar se ha profundizado en el aspecto socio-cultural de la producción de estos textos, con referencia sobre todo al aprendizaje escolar en las zonas periféricas del tardo Imperio romano.
Por el contrario, la perspectiva crítica de la presente obra es sobre todo de carácter histórico-literario, dado que las diecisiete fábulas transmitidas constituyen un testimonio importante de la historia de la tradición esópico-fedriana.
Menos dos, se trata de fábulas de animales, utilizadas como ejercicios de escuela para el aprendizaje del latín o el griego.
Con respecto a la recensio Leidensis (el texto griego) de las fábulas, las del Fragmentum Parisinum han gozado de menor fortuna, ya sea porque este constituye un fragmento autónomo y de un único testimonio frente a la amplia tradición de los Hermeneumata Leidensia en que dichas fábulas se contienen, ya sea por el probable original latino del que parte frente a esta otra versión, más o menos estrechamente liga- Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 da a la tradición greco-babriana o esópica.
De ahí el interés de un estudio específico del Fragmentum Parisinum que repropone un texto corregido sobre la revisión autóptica del ms., en forma diplomática tanto para el latín como para el griego y en forma crítica para el texto latino, acompañado de traducción, la primera completa en italiano que se sepa, y de un comentario que atiende a la relación con los otros testimonios latinos y su eventual asunción en el aparato de loci paralleli.
El cap. dedicado a la obra atiende a dos aspectos (en parte ya abordados en un trabajo anterior de la autora con el título «Fedro e le favole latine dello pseudo-Dositeo (ms. Paris, Bibliothèque nationale de France, lat.
De ellos el primero trata del título de dicho manual escolar, su hoy denegada atribución al gramático griego del s. IV Dositeo, las numerosas redacciones en que el texto nos ha llegado como consecuencia de la actividad de los maestros de escuela, así como de la fortuna de que gozó, las líneas generales de su organización cuatripartita, solo en parte conservada, en glosarios alfabéticos, glosarios temáticos, ejercicios de conversación en forma de coloquio entre maestro y alumno, y ejercicios de lectura a través de una antología de textos, así como de su época (entre los s. III y IV) y lugar de composición, menos seguros y que la autora propone investigar por separado para cada uno de los textos.
El segundo aspecto se refiere a la colección de fábulas esópicas comprendidas en los HP, la cual nos ha llegado en dos redacciones, la primera formando parte de los Hermeneumata Leidensia y atestiguada sobre todo por el principal manuscrito que la transmite y le da nombre, la segunda transmitida por el citado ms. de París, sin que haya total coincidencia entre ambas redacciones ni en el número de fábulas transmitidas ni en la paginación y orden de los textos; en todo caso, dentro de la dificultad que supone identificar la lengua primaria de los Hermeneumata, tanto la paginación como su «mejor» latín parecen apoyar este y no el griego como la lengua base del FP así como la superioridad de este texto sobre el otro, en opinión de la autora.
El cap. dedicado al texto describe las características físicas y técnicas del citado ms. de París, un códice misceláneo de pergamino encuadernado en cuero de color claro, del cual las fábulas del pseudo-Dositeo se encuentran en los cuatro primeros folios, con cuatro columnas cada uno alternadas, dos en latín (en minúscula carolingia) y enfrente de cada una la traducción en griego, en mayúscula bíblica, con lo que ello supone de discrepancia cronológica entre las dos versiones; refiere las ediciones precedentes (de las cuales la de Goetz en el vol. III de su Corpus glossariorum Latinorum se considera todavía hoy la edición estándar) y resume los rasgos principales de la presente edición, para la cual, en aras de su valor histórico-documental, ha optado por una edición diplomática del texto latino-griego más un intento de restitución crítica del texto latino completada con un aparato crítico que incluye variae lectiones de anteriores ediciones y seguido de un útil aparato de loci paralleli de otros testi- Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 monios de cada fábula, de época clásica y también tardoantiguos y medievales, que al mismo tiempo ilustran sobre su desarrollo.
El resultado de esta labor, que ocupa las páginas 43-97, es decir, el grueso del libro, más otras ocho páginas con un útil facsímil de los cuatro folios verso y recto ocupados por las 17 fábulas en el FP (con una errata en el texto de la fig. 2, que dice f.
IV en lugar de 1v, es decir 1 verso), es un depurado texto latino, de acuerdo con los hábitos lingüístico-estilísticos del latín de la época, de cada fábula, acompañado de un necesariamente sobrio aparato crítico y de un amplio y útil aparato de loci similes, a los cuales sigue una adecuada traducción italiana en el tono apropiado y les precede la llamada edición diplomática del texto del ms. en latín y en griego.
No entiendo, sin embargo, por más que la autora intente explicarlo (p.
30, 33 s.), por qué en la versión diplomática del texto latino establece separación de palabras y en la del texto griego no (excepto en algunos casos, cosa que entiendo menos), cuando en el manuscrito ambas versiones se hallan en scriptio continua; como tampoco entiendo por qué del texto griego no ofrece una versión, si no crítica, puesto que no es el caso, al menos normalizada, como hacen otras ediciones anteriores, lo cual, además de al aspecto histórico-literario de las fábulas, permitiría atender, y valorar, al mismo tiempo, a aquel que fue sin duda la verdadera motivación del ms., un glosario grecolatino digamos dramatizado, y de ahí su disposición en columnas de breves secuencias equivalentes enfrentadas, como en los antiguos glosarios homé ricos palabra por palabra que conocemos ya por los papiros (cf. L. M. Rafaelli, «Repertorio dei papiri contenenti scholia minora in Homerum», in Ricerche di filologia classica, II.
An Alphabetical List», versión 1.0 [noviembre 2012], www. trismegistos.org).
El comentario, más allá del breve pero jugoso prefacio, más que tal consiste en una bien elaborada ficha estimativa de cada fábula respondiendo al siguiente y funcional esquema: comparación con la versión correspondiente de RL así como con sus reelaboraciones de época clásica, mediolatinas y humanísticas cuando existen (siguiendo el catálogo de Dicke y Grubmüller, Die Fabeln des Mittelalters..., München 1987 y otra eventual bibliografía), confrontación de cada texto con los principales testimonios latinos del tema fabulístico e indicación de sus eventuales peculiaridades textuales, estilísticas y lingüístico-gramaticales.
Las conclusiones del libro, amplias en proporción con la extensión de este, se refieren al papel de la colección del pseudo-Dositeo en la historia de la fábula latina en época tardoantigua y altomedieval así como a la especificidad de la redacción transmitida en el FP con respecto a su RL.
Respecto del primer punto la colección confirma ante todo su papel de vehículo exclusivo en ámbito latino de algunos temas fabulísticos greco-helenísticos, concretamente las fábulas 8.
De infirmo, las dos únicas por cierto que no tienen a animales como protagonistas.
Dicha primacía parece poder atribuírsele también en el caso de aquellas fábulas transmitidas a su vez por Aviano, cuya época se considera hoy posterior a la colección del pseudo-Dositeo.
Si bien para esas fábulas atestiguadas exclusivamente o por primera vez en latín en dicha colección se ha pensado en una derivación de modelos griegos de época bizantina procedentes de las regiones orientales del tardo Imperio romano, cuyos versos originarios se traslucirían en la prosa de la RL, que tiene el griego como lengua originaria, la situación parece ser más compleja y matizada desde el momento en que algunas fábulas de la colección (1, 3, 5), aunque de ascendencia griega, según la autora se vinculan a la tradición latina del tema.
En cuanto a la redacción de FP, a pesar de sus particularidades gráficas y fonéticas, debidas a su tardía cronología y a su probable origen periférico, así como escolar, en ocasiones (1,9,11,12) se muestra más elegante y próxima a los usos clásicos en el aspecto sintáctico-estructural y lexical así como más sintética que el texto de RL, con algunas excepciones.
En cuanto a su relación con el Romulus, antesala de casi todas las reelaboraciones medievales de la tradición esópico-fedriana, la mayor parte de las fábulas de la colección pseudo-dositeana encuentran correspondencia en sus recensiones más antiguas, y más con la versión de FP, aunque también divergencias como para evitar pensar en una inserción total y directa.
Por todo ello la colección del pseudo-Dositeo, en particular en su redacción parisina, se sitúa en la corriente principal de una línea de continuidad en la transmisión y difusión en el Occidente medieval de los temas fabulísticos clásicos y de derivación greco-helenística.
Y el presente libro, añadiría yo, proporciona un muy recomendable instrumento, tanto en su esmerada edición y traducción como en los diversos y complejos aspectos de su estudio, para abordar ese texto, a pesar de mis discrepancias en algún punto.
Erratas he visto algunas llamativas en el prefacio: IX quelques-uns uns sont deve-nus...; X dernier dernier; XIV demis (por depuis, supongo) un demi-siècle.
José Antonio Fernández Delgado
El Dr. Bettarini es conocido por su valiosa edición de las defixiones de Selinunte y por diversos trabajos sobre lengua y literatura griegas que exploran la interconexión Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 entre ambas disciplinas.
El libro que reseñamos está orientado en este sentido.
No se trata de un estudio sistemático, como el publicado recientemente por Hawkins2, sino de investigaciones puntuales sobre recursos lingüísticos al servicio de la burla y la parodia.
El primer capítulo «Kenningar in Ipponatte» (pp. 13-39) estudia un aspecto particular del vocabulario, el uso de nombres descriptivos en vez de los comunes.
Como todos los casos analizados proceden de citas de gramáticos y lexicógrafos, la mayor parte sin contexto, no puede apreciarse en ellos esa intención sustitutiva característica de los Kenningar.
Quizás fuera preferible por eso llamarlos de otro modo.
Los que no se reducen a meras glosas son: κερκύδιλος, variante del nombre jónico de la lagartija, común en época de Hiponacte (cf. Hdt.
II 69.2); κυνάγχης, epíteto de Hermes en una invocación al dios como «compañero de ladrones»; ὀμφαλητόμος = comadrona, igual que en los otros testimonios de la palabra, incluida la lengua de la medicina.
No tienen contexto cuatro glosas equivalentes a πόρνη, el poeta puede referirse a verdaderas prostitutas o no: ἀνασεισίφαλλος, ἀνασυρτόλις, βορβορόπη y κασσωρῖτις.
Más difícil es χιλιάγρα, glosada en el léxico de Cirilo ζωύφιον, ὡς Ἰππῶναξ. καὶ νόμισμα.
Bettarini acepta la interpretación de Naoumides3, según la cual están aquí mezcladas dos explicaciones referidas a palabras diferentes: la primera, recogería el uso de χιλιάγρα en Hiponacte para designar un animalillo, el «milpiés»; la segunda ilustraría la acepción χίμαιρα = νόμισμα (había mo nedas que tenían grabado este animal fabuloso).
Parece más económico admitir sencillamente que χιλιάγρα es error por χίμαιρα y que Hiponacte llamó en alguna parte «quimera» a un animalejo.
A esta interpretación apuntan varios indicios: la -α (en vez de la -η jónica), el acento de la glosa, que tiene χιλίαγρα (no χιλιάγρα); la disparidad con el otro testimonio (Hsch. χιλαάγρα• ζωύφιόν τι); la singularidad del compuesto χιλιάγρα, notada ya por Naoumides; la falta de testimonios de ἄγρα para referirse a las patas, artejos o pinzas de un animal; el hecho de que la glosa ignore de qué animal se trata, lo cual parece excluir un nombre parlante.
Los tres capítulos siguientes estudian algunas peculiaridades fonéticas y morfológicas.
«Omerismi e forme auliche» está dedicado a formas que imitarían a Homero o el lenguaje elevado con intención paródica (pp. 41-56): el aor. ἐμερ]ήριξε, el sufijo verbal -σκ-, la geminada en μεσσηγυδορποχέστης, el vocativo εὔηθες κρίτη, la falta de contracción en Ἀγκαλέη, un par de usos de pronombres reflexivos indirectos.
«Tra lingua e letteratura» (pp. 57-80) discute casos poco claros: un posible perfecto sin reduplicación, ἅδηκε; ληός (no λᾱός, como en Homero), que procedería de una antigua tradición poética jónica no homérica; el probable locativo Πυγέλησι[, en el fr.
95.15 Dg., para el que Bettarini aporta una corrección del mismo papiro, no tenida en cuenta por los editores, que implica Πυγέλοισι; dos casos peculiares de diéctasis vocálica ([επλοωσεν], ἀνοιίης); la aspirada en ν]ενυχμένωι se explicaría como posible arcaísmo burlesco o como forma expresiva.
En el capítulo siguiente (pp. 81-102) se examinan algunos rasgos dialectales: psilosis, metátesis de aspiraciones (κύθρος, θεῦτιν), grafía y prosodia en las secuencias, y, desinencias -εος y -εως, dativo de singular del pronombre posesivo de segunda persona.
El último apartado, «Note di onomastica» (pp. 103-113) trata de la caracterización de personajes mediante la asignación de nombres que los definen.
Tras una interesante comparación entre Hiponacte y Arquíloco, se estudian tres nombres mitológicos en el yambógrafo de Éfeso, Arete, Pandora y Eurimedonte.
Al final, la extensa bibliografía (pp. 115-129) y los índices detallados facilitan el manejo del libro.
Como en otros trabajos del autor, destaca en este el cuidado y la exactitud con que se expone el estado de la cuestión de todos y cada uno de los variados temas lingüísticos y literarios, siempre con una bibliografía precisa y muy actualizada.
Bettarini expone escrupulosamente los datos, discute las distintas opiniones y explica los motivos que le mueven a adoptar la suya, con las debidas cautelas en textos tan fragmentados.
Es natural que sus puntos de vista parezcan unas veces más probables que otras, pero, en conjunto, su estudio será muy útil a cualquiera que se interese no solo por Hiponacte, sino también por los problemas de las lenguas literarias en la antigua Grecia.
12 de la introducción dice que espera aportar también datos interesantes a la crítica textual del poeta, y lo consigue sin duda.
Algunas de sus sugerencias implican importantes cuestiones.
¿Debemos conformarnos con acercarnos lo más posible al texto alejandrino que está en la base de los papiros y de la tradición indirecta o podemos arriesgarnos a ir más allá?
82) propone sustituir ἔννεφ' ὅπως por ἔννεπ' ὅπως4, porque el Homero que pudo conocer Hiponacte sería psilótico.
83) a considerar hiperdialectalimo κατευδούσης, citado por Tzetzes para ilustrar la psilosis en el poeta, ya que el dialecto puede haber conservado la aspiración en compuestos antiguos y los otros testimonios tienen καθεύδω (dos ejemplos en Heródoto, uno en Anacreonte y otro en un fragmento dudoso del mismo Hiponacte).
Es natural, sin embargo, que a lo largo del tiempo se hayan introducido las formas con aspiración del ático y de la koiné.
La edición y la tipografía están muy cuidadas.
El volumen que vamos a reseñar se enmarca dentro de una variada corriente de estudios interdisciplinares que, aplicados a la filología clásica, enriquecen cuali-Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 tativamente sus consideraciones al tiempo que amplían su alcance y confirman su actualidad.
Nos referimos a estudios como los que tienen que ver con las teorías de la comunicación, el análisis del teatro y los estudios de recepción, entre otros, y que, en este volumen, son aplicados de diferentes modos en torno al tema común que articula los distintos capítulos del libro, i.e. la relación indisociable entre retórica y drama ateniense.
Las editoras del volumen cuentan con sobrada experiencia en la investigación sobre este tema5, a lo que se une la competencia de los colaboradores, todos ellos reconocidos especialistas en las materias de las que tratan.
El primer capítulo, a cargo de Ruth Scodel, propone una lectura de la tragedia ateniense a la luz de la Teoría de la Mente (Theory of Mind), desarrollada por los estudios de filosofía y psicología y aplicada recientemente a los estudios literarios.
Como señala esta autora, testimonios como los del Fedro platónico o la Retórica aristotélica revelan la importancia que ya los antiguos otorgaban al conocimiento de las formas de pensar del público o de la persona a la que se intenta persuadir.
En este sentido, el género dramático de la tragedia ateniense manifiesta igualmente un marcado interés por la idiosincrasia de sus personajes, cuyas disposiciones naturales y morales son comentadas y evaluadas recurrentemente en escena, como demuestra el análisis del enfrentamiento entre Creonte y Hemón en la Antígona de Sófocles.
El segundo capítulo, a cargo de M. Carmen Encinas, constituye un minucioso recorrido de cada uno de los usos que del paradeigma hacen los tres principales tragediógrafos de la Atenas de época clásica.
La autora reconoce la dificultad de delimitación del uso del paradeigma en un género que, de entrada, parece subsumir él mismo un valor paradigmático para el público, por lo que se centra en los pasajes en los que un personaje, objeto u acción que no forma parte del argumento de la obra es mencionado (illustrans) para inferir, reforzar o validar una afirmación (illustrandum).
Se distinguen tres tipos de ejemplos: los mitológicos, los inventados o ficticios y los tomados de la naturaleza.
El análisis pertinente de los pasajes extraídos de las obras conservadas completas arroja interesantes conclusiones que nos permiten, en la medida de lo posible, refinar nuestro conocimiento de la parti cular dramaturgia de cada uno de los poetas clásicos.
En una línea parecida se desarrolla el capítulo sexto, a cargo de Francesco De Martino, quien también realiza un minucioso recorrido de cada uno de los usos que de la ekphrasis de personajes (prosôpa) hace el género de la comedia antigua y nueva.
El capítulo pone de relieve la versatilidad fantástica de los comediógrafos griegos para crear una compleja prosopografía cuyas descripciones permiten una clasificación en tres tipos fundamentales: los prosôpa inventados, los mitológicos y Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 los reales.
La ekphrasis de los personajes inventados suele ser más minuciosa, pues, para ganarse un lugar en la memoria teatral, debían ser descritos con más detalle que los mitológicos e históricos, como sucede en el caso de Lisístrata, descrita por varios personajes, incluida ella misma.
La ekphrasis de los personajes mitológicos pasa ne ce sariamente por la degradación cómica, que los convierte en antihéroes según rasgos físicos o psicológicos específicos.
Finalmente, las descripciones de perso na jes reales son también variadas y dependen del oficio del personaje (soldados, po líticos, poetas...), si bien alcanzan además al público espectador e incluso a ani males, dado que estos últimos podían formar parte de los dramatis personae de las obras.
Del uso dramático y teatral o espectacular de la ekphrasis trata también el capítulo quinto, a cargo de José Antonio Fernández Delgado y Francisca Pordo mingo, quienes destacan la estrecha imbricación del primer estásimo de la Electra de Eurípides con el conjunto de los pasajes corales de la misma, así como con el argumento y desarrollo de la propia obra en sí.
La detallada información que aportan los teóricos de la retórica progymnástica posterior sirve a los autores para explicar y apreciar las cualidades poéticas de este estásimo, que destaca por su complejo virtuosismo ecfrástico y por sus elaboradas alusiones poéticas e intertextuales desde los primeros versos del mismo.
La aplicación de esta metodología permite hacer justicia a la naturaleza plástica de la travesía de la nave de Aquiles hasta Troya, que constituye, como bien defienden los autores, una verdadera ekphrasis en la que domina la enárgeia descriptiva y donde el poeta claramente se separa de modelos literarios precedentes.
Los capítulos tercero y cuarto están, a su vez, dedicados a explorar el uso dramático de la retórica en dos obras trágicas que se nos han transmitido prác ti camente completas y que llamativamente abren y cierran, por así decirlo, los dos extremos del arco temporal de la llamada época clásica del teatro ateniense.
Así, el capítulo tercero, a cargo de Milagros Quijada, estudia Los persas de Esquilo y señala la plausible relación entre la estructura de esta tragedia y la praxis judicial formal de la época en la combinación de discursos largos con diálogos formados por preguntas y respuestas; la presentación de evidencias o el uso de la argumentación racional para determinar la responsabilidad de la persona respecto a la acción que se juzga.
En este sentido, la trama de Los persas es una sucesión de evidencias hasta la confirmación final de la derrota de Jerjes, cuya responsabilidad en la misma es sometida a examen a lo largo de la obra y donde la evidencia definitiva tiene lugar con la espectacular entrada en escena del propio Jerjes, el primer rey en harapos de la historia del teatro ateniense.
El capítulo cuarto, a cargo de María do Céu Fialho, explora, en cambio, el refinado uso de la retórica en una de las últimas obras del más joven de los tragediógrafos clásicos, la Ifigenia en Áulide de Eurípides.
La autora procede a un detallado análisis de la obra en el que se exploran no solo las escenas de confron tación -más proclives a la exhibición retórica-sino también los cantos corales que se hacen eco de similares y recurrentes artificios retóricos.
A pesar de que esta tragedia ha sido descrita Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 como un llamamiento poético al espíritu panhelénico en una Grecia turbulenta, la obra deja clara también la fuerza de la violencia, su inexorable persuasión, presidida por la propia Afrodita.
Los capítulos séptimo y octavo están igualmente dedicados a Eurípides, pero en esta ocasión a obras que no se nos han transmitido completas sino en estado frag mentario.
La inclusión del estudio de la tragedia fragmentaria es, en este sentido, un valor añadido del volumen que estamos reseñando, dado que no se limita al restringido corpus de obras conservadas completas (que apenas constituyen un tres por ciento del total de la vasta producción dramática de la época), sino que expanden nuestra visión a otras obras del teatro trágico ateniense a través del estudio riguroso de los valiosos vestigios que se nos han transmitido de un modo u otro.
El capítulo séptimo, a cargo de Ioanna Karamanou, se centra en las escenas de debate «judicial» del Alejandro de Eurípides, la primera obra de la trilogía trágica de 415 a.
C. que le valió a Eurípides el segundo premio en los concursos dramáticos.
Como en las otras obras de la trilogía, en Alejandro tenían un papel central las escenas de debate con acusación y defensa y los fragmentos dan cuenta de la sofisticación retórica empleada por el poeta dramático.
Estos fragmentos reflejan, por un lado, la oratoria forense de la época y, por otro, nos permiten vislumbrar la importancia que el discurso retórico tiene para el poeta de cara al público de sus obras.
El capítulo octavo, a cargo de María de Fátima Silva, trata del Belerofonte euripídeo.
Del éxito de esta tragedia dan testimonio las comedias de Aristófanes, bien conocidas por la autora de este capítulo.
Para el comediógrafo, el Belerofonte de Eurípides habría cristalizado la imagen patética del héroe en harapos dotado, sin embargo, de una extraordinaria habilidad retórica.
En efecto, la verbosidad y la tendencia introspectiva de los monólogos debían de caracterizar al Belerofonte euripídeo, que padecería de una locura increpatoria contra los dioses, a los que se atrevía a cuestionar directamente, al tiempo que debatía con personajes de distintas edades y mentalidades sobre temas tan relevantes para la época como la pobreza o la riqueza y la tiranía.
El capítulo noveno, a cargo de Georgia Xanthaki-Karamanou, trata, precisa mente, sobre los agônes de la producción trágica post-euripidea, una materia en la que la autora es reconocidamente versada.
En esta ocasión, los debates en los que se centra son los menos explorados, como el del Aquiles Tersitóctono de Queremón, que giraba en torno a un tema recurrente en la historia del teatro trágico clásico y posclásico ateniense, el de las honras fúnebres negadas.
Otros debates objeto de estudio son los de la Medea y el Edipo de Carcino: en ambas obras el poeta mostraba una tendencia a evitar el miaron de las versiones trágicas precedentes, adaptando el mythos a la nueva sensibilidad moral del público de su época y haciendo gala de habilidosos juegos retóricos que prueban, una vez más, la influencia de esta arte en la dramaturgia del siglo IV a.
De nuevo, los modales menos agresivos de este nuevo Polinices en debate revelan la sensibilidad característica del teatro posclásico y la dinámica vitalidad del género trágico de la época.
El último capítulo del volumen, a cargo de Lorna Hardwick, culmina la trayectoria del mismo con una mirada complexiva hacia el potencial de la tragedia griega para transformar nuestras perspectivas.
La autora se centra en la relación entre retórica, modelos de argumentación y lo que ella denomina, basándose en las ideas de Paulo Freire, las «poéticas de la concienciación» (poetics of conscience-raising).
Así mismo, aplica los conceptos teóricos y prácticos de disciplinas tan variadas como las de los Estudios Performativos y de la Ciudadanía a los textos trágicos y su transmisión, a los que considera vehículos agentivos de cambio (inter)personal.
Con su dialéctica de la persuasión racional y emotiva, la tragedia nos ofrece razones para evaluar críticamente los argumentos y emociones de los perso najes implicados, así como nuestras propias ideas y emociones como espectadores o lectores extradramáticos.
En resumen, el volumen ofrece una actualización muy completa de los estudios generales y particulares en torno a la relación entre retórica y teatro clásico y posclásico.
Está dirigido a especialistas de estudios clásicos pero también resulta de gran utilidad a investigadores del teatro antiguo en general y a especialistas en estudios de comunicación y de argumentación.
La bibliografía es muy completa y pertinente, y al final se ofrece un índice de pasajes muy útil y exhaustivo.
La presente obra es una prueba del interés creciente en los últimos decenios por la literatura griega de época imperial romana y, en particular, por uno de sus más insignes representantes, Luciano de Samosata.
El título del volumen desvela la intención de sus autores, ya que en él destacan el propósito prioritario de estudiar los mecanismos, procesos y técnicas de composición que rigen el corpus lucianeo, al retomar el símil que Luciano usa para referirse a su arte literario, asimilándolo a la tarea creadora de Prometeo.
El volumen se articula en cinco capítulos, seguidos de un útil resumen del contenido de las obras de.
Resulta muy original la introducción («Statt eines Vorworts», pp. 9-11) que, en forma de diálogo al estilo luciánico, muestra al autor griego en la laguna Estigia junto a Hermes y Caronte, a punto de ser transportado hacia el Hades, donde ante Menipo reconoce haber adoptado, según las circunstancias, distintas personalidades, siendo -como afirma-«mal dieser, mal jener» (p.
Este divertimento enlaza bien con el primer capítulo («Masken und Wahre Geschichten: Lukians Biographie», pp. 13-57), dedicado a las personae literarias que esconden al samosatense, cuyos datos biográficos son escasos, por lo que las posibles referencias personales deben extraerse de su obra.
La revisión de esas máscaras, tradicionalmente identificadas con Luciano, se apoya en textos del samosatense donde aparece su nombre, o bien otros como Tiquíades, Parresíades, el Sirio, Licino e incluso Menipo.
La voz crítica y satírica de todos ellos refuerza la posición de actor que asume Luciano, de modo que esas figuras autoriales deben ser valoradas solo como facetas de los distintos papeles desempeñados por el samo satense «in seiner Zeit und seinem kulturellen Umfeld» (p.
Por ello, el segundo capítulo («Ein Traum von Bildung: paideía-Diskurse in der Zweiten Sophistik», pp. 59-99) se centra en la paideía como eje vertebrador del entorno cultural del s. II d.
C. Tras analizar el sello distintivo que la retórica imprimió en la formación de los hombres de letras del período, los autores abordan la influencia de las formas retóricas en el corpus lucianeo a partir del retrato que Luciano ofrece de diversos agentes culturales, cuyo ámbito de acción guarda una estrecha dependencia de paideía, y que son, asimismo, figuras habituales del paisanaje lucianeo: filósofos, sofistas, oradores, falsos eruditos, etc. Este cuadro se completa mostrando cómo Luciano recurre también a personajes periféricos («Bildung am Rande der Ökumene», pp. 86-93) para reforzar el valor intrínseco de esa paideía que es seña de identidad y, al mismo tiempo, traspasa fronteras («Bildung und Identität: Lukians Kosmopoliten», pp. 93-99), incluidas las del mundo infernal, donde destaca el filósofo cínico Diógenes (p.
De nuevo en este capítulo -como en el conjunto del volumen, y este es, sin duda alguna, uno de sus grandes logros-, el recorrido propuesto por los autores se basa en una cuidada y amplia selección de fuentes originales, en la que el texto de Luciano se cita en griego, siempre acompañado de una traducción respetuosa con el original, de lectura ágil y actual.
El tercer capítulo, el más extenso, analiza la técnica literaria de Luciano («Λουκιανὸς τάδ' ἔγραψα...
Consta de tres apartados muy vinculados entre sí.
Los dos primeros exploran la pluralidad formal del corpus lucianeo tanto en estructuras compositivas («Darstellungsmedien», pp. 101-127) como en recursos literarios («Darstellungsverfahren»,.
Este es un punto capital para entender la obra del samosatense, dado que la dificultad para clasificar formalmente muchos de sus textos es un tema de interés reiterado entre los estudiosos.
El primer apartado revisa distintas formas y géneros utilizados, agrupándolos Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 bajo epígrafes de nomenclatura retórica tradicional, mientras que el segundo gira en torno a cinco bloques referentes a figuras de estilo y a modos de presentación.
Que la obra de Luciano es un entramado complejo de recursos literarios ya existentes, pero susceptibles de generar nuevos moldes compositivos, lo corrobora el último apartado («Leitmotive», pp. 149-170), donde una selección de motivos recurrentes sugiere transversalidad y muestra su funcionalidad creativa en Luciano, en cuyas manos una forma literaria no presupone un determinado contenido ni un mismo tema es vehiculado siempre mediante un único genero.
De ahí que el cuarto capítulo («Der doppelt Angeklagte und seine Hippokentauren», pp. 171-216) estudie, en exclusiva y en sus diversas variantes, la aportación más genuina de Luciano: su diálogo, concebido como una hibridación entre filosofia y comedia, creación novedosa, pero bien arraigada en el seno de la tradición griega.
Los autores revisan aquí numerosos pasajes de obras dialógicas, donde el samosatense define su composición (Zeux., Bis Acc., Prom.
Es); otros, que ilustran una orientación más filosófica y posibles conexiones con la sátira menipea, también desde un punto de vista formal por la mezcla de prosa y verso (Nec.), o bien incluyen parodias poéticas (Symp., Cont.), sin olvidar aquellos que mejor enseñan el tratamiento de temas míticos, como son los dialogi minores.
En particular, resulta bien fundamentado el posicionamiento positivo de los autores sobre las posibi lidades dramatúrgicas del diálogo lucianeo (pp. 196-199).
El último capítulo («Bücher sammeln: Lukians Überlieferung», pp. 217-233) está reservado a la problemática de la difusión y presentación de las obras de Luciano, así como a la constitución y transmisión del corpus, con mención de las obras consideradas apócrifas, cuyos rasgos lucianeos los autores no renuncian a destacar (p.
El libro carece de notas críticas a pie de página, aunque al final de cada capítulo, e incluso de cada apartado, se proponen lecturas para profundizar («Vertiefende Lektüre»).
La edición es esmerada, casi carente de errores tipográficos.
Solo señalar que, cuando para un mismo autor hay más de un libro por año, no siempre se distingue entre a/b, como en Möllendorff (2010) en p.
Se trata, en suma, de una obra importante que ha de ser de referencia para los especialistas en Luciano y helenistas en general, pues no abundan los libros que aborden en su conjunto un autor complejo como es Luciano.
La selección de obras y temas, su análisis desde variadas perspectivas en el contexto cultural y literario del s. II d.
C. son un atractivo para leer por primera vez o volver a leer la obra del samosatense, que nunca deja indiferente.
El presente volumen nace de un esfuerzo conjunto que trasciende sus propias dimensiones: por un lado, encuentra un puntal en el valioso Diccionario de términos amatorios de la literatura latina (siglos III a.
C.) que editara en 2014 Moreno Soldevila; por otro, llega precedido del libro Amor y sexo en la literatura latina, alumbrado ese mismo año por el tándem de Rosario Moreno y Juan Martos.
El germen propiamente dicho lo constituyó el ciclo internacional de conferencias Ideas e imágenes sobre el amor en la poesía latina tardía (Universidad Pablo de Olavide y Universidad de Sevilla, octubre de 2015).
En español, italiano e inglés, se nos presentan ocho trabajos inéditos de otros tantos estudiosos, con el erotismo -en su doble vertiente afectiva y sicalíptica-como factor común y un marco temporal circunscrito al período tardoantiguo.
De extensiones dispares, se conectan mediante motivos recurrentes y una sólida unidad estructural que siempre se agradece en las empresas de múltiple autoría: únicamente la aportación de Mattiacci prescinde de títulos en los epígrafes, sin que ello implique menoscabo alguno de su claridad.
El esfuerzo de coordinación y cohesión queda patente en las útiles referencias cruzadas (p. ej., p.
Con la continuidad del latín contrastan la permeabilidad de los géneros y las innovaciones que se introducen en temas de sobra cultivados.
Rosario Moreno (pp. 13-35) rastrea en las Églogas de Nemesiano numerosos ecos, tanto griegos como latinos: Virgilio, Ovidio, Propercio y Catulo desfilan junto a Cornelio Galo, Calpurnio, Teócrito y textos de la Antología Palatina.
En el entorno bucólico se deslizan una escena de violación por parte de dos muchachos (pp. 18 y 19) y una reflexión contradictoria sobre el paso del tiempo, en la que el carpe diem se torna poco menos que amenazador (p.
La antedicha mezcla de géneros se aprecia con claridad en los prefacios de la Bissula de Ausonio, de los que se ocupa Silvia Mattiacci (pp. 37-59).
Se trata de composiciones en prosa y verso, dos de ellas dedicadas a Axio Paulo.
De erotismo muy leve, la figura del senex amator y el empleo de terminología nugatoria impregnan los textos con aromas de epigrama, teatro cómico y sátira.
La imaginería erótica emerge en Claudiano, y lo hace imbricada con una poesía epitalámica y versos fesceninos al servicio del poder (pp. 61-95).
El autor llega a aludir a la unidad del Imperio romano (p.
85) y busca legitimar a Honorio y a Estilicón.
Gabriel Laguna, cuyas numerosas publicaciones sobre Estacio y sobre el tema amoroso en la Antigüedad huelga referir, subraya el servicio del erotismo de aparato e incluye recientes revisiones de otros estudiosos (Cameron,.
La rosa se dibuja como una realidad de significado casi inasible y que permite un amplio recorrido.
Entre testimonios griegos (Nosis de Locros, Meleagro de Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 Gádara, Ferécrates, etc.), referencias al mundo hebreo e incluso citas de autores con tem poráneos, Francisco Socas (pp. 97-141) se centra en la Antología Latina, donde identifica casos variopintos: la rosa aparece como trasunto de la pasión femenina -en tríada con la violeta y el lirio-, metáfora de la mujer, símbolo del amor doloroso, un carpe diem que da paso a nueva vida, un emblema de la discreción.
Si el contenido semántico de la rosa es polifacético y ambivalente, también lo es el del amor mismo.
Centrada en Draconcio, la aportación de Helen Kaufmann (pp. 143-160) enumera los distintos tipos de amor que se presentan en la obra del poeta africano e incide en la figuración de Cupido como un principio universal (pp. 158-159).
La referencia al amor violento en el contexto de una cultura patriarcal no es única en este apartado y se complementa con la reflexión de Socas (pp. 124-126).
Al entorno de Draconcio parece adscribirse el poeta anónimo que compone la Aegritudo Perdicae.
Tal y como nos demuestra Miryam Librán (pp. 161-200), dicho epilio se erige en una suerte de paradigma de la intertextualidad.
La fuente directa de este amor presentado como enfermedad pudo ser el relato helenístico de Antíoco y su madrastra Estratonice.
Afloran, además, elementos de la poesía épica helenística, el epilio ovidiano de Mirra, la pantomima, las tragedias Hipólito y Edipo Rey -aunque no como fuente-e incluso los epigramas griegos, cuyos paralelos se presentan en un apéndice propio (pp. 199-200).
La aportación de Juan Martos acerca de los epigramas de Enodio (pp. 201-211) gira en torno a la sexualidad innatural de Pasífae con el toro, que a su vez remite a la catalogación de Kaufmann (p.
Son cinco los epigramas traídos a colación, en los que se describe una copa de plata que plasma los momentos del ayuntamiento entre humana y animal.
Cierra este recorrido el relato de Maximiano en un análisis elaborado por Juan Luis.
Las cinco elegías que estudia presentan elementos satíricos y de epigrama erótico griego.
En ellas, como rasgos novedosos, se manifiestan la perspectiva del autor anciano y la castidad en el varón.
Maximiano refiere cuatro amores fracasados por razones distintas, que navegan entre el desdén, la pérdida de interés, la vejez y la disminución de la potencia sexual.
La necesaria bibliografía y dos índices (general e index locorum) completan esta obra, didáctica y unitaria en su multiplicidad, con amplio apoyo de textos y una sabia elección de traducciones con gran intensidad poética -Fernández Galiano, Montero Cartelle o García Gual figuran en una extensa nómina-.
No siempre se ofrecen respuestas, no siempre las hay: por ejemplo, la autoría de Arato de Solos en el caso de la Aegritudo Perdicae queda sin evidencia documental que confirme tan interesante hipótesis (pp. 188-189).
No obstante, la reflexión desde la que manan y a la que invitan todas las aportaciones recogidas resulta de por sí enriquecedora.
Más allá de su indudable valor filológico, el cuidado de esta obra y la belleza de sus contenidos realzan la prístina hermosura del latín, una hermosura que -como la descrita por Maximiano-es capaz de perdurar en el tiempo.
Francisco Javier Bran García Universidad Complutense de Madrid
Historia, religión y sociedad
Plácido, Domingo, La crisis de la ciudad clásica y el nacimiento del mundo helenístico, Colección crisis y nacimientos, Buenos Aires, Miño y Dávila editores, 2017, 279 pp.
El universo de acontecimientos que nos lleva desde el fin de la Guerra del Peloponeso hasta la irrupción en el horizonte griego de Roma -a grandes rasgos el marco cronológico que aborda el autor-es hoy un terreno mucho más fecundo para los estudiosos de lo que lo fue en otro tiempo, pero es cierto que la consecución de imágenes de conjunto es todavía algo poco habitual, tanto por lo complejo del momento histórico como por la compartimentación en etapas diferenciadas del periodo.
Además, hemos asistido a una pequeña revolución en nuestro conocimiento de las obras literarias que permiten acercarnos al periodo, y el estudio de los materiales epigráficos y papirológicos ha abierto nuevas sendas en aspectos alejados de la gran historia de tono exclusivamente político y bélico, la más habitual en los grandes estudios de conjunto.
En este libro, Plácido nos conduce de manera magistral precisamente por esos escenarios, superando las tradicionales fronteras que oscurecen la continuidad de los fenómenos históricos.
Tal y como indica el autor en el prefacio, la obra que nos ocupa supone en gran medida la continuación de su anterior estudio La sociedad ateniense.
La evolución social en Atenas durante la guerra del Peloponeso, Madrid 1997.
Sin embargo, dos son las diferencias que el lector debe tener en cuenta: frente a la naturaleza casi de manual del primero de los volúmenes, su continuador se mueve en el ámbito del ensayo, tanto en las cuestiones meramente formales como en la construcción del discurso.
Además, conforme avanza el volumen, el protagonismo de Atenas cede paso a una variedad de escenarios realmente compleja, lo que supone seguramente el mayor reto de la obra, que es superado gracias a una riqueza notable de datos y aspectos, tratados de forma breve y clara.
Muchas de las ideas de método y, sobre todo, de comprensión de los procesos históricos y sociales que Plácido recogía en el preámbulo del volumen de 1997 permanecen vigentes en la obra que nos ocupa.
Conforme a ello, el estudio se caracteriza Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 por el empleo de una perspectiva amplia y preocupada por los procesos sociales, en línea con la muy conocida actividad investigadora del autor.
Plácido construye un discurso denso y rico, sin notas a pie de página, como corresponde al formato de la colección, tomando además como guía el título de la misma (Crisis y nacimientos, cf. p.
Entendiendo el concepto de crisis en su manifestación en los cambios sociales, se abordan los procesos que nos trasladan desde la crisis de la polis hasta el enfrentamiento de las monarquías helenísticas con Roma.
La obra se presenta dividida en tres amplios capítulos: el primero nos lleva hasta el auge de Macedonia (pp. 15-101), en tanto que el segundo avanza hasta la muerte de Alejandro.
La obra se cierra con un capítulo de menor extensión, que aborda la situación generada a la muerte de, y con unas breves conclusiones (p.
La bibliografía final (pp. 271-279) recoge cerca de dos centenares de referencias, en las cuales se podrían señalar algunas ausencias, pero son perfectamente comprensibles por la amplitud del tema, que hace imposible una referencia sistemática al grueso de la producción académica.
La ausencia de notas no ha de llevarnos a engaños: contamos más de quinientas referencias a pasajes de autores antiguos solo en el primer capítulo de la obra, y ello es el mejor indicio del dominio por parte del autor de los documentos fundamentales para el estudio del periodo.
Autores como Plutarco, Demóstenes, Jenofonte, Diodoro, Aristóteles, e incluso escoliastas, son los cimientos sobre los que se edifica el discurso, alternando con referencias a papiros e inscripciones.
Respecto a estas últimas y para favorecer quizá la lectura por parte de un público no especializado, se podría haber incluido un pequeño apunte sobre la forma de citarlas, dado que la consulta de la bibliografía no resuelve en todos los casos las abreviaturas empleadas.
De cualquier forma, es un detalle menor y, en contraste, hemos de señalar el escrúpulo en citar todas las obras literarias de manera completa, sistemática y actualizada, salvo la sola excepción de un fragmento pindárico (p.
106a=120 Snell-Maehler), que es, casi literalmente, una excepción entre mil.
De igual manera, las erratas son casi inexistentes.
Es difícil en la extensión que ofrece una reseña de esta naturaleza valorar detenidamente todas las observaciones que hace el autor sobre aspectos muy diversos de la sociedad del momento, que van desde los procesos de producción hasta cuestiones como el urbanismo (pp. 161-165), el auge de las religiones orientales, o un examen detenido de la información que nos brindan los archivos egipcios (pp. 223-225).
Resultan muy positivas las dos secciones introductorias que Plácido sitúa en los dos capítulos principales, una referida a la caracterización de la polis griega desde sus orígenes (pp. 15-21), y la segunda relativa a los orígenes de, dado que ayudan a comprender muchos de los planteamientos que afectan al periodo estudiado.
En esta segunda introducción, queremos resaltar a modo de ejemplo la bien trabada exposición de los procesos que acentuaron el impacto de la monarquía macedonia sobre el mundo de la polis, analizando la compleja relación entre los mundos griego y macedonio en perspectiva histórica, con referencias incluso al mundo contemporáneo (pp. 103-115).
Además, y aunque en ocasiones causa pequeñas reiteraciones, es notable el esfuerzo del autor por señalar las conexiones entre los procesos a lo largo del tiempo: el auge del evergetismo señalado al abordar la crisis de la ciudad estado (p.
67) es un buen ejemplo de cómo un aspecto fundamental para el periodo helenístico es abordado desde sus primeros pasos, trazando las líneas de continuidad existentes.
Sin duda, la gran aportación del volumen reside en la capacidad de trazar líneas de continuidad que recorren las diferentes etapas recogidas, y además en un gran número de aspectos.
En definitiva, estamos ante una obra de gran riqueza que viene a sumarse a la excelente labor que el profesor Plácido viene realizado en el estudio de la historia del Mundo Antiguo.
Tanto por la riqueza de aspectos tratados como por el uso magistral de los materiales antiguos, se trata de un volumen que será, a buen seguro, estímulo para no pocos avances en el estudio del complejo y rico universo de la sociedad helenística.
La autora, una joven profesora chilena, explora en este libro el término y concepto latino de uirtus en los historiadores que van desde el final de la República hasta el término del primer siglo del Imperio (Salustio, Livio, Veleyo y Tácito).
Balmaceda (en lo sucesivo B.) se mueve entre los uerba y las res, y su análisis atañe no solo a términos y conceptos del ideario moral romano, sino también a las diversas maneras en que los historiadores los entienden y manejan.
Parte de la dualidad semántica de uirtus, ya instalada en el latín desde el principio: de una parte, la acepción etimológica (cf. B., p.
II 43: ex uiro uirtus) o uirilis-uirtus ('valor militar'), equivalente del gr. andreia; de otra, el sentido que B. denomina humana-uirtus ('virtud'), equivalente al gr. arete y que se aplica a cual quier forma de 'excelencia' moral.
Y este segundo término de la dualidad se des dobla a su vez al incidir en ella el número gramatical: la pluralidad de la humana-uirtus deviene en un vario abanico de uirtutes específicas: la moderatio, la disciplina, la industria, la prudentia y otras.
Emerita LXXXVII 2, 2019, pp. 363-389 ISSN 0013-6662 En su Capítulo I (pp. 34-42), B. también dedica especial atención a Cicerón, autor ajeno a la historiografía, pero en cuya obra oratoria -y aún más en la filo sófica-aparece repetidamente la uirtus como valor militar (que también denomina fortitudo), y también las que llama uirtutes animi (De imp.
22,64, cf. B.,p.35), que, como decíamos, son especies particulares de la misma.
Miguel Ángel Rodríguez Horrillo
Según B. (pp. 48-82), Salustio, como homo nouus que era, enaltece a los hombres de tal condición frente a los nobiles, cuya uirtus parecía darse por supuesta.
66), [Salustio], «en su descripción idealizada del carácter de Mario, le confiere todas las cualidades que él habría deseado que tuviera el homo nouus: energía (industria), integridad (probitas), gran habilidad militar (militiae magna scientia), un espíritu indomable en la guerra (animus belli ingens), moderación en la paz (domi modicus), superioridad ante las pasiones y las riquezas (lubidines ac diuitiarum uictor), ambición solo de gloria (tantum modo gloriae auidus)».
En su tratamiento del Bellum Catilinae, (pp. 57 ss.), B. formula la tesis de que «no solo la manera fragmentada en que [Salustio] eligió desarrollar su narración, sino también su teoría de la uirtus» debe contemplarse en estrecha relación «con la premura (haste)», la immortalis uelocitas que Quintiliano (Inst.
En él -prosigue B.-, «se ofrecen fragmentos diferentes, incluso a veces inconexos, de información, y esto proporciona una sensación real del desorden y la corrupción que en aquel tiempo dominaban Roma».
Unas 300 comparecencias de uirtus se registran en el conjunto de los libros de Livio conservados, y en más del 75% de ellas tiene el sentido básico de uirilis-uirtus.
El término se aplica «a ejércitos en su conjunto o a soldados individualmente, a generales y a líderes políticos» (B., p.
92); pero también comparece el ya comen tado abanico de virtudes específicas como pietas, magnitudo animi, constantia, moderatio o fortitudo.
La uirtus guerrera Livio parece darla como una cualidad innata del pueblo y del soldado romano, lo que ocasionalmente no le impide reconocérsela también a soldados enemigos.
En el Ab Vrbe condita Livio hace desfilar ante el lector a un cortejo de héroes cuya uirtus quedaba por encima de toda duda, desde Camilo a Escipión el Africano, pasando por Fabio Máximo, Claudio Marcelo y Emilio Paulo; y B. nos comenta detalladamente las semblanzas que a cada cual dedica el autor.
Eso, naturalmente, en lo referente a las guerras exteriores; pero B. (pp. 108-117) dedica también un apartado a los enfrentamientos civiles en la vieja Roma y a la lucha de la plebe por sus derechos civiles (la libertas).
B. señala una cierta reluctancia de Livio a utilizar a ese respecto el término uirtus.
Sin embargo, no faltan casos en que lo hace, como el de Lucio Icilio, uiro acri et pro causa plebis expertae uirtutis (III 44.3).
En todo caso, hace notar B. (p.115) que «la uirtus está presente solo cuando está en cuestión un beneficio para el estado», caso de la libertas republicana.
En fin, como lógica concesión a la actualidad de los «women studies», B. dedica un apartado a la singular El Agrícola y la Germania -nos recuerda B. (p.
160)-han sido considerados desde siempre como «útiles ejemplos del contraste entre sociedades bárbaras...por una parte-, y la sociedad romana por otra»; y, en efecto, una y otra obra, como cuantas en la Antigüedad se ocupaban de pueblos distintos y distantes, implican una comparación.
Instalado ya en un régimen sometido al poder de uno solo, Tácito parece especialmente interesado en la vertiente política de la uirtus (B., p.
161), y en el Agricola nos recuerda cómo la ejerció un hombre que vivió bajo uno de los peores principes.
Por de pronto, y sin dejar de atribuirle la obvia uirtus militar -en la que Domiciano vería la imperatoria uirtus que él le envidiaba-, ensalza en su suegro la virtud de la moderatio (o la modestia), por entonces, junto con el obsequium, condición imprescindible de la supervivencia.
Ahora bien, el historiador no hace de menos la uirtus y el afán de libertas de los bárbaros britanos recogidos en el famoso discurso del caudillo Calgaco en el Monte Graupio (Agr.
Similar apreciación hace Tácito en la Germania de las virtudes de sus pobla dores, aunque B. (p.
173) resta importancia a la tesis tradicional de que el historiador veía en ellas las propias y ya perdidas de la vieja Roma.
Por nuestra parte creemos que ahí estamos ante un tópico de las descripciones de pueblos bárbaros; uno de los que E. Norden llamaba Wandermotive de la etnografía antigua.
En todo caso -escribe B., p.
175-«en la descripción individual de las tribus en la segunda parte de la Germania la palabra clave es de nuevo la uirtus».
Los libros conservados de las Historiae, mayormente centrados en las guerras civiles del 69, el año de los cuatro emperadores, podrían parecer un ámbito poco propicio para el rastreo de la uirtus, en consecuencia, con lo que ya veíamos que afirmaba B. sobre las luchas intestinas en la Roma republicana; y de hecho (p.
179) anota que las ocurrencias del término en esta obra son bastantes menos que en las antes examinadas.
185) recuerda la semblanza de Galba (Hist.
I 49), que le atribuye cualidades a las que nadie negaría la condición de 'virtudes' (facilitas, moderatio, iustitia); pero también otras que corrían el riesgo de no parecer tales, y que en su caso resultaron contraproducentes (seueritas, rigor...).
Y de ahí la lapidaria sententia en la que se resume la personalidad del viejo y desdichado príncipe: capax imperii, nisi imperasset (Hist., l. c.).
Siempre según B. (ibíd.), «la caracterización de Otón en las Historias de Tácito es quizá una de las más complejas de la obra».
En efecto, se presenta al personaje rodeado de términos negativos (mollis, luxuria, turbido, flagrantissimae libidines...); pero en lo referente a magistraturas y mandos, así como en su inicial apoyo a Galba, se le reconocen cualidades positivas (con términos como comiter, nec segnis, splendidissmus y otros).
I 71); es decir, al contrario de Galba, Otón «se había convertido en magis capax precisamente al gobernar», y su muerte voluntaria fue, irónicamente, el punto más alto de su popularidad».
En cuanto a Vitelio, B. (p.
190) subraya la manera mucho más dura en que Tácito lo trata por su prodiga uita,... sine modo, sine iudicio, que lo incapacitaba para dirigir una guerra (B. p.
Llega así a Vespasiano, cuya uirtus Tácito parece achacar más bien a su fortuna y a los errores de los vitelianos.
Se ocupa luego B. (pp. 194-199) de los mandos militares del momento (Muciano, Valente, Cécina, Antonio Primo), a ninguno de los cuales parece reconocer Tácito una «verdadera uirtus», algo que no es de extrañar considerando que sus guerras eran sobre todo civiles.
También desfilan por las Historias una serie de personajes ejemplares de la milicia y de la política a los que Tácito alaba sin valerse del término uirtus, antes bien de la que B. (200) llama «una expansión del 'vocabulario virtuoso'».
Los términos varían según se trate de militares o de próceres civiles: intrepidus, promptus, mira constantia, fides, industria, res egregie gestae...
208) que «la representación de la humana uirtus era el principal propósito [de Tácito] al escribir historia».
Pasando a los Anales (pp. 208-241), B. distingue en su análisis de la uirtus entre los contextos militares y los políticos.
En los primeros, desde luego, abundan los conflictos bélicos exteriores, propicios a las manifestaciones de la uirilis-uirtus, aunque «resulta especialmente irónico el hecho de que los que aparecen retratados con mayor uirtus son los bárbaros, no los soldados romanos» (B., p.
Al respecto de la uirtus militar bajo el principado, B. (p.
223) matiza que «para los romanos la valentía tenía que estar moderada por el reconocimiento de que la excesiva gloria podía despertar los celos del princeps».
Al tratar de «La uirtus en la ciudad de Roma bajo un Princeps», B. (p.
224 s.) nos dice que «a primera vista, parece como si para Tácito hubiera algo de inevitablemente trágico en torno a la uirtus política y civil bajo el principado».
42) de los llamados «mártires de la libertad», la que Tácito atribuía a su suegro Agrícola: la que se atenía a la industria y el uigor, sin transgredir los límites del obsequium y la modestia.
Tal fue el caso de Marco Emilio Lépido, imperii capax (An.
I 13) y temporibus illis grauis et sapiens uir, y ejemplo de cómo se podía ser virtuoso por entonces (cf. B., p.
230); y similares fueron los casos Marco Terencio, Gneo Léntulo, Rubelio Plauto, Memmio Régulo y otros.
Para todos ellos -advierte B. (p.
234)-Tácito se vale de los términos constantia y moderatio y no de uirtus, término que parece reservar para el gran cuarteto de héroes cívicos inmolados por Nerón: Séneca, Burro, Peto y Sorano; los dos primeros, los restos de su conscientia, y los dos últimos la uirtus ipsa (An.
La «Conclusión» de la obra (pp. 242-247) podría resumirse sin más en su frase inicial: que la misma «ha subrayado que la caracterización de la uirtus es importante no solo para la comprensión de una idea central en el sistema romano de valores, o una noción crucial para el éxito político, sino también para explicar e interpretar la realidad histórica».
Así -añadiríamos por nuestra parte-el análisis de la uirtus en sus diversas formas se habría convertido también en una especie de instrumento de trabajo de los historiadores de la Roma Antigua.
Universidad de Alcalá de Henares |
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Hasta la colonización de África, ha estado vigente la opinión de que los elefantes indios de Antíoco III, que derrotaron a los libios de Ptolomeo IV en la batalla de Rafia (217 a.
C.) descrita por Polibio, eran de tamaño superior.
Tito Livio lo confirma a propósito de la batalla de Magnesia (190 a.
Sin embargo, el empleo de μέγεθος sugiere un significado diferente de magnitudo, de manera que el error atribuido a Polibio no es tal.
Mientras el historiador romano se atiene a la idea de la corpu lencia individual de una y otra especie de elefantes, el griego tiene en cuenta la magnitud del conjunto de la unidad táctica.
The key to this interpretation lies in the double value of the unmarked term in the privative La magnitud de los elefantes indios en las batallas de Rafia (Polibio V 84.5-6) y de Magnesia (Livio XXXVII 39.13) ¿Dónde está el error?
Pero la mayor parte de los elefantes de Ptolomeo se asustaron del combate, lo cual es habitual en los elefantes africanos 1, pues no soportan el olor y los gritos, sino que incluso, aterrados ante la envergadura y la potencia, según me parece, de los elefantes indios, huyen de inmediato a partir de una cierta distancia; lo que ocurrió también en esta ocasión.
La espantada de los elefantes libios ante la embestida de los indios que se produjo en esta batalla no fue una novedad; era algo habitual, como afirma el autor.
La extrañeza de editores, traductores e intérpretes modernos reside en que la victoria de los asiáticos se atribuyera a su mayor tamaño (μέγεθος), pues desde el siglo XIX se ha entendido que los africanos debían ser superiores.
En efecto, la exploración y colonización de África permitió com probar que el elefante africano de sabana, el más común del continente, tiene un tamaño superior al asiático.
Hasta entonces ha estado vigente la opinión transmitida por fuentes textuales antiguas 2; en particular, por las narraciones de batallas en las que se enfrentaron unos y otros elefantes.
Por consiguiente, se ha acusado a Polibio de servirse de información falsa, suministrada por historiadores de Alejandro Magno y sus sucesores, interesados en destacar la supremacía de los elefantes indios (Tarn 1926, pp. 98-100).
La función simbólica ejercida por el cuerpo militar de los elefantes, como imagen del poder regio antes, durante y después de Alejandro Magno ha sido descrita con detalle por Schneider (2009, pp. 210-218).
El primer difusor de la leyenda acerca de la superioridad de los elefantes indios parece ser Ctesias de Cnido, que residió en la corte aqueménide entre el 405 y el 387 a.
C. En su expedición a la India, Alejandro afrontó la batalla del río Hidaspes, libra-1 «Cf. sobre este pasaje y en general sobre la percepción que de este animal tenían los antiguos, Taboada 1995, pp. 113-117, quien afirma la falsedad del dato polibiano sobre el mayor tamaño de los elefantes indios».
Las demás notas y las traducciones de otros textos serán nuestras.
Por otra parte, a nadie se le oculta que libios tiene la referencia antigua de africanos.
En consecuencia, el elefante asiático lleva hoy el nombre científico de elephas maximus.
da en el 326 contra el rey Poro, con su propia tropa de elefantes; y a ellos asociaría su figura de vencedor, según se reflejó, de forma emblemática, en series monetarias y obras pictóricas.
Los Seléucidas trataron de explotar asimismo el poder bélico y simbólico de los elefantes indios a los que no dejaron de recurrir.
Bastantes años después de la muerte de Alejandro, Onesícrito de Astipalea, que había participado en aquella expedición, dejó constancia de que estos «eran más grandes y potentes que los de Libia».
Megástenes, otro historiador, que visitó va rias veces la India al servicio de Seleuco Nicátor, se pronunció de forma similar.
Ambos atribuían esa superioridad a la fertilidad de la India favorecida por sus condiciones climáticas de calor y humedad.
Otros historiadores posteriores, cuales Diodoro Sículo y Estrabón, insistirán en las mismas ideas (Schneider 2009, pp. 318-324).
Los seléucidas contaron, pues, con la ventaja bélica de los elefantes indios que, aun con cierta carga de propaganda, no dejaba de ser real.
Las especies de elefantes y la procedencia de los de Ptolomeo IV
Entre otras características morfológicas, los elefantes indios se diferencian por tener orejas pequeñas y espalda convexa, en tanto que los africanos presentan grandes orejas y espalda cóncava (Toynbee 1982, p.
33); pero la cuestión no resuelta que interesa aquí es la del presunto tamaño inferior de los segundos con respecto a los primeros.
A mediados del siglo pasado, se creyó encontrar la solución en la existencia del elefante africano de selva, sensiblemente inferior al de sabana, y en su posible presencia en Eritrea, de donde se surtían los Ptolomeos.
Esta ha sido la opinión predominante hasta hoy mismo3.
En lo que va de este siglo, gracias a investigaciones genéticas, llevadas a cabo principalmente por científicos de universidades norteamericanas, se ha demostrado que unos y otros elefantes africanos constituyen dos especies distintas.
Su morfología es también diferente: el de sabana (loxodonta afri-cana), que puede llegar a los 4 m de altura, tiene colmillos curvos y grandes orejas apuntadas en la parte inferior; en cambio, el de selva (loxo donta cyclotis), de orejas más redondas y colmillos más rectos y largos, ape nas alcanza los 3 m.
Este es más primitivo y aquel ha seguido su particular evolución, al menos, desde hace 2,6 millones de años.
El cyclotis ha redu cido su hábitat a las selvas centro-occidentales del África ecuatorial y tro pical, tras amplios espacios ocupados por el de sabana.
En las zonas de tran sición entre la sabana y la selva, en que se ha producido cierta hibridación, es notable el dominio de los machos más corpulentos de sabana4.
Otro elefante con hábitat no lejos de Alejandría, capital del reino Ptolemaico, era la subespecie norteafricana, hoy extinta, cuya clasificación entre las especies anteriores se aproxima, al menos morfológicamente, al elefante de selva.
De hecho, recibe el nombre de elefante de bosque y los más restrictos de loxodonta pharaonensis, elefante del Atlas o cartaginés, pues estuvo muy presente en los ejércitos de Cartago durante el siglo III a.
C. Su territorio se extendía desde la Mauritania actual hasta Egipto y Sudán5.
Por su tamaño inferior, similar al del elefante de selva, podría parecer mejor candidato que este a figurar en las filas del ejército de Ptolomeo IV, tanto por cercanía territorial como por ser más fácil de domesticar y manejar.
Ahora bien, la mayor o menor proximidad territorial del pharaonensis tiene una contrapartida insoslayable en los elefantes de la no lejana Eritrea, zona costera de Etiopía.
A este propósito, conviene tener en cuenta un texto de Plinio el Viejo, en que se mencionan los principales territorios africanos que habían abastecido de elefantes a los pueblos mediterráneos y, por supuesto, seguían abasteciendo a Roma en el siglo del autor:
África produce elefantes más allá de las desiertas Sirtes y en Mauritania Tingitana; los crían también los etíopes y trogloditas, como se ha dicho; pero los mayores los produce la India.
Aparte el tópico final de que la India criaba los mayores elefantes, conviene tener en cuenta la referencia antigua de los nombres de lugares y gentilicios africanos.
El territorio ultrasírtico es el de Fezán (Phazania), poblado por los garamantes, en el interior de la actual Libia; Mauritania ha de ser la Tingitana, situada al norte del monte Atlas.
Estas son las dos zonas en las que los cartagineses reclutaban su elefantería.
A su vez, los trogloditas habitaban la zona costera que, partiendo del sur de Egipto, pasaba por el actual Sudán y alcanzaba el norte de Eritrea.
Hasta 1994 esta ha sido parte de Etiopía, donde los naturales del país, como cazadores empedernidos de elefantes, recibían el calificativo de ἐλεφαντομάχοι 'elefantómacos', según Diodoro Sículo.
La mención pliniana de los etíopes por delante de los trogloditas, gentilicio de referencia más cercana, puede sugerir la mayor importancia del abastecimiento etíope.
Por testimonios historiográficos y epigráficos fehacientes, se sabe que los Ptolomeos, interesados en superar el legendario poder de los elefantes indios, traían los suyos de Etiopía.
Se aprestaron a colonizar la costa occidental del Mar Rojo.
C.), no solo venció a Seleuco II.
Como si siguiera los pasos de Alejandro Magno, conquistó las satrapías orientales, bajo dominio del rey sirio.
Fue una ocasión en que el prestigio de los elefantes indios cedió ante la superioridad de los africanos:
(6) Se apoderó de todo el territorio a esta parte del Éufrates: de Cilicia, Panfilia, Jonia, el Helesponto y Tracia; se adueñó de todas las tropas presentes en estas regiones, incluidos los elefantes indios.
Habiendo sometido a su obediencia a todos los monarcas existentes en estos países, atravesó el río Éufrates y puso bajo su dominio Mesopotamia, Babilonia, Susiana, Persia, Media y el resto del territorio hasta Bactriana.
Y habiendo buscado cuantos objetos sagrados se llevaron los persas de Egipto, los trajo de vuelta junto con otros tesoros de esos lugares...
El texto anterior es traducción de la segunda parte del Monumentum Adulitanum, que contiene la inscripción conmemorativa de la campaña triunfal de Ptolomeo III en territorio seléucida.
Copiada por el navegante alejandrino Cosmas Indicopleustes en el s. VI, aporta datos muy precisos sobre la guerra siria.
A continuación, citamos el texto original de la primera parte, en la que se dan los títulos familiares y divinos del protagonista, así como la composición de las tropas y, lo más importante aquí, la procedencia de sus elefantes: dioses salvadores, por parte del padre descendía de Heracles, hijo de Zeus, y por parte de la madre de Dioniso, hijo de Zeus.
Habiendo recibido de su padre las herencias regias de Egipto, Libia, Siria, Fenicia, Chipre, Licia, Caria y las islas Cícladas, marchó de campaña a Asia con fuerzas de infantería, caballe ría, una flota de barcos y con elefantes troglodíticos y etiópicos que su padre y él habían sido los primeros en cazar en esos países y los habían trasladado a Egipto y equipado para su empleo en la guerra.
De entre las ciudades portuarias establecidas en el litoral del Mar Rojo cabe destacar las emblemáticas, por su nombre ptolemaico, de Berenice Troglodítica, fundada en el Alto Egipto, y Berenice Epideires en territorio del actual Yibuti.
Pero ninguna de ellas competía en tráfico de elefantes y marfil con Adulis, en el centro de la costa eritrea.
Diodoro Sículo (III 18.4) cuenta que Ptolomeo III envió a Simmias, hombre de su confianza, para visitar el país de los etíopes, a quien Berrey (2017: 42-43) jado de ser un buen motivo de esta investigación, cuyo resultado hay que tener en cuenta (Brandt et al. 2014, p.
La zona eritrea de Gash-Barka limita con el norte de la actual Etiopía y el este de Sudán.
En ella sobreviven más de un centenar de elefantes de los que algunos pasan a Etiopía en la estación húmeda.
Se trata de una población aislada, a más de 400 km de otras.
Sin la menor mezcla de la especie de selva, los análisis de ADN han revelado mayor afinidad con los elefantes de sabana del África oriental (Kenia y Tanzania) que con otros de la misma especie del África central (Camerún), de Sudán y la región del Sahel, entre el desierto y la sabana (pp. 83-89).
Dos años después, el historiador Charles (2016) ha publicado un artículo en el que trata de mitigar la repercusión que el trabajo científico anterior tiene sobre la cuestión histórica de la identidad específica de los elefantes ptolemaicos en la batalla de Rafia.
La consecuencia inevitable es que, si fueron elefantes de sabana, en vez de norteafricanos o de selva, se mantiene la idea del error en el relato de Polibio.
Pero el autor australiano no renuncia a considerar otras posibilidades (pp. 55-59), de las que comentamos brevemente las de mayor relieve.
Una objeción inmediata, pero sin demostrar, es que los elefantes de Gash-Barka, en lugar de descender de la época ptolemaica, podrían provenir de un grupo emigrado del este africano.
En cambio, muy probable es la hipótesis, sugerida ya por Gowers (1948, p.
Se trata de que, junto con los elefantes africanos, que para el autor son de selva, Ptolomeo IV podría haber llevado consigo algu nos indios capturados por su padre veintiocho años antes en la guerra contra Seleuco II.
Esos serían los que, provistos de torretas con soldados, se distinguieron embistiendo de frente y combatiendo con brío (Plb.
Lo cual es congruente con lo que diremos de la disciplina combativa de los elefantes indios en los dos capítulos siguientes.
La posibilidad de que los elefantes de Ptolomeo IV procedieran solo del territorio troglodítico y pertenecieran a la subespecie norteafricana es una objeción más discutible.
Aparte de contravenir numerosos testimonios históricos acerca del abastecimiento elefantino de la dinastía ptolemaica, no se entendería que un Ptolomeo renunciara al gran mercado de los puertos eritreos, cuya actividad habían estimulado sus predecesores y él mismo, sobre todo si obtenían elefantes de mayor corpulencia y si su traslado y concentración no suponían mayores riesgos.
Prescindimos de la enumeración que Charles hace de otras posibles combinaciones de unos y otros elefantes, sin llegar a un resultado concreto.
Aunque estamos de acuerdo con la confianza que deposita en la narración de Polibio, no compartimos los argumentos que esgrime en sus últimas líneas (pp. 63-64):
Desde luego, no podemos rechazar sin más la veracidad del relato de Polibio.
Pero hay que reconocer que, al eliminar la solución del elefante de selva, propuesta por Gowers hace casi tres cuartos de siglo, el trabajo biogenético de Brandt et al. (2014) deja abierta la cuestión sobre el error del historiador griego; tan abierta que parece regresar al punto inicial en que la situaba el propio Gowers (1948, p.
Puesto que las explicaciones de historiadores y naturalistas difícilmente podrán sostenerse frente a un decisivo análisis genético, creemos que ha llegado la oportunidad del análisis lingüístico.
Al fin y al cabo, se trata de la interpretación del sentido de un texto no fragmentario, sino bien completo.
Además, nos resulta difícil aceptar un error de Polibio por falta de información, sobre todo si se piensa en la curiosidad que suscitaron los elefantes y su diverso empleo bélico, comercial y circense durante los siglos III y II a.
La batalla de Rafia coincide, prácticamente, en fechas con la del lago Trasimeno que Aníbal ganó a los romanos.
La segunda guerra púnica había comenzado un año antes con la toma de Sagunto (218) y concluiría dieciséis años más tarde con la victoria de Publio Escipión en la batalla de Zama (202).
El vencedor, seguramente, dio por bien vengados a los dos Escipiones, Cneo y Publio, muertos en Hispania haciendo frente a los cartagineses.
Estos, desde la batalla de Agrigento contra los romanos en el 262, no dejaron de hacer uso bélico de los elefantes norteafricanos durante ese siglo.
Polibio, que formó parte del círculo filohelénico de los Escipiones, escribió sus Historias a mediados del siglo siguiente; aunque conocía la supremacía de los elefantes indios en combate, no debía estar mal informado sobre la diferencia de tamaño de unos y otros elefantes.
La aparente contra dicción de su texto ha de tener, pues, otra explicación.
Los estudios provenientes de otras áreas científicas contribuyen, sin duda, a ilustrar la interpretación de las fuentes antiguas; pero, cuando se dispone de un texto, no hay que renunciar a hacer las investigaciones filológicas y lingüísticas pertinentes.
Ante todo, el autor merece el beneficio de la duda.
Somos nosotros, los intérpretes de una lengua aprendida, quienes estamos en desventaja respecto de él, a la hora de calibrar el alcance de la referencia de una expresión.
Además de forma y referente, las palabras tienen significado y este no es elemento material, sino conceptual.
Por si fuera poco, las palabras varían de acepciones y se tornan polisémicas, de manera que pueden dar a entender percepciones distintas de una misma realidad.
No todo ello se registra en los diccionarios; pero a menudo los traductores estamos lejos de agotar las posibilidades que estos nos ofrecen.
Sin dejar de atender a la realidad extralingüística, introducimos una nueva vía de interpretación, consistente en lo que da de sí el contenido de la palabra μέγεθος, de acuerdo con su empleo contextual.
Hasta aquí nos hemos ocupado, sobre todo, de la especie y la procedencia de los elefantes africanos.
A continuación, toca explicar en qué consistía la 'magnitud' de los elefantes indios.
La interpretación del contenido de μέγεθος
¿Qué quiere decir el problemático sustantivo μέγεθος aplicado a los elefantes indios que causaron la estampida de los libios?
Sobre su contenido cabe preguntarse, en efecto, si se trata del tamaño físico, según la estimación común.
Una respuesta afirmativa sería más segura, en caso de que unos y otros proboscidios estuvieran pastando, relajadamente, en sus hábitats naturales o si se contemplara un combate singular entre un elefante indio y otro africano prototípicos.
Sin embargo, en el relato de Polibio todo ocurre en un contexto bélico de máxima tensión, en el que los elefantes indios entran en combate y derrotan a los africanos.
En semejante trance, no creemos que fuera decisiva la diferencia de tamaño individual entre unos y otros elefantes.
Y si el motivo de la victoria no residió en la corpulencia física, ¿en qué consistiría, entonces, el concepto abstracto de magnitud de que habla Polibio?
Pues bien podría tratarse de la magnitud del conjunto elefantino, como unidad táctica del ejército sirio.
Este valor colectivo del sustantivo griego es una posibilidad para tomar en cuenta.
He aquí las dos acepciones en sentido propio (I) y las dos primeras de las seis registradas con sentido figurado (II) en el diccionario de Bailly (2000): I 1. grandeur de taille 2. grandeur ou grosseur de volume, importance.
Las traducciones consultadas del texto de Polibio atribuyen a μέγεθος el valor de la primera acepción (I 1) 8.
Nosotros, en cambio, interpretamos que tiene el de la segunda, pues nada impide que la noción física I 2 pueda aplicarse a un conjunto.
No es casual la verdad proverbial de que la unión hace la fuerza y ¿por qué no 'la magnitud'?
Sobre todo, cuando vemos que en el texto μέγεθος tiene a su lado el sinónimo δύναμις'fuerza, potencia', que insiste en la acepción figurada II 2 de μέγεθος.
Lo que permite entender las dos palabras como una hendíadis.
En efecto, habida cuenta de las acepciones lexicográficas de μέγεθος, se puede pensar en primer lugar en una hendíadis, figura que consiste en la coordinación de dos conceptos más o menos afines, que normalmente se expresan mediante una relación de determinación entre ellos; así, magnitud y fuerza: la magnitud de su fuerza, la gran fuerza9.
El empleo en otro lugar que hace Polibio de los mismos sustantivos en construcción determinativa, aplicados a los soldados macedonios, viene a confirmar que nuestra interpretación del sentido de la hendíadis copulativa, aplicada a los elefantes, es correcta.
Pues, más allá de la variación sintáctica, los significados de los dos sustantivos son los mismos en uno y otro caso:'la magnitud y la fuerza' [de los elefantes indios] en (4) y 'la magnitud de la fuerza' de los [soldados] macedonios en (8):
Tratándose también de un contexto bélico, ¿atribuiremos la 'magnitud de la fuerza' de los macedonios a su talla o estatura corporal, como individuos, o ¿pensaremos más bien en su magnitud y fuerza, como cuerpo en formación de combate?
Si la respuesta es obvia en (8), no creemos que pueda ser diferente en (4).
Incluso en este caso nos parece más clara, pues no hay un genitivo τῶν Ἰνδικῶν ἐλεφάντων, paralelo a Μακεδόνων, que dependa de los dos sustantivos en hendíadis, sino un acusativo τοὺς Ἰνδικοὺς ἐλέφαντας al final de la frase.
Esto es, siguiendo literalmente la sintaxis, el texto puede interpretarse así: «aterrados ante su magnitud y su fuerza, según me parece, huyen de inmediato, a partir de cierta distancia, de los elefantes indios».
Si hay una determinación que conviene a los dos sustantivos coordinados, podría ser la siguiente: «aterrados ante la magnitud y la fuerza de su formación».
En efecto, los elefantes asiáticos reunían dos condiciones que justifican el empleo de μέγεθος: su mayor número y su mejor adiestramiento.
Según lo que se lee en la segunda parte del capítulo 82.7-13, del mismo libro quinto, los elefantes del ejército de Antíoco sumaban 102, mientras los de Ptolomeo eran solo 73.
Unos y otros estaban repartidos entre las dos alas.
El ala izquierda de Ptolomeo contenía cuarenta y la derecha de Antíoco sesenta.
Fue esta, con un tercio más de elefantes, la que consiguió mayor ventaja.
La embestida de los paquidermos indios fue tal que la guardia personal del rey egipcio se vio oprimida por la huida de los elefantes propios y el ala entera quedó malparada (84.7-10).
La magnitud numérica fue sin duda un factor a favor del seléucida.
¿Qué pasó en la parte opuesta?
Ptolomeo había situado treinta y tres elefantes en su ala derecha y Antíoco cuarenta y dos en su ala izquierda.
La superioridad de estos era menor y no fue tan importante y efectiva su acción.
Los generales de Ptolomeo pudieron maniobrar para evitar la polvareda que se les venía encima y, viendo que «sus elefantes no se atrevían en absoluto ni siquiera a acercarse a los contrarios», esquivaron la embestida de los elefantes enemigos, de manera que el ala izquierda de Antíoco fue derrotada (85.1-5).
Por tanto, la palabra griega bien puede representar la magnitud de un mayor número de elefantes, de suerte que el volumen superior de la unidad táctica vino a compensar el tamaño inferior de cada individuo respecto de los ejemplares del otro ejército.
A ello se unió el mejor adiestramiento de los elefantes indios que a menudo se domaban para fines no bélicos, como bestias de tiro.
Habituados a realizar duros trabajos, eran más dóciles, a la vez que los cornacas más hábiles en manejarlos.
Ese mayor entendimiento entre persona y bestia permitía mantener la cohesión de la unidad militar y, dentro de esta, su menor corpulencia les conferiría mayor operatividad y eficacia, tanto ofensiva como defensiva.
La fuerza de los menores suele residir en el agrupamiento de un número mayor de individuos.
No es una novedad contemplar en el mundo natural cómo seres vivos inferiores se agrupan no solo para defenderse de sus depredadores, sino para atacarlos con éxito.
Entender que el autor aplica μέγεθος en función de cada individuo supone una visión estática de la realidad designada.
En cambio, si se interpreta su aplicación a los elefantes asiáticos en cuanto que forman un cuerpo, una unidad táctica, se obtiene la visión dinámica de esta, como parte del ejército.
Cuando cada individuo, además de actuar por sí mismo, mantiene la ventaja ofensiva y defensiva del grupo, su acción y efectividad se incrementa y agranda.
Por el contrario, los elefantes africanos serían individualmente de mayor tamaño, pero su peor adiestramiento y su fácil descontrol, su significado fundamental es el de 'tamaño'; pero hay contextos en los que toma relieve la acepción de 'multitud', de acuerdo con el enunciado que precede a casi una veintena de citas textuales (s. u., col. 118.44-57): «de quantitate quae numero efficitur, i. q. copia, multitudo... de frequentia animantium».
Hay traductores que en la expresión magnitudo culicum de Amiano Marcelino (XVIII 7.5) ven, literalmente, la idea de tamaño ('grandes mosquitos') y quienes la entienden mejor como 'multitud de mosquitos'.
En su contexto, la 'magnitud' no corresponde a mosquitos individuales, sino al enjambre que acosa a unos leones.
Está claro que no quiere decir lo mismo el tamaño de los mosquitos, por más grandes que sean, que la magnitud de una asombrosa nube de ellos, por más pequeños que sean.
Tratando de elefantes, no hay duda de que la expresión magnitudo corporum, usada por el propio Amiano (XXV 3.11), se refiere a su corpulencia física; en cambio, magnitudo elephantorum, sin un contexto que la aclare, puede indicar tanto el 'tamaño' de los elefantes como la 'magnitud' de una manada de ellos, en el mismo sentido que hemos interpretado magni tudo culicum.
Pese a la enorme diferencia individual existente entre los mosquitos y los elefantes, las expresiones anteriores dan una idea de la importancia de la integración del conjunto, como factor decisivo, en el concepto de 'magnitud' de la tropa bien formada de los elefantes indios.
De hecho, ante su ataque la tropa de los grandes elefantes africanos no tardó en convertirse en un tropel que atropellaba al propio ejército.
Más allá del fenómeno histórico de los desplazamientos expresivos y de las evoluciones semasiológicas, hay una estructura funcional, cual es la de oposición privativa constituida por los contenidos de ambas expresiones.
Por una parte, magnitudo se opone a multitudo, según se ve en el texto (2): elephantorum magnitudo multitudoque.
Una palabra indica 'quantitas continua' y la otra 'quantitas discreta', de acuerdo con la definición siguiente de Boecio; si se prefiere términos más usuales, una es cantidad 'incontable' y la otra 'contable':
La [cantidad] que es continua se llama magnitud y la que es discreta, multitud.
Pero, por otra parte, magnitudo puede dejar de oponerse y no distinguirse de multitudo, en cuanto que ambas 'quantitates' son 'magnitudines'.
Y lo mismo puede decirse de μέγεθος respecto de πλῆθος.
Es decir, que magnitudo y μέγεθος expresan dos conceptos: la magnitud del individuo y la magnitud de un conjunto de individuos, en particular el bien organizado.
Y en esa doblez reside su ambigüedad, característica del término no marcado de una oposición privativa, que es capaz de expresar dos de los tres valores: el contrario al del término marcado y el genérico que supera la oposición: magnitudo // multitudo / magnitudo:'magnitud' //'multitud' ('gran número') /'magnitud' ('tamaño individual'):'indiferente a contarse' //'contable' /'incontable':'genérico' //'positivo' /'negativo': μέγεθος // πλῆθος / μέγεθος10.
A la vista de lo que observamos, p. ej., en el diccionario de Liddell y Scott (1996, s. uu.), μέγεθος reúne los valores de 'estatura o tamaño individual' y 'magnitud colectiva'.
Es más, su contenido se define como «greatness, magnitude, opp. πλῆθος»; este segundo sustantivo expresa, a su vez, el concepto marcado de'great number, multitude'.
El valor genérico 'magnitud' de μέγεθος lo hemos visto en (8) y la polarización de μέγεθος con el contravalor'tamaño, magnitud individual', respecto de πλῆθος 'multitud', puede observarse en cualquier empleo en que concurran los dos sustantivos11.
Así en (10), donde el genitivo no es un plural colectivo; esto es, no se trata de la magnitud de sucesos en su conjunto, sino del tamaño de cada suceso, además de su multitud:
I 39.7).... por la magnitud y multitud de sucesos adversos...
Por tanto, μέγεθος indica, además del 'tamaño individual' o 'cantidad continua', la noción genérica de 'magnitud', con indiferencia a que sea 'continua' o 'discreta'; pero sobre todo si no es tan discontinua, debido al sentido de unidad e integración de sus elementos discretos.
Tal condición se cumple mejor en la unidad táctica de los elefantes indios que en la de los africanos.
Estos eran individualmente más grandes, pero estaban menos unidos.
Aquellos, en cambio, constituían una magnitud (μέγεθος) más numerosa y cohesionada, por lo que salió vencedora en el enfrentamiento.
La magnitud de los elefantes indios en la batalla de Magnesia
Mientras Polibio se atuvo al valor neutro o genérico de μέγεθος, indiferente a la talla y al número, según hemos expuesto, los historiadores griegos y romanos posteriores se atienen al tamaño superior de los elefantes asiáticos sobre los africanos; con lo cual insisten en los valores polarizados de μέγεθος y magnitudo ('tamaño individual') y de πλῆθος y multitudo ('multitud') o de los adjetivos correspondientes.
Así, Diodoro Sículo, inspirándose en Megástenes, atribuye a la gran fertilidad de la India la ventaja de sus elefantes en número y fuerza física (II 16.4) o en número, tamaño y fuerza, de manera que es el país que «cría el mayor número de elefantes y los más grandes»: καὶ πλείστους δὲ καὶ μεγίστους ἐλέφαντας ἐκτρέφει.
Los romanos se enfrentaron también con escasos elefantes africanos a numerosos elefantes indios en la batalla de Magnesia (190 a.
El ejército comandado por el cónsul Lucio Escipión, asesorado por el Escipión vencedor en Zama, derrotó al de Antíoco III, el mismo rey seléucida vencido en Rafia.
Apiano de Alejandría (XI 31), refiriéndose a la poca utilidad de los elefantes africanos en esta batalla, dice que fueron colocados en la retaguardia de las tropas romanas, «por ser menos en número y de menor tamaño, cuales propios de Libia (pues los más pequeños temen a los más grandes)»: ὀλιγωτέρων τε ὄντων καὶ βραχυτέρων οἷα Λιβύων (δεδίασι δ' οἱ σμικρότεροι τοὺς μείζονας).
Un texto de Tito Livio (cf. 3) sobre la misma batalla de Magnesia podría presentar dudas de interpretación.
Puesto que parece tener en cuenta el de Polibio, conviene comprobar en qué medida se acerca o se aparta de él:
[Los romanos] colocaron los dieciséis elefantes detrás de los triarios en la retaguardia; pues aparte de que parecía que no podían hacer frente a la multitud de los elefantes regios, que eran cincuenta y cuatro, ni siquiera con igual número los africanos resisten a los indios, sea porque se ven vencidos por su tamaño (pues estos son muy superiores), sea por la fuerza de su ímpetu.
En este fragmento, con el que coincide el relato de Apiano, Livio primero señala la desproporción cuantitativa entre unos y otros elefantes: dieciséis frente a cincuenta y cuatro.
Pero sobre el concepto numérico (multitudo) pone de relieve el de magnitud: aunque fueran el mismo número, también habrían vencido, bien por su tamaño (magnitudo) o bien por la fuerza de su ímpetu (robur animorum).
La precedencia del término positivo (multitudo) invita a ver en magnitudo el negativo con el valor polarizado de 'tamaño individual', en vez del genérico de 'magnitud colectiva'.
El sentido físico de 'tamaño' es confirmado tanto por el paréntesis que sigue a magnitudine (longe enim illi praestant) como por la disyuntiva (siue... siue...) que contrapone el sentido anímico y evita la hendíadis copulativa de 'magnitud' y 'fuerza', presente en el texto polibiano.
Por lo que respecta a otros autores latinos, ninguna duda hay sobre el concepto físico de 'tamaño' en los empleos siguientes de magnitudo en Plinio el Viejo (12) y Quinto Curcio (13), referidos a unos y otros elefantes.
Y la razón es que tanto los escritores romanos como los griegos, a excepción de Polibio, cuando comparan los elefantes indios con los africanos, piensan en la subespecie norteafricana, tan empleada por los cartagineses y, efectivamente, inferior a la india.
La referencia posterior de Julio Solino a los elefantes mauritanos ( 14) no deja lugar a dudas:
Los [elefantes] de África sienten pavor ante los de la India y no se atreven a mirarlos de frente, pues los de la India son también de mayor tamaño.
Los elefantes [de la India] tienen mayor fuerza que los que suelen domar en África; y a sus fuerzas corresponde el tamaño. ( 14) Indicos elephantos Mauretani [elephanti] timent (Sol.
Los elefantes de Mauritania [Tingitana] temen a los indios.
La superioridad combativa de los elefantes indios sobre los africanos era una realidad bien conocida.
La sólita explicación de que ello era consecuencia de su mayor tamaño es válida en el caso de la batalla de Magnesia.
En este sentido se entiende el sustantivo magnitudo en Livio (11) y el paréntesis en que lo glosa:...magnitudine (longe enim illi praestant).
Apiano emplea la misma fórmula aclaratoria, para insistir en el temor de los inferiores: «(pues los más pequeños temen a los más grandes)».
En cambio, Polibio en el texto (4) de la batalla de Rafia inserta dos incisos diferentes, que vienen a discernir lo que es experiencia común de lo que es juicio particular del historiador.
Cuando dice que «es habitual» (ὅπερ ἔθος ἐστὶ) que los elefantes africanos se asusten, enuncia el hecho conocido.
Pero el motivo por el que huyen (καταπεπληγμένοι τὸ μέγεθος καὶ τὴν δύναμιν, ὥς γ' ἐμοὶ δοκεῖ: «aterrados por la magnitud de su potencia, según me parece a mí») lo presenta como opinión particular.
¿No se separa ahí el autor de la opinión común sobre el mayor tamaño de los elefantes indios?
Por su referencia personal, este inciso difiere también de los mencionados de Tito Livio y Apiano, que se limitan a corroborar algo sabido.
Por lo demás, está claro que los elefantes de sabana reaccionaron ante el empuje de los indios lo mismo que solían hacer los norteafricanos.
Polibio, natural de Megalópolis, debía tener buena conciencia de que lo 'pequeño' no deja de ser una magnitud de lo 'grande' y que la reunión de 'muchos pequeños' puede dar lugar a una magnitud superior.
Sin duda, conocía bien la opinión tradicional, pero no se adhiere a ella, porque en este caso debía tener información precisa sobre el mayor tamaño de los elefantes africanos y quizá de su procedencia diferente.
La campaña de Ptolomeo III, con una tropa de elefantes eritreos, por amplias zonas de Asia durante la tercera guerra siria debió de ser buena ocasión para comparar la diferencia de tamaño de unos y otros elefantes, especialmente después de capturar los elefantes indios de Seleuco II.
En todo caso, Polibio aplica μέγεθος a los elefantes indios con el valor neutro o genérico de 'magnitud', como primer miembro de la hendíadis que da el sentido de 'magnitud de potencia', de superioridad combativa de la unidad táctica.
En conse-cuencia, hace caso omiso de la intrascendente talla individual de unos y otros elefantes, pues ni la afirma, como otros historiadores, ni necesita desmentirla.
En suma, el dato histórico de que los Ptolomeos se proveían de elefantes eritreos y el reciente estudio genético del equipo de Brandt et al. 2014, en el que se prueba que la población de elefantes que subsiste en Eritrea pertenece a la especie de sabana, son los dos motivos que han impulsado nuestro trabajo.
En ellos hemos encontrado el adecuado fundamento científico para proponer nuestra explicación lingüística.
Averiguadas la procedencia y la especie de los elefantes ptolemaicos, se reafirma la presunta falsedad polibiana de atribuir a los indios mayor tamaño que a los africanos de sabana.
De ahí la insistencia de Charles 2016 en mantener la intervención de la subespecie norteafricana, inferior a la india, en la batalla de Rafia, con tal de exonerar a Polibio de un craso error.
Nosotros hemos explorado la vía lingüística, inusitada en esta cuestión batallona, y en ella hemos encontrado base argumental suficiente para exculpar a Polibio de semejante imputación.
La ambigüedad a que dan lugar las dos expresiones para tres valores, dentro de una oposición privativa, no es un asunto baladí.
En la polisemia de la palabra griega μέγεθος, análoga a la de magnitudo, se halla la clave para resolver la cuestión histórica de la magnitud de los elefantes indios en la batalla de Rafia.
No se trata, pues, del tamaño corporal de los elefantes, sino de la magnitud del cuerpo militar elefantino.
En realidad, los asiáticos eran de tamaño inferior a los africanos de Ptolomeo IV; pero su mayor número y mejor adiestramiento hicieron de ellos una 'magnitud' tácticamente superior, de suerte que, siendo más pequeños, no tuvieron dificultad en derrotar a los más grandes.
Nadie parece haber reparado en las diversas referencias que puede tener el valor no marcado del significado 'magnitud' en μέγεθος.
Mediante el uso de este sustantivo abstracto, Polibio se olvidó del tamaño concreto de unos y otros elefantes, para destacar la superioridad combativa del contingente indio.
La complejidad significativa de la palabra ha pasado inadvertida a antiguos y modernos, menos al escritor griego que procuró ser preciso en la delimitación de su ambigüedad y fiel a la realidad que describía.
Al menos, él supo entender cómo se traban los conceptos de magnitud y multitud y en qué consistía la 'magnitud' de los más pequeños y numerosos. |
contenido es próximo al de Botorrita I, estudiada en dos ocasiones anteriores por el autor.
En este trabajo discute interpretaciones suyas y otras de F. Villar y C. Jordán, reafirmándolas o corrigiéndolas, según los casos.
Insiste en que tiricantam es el nombre del robledal sagrado (berkunetakam) en el que estaba la sede del senado de las tribus de la confederación de Contrebia Belaisca.
Acepta turuntas 'torrente' y se detiene en los términos agrarios y ganaderos de ambas tablas que se perpetúan en el actual nombre Botorrita < *G w oto-pr1⁄2 tom 'vado de las vacas': el vado sobre el Huerva antes de subir a la acrópolis donde estaba la casa del senado que redactaba las estipulaciones sobre el acceso y uso del recinto sagrado.
Palabras clave: Botorrita, bronce IV; Botorrita, etimología; vacuno en Botorrita; senado de Botorrita; Contrebia Belaisca; robledal de Botorrita.
La reciente publicación de Francisco Villar y colaboradores en que editan y estudian el IV Bronce de Botorrita 1 me mueve a presentar algunas notas interpretativas.
Y ello porque ya en ocasiones anteriores me ocupé del
«Aportaciones a la interpretación del bronce de Botorrita», en Jordá, F. et alii (edd.), Actas del I Coloquio sobre lenguas y culturas prerromanas de la Península Ibérica, Salamanca, 1976, pp. 25-47; «Propuestas para la intepretación de Botorrita I», Emerita 63, pp. 1-17;«The Celtiberic Verb», en Festschrift Kury3owicz, Cracovia, 1996, pp. 447-453.
3 Los tres trabajos mencionados en la nota 2 no figuran en la bibliografía del nuevo libro (p.
Vaya por delante que se trata de una publicación excelente, que lanza luz sobre el conjunto arqueológico y sobre las inscripciones en general y ésta en particular.
Pero siempre quedan cosas por sugerir: lo haré o apoyando interpretaciones mías anteriores o proponiendo otras nuevas.
Voy a dividir este trabajo en dos partes.
En la primera iré estudiando palabras y grupos de palabras del nuevo bronce; en la segunda trataré de obtener algunas conclusiones generales.
En una y otra, inevitablemente, he de hacer referencia a interpretaciones mías de Botorrita I: o no tenidas en cuenta en el nuevo libro o reencontradas por los autores del mismo 3; y, por supuesto, a las de Villar y Jordán (en adelante V.-J.) en los dos artículos del libro que me interesan especialmente en este contexto: los titulados «Comentario Lingüístico: Fonética, Morfología, Semántica» y «Consideraciones generales sobre el contenido del IV bronce de Botorrita».
Hago algunas observaciones previas.
No intento un estudio total del bronce: solo aporto interpretaciones parciales.
Y sigo el nuevo sistema de transcripción (s en vez de oe, z en vez de s, k en vez de c, b en vez de p), aunque hago notar que, en todo caso, la sonoridad de todas las transcripciones de las oclusivas es ambigua y que las nuevas transcripciones de las silbantes no implican automáticamente que se descarten antiguas y bien probadas etimologías como zizonti (leído antes sisonti) de *sisonti.
Organizo mi comentario siguiendo las distintas líneas de las caras A y B; el fragmentar el comentario en nombres, pronombres, conjunciones, adverbios y verbos, como hacen V.-J., me parece poco práctico.
A 1 tam: tirikantam: entorkue: toutam Me resulta correcto entender tirikantam como un topónimo (un trifinium) de tema en -nt (en el nuevo bronce hay un G. tirikantos) determinado por un 4 Véase en el libro citado el estudio arqueológico de Ma Antonia Díaz Sanz y Manuel Ma Medrano, p.
13 ss., así como los planos y fotografías.
tam roto; el que se refiera a los tres montículos de la zona arqueológica, es sugestivo.
Ahora bien, he de llamar la atención sobre I 1 tirikantam berkunetakam, estrictamente paralelo, que es estudiado en p.
Me congratulo de que V.-J. coincidan conmigo (cf. mi artículo 1995, p.
3 ss.) en que hay que partir de *perk w neta, con asimilación de la pa la labiovelar interior, como en lat. quercus, coquo, quattuor (galo petru-), quinque (galo pinpetos).
Es la primera vez que, tras mi propuesta, esto se admite.
Pero sigo creyendo que berkunetaka es una sustantivación del adjetivo y que es, en realidad, un lucus o témenos, un bosque o recinto sagrado: simplemente, tirikanta es el nombre de ese recinto sagrado, al que se refieren las estipulaciones que siguen.
Es correcta la traducción de entorkue: toutam por intra ciuitatem.
Y pienso que en el espacio perdido al fin de esta línea y comienzo de la siguiente (o en algún lugar posterior) debería hallarse el mismo nelitom "no sea lícito" de I o algo equivalente.
A 2 sua kombal [.]z: bouitos: ozeaum: + Apunté en mi trabajo anterior, apoyado en la bibliografía, que el comienzo debe traducirse "así el senado": I y IV coinciden.
P.J. solo hablan de sua.
134 del tokoitoskue: sarnikiokue de I, que determina en G. el robledal: para ellos son topónimos, para mí y autores anteriores como Meid, teónimos.
La palabra que sigue, bouitos, recuerda evidentemente el boustom 'establo' de A 4, pero V.-J. prefieren entenderlo como un compuesto con -ito 'camino'.
No es imposible, dado que va en N. sg. y está seguido de un ozeum que es probablemente un relativo.
Sería "el camino de las vacas", hay otros caminos de que se habla en I. De la importancia del ganado bovino en Botorrita hablan no solo el boustom citado, también los restos arqueológicos de tenerías junto al río Huerva, al pie de Botorrita 4, y el mismo nombre de la población, véase más abajo.
A 3 turuntas: tirikantos: kustai: bize+ Aquí solo puedo apuntar que la interpretación de la primera palabra como 'río','torrente' me parece muy verosímil.
No sé si sería demasiado arriesgado añadir que "el río Tiricant" debe de ser el Huerva: el topónimo dado el nombre al río, cosa frecuente.
Que este G. determina a kustai lo ven bien los autores, que comparan con razón el G. sailo dependiente de kusta en I A 5.
Pero sobre kustai se limitan a recoger varias propuestas que lo relacionarían con 'salvar' o 'regar': no conocen la mía.
Propuse, en efecto, entender el kusta de I A 5 como 'guardián' y también aduje 7-8 kustaikos... kuati "el guardián... guarda".
Parece clara la relación con el lat. custos.
Kusta puede ser un abstracto o colectivo convertido en concreto, significando 'el guarda'.
Hay una pequeña dificultad en la diferencia kustai (IV) / kusta (I).
Para el primero se propone el D. o L., pero la analogía de los dos pasajes (I sailo kusta bizetuz / IV tirikantos kustai bize+) nos hace ver en ambos casos la serie G. + N. + verbo.
Esto implica que kustai sea un N. pl.: desde el momento en que conocemos en celtibérico un pl. -oi de la segunda declinación no puede extrañar un -ai de la primera, aunque no esté documentado (tampoco otro).
Ahora bien, ¿cuál es el verbo de estos sujetos?
En I es bizetuz, en IV un bize+ que nuestros autores piensan (p.
127) que podría ser igualmente bizetuz, sin que se atrevan a dar interpretación.
Yo quiero recordar que existen propuestas concretas, que se apoyan en las hechas para otras palabras de la misma raíz: las hay mías, apoyadas en otras anteriores de Meid 5.
Esas otras palabras son usabituz (A 5 camanom usabituz), tinbituz (A 5), imperativos; y bionti y robiseti (A 7-8), nebintor (A 10).
En definitiva, sin referirme a propuestas concretas, en términos generales acepté la tesis de Meid: son derivados de *bhei'cortar, partir', con especializaciones como'abrir (un camino)' o 'segar'.
Habría que proponer lo mismo, en IV, para atibion, que V.-J., p.
120 s., se limitan a considerar un imperfecto: sin duda con razón y se comprende que no aventuren hipótesis de sentido, porque el contexto no ayuda.
Pero en conjunto hay que proponer ese sentido de 'cortar' o derivados, también para el *bizetuz de IV, que no puede sino repetir el uso del bizetuz 6 Cf.
Estudios sobre las sonantes y laringales indoeuropeas, 2a ed., Madrid, 1973, p.
181 ss. de I. Merece al menos ser recordada mi hipótesis para este, basada en el sentido propuesto para bi-: ozas sues... custa bizetuz (impvo. de fut.) podría ser una orden al guardián para que sacrificara un número determinado de cerdos.
A 4 a: karalom: aranti: otenei: ambi++ No me atrevo a opinar sobre karalom, en que V.-J. ven un topónimo.
Pero sí sobre aranti, que para mí es 'aran'.
Me apoyo en una etimología indoeuropea bien clara y en I A 10, donde he entendido el ios urantiomue auseti aratimue tekametan tatus como "el que queme el urantiom (?: es «Weideland» para Meid) o la tierra sembrada, que pague una multa".
122 ss., proponen varias hipótesis a partir de *doo, *deo o *dheo.
La primera forma es, para mí, la que está en I 8 tatuz; no veo posibilidad, en tizatuz, a ninguna de las tres raíces.
A mí se me ocurre otra, una forma aorística sigmática de *tei 'pagar', un impvo.'que pague' (cf. gr. teisátw).
Tiene que ver con las estipulaciones en I sobre pago de multas o derechos, cf. mi artículo 1995, p.
124) proponen un preverbio to y tres posibilidades de raíces verbales que comienzan por reu-.
Pero hay una raíz indoeuropea mucho más próxima: *terH w 'atravesar', que podemos ver, por ejemplo, en lat. intrao ui, ai. taruté.
Ahora bien, ¿quiénes son los stoteroi que 'atraviesan'?
V.-J. proponen la raíz *stao / st@ @ @ @: aducen ai. sthao tar, lat. stao tor, gr. statÉr, cuyo equivalente micénico estaría aquí tematizado e iría en N. pl. Esto es sugestivo, pero queda, naturalmente, el problema del vocalismo.
A este respecto yo querría recordar lo que escribí hace tiempo 6 sobre vocalismos alternantes de las vocales largas.
Se trataría o bien de simple analogía con las alternancias de las vocales breves, o bien de grupos o-H (con
Menos verosímil es operar con los pronombres deícticos o demostrativos so, to (quizá sujeto y complemento, cf. J. A. Berenguer, Estudios sobre las partículas indoeuropeas con base consonántica y laringal, Madrid, 2000, p.
143 ss.) y el sufijo contrastivo -tero: "los unos lo atraviesan". cualquier laringal) que en pronunciación disilábica se mantuvieron intactos (frente a la monosilábica en que la vocal se alarga y toma el timbre de la laringal que sigue) y luego alargaron la vocal manteniendo su timbre: frente a tí-qh-mi < *tí-qeH-mi, *qo-Hmój produciría analógicamente qw-Hmój y luego qwmój.
Existen numerosos ejemplos en varias lenguas indoeuropeas, también en griego, véanse en el lugar citado.
En griego, concretamente, hallamos formas con w de raíces con a: por ejemplo, stoá (< stwiá) junto a 1sthmi.
Toda la vida de Contrebia Belaisca, donde está hoy Botorrita, se organizaba en torno al río Huerva, quizá Turunt-: ya he hablado del "establo", del 'camino de las vacas' y de las tenerías, véase más abajo sobre la etimología de Botorrita.
En ese contexto hay que situar a unos stateroi, quizá funcionarios superiores, que atravesaban el río en determinadas ocasiones o circunstancias 7.
El texto de IV es muy fragmentario, pero se refiere al mismo dominio sagrado que I e introduce estipulaciones paralelas.
A veces hay coincidencia exacta.
No creo que haya razón para descartar la interpretación de Meid, retocada y precisada en algunos puntos por mi en mi artículo de 1995.
Se trata de un dominio sagrado llamado tirikanta: quizá el lugar donde coincidían tres tribus o, simplemente,'triangular'.
Es definido como un berkunetaka o 'robledal': ya se conoce el papel sacral del roble en varios pueblos indoeuropeos.
Comprende dos entidades pertenecientes a los dioses tokoit y sarnikio, sus lugares de culto funcionan al tiempo como topónimos.
Sin duda este témenos, el robledal sagrado llamado tirikanta, estaba en los límites de un complejo de tribus, algunas de las cuales son mencionadas: pertenecía a todas ellas.
Ese complejo es sin duda el que ha dado el nombre a Contrebia'con-Véase, en el libro que vengo comentando, el trabajo de Ma Antonia Díaz Sanz y Manuel Ma Medrano, p.
Antes F. Beltrán, «Contrebia Belaisca: Epigrafía e Historia», en Beltrán -de Hoz -Untermann, El tercer bronce de Botorrita (Contrebia Belaisca), Zaragoza, 1996. junto de tribus' (Belaisca, de los Belos o del dios Bel, para distinguirla de otras Contrebias).
Se trata de un dominio sagrado sujeto a estipulaciones muy precisas, pues era también objeto de explotación económica en ciertas condiciones.
Sin duda, en la arx o acrópolis central de las tribus implicadas estaba el témenos sagrado, dependiendo de ellas, a que venimos refiriéndonos.
Meid puso varios paralelos griegos, yo el de Pakijana en Pilos: hay la misma mezcla de lo sagrado y lo para nosotros profano.
Nuestros bronces I y IV dan esas estipulaciones, promulgadas por un senado, sin duda formado por representantes de las tribus de referencia.
Quizá su lugar era la gran casa de adobe en el Cabezo de las Minas (del siglo III a.
Los bronces que recogen sus disposiciones hablan de instalaciones ganaderas y agrarias, de caminos, de retirada de escombros, de prohibiciones, de multas o contribuciones, de cosechas, quizá de sacrificios.
Excuso los detalles: véanse el trabajo de Meid y el mío.
Por supuesto, quedan muchos detalles oscuros.
Pero llamo la atención sobre las huellas sacrales conservadas en aquellos lugares hasta hoy en día 8.
Y sobre que, en definitiva, toda la organización tiene carácter prerromano.
Me parece más verosímil esta interpretación que la que propone una especie de tribunal para dirimir las diferencias entre las tribus de Contrebia 9.
No encuentro huellas de tribus o personas con posiciones encontradas ni de sentencias sobre las mismas.
Quizá el tirikanta berkunetaka era solo parte del Cabezo de las Minas, quizá ocupaba el total.
En todo caso, a su vez solo parte de la confederación de tribus conocida como Contrebia Belaisca.
En cuanto al topónimo Botorrita, que se ha conservado pero que no aparece en los bronces, creo que se refería al vado del río Huerva, que bordea el Cabezo, y a través del cual entraba el camino a la acrópolis.
Un camino esencial, que el bronce I conminaba a dejar siempre despejado.
Cf. sobre todo «Sobre la etimología de Botorrita y su confirmación en la onomástica prelatina», en Villar, F. y Beltrán, E. (edd.), Pueblos, lenguas y escrituras de la Hispania prerromana, Salamanca, 1999, pp. 471-480.
Ma Antonia Díaz Sanz y Manuel Ma Medrano, lug. cit., p.
Es cierto que C. Jordán ha insistido varias veces en una etimología vasca 10 y últimamente se han hecho otras propuestas a partir de Boddus y otros nombres en inscripciones hispano-latinas y de la diosa irlandesa Bodb 11.
Pero un lugar celtibérico no parece adecuado para etimologías vascas y las otras propuestas, hechas de manera tentativa, son demasiado imprecisas.
Me reafirmo en la mía, ya hecha oralmente en un Simposio de la Sociedad Española de Lingüística 12, de que en Botorrita hay un G w oto-pr1⁄2 tom, esto es,'un paso de las vacas', por el río Huerva camino de la acrópolis.
Es la raíz de gr. póroj, lat. portus, ingl. ford, etc.: hay que comparar el Bósporoj griego o el Oxford inglés.
Ya he recordado la importancia esencial de la ganadería bovina en la antigua Botorrita: su establo, su 'camino de las vacas', sus cercados (sin duda para el ganado) que se construían ilegalmente: y, sobre todo, las tenerías junto al río, que los arqueólogos han descubierto.
C. Y junto a ellas hay restos de un puente romano o prerromano 13 que llevaba tanto a la acrópolis como al actual lugar de Botorrita.
Era esencial, se comprende, que hubiera un paso para las vacas desde el llano a la acrópolis.
En suma, insisto, creo que nos hallamos ante una confederación de tribus y ante su acrópolis entre lugar de culto común y establecimiento agrario y sobre todo ganadero.
Allí se estabulaban las vacas que llegaban de las tribus por el puente o vado; sus pieles eran curtidas junto al río, en las tenerías.
Y el senado de representantes de las tribus, los kombalkes, que estaba a cargo de la organización jurídico-religiosa y económica del conjunto, allí tenía su sede. |
This approach is also helpful to transpose ancient meditations upon democracy to contemporary contexts not because ancient and contemporary democracies look similar, but because those meditations are constituent Siguiendo el enfoque enactivo aplicado por Popova (2015) a la narrativa, esta investigación se centra en dos grupos de metáforas en torno a las cuales Heródoto organizó sus percepciones sobre isonomia y demokratia: el cognitivo y el pragmático.
En lugar de destacar las diferencias entre isonomia y demokratia, deseamos evidenciar interacciones acumulativas entre ambos conceptos, un proceso que nos permite dar sentido a una -demokratia -a través de la otra -isonomia.
Este enfoque también es útil para transponer meditaciones de la Antigüedad sobre la democracia a contextos contemporáneos, no porque las democracias antiguas y contemporáneas sean similares, sino porque esas meditaciones son Isonomia, demokratia, and Enaction in Herodotus* |
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Eurípides tiende a utilizar en sus tragedias adjetivos compuestos que están cargados de significado pero, en ocasiones, dado que los lexemas que los componen pueden tener distintos sentidos, resulta difícil interpretarlos determinando todos aquellos matices que pueden implicar y que resulta importante conocer y plasmar en la traducción, en la medida de lo posible.
Este trabajo se ocupa de dos de ellos que aparecen en Bacantes y sobre cuya traducción e interpretación no hay acuerdo entre los estudiosos: ἡλιόβλητος y οἰνωπός.
04.1918 En las siguientes páginas voy a centrarme en dos de estos adjetivos compuestos que aparecen en las Bacantes de Eurípides y que han sido traducidos e interpretados de distintas formas: ἡλιόβλητος y οἰνωπός.
Ambos han dado y continúan dando problemas a la hora de interpretar los pasajes de dicha tragedia, y los traductores actuales siguen sin ponerse de acuerdo en su significado.
Para intentar aclararlo o, al menos, arrojar luz respecto a cuál podría ser el significado más probable, observaré las ocasiones relevantes en que tenemos atestiguado cada uno de estos adjetivos fuera de Bacantes con el objeto de determinar si su sentido es el mismo en todos los casos o si se han producido cambios semánticos, y de aclarar algunos de los posibles matices que quedan difusos en las traducciones.
Este adjetivo está compuesto de un primer lexema de la raíz de ἥλιος 'sol' y otro formado a partir de la raíz de βάλλω, verbo que tiene variedad de significados, como 'lanzar','tirar' o 'expulsar', pero, en muchas ocasiones y desde los textos más antiguos, con un matiz de violencia añadido, pues, por ejemplo, es el verbo utilizado para describir el lanzamiento de proyectiles y la acción de alcanzar o herir con ellos a alguien 1.
Por otro lado, -βλητος es una formación sobre el tema en grado ē (-βλη), que se utiliza en varios temas del verbo y aparece también en diversas formas nominales 2, y al que en este caso se ha añadido el sufijo -τος para formar el adjetivo verbal βλητός, que aparece tanto de manera independiente como en composición.
El adjetivo ἡλιόβλητος únicamente está atestiguado en dos ocasiones por dos autores distintos y bastante distanciados en el tiempo: Eurípides (Ba.
En este último tiene el sentido claro de 1 Con acusativo del proyectil lanzado lo encontramos p. ej. en Hom., Il.
Con acusativo de persona y dativo del proyectil p. ej. en Hom., Il.
DGE s. u. βάλλω, especialmente el apartado "A tr. c. idea de violencia".
3 El pasaje de Eurípides donde aparece el adjetivo ἡλιόβλητος (Ba.
14) es citado por dos autores posteriores que recogen la misma expresión (Περσῶν ἡλιοβλήτους πλάκας) sin apenas ninguna variación (Estrabón incluye la partícula θ' delante del adjetivo): Str.
1588.'quemado por el sol' pues, al hablar del poderoso veneno de la raya, señala que, si su aguijón es clavado en el tronco de un árbol sano, este queda totalmente dañado: δένδρῳ τῷ μεγίστῳ καὶ πάνυ εὐθαλεῖ καὶ εὐερνεῖ καὶ λίαν τεθηλότι τὴν χλόην εἰ προσαγάγοις τὸ κέντρον καὶ νύξειας τὸ δένδρον, οὐ μετὰ μακρὸν ἐκβάλλει τὰ φύλλα· καὶ ἐκείνων καταρρεόντων ἐς τὴν γῆν τὸ πᾶν πρέμνον αὐαίνεται καὶ ἔοικεν ἡλιοβλήτῳ.
Al árbol más grande, esplendoroso, floreciente y frondoso en cuanto a su follaje si le aplicas el aguijón y se lo clavas, no mucho después pierde las hojas.
Y, una vez que estas han caído al suelo, todo el tronco se seca por completo y parece como si hubiera sido abrasado por el sol (Ael., HN VIII 26).
Claramente el adjetivo tiene un valor intensivo y negativo, que implica cierta violencia, pues describe el efecto del veneno sobre el árbol, cuyo tronco queda tan seco 'como si hubiera sido abrasado por el sol' (ἔοικεν ἡλιοβλήτῳ).
No es que simplemente el sol caliente el árbol con sus rayos, sino que lo hace en exceso hasta dejarlo casi consumido.
La idea de 'golpear' o 'herir' que, como he señalado, el verbo βάλλω tiene en algunos contextos, se mantiene en este caso, aunque figuradamente aplicada a los rayos del sol como si fueran un proyectil capaz de causar daño.
En el pasaje de Bacantes, el adjetivo aparece para calificar las mesetas de los persas que Dioniso ha recorrido, además de otros muchos lugares de oriente, junto con su séquito, con el objetivo de instaurar su culto antes de llegar a la primera ciudad de Grecia donde lo hará, Tebas: λιπὼν δὲ Λυδῶν τοὺς πολυχρύσους γύας Φρυγῶν τε, Περσῶν ἡλιοβλήτους πλάκας Βάκτριά τε τείχη τήν τε δύσχιμον χθόνα Μήδων ἐπελθὼν Ἀραβίαν τ' εὐδαίμονα Ἀσίαν τε πᾶσαν ἣ παρ' ἁλμυρὰν ἅλα κεῖται μιγάσιν Ἕλλησι βαρβάροις θ' ὁμοῦ πλήρεις ἔχουσα καλλιπυργώτους πόλεις, ἐς τήνδε πρώτην ἦλθον Ἑλλήνων πόλιν Tras dejar atrás los campos ricos en oro de los lidios y los frigios, y tras recorrer las mesetas de los persas golpeadas por el sol, las murallas bactrianas, la cruda tierra de los medos, la rica Arabia y toda Asia, que yace junto al mar salado con ciudades de hermosas torres llenas de griegos mezclados junto con extranjeros, esta es la primera ciudad de los griegos a la que he llegado (Ba.13-20).
En muchas traducciones y comentarios4 de Bacantes se entiende que, de una manera neutra, Eurípides hace referencia a las 'soleadas' mesetas persas, desproveyendo al adjetivo de cualquier matiz negativo de exceso o, incluso, entendiéndolo de manera positiva5.
Así parece señalarse también en LSJ, que, aunque acepta una traducción diferente, con matiz de exceso, para el texto de Eliano, sin embargo para el sentido de este adjetivo en Eurípides remite a ἡλιόβολος, que evidentemente está formado a partir de las mismas raíces que ἡλιόβλητος. ἡλιόβολος es un hápax que solo está atestiguado en Teofrasto (CP IV 12.3) al que LSJ da la traducción de 'soleado','expuesto al sol' 6, sin embargo, si observamos atentamente el texto de Teofrasto, allí el adjetivo parece tener el mismo sentido de exceso que tendría ἡλιόβλητος, pues no se refiere simplemente a lugares soleados, sino a zonas donde el sol aprieta en demasía haciendo que la tierra sea seca: συμβαίνει γὰρ τὰ μὲν ἐν τοῖς ἀλεεινοῖς καὶ διακόπροις καὶ λεπτογείοις καὶ ἡλιοβόλοις κούφην τε τὴν τροφὴν καὶ εὐκατέργαστον ἔχειν ὥστε καὶ τὰ ξυνιστάμενα μανὰ καὶ μαλακὰ γίνεσθαι.
Pues sucede que las (plantas) en (terrenos) cálidos, bien abonados, ligeros y demasiado soleados dan alimento liviano y fácil de cocinar de modo que los productos que se forman son de textura abierta y blandos (Thphr., CP IV 12.3).
Λεπτογείοις se refiere a terrenos cuya tierra es ligera, suelta y bastante seca, por lo que ἡλιόβολος, previsiblemente, marca también aquí esa idea de
Estas tierras ligeras y secas (por lo tanto expuestas al sol en demasía) son buenas para algunos cultivos, por ejemplo para la alcaparra, como el propio Teofrasto indica en otros pasajes7.
Así, volviendo al verso de Bacantes, en mi opinión, es muy posible que ἡλιόβλητος tenga ese matiz de exceso, que encontramos en Eliano: son mesetas donde el sol se abate con fuerza, de manera abrasadora.
Contrastaría así con la alusión que se hace poco después a las tierras medas, donde el clima es excesivamente frío.
Con ello indicaría que el culto a Dioniso se ha extendido por todas las zonas fuera de Grecia, incluso las de clima más extremo.
Por otra parte, todo esto no implica que Persia no sea un lugar rico como lo eran Lidia y Frigia.
Pero en esta descripción a Eurípides lo que le interesa resaltar es el exceso de la fuerza del sol en contraste con el clima helador de tierras como las medas: a Dioniso no lo ha detenido ningún factor extremo del clima.
Por otro lado, podemos señalar otros compuestos semejantes al que aquí nos ocupa donde el primer lexema se corresponde con un elemento natural y el segundo es igualmente -βλητος: es el caso de ἁλίβλητος, que solo tenemos testimoniado en Eurípides (Supp.
80), y cuyo significado es 'batido' o 'golpeado por el mar', que conserva el matiz de violencia 8.
A este podemos añadir el adjetivo κεραυνόβλητος 9,'fulminado', y διόβλητος 10, que en una de sus acepciones significa también 'golpeado por el rayo','fulminado' o, más literal,'golpeado por Zeus', es decir, por su rayo.
En ambos casos el matiz de violencia está presente.
También están testimoniados 11 otros compuestos semejantes cuyo primer lexema procede del nombre de un dios, Ártemis o Apolo, puesto que ellos son los dioses flechadores y a quienes se atribuía la muerte, más o menos repentina, de mujeres y hombres respectivamente por la acción de sus dardos.
En todos estos casos en que el adjetivo se relaciona con un dios parece estar implícita la acción de lanzar un arma arrojadiza que, como he señalado, es una de las más importantes acepciones de βάλλω: en el caso de Ártemis y Apolo claramente son sus flechas, ya sea entendidas en sentido literal o figurado; en el caso de Zeus es también su arma arrojadiza por excelencia, el rayo.
Por lo tanto no sería raro entender, de manera figurada, los rayos del sol como el 'arma arrojadiza' con la que el astro hiere las mesetas de los persas haciendo que en ellas haga un calor abrasador.
Este adjetivo se compone en su primer elemento de la palabra οἶνος,'vino', y en el segundo de una forma derivada de la raíz de ὄπωπα, que se relaciona con la acción de ver.
De esta raíz derivan substantivos como ὄμμα, ὤψ u ὄψις que significan, entre otras acepciones, tanto 'ojo' por ser el órgano de la presenta Diggle, pues, al tratarse de una metáfora referida al llanto incesante que produce el dolor por la pérdida de un hijo, parece más apropiado hablar del continuo gotear de una roca golpeada por el mar tal como la madre es golpeada por la desgracia al morir su hijo.
9 11 Ἀπολλωνόβλητος y Ἀρτεμιδόβλητος son hápax solo atestiguados por Macrobio (Sat.
I 17.11) para referirse al nombre que reciben aquellos hombres y mujeres que mueren repentinamente por una enfermedad, pues se atribuye a la acción de las flechas de Apolo y Ártemis respectivamente; además, en el caso de Ἀπολλωνόβλητος lo pone al mismo nivel que ἡλιόβλητος puesto que Apolo y el Sol se identifican como una misma divinidad.
Lo mismo hace con Ἀρτεμιδόβλητος y σεληνόβλητος por su identificación con la Luna.
Además, cabe señalar que Calímaco utiliza el adjetivo simple βλητός para referirse a hombres o mujeres muertos por las flechas de Apolo (Call., Cer.
127); el nombre del dios figura en este último caso de manera expresa como complemento agente. visión, como 'rostro' por referirse a aquello que los demás ven de nosotros, es decir, la 'apariencia' o el 'aspecto'.
El adjetivo del que aquí nos ocupamos presenta la forma tematizada -ωπός, pero también existe la forma en -οψ que es más antigua 12.
Evidentemente el sentido de este adjetivo debe referirse al color bien de los ojos o bien de la piel cuando se aplica a un ser vivo.
236 de las Bacantes Eurípides lo pone en boca del rey Penteo para describir al extranjero que en realidad es Dioniso disfrazado bajo forma humana; lo presenta como un joven exuberante, dotado de gran sensualidad y belleza con las que, según el rey, seduce a las mujeres tebanas: λέγουσι δ' ὥς τις εἰσελήλυθε ξένος, γόης ἐπωιδὸς Λυδίας ἀπὸ χθονός, ξανθοῖσι βοστρύχοισιν εὔοσμος κόμην, οἰνωπός, ὄσσοις χάριτας Ἀφροδίτης ἔχων, ὃς ἡμέρας τε κεὐφρόνας συγγίγνεται τελετὰς προτείνων εὐίους νεάνισιν.
Dicen que ha llegado un extranjero, un hechicero encantador, desde la tierra de Lidia, con una fragante cabellera de rubios rizos, οἰνωπός, con los encantos de Afrodita en sus ojos, que los días y las noches pasa en compañía de las jóvenes tentándolas con los ritos del evoé (E., Ba.
He recogido aquí el texto tal como lo editan Way, Grégoire, Roux, Diggle, Kovacs y Di Benedetto 13, entre otros, siguiendo la propuesta de Barnes para el v.
236, con el adjetivo que nos ocupa entre comas y en nominativo: οἰνωπός, ὄσσοις χάριτας...
Sin embargo Murray, Dodds (aunque este en su comentario aprueba la corrección de Barnes), Tovar y González Merino 14 editan el texto haciendo concordar el adjetivo con χάριτας: οἰνῶπας ὄσσοις χάριτας.
Todo este problema textual está íntimamente conectado con la manera en que οἰνωπός debe ser entendido.
En la primera propuesta el significado de οἰνωπός queda 12 οἴνοψ está ya en Homero: así por ejemplo en Il.
XIII 32 se refiere al color de dos toros.
Se remonta a la forma del micénico wo-no-qo-so testimoniada en las tablillas KN Ch 897, Ch 1015, donde es un boónimo que también alude al color de su piel, cf. Piquero 2017, p.
En la segunda debe referirse exclusivamente al color o brillo de los ojos pues el dativo ὄσσοις indicaría el lugar donde Dioniso tiene las οἰνῶπας... χάριτας; la traducción del v.
236 sería'con el vinoso (i. e. de color vino) encanto de Afrodita en sus ojos', con una marcada hipálage, pues οἰνῶπας, en realidad, debería concordar con ὄσσοις.
Si, como hacen algunos editores y traductores, consideramos correcta esta última posibilidad, se debe señalar que hay atestiguados adjetivos compuestos semejantes al que nos ocupa cuyos significados están relacionados con la coloración o el brillo de los ojos; así, por ejemplo, podemos destacar unos de los más conocidos: γλαυκῶπις y γλαυκώψ 15.
Ambos hacen referencia al destacado brillo o color muy claro, probablemente azul o verdoso, de los ojos de Atenea en el primer caso, pues es uno de sus más conocidos epítetos 16, y de ciertas serpientes mitológicas en el segundo 17.
Habría que plantearse, por tanto, qué color o intensidad de matiz denominaría οἰνωπός / οἰνῶπας en caso de referirse a los ojos 18.
¿Realmente se hablaría de un color de ojos con tonos rojizos o morados como tiene el vino?
Puesto que el adjetivo se aplica a Dioniso (aunque en su forma humana), no sería extraño en tanto que el vino es su atributo principal.
Algunos autores señalan que, en realidad, no es un color concreto sino un grado elevado de intensidad y brillo; puede darse en azules, verdes, rojos y 15 También existe la forma tematizada γλαυκωπός, pero es bastante más tardía y minoritaria: el primero en atestiguarlo es Cornuto (ND 20) y después solo aparece en Eliano (NA XVII 23) y en Eustacio (86.36).
Por otra parte, su significado no está ya relacionado con el color de los ojos.
16 Está atestiguado como epíteto de Atenea ya desde Homero (p. ej. Il.
I 44) y Hesíodo (p. ej. Th.
Ha sido interpretado también como 'de ojos de lechuza', pero parece más acertado considerar que se refiere a la tonalidad de los ojos debido a que el significado de γλαυκός está relacionado siempre bien con el brillo o bien con el color claro o pálido, ya sea verde, azul, gris o blanco.
18 Mientras que γλαυκός existe como adjetivo independiente que denomina color o intensidad y brillo, οἶνος ('vino') es substantivo y su relación con la tonalidad solo se da en algunos de los compuestos: junto al que aquí nos ocupa, hacen referencia al color, además de las formas atemáticas οἶνοψ y οἰνώψ, otros compuestos y derivados con un segundo lexema de una raíz distinta como son οἰνόχρως y οἰνώδης (en una de sus acepciones).
Aristóteles en su tratado Sobre los Colores lo define como la mezcla de negro con cualquier color brillante 20.
Si observamos las ocasiones en que οἰνωπός y οἴνοψ están atestiguados, vemos que solo el atemático οἴνοψ parece referirse en los textos más antiguos casi exclusivamente 21 a un color azul intenso y profundo, cercano al violeta azulado, el de alta mar, y, en menor medida, también quizá a un negro con reflejos azulados cuando, en solo dos pasajes, se refiere a la piel de dos toros 22.
Por su parte, la forma tematizada οἰνωπός la encontramos para calificar el color de la piedra amatista 23 y de las uvas, su jugo y el vino 24, por lo tanto sería un color violeta purpúreo oscuro.
Podría parecer que el azul del mar y el violeta de una amatista o del jugo de la uva son dos colores muy distintos, pero es probable que a ojos de los griegos no lo fueran tanto, pues en ambos casos estaríamos ante un violeta, en el caso del mar, con tonalidades azules oscuras y en el caso de la amatista y el vino, con tonalidades rojizas oscuras.
21 En todas las ocasiones en que la forma οἴνοψ está atestiguada hace referencia o al mar o a los toros, excepto en Nono en sus Dionisiacas, que lo aplica al tirso (p. ej. XIV 304), a la hiedra (p. ej. VII 327), y a las uvas y racimos (p. ej. XIII 7 y XII 95).
Todos ellos son elementos íntimamente relacionados con Dioniso y por ello es muy pertinente calificarlos con un compuesto en que la palabra 'vino' esté presente.
22 Son muchas las ocasiones en que οἴνοψ aparece como epíteto del mar en la expresión formular οἴνοπα πόντον acuñada por Homero (en 10 ocasiones: 4 en Ilíada y 6 en Odisea) y utilizada por otros autores épicos (p. ej. Hes., Op.
Algunos traductores han considerado que en este caso el significado del adjetivo sería 'rojo como el vino' (cf. et.
Mugler 1964 s.u.), sin embargo en mi opinión se estaría haciendo referencia al color violáceo o azul oscuro de alta mar.
Esas traducciones intentan conservar la idea de 'vino' adaptándola a nuestra percepción de los colores, sin embargo, es probable que para los griegos no hubiera una diferencia clara entre el azul oscuro o violáceo del mar profundo y el rojo violáceo del vino tinto oscuro, de ahí que pueda aplicarse al mar ese adjetivo; lo importante no sería el color sino la tonalidad oscura y brillante.
Por otra parte, solo en dos ocasiones (Il.
XIII 32) οἴνοψ se refiere al color de dos toros, pero hay que tener en cuenta que podría tratarse o bien de un color negro azulado, como he señalado, o bien rojizo oscuro, puesto que no son infrecuentes los toros con pelaje de ese tono.
Para su origen micénico v. n.
Sobre el sentido de este adjetivo aplicado a las aguas marinas y su relación con Dioniso cf. Daraki 2005, pp. 51-55.
04.1918 Por otro lado, también hay casos en los que este adjetivo califica a ciertas plantas como la hiedra y el laurel25, por lo que se referiría al verde intenso y oscuro de sus hojas, aunque existen variedades de color rojizo.
Además, hay que tener en cuenta que la hiedra es uno de los atributos vegetales de Dioniso y que, aunque el laurel lo es de Apolo, en el contexto en que aparece (Delfos y el Parnaso) también está presente Baco compartiendo con Apolo la regencia del santuario26.
Se ha considerado que el Dioniso celebrado en Delfos representaría el lado ctonio de Apolo 27 y se le pone en relación con el mito sobre el enfrentamiento de este con la serpiente Pitón por el control del oráculo.
Ello supone identificar a esta con Dioniso, identificación que podría rastrearse en Eurípides a través de la aplicación del adjetivo οἰνωπός a la serpiente 28.
Por todo ello es muy conveniente, casi un recurso poético, la utilización de un compuesto en que uno de sus términos sea el máximo atributo de Dioniso, el vino, para calificar elementos asociados a este dios y su culto.
Por lo tanto, quienes consideran que el adjetivo en el v.
236 de Bacantes se refiere al color de los ojos podrían defender que se trata de una tonalidad oscura y brillante de cualquiera de esos tres colores, rojizo, azul o verde, siendo estos dos últimos más comunes.
Sin embargo, es curioso que οἰνωπός como color de los ojos solo está atestiguado en una ocasión y es bastante dudosa: Aristóteles 29, cuando habla de la relación entre el color de ojos y rasgos dominantes de carácter, en un determinado momento dice que son libidinosos, como las cabras, aquellos cuyos ojos son οἰνωποί, si se sigue la lectura de Hett, o αἰγωποί, si se sigue la de Foerster que parece la más apropiada 30.
Mucho más factible me parece la segunda posibilidad de interpretación del v.
236, según la cual οἰνωπός haría referencia al tono de la piel, en concreto, de las mejillas.
El primer punto de apoyo nos lo ofrece el propio Eurípides también en Bacantes: unos versos después (v.
438) un sirviente describe al extranjero-Dioniso en el momento en que por orden del rey ha acudido a apresarlo y destaca que el 'color vinoso de sus mejillas' no se había alterado (οὐδ' ἤλλαξεν οἰνωπὸν γένυν), no había empalidecido por temor.
Se refiere, por tanto, al rubor, al sonrojo propio de los adolescentes y muchachas que representa la lozanía y juventud, lo que encaja muy bien en la descripción que el trágico da de Dioniso (bajo su disfraz humano) en esta tragedia: un joven, imberbe, con largo cabello rubio y suelto, de piel clara y mejillas sonrosadas 31.
Una apariencia, según Penteo, atractiva para las mujeres, pero desdeñable entre los hombres porque lo hace parecer excesivamente femenino.
Y no es esta la única ocasión en que el adjetivo que nos ocupa se refiere claramente a la coloración de las mejillas: lo encontramos dos veces más en Eurípides, en la Antología Palatina y en Nono 32.
Además hay otros dos testimonios en Sófocles y Teócrito 33 donde el adjetivo, de la misma manera que en el v.
236 de Bacantes, no aparece acompañando a ningún sustantivo que haga referencia a las mejillas, por lo que a veces se ha interpretado que determina el color de la piel en general, como sucede en Hipócrates 34: se trata de un color de piel moreno que se opone al blanquecino (ὑπέρλευκος) y al oscuro (μέλας) como un punto medio entre esos dos tipos.
Sin embargo, en el caso de Bacantes esto no sería posible porque se dice expresamente que su piel es pálida (λευκὴ χροιά, v.
457), lo que según Hipócrates sería incompatible con tener una piel οἰνωπός.
En el caso de Sófocles, dado que se refiere también a Dioniso, podría presentar la misma imagen de un dios de mejillas sonrosadas, que luego recrearía Eurípides en Bacantes, en lugar de moreno o sonrosado de piel, sin embargo no es posible afirmarlo con total seguridad.
En el caso de Teócrito, por el contrario, parece más claro que el adjetivo se refiera al color sonrosado de las mejillas y no al moreno de la piel, pues con él califica a Polideuces que vencerá en una lucha pugilística al fortísimo Amico, quien no lo considera un rival apropiado por su aspecto afeminado 35.
Hemos visto antes cómo en Bacantes Penteo consideraba que el extranjero-Dioniso tenía también una apariencia muy femenina y quizá uno de los rasgos que contribuyan a ella sea el sonrojo de sus mejillas.
En este trabajo he presentado el estudio de dos adjetivos compuestos, ἡλιόβλητος y οἰνωπός, que aparecen en las Bacantes de Eurípides y que han dado lugar a distintas interpretaciones y traducciones.
He recogido y estudiado, además de los pasajes euripideos, las ocasiones más pertinentes en que esos adjetivos aparecen en la literatura griega y he trazado paralelos con otros compuestos semejantes para intentar determinar el verdadero significado que poseen en la mencionada tragedia.
En relación a ἡλιόβλητος he llegado a la conclusión de que no implica solamente que el sol bañe con sus rayos una zona, haciéndola más cálida que el resto, sino que además conlleva un matiz de exceso que indica que la acción del sol es abrasadora, hiriente.
Creo que, para comprender correctamente el pasaje, hay que entender que Persia es mencionada no por su riqueza, que vendría implícita si se considera que está bañada por el sol, sino por la dureza de su clima abrasador, pues el sol la golpea con fuerza, lo que contrasta con el frío helador de los medos.
Así, el sentido del pasaje sería resaltar que ni siquiera el clima más extremo, ya sea por frío o por calor, puede parar el avance de los cultos dionisíacos.
Por otro lado, respecto a οἰνωπός, hemos visto cómo el primer término que lo compone no solo hace referencia al color violáceo del vino, sino también a azules profundos, como el del mar, o, incluso, verdes intensos, como los de las hojas de algunas plantas.
El segundo término, por su parte, puede referirse tanto a los ojos como al aspecto en general y, de ahí, a la piel.
236 de Bacantes, se ha discutido si el adjetivo se refiere al color de los ojos de Dioniso o de su piel, más concretamente de sus mejillas.
Tras analizar todos los testimonios he concluido que lo más creíble es que aluda a eso último, al igual que en Sófocles y en Teócrito, donde el adjetivo también aparece sin ningún indicador en el contexto inmediato que nos pueda ayudar a determinar su sentido y donde generalmente los traductores lo han entendido como el color moreno de la piel.
Conocer si este adjetivo en el pasaje euripideo hace alusión al color de los ojos o al de las mejillas es importante en cuanto a la caracterización física de Dioniso en el s. V a.
C., pues Eurípides es quien presenta una de las descripciones literarias del dios más detalladas de la época clásica, diferente de la caracterización que aparece en la iconografía arcaica, y que influirá en la visión de Dioniso que darán composiciones posteriores puesto que Bacantes es la obra de la Antigüedad que más se ha tomado como punto de referencia para la presentación de Dioniso y del dionisismo. |
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Este trabajo analiza la forma en que la piedad socrática y sus ideas religiosas, en un contexto histórico hostil al filósofo, se enfrentaban con la piedad popular y las creencias religiosas de la polis.
De este modo, el escepticismo de Sócrates hacia los relatos mitológicos, la idea de que existía un único canon de virtud universal, aplicable tanto a las cosas divinas como humanas, y la separación de la piedad y la justicia de la voluntad de los dioses, le llevaron a socavar las bases de la religión griega que se fundamentaban en el temor y respeto a los dioses y en una práctica cultual tradicional que garantizaba la protección de los dioses necesaria para la supervivencia de la comunidad.
Palabras clave: Grecia antigua; Atenas; Sócrates; polis; religión; piedad; impiedad; justicia.
Piedad, impiedad y justicia en la polis (a propósito del Eutifrón de Platón)
1 Acerca de la importancia del juicio contra Sócrates sirvan como ejemplo Stone 1988, p.
Aunque no es necesario postular una única razón, la crítica moderna se ha dividido en torno a las causas de su procesamiento y condena.
En primer lugar, se ha hecho especial énfasis en las motivaciones políticas, esto es, en los elementos antidemocráticos de su pensamiento y la relación con sus discípulos Alcibíades y Critias6.
En otros casos, por el contrario, se ha destacado lo que podríamos llamar los aspectos culturales e históricos, es decir, la situación de la Atenas de la Postguerra y su actitud hacia los intelectuales 7.
Quizás en menor medida, a mi juicio, se han señalado los motivos propiamente religiosos 8.
Platón, testigo directo (y parcial) de los acontecimientos, elaboró una largo y exculpatorio alegato.
De hecho, narró la acusación y el juicio de Sócrates en cinco diálogos.
Así, el Teeteto está dedicado a examinar la vida del filósofo; el Eutifrón se sitúa en el momento de la citación; la Apología se consagra al juicio y defensa de Sócrates; en el Critón, Sócrates rehúsa huir y en el Fedón se relata su ejecución9.
El Eutifrón, el diálogo que aquí nos ocupa, se emplaza entre los primeros diálogos que escribió Platón10 y fue compuesto probablemente entre los años 393 y 389, en el período que llama mos de la Guerra de Corinto11, cuando habían transcurrido ya entre seis y diez años de la condena y muerte de Sócrates.
Es muy posible que las cir cunstancias de la Atenas del momento, enfrentada con Esparta y devuelta a su papel principal en Grecia, crearan las condiciones que posibilitaran sin temor su publicación.
Pero, más allá de la fecha concreta de redacción, que es además objeto de debate, lo que nos interesa, como veremos más adelante, es el año en que se dispone la acción del Eutifrón, como en los otros cuatro diá logos, en 399, de manera que la situación por la que atravesaba Atenas en ese período pudo tener mucho que ver, efectivamente, desde el punto de vista de la arqueopsicología de masas, con la acusación y ejecución de Só cra tes.
En todo caso, nosotros no vamos a intentar aquí indagar pormenori zadamente en su pensamiento filosófico en general, ni en la piedad socrática ni en las creencias religiosas del filósofo, ni en el conjunto de la obra platónica o jenofontea.
Tampoco nos introduciremos en la cuestión socrática, es decir, en la relación entre el Sócrates histórico y el de los Diálogos platónicos aunque, a nuestro juicio, el Sócrates que Platón nos presenta en el Eutifrón pudo estar mucho más próximo al personaje histórico que en el caso de las obras platónicas posteriores12.
Nos centraremos en un único diálogo, el Eutifrón y, sobre todo, en la manera en que la piedad socrática y sus ideas religiosas se confrontaban con la piedad popular y las ideas religiosas comunitarias.
El Eutifrón relata el encuentro entre Sócrates y el adivino (mántis) Eu tifrón, que es mencionado en otra obra platónica13.
Es posible que dicho encuentro fuera ficticio, pero no lo son, ni mucho menos, el lugar en donde se desarrolla el diálogo, en el exterior de la Estoa o Pórtico real del Ágora de Atenas, ni el pretexto que sirve para dar principio a la narración, la vista previa de la acusación (anácrisis), y responden a un acontecimiento rigurosamente histórico: el momento en que Sócrates hubo de presentarse ante el arconte basileús14.
La acción del Eutifrón se localiza, pues, en el Ágora delante de la residencia del arconte basileús, la Estoa Real o Stoá Basíleios, si bien como dice Eutifrón, Sócrates solía frecuentar sobre todo el Liceo (2a).
Esta localización, requerida ciertamente por la citación, no deja de tener sus implicaciones en el plano simbólico.
Estamos en el Ágora, el centro de la vida cívica ateniense, que se disponía sobre una amplia explanada, de forma vagamente triangular, que se extendía a los pies de la colina del Colono Agoreo, entre el Areópago y el río Erídano.
La propia Estoa Real fue descubierta en junio de 1970 e identificada gracias al relato de Pausanias y a tres basas inscritas halladas in situ y que recogen las dedicatorias de distintos arcontes basileis conmemorando su año en el cargo 15.
La Estoa se alzaba al pie de la ladera nororiental del Colono Agoreo, en la encrucijada de dos rutas que, desde el norte y noroeste, convergían en esta zona, y quedaba en un área que se en-contraba más baja del nivel general del Ágora, de manera que su planta se ubicaba a 3,02 m. por debajo de la contigua Estoa de Zeus Eleuterio.
Se trataba de uno de los lugares más importantes de la vida pú blica ateniense, si bien en realidad no era más que un modesto edificio, construido a finales del siglo VI, en torno quizá al período de las reformas de Clístenes, y cuyas dimensiones exteriores comprendían c.
En conjunto, el edificio, dotado de un pórtico octástilo, sumaba unos 100 metros cuadrados16 y enfrente del mismo se alzaba también un altar 17.
La Estoa servía de residencia oficial al arconte basileús y a sus dos ayudantes (páredroi).
Todos los arcontes atenienses realizaban el juramento de guardar las leyes y no aceptar sobornos en la Estoa Real sobre una piedra 18.
Quizá este célebre líthos pudo ser un gran bloque de caliza, de color tostado, que mide c.
1 m de ancho, 3 m de longitud y 0,40 m de alto, que se encontró junto al estilóbato, algo más al norte del punto medio de la Estoa, y cuya función no es arquitectónica19.
En lo que aquí nos concierne específicamente, el arconte basileús extendía su responsabilidad sobre materias sagradas, por ejemplo, supervisaba los misterios eleusinos o los sacrificios ancestrales.
Como consecuencia de estas competencias religiosas, instruía también las causas por impiedad y todas las formas de homicidio 20.
Básicamente el sistema jurídico ateniense distinguía dos grandes tipos de acusaciones, la díke idía, la acusación privada, que dirimía causas entre ciudadanos, y la díke demosía, que atendía no a los litigios interpuestos entre ciudadanos, sino a la acción que emprendía un ciudadano cuando pensaba que otro atacaba las leyes de la polis y que, por eso mismo, designamos como acusación pública.
Un tipo especial de díke demosía era la graphé, que quizá todavía en época de Sócrates era la única acusación que se ponía por escrito, de ahí su nombre, si bien a largo del siglo IV este procedimiento se generaliza para otras acciones 21.
Sócrates dice expresamente que Meleto había presentado una graphé y no una díke 22, idía se entiende, que le acusaba ante la ciudad (2c: πρὸς τὴν πόλιν) y que la imputación general objeto de la graphé era la impiedad o asébeia (5c) 23.
Ya que la piedad era entendida como participación en la vida religiosa ateniense y constituía una obligación cívica, la persecución de la impiedad era un acto de interés comunitario 24.
Es probable que existiera una ley escrita sobre la impiedad en Atenas, más bien quizá un corpus jurídico relativo a la impiedad; sin embargo, debido a que dicho delito fue dejado deliberadamente ambiguo, se requería especificación.
Por consiguiente, los cargos concretos contra Sócrates fueron, en el orden en que aparecen en el Eutifrón, los siguientes: Sócrates corrompía a la juventud (3a: διαφθείρειν τοὺς νέους); introducía nuevas divinidades y no creía en los dioses antiguos que reconocía la polis (3b: φησὶ γάρ με ποιητὴν εἶναι θεῶν, καὶ ὡς καινοὺς ποιοῦντα θεοὺς τοὺς δ ̓ ἀρχαίους οὐ νομίζοντα) 25.
Todo ciudadano podía unirse a la acusación y sabemos que lo hicieron Ánito de Eunimo y Licón de Tórico.
La acusación había sido aceptada y, por tanto, se había publicado en tablillas blancas en el Ágora, en las estatuas de los Héroes epónimos, fijando un día para la citación o vista preliminar previa al juicio.
Al menos cuatro días debían pasar entre la notificación y la audiencia preliminar y Sócrates estaba obligado a comparecer personalmente 26.
Conviene, en definitiva, tener presente el simbolismo cívico, religioso y legal de la Estoa Real, en cuya fachada Platón enmarca la acción, y que pudo tener que ver precisamente con la elección del escenario del diálogo.
De este modo, justo en el día en que tenía lugar la comparecencia, ante la Estoa Real y antes de entrar a la vista previa, Sócrates se encuentra con Eutifrón.
Sobre la corrupción a la juventud véase Euben 1997.
27 La cleruquía de Naxos fue establecida por Pericles en 447 y contaba con quinientos clerucos atenienses (cf. Th.
11.5). mensajero para consultar a un exégeta, un intérprete de leyes sagradas (4c-d), a uno de sus jornaleros que, ebrio, había degollado a un esclavo en un altercado.
Según Eutifrón, no importaba que el muerto o el asesino fueran un pariente o un extraño sino que, como se trataba de un asesinato injusto, se debía denunciar siempre, pues, de no hacerlo, la impiedad, que conllevaba la polución religiosa o míasma, recaería no sólo sobre su padre, sino también sobre él mismo y sobre toda su familia (4b-c) 28.
Cabría preguntarse la razón por la cual Platón escogió a Eutifrón como interlocutor de Sócrates.
Platón destaca en varias ocasiones a lo largo del diálogo la condición de experto en materias religiosas de Eutifrón y, de hecho, el mismo Eutifrón dice que su conocimiento en estos asuntos le diferencia y le sitúa por encima de la mayoría de los hombres.
Así, frente a su padre, su familia y la mayoría de los atenienses, que desconocen la posición de lo divino con respecto a lo pío o la impiedad, él dice conocer con precisión en qué consisten ambos (4a-b; 4e-5a).
Ciertamente toda persona desea en su fuero interno, ya sea en la Antigüedad o en nuestro mundo contemporáneo, conocer lo que le depara el porvenir con la finalidad de evitar los males o esperar, anhelantes, los bienes.
De acuerdo con la creencia griega, los dioses dispensaban libremente a los mortales signos que ilustraban sobre su futuro.
Para interpretar de manera convincente dichos signos, se requería un don carismático, la inspiración, que era otorgada por los dioses a determinadas personas en concreto, a los adivinos.
De este modo, el adivino, por su capacidad para conocer los designios de los dioses, se convertía, por extensión, en el prototipo de hombre sabio 29.
Eviden te mente la inspiración, una gracia divina, sólo podía recaer sobre un hombre piadoso, aquel cuyo conocimiento de la piedad y su actuación piadosa le hacían precisamente merecedor del favor de los dioses.
Así, Eutifrón es mostrado como una persona versada en asuntos religiosos, sabia y piadosa, que conoce lo que es y significa la piedad y que actúa siempre piadosamente.
Es, por lo tanto, el conocimiento técnico en relación con los dioses y, por consi guiente, de lo que era piadoso o impío, lo que hacían de Eutifrón un interlocutor adecuado, por encima del común de los ciudadanos atenienses, para que Sócrates diera principio a su indagación sobre la piedad.
Quizás pueda pensarse también que Platón estableció una suerte de asociación entre Sócrates, que escuchaba una voz demónica, y Eutifrón, que pensaba que estaba inspirado por la divinidad.
Es muy probable, asimismo, que la denuncia de Eutifrón respondiera a un caso real que Platón pudo utilizar para confrontarlo con la acusación contra Sócrates.
Sócrates solicita a Eutifrón, en consecuencia, que le precise, como mántis, esto es, como experto en tales asuntos, lo que es piadoso o impío (5d: Λέγε δή, τί φῂς εἶναι τὸ ὅσιον καὶ τί τὸ ἀνόσιον;)30.
Conviene destacar que, antes que eusebés, pío, o asebés, impío, en el Eutifrón Platón emplea respectivamente con preferencia y como sinónimos hósios y anósios31.
El significado básico de hósios puede delimitarse como 'permitido por o agradable a los dioses' y hacía referencia fundamentalmente a las relaciones que debían establecerse entre los dioses y los hombres.
Dichas relaciones debían atenerse a ciertas normas para que pudieran considerarse piadosas, esto es, aquello que estaba prescrito o permitido por la ley divina.
Como ello producía, en la relación entre los dioses y los hombres, una situación justa, hósios se asociaba con frecuencia a díkaios, o justo, y se oponía a anósios o impío.
En consecuencia, hósios incluía también la noción de 'justicia', como ilustra un epigrama funerario, dedicado a un tal Sosícrates, del que se nos dice que murió no de un modo hósios, «sino por muerte injusta», ὅς θάν' ο χ ὁσίως, ἀλλ' ἀδίκῳ θανάτῳ (SEG 38.440 [Gonos IV a.
Asimismo, hósios podía denotar pureza ya que la impureza o contaminación, míasma, desagradaba y ofendía a los dioses32.
En la práctica, hósios se plasmaba esencialmente en un comportamiento ritual correcto, en una ortopraxis diríamos.
Es en esta múltiple e interrelacionada connotación, que aúna piedad, justicia, pureza y ritual, en el que hósios va a ser empleado por Platón.
Por último, en las relaciones que se entablaban entre los mismos hombres, hósios indicaba también un tratamiento apropiado del prójimo.
Eutifrón afirma, en la que es su primera definición sobre la piedad (hósios), que ésta reside en acusar al que ha cometido un delito, ya sea un homicidio o el robo de cosas sagradas, mientras que la impiedad (anósios) consiste en no hacerlo, aunque el culpable sea un pariente y no cualquier otro (5d) 33.
Es decir, la piedad consiste en proceder contra los que cometen alguna injusticia.
Eutifrón añade a esta respuesta un méga tekmérion, una prueba, que apoya su afirmación: todo el mundo está de acuerdo en que Zeus, el mejor y más justo de todos los dioses, encadenó a su propio padre, Crono, porque devoró a sus hijos injustamente.
Crono, a su vez, mutiló a su padre, Urano, por injusticias semejantes (5e-6a) 34.
Estas acciones recogidas en los relatos míticos, permiten, según Eutifrón, conocer la voluntad de los dioses y fundar un nómos no escrito sobre la piedad.
La denuncia contra su propio padre se enmarcaría precisamente en este nómos, de modo que lo que Eutifrón está haciendo al entablar dicha causa no es otra cosa que obedecer la voluntad de los dioses y las normas divinas.
Así, el comportamiento piadoso deviene, en el ámbito humano, según el adivino, en una emulación de los dioses.
Pero Sócrates se muestra escéptico ante los relatos de los dioses35 e introduce una pregunta demoledora: «¿Crees tú verdaderamente que estas cosas ocurrieron así?» (6b: σὺ ὡς ἀληθῶς ἡγῇ ταῦτα οὕτως γεγονέναι;) y más adelante inquiere: «¿Diremos que estas cosas son verdaderas?» (6c: ταῦτα ἀληθῆ φῶμεν εἶναι, ὦ Εὐθύφρων;).
El filósofo alega que entre los dioses existen muchos desacuerdos similares a los de Zeus y Crono y que éstos disputan constantemente entre sí (6b; 6c).
Además le hace notar a Eutifrón que él le ha preguntado no por uno o dos casos de piedad (6d), sino que busca la característica universal de la piedad, una idea (eídos), un patrón, una medida completamente segura para determinar lo que es piadoso o no en cualquier acción (6d-e) 36.
En realidad, en opinión de Sócrates, lo que Eutifrón plantea no es una definición de la piedad, sino sólo un ejemplo de lo que es piadoso.
Introduce una definición subjetiva de la piedad que se opone a la concepción socrática del carácter universal de la piedad 37.
De esta manera, Sócrates está buscando la definición de la piedad, no una definición de un acto piadoso, e implícitamente está apuntando que dicha definición puede alcanzarse mediante el intelecto, a través de la razón.
Afirma, en suma, la posibilidad de alcanzar un conocimiento objetivo de la pie- dad, de establecer un principio racional que fundamente toda acción piadosa y que sea universalmente válido para todo tiempo, lugar y circuns tancia 38.
Este intelectualismo socrático, que proclama la primacía de lo racional, aunque tenga en cuenta aspectos emocionales y volitivos 39, convierte al conocimiento objetivo y racional de la piedad en una condición necesaria y, al mismo tiempo, suficiente de la misma 40.
La enunciación de un principio racional de lo que es piadoso, le lleva, en el marco de la teoría platónica de las ideas, al esencialismo, esto es, a establecer objetivamente la esencia, la forma o naturaleza de la piedad (eídos, 5d4, 6d, 6e3), un canon universal que hace que actos semejantes sean piadosos 41.
En consecuencia, la multiplicidad de los actos piadosos sólo se explica por la forma única e idéntica de la piedad, y un acto en sí mismo no es piadoso si no tiene en cuenta el modelo o criterio objetivo de valoración, el parádeigma 42, de aquello que es piadoso 43.
Pero, además y en lo aquí nos concierne especí ficamente, ya en la refutación de la primera definición de Eutifrón, Sócrates ha comenzado a cuestionar los mitos griegos sobre los que se basaba no sólo la argumentación de Eutifrón, sino buena parte de la religiosidad griega.
Eutifrón intenta ahora remontarse desde su caso particular al principio general que Sócrates le ha pedido y asegura, en su segunda definición, que lo pío es lo que los dioses aman e impío lo que los dioses odian (6e-7a: Ἔστι τοίνυν τὸ μὲν τοῖς θεοῖς προσφιλὲς ὅσιον, τὸ δὲ μὴ προσφιλὲς ἀνόσιον) 44.
Sin embargo, Sócrates le vuelve a indicar que los dioses conspiran, disputan y se enemistan entre ellos constantemente, del mismo modo que los hom bres, y que estas discrepancias se producen a causa de que los dioses no están de acuerdo acerca de lo que es bello, justo o bueno.
Por lo tanto, como las mismas cosas pueden ser consideradas justas, bellas o buenas por unos dioses e injustas, feas o malas por otros, se sigue que las mismas cosas se rían, a un tiempo, pías e impías (7b-8d).
Pero, como necesariamente todos es tos con- ceptos deben ser opuestos, así lo pío ha de ser lo opuesto a lo im pío, Sócrates extrae la principal conclusión de esta primera parte: lo que los dioses aman determina sólo lo que es amado por ellos y no lo que es pío 45.
Sin embargo, más allá de la confrontación entre Eutifrón y Sócrates, lo que a nosotros nos interesa exponer aquí principalmente se refiere a la relación que puede establecerse entre las opiniones de ambos, del adivino y del filósofo, con la creencia tradicional ateniense y, por extensión, griega.
Y es que ya en esta primera parte del diálogo tanto Eutifrón como Sócrates se han apartado de la tradición.
Ahora bien, si afirmamos esto, que ambos se han alejado de la piedad tradicional, debemos preguntarnos: ¿en qué consistía la piedad tradicional?
¿Qué entendía un ateniense o un griego por un comportamiento piadoso?
Como hemos visto, Eutifrón había procedido contra su padre y lo había hecho en contra de la costumbre tradicional, ya que dicha acusación violaba los cánones de piedad filial y así pensaban, como el mismo Eutifrón nos dice, su padre y el resto de su familia (4d-e).
De hecho, el padre denunciado y el resto de la familia consideran que la impiedad se había producido precisamente al denunciar Eutifrón a su progenitor, de manera que el acto impío había sido cometido por el adivino y no por su padre (4d).
Por su parte, los atenienses se habían burlado con frecuencia en el pasado del propio Eutifrón y creían que esta denuncia era también grotesca (3b, d, e).
Esto es, la mayoría de los ciudadanos atenienses eran de la opinión del padre y de la familia de Eutifrón y contrarios al adivino ya que, en la mentalidad griega, el comportamiento adecuado con respecto a los progenitores era también hósios.
En consecuencia, la eusébeia definía en la costumbre griega no sólo la relación con los dioses, sino que entrañaba también una deter minada conducta hacia los parientes, la patria y los antepasados.
Eutifrón se separaba también de la tradición al considerar que existía un mismo canon de virtud para las cosas humanas y divinas, mientras que, como veremos, comúnmente se defendía la existencia de dos diferentes categorías de conducta, una humana y otra divina.
Así, frente a la opinión habitual griega, Eutifrón cree, sin embargo, que la piedad es unitaria y unívoca.
Por su parte, Sócrates nos presenta ya desde el principio del Eutifrón dos de sus principales postulados religiosos: la definición de piedad se debe apli-car a toda acción pía (5d) y, dado su rechazo a la violencia y enemistad di vina, está obligado a defender que existe un canon universal de justicia y piedad para todas las cosas, divinas y humanas (2a), que, por lo tanto, los dioses son perfectamente justos y buenos (2b) y que, en consecuencia, no pueden ex perimentar divergencias morales entre ellos.
En ambos puntos está de acuerdo con Eutifrón.
Empero Sócrates no parece suscribir la veracidad de los relatos mitológicos y, al refutar la argumentación de Eutifrón, el filósofo re cha za también que se le presenten como prueba los actos de los dioses que se recogen en dichas tradiciones míticas.
La razón es evidente puesto que la acep tación del material mítico implicaría una contradicción lógica con sus pos tulados principales: toda acción pía es necesariamente piadosa y justa, existe una definición de piedad universalmente válida y los dioses son siempre y necesariamente piadosos.
Si lo pío es lo que aman los dioses porque es justo, lo piadoso no puede ser aquello que aman los dioses de la mitología puesto que en ella se recogen un sinfín de acciones divinas injustas.
En este sentido, Sócrates está introduciendo una doble negación: los actos recogidos en la mitología no tienen valor alguno para conocer los deseos divinos y, de manera aún más dramática, la conducta de los dioses tal y como se nos muestra en estos relatos no tiene valor normativo alguno, esto es, no puede ser convertida en ley46.
En suma, si la piedad reside en acatar la voluntad de los dioses, normada por la tradición, ni la voluntad de los dioses ni el funda mento de las leyes divinas pueden encontrarse en las narraciones mito ló gicas.
Tales ideas socráticas sobre la piedad y la mitología se oponen frontalmente a las concepciones asentadas en el políteuma ateniense, el cuerpo cívico que constituía la polis.
En primer lugar, la definición de la piedad como aquello que los dioses aman se enfrentaba a la creencia popular de que los dioses son caprichosos y no tienen una conducta uniforme47.
La tradición solventaba así la contradicción de los relatos míticos que mostraban a los dioses cometiendo actos que eran claramente injustos.
En segundo lugar y de una manera aterradora para un ateniense y para todo griego, Sócrates está afirmando que la mitología podría no enseñarnos nada sobre la piedad y ello podía, como vamos a ver, llevarle a cuestionar, o incluso a negar, la base de la religión griega que se asentaba precisamente sobre estas tradiciones míticas.
En este sentido, podríamos preguntarnos si los griegos creían en sus relatos mitológicos y probablemente en vano buscaríamos una respuesta.
Ciertamente los mitos variaban de lugar en lugar y cada polis disponía de su propio material mítico, de su propio sistema religioso, aunque se solapara obviamente con la religión griega común; pero, más allá de las oscilaciones en un mismo mito o de la aceptación mayor o menor de un relato concreto, la clave, a mi juicio, se hallaba en la función que los mitos cumplían en la polis, en el seno de la comunidad ciudadana.
En efecto, lo que enseñaban los relatos míticos era ante todo y en primer lugar el temor y el respeto a los dioses 48.
Aristóteles lo expresa con toda lucidez.
Para el de Estagira es una certeza filosófica la existencia de los dioses: «El resto [mito y rito] ha sido añadido míticamente con vistas a persuadir a la gente y en beneficio de las leyes y de lo conveniente» (Metaph.
Se trataba de lo opuesto al esteticismo amoral, como dice Isócrates (XI 25): «Aquellos que nos han inculcado este temor a los dioses han conseguido con ello que no nos comportemos los unos con los otros como animales».
Es, pues, el temor a los dioses y por tanto la actitud hacia ellos, es decir, la piedad, el fundamento del código ético que hacía posible las relaciones humanas y en último término, la misma existencia de la polis.
Y es que los dioses griegos no podían concedernos la vida, pero sí podían destruirnos.
Como la religión griega no conocía el concepto de diablo, para inspirar temor, todos los dioses tenían su lado oscuro y peligroso, protegían un ámbito que consideraban exclusivo e intervenían cuando estimaban que éste no era respetado, imponiendo su voluntad de una manera a menudo trágica para el hombre.
Los dioses exigían obligaciones a los hombres 49.
Como ellos daban lo bueno y lo malo, era lógico el deseo humano de ofrecer dones convenientes, agradables a los dioses, con la esperanza de obtener su ayuda o favor y de evitar todo aquello que pudiera ofenderles y provocar su venganza.
Y la forma de hacer algo sagrado, piadoso, hósios, que fuera del agrado de los dioses, no era otra que rendirles culto.
Así, la eusébeia, la piedad, ante todo el temor reverencial y el respeto a los dioses, se expresaba en el culto50 y ello conllevaba que, en definitiva, en la religión griega las prácticas (ortopraxis) fueran tan importantes o más que las creencias (ortodoxia).
El cuestionamiento de los relatos míticos socavaba no sólo la concepción griega de divinidad, sino que afectaba de una manera pavorosa a la eficacia de los sacrificios que estaban en la misma esencia de la religión 51 y que serán más adelante cuestionados en el mismo diálogo (14c-e).
En efecto, la creencia tradicional griega unía mito, rito, culto sacrificial y plegaria y, aunque es cierto que el rito va acompañado de la esperanza de que produzca ciertos efectos, nunca se puede contar con ello de un modo seguro.
Y ¿cómo se podía estar más seguro?
Como no había ni credo ni revelación divina, ni textos escritos, la comunidad apelaba al carácter tradicional de los ritos, tà nomizómena, y a la regularidad de las costumbres, tà pátria, y situaba el énfasis en la tradición.
Sólo la tradición garantizaba la realización correcta de correctos rituales en la forma correcta y en el tiempo y el lugar correctos 52.
La tradición era el nómos, el fundamento de la religión y la piedad se centraba en la repetición y conservación de las costumbres rituales ancestrales.
Como observaba Isócrates (VII 30), «la piedad no consiste en grandes gastos, sino en no cambiar nada de aquello que nos han transmitido nuestros antepasados».
La polis no era otra cosa que la comunidad de ciudadanos que aspira a sobrevivir y perpetuarse en el tiempo.
Para ello era necesario que la comunidad cívica preservara las familias que la componían y gozara de la protección de los dioses.
He aquí expuesto un elemento imperioso en la concepción religiosa griega: la transgresión de las normas por los individuos podía ser castigada por la divinidad y podía llegar a afectar a toda la comunidad.
Por consiguiente, la demostración externa de la eusébeia, orientada al nómos, el culto, era un deber cívico, mientras que la asébeia atraía la ira de los dioses sobre toda la comunidad, no sólo sobre un individuo concreto, de ahí el vértigo del pensamiento socrático, y devenía, por lo tanto, en un delito políado, comunitario.
La religión se convertía así en un factor esencial, insustituible, el único que hacía posible la cohesión de la comunidad; ya que no podía haber moral sin la autoridad de los dioses, los ciudadanos no podían constituir una polis y ésta no podía sobrevivir si no existía temor a los dioses.
Muy alejada de las concepciones socráticas y en palabras de Bruit Zaidman y Schmitt-Pantel 2002, p.
9, la piedad ordinaria no era la expresión de un sentimiento de relación íntima con una divinidad, ni una necesidad de transformación interior....
112. significaba creer en la eficacia del sistema simbólico establecido por la polis para administrar las relaciones entre los hombres y los dioses, específicamente las prácticas rituales ancestrales, y además participar en dicho sistema de la manera más activa posible 53.
De este modo, si los ciudadanos no abandonaban a los dioses, la comunidad de ciudadanos se vería a su vez protegida por ellos y nunca sería desamparada por los dioses.
En la ética popular griega aparece, pues, como código fundamental honrar a los dioses y a los padres.
Ambos aspectos se apoyaban el uno en el otro; ambos garantizaban la continuidad, la estabilidad de la comunidad y, en último término, el orden social y económico.
Por el contrario, la asébeia quebraba la relación con los dioses y amenazaba la supervivencia de la propia comunidad cívica.
La duda socrática sobre los mitos, no sobre ellos mismos, sino como expresión de la voluntad de los dioses y fundamento del nómos tradicional, atentaba, en definitiva, contra las bases mismas sobre las que se asentaba la polis.
De igual modo, las premisas socráticas de que los dioses eran a la vez buenos y autosuficientes chocaban con las creencias comunitarias.
En los mitos los dioses no actuaban así.
Si ellos eran buenos de acuerdo con las categorías de bondad aplicadas a los hombres, entonces muchas historias míticas sobre los dioses eran falsas.
La solución cívica afirmaba que las categorías humanas de bondad no eran aplicables a los dioses.
Dicho de una manera sencilla, si los dioses de la polis, los de la mitología, observaran las estrictas normas de la virtud socrática, que les obligaba a actuar sólo en lo que era bueno para los demás, en estas categorías austeras, serían irreconocibles, sufrirían una transformación ética que llevaría a la destrucción de los antiguos dioses y a la creación de otros nuevos, precisamente aquello de lo que se le acusaba 54.
Rebatido en sus dos primeras argumentaciones, Eutifrón alega ahora, en su tercera definición, que la piedad es lo que es amado por todos los dioses e impío aquello que todos los dioses odian (9e: ἂν τοῦτο εἶναι τὸ ὅσιον ὃ ἂν πάντες οἱ θεοὶ φιλῶσιν, καὶ τὸ ἐναντίον, ὃ ἂν πάντες θεοὶ μισῶσιν, ἀνόσιον), afirmación que es aceptada por Sócrates (10b-d) 55.
Cf. también, por ejemplo, X., Mem.
05.1937 introduce dos argumentos interrelacionados: pregunta a Eutifrón si «es lo pío lo amado por los dioses porque es piadoso, o es pío porque es amado por ellos» (10a: ἆρα τὸ ὅσιον ὅτι ὅσιόν ἐστιν φιλεῖται ὑπὸ τῶν θεῶν, ἢ ὅτι φιλεῖται ὅσιόν ἐστιν;), y además vincula piedad y justicia.
En efecto, de acuerdo con Sócrates, todo acto piadoso necesariamente ha de ser un acto justo, pero como resulta también evidente que la justicia es una noción más amplia que la piedad, lo pío es solamente una parte de lo justo (12d: ἵνα δὲ δίκαιον οὐ πανταχοῦ ὅσιον: μόριον γὰρ τοῦ δικαίου τὸ ὅσιον).
En realidad, en el marco de su intelectualismo, Sócrates está apuntando la unidad de la virtud de la que tanto la piedad como la justicia forman parte56.
En esta parte del diálogo, Eutifrón ha sufrido una suerte de involución argumental y doctrinaria pues, si bien todavía mantiene una visión distante de lo tradicional en su idea de que existe una uniforme y racional conducta piadosa, intenta ahora conciliarla con la concepción enraizada en la ciudadanía que presentaba a los dioses como volubles y caprichosos.
Es Sócrates, en cambio, quien ha dado un paso más en su crítica a la piedad tradicional.
La visión bastante voluntarista de una piedad definida por la referencia al amor de los dioses ha sido rechazada en favor de la idea de que la piedad es lo amado por los dioses a causa únicamente de que es piadoso.
Las consecuencias lógicas de esta afirmación son absolutamente devastadoras para la piedad cívica y suponen una clara amenaza a la práctica religiosa popular.
Es decir, lo pío es pío porque es pío, porque es justo, independientemente de la voluntad, acuerdo o desacuerdo de los dioses.
En consecuencia, la voluntad de los dioses no sería útil para establecer lo que es piadoso ni puede servirnos de base para fundamentar las normas no escritas (nómoi).
Además, Sócrates ha separado la piedad de los dioses y la ha relacionado con la justicia.
Se trata de una vinculación que no deja de afectar al propio concepto de justicia.
En efecto, si una parte de la justicia, precisamente la más vinculada a las creencias y prácticas religiosas, no tiene relación con la voluntad divina ni se basa en normas divinas, Sócrates está poniendo en duda la misma base teológica, religiosa, de la noción griega de justicia que la hace proceder directamente de los dioses.
En la cuarta definición 57, Eutifrón y Sócrates coinciden en que la piedad es una parte de la justicia, por lo que es necesario, entonces, establecer con precisión qué parte de la justicia corresponde a la piedad 58.
Eutifrón argumenta que lo pío es la parte de lo justo relativa al cuidado de los dioses y la parte restante de lo justo es la relativa al cuidado de los hombres 59.
Ahora bien, como indica Sócrates, si la piedad es el cuidado de los dioses tal como los hombres cuidan de los caballos, de los perros o de los bueyes y si todos ellos, esto es, la cosa cuidada, obtiene el beneficio de hacerse mejor, nosotros, a través de nuestros cuidados, ¿lograríamos hacer mejor a alguno de los dioses? (13a-e).
Es evidente que tal cuestión debe responderse negativamente.
Eutifrón matiza entonces su definición asegurando que la piedad es la parte de la justicia que es un servicio (hyperetiké) de los hombres a los dioses, similar a la que une a los esclavos con los amos o a los aprendices con el artesano (13d-b).
Es decir, lo pío es la parte de lo justo relativa al cuidado de los dioses, entendiendo por este cuidado un servicio.
Pero, para Sócrates, un servicio ayuda siempre al logro de algún resultado y, por tanto, tendríamos que preguntarnos a qué obra divina contribuiríamos con nuestros servicios a los dioses (13d-e).
Esta cuestión, a mi juicio, decisiva, queda sin respuesta.
Volveremos más adelante sobre ella 60.
Eutifrón aclara ahora, en la quinta y última definición, que la piedad es el arte del sacrificio y la plegaria, un servicio a los dioses por el que, recíprocamente, los dioses preservan las familias y las póleis y lo contrario destruye ambas 61.
Esta afirmación de Eutifrón coincide exactamente con la piedad tradicional griega.
Sócrates le replica alegando que esto sería una especie de intercambio comercial entre los dioses y los hombres (un tipo de emporía, cf. l4b; 14c-15b) 62.
En efecto, dice Sócrates, nosotros ofrecemos plegarias y sacrificios a los dioses, pero si ellos son los que otorgan, si no sotros no tenemos nada bueno que no proceda de los dioses, ¿en qué los be ne ficiamos nosotros? (14e).
Eutifrón responde que los dioses reciben úni camente honra 58 Pl., Euthphr.
Sócrates le indica que ha vuelto a su anterior argumento, que ha sido ya rechazado, lo pío es lo que agrada a los dioses, y pide a Eutifrón que comiencen otra vez desde el principio su inda gación (15c-d).
Sin embargo, Eutifrón le pone como excusa que anda apu rado de tiempo y, a pesar de las protestas de Sócrates, se marcha (15e-16a).
En el transcurso de esta última parte del diálogo Sócrates ha asentado dos afirmaciones importantes: la piedad es parte de la justicia que tiene que ver con las relaciones entre los dioses y los hombres (12e)63 y todas las cosas buenas proceden de los dioses (12d) 64.
En ambos casos, Sócrates se aparta de la creencia tradicional.
En su primer postulado, se deriva, además, una consecuencia contraria a Eutifrón.
Es decir, si la piedad es la parte de la justicia que concierne a nuestras relaciones con los dioses, obviamente hay otra parte de la justicia que compete a las relaciones de los hombres con otros hombres, que no es piadosa, por lo que no se puede decir que la acusación de Eutifrón a su padre, que concierne a otra persona, sea piadosa.
Sócrates niega así la piedad filial como una parte de la piedad, sólo lo sería de la justicia no piadosa.
Asimismo, de acuerdo con la piedad tradicional y en contra de la opinión de Sócrates, de los dioses proceden las cosas buenas y también las malas.
Simplemente Sócrates, en su segunda proposición, está socavando el fundamento del culto en la medida en que éste sirve para granjearse la benevolencia de los dioses (de los dioses procede, según Sócrates, únicamente lo bueno).
Ha vaciado de contenido la finalidad y esencia del culto.
Sócrates da entender que los dioses prácticamente nada reciben de nosotros y que prácticamente para nada sirve el culto.
Por último, frente a la creencia tradicional que piensa en un culto dirigido exclu si vamente, unidireccional, a los dioses, Sócrates asegura que la piedad sirve para completar a los mortales.
En definitiva, aunque en cierto sentido inconcluso, en el Eutifrón, uniéndolo a la Apología, tenemos algunos elementos que nos permiten profundizar no sólo en la piedad socrática sino, sobre todo, en las consecuencias que se podían extraer de sus ideas para la piedad cívica.
Sócrates cree ciertamente que los actos piadosos son amados y agradables a los dioses, nunca duda de que toda acción piadosa es una relación virtuosa entre los hombres y los dioses que agrada a los dioses (14e-15a), y añade (14c-15a) que no hay nada bueno para nosotros que no den los dioses y que el servicio a los dioses es de la mayor importancia para él (14d).
Sócrates considera que los sacrificios tradicionales son piadosos, pero éstos no constituyen, en su opinión, la totalidad de la práctica religiosa.
Para el filósofo la piedad es ante todo un tipo de conocimiento objetivo y racional, es la parte de la justicia que es el servicio de los hombres a los dioses, asistiendo a los dioses en su obra, érgon, una obra que produce buenos resultados (11e-14b).
Por lo tanto, si la piedad es un servicio que ayuda a los dioses, debe existir un proyecto en el que los dioses estén de acuerdo, a las que las acciones piadosas sirvan y promuevan.
De hecho, los dioses han dejado nuestras almas incompletas en términos de conocimiento por alguna razón cuando podían haber realizado buenas almas humanas65.
Esa obra de los dioses a la que debemos servir es, dicho de una manera sencilla, hacernos mejores, completar nuestras almas.
En último término, el servicio a los dioses es el conocimiento de la virtud, esto es, la forma de vida filosófica (Pl., Ap.
Ahora bien, ¿qué supone esta piedad socrática para la piedad cívica?
La piedad socrática no está gobernada por Zeus ni por las costumbres tradicionales, sino que su pensamiento racional prima sobre la tradición o la autoridad.
Frente al ciudadano normal que concebía la piedad como las prácticas reconocidas y la aceptación de la autoridad de las historias narradas por los poetas y pintadas en los templos (6b), Sócrates propugna que los relatos mitológicos y los dioses que los protagonizan no nos permiten conocer la piedad ni la relación que existe entre la piedad y la justicia.
Sócrates introduce además un limitado agnosticismo, de modo que considera que existen los dioses, pero nuestro conocimiento de su naturaleza y relación con nosotros es extremadamente limitado.
El conocimiento pleno de los dioses está simplemente fuera del poder finito del conocimiento humano.
Frente a sus ideas, la religión tradicional presuponía un más extenso conocimiento de los dioses (Pl., Ap.
Como lo pío no puede ser, en la concepción socrática, aquello que agrade a todos los dioses, se ve así impugnado el culto griego basado en una concepción contractual o legalista, comercial diría Sócrates, de la relación entre hombres y dioses.
Sócrates apuntaba a la irrelevancia de las tradicionales instituciones religiosas de la polis, de la participación en las ceremonias religiosas supervisadas por la polis, en los festivales, en los sacrificios requeridos, y de las acciones que trataban de evitar las fuentes tradicionales de polución.
Esto no quiere decir que Sócrates no participara en las habituales ceremonias religiosas cívicas o que criticara a quien lo hiciera.
Pudo pensar que eran incluso formas externas necesarias para la piedad.
Lo importante es que negaba que fueran condiciones suficientes.
La religión tradicional quedada reducida a una mera forma de conducta externa y aquellos que únicamente seguían las prácticas tradicionales y no hacían nada más no eran completa y verdaderamente piadosos y establecían una relación equivocada con los dioses.
La justicia y la piedad, que es parte de la justicia, no se basaban en la voluntad de los dioses y quedaban así desprovistas de cualquier origen o significación teológica 67.
Era necesario buscar otra justificación que las fundamente.
Esto explica por qué se le acusaba de no creer en los dioses que creía la ciudad.
Los dioses de la ciudad eran aquellos que estaban bien dispuestos por los sacrificios tradicionales y las costumbres y, en este sentido, es verdad que Sócrates no creía en los dioses que creía la ciudad.
Sencillamente, debilitaba la religión comunitaria.
Y el hombre antiguo era un hombre religioso y la religión era hegemónica en la comunidad ciudadana.
Un último aspecto presente en el Eutifrón tiene que ver con la señal (sémeion) 68 o voz (phoné) 69 que Sócrates percibía de manera privada e individual, que le llegaba de manera impredecible y que le protegía de las malas acciones.
El filósofo le atribuía un origen divino y la definía como daimónion ti (algo demónico) 70.
De hecho, cuando Sócrates le dice a Eutifrón que había sido acusado de introducir nuevos dioses, el adivino le replica inmediatamente que la causa debía hallarse en que Sócrates aseguraba que el daimónion siempre venía a él (3b: Μανθάνω, ὦ Σώκρατες: ὅτι δὴ σὺ τὸ δαιμόνιον φῂς σαυτῷ ἑκάστοτε γίγνεσθαι).
Ciertamente el concepto de daimónion existía en la religión griega como un elemento personal intermediario que, en último término, poseía un origen divi- 67 West 1998, p.
Uno podía poseer un daimónion personal que no entraba en contradicción con la creencia convencional de que los dioses guiaban a todos.
Sin embargo, nadie había defendido nunca que recibiera una guía tan directa y personal que le impulsara a tomar decisiones que podían ser contrarias a la comunidad.
Se trataba de un signo providencial, que era percibido sólo por él y de una manera tan poderosa que implicaba una intimidad con lo divino que podía despertar sospechas en la comunidad 71.
Esta señal divina podía ser fácilmente interpretada como un nuevo dios superior que podría reemplazar a las divinidades cívicas.
De hecho, a los ojos de los ciudadanos la exclusividad religiosa constituía un verdadero peligro, que amenazaba la unidad comunitaria que basaba precisamente su estabilidad y duración en la benevolencia de los dioses, de todos los dioses y no de uno solo 72.
Sólo la totalidad de los dioses abarcaba toda la realidad y la piedad nunca se consideró como la devoción a un solo dios 73.
La explicación era bastante simple: la veneración a un solo dios podía atraer hacia la comunidad la ira del resto.
Con su daimónion, Sócrates parecía sugerir también que era superior a otro ciudadano y no ocultó este sentimiento de superioridad.
Sócrates podía estar rindiendo culto a una divinidad no aprobada por la polis, él mismo hacía hincapié en su relación privada y especial con ella, que, en cierta medida, parecía oponerse a los cultos y a la vida comunitaria 74.
Y, así, finalmente Sócrates fue llevado a juicio y condenado.
La piedad, la impiedad y la justicia eran también cuestiones legales.
La piedad se plasmaba en el culto y la justicia, en los tribunales.
Fue juzgado en la Heliea 75 y, tras el juicio, fue conducido a la prisión del ágora 76.
Transcurrió un mes hasta que un día, cerca del crespúsculo, el sirviente de los Once, los magistrados encargados de las ejecuciones, le anunció que la hora había llegado.
Finalmente bebió la cicuta 77.
Sócrates no vería un nuevo amanecer.
Se podría pensar que los motivos para la acusación de Sócrates fueron más políticos que religiosos.
Que se fabricaron endebles cargos religiosos para asegurar su ejecución, cuando la imputación real contra Sócrates era la de sedición, ya que había estado asociado con oligarcas como Alcibíades o Critias y, como el acuerdo de reconciliación del año 403 impedía incoar este tipo de proceso político, se recurrió a una graphè asébeias.
Ciertamente un relevante factor de la impopularidad de Sócrates fue su estrecha relación con determinados personajes como Alcibíades y Critias.
Además, Sócrates no intentó ocultar al jurado que era crítico con la democracia y afirmó que los muchos se corrompen, que sólo los pocos son expertos (Pl., Ap.
25b) y que un jurado democrático inevitablemente conllevaba injusticia e ilegalidad (Pl., Ap.
Su pensamiento antipopular pudo concitar rechazo.
Nadie dice que era un oligarca pero su filosofía tuvo un componente antidemocrático 78.
Es posible pensar también que la influencia de las circunstancias fue determinante.
En 399, hacía cinco años que Atenas había sufrido una infausta derrota en el Guerra del Peloponeso.
A los desastres causados por este largo conflicto, que se había prolongado durante veintisiete años, a las plagas, la pérdida del imperio, de los tributos, de la flota, y a las bajas incontables, en torno quizá al 40% del cuerpo ciudadano, hubo que sumar una postguerra catastrófica que había visto la ocupación espartana, el establecimiento de un régimen oligárquico, protagonizado por un consejo de Treinta ciudadanos, encabezados por Critias y que había llevado a la muerte a centenares de ciudadanos, y además una guerra civil, una nueva intervención militar espartana y la restauración de la democracia con el establecimiento de una amnistía que no dejó de crear tensiones en el seno del cuerpo cívico en los años venideros 79.
La explicación a todas estas funestas desventuras que se habían abatido sobre la ciudad, en la mentalidad de cualquier ateniense, no tenía que ser exclusivamente política ni unívoca.
A diferencia de nuestras modernas concepciones contemporáneas, que tienden a separar iglesia y estado, la religión griega estaba completamente integrada en la polis, en la comunidad, hasta el punto de que no había una sola esfera de la vida que no tuviera su vertiente religiosa y cualquier acción religiosa, como hemos visto, no era una mera cuestión exclusivamente privada, sino que podía afectar a toda la comunidad.
Y los atenienses eran plenamente conscientes, ya desde el último tercio del siglo V, del peligroso juego de la ciudad con el ateísmo y la impiedad.
Sirvan como ejemplo los juicios contra Anaxágoras 80 y Protágoras 81, los sobrecogedores asuntos de la mutilación de los Hermes y la parodia de los Misterios eleusinos en 415 82, el debate entre physis y nómos, que cuestionaba la tradición, por ejemplo, en el trato que debía darse a los melios en 416 83, y la relajación de las costumbres morales, que emergen preocupantes en el relato de Tucídides 84.
En este sentido, Sócrates da también una explicación en la Apología de las razones por las cuales fue llevado a juicio.
Afirma que, durante largo tiempo, había sido víctima de falsas acusaciones, de que investigaba los fenómenos astronómicos y geológicos desde un punto de vista ateo 85 y que fue confundido con los sofistas y los filósofos de la physis, con la sospecha de que sus actividades eran impías y corruptoras de la moral cívica, y de que sus ideas creaban un conflicto entre piedad y explicación de la naturaleza.
Sócrates pudo tener razón en este punto 86.
Todos estos supuestos ataques a la tradición pudieron, en la mente de muchos ciudadanos, haber atraído la catástrofe, y muchos pudieron pensar que las desgracias acaecidas habían sido enviadas por los dioses como castigo por la impiedad de la polis y considerar que era necesario purificar la ciudad.
Este deseo de purificación se sintió ya antes del final de la Guerra del Pelo poneso.
No en vano, en 410/9 se emprendió una codificación y depuración de las leyes, llamadas de Dracón y Solón, que se referían sobre todo a leyes sagradas y a la renovación del calendario de sacrificios, y que se colocaron precisamente en la Estoa Real 87.
La conciencia de todas estas desven-80 Plu., Per.
87 La Estoa era utilizada en época de Sócrates como archivo para las leyes de la ciudad.
17 turas, el deseo de expiación y de abrir un tiempo nuevo y renovado pudo ser aún mayor tras el turbulento período de Postguerra y estaría presente, de una manera difusa cuando menos, en el año 399.
Muchos atenienses pudieron creer que Sócrates era uno de aquellos que, con sus opiniones y enseñanzas, había atraído la ira de los dioses sobre la comunidad.
El prejuicio contra los intelectuales y científicos, sus sentimientos antidemocráticos, la actuación de algunos de sus discípulos como Alcibíades o Critias, el carácter elitista de su grupo de néoi, su actitud provocadora, su espíritu de contradicción, su presunción de superioridad pudieron pesar en su contra, pero los atenienses que formaron el jurado en aquella primavera del 399 pudieron percibir sobre todo una falta de piedad que minaba las prácticas religiosas tradicionales, a la que se añadía su pretensión de comunicarse íntima y singularmente con la divinidad, una pretensión que le situaba y por la que se asignaba a sí mismo una posición privilegiada en la comunidad, incompatible con la lealtad y el buen ciudadano; pudieron juzgar que su actitud no era verdaderamente justa ni pía, que podía crear nuevas divinidades y arrinconar los cultos tradicionales y que estaba extendiendo su deslealtad, su arrogancia y el descrédito de la tradición entre los jóvenes.
De hecho, la acusación a Sócrates no fue un hecho aislado sino que, en ese mismo año, tuvieron lugar otros procesos de impiedad como los de Andócides 88 y Nicómaco, protagonista este último del discurso trigésimo de Lisias 89.
En suma, Sócrates pudo ser objeto de la reacción del cuerpo ciudadano que, angustiado por años catastróficos, «se sentía amenazado en su unidad, siendo como era la religión una parte indisociable de su identidad» 90.
La acusación de impiedad ha de ser tomada en serio y no como un mero pretextraban aquí y una estela de mármol descubierta en 1843, durante la construcción de la nueva catedral, a unos 700 m al este de la Estoa, nos indica que la revisión de las leyes de Dracón sobre el homicidio, concluida en el año 409/8, fue dispuesta en el frente del Pórtico real.
Precisamente dos alas fueron construidas en la Estoa entre los años 410 a 400 para albergar dichas leyes y, de hecho, en el umbral de la Stoá Basíleios, entre los intercolumnios del frente exterior, quedan todavía los huecos en donde se encajaron las estelas, resultado de esta recopilación legislativa, para que fueran vistas por ambas caras (IG I 2 105, esp. ll.
8, aunque referida en general a la impiedad.
Fue un juicio religioso, no un juicio político enmascarado.
De este modo, Sócrates pudo haber desempeñado el papel de víctima propiciatoria para la ciudad.
Propugnaba demoledores ideas sobre los dioses y el culto y los atenienses querían desembarazarse de las tendencias indeseables y, como acaecía en el ritual de las Targelias, buscaron un phármakon para favorecer la regeneración de Atenas 91.
Como eutifrones, ellos se consideraban buenos ciudadanos y amantes de los dioses, pero al mismo tiempo eran capaces de condenar a Sócrates. |
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El enfrentamiento entre filósofos y personajes poderosos es un elemento habitual en las biografías helenísticas.
En ocasiones, este enfrentamiento es simplemente dialéctico, pero no faltan casos de auténticos «martirios» filosóficos paganos cruentos, con persecuciones en toda regla.
Estas muertes otorgan al filósofo una heroización celestial, al menos según los epigramas integrados en la peripecia biográfica, seguramente por la asociación con el culto a los tiranicidas y, en general, a los héroes que reciben una muerte violenta en la tradición mitológica.
Inspirado, plausiblemente, en la muerte de Sócrates, el tópico se perpetúa en las vidas
Inspired, plausibly, in the death of Socrates, the pattern is perpet-El enfrentamiento entre filósofos y tiranos, de la biografía helenística a la tardoantigua: evoluciones de un tópico biográfico*
Confrontation between Philosophers and Tyrants from Hellenistic to Late Antique Biography: Evolutions of a Biographical Pattern imagen misma del tirano es un claro reflejo del carácter excesivo del héroe en la mitología griega 1.
Incluso el folclore está repleto de este tipo de narrativa: el monarca a quien un sabio hace entrar en razón, o el sabio que da respuestas agudas a las preguntas más o menos capciosas del rey, e incluso los duelos dialécticos de reyes y sabios, o el célebre motivo del hombre pobre que en el fondo es más feliz que su rey, son elementos recurrentes en muchos cuentos populares de todo el mundo 2.
Sin embargo, en la tradición de las biografías de filósofos, lo que suele ponerse de relieve es una discusión sobre la dependencia del pensamiento filosófico respecto del poder y los poderosos, no solamente el poder de los tiranos 3.
El filósofo queda en estos casos clasificado claramente en dos categorías: o bien se enfrenta al tirano y consigue vencerlo o muere en el intento; o bien entre tirano y filósofo se establece una relación de parasitismo en que la dependencia es total y la biografía critica duramente la situación 4.
1 Para un análisis sistemático de la construcción de la imagen del tirano a partir de la caracterización del héroe mitológico, véase Catenacci 2012.
3 Como es bien sabido, la palabra τύραννος o el abstracto τυραννίς no aparecen en Homero ni en Hesíodo: hay que esperar a Arquíloco (fr.
Además, en las épocas arcaica y clásica, el término no está necesariamente mal connotado, sino que significa simplemente 'señor absoluto', envidiado por la masa de ciudadanos, sinónimo habitualmente de μόναρχος, uno que gobierna en solitario, y puede referirse a monarcas orientales, como Creso (Hdt.
I 6), a sistemas autocráticos de diversas ciudades griegas, e incluso a Zeus mismo (por ejemplo en Esquilo, Pr.
Sobre las evoluciones de la figura del tirano en la Antigüedad, son especialmente útiles los volúmenes colectivos de Morgan 2003y Lewis 2006.
4 Conviene dejar claras de buen principio las bases metodológicas que regirán el presente análisis de las fuentes antiguas.
Como es habitual en los estudios de los últimos decenios en el ámbito de la biografía antigua, no intentaremos en ningún caso dar cuenta de la historicidad real de las anécdotas o de las imágenes de los personajes que en ellas se construyen, ni de los contextos de producción de los textos que las incluyen, puesto que se trata de estudiar la tipificación de un elemento narrativo común a las biografías de los filósofos y su evolución a lo largo de la Antigüedad.
Filósofos que se enfrentan decididamente a tiranos y poderosos
En el primer apartado despuntan ya algunos de los llamados Siete Sabios.
Son bien conocidas las reyertas entre Solón de Atenas y el tirano Pisístrato: el sabio renunció a detentar él mismo la tiranía que el pueblo le brindaba de buen grado (D. L. I 49; Plu., Sol.
14.4-9) y denunció acto seguido ante la asamblea las pretensiones tiránicas de su pariente Pisístrato 5 y a los atenienses que no hacían nada para impedírselo, por desconocimiento o por miedo, pero fue tratado de loco, porque los miembros del Consejo eran partidarios del tirano (D. L. I 49; Aristóteles, Ath.
En el momento en que Pisístrato llegó efectivamente al poder tiránico, tal como Solón había presagiado, el sabio depuso las armas delante del cuartel general (D. L. I 50) y escapó al tirano mediante el exilio, aunque éste le ofrecía amistosamente que regresara a Atenas.
Naturalmente, estas relaciones entre Solón y Pisístrato, que se manifiestan también en la tradición epistolar pseudoepígrafa (D. L. I 53-54) 6, provienen, como es tan habitual en la biografía antigua, de la propia obra del poeta: constituyen, de hecho, la contextualización biográfica de los fragmentos 9 y 10 West, que el mismo Diógenes Laercio cita 7.
La oposición al poder tiránico por parte de Solón tiene, sin embargo, una tradición más amplia: durante su exilio en la corte del rey Creso se produce el célebre intercambio de preguntas y respuestas rápidas entre ambos, en las cuales éste muestra el carácter apotegmático y ácido habitual de las respuestas de los sabios a los tiranos 8.
El rey, como es bien sabido, pregunta a Solón de manera sucesiva quién es más feliz y quién ofrece un espectáculo de mayor belleza, pensando que él será el objeto de todas las respuestas, pero el sabio otorga el premio de su consideración a Cléobis y Bitón, los dos jóvenes que murieron tras llevar a su madre al santuario de Delfos tirando ellos mismos del carro (Hdt.
I 30-31), y a los faisanes y pavos reales, dotados por la naturaleza de todo su esplendor, mientras que la del rey es artificial (D. L. I 50-51; Hdt.
Esta oposición entre natural y artificioso o convencional, entre φύσις y νόμος, forma parte también de las convenciones de los enfrentamientos entre los filósofos y los poderosos: el pensamiento del filósofo se mantiene libre e inalterable en sus convicciones sea cual sea su interlocutor.
Solón se convierte de este modo en paradigma del sabio insobornable enfrentado al tirano en la defensa de sus convicciones, hasta el punto que incluso un tirano como Pítaco, por el simple hecho de que forma parte del grupo de los Siete Sabios, es presentado en la tradición biográfica como un derrocador del anterior tirano de Mitilene, Melancro (D. L. I 74; Suda s. u.), que toma el poder absoluto de la ciudad tras ser elegido democráticamente, sin violencia alguna9, y además lo devuelve al pueblo al cabo de diez años, una vez que los asuntos de la ciudad han vuelto a su cauce (D. L. I 75; D. S. IX 11, 2).
Otro sabio que además es tirano presenta contradicciones mucho más interesantes: Periandro, el tirano de Corinto, mata a su esposa en un ataque de ira provocado por las acusaciones de sus concubinas, golpeándola con un taburete o de un puntapié, según otras versiones, exilia a su propio hijo (D. L. I 94)10, comete incesto con su madre (D. L. I 96) y acaba enloqueciendo completamente (Plu., Sept. conu.
Por supuesto, el retrato encaja perfectamente en las concepciones habituales del tirano como un ser excesivo11, en la línea de las descripciones de Platón (R. 565d; 569b; 619bc), habida cuenta que el mismo Platón excluyó a Periandro de su lista particular de los Siete Sabios precisamente por ser tirano (Protágoras 343a4, cf. D. L. I 30), mientras que algunos eruditos antiguos planteaban la posibilidad de que existieran en realidad dos Periandros, sabio el uno y tirano el otro (D. L. I 98-99), para poder digerir mejor las contradicciones del personaje.
Y, sin embargo, pesa más, como es habitual en la Siguiendo el mismo tópico antitiránico, Sócrates rechaza cualquier dependencia de los poderosos: se muestra altivo frente al rey Arquelao de Macedonia, y también frente a Escopas de Cranón y Euríloco de Larisa, no acepta sus regalos ni accede en ningún momento a visitarlos (D. L. II 25).
Pero el enfrentamiento más célebre de la tradición biográfica antigua corresponde sin duda al que protagonizan Platón con Dionisio el Viejo, primero, y más tarde con Dionisio el Joven, tiranos de Siracusa (D. L. III 18-23; Olymp., In Alc.
La construcción marcadamente tópica de estos enfrentamientos se manifiesta en todos los relatos: Platón entra en contacto con Dionisio el Viejo en el primero de sus viajes a Sicilia porque éste le fuerza a mantener una entrevista (D. L. III 18; Olymp, In Alc.
507b; Vita Platonis Anonyma 11 Westerink); en el segundo viaje quiso poner en práctica sus doctrinas políticas en un territorio que había de cederle el tirano, pero, finalmente, no lo obtiene y además corre riesgo de muerte por haber animado a Dión y Teódotas a liberar la isla (D. L. III 21); finalmente, por tercera vez viaja a Sicilia para reconciliar a Dión con Dionisio el Joven, pero regresa sin haber obtenido resultado alguno (D. L. III 23).
Las motivaciones de los tres viajes, sin embargo, persiguen un objetivo muy claro: pretenden desmentir diversas acusaciones de la tradición bio gráfica negativa contra Platón 13.
Frente a las críticas que consideran que Platón era un glotón, 14 capaz de viajar hasta Sicilia para gozar de las delicias de su famosa cocina (Σικελικῆς τραπέζης χάριν, según Olymp, In Alc.
96 Westernik), la biografía más positiva insiste en que su viaje se debió puramente al deseo de contemplar los cráteres del Etna; los intentos de fundar una ciudad regida por sus ideas políticas, en el segundo viaje, son una respuesta a la tradición biográfica negativa que acusaba a Platón de no haber intentado poner nunca en práctica sus postulados teóricos (D. L. III 23); finalmente, los motivos aducidos para el tercer viaje buscan desmentir las acusaciones que pesaban sobre Platón de haber animado a su amigo Dión a liberar la isla de la tiranía sin hacer nada para evitar las represalias sobre él15.
En todo caso, las biografías insisten en el hecho de que Platón jamás aceptó dinero ni bien alguno de los tiranos (Plu., De adul. et amic.
19.3), precisamente para desmentir a sus detractores, que lo acusaban de haber recibido toda clase de favores de parte de ellos y del mismo Dión (D. L. III 3, 9, 20) -de ser un parásito, en definitiva16 -.
La continuación del relato es igualmente tipificada: Dionisio el Viejo comienza un diálogo con Platón a base de preguntas y respuestas que pretende la sumisión al tirano mediante el reconocimiento, por parte del filósofo, de su superioridad.
Incluso una de las cuestiones es la misma que planteaba Creso a Solón: quién es el más feliz de los hombres (Olymp, In Alc.
El carácter tópico de semejante intercambio resulta, pues, manifiesto.
El sabio, naturalmente, se niega a esta sumisión y responde con absoluta παρρησία.
En el caso de Platón, su respuesta es coherente con su propia doctrina sobre el gobierno del sabio: jamás puede considerarse un bien supremo aquello que responde únicamente al interés de un solo hombre, excepto si este hombre sobresale por su virtud (D. L. III 18)17.
El tirano, ofendido, pretende entonces matar a Platón, pero, tras la intercesión de Dión y Aristomenes, decide entregarlo a Pólide para que sea vendido como esclavo (D. L. III 19).
Naturalmente, las célebres escenas de los enfrentamientos dialécticos de Diógenes cínico con Alejandro Magno 18 entrarían asimismo en este apartado de filósofos que rechazan de plano el reconocimiento de la superioridad del poderoso, por su convencimiento de que la verdadera superioridad la otorga el saber filosófico.
A la declaración de Alejandro ἐγώ εἰμι Ἀλέξανδρος ὁ μέγας βασιλεύς, «Yo soy Alejandro, el gran rey», Diógenes responde denodadamente: κἀγώ Διογένης ὁ κύων, «Y yo Diógenes, el perro» (D. L. VI 60).
Y, cuando Alejandro le pregunta si no tiene miedo de él, Diógenes lleva la cuestión, como suele suceder en este tipo de enfrentamientos, al terreno de los juegos de palabras, en este caso el típico silogismo: «οὐ φοβῇ με;», «τί γάρ,» εἶπεν, «εἶ; ἀγαθὸν ἢ κακόν;» τοῦ δὲ εἰπόντος, «ἀγαθόν,» «τίς οὖν,» εἶπε, «τὸ ἀγαθὸν φοβεῖται;» «¿No me temes?»
«¿Qué eres tú -respondió-, un bien o un mal?»
A lo que dijo el monarca: «Un bien.»
«Entonces -le espetó-, ¿quién va a temer un bien?»
De hecho, Diógenes manifiesta con todos los poderosos que su dignidad personal es la misma, pero su libertad superior.
Así, por citar sólo las anécdotas más significativas, hecho prisionero por Filipo tras la batalla de Queronea, el monarca preguntó a Diógenes quién era; él respondió de manera muy insultante: κατάσκοπος τῆς σῆς ἀπληστίας, «el inspector de tu insaciabilidad», y Filipo quedó tan impresionado que lo dejó ir (D. L. VI 43).
En otra ocasión, trata de miserable al mismo Alejandro y a su general Antípatro, mediante un juego de palabras malévolo a costa del mensajero, un tal Atlio (mísero, pues, en griego): ἄθλιος παρ' ἀθλίου δι' ἀθλίου πρὸς ἄθλιον «mísera misiva de mísero a mísero, por vía de mísero» (D. L. VI 44).
Tampoco Pérdicas escapa a su reproche; amenazado de muerte por el soberano si no acudía a su corte, Diógenes responde: οὐδὲν μέγα• καὶ γὰρ κάνθαρος καὶ φαλάγγιον τοῦτ' ἂν πράξειεν «Nada extraordinario: también un escarabajo y una tarántula podrían hacerlo» (D. L. VI 44).
Contra los tiranos, las respuestas son aún más contundentes, y evidencian un odio sin matices a la tiranía.
Así, a un tirano que le preguntaba cuál era el mejor bronce para hacerse una estatua, le respondió que aquel con que se habían hecho las de Harmodio y Aristogitón, los famosos tiranicidas (D. L. VI 50).
Existen, sin embargo, ejemplos mucho más cruentos de las reacciones violentas de un tirano ante la excesiva libertad de palabra de los filósofos. tablar contacto con ellos movido por su fama, pero ellos exigían que fuera el monarca quien los visitara, lo que no habría sido decoroso para éste hacer personalmente.
En cambio, en la novelada Vida de Alejandro del Pseudo-Calístenes, y en toda la tradición medieval que bebe de ella, es el monarca mismo quien se entrevista con los gimnosofistas, y su diálogo reviste tintes claramente filosóficos.
Zenón de Elea, que había proyectado matar al tirano Nearco -o Diomedonte, según otras fuentes-, fue arrestado e interrogado a propósito de sus cómplices; él denunció a todos los amigos del tirano para aislarlo completamente y, a continuación, tras anunciar que deseaba comunicarle unos detalles al oído, el tirano se le acercó y el filósofo se lo mordió tan fuerte que no pudieron separarlo hasta que lo hubieron molido a golpes (D. L. IX 26), aunque otras fuentes afirman que lo que le mordió con tanto ahínco fue la nariz (D. L. IX 27).
Según otra versión, interrogado por el tirano, lo insulta y provoca a los presentes acusándolos de cobardía, hasta que termina por cortarse la lengua con los dientes y escupirla a la cara de su inquisidor, de manera que los ciudadanos, alentados por semejante ejemplo, lo lapidan (D. L. IX 27).
Esta última versión, en realidad, es una contaminación evidente con la tradición del enfrentamiento de otro filósofo, Anaxarco de Abdera, con el tirano de Chipre, Nicocreonte: capturado tras ser lanzado contra su voluntad a las costas de Chipre durante un viaje por mar, Nicocreonte lo condena a morir, pero Anaxarco pronuncia entonces su frase lapidaria: πτίσσε τὸν Ἀναξάρχου θύλακον, Ἀνάξαρχον δὲ οὐ πλήττεις, «machaca el saco de Anaxarco, que a Anaxarco no lo dañas»19.
El tirano ordena entonces que le corten la lengua, pero es el mismo Anaxarco quien se la corta con sus propios dientes y se la escupe a la cara (D. L. IX 59).
Resulta difícil, naturalmente, saber con certeza cuál de las dos biografías presentó por primera vez este relato, pero parece plausible que la imagen tópica pasase de la vida de Anaxarco, donde encaja perfectamente, a la de Zenón, donde no tiene tanto sentido20.
Anaxarco, además, ya había dejado bien clara su disposición a no subyugarse a autoridad alguna cuando le hizo ver a Alejandro Magno que lo que fluía de una herida del monarca no era el ἰχώρ divino, sino sangre mortal corriente (D. L. IX 60).
Lo que resulta evidente es que se trata de una variante del tópico inicial, que analizábamos en las vidas de Solón y de Platón, donde el enfrentamiento con el tirano de desarrolla de un modo exclusivamente dialéctico, mientras que aquí el filósofo paga con la propia vida su libertad de expresión, simbolizada contundentemente en la potente imagen de la lengua arrancada y escupida a la cara del tirano.
Ambos, Zenón y Anaxarco, entrarían en el grupo de los que podríamos llamar «mártires de la filosofía», a quienes la defensa de su libertad de pensamiento y la filosofía que predican les lleva a la muerte a manos de los poderosos, al estilo de los posteriores mártires cristianos 21.
El esquema completo de los enfrentamientos entre filósofos y tiranos podría resumirse, en todo caso, como sigue:
El filósofo va a la corte del tirano siempre forzado, ya sea conducido mediante violencia, o bien porque el filósofo no puede negarse a visitarlo.
Jamás, sea como fuere, el filósofo accede a ir por gusto, sino que a menudo rechaza de entrada la invitación.
El tirano pretende obligar al filósofo a reconocer su superioridad personal y la del régimen autocrático que practica, habitualmente a través de un diálogo con preguntas y respuestas, pero el filósofo no se doblega y sostiene su oposición al despotismo con total libertad de palabra.
El tirano se ofende enormemente y responde con una dosis de violencia que varía de una biografía a otra, con formas narrativas que van desde el exilio a la muerte violenta.
A partir de este esquema básico, aparecen a veces en las diversas biografías algunos elementos aislados: el filósofo se limita a tomar partido contra los poderosos, o no acepta sus regalos ni someterse a ellos, ni quiere visitarlos en sus cortes, o bien la biografía se centra tan solo en los diálogos entre filósofos y tiranos, que forman parte ineludiblemente de estos relatos 22.
Raramente, en cambio, el filósofo se convierte en tiranicida.
Conocemos únicamente el caso de Heraclides Póntico, aunque no se especifica ni siquiera el nombre el tirano del cual liberó su patria (D. L. V 89); además es posible que este caso único sea en realidad una confusión de Diógenes Laercio con un homónimo de Heraclides, discípulo de Platón, famoso precisamente por haber dado muerte a Cotis I, rey de los ódrisas, el 359 a.
78: «Sin duda, estas narraciones comparten con los Acta martyrum cristianos el gusto por los detalles morbosos, el comportamiento desafiador de los torturados, las respuestas lapidarias en la hora fatal, e incluso una cierta antropología difusa compartida que separa cuerpo y alma, con ascensión celeste incluida».
22 Para las formas narrativas concretas de estos diálogos, véase Grau 2009.
23 La cita laerciana proviene de los Homónimos de Demetrio de Magnesia, lo cual aún daría más opciones a la hipótesis de que se trate de una confusión entre ambos personajes.
Caso aparte, como en tantos otros aspectos, es el de Pitágoras.
Según la tradición biográfica, tuvo conflictos con Polícrates, el tirano de Samos, huyendo del cual llegó a Crotona, precisamente (D. L. VIII 3), aunque, según Jámblico (VP 28), el filósofo se fue de Samos porque sus habitantes no estaban muy predispuestos a aprender, y no por culpa del tirano, como deja entender Diógenes Laercio.
Según Porfirio (VP 7-9), fue Polícrates quien había recomendado al filósofo por carta a Amasis, rey de Egipto, cuando éste se dirigió allí en el curso de sus viajes, de manera que Pitágoras habría sido al principio un protegido del tirano, hasta que se le opuso, a su regreso a Samos, y tuvo que exiliarse en Crotona, donde desarrolló su respuesta política.
De hecho, Heródoto (III 45) nos informa de un complot contra el tirano inducido por los samios que el mismo Polícrates había mandado a Egipto: los biógrafos bien podrían haber incluido por ello a Pitágoras en este episodio.
Filósofos parásitos y aduladores
En la otra cara de la moneda, algunos filósofos son acusados abiertamente por la tradición biográfica de depender de los poderosos, empezando por el sabio Periandro, tirano él mismo, que fue huésped de Trasíbulo, el tirano de Mileto (D. L. I 95; Hdt.
Jenofonte, por supuesto, fue invitado por Ciro a su corte a través de un amigo suyo, de nombre parlante Próxenos; pidió consejo a Sócrates, que le exhortó a consultar el oráculo délfico, pero Jenofonte no preguntó al oráculo si le convenía o no visitar al gran rey, sino cómo debía ir, cosa que provocó el enojo del maestro y engendró la amistad con Ciro que llevaría a la Anábasis (D. L. II 49-50).
En realidad, toda la narración proviene punto por punto de la obra de Jenofonte (An.
Igualmente, la biografía afirma que dotó de mercenarios de Ciro al rey espartano Agesilao, con quien mantenía una gran amistad, cosa que indujo a los atenienses a exiliarlo por filolaconismo (D. L. II 51), una información extraída también de la Anábasis (V 3.6), y del panegírico que Jenofonte dedicó al rey (D. L. II 57).
Sea como fuere, la tradición biográfica interpreta muy negativamente las buenas relaciones de los filósofos con los poderosos.
El caso paradigmático es el de Esquines el socrático, quien es duramente criticado por haber accedido a ir a la corte del tirano Dionisio el Joven de Siracusa, a causa de su extrema pobreza (D. L. II 61), que le lleva incluso a ofrecerle al tirano sus diálogos a cambio de regalos (D. L. III 36).
Y, de hecho, la tradición más antiplatónica presenta a Platón al mismo nivel de adulación del tirano que su condiscípulo Esquines, a quien habría introducido en la corte siracusana (Plu., De adul. et amic.
Queda claro, en todo caso, que el tópico de las relaciones de filósofos y tiranos está supeditado al contraste entre ascetismo y deseo de riquezas o φιλαργυρία.
El ejemplo más conspicuo, en este sentido, es el del modelo más opuesto al ascetismo filosófico en la tradición biográfica 25, Aristipo de Cirene, otro socrático, que adula sin tasa a los tiranos a cambio de poder compartir sus lujos.
Aristipo es una especie de paradigma de filósofo parásito de tiranos, una posición que defiende ante todo vituperio de sus opositores, como cuando, en una anécdota célebre y repetida 26, Diógenes cínico le espeta, mientras lavaba sus verduras: εἰ ταῦτα ἔμαθες προσφέρεσθαι, οὐκ ἂν τυράννων αὐλὰς ἐθεράπευες, «si hubieras aprendido a vivir con esto, no tendrías que andar buscando los palacios de los tiranos», y Aristipo responde, dándole la vuelta con su habitual ingenio: καὶ σύ, εἴπερ ᾔδεις ἀνθρώποις ὁμιλεῖν, οὐκ ἂν λάχανα ἔπλυνες, «y tú, si supieras tratar con los hombres, no tendrías que andar limpiando verduras» (D. L. II 68).
Ante el mismo Dionisio, que le pregunta por qué se le acerca, responde sin disimulo: ὁπότε μὲν σοφίας ἐδεόμην, ἧκον παρὰ Σωκράτην· νῦν δὲ χρημάτων δεόμενος παρὰ σὲ ἥκω, «cuando necesitaba sabiduría, fui a casa de Sócrates; ahora que necesito dinero, vengo a tu casa» (D. L. II 78).
Al pedirle dinero, Dionisio le recuerda que a los filósofos no les faltan recursos, pero Aristipo le pide que le dé el dinero para examinar después la cuestión; una vez tiene el saco lleno, le dice al tirano: ὁρᾷς ὅτι οὐκ ἠπόρηκα; «¿ves cómo no me han faltado recursos?»
También es frecuente en la vida de Aristipo el contraste con Platón, con quien se le hace coincidir en la corte de Dionisio: un día que el tirano ordena a los que banquetean que se vistan de púrpura y dancen, Platón se niega, pero Aristipo accede sin pudor alguno, a través de un intercambio, además, de versos de la Bacantes de Eurípides (D. L. II 78).
Idéntico contraste se produce cuando Aristipo acepta el dinero del tirano y Platón sólo un libro; la respuesta de Aristipo sigue el estilo habitual: ἐγὼ μὲν γὰρ ἀργυρίων, Πλάτων δὲ βιβλίων ἐστὶν ἐνδεής, «es que yo estoy necesitado de dinero, y Platón, en cambio, de libros» (D. L. II 81).
El caso más escandaloso, sin embargo, sucede en una ocasión en que Aristipo pide un favor al tirano para un amigo suyo y, para ser escuchado, se lanza a sus pies; criticado duramente por semejante actitud de absoluto servilismo, responde: οὐκ ἐγώ αἴτιος, ἀλλὰ Διονύσιος ὁ ἐν τοῖς ποσὶ τὰς ἀκοὰς ἔχων, «no soy yo el culpable, sino Dionisio, que tiene los oídos en los pies» (D. L. II 79).
Aristipo, pues, queda configurado en la tradición biográfica como el adulador de tiranos por antonomasia, sin duda por el afán de lujos que se le atribuye, aunque cabe señalar que alguna de estas anécdotas de parasitismo descarado en otras fuentes, como en D. L. II 82, se le asigna a Platón, de manera que cabe pensar que se produjo un trasvase de uno a otro filósofo, y ambos debían recibir las mismas críticas de parásitos en la tradición biográfica.
Otra figura igualmente denigrada por la tradición biográfica por idénticos motivos es Epicuro: a partir del simple hecho de que le dedicó un tratado (D. L. X 28), la biografía hace de él un adulador vergonzante de Mitres, el ministro del rey de Tracia, Lisímaco, a quien en sus cartas llama «salvador» y «señor» (D. L. X 4).
Se trata, por supuesto, de una lectura malévola de las propias obras del filósofo, como es habitual en las biografías antiguas, sin más fundamento 27.
Dedicar libros a un poderoso está particularmente mal visto en la tradición biográfica, como forma servil de adulación: Aristipo, por ejemplo, dedica diversas obras a Dionisio (D. L. II 84), de manera que no es de extrañar que se le presente como un adulador sin tasa del tirano; lo mismo hizo Euclides con el rey Antígono Gónatas (D. L. II 110), Jenócrates con Alejandro Magno (D. L. IV 14) y Timón con Antígono y Tolomeo II Filadelfo (D. L. IX 110).
En realidad, basta que el filósofo visite a un poderoso o acepte sus regalos para que la biografía lo denueste sin contemplaciones, como ocurre con Estilpón, que fue acogido en la corte de Tolomeo Soter, quien le dio dinero y lo invitó a embarcarse con él hacia Egipto; Estilpón toma el dinero, aunque se niega a viajar con él (D. L. II 115), pero su posición es ambigua por este motivo.
Cuando, más tarde, Demetrio Poliorcetes toma Mégara, su ciudad, respeta la casa de Estilpón, como Alejandro Magno había respetado en Tebas la de Píndaro, seguramente siguiendo el mismo tópico 28.
Es entonces cuando el rey le restituye sus bienes y Estilpón responde que nadie le ha podido quitar sus posesiones, que son la cultura, la razón y los conocimientos, comportándose en este punto como corresponde a un filósofo en las biografías positivas.
Menedemo de Eretria se relaciona con los poderosos sin mengua de su dignidad, obteniendo beneficios para su ciudad, como cuando consiguió una importante reducción de los impuestos (D. L. II 140) y el rey Antígono se proclamó discípulo suyo (D. L. II 141).
Sin embargo, la tradición biográfica no suele perdonar los deslices de adulación a los poderosos de los filósofos, por leves que sean: Antígono envió a Bión de Borístenes un par de esclavos cuando éste estaba postrado por la enfermedad, y sólo por este motivo se afirma, con fina y ácida ironía, que, al final de su vida, Bión siguió a Antígono... en litera (D. L. IV 54) 29.
Sin embargo, Teofrasto fue recibido por la reina Casandra y Tolomeo Soter le envió un mensajero (D. L. V 37), Ésfero habitó un tiempo en la corte de Tolomeo Filopátor, en Alejandría, donde tenía discusiones con el monarca acerca de si el sabio podía tener opiniones (D. L. VII 177), y Timón fue familiar del mismo Antígono y también de Tolomeo II Filadelfo (D. L. IX 110), sin que, en ninguno de estos casos, pueda inferirse crítica alguna por parte de los biógrafos.
Filósofos y poetas en su relación con los poderosos
Resulta particularmente instructivo contrastar este esquema narrativo con el de otras biografías de operadores culturales antiguos donde las relaciones con tiranos y poderosos ocupan asimismo un lugar destacado, como son las 28 A estos ejemplos podría añadirse también el pasaje de D. L. VI 88 según el cual Alejandro Magno habría respetado la casa de Crates en Tebas, si interpretamos el texto, que está patentemente corrupto, como lo hacía H. Diels: véase el aparato crítico ad locum de la edición de Dorandi 2013.
Sea como fuere, Alejandro le habría ofrecido a Crates reconstruir la ciudad de Tebas, a lo cual él respondió que no le interesaba, porque vendría otro Alejandro a destruirla de nuevo (D. L. VI 93).
El caso más emblemático, en este sentido, es el de Simónides, acusado a menudo en la tradición biográfica de αἰσχροκέρδεια y φιλαργυρία 33, y criticado por su parasitismo de tiranos como Hierón de Siracusa 34, con tópicos muy similares a los que hemos analizado aquí en las biografías de diversos filósofos: aceptó regalos y grandes sumas de dinero de Hiparco a cambio de permanecer a su lado (Platón, Hipparch.
228c), y accedió a componer un poema en honor de Anaxilao, vencedor en una carrera de carros tirados por mulas, a pesar de haberse negado en un principio por la escasa dignidad de semejantes animales, tan pronto como el tirano subió el precio (Aristóteles, Rh.
Incluso un apotegma atribuido a Aristipo por Diógenes Laercio, en que el filósofo afirma que los sabios se acercan a las puertas de los ricos, pero nunca al contrario (D. L. II 69), es puesto en boca de Simónides por la tradición proverbial (Gnomol.
Más tarde, es frecuente que los poetas, como Teócrito y Calímaco, aparezcan vinculados a las cortes helenísticas, lo mismo que sucede con los filósofos a partir de Aristóteles, como hemos visto 35.
Filósofos y poetas son tratados, pues, de manera similar por la tradición biográfica en sus relaciones con los poderosos, que acostumbran a connotarlos negativamente, aunque la crítica afecta más a los filósofos que a los 30 Para un análisis más detallado de este tema, remitimos al estudio de Jufresa y Fau 2007.
32 Es todavía muy instructivo, para el estudio de estas nuevas relaciones con el poder de los intelectuales en general y de los poetas en particular, el análisis de Gentili 1984 [1996], p.
33 Un buen ejemplo son los versos de la Paz de Aristófanes (695-696), donde leemos, a propósito de Simónides, γέρων ὢν καὶ σαπρὸς / κέρδους ἕκατι κἂν ἐπὶ ῥιπὸς πλέοι, «porque estando como está, viejo y chocho, por dinero navegaría hasta sobre una zarza» [trad.
Para toda la tradición biográfica relativa a Simónides, véase Bell 1978.
34 Por ejemplo, en Pl., Ep.
35 Para un elenco de estos «filósofos cortesanos», véase Jocelyn 1977, pp. 350-351. poetas: los mejores connotados por sus biógrafos son aquellos que rechazan las ofertas de los poderosos de visitarlos y hacerles la corte, particularmente por el ascetismo y las aspiraciones de libertad total, de insobornable παρρησία, que predican en sus doctrinas.
Evoluciones del tópico en la Antigüedad Tardía, pagana y cristiana
El enfrentamiento del buen filósofo, asceta y libre, con el poderoso, tiránico y lujurioso, queda constituido de este modo como un elemento biográfico habitual; así lo manifiesta Filóstrato al principio del libro VII de su Vida de Apolonio de Tiana, en una especie de declaración universal de lo que significa este tópico en la vida de un filósofo: οἶδα καὶ τὰς τυραννίδας, ὡς ἔστιν ἀρίστη βάσανος ἀνδρῶν φιλοσοφούντων, «sé bien que las tiranías son la mejor piedra de toque para los hombres que se dedican a la filosofía».
Y, a continuación, rememora largamente el listado de los filósofos de la Antigüedad que mantuvieron relaciones con los poderosos, con palabras elogiosas para quienes de entre ellos resistieron la tortura por no renunciar a sus ideales de libertad; los ejemplos son los que ya nos son conocidos por la tradición, de donde Filóstrato sin duda toma sus datos (VII 2-3): Zenón de Elea con Nearco, Platón con Dionisio, Calístenes de Olinto, Diógenes y Crates con Alejandro, Heraclides y Pitón, asesinos de Cotis el tracio, pero también otros personajes habituales de la biografía helenística, como Fitón y Dionisio (cf. D. S. XIV 108).
Todo ello como antecedente erudito, tan típico de Filóstrato, al enfrentamiento del mismo Apolonio de Tiana con el emperador Domiciano, definido como un acontecimiento de mayor envergadura porque los otros eran gobernantes de pequeños territorios, mientras que Apolonio se enfrentó al emperador del mundo (VII 3-4), aunque su oposición sigue exactamente los cánones del tópico biográfico que hemos expuesto aquí, incluso con un período en prisión (VII 22-28) y un intercambio dialéctico con el emperador (VII 29-35), que es caracterizado tipificadamente como tirano (VII 14).
El incidente acaba, de hecho, con la desaparición milagrosa de Apolonio (VIII 8-10), pero el emperador se muestra más bien convencido de la bondad del hombre divino.
El enfrentamiento de filósofo y tirano se convierte así en un ingrediente que no puede faltar en las biografías antiguas para connotar positivamente a sus protagonistas, tal como lo define un discípulo de Apolonio, Demetrio, consultado por éste sobre lo más conveniente en relación con el emperador (VII 12): De ahí, seguramente, el interés de Jámblico y Porfirio, prácticamente contemporáneos tanto de Filóstrato como de Diógenes Laercio, en la segunda mitad del siglo III 36, por presentar a Pitágoras y a los pitagóricos perseguidos y amenazados por tiranos y poderosos.
Cuando apenas comenzaba la tiranía de Polícrates, Pitágoras que contaba a la sazón dieciocho años de edad, previó hacia dónde se habría de encaminar y qué gran obstáculo sería para sus intenciones y para su amor por el estudio, en el que se esforzaba por encima de todas las cosas.
Así que de noche y en secreto... se marchó.
D. Hernández de la Fuente] Las razones expuestas parecen más bien una simple conexión entre la subida al poder del tirano y la huida del filósofo, con el fin de evidenciar su desaprobación del nuevo régimen y su predilección por la democracia, tal como manifiestan también sus consejos políticos 37, en la línea del tópico biográfico que hemos ido desgranando hasta aquí.
De la intemperancia nacen los matrimonios ilegítimos, la corrupción, la embriaguez, los placeres contra natura y algunos deseos apasionados que llevan a abismos y precipicios.
Pues estos deseos han forzado a algunos a no abstenerse de la unión con madres o hijas, contraviniendo las regulaciones ciudadanas y las leyes como un tirano.
D. Hernández de la Fuente] El contraste fuerte con un tirano, en cambio, lo protagoniza Pitágoras contra Fálaris, en un largo episodio, aunque Jámblico señala que se trata sólo de un caso concreto que manifiesta la actitud general antitiránica del filósofo (VP 214-220):...
El propio Pitágoras se comportó noblemente cuando viajó por todas partes en soledad y arrostró fatigas y peligros imposibles, eligiendo abandonar su patria y pasando el tiempo en tierra extraña.
También cuando abolió tiranías, puso en orden constituciones caóticas y liberó ciudades de la esclavitud.
Puso fin a la ilegalidad y neutralizó la insolencia impidiendo que los tiranos insolentes actuaran....
Cuando fue capturado por Fálaris, el más cruel de los tiranos, le visitó un sabio de estirpe hiperbórea, que se llamaba Abaris, que había llegado para frecuentar su compañía y preguntarle sobre diversos asuntos....
Fálaris montó en cólera con Abaris, que había elogiado a Pitágoras, y concibió gran odio hacia el propio Pitágoras, atreviéndose a proferir terribles blasfemias contra los propios dioses, que solamente alguien como él podría pronunciar....
Fálaris se mostraba contrario con argumentos vergonzosos y osados, con que Pitágoras, sospechando que Fálaris planeaba su muerte, pero sabedor que no era su destino morir en sus manos, emprendió un discurso lleno de autoridad....
Y en virtud de todo ello, habló haciendo uso de la libertad de palabra sobre la tiranía y las ventajas de la suerte....
Pero hizo algo aún más noble que todo esto, pues consiguió la abolición de la tiranía, refrenando al tirano cuando éste iba a procurar desgracias irremediables sobre sus ciudadanos y liberando Sicilia del despotismo....
Justo el mismo día en que Fálaris amenazó a Pitágoras y Abaris con la muerte, él mismo cayó asesinado víctima de conspiradores.
D. Hernández de la Fuente]
Por supuesto, el episodio es una pura construcción literaria: se ha integrado en la biografía de Pitágoras seguramente porque Fálaris, el célebre tirano de Agrigento de la primera mitad del siglo VI a.C., se había convertido en un paradigma de crueldad (cf. Pi., P. I 95-96).
El desenlace, en todo caso, es un tiranicidio en toda regla, que, por tanto, glorifica al filósofo.
Quienes sí son perseguidos, en cambio, y de la forma más cruenta, son algunos de los pitagóricos, como la pareja formada por Milias y Timica, un relato que conocemos por Jámblico (VP 189-194) y Porfirio (VP 61), quienes citan a su vez como autoridades a Hipóboto (fr.
Porfirio se limita a mencionar sus nombres, puesto que en ese punto, precisamente, se acaba el texto que nos ha transmitido la tradición manuscrita.
Jámblico, en cambio, se entretiene larga y novelescamente a relatar los pormenores de la emboscada que los enviados del tirano tienden a los pitagóricos y del diálogo que ambos mantienen con Dionisio sobre la célebre y misteriosa prohibición de las habas, hasta el desenlace final con Timica (VP 194): βασάνους δὲ ἐπιφέρειν τῇ Τιμύχᾳ προστάττοντος (ἐνόμιζε γὰρ ἅτε γυναῖκά τε οὖσαν καὶ ἔπογκον ἐρήμην τε τοῦ ἀνδρὸς ῥᾳδίως τοῦτο ἐκλαλήσειν φόβῳ τῶν βασάνων), ἡ γενναία συμβρύξασα ἐπὶ τῆς γλώσσης τοὺς ὀδόντας καὶ ἀποκόψασα αὐτὴν προσέπτυσε τῷ τυράννῳ, ἐμφαίνουσα ὅτι, εἰ καὶ ὑπὸ τῶν βασάνων τὸ θῆλυ αὐτῆς νικηθὲν συναναγκασθείη τῶν ἐχεμυθουμένων τι ἀνακαλύψαι, τὸ μὴν ὑπηρετῆσον ἐκποδὼν ὑπ' αὐτῆς περικέκοπται.
Dionisio sometió a tortura a Timica (pues pensaba que siendo mujer y estando embarazada y privada del marido se lo contaría más fácilmente que él por miedo al suplicio).
Pero la valiente se cortó la lengua de un mordisco y se la escupió al tirano, mostrando que incluso si por las torturas su feminidad era vencida y se la obligaba a revelar alguno de los secretos, el órgano que serviría para ello estaría cortado de raíz.
D. Hernández de la Fuente] La anécdota biográfica mezcla, pues, el tópico de la resistencia de los filósofos ante la tortura ejercida por los tiranos, en la línea de Anaxarco y Zenón de Elea que comentábamos anteriormente, incluido el detalle de la lengua cortada, con el tópico, menos cruento, de la negativa de los sabios a visitar a los poderosos y entrar en relaciones de amistad con ellos, omnipresente en la tradición biográfica.
Una variante, esta vez con final feliz, de este mismo relato tipificado, se produce cuando el mismo tirano Dionisio, para probar si son ciertas las acusaciones de algunas personas de su entorno, pone a prueba a los pitagóricos Fintias y Damón: hace creer a Fintias que está condenado a muerte por conspirar contra él, y éste le ruega que retenga a su amigo Damón, otro pitagórico, a su lado, mientras él ordena sus asuntos antes de someterse al castigo; ante la estupefacción general, Damón acepta el trueque y, para estupor aún mayor, Fintias regresa al final del día a cumplir con la pena, con lo que se demuestra palmariamente que la célebre amistad pitagórica es algo más que palabrería, y el mismo tirano besa a los dos filósofos y les pide que le incluyan entre sus amigos, a lo cual, por supuesto, ellos se niegan (Aristox., Fr.
Quien no tuvo tan buen trato fue, en cambio, Cilón, un crotoniata ilustre, de carácter violento y tiránico (τυραννικὸς τὸ ἦθος), que quiso formar parte de la escuela y, despechado por su rechazo, persiguió con sus partidarios a todos los pitagóricos, incendió su casa (o la casa de Milón, donde estaban reunidos) con los discípulos dentro, y provocó la huida -según algunas versiones, incluso la muerte-del propio maestro (D. L. VIII 39; Plu., Gen. Socr.
En claro contraste con la importancia que reviste el tópico de la persecución por parte de los tiranos, con marcados visos cruentos, según hemos visto, en la biografía helenística y en las obras que la toman como fuente, muy significativamente cabe destacar la ausencia total de este tópico bien consolidado en las Vidas de filósofos y sofistas de Eunapio de Sardes, ya a finales del siglo IV 38.
Si acaso, a lo largo de la obra, lo que flota, por así decir, en el ambiente, es el peligro de ser perseguido por la autoridad imperial por practicar abiertamente la teúrgia, percibida como una actividad mágica, pagana y perniciosa, que puede llevar incluso a la condena a muerte: ese es el motivo de que Edesio, por ejemplo, no hiciera ostentación pública de sus capacidades taumatúrgicas (VS VI 1.5), no fuera a tener problemas con el emperador Constantino, cuya política era marcadamente antipagana y favorable a los cristianos39.
Sin embargo, la única anécdota biográfica de persecución real por parte de la autoridad es la condena de Sópatro de Apamea el 337, acusado, tras un complot de cortesanos, de haber detenido una flota cargada de trigo mediante el uso de la magia; una acusación que, además, es comparada expresamente con la condena de Sócrates (VS VI 2.7).
Es evidente, en todo caso, que, a pesar de los esfuerzos retóricos de Eunapio, la comparación no funciona en modo alguno y el relato no sigue en absoluto los tópicos habituales de los enfrentamientos de sabios y tiranos de la tradición biográfica que hemos reseñado aquí.
Parece bastante claro que el aprovechamiento del tópico de la persecución por parte de los poderosos quedó restringido a los ámbitos cristianos, y desapareció, en cambio, de las biografías paganas.
Incluso, una vez acabada la época primera de persecuciones, cuando la vida anacorética y monástica vino a reemplazar los martirios por una fuerte ascesis entendida como muerte continuada en vida a los placeres del mundo, el tópico de la resistencia a la tortura de los tiranos, hasta entonces propio de las actas martiriales, pasa también a formar parte de las renuncias de los anacoretas, aunque con formas nuevas 40.
Sirva como muestra este elocuente texto de Jerónimo, con automutilación de la lengua incluida (Vita Pauli 374): Sin embargo, es importante remarcar que estas apoteosis celestes se producen únicamente en los epigramas, que, por más que toman evidente mente como referencia las fuentes del relato en prosa precedente, suelen reflejar los gustos e inquietudes de Diógenes Laercio, que sin duda corresponden a los de su época41.
Y, no menos importante, las apoteosis celestes mediante el epigrama final se conceden también a veces a filósofos que no han sufrido en ningún caso una muerte violenta a manos de tiranos, como Polemón (D. L. IV 20), de manera que hay que reconocer que la apoteosis celeste no es en modo alguno exclusiva de los «mártires filosóficos», aunque sí que podemos afirmar que éste es siempre el destino final de quienes han sufrido este «martirio».
Recapitulaciones, discontinuidades y alguna reflexión metodológica
Los hombres divinos, pues, a pesar de continuar con el tópico del enfrentamiento con los poderosos, por un lado, y de la inmortalización mediante una difusa ascensión celestial, por otro, en ningún caso unen ambos elementos narrativos: a diferencia de los filósofos laercianos, que siguen, en éste como en tantos otros puntos, la tradición biográfica helenística, no tenemos constancia de «martirios filosóficos» para los θεῖοι ἄνδρες.
En Filóstrato, como hemos visto, el enfrentamiento con Domiciano no lleva a Apolonio de Tiana a la muerte, aunque su apoteosis celestial final es bien conocida, incluidas las voces que acompañan su ascensión clamando στεῖχε γᾶς, στεῖχε ἐς οὐρανόν, στεῖχε (Philostr., VA VIII 30).
En Eunapio, como hemos dicho, ni siquiera tenemos constancia de un verdadero enfrentamiento de filósofos y poderosos, al menos en los términos tradicionales.
Naturalmente, cabe preguntarse por las causas de esta distribución de tópicos en los textos tardoantiguos.
Sin duda, hay una primera explicación simple en la diferencia de fuentes manejadas por cada uno de los autores: mientras que Filóstrato, Diógenes Laercio, Porfirio y Jámblico usan, habitualmente citándolas, fuentes helenísticas (sobre todo Aristóxeno, Hermipo, Hipóboto y Neantes), que son las mismas que debieron usar los autores cristianos cultos, como Jerónimo o Eusebio de Cesarea, es bien sabido que Eunapio conoce las obras de Soción, Jámblico, Porfirio y Filóstrato (VS II 1.1-3) e incluso el Demonacte de Luciano de Samósata (VS II 1.9), pero no menciona a ningún otro autor helenístico entre sus fuentes y no parece que conociera en absoluto a Diógenes Laercio, a pesar de que su obra no debía de haber desaparecido de los circuitos cultos antes del siglo VI42, y de que Sópatro de Apamea, prácticamente contemporáneo de Eunapio 43, compuso todo el libro VI de sus Ἐκλογαὶ διάφοροι a partir de la obra laerciana, según cuenta el patriarca Focio (Bibl. cod.
En todo caso, no parece que a Eunapio le interesara demasiado ni la doxografía ni las autoridades a la hora de componer sus vidas, obnubilado por ofrecer modelos claros de una teúrgia de raigambre antigua y pagana que pudiera oponer a la cristiana: se trata, pues, sin más, de una evolución del interés por los datos disponibles.
El motivo de fondo, sin embargo, es claro: los hombres divinos del paganismo ni por asomo podían relacionarse con los mártires cristianos, porque la existencia misma de éstos escandalizaba y horrorizaba a los pensadores neoplatónicos, como se manifiesta en este conocido pasaje de Eunapio (VS VI 11.8):
Εἶτα ἐπεισῆγον τοῖς ἱεροῖς τόποις τοὺς καλουμένους μοναχούς, ἀνθρώπους μὲν κατὰ τὸ εἶδος, ὁ δὲ βίος αὐτοῖς συώδης, καὶ ἐς τὸ ἐμφανὲς ἔπασχόν τε καὶ ἐποίουν μυρία κακὰ καὶ ἄφραστα. ἀλλ' ὅμως τοῦτο μὲν εὐσεβὲς ἐδόκει, τὸ Más tarde, [los cristianos] introdujeron en los lugares sagrados a los llamados monjes, hombres de aspecto, pero de vida semejante a la de los cerdos, y que consentían y perpetraban abiertamente maldades múltiples e inefables.
Pero es que, además, esto es lo que les parecía piadoso: menospreciar lo divino; un poder tiránico poseía en aquel tiempo a todo hombre que llevara vestido negro y estuviera dispuesto a comportarse en público de manera indecente: ¡a tal grado de virtud llegó la humanidad!...
Porque, recogiendo los huesos y los cráneos de quienes, imputados por numerosos crímenes, el tribunal ciudadano castigaba, los señalaron como dioses, y se revolcaban entre sus huesos y creían que serían mejores si se contaminaban ante sus tumbas.
«Mártires», los llamaban, y «ministros» y «embajadores» de sus plegarias a los dioses, cuando no eran más que esclavos de mala ralea, consumidos por los latigazos y llevando en sus rostros las cicatrices de su vileza.
Los tiranos opuestos a los filósofos, pues, acaban siendo al final del camino los monjes y las autoridades que los toleran e incluso los respaldan.
Se impone, por tanto, como mínimo, una reflexión metodológica final: el uso del acerbo de relatos tipificados que formaban parte de la educación retórica común a paganos y cristianos en la Antigüedad Tardía contribuye en igual medida a la definición de los nuevos paradigmas culturales, sean hombres divinos o santos, pero este uso no es en ningún caso servil ni, por supuesto, inintencionado.
Fijarse atentamente en los matices de su evolución, como hemos intentado aquí, debería contribuir a esclarecer mejor las continuidades y las diferencias entre las distintas mentalidades.
Bibliografía Acerbi, S. 2015: «La parrhesia del theios aner en la historia religiosa de Teodoreto de Ciro», Estudios Clásicos 148, pp. 23-37. |
El paralelo más cercano y seguro que he podido encontrar (porque su lectura no presenta demasiados problemas) es el de DTA 11, que contiene una lista de nombres de víctimas.
Al lado de los nombres, en las ll.
2 y 3, aparecen las letras ΔΝ y MM respectivamente.
Wünsch los comentó del siguiente modo: "ΔΝ MM litterae additae uidentur, ut magicam augerent speciem".
Entre estas letras sin sentido que pueden tener valor mágico encontramos ΜΑΑΡ en una secuencia de uoces magicae en DT 38 y también en PGM XII 168»10.
She rightly says that «sin embargo, si estas identificaciones son correctas, parece que fuera del contexto egipcio no tienen sentido»11.
The absence of personal names of the cursed people on the tablet is indeed puzzling, but as E. Chronopoulou herself notes, «la estructura de nuestra defixio de Panticapeo parece que corresponde a una etapa de magia menos elaborada en lo que se refiere al texto de la tablilla» 28. |
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Tras el extenso proemio del canto I (vv.
1-80), Opiano de Apamea se ocupa de los aspectos preliminares de la caza, entre los cuales se encuentra una enumeración a modo de catálogo de los instrumentos necesarios para su práctica (vv.
En I 147 planteamos la restitución de καί, frente a ναί, que aparece en A 2 según el aparato crítico de Boudreaux y también, según el de Papathomo poulos, en el grupo δ (formado por los mss. CDEFXY).
No obstante, es preciso puntualizar que, de acuerdo con la colación de Zumbo 1981, sabemos que en el ms. Y se lee καί y no ναί, y lo mismo en el ms. C, según hemos comprobado7.
Boudreaux y Papathomopoulos editan ναί, lectura ya conjeturada por Lehrs 1837, p.
Lehrs y Schmitt se apoyan en que ναὶ μήν es empleado doce veces en los Cynegetica8.
Tanto ναὶ μήν como καὶ μήν pueden servir para introducir un nuevo asunto, bien en una serie, bien tras pausa fuerte9 como en nuestro pasaje, en el que, dentro de una amplia sección sobre los aspectos preliminares de la caza, se tratará sobre las armas del cazador de los vv.
Este último segmento podría haber sido introducido por una secuencia καὶ μήν10.
Pero con independencia de los aspectos sintácticos, la cuestión fundamental es, creemos, la confianza que merezcan las aportaciones de A 2 y las de los códices del grupo δ.
La secunda manus de A, fechada en el s. XIII, corrige el texto del Venet.
881), añade en el margen versos omitidos y anota variantes entre líneas11; sus lecturas pertenecen a la familia z12.
En cuanto a cómo aparece la lectura en cuestión en el ms. A, hemos comprobado que se lee una N a la izquierda, en el margen, a la altura del verso que empieza en el cuerpo del texto con καί.
Cabe destacar que Boudreaux recoge veintiocho lectiones singulares de A 2, de las que admite en su texto cuatro 13.
Por su parte, Papathomopoulos, aparte de las reunidas por Boudreaux, recoge veintidós lecturas exclusivas de A 2, de las cuales edita únicamente dos 14.
A su vez, los mss. del grupo δ, cuya datación exacta ha sido polémica en algún caso, no son anteriores al s. XV 15 y, por regla general, no aportan lecturas singulares valiosas 16.
Y supra hemos comentado que en el caso que nos ocupa no hay unanimidad para la lectio ναί en los mss. de dicho grupo.
Y aunque podamos discutir si en C. I 147 sería o no καὶ μήν la lectio difficilior, porque sea la única vez que aparece en el poema, o porque parezca más verosímil que un escriba lea ναί donde se dice καί, que lo contrario, insistiremos en el valor de los mss. como argumento principal.
Diríamos además que preferir ναί implicaría oponerse a las reglas que suelen aplicarse a las divergencias entre manuscritos 17: ni A 2 ni el grupo δ, separadamente o en conjunto, son los mejores representantes de la tradición manuscrita de los Cynegetica ni dan las lecturas más antiguas (los manuscritos considerados potiores son A en la familia x, a la que pertenece el grupo δ, y K en la familia z, con la que entronca A 2 ).
De acuerdo con el aparato crítico de Papathomopoulos, son sólo tres las lecturas comunes que en exclusiva presentan A 2 y δ, en su conjunto o parcialmente, y todas son rechazadas por el editor griego 18.
Por último, no debe olvidarse la tendencia correctora, ya señalada, de la secunda manus de A.
Si aceptamos, pues, καὶ μήν en Ι 147, la traducción sería: «Y además, éstas debieran llevar consigo a montes y boscajes los laboriosos y fuertes cazadores como armas de la gloriosa caza».
16 Sólo seis lecturas singulares de estos seis mss. han sido incluidas en el texto de Papathomopoulos (en C. I 440; II 15, 242, 299, 575 y III 101, atestiguadas por todos los códices del grupo δ, salvo la segunda presente únicamente en el ms. F).
de estos animales (Ι 173-197), determinando unas condiciones que cumplen especialmente los caballos tirrenos, armenios, aqueos y capadocios (versos que reproducimos).
En C. I 197, en lugar de προπάροιθε(ν), lectio de los mss., Koechly propuso la corrección πρόπαρ οἵτε 19, que así editaron Boudreaux y Mair, en tanto que Papathomopoulos la varió ligeramente 20.
Amén de este dato, consideramos que no hay necesidad de modificar el texto, si atendemos a una adecuada comprensión de su sintaxis.
Un paralelo muy a tener en cuenta es C. III 348-352, que compara los rasgos físicos de la tigresa con los de la leona mediante una serie de frases introducidas por τοῖος:
tad para la combinación de frases nominales puras y frases con verbo explícito en las series introducidas por τοῖος, aunque en este caso la mayor parte se desarrolla en una construcción asindética.
También, creemos, en el caso que nos interesa, el cambio de verbo o su aparición después de frases nominales puras da pie a una variatio en una estructura paralela 22.
Explicada de este modo la frase, queda por resolver su traducción.
Entre las versiones latinas, anteriores a la corrección de Koechly, Turnèbe 1555 tradujo Ταύρου προπάροιθε νέμονται mediante lo que parece una frase parentética: «Tyrrhenique tales, atque Armenii, et Achaei, Cappadocesque praeclari, ante Tauru (monte) pascuntur».
Esto es, «tales son los tirrenos, los armenios, los aqueos y los ínclitos capadocios (éstos pacen al pie del Tauro)» 23.
Se podría dar incluso a νέμονται el sentido de 'viven' (cf. Pi., O. 2.73, N. 3.82) y aplicarlo a todas las razas mencionadas en estos versos, traduciendo «tales viven los tirrenos, los armenios, los aqueos y junto al Tauro los ínclitos capadocios».
Con todo, entendemos que mediante la repetición de «tales» es como mejor se refleja la sintaxis y el orden del original.
Podría sumarse a esta forma de entender el verso el hecho de que, según hemos comprobado, algunos manuscritos presentan un signo ortográfico al final del verso anterior, como tratando de aislar este verso 24: «Tales son los tirrenos, los armenios y los aqueos, y tales pacen junto al Tauro los ínclitos capadocios».
780 s., donde una frase nominal pura se halla coordinada con otra con verbo conjugado, de manera que queda roto el paralelismo que podría esperarse de la anáfora: τοίη οἱ κέντροιο κοπίς, τοῖαι δ' ἐπὶ κέντρῳ / σφόνδυλοι ἐννεάδεσμοι ὑπερτείνουσι καρήνου.
23 El ms. A presenta un punto alto y el ms. H un punto entre κλυτοί y Ταύρου, lo que apoyaría esta interpretación.
Curiosamente, Schneider 1776 tradujo ya usando una frase de relativo: «Cappadocesque praeclari, qui ante Taurum pascuntur»; y también D. Peiffer en su versión más libre, que se reproduce en Schneider 1813: «tales, qui pabula carpunt infesti circum nemorosa cacumina Tauri, Cappadoces celeres».
Coinciden con esta posibilidad, la de la frase de relativo, pero ya siguiendo la corrección de Koechly, Mair 1928, Calvo Delcán 1990 y L'Allier 2009 en sus respectivas traducciones.
Al encomiar la virtuosa naturaleza de los caballos, el poeta hace referencia a Janto, uno de los corceles de Aquiles (I 226-228), a Bucéfalo (I 229 s.), a los potros nacidos de las yeguas de Erictonio y a Pegaso (I 231-233).
Alude también a una célebre anécdota (I 234 s.): la elección de Darío como rey de los persas gracias al relincho de su caballo, reacción provocada por la astucia de su palafrenero Ébares25.
En C. Ι 235 Papathomopoulos elige la forma dada por K 1, de manera que el artículo determina a βασιλῆα.
También editó τόν Boudreaux, aunque no a partir del ms. K, sino de una emendatio de Brunck recogida en Schneider 177626.
A nuestro entender, es preferible la lectura mayoritaria de los manuscritos τῶν, determinando a Περσῶν.
Y es que las lecturas singulares del ms. K, a pesar de que en determinadas ocasiones son preferibles27, en otras resultan discutibles28.
Por otra parte, es conocido el empleo sin artículo de βασιλεύς en prosa y verso para hacer referencia, como aquí, al rey de Persia29.
En C. I 235 βασιλῆα, creemos, no precisaría la determinación de un artículo, y, de hecho, pocos versos antes el mismo término es empleado sin él, referido a un rey no menos conocido30: ἵππος ἐνυαλίοιο Μακηδονίου βασιλῆος / Βουκεφάλας (Ι 229).
Además, ὀσμή es término inusitado en la épica 34, frente a ὀδμή, atestiguado antes del apamense en Homero, Apolonio de Rodas, Nicandro y Opiano de Cilicia 35.
Interesa en particular A.R. IV 112, donde hallamos otro paralelo para ὀδμὴν... ἀμαλδύνουσιν y en un contexto cinegético (los cazadores que madrugan para seguir el rastro antes que desaparezca con el amanecer): μὴ πρὶν ἀμαλδύνῃ θερμὸν στίβον ἠδὲ καὶ ὀδμήν.
También emplean ὀδμή Quinto de Esmirna y Nono de Panópolis (aflorando de nuevo la secuencia ὀδμὴν... ἀμαλδύνω en D. XXXIX 47: ὀδμὴν βοτρυόεσσαν ἀμαλδύνων Διονύσου) 36.
En conclusión, la corrección de Schneider parece preferible, y así traducimos: «Y los labrantíos disimulan todo olor, embajada ante los perros rastreadores de buen olfato».
pertenece al mismo subgrupo (designado x 2 por Zumbo 39 ), dan αὐχένα κόψας.
Ésta debió de ser la lectio genuina, de manera que es probable que x 2, el codex deperditus del cual fueron copia CYDEF, introdujera una lectura alternativa en este punto 40 y este doblete fuera simplificado prefiriendo los copistas de CYDE una forma y el de F la otra.
Mersinias sostiene que el verbo ἀμέρδω tiene el mismo significado que κόπτω,'cortar'.
Pero ἀμέρδω nunca es sinónimo de κόπτω, y así consta en las definiciones que dan LSJ (s. u.) y DGE (s. u.), y nosotros mismos lo hemos comprobado en un buen número de autores hexamétricos 41, donde ἀμέρδω, a veces en tmesis, jamás significa 'cortar', sino 'privar' o 'dañar', y cuando se halla en un contexto que implica un corte, el complemento que lo acompaña indica el objeto que es separado del todo y no el elemento que es seccionado.
En esos dos ejemplos ἀμέρδω y su compuesto ἀπαμέρδω se construyen con un complemento que indica la parte que es separada (la cabeza en ambos: καρήατος y κρατός), no la que es objeto del corte (en el primer texto el tendón, metonimia por el cuello: τύψας... τένοντα; y en el segundo el cuello de manera implícita).
Sensu stricto, si se leyera αὐχέν' ἀμέρσας en C. ΙΙ 8, habría que entender que el cuello (no la cabeza, como es sabido) es separado del cuerpo de Gorgona.
Un tercer texto invocado por Mersinias es un escolio a ἀμέρσας en Nic., Th.
Pero en la edición de Crugnola (p.
Este subgrupo incluye también el ms. Y, cuya lectura (ἀχέν' ἀμέρσας, cf. Zumbo 1981, p.
100) es omitida en el app. crit. de Papathomopoulos, probablemente por ser errónea.
40 Todos los mss. dependientes de x 2 presentan algunas divergencias semejantes respecto a los restantes, cf. I 10 (κρατερῇσι frente a μεγάλῃσι), I 267 (κόρσας frente a κεφαλάς), I 496 (δαίδαλον ἵστον frente a δαίδαλα μαζῶν), II 342 (διδύμους frente a διαύλους), II 400 (νόος ἐστὶν frente a νοέοντα, νοέοντας), II 451 (δέμας frente a εἶδος), IV 354 (el añadido de μητίσαντο, antes o después de ἄγρην, que podría ser una varia lectio para πονεῦσιν).
No se encuentra en otros autores hexamétricos también revisados (Antim., Arat., Call., Colluth., Euph., Orph.
A. y H., Rhian., Triph.).
Resulta muy significativo el que sólo el escolio de k dé κόψας como equivalente a ἀμέρσας, mientras que los otros le atribuyen su significado habitual o aluden de alguna otra manera a la acción y efecto de separar.
En consecuencia, cabe pensar que el autor del escolio de k se equivoca, si realmente pretende dar un sinónimo para glosar ἀμέρδω.
7, añade además ciertas consideraciones prosódico-métricas para sostener αὐχέν' ἀμέρσας, como que la elisión (de sustantivo en este caso) tras la primera breve del quinto dáctilo es corriente en los Cynegetica y que el poeta sirio gusta de cerrar el verso con un participio trisílabo escandido como un baqueo (∪ − −), subrayando que a final de verso sólo se dan en el poema siete casos de participios espondaicos de dos sílabas.
Sin embargo, uno de esos siete casos citados por Mersinias es αὐχένα τείνας (ΙΙ 51), que serviría de paralelo para la cláusula αὐχένα κόψας que defendemos ahora 42.
Si añadimos αὐχένα βαιοί (C. III 326), da la impresión de que el de Apamea prefiere emplear αὐχένα sin elisión formando un final − ∪ ∪ + − −, un uso que, por lo demás, no se aparta de la tradición y que reaparece en Nono de Panópolis 43.
En definitiva, estimamos mejores los argumentos a favor de αὐχένα κό ψας, la lectura que ya había preferido Boudreaux y que, aun conociendo la ar gumentación de Mersinias, también es escogida por Papathomopoulos.
Así, el texto se podría traducir: «Y entre los mortales el primero que inventó la caza fue quien cortó el cuello de Gorgona, el ínclito hijo del áureo Zeus, Per seo».
El canto tercero, como adelanta su breve proemio (vv.
1-6), está dedicado a los depredadores, empezando por los leones.
A un conciso relato de su mítico origen (vv.
8-19: los Curetes fueron metamorfoseados en leones por Crono como venganza por la protección que dieron al recién nacido Zeus, pero fueron compensados por Rea, que desde entonces los unció a su carro), sigue la descripción de tres razas (vv.
En C. ΙΙΙ 21 todos los editores, desde Turnèbe, han optado por νυν en lugar de νῦν.
Podría este νῦν ser un ejemplo más de acentuación facilior que añadir a lo consignado por LSJ (s.u. νῦν, II.4): «even νυν is written νῦν in codd. vett.
El problema es de difícil tratamiento, como sucede en todas estas cuestiones que afectan al acento.
Pero, atendiendo al sentido de la frase, creemos que aquí se puede mantener la lectura νῦν que dan todos los códices, salvo G.
El adverbio temporal νῦν no contradiría el valor acrónico o atemporal del aoristo κυήσατο (v.
22) 44, dado que los leones armenios no son animales extinguidos, y así lo atestigua el uso del presente en las frases que los caracterizan (v.
28: θοαὶ κομόωσιν ἔθειραι).
36), también en correlación con κυήσατο, iniciarán luego la descripción de los leones erembos y la de los libios en este breve catálogo de razas 46.
A nuestro entender νῦν, al comienzo de la relación de razas, opondría todo el pasaje acerca de los leones ahora existentes a los versos anteriores, en que Opiano relata la mítica metamorfosis de los Curetes en estos anima les, que tuvo lugar en un tiempo pasado.
En cuanto a los adverbios en los Cynegetica, Mersinias 2016, p.
236, no estudia los de tiempo y lugar.
Boudreaux conjeturó φορέοντε, también un presente, mientras que en los otros códices se lee φορέονται.
De interés por su cercanía al pasaje que nos ocupa son E., Med.
West. ahora, en la desembocadura de un sonoro río, a orillas del cauda loso Istro, paren la arquera Armenia y la tierra de los partos, fértil y rica en pastos».
152 ἐς Schneider 1: εἰς xz De los osos (III 139-182) se destaca su lascivia, que lleva a las hembras a forzar su vientre anticipando el nacimiento de su prole para copular cuanto antes, dado que la preñez les impide el apareamiento, como al resto de los animales, salvo a los linces y a las liebres.
En C. III 152, la corrección de Schneider 1776 (que siguen Boudreaux y Papathomopoulos, y también Mair) a la lectura unánime de los códices está motivada probablemente por el hecho de que en los poemas homéricos, a modo de norma, la preposición εἰς sólo es utilizada ante palabra iniciada por vocal, mientras que ante consonante inicial sólo aparece ἐς.
Además debió de influir el inicio de verso ἐς λέχος de C. Ι 500.
En los Himnos homéricos se encuentra un comienzo de verso igual que este último en h.Ven.
Así sucede en interior de verso en C. Ι 158, εἰς θήρην, y Ι 513, εἰς βαλβῖδα.
Ante una situación contradictoria como ésta, lo más adecuado, a nuestro entender, sería respetar la lectura unánime de los códices en C. III 152 (εἰς λέχος) y C. I 500 (ἐς λέχος).
En Nono de Panópolis encontramos una situación semejante.
Sin embargo, en D. VII 117 (tras la diéresis bucólica) el aparato crítico de Ludwich (Keydell omite este detalle) anota: «εἰς k: ἐς LW».
Ludwich y Rouse prefieren la primera forma en su texto, mientras que Ke-ydell prefiere la segunda.
Es decir, o se edita siempre εἰς, o se acepta la contradicción, criterio para nosotros preferible en esta ocasión, dado que evita corregir el texto.
La traducción sería: «Pues las fieras, cuando su vientre está grávido, no tienen por costumbre llevar a cabo obras amorosas ni aparearse, excepto únicamente los linces y las débiles liebres».
113, defiende ese γάρ al considerar que se trata de una construcción poética correcta, y que Mair acierta en su forma de entenderla: es decir, el γάρ del v.
360 anticipatorio y el segundo asevera lo que se acaba de decir, es decir, da la razón de por qué no es fácil capturar al tigre macho, siendo perfectamente normal el contraste entre una idea negativa y una positiva como en el caso que nos ocupa, donde δή tiene carácter enfático.
Papathomopoulos remite a la defensa de Mersinias para editar γάρ.
Nosotros estamos de acuerdo con Mersinias en mantener el primer γάρ del v.
360, dado que cuenta con el apoyo de la mayoría de los mss., y en su defensa, así como la de los otros γάρ que encontramos en estos versos, habla la tradición poética griega: en efecto, está documentado el uso reiterado de esta conjunción, tanto a lo largo de varios versos como dentro de un mismo verso51.
Pero no estamos de acuerdo con Mersinias en que el primer γάρ del v.
360 sea anticipatorio, dado que sólo se conoce un caso en que un γάρ anticipatorio es recogido por otro γάρ52.
Ni compartimos el sentido adversativo que Mair le da («but»), ya que, pese a que sería lo esperado de acuerdo con la lógica (por eso en la Paráfrasis se lee ἀλλά), no es un valor reconocido para γάρ, como tampoco el concesivo53.
Creemos que este γάρ se puede explicar de otra manera, que permite igualmente conservarlo.
Tras desmentir en el v.
359 el rumor de la inexistencia de tigres machos54, dado que (γάρ causal) es posible ver frecuentemente «al policromado y bello esposo», el poeta informa en el v.
360 inmediatamente de la dificultad de capturar al macho y usa un nuevo γάρ, que es aquél cuya corrección motiva estas líneas y que para Mersinias, como ya hemos dicho, tiene valor anticipatorio.
En principio, se podría pensar que el γάρ del v.
360 tienen valor aseverativo 55: «a menudo, en efecto (γάρ), podrías ver al policromado y bello esposo; con facilidad, en efecto (γάρ), no lo atraparías».
Pero Denniston nos pone sobre la pista de una interpretación diferente y a juicio nuestro más interesante: «The connexion of thought is sometimes lacking in logical precision...
Ciertamente, no hay conexión lógica expresa entre los versos anteriores (rumor sobre la inexistencia de machos y desmentido, puesto que es posible verlos con frecuencia) y los que nos ocupan (escasa facilidad para capturarlos), de tal manera que se podría suponer una elipsis en el desarrollo de la exposición de los pensamientos del poeta: «dado que a menudo podrías ver al policromado y bello esposo, [circunstancia que no te servirá de mucho,] pues (γάρ) con facilidad no lo atraparías».
Un último γάρ, el segundo del v.
360, sirve para justificar la dificultad de la captura del macho, pues (γάρ) en cuanto ve a los cazadores «abandonando sus crías, huye a toda prisa» 57.
Nuestra versión del pasaje sería: «Mas es de largo la más veloz de las raudas fieras, y es que en la carrera iguala al Céfiro, su progenitor, aunque en realidad no puede ser su progenitor; ¿quién podría creer esto, que las fieras puedan ser desposadas por un viento como novio?
Y es que es fama infundada aquella según la cual esta tribu es toda ella mujeril y no yace con macho; dado que a menudo podrías ver al policromado y bello esposo... pues con facilidad no lo atraparías; pues de seguro abandonando sus crías, huye a toda prisa, en cuanto ve a los cazadores».
Para la defensa de un caso concreto, cf. Giangrande 1990, p.
57 Consideraciones estilísticas podrían contribuir a mantener el γάρ que discutimos.
Una sería el neto paralelismo morfológico, sintáctico y métrico del primer hemistiquio de los vv.
359-360, lo que, unido al homeoptoton por el uso de formas verbales semejantes podría ser entendido como un juego retórico deliberado del apamense.
Otra, que de este modo no se deshace una aparente secuencia progresiva: el primer γάρ (v.
354) está separado por tres versos del segundo (v.
359) y el tercero por uno del cuarto (v.
360), que se encuentra en el mismo verso que el quinto.
La elipsis que hemos comentado como explicación del primer γάρ del v.
360 podría ser incluso una manera de romper la aparente monotonía provocada por los sucesivos γάρ y no una inadvertencia del poeta.
394 τε xz: δὲ Schneider 2 Entre los animales que completan el canto III se encuentran los puercoespines (vv.
391-406), que se ponen a salvo de sus enemigos valiéndose de sus agudas púas.
Creemos que en C. III 394 lo correcto es restituir el τε unánime de los códi ces, como hace Papathomopoulos, frente al δέ de Schneider 1813 seguido por Boudreaux y Mair.
Parece que hay una correlación con el μέν del verso anterior: se hace referencia, por un lado (μέν), al tamaño del animal com parable al de los lobos y, por otro (τε), a sus púas que lo hacen parecerse a los eri zos.
La lectura de los mss. puede ser recuperada si se tiene en cuenta que en los Cynegetica μέν no siempre está en correlación con δέ58 y que los ejemplos de correlación μέν -τε son numerosos, especialmente en verso59.
Se gún señala Denniston60, cuando μέν va en correlación con una partícula no adversativa, el contraste propiciado por los dos elementos es tan ligero que difícilmente se puede hablar con propiedad de un contraste y, en consecuen cia, no es de extrañar que se use una partícula que exprese mera adición.
Y en principio, este carácter de adición parece válido para el texto que nos ocu pa.
El conjunto formado por la correlación μέν -τε contrastaría a su vez con los versos inmediatamente posteriores (397-398), introducidos por la adversativa ἀλλά: Ἀλλ' ὅτε μιν σεύωσιν ἀρείονες ἔξοχα θῆρες, / δὴ τότ' ἐμήσατο τοῖα.
Esto es, el poeta de Apamea establecería una oposición entre aquello que en los puercoespines es comparable a otros animales (tamaño lobuno y púas de erizo) y aquello que constituye su rasgo más característico, el uso de sus púas como proyectiles 61.
No habría inconvenientes, entendemos, para restituir la lectura τε de los manuscritos.
Una traducción del pasaje, añadiendo los vv.
397-398, podría ser ésta: «Ciertamente, de un lado, su tamaño es similar al de los lobos sanguinarios, cuerpo menudo, más bien pequeño, fuerte, y la piel está erizada alrededor por la envoltura de unas púas ásperas y densas, como las que tienen por coraza las numerosas razas de los erizos; pero, cuando lo turban fieras particularmente belicosas, entonces se vale de la siguiente astucia...».
En el canto IV de los Cynegetica se describe, entre otras diversas cazas, la captura del león por parte de los cazadores etíopes, quienes luchan abiertamente con la fiera sin valerse de trampas (IV 147-211).
La narración incluye detalles sobre el equipamiento de los hombres, que habrán de luchar cuerpo a cuerpo con la fiera, llevando consigo escudos y yelmos.
Esos yelmos, que cubren su cabeza, sólo permiten ver boca, nariz y ojos.
Para C. IV 156 Boudreaux y Papathomopoulos prefieren el optativo ἀθρήσαις, una corrección de Brunck admitida por Schneider 1776 y 1813, y también por Mair.
En primer lugar, una objeción no pequeña para aceptar ἀθρήσαις es que para la 2a y 3a personas del singular y la 3a del plural del optativo de aoristo sigmático Opiano de Apamea no usa las formas acabadas en -σαις, -σαι y -σαιεν sino las del optativo llamado por los antiguos «eólico», es decir, las terminadas en -σειας, -σειε, -σειαν 62.
De la 2a de singular en 61 Para una correlación μέν -ἀλλά, cf. p. ej. Hom., Il.
Como hemos señalado en una nota precedente, es también usada en varios lugares de los Cynegetica.
62 Como es sabido, las formas acabadas en -σειας, -σειε, -σειαν son las usadas regularmente en ático.
Su origen es enigmático y su denominación como optativo «eólico» no parece -σειας hay tres ejemplos en el poema: κεράσειας (C. I 398), ὁπλίσσειας (I 514) y ἀθρήσειας (III 345), precisamente el mismo verbo que tenemos en IV 156.
En cambio no hay ningún ejemplo de la forma en -σαις 63.
Sin embargo, el futuro ἀθρήσεις, lectura unánime de los mss., encuentra justificación en la sintaxis y en la tradición de la poesía didáctica griega.
En este tipo de poesía el futuro de indicativo, en su segunda persona del singular, es usado con frecuencia para dirigirse al destinatario del poema, real o ficticio, concreto o general.
En esos futuros se observan varios valores, pues los poetas los utilizan para presentar las enseñanzas que obtendrán de su obra o las ventajas que reportan sus preceptos, y también para impartir consejos 64.
Pero además se emplea para introducir un elemento descriptivo, como ahora.
Este último valor no abunda, pero está bien documentado, pues lo encontramos en Arat.
222, donde se recuerda que la fuente Hipocrene se halla cerca de Tespias: Ἀλλὰ τὸ μὲν πέτρης ἀπολείβεται, οὐδέ τοι αὐτὸ / Θεσπιέων ἀνδρῶν ἑκὰς ὄψεαι.
A su vez, en Nic., Th.
512-513 se señala el parecido del fruto de la aristoloquia con las peras: μέσον δ' ὡς ἀχράδα καρπόν / μυρτάδος ἐξ ὄχνης ἐπιόψεαι ἢ σύ γε βάκχης.
Y este tipo de futuro se halla también en Orph., L. 296 (cf. v.
387) cuando se describe una de las variedades de la piedra chrysothrix: τὸν μέν τε νοήσεις / κρύσταλλον λευκήν.
Los futuros de estos tres pasajes, así como el de los Cynegetica, parecen cercanos a los futuros tradicionalmente llamados «futuros descriptivos» 65, uso que también se encuentra en alguna descripción geográfica de Heródoto.
Humbert apunta la existencia del futuro que indica «possibilité perma nente» 66.
El futuro empleado por Opiano reflejaría dicha posibilidad, añadiendo cierto matiz de cortesía (un rasgo no extraño en la poesía didáctica) y consiguiendo, frente al optativo, una mayor viveza.
Semejante afirmación del poeta tal vez proceda de su experiencia personal o de una versión muy directa de los hechos.
Cabe recordar que, aunque se ha criticado el contenido fantasioso o disparatado de bastantes pasajes de los Cynegetica, se admite que las descripciones de caza del libro IV referidas a león, leopardo y oso contienen una buena dosis de verismo67.
Ciertamente, reconocemos que este futuro sería único en los Cynegetica, pero en este poema a menudo la excepción es regla.
La traducción de estos versos sería: «Y cascos cubren sus cabezas.
Y sólo verás labios, narices y ojos relucientes»68.
198 σχερὸν Wernicke: χέρσον A 2 z La lectura que nos interesa, inserta en los versos en que el león, tras enfrentarse con los cazadores etíopes, está vencido y a punto de desplo marse, aparece sólo en los mss. de la familia z, así como en A 2, cuyas lecturas están relacionadas con este grupo69.
En esos mss. se lee χέρσον, término inconveniente por su significado e incorrecto por obvias razones métricas.
Fueron postuladas varias alternativas, σχερόν por Wernicke (elegida por Boudreaux y Papathomopoulos) y ξερόν por Spitzner.
Una tercera, χέρον, conjetura de Schottus, es una forma, creemos, inexistente, además de métricamente inaceptable 70.
La corrección de Wernicke plantea inconvenientes de consideración.
El término σχερόν no sería propio de la épica: es usado sólo por Píndaro (N. 1.69, 11.39, I. 6.22), únicamente en dativo y en una construcción singular, ἐν σχερῷ ('en línea, sucesivamente', cf. LSJ, s. u.); este sintagma se entendió posterior-mente como un adverbio (ἐνσχερώ) 71.
Por otra parte, en el léxico de He siquio (σ.
2984, s. u. σχερός) el sustantivo está atestiguado con el signifi ca do ἀκτή, αἰγιαλός (esto es,'costa, playa'), que no sería acorde con lo esperado aquí.
En cambio, la conjetura de Spitzner 72 no resulta tan problemática: ξερόν es un término épico, que aparece sólo en el sintagma ποτὶ ξερόν en Hom., Od.
704, ocupando siempre la misma sedes métrica que en los Cynegetica.
Del significado del término, no obstante, se derivan ciertas dificultades, dado que el léxico de Hesiquio 73 cita como sinónimos suyos χέρσον y ξηρόν,'tierra firme', sentido que si bien no encaja del todo en el contexto de los Cynegetica 74, podría dar lugar a una interpretación laxa como'tierra, suelo', tal como el pasaje requiere.
En cambio, los escoliastas, con referencia al pasaje homérico citado o al de Apolonio, señalan la relación semántica de ξερόν y ξηρόν 75.
Atendiendo, pues, a la dificultad interpretativa que suponía ya para los antiguos esta palabra, no sería descabellado creer que el de Apamea la interpretó con cierta libertad, dándole un sentido amplio como'tierra, suelo'.
Habida cuenta de todos los factores relacionados, parece más probable que el poeta de los Cynegetica usase ξερόν en lugar de σχερόν.
De este modo, consideramos preferible la conjetura de Spitzner, pudiendo traducirse así estos dos versos: «Y derrama sangrienta espuma en el suelo, mientras, semejante a un hombre avergonzado, baja su mirada a tierra». |
Fue en 1978 cuando el profesor Alberto Bernabé publicó en la editorial Gredos una traducción de los Himnos Homéricos.
Desde entonces han aparecido ediciones, traducciones, estudios parciales sobre cuestiones que inciden en la correcta interpretación de los textos.
El propio autor ha ahondado en muchas de ellas.
Con su característico buen hacer presenta ahora una edición bilingüe que saca lo mejor de la investigación y la ofrece al lector, que ya desde la introducción queda cautivado y deseoso de entrar en materia.
Merece la pena destacar la concisión, brevedad y claridad expositiva de cuestiones tan complejas como la transmisión, la valoración sobre el valor literario, función y significado de esta poesía, los rasgos más característicos de los llamados Himnos largos y las circunstancias de su representación.
Una visión de conjunto espléndida que pone de manifiesto su profundo conocimiento de la materia.
Es ésta una constante que se repite en las respectivas introducciones a cada himno.
La erudición que despliega, la constante puesta al día de los datos relativos a los nuevos fragmentos, a la reconstrucción, a la discusión de las dataciones, la forma en que aborda cuestiones claves (ejecución, estructura, epítetos, alusiones iconográ ficas, correspondencias rituales, paralelos orientales, significado último de los mitos que aparecen, todo ello avalado con notas y referencias continuas), el contraste de las opiniones vertidas por otros especialistas con la suya propia -afinada en una labor de muchos años no sólo en el terreno de los Himnos Homéricos, sino también de la épica arcaica, el orfismo, el dionisismo, el micénico, los textos hititas-, con vier ten el libro en un auténtico repaso de cuestiones de plena actualidad en el ámbito de los estudios clásicos.
Rinde homenaje, además, a las contribuciones de muchos estudiosos.
Pues en cada uno de los Himnos ha optado por una edición, conviven así la de West, Càssola, Richardson, Vergados, Faulkner, Olson.
Bernabé señala las diferencias que le separan de ellos, en especial en los llamados largos.
Tan solo en los Himnos 8 y 28 no consta a qué editor sigue.
Gana en solemnidad, en empaque.
El lector más ajeno a la filología la disfrutará más, máxime cuando se trata de una edición muy cuidada en el aspecto material, color y tacto del papel, márgenes y tipografía.
Solo en un caso creo que se puede inducir a confusión a esa clase de lector: en mi modesta opinión, en p.
18, no debería hablarse de «vacas del sol»: en verdad Bernabé señala que la identificación de Apolo con el astro rey se data en el s. V a.C. (p.
162), pero en el texto se afirma que las vacas son de los felices dioses (v.
340), y el propio Sol aparece como deidad diferente en v.
También hay una inconsistencia en p.
66, pues no es Afrodita quien se quita joyas y vestidos, sino Anquises quien la despoja de ellos, así en el texto y en la traducción, subrayado además por retrasar su mención al final de la escena y además con encabalgamiento.
Otro despiste se observa en p.
Una leve repetición «canta, Canta» se observa en Himno 17, 1.
118, línea 15, debería leerse «del coro de las Delíades» en lugar «de coro de las Delíades» y en p.
394, línea 4 «resplandeciente» y no «replandeciente».
Llama la atención «ciceó» en la introducción del Himno 2 p.
La supresión del acento en el v.
122 del mismo himno, «Dos» en lugar de «Dós», epíteto de Deméter, acaso por adaptarse a las nuevas normas de la Real Academia, conlleva una peligrosa homonimia con el numeral español.
Por el contrario, opta por la transcripción más arcaizante Zéfiro (Himno 6,v.
3) en lugar de Céfiro.
En cuanto al texto griego se omite el espacio entre la interjección y el vocativo en p.
Y en el uso de la diéresis se advierten discrepancias, que quedan sin explicar, entre el texto reproducido y las ediciones elegidas por Bernabé.
Algún error se ha deslizado en la bibliografía: en Brandenstein falta el número de la revista (56).
En Renehan está duplicada la fecha.
En Riemann el Suppl. es naturalmente a R.E., pero no aparece la abreviatura.
Obligación del reseñador es advertir estos pequeños yerros como también resaltar que el libro constituye un magnífico ejemplo de la necesidad de aunar el estudio detallado de los textos, la constante actualización a raíz de nuevos hallazgos y ediciones, la comparación dentro de la literatura griega y fuera de ella a través de paralelos orientales e indoeuropeos, la valoración del folklore, el repensar, el adoptar una postura personal.
Ése es el buen quehacer del filólogo, el que produce un libro importante, de grata lectura, imprescindible en sucesivas consultas, un libro que uno desearía para su biblioteca personal.
Introduction, Text, Commentary, Oxford University Press, 2018, 578 pp. Las prensas oxonienses nos han proporcionado, gracias a la pericia de Maria Ypsilanti, una voluminosa obra sobre el poeta helenístico Crinágoras de Mitilene, que vivió a caballo entre los siglos I a./d.C. y que es uno de los autores más interesantes de la Antología Palatina: casi seiscientas páginas de buen hacer filológico, que desde ahora se convierten en santo y seña para el conocimiento y estudio de dicho autor.
Como la propia Ypsilanti advierte, se trata de «an expansion» (p. ix) de su tesis doctoral, titulada An Edition with Commentary of Selected Epigrams of Crinagoras y realizada en la Universidad de Londres (2003) (470 p.).
Como es natural, el trabajo está convenientemente renovado y completado en todos sus aspectos.
Aborda Ypsilanti en la Introducción (pp. 1-53) los aspectos habituales de esta sección.
De manera abundante recoge toda la información sobre la vida y obra de Crinágoras (pp. 1-14), al que Filipo compara con el fruto de la hiedra (AP IV 2), especialmente relevante en lo que a testimonios de la Antigüedad se refiere, entre los que se incluye la epigrafía y otros autores como Estrabón o Partenio de Nicea, que le dedicó una elegía, de la que conservamos un pentámetro (fr.
Parece que se inspiran en este verso Propercio (I 1.4), Ovidio (Rem.
Se ha conservado en el Etymologicum Genuinum por la referencia que hace a Ἅρπυς como sinónimo de Ἔρως.
De Crinágoras conocemos hasta cincuenta y un epigramas, que permiten deducir que se movió entre los círculos aristocráticos de Roma y que reflejan con no poca frecuencia acontecimientos y sucesos históricos de la época.
En ocasiones su poesía adulatoria hacia los gobernantes recuerda a la de Marcial respecto a los emperadores de la dinastía Flavia.
Véanse, por ejemplo, los epigramas 23 y 24 de la presente edición y sus oportunos comentarios.
En general, se observa una preferencia por la experiencia personal sobre los topoi propios del género.
Por lo demás, no es mucho lo que se sabe de este epigramista, que fue enviado a Roma formando parte de las embajadas a Julio César y de Octavio, y que se ganó la estima de sus contemporáneos.
Al lenguaje y el estilo consagra las páginas siguientes (pp. 14-22), comenzando por el dialecto (p.
14) empleado, el épico-jónico con algunas formas ocasionales en ático; brevemente se refiere a los escasos latinismos (pp. 14-15) que se pueden observar en la obra de Crinágoras.
El uso de homerismos (p.
16) colabora a que los epigramas de Crinágoras se distingan por un estilo elevado.
Las variaciones sintácticas (pp. 17-18) y los enjambments (pp. 19-20) son analizados de manera somera.
También de manera breve son expuestos otros aspectos de la obra de Crinágoras como la estructura (p.
20) de sus epigramas, los pleonasmos (p.
La métrica (pp. 22-31) ocupa una parte importante de la introducción.
En ella se analizan los aspectos habituales en estos casos: uso de la correptio epica, alargamiento o mantenimiento de la vocal ante el grupo muta cum liquida y el hiato.
A continuación, estudia por separado la tipología del hexámetro y del pentámetro.
En el primero, que siempre ofrece más posibilidades, el análisis afecta a las cesuras, diéresis bucólica, palabras trisilábicas proparoxítonas en relación con el final del hexámetro, uso del espondeo (Ypsilanti ofrece interesantes datos comparativos con otros poetas helenísticos), por ejemplo sobre versos spondeiazontes, que afectan al 5, 5 % del total de hexámetros, cumplimiento del zeugma de Hermann, así como de la ley de Wernicke y de las leyes de Meyer, de las que apenas se hallan violaciones, y, por último, la elisión, que es evitada delante de la cesura.
El balance presenta a un Crinágoras incardinado en las tendencias generales de su época, aunque hubiera sido de interés un apartado en el que se estudiara y situara al epigramista respecto a la reducción de esquemas del hexámetro y su posición en el mismo; hay diversos estudios sobre esta cuestión que podrían haber facilitado un rápido examen comparativo con otros poetas helenísticos e incluso con poetas de épocas anteriores y posteriores.
El interés del pentámetro se centra también en la elisión, en la observación acerca de la sílaba anterior a la cesura, así como el homoeoteleuton y las concordancias en cada una de las dos partes del pentámetro, es decir, nombre + adjetivo, nombre + genitivo, etc., lo que favorece las construcciones quiásmicas o anulares, por ejemplo.
Cabe recordar, por último, que los epigramas 40 y 50 no están compuestos en dísticos elegíacos, sino en trímetros yámbicos acatalécticos (p.
Los pormenores de la tradición manuscrita (pp. 31-48) están claramente expuestos y consisten en la historia, descripción y vinculación de códices que contienen la Antología Palatina, fundamentalmente el Palatinus Heidelbergensis Graecus 23 (P) (s. X), y sus apógrafos, selecciones llevadas a cabo por Guyet (Apographon Guietianum), Ruhnken (Apographon Ruhnkenianum), Gruter (Apo graphon Lipsiense), Bouhier (Apographon codicis Buheriani), o Voss (Apographon Vossianus), y, por otra parte, el Marcianus Graecus 481(Pl), compilación de epigramas realizada por el bizantino Máximo Planudes a comienzos del s. XIV.
Los testimonia (pp. 49-51), tanto literarios como epigráficos, problemas de adscripción (pp. 51-52) de algunos epigramas y listado de siglas (pp. 52-53) completan la Introducción.
Sobre la autenticidad, Ypsilanti piensa que el epigrama 24 tal vez haya que atribuirlo a Filipo y no a Crinágoras.
Para la edición del texto la editora sigue la misma numeración que la edición canónica de Gow-Page (The Greek Anthology: The Garland of Philip, 2 vols., Cambridge 1968).
Pese a ser uno de los epigramatistas que más fortuna han tenido de la Guirnalda de Filipo, los epigramas de Crinágoras presentan numerosos problemas textuales que los editores han tratado de solucionar con diferente criterio.
En este sentido, hemos observado que Ypsilanti propone cinco conjeturas nuevas, que admite en el texto editado.
En 13.5 propone ἀστοῖς, en lugar de ἀστὸς de P y de ἀστοὺς de Stadtmüller (seguido por Gow-Page, Beckby, Waltz y Conca-Marzi-Zanetto).
Además, corrige en el v.
4 el indefendible εἰ de P por εἷς, antigua corrección de Bothe, mientras que los anteriores editores optan por εἰς de los apógrafos.
La ausencia de la -ς en εἰς es fácil de entender al comenzar por esta misma consonante la palabra siguiente (στεφάνους), un caso de haplografía.
En este sentido, pensamos que la opción por εἷς y ἀστοῖς no mejoran las lecturas εἰς y ἀστοὺς de las ediciones anteriores: «llevaste a los ciudadanos de Mileto a una triple corona».
También hay otras posi bilidades que descartan Gow-Page (II 223).
En 16.5 la tradición manuscrita da τόσσον, mientras que Ypsilanti conjetura con τοκέων: «... away from his parents, far from Lesbos...».
Con ser cierto que la expresión τόσσον δίχα τηλόθι Λέσβου (Gow-Page) presenta algunas dificultades, tal vez sería preferible la corrección τόσων (Desrousseaux), que aceptan Conca-Marzi-Zanetto, paleográficamente más fácil y con buen sentido: «dépouillé de tant de qualités» (τόσων δίχα), en referencia a las cualidades de Seleuco previamente descritas.
38.3 es un pasaje corrupto que Gow-Page atetizan y cuyo problema radica en ἐπὶ μαλλοῖς de la lectio tradita.
La editora acepta la corrección μαλλοί (Schneider) y propone entender ἔπι como preposición en anástrofe, en vez de entenderlo como ἔπεισι.
La solución puede ser satisfactoria.
En 42.5 ὑελακυκάδες es la lectura de P, que los editores, como en el caso de Gow-Page, suelen atetizar.
Ypsilanti propone la conjetura ὑελοειδέες, que, en realidad, está en la línea de la conjetura de Hercher ὑελοκικκάδες (adoptada por Dübner, Waltz, Beckby y Conca-Marzi-Zanetto) e insiste en una similar idea: el aspecto cristalino y translúcido de las peras.
Son numerosas las propuestas para este pasaje y ninguna parece del todo satisfactoria (pp. 425-426 y Gow-Page, II 254).
La editora opta por eliminar πέλας de la tradición manuscrita y suponer una laguna final, que rellena con el suplemento de Griffiths τις εἴπῃ.
Jacobs también propuso μάθῃ τις con parecida finalidad.
Es evidente que la secuencia inicial πέλας κατὰ πρέμνοιο es corrupta y así aparece atetizada por Gow-Page, partidarios de establecer una laguna final vacía.
Sin embargo, no hay que perder de vista la solución propuesta por Brunck (defendida por White, 1985), κεῖσο πέλας κατὰ πρέμνοιο παρ' ἀτραπὸν ὄφρα, que es menos traumática y respeta más la tradición manuscrita.
Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 Con carácter general se podría decir que el aparato crítico podía ser más generoso, si bien esto queda algo paliado en el comentario, donde a menudo se discuten propuestas no recogidas en aquél.
En concreto, la autora discute en el comentario otras conjeturas de nuevo cuño y no admitidas en el texto, concretamente en: 5.
No obstante, habría sido de agradecer que, al menos en aquellos lugares en los que la editora discrepa de la edición de Gow-Page, tales diferencias se hubieran plasmado en el aparato crítico sin necesidad de engrosarlo en exceso.
En cuanto a erratas, y ciñéndonos sólo al texto de Crinágoras, hemos encontrado ἐνεγκαμενη (por ἐνεγκαμένη, 14.4), λήθη (por λήθην, 24.4), error grave, puesto que cambia el caso, y δάκνεθαι (por δάκνεσθαι, 42.3).
La traducción está realizada en prosa inglesa y, hasta donde se nos alcanza, es fiel y correcta en todos sus términos, a la par que elegante.
El meticuloso comentario filológico de los epigramas es, sin duda y por derecho propio, la mayor aportación de Ypsilanti, ya que ocupa la mayor parte del libro, resultando una valiosa aportación de investigación y síntesis, fruto, sin duda, de muchas horas de trabajo.
Dicho comentario aborda todas y cada una de las facetas que cabría esperar: discusión e interpretación de lecturas, aspectos literarios, esti lísticos, así como intertextualidad, lengua, contenido, realia, etc., todo ello afrontado de manera muy completa pormenorizada.
Las referencias a autores modernos son también muy abundantes.
Una completa y actualizada bibliografía (pp. 503-517), un índice de palabras griegas (pp. 519-521), un utilísimo index de autores antiguos (pp. 522-575) citados a lo largo del libro con un total de más cinco mil referencias y otro index con carácter más general (pp. 576-578) completan la obra.
Saludamos, pues, con entusiasmo esta excelente iniciativa editorial de Maria Ypsilanti y de Oxford University Press, ya que nos encontramos ante un libro muy completo, de gran profundidad y erudición, y que desde este momento se va a convertir en un instrumento imprescindible para los estudiosos de la obra poética de Crinágoras de Mitilene y de la poesía helenística en general.
Es oportuno saludar y agradecer la aparición por fin de un libro de métrica latina en español, que aborda todos los aspectos de esta materia, sobre la cual la bibliografía es abundante, pero que se hallaba falta de una publicación como esta.
Cierto es que desde hace unos años podemos leer el Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación de Agustín García Calvo, cuyo enorme alcance y no siempre fácil consulta sobrepasan, me temo, el entendimiento de nuestros alumnos.
Aparece ahora el libro de Jesús Luque, destinado a ser, desde ahora mismo, de necesaria consulta para todos los filólogos latinos.
El profesor Luque ha abordado a lo largo de toda su trayectoria cuestiones métricas de muy diversa índole, desde la teoría de los gramáticos antiguos hasta la evolución acentual.
Por si esto fuera poco, Jesús Luque es responsable de una novedosa y necesaria sistematización de los esquemas métricos, con el objeto de lograr una terminología métrica lo más ajustada posible.
Ha bregado por el destierro definitivo de la lectura con ictus, así como por la utilización de los términos adecuados en cada caso, v. g. el empleo del término 'juntura' para el corte central del pentámetro dactílico o la justa traducción de irrationalis en 'fuera de compás', en referencia a las breues in longo; muchos, en efecto, nos resistíamos a la idea de que las sílabas fuesen susceptibles de razonar o dejar de hacerlo.
Las fórmulas por él acuñadas para denominar los diferentes versos de cada especie resultan igualmente útiles, y aquí quedan perfectamente aclaradas en el «Índice de abreviaturas».
Este Conspectus metrorum contiene una imprescindible recopilación de conocimientos métricos.
Más necesaria aún en estos tiempos en que las materias lin güísticas latinas no son abordadas ya con la profundidad de otros tiempos, debido en gran parte a la reducción en tiempo -y por ello en profundidad-de las asignaturas de lengua por culpa del Plan Bolonia.
Las cuestiones de prosodia y métrica, fundamentales para conocer la poesía clásica pero también la prosa literaria, han sido tradicionalmente consideradas como oscuras e intrincadas, por lo que frecuentemente nuestros colegas y alumnos las dejan de lado.
Más aún, florecen actualmente estudios -como el de la epigrafía métrica latina-en los que resulta especialmente flagrante el desconocimiento de la prosodia y métrica antiguas, que lleva a algunos a fantasear con la existencia de versos que nunca existieron o a situarlos en épocas en las que era imposible que alguien los recordara.
Esta escasa preparación en prosodia y métrica condiciona también en gran medida las ediciones críticas, tan importantes en nuestra Filología, y es, en fin, una grave limitación a la comprensión de la poesía latina, que muchas veces se explica como si fuera prosa.
En estas circunstancias, resulta imprescindible contar con un instrumento así, que engloba todos los aspectos de la métrica latina, tanto desde el punto de vista histórico como en lo referido a cada uno de los metros y autores.
Deberíamos todos tener este libro «en la cabecera», tanto profesores como estudiantes.
Y aquí aparece la primera dificultad, porque no es un libro precisamente breve: deja bien claro el autor que no ha pretendido componer un manual de métrica, sino una recopilación de todos sus Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 conocimientos, lecciones y publicaciones sobre métrica latina.
Dado que a primera vista las más de mil páginas del volumen pueden parecer excesivas para un libro de consulta, voy a intentar explicar en qué partes se divide el libro y cuáles son más expositivas y por lo tanto de más fácil utilización.
La Parte Primera, «Las formas», comienza ofreciendo una exposición de todas ellas, que a continuación son encuadradas en los géneros propios de cada una, como el hexámetro en la épica, didáctica, sátira, bucólica; el senario yámbico en el teatro sobre todo, y así con todos los versos.
Sigue el «Desarrollo histórico de la versificación latina», que es una enumeración histórica de todas las formas desde los Carmina antiquissima hasta la versificación tardía; en este apartado se recogen todos los textos poéticos de la Literatura Latina, ya sean completos o fragmentarios.
En este sentido, Luque completa y actualiza el célebre capítulo «La metrica latina» de G. B. Pighi en la Enciclopedia Classica (vol. VI, Torino, 1968, pp. 217-735), que abordaba el estudio de los tipos métricos trazando, dentro de ellos, un recorrido cronológico completo.
Una vez explicados los metros, encuadrados en cada uno de los géneros literarios y compuesto el listado diacrónico de su aparición en la poesía, el profesor Luque nos ofrece unas utilísimas tablas y listas que resumen la métrica de los autores más conocidos: Catulo, Horacio, Plauto, Terencio, Séneca...
549 en adelante) contiene un completísimo temario, que ha de servir de guía sobre todo para el profesor de métrica, a partir de la experiencia del propio Luque, con una perfecta estructuración junto a una adecuada bibliografía.
Finaliza el volumen con una serie de clarísimos índices.
Especialmente útil resulta, en un libro tan extenso, el índice de formas.
No se trata, pues, de aportar grandes novedades sobre los temas más controvertidos, sino de recoger ordenada y científicamente todos los estudios anteriores sobre cada tipo métrico, estableciendo de forma clara y pienso que definitiva cuál es su funcionamiento.
Es cierto que hay temas que alguno echará en falta: más sobre el saturnio -pero es un tema sobre el que probablemente ya está todo dicho-, sobre la métrica de la epigrafía...
Personalmente me habría gustado un amplio capítulo sobre prosodia histórica, la gran ignorada, sobre todo ahora que el estudio de la fonética ha decaído; trabajos anteriores de Luque, como por ejemplo sus estudios sobre la cantidad de los prefijos re-y pro-, son muestras del provecho que podríamos sacar de un libro suyo sobre prosodia histórica latina; pero es evidente que sería otro libro además de este.
Contamos, al menos, con la Unidad Primera de su «Programa de métrica latina», en la que aparece todo lo referido a la prosodia en los temas a ella dedicados, con amplia bibliografía.
No descarto la posibilidad de que el profesor Luque, con la inapreciable ayuda de sus alumnos y amigos, pueda regalarnos ahora un volumen de Prosodia histórica del latín.
Este séptimo tomo cierra el monumental y muy valioso Diccionario de los filósofos antiguos, dirigido desde su primera entrega (1989) por el profesor Richard Goulet, del CNRS.
La totalidad de la obra consta de siete tomos -de los cuales el quinto tiene dos volúmenes-y un suplemento publicado después del tercero.
La propia naturaleza de la obra legitima una reseña principalmente enumerativa: las entradas del presente tomo se deben a un equipo de unas cincuenta personas (pp. 9-12) provenientes de instituciones francesas, italianas, alemanas, canadienses, griegas, polacas, checas, suizas y australianas.
Los filósofos correspondientes a las últimas letras del abecedario, desde Ulpiano a Zótico, ocupan en realidad menos de un tercio del libro (pp. 85-451); se dedican más páginas a los «complementos a los tomos anteriores» referidos en el título (pp. 452-1018), también unos cincuenta, que constituyen o bien complementos a entradas ya existentes o bien, más a menudo, nuevas entradas.
Tal es el caso de la imprescindible dedicada a Pitágoras de Samos (pp. 681-850), que el lector ya sabía, por la advertencia que encontraba en el tomo V-b, que debía esperar no en su lugar alfabético sino en este tomo final.
Siguen dos anexos muy desiguales en extensión: uno sobre el emplazamiento físico de lo que podemos llamar «lugares filosóficos» (el Liceo, la Estoa, el Jardín y la Escuela de Apamea, pp. 1019-1024; la Academia ya había recibido un amplio anexo en el primer volumen) y un muy extenso segundo anexo (pp. 1025-1174) sobre la poste ridad de Pitágoras, que a su vez es continuación de la entrada del mismo filósofo incluida en este tomo.
Puesto que a la propia entrada siguen dos apéndices sobre Pitágoras en la tradición gnomológica y en la tradición siríaca y árabe (pp. 851-884), no parecen claras a primera vista las «razones editoriales» a las que se alude (p.
850) para la separación y el desplazamiento de este rico «anexo II», que en definitiva también versa sobre Pitágoras.
Cierran el tomo más de doscientas páginas de valiosas «tablas» (pp. 1219-1470), que incluyen un índice de nombres propios para todos los tomos de la obra, un índice de palabras clave griegas (mots-vedettes) que permiten localizar las obras de los filósofos por temas y palabras de sus títulos, y un índice de «textos» que permite encontrar literatura secundaria sobre tal filósofo o tal obra citada a lo largo de todo el Diccionario.
Antes de las tablas se ha incluido un «Epimetrum» (pp. 1175-1217), cuya introducción viene firmada por el propio Richard Goulet.
Bajo ese título, un poco irónico (ἐπίμετρον, epimetrum, es «algo que se da por encima de la justa medida» según Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 Gaffiot, o un «exceso» según Liddell-Scott), se desarrolla un interesante apartado de «estadísticas sobre los filósofos y las escuelas filosóficas», que busca aportar datos para un estudio sociológico y prosopográfico de la filosofía antigua: quiénes eran los filósofos, cuál era su proporción entre la población, cuántos miembros constituyeron cada escuela, etc. De entrada, este Diccionario da una cifra concreta de nombres de filósofos conocidos e individualizados entre los siglos VI a.
Por supuesto, sus autores no pretenden que se considere este censo como cerrado y definitivo, sino sólo como una muestra del incuantificable número de personas que se dedicaron a la filosofía en el mundo antiguo.
Por otra parte, debe tenerse en cuenta que el censo registra no sólo filósofos «profesionales», sino también escritores que incorporan de manera más o menos conspicua la filosofía en su quehacer literario: por ejemplo, poetas latinos como Lucrecio, pero también Virgilio e incluso Ovidio, y numerosos teólogos cristianos: Dionisio de Alejandría, Orígenes, Gregorio de Nisa, (Pseudo) Dionisio Areopagita, etc. Se hace oportuno aquí un breve excurso: aunque puedan buscarse algunas inconse cuencias en la selección, la mencionada aproximación maximalista resulta, sin duda, beneficiosa para el público, pues redunda en riqueza informativa.
Ahora bien, algunas inconsecuencias cronológicas resultan más problemáticas: no se entiende bien por qué existen entradas para autores bizantinos de los siglos bajomedievales (Nicéforo Blemmides, Miguel de Éfeso, Jorge Paquimeres, Jorge Gemisto Pletón en este tomo), cuando desde su título el Diccionario especifica a los filósofos antiguos como su objeto de estudio, y no a los filósofos grecolatinos -en cuyo caso, si inclu yese a los bizantinos, debería incluir también como mínimo a los filósofos del Occidente latino medieval: puede comprobarse que existen referencias a varios de ellos en los índices, pero ninguno de ellos cuenta, hasta donde he podido comprobar, con entradas propias-; tampoco es un Diccionario de recepción de la filosofía antigua.
Esta inclusión esporádica de autores bajomedievales resulta más paradójica si se considera que el apartado estadístico se marca como límites temporales los doce siglos que van del VI a.
El conjunto de diagramas y cuadros estadísticos que forman propiamente el «Epimetrum» ofrece, como reconoce Goulet, «informaciones en bruto», pero sin duda «sirven para confirmar o matizar la imagen que nos hacemos intuitivamente del filósofo y de las escuelas filosóficas en el mundo antiguo» (p.
Por ejemplo, no es sorprendente comprobar que el mayor número de filósofos conocidos se agrupa en el siglo IV a.
1196), pero quizás lo sea más enterarse de que un cuarto del total no puede asignarse a una escuela determinada, la suma de platónicos y pitagóricos apenas supera otro cuarto y los peripatéticos constituyen un exiguo 6% (p.
También recibe una cifra concreta y muy significativa una desproporción que ya intuíamos bien: de los 2.491 nombres censados, sólo 86 son de mujeres; menos intuitivo resulta quizás que, de éstas, haya más epicúreas que platónicas (p.
Filólogos, historiadores y público interesado encontrarán en este monumental Diccionario una herramienta imprescindible para todo estudio que tenga que ver con la filosofía del mundo grecolatino antiguo.
Este nuevo libro de Elena Esposito presenta los resultados de estudios en el ámbito de la papirología, lexicografía y gramática que la autora viene realizando desde hace años en el marco de Proyectos de Investigación de gran alcance, Commentaria et Lexica Graeca in Papyris Reperta (CLGP) y Supplementum Grammaticum Graecum (SGG).
La Lexicografía y la Gramática adquirieron en época helenística, gracias a los estudios literarios y filológicos de los doctos alejandrinos, un especial relieve, que seguirá en los siglos posteriores, y el interés de los estudiosos modernos por ambos géneros eruditos se ha visto incrementado por los hallazgos papiráceos, que han contribuido mucho a enriquecer la documentación de la que se disponía.
Los textos papiráceos de lexicografía y gramática que en el presente libro se estudian, y uno, además, por primera vez aquí se edita (P.Bon.
27b verso+P.Bon 8), forman parte de dos ricos elencos, visibilizados y en parte estudiados por Esposito, respectivamente en «Fragments of Greek lexicography in the papyri», Trends in Classics, I, Berlín y Nueva York, 2009, pp. 255-297 y en el capítulo «Manuali e trattati grammaticali nei papiri», del presente libro, pp. 97-106.
Tras un prefacio de Renzo Tosi, el núcleo del libro aparece estructurado en tres partes; en las dos primeras se estudian papiros ya editados, si bien se ha llevado a cabo una minuciosa revisión del texto que de facto significa una segunda edición: P.Hib.
II 75, que contiene el léxico alfabético más antiguo conservado, y P.Oxy.
XV 1801, que en el recto contiene un léxico cómico y en el verso probablemente un comentario a Περὶ κλίσεως ὀνομάτων; en la tercera parte, tras el citado capítulo «Manuali e trattati grammaticali nei papiri», que, además de aportar una infor mación muy útil, sirve de contextualización a lo que sigue, se edita y se comenta P.Bon.
27b verso+P.Bon 8, de los fondos de la Biblioteca Universitaria de Bolonia, cuya identificación en el sentido de que ambos fragmentos formaban parte del mismo rollo y contenían un texto gramatical, no había sido hecha antes.
Cierran el libro una «Bibliografia» muy completa, un «Indice dei papiri» y las «Tavole».
El esquema seguido para el estudio de cada uno de los textos es el mismo: introducción, presentación del texto, traducción y comentario.
Veamos con un poco más de detalle.
C., contiene el léxico más antiguo ordenado alfabéticamente (respecto a las dos primeras letras).
En la introducción al texto se hace una detallada contextualización de su origen entre los otros papiros literarios procedentes de El Hibeh, la cual, al lado de la presentación de las características bibliográficas y escriturarias, y del contenido, ayudan a caracterizar el origen y la finalidad del léxico; las glosas son en su mayor parte homéricas, aunque algunas no; los términos no están lematizados, sino tal como aparecen en el texto del autor.
Entre otras hipótesis, se da la de que pudiera ser un extracto o una reelaboración del léxico ordenado alfabéticamente de Zenódoto, en su colección de Γλῶσσαι; entre los léxicos de tradición medieval sólo Hesiquio registra todos los lemmata que aquí aparecen.
Se concluye que es instrumento de estudio de nivel superior, redactado por un usuario de entre aquellos griegos de segunda ge neración bastante cultos que sentían necesidad de hacerse transcribir privadamente (o ellos mismos copiaban) los textos que les interesaban.
En una suerte de reedición del texto, se aporta un rico aparato papirológico, un aparato crítico, traducción al italiano de los interpretamenta y un comentario con aportación rica de fuentes y paralelos que ayudan a la interpretación de la glosa, pues en el fr.
1 todos los interpretamenta se han perdido.
C., muestra sobre el recto (MP 3 2121; LDAB 5122) restos de un léxico en dos columnas y sobre el verso (MP 3 2149; LDAB 5123) conserva porciones de un texto gramatical sobre la flexión del nombre; el repertorio del léxico parece estar casi exclusivamente dedicado a la lexis cómica, a la archaia.
De escritura veloz, pero correcta, el texto presenta una disposición bastante sabia, mostrando aquellos recursos que hacen el léxico más legible y utilizable: orden alfabético de los lemmata (comenzando por beta y no más allá de la segunda letra), ekthesis de los lemmata en dos letras respecto a los interpretamenta, espacios en blanco con distintas funciones (separar el lemma del comentario; separar en este porciones textuales diferentes...), uso del parágrafo entre las glosas y del parágrafo ahorquillado para separar secciones; estructura de la glosa respondiendo de forma constante a los mismos dos modelos; algunos casos de lematización (conjeturable en otros); todos los lemmata son registrados en Hesiquio, excepto uno que está registrado en la tradición lexicográfica de Focio, la Suda y el Léxico de Zonaras, además de en los escolios aristofánicos; los interpretamenta son más extensos que en estos, sobre todo en lo que se refiere a citaciones, de manera semejante a lo observado en el Etymologicum Magnum.
Por el tipo y el contenido de las glosas, y por las correspondencias con la mencionada tradición lexicográfica y escoliasta, unido a las características escriturarias y bibliológicas, es considerado por Esposito un producto docto, destinado a usuarios que se servían de él para su trabajo.
La lengua de la comedia es exponente del ático del s. V, y no se puede olvidar que el papiro pertenece a un momento de auge del aticismo, de vuelta a los modelos áticos.
Sigue al texto un amplio aparato papirológico, un amplio aparato crítico que da cuenta del texto adoptado, traducción de los interpretamenta y 30 páginas de comentario.
El verso del papiro, escrito también en el s. II/III, conserva restos de un comentario a un escrito sobre la flexión nominal (en la porción llegada hasta nosotros son analizados los casos oblicuos y más específicamente formas de genitivo y dativo particulares); se vislumbra una discusión entre analogistas (el autor del texto gramatical) y anomalistas (el comentarista).
La parte III, bajo el epígrafe «P.Bon.
27b verso+P.Bon 8: τέχνη γραμματική?», está dedicada a lo que bien puede ser considerado un nuevo papiro gramatical (LDAB 5499; MP 3 2798), del s. II/III d.
C., pues, custodiado y catalogado en la Biblioteca Universitaria de Bolonia, no había sido identificado por O. Montevecchi, Papyri Bononienses (P.Bon.)
Parece tratarse de dos fragmentos de un mismo rollo, en el recto de los cuales hay restos de documentos conectados con arrendamientos y en el verso una ars grammatica (la referencia «P.Bon 8» puede parecer engañosa, pero es que lo designado por ella corresponde realmente al verso de P.Bon.
En el fragmento P.Bon.
27b verso, en una porción dejada en blanco, se conservan en caracteres mayores lo que parecen ser restos del título, entre los que claramente se lee τέχνης / γραμματικῆς (a confrontar, por ejemplo, con el título Διονυσίου Γραμματικοῦ τὰ προλεγόμενα περὶ τέχνης γραμματικῆς, ms. G).
Un reexamen de P.Bon.
8, con el auxilio de instrumentos de alta definición, le ha permitido a Esposito una lectura más precisa que delata de manera indiscutible el carácter gramatical del texto, el cual en la parte conservada está centrado en στοιχεῖα y γράμματα.
El examen detallado y minucioso del texto, ayudándose del paralelo de P.Brookl.
1 y P.Oslo II 13 (con el que muestra mucha afinidad) así como de las reflexiones y definiciones de Dionisio Tracio, Dionisio de Halicarnaso y Apolonio Díscolo sobre todo, le aporta una interpretación que se plasma en las integraciones conjeturadas y en el comentario.
En la col. I, además de poder leer las respectivas etimologías, es establecida la diferencia entre στοιχεῖον (unidad fónica constitutiva) y γράμμα (conectada con el aspecto gráfico y escrito de las letras), que está presente en Apolonio Díscolo, pero que no es contemplada en la versión de la Techne de Dionisio Tracio que nos ha llegado.
En Dionisio Tracio en realidad γράμματα y στοιχεῖα no son tratadas separadamente y son consideradas, en cambio, como equivalentes.
En la col. II, no se excluye que se aludiese a la sílaba antes de pasar al tratamiento específico de vocales y consonantes, de modo similar a lo que se observa en P.Oslo II 13.
La conclusión es que el texto conservado de P.Bon.
8 pertenece o es relativo a una τέχνη γραμματική, pudiendo identificarse con el capítulo περὶ στοιχείου o con un comentario a él: las Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 coincidencias encontradas con materiales exegéticos en la Τέχνη γραμματική dionisíaca son significativas; también parecen existir algunas diferencias.
Por la pericia y la acribía en el estudio de los textos papiráceos, que se traduce en ricas descripciones de los mismos, por la aportación de paralelos de otros textos gramaticales, por la inteligencia a la hora de proponer soluciones para tantas lagunas y de interpretar los datos disponibles intentando recuperar, con cierto grado de plausibilidad, el texto y su mensaje e hipotetizando un origen y un destino de los léxicos y de los textos gramaticales, creemos que el libro constituye una aportación importante a la historia de la Lexicografía y de la Gramática y sin duda la constituye la recuperación de un nuevo texto gramatical.
Es en virtud de ese odio por lo que Polinices no desea, dice Lagière, el trono de Tebas, sino la muerte de Eteocles y ello responde al πάθος del Tratado de lo Sublime.
El furor, el odium, como causas de un conflicto fratricida son una herencia que recibe el autor de la Tebaida de una tradición literaria interesada por la guerra civil, concretamente de Lucano, pero de la que se desmarca en relación con la problemática de los problemas políticos, para concentrarse en los del alma humana.
Hay en el poema estaciano, a juicio de Lagière, un alejamiento de la problemática del poder, para representar en un cuadro mitológico las pasiones.
La potencialidad de lo sublime en la epopeya se manifestaría ya en los primeros versos del poema (I 33-40) con la elección por Estacio de combates sangrientos, sacrilegios, locuras y horror; son las φαντασίαι del Tratado de lo Sublime que provocan emociones violentas y sensación de espanto.
La descripción de Edipo, que presenta una clara relación con el Edipo senecano, presenta a un personaje que se complace con sus crímenes: el parricidio, el incesto y la automutilación le han supuesto un placer.
Por otra parte el dolor que le provocan sus hijos al odiar sus gemidos, hace que ese dolor se transforme en un furor que hace necesario un nefas.
Mientras en la Eneida la Furia Alecto es llamada por Juno para que provoque la guerra y obedece una orden divina, la Tisífone estaciana responde al furor de Edipo y da lugar a un fenómeno espectacular marcado por la peste.
La diferente actuación de la furia estaciana responde a la propagación pasional en la experiencia de lo sublime presentada por el Pseudo Longino.
Otra diferencia señalada en relación con Virgilio es el tratamiento diferente que en los dos poetas se da a los episodios oníricos; mientras en Virgilio, Turno vuelve a la realidad y exhorta a los jefes del ejército a luchar contra Latino, en Estacio no hay frontera entre lo real y el sueño y Eteocles llevado por la ira se agota en combates ima gi narios; Eteocles se ve obligado a experimentar lo que no existe y su expe riencia resuena con la del receptor de lo sublime descrito por el Pseudo Longino cuando evoca las φαντασίαι de las Erinias en Orestes e Ifigenia en Táuride.
La consideración de las pasiones de los héroes de la Tebaida presente en gran parte del volumen que nos ocupa, presenta una poética del horror y del caos en búsqueda de lo espectacular; responde esto a las visiones sublimes del Pseudo Longino que procuran el choque emocional y muestran su eficacia provocando sentimientos de terror.
Por introducir un ejemplo más de las diferencias introducidas en relación con el modelo virgiliano, se puede hablar del Júpiter y de la Juno estacianos.
Frente a la Juno eneádica caracterizada por la crueldad, la ira y el resentimiento, la estaciana aparece en el poema para denunciar la injusticia del rey de los dioses.
Estacio juega con el modelo virgiliano invirtiendo los papeles y aproximando a Júpiter a la figura del tirano de Séneca, autor con que a lo largo de todo el libro que comentamos se presenta como modelo del épico flavio.
Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 Podríamos seguir aduciendo episodios y juicios (son muchos los que se contemplan en el libro), pero es momento de introducir las conclusiones a las que llega nuestra autora.
La Tebaida está marcada por una simpatía que establece una relación entre el escritor, el personaje y el oyente-lector; lo sublime, que hace posible la transmisión del πάθος, hace emerger las figuras del poeta y del héroe sublime y una recepción de la obra que se funda en el estupor, el choque brutal y sentimientos de terror y admiración.
La subversión introducida por lo sublime hace que el Júpiter de la Tebaida sea rencoroso, colérico y cruel como la Juno virgiliana, mientras que la Juno de Estacio es sensible a la justicia y denuncia la arbitrariedad de su marido.
Como final Lagière introduce breves consideraciones sobre la posteridad del heroísmo sublime.
El libro debe ser consultado por todo aquel que se interese por la literatura de la postaugústea, ya que en él se pueden encontrar también reflexiones y juicios sobre otros poetas de los periodos neroniano y flavio, tanto épicos como trágicos.
Dulce Estefanía Universidad de Santiago de Compostela
López Férez, Juan Antonio, Galeno.
Preparación y constitución de textos críticos, entrega y publicación de obras propias o ajenas, Madrid, Ediciones Clásicas, 2018, 228 pp.
El Catedrático emérito J. A. López Férez desarrolla una encomiable y amplia trayectoria investigadora en el ámbito de la medicina griega, como avalan sus diversas publicaciones y la organización de jornadas y coloquios dedicados a la lengua científica griega y al eminente médico de Pérgamo (Estudios de Filología Griega, Ediciones Clásicas, vols. 5, 6, 10 y 15).
En esta ocasión, el presente volumen (no. 16 EFG) consiste en una interesante y sistemática monografía, centrada fundamentalmente en la lectura, traducción y comentario de los vocablos ἔκδοσις (entrega, publicación, texto crítico), ἐκδίδωμι (entregar, publicar) y προεκδίδωμι (publicar con anterioridad) dentro del vasto legado de Galeno.
El análisis se desglosa en tres capítulos, como así se especifica en la propia introducción (pp. 9-16).
En ella, tras unas escuetas pinceladas en torno a la biografía del pergameno, el autor expone su metodología de estudio y sus dificultades, para terminar con una síntesis sobre los aspectos más destacados de su discurso, con el objetivo de situar en antecedentes al lector.
El capítulo I (pp. 19-104), el más extenso -veintiocho apartados-, se inaugura con unos apuntes morfológicos, léxicos y semánticos sobre ἔκδοσις a lo largo de va-rios autores de la literatura griega anterior a Galeno, todo ello aderezado con numerosos y prácticos ejemplos que vienen a ilustrar sus acepciones.
Dentro del análisis propiamente dicho del término, se hace referencia a la publicación y comentarios de los escritos hipocráticos, los cuales han sido sometidos a distintas alteraciones que han afectado a su transmisión.
Así pues, entre aquellos que han ejercido tales modificaciones textuales, habría que mencionar a Baqueo de Tanagra, figura de cierta relevancia desde un punto de vista filológico e histórico, Dioscórides el Joven (distinto del farmacólogo) y Artemidoro Capitón, además de otros exégetas (1-6).
Ante este panorama, Galeno lleva a cabo la comprobación de estos textos médicos mediante el manejo de otros comentarios y manuscritos, esencial para sus propios escritos.
Por otro lado, se detiene en su Comentario a Epidemias V y VII, a los que tiene por espurios, en tanto que atribuye la autoría de los libros II y VI de Epidemias a Tésalo (7).
Una vez descrito el material de redacción de estas obras: pieles, papiro y tablillas (8), el pergameno considera que Epidemias I y III fueron escritos por Hipócrates para su publicación, no así el II (9-10), mientras que Epidemias VI y Sobre el consultorio médico constituyen una colección de borradores para uso personal (11-16).
En concreto, según él, este segundo escrito no es obra de Hipócrates ni de sus hijos, como tampoco su destino era la publicación (17-18).
En Comentario al Timeo, realiza una variante al texto platónico a partir de manuscritos de Ático (19).
Luego, expone algunas cuestiones sobre la publicación de sus obras, además de ciertos destinatarios (Boeto o un condiscípulo) y la justificación de determinadas correcciones y signos críticos incluidos por él mismo (20).
Sin embargo, varios de estos libros desaparecieron en el incendio de las bibliotecas del Palatino en el año 192 d.
C. Resulta interesante el apartado 21, puesto que señala la revisión del tratado De indolentia, descubierto en 2005 y editado en 2010.
De este, el médico pretendía hacer tres copias para su publicación: una para Roma, otra para Campania, y una tercera para enviarla a Pérgamo o a cualquier lugar de su elección (22).
Asimismo, menciona su recuperación ante la pérdida de todos los medicamentos, libros, recetas y tratados sobre fármacos (23).
A ello se suma su propósito de redactar comentarios para su amplia difusión y publicación (24-25).
Entre estos se encuentran los dedicados a Aristóteles y Teofrasto, los cuales se salvaron de las llamas por estar en manos de particulares (26-27).
Por último, Galeno había entregado a sus amigos comentarios, una vez leídos en público previamente.
A algunos de estos se les asigna un autor a posteriori, y otros eran copias diferentes de las lecturas de sus manuscritos (28).
Concluye todo el conjunto de apartados un resumen sobre la voz ἔκδοσις, estructurado en tres puntos: su sentido, su reparto en la producción galénica, y su acepción para obras destinadas o no a su publicación.
De igual modo, el capítulo II (pp. 107-146) contiene doce apartados, precedidos de una escueta introducción sobre la morfología y acepciones de ἐκδίδωμι.
El verbo es estudiado en diferentes pasajes de la producción galénica, en los cuales Galeno Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 declara su intención de emprender las exégesis de obras hipocráticas ante la demanda de sus amigos y con vistas a una mayor divulgación.
El pergameno se entrega a un análisis interpretativo de Sentencias gnidias, Sobre la dieta de las enfermedades agudas (2-5), Sobre el consultorio médico (6-7), Epidemias II y VI (8) y Prorrético, cuya autoría recae en Dracón o Tésalo, los dos hijos de Hipócrates (9).
En los siguientes puntos manifiesta la preparación de sus propios escritos para su publicación.
No obstante, a consecuencia de la pérdida de algunos de ellos a causa de un incendio en Roma, se vio obligado a reescribirlos (10).
Finalmente, menciona el motivo que le impulsó a redactar Sobre la mejor secta, así como otros tres opúsculos que habían publicado sus amigos después de habérselos dictado (11)(12).
Un resumen y un apéndice completan este bloque acerca de los valores contextuales de ἐκδίδωμι.
El capítulo III (pp.149-155) se organiza en cuatro apartados en torno a προεκδίδωμι, junto a su correspondiente resumen.
En ellos, se explica por qué Galeno se defiende de las críticas por haber publicado obras sobre temas ya expuestos antes por otros, en especial por Lico (1-4).
Mención aparte merecen las numerosas y utilísimas notas a pie de página, en total 456, las cuales, independientemente del cuerpo del texto, conforman una investigación paralela, habida cuenta de su gran exhaustividad en cuanto a fuentes tanto antiguas como modernas.
Además, recogen todos los textos griegos con el estudio crítico de los pasajes examinados.
El volumen se complementa con un apéndice, donde el autor puntualiza varios aspectos de su aportación.
A él se añaden la bibliografía, dividida en tres secciones (Fuentes antiguas, Instrumentos léxicos y bibliográficos, y Estudios), y los índices (Pasajes citados, Autores y obras, Nombres propios, Términos relevantes, y Léxico).
Con todo, el profesor López Férez demuestra en esta erudita y rigurosa investigación la minuciosa labor filológica, exegética y crítica que desempeñó Galeno de los escritos hipocráticos, para la redacción y publicación de sus propias obras.
González-Vázquez, Carmen (ed.), El teatro en otros géneros y otros géneros en el teatro.
II Estudios de teatro romano en honor del Profesor Benjamín García-Hernández, Zaragoza, Libros Pórtico, 2017, 352 pp.
En la primavera de 2015 cumplió setenta años uno de los latinistas más relevantes del panorama español, Benjamín García-Hernández, pasando a la categoría de Profesor Emérito en la Universidad Autónoma de Madrid.
En ese mismo año -como explica la Dra.
González-Vázquez en su nota preliminar-se vislumbraba la finalización del proyecto de investigación «Comedia y tragedia romanas.
Edición crítica, traducción, estudio y tradición», y en mayo de 2015 se celebraron las II Jornadas de Teatro Romano en la UAM.
El libro que nos ocupa reúne los trabajos que se presentaron a esas Jornadas, convirtiendo dicha recopi lación en un homenaje a quien tanto y tan bueno hizo, hace y hará por los estudios filológicos acerca de la escena romana: el benemérito catedrático Benjamín García-Hernández.
Es precisamente el homenajeado quien rompe el fuego e inaugura el tomo con un extenso repaso a su trayectoria personal como director de proyectos de investigación de esa temática.
El trabajo se titula «Treinta y tantos años de proyectos de investigación.
Visión personal de una aventura intelectual» (pp. 9-40) y es un recorrido personal y detallado por la magistral carrera científica de García-Hernández en el campo de la lengua y la literatura latinas.
Lo sigue Giorgia Bandini, profesora de la Università degli Studi de Urbino «Carlo Bo», con un paper sobre un tema mucho más concreto, a partir de un pasaje plautino, que lleva por título «Possibili "contaminazioni" tra palliata e commedia dell'arte in un esempio di traduzione scenica: Men.
196-212»; en dicho trabajo (pp. 41-77) se analiza la adaptación a la escena hodierna, por parte de la compañía teatral de Urbino La Resistenza della Poesia, de la pieza Menaechmi del sarsinate.
La Universidad de Urbino se ha caracterizado por su actividad exegética en torno a Plauto, creándose hace tiempo un Centro Internazionale di Studi Plautini sito en dicha localidad.
Viene a continuación «Una aproximación psicológica a las tragedias de Séneca» (pp. 79-101), por José Ángel Delgado Santos, un trabajo sobre el papel que juega la ira en la obra dramática del filósofo y dramaturgo cordobés.
Luego, Francisco García-Jurado, muy valorado por sus magníficas aportaciones a los vínculos existentes entre la literatura clásica y las letras contemporáneas, desarrolla en su artículo «Teatralidad de lo lírico: el "monólogo dramático" como encuentro complejo entre literaturas antiguas y modernas» (pp. 103-135) toda una amenísima teoría sobre la pervivencia del monólogo dramático latino en autores contem poráneos, partiendo de diferentes autores antiguos: Propercio en Pound, Ovidio en Mandelstam, Virgilio en Borges y Manilio en ese gran poema de Siles que lleva por título «A. E. Housman acaba su edición de Manilio» y se encuentra en su libro Pasos en la nieve (2004).
La siguiente aportación (pp. 137-172) se refiere a una de las comedias mejor construidas de la historia del cine: «Dramaturgia clásica y cine en To be or not to be de Ernst Lubitsch».
Va firmada por Carmen González-Vázquez, coordinadora del volumen.
Este tipo de estudios apunta al corazón universal de las literaturas clásicas, siempre vigentes y perpetuamente jóvenes, influyendo en manifestaciones artísticas que no aparecerían hasta finales del siglo XIX, como el cinematógrafo, auténtica síntesis de artes literarias y plásticas.
A continuación (pp. 173-188), Teresa Jiménez Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 elaborados por quince autores de reconocido prestigio: el conjunto pretende ser un reflejo honorífico, más o menos indirecto, de la inmensa y variada labor científica que distinguió en vida al gran epigrafista alemán.
En verdad cuesta percibir algún otro nexo temático preciso entre todos los artículos del volumen, salvo quizás el tratamiento predominante de la epigrafía griega de Asia Menor, como no podría ser de otra manera teniendo en cuenta la figura de Herrmann, y hasta parece comprensible que no se haya incluido ningún apartado final a modo de conclusión general.
Dicho esto, la editora sí sugiere en el prefacio agrupar los trabajos presentados en tres partes diferenciadas (pp. 10-12), que adoptaremos por el bien de la siguiente exposición, a pesar de que en el índice de contenido del volumen no se muestren como tal.
La primera parte, con G. Petzl, «Zum Inschriftencorpus von Sardeis -einem Vorhaben Peter Herrmanns» (pp. 13-27), y N. Ehrhardt, «Peter Herrmann als Epigraphiker Milets» (pp. 29-44), busca acercar al lector el trabajo epigráfico que ocupó a P. Herrmann en relación con las ciudades de Sardes y Mileto: no hay duda de que los dos artículos son interesantes de leer y cumplen de sobra con su cometido, aunque también será difícil que estén entre los más citados del volumen debido a su contenido, esencialmente biográfico.
Las novedades epigráficas que presentaba G. Petzl (pp. 22-24) pueden consultarse ahora de forma completa en su monografía, publicada en 2019, Sardis: Greek and Latin Inscriptions, Part II: Finds from 1958 to 2017, Cambridge (Massachusetts), Harvard University Press.
La segunda parte, que comprendería hasta siete artículos, es seguramente la más atractiva para todo epigrafista, pues en ella se trata la (re)publicación de varias inscripciones, con imágenes en blanco y negro de una calidad, por lo general, aceptable.
H. Malay y M. Ricl, «Two New Hellenistic Inscriptions from Lydia and Aiolis» (pp. 45-60), presentan en primer lugar una estela honorífica algo dañada, procedente de un santuario de Ártemis cerca de Mayonia en Lidia y fechada en el séptimo año de reinado de Átalo Filadelfo (153/2 o 152/1 a.
C.), y comentan su contenido en la medida de lo posible, apoyándose para ello en otros testimonios epigráficos y literarios pertinentes: el texto menciona a un tal Sócrates, hijo de Artemidoro, del que poco más se sabe con certeza, y destaca por revelar la existencia de un koinón de los mayones en la Catacecaumene.
La segunda parte del artículo, que incluye una estela en honor de dos dikaskópoi, procedente de la eolia Egas y fechada en la primera mitad del s. III a.
C., deja abierta la cuestión del hápax Boulápsia, un festival hasta ahora no atestiguado (pp. 57-58): ciertamente, dilucidar el significado no parece sencillo, pero la relación con la entrada Boulepsíē (Hsch.), en referencia a las amazonas, sí merecería haber sido explorada un poco teniendo en cuenta los mitos de fundación de ciudades eolias como Cime, también llamada Amazónion, en donde habitaban las amazonas (St.Byz., I 245, X 261).
Por su parte, M. Wörrle, «Der Brief des Septimius Severus an Aizanoi» (pp. 61-78), presenta una nueva edición del documento mencionado, que fecha en la quinta Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 tribunicia potestas del emperador, y discute la relevancia histórica del documento y su contenido, empezando por el motivo propagandístico de la hēdonḗ, que no en vano inicia la carta misma, y siguiendo con el significado cultual y simbólico de una estatua (hídryma) de Níke; en la última parte del artículo, el autor se ocupa de la embajada enviada por la ciudad de Ezán, discutiendo su composición, la identidad de sus integrantes y las relaciones con el emperador.
En «Inscriptions from Bu cakköy (Syneta?) in Karia» (pp. 79-106), A. Chaniotis, que revisa los antecedentes de la investigación llevada a cabo en la zona, ofrece la publicación completa de una dedicación a Zeus Synetēnós en la primera mitad del s. II a.
C. por parte de un hiereús y 121/2 hombres, identificados por sus nombres y patronímicos (cf. pp. 92-101 para dos apéndices de provecho): el autor comenta sobre todo el material onomástico, no siempre fácil de desentrañar, y sugiere finalmente que Sýneta podría ser un asentamiento militar o una guarnición de los Seléucidas.
La propuesta, que resulta bastante plausible, necesitaría de más pruebas para poder ser definitiva.
Los siguientes artículos se centran en Licia, Antioquía junto a Pisidia y Capadocia.
Zwei neue Meilensteine aus Patara» (pp. 107-127), presenta tres inscripciones en griego que fueron grabadas sobre dos miliarios encontrados en los suburbios de Patara, dos de ellas con idéntico texto y fechadas en la época de la primera Tetrarquía (293-305 d.
La inscripción distinta, de época de Vespasiano (69-70 d.
C.), revela que el emperador reparó los miliaria y las viejas vías a través de Sexto Marcio Prisco, legatus pro praetore, y su contextualización ocupa buena parte del artículo, sobre todo en lo que a la sucesión de terremotos y otras catástrofes naturales en la zona se refiere; por lo demás, la inclusión de algún tipo de plano habría sido de gran ayuda para seguir la discusión sobre el Stadiasmus Patarensis y la identificación de las vías en cuestión.
En cuanto a K. Zimmermann, «Opramoas in Patara» (pp. 129-141), que examina los méritos del célebre benefactor procedente de Rodiápolis con motivo de una inscripción honorífica bastante fragmentaria, cabría plantearse hasta qué punto la explicación que se ofrece para proponer una segunda agonothesía (ἀγωνοθετή[σαντα δὶ?]ς̣ ) (pp. 135-136) no puede servir igualmente para considerar una lectura tal que ἀγωνοθέτη[ν δι' αἰῶνο?]ς̣ (cf. p. ej. SEG 38.1446, Balbura, 158-161 d.
C.), con todo lo que esta interpretación conllevaría.
A continuación, pasamos con C. Wallner, «Ramsays Fragmente.
Ein Lokalaugenschein im Depot von Antiocheia ad Pisidiam» (pp. 143-156), a revisar la edición y el comentario de cinco fragmentos en latín, que pertenecen a distintos monu mentos, y publicados previamente por M. A. Byrne y G. Labarre (2006) Nouvelles inscriptions d 'Antioche de Pisidie d' après les Note-Books de W. M. Ramsay, Bonn, Habelt: I.Antioche 148, 175, 211, 232 y 239.
El autor merece reconocimiento por intentar sacar el máximo provecho de un material que tampoco permite grandes posibilidades, menos aún si ya ha sido trabajado por otros, aunque también debe notarse que parece Emerita LXXXVIII 1, 2020, pp. 177-199 ISSN 0013-6662 haber pasado por alto la inscripción JRS 14 (1924) 198 no 32 (Ramsay) cuando habla de los gymnasíarchoi atestiguados en Antioquía junto a Pisidia (p.
Finalmente, para cerrar la segunda parte del volumen, M. Adak, «Der Pneumatiker Aretaios und ein Verehrer Platons aus Kappadokien» (pp. 157-173), ofrece un panorama sobre la paideía griega en dicha región a partir del estudio de dos inscripciones.
En primer lugar, el autor busca identificar al fundador de una estatua con el conocido médico Areteo de Capadocia, aportando argumentos bas tante persuasivos, pero sin absoluta certeza, tal y como él mismo reconoce (p.
163), y luego pasa a comentar las aspiraciones culturales que albergaba un tal Apolonio, escudriñando para ello las asociaciones platónicas de los antropónimos de sus libertos, así como la denominación Ἑλλήνων πρώτε, en vocativo, que recibe: no es del todo claro si hay que ver aquí un título honorífico oficial, otorgado por el koinón de Capadocia, o un elogio en la esfera privada para ensalzar al difunto Apolonio como pepaideuménos.
La inscripción, de carácter sepulcral, está fechada en el s. II o principios del s. III d.
C., y la cruz en el tímpano del monumento fue colocada ciertamente por cristianos más tarde (p.
La tercera y última parte del volumen engloba cinco artículos de temática diversa y contenido altamente especializado, que ofrecen gran cantidad de información y destacan por su precisión.
También hay algunas erratas que deben ser advertidas (p. ej. «vorgenommmen», p.
27), por supuesto, pero estas nimiedades no rebajan en ningún caso el valor científico del volumen, que es a todas luces considerable.
Héctor Arroyo-Quirce Universidad de Salamanca |
Este trabajo ha sido posible gracias a consultas con especialistas de muy diversos temas, a los que agradezco no solo sus sabias y amables respuestas, sino el ofrecimiento de trabajos éditos e inéditos:
En un trabajo relativamente reciente 1, tratando de descubrir eventuales testimonios sobre la Península Ibérica en los textos griegos más antiguos tuvimos que dedicar atención a los versos de Il.
Ello nos ha llevado al intento de profundizar un tanto en los personajes que aparecen en estos versos, sobre todo la protagonista femenina, sus relaciones y fortuna en la tradición antigua.
Podemos adelantar provisionalmente que estos versos constituyen un eslabón de arcaicas genealogías, presentes también en otras culturas, sobre todo las de procedencia indoeuropea, en las que seres total o parcialmente hipomorfos tuvieron importancia capital.
Sabemos que la empresa exigiría un libro, ya que se trata de démones procedentes de un ámbito muy amplio que exige especialización no solo en diferentes lenguas, sino en la arqueología y la historia del arte.
Sin embargo, creemos que no es ocioso el plantear aquí en lineas generales la cuestión.
Un primer esbozo del tema mostró que el mito antes aludido no se resuelve en una escena singular con figuras concretas, sino que forma parte de esquemas repetitivos que hemos dividido en dos grandes apartados, esquema A y B.
LA POTNIA EQUINA EN LA LITERATURA GRIEGA 1.
Introducción En el largo proceso de la domesticación de los animales, los caballos suplantaron a otros équidos como instrumento insuperable durante siglos de control rápido y permanente del territorio 2.
Homero presenta como cosa del pasado una situación en la que los procedimientos de apropiación de caballos rozan el abigeato y las actividades del cuatrero, narrados en tonos épicos por Néstor el ¶ppóta (GerÉnioj) (Il.
XI 671 ss.), el gran experto en la lucha con carros (Il.
Frente a incluso de «épica pilia», cf. The Iliad: a commentary, ed. por G. S. Kirk, Cambridge-Nueva York-Port Chester- Melbourne-Sidney, 1985-, III, p.
4 En la Ilíada, además de los extraordinarios caballos de origen divino, se practican cruces para la mejora de razas ganaderas, Delebecque, Le cheval dans l'Iliade p.
ss. (en adelante Anderson Ancient Greek horsemanship).
XI 697 ss. el padre de Néstor, Neleo, se cobra 300 cabezas diversas de ganado por cuatro caballos de los que había sido desposeído por los eleos, cf. Delebecque, Le cheval dans l' Iliade, pp. 16,27,144; J. Wiesner, Fahren und reiten (Archeologia homerica I F), Gotinga, 1968, p.
7 En la épica arcaica kuanoxaíthj (voc. y a veces nom. -a) se aplica a Posidón, al divinal caballo Arión y en una ocasión (HCer.347) a Hades, también llamado en la Ilíada klutópwloj 'de famosos potros'.
Sobre la difícil cuestión del color que denota en la épica griega, ver Delebecque, Le cheval dans l'Iliade, p.
152; AA.VV., Lexikon des frühgriechischen Epos (fundado por B. Snell, en adelante LfgrE), Gotinga, 1955 ss., s.u. kuano; Repertorio ello, Homero presenta prósperas explotaciones dedicadas a la reproducción y cría controlada de caballos para la selección de castas extraordinariamente veloces destinadas a la guerra o a su banco de pruebas, la competición 4.
Gracias a la constitución de yeguadas y al desarrollo de una importante infraestructura humana y de medios, el caballo es el valioso resultado de esmerados cuidados, mantenido estabulado ante el peligro de ser robado o de escapar de forma incontrolada precisamente hacia los campos donde pacen las yeguas 5.
Como dice Delebecque, aún antes de la guerra de Troya el caballo tenía un gran «valeur marchand» 6, lo que le convertía en una enorme fuente de riqueza para su poseedor, al que convenía poner de relieve la progenie divina o demónica de sus animales.
En este esquema se verifica la unión de un démon (en Homero, particularmente asociado al viento) con una figura femenina hipomorfa en la que se procrean potros rapidísimos, pero innominados, quedándose todo ello en una esfera practicamente zoológica o de la que interesa resaltar únicamente la excelencia de los animales.
XX 224, el viento del norte, Bóreas, cubre yeguas innominadas, adoptando para ello la forma de un caballo kuanoxaíthj, que traduciremos como "de crin azul / negra": el epíteto 7 connota un carácter equino de EM LXX 1, 2002 bibliográfico de la lexicografía griega por P. Boned, rev. J. Rodríguez Somolinos y otros, Madrid, 1998; cf. nuestro «La potnia equina y el Cercano Oriente», en Homenaje a J.L. Cunchillos, en prensa,n.14.
8 Bóreas representado a caballo: AA.VV., Lexikon iconographicum mythologiae classicae (en adelante LIMC), Múnich -Zúrich -Düsseldorf, 1981 -, s.u.
Boreas, nE 60, 61. los démones implicados e inversamente, antropomórfico de los caballos protagonistas 8.
De esta unión nacen potros de insuperable casta, motivo de gloria del regio poseedor de la yeguada de 3.000 ejemplares, el dardánida Erictonio, según Homero el hombre mas rico de su tiempo.
La ligereza de estos potros era tal, que además de casi volar sobre los campos, también parecían galopar sobre "la rompiente de la canosa costa" (Il.
Con ello, se hace ya presente el elemento acuático, marino, frecuente en otras realizaciones tanto del esquema A como del B.
El esquema A reaparece en Aristóteles HA 572 a 13ss., quien relata que en Creta se da el fenómeno de que las yeguas en celo pueden ser fecundadas por el viento (šcanemoûsqai).
Sin embargo posiblemente Aristóteles sustituiría a Bóreas el homérico «viento del Norte», por meros puntos cardinales pròj ƒrkton § nóton "hacia el norte o el sur", hacia donde vagan enloquecidas las yeguas hasta que se agotan o «llegan al mar».
Es posible que el inciso de 572 a 14 sobre la forma particular de cría caballar cretense según la cual no se formaban yeguadas aparte sino que los sementales y las yeguas estaban juntos, indica incredulidad sobre un hecho aparentemente fabuloso.
Después, será en los autores latinos donde encontremos nuevas manifestaciones del Esquema A. Virgilio en sus Geórgicas III 269 ss. retoma el prototipo, siendo una vez más el viento Zéfiro el que fecunda yeguas innominadas, que como en la noticia aristotélica, vagan enloquecidas, esta vez por una geografía minorasiática, en varias direcciones, siendo la primera mencionada in Borean.
A partir de este autor, el esquema A tenderá a ser localizado, especialmente por autores latinos, en el Extremo Occidente, como veremos más adelante.
El esquema B a) Este esquema expresa un mito más complejo, en el que los protagonistas, aparecen desde las documentaciones mas antiguas con sus nombres o epítetos, llegando a recibir en ocasiones alguna forma de culto.
9 Delebecque, Le cheval dans l'Iliade veía en en este pasaje de Podarga una réplica del de Bóreas y las yeguas de Erictonio (p.
27); en ambos pasajes advertía un léxico muy particular (p.
Además de la cría selectiva, el propietario de caballos se enfrentaba a determinados problemas.
Al caballo se le reconoce, por un lado, siempre un fondo de fiereza que exige desbravado, doma y adiestramiento; su extraordinaria velocidad debe ser domeñada y controlada en la tracción de la biga, que con carro y auriga forma una potente unidad de orden semisacral.
Pero, por otro lado, este "noble bruto" es un ser delicado, cuya alimentación y salud es causa de constante preocupación.
La buena marcha de todo ello podría cifrarse acudiendo a divinidades como los protagonistas de Il.
El protagonista masculino es el viento Céfiro o viento de Poniente, en lugar del Bóreas norteño del esquema A. Céfiro tiene aspectos favorables y fértiles como cuando también procedente del Océano orea el Elíseo en Od.
IV 567, pero también puede ser incontrolado y brutal, participando de la naturaleza del titán, del gigante y otros seres no facilmente clasificables, muchos de ellos localizados en Occidente y nunca del todo sometidos por los dioses olímpicos 10.
La prole de Céfiro y la harpía Podarga tras su unión en el pasaje mencionado de Il.
Alazán y Rodado 11 que, inmortales, seguirán pasando de héroe en héroe mortal.
De los dos, Janto es el descrito de forma más definida y el mas prodigioso: en la ocasión (Il.
XIX 404 ss.) en que vaticina a Aquiles su propia muerte es descrito como pódaj a±óloj 1ppoj (v.
Se excusa de no haber podido evitar la muerte de Patroclo, aunque tanto él como Balio galopan rápidos como su padre el viento Zéfiro (Šma pnoíh7 Zefúroio, v.
La madre de los maravillosos caballos es la harpía Podárgh "Patasblancas / Patas de centella", nombre que connota "color-brillo-movimiento rápi-Menelao tiene un caballo de nombre Podargo (Il.
VIII 185), nombrándose en el mismo verso otro de nombre Janto.
1050.59-63, con una imagen alada arcaica y orientalizante paralela a la de Pegaso, péplastai dè tÔ7 múqw7 e±j daimónion pterwtòn ¶ppofuéj... oÞ kaì À PÉgasoj špínoia Eust.
El tema de los Dióscuros será aquí tocado solo tangencialmente, a pesar de su gran peso en la cultura del caballo (pÓlwn... dmatÊrej ¶ppótai sofoí Alcm.
Figuras paralelas leúkippoi y nacidos de un huevo son los Moliónidas, Ibyc.
4, o los beocios Anfión y Zeto leukopÓlw, E., HF 29, cf. Ph.
Para su relación con los Asvínao indios y otros del ámbito ie., ver W. Burkert, Griechische Religion der archaischen und klassischen Epoche, Stuttgart -Berlín -Colonia -Maguncia, 1977, p.
Šrpuia: pueden arrebatar y hacer desaparecer a las personas (Od.
I 241, XIV 371); tienen estrecha relación, cuando no colaboración, con las Erinis y a veces un poder superior al de divinidades olímpicas, como en el caso de las hijas de Pandareo que, huérfanas, son criadas por Afrodita, Hera, Ártemis y Atenea, pero son arrebatadas por qúellai en Od.
XX 66, identificadas con Šrpuiai en el v.
77, que las entregan al servicio de las Erinis en el v.
236 ss., sobre las potnias, las despoinas, asociadas con la "señora de los animales", pp.100 ss., pero cf. The Iliad: a commentary, ob. cit., V, pp. 284-5 (M.W. Edwards); comm. do», difícil de expresar desde las lenguas modernas.
Pódargoj es conocido como nombre propio de caballo 12 y Podárgh fué descrita como un demon de rasgos equinos por el comentarista de Homero, Eustacio 13.
En ocasiones, se silenciará que la madre de Janto y Balio es una de las harpías: en Il.
XIX 400 Aquiles se dirige a sus caballos como tékna Podárghj; Estesícoro (Fr.
1) manifiesta que Podarga parió otros inmortales caballos, Flogeón y Harpago, donados por Hermes inicialmente a los Dióscuros 14.
Ello hace pensar que Podarga fué considerada un démon arcaico de cierta importancia, perteneciente a la esfera de divinidades femeninas que se manifiestan bien como una unidad individual, bien como varias, fenómeno que se verifica tanto para la(s) Harpía(a) como para la(s) Erinis, la(s) Gorgona(s), o la(s) Eilitía(s), etc., cuando no simplemente la(s) Potnia(s), seres con diversas funciones y facetas de las que vamos a resaltar su capacidad de controlar o desencadenar ciertos procesos vitales, lo que las hace ser particularmente temibles, debiendo los hombres cuidar de mantenerlas aplacadas para garantizar la protección de grupos o especies 15.
16 Ver comm. de A. Heubeck en Omero Odissea, pp. 10-1 ss., ob. cit.; DGE s.uu. a±óloj y A2oloj.
X 2, donde como en D.S. IV 67.3 se hace a Hipotes hijo de Mimante, un centauro en Hes., Sc.
186 con el epíteto melagxaíthj, recreación de kuanoxaíthj, C. F. Russo, Hesiodi.
El propio escoliasta señala la reticencia de Homero al hablar de Hipotes, ya que «as usual quietly ignores such tales», R. Janko. en The Iliad: a commentary, ob. cit., IV, p.
336, en relación con la historia de Podarga.
Ver también Poetarum melicorum graecorum fragmenta (ed. M. Davies), Oxford, 1996, p.
321. contacto el caballo desde una época común a los pueblos indoeuropeos. b) La fusión, ya en la Odisea, de Podarga, única en la Ilíada con el «anonyme Gruppe» de sus hermanas harpías, conlleva irremediablemente el oscurecimiento de una individualidad que contenía rasgos rudamente arcaicos, en relación con elementos asociados a vientos tempestuosos y con el caballo.
Ello no es único en la Odisea: Eolo (Od.
X 1 ss.), es un ser con un status 16 en el que coinciden también aspectos ventosos y equinos, no habiendo insistido demasiado Homero sobre los últimos.
No solo el nombre, A2oloj, puede ser el epíteto de un caballo (Janto pódaj a±óloj 1ppoj Il.
XIX 404), que connota, como el nombre de Podarga, tanto 'color variado' como 'movimiento rápido', sino que es hijo de un tal Hipotes, de quien apenas se vuelve a saber nada (tal vez en un fragmento reciente atribuído a Estesícoro), hasta la épica helenística y tardía.
Un dato significativo sería el que, según el escolio, la madre de Eolo era Melanipe 'Yegua negra', sobre la que volveremos a hablar 17. c) Los ejemplos homéricos vistos hasta ahora podrían parecer casos aislados.
Pero, curiosamente, en los escasos fragmentos conservados de la épica del Ciclo y otros poemas arcaicos se alude con significativa frecuencia al acoplamiento de figuras que adoptan rasgos equinos, con resultado, bien de parejas de caballos, bien de seres en los que hay algún elemento hipomorfo.
En la Titanomaquia, poema del que solo se conservan dieciséis fragmentos, se expone en el Fr.
10 una realización del esquema B: la protagonista femenina es aquí la oceánide Filira, fecundada por Crono convertido en caballo, pariendo en lugar de dos caballos maravillosos, un ser doble, mitad hombre mitad caballo, el hipocentauro Quirón.
Nos hallamos ante démones relacionados con una raza preolímpica, titánica, situados en un escenario en el que la proximidad al Océano, como ocurría con la Podarga homérica es En el futuro, se dirá que Janto y Balio fueron originalmente Titanes, D.S. 6.
Del grupo de las Gorgonas, que habitan (vv.
274-9) pérhn klutoû ãkeanoîo šsxatiÊ7 pròj nuktój "al otro lado del renombrado Océano, en el confín hacia la noche" Hesíodo destaca a Medusa: tÊ7 dè miÊ7 parelécato Kuanoxaíthj / šn malakÔ7 leimÔni kaì ƒnqesin e±arinoîsi (vv.
El escenario (poniente-océano-prado maravilloso) es básicamente idéntico al de la unión de Podarga y Céfiro.
El personaje masculino, Kuanoxaíthj ha sido tradicionalmente identificado con Posidón 20, pero tanto el epíteto como el verbo parelécato apuntan a una fórmula paralela al ejemplo homérico del Esquema A donde se dice que Bóreas 1ppw7 d' e±sámenoj parelécato kuanoxaíth7 para fecundar a las yeguas de Erictonio.
Medusa, cuyo nombre significa la Guardiana, la Señora, incluso un apelativo «real» 21, es caracterizada por Hesíodo con cierto dramatismo al referirse a su apareamiento con Kuanoxaíthj: es la única Gorgona "mortal" y está abocada "a tristes padecimientos", no señalando en ella ningún rasgo hipomorfo.
Sin embargo, su decapitación trae consigo el nacimiento, además de Crisaor, del caballo alado Pegaso.
Queremos poner de relieve además que, según imágenes antiguas, próximas en tiempo y lugar a Hesíodo, Medusa fué vista en el momento de ser degollada por Perseo como una "hipocen-Ver LfgrE s.u. y bibliografía adjunta.
La Erinis individual es representada en alguna ocasión como una bella diosa alada, revestida hasta los pies y con serpientes en los brazos, LIMC s.u.
tauresa", o incluso naciéndole dos caballos del cuello recién cortado 22, simetría concordante con la progenie de Podarga.
Medusa, aunque representada muchas veces, no siempre, como un ser monstruoso (p. ej. en el frontón de Corfú) suele amparar afectuosamente con cada uno de sus brazos a Pegaso y Crisáor, simbolizando por un lado un terrible carácter apotropaico pero a la vez su capacidad "hipótrofa" y "curótrofa" 23. e) La presencia, según Hesíodo, de Kuanoxaíthj / Posidón en la realización del esquema B de la Teogonía hesiódica podría apuntar a tradiciones locales beocias, incluso tebanas.
De hecho, de los once fragmentos conservados del antiguo poema épico de la Tebaida, dos están dedicados a la generación del famoso y velocísimo caballo Arión, animal con rasgos comunes con otros protagonistas del esquema B. Como Janto y Balio, su destino será pasar de un héroe a otro; como Bóreas y Posidón, lleva el epíteto kuanoxaíthj (Thebais 7, cf. Hes.
Su nacimiento se produce (testimonio I de Thebais 8) como consecuencia de la unión de un Posidón metamorfoseado en caballo y la Erinis junto a la fuente Tilfusa 24.
La Erinis pertenece a la misma esfera que Harpía(s) o Gorgona(s); como ellas, es una y múltiple, pero su presencia en Homero es de mayor relevancia 25.
Desde el punto de vista que nos ocupa su característica fundamental sería el mantener aspectos vitales específicos, familiares, sociales, estando, como otros démones de la misma esfera, particularmente asociada al mundo equino.
XIX 404 ss., Hera permite al caballo Janto hijo de Podarga vaticinar la muerte a su amo Aquiles; unos versos más adelante (v.
418) las Erinis, con un poder que claramente recorta el de la esposa de Zeus, se encargan de detener el momentáneo don de la palabra concedido al ani-31 Diosas flanqueadas por dos caballos y/o por otros animales en el Peloponeso y en el mundo italo-siciliano, variadamente interpretadas como Ártemis (Ortia o de influjo asiático), Atenea o Deméter con la prole equina habida de sus relaciones con Posidón: M.S. Thompson, «The asiatic or winged Artemis», JHS 29, 1909, pp. 286-307;N. Yalouris, «Athena als Herrin der Pferde», MH 17, 1950, pp. 65-101; Dietrich, Death, Fate and the Gods, pp. 123, 124; para la propia Arcadia, ver el comm. de J. G. Frazer, Pausanias's description of Greece, Londres, 1913, IV, pp. 377, 407.
En A. Ridder, «Amphores béotiennes a reliefs», ob. cit., lám. IV puede verse un reptil próximo a la Medusa equina a punto de ser decapitada por Perseo; en pp. 448 ss., esp. 453, el autor relaciona la Deméter de Figalia y Posidón Hipio con Gorgona, aduciendo ciertas figuras inscritas de Figalia y Creta donde aparecen seres con cabeza de caballo y otros rasgos animales, manifestando que todo ello proviene de los antiguos helenos, incluso «micénicos».
Representaciones de los Dióscuros montados flanqueando a una diosa, LIMC s.u.
VIII 42.7, encargada al escultor Onatas (V a.C.), que basándose en un grafÈ § mímhma toû'rxaíou coánou realizó una réplica en bronce, aunque, aduciendo una visión sobrenatural modernizó lo que G. Lippold consideraba «groteske Mischwesen», RE s.u.
33 Quérilo (final del VI a.C.) llevó a la escena este tema, así como mas tarde Eurípides (Euripide.
potnia equina hunde sus raíces originalmente en una pótnia qhrÔn 31.
El extraordinario cóanon de Deméter Melaina fué destruído por un incendio, lo que trajo esterilidad a los campos y obligó a los figaleos a consultar a la Pitia, que en un extenso oráculo en que se llama a Deméter ¶ppolexoûj Dh7 oûj, recomienda que se vuelva a hacer una imagen semejante a la desaparecida 32. g) El relato viene a ser una versión equina de los mitos de la Deméter Eleusina, tal como los conocemos, por ejemplo, por el Himno a Deméter; no deja de ser inquietante el epíteto leúkippoj que Píndaro aplica a Perséfone en O. 6.95.
En realidad, en Eleusis, tenían su propia versión del esquema B en el mito de Alope.
Según la versión más completa de este mito (Hygin.
187), fué forzada por Posidón y el niño nacido de esta unión, Hipotoon, antecesor de la tribu ática hipotoóntide, expuesto y amamantado por una yegua.
Enterado el rey Cerción, condena a su hija Alope a ser encarcelada hasta morir y expone de nuevo al niño, que vuelve a ser amamantado de nuevo por una yegua y crece hasta sustituir como rey a su abuelo; Posidón finalmente convierte a Alope en fuente 33. h) Hasta aquí puede decirse que en los esquemas A y B las protagonistas femeninas equinas, a pesar de sus facetas de temible monstruosidad, debían ser más respetadas de lo que hoy podamos creer.
La comparación, incluso Ver Euripides.
Selected fragmentary plays (trad. y com. de C. Collard, M.J. Cropp, y K.H. Lee), Warminster, 1995, I, pp. 240-280 (en adelante Collard); Euripide.
Bellérophon-Protésilas (ed., trad. y com. de F. Jouan y H. van Looy), París, 2000, pp. 347-396 (en adelante Jouan), ambos con densa bibliografía.
Sobre Eurípides atreviéndose a sacar a escena estos temas, Schachermeyr, Poseidon...,p.
171. identificación de doncellas, con potrancas y rápidas yeguas era en la época arcaica algo social y positivamente aceptado.
El símil de Atalanta corriendo con la velocidad de la Harpía en Hesíodo Fr.
76.18 puede connotar rapidez a la vez que recuerdo de la figura equina.
En la lírica del VII a.C. se compara a las nobles espartanas con caballos de carrera (Alcm.
1.47 ss.) o se dice que la mujer bella creada por los dioses, prototipo del lujo vinculado al poder real es 1ppoj ‰brÈ xaitées' (Semónides 8.57 ss.); también Anacreonte se refiere a mujeres como šro]éssaj...
Pero las citas de Anacreonte tienen ya connotaciones más picantes, cuando no puramente irónicas.
No hay duda que se ha ido produciendo un proceso de silenciamiento o, por otro lado, de ennoblecimiento de estos mitos pertenecientes a unos fondos remotos que probablemente se mantenían muy vigentes en ciertas zonas como Beocia o Arcadia. i) El proceso pudo haber comenzado bastante pronto.
El Eolo de la Odisea es presentado con una parca genealogía, en la que se atisba un antecesor y nombre equino, añadiendo los escolios que su madre se llamaba Melanipe, "la Yegua negra".
Será Eurípides quien en las tragedias fragmentarias Melanipe sabia y Melanipe cautiva conceda biografía y voz a extraordinarias protagonistas de indudables características hipomorfas, con poderosas capacidades paralelas a los de Erinis, Harpías, etc., que los propios dioses tenderán a recortar.
En lo que nos queda de estas tragedias, Eurípides 34, como posiblemente también en su todavía más fragmentaria Alope ya mencionada, depende de manera más o menos silenciada de nuestro esquema B. La intención última del dramaturgo es "probar" una genealogía de dos importantes grupos griegos, los beocios y los eolios, como tal vez en la Alope se "probaba" la genealogía de la tribu hipotoóntida a partir de Hipotoón, hijo de Alope y Posidón, criado por una yegua.
Eurípides presenta en sus Melanipes dos generaciones en las que abundan los rasgos equinos y animalísticos.
En la primera intervienen figuras no olímpicas, titánicas, algunas de carácter puramente equino: según el orgullo- so discurso prólogo que pronuncia Melanipe (Fr.
1 Jouan), un Eolo anterior al homérico demon de los vientos, hijo de Helén supuesto antecesor de todos los griegos, se une a Hipó 35, la «Yegua», hija del centauro Quirón, por lo tanto nieta, según la arcaica Titanomaquia 10, de la oceánide Filira y de Crono convertido en caballo.
Hipó, casi una protagonista en la sombra, desveló a los hombres cantos proféticos (Ømnouj... xrhsmw7 doúj) y predicciones astronómicas, así como la sanación y salvación de males (Fr.
Su trato con los seres humanos, que incide en los poderes de los dioses, es eliminado por Zeus, que convierte (Fr.
1.19 Jouan) a Hipó en yegua, obligándola a abandonar el Mouseîon, la sede mántica de las Musas y el monte Coricio, e.d. el Parnaso 36, haciéndola finalmente desaparecer.
1.14-18 Jouan) keínhn mèn oÖn / canqÊ7 kateptérwsen ¶ppeía7 trixì / Zeúj,... puknÊ7 quéllh7 d' a±qéroj diÓketai nos restauran la imagen de la Harpía Podarga y sus hijos: Hipó es canqÉ como Janto, caballo dotado también con capacidad de vaticinar; kateptérwsen posiblemente significa que fué dotada de alas como se dice de Podarga 37 o de Pegaso el hijo de Medusa; su desaparición es debida a una qúella, fenómeno meteorológico al que las Harpías son asimiladas en Od.
XX 66 y ss., versos en los que se habla de su colaboración con las Erinis.
Melanipe "Yegua negra" dice haber heredado de su madre Hipó grandes poderes y conocimientos.
Expone un gran mito cosmogónico, mediante el cual (Fr.
5 Jouan) 38 se postula una unidad original del cosmos y la posterior diferenciación de los seres vivos, animales, plantas y humanos, con lo que justifica su propia condición hípida y humana a la vez que hay un recuerdo del poder diferenciador de las especies de la Erinis.
La inclusión de una potnia equina en un gran mito, si no cosmogónico, sí teogónico está ya en el gran frontón de Corfú, donde Medusa hipótrofa y curótrofa además de pótnia qhrÔn flanqueada por enormes felinos, muestra un poder permanente que convierte las teomaquias en anécdotas.
Eurípides da un paso más, no en la senda de la ocultación sino en la del ennoblecimiento y racionalización de tales mitos.
Melanipe reivindica que la mujer tiene noûj y el derecho a su cultivo (Fr.
3 Jouan), no sólo por su particular tradición materna, sino por voluntad propia; en la Melanipe cautiva manifiesta que entre otras funciones que convienen exclusivamente a la mujer están (Fr.
Jouan) el ser intérprete oracular (en Delfos, en Dodona), pero sobre todo el celebrar (Fr.
OE d' e2j te Moíraj táj t''nwnúmouj qeàj / ¶erá: es muy probable que en estas «diosas anónimas» o "que no deben ser nombradas" haya una alusión a las Erinis, las Gorgonas, etc. 39, con lo que la reivindicación de la mujer se reclama curiosamente del poder de estos démones a los que tanto Melanipe como su madre Hipó están asociados.
Por las varias fuentes de los fragmentos y argumentos 40 conservados de las Melanipes euripídeas, se adivina que, en ausencia de su padre Eolo, Melanipe fué forzada por Posidón, con el consecuente nacimiento de dos gemelos.
Los niños fueron abandonados en un establo y amamantados por una vaca y cuidados por un toro.
Pero lo que se desprende del Fr.
12 Jouan tòn d''mfì boûj ßifénta Boiwtòn kaleîn nos hace pensar que es un sólo niño el arrojado entre las vacas y por eso llamado Boiwtój.
Sabemos muy poco del resto de la tragedia, pero cabe pensar que el otro gemelo, de nombre A2oloj, puede haber tenido un destino inicial más acorde con su estirpe hípida.
Si instalamos a este pequeño Eolo en la genealogía odiseica del démon de los vientos, que ya hemos estudiado, tendría como madre a Melanipe y como padre a Hipotes, en realidad Posidón.
El padre de Melanipe, Eolo I, decide sacrificar a estos niños teratológicos.
Contra esa decisión, Melanipe hace gala de su habilidad oratoria, exaltando el amor materno, sentimiento que hemos señalado, p. ej., en Medusa.
Los hijos de Melanipe sobrevivirán para ser los antecesores de los beocios y los eolios, pero lo poco que sabemos de su carácter a través de un papiro relativamente largo (Fr.
20 Jouan, Melanipe cautiva), es que son seres de cierta nobleza, pero terribles y destructores si son provocados.
Posiblemente al final de la Melanipe cautiva, los padecimientos (recordemos de nuevo a Medusa) de la protagonista (sufrimiento por sus hijos, prisión, ceguera) se resuelven por la aparición de un curioso deus ex machina: la madre Hipó con una llamativa máscara equina que denuncia su condición hipomorfa.
En forma ya totalmente equina es representada en un hermoso vaso cerámico que describe el mito de Melanipe, con nombres inscritos sobre cada uno de los protagonistas; junto a ella aparece afectuoso Creteo, hijo de Eolo 41. j) El que se representasen tragedias como Alope o las Melanipes apunta a que en el Atica subyacían oscuros fondos en relación con deidades hipomorfas.
Aparte de que Atenea ostentó también el epíteto de Hipia, según Aristóteles Ath.Fr.
7 42, un tal Hipómenes, descendiente del rey Codro, sorprendió con un amante, a quien mató tras uncirlo a un carro, a su hija Lei-mÓnh, que acabó sus días encerrada hasta la muerte con un caballo.
No faltan aquí varios de los elementos del esquema B: padre de nombre equino; el «prado», presente en el nombre de la mujer, Leimone; sufre cautiverio como Alope y Melanipe.
También alude al tema Esquines 1.182 como parte de la historia (y arqueología) ática, sin dar nombres: del lugar de encierro de la joven quedaban los cimientos (o±kópeda) y el sitio era llamado Par' 1ppon kaì kórhn.
En el Sch. ad loc. se dan los nombres de Leimwníj y su padre Hipómenes y se recuerda que Calímaco se ocupó del tema.
Efectivamente nos han quedado unos pequeños fragmentos de los Aetia (94,95) que unidos a la Diegesis 3 reconstruirían una versión parecida a la aristotélica: el lugar de encierro constituiría un ƒbaton, un lugar consagrado e inviolable, llamado 1Ippou kaì Koúrhj el "lugar del Caballo y la Doncella".
Subsisten en todo el mito rastros de identificación con el caballo que en otras versiones posteriores se acentúan: según Dión Crisóstomo 32.78 el amante es un caballo y la mujer es encerrada con él hasta la muerte. k) El intento de hacer aceptables estos mitos, concretamente los beocios y arcadios de Deméter / Erinis ya mencionados, a una sociedad más evolucionada puede estar reflejado en la Tebaida de Antímaco.
Así se ha visto un intento de dulcificar la crudeza del mito en su Fr.
31 se hace al caballo Arión nacido de Gaîa la Tierra, intentando, tal vez, la traslación del mito equino arcaico a una esfera próxima a lo cosmogónico 43, como hace Melanipe en los pasajes antes mencionados de las obras euripídeas. l) Efectivamente, Platón tiene razones «for liking Antimachus», pero debemos mirar más lejos en la tradición que estudiamos.
En el Critias 113b ss., cuando los dioses se reparten el mundo, corresponde a Posidón la isla Atlántida.
En élla vive Evenor, personaje "nacido de la tierra" que se une a Leucipe "La yegua blanca".
Esta pareja primigenia de la Atlántida tiene a su vez una hija, Clitó, "La famosa" con la cual se une Posidón, naciendo de ellos cinco pares de gemelos 44.
Creemos que, como en las Melanipes euripídeas 45, estamos ante dos generaciones del esquema B, aunque Platón ha hecho desaparecer los rasgos más crudos y arcaicos de la faceta equina, que se reduce al nombre de la esposa de Evenor y al de uno de los gemelos, Elasipo, que vendría a ser una especie de precursor de la domesticación del caballo 46.
El escenario es occidental, junto al mar y en un maravilloso campo (pròj qalátthj... pedíon ©n, Ã dÈ pántwn pedíon kálliston) semejante al prado junto al Océano donde la harpía Podarga iliádica fué fecundada por Céfiro.
Platón presenta una versión del arcaico esquema B con vestigios de un mito de tipo ctónico, cuyo precursor inmediato sería Antímaco quien hizo al caballo Arión hijo de Gaîa la Tierra (Fr.
31) como lo era Evénor el hombre primigenio de la Atlántida, pero es necesario también volver al gran mito cosmogónico expuesto por la Melanipe euripídea, negativo cromático de la Leucipe de la Atlántida, destinadas ambas a ser seducidas por Posidón.
Todo ello nos lleva a una época en la que el mito de la potnia equina va abandonando en Grecia sus facetas más primarias para ser sublimado en interpretaciones de tipo racionalista.
Podríamos seguir rastreando huellas de nuestros esquemas A y B en la literatura griega.
Pero preferimos por ahora detenernos en significativos y antiguos precedentes del tema, que -aunque reflejan la complejidad de una cultura equina dependiente estrechamente del palacio o de la condición real y guerrera -señalan líneas comunes, que pueden ayudar a entender la permanencia de los mitos que venimos estudiando.
Aunque el número de caballos consignado en las tablillas micénicas es escaso, evidencia un interés diversificado que apunta a una etapa evolucionada de la introducción del caballo y su prestigio en el mundo helénico en casi todos sus aspectos.
En el testimonio extraordinario de los ideogramas del caballo, realizados a base de cabezas equinas definidas y realistas, con rasgos diferenciados si se trata de yeguas, de un caballo adulto o de un potro, se ha reconocido una decisiva innovación del linear B frente al A. La famosa tablilla Kn Ca 895 47 en la que se consignan «5 yeguas, 4 caballos, [ ] potros», con la equivalencia i-qo y po-ro en el texto silábico, evidencia un germen de explotación equina, en el que las hembras tiene una posición relevante, remoto precedente de la noticia sobre las yeguadas cretenses que, en una realización del esquema A, nos transmitía Aristóteles.
Hay que decir también que en zonas próximas a aquellas donde se han descrito testimonios del esquema B, como Arcadia (Pilos) o Beocia (Tebas), en contextos arqueológicos en relación con el caballo y el carro, las tablillas documentan alguna forma de cría caballar por la mención de unos i-po-po-qo-i o ¶ppoforboí 48.
Akten des X internationalen mykenologischen Colloquiums in Salzburg von 1-5 Mai, 1995 (ed. por S. Deger-Jalkotsky, S. Hiller y O. Panagl), Viena, 1999, I, pp. 45-78, esp. pp. 47, 68; ver también en F. Aura Jorro, Diccionario Micénico, Madrid, 1985-1993, 2 vols. (en adelante DMic.) así como po-qa, poqa-te-u, po-qe-wi-ja; M. Guidi, «Miceneo i-qo, = greco 1ppoj», ob. cit., pp. 168-9.
241, definía como núcleos de cultura equina, además del «Asia anterior», Micenas y Beocia, señalando la importancia (pp. 58-59) de la variedad del forraje y pienso de los caballos homéricos, comparable a lo reflejado en la Hippologia hethitica, sobre la que ver infra.
No sería la única palabra compuesta con el nombre del caballo, sino que hay otras que reflejarían en las tablillas una importante diversificación de funciones como i-pe-se-wa (PY Fr 1184.3), cf. ¶pposóaj; i-pe-ra-ta (PY Jn 601.12) ¶pphlátaj, importante epíteto de caballeros expertos y distinguidos en la Ilíada.
El caballo podría representar un prestigioso motivo ornamental o, marcar diferencias económicas, como se ha propuesto para las secuencias i-qo-qe PY Ta 722.1 y e-ne-ka i-qo-jo PY Ea 59.5, respectivamente.
A su vez, el léxico relativo a i-qi-ja ¶ppía, el carro, está extraordinariamente especializado 49.
Resulta particularmente sorprendente el número de nombres de los protagonistas del esquema B que, de una manera o de otra, se han hallado en las tablillas.
Zéfuroj existe como Ze-pu 2 -ro, aunque antropónimo; a pesar de no estar documentado el nombre de la harpía Podárgh, sí encontramos el masculino po-da-ko, equivalente a Pódargoj, nombre de caballo homérico, así como a 3 -wo-ro A2oloj, nombre de varios personajes relacionados con la tradición de la potnia equina 50.
Aunque actualmente se da por seguro que estos dos últimos nombres se aplican a bovinos, en fases tempranas de la investigación micénica hubo quienes interpretaron el ideograma que les acompaña como representación de un caballo 51.
Existe la posibilidad de que en las S. Luria, «Vorgriechische Kulte in den griechischen Inschriften mykenischer Zeit», Minos 5, 1957 (pp. 40-52), p.
49 imaginó sobre el nombre wo-no-qo-so todo un culto al caballo; se decantó por la interpretación bovina ya L. R. Palmer, en su reseña a M. Ventris, y J. Chadwick, «Evidence for Greek dialect in the Mycenaean archives», Gnomon 26, 1954, p.
432; Ello ha llevado a discusiones para obviar el que nombres como Pódargoj o A2voloj pueden denotar tanto cualidad visual como rapidez, rasgo este último (cf. DGE s. u. a±óloj) que no acaba de cuadrar con pacíficos bóvidos: ver entre otros, M. Lejeune, «Noms propres de boeufs a Knossos», REG 76, 1963, pp. 8-9;A. Heubeck, «Mykenisch PO-DA-KO und TO-MA-KO», Kadmos 43, 1974, pp. 39-43; tablas Homer, Londres, 1958, p.
106, señalaba la relevancia casi homérica de esta sacerdotisa destacada respecto a divinidades tradicionalmente mayores, cf. G. Maddoli, «Studi sul pantheon miceneo», AATC 27, 1962-3, tablillas estén también los nombres de algunos hijos de la potnia equina.
Así los de Podarga y Zéfiro: ka-sa-to Cánqoj, considerado un antropónimo; Balíoj fué entrevisto en *56-ro 2 52; el nombre del hijo de Alope y Posidón, Hipotoon, amamantado por una yegua podría estar bajo [I?]-qo-te-wo *9Ikvoqévwn 53; Ke-re-te-u que puede ser una versión del nombre de Krhqeúj, que como hijo de Eolo pudo tener algún papel en el mito de Melanipe, aparece en una ocasión en las tablillas junto a la secuencia e-ne-ka i-qo-jo 54.
Pero no sólo se trata de nombres aislados o dispersos como antropónimos o zoónimos.
Hay sintagmas, proximidades internas y externas de las tablillas que aunque puedan aisladamente ser de resbaladiza interpretación, pueden inscribirse en contextos relacionados con la potnia equina.
Los aspectos demónicos de vientos como Bóreas y Zéfiro, especialmente su principio fecundador relevante en los ejemplos homéricos de los Esquemas A y B, que se mantiene en la religión griega posterior, pudieron haber tenido una atención cultual en Cnoso, donde se adscribe una cantidad de aceite a una a-ne-mo ije-re-ja (y a-ne-mo-i-je-re-ja), una sacerdotisa de los vientos 55.
10, recuerda la Atenea'nemwtíj en la mesenia Motone; cf. J.L. Melena, «Reflexiones sobre los meses del calendario micénico de Cnoso y sobre la fecha de la caída del palacio», Emerita 42, 1974, (pp. 77-102), esp. pp. 95-6.
56 Sobre Erinis, ver supra.
246) entre Erinis y la Medusa hesiódica; L. R. Palmer, «New religious texts from Pylos», ob. cit. en n.
Proceedings of the fifth International Colloquium on Mycenaean Studies (ed. M. S. Ruipérez), Salamanca, 1972, (= Minos 11), I, pp. 170-203, esp. pp. 176, 179, 190, estudia globalmente la proliferación de dioses micénicos y su organización no olímpica (ver también id. Algunos datos sobre la religión micénica, comunicación leída en el Simposio de Miraflores de la Sierra, 2000, inédita) cree más bien que esta diosa, como la «sacerdotisa de los vientos» o la po-ti-ni-ja i-qe-ja no son exactamente equiparables a diosas históricamente conocidas, sino que deben ser consideradas «antepasadas» o precursoras.
277, siguiendo ideas de M.P. Nilsson, Geschichte der griechischen Religion, Munich, 1955 I 2, p.
67; id., «Some points for discussion», Proceedings of the Cambridge Colloquium on Mycenaean Studies, Cambridge, 1966, pp. 275-84; propuesta no bien recibida por varios estudiosos, ver Docs. p.
450, DMic. s.u. i-qo. tablilla KN Fp 1.8 se dedica otra ofrenda a e-ri-nu, tal vez 9Erinúj, nombre no solo de un ser equiparado al elemento ventoso (qúella) desde Homero, sino de la protagonista femenina a la que se une Posidón equino en Beocia según Thebais 8 y el adoptado en la Arcadia Telpusa por Deméter, transformada en yegua para huir de Posidón Hipio 56.
Y efectivamente estos aspectos de un Posidón, más dios de la vegetación y la fecundidad que marino, no lejos de los vientos Bóreas y Zéfiro en Homero 57, pueden estar particularmente documentados en las tablillas micénicas, especialmente en las de Pilos, lo que llevó a Palmer a ver en i-qo de PY Fa 16 un dios Hipo 58.
En eventual relación con ello, entre muy frecuentes 59 Con o sin determinación es el nombre más frecuente dado a una divinidad femenina en las tablillas, especialmente en Pilos, J. Chadwick, «Potnia», Minos 5, 1957, pp. 117-129, C. Boëlle, «Po-ti-ni-ja à Mycènes», ibid., pp. 283-301; ver DMic. s.u. po-ti-ni-ja.
60 Encontrada en el mismo lugar que otras referidas a la fabricación y mantenimiento de los carros, para cuyo léxico, ver supra n.
118 piensa en una precursora de Deméter, de Atenea o de Leto, cf. F. R. Adrados, «Les institutions religieuses myceniennes», ob. cit. Ver DMic. s.uu. i-qe-ja, i-qe[, po-ti-ni-ja.
106, la considera un paralelo de la pótnia qhrÔn y de Epona, sobre la que ver infra.
Tanto en su aplicación al carro como para la equitación: figurilla montada a mujeriegas de época micénica encontrada en Kharvati del Ática, ver D. Levi, «La dea micenea a cavallo» Studies presented to D.M. Robinson (ed. G.E. Mylonas), St. Louis, Missouri, 1951, I, pp. 108-125; Wiesner Fahren und reiten ob. cit., p.
118 ss. y nuestro «La potnia equina y el Cercano Oriente», ob. cit. 62 V. C.J. Ruigh, Études sur la grammaire et le vocabulaire du grec mycénien, 1967, p.
64 D. Page, History and the Homeric Iliad, Univ. of California Press, 1959, pp. 57 ss., menciones de po-ti-ni-ja 59 hay que destacar la po-ti-ni-ja i-qe-ja (PY An 1281.1) 60, que aunque con detracciones sería posible traducir como la Pótnia, la "Señora del Caballo", protectora de todo lo relativo a este animal, su cría, doma y mantenimiento 61.
Si, según Ruigh 62, ne-wo-pe-o po-ti-nija de PY Cc 665, pudiera ser la "potnia del establo nuevo" estaríamos ante un paralelo de divinidades tutelares femeninas de animales domésticos, tema sobre el que volveremos a ocuparnos en los apartados siguientes.
El mundo anatolio y hetita
Aunque en la Ilíada los dánaos son calificados como "de rápidos potros", se ha advertido que es en la parte troyana donde hay mayor desarrollo e incidencia de la cultura equina.
La onomástica y los epítetos compuestos de -ippo-, fenómeno que se manifiesta desde la India hasta el extremo occidente indoeuropeo, es más frecuente entre los troyanos, lo que indica el alto prestigio social del caballo 63.
Además de los testimonios iliádicos, cf. también Iliades paruae 28 y ver Schachermeyr, Poseidon..., p.
J. A. Berenguer, al que he consultado personalmente, se muestra decidido partidario de atribuirle origen hetita.
66 P. Chantraine, Dictionnaire étymologique de la langue grecque avec un Supplement (por A. Blanc, Ch. de Lamberterie, J.L. Perpillou), París, 1999; DGE s.u.; ver nuestro Vida/muerte de Homero a Platón.
67 Hippologia hethitica (ed., trad. y com. de A. Kammenhuber), Wiesbaden, 1961 (en adelante Hippologia hethitica); Anderson, Ancient Greek horsemanship, p.
5; Historia y leyes de los hititas.
Textos del imperio antiguo.
El código (ed. por A. Bernabé y J.A. Alvarez Pedrosa), Madrid, 2000, p.
49; cf. nuestro «La potnia equina y el Cercano Oriente», ob. cit. griegos, es el gran epíteto fijo de Héctor, con el que acaba o queda en suspenso la Ilíada.
Es en la Tróade donde se sitúa la yeguada de 3.000 ejemplares selectos de Erictonio, primer escenario de nuestro esquema A 65.
Ello confirmaría la irradiación de la cultura del caballo en diferentes fases a lo largo del segundo milenio desde el mundo anatolio y hetita hacia Grecia.
La enorme riqueza generada por la cría y preparación de los caballos pudo tener en griego su nombre concreto: Equépolo, de nombre bien significativo (Il.
XXIII 299), que con la donación a Agamenón de una sola yegua, Ete, se había eximido de la guerra de Troya, tenía un ƒfenoj -palabra para la que se ha propuesto una etimología hetita o anatolia 66 -superior a la de veinte hombres.
Y efectivamente los textos de hipología hetita, redactados en principio por un personaje de Mitanni, Kikkuli, muestran la gran infraestructura y esfuerzo así como personal especializado y muy considerado, como el propio Kikkuli, necesarios para mantener excelentes caballerizas.
En ellas 67, día a día (y noche a noche), la vida de los caballos, su comida y bebida, salidas y entradas en los establos, baño, ejercicios al trote y al galope, etc. están minuciosamente reglamentados durante un tiempo prolongado.
Posiblemente los versos de Il.
VI 506-511 y XV 263-268 en los que se compara o identifica a los hermanos troyanos Paris y Héctor con el caballo estabulado que, bien alimentado en su pesebre y acostumbrado a bañarse en el río, rompiendo su atadura galopa por la llanura, escapando hacia los campos donde pastan las yeguas, resume curiosamente en unas pocas líneas la larga rutina del tratado hetita.
A estos textos técnicos se ha añadido una parte ritual (p.
7) en la que se exhorta a invocar (expresamente en hurrita y en equina y Posidón Hipio 70, pero por nuestra parte creemos que en el oscuro mito ático de Leimone transmitido por Aristóteles se encuentran retazos significativos que podrían remitir a un sacrificio que recuerda al AÑvamedha: mujer de familia real, en este caso hija de un tal Hipómenes; el amante, tras ser uncido a un carro, con lo que se le equipara al caballo, es sacrificado; la mujer, encerrada y obligada a la cohabitación con un caballo hasta la muerte.
Pero es imposible tratar aquí la infinidad de lazos existentes entre la esfera equina griega e india en la antigüedad.
Remitiremos solamente a algunos que pueden arrojar una luz particular sobre aspectos concretos aquí estudiados.
Uno de ellos es la existencia en la religión védica y postvédica de démones femeninos concebidos como individual / múltiple como es el caso de Usaμ s, la Aurora 71 comparables a la(s) Harpía(s), la(s) Gorgonas o la(s) Erinis griegas.
Aunque la etimología de Erinis sigue estando plagada de problemas 72, resulta asombroso, que en 1852, A. Kuhn trazara un extraordinario panorama de las afinidades entre toda esa esfera de démones femeninos, varios de los cuales evidencian elementos equinos, basándose inicialmente en la relación que veía entre Erinis y Saranyuo 73, añadiendo además consideraciones sobre la relación entre Gorgonas y Erinis, las Pótniai y Despoinas.
Ello adquiere singular relieve sobre todo tras la aparición de e-ri-nu y po-tini-ja en las tablillas micénicas.
En el mito védico de Saranyuo son frecuentes las duplicaciones equinas y las generaciones sucesivas de gemelos: Saranyuo tiene de su marido Vivasvat dos gemelos, Yama y Yami.
Crea luego un doble de ella misma, Savarnao, a cuyo cuidado deja los hijos, y huye en forma de yegua. da cuenta de la huída de Saranyuo / Yegua, adopta él mismo la forma equina y engendra en Saranyuo los gemelos equinos por antonomasia, los AÑvín~, semejantes a los Dióscuros, y de cuyas cualidades benéficas resaltamos el ser patronos de los remedios tradicionales indios basados en plantas y aguas medicinales 74.
Por nuestra parte, pensamos que resultan particularmente significativos los paralelos del mito de Saranyuo con las Melanipes euripídeas.
Hipó y Melanipe parecen un desdoblamiento de la también doble Saranyuo.
Son hija y nieta del centauro Quirón, de quien heredan los ƒkh pónwn que transmiten a los hombres, poderes curativos benéficos semejantes a los de los AÑvín~7 5.
La desaparición de Melanipe, prefigurada por la de su madre Hipó, tal como se entrevé en los fragmentos conservados 76, tiene un equivalente en la huída de Saranyuo / Yegua.
La entrega de los niños de Saranyuo como consecuencia de esta huída al cuidado de su propio doble humano puede subyacer en la Melanipe Desmotis euripídea: según uno de los resúmenes conservados del mito (Hygin.
186), la reina Teano adopta a los hijos de Melanipe, mientras la heroína es encarcelada y está abocada a padecimientos, incluso la muerte como otras protagonistas de la esfera de la potnia equina (Medusa, Alope, Leimone).
Algo hemos dicho referente a Etruria donde se han encontrado vasos con la representación de Medusa decapitada de cuyo cuello nacen dos caballos, iconografía que puede haberse producido por influjo griego, aunque actuando sobre un trasfondo local particular.
Y efectivamente por diferentes testimonios se trasluce en la península itálica una cultura del caballo con aspectos semisacrales.
En esa perspectiva se ha estudiado el antiguo rito del october equus, con facetas que recuerdan el complejo Asvamedha indio, aunque carente de elementos de tipo hierogámico 77. européens a Rome, París, 1954, p.
72 ss.;id., La religion romaine archaïque París, 1966, pp. 127-229;W. Burkert, Structure and history in Greek mythology, ob. cit. pp. 113-4 compara el nombre de Hipólito "El que desenjaeza el caballo" o "el Caballo desenjaezado" con el ritual del october equus antes de ser sacrificado y con el AÑvamedha; en general A. Hyland, Equus.
90 En otros casos, los textos latinos permiten observar el paso de divinidades puramente indígenas a una interpretatio helenizada que desvela aspectos oscuros.
A la divinidad masculina Consus, asociada tradicionalmente al caballo, se atribuye un papel importante en el episodio del rapto de las sabinas, según Varrón LL VI 20.
El hecho de que este dios aparezca en Livio I 9 en el mismo episodio como Neptunus equester 78, trasunto de Posidón Hipio, debiera haber puesto en guardia a los sabinos y sus mujeres sobre las intenciones ocultas en la invitación a unos juegos bajo semejante advocación.
Según el único fragmento del historiador Agesilao (828 Jacoby) en el tercer libro de sus Italica, la diosa galoitálica Epona (>*ek u3⁄4 ona) 79 que ejercía la prónoia sobre los caballos (y équidos), era hija de una yegua y de un tal Fuluius Stellus 80.
Nos permitimos desvelar que Fuluius Stellus es la traducción latina de los nombres de los caballos de Aquiles habidos de la unión de Céfiro y Podarga: Janto, e.d.
Stellus, caballo con manchas, e.d. «rodado».
Epona, extendida según varias inscripciones inicialmente en territorio de los eduos (en el entorno de Dijon) y en muchos otros puntos del mundo romano, era a veces invocada como Regina, tenía su imagen pintada en las caballerizas (Iuu.
III 27) y estaba también asociada a un aspecto maternal, a las fuentes y a Campestris 81.
Todo ello participa del escenario de la potnia equina desde la literatura griega: la harpía Podarga en el prado y junto al elemento acuático; Medusa maternal y «Reina», junto a las fuentes del Océano.
De hecho gran parte de la iconografía de Epona remonta a modelos griegos, algunos sorprendentemente antiguos 82, como también aquel en el que aparece la diosa montada a mujeriegas, para lo que contamos con alguna figurilla micénica; la montura podría ser una yegua, pues en algún caso es esculpida amamantando un potrillo; otras veces, el potro come de una patera que sostiene la diosa 83.
La singularidad de Epona nos lleva a protagonistas similares en el ámbito céltico, deidades femeninas cuyo papel en la cría del caballo apunta a su prestigio casi semisacral, dentro de la esfera del poder real, y con concomitancias con la Harpía, Medusa, Melanipe, etc.
Gricourt, en una serie de artículos en la revista Ogam 84 citaba mitos como el de la galesa Rhiannon o «Reina» (en un Mabinogion) que, como El carácter hierogámico de la ceremonia, ya en F.R. Schroeder, «Ein altirischer Krönungsritus», ob. cit.; llama la atención a Puhvel, «Aspects of equine functionality», ob. cit., p.
198, el que en el Código hitita se consignan grandes castigos para los actos de bestialidad, pero se contemplan con lenidad las relaciones con yeguas o mulas, cf. Historia y leyes de los hititas, ob. cit., pp. 207-209.
Epona, también invocada como Regina, se presenta a caballo.
Tiene de su marido un hijo, que desaparece a la vez que un potro nacido de una yegua; es condenada a trabajar para los huéspedes de su marido, debiendo incluso llevarlos a cuestas, es decir se identifica con la yegua.
En una de las gestas del Ulster se narra una historia con puntos de contacto con la anterior.
En ella interviene una de las Machas, divinidades femeninas celtas, que aunque se presenten como tríada, se destaca una de ellas individual o particularmente preeminente, carácter que las sitúa en la misma esfera que la(s) Harpía(s), Gorgona(s), etc. Un hombre se jacta de que su mujer, de origen misterioso, es capaz de vencer en la carrera a los dos corceles campeones del rey Conchobar.
Obligada por este rey a correr aún en avanzado estado de preñez, manifiesta por fin su nombre, Macha, y se reclama descendiente del Océano, profetizando desgracias; triunfa e inmediatamente da a luz dos gemelos muriendo a continuación, no sin maldecir a los habitantes del Ulster.
Epona, Rhiannon y Macha muestran una constante ambigüedad o duplicación equina, pesando sobre todo ello un evidente factor hierogámico cuya expresión más explícita está en las ceremonias reales del Ulster en las que el futuro rey debía unirse a una yegua blanca, posteriormente sacrificada y devorada en una consagración real casi sacramental 85.
Si ya en el primero de los trabajos de Gricourt aquí reseñados se señalaba que estos ritos hierogámicos del Ulster no estaban lejos de las actividades del itálico Fuluius Stellus, padre de Epona, el cuarto lleva como subtítulo «L 'épreuve de la mythologie grecque».
A las comparaciones con los mitos arcadios y tebanos, referentes a las facetas equinas de Deméter y Posidón, Gricourt añade más datos significativos: la ira de Deméter Erinis que comporta la esterilidad de los campos es comparada a la de Macha contra los del Ulster; la unión de Posidón y Medusa trae consigo el nacimiento de Pegaso «porque nació en las fuentes del Océano» (Hes., Th.
282), lo que coincide con los orígenes oceánicos de Macha.
Pero hay varias otras coincidencias que consideramos interesante aducir: Rhiannon y Macha sufren su particular pasión, como Me-dusa que muere en el momento de generar a sus hijos, como Leimone encerrada con un caballo hasta morir o Alope encarcelada hasta la muerte y luego convertida en fuente después de dar a luz un niño reiteradamente criado por una yegua.
Pero son Melanipe y su madre Hipó (ya hemos hablado de su relación con la india Saranyuo ) las que tienen más puntos de contacto con Rhiannon y Macha: dotes proféticas, desaparición, vida sufrida y ocultación de su identidad, entrega de los hijos a otra familia.
El hecho de que la epopeya celta remita a una sociedad guerrera de la época del hierro, con notables parecidos con la tradición heroica de los poemas homéricos, muy dependientes de la cultura del caballo, es lo que habría permitido que se mantuvieran relevantes arcaísmos comunes en el ámbito indoeuropeo 86.
También en otra región extremooccidental, en la Península Ibérica, se dan testimonios en muchos casos muy antiguos y con notables coincidencias con lo visto hasta ahora.
Nuestra península debió tener en la antigüedad gran capacidad ganadera, con tal preponderancia de las razas equinas que causó asombro a quienes sucesivamente la invadieron 87.
Se reconocen además para los pueblos de la Península técnicas ecuestres muy desarrolladas y adaptadas a su particular terreno, así como una veneración al caballo en muchos aspectos similar a la que hemos visto en otros pueblos indoeuropeos, incluído el griego.
Ello hace que, sobre todo los romanos, "descubran" en suelo peninsular el esquema A. Silio Itálico, gran conocedor de la tradición épica, al caracterizar a los aliados hispanos de Anibal, menciona en vv.
Visión integrada de la evolución de la historia antigua de la Península a partir de la existencia de élites ecuestres, M. Almagro Gorbea, Ideología y poder en Tartessos y el mundo ibérico, Madrid, 1966, p.
Península (en las estelas del Sudoeste, en Cancho Roano, Porcuna, el Cigarralejo, etc.) hasta cristalizar en venerados protagonistas de eventuales realizaciones del esquema B.
Tal vez siglos antes que los latinos, los griegos habrían "descubierto" en la Península trasuntos de deidades arcaicas en relación con el caballo.
En época relativamente reciente se han encontrado en Cádiz cinco bustos femeninos cerámicos casi de tamaño natural, fechados entre el VI al V a.
C. Han sido interpretados como un grupo coherente que representaría las Gorgonas, sin descontar otros grupos (Moiras, Greas) 90.
Opinamos que el hecho de que sean cinco permite pensar en un seguimiento del pasaje hesiódico de Th.
265-294, tantas veces citado: hijas de los monstruosos seres marinos Forcis y Cetó, son además de las dos Greas (Penfredó y Enió), las tres Gorgonas (Estenó, Euríale y Medusa).
Pero pensamos que en el quinteto podrían entrar en lugar de las Greas, las dos Harpías (llamadas Aeló y Ocipeta en el mismo pasaje de Hesíodo) descendientes de seres marinos y oceánicos como Taumante y la oceánide Electra.
Todas ellas son situadas por Hesíodo junto al Océano en el Extremo Occidente, como vecinas de las Hespérides de aguda voz, tal vez innovación hesiódica consciente, aunque no arbitraria, que pronto llevó a buscar una interpretación a su proximidad a las Harpías, las Greas o las Gorgonas.
B 9) postuló que las Harpías y las Hespérides eran las mismas y Acusilao (Fr.
10) negó a las Hespérides la guarda de las famosas «manzanas» de oro asignándola a las propias Harpías.
Tal vez el autor beocio o sus informantes habían recibido noticias de que en el Extremo Occidente se rendía culto a divinidades autóctonas no tan Además, el no 1 de los bustos femeninos gaditanos representa una divinidad para la que se han propuesto paralelos con Medusa 91 y cuyo gesto de sufrimiento nos acerca particularmente a los "tristes padecimientos" que augura Hesíodo a tal Gorgona.
La digna figura gaditana estrecha maternalmente con el brazo izquierdo a su pequeño Pegaso alado, al que da de comer ofreciéndole un cuenco con la mano derecha.
Su carácter ¶ppoforbój es un precedente extraordinario de las representaciones de Epona en las que la diosa alimenta a un potro con una pátera 92.
Pero no solamente junto al Océano, sino también en el Levante se dan interesantes y densas manifestaciones que evidencian cultos a una divinidadcaballo, o protectora de los caballos, semejante a la mencionada Epona.
Entre los exvotos del Cigarralejo, hay nada menos que 38 en los que se representa a una yegua con su potrillo 93 y entre las interesantísimas representaciones de figuras humanas flanqueadas por caballos del sureste de la Península ibérica hay que destacar el vaso de Elche (III/II a.C.), en el que una figura femenina parece abrazar a dos caballos que la flanquean.
Podemos estar ante la Harpía Podarga y sus gemelos hijos equinos; o también ante una Medusa Gorgona como la del frontón de Corfú abrazando a sus hijos Crisaor y el caballo Pegaso; recordemos que en alguna ocasión es representada naciendo dos caballos de su cuello cortado 94; también hay representaciones de Epona flanqueada por caballos 95.
En un gran vaso de Valencia del I a.C. descubierto recientemente 96 hay unas figuras pintadas que en una misma banda llevan en un lado una yegua con grandes y plurales ubres y en el otro una especie de centauresa que ha dado a luz un pequeño monstruo similar, viéndose otro que espera el parto.
Estamos en el ámbito de la potnia equina donde el nacimiento de centauros se da desde la antigua Titanomaquia.
Además, entre la yegua lactante y la centauresa parturienta podría haber una relación materno filial, como entre Hipó y Melanipe o tratarse de dobles equinos o semiequinos encargadas de la crianza, como en el mito de Alope, o en el de la védica Saranyuo y las occidentales Rhiannon o Macha.
La centauresa valenciana viste larga túnica, como la Medusa beocia vestida por delante, pero equina por detrás, que al igual que la Deméter Melaina se acompañaba de otros animales, como en el vaso valenciano 97.
Este cortejo animalístico, como ya hemos señalado, indica una vez más la resistencia de la antiquísima pótnia qhrÔn a abandonar sus prerrogativas, aunque debió adaptarse al prestigioso mundo del caballo como potnia equina.
Tampoco sería casual por parte del dueño de una hermosa villa del centro de la Península la elección del tema de la potnia equina en época romana tardía, escogiendo para uno de sus mosaicos una escena en la que se aprecia una figura femenina a la que se aproxima un fogoso corcel negro «montado loiminna / loemina es de la misma raíz que leimÓn 106 nos encontramos ante el "prado", uno de los condicionantes del escenario semisacral de la potnia equina, no solo como la Epona Campestris, sino que nos lleva al oscuro mito ático de LeimÓnh, la princesa en cuya pasión y muerte hemos entrevisto retazos del ritual del Asvamedha.
La confluencia en occidente cerraría así el gran anillo abierto inicialmente con los vv. de Il. |
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Francisco Rodríguez Adrados (Salamanca 1922 -Madrid 2020) ha sido una de las principales figuras de la generación que constituye la Edad de Oro de los Estudios Clásicos de nuestro país.
Se forma en la Universidad de Salamanca, bajo el magisterio de Antonio Tovar, y se desplaza a Madrid para doctorarse en la entonces Universidad Central.
Es en ese momento cuando inicia una vinculación con el CSIC que se prolongará hasta casi el final de su vida.
En el Instituto Nebrija trabaja como colaborador, secretario y doctor asociado y desde 1956 y durante un largo periodo es director de la revista Emerita, y ha sido durante muchos años director de la Colección Alma Mater de edición bilingüe de clásicos griegos y latinos.
En él emprende en 1962 el que será su proyecto más ambicioso: la confección de un Diccionario Griego-Español capaz de competir con ventaja con las grandes obras de referencia de las tradiciones inglesa y alemana en este campo, y de colocar a la Filología Clásica española a la altura de estas últimas.
El Proyecto, de enorme envergadura, ha publicado ya su octavo tomo y sigue adelante gracias al esfuerzo continuado de nuevas generaciones de filólogos.
En 1948 accede a la cátedra de Griego del «Instituto Cardenal Cisneros» de Madrid, en el que ejercerá su docencia hasta 1963.
Su dedicación y entusiasmo y enorme saber le hicieron un profesor muy recordado por sus alumnos de entonces, a los que luego se encontró en muy diversos ámbitos de la vida profesional, intelectual, social y política de nuestro país.
En esos años toma conciencia de la enorme importancia que tiene la enseñanza secundaria en la pervivencia del conocimiento de la cultura clásica, para él parte central e imprescindible de nuestro universo cultural, lo que se refleja a lo largo de toda su vida en su profunda admiración, respeto y aprecio por los Profesores de Secundaria, a quienes siempre prestó su colaboración, y en la defensa ardiente y a veces impetuosa del mantenimiento de las materias de Latín y Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 207-210 ISSN 0013-6662 Griego en el Bachillerato, una defensa en la que se implicó personalmente y que durante años canalizó a través de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, que contribuyó a fundar y que sigue teniendo la defensa de los Estudios Clásicos en la enseñanza secundaria como uno de sus objetivos más importantes.
Fue presidente de esta Sociedad en cuatro mandatos distintos y fundó y dirigió durante años su Revista de Estudios Clásicos.
El magisterio de Antonio Tovar en su formación es determinante a la hora de encauzar su interés científico no sólo hacia la Filología Griega, sino también hacia la Lingüística Indoeuropea, en ese momento uno de los buques insignia de la escuela alemana en la que su maestro se había formado.
Como lingüista incorpora desde los inicios de su trabajo la metodología estructural a sus estudios comparativos, y es uno de los estudiosos que introduce los presupuestos de esta escuela en España: su Lingüística Estructural (Madrid 1969) constituyó un manual básico para muchas generaciones de alumnos universitarios, y sus trabajos comparativos sobre las laringales o el verbo indoeuropeo constituyeron modelos prácticos de la aplicación de la metodología estructuralista a los estudios diacrónicos y comparativos.
Su interés por la lingüística general y por la metodología le lleva a formar parte del grupo fundador de la Sociedad Española de Lingüística, de la que fue presidente, y a dirigir la Revista Española de Lingüística, imprimiéndole y defendiendo siempre el carácter abierto a todas las lenguas y a todas las escuelas metodológicas que está en las bases fundacionales de la propia Sociedad.
En esta área de estudios desarrolla una ingente labor, de la que dan testimonio su extenso número de publicaciones, en el campo de la fonética y sobre todo de la morfología comparadas, así como de la dialectología indoeuropea, a la que aporta una perspectiva más dinámica que la rigidez resultante de los esquemas vigentes hasta entonces.
Extiende además su trabajo hasta la comparación literaria y cultural, que le permite así unir dos líneas de trabajo bien distanciadas en el tiempo: su trabajo sobre la fabulística griega y sus estudios sobre los cuentos sánscritos, que reúne en un libro sobre el cuento griego, latino e indio, ilustrado por Mingote.
Complementa su línea de estudios comparativos con su trabajo en diversas lenguas indoeuropeas antiguas.
Publica la primera Gramática Védica en español y realiza varias traducciones de textos sánscritos clásicos, en solitario o en colaboración con sus discípulos, así como de indio medio (inscripciones de Aśoka) y antiguo persa.
Se interesa por el antiguo eslavo y promueve desde su cátedra de la UCM la creación de la primera licenciatura de Filología Eslava en esta Universidad.
Pese al amplísimo campo de su dedicación científica, el núcleo del trabajo de Adrados, lo que centra su producción científica y da coherencia al resto de los campos en los que trabaja, es la Filología Griega.
En 1952 obtiene la cátedra de griego de la UCM, que desempeña hasta su jubilación en 1988 y después como Profesor Emérito.
Como filólogo desarrolla una ingente labor que abarca casi todos los campos de la Filología Griega.
No hay más que revisar su Bibliografía para encontrar que toca temas que van desde la lingüística griega y la dialectología o la lexicografía a la edición de textos y la traducción de los clásicos, de Homero y los líricos arcaicos a la Fábula y el cuento popular, de los estudios sobre los géneros literarios y sus orígenes, muy especialmente sobre el teatro, a las ideas políticas y filosóficas y a la historia y la política, la religión y la mitología, siempre en profundidad y siempre aportando, desde un amplísimo y profundo conocimiento de los clásicos, puntos de vista y análisis originales que tratan de abrir el campo de visión para poner de relieve la vigencia y el valor de los clásicos como núcleo de la cultura actual.
En dos de sus últimos libros, publicados ya en el final de su vida, nos deja una compilación de este punto de vista, un último testimonio de su extenso conocimiento y de su entusiasmo por los clásicos y su pervivencia entre nosotros.
Y no olvidemos que en medio de esta amplísima producción científica siempre encontró tiempo para la elaboración de materiales didácticos, para la enseñanza del griego en el Bachillerato y para la enseñanza del griego (y el sánscrito) en la Universidad, publicando varias Antologías de textos y los primeros métodos destinados a la enseñanza del griego en los primeros pasos de la UNED.
Miembro de la Real Academia Española (1990) y de la Real Academia de la Historia ( 2004), miembro correspondiente de las Academias de Atenas (1991), Argentina de Letras (1994) y Panameña de la Lengua Española (2011), Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca (1998), por la Universidad CEU-San Pablo de Madrid (2008) y por la Universidad del Peloponeso (2012), ha obtenido a lo largo de su prolongada carrera numerosos premios que reconocen su trayectoria.
Podemos destacar entre ellos la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio (1997), el Premio Nacional de Traducción (2005) o el Premio Nacional de las Letras Españolas (2012).
De todos los títulos a los que su gran trayectoria y trabajo le dan derecho, ninguno se le adecúa mejor que el de Maestro.
Desde su puesto en el Instituto, en la Universidad y en el CSIC ejerció la docencia con una dedicación y entrega total a sus discípulos.
Dirigió más de 60 Memorias de Licenciatura y 32 Tesis Doctorales y deja tras sí una generación de discípulos, muchos de los cuales aglutinan nuevas generaciones de jóvenes investigadores que continúan su tarea y que mantienen la Filología Clásica en lo más alto de los niveles internacionales.
No se puede dejar mejor legado.
Julia M. Mendoza Tuñón Universidad Complutense de Madrid |
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Este artículo examina el codex Matr.
4565 de la Odisea, valora su aportación y su posición dentro de la tradición manuscrita del poema y ofrece la colación completa del mismo para los cantos α-δ de la Odisea.
A partir de los datos analizados se concluye que es un testigo valioso para algunas lecturas interesantes y que no puede ser reducido a mero apógrafo de ninguno de los manuscritos más antiguos, si bien mantiene cierto grado de afinidad con el Palat.
45 y estrecha proximidad con algunos recentiores.
El texto de la Odisea se ha conservado en más de setenta manuscritos medievales 1.
Su número es muy inferior a los doscientos que transmiten el texto de la Ilíada.
Y también son menos los ejemplares de fecha temprana en el caso de la Odisea: sólo dos anteriores al siglo XII 2.
Las ediciones modernas, como es habitual en obras con una tradición tan extensa en testigos, suelen apoyarse en una selección de manuscritos, además de los papiros y la tradición indirecta.
Si bien hay diferencias notables al respecto.
La reciente edición de M. L. West (2017), que presenta un aparato rico en testimonios de la tradición indirecta y en datos de los papiros, es muy selectiva en las referencias a códices medievales: ocho códices son citados siempre (de hecho, siete hasta ι 540), y otros (catorce) sólo muy raramente.
En el prefacio declara haber acopiado lecturas de la práctica totalidad de manuscritos de la Odisea («excepto cuatro») 3, que distribuye, con unas pocas excepciones, en catorce familias (más cuatro sub-familias).
A pesar de la meritoria labor en el estudio de la tradición manuscrita odiseica que subyace a su edición, los resultados no parecen del todo satisfactorios en el aparato crítico: las referencias de Allen, que remiten generalmente a familias y ocasionalmente a manuscritos concretos, resultan poco precisas y en algunos casos erróneas 4.
El problema no solo radica en la cantidad ingente de material, sino en la dificultad de establecer las posibles relaciones entre los códices.
La tradición del texto homérico ha sido muy abierta y las relaciones entre los códices resultan a menudo más complejas que la simple dependencia directa y exclusiva.
En un texto tan leído y comentado como el homérico la contaminación 2 Se trata de G (Laur.
32.24) de finales del s. X; y F (Laur. conv. soppr.
Luego siguen P (Palat.
613) del s. XIII; un grupo de códices datables entre el s. XIII y la primera mitad del XIV; y un amplio número del s. XV.
4 La agrupación de los manuscritos homéricos en familias fue ya cuestionada por Pasquali (1952 2, pp. 208-213) a propósito de la clasificación de Allen para la Ilíada.
Posteriormente ha sido objeto de revisión por Tachinoslis (1984) mediante la colación de veinte de los principales códices odiseicos, cuyo examen revela desajustes e inconsistencias en el sistema de familias adoptado por Allen, que implican bastantes errores en la adscripción de lecturas a determinados códices.
Haslam (1997, pp. 89-90) hace una valoración más positiva de la edición de Allen y su sistema de referencia a lecturas por familias de manuscritos en el aparato crítico, aunque reconoce en ello «a sacrifice of precision to compendiousness» (p.
entre copias a lo largo de la tradición ha sido bastante general.
De modo que la distribución de lecturas heredadas entre los manuscritos medievales se presenta muy enmarañada; y lo estaba ya incluso en las copias antiguas5.
Si bien las variantes dentro de la vulgata son, en su mayor parte, más formales que significativas (al margen de la adición u omisión de versos).
Una consecuencia de ello es la consideración que deba atribuirse a los recentiores, en la medida en que también ellos pueden transmitir lecturas antiguas no atestiguadas en los códices más venerables, como se evidencia en algunos casos.
Por tanto, su testimonio no debe ser descartado a priori sin un análisis de su valor y de su aportación al conocimiento del texto.
En términos de Pasquali, «la autoridad de un testimonio es independiente de su antigüedad» 6.
En este sentido nos proponemos estudiar el caso del Matritensis 4565 de la Odisea.
Este códice ha sido tenido en cuenta únicamente por Allen, que lo incorpora en la segunda edición oxoniense y recoge algunas de sus lecturas, generalmente bajo la sigla de la nueva familia s, donde lo integra7, y esporádicamente bajo la sigla Ma.
Sin embargo, las referencias de Allen al testimonio de Ma son bastante limitadas8.
Por ello consideramos necesario un examen más completo del mismo, que permita conocer mejor su valor e integrar su aportación en el conjunto de la tradición del texto de la Odisea.
códices fueron utilizados por C. Láscaris14, que en 1466 se había establecido en la ciudad siciliana para enseñar griego, animado entre otros por Saccano según cuenta él mismo, y que el 12 de diciembre de 1467 fue nombrado por el cardenal Besarión (a la sazón archimandrita del monasterio basiliense de San Salvador) para la cátedra de griego que ocupó efectivamente desde el 4 de febrero de 1468 en el estudio de Mesina15.
Tras la incautación de la biblioteca de Mesina en 1679 por el Virrey de Sicilia Francisco de Benavides, en la que se integraba tanto el fondo de la sala capitular de la catedral como la biblioteca privada de Láscaris, donada a la ciudad antes de su muerte 16, el conjunto de la colección pasó hacia 1690 a manos del IV Duque de Uceda, Juan Francisco Pacheco Téllez-Girón (Virrey de Sicilia entre 1687 y 1696), que a su regreso a España la trajo a Madrid.
El texto de la Odisea, copiado con tinta de color negro claro, se presenta en una escritura espaciada y limpia, a razón de 21 líneas por página 18.
La transcripción del poema seguramente no llegó a completarse y fue interrumpida en υ 394 (f.
El copista ha dejado algunas pequeñas lagunas en el texto (ff.
Los títulos de los cantos de la Odisea han quedado en blanco, así como la letra inicial de la primera palabra de cada canto que había de escribirse presumiblemente después con tinta roja y letra más grande (rubricatio), como se aprecia en la parte del Matr.
El códice contiene, además, frecuentes glosas interlineales latinas 20 insertas en los ff.
35re.-62re. (α-γ 268) por la mano de Láscaris (que también ha escrito las glosas latinas a las Argonáuticas Órficas) probablemente para uso didáctico 21.
Igualmente proceden de la mano de Láscaris las adiciones de los versos β 128 (f.
49re., margen inferior), omitidos por el copista 22; así como la variante marginal ad α 19 (f.
El texto de Ma contiene errores de diversa naturaleza, aunque no muchos más que otros códices importantes.
Por ejemplo, presenta las fluctuaciones típicas en la notación de consonante geminada, con errores de adaptación al metro, que a menudo se hallan también en otros manuscritos: 19 Cf.
20 Las glosas latinas al texto de la Odisea están basadas al parecer en la versión de Leonzio Pilato: cf. Kristeller 1965-1992, vol. VI, p.
21 En el caso paralelo del Matr.
4560 el propio Láscaris confirma en una suscripción (f.
363re.) que usó el códice para la enseñanza en Mesina.
En muchos casos los errores son compartidos con otros códices más antiguos, de modo que probablemente se trata de errores heredados, comunes a una parte de la tradición.
En los ejemplos siguientes incluyo referencia a los principales códices de la Odisea y también a algunos recentiores cuya afinidad con Ma será comentada luego23: Estos errores se producen a veces por simple descuido en la labor de copia.
Pero otras veces pueden ser debidos a dificultades existentes en el propio texto.
Así, en γ 228 (οὐδ' εἰ: οὐδὲ Ma R11) subyace una dificultad de interpretación.
En el caso de γ 230 (Τηλέμαχε: Τηλέμαχ' Ma) nuestro códice recoge en parte la corrección de Zenódoto ante el problema métrico representado por Τηλέμαχε, ποῖον en comienzo de hexámetro: Zenódoto modificaba este verso (Τηλέμαχ' ὑψαγόρη...
Zen.) y suprimía el siguiente24.
Junto a los errores propiamente dichos hay ejemplos de modernización lingüística, que pueden acarrear o no faltas de adaptación al metro.
Así, Ma presenta (como R11) el genitivo en -ου en lugar de la forma en -οιο generalmente transmitida en δ 27 (μεγάλοιο), donde el hexámetro requiere una secuencia larga-breve.
También presenta Ma (con otros manuscritos) el genitivo Ἀτρέως (δ 462, 543), propio del ático, frente a la forma Ἀτρέος transmitida por muchos manuscritos que debe mantenerse en el texto homérico (cf. Β 23, etc.) 25.
Aportación de Ma: lecturas notables
En general Ma presenta buenas lecturas.
Su aportación puede consi derarse especialmente relevante en determinados lugares donde constituye uno de los pocos testigos que conserva lecturas antiguas, que remontan a variantes conocidas o defendidas por los alejandrinos, atestiguadas en la tradición indirecta o en los papiros.
En los siguientes ejemplos el lema representa siempre la lectura ofrecida por la mayoría de manuscritos, y tras la variante minoritaria se añade entre corchetes el nombre de los editores que la han preferido.
Ma y los códices uetusti
La posición de Ma en el conjunto de la tradición manuscrita de la Odisea no es fácil de establecer.
El cotejo de sus lecturas con los principales manuscritos en los cuatro primeros cantos del poema muestra tanto coincidencias como discrepancias que no permiten establecer una dependencia o vinculación directa con ninguno de los testigos más antiguos 27.
En este sentido apuntaba ya la conclusión de Allen en su segunda edición oxoniense, cuando añadió una nueva familia (s) para representar el parentesco entre Ma y otros dos recentiores, ante la imposibilidad de incluirlo en ninguna de las familias (a-r) que había contemplado en su estudio previo sobre el conjunto de la tradición manuscrita.
En todo caso, a partir de los datos examinados y con la prudencia que exige la amplitud del material y las limitaciones de nuestro acercamiento, podemos avanzar algunas observaciones acerca de la relación de Ma con otros manuscritos odiseicos.
27 Las coincidencias con algunos de los principales manuscritos en variantes minoritarias (correctas o erróneas), que pudieran parecer significativas, son esporádicas (salvo en el caso de P, comentado a continuación): De entre los códices más antiguos de la Odisea, Ma presenta una mayor afinidad con P (y sus parientes Y Vi) 28.
Así lo reflejan una serie de coincidencias en lecturas minoritarias que comparten frente a la mayoría de códices: Por tanto, Ma mantiene cierto grado de afinidad con P (y sus parientes Y Vi), en lecturas asociadas a una rama de la tradición en la que parcialmente coincide también a veces con G o con U29.
Pero registra igualmente numerosas lecturas divergentes con respecto a esa línea de la tradición.
De modo que nos encontramos ante un ejemplo más de la habitual contaminación entre copias producida en el largo proceso de transmisión.
Ma y los recentiores: Vat.
307 En cuanto a la relación de Ma con otros recentiores, ya hemos señalado su afinidad con Y y Vi, estrechamente vinculados a P.
Allen observó el parentesco entre Ma y otros dos recentiores que reunió dentro de la familia s: en concreto, el Vat.
308,, fue copiado en 1486 en el monasterio de San Salvador de Mesina por Gioacchino di Casole, discípulo y colaborador de C. Láscaris30.
La posibilidad de que R11 descienda de Ma en cuanto a las glosas griegas y las hypotheseis queda excluida por la ausencia de ellas en el matritense31.
En cuanto al texto de la Odisea ciertamente ambos códices presentan un altísimo grado de coincidencia: a falta de un examen más completo, cabe considerar más bien que ambos deriven de un mismo ejemplar32, sobre todo si Ma no está mutilado, sino que la transcripción quedó interrumpida en υ 394 (f.
278re., línea 18) y los últimos cuatro cantos no llegaron a copiarse, como parece implicar el hecho de que el folio 278ue. ha quedado en blanco.
La segunda mano del Mon.
519B, que ha completado las lagunas de los cantos primero y tercero (ff.
35) clasificó R11 y Vd (= V5 Allen) como miembros de la familia g, encabezada por F; pero en la segunda edición oxoniense (Allen 1917-1919 2, pp. III, XIII) reagrupó R11 con Ma dentro de la familia s, mientras que Vd (= V5 Allen) quedó incluido en la familia g.
Igualmente significativa resulta la presencia de errores comunes (entre ellos, la incorporación al texto de glosas en lugar de las lectiones traditae, como en α 39 y α 347), que en algún caso parecen exclusivos de códices de este grupo: Tales coincidencias evidencian una relación estrecha entre Ma y Vd36.
Sería preciso un cotejo más detallado para determinar, por ejemplo, si Vd desciende de Ma o si ambos derivan de una fuente común, ya que además he manejado sólo datos parciales de Vd tomados de la edición de La Roche (1867Roche ( -1868)).
En cuanto al antígrafo del que fue copiado Ma (y acaso también R11 o Vd), puede haber sido una Odisea ya existente en la biblioteca del monasterio de San Salvador, o un ejemplar llevado a Mesina por Láscaris, o tal vez un ejemplar traído por Cosme del entorno romano de Besarión.
Como ha sido advertido37, queda mucho por investigar sobre los manuscritos medievales y sus mutuas relaciones dentro de la tradición textual de los poemas homéricos.
A partir de los datos analizados correspondientes a los cantos α-δ de la Odisea, cabe afirmar que Ma posee un notable interés por su aportación de lecturas estimables, sobre todo en lugares donde constituye uno de los pocos testigos para determinadas uariae lectiones antiguas.
En efecto, Ma no puede ser considerado mero apógrafo de ninguno de los manuscritos más antiguos conservados; si bien parece guardar cierta afinidad con la rama de la tradición representada por el Palat.
45 (P, además de sus parientes Y Vi) y mantiene estrecha proximidad con algunos recentiores (R11 U 2 Vd).
Por tanto, merece ser colacionado para que su testimonio se incorpore a las sucesivas ediciones del poema. |
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El presente trabajo, centrado en las tragedias completas de Sófocles, analiza el uso del optativo potencial en actos de habla directivos.
Las gramáticas analizan el optativo potencial en este tipo de actos de habla como una expresión de cortesía.
No precisan, sin embargo, si el optativo tiene un funcionamiento idéntico en todos los contextos.
El análisis de los datos seleccionados para este trabajo permite concluir que el uso del optativo en segunda persona refleja, en general, una estrategia de cortesía diferente del uso en primera y en tercera persona.
De hecho, en segunda persona el optativo funciona en la mayor parte de los casos como una expresión convencional de cortesía.
En primera y en tercera persona, por el contrario, el optativo ha de analizarse como una expresión de cortesía off record que tiene como fin reducir la implicación del interlocutor en el cumplimiento del contenido proposicional del acto de habla.
El análisis de la cortesía verbal, campo de estudio de la pragmática fraguado en los años setenta del s. XX, ha experimentado desde sus inicios un enorme desarrollo que continúa hasta el día de hoy.
A pesar de las numerosas críticas, surgidas ya en los años noventa y presentes hasta la actualidad, los principios teóricos propuestos por Brown y Levinson 1987 constituyen el punto de partida de la mayoría de los trabajos centrados en la cortesía verbal1; en este sentido, los estudios del griego antiguo no son una excepción.
Así, los conceptos de positive face y negative face siguen siendo la piedra de toque de los trabajos sobre la cortesía verbal.
La imagen positiva se corresponde con la necesidad que tiene todo individuo de acercarse a su interlocutor y generar la idea de pertenencia a un mismo grupo.
La imagen negativa, por el contrario, refleja la necesidad de mantener una esfera de intimidad y de espacio propio.
Ante este conflicto entre intereses contrapuestos, el hablante puede primar uno de ellos, pero también escoger formulaciones neutras 2.
Las estrategias de cortesía empleadas por el hablante dependen, en cada acto comunicativo, de la combinación de cinco parámetros 3:
Relación de poder entre los interlocutores (eje vertical) 4.
Distancia social entre los interlocutores (eje horizontal).
Grado de amenaza que supone el acto de habla que se pretende formular.
Contexto lingüístico en el que se inserta una expresión dada.
Tipo de interacción mantenida por hablante e interlocutor.
En la interrelación de estos parámetros son esenciales tanto el peso de los códigos socioculturales compartidos por el hablante y su interlocutor 5 como la situación o el contexto extralingüístico en la que se desarrolla el acto comunicativo 6.
Cuando el hablante considera que su acto de habla puede suponer una amenaza para el interlocutor, optará, siempre y cuando no tenga interés en preservar una relación comunicativa armoniosa, por formas de expresión directas e inequívocas (bald on record) 7.
Ahora bien, si desea preservar la armonía con su interlocutor, recurrirá a formas de expresión que aminoren la amenaza potencial del acto de habla.
El hablante preferirá, en ocasiones, expresiones corteses de contenido claro, pero en otras puede considerar más conveniente el uso de expresiones imprecisas, de carácter implícito, que admitan una interpretación alternativa sin conexión alguna con un acto de habla amenazante (off record) 8.
Los actos de habla indirectos, es decir, aquellos cuya fuerza ilocutiva no se corresponde con la que sugieren sus marcas gramaticales 9, son un recurso muy empleado por los hablantes cuando desean aminorar el carácter amenazante de su mensaje.
Sin embargo, en ocasiones los actos de habla indirectos no son percibidos por el receptor como expresiones de cortesía, sino de hipercortesía 10.
Además, el hablante puede servirse de ellos cuando finge ser cortés, pero en realidad no lo es (mock politeness) 11.
Como vemos, la línea divisoria entre la cortesía y la descortesía no es, ni mucho menos, nítida.
El optativo potencial como expresión de cortesía
En griego antiguo, el optativo con ἄν, de valor potencial, se utiliza ya desde Homero como expresión de mensajes directivos.
El concepto de relational work, acuñado por Locher y Watts 2005, p.
9, ha sido el punto de partida de numerosos trabajos sobre la cortesía verbal en lenguas habladas.
8 El talante del hablante frente a la relación armoniosa con su interlocutor ha sido definido por Spencer-Oatay 2008, p.
32 como rapport orientation.
Como muestran Culpeper y Qian 2019, las diferentes rapport orientations del hablante se traducen en formulaciones distintas para la expresión de un mismo contenido.
En época clásica, sin embargo, son frecuentes los ejemplos de oraciones afirmativas con un carácter enunciativo o exclamativo, como la del pasaje de (2):
7.22-23) ¡Niña!, ¿no podrías guiarme al palacio de Alcínoo, que reina entre estos hombres?
291b) Habla, por favor, que parece que estás viendo algo insólito.
En general, se considera que el optativo con ἄν de actos de habla indirectos es uno de los posibles recursos utilizados por el hablante para mitigar la fuerza impositiva de su mensaje y, en consecuencia, para expresarse con un tono cortés ante su interlocutor13.
En este sentido, hemos de tener en cuenta que el optativo potencial presenta el cumplimiento de la acción verbal como algo posible, pero no como algo que está sucediendo de facto.
Establece, pues, una clara distancia entre la realidad en el momento del acto de habla y la situación descrita en la oración14.
El optativo con ἄν deja abierto el cumplimiento de la acción verbal y permite, por tanto, que el interlocutor tenga, al menos en teoría, dos opciones: la de sentirse implicado y actuar y la de no hacerlo.
Se trata, pues, de una fórmula sustitutiva idónea para el imperativo y el subjuntivo y, en determinados contextos, también para el futuro 15.
Algunas expresiones de cortesía se convencionalizan por su frecuencia de uso.
Pierden, por tanto, parte de su valor indirecto, ya que resultan inequívocas tanto para el hablante como para el oyente, aunque se utilizan con un significado que no es el literal 16.
Con este tipo de recursos, el hablante consigue un compromiso entre la eficacia comunicativa de las expresiones on record, que excluyen cualquier ambigüedad, y las expresiones off record, más útiles cuando el propósito es ser cortés 17.
Está por determinar si el optativo funciona en algunos contextos -o en todos-como expresión convencional de cortesía 18.
Aunque Sófocles también ofrece ejemplos en los que el optativo parece funcionar como expresión de hipercortesía y de cortesía fingida 19, el presente trabajo solo se centrará en aquellos casos en los que el optativo potencial admite un análisis como forma de cortesía.
La relación entre el uso del optativo con ἄν en mensajes directivos y las estrategias de cortesía de los personajes de las tragedias completas de Sófocles no se ha tratado hasta ahora 20.
Los actos de habla directivos se subdividen en órdenes, ruegos, peticiones, solicitud de permiso, concesión de permiso, consejos, sugerencias, invitaciones y propuestas25.
Esta subdivisión se basa en dos parámetros26:
La relación del contenido directivo con los intereses del hablante o con los del interlocutor 27.
Las órdenes, los ruegos, las peticiones y la solicitud de permiso están enfocados, básicamente, hacia los intereses del hablante; la concesión de permiso, los consejos, las sugerencias y las invitaciones, hacia los del receptor; las propuestas, por último, tienen presentes tanto los intereses del hablante como los de su interlocutor 28.
El grado de coerción que ejerce el hablante sobre el interlocutor, es decir, la posibilidad que deja a este para reaccionar o no ante su mensaje.
En este sentido, las órdenes, la concesión de permiso y los consejos se diferencian claramente de los demás subtipos de actos directivos, que permiten al receptor una mayor capacidad de acción.
Risselada 1993, pp. 42-43, distingue, además, un tipo de acto de habla directivo orientado a la tercera persona o sin orientación (cf. El niño tiene que hacerse la cama o Llamar antes de entrar).
Como veremos enseguida, las fronteras entre los diferentes subtipos de actos de habla directivos son laxas.
El optativo potencial no es, en principio, una forma de expresión idónea para las órdenes, pues, como acabamos de mencionar, deja cierta capacidad de maniobra al receptor del mensaje, al menos en teoría.
Las peticiones y las sugerencias, por el contrario, parecen más adecuadas para su formulación en optativo.
El siguiente pasaje ofrece un ejemplo del uso del optativo en la expresión de lo que podríamos considerar una sugerencia.
Obsérvese cómo, acto seguido, el rey se dirige a la joven mediante un imperativo 31:
444-447) Tú tienes permiso para irte adonde quieras, libre de una grave acusación.
Pero tú contéstame sin rodeos, en pocas palabras, ¿sabías que se había decretado que no se podía hacer eso?
Oraciones con el predicado verbal en segunda persona
Los tres ejemplos anteriores presentan el optativo en segunda persona 32.
El uso de la segunda persona está vinculado, como vemos, con la convicción del hablante de que el receptor puede llevar a cabo el contenido proposicional de su acto de habla.
Le supone, pues, capacidad agentiva.
La posición de poder del hablante frente a su interlocutor es variable.
En ocasiones es claramente superior al interlocutor, como en (4) y en (5), pero en otras es claramente inferior.
Neoptólemo, por ejemplo (3), trata a Filoctetes antes de que se desvelen sus verdaderas intenciones con el respeto que merece un hombre maduro que participó en la guerra de Troya y al que, no olvidemos, debe ganarse por el bien del ejército griego.
También Hilo se dirige a Heracles, su padre, mediante el optativo potencial.
En este caso el joven utiliza la expresión ἂν... μάθοις, evitando μάθε, 30 Moorhouse 1982, p.
235 consideran que las palabras de Creonte hacia el guardián tienen un tono más bien despectivo, y no cortés.
En nuestra opinión, sin embargo, el contexto invita a pensar que el rey dedica al guardián unas palabras educadas como premio al deber cumplido y, al mismo tiempo, como recurso para subrayar el tono irrespetuoso con el que se dirige a Antígona.
Es posible que debamos entender las palabras de Creonte como muestra de hipercortesía, pero, de momento, no tenemos datos suficientes para trazar la frontera entre el optativo de cortesía y el de hipercortesía en la tragedia.
31 El imperativo es, obviamente, más directo que el optativo, pero eso no significa que siempre sea una fórmula de descortesía.
Es más, las expresiones directas son neutras en algunos contextos, como, por ejemplo, cuando el hablante se halla en una situación de peligro.
El valor pragmático del imperativo en Sófocles se tratará en trabajos posteriores.
Y sobre tus hijos, a unos se los ha llevado ella misma para criarlos, y deberías saber que los otros están viviendo en la ciudad de Tebas.
Pero nosotros, los que estamos presentes, si hay algo que hacer, padre, atenderemos a tus palabras y las obedeceremos.
Otro ejemplo nítido del uso del optativo potencial por parte de un hablante en situación de inferioridad frente al receptor del mensaje es el siguiente, en el que Clitemnestra ruega a Apolo que cumpla sus deseos: La posición de poder variable del hablante frente a su interlocutor no es, en absoluto, sorprendente, ya que el griego no cuenta con formas de deferencia que permitan al hablante señalizar distancia o respeto34.
Por lo tanto, la forma habitual para dirigirse al interlocutor es la segunda persona, sea cual sea la relación de poder y de confianza que en ese momento se tenga con él.
El optativo tampoco determina, como hemos visto en § III, el grado de coerción que se ejerce sobre el receptor.
El hablante considera a su interlocutor capacitado para llevar a cabo el contenido proposicional de su acto de habla; el interlocutor, a su vez, entiende sin dificultad, tal y como confirma su reacción en todos los casos, el carácter directivo del mensaje 35 no es, pues, una fórmula off record poco transparente que el hablante reserve para situaciones en las que otra expresión podría poner en peligro la comunicación armoniosa con su interlocutor 36.
Se trata, más bien, de una fórmula convencional de cortesía de significado inequívoco que el hablante utiliza en situaciones en las que desea ser «políticamente correcto» 37, es decir, mostrar el comportamiento que se espera de él en ese momento 38.
La segunda persona pasa a ser una fórmula off record, sin embargo, cuando el hablante utiliza en su mensaje un predicado que no presupone control por parte del sujeto y que, además, presenta un significado alejado de la acción que se espera del interlocutor.
En estos casos el carácter directivo del acto de habla resulta más opaco y, de hecho, el receptor puede permitirse no reaccionar ante él sin que su comportamiento resulte ni llamativo ni incómodo.
Estamos ante el diálogo que mantienen en Edipo Rey el corifeo, Yocasta, el mensajero, que fue quien recibió al pequeño Edipo de manos de un pastor, y el propio rey.
Edipo está intentando averiguar la identidad del pastor que se apiadó de él y lo salvó de la muerte cuando había de ser abandonado.
Le pregunta al pastor, pero este, ante la gravedad de la situación, intenta desviar la pregunta hacia el coro.
Para ello utiliza una expresión potencial que no lo compromete en absoluto y que, al mismo tiempo, puede ser ignorada por el interlocutor, si este lo desea.
De hecho, los miembros del coro no reaccionan, pero Edipo, que entiende perfectamente la fuerza ilocutiva del mensaje, les pregunta de forma directa:
(8) -ἦ κἄστ' ἔτι ζῶν οὗτος, ὥστ' ἰδεῖν ἐμέ; | -ὑμεῖς γ' ἄριστ' εἰδεῖτ' ἂν οὑπιχώριοι. | - ἔστιν τις ὑμῶν τῶν παρεστώτων πέλας, | ὅστις κάτοιδε τὸν 36 Sobre el carácter más o menos indirecto o más o menos explícito de las expresiones de cortesía véanse, entre otros, Haverkate 1979, pp. 103-106.
37 Este punto se tratará con más detalle en trabajos futuros, llevando a cabo un análisis contrastivo entre el optativo, el imperativo y el subjuntivo.
38 Culpeper y Qian 2019, pp. 7-8 hacen notar cómo el hablante se ajusta con frecuencia a fórmulas rutinarias de cortesía para evitar el conflicto innecesario.
Eso no significa que se esfuerce en mejorar la relación con su interlocutor, sino que procura, sin más, mantenerla y no ponerla en peligro.
Sobre la conveniencia de utilizar determinadas fórmulas, y no otras, ante un interlocutor dado o en una situación dada recordemos el testimonio de Diógenes Laercio (D. L. 9.53): al parecer, Protágoras criticaba a Homero por dar órdenes a la Musa en imperativo, en lugar de dirigirse a ella mediante ruegos o deseos. βοτῆρ', ὃν ἐννέπει, | εἴτ' οὖν ἐπ' ἀγρῶν εἴτε κἀνθάδ' εἰσιδών; | σημήναθ', ὡς ὁ καιρὸς ηὑρῆσθαι τάδε (S., OT 1045-1050) -Ed.
¿Ese hombre está vivo todavía para que yo lo pueda ver? -Me.
Vosotros, que sois de aquí, sois quienes mejor deberíais saberlo. -Ed.
¿Hay alguien de los aquí presentes que conozca al pastor del que habla?, ¿alguien que lo haya visto en el campo o por aquí?
Que lo diga, que ha llegado el momento de descubrirlo todo.
Oraciones con el predicado verbal en primera o en tercera persona
Como acabamos de señalar, el uso de la segunda persona no está vinculado a un determinado estatus del hablante frente a su interlocutor en el momento del acto de habla39.
Distinta es la situación en el caso de la primera y la tercera persona.
En efecto, en el material analizado, los personajes que utilizan la primera y la tercera persona para solicitar algo a su interlocutor de forma sincera se hallan en una posición de inferioridad respecto a él40.
En estos contextos, el hablante formula ruegos o sugerencias o bien pide permiso para hacer o decir algo.
Se trata, además, de situaciones en las que el personaje en cuestión intenta transmitir un mensaje que no es baladí y que, por tanto, puede ser entendido por su receptor como una clara amenaza.
Esta amenaza atenta contra la intimidad y la libertad de acción del interlocutor, es decir, contra su imagen negativa.
Por tanto, los esfuerzos del hablante se dirigen, sobre todo, a reducir la implicación del interlocutor en el cumplimiento del contenido del mensaje.
Para ello, el hablante puede optar por maximizar su propia implicación en el acto de habla, asumiendo toda la responsabilidad de su contenido; en ese caso, acudirá a formas verbales de primera persona.
Ahora bien, el hablante puede considerar que su acto de habla no solo pone en peligro la imagen negativa del interlocutor, sino también su propia imagen positiva, es decir, la posibilidad de generar o mantener un vínculo de solidaridad con el interlocutor.
En esta situación, combinará las estrategias de alejamiento del interlocutor del cumplimiento del acto de habla directivo que implican sus palabras con estrategias que le permitan distanciarse de su propio acto de habla; el uso de formas verbales en tercera persona y de formas verbales de diátesis pasiva en primera persona serán sus recursos 41.
El uso de oraciones de tipo asertivo, con frecuencia mitigadas, no ha de sorprendernos, ya que es muy característico de la cortesía off record 42: el hablante afirma algo o especula sobre ello para provocar una reacción concreta en su interlocutor 43.
Maximización de la implicación del hablante: oraciones con el predicado verbal en primera persona
En las tragedias de Sófocles, el uso de la primera persona en los contextos analizados refleja, en general, tres estrategias distintas que tienen como fin desplazar hacia el propio hablante la responsabilidad del interlocutor en el cumplimiento del contenido del acto de habla 44.
Ahora bien, estas tres estrategias reflejan un grado de compromiso del hablante variable y no siempre igual de explícito 45: 1.
El hablante utiliza un verbo de voluntad con el contenido de lo que espera que haga su interlocutor (9).
Recurre, pues, a una expresión performativa 46.
24 propone una estrecha relación entre la animación y la intención, rasgos prototípicos de la agentividad, y la responsabilidad.
La responsabilidad es un rasgo esencial en los contextos que estamos analizando ahora.
92, que atribuye a estos actos de habla una «(partially) implicit performance of a directive».
43 Pensemos en una oración como No estaría mal encender la calefacción, dicho, por ejemplo, por alguien que se encuentra en una sala con dos personas más.
44 De momento, dejamos fuera de consideración ejemplos como el siguiente, en el que el hablante anuncia un propósito inmediato que va llevar a cabo él mismo: χωροῖμ' ἂν ἐς τόδ'• Ἀντιγόνη, σὺ δ' ἐνθάδε | φύλασσε πατέρα τόνδε...
(S., OC 507-508) Me voy a hacerlo (sc. dedicar una plegaria a las Euménides).
Antígona, tú quédate aquí y cuida a nuestro padre.
45 Los siguientes pasajes permiten observar una de estas tres estrategias: Ai.
46 Las expresiones performativas han recibido mucha atención, pues su análisis sintáctico y pragmático plantea serias dificultades.
De hecho, las expresiones performativas 2.
El hablante expresa lo que él haría en las circunstancias en las que se encuentra su interlocutor (10).
El hablante pide permiso para hablar, pero no indica cuál es el contenido de la petición que quiere hacer (11).
La estrategia 2 da lugar a actos de habla más ambiguos e indirectos que la 1.
Se trata de una fórmula off record que, en teoría, permite al interlocutor no darse por aludido.
La estrategia 3 se plasma en lo que se conoce como acto de habla preparatorio, es decir, en un acto de habla cuyo objetivo esencial es ganarse el favor del interlocutor antes de la formulación de un acto de habla comprometido, en este caso directivo 47; no se trata, pues, de un acto directivo en sentido estricto.
Centrémonos en tres ejemplos.
En el primero de ellos, el corifeo toma la palabra después de oír a Tecmesa lamentarse por la suerte que la espera si Ayante decide suicidarse.
La situación es crítica, y se siente en la necesidad de intervenir y hablar con Ayante.
Eso sí, el corifeo subraya su implicación y responsabilidad en el contenido del acto de habla acudiendo no solo al uso de una construcción performativa 48, sino también al pronombre ἐγώ:
525-526) Ayante, yo querría que sintieras en tu corazón la misma compasión por ella que siento yo, pues aprobarías sus palabras.
En (10) vemos a un corifeo compadecido ante Filoctetes, quien suplica a Neoptólemo que lo lleve con él y no lo condene a la soledad y el dolor.
El corifeo, que no se atreve a formular directamente su ruego, intenta que Neoptienen un carácter asertivo, pero implican un cambio extralingüístico, cambio que en algunos casos se produce con la formulación misma del acto de habla (cf. Searle 1989, p.
47 En español, oraciones como Se me está ocurriendo una cosa funcionan con frecuencia como enunciados preparatorios de actos de habla directivos.
Sobre los enunciados preparatorios véanse, entre otros, Kerbrat-Orecchioni 2005, p.
48 Las expresiones performativas son empleadas por el hablante para garantizar la verdad y sinceridad de sus palabras.
Tampoco cabe una interpretación incorrecta de lo que está diciendo (cf. Searle 1989, p.
Se trata, por tanto, de un medio eficaz de subrayar el protagonismo de uno y minimizar el del interlocutor. tólemo cumpla los deseos del pobre enfermo.
Además de expresarse con cautela, el corifeo presenta sutilmente la decisión de llevarse a Filoctetes como un acto de piedad que podría librar a Filoctetes de la ira de los dioses.
Al igual que en el ejemplo anterior, el corifeo utiliza el pronombre ἐγώ para subrayar su responsabilidad:
513-518) Yo, convirtiendo el mal de ellos en una gran ganancia para él, lo llevaría a su casa en una nave bien equipada y rápida.
Así escaparía a la ira de los dioses.
Pasemos al último pasaje.
En él asistimos a un diálogo esencial entre el corifeo y Edipo.
El corifeo acaba de jurar al rey que desconoce la identidad del asesino de Layo.
Como Apolo se niega a expresarse con claridad y desvelar el nombre del culpable, al corifeo se le ocurre llamar a Tiresias.
Pero no se atreve a formular su petición abiertamente, así que pide permiso para sugerir algo que, de momento, prefiere no revelar.
Utiliza, pues, una expresión performativa, pero no concreta el contenido de lo que quiere decir:
(11) -τὰ δεύτερ' ἐκ τῶνδ' ἂν λέγοιμ' ἁμοὶ δοκεῖ (S., OT 282) -Te podría decir lo que me parece una segunda opción.
Como se observa en los tres pasajes que hemos seleccionado, los actos de habla en los que el hablante maximiza su implicación en el contenido de su mensaje se articulan mediante oraciones en las que se describe un estado de cosas controlado por un agente.
El agente de dicho estado de cosas, que hace referencia al hablante, se codifica como sujeto.
Minimización de la implicación del interlocutor y del hablante
Cuando el hablante pretende formular sugerencias minimizando tanto la implicación del interlocutor como la suya propia en el contenido del acto de habla, recurre a formulaciones en las que las funciones de sujeto y de agente quedan disociadas, en mayor o menor medida, del interlocutor, pero también del hablante49.
Esta disociación se logra mediante cuatro recursos, todos ellos propios de una cortesía verbal off record50:
En la oración se elimina toda referencia al hablante.
El interlocutor es identificado con una tercera persona, persona a la que se presupone capacidad agentiva (12).
El interlocutor es codificado en la oración como complemento agente de una construcción pasiva (13).
Si hay referencia al hablante, se le atribuye un papel inactivo.
En la oración se elimina toda referencia semántica y sintáctica al interlocutor, pero no al hablante, que es codificado en la oración como sujeto de una construcción de diátesis pasiva, o como persona interesada en la acción verbal (14).
En la oración se elimina toda referencia semántica y sintáctica tanto al interlocutor como al hablante: empleo de una construcción impersonal (15).
Como vemos, la implicación del interlocutor en el contenido del acto de habla es menor en 4 que en 3; en 3, menor que en 2; en 2, por último, menor que en 1.
Estas estrategias representan, por tanto, un proceso de despersonalización51 progresivo.
Pasemos a analizar algunos ejemplos.
En el siguiente fragmento volvemos a asistir al diálogo entre Edipo, Yocasta, el corifeo y el mensajero.
Como hemos visto en (8), Edipo, desesperado, pregunta al coro si sabe quién fue el pastor que impidió su muerte.
El corifeo, cauto, dice lo que cree saber, pero, ante lo grave de la situación, considera necesario que Yocasta corrobore sus palabras52.
Se dirige a ella en En (13), Agamenón, que se niega a que Ayante reciba sepultura, acaba de tener un duro enfrentamiento con Teucro.
Odiseo, ajeno a la disputa, aparece en escena.
Tras enterarse del motivo del conflicto, intenta convencer a Agamenón para que no deje insepulto el cadáver.
En una situación tan delicada, Odiseo acude primero al uso de la primera persona (v.
1339), asumiendo, de este modo, la responsabilidad de lo que está proponiendo; después, se sirve de una construcción pasiva, no activa, para hacer alusión a la deshonra de Ayante.
En esta construcción se atribuye a Agamenón la función de complemento agente.
Como en el ejemplo anterior, observamos una litote como recurso para reducir la fuerza asertiva del mensaje: En el siguiente pasaje nos encontramos con el guardián que ha descubierto a Antígona.
Aunque no sabe la suerte que lo espera, decide acudir a Creonte para contarle que sus órdenes han sido incumplidas.
El rey, que lo ve llegar apurado, le pregunta qué le ocurre.
Entonces el guardián, sin ocultar la preocupación por su futuro, le dice que lo primero que quiere abordar es su situación.
Como vemos, cierra sus palabras rogando al rey, de forma indirecta, que no lo castigue por un error que no ha cometido.
El uso de una forma verbal en primera persona de diátesis pasiva56 nos muestra el deseo del guardián de librarse de toda responsabilidad y, al mismo tiempo, de desvincular al interlocutor del cumplimiento de su ruego.
No en vano evita toda referencia al agente, que es, obviamente, Creonte.
Obsérvese, de nuevo, la presencia de una litote:
En el siguiente ejemplo, por último, se nos describe una situación crítica.
Egisto está a punto de recibir a Orestes, dispuesto a matarlo.
La función de Electra es la de conseguir que Egisto acuda al lugar donde lo espera la muerte.
En ese momento el coro hace a la joven una sugerencia, con la que cree que el éxito de la empresa quedaría garantizado, y que ella va a desoír: que hable al oído a Egisto con palabras amables.
Como vemos, el coro de mujeres recurre a una construcción impersonal de un verbo de modalidad deóntica.
Con ello consigue dos efectos: desvincular completamente a Electra de toda responsabilidad en el cumplimiento de la acción y, al propio tiempo, conferir a sus palabras una validez general:
1439-1441) Convendría hablar al oído a este hombre en tono amable, para que, engañado, se precipite a la lucha que ha dispuesto la justicia.
Todos los recursos que acabamos de analizar tienen, desde un punto de vista sintáctico, semántico y pragmático, un mismo efecto: el de la reducción de la posición del interlocutor en uno o varios parámetros de la escala de animación.
En todas las lenguas naturales, los hablantes, movidos por un principio antropocéntrico, tienden a atribuir las funciones sintácticas, semánticas y pragmáticas más relevantes a los seres humanos y, dentro de los seres humanos, a sí mismos o a su interlocutor (primera persona / segunda persona > tercera persona).
En la escala sintáctica, el sujeto ocupa la primera posición; en la escala semántica, es el agente quien ocupa esta primera posición; en la escala pragmática, por último, la primera posición la ocupa el tópico, es decir, la entidad de la que se habla57.
Por lo demás, el hablante también intenta atribuirse un papel poco activo en el cumplimiento del contenido de su acto de habla.
Evita, pues, asignarse la función de agente.
La aplicación de la teoría de la cortesía verbal al análisis del optativo potencial en las obras completas de Sófocles permite explicar algunos usos para los que una aproximación sintáctica y semántica no tienen respuesta.
En el caso concreto del funcionamiento del optativo potencial en actos de habla con un valor directivo inequívoco o un valor directivo implícito, el presente trabajo permite extraer las siguientes conclusiones:
El optativo potencial expresa tanto actos de habla directivos enfocados hacia los intereses del hablante como actos de habla directivos enfocados hacia los intereses del interlocutor.
En su uso en segunda persona, el optativo no determina ni el grado de coerción que el hablante ejerce sobre su interlocutor ni la posición de poder del hablante frente a él.
En la mayor parte de los casos, el optativo no es una expresión directiva off record poco transparente, sino, más bien, una fórmula convencional de cortesía de significado inequívoco.
Frente a ello, el uso de la primera y tercera personas sí se asocian con una cortesía de tipo off record: el hablante recurre a actos de habla cuyo carácter directivo no es, ni mucho menos, evidente, lo que permite al receptor una libertad de reacción considerable.
En los pasajes analizados, el uso del optativo potencial en primera o en tercera persona se observa en boca de personajes con una posición de inferioridad que han de transmitir al interlocutor un mensaje que puede ser entendido por este como una clara amenaza a su imagen negativa.
Los esfuerzos del hablante se dirigen, por tanto, a reducir la implicación del interlocutor en el cumplimiento del contenido proposicional de tal mensaje.
Ahora bien, en ocasiones la preocupación del hablante no solo se centra en preservar la imagen negativa del interlocutor, sino también su propia imagen positiva, es decir, su deseo de mantener o de generar un vínculo de solidaridad entre él y el interlocutor.
Cuando los personajes focalizan su interés en preservar la imagen negativa de su interlocutor, acuden al uso de la primera persona; con ello desplazan hacia sí mismos la responsabilidad del interlocutor en el contenido del acto de habla y, por tanto, también en su cumplimiento.
En estos casos, el hablante se sirve de oraciones en las que se codifica a sí mismo como sujeto agente.
Cuando los personajes focalizan su interés en preservar no solo la imagen negativa del hablante, sino también su propia imagen positiva, formulan oraciones en las que las funciones de sujeto y de agente quedan disociadas, en mayor o menor medida, tanto del interlocutor como de sí mismos.
En todos los casos se reduce la posición del interlocutor en la escala de animación en uno o varios parámetros. |
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De acuerdo con Orión (s. V) y Focio (s. IX), la obra del autor egipcio del s. IV Heladio de Antínoe titulada Crestomatías presentaba una composición yámbica en alguna de sus partes.
La crítica moderna, sin embargo, ha extendido este tipo de metro a toda la obra.
En este artículo intentaremos demostrar que una lectura literal de las fuentes indica que estas circunscriben el uso de los yambos únicamente al prefacio.
En cuanto a la forma del resto de la obra, determinados indicios, tanto señalados por las fuentes como contenidos en ella, nos llevan a pensar que estaba redactado en prosa.
Finalmente, teniendo en cuenta el contenido de la obra y su estructura formal, intentaremos situar a Heladio y sus Crestomatías dentro de la historia de la literatura griega.
A propósito de la métrica de las Crestomatías de Heladio de Antínoe y su repercusión en la interpretación de la obra* nes (λόγοι) de dicho autor, que se encontraban en el mismo códice que las Crestomatías, y de las que no tenemos más conocimiento -Atenas, Nilo, El (sc. discurso4 ) egipcio, Protréptico, Roma, Fama, Victoria y La ciudad de Antínoe5 -pero que, por la forma de sus títulos 6, se vienen adscribiendo al género encomiástico 7, un tipo de literatura que, como veremos, estaba muy extendido en la época.
Después de resumir las Crestomatías, Focio, como hace habitualmente a lo largo de su Biblioteca 8, añade algunos detalles sobre el autor y su estilo.
De este modo, señala (535b39) que el propio Heladio se identificaba (ὡς αὐτὸς ἐπιγράφει) -probablemente en el título o la suscripción-como de Antínoe o de Besantínoe 9, e indica, esta vez sin especificar la procedencia de la información, que Heladio había nacido (γέγονε 10 ) κατὰ τοὺς χρόνους Λικιννίου καὶ Μαξιμιανοῦ (536a1), es decir, coincidiendo con el reinado conjunto de Licinio y Galerio Maximiano, entre finales del 308 y mediados del 311 11.
La actividad literaria de Heladio se enmarca, pues, dentro de unos límites espaciales y temporales precisos, esto es, la región de la Tebaida egipcia, donde se sitúa la ciudad de Antínoe, y las décadas iniciales del s. IV d.C., coincidiendo con el comienzo de un movimiento literario local de unas características singulares y homogéneas, que se desarrollará hasta finales del s. VI.
A pesar de que es muy poco lo que se ha conservado de los autores que produjeron sus obras en este espacio geográfico y temporal, no es tan poco lo que sabemos de ellos.
Además de los escasos trabajos transmitidos de manera directa, como las Dionisíacas de Nono de Panópolis, gracias a menciones esporádicas en las obras de otros contemporáneos, como Libanio o Temistio, las noticias de compiladores posteriores bizantinos, como Focio o la Suda, y los hallazgos papiráceos, conocemos parte de la producción de un buen número de poetas, como Paladas, Trifiodoro o Coluto -si bien a menudo no están bien identificados-12, en activo en dicho momento y lugar, que parecen compartir una serie de rasgos, sobre todo estilísticos y compositivos, aunque también temáticos, lo que invita a pensar en una estrecha relación entre ellos, al menos, desde un punto de vista literario 13.
Dejando a un lado otras particularidades compartidas menos relevantes para nuestro estudio 14, estos poetas se caracterizan por un gran conservadurismo en las formas de composición 15.
En esta época y dentro de este ambiente literario, aunque otros metros, en particular el yambo, no desaparecieron, su uso se redujo significativamente.
En su lugar, el hexámetro va a ir acapa-rando la mayor parte de las composiciones poéticas, a causa de su asociación con la grandeza propia de la épica y su definición como «metro genérico».
Por ello, casi todos los poetas de esta época escribieron en hexámetros 16.
El yambo, por su parte, aunque, como apuntábamos, se siguió utilizando, debido a su vinculación con la comedia y la invectiva, en esta época estaba excluido de la literatura elevada y era usado en situaciones donde se esperaba un tono más coloquial17, como los epigramas, algunas traducciones, y en un uso especial, limitado a la introducción de poemas encomiásticos en hexámetros18, y así continuará siendo hasta finales del s. VI 19.
Por otro lado, un tipo de composición muy habitual entre los autores de la Tebaida egipcia lo constituye la poesía encomiástica en hexámetros 20.
Se trata de panegíricos y su contrapartida, invectivas contra personajes públicos, epitalamios, poemas fúnebres, relatos épicos a propósito de una determinada gesta militar, poemas mitológicos que legitimaban o ensalzaban la ascendencia de una élite y su estatus, y relatos y narraciones sobre la fundación o la historia de una ciudad, región o país, esto es, los denominados Πάτρια 21.
Mientras que, como decíamos, los títulos de las restantes obras de Heladio mencionadas por Focio, según se viene interpretando, parecen encajar -al menos desde el punto de vista temático-en la literatura encomiástica que prolifera en esta época en la Tebaida egipcia, las Crestomatías, en cambio, constituyen una singularidad dentro de este ambiente literario, que, sin embargo, encuentra paralelos significativos en un tipo concreto de literatura previa.
El término χρηστομάθεια en la Antigüedad tenía un significado distinto del que tiene hoy en día según el DLE, s.u.
Crestomatía: «colección de escritos selectos para la enseñanza», es decir, algo parecido a un florilegio o a una antología 22.
En efecto, la palabra χρηστομάθεια es un derivado abstracto, posiblemente una formación alejandrina, de χρηστομαθής 23, que, a su vez, pertenece a un tipo de adjetivos compuestos, de creación tardía, en los que el adjetivo verbal χρηστός indica la excelencia en lo expresado por el segundo elemento del compuesto (cf. χρηστοήθης, «de carácter bueno y honesto») 24, por lo que χρηστομαθής vendría a calificar a una persona «que tiene un aprendizaje excelente», y es por ello por lo que se aplica habitualmente a quienes poseen una formación de este tipo, esto es, los eruditos (Cic., Att.
Bajo el título Crestomatías, que se podría traducir como «aprendizajes excelentes», cabría esperar, por tanto, un escrito de carácter erudito.
De hecho, con posterioridad a Heladio 26 encon-22 Cf.
Para un recorrido sobre el establecimiento de este significado en las lenguas modernas, v.
25 El mismo sentido tiene en autores cristianos como Clemente de Alejandría, Strom.
I 1.17, o Eusebio, HE VI 13, al igual que el adverbio χρηστομαθῶς en Filodemo, Mus.
IV 131.3, que probablemente lo tomó prestado de Diógenes de Babilonia, SVF III, fr.
306.16 Stef.), atribuye una obra del mismo título a Filón de Biblos (ss.
I-II, FGrH 790 F 14), cuyo contenido, sin embargo, se desconoce, y, además, se ha sugerido que en realidad sea una parte de una obra más amplia titulada Περὶ κτήσεως καὶ ἐκλογῆς βιβλίων βιβλία ιβ' (FGrH 790 F 52-3), v.
67. tramos una obra, también resumida por Focio (cód.
239, 318b22-322a40) y habitualmente atribuida al filósofo neoplatónico del s. V Proclo de Licia, titulada Χρηστομάθεια γραμματικῆς, que es un Manual de literatura de carácter erudito, que pretende definir con exactitud los géneros literarios e intenta explicar sus orígenes 27.
Y, efectivamente, la obra de Heladio titulada Crestomatías, a juzgar por el extenso resumen de Focio, puede ser entendida como un compendio de saberes muy heterogéneos, desde históricos y biográficos a mitológicos y geográficos, pasando por cuestiones gramaticales y etimológicas.
Se trata de una amplia miscelánea de datos, en la que destaca el interés por temas relacionados con el Ática, sus costumbres y su lengua, lo que hace pensar, además, en una estrecha relación con una fuente aticista28.
Por todo ello, las Crestomatías se vienen relacionando con otras obras anteriores, de los ss.
II y III, enmarcadas dentro del movimiento intelectual de la Segunda Sofística, que tenían un contenido semejante y también un marcado carácter erudito, como pueden ser Las noches áticas de Aulo Gelio, Las historias curiosas de Claudio Eliano o El banquete de los eruditos de Ateneo de Náucratis29.
En este sentido, se ha querido poner en relación a Heladio30 con otros autores contemporáneos, como Libanio, Temistio, Himerio o los integrantes de la escuela retórica de Gaza, que constituyen la cabeza visible de la denominada Tercera Sofística que se desarrolló entre los siglos IV-VI.
530a30 ss., presentan grandes similitudes, que le llevan a pensar, dada la coincidencia temporal, en una posible influencia mutua, más que en una fuente compartida.
Ahora bien, si desde el punto de vista del contenido, la vinculación de las Cretomatías de Heladio con los autores antes mencionados está bien fundamentada, desde el punto de vista de la forma, tal y como esta se viene entendiendo, la relación parece diluirse, teniendo en cuenta que los autores de la Segunda Sofística escribieron todas tus obras en prosa.
La métrica de las Crestomatías
Tanto Orión como Focio, las dos fuentes principales para el conocimiento de las Crestomatías de Heladio, coinciden en señalar que esta obra, en su formato original, estaba compuesta en versos yámbicos, al menos en alguna de sus partes.
El testimonio de Orión es el siguiente: β p.
532b12) βρενθύεται, θρύπτεται• Βησαντῖνος ἐν τῷ περὶ Χρηστομαθείας φησὶ ὅτι βρενθεῖον ἐστὶ μῦρον, καὶ οὕτω λέγει ἐν τοῖς ἰάμβοις τοὺς ἀλαζόνας καὶ τρυφεροὺς μύρῳ χρᾶσθαι ἀκολουθεῖν. brenthýetai («presumir»), thrýptetai («ser vanidoso»): el Besantino en sus Crestomatías afirma que brentheîon es un perfume, y así dice en los yambos que los vanidosos y los voluptuosos persiguen el uso de perfume.
Focio, por su parte, tras hablar de las Crestomatías, hace referencia también al metro en que estaban escritas tanto las demás obras de Heladio como las de los otros poetas egipcios contemporáneos, que pudo leer, o que al menos figuraban, en el mismo códice que las Crestomatías 31, utilizando para ello un giro que ha podido condicionar la interpretación del pasaje:
Heladio), el que compuso esta obra (sc.
Crestomatías), era originario de Egipto, de la ciudad de Antínoe o -como él mismo señala-de Besantínoe, y escribió en metro yámbico el prefacio...
Y escribió en el mismo metro también otras obras, cuyos títulos son «Atenas», «Nilo», «El (sc. discurso) egipcio», «Protréptico», «Roma», «Fama», «Victoria» y «La ciudad de Antínoe»...
En el mismo manuscrito se encontraban en el mismo metro también unas «Antigüedades de Hermópolis» 32 de Hermias de Hermópolis 33... y una obra del curial 34 Andronico 35, también él de Hermópolis, dirigida a su conciudadano, el comes 36 Febamón 37...
Y hay aún también una obra acerca de las «Antigüedades de Alejandría» 38.
Respecto a la identificación de este gramático con otros homónimos, v.
40 El nombre de la ciudad de procedencia de este último autor (Ἀντιοπολίτης) parece estar corrupto en el texto, pues no se corresponde con ningún enclave conocido.
188, cree que se trata de Ciro de Panópolis, conocido poeta y estadista de mediados del s. V (PLRE 2 s.u.
Más plausible resulta la propuesta de Heimannsfeld 1911, p.
8, quien piensa que sea un error en lugar de Antinoópolis (cf. Cameron 1970, p.
82), dos ciudades de Alto Egipto.
41 Para una discusión acerca de la identificación de este personaje, posiblemente un gobernador civil y militar de una región específica de Egipto durante el s. IV, v.
42 En este pasaje seguimos la traducción propuesta por Hammerstaedt 1997, pp. 113-116, según la cual la expresión δοῦκα καὶ τὸν ἡγεμόνα del texto de Focio debe hacer referencia a dos personas distintas -no una sola como supone Henry 1977, p.
187-, lo cual resulta coherente con el contexto institucional de esta época y espacio geográfico.
43 En consecuencia, desde la publicación de la Biblioteca de Focio por parte de I. Bekker en 1824 hasta finales de siglo XIX, un buen número de autores (Bekker 1824, p.
584) se lanzaron a intentar localizar y reconstruir trímetros de poetas contemporáneos que tenían en común haber escrito en metro yámbico, algo que era muy poco frecuente en la época, lo que lo convierte en un rasgo característico del grupo.
Al mismo tiempo, y en un intento de adscribir las Crestomatías a un género literario, de acuerdo con el metro supuestamente empleado en su composición, se le ha asignado un hipotético carácter didáctico y se la ha relacionado con el denominado «yambo didáctico».
Este es un subgénero literario tan peculiar como poco estudiado, al que se adscriben una serie de obras, en su mayoría fragmentarias, escritas en trímetros yámbicos 44, entre las que se hace destacar, por una supuesta relación con Heladio, una del gramático aticista de los ss.
II-III Filemón, que al parecer también estaba escrita en dicho metro 45. yámbicos en el resumen de las Crestomatías elaborado por Focio, en la idea de que, si ese era el metro original, aun se podrían encontrar huellas suyas.
Ahora bien, si, como señala Aristóteles (Rh.
1408b 33-34), el yambo era un metro muy próximo a la lengua corriente -ya se entienda por ello el ático o la koiné-, el hecho de que se puedan localizar y reconstruir algunos en un resumen tan extenso como el que hace Focio de la obra de Heladio demuestra más bien poco.
Por otro lado, la mayoría de los trímetros yámbicos propuestos por los estudiosos mencionados implican un buen número de correcciones del texto de Focio, por lo que su autenticidad es muy cuestionable.
Y, por último, existen varios indicios que nos invitan a pensar que las Crestomatías en realidad no estaban compuestas en ese metro, v. infra.
44 La determinación de las características formales que definen la literatura didáctica griega como género viene siendo objeto de un profundo debate, que tiene en cuenta no tanto el contenido -y mucho menos la estructura métrica-, como la relación de autor-emisor y lector-receptor, la estructura de la obra y, especialmente, su intencionalidad; para una discusión actualizada, v.
Sin embargo, el yambo didáctico -subgénero al que dio nombre Jacoby 1902, pp. 60-74, en su estudio sobre las Crónicas de Apolodoro de Atenas-, no ha recibido la misma atención, esencialmente porque las obras que a él se adscriben son mayoritariamente fragmentarias.
De este modo, se suelen incluir bajo esta rúbrica trabajos de todo tipo, desde morales, históricos, médicos y gramaticales, hasta traducciones e incluso obras encomiásticas (Cameron 2006, p.
336), con el único requisito de que estén escritos en yambos.
Ahora bien, aunque es cierto que el ritmo yámbico puede tener ciertas ventajas mnemotécnicas aprovechables para la enseñanza (cf. Apollod., FGrH 244 T 2.35; Cic., Or.
189), no parece correcto pretender que ese carácter sea el dominante en todas las obras yámbicas, ni, en consecuencia, adscribir toda obra escrita en ese metro a un supuesto género didáctico, sin tener en cuenta los demás aspectos presentes y definitorios de la literatura didáctica griega.
De hecho, el propio Effe 1977, pp. 184-187, en su exhaustivo estudio de la literatura didáctica griega, prefiere catalogar el supuesto yambo didáctico como literatura en verso, sin otorgarle más importancia en la historia de la literatura, si bien es cierto que esta parece una postura demasiado radical.
45 Se trata de una obra titulada Περὶ Ἀττικῆς ἀντιλογίας τῆς ἐν ταῖς λέξεσιν, conservada de forma muy fragmentaria (v.
No obstante, aun dejando a un lado el limitado uso del yambo en época contemporánea de Heladio, no parece acertado relacionar las Crestomatías con la poesía didáctica únicamente por el tipo de metro empleado (o supuestamente empleado) en su composición, sin tener en cuenta los otros aspectos fundamentales que definen el género didáctico 46 -que, además, tradicionalmente era escrito en hexámetros-, toda vez que tanto el significado del título como el contenido de la obra apuntan a que su intencionalidad podría haber sido otra 47.
Pero es que, por añadidura, la información de las fuentes respecto al metro en que estaban compuestas las Crestomatías resulta ser distinta de lo que a primera vista pueda parecer, y, como nos proponemos demostrar, en realidad no coincide con lo habitualmente postulado, por lo que la relación de la obra de Heladio con el yambo didáctico quedaría totalmente descartada.
En efecto, comenzando por la noticia del lexicógrafo Orión, la expresión ἐν τοῖς ἰάμβοις, que emplea cuando habla de las Crestomatías, es habitualmente utilizada comentaristas y gramáticos para referirse en general al conjunto de la obra de un poeta escrita íntegramente en ese metro, como ocurre en ocasiones con Hiponacte 48, pero, sobre todo, para hacer referencia específicamente a la parte de la producción de un autor escrita en dicho metro, para diferenciarla de la compuesta en versos distintos, como, por ejemplo, ocurre habitualmente con Calímaco u otros poetas líricos 49.
En este sentido, la forma en la que Orión introduce la cita de Heladio presenta cierta 46 V. supra, n.
411 peculiaridad que no debe pasar desapercibida.
En efecto, la obra de Heladio a la que se hace referencia ya aparece previamente identificada (ἐν τῷ περὶ Χρηστομαθείας 50 ), por lo que si, como se viene interpretando, hubiera estado escrita completamente en yambos, no se entiende el sentido del sintagma ἐν τοῖς ἰάμβοις como segundo identificador 51.
En cambio, de acuerdo con el sentido más habitual de la expresión ἐν τοῖς ἰάμβοις, más bien parece tratarse aquí de un indicador que especifica la parte concreta de las Crestomatías de la que se había tomado la noticia a la que se hace referencia, que estaba escrita en yambos, diferenciándola así de otras partes de la obra, que no debían tener el mismo metro.
De hecho, la forma en que se expresa Orión, que repite dos verbos de lengua con complementos paralelos (ἐν τῷ περὶ Χρηστομαθείας φησί frente a λέγει ἐν τοῖς ἰάμβοις), invita a pensar que la entrada βρενθύεται en Orión tiene como fuente dos pasajes distintos de las Crestomatías 52: uno en el que se aseguraba que βρενθεῖον es un tipo de perfume (ἐν τῷ περὶ Χρηστομαθείας φησὶ ὅτι βρενθεῖον ἐστὶ μῦρον), y otro, escrito en yambos, en el que se especificaba la razón por la cual el término βρενθύεται significa «presumir» (καὶ οὕτω λέγει ἐν τοῖς ἰάμβοις τοὺς ἀλαζόνας κτλ.) 53.
En cuanto a la información proporcionada por Focio, si atendemos al sentido literal, la noticia en ningún momento está diciendo que Heladio hubiera escrito la obra completa en metros yámbicos, sino solamente el prefacio: Bibl.
Nada dice del resto de la obra, no al menos 50 Este mismo giro es utilizado por el Etymologicum Magnum, pp. 227,51 y 327,38, para presentar las obras homónimas de Filón de Biblos y Proclo de Licia (v. supra).
153,4 Sturz, como el Etymologicum Magnum, pp. 609,1 y 685,57, que tiene como fuente al anterior, en otras ocasiones se refieren a la obra de Heladio únicamente por el título περὶ Χρηστομαθείας; tan sólo en este pasaje se añade la especificación, ἐν τοῖς ἰάμβοις.
52 Esta es una peculiaridad que ya fue advertida y, al parecer, no entendida por el redactor del Etymologicum Magnum p.
212,49, quien, al copiar la entrada de Orión, eliminó el segundo verbo por considerarlo redundante: θρύπτεται.
53 Sobre la adecuación del contenido de la entrada a su expresión en yambos, v. infra y n.
54 La inserción de este pasaje en su contexto no deja lugar a dudas sobre su significado: ὅτι οὗτος ὁ συγγραφεύς, ὁ ταῦτα συνταξάμενος, γένος μὲν Αἰγύπτιος ἦν, πόλεως δὲ τῆς ̓Αντινόου de manera explícita.
Sin embargo, el hecho de que Focio señale que el prefacio estaba escrito en yambos sugiere que el resto estaba escrito en un metro diferente, si es que estaba en verso -lo cual consideraremos más adelante-, pues, de lo contrario, no se entiende el sentido de esa precisión.
Por otro lado, el hecho de que a continuación Focio señale que las demás obras de Heladio y de los otros poetas egipcios estaban escritas en el mismo metro (ἰαμβικῷ δὲ μέτρῳ διεξῆλθε τὰ προκείμενα... ἔγραψε δὲ τῷ αὐτῷ μέτρῳ καὶ ἑτέρους λόγους... ἐν δὲ τῷ αὐτῷ τεύχει τῷ αὐτῷ περιείχετο μέτρῳ), tampoco indica en absoluto que la totalidad de las Crestomatías estuviese escrita en ese metro.
Los datos simplemente indican que, según Focio, esas otras obras estaban en el mismo metro que se había utilizado en el prefacio de las Crestomatías, que era el yambo.
Las fuentes antiguas, por tanto, contra la opinión tradicional, parecen señalar explícitamente que solo una parte de las Crestomatías estaba escrita en yambos: el prefacio, según Focio.
Este tipo de indicación tan precisa en dos fuentes independientes no puede ser casual, por lo que cabe suponer para las Crestomatías una estructura compositiva peculiar, con al menos dos partes formales diferenciadas, una de las cuales, el prefacio, era yámbica.
Esta información, lejos de resultar extraña o contradictoria, nos invita a establecer una más que posible y fundada relación de la obra con un tipo de composición muy habitual en esta época perteneciente al género encomiástico, un género, por otra parte, que parece haber sido conocido y cultivado por Heladio.
En efecto, durante los siglos IV al VI, una práctica estándar, si no universal 55, en los poemas epidícticos consistía en hacer preceder los encomios en hexámetros por un prólogo en trímetros yámbicos 56.
Se trata de una secuencia de tres afirmaciones conectadas por μέν... δέ.
81, por su parte, consciente de que el sentido de la frase de Focio parece apuntar a que solo el prefacio estaba escrito en yambos, propone entender el término προκείμενα como referente a la obra de Heladio que acaba de resumir, esto es, «y escribió en yambos la obra antes mencionada».
Sin embargo, esta interpretación no resulta aceptable.
En la misma línea, Focio se refiere a la obra que acaba de resumir como ταῦτα, por lo que no se entendería el sentido de esta nueva especificación tan precisa, toda vez que, además, Focio nunca utiliza ese término para referirse a las obras que acaba de resumir.
56 Sobre el prefacio yámbico, v.
Viljamaa 1968, pp. 68-97; Miguélez-Cavero 2008, pp. 112-114. ción, cuya implantación, extensión y generalización está muy vinculada al aprendizaje escolar de los ejercicios retóricos 57, se remonta a la época de la Segunda Sofística, donde las elegantes piezas retóricas -en prosa, naturalmente-iban precedidas de un prólogo (prolaliae y dialexeis) 58 en un registro mucho más coloquial, y que servía para introducir el tema principal.
De hecho, un uso semejante del prefacio yámbico también está testimoniado entre algunos de los continuadores de este movimiento intelectual del s. II -con los que, recordemos, se relaciona a Heladio-, como los autores de la escuela de Gaza 59.
Y esta doble estructura, aunque con distinta intencionalidad, se observa también en las obras en prosa de otros autores contemporáneos, como Himerio o Temistio, donde el tema principal está precedido de una introducción, denominada προθεωρία, donde el orador anuncia el tema y cómo pretende acercarse a él 60.
En la poesía encomiástica, el hexámetro es elegido para expresar el núcleo de la pieza en un tono serio y elegante, donde el metro épico resulta del todo apropiado.
El yambo, por su parte, se utiliza para presentar la obra y acercarla a la audiencia a quien va dirigida, mediante una serie de recursos retóricos, que van desde la magnificación del contenido y una posible captatio benevolentiae, hasta el desarrollo de premisas teóricas 61.
En esta primera parte, además, el tono, en consonancia con el metro yámbico, es más distendido.
En los poetas procedentes de la Tebaida egipcia, algunos de los prólogos yámbicos están dotados incluso de un toque cómico, ya que para ellos el yambo se relacionaba sobre todo con la Comedia Ática, lo cual no solo se pone de manifiesto por los elementos jocosos, sino también por las referencias directas a Aristófanes y Menandro 62.
Este último contenido temático habitual de los prefacios yámbicos vendría a avalar el hecho de que la segunda parte de la noticia de Orión acerca del perfume denominado βρενθεῖον -la que, según el lexicógrafo, estaba escrita en yambosprovenga precisamente del prefacio de las Crestomatías (v. supra).
En efecto, no solo los perfumes son un tema tratado habitualmente en la comedia griega (de hecho, uno de los pocos testimonios literarios del uso de este perfume en concreto -aparte de Safo fr.
94.19 Voigt y un trágico anónimo, Trag.Adesp. fr.
Este es un término habitual para referirse a obras científicas o filosóficas, pero totalmente inusual para una obra poética 67.
Por ello, cabe pensar que esta etiqueta habría sido añadida por Focio al título de la obra, no al azar, sino de manera intencionada, como caracterización del contenido y la forma 68.
Por último, y quizás la explicación más obvia, el hecho de que el núcleo de la obra estuviese escrito en prosa explicaría también que las fuentes, tanto Orión como Focio, al mencionar de manera explícita la métrica de una parte, no señalen la correspondiente a la otra, pues, efectivamente, no la tenía.
Las fuentes simplemente estarían refiriendo lo que se encontraban, que, además, resultaba ser peculiar -una obra en prosa precedida de un prefacio en yambos-, razón por la cual Focio lo consideró digno de mención y quiso dejar constancia explícita de ello entre los otros datos importantes relativos a la vida y el estilo del autor.
La métrica de las otras obras de Heladio y de los otros poetas egipcios
Como señalamos, Focio, tras resumir las Crestomatías, también menciona algunas obras de Heladio y de otros poetas egipcios contemporáneos, a las que atribuye estar compuestas en metro yámbico, por lo que tradicionalmente se considera que habían servido de paralelo compositivo para las Crestomatías.
Ahora bien, si en realidad, tal y como se viene defendiendo, todas ellas eran obras encomiásticas, resulta sorprendente que estuviesen escritas en yambos en su totalidad, si se tiene en cuenta, como hemos señalado, que este metro era inusitado y considerado inadecuado en y para este tipo de literatura durante los ss.
En este sentido, A. Cameron, que ha insistido en varias ocasiones (1965, p.
366) en el carácter excepcional de esta poesía encomiástica en metro yámbico, finalmente, en la versión revisada y actualizada de su conocido artículo de 1965 sobre los poetas del Egipto 68 Heimannsfeld 1911, p.
99, fijando su atención en este hecho, dado que consideraban que las Crestomatías estaban escritas completamente en yambos, pensaron que Focio no habría leído la obra original de Heladio, sino un epítome en prosa, lo cual, a su vez, sin embargo, plantearía una serie de interrogantes difíciles de resolver, v.
14) señala que lo más probable es que Focio atribuyera por error un metro yámbico a la totalidad de estos poemas, confundido por la estructura bimembre, prefacio yámbico-hexámetro, que debían presentar como poemas encomiásticos que eran.
La hipótesis de Cameron encuentra respaldo en las ideas previas de Gudeman 1912, p.
108, quienes, basándose en la manera tangencial en que Focio se refiere a estas obras, defienden que Focio no debió de leer más que su título, y si acaso también el comienzo, que, efectivamente, como obras encomiásticas que eran -deberíamos añadir-, debía estar en trímetros yámbicos.
En vista de ello, Focio, como sugiere Cameron, habría optado por atribuirles de manera genérica un metro yámbico, el mismo que tenía el prefacio de las Crestomatías (ἔγραψε δὲ τῷ αὐτῷ μέτρῳ καὶ ἑτέρους λόγους), sin llegar a percatarse de que el resto estaba escrito en hexámetros, pues no llegó a leerlo.
Si esto es así, nada impide que las obras encomiásticas contenidas en los papiros POxy.
481, Antigüedades de Hermópolis (FGrH 637 F 1), de las que se conservan únicamente las partes escritas en hexámetros69, puedan ser identificadas con las obras atribuidas por Focio a Heladio, La ciudad de Antínoe, y a Hermias de Hermópolis, Antigüedades de Hermópolis, respectivamente, tal y como ya proponía Janiszewski 2006, pp. 239 y 258, pues el tipo de composición, contenido temático y la fecha de redacción propuesta para los papiros parecen coincidir con las características de las obras de los autores mencionados por Focio, salvo, claro está, por el metro yámbico que en ese momento se les atribuía70.
La composición yámbica que viene suponiendo la crítica moderna para la totalidad de las Crestomatías, dada su singularidad sincrónica y diacrónica, lejos de resultar intrascendente, ha tenido un papel determinante -tanto o más que su contenido-a la hora de comprender y situar la obra y su autor dentro de la historia de la literatura griega.
De este modo, los intentos de clasificación de las Crestomatías buscan un equilibrio entre la poesía didáctica en yambos y la literatura erudita en prosa, que, sin embargo, encuentra grandes dificultades para conciliar ambos aspectos.
Ahora bien, como hemos tratado de mostrar, una lectura literal de las fuentes antiguas deja claro que, en contra de lo que defiende la postura tradicional, tan sólo el prólogo de las Crestomatías estaba escrito en yambos, mientras que el resto de la obra, a la luz de los datos expuestos, debía de estar redactado en prosa.
En este sentido, las Crestomatías tanto desde el punto de vista de la forma -en tanto que obra en prosa-, como del contenido -de carácter erudito-parecen entroncar directamente con la tradición de la literatura erudita de los siglos II-III, que vio la luz en el seno de la Segunda Sofística.
La peculiaridad de la obra de Heladio habría consistido en introducir su tratado -πραγματεία como lo llama Focio-con un prefacio en verso yámbico, algo, sin duda novedoso y singular -que, de hecho, también llamó la atención de las fuentes-, pero que encuentra su explicación dentro del ambiente literario en el que se mueve el autor.
En efecto, la introducción de una obra literaria mediante un prefacio era algo bien conocido desde la época de la Segunda Sofística, y, es más, también se observa en algunos autores contemporáneos de Heladio, continuadores de aquel movimiento, como son Temistio o Libanio.
Por tanto, la verdadera innovación de Heladio habría consistido en componer ese prefacio en yambos, lo cual, no obstante, era una práctica que también estaba muy extendida en esta época en autores de su misma procedencia geográfica, si bien como introducción de obras encomiásticas, un género también conocido y cultivado por Heladio. |
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Las enmiendas del Pinciano (Hernán Núñez de Guzmán) a la obra de Plinio el Viejo supusieron en su época una revolución filológica a la que se fueron acogiendo diversos editores.
Sin embargo, su empleo para las ediciones dista de ser uniforme.
Algunas de sus propuestas, hoy aceptadas, cuentan con atribuciones erróneas y permanecen silen ciadas, mientras que otras, que pueden proporcionar soluciones plausibles para pasajes controvertidos, cayeron en el olvido a raíz de un uso indirecto e incompleto de las mismas.
En el presente artículo ubicamos las Obseruationes in loca obscura aut deprauata historiae naturalis (Salamanca, 1544(Salamanca, -1545) ) en un contexto más amplio de comentaristas y recopilamos una se lección de los mayores aciertos que contienen, junto con una relación de nuevas propuestas para replantear el contenido de diversos pasajes.
Palabras clave: Pinciano; Historia Natural; crítica textual; enmiendas.
I. Los primeros comentaristas de Plinio el Viejo en España
La Historia Natural es un texto que ha tenido una pervivencia destacada en razón tanto de la cantidad de testimonios como de su diversa índole.
A los trescientos siete ejemplares que han llegado a nosotros con contenido de dicha obra1 hay que sumarles los distintos tipos de manipulaciones del texto pliniano, en forma de compendios o resúmenes.
Por último, contamos con los comentarios y su variedad de contenidos, desde aquellos que se centran en explicaciones ampliadas hasta los puramente filológicos 2.
Por supuesto, había asimismo soluciones intermedias.
Un comentarista de Plinio que gozó de temprana aceptación fue Hermo lao Bárbaro 3.
La excepcional difusión de sus propuestas en ediciones impre sas concitó alabanzas de muchos, pero también críticas por parte de Hernán Núñez de Guzmán (el Pinciano, ca.
1478(el Pinciano, ca. -1553) ) 4, consciente como era de la transmisión imparable de errores en la lectio recepta.
La historia de los comentaristas españoles de la Historia Natural no da comienzo, empero, con el vallisoletano, sino que arranca con Francisco López de Villalobos 5 y su Glossa litteralis 6.
Antes que él, también en suelo hispano, Lucio Flaminio Sículo había publicado un Commentariolus in Plinium prohemium 7.
2020.13.2008 nes, sino en una parte final dedicada a los errores librariorum magis insignes correcti, et loca quaedam retractata, y a partir de ahí recurre a él tres veces.
Tras un examen intensivo podemos reforzar su identificación con el actual escurialense V.I.14, uno de cuyos exlibris nos informa de que, antes de llegar a manos de Zurita, había estado en la cartuja de Aula Dei, un monasterio sito en Zaragoza15.
El Escorial alberga otros dos textos plinianos: uno, Q.I.4, carece de vínculo conocido con Zurita; otro, R.I.5, de gran parecido con V.I.14, muestra varias manecillas al margen, que no parecen obra del Pinciano16.
Volviendo a Núñez de Guzmán, la validez de sus Obseruationes se ha visto reforzada por la presencia de algunas de sus lecturas en las ediciones posteriores, incluso en casos en que se trataba de una labor ope ingenii.
Conocida tal relevancia, haremos un breve esbozo de las características de las enmiendas, para centrarnos seguidamente en una selección de las mismas17.
Tipología de las enmiendas del Pinciano
Formalmente, el esquema de las Obseruationes es muy simple: su autor indica un segmento de texto (según la distribución antigua de capítulos y parágrafos, presente en la ed. de Froben), escribe a continuación el fragmento que le interesa, de longitud variable, y añade sus reflexiones sobre el mismo.
Entre frecuentes críticas a Hermolao y numerosas referencias a otras ediciones, autores y comentaristas, termina por señalar la variante que prefiere.
En algunos casos, no obstante, mantiene cierta duda que espera que pueda juzgar el lector avezado.
El Pinciano combina para su trabajo diversas técnicas que se adelantan a la crítica textual.
Por un lado, tuvo en cuenta las lecturas presentes en los manuscritos toledano y salmantino.
Recurre asimismo a lo que él llama uetus lectio (una denominación bastante vaga que parece referirse a un consenso relativo de sus manuscritos) y a ediciones impresas previas a Hermolao.
Concretamente tiene en sus manos algunas ediciones romanas, una de Parma18 y las lecturas de Marciano Capela19.
Como cabe esperar, dota de preferencia a las variantes que contienen los manuscritos, pues considera que albergan lecturas, por lo general, más acertadas que las ediciones, pero tampoco aplica su criterio ciegamente.
Con una biblioteca bien pertrechada de obras clásicas, las auctoritates suponen una segunda herramienta valiosa para el humanista, algo especialmente útil en el caso de Plinio el Viejo, quien había hecho un compendio de informaciones de un gran volumen de fuentes.
El Pinciano recurre a un número ingente de citas y las plasma con suficiente exactitud como para deducir que trabajó con los textos mismos y no únicamente de memoria.
En este caso, y si bien deposita su confianza en los clásicos, se percata de que no era una técnica infalible (Nat.
Para ocuparse de los primeros quince libros de la Historia Natural, consulta nada menos que cien autores y editores, desde aquellos de la Antigüedad hasta otros más próximos a él e incluso estudiosos con quienes tuvo relación y que le hicieron llegar sus sugerencias para mejorar las enmiendas20.
En medio de un extenso listado descuellan por su frecuencia de uso Aristóteles (en 168 ocasiones), Estrabón (69), Esteban de Bizancio (66), Ptolomeo (63), Teofrasto (55), Marciano Capela (37), Columela (29) y Varrón (19).
Salta a la vista, por tanto, que es un perfil dominado por las fuentes de Plinio y, específicamente, aquellas que se traen a colación para los volúmenes de geografía, botánica y zoología.
Como consideración añadida, indicaremos que con frecuencia consulta los textos griegos a través de traducciones, como las de Teodoro Gaza o Pedro Gil21.
Solo recurre al texto griego original en aquellos casos en los que no parecen convencerlo las versiones a su alcance (Nat.
De manera puntual se vale de alusiones poco específicas (Graeci auctores, geographi omnes) que complican nuestra labor de búsqueda de fuentes.
Finalmente, encontramos un buen número de enmiendas que propone desde su olfato filológico, como estudioso que de sólito lidiaba con textos latinos y que conocía a la perfección el estilo pliniano: hemos de recordar que fue profesor de la asignatura de Plinio el Viejo en la Universidad de Salamanca 22.
En estas conjeturas que hace repugnantibus exemplaribus o contra omnes se guía, como decimos, por el usus scribendi, elementos de sintaxis y léxico, e incluso el contenido mismo.
Si bien resultan discutibles, puesto que carecen de testimonios que las refrenden, hay casos en los que son las más acertadas y su uso se ha convertido en el canónico.
Para el presente trabajo hemos analizado todas las enmiendas del Pinciano hasta Nat.
XV, pues es la extensión en la que dispone de dos manuscritos para llevar a cabo una labor filológica más completa.
En total, se han estudiado más de dos mil, de las que empezaremos consignando las mal atribuidas.
Nos detendremos, a continuación, en aquellas que son representativas de la sagacidad filológica del humanista por haber constituido variantes comúnmente aceptadas para el texto pliniano sin apenas apoyo documental, para terminar con una selección de enmiendas que pueden aportar lecturas válidas para el texto de Plinio, aunque hoy no se recogen en los aparatos críticos23.
Añadimos las lecturas del Pinciano y de la edición de Froben.
24 Aportamos una relación sumaria, con la fecha de composición y la ubicación actual, para evitar una extensión excesiva.
En general, respetamos las designaciones presentes en Teubner y Les Belles Lettres.
En caso de disensión, se señalará convenientemente.
En cuanto a las ediciones, van notadas como sigue: Bar.
(Detlefsen, Berlín, 1866y 1904, con especificación en superíndice cuando no coinciden ambas ediciones).
MCap se refiere a las lecturas que el Pinciano encuentra en De nuptiis Philologiae et Mercurii de Marciano Capela.
Las ediciones modernas se marcan como May.
(Ernout, introductor del primer vol., París, 1950, designa la colección de Les Belles Lettres), Ein.
Con edd. nos referimos a todas las ediciones modernas a partir de la de Detlefsen, mientras que uet. son las ediciones antiguas, edición vulgata.
Un signo de exclamación señala una lectura errónea en el editor.
25 Compuestos por Roberto de Cricklade para Enrique II de Inglaterra a finales del s. XII.
La obra, titulada Defloratio naturalis historiae Plinii Secundi, abarca toda la Historia Natural con la usitada excepción del libro I. Cuenta con edición reciente de Näf 2003.
26 La identificación de F con el anteriormente conocido como Chiffletianus (f) fue defendida por Detlefsen 1904, p. viii, y recogida por Ernout 1947, p.
124, lo Tomando en consideración la complejísima transmisión del texto pliniano, de la que no podemos dar cuenta en un trabajo de estas dimensiones31, señalaremos las relaciones entre los manuscritos aquí citados para dotar del debido rigor filológico al estudio.
Para el mismo se han tenido en cuenta cerca de sesenta ejemplares, así como toda la información disponible en las ediciones y los estudios de crítica textual pliniana.
Simplificando lo más posible, a una tradición más antigua32 remiten los manuscritos E y A. Los demás se derivan de una tradición más reciente.
Entre ellos, guardan estrecha relación Ch, R y D+G+V (seguramente producto de la división de un códice original).
F se relaciona con G, y son próximos a él d y T. Con otro hiparquetipo se vincula E, y con él se relacionan e, g, Colb y, hasta cierto punto, p.
Parecen descender de E con algún testimonio intermedio los manuscritos X, Co y o (mencionado en nota), mientras que C, l, Ox y S tienen afinidad tanto con E como con o.
Por último, a remite a otro hiparquetipo, dentro de este gran grupo de testimonios.
Al estudiar las Obseruationes y confrontarlas con ediciones actuales, nos topamos con frecuentes casos en que su autoría está mal atribuida.
Queremos mencionar asimismo en este apartado la existencia de enmiendas en las que el Pinciano arregla acertadamente la ed. de Froben que le sirve de base.
En muchos casos son correcciones, a su vez, a las Castigationes de Hermolao.
Con frecuencia los editores siguientes no incluían de inmediato las propuestas de Núñez de Guzmán, por lo que las lecturas erradas aparecían de nuevo hasta corregirse después 34.
Bajo este epígrafe veremos una serie de casos en que la calidad de las Obseruationes queda patente al haber perdurado en las ediciones actuales.
Ello nos permite seguir acudiendo al Pinciano para tratar de solucionar los loci desperati que aún alberga el texto de Plinio.
Sobre la base de diferentes argumentos (códices, ediciones, fuentes de Plinio, datos históricos, el usus auctoris o la sintaxis del texto), propone enmiendas que se han ido aceptando, por más que no siempre se hiciera de inmediato.
En ocasiones se han producido hallazgos manuscritos recientes que han corroborado su lectura.
El relieve auténtico de la labor del Pinciano se evidencia en estos diez casos concretos, que pasamos a comentar brevemente: El Pinciano se encuentra en la ed. de Froben con una lectura que ve claramente corrompida, quas item nominant singulis uocabulis Proten.
Nos centramos aquí en su reconstitución de quo site sunt, variante que únicamente se recoge en una segunda mano de F, tachada.
Hasta el redescubrimiento de tal testimonio, solo contábamos con la defensa del Pinciano, que fueron aceptando los editores a partir de Gelenio.
Si bien Hernán Núñez afirma basarse en T, en dicho material leemos de primera mano quo sita erunt, otra variante por lo demás bastante inusitada.
Surge aquí la duda de qué habría sucedido realmente: cabe la posibilidad de que el Pinciano hubiera visto esa lectura en algún testimonio que no cite, acaso S, pues es el otro que emplea de forma sistemática.
También podría ser una propuesta ope ingenii que hubiera querido dotar de un argumento de autoridad en el que apoyarse.
Con todo, llama la atención el hecho de que coincida con un manuscrito.
Nos inclinamos a pensar que, a partir del quo sita erunt de T, obtuvo la pista que le permitió descartar aquel quas item de Froben para reconstruir quo site sunt, sobre la base de posibles cortes erróneos.
Otra ayuda para su propuesta sería la lectura común en las primeras ediciones impresas quo sitae sunt erunt: no deja constancia de si habría consultado alguna de ellas, mas esto no sería un procedimiento ajeno al humanista.
Su propuesta, sin apenas apoyo documental, queda así como la canónica para la posteridad.
En este caso no hay consenso en las ediciones actuales, por más que la disensión sea mínima: bien Thuri (Detlefsen, Mayhoff, Einaudi), bien Thurii (Rackham, König-Winkler).
Nuevamente, el Pinciano es el introductor de una enmienda, Thurii (Mayhoff da erróneamente Thuri) en la que difiere de su edición de base (Thurium) y de sus dos manuscritos en los que a menudo se apoya (tauri).
El término aparece, por tanto, corrupto en todos los ejemplares, con una gran mayoría ofreciendo tauri.
La base del Pinciano para su propuesta es el hecho de que Esteban de Bizancio llama a la misma ciudad Thurium, Thuria y Thurii.
Gracias a sus profundos conocimientos propuso una variante distinta y de gran valor, en contra de todos los testimonios restantes.
Frente a umbrios de Froben y a umbriuos, predominante entre los manuscritos, opina el Pinciano que parece que deba leerse ombros u ombrios, a partir del término griego ombros 'lluvia', como encuentra en Esteban de Bizancio.
Su lectura es única y gozaría de aceptación unánime en la posteridad, con la única excepción moderna de Detlefsen 1904.
Su tratamiento como enmienda en las ediciones varía, desde el caso de Mayhoff, quien la reconoce en su aparato crítico, al de Zehnacker (Les Belles Lettres), quien no la consigna, por lo que es una variante correcta pero parcialmente oscurecida.
La enmienda Aegium, propuesta por el Pinciano, se recoge hoy en todas las ediciones del texto de Plinio como la idónea.
El humanista se alejaba en gran manera de la lectura lechaeum de Froben, editor que, a su vez, la tomó de Hermolao.
Tampoco le parecía adecuado el término que contenían sus dos códices, regium, que, si bien más cercano al auténtico, conservaba un error.
T y S pudieron, sin embargo, ponerlo tras las huellas de la variante adecuada.
En la actualidad contamos con evidencias manuscritas que refrendan la propuesta de Núñez de Guzmán.
Lejos de quitarle valor, realzan el hecho de que fuera el primero en proponerla, incluso antes de contar con más apoyo.
La explicación que dio el humanista partía de su conocimiento de la literatura clásica, en la que Egeo es una ciudad en el golfo de Corinto mencionada tanto por geógrafos como por Aristóteles o Séneca.
Nos encontramos ante un caso más de profundo conocimiento de las fuentes.
Un aegyptiis que no parece encajarle en la sintaxis de la oración y un manuscrito toledano que tampoco da con la solución (aegyptus) conducen al Pinciano ante Estrabón como autoridad, quien ya hablara de un Petronio que fue prefecto de Egipto.
La lectura no ha encontrado eco en ningún manuscrito de los empleados hoy y, sin embargo, se ha mantenido como canónica hasta la actualidad a partir de la ed. de Harduino.
Los nombres propios, tanto personales como geográficos, han constituido los casos más claros de monstra Pliniana, un auténtico quebradero de cabeza para los editores.
El nombre de Boeus adopta aquí prácticamente todas las variantes posibles, lo que se debe a la fusión con el huius que lo sigue, así como a una escritura poco clara.
Boetius parece la opción predominante en las primeras ediciones, lo que a partir de las Castigationes de Hermolao (y, por consiguiente, también en Froben) quedó como boethus.
En los casos más extremos se llegó a la pérdida del nombre propio y, al tener constancia de que se estaba refiriendo a algún autor, se añadió poeta, a partir del -oe-que se encuentra en el medio.
Por otro lado, la lectura que Dalecampio atribuye al que tradicionalmente se ha denominado códice chiffletiano pierde huius y muestra tan solo poeta.
El Pinciano recurre para su enmienda a Ateneo, quien cita en su libro noveno a Boeo como autor de la Ornitogonía.
Para terminar su explicación, el humanista reconoce que Boethus es un nombre frecuente en Grecia, pero Boeus no es inusitado: antes bien, lo menciona Pausanias a tenor de la fundación de Boeas, además de referir la presencia de una mujer divina llamada Boeona entre los fóquicos.
Asimismo, añade, en los índices de los ejemplares romanos y de Parma aparece Boeus, y no Boethus.
Al tener únicamente dos manuscritos a su disposición, el Pinciano entabla su diálogo con las ediciones impresas que tiene ante sí, sus índices y los autores clásicos.
Todo ello le valió para proponer una lectura que se acepta hoy por amplia mayoría: la única voz discordante es Rackham, que se adhiere a la opinión de Bárbaro y a la primera corrección de Detlefsen.
356, aclara que el nombre de la sacerdotisa de Delfos era Boio, masculinizado después como Boîos y deformado en Plinio hasta Boethus.
Vuelve el Pinciano a aventurar una enmienda propia sin apoyo documental, presentada solo en las lecturas corruptas del llamado códice chiffletiano.
Conllevaba entender un falso corte y la confusión de una g por c, lo que la convertía en una propuesta un tanto arriesgada, mas hoy se acepta por delante de los demás manuscritos y sus muchas variantes, de las primeras ediciones impresas y de las enmiendas de otros estudiosos como Hermolao.
Con el fin de poder descartar las lecturas de Froben (incertos incubitus) y de T (incertis incultus), el Pinciano hace una propuesta en que recompone una gradación semántica ascendente en la cláusula: sorpresa inicial, sollozos dubitativos y lamentos.
S Al toparse con un atri aliis rufi que no le da sentido, el Pinciano recurre a dos testimonios que, aunque errados, le sirven de pista para dar con la lectura correcta.
T presenta una extraña forma arauitalis (posiblemente en dos palabras, pues encontramos una pequeña separación) y, si obedecemos a la noticia del humanista, S ofrecería similar solución.
A partir de ahí, propone raui en lugar de atri y secluye aliis rufi.
Esta compleja enmienda se vería posteriormente corroborada por segundas manos en F y R. La seleccionan Gelenio y los editores actuales.
Mayhoff adjudica al Pinciano solamente la propuesta de raui y omite que, además, lo separó de aliis y eliminó el aliis rufi intermedio, con lo que ofrecía ya la lectura tal y como la encontramos en la actualidad.
El valor de una enmienda tan compleja, máxime sin contar con manuscritos que la contuvieran, queda señalado al margen como locus eximius.
Además de los anteriores, hay otros pasajes aceptados hoy de los que queremos dar cuenta: diductus en lugar de deductus (Nat.
III 119); la medida de CCL para el contorno del lago Mareotis (Nat.
V 63), preferida a partir de Detlefsen, frente a los manuscritos (CD) y las ediciones antiguas (DC); la corrección Pariedros en lugar de Partedoros (Nat.
VI 29), montes de los que se habla en Nat.
VI 25; y la enmienda de corruptis por corrupti (Nat.
XI 92), lectura que fue refrendada posteriormente por varios manuscritos (F R a).
El Pinciano se separa de T en la denominación de los llamados Salatitos y proporciona esta enmienda con la única base de una posible relación etimológica y de la colocación de elementos: en efecto, Plinio inserta el sintagma gentes Salatitos et Masatos entre una referencia al río Sala y otra al río Masathat.
El río que el autor llama Sala se presenta en varios testimonios como Salat (A D F R E, Ian y las ediciones actuales).
Teniendo en cuenta que es perfectamente plausible la hipótesis de que Plinio se estuviera refiriendo a ese río cuando cita la población de los Salatitos (algo en lo que coinciden editores modernos), la propuesta del Pinciano constituye una forma más cercana a su nombre de origen y, por consiguiente, una enmienda que tener en cuenta.
Nuestro humanista encuentra en su edición de base scythici arcus 'arco escita', una lectura coincidente con las ediciones impresas de su momento.
Esto parece un caso de corrupción por simplificación del texto, frente a un término, sicilis, -is 'hoz', que resulta muy poco frecuente en la literatura latina y que el editor podía no entender, pero que viene apoyado por un número nada desde-ñable de manuscritos (D F R E a S).
Además, cuadra por su sentido con el símil que presenta Plinio: una curva del mar semejante a los cuernos de la luna.
Como decíamos, el término solo aparece en Plinio (si aceptamos la lectura más extendida en los manuscritos) y en Ennio, toda vez que se trata de un pasaje que presenta disensiones y en que se alterna, precisamente, con sicilicibus en dos códices 36.
A este respecto, Pablo el Diácono apunta en sus excerpta del De uerborum significatione que siciles son hastarum spicula lata 'anchas puntas de lanzas' 37 y propone tal lectura para Sexto Pompeyo.
Hernán Núñez tiene a su alcance tres variantes testimoniadas: por un lado, scythici arcus en Froben, que le salta a la vista como incorrecta y es a partir de la cual se propone la enmienda; por otro, lee silicis en T; y, finalmente, encuentra sicilis en S. Considera que la lectura de T ha de ser más próxima a la original, pero no del todo satisfactoria, mientras que el apógrafo S se le antoja commodius et minore a uero distantia.
Con su bagaje en letras latinas y su conocimiento de obras de la Antigüedad clásica y tardía, el Pinciano acude al uso de sicilicis en Festo y se apoya en la coherencia del pasaje.
Si sicilis era un término poco frecuente, sicilicis resulta aún más inusitado.
Encontramos únicamente el caso de Festo, 337M, ya que los otros son solo aparentes, resultado de la declinación de sicilicus, una unidad de medida para líquidos que encontramos en Plinio y en Volusio 38.
Incluso en Festo es un término dudoso: si bien responde a la lectura presente en la mayoría de los manuscritos 39, la ed. de Teubner prefiere siciles (Müller, p.
453 40 ), haciéndolo coincidir con las anotaciones de Pablo el Diácono.
Atendiendo a Labbé 1679, s. u., se trataría de un vocablo que se identifica con el griego ἄρβηλος, esto es, un cuchillo semicircular usado entre los trabajadores del cuero.
Aquí se utiliza como término de comparación.
de opciones: por un lado, y dentro de lo desusado de los términos sicilis y sicilicis, la última es una lectio difficilior clara; por otro, es un vocablo que habría posibilitado una simplificación en dos vías, como silicis y como sicilis, ambas documentadas en manuscritos.
Finalmente, no se consigna en ningún aparato crítico.
Atendiendo a todas las razones dadas, constituye una propuesta sólida para el pasaje que tratamos.
consulto F R a Frob., edd.: consultu o T S Pint.
Nos encontramos ante una enmienda que no modifica el sentido del texto, pero que permite refinarlo para que resulte más ajustado al estilo de Plinio, además de constituir una anotación interesante del Pinciano en lo que respecta a la declinación de senatusconsultum como un vocablo unitario.
Como vemos, algunos manuscritos y la edición de Froben presentan senatus consulto, algo que vemos apoyado por los editores modernos sin excepción.
La lectura en -u traslada la declinación cuarta de senatus al último elemento del compuesto, que deja de entenderse como un adjetivo sustantivado de la segunda declinación, al ir prácticamente soldado con el sustantivo que lo precede.
Dicha lectura estaba testimoniada en los manuscritos S y o, y a ellos hay que añadir ahora T (cotejado de primera mano).
Por lo demás, el Pinciano aduce el hábito de escritura de Plinio, pues, según él, tiene costumbre de cambiar ciertos sustantivos a la cuarta declinación.
Consideramos que hemos de tener en cuenta esta posibilidad, ya que se encuentra testimoniada en autores antiguos y en manuscritos.
El humanista parte de lo que él designa como uetera exemplaria para darnos una lectura (discipulis quos) que hoy en día no se consiga en las ediciones.
Esta es una denominación vaga, pero el cotejo de manuscritos y ediciones nos lleva a confirmar que se trataría de lo que encuentra en los ejemplares T y S.
En las primeras ediciones impresas, entre las que se incluye la de Froben, se lee et discipulos, que el Pinciano decide descartar y, con él, el resto de editores actuales, estos sobre la base de varios manuscritos a los que aquel no tendría acceso.
Dicha propuesta resulta adecuada desde el punto de vista de la gramática y no es desatinada desde la crítica textual, si nos atenemos a las dimensiones y al parecido.
Si acudimos, por fin, al sentido, sigue siendo plausible su aceptación: se entendería no ya que «Hipócrates predijo la peste procedente de los ilirios y envió a sus discípulos», sino más concretamente que «previno de la peste procedente de los ilirios a sus discípulos, a quienes 43 envió a las ciudades vecinas para ayudar».
Nos encontramos de entrada con un error del Pinciano al leer (o quizás recoger) T. Nos indica que, a partir de uterque codex, ha de escribirse pernicialibus.
Sin entrar en largas consideraciones acerca de la fiabilidad del humanista 44, es posible que en este caso lea permittialibus (lo que realmente encontramos en T) como una simple corrupción por pernicialibus y que, por ello, no requiera de más explicación, al serle suficiente para rechazar prouincialibus.
Suponemos, por lo demás, que en S se recoge igualmente pernicialibus, con independencia de su grafía exacta: el uso de permities por pernicies, así como de permittialis, es frecuente en los manuscritos de Plauto, Tácito, Lucrecio o Plinio, y además es un uso que ya recoge Donato (Keil 1857, vol. IV, p.
La letra de T, en un estilo redondeado próximo al beneventano, no deja lugar a dudas en cuanto a la resolución de la abreviatura para per-.
Una confusión entre prefijos (pro-/prae-/per-) sería habitual acaso entre editores, que tenían tendencia a suponer errores de ese tipo, mas no tanto entre escribas 46.
El Pinciano había de conocer tales usos a la perfección.
43 También puede entenderse como «a los discípulos que envió...», suponiendo que no enviara a todos.
46 Un claro ejemplo de esta tendencia entre editores sería la sustitución de la lectura proriga (mayoritaria en los códices) por otras como perorigam o prurigam (Nat.
Aunque poco frecuente (solo lo recogen Plinio y Varrón), su etimología parece remitir a pro-rego.
La base definitiva para sugerir la sustitución por pernicialibus es el empleo del mismo término en Nat.
Esto es un auténtico alarde de agudeza y habilidad filológica, al valerse del usus auctoris de un caso puntual en una obra tan voluminosa.
Añadimos otras muestras del uso de este adjetivo en VIII 13 (con proelia), XXII 94, XXIV 1 y XXXII 122.
El término es mucho más raro que perniciosus, que es el verdaderamente usual en latín clásico, con casi cuatrocientas concordancias frente a seis de pernicialis, la mayoría en Plinio el Viejo.
En el ThLL se consigna únicamente algún uso de Lucrecio junto a los de Plinio, con variantes gráficas pernici-/perniti-.
Por otra parte, querimonia es una palabra que admite un uso no específico frente a otro técnico-jurídico, el de la queja presentada con carácter formal, a veces por los aliados (Cic., Div.
Este último es el sentido por el que se decantan los editores, y es perfectamente posible en Plinio.
Sin embargo, la utilización normal como queja o lamento, con distintos adjetivos similares a pernicialis (malus, tristis, etc.,cf. Hor.,Carm.
La lectura que aceptan las ediciones actuales, prouincialibus, no cuenta con apoyo manuscrito, si bien es una reconstrucción que abunda desde las primeras ediciones impresas.
En aquellas podría explicarse como una confusión paleográfica que se transmitiera de unas a otras.
El contenido de este pasaje se refiere al uso de la piel del erizo, con sus púas, para cardar tejidos, y es en este sentido en el que aparece el fraus 'fraude' (bien por el monopolio en sí, bien por la calidad del tejido), sin que se mencionen provincias en ningún otro punto de esta sección.
Los editores no pueden respaldar su lectura ni en los manuscritos ni en el usus auctoris, pues Plinio no utiliza querimonia en ningún otro lugar.
La preferencia del Pinciano, por su parte, implica una lectio difficilior sin despojar de sentido al texto.
En el comienzo de sus libros de botánica, Plinio inicia un recorrido por la India para detenerse en los pimenteros y se refiere, entre XII 27 y XII 30, a las varias clases de pimienta.
En realidad, empieza distinguiendo tres tipos que son, más bien, tres fases distintas de un mismo producto.
Así, el candidum piper 'pimienta blanca' es el que sale espontáneamente cuando madura Sin apoyo documental, el Pinciano ofrece una solución: como bien nota, se habían indicado tres tipos de pimienta (larga, blanca y negra) y no dos, por lo que no cabe que diga utrumque 'uno y otro', y lee en cambio utcumque.
Esta propuesta cuenta con varios argumentos a favor.
A un nivel gráfico, es una hipótesis que se apoya en la fácil confusión de c y r en la cursiva.
A un nivel de contenido, se pretende resolver la ambigüedad del texto de Plinio, pues este se podía referir a más de dos plantas.
Por más que no podamos aceptarla indudablemente como la mejor lectura, sí consideramos que merece un lugar en las ediciones críticas.
Nuevos planteamientos repugnantibus editionibus
No queremos terminar sin dejar constancia de otras lecturas que subrayan aún más la labor que tenemos por delante cuando tratamos el texto de las Obseruationes, y que podrían ocupar nuevas empresas.
47 Plinio no identifica que se trata de la pimienta común, pero con su cascarilla (Manzanero 2010, p.
49 De ambas maneras atestigua Plinio el jengibre.
50 'Mostaza de Alejandría' con la que se adultera la pimienta larga.
Por una parte, nos topamos con propuestas que, si bien se han rechazado en las ediciones actuales, pues revisten una especial complejidad que nos impide su aceptación inmediata, son dignas de revisión.
Se trata de flare en II 127, sitae en VI 25, la omisión de haec en VI 66, auorum para VII 50, diducta multitudine en XI 64 y la distinción de los tipos de pera Fauoniana y rubra para XV 54 51.
Otras lecturas, a pesar de sus problemas, deberían recogerse en el aparato crítico, pues representan variantes distintas a las que se consignan en las ediciones y ofrecen nuevas posibilidades textuales: VI 79, VII 4, VIII 13, VIII 215, IX 166, XII 26, XIII 79, XIV 142.
La vigencia de las Obseruationes in loca obscura aut deprauata del Pinciano queda de manifiesto en nuestro estudio.
En él hemos ubicado esa ingente tarea dentro del panorama específico de los comentarios españoles.
Se ha procedido, asimismo, a apuntalar una identificación del manuscrito zaragozano.
En la sección central de este trabajo, y partiendo de un examen profundo de todas las ediciones y estudios a nuestro alcance, hemos comentado diez enmiendas que, con escaso apoyo manuscrito, han llegado como canónicas a las ediciones actuales, en una clara muestra del saber hacer del Pinciano, un reconocimiento a su labor.
Hemos apuntado, asimismo, otras cuatro relevantes.
Al hilo de lo anterior, se proponen siete lecturas que hoy en día no se recogen en las ediciones críticas y que pueden usarse para solucionar pasajes complejos de Plinio.
Dichas lecturas cobran nuevo sentido a la luz de nuestro conocimiento actual de los manuscritos y la crítica textual.
Además, hemos puesto de relieve la diversa suerte de las enmiendas, que con cierta frecuencia quedan sumidas en el olvido de aparatos críticos que no las emplean de manera sistemática y que, en ocasiones, terminan por perpetuar una autoría errónea.
La figura de Hernán Núñez, que se ha ido recuperando en las últimas décadas, aún puede proporcionarnos útiles herramientas en virtud de la acri- |
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Se revisa la lectura de un sencillo e interesante epitafio grabado en una estela hallada en Caurium (Coria), ciuitas stipendiaria localizada en la provincia de Lusitania.
En la localidad cacereña de Coria se halló una estela funeraria que presenta un acusado deterioro en su parte inferior.
El epígrafe fue dado a conocer por Antonio Sánchez Paredes (1964), quien leyó y tradujo la inscripción del modo siguiente:
«Tongio, siervo de Viroti, de ochenta años, y Catueno, hijo de Tongio Pi... séptimo escuadrón de caballería del ala primera... (?)».
empotrada en el suelo de una cocina de la casa que Augusto Macías tenía en la Plazuela de San Juan en Coria.
Los autores publicaron una buena fotografía sobre la que se comprueba sin dificultad la existencia de una séptima línea extremadamente desgastada (Fig. 1).
Restituyeron y tradujeron la inscripción como sigue: Como editor de la revista Hispania Epigraphica, Joaquín Gómez-Pantoja encuentra una serie de objeciones a esta lectura (HEp 8, 77; HEp 12, 91).
Cuestiona que VII ES esté en lugar de stipendiorum VII y recuerda que su colega José-Vidal Madruga Flores le propuso leer estas letras como miles.
Argumenta que no ve necesario mencionar los años de servicio en el contexto del epígrafe, además de considerar la fórmula anómala e imposible una E protética.
Por lo que concierne a la séptima línea, donde González Herrero leyó una S y Sánchez Albalá y Vinagre Nevado una N, Gómez-Pantoja sugiere que lo grabado pudo ser AVG(ustae), lo que le lleva a descartar que Catuenus Tongi f. formara parte de un ala Noricorum, tal como había sugerido Vasco G. Mantas dando por buena la N4.
Debemos la edición más reciente del epígrafe a Julio Esteban Ortega5, quien recoge la traditio reseñada hasta aquí, incluye el término miles en la quinta Fig. 2.
Fotografía gentileza de Julio Esteban Ortega.
Esteban Ortega ha tenido la amabilidad de proporcionarme información sobre la nueva localización de la estela así como facilitarme una excelente fotografía de ella.
Actualmente se encuentra en la misma vivienda de Coria, hoy deshabitada, pero ahora bajo una hornacina y cubierta por un mueble (fig. 2).
Trabajando sobre esta imagen se ha obtenido la siguiente lectura, una propuesta que parece más que plausible teniendo en cuenta lo dificultoso que resulta leer esa séptima línea (fig. 3): -A partir de la línea 4 el borde izquierdo de la piedra tiene un desgaste diferente al del resto del soporte, de manera que los restos de las primeras letras de cada línea (N, M, L y V) presentan un aspecto pulido y apenas son perceptibles sus siluetas. -Línea 5: los trazos de la M perteneciente al término miles se identifican con claridad. -Línea 6: el epíteto de la unidad fue grabado sin abreviar entre esta línea y la siguiente.
Muy pegada a la ligadura ÂV, se distingue el trazo circular inferior de una G con cierre recto (compárese con las restantes de la inscripción). -Línea 7: las tres huellas verticales que siguen a AE forman parte de la abreviatura AN(norum), tras la cual se disponen cuatro X de pésimo e irregular trazado apenas reconocibles por las huellas que quedaron al grabar el arranque de sus vértices superiores.
Nótese cómo están ligeramente recostadas hacia la izquierda, rasgo también apreciable en las tres X que indican la edad de Tongius Viroti (filius).
Como apoyo a la propuesta que aquí se presenta, se ha sometido esta séptima línea de complicada lectura a un tratamiento digital basado en una novedosa metodología no invasiva de documentación y análisis arqueológico.
Consiste en analizar imágenes tomadas con cámaras digitales de uso común, a las que se aplican técnicas de teledetección y tratamiento espectral para conseguir que marcas grabadas ocultas previamente al ojo humano aparezcan representadas en las nuevas imágenes6.
Se han seleccionado tres de las obtenidas (Fig. 4).
Algunos criterios, habitualmente considerados para datar la epigrafía funeraria latina hallada en Hispania, permiten situar la grabación de este epitafio en época julio-claudia.
No hay consagración a los dioses Manes [D(is) M(anibus)], fórmula que en Roma se generaliza con los Flavios y que en las provincias occidentales aparece sin abreviar a partir de fines de la primera centuria, y abreviada sobre todo en el siglo II.
Muy destacable es la extrema sencillez del texto, sin dedicante ni fórmula funeraria alguna, cuando los epígrafes tienden a hacerse más prolijos con el paso del tiempo, sobre todo a partir del siglo II.
Otro tanto puede decirse de la grabación de los nombres de los difuntos en nominativo, siempre más antigua que el uso del dativo 7.
La grabación de un epitafio conjunto ha de justificarse por la existencia de un estrecho vínculo entre los difuntos.
En este caso, la muerte de padre e hijo fue recordada conjuntamente en Caurium, por entonces ciuitas stipendiaria de Lusitania (Plin., Nat.
La antroponimia sitúa el epitafio 7 Beltrán Lloris 1980, pp. 333-337 dedica un capítulo a la datación de la epigrafía latina de Saguntum, en el que comenta los criterios generales que los epigrafistas suelen utilizar. en un ambiente evidentemente indígena.
El nombre personal Tongius / Toncius es exclusivo del ámbito lusitano y sus testimonios se concentran en el área central del conuentus Emeritensis, especialmente en los territorios de Castelo Branco y de la provincia de Cáceres.
Idéntica distribución presenta Catuenus 8, mientras que Virot(i)us cuenta con sólo tres más en la epigrafía latina hallada en Hispania, concretamente en Abertura (Cáceres), Aldeanueva de San Bartolomé (Toledo) y Pobladura de Sotierra (Valladolid) 9.
El ala de la que formó parte Catuenus también ha dejado huella epigráfica en Añavieja (Soria), a 50 km de Numancia y no lejos de Augustobriga (Muro de Agreda), un lugar próximo a la vía que desde Caesaraugusta se dirigía a Asturica Augusta por Clunia.
Allí dos equites al(ae) I Aug(ustae) consagraron un ara a Marte 10 y otra -probablemente recogida en Augustobriga y grabada en época julio-claudia por la letra capital cuadrada y de buena factura-fue dedicada a la misma divinidad por un missicius 11.
La presencia de soldados en activo confirma que el ala primera Augusta operó en esta zona de la provincia Hispania Citerior Tarraconense, donde posiblemente construyó un campamento militar temporal cerca del valle del Ebro 12.
Como cuerpo auxiliar del ejército, estaba formada por hombres libres no ciudadanos (peregrini) y se nutrió de jóvenes procedentes de lugares próximos a aquel donde tenía guarnición o estaba destacada.
Como el cauriense Catuenus formó parte de ella se concluye que, en algún momento, también se desplegó por la provincia de Lusitania -la distancia aproximada entre Añavieja y Coria es de 550 km-, donde sin embargo no tenemos noticia alguna de su presencia.
La datación julio-claudia del epitafio deja abierta la posibilidad de que el ala primera Augusta a la que perteneció Catuenus sea el ala Augusta documentada epigráficamente en Clunia (Peñalba de Castro) y posiblemente -el desarrollo de la abreviatura del epíteto no es definitivo-en el valle de Santullán, donde un EQ(ues) A(lae) A(ugustae?) consagró un ara a Obelleginus 13.
En origen esta unidad fue reclutada en la Galia y transferida a Hispania, donde su estancia está confirmada hasta, al menos, el año 40, en que se data una tessera hospitalis hallada en la capital del conuentus Cluniensis 14.
Probablemente Vespasiano la trasladó a Mauritania Tingitana, provincia en la que han sido hallados diplomas militares otorgados a sus veteranos intermitentemente entre los años 88-129 y 156-170.
En ellos figura como ala I Augusta -denominación coincidente con la unidad en la que militó Catuenus-, ala I Augusta Gallorum y en ocasiones sin numeral 15.
Dicha tessera hospitalis da fe del pacto de hospitalidad acordado entre los clunienses y el prefecto del ala Gayo Terencio Baso Mefanate Etrusco, hijo de Gayo, de la tribu Fabia.
Dado el interés en elegirle como hospes, en su día Patrick Le Roux 16 interpretó este documento como indicio de que la unidad había formado parte del exercitus Hispanus a finales del reinado de Calígula.
En su opinión, la suscripción del pacto implica que el prefecto era visto como alguien de quien se esperaba protección y, consecuentemente, los clunienses tuvieron que tener trato con él durante un cierto tiempo, por lo que la estancia del ala Augusta en la zona pudo ser prolongada.
La forma de identificación del soldado se presenta decisiva a la hora de interpretar el epígrafe de Coria.
Resulta interesante comparar la onomástica de Catuenus Tongi f. con la de los otros quince hispanos que también prestaron servicio militar en cuerpos auxiliares entre Augusto y el año 68.
En la siguiente tabla aparecen recogidos sus nombres junto a la situación de los soldados en activo o licenciados y la datación de los reclutamientos y/o muertes: Ingresó en el ejército en época julio-claudia.
15 En algún momento el ala I Augusta Gallorum recibe el título honorífico ciuium Romanorum, con el que figura en los diplomas fechados a partir de 109, Spaul 1994, pp. 52-54.
334 Los militares que como Catuenus Tongi f. son identificados con nombre personal indígena y filiación estaban en activo.
En cambio, todos los auxiliares que se licenciaron durante época julio-claudia usaron tria nomina, entre los que resulta llamativa la presencia de hasta cinco Tiberii Claudii (no 10-13) originarios de Lusitania.
Recuérdese que es a partir de época claudiana cuando los diplomas militares evidencian que los peregrini licenciados en los cuerpos auxiliares del ejército accedían a la ciudadanía una vez cumplían el servicio reglamentario en los auxilia, servicio que se fue regularizando a lo largo del siglo I hasta quedar fijado en 25 años17.
Esto explica que dichos veteranos tomaran el praenomen y nomen del emperador bajo cuyo reinado alcanzaron dicha promoción jurídica, en estos casos Claudio o Nerón.
Por lo que concierne al también cauriense L. Vitellius Mantai f.
Tancinus (no 14), posiblemente los adoptó de un personaje que había intervenido administrativamente cuando el soldado recibió la ciudadanía, el censor de época claudiana L. Vitellius.
A tenor de estas constataciones es muy poco probable que Catuenus Tongi f. fuese un veterano que había regresado a su lugar de origen tras licenciarse, aunque no puede descartarse completamente esta posibilidad.
Considerando un servicio mínimo de 25 años, si falleció a los 40 tuvo que haber ingresado en el ejército a una edad muy temprana, cuando lo habitual era que los soldados lo hicieran entre los 18 y 20 años.
No obstante, se conocen casos, también en Hispania, de algunos que militaron desde los 16 y 15 años 18.
Se presentan otras dos opciones interpretativas, tampoco susceptibles de ser probadas, bien que el soldado regresara prematuramente a Caurium por haber quedado inhabilitado para combatir, bien que muriera cuando formaba parte del ala primera Augusta que se encontraba en suelo hispano durante época julio-claudia.
Finalmente cabe referirse a otros dos aspectos destacables en este epígrafe que merecen un comentario particular.
Llama la atención que a Catuenus no le fuera dedicado un epitafio en exclusiva, sino que su nombre aparezca junto al de su padre en una modesta estela que dista mucho de señalar una tumba familiar destinada a acoger los restos de varias generaciones.
No se aprecia en la paleografía nada que haga pensar que la inscripción fuera grabada en momentos distintos, por lo que parece razonable suponer que, muerto Catuenus, en Caurium también se tuvo un recuerdo para su padre ya fallecido.
En epigrafía el término miles es empleado para distinguir al soldado de infantería con respecto al de caballería (eques), mientras que en los diplomas militares el más técnico pedes designa al soldado que combate a pie.
Sin embargo, a día de hoy no hay constancia de que las alas auxiliares del ejército romano fueran unidades mixtas19, como era el caso de las cohortes equitatae y de las legiones que contaban con un contingente de caballería empleado en labores de enlace y exploración20.
Siendo así, parece poco prudente considerar por sí sólo el epitafio de Catuenus como probatorio de que en el ala primera Augusta también combatieron soldados de infantería.
Es posible que miles esté aquí utilizado con un sentido general para hacer referencia a un soldado común, lo que denota un desconocimiento de la jerga militar.
Prueba de ello es que resulta del todo redundante, puesto que a continuación se indicó que Catuenus prestó servicio militar como soldado a caballo (eques).
Menos probable es que el cauriense hubiera sido inicialmente reclutado para combatir en una cohorte de infantería y después transferido al ala primera Augusta. |
Una nueva inscripción funeraria latina procedente de Gharandal ( Jordania meridional)
This new inscription is interesting not only because it enlarges the short catalogue of Latin epigraphy in the area, but also because it broadens our knowledge of the Roman El propósito del presente trabajo es dar a conocer, editar y contextualizar una nueva inscripción latina procedente de Gharandal (la antigua Arindela de la provincia romana de Arabia Petraea, en la actual provincia jordana de al-Tafilah).
La pieza, probablemente del siglo II d.
C., es la lápida funeraria de un tal Sprato, un desconocido soldado de una cohors Ulp(ia) mil(iaria), que no resulta fácil de identificar con el resto de las cohortes Ulpiae que conocemos a través de los testimonios epigráficos.
El interés de la inscripción no sólo se debe a que amplía el breve catálogo de la epigrafía latina de la A New Latin Funerary Inscription from Gharandal (Southern Jordan)*
zona, sino sobre todo al hecho de que contribuye a aumentar nuestro conocimiento de la ocupación militar romana de la zona en la primera mitad del siglo II d.
Palabras clave: epigrafía funeraria romana; Gharandal (Jordania meridional); Arabia Petraea; Cohors Ulpia miliaria. |
Este libro, cuya edición original vio la luz en 2014 en la ciudad checa de Brno con el título de Latinské proklinaci tabulky na územi řimského imperia y bajo los auspicios de la Masarykova Univerzita, es una feliz continuación de una serie de obras destinadas a ordenar y catalogar las tabellae defixionum latinas conocidas a día de hoy.
Sus precedentes inmediatos, el corpus y el análisis filológico de A. Kropp publicados en 2008 1, forman parte de un caudal bibliográfico sobre este tema en el que son imprescindibles los nombres de J. Blänsdorf 2, J. Gager 3, H. Solin 4 o R. Tomlin 5 entre muchos otros y, en el panorama español, los de C. Sánchez Natalías 6 o F. Marco 7.
Aunque el número de tabellae defixionum latinas ronda los 500 ejemplares, no todas ellas pueden ser entendidas en su totalidad, pues el carácter fragmentario de algunas piezas y el deterioro de los soportes -que con mucha frecuencia son placas de plomo-impiden realizar una comprensión segura de los documentos.
Buena prueba de ello son los ejemplares hispanos de Saguntum (Sagunto, Valencia) 8, cuya lectura está muy lejos de ser definitiva.
Debido a esas dificultades para establecer los textos, el libro de Urbanová incluye sólo 309 textos, de los que 208 contienen maldiciones y los restantes 101 son peticiones de justicia.
La tabla 2 (pp. 16-17) muestra una vez más que la mayor parte de los textos del primer grupo procede de Italia (45 testimonios en esta obra), mientras que los ejemplos de Britannia (69) son mayoritarios en el segundo.
Llama la atención que, entre las 208 tabellae con maldiciones catalogadas, 164 se concentran en Italia, Britannia, Germania y el norte de África, con ejemplos en menor número repartidos por otras provincias y una presencia casi testimonial en las provincias atravesadas por el Danubio, desde Noricum a Mesia inferior.
El volumen comienza con una definición de los dos tipos de tabellae que distingue la autora (pp. 17-33), para abordar luego cuestiones generales de crono logía, materiales empleados, autoría, promotores de los textos, divinidades y númenes invocados, formularios, etc. (pp. 33-101), de manera que esta primera parte, en sí misma, es un magnífico estudio general sobre esta categoría epigráfica y sería justificación suficiente para la edición de la obra.
En una segunda parte (cap. 2, pp. 102-126), la autora emplea como criterio de ordenación del material la estructura gramatical de las fórmulas de invocación, de forma que los aspectos lingüísticos le sirven para el establecimiento de una serie de variantes que más adelante (cap. 3, pp. 127-145) emplea para analizar la frecuencia de los testimonios en los diferentes territorios.
Dado que por sí sola esa estructura gramatical no sería suficiente para establecer una tipología de las tabellae sin tener en cuenta el contenido, el breve cap. 4 (pp. 160-167) clasifica los documentos diferenciando por una parte aquellos que tienen un perfil jurídico y por otra los textos agonísticos, los conjuros amorosos o los que guardan relación con rivalidades amorosas.
Los capítulos 5 y 6 (pp. 168-205) contienen una densa e interesante eva luación de los deseos y esperanzas que impulsan las invocaciones de los autores de las defixiones, tanto en lo que se refiere a las maldiciones (cap. 5) como a las peticiones de justicia (cap. 6).
Estos cinco densos capítulos constituyen un núcleo teórico de crating the Roman power: Three defixiones from Emporiae (Ampurias)», en Gordon, R. L. y Marco, F. (eds.), op. cit., pp. 399-423; id., «Power and evocation of the exotic: bilingual magical texts in the Latin West», en Piramonte, M. y Marco, F. (eds.), Contesti magici -Contextos mágicos, Roma, 2013, pp. 135-145.
En una tercera parte de la obra, aunque el índice no responde a esta estructura, la autora aborda el estudio de las tabellae defixionum por regiones en seis capítulos sucesivos (1.
Hay que agradecer que cada uno de estos apartados contenga una valoración global de este tipo de documentos en los respectivos territorios, ordenando los testimonios según las categorías establecidas con anterio ridad pero sin establecer un catálogo descriptivo.
La interpretación de la práctica epigráfica desde una perspectiva territorial dota al discurso de un sin fin de matices que enriquece la obra de manera considerable y, al mismo tiempo, con ello se crean unidades literarias cerradas que manifiestan su singularidad aunque formen parte de un mismo volumen.
Huelga decir que la diferencia numérica de los testimonios de unas regiones y otras condiciona también la extensión de cada uno de estos apartados, lo que se pone de manifiesto con el amplio espacio dedicado a Italia (pp. 206-248) o las provincias africanas (pp. 324-364) frente al empleado por ejemplo para.
Respecto a este último espacio, el de la península Ibérica, la introducción del correspondiente apartado necesita algunas correcciones, pues no se ajustan a los hechos históricos algunas expresiones como «Hispania, located in the territory which had been partially colonized by the Carthaginians after the Second Punic War...» (!) o que los territorios hispanos resistentes al dominio romano «were finally subdued only in Pompeius' times» (!), dejando a Augusto como único mérito la división de Hispania en tres provincias (p.
Cierran el libro tres apéndices, los dos primeros con el catálogo de los testi monios epigráficos agrupados en las dos categorías establecidas por la autora y el tercero con las concordancias respecto al Thesaurus defixionum Magdeburgensis (TheDeMa), todo ello seguido de una actualizada bibliografía con respecto a la fecha de la edición original.
Respecto a los catálogos en sí mismos, el lector echará de menos las referencias a los corpora epigráficos (Corpus Inscriptionum Latinarum, Ephemeris Epigraphica, L'Année Épigraphique, etc.), pues la autora los ha sustituido por la identificación de cada texto en el catálogo de Kropp (2008), la relación establecida por Solin en 1968 en su edición de una nueva tabella de Ostia9, la numeración del catálogo de Gager (1992), el de Audollent de 190410, etc. Eso dificulta el manejo de la obra para quien no esté familiarizado con el catálogo de las defixiones en cada una de las antiguas provincias romanas.
Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 A fin de paliar esa dificultad en los textos referentes a Hispania, he aquí algunas notas a tener en cuenta en lo referente a los 18 textos de esta procedencia citados en el libro (cito por el número asignado en el volumen de Urbanová): Se entiende que la autora haya prescindido en la parte hispana de textos fragmentarios como AE 2002, 864 (Cabrera de Mar, Barcelona) pero en el texto deberían haberse incluido CIL II2/14, 304b (Saguntum), que ya estaba publicada en una monografía epigráfica en el año 2002, y CIL II2/5, 510a (Fernán Núñez, Córdoba) pese a su cronología tardía.
En fechas más recientes se han dado a conocer ex celentes testimonios de tabellae defixionum de Astigi (Écija, Sevilla.
AE 2013, 830), de Celti (Peñaflor, Sevilla)11 y de Córdoba12, donde tres piezas con un rico contenido onomástico han aparecido vinculadas a un registro arqueológico funera rio.
Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 Pese a estos pequeños detalles, que pueden explicarse en un volumen que se ocupa de todas las tabellae defixionum latinas, el libro de D. Urbanová constituye una obra de referencia imprescindible para futuros trabajos, pues más allá de las cues tiones de catálogo ya aludidas, su análisis de los formularios epigráficos y de la es tructura de las piezas es determinante y, al mismo tiempo, la valoración general del conjunto representa un importante avance en el estudio de este tipo de documen tos.
Antologías», ofrece con más precisión ese cúmulo de aportaciones e incluso recoge algunas antologías no señaladas en esta versión.
Y tras esta recopilación bibliográfica aún ha aparecido alguna otra antología de esas cartas.
¿Qué novedades aporta, pues, la nueva entrega?
Pues de momento conviene señalar que ninguna de las diez versiones señaladas (a excepción de las 128 pp. de extractos seleccionados por J. Cornudella en Ideario extraído de las Cartas a Lucilio, Barcelona 1996) es posterior a 1989, cuando Ismael Roca Meliá publicó en la Editorial Gredos el segundo volumen de la suya, bien conocida (el primero era de 1986; Socas solo recoge ese de 1986).
Por tanto, ya iba siendo hora de dedicar nueva atención a esta obra tan fundamental para la cultura occidental; bastaría con señalar que el autor ha manejado más de un centenar de referencias bibliográficas posteriores a esa fecha, para darnos idea de la necesidad de esta actualización.
Pero es que además F. S. ya nos había regalado en 2008 una estupenda monografía sobre el escritor cordubense titulada Séneca, cortesano y hombre de letras, publicada por la Fundación José Manuel Lara, lo que, sumado a su impecable trayectoria investigadora, supone un más que sobrado aval para recibir con los mejores augurios esta más que apreciable aportación.
Juan Manuel Abascal Palazón
F. S. no nos ha defraudado esta vez tampoco.
No gana a otros en cifras, pero con las suyas evidencia que no se ha tomado la tarea como una faena de aliño.
La «Introducción» se articula en torno a dos ejes principales, seguidos de un tercero más breve.
El primer gran eje es el biográfico (hasta la p.
35); el segundo se refiere a esta obra concreta (hasta la p.
79); mientras que el tercero atiende a la transmisión manuscrita e impresa del texto (hasta la p.
La biografía de Séneca, pues, se organiza siguiendo esta línea discursiva: «Acercándonos a Séneca», «El rostro», «Los orígenes», «La familia», «Los años de formación», «La estancia en Egipto», «Séneca y Calígula», «Séneca y Claudio», «En el destierro», «La liaison con Agripina», «Política y vida cortesana», «Un quinquenio de buena política», «Asesinato de Agripina», «El retiro imposible», «Los días finales», «La conjura», «El momento decisivo», «Un balance» y «Las riquezas».
En cuanto a los asuntos que interesan a F. S. a propósito de este libro conciernen a: «Un prosista que también era poeta», «La filosofía», «¿Quién fue Lucilio? [sc. el destinatario de sus cartas, no el homónimo escritor del s. II a.
C.]», «Teoría de la carta», «¿Cartas reales o fingidas?», «Construcción de un epistolario», «Los temas», «La cuestión del estilo», «Los detractores», «Fortuna y pervivencia de las cartas», «Petrarca: un imitador a pesar suyo», «Séneca y el cristianismo», «Sabiduría mundana» y «Adversarios modernos».
Por fin, la «Introducción» se cierra con sendos apartados relativos, como hemos dicho, a la transmisión del texto, a saber «Breve historia del texto» y «Las ediciones impresas».
Como no habrá pasado inadvertido al lector, este guión atiende los más variados aspectos de la polifacética personalidad de Séneca pero el enfoque general está dirigido, dadas las características de la colección en donde ve a luz, más a un público general que a uno especializado.
Y la capacidad de F. S. para interesar a cualquiera en cualquiera de los aspectos que aborda es incuestionable.
Sin duda, quien lea estas páginas podrá estar seguro de que, sin abstrusas retóricas académicas, las explicaciones son fácilmente comprensibles y fiable el estado de la cuestión de cada uno de esos Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 aspectos.
Pongamos un par de ejemplos, precisamente los de los apartados que se presentan con sendos interrogantes, evidenciando las discusiones de los especialistas ante esos asuntos.
Con respecto al destinatario del epistolario, del que nada o muy poco se sabe por otras fuentes, F. S. realiza un rápido bosquejo biográfico a partir de las referencias contenidas en las propias cartas y con el apoyo bibliográfico pertinente, consiguiendo en breves páginas suministrar un cúmulo importante de información sobre el personaje, que va desde su cursus honorum, sus amistades o sus afecciones físicas hasta la evolución de su adscripción filosófica.
Y con respecto al debatido asunto de si se trata de cartas reales o fingidas, la posición de F. S. resulta explícita: «El epistolario senecano creemos, con una mayoría de estudiosos, que está formado por cartas remitidas de verdad en su momento, pero que a su vez han sufrido algún proceso de edición (eliminando toda la ganga y acaso algún pasaje comprometidos [sic] sobre política).
Nada delata a primera vista que se trate de una correspondencia fingida o literaria» (p.
Y a continuación aduce no solo bibliografía pertinente para esta discusión sino también una breve pero clarificadora batería de argumentos para sostener su posición.
Tras la «Introducción» es de interés la posición filológica que anima el texto que se recoge y traduce a continuación.
Y para no tergiversar o malinterpretar esa posición, conviene reproducir el sucinto apartado «Esta edición» (p.
89): «Nos basamos en la edición de Reynolds y tenemos muy en cuenta el aparato de notas de Préchac-Noblot.
Todas las cartas se abren en su encabezamiento con el preceptivo saludo (Seneca Lucilio suo salutem) que omitimos por reiterativo.
No hacemos otro tanto con la despedida final (Vale), que marca el paso a otra misiva.
Prescindimos de la antigua división en libros, pues en el fondo no es más que una huella (borrosa para colmo, según hemos dicho) del primitivo soporte de las cartas, los correspondientes volumina o rollos de papiro.
Hemos procurado usar un castellano moderno y claro, cosa que el texto nos facilita, ya que el latín de Séneca reunía esas condiciones para sus contempo rá neos...».
Pero, como es lógico, el meollo del volumen es la traducción (y sus notas) de las 124 cartas de que se compone el epistolario -organizadas en veintidós libros, cuya división ha sido omitida en esta versión, como ha quedado dicho con la justificación correspondiente-, más los fragmentos del último de ellos, no contenidos en las cartas conservadas pero que se pueden leer en la obra miscelánea y enciclopédica de Aulo Gelio.
F. S. es un consumado traductor de textos literarios latinos y también ahora muestra su incuestionable competencia pues no solo se afana por dar a conocer al lector hispanoparlante el contenido de las epístolas, sino que también se muestra Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 sumamente cuidadoso con la forma, con el estilo senecano.
Veamos algunos ejemplos tomados al azar.
En la carta 7 se lee:
Ese pasaje, vertido, se refleja de este modo:
«Un solo caso de ostentación o avaricia hace mucho daño: un compañero de mesa exquisito debilita o ablanda poco a poco, un vecino rico excita el deseo, un acom pañante malicioso restriega su propia cochambre al más cándido y sencillo.»
Al principio de la carta 72 se lee:
Difícilmente se puede lograr más adecuación en la lengua de llegada entre el contenido -recogido íntegramente-y el estilo -sin concesiones a glosas internas para hacer más claro el pensamiento del filósofo, respetando escrupulosamente el léxico original-, sin perder un ápice de la claridad (mientras el pensamiento y la expresión de Séneca lo permitan), según se prometía en las palabras recogidas más arriba.
Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 En cuanto a las notas, baste decir que además de las referidas al establecimiento del texto, ya señaladas, abundan, como no podía ser de otro modo, las relativas a cuestiones prosopográficas y de realia, así como las de carácter literario e intertextual, a partir de las cuales se puede observar el vasto cúmulo de lecturas tanto griegas como latinas de Séneca -lo que no tiene nada de extraño-, sus constantes deudas con algunos autores en particular (sobre todo, Virgilio y en concreto la Eneida) y con la tradición paremiológica y gnomológica, de carácter más popular.
Gracias a ese vasto aparato exegético, el lector podrá seguir con facilidad el contenido de las cartas pues bastan y sobran para adentrarse en su mundo referencial.
Por fin, los ya mencionados y cuidados índices de materias y de nombres propios (exclusivamente de aquellos que aparecen en el cuerpo de las cartas) resultarán de ayuda a los lectores que busquen adentrarse no en la totalidad del texto sino en alguno de sus aspectos.
En definitiva, con esta versión de las Cartas de Lucilio el lector hispanoparlante -especialista o no-tendrá una excelente y actualizada herramienta para entender y comprender una de las obras básicas del pensamiento occidental.
Este volumen colectivo, que surge, en parte, como resultado de una sesión monográfica con el mismo título organizada por los editores en la 13th International Cognitive Conference (Newcastle, Reino Unido, julio de 2015), recoge una decena de contribuciones que analizan algunos aspectos gramaticales de interés en griego antiguo y en latín desde la perspectiva de la corporeización (embodiment).
Como es bien sabido, este concepto fundamental en la Lingüística Cognitiva se refiere a la conceptualización del mundo a través de las experiencias sensomotoras de los hablantes.
Dicho de otro modo, la corporeización relaciona las categorías abstractas con las que los humanos organizamos la realidad con nuestras experiencias físicas concretas.
En este contexto, el principal interés de los editores es, según sus propias palabras, «presentar algunos de los intentos más ambiciosos de integrar el paradigma de la corporeización en los estudios clásicos» (p.
Estos capítulos se articulan, en un orden que no resulta demasiado claro, en torno a tres conceptos fundamentales: construccionismo cognitivo, corporeización y metáfora.
Desde la perspectiva construccional el lenguaje se compone de unidades (construcciones) que se comportan de forma unitaria y que aglutinan información lingüística relativa a todos los niveles de análisis: no solo fonético, morfológico y sintáctico, sino también pragmático y combinatorio.
Adoptando esta metodología, Rutger Allan (pp. 16-41) reanaliza los valores iterativo, habitual y genérico del presente y el imperfecto griego y concluye que no son significados inherentes, sino que surgen a partir de factores contextuales y de la interacción entre el aspecto propio de esos tiempos y otros fenómenos construccionales.
También Annemieke Drummen (pp. 42-68) analiza los sentidos de las partículas griegas καί, τε y δή, ofreciendo la estructura semántica de cada una de ellas desde la construcción básica o más prototípica a las construcciones que derivan de esta y en las que se añade algún tipo de significado.
Otro de los conceptos esenciales de este volumen es el de metáfora cognitiva, entendida como un mecanismo que pone en relación dos dominios de significado, de tal manera que al dominio más abstracto se le atribuyen las características del más concreto.
Las metáforas son «el resultado de la abstracción cognitiva de la experiencia de corporeización» ya que emplean «patrones cognitivos -esquemas de imagen (image schemas)-que capturan los rasgos recurrentes de la experiencia corporal» y los proyectan en «conceptos que no están directamente basados en nuestra conexión sensomotora con el mundo» para facilitar su comprensión (p.
El resto de contribuciones del volumen, en las que el cuerpo humano se convierte en protagonista, constituyen buenos ejemplos de metáforas corporeizadas.
Algunas de estas metáforas se relacionan con acciones dinámicas que realizan los cuerpos.
En este sentido, Chiara Fedriani (pp. 69-92), a propósito de las formas fosilizadas ἴθι, ἄγε, age, φέρε y em, explica que estas formas de imperativo han sufrido un proceso de pragmaticalización -esto es, se convierten en marcadores pragmáticos y discursivos-y que este proceso ha tenido lugar gracias a los esquemas de imagen intercambio de objetos y movimiento por el espacio.
La idea de movimiento también está relacionada con el desarrollo del sentido reversivo de los prefijos latinos re-y dis-, tal como evidencia Luisa Brucale (pp. 93-125).
Otras metáforas, en cambio, toman el cuerpo como punto de referencia estático.
Así, como explica Anna Bonifazi (pp. 126-148), los significados del término αὐτός (intensificador, anafórico, reflexivo, exclusivo) derivan del esquema de imagen centro-periferia; del mismo modo, el léxico relacionado con la vestimenta, que Maria Papadopoulos (pp. 176-206) examina para el griego, se organiza en torno a preposiciones con sentido espacial (ἀμφι-, ἀνα-, ἀπο-, ἐν-, ἐκ-, ἐπι-, περι-y ὑπο-), lo que revela que el cuerpo sobre el que se colocan las prendas se concibe como un lugar.
Por otro lado, la corporeización no se limita a relaciones espaciales entre el cuerpo y su entorno.
Silvia Luraghi y Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 Eleonora Sausa (pp. 149-175) se adentran en la diferenciación entre ἀκούω 'oír' y κλύω 'escuchar' (y también πυνθάνομαι) en Homero a través de sus características semánticas (animacidad del Estímulo, grado de control) y cognitivas (a través de la metáfora mente-como-cuerpo).
La corporeización puede, incluso, darse más allá del cuerpo (corporeización externa).
Así, como muestra Chris Collins (pp. 228-244), en latín el proceso de memorizar un mensaje se relaciona con el de escribirlo o grabarlo en un soporte a través de la metáfora mente-como-escritura, entendiendo los instrumentos de escritura como una suerte de extensión corporal.
Otros elementos externos de gran importancia en la corporeización externa son los lugares que se frecuentan.
Gregory Membrez (pp. 207-227) defiende que la idea aristotélica de metáfora surge, a su vez, a partir de la metáfora habitar en un οiκος: para Aristóteles, los términos se asemejan al señor de una casa (κύριον ὄνομα 'nombre regente') y se pueden emplear tanto con su significado propio o «doméstico» (οἰκεῖον) como de forma metafórica o «foránea» (ἀλλότριον).
Finalmente, la corporeización también subyace al orden de palabras en la poesía.
Luca D'Anselmi (pp. 245-270) cierra el volumen aplicando algunos esquemas de imagen (camino, contacto y separación, equilibrio, contenedor) al orden de palabras en poesía latina, demostrando que este fenómeno no es simplemente una cuestión estética, sino que aporta significados precisos.
En suma, este trabajo resulta sumamente interesante, pues trata diversas cuestiones sobre el griego y el latín desde una perspectiva innovadora y de gran capacidad explicativa, abriendo con ello un poco más, como se promete en el título, el camino hacia una lingüística cognitiva completa de las lenguas clásicas.
El pasado mes de enero ha aparecido publicado por Jean-Yves Guillaumin en Les Belles Lettres este diccionario de la terminología latina antigua de la aritmética y la geometría.
Estamos, en mi opinión, ante una importante novedad editorial para la lexicografía latina y para las lenguas técnicas del latín, pues por primera vez ve la luz una obra de este alcance, del que otras lenguas sectoriales del latín ya disponían desde hace mucho tiempo.
Esta obra tiene la garantía de recoger muchos años de trabajo y estudios de uno de los mayores especialistas internacionales en la materia como es el profesor Jean-Yves Guillaumin, quien ha consagrado buena parte de su trabajo al estudio de este sector del léxico latino y a la edición crítica, estudio y
Entre los primeros podemos señalar sus trabajos sobre diversos términos y aspectos de las matemáticas antiguas.
De sus ediciones críticas y traducciones baste señalar la edición de la Institutio arithmetica boeciana, del libro VII sobre la Aritmética de Marciano Capela, el Liber numerorum de Isidoro de Sevilla, o diversos textos de los agrimensores, etc. Todos estos datos avalan al profesor J-Y G. como una de las figuras más apropiadas para acometer esta difícil y meritoria tarea.
En el título deja el autor patente el alcance y propósito de su trabajo.
En cuanto a los límites cronológicos, se trata de un léxico que abarca desde el comienzo de la latinidad hasta la época de Isidoro, que es lo común al hacer referencia al latín antiguo, si bien el autor (p.
9), precisa que los términos más antiguos de esta lengua especializada se registran en la obra de Varrón y los más recientes son del Pseudo Boecio.
Con respecto a la temática también el título resulta esclarecedor: se trata de la geometría y aritmética antiguas.
G. expresa claramente la pobreza de los conocimientos geométricos y aritméticos de los latinos al lado de los griegos.
Los conocimientos matemáticos expresados en latín en los comienzos de la Edad Media dan muestras de una gran limitación marcando un punto de inflexión.
Estos hechos provocaron que estos conceptos sufrieran impor tantes carencias para adaptarlos al vocabulario latino.
G. que este vocabulario antiguo es el origen de la expresión de la terminología matemá tica empleada por los grandes matemáticos del Renacimiento y la Ilustración.
Aún siendo mucho más pobre e impreciso -incluso a veces claramente erróneo-que el griego, el vocabulario latino de estas materias tiene su origen como aquel en el de Euclides y su adaptación sufrió fluctuaciones que quedan reflejadas en los diversos términos empleados para un mismo concepto.
En la creación de este léxico el latín experimentó los mismos procedimientos que el griego.
Uno de ellos es el préstamo del lenguaje común por extensión de su significado, como sucede con linea, en origen 'hilo de lino'.
Otras veces, se recurrió al calco, reproduciendo el procedimiento del griego como pasó con acutus.
En muchas otras ocasiones, se echó mano al préstamo directo del griego y, aun en muchos casos, el vocablo griego se empleó directamente en los textos latinos.
Este hecho justifica la adición del apéndice de términos griegos al cual me refiero más abajo.
También hace notar J-Y.
G. que el vocabulario no incluye solo el estrictamente matemático, sino que también interviene otro tipo de léxico; tal es el caso del de otras lenguas temáticas como la agrimensura o la filosofía.
La obra se compone de las siguientes tres partes.
En primer lugar, comienza con una introducción (pp. 4-14) dedicada a explicar el panorama, los principales textos y autores que contienen este léxico, así como sus tipologías más representativas.
G. hace notar el cruce del léxico geométrico y aritmético con el de otros campos especializados como la gromática, pues los agrimensores hacen un uso intensivo de este vocabulario, o la filosofía, en particular en el caso de la aritmética, ya que varios de los textos latinos de aritmética son de origen pitagórico.
En una rápida explicación J-Y.
G. recorre algunas de las principales características y tipos de este léxico, como los préstamos, calcos y perífrasis.
También subraya la importancia del léxico que fue empleado en griego sin ningún intento de traducción al latín.
Indica además la larga historia de su formación y, por último, en este apartado lamenta J-Y.
G. la carencia de estudios y bibliografía sobre este campo.
Estas dos últimas cuestiones justifican los dos últimos capítulos de la obra dedicados respectivamente a los términos griegos y a la bibliografía.
La parte central de la obra, como es de esperar, es el diccionario propiamente dicho (pp. 17-304).
La estructura de los varios centenares de lemas tiene una organización semejante, que consta de estas partes: 1) La traducción o equivalente francés; 2) una explicación del término más o menos extensa de acuerdo con la dificultad y uso del concepto; 3) el equivalente griego del término latino; 4) un compendio de ejemplos tomados de las fuentes latinas que emplean el término.
Estas partes en algunos casos están en otro orden y desarrollan alguno de los apartados, cuando el autor lo estima oportuno.
El diccionario presenta una explicación más detallada en el caso de los hapax, como sucede -pongamos uno de los muchos ejemplos-con parembolicus (pp. 207-209), uno de los modos de construcción de las figuras geométricas que transmite Marciano Capela (6, 715) y que es único en toda la literatura geométrica antigua.
Identifica cuando es posible el origen del término en otra materia técnica, como sucede con normalis (p.
196)'recto, ortogonal', derivado de norma 'escuadra', herramienta propia de la agrimensura, o con analogia (p.
En el diccionario no solo tienen entrada los términos propiamente dichos, sino también los vocablos de uso general que son usados en contextos técnicos con valor terminológico.
Tal es el caso de ponere, que como cabe esperar le sirve a Boecio en su Aritmética para reproducir el uso que de τίθημι hace Nicómaco en la suya.
Pese a la limitación que tiene un diccionario, las explicaciones de los términos y los usos que contiene cada uno de los lemas son suficientes para obtener una idea sinóptica y bastante precisa de los términos de estos ámbitos del vocabulario.
El diccionario, como he señalado antes, añade un apéndice de Termes grecs utilisés par les auteurs latins (pp. 305-313).
Los términos ordenados alfabéticamente remiten al término equivalente latino, siempre que es posible.
En los otros casos presenta una disposición análoga a la de los lemas de términos latinos.
Creemos que para la lexicografía griega este apartado debería ser tenido en cuenta y, en su caso, incorporado a las obras de referencia.
En último lugar, las referencias bibliográficas (pp. 315-323), que J.Y. G. titula Élements bibliographiques, se dispone en tres apartados.
En el primero se recogen ordenados diacrónicamente los textos latinos que contienen alguno de los términos Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 reproducidos en el diccionario comenzando por Varrón y terminando por los textos geométricos adscritos a Boecio y el comentario de Remigio de Auxerre a Marciano Capela, ambos ya en plena Edad Media.
La segunda parte hace lo propio con los textos griegos iniciados con Euclides y terminados con el Comentario a Nicómaco de Gerasa de Asclepio de Trales (s. VI).
En tercera posición se cita un exiguo grupo de estudios modernos.
Como resumen de esta reseña querría destacar que se trata de una importante novedad editorial destinada a ser una referencia obligada para este sector del léxico latino.
El Dictionnaire debe interesar a muchas clases de lectores: estudiosos del léxico especializado latino, en particular del de la geometría y la aritmética.
Interesados en el conocimiento de la aritmética y geometría en la Antigüedad y en Roma en particular, pero también a cualquier estudioso de los textos latinos que encuentre en los mismos, sean de la época e índole que fueren, un término relacionado con estas materias.
No cabe sino felicitarse por la publicación de este importante trabajo del profesor Guillaumin.
Universidad Nacional de Educación a Distancia
El presente volumen es el resultado del esfuerzo editorial de tres investigadoras del ámbito de la Filología Griega y un investigador de Filología Latina vinculados académicamente al Instituto de Lenguas y Culturas del Medi terráneo y Oriente Próximo (ILC) del CSIC.
La mayor parte de los editores y autores se encuentran al final de su etapa predoctoral o han comenzado recientemente sus años postdoctorales.
Merece la pena resaltar esto a la hora de apreciar la impecable labor de redacción y edición -desde la selección y evaluación de los artículos hasta los trabajos de maquetación-, así como la calidad científica de las contribuciones.
Según admiten los editores (p.
X), la idea germinal surgió a propósito de la «3er International Conference Mediterráneos» (se refieren a «Mediterráneos 2016: III Jornadas Internacionales de jóvenes investigadores en Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo», celebradas en el ILC del CSIC en octubre de 2016), pero a renglón seguido señalan, con razón, que no puede considerarse el presente volumen Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 como las Actas de dichas jornadas, porque sólo incluye contribu ciones del ámbito de la Filología Clásica y, principalmente, porque la mayor parte de los trabajos reunidos no se presentaron en aquellas jornadas, sino que se les solicitaron expresamente a autores que en su mayor parte tampoco asistieron a ellas.
Los quince trabajos incluidos han pasado una selección y revisión por pares rigurosas, como indica que se haya recurrido para su evaluación y aceptación nada menos que a cuarenta informantes (pp. X y XV).
El CSIC y las universidades de Sevilla y Murcia son las instituciones más representadas; a ellas se suman las universidades de Salamanca y Barcelona, así como la de Toronto, la Eötvös Loránd de Budapest y la de Mesina.
Siguiendo la costumbre imperante en este tipo de libros colectivos, las contribuciones reciben el nombre de «capítulos» (chapters): soy de la opinión de que en estos casos, cuando no se trata de un libro que siga un discurso orgánico e interdependiente, sino más bien de una colección de trabajos autónomos, es más apropiado hablar de «ensayos» o incluso «artículos», aunque «capítulo» se haya convertido en el término técnico propiciado por los sistemas oficiales de evaluación.
Las contribuciones están ordenadas en tres secciones: dos, perfectamente equilibradas, de «Approaches to Ancient Greek» (pp. 1-133) y «Approaches to Latin» (pp. 135-256), y una final con tres artículos sobre «History through sculpture, coinage and navigation» (pp. 257-328).
La primera sección incluye los trabajos de las siguientes autoras: Sandra Cruz Gutiérrez sobre nombres de mujer en las inscripciones de las paredes de Pompeya, Gréta Kádas sobre nombres de persona en los papiros de novela griega, Jesica Navarro Diana sobre Calipso como figura de muerte en la Odisea, Sonia Blanco Romero sobre el valor del adverbio ἔτι en la Ciropedia de Jenofonte, Sara Macías Otero sobre el papel de Dioniso en Cíclope y Bacantes de Eurípides, y Sandra R. Piedrabuena sobre la problemática asignación de un discurso en Heraclidas.
La segunda sección incluye los trabajos de Giulio Leghissa sobre el papiro de Galo, de Ákos Zimonyi sobre el hábito epigráfico de los médicos en el Alto Imperio, de Victoria González-Berdús sobre la forma métrica de un epitafio latino de Tréveris, de Alberto Bolaños Herrera sobre la naturaleza métrica de cuatro inscripciones latinas de Marsella, de Roger Ferrán sobre un caso de reelaboración bizantina de la tradición literaria sobre el nombre secreto de Roma, y de Pablo Piqueras Yagüe sobre la identificación de las fuentes en tres pasajes oscuros del Ovidius moralizatus de Pierre Bersuire (siglo XIV).
La última sección reúne los trabajos de Fabiano Fiorello di Bella sobre retratos de sátrapas y tiranos en la época de Pisístrato, José Miguel Puebla Morón sobre la asimilación cultural reflejada en las monedas de la Sicilia púnica, y David Soria Molina sobre el muy destacado componente naval de las campañas de Domiciano y Trajano en Dacia.
No es éste el lugar para valorar individualmente cada una de las contribuciones, caracterizadas en general por la elevada calidad científica de sus contenidos y por las altas dosis de exigencia y exhaustividad de que hacen gala.
El conjunto del Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 volumen tiene una marcada impronta epigráfica y papirológica: seis de los quince artículos pertenecen directamente a estas disciplinas, y en realidad también están vinculados a ellas los tres que constituyen la última sección, pues se apoyan en datos suministrados por la numismática y por esculturas con inscripciones, o bien parten, en el caso del último trabajo, de la existencia de una serie de diplomas militares.
Sin embargo, este entendimiento de «transmisión directa» e «indirecta» es, creo, distinto del habitual en filología: no se diría que la Odisea o las tragedias de Eurípides nos han llegado «por transmisión indirecta», a diferencia, por ejemplo, de los poemas de Ennio, cuyos restos se han conservado dispersos en forma de citas en la obra de otros autores.
La distinción por la que han optado los editores, además, podría llevar a una indebida confusión del texto con su soporte: quizás habría sido preferible optar por una diferente.
Otro tema que asoma a menudo y que contribuye a darle al volumen una personalidad propia es la onomástica: desde los nombres de mujer en las paredes de Pompeya hasta los nombres de dioses en las monedas púnicas, desde el nombre, de implicaciones fúnebres, de Calipso hasta el nombre secreto y prohibido de Roma, desde los nombres supervivientes de la novela griega antigua hasta el de los médicos que quisieron dejar constancia inscrita en piedra de su paso por la vida; incluso la problemática anonimia del «mensajero» y el «sirviente» de Heraclidas.
Las múltiples acepciones de σχολή -desmenuzadas con primor en el prefaciose dejan ver en cada una de las contribuciones y en el conjunto del volumen; el esmero del equipo editorial se observa en la redacción, en la práctica inexistencia de erratas, en el cuidado índice de pasajes citados.
El libro ofrece una pequeña muestra de la diversidad y la credibilidad científicas de una pujante generación. observa desde el título: los Ludi Plautini Sarsinates.
En línea con los intereses y las tendencias de investigación contemporáneos, el punto de mira se sitúa ahora en la puesta en escena de las obras del sarsinate que, como se sabe, son la forma de recepción primaria y más directa de un texto dramatúrgico antiguo.
Además de la novedad que supone esta inclinación hacia la Recepción Clásica de los estudios plautinos, con este planteamiento se pretende proporcionar un lugar para el encuentro a los estudiosos del texto antiguo y los profesionales de la escena (directores, actores, escenógrafos, etc.), que favorezca el diálogo y el mutuo enriquecimiento de sus tareas.
La renovación de los enfoques se encarna igualmente en las responsables de la edición, Giorgia Bandini y Caterina Pentericci, dos jóvenes doctoras que han realizado un cuidadoso trabajo con este volumen.
El actual director del CISP, Roberto M. Danese, explica este nuevo proyecto en el breve «Exordium» (pp. 7-9) con el que se abre esta primera entrega de la serie «Personaggi in scena», dedicada a la máscara del miles y compuesta por otros cinco estudios y un breve texto final.
El primero de esos estudios corre a cargo de Renato Raffaelli y funciona, en cierto modo, como bisagra entre la aproximación ecdótica al texto plautino que ha practicado tradicionalmente el grupo urbinate y los nuevos acercamientos.
En «Interpretazione critica e interpretazione scenica: il soldato Stratofane nel Truculentus» (pp. 11-33), Raffaelli, tras mostrar sus cautelas ante este cambio de orientación (que le resulta incluso un poco arriesgado) y advertir sobre la importancia decisiva de la traducción, propone un análisis del personaje de Estratófanes en Truculentus, deteniéndose en algunos rasgos contradictorios de sus intervenciones, que son relevantes no solo para su interpretación crítica, sino también para su puesta en escena.
En el artículo, el balance entre estas dos aproximaciones se inclina claramente hacia la primera, pues, según se afirma, se debe primar la valoración «objetiva» y filológica frente a una interpretación «subjetiva» y moderna, que tenga en cuenta los gustos e intereses actuales, y lo que nos dice la obra a los contemporáneos.
Sin embargo, como demuestra el propio artículo, esa distinción no es siempre del todo neta, pues la solución que aquí se propone para las contradicciones identificadas, que echa mano del concepto de metateatro, resulta discutible y responde a una línea interpretativa reciente y que solo ha podido desarrollarse desde nuestra óptica y sensibilidad.
A fin de cuentas, la Filología ha tenido siempre mucho de especulativo.
Con el siguiente trabajo entramos ya de lleno en la cuestión de la puesta en escena de las obras.
Alberto Fraccacreta y Umberto Brunetti firman «Proposte di traduzione interculturale per una mise-en-scène del Miles gloriosus» (pp. 35-54), que constituye en buena medida la fusión de dos artículos.
En la primera parte, los autores ofrecen una aproximación general a lo que Cesare Questa denominaba «traducción artística» y que estos autores optan por llamar «traducción intercultural»: una actividad que debe tener como objetivo funcional prioritario no tanto la recuperación de los signifi- Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 cados originales, como la recepción de la puesta en escena.
También Plauto, a fin de cuentas, realizó esa actividad de trasvase cultural con los ojos puestos en el escenario.
Como señalan Fraccacreta y Brunetti, con este ejercicio no se pretende sustituir la traducción filológica, sino mediar la fidelidad del texto con el contexto cultural de la representación.
Estas consideraciones generales se ejemplifican a través de la primera escena de Miles gloriosus y del personaje de Pirgopolinices, quintaesencia de la máscara del miles y modelo preferente para sus reelaboraciones posteriores.
En la segunda parte del trabajo, partiendo de la premisa de que la commedia dell'arte puede proporcionar información muy valiosa a quien pretenda poner en escena una comedia palliata, se aborda el personaje de Capitano, obviamente emparentado genéticamente con la máscara plautina, de Le bravure del Capitano Spavento, de Francesco Andreini.
A través de la confrontación intertextual de ambas obras, la latina y la italiana, se concluye que una posible solución para hacer más reconocible al público el personaje del miles en una puesta en escena de Plauto sería recurrir a las características del Capitano, e incluso a su máscara.
De la mano de Leonor Pérez Gómez, pasamos de la puesta en escena a la reinterpretación cinematográfica del referente plautino, en una de las pocas reelaboraciones en este medio que se han servido explícitamente de él.
Bajo el título «La feminización del miles plautino en A Funny Thing Happened on the Way to the Forum de Richard Lester» (pp. 55-66), Pérez Gómez ofrece un repaso a las características del filme de Lester (1966), inmejorable ejemplo contemporáneo de la técnica de la contaminatio, para abordar después, de manera excesivamente breve para las expectativas que crea el título, la caracterización y transformación del capitán Miles Gloriosus, interpretado por Roy Kinnear, frente a su modelo.
Sigue el trabajo de Francesco Puccio, «Dal Miles di Plauto al Vantone di Pasolini.
L 'officina del comico tra percorsi tradottivi e soluzioni di messa in scena» (pp. 67-76), en el que el autor comienza haciendo unas interesantes consideraciones iniciales acerca de la teoría de la recepción y de la puesta en escena como forma de recreación del mundo clásico en una práctica performativa que habrían merecido mayor presencia (buena parte de esa información aparece enterrada en las notas) y una posición anterior en el conjunto del libro, pues ofrece un marco válido y útil para el resto de las contribuciones.
A continuación, y de un modo algo apresurado, se presentan algunas claves de Il Vantone, la adaptación realizada por Pasolini (más «rifacimento» que traducción) en lengua romanesca y estrenado en Florencia en 1963.
A través de un nuevo análisis contrastivo de un fragmento de la obra original y otro de la reescritura pasoliniana, se llega a la conclusión de que la versión en dialecto favorece la «pragmaticità» del diálogo, por encima de su literalidad, hallazgo interesante, pero que seguramente habría requerido de una mayor profundización en algunos rasgos lingüísticos.
El último de los estudios corre a cargo de Rosario López Gregoris, «George Clooney, un miles moderno.
Su objetivo, que puede resultar chocante, es el de demostrar que el personaje de Harry Pfarrer (interpretado por George Clooney) en Quemar después de leer pertenece a la «estirpe de los milites plautinos» y se comprende mejor a la luz de ese modelo.
Para ello, la autora nos ofrece un espléndido ejercicio de Recepción Clásica, en el que, a pesar de cotejarse los rasgos del personaje fílmico con los de la máscara plautina a través de la lectura directa de los textos, lo prioritario no es establecer una relación de dependencia (parece altamente improbable que los hermanos Coen hayan pretendido inspirarse en la comedia latina, aunque es bien conocida su adaptación de la Odisea, O Brother, Where Art Thou?), sino favorecer un diálogo entre ambas creaciones que las enriquece mutuamente.
Tras unas acertadas reflexiones sobre la presencia de la Antigüedad en nuestros días, el grueso del artículo consiste en la comparación de doce rasgos -algunas de esas comparaciones son muy agudas y todas, aunque insólitas en ocasiones, perfectamente plausibles-, que le llevan a proponer unas amplias conclusiones sobre el tratamiento que ha dado la tradición occidental al personaje del soldado y cómo la comedia ayuda a gestionar las obsesiones y traumas de cada época.
Sin duda, después de la lectura de este trabajo, nadie volverá a «ver» ninguna de las dos obras del mismo modo.
El volumen se cierra con un «Exodium» de Keith Maclennan, recientemente fallecido por la pandemia que asola el mundo en estos días.
En «The miles at Stratford 2017» (pp. 97-100), Maclennan presenta brevemente una adaptación inglesa de Miles gloriosus (Viceversa, de Philip Porter, 2017) y sus desviaciones del original.
En conclusión, y a pesar de que el volumen resulta algo desigual, cabe señalar que el énfasis en la traslación de la comedia plautina al mundo contemporáneo nos pone en contacto con cuestiones relevantes, tanto para nuestra disciplina, como para la sociedad (o sociedades) que consumen esos productos.
Sin duda, corren nuevos aires para los estudios plautinos y solo puedo felicitar a los responsables de esta iniciativa por su puesta en marcha y desearles una andadura al menos tan dilatada y fructífera como la de su predecesora.
Universidad Autónoma de Madrid
Historia, religión y sociedad
Las primeras páginas del libro se abren con unas palabras de Mar Marcos en calidad de amiga del profesor Roger S. O. Tomlim, en cuyo honor se ha hecho este libro, Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 y amiga a su vez de los organizadores editores científicos del libro, que parece ser fruto de un coloquio internacional, aunque este evento no se menciona en las páginas de presentación.
Celia Sánchez Natalías hace en la Introducción un panegírico del profesor Tomlim, reputado epigrafista (videatur su extensa biblio grafía en este volumen, pp. 29-35), que en el último decenio ha prestado gran atención a las defixiones.
Esa pasión por este tipo documentos mágicos queda evidenciado por las palabras del propio Tomlim que pueden leerse en la entrevista realizada por István Czeti y Daniel Seres en este volumen (pp. 19-27).
Catorce estudios de investigación constituyen lo esencial de este libro, divididos en dos bloques, uno dedicado a la edición y reedición de textos mágicos, y otro a ensayos sobre distintos aspectos de la magia griega en textos de defixiones, papiros o textos literarios de astrología, como es el caso del último de los trabajos, debido a Aurelio Pérez Jiménez sobre un escolio anónimo al Tetrabiblos de Ptolomeo, en el que trata un tema novísimo, escondido en esta fuente recóndita: «The Bull 's Σόβη and the Stones that Waxed and Waned According to the Moon» (pp. 233-240).
La sección de nuevos documentos o textos revisados se abre con un estudio de Markus Scholz sobre las tablillas de maldición de forma circular, con escritura por ambas caras.
Reúne ejemplos procedentes de Waldmossingen, Augsburg y Trebur, de las que presenta buenas fotos y dibujos con la reconstrucción de los textos inscritos (pp. 39-50); indica que estos documentos tuvieron varios usos o fases de escritura, y sugiere su circulación por zonas militares, aunque no hay evidencia cierta de ello.
En la siguiente aportación (pp. 51-58), György Németh recupera para su estudio una defixio conservada actualmente en el Museo Bargoin de Clermont-Ferrand, que había pertenecido a la colección privada de A. Audollent, incluida entre aquellas que el sabio francés, autor del primer gran repertorio sobre tabellae defixionum, había considerado ilegible.
La placa, en origen rectangular, cortada diagonalmente, que conserva 26 líneas de escritura en griego, procede de Hadrumetum, en África, y se data en los siglos II-III, o quizás el IV.
Se trascribe el texto reconstruido (p.
53) pero sin aportar la traducción, aunque ciertamente la mayor parte del texto son voces magicae.
De lo conservado se colige que se trata de una maldición lanzada por una mujer contra su madre, Niké, cuyo nombre aparece varias veces.
Parece que el trasfondo y el sentido de la maldición es un asunto amoroso, o así se sugiere (p.
Atilio Mastrocinque en pp. 59-76 estudia una defixio de Cesarea Maritima, el puerto romano y capital administrativa de la provincia de Judea.
Se trata de una maldición lanzada contra un danzante o acróbata llamado Manna, perteneciente a la facción «azul» en las carreras del hipódromo, evento con el que está relacionada esta extensa y prolija defixio que menciona a muchos daímones.
El documento fue hallado en las inmediaciones del teatro de la ciudad.
El autor ofrece una versión en inglés de este importante texto (pp. 65-66).
El autor analiza el léxico línea a línea, confrontando paralelos con papiros mágicos y tabellae.
Es muy interesante la comparación que se hace con un fragmento de la Vida de Simeón Salos que describe las prácticas mágicas de los mimos de Emesa de Siria.
Siguen dos trabajos en lengua alemana.
Uno de Ulrike Ehmig, en pp. 77-94, sobre un disco de plomo plegado, cuyo texto se compara con catorce defixiones de Piercebridge (Gran Bretaña), para demostrar (o mostrar) las influencias mutuas entre las fórmulas de las prácticas mágicas y las plegarias cristianas, a propósito de la frase exaudi orationem meam,'escucha mi plegaria' o 'escucha mis palabras'.
El trabajo de Jürgen Blänsdorf, en pp. 95-102, trata de descifrar la escritura de un relieve medieval de Rožmberk, donde se ha logrado leer, en los restos de pintura casi borrada, una invocación a la Trinidad.
Como el estudio antes citado, trata de buscar paralelos fraseológicos con las fórmulas mágicas, esta vez con menor brillantez.
El estudio de Blänsdorf esta forzadamente incluido en este libro.
Otro tanto puede decirse el estudio de Alfredo Buonopane, que presenta «Una tessera nummularia inedita in un manoscritto di Francesco Bianchini (1662-1729)» (pp. 103-108), cuya relación con los textos mágicos antiguos es, sencillamente, inexistente.
Pasemos de los estudios sobre documentos concretos a los estudios «generalistas».
Richard Gordon presenta un trabajo donde analiza el léxico de las defixiones latinas, poniendo el acento en los verbos que transmiten «Imaginative Force and Verbal Energy in Latin.
El autor introduce el concepto de «mini-narrativas» en los textos mágicos, que no son otra cosa que exempla, con nombre o anónimas, que se insertan entre las formulae.
El «poder de la escritura» -algo, por otra parte, archiconocido, ya desde el mundo antiguo-es el tema abordado por Sara Chiarini en pp. 131-150; destaca, con razón, dos conceptos capitales, la palabra, o la palabra pronunciada (γλῶσσα / γλῶττα) y el efecto o potencia que esa palabra tiene (δύναμις).
Las antiguas prácticas mágicas griegas en el sur de Italia y en Sicilia es tema abordado por Camilla Campedelli en pocas páginas (pp. 151-158).
En realidad, lo que presenta son las líneas generales de un nuevo proyecto de investigación consistente en catalogar las defixiones en la zona indicada, cuya cronología (siglos VI-IV a.
C.) es muy temprana en comparación otros territorios mediterráneos.
Volviendo al tema de la magia destructiva y los espectáculos deportivos, tenemos un nuevo estudio del prolífico Christopher A. Faraone, ahora centrado en los destinatarios de las imprecaciones mágicas en las carreras de carros en los hipódromos (pp. 165-186).
Es un estudio general, de amplio marco territorial y cronológico.
El autor hace un repaso crítico de las fuentes, complementado con una selección de tabellae del repertorio de Audollent, de diversas ciudades, destacando las norteafricanas, como Hadrumetum, que ha dado muchos documentos, y Asia Menor.
Dos trabajos se centran en daímones o lógoi concretos.
El autor considera que Heracura es «una diosa epicórica» de carácter infernal, relacionada funcionalmente con Dis Pater o Pluto.
Discordamos con la opinión del autor con respecto al concepto de «religious globalization» cuando habla / hablamos de prácticas mágicas que tienen unos pocos testimonios dispersos.
De un lógos o «more than a Logos» es la vox Ιωερβηθ que estudia Raquel Martín Hernández (pp. 187-210), un ente agresivo «tifónico» recurrente en los PGM, y que la autora relaciona acertadamente (especialmente pp. 192-193) con el universo sethiano, y por tanto egipcio.
En pocas páginas de este libro se ha reivindicado el background egipcio de las fórmulas mágicas y las retahílas de lógoi operantes.
Propone la autora la identificación del mundo setiano, y por ende de Ιωερβηθ, con la imagen del burro, en particular de su cabeza o de su cara (ibid., pp. 194-198).
Emilio Suárez de la Torre presenta un estudio sobre el uso de los anillos en los Papiros Griegos Mágicos (pp. 211-232), donde hace un recorrido sobre los PGM expurgando de esta colección las noticias de los anillos.
Es una síntesis interesante sobre un tema del que hay una extensa literatura científica, no toda citada por el autor.
El trabajo no presenta ni un solo texto nuevo, ni reinterpreta otros, pero es, es todo caso, interesante, en particular la «síntesis de la síntesis» que es la tabla presentada en la p.
Con todo, meramente filológico, el trabajo queda manco al no relacionar las recetas mágicas de PGM con la realidad, es decir, los anillos mágicos conservados, para ver cuánto de mera literatura y cuánto de «recetario práctico» tenían los PGM.
En resumen, es un conjunto de trabajos hechos por expertos, que merece la pena leer para los interesados, cada vez más numerosos, en la magia antigua.
Como toda obra de conjunto hilada por un tema común, el resultado es desigual, y la simpatía con el lector, por tanto, diversa.
Algunos trabajos de este libro los he leído y disfrutado, otros los he sufrido con resignación.
Es el riesgo de las obras colectivas.
Con todo, el libro es muy recomendable, y bien colocado queda en mi biblioteca en la sección de libros importantes sobre textos mágicos griegos.
Universidad Nacional de Educación a Distancia Escámez de Vera, Diego, Propaganda y justificación religiosa en época Flavia: Júpiter Óptimo Máximo y el Capitolio en Roma.
Este libro de Escámez de Vera (en adelante, el A.) es la publicación de una tesis doctoral que ha sido galardonada con el premio extraordinario de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid y otro otorgado por Sociedad Española de Ciencias de las Religiones.
Ambos reconocimientos hablan objetivamente de la valía de Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 una obra que supone una novedad excelente en el horizonte, ciertamente no amplio, de los estudios sobre la religión romana en España.
Si es un lugar común la importancia esencial de Júpiter como divinidad suprema del estado romano, de la ciuitas entendida como esa estructura polar que tiene a los hombres y a los dioses como referentes, la verdad es que no han sido muchas las aproximaciones historiográficas que han tenido a esta deidad como elemento clave de análisis, a partir de una aportación como la de Koch que, sin embargo, no ha tenido mucha presencia historiográfica13.
Eso hace particularmente valiosa la aportación de este libro, en un formato denso y profundo, con una sistemática referencia a fuentes tanto antiguas como modernas.
El primer capítulo introductorio de la obra sirve para marcar los espacios metodológicos en los que se mueve el A. En concreto, en torno a los conceptos de propaganda, ideología y hegemonía.
La clave de la imagen pública del gobernante se construye a partir de una serie de elementos de carácter religioso, siendo los principales la literatura, la numismática, la estatuaria, la epigrafía, los monumentos públicos y, por último, pero no con menos importancia, la utilización de los prodigios (p.
Y ello no podía ser de otro modo, ya que la legitimidad del gobernante dependía del beneplácito de los dioses, por lo que, a falta de principios de sucesión dinástica que justificaran su poder, los príncipes de la dinastía flavia, elemento nuclear del estudio, fomentaron la concepción del poder imperial como una concesión divina.
Consciente el A. de lo polémico que puede resultar el uso del término «propaganda» por las connotaciones negativas que implica -como comunicación persuasiva característica de los regímenes totalitarios del s. XX-, especialmente en los medios anglosajones -que prefieren utilizar el término publicity-, defiende su uso en el mundo romano en cuanto que estaríamos ante una creación o manipulación de la opinión, no a través de medios coercitivos físicamente, sino de una comunicación persuasiva emitida desde el poder político a través de un lenguaje simbólico plasmado en la iconografía, la arquitectura o los prodigia, y que forma parte de los aparatos ideológicos del estado en sentido althusseriano (pp. 16-17).
Con todo, cabe alguna duda acerca de la plena pertinencia de este vocablo: plantear la manipulación de la opinión a través del uso de mensajes religiosos por parte del poder no deja de recordar algunas visiones historiográficas acerca de una utilización política de la religión -interpretada en clave de hipocresía o cinismo-por parte de las grandes figuras de la antigua Roma, aunque no sea esta la posición del A. Creo que hechos tan apasionantes como los que se estudian en esta obra se inscribirían mejor en el reconocimiento de la importancia esencial de la religión como sistema de comunicación (en imágenes, arquitectura, textos literarios o epigráficos).
A partir de estas bases, Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 los objetivos persuasivos se presuponen, pero parece más difícil una interpretación concreta por parte del historiador actual fuera del contexto en el que se originan.
En todo caso coincido con el A. en que tesis que defienden la importancia limitada de las imágenes en la moneda están afortunadamente superadas.
De hecho, como ya propusiera Fergus Millar, la moneda es el mejor medio para la expresión y el conocimiento de las identidades locales -es decir, urbanas-en el Imperio romano, especialmente en la parte oriental grecoparlante, a través de un mensaje que contiene al tiempo la globalización imperial de los anversos -con los retratos imperiales-y una identidad local en los reversos que se expresa siempre a través de la religión.
De ahí, como acertadamente señala el A., la obsesión de los emperadores de acuñar nuevos tipos al llegar al poder, sobre todo en períodos de crisis como la del año 69 (p.
Uno de los aciertos de la obra es el reconocimiento de la importancia que el rumor tenía en la transmisión de la legitimación religiosa del poder imperial, en concreto a través de omina y prodigia considerados como signos de la voluntad divina, que se desarrollan especialmente en períodos de crisis (pp. 27 y 28).
A la bibliografía señalada al respecto sobre el rumor como medio de comunicación característico del comportamiento de masas o como herramientas de autores como Tácito, podrían añadirse otras obras referidas a contextos diversos, que reconocen su importancia y su papel ambiguo como elemento de disrupción o de pegamento social14.
De particular importancia parece el papel desempeñado por las clientelas, los collegia y los vici en la propagación de este tipo de comunicación: de ahí la reforma de los compitalia abordada en el principado augústeo, a través de la cual el poder imperial trataría de acaparar algunos de los principales medios de transmisión de los mensajes políticos utilizados en época tardorrepublicana.
Igualmente, se valora la importancia de los los circuli -reuniones informales de la plebe urbana-y de los espacios de acuartelamiento militar -castra-, al igual que los banquetes -convivia-de las elites (pp. 36-39).
Aunque se trata de un estudio centrado en la utilización político-religiosa de Júpiter por parte de la dinastía flavia, incluye un capítulo -el segundo-de evidente interés sobre el papel de Júpiter en la legitimación religiosa del poder político en Roma, tanto en la época monárquica como durante la República y el Principado.
El punto de partida (pp. 45 ss.), ya señalado por Gradel, es que la concesión de los atributos (iura regalia) característicos del rex etrusco a Júpiter posibilitó a un tiempo la Emerita LXXXVIII 2, 2020, pp. 359-384 ISSN 0013-6662 legitimación de este como rey de los dioses y cabeza del estado y del monarca como rey de los mortales, de forma que esos atributos compartidos estarían visibilizando su preeminencia.
A partir del omen imperii de Tarquinio Prisco, con el águila jupiterina que arrebata y vuelve a colocar en su cabeza el pileus (Liu.
I 34.9), los magistrados republicanos solo eran confirmados si los auspicios mostraban el consentimiento de Júpiter.
Algunas enseñas del imperator en su desfile triunfal eran las de la divinidad suprema del estado, en un ritual que influirá decisivamente en el culto imperial.
Y será a partir de Escipión el Africano cuando se subraye una relación directa entre determinados individuos dotados de carisma (o felicitas) y la deidad, afirmando en Roma la teología de la victoria helenística; una victoria concebida como resultado de la intervención directa de Júpiter a favor del personaje especial a causa precisamente de su pietas (p.
Se trata de una apropiación personalista de los prodigia15 y de la justificación divina del poder como elementos de una legitimación política que, a través de Sila, alcanzará su culmen en los momentos finales de la República con Pompeyo, César, Antonio y Octavio.
La recuperación del augurium salutis por parte de Augusto, quien ya desde sus inicios utilizó sueños proféticos, prodigios y omina como elementos de legitimidad política, confirmará la autorrepresentación del príncipe como intermediario entre la divinidad y el resto de los ciudadanos y como garante en consecuencia de la pax deorum, si bien a partir de Claudio ese ritual será reemplazado por los votos anuales por la salud del emperador (p.
Igualmente, la utilización augústea de determinadas elementos iconográficos -águila y cetro, lituus como elemento de mediación con la divinidad-en piezas como la Gemma Augusta de Viena contribuirá a reforzar ese mensaje, del mismo modo que la corona cívica subraya en las monedas su papel protector de la comunidad por delegación divina (p.
75), lo que subrayan igualmente las fuentes literarias que aluden al triunfo sobre Antonio o los presagios (omina mortis) con motivo de la muerte del príncipe, simbolizados por el águila que asciende a los cielos desde la pira funeraria y que señala su conversión en divus, abriendo la puerta a la legitimación dinástica (p.
Calígula representará un grado más en la exaltación de su relación con Júpiter, que intensificará Nerón a través de tipos numismáticos -como los de Iupiter Custos o Iuppiter Liberator-que influirán en las acuñaciones flavias o antoninianas (p.
El propio Séneca presenta a Nerón en sus tratados como el intermediario de la divinidad.
El capítulo tercero se dedica al año de los Cuatro Emperadores (69 d.C.), cuando se multiplican los prodigios para subrayar la ruptura de la pax deorum en un escena-rio apocalíptico.
Es en ese marco donde la propaganda de todos ellos, carentes como estaban de legitimidad dinástica, enfatizará predestinación divina y la justificación jupiterina de su poder, tras los prodigios negativos que acompañan al final de Nerón.
Es el caso de los omina imperii de Galba (como el de la fatidica puella de Clunia realizado doscientos años antes: Suet., Gal.
9.2), que utilizará además mensajes «republicanos» a través de tipos como los de Roma Renascens o Roma Restituta como salvador de la Vrbs en época de las guerras civiles (p.
Pero, como sucediera en el caso de Nerón, diversos omina mortis conocidos a través de las fuentes literarias estarían mostrando la pérdida de la protección de la deidad (pp. 119-120).
La carencia de omina imperii destacados en el caso de Otón, que supone un retorno al neronismo en las acuñaciones, estaría mostrando su imagen negativa (p.
En cuanto a Vitelio, aparece como encarnación del máximo grado de impiedad, llegando a robar incluso a los dioses las ofrendas de sus templos (Suet., Vit.
5.1), pese a la acuñación de moneda con la leyenda I.O.M. Capitolinus. |
Es habitual que los libros colectivos (este lo escriben 18 autores) ofrezcan en su título más de lo que dan.
Este no ofrece una visión general sobre el tema, tan importante, del influjo del Platonismo en todo el mundo posterior, sino una serie de monografías sobre diferentes aspectos del tema.
Una amplia perspectiva sobre el neoplatonismo y su influjo se logra leyendo los diferentes artículos, de todos modos, pero se centran, naturalmente, en temas monográficos.
En general se trata, ya digo, de aspectos del neoplatonismo y su difusión.
No en todos los casos.
Por ejemplo, el primer artículo de todos, el de H. Krämer, «Platons Philosophie der Principien» ataca a la misma definición de la Filosofía platónica: con cierta audacia propone que los diálogos "espúreos" y montones de anécdotas y referencias doxográficas pueden pertenecer al núcleo mismo de la Filosofía de Platón, a aquello que se comentaba en la escuela pero no recibía forma escrita.
Y otros artículo, pienso en el de Ch.
Schulte, «Jüdischer Sokrates und jüdischer Diogenes: Platonismus und Antiplatonismus in der jüdischer Aufklärung» poco o nada tienen que ver ni con Platón ni con el Platonismo.
Por supuesto, es difícil reseñar un libro de esta naturaleza, pero pueden establecerse, dentro de él, apartados, claro que parciales y que no lo abarcan todo.
Uno, importante, es el de los artículos iniciales que se ocupan de los antiguos platónicos y neoplatónicos: Filón, Orígenes, Boecio, el Pseudo-Areopagita, etc. Artículos importantes de las distintas etapas de este pensamiento en la Antigüedad, pero que dejan conscientemente al margen los momentos esenciales, sin duda que por mejor conocidos: Plotino y San Agustín, entre otros.
Pero quizá el libro alcance mayor interés en el sector que se dedica al platonismo y neoplatonismo medievales.
El sector de la literatura filosófica latina, judía (en hebreo o árabe) y musulmana que halla su inspiración en Platón y Plotino, casi siempre por vías indirectas, y en que el platonismo se combina a veces con escritos muy varios.
La cuestión es que, del Irán a París, pasando por Bagdad, Al Andalus, Toledo y otros lugares, existió a partir del siglo IX, hasta el XIII o después, una comuni-dad de doctos, que trataba de aplicar el platonismo a la resolución de problemas cosmológicos, al problema del Uno y al del Ser, al de la Belleza y a la penetración en la esfera teológica musulmana y cristiana.
Más fácil en el primer caso, por las características de aquella religión.
En fin, hubo una reacción aristotélica y una desviación del pensamiento en otras direcciones.
Pero ese momento de continuidad y de unidad, fue importante.
Son varios los artículos que se ocupan de estos temas.
Me ha interesado muy especialmente, sin demérito para los otros artículos, el de J. van Ess, "Arabischer Neuplatonismus und islamische Theologie", p.
El papel de los cristianos de varias sectas y de los paganos, en Harran y otros lugares del Irán, fue esencial, como lo fue la autoría de los siriacos cristianos políglotas en las traducciones del griego al árabe en Bagdad desde el siglo IX.
El tema, que es importante, está tratado con sumo detalle.
Y son importantes, también, los artículos sobre Avicenna (p.
Respecto a los cristianos, los temas son más marginales, aunque destaco el artículo sobre la recepción del tema de la Belleza (p.
El del "eterno retorno" de Nietzsche, está anticipado en varios autores medievales, pero no veo claramente su platonismo.
En general, el platonismo medieval cristiano está un tanto abandonado en el libro.
Aunque hay que destacar el artículo sobre el maestro Eckhart (p.
Otros artículos, finalmente, se refieren al influjo neo-platónico en época moderna: en Goethe, Schiller, etc. El panorama que ofrecen es bastante fragmentario.
Al comienzo del prefacio de este libro su autor afirma que su obra, "producto final de una reflexión de helenista inicialmente muy reservado en la incidencia de las literaturas próximo-orientales sobre el desarrollo de temas y géneros poéticos en la civilización griega arcaica... se concibe como una investigación en antropología literaria de la sexualidad guiada en torno a la expresión de la amistad masculina en los cantos III, IV y XV de la Odisea y en la 'historia de Jonatán' en I Samuel" (p.
IX) y advierte un poco más adelante que "esta monografía no debe nada a los rituales universitarios de la tesis o de la habilitación y poca cosa a las convenciones académicas en general, habiendo sido trabajada por la iluminación personal de su autor, apasionado, a título de aficionado, por las lenguas y antigüedades orientales" (p.
XVI) en los momentos de tiempo libre mientras acababa su tesis doctoral sobre la filología homérica histórica y la historia de la transmisión de la Ilíada.
XV 4-7 y 44-45, y comparará con la que aparece en relatos del Próximo Oriente, para determinar su dependencia.
Nardelli subraya cómo Homero en el texto de la Odisea juega con el espacio del palacio de Menelao a la hora de señalar el acomodo que Menelao dio a Telémaco y a Pisístrato en Odisea III y cómo el esquema se repite casi literalmente en el libro IV.
El hecho de que el autor de la Odisea señale que a los dos jóvenes se les diera cama en el pórtico y que a continuación se diga que Menelao y Helena dormían en el fondo de la casa, le lleva al autor a pensar en la relación homosexual de los jóvenes, propia de la sociedad doria, lo que ve confirmado por la patada que dio Telémaco a su compañero para despertarle y decirle que Atenea le había sugerido que prosiguiera el viaje.
Estas escenas homófilas marcarían la entrada del hijo de Ulises en el mundo de los adultos y en este rito de pasaje el nestórida Pisístrato habría sido su iniciador.
En el estudio del pasaje bíblico se alude a las resonancias y evocaciones que el léxico de este pasaje despierta en el autor.
Se presenta la amistad privilegiada entre los dos jóvenes, su delicadeza de sentimientos y se hace hincapié en que se llamen "hermanos", como también Gilgamesh y Enkidu se consideraban hermanos, lo que junto a otros indicios, podría apuntar, en opinión del autor, a una relación homoerótica.
Así la "alianza" que se establece entre David y Jonatán puede evocar la "alianza" matrimonial, lo mismo que su "fraternidad", si los cantos de la diosa sumeria Inana por la desaparición de su amante Dumuzi se ponen como telón de fondo a la elegía de David por la muerte de Jonatán.
El tercer capítulo se titula "Influencias culturales y problemática antropológica" (pp. 92-136) y rastrea las influencias culturales que podrían haberse dado entre los pasajes estudiados.
Nuestro autor considera que si la épica de Gilgamesh influyó en la épica griega, como West señalara, también el autor de la Odisea podría haber conocido los términos e imágenes en que se expresa la amistad entre David y Jonatán a través probablemente de la expansión colonial fenicia.
Ambos pasajes reflejarían, según Nardelli, la pederastia iniciática.
Sigue a este capítulo el de conclusión (pp. 137-145), en el que se abunda en la relación homosexual de las dos parejas de amigos, la de David y Jonatán, reflejada en su solidaridad como compañeros de combate y en la elegía del "canto del arco", y la de Telémaco y Pisístrato, reflejada en la hospitalidad que reciben de Menelao, y que encontraría su antecedente en el poema de Gilgamesh.
Siguen a la conclusión tres apéndices, el primero (pp. 137-169) sobre la polaridad griego/"bárbaro" en la edad clásica, cuya relación con la monografía no acabamos de ver; el segundo (pp. 170-180) versa sobre cuestiones de método y de cronología, y el tercero (pp. 181-245), que se llama "comentario adicional" y ocupa una cuarta parte del libro, son una serie de notas, diferentes a las de pie de página, al texto principal.
El ejemplar que yo he manejado tiene además varias hojas en blanco (pág. 3, 14).
Tiene razón el autor, creemos que hoy nadie lo duda, al señalar que la cultura y literatura griega son en buena medida deudoras de las del Próximo Oriente.
Sin embargo, los pasajes elegidos quizás no sean los más adecuados para demostrar esa dependencia.
Echamos de menos en este libro el rigor, método y articulación en el trabajo que aconsejan las convenciones académicas así como una mayor coherencia en el proceder metodológico y en el ensamblaje de las partes del libro, al modo que nos tienen acostumbrados los trabajos universitarios franceses.
MERCEDES LÓPEZ SALVÁ Universidad Complutense.
BURGALETA MEZO, J., El mito de Heracles, Cáceres, Universidad de Extremadura (Suplemento no 5 del Seminario Interfacultativo de Lectura), 2004, 141 pp.
La presente obra, un verdadero opus magnum en cuanto puesta al día y redefinición del proceso de construcción histórico-mitológica del caso de Heracles, constituye una parte del capítulo de la tesis doctoral (nov.
1992), remozada y actualizada, del profesor Fco.
Javier Burgaleta Mezo, del Departamento de Ciencias de la Antigüedad de la Universidad de Extremadura, que dedicó a esta enigmática figura.
Cuatro capítulos con sus casi cuatrocientas notas eruditas y explicativas y un completo elenco bibliográfico sirven al lector de status quaestionis de aspectos relacionados con los cultos dedicados a Heracles, las iniciaciones, el Heracles dáctilo y su asociación con Deméter (cap. 1, visión general en relación con ciertos aspectos de sus ritos), la estructura del mito de Heracles, tanto en Apolodoro como en Diodoro Sículo, así como las hipótesis de G. Dumézil en torno al mismo (cap. II), la construcción histórica del mito de Heracles, desde los poemas homéricos, Hesíodo, la lírica griega arcaica (Estesícoro, Píndaro, Baquílides), los logógrafos, los dramaturgos, la comedia y los dramas satíricos (literatura de entretenimiento que tanto gustó del mito objeto de análisis por las posibilidades que ofrecía), sin dejar de lado el "rol" de Heracles en la iconografía, desde la época geométrica y arcaica hasta el clasicismo, ni la cronología de los componentes de la saga de Heracles (Heracles prehomérico y homérico, Heracles posthomérico y arcaico, fijación del ciclo: Heracleias y una muy breve referencia a Heracles én época helenística (cap. III).
Finalmente, un interesante capítulo, como colofón a la obra, sobre la interpretación del mito de Heracles, desde el punto de vista psicológico y simbólico, hasta el estructural y otras vías de aproximación, así como sobre los usos tópicos del arquetipo mítico (cap. IV).
No cabe duda de que el enfoque poliédrico de aproximación al mito de Heracles, uno de los más populares de la cultura griega, hacen de la obra que reseñamos un primer elemento de laudatio merecida.
Una obra que se atreve, con las respectivas e inevitables elucubraciones científicas, a bucear en la multiplicidad de aspectos que cobija la figura de Heracles, en quien se encuentran, parafraseando a Walter Burkert, "las potencias para superar la religión griega".
Las fuentes que utiliza el prof. Burgaleta para su análisis, en particular, la Biblioteca de Apolodoro -o mejor Ps.-Apolodoro-o la Biblioteca historica de Diodoro Sículo, ofrecen exposiciones ciertamente sistemáticas del mismo y no simples referencias puntuales.
En concreto, de este último historiador, considerado por A. Lesky como "historiador de tijeras y engrudo", el autor saca toda una enjundiosa exposición del mito llena de vitalidad y un uso del mismo adecuado a las circunstancias del momento.
Su Biblioteca histórica (nombre que para algunos estudiosos es indicativo en sí mismo de tratarse de un catálogo de fuentes), nos ofrece aspectos de verdadero interés, alejando al prof. Burgaleta de considerarla simplemente como la obra de un recopilador falto de sentido crítico, que monta su relato sobre piezas sueltas que no trata de ocultar (supuestamente un manual mitográfico de Dioniso Escitobraquión y otros autores como Éforo, Duris, Filarco, etc.).
Entre las publicaciones del prof. Burgaleta relativas al tema que nos ocupa son: "Georges Dumézil, Diodoro Sículo y un ensayo de análisis alternativo", Puertas la lectura (U. Extremadura), 17 ( 2004) 183-197, en dónde el autor ya abordó el análisis de los textos identificados por G. Dumézil como coincidencias significativas en la estructura del relato de Heracles en Diodoro Sículo y del mito heroico indoeuropeo, con conclusiones distintas a las alcanzadas por el investigador francés.
También, cabe reseñar su documentado trabajo "Santuarios y entornos sagrados en Chipre.
Del periodo geométrico al clasicismo", Espacio, Tiempo y Forma.
A nuestro entender, en el terreno de lo deseable, junto a la gran cantidad de noticias mitológicas en torno a Heracles, hubiera sido interesante una comparación entre dicho personaje mitológico y otros de la saga como Perseo, Belerofonte y, sobre todo, Teseo, para elucidar mejor las características del primero.
Así, por ejemplo, Heracles (héroe dórico, panhelénico) y Teseo (héroe ático, panhelénico también) son dos personajes caracterizados por sus proezas.
Presentan cierto paralelismo, ya que ambos son hijos de reyes, aunque en realidad lo son de dioses.
Teseo era hijo del rey Egeo, mientras que Heracles era hijo de Alcmena y de Anfitrión, rey de Tirinto, aunque sus respectivos padres eran, en realidad, Posidón (no en todas las versiones míticas) y Zeus.
Asimismo, Heracles acabó con los antiguos tributos que supeditaban la ciudad de Tebas a un rey, mientras que Teseo acabó con los antiguos tributos que supeditaban la ciudad de Atenas a Minos, rey de Creta.
Los trabajos de Heracles y Teseo son aspectos de una lucha contra lo que es monstruoso y contra el exceso de determinados hombres.
En estos trabajos destaca la labor civilizadora en empresas individuales en donde el héroe vence al mal (muerte del Minotauro por Teseo, captura del león de Nemea, liberación de Prometeo por Heracles, etc., entre otros).
En cuanto a la bibliografía citada, copiosa y exhaustiva ciertamente en todos sus aspectos, notamos a faltar los estudios recientes de Jesús Lens Tuero, fallecido recientemente, sobre Diodoro Sículo, del que dirigió la primera traducción al castellano y sobre el cual publicó varios trabajos importantes, o los de los profesores Chamoux (sobre el carácter biográfico de la Biblioteca Histórica) y Maldonado Villena (un verdadero status quaestionis sobre el origen del lenguaje según Diodoro, I 8.3), publicados en Sánchez Marín, J.A., Lens Tuero, J., López Rodríguez, C., (eds.), Historiografía y biografía, Actas del Coloquio internacional sobre historiografía y biografía (de la Antigüedad al Renacimiento), Granada, 21-23 de septiembre de 1992, Madrid, E.Clásicas, 1997.
En conclusión, El mito de Heracles es una perspectiva actualizada del mundo mítico y religioso de esta compleja figura, cuya finalidad ha sido la de abarcar, discutir y poner al día (mise au point) un mito concreto entre sus mitemas, sus versiones míticas y la compleja cuestión de las visiones universales del mito.
Lamentablemente, quizás se echen en falta unas conclusiones finales en la obra que reseñamos.
Por lo demás, algunos errores tipográficos afean la bella factura del libro (e.g. "respectos de la obra" (p.
90) o Paniasis citado correctamente y erróneamente como "Panyasis" en la misma pág. 90, o "reciven" (p.93), entre otros), errores que, a buen seguro, serán subsanados rápidamente en ulteriores ediciones.
Un libro, en definitiva, que sirve como obra de referencia digna, con la seriedad que se requiere, y que facilita una consulta ágil, amena y sin elucubraciones innecesarias.
Desde la celebración del primer Congreso de la ICAN, el interés por los estudios sobre la novela antigua ha crecido sustancialmente, y los trabajos centrados en ella han ido evolucionando de forma relevante, destacando de forma especial aquellos que releen estos textos antiguos desde la óptica de la teoría literaria moderna o la relacionan con los más sorprendentes contextos.
Prueba innegable de ello es el volumen que tenemos en las manos.
Las comunicaciones seleccionadas que integran esta obra fueron revisadas y reelaboradas especialmente para su publicación, y los nombres que firman los artículos son los más conocidos y relevantes entre los estudiosos de la novela antigua.
La Introducción está a cargo de M. Zimmerman, quien hace una serie de consideraciones generales sobre la situación y futuro de los estudios sobre el género, y presenta los temas objeto de investigación y los diversos enfoques posibles tomando como ejemplo algunos de los artículos contenidos en el volumen.
La obra está dividida en tres partes, The Ancient Novel in Context, The Ancient Novel in Focus, y Beyond the Ancient Novel; dentro de cada una de ellas se distribuyen, de diez en diez, los treinta artículos que la componen.
Ya el título con el que se designa a cada uno de estos apartados resulta grandemente significativo y adelanta los diversos y amplios campos de investigación en los que pueden centrarse los estudios sobre novela antigua y su próspero futuro.
En el primer apartado, The Ancient Novel in Context, encontramos una serie de artículos que estudian aspectos de las novelas en contextos variados, como el estudio que hace E. Finkelpearl de la posible relación entre el texto de Apuleyo y la Vita Aesopi centrado en la presencia y actuación en ambas de la diosa Isis, de la que se resalta la importancia como diosa de la escritura que da poder al humilde para recobrar y glorificar su voz.
Le siguen a este trabajo estudios relacionados con el contexto del espectáculo.
El acertado artículo de F. I. Zeitlin que explora, según ella misma dice, la confianza de Caritón en el poder de las imágenes reales o imaginarias, examinando todos los aspectos visuales que se dan en la novela.
Resalta la autora además cómo dichos aspectos se encuentran perfectamente integrados en la acción y actitudes de los personajes.
Por su parte N. W. Slater, gran conocedor de Petronio, se centra aquí ingeniosamente en uno de los aspectos más atractivos de la obra de Apuleyo: la conversión del espectador en espectáculo.
"Ver y ser visto" es uno de los temas centrales de El Asno de Oro, así Slater nos va a explicar el modelo de alusiones visuales en la novela y cómo el narrador deja gradualmente su posición como espectador para convertirse en parte del espectáculo.
Pocos son los estudios conjuntos de los relatos de ficción antiguos y los cristianos, por ello resultan especialmente interesantes los artículos de K. Chew y S. Panayotakis que relacionan aspectos de la violencia en los textos novelescos con textos hagiográficos y cristianos.
Completan este apartado dos artículos que tratan de la relación entre la filosofía antigua y la ficción, los de K. Morgan y A. Laird: ambos están centrados en los diálogos de Platón.
De los dos resulta especialmente sugerente el de A. Laird que intenta ilustrar la profundidad de las relaciones entre filosofía y ficción centrándose en un aspecto concreto: la compleja respuesta a Platón en las Verae Historiae de Luciano.
En el segundo apartado, The Ancient Novel in Focus, encontramos una serie de artículos que dedican su atención a los textos novelescos en sí mismos y por sí mismos.
Entre ellos podemos destacar en primer lugar dos que acuden para su análisis a la narratología.
El de J. Morgan se centra en el análisis de Dafnis y Cloe, y concluye que la aparente ambigüedad de Longo se puede entender mejor como producto de su particular y sutil técnica narrativa.
Destaca la polifonía de voces literarias en la obra, especialmente cuando al narrar hay una separación entre la voz del autor y la voz del narrador, cuyo estatus y carácter determina la forma en que se cuenta la historia.
Por su parte T. Whitmarsh dedica su atención a Leucipa y Clitofonte y su inusual narración en primera persona que determina la selección e interpretación de lo que se narra.
Aquiles Tacio subvierte la autoridad del narrador proponiendo lecturas contrarias, perspectivas alternativas que vienen determinadas sobre todo por la identidad sexual del que habla.
L. Graverini y D. Lateiner estudian la novela de Apuleyo y el diálogo que ésta mantiene con la anterior literatura griega y latina.
Graverini se ocupa del análisis intertextual de algunos relatos breves a los que considera una especie de experimento de Apuleyo con ciertos géneros literarios, los cuales en ocasiones aparecen sugeridos por ciertas marcas genéricas más o menos explícitas que preceden a las historias.
Lateiner, por su parte, examina los míticos y literarios antecedentes del espectral regreso de Tlepólemo, el esposo muerto.
S. Harrison y S. Nimis prestan su atención a la estructura de las novelas.
Harrison lleva a cabo un muy interesante análisis de la apertura y cierre de los libros de la novela de Apuleyo, y los compara con los de la antigua épica.
El texto del autor latino se presenta como para-épico.
Usa modelos y temas épicos pero con un matiz paródico e incluyéndolos en un género diferente y menos digno que su antecesor: el género de ficción en prosa con su presentación de un mundo prosaico y sus conexiones milesias.
Concluye Harrison que estas alusiones a la épica están perfectamente planificadas por el autor.
Nimis, en un artículo centrado en las novelas griegas Quereas y Calírroe y Dafnis y Cloe, estudia lo que considera puntos de cierre y evaluación a la vez que de apertura y nuevas posibilidades, y que aparecen hacia mitad de estas novelas: una cesura bien definida marcada por una combinación de elementos formales y temáticos.
F. Létoublon atendiendo al "texto dentro del texto", profundiza acertadamente en un tema sobre el que hay muy pocos estudios: las cartas insertas en las novelas.
Estudia el género de forma rigurosa y metódica: se fija en la lingüística para la observación de las formas del género epistolar, y en la narratología para valorar el empleo de éste dentro del género novelesco.
En el tercer apartado, Beyond the Ancient Novel, los estudiosos abordan los más amplios y sorprendentes contextos posibles de las novelas.
En primer lugar encontramos tres estudios sobre cómo la literatura antigua es usada de nuevo y adaptada en la novela.
G. Zanetto hace uno de los estudios más interesantes del volumen y, desde luego más sugerentes de cara al futuro, centrándose en el uso del yambo en la EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 175-188 ISSN 0013-6662 novela griega, no sólo en el texto literario, sino también en un nivel más profundo, en la estructura narrativa.
Emplea para su análisis y demostración sobre todo la obra de Aquiles Tacio.
J. Hallet en un trabajo con un título de difícil interpretación ( Resistant (and enabling) Reading: Petronius' Satyricon and Latin Love Elegy), combina la crítica feminista moderna con el análisis intertextual; se centra en Petronio y su episodio de Quartilla (16-26) comparándolo con Propercio IV 8 y la elegía latina como género.
La comparación resulta convincente y las conclusiones ilustran y aclaran con bastante éxito la oscuridad del título del artículo.
D. van Mal-Maeder en un inteligente y atractivo trabajo, aborda el uso que del material declamatorio hacen las obras de Petronio y Apuleyo.
Ambos autores se apropian del material empleado en los ejercicios de las Escuelas de Retórica y lo convierten en obras de diversión paraliteraria para un público de adultos, adaptándolo al universo novelesco.
Otros artículos se dedican a resaltar el papel de las novelas como fuente de inspiración para la premoderna y moderna literatura.
Así N. Holzberg reivindica en su estudio el papel de Hans Sachs como adaptador a la escena de tres argumentos de la antigua prosa narrativa aprovechando sus posibilidades didácticas: una tragedia sobre la caída de Troya, otra sobre la vida de Alejandro y una comedia sobre Esopo.
La novela bizantina también es objeto de atención: R. Harder la retoma situándola en la cultura de su tiempo, mientras que I. Nilsson la considera una creativa reelaboración de sus modelos, y W. J. Aerts como una reelaboración de motivos, en su estudio concretamente del motivo de "el rapto del serrallo".
Los tres últimos trabajos abordan los contextos más novedosos: G. Berger se ocupa de los intrincados juegos intertextuales que hace Humberto Eco en su novela L'isola del giorno prima con Clélie de M. De Scudéry y las Etiópicas de Heliodoro, entre otros textos.
Fusillo hace una muy buena aportación a este volumen centrándose en los fragmentos póstumos de la inacabada obra de Passolini Petrolio en su reescritura del Satyricon, y la compara con otros escritos que el considera textos menipeos modernos.
Cierra el libro una excelente, útil y completísima bibliografía actualizada sobre la novela en el mundo antiguo.
La utilidad de este obra, como todos aquellos volúmenes que resultan de Congresos y que recogen breves artículos de temática diversa y especializada, parece restringida a los especialistas que conocen muy bien los textos y materiales de los que se trata.
Sin embargo, muchos de estos trabajos basados en textos antiguos, por su innegable actualidad pueden resultar también sugerentes y atractivos para aquellos estudiosos interesados en los orígenes, tanto formales como temáticos, de la narrativa moderna.
Y es que The Ancient Novel and Beyond es, no un paso más, sino una zancada en el cada vez más transitado camino de los estudios sobre novela antigua.
Enfrentarse a la ardua tarea de traducir, y por tanto interpretar, una obra clásica de tanta envergadura, por la amplitud y complejidad de sus contenidos, como la Política de A., es de por sí un empeño loable, y más aún cuando los resultados son tan meritorios como los del libro que aquí se reseña, del todo recomendable tanto por su traducción como por el amplio estudio preliminar.
La introducción (pp. 7-92), a cargo de Pedro López Barja de Quiroga, es muy completa en los temas tratados y en los distintos puntos de vista que recoge.
Su claridad y buen estilo hacen muy grata la lectura.
Aunque quizá predominan las observaciones de tipo histórico, el autor da cabida también a los aspectos filológicos, filosóficos y jurídicos más relevantes.
Entre sus aportaciones son de especial interés las comparaciones que establece entre las tesis de A. y varios modelos políticos del s. XX.
Cabe destacar la manera impecable en que traza la biografía del filósofo (pp. 11-24), así como la fortuna de su obra en la Antigüedad, de la que cuestiona muchos de sus elementos legendarios (pp. 25-29).
Resultan muy sugerentes su análisis de las relaciones entre la Política y la Ética (pp. 32-34), su crítica a las propuestas de cambiar el orden tradicional de los libros de la Política y sus referencias a las tesis sobre la datación de la obra (pp. 35-7).
El mayor número de páginas (pp. 37-81) está dedicado a cada uno de los libros y sus problemas más importantes.
A diferencia de los otros, el libro II, pese a su gran interés histórico y filosófico, por los datos que aporta sobre varios modelos políticos y por la actitud de A. hacia ellos, no es analizado y sólo se ofrece de él una breve sinopsis (p.
En el apartado sobre el libro I (pp. 37-46) destaca la exposición de las ideas aristotélicas acerca de la inferioridad natural de esclavos y mujeres (pp. 39-43).
En el siguiente, titulado «La polis como comunidad (libro III)» (pp. 46-58), es notable la pequeña digresión (pp. 48-51) sobre si la polis se parece o no al estado moderno, en la que el autor, polemizando con Hansen, defiende que las diferencias son más que las semejanzas, sobre todo por el mayor tamaño de los estados modernos y porque los ciudadanos participan indirectamente en el gobierno, eligiendo a sus representantes.
En la sección «Los regímenes políticos (libros IV-VI)» (pp. 58-72), no expone por orden y en detalle todos los temas tratados, muchos y complejos, sino que se centra en los más importantes.
Con acierto, reflexiona sobre ellos a la luz del pensamiento político moderno, gracias a lo cual la lectura del texto antiguo cobra un nuevo interés.
Trata a continuación de los grupos sociales que componen la ciudad y recoge en un cuadro los seis tipos de constitución que distingue A. (aunque no da la referencia del pasaje; pp. 60-63).
Explica muy bien los criterios del filósofo para definir cada una de ellas (su finalidad y el número de los que gobiernan, así como el EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 175-188 ISSN 0013-6662 grado de riqueza y de libertad de éstos, pp. 63-68) y ofrece un esquema muy ilustrativo (p.
Efectúa también un análisis muy afinado del sistema intermedio que el Estagirita prefiere como alternativo al democrático y al oligárquico, y que denomina politeía, para la que se propone la atinada traducción de "régimen constitucional" (pp. 69-72).
Los dos últimos libros, a los que se dedica menor espacio («Régimen ideal.
Libros VII-VIII», pp. 72-75), reciben por parte del autor críticas muy duras, dado que fundamentan un estado muy exigente, una aristocracia moral, en el que la libertad individual se subordina al estado y las leyes no emanan del pueblo sino que son sus educadoras.
Aunque el autor comienza la introducción (pp. 7-10) tratando de exonerar a A. de cualquier acusación eventual de totalitarismo, en la p.
73, incurriendo en cierta contradicción, califica el proyecto de los libros VII y VIII como «un espanto totalitario, basado en la discriminación sistemática».
Parece un juicio algo severo e injusto, pues no podemos esperar que en la Antigüedad estén asentados conceptos modernos como los derechos individuales, la igualdad de todos los hombres o la soberanía popular.
Además, para A. el objetivo de la polis no es el poder estatal absoluto, sino la felicidad de los ciudadanos.
En «El imperialismo, según A.» (pp. 76-81, cf. 57-58), López Barja de Quiroga combate la communis opinio de que A. no supo prever el final de la polis causado por el imperio de Alejandro.
Cree que la polis ideal descrita en los libros VII y VIII es viable y que el filósofo tiene en cuenta que de los nuevos pueblos sometidos podrían obtenerse los numerosos esclavos necesarios para sustentarla.
Particularmente, no considero convincente esta interpretación, pues A. no menciona las posibilidades abiertas por Alejandro, y parece poco probable que pensara en deportaciones en masa de persas a las poleis griegas.
Más bien, da la impresión de que el horizonte mental de A. es la situación de Grecia previa al imperio y que no fue consciente de los cambios irreversibles provocados por las conquistas macedonias.
Sus análisis sobre el grupo de ciudadanos que gobiernan la polis implican que ésta es autónoma políticamente, y no parece haber lugar para una instancia de poder superior, claramente monárquica.
El apartado 3 (pp. 81-85) expone muy bien la recepción de A. en Occidente a partir del s. XII.
Es oportuna la mención de la influencia en la España del s. XVI de la Politica, que se utilizó por Ginés de Sepúlveda para defender la esclavitud natural de los indígenas americanos.
85ss.) trata sobre los criterios que se han seguido para la traducción (en la que se ha optado por la claridad) y sobre la transmisión manuscrita, aunque de manera algo esquemática.
La bibliografía ofrecida es bastante completa (pp. 88-92), si bien pueden señalarse algunas ausencias.
Por ejemplo, no se mencionan la bilingüe de A. Gómez Robledo, México 1963, UAB, ni las traducciones de F. Samaranch, en Aristóteles.
Se esperaría cierta valoración de estas traducciones españolas.
Entre las extranjeras, se ha omitido la de la colección Loeb: H. Rackham, 1932.
En el apartado sobre la Política se echan en falta algunas obras importantes, sobre todo en lengua alemana, como: J. von Arnim, Zur Entstehungsgeschichte der aristotelischen Politik, Wien, 1924 En cuanto a la traducción de la obra, podemos afirmar que está sumamente lograda.
Es a la vez precisa y con un español fluido y muy cómodo de leer, algo difícil de lograr tratándose de un texto filosófico de cierta aridez.
Hay además una gran uniformidad en el estilo de ambos traductores (recordemos que Estela García Fernández se ocupa de los seis primeros libros y Pedro López de Barja de los dos últimos).
En lo relativo a la traducción de términos filosóficos clave, se dan en ocasiones explicaciones parciales sobre las opciones tomadas (p. ej. en p.
5 y 6), pero no hubiera estado de más un apartado específico en la introducción sobre el problema.
De todos modos, son muy aceptables las soluciones que se han adoptado para traducir este vocabulario abstracto, aunque inevitablemente puedan plantearse objeciones puntuales.
Pongamos el caso de la célebre definición aristotélica del hombre: fúsei zÔ7 on politikón (1.2.8, 1253a, p.
99), vertido como "animal hecho por naturaleza para vivir en una ciudad" (junto a otras dos variantes para las demás apariciones: "animal sociable" [1.2.11, 1253a, p.
Justo antes de la primera aparición del sintagma, A. habla de la ciudad (pólij) como algo natural, de modo que para reflejar bien la relación léxica de politikón con pólij su traducción ideal es 'cívico' (pues ciudadano se emplea más como sustantivo).
Este término, además, recoge bien las ideas de "político y social" que conlleva politikón (pues pólij es comunidad socio-política) y tiene también la connotación de "racional, tendente al orden", la cual lo vincula con la observación que hace a continuación A.: el hombre es poseedor del lógoj, a diferencia de los animales (12).
Los autores no se han limitado a ofrecer una traducción del texto griego, sino que su labor ha sido también de interpretación, como muestra la gran cantidad de notas explicativas que incluyen para aclarar las expresiones y pasajes más complicados.
Son igualmente de gran utilidad los breves resúmenes que encabezan cada capítulo.
Pueden hacerse algunas objeciones formales, de las que sólo damos algunos ejemplos.
Varias veces se menciona la opinión de autores antiguos y modernos sin ofrecer la cita exacta del pasaje o la página (p. ej. p 19, n.
No hay coherencia en la acentuación de los pronombres demostrativos españoles, que unas veces llevan tilde (p. ej. éste, p.
No obstante, debe enfatizarse que los descuidos señalados afean el texto pero en modo alguno restan valor y solvencia al gran trabajo de traducción e interpretación de la Política realizado por ambos profesores, útil tanto para el público general que busque una primera aproximación al texto como para los especialistas de diversos ámbitos interesados en el pensamiento político del Estagirita.
MARCO ANTONIO SANTAMARÍA ÁLVAREZ
Universidad de Salamanca [EMAIL] ALBALADEJO VIVERO, MANUEL, La India en la Literatura griega.
Libro interesante este, aunque sus conclusiones no llegan más que a lo que los textos recogido, estudiados cuidadosamente, permiten.
Desde Escílax de Carianda, a través de Heródoto, de las fuentes en conexión con la expedición de Alejandro (Onesícrito, Nearco, etc.) a Agatárquides y Apolonio de Tiana (en Filóstrato), el conocimiento de la India por los escritores griegos es bastante superficial.
Se siguen unos a otros sobre las expediciones de Dioniso y Heracles, interpretan a los ascetas indios a partir de los cínicos griegos (historias de Alejandro, Dándamis y Cálano), mezclan la India y Etiopía (añadiendo aquí, es cierto, ciertos elementos reales), etc.
Algunas cosas nos hacen conocer sobre los dioses de la India, la sociedad y las castas, pero no demasiado.
No hay buenas descripciones de las ciudades, los paisa- jes, la historia.
De la gran literatura y las grandes religiones de la India saben poco los historiadores griegos.
Y eso que hubo ciudades griegas en Taksila y otros lugares y reinos indo-griegos, también hubo griegos indianizados.
Y, en realidad, una literatura indo-griega (en griego y en indio) sobre la que he escrito.
Y coincidencias entre Asoka, la Gita y entre corrientes religiosas de Grecia y la India, también en la teoría política y la fábula.
Merece todo esto un estudio a fondo.
Pero no es este el tema de este libro, sino recoger y comentar los fragmentos de los historiadores griegos, influidos por la propia tradición griega.
No salen grandes conclusiones, la verdad.
Hay mucho de tradicional, mítico y repetitivo en ellos.
La recolección de datos es cuidadosa, el estudio crítico también.
La verdad, las relaciones entre Grecia y la India fueron más importantes de lo que se ve en estos fragmentos que, por sí solos, dan unos datos muy limitados.
Pero el estudio es exhaustivo y riguroso, el libro es útil para su conocimiento crítico. |
3: «Author unknown» e G. del Cerro Calderón, Dión de Prusa.
22: «La cita es de autor desconocido».
Amato, Studi su Favorino, op. cit., In una recensione al mio libro, apparsa in EMERITA 65, 2, 1997, pp. 358-360, J. Signes Codoñer, che, nonostante le chiare ed 'autorevoli' avvertenze lì riportate, considera la mia proposta «inaceptable, non sólo porque introduce nada menos que siete cambios en el texto transmitido, sino porque además el verso reconstruido no encaja métricamente», congettura ae daímwn ‹ƒlsouj› pituÓdeoj. |
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La crítica moderna ha tratado el denominado Mythographus Homericus (MH) fundamental mente como un manual mitográfico.
La denomi nación misma que se ha impuesto es una muestra evidente de ello.
En cambio, no se ha estudiado en profundidad como una obra de exégesis homérica.
Este artículo propone una aproximación al método exegético del MH a partir del análisis de ejemplos de los papiros y de algunos escolios.
El MH comenta el texto homérico desde enfoques diversos, principalmente el mito referenciado, el contexto mítico y la glosa mitográfica a un término concreto.
A pesar de la ausencia, en la mayoría de los casos, de marcas formales de comentario, el lector antiguo sin duda leía el texto como tal en virtud de determinadas convenciones de lectura.
La tradición del MH, a pesar de haber sido alterada en su redacción a lo largo de su transmisión, se mantiene estable en sus contenidos y método.
Palabras clave: Mythographus Homericus; escolios menores a Homero; mitografía.
El objetivo de este trabajo es evaluar algunos ejemplos de las llamadas historiae fabulares del texto atribuido al autor hipotético denominado Mythographus Homericus (en adelante MH) 1 con el propósito de aportar más datos que permitan definir mejor la naturaleza de la obra en sí y el tipo de exégesis homérica realizada por su autor (o autores).
Los estudios sobre el MH publicados hasta la fecha se han centrado básicamente en dos aspectos: por una parte, el de la papirología, la transmisión manuscrita, la crítica textual y los problemas ecdóticos que suscita, y por otra, su consideración como manual mitográfico.
El hecho de que el MH parezca en una primera lectura una recopilación de resúmenes de mitos (historiae fabulares) ha despertado, desde la tesis de Panzer y, sobre todo, desde la aparición de los primeros papiros, el interés de los estudiosos de la mitografía.
Sin embargo, desde la crítica homérica el tema se ha abordado como materia marginal.
Es especialmente significativo el hecho de que Erbse eliminara las historiae fabulares de la tradición de los escolios D de su edición de los escolios a la Ilíada.
El corpus de historiae fabulares ha sido percibido como una interpolación y tratado como tal hasta los trabajos de Montanari y van Thiel.
La edición de los escolios D de van Thiel otorga a las historiae fabulares el lugar que les corresponde, y nos permite analizarlas en su contexto exegético de forma apropiada.
En definitiva, el corpus conocido como MH no ha sido objeto todavía de un estudio sistemático desde el punto de vista de la exégesis homérica 2.
1 El nombre de Mythographus Homericus fue forjado por J. Panzer (1892).
2 Tampoco en el coloquio «Mythographus Homericus: 125 years after Panzer» (Universidade de Lisboa, 16-17 de noviembre de 2017) se abordó a fondo la cuestión del valor exegético del MH.
Las contribuciones presentadas se publicarán próximamente en Pagès y Villagra (en preparación).
La percepción de las historiae como algo ajeno al corpus escoliográfico se origina en el hecho de que la mayoría de ellas pueden ser tratadas como un texto per se.
La lectura de los escolios D parece sugerir que estas hayan sido transcritas de un manual.
Pero los papiros demuestran que el texto ya estaba estructurado como un comentario desde antiguo, a pesar de que las marcas formales de comentario son muy escasas.
La historia se yuxtapone al lemma sin más explicación y, en la mayoría de los casos, el texto de la historia no hace mención alguna del lemma de manera explícita.
A pesar de lo expuesto, debemos tomar en consideración las convenciones del género en virtud de las cuales el lector es consciente de que está leyendo un comentario a un pasaje o a un término concreto del texto homérico.
Cada historia responde a uno o varios interrogantes que suscita el texto de Homero, como veremos.
Dichos interrogantes no son nunca explícitos, a la manera de los llamados escolios exegéticos3, en los que se plantea una cuestión (ζήτημα)4 que se introduce por fórmulas fijas como ζητεῖται διὰ τί o similares, a las que se da una respuesta introducida por una fórmula correspondiente: ῥητέον / ἰστέον ὅτι, λέγεται o simplemente φασί (esta última figura en no pocas historiae fabulares sin que se haya explicitado la fórmula de interrogación al inicio).
Veamos un ejemplo de ello.
En un escolio exegético a Il.
La fórmula interrogativa habitual ζητεῖται plantea la cuestión, a la que se responde mediante una fórmula en correlación λέγεται οὖν ὅτι, que a su vez introduce una breve noticia sobre el origen mítico de los mirmidones de Egina.
Pues bien, comparemos este escolio con el que aparece en los códices de clase D como comentario al mismo pasaje en forma de historia fabularis6: Ambos escolios se refieren a la misma tradición mítica, originada por la paretimología del termino μυρμιδόνεσσι, que se pone en relación con μύρμηκες,'hormigas'.
Pero las diferencias del formato del escolio son evidentes: si bien en el escolio exegético se concibe como una pregunta formular seguida de una respuesta breve y concisa, la historia es un relato completo que se narra de manera directa, sin fórmula introductoria, sin ni siquiera un mínimo nexo.
La narración, pues, ofrece detalles que no son relevantes para la interpretación del pasaje homérico, pero permiten una visión del relato en su conjunto.
Parece, pues, que las historiae fabulares evitan las fórmulas repetitivas y, por otra parte, se conciben como una unidad enunciativa por sí mismas.
Esta es la estructura que tenía el MH según se deduce de la lectura de los papiros.
Debemos suponer, pues, que el lector de esta tipología de textos, de acuerdo con las convenciones del género, entendía perfectamente que el lemma suscitaba una pregunta y era capaz de reconocerla sin la fórmula introductoria.
Cualquier lector conocedor de estos mecanismos entiende que la pregunta atañe al extraño término μυρμιδόνεσσι.
En otros escolios en los que el lemma puede ser un verso entero, la pregunta no es tan obvia a simple vista.
Lo veremos a continuación con los ejemplos que analizaremos.
Por consiguiente, como decíamos, no podemos clasificar el MH como un manual mitográfico simplemente, a pesar de que podría haber sido utilizado como tal.
El estudio del MH debe ser abordado conjuntamente desde la mitografía y la crítica homérica.
El Mythographus Homericus: estado de su transmisión textual
Debemos tener en cuenta desde el principio que, aunque los estudiosos de finales del siglo XIX han usado el nombre de Mythographus Homericus, no hay motivos para considerarlo un autor real.
Es más bien una tradición menor de exégesis homérica que se origina en el s. I d.
C., si no antes, y sobrevive en los manuscritos medievales.
Por lo tanto, un intento de reconstruir un arquetipo no tiene sentido.
Por otra parte, el conjunto de historiae fabulares debe ser considerado un corpus único a pesar de las manipulaciones a que ha sido sometido en diferentes momentos de su transmisión.
Una comparación textual entre los papiros y los escolios menores apunta hacia esta interpretación: en algunos casos, el texto es casi idéntico en el papiro y en el escolio relacionado, y en otros se ha modificado.
Además, muchas historiae pueden haber sido agregadas o suprimidas durante el largo proceso de transmisión.
Las razones de toda esta manipulación son un tema muy complejo que no vamos a tratar en este artículo.
El MH, pues, no se ha conservado como un texto independiente en los manuscritos medievales, pero muchas historiae fueron incorpo radas a los escolios menores7.
Los papiros del comentario a la Ilíada atribuido al MH identificados hasta la fecha son los siguientes (por orden de publicación):
1 Todos estos papiros atestiguan la circulación del MH durante la práctica totalidad del período imperial romano (siglos I a V d.
El papiro de Florencia PSI 1173, del s. III, es el mejor ejemplo conservado.
Permite la lectura de una sucesión de trece historiae cuyo contenido y secuencia coincide en gran parte con el de los corres pondientes escolios, si bien el texto no presenta una coincidencia textual exacta.
A pesar de las leves alteraciones, la comparación de los dos estadios de transmisión del texto permite apreciar una clara voluntad de conservación del contenido del MH en los escolios menores.
El conjunto completo de las historiae fabulares existentes que derivan hipotéticamente del MH se puede encontrar, pues, en los manuscritos de los escolios menores a la Ilíada, los llamados Escolios D (la sigla procede de Scholia Didymi, ya que fueron erróneamente atribuidos a Dídimo) 10.
En lo que respecta a los escolios a la Odisea, una cantidad considerable de escolios menores catalogados por Dindorf bajo la sigla V (scholia uulgata) se encuentra diseminada en diferentes manuscritos 11.
Ernst (2006) emplea la sigla D (en lugar de V) también para los escolios menores a la Odisea.
Los hypomnemata se centran en el texto mismo (gramática, lexico grafía, métrica) o en los contenidos (mitología, historia, realia).
En lo que respecta al MH, el comentario puede aplicarse a una sola palabra, a un verso o incluso a un pasaje más largo.
La mitografía es la base para el comentario: el comentarista proporciona narraciones míticas relacionadas con el texto comentado.
Por lo tanto, a priori, podemos con siderar que el MH es un comentario mitográfico, es decir, un hypo mne ma en el que se recurre a la mitografía para comentar los lemmata 15.
El MH, tal como nos ha llegado, es predominantemente mitográ fico 16 en tanto en cuanto la narración mítica ocupa la práctica totalidad del texto.
Cada historia es una ilustración del lemma 17 y, no obstante, un buen número de ellas puede leerse per se, ya que constituye una unidad narrativa independiente en la que no aparece ninguna marca formal de comentario ni referencia explícita al lemma, tal como hemos podido comprobar en el ejemplo dado de la historia sobre los mirmi dones (Sch.
Por otra parte, un número menor de historiae ofrecen una exégesis del lemma con una clara vinculación con el texto y el contexto homéricos.
Si bien el planteamiento metodológico es único, no parece haber una estricta unidad de criterio en la aplicación de dicho método.
Esta dualidad se aprecia ya en los testimonios sobre papiro y es, a nuestro entender, un indicio de la autoría múltiple del corpus. latín eran los llamados commentarii, término que traduce el griego ὑπόμνημα (Bömer 1953).
En contexto exegético, sin embargo, el término adquiere un significado diferente y más restringido, y se refiere a los comentarios de obras literarias organizados por lemmata que siguen el orden de aparición en la obra objeto de comentario.
407 no considera que el MH sea un hypomnema propiamente dicho, ya que un hypomnema era un comentario filológico, riguroso y profesional, sino un comentario para uso escolar a nivel elemental.
Una visión muy diferente es la de Cameron (2004, pp. 273-274), que ve en el MH un manual mitográfico que podría haber sido consultado incluso por Ovidio para sus Metamorfosis.
Ambas visiones no son incompatibles, pero no entraremos a discutir esta cuestión.
La especificidad del MH quizá sea el hecho de que, si bien el hypomnema se concibe como un comentario misceláneo que aborda cuestiones diversas, el MH se centra en la tradición mítica y etiológica.
No es el único caso de comentario monográfico que conocemos: se conserva el comentario astronómico a los Fenómenos de Arato de Hiparco de Nicea (Schironi 2012, p.
16 Para la definición, la descripción y enumeración de los rasgos que caracterizan la mitografía como género véase Fowler 2006 y Alganza Roldán 2006.
17 Para la definición del término ἱστορία en contexto exegético véase Delattre 2016.
Para ilustrar estas afirmaciones, procedamos a un breve análisis de algunas de las historiae focalizando nuestra observación en la relación entre exégesis y mitografía, que es el tema principal de nuestro estudio.
Un buen ejemplo de comentario mitográfico es el Sch.
418,[23][24][25][26][27][28][29][30][31][32] La historia comienza, en el texto del papiro y el de algunos manuscritos (no en el Z, base de la edición de van Thiel), con una nota crítica sobre el texto en sí: γράφουσι τινὲς 'καὶ Φοῖβος Ἀπόλλων', «algunos recogen la variante "y Febo Apolo"». καὶ Φοῖβος Ἀπόλλων es una fórmula épica alternativa a καὶ Παλλὰς Ἀθήνη.
La mención de la uaria lectio no está bien integrada en el texto.
Además, este es el único caso de mención de una variante textual en todo el corpus conservado del MH.
Después de esta breve nota crítica, la historia comienza ex abrupto, sin ningún vínculo conceptual ni sintáctico con el texto precedente.
El lector ha de sobreentender la relación entre la nota crítica y el contenido de la historia.
Centrémonos en la forma en que el MH comenta a Homero en este pasaje concreto sobre la conspiración contra Zeus.
El mitógrafo proporciona un resumen del mito y, al mismo tiempo, ofrece una uaria lectio que sin duda es más adecuada para esta historia.
Esta es la razón por la que opta por la lectura καὶ Παλλὰς Ἀθήνη en detrimento de καὶ Φοῖβος ̓Απόλλων, porque Atenea no aparece en la narración que se cuenta, pero sí Apolo.
El papiro ofrece la lectura Ποσείδων τε καὶ Ἥρα κα [ὶ Ἀπόλ -] / λων ἐπεβούλευσαν αὐτῶι, «Posidón, Hera y [Apo]lo conspiraron contra él».
No hay espacio para Ἀθήνη en la parte de texto perdida por deterioro del papiro.
Por el contrario, en los manuscritos de los escolios leemos καὶ Ἀθηνᾶ inmediatamente después de ̓Απόλλων, según la lectura transmitida por la tradición aristarquea 21.
Van Thiel la marca entre llaves porque no aparece en el papiro.
Es lógico suponer que esta lectura se introdujo posteriormente para corregir la incoherencia que producía con la lectura de Aristarco.
En efecto, existe una clara discrepancia entre la lectura aristarquea de Homero y la fuente del MH, que aparentemente sigue una variante atribuible a Zenódoto 22.
La razón de la elección de Aristarco Παλλὰς Ἀθήνη es la coherencia interna del relato homérico: Posidón, Hera y Atenea eran partidarios de los aqueos, mientras que Apolo apoyaba a los troyanos.
Los tres dioses estaban enojados con Zeus porque había escuchado la súplica de 21 La tradición crítica aristarquea ha sido transmitida por el llamado Viermännerkommentar, que sobrevive parcialmente en los Scholia Vetera; ver H. Erbse 1969, pp. LII-LVI; para este pasaje concreto: Sch. a Il.
Sobre el comentario de Aristarco a la Ilíada véase la reciente monografía de Schironi 2018.
Tetis y estaba ayudando a los troyanos.
El MH clarifica la historia sin tener en cuenta el análisis interno de Aristarco.
Conocía la lectura de Zenódoto a través de Dídimo, a quien cita al final.
Podemos apreciar, en definitiva, la agudeza del mitógrafo y su capacidad de análisis del texto.
Es capaz de valorar una uaria lectio y hacer su elección en coherencia con su objetivo.
Esta es una buena ocasión para comprobar hasta qué punto la tradición exegética ha condicionado la fijación de los textos clásicos.
Los editores modernos se han inclinado por la tradición aristarquea, más atenta a la coherencia interna de la obra, reservando la lectura de Zenódoto para el aparato crítico.
El segundo caso elegido para analizar es el comentario a un pasaje de la Odisea (XII 59-73; Sch.
El lemma en el papiro es el verso 70 del canto XII (excepto la última palabra, πλέουσα): Ἀργὼ πασιμέλουσα παρ'Αἰήταο, «Argo, cantada por todos, cuando regresaba del país de Eetes».
Según Homero, que pone en boca de Circe las advertencias a Odiseo, solo la nave Argo pudo pasar por el estrecho de las Rocas Errantes (Πλαγκτάς).
El nombre de las rocas aparece antes, en el verso 61, y en el 73 se menciona a Jasón.
De hecho, Homero hace una relativamente extensa referencia al mito de los Argonautas.
Pero tan solo menciona la parte del mito que le interesa evocar: el peligro de las Errantes, la nave Argo y la protección de Hera que permitió a Jasón franquear el peligro.
El MH elige como lemma, de todo el pasaje homérico, el verso 70, que menciona la nave Argo (a la que califica de πασιμέλουσα,'cantada por todos') y el regreso desde el país de Eetes.
El relato del MH responde a las tres preguntas que suscita el lemma: ¿por qué la nave Argo era «cantada por todos»?
¿Cómo consiguió superar el paso de las Errantes?
¿Por qué la nave Argos regresaba del país de Eetes?
Ofrecemos el texto de la historia conservada en el papiro y el escolio correspondiente: El relato del MH parte del nacimiento de Neleo y Pelias y facilita una breve genealogía hasta Jasón, protagonista del mito.
Después narra los motivos de la expedición de los Argonautas y, de forma muy sintética, el viaje hasta la llegada a Yolcos.
Pontani 25, a partir de una lectura del ms. Marc. gr. IX.29, que conserva la versión latina de la Odisea de Leoncio Pilato, con algunos escolios in margine, ha sugerido la posibilidad de que este escolio provenga de la fusión de dos escolios independientes.
Su inusual extensión podría constituir un indicio de ello.
Aun así, adviértase que en el papiro PSI 1173 ya aparecen en una única historia.
La hipótesis de Pontani supondría la consulta de un códice en el que la información estuviera recogida en dos historiae distintas bajo sus respectivos lemmata.
El relato sobre Fineo podría ser una exégesis a la misteriosa referencia homérica a las palomas bajo el verso 62 como lemma (Od.
El motivo de la paloma, sin duda la etiología de una práctica mari-Ἀργὼ πᾶσι μέλουσα [en el papiro πασιμέλουσα]).
Para las demás variantes recogidas en el aparato crítico véase la edición de Ernst (2006).
25 En Pagès y Villagra (en preparación).
[ nera, se expone en el texto en forma de relato: Fineo aconseja a Jasón dejar volar una paloma antes de pasar las Errantes.
Pero este orden en los escolios invierte la secuencia narrativa, ya que el viaje de Jasón se expone bajo el verso 70 como lemma, en el que se menciona la nave Argo.
La transmisión textual, pues, habría fusionado dos historiae originariamente independientes para crear un relato unificado y coherente.
La hipótesis de Pontani es lúcida y convincente, pero se basa en una traducción latina muy tardía26.
Sea como fuere, la lectura del largo escolio sugiere dos partes claramente diferenciadas: por una parte la genealogía de Jasón y los motivos de su viaje y, por otra, el relato del viaje, del que tan solo se relatan dos episodios, el de Fineo y las Harpías y el del paso de las Simplégades.
La omisión de los demás episodios se justifica por el uso exegético del resumen del mito: Fineo fue quien reveló a Jasón la existencia de las Simplégades y la manera de franquearlas.
La referencia a la paloma es especialmente significativa, en tanto en cuanto Homero se refiere explícitamente a este animal y al rito que se practicaba en el paso de las Errantes.
Desde este punto de vista los demás episodios son irrelevantes.
La elección de motivos parece, pues, justificada y coherente desde el punto de vista exegético y, si bien es habitual que las historiae proporcionen relatos relativamente completos a pesar de que el lemma se refiera solo a una parte o a un motivo concreto, en este caso la extensión de la narración parece haber sugerido una selección adecuada al paso comentado.
A pesar de la coherencia metodológica que acabamos de apreciar, el mitógrafo parece no percatarse de que en el texto homérico la nave Argo pasó las Errantes (Planctae), no las Simplégades y, además, en su viaje de regreso (παρ'Αἰήταο πλέουσα), contrariamente a la versión transmitida por Apolonio 27.
El relato que nos ofrece, pues, entra en contradicción con las propias palabras de Homero.
El mitógrafo nos facilita un resumen parcial de la versión más divulgada, que coincide grosso modo con el relato de Apolonio, autor al que, sorprenden temente, no cita, y que discrepa de Homero.
El autor citado en la subscriptio es Asclepíades.
Es probable que el mitógrafo haya consultado un resumen de una tragedia sobre Fineo en los Tragodumena de Asclepíades28.
Esta superficialidad y ausencia de crítica que apreciamos en este ejemplo contrasta con el caso anterior.
Si bien hemos observado como el redactor de la historia de la confabulación contra Zeus manifestaba la competencia suficiente como para valorar la conveniencia de una determinada opción entre dos variantes textuales y la ajustaba a su relato sin entrar en contradicción con el pasaje homérico, el redactor del segundo caso analizado no es capaz de apercibirse de su incohe rencia.
La comparación entre estos dos casos demuestra la autoría múltiple del comentario, o, al menos, que el redactor del comentario de la Ilíada y el de la Odisea no fueron el mismo.
A pesar de la diferencia que acabamos de apreciar, existe una unidad de método y objetivo compartida por ambos redactores: el texto es un comentario de un pasaje homérico basado en la trama de un mito relatada de forma lineal, concisa y desnuda de cualquier tipo de ornato, según los esquemas establecidos por el género mitográfico29.
Esta unidad de método se aprecia en todo el corpus, tanto en los testimonios sobre papiro como en las versiones conservadas en los escolios.
Para ahondar en el análisis procederemos a la lectura atenta de otros ejemplos significativos.
El tercer caso seleccionado para nuestro estudio es la historia contada en Sch.
Bajo el lema Διὸς δ' ἐτελείετο βουλή, «se cumplía la voluntad de Zeus».
No hay rastro de esta historia en los papiros, pero en los escolios D podemos leer un texto completo y coherente (edición de van Thiel, en cursiva el lemma y la parte atribuible, según nuestro criterio, al MH): Debemos tener en cuenta que no todo el texto de este escolio es atribuible al MH, ya que presenta varios comentarios que provienen de diferentes fuentes según se deduce del uso de la fórmula habitual οἱ μὲν... ἄλλοι δὲ... etc. 31 La historia del MH se introduce en el escolio mediante la palabra clave ἱστορία (ἄλλοι δὲ ἀπὸ ἱστορίας τινὸς εἶπον εἰρηκέναι τὸν Ὅμηρον).
El plural ἄλλοι... εἶπον sugiere que el escoliasta conoce más fuentes que transmiten el relato, empezando por los mismos Cantos Ciprios que el escoliasta cita textualmente.
No podemos saber si la cita textual ya figuraba en el MH o fue una adición del escoliasta.
Montanari 32 ha señalado que estas largas citas podrían haber sido habituales en el MH original y que la tradición manuscrita las podría haber suprimido.
Como consecuencia, la mayoría de las historiae terminan con la mención de un autor antiguo o, a veces incluso, el nombre del autor y el título de una obra.
De hecho, solo hay otra historia con una larga cita textual, la de Ceneo en el Sch.
La historia incluida en este escolio responde a la pregunta «¿a qué se refiere Homero con las palabras la voluntad de Zeus?»
La respuesta que nos da es que las guerras tebana y troyana fueron el resultado de la voluntad de Zeus, que cumplía un juramento dado a Gea, la Tierra, para aliviar la carga de llevar a la humanidad, que había proliferado en demasía 34.
30 El texto del escolio continúa con la interpretación de Aristarco y Aristófanes de Bizancio.
En el papiro, que es el mismo que contiene la historia analizada de la conspiración contra Zeus, no se conserva la cita textual de Apolonio.
No podemos saber si el papiro es una copia en epítome o si los versos de Apolonio fueron incorporados más tarde a la tradición manuscrita de los escolios.
34 El mitógrafo retoma un motivo testimoniado por un pasaje paralelo en el Mahabharata indio (1.58, 35 ss.).
La coincidencia El relato resumido en este escolio proporciona una explicación del contexto mítico que, aunque no es esencial para comprender el pasaje citado en el lema, permite una comprensión más profunda de este (de acuerdo con los criterios del MH).
Su objetivo exegético es obvio, ya que el texto de la historia hace una referencia explícita al texto de Homero cuando dice ἣν Διὸς βουλὴν Ὅμηρός φησιν, «a lo que Homero llama voluntad de Zeus».
Las referencias explícitas al texto homérico son muy esporádicas en el corpus conservado, pero podemos afirmar que son una característica original, ya que el papiro de Oxirrinco 4096, del s. II, da fe de ello 35.
La relación entre la Ilíada y los Cantos Ciprios en este pasaje concreto es un claro ejemplo de lo que se ha llamado la naturaleza metacíclica de la poesía homérica 36.
Homero probablemente alude a un motivo de los Cantos Ciprios.
El público de la poesía homérica en el período arcaico podía reconocer esas referencias cruzadas y las relaciones de intertextualidad entre diferentes poemas.
En épocas posteriores, los comentaristas proporcionarían una explicación de esta interrelación que los lectores ya no sabían establecer.
Procedamos al análisis de un cuarto caso.
El ejemplo elegido es la historia sobre Heleno (Sch.
El fragmento sobre el papiro comienza, como es habitual, con el lemma de la Ilíada, con las palabras comentadas, seguido del texto de la narración mítica, y concluye con una subscriptio que remite a Anticlides: 39 del motivo no implica coincidencia del patrón narrativo.
El relato indio no ofrece más paralelos en lo que respecta a la secuencia de motivos narrativos, como demuestra De Jong en el artículo citado.
No es necesario, pues, postular una dependencia o una influencia oriental clara.
Podría tratarse de un motivo universal (Bernabé 1979, p.
39 En el texto de la historia se marcan en cursiva las propuestas de restitución de Luppe (1993).
En esta historia podemos ver otro ejemplo de lo que se puede llamar exégesis mitográfica a Homero: el lemma es τῶν δ' Ἕλενος Πριάμοιο φίλος παῖς σύνθετο θυμῷ.
En mi opinión, el siguiente verso debe tenerse en cuenta para una mejor comprensión: βουλήν, ἥ ῥα θεοῖσιν ἐφήνδανε μητιόωσι.
Una traducción de ambos versos sería «Heleno, hijo querido de Príamo, entendió el plan que había complacido a los dioses que lo habían concebido».
La historia contada por el MH explica el origen de la facultad oracular de Heleno.
El texto resume el mito de Casandra y Heleno, a quienes Apolo otorgó el don de la profecía.
El motivo no aparece en los poemas homéricos.
La exégesis consiste, pues, en una ampliación contextual; como ya se ha dicho, la audiencia de las recitaciones épicas ya conocía el contexto mítico de la Ilíada pero en época imperial este debía de ser ya lejano y desconocido para los lectores que se iniciaban en la lectura de los poemas homéricos.
Comentarios como el del MH daban respuesta a esa necesidad.
El lector del escolio aprende no solo que Heleno era un vidente, sino también cómo obtuvo su facultad.
Como podemos ver, el texto dado por el comentarista es más que una mera exégesis, ya que no es necesario el relato de Heleno y Casandra desde el principio para comprender que Homero se refiere al hecho de que Heleno fuera un vidente.
No solo hay una respuesta a la pregunta hipotética «¿de qué está hablando Homero?», a saber, «¿cómo podía Heleno entender el acuerdo tomado por los dioses?», sino también una expansión narrativa que proporciona una respuesta a la pregunta «¿por qué Heleno era un vidente?».
Los cuatro ejemplos analizados hasta ahora nos dan una idea de la naturaleza de esta tradición mitográfico-exegética que conocemos como MH: el breve resumen de un mito relacionado con un lemma homérico ofrece la posibilidad de una comprensión más profunda de un pasaje en los poemas homéricos vinculando los textos homéricos a otras obras, estableciendo una relación de intertextualidad entre Homero y otras fuentes literarias como el ciclo épico, la poesía lírica, los primeros mitógrafos y la poesía helenística.
Comentario de términos específicos
En no pocas historiae, el interés por el mito per se lleva al mitógrafo a expandir el comentario hacia un relato más completo, como hemos visto claramente en los casos analizados.
La mitología genera interés por sí misma, y los contenidos proporcionados por el texto van más allá de la información estrictamente necesaria para el comentario.
De hecho, un buen número de historiae actúan como glosas 40, es decir, notas sobre un solo término del lemma.
Incluso cuando se cita un verso completo en el lemma, como se da en algunos papiros y, hasta cierto punto, en los códices medievales, el foco de la explicación es a menudo un topónimo, la epiclesis de un dios o el nombre de un héroe.
En estos casos, deberíamos considerar la historia como una nota ilustrativa en lugar de un comentario de texto propiamente dicho y, de hecho, nos hallamos ante una concepción diferente de lo que es un hypomnema.
El rico papiro de Florencia PSI 1173 ofrece una serie de ejemplos de ambos tipos de comentario.
Aparte del caso ya analizado sobre la nave Argo, fijémonos, por ejemplo, en los comentarios a Od.
De las dos primeras heroínas mencionadas el poeta tan solo nos da el nombre.
A la tercera le dedica además los versos 322-325, en los que rememora cómo Teseo se llevó a Ariadna a Atenas, y cómo la princesa murió a manos de Ártemis en la isla de Día por las acusaciones de Dioniso.
El mito de Teseo y Ariadna se cuenta en detalle en el escolio (en el papiro solo se conserva la parte central del relato), desde la partida de Teseo de Atenas hasta su regreso, con el motivo omitido por Homero del abandono de Ariadna en Naxos por orden de Atenea.
El relato del MH acaba con una interpretación del motivo de la muerte de Ariadna, que sin duda debía llamar la atención del lector de época imperial: ἀναιρηθῆναι δὲ αὐτήν φασιν ὑπ'Ἀρτέμιδος προεμένην τὴν παρθενίαν, «dicen que la mató Ártemis por haber perdido la virginidad».
Sobre Fedra y Procris, a quienes Homero tan solo menciona, el MH nos ofrece un relato completo de sus respectivos mitos, con la misma profusión de detalle.
Así pues, los dos tipos de comentario coexisten incluso en el mismo verso comentado, y están testimoniados en un mismo papiro.
La función del MH parece ser no solo clarificar las referencias parciales de Homero a un determinado mito, sino también ilustrar las simples menciones de personajes.
En el escolio D a Il.
VII 86 41 podemos apreciar un caso curioso de exégesis.
En el lemma se menciona el topónimo Helesponto.
MH ofrece un resumen relativamente largo del mito de Atamante y sus hijos Frixo y Hele, mito que no tiene, de hecho, absolutamente nada que ver con el pasaje comentado de la Ilíada.
Es simplemente una digresión etimológica sobre el nombre compuesto Helles-pontos, «El mar de Hele».
De ahí la historia, que da una respuesta a la pregunta implícita «¿Quién era Hele?» a pesar de que este personaje no aparece en absoluto, no solo en este pasaje, sino en toda la Ilíada.
El comentarista no explicita que está comentando una etimología.
Se centra simplemente en facilitar el mito que le da sentido, y deja que el lector supla dicha omisión.
Como vemos, esta historia no ofrece ninguna información clarificadora sobre el pasaje homérico.
Simplemente parece satisfacer la eventual curiosidad cultural de los lectores de la Ilíada.
Hay un buen número de historiae de esta clase tanto en los papiros como en los escolios.
Citemos algunos ejemplos42: 1) Sch.
II 103: una glosa a ἀργηϊφόντηι, epiclesis de Hermes,'matador de Argos'.
El comentarista mitógrafo continúa contando el mito incluso cuando ya se ha facilitado la etimología.
II 145: bajo el lema Πόντου Ἰκαρίοιο, se cuenta brevemente el mito de ícaro, con una referencia a Filostéfano y los Aetia de Calímaco en la suscriptio.
II 157: el origen mítico de la égida como explicación de la palabra αἰγιόχοιο, epiclesis de Zeus.
Atribuido a Euforión de Calcis.
II 336: el lema es todo el verso, τοῖσι δὲ καὶ μετέειπε Γερήνιος ἱππότα Νέστωρ, pero la historia se refiere solo al término Γερήνιος como explicación del origen de este apelativo.
IV 71: sobre el término compuesto πολυδίψιον y por qué Argos fue llamado así.
VI 396: mito fundacional de Teba Hipoplacia después de una mención de Eeción, padre de Andrómaca.
XII 231: filiación de Polidamante, cuyo padre era uno de los sacerdotes de Delfos.
El lector puede sorprenderse de que el hijo de un sacerdote délfico viviera en Troya, por lo que la historia cuenta la migración de Pántoo de Delfos a Troya, donde se casó con una mujer troyana.
La historia parece ser una explicación del epíteto patronímico de Polidamante Panthoïdes, a pesar de que tal patroní mico no aparece en el lemma43.
XII 307: bajo una mención de Sarpedón se cuenta el rapto de Europa.
Vale la pena señalar que la presencia de este relato en este pasaje es muy forzada, ya que la relación entre el lemma (todo el verso) y la historia es realmente muy laxa.
Hesíodo y Baquílides se citan al final.
XIII 459: una simple mención de Eneas en el lemma proporciona un pretexto para contar el mito de la migración del héroe a Italia después de la caída de Troya.
2, col. 1, 3-15): esta historia no se ha transmitido entre los escolios, solo está atestiguada en papiro.
Es una explicación de la palabra ἐλαφηβόλος, epiclesis de Ártemis.
La ausencia de Ártemis en el pasaje citado es sorprendente: Homero se está refiriendo a cualquier cazador de ciervos.
Después de nuestro análisis llegamos a la conclusión de que el MH combina dos tipos diferentes de hypomnema: a) un comentario sobre el texto homérico centrado en el contenido del pasaje citado en el lema, y b) una glosa a un único término del lema independientemente del contenido del pasaje donde aparece.
En el primer caso existe una relación clara entre el pasaje al que se refiere el lemma y la historia y una voluntad deliberada de clarificarlo.
En el segundo se ofrece un excurso motivado por un nombre recogido en el lemma y el resumen de un mito sugerido por el texto homérico aunque tal información quede desvinculada del relato de Homero.
En ambos casos existe un gran interés en las tramas míticas ya que, incluso en el primero, se cuenta el mito en detalle y se brinda mucha información más allá de lo estrictamente necesario.
Como hemos visto en los ejemplos evaluados, algunas historiae actúan como comentarios sobre el texto y, al mismo tiempo, proporcionan un contexto mítico más amplio.
En el segundo caso los lemmata parecen actuar como entradas de un glosario.
El valor exegético del MH es innegable, a pesar del acento que ha puesto la crítica moderna en su condición de manual mitográfico.
Si bien los mecanismos de comentario no se explicitan a la manera habitual de los escolios, a saber, con fórmulas que establecen una relación explícita entre lemma (objeto referenciado) e historia (referencia), el redactor ofrece un resumen completo que ilustra el contexto y suple los silencios de Homero.
El lector era sin duda consciente de la función exegética de las historiae y buscaba en el MH un comentario, y no uno de los numerosos manuales mitográficos al uso.
Dichos manuales se estructuraban según otros criterios.
La consulta de una tradición mítica concreta debía ser mucho más asequible mediante libros estructurados por genealogías, temáticas o criterios formales como el orden alfabético.
El lector del MH buscaba conocimientos sobre el contexto mítico de los poemas homéricos, sobre los personajes a los que Homero hace referencia y sus mitos, sobre etiología y sobre vinculaciones con otras tradiciones paralelas y relatos curiosos en torno a referencias concretas de los textos homéricos.
Esta parece ser la función y el objetivo de esta obra 44.
Esta unidad en la concepción del texto se mantiene inalterada, por lo que podemos apreciar de la lectura de los papiros, que cubren un período de cinco siglos, y de la pervivencia de las historiae en los escolios, a pesar de algunas incoherencias que pueden apreciarse debidas a la intervención de múltiples manos.
En efecto, las oscilaciones de criterio y de competencia exegética que hemos podido apreciar sugieren la participación de diferentes redactores.
Puede haberse producido una manipulación del texto desde su fase inicial de transmisión, que habría facilitado la incorporación o supresión de historiae, o la adaptación a nuevos formatos.
Tal vez el MH no fuera una única obra de consulta sino un método y formato determinados.
En cualquier caso, la riqueza y unidad del corpus de comentarios mitográficos a Homero que se lee en los fragmentos papiráceos y, sobre todo, en los escolios, demuestra el interés por la recopilación de todo este material, su copia en ejemplares que circularon con profusión durante todo el período imperial (a juzgar por el número de testimonios sobre papiro) y un afán por su conservación que promovió la inclusión del corpus en los escolios menores. |
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XCIV 3-4) i. el episodio de las abejas en BaBiloníacas de jámblico Babiloníacas es una larga y compleja novela de amor y aventuras escrita por Jámblico entre el 166 y el 180 d.
Conservamos de ella unos cien fragmentos (principalmente en la Suda) y nueve excerpta de varia extensión, amén de un resumen de su argumento de bastante amplitud a cargo del patriarca Focio (Bibl.
La novela, verosímilmente bastante innovadora por lo que cabe colegir de sus restos, era pródiga en peripecias complicadas, truculentas y maravillosas encua dradas en un marco oriental y exótico 2.
Esta escabrosidad, aun así, está puesta al servicio de la οἰκονομία literaria de la novela, por lo que no se puede interpretar como mero sensacionalismo 3.
Uno de esos episodios a medio camino entre lo maravilloso y lo pavoroso narra el encuentro de unas abejas letales con los protagonistas, Ródanes y Sinónide, y con los soldados que los persiguen 4.
Ambos jóvenes, huyendo del ejército encabezado por el eunuco Damas (que tiene encomendado capturarlos para entregarlos a su enemigo, el rey Garmo), se refugian en una caverna de doble entrada (Iambl. fr.
Los soldados los persiguen hasta el interior y allí se topan con un enjambre de abejas que han hecho su colmena en la roca de la cueva (Iambl. fr.
Las abejas se revuelven contra los intrusos y se lanzan contra ellos.
Es preciso citar el resumen del episodio hecho por Focio (Bibl.
En su huida Ródanes y su compañera se ocultan en una cueva que estaba horadada de parte a parte en una longitud de 30 estadios; la maleza había taponado la entrada....
El ejército rodea el lugar en el que Sinónide y Ródanes se han escondido, y se cae y se hace añicos por encima de la cueva el escudo de bronce de uno de los guardianes, y por causa del sonido hueco del eco se revela la localización de los escondidos.
Empiezan a excavar alrededor de la oquedad, Damas da todo tipo de gritos, y los que están dentro se enteran y huyen a la parte más interior de la caverna y se abren paso hasta salir por la otra entrada.
Desde allí un enjambre de abejas salvajes se vuelve contra los que estaban junto al túnel y destila miel también sobre los que huyen.
Pero las abejas y la miel, como estaban emponzoñadas por el alimento de las serpientes, con sus aguijonazos mutilaban a los que estaban excavando, y a otros incluso los mataron.
Ródanes y su compañera, vencidos por el hambre, se pusieron a lamer la miel que les había caído encima.
Sufren un cólico de estómago y caen al suelo junto al camino como si fueran cadáveres.
El ejército, agotado tras la guerra de las abejas, se da a la fuga, pero aun así continúa persiguiendo a Ródanes y su compañera.
Cuando ven que los que perseguían estaban tirados en el suelo, los pasaron de largo, pensando que de verdad eran unos cadáveres...
Ródanes y Sinónide), tras haber caído en coma por culpa de la miel, se levantan con dificultad5.
Además del resumen de Focio, varios fragmentos de Babiloníacas de Jámblico (frs.
10-15 B.) conservados por la Suda aluden a este episodio, de los que cito dos:
«Las abejas estaban guarecidas en la cueva como si estuvieran en una colmena: y su miel les caía gota a gota sobre la cabeza».
«La miel, como no era sin mezcla ni estaba hecha de acanto 6, sino procurada a partir de las serpientes, les revolvía las entrañas».
El propósito del presente artículo es doble: por un lado, proponer los modelos literarios de los que pudo haberse valido Jámblico a la hora de crear tan sorprendente episodio, y por el otro indagar en el uso literario que pudo haberles dado.
II. dos posibles modelos literarios en el episodio de las abejas en BaBiloníacas
Según la nota biográfica conservada en un escolio al margen del ms. A de Biblio teca de Focio (f.
72r), Jámblico, cuya lengua nativa era el sirio, se aplicó a ejercitarse y dominar la lengua griega con vistas a convertirse en un buen rétor (τὴν abejas salvajes, situado en un recodo sobre la segunda salida de la cueva.
Las abejas salen de la colmena y se lanzan contra los soldados que están excavando en la cueva.
Los hombres de Damas resultan diezmados por los aguijones de las abejas y su miel venenosa.
Sinónide y Ródanes prosiguen su huida pero, sintiendo hambre, lamen la miel que los ha salpicado, de resultas de lo cual caen al borde del camino como muertos.
Damas, dentro de la cueva, halla la trenza que se ha cortado Sinónide.
A la salida de la caverna Damas se encuentra con los soldados que han salvado su vida al huir de las abejas.
Los hombres de Damas continúan su persecución y se topan con Ródanes y Sinónide tumbados a lo largo del camino.
Al creerlos muertos, pasan de largo.
Sinónide y Ródanes acaban despertándose con dificultad y reemprenden la huida en dirección contraria.
6 El acanto (acanthus mollis) era una de las plantas favoritas de las abejas (Colum.
Sobre la miel tóxica de Asia Menor, elaborada principalmente a base de azalea y boj, véase Schneider-Menzel 1948, p.
Ἕλληνά φησιν ἀσκῆσαι καὶ χρῆσιν λαβεῖν, ὡς ἀγαθὸς ῥήτωρ γένοιτο).
Prueba de la pericia retórica alcanzada se encuentra en las sofisticadas ἐκφράσεις contenidas en la novela, pródigas en ecos literarios7.
Efectivamente, Jámblico, como otros novelistas influidos por la Segunda Sofística, era un autor literariamente muy sofisticado 8: lo que se ha conservado de su obra permite apreciar su πολυμαθία, en forma de alusiones intertextuales a distintos autores de diferentes géneros 9.
Por ello, propongo que en el episodio de las abejas en Babiloníacas podemos encontrar una combinación armónica de al menos dos modelos literarios principales, que ayudaron a dar forma literaria a un episodio sumamente original.
En cuanto a la descripción de la caverna en la que viven las abejas, Jámblico refleja la tópica descripción de la gruta de las ninfas en Hom., Od.
XIII 102-109, con la que tiene en común el hecho de que están situadas cerca de cubiertas vegetales (la maleza o espesura en Iambl. fr.
XIII 106), en ambas hay fuentes que manan agua (Phot., Bibl.
XIII 109) y ambas cuentan con dos entradas (Iambl. fr.
Si bien Homero está presente de forma fundamental en los novelistas, sobre todo en Caritón y en Heliodoro, la descripción de la caverna en Jámblico respondería más bien a un tópico literario y retórico bien divulgado y conocido en la época 11, utilizado también en la novela 12, cuyo origen se remonta a Homero, más que a una imitación directa de este 13.
Por otra parte, la idea de que las abejas construyen su panal en una gruta, no en el hueco de un árbol, aparece también en Hom., Il.
El retrato de las abejas como soldados que defienden sus panales y sus crías del asalto de los hombres que buscan su miel ya se encuentra en un conocido símil de Homero (Il.
XII 167-170), pero una vez más la inspiración verosímilmente no es directa, ya que una y otra son ideas comunes.
A mi juicio, Jámblico ha contaminado dos modelos literarios principales en el episodio de las abejas, que se reflejan en los dos acontecimientos fundamentales de este: (1) muerte aparente tras la ingestión de miel tóxica; (2) asalto de unas abejas sagradas.
Dichos modelos literarios son un texto historiográfico (véase apartado 1) y un cuento popular (véase apartado 2)14.
Muerte aparente tras consumir miel venenosa: X., An.
Hay numerosas anécdotas en la literatura grecolatina sobre un tipo de miel, llamado por Plinio (Nat.
XXI 13 § 77) meli maenomenon, que las abejas elaboraban a partir de plantas tóxicas como la azalea o el boj en el Cáucaso y Asia Menor, que causaba locura transitoria, desmayos y gastroenteritis a los seres humanos e incluso la muerte a los animales de menor tamaño15.
Hay dos anécdotas, narradas por X., An.
XII 3.18, que demuestran dramáticamente las consecuencias para los seres humanos de la ingesta de miel tóxica.
A mi juicio, el episodio de las abejas en Jámblico no tiene relación con el texto de Estrabón16, sino que debemos fijarnos en el pasaje de Jenofonte, en el que describe la intoxicación por miel sufrida por sus compañeros: τὰ δὲ σμήνη πολλὰ ἦν αὐτόθι, καὶ τῶν κηρίων ὅσοι ἔφαγον τῶν στρατιωτῶν πάντες ἄφρονές τε ἐγίγνοντο καὶ ἤμουν καὶ κάτω διεχώρει αὐτοῖς καὶ ὀρθὸς οὐδεὶς ἐδύνατο ἵστασθαι, ἀλλ' οἱ μὲν ὀλίγον ἐδηδοκότες σφόδρα μεθύουσιν ἐῴκεσαν, οἱ δὲ πολὺ μαινομένοις, οἱ δὲ καὶ ἀποθνῄσκουσιν. ἔκειντο δὲ οὕτω πολλοὶ ὥσπερ τροπῆς γεγενημένης, καὶ πολλὴ ἦν ἀθυμία. τῇ δ' ὑστεραίᾳ ἀπέθανε μὲν οὐδείς, ἀμφὶ δὲ τὴν αὐτήν πως ὥραν ἀνεφρόνουν• τρίτῃ δὲ καὶ τετάρτῃ ἀνίσταντο ὥσπερ ἐκ φαρμακοποσίας (X., An.
Había allí un gran número de enjambres, y cuantos soldados probaron la miel perdieron la cabeza y empezaron a vomitar y a tener diarrea; ninguno de ellos era capaz de tenerse en pie, sino que los que habían comido una cantidad pequeña se parecían a alguien que tuviera una fuerte borrachera, mientras que los que habían comido mucha unos parecían enloquecidos y otros muertos.
Yacían así en gran número como si se hubiera producido una derrota, y cundió el desánimo.
Pero al día siguiente nadie había muerto, y en torno a la misma hora, más o menos, empezaron a recuperar la consciencia.
Al tercer y cuarto día se levantaron, como si se hubieran recuperado de un envene namiento.
Cabrá observar que hay claros paralelos de situación entre los pasajes de Jenofonte y Jámblico: un grupo de personas se topa con unos panales con miel, sienten hambre, comen de la miel, que es venenosa, sin ser conscientes de su carácter tóxico y resultan envenenados.
Como consecuencia, los afectados sufren una gran diarrea, se desvanecen rápidamente y son dados por muertos.
Sin embargo, al cabo de un tiempo los intoxicados recobran poco a poco la consciencia, como si se recuperaran de un envenenamiento, y continúan su marcha sin secuelas 17.
A dichos paralelos de contenido y situación hay que sumar algunos ecos verbales, lógicamente no literales, ya que solo tenemos el resumen de Focio para comparar 18: X., An.
18 La comparación entre el epítome de Focio y los fragmentos conservados de Babiloníacas apunta a que el Patriarca resumió de forma bastante fiel el texto de Jámblico (Borgogno 1975, p.
121), pero evidentemente son esperables cambios y algún grado de paráfrasis en el vocabulario.
Como se sabe, Jenofonte es una influencia muy relevante en la novela griega de amor y aventuras, no solo por la Ciropedia, sino también por la Anábasis y otras obras menores de este autor 19.
Otro tanto ocurre en Babilo níacas, de lo que es suficiente testimonio los abundantes ecos literarios de Jenofonte que se pueden encontrar sin dificultad, por ejemplo, en el fr.
Por ello, no debería causar sorpresa encontrar en el episodio de las abejas el empleo de un hipotexto jenofonteo.
El ataque de las abejas sagradas: un cuento popular atestiguado en
Hasta ahora he examinado el modelo literario que pudo inspirar el envenenamiento con miel tóxica y posterior recuperación de Ródanes y Sinónide.
Me centro ahora en el segundo acontecimiento principal dentro de dicho episodio, la batalla de las abejas contra los soldados de Damas.
A mi juicio, podría proceder de un cuento popular o maravilloso (folktale, Märchen) 21 sobre el ataque de unas abejas sobrenaturales o especiales que han fabricado su colmena en una cueva sagrada, del que parecen haber quedado restos literarios de forma independiente en Eliano (NA XVII 45), Antonino Liberal (XIX 1-3) 22, así como en Conón (XXXV) 23.
Jámblico parece aficionado a la historiografía: aparte de Jenofonte, con frecuencia utiliza como modelo a Heródoto (Schneider-Menzel 1948, p.
Véase además infra n.
1) ofrece una definición breve del cuento popular (folktale, Mär chen): «short, imaginative, traditional tales with a high moral and magical content».
22 Cabe recordar que la reelaboración literaria de cuentos populares en Ba biloníacas, así como de motivos registrados en estos, está bien documentada 24.
Muchas veces unos y otros son de procedencia oriental25, lo cual es congruente con la noticia que transmite el propio Jámblico sobre el origen del argumento de su novela (sch. mg. A Phot., Bibl. ὧν [sc.
Βαβυλωνίων λόγων] ἕνα τῶν λόγων εἶναί φησι καὶ ὃν νῦν ἀναγράφει, «[relatos babilonios]... de los cuales dice que es uno también el que ahora pone por escrito») 26.
En el episodio de las abejas de Babiloníacas se documentan en concreto varios motivos procedentes del índice de motivos folclóricos de Thompson 1955de Thompson -1958 27 27.
En cuanto a la derrota y fuga de los soldados de Damas por culpa de las abejas28: B481.3 Helpful bee.
En cuanto a unas abejas y una miel de procedencia subterránea cuya ingestión resulta peligrosa o letal: C211.2 Tabu: eating in lower world.
Evidentemente, en el caso de Jámblico, que tiende a racionalizar los sucesos maravillosos que narra en su novela29, el inframundo se ve sustituido por la caverna subterránea, mucho más realista.
Pasemos al examen del cuento popular propuesto en sí.
Según Eliano (NA XVII 45), Anténor de Creta (463 F 1 FGrH), del s. II a.C., recogió en su historia de Creta una guerra entre unas abejas especiales y los habitantes de la ciudad cretense de Rauco:
Anténor, en su historia sobre Creta, dice que por causa de cierto ataque divino invadió la ciudad de los llamados Raucios un enjambre de abejas, a las que daban el nombre de 'de aspecto de bronce'.
Pero después las abejas, persiguiéndolos con sus aguijones, les causaban un daño muy intenso.
Al no ser capaces de aguantar el embate de estas, tuvieron que emigrar de su patria y marcharse a otra tierra... y dice Anténor que incluso todavía hoy hay abejas semejantes a las de aquella especie en el Ida de Creta, no muchas, pero hay, y encontrarse con ellas es doloroso, como lo era con aquellas.
Como puede verse, la breve noticia de Eliano tiene en común con el episodio de Jámblico algunos elementos de contenido: unas abejas asaltan a un gran grupo de personas, a las que causan un grave dolor con sus aguijones (ἐγχριπτούσας δὲ ἄρα αὐτοῖς τὰ κέντρα εἶτα μέντοι πικρότατα λυπεῖν ~ Phot., Bibl.
Los que sufren el asalto tienen que darse a la fuga para salvar sus vidas de la guerra emprendida por las abejas (ὧνπερ οὖν ἐκείνους τὴν προσβολὴν οὐ φέροντας ἀναστῆναι τῆς πατρίδος ~ Phot., Bibl.
XIX 1-3 y Cono XXXV al mismo tiempo y separadamente del pasaje de Eliano, ya que ambos atestiguan una versión muy similar del cuento popular sobre las abejas sagradas de Creta 30, con diferencias con respecto a Eliano.
En el caso de Antonino Liberal, en una narración tomada del libro II de la Ornitogonía de Beo, la acción transcurre en una cueva sagrada de Creta, donde asimismo habitan unas abejas igualmente sagradas.
Hasta el sitio en el que ellas custodian sus panales se adentran cuatro hombres, que desean hacerse con la miel de las abejas.
Los cuatro ladrones casi resultan muertos como consecuencia de su atrevimiento al entrar en la cueva para robar la miel de los insectos 31:
Dicen que en Creta hay una gruta sagrada de abejas, en la que cuentan que Rea dio a luz a Zeus, y que es ley divina que nadie entre, ni dios ni mortal...
Habitan en la cueva unas abejas sagradas, las nodrizas de Zeus.
Layo, Celeo, Cérbero y Egolio tuvieron el atrevimiento de entrar para extraer miel en la mayor cantidad posible.
Se recubrieron todo el cuerpo con bronce y extrajeron la miel de las abejas.
Vieron los pañales de Zeus y la armadura de bronce se les rompió en torno al cuerpo.
Zeus, tronando, blandió el rayo, pero las Moiras y Temis lo impidieron: pues no era lícito que muriera nadie allí mismo...
En el caso de Cono XXXV 32, dos pastores encuentran una profunda cueva donde residía un enjambre de abejas y uno de ellos decide descolgarse hasta 30 Celoria 1992, p.
De hecho, el cuento popular reelaborado por Cono XXXV tiene su reflejo en varios elementos de la aventura de Ródanes y Sinónide en la cueva, no solo en el detalle de las abejas y la miel.
31 No es el propósito del presente artículo apreciar el valor mítico o religioso de la historia.
Véase al respecto e. g.
Pese a numerosas desventuras y traiciones, este pastor logra salir milagrosamente vivo de la caverna, tras causarse varias mutilaciones a sí mismo, transportado por varios buitres: La narración 35 presenta a dos pastores que apacentaban su rebaño a los pies del monte Liso en Éfeso.
Ellos, aunque observaron un enjambre de abejas en una caverna profunda y de difícil acceso, no obstante, uno se metió en un cesto para descender, mientras que el otro lo descolgaba después de suspenderlo con una cuerda...
Como la salvación era completamente imposible para el pastor que estaba en la caverna, Apolo le ordena en sueños que se lacerara el cuerpo con una piedra afilada y después se tumbara en silencio.
Cuando el pastor hizo lo ordenado, unos buitres, sobrevolándolo como si fuera un cadáver, tras clavar las garras unos en la cabellera y otros en la ropa del pastor, lo levantaron en el aire y lo transportaron, sin sufrir daño, hasta un desfiladero cercano...
El relato de Jámblico tiene numerosos elementos de contenido en común con las narraciones de Eliano, Antonino Liberal y Conón, con las diferencias naturales esperables en versiones distintas aun cuando dependan de una misma matriz de cuento popular33:
-La aventura tiene lugar en una caverna en la que habita un enjambre de abejas (Iambl. fr.
-Dichas abejas tienen una naturaleza o carácter especial: tienen aspecto de bronce (Ael., NA XVII 45 χαλκοειδεῖς) por don de Zeus, son sagradas (Ant.
-Una o varias personas descienden a la caverna y se apoderan de la miel (Ant.
XIX 2 ὅπως πλεῖστον ἀρύσωνται μέλι, Cono XXXV 4-5 Ὁ κατελθὼν δὲ καὶ τὸ μέλι καὶ χρυσὸν πολὺν εὑρὼν); en Jámblico, tanto los protagonistas como los soldados que están abriéndose paso a la fuerza por la cueva también se encuentran con la miel; al caerles esta gota a gota sobre la cabeza (Iambl. fr.
-La armadura de bronce con la que estaban revestidos los ladrones de miel se quiebra dentro de la cueva (Ant.
XIX 2 καὶ περιθέμενοι περὶ τὸ σῶμα πάντῃ χαλκὸν... καὶ αὐτῶν ὁ χαλκὸς ἐρράγη περὶ τὸ σῶμα)34; en Jámblico se rompe el escudo de bronce de un soldado sobre la entrada de la caverna (Bibl.
En Ael., NA XVII 45 las abejas son broncíneas (χαλκοειδεῖς).
-Quienes se topan con las abejas en la cueva o en el territorio de estas sufren su ataque furibundo de forma tan intensa que no son capaces de soportar el dolor de sus aguijones y deben huir y cederles el terreno a los insectos (Ael., NA XVII 45 ἐκείνους τὴν προσβολὴν οὐ φέροντας ἀναστῆναι τῆς πατρίδος... καὶ ἔτι κατὰ τὴν Ἴδην τὴν Κρῆσσαν ἐκείνου τοῦ γένους τῶν μελιττῶν εἶναι ἰνδάλματα,... καὶ πικρὰς ἐντυχεῖν ~ Phot., Bibl.
Aunque no ha quedado reflejo textual, la pintura vascular que ilustra la leyenda popular relatada por Antonino Liberal retrata también a los cuatro ladrones de miel desnudos y con evidentes muestras de dolor ante los aguijonazos de las abejas, mientras que al menos uno de ellos se da a la fuga35.
En suma, los rasgos comunes que atestiguan las versiones del cuento popular propuesto, tal y como los reflejan Jámblico, Antonino Liberal, Conón y Eliano, son los siguientes: (1) Algunas personas entran en una gruta sagrada donde unas abejas de naturaleza especial tienen su colmena.
(2) Las abejas sagradas guardan su miel en dicha cueva.
(3) Los protagonistas se llevan la miel (por robo o involuntariamente). ( 4) Las abejas atacan (con sus aguijones o con su miel) y provocan gran daño a quienes les quitan la miel o se adentran en su territorio. ( 5) Las víctimas deben ceder el terreno a las abejas y huir, y escapan a la muerte por poco, tras sufrir mutilaciones.
Dicho cuento popular, por tanto, narraría cómo unas abejas de una naturaleza especial y un temperamento especialmente belicoso repelieron a personas que trataban de robar su miel e hicieron huir a quienes estaban demasiado cerca de su colmena, situada en una gruta sagrada (verosímilmente la cueva en el monte cretense de Ida donde nació Zeus).
Es necesario insistir en que el modelo que subyace en esta parte del episodio de las abejas de Babiloníacas no es, a diferencia de lo que ocurre con el pasaje de Jenofonte citado supra en el apartado 1, un texto literario definido y con autor conocido, sino un cuento popular del que han quedado restos parciales en las versiones literarias independientes de Antonino Liberal, Conón y Eliano.
Por su propia naturaleza, si hubiera ecos verbales, serían muy difíciles de detectar.
En definitiva, Babiloníacas alude en numerosas ocasiones a cuentos populares y motivos procedentes de estos, adaptados y remodelados, por supuesto, para ajustarlos a los propósitos literarios del autor.
2) sostiene que el empleo de ἠκρωτηρίαζον en el resumen de Focio implica que la picadura de las abejas obliga a los soldados a amputarse el miembro herido.
9) aceptan esta interpretación.
Estos últimos aducen un pasaje de Agatías (II 3.7) para detectar en el uso de διαλιχμάομαι y ἀκρωτηριάζω una alusión a que los soldados y la pareja protagonista pudieron haberse mutilado por enloquecimiento debido a la ingestión de la miel.
extraño encontrar la influencia de un cuento popular también en el episodio estudiado.
III. contaminación de modelos en BaBiloníacas
No es el episodio de las abejas en la gruta el único caso en el que Jámblico combina, para sus propios fines creativos, dos modelos literarios, uno procedente de la historiografía y otro del cuento popular 37.
Está bien documentada la práctica de Jámblico de mezclar y reelaborar modelos literarios en su novela para apuntalar sus objetivos literarios 38: baste traer a la memoria el episodio del perro hircano de Ródanes (Phot., Bibl.
XCIV 18), en el que se funden, de forma muy creativa e innovadora, alusiones a la leyenda de Erígona y su perra Mera 39, la historia de Cianipo y Leucónoe 40 y las desventuras de Píramo y Tisbe 41.
Jámblico no acumula alusiones literarias de forma acrítica o como simple adorno retórico, sino que les asigna una función literaria que sirva a sus propios objetivos creativos, tal como motivar o preparar el terreno para episodios posteriores 42.
En el caso que nos ocupa, el propósito narrativo de Jámblico al amalgamar estos dos modelos literarios en la aventura de las abejas puede ser doble.
(a) Por un lado, la inserción de un suceso inspirado en un texto historiográfico (envenenamiento por miel tóxica), y por tanto presuntamente veraz, en un cuento popular maravilloso (el ataque de unas peligrosas abejas sagradas) puede obedecer a la tendencia, constatable en otros pasajes de Babilo níacas que relatan sucesos maravillosos o sobrenaturales, a racionalizar de forma más o menos realista la aparición de lo fantástico 43: la falsa muerte de Ródanes y Sinónide (el típico Scheintod novelístico) está motivada por la ingestión de una miel tóxica, de origen, no mágico, sino natural, al estar bien con variaciones en el tono emocional y en la lista de personajes.
Ninguno de estos episodios es prescindible, ya que cada repetición del esqueleto narrativo aporta alguna circunstancia o elemento nuevo que desempeñará posteriormente un papel importante en la narración 49.
En el caso del episodio de las abejas, ocurre de esta misma manera: tras la carnicería de las abejas contra los soldados, Ródanes y Sinónide se despiertan del coma inducido por la ingestión de la miel tóxica, recogen las ofrendas fúnebres (ropas y alimentos) que han dejado a su alrededor los soldados de Damas, quienes los habían dado por muertos, y huyen cargados con ellos en dirección contraria (Phot., Bibl.
Posteriormente, Sinónide trata de vender unos mantos (ἱμάτια) 50 y es aprehendida como saqueadora de tumbas, por lo que es llevada ante Soreco.
Este encuentro le granjea a Sinónide la oportunidad de conocer a uno de los personajes cruciales de la novela, que actuará como su protector y salvador (Phot., Bibl.
XCIV 7): sin el encuentro con las abejas y su miel, Ródanes y Sinónide no habrían podido escapar de la persecución de los soldados de Damas ni habrían conocido a Soreco; además, tampoco habrían tenido medios ni recursos para subsistir hasta entonces 51.
En cuanto a la repetición del esquema narrativo mencionado supra, curiosamente la secuencia del encuentro con un insecto venenoso y una planta que resultan letales para un personaje secundario, de lo que acaba beneficiándose la pareja protagonista, reaparece en el episodio ya mencionado de la muerte de Tigris 52: el fallecimiento del joven tras comer una rosa cuyo interior escondía una cantárida propicia la confusión de identidades entre Tigris, Éufrates y Ródanes que motiva la acción de la última parte de la novela (Phot., Bibl.
Por otra parte, Jámblico emplea nexos de unión para vincular orgánicamente los distintos modelos que maneja para sus fines literarios: a modo de ejemplo, en el caso ya citado del episodio del perro hircano de Ródanes (Phot., Bibl.
50 Estos mantos proceden verosímilmente tanto de los dones fúnebres tributados por los soldados de Damas (Phot., Bibl.
15 B. = 19 H. κάνδυν, χλαμύδα) como de las ofrendas funerarias (πέπλων) que Ródanes y Sinónide han tomado de la tumba vacía de la joven resucitada (Phot., Bibl.
47. combinar las alusiones literarias que actúan en esta aventura: Cianipo y Leucónoe, Píramo y Tisbe (en el mismo papel que la leona de esta narración) y Erígona y la perra Mera 53.
En el episodio de las abejas, el vínculo entre los dos modelos literarios planteados (Jenofonte y el cuento popular reflejado en Eliano, Antonino Liberal y Conón) que permite una conjunción fluida de ambos es la presencia de las abejas y la miel en uno y otro caso: el papel de los soldados de Jenofonte, los que experimentan el envenenamiento por miel tóxica, se transfiere a los fugitivos (la pareja protagonista, Ródanes y Sinónide), mientras que el motivo de la derrota tras la guerra de las abejas se traslada de los ladrones o los fugitivos a los soldados de Damas.
Todo ello sirve para confirmar con ejemplos la observación de Focio (Bibl.
XCIV 1) sobre la habilidad de Jámblico para armar la arquitectura literaria de Babiloníacas: sodio de las abejas de Babiloníacas, a saber: la ingestión de miel tóxica y la muerte aparente experimentada de resultas de ello por Ródanes y Sinónide, y la guerra de las abejas contra los soldados que estaban persiguiendo a la pareja protagonista horadando la cueva.
En cuanto al segundo objetivo, se comprueba una vez más la tendencia de Jámblico, ya observada por otros estudiosos, a mezclar modelos y alusiones literarios y adaptarlos a sus fines creativos.
En este caso, la combinación de modelos, uno historiográfico y el otro procedente del cuento popular, ayuda tanto a motivar de forma racionalizante la aparición de los elementos maravillosos de la narración como a ajustar el episodio a la estructura narrativa principal de la primera parte de la novela.
Todo ello sirve para cimentar la impresión, ya apuntada por el propio Focio, de la habilidad y capacidad de Jámblico como narrador. bibliografía |
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En el presente artículo se plantea la hipótesis de que Ovidio deconstruye a Eneas en la Carta de Hipermestra a Linceo (Her.
XIV), desmantelando valores culturales hegemónicos ensalzados en la Eneida, como la pietas masculina, mediante la colocación de la pietas conyugal encarnada en Hipermestra como valor central en las Heroidas.
A partir del análisis de la relación intertextual entre Her.
678 ss., se comprueba que existe una relación irónica de contraste entre Hipermestra y Eneas, representantes de ambos tipos de pietas.
Se constata que esta relación pretende situar a Eneas en el margen, dado que en las Heroidas el impius Eneas constituye el retrato central del héroe, como se observa en la Carta de Dido a Eneas.
Asimismo, se sostiene que Ovidio elige precisamente a Hipermestra como contrapunto femenino del héroe La pia Hypermestra y el impius Aeneas: la deconstrucción de Eneas en las Heroidas de Ovidio (Her.
Likewise, it is argued that Ovid choses precisely Hypermestra as the hero's feminine counterpoint because an in-propia cualidad de pia y, además, se refieren a ella una vez aislada, no como clave de su caracterización (Her.
Al advertir que la pietas de Hipermestra no proviene de la tradición y que es la única heroína de la colección que destaca por esta virtud, surge la cuestión de por qué razón o bajo qué influencia Ovidio se decide por esta caracterización tan concreta y novedosa.
Cuando nos encontramos con una relación intertextual entre la Heroida y la Eneida que conecta a Hipermestra con Eneas por su diferente tipo de pietas, que abordaremos a continuación, nos empezamos a plantear la hipótesis de que la construcción por parte de Ovidio de una Hipermestra pia no constituye un desarrollo paralelo, sino que se inspira en el modelo del héroe virgiliano.
Este artículo tiene como objetivo estudiar y comprender la relación que establece Ovidio entre el Eneas virgiliano y su Hipermestra, empezando por analizar un proceso intertextual entre la Eneida y la Heroida XIV que sirve de prueba de la conexión conceptual entre ambos personajes y sus virtudes (Her.
En este análisis se tiene en cuenta un factor primordial: cómo afecta a esa relación el hecho de que la pietas femenina y la pietas masculina no son equivalentes ni iguales.
A través de este análisis, como veremos, se advierten evidencias de que en la Heroida XIV Ovidio lleva a cabo una deconstrucción del personaje de Eneas a través de su reescritura del personaje de Hipermestra centrada en la pietas.
Con la finalidad de comprender este proceso deconstructivo, en este artículo se estudia asimismo la manera en que Ovidio retrata a Eneas en las Heroidas, y se indaga si el héroe virgiliano se configura en la colección como representante de dicha virtud, al igual que en la Eneida.
Por último, se aborda la cuestión de por qué, entre todas las heroínas, Ovidio elige a Hipermestra como contrapunto femenino de Eneas.
La metodología utilizada para estudiar la relación propuesta entre ambos pasajes de la Eneida y la Heroida XIV es el análisis literario de corte intertextual.
Para analizar el proceso de deconstrucción, se han manejado las nociones de centro y margen con el objetivo de indagar cómo Ovidio desmantela la oposición masculino / femenino (centro / margen) sustituyendo a Eneas por Hipermestra como heroína piadosa.
Trabajamos principalmente con textos de la Heroida XIV y la Eneida, y complementariamente con la Oda III 11 de Horacio y la Carta de Dido a Eneas (Her.
Se han señalado en los versos 45-50 de la carta unas alusiones verbales que apuntan a un intertexto del libro VI de la Eneida (Palmer 1989, p.
En dicho pasaje de la Heroida, Hipermestra, mientras recuerda la noche de bodas en la que debía matar a Linceo por orden de su padre, se centra en describir su conflicto interno y la manera en que llegó a decidirse por no cometer el asesinato:
El hipotexto de la Eneida se encuentra en el contexto del reencuentro de Anquises y Eneas en el Hades (Aen.
VI 687-688); a lo que Eneas responde: Da iungere dextram, / da, genitor, teque amplexu ne subtrahe nostro (Aen.
VI 697-698), y luego dice el narrador: ter conatus ibi collo dare brachia circum; / ter frustra comprensa manus effugit imago (Aen.
258) únicamente señalan que en la Heroida la repetición de ter evoca descripciones de intentos fallidos en poesía épica anterior Hom., 4.
4 que Ovidio utilice el intertexto virgiliano para enfatizar el carácter piadoso de esta es una muestra de que el pasaje de la Eneida, que a su vez evoca a la ilíada y la Odisea, se convierte en texto autorizado como ejemplo paradigmático de la piedad del héroe.
De este modo, en la Heroida las nuevas connotaciones que Virgilio le confiere al pasaje intertextual predominan sobre la evocación del modelo griego. versos 687-688 y 697-698, pues encuentra alusiones verbales también en pietas y en dextra.
Esta estudiosa apunta que el gesto de las «tres veces» arrastra un contexto marcado de piedad5 filial, que Ovidio integra en su texto a partir de tres elementos alusivos al pasaje de la Eneida: ter, dextra, pietas (Battistella 2011, p.
Considera que aquí la intertextualidad marca una oposición ideológica, sobre todo en lo referido al género literario: por un lado, la épica, con la pietas tradicional, y por otro, la elegía, con la pietas dirigida al marido.
Creemos que Battistella establece un buen punto de partida y que en efecto la relación intertextual que se produce es de oposición, aunque por nuestra parte consideramos que no es tanto que Ovidio elija la pietas de la elegía, sino que se sirve de ella para desmontar la de la épica.
Además, pondremos énfasis en un elemento que Battistella pasa un tanto por alto: el hecho de que esa pietas tradicional de la épica es de carácter masculino frente a la pietas femenina de la Heroida.
A continuación, vamos a dedicarnos a analizar este proceso intertextual en profundidad fijándonos en cómo las alusiones verbales crean una relación contrapuesta entre Eneas e Hipermestra.
En el citado pasaje de la Heroida, tras un comentario parentético en el que la escritora intenta ganarse el favor del lector mostrando sinceridad (non ego falsa loquor, Her.
XIV 45), la voz de Hipermestra, con un tono narrativo, describe cómo estuvo a punto de cometer el crimen varias veces (ter acutum sustulit ensem, Her.
XIV 45), tantas como se arrepintió por sus propias reservas morales (ter male sublato decidit ense manus, Her.
Analicemos con más detalle el pasaje intertextual comenzando por la relación ter-ter:
La similitud que se ha señalado es evidente: ambos pasajes describen un intento fallido.
La estructura de ambos pares de versos es similar, pues con la repetición ter-ter, en el primer verso se dice lo que se intenta (Her.
VI 700) y en el segundo cómo no se consigue (Her.
Este segundo par de versos es especialmente paralelístico: ambos comienzan con una estructura ter + adverbio + participio, y además comparten otro eco verbal en manus, que analizaremos enseguida.
Otra similitud se encuentra en el modo de enunciación.
En una carta lo esperado es que una primera persona se dirija a una segunda, algo que no ocurre en este dístico de la Heroida, quizás como forma de mimetizarse con el intertexto narrativo: de igual manera que en el intertexto virgiliano la escena del abrazo frustrado está en boca del narrador externo, Ovidio sitúa la descripción del intento de Hipermestra de cometer el asesinato en la voz narrativa de la escritora, que relata la escena en tercera persona como si la viera desde fuera, convirtiendo su mano en sujeto de la acción (decidit... manus, Her.
No obstante, aunque ambos pares de versos describan intentos fallidos con elementos similares, hay una divergencia significativa en el contenido.
Los actos que se repiten tres veces son diferentes e incluso opuestos: en la Eneida son tres los intentos del héroe de abrazar el cuello del padre; en la Heroida son tres los intentos de la heroína de cortarle el cuello a su esposo, o, dicho de otra manera, tres intentos de cumplir la orden de su padre.
La diferencia en el contenido se refleja textualmente.
Por un lado, los dos versos de la Eneida (Aen.
VI 700-701) describen un mismo acto: Eneas intenta abrazar a Anquises y al mismo tiempo fracasa; pero Hipermestra primero levanta la mano (Her.
XIV 45) y luego la baja (Her.
XIV 46), lo cual manifiesta un conflicto interno y, quizás más importante, que el intento de Hipermestra, a diferencia del de Eneas, no es tanto un intento frustrado como una decisión consciente de no hacer lo que intentaba.
En el segundo par de versos (Her.
VI 701) se aprecia bien esta divergencia, especialmente si comparamos los adverbios.
XIV 46) en el mismo lugar de verso que frustra (frustra comprensa... imago, Aen.
VI 701), subrayando así el contraste entre que Eneas hace algo en vano y el hecho de que Hipermestra decide no hacer algo porque lo considera incorrecto.
De esta forma, se genera una oposición entre comprensa... imago (Aen.
XIV 46), pues la primera es signo de pietas, mientras que el segundo es una muestra de impiedad.
En este punto abordamos también el hecho de que, aunque ambos héroes actúan por pietas, esta virtud se aplica de diferente manera en cada caso: Eneas falla al intentar algo que su pietas, de carácter filial, le lleva a hacer, mientras que Hipermestra decide fracasar en su pietas filial para triunfar en su pietas conyugal, como veremos con más detalle más adelante.
VI 701) también es importante como elemento de comparación que subraya la diferencia en la pietas de ambos personajes.
Las manos de Eneas son piadosas al intentar abrazar al padre, pero la mano de Hipermestra se encuentra en esa complicada ambivalencia moral: en el verso 45, cuando levanta la espada, su mano es piadosa para con su padre pero impía para con su marido; sin embargo, en el verso 46 es piadosa para con su marido e impía para con su padre.
En lo que respecta a las manos como elemento de comparación antitética, conviene hacer referencia en este punto a la conexión entre el verso 50 de la Heroida y 701 de la Eneida, pues en ambos casos aparece la idea de «mano» junto con el concepto de «rehuir», reforzando una comparación contrapuesta (Castaque mandatum dextra refugit opus, Her.
En este intertexto, el elemento del fantasma del padre que escapa a las manos piadosas del hijo es trasladado por Ovidio irónicamente a la voz de Hipermestra, de manera que es ella quien rehúye la orden de su padre con un acto de su mano impía.
Analicemos el siguiente par de versos.
Como se acaba de ver, Hipermestra ha introducido su conflicto interno contando que intentó varias veces cometer el asesinato, pero que se decidió siempre por no hacerlo (Her.
A continuación, la escritora realiza una operación de expansión de la descripción contenida en 45-46, pues cuenta, ahora en primera persona, cómo intentó acercar el cuchillo al cuello.
El dístico 47-48 de la carta (Admoui iugulo (sine me tibi uera fateri), / Admoui iugulo tela paterna tuo, Her.
XIV 47-48) describe el mismo intento de asesinato que el verso 45 (non ego falsa loquor, ter acutum sustulit ensem, Her.
Incluso se evidencia una similitud en la forma, pues se vuelve a utilizar un comentario parentético de contenido similar (non ego falsa loquor, Her.
Sin embargo, existe una divergencia significativa en el modo de enunciación.
Como se ha visto, en 45-46 la escritora de la carta se convertía en una narradora en tercera persona que observaba la escena desde fuera -pese a ser ella misma la protagonista-.
Ahora, en 47-48, la escritora describe en primera persona cómo acercó el cuchillo al cuello de su esposo (admoui, Her.
Además, la voz de Hipermestra se refiere al objeto del relato, Linceo, en segunda persona (iugulo... tuo, Her.
XIV 48), y se dirige a él en el parénte-sis (sine me tibi uera fateri, Her.
XIV 47), a diferencia del comentario del verso 45, que carece de interlocutor explícito.
Esta voz en primera persona con un lector interno se acerca más a la voz subjetiva de la lírica o la elegía, lo cual puede verse justificado si tenemos en cuenta un intertexto lírico de este dístico: los versos 30-32 de la Oda III 11 de Horacio, un poema que resulta un referente importante en la composición de la Heroida porque el autor da voz a Hipermestra y la representa en la noche de bodas avisando a Linceo para que huya.
En lo que respecta específicamente al dístico que estamos estudiando de la Heroida, Reeson (2001, p.
260) apunta, en favor de la variante III del verso 47 6, que en la oda de Horacio hay un recurso retórico del que puede estar haciéndose eco Ovidio: de las hermanas, en una voz que defiende el carácter piadoso de la única que no cometió el asesinato.
A lo anterior hay que añadir que Horacio también aprecia una virtud en Hipermestra, aunque no es la pietas, sino la clementia: me pater saeuis oneret catenis, / quod uiro clemens misero peperci (Hor.,.
No obstante, en Horacio la motivación de la decisión de Hipermestra no es tanto la virtud de la clementia, sino el amor: el amor la hace perdonar la vida a su marido y como consecuencia de ello es clemens.
La Hipermestra ovidiana tiene una motivación diferente de la de su predecesora literaria, como expresa en el siguiente dístico: sed timor et pietas crudelibus obstitit ausis, / castaque mandatum dextra refugit opus (Her.
Este dístico, como hemos señalado, está vinculado intertextualmente a unos versos de la conversación entre padre e hijo en la Eneida, principalmente mediante la evocación verbal de pietas y dextra.
VI 687-688); y luego Eneas: Da iungere dextram, / da, genitor, teque amplexu ne subtrahe nostro (Aen.
De esta manera, Ovidio, después de hacer una referencia al intertexto de la oda Hor.,, presenta la motivación de su heroína en unos versos que retoman el mismo intertexto de la Eneida que tenían los versos 45-46.
Ovidio, así, se aparta de las razones de la Hipermestra horaciana y al mismo tiempo señala la pietas de Eneas como referente.
Analicemos la relación entre Her.
En la Eneida tenemos un pasaje dialogado en el que el padre se alegra de la visita de su hijo y el hijo desea abrazarlo, mientras que en la Heroida solo encontramos la voz de Hipermestra dando las razones por las que desobedeció a su padre.
Esta diferencia en el contexto tiene sus consecuencias intertextuales.
En la Eneida, la pietas de Eneas se encuentra en boca de su padre y es una pietas claramente filial de la que Anquises se siente orgulloso (tuaque exspectata parenti... pietas, Aen.
VI 687-688); por el contrario, en la Heroida, es Hipermestra quien defiende su propia pietas.
Esto es significativo no tanto desde el punto de vista de la voz de los personajes como por lo que implica en el nivel del autor y el lector externos: es la primera vez que se habla de la pietas de Hipermestra y Ovidio la presenta en el texto sin adjetivar, dejando aparentemente abierta las posibilidades semánticas de este ambivalente concepto (sed timor et pietas crudelibus obstitit ausis, Her.
Esto contrasta con los tres determinantes que tiene la pietas en el texto de la Eneida (tuaque exspectata parenti... pietas, Aen.
En exspectata pietas se produce un caso de reflexividad, pues en boca de Anquises sirve simplemente para expresar que él esperaba o deseaba la pietas de su hijo, pero desde el punto de vista del autor y los lectores externos, Virgilio se hace eco de que la pietas es el rasgo más conocido del héroe.
Al contrario, en la Heroida, en el nivel de los personajes, la pietas de Hipermestra no solo no es parenti sino que es una pietas que daña a su padre, y por ello nunca sería reconocida por él.
Asimismo, los lectores externos tampoco reconocen la pietas de la heroína puesto que es un rasgo que Ovidio subraya por primera vez.
No obstante, lo más interesante para ver los diferentes tipos de pietas es que Ovidio reescribe un símbolo de parenti pietas de este texto de la Eneida, la dextra de Anquises que Eneas desea agarrar (Da iungere dextram, / da, genitor, teque amplexu ne subtrahe nostro, Aen.
VI 697-698), y lo convierte en símbolo de otro tipo de pietas (castaque mandatum dextra refugit opus, Her.
En la Heroida, dextra es la mano de la propia Hipermestra, y al no cometer el asesinato, se transforma en un símbolo de su piedad conyugal, como muestra la adjetivación casta dextra (50), que contrasta con la adjetivación de parenti pietas y señala los valores clave para cada personaje.
De esta manera, Hipermestra no necesita calificar la pietas, pues para ella solo hay un tipo, la conyugal.
Fijémonos para finalizar en que la palabra pietas en la Heroida no forma un sintagma independiente, sino que está en conjunción con timor (timor et pietas, Her.
Creemos que con esta unión Ovidio relaciona el rasgo nuevo que él busca darle a su heroína con la motivación tradicional de su pasado literario que se encuentra en Propercio (IV 7.63-68) y se remonta hasta Esquilo (Pr.
868): el temor femenino a tomar una espada y llevar a cabo un asesinato.
Por ello, interpretamos que el sintagma timor et pietas también es un punto de reflexividad, como lo es exspectata pietas: por un lado, en la voz de la heroína, el timor es un miedo a lo que pueda pasarle si no es piadosa, por eso se encuentra unido a pietas; pero, por otro lado, en el nivel de la voz de Ovidio, timor et pietas apunta a ambas motivaciones: el timor de su pasado literario que el lector crítico conoce y la nueva pietas que Ovidio concibe para ella.
Asimismo, timor et pietas puede entenderse como una hendíadis: la «temerosa piedad» o «el temor piadoso», lo cual refuerza la idea de la clase de piedad femenina que defendemos.
Habiendo analizado el pasaje intertextual completo, consideramos que Ovidio refleja en la jerarquía de sus intertextos su decisión consciente de crear una Hipermestra caracterizada por la pietas.
Hemos estudiado los versos 45-50 de la Heroida XIV en relación con su intertexto principal (Aen.
VI 678 ss.) y secundario (Hor.,, que podemos recapitular de la siguiente manera.
El pasaje comienza con un tono narrativo (Her.
XIV 45-46) conectando intertextualmente la escena de la carta en que Hipermestra decide actuar por su pietas (conyugal) con una escena de la Eneida en la que Eneas demuestra su pietas (filial).
XIV 47-48) el tono de la escritora se torna subjetivo y el texto alude a unos versos de uno de los pasados literarios de la heroína (Hor., Carm.
III 11.30-32), en los que la voz poética del autor critica la impiedad de las Danaides.
XIV 49-50), la escritora retoma el tono narrativo y aparecen los otros dos elementos alusivos al pasaje de la Eneida, dextra y, especialmente, pietas, la palabra clave que caracteriza al pasaje y por extensión al comportamiento de la Hipermestra ovidiana.
En este sentido se puede concluir que la palabra foco del intertexto horaciano, impiae, se aplica en oposición a Hipermestra y se refuerza como carácter moral heroico de esta al relacionarlo con Eneas y el intertexto virgiliano, que se encuentra en posición marcada al principio (Her.
Se aprecia por tanto una compleja mezcla de elementos intertextuales que configuran a la Hipermestra de la carta como la heroína que Ovidio quiere que sea gracias a alusiones en oposición y a la colocación específica de los intertextos destacados.
Mediante este análisis intertextual se ha procurado demostrar que la conexión que crea Ovidio entre los versos de la Heroida XIV y el citado pasaje de la Eneida sirve para establecer una relación de oposición entre Hipermestra y Eneas.
Consideramos que esta relación, esta forma de reescribir a Hipermestra a la luz de Eneas, pero al mismo tiempo muy diferente, no es consecuencia de un simple juego paródico por parte de Ovidio ni una sencilla variación del tema de la pietas según el género sociológico del sujeto.
Visto todo lo anterior, para una completa comprensión de este fenómeno, hemos tenido en consideración la línea de estudio que defiende lo que Fernández Corte llama fragmentación (o deconstrucción) ovidiana de la Eneida en las metamorfosis.
Este estudioso defiende que Ovidio, en la llamada «Eneida ovidiana» 8, realiza una de-8 En las interpretaciones deconstructivas que citamos tuvo gran influencia el trabajo de Galinsky (1975, pp. 217-251), quien sostiene que la «Eneida ovidiana» no está fundamentada en mera parodia o trivialización de la Eneida.
Este autor sostiene que Ovidio cuenta la historia aliter, no contra, y que propone una alternativa exitosa al tratamiento virgiliano del mito.
198), Solodow coincide con Galinsky en lo anteriormente expuesto, pero afirma que esa visión alternativa constituye una crítica de la Eneida, puesto que la construcción del relato magistral de la cultura latina materializado en la Eneida de Virgilio (Fernández Corte 2018, pp. 213-214).
52 ss.) sostienen que Ovidio fragmenta en las metamorfosis, entre otras cosas, cuestiones culturales de vasto alcance social que se reunían en la Eneida como obra que había adquirido el carácter de mito fundacional.
Uno de estos aspectos es el tipo de heroísmo y de religiosidad de Eneas, y la forma de masculinidad que representa.
También señalan, siguiendo a Solodow 1988, pp. 155-156, que el Ovidio deconstructivo se ocupa de presentar una interpretación demoledora del héroe augústeo, pues Eneas no aparece en ningún momento como fundador de la nación romana, no es un personaje central de la narración y no es conspicuo por ninguna virtud: muestra de esto es que solo es llamado pius una vez (met.
La poca intensidad con la que retrata Ovidio a Eneas como pius en las metamorfosis contrasta manifiestamente con la insistencia con que el autor había caracterizado a Hipermestra como pia.
En este sentido, nos parece sugerente que existan teorías como la que sostiene Fernández Corte que defienden precisamente el mismo tipo de proceso deconstructivo que hemos apreciado paralelamente en la Heroida XIV en una obra posterior del mismo autor.
Sin pretender en este artículo entrar a estudiar citada teoría sobre metamorfosis, nos parece que la deconstrucción que sostenemos de Eneas en la Heroida XIV puede reforzar desde un punto de vista intratextual y diacrónico la teoría de que Ovidio en las metamorfosis efectúe una fragmentación de la epopeya y de su héroe.
Dicho todo lo anterior, para afirmar que en efecto en las Heroidas Ovidio realiza una fragmentación del héroe, no basta con confirmar la relación de oposición entre Hipermestra y Eneas, como se ha hecho en este epígrafe.
Se debe demostrar que en esta obra el autor pretende situar a Eneas en el margen.
Como en la Heroida XIV el héroe virgiliano no tiene presencia efectiva, es conveniente fijarse en cómo es retratado en la Carta de Dido (Her.
VII), con el objetivo de determinar si Ovidio lo presenta como el modelo virgiliano prototípico de pietas, o, por el contrario, si se convierte en un personaje secundario alejado de los valores centrales que manifiesta la obra.
Eneida y Eneas no son, para Ovidio, el tema y el personaje central.
En este punto nos remitimos asimismo a Martínez Astorino 2003Astorino -2004, pp. 97-99, pp. 97-99, donde encontramos un claro resumen del estado de la cuestión de la «Eneida ovidiana» desde principios del siglo XX.
Por otra parte, conviene apuntar que recientemente la crítica española ha realizado interesantes aportaciones a este tema (álvarez Morán e Iglesias Montiel 2004Montiel, 2009;;Estefanía 2018).
Eneas en la voz de Dido (Her.
Vii y Aen. iV): el impius Aeneas
En su carta, Dido no llama a Eneas pius ninguna vez, siempre lo caracteriza con léxico relacionado con el engaño y la traición (fallas, Her.
No obstante, Dido utiliza el adjetivo pius en dos ocasiones.
El primer ejemplo es pia tura.
Se encuentra en un contexto en el que Dido se presenta como la esposa que más va a querer a Eneas (Vnde tibi, quae te sic amet, uxor erit?, Her.
VII 24), para lo que utiliza símiles de elementos nupciales: primero se compara a sí misma con la antorcha por su ardiente amor (Vror, ut inducto ceratae sulphure taedae, Her.
VII 25) y a continuación compara a Eneas con el incienso (ut pia fumosis addita tura rogis / Aeneas oculis uigilantis semper inhaeret, Her.
Ovidio utiliza este mismo sintagma pia tura en Amores (Et quisquam pia tura focis inponere curat?, Am.
En estos dos textos el incienso es piadoso porque se utiliza para honrar a los dioses en diferentes contextos.
Pensamos que en la voz de Dido pia tura se refiere en concreto a un incienso destinado a honrar a los dioses del matrimonio por el contexto erótico y porque se pretende presentar a sí misma como la mejor esposa posible para Eneas, como hemos visto 12.
Si analizamos el símil, observaremos que Dido compara el incienso con Eneas para decir que no puede dejar 9 Edición del texto latino de Ehwald 1907.
10 En su elegía Ovidio se queja de que su amada le ha jurado fidelidad en falso.
Así, esta relación intertextual de pia tura entre la Heroida VII y Amores III 3 identifica a Ovidio con Dido, que también está sufriendo la traición de Eneas.
Por otra parte, el poema de Tibulo trata sobre la celebración de un cumpleaños, y por tanto no tiene un tema amoroso; sin embargo, en la Heroida Ovidio toma urantur y lo transfiere a su texto confiriéndole significado erótico (uror, Her.
12 Pese a la claridad del contexto amoroso, hay un giro en el horizonte de expectativas del lector crítico, pues el incienso de la Heroida no es arrojado a los focis, como en los intertextos, sino a los rogis: de esta manera, a lo que era un símil amoroso se le añaden connotaciones funerarias que remiten a la pira en la que morirá la Dido virgiliana.
Aquí hay una intersección de voces de Ovidio como autor real y Dido como escritora de la carta: en un contexto amoroso se inserta en la voz de la heroína una referencia a su trágico futuro que los lectores externos conocemos y que está prefijado en la epopeya de Virgilio.
Incluso podemos decir que en la Heroida (VII 24-25b) hay una intersección entre las voces de la Dido ovidiana y de mirarlo: el troyano se pega a los ojos de Dido tanto como el incienso a la pira.
Resulta interesante que se compare pia tura con el pius Eneas porque es una equivalencia irónica: el incienso es piadoso porque sirve para honrar a los dioses nupciales, mientras que Eneas, al abandonar a Dido, está actuando contra esos mismos dioses, y por lo tanto no es pius.
Pero pia tura sobre todo nos interesa intratextualmente en una conexión que se establece entre la Carta de Dido y la Carta de Hipermestra.
En la carta de Hipermestra podemos encontrar impia tura (Her.
Cuando esta heroína describe la noche de bodas, se refiere al incienso como impío pues se está utilizando para honrar una boda que en realidad es un engaño para asesinar a los maridos, y, por tanto, todo lo relacionado con ella deshonra a los dioses y va en contra de la piedad conyugal.
La Carta de Dido y la Carta de Hipermestra son las únicas de la colección en las que tura está adjetivado con palabras de la familia léxica de pietas, y precisamente se encuentran en oposición pia tura / impia tura.
Creemos que esta relación vincula ambas cartas por el valor por el que el autor quiere que las comparemos: la pietas.
En la historia canónica de Dido, Eneas es el representante de la pietas, mientras que en la historia de Hipermestra, sus hermanas son impiae.
Sin embargo, en ambas cartas Ovidio pone de relieve las perspectivas marginales: la piedad de Hipermestra y la impiedad de Eneas -de la que hablaremos con más detalle enseguida-, características que habían pasado desapercibidas al pensamiento hegemónico.
En el otro caso del uso del adjetivo pius en la Carta de Dido también se puede apreciar una referencia a la impiedad de Eneas.
Este segundo ejemplo es seniorque pater, pia sarcina nati (Her.
El adjetivo pius está determinando al padre, Anquises: es una metonimia con la cual se refiere realmente a la piedad que Eneas muestra al cargar con su padre.
Además, estas palabras están en un contexto en el que Dido justifica haber violado el pudor alegando que ella tenía todas las razones para pensar que Eneas se casaría con ella (Her.
Por lo cual no podemos evitar advertir en pia sarcina un tono irónico desde la perspectiva de una Dido cuyas expectativas de la fama de Eneas se han desvanecido junto con su abandono y su traición: vemos así una puesta en duda de esa exspectata pietas.
la Dido virgiliana, pues el tono erótico es de la ovidiana y el funesto es de la virgiliana, en cuya boca se encuentra la palabra rogus (Aen.
Y siguiendo por ese camino, conviene añadir que Dido se refiere directamente a la impiedad de Eneas, de nuevo mediante una metonimia: non bene caelestis impia dextra colit (Her.
La escritora pone en duda que Eneas sea el piadoso héroe que debe honrar a los dioses patrios que sacó de Troya.
Antes dijo que ella se había equivocado al confiar en un hombre famoso por su madre divina y la piadosa carga de su padre (Her.
VII 107-108); ahora le niega también su deber para con los dioses patrios.
Puesto que Dido califica de impia la mano de Eneas precisamente cuando se queja del abandono y de la falta de fidelidad del héroe, consideramos que se refiere concretamente a la impiedad conyugal de Eneas.
En definitiva, se manifiesta que la Dido ovidiana relaciona a Eneas con la impiedad conyugal.
Para ver cómo esto forma parte de la deconstrucción ovidiana de Eneas conviene estudiar si la impiedad del héroe en boca de Dido es un elemento tomado de la Eneida de Virgilio.
En la Eneida, encontramos el adjetivo impius en la voz de Dido en dos ocasiones (Aen.
El primer ejemplo se encuentra en el discurso con el que Dido convence a su hermana de que prepare la pira en la que quemar los recuerdos de Eneas como un supuesto ritual que le haría olvidar su amor:
En este texto parece suficientemente claro que impius se refiere a Eneas.
Pero impius, como sabemos, puede tener muchos matices.
Si analizamos el contexto veremos a qué tipo de impiedad se refiere.
Dido habla de las armas y las prendas que se ha dejado Eneas en su cuarto, y en último lugar hace mención al lecho nupcial.
Y mientras recuerda cómo el héroe se ha acostado con ella y ha traicionado el vínculo que eso supone13, lo llama impius.
Dido se refiere a un tipo concreto de impiedad: la conyugal.
El segundo ejemplo se encuentra en el discurso que Dido pronuncia cuando observa las naves troyanas alejarse.
Consideramos que la interpretación de Casali 1999, que atribuye las acciones impías a Eneas, es la más acertada.
La mayoría de la crítica opina que facta impia son los actos impíos contra el pudor que ha cometido la propia Dido, pero según Casali (1999, pp. 203, 206), incluso los que se las han asignado a Eneas han fallado en explicar qué acciones son y por qué Dido dice que debería haber sabido que confiar en Eneas era un error (Aen.
66) interpreta que Dido, cuando Eneas la abandona, se da cuenta de que la narración de este sobre cómo escapó de Troya gracias a su comportamiento piadoso, contenida en el libro II de la Eneida, es una mentira, y que si escapó fue por sus facta impia, es decir, gracias al engaño y la traición.
6), en la antigüedad había dos versiones de la huida de Eneas de Troya, una es la que se cuenta en la Eneida y otra según la cual el héroe entregaba Troya a los griegos y por ello le permitieron escapar con vida a él y su familia.
Este autor añade además que Eneas en el libro II proporciona esta versión de su huida porque es la que Virgilio debía dar, pero que mediante estas palabras de Dido (Aen.
IV 596-599), el autor muestra que las versiones descartadas del mismo hecho pueden mantener su validez para otros (Casali 1999, p.
Esta interpretación explica bien una cuestión compleja desde el nivel del lector y autor externos.
Pero desde el punto de vista interno del personaje de Dido, existe una explicación sencilla que es coherente con la otra ocasión en que Dido utiliza el adjetivo impius refiriéndose a su amado traidor.
De nuevo, analicemos el contexto.
La heroína se queja con dolor de la traición de Eneas, y la frustración de sus expectativas le obliga a referirse, exclamando con amarga IV 172), pero, unos versos antes, había llamado a su unión conubiis (Aen.
Asimismo, no solo Dido considera que la unión física supone una unión matrimonial efectiva, sino que así lo expresa también la propia Juno, quien los une en matrimonio (conubio iungam stabili propriamque dicabo, / hic hymenaeus erit, Aen.
IV 126-127). ironía, a aquellas cosas que le hicieron confiar en él, cuestionando la credibilidad de los signos de fidelidad que el héroe le ofreció (dextra fidesque, Aen.
IV 597) y la propia fama de piadoso por cargar con su padre y los penates (Aen.
Sostenemos que Dido dice que ahora le afectan los actos impíos de Eneas (Aen.
IV 596) porque, al ver que la abandona, recuerda que en la historia de la huida que él mismo le contó comete un importante acto impío: Eneas abandonó a su esposa Creúsa.
En ese momento no se dio cuenta de que lo mismo le pasaría a ella, de que Eneas volvería a traicionar el vínculo matrimonial y volvería a poner por delante su concepto masculino de pietas.
Dido parece no tener ninguna duda: aunque Eneas quiera presentarse como pius, en realidad es impius Aeneas.
Para ella, al igual que para Hipermestra, solo existe un tipo de pietas, y quien no se comporte según esa virtud es impío, ya sea hombre o mujer.
En ningún otro lugar de la Eneida se le llama a Eneas impius, solo estas dos veces en boca de Dido.
Virgilio sitúa esta interpretación del impius Aeneas en la voz de un personaje femenino, colocando claramente esta lectura en el margen -prueba de ello es que la mayoría de los críticos hayan interpretado facta impia como los actos impúdicos de Dido-.
Pero, aunque sitúe la impiedad de Eneas en el margen, lo importante es que la sitúa.
Y en este sentido se puede ver en la Eneida una relación de oposición entre la piedad y la impiedad del héroe en dos momentos clave que están conectados intratextualmente: los versos 700-701 del libro VI de la Eneida -el intento frustrado de abrazar a Anquises que hemos analizado como pasaje que se convierte en modelo de piedad filial para la Heroida XIV-reiteran con exactas palabras los versos 792-793 de la escena del libro II en la que el fantasma de Creúsa le dice a Eneas que debe proseguir su camino sin ella:
II 750 ss.) y tiene su consentimiento para marcharse (Aen.
II 775 ss.), el hecho es que prioriza absolutamente la salvación de su padre, no la de su esposa, lo cual resulta una muestra de impiedad conyugal que luego repite con Dido.
II 792-793, VI 700-701) subraya especialmente la impiedad conyugal del héroe porque son palabras exactamente iguales aplicadas a un contexto muy distinto, lo cual sirve para subrayar la divergencia: en este caso, impiedad conyugal frente a piedad filial.
Dos caras de Eneas, una hegemónica, otra marginal.
En conclusión, Ovidio toma de la Eneida esta lectura minoritaria sobre Eneas para su carta de Dido.
Pero es cierto que la Dido ovidiana no insiste más que la virgiliana en la impiedad de Eneas, y, por tanto, el impius Aeneas no es una innovación de Ovidio.
Lo verdaderamente relevante es que en la colección de Heroidas el único Eneas que existe es el impius, y por tanto Ovidio la convierte en la lectura central.
En eso consiste precisamente la deconstrucción: con un comportamiento perfectamente análogo por parte de Dido, el Eneas impius es central en las Heroidas, pero marginal en la Eneida, porque las características del género literario de cada obra y, sobre todo, la perspectiva de las mismas, permiten invertir este elemento, aun siendo objetivamente igual.
A esto hay que añadir que, más allá de la deconstrucción particular que puede apreciarse en las Heroidas, el retrato crítico directo o indirecto de Eneas obedece también, formalmente, a una pretensión de género literario y a la elección de un tipo específico de elegía, pues dicha deconstrucción es un elemento que integra una dinámica general de la colección, entendida como una suerte de revisión de los mitos, en la que se observa, de manera generalizada, el punto de vista de las mujeres.
Recapitulando lo que se ha señalado hasta ahora, Ovidio, tras presentar la cara marginal del Eneas impío en la Heroida VII, crea a una Hipermestra representante de la piedad conyugal en la Heroida XIV, y se sirve de ello para seguir situando en el margen a Eneas y sus valores poniendo de relieve el tipo de pietas que él rompe.
Pero en la colección hay otras heroínas que podrían ser representantes de la pietas conyugal, y de manera mucho más reconocible por el lector, como por ejemplo Penélope (Her.
Ante esta circunstancia, la pregunta que surge es: ¿por qué Hipermestra?
Hay una razón definitiva por la que sostenemos que Ovidio eligió precisamente a Hipermestra para deconstruir a Eneas, y tiene que ver con el final de la Eneida.
Como es sabido, en el final de la epopeya virgiliana, el héroe, cuando está a punto de ceder a las súplicas del Turno derrotado, observa que este lleva puesto el tahalí de Palante, que le recuerda los deberes del pacto de hospitalidad establecido con Evandro, y finalmente acaba con su vida (Aen.
Se ha escrito mucho sobre este final y sus interpretaciones 14.
7), los dos principales puntos de vista pueden describirse como optimistas y pesimistas.
Según ellos, Eneas actúa correctamente matando a Turno y rechazando su súplica de misericordia.
A los pesimistas pertenecen Michael Putnam, Richard Thomas, R. O. A. M. Lyne, Steven Farron, y W. R. Johnson.
Para ellos Eneas falla en su misión, pues abandona sus obligaciones con la pietas y la clementia, rindiéndose ante el furor.
En lo que respecta al tema particular de este artículo, nos interesa fijarnos en el significado del tahalí de Palante en este desenlace, pues está decorado con la imagen de las Danaides cometiendo el asesinato de sus esposos, como se describe en el libro X:
X 495-500) La escena del tahalí se centra en las Danaides y en el asesinato que cometen; Hipermestra y su perdón no aparecen representados.
Edgeworth (2005, pp. 4, 10) sostiene una interesante interpretación del significado de las Danaides en la Eneida.
Este autor considera que Virgilio no sitúa a las hermanas entre su lista de condenados en el infierno 15 (Aen.
VI 580-627) para subrayar la ambivalencia, indicando al lector que la acción de las Danaides es al mismo tiempo piadosa, por obedecer al padre, y nefas, por el asesinato.
Edgeworth cree que Virgilio aplica el simbolismo de las Danaides a la decisión final de Eneas, de tal manera que Eneas es pius y nefas al mismo tiempo.
En esa misma situación ambivalente se encuentran Hipermestra y las hijas de 14 Para un estado de la cuestión nos remitimos a Ceccarelli 2012, citado por Estefanía (2017, p.
15 La mayoría de las obras latinas que tratan la historia de las hijas de Dánao antes que las Heroidas se centran en el crimen de las hermanas y, a excepción de la Eneida, las sitúan por ello en el infierno (Lucr.
Dánao, como ya hemos apuntado: Hipermestra es impía por desobedecer a su padre y piadosa por salvar a su marido; las Danaides son piadosas por obedecer a su padre e impías por matar a los maridos.
Si tenemos que comparar a Eneas con alguna de ellas, al acabar con la vida de Turno el héroe actúa como las Danaides (Putnam 1994, p.
180), pues no muestra la clementia con la que se comporta Hipermestra.
De este modo, Eneas manifiesta una falta de clementia inspirándose en las Danaides.
Ya antes de la Eneida, Horacio, al denominar a Hipermestra clemens y a las Danaides impiae en la Oda III 11, evidencia que, para el pensamiento romano, en la historia de las hijas de Dánao la virtud de la clementia tiene un papel relevante.
Lo más interesante es que a Eneas en la epopeya virgiliana se le atribuyen tres de las cuatro virtudes augústeas, pero no la clementia (Estefanía 2017).
Así, Ovidio toma a Hipermestra como un personaje que el lector de la Eneida ya consideraría antitético a Eneas, pues actúa de manera contraria a las Danaides, que a su vez sirven de modelo para el héroe; un personaje que, en definitiva, se rige según la clementia, la única virtud de la que carece Eneas 16.
Creemos que esa es la razón última por la que el autor elegiría a Hipermestra para deconstruir a Eneas: toma al personaje antitético y le dota de la virtud clave de Eneas, la pietas.
De esta manera, Ovidio relaciona a Hipermestra con Eneas, y cuestiona si ambos pueden ser piadosos aunque se comporten de manera opuesta.
Desde la perspectiva de la reescritura ovidiana, si Hipermestra perdona la vida a Linceo y por ello es piadosa, Eneas no puede ser piadoso si actúa de la manera opuesta a Hipermestra.
Aquí se encuentra otro filón de deconstrucción con el que prácticamente llevar al absurdo la diferencia de virtudes según el género.
Pero aún hay una última relación que confirma la conexión entre Eneas e Hipermestra.
Varios autores han señalado un vínculo intratextual entre el final de la Eneida y el final del libro VI.
Cuando Eneas tiene que decidir si perdonar al Turno suplicante (ille humilis supplexque, Aen.
XII 930), el lector crítico recuerda el mandato que había dado Anquises a su hijo: parcere subiectis, et debellare superbos (Aen.
Lo que nos interesa es que el final de la 16 Sobre la falta de clementia de Eneas en el final de la Eneida conviene citar a Galinsky 1988, pp. 323-324, quien defiende que desde el punto de vista de la moralidad romana de la época de Virgilio no habría ninguna ambigüedad en el comportamiento de Eneas: Turno era un criminal de guerra que no tenía que ser tratado con clementia.
Eneida, cuando Eneas se comporta como una Danaide, remite al encuentro de Eneas con su padre, que es precisamente el pasaje que tiene una marcada relación intertextual con la Heroida XIV.
Así, como hemos visto, los versos 45-50 de la Heroida en los que Hipermestra declara su pietas, remiten mediante alusiones verbales a un pasaje de la Eneida representante de pietas filial; pero a su vez, aprovechando la intratextualidad de la Eneida, estas alusiones verbales remiten al final de la epopeya, donde las Danaides influyen en las acciones no clementes de Eneas.
De esta manera, el pasaje en el que Hipermestra decide perdonar la vida a su marido (Her.
XIV 45-50) se conecta con el final de la Eneida en el que el héroe decide no perdonar a Turno.
Consideramos que en este artículo hemos aportado argumentos lo suficientemente sólidos como para sostener la hipótesis de que Ovidio deconstruye a Eneas en las Heroidas.
Las evidencias nos llevan a pensar que Ovidio establece entre Eneas e Hipermestra una relación irónica de contraste de la que se sirve para desmantelar valores culturales hegemónicos de los que hace propaganda la Eneida, como la virtud masculina de la pietas, y lo lleva a cabo situando en las Heroidas como valor central otro tipo de pietas, generalmente considerado femenino pero que Ovidio extiende también como modelo de comportamiento masculino.
Recapitulemos las evidencias que se han proporcionado.
Primero, hemos analizado como prueba de la conexión entre Hipermestra y Eneas la relación intertextual entre Her.
Mediante las referencias verbales y la reescritura, Ovidio relaciona un pasaje en el que Eneas muestra piedad filial con uno de la Heroida en el que la heroína manifiesta su piedad conyugal.
De esta manera utiliza el modelo de Eneas para crear una heroína pia que no había sido retratada como tal en la tradición, haciendo hincapié mediante la divergencia en que la pietas de Hipermestra es diferente de la de Eneas.
Nuestra heroína, debido a su rol femenino, se decide por la piedad conyugal, y en ese sentido Ovidio utiliza las alusiones a la Eneida para establecer un paralelismo contrapuesto entre ambos personajes, que resultan paradigmáticos cada uno para cada género sociológico, y quizás yendo más allá, para su género literario.
Pero esta relación directa del tipo de virtud según el género queda también desmontada en las Heroidas.
Ovidio sitúa la pietas conyugal, asociada a los valores femeninos, como central incluso para los hombres.
Esto se ve claro en la Carta de Dido, donde se cuestiona e incluso se niega la pietas de Eneas, pues es representado como impius.
A diferencia de lo que ocurre en la Eneida, en el mundo de las Heroidas sería más importante que Eneas se rigiera por el tipo de pietas tradicionalmente femenina: solo así sería verdaderamente pius.
Asimismo, hemos defendido que la relación intratextual que conecta la Carta de Dido, donde Eneas es un personaje relevante, con la Carta de Hipermestra, donde el héroe no aparece (pia tura, Her.
XIV 26), confirma que haya una intención consciente de Ovidio de fragmentar al héroe precisamente en la Heroida XIV, al mismo tiempo que elabora en ella un retrato indirecto de Eneas.
En ambas cartas Ovidio pone de relieve las perspectivas marginales: la impiedad de Eneas y la piedad de Hipermestra.
Hemos apuntado también que la impiedad de Eneas en la Heroida VII proviene del libro IV de la Eneida, donde el héroe, desde la perspectiva de Dido, es representado por su carácter marginal de impío.
Por tanto, se pueden observar dos caras del Eneas virgiliano, la piedad filial central y la impiedad conyugal marginal.
Ovidio en la Heroida XIV crea una Hipermestra que también tiene dos caras, pero opuestas a las del héroe: la piedad conyugal frente a la impiedad filial.
Lo importante es que, en la Heroida, Hipermestra es la protagonista y se impone su tipo de pietas conyugal.
Por último, hemos observado cómo en el final de la Eneida el héroe exhibe la misma falta de clementia que las Danaides y por tanto actúa de manera opuesta a Hipermestra.
Esta conexión conceptual contrapuesta también se refleja textualmente, pues se puede advertir un vínculo intertextual entre Her.
XIV 45-50 y el final de la Eneida, pasando por el pasaje del reencuentro padre e hijo en la Eneida como texto intermedio.
En la misma línea de lo dicho anteriormente sobre la manera en que Ovidio intercambia los valores centrales y marginales de la pietas, podemos concluir, al analizar la conexión entre la decisión de la heroína y el final de la Eneida, que la relación que establece el autor entre Hipermestra y Eneas es bidireccional: no solo Eneas funciona como modelo (en oposición) de Hipermestra, sino que el comportamiento virtuoso de Hipermestra se impone sobre el de Eneas, lo cual ofrece una lectura según la cual Eneas no es tan heroico como aparenta, ahondando en la deconstrucción del personaje.
En definitiva, mediante la creación de una Hipermestra pia con el modelo (irónico en oposición) del pius Eneas, Ovidio realiza una fragmentación del héroe de la Eneida y sus valores prototípicos.
El autor, en la Heroida, pone de relieve valores marginales que habían sido obviados por el discurso hegemónico: en este caso, destaca el valor femenino de la piedad conyugal frente a la piedad filial masculina, y lo hace sirviéndose de pistas intertextuales que apuntan al modelo que está deconstruyendo, de ahí la importancia capital del pasaje intertextual Her.
Gracias a un complejo proceso intertextual, Ovidio sitúa a Eneas y su pietas filial en el margen, por un lado, y por otro lado posiciona la pietas conyugal en el centro como la única relevante, de tal manera que configura una Hipermestra que sustituye a Eneas como héroe piadoso, al mismo tiempo que desmantela la oposición masculino / femenino (centro / margen).
En las Heroidas no parece haber lugar para el pius Aeneas. |
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En este artículo damos a conocer el hallazgo de un manuscrito desaparecido a finales de la década de los 60 del siglo XIX que contenía inscripciones procedentes de Lara de los Infantes, la mayoría de ellas también perdidas, y del que quedan copias realizadas por Cornide en la Real Academia de la Historia junto a noticias de otros escritores.
We hereby present a Un manuscrito humanista recuperado: el Memorial de cosas antiguas de romanos con inscripciones de Lara de los Infantes *
gueros como lo demuestra la transcripción que de las palabras de este se realiza.
El título de este commentariolus era, según Hübner: Memorial de cosas antiguas de romanos y de San Pedro de Arlanza y de otras.
18.38) preparó para su propio uso un apógrafo del citado commentariolus, pero que el Memorial estaba perdido y que lo habían buscado en vano tanto sus amigos como él mismo: frustra enim in bibliotheca collegii S. Isidori, quae nunc universitatis Matritensis est, eam quaesivimus amici et ego («en efecto, en vano los hemos buscado mis amigos y yo en la biblioteca del colegio de San Isidro, que ahora es la Universidad de Madrid»)2.
Hübner solo pudo manejar las copias de Cornide, una más completa y otras dos parciales, que se conservan en la Real Academia de la Historia (RAH), y otra copia anónima que quizá derive también directamente del manuscrito, mejor que ser apógrafa de una de las copias citadas de Cornide, como veremos3.
Localización y descripción del manuscrito
De forma casual, a finales de 2019 tuvimos la oportunidad de conocer un manuscrito inédito, adquirido hace unos años por la Editorial Siloé en una subasta pública.
Este manuscrito se custodia actualmente en el Museo del Libro que esta editorial tiene en Burgos 4.
Siloé es una prestigiosa editorial española dedicada a la realización de facsímiles de forma artesana, que elabora ejemplares prácticamente idénticos a los originales y por ello ha recibido numerosos premios nacionales e internacionales a las mejores ediciones.
En los últimos tiempos ha sido noticia la reproducción que ha hecho del famoso manuscrito Voynich.
Los propietarios de la editorial adquirieron el manuscrito al que nos referimos porque se mencionaba en el título el Monasterio de San Pedro de Arlanza, lo que llamó su atención dado el enorme interés que para ellos tienen los aspectos culturales e históricos de Burgos y su provincia.
Cuando tuvimos ocasión de ver el manuscrito, comprobamos que se correspondía con el manuscrito perdido que Hübner y que otras personas habían buscado infructuosamente en la citada biblioteca de los Reales Estudios de San Isidro de Madrid.
En la primera hoja del manuscrito se lee (véase Figura 1):
Memorial de cosas antiguas / de Romanos y de S. P. de Arlança / y de otros principes y varones señalados para el / Muy Ill(ustre) señor don Antonio Manrrique de / Lara mi señor.
Portada del manuscrito Memorial de cosas antiguas de romanos.
Como puede constatarse, el título se corresponde con el Memorial mencionado por Hübner en la praefatio del conjunto epigráfico de Lara de los Infantes en la edición del CIL II, si bien en el manuscrito original es más amplio.
Dicho manuscrito está formado por un único cuaderno de papel de 30 x 21,5 cm, compuesto por 21 hojas cosidas con hilo blanco visible desde fuera pues está cosido uniendo todo el cuaderno, aproximadamente a 1 cm de distancia del doblez.
Por este motivo y, dado el deteriorado estado de conservación, especialmente por los márgenes y parte del cosido, hoy por hoy no es posible saber si se trata de un único cuaderno o, tal vez, de dos quiniones sobre los que se hubiese añadido la hoja inicial, o si responde a algún otro tipo de composición.
Lo que sí parece evidente, tanto por la numeración como por la continuidad de los textos, es que está completo.
La primera hoja no está numerada, pero el resto lleva numeración arábiga escrita con tinta y consecutiva desde el número 1 en el margen superior derecho; aunque debería alcanzar hasta el no 20, los números correspondientes a los folios 19 y 20 no son visibles por deterioro de los bordes y el número 18 solo parcialmente.
No obstante, este cuaderno debe haber formado parte en algún momento de otro manuscrito, seguramente facticio, o haberse hallado inserto en otro conjunto, dado que también en el margen superior derecho, pero un poco más hacia el interior de los folios, hay otra numeración también en arábigos, de mayor tamaño y de forma algo irregular en su colocación, que ahora sí incluye el primer folio, comenzando con el no 133 y alcanzando hasta el no 153 el último folio.
Las copias existentes en La reaL academia de La Historia La comparación entre este manuscrito y las schedae de Cornide existentes en la RAH permite comprobar que estas son copias autógrafas realizadas directamente del original por este estudioso.
Existe otra copia anónima que, en nuestra opinión, podría derivar también directamente de este Memorial 5.
Además, existe un manuscrito de Aureliano Fernández-Guerra que, en nuestra opinión, deriva también de él.
Exponemos a continuación brevemente los datos fundamentales de estos documentos 6.
Tres copias autógrafas de José Cornide a) 9-3918-6a Morales, Ambrosio de [copia firmada por José Cornide].
En esta copia se lee:
Inscripciones sacadas de un manuscrito existente en la biblioteca de los Estudios de San Isidro de Madrid, el qual tiene por título Memorial de cosas antiguas de Romanos y de San Pedro de Arlanza y de otros.
Estos apuntamientos fueron del célebre Ambrosio de Morales y estan escritos de letra de su amanuense, como se conoce del cotejo que se hizo con otros papeles según el informe del bibliotecario segundo D. Candido Maria Trigueros.
Estos autores indican que se trata de una copia completa del manuscrito original citado por Cornide y buscado por Hübner, y que sirvió de modelo a otras copias parciales que se hicieron en la RAH; añaden también que cada hoja va firmada de manera autógrafa por Cornide, como, en efecto, así es.
En la primera hoja se lee: «Tomo 6/ Folios 1 al 30».
Las inscripciones que contiene, todas ellas de la provincia de Burgos y de las cercanías de Lara de los Infantes, son las siguientes:
Morales, Ambrosio de [copia anónima].
Noticias sacadas de un Manuscrito existente en la biblioteca de los Estudios de San Isidro de Madrid.
Las inscripciones que contiene son, por orden: El mismo texto medieval de 1362 de Villa de Lara (no 1).
Sin embargo, en nuestra opinión, esta copia anónima, aunque puede ser un apógrafo de las citadas schedae de Cornide (9-3918-6a)8, podría haber consultado directamente el Memorial.
Se trata de una breve selección de siete inscripciones, como puede observarse en la relación que acabamos de presentar.
Pero en esta copia se ofrece una información no recogida por Cornide, y es la indicación de que las inscripciones aquí numeradas de 1 a 3 se hallan en la «hermita de San Vicente», como se indica también en el Memorial.
En cuanto a las otras cuatro restantes9, se dice que están «á la puerta de Martín Rojo, clérigo de Lara».
Esta frase se lee en el fol. 9re. del Memorial para indicar la ubicación de estas inscripciones, aunque está escrita en la franja final del dibujo de una inscripción no recogida en esta copia y que corresponde a CIL II 286010.
Pero en el manuscrito la ubicación mencionada atañe tanto a esta inscripción como a las cuatro que sí reproduce esta copia.
Según hemos apuntado, existe un manuscrito de Aureliano Fernández-Guerra relacionado con nuestro manuscrito.
Monumentos cristianos del tiempo de las persecuciones».
En esta documentación se incluyen copias autógrafas del propio Fernández-Guerra y de otros autores.
Hay ocho hojas con inscripciones tomadas de di-e schediis Farnesii, o Flórez como referencias inmediatas15.
Más sorprendente aún cuando conocemos una carta que Fernández-Guerra dirige a Hübner el 15 de abril de 1867 anunciándole que le va a enviar este manuscrito de finales del s. XVI a través del Sr. Kleefeld 16.
Sin embargo, no debió llegar a enviárselo a Hübner o el manuscrito nunca llegó a su destino, ya que, como se ha comentado, este no pudo usarlo para la edición del CIL II, teniendo que contentarse con las copias de Cornide.
Los comentarios de Fernández-Guerra ofrecen algunas claves importantes.
Analiza en concreto y con detalle una de las inscripciones de Lara de los Infantes, CIL II 2860, que en los autógrafos citados de Cornide ocupa el no 4 y que, como veremos, aparece dos veces dibujada en el Memorial.
Fernández-Guerra en la hoja III comenta la mencionada inscripción.
El inicio del texto es el siguiente 17:
Lápida sepulcral de más de tres cuartos de largo y como dos de ancho, blanco de alabastro detrás del castillo de Lara 18, junto a la hermita de San Vicente; donde en el último terzio del siglo XVI se veían grandes rastros de población antigua, una de aquel tiempo que fue de Ambrosio de Morales y hoy del S. D. José Sancho Rayón, que lleva por título Memorial de cosas antiguas de romanos y de S. P(edr)o de Arlança y de otros principes y varones señaladas para el muy Ill(ustr)e Señor don Ambrosio Manrique de Lara mi Señor.
Pero lo más interesante es el comentario que hace de esta inscripción a continuación, pues se relaciona estrechamente con el dibujo y con las descripciones sobre el mismo que pueden verse en el Memorial (fol. 9re.) 19: La talla de la piedra viene a formar cinco compartimentos.
En el de arriba un pez, un corazón y la figura de capricornio, medio pez, medio cabra.
En el segundo viene palmera, un hombre sentado en su sitial con cabellera y con un cetro en la mano derecha; trípode ante él y un pez grande encima; mujer de pie en ademán de mostrar vaso.
En el tercer compartimento esta inscripción: La lectura coincide con la del dibujo del Memorial.
Fernández-Guerra comenta entonces que Sandoval lee FLANDICA.
En efecto, Sandoval 20 pre-(apartado II.
1), la foliación del manuscrito es doble.
Este folio 9re. lleva una segunda numeración 142re.
Para simplificar, enumeramos solamente por la primera de ellas.
senta un dibujo de esta inscripción con una evidente recreación de las imágenes, aunque afirma haberla visto21.
En relación con la línea 3, añade que en esta línea Ceán Bermúdez 22 «imprime con manifiesto error» CATERVCVLA «refiriéndose precisamente al manuscrito que tengo a la vista por generosidad de su dueño», e indica que Sandoval, l. c., leyó MATRICVLA.
Además, afirma: «C. MERVCVLA dice otra copia menos esmerada que está en el manuscrito citado».
Y, en efecto, en el fol. 15re. del Memorial se ve un dibujo similar, aunque no idéntico, con la lectura:
Tras un breve comentario sobre el origen del nombre, añade, por último, que «el cuarto compartimento es una franja de hojas de yedra y el quinto lo ocupa un árbol entre dos ciervos como si quisiesen coger sus tallos».
En nuestra opinión estos comentarios demuestran que Fernández-Guerra estaba manejando directamente el Memorial que le había facilitado Sancho Rayón.
Y es la única fuente, que conozcamos, que se hace eco de que en aquel hay dos dibujos distintos de la misma inscripción, salvo que el autor del manuscrito original quisiese transcribir dos inscripciones diferentes, pero de textos muy similares.
Resulta llamativo que en los autógrafos de Cornide solo se reproduzca una de estas dos inscripciones y se consigne con el no 4 (fol. 9).
Este dibujo, como puede verse por las imágenes, responde a la segunda de las citadas por Fernández-Guerra.
Tal vez Cornide consideró que se trataba de una única inscripción y optó por reproducir el dibujo de la segunda que aparece en el Memorial.
El otro dato significativo es la mención de la posesión del manuscrito por parte de José Sancho Rayón (1830-1900), bibliófilo y bibliotecario del Ministerio de Fomento.
Este trabajó para Francisco de zabálburu y Basabe, quien, a su vez, estaba conformando su inmensa biblioteca 23.
Son muchos los datos conocidos de la labor del bibliófilo, especialista en Cervantes, que atesoraba en su propia biblioteca manuscritos y libros importantes, algunos de los cuales en ocasiones prestaba a diversos personajes 24, entre ellos a Fernán-23 Sancho Rayón catalogaba las obras y elaboraba un inventario de los legajos que había y que sirvieron de base para poner en marcha la gran Colección de documentos inéditos para la historia de España (CODOIN): Fuensanta del Valle et al. 1877-1895, cf. Noviembre Martínez 1993y 1999, pp. 19-32; Infantes de Miguel 2011, pp. 35-48.
24 Estuvieron en su poder obras como el Cancionero de Sevilla, algún manuscrito de quevedo, varios manuscritos cervantinos, la Epístola a Mateo Vázquez, una de las copias de la relación de los Sucesos de Sevilla (1529-1604) que contenía el soneto atribuido a Cervantes «Voto a Dios que me espanta tanta grandeza» y que editó Fernández-Guerra, en el apéndice de En este contexto se entiende bien que nuestro Memorial le fuese prestado por Sancho Rayón a Fernández-Guerra.
Lo que ignoramos es cómo consiguió el primero este pequeño manuscrito que se hallaba en la biblioteca de los Reales Estudios.
Sabemos por la fecha de la carta escrita a Hübner, a la que antes hemos aludido, que en 1867 Fernández-Guerra tenía en préstamo este manuscrito; no sabemos ni cuándo ni cómo lo devolvió o si llegó a hacerlo, pero sí parece seguro que Hübner no pudo consultarlo, a pesar de la proximidad entre la fecha de la carta y la publicación en 1869 del CIL II, de Hispania.
La biblioteca de Sancho Rayón fue vendida en su mayoría al Marqués de Jerez de los Caballeros, a la muerte de aquel en 1900; a su vez, el Marqués vendió su biblioteca a Archer M. Huntington en 1902, recalando esta en su mayor parte en la Hispanic Society de Nueva York.
Sea como fuere, la pista del Memorial se pierde a partir de la posesión en manos de Fernández-Guerra gracias al préstamo de Sancho Rayón.
III. identificación deL MeMorial
Tal y como indica Abascal (2015, pp. 110-111), es posible que este Memorial estuviese en algún momento en manos de Ambrosio de Morales, pero la vinculación entre ambos «no pasa de ser una anécdota», a partir de la relación que estableció Cándido María de Trigueros, según el autógrafo de Cornide la obra de Gallardo que citamos a continuación en el texto.
25 Gallardo 1863-1889, 4 vols. Para el opúsculo de Fernández-Guerra, véase la edición Fernández-Guerra 1864. y que ya recogiera Hübner26 en la presentación de Lara de los Infantes en el CIL II, según se ha dicho.
Esta communis opinio, nuevamente en palabras de Abascal, l.c., ya estaba «muy divulgada en la segunda mitad del siglo XVIII».
Y, en efecto, hemos cotejado las letras del amanuense de Ambrosio de Morales, presente en diversos manuscritos, entre ellos el manuscrito facticio en papel de Francisco Porras de la Cámara (RAH 2-Ms.23) 27, que en los últimos años ha motivado un buen número de estudios y referencias, aunque en su conjunto sigue sin estar estudiado 28.
En este manuscrito se hallan textos escritos por muy diferentes manos, entre ellos algunas cartas y otros documentos de Ambrosio de Morales, transcritos por su amanuense y completados o glosados por el propio Morales en algunos pasajes.
Una de las razones de la consulta de este manuscrito ha estado motivada por la coincidencia de que, al igual que el Memorial que estudiamos, estuvo también en los Reales Estudios de San Isidro, procedente de Sevilla, antes de pasar a la RAH en 1888 en el legado del marqués de San Román 29.
De hecho, existe otro manuscrito en la RAH (Ms. 26) con la cota 9-7567-I-21, sin fecha, que consiste en una copia del original de Ambrosio de Morales, tomada de este mismo manuscrito, que forma parte del «Discurso sobre antigüedades de Cabeza de Griego, con dibujos y planos», editado por Cornide en 1799 30.
Esta copia, según reza en el título, se obtuvo cuando el famoso manuscrito de Porras de la Cámara estaba todavía en los Reales Estudios de San Isidro:
Copia sacada de la relación de un viage hecho por Ambrosio de Morales a la villa de Uclés obispado de Cuenca según se halla en un Códice que fue del Lic(encia)do Porras de la Cámara Preb(enda)do de la I(glesi)a de Sevilla, existente en el Archivo de los R(eale)s Est(udio)s de S(an) Isidro de Madrid escrito de letra de su amanuense y anotado por este Cronista.
La Cabeza del Griego.
Al medio día de Uclés.
Probablemente el manuscrito original de Porras de la Cámara llegó a los Reales Estudios de San Isidro a la vez que otro famoso manuscrito del mismo autor, intitulado «Compilación de curiosidades españolas», trasladado a Madrid, procedente de la Academia de San Hermenegildo en Sevilla, al cerrarse esta institución.
Este último manuscrito, de contenido misceláneo y marcadamente literario, es famoso por hallarse en él las primeras versiones de las novelas de Cervantes, Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño, y una tercera cuya autoría se ha discutido en algunos momentos, La tía fingida31.
Todavía se hallaba en los Reales Estudios de San Isidro en 1818, donde lo vio Martín Fernández Navarrete, gracias a que se lo prestó el bibliotecario, Pedro Estala, pero desapareció de allí entre esta fecha y 1820 32.
Se da, además, la circunstancia concomitante de que Aureliano Fernández-Guerra, quien, como hemos dicho, creemos que vio también directamente y manejó el Memorial cuando ya no se hallaba en la biblioteca de los Reales Estudios de San Isidro, estuvo muy interesado en este códice colombino de contenidos literarios recopilados por Porras de la Cámara, hasta el punto de publicar un estudio sobre él 33.
Desconocemos quién es el autor del Memorial, pero escribe en primera persona y relata que personalmente vio varias de las «antigüedades» que reproduce, frente a otros textos y comentarios que parece tomar de otros lugares o conocer a través de lecturas, aunque no indique expresamente de dónde.
En cualquier caso, descartamos que se trate de un texto escrito por el amanuense de Ambrosio de Morales, cuya letra es bien conocida a través de distintos manuscritos como el citado de Porras de la Cámara y claramente diferenciada de la del propio Morales.
Es cierto que guarda similitud; sin embargo, no es la misma mano, aunque es fácil de comprender que llevase a Trigueros a asegurar que la letra se debía al amanuense de Ambrosio de Morales, como indica Cornide en las copias que hemos visto34.
Pero la letra del autor del Memorial es de cuerpo más ancho y hay diferencia sustancial en la ejecución de algunas letras, aunque algunas puedan ser muy similares, por ejemplo, la letra P. Sin embargo, debemos comentar que se trata, en ambos casos, de letras humanísticas cursivas características del siglo XVI, en especial de mediados o finales de siglo, y podríamos decir que, en cierta medida, usuales de personas habituadas al oficio de transcribir o escribir profesionalmente.
En el manuscrito Ms. 2-23 hay otros documentos de diferentes manos que guardan cierta similitud también con la del amanuense del Memorial.
Pero la letra de este último puede ser, en nuestra opinión, algo más primitiva que la del amanuense de Morales y de algunos otros autógrafos que se compilan en el citado manuscrito de Porras de la Cámara y son también similares.
Por otra parte, el hecho de que el Memorial esté dedicado a Antonio Manrique de Lara (ca.
1467-1535) 35, según se dice en el título mismo, presupone, al menos inicialmente, que se escribiera en vida de este personaje.
Sería, por tanto, un término ante quem para datarlo.
No obstante, hay que tener en cuenta siempre la posibilidad de que podría haber inclusiones posteriores o haberse ampliado y concluido durante cierto tiempo después del fallecimiento del dedicatario.
El manuscrito está escrito siempre por la misma mano, al menos aparentemente, aunque en algunos folios hay anotaciones a las inscripciones, incluso alguna transcripción o desarrollo de los textos reproducidos en los dibujos, de cuerpo más pequeño y con algunas diferencias en la ejecución de las letras; sin embargo, parece una misma mano que trata de distinguir el conjunto del contenido del manuscrito de las anotaciones concretas a ciertas inscripciones.
Si esto es así, hay un término post quem en su interior que conduce al año 1527, pues se cita expresamente el «saco» de Roma, sucedido el 6 de mayo de ese año (fol. 16re.):
El duque de Borbón condestable de Françia murio en el saco de Roma de un arcabucaço y fue enterrado en Gaeta y tiene este letrero:
Françia me dio la leche Hespaña fuerça y ventura Italia la sepultura Se refiere a Carlos de Montpensier (17-2-1490/6-5-1527), duque III de Borbón y condestable de Francia que murió, efectivamente, durante el saqueo de Roma.
No son muchas las referencias existentes, pero en algunas bibliografías antiguas aparece mencionado el poemita, aquí transcrito de manera incompleta y algo errónea, pues se trata, en realidad, de una cuarteta que figura, al parecer, en la tumba del Condestable en Gaeta, donde fueron trasladados sus restos al morir36:
Françia me dio la leche España fuerça y ventura Italia me dio la muerte Gaeta la sepultura
Contenido del manuscrito: datos para su identificación
Aunque no es objetivo de este trabajo hacer un análisis exhaustivo ni detallado del conjunto del manuscrito 37, sí conviene mencionar someramente cuál es su contenido fundamental y cómo está estructurado.
Del contenido puede deducirse que el manuscrito tiene como objetivo fundamental recopilar datos de interés para su destinatario, D. Antonio Manrique de Lara: exposición de aspectos históricos, descripciones de lugares y, sobre todo, mención de inscripciones de diversa cronología.
Todo ello con la justificación de poner en relación la familia Manrique de Lara con sus más insignes antepasados, comenzando con el conde Fernán González, personaje con el que principia el texto, indicando quién fue y a continuación una relación de descendientes y relatando la fundación del monasterio de Arlanza por el propio Conde.
Así el inicio absoluto del texto es como sigue (fol. 1re.):
El conde Fernan Gonçalez fue natural de la ciudad de Burgos, hijo del conde don Di(eg)o Porçeles que amplio a Burgos el cual era de los Godos, del qual muy Ill(ustr)e señor asciende la muy esclareçida sangre de los infantes de Salas o de Lara y los Ma(n)riques como aquí ban començando de don Di(eg)o Porçeles.
Como veremos a continuación, la comparación de los contenidos relativos a inscripciones romanas con las diversas copias existentes en la RAH, permiten identificar este manuscrito con el mismo Memorial que ya no pudo consultar Hübner para la edición del CIL II.
Las figuras que acompañan a nuestro trabajo son buena muestra para dicha comparación entre los dibujos originales y las copias, ciertamente muy fiables, que hizo Cornide.
Existen otros dibujos en algunas otras obras publicadas, pero, en su mayoría, proceden del propio Cornide 38. otro tanto ocurre con algunos comentarios escritos por este último; así, al dorso de su ficha no 15 (fol. 19), correspondiente a CIL II 2855, se lee: Los nos 10, 11, 12, 13, 14 y 15 se hallaron en un lugar harto extraño y en extraña parte que fue en una Sierra muy agria junto á un lugar que llaman Iglesia Pinta en una hermita caida que esta á par de un Rio que baxa de la Sierra: Demas estan quebradas y las junté para que se entendiesen; otras hay que no las pude leer.
Nota del colector á la vuelta de la faxa 13 del quaderno.
Y, en efecto, en el fol. 12ue. (no en el 13ue.) del manuscrito se lee lo que reproduce Cornide de forma prácticamente idéntica:
Todas las lápidas Romanas que ban en este pliego allé yo en un lugar arto extraño y en estraña parte que fue en una Sierra muy agria junto a un lugar que llaman Iglesia Pinta en una hermita caida que esta a par de un Río que baxa de la sierra.
Dellas estan quebradas y las junte para que se entendiesen, otras ay las quales no pude leher.
A continuación, en el mismo folio dibuja una inscripción romana que se corresponde con CIL II 2857 y el no 23 (fol. 29) de las schedae de Cornide.
Describe así el lugar donde se encuentra (fol. 5re.): Saliendo del monasterio (sc. de Arlanza) enfrente de la puerta principal esta una hermita que llaman sanct Miguel a la puerta de la qual ay esta urna romana que es la que se sigue.
El texto de la inscripción enmarcada en un rectángulo de doble borde, a modo de una placa, dice:
Al lado izquierdo del dibujo se lee «Las divisas que tienen estas piedras romanas no tiene esta porque esta quebrada».
Abásolo 40 transcribe de manera idéntica este texto indicando que ofrece la lectura a partir del Memorial, es decir, a partir de la copia de Cornide, ya que se desconoce el paradero de la inscripción 41.
La lectura propuesta por
No obstante, se anota una observación de Mommsen: «malim Ambatae Terenti...uri f(liae) Th.
En el dibujo del Memorial y en los de Cornide es claramente apreciable una E detrás de SIVRI y claramente separada, aunque no se aprecia una interpunción central como en otros puntos.
En nuestra opinión esta E se corresponde con la F de F(ILIAE) que se deduce del propio texto.
E indudablemente SIVRI es una transcripción deficiente por Seueri.
El epitafio se conserva en el monasterio de San Pedro de Arlanza y ha sido publicado en diversas ocasiones.
Inscripción medieval de Godo (arriba) y de CIL II 2857 (abajo), transcritas en fol. 7re. del Memorial.
Después de una serie de descripciones y noticias sobre el monasterio de San Pedro el Viejo, en el fol. 7re. comienza un apartado especial con el título DE LARA centrado en el folio.
Tras una descripción de Lara se reproduce en el fol. 7ue.42 el texto de una inscripción de la ermita de San Julián de Lara de los Infantes, hoy conservada en el Museo de Burgos (no inv.
348), que se corresponde con el no 1 de las copiadas por Cornide.
En el extracto de las inscripciones de Cornide del manuscrito 9-3918-6a, presentado por Abascal-Cebrián43, se dice que se trata de un texto medieval de 1362 de Villa de Lara (no 1 fol. 7) 44; sin embargo, tal como puede verse en las figuras del Memorial y en la scheda de Cornide, la fecha corresponde a la era DCCCC, por tanto, al año 862.
La fecha de 1362 debe tratarse, pues, de un error tipográfico en esta publicación.
Inscripción medieval de Gundesaluus, transcrita en fol. 7ue.
Figura 8 (derecha): Dibujo de José Andrés de Cornide de la inscripción medieval de Gundesaluus: RAH 9-3918-6a (no 1, fol. 7).
Hasta ahora la noticia más antigua de estas inscripciones procedía de Sandoval 45; sin embargo, su presencia en el Memorial ofrece una fecha ante quem para la colocación de estas inscripciones en los muros de la citada ermita de san Julián y muy probablemente Sandoval fue el primero en servirse de este manuscrito como fuente de información para las inscripciones de Lara que recoge en su libro.
Estas inscripciones, junto a otra inédita, que sepamos, quedarán incluidas en la edición que estamos preparado del Memorial.
Para un estudio histórico y completo de estos dos epígrafes mencionados, véase Esteras -Lorenzo -Montaner 2016, pp. 95-160.
EFoNSo IN ERA DCCCC De esta inscripción existe en la actualidad una copia de época humanística en el muro de la parroquia de la Natividad de Nuestra Señora en la localidad de Lara a la que se ha añadido una última línea, que recoge Sandoval (1615, p.
284) en su transcripción del texto: oLIM AVSINA MoDo LARA, y que fue objeto de controversia en autores posteriores.
Pero dicha frase ni existe en la piedra original, conservada en el Museo de Burgos, ni en el Memorial ni en el dibujo de Cornide.
En el muro de esta parroquia existe otra inscripción, encastrada junto a la anterior, hasta el punto de parecer una sola, aunque son distintas, con un singular texto en el que se lee: Fue Flórez 46 el primero que dio cuenta de ella, indicando que la habría hecho «el mismo cura que puso aquella inscripción (sc. la primera) y dice Los 7.
Infantes... cuyo barbaro estilo muestra la poca autoridad del inventor».
Sin embargo, esta inscripción ha pasado bastante desapercibida hasta el reciente estudio que de ambas se ha realizado en el citado trabajo de Esteras -Lorenzo -Montaner 2016.
Estos autores aluden, con razón, al origen desconocido de la inscripción.
Pero también se encuentra citada en el Memorial indicando que procede del castillo de Lara.
Aunque no nos detendremos ahora en estas inscripciones, sí merece la pena destacar que en el manuscrito en ningún momento aparece el texto que, lógicamente, indujo a pensar a Flórez en su mala calidad: LoS 7.
En el manuscrito la lectura es:
Al contrario que la inscripción anterior, esta no está recogida por Cornide ni aparece en las otras copias conservadas en la RAH, tal vez porque la descartó al no resultarle suficientemente antigua como las restantes.
A partir de aquí, desde los fols.
8re. hasta 15re. inclusive, escritos solo en el recto de las hojas -salvo lo citado antes del fol. 12ue.-, se dibuja el conjunto epigráfico de Lara que Cornide ha copiado con bastante fidelidad en sus schedae.
Tal como se deduce de las lecturas transcritas en las diferentes ediciones, ya desde el CIL II y con posterioridad en el corpus de la epigrafía de Lara de los Infantes editado por Abásolo (1974), el anónimo autor del Memorial comete notables errores de transmisión en algunos de los textos, que, en el caso de varias de las inscripciones hoy desaparecidas, no pueden tratar de corregirse más allá de lo que cabalmente puede suponerse desde el ámbito del estudio y conocimiento de este tipo de textos epigráficos y las formulaciones consabidas.
Como queda indicado, el orden es el mismo que mantiene Cornide en 9-3918-6a 48, salvo en algunos casos excepcionales, como se explicará a continuación.
Aquí el orden está mínimamente invertido.
En el Memorial (véase Fig. 2), a la izquierda, hay un dibujo que responde, al menos a primera vista, a CIL II 2860 y no 4 de Cornide, pero, como se indicó al hablar de las schedae de Fernández-Guerra, en realidad el dibujo de Cornide reproduce no el de la inscripción que aparece en el Memorial en este folio 9re., sino otro posterior, en concreto el dibujo que puede verse en el fol. 15re.
En el lado derecho de la imagen, el dibujo de la parte superior corresponde a CIL II 2856 y no 6 de Cornide; en el centro CIL II 2858, que en Cornide aparece en la scheda sin numerar, pero que correspondería a su no 5 (fol. 10), número que no existe en los papeles de este autor; por último, en la zona inferior CIL II 2877, correspondiente al no 7 de Cornide.
Pero en este punto hay que indicar que debajo del dibujo de la inscripción sin numerar, Cornide añade «Se halló con los num(er)os 4, 5, 6 y 7».
Pensamos que el hecho de no numerarla podría ser un mero olvido al incluir el número en esta frase, ya que, de hecho, no hay ningún número 5 en la numeración de las schedae dada por el propio Cornide.
Por otra parte, son precisamente estas cuatro inscripciones las que pueden verse en este fol. 9re. del Memorial, si bien la no 4 dibujada (CIL II 2860) es, como ya hemos dicho, la que aparece en el fol. 15re. de este manuscrito y no la de este folio 9re.
Tal vez se deba a que puede haber interpretado el dibujo del manuscrito como correspondiente a una única inscripción y porque sobre el texto de la segunda se lee la frase «cifras de romanos en esta dicha hermita».
Pero, como puede verse en la imagen, se trata de los anagramas cristianos de la ermita visigoda de quintanilla de la Viñas.
Esta última es la que aparece dos veces dibujada en el Memorial, aquí y en el fol. 9re.
Es del dibujo de este último folio, sin embargo, del que Cornide hace la reproducción en el no 4 de sus schedae, como puede verse en las figuras 3 y 4.
En cuanto a CIL II 2866, desaparecida hasta hace pocos años, ha sido redescubierta en una valla de piedra que sirve de muro de contención en la iglesia parroquial de Campolara 49.
Como puede cotejarse, el dibujo responde de forma relativamente fiel al original (véase fig. 14).
No obstante, no hemos podido contrastar la última franja que puede verse en el dibujo, ya que la estela está enclavada en la valla y no se aprecia la parte final.
Estela de Lara de los Infantes (CIL II 2866), actualmente en una valla alrededor de la iglesia parroquial de Campolara (Burgos).
Foto de la estela y detalle de la inscripción.
Las dos últimas inscripciones transmitidas por Cornide, respectivamente con el no 23 (fol. 29) (fol. 30), correspondiente a CIL II 2857, y con el no 24, a la inscripción medieval de la mujer Godo, comentada más arriba, proceden del monasterio de Arlanza y en el Memorial van en un folio anterior, en concreto en el fol. 5re., a la recopilación de este conjunto de Lara de los Infantes.
Después de este conjunto, que ha centrado nuestra atención, todavía en el Memorial se reproducen otras dos inscripciones conocidas, adscritas a la época visigoda, pero de muy singular transmisión.
En el fol. 19re. se transmite el epitafio del rey Rodrigo (IHC 7*) y en el fol. 20re. el del rey Ataúlfo (IHC 80*), con el que finaliza el manuscrito y que el autor recoge de forma indirecta.
Como es sabido, ambas inscripciones falsas circularon profusamente entre cronistas y autores del siglo XVI50.
Pensamos, para concluir, que, como hemos tratado de demostrar, este Memorial inédito es el mismo manuscrito que se había dado por perdido desde que Hübner lo buscase denodadamente para la edición del Corpus Inscriptionum Latinarum de 1869.
Hemos centrado nuestro trabajo en las inscripciones romanas que contiene, además de alguna medieval, para compararlas con las que habían sido recogidas por Cornide, Fernández-Guerra y algunos otros estudiosos de la Antigüedad, interesados sobre todo en las inscripciones romanas de Hispania, con el objetivo de demostrar que se trata, en efecto, del Memorial de cosas antiguas de romanos tan citado.
Sin embargo, en sus pocas páginas todavía alberga muchos elementos de interés para la historia de la Edad Media y del Humanismo en España y de cuyos contenidos nada había trascendido, dado que quienes lo vieron y utilizaron en las últimas décadas del siglo XIX tenían puesto su objetivo e interés en las antigüedades romanas y en la epigrafía, apenas nada más.
El feliz hallazgo de este breve manuscrito nos permitirá dar a conocer y estudiar el resto de su contenido a través de su edición completa. |
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Cómo citar este artículo / Citation: Sánchez Salor, Eustaquio y Esteban Ortega, Julio (2021): «Un testimonio del dios «Labbo» en una inscripción lusitana de Plasencia, Cáceres.
Se ha venido defendiendo la identidad de Labbo como una divinidad de carácter local con culto restringido al territorio del Cabeço das Fráguas, donde hasta ahora se documentaba la única inscripción, que planteaba algunas dudas de lectura Laebo / Labbo.
Presentamos aquí un ara votiva de Plasencia que demuestra con total seguridad la existencia de esta divinidad lusitana y la extensión de su culto hacia zonas más orientales del territorio lusitano.
Su integración en una tríada de deidades nos lleva a comparar ambos textos y considerar en Cabeço das Fráguas dos series de nombres: seis de animales, por un lado, y seis de divinidades, por otro.
Palabras clave: Epigrafía; Lusitano; Divinidades Indígenas; Lingüística Indoeuropea.
Its integration into a triad of deities leads us to compare both texts and to consider two series of names in Cabeço das Fráguas: six of animals, on the one hand, and six of divinities, on the other. hace pocas fechas llegó a nuestro poder una fotografía de una inscripción romana procedente de Plasencia con un «enigmático texto» que parecía hacer alusión a una divinidad indígena, Labbo.
Este teónimo se repite en la conocida inscripción rupestre del castro de Cabeço das Fráguas localizado en quinta de São Domingos, al oeste de la freguesía portuguesa de Pousafoles do Bispo, Sabugal, guarda (Rodrigues 1959, pp. 71-75).
Sin embargo, el deterioro del texto de esta inscripción ha motivado no poca controversia, sobre todo en lo que se refiere a la lectura del teónimo, que ha venido restituyéndose como Laebo.
Más recientemente Untermann, a quien siguen ya buena parte de los investigadores, cree que hay que leer Labbo (Untermann 1997, pp. 756-758). quienes así piensan ven en Labbo una divinidad de culto local, reducido al ámbito del propio castro (Santos 2007, p.
83); la falta de otros testimonios así parecía aconsejarlo.
No obstante, la existencia de un paralelo Laepo, testimoniado por tres veces en epígrafes cercanos a Cabeço das Fráguas, ha determinado que algunos estudiosos sigan inclinándose por la primera lectura y rechacen una posible relación entre Laebo y Labbo.
Presentamos aquí una inscripción inédita de Plasencia (Cáceres), en la que la lectura Labbo es indubitable.
De esta manera la propuesta de Untermann cuenta ya con un paralelo que hasta ahora no tenía y nos ofrece la posibilidad de reinterpretar algunos detalles de la inscripción de Cabeço das Fráguas.
aunque con caracteres latinos, la inscripción parece estar en lengua lusitana, al menos el componente teonímico; lo incompleto del texto impide confirmar si lo estaba en su totalidad.
Y no es el primer caso documentado en la zona de Plasencia, pues se conoce otra ara con estas características hallada en la vecina localidad de arroyomolinos de la Vera1, en la entrada de la comarca del mismo nombre.
También está redactada en latín, con los teónimos en dativo y declinados siguiendo la morfología lusitana2.
I. La inscripción inédita de pLasencia
Las noticias acerca de la aparición de esta inscripción en la capital del Jerte se la debemos a nuestro querido amigo José antonio Pajuelo Jiménez3, quien nos informó de su ubicación en una casa adosada a la muralla que circunda el casco antiguo de la ciudad.
Por las informaciones que nos han llegado a través de un miembro de la familia propietaria de la misma, sabemos que hasta hace pocas fechas el ara estaba partida pero se conservaban las dos mitades.
Recientemente hemos tenido ocasión de visitar la mencionada vivienda y solo pudimos encontrar el fragmento correspondiente a la base. ambos bloques estuvieron durante mucho tiempo en el piso superior de la casa, donde se puede ver el alzado de la muralla que en este tramo está bastante deteriorada.
Probablemente nuestra inscripción pudo formar parte de este lienzo de muralla, de donde debió de ser extraída por los dueños de la vivienda en un momento que no podemos precisar.
Recientemente se llevaron a cabo unas obras de consolidación de la misma y la parte superior desapareció.
Sabemos que el ara tenía grabada en la cabecera una figura de animal, por lo que es muy probable que alguno de los operarios que realizaron la obra pudiera habérsela llevado como objeto de adorno.
Sin embargo, no se puede descartar que fuera arrojada a la escombrera entre los cascotes de la obra sin que el autor se percatara de la verdadera importancia del bloque que desechaba.
Puesto en contacto con uno de los albañiles que realizaron la obra intentamos averiguar la ubicación de la escombrera, no supo darnos referencias concretas.
En cualquier caso, no perdemos la esperanza de encontrar el fragmento perdido que se nos antoja fundamental para comprender el texto de la inscripción.
Se trata de la parte inferior de un ara de granito correspondiente a la base y buena parte del fuste.
El bloque está roto a bisel en la parte superior y el texto está incompleto.
La base es muy irregular y de tosca elaboración, consistente en una protuberancia informe sin las características molduras de este tipo de monumentos (Fig. 1).
Traducción: «...a la diosa Solis, al dios Labo, a los dioses protectores de Lacissa».
La inscripción se desenvuelve en seis líneas de texto, la primera parcialmente afectada por la rotura.
El estilo tosco de la talla y el descuidado grabado de las letras y la deficiente paginación sugieren un trabajo doméstico más que el resultado de una oficina especializada en la producción epigráfica.
Las letras, muy toscas, desiguales y con trazos irregulares, son capitales muy rústicas y solo se observan signos de interpunción en punto al final de la tercera y cuarta líneas.
Línea 1: Solo se conservan algunos trazos de las letras iniciales.
El primer grafo se ha borrado completamente y a continuación se aprecia un trazo ascendente inclinado a la derecha que pudiera corresponder a una V. Le sigue la parte inferior de una tercera letra que se asemeja bastante a las BB que aparecen en el texto. quizás en esta línea haya que interpretar el antropónimo Lubaecus.
Línea 2: La S inicial está parcialmente borrada pero se lee sin dificultad.
La O es muy irregular.
Línea 3: Se lee perfectamente la palabra LaBBO.
La a parcialmente borrada; las BB muy irregulares y la O, de menor tamaño, en forma oval más que redonda.
Línea 4: La primera letra está muy borrada, pero debe de tratarse de una L. La tercera puede ser C o g.
Las SS aparecen algo tendidas con las astas curvas poco marcadas.
La a final ha perdido parte del asta derecha.
Línea 5: La B inicial es más proporcionada.
La R ha perdido la pata y la I, al igual que las restantes aparecidas en el texto, es de menor tamaño.
La cuarta letra puede ser C o g y la O final es irregular y de dimensiones más reducidas.
Línea 6: Comienza con una B también irregular y remata una O, esta sí, redonda, más pequeña.
No es segura la existencia de una primera línea por encima de la que parcialmente aparece en el texto.
Si fuera así habría que interpretar un devoto de nombre desconocido en nominativo, seguido de una segunda línea con el antropónimo de la filiación en genitivo, quizás Lubaeci, como señalábamos más arriba.
En caso de no faltar ninguna línea el devoto sería el propio Lubaecus, que aparecería sin filiación y en nominativo.
Un nombre indígena como Lubaecus vendría acorde con el contexto epigráfico y la veneración de divinidades vernáculas tan poco frecuentes como las documentadas en el texto. además, este nombre se repite en territorio caperense en otra inscripción de Santibáñez el Bajo (CILCC III, 1111).
Lubaecus es un antropónimo básicamente lusitano pues sus testimonios epigráficos se concentran en esta provincia romana (Vallejo 2005, pp. 234-236), a excepción de un solo caso hallado entre los astures en la localidad leonesa de Santa Colomba de Somoza (Diego Santos 1986, p.
Los ejemplares extremeños se localizan principalmente al sur del Tajo, en las proximidades de Turgalium, como en Ibahernando (CILCC II, 544 y 577), con dos testimonios; abertura (CILCC II, 437) y Torre de Santa María (CILCC I, 358).
Una variante de este nombre es Libaecus, que encontramos en el cercano municipio de Plasenzuela (CILCC II, 648).
Vayamos ahora a SOLIDI LaBBO LaCISSaBRICOBO 4.
Un primer acercamiento a la estructura de la inscripción parece llevarnos, efectivamen-te, al típico texto compuesto por el nombre del devoto, con o sin filiación, + teónimo + epíteto, sin fórmula votiva.
Pero las terminaciones de dativo en los tres nombres parecen indicar que se trata de destinatarios, con toda probabilidad dioses.
¿Son tres dioses diferentes o uno solo con apelativos?
Si tenemos en cuenta que Labbo y Lacissabricobo no pueden formar sintagma (nombre + adjetivo), porque uno es singular y otro plural, y tenemos también en cuenta que Labbo aparece solo en la inscripción de Cabeço, debemos concluir que se trata de tres dioses diferentes.
SOLIDI. hemos de reconocer, como decíamos, que la primera impresión fue considerar Solidi como la filiación del dedicante y si bien la idea parece factible, ello supondría la aceptación de un nuevo antropónimo hasta ahora desconocido en la epigrafía peninsular y, que sepamos, la onomástica lusitana no documenta hasta la fecha ningún nombre con este mismo radical.
Por todo ello nos planteamos la posibilidad de considerarlo como el dativo del nombre de una diosa; tenemos atestiguada una formación similar como MVNIDI en MVNIDI EBE/ROBRIgaE /TOVDOPaLaNDaIgaE aM/MaIa BOVTI-La, en la cercana localidad de Talaván (CILCC I, 340); o MVNIDI IgaED(ITaNaE o ITaNORVM) / Ba[E]VIa..., ya en la portuguesa Castelo Branco (AE 1967, 142).
Prósper (2002, pp. 187 ss.;cf. Prósper y Villar 2009, pp. 1-32.) pone en relación este teónimo con la raíz *men/mon,'cabeza','monte', de manera que sería el dativo de un teónimo protector de la montaña.
Si aceptamos que Solidi es dativo como Munidi, estaríamos ante un dativo, cuyo nominativo sería Solis.
En celta tenemos la diosa Sulis; es una diosa celta ctónica relacionada con las aguas subterráneas, cálidas y medicinales; en concreto era la diosa tutelar de las aguas termales de Bath (Inglaterra).
Son muchas las ninfas o diosas menores que protegen los manantiales y corrientes de agua.
Puede tratarse de la misma diosa, con vocalismo diferente.
Sole 'salzhaltiges Wasser'» (en medio altomedieval alemán, tenemos sol, sul, en alto alemán moderno, Sole,'riego de agua').
En la misma entrada, Sal-, muy frecuente en las lenguas indoeuropeas para designar conceptos relacionados con el agua, Pokorny recoge testimonios de sal-, sol-sul-en diferentes lenguas indoeuropeas.
Salus, salutis en latín se encuentra con frecuencia en epigrafía para designar a una fuente.
De manera que, si Munidi en Talaván es la diosa del monte, Solidi en Plasencia puede ser la diosa de la fuente o del río.
algunos autores han interpretado a Sulis como una diosa solar.
En nuestro caso podría tratarse de la diosa Sol.
No hay que olvidar que en la mitología nórdica Sol es una diosa, conocida también como Sunna; la diosa del sol.
De todas formas, nos inclinamos más por la relación con fuente o agua.
En relación con Labbo, Prósper (2002, pp. 49-51), al analizar la conocida inscripción de Cabeço das Fraguas, advierte que con frecuencia se lee Laebo, que Untermann ha leído Labbo, y que tres inscripciones sobre altares de granito halladas en las laderas de Cabeço das Fráguas están dedicadas a Laepo, cuya lectura es indubitable.
Supone que se trata de la misma deidad, cuyo nombre va en dativo, como destinataria del ara votiva.
Señala también que hasta el momento su etimología es completamente oscura.
Sí asegura que «parece claro que estamos ante una forma de dativo correspondiente a un sustantivo temático masculino o neutro cuya forma original era *laipo».
Y añade que hay que excluir la etimología con sonora /b/ o /bh/ y naturalmente una posible con /w/; la conservación de étimos con la sorda /p/, que es la originaria, le hace pensar a esta autora que la inscripción no es celta, lengua que carece del fonema indoeuropeo /p/, sino lusitana.
Y se atreve a asegurar que las formas Laebo y Laepo se refieren con toda probabilidad a la misma divinidad, que la identificación de estas dos formas, semántica y estructuralmente, es completamente impecable, y que la deidad Labbo es totalmente desconocida.
En definitiva, insinúa que Labbo no es una buena lectura de Untermann, ya que es difícil poner esta forma en relación con Laebo o Laepo.
La lectura Labbo planteaba serias dudas puesto que no existían paralelos del nombre ni de la geminación de la b en toda Lusitania.
Pero es el caso que en la inscripción inédita de Plasencia, en la segunda línea que se conserva, la lectura es muy clara; se lee claramente Labbo. además, recientemente apareció no muy lejos de aquí una inscripción muy escueta dedicada a una divinidad desconocida hasta la fecha, cuyo nombre, Vabbo, se acerca bastante al del epígrafe de Plasencia y confirma el fenómeno de la geminación.
Se trata de un ara de granito, de talla muy tosca, hallada en la localidad de Villar del Rey, municipio cacereño situado al suroeste de la capital (Esteban Ortega 2017).
Está partida en su parte inferior, aunque todo parece indicar que el texto está completo.
Es muy breve, pues consta solamente del genérico deo seguido del teónimo también en dativo, sin dedicante ni formulario votivo, por lo que es muy posible que el ara estuviera destinada a un santuario particular de algún devoto.
Conviene, por tanto, explorar nuevas explicaciones, como señala Prósper, y lo haremos más adelante cuando comparemos esta inscripción de Plasencia con la de Cabeço das Fráguas.
El tercer destinatario es Lacissabricobo.
Este nombre es fácilmente analizable en tres componentes: Lac-; -ssa o -issa; y -briga.
El primer componente lac-está ampliamente atestiguado en la zona: Lacimurga en Navalvillar de Pela; Lacipea es una mansio cercana a Mérida, recogida en el Itinerario de antonino como primera parada en el camino de Mérida a zaragoza; Lacobriga en la costa sur de Portugal, actual Lagos del algarbe; habría que comentar que la formación de Lacobriga es la misma que Lacissobriga, con la diferencia de que el topónimo de nuestra inscripción portaba ya, cuando se sumó el componente -briga, otro componente hispanocelta, -ssa-.
Otros testimonios con la raíz lac-son Lacetani, pueblo ibero que habitaba en el Pirineo central.
Lacipo en Málaga; también en este caso hay que comentar que el topónimo es portador del sufijo -ipo, que está en muchos topónimos e hidrónimos del sur de la península (Villar 2000, pp. 86-116), y que posiblemente sea oriental -de hecho, se encuentra en todo el territorio circunmediterráneo-, como lo es -ssa, de Larissa, según veremos.
Otro testimonio es Laccuris, población oretana citada por Tolomeo.
De guimaraes es una inscripción dedicada a Genio Laquiniesi.
313) interpreta que Laquinie(n)si tiene que ver con la raíz id. *laku-,'depresión','fosa','lago'.
En lo que se refiere al componente -(i)ssa, Elvira gangutia (1998, pp. 106-107), hablando de Tartessos dice que la terminación -(e)ssós es llamativa por su notable arcaísmo.
Se trata de la aplicación griega de un sufijo de procedencia indoeuropea que se encuentra en numerosos nombres anatolios en -(a)ssa con un valor 'pertinentivo' en luvita que sustituiría a un genitivo. aunque el sufijo aparece con mayor densidad en anatolia y la hélade, puede encontrarse en Sicilia, sur de Italia y no es infrecuente fuera de esta área.
Cabe pensar que en una época suficientemente arcaica para que el sufijo -(e)ssós de formación de topónimos e hidrónimos todavía estuviera 'vivo', griegos procedentes de las costas de asia Menor en contacto con pueblos de lengua luvoide lo añadieron a temas indígenas de la península ibérica, procedimiento ampliamente utilizado en asia Menor: hetitas y luvitas para crear ciertos topónimos o hidrónimos añadirían simplemente -ssa a un nombre, no necesariamente indoeuropeo.
De manera que -(i)ssa, según la propuesta que acabamos de ver, se añadiría a una raíz indígena, en este caso lac-.
Y a su vez, a la forma resultante, Lacissa -formación similar a la de Larissa, la capital de Tesalia-se añadiría un segundo componente celta sobradamente conocido, -briga.
La terminación -bo es la de dativo de plural, conocida por lo demás en otras inscripciones de la zona5.
De manera que Lacissabricobo sería el dativo del plural de un nominativo del plural Lacissabrici, que podrían ser los dioses protectores del lugar, Lacissabrica o Lacissabriga.
La lectura que se ha hecho de esta inscripción (Prósper 2002, p.
II. inscripción de cabeço das Fraguas
Esta inscripción ha sido estudiada por todos los que de una manera u otra se han acercado al mundo de los lusitanos.
Entre los más recientes y más autorizados se encuentran Villar y Prósper.
En buena medida coincidimos con ellos en la interpretación de la mayoría de las palabras.
Pero hay puntos en los que nos atrevemos a proponer una nueva interpretación.
Es ello lo que nos ha empujado a presentar nuestra opinión.
Villar distingue entre dos métodos a la hora de acercarse a la interpretación de las inscripciones en general y de esta en particular, a los que llama método combinatorio7 y método etimológico.
El primero se refiere a la posición desde la que se contempla la inscripción como una estructura organizada en las que los constituyentes se explican a partir de la función de otros constituyentes del conjunto.
El segundo se refiere exclusivamente a la fuerza probatoria de la doctrina fonética y morfológica que explica la evolución de las raíces y palabras indoeuropeas en las diferentes lenguas; evidentemente de las raíces y palabras que aparecen en la inscripción.
Nuestro punto de partida es precisamente el método combinatorio, entendiendo por tal el recurso de poner en relación los constituyentes nominales del epígrafe en la medida en que puedan tener sentido precisamente por formar parte de una estructura organizada.
Independientemente de si se trata de una inscripción votiva, como afirman buena parte de los investigadores, o de una inuocatio como propone, para nosotros erróneamente, Cardim (2014, pp. 99-144), creemos que de la estructura compositiva del texto se desprende la existencia de nombres: de animales, por un lado, y de nombres propios de dioses, por otro.
En este esquema nos apartamos de las interpretaciones hasta ahora ofrecidas en un punto: siempre se ha leído Loiminna como una sola palabra e interpretado como epíteto de Iccona.
Nosotros interpretamos Loim, por un lado, que sería un animal, e Inna por otro, que sería una diosa. hay que dar una explicación a este respecto: en la propuesta que hacemos tenemos seis animales, o mejor, dos tríos de animales: dos ovejas, dos cerdos y dos bóvidos; y tenemos seis dioses, a cada uno de los cuales se dedica un animal.
Bien es cierto que en la inscripción de arroyo de la Luz, dada a conocer por gómez-Moreno (1949, p.
243) consideran como la única coincidencia entre arroyo y Cabeço.
Pero dado que nadie se atreve a lanzar una interpretación del Loemina de arroyo; que es dudosa su lectura, ya que algunos proponen Goemina; y que se trata de una inscripción que no se conserva, sino que fue transmitida por Masdeu, este testimonio no tiene la fuerza suficiente como para exigir que el Loiminna de Cabeço sea una sola palabra.
Lo que hay que hacer es interprerar el Loemina de arroyo8.
53) sostiene que el epíteto Loiminna de Cabeço es idéntico a la palabra Loemina de la inscripción de arroyo de la Luz, Cáceres (Untermann 1997, p.
749). añade que su etimología tiene que ver con *loimos, que en latín da limus.
Pero la verdad es que de Loiminna dice que es un epíteto y de Loemina dirá que es un teónimo (2002, p.
78): no son, pues, lo mismo.
De manera que en Cabeço nos encontramos probablemente con doble suouetaurilia.
Virgilio dice en Aen.
V, 97-98 que Eneas, en los funerales de su padre anquises, caedit binas de more bidentis / totque sues, totidem nigrantis terga iuuencos («sacrificó dos ovejas según la costumbre, dos cerdos, y dos novillos con el espaldar de color negro»).
Y en el Louvre se conserva un relieve de doble suouetaurilia en época Julio-Claudia, probablemente durante el reinado de Calígula.
Los animales hay, en primer lugar, tres animales que corresponden a los tres que forman parte del sacrificio conocido como suouetaurilia: oveja, puerco, vaca9.
Se trata de un acusativo que ha sido identificado por los estudiosos con 'oveja' o 'cordero'.
Ya Tovar (1967) lo interpretó como una forma derivada del indoeuropeo *owis,'oveja'; concretamente de la forma *owi-la; de manera que para Tovar se trataría de un diminutivo y, por tanto, de un cordero o cordera.
Prósper apunta que tanto el diminutivo lusitano procedente de *owi-la, como el también diminutivo latino, ouicula, pudieron en algún momento dejar de significar, sin duda que por desgaste, diminutivo, para referirse a la oveja en general.
No cabe duda de que es el acusativo de un nombre común indoeuropeo con el que se aludía el cerdo.
La palabra indoeuropea era *porkos, que más que 'cerdo', significaba, según Prósper (2002, p.
49),'lechón'. aparece en otra inscripción lusitana.
53) al proponer, frente a las opiniones de Tovar y Untermann 10, que, de acuerdo con las conocidas equivalencias entre C y g, como grafías ambas de K, Comaiam puede ser también interpretado como Gomaiam.
Estaríamos entonces ante la raíz indo-europea *gem-/gom-11.
Esta autora recuerda que las Tablas Iguvinas testimonian un adjetivo Kumiaf, Gomia,'grávidas', cuya etimología *gom-ians es indiscutible.
Lo que sí discute es la identificación del animal.
En definitiva, debe tratarse de una hembra preñada.
Dado que ya tenemos la oveja y el cerdo, y se supone que estamos ante el sacrificio conocido como suouetaurilia, deberíamos concluir que con Comaiam estamos ante una vaca: joven y preñada, porque era con el sacrificio de una vaca primeriza con el que se lustraban los campos en determinadas circunstancias. a Tellus y Ceres se les ofrecía una vaca joven preñada.
Siguen después otros tres animales.
Se repite la oveja; se repite un animal bóvido: antes hemos visto a una vaca joven preñada, ahora se trata de un toro.
Y el otro es Loim, que, por paralelismo, debe ser 'cerdo'.
Veamos cada uno de ellos.
652) recoge la raíz indoeuropea *lai-con el significado de'gordo/a'.
De ella trae testimonios del griego y del latín.
En latín tenemos laridum, lardum ('tocino','carne de cerdo') que Pokorny hace remontar a la forma *laies-idom; lae-tus 'bien nutrido','exuberante'.
Y, en relación con su etimología no encuentran «aucun rapprochement net pour ce mot populaire à vocalisme a».
No conocen la etimología, pero insisten en que es un término de origen rústico y popular.
Creemos que es la raíz *lai-/loi-(las variantes ae/oe son sobradamente conocidas).
133) señala que la a indoeuropea en general se ha mantenido como a en la antroponimia lusitana; pero aparece como -u-, como resultado de -o-, en el antropónimo Dubra de Odrinhas, Lisboa, (CIL II, 5019), que interpreta como *dhabhr-o-s; en céltico, sigue diciendo, la a ha pasado a o cuando precede o sigue una labial, y este es el caso de Dubra.
No tenemos que ir muy lejos, en nuestras lenguas actuales, para encontrar una forma que quizás tenga que ver con la forma de la que estamos hablando; en francés tenemos la forma laie o laye que se refiere a la jabalina, hembra del jabalí, palabra de la que suelen decir los diccionarios etimológicos del francés que es de origen desconocido.
En el caso de loim estaríamos, pues, ante el acusativo de un término como lois o lais, que aludiría a un cerdo cebado, gordo.
244) interpretó oilam como 'oveja'.
47) dice que este sintagma hace desde luego alusión a una oveja.
Y añade que Vsseam suele interpretarse como 'de un año'.
Dice la misma autora que evidentemente es un toro.
Si aceptamos la etimología de Tovar para ifadem (adjetivo deverbativo de *eibh-, *yebb,'futuere'), se trataría de un toro entero, es decir, sin castrar.
Los nombres propios de dioses
Los nombres de los dioses que hasta ahora habían sido interpretados estarían, según Villar y Prósper, en dativo.
Villar dedica un profundo análisis a la explicación de estos dativos. a propósito de los nombres en dativo de las inscripciones de Cabeço das Fráguas, arroyo de la Luz y Lamas de Moledo Villar y Pedrero (2001, pp. 235-274) sostienen que en lusitano hay formas terminadas en -a que pueden ser dativos: aparte de los citados Crougia y Iovea(i) tenemos: Arantia Ocela[e]ca, en Castelo Branco (RAP 11), Trebaronna, también en Castelo Branco (RAP 195), Lacipaea, en Mérida (Fita 1894), Domina Ataegina, en Bienvenida-Badajoz (Esteban 1982) y Frovida, en Braga (RAP 149).
Y, por otra parte, el método combinatorio lleva a ver en Cabeço das Fráguas las formas Trebopala, Iccona, Loiminna y Labbo como dativos, al integrarse en sintagmas en los que a un acusativo sigue un caso que es un dativo cierto en las ocasiones en que nos es dado asegurarlo: 1) oilam usseam Trebarune; 2) taurom ifadem Reve Tre[.
Sobre ese paralelo puede inferirse que tenemos la misma estructura sintáctica en los tres sintagmas por lo demás paralelos: 3) oilam Trebopala; 4) porcom Laebo; 5) comaiam Iccona Loiminna.
Con nuestra interpretación, se trataría, no de cinco sintagmas con la misma estructura sintáctica, sino de seis, ya que el quinto de Villar-Pedrero consideramos que pueden ser dos sintagmas: comaiam Iccona y loim Inna.
Prósper deja sentado desde el principio que es un compuesto, cuyo primer miembro es *trebo-,'poblado','habitación'.
Y discute largamente las diferentes propuestas que se han hecho para el segundo elemento -pala.
Una de esas propuestas es la que ha puesto en relación este componente con la palabra alpina pala,'monte','laja', que ha dado pie a comparaciones con el ligur, mediterráneo y lepóntico.
Esta estudiosa no está convencida de que esta sea la solución correcta, ya que ella prefiere quedarse en el ámbito lusitano.
45) esta propuesta, porque Trebopala es probablemente «un híbrido y como tal no puede tener correspondencias directas» con diosas de otras culturas.
En definitiva, esta autora considera que el teónimo se debe explicar «en términos internos, no ligures, etruscos o lepónticos» (ibíd.); y es que en la península tenemos multitud de topónimos con la raíz pal-/pel-, que significa 'fluir'; es una raíz formante de hidrónimos, de manera que el significado de este segundo elemento del teónimo es hidronímico.
Termina proponiendo que significa 'la charca o arroyo del pueblo'.
De manera que para Prósper, lo que se dice en la primera línea del epígrafe es «una oveja a la charca del poblado». hemos de suponer que se trata de la charca del poblado divinizada.
Pensamos, sin entrar en profundos detalles etimológicos internos, que en Trebopala estamos ante una divinidad protectora de la casa o del poblado.
En definitiva, protectora del pueblo protagonista de la inscripción.
Esta es la conclusión a la que vamos a llegar cuando hagamos el definitivo análisis en conjunto del epígrafe, basándonos en las relaciones internas entre los constituyentes del mismo.
Si esto es así, pala debe ser un constituyente (alpino o hispano, lepóntico o lusitano), que pudo adquirir el significado de 'protectora'. hay que tener en cuenta que las palabras, cuando se crean, se creen en la lengua que se creen, tienen un significado muy general con aplicaciones en el plano de la dimensión física y en el plano de la abstracción.
Un ejemplo: la preposición pro, en el plano de la dimensión física, significa 'delante de' si se trata del plano espacial, y 'antes de', si del temporal; pero en el plano de la abstracción significa 'en defensa de".
Pues bien, pala, en el plano de la dimensión física, puede significar 'roca escarpada vertical', que está delante, si aceptamos la propuesta alpina; o puede significar 'corriente que fluye', que rodea, si aceptamos la propuesta hispana.
Pero en ambos casos, en el plano de la abstracción, puede fácilmente terminar significando 'protección'.
De manera que creemos que Trebopala es la diosa local protectora del lugar y del pueblo del lugar.
La primera cuestión que plantea este nombre es la de la lectura 12. generalmente se ha leído Laebo; Untermann, sin embargo, leyó Labbo.
En favor de Laebo se ha aducido la existencia de tres inscripciones sobre altares de granito halladas en una finca de Pousafoles (Sabugal, guarda), prácticamente en la ladera de Cabeço das Fráguas; las tres están dedicadas a un dios Laepo13.
Basándose en la probabilidad de que Laepo y Laebo «se refieran a la misma deidad, podemos concluir», dice Prósper (1999Prósper (, p.
51), «que Laebo debe ser el dativo de un sustantivo temático *laipo».
En favor de Labbo está el hecho del testimonio de la inscripción de Plasencia inédita que presentamos también en este trabajo, en la que se lee claramente Labbo y en la que ese Labbo es, con toda probabilidad, el dativo de un sustantivo temático con el que se designaba a una divinidad.
¿hay posibilidad de aceptar la lectura Labbo en Cabeço sin que ello suponga, como asegura Prósper, que se «desvincularía» la relación de la inscripción de Cabeço con las otras inscripciones de la zona en las que la deidad es Laepo?
La conclusión implícita de esta autora es que, si queremos que el teónimo de Cabeço tenga relación con el Laepo de las otras tres inscripciones, hay que leer Laebo, y no Labbo, en Cabeço.
Pero también se puede pensar que Laepo y Labbo no tienen nada que ver entre sí.
Labbo no es ya una divinidad desconocida.
Con la inscripción inédita de Plasencia, que aquí publicamos, esta divinidad Labbo deja de serlo.
De manera que hay que explicar Labbo independientemente de Laepo.
Para Labbo podemos pensar en la raíz *labh-, de la que dice Pokorny (1959, p.
652) que significa 'tomar', coger" y que está representada en ai. lábhatē, lámbhatē, rábhatē (perf. lalābha)'se apodera', lābha-m.'ganancia','victoria','beneficio'; gr. λάφῡρον 'botín'; lit. lõbis m.'bondad, posesión, riqueza'; estaríamos ante una raíz que puede utilizarse para designar a una divinidad ctónica, cuya función es la de generar riqueza y abundancia. hay otra raíz indoeuropea analizada por Pokorny que podría estar también, como alternativa, detrás de Labbo.
Se trata de *lab-/ lap(h)-, que significaría 'sorber','lamer' (cf. arm. lap 'el' lamer'; gr. λάπτω 'lamer'; lat. lambō, -ere 'lamer'), verbos ambos que aluden a la actividad típica de una cría que se alimenta de una madre; también en este caso podríamos estar ante una raíz que se utilizaría para designar a una divinidad ctónica, cuya función es la de generar riqueza y abundancia.
De manera que el cerdo de la inscripción de Cabeço sería sacrificado a una deidad ctónica, Labbus, relacionada con el alimento y la vida.
Se acepta generalmente la propuesta de interpretación que hizo Maggi (1983, pp. 53-60), quien la identificó con la diosa Epona.
Parece que hay consenso entre los estudiosos a la hora de identificar a Iccona/Epona con la gran diosa madre de todas las religiones orientales e indoeuropeas (Prósper 2002, pp. 51-53).
De manera que, junto a la diosa protectora del lugar, y junto a un dios ctónico que alimenta, tenemos, en la primera tríada del epígrafe, a la diosa madre.
Y a ella se ofrece una ternera preñada.
Siguen otros tres dativos de teónimos.
Son: INNA. acabamos de ver que la tercera diosa de la primera tríada del epígrafe es Iccona, considerada como diosa madre.
Pues bien, la primera diosa de la segunda tríada del epígrafe es también la diosa madre, pero con otro nombre: Inna.
Este es uno de los nombres de la diosa madre mesopotámica.
Otros nombres de esta misma diosa eran Inanna, Istar, Astoret.
Las diferentes manifestaciones de la diosa madre conservan siempre elementos procedentes de la diosa madre oriental.
15), dice que este autor observa que Epona es idéntica a la "gran madre" o Matrona, llamada también Rigani en la galia, *Riantona> Rhiannon en el Mabinogion (colección de historias galesas), y Macha en la mitología irlandesa.
Son madres de procedencia oriental.
El análisis e interpretación de Trebarune ha de ser el mismo que el que ya hicimos de Trebopala.
Es un compuesto, cuyo primer elemento es *trebo-,'poblado, habitación'.
Del segundo, identificado por Prósper como *arunis, dice esta autora que, de la misma forma que pala, tiene también significado hidronímico.
Y propone que sea interpretado como 'arroyo del pueblo'.
Con el mismo argumento que utilizamos en el caso de Trebopala, podemos también decir aquí que estamos ante la diosa protectora del lugar y del pueblo del lugar.
Dos propuestas se han hecho a la hora de interpretar esta forma: una que pone en relación este teónimo con la raíz *reu̯ ə-, rū-, que es la que ha dado en latín rus.
Otra que lo pone en relación con la raíz *reu-,'moverse','fluir', que daría hidrónimos.
Cualquiera de las dos etimologías propuestas puede explicar la interpretación de que se trata de un dios relacionado con la fertilidad y la abundancia.
Si la etimología es *reu̯ ə-, rū-, que es la que ha dado en latín rus, no cabe duda de que estamos con un significado en relación con la tierra como fuente de productos saludables y de estado placentero.
Si la raíz es *reu-,'moverse','fluir', hay que pensar que esta raíz puede terminar por significar no el río en sí mismo, sino también las riberas y veras del río que son terrenos abundantes y fructíferos; placenteros también14.
En cuanto a la interpretación religiosa de Reve, Olivares (2000, pp. 208-209) considera que la vinculación de esta divinidad con las montañas y las corrientes fluviales no vienen sino a confirmar su carácter de "dios supremo, celeste y controlador de los fenómenos atmosféricos".
Esta identificación de Reve con la divinidad celestial es defendida también por Witczak (1999) y Mánczak (2006).
La ventaja de la interpretación que damos es que estructuralmente la inscripción queda organizada así: hay dos tríos de animales, dos ovejas, dos cerdos y dos bóvidos; con la particularidad de que los tres primeros parecen ser animales jóvenes, según las interpretaciones de los autores que han estudiado la inscripción: de oilam, como hemos visto, dicen Tovar y Prósper que se trataría de un cordero o cordera; de hecho, cuando se quiere indicar que se trata de una oveja y no de un cordero se añade el adjetivo usseam; de porcom dice Prósper, que, más que cerdo, sería un lechón; y de comaiam, hemos apuntado que se trataría de una novilla preñada primeriza.
De los otros animales, parece que oilam usseam es una oveja de un año, según Prósper; ya hemos dicho que, si se añade el adjetivo usseam, debe ser para distinguirla de la simple oilam; taurom es un toro entero; y loim sería un cerdo cebado.
En el caso de la inscripción de Cabeço, el cerdo se ofrece a Labbo, un lechón, y a Inna, un cerdo cebado.
La oveja se ofrece a Trebarune, una cordera o |
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Cómo citar este artículo / Citation: Carracedo-Fraga, José (2021): «La doble redacción en el Ars grammatica de Julián de Toledo», Emerita 89 (1), pp. 127-148.
El Ars grammatica compuesta por Julián de Toledo probablemente entre los años 680-690 fue muy pronto objeto de varias modificaciones intencionadas en las dos ramas de transmisión textual de la obra.
Las variaciones afectaron a la explica ción de algunos contenidos, a la selección de ejemplos ilustrativos y a la utilización de citas de auctores.
Los responsables de esas interven ciones trabajaban en alguna escuela visigótica muy próxima a la del propio Julián, ya que utilizaron los mismos materiales y siguieron el mismo estilo de redacción que el maestro toledano.
Por lo tanto, las dos versiones derivan de forma más o menos directa de las enseñanzas de Julián.
Palabras clave: gramática; Julián de Toledo; doble redacción.
Cualquier texto transmitido de generación en generación por vía oral o por vía escrita puede ser sometido a diverso tipo de intervenciones o manipulaciones.
Cuando además los textos ofrecen saberes útiles, es decir, contenidos técnicos y prácticos, esos textos son por antonomasia de carácter abierto.
Y si a todo lo anterior añadimos que los textos son gramaticales y, por lo tanto, destinados a su uso en la escuela, su carácter abierto queda todavía mucho más acentuado.
Un maestro de gramática de la Antigüedad o de la Edad Media pone por escrito en un momento dado un estado de enseñanza concreto, pero ese programa didáctico particular es necesaria mente el resultado de adaptar a su momento toda una tradición anterior y a su vez ese resultado puede ser susceptible de intervenciones por parte de lectores o de otros maestros posteriores para ser acomodado a un nuevo momento y a unas nuevas circunstancias.
Con toda razón definía donato la ciencia gramatical antigua como un munus collaticium1, esto es, como el fruto de la aportación sucesiva y acumulativa de saberes e interpretaciones de maestros que van adaptando sus enseñanzas a sus propios discípulos.
A pesar de la dificultad que siempre supone definir con claridad momentos y protagonistas en ese proceso sucesivo de intervenciones en los textos abiertos, en este trabajo yo pretendo hacer visibles algunos aspectos de cómo afectó ese proceso de reelaboración al tratado gramatical debido a Julián de Toledo incluso ya en los primeros estadios de su existencia.
Para ello es necesario comenzar recordando algunos datos que permitan situar el origen del Ars grammatica que nos ocupa y dibujar a grandes rasgos sus caminos de difusión.
Un producto de la escuela visigótica
desde que esa Ars grammatica fue recuperada para el mundo moderno gracias a la edición del cardenal toledano Francisco de Lorenzana en el año 1797 dentro de su ambicioso proyecto de edición de la obra de todos los Padres de Toledo 2, el manual de gramática quedó asociado a Julián de Toledo (ca.
644-690), porque a este autor va atribuido el tratado en el manuscrito vaticano conocido y utilizado por el editor, el códice Pal.
1746. desde entonces ha habido teorías a favor o en contra de esa autoría, pero casi siempre ha habido más unanimidad sobre el carácter visigótico de la obra 3.
3o) Hay otras alusiones a elementos característicos visigóticos, como la significativa referencia expresa al nombre del llamado Liber Commicus toletanus (178, 33) 5.
Una copia manuscrita del códice vaticano realizada por encargo del cardenal Lorenzana se conserva con la signatura 119 en la colección Borbón-Lorenzana de la Biblioteca de Castilla-La Mancha en Toledo.
4 Para todos los textos gramaticales que cito en este trabajo utilizo el sistema de mencionar página y (separadas por coma) líneas de la edición utilizada.
En el caso del Ars grammatica de Julián remito a la edición de Maestre Yenes 1973 y para la parte relativa a la sección De partibus orationis II a la edición de Munzi 1980de Munzi -1981.
Argumentos a favor de que esta última sección forma parte del conjunto gramatical están analizados en el trabajo de Munzi y también más recientemente en Carracedo-Fraga 2018.
5 Sobre el Liber Commicus véase el trabajo de Pérez de Urbel y González y Ruiz-Zorrilla 1950.
350) utilizada corresponde a la conservada por la considerada familia visigótica de transmisión de la obra del gramático romano 6.
5o) Varias de las citas bíblicas reproducidas presentan un texto coincidente con versiones de las primitivas traducciones al latín de la Biblia conocidas como la Vetus Latina que son características de la Hispania visigoda, especialmente en lo relativo al libro de los Salmos 7.
6o) Entre los numerosos auctores citados como modelo de lengua se concede un gran protagonismo a poetas cristianos leídos y apreciados en la Hispania visigótica (Ausonio, Coripo, draconcio, Prudencio, Sedulio, Venancio Fortunato) y de forma especial a poetas visigóticos, como Isidoro de Sevilla, Eugenio de Toledo o el anónimo autor del singular Epitaphium Antoninae.
También ocupan un lugar destacado varios textos propios de la liturgia visigótica, principalmente himnos 8.
7o) La propia tradición textual del Ars grammatica remonta seguramente a un antecedente común copiado en letra visigótica.
Así lo dan a entender errores de lectura atribuibles a ese arquetipo y explicables a partir de una mala interpretación de abreviaturas o grafías propias del sistema de escritura visigótica.
También apoya esa teoría la pervivencia en la tradición textual de abreviaturas peculiares de esa escritura peninsular, a pesar de que todos los códices que hoy conservamos y conocemos fueron copiados fuera de la Península y en otros tipos de escritura.
Añádase que el Ars que nos ocupa circuló formando parte de compilaciones gramaticales probablemente debidas a la escuela visigótica, como las transmitidas por los códices Bern 207 y Paris lat.
Las referencias a personajes visigóticos de la corte 10, la particular querencia por la ciudad de Toledo y la especial relación con la escuela poética toledana son indicios que sirven para situar el origen del tratado gramatical en la 6 Ha podido definir claramente esa familia Holtz 1981, pp. 453-474.
Sobre poetas leídos en la escuela visigótica escribe Carracedo-Fraga (2005a), y sobre la asociación de poesía y gramática visigóticas y su influencia en la escuela carolingia trata Alberto (2016 y 2017).
Por otra parte, personajes con algunos de los nombres citados en el Ars gramma-capital del reino visigodo en el último cuarto del siglo VII.
En ese momento la gran figura literaria y teológica es Julián, obispo de la sede toledana entre los años 680 y 690, el cual en ningún momento dejó de ejercer su labor de magisterio.
A Julián aparece atribuido el manual de gramática en uno de los manuscritos principales que transmiten la obra, el ya mencionado códice Pal.
1746, copiado a finales del siglo VIII y principios del siglo IX en la abadía de San Nazario de Lorsch.
También quedan noticias de atribución a Julián en catálogos de códices de las bibliotecas de las abadías de Saint-Riquier y de Fulda 11.
Por otra parte, hay muy notables paralelismos, sobre todo, de contenido, pero también de lengua, estilo y uso de fuentes entre el Ars grammatica y otras obras de Julián que arrojan algo de luz sobre la cuestión de la autoría.
La tradición textual de la obra
Por lo que hoy conocemos, estos son los manuscritos medievales que transmiten directamente el tratado gramatical completo o algunas de sus partes 12: B = Berna, Burgerbibliothek, 123, s. IX med, Fleury, ff.
117r-128v, transmite solo el inicio del tratado, ya que acaba trunco en el capítulo De uerbo (59, 203) por pérdida de folios finales.
tica aparecen firmando en las actas de los concilios XIII, XIV y XV de Toledo, celebrados respectivamente en los años 683, 684 y 688.
También transmitía el Ars grammatica en una versión muy próxima a la del ejemplar de Erfurt la primera sección del códice de la Bibliothèque Municipale de Chartres 92 (47), s. IX, destruido durante la Segunda Guerra Mundial.
El códice aparece descrito en el t.
11 del Catalogue général des manuscrits des bibliothèques publiques de France, pp. 48-49, y fue consultado en su momento por Beeson 1924, p.
También está copiado un muy pequeño fragmento sobre el capítulo de littera en el códice de Múnich CLm 807, ff.
II 193, s. VIII ex, ¿Fulda?, 2 ff., es un bifolio utilizado como guarda de otro códice, que conserva la parte final del capítulo De tropis (desde 211, 240) y el inicio de la Conlatio de generibus metrorum (hasta 222, 10).
L = Ciudad del Vaticano, Biblioteca Apostolica Vaticana, Pal.
P = París, Bibliothèque Nationale de France, lat.
127v-135v, conserva una selección de capítulos del tratado gramatical: De littera (113,277), De accentibus y De posituris (170,35), De barbarismo, De soloecismo y De ceteris uitiis (179, 1-188, 40; finaliza ex abrupto por la pérdida de algunos folios). r = Ciudad del Vaticano, Biblioteca Apostolica Vaticana, reg. Lat.
73r-77r, dentro de un conjunto de textos métricos incluye la Conlatio de generibus metrorum. t = París, Bibliothèque Nationale de France, lat.
del elenco de testimonios directos conservados podemos deducir que el Ars grammatica de Julián circuló principalmente en los siglos VIII y IX por centros de estudio carolingios de la Galia y del oeste de la Germania, algunos de ellos habitados por eruditos insulares (irlandeses o anglosajones) o de formación insular, los cuales dejaron en el proceso de transmisión numerosas señales de su propio sistema de escritura.
Un papel importante lo jugaron, sin duda, el obispo de orléans de origen visigodo Teodulfo ( † 821) y su círculo intelectual.
La comparación del texto transmitido por los diferentes manuscritos antes presentados permite establecer que el Ars grammatica siguió en un momento cercano a la fecha de redacción dos caminos de transmisión diferentes 15.
Además de las variaciones de redacción que comentaremos más adelante, numerosas variantes textuales separativas debidas a errores de copia permiten establecer dos subarquetipos a los que llamamos α y β.
A la primera familia pertenecen los códices F, g, L 1, N, P, r, t y V, y de la segunda rama de transmisión forman parte los testimonios B, E y L 2 16.
Sirva como muestra probatoria la siguiente pequeña selección de variantes extraídas del inicio del Ars grammatica: 10, 21 inchoauit a nomine α: a nomine inchoauit β 10, 25 hominem α: hodie β 11, 63 se non iunxit α: non seiunxit β 12, 88 aut quislibet α: si qualislibet β 13, 93 adnumerabit α: denumerauit (dinum-E ac L) β 14, 135 qui -mihi om. β (por salto de igual a igual) 16, 170 praepositiuo α: positiuo β 19, 258 quia -dicta om. α (por salto de igual a igual) 22, 337 da simile α: passibile β 23, 356 pluribus α: plurimis β Varios errores textuales compartidos por las dos familias α y β, que suponemos que no son responsabilidad del compilador del tratado gramatical, sino que fueron debidos a fallos en el proceso de transmisión manuscrita, inducen a reconstruir un arquetipo X del que derivan esos errores comunes.
Estos son algunos de esos errores de copia debidos a omisiones por haplografía o por salto de igual a igual, a confusiones de letras, palabras o abreviaturas, o a transposiciones: Teniendo en cuenta lo anterior y tomando en consideración todas las relaciones que pueden ser establecidas entre los distintos testimonios manuscritos a partir de errores textuales o incluso a partir de rasgos de elementos paratextuales conjuntivos y separativos, el proceso de transmisión directa por nosotros conocida puede ser representado esquemáticamente en el siguiente stemma 17: Como he comentado más arriba, la escuela carolingia jugó un importante papel en la difusión del Ars grammatica de Julián.
Pero es oportuno llamar la atención sobre el hecho de que por algunos centros circularon en paralelo ejemplares de las dos ramas principales de transmisión de la obra, como lo demuestran los siguientes datos:
-A Fleury pertenecieron y casi con seguridad allí fueron copiados en momentos próximos los códices F y B, descendientes respectivamente de los antígrafos α y β 18.
-Los copistas que trabajaron en la abadía de Lorsch en la sección más antigua del códice L utilizaron un ejemplar de la familia α como modelo para la parte que copiaron del Ars grammatica de Julián, aunque parece que también tuvieron a su disposición y consultaron una copia perteneciente a la familia β, ya que por veces incorporaron variantes propias de esta última familia.
Por su parte, los amanuenses que completaron unos años más tarde la transcripción del tratado gramatical toledano utilizaron exclusivamente como modelo un ejemplar de la familia β 19. den verse algunos datos en los estudios antes citados: Maestre Yenes 1973, pp. LXXV-XCIX, Carracedo-Fraga 2015, pp. 102-112, y para el códice V Alberto 2018, pp. 180-183.
18 Sirva de referencia para la relación de los dos códices con el escritorio de Fleury el trabajo de Mostert 1989, especialmente p.
19 Sobre la abadía de Lorsch sigue siendo un estudio de referencia Bischoff 1989; para nuestro códice vaticano véanse allí pp. 32 y 130-131. -En el centro de estudio de la corte de Carlomagno o en un centro muy relacionado con aquel, donde fue copiado el códice E 20 a partir de un ejemplar de la familia α, muy poco después un lector añadió en ese mismo manuscrito en el inicio del Ars grammatica algunas correcciones textuales sirviéndose de un modelo que pertenecía a la rama β.
Las intervenciones son del estilo de las siguientes:
La doble redacción del Ars grammatica
Abundantes variaciones en el texto de la gramática toledana entre las ramas de transmisión α y β difícilmente pueden ser debidas a errores en el proceso de copia y más bien tienen que ser el resultado de la intervención voluntaria de algún lector o maestro, el cual busca ofrecer en muchos pasajes una redacción alternativa diferente.
Las intervenciones en el texto son de muy diverso tipo y van desde el cambio en alguna palabra hasta una amplia y reelaborada propuesta distinta, como vamos a intentar poner de manifiesto en las líneas que siguen.
Uno de los aspectos cultivados con especial atención desde la Antigüedad en la escuela del gramático fue la adquisición de vocabulario mediante ejercicios basados en la sinonimia y en las diferencias.
El interés por ese tipo de ejercicios estuvo particularmente activo en las escuelas visigóticas en su objetivo de fomentar el aprendizaje de léxico amplio, variado y preciso de una lengua culta cada vez más diferenciada de la lengua hablada 21.
Así pues, no es nada extraño que, cuando un maestro quiere ofrecer variaciones, uno de 20 Véase Bischoff 1998, p.
21 En el manual de gramática de Julián quedan abundantes elementos de ese interés por las differentiae y los synonyma, dos categorías gramaticales que precisamente sirvieron de base a Isidoro de Sevilla para la creación de dos de sus obras más exitosas.
Sobre la presencia de esos temas en la escuela del gramático véase el resumen de Zetzel 2018, pp. 104-106; sobre el caso particular de Isidoro tratan Carracedo-Fraga (2020) y Spevak (2020, pp. LXVII-LXXII). los recursos que utilice sea el juego de la sinonimia en palabras y expresiones en cualquier parte del texto, pero sobre todo en fórmulas de introducción o presentación de explicaciones22: El Ars de Julián pertenece al grupo de los considerados manuales de gramática avanzados, es decir, aquellos tratados que buscan ofrecer un tratamiento elevado y pormenorizado de toda la teoría gramatical tradicional, principalmente mediante el comentario exegético detallado de los manuales de referencia de donato.
Sin embargo, el autor toledano, en su afán por ofrecer un manual completo, introduce también en su obra paradigmas o catálogos de flexión y análisis morfológicos más propios de tratados elementales o introductorios conocidos como Declinationes nominum o similares 23.
A ese afán de repaso de conocimientos de morfología responde, por ejemplo, la utilización de formas verbales variadas, jugando con la correspondiente flexión: 10, 31 loquebamur α: locuti fueramus β 13, 105 dictum est α: dixit (dicit L 2 ) β 27, 447 fecisti α: facis β 27, 439 uidebimur α: uidemur β 27, 457 terminatur α: terminari (terminare B) debetur β 34, 16 ac si dicam α: sicut si dicas mihi β También contribuye a ampliar el caudal de vocabulario y a la vez de contenidos la presentación de ejemplos gramaticales alternativos o en listas más completas, en algunos casos poniendo a contribución lo nuevo o actual frente a lo tradicional o clásico24: Proceder inexcusable en las enseñanzas del gramático antiguo y medieval era confirmar las diferentes explicaciones que ofrecía mediante exempla de auctores considerados modelos de lengua correcta y de calidad.
Por esa razón los manuales de gramática están llenos de citas de esos auctores, en muchos casos heredadas de la tradición gramatical precedente, en otros casos resultado de aportación personal actualizadora.
En el Ars de Julián están incluidas 713 citas y las novedosas están tomadas principalmente, como ya queda dicho 25, de poetas cristianos en general y de poetas visigóticos en particular.
Pero también en este campo puede intervenir algún maestro o lector experto.
En 513 citas utilizadas como exempla de un total de 577 26 (esto es, en el 89% de los casos) coinciden exactamente las dos líneas de transmisión.
Hay, pues, 64 reproducciones de textos de auctores en las que divergen las dos familias 27, bien porque presentan la misma cita con alguna variación (9 casos), bien porque ofrecen exempla distintos para la misma explicación (9 casos), bien sobre todo porque una familia incluye alguna cita en lugares donde la otra no (46 casos).
En el grupo de variaciones en la misma cita encontramos 3 casos de variante textual.
El primero de ellos se produce en el uso de un fragmento del capítulo 7 de la Vita Pauli de Jerónimo, para explicar la palabra heus (83, 111):
Es posible que esa variante textual se deba a algún error por haplografía cometido en el proceso de copia.
Parece, en cambio, totalmente voluntaria la modificación que aparece en el ejemplo (quizá inspirado en IV reg. 17.28) aducido para ilustrar el uso de igitur (102, 202): La variante en el texto bíblico podría deberse a un error mecánico de copia, pero es más probable que se deba a una intervención voluntaria o involuntaria motivada por la existencia de lecturas bíblicas propias de la Vetus Latina bien conocidas en la Hispania visigótica 28.
Los otros 6 casos de diferencia en la misma cita consisten en que la familia β presenta un texto más reducido que la familia α: en tanto que la familia α reproduce un texto más largo y completo, para dar entrada a lo que puede considerarse una unidad sintáctica y semántica, la familia β ofrece una cita reducida al fragmento exclusivamente necesario para ilustrar el aspecto gramatical explicado.
El resultado más llamativo es el correspondiente al capícaracterísticas prosódicas del sustantivo subligar, la familia β introduce el verso VI 353 del mismo Juvenal, utilizado un poco antes (137, 24) para ilustrar el funcionamiento prosódico del sustantivo ceruical.
La misma cita bíblica aparece también con la variante illi en la sección De partibus orationis II (193,19 Munzi). tulo dedicado a explicar la posibilidad de asociar el pronombre ille a la primera persona (40, 143): α incluye los cuatro primeros versos del poema 3 de Isidoro de Sevilla, en cambio β reproduce solamente el primer verso.
Los casos de utilización de exempla alternativos permiten ver que en ambas familias se juega, además de con textos clásicos propios de la tradición gramatical, con textos bíblicos, litúrgicos y de poetas cristianos característicos del Ars de Julián, tal como puede comprobarse en la siguiente tabla: Considero interesante llamar la atención de forma expresa sobre los casos relacionados con el pronombre iste y con el diptongo au, que son respectivamente los siguientes:
Iste homo in professione sua non est praeuaricatus α: Iste electus Iohannes β Aurora iam spargit polum α: Auroram iam quarta dies praemiserat undis β En ambos casos el hecho de que los respectivos textos tengan el mismo comienzo tal vez pudo provocar una substitución involuntaria. de todas formas, sea cual sea la causa del cambio, está claro que los autores responsables de ambas propuestas trabajaban en un ambiente familiarizado con textos litúrgicos visigóticos y con los versos de draconcio revisados por Eugenio de Toledo29.
Con autores y textos utilizados en la escuela en la que trabajaba Julián están también relacionadas las citas de autoridad exclusivas de cada familia. obsérvese la siguiente tabla comparativa:
Tabla 2: citas distintas.
Es evidente que el número de citas exclusivas es considerablemente superior en la rama de transmisión α.
Sin embargo, en ambas familias todos los casos de citas propias responden a las mismas tres justificaciones: se suple algún ejemplo ilustrativo donde en la otra familia no hay (21 casos en α y 5 β); al ejemplo compartido se agrega algún otro complementario, generalmente precedido de et o item (9 casos en α y 2 en β)30; se ofrece algún ejemplo específico para alguna explicación propia distinta (4 casos en cada familia).
También en este grupo de casos quiero prestar particular atención a uno de ellos, ya que puede dar alguna pista sobre la forma de trabajar de los responsables de intervenir en el texto.
En el capítulo dedicado a explicar que las preposiciones que pueden regir tanto acusativo como ablativo se diferencian en que con el primero significan movimiento y con el segundo situación, inmediatamente después de referirse a sub con acusativo la familia α añade lo siguiente (107, 97): Da eius exemplum: «stilio manibus nititur et moratur in aedibus regis».
Es evidente que el texto tomado de las Sagradas Escrituras (Prou.
30.28) está fuera de lugar, ya que debería ir unas líneas antes (107, 94), para ilustrar el uso de la preposición in con ablativo.
Es probable que estemos ante una errónea inserción en el texto de un añadido escrito al margen.
Las intervenciones voluntarias más evidentes son aquellas en las que cada una de las dos líneas de transmisión ofrece variaciones relevantes en las explicaciones de los aspectos gramaticales objeto de estudio.
Puede servir de ejemplo el primer caso que encontramos en el inicio de la obra, en el apartado dedicado a las qualitates nominum (13, 99 ss.) 31 Las dos redacciones comparten: con pequeñas variantes textuales, la perícopa del Ars minor de donato objeto de comentario (585, 10) y la explicación etimológica de bipertita, que coincide con la que se lee en el Ars grammatica de Cledonio (10, 21); con algunas variaciones en la presentación, el ejemplo sol para nombre propio, acompañado de la explicación del uso excepcional de Catulo (5.4), y los tres ejemplos de nombre común.
La redacción de α por su parte añade: la definición de proprium, tomada del tratado gramatical de Pompeyo (137, 30), y dos ejemplos más de nombres propios con las correspondientes explicaciones para usos excepcionales (para el nombre Deus utiliza una cita de Deut.
¿Está buscando el responsable de la redacción α completar de forma simétrica tres ejemplos en las dos partes de la explicación o es el autor de la redacción β el que reduce?
Pero no es siempre la misma familia la que modifica y amplía explicaciones gramaticales, sino que también en este aspecto se van alternando de forma semejante las dos redacciones.
Muy poco después del fragmento que acabo de comentar tenemos ya una muestra de la situación contraria a la anterior (15, 143 ss.):
Aquí la versión β completa la presentación de los tres grados de la comparación con dos elementos complementarios derivados de una de las fuentes principales de Julián de Toledo para la sección dedicada al nombre, las conocidas como Explanationes in Donatum atribuidas a un gramático Sergio 33: en primer lugar inserta la lista de letras finales de los tres grados (Explan. in Don.
491,(18)(19)(20)(21)(22)(23); en segundo lugar añade la tipología de los adjetivos que significan calidad y cantidad, que, como se explica en la propia Ars de Julián un poco más adelante (16, 180 ss.), son los que pueden recibir grados de comparación (Explan. in Don.
otro aspecto llamativo que diferencia las dos redacciones, pero que afecta también igualmente a ambas en lugares distintos, es la utilización de las expresiones et cetera o et reliqua para omitir elementos de alguna lista enumerativa o explicaciones repetitivas que sí aparecen en la otra versión.
Así, por ejemplo, en la familia α tenemos la declinación completa de todos los pronombres personales, posesivos, demostrativos y fóricos (38,330); por su lado, la familia β solamente ofrece los dos primeros casos (nominativo y genitivo) para la mayor parte de esos pronombres 34.
Por el contrario, las largas listas de conjunciones racionales (100, 159-161) y de preposiciones de acusativo y ablativo con sus respectivos ejemplos (104, 33-106, 75) están completas en β, pero en α aparecen reducidas solamente a algunas de las primeras de las respectivas series 35.
Las diferencias de redacción entre las dos familias son especialmente abundantes en los capítulos dedicados al nombre, al pronombre, a la inter-33 Un texto incompleto de las Explanationes puede leerse en el volumen 4 de los grammatici Latini, pp. 486-565.
Las coincidencias del tratado gramatical de Julián con las Explanationes son numerosas y muchas de ellas literales.
Parece claro, pues, que estamos ante una utilización directa o ante un uso de materiales comunes a ambas obras.
Por su estrecha relación con el Ars de Pompeyo, se ha propuesto situar el origen de las Explanationes también en el norte de África en los siglos V o VI.
34 La redacción β incluye la declinación completa de los pronombres ego y tu, los tres primeros casos para los pronombres tuus y suus, y los cuatro primeros casos para los pronombres is y meus.
35 La familia α enumera solamente 4 de las 17 conjunciones racionales, 2 de las 30 preposiciones de acusativo y 8 de ellas con ejemplo, 7 de las 15 preposiciones de ablativo y ninguna de ellas con ejemplo. jección, a la sílaba, a los metros y a las positurae.
En las dos versiones el estilo de redacción es similar al que encontramos en toda el Ars grammatica y las fuentes utilizadas para las modificaciones son las mismas de las que dispuso Julián para el proyecto originario: principalmente las ya mencionadas, Pompeyo y las Explanationes in Donatum, y además el tratado gramatical conocido con el título Excerpta de scauri et Palladii libris y puesto bajo el nombre de Áudax 36, y las Etymologiae de Isidoro de Sevilla.
En la escuela de Toledo dirigida por Julián fue puesto por escrito, probablemente entre los años 680-690, un completo manual de gramática que recogía las enseñanzas elementales y, sobre todo, avanzadas del maestro, entre las que era objeto de especial atención la métrica y la creación poética.
Es probable que ese proyecto inicial, como producto escolar que era, ya incluyese propuestas alternativas o variantes de autor para algunos contenidos.
Muy poco tiempo después de la redacción primigenia alguna copia de un ejemplar que ya estaba fuera de la supervisión directa de Julián 37 fue utilizada en alguna escuela también visigótica (pudo ser la misma en la que trabajó el obispo toledano o una muy próxima) por algún otro maestro o por algún alumno versado, el cual procedió a introducir algunas modificaciones siguiendo las propias enseñanzas de Julián o utilizando sus mismos materiales y provocó que hoy tengamos una clara doble redacción en algunos de los contenidos del Ars grammatica, sobre todo en los apartados correspondientes al Ars minor o al libro primero del Ars maior de donato.
Teniendo en cuenta que el resultado textual en las dos líneas de transmisión presenta características muy similares en estilo de redacción, uso de fuentes e introducción de ejemplos, resulta muy difícil poder saber si una de las dos versiones es la original o si hubo manipulación en las dos ramas de transmisión y, en ese caso, una de ellas conserva un texto más próximo al primigenio.
Los aspectos que podríamos utilizar como argumentos a favor de alguna de las 36 Es igualmente poco lo que sabemos de este gramático y también para él se conjetura como lugar de trabajo el norte de África y como momento de actividad la segunda mitad del siglo V o la primera del VI.
37 Más arriba he querido probar la existencia de un arquetipo que contenía ya algunos errores que difícilmente pueden ser responsabilidad del obispo toledano. hipótesis están presentes de manera semejante en las dos redacciones: tendencia a ampliar (o a reducir) explicaciones, ejemplos ilustrativos y paradigmas flexivos; afán por utilizar como exempla palabras o textos más actualizados y novedosos en lugar de otros más clásicos y tradicionales 38; existencia de elementos aparentemente mal ubicados en el conjunto que pueden ser el resultado de anotaciones marginales o interlineales inseridas en el texto.
Creo, pues, más probable que las dos redacciones son el resultado de reelaboraciones posteriores del producto primitivo, algo muy habitual en los textos escolares de gramática.
Considero, en cambio, casi seguro que esas intervenciones se produjeron, como acabo de decir, en un momento muy temprano entre el estadio escrito primero del Ars grammatica y la copia de los ejemplares α y β, ya que los efectos resultantes están casi todos perfectamente integrados y consolidados en las copias derivadas en cada una de las dos ramas de transmisión textual.
Por consiguiente, ante la imposibilidad de poder precisar o definir con claridad orden y grados de responsabilidad en el proceso de manipulación, entiendo que el editor del Ars grammatica de Julián debe presentar en paralelo las dos redacciones como frutos más o menos directos e inmediatos por igual de la labor escolar del maestro toledano.
38 Me refiero a lo comentado sobre las variaciones en las citas de auctores o en el uso de ejemplos gramaticales.
Como muestra, recuérdese que en el capítulo sobre el comparativo (15, 139-140) la redacción α utiliza los nombres Careto, Fronto y seruandus, donde la versión β presenta los nombres Cato, Virgilius y Donatus, mientras que a su vez un poco más adelante a propósito del caso nominativo (24, 372-372) β juega con los nombres Aetherius, Iohannis y Eruigius rex, y α solamente con el sustantivo magister. |
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Sin lugar a dudas, estamos ante la edición más completa, hasta la fecha, del corpus documental en lineal B encontrado en el palacio micénico de Pilo (Epano Englianos); cuyo núcleo, engrosado por algún hallazgo posterior, es el resultado de las campañas arqueológicas de 1939 y las que siguieron entre 1952 y 1966, copatrocinadas por el Servicio Arqueológico Griego y la Universidad de Cincinatti y codirigidas por C. W. Blegen, quien contó con la inestimable colaboración de E. L. Bennett, Jr., su discípulo y primer gran editor de los textos pilios.
Este archivo micénico -el segundo en importancia tras el de Cnoso tanto por el número de sus documentos2 como, lo que no es menos importante, por la riqueza y variedad de la información que estos suministran-carecía, hasta el momento, de una edición de estas características, similar a las que ya existen para los de Cnoso3 y Tebas4, así como para las inscripciones sobre vasos 5, en las que el documento es presentado en sus tres versiones: fotografía, facsímil y transcripción 6.
La estructura de la obra es la usual para este tipo de trabajos.
El volumen primero contiene la Introducción, la Bibliografía y parte de la Edición de textos (series Aa -Fr).
El segundo concluye la edición (series Gn -Xn) y añade los Anexos 7.
Lógicamente, este será el orden que seguiremos en nuestra reseña.
Firmada por L. Godart 8, se compone de nueve apartados.
Dedica el primero a la historia del descubrimiento del palacio pilio y su archivo que entronca con los antecedentes editoriales de la obra.
El segundo, a la historia de este corpus y sus antecedentes.
El tercero, a la cuestión de los escribas.
Subraya Godart la importancia de su identificación, tanto en sí misma como para la comprensión paleográfica y filológica de los textos 9.
Aboga, además, por una simplificación (y mejora) de la doctrina sobre este asunto, dada la multiplicidad de designaciones acuñadas («Estilete», «Mano», «Núcleo» y «Clase») 10.
7 Se trata de las Tablas: de signos (silabogramas y logogramas); de escribas y sus series (se incluye aquí las tablillas atribuidas a «Clases» pero no a escribas, así como las tablillas que no pueden atribuirse ni a «Clases» ni a «Escribas»); la inversa de la anterior, de series y sus escribas; de signos de los escribas 651 a 663 (son los escribas nuevos que, añadidos en este corpus, sustituyen, en general, anteriores atribuciones a las Clases i, ii, iii y iv); de signos comunes entre el escriba 626 y Tn 316.1-5 (r.); de signos de los escribas 626 y 663 en Tn 316; de signos comunes entre el escriba 602 y Jo 438.
Concluye esta sección y el volumen con la obligada Concordancia de textos relacionados por su orden numérico, donde figura, como es lógico, el listado de las referencias tabléticas eliminadas por su unión con las editadas (las secuencias numéricas resultantes aparecen en la referencia de la tablilla correspondiente).
8 Pese a que la autoría de la obra la comparten L. Godart y A. Sacconi, en esta Introducción nos referimos siempre a Godart, puesto que es él quien, específicamente, la firma.
32), autores respectivos de Tn 316.1-5 recto (si bien en Pasiphae, l. c., le atribuía las ll.
Atribuye Jo 438 (hasta ahora de escriba desconocido) al mismo de Jn 829, es decir a su actual 602, identificado como «H 2» por PTT y PofN IV draft.
10 No obstante, no debemos olvidar que el conocimiento actual sobre la epigrafía micénica, en general, y la pilia, en particular, no es el mismo que el que se tenía hace décadas, con ser aquel excelente.
De manera que parece lógica la existencia, entonces, de una casuística que hoy puede parecer excesiva, compleja y poco definida, entre otras cosas por el afan de evitar generalizaciones, generadoras de posibles incorreciones.
Por otra parte, respecto de la «Clase» y pese a «lo escabroso» de sus atribuciones documentales, en opinión del autor, este ha mantenido algunas de esas atribuciones, si bien reconoce que lo hace de manera genérica («les textes attribués à la 'Classe i' épousent en général les traits caractéristiques de la main De manera que, como un primer paso en esta dirección y en previsión de futuras modificaciones al alza de su número, propone (y adopta en la obra) 11 un nuevo abanico numérico para su identificación (del 601 al 700) 12 que sustituye y amplía el vigente hasta el momento (del 1 al 49) 13.
Ello, en su opinión, facilitará futuras modificaciones al alza de su número, al tiempo que permite conservar los números antiguos que así se considere.
En el cuarto, se refiere a los lugares de hallazgo de los documentos, principalmente las salas 7 y 8 del AC.
Puntualiza su descripción de la «parrilla» de Bennett con las correcciones que a esta hizo K. Pluta 14, advirtiendo de que en esta cuestión ha seguido tanto a PTT II, como, más recientemente, a R. Firth 15.
Al abordar la cuestión de la cronología de los documentos (apartado quinto), y al margen del valor que en esta cuestión se dé a los paralelismos iconográficos entre los palacios de Pilo y Cnoso, Godart hace notar el problema que, para la datación tradicional 16, supone la más temprana (HR III A) de Ae 995, La 994, Xa 1419, 1420, tablillas encontradas en el mégaron, en línea con la encontrada en Iklaina (IK X 1), cuyo contexto arqueológico responde a una fase HR II B / HR III A2 17.
En el apartado sexto, y previo a la descripción del contenido del corpus editado (enumeración de las series documentales con indicación de sus características temáticas y formales), encarece la vuelta al reagrupamiento de los documentos por series, frente al simple orden numérico utilizado, en las ediciones similares, «de corpus», para las tablillas cnosias18 y tebanas19; relaciona, así mismo, los elementos básicos que ofrece el corpus para cada documento: fotografía en color (de K. Xenikakis) y facsímil (de Godart), ambos a escala 1:1, unas y otros excelentes 20, transliteración, lugar de hallazgo (find-spot), escriba y aparato crítico 21.
Siguen otros dos apartados, el séptimo y el octavo, de los que el primero puede considerarse como «la plantilla» para las entradas documentales del corpus.
De manera que, a los datos usuales que identifican y acompañan al documento 22 les sigue este, en las tres versiones del corpus (fotografía, facsímil y texto transcrito), con su aparato crítico.
En el apartado octavo, complementario del anterior, detalla la nomenclatura y significado de la normativa para la transliteración de los textos 23.
Introduce el concepto de margo («margen»), espacio en blanco que puede aparecer tanto en la parte superior de la tablilla (p. ej. Cn 254), como en la inferior (p. ej.: An 1) o en ambas a la vez (p. ej.: An 5) 24 y que media, en el caso de la superior, entre el borde de la tablilla y la pauta superior de la primera línea escrita, en tanto que la inferior lo hace entre el borde de la tablilla y la última línea, escrita o no, del texto.
Concluye la Introducción con una breve evocación de lo hecho hasta la conclusión de la obra, a la que siguen los habituales agradecimientos a personas y entidades.
Las referencias de la bibliografía mencionada en la obra (con sus abreviaturas) aparecen separadas en dos epígrafes: 1.
Ediciones y raccords y 2.
Nada que decir al respecto, esta es la ordenación acostumbrada de las citas bibliográficas en este tipo de obras.
No obstante, y en cuanto a su contenido, debemos mostrar nuestra extrañeza ante la ausencia, en el primer listado (y ya antes, en la p.
XI de la Introducción), de un título que, consideramos, debe figurar por derecho propio.
Nos referimos al de la edición transliterada de los textos (con su aparato) de los documentos pilios, de la que es autor J. L. Melena25 y que, en su día, deberá incluirse en The Palace of Nestor at Pylos in Western Messenia.
La cita de la obra de Melena en este corpus ha quedado reducida a una mera abreviatura («Melena 2003»), carente del respaldo de la cita bibliográfica de la que es abreviatura.
El número de sus menciones, desperdigadas por el corpus, no alcanza siquiera las dos docenas.
Discrepamos, radicalmente, del criterio de los autores.
Lo mismo que PTT, la obra de J. L. Melena es una edición en transcripción.
Y si bien es verdad que la de Melena, a diferencia de PTT, no está impresa, también lo es que está publicada 26.
Por otra parte, y al margen de su inclusión en el proyecto del esperado PofN IV The Inscribed Documents, es fácil imaginar cuál era la razón de su génesis: la actualización de PTT. objetivo que se concretaba en dos actuaciones.
La primera, y dado el tiempo pasado desde la publicación de aquella, suponía la revisión y propuesta de lecturas mejores para el texto editado 27; la segunda, la incorporación del abundante material que han suministrado los más de 650 raccords posteriores a PTT 28; todos de Melena y publicados en 1.
La identificación de un logograma nuevo En 2009, L. Godart publicaba un trabajo 32 en el que anunciaba que la autoría de Tn 316 correspondía a dos escribas diferentes (44A y 44B) 33, al tiempo que distinguía otras tantas formas para el logograma *141 (aurum), «oro» 34, que implicaban significados diversos.
De manera que leía la nueva forma identificada de *141 como argentum, «plata» 35.
Es esta la transcripción que editan los autores del corpus para las citas afectadas de Tn 316 y 996 36.
No obstante, el Comité de signos del Coloquio de Sèvres/Paris (2010) 37, entre sus propuestas a la asamblea, todas aceptadas, incluía la de distinguir entre *141 (transcrito aur) y *141 bis (sin transcripción por el momento).
Posteriormente, en el Coloquio de Copenhague (2015) 38, y ante la posibilidad de que se tratara de tres variantes del signo (y no de dos), se revierte el acuerdo de París (creación, solo, de *141 bis ).
En atención a las observaciones que esta sugerencia recibe por parte de algunos miembros del CIPEM 39, el Comité reconoce la necesidad de un mayor debate y sugiere que sea en el Coloquio siguiente donde se adopte la decisión definitiva sobre *141 y *141 bis.
En resumen, si bien hay que agradecer al experimentado ojo de Godart la detección de diferencias formales en la escritura del, hasta ahora, logograma *141, quedan, de momento, sobre la mesa, las cuestiones que afectan tanto a su cuantificación formal, como a su identificación interpretativa (obviamente un metal).
Observaciones a la edición de los textos
En general, estas observaciones se refieren a algunas elecciones más o menos cuestionables, en nuestra opinión, o a simples lapsus calami.
Unas y otros de ninguna manera empañan la calidad de la obra.
34 Referido al material del que están hechas unas vasijas.
35 Según los editores, los testimonios de arg son: en Tn 316, r.:.4 (una mención, prec. de aur),.5 (una mención, prec. de aur); verso:.6 (una mención, seg. de aur),.9 (las dos menciones de la línea) y.10 (una mención); en Tn 996:.3 (una mención dañada al final de la l., prec. de aes),.4 (una mención, seg. de aes).
24, Aa 955 40: Transcripción del texto: dice «me-ki-to-ki[ri-ta», léase, como aparece en el aparato, «me-ki-to-ki[-ri-ta», con separador tras la indicación de fractura («[»).
30, Ab 217: Texto transcrito: Añadir las indicaciones de línea (.A y.B).
44, Ab 746.B: Transcripción del texto: dice «ko-wo 1», léase: «ko-wa 1» (cf. fotografía y facsímil).
44, Ab 789: Disposición del texto en el documento:.A pu-ro A juzgar por la fotografía quizá deba situarse pu-ro en una línea «.B.a».
Se trata de cuestiones nimias, que en nada afectan a la obra.
Son, más que escasas, escasísimas; hemos advertido tan solo cuatro, tres en el primer volumen y la otra en el segundo.
Esa parquedad da idea del cuidado con el que el impresor ha realizado su trabajo, pese al «duende de las linotipias».
XXIII (Introducción) dice: «échelle 1.1», léase: «échelle 1: 1».
47 En realidad, lectura de J.-P. olivier y J. L. Melena, cf. Mykenaïka l. c.
48 Véanse, en este sentido, las lecturas propuestas. |
La edición cuidadísimamente preparada por Dettori es una fuente de información ineludible para todos los estudiosos del griego antiguo.
Debemos agradecerle que haya puesto a nuestra disposición los datos fiables y de primera mano de estos gramáticos griegos, que a partir de ahora resultan mucho más accesibles.
Con este volumen en la mano podemos obtener, sin duda, progresos en nuestros estudios sobre el léxico griego especializado y técnico, la antroponimia o la dialectología, por poner un ejemplo.
Los diccionarios de griego podrán actualizar las lecturas de las palabras analizadas por los gramáticos; la referencia a la edición de Dettori será obligada.
No cabe ninguna duda de que el SGG va a suponer un avance importante en los estudios del griego antiguo porque facilita a los investigadores el uso y manejo de la información que pueden proporcionar los gramáticos griegos.
Se trata de una herramienta útil, muy valiosa y de fácil manejo que puede proporcionar un impulso importante a nuevos estudios.
El volumen que nos ocupa es el primero de una serie que constituirá una obra más de referencia y consulta de la editorial Brill.
Está dirigida a helenistas y se nos dice que será complementaria del Jacoby online, especialmente de Die Fragmente der griechischen Historiker IV.
El objetivo de la colección es la recopilación exhaustiva de los testimonios y fragmentos de los gramáticos griegos relacionados con la crítica textual, la exégesis literaria, la gramática, la biografía o la etimología.
La editorial anuncia su propósito de publicar en total 9 volúmenes.
A partir del año 2023 el Supplementum Grammaticum Graecum aparecerá dentro de las obras de referencia online y los suplementos añadidos posteriormente estarán únicamente en este formato.
Brill anuncia la próxima publicación del segundo volumen dedicado a Antímaco de Colofón a cargo de la Prof. Marta Fogagnolo, cuya aparición estaba prevista para el mes mayo de 2020.
Los distintos volúmenes presentarán los capítulos redactados en italiano con el esquema que presenta el primero de ellos, cuya edición se ha encomendado al Prof. Emanuele Dettori: el nombre del gramático y el siglo en el que vivió, el título de la obra que redactó, cuando es posible, una introducción en la que se reúnen todas las noticias sobre su biografía y obra y una recopilación de todos los testimonios y fuentes en versión original que aludan a ellos en el amplio sentido de la palabra, incluso cuando sean dudosas, es decir, cuando la asignación al gramático sea (por ejemplo) una conjetura verosímil de alguno de los editores anteriores de los fragmentos.
Para cada uno de los testimonios se aporta la relación de manuscritos de las fuentes recopiladas, el texto con un aparato crítico (por primera vez en muchos casos), la traducción y un comentario.
Al final del libro figura la amplia bibliografía utilizada (pp. 371-406), los índices de las fuentes, de las citas literarias, de los temas abordados y de los términos comentados por los gramáticos.
Dado que la estructura final del Supplementum Grammaticum Graecum (SGG) será una base de datos en la que se agruparán alfabéticamente los distintos gramáticos griegos, Dettori nos dice que en este volumen primero la selección se ha hecho Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 de forma aleatoria aunque todos los autores elegidos pertenecen a los inicios de la filología helenística (siglos IV-II a.
Conviene llamar la atención de antemano sobre el enorme trabajo llevado a cabo por el autor, no solo en lo que hace a la recopilación de las fuentes, sino a la traducción de los fragmentos, no siempre sencilla, así como al análisis de los términos abordados por los gramáticos, la mayor parte prácticamente desconocidos, de significado dudoso en ocasiones, incluso para los propios gramáticos que intentan aportar explicaciones etimológicas y ejemplos extraídos de obras literarias en otras.
Las noticias que nos han llegado de estos gramáticos son tan escasas que a veces ha habido dudas incluso en el nombre de alguno de ellos, como en el caso de Parmenón de Bizancio: Παρμενίων ha sido la forma elegida por algunos editores a partir de Nicole (1891) en lugar de la correcta Παρμένων.
Del título de la obra que escribió únicamente tenemos noticia a través de Ateneo, quien menciona expresamente a Parmenón como autor del tratado Περὶ διαλέκτου en un largo pasaje (Ath.
XI 498a-499b, 499e-500c) en el que analiza el término σκύφος (un tipo de vaso) y sus variantes, ilustradas con pasajes de diferentes autores de la literatura griega.
Pues bien, el título ha sido corregido con frecuencia en Περὶ διαλέκτων y aceptado como tal por una tradición de estudiosos que remonta a 1583 (Dalechamps) hasta nuestros días, 2009 (Schironi).
Este botón de muestra ejemplifica muy claramente las dificultades a las que se ha enfrentado el autor del libro, quien ha retomado unas fuentes fragmentarias estudiadas desde antiguo y ha tenido que pulir el texto cotejando las distintas ediciones y rastrear los datos a veces erróneos transmitidos y aceptados posteriormente en un largo espacio de tiempo.
En el capítulo dedicado a Parmenón de Bizancio, al hilo de una de las fuentes analizadas transmitida a través de un escolio de la Ilíada en el que se afirma que según este gramático chipriotas, arcadios y lacedemonios utilizan προαλές1 'inclinados' con el valor de κατάντες'en descenso, cuesta abajo', me ha llamado la atención que el autor incluya en su parte final una lista de las glosas de Hesiquio (mayoritariamente, junto a otras procedentes de escolios, del Et.
El catálogo, al menos en lo que hace a Hesiquio, no es completo y, aunque resulta de gran interés, no se explica el motivo que ha inducido a Dettori a tomar esta decisión (¿quizá porque algunas podrían proceder del tratado de Parmenón?).
Cabe decir otro tanto en la sección dedicada a Sileno, autor de una obra titulada Γλῶσσαι.
Después del comentario a una de las fuentes en la que se señala que según este gramático los eolios llamaban κελέβη al ποτήριον, el autor añade después una lista (por lo demás interesantísima) de glosas atribuidas por distintos autores antiguos a esta variedad dialectal, pp. 266-268.
Sin embargo, en este volumen no se incluyen todos los aspectos que podrían interesar a un lector de la obra, ya que el texto aborda directamente cuestiones relativas a las fuentes de los libros III-V, y solo en su apartado 4, titulado «La presente edición», se remite al lector a lo expuesto en el primer volumen.
Entendemos que, para todo lo referente a la vida y cronología del autor, a la estructura, estilo y características generales de la obra, o a la pervivencia e influencia de su contenido, los editores suponen que el lector ya sabe que puede consultar la introducción al primer volumen, aunque no se nos indique.
Se habría agradecido una breve nota al comienzo de la introducción señalando esto.
Así, la introducción se convierte más bien en un interesante estudio parcial sobre cada uno de los libros, pero principalmente para lo referido a los modelos y fuentes de que Marciano Capela se sirvió para los temas desarrollados en cada uno.
Para el libro III, dedicado a la Gramática, se expone en una primera parte una historia de la disciplina en la Antigüedad, que analiza cada uno de los autores y corrientes más importantes, de forma sucinta pero atinada; en segundo lugar, se estudia brevemente la teoría gramatical que Marciano expone y las fuentes de que se sirvió.
Los otros dos libros reciben el mismo tratamiento: del libro IV, sobre la Dialéctica, se expone, de forma un poco más extensa, la historia de la Dialéctica a lo largo de la Antigüedad y las fuentes y la estructura del propio libro en Las nupcias; y exactamente tiene el mismo esquema lo comentado a propósito de la Retórica (libro V).
Hay que señalar que todo el estudio está abundantemente documentado por la bibliografía más útil y actualizada.
El grueso del volumen lo conforman la propia edición crítica y la traducción en paralelo.
A diferencia del volumen I, en este caso cada libro ha sido editado, traducido y anotado por un especialista diferente: Baldomero Macías Rosendo se encarga del libro III sobre la Gramática, Fuensanta Garrido Domené del IV sobre la Dialéctica, y Fernando Navarro Antolín del V sobre la Retórica, además de coordinar el volumen y ser autor de la introducción.
Se trata de una edición crítica muy cuidada, en la que resulta evidente la exhaustividad de los manuscritos colacionados, a la que se une una revisión de todas las ediciones anteriores y las notas críticas hasta la fecha, e incluso algunas conjeturas por parte de los editores.
El aparato resulta claro y útil tanto para un lector casual como para los especialistas.
La traducción que acompaña al texto es muy cuidada y literal, además de accesible, lo cual resulta ciertamente útil debido a la naturaleza en muchas ocasiones oscura y recargada del texto original.
La completan numerosas notas al pie de diferentes tipos, que aclaran los abundantes puntos oscuros del texto, así como la lengua y el contexto histórico y literario de cada pasaje, y que sirven en buena medida de comentario al texto, aunque en el libro III son más escasas.
Se puede decir que estamos ante una edición de referencia de la obra de Marciano, que tanto hemos venido echando de menos, y que esperamos que continúe en un futuro próximo con la publicación del quadriuium.
A pesar del renovado interés en los últimos tiempos por la obra4, y de su incontestable valor como compendio de la sabiduría de su época, extremos ambos bien documentados en esta edición que reseñamos, el De Nuptiis sigue siendo un texto más bien desconocido, incluso en ambientes académicos.
Este volumen, junto con el primero y los futuros que se publiquen, van a remediar sin duda esta carencia, permitiendo un acceso sin trabas a una de las sátiras menipeas más extraordinarias que hemos heredado de la Antigüedad.
El 11 de abril de 2019 se presentaba en la Biblioteca Histórica «Marqués de Valdecilla» la obra que aquí reseñamos.
22 investigadores de diferentes disciplinas Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 e instituciones nacionales y extranjeras, dirigidos por el profesor de la Universidad Complutense Antonio López Fonseca y la directora de la Biblioteca Histórica, Marta Torres Santo Domingo, y con Elisa Ruiz García, profesora de esta misma casa, como directora técnica, aunaron esfuerzos y conocimientos para sacar adelante una obra científica, rigurosa y que, a pesar de la disparidad de lenguas (clásicas y romances) y peculiaridades de cada ejemplar, gozara de uniformidad a la hora de exponer la información de cada manuscrito del susodicho fondo.
Quizá sea llamativo que todavía en 2019 un conjunto de esta antigüedad e importancia careciera de catálogo.
Los fondos manuscritos españoles, y en particular este de la Complutense, no son desconocidos.
Aunque los primeros inventarios se datan ca.
1496-1509 y 1510-1512 (el segundo incluye también una descripción de la distribución de los ejemplares en la sala de la biblioteca), y ya dedicados exclusivamente a los manuscritos en 1745 y 1800, el catálogo más completo hasta el momento, el Catálogo de los manuscritos existentes en la Biblioteca del Noviciado de la Universidad de Alcalá, de José Villa-Amil y Castro, se publicó en 1878.
Las diferentes crisis sucedidas desde 2006 han impedido a la Biblioteca Histórica de la UCM llevar a cabo un «catálogo completo de los manuscritos medievales, realizado con criterios codicológicos y que permitieran tener una visión amplia y exhaustiva de la rica colección complutense» (p.
Habría que esperar a 2016 para que, por iniciativa de López Fonseca, entonces también director de publicaciones, se pusiera en marcha el presente proyecto.
Mientras, la institución ha llevado a cabo la digitalización de parte del fondo, que está disponible para consulta libre y gratuita en el portal de la Biblioteca UCM.
El resultado de esta labor investigadora se ha materializado en un ejemplar de casi 1.000 páginas, con fotografías a color de algunos folios de los manuscritos más relevantes.
Lo abre un prólogo del entonces rector, el profesor Carlos Andradas (p.
El primer capítulo, «La difusión del Patrimonio Bibliográfico de la Universidad Complutense de Madrid: los manuscritos medievales» (pp. 9-17), a cargo de López Fonseca, se centra en cuestiones legales y administrativas relativas a la gestión y difusión del patrimonio histórico y bibliográfico.
Los capítulos siguientes nos introducen en la historia del fondo y su situación actual.
Las pp. 19-26, «La Biblioteca Histórica "Marqués de Valdecilla" de la Universidad Complutense de Madrid y su colección de manuscritos medievales», corren a cargo de Torres Santo Domingo, mientras que las pp. 27-35, «El primitivo fondo cisneriano complutense», son obra de Ruiz García.
De gran importancia, tanto para investigadores que necesiten describir manuscritos como para otras instituciones que se embarquen en una actividad semejante, son las pp. 37-45.
En ellas, López Fonseca y Álvaro Cancela Cilleruelo describen todos los apartados que tienen las fichas que recogen la información de cada manuscrito y explican los criterios que se han seguido para salvar los problemas surgidos ante un panorama tan diverso.
Se complementa con las abreviaturas utilizadas (pp. 49-52; la p.
47 es el índice de colaboradores).
El anexo «Manuscritos del Colegio Mayor San Ildefonso perdidos en la Guerra Civil (1936-1939)» (pp. 779-783), obra de Mercedes Cabello Martín, Cancela Cilleruelo y Torres Santo Domingo, incluye los once manuscritos no conservados.
Cierra el volumen un apartado de índices (pp. 787-874), elaborado por Cancela Cilleruelo, que recoge las secciones de autores, títulos e inicios de textos según lenguas, en el mismo orden que se exponen los manuscritos, materias, posesores, responsables secundarios, códices datados, códices citados, tanto de esta biblioteca como de otras, y filigranas identificadas o mencionadas, sin calcos.
Es sin duda una obra modélica y moderna a la que es difícil encontrarle alguna pega.
Quizá se eche en falta alguna sección específica dedicada a cuestiones como la encuadernación, pero su ausencia se suple con las referencias bibliográficas.
Hay que hacer una lectura muy detallada para encontrar algún gazapo ortotipográfico, pero en cualquier caso en absoluto desmerecen la obra.
Como bien indica López Fonseca en las pp. 12 y 15-16, este catálogo no es un punto de llegada, sino un nuevo punto de partida, que sin duda pone a disposición del investigador un instrumento utilísimo para posteriores estudios y ediciones que contemplen los ejemplares de este fondo.
Sin embargo, consideramos que será de interés para cualquiera, no necesariamente especialista, que quiera conocer la historia de la difusión del conocimiento científico clásico en España o de parte de su patrimonio bibliográfico.
carmen García bueno A pesar de su antigüedad, los textos griegos antiguos no están, en contra de lo que se pudiera pensar, plenamente explorados y desentrañados.
Al contrario, es posible encontrar elementos que han pasado inadvertidos a los ojos de los estudiosos de la lengua griega durante siglos.
Es el caso del objeto de estudio de este libro de Audrey Mathys, los adverbios en -ως formados sobre participios (p. ej. δεόντως, τυχόντως, εἰκότως, ἐπισταμένως, τεταγμένως, etc.), que no habían recibido una atención específica hasta este momento, quizá por su aparente transparencia y sencillez.
Esta categoría, poco frecuente en griego, se puede encontrar en otras Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 lenguas indoeuropeas que cita la autora (lituano, inglés, antiguo alto alemán), a las que cabría añadir, para un número pequeño de casos, el español (veladamente, airadamente, pausadamente, etc.).
Tras una breve introducción en la que expone el objeto de estudio, la composición del corpus, los principales problemas metodológicos y la estructura de la obra, la autora dedica el primer capítulo ( §1 «Morphologie») a la formación de estos adverbios, específicamente a las formas participiales que sirven de base para los adverbios en -ως.
El segundo capítulo del libro ( §2 «Syntaxe des formes dérivées de participes parfaits médiopassifs») aborda el grupo más abundante y diverso de adverbios con base participial y el único que la autora considera realmente productivo en griego antiguo, el de las formas en -ως formadas sobre participios perfectos mediopasivos.
Al resto de formas dedica los capítulos 3 a 7.
En el primero de ellos ( §3 «Quelques remarques générales sur les formes en -ως issues de participes présents, aoristes, et parfait actifs»), ofrece una panorámica de estas formas y algunas características generales.
Los siguientes capítulos se centran en otras posibles explicaciones para la aparición de estas formas: la construcción de acusativo absoluto ( §4 «Formes en -ως dérivées de participes et accusatifs absolus») y los adjetivos y participios con función predicativa ( §5 «Praedicativum et formes en -ως dérivées de participes»).
El sexto capítulo ( §6 «Contextes à coréférence: le rôle des types de procès») se centra en los contextos en los que hay correferencia entre sujeto de la acción principal y el del participio que sirve como base para la formación del adverbio y en la importancia del tipo de proceso (en términos, principalmente, de Aktionsart) que expresan.
A continuación ( §7 «Étude de quelques cas particuliers»), Mathys atiende a unos pocos adverbios con base participial que pueden expresar una valoración del hablante sobre la ilocución.
Como bien indica la propia autora, esta característica es común con los adverbios con base adjetival.
Tras este análisis se refrenda una conclusión que se había anticipado en el segundo capítulo: los adverbios en -ως con base participial funcionan de manera equiparable a los que de base adjetival.
Además, el proceso toma generalmente como punto de partida una adjetivación previa de los participios que sirven como base.
Así se observa en el octavo capítulo ( §8 «Formes en -ως dérivées de participes et adjectivation»), que contrasta y ordena las principales conclusiones alcanzadas en los capítulos anteriores.
Tras ello, la autora ofrece una conclusión general de todo el estudio.
Antes de la bibliografía y el index locorum, Mathys ofrece unos interesantes anexos en los que se puede comprobar en qué contextos y en qué épocas se puede encontrar cada una de las formas estudiadas.
A lo largo de los capítulos centrales del libro se van descartando las explicaciones contextuales y las posibles similitudes que estos adverbios podrían tener con otras construcciones.
De este modo, a las conclusiones ya anticipadas se puede añadir que la sintaxis de estas formas presenta diferencias netas con las construcciones de acusativo absoluto y con los predicativos.
Además, detecta posibles contextos de uso que pueden haber favorecido la extensión de esta formación.
Esta exhaustividad puede llegar a desorientar en ocasiones al lector, ya que el cuerpo de los capítulos no siempre cumple con aquello que anticipa su título.
Así, por ejemplo, el capítulo 2 presta poca atención propiamente a la morfología, que no presenta ningún problema (se añade -ως del mismo modo que con cualquier adjetivo).
El apartado 5.5.1, por su parte, trata sobre los pseudoparticipios ἕκων/ἄκων y los adjetivos ἑκούσιος/ἀκούσιος, lo que parece más un excursus que el objetivo principal del capítulo.
Así también, por último, en el apartado 6.3.2 acerca de participios no dinámicos.
Estos apartados podrían constituir secciones indepen dientes o incluso artículos autónomos por su aparente falta de integración en el todo.
Algunos aspectos, por último, merecerían una atención mayor.
En lo relativo a la rección de estos adverbios con base participial, Mathys indica que únicamente presenta un complemento en acusativo el adverbio ἐχόντως en las construcciones νοῦν / λόγον ἐχόντως, a la que Mathys califica de hipóstasis (p.
Estas construcciones en las que ἔχω actúa como verbo soporte podrían haberse explorado con algo más de profundidad para dar una visión más completa del fenómeno.
Del mismo modo, dado que la conclusión principal es que la formación de estos adverbios suele venir precedida de la adjetivación de los participios, podría haberse atendido a la frecuencia con la que los participios base aparecen en posición atributiva dentro de un sintagma nominal.
Un análisis de este tipo habría complementado el ya llevado a cabo sobre su uso como atributo en oraciones copulativas.
Con todo, el presente libro supone un avance neto en nuestro conocimiento de este tipo de adverbios, habida cuenta de que los estudios previos eran prácticamente inexistentes.
Además, el buen hacer y la exhaustividad demostrados por su autora dejan el campo bien delimitado y también con una serie de posibles interpretaciones descartadas.
Quizá sea consecuencia de lo relativamente escasos que son los adverbios estudiados, pero resulta sorprendente y encomiable que un libro relativamente breve aborde de forma prácticamente completa un fenómeno tan poco conocido y lo haga con éxito y con unos resultados tan claros.
Reelaboración de una tesis doctoral defendida en la Universidad de Bochum en 2017, la presente obra, tras un prefacio dedicado a dar las gracias a todas aquellas personas e instituciones que de un modo u otro fueron de ayuda a su autor en su cometido, distribuye su contenido entre una Introducción (pp. 1-36) y tres capítulos (no cuatro capítulos como se dice en el libro) dedicados a estudiar, el primero (pp. 37-103), las figuras gigantescas del epos greco-latino en las tres variedades anunciadas en el título del libro, desde el punto de vista de su hibridismo, el segundo (pp. 105-184) la ubicación topográfica y geopoética de dichas figuras, y el tercero, con mucho el más extenso (pp. 185-354), las figuras gigantescas posthoméricas.
Un quinto capítulo resumiendo brevemente los resultados principales de la investigación según dice su autor (p.
35), no lo he encontrado por ninguna parte; de todos modos, la claridad expositiva y de estructuración y clasificación del material en el Índice, la Introducción y los sucesivos capítulos y apéndices del libro hacen casi innecesario un breve capítulo de conclusiones, las cuales, por otra parte, no serían nada fáciles de resumir dada la riqueza de contenidos, aspectos, épocas y detallados análisis textuales que componen el libro.
Siguen cuatro Apéndices en forma de índice, sumamente útiles para una localización rápida y para observar la propia función del material estudiado a lo largo del extenso corpus poético seleccionado: el primero, un Índice de pasajes de las figuras gigantescas del epos a lo largo de las Argonáuticas de Apolonio Rodio, de Teogonía, Trabajos y Días y Escudo hesiódicos, de Ilíada y Odisea, de los Posthomerica de Quinto de Esmirna y de las Argonáuticas de Valerio Flaco, por este no aclarado orden, si bien su referencia al final de la Introducción (p.
36) sí que adopta el orden esperado «Homero, Hesíodo, Apolonio Rodio, Valerio Flaco y Quinto de Esmirna»; el segundo Apéndice consta de un Índice y tres mapas de la ubicación geográfica de dichas figuras según el relato de los respectivos poemas (ahora sí empezando por Homero y Hesíodo y terminando por Valerio Flaco y Quinto de Esmirna); el tercero y el cuarto, respectivamente unas Prerreflexiones sobre el total de las comparaciones y símiles en los Posthomerica -un componente del epos que juega un papel primordial en el presente estudio-y sobre la teórica y no siempre fácil diferenciación entre unas y otros, y una necesariamente larga relación de todos ellos distinguiendo las figuras a las que se aplican, el tipo de imagen y la fórmula introductoria de cada uno de ellos.
La lista de bibliografía, que viene luego, no solo es muy amplia sino que es útilmente clasificada en Ediciones; Comentarios, Traducciones y obras de consulta; Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 y Bibliografía secundaria, como es habitual en la tradición académica germánica.
Se cierra el volumen con un Índice de pasajes citados muy extenso, como no podía ser menos al incluir los autores mencionados entre otros.
La Introducción se divide en tres partes, de las cuales la primera trata de las figuras gigantescas en la Antigüedad así como en el mundo moderno, el cual es un aspecto que el libro no quiere dejar de lado, haciéndose eco de la atención que las modernas artes visuales suelen prestar al fenómeno.
En el mundo antiguo atiende a la sistematización de estos seres y su contraposición con los dioses olímpicos en la Teogonía hesiódica y resto del epos, así como a su recepción en otros géneros de la tradición literaria.
La segunda parte presta particular atención al potencial poético del Tifón homérico hasta Quinto de Esmirna, a partir de un par de símiles seguidos en Il.
780ss. que lo contienen, con su gran capacidad de integración en el contexto y su poder de caracterización, más el valor añadido de ser el símil de gigantes más antiguo del epos que se nos ha trasmitido.
La tercera parte de la Introducción contiene un estado de la cuestión, que hasta ahora no había sido muy tratada y menos en su conjunto, y la metodología empleada, la cual combina eficazmente concepciones teórico-literarias como la narratología, la intertextualidad, la estética de la efectividad (Wirkungsästhetik), la geopoética y el hibridismo al servicio de una explicación netamente filológica de los textos.
Esta metodología, sin duda, puede ser de aplicación a futuras investigaciones sobre los animales gigantescos, a cuyo fin contribuirán asimismo los diversos apéndices del libro, no solo los de compara ciones y símiles posthoméricos.
En el primer capítulo de los tres de que consta el libro (cap. 2 según la enumeración del autor) son analizados diferentes aspectos del hibridismo gigantesco en perspectiva diacrónica, su aspecto conceptual en la Tifonomaquia hesiódica, como metáforas en Platón y Aristóteles, y como hibridismo literario en Luciano, el cual proporciona conocimientos fundamentales para la estética de la época imperial y su juego creativo con la tradición literaria.
El segundo capítulo (cap. 3) estudia la ubicación topográfica y geopoética de las figuras gigantescas, ya sea en el marco literario en general, de manera retrospectiva en el epos arcaico, en su reintegración en el epos helenístico o en su literarización en el epos de época imperial.
El enfoque diacrónico y la comparación directa entre Odisea, Argonáuticas de Apolonio Rodio y las de Valerio Flaco permiten ver, por un lado, determinadas tendencias en la función de los Gigantes en distintas épocas de la tradición épica, por otro lado, una cierta línea evolutiva del epos arcaico al de la época imperial.
El tercer capítulo (cap. 4) está dedicado a las comparaciones y símiles de figuras gigantescas en los Postho merica de Quinto de Esmirna, lo cual implica un intenso tratamiento de la conexión intrae intertextual de dichas figuras así como de su importancia para la caracte rización literaria, en correspondencia con los resultados del cap. primero sobre hibri dismo y del cap. segundo sobre topografía y geopoética.
Uno tras otro son investigados el Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 nexo intra-e intertextual entre ciertas figuras gigantescas y de héroes, la importancia de la temática gigantesca en los Posthomerica, la configuración de luchas cósmicas y el influjo de la Teogonía en los Posthomerica, la realización de luchas cósmicas a nivel de figuras y la correspondiente caracte rización de estas en el momento final de la acción, el sucesivo alejamiento, en fin, de los héroes de una generación anterior respecto del mundo literario de los Postho merica.
La completa revisión del total de menciones de figuras gigantescas conlleva el intento de una interpretación global de esta temática en los Posthomerica.
Si bien el presente estudio no abarca el total de menciones y funcionalizaciones de las figuras gigantescas en el conjunto del epos antiguo, sino una selección de ejemplos especialmente significativos, esta es lo suficientemente representativa para poder inferir una cierta plausibilidad a las tendencias que se observan en la evolución de dichas figuras en el interior del género.
También lo es para poder pensar en una fructífera aplicación del método a la obra de otros autores del epos tardío como Claudiano o, sobre todo, Nonno, en los cuales la presencia de figuras gigantescas aumenta de manera exponencial y requiere un estudio propio.
El libro está muy bien editado y, aparte de los fallos señalados en la indicación de los capítulos y la introducción, los cuales bien podrían deberse, al menos en parte, al trasvase de la obra del formato tesis al formato libro, las únicas erratas que he encontrado están precisamente en la cita de mi edición de Hesíodo en la lista bibliográfica:...
Hesíodo obras (en lugar de Hesíodo.
«Trabajos y Díaz» (en lugar de «Días»).
José antonio Fernández delGado
Guzmán, Antonio y Martínez, Javier (eds.), Animo decipiendi?
El mundo de las falsificaciones y las falsedades en la cultura grecorromana ha sido objeto de volúmenes colectivos coordinados, la mayor parte de las veces, por Javier Martínez, docente en la Universidad de oviedo y excelente filólogo.
Esta es la sexta vez que ve la luz un libro sobre esa temática al cuidado del Prof. Martínez, que en esta ocasión comparte los honores de la edición con el prestigioso helenista Antonio Guzmán, que ha sido investigador principal del Proyecto de Investigación «Falsificaciones y falsificadores de textos antiguos» durante los últimos años.
El tema de esta nueva entrega es el anonimato como tópico a considerar dentro de los estudios clásicos.
La introducción corre a cargo del mentado Javier Martínez, y en ella se recorre brevemente el contenido de los dieciocho trabajos de que consta Animo decipiendi? (que podríamos traducir al español como «¿Con ánimo de hacer trampas?»).
La obra se publica íntegramente en lengua inglesa y aparece repartida en cinco epígrafes: la referida «Introduction» de Martínez, cinco trabajos sobre «Greek Literature», otros cinco sobre «Latin Literature», cinco también sobre «Late Antique and Early Christian Works» y, por último, tres papers sobre «Epigraphy».
Los artículos consagrados a la literatura griega corren a cargo de Markus Hafner, que nos habla de la autoría compartida en la oratoria ática; Felipe G. Hernández Muñoz, que se centra en los hápax «relativos» en el Corpus Demosthenicum; Konstantinos Kapparis, que aborda el tema de los documentos falsos insertos en los textos de los oradores áticos; Klaus Lennartz, que trata de la célebre y apócrifa Carta VII de Platón, y Richard P. Martin, que versa sobre la figura del falsario onomácrito.
Los estudios dedicados a la antigüedad tardía y a la primera literatura cristiana son: «Facts, Fakes or Fiction?
Clausura el libro una sección epigráfica con los tres trabajos que siguen: «Latin Inscriptions and the Eighteenth-Century Art Market», de Caroline Barron; «Fakes, Forgeries and Authenticity: The Curious Case of Flora», de Alison E. Cooley, y «Phantom Travels: on the Story of a Lycian Inscription», de Fritz Graf.
Luego figuran los resúmenes de todos los artículos, unas pequeñas biografías de sus autores y dos índices muy útiles (de los que no deben nunca faltar en este tipo de libros colectivos), a saber, un Index locorum y un «General Index».
Las aportaciones contenidas en Animo decipiendi? atestiguan la calidad y vigencia de los estudios clásicos en el mundo occidental cuando nos adentramos en la tercera década del siglo XXI.
De la lectura de todos los artículos se extraen provechosas enseñanzas.
El que Frederic Clark, Assistant Professor of Classics de la University of Southern California, consagra a Dares Frigio ha conseguido interesarme de manera El objetivo que persigue el libro es estudiar la dramaturgia en el teatro latino, especialmente en las comedias de Plauto, pero también en el teatro de Terencio y Séneca, entendiendo «dramaturgia» en su sentido más etimológico (δραματουργία) de composición de obras dramáticas, pero también en el más actual de concepción escénica para la representación de los textos dramáticos.
Los trabajos nos ayudan, pues, a entender la relación que hay entre texto y espectáculo, así como la naturaleza cultural de estos textos literarios que, en realidad, no son otra cosa que el soporte Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 de un espectáculo.
En mi opinión, un tal enfoque es el único válido en nuestra aproximación a la escena romana.
Y es que no hay que olvidar que el teatro es, a un tiempo, producción literaria y representación concreta, indefinidamente eterno (reproducible y renovable) e instantáneo (nunca reproducible en toda su identidad).
El único elemento que resta como algo permanente es el texto escrito, que ejerce una intensa presión sobre todos los componentes de la representación.
El análisis de los textos dramáticos se nos presenta como especialmente complejo, pues no se puede determinar el sentido del enunciado teniendo en cuenta solo su componente lingüístico, sino que hay que atender a su componente retórico, ligado a la situación de comunicación en que es emitido.
Para lograr su objetivo, el volumen agrupa una serie de trabajos que ofrecen claves interpretativas del código ficcional con el que los romanos creaban y disfrutaban de su teatro.
Como acabamos de señalar, la realidad de los estudios actuales demuestra la complejidad inherente al estudio de los textos dramáticos, unos textos cuyas claves escapan al libro y que ponen en relación dos experiencias: la del lector y la del espectador.
Hoy son muchas las disciplinas involucradas en su estudio (Estudios Literarios, Teatrología, Pragmática, etc.) que buscan arrojar luz sobre la multiplicidad de códigos que conviven en la realidad escénica: estructura dramática del texto, el texto escénico -acotaciones implícitas y explícitas-, el perfil psicológico de los personajes y su influencia en los parlamentos, los nombres parlantes, la tipología y las convenciones dramáticas del teatro latino, etc. Y no podemos olvidarnos -Plauto no escribió para que nosotros leyéramos sus obras-de que el autor teatral se enfrenta a la paradoja de escribir como si estuviera hablando, de poner en boca de sus personajes de ficción diálogos en los que no se transparente la «textura» escrita.
El libro, con un total de dieciséis contribuciones, se estructura en tres secciones, a saber, I. Literatura y dramaturgia; II.
Teatrología y dramaturgia; y III.
Los trabajos del primer apartado, como señala la editora en el Prólogo, «plantean cómo determinados aspectos temáticos del mundo antiguo pueden llegar a crear la estructura profunda de una comedia y permitir una lectura completamente novedosa y fructífera de una obra» (pp. 7-8).
Los autores y títulos de este apartado son los siguientes: B. García-Hernández, «La magia como tercer plano dramático en Amphitruo: el cuclillo, la pátera, Thessala y el praestigiator maxumus» (pp. 13-34), se ocupa del elemento de la magia en Amphitruo; A. Torino, «Gli inferi come spazio scenico in Plauto» (pp. 35-51), aborda el mundo infernal, escenario presente en otras muchas escenas plautinas, en Captiui; P. Paré-Rey, «El desenlace de Medea: ¿Exhibición de artimañas o ars dramaturgica?
982-1027» (pp. 53-72), ofrece un interesante análisis que nos acerca a la muerte y la magia, a sus interconexiones en resonancias y ecos en la Medea de Séneca; C. Pentericci, «Matris opera mala.
Il predominio femminile nell 'intreccio del Truculentus» (pp. 73-91), nos acerca a la mirada femenina y su discurso, solidario con los personajes femeninos, Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 sí, pero también poderoso y audaz con los masculinos, circunstancia que configura la estructura de Truculentus; y R. M. Danese, «Costruzione dell' originalità stilistica nella commedia plautina.
Teatrología y dramaturgia se centra, en palabras de la editora, en el análisis de «los resortes dramatúrgicos, aquellos que definen las convenciones del género y que [...] dan lugar a las tramas teatrales antiguas.
Entre ellos, quizá el más conocido sea el metateatro» (p.
E. Skwara, «Metatheatre in Terence» (pp. 109-122), nos acerca a uno de los recursos más conocidos, que ha sido bien estudiado en Plauto pero no tanto en Terencio, en quien tiene una funcionalidad diferente; L. Pérez Gómez, «Acotaciones escénicas en Pseudolus: quasi poeta et dominus gregis» (pp. 123-143), propone una nueva estructura para esta comedia, más allá de la división en actos y escenas, basada en las entradas y salidas de personajes, a partir de los conceptos de macrosecuencia, secuencia mediana y microsecuencia; A. Tontini, «L 'apporto degli umanisti alla drammatizzazione del testo» (pp. 145-167), nos acerca a las interesantes acotaciones escénicas de los humanistas, que, en cierto sentido, son parte de la reescritura del texto plautino; A. M.a Martín Rodríguez, «A propósito de la ratio etymologica de Staphyla: nomen como vector de comportamiento escénico en Aulularia» (pp., se centra en los nombres parlantes, tan usados por Plauto, como es el caso de la esclava Estáfila, ejemplo claro de ambigüedad semántica que puede sugerir diversas sensaciones en los espectadores; M.a P. Pérez Álvarez, «Mutuum -fenus en el s. II a.
C. Referencias plautinas a algunas leyes romanas» (pp. 193-219), mira al teatro desde la jurisprudencia y el concepto del préstamo, mutuum; y M. López López, «Significado escénico de la sententia en Amphitruo de Plauto» (pp. 221-245), se ocupa de un elemento muy habitual en los textos dramáticos, las sententiae, de su estructura, eufonía, etc. y su aportación a la representación.
Los trabajos centrados en los enfoques lingüísticos, sobre todo pragmáticos, constituyen «el apartado más novedoso de este acercamiento al teatro antiguo» (p.
9), según la profesora López Gregoris.
Así, M.a T. Quintillà Zanuy, «Función dramática de las expresiones proverbiales sobre animales en Plauto» (pp. 249-280), en un trabajo relacionado con el último del apartado anterior, ofrece un estudio de las unidades fraseológicas referidas al mundo animal concluyendo que ofrecen información codificada dramatúrgicamente y ayudan a dramatizar el conflicto gracias a su uis comica; L. Berger, «Gestión de los turnos conversacionales en Plauto y Terencio: entre el habla y los silencios» (pp. 281-309), pone el foco en lo que ocurre en los silencios (pausa, intervalo y lapso) y en cómo su análisis puede ayudar a la atribución de intervenciones en pasajes con dificultades; L. Unceta Gómez, «La contribución de la Pragmática al análisis de la dinámica escénica.
El caso de Mostellaria» (pp. 311-332), analiza pragmáticamente partículas y pronombres en el lenguaje dialógico Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 para recuperar información dramatúrgica que funciona como acotación; R. López Gregoris, «Abajo el telón: función de los versos de cierre en las comedias de Plauto» (pp. 333-359), presta atención a los versos de cierre de las comedias y a su función pragmática; por último, G. Bandini, «Finzioni e funzioni foniche nei Menaechmi» (pp. 361-373), reflexiona sobre el papel de algunas figuras fonéticas características de la poesía arcaica y utilizadas por los autores para ayudar al espectador a recordar determinados momentos de la comedia.
El volumen se cierra con un Epílogo (pp. 375-381), que recoge los resúmenes que cuatro relatores redactaron de los debates que se producían al final de las sesiones, M. López López, A. M.a Martín Rodríguez, L. Pérez Gómez y T. Quintillà.
En nuestra opinión, nos encontramos ante un volumen que contribuye claramente a entender que el «teatro para leer» puede ser un atentado contra la especificidad del lenguaje teatral por cuanto el teatro, en su calidad de texto, solo sirve en la medida en que da pie a un espectáculo.
Leer, sin más, el texto teatral es traicionar la esencia del teatro, ya que no se «conforma» con una lectura, sino que precisa de una puesta en escena, que no es más que una segunda forma del texto teatral.
No olvidemos que lo que caracteriza a estas obras y las distingue de las del resto de géneros es la utilización que de ellas se hace, su proyección más allá del texto.
Dice la editora que espera que algunos de estos trabajos sean «seminales, porque abren nuevas vías de interpretación y sugieren lecturas novedosas» (p.
Apostamos por ello, sin duda.
August Strindberg aseguraba que leer una obra de teatro es casi como leer una partitura.
Este libro, sin duda, nos ayudará a escuchar el sonido que subyace a los textos dramáticos latinos. tido en un bellísimo poema épico, para acabar en guía de moral liberadora.
Lucrecio despierta siempre pasiones, y quienes hemos tenido la fortuna de caer en sus manos, aca bamos irremisiblemente fascinados por su persona y por su poesía.
Por eso, es una suerte que de vez en cuando llegue a nuestro poder una tesis doctoral como la que origina este libro, El orden del mundo, presentada en mayo del año 2016 en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Heidelberg por Eva Marie Noller.
Una obra (y comienzo la casa por el tejado, es decir, anticipando aquí el juicio global que me merece, que es por donde debería concluir mi reseña) realizada con un rigor, un conocimiento del asunto, de los precedentes y paralelismos en la filosofía griega, de la bibliografía moderna, de la obra de Lucrecio continuamente comentada, que pone en manos del lector un tratamiento exhaustivo y absolutamente convincente del sentido y la importancia del orden, «die ordnung», en el planteamiento argumental y formal del De rerum natura.
Las cosas, el mundo todo que nos rodea, están formadas por infinidad de átomos, pero para su constitución terminal como tales cosas, en el sentido más variado del término, opera una ordenación, un orden, que ofrece una preciosa y atractiva analogía con la ordenación de las letras para formar las palabras, como nos expresa claramente Lucrecio en esos versos que he reproducido al comienzo de este párrafo, así como en otros lugares, y como nos explica muy sagazmente Eva Marie Noller en el capítulo 2 de su libro, «Elemente der ordnung.
El tratamiento dado al comentario del De rerum natura, en el que la autora se ha centrado fundamentalmente en los libros I y II, es de índole claramente filosófica, marginando otros aspectos de la obra lucreciana que para muchos lectores, como el que escribe estas líneas, resultarían tal vez más atractivos, como son el análisis poético y los planteamientos ideológicos y morales de la filosofía de Lucrecio.
Sin embargo, debo reconocer que he leído esta obra puntualmente, animado sin la menor duda por la maestría con la que el tema del orden aparece tratado. orden, valga la redundancia, que afecta en primer lugar a la disposición de toda la obra que comento.
Un largo capítulo inicial, «Problemskizze.
Wie werden Dinge» (pp. 9-55), después de recordar brevemente las bases fundamentales del epicureísmo lucreciano, nos lleva por los caminos de la bibliografía precedente, con la lógica atención especial al tema propuesto, una bibliografía que considero útil y exhaustiva, para tratar a continuación, con no menor detenimiento, la presencia del tema del orden en los escritos de los filósofos griegos.
Cierra el conjunto una siempre convincente pre sen tación del trabajo realizado («Gliederung der Arbeit», pp. 52-54).
Pasado el capítulo 2, al que ya he hecho fugaz referencia, la tesis de Noller se articula en los siguientes capítulos, cuyo contenido y comentario me exigirían una cantidad de páginas de las que no dispongo: 3. «ordnung und Anfang» (orden y Principio, pp. 107-138); 4. «ordnung und Abweichung» (orden y excepción, es decir, desvío del orden, pp. 139-150); 5. «ordnung der Dinge (I)», y 6. «ordnung der Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 Dinge (II)» (Dos capítulos dedicados al «orden de las cosas», en los que se analiza, con abundancia de pasajes lucrecianos ilustrativos, de qué manera ese concepto regidor en la constitución de las cosas que hemos visto explicado en las primeras parte del libro opera, de forma consciente, en la exposición de la física de Lucrecio).
Una breve Conclusión, la oportuna Bibliografía y sendos Índices de Palabras y Citas cierran el conjunto de este libro, que me parece muy necesario, tal vez indispensable, para un conocimiento mejor y más profundo de la filosofía atomista de ese gran poeta latino que fue Lucrecio.
andrés Pociña Pérez Este libro ha surgido del encuentro «Vivam!
Simposio de Estudios ovidianos», que se celebró en Huelva en octubre de 2017 con ocasión de la conmemoración del bimilenario de la muerte del poeta, organizado conjuntamente por los grupos de investigación «La mitología clásica en la literatura latina clásica y renacentista», de la Universidad de Murcia, y «Nicolaus Heinsius», de la de Huelva.
Sin duda el volumen destaca dentro del panorama de la investigación en Filología Clásica en España por la relevancia internacional de los estudiosos participantes.
Aunque no hay indicación expresa, el libro, como veremos a continuación, pretende cubrir en la medida de lo posible el conjunto de la producción ovidiana y los campos principales de investigación, casi a la manera de un Companion.
Tras una breve presentación a cargo de los editores y una semblanza de los participantes, comienzan directamente las aportaciones de estos.
No se ha incluido ninguna introducción, algo que hubiera resultado extremadamente útil para indicar los puntos principales que hoy merecen atención de los especialistas, especialmente si se quería ofrecer, como se afirma en la presentación, un panorama actualizado de la investigación ovidiana.
Aunque no haya una indicación formal, las doce aportaciones están organizadas temáticamente.
Encabezan el libro los capítulos centrados en la tradición textual -en proporción, el área más representada-.
En este apartado Richard Tarrant («Editing ovid' s Metamorphoses: Past, Present and Future») sitúa su propia edición en el panorama de la historia editorial de Metamorfosis, señalando el que considera que ha sido su principal mérito: la colación de los manuscritos anteriores al final del siglo XII, Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 cuyo valor justifica con ejemplos muy instructivos.
Pero no se queda en los textos concretos sino que plantea una cuestión fundamental: ¿habrá un momento en el que los avances en la edición de los grandes textos clásicos sean tan insignificantes que no justifiquen el inmenso esfuerzo de realizar una nueva edición?
En un postscript Tarrant rebate las propuestas textuales de Luck en su comentario póstumo a Met.
El título del capítulo de Gauthier Liberman, «La critique du texte des Héroïdes», es engañosamente general, como él mismo advierte: su atención se centra en el par de cartas que se intercambian Aconcio y Cidipe, que presentan, agudizados, problemas que afectan al conjunto.
Aun reconociendo las cualidades de la edición de Kenney (Ovid.
Heroides XVI-XXI, Cambridge, 1996), el autor señala y analiza algunos puntos mejorables.
El trabajo incorpora un apéndice sobre la autenticidad de la Epistula Sapphi y la historia del corpus de las Heroidas, utilizando un amplio abanico de argumentos que van desde la pura ecdótica a cuestiones más literarias, como las relaciones intertextuales o la arquitectura del libro.
El resultado final, pues, justifica la formulación de un título general.
El trabajo está cargadísimo de datos y referencias que son muy de agradecer pero su profusión oscurece en ocasiones el mensaje fundamental.
Antonio Ramírez de Verger en «Suum cuique: Editors and Commentators on ovid 's Metamorphoses» pretende reparar descuidos y ausencias que aún persisten en la bibliografía de crítica textual sobre las Metamorfosis de ovidio, especialmente en lo que concierne a la atribución y valoración de conjeturas y correcciones realizadas por filólogos anteriores al siglo XX.
Lógicamente el espacio solo le permite ofrecer una selección representativa, un ejemplo por cada libro de la obra.
El capítulo de Hayworth, «Editing and Interpreting ovid' s Fasti: Text, Date, Form», sirve de transición entre la parte dedicada a la historia del texto y la que constituye una aproximación literaria a la obra ovidiana.
El trabajo responde exactamente a su título: primero señala la necesidad de una nueva edición que corrija los defectos de la que realizó E. H. Alton, y completaron a su muerte D. E. W. Wormell y E. Courtney (Ovidius, Fasti, Stuttgart y Leipzig, 1977).
A continuación, aborda los problemas de la fecha y la forma de Fastos: expone argumentos métricos, intertextuales y estructurales que apuntan a la publicación tardía del libro y analiza el efecto que el exilio causó en su configuración formal.
Los cuatro trabajos siguientes tratan cuestiones puramente literarias.
Rosalba Dimundo en «Gli Amores ovidiani e la tradizione elegiaca» pone de relieve la transformación que en Amores ovidio efectúa de su modelo Propercio: en la caracterización de la amada, una figura mucho menos definida y central en ovidio; en la concepción del seruitium amoris, más distante y artificiosa; en la militia amoris, cuya equivalencia con la verdadera milicia, descartada terminantemente por Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 Propercio, refuerza ovidio; en la relación con el mundo circundante, al que ovidio se abría y del que Propercio se apartaba, prefiriendo limitarse al suyo propio.
En «The Second Erato and the Deeper Design of ovid' s Ars amatoria: Unravelling the Anti-Marital Union of Venus, Procris and Romulus», Thea S. Thorsen plantea la existencia de un mensaje no evidente que vertebra la arquitectura del AA y le otorga unidad: el amor no está ligado al matrimonio legítimo y, por tanto, este constituye un lugar peligroso.
El trabajo, muy minucioso, combina la relevancia de la posición central de la segunda invocación a Erato (Ars II 425-426) con el análisis de tres series de pasajes: aquellos en los que aparecen Apolo, Baco y Venus, que se erige en la divinidad fundamental; después, tres relatos míticos de adulterios conectados con la saga de Minos: Pasífae y el toro, Dédalo e Ícaro y Procris y Céfalo; por último, la autora acude a sucesos históricos, Rómulo y el rapto de las Sabinas, una historia de violencia que constituye el primer matrimonio romano.
Mario Labate en «Storie dell altro mondo: L 'oriente nelle Metamorfosi di ovidio» hace un estudio del cronotopo de las Metamorfosis centrándose especialmente en la imagen de oriente: enumera una serie de ejemplos -los relatos contados por las hijas de Minias-en los que lo oriental parece que ha quedado desprovisto de su tradicional carácter perturbador.
En contraste, en el libro X orfeo cuenta el terrible caso de Mirra -esta partirá huyendo desde Chipre hasta el pueblo de los Sabeos-y se felicita de vivir en Tracia, un lugar que nada tiene que envidiar al oriente y a todos sus productos exóticos.
Aquí de nuevo la presencia de lo monstruoso parece asociada al oriente, pero el mensaje queda en entredicho si consideramos que orfeo morirá despedazado por las mujeres tracias poseídas de furor báquico.
El trabajo de Garth Tissol, «The Presence of Tibullus in ovid 's Epistulae ex Ponto», complementa el de Dimundo.
En Pontica está especialmente presente el recuerdo de Mesala a través de las cartas que ovidio dirige a los hijos de aquel.
Tissol analiza el estilo de la primera carta a Mesalino (Pont.
I, 7), el hijo mayor de Mesala, en la que el poeta, necesitado de apoyo, intenta un acercamiento sin estar seguro de la reacción de su destinatario; giros abruptos, inconsistencias y contradicciones consigo mismo revelan la inseguridad de ovidio en esta situación.
Por otra parte, el uso figurado de la casa romana (en concreto, el de la puerta que simboliza el acceso del poeta a Mesalino) nos remite a un tema querido por ovidio en la poesía elegíaca amorosa (Amores I 4), pero también por el propio Tibulo (I 2 y I 9): Tissol señala la presencia, no tanto de ecos tibulianos, sino de ideas y recursos estilísticos que ovidio ha trasladado del amor a la amicitia, un probable homenaje a Mesala, que tanto valoró a Tibulo.
En el libro no podía faltar un capítulo sobre la mitología.
En «La incompleta enciclopedia mítica de ovidio» Rosa M.a Iglesias y Consuelo Álvarez desechan la tradicional repartición de temas -amor, mito y exilio-en distintas épocas de su actividad poética y examinan la presencia del mito en el conjunto de la producción Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 ovidiana.
Describen ciertos rasgos del uso del mito aportando una selección de ejemplos: su ausencia de sistematicidad, su inclinación a lo novedoso, el desequi librio a la hora de incluir episodios de determinadas sagas, etc. Lógicamente el trabajo no puede ser exhaustivo y solo en algunos casos las autoras proponen una interpretación de las causas de estas omisiones y desequilibrios.
El resultado presenta un ovidio cuyos intereses son claramente poéticos y no mitográficos, aun teniendo en cuenta el carácter enciclopédico de las Metamorfosis.
Las dos últimas aportaciones son estudios de la recepción del poeta.
Frank T. Coulson en «The Story of Byblis in the Vulgate Commentary on the Metamorphoses» utiliza la historia de Biblis como ejemplo para ofrecer una introducción esencialmente descriptiva del tipo de material que incluye el comentario de Metamorfosis llamado Vulgata, una compilación del siglo XIII de la tradición interpretativa previa.
Clasifica su contenido en seis categorías amplias no definidas por un criterio único: las glosas interlineares, la mitología, la moralización alegórica, la explicación del sentido literal, el comentario de cuestiones estilísticas y literarias y, finalmente, los problemas textuales.
El trabajo de John F. Miller, «ovid' s Fasti and Renaissance Calendar-Poems: Muses, May, Celestial Might», analiza el distinto tratamiento que un pasaje con resonancias programáticas, Fasti V 1-110 (las Musas discuten entre sí sobre el origen del nombre del mes de mayo), ha recibido en tres autores renacentistas de calendarios eclesiásticos poéticos cuyo modelo es la obra ovidiana: Lodovico Lazzarelli, Girolamo Chiaravacci y Ambrogio Fracco.
Estos poemas han heredado la relevancia del pasaje dentro de sus respectivas obras, pero las modificaciones en distintos niveles y grados en cada uno revelan diferencias en la intensidad de su reivindicación de transmitir la verdad frente a las ficciones ovidianas.
La relación de ovidio con otras artes se ha representado en un Apéndice donde, además de hacer constar otros agradecimientos, se destaca, entre otras actividades artísticas que tuvieron lugar en el Simposio, la proyección de las ilustraciones sobre las Metamorfosis del pintor Gabriel Alonso Marín, de las que el libro reproduce una selección a todo color.
Completan el volumen una Bibliografía conjunta y sendos índices, uno de pasajes y otro de nombres y cosas notables, ambos elaborados por Pere Fàbregas, que contribuyen a aportar unidad al conjunto.
Aunque hubiera sido deseable alguna decisión editorial que hubiera conferido mayor uniformidad a las aportaciones (respecto a la inclusión de traducciones de los textos latinos o sobre el número y extensión de las notas a pie de página), el libro logra trasladar una imagen unitaria que responde a la intención de sus editores.
Si algo caracteriza los Epigramas de Marcial es la ingente cantidad de personajes que los transitan y sirven ya como vehículo, ya como diana de sus sátiras y críticas.
Cualquier obra que se proponga presentar la nómina completa de los mismos acarrea, necesariamente, un trabajo prolongado y que ha de partir de un planteamiento claro y consistente.
Los autores que avalan esta publicación dejan poca duda de la calidad y rigor que podemos esperar en ella: entre muchos otros méritos, Juan Fernández es traductor de los Epigramas para Gredos (1997), cotraductor de la misma obra, junto con Francisco Socas, para la editorial Alianza ( 2004), y encargado del texto latino en la colección Alma Mater, edición en la que participan asimismo Rosario Moreno y Enrique Montero (2004Montero ( -2005)); Moreno es una prolífica autora que ha profundizado en numerosos aspectos de la obra de Marcial y ha editado, junto con Alberto Marina, los Epigramas en Akal (2019).
Son cerca de mil las entradas de nombres propios que presenta este exhaustivo volumen, y en todas ellas se sigue un mismo esquema.
En primer lugar, tras el nombre en latín tal y como aparece en Marcial se citan los epigramas en los que se menciona; en esa referencia se aporta el libro, número de composición y el verso.
En los casos puntuales en que no se indica este último, entendemos que la cita se repite a lo largo de todo el epigrama en cuestión (ocurre, por ejemplo, con Acerra [las citas de esta reseña son, salvo indicación contraria, s. u.]).
A esto le sigue una clasifi cación según el nombre se corresponda con una persona real, un personaje ficticio, histórico, mitológico, legendario o una creación literaria de otros escritores.
La categoría de «histórico» se diferencia de la designada como «real» en el hecho de que aquella se menciona asimismo en autores distintos de Marcial.
Figura a continuación, en su caso, el nombre original en griego o el nombre completo en latín.
Algunos usos peculiares, como es el caso de Memmi como «plural gene ralizador» de C. Memmius Regulus, o Maurici a partir de Mauricus, también se indican.
Puede incluirse información biográfica relevante para cualquier tipo de personaje con independencia de su existencia efectiva fuera de la literatura, y cierra el cuerpo del texto un comentario de las menciones en los propios epigramas.
Se añaden después abundantes referencias bibliográficas y las iniciales del autor que se ha ocupado de la entrada en cuestión.
La claridad con que la información se dispone es meridiana, y el estilo en el que se presenta, con un método de «llamadas» a otras entradas mediante la anteposición de una flecha, recurso que recuerda a los hipervínculos y que es tan popular en libros de consulta de publicación reciente, revela aquí su eficacia.
Sumado a dicha característica, el estilo de la redacción -uniforme no obstante la múltiple autoría-propicia que el volumen se preste a una lectura saltando de unos personajes a otros, como fuera una de Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 las aspiraciones en el utilísimo diccionario de mitología de Pierre Grimal: una obra de consulta que, sin perder su esencia práctica, vaya más allá de la duda particular.
Como herramienta para estudiosos, permite un empleo que favorece nuevas investigaciones y que trasciende las bases de datos tradicionales.
En un pro fundo afán científico, se presentan variantes de lectura en manuscritos (p. ej., en Laronia).
Su base es la edición mencionada para Alma Mater, sin perder de vista otras de referencia.
A este respecto, el volumen incluye un apartado con las siglas empleadas para los manuscritos citados.
Como podemos suponer, una información problemática por su misma naturaleza es la identificación del personaje ficticio frente a la persona real.
Consciente de la controversia, Moreno dedica una buena porción del apartado introductorio (pp. 2-5) a dar las pertinentes explicaciones, reconociendo que es complicado deslindar las personalidades ficticias que son referencia velada a través de un seudónimo (y, por tanto, son reales), o incluso distinguir entre personajes propiamente dichos o conjuntos escultóricos.
En ocasiones se presenta la duda al lector (Acorus), algo que, lejos de menoscabar la calidad del volumen, da fe de la profundidad y múltiples aristas de la obra de Marcial e invita a nuevas incursiones en ella.
Para evitar posibles dudas y facilitar la consulta, los nombres de autores ilustres se consignan tal y como aparecen en el epigrama, aunque remitan luego a otra entrada.
A los nombres propios se les añade con frecuencia la etimología o el origen.
Estos apartados abarcan tanto menciones breves (procedencia osca de Pontia) hasta otras de gran extensión (presencia de Lalage en inscripciones y en la literatura).
Encontramos mínimas inconsistencias y repeticiones, difícilmente salvables en una obra de tal envergadura: así, la etimología de tres de los cuatro Rufus remite a la del primero, mientras que en la entrada de Iulius Rufus se repite la explicación entera en lugar de enlazar al nombre simple.
Por otra parte, hemos constatado ciertos casos en que la colocación del nombre griego cambia de lugar (en Aethon, Hermes 1 o Hermocrates).
Son, con todo, deslices nimios que no restan valor a este ingente esfuerzo.
Ponen el colofón a la obra un apartado bibliográfico extenso y plenamente actualizado, y los índices, que en este caso se dividen en personajes y nombres propios, lugares (edificios y accidentes geográficos), un index rerum memorabilium, otro de vocablos latinos y uno más de términos griegos.
Lo que a la vista es un diccionario de nombres propios termina siendo un volumen imprescindible para cualquier estudioso de Marcial, de los epigramas y, dada la magnitud temática y referencial de estos, un libro de gran utilidad para quienquiera que se adentre en la literatura y la historia del mundo clásico.
Pero, además, una vez que saciamos una duda concreta, este libro nos invita a volver a él para profundizar en sus páginas, para leer las historias que recoge y disfrutar de su contenido, con la satisfacción que produce destejer la compleja trama que conforman las obras y los personajes que nos presenta.
Francisco Javier bran García
Esta introducción al estudio de Juvenal, dirigida especialmente a estudiantes y profesores de Filología Clásica, está dividida en seis partes que valoraremos por se parado con el fin de destacar dónde están sus logros y también algunas debilidades.
I. Der Satiriker Juvenal inner-und ausserhalb seines Textes: «El satírico Juvenal dentro y fuera de su texto».
Nos parece un acierto esta forma de abordar el estudio, porque a estas alturas no es fácil empezar con la Vita de Juvenal tras casi setenta años de cuestionamiento de las reconstrucciones que se han hecho de ella.
Para combatir las conjeturas del círculo vicioso del biografismo, que deduce la vida de la obra y a continuación interpreta esta partir de la vida, surgió como método alter nativo la teoría de la persona, que proponía diferenciar el «yo» satírico que habla en las Sátiras del Juvenal autor histórico de las mismas.
Críticas posteriores a los excesos de esta teoría han obligado a los estudiosos de Juvenal a matizar la posición que toman en relación con ella.
Schmitz le dedica algunas páginas a la búsqueda de un equilibrio entre los dos extremos.
Después de analizar otras formas de aproximación al «yo» de la sátira, como son las categorías analíticas de «auto-ficción», voz del narrador, satírico y «Sprecher», y de definir muy bien estos conceptos, toma acertadamente posición entre los extremos y acepta que algunos datos históricos y biográficos se cuelan en la proyección que el poeta hace de sí mismo en su sátira, proyección poética y por tanto ficticia, cambiante de pen diendo de la función y el contexto en el que se sitúa su discurso.
A continuación, recoge en los apartados dedicados a la vida de Juvenal las fuentes conservadas, que analiza de manera muy crítica destacando los datos que también aparecen en las sátiras.
Juvenal und die Gattung der römischen Verssatire: Aquí se ocupa de la posición que Juvenal toma en la tradición de la sátira.
Primero introduce el tema destacando que la agresividad de la sátira de Juvenal, apoyada en su modelo Lucilio, se convirtió con el tiempo en el horizonte de recepción del género, en la genuina representante del mismo, de manera que de sus Sátiras sale la conversión de la sátira en lo «satírico» que aparece en diversos géneros literarios.
A continuación, tras repasar la tradición de la sátira en verso en Quintiliano y en la sátira 1 de Juvenal pasa de manera natural al apartado final de esta segunda parte: «Polifonía genérica en la sátira de Juvenal».
Era de esperar que un género tan abierto como la sátira incorporara a él elementos de otros géneros.
Para estudiarlos recuerda el concepto de «cruce de géneros» de Kroll y el más reciente de «enriquecimiento genérico» aplicado por S. Harrison al estudio de la poesía augústea, pero termina optando por el concepto de «polifonía» porque recoge mejor la «mezcla» característica de la sátira, en la que se incluiría Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 su diálogo con elementos de diversa procedencia genérica y también el conflicto entre ellos.
Desde esta perspectiva estudia la recusatio y la negación paródica de los «géneros oficiales», la dicción «epicizante», los temas afines a la tragedia y la adaptación, con cambios, de motivos y formas de otros géneros como la bucólica, el epigrama y la historiografía.
Die einzelnen Satiren Después de las dos primeras partes, en general muy acertadas, esta es más dispersa e irregular.
En una breve introducción al análisis individual de cada una de las sátiras señala primero cómo se relacionan entre sí las sátiras del libro primero vertebrado por Roma como lugar de vicio y corrupción.
De ahí parte para señalar las relaciones entre sátiras que superan los límites del libro como por ejemplo 2 y 9 (hipocresía y homosexualidad) y 5 y 11 (cenas).
El repaso de las conexiones entre sátiras no es exhaustivo; tampoco lo es el análisis de cada sátira en particular, como ella misma señala, aunque considera imprescindibles tener en cuenta, además del tema, los problemas centrales de composición e interpretación y cuestiones de intertextua li dad.
Pero en realidad no siempre toca todos estos aspectos.
El desequilibrio nos asalta ya en los capítulos correspondientes a las sátiras del libro primero: mientras las sátiras primera, tercera y cuarta están muy bien analizadas, la segunda y, sobre todo, la quinta merecen menor atención.
Además, en los comentarios de cada sátira no vuelve a referirse a las relaciones entre ellas: no señala las conexiones sutiles que le dan unidad al libro ni tiene en cuenta el desarrollo sucesivo de sus temas como el de la situación de los clientes: el satírico pasa de la empatía hacia ellos en la 1, a la ironía con respecto a Umbricio en la 3, y por fin a la condena de Trebio en la 5.
Esta deficiencia se debe a que no le da relevancia al libro como unidad de composición.
De los aspectos que señalaba como imprescindibles al principio destaca su interés por las relaciones intertextuales (con frecuencia paródicas) con la épica y particularmente con la Eneida.
Así cierra el análisis de la tercera con un apéndice en el que comenta detenidamente las relaciones intertextuales entre los vv.
El análisis de la sexta es demasiado económico: le dedica más o menos el mismo espacio que a cualquiera de las otras sátiras, sin tener en cuenta que la invectiva contra las mujeres ocupa un libro entero.
El apéndice con su comentario detenido de los vv.
352-365 le permite ejemplificar mejor el carácter generalizador del ataque misógino: partiendo del caso de la derrochadora ogulnia convierte su conducta en propia de todas las mujeres.
En el comentario de la séptima la A. hace una introducción en términos gene ra les sobre el tratamiento satírico, exageradamente cómico y paradójico que Juvenal le da a la penosa situación de los intelectuales en Roma.
Los patrones avaros los tratan mal, un tema que permite relacionar esta sátira con la 3 y la 5, y que reaparece en la 9, cierre del libro tercero.
Pero no hace ningún comentario sobre la or ga nización de este libro, que es similar a la del libro primero, en el que las sátiras sobre la degeneración de la nobleza (2 y 4) estaban rodeadas por las dedicadas a las relaciones de clientela (3 y 5): también aquí la 8, sobre la nobleza, va precedida y seguida por dos sátiras en las que patrones y clientes son víctimas de la crítica satí rica.
El análisis de la octava es muy económico: solo comenta el principio y el final, estrechamente relacionados por la pregunta que abre la sátira (Stemmata quid faciunt?) y la respuesta que la cierra: un árbol genealógico brillante no garantiza la virtud.
Schmitz no se ocupa del carácter parenético del poema, de su doctrina positi va y de la inestabilidad del destinatario.
El capítulo dedicado a la 9 es uno de los mejores.
La sátira enteramente dialogada permite la crítica del patrón avaro desde la perspectiva del cliente, Névolo, y también la que hace el satírico del cliente al desnudar su indignidad, como había hecho en la 5 con Trebio.
Se echa en falta en el análisis de estas tres sátiras que no comente el cambio general de tono, la mayor presencia de doctrina moral positiva, la ironía y la presencia de interlocutores, hecha excepción de la 9, porque es la única que tiene un interlocutor estable.
La tendencia observada en el libro tercero sigue desarrollándose en los comentarios de las sátiras de los dos libros siguientes: el método de análisis individual de las sátiras oscurece el avance del satírico en una dirección nueva.
La autora señala las relaciones entre sátiras: con acierto ve la 10 como un comentario sobre los deseos que Névolo formulaba al final de la 9: su satisfacción puede ser peligrosa.
El análisis de la 11 es interesante: una vez más destaca la intertextualidad con la Eneida, porque el satírico, anfitrión de la cena modesta, se auto-representa como un nuevo Evandro; pero no advierte la inestabilidad del interlocutor Pérsico porque empieza su comentario en el v.
57 dejando de lado la introducción de la sátira, un ataque de carácter general contra los derrochadores, ni señala que, después de dirigirse a Pérsico, de vez en cuando se olvida de él y habla para un público amplio.
El sermo no acaba de afirmarse.
Aproxima la sátira 12 a la 11 porque en ambas el satírico es el protagonista de acciones que confirman su modestia; en este caso elige víctimas modestas para sacrificarlas a los dioses en acción de gracias por la salvación de su amigo Catulo de un naufragio.
Se dirige a Corvino porque la segunda parte de la sátira trata el tema de la caza de testamentos, una actividad rechazada por el satírico ya que su amistad con Catulo es desinteresada.
Únicamente en el análisis de esta sátira señala la A. referencias a las sátiras de Horacio, referente de la mesura y serenidad de la nueva persona del satírico, que se impone claramente en este libro.
Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 Las sátiras que conforman el libro quinto de Juvenal están en general muy bien analizadas: acepta la tesis de que la sátira 13 se apoya en el género de la consolatio, que somete a parodia, y señala asimismo la ironía con la que el satírico adopta la communis opinio para burlarse de la simplicitas de su amigo Calvino, al que se dirige.
La A. niega el carácter programático de la sátira y la recuperación de la indignatio en ella.
Tiene razón: no se produce la recuperación de la ira del satírico; pero no ve que este se distancia irónicamente de la indignatio de Calvino: la pérdida de una pequeña cantidad de dinero no merece una emoción así.
La parodia es aquí un arma de la ironía.
En la 14 también analiza con rigor los tres aspectos siguientes: el modelo de comunicación con un interlocutor inicial nombrado en el primer verso y que después desaparece; la estructura de una sátira que tiene dos temas, educación y avaricia, con tratamientos específicos pero relacionados desde el principio y la actitud del satírico diferente del de las últimas sátiras, porque solo adopta una actitud positiva cuando contrapone las costumbres del presente a la simplicitas de los viejos tiempos.
La 15 denuncia un caso de canibalismo en Egipto, un exemplum de inhumanitas, que le sirve después para reflexionar sobre el género humano y su degradación.
Pero antes de narrar el enfrentamiento entre dos pueblos egipcios recuerda hechos semejantes en épica y tragedia; y en el relato se sirve de la parodia épica y de la evocación de los héroes de Homero y Virgilio para subrayar por contraste la ridícula pequeñez de los egipcios.
Esta parte III habría ganado mucho si la A. le hubiera prestado mayor atención al marco del libro en el que cada sátira aparece y si hubiera contemplado la evolución de la poética de Juvenal y la de la perspectiva del satírico.
Juvenals satirisch analysierender Blick auf römische Gesellschaft En esta parte la A., después de advertir que no se puede reconstruir la sociedad romana a partir de sus sátiras, observa que sus presentaciones satíricas tenían que tener cierta credibilidad para ser convincentes.
Aunque de vez en cuando se refiere a la crítica moral, se fija sobre todo en los malos comportamientos de los hombres y mujeres de su tiempo en relación con el decorum social, la ruptura de las convenciones que debían ser dominantes en la vida cívica y social.
Desarrolla el tema analizando siempre la antítesis entre las conductas antiguas y las actuales, aunque la idealización de la primera se someta a ironía, ya que ciertos valores han quedado obsoletos.
V. Juvenals virtuose Technik: Satirisierung durch Sprache und Vers Esta parte es espléndida, desde el estudio del estilo con la atención preferente a las figuras de la incongruencia, oxímoron, antítesis, paradojas y iuncturae chocantes, idóneas para presentar el mundo satírico de Juvenal lleno de contradicciones, hasta la métrica y el orden de palabras en el verso expresivamente puestos al servicio de la sátira.
Estos recursos junto a la hipérbole, bien contenida en una palabra o sintagma, Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 bien desarrollada en amplificatio, aparecen ilustrados por numerosos ejemplos de las Sátiras.
Y junto a las figuras en las que se apoya la exageración característica del género, el diminutivo, arma satírica no menos eficaz.
No echamos en falta nada sobre el virtuosismo del arte de Juvenal.
Juvenals Überlieferung und Rezeption También estos aspectos de la obra de Juvenal están bien tratados, desde la transmisión textual y los primeros estadios de la recepción del poeta por los tempranos apologistas cristianos hasta los grandes poetas satíricos ingleses (Dryden y Johnson) y Víctor Hugo pasando por la Edad Media y el Humanismo renacentista.
Resumiendo, podemos decir que, a pesar de las reservas que hemos manifestado sobre la parte III, el libro tiene muchas cosas buenas y puede ser muy útil para alumnos y profesores de Filología Latina.
El imperialismo romano continúa siendo uno de los temas estrella en los trabajos dedicados a la historia de la antigua Roma.
El proceso por el que esta pequeña ciudad del Lacio acabó sometiendo a la práctica totalidad de pueblos de la cuenca mediterránea sigue despertando el interés de buena parte de los investigadores actuales.
A una parte de ese proceso, concretamente al papel que las transfor maciones institucionales derivadas de las dos guerras púnicas tuvieron en el ulterior desarrollo imperialista de Roma, está dedicado el libro de Michele Bellomo.
Esta publicación es una síntesis de su Tesis Doctoral presentada en l'Univeristà degli Studi di Milano en julio del 2015 y se inserta en una corriente historiográfica que en los últimos años ha puesto su atención en la jerarquía y competencias de las principales magistraturas romanas durante el período republicano 5.
Precisamente, este trabajo lleva a cabo una revisión en profundidad de la organización de los mandos militares durante el período de las dos guerras púnicas con el objetivo de realizar una lectura crítica y una actualización de algunos de los postulados tradicionales sobre la transformación de la política exterior de Roma durante los últimos tres siglos de la República.
El libro está estructurado en cuatro capítulos más una introducción y unas conclusiones generales.
Cada uno de esos capítulos se acompaña en su parte final de unas tablas analíticas donde se recogen los datos esenciales que sirven de base al estudio.
La obra se cierra con una completa bibliografía (pp. 239-254), un repertorio de las fuentes empleadas y unos índices analíticos (pp. 255-277) en los que figuran los nombres propios, los topónimos y los temas más relevantes de este estudio, y que resultan de una enorme utilidad en una obra de estas características.
La «Introduzione» (pp. 9-19) constituye una presentación general de la obra, al tiempo que sirve como declaración de intenciones.
El autor justifica la elección de este tema por la falta de estudios centrados en la evolución de las magistraturas cum imperio durante las dos guerras púnicas, un período que representa el punto de inflexión en el desarrollo de las principales instituciones de la etapa republicana y donde se sientan las bases del cambio de orientación de la política exterior de Roma que tendrá lugar a partir del siglo II a.
C. Aunque quedan fuera del objetivo de esta obra las dinámicas políticas de la Roma del siglo III a.
C., el autor sí que pretende matizar y complementar algunos de los modelos propuestos al respecto, ya que, a su parecer, resultan excesivamente monolíticos en lo referido a la elección de los mandos militares.
Michele Bellomo reconoce las dificultades que se le presentan a la hora de llevar a cabo su análisis comparativo, unas dificultades derivadas de las fuentes disponibles para este período, que se caracterizan por ser mayoritariamente literarias, no coetáneas y desigualmente útiles para las distintas etapas analizadas.
Precisamente, al período de configuración y desarrollo del mando militar durante la primera etapa de la República está dedicado el capítulo I, titulado «Il comando militare a Roma nella prima fase della storia repubblicana (509-264)» (pp. 20-91).
Pese a que, stricto sensu, este período no forma parte del marco cronológico del estudio, el autor es consciente de que para llevar a cabo su análisis resulta imprescindible conocer la conformación del sistema de mandos e identificar sus principales características en la etapa previa al período objeto de estudio, ya que fue en ella cuando se configuró el marco institucional que sirvió de base al funcionamiento político-militar de la Roma republicana y cuando se crearon algunas de las figuras institucionales y procedimientos que serían determinantes en la futura política expansionista romana.
A partir de esta «foto fija» del cuadro institucional, el autor puede dedicarse en el segundo capítulo -«La prima guerra punica (264-241)» (pp. 92-116)-al que constituye el verdadero objetivo de este estudio.
En efecto, Bellomo considera, en contra de la mayoría de las opiniones, que esta primera confrontación entre las dos aspirantes a potencias del Mediterráneo antiguo no supuso ninguna modificación de calado del sistema institucional-militar y que la mejor prueba de ello fue la prolongación de la guerra y la incapacidad de Roma para aprovechar su posterior triunfo y afrontar una política expansionista capaz de ir más allá de los territorios itálicos.
De hecho, las pocas innovaciones que se detectan en esta fase -que afectaron principalmente al ámbito de actuación de los cónsules y a las competencias del pretor-ni siquiera llegaron a institucionalizarse, una circunstancia que explicaría esa incapacidad de Roma para tomar la iniciativa con una política exterior más agresiva.
Más interesante a nivel institucional resulta el período de entreguerras, al que está dedicado el tercer capítulo, «Il periodo tra le due guerre (240-219)» (pp. 117-143), ya que en esta fase se detecta un incremento de las magistraturas cum imperio y, sobre todo, una serie de cambios que afectaron al reparto de las cargas de los mandos militares que resultaron decisivos en el ulterior desarrollo del marco institucional romano.
Sin embargo, esas innovaciones tampoco supusieron una alteración de la política militar de Roma, que siguió manteniendo una orientación fundamentalmente defensiva.
Como señala el autor, fue en este período cuando tuvieron lugar las innovaciones más determinantes en el plano institucional y militar que permitieron a Roma hacerse dueña del Mediterráneo tras su triunfo sobre Cartago.
Dichos cambios tuvieron como base las necesidades y exigencias marcadas por la guerra anibálica, que obligaron al senado a modificar su atávica praxis institucional y a alterar el rígido funcionamiento de las instituciones políticas y militares romanas.
Las limitaciones de espacio de esta reseña impiden llevar a cabo un análisis detallado de esas innovaciones, aunque la principal de ellas, por lo que supuso en el conjunto del marco institucional romano, fue el fin de la exclusividad de los dos cónsules en la dirección de las principales operaciones bélicas.
Estrechamente unida a esos cambios y derivada de ellos se encuentra la que, a todas luces, fue la consecuencia más importante de esas innovaciones, y que no fue otra que el cambio de orientación de la política exterior de Roma.
A este último aspecto está dedicada la parte final de las «Conclusioni» (pp. 231-237), donde el autor traza las líneas maestras del expansionismo romano tras la finalización de la segunda guerra púnica, una nueva política que fue posible gracias a las innovaciones introducidas en el marco institucional durante la segunda mitad del siglo III a.
En definitiva, nos encontramos ante un detallado y completo estudio de la organización y evolución de los mandos militares que permite comprender mejor la conformación y desarrollo del fenómeno imperialista de Roma.
Sin duda, este trabajo Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 está llamado a convertirse en una obra de obligada consulta para los especialistas en la materia, y todo ello con un estilo sobrio, aunque muy claro, y con una extensión que se ajusta al propósito del libro.
Juan José Palao vicente
Nieto Ibáñez, José María, Historia antigua del cristianismo.
Desde los orígenes al Concilio de Calcedonia, Madrid, Editorial Síntesis, 2019, 266 pp.
Es este libro el primero escrito por autor español que da una visión completa de la historia y literatura del cristianismo antiguo.
Su autor, J. Nieto, catedrático de Filología Griega de la Universidad de León, es reconocido especialista en el tema y, por eso, ha sabido sintetizar de manera admirable en 266 páginas los cinco primeros siglos de la historia del cristianismo, desde su nacimiento en tierra judía hasta el concilio de Calcedonia del año 451.
Es de destacar el rigor filológico de la obra, pues el autor, a fuer de buen helenista, documenta todas sus afirmaciones en textos cuidadosamente elegidos y bien comentados y también es destacable el esmero y pulcritud con el que ha escrito este libro.
En las 90 primeras páginas (pp. 10-99, caps. 1-3) se ofrece el marco histórico, político y social de esta religión, que nace y tiene su primer desarrollo, como corriente crítica de la religión judía, en el s. I en Palestina, de la mano de un judío, Jesús de Nazaret. otro judío, como fue, por linaje y formación, Pablo de Tarso, pero también buen conocedor de la cultura griega, será el que expanda esta rama del judaísmo, que acepta a Jesús como el Mesías, por el mundo grecorromano y el que se esfuerce por vez primera en presentarla a griegos y romanos de manera que la pudieran entender y abrazar.
Se trata también en el libro de las primeras comunidades de Jerusalén y del primer concilio, celebrado en esta ciudad, en el que se decidió admitir a los gentiles en la nueva religión, lo que fue un hito muy importante para que se desgajara poco a poco del judaísmo y se helenizara -aún sin perder sus raíces-y pasara de ser una religión nacional a una religión universal, a lo que también contribuyó la traducción de la Biblia hebrea al griego (Septuaginta), y el hecho de que en la época de Jesús, Judea era provincia del Imperio Romano.
El cristianismo se difunde pronto por Egipto, Siria, por las principales ciudades del mundo grecorromano, Hispania, Babilonia y Norte de África, mientras las diferentes corrientes del judaísmo se van radicalizando frente a Roma, que destruye Jerusalén en el año 70 y la somete a su imperio.
Se detiene el autor en los orígenes del cristianismo en Roma, en donde en principio se la persigue, ciertos emperado- Emerita LXXXIX 1, 2021, pp. 165-198 ISSN 0013-6662 res la toleran, en el s. IV es legalizada por el emperador Constantino y finalmente Teodosio la convierte en la religión oficial del Imperio.
Las 50 páginas siguientes (pp. 101-151, caps. 4 y 5) versan sobre la organización de la iglesia: primeras comunidades, primeros encuentros, primeros concilios, confluencia de etnias y modos de pensar, organización y desarrollo de sus cultos, sus ritos, sus festividades y ciclos litúrgicos y también sobre las primeras disidencias como el monacato.
Se estudia cómo a finales del s. II y principio del III en reacción a la paulatina «jerarquización» de la iglesia y a la creación de una doctrina única, la «ortodoxia», crecen los disidentes: marcionitas, arrianos, monofisitas, nestorianos, pelagianos, donatistas, gnósticos, etc. y cómo, entre disquisiciones teológicas sin fin, el cristianismo en sus concilios va perfilando su identidad.
Las últimas 100 páginas (pp. 153-258, cap. 6) se dedican a estudiar los primeros documentos del cristianismo antiguo, escritos en griego, y a la literatura cristiana antigua.
Se comienza por la Septuaginta y no se olvidan los escritos apócrifos intertestamentarios, que son el eslabón de unión entre los dos Testamentos.
Aborda los diferentes problemas de la formación del Nuevo Testamento, de la elaboración del canon y la literatura apócrifa.
El autor dedica un amplio espacio a la literatura apostólica, en su mayoría epístolas, destinadas a orientar a las primeras comunidades, y a la literatura apologética, destinada a defender a la nueva religión frente al judaísmo y a los cultos paganos, e incluye también a los primeros historiadores del cristianismo, a los escritores que advierten ante otras opciones religiosas diferentes de la canónica y a los Padres latinos más significativos.
Se ocupa, asimismo, de las réplicas y críticas de autores paganos a la doctrina cristiana.
Estudia en profundidad los Padres de Alejandría, que recogen lo mejor del judaísmo helenístico y con parámetros de la filosofía y literatura griega, especialmente del neoplatonismo, ponen las bases para que el cristianismo sea asimilable por las élites intelectuales grecorromanas, línea que seguirán los Padres Capadocios, quienes fundamentan la teología cristiana en la filosofía griega, hasta llegaron a utilizar los metros de la poesía griega para difundir su mensaje, y así consolidaron la estructura teológica de todo el cristianismo posterior.
El autor también se hace eco de las aportaciones de los Padres antioquenos y de los de Jerusalén.
Cierran la obra 13 textos de los momentos más significativos en el devenir del cristianismo antiguo desde Flavio Josefo hasta Teodoreto de Ciro.
El autor los contextualiza, resume sus ideas más relevantes y da inteligentes pautas para su comentario e interpretación.
En suma, el profesor Nieto nos presenta una obra, escrita con un estilo ágil y ameno, que ya es indispensable para todo el que quiera aproximarse a la literatura cristiana y referencia también en universidades para el estudio de esta intere santísima literatura, que, hasta en los grados de la Filología Griega, está y ha estado siempre un tanto marginada. |
El asunto de este artículo es que el tratamiento por Horacio del tema de la muerte puede, en términos literarios, ser repartido en tres períodos distintos: en el primero (años 41 a 30), se refiere a la muerte de manera distante, humorística y hasta jocosa; en el segundo (30 a 20), se siente derrotado por una intensa melancolía; en el tercero (años 8 a 20), excepto en Odas IV 7, casi no toca el tema.
El autor justifica esos tres períodos por el género literario y por motivos personales y políticos.
Sabido es que Horacio simboliza en el vino (Odas I 7: "si eres sabio, acuérdate de poner límite/ a la tristeza y las fatigas de la vida,/ Planco, con el suave vino") su desesperado afán de vivir despreocupadamente, una actitud que halla su formulación más concisa en el notorio carpe diem (Odas I 11,8).
Para vivir, o intentar vivir, al día, aconseja una y otra vez olvidar el futuro, dejando éste y todo lo que no sea el instante fugaz al arbitrio de los dioses.
Así, en I 9, afirma: "deja lo demás en mano de los dioses" (9); y también: "qué haya de ser del día de mañana, rehúsa indagarlo,/ y día que la suerte te depare, día que has de sumar/ en tu haber" (14-16).
En I 11 propone: a) no averiguar cuál será nuestro fin (Dieter Lebek, ANRW 2044: "die Zukunftswissen als Frevel bezeichnet: scire nefas"); b) desdeñar toda clase de cálculos mágicos; c) tolerar lo que se nos venga encima; d) tanto si nos quedan más inviernos como si éste es el último; e) en consecuencia, lo que debemos hacer es servirnos vino; f) y "recortar las largas esperanzas dentro de un espacio breve" (6-7); g) porque a lo mejor ya se nos ha ido el tiempo; así que "exprime el día presente" (8), sin fiarte del mañana.
Igualmente en III 29, otra de las odas dedicadas a Mecenas, en medio de consejos en su línea habitual, es decir, para que el político descanse de sus tareas y aproveche el verano, vuelve a su sonsonete: "previendo el desenlace del tiempo futuro/ la divinidad lo encierra en una noche de bruma,/ y se ríe si el mortal tiembla / más allá de lo lícito.
Acuérdate de arreglar/ con equidad lo que está presente..." (29)(30)(31)(32)(33), puesto que, continúa, "lo demás transcurre como un río...".
La preocupación por el paso del tiempo rezuma por todos los poros de su obra.
En I 31 pide para sí "una vejez decorosa y una lira"; en II 5 la novilla que crece le sirve de pretexto para recordar lo que es habitual en él: "la edad corre desconsiderada" (13)(14).
En II 11 recuerda asimismo a Quinctio: a) que el tiempo nos exige poco y la juventud se pasa volando; b) que todo cambia y por consiguiente no tiene sentido plantearse dilemas eternos [URL] 11-12), pues nuestra mente no está a la altura de los mismos; c) de manera que lo mejor es gozar de la vida; d) dado que "Evio (nombre del dios del vino) disipa las preocupaciones que nos carcomen" (17)(18).
Parece claro que el poeta se siente a veces melancólico.
El paso del tiempo y la vida engendran preocupaciones (curae).
Éstas son generalmente "negras" (atrae), como en III 1,40; III 14,[3][4]IV 11,[35][36]; otras, "nos carcomen" (el individuo "se concome" por dentro), como en II 11 (edaces); I 18, 4 (mordaces); en otra ocasión (epod.
Cf. a propósito de estas curae R.M.Marina (en: Horacio.
Naturalmente, preocuparse por el paso del tiempo equivale a preocuparse por el fin del tiempo.
Pues, ¿dónde vamos a parar después?
Para los romanos, al Orco (un dios originariamente, convertido después en un lugar, adonde van las almas de los muertos).
Naturalmente, el color del más allá es siempre negro: IV 1: nigro Orco; I 24, 18: nigro...gregi.
Todo ello revela que nuestro poeta se preocupa también de la muerte.
Ya el pseudo-Acrón lo denominaba melancholicus; siguiendo su senda, unos cargan más la mano sobre este punto y otros pasan la mano.
Éstos últimos, a diferencia de los primeros, lo ven especialmente festivo y dicharachero.
Véase a este propósito Estefanía (o.c., 1-2).
Ahora bien, la manera como nuestro poeta trata la muerte varía a lo largo del tiempo y de su producción poética.
Podemos distinguir claramente tres fases: una primera, a la que corresponden los epodos y las sátiras; una segunda, en la que se comprenden los tres primeros libros de odas, más el primero de las epístolas; y una tercera y última, representada por el cuarto libro de odas y el segundo de las epístolas.
Pues bien, he aquí los rasgos que distinguen estas tres fases.
Primera fase: tratamiento exclusivamente jocoso de la muerte; segunda fase: tratamiento melancólico y patético; tercera fase: escaso tratamiento.
Reduciendo a grados estos tres modos de abordar la ultima linea rerum (Epíst.I 16, 79), que es, siguiendo la metáfora de la meta en las carreras, la muerte para Horacio, tenemos: primera fase = grado nulo (años 41 a 30); segunda = grado máximo (años 30 a 20); tercera: grado mínimo (años 20 a 8).
En la primera fase, cuando el poeta cuenta entre 24 y 35 años, escribe los epodos y las sátiras, que representan más de la cuarta parte del total de su obra.
Como hemos apuntado arriba, las alusiones a la muerte, por una u otra razón, son sistemáticamente de carácter jocoso.
Así, en el epodo 5 (versos 26 y 33-34) se describe una escena de magia para causar la muerte de un niño, que está enterrado vivo y "que se moría del todo al contemplar el cambio de comida dos o tres veces al día (33)(34).
I 2, 3 se alude a la "muerte del cantante Tigelio", por quien andan "tristes y preocupados los gremios de perfumistas, mendigos, pantomimos, etc."
I 8 describe un paisaje tétrico y cómico a la vez: el dios Priapo, "terror de ladrones y pájaros" (3-4), describe el ambiente del jardín que guarda: en él hay "cadáveres arrrojados de angostas celdas" (8; son las celdas donde vivían los esclavos); era un lugar que "constituía el sepulcro común de la plebe" (10); el campo "estaba afeado por huesos blancos" (15-6); "la luna roja se escondía tras los grandes sepulcros para no ser testigo de los tejemanejes brujeriles de Canidia y Ságana" (35-6).
La única alusión a la muerte de Sát.
I 9 (v 28) es altamente sarcástica y humorística: Horacio pregunta al impertinente que le asalta por la calle si tiene familia; ante la respuesta de éste: "no, los he enterrado a todos", H. replica, dando un suspiro: "felices: ahora te quedo yo".
Igualmente, la referencia que hallamos en II 1 constituye una parodia épica.
El poeta afirma que "cualquiera que sea el color de la vida, ése será descrito por él" (60); y añade que así lo hará "tanto si me aguarda una tranquila/ vejez como si la muerte revolotea en torno a mí con sus alas negras" (57-58): seu mors atris circumuolat alis.
Cf., en efecto, Virg., Aen.
VI 866 sed nox atra caput tristi circumuolat umbra, en alusión a Marcelo, el sobrino de Augusto, fallecido en plena juventud, el año 23 a.
II 3, 170-181, un padre al morir (moriens) deja dicho a sus dos hijos que tal vez "sean tan opuestos que al uno le dé por dilapidar la fortuna y al otro por aumentarla", y "que aquel que llegue a ser edil o pretor no podrá testar, y será maldito."
Por último, la anécdota siguiente, digna del Satiricón de Petronio, remacha el tono despreocupado, distante y cómico de las alusiones que H. hace a la muerte durante este período de su obra (Sát.
II 5, 85-7): un heredero, cansado de soportar las impertinencias de la difunta, decide "transportarla sobre sus hombros desnudos, ungiendo el cadáver con abundante aceite,/ con la evidente intención de que se escurriera muerta" (pues en vida no se la había podido quitar de encima).
Como se ve, todos los textos de epodos y sátiras alusivos a la cuestión ofrecen idéntico tono jocoso: en estas obras H. no se toma la muerte en serio jamás.
¿Qué le ha podido pasar, pues, para que en la década siguiente se le vea tan afectado por la idea de la muerte?
En efecto, H. manifiesta una gran preocupación (¿literaria sólo?) por la muerte en los tres primeros libros de odas y primero de las epístolas (bastante menos en éste último); y no sólo esto, sino que además, según el tono y contexto de su tratamiento de la muerte, cabe distinguir en el mismo cinco modalidades.
Éstas son: 1a) el tratamiento de la muerte es más liviano y jocoso, más "descafeinado", que en las otras cuatro modalidades de esta fase; 2a) el pensamiento de la muerte sirve como soporte o argumento de peso para vivir una vida sencilla y sin pretensiones (leit-motiv epicúreo de buena parte de la obra del poeta; cf. Wolfgang Dieter Lebek, ANRW, 2041: "soweit die "Oden" aber philosophisch sind, ist es die Affinität zu epikureischem Lehrgut, welche besonders stark ins Auge fällt"), y por tanto en contra de la ambición y el amor a las riquezas; 3a) esta modalidad ofrece un contraste violento entre la felicidad y la belleza, por un lado, y el terrible pensamiento de existencia de la muerte, por el otro.
Dicho contraste constituye un tópico en la literatura griega en general y la helenística en particular.
Nisbet y Hubbard (Odes: Book I 1970; Book II 1978), donde se diseccionan las odas de nuestro poeta de tal manera que éstas plausiblemente nacerían de un montón de escombros: pues no hay frase, palabra o pensamiento que no estén ya en la literatura grecorromana precedente.
Fácil, ¿no es cierto?
Sólo nos falta una receta (¿mágica?) para convertir ese montón de ruinas (¡disiecta membra poetae! ) en un poema que, curiosamente, suele gustar a los lectores.
(Después de todo, la poesía se hace con palabras que todo el mundo usa: menos mal; de lo contrario, nadie la entendería.
¿Y el sello (sfragís) de cada persona?
Menos mal: ya nos veíamos convertidos en una masa uniforme).
Ahora repasamos las cinco modalidades.
De las tres odas que comprende esta modalidad, dos se refieren al propio poeta.
La II 13 narra el susto que se llevó el mismo H. cuando un árbol cayó sobre su cabeza y estuvo a punto de matarlo.
El poeta "desciende" poéticamente al más allá, donde tras nombrar a los inevitables Prosérpina y Éaco, nos presenta y describe a Safo y Alceo, y su mágica poesía, que embruja a los inquilinos del otro mundo, incluidos Prometeo, Orión y Tántalo.
El contraste, en la presente oda, se produce más bien entre el recuerdo humorístico de un riesgo que pudo acabar mal y la constante ignorancia de los hombres acerca de "dónde está nuestro destino" ("jamás el hombre puede prever/ los peligros que ha de evitar cada hora": 13-14).
De este mismo tipo es la oda a Mecenas hipocondríaco (II 17).
H. evoca de nuevo la caída del árbol que casi le causa la muerte (27-28: me truncus illapsus cerebro/ sustulerat).
El tono general es desenfadado: H. promete a Mecenas que EM LXX 1, 2002 los dos partirán juntos; le revela que sus horóscopos son idénticos; que ambos han escapado de sendos peligros graves; etc. Como colofón al tono general de la composición, H. termina pidiendo a Mecenas que en acción de gracias y como cumplimiento de un voto "edifique un templo"; él, entretanto "sacrificará una cordera" (¡!).
La oda I 3 comienza con una invocación a la nave que lleva a Virgilio a Atenas, a fin de que lo devuelva sano y salvo (este tipo de composición se conoce con el nombre de propempticon).
Horacio interpreta que la navegación constituye una transgresión de las leyes de la naturaleza, un reto a la muerte, razón por la cual ésta se toma cumplida venganza, y "aprieta el paso": quem mortis timuit gradum/ qui siccis oculis monstra natantia (17-18); semotique prius tarda necessitas/ leti corripuit gradum (30-33).
Como podemos comprobar, en este caso se trata de una ambición cuasi metafísica.
En II l8 de nuevo H. hace profesión de anhelos epicúreos y de vida sencilla (1-14), profesión justificada por el paso incesante del tiempo (15-16: truditur dies die/ nouaeque pergunt interire lunae).
Porque el hombre inmensamente rico lo devora todo y su ambición no tiene límite, aunque sea "al borde de la tumba y olvidándose del sepulcro" (18).
La muerte es el final para todos ("ningún palacio aguarda/ con más certeza al señor rico/ que el final de destino del Orco rapaz": 29-31).
El satélite de Orco no devuelve ni a Prometeo ni a Tántalo y, se le invoque o no, llega para "aliviar" al pobre que ha terminados sus labores (aquí hallamos otro final sorprendente: la oda amenaza de muerte a los ricos, pero, tras reconvenir al hombre ambicioso, el poeta termina recordando que la muerte se lleva ¡al pobre!).
En III 1 (odi profanum uulgus et arceo), H. describe primero las diferencias entre los hombres para a continuación, siguiendo su propia norma, meter a todos los hombres en el mismo saco de la muerte (cf. nuestro manriquiano: "y llegados son iguales/ los que viven por sus manos/ e los ricos"): aequa lege Necessitas/ sortitur insignis et imos;/ omne capax mouet urna nomen (14-16).
Estos versos son en realidad un centón de versos del propio autor: aequa lege = I 4, 13 aequo pede; necessitas = I 3, 32-33 necessitas/ leti; sortitur = II 3, 27 sors; I 4, 18 nec regna uini sortiere; insignis et imos = I 4, 13-14 pauperum tabernas/ regumque turres; omne capax mouet urna nomen = II 3, 25-26 omnium/ uersatur urna...sors.
III 24 trata, en la misma línea, de combatir el afán de riquezas.
Ahora bien, como la dira necessitas "clave sus clavos de diamante en los techos más altos" (5-6), "ni tu espíritu del miedo,/ ni librarás de los lazos de la muerte tu cabeza" (7-8).
Deslíase el invierno acre en el turno grato de primavera y favonio, y las máquinas arrastran las quillas resecas; y ni el ganado goza ya de los establos ni el labrador del fuego, ni los prados blanquean con la escarcha canosa.
Ya la Venus de Citera guía sus coros bajo la presencia de la luna, y, unidas a las ninfas, las decorosas Gracias baten la tierra con pie alterno, mientras Vulcano visita ardiente las graves fraguas de los ciclopes.
Ahora es decoroso ceñir la cabeza brillante, ora con verde arrayán, 10 ora con la flor que las tierras sueltas crían;
ahora es decoroso también inmolar a Fauno en los bosques sombríos, ya pida una cordera, ya prefiera un macho cabrío.
La muerte pálida llama a las chozas de los pobres con paso igual que a las torres de los reyes.
¡Oh Sestio afortunado, 15 el breve término de la vida nos prohíbe albergar largas esperanzas!
En un instante te engullirá la noche y los manes de la leyenda y la casa demacrada de Plutón.
Así que a ésta arribares, ni te jugarás a los dados el reino del vino, ni admirarás al tierno Lícidas, por quien la juventud se enardece ahora y pronto lo harán las muchachas.
Como vemos, la oda se divide en dos partes de doce y ocho versos respectivamente.
La primera parte describe pormenorizadamente la primavera: deshielo, viento del oeste, vuelta de los barcos al mar; Venus y las Gracias; fiestas florales; sacrificio a Fauno.
De pronto, como en Macbeth, el aldabonazo: la muerte, que no respeta ni a grandes ni a chicos; la brevedad de la vida; el descenso al reino de Plutón.
193): «la llegada de la primavera... que está en relación... con la vida humana, la juventud y la muerte».
En esta oda, los cuatro primeros versos reclaman ecuanimidad en las circunstancias buenas y malas; idéntico contenido se repite con otras palabras en los cuatro siguientes (5-8); en el cuarto verso, como piedra angular de los ocho, va la dedicatoria, que es todo un presagio: moriture Delli, / seu (la secuencia de las consonantes iniciales -M.D.S. -recuerda la tan manida de los epitafios: D.M.S.).
Luego, vienen otros ocho versos (9-16) que amplían y desarrollan lo ya insinuado en los últimos del primer grupo; éstos invitaban a pasar un día de fiesta en medio de los árboles, con vino, perfumes y rosas, "mientras lo permiten hacienda y edad/ y los hilos negros de las tres hermanas" (15-16).
La mención de las parcas remite al verso 4 (moriture Delli), al tiempo que sirve de preparación para los versos que restan hasta el final (17-28; doce EM LXX 1, 2002 versos), dedicados a una nueva consideración dolorida de la muerte inevitable (cf. Otón Sobrino, en: Horacio, edit. por Estefanía, 22), con idéntico contraste al de I 4.
Inesperado es también el final de II 6.
H. confiesa primero su predilección por dos lugares de Italia, Tíbur y Tarento, con ventaja de este último [URL] 13-14), que es descrito con todo lujo de detalles: Tarento posee miel, olivos, vino y buen clima.
Pero, de repente, hacia el final, el poeta pide a su amigo que llore sobre sus cenizas.
El contraste entre lo bueno y alegre de la vida y la muerte inevitable está asegurado: "allí (junto al río Galeso) tú salpicarás/ con las lágrimas debidas la ceniza caliente/ de tu amigo el poeta" (22)(23)(24).
A esta modalidad pertenece por derecho propio una oda del libro IV (la siete) que, por consiguiente, es del período de grado mínimo en lo que concierne a la mención de la muerte (hay un par de breves referencias en Epíst.
II 3, donde leemos: "nos debemos a la muerte, nosotros y nuestras cosas" (63); y también, "los hechos de los hombres perecerán" (68); por lo demás, las otras cinco o seis alusiones a la cuestión son, o bien de carácter épico-literario exaltado, en lo que hace a las odas (vid. algunas de ellas en la siguiente modalidad), o bien del tipo cómico-humorístico: Epíst.
Pues bien, en la oda IV 7 el tono, contenido y fraseología son plenamente idénticos a los tres libros de odas precedentes en lo que hace al sentimiento de la muerte.
En efecto, la descripción de la primavera lleva al poeta, en melancólico contraste, a recordar vivamente lo perecedero de los asuntos de los hombres: "que no esperes cosa inmortal, el año te recuerda, y la hora/ que arrebata el día que nos alimenta" (7-8).
A continuación, se describen las estaciones; luego, el poeta torna a la melancolía: "rápidas las lunas, empero, rehacen sus pérdidas en el cielo:/ nosotros, cuando vamos a parar/ donde el padre Eneas, donde el rico Tulo y Anco,/ polvo y sombra somos" (13-16); cf. Catulo (5, 4-6): "los soles pueden ponerse y retornar;/ nosotros, así que se nos pone la breve luz,/ hemos de dormir una sola noche eterna."
Tampoco sabemos si los dioses querrán concedernos mañana otro día.
Viene acto seguido una nueva alusión al más allá: "una vez que hayas caído y Minos haya hecho de ti/ espléndido juicio,/ no te rescatará, Torcuato, tu linaje, ni tu facundia,/ ni tu piedad" (21-24).
Tampoco los héroes (Hipólito y Pirítoo, en este caso) pueden escapar al mundo subterráneo.
Tan cercana como está la presente oda a la I 4, presenta respecto a ésta una novedad, a saber, la alternancia temática (similar a la alternancia de las estaciones): a (1-6: primavera); b (7-8: muerte); a (9-12: el año); b (13-18: muerte); a (19-20: el mundo del heredero); b (21-24: el mundo subterráneo); coda final (25-28: los héroes en el más allá).
Digamos para finalizar que, frente a la opinión negativa acerca de esta oda, Wilkinson (p.
A mi juicio, ni es así, ni tiene por qué serlo.
Tratemos primero tres o cuatro odas del libro IV, aquéllas a las que hemos aludido poco más arriba y que corresponden al período de grado mínimo de alusión a la muerte por parte de nuestro poeta.
Tenemos: IV 8, 13-15: "los mármoles grabados con leyendas oficiales,/ medio por el cual vuelve otra vez a los buenos generales el espíritu/ y la vida después de la muerte"; IV 9, 25-28: "muchos valientes vivieron antes de Agamenón.
Mas todos yacen/ sin una lágrima y desconocidos en larga/ noche, por estar privados de un poeta sagrado"; IV 4, 18: "pechos ofrendados a una muerte libre".
A esta modalidad corresponden, sobre todo, las dos odas que cierran respectivamente el segundo y tercer libro de odas: II 20 y III 30.
Tras escribir sus libros de poesía lírica, el poeta, que ha aludido a la propia muerte con tono jocoso, que ha escrito numerosos poemas presididos por el sentimiento de la muerte, parece sentir que gracias a la gloria literaria que por fin ha logrado, está en condiciones de superar el temor a la muerte y de aspirar a la única inmortalidad en que creían los romanos: la fama en la posteridad (cf. Ennio, uar.
7-8: "nadie me honre con lágrimas ni me haga un funeral/ de llantos.
Revuelo vivo en boca de los hombres").
Veamos en primer lugar la II 20.
La oda constituye un epitafio o lo que, desde Teógnide, se conoce como sfragís (Nisbet-Hubbard, II 335-336).
En ella, el poeta aspira a la inmortalidad (imagina su metamorfosis en cisne: canorus...ales; l5-l6), como hemos dicho, y se muestra seguro de que no va a morir (debemos, naturalmente, hacer abstracción de la calentem fauillam de II 6; del temor del árbol en II 13, y de la decisión de acompañar a Mecenas al más allá en II 17).
En la última estrofa de la oda que ahora analizamos el poeta expresa, aparentemente, una consecuencia lógica del poema: si él no va a morir (non obibo: 7; nec Stygia cohibebor unda: 8), ¿a qué bueno una ceremonia fúnebre?: "lejos del vano funeral letanías/ y duelos y quejas indecorosas./ Contén tu clamor, y deja a un lado/ las honras superfluas del sepulcro" (21-24).
Con todo, lógicamente, se tiene la impresión de que al poeta (que no puede creer en sus propias palabras) lo que más le interesa es hacer hincapié en lo EM LXX 1, 2002 baldío de las ceremonias fúnebres.
Del mismo modo, terminado el libro tercero, H. vuelve a mostrar sus ansias de inmortalidad, en un intento, por cierto, más logrado, desde el punto de vista artístico y poético, que el anterior (III 30):
He levantado un monumento más duradero que el bronce, y más alto que la fábrica real de las pirámides, al que ni la lluvia devoradora ni el aquilón desatado podrán derribar, ni la innumerable 5 sucesión de los años y la fuga del tiempo.
No moriré por entero, y gran parte de mí evitará a Libitina.
Sin tregua, creceré lozano en mi gloria futura, en tanto suba al Capitolio el pontífice con la virgen callada.
10 Dirán de mí que, poderoso en mi humildad por donde susurra el violento Áufido y por donde Dauno, pobre en agua, reinó entre pueblos agrestes, fui el primero que transfirió la poesía eolia en itálico ritmo.
Recibe el orgullo 15 que por méritos gané, Melpómene, y cíñeme de grado la cabellera con el laurel délfico.
Veamos las diferencias más notables entre los dos poemas: a) en II 20 el poeta no muere, mientras que en III 30 muere en parte; b) en II 20 no se esgrimen razones de gloria literaria, pero en III 30 sí; c) en II 20 se pide que no haya funeral, mientras que en III 30 se deja de lado ese detalle y el poeta pide a la musa la corona de laurel.
Son las odas dedicadas por entero a la consideración de la muerte.
De ellas la I 28 es literalmente un epigrama sepulcral: un cadáver, que yace sin enterrar en la playa, reflexiona acerca de la muerte, invocando al astrónomo tarentino Arquitas; luego, ruega a los marineros que pasen cerca de él que den sepultura a su cuerpo.
El ser yacente constata que el propio Arquitas, el ilustre astrónomo, no ha podido escapar a la muerte, pese a sus grandes descubrimientos (otra vez, nuestro manriquiano "mas como fuese mortal,/ metióle la muerte luego/ en su fragua..."), constatación que viene expresada en la frase animo...morituro.
Consuela al astrónomo con ejemplos míticos y con sentencias de carácter general, como: "pero a todos aguarda una sola noche/ y una sola vez hemos de hollar el camino de la muerte" (15-16); "la cruel/ Prosérpina no ha rehuido a ser alguno" (19-20).
Luego, pide ser enterrado: "bastará/ con que me eches tierra tres veces y salgas corriendo" (35-36).
La oda recuerda de cerca la I 4 y la IV 7; pero a diferencia de éstas, en las que, como hemos visto, hay un fuerte e impresivo contraste entre la alegría de la primavera y el sentimiento de la muerte, en esta otra no hay contraste alguno y se entra en la consideración de la muerte sin más preámbulo: la muerte es "indomeñable" (4); Plutón, el dios del infierno, no se deja ablandar por las lágrimas, aunque se le sacrifiquen trescientos toros al día.
Todo el mundo ha de pasar por las aguas infernales; aunque rehuyamos el mar, las guerras y el otoño, no podemos evitar la muerte.
La oda está compuesta por seis estrofas, cuyo patetismo va in crescendo: 1a) melancolía del paso del tiempo; 2a) Plutón; 3a) el agua infernal; 4a) inutilidad de evitar la guerra, el mar y el otoño; 5a) nuestro destino es el Cocito; 6a) hay que abandonar lo que más amamos: "hemos de visitar el negro Cocito, que vagabundea/ con lánguida corriente, y el linaje malfamado/ de Dánao, y a Sísifo, el hijo de Éolo,/ condenado a largos trabajos;/ has de dejar la tierra, y la casa, y la complaciente/ esposa, y de éstos árboles que cultivas, ninguno,/ excepto los odioses cipreses,/ te acompañará, dueño efímero suyo" (17-24).
La oda termina con una 7a) estrofa que desinfla, por así decirlo, la tensión, ofreciéndonos la habitual sorpresa final, bajo la forma en este caso, de una salida cómica, una carcajada que alivia la angustia precedente: el vino que no consuma el hombre en vida servirá para que el heredero se dé cenas mejores que las de ¡los pontífices!
I 24 (en la muerte de Quintilio; cf. Nussbaum, ANRW, 2000ANRW, -2007)): ¿Qué pudor ha de haber, qué límite, para la añoranza de un ser tan querido?
Emprende, Melpómene, el canto de duelo, que el padre te dio la cítara y una voz cristalina.
Esta oda es la única (pues la I 28 es una ensoñación) en que la consideración de la muerte se debe a un caso real: el fallecimiento de un amigo, que lo es especialmente de Virgilio, da pie al poeta para escribir una breve consolatio.
Hay en ella algunas frases que, al margen de la ficción poética, apuntan al conocido "realismo" romano: "embarga a Quintilio un sueño/ eterno" (5-6); "¿acaso iba a regresar la sangre a la imagen vana?" (15).
Ellas reflejan fielmente la misma escena: el cuerpo de Quintilio sumido en la muerte; la imagen inerte que, una vez ha sido abandonado por la vida, ya no es "de verdad", es una imagen "vana", puesto que la sangre, símbolo de la vida, no volverá a ella jamás.
¿No describen estas palabras la presencia tangible de la muerte?
Típicamente romano es asimismo el consejo final, el de sobrellevar lo duro del destino con patientia: ¿no es ésta algo consustancial con el genio romano?
Cabe preguntarse a qué se debe la atención inusitada que H. presta a la muerte a lo largo de este período intermedio de su producción poética ( y de su vida: entre los 35 y los 45 años), no habiéndose preocupado anteriormente ni poco ni mucho por ella, y dejando de hacerlo casi de forma absoluta en el último período de su existencia.
En la primera fase (años 41 a 30) no se puede decir que no hubiese elementos objetivos que suscitasen su interés por la cuestión: es un período de guerras civiles de enorme dureza.
¿Acaso el género literario en que durante ese tiempo se ejercitó, a saber, los epodos y las sátiras, no cuadraba bien con la consideración melancólica y cuasi obsesiva de la muerte?
¿Eran, entonces, las odas el género apropiado?
¿Sucedió algo en la biografía personal del poeta que le llevó a reflexionar tan reiterativamente sobre el final irremediable de los mortales?
¿O fue sólo cuestión de ficción poética?
Ciertamente, el período en consideración se enmarca entre la muerte de Marco Antonio (año 30) y Marcelo (año 23), el sobrino de Augusto, tan llorado por éste.
Por otra parte, desearíamos saber también por qué la intensidad decrece tan ostensiblemente entre la segunda y la tercera fase (años 20 a 8, los últimos de la vida del poeta).
¿Se debe este hecho a que ya ha agotado el tema?
Desde el punto de vista exclusivamente literario, ésta sería una respuesta plausible.
¿O podría deberse al hecho de que el poeta se ha ganado ya la gloria (recuérdense las odas II 20 y III 30) y su interés disminuye, |
En las Odas de Píndaro se encuentran a menudo manifestaciones en primera persona que contribuyen a constituir lo que se ha dado en llamar "yo fingido".
Este artículo lo contempla como uno de los recursos poéticos de Píndaro, analizando cuatro pasajes en los que Píndaro se dirige a entidades psíquicas, y valorando su aportación a la constitución del "yo fingido". |
La elaboración retórica de las propuestas senatoriales que dieron lugar a los senadoconsultos de Germánico César en el 19 d.C. y de Gneo Pisón en el 20 d.C. 1 no pasó desapercibida a Tácito, quien comenta ambiguamente el modo 104 ÁLVARO SÁNCHEZ-OSTIZ
ELEMENTOS RETÓRICOS EN LOS SENATVS CONSVLTA
DE GERMÁNICO CÉSAR Y DE GNEO PISÓN ÁLVARO SÁNCHEZ-OSTIZ Universidad de Navarra
Este artículo analiza tres pasajes capitales de los senatus consulta relativos a los honores póstumos concedidos a Germánico César (Tabula Siarensis) y al juicio de Pisón (Senatus Consultum de Gnaeo Pisone Patre), en los que se halla reflejada la elaboración retórica de los discursos senatoriales originales: 1. el decreto inscrito en el arco en el Circus Flaminius (TS I 9-18); 2. la alabanza por parte del senado de la moderatio de la casa imperial en los días que siguieron a la muerte de Germánico (SCPP 123-151); y 3. el decreto acerca de los retratos de Germánico y Druso en la biblioteca del Palatino.
El notable uso de la oratoria epidíctica en estos discursos deliberativos y judiciales no es accidental, sino intencionada: muestra cómo la ideología política del Principado influye en la práctica de la retórica.
Es por tanto normal que, a pesar de hallarse al final de la cadena de composición, ambos documentos muestren una relación de "architextualidad" con pautas de la preceptiva oratoria.
Sin embargo, no está tan claro que las sentencias buscaran además una relación de "intertextualidad" con modelos retóricos concretos.
Si bien a lo largo de estos casi veinte años de investigación desde la aparición de la Siarensis, se han destacado los paralelos de estos dos textos jurídicos con otros testimonios epigráficos y literarios, no se ha prestado suficiente interés a las connotaciones que estas relaciones intertextuales hayan podido sugerir.
Por otra parte, dada la singular unanimidad que domina en las sesiones senatoriales, apenas hay diferencia entre lo propuesto y lo aprobado, lo cual es parte del llamativo tono encomiástico de los decretos, acorde con la finalidad propagandística que denota la extensiva publicación en las provincias 3.
Sin embargo, este recurso al género laudatorio es paradójico, si se considera estrictamente en el marco de la llamada "división aristotélica" de los géneros.
En un principio, el senadoconsulto de diciembre del año 19 utilizaría modos retóricos deliberativos para determinar la pertinencia de cada una de las propuestas, mientras que en el caso del proceso de Pisón el género sería más bien judicial.
No obstante, es inadecuado considerar que estos dos textos epigráficos son meramente piezas de oratoria demostrativa.
La propia tradición retórica considera que el tercer genus sea auxiliar de los otros dos, lo que 4 Tac.
II 82.3 podría ser prueba de que en las sesiones del senado hubo verdadera deliberación.
En la decisión acerca de las honras fúnebres, se habría ido demasiado lejos y Tiberio se habría opuesto a la propuesta de colocar un retrato de Germánico entre los literatos.
Resultaría contradictorio dentro de un contexto epidíctico que el princeps desestimara una de las proposiciones.
Como se comentará más adelante, la unanimidad resaltada por la propaganda previene de considerar auténtica esta apariencia de deliberación. explicaría el marcado acento eulogístico de estos textos legales.
Desde esta perspectiva, me propongo analizar cómo se reflejan en estas dos inscripciones rasgos de la técnica retórica de la que los senadores se sirvieron al presentar sus propuestas.
Sobre esta base quiero además apuntar que la intervención de modos, tópicos y recursos propios del genus demonstratiuum no es meramente auxiliar o accidental 4, sino que responde a una profunda conexión del ideario político del principado con un problema de definición de los géneros.
Los senadoconsultos y la tradición retórica
Los documentos, elaborados por medio de la adición de las diferentes sententiae, pueden incidir reiteradamente sobre unidades temáticas, que caracterizan a su vez a los miembros de la familia Julio-Claudia y a Pisón, a través de referencias a sus virtudes o vicios y a través de la relación de sus hazañas o crímenes.
Tres de estos aspectos son objeto de un análisis más detenido: las res gestae de Germánico, la temperantia de la familia Julio-Claudia y la educación ejemplar del joven César.
Las hazañas bélicas de Germánico desempeñan en estos documentos un papel principal, si bien no dominante: su uirtus guerrera se destaca indirectamente en relación con la laudatio que hizo Tiberio en el senado (TS IIb 14-15:...
Germanici Caesaris f(ili) eius non magis laudatio/nem quam uitae totius ordinem et uirtut j is k eius uerum testimonium contineret); y asimismo en la narración de los sucesos de Siria, que pone de relieve el contraste de su actuación con la de Pisón.
Sin embargo, el decreto de erección de un arco en el Circo Flaminio (TS I 9-18) tematiza expresamente la fortitudo Germanici en el titulus que se habrá de colocar en la parte frontal del monumento y que recoge la relación de sus hazañas: su actuación en el Rin -focalizada en los signa recepta y la venganza Republik, Stuttgart, 2000, p.
6 Sobre el motivo de la muerte por la patria en la preceptiva y en la literatura augústea, v. los testimonios que ya aduje en «Periit dux pro patria: consuelo, encomio y epitafio en el Epicedion de morte Drusi», en C. Alonso del Real (ed.), Consolatio.
7 Como indican, por ejemplo, los paralelos con las Verrinas en la Ley Gabiria Calpurnia del año 58: C. Nicolet, «Lexicographie politique et histoire romaine: Problèmes de méthode et directions de recherches», en I. Lana y N. Marinone (eds.), Atti del convegno sulla lessicografia politica e giuridica nel campo delle scienze dell'antichità, Turín, 1980, p.
22. del desastre de Varo -, en la Galia y la misión en Oriente, durante la cual, a modo de culmen heroico de su vida, había muerto por la patria.
El hecho de que Germánico pereciera en acto de servicio -ob rem p(ublicam) obisset -es el núcleo de la propaganda de lenguaje y de imágenes transmitida a través del arco romano.
La fraseología no es nueva y alude inequívocamente al universo de imágenes de la República 5.
Éste se hacía visualmente presente en el espacio romano gracias a los retratos de los grandes personajes que habían actuado ejemplarmente en nombre e interés de la patria.
Esta monumentalización concentra la historia de Roma en las res gestae de las familias, cuyos protagonistas se convierten en exempla para toda la comunidad.
En el plano de la formulación de la propuesta en el senado, quien pronuncia el discurso se sirve de una tradición retórica acerca de la "muerte por la patria", que está fijada en los exempla, se halla recogida en la preceptiva y encuentra realización en géneros laudatorios y consolatorios 6.
Se produce, por tanto, una relación de architextualidad respecto a un género y a un modelo temático tradicional.
Además de ésta, se recurre a otra relación de trascendencia textual con un modelo generacional.
En el debate político del final de la República y del primer Principado, los discursos ciceronianos adquieren una naturaleza ejemplar, que deja su impronta en los textos legales, gracias a la imitatio llevada a cabo por las intervenciones particulares 7; en TS I 9-18 en particular, el modelo elegido es la novena Filípica.
Los paralelos de lenguaje y estructura señalan, sin embargo, que este discurso ciceroniano no es sólo un modelo técnico, sino que sirve además para evocar en el auditorio connotaciones acordes con el debate político del momento.
8 V. el aparato crítico y el comentario en Tabula Siarenis (n.
9 A saber: oración causal introductoria con cum + senatui placere + propuestas (AcI+ uti...).
9 es pronunciado en febrero del 43 a.C., durante el debate que dirime los honores de Servio Sulpicio, fallecido durante la misión en la que había de presentar a Antonio las exigencias del senado.
El género es deliberativo, pero participa de rasgos propios de la laudatio póstuma y de las consolationes.
Una comparación detenida con TS I 9-18 ilustra la intención del senado.
El texto de este decreto sería el siguiente (las correspondencias entre ambos textos se señalan mediante superíndices) 8: Au[g(usti), dato re]/ g j e k Armeniae, non parcens labori suo, priusquam decreto senatus [ouans urbem ingre]/deretur, S3 (T2) ob rem p(ublicam) mortem obisset.
Parecía bien que se construyera un arco de mármol en el circo Flaminio con dinero [público, colocado] junto al lugar en el que habían [sido colocadas públicamente] estatuas en honor del divino Augusto y de la domus Augusta por Gayo Norbano Flaco, con enseñas de los pueblos vencidos en los [ángulos y con una inscripción] en la parte frontal de este arco que diga que el senado y el pueblo romano habían dedicado este monumento [al eterno] recuerdo de Germánico César, porque, una vez vencidos los germanos en la guerra y expulsados [más tarde] de la Galia, tras la recuperación de las enseñas militares y de la venganza por la traicionera [derrota] del ejército del pueblo romano, una vez regulada la situación de las Galias, siendo él procónsul enviado a [las provincias] de ultramar para aquietar éstas y los reinos de esta zona, después de haber [dado] un rey a Armenia conforme a la misión encargada por Tiberio César Augusto, sin cejar en su empeño, antes de entrar victorioso en la ciudad por decreto del senado, había muerto por la patria.
La estructura de la sententia 9 en Cic., Phil.
9.15 se asemeja en tono y propósito al texto bético:
11 El nudo argumentativo es que Sulpicio ha muerto como legado y por la patria (cap. 3); como otros exempla ad casum que tienen una estatua en el foro (caps. 4-5); la causa de la muerte ha sido el propio senado (cap. 6); pero el culpable ha sido Antonio, hecho que debe ser mencionado en la estatua de Sulpicio (cap. 7). rei publicae Ser.
En ambos casos, se habla de un momento grave para la res publica que exige una intervención (T1a), por lo que se envía a alguien en misión hacia Oriente (T1b) 10.
Durante la misión el enviado de Roma enferma y fallece, lo que se considera una muerte por la patria (T2).
En ambos casos se da en este punto un salto lógico, puesto que este tipo de honor público se ha referido hasta entonces sólo a los muertos en la batalla; Cicerón, lo salva con la argumentación de los capítulos 3-7 11.
Por su parte, el tono encomiástico de la tabula Siarensis no encuentra problema en ello.
La estructura de la propuesta senatorial es la siguiente: el senado decide o ha de decidir (S0), tomando como motivo el hecho de su muerte heroica, expuesta en una cláusula causal (S1), que se erija un monumento a la memoria del caído con una inscripción (S2), la cual ha de inmortalizar el que haya fallecido en acto de servicio (S3); por último se recuerda que el honor será público (T3).
La principal diferencia estructural entre ambos testimonios estriba en que la cláusula causal es anterior y queda fuera del texto de la inscripción en la sentencia de la Filípica 9, mientras que en el senadoconsulto del año 19 d.C. es la propia cláusula el texto de la inscripción junto con una referencia a la memoria de Germánico.
A la vista de los paralelos, quien construyó retóricamente la sentencia del arco romano de Germánico se sirvió deliberadamente de la novena Filípica.
No sólo se trata de que de la única coincidencia de la expresión de TS I 18 se encuentre en Phil.
9.16 (ob rem publicam mortem obierit), sino de una íntima conexión de estructura.
Con ello -tal como la estatua de Sulpicio Rufo era un 12 Sobre el papel de la propuesta ciceroniana en el marco del debate político en los años 44 V. SCPP 27-29: atq(ue) ob id morientem Germanicum Cae/sarem, cuius mortis fuisse caussam Cn.
Germánico renuncia a la amistad de Pisón, obligado por la actitud de éste, que es presentado como verdadera causa de la muerte del legado (sobre la patientia como parte de la fortitudo, junto con la magnificentia, la fidentia, la patientia y la perseuerantia: Cic., Inu.
La uituperatio de memorial y a la vez un medio de propaganda contra Antonio -se quería apuntar connotativamente que Germánico había muerto en el transcurso de una misión de vital importancia para la res publica, que asumió en un acto de valor; que la causa de la muerte había sido un enemigo de la patria y que el senado guardaba una deuda de gratitud hacia él 12.
En el contexto de la misión in transmarinas prouincias de Germánico el paralelo Antonio-Pisón aparece cargado de significado.
La comparación tiene lugar mucho antes del proceso penal contra Pisón y por tanto antes de que llegue a manos de Tiberio el libelo en el que el acusado exponía sus quejas de Germánico 13.
Sin embargo, Pisón había recriminado al joven princeps de infracción del mos maiorum de ostentación de lujo e incluso de traición a la patria ya antes de su muerte, principalmente explotando la comparación con el tipo propagandístico del Alejandro-Antonio 14.
Después de la muerte de Germánico, bien la propaganda oficial, bien la llamada "facción germanicana" 15 llevan a cabo una retorsio de los mismos argumentos pisonianos, que cunde en la opinión pública y que se ve reflejada tanto en la tabula Siarensis como en el senadoconsulto de Pisón.
En éste se observan alusiones ocasionales que se remiten a la Filípica 9 -sin una estrecha relación entre dos sentencias como en el caso de TS I 9-19 -y que inciden sobre la fortitudo-patientia Germanici ante los scelera Pisonis con el telón de fondo de las guerras civiles 16.
Pisón se refuerza en la exposición de sus actos en Siria.
El decreto senatorial recuerda la actitud de Antonio en Phil.
9, al llamar a Pisón enemigo del pueblo romano e incitador de la guerra civil: v.
Por último, el lenguaje de Phil.
La referencia a los scelera Antonii es constante en las Filípicas, sobre todo en el tercer discurso, que relaciona sus scelera y la guerra civil: 3.5, 9, 33.
El paralelo Pisón-Antonio debió de cundir entre la opinión pública, v.
En resumen, se observa que en particular la primera sentencia del sc. de diciembre del año 19 se estructura sobre el lugar común político y retórico de la muerte por la patria, que se hallaba en plena vigencia en el final de la República y en el Principado.
Sobre la finalidad puramente laudatoria y consolatoria, se establece un juego de referencias con la Filípica 9, para sugerir el paralelo de Pisón-Antonio, enemigo del pueblo y concitador de las guerras civiles17.
III 18, sabemos que SCPP 123-151 tuvo su origen en una propuesta de Valerio Mesalino, padre del homónimo cónsul del año 20 d.C. Se recogen en estas líneas alabanzas a miembros de la familia imperial por su actitud ejemplar después de la muerte de Germánico y durante el proceso de Pisón.
Es constatable asimismo que existe una estrecha dependencia entre la sententia propuesta en el senado y la recogida en el decreto senatorial.
Por tanto, habrán de manifestarse con claridad rasgos de elaboración oratoria 18.
Si bien el análisis que sigue se concentra en 136-146, líneas dedicadas a la moderación de Agripina, Antonia y Livia, es necesario considerar en su conjunto toda la sententia de Mesalino que, una vez aprobada por el senado, fue recogida con la siguiente estructura:
En mi opinión, hay que suponer un sustantivo moderationem elidido o supuesto (desde la línea 133), del que dependen los genitivos ceterorum, Agrippinae, Antonia y Liuiae.
El inconveniente de la lejanía de moderationem en 133 quedaría así salvado.
20 Salvo en la línea 143 (iudicare t pro iudicaret), sigo la primera edición.
(132-136) Elogio de Julia Augusta y de Druso César: se destacan la moderación, la imitación de la justicia de Tiberio y la pietas acompañada de equidad (135: aequitas in seruandis integris iudicis suis).
(136-151) Elogio de los parientes directos a Germánico: 136-139 Elogio de la viuda Agripina: la unica concordia con Germánico y la numerosa progenie, prueba de su mutuo amor:... ceterorum quoq(ue) contingentium Germanicum/ Caesarem necessitudine magnopere probare: Agrippinae, quam senatui memoriam/ diui Aug(usti), qu i fuisset probatissuma, et uiri Germanici, cum quo unica concordia uixsis/set, et tot pignora edita partu felicissumo eorum, qui superessent, commendare.
Asimismo (el senado) apreciaba encarecidamente (la moderación 19 ) de los demás que se hallaban en una relación de parentesco con Germánico César: (la) de Agripina, a la cual -según opinión del senado-elogiaban la memoria del divino Augusto, de quien había sido muy apreciada, y la de su esposo Germánico, con el que había vivido en excepcional concordia, y tantas prendas de su amor dadas por el felicísimo nacimiento de aquellos que habían sobrevivido.
E igualmente (la) de Antonia, madre de Germánico César, que conociendo un único matrimonio con Druso Germánico padre, se mostró digna por su probidad de costumbres de tan estrecha afinidad con el divino Augusto, y la de Livia, hermana de Germánico César, a la que tenían en la mayor estima tanto su abuela, como su suegro, e igualmente su tío paterno, nuestro príncipe, por cuyas opiniones, aunque no estuviese emparentada con su familia, podía gloriarse merecidamente y con mayor motivo siendo una mujer unida por tan estrechos parentescos.
De ellas el senado alababa por igual el dolor fidelísimo y en el dolor la moderación.
De estas tres feminae, se destaca su dolor regido por la moderación, es por tanto una moderatio privada, que no se refiere directamente a su actuación en EM LXX 1, 2002 21 Así por ejemplo, Plin., Pan.
83 alaba la moderatio de Plotina.
Es ésta una moderatio privada, como la de Agripina, Antonia y Livila en el sc. de Pisón, con la diferencia de que se refiere sólo indirectamente a la pudicitia (Quid enim illa sanctius, quid antiquius? -Cfr.
IX 28,1 y también la laudatio funebris pronunciada por Trajano, Dio LXIX 10,3a: B B "D' ¦μ@Ø "AEJZF "F" @Û*,< •BXJLP,<).
83,(6)(7)(8), que se convierte así en verdadero objeto de la laudatio.
Sobre la retórica del Panegyricus, que no se atiene rigurosamente a los preceptos, pero que manifiesta un uso de los tópicos laudatorios, v.
22 La moderatio en relación con la temperantia es tratada como tópico en Part.
En obras filosóficas moderatio y temperantia son aspectos diversos de la μ, JD4, así De Offic.
II 60,73, donde la primera se refiere a la conducta externa y la segunda a los principios.
En III 116 son manifestaciones diversas de una misma virtud.
Menandro el Retórico fundamenta precisamente la laudatio de la temperantia en el $"F4846`H 8`( sobre los tópicos del matrimonio casto tanto del emperador como de sus antepasados -la mención de la esposa es por tanto necesaria-, y de la moderación en espectáculos el juicio, como era el caso de los elogios anteriores.
El elogio se debe referir necesariamente a las tres, incluida Agripina, dada la unidad del párrafo.
(146-151) Elogio de sus hijos y de su hermano Tiberio Claudio: su dolor no ha excedido la justa medida, hecho que se debe sin duda a la educación recibida de Tiberio y Julia.
La propuesta de Mesalino es una sentencia secundaria, introducida una vez que ya había sido aprobado el cuerpo principal del senadoconsulto, técnicamente de carácter judicial.
El motivo en el que el senador fundamenta su alabanza de la familia imperial es la moderatio de cada uno de sus miembros.
Los paralelos de este tipo de alabanza que se hallan en los panegíricos 21 y el architexto de la preceptiva epidíctica acerca de la moderatio, como parte de la temperantia en las clasificaciones per species uirtutum, no indican necesariamente que SCPP 136-146 responda a un patrón retórico específico.
Propiamente lo que prueba una influencia cercana de la preceptiva son las amplificationes de Mesalino acerca de la moderatio de Agripina, Antonia y Livia.
El senador alaba su moderatio de la domus en el luto por Germánico y durante el proceso de Pisón y añade específicamente para estas tres feminae la fidelidad matrimonial (y la fecunditas en el caso de Agripina), lo cual tenía un uso extensivo en la literatura encomiástica y consolatoria, como manifestaciones de la moderatio 22.
EM LXX 1, 2002 27 La intervención retórica de estas líneas se aprecia en la estructura temática, evidentemente no en el estilo, v.
MEFRA 104, 1992, pp. 871-916, Ead., «À propos de la tabula Siarensis: le sénat, Germanicus et la domus Augusta», en J. González (ed.), Roma y las prouincias: realidad administratiua e ideología imperial, Madrid, 1994, pp. 39-83 y Tabula Siarensis (n.
Germánico y Tiberio como trasfondo de la moderatio familiar 27.
El senado asume la propuesta y la recoge en la redacción final dentro del conjunto de las demás sentencias.
Con ello queda desdibujada la unidad interna temática de la intervención de Mesalino y puede parecer que las virtudes atribuidas por el senado no respondan a una estructura conceptual coherente.
Es cierto que la moderatio-temperantia en SCPP 133-146 no es parte de un canon completable con otras virtudes mencionadas a lo largo del senadoconsulto.
Ahora bien, es preciso tener también en cuenta que en la adscripción de cualidades virtuosas a la familia Julio-Claudia a lo largo de los textos senatoriales han influido modelos retóricos, y no únicamente el nuevo sentido que adquieren las uirtutes oficiales en el Principado 28.
A diferencia del decreto sobre el arco en Roma, algunas propuestas honoríficas del año 19 no se han conservado más que en la ley comicial subsiguiente, de modo que no reflejarían una impronta retórica, dado que la versión definitiva de la rogatio reelaboró las sentencias más profundamente que el senadoconsulto.
No obstante, la técnica oratoria intervino también en la inuentio y, en consecuencia, el contenido de los parágrafos de la ley puede mostrar ocasional e indirectamente una elaboración oratoria en las sentencias originarias.
Uno de estos parágrafos puede servir de ejemplo.
En consideración a sus cualidades 29, Druso y su hijo Germánico fueron honrados por el senado con sendos retratos entre los de los oradores, que se en-30 Texto según Tabula Siarenis (n.
1); se indican mediante | los cortes de línea de la tabula Hebana.
Inlustris ha de referirse necesariamente a las cualidades oratorias, aceptando la hipótesis de Weinstock para corregir f j a k cundi en la línea 16; sobre esta problemática, v.
32 Ésta es el segundo apartado de las laudationes póstumas que siguen una sucesión cronológica: v.
El tópico es contraban en la Biblioteca del templo de Apolo en el Palatino.
Reflejo de esta propuesta en el senadoconsulto original es Tac.
II 83.3, donde Tiberio modera el exceso de la propuesta: cum censeretur clipeus auro et magnitudine insignis inter auctores eloquentiae, adse rauit Tiberius solitum paremque ceteris dicaturum: neque enim eloquentiam fortuna discerni et satis inlustre, si ueteres inter scriptores haberetur.
La sentencia, modificada según el parecer del princeps, queda reflejada en la ley, TS IIc,13-17=TH,1-4 30:
Y que en el Palatino, en el pórtico que está junto al templo de Apolo, en el templo en el que suele reunirse el senado, se coloquen [entre] los retratos de los varones de elocuente talento 31, retratos de Germánico César y de Druso Germánico su padre natural [y hermano] de Tiberio César Augusto que fue también de facundo talento, sobre los capiteles de las columnas [del] frontón con el que se cubre la imagen de Apolo.
El honor se fundamenta en la memoria, como revivencia visual del difunto.
Pero, de acuerdo con los datos conservados, no hay una tradición específica para las honras póstumas a la elocuencia: a diferencia de otros honores concedidos, en este caso falta el punto de referencia de uno semejante decretado para Augusto, Druso o Gayo y Julio Césares.
Fundamento de esta decisión pueden ser las connotaciones políticas que adquirirían los retratos en el complejo augústeo del Palatino.
Sin embargo, no se puede perder de vista que la propuesta originaria fue presentada en una intervención senatorial.
Ésta adopta modos demostrativos, que se adaptan al deseo de mostrar la propia lealtad hacia la familia imperial.
El tema elegido es un tópico en íntima relación con el tenor ejemplar de vida y con la educación del personaje laudado: la aptitud para las artes liberales y su gusto por las letras 32.
EM LXX 1, 2002 explotado también en el subgénero consolatorio: cfr.
Es la tradición griega la que principalmente trata este aspecto y resulta difícil encontrar tanto en la teoría como en las laudationes latinas menciones de la educación del personaje.
A partir de época imperial aparecen referencias en el ámbito latino al gusto por las artes liberales o al carácter sociable.
Probablemente los manuales retóricos no responderían a una tradición unitaria y no todos considerarían este elemento como unidad por sí misma: W. Kierdorf, Laudatio Funebris (n.
La sociabilidad de Germánico es prácticamente tópica en la tradición: cfr.
Sobre el papel de esta unidad temática en los Panegíricos, v.
33 Lo cual serviría como prueba adicional para corregir f j a k cundi.
Este es el sentido de las referencias al talento de Valerio Mesalino en Ov.
Tanto si imago tiene sentido de totalidad como si lo tiene de parcialidad (J. Ginsburg, «In maiores certamina: Past and Present in the Annals», en T.J. Luce y A.J. Woodman (eds.), Tacitus and the Tacitean Tradition, Princeton, 1993, pp. 86ss.), Tácito se está refieriendo al talento retórico "compartido" por padre e hijo.
Cercano en lenguaje a la ley Valeria Aurelia 33, Cons.
A diferencia de la rogatio, en el Epicedion Drusi se separan la excelencia oratoria (facunda... ora) del talento en general, que es fundamento de la facundia de toda la domus (pectoraque, ingenii... domus).
La asociación entre padre e hijo viene dada en este punto por el propio sentido de ingenium, como talento heredable del que participa toda la familia 34.
Así, como en el caso de la alabanza a la moderatio en el senadoconsulto de Pisón, el honor atribuido a Germánico es utilizado como medio para referirse al conjunto de la domus imperial.
La reconstrucción del discurso pronunciado realmente es a todas luces imposible, dado que no se conserva la parte correspondiente en el senadoconsulto.
Ahora bien, sobre la base de que la intervención senatorial estaba elaborada temática y estructuralmente según pautas retóricas, se puede suponer que ésta comenzaría con una cláusula causal expandida introducida por cum (cum Germanicus...) en la que se explicaría que había sido eximio orador, como parte de su excepcional educación y talento heredado (facundi ingenii...), hecho que compartía con su padre (Drusus Germanicus pater eius naturalis frater Tiberi Caesaris Augusti) y por tanto el senador proponía colocar sus retratos entre los 35 Según interpretación de C. Nicolet, «La tabula Siarensis, la lex de imperio Vespasiani et le jus relationis de l 'empereur au sénat», MEFRA 100, 1988, pp. 827-866.
Vid. asimismo acerca del procedimiento per discessionem, A. O*Brien Moore, «Senatus consultum», en RE Suppl.
36 Un paralelo en Gelio de esta oposición entre el consensus y res dubia se puede encontrar en III 3,3: quoniam dubiosae non erant, set consensu omnium... de los oradores famosos (censeo uti... inter imagines uirorum inlustris ingeni... imagines ponantur).
En síntesis, la elección de honores recogida en la tabula Siarensis no se lleva a cabo únicamente según los conceptos de memoria y luctus y según la tradición de los anteriores decretos de honores póstumos.
La temática de ciertos honores indica además que el documento es elaborado sobre intervenciones con marcado tono eulogístico y cuyo contenido dependía, por tanto, de tópicos que provenían de la práctica epidíctica.
Tanto uno como otro senadoconsulto incluye una fórmula final poco usual, que indica que las propuestas fueron aprobadas per relationem: TS IIb 30-31: H(oc) s(enatus) c(onsultum) per relatio/nem secundam factum est unum; SCPP 173: Hoc s(enatus) c(onsultum) factum est per relationem solum.
La expresión indica que a lo largo de las sesiones hubo unanimidad y que los decretos fueron aprobados sin necesidad de recurrir a una votación pormenorizada 35.
En estos casos, el senadoconsulto es denominado oficialmente per discessionem (es decir, por voto inmediato) y una vez en Aulo Gelio per relationem, con una formulación que aporta un importante matiz para la comprensión del tono de estos documentos 36: Gell.
22), pp. 32ss. y 71ss.; G.A. Kennedy, «The Genres of Rhetoric», en S.E. Porter (ed.), Handbook of Classical Rhetoric in the Hellenistic Period (330 B.C.-A.D. 400), Leiden, 1997, pp. 43-50; Ma I. Gómez Santamaría, «Notas sobre el genus demonstrativum en Quintiliano», en T. Albadalejo, E. del Río y J.A. Caballero El primero de los dos pasajes menciona que si la materia es cierta y no ofrece duda, habrá unanimidad en el plano del procedimiento legal con manifestaciones en el modo de aprobación de los textos.
La mención del carácter dudoso de la materia nos remite al problema de la definición de los géneros oratorios.
La tradición retórica, que estaría presente en la educación tanto de los redactores como de los oyentes de los decretos de los años 19 y 20, no era del todo unitaria, pero la división tripartita atribuida a Aristóteles es dominante 37.
Quintiliano añade a la definición el criterio del carácter dubium o certum de la materia.
Esta formulación, que en principio sería aportación originaria, es consecuencia de la división griega entre árbitro y espectador, es decir, entre una consideración activa o pasiva de la actitud del oyente: si la materia era un asunto todavía por decidir (dubium), el discurso se adscribía al genus iudiciale o al deliberatiuum, dependiendo de su carácter pasado o futuro respectivamente; en cambio, si el asunto era algo comúnmente aceptado (certum), al genus demonstratiuum 38.
Quintiliano mismo, sin embargo, notaba que la división no era del todo convincente, y en Inst.
III 4,16 concluye del siguiente modo:... celeri magis ac rutunda usi distributione quam uera.
La clasificación es una definición negativa, que ya estaba presente de forma diferente en la tradición griega.
Propiamente tanto Isócrates, como el propio Aristóteles o la Retórica a Alejandro, consideraron el (X< ¦B4*,46J46`< no como el género propio de la alabanza, sino como el género opuesto a la praxis o aquél en el que no hay controversia, •(f<,.0J,Ã< o •μN4F$0J,Ã< 40.
Así, será epidíctico todo texto oral o escrito que no tenga como |
Este trabajo ha sido realizado dentro del proyecto "Diccionario médico latino medieval y renacentista", financiado por la DGYCIT (PB97-0398) y es complementario dentro del mundo griego del trabajo de E.
Será más tarde la biología aristotélica (s. IV a.
C.), en la Historia animalium, completada por el De generatione animalium y el De partibus animalium, de tanto influjo posterior 3, la que desarrolle con más intensidad la anatomía y la fisiología de la mujer, no sin tensiones y polémicas, como ocurrió con esa supuesta existencia de dos tipos de semen, uno masculino y otro femenino, y con la consiguiente cuestión sobre si la concepción es el resultado por igual de la mezcla de ambos, como se postula en el Corpus Hippocraticum, o, por el contrario, como opina Aristóteles, la mujer no tiene semen propiamente dicho por razones como éstas: muchas veces la hembra concibe sin haber tenido placer en el coito o bien, aunque tenga placer, no concibe, porque no tiene menstruaciones (De gener. anim.,I 19.
727b); además, si expulsara semen en el coito, tendría dos secreciones espermáticas a la vez, es decir, semen y menstruación, por lo que su papel en la concepción es el de proporcionar la materia, el campo en el que se desarrolla la simiente masculina 4. han sido suficientemente explicadas en S. Byl, Recherches sur les grandes traités biologiques d ́Aristote, Bruselas, 1979, pp. 136-152, y P. Manuli, «Fisiologia e patologia del femminile negli scritti ippocratici dell 'antica ginecologia greca» en M. D. Grmek, ed., Hippocratica.
Actes du Colloque Hippocratique de Paris, París, 1980, p.
Estas ideas se encuentran desarrolladas en el estudio de H. von Staden, Herophilus.
La ginecología de base hipocrática se desarrolló todavía más en la escuela alejandrina (ss.
C.) con la investigación de estudiosos de la anatomía y de la fisiología de diversa orientación metodológica, como es el caso del dogmático Herófilo, quien desarrolla la idea novedosa de la existencia de dos testículos productores de semen también en la mujer (es decir, los ovarios), además de los canales espermáticos (es decir, las hoy conocidas como "trompas de Falopio") que lo transportan para su eyaculación, todo lo cual conocemos gracias al testimonio de Galeno en De semine 2.1: 8Hrófiloj dè oÐk oμd' Ápwj šktòj škxeîsqai fhsi tò tÔn qhleiÔn spérma kaítoi ge perì tÔn 3⁄4rxewn 'kribÔj oegraye tÔn kat' aÐtàj šn tÔ7 trítw7 tÊj'natomÊj, šn'rxÊ7 mèn ödè pwj e±pÓn: "špipefúkasi dè tÊ7 mÉtra kaì dídumoi šk tÔn plagíwn, šc ¡katérou mérouj, šp' 1⁄2lígon diaférontej tÔn toû ƒrrenoj...
Será en Roma, en el siglo II d.C., donde los problemas planteados por la ginecología reciban un tratamiento extenso, aunque en modo alguno uniforme.
El primer autor destacado es Sorano de Éfeso, quien, desde la perspectiva de la escuela metódica, rechaza en su Gynaecia (III, 1-5) la distinción cálido-frío o húmedo-seco y, por lo tanto, la fisiología de corte hipocrático, para tratar la patología de la mujer de modo semejante a la del hombre, salvo lo que por naturaleza es propio de ella y que es el objeto de su obra 6.
El segundo autor importante es, por supuesto, Galeno, quien, aunque no nos legó un tratado específico sobre ginecología, dedicó a esta materia mu- D. Gourevitch, París, 1984.
Conde, «Sobre nombres y funciones...», art. cit. 10 V. D. Jacquart-Cl.
Bologne, La naissance..., ob. cit., pp. 47-50. chas páginas de algunas de sus obras, como De usu partium, el citado De semine, De uteri dissectione, De septimenstri partu, De foetus formatione, etc. En ellos se basa en los principios del hipocratismo, pero ofrece una síntesis propia que recoge la teoría de que tanto el varón como la mujer poseen testículos y semen, así como que éstos son por igual necesarios para la concepción; pero, a juicio de Galeno, la parte femenina, más fría y húmeda por naturaleza, por oposición al calor y a la actividad del varón, ocupa un lugar pasivo frente a la función "creadora" del semen masculino 7.
Es éste el corpus sobre el que se va a sustentar la ginecología medieval latina y árabe como, más tarde, la renacentista, aunque cada una de ellas aportaría su propia síntesis.
Seguirán oyéndose con fuerza los ecos de la polémica entre la biología aristotélica y la ginecología hipocrático-galénica sobre la existencia de las dos simientes y sobre el papel que desempeña la mujer en la generación; lógicamente, habrá repetidos intentos de conciliar, mediante hábiles recursos escolásticos, ambas posiciones encontradas 8.
Pues bien, en esta situación en la que la ginecología se configura como una especialidad independiente sin el paralelo de una andrología autónoma, lo llamativo es que en esa ginecología la anatomía y la fisiología se desarrollaron tomando como modelo la anatomía y la fisiología masculinas 9.
Se establece en múltiples ocasiones una relación estrecha entre la anatomía masculina y la femenina según la concepción general de que la anatomía del aparato reproductor de la mujer se describe por referencia al del varón: es éste el que constituye la norma, el modelo, por comparación con el cual la anatomía de la mujer parece, por así decirlo, el negativo, y es, por tanto, algo secundario respecto a aquél; ello da pie a la consideración de la mujer como ser incompleto o imperfecto: su calor, su tamaño y su función serán siempre inferiores respecto a los del varón 10.
En efecto, la idea de Aristó-11 Versión de J. Pallí, Aristóteles.
Investigación de los animales, Madrid, 1992, p.
13 Ofrecemos entre corchetes el nombre científico de cada parte anatómica citada según los actuales nomina anatomica, que hemos consultado en H. Feneis, Nomenclatura anatómica ilustrada, Barcelona, Madrid, etc., 1994 3. teles en Hist. animal.
("En las hembras todo está naturalmente dispuesto de la misma manera.
En efecto, la única diferencia de los órganos internos concierne al útero...") 11, que es la conclusión que surge como resultado de la comparación de la anatomía masculina y femenina, conoció un gran influjo en la medicina.
Esa concepción anatómica, que contaba con el precedente del Corpus Hippocraticum con su afirmación de la existencia de las dos simientes, una masculina y otra femenina, mantuvo su vigencia y se reforzó, incluso, en las ideas sobre anatomía y fisiología femeninas defendidas por Herófilo y Sorano, aunque fue Galeno quien le confirió su expresión más completa y definitiva, tanto en De semine 1 ss.
Galeno llega a precisar, a continuación, la correspondencia de cada parte anatómica del varón con las de la mujer: la matriz [Uterus ] 13 La traducción de Kühn es: Intellige autem mihi prius uirorum pudenda inuersa simul et inter rectum intestinum ac uesicam intro se recipere.
Tales ideas volverían a entrar con fuerza en Occidente siglos después por medio de las traducciones al latín de las obras de los grandes médicos árabes, sobre todo de dos de ellas: el Pantegni y el Canon.
La primera es una obra de `Ali ibn Al-'Abbas (siglo X), conocido como Haly Abas, que fue traducida a finales del siglo XI por Constantino el Africano; fue el tratado médico de mayor influencia en la medicina medieval hasta la traducción del Canon de Avicena.
Así, Galeno llega a la conclusión final (šn gàr oÐdèn šsti e×reîn mórion šn toîj'ndrásin peritteûon,'ll' § tÈn qésin mónhn šchllagménhn: OE gàr oendon taîj gunaicì, taût' oecw toîj'ndrásin) 15, de manera que la diferencia entre los órganos generativos radica en su posición y no en sus mismas partes, puesto que las del varón están hacia fuera y las de la mujer hacia dentro, debido al temperamento predominantemente cálido de la complexión masculina 16.
"testículos" de la mujer (Theor.
El Canon, de muy superior difusión, es la obra magna de Ibn Sina o Avicena (siglo X), y, en general, se acepta que fue traducido por Gerardo de Cremona en el Toledo de la segunda mitad del siglo XII.
Su descripción de la anatomía reproductiva de la mujer coincide con las ideas generales que hemos visto en Aristóteles y Galeno.
17 Para el mundo latino, cf. E. Montero-P.
Conde, «Sobre nombres...», art. cit. 18 En el texto de Herófilo, por ej., que cita textualmente Galeno en De semine 2.
1 (IV 597K.), toda la descripción está hecha en paralelo con la del hombre mediante la reiteración de la fórmula ñsper tÔ7 ƒrreni, exactamente igual que hace Galeno (en De usu partium 14.6, IV 158-60K., y en De semine 1 ss., IV 593 K.).
Para mayor precisión anatómica y para los aciertos reales de Herófilo, véase la sugestiva exposición de H. von Staden, Herophilus, ob. cit., pp. 167-169.
Esta doctrina de la similitud inversa de los órganos de la reproducción y la constitución de la anatomía y de la fisiología femenina a partir de la masculina tuvo también consecuencias directas en la denominación de estas partes comunes.
Y así ocurre en elementos fundamentales de la reproducción como son los testículos, el semen y los vasos espermáticos que transportan el semen 17.
En el mundo griego es Herófilo, siguiendo la tendencia del Corpus Hippocraticum y de Aristóteles en explicar la anatomía y la fisiología femeninas a partir de la analogía de los órganos masculinos 18, el primero en proponer la existencia de dos testículos en la mujer como productores del semen femenino y de dos canales espermáticos (las trompas de Falloppio) que llevan ese semen al útero en el momento del coito para la concepción, como recoge Galeno en el texto que hemos citado al principio (De semine 2.1; IV 596 K.) 19.
Dicho texto nos indica que cada uno de los dos vasos seminales que transportan el spérma se llama spermatikòj póroj, así como que los testículos de la mujer reciben el nombre de dídumoi, término que alude a su condición de gemelo, a diferencia de los masculinos que se seguirán llamando 3⁄4rxeij, expresión habitual hasta entonces que alude a su forma.
Según la indicación del propio Galeno (De usu partium 14.11), es una novedad de Herófilo la utilización de dídumoi para los testículos femeninos, reservando en alguna medida 3⁄4rxeij para los masculinos.
Con esta base, la innovación de Herófilo parecía acertada, dado el carácter gemelo de los testículos, lo que permitía, además, diferenciar léxicamente los productores del semen femenino del masculino.
Por ello, tuvo eco en la medicina, con una distribución tan peculiar y propia, que podemos afirmar desde un principio que dídumoi se convirtió en un tecnicismo de la medicina.
1) Así es como lo encontramos empleado, analizando ahora solamente su fortuna en los textos médicos 21, ya en Rufo de Éfeso (ss.
C), como término habitual de los testículos del varón en De satyriasmo et gonorrhoea (8.2; 9.1; 9.4; 10,2, etc.) y en De partibus corporis humani.
Pero el texto quizá más significativo en este sentido sea su De corporis humani appellationibus (104.1; 185.2, etc.), texto en el que manifiesta un profundo conocimiento de Herófilo 22, al que cita en ocasiones como 186.4, donde denomina dídumoi a los testículos femeninos.
Sin embargo, en una ocasión (105.1) nos informa de que, en su competencia lingüística, no encuentra diferencia alguna entre dídumoi y 3⁄4rxeij a la hora de designar los testículos: TÔn dè didúmwn tò didúmouj dè § 3⁄4rxeij kaleîn oÐdèn diaférein, con la Henricus Stephanus en su Dictionarium medicum, París, 1564, traduce así este texto de Rufo: «4Osxeoj (scrotum) ea cutis est qua dídumoi (id est, testes) ad uerbum, gemini, inuoluuntur. dídumoi autem aut 3⁄4rxeij appellare nihil interest». salvedad, no obstante, de que Rufo se refiere en esta ocasión a los testículos masculinos 23.
Esto, en efecto, ya se observa en Dioscórides, un autor farmacológico casi contemporáneo, quien, aunque en alguna ocasión emplee 3⁄4rxeij (4,68,4), utiliza dídumoi habitualmente para los testículos del hombre (1.103.3; 1.112.3; 2,105,2; 4,78,2, etc.), pero en una ocasión (2.24.2) menciona los testículos del castor de modo indiferente con dídumoi y 3⁄4rxeij: šklégou dè'eì toùj sunnezeugménouj 3⁄4rxeij šk miâj'rxÊjadúnaton gàr dúo fúsaj šzeugménaj šn ¡nì ×méni e×reînkaì tò šntòj oexontaj khroeidéj, barúosmon, brwmÔdej, drimú, dhktikón, eÑtripton, diafrassómenón te sunexÔj fusikoîj ×mési. doloûsi dè tinej aÐtó,'mmoniakòn § kómmi sumpefuraménon a1mati kastoríw7 šgxéontej e±j fûsan kaì chraínontej máthn dè ¶storeîtai Áti diwkómenon tò zÔ7 on'pospâ7 toùj dídumouj kaì ßíptei.
Poco después, Sorano en su Gynaecia (1,12,1-3), con fuerte influjo también de Herófilo, habla siempre de dídumoi refiriéndose a los testículos femeninos.
Sólo en una ocasión (2,40,5), se sirve del mismo término (pues nunca aparece 3⁄4rxeij en su obra) para indicar con toda precisión los testículos de un niño.
Esto nos indica de nuevo el uso polivalente de dídumoi.
Sin embargo, observamos que Galeno, en el texto citado de Herófilo (De semine 2,1; cf. supra) llama a los testículos femeninos 3⁄4rxeij, mientras que el nombre que aparece en la cita de Herófilo es dídumoi.
Galeno, en efecto 24, emplea spérma para ambos sexos, expresión que también aplica a los vasos seminales, normalmente con'ggeîa (como también Rufo, De corporis humani appellationibus, 185-6, pp. 158-9), pero a los testículos tanto masculinos como femeninos los denomina generalmente 3⁄4rxeij.
Galeno, en nuestra opinión, no siguió en general en esta terminología a Rufo ni a Sorano, sino que la utiliza como si fuera sólo exclusiva de Herófilo.
En efecto, en referencias a este autor, como, por ejemplo, en De usu partium 14.11 25, Galeno manifiesta expresamente que él utiliza 3⁄4rxeij frente al dídumoi de EM LXX 1, 2002 26 XIX 29.5 K.: de matrice et fetibus et de testibus, quos geminos appellat (sc.
La metáfora es un procedimiento habitual en la medicina para la creación de nuevos términos; cf., por ej., W. van Rijn -G. van Tongeren, Methaphors in Medical Texts, Amsterdam-Atlanta, 1997.
Herófilo; y recordemos que en De semine 2.1, la cita de Herófilo, en la que el término empleado es dídumoi, viene rodeada del comentario de Galeno en el que sólo se usa 3⁄4rxeij.
Parece, pues, que, aunque es verdad que Galeno emplea en ocasiones dídumoi para los testículos de la mujer al modo de Herófilo (como parece, por ej., en De uteri dissectione, II 893,14 K.), sin embargo, lo hace como terminología ajena, y así lo reconoce él mismo en afirmaciones como las que se pueden leer en De libris propriis 3 (perì mÉtraj kaì tÔn knouménwn kaì perì tÔn 1⁄2rxéwn, oÝj didúmouj 1⁄2nomázei [sc.
En todo caso, en este último texto se reconoce claramente el carácter eufemístico (semnóteron) de dídumoi, que deriva de su carácter técnico y metafórico 28.
Galeno, en consecuencia, recurre a 3⁄4rxeij, con un uso amplísimo, tanto para los testículos masculinos como para los femeninos 29, de modo que parece no seguir la innovación de Herófilo y volver a la tradición establecida en el Corpus hippocraticum (por ej. Generat.
1, 2) o por Aristóteles (así, en Hist. animal.
1, 17), a pesar de que en estos dos autores la función de los testículos se reduce a la de meros receptáculos del semen 30.
Esto es de gran interés, dado el influjo enorme que la obra de Galeno tiene en toda la medicina posterior.
Tras esta situación, resulta necesario analizar los usos lingüísticos de la medicina griega posterior, para ver si persiste el empleo de dídumoi y, de ser así, si se refiere a los testículos masculinos, femeninos o a ambos.
El ecléctico, aunque con afinidades con la escuela neumática, Areteo de Capadocia (ss.
I-II) en su De curatione diuturnorum morborum (2,5,2) se sirve de dídumoi para designar los testículos del hombre y en De causis et signis acutorum morborum 2,3,1 recurre primero a 3⁄4rxeij y luego a dídumoi, lo que parece indicar que también practica el eclecticismo léxico.
44. interesa ver los autores de obras de contenido ginecológico que tienen como fuentes tanto a Sorano como a Galeno.
Además, utiliza indistintamente dídumoi y 3⁄4rxeij para referirse tanto a los animales machos como hembras, incluso en el mismo contexto (12,17 ss.), uso este, en concreto, que recuerda al ya mencionado de Dioscórides 2,24,2, del que puede depender.
Ya en el s. VI, Ecio de Amida, reconoce, entre otros, a Sorano como fuente en su indicación de las autoridades en las que se basa (Iatricorum libri 16,32), aunque parece que lo hace a través de Filúmeno (s. II) 31.
Este autor, en verdad, en las pocas páginas que nos quedan de su obra, emplea en una ocasión dídumoi para hablar de los testículos masculinos (De venenatis animalibus eorumque remediis 33,3).
En Alejandro de Tralles (s. VI) sólo se mencionan los testículos de animales como elemento terapeútico; en esos usos dídumoi y 3⁄4rxeij son sinónimos: en un caso concreto de la fiebre héctica, al recomendar los testículos de gallo, se señala expresamente que a los dídumoi del gallo se los llama 3⁄4rxeij.
Por último, Pablo de Egina (s. VII), aunque influido por Sorano a través de Ecio, sólo habla en su obra de problemas relacionados con los testículos del hombre, para los que la expresión habitual es dídumoi, como se ve en el libro I, caps. 60 y ss., además del cap. 54 de sus Epitomae medicae, donde en dos ocasiones concurre en este uso 3⁄4rxeij, el cual también se aplica a animales en 85,1,7.
2) En los textos no médicos la aparición de dídumoi no es abundante, pero presenta algunos usos que nos informan sobre sus connotaciones.
2.a) Si Herófilo es el primero en utilizar este término en el sentido que analizamos aquí, por lo que los testimonios nos dejan saber, es posible pensar que bajo su influencia haya entrado en los Setenta, la versión de la Biblia al griego, llevada a cabo quizá en Alejandría en el s. III a.C. por judíos Herophilus...,ob. cit.,pp. 231 y 475. helenizados.
En efecto, en Deuteronomio 25,11, una ley establece que en una pelea entre dos hombres, si la mujer de uno de ellos se mete en medio para ayudar a su marido y agarra a su oponente por los dídumoi, se le cortarán las manos como castigo.
Resulta evidente que el término está usado aquí por su carácter eufemístico, en lo que colabora mucho su ámbito técnico, pero también hay que reparar en su uso para los testículos masculinos.
Señala acertadamente a este respecto von Staden 32 que el médico Andreas, seguidor de Herófilo, puede haber transmitido este neologismo de su maestro a los traductores de los Setenta.
En ello le asisten dos razones: que Andreas fue médico oficial de la corte de los Tolomeos en esta época y que este Andreas podría identificarse con el Andreas señalado por Flavio Josefo (Advers.
Iudaicae XII,18,24,50;58) como uno de los encargados de revisar la citada traducción de la Biblia.
2.b) Otros testimonios de su aceptación como eufemismo y como uso para los testículos masculinos nos los proporcionan dos epigramas de la Antología Palatina.
El primero, de Filodemo, escritor erudito y poeta que destacó como epigramático y que vivió en Roma en el entorno de Cicerón.
Pues bien, en el epigrama V 126 (125), sobre el precio de las prostitutas, Filodemo critica a una persona que paga un precio tan exorbitado por una prostituta, que merecería que le cortaran los dídumoi:
No podemos afirmar si hay alguna posible influencia de los Setenta en este epigrama, que recuerda de alguna forma el castigo de la ley del Deuteronomio, pero, en todo caso, esta expresión, gracias a sus connotaciones, confiere al epigrama un tono enfático e irónico.
El segundo epigrama, V 105 (104), pertenece a Marco Argentario, quizá identificable con el declamador Argentario frecuentemente citado por Séneca el Rétor en sus Suasoriae y Controversiae.
En dicho epigrama es posible Como hacen los editores de la Anthologie grecque.
C.) hemos documentado el uso de 3⁄4rxeij en un epigrama que lamenta la falta de vigor sexual en edad avanzada. ver un doble sentido 33 en dos constelaciones que se citan juntas, kuÓn kaì dídumoi, es decir, Can y Géminis, con el posible valor de 'pene' y 'testículos' de ambas expresiones, lo que confirmaría el uso de este término y su valor eufemístico 34.
2.c) También nos hablan de la restricción a 'testículos del hombre' y del carácter eufemístico del término dídumoi algunos otros testimonios.
En primer lugar, se observa que esta expresión fue utilizada por algunos filósofos como Posidonio, Fragm.
C.) y, en el siglo siguiente, Porfirio Tirio, Vida de Protágoras 43,2 y 5, aunque referido en este caso a las partes de los animales sacrificados que no deben comerse.
Entre ambos, Justino Mártir, filósofo y apologeta, también emplea dídumoi para los testículos masculinos.
Así mismo, el comentarista de Aristóteles Alejandro de Afrodisias sigue esta línea (Problemata I,125;4,3), aunque es mayor el uso de 3⁄4rxeij, en particular para animales (3,1), si bien en este mismo capítulo lo aplica en una ocasión (3.1.6: Áte dè oÐ xreían oexei pollÊj, toûton perì tò abáskein perì toùj 3⁄4rxeij sunágei tÔn te qhleiÔn kaì tÔn'rrénwn, ðj oestin...) tanto a machos como a hembras 35.
Por último, algunos glosadores, que conocen 3⁄4rxeij, recogen la expresión, como los Scholia in Nicandrum, 586a, o los Scholia in Aristophanem, nub.
978a, cuyo testimonio es relevante por la sinonimia que establecen: a±doíoisi = didúmoij.
2.d) La actitud de los médicos latinos ante este dilema, ya que tenían ante ellos la posibilidad de diferenciar léxicamente los elementos fundamentales de la generación, al contar con los sinónimos testes, testiculi e incluso con el helenismo didymi, fue la de no diferenciar léxicamente los testículos femeninos de los masculinos 36.
En efecto, salvo usos puntuales en el periodo antiguo y en el medieval, el término preferido es testiculi tanto para los testículos de la mujer como para los del hombre.
El Renacimiento, en contraste con la Edad Media, prefiere, en general, testes.
Además, en el Renacimiento, a pesar de la vuelta a las fuentes griegas, no se utiliza la distinción léxica creada por Herófilo, pues didymi sólo se recuerda como glosa, según el gusto de la época, renunciando a la posibilidad de distinguir testículos masculinos y femeninos desde el punto de vista léxico: Alessandro Benedetti, por ejemplo, en su Historia corporis humani sive Anatomice, Venecia 1502, cap. 19, al referirse a los testículos masculinos, recuerda el término griego: Testes, didymi appellati (sc. a Graecis), sin mencionar siquiera que en griego se aplicaba a los testículos femeninos.
Posición más conservadora tienen Leonhart Fuchs y Andrés Vesalio, quienes sólo al mencionar los testículos masculinos indican el sinónimo griego de los testículos femeninos incluso sin trasliterarlo: L. Fuchs, Methodus seu ratio compendiaria perveniendi ad veram solidamque medicinam, Lion, ca.
Será Gabriele Falloppio en sus Observationes anatomicae (1562), pp.112r-v y 118, quien provoque una auténtica revolución, como señala él mismo en p.
117v (cum ea dicturus sim, quae non solum antiquorum et recentiorum historiam redarguunt, sed etiam funditus evertant dogmata quaedam aut saltem titubare faciant), porque no cree en la función de estos órganos, aunque su referencia léxica (testes feminarum) siga siendo la tradicional (f.
Falloppio había dejado atrás los testículos de Herófilo y había "redescubierto" los ovarios.
También fue Falloppio quien cambió la denominación de los conductos que llevan el semen a los testículos o al útero, en la concepción del momento, que en la medicina griega desde Herófilo y Galeno se llamaron spermatikoí póroi / spermatikà'ggeîa y en la latina vasa seminaria, meatus seminarii, etc., salvo los medievales que prefirieron vasa spermatica, porque, a juicio de Falloppio, su descripción correcta es la forma de una trompa (p.
119: Quare cum huius classici organi demptis capreolis, vel etiam iisdem additis meatus seminarius a principio usque ad extremum Cf. la larga discusión sobre ello en Observationes anatomicae, pp. 118 ss.; A. Rouselle, Porneia, ob. cit.,H. Von Staden, Herophilus...,ob. cit., speciem gerat, ideo a me uteri tuba vocatus est), por lo que acabaron recibiendo merecidamente su nombre 37.
Podemos, pues, concluir que en la medicina griega, como luego en la latina a lo largo de sus diferentes etapas, la anatomía y la fisiología de la mujer se configuraron en buena parte a imagen y semejanza de las del hombre, encontrándose en ella los mismos elementos y funciones que en el hombre.
El caso de dídumoi es un ejemplo de ello, porque tienen una función supuestamente paralela a la de los testículos del hombre.
Quizá por ello el intento de Herófilo de dar un nombre diferente a los que creía testículos de la mujer no tuvo éxito nada más que en determinados autores de una temática próxima a la suya.
Tenía en contra, en verdad, factores de peso (además de que ya desde el s. I a.
C. Dioscórides fue el primero en emplear este término para los testículos de los animales machos, en lo que le siguieron Oribasio y Alejandro de Tralles).
En ello tuvo mucho que ver la elección léxica de Galeno, que apostó por 3⁄4rxeij.
Era, por otro lado, un término de ámbito técnico y muy especializado, cuyo uso se restringía a los ginecólogos interesados en distinguir entre esperma masculino y femenino.
Nada tiene, en consecuencia, de extraño que, pronto, tanto los médicos que no creían en la existencia del semen ni, por lo tanto, de los testículos femeninos, como escritores no médicos en general, en particular filósofos, gramáticos e incluso algún que otro poeta a los que no les interesaba tal distingo, recurrieran a él como tecnicismo y eufemismo para referirse a los testículos del hombre en general sin más.
En ello siguieron el ejemplo de Rufo de Éfeso, cuya innovación hay que valorar en lo que se merece, al menos en el plano léxico, en el mismo nivel que la de Herófilo.
Sorano, en verdad, al igual que Galeno, con las restricciones indicadas en este autor, siguió utilizando dídumoi para los testículos de la mujer, uso que persistió sólo hasta Oribasio.
Desde entonces, dídumoi sólo se aplicó en medicina a los testículos del hombre.
Así es como dídumoi pasó al Renacimiento, para cuyos autores, grandes conocedores de los textos griegos, era una expresión técnica griega sinónima de los testes masculinos. |
co representante de la rama histórica del judaísmo helenístico, si exceptuamos fragmentos conservados en otros autores como Eusebio y Clemente de Alejandría.
La aportación de los traductores en esta empresa no es pequeña y, en concreto, la de José Vara Donado en estos volúmenes de las Antigüedades tiene gran mérito.
La traducción va precedida por un cuadro cronológico que llega hasta el año 96 de nuestra era, año de la muerte del emperador Domiciano.
Le sigue una breve Introducción (pp. 9-22) con tres capítulos: el primero sobre la vida de Josefo, el segundo sobre las Antigüedades y el tercero de información bibliográfica (algunas obras como la de P. Villaba i Varneda, The Historical Method of Flavius Josephus, Leiden, 1986, se echan de menos).
Cada libro se inicia con el resumen de su contenido, que sirve de base a uno de los dos sistemas con que se divide el texto: el que numera por capítulos, comúnmente en números romanos, y por párrafos, comúnmente en arábigos.
Este sistema convive con el más sencillo y más empleado: los libros en romanos y versículos correlativos de principio a fin en numeración arábiga (que en esta edición sólo aparece al comienzo de párrafo).
Aquí la numeración romana de los capítulos se presenta en arábiga, va detrás del encabezamiento de párrafo, donde también figura la correspondencia bíblica, y en muchas ocasiones se omite el 1 del primer párrafo del capítulo (cf. libros XVIII a XX).
La dificultad para localizar los pasajes es grande, pues al hecho de no haber numerado todos los versículos se han añadido otras inconsistencias: en las notas se citan en arábigos (otros más) los libros de las Antigüedades, no así los de la Guerra judía, y se dice capítulo cuando se da el número del versículo; en el índice no, aunque las muchas comas (en el texto son puntos) no contribuyen a la claridad.
La traducción de J. Vara Donado mantiene el ritmo de la construcción griega propia de Josefo, de frase larga y artificiosa.
En ocasiones llama la atención la excesiva literalidad con que se ajusta al léxico original (p. ej.
«Pues fue entonces la primera vez que dotó al Templo de víctimas para degustar», p.
Es, sin embargo, a través de esa fidelidad al estilo del autor como mejor pueden percibirse los matices de su personalidad y de su pensamiento.
Tanto la identificación como la transcripción de los nombres propios son un escollo en las obras de Josefo.
Concretamente los nombres bíblicos no se ajustan siempre a las formas hebreas, quizá porque reflejen alguna fase de su pronunciación o porque hayan sido modificados en el proceso de transmisión.
J. Vara tiende a transcribirlos según su forma griega, si bien no todos (p. ej. 9Abigaía aparece como Abigail, que es su nombre bíblico, y no Abigaya, transcripción que aparece en el índice), por lo que algunos personajes son difíciles de reconocer; p. ej. Jeus (no Jesús, como figura por error en el número 5 del resumen del libro IX), transcripción de 9Ihoûj (faltaría el acento), es Jehú, el rey de Israel de 2 Reyes; e igualmente Otlia (también sin acento, y en IX 150 Otilia), transcripción de 9Oqlía, es Atalía, la reina de Judá de 2 Reyes 11, y Jodas (en el índice Jodaus), es Yehoyadá, el sacerdote que ordena su muerte.
Casos así habrían merecido una nota.
La formación clásica del traductor se manifiesta en la distribución de las notas, más numerosas a partir del libro XII donde comienza la época helenística, en contraste con la parte bíblica en que apenas figuran.
Son importantes los problemas que presenta el índice de nombres.
En primer lugar, la dificultad para localizar los pasajes que ya he indicado.
Por otra parte, como también he dicho, son
La extensión de esta obra y su complejidad, tanto histórica como filológica, bien merecen que se le preste la debida atención, como testimonio singular del judaísmo helenístico, pues la personalidad de Josefo, rebuscada y oportunista, le llevó a escribir una amplia producción literaria cuyos objetivos fueron el engrandecimiento del pueblo judío frente al mundo romano, por una parte, y la justificación de su propio comportamiento, por otra.
La historia narrada en las Antigüedades comienza con la creación y finaliza en el año duodécimo del emperador Nerón.
Hasta la mitad del libro XIII, de los XX en que está dividida la obra, Josefo sigue con mayor o menor fidelidad la narración bíblica, si bien intercala episodios extraños a ella, como el de la Carta de Aristeas sobre la traducción al griego del Pentateuco, o relatos históricos de tiempos más cercanos.
Ediciones Akal nos ofrece una publicación que responde a los intereses de un amplio grupo de lectores.
Hasta hace pocos años era reducido el número de traducciones españolas de las obras de Josefo, concretamente de las Antigüedades, y también era escasa la atención que se dedicaba a este autor en los círculos académicos.
Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido un fuerte impulso en el interés que suscita tanto el personaje como su obra.
Interés que se expresa en numerosos trabajos y en grandes proyectos como el «Brill Josephus Project», Flavius Josephus Translation and Commentary, con dos volúmenes publicados (2000)(2001), que está llevando a cabo un equipo internacional, dirigido por S. Mason; o la edición bilngüe iniciada en 1990 por É.
Hasta 1961, en que Luis Farré publicó las obras completas de Josefo (Buenos Aires, Acervo Cultural/Editores), sólo contábamos con la traducción de la Guerra judía de Juan Martín Cordero (1549, reimpresa hasta 1983) y la de J.A.G. Larraya (Barcelona 1952).
De otra de sus obras, Sobre la antigüedad de los judíos también llamada Contra Apión, además de la versión de Alfonso de Palencia (Sevilla 1492) existía la de José Semah Arias, publicada en Amsterdam en 1687, y de los veinte libros de las Antigüedades se había publicado una traducción anónima, también en Amberes, en 1554.
Era necesario, por tanto, ampliar la oferta, y en los años recientes varias editoriales (Alianza, Gredos, Akal) han aceptado el compromiso de difundir la obra de Josefo como úni-grandes las dificultades reales para mantener un criterio sobre la forma de los nombres propios, pero no deberían serlo para mantener la coherencia entre el índice y el texto.
Son demasiados los casos que podría aducir; citaré ejemplos diversos: desembarcadero (sic: minúscula y cursiva), I 3.5, aparece en el índice como Apobaterion; Abira, VI 3.2, como Abía; Abisai como Abesa y Abisa; Eúfrates (sic) como Eufrat; Osabet, IX 7.1, como Josabet; Mariam como Mariame (Mariámh) no en todos los casos, con varias entradas confusas.
Los acentos discrepan en texto e índice: Bánquides / Banquides, Eútico (sic) / Eutico, Magedó / Magedo, Medaba / Médaba, etc. y son erróneos en Filométor, Filopátor, Nicátor, Oséas, etc. También se echan de menos entradas y citas.
Es lástima que a un trabajo tan arduo y tan esperado entre los hispanohablantes no pueda dársele la acogida que merece por causa de factores secundarios que hubieran podido corregirse con una labor editorial más esmerada.
Ma VICTORIA SPOTTORNO Claudii Galeni pergameni Perì yuxÊj paqÔn kaì ‰marthmátwn, ed. I. Magnaldi, Roma, 1999, pp. LXII + 131 Ya es de por sí una alegría la aparición de una nueva edición de alguna de las obras de Galeno, pero en esta ocasión, pienso, debemos felicitarnos porque la nueva edición, que aquí reseñamos, de dos textos bien difíciles no sólo supera la antigua edición de Kühn -lo que, quizá, no sea tanto mérito hoy día-sino que mejora dos buenas ediciones que, producto cada una de ellas del nivel de edición que entonces se tenía, no dejan de ser obra de dos grandes editores conocedores de Galeno, W. De Boer y I. Marquardt, y de dos magníficos centros de edición como son la Biblioteca Teubner y el Corpus Medicorum Graecorum de Berlín.
Ambas han sido, entre otras, las ediciones base para la que ahora nos ofrece la Dra.
Lo que en este libro se nos presenta con un solo título que en nuestra lengua se podría traducir Pasiones y errores del alma son en realidad dos tratados que pertenecen a las llamadas obras psicológicas de Galeno.
Son, como decimos, textos muy difíciles, basados en una tradición muy deficiente, manuscritos con muchas correcciones, lagunas y, a veces, lecturas bastante inciertas.
Magnaldi ha sometido el texto a una revisión detallista, rigurosa, un texto en el cual la autora ha estado trabajando, al menos, desde que en el año 1990 diera a conocer sus primeras conclusiones sobre el texto de parte de este tratado que ahora edita.
Algunos loci desperati siguen sin estar resueltos y en alguno que otro el texto dado, en mi opinión, resulta intraducible.
Se aceptan numerosas conjeturas de las que siempre el texto ha estado necesitado y siguen dominando por doquier las cruces indicando corrupción.
También ha desechado y depurado conjeturas anteriores, innecesarias, que, si no a la ligera, sí se habían hecho demasiado apresuradamente o algo ajenas a la lengua de Galeno.
Todo ello no desmerece, por el contrario pone de relevancia la mucha acribía con la que ha trabajado la autora.
El aparato crítico de esta edición es inmenso y, si no siempre, en esta ocasión creo que es un valor que debemos tener en cuenta, dadas las muchísimas dificultades que se han presentado y el fuerte nivel de conjeturas adoptadas de unos y otros, además de alguna EM LXX 2, 2002 que otra personal.
La edición es rematada con un apéndice en el que aun se recogen palabras suprimidas o añadidas y conjeturas menores de críticos y editores anteriores.
Es difícil reseñar una edición como ésta porque habría que cogerse el texto y traducirlo.
Yo creo de todas formas no necesitar llegar a ello, porque veo en mis suficientes aproximaciones al texto una forma de trabajo muy solvente, segura y que no ha rehuido lectiones difficiliores ni estudiar con mucho detalle interpolaciones, abreviaturas encubiertas, a veces mal leídas por sus predecesores, lagunas y muchos de los otros problemas textuales que presenta el texto.
Y, ante todo, porque ha tratado de ser fiel a los códices, muy especialmente al Laurentianus (ss.XII-XIII) que le ha dado muchas pistas para reconocer errores que venían en el texto desde la Aldina.
No he intentado buscar erratas, pero una que me toca más de cerca me ha saltado rápidamente a la vista: en la cita de las Actas del congreso de Madrid se ha escapado un Madriti que debería ser Matriti (pág.XLVI).
Lisias fue, con mucho, el más prolífico de los diez oradores del canon de la antigua Grecia a juzgar por el número de obras que se le atribuyen: aproximadamente unos 200 discursos judiciales, a los que habría que sumar los epidícticos, deliberatorios, cartas, etc. Ya en la misma Antigüedad, sin embargo, lexicógrafos, críticos, enciclopedistas, etc., tuvieron serias dudas sobre la autenticidad de muchos de ellos, que habrían sido puestos bajo su nombre por mor de la fama adquirida como logógrafo.
No sólo discursos de tradición indirecta, sino también otros de transmisión manuscrita han sido objeto de detallado análisis por sospechas de inautenticidad.
Entre ellos está el Epitafio (II), junto con el Olímpico (XXXIII) transmitido por Dionisio de Halicarnaso los únicos discursos epidícticos de Lisias que hemos conservado.
Ahora bien, mientras que las dudas sobre la autoría lisiaca del segundo son menores, no ocurre lo mismo con el primero, cuya autenticidad han cuestionado estudiosos y editores de Lisias como Blass y Thalheim, frente a quienes, como Hude y Gernet-Bizos, la aceptan.
Pues bien, de los argumentos esgrimidos por unos y otros trata Ferrante en el § 2 de la Introducción (pp. 5-9), después de haber resumido en el anterior el contenido de los otros cinco lógoi špitáfioi que hemos conservado de la literatura griega (Gorgias, Pericles ap. Th., Platón en el Menéxeno, Demóstenes e Hiperides).
Su edición, de carácter escolar, consta, además de la mencionada introducción, del texto griego y un extenso aparato de notas, pero sin traducción.
En las notas predominan los contenidos sintácticos y estilísticos, cuando no se limitan a proporcionar la traducción de pasajes difíciles.
Menudean las citas de loci paralleli, de otras obras de Lisias o de otros autores, lo que contribuye a ilustrar el contenido de dichos comentarios.
Llama la atención la frecuencia de versiones, no al italiano, sino al latín, y de referencias a términos latinos de idéntico significado o construcción sintáctica, al modo de los anti-guos comentarios para estudiantes a los que se suponía dotados de un mejor conocimiento y dominio de esta lengua que de la griega.
Hay en las notas etimologías que más bien parecen superfluas, por su carácter informativo más que aclaratorio.
En conjunto, sin embargo, el comentario cumple holgadamente su función de aclarar al lector los pasajes difíciles del texto.
El infortunio ha querido que la edición haya salido con abundantes erratas tipográficas, a mi juicio excesivas para su extensión.
He aquí el listado completo de las detectadas:
§ 3: omisión de toîj kairoîj delante de toîj toioútoij; § 4: Habría sido de agradecer una mayor atención a este aspecto, en especial en un libro que se supone destinado a ayudar a los estudiantes en el aprendizaje de la morfología y sistema acentual griego.
Las notas de Ferrante están bien seleccionadas y construidas.
Si acaso, alguna he visto que poco o nada aporta al texto en punto a claridad, como cuando en el § 68 explica perì tÊj škeínwn šleuqeríaj con la versión latina pro eorum libertate (¿de quiénes?).
Pero éstas son las menos.
Diré finalmente que para un empleo ágil de la edición se hace incómodo el desajuste de página entre texto y notas.
Por lo que respecta a la bibliografía reseñada en la p.
43, echo de menos algún que otro título, como el de Avezzù sobre el Epitafio en el Marc.
416 (Bollettino del Comitato per la preparazione dell'Edizione nazionali dei Classici greci e latini 27, 1979, pp. 51-67), la tesis doctoral (1981) de Kleinow sobre los catálogos de res gestae que se empleaban en los discursos fúnebres -entre ellos, el de Lisias -, un artículo (en polaco, pero con resumen en latín) de Turasiewicz sobre la autenticidad del Epitafio (Schedae litt., Cracovia 1973, pp. 9-55), dos trabajos más de Walters además del citado (por cierto, bajo la forma errónea Wlaters) 1 En 1991 apareció la de M. J. H. Van der Weiden, The Dithyrambs of Pindar.
Muy reciente está la de los peanes, a cargo de I. Rutherford, Pindar's Paeans.
A Reading of the Fragments, with a Survey of the Genre, Oxford, 2001 (la tengo en mis manos: no es una más de las citas "fantasma" que ha conocido esta esperada obra).
En fin, desde el punto de vista español es doloroso el desconocimiento -¡ojalá no sea más que eso! -de la edición que hizo M. Fernández-Galiano en la colección de autores griegos y latinos Alma Mater, con introducción y notas.
Estoy seguro de que Ferrante habría podido sacar provecho de ella.
El libro, en conclusión, responde bien a las exigencias de un público italiano pre-o protouniversitario con conocimientos básicos del griego.
Animo a su autor a depurar las sucesivas ediciones de los molestos errores tipográficos observados JOSÉ M. FLORISTÁN IMÍZCOZ LAVECCHIA, SALVADOR, Pindaro.
La oleada de ediciones de fragmentos pindáricos de los últimos años nos depara ahora una nueva de los ditirambos 1.
La tarea la ha llevado a cabo un filólogo formado en la Scuola Normale Superiore de Pisa, bajo la guía de F. Ferrari, S. Lavecchia (en adelante L.), que había dedicado ya su "tesi di perfezionamento" al Ditirambo II, compuesto para los tebanos, tal como se recoge en diversos estudios del autor.
Precisamente este punto de partida condiciona la distribución del contenido de la presente obra, claramente descompensada en cuanto a la atención prestada a los fragmentos del poema tebano, frente a la extensión dedicada al resto.
Más de un tercio de la edición (casi 130 de las 300 páginas del total) está ocupado por el texto, aparato crítico, traducción y, sobre todo, comentario del mencionado ditirambo.
La organización del volumen es la siguiente.
Tras la "Prefazione" (pp. 9-10), la introducción (pp. 11-22) y el Librorum conspectus (pp. 23-26) se editan los fragmentos (Dithyramborum Fragmenta, pp. 27-73) con la siguiente ordenación Fr.
II, con la secuencia Frr.
390 y como "Fragmenta dubia" los Frr.
Excluye definitivamente el fr.
Sigue el "metrorum conspectus" (pp. 75-80), del "Index verborum" (pp. 81-88) y la traducción (pp. 89-92: sólo de los fragmentos más extensos y completos).
El grueso de la obra está constituido por el comentario (pp. 93-290), que se completa con un Apéndice (pp. 291-292, a propósito de Aristarco).
301) con una adición bibliográfica comentada.
Los aspectos más positivos de esta edición son, por un lado, la rigurosa revisión que L. ha llevado a cabo de los papiros correspondientes: las observaciones concretas sobre cuestiones paleográficas revelan su claro dominio de esta disciplina, lo que supone una garantía en la elección de determinadas lecturas.
A ello se une el excelente análisis religioso-ritual llevado a cabo en el comentario del ditirambo tebano (y parcialmente en el resto), en el que no se deja prácticamente ningún aspecto sin detallar, con excelente y pertinente apoyo bibliográfico.
En general, hay que considerar muy positivo el punto de partida de L., a saber, la valoración de la importancia del elemento cultual, de la estrecha relación entre ditirambo y teletÉ dionisíaca y de la importancia que adquiere en Píndaro la vinculación de cada composición con el contexto ritual.
El desequilibrio en el tratamiento de los fragmentos se refleja ya desde el comentario al fr.
70a, de muy probable destino argivo.
Frente a las hipótesis de M. van der Weiden 2 acerca de la situación mítica a que hacen referencia las primeras líneas conservadas, L. ha adoptado las agudas observaciones hechas por G. B. D'Alessio en su recensión a la edición de la primera 3.
Es decisivo en su interpretación, en efecto, el fragmento de Ferecides (FgrHist 3 F 12), con la presencia de los Cíclopes junto a Perseo, ya considerado por D'Alessio.
L. asume asimismo su reflexión sobre Forco y la posible referencia a Dioniso en la línea 17.
El problema es que L. apenas discute otras alternativas posibles, ni para las líneas iniciales ni para las que parecen desarrollar el mito.
Además, en comparación con la orientación que seguirá en el ditirambo tebano, apenas informa sobre aspectos del dionisismo argivo, sobre Perseo en Argos (escuetamente) y sobre el carácter indudablemente dionisíaco de la figura de Perseo (algo que sí veremos desarrollado a propósito de Heracles), observaciones que pueden extenderse a aspectos del fr.
Las referencias a loci paralleli, al valor de los epítetos etc. resultan excesivamente escasas.
Por ejemplo, no se entiende que el epíteto bromiádi (l.
11) no merezca el mismo tratamiento que se da en pp. 136-7 al epíteto divino Brómioj y que no se explote su valor en el contexto dionisíaco.
En la línea 15 no le merece al autor ningún comentario la expresión légonti dè brotoí, tan importante en el marco de un poema pindárico en el que constantemente se contrastan e innovan versiones del relato mítico (cf. el difrente tratamiento en Van der Weiden,p.
Por el contrario, hay un mayor despliegue filológico en el análisis del Ditirambo II.
Respecto a la controvertida cuestión de la interpretación del arranque de este poema (aludo a la uexata quaestio de la sxoinoténeia'oidá etc.), comparto en buena medida el punto de vista de L. y sus críticas a recientes propuestas que no tienen en cuenta que las expresiones hacen referencia al canto y la voz y no a la danza.
La utilización de testimonios poético-retóricos en que aparece el adjetivo sxoinotenÉj y la relación establecida con los períodos métricos es razonable.
Sólo una observación: ¿es seguro que debemos entender la forma sxoinoténeia como un adjetivo "anómalo" (frente al usual sxoinotenÉj).
¿Sería demasiado forzado aceptar que es un sustantivo totalmente normal, a modo de "aposición predicativa": "el canto de los ditirambos se arrastraba de las bocas, (cual) tensión de junco"?
O bien'oidà d. como aposición Remito a las observaciones que hice en «Religión griega y lírica arcaica», Actas del VIII Congreso Español de Estudios Clásicos (Madrid 25-28 de septiembre de 1991), Madrid, 1994, pp. 33-79, p.
6 Para una defensa más detallada de este punto de vista, remito a mi ponencia «Le choix du mythe dans les dithyrambes de Pindare», Xth Conference of Boeotian Antiquities, Montréal, 16-20 de octubre de 2000 (Actas en prensa).
("una tensión de junco, el canto de los ditirambos").
A propósito de la anáfora con šn dé (vv.
10 ss.), no me parece necesario subrayar el valor temporal frente al local (p.
Es posible que los dos sean igualmente válidos y que la diferencia sea innecesaria, pero más evidente me parece el valor local ("allí, en ese lugar y situación"), para subrayar el orgiasmo de la fiesta en su materialidad.
Por cierto, que el paralelo del primer ejemplo lírico de esta anáfora (Safo, 2 Voigt, el "ostracon florentino"), cuyo valor local me parece indiscutible 4, está ausente del comentario.
Como es de imaginar, considero plenamente acertada la decisión de L. de editar definitivamente el fr.
346 como parte integrante de este ditirambo, unión que defendí personalmente hace años 5, a partir de propuestas anteriores menos decididas y que ahora aparece muy bien apoyada por el autor.
Su detallado análisis de la adecuación de las expresiones pindáricas al dionisismo místico tebano es excelente, así como el partido obtenido de la aportación complementaria del comentario que aparece en el PSI XIV 1391 (fr.
Sin embargo, no estoy plenamente convencido de la necesidad de que el personaje a que se hace referencia en dicho comentario como sofòn ‰ghtÊra sea Teseo.
El testimonio de Plutarco (quien a su vez hace referencia a otras fuentes que no precisa), aducido por L., destaca por pretender un forzado sincronismo de las acciones de ambos héroes (Teseo y Heracles), con una inclinación filoateniense que parece aquí fuera de lugar.
Más lógico me parece aceptar desde el comienzo del fragmento la presencia de Eumolpo, cuyas virtudes como personaje merecedor de ser el purificador de Heracles son subrayadas.
No encuentro convincente el recurso a admitir un largo espacio de tiempo entre la iniciación y la catábasis 6.
Por el contrario, comparto la opinión de L. de que debemos rechazar el valor locativo de 9Eleusinóqe aceptado por algunos autores.
Es evidente que el personaje aquí aludido "transfiere" los misterios de Eleusis a su propia ciudad, es decir, Heracles los lleva desde allí a Tebas.
También es sugestiva la hipótesis de L. de que se esté aludiendo a la introducción de 3⁄4rgia dionisíacos en el contexto mistérico del culto de los.
El problema, claro está, es la falta de testimonios paralelos sobre el papel de Heracles como introductor de los misterios en Tebas, pero en el contexto de este ditirambo esta posibilidad tiene bastante sentido.
Una novedad de esta edición, que me parece menos convincente, es la adscripción (con dudas) a este ditirambo del fr.
137, hasta ahora considerado (aunque también sin confirmación definitiva) como parte de un treno (fr.
La secuencia métrica, a pesar de estar también en kat'enoplion-epítritos, no parece tener correspondencia con los restos de estrofa y epodo conservados.
Además L. deja sin resolver el problema de la función y ubica-7 Pindarus.
9 Aceptada también por Aurial-Lebec en su edición de Dionisio de Halicarnaso.
10 «El nivel formal en el Fr.
75 de Píndaro: el sonido del Ditirambo», Miscellanea in onore di A. Colonna, en prensa.
11 Son escasas las erratas.
Se ha deslizado alguna confusión de x por k: en p.
19 léase katárxomai; en p.
Parece más razonable mantener la adscripción a un treno.
En cualquier caso, L. atribuye a M. Cannatà-Fera 7, de forma errónea, la opinión de que la expresión diósdoton'rxán se refiere al "inicio de una nueva vida" (p.
De hecho nada en Cannatà-Fera está contra la interpretación de L. de ver aquí una referencia a «un destino migliore dopo la morte» (p.
Mencionaré, por último, en esta selección, el fr.
75, con el célebre comienzo de un ditirambo ateniense transmitido por Dionisio de Halicarnaso (v. pp. 75 ss.).
El comentario es correcto y lleno de útiles observaciones.
Sin embargo, de nuevo cabe preguntarse por qué no se profundiza en el marco del dionisismo ateniense del mismo modo que en el tebano.
En aspectos de mayor detalle, comparto con L. la elección del infinitivo melpémen en la l.
11, pero no considero necesaria la modificación de la partícula té en dé en 13 (Ferrari, frente a Van Groningen) 8 y discrepo de la elección de L. de la forma kissodótan en l.
9: la lectura kissodaÊ es sin ninguna duda difficilior respecto a la anterior 9.
No veo especial dificultad en admitir el significado 'conocedor de' o 'experto en la yedra', en el sentido del que está iniciado en ese secreto y así lo puede a su vez dar a conocer.
Respecto al entorno físico de la interpretación, no hay en principio argumentos concluyentes para decidir si tuvo lugar en la nueva ágora o en el teatro de Dioniso, pero encuentro preferible la segunda posibilidad, por razones de cronología y conceptuales.
No me parece decisivo, para apoyar la primera, la mención de cantos corales en Jenofonte (Hipp.
3, 2), ya que su descripción no hace referencia en absoluto a un agón ditirámbico.
Del mismo modo que la pompé dionisiaca armoniza en sus diferentes momentos la tradición más antigua con el nuevo desplazamiento del rito dionisíaco y del espectáculo a teatro de Dioniso, el presente ditirambo complementa esa función y esa tendencia mediante los motivos seleccionados.
Por último, el presente comentario es una ocasión perdida para poner de relieve la riqueza de recursos fónicos y estilísticos de este fragmento, muy particular en el nivel formal con respecto a los demás conservados.
Pero sobre este aspecto me he manifestado con detalle en otro lugar, al que remito al lector 10.
Las observaciones que acabo de efectuar corresponden en parte a discrepancias o críticas.
Quiero subrayar que, en una medida mucho mayor, podría extenderme en abundantes elogios, que dejo en boca de todo aquel que se sirva de este útil instrumento filológico para conocer mejor la poesía pindárica 11.
EMILIO SUÁREZ Con este título ha publicado J. S. Richardson, autor de un conocido libro The Romans in Spain, una nueva edición, provista de traducción inglesa y amplio comentario, de la Iberiké de Appiano.
Libro bastante desatendido, aunque hay dos nuevas ediciones (de Leidl y Goukowski, 1996 y 1997 respectivamente) tras la de Viereck y Ross (Teubner 1939), con la que me estrené precisamente yo como reseñista en esta revista (Emerita 11, 1940, p.
Con este libro tenemos un cómodo instrumento de trabajo para Appiano y para la conquista romana de España en general.
El texto (sobre el Vat. gr. 141 en primer término, como las demás) y la traducción (solo había una en inglés, la de Horacio White) son nuevos.
Quiero apuntar que en España contamos con la traducción de A. Sancho Royo en su volumen Apiano.
Una pequeña Introducción trata de valorizar a Appiano, bastante poco apreciado entre los historiadores; sin negar sus fallos geográficos (poner a Sagunto al N. del Ebro es el más grave) y cronológicos, señala que muchos de sus datos son irreemplazables y, sobre todo, que juzga los hechos, con frecuencia, de manera inteligente.
También son notables sus juicios políticos: idealización de Escipión, crítica a otros generales.
Hay que entenderlos desde la época imperial contemporánea de Appiano.
Lo más importante, sin embargo, es el comentario.
A ratos es en exceso elemental, pero tiene la virtud de traer a colación, sobre cada pasaje, los datos antiguos paralelos, los de Livio y Polibio sobre todo, y opinar sobre ellos.
Suplementa, a partir de estas fuentes, las lagunas informativas de nuestro autor.
Y aporta bibliografía moderna, aunque con limitación.
Yo echaría de menos, entre otra, mi artículo «La fides ibérica» en esta revista (Emerita 14, 1946, p.
128 ss: trata de la posición de los ilergetes) y el trabajo, tan olvidado como importante, de Ramos Loscertales sobre el origen de las guerras celtibéricas (El primer ataque de Roma contra Celtiberia, Salamanca 1941).
El libro va acompañado de mapas, una bibliografía y un índice de personajes, pueblos y lugares.
F.R. ADRADOS Presento aquí un libro cuya lectura he de reconocer que me ha sorprendido muy gratamente ya que supera con creces los objetivos que el titulo me había hecho esperar.
Se inicia con una bibliografía en la que, como la propia autora nos hace notar, reúne y abrevia las obras nombradas con más frecuencia, remitiendo para el resto, que supone un conjunto muy superior a lo que encontramos en este repertorio, al comentario.
En la Introducción (pp.21-57) nos presenta a los destinatarios de las cartas recogidas en este tercer libro del epistolario, que abarca un período de más de veinte años (entre aproximadamente el 370 y 395), con una gran pluralidad de corresponsales.
La selección de cartas supone, según palabras de la autora, un reflejo de la orientación política de Símaco en estos años.
La edición del texto latino, aunque no crítica, sí ofrece algunas variantes de lectura, o comentarios acerca de la aceptación de determinadas lecturas (p.
121, 194); se ofrece también la versión italiana y unos índices muy completos de rerum memorabilium, autores modernos y fuentes literarias, jurídicas y epigráficas.
La parte central y punto fuerte del volumen la constituye lo que su autora denomina "comentario histórico" que, no obstante el titulo restrictivo que se le da, va mucho más allá de lo que se podría entender que engloba este término.
Efectivamente, en este comentario la autora desentraña escrupulosamente el contenido principal de cada epístola tratando siempre de situar e identificar históricamente a los corresponsales a quienes se dirigen las diferentes cartas o bien a aquellos personajes que aparecen nombrados en las mismas.
De la misma forma se comentan con detenimiento sucesos o acontecimientos descritos o referidos en la narración.
Pero, además, junto a este comentario estrictamente histórico, analiza la temática, muy variada, que se aborda en cada caso y, a través de la misma, va trazando las características del estilo epistolar que se basa en una información al ausente, de diferentes temas cotidianos o culturales, en lenguaje sencillo pero cuidado que introduce, junto a múltiples arcaísmos, neologismos y construcciones sintácticas especiales que la autora identifica y explica proporcionándonos un excelente comentario linguistico y estilístico a través del cual se va trazando el entramado de características que constituyen la lengua de Símaco así como su relación con el entorno y la época en que vive, el siglo IV, que se presenta especialmente fructífero en aportaciones lierarias.
De igual forma, se identifican las fuentes literarias utilizadas.
Todo ello va acompañado de abundantes y oportunas referencias bibliográficas que se intercalan dentro del texto de forma que sólo la Introducción contiene notas aclatorias.
Un inconveniente menor, no disminuye en nada el interés y calidad del trabajo, lo constituye, en mi opinión, la estructura del libro.
Creo que hubiera sido mucho más útil y claro colocar el texto latino a continuación de la introducción, con la traducción italiana enfrentada y, detrás, el comentario a las diferentes cartas.
En conjunto creo que hay que dar la bienvenida a este volumen supone una importante incursión en el epistolario de Simaco que nos permite no sólo profundizar en el conocimiento de este autor, sino también, a través de él, trazar un panorama del siglo cuarto y de las peculiaridades históricas, culturales y lingüísticas de este momento de la latinidad.
Nos ofrece Baschera, aunque él tiene reservas para llamarle así, una nueva edición de los escolios tardo antiguos a las obras de Virgilio conservados en la scriptio inferior de cincuenta folios de un códice palimpsesto, el manuscrito de la Biblioteca Capitular de Verona XL (38), EM LXX 2, 2002 cuya scriptio superior contiene los Moralia in Iob de Gregorio Magno.
Son restos, como indica Baschera, de un códice antiguo escrito en capitales hacia finales del siglo V, tal vez entre los años 476-490, cuyo descubrimiento se debe a Angelo Mai.
Una vez más debemos a este cardenal, descubridor de las parte que conservamos del De republica ciceroniano, la conservación, aunque con reservas, como veremos más adelante, de un nuevo códice, así como la editio princeps de éste en 1818.
El nuevo editor italiano pasa revista a las distintas colaciones y ediciones realizadas en los siglos XIX y XX, desde la princeps de Mai hasta la última de Hermann Hagen incluida en el volumen III 2 de la edición de Servio realizada por Thilo-Hagen y en la que se recogen los escolios a Virgilio de autoría no serviana.
Hace también Baschera una descripción muy completa del códice, estudiando sus caracteríaticas paleográficas y codicológicas.
Tras indicar que la utilización de productos químicos para lograr una mejor lectura ya desde Mai (de ahí mis reservas a la conservación del códice por parte de éste), han destruido partes del manuscrito, por lo que determinadas zonas de éste no ofrecen posibilidad de lectura ni siquiera con las técnicas modernas, el nuevo editor señala para su edición dos niveles: uno actual de las partes cuya lectura aún es posible y otro basado en las lecturas de los editores anteriores, muchas veces corruptas.
Distingue con cursiva y redonda, respectivamente, lo ilegible y lo legible, lo que es de gran utilidad.
La intervención de los escoliastas no es para Baschera muy posterior a la copia del texto y afirma que para su labor dispusieron de la misma fuente que Servio Danielino, lo que no deja de tener interés.
Claudio Baschera ha examinado personalmente todo el manuscrito, consiguiendo en las partes aún legibles lecturas inéditas.
Para indicar la distribución de los escolios en el códice, utiliza las letras a (escolios en el margen superior), b (escolios en el margen inferior), c (escolios en los márgenes laterales) y c (escolios en la interlínea).
El aparato de esta nueva edición ofrecida por Baschera, básicamente positivo, recoge, además de sus propuestas innovadoras, o de sus intervenciones personales sobre el texto basadas en el sentido de éste o en la comparación con otros exégetas de Virgilio, las conjeturas de los editores precedentes.
La edición propiamente dicha está precedida de un índice de Ediciones y subsidia.
Va seguida, además, otros cuatro índices.
El primero de ellos contiene las lecturas inéditas, fruto de la colación realizada por Claudio Baschera, que el nuevo editor considera que tienen relieve textual, veinticuatro en total.
El segundo incluye lugares críticos selectos, en los que Baschera estima haber hecho una crítica mas consistente del texto; las incluidas en el índice son treinta en total.
Todo lo contenido en estos dos índices estaba ya incluido en la parte correspondiente del aparato crítico, por lo que su función es la de destacar de forma más llamativa la labor del editor.
Presenta en el tercer índice las correspondencias y no correspondencias (elimina las repeticiones numéricas de Hagen) de su edición con la de Thilo-Hagen y el último y cuarto índice es el de nombres y cosas notables tanto latinos como griegos.
La obra se completa con una bibliografía.
Un ejemplo muy claro de las novedades de Baschera y de los criterios con que confecciona el aparato, es el del destacado por él en el segundo de sus índices y que repite lo indicado en el aparato crítico, (21) 17, de la página 95:
Ostroque superbi: (A. 12, 126) Como indica la cursiva, Ost-es ilegible; la lectura de V la documentan Mai, Keil y Herrmann y los editores conjeturan a partir de A. 7, 630.
El criterio de Baschera, que tiene en cuenta para su texto A. 12,126 y no A. 7, 630, como hacían los editores anteriores, me parece correcto.
También mejoran la edición nuevas lecturas de nuestro editor italiano, que, como por ejemplo, en Buc.
III 29 lee VITULAM mo[re huius] operis auditur, corrigiendo la de los editores anteriores, auditor.
Tras años de investigación, Claudio Baschera nos presenta una nueva edición, que sin duda mejora la tradicional de Hermann Hagen (1902), ya que éste se limitó a colacionar las ediciones precedentes y la publicación de su edición, póstuma, estuvo a cargo de personas encargadas de ella por el editor.
Esta edición de las glosas marginales de vetus Latina correspondientes a los dos primeros libros de Macabeos constituye el tercer volumen de la edición de dichas glosas publicadas en la colección TECC; los dos volúmenes anteriores contienen las de los libros de Samuel y de Reyes, a cargo de C. Morano y A. Moreno respectivamente.
En la Introducción (pp. 13-22), se pone de manifiesto la importancia de las glosas y su historia, las bases metodológicas de la edición y los objetivos que se han logrado.
Tres capítulos preceden a la edición crítica: el primero, dedicado a esclarecer la historia del texto de dichos libros, presenta un amplio estado de la cuestión antes y después de D. De Bruyne y B. Sodar (primera mitad del siglo XX), de cuyos trabajos aún depende la investigación actual.
El autor se aproxima con suma precisión a los problemas textuales para dar paso a un segundo capítulo sobre los manuscritos.
Del grupo de manuscritos de la Vulgata con glosas de Vetus Latina sólo dos las presentan en 1-2 Macabeos: el 94 y el 95.
Se describen sus rasgos codicológicos y de grafía, se identifican las siglas que preceden a las glosas y se estudian las distintas clasificaciones que se han propuesto para ese grupo de manuscritos en éstos y en otros libros bíblicos.
J.M. Cañas analiza además los rasgos coincidentes y divergentes de los dos manuscritos y concluye que ambos se remontan a un arquetipo con un amplio corpus de glosas de Vetus Latina; en concreto, el 94 depende directamente de la Biblia de Valvanera y el 95 presenta una línea de transmisión independiente.
EM LXX 2, 2002 El capítulo III está dedicado a las ediciones que han tenido en cuenta o han incorporado estos testimonios.
El tratamiento que De Bruyne y Sodar dieron a las glosas inició un proceso de valoración que ha ido en aumento y en la Introducción del volumen XVIII de la Vulgata Romana se ha publicado su transcripción.
J.M. Cañas la modifica ofreciendo algunas lecturas nuevas, pues las colaciones hechas sobre los manuscritos originales le han permitido clarificar las dudosas e identificarlas íntegramente.
A continuación se exponen los objetivos, el procedimiento y las características de la edición, que constituye el capítulo IV de este volumen.
Además del texto, la edición presenta tres aparatos «destinados a proporcionar una visión global del lugar que ocupan las glosas marginales de VL de 1-2 Mac en el conjunto de la tradición textual latina de estos libros» (p.
87): el primero es el aparato crítico de variantes manuscritas; los otros dos son textuales: en uno -el más extenso -se recogen los testimonios de los distintos grupos de texto, tanto de Vetus Latina como de Vulgata, y en el otro las citas patrísticas.
En ambos aparatos textuales se incluyen entre corchetes las variantes del texto base.
Los capítulos posteriores contienen un estudio muy completo del texto de la edición: en el capítulo V, «El texto de las glosas en el marco textual de 1-2 Macabeos» (pp. 139-226), se estudian en el contexto de la crítica textual bíblica; y en el VI: «La lengua de las glosas» (pp. 227-254) se analiza la lengua peculiar de las glosas en sus aspectos morfológico, sintáctico, léxico, fonético, etc.; con clara influencia griega, el latín no se desvía de las normas clásicas, pero presenta las formas vulgares de la época postclásica.
En el capítulo VII: «Conclusiones generales sobre las glosas» (pp. 255-260) se recogen brevemente las correspondientes a la historia de la transmisión, la historia del texto y la historia de la lengua.
Un último capítulo, «Índice de correspondencias léxico-sintácticas latino-griegas» (pp. 261-276), ofrece un léxico bilingüe de gran utilidad.
Completan este volumen una amplia bibliografía (pp. 277-296), agrupada por temas, y unos índices (de autores modernos, de obras y autores antiguos y de manuscritos) y abreviaturas.
Esta obra está situada en la primera línea de la investigación sobre la Biblia latina.
Es notable la profundidad con que el autor ha realizado el trabajo, cómo ha expuesto los problemas de este texto latino de traducción, especialmente los derivados de la compleja historia de la transmisión del texto bíblico.
Con esta obra se continúa la línea de investigación iniciada en el CSIC por Teófilo Ayuso Marazuela y se ofrece a la comunidad científica -filólogos de la Biblia latina y griega -un buen instrumento de trabajo, ya que el testimonio de las glosas de Vetus Latina, aunque fragmentario, es muy significativo en la historia del texto bíblico.
Conviene asimismo resaltar que la lengua de estas glosas ofrece peculiaridades de interés también para los latinistas.
Se trata de una monografía dedicada al estudio de una carta en verso que Licencio envió a su maestro, Agustín, muy probablemente a comienzos del año 395, y que, en su transmisión, estuvo muy unido a la correspondencia del propio Agustín.
El autor divide la introducción en cuatro apartados el primero de los cuales reúne los datos sobre Licencio que ha podido reunir a partir de los diálogos de su maestro, Agustín, tanto de tipo biográfico como ideológico y literario; el segundo se detiene en analizar el significado de este Carmen ad Augustinum, cuya importancia hasta ahora se había cifrado sólo en la ayuda que supone para la reconstrucción del proyecto enciclopédico de Augustín, que algunos de sus estudiosos hacen derivar del de Varrón, personaje nombrado precisamente en el Carmen de Licencio (v.
1 arcanum Varronis iter), sin embargo se comprueba que también tiene importancia por sí mismo y que se han cometido numerosos errores de interpretación, puesto que un análisis más detenido demuestra reminiscencias platónicas de clara extracción ciceroniana y ninguna varroniana.
La mención del personaje tiene un valor puramente simbólico.
Después de nueve años alejado de Agustín, en este poema Licencio reclama el reinicio de sus relaciones de amistad, pues se confiesa incapaz de llegar a la pulchritudo rerum a través de la eruditio sin la ayuda del maestro para recorrer el camino de la búsqueda.
En el capítulo tercero justifica Cutino su decisión de situar históricamente el poema a principios del 395 fundamentalmente en su relación con la obra de Claudiano y la de Paulino de Nola.
En el cuarto capítulo de esta introducción examina aspectos formales: poética, estilo y métrica, dedicando el quinto y último a la historia del texto, que corre bastante paralela a la de las Epistulae de Agustín, tradición manuscrita y ediciones para terminar avanzando el stemma codicum, no sin antes anunciar que esta nueva edición es, sobre todo, el resultado de una depuración de las numeraosas variaciones a que han sometido el texto los editores anteriores.
El texto de la composición, un total de 154 hexámetros, con el aparato crítico a pie de página, ocupa exactamente seis páginas a las que siguen cuatro de traducción al italiano.
Aunque sean pocas las páginas que haya que manejar para confrontar una y otra ¿no hubiese sido más útil presentar ambos textos enfrentados?.
A continuación, en páginas sucesivas, nos encontramos con un prolijo (pp. 107-192), detallado (casi verso a verso) y documentado comentario que atañe a cuestiones muy variadas sobre fuentes, doctrinas, morfosintaxis, métrica y estilística, pero sobre todo, de léxico, semántica y fijación del texto.
Completan el estudio otros apartados no menos valiosos como son: un apéndice, que está en relación con el apartado cuarto de la introducción, en el que trata sobre la presencia de Licencio en Claudiano y viceversa, bibliografía, index verborum (no lematizado), índice de citas clásicas e índice de estudiosos modernos nombrados a lo largo del trabajo.
Pocas pegas, salvo las ya aludidas de carácter formal, se pueden poner a un trabajo filológico tan riguroso que sin duda aportará luz para el esclarecimiento de la problemática de un momento tan crucial como es el siglo IV d.C.
Las paradojas de los estoicos, introducción, edición, traducción y notas de Julio Pimentel Álvarez, México, UNAM, 2000, 29 + CXCIII pp.
El volumen contiene una de las ya habituales ediciones de obras de autores latinos que se elaboran en la Universidad Autónoma de México con fines, sobre todo, didácticos para acer-car al lector al texto original.
En este caso, el profesor Pimentel, ya veterano en editar y traducir textos filosóficos de Cicerón (Disputas Tusculanas [1979], De la República [1984], De la Adivinación [1988], Catón el Mayor: de la vejez; Lelio: de la amistad [1997]), aborda un nuevo tratado filosófico de este autor, Paradoxa Stoicorum, y, como es habitual, basa su edición no en la consulta directa de los manuscritos, sino en las que considera excelentes ediciones del texto, en este caso las de Renato Baladì (1968) y Jean Molager (1971), a través de las cuales conoce las principales variantes de otras anteriores.
La edición va precedida de una introducción en la que plantea el problema de la fecha de composición de la obra (entre marzo y abril del año 46 a.C.); traza, también, el perfil del destinatario, Marco Junio Bruto, sobrino y yerno de Catón de Útica, entusiasta filósofo y conocido por su participación en la conjuración contra César; dedica el tercer apartado de esta introducción a resaltar las influencias socráticas del tratado para lo que realiza el paralelismo entre cada paradoja y el pensamiento de Sócrates al respecto recogido en diversos autores (Jenofonte, Aristóteles, Platón, Diógenes Laercio o el propio Cicerón); a continuación esboza las razones últimas que llevaron a Cicerón a la composición de esta obra y finaliza la introducción con un bosquejo de su edición.
Edición y traduccción se presentan enfrentadas, cada una con sus propias notas, las de la edición, además de apuntar las variantes de los diferentes manuscritos, añaden precisiones morfológicas, sintácticas o léxicas con clara intención escolar, las de la traducción incluyen diferentes aclaraciones que ilustran y hacen más comprensible el texto.
Completan el volumen un índice de siglas, otro de abreviaturas, una completa bibliografía en la que incluye las fuentes, y un utilísimo índice de todas palabras latinas de los Paradoxa.
Hay que agradecer el esfuerzo de esta colección en general y del profesor Pimentel en particular por aproximar estos textos a un círculo más amplio de lectores, especialmente a los que tienen menos conocimiento de la lengua latina.
Historia y leyes de los hititas.
Textos del Imperio Antiguo.
El Código, edición de Alberto Bernabé y Juan Antonio Álvarez-Pedrosa.
La traducción de documentos hititas publicada en español se limitaba hasta este momento a la versión de los textos literarios realizada por el propio profesor Bernabé en el año 1978.
Con la aparición de este nuevo libro los lectores e investigadores hispanohablantes pueden acercarse por primera vez en español a algunos de los documentos hititas más significativos: los historiográficos y los jurídicos.
De hecho la clasificación temática de Laroche demuestra que son los primeros los textos más numerosos que se nos han conservado en los archivos hititas.
Esta edición tiene, por lo tanto, una importancia doble.
Además de ser la primera versión de esos textos en nuestra lengua, es la primera edición mundial de todo el conjunto de los textos históricos y legales hititas.
Todas las traducciones anteriores a alguna lengua moderna tenían carácter antológico.
En cambio, el volumen que aparece ahora es el primero de los dos previstos en los que se traducirán todos los textos históricos y legales cuyo contenido puede ser leído y, por lo tanto, constituir una fuente para el conocimiento histórico de la época.
Este primer volumen recoge todos los textos del Imperio Antiguo y los textos legales.
Además se incluyen fragmentos en otras lenguas del entorno que son valiosos para la correcta comprensión de los documentos hititas, y algunos textos que, sin pertenecer al género historiográfico, aportan datos para el estudio histórico.
Para el siguiente volumen los autores nos anuncian el resto de los textos históricos y dos apéndices: uno con las listas reales y otros con los textos relativos a los AhÒ hÒ iyawa.
La ordenación de los textos es cronológica en el apartado de los históricos.
El capítulo de "Los orígenes" incluye La proclamación de Anitta; en el capítulo de "La época de HÒ attušili I", se agrupan las Hazañas de dicho rey, El asedio de Uršu, y El testamento de HÒ attušili I; el capítulo tercero abarca tres textos legendarios de base histórica: El tesoro mítico, La toma de Zalpa y Los antropófagos; en el capítulo de "La época de Muršili" están recogidos los fragmentos de una crónica sobre Muršili y HÒ antili, un edicto del rey, las instrucciones dadas a los dignatarios acerca de los necesitados, y La crónica de Palacio; y cierra este apartado uno de los textos más relevantes del conjunto, el Edicto de Telipinu, al que se le dedica el capítulo quinto.
El apartado de textos legales se divide en el capítulo dedicado al Código Hitita y otro capítulo que engloba el Edicto de TudhÒ aliya, un conjunto de instrucciones dadas a los comandantes de puestos fronterizos y el acta del proceso contra GAL D U.
La traducción de los textos viene acompañada de dos tipos de introducciones: una general a toda la obra y una particular a cada capítulo.
La introducción general proporciona una completa visión del marco temporal y espacial en el que se encuadran los documentos editados y que es imprescindible para cualquier lector no especialista.
En ella los editores nos ofrecen una visión panorámica de todas las claves de la civilización hitita necesarias para entender el contenido de la obra traducida: geográficas, cronológicas, socioeconómicas, artísticas, religiosas, etc..
En este sentido las claves literarias son especialmente interesantes para evitar la extrañeza que provoca la primera lectura de unos textos tan separados de nosotros por el tiempo y por la concepción historiográfica.
Las introducciones particulares a cada documento se hacen necesarias incluso para los especialistas.
Los editores recomponen, desde una precisa labor filológica, el relato de la historia de acuerdo con los cánones actuales.
Mediante un detallado y sencillo sistema de citas, insertan en su relato la referencia al texto hitita que alude a cada dato.
De esta manera el comentario de texto del filólogo se convierte en instrumento de trabajo de historiadores.
En el caso de los textos legales, es especialmente valioso el análisis de la estructura textual del código.
Sin duda este estudio del texto evita conclusiones precipitadas para cualquier historiador del derecho que no esté familiarizado con los recursos literarios de los textos del Antiguo Oriente Próximo.
Se puede decir que los editores han preparado minuciosamente el camino para que los textos que traducen puedan ser empleados como fuente de investigación desde cualquier perspectiva.
Así se entiende la escasez de reflexiones historiográficas o jurídicas que sin duda podrían haberse incluido al hilo del comentario: estas reflexiones corresponden a los especialistas de cada campo y no al editor.
En cuanto a la traducción es necesario mencionar el esfuerzo realizado para que en ningún momento la lengua de salida resulte forzada, a la vez que se respeta cuidadosamente el texto original.
Un ejemplo de esta fidelidad es la decisión de traducir las apódosis de las leyes del Código con indicativos, igual que las prótasis correspondientes.
El traductor ha mantenido en español la misma forma verbal para traducir lo que en hitita es también una misma forma verbal, rechazando así la tendencia de los traductores de otras lenguas a emplear en dicha construcción una expresión modal de la que carece el texto hitita.
Puede argumentarse a favor de la decisión adoptada en esta edición que el hitita podía haber indicado por medio de partículas o de imperativos ese valor modal que traductores como Hoffner atribuyen a la versión original.
De esta manera el lector de la traducción española puede entender el debate que la interpretación jurídica de estos textos ha suscitado entre los especialistas en derecho de la Antigüedad.
Pero debo señalar también algunos de los problemas que presenta la edición y que no desmerecen en absoluto la importancia que he destacado antes.
Desde el punto de vista formal apenas se encuentran errores, pero es relevante la desaparición de la nota 24 en la p.
Es llamativa también la errata que sitúa la toma de Babilonia por Alejandro Magno en el año 261 a.C., sobre todo porque en el contexto se ofrece como fecha fidedigna a partir de la cual establecer la cronología relativa de la época.
En otro orden de cosas, la desproporción que se observa entre el uso de notas en cada uno de los dos apartados confieren a la obra un cierto desequilibrio evitable.
La edición se completa con una lista de abreviaturas (pp. 7-8) y una extensa y actualizadísima bibliografía en la que se recogen todo tipo de estudios relacionados con los materiales aquí editados, las ediciones de los textos originales y otras traducciones a lenguas modernas (pp. 221-55).
La actualidad de la obra se confirma en la introducción y la bibliografía con referencias a la información disponible en Internet.
En definitiva podemos afirmar que la mera aparición de una traducción como ésta denota la importancia de la contribución que el libro supone para la hititología española.
El número de traducciones de un texto a una determinada lengua moderna no sólo dice mucho acerca del interés que sus hablantes puedan tener por el texto, sino también del nivel que ha alcanzado la investigación sobre la cultura en cuestión en dicha lengua.
Desde 1992 viene reuniéndose en París un grupo de trabajo sobre el aspecto griego, formado por lingüistas de diversos países europeos.
El coordinador del grupo ha sido desde el principio el Prof. Jean Lallot, de la École Normale Superieure, en colaboración con otros conocidos helenistas, como los profesores Chanet, Jacquinod, Mortier-Waldschmidt y Vassilaki.
Este libro constituye el primer e importante resultado de los trabajos de este grupo.
El objetivo de sus discusiones e investigaciones ha consistido en analizar sin ideas preconcebidas lo que es sin duda el núcleo del problema de la categoría aspectual en griego antiguo, es decir, la contraposición entre el tema de presente y el de aoristo.
Como punto de partida se eligió un corpus común y básico constituido por los diálogos considerados auténticos de Platón.
Este corpus tiene la ventaja de ser limitado, pero amplio y, además, de estar formado por textos en prosa, para evitar las posibles interferencias debidas a un uso poético de la lengua.
Adicionalmente, con el objeto de lograr una cierta unidad en los resultados, se optó por circunscribir el estudio a los usos impresivos de los verbos (órdenes, prohibiciones) y al infinitivo dinámico.
Dentro de estos parámetros cada autor optó por estudiar los problemas que más le interesaran en el diálogo o diálogos de su elección, buscando siempre la complementariedad.
La fase final del trabajo ha consistido en la puesta en común de los resultados individuales y el intento de obtener conclusiones de validez amplia sobre la base de evidencias inicialmente independientes.
El volumen contiene catorce trabajos de once autores, pues algunos ofrecen más de una aportación, precedidos de una amplia presentación, que sirve de introducción y, a la vez, de resumen de los resultados comunes del grupo.
Esta difícil tarea ha corrido a cargo de L. Basset, J. Lallot y, sobre todo, de A. Culioli.
Los trabajos se organizan en tres secciones.
La primera, "Invitation à la parole", contiene los estudios que se ocupan del uso en presente o aoristo de aquellos verbos que describen las diversas formas de interrelación entre los participantes en el diálogo ('pokrínesqai/'pokrínasqai, légein / e±peîn, skopeîn / skéyai).
La segunda sección es "Paramètres corrélés à l 'aspect", que recoge estudios sobre la correlación aspectual entre verbo regente e infinitivo regido; sobre la coordinación de formas verbales pertenecientes al mismo o a diferente tema aspectual; una interesante comparación entre los usos aspectuales del griego antiguo y el griego moderno basada en la Apología y sus traducciones al griego actual, y, en cuarto lugar, un estudio sistemático del rasgo de la "determinación" como factor condicionante en la elección de tema aspectual.
Finalmente, la última sección se denomina "Paroles et pensées: études sémantiques" y se compone de cuatro trabajos de base fundamentalmente léxica y metodológicamente muy semejantes a los de la sección primera, que estudian los pares oexeij légein / oexeij e±peîn, kaleîn -1⁄2nomázein -3⁄4noma tiqénai frente los correspondientes aoristos y, por último, Àmologeîn / ÀmologÊsai.
Como conclusiones más importantes de todo este conjunto se obtiene, en primer lugar, la confirmación que, tal y como propuso el Profesor Ruipérez en su conocido libro de 1954, repetidamente citado a lo largo de este volumen, y otros muchos lingüistas posteriormente, es posible identificar un valor general y básico tanto para el tema de presente, como para el tema de aoristo.
Otros usos, descritos con anterioridad de forma casi autónoma, como el incoativo, el inceptivo, el iterativo, etc., pueden explicarse como realizaciones contextuales de esos valores básicos.
La principal diferencia entre los resultados de este libro y el de otros estudios anteriores, es que el rasgo general de oposición propuesto por muchos de los autores y recogido como resultado común en la Presentación es el de "continuidad / discontinuidad", y no "duración / puntualidad" (Ruipérez 1954), "imperfectivo / perfectivo" (Hettrich 1976, Rijksbaron 1994) o "información conocida / información nueva" (Sicking 1991), entre otras muchas propuestas que se han sucedido a lo largo de los años.
EM LXX 2, 2002 El segundo resultado importante es la identificación de un nuevo tipo de valor contextual del tema de presente, el llamado uso "protocolario".
Según los trabajos de Lallot, Mortier-Waldschmidt, Vassilaki, Wakker y Jacquinod, este uso es típico de contextos de diálogo y podría resumirse del modo siguiente: el tema de presente se utiliza para invitar al interlocutor a asumir un papel en el diálogo, bien haciendo las preguntas, bien respondiéndolas, bien adoptando alguna otra posición que se supone ha de mantener durante toda la discusión o una parte de ella.
Este uso se derivaría directamente del valor general de continuidad del tema de presente, pues refleja una actitud mantenida y prolongada a lo largo de un tramo, al menos, de la conversación.
Junto a estos dos resultados principales, cada trabajo propone otros rasgos secundarios que pueden explicar tal o cual uso concreto de un verbo en un pasaje.
Por otro lado, entre los estudios paralelos que también se recogen en este volumen, el trabajo de L. Basset demuestra estadísticamente que hay un alto grado de correlación entre el tema aspectual del verbo regente y el regido, por lo que, según propone el autor, a la hora de estudiar el aspecto griego, hay que contar con un factor de coherencia aspectual.
J. Lallot, por su parte, por medio de la comparación de los textos antiguos y sus traducciones al griego moderno muestra que hay una proporción importante de coincidencias entre ambos sistemas lingüísticos, por lo que, con prudencia, puede recurrirse a la situación actual y a la conciencia lingüística de los hablantes modernos para analizar la categoría aspectual del griego antiguo.
Por último, Lambert, también estadísticamente, comprueba que la coordinación entre formas verbales respeta de forma sistemática la coherencia aspectual de los elementos coordinados.
El volumen, tal y como se nos presenta, constituye una aportación importantísima para conocer mejor el funcionamiento del aspecto en griego antiguo por la riqueza de los datos que contiene y por la meticulosidad con que han sido analizados.
Plantea, sin embargo, algunos problemas que no pueden dejar de ser mencionados.
El más importante es, a mi juicio, el de una relativa falta de coherencia interna.
En efecto, la enorme libertad dejada a cada investigador en el trabajo y el escrúpulo con que se han respetado los resultados individuales sin someterlos a un verdadero esfuerzo de unificación lleva a la existencia de contradicciones importantes.
Así, aunque se propone el rasgo "continuidad / discontinuidad" como el fundamental en la oposición presente / aoristo, varios trabajos no encajan en ese esquema común.
A. Rijksbaron, por ejemplo, al estudiar el par lége / e±pé, propone más bien "interrumpible / no interrumpible", que casa mejor con sus propuestas anteriores que defendían como básica la oposición "imperfectivo / perfectivo", rasgo, que por otra parte, es retomado literalmente por Mortier-Waldschmidt para explicar la oposición manqánein / maqeîn.
Por otro lado, un cierto número de trabajos concluyen que la oposición más importante es "general / concreto" (Lallot, Vassilaki, Wakker), que se refleja, por ejemplo, en el mayor empleo en usos absolutos del presente frente al aoristo o en las características semánticas del complemento; sin embargo, no queda explicado en parte alguna por qué se prefiere encuadrar esta dicotomía como una realización contextual de "continuidad / discontinuidad" y no, por ejemplo, de "imperfectivo / perfectivo", que sería muy coherente también con aquel uso particular.
De hecho, las nociones mismas de "(im)perfectividad" y "(dis)continuidad" no parecen tan alejadas entre sí como para que no se haya intentado alcanzar un acuerdo entre ellas y, en ese punto, la primera posee una tradición mayor en los estudios gramaticales que la segunda.
No parece, por otro lado, que "(im)perfectividad" pueda ser considerado un simple uso contextual de otro valor más general (Joubaud y otros, p.
Por otro lado, muchos de los ejemplos comentados en los diversos trabajos podrían ser interpretados en más de una forma; quizá una labor más detenida de coordinación habría podido llegar a un mayor grado de unificación de los análisis.
Esto es particularmente claro en los casos en que se pretende explicar el uso del tema de presente como una forma de anáfora en el discurso, frente al aoristo, que sería la aportación de lo nuevo, en coincidencia con las propuestas pragmáticas de Sicking.
Muchos de los datos así analizados permiten una explicación alternativa sobre la base de razones internas de la frase, como puede verse en los ejemplos comentados por Mortier-Waldschmidt (pp. 131 ss.), que admiten perfectamente una descripción en términos de "general / concreto", "abierto / cerrado" o, si se prefiere, simplemente "imperfectivo / perfectivo".
En el campo metodológico, no estoy convencido de que podamos obtener conclusiones sobre términos marcados y no marcados de la oposición aspectual sobre una base fundamentalmente estadística (L. Basset pp. 305 ss.); sin contar con el hecho de que este tipo de oposiciones, de fuerte tradición estructuralista, son hoy muy controvertidas a la hora de describir datos sintácticos.
Con todo, en el terreno de la metodología, la principal limitación de todos los trabajos que utilizan más de un rasgo para explicar la oposición presente / aoristo (Oreal, segundo artículo de Wakker, etc., así como de la propuesta general redactada por Culioli al principio) es que no llegan a determinarse de forma precisa los contextos en que supuestamente actúa un rasgo u otro o en los que los valores generales adquieren usos diferenciados.
¿Es algo que quedaba a la libre elección del hablante?
La renuncia a considerar los datos de la Aktionsart en los análisis constituye en este sentido una limitación de gran importancia.
Igualmente, parece extraño que no se utilice en el análisis el llamado uso "ingresivo" del aoristo -el que admite una traducción como "comenzó a..."-, lo que habría permitido, por ejemplo, a Jacquinod (pp. 317 ss.) unificar los dos supuestos valores semánticos de verbos como kaleîn en el sentido de "nombrar" (tema de presente) y "poner nombre" (tema de aoristo).
El segundo valor no es más que el resultado esperado de la combinación del tema de aoristo con verbos léxicamente no télicos (o no transformativos, si se prefiere).
Es sorprendente, por otro lado, la ausencia de referencias a algunos estudios anteriores, como el, a mi juicio, extraordinario libro de H. Hettrich sobre el aspecto en Heródoto (Gotinga, 1976) o el artículo de A. Rijksbaron sobre el valor discursivo del imperfecto (Ámsterdam, 1988), trabajos que habrían podido apoyar o reconsiderar las interpretaciones de algunos datos.
Son, en fin, muchos los detalles que pueden comentarse, pues son muchos los ejemplos aportados y abundante la discusión sobre cada uno de ellos.
En bastantes sentidos éste es un trabajo "de datos" y no "teórico".
En ello reside su valor y también es la base de sus limitaciones.
Sin embargo, los datos aportados serán durante mucho tiempo fuente de discusión para quienes estudian la lingüística griega, pues ha multiplicado nuestro elenco de pasajes en que hay contraposición directa entre tema de presente y aoristo.
Se podrá disentir de la interpretación propuesta, pero es imposible no reconocer el inmenso trabajo realizado y la pulcritud y asepsia en su presentación, también en el aspecto tipográfico, absolutamente impecable.
En suma, un libro literalmente imprescindible para quienes quieran seguir estudiando la categoría aspectual en griego antiguo.
JESÚS DE LA VILLA EM LXX 2, 2002 LABIANO ILUNDÁIN, JUAN MIGUEL, Estudio de las interjecciones en las comedias de Aristófanes.
Este estudio, tesis doctoral del autor, colma desde luego su objetivo de realizar un análisis amplio, concreto y riguroso de las interjecciones propias de la comedia aristofánica, yendo más allá del trabajo anterior y único de E. Schink sobre el tema; contribuye así al mejor conocimiento de la lengua coloquial aristofánica.
Aunque el autor demuestra dominar el aspecto lingüístico de la cuestión, prefiere centrarse en el propiamente filológico y exhibe un buen método para el análisis estilístico.
Cualquier conocedor del tema suscribiría su afirmación de que la lengua coloquial aristofánica es, al fin y al cabo, una lengua literaria, por lo que las interjecciones, como otros aspectos de ella, están bastante convencionalizadas, pese a su espontaneidad esencial.
También acierta el autor al señalar la utilización de estos elementos con fines cómicos, con frecuencia en contextos paratrágicos, y al concluir que harían falta más estudios como el suyo sobre otros géneros y autores para llegar a una síntesis que permitiese comprender cabalmente el funcionamiento de las interjecciones griegas.
Tras una introducción general sobre el carácter, ámbito lingüístico y significado de las interjecciones, el autor ejemplifica sus funciones básicas con citas aristofánicas, anticipando así las pautas de clasificación usadas a lo largo del libro: la interjección como expresión de una emoción, un estado o una acción; como regulador de la conversación; como modificador de la conducta del interlocutor.
En la exposición analiza sólo las interjecciones propias, en orden alfabético y distribuídas por epígrafes conceptuales genéricos, aunque en los útiles índices finales las agrupa también por sus afinidades funcionales.
Un estudio como éste sugiere enseguida la reflexión de que, por encima de todas las clasificaciones que puedan hacerse, la interjección es básicamente un desahogo, cuyo significado concreto está contaminado por el contexto y viene aclarado por éste; por eso son polivalentes casi todas; si el contexto es ambiguo, quedan dudas de interpretación; los significados que dan los diccionarios están sacados de los contextos correspondientes.
El propio autor constata que pasar revista a las construcciones es más fácil que averiguar el significado concreto que, a veces, se superpone a otros; es decir, que hay usos neutros, o ambiguos, o mixtos, y a ellos se deben las discrepancias de interpretación de los comentaristas.
También podría yo enumerar las mías con el autor, pero prefiero centrarme en las coincidencias y, sobre todo, subrayar los aspectos más valiosos de su trabajo, p.ej., el seguir la historia de cada interjección en autores posteriores a Aristófanes.
En mi opinión, el que algunas de ellas desaparezcan en la literatura postclásica y reaparezcan en la segunda sofística y en autores cristianos se debe a un prurito aticista y clasicista en general; probablemente ya no se usarían en la lengua hablada.
Asimismo, en la recapitulación de conclusiones cabe destacar el estudio de la tipología de las interjecciones de dolor en contextos serios y en los paratrágicos (mayoría de estos últimos), con una interesante observación sobre el juego de la interacción lingüística en este campo; y también el análisis de la distribución de las interjecciones en los distintos géneros dramáticos, con un intento de caracterizar el ático coloquial culto de Aristófanes, Eurípides, Platón y Demóstenes mediante el uso de ciertas interjecciones como estimulantes conversacionales.
Es de desear que el autor continúe por este camino, muy interesante sin duda.
En la ilustre tradición de latinistas como H. Mihaescu y su La lengua latina en las provincias danubianas del Imperio Romano o de romanistas como Marius Sala, llega a nuestras manos desde el otro extremo de la Romania la segunda edición del manual universitario de latín cristiano del profesor Gh.
Bârlea, de la Universidad de Târgoviste, que es también autor del interesante estudio Contraria Latina.
El libro se divide en diez capítulos distribuidos en tres partes.
Realmente, como ya vemos desde el índice, el libro está estructurado en distintos apartados y subapartados, que a veces no aparecen en el índice -no sabemos si por iniciativa del editor o del autor-quizá por temer una apariencia demasiado prolija, cuando creemos que no se trata más que de una correcta organización, sin duda propicia para facilitar la consulta sistemática de este manual universitario.
La primera parte presenta la motivación del manual como instrumento que intenta suplir la falta de un tratado rumano de latín cristiano, imprescindible para las facultades de filología, historia, filosofía, teología y los seminarios, y su limitación consciente a una presentación general de los estudios sobre el latín cristiano.
La primera parte se dedica a los problemas del latín cristiano como "lenguaje especial" y sus relaciones con el latín común.
La segunda parte aporta la historia de los estudios sobre el latín cristiano y sus instrumenta filológicos.
La tercera presenta la periodización del latín cristiano, su caracterización gramatical, léxica y estilística.
La bibliografía final pretende presentar los instrumentos clásicos, así como los modernos y más accesibles.
Los fenómenos y ejemplos son del período "clásico" del latín cristiano, esto es, de los siglos III a VI d.
C. Aunque sigue los postulados "recapitulatorios" de la llamada "Escuela de Málaga" de Olegario García de la Fuente, por su finalidad utilitaria no separa los conceptos de latín bíblico y latín cristiano.
El apartado segundo de la primera parte define el latín cristiano como lenguaje especial de los cristianos del imperio romano "bajo la influencia de la ideología y práctica cristianas", de los siglos I a IX, en contraste con el lenguaje común o standard, y rechazando la definición de "lenguaje funcional".
La segunda parte se divide en dos capítulos: el primero se ocupa de las fuentes de nuestro conocimiento del latín cristiano: documentos "originales" (inscripciones, traducciones del griego, actas), escritos doctrinales (Biblia, literatura patrística) y literatura gramatical, lexicográfica y glosográfica.
El segundo presenta el estado de la cuestión; partiendo del punto de vista que supera el criterio de un latín "de una época decadente", agrupa los enfoques de los estudiosos en escuelas: precursores, Nimega (E. Löfstedt como precursor, J. Schrijnen, C. Mohrmann, otros filólogos suecos), franceses (A. Blaise), Washington, italianos, Málaga (o "escuela española", con O. García de la Fuente), contribuciones rumanas y otras.
No obstante, en esta clasificación debemos poner un "pero": la identificación de la escuela de Málaga con una escuela española general enmascara la existencia de otros centros de estudio del latín cristiano.
Sin ir más lejos, el Instituto de Filología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de EM LXX 2, 2002 Madrid, en cuyo seno han visto la luz importantes contribuciones al estudio y edición de la Vetus Latina Hispana, como las de T. Ayuso (1953,1962,1967), C. Morano (1989), A. Moreno (1992), J. M. Cañas (2000), que forman parte de una Biblia Poliglota Matritense.
La tercera parte explica el lugar del latín cristiano en la evolución del latín, en comparacion con el latín clásico y con el latín vulgar, en el contexto de la latinidad tardía; las tres etapas de la formación del latín cristiano, de la bilingüe greco-latina, pasando por la oral a la literaria; los niveles y variantes del latín cristiano (latín bíblico, litúrgico, eclesiástico).
El cuarto capítulo de la segunda parte, el más extenso del libro (más de 70 páginas), nos presenta los rasgos característicos del latín cristiano, divididos en morfosintaxis, léxico y estilo.
Dichos rasgos se clasifican detalladamente (arcaísmos, barbarismos, innovaciones, popularismos), de manera clara e ilustrada con muchos ejemplos, y con la ayuda de una buena disposición tipográfica.
El breve capítulo de conclusiones resume eficazmente las tesis del presente manual de latín cristiano como variante especial del latín, con diferencias no muy grandes respecto a las otras variantes (Antoine Meillet dixit), sobre todo en morfología (preferencia por ciertas formas y construcciones arcaicas, populares, regionales, tardías); en vocabulario por el uso frecuente de palabras antiguas y populares, préstamos y calcos semíticos y griegos, neologismos, o con nuevo sentido; en el estilo se destaca el desarrollo del lenguaje figurado y el vigor de las expresiones afectivas.
Como lengua natural, representa una unidad en la diversidad, cuya serie de manifestaciones enumera el autor, siguiendo a Albert Blaise; no obstante la constancia efectiva de sus características puede deberse a la prudencia verbal impuesta por el contenido y por el rigor del dogma.
Para Bârlea, el hecho lingüístico fue decisivo en el desarrollo de las nuevas creencias.
Y termina: "En la práctica, el latín cristiano aseguró el soporte de la construcción de un mundo nuevo, conservando al mismo tiempo las raíces de las antiguas comunidades humanas, lo que significó, de hecho, el nacimiento de la civilización moderna " (p.
El capítulo final es una extensa bibliografía de casi treinta páginas, muy bien organizada, entre la que encontramos los nombres de nuestros Manuel Díaz y Díaz, Joan Bastardas, Juan Manuel Lorenzo, y profusamente el de Olegario García de la Fuente, además de los clásicos del latinismo, sobre todo cristiano, como Christina Mohrmann, Dan Norberg, Einar Löfstedt, Alfred Ernout, Antoine Meillet, M. M. Müller, Georg Rohlfs, Veikko Väänänen, Karl Voßler, Albert Blaise.
Pero sin duda la mayor aportación que podemos recibir de esta rica bibliografía está en las copiosas referencias a la latinidad rumano-danubiano-balcánica.
En suma, el manual universitario de Gheorghe Bârlea, representa un estudio de síntesis muy completo sobre el latín cristiano, claro y conciso -a veces quizá demasiado, en principio por el pie forzado del didactismo que le impone su carácter de manual introductorio para estudiantes universitarios-, muy bien estructurado y ordenado y de amena lectura, pulcramente editado, incluso para una edición en rústica.
Y desde su posición exocéntrica y por su conocimiento de la bibliografía europea occidental el autor dispone de una perspectiva muy completa, lo que le permite dar una visión más rica de la latinidad.
F. J. JUEZ GÁLVEZ Universidad Complutense
Latín vulgar y tardío.
Recientemente la colección Bibliotheca Linguae Latinae, que dirige Benjamín García Hernández, ha presentado su segundo número, homenaje al fallecido profesor Veikko Ilmari Väänänen.
Se trata de la recopilación de una serie de trabajos sobre latín vulgar y tardío, ámbitos en los que él era especialista, editada y prologada por el propio García Hernández.
El volumen, que, como suele ocurrir en este tipo de misceláneas, nos ofrece el listado con las publicaciones del homenajeado, recoge aportaciones que abarcan los campos de la fonética, la morfología, la lexicología, la sintaxis y la semántica.
Sobre fonética versan dos trabajos.
El de Gallardo Mediavilla aborda la interpretación fonética de la confusión entre la b y la v a partir de las inscripciones de la Romania (las cuales ponen de manifiesto la confusión entre estas dos letras, y a veces f, en cualquier posición), los comentarios de los gramáticos (que parecen apuntar a una pronunciación bilabial de v mejor que labiodental) y lo que los estudiosos modernos (Lindsay, Meyer-Lübke, Stolz, Parodi, Baehrens, Carnoy, Pirson, Weinrich, Parodi, Herman, Alarcos, Lloyd, Malkiel) han dicho al respecto.
Las conclusiones de este trabajo son que seguramente la b es más frecuente que la v porque la primera se asocia más a la consonante y la segunda a la vocal, que tanto b como v se articularían como fricativas bilabiales en interior de palabra y en la cadena hablada y como oclusivas tras pausa o consonante (distinción que los hablantes no percibirían).
En español, heredero conservador del latín vulgar, la b y la v habrían confluido en un fonema que iría de una articulación bilabial oclusiva a fricativa, es decir, se mantendría la etapa de "variación" sin llegar a la fonologización persistiendo la articulación bilabial de b, v (y f).
El resto de lenguas romances contrarió esta tendencia natural en la evolución y restituyó la pronunciación oclusiva de b inicial en toda posición y fricativa de v (que sería posterior al siglo V y no triunfaría en toda la Romania).
Al percibirse dos fonemas distintos, un refuerzo de la fricación que transformaría la bilabial en labiodental aumentaría la distinción articulatoria de ambos.
En el otro trabajo sobre fonética López Pantoja estudia la evolución -m-> -mb-sufrida por algunos préstamos léxicos que el euskera ha tomado del latín vulgar o de romances vecinos.
Según el autor, cuando se trata de préstamos antiguos, hay que explicarla por una geminación espontánea o expresiva (-mm-) en palabras de carácter vulgar o familiar (cf. cammara en lugar de camera) y una pronunciación reforzada ocasional como -mb-(cf. cambarus en lugar de camarus); mientras que cuando se trata de préstamos tardíos como lonbardi, lanbo, etc., se explicará por una ultracorrección debida a la influencia romance.
La morfología es abordada por J. Elvira González, quien tras pasar revista a las distintas teorías sobre la hipotética declinación bicasual en el latín tardío de Hispania postula, ayudándose de los datos epigráficos, que las desinencias de caso no se influyeron mientras subsistieron las oposiciones gramaticales: el nominativo no ocupó el lugar de otros casos, el dativo y el genitivo quedaron al margen de toda confusión y la flexión se reordenó en dos casos -uno recto, heredero del nominativo, y otro oblicuo, cuyo origen difiere en función del número-.
Las formas del acusativo y el ablativo singular quedaron indistinguibles en -a, -o y -e, morfemas vocálicos que se consideraron presentes en los morfemas -as, -os, -es y apoyaron la continuidad del acusativo al considerarse la -s marca del plural y no de caso.
Por su parte, el profesor García Hernández, estudia la semántica del preverbio sub-, cuyo sentido originario era "hacia arriba", a partir del cual se desarrolló el de "a continuación" y finalmente el de "debajo".
Llama la atención este autor sobre el hecho de que, a pesar de que el español documenta todos estos significados (aunque a veces, sobre todo en las palabras patrimoniales, el sufijo se hace irreconocible), se ha perpetuado la idea errónea, proveniente de los gramáticos de la época imperial latina, de que su significado propio es "bajo" o "debajo", lo que ha inducido a los diccionarios a incurrir en contradicciones, por ejemplo, al definir "sublime", "sumo", "subir", etc., que él estudia y clarifica.
De todos estos significados sólo dos son aún productivos en español, el de "grado subordinado" y "posición inferior".
Entre los trabajos sobre el léxico están el de Conde Salazar, que estudia dos breviarios del siglo cuarto, el Epitome de Caesaribus y el De uiris illustribus, y llega a la conclusión de que los neologismos documentados en el Epitome pertenecen en su mayoría al siglo I y son cristianismos, quizá tomados de sus fuentes, y sólo hay un hápax; y los documentados en el De uiris son, excepto uno, del siglo I y, aunque es menos innovador, también hay un hápax.
Pero no coinciden en las pocas innovaciones léxicas que emplean, como no coinciden con Aurelio Víctor, más innovador que estos dos autores.
[Hay que señalar que, según la autora, en la página 23, párrafo 2.2.4, donde dice "un único término cuya primera documentación conservada sea posterior al siglo I" debe decir "... al siglo II"].
Similar a este estudio es el de la profesora López de Ayala sobre los sustantivos (excepto los nombres propios), adjetivos y adverbios del Breuiarium Historiae Romanae de Eutropio, en el cual se pone de manifiesto que este autor, como otros historiadores de su tiempo, se sirve de un vocabulario clásico sencillo, notablemente técnico a veces, y de locuciones extraídas de la documentación oficial que maneja, guiado siempre por un afán didáctico que le proporcionó gran éxito como manual en la Edad Media.
También dentro del ámbito de la lexicología González Rolán pone de relieve la influencia del sermo rusticus en el léxico de la lengua común en el paso del latín a las lenguas romances, debida a la importancia que recobran los campesinos-soldados en la época final del Imperio, completando su trabajo de 1978 referido a los niveles fonético y morfológico.
Basándose en que la explicación de la semántica de un topónimo ha de reposar necesariamente en la existencia de otros que proporcionen el mismo significado con un material léxico similar y en que la toponimia ofrece datos para el estudio del latín vulgar.
Nieto Ballester estudia la etimología de Paco Otajuán y Otero de Naraguantes.
El primero es un desarrollo de los vocablos opacum, alta y fonte, y el segundo de altarium, nigra y fonte, muy comunes todos ellos en la toponimia española.
De modo que ambos tienen un sentido etimológico muy similar,'umbría fuente alta', el primero, y 'lugar alto fuente oscura', el segundo.
La construcción induere aues / hominem, que aparece esporádicamente en Apuleyo y regularmente en Tertuliano para expresar la transformación, había sido relacionada con induere uestes auium, y García Jurado haciendo un estudio que aúna los puntos de vista lexemático y sintáctico llega a la conclusión de que en realidad se trata de un helenismo sintáctico-semántico que proviene del léxico común y pasa a formar parte del léxico filosófico y teológico.
En cierto modo similar es la conclusión a la que llega el trabajo "Perífrasis preposicionales latinas en la Vulgata.
Modelos hebreos y paralelos sumerios y acadios" de Jiménez Zamudio, pues el análisis de ciertas perífrasis preposicionales latinas para expresar distintas relaciones de lugar, circunstancias temporales o relaciones de poder, que incluyen entre sus formantes algún nombre referido a partes del cuerpo humano y han pasado al español, como ante faciem, in conspectum, post tergum, etc., proceden de las versiones latinas de la Biblia, pero en último extremo tienen su origen en la cultura de los pueblos del Próximo Oriente Antiguo (hebreos, cananeos, asirios, babilonios, hititas, etc.) que dieron origen a los textos bíblicos, los cuales influyeron decisivamente en la lengua de los pueblos cristianizados.
Aunque no se diga expresamente, este trabajo pone de manifiesto que también en esas lenguas las "metáforas de la vida cotidiana" y concretamente las que tienen el cuerpo como metáfora orientacional y de recipiente sirven para expresar realidades abstractas mediante palabras propias de realidades concretas y constituyen uno de los principales motores de creación de la lengua, como sostiene la semántica cognitiva.
Relacionado de alguna manera con estos artículos está el de Moreno Hernández, "En torno a la interpretación de Vetus Latina, 2 Reyes 3,4", en el que se explica que la incongruencia que se produce en el texto del pasaje estudiado se debe a que el traductor ha hecho una lectura errónea de sus fuentes y ha confundido el vocablo griego ágnon con ákton y kriôn con krithôn, y ha traducido respectivamente tritici y hordei, mientras que en la Vulgata se traducen por agnorum y arietum.
Las relaciones entre la morfología, el léxico y la sintaxis se hacen evidentes en el trabajo de López Fonseca sobre el empleo de possum para la expresión del futuro, es decir, de un recurso léxico no gramatical, en virtud de la proximidad de sentido entre lo futuro y lo modal.
En latín tardío possum conserva el sentido de posibilidad que tenía en latín clásico, pero en períodos subordinados expresa además la noción de posterioridad haciendo las veces de un futuro de subjuntivo inexistente, como dejan ver las traducciones del griego al latín.
El resto de los trabajos tienen por objeto la sintaxis.
Así el de Baños Baños versa sobre los verbos transitivos en los que coexiste la noción de transferencia comunicativa o material y de desplazamiento físico y, por tanto, se pueden construir, bien con dativo, expresando la idea de Receptor, bien con ad + acusativo, expresando la idea de Dirección, a lo largo de toda la latinidad, sin que deba considerarse la segunda construcción un vulgarismo sintáctico, como hasta ahora se ha hecho en el caso de Plauto, si bien es verdad que estos contextos, a los que se unen razones fonéticas, morfológicas y sintácticas, explican que en latín tardío el giro preposicional desplazara al dativo.
La profesora Moure Casas estudia cómo a partir de la construcción clásica sum + genitivo de nombres o adjetivos sustantivados (animados en singular, en plural o modificados por adjetivos) surgió en lengua culta postclásica el giro sum + genitivo de nombre abstracto (moris est), que se extendió a otros niveles en latín tardío con la suficiente vitalidad como para llegar a los textos romances castellanos (Poema del Mio Cid, la Vida de Santa María Egipciaca, el Libro de la infancia y muerte de Jesús, etc.).
Así se explican las construcciones "es menester" (< est ministerii, mejor que < est ministerium), "es de rigor", "es de costumbre", "es de cajón".
Por influjo de esta construcción posteriormente se volvería a usar en castellano la construcción "es de cobardes", equivalente al giro clásico sapientis est.
Por último, el artículo de De la Villa sobre el orden de palabras de los demostrativos, los posesivos, multus y omnis en Jerónimo viene a proponer un método distinto al que emplea Abel (1971) para estudiar el latín de Jerónimo, completando trabajos suyos anteriores de 1998 y 1999: comparar los casos en que éste se aparta del modelo griego en sus traducciones con sus obras originales y con el latín clásico, puesto que no es lo mismo el latín bíblico que el latín tardío.
Así el autor llega a una conclusión totalmente distinta a la de Abel.
Si para éste entre el siglo II y el IV se produce una revolución en el orden de colocación de los demostrativos respecto al sustantivo, para De la Villa el orden es muy similar al del latín clásico, aunque se atisban ciertos cambios.
Así pues estamos ante un trabajo misceláneo muy variado, que permite en muchos casos conocer cuál es el estado de la cuestión en determinados aspectos del llamado latín vulgar y tardío y descubrir cómo pueden estudiarse éstos desde nuevas perspectivas y metodologías.
Podría haber sido muy útil para facilitar sucesivas consultas del libro haber ofrecido al final un index locorum latinarum y un index locorum uariorum, como en el primer número de esta colección, así como un índice de palabras tanto latinas, como de otras lenguas.
Si deslindar la verdad histórica de las falsas noticias biográficas es tarea que generalmente conlleva dificultades en el caso de personajes del mundo antiguo, los problemas se intensifican muy notablemente cuando se trata de personalidades que gozaron de la inmensa fama de Eurípides y fueron, como el gran trágico, personajes "conflictivos", dentro de la sociedad que les tocó vivir.
En el caso de Eurípides estas dificultades son aún más grandes por dos razones: en primer lugar, por el hecho de que nuestro poeta fue uno de los blancos predilectos de los poetas cómicos, lo que provocó que, como queda muy bien ilustrado en el libro que comentamos, corrieran en el mundo antiguo anécdotas y datos sobre su persona que tienen sin duda o pueden tener su origen en las burlas de los comediógrafos y su deformación cómica de la realidad; y en segundo lugar debido a la gran difusión que alcanzaron sus tragedias y particularmente (en lo que se refiere al tema que nos afecta ahora) pasajes de sus tragedias que se citaban como máximas de sabiduría y que, usadas fuera de contexto, facilitaron la ya habitual costumbre de los biógrafos antiguos de atribuir al autor (Eurípides en nuestro caso) palabras y pensamientos de sus personajes.
Por todos los motivos apuntados, son especialmente necesarios trabajos como el que ha llevado a cabo Patrizia Ippolito, que ha pretendido y conseguido introducir un poco de orden en la maraña de datos que las fuentes antiguas nos han transmitido, a partir de un examen minucioso de las fuentes y de una gran familiaridad con las tragedias y los fragmentos conservados de Eurípides.
El libro se estructura en catorce capítulos, a lo largo de los cuales la autora analiza las fuentes que nos informan sobre la biografía de Eurípides, la fecha y el lugar de nacimiento del trágico, sus padres, su condición social, Eurípides pintor, Eurípides atleta, los maestros de Eurípides (Sócrates, Protágoras y Pródico, Anaxágoras), el carácter de Eurípides, su matrimonio, el proceso por impiedad en el que supuestamente se vio envuelto, los motivos que lo impulsaron a exiliarse voluntariamente en Macedonia, su estancia en la corte del rey Arquelao, su muerte y las tradiciones sobre su sepulcro.
Completan el volumen una nutrida bibliografía e índices de pasajes citados y de autores modernos.
A lo largo de todo el volumen se hace patente el esfuerzo de la autora por llevar a término el propósito principal de su trabajo: «questo volume non costituisce una definitiva conoscenza della complessa vita di Euripide, ma almeno è, nell' insieme, un tentativo di privarla degli elementi leggendari che la caratterizzarono».
Con tal objetivo, P. Ippolito lleva a cabo una recopilación y análisis crítico de los datos que nos transmiten las fuentes antiguas, un análisis en el que suele quedar claramente reflejada su opinión personal al respecto del tema que trata en cada ocasión, con alguna excepción aislada, como en el capítulo dedicado a la fecha y el lugar de nacimiento de Eurípides (pp. 11-13), un argumento ciertamente resbaladizo a propósito del cual la autora, obrando probablemente con prudencia, no termina de decantarse por ninguna de las opciones que ofrecen las fuentes antiguas.
Por otro lado, siguiendo la práctica ya antigua (que en el caso de Eurípides tiene su principal testimonio en la Vida de Sátiro) de extraer información sobre un autor a partir de su obra, P. Ippolito pretende frecuentemente (de manera un poco abusiva a nuestro entender) deducir datos biográficos a partir de lo que leemos en las propias tragedias y fragmentos de Eurípides, que naturalmente constituyen una fuente de muy difícil interpretación, por lo problemático que suele ser determinar si en tales pasajes se reflejan las opiniones del poeta o simplemente las de sus personajes.
Por eso no resulta extraño que, aunque generalmente nos resultan convincentes las conclusiones de la prof. Ippolito, en algunos casos no compartamos las deducciones obtenidas aplicando este principio.
Así, no creemos en absoluto que en Electra 932-937 haya una alusión al hecho de que la madre de Eurípides pudiera pertenecer a un status social y económico más elevado que su marido (pp. 19-20), e igualmente en los capítulos dedicados al carácter de Eurípides (donde este tipo de deducciones son especialmente frecuentes), a su matrimonio o a los motivos de su exilio, nos resulta difícil de aceptar que, por ejemplo, simplemente de la lectura del fr.
963 pueda deducirse que el poeta era persona tenaz (p.
62), o que la presencia de elogios de los hijos en varios pasajes de sus tragedias nos permitan suponer que fue hombre feliz por ser padre (pp. 75-76), o que sus frecuentes alabanzas de la amistad sean un reflejo de la escasez de sus amigos en Atenas, lo cual pudiera haber sido una de las razones que lo empujaron a exiliarse (pp. 86-87).
Pero en general, repetimos, las conclusiones a las que llega la autora nos parecen pertinentes.
La recopilación de datos es muy completa.
Nos permitimos, no obstante, sugerir alguna adición complementaria.
Sobre la muerte de Eurípides puede consultarse también la explicación del refrán Promérou kúnej, recogido en la colección de proverbios Zenobius Athous 4.26 (= Pseudo-Plutarco, Sobre los proverbios de los alejandrinos; véase también Pseudo-Diogeniano 7.52, en Corpus Paroemiographorum Graecorum I 295, donde se citan otros testimonios), con el comentario de O. Crusius, Tubinga, 1887-1895 (= Supplementum ad Paroemiographos Graecos III, Hildesheim, 1991 2 ).
En el capítulo «Eurípides atleta» (pp. 29-35) hubiera sido quizá interesante aludir a los epinicios que, según la tradición, compuso nuestro poeta para celebrar los éxitos deportivos de Alcibíades (fr.
La bibliografía resulta más que suficiente y está bien seleccionada.
Sugerimos únicamente la consulta adicional de algún trabajo que trata aspectos concretos de la vida y obra de Eurípides: sobre la relación entre el poeta y Atenas, véase S. Cagnazzi, «Notizie sulla particepazione di Euripide alla vita pubblica ateniese», Athenaeum 81, 1993, pp. 165-175; sobre la dura crítica de los atletas que contiene el fr.
282 N2 (pp. 33-34), son interesantes las consideraciones que hace P. A. Bernardini, «Essaltazione e critica dell' atletismo nella poesia greca dal VII al V secolo a.C. Storia di un' ideologia», Stadion 6, 1980, pp. 81-111, donde se discute si lo que se dice en ese pasaje refleja o no el pensamiento de Eurípides.
Patrizia Ippolito nos ofrece, pues, una recopilación muy completa y un estudio crítico de las informaciones que nos permiten reconstruir en lo posible la biografía de Eurípides y su relación con el ambiente social e intelectual de la Atenas de su tiempo, un ambiente apasionante del que Eurípides fue testigo y protagonista destacado.
El volumen contiene una selección de los trabajos presentados en el 4o Coloquio Anual de Filosofía Antigua de Arizona (19-21/2/1999).
Las contribuciones tratan aspectos de la filosofía platónica que van de la teoría de la reminiscencia en el Fedón hasta el currículum educativo de los filósofos en la República y que sólo de manera muy lata cumplen la aspiración del editor de que el hilo conductor de estos ensayos es la asociación de sujeto que conoce (knower), conocimiento y lo Conocido (Known), una asociación ya de por sí suficientemente difusa.
Entre las ponencias incluidas destaca el estudio que A. Gocer dedica al concepto de hesychia.
Para G., aunque tradicionalmente el concepto pertenecía al ámbito de la política, en Platón describe una condición mental que garantiza la estabilidad de la bondad (18) y a la que tienden todos los seres vivientes, incluidos los dioses.
G. sostiene que el mandamiento de mantener la calma aclara de forma esencial la doctrina platónica de asemejarse a dios que sirve de fundamento no sólo a la ética, sino también a la cosmología, ya que la imitación es el principio que impulsa a todos los seres de este universo.
En el extremo opuesto se sitúa, sin lugar a dudas, el confuso e impreciso artículo de Ll.
Según G., la deficiencia que el sujeto comprueba en los seres sensibles con respecto a las Ideas no es el producto de la abstracción, sino que es necesario conocer también la Idea y esto sólo puede suceder de manera perfecta cuando el alma está separada del cuerpo, ya que cualquier conocimiento relacionado con los sentidos será siempre imperfecto.
G. llega así a la conclusión de que, aunque los sensibles participen de ella, la Idea no es un universal, que se puede predicar de manera unívoca de todas las instancias particulares.
Dos trabajos están dedicados al Parménides.
R. Patterson se ocupa de la argumentación utilizada en la segunda parte del diálogo.
Su finalidad no consiste en presentar resultados fir-mes, sino que invita a pensar acerca de un amplio programa platónico de filosofía, semejante al que corresponde a la dialéctica en la República.
M. L. McPherran presenta una reconstrucción de lo que ha dado en llamarse la mayor aporía (137c4-e8) y trata de mostrar que, en su segunda parte, ésta quiere obligar a los que la estudien a reconocer un importante problema latente en la metafísica y la epistemología de la teoría de las Ideas.
Según McPh. la argumentación es posible por la aplicación de dos leyes típicas de la ontología platónica: la ley del encadenamiento fáctico (relativa a las Ideas relacionales) y la de la separación fáctica.
El error central en la aporía se encuentra en la ambigüedad del término dúnamij que se refiere tanto al 'significado de una palabra concepto' como a 'la capacidad de hacer algo' (64).
Otras dos ponencias estudian el Teeteto.
M. Mitzi Lee trata uno de los aspectos centrales de la teoría del conocimiento platónica, la relación entre pensamiento y percepción.
El trabajo se centra en la crítica que realiza Sócrates a los tres presupuestos que forman la "doctrina secreta" atribuida a Protágoras: (a) la identidad de aparecer y percibir (b) la pasividad de la percepción y (c) la simultaneidad y reciprocidad de percepción y ser.
Para M. L., Platón propone en el Teeteto diferentes modelos sobre la relación entre percepción y pensamiento que luego adoptaron otros filósofos, pero que él no endosa.
Shield estudia los problemas que Platón encuentra en la tercera definición de conocimiento.
Sh. pone en cuestión la interpretación tradicional que considera al Teeteto un diálogo aporético, porque, sostiene, las objeciones que Platón presenta son insatisfactorias, ya que no toma la doctrina de logos en su formulación más fuerte y ni siquiera llega a refutarla en su versión más débil.
Por último, dos trabajos muy flojos están dedicados a la República.
M. Miller mantiene que la función psicagógica de las cinco disciplinas matemáticas del currículum del libro VII consiste en liberar el alma del futuro filósofo de las tinieblas del mundo del devenir y guiarla hacia una realidad que, en su integridad sistemática trasciende lo sensible.
Las tres disciplinas centrales en la serie (geometría, estereometría y astronomía o cinemática) retrotraen el alma del filósofo a la estructura espacial básica del mundo sensible, en la medida en que tratan de las dimensiones espaciales y del movimiento de los cuerpos en ellas.
Con la armonía, la formación retorna al número, dado que esa disciplina estudia las proporciones en sí.
Para M. la concepción de aritmética presente en la primera disciplina depende de la concepción espacial que los pitagóricos tenían de los números y su estudio ya introduce en la geometría.
M. se plantea cuál es la relación existente entre las Ideas y las proporciones que son el objeto de estudio de la armonía, sin llegar a una respuesta conclusiva.
N. D. Smith trata de dilucidar cuál es el efecto educativo que Platón buscaba tener en sus lectores con la República.
S. entiende la R. como una obra dianoética que provee todo tipo de imágenes que deben ser entendidas como tales por los lectores que buscan comprender las realidades superiores y que plantean nuevos problemas filosóficos en cada estadio que se alcanza.
Para S, la R. es una obra de filosofía política que se supone que tendría su ubicación en la última fase de la formación de los futuros políticos filósofos.
El volumen es una buena representación de la situación de los estudios platónicos en el mundo anglosajón.
Las contribuciones tienen un desigual nivel científico y su único hilo conductor es, sin lugar a dudas, el de la philia.
«Tzetzes te tiene en sus manos: vigila ahora lo que escribes. / A él, que carece de libros, le gusta tener en sus manos un libro; / no sabe contenerse, y en los márgenes de los libros, / hace reproches a todos cuantos mienten».
Estos singulares versos (por llamarles de algún modo; son trímetros yámbicos bizantinos "técnicos") se leen en un códice laurentiano de Heródoto; van dirigidos al gran historiador de Halicarnaso, y los escribió Juan Tzetzes, en testimonio de su inveterada afición a emborronar cualquier espacio en blanco de los manuscritos a su alcance, para establecer un animado diálogo crítico-filológico con sus auctores.
M. J[agoda] L[uzzatto] ha estudiado con acribía admirable cincuenta notas que aparecen en los márgenes del celebérrimo códice tucidídeo de Heidelberg Pal. gr. 252 (E); tras un minucioso análisis desde todos los ángulos posibles, ha llegado a la conclusión, prácticamente sin posibilidades de duda, de que son de la mano del propio Tzetzes; el docto bizantino las escribió «pochi anni dopo la metà del XII secolo, alla fine di una estate, nel cuore di Costantinopoli e probabilmente nella Biblioteca imperiale».
JL los ha editado cuidadosamente, no sin advertir que la edición hasta ahora disponible (la de los Escolios tucidídeos, editados por K. Hude, Leipzig, 1927) contiene casi tantos errores como líneas.
Su contenido no es lo que se diría apasionante: minucias ortográficas, estilísticas y, sobre todo, dialectales; fantasías etimológicas a propósito de nombres como Italia y Gela; algún problema cronológico, sumariamente planteado...
Sin embargo, dejan entrever algo que sí es apasionante (por lo menos para mí): el modo de trabajar de un erudito del siglo XII que, al contrario que muchos de sus contemporáneos, era consciente de la importancia capital de los códices antiquiores.
Tzetzes -muy opuesto, desde este punto de vista, a la inmensa mayoría de bizantinos -detestaba el estilo de Tucídides (prefería con mucho a Heródoto) y lo que él denominaba sus constantes "solecismos sintácticos"; y lo hace saber sin tapujos: «Mejor habrían hecho los atenienses, oh Tucídides, / arrojándote a una cárcel obscura, a ti y a tu libro, / en lugar de desterrarte a los confines de Tracia [...]
Debieras saber que el discurso "técnico" de los historiadores / ha de ser claro y grave, persuasivo y al mismo tiempo grato...».
Mucho más que con el interés bizantino, tan desencaminado, por las diferencias dialectales entre jónico, eólico y ático, el lector curioso se entretendrá -supongocon las confesiones de Juan Tzetzes acerca de sus crisis asmáticas, en sus singulares arrebatos de impaciencia contra sí mismo y contra sus colegas, a los que califica de bárbaros, cerdos de Circe, búfalos (!), basura de los establos de Augias...
Es bien sabido que en el trasfondo de esta hostilidad subyacían los resquemores del concurso para la Cátedra imperial de retórica, concurso en el que Tzetzes había sido tumbado.
En todo caso, ya sea por sus aspiraciones (vanas) al rigor metodológico, ya sea por sus rasgos (demasiado) humanos, algunos valorarán en esta figura remota lo que realmente es: un precursor, un colega.
A primera vista, el presente volumen tiene unos propósitos didácticos y propedéuticos muy claros: introducir a un público especializado sólo a medias en la exégesis de una serie de mitos griegos (Belerofonte, Tiresias, las Danaides, etc.), integrados en una serie de textos por lo general ilustres.
Pero a priori no parecería razonable esperar que Cl.
C[alame], autor de una obra extremadamente personal, se limitase, aún en un volumen de esta índole, a una tarea tan modesta; y, en efecto, la intención polémica es aquí de gran calado.
C ha tomado distancias cada vez más militantes respecto a los análisis de corte estructuralista.
Sólo para simplificar -de un modo abusivo, ciertamente -, podríamos decir que la perspectiva semiótica y narratológica -tambien la philologia perennis, por otra parte -se convierten aquí en dominantes, por encima de la antropología -que no es, sin embargo, desdeñada, pero que no asume, en absoluto, un papel tan relevante como el que había desempeñado en otras obras de C. Aquí, y en oposición al dogma lévi-straussiano tradicional, en el sentido de que un mito está constituido por la suma de todas sus variantes, los problemas de la "mise en texte" y de la "mise en récit" merecen una atención absolutamente privilegiada.
El capítulo inicial, el más extenso de todo el libro (pp. 11-69), titulado «Créations narratives et poétiques», presenta un marcado carácter metodológico.
De Lafitau a Lévi-Strauss, se pasa revista a la dilatada teoría de los nombres que han constituido los hitos más significativos en tales estudios: Vico, Heyne, K.-O. Müller, Frazer, Nilsson, Harrison, Jeanmaire, Jung-Kerényi, Burkert.
Constituye un rasgo de talento expositivo, por parte de C, no limitarse a un análisis puramente abstracto, sino tomar como hilo conductor la historia de Démeter y Core.
Aunque la lectura de muchas de estas páginas no puede tacharse, en verdad, de ligera o amena, cumplen una función necesaria: la de poner al lector en guardia contra las frivolidades metodológicas y, sobre todo, contra lo que C denomina mordazmente "el eclecticismo de supermercado".
Los capítulos sucesivos discuten el relato de Belerofonte en el canto VI de la Ilíada (pp. 71-93), Clitemnestra y Orestes en la Pítica XI pindárica (pp. 95-115), Io y las Danaides en el Prometeo y las Suplicantes esquíleas (pp. 117-144), el "mito de la bella Helena" según Heródoto y Gorgias (pp. 145-167), Tiresias en el Himno V de Calímaco (pp. 169-205) y el panteón de Trezén de acuerdo con la descripción del libro II de la Periégesis de Pausanias (pp. 207-241).
En todos estos análisis no es, desde luego, la dimensión literaria la que predomina, sino las cuestiones de "pragmática": ¿Qué tipo de presente "construyen" poemas como los de Píndaro?
¿Y los Himnos calimaqueos?
De todos modos, me parece que habría resultado muy útil (aunque más arriesgado) dar otro paso aún y explicitar con mayor contundencia ciertas cuestiones subyacentes en muchos pasajes: ¿Cómo definir la relación entre poesía y religión en la Grecia antigua?
Y, dado que esta relación existe, sin la menor duda, y es de importancia capital -¿cómo hay que definir semejante religión, semejante poesía?
De acuerdo con lo que se ha apuntado tantas veces -y C, desde luego, no lo ignora -un célebre pasaje de Heródoto (II 53) constituye, probablemente, el mejor punto de partida para una respuesta razonable: «... me parece que Hesíodo y Homero [...] son los que compusieron la teogonía de los griegos, asignaron a los dioses sus sobrenombres, les distribuyeron artes y honores e indicaron sus formas...» (trad. de M. R. Lida).
No me parece que sea oportuno entrar aquí en una discusión pormenorizada, caso por ca-EM LXX 2, 2002 so, de los resultados más satisfactorios y las (hipotéticas) debilidades de los análisis concretos de C. Baste con decir que, en mi opinión, alcanza sus momentos más felices discutiendo el "mito de la bella Helena", el panteón de Trezén y, muy especialmente, el Baño de Palas calimaqueo; en cambio, la interpretación de la Pítica II se me antoja del todo insatisfactoria.
A pesar de sus esfuerzos, no veo que consiga establecer ninguna relación pertinente entre el mito de Clitemestra y la victoria de Trasideo, un adolescente tebano, en el estadio de Delfos.
Hay que decir en su descargo, empero, que nadie ha encontrado nunca, por lo menos que yo sepa, una explicación convincente de este poema enigmático.
Como resulta habitual en los trabajos de C, el aparato bibliográfico es riquísimo; y no se limita en modo alguno, por razones incluso programáticas, al dominio anglosajón (cosa que ocurre cada vez más frecuentemente).
Ello no hace más fácil su lectura, desde luego, pero la enriquece de modo considerable.
Tengo también la impresión de que algunos capítulos -el de Belerofonte, el del Baño de Palas -pueden ser muy útiles como guiones para clases universitarias, toda vez que (¡necesidades del realismo!) no exigen más que un conocimiento muy sumario de la lengua griega.
Pero este particular sólo puede confirmarlo la experiencia directa.
Venecia, Marsilio, 2000, 221 pp. Leyendo este nuevo volumen del maestro florentino (recopilación de algunos trabajos anteriores, dotada, empero, de unidad indiscutible), he añorado -quizás arbitrariamenteun diálogo ucrónico, imposible, absurdo, entre A. La P[enna] y el Michel Foucault de La historia de la sexualidad: entre la philologia perennis por una parte, capaz de aunar un excelente dominio técnico con una sensibilidad literaria excepcional, y, por la otra, las síntesis brillantísimas, aunque a veces no demasiado atentas a los matices del texto.
En todo caso, el planteamiento de LaP es de vasto alcance: ¿por qué, en la era Flavia, desaparecen casi totalmente de la poesía latina las Cintias y las Delias, las fascinantes dominae de la elegía augustal?
No cabe ninguna duda de que, tras los excesos neronianos, el nuevo régimen procedió a una suerte de rearme moralístico, cuya pieza maestra la constituyó una enfática revaloración del amor conyugal, de acuerdo con los tópicos acerca de las antiguas virtudes romanas.
Lo que llama la atención es que esta operación ideológica obtuviera (en términos siempre relativos, claro está) mayor éxito social (algo muy distinto son los resultados artísticos) del que pareció coronar los esfuerzos de Octavio y sus colaboradores.
Por otro lado, y en una suerte de contrapartida involuntariamente irónica, el eros pederástico alcanzó unos niveles de respetabilidad y preeminencia que contaban con pocos precedentes; por ejemplo un Estacio, poeta titular del eros púdico, se permite elogiar las virtudes de ciertos pueri delicati con un vocabulario y en unos términos reminiscentes, sin duda, de los elogios tradicionalmente consagrados... a las matronae (cf. pp. 135-68); y el Hilas de Valerio Flaco constituye un romántico dechado de virtudes.
Debo confesar, sin embargo, que a lo largo de la lectura de estos ensayos, he disfrutado, mucho más que con la sociología del sexo en la Roma imperial, con el análisis literario de determinados personajes y escenas felices: Medea en las Argonáuticas de Valerio Flaco, la Argia de la Tebaida de Estacio y el relato de la expedición nocturna en el mismo poema, el Aquiles efebo de la Aquileida...
No debe ser ajeno a ello, tampoco, el hecho de que el capítulo que he leído con mayor placer haya sido el tercero, particularmente extenso, que se titula «I cento volti dell 'eros di Marziale» (pp. 67-133): la talla poética de Marcial es objetivamente superior (a pesar de que sus ingeniosidades no sean siempre del gusto de LaP) a la de Estacio o Silio Itálico...
Un breve apunte para concluir.
El tercero y más extenso de los Apéndices, unas muy interesantes «Note sulla fortuna del mito di Ila» (pp. 193-212), podría haber sido enriquecido con un análisis del término griego numfolhptój y de los pasajes y personajes que se relacionan con él; por otra parte, más que los "conocidísimos" trabajos de Mannhardt y Frazer, habría valido la pena citar a Ernesto De Martino, «La messe del dolore Más de 450 páginas, 31 trabajos (salvo error u omisión), 33 autores de ocho o nueve países, cuatro lenguas, centenares (o quizá millares) de referencias bibliográficas; un tema -el mundo de los héroes -absolutamente determinante para la religión, la literatura, la arqueología y la antropología de la Grecia antigua: el más elemental sentido común aconsejaría no reseñar (sobre todo en un espacio tan forzosamente limitado) las Actas del Congreso que el Centre International d'Étude de la Religion grecque antique, editor de la revista Kernos, organizó en la Universidad de Valladolid en mayo de 1999.
Por otra parte, muchos de estos investigadores pueden exhibir una dilatada trayectoria en su terreno; y no pocos, entre ellos, son amigos o, por lo menos, conocidos personales del presente reseñador.
Pero a pesar de todo, no deja de ser preciso dar cuenta, aunque sea brevemente, de la aparición y el contenido de este importante volumen.
Articular un elenco-clasificación, es lo que resulta, de hecho, menos difícil e inconveniente.
Después de la Introducción temática, acompañada de una bien seleccionada bibliografía, a cargo de los editores del volumen, Vinciane Pirenne-Delforge y Emilio Suárez de la Torre (pp. IX-XXIII), aparecen héroes y heroínas en conexión con los distintos géneros literarios: la poesía lírica, a cargo de Carmen Barrigón; el ditirambo (B. Zimmermann); el teatro de Esquilo (E. Moutsopoulos), el de Eurípides (F. Jouan) y la tragedia en conjunto (A. Serghidou).
Quisiera llamar aquí la atención sobre la brillante exégesis de la historia de Arión (Hdt.
I 23) por Bernd Zimmermann (pp. 15-20), que rastrea cómo el ditirambo, el viejo canto dionisíaco, fue vinculado a las iniciaciones juveniles en las que los cultos heroicos desempeñaban un rol preeminente.
Muchas páginas después (pp. 125-36), I. Tassignon estudiará, en una conver-EM LXX 2, 2002 gencia probablemente involuntaria, pero significativa, los casos de una serie de héroes qeómaxoi que se enfrentan a Dioniso: Perseo, Licurgo y, de un modo menos directo, Télefo y el mismo Orfeo.
También constituyen una suerte de bloque los estudios acerca de un héroe concreto: así, P. Wathelet analiza la doble iniciación de Aquiles en la Ilíada; Ana Iriarte se refiere a Ismene y Crisótemis y al contraste que ofrecen con sus impetuosas hermanas; J.A. López Férez, a Aquiles en Eurípides; A. Moreau, a Acteón; P. Angeli Bernardini, a Héracles y sus rasgos "femeninos" (según la línea trazada por N. Loraux, pero, a la vez, marcando una serie de diferencias frente a ella); A. Pérez Jiménez, a Teseo en la correspondiente Vida plutarquea; P. Somville, a los "decadentes" Hero y Leandro.
Otro subconjunto dotado de unidad clara y que resulta particularmente novedoso -por lo menos para el reseñador presente -, pero no exento de aspectos polémicos (uide infra), está formado por la reflexión filosófica acerca de la condición heroica: abre el fuego A. Motte discutiendo la categoría platónica del "héroe", y siguen Inmaculada Rodríguez Moreno (acerca de aquellos pensadores que ubican a los héroes en una posición intermediametacú -entre los hombres y la divinidad) y E. A. Ramos Jurado (a propósito de la Antigüedad tardía, con un énfasis especial en el neoplatonismo y el neopitagorismo).
Más difíciles de clasificar resultan el trabajo de José Luis Calvo Martínez sobre las katabáseij heroicas (lo que me ha interesado particularmente son las brillantes observaciones acerca de la Nekuîa odiseica, aunque también habla de Héracles, Piritoo, Teseo y Orfeo) y el de M. García Teijeiro y María Teresa Molinos Tejada acerca de ciertos héroes "malvados", recopilados en una serie de curiosos e inquietantes relatos procedentes de autores como Filóstrato, Partenio, Pausanias, Antonino Liberal, etc.
Los arqueólogos, desde luego, no podían dejar de tener una presencia destacada en un volumen de estas características.
Así, I. Ratinaud-Lachkar estudia la presencia -o, más bien, la ausencia -de héroes "homéricos" en tres santuarios de época geométrica (el Menelaion de Terapne, cerca de Esparta; el Agamemnonion próximo a Micenas, y la gruta itacense de Polis, consagrada a Ulises); Gunel Ekroth, ciertos rituales sacrificiales característicos del culto heroico.
A continuación, A. Verbank-Piérart pasa revista a los héroes "curadores" o sanadores; y L.-M. L'Homme-Wéry, a los héroes de Salamina.
Al final del volumen (pp. 435-47) se encuentra un estudio del arqueólogo búlgaro Nikola Theodossiev acerca de algunos cultos relacionados con tumbas monumentales en Tracia.
A caballo, en cierto sentido, entre la filología en el sentido más estricto y la arqueología. se encuentran el estudio de M. P. de Hoz sobre los héroes de Anatolia citados por Estrabón en los libros XI-XIV de su Geografía (los Argonautas, Télefo, Mopso, Sarpedón...) y el rico trabajo de M. Piérart (pp. 409-37) acerca de los héroes fundadores y civilizadores argivos según la versión del Libro II de Pausanias.
Para el filólogo, el resultado más contundente de la lectura de este rico conjunto de trabajos "de campo" es la constatación de hasta qué punto los arqueólogos contemporáneos han arrumbado el antiguo dogma acerca de las diferencias mayores entre el ritual divino y el ritual heroico, que habíamos aprendido a considerar un elemento axial del sistema religioso griego; la misma distinción tajante entre figuras divinas y figuras heroicas (una distinción que, en última instancia, elaboraron los propios pensadores antiguos, platónicos y pitagóricos, como se destacaba en otros trabajos, mencionados supra) debería probablemente ser repensada.
Incluso la interpretación tradicional de determinados pasajes literarios -la glorificación de Pélo-pe en la Olímpica I, por ejemplo, o ciertos finales ex machina de Eurípides, como el del Erecteo (al que Francis Jouan consagraba parte de su trabajo) -tendría que sufrir entonces una revisión importante.
También quisiera destacar, tanto por su extensión (pp. 281-332) como por la riqueza de sus materiales, el gran artículo de Annie Verbanck-Piérard, si bien hay que anotar que suscita más cuestiones de las que resuelve.
En otro orden de cosas, el artículo de N. Theodossiev, cuyos tecnicismos arqueológicos en parte se me escapan, ofrece (cf. p.
443) indicaciones importantes para comprender mejor la última escena del Reso pseudo-euripideo.
Enumeremos, para concluir, aquellos estudios que dependen fundamentalmente de una perspectiva que podríamos llamar, para entendernos, "histórico-religiosa" (por contraposición a disciplinas como la filología y la arqueología, y en el bien entendido que tales fronteras no resultan, con frecuencia, nada fáciles de trazar).
Así, F. Díez de Velasco analiza la iconografía de Héracles en relación con Atlas, el Jardín de las Hespérides y el axis mundi; M. Rocchi se dedica a un brillante ejercicio de bravoure a propósito del héroe Cérambo, pastor transhumante en las nevadas cumbres de Tesalia; Alain Blomart pone en relación los rituales latinos de euocatio con sus más o menos lejanos parientes griegos, los desplazamientos y transferencias de reliquias heroicas; los trabajos de G. Hoffmann y E. Voutiras constituyen una suerte de "vidas (o mejor, muertes) paralelas": la primera analiza la "exitosa" heroización de Brásidas después de la batalla de Anfípolis; el segundo, la "frustrada" heroización del espartiata Cleómenes tras su desastrosa experiencia egipcia.
Quiero cerrar ya esta reseña, a la vez demasiado larga y demasiado breve, con una reflexión de alcance sobre todo personal, aunque no por ello forzosamente subjetiva.
Estoy seguro de que las contribuciones que he leído con "menor" interés -a pesar de mi teórica especialización profesional -son las "más" estrictamente filológicas; también estoy seguro de que ello no se debe, en términos generales, a que su calidad sea inferior.
¿Se trata de una simple fatiga momentánea por mi parte, o de un indicio más en el sentido de que la vieja philologia perennis reclama un nuevo bautismo en las aguas regeneradoras de la arqueología, la antropología, la ciencia de las religiones, etc.?
Más bien esto segundo, pienso; al fin y al cabo, la "ganancia personal" más importante que creo haber derivado de la lectura de este volumen es la de una comprensión menos aproximativa, más afinada, de algo que los filólogos clásicos casi nunca apreciaron cabalmente: estos difíciles finales euripideos'pò mhxanÊj, como los del Erecteo, el Reso, la Antíope...
Von Homer bis Boethius, Múnich, 2000 M. Hose nos presenta aquí una obra de conjunto, en la que ocho expertos en la Antigüedad clásica recorren otras tantas obras que por su excepcionalidad se consideran fiel reflejo del significado y trascendencia del Mundo antiguo para la cultura occidental.
La herencia grecorromana se contempla como un "continuum" en el que no cabe diferenciar lo griego de lo romano, por ello se escoge a tres autores griegos y a cuatro de la tradición romana.
La selección se propone, asimismo, ofrecer al lector un ejemplo singular de distintos géneros literarios EM LXX 2, 2002 cultivados en la tradición clásica, sin ser exhaustivos pero sí aspirando a mostrar la riqueza que la literatura antigua poseía en este aspecto.
Así, los autores que conforman este volumen son: Homero, Ilíada (H. Flashar), Esquilo, Orestíada (M. Hose), Platón, Apología de Sócrates (A. Patzer), Cicerón, Filípicas (W. Stroh), Virgilio, Eneida (W. Suerbaum), Ovidio, Metamorfosis (N. Holzberg), Apuleyo, El asno de oro (P. von Möllendorf), y Boecio, Consolación de la Filosofía (J. Gruber).
En la introducción al volumen, de M. Hose, se hace un repaso de estas "obras maestras" atendiendo a los cambios que en el período de tiempo que abarcan han experimentado la noción y consideración de la literatura, desde sus orígenes orales hasta el momento en que el mundo literario creó sus propias leyes y conformó un reino aparte de juegos intertextuales.
Cada uno de los capítulos procura enmarcar la obra en su contexto social y cultural, mencionándose las circunstancias que convierten al texto no en un pretexto para lanzarse a la crítica literaria abstracta, sino en el fruto de una personalidad creadora que se alimenta y respira en un lugar y un tiempo.
También se pone atención a aspectos estrictamente literarios, pero siempre sin despegar demasiado los pies de la comprensión de la obra como parte de un todo más amplio y más rico en el que se imbrica y al que pertenece: el momento histórico.
Dentro de la homogeneidad en el tono que se aprecia en la obra, se destacan, sin embargo, algunas contribuciones por la originalidad de su enfoque, como es el caso del análisis que de La Eneida realiza W. Suerbaum.
Propone un acercamiento a este texto considerándolo un "lugar literario" que permite su comprensión de las diversas maneras en que podemos aproximarnos a un lugar físico para su conocimiento: a vista de pájaro, siguiendo los caminos y sendas marcados previamente o atendiendo a los hitos sobresalientes en el terreno.
La finalidad principal que se adivina en estas páginas es la divulgación de obras esenciales de la herencia clásica entre el público no especializado.
Este objetivo no es fácil de cumplir, al contrario de lo que muy comúnmente se piensa, pues el autor que se lo proponga se mueve entre dos errores igualmente nefastos: oscurecer la información esencial entre información erudita y especializada en exceso, y, por otro lado, apenas apuntar obviedades generalistas.
Este último peligro se acentúa aún más en una época como la actual en la que el lector medio es cada vez más ajeno a la herencia clásica y más desconocedor de sus textos.
En el caso concreto de la obra presentada por M. Hose se ha sabido alcanzar una justa medida entre ambos extremos, y, a pesar de que la autoría sea compartida por diversos autores, el resultado ofrece una considerable uniformidad en el tono y sabe exponer las principales características y peculiaridades de cada una de las obras seleccionadas, atendiendo a las dificultades de análisis o interpretación, sin renunciar ni al rigor que una aproximación especializada exige, ni a la claridad necesaria para hacerse accesible a un público amplio.
Asimismo, esta obra aspira a ser el primer paso hacia una mayor profundización en los textos presentados, para lo cual se proporciona una breve pero suficiente referencia bibliográfica al final de cada capítulo.
En ella se facilita al lector interesado desde ediciones de los títulos analizados y traducciones al alemán, hasta literatura secundaria que se ocupa más detenidamente de algún aspecto concreto de la obra o autor tratados.
Para la elaboración de este apartado se ha pensado principalmente en el lector de habla alemana, y así, los títulos recomendados están, en su gran mayoría, en dicha lengua, aunque excepcionalmente se cita algu-na obra en inglés.
A este respecto, asimismo, se han tenido en cuenta la bibliografía de más reciente aparición (bibliografía de los noventa y ochenta en gran parte) siempre que ha sido posible, lo que facilita al lector su localización.
La curiosidad académica del lector agradecerá el "Quién es quién" final, donde se ofrece una breve biografía de cada uno de los colaboradores en el libro con los datos más relevantes de su carrera docente e investigadora.
SUSANA La elección de Weimar como capital europea de la cultura en 1999 se consideró motivo adecuado para la celebración de unas jornadas en Salerno, concretamente en el Liceo-Gimnasio Statale "F. De Sanctis", en las que analizar el significado y trascendencia del florecimiento artístico-cultural que experimentó dicha ciudad desde el s. XVIII.
El resultado de estas reflexiones ve la luz como volumen quinto de los 8UpomnÉmata -Quaderni di Filologia Classica.
Para el estudioso de los clásicos el fenómeno cultural que se vivió en Weimar tiene un doble interés: por un lado, la propia República de Weimar representa un intento de establecer una constitución democrática inspirada en los principios de la Grecia clásica; por otro, esta ciudad se convirtió desde mucho antes en la sede de un movimiento de renovación didáctica de los estudios en general, pero muy particularmente de los estudios clásicos.
Partiendo de estos hechos históricos, se propone a los participantes en dichas jornadas examinar el controvertido tema del significado actual de la presencia de las lenguas clásicas en la enseñanza de la Europa del s. XXI.
Sin embargo, la lectura del volumen nos revela que no responden por igual todas las colaboraciones al espíritu declarado en la introducción.
Así, podemos diferenciar, a grandes rasgos, tres tendencias en el conjunto de los catorce artículos: aquellos artículos en los que predomina una visión retrospectiva sobre la presencia de los clásicos y su estudio en los años dorados de Weimar (es el caso, entre otros, de las colaboraciones de U. Todini, E. Amato y también P. Policastro, aunque poniendo éste último el énfasis en el análisis de los fundamentos de la constitución de Weimar); aquellos otros que se centran en las vías de desarrollo que los estudios clásicos han experimentado durante las últimas décadas en sus diversos aspectos y en las orientaciones que parecen perfilarse (los de Ch.
Segal, P. Fedeli, G. Avezzù, M. Fusillo, E. dal Covolo, L. Landi); un último grupo que no puede adscribirse a ninguno de los dos grandes temas propuestos en la introducción como alma de las jornadas celebradas (por ejemplo el de G. Cerri o el de G. F. Gianotti).
En lo que respecta a este último grupo, no está en discusión ni su interés científico ni su calidad (muy al contrario, ha de destacarse el minucioso análisis de la teoría física de Parménides realizado por G. Cerri), pero sí la pertinencia de haber sido incluido en esta obra colectiva, con un hilo conductor tan nítidamente presentado en la introducción.
EM LXX 2, 2002 También encontramos artículos peculiares y menos fácilmente clasificables, como el de A Malzone que propone un paralelismo entre las ideas que inspiran el Dyscolus de Menandro y aquellas que la República de Weimar intentó encarnar, sin plantear dependencias buscadas; o el delicioso de F. Donadi, que repasa el tema de Helena en sus interpretaciones y sus recreaciones modernas.
Sin duda, la mayoría de las colaboraciones pertenecen al segundo grupo, lo cual responde a una inquietud actual, ampliamente compartida.
Se destacan especialmente los artículos respectivos de Ch.
Segal recrea en su colaboración el «adagio» antiguo, y en una breve y dos veces buena exposición recorre las principales líneas que han guiado la crítica literaria de los clásicos durante los últimos treinta años con una sencillez y claridad encomiables.
No menos atinado se muestra al enunciar los cambios que se han producido en la sociedad europea de finales del s. XX y comentar cómo repercuten éstos en la enseñanza de la literatura clásica.
De agradecer, especialmente, el que abogue por no olvidar la belleza del texto y el placer en sí de leerlo, en medio de tanta teorización crítica, sobre todo por el papel definitivo que esto desempeña en la primera aproximación de todo alumno a la literatura clásica, un alumno cada vez menos culto y de horizontes literarios más limitados.
A su vez, el artículo de P. Fedeli, aunque se ciñe a la situación del latín, plantea preguntas básicas que pueden -y deben -extrapolarse a la situación del griego en la enseñanza actual.
En su reflexión final defiende la escuela como contrapeso a la presión de todo ese universo protagonizado por la tecnología que rodea hoy a los alumnos, configurándose como la vía de acceso a todo aquello que esa tecnología no proporciona: básicamente capacidad crítica.
El volumen se cierra con dos reseñas muy en detalle: a la edición de M. Menchelli, Dione di Prusa.
XXX), Nápoles, 1999, a y la de M. Marcovich, Diogene Laertii Vitae Philosophorum, Stuttgart, 1999.
Con este apéndice el volumen adquiere una fisonomía un tanto peculiar, no del todo acorde con la voluntad de conjunto temático que se pretendía en la introducción.
SUSANA M. LIZCANO REJANO NORDEN, E., La Prosa Artística Griega.
De los orígenes a la edad augústea, Manuales Universitarios 2, México, Universidad Autónoma de México, 2000, XXVIII + 217 pp.
Esta traducción del libro clásico de Eduard Norden Die antike Kunstprosa (Berlín, 1898) recoge únicamente la sección inicial del volumen primero de la obra, esto es, la parte que abarca desde los orígenes de la prosa artística griega, en la segunda mitad del siglo V, a la edad augústea.
La obra monumental del filólogo alemán ha sufrido por tanto un "corte reductivo" debido a que el proyecto inicial de traducción íntegra pasó a convertirse en un proyecto de investigación centrado en la época clásica griega.
Aunque la obra es bien conocida, no está de más recordar que esta parte inicial, considerada aquí independiente del resto de la obra, está formada por cinco grandes capítulos.
Por un lado, podemos agrupar los capítulos primero, segundo y quinto, que estudian la formación, los postulados y la degeneración de la prosa artística griega.
Así, el capítulo primero (pp. 27-68) comienza presentándonos a Trasímaco y a Gorgias como los fundadores de la prosa artística y analiza las distintas figuras gorgianas, la prosa poética y la prosa rítmica.
El segundo capítulo (pp.69-85) estudia los tres postulados de una buena prosa: que esté adornada con figuras retóricas, que tenga cierta proximidad con la poesía y que sea rítmica.
El quinto capítulo (pp.165-199) se ocupa del periodo de decadencia de la prosa griega y la aparición de la elocuencia asiática (el denominado asianismo).
Por otro lado, el capítulo tercero (pp.87-105) analiza la figura de Gorgias y su escuela.
El capítulo cuarto (pp.107-163), que lleva por título «La Edad Clásica de la prosa ática», trata de las relaciones entre historiografía y retórica y entre historiografía y poesía, con el análisis de autores como Polibio, Tucídides, Jenofonte, Platón o Isócrates, entre otros.
La traducción ha sido realizada por Cecilia Tercero y Omar Álvarez bajo la supervisión de Paola Vianello de Córdova.
Conviene señalar que los autores se han basado en la primera edición alemana de 1898, pero también han tenido en cuenta los addenda de la segunda y tercera edición (1909 y 1915), así como la traducción italiana de la obra completa (Roma, 1986).
Estos suplementos aparecen en las notas al texto entre corchetes cuadrados, seguidos del año de la edición correspondiente.
Con respecto a los estudios sobre la materia aparecidos a lo largo del pasado siglo, el lector interesado deberá seguir consultando la extensa bibliografía que acompaña a la traducción italiana.
Antes de concluir debemos destacar el brillante prólogo, realizado por Antonio López Eire (pp. IX-XXVIII), en el que nos señala "lo básico que es este libro para entender la historia de la Poética, de la Retórica y de la Estilística" y el deleite que va a encontrar el lector en este estudio del lenguaje como arte y persuasión.
Un consejo que no debemos pasar por alto.
C. Salemme ofrece al lector una reedición de una monografía sobre Manilio, cuya difusión anterior se fraguó en las prensas de la conocida Società Editrice Napoletana (1983).
Aquella primera edición fue justamente saludada con buenos augurios por el Prof. Ramírez de Verger en las páginas de esta misma revista (Emerita 54, 1986, pp. 358-359).
No obstante, hoy queremos hacer una presentación más detenida que en la anterior ocasión, pues la obra bien lo merece.
El libro comienza, como es habitual en estos casos, respetando el prólogo de 1983 y añadiendo unas líneas de actualización y justificación de la nueva edición.
En honor a la verdad, hay que advertir que el título del libro de S. no hace justicia al contenido del mismo.
En realidad, no es una introducción a Manilio en el sentido tradicional del término, ya que hay aspectos, como la lengua (léxico, morfología y sintaxis), la métrica o, incluso, la misma materia EM LXX 2, 2002 astrológica, que no son tratados por el autor.
Sin embargo, este libro desborda con mucho los contenidos de lo que se entiende por introducción, pues las cuestiones abordadas en él -esencialmente los filosóficas y literarias -son estudiadas con un detenimiento propio de una monografía.
Desgranemos, pues, el libro para demostrar esta afirmación.
El problema de las fuentes (pp. 9-26), uno de los aspectos más debatidos de la crítica maniliana, es la primera cuestión abordada por S., en donde éste analiza la influencia del pensamiento de los grandes maestros del estoicismo, Crisipo y Zenón, así como los elementos comunes prestados por Posidonio, cuyo influjo S. considera fundamental, y por el sincretismo hermético, en la estructura filosófica de Manilio.
La influencia de las fuentes anteriormente citadas se observa, sobre todo, en el capítulo II (pp. 27-45), en el que S. expone la interpretación cosmológica maniliana y la teoría de la "simatía cósmica", que interrelaciona todas y cada una de las partes del cosmos, y que convierte al hombre en un microcosmos que recibe las influencias y efluvios de esa "comunión" cósmica.
Como consecuencia, el hombre está en disposición de conocer e interpretar los fenómenos celestes, pues él mismo forma parte del universo celeste; es más, el hombre, como centro de las diversas partes del cosmos, entre los que se incluyen los astros, está en relación directa con la divinidad.
Puede decirse que la pronoia gobierna tanto la vida de los hombres como el orden universal.
Del mismo modo puede acceder al conocimiento de la íntima naturaleza divina, por formar parte de esa misma naturaleza.
Por todo esto, el estoicismo no le interesa a Manilio por sus enseñanzas éticas, como en el caso de Cicerón o Virgilio, sino "per una interpretazione cosmologica della natura" (p.
27), es decir, como medio de expresión de su particular mundo poético.
El tercer capítulo (pp. 46-74) está consagrado a lo que es el aspecto nuclear de la astrología y, por consiguiente, del poema maniliano: el destino, cuyas leyes inmutables rigen todas las cosas, no de una manera indiscriminada y ciega, sino -en opinión del autor -como un argumento providencial que actúa en la historia humana.
Dicho de otra manera, el destino del hombre no está subordinado al devenir unitario del cosmos, sino más bien coordinado a todos las demás partes del orden universal, del cual participa por naturaleza.
En este capítulo también aborda la idea de progreso político y social: al contrario de lo que enseña el mito de las Edades, la historia de Roma demuestra que se progresa desde la barbarie hacia la civilización, pasando así del villorrio tiberino al imperio y a la afirmación del princeps como vértice de la pirámide social, proyectado hacia el cielo y hacia los astros como anticipo de lo que será el culto imperial.
El conocimiento de la ciencia astral estará reservado a una élite de esa pirámide: los sapientes.
Aborda también S. el problema de la datación del poema: final del reinado de Augusto y comienzos del de Tiberio.
En el capítulo IV (pp. 75-104) estudia S. la función del mito en el poema maniliano; para ello el autor realiza un examen de la "prehistoria" de los mitos utilizados por Manilio -fundamental es Arato y la tradición aratea -, de la adaptación de esos mitos por parte del poeta y su relación con las fuentes mitográficas.
S. sospecha que Manilio había manejado directamente los Catasterismos de Eratóstenes.
La manera de tratar Manilio el mito es alusiva, algo típicamente alejandrino y heredado por la poesía neotérica, anticipando así la poética del s. I. Es mérito de S. reconocer que los estudios sobre el mito, más que para la reconstrucción del mundo espiritual de los Astronomica, sirve para conocer el programa poético y la evolución artística de Manilio, pues estamos ante una obra poética, no lo olvidemos, no un tratado científico.
Hay que recordar que el propio poeta en 1.20-24 presenta su poema no sólo como res, sino también como carmen.
Una parte no pequeña de la obra de S. está consagrada a uno de los aspectos menos atendidos, como suele suceder con los autores de materia técnica, aunque sean poetas, por los estudiosos manilianos: el estilo.
Todo el capítulo V (pp. 105-145) está dedicado a estas cuestiones valiéndose del comentario de pasajes varios y diversos.
El pasaje de Andrómeda es un ejemplo elocuente del quehacer del poeta.
Hay que destacar las relaciones estilísticas que S. encuentra, en la descripción de un mito o de un fragmento, entre Manilio y Ovidio, Virgilio o Cicerón.
El autor insiste en poner de relieve la relación entre el poema maniliano y la poesía neotérica y de época augústea, así como su vinculación con la de época neroniana: Lucano y Séneca.
Pero, sobre todo, trata de dejar en evidencia sus relaciones con la poesía alejandrina.
Como corolario del presente libro (pp. 142-162), el autor ofrece una exhaustiva bibliografía comentada que comprende ediciones, comentarios y problemas de crítica textual, cronológicos, poéticos, fuentes helenísticas, técnica narrativa, influencia de la retórica, lengua y estilo, obras generales sobre la Estoa, la cuestión posidoniana, el problema del culto imperial y, en fin, la suerte de Manilio en la posteridad.
Esta bibliografía es la misma que S. presentó en su edición de 1983.
El autor, no obstante, ha intentado evitar el desfase cronológico publicando unos addenda (pp. 163-167) cerrados en el 2000, en donde ofrece, de manera más sumaria que en el apartado anterior, las contribuciones que en los últimos años han aparecido a propósito de Manilio.
Aquí habría que objetar que S. no tiene en cuenta algunas obras generales sobre astrología, publicadas en estos últimos veinte años y cuya presencia hubiese sido un enriquecimiento de un apartado ya de por sí copioso.
Cierra la obra un útil índice de autores modernos citados a lo largo de la misma (pp. 169-173).
Cabría añadir que se echa de menos otro índice de los autores antiguos citados, así como un index locorum Manilianorum; ambos habrían sido de gran utilidad.
En resumidas cuentas, un libro importante sobre Manilio, que ha merecido los honores de una cuidada reedición y cuya lectura es absolutamente recomendable para todo lector que quiera adentrarse en la ardua problemática que suscita el célebre poema astrológico.
Estas páginas son suficientes para reflejar la amplitud y la complejidad de la materia sabiamente tratada por S.
Originalité et cohérence, Lovaina-París, Peeters, 2000.
En 1991 Delarue ofrecía en microficha una monumental "tesis de Estado" que, a pesar de la incomodidad del soporte, fue acogida con el agrado lógico por parte de la investigación de literatura romana imperial.
Con ella se rompía el silencio en el que se había sumido la crítica literaria de época imperial, tras el discreto auge que los estudios estacianos habían tenido en el período 1950-1975 gracias, fundamentalmente, a las monografías de B. Kytzler, F. M. Ahl, EM LXX 2, 2002 W. Schetter, H. A. Luipold, Th.
Con aquella tesis (Stace, poète épique, Paris, 1991), Delarue culminaba, de alguna forma, una larga trayectoria de dedicación al poeta napolitano.
Los diez años transcurridos entre la tesis de Delarue y la edición en soporte convencional han provocado, tal como era de esperar, que Stace, poète épique.
Originalité et Cohérence suponga una remodelación bastante radical del prototipo.
La labor intensa de revisión queda patente tanto en la simplificación y reorganización del ingente material originario, como en la incorporación de la bibliografía reciente y en la evolución de ciertas posturas, evidente sobre todo en la segunda parte del libro.
En este sentido, hay que mencionar la inclusión del capítulo IX («Le surnaturel»), uno de los más interesantes e innovadores, que Delarue ha escrito inspirado, sin duda, por D.C. Feeney (The Gods in Epic, Poets and Critics of the Classical Tradition, Oxford 1991), a cuyas brillantes reflexiones sobre los dioses épicos no ha permanecido insensible ningún crítico estaciano.
Con todo, la consecuencia más visible de la reorganización del material ha sido que nos encontremos ante una obra de dimensiones más modestas: 453 páginas frente a las casi 1400 del original.
Delarue, lógicamente, ha tenido que renunciar a una parte importante de la información que constituía la Primera Parte de la Tesis de Estado y que, bajo el título de "Le poeta dans son milieu", daba noticia detenida y erudita del helenismo de Estacio, de su figura social y poética, del papel de su padre en la formación del poeta, así como de sus relaciones con los creadores contemporáneos e inmediatos predecesores.
La obra queda así reducida (aunque con dimensiones todavía muy amplias) a lo que eran la Segunda y Tercera Parte, que en la tesis original correspondían a los epígrafes «Prisci Vates» y «Les épopees», y que en esta nueva "versión" aparecen, respectivamente, bajo los títulos de «Originalité» y «Cohérence», anticipados en el subtítulo de la monografía.
Después de un capítulo introductorio sobre la figura de Estacio, estudia el impacto que en su obra han tenido las tres tradiciones de las que el poeta es, siempre en opinión de Delarue, deudor: la tradición homérica, la erudita (de raigambre calimaquea) y la propiamente romana (Virgilio, Lucano y Séneca).
Los distintos grados de intertextualidad que el estudioso encuentra que Tebaida, Aquileida y Silvas establecen con respecto a estos tres ejes es lo que permite a Delarue defender la Originalité del poeta romano, concepto con el que titula toda esta Primera Parte.
Delarue sostiene que Virgilio y Séneca son los maestros indiscutibles de Estacio, pues ellos han guiado y condicionado la relectura de hechos originariamente lucaneos, homéricos o calimaqueos.
El estudioso enfrenta la relación filológica e intelectual (que no dialógica), que Estacio mantiene con Homero a la voluntad dialogística (en el sentido de la Estética de la Recepción de 'relectura polémica') que, en cambio, el poeta sostiene con Lucano, Séneca y, sobre todo, Virgilio ("Homère apparaissait dans un arrière-plan grandiose et lointain, Virgile est partout" -p.
En este sentido, el diálogo que Estacio establece con Virgilio habría encontrado concreción en una emulación por inversión.
Su diálogo con Lucano habría cristalizado en ciertos hechos que, pese a su clara ascendencia lucanea, habrían cedido su significación política a favor de la moral; así, la idiosincrasia de la Pietas, Clementia y Libertas de la Tebaida son explicadas por Delarue como resultado de la lectura virgiliana a la que el poeta napolitano habría sometido el Bellum Ciuile.
Y, por último, el diálogo con Séneca explicaría la crítica y distancia que el autor de la Tebaida habría conseguido establecer respecto a Virgilio.
En definitiva, según el sentir de Delarue, en el mundo poético estaciano Homero y Lucano han sido releídos a la luz de Virgilio, mientras que Virgilio lo ha sido a la luz de la doble vertiente de Séneca: tanto del Séneca trágico, interesado en lo patético, como del Séneca filósofo, defensor de la teología natural.
En otras palabras, Virgilio habría sido el responsable de la moralización de los contenidos lucaneos y, lo que es más importante, Séneca lo sería de la "filosofización" de éstos.
De hecho, es tal la preeminencia que Delarue confiere a la continuidad entre la obra de Séneca y la de Estacio que no duda en asignar a la Tebaida el rango de "fable philosophique" (pp. 427 ss.) y ésta es la premisa que le permite dotar de una base fuerte su defensa de la Cohérence de la Tebaida.
Es sabido, que, a la luz del estado actual de los estudios estacianos, tras las aportaciones de la escuela anglo-americana, encabezada y continuada, respectivamente, por F.M. Ahl ("The Rider and the Horse: Politics and Power in Roman Poetry from Horace to Statius", ANRW II 32.1, 1984, 44-110) y por W.J. Dominik (The Mythic Voice of Statius.
Power and Politics in the Thebaid, Leiden, 1994) aplicar a la Tebaida el calificativo de "filosófica" se ha transformado en algo altamente problemático, sobre todo si con ello se pretende significar, tal como Delarue hace (p.
175), que la composición presenta un mundo conforme a las concepciones estoicas.
Bien es cierto que de forma explícita Delaure muestra su distanciamiento respecto a estos autores, al tiempo que reitera (como ya hacía en la versión de 1991) su aquiescencia a la línea exegética de la escuela estaciana europea tradicional (B. Kytzler, W. Schetter, P. Venini y D.W.T.C. Vessey).
No obstante, sería injusto no mencionar la cautela actual de Delarue respecto a que la adhesión al pensamiento y al arte de Séneca por parte de Estacio implique una conversión filosófica.
Reconoce, creemos que con acierto, que se trata de un hecho estético, pero asegura, no sabemos si con tanto acierto, que encuentra concreción coherente, fundamentalmente, en el aparato divino de la Tebaida.
El rico juego de intertextos con los que Estacio indudablemente trabaja en su Tebaida es prueba, tal como Delarue defiende, de su maestría narrativa y de su originalidad en la manipulación de una tradición que conoce a la perfección.
Ahora bien, quizás sea precisamente esta tan prolija intertextualidad la que impida, a nuestro modo de ver, que el poeta mantenga esa coherencia sin fisuras que Delarue pretende.
Nos encontramos ante un trabajo colectivo reunido en cuatro volúmenes que constituyen las actas del Coloquio Internacional de Montpellier que, sobre tema tan interesante como com-EM LXX 2, 2002 plejo como es la magia, tuvo lugar en Marzo de 1999.
La verdad es que la generalidad del título, sin otra concreción que los subtítulos que aparecen en los tres primeros tomos, hace pensar en que, o bien estamos ante un difícil y aventurado resumen de la historia de la magia, desde la antigüedad babilonia hasta el mundo contemporáneo o, como es más bien el caso, se trata de dejar abierto el campo mágico a unos trabajos que se centran, a pesar de todo, en la Antigüedad.
Así, el primer volumen (Du monde babylonien au monde hellénistique) reúne trabajos en su mayoría sobre diversos aspectos de la magia anterior al mundo griego clásico (Mesopotamia, los hititas, los coptos).
Les mythes) nos encontramos de lleno en el mundo griego postclásico (Plutarco, Jámblico, Dión Casio, los papiros mágicos, etc.), volumen que contiene el mayor número de contribuciones.
El tercer volumen (Du monde latin au monde contemporain) contiene algunos trabajos de esta época junto con una síntesis y conclusiones del coloquio, resúmenes de las comunicaciones, lista y direcciones de los participantes y un índice general de términos.
El cuarto y último volumen contiene una bibliografía general sobre la magia, bibliografía que sorprende por su variedad (obras antiguas y recientes, estudios y artículos claramente de índole mágica junto con otros cuya temática toca sólo tangencialmente el motivo de estas actas).
Como curiosidad se citan, además, algunas películas sobre brujería y superstición.
Centrémonos, así pues, en el primer volumen.
Alain Moreau lleva a cabo, a modo de introducción, una "petit guide à l 'usage des apprentis sorciers", basada, como cita a pie de página, en las obras de A. Bernand (Sorciers grecs) y F. Graf (La magie dans l'Antiquité grécoromaine).
En ella hace un recorrido, algo desigual, por algunos términos relacionados con la magia, los objetos utilizados en ella, junto con temas anexos como la astrología o la religión.
A continuación aparece la conferencia inaugural del coloquio, a cargo de Fritz Graf.
Graf parte de la ausencia de una historia de la magia antigua y ofrece algunas pistas en un recorrido sobre la magia grecorromana, basándose en su función y en la actitud social hacia este tipo de prácticas.
Jean Bottéro analiza en su artículo algunos aspectos de la magia (fuerzas malignas, exorcismos, teurgia) según se desprende de tablillas cuneiformes de la antigua Mesopotamia.
Marie-Claude Trémouille expone algunos aspectos formales y técnicos en el ritual mágico hitita, comenzando por las fuentes que nos documentan sobre el tema.
Con abundantes citas de tablillas conservadas, Trémouille analiza la estructura repetida de estos textos, así como algunos elementos mágicos particularmente llamativos.
Por su parte, Sydney Aufrère pretende aclarar la influencia egipcia sobre las prácticas mágicas que aparecen en la Vida de Alejandro (Pseudo-Calístenes).
A continuación, Gérard Capdeville compara un fragmento de Edipo de Séneca con un pasaje de la Farsalia de Lucano para extraer elementos propios de la adivinación etrusca, completando su contribución con abundantes notas (¡más de veinte páginas!).
Dominique Briquel trata de dilucidar si la ciencia religiosa etrusca, tradicionalmente relacionada con la adivinación y no con otros aspectos mágicos, muestra o no indicios claramente mágicos.
Bernard Sergent presenta texto, traducción y comentario de un texto de maleficio en galo conservado en una tablilla, en la que se invoca a Maponos, un dios asociado a Apolo por lo romanos.
Investiga Jan Bremmer sobre la naturaleza mágica de los hechos de Simón el Mago en los Hechos del Apóstol Pedro, para concluir que estos hechos pueden considerarse como acciones mágicas paganas.
Nathalie Bosson reflexiona sobre el poder mágico del nombre en la magia copta, dentro de un sincretismo bastante conocido.
A continuación Régis Boyer analiza el valor de la magia en la mitología escandinava, a través de los principales ritos en los textos del Eda Poético, sobre la idea del conocimiento que da poder.
Finalizando casi este primer volumen, da comienzo un apartado dedicado al mundo griego.
André Motte se adentra en la posibilidad de un resquicio, en el pensamiento de Platón, para una brujería compatible con la filosofía.
Motte aporta fragmentos del filósofo en los que parece que algunos términos relacionados con la magia no son considerados con matiz peyorativo.
Sobre la misma figura trata el trabajo de Brigitte Pérez, en el que, analizando fragmentos del Banquete platónico, se relaciona a Eros con la magia.
Finaliza el primer volumen Didier Pralon, analizando el conocimiento y la importancia de la magia en Teócrito según se desprende del conocido segundo Idilio.
En el artículo que abre el segundo volumen, André Bernand comienza asociando, en primer lugar, el mundo de la magia a los excluidos y marginados de la sociedad para continuar con otros diversos aspectos mágicos, no del todo relacionados directamente con la idea inicial.
Sarah Iles Johnston estudia el sacrificio en los papiros mágicos griegos, incidiendo (aporta fragmentos del Papiro IV de la edición de Preisendanz) en el valor de reinterpretación y adaptación de los esquemas rituales tradicionales.
A continuación, Francoise Frazier analiza ciertos aspectos mágicos de las Musas y del amor en la obra de Plutarco.
Al mismo autor está dedicado el trabajo de Jacques Boulogne, en el que se intenta aclarar la postura de Plutarco ante la magia, distinguiendo entre Magia, como conjunto de conocimientos y Brujería, actividad mucho menos "apreciada".
En su artículo, Arnaud Zucker estudia las características de la magia animal según la obra de Eliano (Sobre la naturaleza de los animales), incidiendo en su carácter natural frente a la magia humana.
Por su parte, Marie-Laure Freyburger-Galland rastrea en la obra de Dión Casio los episodios relacionados de algún modo con la magia para dejar clara la postura del historiador a este respecto, postura que se inserta claramente en la visión negativa de la sociedad romana de la época hacia este tipo de prácticas.
Las relaciones y diferencias entre magia y teurgia en Jámblico son el tema del siguiente artículo, a cargo de Carine Van Liefferinge, incidiendo en la relación de igualdad (no de obligación) que se establece en la teurgia.
En las siguientes páginas Bernard Schouler trata de establecer las diferencias entre actos de magia y otro tipo de actos, filosóficos o religiosos, a través de la obra de Eunapio, sobre la vida de filósofos y sofistas.
A continuación, Hélène Frangoulis comenta la visión de Diónisos que da Nono de Panópolis en su obra, para concluir que todos los aspectos mágicos presentes en ella no son más que recursos literarios.
Maria Grazia Lancellotti comenta las dificultades para establecer y estudiar adecuadamente un corpus de gemas mágicas y anuncia un proyecto con tal objetivo que se inicia en Italia.
Paul Wathelet inicia la segunda parte del segundo tomo, titulada "Los mitos", con un documentado trabajo sobre dioses y encantamientos en las epopeyas homéricas, relacionando algunos de ellos con el mundo subterráneo, aspecto que pudo influir más tarde en las prácticas mágicas.
Sobre el mismo terreno, concretamente en Circe y en su función en la Odisea, se centra el siguiente trabajo de György Karsai, destacando en ella aspectos al margen de la magia.
A continuación, Pierre Sauzeau trata de destacar la importancia de Hécate como diosa de la magia, por encima de sincretismos, para lo cual establece un análisis comparativo con el dios védico Rudra.
Hécate es la diosa que actúa de lejos, aspecto más antiguo de lo que gene-EM LXX 2, 2002 ralmente se admite, es la diosa que representa el lado oscuro de Ártemis.
Por su parte, Jean-Marie Renaud analiza ciertos pasajes homéricos en los que aparecen maldiciones y otros elementos relacionados con lo mágico.
En su contribución, Francois Jouan estudia los aspectos mágicos que aparecen de modo habitual en los dramas satíricos.
Los dos siguientes trabajos se centran en el personaje de Medea, a través de la obra de Apolonio de Rodas.
En el primero, Alain Moreau estudia el personaje como ser entre dos mundos, como un mago, y hace un recorrido por una serie de plantas de índole mágica.
En el segundo, Richard Buxton estudia el valor mágico de los ojos de Medea al final de la obra citada.
Finalmente, encontramos tres aportaciones también sobre la figura de Medea.
Loretta Baldini Moscadi trata de demostrar que la figura de Medea en la obra de Valerio Flaco, a pesar de la época, aún sigue conservando su dimensión mágica.
Vassiliki Gaggadis-Robin estudia los documentos en los que se habla de Medea y la práctica de la magia, ilustrándolos con imágenes, destacando en especial la caja en la que Medea guardaba sus hierbas mágicas.
El tomo concluye con un estudio, a cargo de Marianne MacDonald, que parte del personaje de Medea en Eurípides, Apolonio de Rodas y Séneca para centrarse en el uso que de ella se ha hecho en la ópera.
Gérard Freyburger abre la primera parte (el mundo latino) del tercer volumen con un estudio sobre el significado del término carmen para los romanos, tanto desde el sentido genérico de súplica u oración como desde el matiz de oración silenciosa, capaz de contener fórmulas de índole mágica.
Antoinette Novara analiza la relación de Propercio con la magia a través de su obra, mostrando que sus relativamente frecuentes alusiones a la magia están cargadas de ironía.
A continuación, Charles Segal se adentra en las relaciones entre Ovidio y la magia, especialmente a través del estudio de determinados pasajes de las Metamorfosis (episodios de Medea y Circe).
Por su parte, Eugène Diouf dedica su intervención a la curiosa relación de necesidad y persecución de la magia en el mundo romano, partiendo de los comentarios al respecto de Plinio el Viejo en su obra.
Nicole Méthy trata de dilucidar el carácter y la naturaleza del rey Apuleyo, citado en la Apología de Apuleyo, obra en la que se mezclan aspectos de magia, religión y filosofía, al igual que en otros textos de la época.
En el siguiente trabajo, Béatrice Bakhouche analiza un complejo pasaje de la obra La boda de Filología y Mercurio de M. Capella en el que la protagonista mortal recibe la inmortalidad y asciende, con procedimientos mágicos, al mundo divino.
Cierra el bloque perteneciente al mundo latino Frédéric Fauquier analiza el valor mágico de la obra latina Picatrix, versión de un tratado árabe de magia del siglo X, en la que se intenta justificar la práctica mágica en su relación con la filosofía.
La segunda parte de este tercer volumen contiene solamente dos contribuciones sobre la Edad Media: Francis Dubost trata de señalar los elementos de la tradición mágica presentes en la figura de la maga enamorada de la novela medieval y Jean-Patrice Boudet se adentra en la compleja averiguación del origen del ars notoria, una clase de magia muy popular durante los siglos XIII al XVII en Occidente, así como en el estudio de su importancia desde el punto de vista de la magia y la religión.
El mundo contemporáneo, también con dos aportaciones, es la tercera y última parte del tercer volumen.
Danièle Vazeilles estudia las relaciones entre el chamanismo tradicional y el movimiento llamado "New Age", analizando si éste último se trata de un nuevo saber, de una espiritualidad mística y mágica, o de la búsqueda de una integración de la magia con la ciencia.
La última contribución, a cargo de Maxime Scheinfeigel, está dedicada a la presencia de la magia, como ilusión, en el cine: los trucos, las metamorfosis, los espejos, etc.
Como conclusión podemos afirmar, volviendo a lo que decíamos al principio, que el conjunto de los trabajos aquí reunidos, aunque no se corresponden de modo equilibrado con las diferentes épocas estudiadas (predominan los estudios sobre la antigüedad y, dentro de ésta, los dedicados al mundo griego), ofrecen una interesante panorámica sobre la magia en general, en la que el lector interesado en este complejo mundo podrá encontrar con seguridad, junto con aspectos ya conocidos y estudiados, otros realmente novedosos y sorprendentes.
LUIS MUÑOZ DELGADO Granada
En el curso de las excavaciones que tuvieron lugar en Lavinio durante los años 1995-96, bajo la dirección de M.Fenelli y M.Guaitoli, salió a la luz el pedestal de una estatua erigida en honor de C. Servilius Diodorus, un miembro destacado del orden ecuestre.
La dedicante habia sido su esposa, Egnatia Salviana, y como tal figura al término de la inscripción dedicatoria que recoge el cursus honorum de su marido.
El hallazgo ha despertado una especial atención en Alföldy, que le consagra esta monografía.
Y no es para menos, porque entre los cargos ostentados por el ecuestre se menciona uno inédito hasta la fecha y que toca a Hispania: proc(uratori)co co (i.e. ducenario) provinciarum Hispaniar(um) citerioris et superioris.
Con la gran suerte además de que se conserva la fecha de consagración del monumento, el 7 de septiembre del 227, es decir, durante el reinado de Severo Alejandro.
Sin duda, una verdadera sorpresa epigráfica ésta de la provincia Hispania superior, como destaca el autor en el primer capítulo de la obra (Eine epigraphische Überraschung: provincia Hispania superior, p.7-16).
La conclusión a que llega A. a partir del orden de presentación de la carrera política del homenajeado es la de que muy probablemente en el año 227 Diodoro pasase de la Hispania Citerior, donde había sido procurador financiero, a la Hispania Superior en calidad de procurador presidial.
El ascenso de Diodoro a la posición de gobernador de provincia en el noroeste hispano podría haber sido la razón que llevó a su mujer a homenajearlo con la dedicación de una estatua.
Pero dos preguntas se imponen: ¿cuándo nació esta nueva provincia de Hispania Superior?, y ¿qué extensión territorial llegó a tener?
Su contestación da origen al segundo capítulo («Die Zweiteilung der Hispania citerior unter Caracalla: Hispania nova citerior und Callaecia», pp. 17-27).
El autor presenta y discute los testimonios epigráficos cruciales relativos a la configuración administrativa de Hispania en tres únicas provincias, así hasta la división de la Citerior en tiempos de Caracalla, entre 212-217 (p.
En tal sentido ya hablaban las dos inscripciones de C.Iulius Cerealis.
Conocíamos, en efecto, el hecho de la división provincial, la divisio, así como el nombre de la porción mayor resultante, Hispania nova citerior Antoniniana, pero ignorábamos la denominación de la nueva provincia occidental.
La inscripción de Lavinio nos aclara este último enigma y de paso da pie al autor para confirmar sus hipótesis anteriores y rebatir de forma definitiva algunas interpretaciones equivocadas sobre el sentido y la ubicación geográfica del gobierno de Cerealis.
El convento de Asturica Augusta y la Legión Séptima quedarían, sin embargo, bajo jurisdicción tarraconense, como sostiene A. sobre la base de las carreras de T.Clodius Aurelius Saturninus y G.Marius Pudens Cornelianus (entre 218-220/21), mientras que Callaecia daba lugar por sí misma a una nueva provincia, la Hispania Superior, con los conventos lucense y bracarense.
Claro que la autonomía galaica no sería larga.
En el momento de la legación de Rutilius Pudens Crispinus (238-241), Callaecia volvía a estar gobernada junto con la Citerior desde Tarraco.
No resulta difícil concluir que Hispania Superior sólo puede corresponder a Callaecia, y el razonamiento detallado de esta identificación ocupa el capítulo siguiente (Callaecia, die provincia Hispania superior,.
Es aquí sin duda donde la monografía se hace más atractiva para los interesados en la geografía antigua, y donde habrá que seguir profundizando en el futuro.
El tema da ocasión al autor para explayarse sobre el adjetivo superior, en el sentido de provincia más elevada por el relieve y contrapuesta a la Citerior (díganselo aún hoy a los ingenieros en Piedrafita); pero también en el sentido de más septentrional, de acuerdo con las ideas geográficas antiguas (Estrabón, Orosio).
Se nos brindan paralelos clarificadores de otras partes del Imperio (Ilírico Superior, Britania Superior, Dacia Superior), y en un ejercicio de virtuosismo histórico-epigráfico que no resultará extraño a sus lectores, A. propone la denominación oficial completa del nuevo ente administrativo: provincia Hispania superior Callaecia.
Las razones para la reforma administrativa de Caracalla en Hispania, como reza el capítulo siguiente (pp. 35-38), se pueden reducir en el fondo, según A., a la política preventiva de los Severos de evitar las concentraciones de poder provincial.
La partición de las grandes provincias inaugurada por Septimio Severo en Siria, Britania y Panonia sería aplicada ahora por su hijo a la Tarraconense.
Provincia procuratoria, dirigida por un gobernador de nivel ducenario, entre otras cosas debido a su riqueza minera, Callaecia iba a imponer con su autonomía ciertos cambios en la administración hispana, que son los estudiados a continuación (Die Folgen der Verwaltungsreform Caracallas, pp. 39-51).
Por lo pronto, supresión de los legados jurídicos para Asturia y Callaecia, detracción de los recursos mineros galaicos de la esfera competencial del procurador financiero de la Hispania Citerior, creación de una nueva capital provincial (que podría ser Lugo, según A.), y un etcétera que la investigación futura deberá ir desentrañando.
Por fin, el último capítulo (Das spätere Schicksal der Provinz Hispania superior (pp. 52-61) traza la historia administrativa posterior de Callaecia hasta Diocleciano.
La pérdida de la condición provincial y la reintegración a la Citerior advendrían bajo la legación de Decio, «quizá ya en el año 235» (p.
52); un status que, sin embargo, no tuvo por qué ser siempre el mismo a lo largo de todo el s.III. El autor examina a este respecto la epigrafía relevante y deja abierta la cuestión de si Callaecia recuperó su condición autónoma en alguna otra coyuntura de esta cambiante centuria.
Todo un reto para la investigación venidera.
Un documentado apéndice sobre testimonios de procuratores Augusti en el NO de Hispania (pp. 63-67) y diversos índices cierran el volumen, no sin antes dedicar una amplia nota (no 118) a la cuestión de la provincia Transduriana de época augustea (aunque ya abordada por el autor en otra publicación suya posterior).
Familiaridad insuperable con los hombres y las cosas de la Hispania romana, maestría epigráfica y, no lo olvidemos, conocimiento del Imperio romano en su conjunto, se han combinado para presentarnos un estudio estimulante y abierto, habida cuenta de los muchos interrogantes que plantea al lector.
Pero quizá la lección más interesante desde el punto de vista metodológico sea la conclusión de que la historia en apariencia más excéntrica y más provincial no sólo no se sitúa al margen de la historia general, sino que sólo resulta plenamente inteligible si se la estudia en relación con el centro político y en comparación con las demás áreas de sus características.
La traducción al español que ya ésta lista para ser publicada quiere ser también una contribución a la enseñanza de esa idea generalista que debe ser directriz en la formación de los jóvenes investigadores.
VÍCTOR ALONSO DUPRÉ RAVENTÓS, X. -REMOLÀ, J.A. (edd.), Sordes Urbis.
La eliminación de residuos en la ciudad romana, Bibliotheca Italica.
Monografías de la Escuela Española de Historia y Arqueología de Roma, no 24, «L 'Erma» di Bretschneider, Roma, 2000.
La presente obra recoge las distintas aportaciones del coloquio, que sobre la eliminación de residuos en la ciudad romana y la compleja problemática de su interpretación, fue organizado por la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma.
Tras la correspondiente introducción de los editores, a la que preceden un prólogo de Javier Arce Martínez, y dos textos de presentación a cargo respectivamente de Domenico Tudini, y de Manuel Espadas Burgos, actual director de la Escuela Española de Historia y Arqueología de Roma, se pasa a la muy breve exposición (pp. 1-2) de Andrea Carandini («I rifiuti finalmente accolti.
Appunti per l 'utilizzo investigativo delle immondizie e per una teologia della purificazione») en la que se llama la atención de los arqueólogos para no limitarse a los aspectos materiales de los desechos, sino que deben tratar también de comprender su significado teniendo en cuenta la totalidad de la sociedad que los generó.
A la Gehena de Jerusalén (geografía histórica y geografía mítica), se dedica la comunicación de Natalio Fernández, poniéndose de manifiesto la existencia de indicios de que el valle funcionaría como basurero, y en determinados momentos como lugar de enterramiento colectivo.
Por su parte Sauro Gelichi analiza en su trabajo (pp. 13-23), la eliminación de desechos en las ciudades romanas del norte de Italia entre la antigüedad y la alta Edad Media, mientras que Piero A. Gianfrotta se centra (pp. 25-35) en los desechos bajo el agua («I rifiuti sommersi»), y que pueden encontrarse entre capas del sedimento de los puertos en donde aparecen con frecuencia instrumentos de barcos o cascos de naves antiguas abandonadas hasta pudrirse.
A la eliminación de desechos en Pompeya, Herculano y Ostia se refiere el estudio de Gemma C.M. Jansen (pp. 37-49), mostrándose las principales diferencias de estas tres ciudades, en cuanto a sus respectivos sistemas de eliminación de residuos.
Por su parte Wolf Lie-beschuetz, trata en su comunicación (pp. 51-61) del tema general de la eliminación de basuras en las ciudades griegas y romanas, poniendo de manifiesto como tanto unos como otros distaban mucho de ser indiferentes hacia la suciedad, pero su definición de lo que consistía ésta y la urgencia con la que consideraban la necesidad da eliminarla eran diferentes de las nuestras.
De interés resulta el texto de Daniele Manacorda (pp. 63-73) sobre los vertederos de Roma entre la antigüedad y la época moderna, pero sobre todo el presentado por Eric M. Moormann (pp. 75-94) sobre las representaciones de residuos en el arte helenístico y romano, en el que se abordan relieves y diversos motivos de musivaria.
A la organización y responsables de la limpieza urbana en Roma, se dedica asimismo un trabajo por parte de Silvio Panciera (pp. 95-105), planteándose la problemática del funcionamiento de un servicio público para la eliminación de desechos.
Bajo un enfoque puramente arqueológico, es sin embargo la aportación de Josep-Anton Remolà (pp. 107-121) en la que se recogen toda una serie de consideraciones, desde dicho punto de vista, sobre los residuos y su eliminación en vertederos.
También y finalmente, forman parte del volumen la exposición (pp. 123-127) de Emilio Rodríguez Almeida («Roma, una città self-cleaning?»), y de Francesc Tarrats (pp. 129-137) («Tarraco, topografía urbana y arqueología de los vertederos»), en la que se pone de manifiesto que es para la época tardo-romana, en la que se dispone de datos más completos en relación a los vertederos de dicha ciudad.
Por último, unas consideraciones finales por parte de los editores (X. Dupré Raventós y J.A. Remolà), más el correspondiente índice temático, vienen a cerrar este volumen, que pese al tiempo transcurrido con respecto a la celebración del coloquio (1996) del que deriva, viene a representar una obra de obligada consulta, para todos aquéllos que se interesen por el estudio de los residuos, temática por otro lado muy de actualidad, y su eliminación y tratamiento en la ciudad romana.
A la anterior traducción de la obra de Averil Cameron El mundo mediterráneo en la Antigüedad Tardía, 395-600, se añade este segundo volumen (The later roman empire, 1993), que viene a completar de esta manera todo el período cronológico correspondiente al mundo romano tardío.
Tras el correspondiente prefacio, la obra se estructura en once capítulos, el primero de los cuales se dedica, a la manera de introducción, a abordar la problemática planteada durante el siglo III d.C. A las fuentes para la etapa que se inicia a partir de Diocleciano se refiere el segundo apartado, haciéndose un breve repaso a las características de los principales textos, tanto paganos como cristianos, de que se dispone para la época.
Por su parte los capítulos tercero y cuarto se centran en los mandatos de Diocleciano y Constantino respectivamente.
En el primero de ellos, se expone las principales medidas llevadas a cabo por Diocleciano, tanto políticas como tributarias, monetales y administrativas.
Por lo que respecta a Constantino, se abor-da la problemática de las fuentes, resaltándose la exagerada contraposición existente en relación a Diocleciano, y afirmándose que las medidas políticas llevadas a cabo por Constantino, e incluso ciertos aspectos de las religiosas, deberían considerarse como continuación de las líneas generales establecidas ya por Diocleciano.
Tras este apartado y de manera complementaria, se pasa a analizar las relaciones entre Iglesia y Estado, así como las controversias religiosas más significativas a lo largo del siglo IV d.C.
El sexto capítulo de la obra, se dedica al mandato del emperador Juliano, exponiéndose los orígenes de su acceso al poder así como las principales medidas llevadas a cabo durante su administración y muy especialmente su actitud para con el cristianismo.
También se tiene en cuenta en un capítulo independiente, el Estado tardorromano de Constancio a Teodosio, siendo objeto de tratamiento la burocratización, y la tan debatida cuestión de si el Bajo Imperio romano era o no un Estado totalitario con un rígido sistema de castas, en el que la posición de todos estaba de un modo u otro estrictamente controlada.
De interés resulta el capítulo referente a la economía y sociedad tardorromana, en el que se aborda la inflación, el sistema monetario, el proceso de concentración de propiedades, la mano de obra utilizada (libre/esclava), la influencia del cristianismo en la economía, así como también aspectos de la vida cotidiana.
Asimismo es objeto de atención (capítulo IX), los asuntos militares, los bárbaros y el ejército tardorromano, exponiéndose las principales campañas en Occidente y Oriente, el reclutamiento de bárbaros, y la tan cuestionada eficacia del ejército tardorromano como fuerza de combate.
No se olvida en la obra que reseñamos un capítulo dedicado a la cultura de finales del siglo IV d.C., y otro a Constantinopla y Oriente.
En el primero de ellos se pone de manifiesto como hacia fines del siglo IV d.C., habían intervenido diversos factores que introdujeron un mayor grado de diversidad cultural, como el cristianismo que presentaba valores distintos y formas de vida alternativas, el impacto de los bárbaros, y el ascenso de las culturas locales.
Por su parte y en cuanto al segundo de dichos apartados, se hace un breve repaso de los caracteres que presentan las ciudades orientales, especialmente Constantinopla y Antioquía, en relación a la situación existente en Occidente.
Por último, con unas siempre útiles conclusiones más unos anexos de cronología, lista de emperadores, fuentes y orientaciones bibliográficas, se viene a cerrar esta obra que constituye, sin duda, una interesante contribución para mejorar el conocimiento de una de las etapas más complejas de la Antigüedad, como es el Bajo Imperio romano.
G. CARRASCO SERRANO BLÁZQUEZ, JOSÉ MARÍA, Religiones, ritos y creencias funerarias de la Hispania Prerromana.
Colección Historia Biblioteca Nueva.
De nuevo el Prof. Blázquez ha puesto en nuestras manos, agrupados en forma de libro, numerosos trabajos bastante recientes, dedicados a las religiones prerromanas de la Península Ibérica.
De esta forma, facilita al lector interesado en el tema el acceso a publicaciones dispersas y, en ocasiones, difíciles de encontrar.
EM LXX 2, 2002 Los trabajos han sido seleccionados por su temática en tres apartados bien compensados.
El primero está dedicado a las religiones turdetana e ibera, con el destacado protagonismo que juega el influjo orientalizante y el importante papel que tiene el aspecto funerario en ellas.
En este apartado quizás hay que destacar, como una de las aportaciones más importantes el trabajo dedicado a la música y la danza en los rituales religiosos de la Hispania prerromana, en el que el Prof. Blázquez, como también hace en los otros trabajos y como es habitual en su forma de trabajar, utiliza tanto los testimonios arqueológicos como literarios.
La segunda parte del libro agrupa aquellos artículos dedicados a las religiones del área indoeuropea de la Península Ibérica, con especial atención a las fuentes epigráficas.
El tercer apartado puede considerarse un compendio de los dos anteriores, ya que en él se recogen los trabajos sobre las creencias y ritos funerarios en la Hispania prerromana, con especial incidencia en el culto al toro.
Es de destacar en esta apartado, a pesar de su brevedad, el artículo acerca de los posibles antecedentes prerromanos en la Península Ibérica de los combates de gladiadores romanos, publicado en 1994 en el volumen sobre El anfiteatro en la Hispania Romana, por la novedad de su planteamiento y porque supone una importante aportación para el conocimiento del tema.
La bibliografía ha sido actualizada, lo que revaloriza el libro convirtiéndole en un valioso instrumento de trabajo para los estudiosos de estos temas.
Se echa en falta la presencia de ilustraciones, en especial mapas, complementarias siempre del texto y habida cuenta de que, como el mismo autor apunta en el prólogo, algunos de los trabajos originales son difíciles de consultar, pero ello no menoscaba el contenido científico del libro, como tampoco lo hace la ausencia de índices analíticos que, de alguna manera, hubieran dado más cohesión a los trabajos agrupados como si fueran capítulos de un libro.
Es muy de agradecer al Prof. Blázquez que nuevamente nos facilite la consulta de su ingente obra y esperamos que siga haciéndolo en el futuro.
G. LÓPEZ MONTEAGUDO CSIC BLÁZQUEZ MARTÍNEZ, JOSE MARÍA -GARCÍA-GELABERT PÉREZ, MARÍA PAZ ET ALII, Cástulo, Jaén, España.
El conjunto arquitectónico del Olivar.
El volumen relativo a las últimas excavaciones realizadas en la ciudad ibero-romana de Cástulo debía haberse publicado hace varios años.
El retraso ha sido motivado por un penoso peregrinaje del original por el Ministerio de Cultura Español, durante el que se llegó a extraviar parte de la documentación aportada.
Afortunadamente, tras un esfuerzo considerable, el equipo arqueológico de Cástulo ha logrado rehacer todo lo perdido y finalmente sale a la luz el volumen dedicado al conjunto arqueológico del Olivar.
Se trata de la séptima memoria de excavación dedicada a esta importante ciudad bética, que por motivos administrativos fue incluida dentro de la provincia romana Tarraconense.
Este, por ahora, último volumen, al igual que el anterior, ha sido publicado por los BAR International Series de Oxford y en él han colaborado un extenso grupo de investigadores, que dan a la obra un marcado carácter pluridisciplinar.
La parte principal de la memoria esta dedicada al estudio de las estructuras arquitectónicas que, en el Olivar de Cástulo, fueron sacadas a la luz en la campaña de 1971.
Los resultados de estos primeros trabajos de excavación ya habían sido publicados en Cástulo II (1979), pero ahora son de nuevo reinterpretados, a la luz que proporcionan los hallazgos de tres nuevas campañas de excavación, llevadas a cabo durante los años 1985, 1986 y 1991.
La primera parte de la obra es una introducción general en la que se detalla la situación actual de la ciudad, se hace un recorrido por sus condicionantes geográficos, climáticos y se hace un breve estudio de su evolución histórica hasta su total abandono durante la época medieval.
Un pormenorizado análisis de los materiales ha llevado a los investigadores a diferenciar una serie de fases de ocupación: en un primer momento parece claro que existió una fase preibérica, identificada con el Bronce Final, definida por materiales cerámicos y paredes de mampostería muy precarias.
Le sigue una fase ibérica, de la que además de la cerámica quedan cuatro lienzos de muro, sin fosa de cimentación y formados por grandes piedras irregulares, grandes guijarros redondeados o aparejo de piedra redondeada de medio tamaño, que se sitúan en dos de los extremos.
Una edificación de época julio-claudia es la tercera de las fases identificadas, en ella se incluyen los elementos romanos de época anterior.
Según los arqueólogos, dadas las características de la excavación, se debe recurrir a la intuición en la identificación de elementos aislados, las cotas de niveles o la pervivencia de estructuras anteriores.
La siguiente fase, la flavia, es la que conduce a los investigadores a la identificación del conjunto arquitectónico: para ellos se trata de un edificio termal, de época altoimperial, en su primera fase de construcción, descartando de este modo su anterior unimismación con una villa urbana.
En la construcción distinguen con claridad el hipocaustum, un área termal calafateada, la zona de accesos, los probables patios, un espacio porticado y una natatio con ábside pentagonal.
Las fases posteriores, la tardoimperial, la paleocristiana y la árabe se reconocen con muchas dificultades y a los restos aparecidos no se les pueden dar funciones concretas.
El análisis del conjunto arquitectónico del Olivar de Cástulo se amplía con una serie de anexos, dedicados al estudio de los hallazgos numismáticos los tres primeros, que llevan a cabo F. Chaves y J.F. Velasco, al estudio de la cerámica, el cuarto, realizado por S. Prado y al de la fauna recuperada en el conjunto, el quinto, por A. Morales, incluyendo todo tipo de análisis.
Finalmente, agrupados bajo la denominación de Varia, se recogen cinco trabajos, que si bien no están relacionados directamente con el conjunto arquitectónico del Olivar de Cástulo, si son significativos a la hora de evaluar globalmente el yacimiento.
Se trata del estudio de un conjunto numismático hallado en la campaña de excavación de 1981, en la parte alta de la ciudad, realizado por F. Chaves y F.J. Velasco; dos inscripciones, una perteneciente al cortijo de El Fontanar y otra al de Casablanca, por J.M. Abascal; unas planchas colectoras de época romana, por A. Tornero; las campañas de excavación de 1975 y de 1977, llevadas a cabo en el Estacar de Luciano, por J. Valiente.
La obra se concluye con un extenso análisis de la epigrafía castulonense en el que J. Cabrero recopila por vez primera todos las inscripciones de épo-ca romana, pertenecientes a la ciudad, que están desperdigadas, unas por distintos museos y, otras en lugares naturales, debiéndose dar por desaparecidas algunas de ellas.
Se trata éste último de un interesante catálogo, que sin duda se verá ampliado con el paso del tiempo y los nuevos hallazgos.
Junto a una excelente documentación gráfica, dentro de los límites que impone la propia publicación, se recoge también la abundante bibliografía que la ciudad jienense ha proporcionado. |
I. GÉNEROS QUE HESÍODO INCORPORÓ
No queda completo el conocimiento de Hesíodo sin atender a la composición de sus poemas: concretamente, de Teogonía, Trabajos y Días, Catálogo de las Mujeres y Escudo.
Independientemente de que estas dos últimas obras sean consideradas, a veces, como ajenas a él.
Pensamos que no hay motivo para ello, pero están en su tradición, en todo caso.
En realidad, de la composición de los dos poemas principales nos ocupamos ya en un trabajo aparecido hace años sobre «Las fuentes de Hesíodo y la composición de sus poemas» 1.
El tema central era el de cómo había utilizado Hesíodo sus modelos orientales y griegos para crear poemas de un género nuevo.
Esto afecta, necesariamente, tanto al contenido como a los aspectos formales.
Yo buscaba más que la continuidad con los modelos, el contraste; y en este contexto presentaba esquemas de composición.
Aquí voy, a partir de un cierto momento, a tratar ésta por sí misma, pero es importante señalar antes las La idea central es la siguiente.
La Teogonía es fundamentalmente la expansión de un género oriental que comprendía un proemio (brevísimo) y un poema que unía una cosmogonía y una teogonía; género que por diversos indicios (entre ellos la existencia de un sistema formulario que Hesíodo hereda) fue trasplantado a Grecia en fecha remota, hay huella de él no sólo en Hesíodo, también en Homero.
A su vez, Trabajos y Días representa la expansión de otro género, el de las "colecciones de proverbios" que unían parénesis, fábulas, símiles, mitos, máximas.
También este género halló derivados en Grecia, antes y después de Hesíodo.
Como en ella continuaron viviendo la poesía genealógica y la épica, claros precedentes del Catálogo y el Escudo.
Ahora bien, así como Homero, a partir de la tradición de los pequeños poemas épicos, creó la gran epopeya, así Hesíodo creó la gran Teogonía, que quiere dar una visión tanto histórica como pancrónica del mundo natural y divino.
Y la gran obra parenética, Trabajos y Días, que nos ofrece una visión de la totalidad del mundo humano, con intención no sólo descriptiva, sino también parenética, de reforma del mismo.
Y el gran Catálogo, que reune todo el universo mítico de Grecia.
Era una tarea nueva y una tarea difícil la de Hesíodo.
En lo esencial, lo que hizo fue crear una nueva estructura, formada por dos elementos: a) un proemio, que es un trasunto hexamétrico de proemios líricos diversos y da, por así decirlo, un índice y un anticipo de cada obra; b) un relato formado por bloques sucesivos, organizados bien cronológicamente (Teogonía), bien temáticamente (Trabajos), bien primero temáticamente y dentro de cada uno cronológicamente (Catálogo).
Falla en cambio el cierre: los poemas se deshilachan por el final, hay incluso dudas de si esos finales son auténticos.
Pero con esto, como he hecho ver en otra parte 2, Hesíodo dio el modelo de los escritos filosóficos y científicos que siguieron: piénsese en Parménides o Heráclito o en los tratados hipocráticos y los tratados científicos o eruditos posteriores 3.
Pienso que él, a su vez, siguió el modelo de la lírica griega.
Pues los dos proemios de Teogonía y el proemio de Trabajos y Días tienen estructura ternaria: son, ya he dicho, trasuntos hexamétricos de poemas líricos, del canto de las Musas.
Pero en su conjunto forman un elemento a en relación con la totalidad de los poemas; o, si se quiere, con la parte que les sigue, narrativa y/o parenética, que constituye el elemento b.
Falta, ciertamente, ya se ha dicho, la conclusión o elemento c, habitual en la lírica.
La aportación de Hesíodo a la literatura no ya griega, sino universal, es, pues, decisiva: la organización a base de un prólogo que anticipa una serie de partes o capítulos, está aquí ya.
Se ha constituído en un modelo fundamental para el futuro.
Ahora bien, Hesíodo tiene grandes ambiciones, ambiciones por así decirlo unitarias: esas grandes y complexivas descripciones que, además, al menos en el caso de los dos primeros poemas, representan una visión idealizada: el progreso del mundo consiste en la implantación del orden de Zeus, que garantiza la justicia.
Pues bien, esas grandes ambiciones no eran fáciles de alcanzar a partir de los precedentes sobre los que trabajaba el poeta, que no son sólo los someramente indicados arriba, sino otros más.
Organizar esos vastos materiales teniendo en cuenta simultáneamente diferentes puntos de vista le llevó a problemas de composición graves.
De ellos ha surgido, muchas veces, un cierto escepticismo sobre la posibilidad de establecer una teoría de la composición hesiódica.
Han surgido, también, las múltiples teorías analíticas según las cuales tales o cuales partes de un poema no son de Hesíodo, sino de sus imitadores; o son, en el mejor de los casos, una remodelación del propio Hesíodo.
Y también ha surgido la insistencia, en buena medida justificada, en que en Hesíodo encontramos una composición laxa y poco rigurosa 4, en que hay en ella una lógica débil, una organización por asociaciones más que por clasificaciones 5.
Frente a esta posición encontramos otra: la de W. Nicolai 6, para el Homer, Hesiod and the Hyms, Cambridge, 1982.
127 ss. (pero cree que es una continuación de Teogonía, obra de otro autor). cual los Trabajos están organizados en una serie de "bloques" (diecisiete, concretamente) de estructura ternaria, muchos de ellos subdivididos en "células" con análoga estructura.
Supongo que los demás poemas también.
En realidad, que hay una composición aproximadamente de este tipo (pero introduciendo la distinción esencial entre proemio y relato) no puede negarse; y tampoco pueden negarse los procedimientos asociativos dentro de los bloques o para pasar de unos a otros.
Ni las digresiones, vueltas atrás, duplicidades, etc. Todo ello deriva de esas circunstancias antes señaladas.
Así, para que el análisis composicional que luego haremos pueda seguirse mejor, preferimos tocar previamente algunos temas cuyo conocimiento es necesario para comprenderlo.
Aunque pasaremos rápidamente sobre ellos, porque aquí son sólo un apoyo y su estudio detenido encuentra lugar más adecuado en otros sitios.
Son éstos: a) Problemas de cronología de Homero, Hesíodo y las obras de éste.
Problemas de la oralidad. b) Problemas de autenticidad. c) Géneros que están en la base de la obra de Hesíodo.
Comencemos por el primer punto.
El influjo de Homero en las obras de Hesíodo es innegable: en temas, lenguaje oral, composición.
Véase sobre este punto el estudio de R. Janko 7, así como el de O. Tsagarakis 8 y la bibliografía que ambos aducen.
Por tanto, nada de extraño que los tipos de composición sean semejantes: composición "abierta" a partir del proemio, orden aproximadamente cronológico, pero con digresiones y vueltas atrás, organización por episodios o bloques, intercalación de máximas, símiles, discursos, etc.
En cuanto a las obras de Hesíodo, parece hoy día bien establecido que Teogonía es la más antigua, seguida de Trabajos y Días y del Catálogo, que es una continuación de Teogonía.
En el libro de Janko y en Solmsen 9 se deja claro que la segunda obra presupone la primera (y la tercera también 10 ).
Se complementan: del mundo y los dioses se pasa a los héroes y se pasa al mundo 11 P. 17 ss.
14 «Propuestas para una reordenación de la obra de Hesíodo», en Athlon.
A. Pérez Jiménez, «Los 'Días' de Hesíodo: estructura formal y análisis de contenido», Emerita 45, 1977, pp. 105-123;J. A. Fernández Delgado, l.c. y «Los 'Días' del poema hesiódico: procedimiento de cómputo y poesía oral», en Athlon cit., II, humano.
Nada de extraño que los esquemas composicionales sean semejantes.
Es normal que en Trabajos y Días el proemio sea más reducido; es normal que los bloques cronológicos sean sustituídos por otros temáticos.
Otra cuestión es la de la composición oral de los poemas: no voy a entrar en ella.
Pero es claro que una serie de rasgos propios de este tipo de composición son comunes a Homero y Hesíodo; y que las fórmulas que el segundo usa son en parte las mismas del primero.
Sólo en parte: Hesíodo bebe de una tradición que es parcialmente la misma, parcialmente diferente.
En mi trabajo ya citado señalé 11, siguiendo a otros autores, que hay fórmulas hesiódicas no homéricas, sin duda heredadas, y las hay propias de los Trabajos; también las hay propias de la última parte de esta obra, Los Días 12.
Junto a la literatura oral de tipo épico había, evidentemente, otros géneros que influyeron en Hesíodo.
Antes de entrar en ellos señalemos, sin embargo, que el concepto que nos hagamos de la composición de Hesíodo dependerá estrechísimamente de nuestras ideas sobre la autenticidad de ciertas partes de sus obras.
Hay que anticipar que la tendencia general es hoy en el sentido unitario.
Remito una vez más a mi artículo tantas veces citado 13, así como a A. Martínez Díez 14.
Ya son pura historia aquellas propuestas de Rzach o Jacobson que reducían las obras de Hesíodo a la mitad.
Incluso propuestas como la de West de eliminar en Teogonía los episodios de los Gigantes y Cienbrazos o el final y en Trabajos y Días el de los días (el calendario y los trabajos de la navegación serían añadidos secundarios del propio Hesíodo); o las de Kirk de eliminar en la primera obra los temas del Tártaro, Tifón y los héroes hijos de diosas.
Son rechazadas las más veces, véase la bibliografía citada; incluso el episodio de Los Días encuentra defensores 15.
Nosotros partimos, en el análisis que sigue, de una postura unitaria.
Las atétesis citadas son indemostrables.
En último término, si alguna de ellas fuera cierta, ello no afectaría gran cosa al juicio sobre la totalidad de las obras de p.
19. síodo: haría ver, todo lo más, que la estructura de las mismas permitía naturalmente ampliaciones y digresiones.
En realidad, esas atétesis suelen provenir, igual que las de Homero, de ideas previas que exigen a estos poemas un sistematismo y una organización rígida que no tienen.
Si se admite que contienen digresiones para completar su horizonte temático, adiciones, contradicciones, finales deshilachados, etc., deja de haber razón para esas ideas.
A estos respectos Hesíodo es semejante a Homero.
Es, en realidad, más libre todavía, en cuanto se encuentra ante problemas más graves: introducir en un marco unificado materiales de muy diversas procedencia, de géneros diferentes en realidad.
¿Cuáles son estos géneros?
Ya hemos aludido a ellos, pero insistamos todavía.
Hemos apuntado a que los procedimientos de composición oral y el sistema formulario, así como las tradiciones míticas, son parcialmente idénticos a lo que encontramos en Homero, pero sólo parcialmente.
De un lado, en Homero encontramos huellas de la poesía cosmogónica y teogónica: véanse sobre todo los pasajes de los cantos XIV y XV de Ilíada sobre Océano y Tetis como origen de todo, con referencia a la batalla de Zeus y los Titanes y el reparto de poderes entre Zeus y sus hermanos.
Hay huellas igualmente de catálogos (el más conocido, el de las Naves en Il.
II) y de genealogías, las más sobre base femenina: no sólo la de Od.
XI, son muy frecuentes referencias genealógicas a partir de un personaje femenino con fórmulas coincidentes con las de Hesíodo 16.
Y hay el uso de los mitos (no de las fábulas) con fines de parénesis, así como abundancia de máximas.
De otro lado, como ya se ha dicho, en Hesíodo aparecen numerosos elementos épicos.
Y no sólo en las fórmulas y en las características generales de la composición oral, ni en el uso de la digresión, la vuelta atrás, etc. La Teogonía y el Catálogo están llenos de digresiones de corte épico, de una "épica divina" en realidad: piénsese en el nacimiento de Afrodita, la castración de Crono, el nacimiento de Zeus, el episodio de Tifeo, el concurso para la elección del marido de Helena; Trabajos y Días ofrece menos oportunidad, pero mitos como el de Prometeo son de corte épico, también.
Cierto que poemas orientales como el triunfo final de Marduk en el Enuma Elish ofrecían un Cf. mis Orígenes de la lírica griega, Madrid, Coloquio, 19862, pp.56 ss., 59 ss., 112 ss., 149 ss.; y Fiesta, Comedia y Tragedia, 2 a ed., Madrid, 1983, p.
116 ss., etc. 18 Cf. más ejemplos y detalles en Orígenes cit., p.
También F. Solmsen, «The two Near Eastern Sources of Hesiod», Hermes 107, 1989, pp. 413-422 (que reduce los modelos a dos, en realidad son muchos más). modelo: pero es la existencia de la épica griega la que explica los desarrollos hesiódicos.
Después de esto, hemos de insistir en los modelos que sigue Hesíodo.
Dejando aparte la poesía épica, los encontramos de origen oriental, aunque pensamos que conocidos a través de derivaciones griegas: y ello porque a) existen sistemas formularios propios de ellos y b) existen en Grecia misma derivaciones independientes de Hesíodo.
Esto no quiere decir que no hayan confluído, en Grecia, con géneros griegos originales.
Hay otros géneros para los que es menos necesario buscar modelos orientales.
En fin, prescindiendo del origen remoto, encontramos, aparte de la épica, los siguientes géneros que Hesíodo incorporó a su obra:
Es la lírica griega, cantada con frecuencia como proemio antes de un relato épico: aparte de que es habitual que una composición lírica comience con una parte inicial o proemio que anticipa el tema del canto 17.
Hesíodo no ha hecho sino incorporar el proemio a su poema, convirtiéndolo en hexamétrico, como ya Homero había convertido en hexamétricos otros poemas líricos (los trenos en honor de Héctor, por ej., en el canto XXIV de Il.) 18.
Hesíodo era un aoidós, un 'cantor', término que abraza épica y lírica; en los Juegos fúnebres en honor de Anfidamante, en Cálcide, en que intervino (Op.
654 ss.), había sin duda lírica trenética.
No le debió de ser difícil, pues, a Hesíodo llegar a esa síntesis, teniendo en cuenta, de otra parte, que algunos poemas orientales tenían ya un mínimo proemio.
Así el Canto de Ullikummi comienza: "Al dios...a Kumarbi voy a cantar".
Y el Gilgamés: "Voy a entonarle un canto de alabanza a Gilgamés, el héroe".
Este es el género oriental que conocemos a través de textos diversos (hetitas, hurritas, babilonios, canaanitas, etc.) y que se está hoy de acuerdo en que está en la base de la Teogonía hesiódica.
He propuesto que variantes diversas de estos poemas se trasmitían oralmente en griego antes de Hesíodo; han dejado huella no sólo en Homero, también, luego, en Museo, Epiménides, los órficos, Ferécides, Alcmán, etc. Lo esencial es esto: el modelo no es un poema concreto, en la Teogonía hay huellas de formulaciones diversas y contradictorias sobre los orígenes del mundo 19 Griechen, Tubinga, 1990, pp. 185-197.
El problema de Hesíodo está precisamente en combinar tradiciones muy diferentes (si lo más antiguo es el Agua o la Oscuridad o el Huevo Cósmico, etc., si hay un modelo sexual o no, etc.) y combinarlas con la religión "femenina" que pone a Gea o Rea en el origen del mundo.
Esto lleva a problemas muy graves de composición.
Por otra parte, estos poemas, como ya dijimos, ofrecían la posibilidad de insertar episodios épicos.
Sobre su presencia en Grecia desde Homero y antes ya he hablado.
Era un género difundido en Beocia y que tuvo vitalidad después de Hesíodo, quien no hizo sino apropiárselo 20.
Evidentemente, admitía desde siempre contaminaciones con la épica, como también es verdad la inversa.
Por otra parte, es claro que en los poemas cosmológico-teogónicos había ya un inicio de poesía genealógica.
Y la poesía genealógica griega, referida a las familias de los fundadores de estirpes y pueblos, hizo que Hesíodo desarrollara el modelo, dentro de la Teogonía y a continuación de ella (en el Catálogo).
Son muy característicamente griegas las "genealogías femeninas" a que he aludido.
Es bien conocida la poesía oriental de "consejos" o "instrucciones" y de "proverbios: en Mesopotamia desde la época sumeria, en pleno III milenio, a la asiria (el Ahikar); en Egipto también desde el III milenio.
No doy aquí el detalle, dí datos en mi anterior trabajo.
Lo importante es que el modelo en que un rey o secretario aconseja a un hijo o discípulo y aquel otro en que se trata de máximas de tipo general, son variantes de uno mismo y hallan reflejo, ambos, en Hesíodo (Trabajos y Días).
Y que incluyen fábulas y mitos de valor didáctico (como igualmente Hesíodo).
También esta poesía estaba difundida en Grecia antes de Hesíodo, basta ver su eco en Homero; y continuó independientemente, tras él, en Teognis, Solón, Focílides, Isócrates, etc. 21 5.
También tienen tradición los "calendarios" y "los días", que en realidad son variantes del catálogo: lo mismo en Mesopotamia que en Egipto, también sin duda, a juzgar por la existencia de fórmulas propias, en Grecia 22.
Estos son los géneros que Hesíodo combina para crear poemas con organización binaria, según se ha dicho: ya sobre el esquema del poema cosmo-lógico-genealógico, ya sobre el de enseñanza y parénesis, ya sobre el catálogo.
Pero ampliando, incorporando elementos, buscando crear una unidad, una descripción total del mundo divino y humano.
Todo ello, sin olvidar las técnicas orales ni los modelos épicos e incurriendo, cómo no, en composiciones desequilibradas o puramente asociativas.
El resultado es la invención, en Grecia, de la poesía didáctica, la que explica lo que siempre ha sido, lo que es y lo que debe ser.
ANÁLISIS DE LA COMPOSICIÓN DE LOS POEMAS
La descripción del mundo divino, que es al tiempo natural (Tierra, Cielo, Mares, Tártaro, etc.), se hace narrando cómo surgió y evolucionó: es el complejo de cosmogonía + teogonía de que hemos hablado, continuado luego por el mundo de los héroes que nacieron de diosas y hombres y (si el Catálogo es realmente una continuación de la Teogonía), el de los que nacieron de dioses y mujeres.
Este es el cuerpo de la Teogonía (116-1018), pero va precedido, como también se ha dicho, por el proemio o conjunto de proemios (versos 1-115).
Y va seguido, en el texto que se nos ha transmitido, por un epílogo (1019-1022) que se refiere, en realidad, tan solo a las diosas que se unieron a mortales y anuncia el tema de las mujeres que se unieron a dioses (el tema del Catálogo).
Es fácil darse cuenta de que este no es un epílogo normal: o bien, como se ha propuesto, el final del poema es aditicio y se ha perdido el antiguo cierre tras celebrarse el nacimiento de los hijos de Zeus y las hazañas de Héracles (955); o bien es un elemento de transición, si el Catálogo (cuyo comienzo nos ha trasmitido el POxy.
Vamos a estudiar, pues, sucesivamente, el proemio (I) y el cuerpo del poema (II).
Insisto en la descripción del proemio como una versión hexamétrica de dos proemios líricos que celebran a las Musas y su canto y, en la descripción de éste, dan por decirlo así un anticipo o índice del cuerpo del poema que va a seguir.
O Sobre este tema, cf. G. Arrighetti, «Esiodo e le Muse: il dono della verità e la conquista della parola», Athenaeum 80, 1992, pp. 45-63 (con bibliografía). sea: la poesía didáctica, en su versión cosmogónico-teogónica a que pertenece nuestro poema, surge sobre el modelo del complejo proemio lírico + poema épico.
Los dos proemios tienen estructura lírica, ternaria: son celebraciones de las Musas, con un centro que indica sus mitos, sus excelencias y su canto y un epílogo que vuelve a celebrarlas: hay, pues, elementos a, b y c, aunque, juntos los dos proemios, constituyan un elemento a para el poema entero.
Otro elemento lírico es la referencia al propio poeta, como era habitual en la lírica: ya, en el primer proemio, en el epílogo c (22 ss.: iniciación poética de Hesíodo, las Musas le invitan al canto 23 ); ya, en el segundo, en un apéndice al elemento b (94 ss.) y en el epílogo (c, 104 ss.), en que Hesíodo habla del canto del aedo e invita a las diosas a que le concedan a él el canto y a que canten ellas: anuncia, en definitiva el poema que sigue.
Dentro del esquema lírico, el recurso de Hesíodo para convertir los proemios en anticipos o índices es doble: a) al presentar ya en relato ya en cita directa el canto de las Musas, indica simultáneamente el contenido del poema; b) en las referencias a su propio canto, hace lo mismo.
Como se ve, los elementos líricos son claros: estructura ternaria, anillos (Ringkomposition) en honor de las Musas, centros introducidos por el relativo y elogiosos para las Musas, referencia al poeta a la manera de la sphragís o "sello" de los líricos.
También el enlace del final, v.
Lo nuevo es, fundamentalmente, ya se ha dicho, cómo ha sido incrustado el "índice" dentro de los dos proemios: al celebrar a las Musas, dan compendios del canto de las Musas.
Pero prestemos atención a cómo los recursos de la composición épica, que subyace a toda la nueva narrativa, se han abierto paso también: a) Hay una duplicación: proemios a las Musas del Helicón (las más próximas al poeta, nacido en Ascra, al pie del monte) y a las Olímpicas (las más próximas a Zeus).
La conexión es laxa (v.
35: "¿pero por qué digo esto acerca de la encina o la roca?".
Es decir: pasemos a las Musas que más de cerca atañen a Zeus). b) Hay multiplicación de los centros en el Proemio II, hay en éste un apéndice.
Hay en el I un epílogo que es, en parte, un apéndice del mismo tipo: mezcla de elementos poco lírica.
Hay, al final de II b1, un epílogo "fallido", con mención de las Musas. c) Los cantos de las Musas están fragmentados entre los diversos elementos b y c, incluída la fragmentación de los "sellos".
El resultado es bastante incoherente: el o los "índices" de Teogonía y de la futura labor poética de Hesíodo no coinciden exactamente 24.
Efectivamente, I b contiene una especie de "índice inverso" de Teogonía, que comienza por Zeus y termina por Tierra y Cielo, índice por lo demás incompleto y con ciertas peculiaridades propias: Hera es "argiva", Afrodita parece una simple hija de Zeus.
Sin duda, el empezar por éste es para darle honor.
En cambio, el "índice" de 45 ss. (en II b1) empieza por Tierra y Cielo, aunque pasa a dar honor a Zeus y referirse, finalmente, a los hombres.
En b2 hay una referencia genérica a los dioses y en b3 se pasa especialmente a Zeus y luego a los reyes y en b4 a los aedos.
II c da una especie de resumen: celebración de los dioses nacidos de Tierra y Cielo hasta los Olímpicos.
Para lograr este cuadro complejo Hesíodo ha duplicado los lugares (Helicón, Olimpo), momentos (cima del Olimpo, subida al mismo, pasajes generalizantes), se ha referido ya directamente al canto de las Musas, ya a través del que inspiran a Hesíodo.
Ha logrado destacar ya la antigüedad de los primeros dioses, ya el poder de Zeus.
Y se ha referido, también, a los reyes, los aedos y los hombres en general.
No puede ocultarse la existencia de una tensión creciente del proemio I al II, más extenso y en que se termina con la referencia más directa y exacta al poema que sigue.
Es notable que los pasajes que se refieren a Hesíodo (32 ss., 104 ss.) aluden tan sólo a los dioses primordiales y a los olímpicos, que son aquellos a quienes se dirige el poema.
Las Musas, en cambio, tienen temas de canto más amplios: ¿se alude a Trabajos y Días, en que tan gran papel desempeñan reyes, aedos, hombres?
¿O para éstos al menos se piensa en el final de Teogonía, incluído el Catálogo?
Estas duplicaciones, discordancias, lagunas y dudas dentro de los proemios son características del género didáctico, incluso en una época avanzada como es la de los escritos hipocráticos.
El esquema de "composición abierta", tomado de la épica, único existente en la época en realidad, ha permitido volver sobre el tema, matizar, poner los acentos.
Pero tiene, a nuestros ojos, estos defectos.
El discurso de la narración avanza, como se ha dicho, en orden en principio cronológico, aunque su intención es pancrónica puesto que a) son pancrónicas y omnipresentes las divinidades primordiales o naturales (Tierra, Cielo, Montes, Amor...); b) es, a partir de un cierto momento, omnipresente el poder y la inteligencia de Zeus, que simboliza la edad humana.
Así, se sigue paso a paso el nacimiento de las sucesivas divinidades primordiales, de los Titanes, Crono, Zeus, los Olímpicos, los hombres nacidos de las diosas.
Se pasa, en definitiva, de la cosmogonía a la teogonía.
Pero, como en la épica, que es la que ha suministrado el modelo para la ampliación del esquema cosmogónico-teogónico y del genealógico, existen problemas para una cronología estricta.
Son éstos: a) La narración cronológica se interrumpe para excursos considerados importantes por su trascendencia general: castración de Urano y victoria de Crono, con el nacimiento de Afrodita (154-206); himno a Hécate (411-452); nacimiento de Zeus, su victoria sobre Crono y sobre Prometeo y los Titanes (453-735); descripción del Tártaro (736-819); victoria sobre el monstruo Tifeo (820-880).
Son episodios destinados a magnificar la línea de Urano: primero a Crono, luego y sobre todo a Zeus.
En cuanto a la descripción del Tártaro, completa la visión general del mundo.
Por lo demás, estos elementos no son más que versiones ampliadas de los pequeños mitos que se narran a propósito de tal o cual deidad.
En uno y otro caso, son en principio adiciones ligada por un δέ y más o menos expandidas. b) Otras veces, simplemente, el orden cronológico no puede seguirse por una serie de razones.
Los tema del incesto o de los nuevos hijos de los dioses más antiguos, sea por uniones entre sí sea automáticamente, hacen intervenir a veces a personajes que ya parecían desaparecidos (así Tierra, madre de Tifeo) y unen generaciones distantes.
Las líneas colaterales, si se quieren tratar de por sí, hacen descender a generaciones recientes y luego hay que retroceder para repescar las antiguas. c) Por otra parte, como ya se ha dicho, Hesíodo tiene que compaginar tradiciones cosmogónicas diferentes, lo que lleva a incoherencias.
Ha tratado, sin embargo, de solucionar, al menos parcialmente, estos problemas mediante sus tratamientos característicos: el establecimiento de "bloques" con una cierta unidad temática, con tendencia a la organización ternaria y con una cierta lógica en su ensamblamiento y en su organización interna.
Aunque con frecuencia es una lógica puramente asociativa, que también aparece en la inserción de excursos como los citados: por ejemplo, el del Tártaro es introducido porque fue allí donde fueron arrojados los Titanes vencidos.
Vamos a dar un repaso a los bloques, uno a uno.
Carece de elemento a: los dos proemios hacen esta función, además de referirse a la totalidad del poema.
El elemento b comprende los sucesivos nacimientos que van del de Caos al de los Titanes, incluído Crono, y el de Afrodita, concluído con una referencia al amor humano: hay un cierto anillo por la aparición de Eros al comienzo y final del bloque (es hijo de Caos, 120; acompaña a Afrodita, 201).
El elemento c o epílogo consiste en las amenazas Cf.
«Las fuentes de Hesíodo...» cit., p.
de Urano contra sus hijos los Titanes: perecerán por sus maldades, lo que es un anuncio del Bloque II y del triunfo de Zeus.
El bloque, iniciado por los dioses más antiguos (Caos, sus hijos Tierra, Tártaro y Eros, descendencia de Caos), continúa con la descendencia de Tierra por sí misma o por obra de su hijo Cielo, con el que engendra a los Titanes, incluído Crono, y Titánidas.
Esta se revelará la línea principal.
Pero hasta que llegue al centro de la escena, Hesíodo ha de dejar lugar para otros descendientes antiguos de Tierra o de Tierra / Cielo: los Cíclopes y Cienbrazos, que se revelarán en su momento como auxiliares de Zeus: es erróneo atetizarlos, aunque ello daría mayor coherencia al poema 25.
Luego sigue un momento clave: el primer episodio del mito de la sucesión, con la castración de Cielo, el triunfo de Crono y el nacimiento de Afrodita, que es simbólico para el futuro de la raza humana, como Eros al comienzo.
En él se vuelve sobre los nuevos hijos de Tierra y Cielo, odiosos a su padre, los Titanes, que figuran en un nuevo apartado (desde 154 ss.) encabezado por un γάρ y que recoge la mención anterior ("pues cuantos nacieron de Tierra y Cielo...").
Sigue el mito de la castración de Crono y el nacimiento de Afrodita, ya referido, que es el clímax del bloque, terminado a continuación por el epílogo o elemento c.
Tenemos, pues, una serie de unidades genealógicas que poco a poco nos van conduciendo a la línea central del poema, la línea Tierra / Cielo -Crono -Zeus y que culminan en el mito referido y el epílogo, que anticipa el castigo de los Titanes en II.
Nótese que las unidades genealógicas van en aposición y son ampliables: Hesíodo o un continuador han podido introducir otras sin variar el principio de la composición.
Están organizadas en unidades referentes a nacimientos o grupos de nacimientos: primero el de Caos, luego el de Tierra, Tártaro y Eros, luego el de los hijos de Caos.
Siguen varios grupos de hijos de Tierra.
Todo se organiza mediante aposiciones, con μέν... δέ... δέ y el nombre de una divinidad, Caos o Tierra, en cabeza.
Nótese que toda esta genealogía suministra una descripción de la tierra y el ambiente que la rodea (Amor, Noche, Día..., Cielo, Montes, Ponto, Océano): culmina con los Titanes, que ya no son dioses "naturales".
Y ahí ya interviene el primer episodio del mito de sucesión: se pasa de la cosmogonía a la teogonía.
Hay que hacer notar, a este respecto, que desde el punto de vista de la composición este episodio consiste simplemente en una "ampliación" del nacimiento de los Titanes y concretamente de Crono, odioso a su padre.
Dentro del mito, el nacimiento de Afrodita no es sino una continuación, unida al tema de la castración con un simple δέ.
Considero hoy que de aquí a la victoria de Zeus hay solamente un bloque, cuya primera parte constituye en realidad un apéndice o digresión que se aparta (como ya se apartaba, al final de II, el nacimiento de Afrodita) de la línea principal, que es luego recuperada.
En cierto modo, hace pendant al comienzo de I, también ajeno a la línea principal, la de los Titanes y Zeus.
Consiste, también, en una serie de unidades que comienzan con el nombre de una diosa o dios y un δέ, para culminar todo en una serie de mitos (los del nacimiento y triunfo de Zeus, en este caso) y un epílogo c (881-885): insiste en la derrota de los Titanes y en el triunfo de Zeus, hace eco, pues, al epílogo de I.
Hay, pues, paralelismo entre I y II, más extenso.
Ambos bloques pasan de las líneas ajenas a la de Tierra / Cielo a esta última y, dentro de ésta, a la de Crono y Zeus; ambos pasan de unidades genealógicas en aposición a relatos de los dos momentos del mito de sucesión; ambos culminan en la victoria de Zeus, primero presagiada, luego realizada.
El alejamiento de la línea central al final de I y comienzo de II es recuperado dentro de este bloque.
El bloque II está dedicado, primero, como digo, a recoger ramas laterales diferentes de la de los Titanes, hijos de Tierra y Cielo.
Las sucesivas unidades (multiplicables y susceptibles de adiciones sin romper el principio composicional) se refieren a) a los hijos de Noche (hija de Caos y Erebo) y de su hija Eris (211-232). b) a los hijos de Ponto (hijo de Tierra sin unión sexual) y su madre Tierra, a saber, Nereo, Taumante, Forcis, Ceto y Euribia (233-335).
A Nereo, a Taumante y a Ceto unida a Forcis se les atribuyen unidades independientes, la de Ceto y Forcis provista de apéndices (algunos atetizados a veces) y concluída con un epílogo parcial (333-336). c) a los hijos de Tetis y Océano, hijos ambos de Tierra y Cielo, que engendran los ríos (337-370).
Así, haciendo en este momento un inciso, primero se describe la rama de Caos, a través de su hija Noche, luego, la de Tierra unida a Ponto, finalmente la de Tetis y Océano.
Con unión sexual, a veces incestuosa, o sin ella nacen hijos en ocasiones monstruosos.
Hay, como al comienzo de I, una descripción del mundo.
Con esto quedan apartadas ramas laterales y personajes monstruosos y el camino queda despejado para volver a la descendencia de Tierra y Cielo que es central: a los Titanes y, entre ellos, a Crono.
El procedimiento es puramente yuxtapositivo.
Pero así como el nacimiento de Afrodita, al final de I, permitía el paso a las líneas ajenas a la de Tierra / Cielo, así en II se retorna a la línea de Tierra / Cielo a través de la descendencia de Océano y Tetis, hijos de ambos.
Ese paso es gradual, no marcado formalmente, sólo por la confluencia de los contenidos.
Así, tanto en I como en II de un comienzo de dioses primordiales, de nacimientos sin unión sexual, de religión femenina en que dominan las uniones de las mujeres y, concretamente, de Tierra (lo que he interpretado como una aportación helénica a las cosmogonías orientales conocidas), de dioses naturales y monstruosos, se ha pasado a un nuevo panorama: el del principio patrilineal, con una progresiva humanización.
Se da preferencia a los hijos de Urano y, de entre ellos, a los Titanes, de entre ellos a Crono y luego a Zeus.
En una palabra: se pasa, como ya dije, de una cosmogonía a una teogonía.
Con esto cerramos el inciso.
Sigue luego d) Relación de los Titanes, que culmina en el himno a Hécate, hija de Asteria, a su vez hija de la Titánide Febe (371-452).
Introduce una ventana que mira a los hombres, como Afrodita en I: favorece a los reyes justos y a los pueblos.
Es una unidad en principio como las demás, pero una unidad "ampliada" con el mito. e) Nacimiento de Rea, de la que nace Zeus.
Aquí interviene una "ampliación" relativa a su nacimiento y toda la serie de mitos que ya sabemos.
Se encadenan a él (453-880) mediante simples δέ, salvo la descripción del Tártaro, que completa la del mundo.
Todo culmina, ya se ha dicho, en la gloria de Zeus y en el epílogo que la celebra (881-885): Zeus reparte las prerrogativas entre los dioses, se establece como soberano.
Se habrá visto que ambos bloques siguen estructuras paralelas, siendo el segundo más extenso y llevando más lejos el tema del triunfo de la descen-dencia de Tierra / Cielo y, concretamente, de Zeus.
Es el verdadero tema del poema, ya anunciado desde los proemios.
Todo esto está llevado a cabo mediante un procedimiento que es simétrico en los proemios y en el cuerpo del poema.
Hay dos proemios, el segundo de los cuales, más extenso, lleva más lejos el primero; dos bloques, ambos culminando en el tema central tras unos comienzos ajenos a él que recogen otros materiales, pero llevando más lejos el segundo los planteamientos del primero.
El segundo proemio lleva a su clímax al primero, el segundo bloque lleva a su clímax al primero y a todo el poema.
Los procedimientos son siempre acumulativos y de "ampliación", apoyados uno y otro en la epopeya.
También puede aludirse a ésta para explicar la insistencia en el tema decisivo en la parte final por oposición a la anterior, piénsese en la Ilíada; incluso la organización en dos escalones de tensión creciente, piénsese en la Odisea.
Y para explicar el anticlimax en que termina el poema.
Este anticlimax está constituído por los bloques que siguen..
Consta de una serie de unidades, puramente apuestas mediante un δέ y relativas a las distintas esposas de Zeus.
Es, evidentemente, el complemento de su gloria, al tiempo que la narración del nacimiento de diversos dioses y héroes, anunciado en los proemios.
No hay proemio: es suficiente el epílogo de II, como el de I es suficiente para el comienzo de II.
En cuanto a epílogo, se ha propuesto que podría estar en 950-955, tema de la gloria de Héracles, hijo de Zeus y su apoteosis.
Sería, además, el cierre del poema.
Pero esta es sólo una hipótesis: en nuestro texto sigue la descendencia de Helios y Perseis.
Y sigue, también lo hemos dicho, la relación de las diosas que, unidas a mortales, engendraron héroes.
Es la referida lista de las diosas que engendraron héroes, construída apositivamente, mediante el repetido δέ.
Si es auténtica, no hace otra cosa que completar el poblamiento del mundo, pasando de los dioses a los héroes.
La genealogía se cierra, ya lo dijimos, con un epílogo 1019-1022 que, a su vez, abre el Catálogo de las Mujeres.
Este completa el cuadro de los héroes como pendant al catálogo anterior: ahora se trata de los que son hijos de dioses y mujeres mortales.
En todo caso, desde el punto de vista de la cosmogonía y teogonía que culminan en Zeus, todo esto es puro anticlimax, construido apositivamente y sin "ampliaciones" ni mitos.
Bastante próximo, de otra parte, a lo que sucede en Trabajos y Días y al deshilachamiento o apertura final de diversas muestras del género didáctico en los siglos posteriores.
La composición de esta obra tiene rasgos aproximados a los de Teogonía, de la cual constituye una especie de segunda parte, posiblemente anunciada, como dijimos, en su proemio.
La completa dando un panorama del mundo humano; y ciertos episodios, como el de las dos Erides y el de Prometeo, son una reelaboración de los correspondientes de Teogonía.
Parece, pues, lógico considerar que también la composición es una imitación.
Es, ya decimos, un poema paralelo, organizado también él mediante un proemio y un cuerpo del poema, éste consistente en diversos bloques apuestos, procedentes de géneros preexistentes y con tendencia a la estructura ternaria.
Admiten, claro está, expansiones (apéndices), duplicaciones, etc. y se enlazan asociativamente.
Trabajos y Días es también un "gran poema", una gran síntesis: en este caso, de la reflexión sobre el hombre.
La organización es, así, menos clara que en Teogonía.
Hay, por fuerza, grandes diferencias.
La organización de los bloques no puede ser cronológica, aunque sí lo es la organización interna de los dos calendarios (el de las labores agrícolas y el de la navegación) y la parte de "Los Días".
El elemento de relato es reducido, está sobre todo en los mitos y la fábula iniciales, también en algunos excursos.
En cambio, es muy importante el elemento parenético, sobre todo en los elementos c.
Pero es muy frecuente que estos elementos se expandan mediante mitos o relatos: suman, así, la función c con la función a del mito siguiente, se convierten en elementos de transición.
Hay que hacer notar que Hesíodo ha introducido importantes modificaciones en sus modelos, que son como sabe el lector de este trabajo las colecciones de proverbios y los "consejos", de origen oriental pero sin duda difundidos en Sobre la estructura de la fábula, cf. mi Historia de la Fábula Greco-Latina, I, Madrid, 1979, pp. 43 ss., 381 ss. y «La fábula griega como género literario», en Estudios de forma y contenido sobre los géneros literarios griegos cit., pp. 33-46.
En principio los proverbios o máximas tienen un destinatario general, los "consejos" son dirigidos bien a un rey, bien a otra persona concreta, habitualmente el hijo del rey.
Pues bien, los Trabajos son en principio una exhortación a Perses, hermano del poeta, a que se comporte con justicia para evitar el castigo de Zeus; y a que trabaje, única manera de poder vivir con justicia.
Pero sucede que la exhortación a Perses se mezcla con exhortaciones a los reyes y sobre todo, a partir de un cierto momento, con máximas de destinatario general, como las de las colecciones de proverbios.
Hesíodo puede introducir así largas series de máximas; y puede introducir, también, los calendarios, que especifican los trabajos que hay que realizar a lo largo del año.
Vemos, pues, la mezcla de géneros y la combinación de géneros que Hesíodo introduce al servicio de este género nuevo, que los desborda y comprende a todos.
Pero, además, las colecciones de "consejos" y "proverbios", lo mismo en Mesopotamia que en Egipto, incluían, como se ha dicho, fábulas, símiles y mitos.
Pues bien, Hesíodo ha introducido una clasificación: ha colocado en cabeza las fábulas y mitos, luego los consejos y máximas.
A los primeros les ha dado, según era habitual en Grecia, una estructura ternaria 26.
Hay que decir que, sin duda alguna, Hesíodo operó no sólo sobre modelos orientales y las versiones griegas que de ellos circulaban, caracterizadas por un lenguaje formulario propio 27, sino también sobre modelos propiamente griegos, bien épicos (recuérdese la presencia en Homero de mitos-ejemplo), bien, sin duda, por lo que respecta a la fábula, procedentes de la fiesta y el banquete.
Más todavía que en la Teogonía, Hesíodo ha debido realizar una importante labor sumando modelos, contaminándolos o adicionándolos, clasificándolos, siempre al servicio de la creación de un gran poema didáctico.
Poema que fue por siempre una cumbre de la poesía griega: hubo luego, sí, poemas didácticos, pero no de esta extensión y ambición.
Veamos pues, sucesivamente, los diferentes elementos de que consta.
Es, en realidad, una versión abreviada de los dos proemios de Teogonía: se refiere exclusivamente a Zeus y su poder justiciero sobre los hombres.
Se abre con una invocación a las Musas (a) y se cierra con una exhortación a Zeus a aplicar sus leyes conforme a la Justicia y con un anuncio de que va a decir algunas verdades a su hermano Perses, que ha abusado de Hesíodo en el reparto de la herencia paterna:
Musas, celebrad a vuestro padre Zeus b (3-7): que con su poder humilla al orgulloso e injusto, eleva al pequeño.
c (9-10): Oh Zeus, gobierna con justicia, yo en tanto voy a decir algunas verdades a Perses.
Tema de las dos Erides, que nosotros traduciríamos por Discordia y Emulación y que Hesíodo introduce aquí rectificando el mito de Teogonía 225 ss.
Al ir tras el proemio inicial, no precisa de elemento a: sólo tienen el b (11-26), mito de la Eris buena y la mala, y el c (27-41), exhortación a Perses a seguir la Eris buena y resolver las diferencias con su hermano.
Enlaza con el final de I ("no saben cuánto más es la mitad que el todo y cuánto provecho hay en la malva y el asfódelo") mediante un simple γάρ, "pues": Zeus ha escondido a los mortales los recursos de vida como castigo por los engaños de Prometeo y Pandora.
No hay, pues, a, todo es un largo relato mítico (b), terminado por un brevísimo epílogo c (105): "así, no es posible escapar de la mente de Zeus".
Los hombres viven ahora desgraciados y Perses hará bien, se entiende, en no intentar engañar a Zeus comportándose injustamente..
Tercer mito, con extensión creciente y organización clara ab, que pasa insensiblemente al elemento epilogal c: mito de las edades del mundo, traído asociativamente por la referencia en el mito anterior a las desgracias de los hombres, que son "explicadas" ahora de una manera diferente: a (106-108):
Si quieres, voy a contarte otro mito.
b (109-173): Relato de las edades sucesivas, de oro, plata, bronce, de los héroes, con felicidad decreciente para los hombres.
b-c (174-201): La referencia a la quinta y más detestable edad, la de hierro, la actual, comienza con un "¡ojalá no hubiese yo nacido entre los quintos hombres!"
El relato mítico es sustituído por una descripción del estado desgraciado del mundo en nuestros días, lo que no hace sino confirmar lo que antes se explicó con ayuda de los mitos de Prometeo y Pandora.
Los elementos b y c aparecen fundidos y hay insistencia sobre las conclusiones obtenidas de los mitos anteriores..
Hay aquí un conglomerado de mitos y parénesis en el cual los elementos c de una unidad funcionan simultáneamente como elemento a de la siguiente: nuevo procedimiento de invención hesiódica.
Podrían, ciertamente, establecerse tres bloques en torno, sucesivamente, a los temas del ruiseñor, el Juramento y la Justicia, pero la fusión de los elementos c y a y la nueva referencia al tema del ruiseñor en el último epílogo, lo desaconsejan.
Tenemos: El bloque, con toda su mezcla de elementos estructurales, míticos, gnómicos y de las exhortaciones ya a los reyes, ya a Perses, forma un conjunto claro, en torno al tema de la Justicia, propia de los hombres y no de las bestias, defendida por Zeus, el Juramento y la diosa Justicia.
Es el cierre, con una extensión e intensidad creciente, del tema iniciado tras el proemio: procedimiento de asociación, duplicación e insistencia que nos es ya conocido por Teogonía.
Sigue un apéndice que introduce una serie de máximas en cadena.
Se trata, ya se ha dicho, de un apéndice al bloque anterior: un segundo elemento c que funciona al tiempo como a para un nuevo pequeño mito, b.
Pero el cierre que sigue es ya una larga serie de máximas de destinatario general: sólo en 299 se habla de Perses.
Ha sido introducida expandiendo un elemento c, como algunos bloques eran expandidos, también, en Teogonía mediante aposiciones sucesivas: esta es, naturalmente, diferente.
Pero esta serie de máximas es importante, porque significa una culminación, un cierre, de toda la obra precedente.
Para algunos aquí terminaría el poema, lo que sigue serían adiciones posteriores, del propio Hesíodo o no.
Las máximas se refieren fundamentalmente al tema del trabajo y de la riqueza justa obtenida con él: "trabaja, Perses", se dice en 299 y a lo largo de todo el pasaje resuenan palabras con la raíz erg-o erd-,'trabajar'.
Son el Leitmotiv, el hilo conductor, cierto que combinado con otros: 3⁄4lboj 'riqueza', a±dÓj 'respeto', do-'dar', geítwn 'vecino'.
Este es el procedimiento de composición asociativa que, de todos modos, es fiel a la intención inicial: "obra así, trabaja trabajo tras trabajo", es el último verso (382).
Así, el tema del hermano, el de los reyes y el de la justicia en conexión con el primero y los segundos, ha ido creciendo gradualmente para combinarse con el del trabajo y dirigirse a todos los hombres.
Al final, es esta intención última la que triunfa, el tema del trabajo el que domina.
Y justifica la introducción del bloque siguiente, el calendario agrario en cuyo proemio o elemento a se insiste en el tema consabido: "trabaja, necio de Perses" (397).
Así, en definitiva, el bloque que estudiamos, fundamentalmente gnómico, hace de transición entre el complejo inicial de mitos y una fábula, con máximas y parénesis entretejidas, y el calendario agrícola.
Es, al tiempo, este bloque el clímax de la obra, su culminación.
Seguirán luego otros que son meros desarrollos del tema del trabajo o meros apéndices y suplementos.
También en esto hay un paralelismo con la Teogonía.
El calendario agrícola está organizado, como ya hemos dicho y como por lo demás es lo habitual en este género literario, en forma cronológica: desde los trabajos de otoño a los de invierno, primavera y verano, para concluir de nuevo en el otoño.
Es una cronología que se apoya ya en datos astronómicos sobre la salida o puesta de las constelaciones, ya en otros del mundo animal o vegetal: la migración de las grullas, la llegada de la primavera, el florecimiento del cardo, el canto de la cigarra o del cuco, los movimientos del caracol.
Así se van desarrollando, unas tras otras, las faenas del corte de la leña, la arada y la siembra, la poda de las viñas, la siega, la trilla y recogida de la cosecha, la vendimia.
Pero no se trata sólo de descripciones, sino, sobre todo, de exhortaciones y consejos sobre cómo efectuar esas labores.
Todo esto coloca el calendario agrícola en el ambiente de las partes anteriores.
Ahora bien, intervienen excursos sobre el carácter de las estaciones o sobre la vida del campesino en las mismas.
El corte de la leña va seguido de instrucciones para la fabricación del arado (423ss.); la descripción del invierno (493 ss.) va seguida del cuadro de la doncella resguardada en su casa y de consejos sobre el vestido que hay que ponerse; hay la del verano (583 ss.)
Y hay intercalación de símiles, máximas, fórmulas, pequeños cuadros y conversaciones (452: diálogo del que pide bueyes prestados y del vecino que se los niega), detalles pintorescos.
Todo más o menos próximo al estilo épico, con su abertura, imprevisibilidad y elementos fijos, pero en una versión diferente.
Pero no nos hallamos simplemente ante una organización acumulativa, con excursos y asociaciones: Hesíodo ha hecho un intento para introducir, también aquí, el esquema ternario.
De una parte, hay un eco entre el comienzo y el final, con la referencia en ambos lugares a la puesta de las Pléyades y la arada.
El fin 614-617 puede considerarse, así, un epílogo o elemento c, que cierra el anillo.
Y 383-413 es un proemio o elemento a, que contiene los siguientes elementos: a) Tema de las Pléyades con su orto y ocaso, que señalan respectivamente los puntos culminantes del año agrícola, la siega y la arada, con insistencia a continuación en estos dos temas. b) Invitación a Perses a que trabaje: es lo que los dioses han asignado a los hombres para que puedan vivir.
El pasaje enlaza con la primera parte del poema. c) Invitación a disponerlo todo (la casa, la mujer, el buey, los instrumentos agrícolas) para el trabajo, con más consejos sobre la diligencia en éste y las malas consecuencias de la pereza.
Es bien claro que en este proemio encontramos una especie de compendio de lo más esencial de lo que va a seguir y de la intención del total.
Bloque VII (618-694) Son los trabajos de la navegación, un mero apéndice o complemento al bloque anterior.
Hay lazos con él: se recomienda trabajar la tierra (¦ργάζεσθαι) cuando, tras la puesta de las Pléyades, se saca a tierra la nave; se recomienda a Perses hacer los trabajos todos ( §ργων), pero sobre todo los de la mar, en el tiempo debido (641); y retorna una y otra vez el tema biográfico: cómo el padre de Hesíodo y Perses llegó a Ascra desde Cima en Eolia, cómo Hesíodo sólo una vez en su vida se embarcó, cuando fue a Cálcide de Eubea a participar en los Juegos Fúnebres en honor del rey Anfidamante.
Hesíodo no recomienda la navegación, pero va a dar instrucciones por si alguien quiere dedicarse a ella.
El pasaje, tras una introducción sobre el momento de sacar la nave a tierra y el de volver a ponerla a flote, tiene una estructura acumulativa, en que los temas biográficos, propios de los proemios, las máximas y las exhortaciones se mezclan.
El elemento b o centro del bloque (663-693) consiste fundamentalmente en advertencias sobre los riesgos de la navegación, que no debe emprenderse hasta cincuenta días tras el solsticio, ya en Agosto, y una serie de consejos de prudencia, que se resumen en el epílogo c (694): una máxima sobre la medida y la oportunidad.
Escudo, que se corresponde con la parte transmitida parcialmente por el papiro del Catálogo, parece realmente adecuado a él: se trata de Alcmena y de cómo concibió a sus dos hijos Heracles e Ificles por obra, respectivamente, de Zeus y Anfitrión.
Pero en nuestro Escudo de transmisión manuscrita todo esto no es sino el proemio de la narración (57-466); el final (467-480), el entierro de Cicno, puede considerarse como el epílogo o elemento c.
La narración épica se desarrolla conforme a los modelos tradicionales, aunque con excesivo énfasis en la descripción del escudo que la diosa Atena llevó (como Tetis a Aquiles, hay una clara imitación) a su protegido Heracles para que luchara con el monstruoso Cicno, hijo de Ares.
Contiene, fundamentalmente, los siguientes elementos: 57-76: anticipo sobre la hazaña de Heracles (segundo proemio).
77-121: diálogo entre Heracles y su auriga Iolao, al que incita a la lucha.
325-344: palabra de Atena a Heracles, dándole instrucciones para la lucha.
424-466: segundo combate, Atena salva a Heracles, éste hiere a Ares, a quien sus servidores se llevan al Olimpo.
Son todos, ya digo, elementos tradicionales.
En realidad, se trata de un epilio cerrado, con su proemio 57-76 y su epílogo, ya mencionado, 467-480: pero el total ha sido añadido como un conjunto al relato sobre la de descendencia de Alcmena.
Sea Hesíodo o no sea Hesíodo el autor de esta adición, parece claro que esta expansión del tema de Héracles, hijo de Zeus y vencedor de monstruos, se consideró adecuada dentro del contexto de alabanza de Zeus y de su hijo (cf. supra sobre su papel en Teogonía) en la obra del poeta de Ascra. |
Estas notas crítico-textuales recogen el fruto del estudio del estado del texto de El arte del parasitismo con los conocimientos que actualmente se tienen de la lengua griega tardía del período helenístico y grecorromano.
Esta obra ya fue definida por los escolios de manera breve y certera: «... un tratado de los más serios, tanto más cuanto es también, de manera subrepticia, el más γελοιότατος».
No cabe ninguna duda que su lectura hace aflorar continuamente la sonrisa e incluso alguna risotada, por el ingenio y las buenas maneras con que defiende el autor su tesis: el arte de ser parásito es un arte superior y de los más difíciles.
En la cita de los pasajes del texto griego de Luciano sigo la edición de M. D. MacLeod, Luciani opera, II, Oxford, 1993, edición corregida por el autor (1a ed. 1974).
Sobre la transmisión textual, la relación entre los códices y las siglas, remitimos a la introducción de la edición de Oxford, tomos I y II.
Este tratado está en las dos tradiciones textuales de las obras de Luciano, corpus γ (ΓΦΩ) y corpus β (Γ a ΨΡ).
Los testimonios de la tradición de β, según Macleod (véase ap. crít., tomo II, de su edición reimpresa con correc-226 M. GARCÍA VALDÉS EM LXIX 2, 2001 1
En los capítulos 30-51, según Macleod, faltan los manuscritos de la familia β.
Sin embargo, esto es en teoría, porque en el aparato crítico de la edición de Macleod no se observa esta ausencia; de manera casi constante aporta las variantes propias de los códices de la familia β en los capítulos mencionados (véanse páginas.
El personaje Tiquíades se enfrenta con un tal Simón, hábil parásito, quien intenta demostrar, con éxito, que el parasitismo es un arte de gran mérito que requiere unas habilidades como las demás artes e incluso superiores.
"¿Y qué? ¿la retórica?
Pues de la filosofía estás tan distante como incluso el vicio".
"Yo incluso más, si es posible que sea".
Es decir: "Yo estoy a mayor distancia de la filosofía que el vicio, si es posible que esto ocurra".
Todos los códices transmiten οÍόν τε εÉναι, con el infinitivo εÉναι que creemos es sintácticamente correcto, ya que depende de οÍον (¦στί), con la forma verbal ¦στί elíptica.
Fritzsche corrige el infinitivo εÉναι en el optativo εÇη.
Hirschig (pp. 5-8) compara el pasaje presente con el de Dial.
MacLeod, siguiendo la corrección de Hirschig, establece en su última edición μν.
Los filólogos intentan establecer una forma personal del verbo εAEμί, considerándolo más propio de Luciano.
No parece necesaria tal corrección: el infinitivo εÉναι tiene la función de sujeto de οÍόν τε (¦στί); para la construcción οÍόν τε (¦στί) + infinitivo, véase Liddell-Scott s.u. οÍος III 2, «más frecuente en neutro singular», Th.
I 80, etc. Creemos, por tanto, que debe conservarse el infinitivo εÉναι.
Los editores Schmid, Jacobitz (1a y 2a ed.), Dindorf, Harmon y Sommerbrodt establecen el texto con el infinitivo εÉναι, de acuerdo con todos los códices.
"Yo afirmaría, Tiquíades, que ese arte es mucho más un arte que cualquier otro.
Si te agrada escucharme, incluso podría decirte de qué modo lo creo, aunque, como ya te dije antes, no estoy en absoluto preparado para ello".
El verbo λέγοις es una corrección de Jacobitz, que MacLeod y los demás editores aceptan, excepto Schmid, cuya edición es anterior a la corrección y en ella conserva la tradición manuscrita.
Los códices transmiten δέ τοι (γ), o bien δ¥ τοÃς (Γ a β) en lugar de λέγοις.
Creemos que puede y debe respetarse la lección de los códices, δέ τοι, si se tiene en cuenta la presencia de la forma verbal λέγοιμι en la última frase del parlamento de Simón inmediatamente anterior, que ya hemos traducido, en la que se insiste en la idea de "decir", repetida en las formas verbales φαίην, λέγοιμι, εAEπών.
El texto de Tiquíades, según los códices es: οÛθ¥ν, εAE κα σμικρ δέ τοι, •ληθ− δέ, διοίσει.
Tiquíades responde a Simón con la idea del verbo "decir" latente; se sobreentiende fácilmente, aunque no sea expresado.
Sobre la frecuencia de la elipsis de un verbo, se puede ver en Blass-Debrunner, §479, p.
Acerca de la tendencia a la elisión, como fenómeno común, en el uso "allegro" de la lengua, cf. Moulton, II,Schmid, Atticismus, Index,s. u.
Ellipse; un ejemplo con un verbo de "decir" elíptico: Plutarco, Is. et Os.
Las partículas δέ... δέ, ponen de relieve los vocablos σμικρ y •ληθ−, respectivamente.
Sobre el uso de δέ τοι, cf. Denniston, VI, p.
552: τοι incide en la persona referida y la otra partícula conserva su fuerza y sentido normal.
La traducción del texto sería: "Nada importará, si (dices) pocas cosas por tu parte, pero verdaderas".
Esto es: "nada importará aunque (digas) pocas cosas, si son verdaderas".
3.8 Es continuación del pasaje previamente comentado.
Simón comienza a explicar a Tiquíades por qué el parasitismo es un arte incluso mucho más que otro cualquiera.
Todos los códices transmiten μετέχοιμεν.
Gesner corrige en μετέχοιεν, y los editores aceptan la corrección: la tercera persona de plural se refiere a αÊ τέχναι como sujeto elíptico.
Sin embargo, Luciano, a juzgar por toda la transmisión manuscrita, después de haber empleado la primera persona de plural σκοπäμεν... ¦πακολουθήσαιμεν, termina la frase con la prótasis del período condicional, análogamente, en primera persona de plural, dando al verbo metéxw un valor factitivo-causativo "hacer participar", con el mismo sujeto de los verbos anteriores "nosotros".
La traducción sería: "Ea, en primer lugar, si te parece, fijémonos en el arte, cuál es su naturaleza en general.
Pues así podríamos continuar también con las artes por sus características específicas, si es que con razón las hacemos formar parte del arte".
No considero necesaria tal corrección.
El uso factitivo-causativo de un verbo es frecuente también en Plutarco; en ocasiones este empleo ayuda a suprimir una corrección innecesaria y una mala interpretación del texto, véase, Is. et Os., 361F2 (•νεÃλε: "hizo levantar").
4.10 Simón intenta aplicar las características del arte al parasitismo y ver si éste se ajusta a ellas, para concluir que es un arte.
Plantea, asimismo, qué clase de persona sería apropiada para ejercerlo sin tener que arrepentirse posteriormente de su actitud; para ello se vale de la comparación con el acuñador de monedas.
Marcilius (ed. 1615) corrige el texto añadiendo la negación οÛχ después de ταØτα.
La corrección es aceptada por los editores siguientes.
El sentido de esa oración sería: "y eso que los hombres no son como las monedas....."
Me parece que el texto se puede entender sin la adición de οÛχ, si introducimos la ironía, que está presente con frecuencia en los textos de Luciano.
El autor carga la pregunta de ironía: "¿el parásito sin arte distingue a los hombres falsos de los buenos porque, como las monedas, son inmediatamente discernibles?".
Queda en evidencia que los hombres no son al punto discernibles como las monedas, por tanto necesita de un arte superior.
La evidencia de que no es así, lo confirma con la cita de Eurípides: "Eso, ciertamente, ya el sabio Eurípides lo reprocha al decir: «ninguna marca hay en el cuerpo de los hombres por la que se reconoce al malvado»".
Veamos la traducción completa, sin la adición de la negación: "¿O diremos que alguien posee el arte de acuñar monedas si sabe distinguir las monedas falsas de las que no lo son, mientras que el parásito sin necesidad de arte distingue a los hombres falsos de los buenos, y eso porque, como las monedas, también los hombres son inmediatamente visibles?
Eso, ciertamente, ya el sabio Eurípides lo reprocha al decir: «ninguna marca hay en el cuerpo de los hombres por la que se reconoce al malvado»".
Parece innecesaria la negación οÛχ; sin ella el texto es comprensible y se pone más de relieve la ironía a través de los dos κα (κα ταØτα òσπερ τäν νομισμάτων κα τäν •νθρώπων φανερäν εÛθ×ς Ðντων;), empleado el segundo con el valor de "también".
Todos los códices transmiten en la última frase αÊ δ¥ τοØ παρασίτου καταλήψεις.
Fritzsche lo corrige en o... κατάληψις, tal corrección es aceptada por Dindorf, Sommerbrodt, Harmon y MacLeod.
Para estos autores, o κατάληψις es el nominativo singular, sujeto de εÇη y de •πόλλυσιν, ambas formas verbales en tercera persona de singular.
Sin embargo, tal modificación parece innecesaria.
El problema es ya antiguo, si observamos la tradición manuscrita; y lo ha creado la mala comprensión de la forma'póllusin.
Veamos las formas verbales εÇη y •πόλλυσιν: la primera la transmiten la mayoría de los manuscritos, en cambio el códice P (s. XIV, de la tradición de β) y Γ a presentan εÉεν, tercera persona de plural.
Creemos que en el pasaje presente εÉεν es la lección que debe aceptarse, cuyo sujeto es αÊ δ¥ τοØ παρασίτου καταλήψεις, en correlación con αÊ μ¥ν γρ τäν -λλων τεχνäν καραλήψεις, y de acuerdo con los códices.
Sabemos que los manuscritos recentiores dan con frecuencia lecturas mejores que el resto de la tradición, y en este caso coincide con la corrección de Γ del siglo X. No obstante, es interesante tener en cuenta la construcción que Luciano presenta en Am.
La forma verbal μν se consideró una tercera persona de singular, con un nominativo femenino plural de sujeto.
Así nos lo da, como ejemplo, W. Schmid, Atticismus, en «Der Atticismus des Lucien», p.
Sin embargo, creo que es una mala interpretación de Schmid, en este caso: μν se emplea como tercera persona de plural del imperfecto, como se encuentra también empleado en Hesíodo (Th.
Véase Veitch s.u. εAEμί, p.
La forma verbal •πόλλυσιν, tercera persona de singular, si sufre una ligera modificación del acento, •πολλØσιν es la tercera persona del plural; como tal está empleada por Heródoto (IV 69) y por Platón (Leg.
Schmid (ed. 1779) dice en nota a pie de página: uelim minima mutatione •πολλØσι legere.
La necesidad de la tercera persona del plural la manifiestan los editores: según Schmid, Guiet corrigió en •πολλύασιν.
Jacobitz (2a ed. 1896) establece también •πολλύασιν pro •πόλλυσιν.
En consecuencia, 1o: debe conservarse αÊ καταλήψεις, que está en correlación con αÊ μ¥ν γρ τäν -λλων τεχνäν καταλήψεις, y transmitido por todos los códices.
2o: debe aceptarse la lectura εÉεν de los manuscritos ΡΓ a.
3o hay que introducir una ligera modificación en el acento y establecer •πολλØσιν, como tercera persona de plural de •πόλλυμι.
8,6 Simón, con un ejemplo del mundo de la navegación, trata de demostrar que la ausencia de arte no sirve para nada.
El texto de los códices es el siguiente: la tradición de γ: o γρ •τεχνία οÛδέποτε οÛδ¥ν κατορθοà τè κεκτημένå. φέρε γάρ, εAE ¦πιτρέψας σ× σεαυτè ναØν ¦ν θαλάττ® κα χειμäνι μ¬ ¦πιστάμενος κυβερνν, σωθείης -ν; Su traducción sería: "la ausencia de arte nunca jamás reporta algo recto al que la posee.
Mira pues, si tú mismo te echaras a la mar en una nave y en medio de una tempestad ¿sin saber pilotar, podrías salvarte?"
La tradición de β sólo difiere del texto anterior, en que expresa lo mismo referido a una tercera persona:... φέρε γάρ, εAE ¦πιτρέψας τις ©αυτè..., σωθείη -ν;
En la última frase de este fragmento, tras φέρε γάρ, se encuentra la estructura de un período condicional, con la prótasis encabezada por εAE + el participio de aoristo ¦πιτρέψας, transmitido por todos los códices, referido a una segunda persona, σ× σεαυτè, y en la apódosis el optativo σωθείης -ν (testimonios de γ); o bien, el participio referido a una tercera persona, τις ©αυτè, y en la apódosis el optativo σωθείη -ν (testimonios de β).
Para los editores ha sido un problema aceptar el participio ¦πιτρέψας en la prótasis del período condicional, con la función de forma verbal personal.
Hirschig (págs. 27-29) corrige el participio en optativo ¦πιτρεψείας, y establece el texto de γ: φέρε γάρ, εAE ¦πιτρέψειας (uel si malis ©αυτè) ναØν ¦ν θαλάττ® κα χειμäνι μ¬ ¦πιστάμενος κυβερνν, σωθείης -ν; Le siguen los editores Harmon y MacLeod (éste último en el aparato crítico: ¦πιτρέψαις σ× malim).
Por su parte, Struve corrige el participio de aoristo en optativo de aoristo tercera persona de singular, ¦πιτρέψαι, y establece el texto de β, en tercera persona de singular.
Le siguen los editores Dindorf, Jacobitz (1a y 2a ed.) y Sommerbrodt.
El participio ¦πιτρέψας lo dan las dos tradiciones textuales y es correcto; se trata del uso del participio empleado pro uerbo finito.
Este uso es muy frecuente en la κοινή.
Cf. sobre este uso del participio, §468; Mayser II1,p.
Sobre el uso del participio con una conjunción, construcción equivalente a una oración adverbial, lo trata Blass-Debrunner, §418 pp. 215-16; para el uso del participio precedido de la conjunción εAE, con valor condicional y concesivo, id. § 418 (3): Mt.
En consecuencia, el participio debe ser restituido y el texto, como aparece en la tradición de γ y establece Schmid, debe ser:... εAE ¦πιτρέψας σ× σεαυτè..., σωθείης -ν;
12.27 Con gran ingenio en su dialéctica, Luciano rechaza que el placer sea de la competencia de Epicuro; según él, es más bien propio del parásito.
La negación οÛ es omitida por Cobet y le siguen en la omisión Dindorf, Jacobitz (2a ed.)
En cambio, Jacobitz (1a ed.) y Schmid la conservan.
Creo que debe mantenerse la negación, tal como la testimonia toda la tradición manuscrita.
Es bien conocido el giro οÛχ Óπως...•λλ o •λλ κα (cf. Liddell-Scott s.u.
Óπως AII2), o bien bajo la forma negativa (Xen.
La negación οÛ no sobra; se trata de una elipsis del verbo λέγω o ¦ρä (cf. Liddell-Scott s.u.
Óτι V; Blass-Debrunner, sobre elipsis propia de giros formularios, §480 (5), pp. 253-54; hay la elipsis de λέγω en la fórmula οÛ λέγω Óτι = οÛ Óτι, en el pasaje presente con Óπως en lugar de Óτι.
El sentido de la frase es: "Ese Epicuro por muy sabio que sea, o tiene qué comer o no. Si no tiene, no sólo no vivirá con placer, sino que ni siquiera vivirá".
Es decir: "no digo que no vivirá con placer, sino que ni siquiera vivirá".
Todos los códices transmiten αÊ en lugar de καÂ.
Es Seager quien corrige en καÂ, la corrección es admitida por los editores Dindorf, Jacobitz, Sommerbrodt, Harmon y MacLeod.
Solo Schmid conserva la lectura de los códices, y pienso que lo hace rectamente.
En el texto hay una oposición muy marcada por las partículas οÛ... •λλ entre τινές y πσαι.
El artículo αÊ acompaña a πσαι.
Se trata del uso de πς con artículo: los grupos individuales o las artes nombradas anteriormente son tratadas, en el pasaje presente, como un conjunto.
El significado es: "no algunas de las demás artes, sino todas ellas (en latín uniuersae) han nacido para procurarse el sustento...".
Cf. sobre el uso del artículo con πς, Blass-Debrunner §275 (7), p.
La partícula μέντοι está empleada con su valor "progresivo"; introduce un nuevo punto en una serie, un nuevo argumento (cf. Denniston, s.u. μέντοι, (3) (II), p.
Con esa anticipación del artículo, se pone más de relieve αÊ πσαι, es como si estuviera colocado πσαι al principio.
Son comunes en la prosa literaria tardía diferentes tipos de hipérbaton.
Los códices transmiten μήτε.
Los editores siguientes aceptan la corrección.
No debe corregirse, se trata de un uso de μήτε pro μηδέ, que debe ser conservado, tal como es transmitido por toda la tradición manuscrita.
Bauer s.u. μήτε, dice que como conjunción copulativa negativa no siempre se ve en el uso una diferencia establecida entre μήτε y μηδέ.
Blass-Debrunner §445 (1), también explica cómo οÜτε y οÛδέ, μήτε y μηδέ se confunden en su uso en los manuscritos; como es el caso entre δέ y τε; cf. Blass-Debrunner §443 (1).
Vayamos a la primera frase: τς -λλας τέχνας es el complemento directo de •ξιώσας.
Se encuentra luego la oración concesiva εAE καί τι... εÇη, con una oración explicativa causal ¦πε μέσαι...
Y queda la oración κα παρέλθοι τις συγνώμης •ξιώσας que es la prótasis del período condicional, cuya apódosis es προσδεκτέος -ν εÇη.
La mayor dificultad que se ha presentado a los editores fue interpretar el empleo de la conjunción κα (παρέλθοι) introduciendo el período condicional.
42), al explicar las diversas interpretaciones del texto: alii... illud κα in εAE mutari uolunt.
Se trata precisamente del uso de κα pro εAE.
El empleo de κα con variedad de usos, como enlace de oraciones, aparece ya desde el período clásico, y se incrementa en época tardía.
308), Bauer (s.u., I2b), Blass-Debrunner ( §442), donde se encuentra κα usado con valor de Óτι, consecutiva, final, temporal, introduciendo una apódosis, con valor concesivo, para su uso en lugar de κεAE (cf. Denniston, s.u., I(9), p.
En el pasaje presente, está empleada pro εAE (cf. p.
228) e introduce la prótasis del período condicional: κα παρέλθοι τις συγνώμης •ξιώσας... προσδεκτέος -ν εÇη.
La traducción sería: "Pues, ciertamente, también las otras artes, si alguien llegase a ellas considerándolas dignas de excusa, aunque haya en ellas algo desacorde, porque parecen indiferentes y sus percepciones no son inmutables, ése debería ser oído.
Pero la filosofía, como necesaria, ¿quién podría sostener que no es una y no es concorde consigo misma, más que los instrumentos musicales?"
Tomamos para μέσαι la acepción que da Hirschig, quien cree que su significado deriva de la terminología de la filosofía de los estoicos: qui τ μέσα etiam dicebant οÛδέτερα siue •διάφορα.
El adjetivo •ναγκαίαν, "como necesaria", referido a la filosofía, (la edición florentina establece ñς •ναγκαίαν) deja deducir su significado por su relación de oposición a los términos μέσος y οÛκ •μετάπτωτος aplicados a las "otras artes".
Cf. para una explicación filosófica de los términos, Hirschig, Es innecesaria la corrección de •ναγκαίαν en -ν καÂ, como hizo Jacobitz; el adjetivo debe ser restablecido en el texto, de acuerdo con la tradición manuscrita.
La lectura del códice N, •ναγκαÃον, sería igualmente comprensible, como adjetivo de dos terminaciones, como se encuentra en Tucídides (I 2) o en Platón (Rep.
Todos los códices dan μλλον αÛτäν.
Halm corrige en μλλον αÛτό, y la corrección fue admitida por Dindorf, Jacobitz (2a ed.), Sommerbrodt, Harmon y MacLeod.
Me parece innecesaria tal alteración del texto: el genitivo de plural depende de τÎ τί, como genitivo partitivo: "pues el investigar qué tiene más de esas cosas...".
Para la sustantivación de las interrogativas indirectas, τÎ τί..., cf. Blass-Debrunner §267 (2).
En la oración coordinada siguiente, «ν es una corrección de Fritzsche, aceptada por Harmon y MacLeod.
Unos códices (ΓΦ) transmiten -ν, otros (Γ a βΩ) transmiten μίαν.
Esta última (μίαν) parece ser la lectura correcta.
No es necesaria la corrección de μίαν, ni en el caso de haber admitido αÛτό, como ya vieron Dindorf, Jacobitz (1a y 2a ed.) y Sommerbrodt; μίαν, como adjetivo determinado parece referirse a la percepción (κατάληψις).
La traducción sería: "pues el investigar qué más de aquellas cosas es y el no reconocer que es una sola, eso destruye la esencia misma de lo investigado".
32.8 Simón va a enumerar a Tiquíades los filósofos que estarían deseosos de dedicarse al parasitismo.
Comienza nombrando a Esquines el socrático, quien escribió largos y sutiles diálogos.
Todos los códices transmiten Óπως εAE, Reitz corrige en εÇ πως y le siguen Dindorf, Jacobitz (2a ed.), Sommerbrodt, Harmon y MacLeod.
No me parece necesaria EM LXIX 2, 2001 la corrección, Óπως rige el infinitivo γνωσθ−ναι, y queda en el medio la oración condicional εAE δύναιτο.
La construcción de Óπως + infinitivo, con valor final es poco frecuente, pero se encuentra también.
También el índice de Jacobitz recoge Óπως rigiendo infinitivo.
El texto debe establecerse, como ya presentan Schmid y Jacobitz (1a ed.): 1⁄2κέν ποτε εAEς Σικελίαν κομίζων αÛτούς, Óπως, εAE δύναιτο, δι' αÛτäν γνωσθ−ναι Διονυσίå τè τυράννå.
La traducción sería: "Llegó a Sicilia llevándoselos (los libros), para, si podía, darse a conocer a través de ellos a Dionisio el tirano".
39.18 Simón previamente ha mostrado que si la felicidad consiste en no pasar hambre ni sed ni frío, esto se da más en el parásito que en el filósofo, ya que muchos filósofos pasan hambre y frío.
Tiquíades le contesta de modo afirmativo y le plantea una nueva pregunta: 8Ικανäς ταØτά γε.
En este pasaje parece que falta, según el aparato crítico, el texto en los testimonios de β, aunque en el texto inmediatamente anterior y posterior sí se nos dan variantes de estos códices de la familia β.
Teniendo en cuenta esta ausencia, observamos en el aparato crítico que los testimonios γΨ transmiten πολλά (el códice N πολύ).
Fritzsche corrige πολλά en τ-λλα, y aceptan la corrección en su texto Harmon y MacLeod.
Todos los demás editores presentan la lección de los códices πολλά.
En el pasaje presente πολλά tiene el significado de "muchos otros aspectos", como neutro plural; se encuentra empleado πολλά opuesto a un ταØτα previamente expresado (cf. Apol.
8.10, ταØτα μ¥ν κα τ τοιαØτα πολλ aτερα); es precisamente ese contexto inmediato de oposición el que le da a κατ πολλά el matiz de "en muchos otros aspectos", casi de modo equivalente a "en los demás aspectos".
La corrección de Fritzsche parece innecesaria, como han visto los demás editores que conservan πολλά:...
La traducción sería: "Esos aspectos están suficientemente explicados.
Pero ¿cómo vas a demostrar que también en muchos otros aspectos aventaja el parasitismo a la filosofía y a la retórica?"
Es decir, el sentido general es: "en no pasar hambre y frío (esto está recogido en ταØτα), si en eso consiste la felicidad, el parasitismo aventaja a la filosofía, pero en otros muchos aspectos (κατ πολλά) tendrás que demostrarlo".
Cabe también otra explicación para este uso de πολλ: un empleo del positivo (πολλ) para el comparativo, cf. Blass-Debrunner §245 (1-2), como opuesto a "pocos", p.
128 con el significado de πλεÃστα, o πλείονα, "otros", o bien "más" (cf. id. §244 (3)): "...
Pero ¿cómo vas a demostrar que también en otros (o bien 'más') aspectos aventaja el parasitismo a la filosofía y a la retórica?"
Es un uso de πολλά interesante, que debe conservarse en el texto, de acuerdo con toda la tradición manuscrita y con la mayoría de los editores.
41.24 Simón plantea un caso utópico de invasión de los enemigos del territorio patrio y de alistamiento de los ciudadanos que están en la edad militar y de los demás que acuden, entre ellos algunos filósofos, oradores y parásitos.
Con ello intenta poner de relieve el diferente y buen aspecto físico del parásito en relación a los demás y la gran dificultad que tendrían algunos de los otros para soportar un combate a pie firme.
En este contexto de guerra, Luciano parafrasea el texto de Tirteo en el que canta el valor guerrero.
El texto de los códices es:... καλÎς δ¥ εAE κα •ποθάνοι καλäς;.
Toda la tradición manuscrita muestra καλäς.
Dindorf corrige en νεκρός y lo admiten en su texto Harmon y MacLeod.
Sommerbrodt elimina καλäς colocándolo entre corchetes.
La corrección está hecha en relación con un pasaje tirteico (8.30), en el que se trata de la muerte del guerrero valiente que lucha por su patria y por sus hijos, y la pérdida de su vida proporciona gloria a su ciudad, a su pueblo y a su familia, si bien en este pasaje no aparece de manera expresa el vocablo νεκρός, ni el giro •ποθάνοι νεκρός.
Me parece la corrección innecesaria.
Con la expresión •ποθάνοι καλäς, "morir bellamente", Luciano está aludiendo sin duda al comienzo tirteico: τεθνάμεναι γρ καλÎν...
Recordemos el famoso pasaje: τεθνάμεναι γρ καλÎν ¦ν προμάχοισι πεσόντα..., "bello es morir cayendo en las primeras filas".
Es más, creemos que detrás del fragmento entero de Luciano hay un eco de dos pasajes de Tirteo: 6.1, ya citado, y 6.
Fijémonos en la oposición de términos que hay en los dos versos finales de Tirteo, y particularmente en el último:... ζωÎς ¦ών, καλÎς δ' ¦ν προμάχοισι πεσών, cuya traducción es: "admirado por los hombres, amado por las mujeres estando vivo, / bello cuando cae en las primeras filas"; es decir "cuando muere bellamente".
Esta oposición la recrea Luciano: καλÎς μ¥ν... κα ζäν Òπλίτης / καλÎς δ¥... •ποθάνοι καλäς, "bello... ya vivo como hoplita / bello... si también muere bellamente".
La repetición καλÎν... καλÎς μ¥ν... καλÎς δ¥... •ποθάνοι καλäς, es una paronomasia, muy del gusto de los textos poéticos arcaicos y clásicos y de los autores tardíos.
En el pasaje, Luciano, por boca de Simón, está describiendo al parásito (su cuerpo EM LXIX 2, 2001 consistente, con mirada ardiente y altanera) y le viene al recuerdo el texto tirteico.
El adverbio καλäς no sobra, está usado en clave tirteica: en la que καλός conlleva el bello aspecto físico y las bellas acciones, como es morir luchando por la patria; y lo traslada al parásito para referirse a su hermoso aspecto físico y a su resistencia en la batalla.
El parásito al llevar una buena vida y estar bien alimentado, presenta hermoso aspecto, sería un bello hoplita vivo, y sería bello al morir luchando, que es el modo de "morir bellamente", en clave tirteica.
La traducción sería: "No está bien llevar a la guerra al que tiene una mirada temerosa y femenina.
Pero, ¿acaso el tal (el parásito descrito previamente) no sería bello, vivo, como hoplita, y bello, si muere bellamente?".
Esto es: bello también muerto por ser bello y por llevar una muerte bella.
Los códices transmiten tres lecturas: §τι (Γ a β), Óτι §τι (γ), τί §τι (Ω x ).
Fritzsche corrige haciendo una adición: §τι., le siguen Harmon y MacLeod.
No parece necesaria tal adición.
Si tomamos la lectura del códice Ω x, τί §τι, y colocamos un punto detrás de εÉχε, el texto queda como ya establecieron Schmid y Jacobitz (1a ed.):... εÉχε. τί §τι; οÛχ Δημάδης..., "De entre los oradores, Isócrates no sólo nunca salió a la guerra, sino que, por cobardía creo, ni siquiera subió a un tribunal; tengo entendido que ni siquiera tenía voz por eso.
El giro τί §τι es traducido al latín por Schmid quid porro?.
Es un inciso interrogativo que le sirve para continuar con las preguntas siguientes.
Dindorf, Jacobitz (2a ed.) y Sommerbrodt establecen el mismo texto, pero añaden, creemos que sin necesidad, διαρκοØσαν delante de εÉχε, concordando con φωνήν, "bastante voz".
La expresión "ni siquiera tenía voz", tiene el sentido de "apenas tenía voz", "tenía poca voz".
42.8 Simón previamente trata de la cobardía de los oradores y lo enfatiza a través de una pregunta retórica, cuyo final creemos que está en el participio πολιτευόμενοι, como también establecen Dindorf, Jacobitz (1a y 2a ed.) y Sommerbrodt.
Para Harmon y Macleod la pregunta termina en ¦πολέμει.
La tradución de la pregunta sería: "¿Acaso Demades y Esquines y Filócrates, en cuanto se produjo la declaración de guerra de Filipo, por miedo, no entregaron la ciudad y sus propias personas a Filipo y continuaron ejerciendo la política de Atenas siempre en interés de proelio pugnare iubet, eum etiam excipiet epulis, etsi statim a lucis exortu pugnandum sit.
Debe establecerse el texto transmitido por los códices: οÛ γρ •λλ' Ôν ¦ν πολέμå μάχεσθαί φησιν ©στιάσει, κα εÛθ×ς μα aå μάχεσθαι δέοι.
La traducción completa: "no a otro sino a quien ordena combatir en batalla dará un chanquete, aunque tenga que luchar en cuanto aparezca la aurora (en cuanto amanezca)".
Luciano en este fragmento está parafraseando dos pasajes de la Ilíada (XIX 160 y 230), al que también se refiere Xen., Cyrop.
I 51, como muy bien apunta Hirschig (p.
Creemos que el sentido del fragmento de Luciano y el significado de la oración cuyo verbo es ©στιάσει, en particular, está muy de acuerdo con el sentido de los pasajes homéricos.
Odiseo replica a Aquiles que antes de combatir contra los Troyanos, las tropas deben comer, ya que la batalla no durará poco tiempo.
Y manda a Aquiles que dé la orden a los aqueos de tomar cerca de las naves pan y vino, pues el hombre que se ha saciado de vino y comida, lucha todo el día contra los enemigos; sus miembros no se cansan y tiene en su pecho un corazón valiente (160 ss.).
Aquiles se impacienta con la espera, por su ardor para combatir y vengar a su amigo Patroclo.
Odiseo dice que los muertos hay que enterrarlos, pero los que sobreviven de la terrible guerra deben pensar en la comida y la bebida, para combatir siempre sin tregua a los enemigos (230 ss. |
En menor medida, los testimonios numismáticos y las fuentes literarias.
Igualmente, existen otra serie de elementos que se han utilizado para este mismo fin: la documentación toponomástica y visigótica.
Su exclusión se debe a las amplias discrepancias existentes entre los investigadores sobre el valor científico de este método, y a la problemática que representa su difícil ubicación cronológica.
A título de información, debe señalarse la presencia de Pompeianus, segundo obispo conocido de Osca (ca.
detentaron como nomen Pompeius 3 y Pompeianus 4.
Este planteamiento 5 se basa en la idea de que la importancia y extensión de una clientela se expresa en el número de personas que ostentarían el nomen de la gens en cuestión 6, criterio que se ha utilizado en un gran número de familias de época republicana que han tenido una actuación destacada en la Península Ibérica 7.
De este modo, se ha defendido que aquellos individuos que detentaban el nomen Pompeius serían descendientes de antiguos clientes de Pompeyo Magno 8, fuese debido a la participación de éste en la guerra sertoriana (83-72 a.C.) 9 o a la concesión de la ciudadanía romana a la turma Salluitana (89 a.C.) por su padre Cn.
Esto no significa que, automáticamente, las personas que poseían este nomen hubieran recibido la ciudadanía romana de manos de Pompeyo Magno o de algún miembro de su familia 11, como a veces se ha afirmado 12.
En realidad, la mayor parte de los gentilicios de hispanos pertenecientes a los protagonistas de la conquista habrían de entenderse en principio como la difusión de la clientela de ciertos gobernadores provinciales 13, nunca de la concesión por éstos de la ciudadanía romana, aunque posiblemente debieron darse algunos casos aislados.
Igualmente, debe tenerse en cuenta que en esta época muchos provinciales adoptaron de manera ilegal nombres romanos (sin ser ciudadanos romanos), como por ejemplo los jinetes ilerdenses de la turma Salluitana (CIL I 2 709 = CIL VI 37045 = ILLRP 515 = ILS 8888) 14.
El estudio de los nomina Badian 15 (seguido luego por Knapp 16 y Dyson 17 ) fue el primero en aplicar un método de carácter prosopográfico, para poder cuantificar la importancia y la difusión de las clientelas de las gentes republicanas.
Este investigador realizó en primer lugar una lista con los nombres de las gentes que accedieron al consulado durante los años 100 a 49 a.C. Extraídos los diferentes nomina, confeccionó dos listados diferentes: uno con los individuos que llevaban estos nomina en las provincias de Galia Narbonense, Hispania y África a partir de los datos del Corpus Inscriptionum Latinarum; otro con los gobernadores que detentaban esos mismos nomina de esas mismas provincias durante el periodo de tiempo considerado anteriormente, agrupados por gentes.
Para ello, excluyó los gentilicios que llegaron a ser utilizados por los emperadores (Aurelii, Claudii, Iulii), debido a que durante el Principado Balil, 1965, p.
19 Sería difícil esconder el nomen de aquellos que hubieran sido favorecidos con la concesión de la ciudadanía romana, puesto que se sabría quién se lo habría otorgado y por qué. muchos individuos tomaron su nombre de éstos y no de personajes republicanos, y también los nomina Cornelii y Valerii, por haber tenido estas gentes numerosas ramas que no se pueden distinguir a través del registro epigráfico.
El objetivo era poner en relación ambos listados para intentar establecer una conexión entre los gobernadores y los individuos que detentaban los mismos nomina que éstos (Badian descartaba que se tratasen de itálicos emigrados).
Se buscaba poder establecer si los indígenas habían adoptado estos gentilicios debido a la existencia de una relación de clientela (que quedaría más claramente demostrada si se pudiera además estudiar los praenomina y las tribus).
La teoría de Badian ha tenido diversos detractores.
Por ejemplo, Balil considera que la política de los Pompeii fue la de hacer pasar desapercibida su clientela, por lo que ésta no adoptó su nomen, puesto que un aumento súbito del número de individuos que llevasen su gentilicio en la Península Ibérica pondría al descubierto su política, por lo que era preferible que los clientes de esta familia adoptaran nomina menos frecuentes 18.
Evidentemente, no todos los clientes de Pompeyo Magno adoptaron su nomen ya que, desde un punto de vista legal, sólo podrían adquirirlo al recibir la ciudadanía romana e, igualmente, no estaban obligados a ello, v. infra.
Es difícil de entender el objetivo de ocultar el nomen de Pompeius, ya que la creación de una importante clientela en Hispania por parte de este personaje era bien conocida 19.
Además, la difusión de su nomen le serviría como propaganda personal, pues haría recordar a los indígenas los beneficios que había concedido durante su gestión al frente de la provincia Citerior durante la guerra sertoriana (Caes.,Ciu.
A su vez, Brunt también se ha mostrado en contra de Badian al considerar que los antepasados de los provinciales que llevan estos nomina no tenían forzosamente que derivar de la actuación de magistrados de época republicana, puesto que muchas familias sobrevivieron a la tormenta de las guerras civiles, y subsistieron durante el Principado, donde siguieron floreciendo.
92 sigue a Knapp, con la particularidad de que la teoría de Brunt entra en flagrante contradicción con los datos que presentan los magistrados monetales conocidos en la Península Ibérica.
Veleyo Patérculo, después de describir el final del cursus de Cn.
Se pueden establecer tres ramas de la gens Pompeia: Magni, Rufi y Bithynici, todas ellas emparentadas entre sí.
45 señala que la mención de la fecha de la muerte (35 a.C.) de Sexto Pompeyo, hijo menor de Pompeyo Magno, por Dión Casio (Dio Cass.
XLIX 18.6) obedece a una ironía, ya que cita literalmente: «Así Sexto fue ejecutado en el consulado de Lucio Cornificio y de un Sexto Pompeyo».
28 señale que este personaje no es más que un nombre, porque es la definición más exacta posible. bros de estas familias que tuvieron cargos a partir del gobierno de Augusto.
Igualmente, existen muchos cónsules de los siglos I-II d.C. que, aunque no pertenecientes a una gens republicana, llevaron los mismos nomina e incluso los mismos praenomina de personajes célebres de la República, del cual pueden igualmente derivar los gentilicios de los provinciales 20.
Knapp critica a Brunt, aduciendo que en Hispania un gran número de nativos tomaron nombres romanos, pero casi nunca de origen republicano, sino de las familias imperiales (Flauii, Iulii) o que fueran de buen augurio (Valerii).
27 En la inscripción, procedente de Emerita Augusta, únicamente aparece la segunda parte del polinomio de este personaje.
Sumner señala que los cónsules de los años 35 y 31 a.C. tienen una significación política importante, puesto que con ello se intentaba ganar para el gobierno de Octavio en Roma a los antiguos partidarios de Pompeyo Magno.
Es muy significativo que ambos se denominen Sextus y Cnaeus Pompeius, pues no debe olvidarse que los familiares directos de Pompeyo Magno utilizan sólo estos dos praenomina 25.
De igual modo, se puede observar que en la rama Pompeia Rufa, a partir de la década de los años 50 a.C., cambia su praenomen, Quintus (debe tenerse presente que el primer cónsul de la gens fue Q. Pompeyo, cos. 141 a.C.), por los praenomina de la otra rama (la Pompeia Magna), Cnaeus y Sextus.
Esta postura sólo puede explicarse como medida destinada a atraerse a los antiguos clientes de los Magnos.
Así pues, los datos apuntan al fenómeno contrario al mantenido por Brunt: son los propios Pompeii de época imperial los que adoptan los praenomina de los Pompeii Magni para atraerse a sus partidarios y clientes 26.
Sea como fuere, no debe olvidarse que en el s. I d.C. hubo un gobernador de nomen Pompeius en Hispania: L. Pompeius Vopiscus C. Arruntius Catellius Celer (CIL II 5264 = ILER 1082 = ILS 261) 27, en la provincia de Lusitania (75/76-77/78 d.C.) 28, y pudiera ser que algunos peninsulares debieran su gentilicio a este personaje.
Benabou señala que los Pompeii de la ciudad de Leptis Magna y, en general, los Pompeii de la Tripolitania, procederían del procónsul M. Pompeius Silvanus (cos. suff.
Por ello, ha de tomarse cierta precaución a la hora de realizar conclusiones al respecto.
Finalmente, Dyson, basado en la idea de Badian, expuso a su vez un modelo sobre la distribución de los nomina en época republicana, sobre la base de asumir que los indígenas hispanos tomaron sus nombres romanos de los gobernadores provinciales, debido a la constante defensa fronteriza de las 29 Dyson, 1980Dyson, -1981, p.
298 advierte de que la incidencia en los cambios políticos y sociales de la Península Ibérica es diferente según las diferentes familias tardorrepublicanas.
Como se puede apreciar, el número de Pompeii dados por Knapp difiere ostensiblemente del de los demás estudiosos (a excepción de nosotros mismos), sobre todo si se considera que este investigador ha desechado todos aquellos individuos que tienen como nomen las letras Pom(p)., ya que podrían corresponder tanto a un Pompeius como a un Pomponius (aunque casi siempre se trata del primer caso).
provincias por parte de éstos 29.
La situación en Hispania exigiría la creación y desarrollo de unos cuadros formados por líderes nativos leales, cuya fidelidad estaría asegurada por unos vínculos de carácter personal, la clientela, que tanto Hispanos como Romanos conocían en sus respectivas culturas; como muestra de lealtad, utilizarían como nombre propio el gentilicio de la familia del patrono que, en definitiva, es un reconocimiento del poder de Roma 30.
La teoría de Dyson es interesante pero del todo punto indemostrable.
Si bien en principio puede aceptarse la idea de que los indígenas se aculturasen mediante la adopción del nomen de su patrono, este fenómeno parece documentarse para el s. I a.C., no antes.
De igual modo, no parece concebible que todos los líderes indígenas adoptasen religiosamente el gentilicio del gobernador de turno, pues acontecería que muchos individuos, para demostrar su fides, tendrían que cambiar su nombre de tiempo en tiempo, lo que no es ni práctico ni operativo.
Importancia del nomen Pompeius
Para poder establecer la trascendencia de los Pompeii (y de otras familias) se han realizado varias listas con el número de individuos que portaban los diferentes nomina que aparecen en los registros epigráficos hispánicos 31: Dyson, 1988, p.
A éstos habría que sumar seis individuos con cognomen Pompeius y nueve con cogomen Pompeianus, así como a la utilización de este genticilio como filiación (prerromana, evidentemente).
309 señala que para Cirenaica, el SEG IX da un solo Pompeius sobre unos quinientos gentilicios romanos, lo que contrasta con Hispania y la Galia Narbonense.
A pesar del gran número de Pompeii registrado en las inscripciones, y su importancia cuantitativa, no ofrece dato alguno sobre el origen de este nomen entre sus portadores.
Knapp señala que el nomen Pompeius representa un 0.88% del total de nomina documentados en todo el Imperio Romano (basado su cálculo en el CIL), aunque en Hispania representa un 1.90%, y en la Galia Narbonense un 3.79%.
Si se observa únicamente las cifras totales correspondientes a todo el orbe romano, se advierte que los Pompeii ocupan la décimocuarta posición, pero si se eliminan los nomina imperiales (Iulii, Claudii, Valerii, Aurelii, Flauii, Aelii, Ulpii), se puede deducir que Pompeius fue un gentilicio muy importante.
En cuanto a Hispania, el nomen Pompeius ocupa, según este mismo estudioso, la décima posición, con 179 casos, y representa el 1.90% del total, es decir, el doble en porcentaje con especto al orbe romano.
Está por detrás de nomina tan típicos como Iulius, Valerius, Cornelius, Fabius, etc.; pero por delante de varios imperiales (Claudius, Aelius, Flauius, Aurelius).
Ello demuestra la importancia de este gentilicio en la Península, seguramente por la popularidad de Pompeyo Magno y sus hijos 38.
Dyson, quien realiza sus cálculos a partir únicamente del número de inscripciones, sin considerar si éstas llevan más de un Pompeius inscrito en ellas, piensa que el número de epígrafes es sorprendentemente bajo, sobre todo si se tiene en cuenta la importancia de la clientela pompeyana en la Península 39.
Esto se debería principalmente a tres causas: a) Pompeyo Magno construyó su apoyo sobre romanos e itálicos establecidos en Hispania, que ya eran ciudadanos romanos o que ya tenían nombres itálicos 40 Debe señalarse que en la amonedación de la Colonia Victrix Iulia Lepida (44-36 a.C.) figura un monetario, Sex.
Nigro (RPC 266), que a través de la prosopografía augustea de Celsa (sucesora de Lepida) demuestra ser un Sex.
Pompeius Nigro (RPC 276-277), quien quizás no mencionase su nomen en la emisión monetaria por precaución política, puesto que la colonia Lépida fue establecida para contrarrestar la influencia pompeyana en el valle del Ebro, aunque la caída de su fundador, el triunviro M. Emilio Lépido (36 a.C.), quizás permitiera a la gens Pompeia de esta localidad proclamar su procedencia.
71 Es muy posible que estas causas actuaran conjuntamente, pero no hay que olvidar que los clientes de Pompeyo Magno y su familia en Hispania no fueron los únicos que detentaron este nomen, así como no todos sus clientes adoptaron este gentilicio.
Lo realmente significativo es que el nomen Pompeius fue uno de los más importantes y populares en Hispania, debido a su vínculación con Pompeyo Magno y su familia 41.
Knapp 42 realizó un interesante estudio sobre la importancia de los distintos nomina, que analizó en varias provincias occidentales del Imperio Romano (Hispania, Galia Narbonense y África).
Su propósito era establecer la existencia de una relación directa entre los años de servicio realizados por los magistrados de una determinada gens, y los provinciales que ostentan su nomen.
Como Badian, este estudioso dejó de lado los gentilicios que han sido utilizados posteriormente por las casas imperiales anteriormente citadas, con lo que pasó de recoger un total de 9.400 nomina a únicamente 7.650.
Su objetivo último era determinar que los porcentajes de los años de servicio (sea cual fuere el puesto) de diferentes miembros pertenecientes a una misma gens coincida, de manera aproximada, con el porcentaje de individuos que ostentan el nomen de la gens en cuestión.
Para ello, estudia los diferentes magistrados que sirvieron en ambas provincias hispanas (Citerior y Ulterior) entre los años 218-27 a.C., y los años de servicio de cada uno.
Luego realiza un inventario de todos los nomina recogidos en diferentes catálogos epigráficos, y los relaciona con el listado anterior, aunque únicamente los veinte gentilicios más representados en la Península Ibérica, y así efectúa un cuadro comparativo 43.
Las importantes correspondencias entre el registro de los servicios realizados por una gens (el término gobernador se aplica de una manera extensiva) y la proporción de indígenas que tomaron su gentilicio, demostraría la validez del método.
Las excepciones más importantes registradas estarían causadas tanto por lo incompleto del estado de los fasti, como al desconocimiento concerniente a las actividades generadoras de clientela por parte de los Romanos que no tenían cargos oficiales como, por ejemplo, los hombres de negocios 44.
Efectivamente, se pueden encontrar correspondencias estrechas.
El ejemplo más palpable lo representan los Cornelii, el gentilicio más común en Hispania, tanto en magistrados al servicio del Estado durante la época republicana (10.54% del total), como en el registro epigráfico (6.04% del total); otros son los Licinii, los Sempronii y los Marii 45.
Pero también existen casos divergentes.
Los Antonii, que representan el 1.97% de los nomina provinciales, no llegan al 0.50% en cuanto a años de servicio; la razón es seguramente a que fue un nombre muy popular durante el Principado, tanto como Valerius.
Los Baebii es cerca de cuatro veces más frecuentes en los nomina de los provinciales que en los fasti, mientras que, en los Annii, esta proporción aumenta hasta ocho veces.
Por el contrario, los Terentii tripilican su presencia porcentual en los fasti que en los gentilicios provinciales, quizás debido a que el famoso escritor M. Terencio Varrón sirvió varios años, no como gobernador, sino como legado de Pompeyo Magno 46.
En relación a los Pompeii, ocupan en la relación dedicada únicamente al tiempo que un individuo de una gens permanecía como gobernador la segunda posición, mientras que en el total de magistrados ocupan el tercer lugar con, respectivamente, un 6.15% y un 3.87% del total.
En comparación con los pocos miembros de esta familia que ejercieron cargos en Hispania, son cifras elevadas.
En cuanto a los nomina registrados ern Hispania, figuran en octava posición 47.
Knapp, a lo largo de su trabajo, describe la importancia de las diferentes gentes y su historia tanto en la Galia Narbonense como en Hispania.
Pero, en cuanto a los Pompeii, únicamente menciona que existe un número desproporcionado de provinciales con este nombre en la Narbonense (el doble que en Hispania y el cuádruple que en el resto del Imperio Romano, sobre la base del CIL).
La elevada presencia de este gentilicio en la provincia gala sólo se puede explicar a través de la breve presencia de Pompeyo Magno en la región, camino de Hispania a combatir a Sertorio 48.
Pero, sobre la importante clientela que consiguió esta familia en Hispania, dicho investigador no hace la menor referencia, debido a que la gens Pompeia no apoya sus planteamientos.
Un estudio más exhaustivo arroja alguna luz a esta problemática.
En pirncipio, los Pompeii conocidos que actuaron en la Península Ibérica son los siguientes: Q, Pompeyo, gobernador de la Citerior en los años 141-140 a.C., aunque estuvo todavía a principios del año 139 a.C., y volvió como legado en el año 136 a.C. 49 Cn.
Pompeyo Magno, gobernador de la Citerior entre los años 77-72 a.C., aunque permaneció hasta principios del año 71 a.C. (en el que cedió el mando a favor de Afranio) 50, y luego de ambas Hispanias durante los años 55-49 a.C. 51 Fuentes en Broughton, 1951, pp. 291, 298 Debe destacarse que en la relación de Knapp no aparecen los Afranii, representados únicamente en Hispania por L. Afranio (cos. 60 a.C.), gobernador de la provincia Citerior en los años 71-67 a.C., y legado de Pompeyo Magno durante los años 77-72 y 55-49 a.C., con un total de dieciocho años de servicio.
Según la teoría de Knapp, debería ocupar una de las primeras posiciones del "ranking" establecido por este investigador, pero la mínima presencia de este gentilicio en la Península Ibérica demuestra la inconsistencia de este planteamiento, al menos, al final de la República Romana.
56 Numerosas gentes presentan divergencias considerables a su teoría (Aemilii, Baebii, Pompeii, Fuluii, Antonii, Annii, Licinii, Porcii).
Cneo Pompeyo hijo y Sexto Pompeyo, hijos del anterior, que actuaron en la Península Ibérica durante los años 47-44 a.C. 52.
Si bien de manera oficial no se les ha considerado que ocupasen cargo oficial alguno, es evidente que tendrían la condición de gobernadores «legítimos» de Hispania parte del bando pompeyano.
Esta posición, evidentemente, no sería reconocida en los fasti 53.
Para Knapp, los Pompeii gobernaron la Península Ibérica durante dieciséis años y que, en total, como magistrados, ejercieron durante dieciocho años.
Estas cifras deben revisarse al alza, a partir de los datos anteriores a, respectivamente, veinte y veintidós años 54.
Esta disparidad se produce porque Knapp no ha tenido en cuenta a los hijos de Pompeyo.
Una actitud diferente adopta Dyson, quien si bien señala que sólo hubo dos gobernadores de Hispania pertenecientes a la gens Pompeia, debe contarse con la actividad desarrollada por los dos hijos de Pompeyo Magno 55.
Es decir, se amplía la divergencia en los datos que Knapp supone que deben ser aproximados, posiblemente porque los Pompeii son un caso excepcional, aunque pero demostrativo de la situación del último periodo de la República Romana 56.
Si bien la teoría de Knapp contiene algunas ideas interesantes, debe ser fuertemente cuestionada y rechazada.
En realidad, existen una amplia diversidad de factores para que un indígena escogiera un determinado gentilicio, e intentar casar el porcentaje de años de servicio de los miembros de una cierta gens con el porcentaje de provinciales que tienen el mismo nomen es realmente tan difícil como excepcional.
El número de factores a tener en cuenta es muy amplio, y en la práctica imposibilita su aplicación: a) No se tiene de manera íntegra los fasti, por lo que se puede perder testimonios importantes.
298. contabilización de los magistrados como el de los provinciales.
Los Pompeii ante todo actuaron en la Citerior (al menos de manera oficial), por lo que sería lógico que hubiera una lista por cada provincia, para establecer mejor la influencia de cada gens.
c) Distinguir a los magistrados que gobernaron en paz y tranquilidad con los que se enfrentaron a una situación bélica, pues los segundos tenían más libertad a la hora de otorgar beneficios con los cuales atraerse a los nativos.
d) El carisma personal de cada político a la hora de «seducir» a los indígenas.
e) Distinguir la duración del tiempo que un magistrado está en el cargo: no es lo mismo que alguien gobernara una provincia durante un solo año que durante seis años seguidos (como Pompeyo Magno durante la guerra sertoriana).
f) Considerar la duración de la influencia de cada gens en el territorio, puesto que el período 218-27 a.C. es muy extenso.
Así, la influencia de los Pompeii se registraría ante todo en los años 80-40 a.C., mientras que los Cornelios Escipiones dominarían la escena durante los siglos III-II a.C. g) Determinar que áreas controlaban los distintos gobernadores a lo largo del tiempo.
No es lo mismo la extensión de la Citerior de finales del siglo III a.C. que la misma provincia a finales del siglo I a.C., puesto que la zona de influencia era diferente.
h) Los provinciales que tomaran su nombre, se hicieran clientes, etc., fuera de Hispania, y que no podría contabilizarse según el método de Knapp.
Es el caso de la turma Salluitana, que recibió los integrantes de la misma la ciudadanía romana de manos de Pompeyo Estrabón en la ciudad picena de Asculum, durante la guerra de los aliados.
i) Para finalizar, baste recordar que no todos los clientes de una familia adoptaban su nomen, y no todos aquellos que ostentaban dicho gentilicio fueron forzosamente clientes suyos.
Origen del nomen Pompeius a) La concesión de la ciudadanía romana.
Como ya se ha señalado anteriormente, se ha considerado como un factor importante en la difusión del nomen Pompeius en Hispania que miembros de esta gens concediesen la ciudadanía romana a indígenas, los cuales adoptarían este gentilicio.
273 piensa que el nombre de este jinete procedería de Q. Fabio Labeón, gobernador de la Citerior a finales del s. II a.C.. 60 Sobre el Bronce de Ascoli, consúltese: E. Pais, «Il decreto di Gn.
Historia-Arte-Arqueología (dispersa, emendata, addita, inedita).
Caballería hispana al servicio de Roma», Historia 16 110, 1985, pp. 51-60; «El bronce de Ascoli en su contexto histórico», en Reunión sobre epigrafía hispánica de época romano-republicana.
Actas 1986(Zaragoza, 1986), pp. 115-135; «Los reclutamientos romanos en el valle del Ebro, en época republicana», en Estudio en Homenaje al Dr. Antonio Beltrán Martínez, Zaragoza, 1986, pp. 761-779; L. Amela Valverde, «La turma Salluitana y su relación con la clientela pompeyana», Veleia (en prensa).
1) La vasta distribución de los nomina de las familias romano-republicanas que actuaron en Hispania, si se debiera a la concesión del derecho de la ciudadanía a los nativos, se basaría en dos puntos que el citado estudioso considera improbables:
La ciudadanía romana sería extensamente distribuida por los gobernadores romanos en las provincias durante el siglo II a.C., lo que la investigación actual no acepta 58.
La ciudadanía fue una concesión de época posterior, por miembros más tardíos y más obscuros de las gentes republicanas, que está en contradicción con los modelos generales de la historia política romana como, por ejemplo, la época del Bajo Imperio.
2) Los indígenas asumieron nombres de origen romano sin poseer la ciudadanía.
Este es el caso de: los Cornelii Balbi de Gades (Cic., Balb.
Por ello, el hecho de asumir un indígena un nomen romano como una demostración de lealtad personal y política no implicaba poseer la ciudadanía romana.
A partir del segundo punto, ha de deducirse que un gran número de personajes que tenían como nomen Pompeius no necesitaban ser necesariamente ciudadanos romanos para ostentarlo. b) ¿Es el nomen Pompeius señal de clientela?
Evidentemente, no todos los clientes de Pompeyo Magno en Hispania serían indígenas, por lo que no adoptarían su nomen.
Igualmente, numerosos romanos e itálicos entrarían en su clientela y naturalmente detentarían nomina diferentes; en el caso de itálicos que todavía no detentasen la ciudadanía romana, si Pompeyo se la hubiera concedido, no habrían cambiado de gentilicio, por lo que en la práctica estos casos son indetectables.
67 considera que ésta es la explicación sobre la poca presencia de Pompeii que se documenta en la Galia Transpadana, a pesar del importante papel de Pompeyo Estrabón en esta provincia, puesto que la lex Pompeia de Transpadanis (89 a.C.) convertía a las comunidades aliadas en colonias latinas, lo que significaba que los magistrados de estas localidades podían acceder a la ciudadanía romana al finalizar su mandato (Asc., Pis.
308 advierte de este problema en cuanto a los Pompeii de Oriente.
294, consideran que se trata de un emigrante itálico o de su descendiente, sin nada que ver con la clientela de Pompeyo Magno, como parece evidenciar su militancia en el ejército cesariano.
Su origen, Itálica, es igualmente un dato a favor.
77. que detentaron el nomen Pompeius fueron realmente o no clientes (o descendientes de éstos) de la familia de Pompeyo Magno 61.
Sobre ello, se pueden mantener diferentes posturas sobre el origen de su presencia en Hispania, algunas de las cuales ya enunció Badian 62: a) Inmigrantes itálicos 63 que, con el mismo nombre, llegaron a la Península Ibérica, sobre todo a la Bética, que posiblemente serían poco numerosos.
Caso paradigmático es el de Q. Pompeyo Niger, caballero romano de Italica, que durante la segunda guerra civil militaba en el bando cesariano, y se enfrentó en combate personal con el pompeyano Antistio Turpión (BHisp.
25, 4) 64, en el prolegómeno de la batalla de Soricaria, preacto a su vez de la de Munda (45 a.C.).
Evidentemente, estos casos no se pueden contabilizar dentro de la clientela pompeyana, a no ser que fuera de manera casual en el ámbito individual 65.
b) Indígenas clientes de Pompeyo, que adoptaron su gentilicio para honrarle y recordarle.
Probablemente, gran parte de los testimonios documentados en Hispania son de este tipo, especialmente en la Bética, Levante y valle de Ebro, por nativos tanto ciudadanos como no ciudadanos.
Los provinciales conservarán el nomen por lealtad a la familia de sus benefactores, a pesar de la desaparición de ésta 66.
Lassère señala que los Pompeii de África habrían adoptado este gentilicio Parece deducirse de lo anterior que quienes tomaban el praenomen y nomen de la familia de Pompeyo Magno se hacían -o eran -clientes suyos.
Por contra, todos aquellos individuos que, al obtener la ciudadanía, tenían otros gentilicios romanos (entiéndase itálicos), se debe a que tenían otros patronos, ellos mismos o sus antecesores, sin perjuicio de que pudieran tener más de uno 84.
Sea como fuere, el caso de L: Cornelio Balbo quien, si bien era hombre de confianza de César, se mantuvo neutral durante la Guerra Civil, muestra las buenas relaciones de estos personajes con Pompeyo.
De esta forma, la mayor parte de los individuos que ostentaron el nomen Pompeius en la Península Ibérica debían su gentilicio directa o indirectamente a Pompeyo Magno, fuese por la concesión de la ciudadanía romana, por detentar este gentilicio como señal de respecto o fidelidad hacia su familia o, simplemente, como un elemento más de romanización de los individuos al adoptar un nombre conocido y respetado (caso éste en que no habría una relación de clientela, sino que sería producto únicamente de la difusión de este nomen entre la población nativa, es decir, de aculturización).
Por tanto, los Hispanos que tenían este gentilicio no han de ser considerados forzosamente (ellos o sus antepasados) integrantes de la clientela de la gens Pompeia.
Asimismo, y de manera evidente, no todos los clientes de Pompeyo detentarían su gentilicio, por lo que es imposible conocer cuál fue la amplitud |
HISTORIA Y SOCIEDAD La città di Argo.
339 pp. El interés por la polis, por su naturaleza, origen, composición y características se ha ido acrecentando de forma especial en los últimos años, sobre todo gracias al trabajo y al esfuerzo realizado en este sentido por el Copenhagen Polis Center.
Otras iniciativas recientes han abordado el tema, prefiriendo centrarse en una polis concreta, estudiándola desde diversos ángulos de forma más o menos exhaustiva.
Es el caso de la presente obra, fruto de un Congreso internacional en Urbino, siguiendo los pasos de otro celebrado en el mismo lugar dedicado a la ciudad de Tebas (Presenza e funzione della città di Tebe nella cultura greca, Urbino, 1997).
P. A. Bernardini, editora del volumen recoge en su introducción la intención de la obra de reunir distintos estudios sobre Argos, siguiendo la huella de otro trabajo dirigido por un importante especialista en el tema (M. Piérart, ed. Polydipsion Argos.
Argos de la fin des palais mycéniens à la constitution de l'État classique, Fribourg, 7-9 mai 1987, Paris, 1992), pero haciendo más hincapié en la imagen que los antiguos se hacían de Argos y en la elaboración de su mundo imaginario.
La obra se centra, de este modo, en aspectos mitológicos, literarios e históricos, volcándose sobre todo en los dos primeros aspectos, y dejando la parte más arqueológica, urbanística y topográfica para otro congreso celebrado por la escuela francesa de Atenas (2003).
Argos destaca por la riqueza e irradiación de las tradiciones míticas y legendarias (la ciudad y la región, la Argólide), tanto a nivel local como panhelénico, como señala Gentili en el saludo inicial, lo que hace de ella un campo fértil para adentrarse en sus mitos, leyendas, cultos en la literatura e historiografía, local y panhelénica, que contribuyen a forjar una o muchas imágenes de esta polis en la Antigüedad.
La obra está dividida en seis partes (1-mito y genealogía; 2-épica arcaica; 3-lírica coral; 4-teatro; 5-poesía helenística; 6-historia e historiografía) con varios artículos cada una, en los que prima, sobre todo, como señalábamos más arriba, una perspectiva literaria (en la selección de temas) aún cuando ésta se imbrica, en varios de los artículos, con aspectos históricos, cultuales y religiosos e incluso topográficos o iconográficos.
La tradición mítica y legendaria de Argos, que forja la imagen de la EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 189-194 ISSN 0013-6662 ciudad, es, por tanto, la gran protagonista de la obra que se va desgranando y analizando, desde distintas perspectivas y sobre todo en fuentes de diversa índole abordadas por especialistas italianos (con algunas excepciones).
En varios de los artículos se presta una atención especial a la proyección espacial y temporal de Argos en el mundo imaginario, que está estrechamente imbricada, asimismo, con la construcción del espacio poliado y de las fronteras, especialmente en época clásica, desde la expansión de Argos por la Argólide en el s.V. En este sentido se percibe una gran riqueza en la elaboración y reelaboración de las tradiciones míticas y legendarias, así como en la espacialidad y localización de los cultos, divinos y heroicos.
Este tipo de recreaciones de la tradición permite dar legitimidad a cambios sociales e históricos, así como organizar y ordenar los mitos y reflexionar, de forma compleja, sobre el pasado de la comunidad de la polis.
La ciudad refleja en su tradición y en su creación cultural y cultual los conflictos-interacción con las ciudades fronterizas, principalmente Esparta, pero también otras menos estudiadas como Epidauro (M. Piérart).
La lírica coral, específicamente Píndaro y Baquílides, puesta al servicio e intereses de la ciudad, es especialmente adecuada, en el s.V, para este tipo de elaboraciones míticas, con especial atención a las tradiciones locales, que se encuentran imbricadas con la historia, la topografía e "identidad" del territorio, los cultos y su proyección artística..., como muestran los artículos de M. Cannatà Fera, G.B. D'Alessio y P.A. Bernardini.
La "historia" mítica de la ciudad en la que se adivinan distintos estratos y diversas e incluso contradictorias versiones, tal y como se pone de relieve en las genealogías, es percibida, sin embargo, por parte de los argivos, según C. Brillante, como una historia "única".
Esta "coherencia" se va, sin embargo, gestando y recreando históricamente, como muestra la elección o preferencias por los relatos épicos (E. Cingano) en los que se privilegia, en época arcaica, frente a la epopeya homérica, la tradición argivo-tebana de los Siete y de los Epígonos, en mitos que muestran, en su elaboración, una correspondencia estructural de analogías y contraposiciones interesantes (O. Olivieri).
Éstas y otras tradiciones legendarias argivas (los Siete, las Danaides, el matricidio de Orestes, los Heráclidas perseguidos por Euristeo...) se encuentran de forma privilegiada en la tragedia ateniense del s.V (como muestran los artículos de G. Avezzù, C. Catenacci, V. Vitali y G. Cerri), detrás de la que se percibe un trasfondo complejo de relaciones de Atenas-Argos-Esparta en este siglo, haciendo de la polis argiva una "espejo" y una instancia de reflexión sobre aspectos de la realidad y el mundo imaginario propios de Atenas, como la democracia (característica también de Argos en este siglo) o la autoctonía.
El s.V es especialmente prolijo (o por lo menos se conocen mejor las fuentes) en la reelaboración, sistematización y racionalización de las tradiciones míticas, proceso en el que se encuentran ecos de las circunstancias y propaganda del momento, como se constata en Heródoto en relación con las guerras médicas (P. Vannicelli) o en la historiografía que nace en estos momentos, específicamente en Acusilao de Argos, quien presenta, de todas formas, como señala C. Calame, como otros EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 189-194 ISSN 0013-6662 syggrapheus, una notable continuidad con la poesía épica.
Especialmente adecuados para la propaganda conveniente a cada momento son los oráculos, útiles asimismo para organizar y sistematizar la sucesión genealógica y sancionar otros aspectos en una elaboración compleja, sometida a constantes modificaciones que hacen difícil su estudio (E. Suárez de la Torre).
La historia de Argos, menos conocida o estudiada que la de Esparta o Atenas, es presentada o percibida por los argivos y otros griegos a través de una imagen de "novedad, innovación y dinamismo" (con una correspondencia en el mundo real), especialmente en el paso del mundo micénico a la gestación de la ciudad arcaica y clásica (frente a la "estática" Tebas), como ha puesto de manifiesto D. Musti.
Argos, rica en mitos y en leyendas tanto locales como propias de un repertorio panhelénico más amplio, ocupa un espacio significativo, asimismo, en el imaginario de los griegos y en los autores de época helenística (en Calímaco o en los epigramas, por ejemplo, estudiado por L. Lehnus y B.M. Palumbo Stracca, respectivamente) y romana como Pausanias (M. Dorati), que se adentra en la historia local, sin perder de vista el contexto panhelénico, eligiendo las versiones que mejor se adaptan a sus propósitos.
En definitiva, la obra, como avanzaba Bernardini en la introducción, contribuye a perfilar la imagen o imágenes de la ciudad de Argos y su identidad cultural, al mismo tiempo que permite vislumbrar la complejidad del proceso de transformación y recreación de las tradiciones míticas y legendarias, en fuentes diversas de las que se hace una crítica y un análisis filológico y literario notable, sin descuidar otros aspectos como la interpretación histórica.
MIRIAM VALDÉS GUÍA Univ.
El estudio de la religión griega es un campo especialmente apropiado para la reflexión postmoderna y el cuestionamiento historiográfico y metodológico, a los que se está viendo sometida la historia en estas últimas décadas.
En esta línea el libro de Sally Humphreys es un importante desafío que trata de interpelar al lector de forma dinámica, suscitando la crítica y el diálogo sobre cuestiones historiográficas, metodológicas, educativas y prácticas, así como a través de ensayos y aplicaciones metodológicas clarificadas en el estudio de aspectos o periodos concretos de la religión griega.
La autora, con una larga trayectoria investigadora en historia social de Grecia antigua e historia de la religión griega desde postulados antropológicos y con una visión "historicista"/diacrónica (no tan de moda hoy en día), consigue dar a esta recopilación de artículos con addenda actualizados, una coherencia global con el objetivo de hacer reflexionar y replantearse la "forma de pensar" la religión y el EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 189-194 ISSN 0013-6662 acercamiento académico a la misma, específicamente a la religión en su dimensión intelectual y especulativa, con un fuerte componente de innovación y en "diálogo", en el mundo antiguo, con discursos "racionales" o científicos.
Partiendo de los postulados de P. Boyer de que la "religión es siempre un compromiso con lo desconocido y extraordinario y por tanto tiene siempre una dimensión especulativa e intelectual", así como de la cautela a la hora de aplicar categorías modernas al mundo antiguo, por lo que recurre a la antropología, pretende analizar las fuentes y la historia de categorías interpretativas, tal y como justifica en la introducción, intercalando, de ese modo, artículos de historiografía y especialmente de acercamiento a la construcción de interpretaciones tanto en el mundo contemporáneo como en el antiguo, con capítulos de acercamiento a aspectos de la religión griega desde un análisis minucioso, detallado y crítico de las fuentes.
El capítulo I trata de mostrar cómo la institucionalización de "Clásicas" como disciplina, a partir de la Ilustración y del Romanticismo, está imbricada e influenciada fuertemente por una actitud y espíritu colonialista, que se acerca al mundo antiguo de forma similar a cómo se estudia el mundo colonial; asimismo se asume la filología clásica como una nueva "ética y teología" y se "canoniza" el mundo antiguo como aquel que realiza de forma anticipada la trayectoria hacia el progreso y la ciencia moderna.
Se detiene igualmente en cuestiones teóricas y prácticas de la enseñanza (o "aprendizaje" como se diría hoy!) de clásicas con la lectura comparativa, dinámica e "interactiva" de los textos clásicos canónicos y no canónicos, no como "modelos de belleza" atemporal sino fuertemente inmersos en una historia concreta compleja y en una historia de la interpretación, igualmente compleja e influenciada por la historia, que llega al momento actual que también interpela de forma activa.
Defiende por tanto, fundamentalmente, un acercamiento y pensamiento crítico, consciente de las construcciones actuales, propias y antiguas de la interpretación histórica y religiosa.
En el capítulo segundo la autora arguye que el desarrollo racionalista, que implica una secularización desde el s.VI a.C. en Grecia, y entraña una fuerte polémica en relación con la religión tradicional, no supone el "fin" de ésta, sino que se da lugar, por el contrario a un "diálogo" entre ambas tendencias, con la consecuencia de producir cierta racionalización de la religión, así como, al mismo tiempo, una reivindicación "per se" de los "irracional", que se explica desde las circunstancias históricas.
La polémica finalmente se "internaliza" y en ocasiones no se sabe quién defiende qué, en el sentido de que los filósofos incorporan "mitos" y los movimientos como el orfismo desarrollan una reflexión que incorpora elementos filosóficos.
En cualquier caso sí se produce una tendencia hacia la consideración de la religión como asunto privado, aún cuando la Atenas de Licurgo vuelve a poner en el centro de la polis, la religión, no sin cierta nostalgia del pasado.
Precisamente el capítulo tercero está dedicado a esta figura, con la inclusión de un artículo publicado en el homenaje a G. Starr (1985), al que se le añaden los addenda acostumbrados de bibliografía, así como ciertas reflexiones adicionales por parte de la autora.
El análisis EMERITA (EM) LXXIV 1, enero-junio 2006 pp. 189-194 ISSN 0013-6662 minucioso y detallado de este periodo y de la política religiosa de Licurgo, que acude con pericia a las fuentes epigráficas, especialmente ricas para esta época, se enmarca en una interpretación más general sobre su política y la situación de Atenas en el s.IV, en la que se adivinan ya elementos que anuncian lo que será la polis en el mundo helenístico.
A pesar de la tendencia "democrática" de Licurgo y de su emulación de Pericles, específicamente en lo concerniente a la "paideia de Grecia", en la que tiene un papel central la institucionalización de la efebía, sus medidas tanto políticas y económicas como religiosas, no consiguen "salvar" a la polis -en la línea de Demóstenes-de las nuevas tendencias subyacentes características del período que comienza, que se perciben ya en esos momentos.
En el capitulo IV, la autora hace un ensayo de la evolución de la religión en los demos del Ática desde el 507 al 307, desafiando la idea de un visión tradicionalista del campo ático, y enfatizando el "diálogo" entre campo y ciudad en lo concerniente a la religión, estrechamente imbricada también con la política.
Partiendo de una revisión y análisis de los calendarios encontrados en determinados demos, señala las iniciativas de los demos, como la asunción de determinadas funciones desempeñadas con anterioridad por otro tipo de agrupación (Tetrápolis...), así, como, por ejemplo, el desarrollo, a partir del modelo de las Dionisias urbanas, del teatro en determinadas localidades rurales.
Destaca asimismo la vitalidad y creatividad cultual y mítica que suscita la formalización política de los demos con Clístenes, con la creación de una identidad propia, matizando, además, la idea de que el ritual rural estuviera sólo dominado por el modelo del año agrario, señalando otros elementos influyentes en el ritmo anual como la política o el ciclo humano de vida; todo ello convierte no sólo el mito sino también el ritual en instancia, según la autora, de reflexión, experimentación y especulación intelectual sobre el cosmos.
Enlazando con el tema de la "fertilidad" como manifestación primigenia de la experiencia religiosa, que pervive como algo heredado del pasado remoto, Humphreys se adentra en el capitulo V en un análisis historiográfico del nacimiento de este concepto en el s.XIX, en círculos neoplatónicos, centrándose fundamentalmente en la figura de F. Creuzer (Symbolik und Mythologie der alten Völker, besonders der Griechen, 1810-1842) y estudiando el proceso de formación de la disciplina de historia de la religión.
Estas reflexiones le sirven como punto de partida para cuestionarse también, desde la situación postmoderna, el acercamiento a la historia, en la que el "tiempo" es un factor clave, pero incorporando elementos derivados de otras disciplinas como la antropología.
Por último, en el capítulo VI, se plantea en un tema concreto de la religión griega -la fiesta de las Antesterias -estas reflexiones sobre la historia, contextualización y proceso de cambio de lo religioso.
Este estudio es útil porque, en efecto, muestra la importancia de la consideración imprescindible de los desarrollos históricos para centrar el estudio de la religión.
Aun así, cabe señalar que la utilización estricta de una fuente sólo para el momento en el que se sitúa cronológicamente, puede llevar a "desfigurar" y perder interpretaciones y comprensiones valiosas, coherentes también con las fuentes, que tengan en cuenta la posibilidad de desarrollos anteriores de temas que no se documentan hasta fechas posteriores.
En este sentido, por ejemplo, podría quizás ser de interés destacar que la reflexión cosmogónica y el desarrollo de los aspectos mistéricos se encuentran ya presentes en el s.VI (con la figura de Onomácrito, entre otros) y que la idea de la circulación en esos momentos de "Dioniso niño desmembrado", puede concernir o influenciar también en esos momentos, el contenido y significado de las Antesterias así como iluminar la participación, ya en esos momentos, de los niños de Atenas en ellas.
En definitiva hay que destacar el estímulo que supone este libro, recopilación actualizada de artículos, pero que aún así tiene una línea coherencia y el mérito de hacer plantearse a los lectores, tanto desde cuestiones teóricas, metodológicas e historiográficas, como desde la aplicación concretas de estos postulados en el estudios de diferentes aspectos de la religión (fundamentalmente ateniense), temas y preguntas que suscitan debate y ayudan a avanzar, de forma no lineal y consciente del propio proceso intelectivo, en el estudio de la historia de la religión.
Universidad Complutense de Madrid |
Este artículo ha sido elaborado como parte del Proyecto de investigación no 106.130-HA100/99, «Fenómenos de intertextualidad y juego de géneros en el teatro griego»,
No es infrecuente, tanto entre los estudiosos antiguos como modernos, que un determinado término reciba una interpretación que se trasmite y repite de manera un tanto mecánica, a pesar de las dudas y reticencias que muchas veces levanta.
Tal ocurre con •ναβολή, un término con el que Aristófanes se refiere en varias de sus comedias a la poesía ditirámbica de su época, y que tanto en la Antigüedad como modernamente ha recibido básicamente dos interpretaciones diferentes.
Nuestra contribución pretende llamar la atención sobre las mismas, sobre los testimonios contradictorios de 1 Aristophanes.
2 Se trata del que dice: αÜλησον αàτη κύκλιον •ναβολήν τινα. los escolios antiguos y el posible origen de ciertas confusiones interpretativas del término, así como sobre algunas propuestas modernas en la dirección que nos parece adecuada y las bases sobre las que creemos puede asentarse una interpretación inteligible del mismo.
Los pasajes de las comedias de Aristófanes que nos interesan son Aves 1372 ss. y Paz 828 ss.
1372 de Aves aparece Cinesias en Pionubilandia para pedirle a Pistetero unas alas: "provisto de alas por ti quiero en un vuelo excelso recoger de las nubes nuevas anabolas arremolinadas por el viento y batidas por la nieve".
A la pregunta extrañada de Pistetero, "¿Pues, puede uno conseguir de las nubes anabolas?", Cinesias contesta que es allí, en efecto, donde pende el arte de los poetas ditirámbicos.
También Trigeo en Paz (vv.
828 ss.) habia comentado cómo durante su viaje a través del aire se había encontrado sólo "con dos o tres almas de poetas ditirámbicos" y "que recogían en su vuelo anabolas que nadaban en la brisa del aire de mediodía".
La aparición del mismo término en contextos distintos pero siempre referidos al arte de los poetas ditirámbicos le confiere una importancia especial, si no como término técnico -lo que probablemente no es -, sí al menos como un término específico de la crítica literaria de la comedia referida al ditirambo.
Las interpretaciones antiguas -y, decepcionantemente a mi entender, también algunas modernas -no explican bien qué es lo que hemos de entender por anabolas, porque, o bien el término se traduce sin más por "proemios", o bien se señala que, siendo éste su significado literal, como término aplicado a la poesía ditirámbica desconocemos su exacta referencia.
Es el caso, por ejemplo, de Nan Dunbar en su reciente comentario a Aves 1, donde alude al pasaje anteriormente mencionado y a un fragmento de los Baptai de Éupolis (81 Kassel-Austin) 2.
Dunbar señala que el término podría referirse bien a los cantos o bien, en el caso de Éupolis, a la melodía que los acompañaba.
No obstante, tratándose de poetas que están entre las nubes es más verosímil que el término aluda a frases ligeras que a una música elaborada, añade.
En parecido sentido se expresa Platnauer en su comentario 3 Aristophanes.
"Preludios" es también la traducción de S. Halliwell, Aristophanes.
265, quien comenta su carácter elaborado y forma semi-improvisada, así como su lenguaje hinchado.
5 Así, de nuevo, G.A. Privitera en Omero.
S. West, en el comentario al pasaje (pp. 208-9), concluye que parece tratarse de un término técnico a Paz 3, al señalar que la palabra, que propiamente significa 'preludios' 4, se está usando aquí para referirse a esos cantos largos, llenos de divagaciones, del ditirambo, como en Aves 1385.
Más adelante espero tener ocasión de referirme a otras expresiones de esta ambigüedad en la interpretación del término en la crítica moderna.
Por lo que se refiere a la antigua, empezaremos en primer lugar por las observaciones de los escoliastas.
El de Paz 830 pone en relación el término con las λέξεις de los poetas ditirámbicos, al señalar que Aristófanes διαβάλλει αÛτο×ς ñς μετεώρους, ¦πε περ τäν νεφελäν λέγουσι πολλά (συνεχäς δ¥ κωμåδοØσι το×ς διθυραμβοποιο×ς ñς ¦κ τοØ •έροι κα τäν νεφελäν σπäντας τς λέξεις, δι τÎ συνθέτους εÉναι παρ' αÛτοÃς), esto es, su carácter aéreo y nebuloso así como el expresarse, como -νδρας μετεωροφένακας (cf. Nubes 333), sobre asuntos celestes.
La imagen del vuelo referida a su propio trabajo -tradicional en la poesía griega desde comienzos del S. V a.C. -se revela como prominente en la crítica de Aristófanes a la poesía ditirámbica de finales del s. V a.C., simbolizando el estilo elevado y lleno de compuestos de la misma, la verbosidad de esas letras aptas sobre todo para acompañar a una música novedosa.
En igual sentido identifica Petrus Victorius •ναβολάς con λέξεις en Aves 1385, dentro de un pasaje en que Cinesias irrumpe en escena con dos versos de Anacreonte.
Pero frente al amor como objeto del vuelo al Olimpo de éste, el de Cinesias tiene como meta la inspiración.
En un sentido diferente, identificándolas con proemios, se expresan, sin embargo, los escoliastas en otras aclaraciones a los mismos pasajes.
Así, como glosa a Aves 1385 leemos προοίμια y en Paz 830 se dice de •ναβολς que son τς •ρχς τäν TMσμάτων, trayendo a colación el pasaje de Odisea I 155: μ τοι Ò φορμίζων •νεβάλλετο καλÎν •είδειν ("Y al son de la cítara empezó", es la traducción habitual 5, "un hermoso canto" -Femio). zΑνα-EM LXIX 2, 2001 cuyo significado preciso no es claro.
Pero hay dudas razonables de que se trate de tal, como indicaremos más adelante.
El comentarista parece pensar en un προαύλιον para marcar el tono, con una función similar a la que después señalará Aristóteles para el proemio del γένος ¦πιδεικτικόν (Retórica III 9.1414b 19 ss.).
Lo que no sabemos es si esto era así en el caso de la comedia de Éupolis.
βάλλομαι aparece también en Odisea XVII 262 y VIII 266, dos pasajes referidos a Femio y Demódoco, respectivamente, donde tendría un valor similar, el de acompañarse el aedo con la cítara en el momento de iniciar el canto.
Otro es, sin embargo, el significado que le confiere el escoliasta de Paz, que entiende el término en el sentido de "entonar un preludio" (así se desprende con claridad de lo que señala a propósito de v.
En este segundo sentido, y siguiendo al escoliasta de Paz 830 interpreta el léxico bizantino Suda, mientras que Focio basa su aclaración προοίμιον διθυραμβικοØ šσματος en el fragmento 81 de Éupolis antes mencionado (αÜλησον αàτη κύκλιον •ναβολήν τινα 6 ).
De lo que se deduce que la confusión y disparidad de interpretaciones está también presente en las fuentes lexicográficas antiguas.
Ahora bien, resulta evidente que estas dos interpretaciones se excluyen mutuamente.
Cinesias afirma del arte de los poetas ditirámbicos en general que "pende" del aire, por ello la interpretación de •ναβολαί como 'proemios' resulta sospechosa.
Los pasajes homéricos han debido ser, sin duda alguna, el punto de partida para una interpretación del término como proemio 8.
De ellos parece 9 Cf.
173 Drachm. zΑμβολάδην se refiere aquí a las voces de las mujeres atenienses que en las Panateneas, señala el escoliasta, 1) dos veces (•μβολάδαν) celebraron al destinatario de la oda; dos veces -añade éste -no derivar lo que Píndaro expresa en la Pítica I 4, cuando el poeta invoca a la áurea lira, a cuyas señales (σάμασιν) los poetas obedecen Òπόταν προοιμίων •μβολς τεύχ®ς ¦λελιζομένη, significando el hacer surgir el proemio que llama al coro al canto y la danza.
Aquí el término •μβολάς aparece explicado por el escoliasta como •ναφώνησεις κα κρούσεις.
El propio Aristófanes utiliza προαναβάληται en Paz 1267 para referirse a los ejercicios preparatorios para el comienzo de una recitación épica, pues épicos son los versos que ejecuta el muchacho a continuación.
Sin embargo, la derivación adverbial del término, •μβολάδην, •μβλάδην o •μβλήδην, no parece adecuarse en la lengua de la épica a la significación de 'proemio'.
Así, en Iíada XXI 364, aparece con el sentido propio de "bullendo", al describir el borboteo del contenido del recipiente al hervir, y en Ilíada XXII 476, asociado a γοόωσα, describe el prorrumpir en lamentos de Andrómaca: •μβλήδην γοόωσα μετ Τρå®σιν §ειπεν, "con súbitos gemidos lamentándose dijo entre las troyanas".
De igual manera, en el Himno a Hermes 425 ss., el término (τάχα δ¥ λιγέως κιθαρίζων / γηρύετ' •μβολάδην... "y al punto, acompañándose armoniosamente de la cítara, dejó salir su canto") se refiere al brotar de la ejecución citaródica, en un sentido próximo al del pasaje anterior, y no a un posible proemio.
Hermes comienza a cantar "venerando a los inmortales dioses y a la oscura tierra" (v.
427)una frase de participio que debe de referirse a todo el canto y no sólo al proemio, pues dos versos después se dice: "En primer lugar (πρäτα) glorificaba a Mnemosyne...".
Otro de los sentidos habituales de esta esfera semántica a la que pertenecen •ναβάλλομαι, •ναβολή o •μβολάδην, es el de "retrasar" o "dilatar".
Algunas referencias a este significado en la lírica que da el Liddell-Scott son claras, por ejemplo, en Píndaro, Olímpica I 80, o Nemea IX 29.
En otros casos, como los vv.
33-5 de la Nemea X, es dudoso que las explicaciones que ofrece el escoliasta cuando trata de interpretarlo en este sentido sean ciertas 9, pero dan cuenta de que el significado de 'retraso', EM LXIX 2, 2001 consecutivas, sino separadas entre sí por un espacio de tiempo (•ναβολή): ésta es la explicación que ofrece para que se pueda entender •ναβάλλεσθαι en el sentido habitual de 'aplazar', que nosotros creemos, sin embargo, indicaría lo dilatado del canto.
Las otras dos interpretaciones que da se refieren 2) al significado originario de 'hacer subir' (lo que probablemente significa en este pasaje), y 3) al de dar la señal para que empiece el proemio.
10 Lo que implica, naturalmente, que se piensa en un proemio cantado y no meramente instrumental.
Este trabajo aporta valiosísimas consideraciones sobre la cuestión (véanse las p.
354 s.), aunque no es citado habitualmente en las publicaciones modernas sobre el tema.
Añadido al significado de 'proemios' que en ocasiones se da a •ναβολαί vemos abrirse paso, tanto en la crítica antigua como en la moderna, el de que estas partes que precedían al canto no guardaban relación con el mismo 10.
Así, el escoliasta a Paz 831 añade a su interpretación de •ναβολαί como 'proemios' en el verso anterior que tales proemios οÛδ¥ν πρÎς τÎ πργμα δηλοÃ, explicando de esta manera el término τι ¦νδιαεριανερινηχέτους (¦νδιαεριαυρο-del texto de Coulon es una corrección de van Herwerden).
En igual sentido se expresa el escoliasta de Ilíada XXII 476, el pasaje al que antes nos referíamos, que describe la lamentación de Andrómaca ante la visión del cadáver de Héctor, lo que en este caso es claramente ininteligible 11.
De forma análoga se expresan modernamente autores como G. Comotti, por ejemplo, en base a los dos pasajes de Paz y de Aves arriba mencionados, así como al testimonio de los escolios 12.
Pero si la dicción altisonante y artificiosa de las •ναβολαί es algo que parece desprenderse con claridad de la burla de la comedia y de las referencias a las λέξεις ditirámbicas contenidas en los escolios, más difícil es defender esta pretendida desconexión de las Lo cierto es que muy posiblemente se esté extrapolando aquí lo que la tradición nos ha trasmitido a propósito de los νόμοι de Terpandro, especie de cantos narrativos acompañados de cítara, que al igual que las recitaciones rapsódicas comenzaban con un proemio dedicado a la divinidad 13.
De hacer caso a lo que el tratado Sobre la música atribuido a Plutarco señala a propósito de la composición del νόμος antiguo (1133 B, C), una característica de este proemio era el constituir una especie de obra de quita y pon: "Una vez que habían cumplido con los dioses de manera libre" (es decir, tras el proemio a los mismos), "pasaban inmediatamente a los poemas de Homero y los demás: esto está claro en los preludios de Terpandro".
De ellos procede precisamente el famoso comienzo •μφί μοι αÞτις -ναχθ' / ©κατοβόλον •ειδέτω φρήν...
14 con el que se iniciaba el νόμος Ðρθιος, y que fue denominado en burla •μφιανακτίζειν 15.
Eurípides utiliza esta fórmula en Troyanas 511 ss. (•μφί μοι }Ιλιον, ì / ΜοØσα, καινäν àμνων / -εισον) a modo de introducción de su "nuevo" canto 16, y Aristófanes en la antoda de la parábasis de Nubes (v.
Es un escolio a esta última el que indica que la fórmula procede de Terpandro, mientras otro añade la observación 17 de que los proemios de los poetas ditirámbicos la imitaban (συνεχäς γρ χρäνται ταØτ® τ± λέξει), por lo cual les denominaron •μφιάνακτας (διÎ κα •μφιάνακτας αÛτο×ς ¦κάλουν).
De esta explicación se hace eco el léxico bizantino Suda.
En conclusión: dado que el término •ναβολή aparecía con un sentido de burla en los cómicos, a la significación de 'proemio' que encontramos en los Puede verse cierto reflejo de la misma en trabajos "clásicos" sobre el ditirambo como el de Crusius, «Dithyrambos», RE Pauly-Wissowa, coll.
Crusius, haciéndose eco de la confusión de los comentaristas antiguos, interpreta •ναβολή en el sentido de proemio, mientras que Pickard-Cambridge identifica el término con el "lyric solo" en la p.
55 de su trabajo (a nuestro entender, correctamente), mientras que en la p.
74 habla de introducción, a menudo irrelevante con el tema del poema. --Desmarcándose de la habitual interpretación como proemios, J.L. Melena, «Perfiles generales para una historia del ditirambo como género literario», Tabona N.S. IV, 1983, pp. 181-223, se hace eco del problema de definición de las •ναβολαί ditirámbicas en las pp. 215-6 de su trabajo.
Así, señala que éstas no pueden ser simples preludios musicales por cuanto el ditirambo conoce ya desde sus comienzos un proemio (que conserva el tardío, según el testimonio de Aristóteles, Retórica III 14.1415a 10).
Más bien se tratarían, para él, de partes miméticas, liberadas de la responsión estrófica con la parte coral, que el ditirambo tardío desarrolló a partir de las posibilidades que el género ofrecía ya en sus etapas anteriores, en que elementos proémicos se podían intercalar dentro del canto coral (en este sentido las •ναβολαί serían una especie de "reanudaciones" del proemio; así también A. Melero, en Historia de la literatura griega, J.A. López Férez (ed.), Madrid, 1988, p.
El autor considera el fr.
75 Snell de Píndaro como un proemio ditirámbico, que sería cantado por el poeta como preludio a la parte coral.
Pero en la evolución que este género experimenta, la parte monódica abandona el proemio y se intercala en responsión estrófica con la parte del coro: esto explicaría la profusión de parlamentos en primera persona en los ditirambos de Baquílides.
Más tarde vendría la ruptura de la responsión (sobre la mimetización y la disolución de la responsión estrófica nos vamos a expresar a continuación). --B.
Geschichte einer Gattung, Gotinga, 1992 (con amplia bibliografía), en su revisión de la historia del ditirambo, pone en relación -como desarrollo -las •ναβολαί del ditirambo tardío (astropha de un solista, que han perdido la responsión estrófica con la parte coral) con el preámbulo virtuoso, en origen improvisado, con el que el chorodidaskalos abría (¦ξάρχειν) sus composiciones, y que tenía por contenido a) la presentación del coro, b) la dedicación del canto a Dioniso, c) la crítica de otros poetas y reflexiones poetológicas.
Originariamente este preámbulo iba acompañado de cítara, aunque después se llegó a admitir la flauta (p.
22). --Como puede verse, la cuestión relativa a la composición del ditirambo ha pesado de forma notable en la interpretación del término, a lo que sin duda contribuyó la confusión de los antiguos al identificar •ναβολή con proemio.
comentaristas y lexicógrafos tardíos -derivada probablemente de Homero, a partir de una interpretación secundaria de 'elevar','comenzar' -, vino, pues, a añadírsele una característica que debía marcar la dirección de la crítica, su desconexión con el canto.
Ahora bien, esta segunda procedía no del ditirambo sino del νόμος de Terpandro, cuyos proemios también aparecían ridiculizados en la tradición.
Esta confusión ha continuado hasta época moderna 18.
365, afirma que da la impresión de que •ναβολή no es un término técnico: no aparece ni en los escritos de los peripatéticos ni en Hefestión o Dionisio de Halicarnaso.
Si las observaciones anteriores tienen que ver con el intento de aclarar cómo pudo surgir esa interpretación tan impuesta, según la cual las •ναβολαί que critican los cómicos son proemios que nada tienen que ver con el asunto del canto que preludian, debemos referirnos ahora a dos testimonios importantes que, puestos en relación uno con otro, pueden ayudarnos a entender qué eran estas •ναβολαί en el ditirambo de finales del s. V a.C.
El término aparece en Aristóteles y en los Problemata pseudo-aristotélicos 19.
El primero lo menciona en el libro III de la Retórica, cap. 9, 1409a 26 ss., al comparar la λέξις εAEρομένη con las ¦ν τοÃς διθυράμβοις •ναβολις; la λέξις κατεστραμμένη, por el contrario, es ÒμοÃα τοÃς τäν •ρχαίων •ντίστροφοις.
Por λέξις εAEρομένη Aristóteles entiende aquella que no tiene un τέλος καθ' αßτ¬ν, sino que acaba con el final del asunto que se quiere enunciar.
Esa indeterminación la hace desagradable porque el final es algo que todo el mundo desea contemplar.
La λέξις κατεστραμμένη, por el contrario, está construida en períodos: "por período entiendo la expresión que tiene un principio y un fin αÛτ¬ν καθ' αßτ¬ν y una extensión fácilmente abarcable".
Lo que hace agradable a ésta es, por el contrario, que produce en quien la escucha la sensación de oir algo completo; es también fácil de entender porque se recuerda con facilidad, como todo lo que se puede contar (•ριθμόν).
Por ello todo el mundo retiene mejor los versos que la prosa...
De las aclaraciones de Aristóteles se deduce la importancia que para su teoría de la λέξις tiene la noción de limitación interna de las expresiones rítmicas.
La contraposición en este sentido entre dos formas de expresión distintas afecta no tanto al hecho de tener o no ritmo (pues ambas lo tienen), sino a su interna limitación.
Los períodos, la λέξις κατεστραμμένη, se parecen a las construcciones en responsión por su agradable predeterminación, lo que los hace abarcables (de ahí la noción de que el período debe acabar con el sentido de la frase); por el contrario, la λέξις εAEρομένη, como las •ναβολαί ditirámbicas, acaba allí donde concluye la expresión de lo que se quería decir, y no existen indicios rítmicos internos que nos ayuden a orientarnos sobre cuando producirá este final.
EM LXIX 2, 2001 20 La referencia a Demócrito de Quíos, un músico contemporáneo del filósofo de igual nombre que nos ofrece Aristóteles, contiene una cita paródica de los vv.
265-6 de los Erga de Hesíodo: frente a κακ¬ βουλ¬, Demócrito habría dicho μακρ •ναβολ¬.
La expresión alude para algunos a la falta de coherencia de los cantos de Agatón, "aires" en zig-zag, como los caminos de las hormigas (así, H. van Daele, Aristophane (IV), París, 1973, p.
Otros, como B. Zimmermann, «Critica ed imitazione.
Esta contraposición con las formas en responsión permite suponer que las •ναβολαί de la poesía ditirámbica eran formalmente cantos sin responsión para Aristóteles; construcciones que, a falta de una limitación rítmica interna, se alargaban hasta que habían alcanzado su final.
Por ello, en su comparación con los períodos demasiado largos un poco más adelante (1409b 24 ss.), éste resalta su extensión desagradable, que las hace inabarcables.
Fue debido a esto, según Aristóteles, por lo que Demócrito de Quios había censurado a Melanípides, que en vez de •ντιστρόφων había construido •ναβολάς 20.
Quizás esos "caminos de hormigas", Μύρμηκοι •τραπούς, como denomina Mnesíloco a los cantos del poeta trágico Agatón en Tesmoforiantes 100 21, tengan también algo que ver con esta característica de la poética de ciertos géneros de finales del siglo V a.C.: el ditirambo, más también la tragedia.
A ellos habría que añadir el nomo citaródico.
De él señala el pseudo-aristotélico Problema 19 (Sobre la armonía), 15, 918b, 15 ss., que se hizo extenso (μακρά) y variado (πολυειδής) (sc. íδή) debido a la capacidad de quien lo representaba de μιμεÃσθαι y διατείνεσθαι,'imitar' y 'prolongar'.
Con esto venimos a otro de los parámetros de definición del concepto que estamos tratando.
Es claro que para el autor de estos Problemata hay una relación entre forma sin responsión, extensión y carácter imitativo del canto.
Si el nomos citaródico -el género mimético por excelencia -no está construido en responsión como los cantos corales ello es debido a que el actor imita, mientras que el coro imita menos.
Por la misma razón el ditirambo, una vez que se hizo imitativo, perdió la forma en responsión que había tenido antes.
En consecuencia, de este problema sobre la armonía se desprende que la novedad en el moderno ditirambo consistía en la introducción de partes 22 Sobre la misma puede verse nuestra contribución «Virtuosismo e innovación en la monodia trágica: Eurípides, Orestes 1369-1502», Homenaje al Profesor Pedro A. Gainzaráin, M.J. García Soler (ed.), Anejos de Veleia (serie Actae), Vitoria, 2000, pp. 89-97.
23 Haciéndose eco de la crítica de Ferécrates en su Quirón.
63 s. solistas y sin responsión, cuya propiedad específica era la mimética.
La siguiente conclusión es que, muy probablemente, hay que identificar con estos astropha las anabolai criticadas por los cómicos y citadas por Aristóteles.
Construcciones que en su conformación mimética, al estar desprovistas de una estructura formal en responsión tenían de desagradable el que uno tenía que esperar largo tiempo hasta que lo que se quería decir alcanzara su final.
Como en los "caminos de hormigas" que Mnesíloco menciona a propósito de la poesía trágica de Agatón.
Que la tragedia de finales del S. V a.C. sufrió los embates de la nueva música cobra expresión también a propósito de esta particularidad que estamos señalando.
La noticia del mensajero del Orestes euripideo (vv.
1369-1502), por ejemplo, la monodia más extensa de la tragedia griega que nos ha llegado, 134 versos, aparece dividida en seis partes por los trímetros del corifeo, seis anabolai podríamos decir, de una extensión creciente, que, en su conformación astrófica, pueden llegar a adquirir una longitud notable, de 1473 a 1502 la última, también con una notable polimetría 22.
Muy verosímilmente, pues, los cómicos denominaron con el término anabole la irrupción del astrophon de un solista en el ditirambo, las monodias de que habla el tratado pseudo-plutarquiano Sobre la música 23, quien, siguiendo a Aristófanes (fr.
En definitiva: el estilo de la nueva música, las innovaciones drásticas criticadas por Ferécrates en su Quirón (fr.
145 K), la fuente más importante y detallada para la crítica musical contenida en la comedia 24, pero también por otros poetas cómicos, como Aristófanes (Nubes 333, 969 ss.), llevaron a los poetas a una búsqueda de variedad musical, lo que condujo a una |
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